© Libro N° 4052. Plexus. La Crucifixión Rosada II. Miller, Henry. Colección E.O. Agosto 12 de 2017.
Título
original: © PLEXUS
Versión Original: © Plexus. La Crucifixión Rosada II. Henry Miller
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
PLEXUS
LA CRUCIFIXIÓN
ROSADA II
Henry Miller
Traductor: Carlos
Manzano
Autor: Miller, Henry
ISBN: 9788401421983
Generado con:
QualityEbook v0.72
Henry Miller
Plexus
Traducción de Carlos
Manzano
Titulo original: PLEXUS
Traducción de Carlos
Manzano
Portada de Jordl
Sánchez
Primera edición: Enero,
1987
© Obelisk Press,
Paris/Henry Miller
De la traducción: ©
Ediciones Alfaguara, S. A., 1980
De la presente edición:
© PLAZA & JANES EDITORES, S. A. Virgen de Guadalupe, 21-33 Esplugues de
Llobregat (Barcelona)
Prlnted in Spain —
Impreso en España
ISBN: 84-01-42198-5 —
Depósito Legal: B.
43.815- 1986
Impreso en T. G. Soler,
S. A. — Luis Millet, 69 Esplugues de Llobregat (Barcelona)
I
Con su ajustado vestido
persa, y el turbante haciendo juego, estaba encantadora. Había llegado la
primavera, y se había puesto unos guantes largos y una bella piel gris oscura,
echada descuidadamente por el cuello llenito como una columna. Habíamos
escogido Brooklyn Heights para buscar un apartamento, con la idea de alejarnos
lo más posible de todos nuestros conocidos, sobre todo de Kronski y Arthur
Raymond. Ulric era el único al que teníamos intención de dar nuestra nueva
dirección. Iba a ser una auténtica vita nuova para nosotros, sin intrusiones
del mundo exterior.
El día que nos pusimos
a buscar nuestro nidito de amor estábamos radiantes de felicidad. Cada vez que
llegábamos a un vestíbulo y llamábamos al timbre, la rodeaba con los brazos y
la besaba una y otra vez. El vestido le ajustaba como un guante. Nunca había
tenido un aspecto tan tentador. En ocasiones abrían la puerta antes de que
hubiéramos podido separarnos. A veces nos pedían que enseñásemos el anillo de
casados o el certificado de matrimonio.
Hacia el atardecer
encontramos a una mujer del sur, comprensiva y afectuosa, que pareció
encariñarse con nosotros al instante. El apartamento que tenía para alquilar
era magnífico, pero muy superior a nuestros medios. Naturalmente, Mona estaba
decidida a tomarlo; era exactamente la clase de apartamento con que siempre
había soñado para vivir. El hecho de que el alquiler fuese el doble del que
teníamos intención de pagar no la preocupaba. Yo debía dejar todo en sus manos:
ya se «arreglaría» ella. La verdad es que yo lo deseaba tanto como ella, pero
no me hacía ilusiones sobre la posibilidad de «arreglarse» para pagar el
alquiler. Estaba convencido de que, si lo tomábamos, nos arruinaríamos.
Desde luego, la mujer
con quien estábamos tratando no sospechaba a lo que se exponía con nosotros.
Estábamos sentados cómodamente arriba, en su piso, bebiendo jerez. Al poco
rato, llegó su marido. También él pareció considerarnos una pareja simpática.
Era de Virginia, y demostró ser un caballero desde el primer momento. Mi
posición en el mundo cosmodemónico los impresionó a todas luces. Expresaron
sincero asombro de que una persona tan joven como ya ocupara un puesto de tanta
responsabilidad. Por supuesto, Mona sacó el máximo partido de la situación. De
creer sus palabras, ya estaban a punto de ascenderme a superintendente, y en
pocos años a vicepresidente. «¿No es lo que te ha dicho el señor Twilliger?»,
dijo, obligándome a asentir con la cabeza.
Total, que dejamos un
anticipo de sólo diez dólares, lo que parecía un poco ridículo en vista de que
el alquiler iba a ser de noventa dólares al mes. Yo no tenía la menor idea de
cómo íbamos a conseguir el importe restante del alquiler, por no hablar de los
muebles ni de los demás enseres necesarios. Consideré perdidos los diez dólares
del anticipo. Un gesto para salvar las apariencias, nada más. Estaba seguro de
que Mona cambiaría de idea, una vez que nos hubiéramos librado de las
encantadoras garras de aquel matrimonio.
Pero, como de
costumbre, me equivocaba. Estaba decidida a mudarse allí. ¿Y los ochenta
dólares restantes? Se los sacaríamos a uno de sus fervientes admiradores,
recepcionista en el Broztell. «¿Y quién es ése?», me aventuré a preguntar, pues
era la primera vez que oía su nombre. «¿No te acuerdas? Hace sólo dos semanas
que te lo presenté... cuando nos encontramos con Ulric y contigo en la Quinta
Avenida. Es completamente inofensivo.»
Al parecer, todos eran
«completamente inofensivos». Era su modo de informarme de que nunca se les
ocurriría ponerla violenta sugiriéndole que pasará una noche con ellos. Todos
ellos eran unos «caballeros» y, además, unos papanatas por lo general. Me costó
enorme trabajo recordar qué aspecto tenía aquel estúpido en particular. Lo
único que pude recordar fue que era bastante joven y bastante pálido. En
resumen, inclasificable. Cómo se las arreglaba para impedir que aquellos
corteses amantes fuesen a visitarla, siendo como eran ardientes e impetuosos
algunos de ellos, era un misterio para mí. Indudablemente, igual que había
hecho conmigo en tiempos, les hacía creer que vivía con sus padres, que su
madre era una bruja y que su padre estaba clavado a la cama, agonizando de
cáncer. Afortunadamente, raras veces me interesaba demasiado por aquellos
galantes pretendientes. (Más vale no entrar en demasiadas profundidades, me
decía siempre a mí mismo.) Lo que había que tener presente siempre era:
«completamente inofensivos».
Había que disponer de
algo más que del importe del alquiler para instalar una casa. Naturalmente,
descubrí que Mona había pensado en todo. Trescientos dólares le había sacado al
pobre tontaina. Le había exigido quinientos, pero él había alegado que su cuenta
bancaria estaba casi agotada. Por ser tan poco previsor, le había hecho
comprarle un exótico vestido de campesina y un par de guantes caros. ¡Así
aprendería!
Como aquella tarde Mona
tenía que ir a un ensayo, decidí escoger personalmente los muebles y otras
cosas. La idea de pagar al contado aquellos artículos, cuando la norma por
antonomasia de nuestro país se basaba en la compra a plazos, me parecía
absurda. Pensé al instante en Dolores, que ahora era agente de compras en uno
de los grandes almacenes de Fulton Street. Estaba seguro de que Dolores me
atendería bien.
Tardé menos de una hora
en elegir todo lo necesario para amueblar nuestro lujoso nidíto. Escogí con
gusto y discreción, sin olvidar un hermoso escritorio, uno con muchos cajones.
Dolores no pudo ocultar cierta preocupación por nuestra capacidad para satisfacer
los pagos mensuales, pero disipé sus dudas asegurándole que a Mona le iba
extraordinariamente bien en el teatro. Además, ¿acaso no conservaba yo mi
empleo en la casa de putas cosmocócica?
«Sí, pero, ¿y la
pensión de tu mujer?», murmuró.
«¡Oh, no te preocupes
por eso! No voy a seguir pagando mucho tiempo más», respondí sonriendo.
«¿Quieres decir que la
vas a dejar en la estacada?»
«Algo así», reconocí.
«No puede uno pasarse toda la vida con una piedra de molino al cuello, ¿no?»
Le pareció muy propio
de mí, siendo como era un cabrón. Sin embargo, lo dijo de un modo que parecía
como si los cabrones fuesen gente simpática. Al despedirnos, añadió: «Supongo
que debería tener más juicio y no confiar en ti.»
«¡Venga ya!», dije. «Si
no pagamos, irán a retirar los muebles. ¿Por qué has de preocuparte?»
«No es por la tienda»,
dijo. «Es por mí.»
«¡Vamos, vamos! No te
voy a dejar mal, y tú lo sabes.»
Desde luego, la dejé
mal, pero no intencionadamente. En aquel momento, a pesar de mis primeros
recelos, creía verdadera y sinceramente que todo saldría de primera. Siempre
que me sintiese víctima de la duda o la desesperación, en último caso podía
confiar en que Mona me diera una inyección de moral. Mona vivía enteramente en
el futuro. El pasado era un sueño fabuloso que deformaba a su gusto. Nunca
había que sacar conclusiones del pasado: era la forma menos válida de
considerar las cosas. El pasado, en la medida en que significaba fracaso y
frustración, pura y simplemente no existía.
Casi al instante nos
sentimos perfectamente en casa en nuestro nuevo y magnífico domicilio. Nos
enteramos de que la casa había pertenecido anteriormente a un juez adinerado,
quien la había reformado a su capricho. Debía de haber sido una persona de
gusto excelente, y algo sibarita. El suelo era de madera, los tableros de las
paredes de suntuoso nogal; había tapices de seda rosa y estanterías lo
suficientemente amplias como para convertirlas en literas para dormir.
Ocupábamos lá mitad del exterior del primer piso, que daba a la zona más
elegante y aristocrática de todo Brooklyn. Todos nuestros vecinos tenían
limusinas, mayordomos, perros y gatos de lujo, cuyas comidas nos hacían la boca
agua. La nuestra era la única casa de la manzana que habían dividido en pisos.
Detrás de nuestras dos
habitaciones, y separada por una puerta corredera, había una habitación enorme
a la que habían añadido una cocinita y un baño. No sé por qué, permanecía sin
alquilar. Tal vez fuera demasiado claustral. La mayor parte del día, a causa de
los cristales de color de las ventanas, estaba demasiado sombría, o, mejor
dicho... en penumbra. Pero, cuando a la caída de la tarde el sol daba en las
ventanas, proyectando arabescos flamígeros en el bruñido suelo, me encantaba
trasladarme allí y pasearme de un lado para otro con talante meditativo. A
veces nos desnudábamos y bailábamos allí, maravillados con los graciosos
dibujos que el cristal de color formaba en nuestros cuerpos desnudos. Cuando
estaba más exaltado, me ponía unas zapatillas resbaladizas y hacía una
imitación de una estrella del patinaje sobre hielo, o caminaba con las manos
mientras cantaba en falsete. Otras veces, después de haber echado unos tragos,
intentaba repetir las bufonadas de mis payasos favoritos del teatro de variedades.
Los primeros meses,
durante los cuales todas nuestras necesidades quedaron satisfechas
providencialmente, estuvimos en la gloria. No hay otro modo de expresarlo.
Nadie vino a vernos sin avisar. Vivíamos exclusivamente el uno para el otro...
en un nido cálido y suave como el plumón. No necesitábamos a nadie, ni siquiera
al Todopoderoso. O así lo creíamos. La maravillosa biblioteca de Montague
Street, lugar semejante a un depósito de cadáveres pero lleno de tesoros,
quedaba muy cerca. Mientras Mona estaba en el teatro, yo leía. Leía cualquier
cosa que se me antojara, y con la atención incrementada. Muchas veces era
imposible leer: sencillamente, el lugar era demasiado maravilloso. Todavía me
veo cerrando el libro, alzándome despacio de la silla, y paseándome sereno y
meditabundo de una habitación a otra, henchido de absoluto contento. De verdad
no deseaba nada, a no ser una continuación ininterrumpida de lo mismo en
cantidad. Todo lo que poseía, todo lo que usaba, todo lo que llevaba puesto,
era regalo de Mona: el batín de seda, más apropiado para una estrella de las
candilejas que para vuestro seguro servidor, las preciosas babuchas marroquíes,
la pitillera que sólo usaba delante de ella. Cuando sacudía la ceniza en el
cenicero, me inclinaba a admirarlo. Mona había comprado tres, todos únicos,
exóticos, exquisitos. Eran tan bellos, tan preciosos, que casi los adorábamos.
El propio barrio era
extraordinario. Un corto paseo en cualquier dirección me llevaba a los
distritos más diversos: a la fantástica zona bajo la greca del Puente de
Brooklyn; a los parajes de los antiguos embarcaderos adonde habían afluido
árabes, turcos, sirios, griegos y otros pueblos de Levante; a los muelles y
malecones donde anclaban vapores procedentes de todo el mundo; al centro
comercial cercano a Borough Hall, región que de noche era fantasmal. En el
corazón mismo de Columbia Heights se alzaban majestuosas iglesias antiguas,
casinos, mansiones de los ricos, todo ello parte de un núcleo sólido y antiguo
que estaba viéndose devorado gradualmente por los invasores enjambres de
extranjeros, vagos y vagabundos de la periferia.
De niño yo había ido
con frecuencia allí a visitar a mi tía, que vivía encima de un establo anexo a
una de las más horrendas mansiones antiguas. A poca distancia de allí, en
Sackett Street, había vivido en tiempos mi viejo amigo Al Burger, cuyo padre
era capitán de un remolcador. Yo tenía unos quince años, cuando conocí a Al
Burger... a las orillas del río Neversink. El fue quien me enseñó a nadar como
un pez, a sumergirme a bajas profundidades, a luchar como los indios, a tirar
con arco y flechas, a usar los puños, a correr sin cansarme, y demás. Los
padres de Al eran holandeses y, aunque parezca extraño decirlo, todos ellos
tenían un maravilloso sentido del humor, todos menos su hermano Jim, que era un
atleta, un dandy, y un imbécil vano y estúpido. Sin embargo, a diferencia de
sus antepasados, ocupaban una casa vergonzosamente destartalada. Al parecer,
cada cual hacía lo que le daba la gana. También tenía dos hermanas, las dos muy
bonitas, y, lo que es más, muy alegres, muy indolentes, y muy generosas. La madre
había sido en tiempos cantante de ópera. En cuanto al viejo, «el capitán», se
lo veía muy poco. Cuando aparecía, solía estar piripi. No recuerdo que la madre
nos preparara nunca una comida decente. Cuando sentíamos hambre, nos daba un
poco de calderilla y nos decía que fuéramos a comprarnos algo. Siempre nos
comprábamos los mismos víveres malditos: salchichas de Frankfurt, ensalada de
patatas, bizcochos y buñuelos. Usaban generosamente la salsa de tomate y la
mostaza. El café siempre era flojo como agua de lavar los platos, la leche
rancia, y nunca había en la casa un plato, taza, cuchillo ni tenedor limpios.
Pero eran comidas muy alegres y comíamos como lobos.
Lo que mejor recuerdo
es la vida en la calle: con lo que más disfrutaba. Todos los amigos de Al
parecían pertenecer a una especie diferente de los chicos que yo conocía. En
Sackett Street reinaba mayor calor, mayor libertad, mayor hospitalidad. Aunque
eran de la misma edad que yo más o menos, sus amigos me daban la impresión de
ser más maduros, así como más independientes. Al separarme de ellos, siempre
tenía la sensación de haberme enriquecido. El hecho de que fueran de la zona
portuaria, de que sus familias hubiesen vivido allí durante generaciones, de
que fueran un grupo más homogéneo que el nuestro, pudo haber tenido algo que
ver con las cualidades que me hacían apreciarlos. Había uno entre ellos que
todavía recuerdo vivamente, a pesar de que hace mucho que murió. Frank
Schofield. En la época en que nos conocimos, Frank sólo contaba diecisiete
años, pero ya tenia la estatura de un hombre. Ahora que pienso, al recordar
nuestra extraña amistad, no teníamos absolutamente nada en común. Lo que me
atraía de él eran sus modales naturales, suaves, joviales, su total
flexibilidad, su inequívoca aceptación de lo que quiera que se le ofreciese, ya
fuera una salchicha de Frankfurt, un caluroso apretón de manos, un viejo
cortaplumas, o la promesa de volver a verlo la semana próxima. Creció y se
transformó en un gran corpachón, tremendamente obeso, y capaz de forma extraña,
instintiva, lo suficiente como para llegar a ser el perfecto brazo derecho de
un periodista muy importante con el que viajó por todo el mundo y para el que
realizó toda clase de tareas ingratas. Probablemente no volví a verlo más de
tres o cuatro veces después de los buenos tiempos en Sackett Street. Pero
siempre lo tenía presente. Era tan cordial, tan bondadoso, tan absolutamente
confiado y crédulo, que el simple hecho de revivir su imagen me animaba. Lo
único que escribía siempre eran postales. Apenas si se podían leer sus
garabatos. Un simple renglón para decir que se encontraba bien, que el mundo
era magnífico, ¿y cómo diablos estabas tú?
Siempre que Ulric venía
a visitarnos, lo que solía suceder en sábado o en domingo, me lo llevaba a dar
largos paseos por aquellas barriadas antiguas. También él estaba familiarizado
con ellas desde la infancia. Solía llevar consigo un cuaderno, «para tomar
algunos apuntes», como él decía. En aquella época me maravillaba su facilidad
con el lápiz y el pincel. Nunca se me ocurrió que llegaría un día en que yo
haría lo mismo. El era pintor y yo era escritor... o al menos esperaba serlo
algún día. El mundo de la pintura me parecía un reino de pura magia, totalmente
fuera de mi alcance.
Aunque en los años
posteriores no iba a llegar a ser un pintor célebre, aun así Ulric tenía un
conocimiento maravilloso del mundo del arte. Ningún hombre podía hablar de los
pintores que amaba con mayor sentimiento y comprensión. Aun hoy oigo las
reverberaciones de sus largas y felices frases relativas a hombres como
Cimabue, Uccello, Piero della Francesca, Botticelli, Vermeer y otros. A veces
nos sentábamos y mirábamos un libro de reproducciones... siempre de los grandes
maestros, por supuesto. Podíamos pasar horas sentados y hablando —por lo menos,
él— de un solo cuadro. Sin lugar a dudas, por ser él mismo tan absolutamente
humilde y reverente, humilde y reverente en el sentido auténtico, era por lo
que Ulric podía hablar tan sagaz y penetrantemente de «los maestros». En
espíritu también él era un maestro. Agradezco a Dios que nunca perdiese su
capacidad de venerar y adorar. En verdad, los adoradores natos son raros.
Como O’Rourke, el
detective, tenía la misma tendencia a quedarse absorto y arrobado en los
momentos más inesperados. Muchas veces durante nuestros paseos por los muelles
se detenía a señalar una fachada especialmente decrépita o un muro demolido, y
se explayaba sobre su belleza en relación con el fondo de rascacielos de la
otra orilla o con los enormes cascos y mástiles de los barcos fondeados en sus
basadas. Podía hacer cero grados de temperatura y soplar un ventarrón helado,
pero a Ulric no parecía importarle. En momentos así sacaba del bolsillo con
modestia un sobrecito descolorido y, con un pedazo de lo que en tiempos había
sido un lápiz, se esforzaba por tomar «unas cuantas notas más». Debo decir que
de esas notas nunca salía gran cosa Por lo menos, en aquellos tiempos. Los
hombres que distribuían los encargos —para dibujar plátanos, latas de tomate,
pantallas de lámpara, etc.— no le dejaban respirar nunca.
Entre los «trabajos»,
hacía posar para él a sus amigos, pero sobre todo a sus amigas. En esos
intervalos trabajaba furiosamente, como si estuviera preparando una exposición
para el Salón. Ante el caballete, adoptaba todos los gestos y poses de un
«maestro». Era casi aterrador contemplar el frenesí de su acometida. Pero, cosa
extraña, los resultados siempre eran desalentadores. «¡Maldita sea!», decía,
«soy un ilustrador y nada más.» Todavía lo veo delante de uno de sus abortos,
suspirando, resollando, farfullando, tirándose de los pelos. Lo veo tomar un
álbum de Cézanne, buscar uno de sus cuadros favoritos y después mirar su obra
con una mueca triste. «Mira esto, por favor», me decía, señalando una zona
especialmente feliz del Cézanne. «¿Por qué demonios no puedo captar algo así...
aunque sólo sea una vez? ¿Qué es lo que no funciona en mí, según tú? En fin...»
Y lanzaba un profundo suspiro, a veces un auténtico gemido. «¿Qué te parece si
echamos un trago? ¿Para qué intentar ser un Cézanne? Mira, Henry, ya sé lo que
no funciona. No es este cuadro, ni el anterior, mi vida entera es lo que no
funciona. El trabajo de un hombre refleja lo que es, lo que piensa durante todo
el santo día, ¿no crees? Mirándolo así, lo único que soy es un trozo de queso
rancio, ¿no te parece? En fin, ¡a tu salud!» En ese momento alzaba el vaso con
una extraña mueca de disgusto en la boca que era dolorosamente, demasiado
dolorosamente elocuente.
Si adoraba a Ulric por
su emulación de los maestros, creo que lo veneraba de verdad por representar el
papel de «fracasado». Era un hombre que sabía hacer música de sus fallos y
fracasos. En realidad, tenía ingenio y gracia para hacer creer que, después del
éxito, lo mejor en la vida era ser un completo fracasado. Cosa que
probablemente sea cierta. Lo que redimía a Ulric era su absoluta falta de
ambición. No anhelaba verse reconocido: quería ser un buen pintor por el puro
placer de superarse. Amaba todas las cosas buenas de la vida, y sólo las cosas
buenas. Era un sensualista de pies a cabeza. Al jugar al ajedrez, prefería
hacerlo con piezas chinas, por pobre que fuera su juego. El simple hecho de
tocar las piezas de marfil le proporcionaba el placer más intenso. Recuerdo las
visitas que hacíamos a museos en busca de tableros de ajedrez antiguos. Si
Ulric hubiera podido jugar en un tablero que en tiempos hubiese adornado la
pared de un castillo medieval, se habría sentido en el séptimo cielo, y tampoco
le habría importado ganar o perder. Escogía con mucho cuidado todo lo que
usaba: ropa, maletas, zapatillas, lámparas, todo. Cuando recogía un objeto, lo
acariciaba. Todo lo que se pudiese recuperar, era recompuesto, remendado o
pegado. Hablaba de sus pertenencias como algunas personas hablan de sus gatos;
les otorgaba toda su admiración, incluso cuando estaba a solas con ellas. A
veces lo sorprendía hablándoles, dirigiéndose a ellas, como si fueran viejos
amigos. Ahora que lo pienso, ¡qué contraste con Kronski! Este, pobre diablo
miserable, parecía vivir con los cachibaches tirados por sus antepasados. Para
él nada era precioso, nada tenía significado ni importancia. Todo se hacía
pedazos en sus manos, o quedaba raído, roto, manchado o ensuciado. Y, sin
embargo, un día —nunca llegué a saber cómo— aquel mismo Kronski se puso a
pintar. Y, además, comenzó con brillantez. Con la mayor brillantez. Apenas
podía dar crédito a mis ojos. Usaba colores atrevidos, brillantes, como si
acabara de regresar de Rusia. Tampoco sus temas carecían de audacia ni de
originalidad. Se pasaba ocho y diez horas seguidas manos a la obra, antes y
después de lo cual se daba una comilona» y siempre cantando, silbando,
apoyándose inquieto ora en un pie ora en el otro, y sin dejar de alabarse a sí
mismo. Desgraciadamente, fue una simple llamarada fugaz. Al cabo de pocos meses
se extinguió. Después de aquello, ni una palabra nunca sobre pintura. Al
parecer, olvidó haber tocado siquiera un pincel...
Durante aquel período
tan plácido de nuestra vida fue cuando conocí a un andoba extraño en la
biblioteca de Montague Street. Me conocían bien allí, porque les causaba toda
clase de molestias pidiéndoles libros que no tenían, instándoles a pedir
prestados libros caros o raros a otras bibliotecas, o quejándome de la pobreza
de sus existencias, de las deficiencias del servicio, y en general dando la
lata. Para colmo, siempre estaba pagando multas por haber devuelto libros con
retraso o por haberlos perdido (en realidad, me los había apropiado para mi
propia biblioteca), o porque les faltaban páginas. De vez en cuando recibía un
reprimenda pública, como si todavía fuera un colegial, por subrayar pasajes con
tinta roja o escribir comentarios en los márgenes. Y luego, un día que estaba
buscando libros raros sobre el circo —Dios sabe por qué—, entablé conversación
con un hombre con aspecto de erudito que resultó ser miembro del personal de la
biblioteca. Durante la conversación, me enteré de que había estado en algunos
de los circos más famosos de Europa. La palabra Médrano se le escapó de los
labios. Era como si me hubiese hablado en griego, pero la recordé. El caso es
que me gustó tanto aquel tipo, que acto seguido lo invité a visitarnos el día
siguiente por la tarde. En cuanto salí de la biblioteca, llamé a Ulric y le
pedí que viniera también él. «¿Has oído hablar alguna vez del Cirque Médrano?»,
le pregunté.
En resumen, la tarde
del día siguiente estuvo dedicada casi exclusivamente al Cirque Médrano. Cuando
el bibliotecario se marchó, me sentía aturdido. «Así, que, ¡eso es Europa!»,
musité en voz alta. No podía dejar de pensar en eso. «Y ese tipo ha estado allí...
ha visto todo. ¡Dios mío!»
El bibliotecario venía
con frecuencia, siempre con libros raros bajo el brazo, a los que, le parecía,
me gustaría echar un vistazo. Por lo general, traía también una botella. A
veces jugaba al ajedrez con nosotros, y raras veces se marchaba antes de las dos
o las tres de la mañana. Cada vez que venía, yo le hacía hablar de Europa: era
el «precio de entrada». En realidad, estaba embriagándome con el tema; era
capaz de hablar de Europa casi como si la hubiese visitado. (Mi padre era
igual. A pesar de que nunca había puesto el pie fuera de Nueva York, podía
hablar de Londres, Berlín, Hamburgo, Bremen, Roma, como si hubiese vivido toda
su vida en el extranjero.)
Una noche, Ulric se
trajo su gran plano de París (el plano del metro) y todos nos pusimos de
rodillas y de manos para pasearnos por las calles de París, visitando las
bibliotecas, museos, catedrales, puestos de flores, mataderos, cementerios,
casas de putas, estaciones de ferrocarril, bailes populares, les magasins y
demás. El día siguiente me sentía tan henchido, tan henchido de Europa, quiero
decir, que no pude ir al trabajo. Era una vieja costumbre mía tomar un día de
descanso, cuando me venía en gana. Siempre disfrutaba más con los días feriados
robados. Significaba levantarse a las tantas, holgazanear en pijama, poner
discos, leer libros por encima, dar un paseo hasta el muelle y, después de una
comida sustanciosa, ir a una sesión de teatro vespertina. Una buena función de
variedades era lo que más me gustaba, una tarde que pasaba tronchándome de
risa. A veces, después de una de esas fiestas, me resultaba todavía más difícil
volver al trabajo. En realidad, me resultaba imposible. Mona llamaba oportunamente
al jefe para informarle de que mi catarro había empeorado. Y éste siempre
decía: «Dígale que se quede en la cama unos cuantos días más. ¡Cuídelo bien!»
«Pensaba que esta vez
ya te habrían calado», decía
Mona.
«Y me han calado,
encanto. Sólo, que valgo demasiado. No pueden prescindir de mí.»
«No abras, si llaman a
la puerta, y nada más. O diles que he ido a ver al médico.»
Maravilloso, mientras
duraba. Chipendi lerendi. Había perdido todo el interés por el trabajo. En lo
único en que pensaba era en empezar a escribir. En la oficina rendía cada vez
menos, me volvía cada vez más vago. Los únicos candidatos que me molestaba en
entrevistar eran los sospechosos. Mi ayudante se ocupaba de los demás. Con la
mayor frecuencia posible, me largaba de la oficina con el pretexto de
inspeccionar las sucursales. Visitaba una o dos en el centro de la ciudad
—simplemente para tener una coartada—, y después me marcaba un cinito. Después
del cine, me presentaba de improviso en otra sucursal, informaba a la central,
y después a casa. A veces, pasaba la tarde en una galería de arte o en la
biblioteca de la calle 42. Otras veces iba a ver a Ulric y visitaba un baile.
Me ponía enfermo cada vez con mayor frecuencia, y durante períodos cada vez más
largos. Estaba claro que aquello iba a acabar mal.
Mona estimulaba mi mala
conducta. Nunca le había gustado verme en el puesto de jefe de personal.
«Deberías escribir», decía. «¡Estupendo!», replicaba yo, complacido para mis
adentros. «¡Estupendo! Pero, ¿de qué vamos a vivir?»
«¡Deja eso de mi
cuenta!»
«Pero no podemos seguir
engañando y burlando a la gente eternamente.»
«¿Engañando? Todos
aquellos a los que pido dinero pueden perfectamente permitirse el lujo de
prestarlo. Les estoy haciendo un favor.»
Yo no lo veía como
ella, pero cedía. Al fin y al cabo, no tenía una solución mejor que ofrecer.
Para poner fin a la discusión, yo siempre decía: «Bueno, no voy a dejar el
trabajo todavía.»
De vez en cuando, en
uno de aquellos días feriados robados, acabábamos en la Segunda Avenida de
Nueva York. Era asombrosa la cantidad de amigos que tenía en ese barrio. Todos
judíos, por supuesto, y la mayoría de ellos chiflados. Pero compañía animada. Tras
tomar un bocado en Papa Moskowitz’s, íbamos al Café Royal. Allí podías estar
seguro de encontrar a quienquiera que buscases.
Una tarde que íbamos
paseando por la Avenida, justo cuando estaba a punto de mirar el escaparate de
una librería para echar otro vistazo a Dostoyevski —su foto había estado
colgada en aquel mismo escaparate durante años—, ¿quién diréis que nos saludó?
Un viejo amigo de Arthur Raymond. Nahoum Yood, nada menos. Nahoum Yood era un
hombre bajo, fogoso, que escribía en yiddish. Tenía cara de almádena. Una vez
que la veías, nunca la olvidabas. Cuando hablaba, era siempre un torrente y un
burbujeo; las palabras tropezaban literalmente unas con otras. No sólo
chisporroteaba como un petardo, sino que, además, babeaba y goteaba al mismo
tiempo. Su acento, el del «Litvak», era atroz. Pero su sonrisa era de oro...
como la de Jack Johnson. Daba a su cara una especie de mueca de fuego fatuo.
Nunca lo vi en otro
estado que el de la efervescencia. Siempre acababa de descubrir algo
prodigioso, maravilloso, nunca visto. Al soltar el rollo, siempre te daba una
ducha, gratis. Pero valía la pena. Aquella fina llovizna que emitía entre los
dientes delanteros surtía el mismo efecto estimulante que un baño de agujas. A
veces, con el baño de agujas salían algunas semillas de alcaravea.
Arrebatándome el libro
que llevaba bajo el brazo, exclamó: «¿Qué estás leyendo? Ah, Hansum. ¡Muy bien!
Un escritor exquisito.» Ni siquiera había dicho todavía: «¿Cómo estás?»
«Tenemos que sentarnos en algún sitio a charlar. ¿Dónde vais? ¿Habéis cenado? Tengo
hambre.»
«Perdona», dije, «pero
quiero echar una mirada a Dostoyevski.»
Lo dejé allí parado y
hablando excitado a Mona con ambas manos (y pies). Me planté delante del
retrato de Dostoyevski, como había hecho más de una vez, para estudiar de nuevo
su fisonomía. Me acordé de mi amigo Lou Jacobs, quien solía descubrirse cada vez
que pasaba por delante de una estatua de Dostoyevski. Lo que yo hacía ante
Dostoyevski era más que una reverencia o un saludo. Se parecía más a una
plegaria, una plegaria para que manifestase el secreto de la revelación. Tenía
una cara tan sencilla, tan vulgar. Tan eslava, tan de mujik. La cara de un
hombre que podría pasar desapercibido en una multitud. (Nahoum Yood tenía más
aspecto de escritor que el gran Dostoyevski.) Seguí allí parado, como siempre,
intentando penetrar en el misterio del ser que se ocultaba tras la pastosa masa
de las facciones. Lo único que podía leer claramente era la pena y la
obstinación. Un hombre que evidentemente prefería la vida humilde, un hombre
recién salido de la prisión. Me perdí en la contemplación. Al final, sólo veía
al artista, al artista trágico, único, que había creado un auténtico panteón de
personajes, figuras como nunca antes se habían visto ni se volverían a ver,
cada una de ellas más real, más vigorosa, más misteriosa, más inescrutable que
todos los zares locos y todos los popes crueles y malvados juntos.
De repente, sentí la
pesada mano de Nahoum Yood en mi hombro. Los ojos le bailaban, tenía la boca
cubierta de saliva. El raído sombrero hongo que llevaba tanto dentro de casa
como fuera se le había caído sobre los ojos, y le daba un aspecto cómico y casi
maníaco.
«¡Mysterium!», exclamó.
«¡Mysterium! ¡Mysterium!»
Lo miré con la mirada
perdida.
«¿No lo has leído?»,
gritó. Algo parecido a una multitud empezó a congregarse a nuestro alrededor,
una de esas multitudes que surgen de no se sabe dónde, en cuanto un charlatán
se pone a anunciar sus artículos.
«¿De qué estás
hablando?», le pregunté imperturbable.
«De tu Knut Hansum. Del
libro más importante que ha escrito: Mysterium se llama, en alemán.»
«Se refiere a
Misterios», dijo Mona.
«Sí, Misterios», gritó
Nahoum Yood.
«Ha estado hablándome
de eso ahora», dijo Mona. «La verdad es que parece maravilloso.»
«¿Más maravilloso que
Un vagabundo toca con sordina?»
Nahoum Yood nos
interrumpió: «Eso, eso no es nada. Por Tierra Nueva le dieron el Premio Nobel.
Pero Mysterium no lo conoce nadie todavía. Mira, te lo voy a explicar...» Hizo
una pausa, se dio media vuelta y escupió. «No, es mejor no explicarlo. Ve a tu
biblioteca Carnegie de chicle y pídelo. ¿Cómo lo decís en inglés? ¿Misterios?
Casi igual... pero Mysterium es mejor. Más mysterischer, nicht? Lanzó una de
sus amplias sonrisas de raíl de tranvía, con lo que el ala del sombrero se le
cayó sobre los ojos.
De repente, se dio
cuenta de que había congregado a un auditorio. «¡Marchaos a casa!», exclamó,
alzando ambos brazos para alejar a la multitud. «¿Acaso estamos vendiendo
cordones de zapatos aquí? ¿Qué os pasa? ¿Es que tengo que alquilar un salón
para decir unas palabras en privado a un amigo? No estamos en Rusia. Marchaos a
casa... ¡fuera!» Y volvió a agitar los brazos.
Nadie se movió. Se
limitaron a sonreír indulgentemente. Al parecer, lo conocían bien, a aquel
Nahoum Yood. Uno de ellos habló en yiddish. Nahoum Yood lanzó una especie de
sonrisa triste y complaciente y nos miró indefenso.
«Quieren que les recite
algo en yiddish.»
«Estupendo», dije.
«¿Por qué no lo haces?»
Volvió a sonreír,
tímidamente esa vez. «Son como niños», dijo. «Esperad, les voy a contar una
fábula. Sabéis lo que es una fábula, ¿verdad? Es una fábula que trata de un
caballo verde con tres patas. Sólo puedo contarla en yiddish... espero que me
perdonaréis.»
En el momento en que
empezó a hablar en yiddish, su semblante cambió radicalmente. Adoptó una
expresión tan seria y apasionada, que pensé iba a deshacerse en lágrimas en
cualquier momento. Pero, cuando miré a su auditorio, vi que estaban lanzando
risitas. Cuanto más seria y apenada era su expresión, más alegres se ponían sus
oyentes. Al final, se tronchaban de risa. Nahoum Yood ni siquiera esbozó una
sonrisa en ningún momento. Acabó con semblante inexpresivo, entre explosiones
de risa.
«Ahora», dijo, dando la
espalda a su auditorio y cogiéndonos del brazo a los dos, «ahora vamos a ir a
algún sitio a oír algo de música. Conozco una tabernita en Hester Street, en un
sótano. Gitanos rumanos. Tomaremos un poco de vino y algunos Mysterium, ¿de
acuerdo? ¿Tenéis dinero? Yo sólo tengo veintitrés centavos.» Volvió a sonreír,
esa vez como un pastel de arándano. De camino, no cesaba de descubrirse ante
éste o aquél. A veces se paraba y por unos minutos entablaba conversación en
serio con su amigo. «Disculpadme», decía, al volver corriendo hacia nosotros
sin aliento, «pero he pensado que tal vez pudiese dar un pequeño sablazo. Era
el director de un periódico yiddish... pero está todavía más boqueras que yo.
Vosotros lleváis algo de dinero, ¿verdad? La próxima vez invito yo.»
En la taberna rumana me
encontré con uno de mis ex repartidores, Dave Olinski. Había trabajado de
repartidor nocturno en la oficina de Grand Street. Lo recordaba bien porque el
día que habían robado en la oficina y habían vaciado la caja fuerte, Olinski había
estado en un tris de perder la vida. (En realidad, yo había dado por supuesto
qué había muerto.) Lo había colocado en aquella oficina a petición propia;
porque era un barrio extranjero, y porque sabía hablar ocho lenguas. Olinski
pensaba que iba a ganar mucho con las propinas. Todo el mundo lo detestaba,
incluidos los que trabajaban con él. Cada vez que me lo encontraba, me daba la
lata hablándome de Tel Aviv. Siempre Tel Aviv y Boulogne-sur-Mer. (Llevaba
consigo postales de todos los puertos en que había hecho escala. Pero la
mayoría de ellas eran de Tel Aviv.) El caso es que en cierta ocasión, antes del
«accidente», lo envié a Canarsie, donde había una plage. Usé la palabra plage
porque siempre que Olinski hablaba de Boulogne-sur-Mer, mencionaba la maldita
plage donde había ido a bañarse.
Me estaba diciendo que,
después de dejar nuestro empleo, se había hecho agente de seguros. La realidad,
apenas habíamos cambiado unas cuantas palabras, cuando se puso a intentar
venderme una póliza. A pesar de lo que me desagradaba el tío, no intenté hacerle
callar. Pensé que le vendría bien practicar conmigo. Así, que, con gran
disgusto de Nahoum Yood, le dejé seguir parloteando, y fingí que tal vez
deseara un seguro contra accidentes, enfermedad e incendios. Entretanto,
Olinski había pedido bebidas y pastas para nosotros. Mona había abandonado la
mesa para entablar conversación con la propietaria. Estando así, entró un
abogado llamado Mannie Hirsch: otro amigo de Arthur Raymond. Era un apasionado
de la música, y sobre todo de Scriabin. Olinski, que se había visto arrastrado
a la conversación contra su voluntad, tardó un buen rato en entender de quién
estábamos hablando. Cuando descubrió que se trataba de un simple compositor,
dio muestras de profundo desagrado. Preguntó si no deberíamos ir a un lugar más
tranquilo. Le expliqué que era imposible, que debía darse prisa y explicarme
todo rápidamente, antes de que nos fuéramos. Mannie Hirsch no había parado de
hablar desde el momento en que se había sentado. Al cabo de poco, Olinski se
lanzó a su rutinaria charla, pasando de una póliza a otra; tenía que alzar
mucho la voz para ahogar la de Mannie Hirsch. Yo escuchaba a los dos a un
tiempo. Nahoum Yood intentaba oír formando una trompetilla con la mano. Al
final, le dio un ataque de risa histérica. Sin avisar, se puso a recitar una de
sus fábulas... en yiddish. Aun así, Olinski siguió hablando, esa vez en voz muy
baja, pero aún más de prisa que antes, porque cada minuto era precioso. Hasta
cuando toda la taberna se echó a reír estrepitosamenté, Olinski siguió vendiéndome
una póliza tras otra.
Cuando por fin le dije
que tendría que pensarlo, puso cara de estar mortalmente ofendido. «Pero ya le
he explicado todo claramente, señor Miller», dijo con voz lastimera.
«Pero ya tengo dos
pólizas de seguros», mentí.
«Eso no importa»,
insistió. «Las cobraremos y suscribiremos otras mejores.»
«Eso es lo que me
quiero pensar», repliqué.
«Pero no hay nada que
pensar, señor Miller.»
«No estoy seguro de
haberlo entendido todo», dije. «Tal vez sea mejor que vengas mañana por la
noche a mi casa», y acto seguido le escribí una dirección falsa.
«¿Está usted seguro de que
estará en casa, señor Miller?»
«Si no voy a estar, te
telefonearé.»
«Pero es que no tengo
teléfono, señor Miller.»
«Entonces te enviaré un
telegrama.»
«Pero ya tengo dos
citas para mañana por la tarde.»
«Entonces quedamos para
pasado mañana por la noche», dije, sin inmutarme lo más mínimo con aquella
cháchara. «O», añadí maliciosamente, «podrías venir a verme después de
medianoche, si te va mejor. Siempre estamos levantados basta las dos o las tres
de la mañana.»
«Me temo que será
demasiado tarde», dijo Olinski, con expresión cada vez más desconsolada.
«Bueno, vamos a ver»,
dije, con expresión meditativa y rascándome la cabeza. «¿Y si nos encontráramos
dentro de una semana? Pongamos, a las nueve y media en punto.»
«Aquí, no, señor
Miller, por favor.»
«De acuerdo. Entonces,
donde tú prefieras. Envíame una postal mañana o pasado. Y tráete todas las
pólizas, ¿de acuerdo?»
Durante esa última
cháchara, Olinski se había levantado de la mesa y estaba dándome la mano para
despedirse. Cuando se volvió para recoger sus papeles, descubrió que Mannie
Hirsch estaba dibujando animales sobre ellos. Nahoum Yood estaba escribiendo un
poema —en yiddish— en otro. Se molestó tanto con aquel giro inesperado de los
acontecimientos, que se puso a gritarles en varias lenguas a la vez. Se estaba
poniendo rojo de rabia. Al instante, el guarda, que era griego y luchador
retirado, tenía cogido a Olinski de los fondillos del pantalón y estaba
poniéndolo de patas en la calle. La propietaria agitó el puño en su cara,
cuando pasó ante la puerta de cabeza. En la calle el griego le hurgó en los
bolsillos, sacó unos cuantos billetes y después tiró la calderilla sobrante a
Olinski, que entonces estaba a cuatro patas, y parecía tener retortijones.
«Esa es una forma
terrible de tratar a una persona», dijo Mona.
«Lo es, pero él parece
provocarlo.»
«No deberías haberlo
incitado: ha sido una crueldad.»
«Lo reconozco, pero es
que es un pelmazo. De todos modos, habría ocurrido.»
Luego me puse a contar
mi experiencia con Olinski. Expliqué que lo había complacido trasladándolo de
una oficina a otra. En todos lados era la misma historia. Siempre lo estaban
insultando y maltratando... «sin el menor motivo», según decía. «No les gusto a
ésos», decía.
«No parece que gustes a
nadie», acabé diciéndole un día. «¿Se puede saber qué es lo que te pasa?»
Recuerdo muy bien la mirada que me echó, cuando le solté eso. «Venga», dije.
«Dímelo, porque ésta es tu última oportunidad.»
Para mi asombro, esto
fue lo que respondió: «Señor Miller, tengo demasiada ambición para ser un buen
repartidor. Debería tener un puesto de mayor responsabilidad. Con mi formación,
sería un buen director. Podría hacer economizar dinero a la compañía. Podría
proporcionarle más negocios, incrementar el rendimiento.»
«Espera un momento», lo
interrumpí. «¿Es que no sabes que no tienes la menor oportunidad del mundo de
llegar a ser director de una sucursal? Estás loco. Ni siquiera sabes inglés, y
menos aún esos ocho idiomas de que siempre estás hablando. No sabes llevarte
bien con tus vecinos. Eres un pesado, ¿no lo entiendes? No me hables de tus
magníficas ideas para el futuro... dime una sola cosa... cómo es que has
llegado a ser lo que eres... semejante pelmazo de los cojones, quiero decir.»
Olinski parpadeó al oír
aquello... «Señor Miller», comenzó, «debe usted saber que soy buena persona,
que hago lo posible para...»
«¡Mentira!», exclamé.
«Ahora dime sinceramente: ¿por qué se te ocurrió marcharte de Tel Aviv?»
«Porque quería llegar a
ser algo, ésa es la verdad.»
«¿Y no podías hacerlo
en Tel Aviv... o en Boulogne- sur-Mer?»
Lanzó una sonrisa
burlona. Antes de que pudiera abrir la boca, proseguí: «¿Te llevabas bien con
tus padres? ¿Tenías algún amigo íntimo allí? Espera un momento» —alcé la mano
para atajar su respuesta—. «¿Te ha dicho alguna vez alguien en todo el mundo
que le gustaras? ¡Respóndeme a eso!»
Guardó silencio. No
estaba hundido,. simplemente desconcertado.
«¿Sabes lo que deberías
ser?», continué. «Un soplón.»
No sabía lo que
significaba esa palabra. «Mira», le expliqué, «un soplón es el que se gana
dinero espiando a otra gente, dando informaciones sobre ella... ¿entiendes?»
«¿Y dice usted que yo
debería ser un soplón?», dijo gritando, irguiéndose e intentando poner
expresión digna.
«Exactamente», dije,
sin pestañear. «Y si no eso, verdugo. Ya sabes...» —e hice un movimiento
circular y siniestro con la mano— «el que se encarga de ahorcar a la gente.»
Olinski se puso el
sombrero y avanzó hacia la puerta. De repente, se dio la vuelta, giró sobre sus
pasos y volvió con calma hasta mi escritorio. Se quitó el sombrero y lo sostuvo
con las dos manos. «Discúlpeme», dijo, «pero, ¿podría darme otra oportunidad...
en Harlem?» Lo dijo con tono de voz natural, como si no hubiera ocurrido nada
desagradable.
«Pues, ¡claro!»,
respondí con presteza. «Naturalmente, que te voy a dar otra oportunidad, pero
es la última, recuérdalo. Estás empezando a gustarme, ¿sabes?»
«Mira, Dave», dije,
inclinándome hacia él, como si tuviera algo confidencial que proponerle, «te
voy a colocar en la peor oficina que tenemos. Si eres capaz de salir adelante
en ella, podrás hacerlo en cualquier sitio. Tengo que avisarte de una cosa... no
crees el menor problema en esa oficina o, si no» —y al decir esto me pasé la
mano por el cuello—, «¿entiendes?»
«¿Son buenas las
propinas allí, señor Miller?», preguntó, fingiendo no haberse sentido afectado
por mi última observación.
«Nadie da propina en
ese barrio, amigo mío. Y no intentes conseguirlas tampoco. Agradece a Dios
todas las noches que sigas con vida al llegar a casa. En los tres últimos años
hemos perdido ocho repartidores en esa oficina. Saca las conclusiones por ti mismo.»
Al decir eso, me
levanté, lo cogí del brazo y lo acompañé hasta la escalera. «Mira, Dave», dije,
al darle la mano, «tal vez yo sea amigo tuyo y tú no lo sepas. Quizá me
agradezcas algún día que te colocara en la peor oficina de Nueva York. Tienes
tanto que aprender, que no sé qué decirte primero. Ante todo, intenta mantener
la boca cerrada. Sonríe de vez en cuando, aunque te cueste trabajo. Di
«gracias», aunque no te den propina. Habla una sola lengua y Jo menos posible.
Olvídate de la idea de llegar a ser director. Sé un buen repartidor. Y no digas
a la gente que procedes de Tel Aviv, porque no van a saber de qué hablas. Has
nacido en el Bronx, ¿entiendes? Si no puedes comportarte decentemente, hazte el
tonto, hazte el schlemiel, ¿comprendes? Aquí tienes, para que vayas al cine. Ve
a ver una película divertida, para variar. ¡Y que no vuelva yo a oír hablar de
ti!»
Al caminar aquella
noche con Nahoum Yood hacia el metro, me vinieron recuerdos vividos de mis
exploraciones nocturnas con O’Rourke. Al East Side era adonde me dirigía
siempre, cuando quería sentirme conmovido hasta las entrañas. Era como volver a
casa. Todo era familiar de modo misterioso. Era como si hubiese conocido el
mundo del ghetto en una encarnación anterior. La característica que más me
impresionaba era la pululación. Todo pugnaba por salir a la luz en gloriosa
profusión. Todo germinaba y fulguraba, exactamente igual que en los sombríos
cuadros de Rembrandt. Me sentía constantemente sorprendido, hasta por las cosas
más insignificantes y ordinarias. Era el mundo de mi infancia, en el que los
objetos comunes y cotidianos adquirían carácter sagrado. Aquellos pobres y
despreciados extranjeros vivían con los objetos desechados por un mundo que
había seguido avanzando. Para mí eran los supervivientes de un pasado que había
sido sofocado abruptamente. Su pan era todavía pan bueno, que se podía comer
sin mantequilla ni mermelada. Las lámparas de petróleo daban a sus habitaciones
un resplandor sagrado. La cama se alzaba siempre amplia e incitante, el
mobiliario era antiguo pero cómodo. Para mí era constante motivo de asombro lo
limpios y ordenados que estaban los interiores de aquellos edificios horribles,
que parecían desmoronarse en pedazos. Nada puede ser más elegante que un simple
hogar pobre pero limpio y lleno de paz. En mi búsqueda de muchachos vagabundos
vi centenares de hogares así. Muchas de aquellas escenas inesperadas con que
nos encontramos en plena noche eran como páginas ilustradas del Antiguo
Testamento. Entrábamos, en busca de un muchacho delincuente o de un
ladronzuelo, y salíamos con la sensación de habernos sentado a la mesa con los
hijos de Israel. Por lo general, los padres no tenían el menor conocimiento del
mundo en que habían entrado sus hijos al incorporarse a la fuerza de
repartidores. Casi ninguno de ellos había pisado en su vida un edificio de
oficinas. Se habían visto trasladados de un ghetto a otro sin vislumbrar nunca
el mundo que quedaba entre ellos. A veces sentía deseos de acompañar a uno de
aquellos padres al hemiciclo de una Bolsa, donde pudiera observar a su hijo
corriendo de un lado para otro como una bomba contra incendios entre el
desenfrenado pandemónium creado por los enloquecidos agentes bursátiles, juego
apasionante y lucrativo que en ocasiones permitía al muchacho sacarse setenta y
cinco dólares en una sola semana. Algunos de aquellos «muchachos» seguían
siendo unos muchachos, a pesar de haber cumplido los treinta o cuarenta años y
poseer, algunos de ellos, manzanas de inmuebles, granjas, casas de alquiler o
lotes de bonos de primera clase. Muchos de ellos tenían cuentas bancarias que
ascendían a más de diez mil dólares. Y, sin embargo, seguían siendo
repartidores, iban a seguir siéndolo hasta la muerte... ¡Qué mundo más
incongruente para que un inmigrante se viera sumergido en él! Yo mismo apenas
podía dar pie con bola dentro de él. A pesar de las ventajas de una educación
americana, ¿acaso no me había visto obligado (a mis veintiocho años de edad) a
buscar aquella ocupación, la más modesta de todas? ¿Y acaso no era a costa de
extremas dificultades como conseguía ganar dieciséis o diecisiete dólares a la
semana? Pronto iba a abandonar ese mundo para abrirme camino como escritor, y
como tal iba a estar aún más indefenso que el más humilde de aquellos
inmigrantes. Pronto iba a estar mendigando a hurtadillas y de noche por las
calles, en las propias inmediaciones de mi casa. Pronto iba a quedarme parado
delante de los escaparates de los restaurantes, mirando con envidia y
desesperación los manjares que se podían comer. Pronto iba a verme agradeciendo
a vendedores de periódicos que me diesen una moneda de cinco o de diez centavos
para una taza de café y un buñuelo.
Sí, mucho antes de que
sucedieran, ya pensaba yo en esas eventualidades precisamente. Tal vez la razón
por la que me gustaba tanto el nuevo nido de amor fuese la de que sabía que no
podía durar mucho. Nuestro nido de amor «japonés», lo llamaba yo. Porque estaba
vacío, inmaculado, con el diván bajo colocado en el centro mismo de la
habitación, las luces apropiadas, ni un solo objeto de más, las paredes
iluminadas con suave resplandor atenuado, el suelo brillante como si todas las
mañanas lo rasparan y lustrasen. Inconscientemente, hacíamos todo de forma
ritualista. El lugar te incitaba a comportarte así. Lo habían acondicionado
para un hombre rico y lo tenían alquilado dos devotos que sólo tenían riqueza
interior. Cada uno de los libros de las estanterías había sido adquirido con
esfuerzo y devorado con deleite, y había enriquecido nuestras vidas. Hasta la
Biblia deshilachada tenía una historia tras sí...
Un día, al sentir la
necesidad de una Biblia, había enviado a Mona a buscar una. Le advertí que no
la comprara. «Pide a alguien que te regale su ejemplar. Prueba con el Ejército
de Salvación o ve a una de las Casas de Beneficencia. Había hecho lo que le había
pedido y se la habían negado en todas partes. (¡Qué cosa más extraña!, pensé
para mis adentros.) Y entonces, como en respuesta a una oración, ¿quién os
imagináis que apareció como caído del cielo? ¡El loco de George! Allí estaba,
esperándome, cuando llegué a casa un sábado por la tarde. Y Mona sirviéndole té
y bizcocho. Me pareció ver una aparición.
Naturalmente, Mona no
sabía que se trataba del loco de George, un personaje procedente de mi
infancia. Había visto a un hombre con un carro de verduras, subido al
guardabarros y predicando la palabra de Dios. Los chavales estaban burlándose
de él, arrojándole cosas a la cara, y él los bendecía (con un látigo en la
mano), diciendo: «Dejad que los niños se acerquen a mí... Benditos sean los
mansos y humildes...»
«George», dije, «¿no te
acuerdas de mí? Solías traernos carbón y leña. Soy de Driggs Avenue... el
distrito XIV.»
«Recuerdo a todos los
hijos de Dios», dijo George. «Hasta la tercera y cuarta generación. Bendito
seas, hijo mío, y que el Espíritu Santo te acompañe eternamente.»
Antes de que yo pudiera
decir otra palabra, George se había puesto a pontificar como solía hacer en
tiempos. «Soy el que da testimonio de mí mismo, y el Padre que me envió da
testimonio de mí... ¡Amén! ¡Aleluya! ¡Alabad al Señor!»
Me levanté y rodeé con
los brazos a George. Ahora era un hombre viejo, un viejo chiflado, apacible,
adorable, el ultimo hombre del mundo que esperaba ver sentado en mi propia
casa. Había sido una figura terrorífica para nosotros, los chicos, siempre restallando
aquel largo látigo ante nuestros rostros, y amenazando con la condena, el fuego
y el azufre eternos, azotando a su caballo furiosamente, cuando resbalaba en el
pavimento helado, alzando el puño hacia el cielo e implorando a Dios para que
castigara nuestra maldad. ¡Qué padecimientos le infligíamos en aquella época!
«¡El loco de George! ¡El loco de George!», gritábamos hasta tener la cara
congestionada. Después le tirábamos bolas de nieve, bolas heladas y apretadas,
que a veces le acertaban entre los ojos y lo hacían bailar de rabia. Y mientras
perseguía a uno de nosotros como un demonio, otro le robaba sus verduras o
frutas, o vaciaba un saco de patatas en el arroyo. Nadie sabía cómo se había
vuelto así. Al parecer, había estado predicando la palabra de Dios desde que
nació. Era como uno de los profetas de la antigüedad, y tan sucio como algunos
de los grandes profetas bíblicos.
Veinte años habían
pasado desde que había visto a George Dentón por última vez. Y ahí estaba otra
vez, hablándome de Jesús, la Luz del Mundo. «¡Y el que me envió», dijo George,
«está conmigo! El Padre no me ha abandonado; pues siempre hago lo que Le complace...
Conoceréis la Verdad, y la Verdad os hará libres. ¡Amén, hermano! ¡Que la
gracia de Dios sea con vosotros y os proteja!»
No tenía demasiado
sentido preguntar a un hombre como George qué había sido de él durante todos
aquellos años. Probablemente el tiempo hubiese pasado como un sueño para él.
Era evidente que no pensaba en el mañana. Seguía recorriendo la ciudad con su
caballo y su carro, exactamente como si no existiese el automóvil. El látigo
descansaba a su lado en el suelo: era inseparable de él.
Se me ocurrió ofrecerle
un cigarrillo. Mona tenía una botella de oporto en la mano.
«El Reino de Dios»,
dijo George, alzando la mano en señal de protesta, «no es la carne ni la
bebida, sino la rectitud, y la paz, y la alegría en el Espíritu Santo... No es
bueno comer carne, ni beber vino, ni cualquier otra cosa que haga tropezar a tu
hermano o lo ofenda o lo debilite.»
Una pausa mientras Mona
y yo tomábamos un sorbo de oporto.
Prosiguiendo como si no
me hubiera oído, George declamó: «¿Acaso no sabéis que vuestro cuerpo es el
templo del Espíritu Santo que está en vosotros, que habéis recibido de Dios y
no os pertenece? Os ha redimido a alto precio: así, pues, ensalzad a Dios en
vuestro cuerpo, y en vuestro espíritu, que son de Dios. ¡Amén! ¡Amén!»
Me eché a reír, no en
tono de burla, sino suave y naturalmente: embriagado con las Sagradas
Escrituras. A George no le importó. Siguió barbullando, como en otro tiempo.
Nunca se dirigía a nosotros como a personas, sino como a vasijas en las que
vertía la bendita leche de la Santa Virgen. Sus ojos no veían ninguno de los
objetos materiales que lo rodeaban. Para él una habitación era igual a otra, y
ninguna mejor que el establo al que conducía sus caballos. (Probablemente
durmiera con ellos.) No, tenía una misión que cumplir y ésta le proporcionaba
alegría y olvido. Desde la mañana hasta la medianoche estaba atareado
difundiendo la palabra de Dios. Hasta cuando compraba sus productos seguía
difundiendo el Evangelio.
¡Qué existencia tan
bella y libre de trabas!, pensé para mis adentros. ¿Loco? Por supuesto, que
estaba loco, loco de atar. Pero en el buen sentido. George nunca hirió de
verdad a nadie con su látigo. Le gustaba hacerlo restallar, simplemente para
convencer a los chiquillos maliciosos de que no era un viejo idiota y
completamente indefenso.
«Resistid al demonio»,
dijo George, «y escapará de vuestro lado. Acercaos a Dios, y él se acercará a
vosotros. Limpiaos las manos, vosotros los pecadores; y purificaos los
corazones, vosotros los falsos... Humillaos a la vista del Señor, y El os
elevará.»
«George», dije,
sofocando el estallido de la risa, «me haces sentirme bien. Hace tanto...»
«La salvación viene de
Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero... No hagáis daño a la
tierra, ni al mar, ni a los árboles, hasta que no hayamos marcado con el sello
en la frente a los siervos de nuestro Dios.»
«¡Muy bien! Oye,
George, recuer...»
«No pasarán más hambre
ni más sed; ni el sol caerá sobre ellos ni calor alguno. El Cordero, que está
en medio del Trono, los alimentará, y los guiará hasta las fuentes vivas de las
aguas: y Dios enjugará todas las lágrimas de sus ojos.»
Al decir eso, George
cogió un enorme pañuelo sucio de lunares encarnados y se secó los ojos, y
después se sonó la nariz vigorosamente. «¡Amén! ¡Alabad a Dios por Su poder
salvador y tutelar!»
Se levantó y se dirigió
a la chimenea. Sobre la repisa había un manuscrito inacabado sujeto por una
figurilla que representaba a una diosa danzante hindú. George se dio media
vuelta rápidamente y habló: «Sellad las cosas que pronunciaron los siete truenos,
y no las escribáis... En la época en que el séptimo ángel haga sonar su voz, el
misterio de Dios quedará consumado, como ha declarado a Sus siervos y
profetas.»
Justo entonces me
pareció oír que los caballos se agitaban fuera. Fui a la ventana para ver qué
pasaba. George había alzado la voz. Ahora era casi un grito que subía de su
garganta. «¿Quién no te oirá, oh, Señor, ni glorificará Tu nombre? Pues sólo Tú
eres santo.»
Los caballos se
llevaban el carro, los chiquillos gritaban encantados y se servían, como en
otro tiempo, fruta y verduras. Hice señas a George para que se acercara a la
ventana. Seguía gritando... «Las aguas que has visto, donde se sienta la
ramera, son pueblos, y multitudes, y naciones, y lenguas. Y los diez
cuernos...»
«¡Más vale que te des
prisa, George, o se te escaparán!»
Raudo como un rayo, se
agachó para coger el látigo y salió corriendo a la calle. «¡Sooo, Jezabel!», lo
oí gritar. «¡Sooo!»
En un santiamén estaba
de vuelta para ofrecernos una cesta de manzanas y unas coliflores. «Aceptad los
dones del Señor», dijo. «¡La Paz sea con vosotros! ¡Amén, hermano! ¡Gloria,
hermana! ¡Gloria a Dios en las Alturas!» A continuación, se dirigió a su carro,
fustigó a los caballos con su largo látigo, e impartió bendiciones en todos los
sentidos.
Hasta algún tiempo
después de que se hubiera ido no descubrí la raída Biblia que había dejado
olvidada. Estaba grasienta, con marcas de dedos, y picaduras de moscas; había
perdido las pastas y le faltaban algunas páginas. Yo había pedido la Biblia y
la había recibido. «Buscad y encontraréis. Pedid y se os dará. Llamad y os
abrirán.» Me puse a declamar un poco yo también. Las Escrituras embriagan más
que los vinos más fuertes. Abrí el Libro al azar y quedó abierto por uno de mis
pasajes favoritos:
«Y en la frente llevaba
un nombre escrito: MISTERIO, BABILONIA LA GRANDE, LA MADRE DE LAS RAMERAS Y DE
LAS ABOMINACIONES DE LA TIERRA.
»Y vi a la mujer
embriagada con la sangre de los santos, y con la sangre de los mártires de
Jesús; y cuando la vi, fui presa de gran maravilla.
»Y el ángel me dijo:
¿Por qué te maravillas? Te voy a contar el misterio de la mujer, y de la bestia
que la transporta, la cual tiene siete cabezas y diez cuernos.
»La bestia que has
visto fue, y no es; y ascenderá del abismo sin fondo, e irá a la perdición: y
los habitantes de la tierra, cuyos nombres no están escritos en el Libro de la
Vida desde la fundación del mundo, se maravillarán, cuando vean la bestia que fue,
y no es y, aún así, es.»
Escuchar a los
fanáticos religiosos siempre me da hambre y sed: quiero decir de las llamadas
cosas buenas de la vida. Un espíritu pleno provoca apetito por todas las partes
y miembros del cuerpo. Tan pronto como se fue George, empecé a preguntarme en
qué parte de aquel maldito barrio aristocrático podría encontrar una panadería
en que vendieran streusel küchen o buñuelos con mermelada (Pfanrt Küchen) o un
rico bizcocho de canela que se deshiciese en la boca. Tras beber unos cuantos
vasos más de oporto, me puse a pensar en comestibles más sustanciosos, como
sauerbroten y albóndigas de patatas y tostones flotando en una sabrosa salsa
negra y picante; pensé en un tierno brazuelo de cerdo asado con manzanas fritas
al lado, en mejillones con jamón de entremés, en crépes Suzette, en nueces de
Brasil y pacanas, en Charlotte, russe, como sólo saben hacerla en Luisiana. En
aquel momento habría saboreado cualquier cosa rica, suculenta y sabrosa. Comida
pecaminosa, eso era lo que ansiaba. Comida pecaminosa y vinos afrodisíacos. Y
un Kiimmel excelente para rematarla.
Intenté pensar en
alguien en cuya casa pudiéramos estar seguros de recibir una buena comida. (La
mayoría de mis amigos comían fuera.) Los que se me ocurrían vivían demasiado
lejos o bien eran de los que no te permitían presentarte sin avisar.
Naturalmente, Mona era partidaria de comer en un restaurante excelente, de
comer hasta que estuviéramos a punto de reventar, tras lo cual yo esperaría
sentado hasta que ella pudiese encontrar a alguien que pagara la comida. No me
hacía ninguna gracia la idea. Lo habíamos hecho demasiadas veces. Además, en
una o dos ocasiones me había ocurrido pasar la noche esperando a que alguien
apareciera con el dinero. De eso nada, monada; si. íbamos a comer bien, quería
llevar el dinero con que pagar en el bolsillo.
«¿Cuánto tenemos, a
todo esto?», pregunté. «¿Has mirado por todos lados?»
Unos setenta y dos
centavos era todo lo que se podía juntar, al parecer. Faltaban seis días para
cobrar. No estaba de humor —y tenía demasiado hambre— como para ponerme a hacer
la ronda de las oficinas de telégrafos para sólo reunir unas monedas.
«Vamos a la panadería
escocesa», dijo Mona. «Sirven comidas allí. Es muy sencillo, pero sustancial. Y
barato.»
La panadería escocesa
quedaba cerca de Borough Hall. Un lugar deprimente, con mesas de mármol y
serrín en el suelo. Los propietarios eran severos presbiterianos de la vieja
Escocia. Hablaban con un acento que me recordaba desagradablemente a los padres
de MacGregor. Cada sílaba que pronunciaban sonaba con el tintineo de una perra
chica, con la resonancia de un osario. Como eran atentos y correctos, estabas
obligado a mostrarte agradecido por el servicio que te prestaban.
Tomamos una mezcla de
jarretes de caballo y gachas de avena con panecillos untados de mantequilla al
lado y una hoja fina de lechuga sin aliñar de adorno. La comida no sabía
absolutamente a nada; la había cocinado una solterona de cara de vinagre que no
había conocido un día de alegría en su vida. Yo habría preferido tomar un tazón
de sopa de cebada salpicada con trocitos de pan ácimo. O salchichas de
Frankfurt fritas y ensalada de patatas, como las que se metía entre pecho y
espalda la familia de Al Burger.
La comida me serenó
completamente. Pero me dejó el aura de la embriaguez. No sé por qué, empecé a
experimentar esa sensación de ligereza y suprema lucidez, esa disposición como
de huesos huecos y venas transparentes, que siempre me proporcionaba una despreocupación
extraordinaria. Cada vez que se abría la puerta, un cencerro y una batahola
horribles nos atacaban al oído. Delante de la puerta pasaban dos líneas de
tranvías, justo enfrente había una tienda de fonógrafos y otra de radios, y en
las esquinas una congestión perpetua del tráfico. Al marcharnos, estaban
encendiendo las luces. Yo llevaba un palillo en la boca que iba mordisqueando
satisfecho, llevaba el sombrero ladeado hacia una oreja, y, al poner el pie en
la acera, me di cuenta de que hacía una noche maravillosamente suave, uno de
los últimos días del verano. Extraños retazos de pensamiento me asaltaban. Por
ejemplo, me venía sin cesar el recuerdo de un día de verano de unos quince años
antes en que, en aquella misma esquina donde ahora todo era un pandemónium,
había montado a un tranvía con mi amigo MacGregor. Era un tranvía abierto y nos
dirigíamos a Sheepshead Bay. Llevaba bajo el brazo un ejemplar de Sanine. Había
acabado de leerlo y estaba a punto de dejárselo a mi amigo MacGregor. Mientras
cavilaba en la agradable impresión que me había causado aquel libro olvidado,
percibí la explosión de una música extrañamente familiar procedente del altavoz
de la tienda de radios de la acera de enfrente. Era Cantor Sirota cantando una
de las antiguas tonadas de sinagoga. La conocía al dedillo por haberla
escuchado docenas de veces. En tiempos había tenido todos los discos suyos que
había en venta. ¡Y a menudo precio los había comprado!
Miré a Mona para ver
qué efecto le había causado la música. Tenía los ojos húmedos y el rostro
tenso. Le cogí la mano en silencio y la sostuve en la mía. Nos quedamos así
unos minutos después de que la música hubiera cesado, sin que ninguno de los
dos intentara decir palabra.
Finalmente, musité:
«¿La reconoces?»
No respondió. Le
temblaban los labios. Vi que una lágrima le rodaba por la mejilla.
«Mona, querida Mona,
¿por qué has de guardártelo para ti? Lo sé todo. Hace mucho que lo sé...
¿Creías que iba a avergonzarme de ti?»
«No, no, Val.
Simplemente no podía decírtelo. No sé por qué.»
«Pero, ¿no se te
ocurrió nunca, querida Mona, que te amo más precisamente porque eres judía?
Tampoco sé por qué digo esto, pero es la verdad. Me recuerdas a las mujeres que
conocí de niño... en el Antiguo Testamento. Ruth, Noemí, Esther, Raquel,
Rebeca... De niño siempre me preguntaba por qué ninguna de las mujeres que
conocía llevaba esos nombres. Para mí eran nombres preciosos.»
Le rodeé el talle con
el brazo. Ya estaba a medias sollozando. «Vamos a esperar un momento más.
Quiero decirte otra cosa. Quiero que sepas que te estoy hablando en serio. Te
estoy hablando con el corazón en la mano. No es algo que se me acabe de
ocurrir, es algo que quería decirte desde hace mucho tiempo.»
«No lo digas, Val. Por
favor, no digas nada más.» Me puso la mano en la boca para hacerme callar. La
dejé descansar unos momentos en ella, y después la retiré suavemente.
«Déjame», le rogué. «No
va a herirte. ¿Cómo iba a poder herirte u ofenderte ahora?»
«Pero es que ya sé lo
que vas a decir. Y... Y no lo merezco.»
«¡Tonterías! Ahora
escúchame... ¿Recuerdas el día en que nos casamos... en Hoboken? ¿Recuerdas
aquella asquerosa ceremonia? No la he olvidado en ningún momento. Mira, esto es
lo que he estado pensando... Supongamos que me hago judío... ¡No te rías! Lo digo
en serio. ¿Qué tiene de extraño? En lugar de hacerme católico o mahometano, me
haré judío. Y por la mejor razón del mundo.»
«¿Y cuál es esa razón?»
Me miró a los ojos con expresión de absoluto desconcierto.
«Porque tú eres judía y
te amo... ¿es que no es razón suficiente? Amo todo lo que se refiere a ti...
¿por qué no habría de amar tu religión, tu raza, tus costumbres y tradiciones?
No soy cristiano, ya lo sabes. No soy nada. Ni siquiera soy goy... Mira, ¿por
qué no vamos a un rabino y nos casamos al estilo ortodoxo auténtico?»
Se había echado a
llorar, como si fuera a desternillarse. Algo ofendido, dije: «No te parezco
demasiado digno, ¿no es eso?»
«¡Calla, calla!»,
gritó. «Eres un bobo, un payaso, y te amo. No quiero que te hagas judío...
además, nunca podrías serlo. Eres demasiado... demasiado esto o lo otro. Y en
cualquier caso, mi querido Val, tampoco yo quiero ser judía. No quiero oír
hablar de ese tema. Te lo ruego, no vuelvas a mencionarlo siquiera. Yo no soy
judía. No soy nada. Soy simplemente una mujer... ¡y al diablo con el rabino!
Ven, vamos a casa...»
Caminamos hacia casa en
absoluto silencio, no un silencio hostil, sino triste. La ancha y bella calle
en que vivíamos parecía más que nunca decorosa y respetable, una calle
totalmente burguesa y gentil en la que sólo podían vivir protestantes. Los
grandes porches típicos de las casas de bien, unos con grandes balaustradas de
piedra, otros con delicadas barandas de hierro forjado daban una pincelada
solemne y pomposa a los edificios.
Al entrar en el nido de
amor, iba absorto en mis pensamientos. Raquel, Esther, Ruth, Noemí: esos
antiguos y maravillosos nombres bíblicos no cesaban de pasarme por la cabeza.
Algún recuerdo antiguo se me agitaba en la base del cráneo, intentando manifestarse...
«Donde quiera que vayas, iré yo; y donde quiera que habites, habitaré yo; tu
pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios.» Las palabras me sonaban en los
oídos, pero no podía situarlas. El Antiguo Testamento tiene ese sonsonete
peculiar, ese carácter repetitivo tan seductor para el oído anglosajón.
De repente, acudió esta
frase: «¿Por qué he hallado gracia en tus ojos, para que te intereses por mí, a
pesar de que soy extranjera?»
Entonces volví a verme
de niño sentado en una sillita junto a la ventana en el antiguo barrio. Había
estado enfermo y estaba recuperándome poco a poco. Uno de los parientes me
había traído un libro grande y fino con ilustraciones llamativas. Se llamaba Historias
de la Biblia. Había una que leía una y mil veces: sobre Daniel en el cubil de
los leones.
Vuelvo a verme, algo
mayor esa vez, todavía con pantalón corto en la Iglesia Presbiteriana donde
había aprendido a ser soldado. El ministro es un hombre muy viejo llamado
Reverendo Dr. Dawson. Escocés, pero persona cordial y bondadosa y amada por su
grey. Antes de iniciar el sermón, lee largos pasajes del libro santo a su
congregación. Tarda un buen rato en empezar, primero sonándose la nariz
vigorosamente, después doblando el pañuelo y guardándoselo en la cola de la
levita, luego echando un prolongado trago de agua de la jarra situada junto al
atril, después aclarándose la garganta y mirando hacia el cielo, y cosas así.
Ya no es un buen orador. Está envejeciendo y divaga mucho. Cuando pierde el
hilo, coge la Biblia y vuelve a leer un versículo o dos para refrescar la
memoria. Me afectan mucho sus fallos; durante esos momentos de olvido me agito
inquieto en el asiento. Lo animo en silencio lo mejor que puedo.
Pero ahora, sentado a
la suave luz del inmaculado nido de amor, comprendo de pronto de dónde proceden
todas esas frases que han acudido a mis labios. Me acerco a la librería y saco
la deshilachada Biblia que el loco de George se dejó. Paso las páginas distraído,
pensando con ternura en el viejo Dowson, en mi amiguito Jack Lawson, que murió
tan joven y de muerte tan horrible, en el sótano de la vieja iglesia
presbiteriana y en el polvo que levantábamos todas las noches, todos equipados
con divisas y galones, con charreteras, con espadas, polainas, banderas, con
los tambores ensordeciéndonos y los cornetines partiéndonos los tímpanos. Y
mientras esos recuerdos desfilan una y otra vez, me suenan en los oídos los
melodiosos versículos de la Biblia que el Reverendo Dr. Dawson devanaba como
una película de ocho carretes.
El libro descansa
abierto sobre la mesa y, mira por dónde, está abierto por el capítulo llamado
Ruth. Reza en grandes letras: LIBRO DE RUTH. Y justo encima de él el vigé-
simoquinto y último versículo de Los Jueces, versículo glorioso cuya fuente se
remonta a una época muy anterior a la infancia, tan atrás en el pasado, que
ningún hombre puede recordar otra cosa que su maravilla:
«En aquel tiempo no
había rey en Israel: todos los hombres hacían lo que les parecía recto.»
¿En qué tiempo?, me
pregunto. ¿Cuándo fue ese período glorioso y por qué lo había olvidado el
hombre? En aquel tiempo no había rey en Israel. Eso no pertenece a la historia
de Israel, eso pertenece a la historia del Hombre. Así es como comenzó el
hombre, con elevación, con dignidad, honor y sabiduría. Todos los hombres
hacían lo que les parecía recto. Ahí, en pocas palabras, está el secreto de una
sociedad humana decente y feliz. Hubo un tiempo en que los judíos conocieron
semejante condición de vida. Hubo un tiempo en que también los chinos la
conocieron, y los minoicos, y los hindúes, y los africanos, y los esquimales.
Me puse a leer el Libro
de Ruth, donde habla de Naomí y los moabitas. Con el vigésimo versículo quedé
electrizado: «Y ella les dijo: No me llaméis Naomí, llamadme Mara, pues en gran
amargura me ha puesto el Todopoderoso.» Y en el versículo vigésimo-primero
prosigue: «Salí colmada, y el SEÑOR me ha devuelto a casa vacía...»
Llamé a Mona, que en
tiempos había sido Mara, pero no hubo respuesta. La busqué y no estaba... volví
a sentarme, con lágrimas en los ojos, hojeando las raídas y deshilachadas
páginas. No iba a haber ni música celestial de la sinagoga... ni, siquiera, un ephah
de cebada. ¡No me llaméis Naomí, llamadme Mara! Y Mara había repudiado a su
pueblo, había repudiado hasta el nombre que le habían puesto. Era un nombre
amargo, pero ella no había sabido siquiera lo que significaba. Tu pueblo será
mi pueblo, y tu Dios mi Dios. Había abandonado el rebaño y el Señor le había
afligido.
Me levanté y me paseé
por la habitación. La atmósfera de ésta era toda elegancia, sencillez y
serenidad. Estaba muy excitado pero en modo alguno triste. Me sentía como el
nautilo caminando por las arenas del tiempo. Abrí las puertas correderas que
separaban nuestro apartamento del que estaba deshabitado. Las vidrieras emitían
un brillo ardiente. Me paseé en las sombras y dejé que la mente vagara en
libertad. Mi corazón estaba en paz. De vez en cuando me preguntaba como en
sueños dónde habría ido Mara. Sabía que no tardaría en regresar y en
tranquilizarse. Esperaba que se acordara de conseguir un poco de comida. Volvía
a sentir ganas de sentarme a la mesa y sorber un poco de vino. Pensé que con
ese talante era con el que debería uno sentarse a escribir. Me sentía tierno y
abierto, fluido, soluble. Comprendía lo fácil que era, en el ambiente adecuado,
pasar de la vida de empleado asalariado, de ganapán, de esclavo, a la de
artista. Era tan delicioso estar solo, recrearse con los pensamientos y
emociones propios. No se me ocurría que tendría que escribir sobre algo; en lo
único que pensaba era en que un día, estando del mismo humor exactamente, me
pondría a escribir. Lo importante era ser perpetuamente lo que ahora era,
sentir como sentía, quedarme sentado y quieto y hacer música. Desde la infancia
ése había sido mi sueño, quedarme sentado y quieto y hacer música. Estaba
empezando a comprender que para hacer música había que convertirse primero en
un instrumento exquisito y sensible. Había que detener la vida y la
respiración. Había que quitarse los patines. Había que soltar todas las
conexiones con el mundo exterior. Sí, eso era. Cierto, sí. De repente, quedé
firmemente convencido de lo que acababa de comprender tranquilamente... Pues el
Señor tu Dios es un Dios celoso...
Lo extraño, reflexioné,
era que la mayoría de las personas que conocía ya me consideraban escritor, a
pesar de que había hecho poco para demostrarlo. Daban por sentado que lo era no
sólo por mi comportamiento, que siempre había sido excéntrico e imprevisible,
sino también por mi pasión por el lenguaje. Desde que aprendí a leer nunca
estuve sin un libro. La primera persona a la que me atreví a leerle cosas en
voz alta fue mi abuelo; solía sentarme al borde de su banco de trabajo, en el
que estaba cosiendo chaquetas. Mi abuelo estaba orgulloso de mí, pero también
estaba algo alarmado. Recordé que había advertido a mi madre que debería quitar
los libros de mi alcance... Sólo unos años después y estoy leyendo en voz alta
a mis amiguitos, Joey y Tony, en las visitas que les hago al campo. A veces leo
delante de una docena o más de niños reunidos a mi alrededor. Leía y leía hasta
que se quedaban dormidos uno tras otro. Si tomaba el tranvía o el metro, leía
de pie, incluso fuera, en la plataforma del tren elevado. Al salir del tren
seguía leyendo... leyendo rostros, leyendo gestos, leyendo andares, leyendo
arquitectura, leyendo calles, pasiones, crímenes. Todo, si, todo, quedaba
anotado, analizado, comparado y descrito... para un futuro uso. Al examinar un
objeto, una faz, una fachada, lo estudiaba al modo como debía escribirse (más
adelante) en un libro, incluidos los adjetivos, adverbios, preposiciones,
paréntesis y qué sé yo. Antes de que hubiese proyectado siquiera el primer
libro, mi cabeza rebosaba con centenares de personajes. Yo era un libro
andante, un libro hablante, un compendio enciclopédico que seguía hinchándose
como un tumor maligno. Si me tropezaba con un amigo o un conocido, o incluso
con un extraño, seguía con la escritura mientras conversaba con él. Bastaban
unos segundos para que dirigiera la conversación a mi terreno, para que fijase
a mi víctima con un ojo hipnótico y la inundara. Si era a una mujer a quien
encontraba, podía hacerlo todavía con mayor facilidad. Noté que las mujeres
respondían a ese tipo de cosas mejor que los hombres. Pero con quien mejor
salía era con un extranjero. Mi lenguaje siempre embriagaba al extranjero, en
primer lugar porque hacía el esfuerzo de hablarle con claridad y sencillez, en
segundo lugar porque su mayor tolerancia y simpatía hacían salir lo mejor que
había en mí. Siempre hablaba a un extranjero como si conociera los usos y
costumbres de su país; siempre lo dejaba con la impresión de que valoraba su
país más que el mío, lo que solía ser cierto. Y siempre le infundía el deseo de
llegar a conocer mejor la lengua inglesa, no porque la considerara la mejor del
mundo, sino porque ninguna persona que conociese la usaba con toda su potencia.
Si estaba leyendo un
libro y me encontraba con un pasaje maravilloso, cerraba el libro en ese punto
y me iba a pasear. Detestaba la idea de llegar al final del libro. Prolongaba
la lectura, aplazaba lo inevitable todo lo posible. Pero siempre, cuando llegaba
a un gran pasaje, dejaba de leer inmediatamente. Salía, con lluvia, granizo,
nieve o hielo, y meditaba. Uno puede llenarse tanto con el espíritu de otro ser
como para temer literalmente reventar. Supongo que todo el mundo ha tenido esa
experiencia. Ese «otro ser», permitidme observar, siempre es una especie de
alter ego. No es que reconozcas a un alma emparentada, es que te reconoces a ti
mismo. ¡Llegar a estar cara a cara contigo mismo! ¡Qué momento! Al cerrar el
libro, sigues en el acto de la creación. Y ese procedimiento, ese ritual, yo
diría que siempre es el mismo: una comunicación en todos los frentes a la vez.
Se acabaron las barreras. Estás más solo que nunca y, aun así, pegado al mundo
como nunca antes. Incorporado a él. De repente se te revela con claridad que,
cuando Dios hizo el mundo, no lo abandonó para sentarse en contemplación... en
algún lugar del limbo. Dios hizo el mundo y entró en él: ése es el significado
de la creación.
II
Sólo disfrutamos de
unos meses de felicidad en el nido de amor japonés. Una vez a la semana iba a
visitar a Maude y a la niña, llevaba la pensión, e iba a dar un paseo por el
parque. Mona tenía su trabajo en el teatro y con lo que ganaba asistía a su
madre y a dos hermanos, que gozaban de buena salud. Aproximadamente una vez
cada diez días comía en la tienda de ultramarinos francoitaliana, generalmente
solo, porque Mona tenía que llegar temprano al teatro. De vez en cuando
visitaba a Ulric para echar tranquilamente una partida de ajedrez con él. La
sesión solía acabar con una conversación sobre pintores y su forma de pintar. A
veces me limitaba a dar un paseo al anochecer, generalmente por los barrios
extranjeros. Muchas veces me quedaba en casa y leía o ponía discos. Mona solía
llegar a casa hacia medianoche; tomábamos un bocadillo, hablábamos por unas
horas, y después a la cama. Me iba resultando cada vez más difícil levantarme
por la mañana. Despedirme de Mona era siempre desgarrador. Al final, ocurrió
que estuve sin ir a la oficina tres días seguidos. Fue una interrupción
suficiente como para que me resultara imposible regresar. Tres días y tres
noches gloriosos, en que hice exactamente lo que me apeteció, comí bien, dormí
todo el tiempo que quise, gocé de cada minuto del día, me sentí inmensamente
rico por dentro, perdí cualquier deseo de combatir con el mundo, sentí una
necesidad irreprimible de iniciar mi vida privada, confiado con respecto al
futuro, con la sensación de haber acabado con el pasado: ¿cómo iba a poder
volver a la antigua rutina? Además, tuve la impresión de haber estado
cometiendo una gran injusticia con Clancy, mi jefe. Por poca lealtad o
integridad que hubiera en mí, tenía el deber de decirle que estaba harto. Sabía
que no dejaba de defenderme poniendo excusas por mí ante su jefe, el recto y
santo del señor Twilliger. Tarde o temprano, Spivak, siempre al acecho tras mí,
iba a reunir pruebas concluyentes en mi contra. Ultimamente había andado mucho
tiempo por Brooklyn, en pleno sector mío. No, se había acabado lo que se daba.
Había llegado el momento de hablar con franqueza.
El cuarto día me
levanté temprano, como si me preparara para ir al trabajo. Esperé casi hasta
que estuve a punto de irme para comunicar mi idea a Mona. La encantó tanto, que
me rogó dimitiera al instante y volviese a comer. También a mí me parecía que
cuanto más rápido mejor. Indudablemente, Spivak encontraría en seguida a otro
jefe de personal.
Cuando llegué a la
oficina, había más candidatos que nunca esperándome. Hymie estaba en su puesto,
con el oído pegado al teléfono, manejando frenéticamente el conmutador como de
costumbre. Había tantas nuevas vacantes, que aunque hubiera tenido un ejército
de volantes se habría visto impotente. Me dirigí a mi escritorio, saqué mis
efectos personales, los guardé en la cartera, y pedí a Hymie que se acercara.
«Hymie, me marcho»,
dije. «Te voy a dejar el encargo de que se lo notifiques a Clancy y a Spivak.»
Hymie me miró como el
que mira a quien ha perdido el juicio. Hubo una pausa embarazosa y después,
como si tal cosa, me preguntó qué pensaba hacer con respecto a la paga. «Que se
la guarden», dije.
«¿Cómo?», gritó.
Comprendí que esa vez no le cabía la menor duda de que yo estaba chiflado.
«No tengo valor para
pedirles la paga, ya que me voy sin avisar, ¿no lo entiendes? Siento tener que
dejarte en la estacada, Hymie. Pero tengo la impresión de que tú tampoco vas a
durar mucho aquí.» Unas palabras más y me marché. Me quedé parado unos momentos
fuera, delante del gran ventanal, para observar a los candidatos agitándose y
arremolinándose. Se había acabado. Como una operación quirúrgica. Me parecía
imposible haber pasado casi cinco años al servicio de aquella corporación
despiadada. Entendí cómo debía de sentirse un soldado al licenciarse.
¡Libre! ¡Libre! ¡Libre!
En lugar de meterme
inmediatamente en el Metro, fui paseando Broadway arriba, simplemente para ver
cómo se sentía uno sin depender de nadie y en libertad a aquella hora de la
mañana. Ahí tenía a los pobres trabajadores como yo corriendo hacia el tajo, todos
con esa expresión torva y atormentada que yo conocía tan bien. Algunos iban ya
pateando las calles con la esperanza, a aquella temprana hora de la mañana, de
recibir un pedido, vender una póliza de seguros o colocar un anuncio. ¡Qué
estúpida y absurda me parecía aquella competencia por el progreso! ¡Del género
tonto! Siempre me había parecido demencial, pero ahora me parecía diabólica
también.
¡Ojalá me tropezara con
Spivak! ¡Ojalá me preguntase qué hacía paseándome tan campante!
Caminé sin rumbo por el
puro placer de saborear mi libertad recién conquistada; sentía una fruición
perversa al mirar a los esclavos cumpliendo con sus rutinas asignadas. Tenía
por delante toda una vida. Dentro de unos meses iba a cumplir treinta y tres años...
e iba a ser «dueño absoluto de mí mismo». En aquel preciso momento me prometí
no volver a trabajar para nadie. No iba a aceptar órdenes nunca más. El trabajo
del mundo era para los otros andobas: yo no iba a participar en él. Tenía
talento e iba a cultivarlo. Iba a hacerme escritor o a morirme de hambre.
Camino de casa, me
detuve en una tienda de música y compré un álbum de discos: un cuarteto de
Beethoven, si no recuerdo mal. En la orilla de Brooklyn compré un ramo de
flores y saqué a un amigo italiano una botella de Chianti de su reserva
privada. La nueva vida iba a empezar con una buena comida... y música. Iba a
hacer falta mucha buena vida para borrar todos los recuerdos de los días,
meses, años, que había desperdiciado en la rutina cosmocócica. ¡Qué pasatiempo
divino iba a ser no hacer absolutamente nada por un tiempo, pasar los días
tumbado a la bartola!
Era el glorioso mes de
septiembre; las hojas estaban cambiando de color y en el aire había olor a
humo. Hacía calor y fresco a un tiempo. Todavía se podía ir a nadar a la playa.
Antes que nada, iba a agenciarme un piano y empezar a tocar de nuevo. Tal vez
me dedicara incluso a pintar. Al dejar vagar la mente en libertad, de repente
fue a posarse en una imagen querida. ¡La bici! ¡Qué maravilloso sería recuperar
mi vieja bicicleta! Sólo hacía unos dos años que la había vendido a mi primo,
que vivía cerca. Tal vez volviese a vendérmela, Era un modelo especial que
había conseguido de un ciclista alemán al final de una carrera de seis días.
Fabricada en Chemnitz, Bohemia. Ah, pero hacía mucho que no daba una vuelta
hasta Coney Island. ¡Los días de otoño! Pintiparados para montar en bicicleta.
Recé por que el tonto de mi primo no hubiese cambiado el sillín; era de la
marca Brooks y estaba suavizado por el uso. (Y las correas que ajustaban en
torno a los pedales, esperaba que no las hubiese tirado.) Al recordar el contacto
del pie al deslizarse en el pedal, volví a experimentar las sensaciones más
deliciosas. Volvía a correr por el sendero de grava bajo la arcada de árboles
que va de Prospect Park a Coney Island, con mi ritmo y el de la bicicleta
unificados, la mente completamente en blanco y sólo la sensación de
precipitarme a través del espacio, rápida o lentamente, según los dictados de
mi cronómetro interior. El paisaje a ambos lados va cayendo como las hojas de
un calendario. Sin ideas, sin sensaciones siquiera. Simplemente el movimiento
perpetuo hacia delante dentro del espacio, unido a la máquina... Sí, volvería a
montar en bicicleta —cada mañana— simplemente para enardecer la sangre. Un
paseo delicioso, y después a trabajar. En el escritorio, naturalmente. A trabajar,
no; a jugar. Toda una vida por delante y ninguna otra cosa que hacer que
escribir. ¡Qué maravilloso! Me parecía que lo único que tenia que hacer era
sentarme, abrir el grifo, y saldría a mares. Si era capaz de escribir cartas de
veinte y treinta páginas sin parar, seguro que podría escribir libros con la
misma facilidad. Todo el mundo reconocía al escritor en mí: lo único que tenía
que hacer era convertirlo en realidad.
Al subir corriendo la
escalera, vislumbré a Mona yendo de acá para allá en quimono. La gran ventana
con el saliente de piedra estaba abierta de par en par. Me encaramé a la
balaustrada y entré por la ventana.
«Bueno, ¡ya lo he
hecho!», exclamé, al tiempo que le entregaba las flores, el vino, la música.
«Hoy empezamos una nueva vida. No sé de qué vamos a vivir, pero vamos a vivir.
¿Funciona la máquina de escribir? ¿Tienes algo para comer? ¿Debo pedir a Ulric
que venga? Estoy que reviento de júbilo. Hoy podría pasar la prueba del fuego y
salir en éxtasis. Déjame sentarme y mirarte. Anda, sigue moviéndote como hace
un momento. Quiero ver qué se siente al estar aquí sentado y sin hacer nada.»
Una pausa para dar a
Mona la oportunidad de reponerse. Después, el derrame otra vez.
«No estabas segura de
que lo hiciera, ¿eh? No lo habría hecho nunca, si no hubiese sido por ti. Mira,
es fácil ir a trabajar cada día. Lo que es difícil es permanecer libre. He
pensado en todas las cosas bajo el sol que me gustaría hacer, ahora que estoy
libre y contento. Quiero hacer cosas. Me parece como si hubiera estado inmóvil
durante cinco años.»
Mona se echó a reír
suavemente. «¿Hacer cosas?», repitió. «Pero, bueno, ¡si eres la persona más
activa del mundo! No, querido Val, lo que necesitas es no hacer nada. No quiero
ni que pienses siquiera en escribir... hasta que no hayas tenido un largo descanso.
Y no te preocupes de cómo vamos a salir adelante. Déjalo de mi cuenta. Si puedo
mantener a esa familia de vagos que tengo, sin lugar a dudas puedo mantener a
ti y a mí. En fin, no pensemos en esas cosas ahora.»
«Hay un programa
maravilloso en el Palace», añadió al cabo de un momento. «Actúa Roy Barnes. Es
uno de tus favoritos, ¿verdad? Y también ese comediante que trabajaba en el
teatro de revista... he olvidado su nombre. Es una simple sugerencia.»
Me quedé sentado y
aturdido, con el sombrero puesto y las piernas extendidas delante de mí.
Demasiado bueno para ser cierto. Me sentía como el rey Salomón. Mejor que el
rey Salomón en realidad, porque me había librado de todas las
responsabilidades. Desde luego que iría al teatro. ¿Qué mejor que una sesión de
tarde para un día de pereza? Después llamaría a Ulric y le pediría que cenase
con nosotros. Un día de fiesta como aquél había que compartirlo con alguien, ¿y
qué mejor que compartirlo con un buen amigo? (También sabía lo que Ulric iba a
decir. «¿No crees que quizás habría sido mejor...? Pero, bueno, ¿qué diablos
estoy diciendo? Tú sabes perfectamente lo que haces...» Etcétera.) Me esperaba
cualquier cosa de Ulric. Su irresolución, su prudencia iban a ser
resfrescantes. Estaba casi seguro de que antes de que acabara la noche diría:
«¡Puede que tire la toalla yo también!» Desde luego, no hablaría en serio, sino
que jugaría con la idea, coquetearía con ella, simplemente para darme ánimos.
Como diciendo que si él, Ulric, la persona más indecisa que haya existido,
podía acariciar semejante idea, pero, hombre, entonces era más que evidente,
que alguien como su amigo Henry Val Miller debía ponerla en práctica, que no
actuar sería suicida.
«¿Crees que podríamos
permitirnos el lujo de volver a comprar mi antigua bicicleta?» Esto de repente.
«Pues, ¡claro, Val!»,
respondió, sin vacilar un momento.
«No te parecerá
ridículo, ¿verdad? Tengo un deseo tremendo de volver a montar en bicicleta. Lo
dejé justo antes de conocerte, ¿sabes?» t
A ella le parecía el
deseo más natural del mundo. Pero igualmente la hizo reír. «Sigues siendo un
niño, ¿no?», no pudo por menos de decir.
«Pues, ¡sí! Pero es
mucho mejor que ser un tío raro, ¿no?»
Tras unos instantes,
volví a hablar. «¿Sabes una cosa? Esta mañana he pensado en algo más...»
«¿En qué?»
«En un piano. Me
gustaría conseguir un piano y empezar a tocar otra vez.»
«Eso sería
maravilloso», dijo. «Estoy segura de que podemos alquilar uno barato... y,
además, bueno. ¿Volverás a tomar clases?»
«No, eso no. Quiero
divertirme, nada más.»
«Tal vez podrías
enseñarme a tocar.»
«Siempre es bueno
saber, sobre todo en el teatro.»
«Eso está hecho. Tú
consígueme el piano.»
De repente, al
levantarme para estirarme, me eché a reír. «¿Y tú qué vas a sacar de nuestra
nueva vida?»
«Ya sabes lo que me
gustaría», dijo Mona.
«No, no lo sé. ¿Qué?»
Se me acercó y me rodeó
con los brazos. «Lo único que me gustaría es que tú llegaras a ser lo que
quieres ser: un escritor. Un gran escritor.»
«¿Y eso es lo único que
te gustaría?»
«Sí, Val, eso es lo
único, créeme.»
«¿Y qué me dices del
teatro? ¿No quieres llegar a ser una gran actriz algún día?»
«No, Val, sé que nunca
lo seré. No tengo bastante ambición. Me metí en el teatro porque pensé que te
gustaría. No me importa hacer lo que sea... con tal de que te haga feliz.»
«Pero no llegarás a ser
una buena actriz, si piensas así», dije. «De verdad, tienes que pensar en ti.
Debes hacer lo que más te guste, independientemente de lo que yo haga. Creía
que estabas chalada por el teatro.»
«Sólo estoy chalada por
una cosa, que eres tú.»
«Ahora estás actuando»,
dije.
«¡Ojalá lo estuviera!
Sería más fácil.»
Le acaricié la
barbilla. «Bueno», dije despacio, «pues, ahora ya me tienes para siempre. Ya
veremos qué te parece dentro de un mes. Tal vez antes de eso estés hasta el
moño de verme todo el santo día por aquí.»
«De eso, nada», dijo.
«He rezado por esto desde el día que te conocí. Estoy celosa de ti, ¿sabes?
Quiero ver todos tus movimientos.» Se acercó más a mí y, mientras hablaba, me
dio una palmadita en la frente. «A veces me gustaría meterme ahí dentro y saber
en qué estás pensando. A veces pareces tan distante. Sobre todo, cuando estás
callado. Voy a estar celosa también de que escribas... porque sé que en esos
momentos no estarás pensando en mí.»
«Ya estoy en un
aprieto», dije riéndome. «Oye, ¿qué vamos a hacer? ¿De qué sirve todo esto?...
Nos estamos perdiendo el día. Hoy no es el día de intentar leer el futuro. Hoy
vamos a celebrarlo... ¿Dónde está esa tienda de comestibles judía de que me has
hablado? Creo que voy a ir a comprar un buen pan negro, unas aceitunas y queso,
un poco de pastrami, un poco de esturión, si tienen... ¿y qué más? Este vino
que he comprado es maravilloso... Necesita buena comida para acompañarlo. Voy a
comprar también unas pastas... ¿y qué tal estaría un strudel de manzana? Ah,
¿tienes algo de dinero?... Yo estoy pelado. Estupendo. ¿Un billete de cinco
dólares? Espero que te quede algo más. Mañana pensaremos eso, ¿de acuerdo? Ya
sabes, el spondulix: dónde y cómo conseguirlo.»
Me tapó la boca con la
mano. «Por favor, Val, no hables de eso. Ni siquiera en broma. Tú no tienes que
pensar en el dinero... ni por un momento, ¿entiendes?»
Existe un libro curioso
escrito por un anarquista americano, Benjamín R. Tucker, titulado En lugar de
un libro escrito por un hombre demasiado ocupado como para escribir un libro.
El título describe con toda exactitud mi nueva situación. Con la repentina
liberación de mi energía creativa, me derramé en todas direcciones a la vez. En
lugar de un libro, la primera cosa que me senté a escribir fue un poema en
prosa sobre la cara oculta de Brooklyn. Estaba tan apasionado con la idea de
ser escritor, que apenas podía escribir. La cantidad de energía física dé que
disponía era increíble. Me agotaba con los preparativos. Me resultaba imposible
sentarme tranquilamente y limitarme a soltar el chorro; bailaba por dentro.
Quería describir el mundo que conocía y estar en él al mismo tiempo. Nunca se
me ocurrió que con dos o tres simples horas de trabajo continuo al día podía
escribir el libro más voluminoso imaginable. En aquella época estaba convencido
de que, si se sentaba uno a escribir, debía permanecer pegado al asiento ocho o
diez horas seguidas. Había que escribir y escribir hasta caer exhausto. Así
imaginaba que realizaban su tarea los escritores. ¡Ojalá hubiera conocido
entonces el programa que Cendrars describe en uno de sus libros! Dos horas al
día, antes del amanecer, y el resto del día para uno. ¡Qué caudal de libros ha
dado al mundo Cendrars! Todos en marge. Empleando un procedimiento similar —dos
o tres horas al día regularmente y todos los días de su vida—, Rémy de Gourmont
ha demostrado, como indica Cendrars, que se puede leer virtualmente todo lo que
de valor se ha escrito nunca.
Pero yo no tenía orden,
ni disciplina, ni objetivo fijo. Estaba completamente a merced de mis impulsos,
mis caprichos, mis deseos. Mi frenesí por vivir la vida de un escritor era tal,
que pasaba por alto la vasta reserva de material acumulado durante los años que
habían culminado en aquel momento. Me sentía impulsado a escribir sobre lo
inmediato, sobre lo que estaba ocurriendo fuera, a la puerta de mi casa. Algo
nuevo, eso era lo que buscaba. No me quedaba más remedio que hacerlo así,
porque, lo supiese o no, el material que había almacenado lo había rumiado
hasta desgastarlo durante los años de frustración, duda y desesperación, cuando
todo lo que tenía que decir lo había escrito en mi cabeza. Añádase a eso que me
sentía como un boxeador o luchador que se prepara para el gran combate.
Necesitaba entrenarme. Así, que aquellos primeros esfuerzos, aquellos ensueños
y fantasías, aquellos poemas en prosa y divagaciones de todas clases, eran como
una gran afinación del instrumento. Satisfaría mi vanidad (que era enorme)
disparar candelas romanas, girándulas, cohetes chisporroteantes. Las grandes
tracas finales las reservaba para la noche del 4 de julio. Ahora era por la
mañana, una mañana larga y perezosa de un día de fiesta que iba a durar
eternamente. Había optado por ocupar un asiento escogido en el Paraíso. Era
cierto y seguro. En consecuencia, podía permitirme el lujo de tomarme tiempo,
de malgastar las gloriosas horas que tenía por delante durante las cuales
seguiría siendo parte del mundo y de su absurda rutina. Una vez que hubiera
ascendido a la sede celestial, me incorporaría al coro de ángeles, el coro
seráfico que nunca cesa de entonar himnos de alegría.
Si durante mucho tiempo
había estado leyendo el rostro del mundo con ojos de escritor, ahora lo leía de
nuevo con mayor intensidad aún. Nada era demasiado trivial como para escapar a
mi atención. Si me iba a dar un paseo —y constantemente estaba buscando excusas
para darme un paseo, «para explorar», como yo decía—, era con el fin deliberado
de transformarme en un ojo enorme. Al ver las cosas comunes y cotidianas a
aquella luz nueva, con frecuencia quedaba paralizado. En cuanto prestas
atención detenida a algo, aunque sea una brizna de hierba, se convierte en un
mundo en sí misterioso, imponente, amplificado hasta grados indescriptibles. Un
mundo casi «irreconocible». El escritor espera al acecho esos momentos
excepcionales. Se abalanza sobre su granito de nada como un animal de presa.
Ese es el momento del despertar pleno, de la unión y la absorción, y nunca
puede forzarse. A veces comete uno el error o el pecado, diría yo, de intentar
fijar el momento, de inmovilizarlo en palabras. Tardé siglos en comprender por
qué, tras haber hecho esfuerzos exhaustivos para provocar esos momentos de
exaltación y liberación, era tan incapaz de consignarlos por escrito. Nunca se
me ocurría que era un fin en sí mismo, que experimentar un momento de pura
felicidad, de pura conciencia, era el punto final que englobaba todo.
Muchos eran los
espejismos que perseguía. Siempre me excedía. Cuanto más a menudo tocaba la
realidad, con mayor fuerza rebotaba hacia el mundo de la ilusión, que es el
nombre de la vida cotidiana. «¡Experiencia! ¡Más experiencia!», clamaba. En un
esfuerzo frenético por alcanzar algún tipo de orden, algún programa de trabajo
experimental, de vez en cuando me sentaba tranquilamente y pasaba largas y
largas horas trazando un plan de acción. Los planos, del tipo de los que hacen
sudar a arquitectos e ingenieros, nunca fueron mi fuerte. Pero siempre podía
representarme mis sueños en un esquema cosmogónico. Aunque nunca era capaz de
formular una tregua, podía equilibrar y contrapesar fuerzas, personajes,
situaciones, acontecimientos opuestos, distribuirlos en una especie de
disposición celestial, siempre con abundancia de espacio intermedio, siempre
con la certeza de que no hay un fin, sino mundos dentro de mundos ad infinitum,
y de que dondequiera que te detuvieses habías creado un mundo, un mundo finito,
total, completo.
Como un atleta bien
entrenado, me sentía tranquilo e intranquilo a un tiempo. Seguro de ese
resultado final, pero nervioso, inquieto, impaciente, desasosegado. Así, que,
después de haber lanzado algunos fuegos artificiales, empecé a pensar con la
artillería ligera. Empecé a alinear mis piezas, por decirlo así. En primer
lugar, razoné, para que surta algún efecto mi voz debe ser oída. Tendría que
encontrar alguna salida para mi obra: en periódicos, revistas, almanaques o
publicaciones de empresas. En algún lugar, de algún modo. ¿Cuál era mi alcance,
cuál mi potencia de fuego? Aunque no era de los que aburren a sus amigos con
lecturas privadas, de vez en cuando en momentos de entusiasmo desbocado
incurría en esa mala conducta. A pesar de ser raros, esos deslices ejercían un
efecto tónico sobre mí. Noté que raras veces se sentía entusiasmado ninguno de
mis amigos con mis esfuerzos. Estoy convencido de que esa crítica silenciosa
que los amigos hacen con frecuencia es infinitamente más valiosa que las
andanadas hostiles y elaboradas de los críticos remunerados. El hecho de que
mis amigos no se rieran estruendosamente en el momento apropiado, de que no
aplaudiesen clamorosamente cuando acababa mis lecturas, era más expresivo que
un torrente de palabras. Desde luego, a veces calmaba mi orgullo
considerándolos obtusos o demasiado reservados. No a menudo, sin embargo. Era
especialmente sensible a las apreciaciones de Ulric. Quizá fuese absurdo por mi
parte prestar atención tan intensa a sus comentarios, dado que nuestros gustos
(en literatura) eran muy diferentes, pero era un amigo tan íntimo, pero tan
íntimo, para mí, que era el único al que tenía que convencer a toda costa de mi
capacidad. Pero no era fácil de complacer, mi Ulric. Lo que más le gustaban
eran los fuegos artificiales, es decir, las palabras raras, las referencias
sorprendentes, los brocados bonitos, las jeremiadas absurdas. A veces, al
despedirse, me daba las gracias por la ristra de palabras nuevas que había
añadido a su vocabulario. A veces, pasábamos otra tarde, toda una tarde,
buscando esas palabras raras en el diccionario. Algunas no las encontrábamos
nunca... porque me las había inventado.
Pero volviendo al gran
plan... Como estaba convencido de que podía escribir de cualquier cosa bajo el
sol, y de modo apasionante, parecía la cosa más natural del mundo confeccionar
una lista de temas que consideraba de interés y someterla a los directores de
revistas para que seleccionaran los que les gustasen. Eso significaba escribir
docenas y docenas de cartas. Además, eran cartas largas y fatuas. También
significaba organizar ficheros, así como observar las estúpidas reglas y
regulaciones de cien y una redacciones. Entrañaba altercados y disputas,
visitas infructuosas a las oficinas de las redacciones, molestias, enfados,
rabia, desesperación, hastío. ¡Y sellos de correos! Tras semanas de agitación y
efervescencia, un día podía aparecer una carta de un director en la que me
decía que se dignaría leer mi artículo, si y si y si y pero. Sin dejarme
amilanar por los sis y los peros, consideraba semejante carta como una señal de
buena fe, un encargo. ¡Estupendo! Así, que tenía permiso para escribir algo sobre
Coney Island en invierno, pongamos por caso. Si les gustara, aparecería
impreso, firmado con mi nombre, y podría enseñárselo a mis amigos, llevarlo
conmigo, colocarlo bajo la almohada por la noche, leerlo furtivamente, una y
mil veces, porque la primera vez que te ves impreso, te sientes fuera de ti,
por fin has demostrado al mundo que eres de verdad un escritor, y tienes que
demostrárselo al mundo, por lo menos una vez en tu vida, o te volverás loco de
creerlo tú solo.
Así, pues, camino de
Coney Island un día de invierno. Solo, por supuesto. No convendría que las
reflexiones y observaciones de uno se vieran distraídas por un amigo de
mentalidad vulgar. Con una libreta nueva en el bolsillo y un lápiz afilado.
En pleno invierno el
trayecto hasta Coney Island es largo y deprimente. Sólo convalecientes e
inválidos, o dementes, parecen dirigirse allí. Me siento como si estuviera un
poco loco yo mismo. ¿Quién va a querer saber nada de una Coney Island
completamente cubierta de tablones? Debo de haber anotado este tema en un
momento de exaltación, convencido de que nada podría ser más inspirador que un
cuadro de la desolación.
Decir desolación es
decir poco. Al caminar por el paseo marítimo cubierto de tablones, con el
viento gélido silbándome por entre los pantalones y todo cerrado, empiezo a
darme cuenta de que no podía haber escogido un tema más difícil sobre el que
escribir. No hay absolutamente nada sobre lo que tomar notas, a no ser el
silencio. Lo veo mejor con los ojos de Ulric que con los míos. Un ilustrador
podría pasar un buen rato, con los edificios desiertos, demenciales y
decadentes, los pilotes y tablones enmarañados, la noria inmóvil y vacía, las
montañas rusas silenciosas, oxidándose bajo un sol débil. Simplemente para
asegurarme de que estoy manos a la obra, tomo algunas notas sobre el demencial
aspecto del tiovivo, la boca abierta de George C. Tilyou, etcétera. Me parece
que una salchicha de Frankfurt caliente y una taza de café caliente y humeante
no me vendrían mal. Encuentro un pequeño quiosco abierto en una calle adyacente
al paseo marítimo. Unos pasos más allá hay un tiro al blanco. Ni un cliente a
la vista: el dueño mismo está disparando a las palomas de barro, para
practicar, sin lugar a dudas. Un marinero borracho se acerca tambaleándose;
unos pasos antes de llegar a mi altura se dobla y vomita. (No hay por qué tomar
nota de eso.) Bajo hasta la playa y miro las gaviotas. Estoy mirando a las
gaviotas y pensando en Rusia. Un retrato de Tolstoy sentado en un banco y
remendando calcetines me obsesiona. ¿Cómo se llamaba su residencia? ¿Yasna
Polyana? No, Yasnaya Polyana. Bueno, es igual, ¿para qué demonios estoy
especulando sobre eso? ¡Despierta! Me estremezco y avanzo contra el gélido
ventarrón. Por todas partes madera flotando en el mar. Formas fantásticas.
(Tantas historias sobre botellas con mensajes dentro.) Ahora lamento que no se
me ocurriera pedir a MacGregor que me acompañase. Su rollo estúpido y
pseudoserio me estimulaba a veces en forma perversa. ¡Cómo se reiría, si me
viera recorriendo la playa en busca de material! «Bueno, de todos modos estás
trabajando», lo oigo pipiar. «Ya es algo. Pero, ¿por qué diablos tenías que
escoger este tema? Sabes perfectamente que no va a interesar a nadie.
Probablemente lo que querías era hacer una pequeña excursión. Ahora tienes una
buena excusa, ¿no? La leche, Henry, eres el mismo de siempre: chiflado,
completamente chiflado.»
Al subir al tren para
ir a casa, me doy cuenta de que he tomado sólo tres renglones de notas. No
tengo la menor idea de lo que diré, cuando me siente a la máquina. Tengo la
mente en blanco. En blanco y petrificada. Me siento y miro por la ventanilla y
ni siquiera me asalta el temblor de una idea. El propio paisaje es un vacío
petrificado. El mundo entero está bloqueado entre la nieve y el hielo, mudo,
desamparado. Nunca he conocido un día tan horrible, desolado, deprimente y
deslustrado.
Aquella noche me fui a
la cama castigado y humillado. Con mayor razón, porque antes de retirarme había
cogido un volumen de Thomas Mann (en el que figuraba la historia de Tonio
Krüger) y me había sentido abrumado por la perfección del relato. Sin embargo,
para mi asombro el día siguiente me desperté lleno de energía. En lugar de ir a
dar mi habitual paseo de por la mañana —«para enardecerme la sangre»—, me senté
a la máquina inmediatamente después de desayunar. Al mediodía ya había acabado
mi artículo sobre Coney Island. Había salido sin esfuerzo. ¿Por qué? Porque en
lugar de forzarlo a salir, me había ido a dormir... tras el oportuno abandono
del yo, certes. Fue una lección sobre la futilidad de la lucha. ¡Haz todo lo
posible y deja el resto en manos de la Providencia! Victoria insignificante,
tal vez, pero de lo más iluminadora.
Naturalmente, no
aceptaron el artículo. (Nunca aceptaban nada.) Fue pasando de un director a
otro. Y no fue el único. Semana tras semana los producía y los enviaba como
palomas mensajeras, y semana tras semana regresaban, siempre con la nota de
rechazo estereotipada. No obstante, sin dejarme amilanar, como se suele decir,
«siempre vivo y alegre», me atenía firmemente a mi programa. Allí estaba, el
programa, en una gran hoja de papel en la que figuraba una lista de las
palabras exóticas que me esforzaba por añadir a mi vocabulario. El problema era
cómo hacer encajar esas palabras en mis textos sin que resaltaran como
monigotes. Con frecuencia las probaba de antemano en cartas a mis amigos, en
cartas a «todos y cada uno». La escritura de cartas era para mí lo que los
ejercicios de shadow boxing son para un púgil. Pero, ¡imaginaos a un púgil que
pase tanto tiempo combatiendo contra su propia sombra, que cuando se enfrenta a
un rival de entrenamiento no le queda combatividad! Yo podía pasar dos o tres
horas escribiendo un relato, o un artículo, y otras seis o siete
explicándoselos a mis amigos por carta. El esfuerzo auténtico lo dedicaba a la
escritura de cartas, y tal vez fuera mejor así, ahora que lo pienso de nuevo,
porque preservaba la rapidez y naturalidad de mi voz auténtica. En los primeros
tiempos me sentía demasiado cohibido como para usar mi propia voz. Era un
literato hasta la médula. Usaba todos los recursos que descubría, empleaba
todos los registros, adoptaba mil posiciones diferentes, siempre confundiendo
el dominio de la técnica con la creación. Experiencia y técnica, ésos eran los
dos acicates que me hacían avanzar. Para triunfar en el mundo de la
experiencia, tal como lo formulaba, tendría que vivir por lo menos cien vidas.
Para adquirir la técnica correcta, o, mejor, completa, tendría que llegar a los
cien años, ni un día menos.
Algunos de mis amigos
más sinceros, con la brutal candidez con que se expresaban con frecuencia, me
recordaban que al hablar con ellos siempre era yo mismo, pero no al escribir.
«¿Por qué no escribes como hablas?», me decían. A primera vista, la idea me parecía
absurda. En primer lugar, nunca me consideré un conversador extraordinario, a
pesar de que ellos insistían en que lo era. En segundo lugar, la palabra
escrita me parecía mucho más elocuente que la hablada. Cuando hablas, no puedes
detenerte a retocar una frase, a buscar precisamente la palabra adecuada, como
tampoco puedes volver atrás a tachar una palabra, una frase, todo un párrafo.
Parecía un insulto que me dijeran a mí, que estaba esforzándome por dominar la
palabra, que lo lograba mejor sin pensar que pensando. Sin embargo, a pesar de
ser una idea maliciosa, dio fruto. De vez en cuando, tras una noche estimulante
con mis amigos, tras haber hablado por los codos y haberlos embriagado con mis
discursos, me escabullía hasta mi casa y revisaba en silencio la sesión. Las
palabras me habían salido de la boca en perfecto orden y con efecto expresivo;
no sólo había habido continuidad, forma, clímax y desenlace en la actuación,
sino también ritmo, volumen, sonoridad, aura y magia. Si vacilaba o titubeaba,
no por ello dejaba de avanzar, para más adelante volver atrás sobre mis pasos,
borrar la palabra inadecuada, eliminar la frase insulsa, amplificar el sentido
de una cadencia hinchada mediante la repetición, la alusión y la sugerencia,
mediante un rodeo y paréntesis. Era igual que hacer juegos malabares: las
palabras estaban vivas como las pelotas, podías hacer que volvieran, que
obedeciesen, podías cambiarlas por otras pelotas, y cosas así. O bien era como
escribir en una pizarra invisible. Oías las palabras en lugar de verlas. No
desaparecían porque nunca habían aparecido de verdad. Al oírlas, tenías una
sensación más profunda de apreciación, o, mejor, de participación, como al ver
un truco de prestidigitador. La memoria del oído era tan fidedigna exactamente
como la memoria del ojo. Podía ser que no fueses capaz de reproducir una arenga
prolongada, ni siquiera tres minutos después, pero podías detectar una nota en
falso, un acento mal colocado.
Muchas veces, al leer
sobre las veladas con Mallarmé, o con Joyce, o con Max Jacob, pongamos por
caso, me he preguntado qué tal serían aquellas sesiones nuestras en comparación
con ellas. Desde luego, ninguno de mis compañeros de aquellos tiempos soñó nunca
con llegar a ser una figura del mundo del arte. Los encantaba hablar del arte,
de todas las artes, pero personalmente no acariciaban la idea de llegar a ser
artistas. La mayoría de ellos eran ingenieros, arquitectos, médicos, químicos,
profesores, abogados. Pero tenían inteligencia y entusiasmo, y todos eran tan
sinceros, tan ávidos, que a veces me pregunto si la música que hacíamos no
emulaba a la música de cámara que emanaba de las esferas sagradas de los
maestros. Desde luego, en aquellas sesiones no había nada pomposo ni prescrito.
Hablabas como te gustaba, recibías críticas sin reserva, y nunca te calentabas
la cabeza preguntándote si lo que habías dicho gustaría al «maestro».
Entre nosotros no había
maestro: éramos iguales, y podíamos ser sublimes o idiotas, como gustásemos. Lo
que nos unía era el deseo común de las cosas de que nos sentíamos privados. No
teníamos un deseo acuciante de reformar el mundo. Lo que procurábamos era
enriquecernos, nada más. En Europa esa clase de reuniones tienen con frecuencia
un fondo político, cultural o estético. Los miembros del grupo realizan sus
ejercicios, por decirlo así, para después difundir el fermento entre las masas.
Nosotros no pensábamos nunca en las masas: formábamos parte de ellas.
Hablábamos de música, pintura, literatura, porque, a poco que seas inteligente
y sensible, acabas de forma natural en el mundo del arte. No nos reuníamos
expresamente a hablar de esas cuestiones, sino que sucedía así simplemente.
Probablemente fuera yo
el único del grupo que se tomaba en serio a sí mismo. Esa es la razón por la
que a veces me volvía un idiota pendenciero y pesado. En secreto abrigaba la
esperanza de reformar el mundo. En secreto era un agitador. Esa pequeña diferencia
entre los demás y yo era lo. que hacía tan animadas nuestras veladas. En cada
frase que yo pronunciaba siempre había una onza extra de sinceridad, una pizca
extra de verdad. No era del todo juego limpio. Los incitaba —expresamente, al
parecer— a que me dieran un rapapolvos. Ninguno estaba de acuerdo conmigo
nunca. Formulara como formulase mi pensamiento, lo que decía siempre les
parecía rebuscado. En ciertos momentos confesaban que los encantaba oírme
hablar. «Sí», les decía yo, «pero nunca escucháis.» Eso provocaba risitas
ahogadas. Entonces alguien decía: «Querrás decir que no siempre estamos de
acuerdo contigo.» Más risitas. «Pero, ¡joder!», respondía yo, «no pretendo que
estéis de acuerdo conmigo siempre... quiero que penséis por vosotros mismos.»
¡Bien dicho! «Mirad», decía yo, preparándome para lanzar otra perorata,
«mirad...» «Sigue», gritaba alguien, «sigue, ¡duro ahí! ¡Desahógate!» Entonces
me sentaba taciturno, silencioso, aparentemente aplastado. «Vamos, no te lo
tomes tan a pecho, Henry. Aquí tienes otra copa. ¡Anda, suéltalo de una vez!»
Sabiendo lo que querían de mí, pero con la esperanza de poder cambiar su
actitud con un esfuerzo extraordinario, cedía, me aplacaba, y después lanzaba
una auténtica andanada. Cuanto más desesperado y sincero me volvía, mejor se lo
pasaban ellos. Al comprender que el juego se había acabado, pasaba a hacer el
histrión. Decía cualquier puñetera cosa que se me ocurriese, cuanto más absurda
y fantástica mejor. Los insultaba de lo lindo... pero ninguno se ofendía. Era
como luchar con fantasmas. Practicar el shadow-boxing de nuevo...
(Naturalmente, dudo de
que ocurriera algo así nunca en la rué de Rome o en la rué Ravignan.)
Al seguir el plan que
me había trazado, estaba más ocupado que el más ocupado ejecutivo del mundo
industrial. Algunos de los artículos que había decidido escribir exigían
considerable trabajo de investigación, que a mí nunca me resultaba penoso
porque me gustaba ir a la biblioteca y hacerles desenterrar libros que eran
difíciles de encontrar. Cuántos días y noches maravillosos pasé en la
Biblioteca de la Calle 42, sentado a una mesa larga, entre miles, al parecer,
en aquella sala de lectura principal. Las propias mesas me estimulaban. Siempre
había deseado poseer una mesa de extraordinarias dimensiones, una mesa tan
amplia, que no sólo se pudiera dormir en ella, sino también bailar e incluso
patinar. (En tiempos hubo un escritor que trabajaba en una mesa así, mesa que
había colocado en el centro de una habitación enorme y vacía: mi ideal como
lugar de trabajo. Se llamaba Andreiev, y no hace falta decir que era uno de mis
favoritos.)
Sí, se experimentaba
una sensación agradable al trabajar entre tantos estudiantes aplicados en una
sala del tamaño de una catedral, bajo un techo elevado que era una imitación
del propio cielo. Abandonabas la biblioteca ligeramente aturdido, muchas veces
con sensación de beatitud. Siempre era un sobresalto meterte entre la multitud
en el cruce de la Quinta Avenida y la Calle 42; no había relación entre la
bulliciosa vía pública y el apacible mundo de los libros. Muchas veces,
mientras esperaba que subieran los libros de las misteriosas profundidades de
la biblioteca, me paseaba por los pasillos exteriores mirando los títulos de
los asombrosos libros de consulta alineados en las paredes. Hojear esos libros
era suficiente para acelerar mi mente durante días. A veces me sentaba y
meditaba, a ver qué pregunta —a la que no pudiera responder— podría hacer al
genio que presidía el espíritu de aquella vasta institución.
También era agradable
hacer un viaje a Long Island City, ese agujero de lo más desolado, para ver con
mis propios ojos cómo se fabricaba la goma de mascar. Era un mundo de pura
demencia: eficacia, se lo suele llamar. En una sala llena de un polvo de un hedor
nauseabundantemente dulce y sofocante centenares de muchachas retrasadas
mentales trabajaban como mariposas empaquetando las tabletas de goma en
envolturas; según me dijeron, sus ágiles dedos trabajaban con mayor precisión y
destreza que máquina alguna hasta entonces inventada. Recorrí acompañado la
fábrica, que era gigantesca, y cada sección que se abría a la vista presentaba
el aspecto de otro sector del infierno. Hasta que no hice una pregunta al azar
sobre el chicle, que es la base de la goma de mascar, no tropecé con la fase
realmente interesante de mi investigación. Los chicleros, como los llaman, los
hombres que se afanan en las profundidades de las junglas del Yucatán, son una
especie de hombres fascinante. Pasé semanas en la biblioteca leyendo sobre sus
costumbres y hábitos. La verdad es que llegué a interesarme tanto por ellos,
que casi me olvidé de la goma de mascar. Y, por supuesto, del estudio de los
chicleros me vi atraído al mundo de los mayas, y de éste a los fascinantes
libros sobre la Atlántida y el continente perdido de Mu, los canales que iban
de una costa a otra de América del Sur, las analogías y afinidades entre la
cultura amerindia y la cultura de Oriente Próximo, los misterios del alfabeto
azteca, y así sucesivamente hasta que, en virtud de un extraño rodeo, di con
Paul Gauguin en el centro del archipiélago polinesio y volví a casa
tambaleándome con Noa Noa bajo el brazo.
Y de la vida y las
cartas de Gauguin, que tuve que leer al instante, a la vida y las cartas de
Vincent Van Gogh no había más que un paso.
Indudablemente, es
importante leer a los clásicos; tal vez sea todavía más importante leer la
literatura de nuestro tiempo, que es en sí enorme. Pero más valioso que esas
dos cosas, por lo menos para un escritor, es leer cualquier cosa que te caiga
en las manos, guiarte por el instinto, por decirlo así. En los mohosos tomos de
cualquier biblioteca grande hay artículos enterrados, escritos por individuos
desconocidos, sobre temas aparentemente sin importancia, pero saturados de
datos, ideas, caprichos, disposiciones de ánimo, antojos, portentos de tal
calibre, que sólo pueden equipararse, por su efecto, con drogas raras. Los días
más apasionantes se iniciaban a menudo con la búsqueda de la definición de una
palabra nueva. Una palabrita ante la que el lector ordinario se contenta con
pasar de largo tan campante, puede resultar (para un escritor) una auténtica
mina de oro. Del diccionario solía pasar a la enciclopedia, no a una sola
enciclopedia, sino a varias; de la enciclopedia, a toda clase de libros de consulta;
de los libros de consulta, a los prontuarios, y de éstos a una orgía
maravillosa. Una orgía consistente en excavar e indagar, excavar e indagar.
Además de los montones de notas que tomaba, copiaba páginas y páginas de
pasajes. A veces me limitaba a arrancar las páginas que más necesitaba. En los
intervalos hacía incursiones en los museos. Los funcionarios con quienes
trataba no dudaban ni por un momento de que estaba dedicado a escribir un libro
que sería una aportación al tema. Por la forma como hablaba parecía que supiera
muchísimo más de lo que me interesaba revelar. Hacía referencias ocasionales e
indirectas a libros de consulta que nunca había leído o insinuaba encuentros
con autoridades eminentes a quienes nunca había conocido. En esas disposiciones
de ánimo, no me costaba trabajo atribuirme grados académicos que ni siquiera
había soñado con alcanzar. Hablaba de personalidades prestigiosas en dominios
como la antropología, la sociología, la física, la astronomía, como si hubiera
estado asociado íntimamente con ellos. Cuando veía que me estaba metiendo
demasiado en honduras, siempre tenía presencia de ánimo para excusarme y fingir
que iba al retrete, que para mí era como decir «la salida». En cierta ocasión,
profundamente interesado por la genealogía, me pareció buena idea tomar un
empleo por un tiempo en la sección de genealogía de la biblioteca pública. Dio
la casualidad de que les faltaba un hombre en esa sección el día que acudí a
pedir trabajo. Necesitaban a alguien tan urgentemente, que me pusieron a
trabajar al instante, lo que era más de lo que me había esperado. El formulario
que había entregado al director de!a biblioteca era una maravilla de
falsificación. Mientras escuchaba al pobre diablo que estaba poniéndome al
corriente, me pregunté cuánto tardarían en calarme. Entretanto, mi superior iba
subiendo escaleras conmigo, señalándome esto y lo otro, inclinándose en
rincones oscuros para extraer documentos, archivos, y cosas así, llamando a
otros empleados para presentarme, explicando apresuradamente y lo mejor que
podía (mientras entraban y salían mensajeros como en una obra de Shakespeare)
los rasgos más destacados de mi supuesta rutina. Al comprender en corto espacio
de tiempo que no sentía el menor interés por toda aquella jerigonza, y recordar
que Mona estaría esperándome para comer conmigo, lo interrumpí de repente en
medio de una prolongada exposición de esto o lo otro para preguntarle dónde
estaba el retrete. Me lanzó una mirada bastante extraña, preguntándose
indudablemente por qué no tenía la decencia de escucharlo hasta el final antes
de correr al retrete, pero con ayuda de muecas y gestos, que daban a entender
de la forma más patética que era muy urgente, que podría hacerlo allí mismo o
en la papelera, conseguí librarme de sus garras, coger el sombrero y el abrigo,
que por suerte seguían sobre una silla junto a la puerta, y salir corriendo a
toda velocidad del edificio...
La pasión dominante era
la adquisición de conocimiento, destreza, dominio de la técnica, experiencia
inagotable, pero, como un acorde subdominante en la parte posterior de mi
cabeza, existía una vibración constante que significaba orden, belleza, simplificación,
goce, apreciación. Al leer las cartas de Van Gogh, me identifico con él en la
lucha por llevar una vida sencilla, una vida en que el arte lo es todo. Con qué
entusiasmo escribe sobre su dedicación al arte en sus cartas desde Arlés, lugar
que yo estaba destinado a visitar más adelante, si bien al leer sobre él
entonces ni siquiera soñaba con verlo nunca. Dar una expresión más musical a la
vida: así es como lo expresa. Una y mil veces hace referencia a la belleza y
dignidad austeras de la vida del artista japonés, extendiéndose sobre su
sencillez, su certidumbre, su naturalidad. Ese carácter japonés era el que
encontraba yo en nuestro nido de amor; esa belleza desnuda y sencilla, esa
elegancia estricta, era lo que me sostenía y alentaba. Me sentía más atraído
por Japón que por China. Leí sobre la experiencia de Whistler y me enamoré de
sus grabados. Leí todo lo que Lafcadio Hearn escribió sobre Japón, sobre todo
sus citas de cuentos fantásticos, cuentos que aun hoy siguen impresionándome
más que los de ningún otro pueblo. Estampas japonesas adornaban las paredes;
colgaban también en el baño. Había algunas hasta debajo del cristal que cubría
mi escritorio. Todavía no sabía nada sobre el zen, pero me apasionaba el arte
del jiu-jitsu, que es el arte supremo de autodefensa. Me encantaban los
jardines en miniatura, los puentes y faroles, los templos, la belleza de sus
paisajes. Tras leer Madame Chrysantheme, de Loti, durante semanas tuve la
sensación real de estar viviendo en Japón. Con Loti viajé de Japón a Turquía, y
de allí a Jerusalén. Llegué a estar tan apasionado por Jerusalén, que al final
convencí al director de una revista judía para que me dejara escribir algo
sobre el templo de Salomón. ¡Más investigación! En algún lugar, no sé cómo,
conseguí encontrar un modelo del templo, que mostraba su evolución, sus
cambios... hasta la destrucción final. Recuerdo que una noche leí a mi padre
aquel artículo que escribí sobre el templo; recuerdo su asombro de que tuviera
un conocimiento tan profundo del tema... ¡Qué hormiguita aplicada debí de ser!
Mi anhelo y curiosidad
me hacían avanzar en todas direcciones a la vez. A un mismo tiempo me sentía
interesado y absorbido por la música hindú (por haber hecho amistad con un
compositor hindú que había conocido en un restaurante indio), por el ballet ruso,
por el movimiento expresionista alemán, por las composiciones para piano de
Scriabin, por el arte de los locos (gracias a Prinzhorn), por el ajedrez chino,
por los encuentros de boxeo y de lucha libre, por los partidos de hockey, por
la arquitectura medieval, por los misterios relacionados con los infiernos
egipcio y griego, por las pinturas en cuevas del hombre de Cro-Magnon, por los
gremios de comerciantes de la antigüedad, por todo lo relativo a la nueva
Rusia, etcétera, etcétera, de una cosa a otra, pasando de un nivel a otro tan
natural y fácilmente como si estuviese usando una escalera mecánica. Pero,
¿acaso no era así como los artistas del Renacimiento adquirían el conocimiento
y el material para sus asombrosas creaciones? ¿Es que no se internaban por
todos los caminos de la vida a la vez? ¿Acaso no eran insaciables y
devoradores? ¿Es que no eran jornaleros, vagabundos, criminales, guerreros,
aventureros, científicos, exploradores, poetas, pintores, músicos, escultores,
arquitectos, fanáticos y devotos a un tiempo? Naturalmente, había leído a
Cellini, las Vidas de Vasari, la historia de la Inquisición, las vidas de los
Papas, la historia de la familia Médicis, los dramas de incesto italianos,
alemanes e ingleses, los escritos de John Addington Symonds, Jacob Burckhardt,
Funck-Brentano, todos sobre el Renacimiento, pero nunca llegué a leer ese
curioso librito de Balzac llamado Sur Catherine de Medid. Había un libro que
leía constantemente en momentos de paz y quietud: el de Walter Pater sobre el
Renacimiento. Gran parte de él se lo leí en voz alta a Ulric, maravillándome
con el sensible uso del lenguaje por parte de Pater. Gloriosas veladas
aquéllas, sobre todo cuando, después de haber acabado un largo pasaje, cerraba
el libro y escuchaba a Ulric explayarse amorosamente sobre los pintores que
adoraba. El simple sonido de sus nombres me hacía entrar en éxtasis: Taddeo
Gaddi, Signorelli, Fra Lippo Lippi, Piero della Francesca, Mantegna, Uccello,
Piranesi, Fra Angélico, y otros así. Los nombres de pueblos y ciudades eran
igualmente fascinantes: Ravenna, Mantua, Siena, Pisa, Bologna, Tiepolo,
Firenze, Milano, Torino. Así fue como una noche en que continuábamos nuestras
festivas reuniones sobre los esplendores de Italia en la tienda de ultramarinos
francoitaliana, Ulric y yo, a quienes se nos unieron después Hymie y Steve
Romero, llegamos a tal estado de exaltación, que dos italianos que estaban
sentados en el otro extremo de la mesa dejaron de conversar entre ellos y
escucharon con la boca abierta de admiración, mientras pasábamos rápidamente de
una figura a otra, de una ciudad a otra. Hymie y Romero, igualmente embriagados
con un lenguaje que era tan ajeno para ellos como para los dos italianos,
permanecieron en silencio, contentándose con volver a llenar las copas. Al
final, cuando estábamos exhaustos y a punto de pagar, los dos italianos
empezaron a dar palmas de repente. «¡Bravo! ¡Bravo!», exclamaron. «¡Qué
belleza!» Nos sentimos desconcertados. La situación exigía otra ronda de
bebidas. Joe y Louis se nos unieron, al tiempo que nos ofrecían un licor
selecto. Entonces nos pusimos a cantar. El gordo Louis, conmovido hasta las
entrañas, se echó a llorar de alegría. Nos rogó que nos quedáramos un rato más,
al tiempo que nos prometía una hermosa tortilla al ron con un poco de caviar al
lado. Estando así, quién fue a entrar sino el extraordinario senegalés,
Battling Siki, que también era cliente del establecimiento. Estaba un poco
piripi y juguetón de forma peligrosa. Nos divirtió haciendo truquitos con
cerillas, naipes, platillos, bastón, servilletas. Estaba contento e irritado a
un tiempo. Había algo que lo fastidiaba. Fue necesaria la mayor delicadeza por
parte de los propietarios para impedirle destrozar el local con sus travesuras.
Tuvieron que colmarlo con bebidas, darle palmaditas en la espalda, calmarlo con
cumplidos. Cantó y bailó, a solas, aplaudiéndose, dándose palmadas en los
muslos, dándonos palmaditas en los hombros: palmaditas juguetonas que nos
sacudían las vértebras y nos daban vértigo. Después, sin razón alguna, se
marchó corriendo y tirando unas cajas de cerveza con su entusiasmo infantil.
Con su marcha todo el mundo respiró aliviado. Llegaron la tortilla y el caviar.
También un poco de corégano, acompañado de un vino blanco dorado, a lo que
siguió un café puro y excelente y otro licor raro. Louis estaba en éxtasis. «Un
poco más», decía sin cesar. «Nada es demasiado bueno para usted, señor Miller.»
Y Joe: «¿Cuándo va usted a Europa, señor Miller? No va usted a durar mucho
aquí, lo estoy viendo. ¡Ah, Fiesole! Dios mío, ¡un día volveré allí yo
también!»
Volví a casa en taxi,
cantando como bajo los efectos de la anestesia. Incapaz de subir la escalera,
me senté en los peldaños riéndome solo, hipando, mascullando y murmurando como
un loco, arengando a los pájaros, los gatos callejeros, los postes del teléfono.
Por fin, empecé a subir los escalones, despacio, penosamente, resbalando uno o
dos peldaños hacia atrás y volviendo a empezar, tambaleándome de un extremo a
otro. Una auténtica prueba de Sísifo. Mona no había llegado a casa todavía. Caí
sobre la cama vestido y me quedé profundamente dormido. Hacia el amanecer sentí
a Mona dándome tirones. Me desperté para encontrarme en un charco de vómito.
¡Uf! ¡Qué hedor! Hubo que volver a cambiar la cama, fregar el suelo, quitarme
la ropa. Todavía atontado, di vueltas por la casa tambaleándome. Seguía
riéndome solo, asqueado y, sin embargo, contento, arrepentido pero alegre.
Mantenerme de pie bajo la ducha fue una hazaña que requirió la habilidad más
extraordinaria. Lo que me asombró todo el tiempo fue la suave acogida de Mona.
Ni una palabra de queja salió de sus labios. Se movía por la casa como un ángel
auxiliador. La única idea agradable que no se me iba de la cabeza, mientras me
preparaba para meterme de nuevo en la cama, era que no iba a tener que ir a
trabajar, cuando me levantara. Se habían acabado las excusas, el remordimiento,
la culpabilidad. No dependía de nadie. Podía dormir el tiempo que quisiera. Un
buen desayuno estaría esperándome y, si seguía atontado, podía volver a la cama
y pasarme el resto del día durmiendo. Al cerrar los ojos, tuve la visión del
gordo de Louis ante la cocina llameante, con los ojos húmedos de lágrimas y
derramando el corazón en aquella tortilla. Capri, Sorrento, Amalfi, Fiesole,
Paestum, Taormina... Funiculí, funiculá...
Y Ghirlandaio... Y el
Campo Santo... ¡Qué país! ¡Qué pueblo! Te apuesto a que voy allí algún día.
¿Por qué no? ¡Viva el Papa! (Pero, ¡de besarle el culo, nada!)
Los fines de semana
revestían otro carácter. La habitual visita a Maude, un paseo por el parque con
ella y la niña, tal vez una vuelta en el carrusel, o el lanzamiento de una
cometa, o remar por el lago. Cháchara, cotilleo, trivialidades, recriminaciones.
Se estaba volviendo un poco chiflada, me parecía a mí. La pensión, que
juntábamos con tanto esfuerzo, la malgastaba en chucherías. Baratijas por todas
partes. Boberías a propósito de enviar a la niña a una escuela privada, pues la
escuela pública no era adecuada para nuestra princesita. Clases de piano,
clases de baile, clases de pintura. El precio de la mantequilla, el pavo, las
sardinas, los albaricoques. Las venas varicosas de Melanie. Noté que ya no
había loro. Ni caniche, ni galletas para perros, ni fonógrafo Edison. Más y más
muebles amontonados, más cajas de caramelos tirados en el suelo de la alacena.
Al despedirme, los mismos tirones de siempre. Escenas espantosas. La niña
gritando y aferrándose a mí, pidiéndome que me quedara y durmiese con mamá. En
cierta ocasión, en el parque, estando sentado en una bella loma con la niña,
viéndola hacer volar la cometa que le había llevado, mientras Maude se paseaba
a solas y a lo lejos, la niña se me acercó de pronto, me echó los brazos al
cuello y se puso a besarme tiernamente, llamándome papá, querido papá, y cosas
así. A pesar de mis esfuerzos, se me escapó un sollozo, después otro y otro y
con ellos un torrente de lágrimas capaz de ahogar a un caballo. Me puse en pie
tambaleándome, mientras, la niña se aferraba a mí con todas sus fuerzas, y
busqué a Maude con mirada ciega. La gente me miraba horrorizada y seguía su
camino. Pena, pena, una pena insoportable. Con mayor razón, porque a mi
alrededor no había sino belleza, orden, tranquilidad. Otros niños jugaban con
sus padres. Estaban felices, radiantes de alegría. Sólo nosotros éramos
desgraciados, estábamos separados para siempre. Cada semana la niña se hacía
más mayor, más consciente, más sensible, más reprobadora a su modo callado. Era
criminal vivir así. En otro sistema podríamos haber seguido viviendo juntos,
todos nosotros, Mona, Maude, la niña, Melanie, los perros, gatos, sombreros,
todo. Al menos así pensaba yo en momentos de desesperación. Cualquier situación
era mejor que aquellas reuniones que partían el corazón. Todos nos sentíamos
heridos, atormentados, Mona tanto como Maude. Cuanto más difícil resultaba
juntar la pensión semanal, más culpable me sentía para con Mona, que soportaba
el peso de todo aquello. ¿De qué servía llevar la vida de un artista, si
entrañaba semejantes sacrificios? ¿De qué servía vivir una vida dichosa con
Mona, si mis propias carne y sangre tenían que sufrir? De noche, despierto o en
sueños, sentía los bracitos de la niña en torno a mi cuello, atrayéndome hacia
sí, atrayéndome hacia casa. Muchas veces lloraba en sueños, gemía y
lloriqueaba, al revivir aquellas escenas de angustia. «Anoche llorabas en
sueños», decía Mona. Y yo decía: «Ah, ¿sí? No lo recuerdo.» Ella sabía que
mentía. La hacía sentirse desgraciada pensar que su simple presencia no fuera
suficiente para hacerme feliz. Muchas veces yo insistía, aunque ella no hubiese
dicho ni palabra. «Soy feliz, ¿es que no lo ves? No me falta nada de nada.»
Ella guardaba silencio. Pausas tensas. «No pensarás que estoy preocupado por la
niña, ¿verdad?», decía yo abruptamente. Y ella respondía: «¿Sabes que llevas
varias semanas sin ir?» Era verdad. Había cogido la costumbre de enviar el
dinero por correo o por medio de un repartidor. «Creo que deberías ir esta
semana, Val. Al fin y al cabo, es tu hija.» «Ya lo sé, ya lo sé», decía yo.
«Sí, iré.» Y entonces lanzaba un gemido. Y otro cuando la oía decir: «He
comprado una cosa a la niña, para que se la lleves esta vez.» ¿Por qué no
compraba yo algo? Con frecuencia me quedaba parado mirando los escaparates,
escogiendo todas las cosas que me gustaría comprar, no sólo para la niña, sino
también para Mona, para Melanie, para Maude incluso. Pero no me parecía
apropiado comprar cosas, cuando no ganaba nada. El dinero que Mona ganaba en el
teatro no era suficiente, ni mucho menos, para nuestras necesidades. No dejaba
de dar sablazos, una semana tras otra. A veces llegaba a casa con regalos
asombrosos para mí, después de un sablazo extraordinario, supongo. Yo le rogaba
que no me comprara cosas. «Tengo de todo», le decía. Y era verdad. (Excepto la
bicicleta y el piano. No sé por qué, me había olvidado completamente de esas
dos cosas.) Las cosas se amontonaban a tal ritmo, que aunque las hubiera
recibido dudo de que las hubiese usado. Habría sido más sensato regalarme una
armónica y un par de patines...
A veces sufría extraños
ataques de nostalgia. Podía ser que me despertara con el malestar de un sueño y
decidiese que era de lo más urgente revivir ciertos recuerdos intensos, como el
del gordinflón al que llamaba «Tío Charlie», quien solía sentarme en sus
rodillas y deleitarme con las historias de sus hazañas durante la guerra
hispano-americana. Eso significaba un largo viaje, en ferrocarril elevado y
tranvía, a un pueblecito llamado Glendale, donde Joey y Tony habían vivido en
tiempos. (Tío Charlie era tío suyo, no mío.) Después de todos los años que
habían pasado, el somnoliento villorrio seguía teniendo para mí el mismo
aspecto pintoresco. Las casas donde habían vivido mis amiguitos estaban todavía
en pie, sin apenas alteraciones, felizmente. La posada con sus establos, donde
amigos y parientes solían reunirse una noche de verano, también seguía allí.
Recordaba haber corrido de mesa en mesa de pequeñito, sorbiendo los restos de
las jarras de cerveza, o recogiendo monedas de cinco y diez centavos que me daban
los juerguistas achispados. Hasta las sensibleras canciones alemanas me
resonaban en los oídos: «Lauderbach, lauderbach, habich mein Strumpf verlor'n.»
Los veo sobrios de repente, serios ahora como en un funeral, agrupados en un
cuadrado, como los últimos restos de un regimiento imponente, hombres, mujeres
y niños, hombro con hombro, todos ellos miembros del Kunst Verein (una sección
del gran Saengerbund ancestral), esperando solemnemente a que el director haga
sonar el diapasón. Como leales guerreros parados en la frontera de una tierra
extranjera, sacando el pecho y con los ojos brillantes y húmedos, alzan sus
potentes voces en un coro celestial, entonando un Lied profundamente conmovedor
que los estremece hasta lo más profundo del alma... Siguiendo adelante, ahí
está la pequeña iglesia católica. El señor Imhof, padre de Tony y Joey (el
primer artista que conocí en persona), había hecho las vidrieras, los frescos
de las paredes y del techo y el púlpito esculpido. A pesar de que sus hijos lo
temían, a pesar de ser severo, tiránico, reservado, siempre me sentía
profundamente atraído por aquel hombre melancólico. A la hora de dormir,
siempre nos llevaban a su estudio de la buhardilla para que le diéramos las
buenas noches. Lo encontrábamos sin falta sentado a su mesa, pintando
acuarelas. Una lámpara de lectura arrojaba una luz suave sobre la mesa, dejando
el resto de la habitación en claroscuro. Tenía un aspecto tan serio y tierno
entonces, perturbado, y siempre distante. Yo me preguntaba qué lo impulsaba a permanecer
largas horas de la noche clavado a su mesa de trabajo. Pero lo que se me quedó
más grabado fue que era diferente: era de otra especie... Sigo paseando. Ahora
me encuentro las vías del tren, en cuyo barranco —especie de tierra de nadie
entre el límite del pueblo y los cementerios del otro lado de las vías—
jugábamos. En algún lugar por allí cerca había vivido una de mis parientas
lejanas a quien llamaba tía Grussy, mujer joven de gran belleza, con grandes
ojos grises y pelo negro, que aun entonces, aun siendo apenas un niño, me
causaba la sensación de ser una persona fuera de lo común. Nunca se la había
visto alzar la voz a nadie; nadie la había oído hablar mal nunca de otra
persona; nadie le había pedido nunca ayuda en vano. Tenía voz de contralto, y
cuando cantaba se acompañaba a la guitarra; a veces se disfrazaba y bailaba al
son de la pandereta, agitando un largo abanico japonés. Su marido se volvió un
borracho; según decían, le daba palizas. Pero, aun así, tía Grussy se volvió
más dulce, más amable, más compasiva, más encantadora y graciosa. Y después, al
cabo de un tiempo, empezó a correr el rumor de que se había vuelto devota: esto
se decía siempre cuchicheando, como dando a entender que se había vuelto loca.
Deseaba tanto volver a verla. Busqué y busqué la casa, pero nadie parecía
conocerla. Daban a entender que podía ser que la hubieran llevado a un
manicomio... Extraños pensamientos, extraños recuerdos, mientras caminaba por
la somnolienta aldea de Glendale. Aquella adorable y santa tía Grussy, y el
jovial y sensual barril de carne a quien llamaba tío Charlie... los amaba a los
dos. El uno no hablaba de otra cosa que de torturar y matar a igorotes, de
perseguir a Aguinaldo en las ciénagas y las fortalezas de montaña de Filipinas;
la otra apenas si hablaba, era un presencia, una diosa con disfraz terrenal que
había decidido quedarse entre nosotros e iluminar nuestras vidas con el divino
resplandor que emitía. Cuando se marchó a Filipinas de cabo interino, aquel
muchacho Charlie era un individuo de tamaño normal. Unos ocho años después,
cuando regresó de sargento de intendencia, pesaba casi ciento ochenta kilos y
no cesaba de transpirar. Recuerdo vivamente un regalo que me hizo un día: seis
balas de expansión para las que había encargado un estuche de lino azul. Según
decía, se las había cogido a uno de los hombres de Aguinaldo; por haber usado
esas balas (que los alemanes habían proporcionado a los filipinos), habían
ejecutado al rebelde y clavado su cabeza en un poste. Historias como ésa, junto
con los horripilantes relatos sobre la «cura de agua» que nuestros soldados
administraban a los filipinos, me hicieron simpatizar con Aguinaldo. Todas las
noches rezaba para que los americanos no lo capturaran nunca. Sin quererlo, el
tío Charlie lo había convertido en mi héroe.
Pensando en Aguinaldo,
recordé de repente el Día de la Bandera, en que me vistieron con mi mejor traje
a lo Lord Fauntleroy y me llevaron por la mañana temprano a una hermosa casa de
Bedford Avenue, desde cuyo balcón íbamos a ver «el desfile». El primer contingente
de nuestros héroes acababa de regresar de Filipinas. Allí estaba Teddy
Roosevelt, a la cabeza de sus Rough Riders. Aquel acontecimiento había
provocado tremenda excitación; la gente lloraba y vitoreaba, banderas y
colgaduras por todos lados, llovían flores de las ventanas. La gente se besaba
y gritaba aleluyas. Me lo pasé muy bien, pero fue un poco confuso para mí. No
acababa de comprender la razón de aquellas emociones extravagantes. Lo que me
impresionó fueron los uniformes... y los caballos. Aquella noche un oficial de
caballería y un artillero vinieron a cenar a nuestra casa. Ese fue el comienzo
de una historia de amor para mis dos tías. Cortada en flor, sin embargo, porque
mi abuelo, que odiaba a los militares, no quería ni oír hablar de tenerlos de
yernos. Todavía recuerdo su desdén y desprecio hacia toda la campaña de
Filipinas. Para él era una simple escaramuza. «Debería haber acabado en treinta
días», decía dando bufidos. Y después hablaba de Bismark y Von Moltke, de la
batalla de Waterloo y del sitio de Austerlitz. El había llegado a América en la
época de nuestra Guerra Civil. Esa sí que fue una guerra, afirmaba con
insistencia. Derrotar a salvajes indefensos era algo que podía hacer
cualquiera. Aun así, no le quedó más remedio que brindar por el almirante
Dewey, el héroe de la bahía de Manila. «Ahora eres un americano», dijo alguien.
«Y soy un buen americano», todavía oigo decir a mi abuelo. «Pero eso no
significa que me guste matar. ¡Guardad los uniformes y volved al trabajo!»
Aquel abuelo, Valentín
Nieting, era un hombre a quien todo el mundo respetaba y admiraba. Había vivido
diez años en Londres trabajando de oficial de sastre, había adquirido allí un
bonito acento inglés y siempre hablaba con cariño de los ingleses. Decía que
eran un pueblo civilizado. Durante toda su vida conservó muchas características
inglesas. Su amigo, con el que se reunía los sábados por la noche en una
taberna de la Segunda Avenida, regentada por mi tío Paul, era un hombre flaco y
fogoso llamado señor Crow, un inglés de Birmingham. El señor Crow no gustaba a
nadie de nuestra familia, excepto al abuelo. La razón era que el señor Crow era
socialista. Además, siempre estaba lanzando discursos y, encima, llenos de
virulencia. Mi abuelo, cuyos recuerdos se remontaban hasta los días del 48,
disfrutaba con aquellos discursos y los aplaudía. También estaba contra los
«patronos». Y, por supuesto, contra los militares. Ahora que lo pienso, es
extraño el miedo cerval que la palabra socialismo inspiraba en aquella época.
Nadie de mi familia quería saber nada con alguien que se llamara socialista;
era peor que un católico o un judío. América era un país libre, la tierra de
las oportunidades, y el deber de uno era triunfar y hacerse rico. Mi padre, que
odiaba a su patrono —«un maldito inglés», lo llamaba siempre—, pronto iba a
llegar a ser sastre patrono, a su vez. Mi abuelo tuvo que coger trabajo de mi
padre. Pero nunca perdió aquella dignidad, aquella seguridad e integridad que
siempre le daban un poco de superioridad sobre mi padre. Antes de que pasara
mucho tiempo, todos los «sastres patronos» iban a empobrecerse desastrosamente
y a verse obligados a asociarse para compartir los gastos y mantener de
empleados fijos a un pequeño equipo de trabajadores. Los salarios de los
obreros —cortador, oficial retocador, chalequero, pantalonero— iban a seguir
subiendo, iban a representar cada semana más de lo que correspondía al patrono.
Con el tiempo —último acto del drama—, aquellos obreretes, todos extranjeros,
generalmente despreciados, pero a veces envidiados también, iban a prestar
dinero a los patronos para que siguiera funcionando el negocio. Tal vez fuese
todo aquello resultado de aquellas perniciosas doctrinas socialistas que
agitadores como el señor Crow habían patrocinado. Tal vez no. Tal vez hubiera
algo inherentemente desastroso en aquella doctrina de Wallingford de
«enriquécete pronto» que inculcaron a los jóvenes de mi generación.
Mi abuelo murió antes
de que estallara la Primera Guerra Mundial. Dejó una herencia cuantiosa, como
todos los demás emigrados de aquel viejo barrio, todos los cuales habían venido
a América al mismo tiempo y desde todas las partes de Europa. Les fue mejor,
pero mucho mejor, en aquel glorioso país de hombres libres que a sus hijos e
hijas. Habían empezado de la nada, como aquel ayudante de carnicero procedente
de Alemania, mi tocayo —Henry Miller, «el rey del ganado»—, que acabó
propietario de una enorme tajada de California. Es cierto, puede que hubiera
más oportunidades en aquellos tiempos, pero también es verdad que aquellos
hombres eran de madera más dura, que eran más industriosos, más perseverantes,
más ingeniosos, más disciplinados. Empezaron con un oficio humilde —carnicero,
carpintero, sastre, zapatero— y el dinero que ahorraban lo ganaban con el sudor
de su frente. Siempre vivieron modestamente, y con todas las comodidades, a
pesar de que no existía el confort ni los aparatos que ahorran trabajo, ahora
considerados indispensables. Recuerdo el retrete de la casa de mi abuelo.
Primero fue una caseta en el patio; después encargó la construcción de un
cuartito en el piso de arriba. Pero, aun después de que se empezara a usar el
gas, en aquel retrete no había otra iluminación que una lamparilla flotando en
aceite de oliva. Mi abuelo nunca habría considerado de importancia tener luz de
gas en el retrete. Sus hijos comían bien e iban bien vestidos; asistían al
teatro de vez en cuando, iban con él a excursiones y giras —¡acontecimientos
espléndidos!— y cantaban con él, cuando acudía a las reuniones del Saengerbund.
Una vida sencilla y sana, y todo menos aburrida. En invierno, cuando llegaba la
nieve y el hielo, a veces los llevaba de paseo en un trineo abierto tirado por
un caballo. El mismo iba a veces a pasear en un velero sobre hielo. Y en verano
hacían viajes inolvidables, en barco de recreo, a lugares como Glen Island, por
ejemplo, o New Rochelle. No se me ocurre nada de lo que se ofrece hoy a los
niños que pueda compararse con aquellas excursiones. Como tampoco se me ocurre
nada que pueda compararse con los mágicos parques de atracciones de Glen
Island. Lo único que se parece un poco es la atmósfera de algunos cuadros de
Renoir y Seurat. También en éstos vemos ese ambiente feliz, esa alegría y
madurez, esa opulencia afelpada y carnal tan característica del período
somnoliento, bostezante e indolente que va del final de la guerra
franco-prusiana al estallido de la Primera Guerra Mundial. Indudablemente, fue
una efervescencia burguesa, manchada por la corrupción de un orden putrefacto,
pero los hombres que la compendiaron, los hombres que la glorificaron con la
palabra y la pintura, no estaban corrompidos. Me resulta imposible imaginar a
mi abuelo corrompido, como tampoco a Renoir ni a Seurat. Creo que mi abuelo, en
su forma de vida, tenía más afinidades con Seurat y Renoir que con la nueva
forma de vida americana que estaba germinando entonces. Creo que habría
entendido a aquellos hombres y su arte, si hubiera tenido ocasión. Mis padres,
nunca. Ni los muchachos con los que crecí en la calle.
Sigo divagando,
conmovido por los recuerdos de tiempos pasados. Así vagaba mi mente, mientras
hacía el recorrido de mis antiguos lugares familiares. No es de extrañar que
los días fueran tan pletóricos, tan sabrosos. Salía hacia Glendale y acababa en
el «antiguo barrio». No podía resistir la tentación de pasar otra vez por
delante de la vieja casa ancestral. Sin embargo, no se me habría ocurrido
visitar a mis parientes, que todavía vivían allí. Me paraba en la otra acera de
la calle... miraba al tercer piso donde en tiempos habíamos vivido, intentaba
recrear la imagen del mundo que había conocido, cuando era un niño de cinco o
seis años. Aquella ventana del frente, donde solía sentarme, me acompañará en
el más allá, pondrá marco a los recuerdos que reviviré mientras espere renacer
en un nuevo cuerpo. Recuerdo el pánico y el terror que me invadió la primera
vez que mi madre me obligó a limpiarle las ventanas; sentado en el alféizar,
con el cuerpo colgando fuera, a la altura de tres pisos del suelo —altura inmensa
para un niño de siete u ocho años— y con las rodillas apretadas frenéticamente
contra el antepecho. La ventana descansaba sobre mis piernas con peso de plomo.
Miedo a alzar la ventana, miedo a perder el asidero. Mi madre insistía en que
todavía quedaban algunas motas de polvo por limpiar. (Más adelante, cuando ya
fui mayor, mi madre me contaba cuánto me gustaba limpiarle las ventanas. O
cuánto me gustaba colgar las persianas. Cuánto me gustaba esto, cuánto me
gustaba lo otro... ¡Todas mentiras podridas!)
Parado ahí en profunda
meditación, me pregunto si no sería tal vez un poco mariquita en aquella época.
Ningún niño del barrio iba mejor vestido que yo. Ninguno tenía mejores modales.
Ninguno era más despierto e inteligente. Yo ganaba todos los premios, recibía
todos los elogios. Mis padres estaban tan seguros de que sabía cuidarme por mí
mismo, que nunca se les ocurrió que mis compañeros de juegos ya estaban
enfangados en el pecado y el vicio. Hasta la madre más indulgente habría podido
detectar en Johnnie Ludlow las características de un delincuente. Hasta el
padre más despreocupado habría podido advertir que el pequeño Alfie Betcha ya
era un gángster y un matón. El orgullo de la escuela dominical, que era yo,
siempre escogía de compañeros de fatigas a los peores golfillos del barrio. ¿Es
que no se daba cuenta de eso mi querida madre? Si bien era capaz de recitar el
catecismo empezando por atrás, como mico inteligente que era, también, cuando,
estaba con mis compañeros, tenía una lengua que podía soltar inmundicias,
insultos y maldiciones que habrían hecho honor a un malhechor carne de horca.
Naturalmente, los muchachos más mayores eran quienes nos instruían. Pero no
abierta ni deliberadamente. Siempre andábamos a su alrededor, escuchando sus
discusiones y disputas. Tampoco es que fueran mucho más mayores que nosotros,
ahora que lo pienso. Tenían doce años como máximo. Pero tenían constantemente
en los labios palabras como puta, zorra, soplapollas, cabrón, caraculo, follar,
picha, etc. Cuando nosotros, los pequeños, usábamos esas palabras, se reían a
carcajadas. Recuerdo que un día, entusiasmado con algún nuevo vocablo que había
aprendido, me acerqué a una chica de quince años más o menos y la llamé con
palabras soeces. Cuando me agarró para darme una azotaina, renegué contra ella
como un carretero. Puede que también le diera un mordisco en la mano y una
patada en las espinillas. En cualquier caso, recuerdo que estaba que ardía de
rabia y mortificación. «Te voy a enseñar a hablar, mocoso», dijo, y acto seguido
me cogió de la oreja y me arrastró hasta la comisaría de la esquina. Me hizo
subir la larga escalera, abrió la puerta y me metió de un empujón hasta el
centro del cuarto. Ahí me teníais, un chiquillo, frente al sargento sentado
allí arriba en su escritorio, que sólo dejaba ver su cabeza.
«¿Qué significa esto?»
Su firme voz de trueno me volvía loco de miedo.
«Cuéntaselo», ordenó la
muchacha. «¡Cuéntale lo que me has llamado!»
Estaba demasiado
aterrorizado como para abrir la boca. Simplemente di un resuello.
«Ya comprendo», dijo el
sargento, alzando sus pobladas cejas negras y lanzándome una mirada
amenazadora. «Ha usado lenguaje indecente, ¿no es eso?»
«Sí, señoría», dijo la
muchacha.
«Bien, vamos a
ocuparnos de esto.» Se alzó de su trono e hizo ademán de bajar.
Me eché a lloriquear y
después a gritar.
«En realidad, es buen
chico», dijo la muchacha, acercándose a mí y dándome palmaditas cariñosas en la
cabeza. «Se llama Henry Miller.»
«¿Henry Miller?», dijo
el sargento. «Pero, hombre, si conozco a su padre y a su abuelo. ¡No me digas
que este muchachito ha usado palabras indecentes!»
Dicho esto, bajó de su
elevado asiento e, inclinándose sobre mí, me cogió de la mano. «Henry Miller»,
dijo. «Me sorprendes. Pero, hombre...»
(La mención de mi
nombre en aquel lugar público, nada menos que en la comisaría, tuvo un efecto
tremendo sobre mí. Ya me consideraba un delincuente, veía mi nombre pregonado
por toda la calle, impreso en titulares de un metro de altura. Temblaba de
pensar en lo que dirían mis padres cuando llegara a casa, pues suponía que la
noticia habría llegado antes que yo. Tal vez el sargento hubiese enviado a un
agente para informar a mi madre de la situación. Tal vez tuviera que venir a
depositar una fianza para sacarme en libertad. Junto con aquellos temores y
presentimientos, sentía también algo de orgullo de oír resonar mi nombre en
aquella comisaría vacía. Ahora tenía un estado legal. Nadie me había llamado
nunca por mi nombre y apellido juntos. Siempre era Henry a secas. Ahora había
pasado a ser Henry Miller, todo un personaje. Aquel hombre iba a escribir mi
nombre y dirección en el gran libro. Iban a tener una ficha de mí... En aquel
momento espantoso envejecí diez años.)
Unos minutos después, a
salvo en mi calle, después de que la muchacha me hubiera soltado con la promesa
de no volver a usar nunca semejantes palabras, me sentí un héroe. Tuve la
sensación de que todo era un juego, de que nadie tenía intención de procesarme
ni de decírselo siquiera a mis padres. Me sentía avergonzado de mí mismo por
haber gritado como un mariquita delante del sargento. El hecho de que fuera tan
buen amigo de mi padre y de mi abuelo significaba que nunca me haría daño. En
lugar de pensar en él como alguien a quien temer, empecé a considerarlo mi
protector y aliado confidencial. Me había impresionado enormemente que mi
familia gozara de buena reputación ante la policía y quizás estuviese en buenas
relaciones con ella. En aquel mismo momento empecé a sentir desprecio por los
poderes establecidos...
Antes de separarme de
los antiguos lugares familiares, no pude por menos de entrar a hurtadillas por
el corredor hasta el patio trasero, donde en otro tiempo estaba el retrete. Por
el lado donde estaba el antiguo ahumadero había una figura —pintada en la
valla— de una mujer que conducía un perrito. La habían hecho con pintura negra
y alquitrán. Ahora estaba casi borrada. De niño aquella tosca muestra artística
me obsesionaba. Era, por decirlo así, mi pintura funeraria egipcia propia.
(Curiosamente, más adelante, cuando yo también me dediqué, a mi vez, a pintar,
hice con frecuencia figuras que me recordaban ese esbozo rígido.
Instintivamente, mi mano trazaba el mismo contorno rígido; durante años pareció
como si no pudiera hacer nada de frente, sino siempre con ese perfil arcaico.
Mis cabezas siempre tenían expresión de halcón o de bruja; la gente creía que
intentaba deliberadamente dar una impresión de pesadilla, pero no era así; ésa
era la única forma como podía representar la figura humana.)
Al volver a la calle,
alcé los ojos involuntariamente, como para saludar a la señora O’Melio, que
daba refugio a todos los gatos perdidos del barrio en la azotea de su casa.
Había unos cien a los que daba de comer dos veces al día. Vivía sola, y mi
madre siempre insinuaba que debía de estar chalada. Semejante solicitud
gargantuesca superaba la comprensión de mi madre.
Camino despacio hacia
la parte sur, donde tomaré el tranvía que atraviesa la ciudad para volver a
casa. Todas las fachadas de tiendas están cargadas de recuerdos. Después de
veinticinco años, a pesar de los cambios, de las demoliciones, ahí siguen las
antiguas viviendas. Descoloridas, descuidadas, ruinosas, como robustos dientes
viejos, siguen «cumpliendo su misión». La luz que en otro tiempo las animó, el
resplandor que en otro tiempo emitían, han desaparecido. En verano era cuando
estaban especialmente fragantes: en realidad transpiraban, como seres humanos.
Los dueños se enorgullecían de mantener sus hogares limpios y ordenados; el
brillo de la pintura reciente, las densas sombras que arrojaban los toldos,
eran los reflejos de sus humildes espíritus. Las casas de los médicos siempre
eran un poco mejor que las otras, un poco más pretenciosas. En verano entrabas
en la consulta del doctor a través de cortinas de abalorios, que tintineaban al
cruzarlas. El doctor siempre parecía ser un entendido en arte; en las paredes
solía haber antiguas pinturas sombrías con pesados marcos dorados. El tema de
dichas pinturas me era totalmente ajeno. Nosotros no teníamos nada de esa clase
en nuestras paredes; nuestros cuadros, que nos regalaban los tenderos con
ocasión de las fiestas, eran cromos chillones y detestables, y al instante los
olvidábamos. (Siempre que mi madre se sentía obligada a regalar algo a un
vecino pobre, escogía un cuadro de la pared. «Gracias a Dios, que nos libramos
de esto», murmuraba. A veces yo corría hasta ella con una oferta propia, un
juguete nuevecito, un par de botas, un tambor, porque también estaba harto de
tantas propiedades. «¡Oh, no, Henry, eso no!», todavía la oigo decir. «¡Eso
está demasiado nuevo!» «Pero es que ya no lo quiero», insistía yo. «No digas
eso», respondía ella, «o Dios te castigará.»)
Paso por delante de la
antigua iglesia presbiteriana. A las dos en punto se celebraba la clase de la
escuela dominical. ¡Qué fresquito más delicioso hacía en el sótano en que nos
congregábamos! Afuera el calor rebotaba sobre el pavimento. Grandes moscas zumbaban,
lanzándose como flechas de un rincón en sombra a otro. Cuando pienso en lo que
el verano significaba entonces para mí, el tangible y terrenal verano que
brillaba y vibraba durante los largos y festivos días estivales, pienso en la
música de Debussy. Me pregunto si sería éste un león del Mediodía. ¿Tendría
algo de sangre africana en las venas? ¿O eran esas vibrantes melodías
tachonadas de acordes apiñados la expresión del anhelo de un sol que nunca
conoció?
Todos los períodos
gozosos que he conocido parecen estar relacionados con el sol. Al recordar al
señor Roberts, el director de nuestra escuela dominical, pienso no sólo en ese
deslumbrante astro del cielo, sino también en el calor celestial que aquel extraño
viejo inglés irradiaba. ¡Qué salud y confianza comunicaban su largo bigote
ondulante, color maíz, y su jovial y vigoroso rostro! Siempre aparecía con el
mismo chaqué con polainas grises y una chalina bajo la barbilla. Como el
ministro y los diáconos de la iglesia, era hombre rico. Hacía mucho tiempo que
deberían haberse mudado a zonas mejores, pero estaban apegados al antiguo
barrio y, además, disfrutaban protegiendo a los pobres y humildes. Por Navidad
eran generosos de verdad con sus regalos. Mi madre se sentía muy impresionada
por aquella largueza; probablemente ésa fuera la razón por la que recibí una
educación presbiteriana y no luterana.
Aquella tarde, al
evocar con Mona los días de mi infancia, se me ocurrió de repente que sería un
buen detalle enviar al viejo ministro, que todavía vivía, una muestra de mi
obra. Pensé que podría serle grato saber que uno de sus «muchachos» era ahora
escritor. Dios sabe qué sería lo que le envié, pero surtió cualquier efecto
menos el deseado. Casi a vuelta de correo me devolvió el manuscrito junto con
una carta redactada en un inglés impecable, en la que me contaba su pena y
perplejidad. Le dolía que yo, que me había criado en el redil de la grey, me
rebajara hasta el extremo de usar semejantes medios de expresión crudos y
realistas. Recuerdo que decía algo en su carta sobre el cubo de la basura.
Aquello me enfureció. Sin perder tiempo, me senté y le respondí en los términos
más insultantes, haciéndole saber que era un necio y un viejo chocho, que mi
único fin en la vida era conseguir vivir lo suficiente para llegar a olvidar
los estúpidos disparates que había intentado inculcarme. Añadí algo sobre
nuestro Señor y Salvador que, aunque oportuno, iba destinado a perturbarlo aún
más. Como culminación de los insultos, le aconsejaba largarse del antiguo
barrio, al que no pertenecía ni había pertenecido nunca. Añadía que esperaba
ver la estrella de David suplantando a la Cruz la próxima vez que pasara por el
antiguo edificio venerable. (Por cierto, que mi deseo se cumplió poco después.
¡El lugar pasó a ser una sinagoga efectivamente! Y la rectoría, donde en
tiempos había vivido nuestro querido ministro, fue ocupada por un anciano
rabino de blanca barba ondulante.)
Naturalmente, después
de haber enviado la carta, me arrepentí. ¡Qué tontería había hecho! Seguía
jugando a hacer de «niño malo». Sin embargo, era muy propio de mí venerar el
pasado y escupir en él. Estaba haciendo lo mismo con los amigos... y con los
escritores. Del pasado aceptaba y estimaba sólo lo que podía transformar para
fines creativos...
¿He citado las Cartas
de Van Gogh, que entonces estaba leyendo y que recientemente he releído tras un
lapso de veinte años? Lo que me apasionaba era el ardiente deseo de Vincent de
vivir la vida de un artista, de no ser sino un artista, pasara lo que pasase.
Con hombres de su clase el arte se convierte en una religión. Cristo, muerto
desde hace mucho para la Iglesia, renace. El apasionado Vincent redime al mundo
mediante el milagroso uso del color. El soñador despreciado y desamparado
vuelve a representar el drama de la crucifixión. Se alza de su tumba para
triunfar sobre los incrédulos.
Una y otra vez Van Gogh
dice que no desea otra cosa que llevar una vida sencilla. Sólo es extravagante
en el uso de sus materiales. Todo pasa a su arte. Es un sacrificio tan
absoluto, que, en comparación, las vidas de la mayoría de los pintores parecen
apagadas y sin valor. Van Gogh sabe que nunca lo reconocerán en vida; sabe que
nunca recogerá el fruto de su trabajo. Pero, ¡tal vez su renuncia facilite las
cosas a los artistas del futuro! Ese es su deseo más profundo. De mil formas
diferentes dice: «Para mí no espero nada. Nosotros estamos condenados. Nosotros
vivimos fuera de nuestro tiempo.»
¡Cómo suda y se
esfuerza para reunir cincuenta cuadros que su hermano ha de exhibir ante un
mundo desdeñoso y despectivo! Los últimos años de su vida es un auténtico loco.
Pero un loco en el sentido propio de la palabra. Todo llama y espíritu, rebosa
de energía creativa. Es la taza que desborda. Y está solo.
En Arles resulta
difícil conseguir mujeres para posar. La gente dice que sus pinturas son
atroces. «¡Están llenas de pintura!» Me río y lloro al leer esto. ¡Llenas de
pintura! ¡Qué terrible verdad! ¡Qué ironía que la maravillosa consecución de
ese prodigio (la saturación de la tela con color, con puro color tumultuoso),
que ese sueño de todos los grandes pintores (por fin realizado) se usara contra
él! ¡Pobre Van Gogh! ¡Rico Van Gogh! ¡Van Gogh Todopoderoso! ¡Qué burla cruel y
blasfema! Como si dijeran de un hombre de Dios: «Pero, ¡está demasiado repleto
de Dios!»
Me gustaría pintar de
tal modo, dice Van Gogh, que todo aquel que tenga ojos vea claramente lo que
hay en el cuadro. Así hablaba y vivía Jesús. Pero los ciegos y los sordos no
nos abandonan nunca. Sólo ven, sólo oyen, sólo actúan quienes están henchidos del
precioso espíritu santo.
Sabemos que durante
mucho tiempo Van Gogh se abstuvo de usar el color, que se forzó a sí mismo a
trabajar con lápiz, carbón, tinta. También sabemos que empezó estudiando la
figura humana, que intentó aprender de la Naturaleza. Sí, se ejercitaba para
leer lo que estaba oculto bajo la concha. Se asoció con los pobres y los
humildes, con obreros oprimidos, con parias. Adoraba al campesino, y lo
ensalzaba más que al hombre culto. Estudiaba las formas de las cosas, el tacto
de los objetos. Se familiarizó con todo lo común y cotidiano para poder más
adelante, cuando hubiera adquirido la destreza y la técnica necesarias,
representar ese mundo de lo ordinario, de lo vulgar, de lo cotidiano a la luz
de una realidad divina. Lo que Van Gogh deseaba era volver familiar en sentido
nuevo —en sentido eterno, por decirlo así— ese mundo más que familiar. Quería
mostrar que no estaba revestido de mal ni de fealdad, que nunca era monótono ni
aburrido, que basta mirarlo con ojos amorosos para reconocer su esplendor y
magnificencia. Y, cuando hubo realizado eso, cuando nos hubo dado una nueva
tierra, descubrió que ya no podía hacer frente al mundo: buscó voluntariamente
un refugio, un manicomio.
Fueron necesarios casi
cincuenta años para que el hombre de la calle comprendiera que un Cristo, que
se había manifestado como pintor, había estado entre nosotros últimamente. De
repente, gracias a la inmensa popularidad de un libro sensacional, miles y miles
de personas se ponen a visitar los museos y las galerías; convergen como un
Niágara ante las embriagadoras obras maestras de ese genio despreciado y
desesperado, Vincent Van Gogh. Reproducciones de su obra se ven por todas
partes; surgen en los lugares más inesperados. Por fin consigue el éxito Van
Gogh. Por fin «el gran fracasado» se ve reconocido. Su fe estaba justificada,
al parecer. Su sacrificio no fue en vano. Pues no sólo llega a las masas, sino
que también —lo que es más importante— influye en los pintores.
En una de sus cartas
—¡ya en 1888!— escribe: «La pintura da muestras de volverse más sutil —más
musical y menos escultórica— enfin elle promet la couleur.» Subraya la palabra
color. ¡Qué profética su visión! ¿Qué es la pintura moderna sino un himno al color?
El uso libre y audaz del color, equivalente a una revelación, precipitó una
liberación inopinada. Siglos de pintura quedaron aniquilados de la noche a la
mañana. Se abrieron perspectivas increíbles.
En esas cartas
maravillosas en que Van Gogh relata sus descubrimientos sobre las leyes del
color (la mayoría de las cuales formuló Delacroix), trata con cierto
detenimiento del uso del blanco y el negro. No hay que abstenerse de usar el
negro. Hay muchas clases de negro. ¿Acaso no usaron el negro Rembrandt y Franz
Hals?, pregunta. ¿Y también Velázquez? No simplemente el negro, sino
veintisiete clases diferentes de negro. Todo depende de la clase de negro, y de
cómo se use. Lo mismo ocurre con el blanco. (Utrillo no iba a tardar en
confirmar las apreciaciones de Van Gogh. ¿Es que no sigue siendo su época
blanca la mejor?)
Hablo del blanco y del
negro porque era inevitable que aquel revolucionario en el mundo del color se
ocupara de las primeras y de las últimas cosas. En eso nos recuerda a esos
auténticos hijos de Dios que no temen el mal ni la fealdad, sino que los abarcan
e incorporan a su mundo de bondad y belleza.
Cuando el siglo XIX se
derrumbó en el campo de Armageddon, las últimas barreras quedaron hechas
pedazos. Los artistas demoníacos que sobresalieron en ese siglo contribuyeron a
la destrucción del pasado tanto como los estadistas y militares, los financieros
y los industriales, los revolucionarios y los propagandistas que prepararon el
terreno para la derrota. La guerra de 1914 pareció el final de algo; sin
embargo, sólo fue la culminación de algo que hacía tiempo que se preparaba. En
realidad, abrió vastos horizontes nuevos. Mediante su obra de demolición dio
salida a nuevos y vastos campos de energía. El período que va de la Primera a
la Segunda Guerra Mundial es rico en producciones artísticas. En ese período,
en el que el mundo estaba a punto de verse conmovido hasta los cimientos por
segunda vez, era en el que yo estaba formándome. Fue un período difícil en
primer lugar porque había que contar de forma exclusiva con las propias
fuerzas, con las propias facultades. La sociedad, desgarrada por toda clase de disensiones,
ofrecía al artista todavía menos apoyo y aliento que en la época de Van Gogh.
La propia existencia del artista estaba amenazada. Pero, ¿es que no estaba
amenazada la existencia de todo el mundo?
Al salir de la Segunda
Guerra Mundial, existe la vaga sensación de que la propia tierra está amenazada
de extinción. Hemos entrado en otra era apocalíptica. El espíritu del hombre
está en convulsión como la propia tierra en períodos geológicos antiguos. La
muerte es lo que nos estamos sacudiendo de encima: la rigidez de la muerte.
Deploramos el espíritu de violencia prevaleciente, pero para romper las
ataduras de la muerte hay que impulsar el espíritu del hombre. Las
posibilidades más deslumbrantes nos envuelven. Estamos imbuidos e investidos
con facultades y energías insospechadas hasta ahora. Estamos a punto de vivir
de nuevo como seres humanos, con la plena grandeza que la palabra humano
entraña. La heroica obra de nuestros predecesores parece ahora el trabajo de
víctimas de sacrificios. No es necesario que nosotros repitamos sus
sacrificios. Lo que debemos hacer es gozar los frutos. El pasado yace en
ruinas, el futuro se abre incitante. ¡Tomad este mundo cotidiano y abrazadlo!
Eso es lo que el espíritu insta a hacer. ¿Qué mejor mundo puede existir que
este en que tenemos plena responsabilidad, todos y cada uno de nosotros? ¡No
trabajéis para los hombres del futuro! ¡Dejad de trabajar completamente y
cread! Pues la creación es juego, y el juego es divino.
Ese es el mensaje que
recibo siempre que leo la vida de Van Gogh. Su desesperación final, que acabó
en la locura y el suicidio, podría interpretarse como impaciencia divina. «El
Reino de Dios está aquí», exclamaba. «¿Por qué no entráis?»
Derramamos lágrimas de
cocodrilo por su lamentable fin, olvidando el estallido de esplendor que lo
precedió. ¿Acaso lloramos cuando el sol se hunde en el océano? La plena
magnificencia del sol se nos revela sólo en los pocos instantes que preceden y
siguen a su desaparición. Volverá a aparecer al amanecer, otra magnificencia,
otro sol tal vez. Durante todo el día nos alimenta y sostiene, pero apenas le
prestamos atención. Sabemos que está ahí, contamos con él, pero no le ofrecemos
acción de gracias ni devoción. Los grandes luminares, como Nietzsche, como
Rimbaud, como Van Gogh, son soles humanos que sufren la misma suerte que el
astro celestial. Hasta que no están ocultándose, o no se han ocultado del todo,
no nos damos cuenta de su gloria. Al lamentar su tránsito, cegamos nuestros
ojos para que no vean la existencia de otros soles nuevos. Miramos hacia atrás
y hacia adelante, pero nuestra mirada nunca penetra directa hasta el corazón de
la realidad. Si en ocasiones adoramos al cuerpo solar que nos da calor y luz,
no pensamos en los soles que han estado brillando desde la eternidad. Aceptamos
irreflexivamente que todo el espacio está tachonado de soles.
En verdad, el universo
nada en luz. Todo está vivo e iluminado. También el hombre es receptáculo de
energía radiante e inagotable. Es extraño que sólo en la mente del hombre haya
oscuridad y parálisis.
Un pequeño exceso de
luz, de energía (aquí en la tierra), y dejas de ser apto para vivir en la
sociedad humana. La recompensa del visionario es el manicomio o la cruz. Parece
como si nuestro habitat natural fuera un mundo gris y neutral. Así ha sido durante
mucho tiempo. Pero ese mundo, ese estado de cosas, está acabándose. Nos guste o
no, con anteojeras o sin ellas, nos encontramos en el umbral de un mundo nuevo.
Nos vamos a ver obligados a entender y aceptar... porque los grandes luminares
que apartamos de entre nosotros han trastornado nuestra visión. Vamos a ser
testigos de esplendores y horrores, alternativa y simultáneamente. Vamos a ver
con mil ojos, como la diosa Indra. Las estrellas avanzan hacia nosotros, hasta
las más distantes.
Con nuestros
instrumentos percibimos ahora mundos cuya existencia no sospechaba ni por asomo
el hombre antiguo. Podemos localizar reinos de mundos que superan nuestro saber
actual, porque nuestras mentes ya son receptivas a la luz que emana de ellos.
Al mismo tiempo también podemos concebir nuestra propia destrucción total.
Pero, ¿acaso nos quedamos por ello clavados en el sitio? No. Nuestra fe es
mayor de lo que nos atrevemos a admitir. Sentimos la magnificencia de esa vida
eterna que es la del hombre y que siempre hemos negado. A pesar de nuestro
orgullo y nuestra vanidad, nos comportamos como si no supiéramos nada de
nuestra herencia auténtica. Insistimos en que sólo somos humanos, demasiado
humanos. Pero, si fuéramos verdaderamente humanos, seríamos capaces de todas
las cosas, estaríamos listos para todas las emergencias, conoceríamos todas las
condiciones del ser. Deberíamos recordarnos diariamente, repetir como una
letanía, que en nuestro ser se encuentra encerrada toda la gama de la
existencia. Deberíamos dejar de adorar e inspirar adoración. Ante todo,
deberíamos dejar de aplazar el acto de llegar a ser lo que de hecho y en
esencia somos.
«Prefiero», escribió
Van Gogh, «pintar los ojos de los hombres a pintar catedrales, porque hay algo
en los ojos de los hombres que no existe en las catedrales, por majestuosas e
imponentes que éstas sean...»
III
Aquel período divino
sólo duró unos pocos meses. Pronto no iba a haber sino infortunios,
privaciones, frustraciones. Hasta que no llegara a París, sólo tres breves
escritos iban a publicarse: el primero en una revista dedicada al progreso de
los hombres de color, el segundo en una revista patrocinada por un amigo y que
sólo llegó a publicar un número y el tercero en una revista resucitada por el
bueno del viejo Frank Harris.
En adelante, todo lo
que ofreciera para publicar iba a llevar la firma de mi esposa. (Sólo hubo una
excepción extraña, de la que hablaré más adelante.) Habíamos convenido en que
yo no podía hacer nada por mi cuenta. Tenía que limitarme a escribir y lo demás
dejarlo de cuenta de Mona. Su trabajo en el teatro ya se había acabado. Hacía
tiempo que no pagábamos el alquiler. Mis visitas a Maude se habían vuelto cada
vez menos regulares y sólo pagábamos la pensión de tanto en tanto, cuando
conseguíamos un buen pellizco. El vestuario de Mona no tardó en desaparecer, y
yo, como un bobo, hacía vanos esfuerzos para pedir un vestido o un traje a mis
antiguos amores. Cuando hacía un frío intenso, se ponía mi abrigo.
Mona estaba dispuesta a
trabajar en un cabaret, pero yo no quería ni oír hablar de eso. Cada vez que
llegaba el correo, buscaba con desesperación una carta de aceptación acompañada
de un cheque. Debía de tener entre veinte y treinta manuscritos rodando; venían
y se iban como palomas mensajeras bien adiestradas. Estaba empezando a ser un
problema juntar el dinero para los sellos. Todo estaba empezando a ser un
problema.
En medio del primer
revés, nos rescató por poco tiempo la llegada de mi viejo amigo O’Mara que,
tras dejar la Compañía Telegráfica Cosmodemónica, se había ido en un largo
crucero por el Caribe con unos pescadores. Con la aventura había ganado algo de
dinero.
Apenas nos habíamos
abrazado, cuando, en una de sus actitudes características, O’Mara vació sus
bolsillos y colocó el dinero en un montón sobre la mesa. «La banca», así lo
llamó. Iba a ser para nuestro uso común. Unos cuantos centenares de dólares en
total, suficientes bien para pagar nuestras deudas, bien para vivir un mes o
dos.
«¿Tenéis algo de beber
por aquí? ¿No? Dejadme que vaya a comprar algo.»
Volvió con unas
botellas y una bolsa llena de comida. «¿Dónde está la cocina aquí? Me parece
que no la veo.»
«No hay cocina; no
tenemos permiso para cocinar.»
«¿Cómo?», gritó. «¿Que
no hay cocina? ¿Qué pagáis por este sitio?»
Cuando se lo dijimos,
afirmó que estábamos locos, locos de remate. A Mona no le hizo la menor gracia
eso.
«¿Cómo demonios os
arregláis, entonces?», preguntó, rascándose la cabeza.
«Para ser sinceros»,
dije, «no nos arreglamos.»
Ahora Mona estaba a
punto de echarse a llorar.
«¿No trabajáis ninguno
de los dos?», continuó.
«Val trabaja», se
apresuró a responder Mona.
«Querrás decir que
escribe, supongo», dijo O’Mara, dando a entender que eso era un simple
pasatiempo.
«Desde luego», dijo
Mona con aspereza. «¿Qué querrías que hiciera?»
«¿Yo? Yo no quiero que
haga nada. Simplemente me preguntaba cómo vivís... de dónde sacáis la pasta,
vamos.»
Se quedó callado un
momento, después dijo: «Por cierto, ese tipo que me ha abierto la puerta, ¿era
el casero? Parecía un buen tío.»
«Y lo es», dije. «Es de
Virginia. Nunca nos fastidia con el alquiler. Todo un caballero, hay que
reconocerlo.»
«Tenéis que portaros
bien con él», dijo O’Mara. «Oye, ¿por qué no le dejamos algo a cuenta?»
«No», dijo Mona
rápidamente, «no hagas eso, por favor. No le importará esperar un poco más.
Además, espero tener dinero pronto.»
«Ah, ¿sí?», dije yo,
siempre receloso de esas declaraciones precipitadas.
«Bueno, al diablo con
eso», dijo O’Mara, sirviendo el jerez. «Vamos a sentarnos y tomar un trago. He
traído jamón y huevos, y queso muy bueno. Lástima que tengamos que tirarlo.»
«¿Cómo que tenemos que
tirarlo?», dijo Mona. «Tenemos un infiernillo de dos fuegos en el baño.»
«¿Ahí es donde
cocináis? ¡Huy, la Virgen!»
«No, simplemente lo
guardamos ahí para que no esté a la vista.»
«Pero debe de llegarles
el olor arriba, ¿no?» O’Mara se refería al casero y a su esposa.
«Naturalmente que les
llega», dije yo, «pero son discretos. Fingen no oler nada.»
«¡Qué gente más
maravillosa!», dijo O’Mara. Quería, decir con eso que sólo los sureños podían
dar muestras de semejante tacto.
Al cabo de un instante,
ya estaba sugiriendo que buscáramos un lugar más barato, con comodidades. «Este
dinero se va a esfumar en menos que canta un gallo, con el tren de vida que
lleváis. Naturalmente, voy a buscar algún trabajo, pero tú ya me conoces. En
fin, me gustaría descansar por un tiempo.»
Sonreí. «No te
preocupes», dije, «todo va a salir chipén. Sólo con tenerte por aquí todo será
más fácil.»
«Pero, ¿dónde va a
dormir?», preguntó Mona, a la que no le hacía demasiada gracia esa idea.
«Podemos comprar un
catre, ¿no?» Señalé el dinero sobre la mesa.
«Pero, ¿y el casero?»
«No vamos a decírselo
ahora mismo. Además, tenemos derecho a tener un invitado, ¿no? No tiene por qué
enterarse de que Ted es un huésped.»
«Igual puedo dormir en
el suelo», dijo O’Mara.
«¡Ni pensarlo! Después
de comer iremos a comprar un catre de segunda mano. Lo entraremos después de
que se haga de noche, ¿eh?»
Comprendí que era hora
de decir algo a Mona. Era evidente que no la había gustado mucho O’Mara. Era
demasiado brusco y franco.
«Oye, Mona», empecé a
decir, «Ted te va a gustar, cuando lo conozcas. Somos amigos desde que éramos
unos chavales, ¿no es así, Ted?»
«Pero, si no tengo nada
contra él», dijo Mona. «Lo único que no quiero es que nos diga lo que tenemos
que hacer.»
«Tiene razón, Ted»,
dije, «eres un poco lanzado, y tú lo sabes. Han pasado muchas cosas desde la
última vez que nos vimos. Estamos en otro mundo ahora. Ha sido maravilloso
hasta hace poco. Todo gracias a Mona. Mira, si no os lleváis bien, las cosas
van a ir muy mal.»
«Me largaré en
cualquier momento en que me lo indiquéis», dijo O’Mara.
«Lo siento», dijo Mona,
«si he dado una mala impresión. Si Val dice que eres un amigo, tiene que haber
algo en ti...»
«¿Qué es eso de Val?»,
dijo O’Mara, interrumpiéndola.
«Es que prefiere
llamarme Val a Henry, nada más. Pronto te acostumbrarás.»
«¡Qué diablos me voy a
acostumbrar! Para mí tú eres Henry.»
«Ya veo que nos vamos a
llevar cojonudamente», dije, riéndome entre dientes. Me levanté para examinar
la comida. «¿Qué os parece si comiéramos pronto?», pregunté.
«Sólo son las once»,
dijo Mona.
«Ya lo sé, pero me está
entrando hambre. Huevos con jamón, es muy tentador. Además, últimamente no
hemos comido demasiado. Tenemos que resarcirnos.»
O’Mara no pudo
contenerse. «Mientras yo ande por aquí, vais a comer bien. ¡Si por lo menos
tuviéramos una cocina normal! Podría cocinar algunos platos cojonudos.»
«Mona sabe cocinar»,
dije. «Tomamos comidas maravillosas... cuando comemos.»
«¿Quieres decir que no
coméis todos los días?»
«Está exagerando», dijo
Mona. «Si se pierde una comida, cree que se muere de hambre.»
«Eso es verdad», dije,
sirviéndome otra copa de jerez. «Pienso en el futuro constantemente. Algo me
dice que va a ser una carrera de obstáculos larga y difícil.»
«¿No has vendido nada
todavía?», preguntó O’Mara.
Dije que no con la
cabeza.
«Eso es muy duro»,
dijo. «Oye (otra ocurrencia), luego me dejas echar un vistazo a tus cosas, ¿eh?
Tal vez pueda vendértelas por ahí... si es que tienen algún valor.»
«¿Cómo que si tienen
algún valor?», saltó Mona. «¿Qué quieres decir?»
O’Mara se echó a reír a
carcajadas. «Bueno, ya sé que es un genio. Quizá sea eso lo malo. Mira, no se
les puede servir puro. Hay que rebajarlo un poco con agua. Yo me conozco a
Henry.»
Cada vez que abría la
boca, O’Mara metía más la pata. Yo tenía el presentimiento de que las cosas no
iban a ir nada bien. No obstante, mientras durara el dinero, íbamos a tener un
respiro. Después, probablemente se buscaría un trabajo y se las arreglaría por
su cuenta.
Desde que conocía a
O’Mara, siempre había estado haciendo esas escapadas y volviendo con un poco de
parné, que siempre dividía conmigo. Nunca había habido época en que me hubiera
encontrado sin apuros. Nuestra amistad databa de cuando teníamos dieciséis o
diecisiete años. Nos conocimos en la oscuridad en una estación de ferrocarril
de Nueva Jersey. Bill Woodruff y yo estábamos pasando unas vacaciones en las
orillas de un hermoso lago. Alee Walker, su patrono, que había venido a
visitarnos, se había traído a O’Mara para darnos una sorpresa. El trayecto de
la estación a la casa de campo en que nos alojábamos era largo. (Ibamos en un
carro de caballos.) Llegamos a la granja hacia medianoche. Ninguno de nosotros
tenía ganas de irse a acostar inmediatamente. O’Mara quería ver el lago del que
tanto habíamos hablado. Cogimos un bote de remos y nos dirigimos hacia el
centro del lago, que estaba a unas tres millas de distancia. Estaba oscuro como
boca de lobo. Impulsivamente, O’Mara se quitó la ropa. Dijo que quería nadar un
poco. En un abrir y cerrar de ojos se había tirado al agua. Pareció pasar una
eternidad antes de que subiera a la superficie; no podíamos verlo, sólo
podíamos oír su voz. Estaba jadeando y resoplando como una morsa. «¿Qué ha
pasado?», le preguntamos. «Me había quedado atascado entre los juncos», dijo.
Se puso a hacer el muerto por un rato para recobrar el aliento. Después empezó
a nadar, con brazadas fuertes y vigorosas. Seguimos su estela, llamándolo de
vez en cuando, pidiéndole que volviera al bote antes de quedarse frío y
agotado.
Así fue como nos
conocimos. Su proeza me causó gran impresión. Se ganó mi admiración por su
hombría y arrojo. Durante la semana que pasamos juntos en la granja llegamos a
conocemos a fondo. Entonces Woodruff me pareció más que nunca un gallina. No
sólo estaba lleno de escrúpulos y recelos, sino que, además, era muy interesado
con el dinero. En cambio, O’Mara siempre daba sin preocuparse. Era un
aventurero nato. A los diez años se había escapado del orfelinato. En algún
lugar del Sur, cuando trabajaba en un parque de atracciones, se había
encontrado con Alee Walker, quien inmediatamente se encariñó con él y se lo
trajo al Norte para que trabajara con él. Más adelante también Woodruff entró a
trabajar en la oficina. Pronto íbamos a ver mucho a Alee Walker y a oír hablar
de él. Iba a llegar a ser el patrocinador de nuestro club, nuestro santo patrón
virtualmente. Pero me estoy adelantando a los acontecimientos... Lo que quería
decir era que siempre me resultó imposible negar nada a O’Mara. Daba y esperaba
todo. Entre amigos ésa era la forma natural y espontánea de comportarse, en su
opinión. Por lo que se refiere a moral, no tenía el menor sentido ético. Si
estaba salido, te preguntaba si podía acostarse con tu mujer: es decir, hasta
que encontrara una gachí «que tragase». Si no tenía dinero para ayudarte en un
caso de apuro, cometía un pequeño hurto o falsificaba un cheque. No tenía
escrúpulos ni remordimientos de ninguna clase. Le gustaba comer bien y dormir
mucho. Detestaba el trabajo, pero cuando emprendía algo se entregaba con
entusiasmo. Siempre quería hacer dinero rápidamente. «Dar un golpe y largarse»,
así era como lo expresaba. Era muy aficionado a todos los deportes y le
encantaba cazar y pescar. A la hora de jugar a las cartas era un tramposo:
usaba un juego desleal, que estaba en absoluto contraste con su carácter. Su
excusa era que nunca jugaba por divertirse. Jugaba para ganar, para hacer su
agosto. Tampoco vacilaba en hacer trampas, sí pensaba que podía ganar. Se había
hecho una idea romántica de sí mismo: se consideraba un hábil tahúr.
Lo mejor era su
conversación. Al menos, para mí. A la mayoría de mis amigos les parecía pesado.
Pero yo podía estar oyéndolo sin desear abrir la boca en ningún momento. Lo
único que hacía era acosarlo a preguntas. Supongo que la razón por la que su
charla era tan estimulante para mí era la de que hablaba de mundos en los que
yo nunca había entrado. Había estado en gran parte del globo, había vivido
algunos años en Oriente, sobre todo en China, Japón y Filipinas. Me gustaba la
descripción que daba de las mujeres orientales. Siempre hablaba de ellas con
ternura y reverencia. También me gustaba el modo como hablaba de los peces, de
los peces grandes, los monstruos de las profundidades. O de las serpientes, que
sabía manejar como a animales domésticos. Los árboles y las flores también
figuraban con profusión en sus charlas: conocía todas las variedades, me
parecía a mí, y podía hablar y no acabar de sus particularidades. Además, había
sido soldado, incluso antes de que estallara la guerra. Sargento primero, nada menos.
Te hablaba de las cualidades de un sargento primero de tal modo, que te hacía
creer que ese tiranuelo era mucho más importante que un coronel o un general.
De los oficiales siempre hablaba con desprecio y burla, o con odio feroz.
«Querían ascenderme», dijo en cierta ocasión, «pero yo no quería ni oír hablar
de eso. Como sargento primero era capitán general, y lo sabía. Cualquier
pelanas puede llegar a teniente. En cambio, para ser sargento primero hay que
valer.»
Cuando se ponía a
hablar, rajaba que daba gusto. Nunca tenía prisa por acabar. Hablaba tan bien
cuando estaba sobrio como cuando estaba borracho. Desde luego, en mí tenía a un
oyente maravilloso. Un oyente ideal. En aquella época bastaba con que alguien mencionara
China, Java o Borneo, para tenerme todo oídos. La menor alusión a algo
extranjero o remoto me convertía en víctima propicia.
Lo sorprendente de un
tipo como O’Mara era que también leía mucho. Casi la primera cosa que hacía, al
venir a verme, era examinar los libros que había a mano. Uno por uno,
saboreándolos despacio y con delectación. También los libros entraban en
nuestras charlas. No sé por qué, yo prefería las impresiones de O’Mara sobre un
libro a las de mis otros amigos, más leídos y más críticos. Como yo, O’Mara era
todo apreciación, todo entusiasmo. No tenía sentido crítico. Si el libro
retenía su interés, era un buen libro, o un gran libro, o un libro maravilloso.
Vivíamos con la misma intensidad en los libros que devorábamos juntos como en
nuestras peregrinaciones imaginarias por China, India, Africa. Muchas veces
esas panzadas comenzaban en la mesa, después de cenar. De repente, O’Mara
recordaba algún incidente de su variopinto pasado. Lo instábamos a que
siguiera. A las dos o las tres de la mañana todavía seguíamos a la mesa. Para
entonces ya volvíamos a tener ganas de tomar un refrigerio... para reanimarnos.
Después un paseíto para llenar con aire fresco los pulmones, como siempre decía
él. Naturalmente, el día siguiente siempre era día perdido. Ninguno de nosotros
pensaba en saltar de la cama antes del mediodía. El desayuno y el almuerzo
juntos siempre se prolongaban. Ninguno de nosotros estaba listo para ponerse a
hacer algo nada más salir de la cama. Y, como el día ya estaba perdido,
inmediatamente nos poníamos a pensar en el cine o el teatro.
Mientras duró el
dinero, fue maravilloso...
Supongo que fue el
sentido práctico de O’Mara el que me dio la idea un día de imprimir mis poemas
en prosa y venderlos por mi cuenta. Tras examinar mis «cosas», O’Mara era de la
opinión de que ningún director de revista los aceptaría nunca. Yo sabía que tenía
razón. Empecé a darle vueltas en la cabeza. Tenía montones de amigos y
conocidos, y todos estaban deseosos de ayudarme, según decían. ¿Por qué no
venderles mi obra directamente, para empezar? Expuse la idea a O’Mara. Le
pareció excelente. Yo los vendería por correo y él iría a pie, de un edificio
de oficinas a otro. Además, él tenía miles de amigos. Pues bien, encontramos un
modesto impresor que nos dio un presupuesto muy razonable; tenía gran cantidad
de papel duro y de color que iba a usar para ese fin. Yo debía llevar uno por
semana y se imprimirían quinientos cada vez. Los llamamos Mezzotints, por
influencia de Whistler. Firmados: Henry V. Miller.
Lo más asombroso, ahora
que lo recuerdo, es que el primer poema en prosa que escribí para aquel
proyecto estaba inspirado en el Bowery Savings Bank. Fue la arquitectura del
nuevo edificio, no el oro de los subterráneos, lo que encendió mi entusiasmo.
Lo titulé «El Fénix del Bowery». Mis amigos no se mostraron muy entusiastas,
pero apoquinaron. Al fin y al cabo, sólo era el precio de una comida lo que les
cobraba por aquellos ditirambos. Si hubiéramos vendido los quinientos,
habríamos hecho una suma considerable.
Entre otras cosas,
intentamos conseguir suscripciones anuales, con tarifa reducida. Media docena
de suscripciones por semana y nuestro problema habría estado resuelto. Pero
hasta mis mejores amigos dudaban de que pudiera cumplir durante un año. Me
conocían bien. Al cabo de un mes o dos, concebiría otro proyecto. En el mejor
de los casos, conseguía convencerlos para que aceptaran una suscripción
mensual: baratita. O’Mara estaba irritado con mis amigos, decía que podía sacar
más de unos extraños. Cada mañana se levantaba temprano y se dedicaba a hacerme
propaganda. Recorría toda la ciudad —Brooklyn, Manhattan, el Bronx, Staten
Island—, dondequiera que tuviese el presentimiento de ser bien recibido.
Intentaba conseguir suscripciones.
Después de haber
escrito dos o tres Mezzotints, a Mona se le ocurrió otro plan. Los firmaría con
su nombre y los vendería de sitio en sitio en el Village. Se refería a los
cabarets nocturnos. Pensaba que la gente que estaba medio borracha no era muy
crítica. Además, sería difícil resistirse a una mujer bonita. A O’Mara no le
gustó su plan —era muy poco comercial, en su opinión—, pero Mona insistió en
que no se perdería nada con probar. Teníamos un surtido de ejemplares
atrasados, todos en diferentes colores; tuvimos que borrar mi nombre e imprimir
el suyo debajo. Nadie iba a distinguir la diferencia.
La primera semana se le
dio de maravilla. Se vendían como rosquillas. Algunos compraban la serie
entera, otros le pagaban el triple y el quíntuplo por un solo Mezzotint.
Parecía que había acertado con aquella idea. De vez en cuando recibíamos
pedidos por correo. Alguna vez que otra O’Mara conseguía una suscripción, por
seis meses o por un año. Yo tenía toda clase de ideas para los próximos
números. Al diablo los directores de revistas: nos iba mejor por nuestra
cuenta.
Mientras Mona hacía la
ronda del Village de noche, O’Mara y yo íbamos en busca de material. No
podríamos haber cumplido con nuestra tarea con mayor energía ni aunque
hubiéramos estado contratados por una gran agencia. Ibamos a todas partes,
examinábamos todo. Una noche estábamos sentados en el palco de la prensa en la
carrera ciclista de los Seis Días, la noche siguiente teníamos asientos de
primera fila en una velada de lucha libre. Algunas noches salíamos a pie, a
explorar Chinatown más minuciosamente, o el Bowery, o nos íbamos a Hoboken o a
alguna otra ciudad perdida de Nueva Jersey, «simplemente para variar...». Una
tarde, mientras O’Mara se dedicaba a hacerme la propaganda en el Bronx,
telefoneé a Ned y lo convencí para que me acompañara al teatro de variedades de
Houston Street, con idea de escribir sobre el espectáculo. Quería que Ned fuera
mi ilustrador. Naturalmente, inventamos un cuento sobre la revista que había
solicitado el artículo. Desgraciadamente, Cleo ya no actuaba, pero había una
rubia con aspecto de cachonda, su sustituta, que era una masa de sexo hirviente
de la cabeza a los pies. Después de charlar un poco con ella entre bastidores,
la convencimos para que tomara una copa con nosotros después del espectáculo.
Era una de esas tías estúpidas que se crian en lugares como Newark o Sandusky.
Tenía la risa de una hiena. Había prometido presentarme al cómico, que era su
novio, pero éste no apareció. Algunas de las chicas del coro fueron entrando en
grupos, de aspecto todavía más horrible con la ropa puesta, las pobres
desgraciadas. Entablé conversación con una de ellas en el bar. Descubrí que
estudiaba para violinista, nada menos. Era fea como un pecado, no tenía ni
pizca de sexo, pero era inteligente y simpática. Ned se puso a trabajar a la
rubia, esperando contra toda esperanza conseguir que se fuera al estudio con él
para echar un palete rápido...
Hacer un Mezzotint de
una tarde así era como resolver un rompecabezas. Iba a necesitar varios días
para reducir mi poema en prosa a la longitud requerida. Doscientas cincuenta
palabras era el máximo que se podía imprimir. Solía escribir dos o tres mil y después
podaba.
Naturalmente, Mona
nunca llegaba a casa hasta las dos de la mañana más o menos. Era un poco
agotador para ella, me parecía. No las horas, sino la atmósfera de los cabarets
nocturnos. Desde luego, de vez en cuando se tropezaba con una persona
interesante. Como Alan Cromwell, por ejemplo, que decía ser banquero de
Washington, D. C. Un hombre de su categoría siempre la invitaba a sentarse y a
hablar con él. En opinión de Mona, aquel Cromwell era un individuo culto. Había
empezado por comprarle todo lo que llevaba. Setenta y cinco u ochenta dólares
le había entregado por un montón de Mezzotints, y al marcharse se había
olvidado de cogerlos, a propósito indudablemente. ¡Un caballero, vamos! Tenía
que venir a Nueva York por cuestiones de negocios cada diez días aproximadamente.
Se lo podía encontrar siempre en el Golden Eagle o en Tomtit’s Nest. Aunque
bebía como un descosido, siempre era «el perfecto caballero». Nunca se despedía
de ella sin dejarle un billete de cincuenta dólares en la palma de la mano.
«Simplemente por hacerle compañía.» Según Mona, había montones de almas
solitarias como Alan Cromwell por ahí sueltas. Y lo más importante: todas esas
almas solitarias estaban forradas de dinero. Pronto iba yo a oír hablar de
ellas, como aquel potentado de la madera, que mantenía pagada todo el año una
suite de habitaciones en el Waldorf; como Moreau, el profesor de la Sorbona,
que la llevaba a los lugares más exóticos, siempre que se encontraban; como
Neuberger, hombre del petróleo de Texas, que tenía tan poco concepto del valor
del dinero, que, ya fuera el trayecto largo o corto, siempre daba al taxista
cinco dólares de propina. También había que contar al cervecero retirado de
Milwaukee, a quien apasionaba la música. Siempre notificaba a Mona su llegada
de antemano para que pudiera acompañarlo al concierto, al que venía a asistir
expresamente desde Milwaukee. Los pequeños tributos que Mona exigía a aquellos
tipos representaban ingresos tan superiores a lo que hubiéramos podido aspirar
a ganar legítimamente, que O’Mara y yo dejamos.de pensar por completo en las
suscripciones. Los Mezzotints que sobraban al final de la semana los enviábamos
gratis a gente que sabíamos gustaría de leerlos. A veces los enviábamos a
directores de periódicos y revistas o a los miembros del Senado en Washington.
A veces los enviábamos a los directores de grandes organizaciones industriales:
por pura diversión, por ver qué pasaría. Otras veces —y eso era más divertido—
cogíamos la guía de teléfonos y elegíamos nombres al azar. En cierta ocasión
telegrafiamos el contenido de un Mezzotint al director de un manicomio de Long
Island. Naturalmente, firmamos con un nombre falso. Un nombre disparatado, como
Aloysius Pentecost Onega. Simplemente para despistarlo (!).
Una idea como esta
última se nos ocurría después de pasar una noche con Osiecki, que ahora se
había convertido en un visitante frecuente. Era un arquitecto que vivía en el
barrio; lo habíamos conocido en un bar una noche justo cuando estaban cerrando.
Al principio su conversación era bastante racional: la cantinela habitual sobre
la vida en el despacho de un arquitecto. Era un apasionado de la música, y se
había comprado una preciosa pianola y, después de haber cogido una buena mona a
solas, se ponía a tocar sus discos... hasta que los vecinos aporreaban la
puerta.
Ese comportamiento no
tenía nada de particular. De vez en cuando lo visitábamos y lo ayudábamos a
escuchar sus malditos discos. Siempre tenía buena provisión de licor en casa.
Sin embargo, poco a poco notamos que se insinuaba una nota extraña en su conversación.
Se trataba de su odio hacia el jefe. O, mejor, de sus sospechas con respecto al
jefe.
Al principio hubo que
engatusarlo un poco para hacerle hablar. Se mostraba esquivo a la hora de
revelar todo el alcance de sus recelos. Pero, cuando vio que nos tragábamos sus
observaciones sin un murmullo de sorpresa o de desaprobación, se destapó con extraordinaria
rapidez.
Al parecer, el jefe
quería librarse de él. Pero, como no podía reprocharle nada, no sabía cómo
hacerlo.
«Así, que por eso es
por lo que pone los piojos en tu escritorio todas las mañanas, ¿eh?», preguntó
O’Mara, al tiempo que me guiñaba un ojo.
«No digo que él lo
haga. Lo único que sé es que todas las mañanas me los encuentro ahí», y, al
decir eso, nuestro amigo se ponía a rascarse.
«No necesita hacerlo
personalmente, desde luego», dije yo. «Tal vez pague al conserje para que lo
haga por él.»
«Yo no digo quién lo
hace. No hago ninguna acusación, en cualquier caso no públicamente. Lo único
que sé es que es una jugada sucia. Si fuera un hombre, me presentaría la orden
de despido y se liberaría de mí.»
«¿Por qué no le pagas
con la misma moneda?», dijo O’Mara maliciosamente.
«¿Qué quieres decir?»
«Hombre, pues, eso...
que le pongas los piojos en su escritorio, ¿entiendes?»
«Ya tengo bastantes
complicaciones», dijo el pobre Osiecki.
«Pero vas a perder el
trabajo, de todos modos.»
«No estés tan seguro de
eso. Tengo un buen abogado que ha prometido defenderme.»
«¿Estás seguro de que
no son imaginaciones tuyas?», le pregunté con toda inocencia.
«¿Imaginaciones? Mirad,
¿veis esas copas de cristal bajo vuestras sillas? Ha llegado hasta el extremo
de soltarlos aquí.»
Eché una mirada
distraída a mi alrededor. Hasta las patas del piano reposaban en copas de
cristal llenas de petróleo.
«¡La hostia!», dijo
O’Mara. «Me están entrando picores a mí también. Te vas a volver tarumba, si no
dejas ese trabajo pronto.»
«Muy bien», dijo
Osiecki con voz suave y apagada, «muy bien, pues me volveré tarumba entonces.
Pero no le voy a dar el gusto de presentarle mi dimisión. Nunca.»
«Amigo», dije, «debes
de estar ya chalado para hablar asi.»
«Lo estoy», dijo
Osiecki. «¿Quién no lo estaría? ¿Es que puedes tú pasarte la noche en vela y
rascándote y comportarte normalmente al día siguiente?»
Era imposible responder
a eso. De vuelta a casa, O’Mara y yo nos pusimos a comentar los medios de
ayudar al pobre diablo. «Vamos a hablar con su chavala», dijo O’Mara. «Quizá
sirva de algo.» Quedamos en que haríamos que Osiecki nos presentase a su novia.
Los invitaríamos a cenar a los dos una noche.
«A lo mejor está
también chiflada», pensé para mis adentros.
Por casualidad
conocimos poco después a los amigos íntimos de Osiecki, Andrews y O’Saughnessy,
también arquitectos. Andrews, canadiense, era un tipo bajito y engreído, de
buenos modales, muy inteligente, y amigo leal, como no tardamos en descubrir.
Conocía a Osiecki desde la infancia. O’Saughnessy era un tipo muy diferente,
alto, musculoso, lleno de salud y vitalidad, atolondrado, despreocupado, un
viva la vida. Siempre en busca de diversión. Siempre listo para irse de juerga.
También tenía inteligencia, pero la reprimía. Le gustaba hablar de comida,
mujeres, caballos, puentes colgantes. Los tres juntos en un bar eran todo un
espectáculo: como sacados de una novela de Du Maurier o de Alejandro Dumas.
Compañeros inseparables. Siempre se cuidaban mutuamente. La razón por la que no
los habíamos conocido antes era que Andrews y O’Saughnessy habían estado de
viaje.
Al parecer, se
alegraron mucho al enterarse de que Osiecki había hecho amistad con nosotros.
Estaban preocupados por él, pero no habían podido decidir qué hacer para
remediar la situación. El jefe era buen tío, según dijeron. No podían entender
qué le había pasado a su amigo para volverse así... a no ser que fuera su
chavala.
«¿Qué tiene ella de
particular?», preguntamos.
Andrews, que era el que
hablaba, era reacio a decir algo más sobre ella. «Hace poco que la conozco»,
dijo. «Hay algo raro en ella, es lo único que puedo decir. Me da grima.» Y,
dicho eso, se calló. O’Shaughnessy se limitó a reírse con ganas del asunto «Ya
lo superará», dijo. «Está bebiendo demasiado, nada más. Después de haber visto
serpientes y cobras por la cama, el picor no es nada. De todos modos,
¡reconozco que preferiría acostarme con una cobra a hacerlo con esa tía! Hay
algo inhumano en ella. Creo que es un súcubo, no sé si me explico.» Al decir
esto, lanzó una carcajada con ganas. «Hablando en cristiano: una sanguijuela.
¿Entendéis?»
Mientras duró, fue
maravilloso. Me refiero a los paseos, las charlas, los libros que leíamos, la
comida que tomábamos, las excursiones y exploraciones, los personajes que nos
encontrábamos, los planes que hacíamos. Todo pitaba o zumbaba como un motor bien
engrasado. Las noches que no aparecía nadie, que hacía un frío que pelaba fuera
o que estábamos sin pasta, O’Mara y yo nos enfrascábamos en una de esas
conversaciones que duraban toda la noche. A veces empezábamos hablando de un
libro que acabábamos de leer, como La púrpura imperial o El eterno marido. O
esa maravillosa historia sobre una paloma mensajera: Gay Neck.
Hacia medianoche O’Mara
siempre se ponía un poco nervioso e intranquilo. Le preocupaba Mona, qué
estaría haciendo, dónde estaría, si podría cuidarse sola.
«No te preocupes», le
decía yo, «sabe cuidarse. Ha tenido muchas experiencias.»
«Lo sé», decía él,
«pero, joder...»
«Mira, Ted, si empezara
a preocuparme de cosas así, me volvería loco.»
«No hay duda de que
tienes mucha confianza en ella.»
«¿Y por qué no habría
de tenerla?»
O’Mara tosía y
tartamudeaba. «Bueno, lo único que puedo decir es que si fuera mi esposa...»
«Tú no vas a tener
nunca una esposa; así, que, ¿para qué diablos vamos a hablar de eso? Estará en
casa a la una y diez en punto, espera y lo verás. Vamos, olvídalo.»
A veces, no podía por
menos de sonreír para mis adentros. Por Dios, parecía que fuera su mujer y no
la mía, de tan a pecho como se lo tomaba. Mis amigos siempre se comportaban así
conmigo. Siempre eran ellos los que se preocupaban.
La forma de desviarlo
del tema era hacerle contar sus recuerdos. O’Mara era el mejor «evocador» que
he conocido. Se ponía a hacerlo como una vaca a rumiar. Cualquier cosa del
pasado era forraje.
La persona de la que
más le gustaba hablar era de Alee Walker, el hombre que lo había recogido
cuando trabajaba en un parque de atracciones de Madison Square Garden y lo
había puesto a trabajar en su oficina. Alee Walker nunca dejó de ser un
misterio para O’Mara. Hablaba de él con cariño, con admiración y gratitud, pero
había algo en la personalidad de Alee Walker que lo desconcertaba. Una noche
intenté llegar al fondo de la cuestión con él. Al parecer, lo que más lo
preocupaba era que a Alee Walker no parecían interesarle las mujeres. ¡Y eso
que era un hombre muy apuesto! Habría podido conquistar a cualquier mujer en
que se hubiera fijado.
«Me dijiste que no te
parecía que fuese marica. Si no es marica, entonces es que ha hecho voto de
castidad, y se acabó. Tal como yo lo veo, es un santo que no ha seguido su
vocación.»
A O’Mara no le
satisfacía en absoluto esa explicación simplista.
«Lo único que me
preocupa», añadí, «es la forma como se dejó manejar por Woodruff. Ahí hay gato
encerrado.»
«Oh, eso no es nada»,
se apresuró a decir O’Mara, «Alee es un blando. Cualquiera puede manejarlo con
el meñique. Tiene un corazón demasiado grande.»
«Oye», dije, decidido a
acabar con el tema de una vez por todas, «quiero que me digas la verdad... ¿se
te insinuó alguna vez?»
«O’Mara soltó una
carcajada. «¿Insinuárseme? Tú no conoces a Alee; si no, no me preguntarías una
cosa así. Pero, bueno, si Alee nunca haría una cosa así, ni aunque fuese
marica, ¿no lo entiendes?»
«No, no lo entiendo. A
no ser que quieras decir que es todo un caballero: ¿es eso?»
«No, en absoluto», dijo
O’Mara con vehemencia. «Quiero decir que, si Alee Walker se estuviera muriendo
de hambre, nunca te pediría un mendrugo de pan.»
«Entonces es orgullo»,
dije.
«Tampoco es orgullo. Es
un complejo de mártir. Disfruta sufriendo.»
«Tiene suerte de no ser
pobre.»
«Nunca será pobre»,
dijo O’Mara. «Antes robaría.»
«Eso son palabras
mayores. ¿Qué te hace pensar eso?»
O’Mara vaciló unos
momentos. «Te voy a decir una cosa», dijo de pronto, «pero no se lo cuentes a
nadie nunca. En cierta ocasión Alee Walker robó una gran suma de dinero a su
hermano; éste, que es un auténtico hijo de puta, iba a mandarlo a la cárcel.
Pero su hermana, que no sé cómo se llama, restituyó el dinero. De dónde lo
sacaría es algo de lo que no tengo idea. Era una suma cuantiosa.»
No dije ni palabra al
oír aquello. Estaba asombrado. Me había quedado de piedra.
«Y sabes quién lo metió
en aquel apuro, ¿verdad?», continuó O’Mara.
Lo miré
inexpresivamente.
«Ese cerdo de
Woodruff.»
«¡No me digas!»
«Siempre te he dicho
que ese Woodruff no valía un pimiento, ¿no?»
«Sí, hombre, pero no lo
entiendo. ¿Quieres decir que Alee Walker malgastó todo ese dinero con nuestro
amiguito Bill Woodruff?»
«Eso es exactamente lo
que quiero decir. Oye, ¿recuerdas a esa putilla por la que estaba tan chalado
Woodruff? Después se casó con ella, ¿verdad?»
«¿Te refieres a Ida
Verlaine?»
«Eso es, Ida. ¡La
Virgen! Todo el santo día a vueltas con Ida. Lo recuerdo porque en aquella
época trabajábamos juntos. ¿No habrás olvidado el viaje a Europa que hicieron
Alee y Woodruff?»
«¿Quieres decir que
Alee estaba celoso de la chica?»
«¡No, joder! ¿Cómo iba
a estar celoso Alee de una guarra como ésa? Lo que intentaba era salvar a
Woodruff de sí mismo, nada más. Veía que ella era una tía que no valía un
pimiento e intentaba separarlos. Y el cabrón de Woodruff nunca satisfecho con
nada —¡no hace falta que te diga cómo es!—: hizo andar a Alee de la Zeca a la
Meca por toda Europa. Simplemente para impedir que se le partiera su sucio
corazón.»
«Sigue», dije, «esto se
pone interesante.»
«El caso es que, cuando
llegaron a Montecarlo, Woodruff se puso a jugar... con el dinero de Alee,
naturalmente. Alee nunca dijo esta boca es mía. Aquello duró semanas y Woodruff
perdiendo constantemente. Aquella juerguecita le costó a Alee una fortuna. Se
quedó sin blanca. Pero Woodruff todavía no tenía ganas de volver a casa. Quería
ver el palacio de invierno de la Reina de Rumania; quería visitar los Pirineos;
quería ir a esquiar a Chamonix. Créeme, Henry, cuando hablo de ese tipo, se me
enciende la sangre. Tú crees que las mujeres son interesadas con el dinero.
Mira, el Woodruff ese es peor que ninguna puta que haya yo conocido nunca.
Sería capaz de quitar monedas de los ojos a un muerto.»
«A pesar de todo,
volvió con su Ida: esto es lo mejor», comenté.
«Sí, ella lo jodió
vivo, según tengo entendido.»
Me eché a reír. De
repente, me detuve. Se me ocurrió una idea.
«¿Sabes lo que se me
acaba de ocurrir, Ted? Me parece que Woodruff era marica.»
«¡Ni que lo jures! Ya
lo sé que lo era. Eso se lo puedo perdonar, pero no su mezquindad, su
tacañería.»
«¡Caramba!», murmuré.
«Eso explica por qué acabó tan mal con su Ida. ¡Vaya, vaya! Y pensar que lo he
conocido todos estos años y nunca lo sospeché... ¿Y tú sigues creyendo que Alee
no es marica?»
«Me consta que no lo
es», dijo O’Mara. «Le chiflan las mujeres. Tiembla, cuando se le acercan.»
«No me lo explico.»
«Ya te he dicho antes
que es un asceta. En tiempos estudió para cura. Entonces se enamoró de una
chica que le dio calabazas. Nunca se recuperó... Te voy a contar otra cosa de
él que nunca has sospechado. ¡Agárrate! Nunca lo has visto enfadado, ¿verdad? No
te imaginas que pueda enfadarse, ¿no es así? Tan blando, tan suave, tan amable,
tan considerado. Es de acero, ese tío. Siempre en forma, siempre en condiciones
para luchar. Una noche lo vi vaciar un bar a hostias, él solito. Estuvo
magnífico. Naturalmente, tuvimos que salir pitando, pero en cuanto estuvimos
fuera de alcance, ya estaba tan tranquilo y sereno como siempre. Me pidió que
le quitara el polvo, mientras se arreglaba la corbata. No tenía ni un rasguño.
Fuimos a un hotel, donde se alisó el pelo y se lavó las manos. Después propuso
que comiéramos un bocado: en el Reisenweber, creo que fue. Tenía un aspecto tan
inmaculado como siempre, y hablaba con voz tranquila y firme, como si
acabáramos de salir del teatro. Y no era una pose: estaba sereno de verdad,
absolutamente tranquilo por dentro.
«Recuerdo la comida
también: el tipo de banquete que Alee sabía pedir. Prolongamos aquella comida
durante horas, me parece. Alee tenía ganas de hablar. Estaba intentando hacerme
entender hasta qué punto fue San Francisco una figura a imagen y semejanza de
Cristo. Mira, yo solía gastar bromas a Alee por ser un puñetero devoto. Solía
llamarlo católico indecente... en la cara, quiero decir. Sin embargo, dijera lo
que dijese nunca conseguía enojarlo. Me lanzaba esa sonrisa pensativa y
comprensiva —ya sabes lo que quiero decir— y me avergonzaba.»
«Nunca conseguí
entender esa sonrisa», lo interrumpí. «Siempre me ponía violento. Nunca sabía
si se las daba de superior o se hacía el inocente.»
«¡Exacto!», dijo
O’Mara. «En cierto modo sabía que era superior... no sólo a unos chavales como
nosotros, sino a la mayoría de la gente. En otro sentido se sentía inferior a
cualquiera. Su humildad estaba teñida de arrogancia. ¿O sería elegancia?
Recordarás cómo llevaba la ropa. Y también cómo hablaba: ese suave acento
irlandés suyo, el impecable inglés que usaba... ¡No tenía un pelo de tonto, el
tío! Pero, cuando se quedaba callado, era impresionante. Si algo podía ponerme
violento, era su forma de cerrar la boca como una almeja. Me daba grima. Si te
fijas, siempre estaba callado, cuando la otra gente estaba a punto de explotar.
Cerraba el pico en el momento crítico y te dejaba colgado en el aire. Era una
forma de dejarte estallar, ¿entiendes lo que quiero decir? Entonces era cuando
yo descubría al monje que llevaba dentro.»
«Oye, Ted», le dije,
interrumpiéndolo, «sigo sin explicarme qué le hizo simpatizar con un tipo como
Woodruff.»
«Eso es fácil», fue la
respuesta vivaz de O’Mara. «Quería redimir al pobre chorra. Le complacía
ejercer su influencia en un capullo despreciable como Woodruff. Así ponía a
prueba sus facultades. No creas que no conocía a Woodruff. Lo tenía
perfectamente calado. Aunque parezca extraño, lo que lo atraía de Woodruff era
su tacañería. Como un mártir que era, seguía apoquinando y apoquinando hasta
que no quedaba nada... Woodruff nunca supo que Alee había robado por él. Si se
lo hubieran dicho, no lo habría creído, el muy cerdo.»
«¿Te he dicho que me
encontré con Woodruff hace poco? Pues, sí, paseando por Broadway.»
«¿Qué hace ahora?»
«No se lo pregunté.»
«Probablemente, chulo
de putas», dijo O’Mara.
«Pero sí que sé lo que
ha sido de Ida. Ahora es actriz. Vi las carteleras cubiertas con su nombre.
Deberíamos ir a verla un día, ¿qué te parece?»
«Yo, no», dijo O’Mara.
«Primero la veré en el infierno... Oye, ¡al diablo con ella y al diablo con
Woodruff! No sé cómo es que me ha dado por hablar de esos mierdas. Dime, ¿has
visto a O’Rourke últimamente?»
«¿O’Rourke? No, no lo
he visto. Es extraño que te acuerdes de él. No, a decir verdad, ni siquiera he
pensado en él desde que dejé el trabajo...»
«Henry, debería darte
vergüenza. O’Rourke es un príncipe. No comprendo cómo puedes olvidar a un
hombre así. Pero, joder, si era como un padre para ti... y para mí también. La
verdad es que me gustaría saber qué ha sido de él.»
«Podríamos ir a verlo
cualquier noche, es la cosa más fácil.»
«Nada me gustaría más»,
dijo O’Mara. «Experimentaría una sensación de pureza, sólo con estar delante de
él.»
«Eres un tipo curioso»,
dije. «Hacia cierta gente eres casi devoto. Es como si estuvieras buscando a tu
padre todo el tiempo.»
«Eso es precisamente lo
que estoy haciendo: has dado en el clavo. ¡Ya sabes lo que pienso de ese hijo
de puta que se dice mi padre! ¿Sabes lo que teme, ese asqueroso? Que viole a mi
hermana un día. Dice que tenemos demasiada intimidad. Y ése es el cabrón que me
mandó al orfelinato. Hablando de capullos que no valen un pimiento como
Woodruff, ¡ése es otro tipo al que con gusto arrancaría los cojones de un
mordisco! Sólo que, ¡apuesto a que no tiene! Intenta darse pisto diciendo que
es de Rusia. Lo que es un perro judío de Galitzia. Por supuesto, si hubiera
tenido un padre como O’Rourke, a estas horas ya habría hecho algo de provecho.
Tal como están las cosas, no sé para qué sirvo. Me limito a ir a la deriva, a
luchar contra la Iglesia constantemente... Por cierto, que casi me pasé a mi
hermana por la piedra, en serio. Fue el viejo el que me metió la idea en la
cabeza. Era natural, qué diablo; no la había visto desde hacía doce años. Ya no
era una hermana, era toda una mujer, y muy guapa, muy adorable y estaba muy
sola. No sé qué diablos fue lo que me retuvo. Tengo que ir a verla algún día.
Tengo entendido que se ha casado hace poco. Tal vez no estuviera tan mal...
quiero decir, echarle un viaje... La Virgen, Alee se horrorizaría, si me oyese
hablar así.»
Seguimos así, de un
recuerdo a otro, hasta la una y diez en punto, cuando, como yo había predicho,
llegó Mona. Traía un paquete de cosas buenas de comer en un brazo y una botella
de Benedictine en él otro. Una vez más, se trataba de una de esas almas bondadosas
que le había otorgado sus favores. En esa ocasión, un panadero retirado de
Weehawken, mire usted por dónde. Hombre culto, además. No sé por qué, todos sus
admiradores tenían un barniz de cultura, ya fueran leñadores, ex púgiles,
curtidores o panaderos retirados de Weehawken.
En cuanto entró Mona,
nuestra conversación se dispersó. O’Mara se reía de forma tan irónica, cuando
ella empezaba con sus cuentos, que la irritaba. Al principio, solía
interrumpirla con frecuencia. Era capaz de hacerle las preguntas más directas e
insultantes. «¿Quieres decir que ni siquiera ha intentado abrazarte?» Cosas
así, que Mona no toleraba ni en broma. Pero ahora ya había aprendido a mantener
el pico cerrado y escuchar. Sólo de vez en cuando soltaba alguna observación,
alguna indirecta sutil, a la que Mona no prestaba la menor atención. De vez en
cuando sus exageraciones eran tan absurdas, que a los dos nos daba un ataque de
risa incontrolable. Lo curioso era que Mona también se desternillaba de risa.
Sin embargo, más extraña que su risa era su forma de reanudar el relato
exactamente donde lo había interrumpido, como si no hubiese ocurrido nada
extraordinario.
A veces me pedía que
corroborara una de sus estrafalarias afirmaciones, cosa que yo hacía muy serio,
para asombro de O’Mara. Embellecía incluso su afirmación con algunos datos
fantásticos y de mi cosecha. Al oírme, ella asentía con la cabeza con toda seriedad,
como si estuviera contando la verdad de Dios, como si hubiésemos hablado de
ello repetidas veces... o como si lo hubiéramos ensayado juntos.
En el reino de la
ficción se encontraba en su elemento. No sólo se creía sus historias, sino que,
además, actuaba como si el hecho de que las hubiera contado fuese prueba de su
veracidad. Cuando, en realidad, todo el mundo daba por sentado lo contrario, por
supuesto. Todo el mundo, repito. Lo cual la volvía más segura de sus métodos.
La suya era claramente una lógica no eudiana.
He hablado de risa.
Sólo se abandonaba a una clase de risa: una risa histérica. En realidad, casi
carecía de sentido del humor. Quienes despertaban su sentido del humor solían
ser personas que, a su vez, carecían de él. Con Nahoum Yood, que era un auténtico
humorista, sonreía. Era una sonrisa bondadosa, indulgente, cariñosa, la sonrisa
que se ofrece a un niño díscolo. En realidad, su sonrisa era completamente
diferente de su risa. Su sonrisa era auténtica y calurosa. Procedía de su
sistema simpático. En cambio, su risa desentonaba, era ronca, desconcertante.
El efecto era desagradable. Hacía bastante tiempo que la conocía, cuando la oí
reír por primera vez. Entre su risa y su llanto apenas había diferencia. En el
teatro había aprendido a reír artificialmente. ¡Era terrible oírla! Me producía
estremecimientos en el espinazo.
«¿Sabéis a qué me
recordáis vosotros dos a veces?», dijo O’Mara, riéndose entre dientes. «Me
recordáis a un par de compinches. Lo único que os faltan son las cartas.»
«Pero, ¿a que se está
bien y a gusto aquí?», respondí.
«Mira», dijo O’Mara,
con expresión de absoluta seriedad, «si pudiéramos alargar lo de estar aquí un
año o dos, diría que vale la pena. Ahora vivimos en la abundancia, ¡lo sé muy
bien! Hacía años que no descansaba así. Lo curioso es que tengo la sensación de
estar escondiéndome, como si hubiera cometido un delito que no pudiese
recordar. No me sorprendería en absoluto que un día la policía llamara a la
puerta.»
Al oír eso, los tres
nos echamos a reír a carcajadas. ¡La policía! ¡Para morirse de risa!
«En cierta ocasión
compartía yo una habitación con un tipo», dijo O’Mara, iniciando una de sus
inacabables historias, «que estaba completamente tarumba. No lo supe hasta que
alguien del manicomio vino a buscarlo. Juro por Dios que era la persona más
normal que podáis imaginar, y hablaba y se comportaba con normalidad. En
realidad, eso era lo que le pasaba: era más normal que la hostia. En aquella
época yo estaba sin blanca, demasiado desanimado como para buscar trabajo
siquiera. El trabajaba de conductor de tranvía: en la línea de Reid Avenue.
Cuando libraba, volvía a la habitación y descansaba. Siempre traía una bolsa de
buñuelos y en seguida se ponía a hacer café, mientras se quitaba la ropa. Nunca
hablaba mucho. La mayor parte del tiempo se sentaba junto a la ventana y se
arreglaba las uñas. A veces se daba una ducha y friegas. Si estaba animado,
sugería que echáramos una partida de cartas. Nunca jugábamos mucho dinero y
siempre me dejaba ganar, aunque sabía que le hacía trampas. Nunca le pregunté
nada sobre su pasado y él nunca me decía nada de motu propio. Cada día era un
día nuevo. Si hacía frío, hablaba del tiempo, de lo frío que era; si hacía
calor, hablaba del calor que hacía. Nunca se quejaba de nada, ni siquiera
cuando le redujeron el sueldo. Eso por sí solo tendría que haberme hecho
sospechar, pero no. Era tan amable y considerado, tan discreto y delicado, que
lo peor que podía pensar de él era que era aburrido. Sin embargo, no podía
quejarme de eso en realidad, en vista de las atenciones que tenía conmigo.
Nunca insinuaba que debería levantarme y hacer algo. Lo único que quería saber
siempre era si estaba cómodo o no. Yo comprendía que me necesitaba, que no
podía vivir solo... pero eso tampoco me hizo sospechar. Mucha gente detesta
vivir sola. El caso es que, y no sé por qué diablos os estoy contando esto, el
caso es que un día llamaron a la puerta y allí estaba el hombre del manicomio.
Tampoco era mal tipo, he de reconocerlo. Entró sin decir palabra, y se puso a
hablar con mi amigo. De aquel modo tranquilo y suave, va y dice: «¿Estás listo
para volver conmigo?» Eakins, así se llamaba el tipo, va y dice: «Sí, por
supuesto», del mismo modo tranquilo y suave. Tras unos minutos, Eakins se
excusó para ir al baño a preparar sus cosas. El funcionario, o lo que demonios
fuera, no pareció tener inconveniente en dejar que el tipo desapareciese de su
vista. Se puso a hablar conmigo. (Era la primera vez que me dirigía la
palabra.) Tardé unos minutos en comprender que también a mí me tomaba por un
chiflado. Me di cuenta cuando empezó a hacerme toda clase de preguntas curiosas
y delicadas: «¿Está usted bien aquí? ¿Le da bien de comer? ¿Está usted seguro
de encontrarse a gusto?» Y cosas así. Me cogió tan desprevenido, que me presté
al papel como si hubiera estado pensado para mí. Eakins llevaba ya en el baño
sus buenos quince minutos. Me estaba intranquilizando y me preguntaba cómo iba
a demostrar que estaba cuerdo, en caso de que el funcionario decidiera llevarme
con él. De repente, se abrió la puerta suavemente. Alzo la vista y me veo a
Eakins completamente desnudo, con el pelo del todo rapado y una bolsa de goma
colgada del cuello. Tenía una sonrisa en la cara que yo no había visto nunca
antes. Me dieron escalofríos al instante.
«Listo, señor», va y
dice, suave como la mantequilla.
«Vamos, Eakins», dijo
el funcionario, «tú sabes vestirte mejor que eso.»
«Pero, si no estoy
vestido», va y dice Eakins tan campante.
«Eso es lo que quiero
decir», dijo el funcionario. «Ahora vuelve al baño y vístete. Hazme el favor.»
Eakins no se movió, no
movió ni un músculo.
«¿Qué traje le gustaría
que me pusiera?», va y pregunta.
«El que llevabas
puesto», dijo el funcionario con aspereza.
«Pero, si está
completamente deshecho», va y dice Eakins, y acto seguido se mete en el baño.
En un santiamén estaba de vuelta en la puerta, con el traje en las manos.
Estaba hecho jirones.
«No tiene importancia»,
dijo e] funcionario, intentando no parecer molesto. «Aquí, tu amigo, te dejará
un traje, estoy seguro.»
Se volvió hacia mí. Le
expliqué que el único traje que tenía era el que llevaba puesto.
«Le quedará bien»,
dijo.
«¿Cómo?», grité. «¿Y
qué me voy a poner yo?»
«Una hoja de parra», va
y dice el tío, «¡y procure que no encoja!»
Justo en ese momento se
oyeron golpes en el cristal de la ventana.
«¡Qué te apuestas a que
es la policía!», exclamó O’Mara.
Me acerqué a la ventana
y levanté la persiana. Era Osiecki, con su sonrisita tímida y gesticulando con
los dedos.
«Es Osiecki», dije, al
tiempo que me dirigía a la puerta. «Probablemente esté achispado.»
«¿Dónde están tus
compañeros?», le pregunté, al tiempo que le estrechaba la mano.
«Me han abandonado»,
dijo. «Demasiados piojos, supongo... ¿Puedo entrar?» Titubeó en la puerta, pues
no estaba seguro de ser bien recibido.
«¡Entra!», gritó
O’Mara.
«¿No os interrumpiré?»
Miró a Mona, sin saber quién era.
«Esta es mi mujer,
Mona; éste es un nuevo amigo nuestro, Osiecki. Ha tenido algunos problemas
últimamente. No te importa que se quede unos minutos, ¿verdad?»
Inmediatamente, Mona
sirvió una copa de Benedictine y le ofreció un trozo de tarta.
«¿Qué es esto?»,
preguntó, olfateando el licor. «¿Cómo lo conseguís?» Nos miró uno a uno, como
si estuviéramos en posesión de un oscuro secreto.
«¿Cómo te encuentras?»,
le pregunté.
«Ahora mismo,
¡perfectamente!», respondió. «Puede que demasiado bien. ¿No lo oléis?» Nos echó
el aliento en la cara, acentuando la sonrisa esa vez, como un rododendro en
flor.
«¿Qué tal los piojos?»,
preguntó O’Mara, como si tal cosa.
Al oír aquello, Mona
empezó a reírse entre dientes y después se echó a reír abiertamente.
«Ese es su problema...»
empecé a explicar.
«Puedes contarlo todo»,
dijo Osiecki. «Ya no es un secreto. Pronto vamos a llegar al fondo, del
asunto.» Se levantó. «Disculpadme, pero no puedo beber este mejunje. Tiene
demasiada trementina. ¿Tenéis café?»
«Desde luego», dijo
Mona. «¿Le gustaría tomar un bocadillo?»
«No, simplemente un
poco de café solo...» Bajó la cabeza ruborizado. «Acabo de reñir con mis
amigos. Supongo que se están hartando de mí. No se lo reprocho. Me han
aguantado mucho estos últimos meses. Mirad, a veces pienso que estoy un poco
chiflado.» Hizo una pausa para observar el efecto que nos causarían esas
palabras.
«No tiene importancia»,
dije yo, «todos estamos un poco chiflados. Aquí, O’Mara, estaba contándonos
precisamente una historia sobre un chalado con el que vivió. Puedes estar todo
lo mochales que quieras, con tal de que no te pongas a destrozar los muebles.»
«Tú también te
volverías majareta», dijo Osiecki, «si tuvieras esos bichitos chupándote la
sangre toda la noche... y todo el día también.» Se levantó el pantalón para
enseñarnos las marcas que le habían dejado. Sus piernas eran una masa de
arañazos y costras. Me compadecí de él, y me arrepentí de haberme burlado.
«Tal vez si te mudaras
a otro piso...», me atreví a sugerir.
«Es inútil», dijo,
mirando desconsolado a la puerta. «Me perseguirán hasta que renuncie... o hasta
que los sorprenda con las manos en la masa.»
«Creía que ibas a traer
a tu chavala una noche a cenar», dijo O’Mara.
«Pues, claro», dijo
Osiecki, «solo que ahora está muy ocupada.»
«¿Haciendo qué?»,
preguntó O’Mara.
«No lo sé. He aprendido
a no hacer preguntas innecesarias.» Nos ofreció otra sonrisa amplia. Esa vez
los dientes le temblaron un poco. Noté que tenía la boca llena de lañas para
sujetar los dientes.
«Me he acercado aquí»,
continuó, «porque he visto que había luz. Es que me horrorizaba ir a casa.
(Sonrisa, que significaba: más piojos.) No os importa que me quede unos
minutos, ¿verdad? Me gusta este sitio: es alegre.»
«¡Cómo no va a serlo!»,
dijo O’Mara. «Vivimos en la abundancia.»
«¡Ojalá pudiera yo
decir lo mismo!», dijo Osiecki con voz monótona. «Pasarse el día dibujando
planos y la noche tocando la pianola no es divertido que digamos.»
«Pero tienes una
chavala», dijo O’Mara. «Con ella deberías divertirte un poco.» Se rió entre
dientes.
Los ojillos como de
hurón de Osiecki se achicaron cual puntas de alfiler. Lanzó una mirada
penetrante, casi hostil a O’Mara. «No estarás intentando sonsacarme, ¿verdad?»,
le preguntó.
O’Mara sonrió
afablemente y sacudió la cabeza. Estaba a punto de abrir la boca, cuando
Osiecki volvió a hablar.
«Ella es otro motivo de
aflicción», empezó a decir.
«Por favor», dijo Mona,
«no se crea obligado a contarnos todo. Creo que ya le hemos hecho demasiadas
preguntas.»
«Oh, no tiene
importancia, no me importa que me interroguen. Simplemente me preguntaba lo que
sabe de mi chavala.»
«No sé nada», dijo
O’Mara. «Era un simple comentario. Olvídalo.»
«No quiero olvidarlo»,
dijo Osiecki. «Es mejor desahogarse.» Bajó la cabeza, sin por ello olvidar dar
un mordisco al bocadillo. Unos minutos después, alzó la vista, sonriendo como
un querubín, acabó de comer el bocadillo, se levantó y cogió el sombrero y la
chaqueta. «Os lo contaré en otra ocasión», dijo. «Se está haciendo tarde.»
En la puerta, mientras
nos dábamos la mano, volvió a sonreír y dijo: «Por cierto, siempre que estéis
en apuros, me lo decís: puedo prestaros algo para ayudaros a salir del
aprieto.»
«Te acompaño hasta tu
casa, si te parece», dijo O’Mara, sin saber cómo expresar su agradecimiento
ante aquella muestra inesperada de gentileza.
«Gracias, pero prefiero
ir solo. Nunca se sabe...»
Y acto seguido se
marchó ligero.
«¿Qué pasó con aquel
tipo, Eakins, del que estabas hablando?», dije, en cuanto se cerró la puerta
tras Osiecki.
«Os lo contaré en otra
ocasión», dijo O’Mara, ofreciéndonos una de las sonrisas de Osiecki.
«No había ni una
palabra de verdad en eso», dijo Mona, mientras se marchaba al baño.
«Tienes razón», dijo
O’Mara. «Acabo de inventármelo.»
«Vamos», dije, «a mí
puedes contármelo.»
«Muy bien», dijo,
«puesto que quieres la verdad, te la contaré. Para empezar, no existió un tipo
llamado Eakins: se trataba de mi hermano.. Llevaba un tiempo escondido.
¿Recuerdas que te conté una vez cómo nos escapamos juntos del orfelinato?
Bueno, pues, fue hace diez años —o tal vez más—, antes de que tú y yo
volviéramos a vernos. Se había ido a Texas y se había hecho vaquero. Un buen
chaval, donde los haya. Después tuvo un altercado con alguien —debía estar
borracho— y lo mató.»
Echó un trago de
Benedictine, luego continuó: «Todo fue como te lo he contado, excepto que no
estaba majareta, naturalmente. El hombre que vino a buscarlo era un policía de
Texas. Te aseguro que me dio un susto de muerte. El caso es que me quité la
ropa, como me dijo, y se la entregué a mi hermano. Este era más alto y más
fuerte que yo, y yo sabía que no se podría meter ese traje. Pero se lo entregué
y volvió al baño para vestirse. Yo esperaba que sería lo bastante listo como
para descolgarse por la ventana del baño. No podía entender por qué le dejaba
el policía tanta libertad de acción, pero supuse que por ser de Texas debía
tener su forma propia de actuar. El caso es que de repente se me ocurrió la
brillante idea de salir corriendo a la calle en pelotas gritando: ‘¡Un
asesinato! ¡Un asesinato!’ a pleno pulmón. Llegué hasta la escalera y allí
tropecé con la alfombra. Aquel grandullón se me echó encima. Me tapó la boca
con una mano y me arrastró hasta la habitación. ‘Te crees muy listo, ¿eh?’,
dijo, al tiempo que me daba un puñetazo no muy fuerte en la mandíbula. ‘Mira,
como ese hermano tuyo salga por la ventana, no va a llegar demasiado lejos. Mis
hombres lo están esperando ahí fuera’.»
«En ese momento mi
hermano entró en la habitación tan tranquilo y sereno como siempre. Parecía un
payaso de circo con aquel traje... y el pelo completamente rapado.»
«‘Es inútil, Ted’,
dijo, ‘me han echado el guante.’
«‘¿Y qué voy a hacer
para vestirme?’, grité.
«‘Te lo enviaré por
correo, cuando llegue a Texas’, dijo. Después se metió la mano en el bolsillo y
sacó unos billetes arrugados. ‘Tal vez puedas resistir un tiempo con esto’,
dijo. ‘Me ha alegrado volver a verte. Cuídate.’ Y acto seguido se marcharon.»
«¿Y qué pasó después?»
«Lo condenaron a cadena
perpetua.»
«¡No!»
«Pues, ¡sí! Y puedes
achacárselo a ese hijo de puta de nuestro padrastro. Si no nos hubiera enviado
al orfelinato, no habría ocurrido nunca.»
«¡Huy, la hostia! Mira,
chico, no puedes achacarlo todo a aquel orfelinato.»
«¡Ya lo creo que puedo!
Todo lo malo que me ocurre procede del orfelinato.»
«Pero, leche, ¡tampoco
te ha ido tan mal! De verdad, que no veo por qué tienes que quejarte todo el
tiempo. ¡Joder, qué tío! Mucha gente ha partido de una situación peor y ha
salido adelante perfectamente. Tienes que dejar de culpar a tu padre de todas tus
desgracias y fracasos. ¿Qué vas a hacer cuando la diñe?»
«Seguiré culpándolo y
maldiciéndolo igual. Le haré la vida imposible hasta en la tumba.»
«Pero oye, chico, ¿qué
me dices de tu madre? Ella también tuvo que ver en eso, no lo olvides. No
pareces guardarle rencor.»
«Es boba», dijo O’Mara
amargamente. «Lo único que puedo sentir por ella es compasión. Probablemente
hizo lo que le dijeron. No, a ella no la odio. Era una palurda, pero era
bondadosa, en cierto modo.»
«Mira, Henry», dijo de
repente, cambiando de frente, «tú nunca entenderás la situación. Tú naciste con
buena estrella. Todo te ha salido fácil en la vida. Además, has tenido suerte.
Y tienes talento. Yo no soy nadie. Un inadaptado. Estoy resentido con el
mundo... Tal vez habría podido ser escritor también, si hubiese tenido una
oportunidad. Tal como están las cosas, ni siquiera sé la ortografía.»
«Pero no hay duda de
que sabes calcular.»
«No, mira», dijo, «no
intentes dorar la píldora. Tengo la negra. Haga lo que haga, acabo haciendo
daño a la gente. Tú eres el único tipo al que he tratado decentemente en mi
vida, ¿lo sabías?»
«¡No me vengas con eso
ahora!», dije. «Te estás poniendo sensiblero. ¡Echa otro trago!»
«Me voy a la cama»,
dijo. «Voy a soñarlo.»
«¿Soñarlo?»
«Pues, claro. ¿Nunca lo
haces tú? ¿Eso de soñarlo? Cierras los ojos y lo imaginas como te gustaría que
fuera. Te quedas dormido y sueñas que es cierto. Cuando llega la mañana, no
tienes mal sabor de boca... Yo lo he hecho mil veces. Lo aprendí en el orfelinato.»
«¡El orfelinato! Pero,
chico, ¿cuándo vas a olvidarlo? Se acabó, no existe... ocurrió hace siglos. ¿Es
que no puedes metértelo en el coco?»
«Querrás decir que no
ha dejado de ocurrir nunca.»
Estuvimos los dos
callados unos minutos. O’Mara se desvistió en silencio y se metió en la cama.
Apagué las luces y encendí una vela. Me quedé de pie junto a la mesa, pensando
en todo lo que habíamos hablado, y lo oí decir en voz baja: «Oye...»
«¿Qué hay?», dije. Por
un momento pensé que iba a ponerse a sollozar.
«Tú no conoces la
segunda parte, Henry. Lo peor era esperar que mi madre viniese a verme. Pasaron
semanas, luego meses, después años. Ni rastro de ella. Muy de tarde en tarde
recibía una carta o un paquetito. Siempre promesas. Que iba a venir para Navidad
o para el Día de Acción de Gracias o para cualquier fiesta. Pero nunca venía.
No olvides que sólo tenía tres años cuando nos despacharon. Necesitaba afecto.
Las monjas no eran demasiado malas. En realidad, algunas de ellas eran
adorables. Pero no era lo mismo besarlas a ellas que besar a tu madre. Solía
romperme la cabeza intentando imaginar una forma de escapar. En lo único en que
pensaba era en correr a mi casa y echarme en brazos de mi madre. Mira, era
buena, pero débil. Débil al modo irlandés, como yo. Lo mismo le daba ocho que
ochenta. Nada la preocupaba. Pero yo la amaba. A medida que pasaba el tiempo la
amaba más. Cuando tuve una oportunidad de escapar, me sentí como un potro
salvaje. Mi instinto me incitaba a correr a casa, pero después pensé: ¡tal vez
me devuelvan al orfelinato! Así, que seguí viajando... hasta que llegué a
Virginia y conocí al Dr. McKinney... ya sabes, el ornitólogo.»
«Oye, Ted», dije,
«mejor es que te duermas y lo sueñes. Siento haber parecido un poco insensible.
Supongo que me sentiría igual, si hubiera estado en tu pellejo. Pero, qué
leche, mañana será otro día. ¡Piensa en lo que está pasando Osiecki!»
«Eso es lo que estaba
haciendo precisamente. También él es un pobre solitario. ¡Y dispuesto a
prestarnos dinero! La Virgen, ¡qué mal debe de estar pasándolo!»
Aquella noche me acosté
con la determinación de quitarle de la cabeza a O’Mara el maldito orfelinato.
Sin embargo, pasé la noche pedaleando como un loco en mi vieja bicicleta
Chemnitz, o bien tocando el piano. En realidad, a veces me bajaba de la bici y tocaba
algo en plena calle. En sueños no es difícil llevar un piano contigo mientras
montas en bicicleta: sólo cuando estás despierto tienes dificultades para hacer
cosas así. En un lugar llamado Bedford Rest, que traspuse oportunamente en el
sueño, fue donde experimenté los momentos más deliciosos. Ese sitio, a mitad de
camino de Coney Island por el famoso sendero para bicicletas que empezaba en
una punta de Prospect Park, era donde todos los ciclistas hacían un alto para
tomarse un breve descanso a la ida o a la vuelta de la isla. Allí, bajo
enramadas y espalderas, con una fuente que manaba en el centro del espacio
libre, descansábamos a nuestras anchas, nos examinábamos las bicis mutuamente,
nos palpábamos los músculos, nos dábamos friegas unos a otros. Las bicis
estaban apiladas contra los árboles y las vallas, todas en condiciones
excelentes, todas relucientes, todas bien engrasadas. Pop Brown, como lo
llamábamos, era el gran árbitro. Era el mayor de nosotros —el doble de edad de
la mayoría—, pero era capaz de ir pegado a la rueda de los mejores. Siempre
llevaba un jersey negro y grueso y un gorro negro y ajustado; tenía la cara
demacrada, arrugada y tan quemada por el viento, que casi parecía un negro. Yo
siempre lo imaginaba como «El jinete de la noche». Era mecánico de profesión y
su pasión eran las carreras de ciclistas. Hombre sencillo, de pocas palabras,
pero amado por todos. El había sido quien me había animado a unirme a la
milicia para poder correr en la pista de la armería. Los sábados y los domingos
siempre estaba seguro de encontrarme a Pop en algún punto del sendero de
bicicletas. Era mi padre de las carreras, por decirlo así
Supongo que lo que
tenían de deliciosas aquellas reuniones estribaba en que todos compartíamos la
misma pasión. No recuerdo haber hablado de otra cosa con aquellos compañeros
que de ciclismo. Eramos capaces de comer, beber y dormir en la bici. En más de una
ocasión, a horas inesperadas del día o de la noche, me encontraba con un
ciclista solitario que, como yo, había robado una hora o dos para lanzarse por
aquel liso sendero de grava. De vez en cuando nos cruzábamos con un hombre a
caballo. (Paralelo al sendero de bicicletas, había otro para jinetes.) Esas
apariciones procedentes de otro mundo nos eran muy ajenas, como los idiotas que
iban en automóvil. Por lo que se refiere a los motoristas, eran sencillamente
non compos mentís.
Como digo, estaba
reviviéndolo todo en sueños. Hasta los momentos igualmente deliciosos al final
del paseo en que, como buen ciclista, ponía la bici boca abajo y la limpiaba y
engrasaba. Había que limpiar y hacer brillar cada radio; había que engrasar la
cadena y llenar las aceiteras. Si las ruedas estaban torcidas, las enderezaba.
De ese modo, siempre estaba en condiciones de funcionar en cualquier momento.
Realizaba siempre esas operaciones de limpieza y bruñido en el patio, junto a
la ventana del frente. Tenía que poner periódicos en el suelo para calmar a mi
madre, que no quería ver manchas de grasa en nuestro enlosado de piedra.
En el sueño voy
avanzando despacio y tranquilo junto a Pep Brown. Acostumbrábamos a reducir el
ritmo durante una milla o dos, para charlar y también reservar las fuerzas para
el terrible esfuerzo que vendría después. Pop va hablándome del empleo que me va
a conseguir, de mecánico. Promete enseñarme todo lo que necesito saber. Me hace
gracia, porque la única herramienta que sé manejar es la llave para las tuercas
de la bicicleta. Pop me dice que ha estado observándome últimamente y ha
llegado a la conclusión de que soy un tipo inteligente. Está preocupado porque
parece que siempre estoy sin trabajo. Intento decirle que me alegro de no tener
trabajo, porque así puedo montar en bici más a menudo, pero él descarta mi
explicación por no venir al caso. Está decidido a hacer de mí un mecánico de
primera. Me asegura que es mejor que ser calderero. No tengo la menor idea de
en qué consiste el oficio de calderero. «Debes estar en forma para esa prueba
por carretera del mes que viene», me avisa. «Bebe mucho agua, toda la que
puedas tragar.» Me entero de que tiene molestias de corazón últimamente. El
doctor piensa que debería dejar la bici por una temporada. «Prefiero morirme»,
dice Pop. Pasamos de una cosa a otra, temas cotidianos e intrascendentes, los
adecuados para una conversación mientras pedaleamos. Se está levantando una
brisa que nos acaricia y empiezan a caer hojas; hojas marrones, doradas,
rojizas, secas como la yesca, que hacen sentir un crujido sedante, cuando
rodamos sobre ellas ligeramente. Estamos empezando a calentarnos
placenteramente, a sentirnos listos para correr.
De repente, Pop sale
disparado y pegado a la rueda de otra bici que pasa a todo correr. Vuelve la
cabeza y grita: «¡Es Joe Folger!» Despego perdiendo el culo. ¡Joe Folger! Pero
si es uno de los antiguos participantes en los Seis Días. Me pregunto qué marcha
nos impondrá. Pronto, para mi asombro, Pop se despega, arrastrándome tras él, y
Joe Folger va detrás de mí. El corazón me late enloquecido. Tres grandes
corredores: Henry Val Miller, Pop Brown y Joe Folger. ¿Dónde está Eddie Koot
—pregunto— y Frank Kramer? ¿Dónde está Oscar Egg, aquel bravo campeón suizo?
Llevo la cabeza hundida como una pelota entre los hombros; no siento las
piernas, soy todo pulso y latido. Todo está coordinado, se mueve suave,
armónicamente, como un reloj complicado.
De pronto, hemos
llegado a la costa. Empatados. Jadeamos como perros, pero aun así estamos
frescos como rosas. Tres grandes veteranos de la pista. Bajo de la bici y Pop
me presenta al gran Joe Folger. «¡Bravo por el chaval!», dice Joe Folger, al
tiempo que me examina de la cabeza a los pies. «¿Se está entrenando para la
gran prueba?» De pronto, me palpa los muslos y los peronés, me coge los
antebrazos, me aprieta los bíceps. «Vencerá sin lugar a dudas: tiene buena
madera.» Estoy tan emocionado, que me ruborizo como un colegial. Lo único que
necesito ahora es encontrarme una mañana con Frank Kramer. Le voy a dar la
sorpresa de su vida.
Paseamos un poco
empujando las bicis con la mano. ¡Qué recta va una bici cuando la dirige una
mano diestra! Nos sentamos a tomar una cerveza. De repente, estoy tocando el
piano, para complacer a Joe Folger. Descubro que es un sentimental; tengo que
devanarme los sesos para pensar en algo adecuado para su gusto. Mientras
acaricio las teclas, nos vemos transportados, como sólo ocurre en los sueños, a
los campos de entrenamiento en algún lugar de Nueva Jersey. La gente del circo
se ha instalado allí para el invierno. Antes de que queramos darnos cuenta, Joe
Folger está practicando el looping. Espectáculo terrorífico, sobre todo cuando
está uno sentado tan cerca del gran declive. Payasos de punta en blanco se
pasean de un lado para otro, unos tocando la armónica, otros saltando a la
comba o practicando caídas.
En seguida se ha
formado un grupo en torno a nosotros, que desarman nuestras bicicletas y hacen
trucos al estilo de Joe Jackson. Todo en pantomima, desde luego. Estoy a punto
de llorar porque nunca voy a poder montar de nuevo en bici, de tan desarmada como
está. «No te preocupes, muchacho», dice el gran Joe Folger. «Te daré mi bici.
¡Vas a ganar más de una carrera con ella!»
No recuerdo cómo entra
en escena Hymie, pero de pronto está ahí y con aspecto terriblemente abatido.
Dice que se ha declarado una huelga. Debo volver a la oficina lo más rápido
posible. Van a movilizar todos los taxis de la ciudad de Nueva York para entregar
telegramas y cables. Me excuso ante Pop Brown y Joe Folger por separarme de
ellos así, sin ceremonia, y me meto a toda prisa en un taxi que me está
esperando. Al pasar por el Holland Tunnel me quedo traspuesto y vuelvo a
encontrarme en el sendero para bicicletas. Hymie va a mi lado montado en una
bici en miniatura. Parece el hombre rollizo de los neumáticos Michelin. Le
falta el aliento y apenas puede pedalear. Nada más fácil para mí que levantarlo
por el cogote, con bici y todo, y arrastrarlo. Ahora va pedaleando en el aire.
Parece contento como un perro. Quiere una hamburguesa y un batido de leche.
Dicho y hecho. Al pasar por el paseo marítimo, cojo una hamburguesa y un batido
de leche, al tiempo que lanzo al hombre una moneda con la otra mano. En Steeplechase
subimos por el tobogán con tanta facilidad como si nos remontáramos hacia el
cielo. Hymie parece un poco perplejo, pero no asustado. Simplemente perplejo.
«No te olvides de
enviar algunos volantes a la oficina AX por la mañana», le recuerdo.
«No se distraiga, señor
Miller», me ruega. «Esta vez casi nos caemos en el mar.»
Ahora, por Dios, ¿con
quién diréis que nos encontramos, borracho como un pope? ¡Con mi viejo amigo
Stasu! Acaba de salir del ejército, y todavía tiene las piernas arqueadas de
los ejercicios de caballería.
«¿Quién es ese enanito
que va contigo?», me pregunta de mal humor.
Muy propio de Stasu
empezar con palabras agresivas. Siempre había que apaciguarlo antes de empezar
a hablar con él.
«Me marcho a
Chattanooga esta noche», dice. «Tengo que volver al cuartel.» Y acto seguido me
dice adiós con la mano.
«¿Es un amigo suyo,
señor Miller?», pregunta Hymie inocentemente.
«¿Ese? Es un simple
polaco loco», respondo.
«No me gustan los
polacos, señor Miller. Me dan miedo.»
«¿Qué quieres decir?
Estamos en Estados Unidos, ¡no lo olvides!»
«Es igual», dice Hymie.
«Un polaco es un polaco en todas partes. No se puede confiar en ellos.» En
realidad, estaban empezando a rechinarle los dientes.
«Tendría que volver a
casa ya», añade desconsolado. «Mi mujer estará preguntándose dónde estoy. ¿Sabe
usted qué hora es?»
«Muy bien, cojamos el
metro entonces. Irá un poco más rápido.»
«¡Más que usted, no,
señor Miller!», dice Hymie, lanzándome una sonrisa alocada y lisonjera.
«Tú lo has dicho,
chico. Soy un campeón, ¡vaya si lo soy! Mira qué arranque...» Y acto seguido
despego como un cohete, dejando a Hymie ahí parado y gritándome con los brazos
que regrese.
Lo único que sé es que
a continuación estoy dirigiendo taxis, toda una flota, desde el sillín. Llevo
un jersey a rayas de colores chillones, y con un megáfono en la mano estoy
dirigiendo el tráfico. La ciudad entera parece ceder el paso, sea cual sea la dirección
que indique. Es como avanzar por entre el vapor. Desde lo alto del edificio de
Teléfonos y Telégrafos el presidente y el vicepresidente nos envían mensajes;
torrentes de cintas de teleimpresor flotan por el aire. Es como el regreso de
Lingbergh. La facilidad con que doy vueltas en torno a los taxis, entrando y
saliendo como una flecha y siempre un trecho por delante de ellos, se debe a
que voy montado en la vieja bici de Joe Folger. No hay duda de que ese tío
sabía manejar una bici. ¿Entrenamiento? ¿Qué mejor entrenamiento que esto? El
propio Frank no podría hacer nada mejor.
La mejor parte del
sueño fue el regreso a Bedford Rest. Ahí tenía otra vez a los muchachos, todos
con atavíos distintos, con las bicis brillantes y relucientes, los sillines en
su sitio y las narices hacia arriba como si olfateasen la brisa. Era agradable
volver a estar con ellos, palpar sus músculos, examinar su equipo. El follaje
era más espeso, el aire más fresco. Pop estaba reuniéndolos, prometiéndoles un
buen ejercicio esa vez...
Cuando llegué a casa
aquella noche —seguía siendo la misma noche independientemente del tiempo que
hubiera pasado—, mi madre estaba esperándome. «Hoy te has portado bien», dijo.
«Voy a dejarte llevar la bici a la cama.»
«¿De verdad?», exclamé,
sin apenas poder creer lo que oía.
«Sí, Henry», dijo, «Joe
Folger ha estado aquí hace unos minutos. Me ha dicho que vas a ser el próximo
campeón del mundo.»
«¿Eso ha dicho, mamá?
¿De verdad?»
«Sí, Henry, con estas
palabras. Dice que debo hacerte engordar un poco primero. Estás un poco bajo de
peso.»
«Mamá», dije, «soy el
hombre más feliz del mundo. Quiero darte un beso muy fuerte.»
«No seas tonto», dijo,
«ya sabes que no me gusta eso.»
«Es igual, mamá, te voy
a dar un beso de todos modos.» Y acto seguido le di un abrazo y un apretón, que
casi la partió en dos.
«Estás segura de que lo
dices en serio, mamá... lo de llevarme la bici a la cama.»
«Sí, Henry. Pero, ¡no
vayas a ensuciar las sábanas de grasa!»
«No te preocupes,
mamá», grité. Estaba que reventaba de alegría. «Pondré unos periódicos viejos
entre medias. ¿Qué te parece?»
Me desperté buscando a
tientas la bicicleta. «¿Qué estás intentando hacer?», gritó Mona. «Llevas media
hora arañándome.»
«Estaba buscando mi
bici.»
«¿Tu bici? ¿Qué bici?
Debes de estar soñando.»
Sonreí. «Estaba
soñando, un sueño delicioso. Todo él sobre mi bici.»
Se echó a reír entre
dientes.
. «Ya sé que parece
ridículo, pero ha sido un sueño espléndido. Lo he pasado maravillosamente.»
«¿Eh, Ted?», grité.
«¿Estás ahí?»
No respondió. Volví a
llamarlo.
«Debe de haberse
marchado», mascullé. «¿Qué hora es?»
Era mediodía.
«Quería decirle una
cosa. ¡Qué pena que se haya ido ya!» Me tumbé boca arriba y miré al techo.
Jirones del sueño me flotaban en la cabeza. Me sentía ligeramente angélico. Y
algo hambriento.
«¿Sabes una cosa?»,
mascullé, todavía medio dormido. «Creo que debería ir a ver a ese primo mío.
Tal vez me deje la bici por un tiempo. ¿Qué te parece?»
«Creo que eres un poco
tonto.»
«Puede ser, pero te
aseguro que me encantaría volver a montar en esa bici. Había pertenecido a un
corredor de los Seis Días; me la vendió en la pista, ¿recuerdas?»
«Me lo has contado
varias veces.»
«¿Qué pasa? ¿No te
interesa? Supongo que no has montado nunca en bici, ¿verdad?»
«No, pero he montado a
caballo.»
«Eso no es nada. A no
ser que seas jockey. En fin, ¡me cago en la leche!, supongo que es ridículo
pensar en esa bici. Aquella época ya no existe.»
De repente, me senté y
la miré. «¿Qué te pasa esta mañana? ¿Qué tienes?»
«Nada, Val, nada.» Me
ofreció una sonrisa débil.
«Algo te pasa»,
insistí. «No estás normal.»
Saltó de la cama.
«Vístete», dijo, «que pronto va a estar obscuro. Voy a preparar el desayuno.»
«Estupendo. ¿Podemos
tomar huevos con jamón?»
«Lo que quieras, pero,
¡date prisa!»
No veía por qué había
que darse prisa, pero le hice caso. Me senda maravillosamente... y hambriento
como un lobo. De vez en cuando me preguntaba qué sería lo que la preocupaba.
Tal vez le fuese a venir la regla.
Una pena que O’Mara se
hubiera ido tan pronto. Quería decirle una cosa, una cosa que se me había
ocurrido cuando estaba saliendo del sueño. En fin, podía esperar, desde luego.
Descorrí los visillos
para dejar entrar el sol a raudales. La casa me parecía más bella que nunca
aquella mañana. Al otro lado de la calle había una limusina parada junto a la
acera y esperando a la señora para ir de compras. Dos grandes galgos estaban sentados
en la parte de atrás, quietos y dignos, como siempre. La florista estaba
entregando en ese momento un gran ramo. ¡Qué vida! Sin embargo, prefería la
mía. Si recuperara la bici, todo sería chanchi. No sé por qué el sueño se
empeñaba tenazmente en no abandonarme. ¡El campeón! ¡Qué idea más rara!
Apenas habíamos acabado
de desayunar, cuando Mona me anunció que tenía que ir a un sitio por la tarde.
Me aseguró que estaría de vuelta a tiempo para cenar.
«No te preocupes»,
dije, «tómate el tiempo que necesites. No puedo remediarlo, me siento
maravillosamente bien. No me importaría lo que ocurriera hoy, seguiría
sintiéndome bien.»
«¡Basta ya!», me rogó.
«Lo siento, chica, pero
te sentirás mejor cuando estés fuera. Es que hace un día de primavera.»
Unos minutos después,
ya se había ido. Me sentía tan lleno de energía, que no podía decidir qué
hacer. Al final, decidí no «hacer nada: simplemente meterme en el metro y
apearme en Times Square. Me pasearía por allí y que pasara lo que pasase.
Por error, me apeé en
Grand Central. Paseando por Madison Avenue, se me ocurrió la idea de visitar a
mi amigo Ned. Hacía siglos que no lo veía. (Estaba trabajando de nuevo en
publicidad y promoción.) Me pasaría por allí y lo saludaría, después me largaría.
«¡Henry!», exclamó. «Es
como si Dios te hubiera enviado. ¡En menudo lío estoy metido! Estamos
realizando una gran campaña y todo el mundo está en casa enfermo. Este maldito
trabajo (agitó un original) tiene que estar acabado esta noche. Es una cuestión
de vida o muerte. ¡No te rías! Hablo en serio. Espera, déjame explicarte...»
Me senté y escuché. La
esencia del asunto era que estaba intentando escribir un original sobre la
nueva revista que iban a sacar. Sólo tenía el embrión de una idea, nada más.
«Tú puedes hacerlo,
estoy seguro», imploró. «Escribe cualquier cosa, con tal de que tenga sentido.
Te digo que estoy en un apuro. El viejo McFarland —sabes a quién me refiero,
¿verdad?— anda tras este negocio. Está en esa habitación de ahí al lado, paseándose
para arriba y para abajo. Amenaza con despedirnos a todos, si no le llevamos
algo pronto.»
Lo único que podía
hacer era decir que sí. Tomé los pocos datos que podía ofrecerme y me senté a
la máquina. Unos minutos después ya estaba aporreándola sin parar. Debía haber
escrito tres o cuatro páginas, cuando entró Ned de puntillas a ver qué tal me iba.
Se puso a leer por encima de mi hombro. No tardó en dar palmas y gritar:
«¡Bravo! ¡Bravo!»
«¿Tan bueno es?»,
pregunté, levantando los ojos para mirarlo con el cuello torcido.
«¿Que si es bueno? ¡Es
excelente! Oye, eres mejor que el tipo encargado de esto. McFarland se va a
quedar turulato cuando vea esto...» Se detuvo de repente, frotándose las manos
y lanzando pequeños gruñidos. «¿Sabes una cosa? Tengo una idea. Te voy a presentar
a McFarland como el nuevo empleado que acabo de contratar. Le voy a decir que
te he convencido para que aceptes el empleo...»
«Pero, ¡si no quiero un
empleo!»
«No es necesario que lo
cojas. Por supuesto, que no. Sólo quiero tranquilizarlo. Además, lo principal
es hacer que hables con él. Ya sabes quién es y lo que ha hecho. ¿No podrías
darle un poco de jabón? ¡Adúlalo hasta que se corra! Y después échale una parrafada...
ya sabes lo que quiero decir. Dale algunos consejos sobre cómo lanzar la
revista, cómo atraer al lector, y todas esas gilipolleces. ¡No te importe
exagerar! Está de humor para tragarse cualquier cosa.»
«Pero si apenas tengo
idea de este asunto de los cojones», objeté. «Mira, es mejor que lo hagas tú.
Yo te apoyaré, si te parece.»
«No, no», dijo Ned. «Tú
eres el que vas a hablar. Simplemente ponte a hablar por los codos... cualquier
cosa que se te ocurra. Te digo, Henry, que cuando vea lo que has escrito,
escuchará cualquier cosa que le digas. Soy viejo en el oficio. Sé reconocer un
buen trabajo, cuando lo veo.»
No había alternativa.
Dije que de acuerdo. «Pero después no me eches la culpa, si complico las
cosas», susurré, mientras nos dirigíamos de puntillas hacia el sanctasanctórum.
«Señor McFarland», dijo
Nec con sus mejores modales, «éste es un viejo amigo mío al que contraté el
otro día. Ha estado en Carolina del Norte escribiendo un libro. Le pedí que
viniera y nos echase una mano. El señor Miller, el señor McFarland.»
Al damos la mano, hice
una reverencia inconscientemente a la gran personalidad del mundo de las
revistas. Por unos momentos nadie habló. McFarland estaba estudiándome con la
mirada. Debo decir que me gustó al instante. A pesar de ser un hombre de
acción, había en McFarland una vena meditativa y poética que teñía todos sus
gestos. «No tiene un pelo de tonto, de eso no hay duda», pensé para mis
adentros, al tiempo que me preguntaba cómo podía permitirse estar rodeado de
papanatas e imbéciles.
Ned explicó rápidamente
que hacía sólo unos minutos que había llegado y que en ese breve espacio de
tiempo, sin apenas conocimiento del tema, había escrito las páginas que le
estaba entregando.
«Es usted escritor,
¿verdad?», preguntó McFarland, alzando la vista e intentando leer al mismo
tiempo.
«Usted es quien mejor
puede decirlo», respondí, empleando el estilo diplomático.
Silencio durante unos
minutos, mientras McFarland leía atentamente el original. Yo estaba en ascuas.
No era fácil engañar a un pájaro como McFarland. Dicho sea de paso, olvidé lo
que había escrito. No podía recordar ni un renglón.
De repente McFarland
levantó los ojos, sonrió afectuosamente y observó que lo que yo había escrito
parecía prometedor. Tuve la sensación de que daba a entender mucho más. Era
casi cariño lo que ahora me inspiraba. La última cosa que se me habría ocurrido
habría sido engañarlo. Era un hombre para quien me habría encantado trabajar...
en caso de trabajar para alguien. Por el rabillo del ojo observé a Ned
haciéndome una seña para indicarme que la cosa iba de primera.
Por un instante fugaz,
mientras me concentraba para la prueba que me esperaba, me pregunté qué diría
Mona, si presenciara la escena. («¡Y no te olvides de hablar a O’Mara de la
cuestión de los padres!», me susurré para mis adentros.)
Estaba hablando
McFarland. Había empezado en voz tan baja y suave, que apenas me había dado
cuenta. Desde el principio mismo volví a sentir el convencimiento de que no se
dejaba engañar por nadie. Se había dicho de él que estaba acabado, que sus
ideas estaban anticuadas. Setenta y cinco años tenía, y todavía estaba lleno de
energía. A un hombre de su carácter no se lo podía derrotar. Lo escuché
atentamente, asintiendo con la cabeza de vez en cuando, y rebosante de
admiración. Era un hombre de mi completo agrado. Con grandes ideas Audaz y
atrevido... Me pregunté si no debería considerar en serio la posibilidad de
trabajar para él.
Era un discurso muy
largo el que estaba haciendo el viejo. A pesar de las señas que me hacía Ned,
yo no podía decidir en qué momento meter baza. Era evidente que McFarland se
había alegrado de nuestra intrusión; estaba rebosante de ideas y había estado paseándose
para arriba y para abajo e impacientándose. Nuestra entrada en escena le
permitía soltar vapor. Yo era partidario de dejarle seguir. De vez en cuando
asentía más expresivamente con la cabeza o lanzaba una exclamación de sorpresa
o de aprobación. Además, cuanto más hablara él, mejor preparado estaría yo,
cuando me tocase el turno.
Ahora estaba de pie,
moviéndose inquieto de un lado para otro, señalando los gráficos, los mapas, y
todas las demás cosas que tapizaban las paredes. Era un hombre que se
encontraba en su elemento en el mundo, un hombre que había recorrido el mundo
muchas veces y podía hablar de él con conocimiento de primera mano. Por lo que
vi, estaba intentando impresionarme con la idea de que quería llegar a todos
los pueblos del mundo, tanto a los pobres como a los ricos, a los ignorantes
como a los educados. La revista iba a publicarse en muchas lenguas, muchos
formatos. Iba a producir una revolución en el mundo de las revistas.
De repente, se detuvo,
por agotamiento. Se sentó al gran escritorio y se sirvió un vaso de agua de la
bella jarra de plata.
En lugar de intentar
mostrarle lo listo que era, aproveché la ocasión tras un silencio respetuoso
para decirle lo mucho que lo había admirado a él y las ideas que había
defendido. Lo dije sinceramente, y eso era lo que había que decir en aquel
momento, no me cabía la menor duda. Noté que Ned se ponía cada vez más
nervioso. En lo único que podía pensar él era en la parrafada que yo debía
soltar. Al final, no pudo contenerse más.
«Al señor Miller le
gustaría comunicarle a usted algunas ideas que tiene en relación con...»
«De ningún modo», dije,
poniéndome en pie. Ned puso expresión de perplejidad. «Quiero decir, señor
McFarland, que sería ridículo por mi parte exponer mis descabelladas ideas. Me
parece que después de lo que usted ha dicho no hay nada que añadir.»
McFarland quedó
visiblemente complacido. De pronto, al recordar el motivo de mi presencia,
volvió a coger el original que tenía delante e hizo como que lo estudiaba de
nuevo.
«¿Cuánto tiempo lleva
escribiendo?», me preguntó, al tiempo que me dirigía una mirada larga y
penetrante. «¿Ha hecho usted antes este tipo de trabajo?»
Confesé que no.
«Era lo que me
parecía», dijo. «Tal vez sea ésa la razón por la que me gusta esto. Usted tiene
una forma nueva de ver las cosas. Y un excelente dominio del lenguaje. ¿En qué
está trabajando ahora, si me permite la pregunta?»
Me tenía contra las
cuerdas. Como era tan franco y directo, no quedaba más remedio que responderle
en el mismo tono.
«La verdad», balbuceé,
«es que acabo de empezar a escribir. Pruebo con todo, pero nada adquiere forma
todavía. Escribí un libro hace unos años, pero me imagino que no valía gran
cosa.»
«Es mejor así», dijo
McFarland. «No me interesan los escritores jóvenes brillantes. Antes de poder
expresarse, hay que tener algo dentro. Antes de tener algo que comunicar,
quiero decir.» Tamborileó con los dedos sobre la mesa, mientras cavilaba.
Después prosiguió: «Me gustaría ver alguna de sus historias algún día. ¿Son
realistas o imaginativas?»
«Espero que sean
imaginativas», dije tímidamente.
«¡Bien!», dijo. «Tanto
mejor. Tal vez podamos usar alguna cosa suya pronto.»
«El señor Miller se
está mostrando modesto, señor McFarland. Yo he leído casi todo lo que ha
escrito. Tiene auténtico talento. En realidad, podría decir incluso que lo
considero un genio.»
«¡Hum, un genio! Eso es
aún más interesante», dijo McFarland.
«¿No cree que lo mejor
sería que acabara este original?», añadí, dirigiéndome al viejo.
«Tómeselo con calma»,
dijo, «tenemos mucho tiempo... Dígame, ¿qué hacía usted antes de empezar a
escribir?»
Le conté brevemente mis
aventuras juveniles. Cuando empecé a relatar mis experiencias en el reino
cosmocócico, se incorporó. En adelante, hubo una interrupción tras otra. Me
obligaba constantemente a entrar cada vez en más detalles. Poco después, volvía
a estar de pie, moviéndose de un lado para otro con zancadas de tigre. «¡Siga,
siga!», insistía. «Lo escucho.» Tragaba cada palabra con avidez. No dejaba de
exclamar: «¡Excelente, excelente!»
De repente, se detuvo
en seco. «¿Ha escrito usted esto ya?»
Dije que no con la
cabeza.
«¡Bien! Entonces, ¿y si
escribiera una serie para mí?... ¿Cree que podría escribirlo como me lo ha
contado hace un momento?»
«No sé. Podría
intentarlo.»
«¿Intentarlo? ¡Pero,
hombre! Hágalo en seguida... ¡Tenga!» Y entregó a Ned las páginas que yo había
escrito. «No deje malgastar el tiempo a este hombre con estas tonterías.
Encárgueselo a cualquier otro.»
«Pero es que no hay
nadie para hacerlo», dijo Ned, encantado y abatido a un tiempo.
«Salga a buscar a
alguien, entonces», gritó McFarland. «Los redactores no son difíciles de
encontrar.»
«Sí, señor», dijo Ned.
Una vez más, McFarland
se me acercó, esa vez apuntándome a la cara con el dedo. «En cuanto a usted,
joven», dijo, casi resoplando, «quiero que se vaya a casa y empiece esa serie
esta misma noche. Empezaremos a publicarla en el primer número. Pero no se me
ponga literario, ¿entiende? Quiero que cuente su historia exactamente como me
la ha relatado a mí hace un instante. ¿Puede dictar a un estenógrafo? Supongo
que no. Una pena. Esa sería la mejor forma de soltarlo. Ahora, escúcheme... Yo
ya no soy un muchacho. Tengo mucha experiencia y he conocido a muchos hombres
que se creían genios. No se preocupe de si es usted un genio o no. Ni siquiera
se considere un escritor. Limítese a soltarlo a chorros —sencillo y natural—,
como si lo estuviera contando a un amigo. Me lo estará contando a mí,
¿comprende? Yo soy su amigo. No sé si es usted un gran escritor o no. Tiene
usted una historia que contar, eso es lo que me interesa... Si hace usted este
trabajo satisfactoriamente, tendré algo más apasionante que ofrecerle. Puedo
enviarlo a China, India, Africa, Sudamérica... donde le guste. El mundo es
grande y hay sitio en él para un muchacho como usted. Cuando yo tenía veintiún
años, ya había dado la vuelta al mundo tres veces. Cuando tenía veinticinco, ya
sabía ocho idiomas. Cuando tenía treinta, ya era propietario de una cadena de
revistas. He sido millonario dos veces. Eso no quiere decir nada. ¡No deje que
el dinero ocupe sus pensamientos! También he estado arruinado: cinco veces.
Ahora mismo estoy arruinado.» Se dio una palmada en el coco. «Si tienes valor e
imaginación, siempre habrá gente que te deje dinero...»
Miró a Ned bruscamente.
«Me está entrando hambre», dijo. «¿Podría enviar a alguien a por bocadillos? Se
me ha olvidado comer completamente.»
«Iré yo mismo», dijo
Ned, dirigiéndose hacia la puerta.
«Traiga bastante para
todos nosotros», gritó McFarland. «Ya sabe lo que me gusta. Y traiga algo de
café también... café fuerte.»
Cuando Ned regresó, nos
encontró departiendo como viejos amigos. Un brillo de satisfacción iluminó sus
facciones.
«Estaba diciéndole al
señor McFarland que no he estado en Carolina del Norte», dije yo. La cara de
Ned se ensombreció. «Además, conoce hasta la casa en que vivo. El juez al que
pertenecía el apartamento... pues, resulta que es un viejo amigo suyo.»
«Creo», dijo McFarland,
«que voy a enviar a este joven a Africa, después de que escriba la serie para
nosotros. ¡A Timbuctú! Dice que siempre ha deseado ir allí.»
«Eso sería
maravilloso», dijo Ned, mientras desplegaba la comida sobre el gran escritorio
y servía el café.
«El momento de viajar
es cuando se es joven», prosiguió McFarland. «Y con poco dinero. Recuerdo mi
primer viaje a China...» En ese momento se puso a comer el bocadillo. «Cuando
te olvidas de comer, sabes que estás vivo.»
Una hora o dos después,
abandoné la oficina. La cabeza me daba vueltas. Ned me había hecho prometerle
que acabaría el original en casa, en absoluto secreto. Dijo que no había duda
de que yo había gustado mucho al viejo. En el vestíbulo, mientras esperaba el
ascensor, me alcanzó. «No me dejarás en la estacada, ¿verdad? Enviámelo esta
noche por servicio urgente. Quédate sin dormir, si es necesario. ¡Y gracias!»
Me apretó la mano.
La casa estaba a
oscuras, cuando llegué. Estaba tan sobreexcitado, que tuve que echar varios
tragos de jerez para calmarme. Me preguntaba qué diría Mona, cuando le contara
el notición. Me olvidé completamente del original que llevaba en el bolsillo de
la chaqueta: en lo único que podía pensar era en Timbuctú, China, India,
Persia, Siam, Borneo, Birmania, la gran rueda, las polvorientas rutas de
caravanas, los olores y paisajes de Extremo Oriente, barcos, trenes, vapores,
camellos, las verdes aguas del Nilo, la mezquita de Ornar, los zocos de Fez,
lenguas exóticas, la jungla, la estepa de Africa tropical, el bled, mendigos y
monjes, prestidigitadores, charlatanes, templos, pagodas, pirámides. Mi cabeza
era tal torbellino, que si no aparecía alguien pronto, me iba a volver loco.
Me quedé sentado en el
gran sillón junto a la ventana del frente. La llama de una vela fluctuaba
inconstantemente. De repente, se abrió la puerta despacio. Era Mona. Se me
acercó, me rodeó con los brazos y me besó tiernamente. Sentí que una lágrima le
corría por la mejilla.
«¿Todavía estás triste?
Pero, ¿qué demonios te pasa?»
Por toda respuesta se
arrojó a mis rodillas. Al cabo de un momento, volvió a abrazarme. Estaba
sollozando. La dejé llorar por un rato, consolándola en silencio.
«¿Tan terrible es?», le
pregunté al cabo de un rato. «¿Es que ni siquiera puedes contármelo a mí?»
«No, Val, no puedo. Es
demasiado desagradable.»
Poco a poco conseguí
sacárselo. Su familia otra vez. Había ido a ver a su madre. La situación era
más desesperada que nunca. Algo en relación con una hipoteca: había que pagarla
al instante o perderían la casa.
«Pero, si no es eso»,
dijo, todavía resollando, «es su forma de tratarme. Como si fuera una basura.
No se cree que estoy casada. Me ha llamado puta.»
«Entonces, por el amor
de Dios, dejemos de preocupamos por ella», dije irritado. «Una madre que habla
así no merece puñetero respeto. De todos modos, es fantástico. ¿De dónde íbamos
a sacar tres mil dólares urgentemente? Debe de estar mal de la cabeza.»
«Por favor, no hables
así, Val. Lo único que haces es empeorarlo.»
«La desprecio», dije.
«No puedo remediarlo, aunque sea tu madre. Es una sanguijuela y nada más. ¡Anda
y que se ahogue, esa vieja puta y estúpida!»
«¡Val! ¡Val! Por
favor...» Se echó a llorar otra vez y con mayor violencia.
«Muy bien, no diré nada
más. Siento no haber sabido frenar la lengua.»
Justo entonces sonó el
timbre, seguido de unos golpecitos rápidos en el cristal de la ventana. Me
levanté de un salto y corrí a la puerta. Mona seguía llorando.
«¡Vaya, hombre! Tierra,
¡trágame!», exclamé, al ver quién estaba allí.
«Eso, eso. ¡Que te
trague! ¿Qué es eso de esconderse de un amigo todo este tiempo? Resulta que
vivo aquí, a la vuelta de la esquina, y no se te ve el pelo nunca. El mismo
cabroncete de siempre, ¿no? Bueno, ¿cómo estás, de todos modos? ¿Puedo entrar?»
Era la última persona
que deseaba ver en aquel momento: MacGregor.
«¿Qué pasa?... ¿Se ha
muerto alguien?», exclamó, al ver la vela y a Mona acurrucada en el gran
sillón, deshecha en llanto. «Habéis reñido, ¿no es así?» Se acercó a Mona, le
tendió la mano, lo pensó mejor y le acarició la cabeza. «No le dejes que te
deprima», masculló, intentando mostrar un poco de simpatía. ¡Está muy bonito
eso hombre, a esta hora del día! ¿Habéis cenado, chicos? Se me ha ocurrido
pasar por aquí e invitaros a cenar. No pensaba que iba a entrar a un funeral.»
«Por el amor de Dios,
¡calla la boca!», le rogué. «¿Por qué no esperas a que te expliquen las cosas?»
«Por favor, Val, no
digas nada», dije Mona. «En seguida se me pasará.»
«¡Así se habla!», dijo
MacGregor, al tiempo que se sentaba junto a ella y ponía expresión profesional.
«Nada es nunca tan malo como se imagina uno.»
«Por Dios Santo, ¿es
que vamos a tener que escuchar todas estas gilipolleces? ¿No ves que está
afligida?»
Al instante cambió de
actitud. «¿Qué sucede, Hen? ¿Es algo grave? Lo siento si he metido la pata.»
«No tiene importancia,
no digas nada por un rato. Me alegro de que hayas venido. Tal vez no fuese mala
idea ir a cenar fuera.»
«Id vosotros dos, yo
prefiero quedarme», suplicó Mona.
«Si hay algo que pueda
yo hacer...», comenzó MacGregor.
Me eché a reír. «Por
supuesto, que hay algo que puedes hacer», dije. «¡Júntanos tres mil dólares
para mañana por la mañana!»
«Joder, chico, ¿eso es
lo que te preocupa?» Sacó un gran habano del bolsillo del pecho y le arrancó la
punta de un mordisco. «Pensaba que era algo trágico.»
«Estaba bromeando»,
dije. «No, no tiene nada que ver con dinero.»
«En último caso puedo
prestaros diez pavos», dijo MacGregor alegremente. «Cuando se trata de miles de
dólares, es como si hablaras una lengua extranjera. Nadie tiene tres mil
dólares para entregar al instante, ¿es que todavía no lo sabes?»
«Pero si no queremos
tres mil dólares», dije.
«Entonces, ¿por qué
llora?... ¿Por la luna?»
«¿Queréis hacer el
favor de marcharos y dejarme sola?», dijo Mona.
«No podemos hacer eso»,
dijo MacGregor, «no estaría bien. Mira, chica, sea lo que sea, te aseguro que
no es tan grave como crees. Siempre hay una salida, no lo olvides. Vamos,
lávate la cara y ponte tus trapitos, ¿eh? Os voy a llevar a un buen restaurante
esta vez.»
De repente se abrió la
puerta. Allí estaba O’Mara, ligeramente achispado. Por su expresión parecía
como si estuviera distribuyendo el maná desde las alturas.
«¿Cómo has entrado?»,
fue el saludo de MacGregor. «La última vez que te puse la vista encima fue en
una partida de póquer. Me timaste nueve pavos. ¿Cómo estás?»
Y le tendió la pala.
«O’Mara vive con
nosotros», me apresuré a explicar.
«Ahora entiendo», dijo
MacGregor. «Ahora sí que tienes algo de qué preocuparte. Yo no me fiaría de
este tipo ni aunque llevara puesta una camisa de fuerza.»
«¿Qué pasa?», dijo
O’Mara, al descubrir de repente a Mona acurrucada en el gran sillón, y con la
cara surcada de lágrimas. «¿Ha ocurrido algo malo?»
«Nada grave», dije. «Ya
te lo contaré después. ¿Has cenado?»
Antes de que pudiera
decir sí o no, intervino MacGregor: «A él no lo he invitado. Que venga, si se
paga lo suyo, por supuesto. Pero invitado por mí, no.»
O’Mara se limitó a
sonreír ante aquello. Estaba de demasiado buen humor como para ofenderse por
una muestra de franqueza.
«Oye, Henry», dijo,
yendo directo a por el jerez. «Tengo miles de cosas que contarte. Cosas
maravillosas. Hoy ha sido un gran día para mí.»
«También para mí», dije
yo.
«¿Te importa que me
sirva yo también una copa?», dijo MacGregor. «En vista de que ha sido un gran
día para vosotros, tal vez un trago me siente bien.»
«¿Vamos a cenar
fuera?», preguntó O’Mara. «No quiero soltar la noticia hasta que no nos hayamos
instalado en algún sitio. Tengo demasiadas cosas que contar. No quiero
estropearlo soltándolo precipitadamente.»
Me acerqué a Mona.
«¿Estás segura de que no quieres venir con nosotros?»
«Sí, Val, estoy
segura», dijo con voz débil.
«¡Oh, vamos!», dijo
O’Mara. «Tengo muy buenas noticias para vosotros.»
«Claro, anímate», dijo
MacGregor. «No todos los días invito a la gente a comer conmigo... sobre todo
en un buen restaurante.»
Total, que por fin Mona
consintió en acompañarnos. Nos sentamos a esperar que se arreglara. Bebimos un
poco más de jerez.
«¿Sabes una cosa,
Hen?», dijo MacGregor. «Tengo el presentimiento de que tal vez pueda hacer algo
por ti. ¿Qué haces ahora? Escribir, supongo. Y estás sin blanca, ¿eh? Mira,
necesitamos un mecanógrafo en nuestro despacho. No está muy bien pagado, pero
puede sacarte del apuro. Hasta que te veas reconocido, quiero decir.» Dijo las
últimas palabras con una mirada de reojo y una risita.
O’Mara se echó a reír
en sus narices. «¡Mecanógrafo! ¡Ja, ja!»
«Te lo agradezco en el
alma, Mac», dije, «pero en este momento no necesito trabajo. Hoy mismo acabo de
conseguir uno magnífico.»
«¿Cómo?», gritó O’Mara.
«¡Caramba, no me digas! Yo también acabo de conseguirte uno... y, además,
excelente. Eso era lo que quería decirte.»
«En realidad, no es un
empleo», expliqué, «es un encargo. Tengo que escribir una serie para una nueva
revista. Después, puede que me vaya a Africa, China, India...»
MacGregor no pudo
contenerse. «Olvídalo, Henry», exclamó, «alguien te ha tomado el pelo. El
empleo de que yo te hablo es de veinte dólares a la semana. Dinero de verdad.
Escribe tu serie en ratos libres. Si sale bien, no has perdido nada. ¿Sí o no?
Pero, sinceramente, Henry, ¿es que no eres ya mayorcito para saber que no
puedes contar con esas cosas? ¿Cuándo vas a madurar?»
En ese momento se nos
unió Mona. «¿Qué es eso que oigo de un trabajo? Val no quiere un trabajo.
Estáis diciendo tonterías, todos.»
«Vamos, en marcha»,
apremió MacGregor. «El lugar a que os llevo está en Flatbusch. Tengo un coche
fuera.»
Montamos y fuimos hasta
el restaurante. El propietario parecía conocer bien a MacGregor. Probablemente
fuese cliente suyo.
Me asombró oír decir a
MacGregor: «Pedid lo que os apetezca. ¿Y qué tal si tomásemos un cóctel
primero?»
«¿Tienen algún vino
bueno?», pregunté.
«¿Quién ha hablado de
vino?», dijo MacGregor. «Os he preguntado si os gustaría tomar un cóctel
primero.»
«Claro que me gustaría.
Pero también me gustaría ver la carta de vinos.»
«Ya estás tú. Siempre
creándome dificultades. Pues, claro, adelante, pide vino, si es que no puedes
pasar sin él. Yo nunca lo pruebo. Me da acidez de estómago.»
Primero nos sirvieron
una buena sopa y después vino un delicioso patito asado. «Te he dicho que era
un sitio bueno, ¿no?», cacareó MacGregor. «¿Es que no cumplo siempre lo que te
digo? ¿Eh, cabroncete?... Así, que lo de mecanógrafo no es bastante bueno para
ti, ¿no?»
«Val es escritor, no
mecanógrafo», dijo Mona abruptamente.
«Ya sé que es
escritor», dijo MacGregor, «pero un escritor tiene que comer de vez en cuando,
¿o no?»
«¿Es que tiene aspecto
de morirse de hambre?», replicó Mona. «¿Qué intentas? ¿Sobornarnos con una
buena comida?»
«Yo no hablaría así a
un buen amigo», dijo MacGregor, empezando a cabrearse. «Sólo quería asegurarme
de que está bien. He conocido a Henry en épocas en que no le iba tan bien.»
«Eso pertenece al
pasado», dijo Mona. «Mientras yo esté con él, nunca pasará hambre.»
«¡Estupendo!», dijo
bruscamente MacGregor. «Nada puede alegrarme tanto. Pero, ¿estás segura de que
vas a poder mantenerlo siempre? ¿Y si te ocurriera algo? ¿Y si te quedases
inválida?»
«Estás diciendo
tonterías. Yo no puedo quedarme inválida.»
«Mucha gente pensaba lo
mismo, pero no por ello ha dejado de ocurrirles.»
«Deja de hacer
presagios», le pedí. «Oye, dinos la verdad. ¿Por qué estás deseoso de que coja
ese empleo?»
Se le dibujó una amplia
sonrisa. «¡Camarero!», gritó. «¡Más vino!» Después se rió entre dientes. «No te
la puedo pegar nunca, ¿eh? La verdad, dices. La verdad es que quería que
cogieras el empleo para tenerte por allí. Te echo de menos. En realidad, el sueldo
es sólo de quince a la semana; yo iba a añadir los otros cinco de mi bolsillo.
Sólo por el placer de tenerte cerca, sólo por oír tus desvarios. No puedes
imaginarte lo aburridos que son esos cabrones de abogados. La mitad de las
veces no sé de qué están hablando, En cuanto a trabajo, no hay mucho. Podrías
escribir todas las historias que quisieras... o lo que demonios estés haciendo.
Hablo en serio. Mira, hace más de un año que nos vimos por última vez. Al
principio, me sentía ofendido. Después pensé: ¡Diablos! Acaba de casarse. Yo sé
lo que es eso... Así, que, va en serio lo de escribir, ¿eh? En fin, tú sabrás
lo que haces. Es un juego difícil, pero tal vez puedas vencerlos. Yo también
acaricio esa idea a veces. Desde luego, nunca me he considerado un genio.
Cuando veo las gilipolleces que venden por ahí, imagino que en cualquier caso
nadie busca genios. Es un juego tan malo como el de abogado, lo creas o no. No
te vayas a pensar que es un chollo para mí. Mi viejo era más sensato que todos
nosotros. Se hizo moldeador de hierro. Va a sobrevivimos a todos, el viejo
buitre.»
«Vamos a ver, chicos»,
intervino O’Mara. «¿Me dejáis decir una palabra? Henry, llevo una hora o más
intentando decirte una cosa. Hoy he encontrado a un tipo que está chalado por
tu obra. Ha apoquinado por una suscripción de un año a los Mezzotints...»
«¿Mezzotints? ¿De qué
habla éste», exclamó MacGregor.
«Después te lo
contaremos... ¡Sigue, Ted!»
Como siempre, era una
larga historia. Al parecer, O’Mara no había podido quedarse dormido después de
nuestra conversación sobre el orfelinato. Se había puesto a pensar en el
pasado, y después en todo lo habido y por haber bajo el sol. A pesar de no
haber dormido, se levantó temprano, con el deseo de hacer algo. Guardó mis
escritos —todo el lote— en su cartera y se puso en camino con la intención de
abordar al primer hombre con quien se tropezara. Para cambiar de suerte, había
decidido ir a Jersey. El primer lugar que se encontró fue una maderería. El
jefe acababa de llegar y estaba de buen humor. «Le he caído encima como una
tonelada de ladrillos; sencillamente, lo he dejado turulato», dijo O’Mara.
«Para ser sincero, no sé lo que le he dicho. Lo único que sabía era que tenía
que engatusarlo.» El maderero resultó ser un buen tío. No entendía nada del
asunto, pero estaba dispuesto a ayudar. No sé cómo, O’Mara había conseguido
trasponer toda la cuestión a un nivel muy personal. Estaba vendiendo a aquel
hombre su amigo Henry Miller, en quien creía. Al hombre no le interesaban
demasiado los libros ni todo eso, pero, cosa bastante curiosa, la perspectiva
de ayudar a un genio en germen le gustó. «Estaba extendiendo el cheque por el
importe de la suscripción», dijo O’Mara, «cuando se me ocurrió la idea de
obligarlo a hacer algo más. Primero me guardé el cheque en el bolsillo, como es
lógico, y después saqué tus manuscritos. Coloqué todo el montón sobre el
escritorio, justo delante de él. Inmediatamente me preguntó cuánto tiempo
habías tardado en escribir semejante cantidad de palabras. Le dije que seis
meses. Casi se cayó de la silla. Naturalmente, seguí hablando rápido para que
no se pusiera a leer los papeles de los cojones. Al cabo de un rato, se recostó
contra el respaldo de su silla giratoria y apretó un botón. Apareció su
secretaria. ‘Traiga los archivos sobre esa campaña de publicidad del año
pasado’, le ordenó.»
«Ya sé lo que viene a
continuación», no pude por menos de comentar.
«Espera un momento,
Henry; déjame acabar. Ahora viene la buena noticia.»
Le dejé divagar. Como
había previsto, se trataba de un empleo. Sólo que no iba a estar obligado a ir
a la oficina todos los días; podría hacer el trabajo en casa.
«Desde luego, tendrás
que reunirte un rato con él de vez en cuando», dijo O’Mara. «Se muere por
conocerte. Y, lo que es más, te va a pagar generosamente. Para empezar, puedes
recibir setenta y cinco a la semana, a cuenta. ¿Qué te parece? Tienes la posibilidad
de ganar entre cinco y diez mil antes de acabar el trabajo. Es un chollo. Yo
mismo podría hacerlo, si supiera escribir. He traído algunas de las chorradas
que quiere que examines. Tú puedes escribir cosas así con la mano izquierda.»
«Parece estupendo»,
dije, «pero precisamente hoy he tenido otra oferta. Mejor que ésa.»
A O’Mara no le hizo
demasiada gracia oír aquello.
«Chicos», dijo
MacGregor, «me parece que os va bastante bien sin mi ayuda.»
«Es una sarta de
disparates», intervino Mona.
«Oye», dijo O’Mara,
«¿por qué no le dejas ganarse algo de dinero honradamente? Sólo es por unos
meses. Después, podéis hacer lo que os guste.»
La palabra
«honradamente» resonó en los oídos de MacGregor. «¿Qué está haciendo ahora?»,
preguntó. Se dirigió a mí. «Pensaba que estabas escribiendo. ¿En qué andas
metido ahora, Hen?»
Le hice un breve
resumen de la situación, expresándome con la mayor delicadeza por consideración
hacia Mona.
«Por una vez creo que
O’Mara tiene razón», dijo. «Así no vas a llegar a ninguna parte.»
«Me gustaría que no os
metierais en lo que no os importa», soltó Mona abruptamente.
«Vamos, vamos», dijo
MacGregor, «no te des esos aires con nosotros. Somos viejos amigos de Henry. No
se nos ocurriría darle malos consejos, ¿no?»
«No necesita consejos»,
replicó ella. «Sabe lo que se hace.»
«De acuerdo, chica,
¡para ti la perra gorda!» Acto seguido, se dirigió abruptamente a mí. «¿Cuál
era esa otra propuesta de que has empezado a hablar? Ya sabes: eso de China,
India, Africa...»
«Oh, eso», dije, y
empecé a sonreír.
«¿Por qué te muestras
tan reservado? Oye, quizá me necesites de secretario. Dejaría la abogacía al
instante, si hubiera algo que arrascar. Lo digo en serio, Henry.»
Mona se disculpó para
ir a hacer una llamada de teléfono. Eso significaba que estaba demasiado
asqueada como para oír una sola palabra sobre la «propuesta».
«¿Por qué está
enfadada?», dijo O’Mara. «¿Por qué lloraba cuando he llegado a casa?»
«No es nada», dije.
«Problemas familiares. Dinero, supongo.»
«Es una chica rara»,
dijo MacGregor. «No te importa que lo diga, ¿verdad? Sé que está muy enamorada
de ti y demás, pero sus ideas son completamente equivocadas. Si no te andas con
ojo, te va a meter en un lío.»
A O’Mara le brillaban
los ojos. «Tú no sabes de la misa la media», susurró. «Por eso es por lo que
tenía yo tanto interés en hacer algo esta mañana.»
«Mirad, chicos, dejad
de preocuparos por mí. Sé lo que me hago.»
«¡Qué cojones vas a
saber!», dijo MacGregor. «Desde que te conozco me lo has estado diciendo... ¿y
cuál es tu situación? Cada vez que nos encontramos, estás en un nuevo apuro. Un
día de éstos me vas a pedir que te saque de la cárcel con fianza.»
«De acuerdo, de
acuerdo, pero ya hablaremos de eso otro día. Ahí viene Mona: vamos a cambiar de
tema. No quiero enfurecerla más de lo necesario: hoy ha tenido un día muy
malo.»
«Y, por eso, en
realidad tienes muchos padres», continué sin hacer una pausa, mirando fijamente
a O’Mara. Mona estaba sentándose. «Es como te estaba diciendo hace un
momento...»
«¿Qué es esto?
¿Palabras de doble sentido», dijo MacGregor.
«Para él, no», dije,
sin mover un músculo en ningún momento. «Tendría que haber explicado la
conversación que tuvimos anoche, pero es demasiado largo. El caso es que, como
estaba diciendo, cuando desperté del sueño, sabía exactamente lo que tenía que
decirte.» (Sin dejar de mirar a O’Mara en todo el tiempo.) «No tenía nada que
ver con el sueño.»
«¿Qué sueño?», dijo
MacGregor, ligeramente exasperado ya.
«El que acabo de
explicarte», dije. «Oye, déjame acabar de hablar con él, ¿quieres?»
«¡Camarero!», llamó
MacGregor. «Pregunte a estos caballeros qué desean beber, por favor.» A
nosotros: «Voy a cambiar el agua al canario.»
«Es lo siguiente»,
dije, dirigiéndome a O’Mara. «Tienes suerte de haber perdido a tu padre, cuando
eras niño. Ahora puedes encontrar a tu padre auténtico... y a tu madre
auténtica. Es más importante encontrar a tu padre auténtico que a tu madre
auténtica. Ya has encontrado a varios padres, pero no lo sabes. Eres rico,
muchacho. ¿Por qué resucitar a los muertos? ¡Mira a los vivos! Pero, ¡me cago
en la leche!, si hay padres por todas partes, a tu alrededor, padres mejores,
pero que mucho mejores, que el que te dio el apellido o el que te envió al
orfelinato. Para encontrar a tu padre auténtico primero tienes que ser un buen
hijo.»
A O’Mara le
centelleaban los ojos. «Sigue», me instó, «suena bien, aunque no sé qué diablos
significa.»
«Pero si es muy
sencillo», dije. «Mira: yo, por ejemplo. ¿Has pensado alguna vez en la suerte
que tuviste de conocerme? No soy tu padre, pero soy un hermano más bueno que la
hostia para ti. ¿Es que te hago alguna vez preguntas embarazosas, cuando me
entregas dinero? ¿Acaso te insto a buscar trabajo? ¿Es que te digo algo, si te
quedas todo el día en la cama?»
«¿Qué significa todo
esto?», preguntó Mona, divertida a pesar suyo.
«Sabes perfectamente de
qué hablo», respondí. «Necesita afecto.»
«Todos nosotros lo
necesitamos», dijo Mona.
«Nosotros no
necesitamos nada», dije. «De verdad que no. Tenemos suerte, los tres. Comemos
todos los días, dormimos bien, leemos los libros que queremos leer, vamos al
teatro de vez en cuando... y nos tenemos los unos a los otros. ¿Un padre? ¿Para
qué necesitamos un padre? Mirad, el sueño que he tenido ha solucionado todo...
para mí. Ni siquiera necesito una bici. Si de vez en cuando puedo montar en
bici en sueños, ¡perfecto! Es mejor que la realidad. En sueños nunca tienes un
pinchazo; y si lo tienes, importa un comino. Puedes montar en bici todo el día
y toda la noche sin agotarte. Ted tenía razón. Hay que aprender a soñarlo... Si
no hubiera tenido ese sueño, no habría conocido a ese McFarlan hoy. Oh, no os
lo he contado, ¿verdad? Bueno, es igual, en otro momento. La cuestión es que me
han ofrecido la oportunidad de escribir... para una nueva revista. Una
posibilidad de viajar, también...»
«No me has dicho nada
de eso», dijo Mona, toda oídos ahora. «Quiero enterarme...»
«Oh, parecía bueno»,
dije, «pero existen todas las probabilidades de que resultara otro fracaso.»
«No entiendo»,
persistió. «¿Qué habías de escribir para él?»
«La historia de mi
vida, nada menos.»
«¿Entonces...?»
«No creo que pueda
hacerlo. Al menos, no como él quería.»
«Estás loco», dijo
O’Mara.
«¿Vas a rechazarlo?»,
dijo Mona, completamente desconcertada por mi actitud.
«Primero me lo
pensaré.»
«No te entiendo en
absoluto», dijo O’Mara. «Aquí tienes la oportunidad de tu vida, pero bueno, si
un hombre como McFarland podría hacerte famoso de la noche a la mañana.»
«Ya lo sé», dije, «pero
eso es precisamente lo que me da miedo. Todavía no estoy preparado para el
éxito. O, mejor dicho, no quiero esa clase de éxito. Dicho sea entre nosotros
—voy a seros absolutamente sincero—, todavía no sé escribir. ¡Aún no! Lo he comprendido
en el momento en que me ha hecho la oferta de escribir esa serie de los co-
jones. Va a pasar mucho tiempo antes de que sepa decir lo que quiero decir. Tal
vez no aprenda nunca. Y dejadme deciros otra cosa, ya que estoy... no quiero
ningún trabajo entretanto... ni trabajos de publicidad ni de prensa ni ninguna
otra clase de trabajos. Lo único que pido es poder emplear el tiempo a mi modo.
Os digo y os repito, chicos, que sé lo que me hago. En serio. Tal vez no tenga
sentido, pero es mi forma de ser. No puedo navegar de ningún otro modo,
¿entendéis?»
O’Mara no dijo nada,
pero yo tenía la sensación de que estaba de acuerdo conmigo. Naturalmente, Mona
estaba que no cabía en sí de gozo. Pensaba que me había subestimado a mí mismo,
pero estaba contentísima de que no fuera a coger el trabajo. Una vez más repitió
lo que siempre había estado diciéndome: «Quiero que hagas lo que te guste, Val.
No quiero que pienses en otra cosa que en tu obra. No me importa que necesites
diez o veinte años. No me importa que no triunfes nunca. ¡Tú escribe, y nada
más!»
«Que necesite diez
años, ¿para qué?», preguntó MacGregor, que regresó justo a tiempo para oír las
últimas palabras.
«Para llegar a ser
escritor», dije, ofreciéndole una sonrisa bonachona.
«¿Todavía estáis
hablando de eso? ¡Olvídalo! Ya eres un escritor, Henry, sólo que nadie lo sabe,
excepto tú. ¿Habéis acabado de comer? Tengo que ir a un sitio. Vámonos de aquí.
Os dejaré en casa.»
Nos marchamos aprisa.
MacGregor siempre tenía prisa, incluso para ir a una partida de póquer, adonde
resultó que iba. «Una mala costumbre», dijo, a medias para sí mismo. «Además,
nunca gano. Si de verdad tuviera algo que hacer, supongo que dejaría esas tonterías.
Es una simple forma de matar el tiempo.»
«¿Por qué tienes que
matar el tiempo?», le pregunté. «¿Es que no podrías quedarte, con nosotros?
Igual podrías matar el tiempo charlando. En caso de que tengas que matar
tiempo, quiero decir.»
«Eso es verdad»,
respondió muy serio. «Nunca se me había ocurrido. No sé, tengo que estar en
movimiento todo el tiempo. Es un defecto.»
«¿Lees todavía libros
alguna vez?»
Se echó a reír. «Creo
que no, Henry. Estoy esperando que tú escribas algunos. Tal vez entonces vuelva
a leer otra vez.» Encendió un cigarrillo. «Oh, de vez en cuando cojo un libro»,
confesó bastante avergonzado, «pero nunca es uno bueno. He perdido el gusto
totalmente. Leo algunos renglones para quedarme dormido, ésa es la verdad,
Henry, ya no puedo leer a Dostoyevsky, ni a Thomas Mann, ni a Hardy, como
tampoco puedo preparar una comida. No tengo paciencia... ni interés. Te vuelves
rancio dando el callo en una oficina. ¿Recuerdas, Hen, cómo estudiaba, cuando
éramos niños? La Virgen, ¡qué ambición tenía entonces! Iba a prender fuego al
mundo, ¿verdad? Ahora... en fin... ¿qué importancia tiene? En nuestro oficio a
nadie le importa tres cojones si has leído o no a Dostoyevsky. Lo importante es
saber si puedes ganar el caso. No te hace falta demasiada inteligencia para
ganar un caso, te lo aseguro. Si eres listo de verdad, te las arreglas para no
tener que ir a los tribunales. Dejas que otro haga el trabajo sucio. Sí, Henry,
es la misma historia de siempre. Estoy harto de repetirlo. Nadie que quiera
conservar las manos limpias debe dedicarse a la abogacía. Si lo hace, se morirá
de hambre... Mira, siempre te estoy atacando por ser un jodio vago. Supongo que
te tengo envidia. Tú siempre pareces pasártelo bien. Te lo pasas bien hasta
cuando te estás muriendo de hambre. Yo nunca me lo paso bien. Ya no. Por qué me
casé es algo que no sé. Para amargar la vida a alguien, supongo. Es asombroso
lo que me quejo. Haga lo que haga ella, para mí está mal. Me paso la vida
regañándola.»
«Oh, vamos», dije, para
animarlo, «no eres tan malo como dices.»
«¿Que no? Tendrías que
vivir conmigo unos días. Mira, soy tan insoportable, que no puedo vivir conmigo
mismo: ¿qué me dices a eso?»«¿Por qué no te cortas el cuello?», dije,
ofreciéndole una amplia sonrisa. «De verdad, cuando las cosas se ponen tan mal,
no hay otra alternativa.»
«¿A mí me lo dices?»,
gritó. «Me la tengo jurada. Sí, señor», y dio un manotazo al volante
enfáticamente: «todos los días de mi vida me pregunto si debo seguir viviendo o
no.»
«Lo malo es que no eres
serio», dije. «Basta con que te lo preguntes una vez para saberlo.»
«¡Te equivocas, Henry!
No es tan fácil como te crees», objetó. «¡Ojalá lo fuera! ¡Ojalá pudiese tirar
al aire una moneda y acabar con la cuestión!»
«Esa no es forma de
resolverlo», dije.
«Ya lo sé, Henry, ya lo
sé. Pero, ¡tú ya me conoces! ¿Recuerdas los viejos tiempos? La Virgen, ni
siquiera podía decidir si ir a jiñar o no.» Se rió a pesar suyo. «¿Has notado
que, a medida que pasan los años, las cosas parecen salir solas? No delibera uno
sobre lo que debe hacer, a cada paso que da. Lo único que hace es quejarse.»
Estábamos deteniéndonos
delante de la puerta. MacGregor prolongó la despedida. «Recuerda, Henry», dijo,
mientras apretaba una y otra vez el acelerador, «si te encuentras en apuros,
siempre habrá un empleo para ti en Randall, Randall y Randall. Veinte a la
semana seguros... ¿Por qué no vienes a verme de vez en cuando? ¡No me hagas ir
detrás de ti siempre!»
IV
Siento en mí una fuerza
tan luminosa», dice Louis Lambert, «que podría iluminar un mundo, y, sin
embargo, estoy encerrado en una especie de mineral.» Esta afirmación, que
Balzac pone en boca de su doble, expresa, la angustia secreta de que entonces
era yo víctima. A un mismo tiempo, llevaba dos vidas totalmente divergentes.
Una podría calificarse de «torbellino alegre»; la otra, de vida contemplativa.
En el papel de ser activo todo el mundo me tomaba por lo que era, o lo que
parecía ser; en el otro papel nadie me reconocía, yo menos que nadie. Fueran
cuales fuesen la celeridad y confusión con que se sucedieran los
acontecimientos, había intervalos en que me perdía en la contemplación. Al
parecer, sólo necesitaba unos momentos de cerrarme al mundo para reponerme.
Pero necesitaba períodos mucho más largos —de estar sólo conmigo mismo— para
escribir. Como he señalado con frecuencia, la actividad de la escritura no
cesaba nunca. Pero de ese proceso interior al proceso de traducción siempre
media —y mediaba entonces claramente— un gran paso. Hoy me resulta difícil a
menudo recordar cuándo o dónde hice tal o cual afirmación, recordar si la hice
efectivamente en algún lugar o si tenía intención de hacerla en tal o cual
momento. Existe una clase ordinaria de olvido y una clase especial; esta última
se debe, con la mayor probabilidad, al vicio de vivir en dos mundos a la vez.
Una de las consecuencias de esa tendencia es que vives todo innumerables veces.
Y, lo que es peor, lo que quiera que consigas transmitir al papel parece una
simple fracción infinitesimal de lo que ya has escrito en la cabeza. Esa
deliciosa experiencia con la que todo el mundo está familiarizado, y que se da
de forma obsesiva e impresionante en los sueños —me refiero a la de caer en un
hábito familiar: encontrar a la misma persona una y otra vez, pasear por la
misma calle, afrontar la misma, idéntica, situación—, esa experiencia me ocurre
con frecuencia en estado de vela. ¡Cuán a menudo me devano los sesos pensando
dónde fue donde utilicé determinada idea, determinada situación, determinado
personaje! Me pregunto desesperado si aparecía en algún manuscrito destruido
irreflexivamente. Y después, cuando me he olvidado por completo de eso, me doy
cuenta de repente de que es uno de los perpetuos temas que llevo dentro, que ya
he escrito centenares de veces, sin haberlo consignado nunca en el papel. Tomo
una nota para escribirlo a la primera oportunidad, para acabar con él, para
enterrarlo de una vez por todas partes. Tomo la nota... y la olvido al instante...
Es como si hubiera dos melodías sonando simultáneamente: una para la
explotación privada y otra para el oído público. Todo el esfuerzo va destinado
a comprimir en la grabación pública un poco de la esencia de la perpetua
melodía interior.
Ese torbellino interior
era el que mis amigos advertían en mi comportamiento. Y su ausencia, en mis
escritos, era lo que deploraban. Casi sentía pena de ellos. Pero había una vena
en mí, una vena perversa, que me impedía ofrecer el yo esencial. Esa «perversidad»
siempre se expresaba así: «Revela tu yo auténtico y ellos te mutilarán.» Por
«ellos» no me refería a mis amigos, sino al mundo.
Alguna vez, muy de
cuando en cuando, me tropezaba con un ser al que tenía la sensación de poder
entregarme completamente. Por desgracia, esos seres sólo existían en los
libros. Estaban peor que muertos para mí: nunca habían existido salvo en la
imaginación. ¡Ah, qué diálogos mantenía con espíritus afines y espectrales!
Coloquios de exploración del alma, de los que ni una línea se ha consignado
nunca. En verdad, aquellas «excriminaciones» (ésa fue la palabra que acuñé para
nombrarlas) se resistían a ser consignadas. Se realizaban en un lenguaje
inexistente, un lenguaje tan sencillo, tan transparente, que las palabras eran
inútiles. No es que fuese un lenguaje silencioso, como el que con frecuencia se
usa en la comunicación con «seres superiores». Era un lenguaje de clamor y
tumulto: el clamor y el tumulto del corazón. Pero silencioso. Si era a
Dostoyevsky a quien evocaba, se trataba del «Dostoyevsky completo», es decir,
el hombre que escribió novelas, diarios y cartas que conocemos, más el hombre
que también conocemos por lo que dejó sin decir, sin escribir. Eran el tipo y
el arquetipo, por decirlo así, quienes hablaban. Siempre pleno, resonante,
verídico; siempre el tipo de música intachable que le atribuimos, consignada o
no consignada. Un lenguaje que sólo podía proceder de Dostoyevsky.
Después de aquellas
comuniones indescriptiblemente tumultuosas, con frecuencia me sentaba ante la
máquina pensando en que el momento había llegado por fin. «¡Ahora puedo
decirlo!», me decía a mí mismo. Y me quedaba allí sentado, mudo, inmóvil,
flotando a la deriva con el flujo estelar. Podía quedarme sentado así durante
horas, completamente arrobado, completamente ajeno a lo que me rodeaba. Y
entonces, arrancado al trance por un sonido o una intrusión inesperadas, me
despertaba sobresaltado, miraba la hoja en blanco, y lenta y penosamente
escribía un párrafo, o tal vez una sola frase. Entonces me quedaba mirando esas
palabras como si las hubiera escrito una mano desconocida. Generalmente,
llegaba alguien para romper el hechizo. Si era Mona, naturalmente irrumpía
entusiasta (al verme allí sentado a la máquina) y me pedía que le dejara ver lo
que había escrito. A veces, todavía medio drogado, me quedaba allí sentado como
un autómata, mientras ella miraba la oración, o la breve frase. A sus perplejas
preguntas respondía con voz hueca y vacía, como si estuviera lejos, hablando
por un micrófono. Otras veces saltaba como el muñeco de una caja de sorpresas,
le contaba una mentira colosal (que había ocultado «las otras páginas», por
ejemplo) y me ponía a desvariar como un lunático. ¡Entonces sí que podía soltar
una parrafada! Era como si estuviese leyendo de un libro. Todo para convencerla
a ella —¡e incluso a mí!— de que había estado absorto en el trabajo, en el
pensamiento, en la creación. Ella, consternada, se deshacía en excusas por
haberme interrumpido cuando no debía. Y yo las aceptaba alegre,
despreocupadamente, como diciendo: «¿Qué importa? No se ha agotado la fuente de
donde eso procede... basta con que abra o cierre el grifo... soy un
presdigitador, ¡vaya si lo soy!» Y de la mentira hacía una verdad. La devanaba
(mi obra inacabada) como un hombre poseído —temas, subtemas, variaciones,
rodeos, paréntesis—, como si la única cosa en que pensara en todo el día fuese
la creación. Naturalmente, eso iba acompañado de abundantes payasadas. No sólo
inventaba los personajes y los acontecimientos, sino que, además, los ponía en
acción. Y la pobre Mona exclamaba: «¿De verdad estás poniendo todo eso en el
relato... o en el libro?» (En semejantes ocasiones ninguno de los dos
especificaba qué libro.) Cuando surgía la palabra libro, siempre dábamos por
sentado que era el libro, es decir, el que no tardaría en iniciar... o, si no,
era el que estaba escribiendo en secreto, que no le iba a enseñar hasta que no
lo acabara. (Ella siempre hacía como que estaba segura de que ese trabajo
secreto avanzaba. Incluso fingía haber buscado por todas partes el manuscrito
en mis períodos de ausencia.) En consecuencia, en aquella clase de atmósfera no
era raro que a veces hiciésemos referencia a ciertos capítulos, o ciertos
pasajes, capítulos y pasajes que nunca existieron, por supuesto, pero que
dábamos «por sentados» y que, sin lugar a dudas, tenían mayor realidad (para
nosotros) que si estuviesen escritos. A veces Mona se entregaba a esa clase de
conversación delante de una tercera persona, lo que, naturalmente, provocaba
situaciones fantásticas y muchas veces de lo más embarazosas. Si daba la
casualidad de que fuese Ulric quien escuchaba, no había por qué preocuparse.
Tenía una forma de entrar en el juego que no sólo era elegante, sino también
estimulante. Sabía dar una rectificación humorística y tranquilizadora a un
lapsus. Por ejemplo, podía olvidarse de que estábamos usando el presente y
ponerse a emplear el futuro. (¡Ya sé que escribirás un libro así algún día!) Un
momento después, al darse cuenta del error: «No quería decir escribirás: me
refería al libro que estás escribiendo... y escribiéndolo con la mayor
evidencia, además, porque no hay nadie en el mundo que pueda hablar como tú lo
haces de algo en lo que no esté profundamente enfrascado. Tal vez soy demasiado
explícito: supongo que me perdonarás.» En esas ocasiones siempre disfrutábamos
el alivio de estallar. En efecto, nos echábamos a reír estruendosamente. La
risa de Ulric era siempre la más espontánea y la más malévola, si puedo decirlo
así. «¡Jo, jo, jo!», parecía decir al reírse, «pero, ¡qué maravillosos
embusteros somos todos! A mí tampoco me sale demasiado mal, ¡qué caramba!
Chicos, si me quedo con vosotros bastante tiempo ni siquiera voy a saber ya si
estoy mintiendo. ¡Jo, jo, jo! ¡Ju, ju, ju! ¡Ja, ja! ¡Ji, ji!» Y se daba
palmadas en los muslos y giraba los ojos como un negrito, y acababa con un
chasquido de los labios y una muda petición de un poco de aguardiente... Con
otros amigos no salían tan bien. Tenían demasiada tendencia a hacer preguntas
«impertinentes», como decía Mona. O bien se ponían nerviosos y violentos,
hacían esfuerzos desesperados para volver a tierra firme. Kronski, como Ulric,
era uno que sabía seguir el juego. Lo hacía de modo un poco diferente de Ulric,
pero parecía satisfacer a Mona. Podía confiar en él. Me daba la impresión de
que así lo expresaba para sus adentros. El problema con Kronski era que seguía
el juego demasiado bien. No se contentaba con ser un cómplice, también quería
improvisar. Aquel celo suyo, que no era completamente diabólico, provocaba
discusiones extrañas: discusiones sobre el progreso del mítico libro, por
supuesto. Aquel momento crítico siempre se anunciaba con una salva de risa
histérica... de Mona. Significaba que ya no sabía por dónde se andaba. En
cuanto a mí, hacía poco o ningún esfuerzo para no quedarme rezagado con
respecto a los otros, ya que no me preocupaba lo que ocurriese en ese dominio
de la simulación. Lo único que me sentía obligado a hacer era conservar la
seriedad y fingir que todo iba fetén. Me reía cuando sentía ganas, o hacía
críticas y correcciones, pero bajo ningún concepto, ni con palabras, ni con
gestos, ni con insinuaciones, daba a entender que sólo se trataba de un
juego...
Constantemente se
producían pequeños episodios extraños para impedir que nuestra vida se volviera
monótonamente tranquila. A veces ocurrían uno, dos, tres, como estallidos de
petardos.
Para empezar, hubo la
repentina y misteriosa desaparición de nuestras cartas de amor, que habían
estado guardadas en una gran bolsa de papel de compras en el fondo del armario.
Tardamos una semana o más en descubrir que la asistenta que venía de vez en cuando
había tirado la bolsa a la basura. Mona casi se desplomó, cuando se enteró.
«¡Tenemos que encontrarlas como sea!», insistió. Pero, ¿cómo? El basurero ya
había pasado. Aun suponiendo que pudiéramos encontrar el lugar donde las
hubiese descargado, a esas alturas iban a estar sepultadas bajo una montaña de
basura. No obstante, para complacer a Mona, pregunté dónde se encontraba el
basurero. O’Mara se ofreció a acompañarme a aquel sitio. Estaba en el quinto
infierno, en algún lugar de Flotlands, me parece, o, si no, cerca de Canarsie:
un lugar perdido sobre el que se cernía una espesa capa de humo. Tratamos de
encontrar el lugar preciso en que el hombre había descargado la basura. Tarea
de locos, por supuesto. Pero yo había explicado la situación en detalle al
conductor y por pura fuerza de voluntad desperté en su conciencia de bruto una
chispa de interés. Hizo lo imposible para recordar, pero fue inútil. O’Mara y
yo nos pusimos manos a la obra y con bastones de aspecto bastante elegante
empezamos a hurgar por todos lados. Desenterramos todo lo habido y por ver,
menos las cartas perdidas. O’Mara hizo todo lo que pudo para disuadirme de
llevar a casa un saco de cachivaches. Para él había encontrado un hermoso
estuche de pipa, aunque no sé qué pensaba hacer con él, ya que nunca fumaba en
pipa. Yo tuve que contentarme con un cortaplumas con mango de hueso cuyas hojas
estaban tan oxidadas, que no se abrían. También me guardé la factura de una
lápida sepulcral, de los directores del cementerio de Woodlawn.
Mona se tomó por lo
trágico la pérdida de las cartas. Consideró el incidente como un mal presagio.
(Años después, cuando leí lo que le ocurrió a Balzac con las cartas de su amada
Madame Hanska, reviví intensamente aquel episodio.)
El día después de haber
ido al basurero, recibí la más inesperada visita de un teniente de policía en
nuestra casa. Había venido en busca de Mona, que por suerte no estaba Tras unas
frases corteses, le pregunté qué problema lo traía por allí. Ningún problema,
me aseguró. Simplemente quería hacerle algunas preguntas. Como yo era el
marido, me pregunté en voz alta si no podría responderlas por ella. Pareció
reacio a acceder a aquella sugerencia educada. «¿Cuándo espera que vuelva?», me
preguntó. Contesté que no podía decirlo. Se aventuró a preguntar si estaba
trabajando. «¿Quiere usted decir si tiene un empleo?», dije yo. No respondió.
«¿Y no sabe usted dónde ha ido?» Evidentemente, intentaba indagar. Respondí que
no tenía la menor idea. Cuantas más preguntas hacía él, más reservado me volvía
yo. Seguía sin sospechar cuáles eran sus intenciones. Sin embargo, por fin
capté un indicio. Cuando me preguntó si por casualidad era una artista, empecé
a olerme de qué iba la cosa. «En cierto modo», dije, esperando su próxima
pregunta. «Bien», dijo, sacando un Mezzotint del bolsillo y colocándolo delante
de mí, «tal vez pueda usted decirme algo sobre esto.»
Profundamente aliviado,
dije: «¡Desde luego! ¿Qué desea saber?»
«Pues», comenzó,
arrellanándose cómodamente para disfrutar de una larga conferencia,
«simplemente, ¿qué es esto? ¿Cuál es el truco?, quiero decir.»
Sonreí. «No hay truco.
Los vendemos.» .
«¿A quién?»
«A cualquiera. A todo
el mundo. ¿Hay algo malo en eso?»
Hizo una pausa para
rascarse la nuca.
«¿Ha leído usted
éste?», me preguntó, como si disparara a quemarropa.
«Por supuesto. Lo he
escrito yo.»
«¿Cómo? ¿Que lo ha
escrito usted? Pensaba que era ella la escritora.»
«Los dos somos
escritores.»
«Pero va firmado con el
nombre de ella.»
«Eso es verdad. Tenemos
nuestros motivos.»
«¿De modo, que es así?
Juntó los pulgares, al tiempo que intentaba reflexionar profundamente.
Esperé a que diera
muestras de gran sorpresa.
«¿Y se ganan la vida
vendiendo estos... estos pedazos de papel?»
«Lo intentamos...»
Mira por dónde, en ese
momento entró Mona. La presenté al teniente, quien, por cierto, no iba de
uniforme.
Ante mi asombro,
exclamó: «¿Y cómo sé yo que es el teniente Morgan?» Forma de empezar bastante carente
de tacto.
Sin embargo, el
teniente no se incomodó; en realidad, se comportó como si considerara educado
por su parte explicar la naturaleza de su visita. Lo hizo con tacto y
educación.
«Vamos a ver, joven»,
dijo, sin tomar en consideración mis explicaciones voluntarias, «¿le importaría
decirme simplemente por qué escribió este artículo?»
Entonces los dos
hablamos a la vez. «¡Ya le he dicho que lo escribí yo!», exclamé. Y Mona, sin
hacer caso de mis palabras: «No veo razón por la que deba explicar eso a la
policía.»
«¿Escribió usted esto,
señorita... o, mejor, señora Miller?»
«Sí.»
«No, no lo escribió
ella», dije yo.
«Vamos a ver, ¡pónganse
de acuerdo!», dijo el teniente en tono paternal. «¿O es que lo escribieron
juntos?»
«El no intervino para
nada», dijo Mona.
«Está intentando
protegerme», protesté. «No crea una palabra de lo que diga.»
«¡Tal vez esté usted
intentando protegerla a ella!», dijo el teniente.
Mona no pudo
contenerse. «¿Proteger?», gritó. «¿Qué pretende insinuar? ¿Qué tiene de malo
este... este...?» Se quedó muda, sin saber cómo llamar al cuerpo del delito.
«Yo no he dicho que
haya cometido un delito. Simplemente estoy intentando averiguar qué le impelió
a escribirlo.»
Miré a Mona y después
al teniente Morgan. «Permítame explicarle, por favor. Yo fui quien lo escribió.
Lo escribí porque estaba irritado, porque detesto ver una injusticia. Quiero
que la gente lo sepa. ¿Queda contestada con esto su pregunta?»
«Así que, ¿no escribió
usted esto?», dijo el teniente Morgan, dirigiéndose a Mona. «Me alegro de
saberlo. No podía imaginar a una dama joven y bella como usted diciendo cosas
así.»
De nuevo Mona no supo
qué decir. Había esperado una respuesta muy diferente.
«Señor Miller»,
prosiguió, con un ligero cambio de tono, «hemos recibido quejas de esta
diatriba de usted, si es que puedo llamarla así. A la gente no le gusta su
tono. Es incendiario. Parece usted un extremista. Desde luego, sé que no lo es
usted, o no viviría en un lugar como éste. Conozco este apartamento muy bien.
Solía jugar a las cartas con el juez y sus amigos.»
Empecé a sentir alivio.
Ahora sabía que la cosa acabaría con un discursito para aconsejarme que no me
volviera un agitador.
«¿Por qué no ofreces al
teniente una bebida?», dije a Mona. «No tendrá inconveniente en tomar una copa
con nosotros, ¿verdad, teniente? Me imagino que estará usted fuera de
servicio.»
«No tengo el menor
inconveniente», respondió, «ahora que conozco la clase de personas que son
ustedes. Tenemos que investigar estas cosas, como comprenderá. Rutina. Este es
un barrio antiguo y formal.»
Sonreí como dando a
entender que entendía perfectamente. Después, me acordé de pronto de aquel
agente de la ley ante el cual me habían arrastrado cuando era un chavalín. El
recuerdo de aquel incidente me dio una inspiración. Al tiempo que bebía una
copa de jerez, miré bien al teniente Morgan y me lancé como un caballo de
carreras.
«Soy del distrito XIV»,
comencé, sonriéndole suavemente. «Tal vez conozca usted al capitán Short y al
teniente Oakley. O a Jimmy Dunne. Seguro que recordará a Pat McCarren.»
Había dado en el
blanco. «Yo soy de Greenpoint», dijo, tendiéndome la mano.
«¡Vaya, vaya! ¿Quién lo
hubiera dicho?» Ya no había peligro.
«Por cierto», dije,
«¿preferiría tomar whiskey? No se me había ocurrido preguntárselo.» (No
teníamos whiskey, pero sabía que lo rechazaría.) «Mona, ¿dónde está ese whiskey
escocés que teníamos?»
«¡No, no!», protestó.
«Ni pensarlo. Esto es perfecto.»
«¿Así que es usted del
distrito XIV... y escritor? Dígame, ¿qué escribe, aparte de estos... estos...?
¿Algún libro?»
«Unos cuantos», dije.
«Le enviaré el último, en cuanto se publique.»
«Eso sería muy amable
por su parte. Y envíeme algo de su esposa también, ¿eh? Escogió usted a una
mujercita inteligente, debo reconocerlo. No hay duda de que sabe defenderlo.»
Charlamos un rato sobre
los viejos tiempos y después el teniente Morgan pensó que lo mejor era
marcharse.
«Archivaremos esto
en... ¿cómo ha dicho que los llamaba?»
«Mezzotints», dijo
Mona.
«Bien. En la M,
entonces. Adiós, ¡y buena suerte con sus escritos! Si alguna vez tienen algún
problema, ya saben dónde encontrarme.»
Dicho eso, nos dimos la
mano y cerramos suavemente la puerta tras él.
«¡Uf!», dije, dejándome
caer en una silla.
«La próxima vez que
alguien me pregunte», dijo Mona, «recuerda que los Mezzotints los escribo yo.
Menos mal que he llegado a tiempo. Tú no sabes tratar con esa clase de gente.»
«Pensaba que lo había
hecho bastante bien», dije.
«No debes decir la
verdad nunca a la policía», dijo.
«Todo depende», dije.
«Hay que hacer distinciones.»
«No hay que fiarse de
ellos», replicó. «No puede uno permitirse el lujo de ser amable con ellos... me
alegro de que O’Mara no estuviera aquí. Es todavía más idiota que tú en estas
cosas.»
«¡Que me cuelguen si
entiendo de qué te quejas!»
«Nos ha hecho perder el
tiempo. Tampoco deberías haberle ofrecido una copa.»
«Mira, te estás yendo
por la tangente. Los policías son humanos también, ¿no? No todos son brutos.»
«Si tuvieran algo de
inteligencia, no estarían en la policía. Ninguno de ellos vale un pimiento.»
«Bueno, vamos a
dejarlo.»
«Tú crees que la cosa
ha acabado... porque ha estado amable contigo. Así es como le engañan a uno.
Ahora ya estamos fichados. La próxima cosa será pedirnos que nos mudemos.»
«¡Oh, vamos, vamos!»
«Muy bien, ya lo
verás... El muy cerdo, ¡casi se ha acabado la botella!»
El siguiente incidente
perturbador se produjo unos días después. Yo había estado yendo al dentista las
últimas semanas, a un dentista amigo llamado Doc Zabriskie, al que había
conocido por mediación de Arthur Raymond. Podías pasarte años sentado en su sala
de espera. Zabriskie era partidario de hacer sólo un poco de trabajo cada vez.
La verdad era que le gustaba hablar. Te quedabas sentado con la boca abierta y
las mandíbulas doloridas, mientras él hablaba por los codos. Su hermano Boris
ocupaba un nicho contiguo, donde hacía puentes y dentaduras postizas. Los dos
eran grandes jugadores de ajedrez, y muchas veces tenía que sentarme y echar
una partida antes de que se ocupara de mis dientes.
Entre otras cosas, Doc
Zabriskie estaba chalado por el boxeo y la lucha libre. Asistía a todas las
veladas de importancia. Como tantos judíos del mundo profesional, también le
apasionaba la música y la literatura. Pero lo mejor de él era que nunca te apremiaba
para que pagaras. Era especialmente indulgente con los artistas, por los que
sentía debilidad.
Un día le llevé un
manuscrito que acababa de escribir. Era una glorificación, en la prosa más
extravagante, de aquel pequeño Hércules, Jim Londos. Zabriskie lo leyó,
mientras yo me quedaba sentado en la silla, con la boca abierta y las
mandíbulas haciéndome enloquecer de dolor. El manuscrito lo dejó extasiado:
tuvo que enseñárselo inmediatamente a su hermano Boris y después telefoner a
Arthur Raymond para contárselo. «No sabía que usted escribiera así», dijo.
Luego sugirió que deberíamos llegar a conocernos mejor. Se preguntó si no
podríamos encontrarnos en algún sitio una noche y hablar de esas cosas más
detenidamente.
Fijamos una fecha y
quedamos en encontrarnos en el Café Royal después de cenar. Vinieron Arthur
Raymond, Kronski y O’Mara. No tardaron en reunirse con nosotros algunos amigos
de Zabriskie, y finalmente Nahoum Youd. Fue una velada alegre, y hubo comida y bebida
en abundancia. Estábamos a punto de trasladarnos, al restaurante rumano, más
abajo en la misma calle, cuando un viejo con barba se acercó a nuestra mesa:
vendía cerillas y cordones para zapatos. No sé lo que se apoderó de mí, pero,
antes de poder contenerme, ya estaba burlándome del pobre diablo, provocándolo
con preguntas que no podía contestar, examinando los cordones detenidamente,
metiéndole un puro en la boca y, en general, comportándome como un grosero y un
idiota. Todo el mundo me miraba asombrado y al final con severa desaprobación.
El viejo se echó a llorar. Intenté tomarlo a risa, diciendo que probablemente
tenía una fortuna escondida en una maleta vieja. A eso siguió un silencio
absoluto y petrificador. De repente, O’Mara me cogió del brazo. «Salgamos de
aquí», masculló, «te estás poniendo en ridículo.» Se volvió a los otros y
explicó que yo debía de estar borracho, dijo que me iba a llevar a dar una
vuelta a la manzana. A la salida puso algo de dinero en la mano del viejo. Este
alzó el puño y me maldijo.
Apenas habíamos llegado
a la esquina, cuando nos dimos de bruces con Sheldon, el loco de Sheldon.
«¡Señor Miller!»,
gritó, extendiendo ambas manos y sonriendo con una completa dentadura de oro.
«¡Señor O’Mara!» Era como para pensar que fuésemos sus hermanos, a los que
hiciera mucho que no veía.
Nos pusimos uno a cada
lado de él, nos cogimos del brazo y echamos a andar hacia el río. Sheldon
estaba radiante de alegría. Me confió que había estado buscándome por toda la
ciudad. Ahora le iba bien. Tenía un despacho a poca distancia de su casa.
«¿Y qué hace usted,
señor Miller?»
Le dije que estaba
escribiendo un libro.
Dicho eso, se soltó y
se colocó delante de nosotros, con los brazos cruzados sobre el pecho y una
expresión ridículamente seria. Tenía los ojos casi cerrados y los labios
fruncidos. Esperaba que en cualquier momento saliera por sus apretados labios
su pitido como el vapor de una locomotora.
«Señor Miller», empezó
a decir lenta y sentenciosamente, como si estuviera convocando al mundo entero
para que lo escuchase. «Siempre he deseado que usted escribiese un libro.
Sheldon entiende. Sí, de verdad.» Dijo esto con voz ronca, con el labio inferior
adelantado y sacudiendo violentamente la cabeza hacia adelante y hacia atrás en
señal de aprobación.
«Está escribiendo un
libro sobre el Klondike», dijo O’Mara, siempre dispuesto a excitar a Sheldon.
«¡No, no!», dijo
Sheldon, mirándonos fijamente con sonrisa astuta, al tiempo que agitaba el
índice hacia adelante y hacia atrás, bajo nuestras narices. «El señor Miller
está escribiendo un gran libro. Sheldon lo sabe.» De repente, nos cogió por el
antebrazo, lo soltó y se llevó el índice a los labios. «¡Chsss!» Miró a su
alrededor como para asegurarse de que no podían oírnos. Después empezó a
caminar hacia atrás, con el dedo todavía levantado. Lo movía hacia delante y
hacia atrás, como un metrónomo. «Esperen», susurró, «conozco un sitio...
¡Chsss!»
«Queremos pasear», dijo
O’Mara bruscamente, apartándolo de un empujón, al tiempo que me arrastraba
hacia adelante. «¿Es que no ves que está borracho?»
Sheldon puso expresión
de absoluto horror. «¡Oh, no!», gritó. «¡No, el señor Miller, no!» Se inclinó
para mirarme la cara. «No», repitió, «el señor Miller nunca se emborracha».
Ahora se veía obligado a ir trotando, con las piernas todavía torcidas y sin dejar
de mover el índice. O’Mara caminaba cada vez más de prisa. Por fin, Sheldon se
quedó quieto y dejó que nos alejáramos un buen trecho. Se quedó allí, inmóvil,
con los brazos cruzados sobre el pecho. Después echó a correr de repente.
«Tengan cuidado»,
susurró, al alcanzarnos. «Hay polacos por aquí. ¡Chsss!»
O’Mara se le rió en la
cara.
«¡No se ría!», le pidió
Sheldon.
«¡Estás loco!», dijo
O’Mara despectivamente.
Sheldon avanzó a
nuestro lado, rápido y cauteloso, como si caminara descalzo sobre cristales
rotos. Guardó silencio por unos minutos. De pronto se paró, se abrió el abrigo
y la chaqueta y rápida y furtivamente se abrochó los bolsillos interiores, y
después los botones exteriores de la chaqueta y del abrigo. Adelantó el labio
inferior, entornó sus penetrantes ojos hasta dejarlos reducidos a dos rendijas,
se caló el sombrero sobre las cejas, y siguió adelante. Toda aquella comedia
acompañada de un silencio absoluto. Sin romper el silencio, levantó una mano y
con gesto significativo dio media vuelta a sus brillantes sortijas. Después
sepultó las dos manos en los bolsillos del abrigo. «¡Silencio!», susurró,
pisando con mayor cautela todavía.
«Está chiflado», dijo
O’Mara.
«¡Chsss!»
Me reí bajito.
Entonces se puso a
hablar con voz apagada, casi inaudible, sin apenas mover los labios. Yo sólo
conseguía captar fragmentos de lo que decía.
«¡Abre la boca!», dijo
O’Mara.«¡Chsss!»
Más cuchicheo con voz
apagada, interrumpido por un Oooooooo o Eeeeeee y chillidos sofocados y aquel
infernal pitido. Se estaba volviendo espantoso. Ahora estábamos acercándonos a
los depósitos de gas y a los deprimentes almacenes de madera. Las vacías calles
eran siniestras y lúgubres. De repente, noté que los dedos de Sheldon se me
clavaban en el brazo. Un sonido semejante a Ugbhb se le escapó de sus finos y
agrietados labios. Tiraba de mí y movía la cabeza. Lo hacía como un caballo que
agitara las crines.
Miré alrededor
atentamente. Al otro lado de la calle había un borracho que se dirigía a casa
haciendo eses. Era un hombre corpulento, con la chaqueta abierta y sin corbata
ni sombrero. De vez en cuando se detenía para lanzar un juramento.
«¡De prisa, de prisa!»,
balbuceó Sheldon, asiéndome con fuerza.
«¡Chsss! ¡No pasa
nada!», susurré.
«¡Un polaco!», murmuró.
Noté que le temblaba todo el cuerpo.
«Volvamos a la
Avenida», dije a O’Mara. «Está atormentado.»
«Sí, sí», gimoteó
Sheldon. «Ese camino es mejor», y con el codo pegado al cuerpo sacó una mano
cautelosa y bruscamente, como el movimiento de un semáforo. Una vez que hubimos
dado la vuelta a la esquina, apretó el paso. Medio andando, medio corriendo,
seguía balanceando la cabeza de un lado a otro, temeroso de que alguien nos
cogiera desprevenidos. Cuando llegamos a la estación del metro, nos despedimos
de él. No sin antes darle mi dirección, sin embargo. Tuve que escribírsela en
el interior de una caja de cerillas. Todavía le temblaban las manos y le
rechinaban los dientes.
«Sheldon irá a verlo
pronto», dijo, al tiempo que nos decía adiós con la mano. Al pie de la escalera
se detuvo, se volvió y se llevó los dedos a los labios.
«¡Chssssss!», pronunció
O’Mara con toda la fuerza que pudo.
Sheldon sonrió
solemnemente. Después, sin emitir sonido alguno, movió los labios
frenéticamente. Me pareció que estaba intentado decir POLACOS. Probablemente
pensara que estaba gritando.
«No deberías haberle
dado nuestra dirección», dijo O’Mara. «Ese tipo no va a dejarnos en paz. Es un
pelmazo. Me da grima.» Se estremeció como un perro.
«Es buen tío», dije. Si
alguna vez se presenta, yo sé cómo tratarlo. Además, me gusta bastante
Sheldon.»
«¡No me extraña!», dijo
O’Mara.
«¿Has visto las piedras
que llevaba en los dedos?»
«De imitación,
probablemente.»
«¡Querrás decir
diamantes! Tú no conoces a Sheldon. Mira, si alguna vez necesitamos ayuda, ese
tipo es capaz de empeñar su camisa por nosotros.»
«Prefiero morirme de
hambre a tener que oírlo.»
«Muy bien, como
quieras. Tengo la impresión de que podemos necesitar al señor Sheldon cualquier
día. La hostia, ¡cómo temblaba al ver a ese polaco borracho!»
O’Mara guardó silencio.
«Te importa tres
cojones, ¿verdad?», ironicé. «Tú no sabes lo que es un pogrom...»
«Tú tampoco», dijo
O’Mara con aspereza.
«Cuando miro a Sheldon,
sí que lo sé. Sí, señor, para mí ese pobre diablo es un pogrom ambulante. Si
ese polaco hubiera venido hacia nosotros, se habría cagado en los pantalones.»
Unas noches después
apareció Osiecki con su chavala. Se llamaba Louella. Su absoluta fealdad casi
la hacía parecer bella. Llevaba un vestido verde Nilo y chinelas de brocado
amarillas y anaranjadas. Era callada, reservada y totalmente carente de humor.
Sus modales eran los de una enfermera más que los de una novia.
Osiecki tenía la mueca
fija de una cabeza de difunto. Su actitud era: «Prometí traerla y aquí está.»
Daba a entender que nosotros debíamos sacarle lo que pudiéramos sin su ayuda.
Había venido a sentarse y a beber lo que le diesen. Por lo que a conversación
se refiere, escuchó todo lo que se decía, como si estuviéramos poniendo discos
para él.
Era una conversación
extraña porque lo único que podías sacar a Louella era un Sí o un No o Eso creo
o Quizás. La mueca de Osiecki iba aumentando cada vez más, como diciendo: «¡Ya
os lo había dicho yo!» Cuanto más bebía, más le temblaban los labios. Su boca
empezaba a parecerse a un artefacto de cables y tensores intrincados. Dijera lo
que dijese, lo decía lenta y penosamente. En realidad, parecía masticar más que
hablar. Desde su última visita le había brotado una erupción por toda la cara
que no contribuía precisamente a realzar su calamitoso aspecto.
Al preguntarle si las
cosas iban algo mejor, se volvió hacia Louella. «Ella os lo dirá», masculló.
Louella dijo: «No».
«¿Siguen los mismos
trastornos?».
Volvió a mirar a
Louella.
Esa vez ella dijo:
«Sí».
Después, para nuestra
sorpresa, dijo Osiecki: «Preguntadle a ella cómo se encuentra» Acto seguido,
bajó la cabeza; unas gotas de saliva cayeron en su vaso. Sacó un pañuelo y con
evidente esfuerzo se limpió la boca.
Todos los ojos
convergieron en Louella. Su única reacción fue mirarnos a uno tras otro. Sus
ojos, que eran de color verde pálido, se volvieron duros y fijos. Empezamos a
sentirnos muy incómodos, pero nadie sabía cómo romper el hechizo. De repente,
por iniciativa propia, se puso a hablar. Hablaba en voz baja y monótona, como
hipnotizada. Su mirada, que no cambió de dirección en todo el tiempo, estaba
clavada en el borde de la repisa de la chimenea, que quedaba justo encima de
nuestras cabezas. Con aquel teatral vestido verde Nilo, con aquellos vidriosos
ojos verdes, daba la impresión turbadora de encarnar a una médium. Su cabello,
disonancia llamativa, era magnífico: una mata rojiza, lujuriante y voluptuosa
que caía como una catarata sobre sus hombros desnudos. Por un buen rato,
completamente hechizado, tuve la extraña sensación de mirar a un cadáver, un
cadáver calentado eléctricamente.
Al principio no entendí
del todo de qué hablaba con aquella voz monótona, apagada y vacía. Era como oír
un oleaje lejano que azotara un peñasco. No había mencionado nombres, ni
lugares, ni tiempo. Poco a poco supuse que el hombre del que hablaba era su novio,
Osiecki. De vez en cuando lo miraba para observar sus reacciones, pero no había
ninguna. Seguía enseñando los dientes como una parrilla de amianto. Apenas se
podía sospechar que estaba hablando de él.
La sustancia de su
monólogo era que hacía un año que lo conocía y, a pesar de lo que dijesen sus
amigos, estaba convencida de que no era diferente de como había sido en otro
tiempo. Daba a entender con toda claridad que él estaba majareta. Sin la menor
modulación, añadió que estaba segura de estar volviéndose majareta ella
también, pero sin la menor insinuación de que la culpa fuera de él. No,
simplemente como si fuese una desgraciada, o quizá feliz, coincidencia. Su
desgracia era lo que la había atraído de él. Suponía que lo amaba, pero no
tenía medio de saberlo, ya que tanto las reacciones de él como las de ella eran
anormales. Los amigos de él, contra los que ella no tenía nada, la consideraban
una mala influencia. Tal vez lo fuera. No tenía ningún motivo oculto para
unirse, a él. Se ganaba la vida con su propio trabajo y, en caso necesario, se
haría cargo de los dos. No era ni feliz ni desgraciada. Los días pasaban como
en un sueño, y las noches eran la continuación de otro sueño. A veces pensaba
que sería mejor que se fuesen de la ciudad, otras veces pensaba que daba igual
una cosa que la otra. Se estaba volviendo cada vez más incapaz de tomar
decisiones. Una especie de crepúsculo había caído sobre ellos, que, en su
opinión, no era en absoluto insoportable. Se iban a casar dentro de poco;
esperaba que a los amigos de él no les importara demasiado. En cuanto a los
piojos, también ella los había sentido; desde luego, podía ser algo imaginario,
pero ella no veía demasiada diferencia entre las picaduras imaginarias y las
reales, sobre todo si dejaban marcas en la piel. El eccema de él, que
probablemente hubiésemos notado, era cosa, transitoria: había estado bebiendo
en exceso. Pero prefería verlo borracho a verlo mortalmente preocupado. El
tenía rasgos buenos y malos, como cualquiera. Ella lamentaba no sentir
demasiado interés por la música, pero se esforzaba por escuchar. Nunca había
tenido sensibilidad para el arte, ni para la música, pintura, ni literatura. No
sentía entusiasmo por nada, de verdad, ni siquiera de niña. Su vida siempre
había sido fácil y cómoda, así como aburrida y monótona. Pensaba que la
monotonía de la vida no la afectaba como a otras personas. Se sentía igual, ya
estuviese sola o acompañada...
Siguió hablando así,
sin que ninguno de nosotros tuviera valor ni juicio para interrumpirla. Parecía
habernos hechizado. Si un cadáver pudiese hablar, ella era un perfecto cadáver
hablante. Exceptuando el hecho de que sus labios se movían y emitían sonidos,
era inanimada.
Fue O’Mara quien rompió
el hechizo. Le pareció haber oído a alguien en la puerta. Se puso de pie de un
salto y abrió la puerta de un tirón. No había nadie, sólo la oscuridad. Noté
que Louella sacudió la cabeza repentinamente, cuando O’Mara abrió la puerta. Al
cabo de unos instantes sus facciones se relajaron, sus ojos se ablandaron.
«¿Le gustaría tomar
otra copa?», le preguntó Mona.
«Sí», dijo, «con mucho
gusto.»
Apenas se había sentado
O’Mara y estaba a punto de servirse otra copa, cuando se oyó una tímida llamada
a la puerta. Dio un salto. Mona dejó caer el vaso que estaba ofreciendo a
Louella. Sólo Osiecki permaneció impasible.
Me acerqué a la puerta
y la abrí tranquilamente. Allí estaba Sheldon, con el sombrero en la mano.
«¿Estabas aquí hace un
momento?», le pregunté.
«No», dijo, «acabo de
llegar.»
«¿Estás seguro?», le
preguntó O’Mara.
Sheldon no le hizo caso
y entró. «¡Sheldon!», dijo, mirando a uno tras otro, y haciendo una ligera
reverencia ante cada uno. La ceremonia consistía en cerrar los ojos y abrirlos
temblorosamente cada vez que volvía a la postura erecta.
Hicimos lo posible para
que se sintiera cómodo y le ofrecimos una copa.
«Sheldon nunca
rechaza», dijo solemnemente y con ojos brillantes. Echando la cabeza hacia
atrás, se bebió la copa de jerez de un trago. Después dio un chasquido con los
labios, batió los párpados un poco más y preguntó si todos gozábamos de buena
salud. Por respuesta, todos nos echamos a reír, excepto Louella, quien sonrió
severamente. Sheldon intentó reír también, pero lo máximo que consiguió fue una
mueca extraña, algo así como la de un lobo lamiéndose el hocico.
Osiecki ofreció una
amplia sonrisa a Sheldon. Parecía sentir que se trataba de un espíritu afín.
«¿Cómo ha dicho que se
llamaba?», preguntó, mirando a O’Mara.
Sheldon repitió su
nombre muy serio, al tiempo que bajaba los ojos.
«¿No tiene usted nombre
de pila?», le preguntó, esa vez directamente.
«Sólo Sheldon», dijo
Sheldon.
«Pero es usted polaco,
¿verdad?», dijo Osiecki, cada vez más animado.
«Nací en Polonia», dijo
Sheldon, arrastrando las palabras para que no pudiera haber posibilidad de
malentendido. «Pero me enorgullezco de no ser polaco.»
«Pues yo soy medio
polaco», dijo Osiecki amablemente, «pero no sé si me enorgullezco o no de
serlo.»
Inmediatamente Sheldon
apartó la vista, al tiempo que cerraba la boca con fuerza, como si temiera
pronunciar una maldición inoportuna. Su mirada se cruzó con la mía y me dirigió
una sonrisa penosa. Significaba: «Estoy haciendo todo lo posible para portarme
bien en compañía de sus amigos, a pesar de que huelo sangre polaca.»
«No te va a hacer nada
malo», dije para tranquilizarlo.
«¿Qué pasa...?», gritó
Osiecki. «¿Qué he hecho?»
Sheldon se puso en pie
rápidamente, sacó pecho, frunció el entrecejo y después adoptó su pose más
histriónica.
«Sheldon no tiene
miedo», dijo, absorbiendo aire a cada palabra que pronunciaba con voz
sibilante. «Sheldon no desea hablar con un polaco.» Entonces hizo una pausa y
sin mover el resto del cuerpo, giró la cabeza al máximo y luego la volvió a su
posición normal, exactamente como un muñeco mecánico. Al hacerlo, cerró los
párpados a medias, adelantó el labio inferior y, al llegar a la posición de
«¡Vista al frente!», alzó la mano despacio con el índice extendido: como el
doctor Munyon a punto de pregonar las píldoras para el hígado.
«¡Chsssss!», dijo
O’Mara.
«¡CH-SSSS!» Y Sheldon
bajó la mano para colocarse el índice sobre los labios.
«¿Qué es esto?», gritó
Osiecki, muy exaltado por el espectáculo.
«Sheldon va a hablar.
Después pueden hablar los polacos. Este no es lugar para rufianes. ¿Tengo o no
razón, señor Miller? ¡Silencio, por favor!» Volvió a girar la cabeza a un lado
y a otro, como un muñeco mecánico. «Una vez ocurrió una cosa terrible.
Discúlpenme que mencione cosas así delante de damas y caballeros. Pero este
hombre» —miró ferozmente a Osiecki— «me ha preguntado si soy polaco. ¡Puah!
(Escupió en el suelo.) ¿Polaco yo?... ¡Puah! (Volvió a escupir.) Discúlpeme,
señora Miller —hizo una ligera reverenda irónica—, pero cuando oigo la palabra
polaco tengo que escupir. ¡Puah!» (Y escupió por tercera vez.)
Hizo una pausa y
respiró profundamente para inflar el pecho todo lo que hacía falta. También
para hacer acopio del veneno que sus glándulas estaban segregando. Le temblaba
la mandíbula inferior, los ojos lanzaban negros rayos de odio. Como si
estuviera hecho de resortes, su cuerpo empezó a apretarse: bastaría con que se
soltara para que saltase hasta el otro lado de la calle.
«Le va a dar un
ataque», dijo Osiecki, sinceramente alarmado.
O’Mara se puso en pie
de un brinco para ofrecer a Sheldon una copa de jerez. Sheldon se la tiró con
un golpe, como si espantara a una mosca. El jerez se derramó sobre el bonito
vestido verde Nilo de Louella. Esta no hizo el menor caso. Osiecki se estaba poniendo
cada vez más agitado. Se volvió hacia mí afligido.
«Dile que no tenía
intención de ofenderlo con lo que he dicho», me suplicó.
«Un polaco nunca se
disculpa», dijo Sheldon, mirando al frente. «Asesina, tortura, viola, quema a
mujeres y a niños... pero nunca dice: 'Lo siento’. Bebe sangre, sangre
humana... y reza de rodillas, como un animal. Todas las palabras que salen de
sus labios son mentiras o maldiciones. Come como un perro, se hace caca en los
pantalones, se lava con trapos sucios, te vomita en la cara. Sheldon reza todas
las noches para que Dios los castigue. Mientras exista un polaco vivo, habrá
llanto y miseria. Sheldon no tiene compasión de ellos. Deben morir todos, como
cerdos... hombres, mujeres y niños: Sheldon lo dice... porque los conoce.»
Sus ojos, que estaban
entornados cuando empezó, estaban ahora cerrados del todo. Las palabras se le
escapaban de los labios, como impulsadas por un fuelle. En las comisuras de la
boca se le había acumulado saliva, lo que le daba aspecto de epiléptico.
«Hazle callar, Henri,
por favor», me rogó Osiecki.
«Sí, Val, por favor,
haz algo», gritó Mona. «Esto pasa de la raya.»
«¡Sheldon!», le grité
con la intención de sobresaltarlo.
Permaneció impasible,
con la vista al frente, como si no hubiera oído nada.
Me levanté, lo cogí por
los brazos, y lo sacudí suavemente. «Vamos, Sheldon», dije suavemente, «¡vuelve
en ti!» Volví a sacudirlo, con más fuerza.
Los ojos de Sheldon se
abrieron despacio, parpadeando; miró a su alrededor, como si acabara de salir
de un trance.
Ahora se le dibujó en
la cara una sonrisa enfermiza, como si hubiera conseguido meterse el dedo hasta
la garganta y vomitar una dosis venenosa.
«Ya estás bien,
¿verdad?», le pregunté, al tiempo que le daba un sonoro golpe en la espalda.
«Discúlpenme», dijo,
pestañeando y tosiendo, «son esos polacos. Siempre me ponen enfermo.»
«Aquí no hay polacos,
Sheldon. Este hombre» —señalando a Osiecki— «es canadiense. Quiere estrecharte
la mano.»
Sheldon tendió la mano,
como si no hubiese visto nunca a Osiecki, y haciendo una profunda reverencia
dijo: «¡Sheldon!»
«Encantado de
conocerlo», dijo Osiecki, haciendo también una ligera reverencia. «Tenga, tome
un trago, ¿quiere?», y alcanzó una copa.
Sheldon se llevó la
copa a los labios y sorbió lenta y cautelosamente, como si no estuviera del
todo convencido de que fuese inofensiva.
«¿Está bueno?»,
preguntó Osiecki cordial.
«¡Ausgezeichnet!»,
Sheldon chasqueó los labios. No lo hizo por auténtica fruición, sino para
mostrar sus buenos modales.
«¿Es usted un viejo
amigo de Henry?», preguntó Osiecki, intentando tímidamente congraciarse con
Sheldon.
«El señor Miller es
amigo de todo el mundo», fue la respuesta.
«En tiempos trabajaba
para mí», expliqué.
«Ah, ya. Ahora
comprendo», dijo Osiecki. Parecía extraordinariamente aliviado.
«Ahora tiene un negocio
propio», añadí.
Sheldon sonrió y se
puso a jugar con las sortijas adornadas con piedras preciosas que llevaba en
los dedos.
«Un negocio legal»,
dijo Sheldon, frotándose las manos como un prestamista. Luego se sacó una de
las sortijas y se la puso a Osiecki ante la nariz. Llevaba un rubí. Osiecki la
examinó apreciativamente y se la pasó a Louella. Mientras tanto, Sheldon se había
sacado otra sortija y se la había entregado a Mona para que la examinara. Se
trataba de una enorme esmeralda. Sheldon esperó unos momentos para observar el
efecto que producía. Después se sacó de la mano ceremoniosamente dos sortijas,
las dos con diamantes. Esas me las colocó en la mano a mí. Después se llevó los
dedos a los labios y lanzó un ¡Chssss!
Mientras lanzábamos
exclamaciones sobre lo maravillosas que eran las piedras, Sheldon se metió la
mano en el bolsillo del chaleco y sacó un paquetito envuelto en papel de seda.
Lo abrió sobre la mesa y se colocó el contenido en la palma de la mano. Centellearon
cinco o seis piedras talladas, todas pequeñas pero de un brillo extraordinario.
Las dejó cuidadosamente sobre la mesa y se metió la mano en el otro bolsillo
del chaleco. Esa vez sacó una sarta de perlas pequeñas, perlas exquisitas, como
no había visto otras iguales en mi vida
Cuando nos hubimos
regalado la vista con todos aquellos tesoros, volvió a adoptar una de sus poses
desconcertantes, la mantuvo durante un tiempo impresionante y luego se metió la
mano en el bolsillo interior de la chaqueta y sacó un largo billetero de fabricación
marroquí. Lo abrió en el aire, como un prestidigitador, y después extrajo, uno
a uno, billetes de toda clase de valores en una media docena de divisas
diferentes. Si era dinero auténtico —y yo tenía razones para creer que lo era—,
debía de representar varios miles de dólares.
«¿No tienes miedo de
andar por ahí con todo eso en los bolsillos?», le preguntó alguien.
Agitando los dedos en
el aire, como si tocara campanillas, respondió en tono sentencioso: «Sheldon
sabe arreglárselas.»
«Te dije que estaba
chiflado», cacareó O’Mara.
Sin hacer caso de ese
comentario, Sheldon continuó: «En este país nadie molesta a Sheldon. Este es un
país civilizado. Sheldon nunca se mete en lo que no le importa... ¿No es así,
señor Miller?» Hizo una pausa para inflar el pecho. Luego añadió: «Sheldon
siempre es educado, hasta con los negros.»
«Pero
Sheldon...»«¡Esperen!», gritó. «¡Silencio, por favor!» Y después, con un
pestañeo misterioso de sus penetrantes ojos, se desabrochó la camisa,
retrocedió unos pasos rápidamente hasta que tocó la ventana con la espalda,
alzó una cinta negra que llevaba en torno al cuello y, sin darnos tiempo a
decir ni pío, dio un pitido espantoso con un silbato de policía sujeto a la
cinta. El sonido nos traspasó los tímpanos. Fue alucinante.
«¡Coged el silbato!»,
grité, mientras Sheldon volvía a llevárselo a los labios.
O’Mara lo agarró con
fuerza. «¡Rápido! ¡Ocultadlo todo!», gritó. «Si vienen los polis, las vamos a
pasar putas para explicar de dónde procede este botín.»
Al instante Osiecki
agrupó las sortijas, los billetes, el billetero y las joyas, se los metió
tranquilamente en el bolsillo de la chaqueta, y se sentó con los brazos
cruzados a esperar la llegada de la policía.
Sheldon observaba la
escena desdeñoso y despreciativo. «¡Que vengan!», dijo, con la nariz alzada y
las ventanas de ésta temblando. «Sheldon no teme a la policía.»
O’Mara se apresuró a
meterle de nuevo el pito donde lo llevaba guardado, a abrocharle la camisa y
después el chaleco y la chaqueta. Sheldon le permitió hacer todo eso tranquilo,
como si fuera un maniquí al que estuviesen vistiendo para ponerlo en el escaparate.
Sin embargo, no quitó ojo a Osiecki ni por un momento.
En efecto, unos
momentos después sonó el timbre. Mona se precipitó a la puerta. Ya lo creo que
era la policía.
«¡Hablad!», murmuró
O’Mara. Alzó la voz como si continuara una discusión acalorada. Yo respondí en
el mismo tono, sin preocuparme de lo que decía. Al mismo tiempo indiqué a
Osiecki que se nos uniera. Lo único que pude conseguir de él fue una sonrisa.
Con los brazos cruzados miraba plácidamente y esperaba. Entre retazos de la
disputa fingida se podía oír la voz de Mona asegurando que no sabíamos nada de
un silbato de policía. No habíamos oído nada. O’Mara charlaba como una cotorra
y ahora adoptaba otras voces, otras entonaciones. En el lenguaje de los
sordomudos me instaba frenéticamente a hacer lo mismo. Si la policía hubiese
entrado en aquel momento, habría presenciado una escena divertida. Estando así,
me eché a reír, con lo que obligué a O’Mara a redoblar sus esfuerzos.
Naturalmente, Louella permanecía sentada como una piedra. Osiecki contemplaba
el espectáculo como desde una localidad del circo. Estaba a sus anchas; en
realidad, estaba radiante. Por su parte, Sheldon no cambió de posición ni un
instante. Seguía recostado contra la ventana. Se quedó así con todos los
botones abrochados, como si esperara a que el escaparatista le arreglase los
brazos y las piernas. Varias veces le hice señas para que hablara, pero siguió
sordo, apartado, completamente desdeñoso en realidad.
Por fin oímos cerrarse
la puerta y a Mona volver corriendo.
«¡Qué estúpidos!»,
dijo.
«Siempre vienen, cuando
toco el silbato», dijo Sheldon, como si tal cosa.
«Espero que no baje el
casero», observé.
«Se han ido a pasar el
fin de semana fuera», dijo
Mona.
«¿Estás segura de que
esos polis no están parados ahí fuera?», dijo O’Mara.
«Se han ido», dijo
Mona. «Estoy segura. Dios mío, no hay nada peor que un irlandés estúpido, a no
ser una pareja de irlandeses estúpidos. Pensaba que no iba a poder
convencerlos.»
«¿Por qué no los ha
invitado a entrar?», preguntó Osiecki. «Eso es siempre lo mejor.»
«Sí», dijo Louella,
«nosotros siempre lo hacemos.»
«Ha sido un buen
número», dijo sonriendo Osiecki. «¿Siempre hace bromas así? Es divertido este Sheldon.»
Se levantó despacio y dejó el botín sobre la mesa. Se acercó a Sheldon y dijo:
«¿Me deja echar un vistazo a ese silbato?»
O’Mara se puso en pie
al instante, listo para rodear a Sheldon con ambos brazos. «¡Caracoles! ¡No
empecéis otra vez!», suplicó.
Sheldon extendió ambas
manos, con las palmas hacia afuera, como para detenernos. «¡Silencio!»,
susurró, al tiempo que se metía la mano en el bolsillo trasero del pantalón.
Con una mano así extendida y la otra en la cadera, pero tapada por la chaqueta,
dijo con voz tranquila y siniestra: «Si pierdo el silbato, me queda esto.» Al
decir eso, sacó un revólver y nos apuntó con él. Lo dirigió a cada uno de
nosotros por turno y nadie se atrevió a hacer un movimiento ni a emitir sonidos
por miedo a que la mano de él apretara el gatillo automáticamente. Convencido
de que estábamos debidamente impresionados, Sheldon devolvió lentamente el
revólver al bolsillo de su pantalón.
Mona se fue derecha al
baño. Al cabo de un momento me llamó. Me disculpé para ir a ver qué quería.
Casi me metió de un tirón, después cerró la puerta y echó el cerrojo. «Por
favor», susurró, «haz que se vayan, pero todos, tengo miedo de que pase algo.»
«¿Eso es lo que
querías? Muy bien», dije, sin demasiado entusiasmo.
«No, por favor», me
rogó, «hazlo ahora mismo. Están locos, todos.»
La dejé encerrada en el
baño y regresé al grupo. Ahora Sheldon estaba enseñando a Osiecki un
cortaplumas espantoso que también llevaba consigo. Osiecki estaba examinando la
hoja con el pulgar.
Les expliqué que Mona
se sentía mal, y que lo mejor era que acabáramos la reunión.
Sheldon era partidario
de salir corriendo y telefonear a un médico. Por fin, conseguimos que se
fuesen: Osiecki prometía cuidar de Sheldon, y Sheldon aseguraba que sabía
cuidarse. Yo esperaba oír el silbato de un momento a otro. Me pregunté qué
dirían los polis cuando vaciaran los bolsillos de Sheldon. Pero ningún sonido
rompió el silencio.
Mientras me desvestía
para acostarme, mi vista se posó en el cenicerito de bronce, de India al
parecer, que tanto me gustaba. Era uno de los pequeños objetos que había
seleccionado al comprar los muebles; era algo que esperaba conservar siempre.
Al sostenerlo en la mano, mientras lo examinaba otra vez, me di cuenta de
repente de qué no había en la casa ni una sola cosa que perteneciese al pasado,
a mi pasado. Todo era nuevo. Entonces fue cuando me acordé de la nuececita de
China que había conservado desde niño en una huchita de hierro sobre la repisa
de la chimenea. Ya no recuerdo cómo había conseguido aquella nuez;
probablemente me la hubiera dado algún pariente que hubiese regresado de los
Mares del Sur. De vez en cuando abría la hucha, que nunca contenía más que unos
centavos, sacaba la nuez y la acariciaba. Era suave como una gamuza, color
siena claro, y una franja negra la recorría por el centro. Nunca había visto
otra nuez igual. A veces la sacaba y la llevaba conmigo durante días y semanas,
no para que me diese buena suerte, sino porque me gustaba su tacto. Era un
objeto completamente misterioso para mí, y no quería que dejara de serlo.
Estaba seguro de que tenía una historia antigua, de que había pasado por muchas
manos, de que había viajado por todas partes. Eso era lo que me hacía
apreciarlo. Un día, cuando llevaba algún tiempo casado con Maude, sentí tal
añoranza de aquel pequeño fetiche, que fui expresamente a casa de mis padres
para recuperarlo. Con asombro y desengaño me enteré de que mi madre se lo había
dado a un niño del barrio, al que le había gustado. ¿Qué niño?, pregunté. Pero
ya no se acordaba. Le parecía ridículo que me interesara por una nadería.
Hablamos de esto y lo otro, en espera de que llegara mi padre y cenásemos
juntos.
«¿Y mi teatro?»,
pregunté de repente. «¿También te has deshecho de eso?»
«Hace siglos», dijo mi
madre. «¿Te acuerdas del pequeño Arthur, que vivía en esos pisos de la acera de
enfrente? Le chiflaba.»
«Así, que, ¿se lo
diste?» Nunca me había gustado demasiado el pequeño Arthur. Era un mariquita de
nacimiento. Pero a mi madre le parecía un muchachito admirable, que tenía tan
buenos modales, y demás.
«¿Crees que lo
conservará todavía?», le pregunté.
«¡Oh, no! Pues, ¡claro,
que no! Ahora es un hombre, ya no puede ser que quiera jugar con eso.»
«Nunca se sabe», dije.
«Tal vez me acerque a verlo.»
«Ya no viven ahí.»
«¿Y supongo que no
sabrás adonde se mudaron?»
Naturalmente, no lo
sabía, o, lo más probable, lo sabía pero no quería decírmelo. No dejaba de
repetir que era ridículo que quisiese recuperar esos juguetes viejos.
«Lo sé», dije, «pero
daría cualquier cosa por volver a verlos.»
«Espera a que tengas
hijos y entonces podrás comprarles otros nuevos y mejores.»
«No puede haber un
teatro mejor que ése», protesté vehementemente. Le lancé una buena parrafada
sobre mi tío Ed Martini, que había pasado meses y meses haciéndolo para mí.
Mientras hablaba, volvía a verlo parado bajo el árbol de Navidad. Volvía a ver
a mis amiguitos, que siempre venían a verme durante las vacaciones, sentados en
círculo en el suelo, observándome manejar los accesorios que acompañaban al
teatro.
Mi tío había pensado en
todo, no sólo en cambios de escena y en una variedad de actores, sino también
en las candilejas, las poleas, las bambalinas, los telones de fondo, todo lo
imaginable. Todas las navidades sacaba aquel teatro, hasta que tuve dieciséis o
diecisiete años. Era tan bello, tan perfecto, tan intrincado, que ahora podría
jugar con él más apasionadamente todavía que cuando era niño. Lo más probable
era que nunca encontrase uno igual, pues aquél había sido hecho con amor y con
una paciencia que hoy nadie parece tener. Era extraño también, pensé, porque a
Ed Martini siempre lo habían considerado un inútil, un hombre que desperdiciaba
el tiempo, que bebía y hablaba demasiado. Pero, ¡sabía lo que haría feliz a un
niño!
Nada de mi niñez se
había conservado. La caja de herramientas la habían dado a la Sociedad de
Beneficencia, mis libros de cuentos a otro golfillo al que yo detestaba. Podía
imaginar perfectamente lo que habría hecho con mis bonitos libros. Lo
exasperante era que mi madre se negaba a hacer el menor esfuerzo para ayudarme
a recuperar aquellas pertenencias. Sobre los libros decía que yo los había
leído tantas veces, que debía de sabérmelos de memoria. Sencillamente no
entendía, o no quería entender, que quisiera poseerlos físicamente. Tal vez
estuviese castigándome inconscientemente por la alegría con que yo solía
aceptar los regalos.
(El deseo de reforzar
los lazos que me unían al pasado, a mi maravillosa infancia, aumentaba cada vez
más. Cuanto más insulso y desagradable se volvía el mundo cotidiano, más
glorificaba yo la dorada época de mi infancia. A medida que pasaba el tiempo, veía
cada vez con mayor claridad que mi infancia había sido unas largas vacaciones:
una feria de juventud. No es que me sintiese envejecer, era simplemente que
comprendía haber perdido algo precioso.)
Ese tema se
intensificaba cuando mi padre, con la intención de revivir recuerdos
agradables, me hablaba de las actividades de mi viejo compañero de juegos, Tony
Ma- rella. «Acabo de leer algo sobre él en The Chat», empezaba. Primero eran
las hazañas atléticas de Tony Marella, por ejemplo, que había ganado el maratón
y casi había caído muerto. Después era el club que Tony Marella había
organizado, y que iba a mejorar la suerte de los chicos pobres del barrio.
Siempre acompañaba al artículo una foto de él. De The Chat pronto pasó a
hablarse de él en los diarios de Brooklyn. Era una figura con la que había que
contar, un día de ésos se iba a hablar de él. Sí, no sería sorprendente que
pronto se presentara candidato para concejal. Y cosas así... No había duda,
Tony Marella era la nueva estrella en el firmamento del distrito de Bushwick.
Había partido de la nada, había superado todos los obstáculos, había conseguido
hacer la carrera de Derecho; era un ejemplo brillante de lo que el hijo de un
pobre inmigrante podía llegar a ser con su esfuerzo en aquella tierra gloriosa
de las oportunidades.
A pesar de lo que me
gustaba Tony Marella, siempre me ponía enfermo oír a mis padres deshacerse en
elogios de él. Yo había conocido a Tony desde la escuela primaria; siempre
estuvimos en la misma clase y nos graduamos juntos a la cabeza de la clase.
Tony tenía que luchar por todo, mientras que para mí era al contrario. Era un
muchacho fuerte y rebelde cuya vivacidad volvía locos a los profesores. Con los
chicos era un dirigente nato. Durante años le perdí la pista completamente. No
volví a acordarme de él para nada. Una noche de invierno, que iba caminando
pesadamente por la nieve, me lo encontré. El iba a una reunión política y yo a
una cita con una rubia despampanante. Tony intentó hacer que lo acompañara a la
reunión, decía que me haría bien. Me reí en sus narices. Un poco irritado, se
puso a discutir de política conmigo, me dijo que se proponía reformar el
Partido Demócrata del distrito, de nuestro antiguo distrito. Volví a reírme,
esa vez casi insultantemente. Ante eso, Tony gritó: «Dentro de dos años vas a
ir a votarme, espera y lo verás. Necesitan a hombres como yo en el Partido.»
«Tony», dije, «todavía no he votado ninguna vez y no creo que lo haga nunca.
Pera si tú te presentas candidato, puede que haga una excepción. Nada me
gustaría tanto como verte Presidente de Estados Unidos. Serías un motivo de
orgullo para la Casa Blanca.» Creyó que le estaba tomando el pelo, pero yo no
podía hablar más en serio.
En medio de aquella
conversación, Tony citó el nombre de su posible rival, Martin Malone. «¡Martin
Malone!», exclamé. «¿No será nuestro vecino?» «El mismo que viste y calza», me
aseguró. Ahora era la figura con mayor futuro del Partido Republicano. Me quedé
tan sorprendido, que podrían haberme derribado con una pluma. ¡Ese zoquete!
¿Cómo había podido llegar tan alto? Tony explicó que se debía a la influencia
del padre. Yo recordaba muy bien al viejo Malone; era un buen hombre y un
político honrado, cosa rara. Pero, ¡su hijo! Pero, bueno, si Martin, que era
cuatro años mayor que nosotros, siempre estaba el último de la clase. Además,
tartamudeaba una cosa mala, o por lo menos de chaval. Y ese zopenco era ahora
una figura destacada en la política local. «Ves por qué no me interesa la
política», dije. «En eso es en lo que te equivocas, Henry», dijo Tony
vehementemente. «¿Te gustaría que Martin Malone llegara a ser diputado?»
«Francamente», dije, «me importa un comino quién llegue a ser el diputado de
este distrito. No tiene la menor importancia. Ni siquiera importa quién sea
Presidente. Nada importa. No son esos mierdas quienes gobiernan el país.» Tony
sacudió la cabeza en completo desacuerdo. «Henry, estás perdido», dijo. «Eres
un completo anarquista.» Y, dicho eso, nos separamos, para no volver a vernos
por varios años.
El viejo nunca dejaba
de hablar machaconamente de las virtudes de Tony. Desde luego, yo sabía que mi
padre intentaba animarme así. Sabía que, cuando hubiera acabado de hablar de
Tony Marella, me preguntaría cómo iba mi trabajo de escritor, si había vendido
algo, y demás. Y si yo decía que nada importante se había producido todavía,
entonces mi madre me echaba una de esas miradas largas y tristes, como
compadeciéndome por lo equivocado que estaba, y tal vez añadiera en voz alta
que siempre había sido el chico más brillante de la clase, que había tenido
toda clase de oportunidades, y, sin embargo, ahí me tenían intentando llegar a
ser una cosa tan absurda como escritor. «¡Si por lo menos pudieras escribir
algo para el Saturday Evening Post!», decía. O, para ridiculizar todavía más mi
posición, esto: «¡Tal vez The Chat acepte una de tus historias!» (Dicho sea de
paso, para ella todo lo que yo escribía era una historia, a pesar de que le
había explicado una docena o más de veces que no escribía «historias». «Bueno,
pues, entonces lo que sean», era siempre su forma de decir la última palabra.)
Al despedirme, siempre
le decía: «¿Estás segura de que no queda ninguno de mis juguetes viejos?» La
respuesta era siempre: «¡Olvídalo!» En la calle, desde la valla desde la que me
decía adiós, me lanzaba esta puya: «¿No crees que sería mejor que abandonaras
lo de escribir y te buscases un empleo? Mira, ya no eres un niño. Puedes ser un
viejo antes de que seas famoso.»
Me marchaba lleno de
remordimiento por no haberles hecho más grata la velada. Camino de la estación
del metro, tenía que pasar por la antigua casa de Tony Marella. Su padre
todavía tenía una tienda de zapatero que daba a la calle. Tony había brotado de
aquel cuchitril en que se había criado. El propio edificio no había
experimentado cambios en la generación que había pasado. Sólo Tony había
cambiado, había evolucionado, de acuerdo con los tiempos. Yo estaba seguro de
que todavía hablaba italiano con sus padres, todavía besaba a su padre
cariñosamente al saludarlo, todavía ayudaba a su familia con su escaso sueldo.
¡Qué atmósfera tan diferente reinaba en aquella casa! ¡Qué alegría debió de ser
para sus padres ver a Tony abrirse camino en el mundo! Cuando pronunciaba sus
admirables discursos, no podían entender ni una palabra de lo que decía. Pero
sabían que estaba diciendo lo que debía. Para ellos todo lo que él hacía estaba
bien. La verdad es que era un buen hijo. Y, si llegaba a triunfar, sería un
presidente pero que muy bueno.
Mientras repasaba todo
aquello en la memoria, recordé como hablaba mi madre de mi padre, del orgullo y
alegría que era para sus padres. Yo era la espina clavada en su costado. Sólo
les llevaba problemas. Sin embargo, ¿quién sabía? Un día todo podía resultar
diferente. Un día, de un solo golpe, podía cambiar toda la situación. Todavía
podía demostrar que no era del todo inútil. Pero, ¿cuándo? ¿Y cómo?
V
Un día soleado, al
comienzo de la primavera, nos encontrábamos en la Segunda Avenida. El apaño de
los Mezzotints iba de capa caída y no había nada nuevo en el horizonte.
Habíamos ido al East Side para dar un sablazo, pero no había dado resultado.
Cansados y sedientos de caminar de un lado para otro bajo el ardiente sol, nos
preguntábamos cómo conseguir una bebida fresca sin dinero. Al pasar por delante
de una confitería con un incitante despacho de refrescos, decidimos, de mutuo
impulso, entrar, tomar las bebidas y después fingir que habíamos perdido el
dinero.
El propietario, un
judío sencillo y amable, nos sirvió personalmente. Sus modales indicaban que
evidentemente procedíamos de otro mundo. Tomamos las bebidas con calma y le
dimos conversación con el fin de prepararlo para la mala noticia. Parecía
halagado de que le hiciéramos tanto caso. Cuando llegó el momento, me hurgué en
los bolsillos en busca de cambio y, al no encontrarlo, pedí a Mona en voz alta
que mirara en su bolso, mientras le decía que debía de haberme dejado el dinero
en casa. Naturalmente, no pudo sacar ni un centavo. Sugerí al hombre, que
estaba observando la escena tranquilamente, que, si no le importaba, le
pagaríamos la próxima vez que fuéramos por el barrio. Con toda afabilidad dijo
que podíamos olvidarlo, si nos parecía. Después nos preguntó educadamente de
qué parte de la ciudad procedíamos. Para nuestra sorpresa, descubrimos que
conocía profundamente la calle en que vivíamos. En ese momento nos invitó a
tomar otra bebida y con ella nos ofreció unos bizcochos deliciosos. Estaba
claro que sentía curiosidad por saber algo más sobre nosotros. Como no teníamos
nada que perder, decidí confesar de plano. Así, que, ¿estábamos sin blanca?
Había sospechado que lo estábamos, pero, aun así, le asombraba que dos personas
tan inteligentes, que hablaban un inglés tan bonito, nacidas en América, para
colmo, encontraran dificultades para ganarse la vida en una ciudad como Nueva
York. Naturalmente, fingí estar dispuesto a aceptar un trabajo, si lo
encontraba. Insinué que no me resultaba fácil encontrar un trabajo porque en
realidad era incapaz de hacer nada salvo empuñar la pluma y añadí que
probablemente tampoco fuese demasiado bueno en eso. El no era de la misma
opinión. Si él hubiese podido leer y escribir inglés, nos dijo, ahora no
estaría viviendo en Park Avenue. Su historia, bastante común, era la de que
hacía unos ocho años había llegado a América con unos pocos dólares en el
bolsillo. Inmediatamente había aceptado un empleo en una cantera de mármol, en
Vermont. Un trabajo brutal. Pero le había permitido ahorrar unos centenares de
dólares. Con ese dinero había comprado unos cachivaches, los había metido en un
saco y se había puesto a vender en la calle. En un santiamén (casi parecía una
historia de Horatio Alger) se había comprado una carretilla y después un
caballo y un carro. Siempre había tenido intención de venir a Nueva York, donde
deseaba abrir una tienda. Por casualidad había descubierto que se podía uno
ganar la vida bien vendiendo caramelos de importación. Al llegar a ese punto,
alargó la mano detrás de él y sacó un surtido de caramelos extranjeros, todos
en cajas bonitas. Explicó con bastante detalle cómo había ido vendiendo esos
caramelos de puerta en puerta, empezando por Columbia Heights, donde vivíamos
nosotros entonces. Se le había dado muy bien, aun hablando sólo un inglés
chapurreado. En menos de un año había ahorrado lo bastante para poner una
tienda. Según dijo, a los americanos les «encantaban» los caramelos de
importación. No miraban el precio. Entonces se puso a enumerar los precios de
las diferentes marcas. Después nos explicó el beneficio que se obtenía con cada
caja. Al final, dijo: «Si yo pude hacerlo, ¿por qué no ustedes?» Y acto seguido
se ofreció a proporcionarnos una maleta entera de caramelos de importación, a
crédito, si queríamos probar.
Era una persona tan
cordial, era tan evidente que intentaba echarnos una mano, que no tuvimos valor
para negarnos. Le permitimos que llenara una gran maleta, aceptamos el dinero
que nos ofreció para volver a casa en taxi, y le dijimos adiós. De vuelta a casa,
me entró mucho entusiasmo con aquella perspectiva. No había otra alternativa
que probar otra vez, la mañana siguiente, empezando por nuestro propio barrio.
Observé que Mona no estaba ni de lejos tan entusiasta como yo, pero estaba
dispuesta a probar. Durante la noche, lo confieso, mi ardor se enfrió un poco.
(Afortunadamente,
O’Mara estaba fuera por unos días, de visita en casa de un viejo amigo. Habría
ridiculizado la idea sin piedad.)
El día siguiente, al
mediodía, nos reunimos para comentar cómo nos había ido. Mona estaba ya en
casa, cuando llegué. No parecía muy entusiasta con su experiencia de la mañana.
De acuerdo, había vendido algunas cajas, pero había sido un trabajo duro. Según
ella, nuestros vecinos no eran muy hospitalarios. (Naturalmente, yo no había
vendido ni una caja. Para mis adentros, ya estaba harto de ir preguntando de
puerta en puerta. En realidad, estaba casi dispuesto a aceptar un empleo.)
Mona pensaba que había
una forma mejor de llevar el negocio. El día siguiente iba a probar en los
edificios de oficinas, donde tendría que tratar con hombres, no con amas de
casa y sirvientas. Si eso fallaba, lo intentaría en los cabarets del Village, y
posiblemente en los cafés de la Segunda Avenida. (Los cafés me atraían; pensé
que podría probar yo mismo con ellos, por mi cuenta.)
Los edificios de
oficinas resultaron ser algo mejores que las viviendas, pero no mucho mejores.
Era difícil llegar hasta los hombres sentados tras las mesas, sobre todo cuando
lo que ibas a ofrecer era caramelos. Y, además, había que aguantar toda clase de
proposiciones indecentes. Uno o dos individuos, los mejores, habían comprado
media docena de cajas de una vez. Por compasión, estaba claro. Uno de ellos era
un tipo excelente, de verdad. Pronto iba a volver a verlo. Al parecer, había
hecho lo posible para convencerla de que abandonara esa ocupación. «Más
adelante te contaré algo más sobre él», dijo.
Nunca olvidaré mi
primera noche de vendedor ambulante. Había escogido el Café Roy al para punto
de partida porque era un lugar que había frecuentado mucho. (Tenía la esperanza
de encontrarme con algún conocido que me ayudara a empezar con buen pie.) La gente
estaba todavía en la sobremesa de la cena, cuando entré tan orondo con mi
maletita llena de cajas de caramelos. Eché una mirada rápida a mi alrededor,
pero no vi a nadie. Luego, me fijé en un grupo, de juerga, sentado en una mesa
larga. Decidí hacer la primera prueba con ellos.
Desgraciadamente,
estaban demasiado alegres. «Caramelos de importación, ¡nada menos!», se burló
un tipo jovial. «¿Por qué no sedas de importación?» El hombre que estaba a su
lado quiso examinar los caramelos, quiso asegurarse de que eran de importación
y no de fabricación nacional. Cogió unas cuantas cajas y las pasó por la mesa.
Al ver a las mujeres mordisqueándolos, pensé que todo iba bien. Di la vuelta a
la mesa, hasta llegar al final al hombre que parecía el maestro de ceremonias.
No paraba de hablar, un chistoso. «¡Hum, caramelos! ¡Lo que inventa la gente
para ganarse la vida! Va bien vestido y habla bien inglés. Probablemente lo
haga para pagarse la universidad...» Et patati et patata. Mordisqueó unos
cuantos, y después pasó la caja en la otra dirección, sin dejar de hacer
comentarios, un monólogo que hacía desternillarse de risa a los otros. Me
dejaron allí parado como un poste. Hasta el momento nadie me había preguntado
el precio de una caja. Tampoco había dicho nadie que se quedara una. Entretanto
cogieron otras cajas y fueron pasándolas. Era como una partida de parchís.
Luego, después de que todos hubieran probado y mordisqueado caramelos hasta
hartarse, después de haber bromeado a mi costa, se pusieron a hablar de otras
cosas, de toda clase de cosas, pero ni una palabra de los caramelos, ni una
palabra sobre el joven, vuestro seguro servidor, que estaba allí de pie
esperando que alguien dijera algo.
Me quedé así un buen
rato, preguntándome hasta dónde pensaban aquellos seres joviales prolongar la
bromita. No hice esfuerzos para recoger las cajas que estaban esparcidas por la
mesa. Tampoco abrí la boca para decir una sola palabra. Me limité a quedarme
mirándolos uno a uno interrogativamente, al tiempo que mi mirada indicaba cada
vez mayor irritación. Sentí que una ola de turbación pasaba de uno a otro. Al
final, el huésped jovial, junto al cual estaba yo de pie y mudo, notó que se
estaba produciendo algo desagradable. Se volvió hacia mí, me miró por primera
vez y después, como para quitarme de en medio, observó: «¿Cómo? ¿Todavía está
usted aquí? No queremos caramelos. ¡Lléveselos!» Seguí sin decir nada,
simplemente fruncí el entrecejo. Los dedos se me estaban crispando
nerviosamente; me moría de ganas de agarrarlo del cuello. Todavía no me creía
que tenía intención de hacerme esa jugada a mí: no a mí, a un americano de
nacimiento y blanco y, además, artista, y todas las demás cosas grandes que me
atribuía en un momento de amor propio herido. De repente, recordé la escena que
había hecho para diversión de mis amigos en aquel mismo café, cuando me había
burlado de forma tan abominable del pobre viejo judío. De golpe, comprendí la
ironía de mi situación. Ahora era yo el pobre individuo indefenso. El blanco de
las bromas aquella noche. Era muy divertido. Pero que muy divertido, si daba la
casualidad que estabas sentado en la mesa y no de pie sobre las patas traseras
como un perro pidiendo unas migajas. Me dieron escalofríos y sudores a un
tiempo. Sentía tanta vergüenza y tanta compasión de mí mismo, que estaba
dispuesto a asesinar al hombre que me estaba provocando. Era infinitamente
mejor acabar en la cárcel que tolerar nuevas humillaciones. Era mejor armar la
de San Quintín y escapar de aquel callejón sin salida.
Por suerte, el hombre
debió de intuir lo que yo estaba pensando. Sin embargo, no sabía cómo
desdecirse de su bromita. Le oí decir, en tono bastante conciliador: «¿Qué
ocurre?» Luego, por unos minutos no oí nada, sólo el sonido de mi propia voz.
No sé lo que estaba diciendo. Lo único que sé es que estaba despotricando como
un loco. Podría haber continuado indefinidamente, si no hubieran acudido
corriendo los camareros para ponerme de patas en la calle. Me tenían cogido con
los brazos y estaban a punto de echarme afuera, cuando el hombre que había
estado provocándome les pidió que me soltaran. Se puso de pie de un salto y me
posó la mano en el hombro. «Lo siento mucho», dijo. «No imaginaba que le estaba
causando tanta angustia. Siéntese un momento, ¿quiere?» Alcanzó una botella y
sirvió un vaso de vino. Yo estaba rojo y todavía con el entrecejo fruncido. Las
manos me temblaban violentamente. Ahora todo el grupo me miraba; parecía como
si formaran un enorme animal con muchos pares de ojos. Sentí la cálida mano del
hombre descansar sobre la mía; me instaba con voz suave a tomar un trago. Alcé
el vaso y lo bebí de una vez. Lo volvió a llenar y se llevó el suyo a los
labios. «¡A su salud!», dijo, y los demás miembros de la reunión siguieron su
ejemplo. Después dijo: «Me llamo Spielberg. ¿Y usted, si me permite la
pregunta?» Le dije mi nombre auténtico, que sonó extraño en mis oídos, y
chocamos los vasos. Al cabo de un instante todos estaban hablando a la vez,
todos intentando desesperadamente demostrarme lo arrepentidos que estaban de su
rudo comportamiento. «¿Quiere tomar un poco de pollo?», me preguntó una dulce
joven sentada enfrente de mí. Alzó la bandeja y me la pasó. No pude negarme.
Llamaron al camarero. ¿Me gustaría tomar algo más? Café, seguro, ¿y tal vez una
copa de licor? Acepté. Todavía no había yo abierto la boca, salvo para decir mi
nombre. (No dejaba de repetirme a mí mismo: «¿Qué está haciendo Henry Miller
aquí? Henry Miller... Henry Miller.»)
De entre el revoltillo
de palabras que me atacaban a los oídos finalmente comprendí las siguientes:
«¿Qué diablos hace usted aquí? ¿Es un experimento?» Entonces pude esbozar una
sonrisa. «Sí», dije débilmente, «en cierto modo.»
Mi supuesto torturador
era quien ahora estaba intentando hablarme en serio. «¿Qué es usted en
realidad?», dijo. «Quiero decir: ¿qué hace usted normalmente?»
Se lo conté en pocas
palabras.
¡Vaya, vaya! Ahora
empezábamos a entendernos. El había sospechado algo por el estilo todo el
tiempo. ¿Podría ayudarme tal vez? Me confió que conocía íntimamente a algunos
directores de revistas. En tiempos había tenido la esperanza de ser escritor
también él. Y cosas así...
Me quedé con ellos una
o dos horas, comiendo y bebiendo, sintiéndome completamente en mi elemento con
ellos. Todos los presentes compraron una caja de caramelos. Uno o dos se
acercaron a las otras mesas e indujeron a sus amigos a comprar también, ante lo
que me sentí un poco violento. Su forma de hacerlo sugería que eso era lo menos
que podían hacer por un hombre que evidentemente estaba destinado a ser uno de
los grandes escritores de América. Me asombraban la sinceridad y simpatía
auténtica de que daban muestra ahora. Y sólo unos minutos antes yo había sido
el blanco de sus rudas bromas. Resultó que todos eran judíos. Judíos de clase
media que se interesaban vivamente por las artes. Sospeché que me tomaban por
judío a mí también. No importaba. Era la primera vez que había conocido a unos
americanos a quienes la palabra artista sugería algo mágico. Que diera la
casualidad de ser artista y vendedor ambulante me volvía doblemente interesante
para ellos. Todos sus antepasados habían sido vendedores ambulantes y, si no
artistas, eruditos. Yo formaba parte de la tradición.
Ya lo creo que formaba
parte de la tradición. Mientras iba de un bar a otro, me preguntaba qué diría
Ulric, si se tropezara conmigo. O Ned, que seguía trabajando como un esclavo
para ese viejo espléndido de McFarland. Iba absorto en esos pensamientos, cuando
de repente vi acercarse a un amigo mío judío, médico especialista en oído. (Le
debía una cantidad importante.) Antes de que su mirada se cruzara con la mía,
corrí a la calzada y subí a un autobús que iba hacia el norte de la ciudad. Le
hice señas desde la plataforma. Después de haber pasado unas manzanas, me apeé,
regresé con paso cansino hacia la zona de luces brillantes, y volví a empezar,
vendiendo una caja de vez en cuando, siempre, al parecer, a un judío de clase
media, un judío que sentía compasión, y quizá un poco de vergüenza, de mí. Era
extraño recibir la conmiseración de un pueblo pisoteado. La inversión de los
papeles producía un alivio misterioso. Me estremecí al pensar en lo que me
ocurriría, si tenía la desgracia de tropezarme con una pandilla de irlandeses
pendencieros.
Hacia medianoche me
largué a casa. Mona ya estaba de vuelta y de buen humor. Había vendido toda una
maleta de caramelos. Y todos en un sitio. Además, la habían invitado a cenar y
a beber. ¿Dónde? En Papa Moskowitz’s. (Yo me había saltado Moskowitz porque
había visto al médico especialista del oído dirigirse hacia allí.)
«¿Pensaba que ibas a
empezar con el Village esta noche?»
«Y lo he hecho»,
exclamó, y después se apresuró a explicarme que se había encontrado con ese
banquero, Alan Cromwell, que estaba buscando un lugar tranquilo para charlar.
Ella lo había llevado a Moskowitz’s, donde habían escuchado el címbalo y esto y
lo otro. El caso es que Moskowitz había comprado una caja de caramelos y
después le había presentado a sus amigos, todos los cuales habían insistido en
comprar caramelos. Y después, ¿quién me figuraba que había aparecido? Pues, el
hombre que había conocido en un edificio de oficinas la primera mañana. Se
llamaba Mathias. El y Moskowitz eran amigos desde su país de origen.
Naturalmente, aquel Mathias compró también media docena de cajas.
Al llegar a ese punto,
cambió de tema y se puso a hablar de asuntos inmobiliarios. Al parecer, Mathias
estaba deseoso de hacerle aprender el negocio. Estaba seguro de que podía
vender casas con la misma facilidad que caramelos de importación. Naturalmente,
primero tendría que aprender a conducir un coche. Mona dijo que él mismo iba a
enseñarle. Le parecía buena idea aprender, aun cuando nunca vendiera casas.
Podríamos usar el coche para ir de paseo de vez en cuando. ¿No sería
maravilloso? Y cosas así...
«¿Y qué tal se han
llevado Cromwell y él?», conseguí decir.
«Muy bien.»
«¿De verdad?»
«¿Por qué no? Los dos
son inteligentes y sensibles. Aunque Cromwell sea un borracho, no tienes por
qué pensar que sea un lelo.»
«De acuerdo. Pero, ¿qué
era eso tan importante que Cromwell tenía que decirte?»
«¡Oh, eso! No llegó a
decírmelo. Había tanta gente en nuestra mesa...»
«De acuerdo. Sin
embargo, hay que reconocer que se te ha dado de primera.» Pausa. «Yo también he
vendido unas cuantas.»
«He estado pensando,
Val», empezó a decir, como si no me hubiera oído.
Sabía lo que iba a
venir a continuación. Torcí el gesto.
«En serio, Val, no
deberías estar vendiendo caramelos. ¡Déjame hacerlo a mí! Ya ves lo fácil que
me resulta. Tú quédate en casa y escribe.»
«Pero no puedo pasarme
día y noche escribiendo.»
«Pues entonces lee, o
ve al teatro, o ve a ver a tus amigos. Ya no vas nunca a verlos.»
Dije que lo pensaría.
Mientras tanto, ella había vaciado su monedero sobre la mesa. Era un buen
pellizco.
«Nuestro patrón se va a
quedar sorprendido», dije.
«Oh, ¿no te lo he
dicho? He ido a verlo esta noche. He tenido que volver a por más caramelos. Me
ha dicho que, si la cosa sigue así, pronto vamos a poder poner nuestra propia
tienda.»
«¡Eso sería cojonudo!»
Las cosas salieron
estupendamente durante un par de semanas. Había llegado a un compromiso con
Mona: yo llevaba las dos maletas y esperaba fuera, mientras ella vendía y
ganaba la tira. Siempre me llevaba un libro conmigo y leía. A veces Sheldon nos
acompañaba. No sólo insistía en llevar las maletas, sino que, además, se
empeñaba en pagar la cena de medianoche que siempre hacíamos en una casa judía
de la Segunda Avenida. Era una cena maravillosa todas las noches. Nata agria,
rábanos, cebollas, tarta de queso, pastrami, pescado ahumado, toda clase de pan
moreno, mantequilla dulce y cremosa, té ruso, caviar, tallarines... y agua de
Seltz: todo ello en abundancia. Después a casa en taxi, siempre por encima del
puente de Brooklyn. Al bajar frente a nuestra imponente casa de bien, muchas
veces me preguntaba qué pensaría el casero, si nos viera llegar a casa a
aquella hora de la mañana con nuestras dos maletas.
Siempre aparecían
nuevos admiradores. A Mona le costaba trabajo quitárselos de encima. El más
reciente era un artista judío: Manuel Siegfried. No tenía demasiado dinero,
pero tenía una maravillosa colección de libros de arte. Se los pedíamos
prestados sin reserva, sobre todo los eróticos. Los que más nos gustaban eran
los artistas japoneses. Ulric vino varias veces con una lupa, para no perderse
ni una pincelada.
O’Mara era partidario
de venderlos y hacer que Mona fingiese que se los habían robado. Pensaba que
éramos demasiado escrupulosos.
Una noche que Sheldon
vino para acompañarnos, abrí uno de los álbumes más sensacionales y le pedí que
lo mirara. Echó una mirada y me dio la espalda. Se tapó los ojos con las manos
hasta que hube cerrado el libro.
«¿Qué te pasa?», dije.
Se llevó un dedo a los
labios y apartó la mirada.
«No te van a morder»,
dije.
Sheldon no respondió y
siguió hacia la puerta. De repente, se llevó las dos manos a la boca y se fue
derecho al retrete. Oí que le daban arcadas. Cuando volvió, se dirigió a mí y,
poniendo sus dos manos sobre la mía, me miró a los ojos implorante. «¡No deje
verlos nunca a la señora Miller!», me rogó con voz apagada. Me llevé dos dedos
a los labios y dije: «¡De acuerdo, Sheldon, palabra de honor!»
A partir de entonces se
presentaba casi todas las noches. Cuando yo no tenía ganas de hablar, le dejaba
quedarse de pie a mi lado, como un poste, mientras yo leía. Al cabo de un
tiempo, me pareció absurdo ir haciendo la ronda con aquel maldito idiota. Cuando
se enteró de que tenía intención de quedarme en casa, Mona se puso muy
contenta. Dijo que iba a poder trabajar con mayor libertad. Iba a ser mejor
para todos.
Y así, una noche que
estaba charlando con O’Mara, quien también estaba encantado de que me quedara
en casa, se me ocurrió la idea de iniciar un negocio de venta de caramelos por
correspondencia. A O’Mara, siempre preparado para acoger una nueva respuesta,
le pareció una idea estupenda. «Hazlo a lo grande», ésa era su idea. Nos
pusimos al instante a hacer planes: el tipo adecuado de membrete para las
cartas, las circulares, los recordatorios, listas de nombres, etc. Pensando en
nombres, me puse a hacer una lista de todos los oficinistas, telegrafistas y
directores que conocía en la compañía de telégrafos. No podían negarse a
comprar una caja de caramelos a la semana. Eso era lo único que teníamos
intención de pedir a nuestros clientes virtuales: una caja a la semana. En
ningún momento se nos ocurrió que uno podía cansarse de comer una caja de
caramelos a. la semana, aunque fueran de importación, durante las cincuenta y
dos semanas del año.
Decidimos que era mejor
no decir nada a Mona de nuestro plan por un tiempo. «Ya sabes cómo es», dijo
O’Mara.
Por supuesto, no dio
ningún resultado apreciable. El papel de la correspondencia era precioso, las
cartas perfectas, pero las ventas fueron prácticamente nulas. En medio de
nuestra campaña Mona descubrió lo que tramábamos. No lo aprobó en absoluto.
Dijo que estábamos perdiendo el tiempo. Además, estaba casi harta de aquella
ocupación. Mathias, su amigo dedicado a negocios inmobiliarios, estaba
dispuesto a lanzarla cualquier día. Dijo que ya sabía conducir. (Ninguno de los
dos lo creimos.) Unas cuantas buenas ventas y pronto tendríamos casa propia. Y
cosas así... Y, además, no había que olvidar a Alan Cromwell. No me había
contado su propuesta. Había estado esperando a un momento propicio.
«Bueno, ¿de qué se
trata?», le pregunté.
«Quiere que escriba una
columna... para la cadena de periódicos Hearst. Todos los días sin falta.»
Di un respingo. «¿Cómo?
¿Una columna diaria?» ¿Quién había oído nunca que la cadena de periódicos
Hearst ofreciera una columna a un escritor desconocido?
«Eso es asunto suyo,
Val. El sabe lo que se hace.»
«Pero, ¿la publicarán?»
Me pareció que había gato encerrado.
«No», respondió, «no de
momento. Tenemos que hacerlo por unos meses, y si les gusta... En fin, ¡eso no
es importante! Lo principal es que Cromwell nos pagará cien dólares a la semana
de su propio bolsillo. Estaba absolutamente seguro de poder convencer al hombre
que dirige la agencia. Son amigos íntimos.»
«¿Y sobre qué debo —o
debes, ¡perdona!— escribir cada día?»
«Sobre cualquier cosa.»
«¿No hablarás en
serio?»
«Pues, ¡claro que sí!
Si no, no lo habría considerado ni por un instante.»
Tuve que reconocer que
parecía una buena propuesta. De modo que... ella vendería casas y yo escribiría
una columna diaria. No estaba mal. «¿Cien a la semana, dices? Es muy amable...
me refiero a Cromwell. Debe de tener gran concepto de ti.» (Esto con cara muy
seria.)
«Es una simple bagatela
para él, Val. Lo único que hace es intentar ayudar.»
«¿Sabe algo de mí?
Quiero decir si tiene alguna sospecha.»
«Por supuesto que no.
¿Estás loco?»
«En fin, era simple
curiosidad. A veces a un tipo así... en fin... A veces se les puede decir casi
cualquier cosa. Me gustaría conocerlo algún día. Tengo curiosidad.»
«Eso sería fácil», dijo
Mona sonriente.
«¿Qué quieres decir?»
«Pues, hombre, que te
reúnas conmigo una noche en Moskowitz’s. Te presentaré como un amigo.»
«Buena idea. Lo haré
alguna noche. Será divertido. Puedes presentarme como médico judío. ¿Qué te
parece?»
«Pero antes de que
dejemos este asunto de los caramelos», añadí, «me gustaría probar una cosa.
Tengo la corazonada de que, si enviáramos a un par de repartidores a las
diferentes oficinas de telégrafos, daría muy buen resultado. Podríamos vender
doscientas cajas de una vez.»
«Oh, eso me recuerda»,
dijo Mona, «que el hombre de la tienda de caramelos nos ha invitado a cenar con
él el próximo sábado. Quiere convidarnos para mostrarnos su aprecio. Creo que
se ofrecerá para ayudarnos a poner un negocio. Yo que tú, no lo rechazaría de
plano: podrías ofenderlo.»
«Desde luego. Es un
príncipe. Ha hecho más por nosotros que ninguno de mis amigos.»
Los días siguientes los
dediqué a escribir notas personales a todos mis antiguos compañeros de la
compañía de telégrafos. Hasta incluí mensajes para algunos de los hombres de la
oficina del vicepresidente. Al establecer el itinerario, me di cuenta de que,
en lugar de un par de repartidores, iba a necesitar media docena... si quería
hacerlo de una vez.
Sumé el total de
posibles ventas: ascendía a unos quinientos dólares. No era mala forma de
retirarse del negocio de los caramelos, pensé para mis adentros, frotándome las
manos ante la perspectiva.
Llegó el día. Escogí
seis muchachos despiertos, les di instrucciones explícitas y los puse en
camino.
Hacia la noche fueron
regresando, cada uno con una maleta llena. No se había vendido ni una caja. Ni
una. No podía dar crédito a mis ojos. Pagué a los chavales —¡una suma
considerable!— y me senté en el suelo con las maletas a mi alrededor.
Las cartas, que había
fijado a las cajas de caramelos con gomas, estaban intactas. Fui cogiéndolas
una por una, al tiempo que sacudía la cabeza. «¡Increíble, increíble!», no
dejaba de repetir. Finalmente, llegué a las dirigidas a Hymie Laubscher y Steve
Romero. Sostuve los sobres en las dos manos un rato, incapaz de comprender la
situación. Si no podía confiar en dos viejos amigos como Hymie y Steve, ¿en
quién podía confiar?
Sin darme cuenta, había
abierto el sobre dirigido a Steve Romero, Había algo escrito encima del
encabezamiento de la carta. Antes de leer una palabra, ya me sentía aliviado.
Por lo menos había dado una explicación.
«Spivak ha interceptado
a tu repartidor en la oficina del vicepresidente. Ha notificado a todo el mundo
que debían rechazar los caramelos. Lo siento. Steve.»
Abrí el sobre de Hymie.
El mismo mensaje. Abrí el sobre de Costigan. Idem. Entonces ya estaba rabioso.
«¡Ese cabrón de Spivak! Así, que, ¡ésa era su forma de vengarse contra mi!»
Juré que lo estrangularía, en la propia calle, la próxima vez que me lo encontrara.
Me quedé allí sentado
con la nota de Costigan en la mano. Costigan, puño de hierro. Hada siglos que
no lo veía ni sabía nada de él. ¡Qué placer sería para él dar una lec- cioncita
a Spivak! Lo único que necesitaba hacer era atraerlo una noche al norte de la
ciudad, atraparlo en una calle oscura cerca del río y darle una buena paliza.
¡Las molestias que se había tomado ese canalla! ¡Telefonear a todas y cada una
de las oficinas de Brooklyn, Manhattan y el Bronx! Me sorprendía que Hymie no
hubiera despachado a un repartidor para avisarme; me habría ahorrado mucha
pasta. Pero probablemente le hubiesen faltado repartidores, como de costumbre.
Me puse a pensar en
todos los tontos que conocía y que siempre estaban dispuestos a hacerme un
favor. Uno era el empleado nocturno de la oficina de la Calle 14, que jugaba
incesantemente; su jefe era un eunuco que durante años había estado intentando
inducir al presidente a usar palomas mensajeras para entregar los telegramas.
Nunca ha existido un individuo más cruel y desalmado que ese tipo de
Greenpoint; era capaz de hacer cualquier cosa por unos cuantos dólares más para
colocarlos en los caballos. Otro era el jorobado del mercado de pescado. Un
verdadero demonio, una especie de Jack el Destripador de paisano. Y otro, aquel
repartidor nocturno, Arthur Wilmington. En tiempos había sido ministro
evangelista y ahora era un inmundo deshecho humano que se hacía caca en los
pantalones. Otro, el taimado Jimmy Falzone, con cara de ángel e instintos de
asesino. Otro, el chico de Harlem, de cara de rata, que vendía droga y
falsificaba cheques. Otro, el gigante borracho de Cuba, López, que podía romper
las costillas a un hombre con un suave abrazo. Otro, Kovalski, el polaco
demente, que tenía tres esposas y catorce hijos: haría cualquier cosa, menos
asesinar... por un dólar.
Si vamos al caso, ni
siquiera tenía que pensar en esa gentuza. Tenía a Gus, el policía, que
escoltaba a Mona de sitio en sitio en el Village, siempre que ella lo deseaba.
Gus era uno de esos perros fieles que aporrearía a un hombre hasta matarlo, si
una mujer insinuaba simplemente que un extraño la había insultado. ¿Y qué decir
de nuestro buen amigo católico, Buckley, el detective, que cuando estaba
borracho sacaba su negro crucifijo y nos pedía que lo besáramos? ¿Acaso no le
habíamos hecho un favor una noche escondiendo su revólver, cuando intervenía en
un alboroto?
Cuando Mona llegó, yo
seguía sentado en el suelo, sumido en sueños. La noticia no la perturbó
demasiado. Había esperado que ocurriese algo por el estilo. En realidad, se
alegraba de que hubiera resultado así; tal vez eso me hiciese abandonar de una
vez por todas mis planes irrealizables. Ella era la única que sabía conseguir
dinero y lo hacía sin andarse con cuentos. ¿Cuándo iba yo a empezar a confiar
plenamente en ella?
«Vamos a dejar todo
esto», dije. «Si Cromwell cumple la promesa de pagar esos cien dólares a la
semana, podremos arreglarnos, ¿no crees?»
No estaba segura. Con
los cien a la semana tendríamos para nosotros, pero, ¿y la pensión de Maude? ¿Y
su madre y hermanos? ¿Y esto y lo otro?
«¿Conseguiste juntar el
dinero de la hipoteca que te pedía tu madre?», le pregunté.
Sí, sí que lo había
conseguido... hacía varias semanas. No quería entrar en ese tema en ese
momento, era demasiado penoso. Se limitó a observar que, por mucho dinero que
entrara, volaba. Sólo había una solución, y era conseguir hacer un gran
negocio. El inmobiliario la interesaba cada vez más.
«En cualquier caso,
vamos a dejar esto de los caramelos», le insté. «Iremos a cenar con nuestro
patrón y le daremos la noticia con delicadeza. Estoy harto de vender cosas... y
tampoco quiero que tú andes por ahí vendiendo. Es repugnante.»
Resultó que estaba de
acuerdo conmigo. De repente, mientras se ponía crema en la cara, dijo: «¿Por
qué no llamamos a Ulric y vamos a cenar juntos? Hace siglos que no lo ves.»
Me pareció buena idea.
Era bastante tarde, pero decidí llamar a ver. Me vestí y salí corriendo.
Una hora después más o
menos los tres estábamos sentados en un restaurante cerca del Ayuntamiento. Un
restaurante italiano. Ulric estaba encantado de volver a vernos. Había estado
preguntándose qué habría sido de nosotros durante todo ese tiempo. Mientras
esperábamos la sopa, tomamos un par de copas. Ulric había estado trabajando
como un chino en una campaña para una sopa y estaba contento de tener la
oportunidad de descansar. Estaba de muy buen humor.
Mona le estaba contando
lo del negocio de los caramelos... en líneas generales. Ulric siempre escuchaba
sus historias con una especie de curiosidad perpleja. Esperaba a oír mi versión
antes de hacer comentario alguno. Si yo parecía tener ganas de corroborar,
entonces escuchaba con toda atención, como si estuviese oyéndolo todo por
primera vez.
«¡Qué vida!», decía,
riéndose entre dientes. «Me gustaría tener valor para arriesgarme un poco más.
Pero es que esas cosas nunca me ocurren a mí. Así, que vendíais caramelos en el
Café Royal. ¡Caramba!» Sacudió la cabeza y volvió a reírse entre dientes.
«¿Y sigue O’Mara con
vosotros?», preguntó.
«Sí, pero se va a ir
pronto. Quiere ir al Sur. Tiene la corazonada de que va a poder hacer pasta
allí.»
«Supongo que no le
echaréis mucho de menos, ¿eh?»
«Pues yo sí», dije. «Me
gusta O’Mara, a pesar de sus defectos.»
Al oírme, Ulric movió
la cabeza, como diciendo que yo era demasiado indulgente, pero que era una
buena cualidad.
«Y ese tipo, Osiecki...
¿qué ha sido de él?»
«Está en Canadá ahora.
Sus dos amigos —supongo que te acordarás de ellos— cuidan de su chavala.»
«Ya comprendo», dijo
Ulric, pasándose la lengua por sus rojos y carnosos labios. «Unos caballeros,
¿eh?», y volvió a reírse entre dientes.
«Por cierto», dijo,
dirigiéndose a Mona, «¿no te parece que el Village se está estropeando
últimamente? La otra noche cometí el error de llevar allí a mis amigos de
Virginia. Os aseguro que nos largamos en seguida. Lo único que vi fue antros y
garitos. Quizá no hubiéramos bebido bastante.. Había un sitio, un restaurante,
creo, en Sheridan Square, que no estaba mal, tengo que reconocerlo.»
Mona se rió. «¿Te
refieres al sitio donde para Minnie Douchebag?»
«Sí, ese sarasa loco
que canta y toca el piano... y lleva ropa de mujer. ¿No estaba allí?»
«¡Desde luego!», dijo
Ulric. «No sabía que se llamaba así. La verdad es que le cuadra el nombre. Dios
mío, un auténtico bufón. Hubo un momento en que pensé que se iba a subir a la
araña. ¡Y qué vocabulario soez y desagradable usa, además!» Se volvió hacia mí.
«Henry, las cosas han cambiado bastante desde nuestra época. Intenta imaginarme
sentado allí con dos virginianos serios y conservadores. A decir verdad, apenas
entendían una palabra de lo que decía.»
Los antros y garitos,
como Ulric los llamaba, eran naturalmente los lugares que nosotros habíamos
estado frecuentando. Aunque simulaba burlarme de los remilgos de Ulric,
compartía su opinión sobre aquellos lugares. La verdad era que el Village había
empeorado. No había otra cosa que antros y garitos, otra cosa que pederastas,
lesbianas, chulos de putas, furcias y farsantes de todas clases. No me pareció
oportuno contárselo a Ulric, pero la última vez que estuvimos en Paul y Joe’s
el local estaba enteramente dominado por maricones vestidos con trajes de
marineros. Una tía lasciva había intentado arrancar a Mona un trozo del seno
derecho de un mordisco... en pleno comedor. Al salir, nos habíamos tropezado
con dos «marineros» retorciéndose en el suelo del balcón, con los pantalones
bajados y gruñendo y chillando como cerdos abiertos en canal. Aun para
Greenwich Village eso era ir bastante lejos, me parecía a mí. No me parecía
oportuno contar esos incidentes a Ulric: eran demasiado increíbles para que él
los tragara. Lo que le gustaba oír eran las historias de Mona sobre los
clientes a los que daba sablazos, esos pájaros extraños, como los llamaba, de
Weehawken, Milwaukee, Washington, Puerto Rico, la Sorbona, etc. Era verosímil,
pero desconcertante para él, que hombres de buena posición resultaran tan
vulnerables.
Podía entender que se
dejaran dar un sablazo una vez, pero no una y mil veces.
«¿Cómo se las arregla
para mantenerlos a distancia?», dijo abruptamente, y después hizo como que se
mordía la lengua.
De repente, cambió de
tema. «¿Sabes una cosa, Henry? Ese hombre, McFarland, no ha dejado de preguntar
por ti. Naturalmente, Ned no entiende cómo pudiste rechazar una oferta tan
buena como ésa. Sigue diciendo a McFarland que un día te presentarás. Debiste
de causar una impresión extraordinaria al viejo. Supongo que tienes otros
planes, pero... si alguna vez cambias de opinión, creo que podrías conseguir
prácticamente lo que quisieras de McFarland. Dijo a Ned confidencialmente que
despediría a toda la oficina para conservar a un hombre como tú. He pensado que
debía decírtelo. Nunca se sabe...»
Rápidamente Mona desvió
la conversación en otra dirección. Pronto habíamos pasado a tratar el tema del
teatro de variedades. Ulric tenía una memoria endiablada para los nombres. No
sólo podía recordar los nombres de los cómicos, las actrices, las bailarinas de
la danza del vientre de los veinte últimos años, sino que, además, era capaz de
citar los nombres de los teatros donde los había visto, las canciones que
cantaban, si era invierno o primavera, y quién lo había acompañado en cada
ocasión. Del teatro de variedades pasó a las comedias musicales y de éstas a
los diferentes bailes Quat’z Arts.
Aquellas tertulias,
cuando los tres nos reuníamos, eran siempre divagatorias, agitadas, difusas.
Mona, que nunca era capaz de concentrarse en nada durante largo rato, tenía una
forma de escuchar como para volver loco a cualquiera. Siempre, justo cuando habías
llegado a la parte más interesante de tu historia, recordaba de repente algo, y
tenía que comunicarlo al instante. Daba igual que estuviéramos hablando de
Cimabue, Sigmund Freud o los hermanos Fratellini: las cosas que consideraba tan
importante contarnos eran tan remotas como los asteroides. Sólo una mujer podía
establecer conexiones tan estrafalarias. Tampoco era de quienes dicen lo que
tienen que decir y después te dejan a ti la palabra. Volver a recuperar el hilo
era como intentar llegar a la costa directamente opuesta vadeando una corriente
rápida. Siempre tenías que tener en cuenta la deriva.
Ulric había llegado a
acostumbrarse un poco a esa forma de conversación, muy a contrapelo. Sin
embargo, era una lástima someterlo a ella, porque cuando se le dejaba libertad
podía emular a un arpa irlandesa. Aquel ojo fotográfico suyo, aquellos suaves
palpos con los que tocaba las cosas, sobre todo las cosas que le gustaban, su
nostálgica memoria que era inagotable (tiempo, lugar, ritmo, ambiente,
magnitud, temperatura), daban a su charla un carácter como el que los antiguos
maestros lograban con el color. La verdad es que muchas veces al escucharlo
tenía la impresión de estar realmente en compañía de un viejo maestro. Muchos
de mis amigos lo consideraban raro: «encantador y raro». Lo que significaba
«anticuado». Y, sin embargo, no era ni un erudito, ni un solitario, ni un
chiflado. Simplemente era de otra época. Cuando hablaba de los hombres que
amaba —los pintores—, se compenetraba con ellos. No sólo tenía el don de
entregarse, sino también el arte de identificarse con aquellos a quienes
veneraba.
Solía decir que mi
conversación le hacía volver a casa embriagado. Afirmaba que delante de mí
nunca podía decir las cosas como quería, como se proponía. Parecía considerar
natural que yo fuese un narrador mejor que él, porque yo era escritor. La
verdad es que era justo al revés. Salvo en los raros momentos en que me
lanzaba, en que me disparaba, en que me daba un arrebato, comparado con él yo
era como un lelo tartamudo.
Lo que de verdad
provocaba la admiración y la devoción de Ulric era el contenido en bruto de mi
vida, su caos subyacente. Nunca pudo resignarse ante el hecho de que, a pesar
de haber nacido en el mismo ambiente, de habernos criado en la misma estúpida
atmósfera germanoamericana, hubiéramos llegado a ser personas tan diferentes,
hubiésemos seguido direcciones tan opuestas. Desde luego, exageraba la
divergencia. Y yo no hacía gran cosa por corregirla, conociendo como conocía el
placer que le daba exagerar mis excentricidades. A veces hay que ser generoso,
aunque eso le haga a uno ruborizarse.
«A veces», dijo Ulric,
«cuando hablo de ti a mis amigos, parece fabuloso, incluso para mí. En el breve
período desde que hemos vuelto a vernos, me parece como si ya hubieras vivido
una docena de vidas. Apenas sé nada sobre la época intermedia: cuando vivías
con la viuda y su hijo, por ejemplo. Cuando celebrabas esas ricas sesiones con
Lou Jacobs... así se llamaba, ¿verdad? Debió de ser una época provechosa,
aunque difícil. No es de extrañar que McFarland notara algo diferente en ti. Sé
que piso terreno peligroso al sacar de nuevo ese tema» —echó una mirada rápida
y suplicante a Mona—, «pero, de verdad, Henry, esa vida de aventura y
movimiento que ansias... perdona, no quería expresarme con crudeza... sé que
eres un hombre contemplativo también...» En ese momento desistió en cierto
modo, se rió entre dientes, resopló, se dio una palmada en los muslos, nos miró
primero a uno y luego al otro, y soltó una larga carcajada. «¡Al diablo! ¡Ya
sabes lo que quiero decir!», dijo abruptamente. «Estoy tartamudeando como un
colegial. Creo que lo que quería decir es simplemente esto: necesitas una
esfera de acción mayor para tu vida. Necesitas conocer a hombres más cercanos a
tu talla. Deberías poder viajar, tener dinero en el bolsillo, explorar,
investigar. En resumen: aventuras mayores, hazañas mayores.»
Asentí con la cabeza
sonriente, instándole a continuar.
«Desde luego, comprendo
que esta vida que llevas ahora es rica en un sentido que me supera... rica para
ti como escritor, quiero decir. Sé que un hombre no escoge el material vital de
que se compondrá su arte. Eso va dado, o prescrito, por la forma de su
temperamento. Indudablemente, en esos personajes extraños a los que pareces
atraer como un imán hay vastos mundos que puedes sondear. Pero, ¡a qué precio!
A mí pasar una noche con la mayoría de ellos me dejaría agotado. Disfruto
escuchándote contar cosas sobre ellos, pero no creo que pudiera afrontar todo
eso personalmente. Henry, lo que quiero decir es que no parecen dar nada a
cambio de la atención que les concedes. Pero ya estoy yo otra vez. Me equivoco,
por supuesto. Tú debes de saber instintivamente lo que es bueno y lo que es
malo para ti.»
En ese punto tuve que
interrumpirlo. «En eso creo que te equivocas. Yo nunca pienso en eso: en lo que
es bueno y en lo que es malo para mí. Tomo lo que se me presenta y lo aprovecho
lo mejor que puedo. No frecuento a esa gente deliberadamente. Tienes razón, los
atraigo... pero también ellos me atraen a mí. A veces pienso que tengo más en
común con ellos que contigo o con O’Mara o con cualquiera de mis amigos
auténticos. Por cierto, ¿crees que tengo amigos auténticos? Lo único que sé es
que nunca puedo contar contigo en caso de apuro, ni con ninguno de vosotros.»
«Eso es muy cierto,
Henry», dijo, dejando caer la mandíbula inferior en un rictus extraño. «No creo
que ninguno de nosotros sea capaz de ser el amigo que deberías tener. Mereces
algo mucho mejor.»
«Joder», dije, «no
quiero darle vueltas a eso. Perdóname, ha sido sólo una idea casual.»
«¿Qué ha sido de ese
médico amigo tuyo... Kronski? Ultimamente no te he oído hablar de él.»
«No tengo ni la menor
idea», dije. «Probablemente esté invernando. Ya volverá a aparecer, no te
preocupes.»
«Val lo trata de forma
abominable», dijo Mona. «No lo entiendo. En mi opinión, es un amigo de verdad.
Val no parece apreciar nunca a sus amigos de verdad. Excepto a ti, Ulric. Pero
a veces tengo que recordarle que se ponga en contacto contigo. Se olvida con
facilidad.»
«No creo que vaya a
olvidarte nunca a ti fácilmente», dijo Ulric. Al decir eso, se dio un tremendo
manotazo en los muslos y sonrió tímidamente. «No ha sido un comentario
discreto, ¿verdad? Pero estoy seguro de que sabes lo que quiero decir», y puso
la mano sobre la de Mona y la apretó cordialmente.
«Procuraré que no me
olvide», dijo Mona alegremente. «Supongo que nunca pensaste que lo nuestro iba
a durar tanto, ¿verdad?»
«A decir verdad, no»,
dijo Ulric. «Pero ahora que te conozco, que sé lo mucho que significáis el uno
para el otro, entiendo.»
«¿Por qué no salimos de
aquí?», dije, «¿Por qué no vienes a nuestra casa? Podrías dormir allí, si te
apetece. O’Mara no va a estar esta noche.»
«Muy bien», dijo Ulric.
«Acepto. Puedo tomarme uno o dos días de descanso. Voy a pedir al patrón que
nos dé una o dos botellas... ¿Qué os apetece?»
Cuando encendimos las
luces del apartamento, Ulric se quedó parado un momento en el umbral
contemplándolo y valorándolo. «Desde luego, es muy bonito», dijo, casi con
añoranza. «Espero que podáis conservarlo mucho tiempo.» Se acercó a mi mesa de
trabajo y estudió el desorden. «Siempre es interesante ver cómo dispone sus
cosas un escritor», dijo meditabundo. «Se sienten las ideas saliendo a
borbotones de los papeles. Todo parece tan intenso. ¿Sabes una cosa?» —y me
puso un brazo en el hombro—. «Con frecuencia pienso en ti, cuando estoy
trabajando. Te veo inclinado sobre la máquina, con los dedos corriendo como
locos. Siempre tienes una maravillosa expresión de concentración en la cara. Ya
la tenías incluso de niño... supongo que no lo recordarás. ¡Sí, hombre, sí!
Dios mío, es curioso cómo resultan las cosas. A veces me cuesta trabajo
convencerme de que ese escritor que conozco es también mi amigo, y un viejo
amigo. Hay algo en ti, Henry —y eso es lo que intentaba decir en el
restaurante—, algo legendario, podríamos decir, si es que no parece una palabra
demasiado imponente. Tú me entiendes, ¿verdad?» Ahora su voz hablaba con tono
un poco más bajo, extraordinariamente suave y tierno, meloso, en realidad. Pero
sincero. Abrumadoramente sincero. Tenía los ojos húmedos de afecto; la boca le
babeaba. Tuve que cerrar la corriente, o acabaríamos llorando todos.
Cuando volví del baño,
él y Mona estaban hablando en serio. El todavía tenía puestos el sombrero y el
abrigo. En las manos tenía una larga hoja de papel con palabras fantásticas que
yo conservaba a mi lado para caso de necesidad. Evidentemente, había estado
sonsacando a Mona sobre mis hábitos de trabajo. El de escribir era un arte que
lo intrigaba enormemente. Al parecer, estaba asombrado de lo mucho que yo había
escrito desde la última vez que nos vimos. Tocó afectuosamente los libros que
estaban apilados en el escritorio. «No te importa, ¿verdad?», dijo, al tiempo
que miraba unas notas que descansaban junto a los libros. No me importaba en
absoluto, por supuesto. Me habría abierto la piel para dejarle escudriñar el
interior, si hubiera podido. Me halagaba ver la importancia que daba a cada
minucia. Al mismo tiempo no podía por menos de pensar que ése era el único
amigo mío que daba muestras de auténtico interés por lo que yo estaba haciendo.
Era reverencia lo que demostraba hacia el propio arte de escribir... y hacia el
hombre, fuera quien fuese, que tenía valor para debatirse con ese medio de
expresión. Podríamos habernos quedado toda la noche hablando de aquellas
palabras extrañas que yo había anotado, o de la breve nota que había escrito
respecto a «El Diario de un Futurista», en el que estaba trabajando entonces.
Así, que, ¡ése era el
hombre de otra época al que mis amigos tachaban de «anticuado»! Sí, en realidad
había llegado a ser anticuado mostrar un desconcierto tan ingenuo ante meras
palabras. Los hombres de la Edad Media eran otra especie enteramente. Se pasaban
horas, días, semanas, meses discutiendo menudencias que carecen de realidad
para nosotros. Eran capaces de un grado de absorción, concentración y digestión
que a nosotros nos parece extraordinario, si no patológico. Eran artistas hasta
los tuétanos. Sus vidas estaban empapadas de arte, así como de sangre. Era una
vida total. Esa clase de vida era la que anhelaba Ulric, aunque desesperaba de
llegar a realizarla nunca. Lo que esperaba en secreto era que tal vez yo
recuperara y legase a otros esa vida unitiva en que todo estaba entretejido
formando un conjunto significativo.
Ahora estaba paseándose
con un vaso en la mano, gesticulando, emitiendo sonidos guturales, haciendo un
chasquido con los labios, como si de repente se hubiera encontrado en el
Paraíso. ¡Qué idiota había sido al hablar así en el restaurante! Ahora veía la
otra faceta mía a la que se había referido con tanta ligereza antes. ¡Qué
riqueza rezumaba la casa! Las propias anotaciones en los márgenes de mis libros
hablaban elocuentemente de una actividad que le era ajena. Ahí había una
inteligencia rebosante de ideas. Ahí había un hombre que sabía trabajar. ¡Y él
había estado acusándome de malgastar el tiempo!
«Este coñac no está
mal, ¿eh?», dijo, concediéndose una pausa. «Un poco menos de coñac y un poco
más de reflexión: ese sería el sendero de la sabiduría, para mí.» Hizo una de
esas muecas en que sólo él sabía mezclar abyección, adulación, lisonja, difamación
y triunfo.
«Chico, ¿de dónde sacas
tiempo para hacerlo todo? ¿Quieres decírmelo?», gimió, al tiempo que se
desplomaba en un sillón sin tirar una gota del precioso líquido. «Una cosa es
evidente», se apresuró a añadir, «y es la siguiente: a ti te encanta lo que
haces. ¡A mí lo que hago, no! Debería seguir tu ejemplo y cambiar de actitud...
Supongo que parece bastante fatuo, ¿no? Anda, ríete; sé que a veces parezco
ridículo...»
Le expliqué que no me
reía de él, sino con él.
«Da igual una cosa que
otra», dijo. «No me importa que te rías de mí. Tú eres la única persona de la
que puedo esperar reacciones auténticas. No eres cruel, eres sincero. Y eso es
algo que escasea mucho entre la gente que trato. Pero no voy a aburrirte con
esa vieja cantinela.» En ese punto se inclinó hacia adelante para esbozar una
sonrisa afable y cordial. «Tal vez no venga a cuento, pero no me importa
decirte, Henry, que las únicas ocasiones en que trabajo con energía y vigor,
con algo que se aproxima al amor, es cuando esa morenita, Lucy, posa para mí.
Lo jodido es que nunca consigo metérsela. Ya conoces a Lucy: ya sabes cómo me
deja manipularla y demás. ¿Sabes que ahora posa para mí desnuda? Pues, ¡sí!
Tiene un polvete maravilloso, la tía.» Volvió a reírse entre dientes. Era casi
un relincho. «Dios mío, ¡qué poses adopta a veces esa criatura! Me gustaría que
estuvieras para verlo. Te morirías de risa. Pero al final me deja con un palmo
de narices. Tengo que remojarme el pirindolo con agua fría. Me deja hecho una
braga. En fin...» Alzó la vista para mirar a Mona, que estaba de pie a su lado,
a ver cuál era su reacción.
Para su absoluto
asombro, ella le soltó esto: «¿Por qué no me dejas posar para ti alguna vez?»
Los ojos de Ulric se
pusieron a girar como locos. Miró a ella y luego a mí y otra vez a ella.
«¡Por Dios!», dijo.
«¡Cómo es que nunca se me ha ocurrido eso? Supongo que a este andoba no le
importará, ¿eh?»
La noche transcurrió
entre recuerdos, charlas sobre el futuro, planes para exploraciones en la vida
nocturna, y acabó como siempre con los nombres de los grandes pintores
resonando en nuestros oídos. La última observación de Ulric antes de quedarse
dormido fue: «Tengo que leer el ensayo de Freud sobre da Vinci pronto... ¿O
crees que no es tan importante, al fin y al cabo?»
«Lo importante ahora es
dormir bien y despertar con las fuerzas recuperadas», respondí.
Manifestó su
asentimiento tirándose un sonoro pedo... involuntariamente, por supuesto.
Unas noches después
fuimos a cenar con el hombre de la tienda de caramelos. Nos sentamos en una
bodega de Alien Street, la más deprimente de las calles, por encima de la cual
truenan los ferrocarriles elevados. Un árabe amigo suyo regentaba el restaurante.
La comida era excelente y nuestro huésped de lo más generoso. Era un verdadero
placer hablar con aquel hombre, por lo sincero, franco y recto que era. Habló
por extenso de su juventud que había sido una larga pesadilla aliviada sólo por
los sueños intermitentes de poder llegar a América algún día. Describió con
palabras sencillas y conmovedoras su visión de América, concebida en el ghetto
de Cracovia. Era el mismo Paraíso que millones de seres habían fabricado en las
tinieblas de la desesperación. Desde luego, el East Side no era exactamente
como lo había imaginado, pero aun así la vida era buena. Ahora tenía esperanzas
de trasladarse al campo algún día, tal vez a las Catskill Mountains, donde
abriría un centro de vacaciones. Citó una ciudad donde yo había pasado las
vacaciones de niño: una pequeña comunidad ocupada desde hacía mucho tiempo por
el Pueblo Elegido, y que ya no se parecía en nada a la aldea encantadora que yo
había conocido en tiempos. Pero no me costaba trabajo imaginar el refugio que
sería para él.
Llevábamos un rato
hablando así, cuando de repente se acordó de algo. Se levantó y buscó en los
bolsillos de su abrigo. Radiante como un colegial, nos entregó a Mona y a mí
dos paquetitos envueltos en papel de seda. Eran unos regalitos, explicó, en
agradecimiento por el éxito con que habíamos trabajado por el negocio de los
caramelos. Los abrimos a la vez. Para Mona había una bella pulsera; para mí,
una estilográfica de la mejor clase. Pensaba que nos serían útiles.
Después se puso a
contarnos sus planes para el futuro. Debíamos seguir trabajando como hasta
entonces por un tiempo y, si nos fiábamos de él, debíamos dejarle cada semana
una parte de nuestras ganancias, para que nos la guardara. Sabía que éramos
incapaces de ahorrar un solo centavo. Tenía mucho interés en ayudarnos a
instalarnos por nuestra cuenta, alquilar una pequeña oficina en algún sitio y
tener gente que trabajase para nosotros. Estaba seguro de que tendríamos éxito.
Siempre había que partir de abajo y usar dinero contante y sonante en lugar de
pedir prestado, como hacen los americanos. Sacó su libreta de ahorros y nos
mostró sus depósitos. Había más de doce mil dólares. Después de vender la
tienda, habría de cinco a diez mil dólares más. Si nos iba bien, tal vez nos
vendiera la tienda a nosotros.
Una vez más no supimos
cómo desengañarlo. Le di a entender suave, muy suavemente, que podríamos tener
otros planes para el futuro, pero al ver la expresión de su cara me apresuré a
abandonar el tema. Sí, seguiríamos. Llegaríamos a ser los magnates de los
caramelos de la Segunda Avenida. Tal vez nos trasladaríamos al campo también,
le ayudaríamos a dirigir su centro de vacaciones en Livingston Manor. Sí,
pronto tendríamos hijos probablemente. Ya iba siendo hora de sentar la cabeza.
En cuanto a lo de escribir, después de que hubiéramos consolidado el negocio,
sería el momento de pensar en eso. ¿Acaso no se había retirado Tolstoy a
escribir en la última parte de su vida? Preferí asentir con la cabeza antes que
desengañarlo. Después, absolutamente en serio, me preguntó si no me parecía
buena idea escribir sobre su vida: cómo de obrero en la cantera de mármol había
llegado a ser propietario de un gran centro de vacaciones. Dije que me parecía
un tema excelente; hablaríamos de eso, cuando llegara el momento.
El caso es que
estábamos atrapados. Por nada del mundo podía dejar colgado a aquel hombre. Era
demasiado bueno. Además, Cromwell no había dicho todavía la última palabra
sobre lo de la columna. (No iba a volver a Nueva York hasta dentro de dos
semanas.) ¿Por qué no seguir a trancas y barrancas en el negocio de los
caramelos hasta entonces? Por su parte, Mona pensaba que no se perdía nada con
probar el negocio inmobiliario de día. Mathias estaba más que dispuesto a
adelantarle dinero a cuenta hasta que hiciese la primera venta.
A pesar de nuestras
buenas intenciones, el negocio de los caramelos estaba acabado. Mona apenas
podía vender una caja o dos en toda una noche. Yo había vuelto a acompañarla y
esperaba fuera de los locales con las dos maletas y enfrascado en la lectura de
Elie Faure. (Para entonces mi sangre estaba tan saturada de la Historia del
Arte, que podía cerrar los ojos en cualquier momento y recitar pasajes enteros,
adornándolos con fantásticas elaboraciones de mi cosecha.) Sheldon había
desaparecido misteriosamente. O’Mara se había marchado al sur, y Osiecki seguía
en Canadá. Un período deprimente. Cansados del Village y del East Side,
probamos suerte en la parte norte de la ciudad. No era el mismo viejo Broadway
cantado por George M. Cohan. Era una atmósfera ruidosa, pendenciera, hostil,
que provocaba encuentros desagradables, amenazas, insultos, desprecio, desdén y
humillación. Durante todo aquel período tuve un terrible acceso de hemorroides.
Vuelvo a verme colgado por los brazos de una alta verja enfrente del Lido, con
la idea de aliviar el dolor aligerando el peso de los pies. La última visita al
Lido acabó en un intento del gerente, un ex púgil, de encerrar a Mona en su
despacho y violarla. ¡El bueno y viejo Broadway!
Ya era hora de
abandonar aquella ocupación. En lugar de acumular unos ahorrillos, ahora
debíamos dinero a nuestro patrón. Además, yo debía a Maude una buena suma por
los dulces caseros que le había encargado. La pobre Maude había aceptado con
buena voluntad, pensando que nos ayudaría a pagar la pensión.
En realidad, todo salía
mal. En lugar de levantarnos al mediodía, nos quedábamos en la cama hasta las
cuatro o las cinco de la tarde. Mathias no podía entender qué le había pasado a
Mona. Todo estaba dispuesto para que ganara una pasta gansa, pero dejaba que
todo se le escapase entre las manos.
A veces ocurrían cosas
divertidas, como un repentino ataque de hipo que duró tres días y que al final
nos obligó a llamar a un médico. En cuanto me alcé la camisa y sentí el frío
dedo de aquel hombre en el abdomen, desapareció el hipo. Me sentí un poco avergonzado
de haberlo hecho venir desde el Bronx. Fingió estar encantado, probablemente
porque descubrió que podíamos jugar al ajedrez. No ocultó que, cuando no estaba
atareado realizando abortos, estaba jugando al ajedrez. Un individuo extraño, y
muy sensible. No quiso ni oír hablar de aceptarnos dinero. Insistió en
prestarnos algo. Debíamos llamarlo siempre que estuviéramos en un apuro, ya
fuese por dinero o por necesidad de un aborto. Prometió que la próxima vez que
viniera a vernos, me traería uno de los libros de Sholem Aleichem. (En aquella
época todavía no conocía a Moishe Nadir; si no, le habría pedido que me
prestara My Life as an Echo.)
Después de que se
marchase, no pude por menos de comentar lo típico que era, de los médicos
judíos comportarse así. Nunca me había apremiado un médico judío para que le
pagara la cuenta. Nunca había conocido a uno al que no le interesasen las artes
ni las ciencias. Casi todos eran músicos, pintores o escritores en ratos
libres. Y, lo que es más, todos te tendían la mano de la amistad. ¡Qué
diferencia con los médicos gentiles! La verdad es que no podía recordar a un
solo médico gentil conocido mío que sintiera el menor interés por el arte, ni
uno que fuese otra cosa que matasanos.
«¿Cómo lo explicas?», preguntó.
«Los judíos siempre son
humanos», dijo Mona.
«Tú lo has dicho. Te
hacen sentir bien, aunque te estés muriendo.»
Una semana después más
o menos, cuando necesitaba urgentemente cincuenta dólares, me acordé de repente
de mi dentista, también del Pueblo Elegido. A mi habitual modo indirecto,
decidí ir a la oficina de la Calle 23, donde trabajaba de repartidor nocturno
el viejo Creighton, y enviarlo a ver a mi amigo con una nota. Camino de la
oficina de telégrafos, expliqué a Mona el peculiar vínculo que existía entre
ese repartidor nocturno y yo. Le recordé que había venido en nuestro socorro
aquella noche en el restaurante de Jimmy Kelly.
En la oficina tuvimos
que esperar un rato: Creighton había salido a entregar un telegrama. Charlé un
rato con el encargado nocturno, uno de los estafadores reformados a los que
O’Rourke tenía en sus manos. Finalmente, apareció Creighton. Le sorprendió verme
con mi mujer. Con su tacto proverbial, hizo como que no la conocía.
Dije al oficinista
nocturno que iba a tener ocupado a Creighton durante una hora o dos. Afuera
llamé a un taxi, con la intención de ir hasta Brooklyn con él y esperar en la
esquina hasta que hubiera dado el sablazo por mí. Nos pusimos en marcha. Poco a
poco fui explicándole la naturaleza de nuestro recado.
«Pero, ¡no es necesario
hacer eso!», exclamó. «Tengo un poco de dinero ahorrado. Sería un placer, señor
Miller, prestarle cien dólares, o incluso doscientos, si le sirven de ayuda.»
Al principio me
resistí, pero al final acepté.
«Se los llevaré mañana
a primera hora», dijo Creighton. Nos acompañó hasta casa, charlamos un rato en
la puerta, y después se dirigió al metro. Habíamos quedado en que nos dejaría
ciento cincuenta dólares.
La mañana siguiente,
muy temprano, apareció Creighton. «No tenga prisa para devolvérmelo», dijo. Le
di las gracias efusivamente y le pedí que viniera a cenar con nosotros una
noche. Prometió venir la próxima noche que librara.
El día siguiente un
titular del periódico anunciaba que nuestro amigo Creighton había incendiado la
casa en que vivía y había muerto carbonizado. No daba explicación de su
horrible comportamiento.
En fin, ésa era una
pequeña suma que nunca íbamos a tener que devolver. Yo tenía la costumbre de
llevar una libreta en la que apuntaba las sumas que habíamos pedido prestadas.
Es decir, las que conocía. Averiguar lo que Mona debía a sus «galanes» era prácticamente
imposible. Sin embargo, tenía la firme intención de pagar las deudas que yo
había contraído. Comparadas con las de ella, las mías eran insignificantes. Aun
así, la lista era impresionante. La mayoría eran de cinco dólares o menos. Sin
embargo, para mí esas pequeñas sumas eran las importantes. Me las habían dado
personas que no podían permitirse el lujo de prescindir de un centavo. Por
ejemplo, esos tres simples dólares y medio que me había prestado Savardekar,
quien había sido uno de mis repartidores nocturnos. Una persona tan frágil y
delicada. Vivía con un puñado de arroz al día. Seguro que ahora estaría de
vuelta en India, preparándose para la santidad. Lo más probable era que ya no
necesitara esos tres dólares y medio. Aun así, me habría sentido satisfecho,
infinitamente satisfecho, de poder enviárselos. Hasta un santo necesita dinero
de vez en cuando.
Estando sentado y
cavilando, se me ocurrió que en una u otra época casi todos los hindúes que
había conocido me habían prestado dinero. Siempre pequeñas sumas conmovedoras
sacadas de monederos medio rotos. Advertí que había una deuda de cuatro dólares
y setenta y cinco centavos. Se los debía a Ali Khan, un parsi que acostumbraba
a escribirme cartas extraordinarias, en las que me ofrecía sus observaciones
sobre la situación en la compañía telegráfica, así como sus impresiones sobre
el municipio en general. Tenía una letra bonita y usaba un lenguaje pomposo. Si
no eran las enseñanzas de Cristo, o las máximas de Buda, lo que citaba (para mi
edificación), me sugería como la cosa más natural del mundo que escribiera al
alcalde para ordenarle que todos los números de las casas estuviesen iluminados
por la noche. Pensaba que así les resultaría más fácil a los repartidores
nocturnos encontrar las direcciones.
A un tal «Al Jolson»,
como lo llamábamos, le debía un total de dieciséis dólares. Había contraído la
mala costumbre de sacarle un dólar cada vez que me lo encontraba en la calle.
Lo hacía sobre todo porque se sentía inmensamente feliz de hacerme esa pequeña
ofrenda siempre que nos encontrábamos. La pena que tenía que pagar era quedarme
escuchándolo mientras tarareaba una nueva tonada que había compuesto. Más de
cien de sus cantinelas circulaban entre los editores de Tin Pan Alley. De vez
en cuando, las noches que actuaban los aficionados, aparecía ante las
candilejas en algún teatro de barrio. Su canción favorita era «Avalon», que
cantaba con voz normal o en falsete, como desearas. En cierta ocasión, en que
había invitado a un amigo mío —en «Little Hungary»—, tuve que llamar a un
repartidor para que me llevara algo de dinero. Fue «Al Jolson» quien lo trajo.
Cometí la imprudencia de invitarlo a sentarse y tomar una copa con nosotros.
Tras intercambiar unas palabras, me preguntó si podía ensayar una de sus canciones.
Pensé que se refería a que iba a tarareárnosla, pero no: antes de que pudiera
detenerlo, ya estaba en pie en el centro de la pista, con la gorra en una mano
y la copa en la otra, cantando a pleno pulmón. Naturalmente, los dueños se
divirtieron mucho. Acabada la canción, fue de mesa en mesa con la gorra en la
mano solicitando monedas. Después se sentó y se ofreció a invitarme a unas
copas. Al ver que era imposible, me pasó furtivamente un par de billetes bajo
la mesa. «Su porcentaje», susurró.
El hombre al que yo
debía una suma considerable era mi tío Dave. Varios centenares de dólares le
debía, que iban a aumentar con el paso del tiempo. Aquel Dave Leonard se había
casado con la hermana de mi padre. Había sido panadero durante años y, después
de perder dos dedos, había decidido probar otra cosa. Aunque era americano de
nacimiento, y además de Nueva Inglaterra, no había recibido la menor
instrucción. Ni siquiera sabía firmar. Pero, ¡qué hombre! ¡Qué corazón! Yo
solía esperar a Dave a la puerta del Ziegfield Follies Theatre. Se había hecho
revendedor de entradas, ocupación que le producía varios centenares de dólares
a la semana... y sin demasiado ajetreo ni molestias. Si no estaba en el
Follies, estaba en el hipódromo o en el Metropolitan. Como digo, yo solía
rondar a la puerta de esos lugares, esperando atraparlo en un momento de calma.
Bastaba con que Dave me viera acercarme para que se llevase la mano al
bolsillo, listo para sacar el fajo. Llevaba un fajo enorme. Me aflojaba
cincuenta con la misma facilidad que diez. Nunca pestañeaba, nunca me
preguntaba para qué necesitaba el dinero. «Ven a verme cuando quieras», me
decía, «ya sabes dónde encontrarme.» O bien: «Quédate por aquí un rato y
tomaremos un bocado.» O: «¿Te gustaría ver la función esta noche? Te guardaré
una butaca de primera fila, esta noche está la cosa muy floja.»
Un tipo magnífico,
Dave. Lo bendecía, cada vez que me separaba de él... Cuando le dije un día que
estaba escribiendo, se mostró entusiasmado. Para Dave era como decirle: «¡Me
voy a hacer mago!» Su reverencia por el lenguaje era típica del analfabeto. Pero
tras su entusiasmo había algo más. Dave me entendía, entendía que yo era
diferente del resto de la familia, y lo aprobaba. Me recordaba de forma
conmovedora cómo tocaba yo el piano, el artista que era. Su hija, a la que yo
había dado clases, era ahora una consumada pianista. Se quedó pasmado al
enterarse de que yo ya no tocaba. Si quería un piano, él me conseguiría uno:
sabía dónde comprar uno barato. «¡No tienes más que decirlo, Henry!» Y después
me preguntaba sobre el arte de escribir. ¿Había que concebirlo todo de antemano
o se iba componiendo a medida que se avanzaba? Suponía que desde luego había
que tener buena ortografía. Y había que estar al corriente de lo que decían los
periódicos, ¿no? Su idea era que un escritor tenía que estar perfectamente informado...
sobre todo lo habido y por haber. Pero la idea sobre la que más le gustaba
extenderse era la de que un día vería mi nombre impreso, en un periódico, o en
una revista o en la portada de un libro. «Supongo que es difícil escribir un
libro», reflexionaba. «Debe de ser difícil recordar lo que has escrito hace una
semana, ¿no? ¡Y todos esos personajes! ¿Qué haces? ¿Tienes delante una lista de
ellos?» Y después me preguntaba mi opinión sobre algunos escritores de los que
había oído hablar. O sobre algún columnista famoso que estaba podrido de
dinero. «Eso es lo que interesa, Henry... si pudieras ser columnista, o
corresponsal.» En cualquier caso, me deseaba lo mejor. Estaba seguro de que
lograría el éxito. Yo era muy competente, y cosas así. «¿Estás seguro de que
tienes bastante con eso?» (Refiriéndose al billete que me había entregado.) «En
fin, si no te llega, vuelve mañana. Conmigo no hay problema, ya lo sabes.» Y
después, una nueva ocurrencia: «Oye, ¿tienes un momento libre? Quiero
presentarte a uno de mis amigos. Se muere por estrecharte la mano. En tiempos
trabajó en un periódico.»
Pensando en Dave y en
su absoluta bondad, me acordé de que hacía mucho tiempo que no había visto a mi
primo Gene. Lo único que sabía de él era que se había mudado de Yorville hacía
unos años y que ahora estaba viviendo en Long Island con sus dos hijos, ya
bastante creciditos.
Le escribí una postal,
para decirle que me gustaría verlo, y le pregunté cuándo podríamos
encontrarnos. Me contestó en seguida y me indicaba para la cita una estación
del ferrocarril elevado cerca del final de la línea.
Tenía la firme
intención de llevar un gran paquete de comida y algo de vino, pero lo máximo
que pude hacer al salir para reunirme con él fue juntar, después de mucho
buscar, un poco de calderilla, lo justo para el viaje de ida y vuelta. Si
trabaja, pensé, no puede estar muy apurado de dinero. En el último minuto,
intenté conseguir un dólar prestado del ciego que vendía periódicos en Borough
Hall, pero fue en vano.
Cuando vi a Gene parado
en el andén con la tarterita de la comida en la mano, experimenté algo así como
un sobresalto. El cabello ya se le había vuelto gris. Llevaba un pantalón
remendado, un grueso jersey y una gorra de visera. No obstante, su sonrisa era
radiante, su apretón de mano caluroso. Al saludarme, le tembló la voz. Todavía
era aquella voz profunda y cálida que tenía incluso de niño.
Nos quedamos así,
mirándonos a los ojos, uno o dos minutos. Después dijo, con su viejo acento de
Yorkville: «Tienes buen aspecto, Henry.»
«Tú también tienes buen
aspecto», dije yo, «sólo que estás un poco más delgado.»
«Me voy haciendo
viejo», dijo Gene, y se quitó la gorra para mostrarme lo calvo que se estaba,
quedando.
«¡Tonterías!», dije.
«Si no has cumplido los cuarenta. Pero, hombre, si todavía eres un chaval.»
«No», respondió, «he
perdido el brío. Las he pasado moradas, Henry.»
Así comenzó. Al
instante comprendí que me había dicho la verdad. Siempre era cándido, franco,
sincero.
Bajamos las escaleras
para llegar a un lugar abandonado de la mano de Dios; tenía la impresión de que
iba a volverse cada vez más así, a medida que avanzáramos.
Me lo fue contando
despacio, poco a poco: a medida que progresaba el relato, se volvía más
angustioso. Para empezar, sólo trabajaba dos o tres días a la semana. Ya nadie
quería bellos estuches para pipas. Había sido su padre quien le había
encontrado un puesto en la fábrica. (Hacía siglos, al parecer.) Su padre no era
partidario de malgastar el tiempo estudiando. No hacía falta que me recordara
lo palurdo que era su padre: siempre sentado por ahí con su camiseta roja de
franela, en invierno o en verano, con una lata de cerveza delante. Uno de esos
alemanes obtusos que nunca cambiarían.
Gene se había casado,
había tenido dos hijos, y después, cuando los niños eran todavía pequeños, su
mujer había muerto de cáncer, una muerte penosa y prolongada. Se había gastado
todos sus ahorros y se había endeudado hasta la médula. Llevaban sólo unos meses
en el campo, como él lo llamaba, cuando su mujer murió. Justo entonces lo
despidieron en la fábrica. Había intentado cultivar fruta tropical, pero había
sido inútil. El problema era que tenía que encontrar un trabajo que pudiese
hacer en el campo, porque no tenía a nadie para ocuparse de los niños. El hacía
la comida, lavaba la ropa, remendaba, planchaba, todo. Estaba solo,
terriblemente solo. Nunca había podido superar la pérdida de su mujer, a la que
había amado profundamente.
Me contaba todo eso
mientras nos encaminábamos hacia su casa. Todavía no me había preguntado nada
sobre mí, de tan absorto como estaba en la narración de sus desgracias.
Finalmente, cuando nos apeamos del autobús, faltaba una larga caminata por
sucias calles suburbiales hasta lo que parecía un solar, al final del cual se
encontraba su cabañita, desvencijada, miserable, exactamente como las viviendas
pobres de los blancos del sur más recóndito. Unas cuantas flores luchaban
desesperadamente por sobrevivir delante de la puerta. Tenían un aspecto
patético. Entramos y nos recibieron sus dos hijos, dos chavales guapos que
parecían algo desnutridos. Muchachos silenciosos y serios, extrañamente
sombríos y reservados. Nunca los había visto antes.
Me sentí más
avergonzado que nunca de mí mismo por no haber llevado nada.
Sentí la necesidad de
decir algo para disculparme.
«Calla, calla», dijo
Gene. «Ya sé lo que es eso.»
«Pero no siempre
estamos pelados», dije. «Mira, volveré otra vez pronto, muy pronto, te lo
prometo. Y la próxima vez traeré a mi mujer conmigo.»
«No hables de eso»,
dijo Gene. «Me alegro tanto de que hayas venido. Tenemos un poco de puré de
lentejas en el fogón y algo de pan. No vamos a pasar hambre.»
Volvió a empezar: sobre
los días en que no tenían un mendrugo para comer, en que había llegado a estar
tan desesperado, que había ido a pedir un poco de comida a sus vecinos... sólo
para los niños.
«Pero Dave te habría
ayudado, estoy seguro», dije. «¿Por qué no le pediste dinero a él?»
Puso expresión
afligida. «Ya sabes cómo son esas cosas. No le gusta a uno pedir a los
parientes.»
«Pero Dave no es un
simple pariente.»
«Ya lo sé, Henry, pero
no me gusta pedir ayuda. Prefiero morirme de hambre. Si no hubiera sido por los
niños, supongo que me habría muerto de hambre.»
Mientras hablábamos,
los niños habían salido sin que lo advirtiéramos, para volver al cabo de unos
minutos con unas hojas de col, apio y rábanos.
«No deberíais haber
hecho eso», dijo Gene, reprendiéndolos con cariño.
«¿Qué han hecho?»,
pregunté.
«Pues, que le han
robado esas cosas a un vecino que está fuera.»
«¡Bien hecho!», dije.
«¡Me cago en la leche, Gene! Han tenido una buena idea. Mira, tú eres demasiado
humilde o demasiado orgulloso, no sé.» Le pedí perdón al instante. ¿Cómo podía
reprocharle sus sencillas virtudes? Era la esencia de la bondad, de la amabilidad,
de la humildad auténtica. Pronunciaba todas las palabras en tono radiante.
Nunca echaba la culpa a nadie, ni a la vida tampoco. Por la forma como hablaba
parecía como si todo fuera un accidente, parte de su destino particular, y que
no había que ponerlo en tela de juicio.
«Tal vez pudieran
conseguir también un poco de vino», dije, medio en broma, medio en serio.
«Se me había olvidado
completamente», dijo Gene, ruborizándose. «Tenemos un poco de vino en el
sótano. Es vino casero... de saúco... ¿te apetece? Lo he guardado para una
ocasión como ésta.»
Los chicos ya se habían
escabullido abajo. A cada salida se volvían más expansivos. «Son buenos chicos,
Gene», dije. «¿Qué van a hacer cuando crezcan?»
«No van a ir a la
fábrica, eso seguro. Voy a intentar enviarlos a la universidad. Creo que es
importante tener una buena instrucción. Arthur, el pequeño, quiere ser médico.
El mayor es impetuoso; quiere ir al Oeste y hacerse vaquero. Pero pronto se le
pasará, supongo. Ya sabes, leen esas novelas del Oeste tan tontas.»
De repente, se le
ocurrió preguntarme si tenía hijos.
«Con la otra esposa»,
dije. «Una niña.»
Le asombró que me
hubiera vuelto a casar. Al parecer, el divorcio era algo que nunca le había
entrado en la cabeza.
«¿Trabaja también tu
mujer?», preguntó.
«En cierto modo», dije.
No sabía cómo explicarle las complejidades de nuestra vida en pocas palabras.
«Supongo», dijo a
continuación, «que seguirás en la compañía de cemento.»
¡La compañía de
cemento! Casi me caí de la silla.
«No, hombre, no, Gene»,
dije, «ahora soy escritor. ¿No lo sabías?»
«¿Escritor?» Ahora le
tocaba asombrarse a él. Se le iluminó la cara de alegría. «Sin embargo, no me
sorprende en realidad», dijo. «Recuerdo que nos leías cosas a los chavales en
los viejos tiempos. Casi nos quedábamos dormidos en tus narices, ¿recuerdas?»
Hizo una pausa para reflexionar, inclinó la cabeza, después alzó la vista y
observó: «Desde luego, también tenías buena instrucción, ¿verdad?» Por la forma
como lo dijo parecía como si él hubiera sido un niño inmigrante al que se le
hubiesen negado los privilegios de un americano.
Intenté explicarle que
yo no había llegado demasiado lejos en los estudios, que prácticamente
estábamos en la misma situación. En plena explicación le pregunté de repente si
leía alguna vez.
«Oh, sí», respondió con
vivacidad. «Leo bastante. Mira, no tengo muchas otras cosas que hacer.» Señaló
la estantería a mi espalda que cobijaba los libros. Me volví para mirar los
títulos: Dickens, Scott, Thackeray, las hermanas Bronte, George Eliot, Balzac,
Zola...
«De la morralla moderna
no leo nada», dijo, respondiendo a mi muda pregunta.
Nos sentamos a comer.
Los chavales estaban hambrientos como lobos. Volví a sentir una punzada de
remordimiento. Comprendí que, si yo no hubiera estado allí, habrían comido el
doble. En cuanto acabamos el puré, hincamos el diente a las verduras. No tenían
aceite, ni aliño de ninguna clase, ni siquiera mostaza. El pan se había acabado
también. Me hurgué el bolsillo y saqué una moneda de diez centavos, lo único
que me quedaba aparte del dinero para el viaje de vuelta. «Que vayan a comprar
una hogaza de pan», dije.
«No es necesario», dijo
Gene. «Pueden pasar sin él. Ya están acostumbrados.»
«¡Vamos! Yo también
podría comer un poco más, ¿tú no?»
«Pero, ¡es que no hay
mantequilla ni mermelada!»
«¿Qué más da? Lo
comeremos solo. Ya lo he hecho otras veces.»
Los chicos corrieron a
comprar el pan.
«¡La Virgen!», dije.
«La verdad es que estás más pelado que Carracuca, ¿eh?»
«Esto no es nada,
Henry», dijo. «Mira, hubo un tiempo en que vivimos de comer hierbas.»
«¡No, no me digas eso!
Es ridículo.» Casi me sentía enojado con él. «¿Es que no sabes», dije, «que no
tienes por qué morirte de hambre? Este país está abarrotado de comida. Gene, yo
saldría a pedir antes que comer hierbas. ¡Me cago en la leche puta! En mi vida
había oído una cosa igual.»
«Tu caso es diferente»,
dijo Gene. «Tú has viajado. Has corrido mundo. Yo, no. Yo he vivido como una
ardilla en una jaula... excepto en la época en que trabajé en la chalana de la
basura.»
«¿Cómo? ¿La chalana de
la basura? ¿Qué quieres decir con eso?»
«Pues eso», dijo Gene
tranquilamente. «Transportar basura a Barren Island. Fue cuando mis chicos
estuvieron viviendo una temporada con los padres de mi mujer. Tuve la suerte de
hacer algo diferente para variar... Recuerdas al señor Kiesling el concejal, ¿verdad?
Me consiguió el empleo. Además, me gustaba... mientras duró. Desde luego, el
olor era espantoso, pero al cabo de un tiempo puede uno acostumbrarse a
cualquier cosa. Pagaban ochenta dólares al mes, el doble más o menos de lo que
ganaba en la fábrica de pipas. Fue la primera y la única oportunidad que tuve
de salir por ahí. En cierta ocasión nos perdimos en el mar, durante una
tempestad. Fuimos varios días a la deriva. Lo peor fue que nos quedamos sin
comida. Sí, chico, tuvimos que comer basura. Fue una experiencia maravillosa.
Debo decir que disfruté mucho. Mucho más que estar en una fábrica de pipas. A
pesar de que había una peste terrible...»
Se detuvo un momento
para saborearlo de nuevo. ¡Sus mejores días! Luego me preguntó de repente si
había leído a Conrad, Joseph Conrad, que había escrito sobre el mar.
Asentí con la cabeza.
«Ese es un escritor que
admiro, Henry. Si alguna vez pudieras escribir una historia como él, en fin...»
No supo qué añadir a eso. «Mi favorito es El negro del Narciso. Debo de haberlo
leído por lo menos diez veces. Cada vez que lo leo me parece mejor.»
«Sí, ya sé. He leído
casi toda la obra de Conrad. Estoy de acuerdo contigo, un escritor
maravilloso... ¿Y Dostoyevsky? ¿Lo has leído?»
No, no lo había leído.
Nunca había oído ese nombre. ¿Qué era? ¿Un novelista? Le sonaba a nombre
polaco.
«Te enviaré uno de sus
libros», dije. «Se llama Recuerdos de la Casa de los Muertos. Por cierto»,
añadí, «tengo montones de libros. Te podría enviar cualquiera que te guste, los
que quieras. Dime cuáles te gustaría leer.»
Dijo que no me
molestara, le gustaba leer los mismos libros una y otra vez.
«Pero, ¿no te gustaría
conocer algo de otros escritores?»
Le parecía que no tenía
energía para interesarse por nuevos escritores. Pero a su hijo, el mayor, le
gustaba leer. Tal vez pudiera yo enviarle algo a él.»
«¿Qué clase de libros
lee?»
«Le gustan los
modernos.»
«¿Por ejemplo?»
«Pues, Hall Carne,
Rider Haggard, Henty...»
«Ya veo. Desde luego»,
dije, «puedo enviarle algo interesante.»
«En cambio, el
pequeño», dijo Gene, «apenas lee. Lo que le interesa es la ciencia. Lo único
que lee son las revistas científicas. Creo que ha nacido para médico. Tendrías
que ver el laboratorio que se ha construido. Tiene de todo en él, todo cortado
en pedazos y embotellado. Huele que apesta. Pero si eso le hace feliz...»
«Exacto, Gene. Si le
hace feliz.»
Me quedé hasta la
salida del último autobús. Al caminar por la oscura y sucia calle apenas
intercambiamos palabra. Cuando les di la mano a todos ellos, repetí que
volvería pronto. «La próxima vez nos daremos un festín, ¿eh, chavales?»
«No pienses en eso,
Henry», dijo Gene. «Ven y nada más... y la próxima vez tráete a tu mujer.»
El trayecto hasta casa
me pareció interminable. No sólo me sentía triste, me sentía malhumorado,
desanimado, vencido. Estaba impaciente por llegar a casa y encender las luces.
Una vez dentro del Nido de Amor volvería a sentirme protegido. Nunca me había parecido
tanto como una acogedora matriz, nuestro maravilloso apartamento. La verdad era
que no nos faltaba nada. Si de vez en cuando pasábamos hambre, sabíamos que no
iba a durar siempre. Teníamos amigos... y teníamos el don de la palabra.
Sabíamos buscar como fuera. En cuanto al mundo, el mundo real estaba dentro de
nuestras cuatro paredes. Nos las arreglábamos para llevar hasta nuestra
madriguera todo lo que necesitábamos del mundo. Es cierto que de vez en cuando
me ponía sensible o tímido, cuando llegaba el momento de dar un sablazo a
alguien, pero esos momentos eran raros. En caso de apuro podía hacer acopio de
valor para abordar a un extraño. Desde luego, tenías que tragarte el orgullo.
Pero prefería tragarme el orgullo antes que la saliva.
Borough Hall nunca me
pareció mejor que cuando salí del Metro. Ya estaba en casa. Los transeúntes
tenían aspecto familiar. No estaban perdidos. Entre el mundo que acababa de
abandonar y éste la diferencia era inimaginable. En realidad, donde vivía Gene
era simplemente los suburbios de la ciudad... pero para mí era el desierto. Me
daba escalofríos pensar que pudiese verme condenado alguna vez a semejante
existencia.
Un deseo apremiante de
vagar por las calles por un rato me condujo instintivamente a Sackett Street.
Lleno de recuerdos de mi viejo amigo Al Burger, pasé por delante de su casa.
Tenía aspecto triste y ruinoso. La calle entera, casas y todo, parecía haber
disminuido desde mi última visita. Todo parecía haber encogido y haberse
marchitado. Aún así, seguía siendo una calle maravillosa para mí. La Vía
Nostalgia.
En cuanto a los
suburbios, tan siniestros y desolados... todos los conocidos míos que habían
ido a vivir a los suburbios habían entregado el alma. La corriente de la vida
nunca bañaba esos barrios. Sólo podía tener un objeto la retirada a esas
catacumbas vivientes: engendrar y marchitarse. Si fuese un acto de renuncia,
sería comprensible, pero nunca lo era. Siempre era el reconocimiento de la
derrota. La vida se convertía en rutina, el tipo de rutina más tedioso. Un
trabajo aburrido, una familia con un gran regazo en el que refugiarse, las aves
de corral y sus enfermedades, las revistas lujosas e insulsas, los tebeos, el
almanaque del campesino. Tiempo inacabable durante el que estudiarse en el
espejo. Uno tras otro, con la regularidad del sol del mediodía, los mocosos
salían de la matriz. El alquiler vencía regularmente también, o el interés de
la hipoteca. ¡Qué agradable ver instalar las nuevas alcantarillas! ¡Qué
emocionante ver abrirse nuevas calles y quedar cubiertas de asfalto finalmente!
Todo era nuevo. Nuevo y de imitación. Nuevo y desolado. Nuevo y absurdo. Con lo
nuevo venían más comodidades. Todo estaba proyectado para la generación futura.
Estabas hipotecado con vistas al brillante futuro. Un viaje a la ciudad y
anhelabas estar de vuelta en la limpia casita con la cortadora de césped y la
lavadora. La ciudad era inquietante, desconcertante, opresiva. Viviendo en los
suburbios adquirías un ritmo diferente. ¿Qué importaba no estar au courant?
Tenía sus compensaciones... como zapatillas calentitas para andar por casa, la
radio, la tabla de planchar que salía de la pared. Hasta las cañerías eran
atractivas.
Desde luego, el pobre
Gene no tenía esas compensaciones. Tenía aire puro, y prácticamente nada más.
Es cierto que su zona no era del todo un suburbio. Estaba abandonado en esa
zona intermedia, esa tierra de nadie donde se subsistía de un modo desventurado
que desafiaba a cualquier clase de lógica. La ciudad que nunca dejaba de
extenderse siempre estaba amenazando con engullirlo, con tierra y todo. O bien
podía ser que la marea se alejara por alguna razón quijotil y los dejase
desamparados. A veces una ciudad empieza a extenderse en una dirección y
después cambia de idea de repente. Todas las mejoras comenzadas se dejan sin
acabar. La pequeña comunidad empieza a morir poco a poco, por falta de oxígeno.
Todo se deteriora y desprecia. En esa atmósfera puedes muy bien leer los mismos
libros —o el mismo libro— una y mil veces. O poner el mismo disco. En un vacío
no se necesitan cosas nuevas, ni excitación, ni estímulos exteriores. Basta con
mantenerse con vida, vegetar, como un feto en un frasco.
Aquella noche no pude
dormir pensando en Gene. Su triste situación era tanto más inquietante para mí
cuanto que siempre lo había considerado mi hermano gemelo. Siempre me veía a mí
mismo en él. Nos parecíamos y hablábamos igual. Habíamos nacido casi en la
misma casa. Su madre podría perfectamente haber sido mi madre: desde luego, la
prefería a la mía. Cuando él se encogía de dolor, yo también me encogía. Cuando
expresaba el deseo de hacer algo, yo también lo sentía. Eramos como una yunta
uncida al mismo carro. No recuerdo haber reñido siquiera con él, ni haberlo
contrariado, ni haber insistido en hacer algo que él no quisiese hacer. Lo que
él poseía era mío, y viceversa. Entre nosotros nunca había la menor envidia ni
rivalidad. Eramos uno solo, en cuerpo y alma... Ahora veía en él no mi
caricatura, sino una premonición de lo que estaba por venir. Si el Destino
podía tratarlo tan severamente —a mi hermano que nunca había hecho daño a
nadie—, ¿qué no me tendría reservado? Lo bueno que había en mí era el exceso del
pozo sin fondo de su bondad; lo malo era sólo mío. Lo malo se había acumulado a
consecuencia de nuestra separación. Cuando nos separamos, yo había perdido ese
eco del que dependía para orientarme. Había perdido mi piedra de toque.
De todo eso me iba
dando cuenta, tumbado en la cama. Hasta entonces nunca había acariciado
semejantes ideas sobre nuestra relación. Pero, ¡qué claro me parecía ahora!
Había perdido a mi hermano auténtico. Me había extraviado. Había deseado ser
diferente de él. ¿Y por qué? Porque me negaba a someterme ante el mundo. Tenía
orgullo. Sencillamente me negaba a reconocer la derrota. Pero, ¿qué quería dar?
No creo que pensara alguna vez en eso, en que había algo que dar al mundo
además de recibir de él. Jactándome delante de todo el mundo de que ahora era
escritor, como si eso fuese el no va más de la existencia. ¡Qué farsa! Me
arrepentía de no haber mentido a Gene. Debería haberle dicho que era
oficinista, pagador de banco, cualquier cosa menos escritor. Era como hacerle
un desaire.
Qué extraño que años
después su hijo —«el impetuoso», como lo llamó— viniese a verme con sus
manuscritos y me pidiera consejo. ¿Habría yo lanzado una chispa aquella noche
que encendió al hijo? Como había predicho el padre, el muchacho se había ido al
Oeste, había llevado una vida de aventurero, se había vuelto un vagabundo en
realidad, y después, como el hijo pródigo, había regresado, había iniciado su
singular oficio de escritor para ganarse la vida. Yo le había dado la ayuda que
había podido, le había instado a dejar de escribir para las revistas y a hacer
algo serio. Y después no había vuelto a saber nada de él. De vez en cuando,
cuando cojo una revista, busco su nombre. ¿Por qué no le escribo una carta? Por
lo menos podría preguntarle si su padre sigue con vida. Tal vez no quiera saber
lo que ha sido de mi primo Gene. Quizá me asustara, aún hoy, saber la verdad.
VI
Decidí empezar a
escribir la columna diaria sin esperar a la conformidad de Alan Cromwell.
Escribir algo nuevo e interesante cada día, y mantenerlo dentro de los límites
espaciales asignados, exigía un poco de práctica. Me pareció conveniente llevar
unas columnas de adelanto; si Cromwell cumplía su palabra, yo iba a estar en
forma. Para determinar cuál era más atractivo, probé varios estilos. Sabía que
habría días en que sería incapaz de escribir una palabra. No me iba a dejar
coger desprevenido.
Entretanto Mona había
tomado un empleo temporal de tanguista en uno de los cabarets del Village:
Remo’s. Mathias, el agente inmobiliario, no estaba todavía dispuesto a
lanzarla. No pude descubrir por qué. Desde luego, podría ser que primero
tuviera que pararle los pies un poco. A veces aquellos admiradores suyos se
volvían demasiado impetuosos, querían casarse con ella sin dilación. Eso decía
ella.
El caso es que el
empleo cuadraba con su temperamento y experiencia previa. Bailaba lo menos
posible. Las tanguistas siempre recibían un tanto por ciento sobre las
consumiciones, si no algo más.
No pasó mucho tiempo
antes de que el joven Corsi, que tenía un famoso establecimiento propio en el
Village —uno de los más destacados— se enamorase perdidamente de ella. Aparecía
a la hora de cerrar y la acompañaba hasta su local. Allí no bebían otra cosa
que champán. Hacia el amanecer encargaba a su chófer que la llevara a casa en
su bella limusina.
Corsi era uno de los
impetuosos que estaba empeñados en casarse con ella. Soñaba con llevársela en
secreto a Capri o Sorrento, donde adoptarían una nueva forma de vida.
Evidentemente, estaba haciendo todo lo que podía para convencer a Mona de que
dejara Remo’s. En realidad, lo mismo hacía yo. A veces yo pasaba una hora
preguntándome qué tal quedarían unos junto a otros los razonamientos de él y
los míos. Y las respuestas de ella.
En fin, Cromwell tenía
que volver a Nueva York un día de aquéllos. Con su llegada tal vez Mona viera
las cosas de otro modo. En cualquier caso, en un momento de debilidad había
dado a entender que era posible.
Sin embargo, más
inquietantes para mí que los apasionados intentos por parte de Corsi de
cortejarla eran las molestias que le causaban ciertas lesbianas notorias del
Village. Al parecer, acudían a Remo’s expresamente para trabajarla, y pedían de
beber con tanta generosidad como los hombres. Me enteré de que también Corsi
estaba exasperado. Presa de la desesperación, le pidió que —si tenía que
trabajar— trabajara para él. Al fallarle eso, probó otro plan. Intentaba
emborracharla todas las noches, por suponer que eso la haría aborrecer el
trabajo. Pero no dio resultado.
Al final me enteré de
que la razón por la que no había quien la moviese de allí era que había cogido
cariño a una de las bailarinas, una muchacha cherokee que estaba en apuros...
y, además, embarazada. Era una chica demasiado decente, demasiado franca y que
no tenía pelos en la lengua, y hacía tiempo que la habrían despedido, si no
hubiera sido la atracción principal. Al parecer, todas las noches se presentaba
gente sólo para verla hacer su número, que siempre acababa con el salto de
piernas abiertas. La cuestión grave era la de cuánto tiempo podría continuar
dando ese salto sin abortar.
Unas noches después de
que Mona me hubiera puesto al corriente de la situación, la chica cayó al suelo
desmayada. La llevaron de la pista de baile al hospital, donde tuvo un parto
prematuro y el niño nació muerto. Su condición era tan crítica, que tuvo que
permanecer en el hospital varias semanas. Entonces se produjo un acontecimiento
inesperado. El día que la iban a dar de alta, tuvo tal ataque de abatimiento,
que se tiró por la ventana y se mató.
Tras aquel trágico
accidente, Mona no podía ver el Remo’s. Por un tiempo no intentó hacer nada.
Para hacerla sentirse más tranquila y también para demostrarle que yo también
podía agenciarme dinero, si me lo proponía, hacía una salida cada día para dar
algunos sablazos aquí y allá.
No es que estuviéramos
desesperados; lo hacía para ejercitarme y... para convencerla de que, si de
verdad teníamos que vivir gorroneando, yo era tan hábil como ella.
Naturalmente, primero abordé a aquellos con quienes tenía asegurado el éxito.
Mi primo, el propietario de mi bonita bicicleta, era el número uno de la lista.
Le saqué un billete de diez dólares. Me lo entregó de mala gana, no porque
fuera un tacaño, sino porque no aprobaba eso de pedir y prestar. Cuando le
pregunté por la bici, me informó de que nunca había montado en ella, de que se
la había vendido a un compañero suyo, un sirio. Fui inmediatamente a la casa
del sirio —estaba sólo a unas manzanas de distancia— y le causé tal impresión,
hablando de carreras de bicis, combates de boxeo, rugby y cosas así, que cuando
nos despedimos me pasó un billete de diez dólares. Incluso me instó a llevar a
mi esposa una noche y cenar con la familia.
De Zabrowskie, mi viejo
amigo encargado del teleimpresor en la oficina de telégrafos cercana a Times
Square, conseguí otros diez dólares y un sombrero nuevo. Una comida excelente
también. La conversación de costumbre, por supuesto. Todo sobre caballos, sobre
el exceso de trabajo, sobre la necesidad de prevenirse contra los malos
tiempos. Deseoso de conseguir de mí la promesa de que lo acompañaría alguna
noche en que hubiera un buen combate. Cuando por fin le revelé que esperaba
escribir una columna para los periódicos de Hearst, me miró con ojos
desencajados. Como digo, ya me había dado los diez dólares. Entonces se puso a
hablar en serio. Debía yo recordar que, si necesitaba algo más hasta entonces
—entonces significaba cuando estuviera lanzado como columnista—, bastaba con
que lo llamase. «Tal vez sería mejor que te llevaras veinte en lugar de diez»,
dijo. Le devolví el billete y recibí uno de veinte. En la esquina tuvimos que
detenernos en un estanco donde me llenó el bolsillo del pecho con gruesos puros.
Entonces fue cuando advirtió que el último sombrero que había comprado para mí
estaba bastante raído. En el camino de vuelta a la oficina de telégrafos, nos
detuvimos en una sombrerería, donde me compró otro sombrero, un borsalino nada
menos. «Hay que tener buen aspecto», me aconsejó. «No les permitas nunca
enterarse de que eres pobre.» Parecía tan contento cuando nos separamos, que
era como para pensar que era yo quien había hecho los favores. «¡No te
olvides!», fueron sus últimas palabras, e hizo sonar las llaves en el bolsillo
del pantalón.
Me sentí muy bien con
cuarenta dólares en el bolsillo. Era un sábado y pensé que igual podía seguir
con el trabajo, que iba de primera. Tal vez me tropezara con un viejo amigo y
le sacase algo más de pasta... como si nada. Me pasé las manos por los bolsillos
y advertí que no llevaba cambio. No quería cambiar un billete: cuarenta pavos
justos o nada.
He dicho que no llevaba
cambio; estaba equivocado, pues en el bolsillo del chaleco encontré dos
peniques de aspecto antiguo, peniques blancos. Probablemente los hubiera
conservado para que me diesen suerte.
Al final de Park Avenue
me encontré con las salas de exposición de la Minerva Motor Company. Un coche
bello, el Minerva. Casi tan bueno como el Rolls Royce. Me pregunté si estaría
todavía por casualidad mi viejo amigo Otto Kunst, que en tiempos había sido
contable de esa empresa. Llevaba años sin ver a Otto: casi desde la disolución
de nuestro antiguo club.
Entré en la lujosa sala
de exposición y allí estaba Otto, tan sombrío y serio como un encargado de
funeraria. Ahora era jefe de ventas. Fumando Murads, como siempre. También
llevaba en los dedos un par de piedras bonitas.
Se alegró de volver a
verme, pero de esa forma contenida que siempre me irritaba.
«Te van bien las
cosas», dije.
«¿Y qué haces tú?» Me
lanzó esto como diciendo: «¿de qué se trata esta vez?»
Le dije que iba a
hacerme cargo de una columna para un periódico dentro de poco.
«¡Vaya!» Arqueó las
cejas. ¡Hummm!
Pensé que igual podía
intentar sacarle diez dólares... para completar los cincuenta. Al fin y al
cabo, jefe de ventas, viejo amigo... ¿Por qué no?
Recibí una negativa
lacónica. Ni siquiera se molestó en explicarme por qué no podía. No había ni
que pensarlo, y se acabó. Imposible. Sabía que era inútil pincharlo, pero lo
hice, simplemente para irritarlo. ¡Qué leche! Aunque no lo necesitaba, no tenía
derecho a negármelo. Debía hacerlo por consideración al pasado. Otto jugaba con
la cadena del reloj, mientras escuchaba. Fresco como una lechuga, figuraos Ni
el menor embarazo. Ni la menor conmiseración.
«Dios, ¡qué tacaño
eres!», concluí.
Sonrió imperturbable.
«Nunca pido un favor y nunca lo hago», respondió tan campante. Creído y más
tonto que Abundio. Como si siempre hubiera sido jefe de ventas, o algo más
importante todavía. Qué poco se imaginaba que sólo unos años después iba a
estar intentando vender manzanas en la Quinta Avenida (Ni siquiera los
millonarios podían pagarse Minervas durante la depresión.)
«En fin, olvídalo»,
dije. «La verdad es que llevo un fajo conmigo. Te estaba poniendo a prueba
simplemente.» Saqué de un tirón los billetes y se los pasé por los ojos... Puso
expresión de asombro, y después frunció el entrecejo. Antes de que pudiera decir
una palabra, añadí mientras sacaba los dos peniques blancos: «Para lo que de
verdad he entrado, al pasar por aquí, ha sido para pedirte un favor. ¿Podrías
dejarme los tres centavos que me faltan para el metro? Te los devolveré la
próxima vez que pase por aquí.»
La cara se le iluminó
inmediatamente. Casi pude sentir el suspiro de alivio que dejó escapar.
«¡Pues claro que sí!»,
dijo. Y con bastante solemnidad sacó tres centavos.
«Te lo agradezco en el
alma», dije, y le estreché la mano con especial fervor, como si de verdad
estuviera agradecido.
«No es nada», dijo, con
toda seriedad, «y no es necesario que me los devuelvas.»
«¿Estás seguro?», dije.
Al final empezó a darse cuenta de que le estaba tomando el pelo con tanto
insistir.
«Te puedo prestar unos
centavos siempre que haga falta», dijo amargamente, «pero no diez pavos. Mira,
el dinero no crece de los árboles. Tengo que sudar la gota gorda para vender un
coche a alguien. Además, hace unos dos meses que no vendo ni uno.»
«Eso sí que es jodido,
¿verdad? Mira, ¿sabes lo que te digo? Casi me dan ganas de compadecerte.
Recuerdos a tu mujer y a tus hijos.»
Me acompañó hasta la puerta
como habría hecho con un cliente. «Pásate por aquí algún día», dijo, al
despedirnos.
«La próxima vez
compraré un coche... sólo el chasis.» Me ofreció una sonrisa triste. Mientras
caminaba hacia el metro, maldije hasta su estampa por ser un hijoputa mezquino,
tacaño y sin corazón. ¡Y pensar que habíamos sido amigos del alma de niños! No
conseguía quitármelo de la cabeza. Lo extraño era —no pude por menos de pensar—
que había llegado a parecerse a su viejo, a quien siempre había detestado. «Un
viejo alemán mezquino, tacaño, tozudo y sin corazón», solía llamarlo.
En fin, ése era un
amigo que podía borrar de la lista. Lo hice en aquel mismo instante, y con
tantas ganas, que años después, cuando nos encontramos en la Quinta Avenida, no
conseguí recordar quién era. ¡Lo tomé por un detective, nada menos! Todavía lo
oigo repetir como un borrico: «¿Cómo? ¿Que no me recuerdas?» «No, no», dije.
«De verdad que no. ¿Quién eres?» El pobre tío tuvo que decirme su nombre antes
de que pudiera identificarlo.
Otto Kunst había sido
mi compañero más íntimo en aquella calle de las primeras penas. Tras abandonar
América los únicos muchachos que recordaba alguna vez eran aquellos con los que
había tenido menos que ver. Por ejemplo: el grupo que vivía en la vieja granja
de más arriba de la calle. Esa era la única casa de todo el barrio que había
conocido otra época, una época en que nuestra calle había sido un camino rural
que llevaba el nombre de un colono holandés, Van Voorhees. El caso es que en
aquella vivienda ruinosa y destartalada vivían tres familias. Los Vossler,
todos ellos patanes y tacaños, comerciaban con carbón, madera, hielo y
estiércol; los Laski eran un padre farmacéutico, dos hermanos boxeadores, y una
hija adulta, que era una simple masa de carne con ojos; la familia Newton se
componía de una madre y un hijo con quien raras veces hablaba pero por el cual
sentía singular reverencia. Ed Vossler, que era de mi edad más o menos, fuerte
como un toro y ligeramente demente, tenía un labio leporino y tartamudeaba
lamentablemente. Nunca sosteníamos conversaciones prolongadas pero éramos
amigos, ya que no compañeros. Ed trabajaba de la mañana a la noche; además, era
trabajo duro, y por esa razón parecía mayor que el resto de nosotros, que no
hacíamos otra cosa que jugar después de la escuela. De niño yo sólo lo
consideraba una utilidad ambulante; bastaba con que le ofreciéramos unos
centavos para que realizara las tareas que despreciábamos. Le hacíamos de
rabiar mucho, como hacen los niños. Cosa bastante curiosa, cuando llegué a
Europa fue cuando me vi acordándome en ocasiones de aquel extraño bobo, Ed
Vossler. Debo decir que siempre me acordaba de él con afecto. Para entonces ya
había comprendido lo microscópico que es ese mundo de los mortales del que se
puede decir: «Es un hombre con el que puedes contar.» De vez en cuando le
enviaba una postal, pero desde luego nunca tuve noticias de él. Como no sabía
nada de él, a lo mejor estaba muerto.
Ed Vossler disfrutaba
de cierta protección por parte de sus primos segundos. Sobre todo de Eddie
Laski, que era algo mayor que nosotros y, además, un tipo de lo más
desagradable. Su hermano Tom, a quien Eddie imitaba en todo, era una persona
bastante agradable y ya iba camino de convertirse en una figura en el mundo del
boxeo. Aquel Tom tenía unos veintidós o veintitrés años y era tranquilo,
formal, aseado y bastante apuesto. Llevaba largos rizos, al estilo de Terry
McGovern. Habría sido difícil suponer que era boxeador, si Eddie, su hermano,
no hubiese presumido tanto de él. De vez en cuando teníamos el placer de verlos
a los dos pelear en el patio trasero, donde se encontraba el montón de
estiércol.
Pero de Eddie Laski
resultaba difícil escapar. En cuanto te veía acercarte, te cerraba el paso, con
la boca extendida en una sonrisa amplia y desagradable con la que descubría sus
grandes dientes amarillos; fingiendo darte la mano te hacía varias fintas —¡como
un rayo!— y te daba un puñetazo tremendo en las costillas o bien lo que llamaba
«un golpe juguetón en la mandíbula». El maldito idiota siempre estaba
practicando el uno-dos. Era una auténtica tortura intentar librarse de él.
Todos estábamos de acuerdo en que nunca destacaría en el cuadrilátero. «¡Un día
le van a dar para el pelo bien!» Ese era nuestro veredicto unánime.
Jimmy Newton, que
estaba ligeramente emparentado con los Vossler y los Laski, era una completa
anomalía entre ellos. Nadie podía haber sido más silencioso que él, ni más
formal, ni más sincero y auténtico. Nadie sabía en qué trabajaba. Lo veíamos
raras veces y hablábamos con él todavía menos. Sin embargo, era la clase de
tipo que bastaba que dijera «¡Buenos días!» para que te sintieses mejor. Sus
buenos días eran como una bendición. Lo que nos intrigaba de él era el
indefinible e inerradicable aire melancólico que siempre tenía. Era propio de
alguien que hubiera experimentado una tragedia profunda y secreta.
Sospechábamos que su pena tenía algo que ver con su madre, a la que nunca
veíamos. ¿Sería un inválida? ¿Estaría loca? ¿O sería una lisiada horrible? Con
respecto a su padre, nunca supimos si había muerto o los había abandonado.
Para nosotros, chavales
sanos y despreocupados, aquella familia Laski estaba envuelta en misterio.
Todas las mañanas a las siete y media en punto el padre, el señor Laski, que
estaba ciego, salía de la casa con su perro, y se abría camino dando golpecitos
con un sólido bastón. Eso por sí solo ejercía un efecto extraño sobre nosotros.
Pero la propia casa parecía demencial. Algunas ventanas, por ejemplo, no se
abrían nunca y siempre tenían las persianas echadas. A una de las otras
ventanas estaba sentada Mollie, la hija, generalmente con una lata de cerveza
al lado. Estaba allí, como en una función, desde el momento en que se alzaba el
telón. Como no tenía absolutamente nada que hacer y, además, no sentía el menor
deseo de hacer nada, se limitaba a pasarse el día sentada allí recogiendo el
cotilleo. Tenía informes confidenciales sobre todo lo que pasaba en el barrio.
De vez en cuando se le redondeaba la figura, como si fuera a tener un hijo,
pero nunca había nacimientos ni muertes. Simplemente cambiaba con las estaciones.
A pesar de ser guarra y vaga, le teníamos aprecio. Era demasiado vaga como para
ir andando siquiera hasta la tienda de la esquina; nos tiraba veinticinco
centavos o medio dólar desde la ventana, que estaba a la altura de la calle, y
nos decía que nos guardáramos el cambio. A veces olvidaba lo que nos había
enviado a comprar y nos decía que nos quedásemos con el puñetero chisme.
El viejo Vossler, que
también tenía un negocio de transportes, era un gran bruto que no hacía otra
cosa que maldecir y jurar, cuando te tropezabas con él. Podía alzar pesos
enormes, ya estuviera borracho o sereno. Naturalmente, nos espantaba. Pero nos
encendía la sangre ver los puntapiés que daba a su hijo: podía levantarlo del
suelo con el dedo gordo del pie. ¡Y cómo lo azotaba con la fusta! Aunque no nos
atrevíamos a hacerle jugarretas al viejo, con frecuencia celebrábamos
conferencias prolongadas en el solar de la esquina sobre cómo podríamos
vengarnos. Era vergonzoso ver cómo Ed Vossler se llevaba la mano a la cabeza y
se agachaba, cuando veía acercarse a su viejo. Una vez, desesperados, llamamos
a Ed para que asistiera a nuestras conferencias, pero en cuanto comprendió de
qué hablábamos, se largó con el rabo entre las piernas.
Es curioso cómo me
venían a la memoria con frecuencia aquellas figuras de mi infancia. Los que
acabo de citar pertenecían más al antiguo barrio, el Distrito XIV, que tanto me
gustaba. En la calle de las primeras penas eran anomalías. Siendo un simple chaval
—en el antiguo barrio—, había estado acostumbrado a juntarme con imbéciles,
gángsteres incipientes, rateros, futuros boxeadores, epilépticos, borrachos y
tías guarras. Todos eran «personajes» en aquel antiguo mundo entrañable. Pero
en el nuevo barrio al que me habían trasladado todo el mundo era normal,
corriente, nada espectacular. Sólo había una excepción, aparte de los miembros
de la extraña tribu que habitaba en la granja. Ya no recuerdo el nombre de
aquel chico, pero su personalidad está grabada en mi memoria. Hacía poco que
vivía en el barrio, era algo mayor que nosotros y claramente «diferente». Un
día, que estábamos jugando a las canicas, solté una expresión que le hizo
mirarme asombrado. «¿De dónde vienes?», me preguntó. «De Driggs Avenue», dije. Se
puso de pie al instante y me abrazó literalmente. «¿Por qué no lo has dicho
antes?», gritó. «Yo soy de Wythe Avenue, esquina a North Seventh.»
Fue como dos hermanos
masones intercambiando el santo y seña. Al instante quedó establecido un
vínculo entre nosotros. Jugáramos a lo que jugásemos, él siempre estaba en mi
bando. Si uno de los chicos mayores amenazaba con ir a por mí, él se
interponía. Si tenía algo importante que confiarme, empleaba la jerga del
Distrito XIV.
Un día me presentó a su
hermana, que era un poquito más joven que yo. Fue casi un flechazo. No era
guapa, ni siquiera para mis juveniles ojos, pero tenía una forma de ser que yo
asociaba con la de las chicas que había admirado en el antiguo barrio.
Una noche me dieron una
fiesta sorpresa. Estaban todos los muchachos del barrio... excepto aquel nuevo
amigo mío y su hermanita. Me sentí acongojado. Cuando pregunté por qué no los
habían invitado, me dijeron que eran forasteros. Con eso tuve bastante. Me
escabullí de la casa al instante y fui a buscarlos. Expliqué rápidamente a su
madre que había habido un error, que habla sido un simple olvido, y que todo el
mundo estaba esperando que su hijo y su hija apareciesen. Me acarició la cabeza
con una sonrisa de inteligencia y me dijo que era un buen chico. Me dio las
gracias tan efusivamente, en realidad, que me ruboricé.
Acompañé a mis dos
amigos hasta la fiesta en triunfo, pero sólo para advertir que había cometido
un grave error. Todos les volvían la espalda. Hice lo posible para disipar la
atmósfera de hostilidad, pero fue en vano. Al final, no pude soportarlo más. «O
hacéis amistad con mis amigos», anuncié intrépido, cogiendo a éstos de la mano,
«o podéis iros a casa todos. Esta es mi fiesta y quiero que estén presentes mis
amigos.»
Por aquella bravata me
gané una sonora bofetada de mi madre. Me estremecí pero me mantuve firme.
«¡No es justo!», grité,
ya casi a punto de echarme a llorar.
Al instante cedieron.
Casi fue un milagro cómo se rompió el hielo. En menos que canta un gallo ya
estábamos riendo, gritando, cantando. No podía entender por qué se había
producido tan de repente.
En el curso de la
velada, la chica, que se llamaba Sadie, me llevó a un rincón para darme las
gracias por lo que había hecho. «Ha sido maravilloso de tu parte, Henry», dijo,
ante lo cual me ruboricé profundamente. «No ha sido nada», mascullé,
sintiéndome ridículo y heroico a un tiempo. Sadie miró a su alrededor para ver
si alguien nos miraba, y después muy decidida me besó en los labios. Esa vez me
ruboricé todavía más profundamente.
«A mi madre le gustaría
que vinieras a cenar una noche», susurró. «¿Lo harás?»
Le apreté la manita y
dije: «Pues, claro.»
Sadie y su hermano
vivían en una casa de pisos de la acera de enfrente. Yo nunca había entrado en
una casa de esa acera. Me preguntaba cómo sería su hogar. Cuando los visité,
estaba demasiado aturdido como para advertir nada. Lo único que podía recordar era
que tenía un olor claramente católico. Por cierto, que casi toda la gente que
vivía en esos pisos —pisos para ferroviarios— eran miembros de la Iglesia
Católica. Eso era bastante para alejarlos de los demás habitantes de la calle.
El primer
descubrimiento que hice, al visitar a mis dos amigos, fue que eran muy pobres.
El padre, que había sido conductor de una locomotora, había muerto; la madre,
que padecía una grave enfermedad, no podía salir de casa. Ya lo creo que eran
católicos. Y devotos. Eso era evidente a primera vista. En todas las
habitaciones, me pareció, había rosarios y crucifijos, velas votivas, cromos de
la Virgen y el Niño o de Jesús en la Cruz. Aunque yo había visto esas pruebas
de fe en otras personas, aun así cada vez que volvía a verlas me daban grima.
Mi aversión a esas reliquias sagradas —si es que se las podía llamar así— se
debía pura y simplemente a su morbosidad. Es cierto que entonces no conocía la
palabra morboso, pero el sentimiento era ése claramente. Recuerdo que, cuando
había visto por primera vez esas «reliquias» en las casas de mis demás
amiguitos, me había burlado con desprecio. Cosa bastante curiosa, había sido mi
madre, mi madre que despreciaba a los católicos casi tanto como a los borrachos
y a los criminales, quien me había curado de esa actitud. Para volverme más
«tolerante», me forzaba a ir a misa de vez en cuando con mis amigos católicos.
Sin embargo, en aquella
ocasión, cuando le describí con detalle la situación en la casa de mis dos
amigos, mostró poca compasión. Repitió que no le parecía que me conviniera
verlos con frecuencia. «¿Por qué?», le pregunté. Se negó a contestarme
directamente. Cuando le sugerí que me permitiese llevarles fruta y dulces de
nuestro aparador, que siempre estaba repleto de cosas buenas, puso mala cara.
Al notar que no había una razón válida tras sus negativas, decidí hurtar los
comestibles y llevárselos a escondidas a mis amigos. De vez en cuando le
birlaba unos peniques del monedero y se los entregaba a Sadie o a su hermano.
Siempre como si mi madre me hubiera pedido que lo hiciese.
«Tu madre debe de ser
una mujer muy bondadosa», dijo la madre de Sadie un día.
Sonreí, pero
débilmente.
«¿Estás seguro, Henry,
de que es tu madre la que nos envía estos regalos?»
«Desde luego», dije,
sonriendo con ganas esa vez. «Tenemos mucho más de lo que necesitamos. Puedo
traerles otras cosas, si lo desean.»
«Henri, ven aquí», dijo
la madre de Sadie. Estaba sentada en una mecedora anticuada. «Vamos a ver,
escúchame atentamente, Henry.» Me dio una palmadita cariñosa en la cabeza y me
mantuvo cerca de ella. «Eres un muchacho muy bueno y te queremos. Pero no debes
robar para hacer felices a los demás. Eso es pecado. Sé que tienes buena
intención, pero...»
«No es robar»,
protesté. «Se iban a estropear.»
«Tienes un gran
corazón», dijo. «Un gran corazón para un chico tan pequeño. Espera un poco.
Espera a que seas más mayor y te ganes la vida. Entonces podrás dar cuanto
quieras.»
El día siguiente, el
hermano de Sadie me llevó aparte y me pidió que no me enfadara con su madre por
rechazar mis regalos. «Te aprecia mucho, Henry», dijo.
«Pero no tenéis
bastante para comer», dije.
«Sí que tenemos», dijo.
«¡Qué vais a tener! Lo
sé porque sé todo lo que nosotros comemos.»
«Pronto voy a conseguir
un trabajo», dijo. «Entonces tendremos de sobra.» «En realidad», añadió, «puede
que consiga un trabajo la semana que viene.»
«¿Qué clase de
trabajo?»
«Voy a trabajar parte
de la jornada para el empresario de pompas fúnebres.»
«Eso es terrible»,
dije.
«No; en realidad, no»,
respondió. «No voy a tener que tocar los cadáveres.»
«¿Estás seguro?»
«Segurísimo. Tiene
hombres para eso. Voy a hacer recados, nada más.»
«¿Y cuánto vas a
ganar?»
«Tres dólares a la
semana.»
Al separarme de él, me
preguntaba si no podría yo también encontrar un trabajo. Tal vez pudiese
encontrar algo que hacer a escondidas. Naturalmente, mi idea era entregarles lo
que ganara. Tres dólares a la semana no era nada, ni siquiera en aquella época.
Estuve despierto toda la noche cavilándolo. Estaba seguro de antemano de que no
iba a recibir el permiso de mi madre para coger un trabajo. Lo que hiciera lo
tendría que hacer en secreto y con astucia y prudencia.
Ahora bien, resulta que
a unas puertas de nuestra casa vivía una familia cuyo hijo mayor regentaba a
ratos libres un negocio de café. Es decir, que había juntado una pequeña
clientela para una mezcla que hacía él mismo; los sábados entregaba los
paquetes personalmente. Realizaba un itinerario bastante largo y yo no estaba
seguro de poder hacerlo solo, pero decidí pedirle que me diera una oportunidad.
Para mi sorpresa, descubrí que le encantaba la idea de dejarme la tarea a mí;
había estado a punto de abandonar su pequeña empresa.
El sábado siguiente me
puse en camino con dos maletas llenas de paquetitos de café. Iba a recibir
cincuenta centavos de salario y una pequeña comisión por cada venta. Si fuera
capaz de cobrar a algunos de los morosos, recibiría una prima. Llevaba un talego
para guardar el dinero que recogiese.
Tras explicarme cómo
abordar a los deudores, me había avisado especialmente que tuviera cuidado con
los perros en ciertas zonas. Marqué esos lugares con lápiz rojo en el
itinerario en el que todo estaba indicado claramente: arroyos y alcantarillas,
viaductos, depósitos, vallas, cercados, terrenos del gobierno, etc.
Aquel primer sábado fue
un éxito enorme. A mi jefe le giraron los ojos literalmente, cuando descargué
el dinero en la mesa. Inmediatamente se ofreció a aumentar el salario a setenta
y cinco centavos. Le había conseguido cinco nuevos clientes y había cobrado un
tercio de las deudas. Me abrazó como si hubiera encontrado una joya.
«¿Prometes que no dirás
a mis padres que trabajo para ti?», le pedí.
«Desde luego que no se
lo diré», dijo.
«No, ¡promételo! ¡Dame
tu palabra de honor!»
Me lanzó una mirada
extraña. Después repitió despacio: «Te doy mi palabra de honor.»
La mañana siguiente,
domingo, esperé a la puerta de la casa de mi amigo para encontrármelos, cuando
salieran para ir a misa. No me costó trabajo convencerles para que me dejaran
ir a misa con ellos. En realidad, estaban encantados.
Cuando abandonamos la
iglesia de San Francisco de Sales —un lugar de culto horrible—, les expliqué lo
que había hecho. Saqué el dinero —ascendía a casi tres dólares y se lo entregué
al hermano de Sadie. Para mi absoluto asombro, se negó a aceptarlo.
«Pero, si sólo cogí el
trabajo por vosotros», protesté.
«Ya lo sé, Henry, pero
mi madre se negaría a oír hablar de una cosa así.»
«Pero no tienes por qué
decirle que te lo he dado yo. Dile que te han aumentado el sueldo.»
«No se lo creería»,
dijo.
«Entonces dile que te
lo has encontrado en la calle. Mira, voy a buscar un monedero viejo. Mételo en
el monedero y di que lo has encontrado en el arroyo justo a la salida de la
iglesia. Tendrá que creer eso.»
Aun así siguió reacio a
aceptar el dinero.
Yo estaba perplejo. Si
no aceptaba el dinero, todos mis esfuerzos eran en vano. Me fui después de
haberle arrancado la promesa de que lo pensaría.
Fue Sadie la que acudió
en mi ayuda. Ella tenía una relación más estrecha con su madre y entendía la
situación en forma más práctica. En cualquier caso, pensaba que su madre tenía
que saber mi intención, lo que yo pretendía hacer por ellos... para expresar su
agradecimiento.
Antes de que acabara la
semana, hablamos del asunto Sadie y yo. Estaba esperándome a la puerta de la
escuela una tarde.
«Ya está arreglado,
Henry», dijo, sin aliento, «mi madre está dispuesta a aceptar el dinero, pero
sólo por un tiempo... hasta que mi hermano consiga un trabajo de jornada
completa. Entonces te lo devolveremos.»
Afirmé que no quería
que me lo devolvieran, pero que, si su madre insistía en esa solución, tendría
que ceder. Le entregué el dinero que llevaba envuelto en un papel de la
carnicería.
«Mamá dice que la
Virgen María te protegerá y bendecirá por tu bondad», dijo Sadie.
No supe qué decir ante
eso. Nadie había usado nunca esa clase de lenguaje conmigo. Además, la Virgen
María no significaba absolutamente nada para mí. Yo no creía en esos
disparates.
«¿De verdad crees en
todo eso... en ese cuento de la Virgen María?», le pregunté.
Sadie puso expresión de
asombro... o tal vez de aflicción. Movió la cabeza muy seria.
«A ver, ¿qué es la
Virgen María?», le pregunté.
«Lo sabes tan bien como
yo», respondió.
«No, no lo sé. ¿Por qué
la llaman Virgen?»
Sadie pensó un momento,
y después respondió con la mayor inocencia:
«Porque es la madre de
Dios.»
«Bueno, pero, ¿qué es
una Virgen, de todos modos?
«Sólo hay una Virgen»,
contestó Sadie, «y es la Bendita Virgen María.»
«Esa respuesta no me
sirve», repliqué. «Te he preguntado qué es una Virgen.»
«Significa una madre
que es santa», dijo Sadie, no demasiado segura.
En ese momento se me
ocurrió una idea brillante. «¿Acaso no creó Dios el mundo?», pregunté.
«Desde luego.»
«Entonces no tiene
madre. Dios no necesita una madre.»
«Eso es una blasfemia»,
casi gritó Sadie. «Más vale que se lo cuentes al cura.»
«Yo no creo en los
curas.»
«Henry, ¡no hables así!
Dios te va a castigar.»
«¿Por qué?»
«Porque sí.»
«Muy bien», dije,
«¡pregúntaselo tú al cura! Tú eres católica. Yo, no.»
«No deberías decir
cosas así», dijo Sadie, profundamente ofendida. «No eres bastante mayor para
hacer preguntas así. Nosotros no hacemos esas preguntas. Creemos. Si no crees,
no puedes ser buen católico.»
«Estoy dispuesto a
creer», repliqué, «si responde a mis preguntas.»
«Ese no es el modo»,
dijo Sadie. «Primero tienes que creer. Y después debes rezar. Pide a Dios que
te perdone los pecados...»
«¿Pecados? No tengo
pecado alguno que confesar.»
«Henry, Henry, no
hables así, es perverso. Todo el mundo peca. Para eso está el cura. Por eso
rezamos a la Virgen María.»
«Yo no rezo a nadie»,
dije desafiante y un poco cansado de sus palabras de soñadora.
«Eso es porque eres
protestante.»
«Yo no soy protestante.
No soy nada. No creo en nada... ¡para que te enteres!»
«Será mejor que retires
eso», dijo Sadie, completamente alarmada. «Dios podría hacerte caer muerto por
hablar así.»
Estaba tan visiblemente
consternada ante mis palabras, que me comunicó su miedo.
«Quiero decir», dije,
intentando batirme en retirada, «que nosotros no rezamos como vosotros.
Nosotros sólo rezamos en la iglesia... cuando lo hace el ministro.»
«¿No rezáis antes de
iros a dormir?»
«No», respondí, «no lo
hacemos. Supongo que tengo poca idea de lo que es rezar.»
«Entonces te
enseñaremos», dijo Sadie. «Tienes que rezar todos los días, tres veces al día
por lo menos. Si no, arderás en el Infierno.»
Dichas esas palabras,
nos separamos. Le prometí solemnemente que haría un esfuerzo para rezar, por lo
menos antes de ir a dormir. Sin embargo, al marcharme me pregunté de repente
por qué era por lo que debía rezar. Estuve a punto de volver corriendo para
preguntárselo. La palabra «pecados» se me quedó grabada en la chola. ¿Qué
pecados?, no dejaba de repetirme. ¿Qué había hecho yo que fuera pecaminoso?
Raras veces mentía, salvo a mi madre. Nunca robaba, excepto a mi madre. ¿Qué
tenía que confesar? Nunca se me había ocurrido que hubiera cometido un pecado
por mentir a mi madre o robarle. Tenía que actuar así porque ella no era
razonable. Una vez que viese las cosas como yo, entendería mi comportamiento.
Así era como veía yo
aquella situación.
Al cavilar sobre mi
conversación con Sadie, al reflexionar sobre la sombría tristeza que saturaba
su casa, empecé a pensar que tal vez tuviera razón mi madre al desconfiar de
los católicos. En mi casa no rezábamos nunca y, sin embargo, todo iba sobre ruedas.
En nuestra familia nadie mencionaba nunca a Dios. Y, sin embargo, Dios no había
castigado a ninguno de nosotros. Llegué a la conclusión de que los católicos
eran por naturaleza supersticiosos, exactamente igual que los salvajes.
Adoradores de ídolos e ignorantes. Gente pusilánime y tímida, que no tenía
agallas para pensar por su cuenta. Decidí no ir a misa nunca más. ¡Qué mazmorra
era su iglesia! De pronto —una reflexión fortuita— se me ocurrió que quizá no
serían tan pobres, la familia de Sadie, si no pensaran tanto en Dios. Todo iba
a la Iglesia, es decir, a los curas, que siempre estaban pidiendo dinero. Nunca
me había agradado la vista de un cura. Demasiado zalamero y afectado para mi
gusto. ¡No, al diablo con ellos! ¡Y al diablo con sus velas, sus rosarios, sus
crucifijos... y sus Vírgenes Marías!
Por fin me encuentro
cara a cara con el hombre misterioso, Alan Cromwell, tendiéndole otra copa,
dándole palmadas en la espalda, en resumen, pasándolo bien con él. ¡Y en
nuestro propio nidito de amor!
Ha sido Mona quien ha
concertado el encuentro, en connivencia con el doctor Kronski. Este está
bebiendo también, y gritando y gesticulando. Y lo mismo hace la poquita cosa de
su mujercita, que hace de mi esposa en esta ocasión. Ya no soy Henry Miller. Me
han dado un nuevo sobrenombre para esta velada: Dr. Harry Marx.
Sólo falta Mona. Se
«supone» que llegará más tarde.
Las cosas han
progresado fantásticamente desde el momento en que he estrechado la mano a
Cromwell esa misma noche. Puestos a hablar de él, tengo que reconocer que se
trata de un tipo apuesto, la verdad. Y no sólo apuesto (al estilo del Sur),
sino también de conversación agradable y crédulo como un niño. No me atrevería
a decir que fuera estúpido. Confiado, más que nada. Ni tampoco culto, pero
inteligente. No astuto, pero competente. Un hombre de buen corazón, y
comunicativo. Rebosante de buena voluntad.
Parecía vergonzoso
estar engañándolo, tomándole el pelo. Comprendí que era idea de Kronski, no de
Mona. Por sentirse culpable de haberlo dado de lado, a Kronski, por tanto
tiempo, probablemente Mona hubiese accedido sin pensarlo. Eso era lo que me
parecía.
El caso es que todos
estábamos de buen talante. La confusión era enorme. Afortunadamente, Cromwell
había llegado achispado como un zepelín. Las copas incrementaron su ingenuidad
natural. No parecía advertir que Kronski era judío, a pesar de que resultaba
evidente hasta para un niño. Cromwell lo tomaba por ruso. En cuanto a mí, con
el nombre de Marx, no sabía qué pensar. (Kronski había concebido la brillante
idea de hacerme pasar por judío.) La revelación de ese hecho asombroso —que yo
era judío— no causó la menor impresión a Cromwell. Lo mismo habría dado que le
hubiésemos dicho que era sioux o esquimal. Sin embargo, sentía curiosidad por
saber qué hacía para ganarme la vida. De acuerdo con nuestro plan preconcebido,
conté a Cromwell que era cirujano, que el Dr. Kronski y yo éramos compañeros de
consultorio. Me miró las manos y movió la cabeza muy serio.
Para mí lo difícil era
recordar, durante una velada inacabable, que la esposa de Kronski era mi
esposa. Naturalmente, ésa era otra invención del fértil cerebro de Kronski: una
forma de desviar las sospechas, pensaba él. Cada vez que miraba a su media naranja,
sentía ganas de darle un golpe. Hicimos lo posible para ponerla como una cuba;
sin embargo, lo único que hacía era dar un sorbito y dejar la copa. Pero, a
medida que avanzaba la velada y nuestras payasadas se volvían más audaces, se
fue animando. Una forma de decir que echaba una canita al aire, pero no más.
Cuando en cierto momento le dio un ataque de risa histérica, pensé que se iba a
poner gravemente enferma. Se le daba mejor llorar.
En cambio, Cromwell se
reía con ganas. A veces no sabía de qué se reía, pero nuestra risa era tan
contagiosa, que le importaba un pepino de qué se reía. De vez en cuando hacía
una pregunta o dos sobre Mona, a la que evidentemente consideraba persona muy extraña,
aunque adorable. Naturalmente, nosotros fingimos conocerla desde la infancia.
Elogiamos enormemente lo que escribía, e inventamos todo un arsenal de poemas,
ensayos y relatos, cuya existencia, estábamos seguros, no había mencionado por
su excesiva modestia. Kronski llegó hasta el extremo de expresar la opinión de
que no tardaría en llegar a ser la escritora más destacada de América. Yo fingí
no estar tan seguro de eso, pero convine en que tenía un talento extraordinario
y posibilidades extraordinarias también.
Cuando nos preguntó si
habíamos visto alguno de los artículos que había escrito, manifestamos nuestro
completo desconocimiento, nuestro asombro en realidad, de que escribiera ese
tipo de cosas.
«Vamos a tener que
convencerla para que lo deje», dijo Kronski. «Es demasiado buena como para
perder el tiempo así.»
Yo me mostré de acuerdo
con él. Cromwell puso expresión de desconcierto. No veía qué tenía de terrible
escribir una columna diaria. Además, necesitaba dinero.
«¿Dinero?», exclamó
Kronski. «¿Dinero? Pero, bueno, ¿para qué estamos nosotros? Estoy seguro de que
el doctor Marx y yo podemos subvenir a sus necesidades.» Parecía asombrado de
que Mona pudiera necesitar dinero. Un poco ofendido, en realidad.
El pobre Cromwell tuvo
la impresión de haber metido la pata. Nos aseguró que era simplemente la
impresión que le había dado. Pero, volviendo al tema, le gustaría que echáramos
un vistazo a esos artículos y le diésemos nuestra sincera opinión. Dijo que él
no sabía juzgar. Si de verdad eran buenos, estaba seguro de que le conseguiría
el puesto. Naturalmente, no dijo nada de que fuese a aflojar cien dólares a la
semana.
Bebimos otra copa y
después lo desviamos hacia otros temas. Era fácil de guiar. Sólo tenía una idea
en la cabeza: ¿cuándo iba a llegar Mona? De vez en cuando, nos pedía que le
dejáramos salir a hacer una llamada de teléfono a Washington. De un modo u otro
siempre nos las arreglábamos para frustrar esos intentos. Sabíamos que Mona no
iba a llegar, al menos hasta que no nos hubiéramos librado de él. Nos había
dado de plazo hasta la una de la mañana para hacerlo. Así, pues, nuestra única
esperanza era conseguir que se amonara tanto, que pudiésemos montarlo a un taxi
y despacharlo.
Yo había intentado
varias veces averiguar dónde se alojaba, pero no lo había conseguido. A Kronski
le pareció que eso no tenía importancia: cualquier hotel antiguo serviría.
Estando así, me pregunté por qué habíamos organizado aquel asunto disparatado.
No tenía sentido. Después me enteré de que Mona había considerado importante
hacer ver a Cromwell que vivía sola de verdad. Naturalmente, había otro
objetivo, y era el de averiguar si de verdad esperaba vender los artículos a la
cadena Hearst. Mona pensaba que se mostraría más franco con nosotros que con
ella. Pero habíamos abandonado el tema al comienzo de la velada, gracias a
Kronski. Por alguna razón suya particular, Kronski estaba obsesionado con la
idea de explicar a Cromwell mil historias espeluznantes sobre la sala de
operaciones. Naturalmente, yo tuve que hacer de comparsa. Nadie en su sano
juicio habría dado el menor crédito a esas historias, que no paraba de
inventar. Eran tan sensacionales, tan absolutamente fantásticas y tan
sangrientas y horripilantes, para colmo, que me extrañaba que Cromwell, aun
estando como una cuba, no se diera cuenta. Desde luego, cuanto más horrible e
increíble era el relato, más nos reíamos, Kronski y yo. Nuestra hilaridad
asombraba un poco a Cromwell, pero acabó aceptándola como «insensibilidad
profesional».
De creer a Kronski,
nueve de cada diez operaciones eran puros experimentos criminales. Todos los
cirujanos, excepto unos pocos, eran sádicos de nacimiento. No contento con
diabólicas fantasías sobre el mal trato dado a seres humanos, se lanzó a largas
disertaciones sobre el tema de la crueldad con los animales. Una de ésas, una
historia desgarradora, que contó entre estallidos de risa, se refería a un
pobre conejito que, después de numerosas inyecciones, descargas eléctricas y
toda clase de resucitaciones milagrosas, había sido asesinado brutal y
sanguinariamente. Para rematarlo, se explayó en el sentido de que él, Kronski,
había reunido los restos del pobre animalito y había hecho un estofado, sin
recordar, hasta después de haber tragado unos bocados, que se le había
inyectado arsénico. Dicho eso, se rió desmesuradamente. Cromwell, algo serenado
por el sangriento relato, comentó que era una lástima que Kronski no hubiera
muerto, y después se rió con tales ganas ante esa idea, que sin darse cuenta se
tragó una copa llena de coñac puro. Tras lo cual le dio tal ataque de tos, que
tuvimos que extenderlo en el suelo y reanimarlo como a un ahogado.
En ese momento fue
cuando nos dimos cuenta de que Cromwell estaba incontrolable. Para reanimarlo,
le habíamos quitado la chaqueta, el chaleco, la camisa y la camiseta.
Naturalmente, Kronski estaba haciendo el trabajo principal; yo me limitaba a
darle cachetes de vez en cuando o palmadas en el pecho. Ahora que estaba
tumbado cómodamente, Cromwell no tenía ganas de vestirse. Decía que estaba
demasiado a gusto como para moverse. Quería echar un sueñecito, aunque sólo
fuera por unos minutos. Extendió la. mano hacia el diván, preguntándose,
supongo, si podría trasladarse a una postura aún más cómoda sin alzarse.
La idea de que se
quedara dormido en nuestras narices era alarmante. Entonces nos pusimos a hacer
locuras como auténticos payasos, poniendo de pie al pobre Cromwell, bailando a
su alrededor (ante su absoluta estupefacción, por supuesto), haciendo muecas,
rascándonos como monos... cualquier cosa para hacerle reír, cualquier cosa para
impedir que se cerraran sus pesados párpados. Cuanta más energía desplegábamos
—y para entonces estábamos de todo punto frenéticos—, más insistía en echarse
un sueñecito. Ahora se había puesto a andar a gatas hacia el codiciado diván.
Una vez en él, hasta Dios se habría visto impotente para despertarlo.
«Vamos a tenderlo»,
dije, indicando con gestos y muecas que después podríamos vestirlo y echarlo.
Tardamos casi media
hora en vestirlo. Cromwell, a pesar de estar borracho y somnoliento, se
resistía con todas sus fuerzas a permitirnos desabrocharle los botones del
pantalón, cosa que teníamos que hacer para meterle, la camisa. Tuvimos que
dejarle la bragueta abierta y la camisa sobresaliendo. Cuando llegara el
momento, podíamos taparle la camisa con el abrigo.
Cromwell se quedó
traspuesto en seguida. Un profundo trance, interrumpido por obscenos ronquidos.
Kronski estaba radiante. Me aseguró que hacía siglos que no se lo pasaba tan
bien. Después, sin bajar la voz, sugirió como si tal cosa que registráramos los
bolsillos de Cromwell. «Por lo menos debemos recuperar lo que hemos gastado en
comida y bebida», insistió. No sé por qué me entraron tantos escrúpulos de
repente, pero no quise ni oír hablar de eso. «Nunca echará de menos el dinero»,
dijo Kronski. «¿Qué son cincuenta o cien pavos para él?» Sólo para asegurarse,
sacó la cartera de Cromwell. Para su absoluto asombro, no había ni un billete
en ella.
«¡Caramba! ¿Quién lo
hubiera dicho?», masculló. «¡Ya ves lo que son los ricos! Nunca llevan dinero
en efectivo. ¡Puf!»
«Lo mejor es que lo
saquemos de aquí pronto», propuse.
«¡Inténtalo!», dijo
Kronski, sonriendo como un chivo. «¿Qué hay de malo en que se quede aquí?»
«¿Estás loco?», grité.
Se rió. Después se puso
a contarnos con calma lo maravilloso que sería, en su opinión, que
representáramos la farsa hasta el final, es decir, despertarnos los cinco (la
mañana siguiente) y seguir representando nuestros papeles. Pensaba que eso
ofrecería una oportunidad a Mona para hacer teatro de verdad. La esposa de
Kronski no sentía el menor entusiasmo por esa sugerencia: todo era demasiado
complicado para su gusto.
Después de mucho
discutir, decidimos despertar a Cromwell, arrastrarlo por los talones, si fuera
necesario, y despacharlo a un hotel. Tuvimos que forcejear con él un buen
cuarto de hora antes de conseguir ponerlo en posición semierecta.
Sencillamente, sus rodillas se negaban a enderezarse; el sombrero le tapaba los
ojos y las faldas de la camisa le sobresalían por debajo del abrigo que no
pudimos abrochar. Parecía enteramente Shuffy el Taxista . Estábamos riéndonos
tan histéricamente, que fue un milagro que no nos cayéramos rodando unos sobre
otros al bajar las escaleras. El pobre Cromwell seguía protestando que no
quería irse aún, que quería esperar a Mona.
«Se ha ido a Washington
para reunirse contigo», dijo Kronski maliciosamente. «Hemos recibido un
telegrama, mientras estabas dormido.»
Cromwell estaba
demasiado estupefacto como para comprender todo el alcance de la noticia. De
vez en cuando se aflojaba y amenazaba con desplomarse en plena calle. Nuestro
propósito era que tomara un poco el aire, que se reanimase, y después meterlo
en un taxi. Tuvimos que caminar varias manzanas para encontrar un taxi. Nuestro
camino conducía al río, un camino tortuoso, pero pensamos que el paseo le
sentaría bien. Cuando llegamos cerca de los muelles, nos sentamos en las vías
del tren a descansar un poco. Cromwell se limitó a echarse entre las vías,
riendo e hipando, exactamente como si fuera un nene en la cuna. A ratos pedía
algo de comer. Quería huevos con jamón. El restaurante abierto más cercano
estaba a un kilómetro y medio de distancia. Propuse volver corriendo a la casa
y traer unos bocadillos. Cromwell dijo que no podía esperar tanto, quería sus
huevos con jamón en seguida. Volvimos a ponerlo de pie de un tirón, tarea que
nos exigió aunar todas nuestras fuerzas, y nos pusimos a empujarlo y arrastrarlo
hacia la zona iluminada de Borough Hall. Un vigilante nocturno se acercó y nos
preguntó qué hacíamos allí a aquella hora de la noche. Cromwell se desplomó a
nuestros pies. «¿Qué llevan ahí?», preguntó el vigilante, al tiempo que movía a
Cromwell con el pie como si fuera un cadáver. «No es nada, está borracho»,
dije. El vigilante se inclinó sobre él para olerle el aliento. «Llévenselo de
aquí», dijo, «o me los llevo a todos para delante.» «Sí, señor; sí, señor»,
dijimos, mientras arrastrábamos de los sobacos a Cromwell, que iba restregando
los pies contra el suelo. Unos segundos después el vigilante acudió corriendo
con el sombrero de Cromwell en la mano. Se lo pusimos, pero volvió a caerse.
«Aquí», dije, y abrí la boca, «póngamelo entre los dientes.» Ahora estábamos
jadeantes y sudorosos por el esfuerzo de arrastrarlo. El vigilante nos observó
unos momentos con repugnancia y después dijo: «¡Suéltenlo! A ver, pónganmelo a
la espalda... son ustedes muy torpes.» Así llegamos hasta el extremo de la
calle, donde la línea de ferrocarril elevado pasaba por encima de nuestras
cabezas. «Ahora vaya uno de ustedes a buscar un taxi», dijo el vigilante
nocturno. «No lo arrastren más, que le van a dislocar los brazos.» Kronski
salió corriendo calle arriba en busca de un taxi. Nos sentamos en el bordillo
de la acera y esperamos.
El taxi llegó al cabo
de unos minutos y lo montamos en él. Todavía le sobresalían las faldas de la
camisa.
«¿Adonde?», dijo el
taxista.
«¡Al Hotel Astor!»,
dije.
«¡Al Waldorf-Astoria!»,
gritó Kronski.
«A ver, ¡pónganse de
acuerdo!», dijo el taxista.
«Al Commodore», gritó
Cromwell.
«¿Está seguro?», dijo
el taxista. «No estarán de broma, ¿eh?»
«Es el Commodore,
¿verdad?», dije, al tiempo que metía la cabeza dentro del taxi.
«Desde luego», dijo
Cromwell con voz apagada, «cualquier sitio me va bien.»
«¿Lleva dinero?»,
preguntó el taxista.
«Tiene más de lo que
pesa», dijo Kronski. «Es banquero.»
«Creo que será mejor
que uno de ustedes lo acompañe», dijo el taxista.
«De acuerdo», dijo
Kronski y se apresuró a montar con su esposa.
«¡Eh!», gritó Cromwell,
«y el doctor Marx, ¿qué,?»
«Nos seguirá en otro
taxi», dijo Kronski. «Tiene que hacer una llamada de teléfono.»
«¡Eh!», me gritó a mí,
«y su mujer, ¿qué?»
«No hay problema»,
respondí y le dije adiós con la mano.
Cuando volví a la casa,
descubrí el maletín de Cromwell y algo de dinero, que se le había caído de los
bolsillos. Abrí el maletín y encontré una masa de papeles y algunos telegramas.
El telegrama más reciente era del Departamento del Tesoro e instaba a Cromwell
a telefonear a alguien a media noche sin falta; era muy urgente. Me comí un
bocadillo, mientras echaba una ojeada a los documentos legales, me bebí un vaso
de vino, y decidí llamar a Washington por él. Me costó un trabajo de mil
demonios dar con el hombre del otro extremo de la línea; cuando lo conseguí,
respondió con voz somnolienta, ronca e irritada. Le expliqué que Cromwell había
tenido un pequeño accidente, pero que lo telefonearía por la mañana. «Pero,
¿quién es usted?... ¿qué es esto?», no dejaba de repetir. «Lo telefoneará a
usted por la mañana», repetí, sin hacer caso de sus furiosas preguntas. Después
colgué. Afuera eché a correr lo más rápido que pude. Sabía que volvería a
llamar. Temía que enviara a la policía tras mí. Di un gran rodeo para llegar a
la oficina de telégrafos; allí envié un mensaje a Cromwell, al Hotel Commodore.
Esperaba con todo el alma que Kronski lo hubiera dejado en ese hotel. Al salir
de la oficina de telégrafos, comprendí que podía ser que el mensaje no le
llegase a Cromwell hasta el día siguiente por la tarde. Probablemente el
conserje esperaría hasta que se despertase. Fui a otra cafetería y llamé al
Commodore, e insté al conserje a que despertara a Cromwell sin falta, cuando
llegase el telegrama. «Echele una jarra de agua, si es necesario», dije, «pero
asegúrese de que lea mi telegrama... es una cuestión de vida o muerte.»
Cuando volví a casa,
Mona estaba limpiando aquella leonera.
«Debéis de haberlo
pasado bomba», dijo.
«¡Y que lo digas!»
Vi el maletín. Cromwell
iba a necesitarlo cuando telefoneara a Washington. «Mira», dije, «lo mejor es
que cojamos un taxi y le entreguemos esto ahora mismo. He estado ojeando estos
papeles. Son dinamita. Más vale que no nos cojan con ellos en nuestro poder.»
«Ve tú», dijo Mona,
«estoy agotada.»
Ahí me teníais, otra
vez en la calle, y, como había predicho Kronski, siguiéndolos en otro taxi.
Cuando llegué al hotel, descubrí que Cromwell ya se había ido a su habitación.
Insistí en que el conserje me llevara a su habitación. Cromwell estaba tumbado
en la cama con la ropa puesta, boca arriba y con el sombrero al lado. Le dejé
el maletín sobre el pecho y salí de puntillas. Después hice que el conserje me
acompañara al despacho del director, expliqué la situación a ese individuo, e
hice atestiguar al conserje que me había visto dejar el maletín en el pecho de
Cromwell.
«¿Y podría usted
decirme su nombre?», preguntó el director, algo inquieto ante aquellos métodos
inhabituales.
«¡Cómo no!», dije.
«Doctor Karl Marx del Instituto Politécnico. Puede usted llamarme por la
mañana, si hay alguna irregularidad. El señor Cromwell es amigo mío, agente del
F. B. I. Ha bebido un poco más de la cuenta. Espero que cuidará usted de él.»
«Desde luego que sí»,
dijo el encargado nocturno, con expresión bastante alarmada. «¿Podemos
localizarlo a usted en su despacho a cualquier hora, doctor Marx?»
«Pues claro, allí
estaré», dije. «Si hubiera salido, pregunten por mi secretaria —la señorita
Rabonovitch—, ella sabrá dónde localizarme. Ahora tengo que dormir un poco...
he de estar en el quirófano a las nueve. Muchísimas gracias. ¡Buenas noches!»
El botones me acompañó
hasta la puerta giratoria. Estaba visiblemente impresionado por todo aquel lío.
«¿Taxi, señor?», dijo. «Sí», respondí, y le di el cambio que había recogido del
suelo. «Muchísimas gracias, doctor», dijo, entre reverencias, al tiempo que me
abría la puerta del coche.
Le dije al taxista que
me llevara a Times Square. Allí me apeé y me dirigí al Metro. Cuando me
acercaba a la máquina del cambio, me di cuenta de que no me quedaba ni un
centavo. Había dado al taxista hasta la última moneda de veinticinco centavos.
Subí las escaleras y me quedé parado en el bordillo, preguntándome de dónde y
cómo sacaría la moneda que necesitaba. Estando así, pasó un repartidor
nocturno. Miré a ver si lo conocía. Entonces me acordé de la oficina de
telégrafos de Grand Central. Estaba seguro de conocer a alguien allí. Volví a
Grand Central, bajé la rampa y, ya lo creo, allí en el mostrador, en persona,
estaba mi viejo amigo Driggs. «Driggs, ¿me dejas una moneda de veinticinco
centavos?», dije. «¿Una moneda de veinticinco centavos?», dijo Driggs. «Aquí
tienes, ¡toma un dólar!» Charlamos unos minutos y después volví pitando al
Metro.
Una frase que Cromwell
había dejado caer varias veces durante la primera parte de la velada no dejaba
de venirme a la cabeza: «Mi amigo William Randolph Hearst.» No dudaba lo más
mínimo de que fuesen buenos amigos, a pesar de que Cromwell era bastante joven
para ser un amigo íntimo del zar de los periódicos. Cuanto más pensaba en
Cromwell, más me gustaba. Estaba decidido a volver a verlo pronto, a solas la
próxima vez. Rezaba para que no olvidara hacer esa llamada telefónica. Me
pregunté qué pensaría de mí, cuando advirtiera que había hurgado en su maletín.
Unas noches después
volvimos a vernos. Esa vez en Papa Moskovitz’s. Sólo Cromwell, Mona y yo. Había
sido Cromwell quien había sugerido la cita. Se marchaba para Washington el día
siguiente.
Cualquier inquietud que
yo hubiera sentido al vernos la segunda vez, se disipó ante su cordial sonrisa
y su enérgico apretón de manos. Al instante me informó de que estaba muy
agradecido por lo que había hecho yo, sin especificar qué, pero lanzándome una
mirada que daba a entender claramente que lo sabía todo. «Siempre hago el
ridículo, cuando bebo», dijo, ruborizándose ligeramente. Esa vez tenía más
aspecto de muchacho que la primera noche que lo vi. Me pareció que no debía de
tener más de treinta años. Ahora, que sabía cuál era su auténtica profesión, me
asombraba más su actitud natural y despreocupada. Actuaba como quien no tiene
responsabilidades. Un simple banquero joven de buena familia: ésa era la
impresión que daba.
Mona y él habían estado
hablando de literatura, al parecer. Fingió, Como la otra vez, no estar al
corriente de los acontecimientos literarios. Un simple hombre de negocios con
un conocimiento superficial de finanzas. ¿Política? ¡No entendía ni papa! No, los
asuntos bancarios le ocupaban bastante tiempo. Exceptuando alguna escapada
ocasional, era una persona muy hogareña. Apenas conocía otras ciudades que
Washington y Nueva York. ¿Europa? Sí, estaba deseando visitar Europa. Pero para
eso tendría que esperar a poder pagarse unas auténticas vacaciones.
Afirmó estar
avergonzado de que el único idioma que conocía era el inglés. Pero suponía que
se las podía uno arreglar, si tenía las relaciones adecuadas.
Disfruté oyéndolo
hablar de ese tema. Ni un momento traicioné, de palabra ni con gestos, su
confianza. Ni siquiera a Mona me habría atrevido a revelarle lo que sabía sobre
Cromwell. Parecía entender que se podía confiar en mí.
Así, que hablamos y
hablamos, y de vez en cuando escuchábamos a Moskowitz, y bebimos moderadamente.
Deduje que ya le había dejado claro a Mona que lo de la columna no era posible.
Todo el mundo había elogiado su trabajo, pero el gran jefe, quienquiera que
fuese, había opinado que no correspondía al estilo de los periódicos de Hearst.
«¿Y qué hay del propio
Hearst?», me aventuré a preguntar. «¿Ha dicho que no?»
Cromwell explicó que
generalmente Hearst se guiaba por las decisiones de sus subordinados Todo era
muy complicado, me aseguró. No obstante, pensaba que podía salir alguna otra
cosa, algo más prometedor incluso. Cuando regresara a Washington, lo sabría.
Naturalmente, yo estaba
en condiciones de interpretar eso como mera cortesía, sabiendo como sabía de
sobra que Cromwell no iba a estar por lo menos durante dos meses, que, en
realidad, dentro de siete u ocho días, iba a estar en Bucarest, hablando a la perfección
en la lengua de ese país.
«Puede que vea a
Hearst, cuando vaya a California el mes que viene», dijo, sin pestañear en
ningún momento. «Tengo que ir allí en viaje de negocios.»
«Oh, por cierto»,
añadió, como si acabara de ocurrírsele en aquel momento, «¿no es su amigo, el
doctor Kronski, una persona bastante extraña?... para ser cirujano, quiero
decir.»
«¿A qué se refiere?»,
dije.
«Oh, no sé... Yo
hubiese dicho que era prestamista o algo así. Tal vez sólo estuviese haciendo
teatro para divertirme.»
«¿Se refiere usted a su
conversación? Siempre se comporta así, cuando bebe. No, en realidad es una
persona extraordinaria... y un cirujano excelente.»
«Debo ir a verlo,
cuando vuelva aquí otra vez», dijo Cromwell. «Mi hijito tiene un pie deformé.
Tal vez el doctor Kronski sepa qué se puede hacer por él.»
«Seguro que sí», dije,
olvidando que yo me había hecho pasar por cirujano también.
Como si hubiera
adivinado mi descuido, y para mostrarse un poco travieso simplemente, Cromwell
añadió: «Tal vez pueda usted decirme algo sobre esa cuestión, doctor Marx. ¿O
no es ésa su especialidad?»
«No, la verdad es que
no lo es», dije, «si bien le puedo decir lo siguiente. Hemos curado algunos
casos. Todo depende. Explicar por qué sería bastante complicado...»
Al oír eso, lanzó una
amplia sonrisa. «Entiendo», dijo. «Pero es bueno saber que existe alguna
esperanza, según usted.»
«Efectivamente», dije,
con una sonrisa cordial. «Ahora bien, actualmente en Bucarest existe un célebre
cirujano que tiene fama de haber curado el noventa por ciento de los casos.
Tiene un tratamiento especial propio que aquí no conocemos. Creo que es un tratamiento
eléctrico.»
«¿En Bucarest, dice
usted? Eso es muy lejos.»
«Sí, es verdad», reconocí.
«¿Y si tomáramos otra
botella de vino del Rhin?», sugirió Cromwell.
«Si insiste usted»,
respondí. «Tomaré un traguito, y después tendré que ir yéndome.»
«Quédese», me rogó. «La
verdad es que me gusta hablar con usted. Mire, a veces me parece usted más un
literato que un cirujano.»
«En tiempos escribía»,
dije. «Pero eso fue hace años. En nuestra profesión no nos queda demasiado
tiempo para la literatura.»
«Es como en la
profesión de banca, ¿no?», dijo Cromwell.
«Exactamente.» Nos
sonreímos afablemente.
«Pero ha habido médicos
que han escrito libros, ¿no es así?», dijo Cromwell. «Quiero decir, novelas,
obras de teatro, y demás.»
«Desde luego», dije,
«muchos. Schnitzler, Mann, Somerset Maugham...»
«No se olvide de Elie
Faure», dijo Cromwell. «Aquí, Mona, ha estado hablándome mucho de él. Escribió
una historia del arte, o algo así... ¿no es cierto?» Miró a Mona en busca de
confirmación. «Desde luego, nunca he visto su obra. Yo no soy capaz de distinguir
una pintura buena de una mala.»
«No estoy tan seguro de
eso», dije. «Creo que reconocería usted una falsa, si la viera.»
«¿Por qué dice usted
eso?»
«Oh, es una simple
corazonada. Creo que usted detecta con rapidez cualquier falsificación.»
«Probablemente me esté
usted atribuyendo demasiada agudeza, doctor Marx. Por supuesto, en nuestra
profesión, acostumbra uno a estar alerta ante la moneda falsa. Pero en realidad
no es ésa mi especialidad Para eso tenemos a especialistas.»
«Naturalmente», dije.
«Pero, en serio, Mona tiene razón... un día tiene usted que leer a Elie Faure.
¡Imagínese a un hombre escribiendo una Historia del arte colosal en sus ratos
libres! Solía tomar notas en el puño de la camisa, mientras visitaba a sus pacientes.
De vez en cuando, se marchaba a un lugar lejano, como Yucatán o Siam o la Isla
de Pascua. Dudo de que ninguno de sus vecinos supiera que hacía esa clase de
escapadas. En apariencia, llevaba una vida monótona. Era un médico excelente.
Pero su pasión era el arte. No puedo explicarle hasta qué punto admiro a ese
hombre.»
«Habla usted de él
exactamente igual que Mona», dijo Cromwell. «¡Y dice usted que no tiene tiempo
para otras cosas!»
En ese punto metió baza
Mona. Según ella, yo era un hombre polifacético, un hombre que parecía tener
tiempo para todo.
¿Habría sospechado, por
ejemplo, que el Dr. Marx era también un músico diestro, un experto en ajedrez,
un coleccionista de sellos...?
Entonces Cromwell
afirmó que sospechaba yo era capaz de muchas cosas que no revelaba por
modestia. Entre otras cosas, estaba convencido de que era un hombre de gran
imaginación. Como de pasada, nos recordó que se había fijado en mis manos la
otra noche. En su humilde opinión, revelaban mucho más que la mera habilidad
para manejar el escalpelo.
Interpretando esa
observación a su manera, Mona le preguntó al instante si sabía leer las manos.
«La verdad es que no»,
dijo Cromwell, con expresión de desconcierto. «Lo suficiente quizá para
distinguir a un criminal de un carnicero, a un violinista de un farmacéutico.
Casi todo el mundo puede hacerlo, aun sin conocimiento de quiromancia.»
En ese momento hice
ademán de marcharme.
«¡Quédese!», me rogó
Cromwell.
«No, de verdad, tengo
que irme», dije, y le estreché la mano.
«Espero que volvamos a
vernos pronto», dijo Cromwell. «Traiga a su esposa la próxima vez. Una
personita encantadora. Quedé prendado de ella.»
«Lo es», dije, y
enrojecí hasta las orejas. «Bueno, ¡adiós! ¡Y bon voyage!»
Ante eso, Cromwell alzó
su vaso, sobre cuyo borde detecté una mirada ligeramente burlona. En la puerta
me encontré con Papa Moskowitz.
«¿Quién es ese hombre
que está en vuestra mesa?», me preguntó en voz baja.
«Francamente, no lo
sé», respondí. «Lo mejor es que se lo preguntes a Mona.»
«Entonces, ¿no es amigo
tuyo?»
«Eso también es difícil
de contestar», respondí. «Bueno, ¡adiós!», y me largué.
Aquella noche tuve un
sueño muy inquietante. Comenzó, como ocurre con frecuencia con los sueños, con
una persecución. Yo iba tras un hombre bajo y delgado por una calle oscura,
hacia el río. Tras mí iba un hombre que me perseguía. Era importante para mí alcanzar
al hombre que iba persiguiendo antes de que el otro me alcanzara a mí. El
hombre bajo y delgado no era otro que Spivak. Había pasado la noche
persiguiéndolo de un lugar a otro, y por fin lo había obligado a correr. No
tenía idea de quién fuese el otro hombre. Fuera quien fuese, tenía buenos
pulmones y era ligero de piernas. Me daba la inquietante impresión de que
podría alcanzarme, en cuanto quisiera. En lo referente a Spivak, si bien nada
hubiese sido mejor para mi que verlo ahogarse, era de la mayor urgencia
atraparlo primero; llevaba consigo unos papeles que eran de vital importancia
para mí.
Justo cuando nos
acercábamos al muelle que se proyectaba en el río, lo alcancé, lo agarré
firmemente, y lo zarandeé. Para mi absoluto asombro, no era Spivak: era el loco
de Sheldon. No pareció reconocerme, tal vez a causa de la oscuridad. Cayó de
rodillas y me rogó que no lo degollara. «¡No soy polaco!», dije, y lo puse en
pie de un tirón. En ese momento mi perseguidor nos alcanzó. Era Alan Cromwell.
Me puso un revólver en la mano y me ordenó disparar a Sheldon. «Mira, te voy a
enseñar cómo», dijo, y, tras retorcer cruelmente el brazo a Sheldon, lo puso de
rodillas. Después colocó el cañón del revólver contra la nuca de Sheldon. Ahora
Sheldon gimoteaba como un perro. Cogí el revólver y lo coloqué contra la nuca
de Sheldon. «¡Dispara!», ordenó Cromwell. Apreté el gatillo automáticamente y
Sheldon dio un pequeño brinco, como un muñeco de resorte, y cayó de bruces.
«¡Buen trabajo!», dijo Cromwell. «Ahora, vámonos pitando. Tenemos que estar en
Washington mañana temprano.»
En el tren Cromwell
cambió de personalidad completamente. Ahora era idéntico a mi viejo amigo y
doble, George Marshall. Incluso hablaba exactamente como él, si bien sus
palabras de ese momento eran bastante inconexas. Me estaba recordando los
viejos tiempos, cuando hacíamos el payaso para los otros miembros... de la
célebre Sociedad Jerjes. Me guiñó el ojo y me mostró el botón que llevaba
detrás de la solapa, el mismo que llevábamos todos religiosamente, el que
llevaba grabado en letras de oro: Fratres Semper. Luego me dio el antiguo
apretón de manos, haciéndole cosquillas en la palma, como acostumbrábamos, con
el dedo índice. «¿Es suficiente para ti?», dijo, al tiempo que me hacía otro
guiño astuto. Por cierto, que los ojos se le habían agrandado hasta adquirir
proporciones tremendas: ojos enormes, afectados de bocio, que nadaban en su
redonda cara como ostras hinchadas. Sin embargo, eso sólo cuando hacía un
guiño. Al recuperar, su otra identidad, alias Cromwell, sus ojos eran
completamente normales.
«¿Quién eres?», le
pregunté. «¿Eres Cromwell o Marshall?»
Se llevó el dedo a los
labios, al modo de Sheldon, y dijo: «¡Chssssss!»
Entonces, con voz de
ventrílocuo y hablando por la comisura de los labios, me informó rápida, casi
inaudiblemente, y cada vez con mayor celeridad —¡me mareaba sólo de intentar
seguirlo!— de que lo habían avisado a tiempo, de que estaban orgullosos de mí en
el cuartel general, y de que me iban a encargar una misión muy especial, sí,
para ir a Tokio. Tenía que personificar a uno de los hombres de confianza del
Mikado... para averiguar el paradero del grabado robado. «Ya sabes», y bajó la
voz aún más, al tiempo que me dirigía aquellas horribles ostras flotantes, se
colocaba en su sitio la solapa, me estrechaba la mano y me hacía cosquillas en
la palma, «ya sabes, el que usamos para los billetes de mil dólares.» Entonces
se puso a hablar en japonés, que, descubrí con asombro, podía entender tan
fácilmente como el inglés. Había sido el delegado de Bellas Artes, explicó en
el chau-chau de los japoneses, quien había advertido el engaño. Ese tipo era
experto en grabados pornográficos. Tenía que encontrarme con él en Yokohama,
disfrazado de médico. El iría vestido con uniforme de almirante y uno de esos
ridículos tricornios. En ese momento me dio un descomunal codazo y se rió entre
dientes... exactamente como un japonés. «Siento tener que decirte, Hen»,
continuó, volviendo a hablar en brooklynés, «que han cazado a tu mujer. Pues,
sí, está implicada en el caso. La han cogido in fraganti con un gran paquete de
cocaína.» Me dio otro codazo, más violento esa vez. «¿Recuerdas la última
reunión que organizamos... en Grimmy’s? Ya sabes, ¿aquella vez que se quedaron
dormidos en nuestras narices? Después he tenido que usar muchas veces el truco
de la escala de cuerdas.» Al decir eso, me cogió la mano y me hizo la señal una
vez más. «Ahora escucha, Hen, entiéndelo bien... Cuando bajemos del tren, te
vas caminando tranquilamente por Pennsylvania Avenue, como si estuvieras dando
un paseo. Te encontrarás con tres perros. Los dos primeros serán falsos. El
tercero correrá hasta ti para que lo acaricies. Esa es la pista. Dale palmaditas
en la cabeza con una mano y con la otra pásale los dedos bajo la lengua.
Encontrarás una bolita del tamaño de un grano de avena. Coge al perro del
collar y déjale que te guíe. Si alguien te detuviera, basta con que digas:
¡Ohiol Ya sabes lo que significa eso. Tienen espías apostados en todas partes,
hasta en la Casa Blanca... Ahora fíjate bien, Hen» —y se puso a hablar como una
máquina de coser, rápido, rápido, cada vez más rápido—, «cuando vayas a ver al
Presidente, dale el antiguo apretón de manos. Hay una sorpresita reservada para
ti, pero voy a omitirla. Simplemente ten presente esto, Hen, que es el
Presidente. ¡No lo olvides ni por un momento! Te dirá esto y lo otro... no
tiene ni puñetera idea de nada... pero no te importe, limítate a escuchar. No
des a entender que sabes nada. En el momento crítico aparecerá
Osipresieckswizi. Ya lo conoces... lleva años con nosotros...» Quería hacerle
repetir el nombre, pero no había modo de interrumpirlo, ni por un instante.
«Vamos a llegar a la estación dentro de tres minutos», murmuró, «y todavía no
te he contado la mitad. Esto es lo más importante, Hen, fíjate bien», y me dio
otro doloroso codazo en las costillas. Pero en ese momento había bajado tanto
la voz, que sólo pude captar retazos de lo que decía. Me retorcía de angustia.
¿Cómo iba a poder cumplir mi misión, si me perdía los detalles más importantes?
Desde luego, recordaría lo de los tres perros. El mensaje estaba cifrado, pero
podría descifrarlo en el barco. También debía repasar mi japonés durante el viaje
en el barco, pues mi acento dejaba algo que desear, sobre todo en la Corte.
«¿Estamos?», estaba diciendo él, mientras volvía la solapa otra vez y me
estrechaba la mano. «Espera, espera un momento», le rogué. «Esa última
parte...» Pero ya había bajado las escaleras y se había perdido entre la
multitud.
Mientras caminaba por
Pennsylvanie Avenue, intentando parecer un paseante, me di cuenta acongojado de
que estaba completamente perplejo. Por un momento me pregunté si estaría
soñando. Pero no, estaba en Pennsylvania Avenue, no había duda. Y de repente vi
a un gran perro parado en el bordillo. Comprendí que era de imitación porque
estaba atado a un poste para caballos. Eso me confirmó todavía más que estaba
despierto. Mantuve los ojos Bien abiertos para localizar el segundo perro.
Estaba tan preocupado por que no se me pasara ese segundo perro, que ni
siquiera me volví a mirar, aun estando seguro de que alguien me seguía.
Cromwell, ¿o sería George Marshall? —los dos se habían confundido
inextricablemente—, no había dicho nada sobre que fueran a seguirme. Sin
embargo, tal vez hubiese dicho algo... cuando hablaba en voz tan baja. Me
sentía cada vez más presa del pánico. Intenté repasarlo todo mentalmente,
recordar cómo me había visto envuelto en aquel feo asunto, pero mi cerebro
estaba demasiado fatigado.
De repente, me llevé un
susto que me dejó turulato. En la esquina, parada bajo un farol, estaba Mona.
Tenía en la mano un puñado de Mezzotints y los repartía a los transeúntes.
Cuando llegué a su altura, me entregó uno, al tiempo que me lanzaba una mirada
que significaba: «¡Ten cuidado!» Crucé la calle tranquilamente. Por un rato
llevé el Mezzotint sin mirarlo, dándome golpecitos en el muslo con él como si
fuera un periódico. Después, fingiendo tener que sonarme la nariz, me lo cambié
a la otra mano y, mientras me limpiaba la nariz, leí de soslayo estas palabras:
«El fin es circular como el principio. Fratres Semper.» Me sentí profundamente
desconcertado. Tal vez ése fuera otro deta- llito que se me hubiese escapado,
cuando él estaba hablando en voz baja. De todos modos, tuve la presencia de
ánimo de hacer pedacitos el mensaje. Fui dejando caer los pedazos uno a uno a
intervalos de cien metros aproximadamente, al tiempo que escuchaba atentamente
en cada ocasión para asegurarme de que mi perseguidor no se detenía a
recogerlos.
Llegué a donde estaba
el segundo perro. Era un perrito de juguete y con ruedas. Parecía un juguete
abandonado por un niño. Para asegurarme de que no se trataba de un perro de
verdad, le di una patadita con la punta del pie. Quedó reducido a polvo al instante.
Naturalmente, hice como si fuera la cosa más natural del mundo, y reanudé el
paso tranquilamente.
Estaba a unos metros de
la entrada de la Casa Blanca, cuando divisé el tercer perro, el de verdad. El
hombre que me espiaba ya no me seguía los pasos, a no ser que se hubiera puesto
zapatillas sin que yo lo advirtiese. El caso es que había llegado al último
perro. Era un terranova enorme, juguetón como un cachorro. Se me acercó a
grandes saltos y casi me derribó al intentar lamerme la cara. Me quedé unos
instantes acariciándole la enorme cabeza cálida; después me agaché
cautelosamente y le metí una mano bajo la lengua. Ya lo creo que había una
bolita, envuelta en papel de plata. Como Marshall o Cromwell había dicho, era
del tamaño aproximado de un grano de avena.
Mientras subíamos las
escaleras de la Casa Blanca, yo llevaba el perro cogido del collar. Todos los
guardias hicieron la misma señal: un profundo guiño y un ligero aleteo de la
solapa. Al limpiarme los pies en la esterilla fuera, advertí las palabras Fratres
Semper en grandes letras rojas. El Presidente se acercaba a mí. Llevaba puesto
un chaqué y pantalón a rayas; tenía un clavel en el ojal. Había extendido las
dos manos para recibirme. «Pero, hombre, ¡Charlie!», grité, «¿cómo diablos has
llegado aquí? Pensaba que tenía que reunirme con...» De pronto recordé las
palabras de George Marshall. «Señor Presidente», dije, haciendo una profunda
reverencia, «es un verdadero privilegio...» «Entra, entra», dijo Charlie, al
tiempo que me cogía la mano y me hacía cosquillas con el dedo índice. «Hemos
estado esperándote.»
Si de verdad era el
Presidente, no había cambiado ni pizca desde los viejos tiempos.
Charlie era conocido
como el miembro silencioso de nuestro club. Como su silencio le daba un aire de
sabio, lo habíamos elegido en plan de burla presidente del club. Charlie era
uno de los chicos que vivían en las casas de pisos de la acera de enfrente. Adorábamos
a Charlie, pero nunca pudimos intimar con él... a causa de su inescrutable
silencio. Un día desapareció. Pasaron meses y no hubo la menor noticia de él.
Los meses se convirtieron en años. Nadie había recibido nunca comunicación de
él. Parecía haber desaparecido de la faz de la tierra.
Y ahora me estaba
introduciendo en su estancia privada. ¡El Presidente de Estados Unidos!
«Siéntate», dijo
Charlie. «Ponte cómodo.» Me ofreció una caja de puros.
No me cansaba de mirar.
Tenía el mismo aspecto de siempre, excepto el chaqué y el pantalón a rayas, por
supuesto. Llevaba su espeso cabello rojizo peinado con raya en medio, como
siempre. Llevaba las uñas perfectamente arregladas, como siempre. El mismo Charlie
de siempre. En la parte de abajo del chaleco, como siempre, lucía el antiguo
botón de la Sociedad Jerjes. Fratres Semper.
«Comprendes, Hen»,
empezó a decir, con aquella voz suya, suave y modulada, «por qué he tenido que
mantener en secreto mi identidad.» Se inclinó y bajó la voz. «Ella todavía me
sigue la pista.» (Yo sabía que por ella se refería a su esposa, de la que no se
podía divorciar por ser católico.) «Ella es la que anda detrás de todo esto. Ya
sabes...» Me hizo uno de esos guiños astutos como el que había empleado George
Marshall.
En ese momento se puso
a juguetear con los dedos, como si diera vueltas a una bolita. Al principio no
me di cuenta, pero, después de que hubiese repetido el gesto varias veces,
comprendí lo que quería dar a entender.
«Oh, la bol...»
Entonces alzó un dedo,
se lo llevó a los labios, y, de forma casi inaudible, dijo: «Chssssss.»
Saqué la bolita del
bolsillo del chaleco y la desenrollé. Charlie no dejaba de mover la cabeza muy
serio, pero sin decir palabra. Le entregué el mensaje para que lo leyera; me lo
devolvió y lo leí atentamente. Después se lo volví a entregar y lo quemó rápidamente.
El mensaje estaba en japonés. Traducido, significaba: «Ahora estamos unidos en
hermandad inexorablemente. El fin es lo mismo que el principio. Observa
estricta etiqueta.»
Hubo una llamada de
teléfonos, a la que Charlie respondió en voz baja y grave. Al final dijo:
«Introdúzcalo dentro de unos minutos.»
«Obsipresieckswizi va a
venir aquí en seguida. Irá contigo hasta Yokohama.»
Estaba a punto de
preguntarle si tendría la amabilidad de ser más explícito, cuando dio media
vuelta de improviso en su silla giratoria y me colocó una foto ante las
narices.
«¿La reconocerás,
naturalmente?» Volvió a llevarse el dedo a los labios.
«La próxima vez que la
veas estará en Tokio, probablemente en el patio interior.» En ese momento metió
la mano en el cajón de abajo de su escritorio y sacó una caja de caramelos de
la marca Hopjies, la clase que Mona y yo habíamos vendido de puerta en puerta.
La abrió cuidadosamente y me mostró el contenido: una postal de felicitación
por San Valentín, un mechón de cabellos que parecían de Mona, una daga de
miniatura con mango de marfij y un anillo de matrimonio. Los examiné
atentamente, sin tocarlos. Charlie cerró la caja y volvió a meterla en el
cajón. Luego me hizo un guiño, se sacudió el borde del chaleco y dijo: «¡Ohio!»
Yo repetí tras él: «¡Ohio!»
De repente, se dio
media vuelta de nuevo y me puso la foto delante de las narices. Esa vez era un
rostro diferente. No Mona, sino alguien que se parecía a ella, alguien de sexo
indeterminado, con largo pelo que le caía sobre los hombros, al modo de los indios.
Un rostro sorprendente y misterioso, que recordaba a ese ángel caído, Rimbaud.
Tuve una sensación de inquietud. Mientras miraba, Charlie le dio la vuelta; por
el otro lado había una fotografía de Mona vestida de japonesa, con peinado de
estilo japonés, ojos achinados y párpados pesados que daban a los ojos el
aspecto de dos hendiduras oscuras. Dio vueltas a las fotos varias veces. En
medio de un silencio imponente. No supe qué significado atribuir a aquella
escena.
En ese momento entró un
ayudante para anunciar la llegada de Obsipresieckswizi. Pronunció el nombre
como si fuera Obsequy («Exequias», en inglés. (N del T)). Un hombre alto y
demacrado entró rápido, se dirigió derecho hacia Charlie, al que llamó «Sr. Presidente»,
e inició un discurso verboso en polaco. No había advertido mi presencia en
absoluto. Tuvo suerte de que así fuera, porque yo podría haber cometido un
grave desliz al llamarlo por su nombre verdadero. Estaba pensando en lo bien
que estaban saliendo las cosas, cuando mi viejo amigo Stasu, pues no era otro
que él, dejó de hablar tan abruptamente como había empezado.
«¿Quién es éste?»,
preguntó con su tono brusco e insolente, al tiempo que se dirigía hacia mí.
«Míratelo bien», dijo
Charlie. Hizo un guiño, primero a mí y luego a Stasu.
«Oh, eres tú», dijo
Stasu, al tiempo que extendía la mano de mala gana. «¿Qué tiene él que ver en
esto?», dijo, dirigiéndose al Presidente.
«Eso eres tú quien debe
decidirlo», dijo Charlie imperturbable.
«Humm», masculló Stasu.
«Nunca ha servido para nada. Es un completo fracasado.»
«Todos lo sabemos»,
dijo Charlie, tan tranquilo, «pero es igual.» Apretó un botón y apareció otro
ayudante. «Encárguese de que estos hombres lleguen al aeropuerto a salvo,
Griswold. Use mi coche.» Se levantó y nos estrechó la mano. Su comportamiento
era exactamente el de quien ocupa un cargo tan elevado. Tuve la sensación de
que era efectivamente el Presidente de nuestra gran República, y, además, un
Presidente muy sagaz y competente. Cuando llegamos al umbral, exclamó:
«¡Fratres Semper!» Dimos media vuelta, hicimos el saludo militar, y repetimos:
«¡Fratres Semper!»
No había luces en el
avión, ni siquiera dentro. Ninguno de los dos hablamos por un rato. Por fin,
Stasu prorrumpió en un torrente de palabras polacas. Me parecía
extraordinariamente familiar pero, aun así, me resultaba imposible entender ni
una palabra excepto Pan y Pani.
«Habla inglés», le
pedí. «Ya sabes que no hablo polaco.»
«Haz un esfuerzo»,
dijo, «y lo recordarás. En tiempos lo hablabas, no te hagas el tonto. El polaco
es el idioma más fácil del mundo. Mira, haz esto...», y se puso a pronunciar
sonidos sibilantes y chirriantes, como una serpiente en celo. «Ahora, ¡estornuda!
Bien. Ahora, ¡haz gárgaras! Bien. Ahora, ¡enrolla la lengua hacia atrás como
una alfombra y traga! Bien. Lo ves... es lo más fácil del mundo. Los rudimentos
son las seis vocales, las doce consonantes y los cinco diptongos. Si tienes
duda, escupe o silba. Nunca abras la boca del todo. Aspira el aire y empuja la
lengua contra los labios cerrados. Así. Habla rápido. Cuanto más rápido, mejor.
Alza la voz un poco, como si fueras a cantar. Eso es. Ahora, cierra el paladar
y haz gárgaras. ¡Perfecto! Estás aprendiendo. Ahora repite conmigo, y sin
tartamudear: Ochizkishyi seiecsuhy plaifuejticko eicjcyciu! ¡Excelente! Ya
sabes lo que significa: ‘¡El desayuno está listo!’»
Me sentía feliz con mi
facilidad. Repetimos varias frases usuales, como: «La cena está servida», «el
agua está caliente», «sopla un viento fuerte», «no dejes apagar el fuego», etc.
Yo estaba recordando todo fácilmente. Stasu tenía razón. Bastaba con que hiciera
un pequeño esfuerzo y las palabras me venían a la punta de la lengua.
«¿Adonde vamos ahora?»,
pregunté en polaco, simplemente para variar la jerigonza.
«Izn
Yotzxkiueoeumasysi», respondió.
Me pareció recordar
hasta esa larga palabra. Una lengua extraña, el polaco ése. Tenía sentido,
aunque hubiera que hacer acrobacias con la lengua. Después de una o dos horas
de polaco, iba a estar más que apto para reanudar mi estudio del japonés.
«¿Qué vas a hacer
cuando lleguemos allí?» En polaco, por supuesto.
«Drnzybysi uttituhy
kídjeueycmayi», dijo Stasu. Que significaba, en nuestra lengua vernácula: «No
te preocupes.»
Después añadió, con
algunos juramentos, que yo había olvidado: «Mantén la boca cerrada y los ojos
abiertos. Espera a que te den órdenes.»
En todo ese tiempo no
había dicho ni una palabra sobre el pasado, sobre nuestra época de infancia en
Driggs Avenue, sobre su bondadosa tía, quien solía darnos cosas de comer que
sacaba del frigorífico. Era una persona tan adorable, su tía. Siempre hablaba
—en polaco, se entiende— como si cantara. Stasu no había cambiado lo más
mínimo. Tan hosco, desafiante, arisco y desdeñoso como siempre. Recordé el
miedo y espanto que me inspiraba de niño... cuando se irritaba. En esos casos
era un auténtico demonio Cogía un cuchillo o un hacha y se lanzaba a por mí
como un rayo. En las únicas ocasiones en que parecía agradable y amable era
cuando su tía lo enviaba a comprar sauerkraut. Solíamos comernos un poco por el
camino. Estaba bueno aquel sauetkraut crudo. A los polacos les gustaba
enormemente. Eso, y plátano frito. Plátano blando y muy dulce.
Ahora estábamos
aterrizando. Debía de ser Yokohama. No pude distinguir nada, todo el aeropuerto
estaba envuelto en la oscuridad.
De pronto me di cuenta
de que estaba solo en el avión. Palpé a mi alrededor en la oscuridad, pero ni
rastro de Stasu. Lo llamé en voz baja, pero no hubo respuesta. Un ligero pánico
se apoderó de mí. Empecé a sudar profusamente.
Al bajar del avión, dos
japoneses corrieron a mi encuentro. «¡Ohio! ¡Ohio!», exclamaron. «¡Ohio!»,
repetí. Saltamos a unos carritos y nos pusimos en camino hacia la ciudad
propiamente dicha. Evidentemente, no había electricidad: sólo lámparas de
papel, como en un festival. Todas las casas eran de bambú, limpias y bonitas,
las aceras estaban pavimentadas con bloques de madera. De vez en cuando
cruzábamos un puentecito de madera, como los que se ven en los grabados
antiguos.
Estaba amaneciendo,
cuando entramos en el recinto del palacio del Micado.
Debería haber estado
temblando entonces, pero en realidad estaba sereno, absolutamente tranquilo,
preparado para cualquier eventualidad. «El Micado va a resultar ser otro viejo
amigo», me dije, satisfecho de mi sagacidad.
Nos apeamos delante de
un enorme portal pintado de colores vivos, nos cambiamos y nos pusimos zuecos
de madera y quimonos, nos postramos varias veces, y después esperamos a que se
abriera el portal.
Silenciosa, casi
imperceptiblemente, el gran portal se abrió por fin. Estábamos en medio de un
pequeño patio circular, cuyo enlosado tenia madreperlas y gemas preciosas
incrustadas. En el centro del patio había una estatua enorme de Buda. La
expresión en el rostro de Buda era grave y seráfica a un tiempo. Emanaba de él
una sensación de tranquilidad como yo no habla conocido en mi vida. Me sentí
atraído al círculo de los bienaventurados. El universo entero parecía haber
entrado en una quietud extática.
Una mujer avanzaba
desde uno de los corredores abovedados y ocultos. Iba vestida con un traje de
ceremonia y transportaba una vasija sagrada. Al acercarse al Buda, todo quedó
transformado. Ahora avanzaba con paso de bailarina, al son de una extraña música
cacofónica, sonidos agudos de staccato producidos con madera, piedra y hierro.
Ahora de todas las puertas salían bailarinas con estandartes terroríficos y los
rostros tapados por máscaras horribles. Al rodear la estatua del Buda, soplaron
en enormes conchas de caracol que emitieron sonidos sobrenaturales. De repente,
cesaron y me encontré solo en el patio, frente a un enorme animal que se
parecía a un toro. El animal estaba acurrucado en un altar de hierro algo
parecido a una sartén. Ahora veía que no era un toro, sino el Minotauro. Tenía
un ojo cerrado serenamente y con el otro me miraba, si bien con expresión
bastante amistosa. De improviso aquel ojo enorme se puso a hacerme guiños con
disimulo y coquetería, como una mujer bajo un farol en un barrio bajo de la
ciudad. Y, al tiempo que hacía guiños, se acurrucaba todavía más, como si se
preparara para que lo asasen. Luego cerró el enorme ojo y fingió dormitar. De
vez en cuando batía los párpados de aquel monstruoso globo que había parpadeado
tan juguetón.
Furtivamente, de
puntillas, y con penosa lentitud, me acerqué al espantoso monstruo. Cuando
llegué a unos pasos del altar, que, como comprobé entonces, tenía la forma
característica de una cacerola, advertí horrorizado que unas llamitas lo lamían
por abajo. El Minotauro parecía removerse en su propio jugo, placenteramente.
De nuevo abría y cerraba aquel gran ojo. La expresión era de pura broma.
Me acerqué más y sentí
el calor que despedían aquellas llamitas. También percibí el hedor de la piel
chamuscada del animal. Estaba hipnotizado de terror. Me quedé clavado donde
estaba, con el sudor bajándome a torrentes por la cara.
De pronto el monstruo
se levantó de un salto y se balanceó sobre las patas traseras. Advertí con
horror y náuseas que tenía tres cabezas. Los seis ojos estaban abiertos de par
en par y me miraban de reojo. Paralizado, miré apenado cómo caía la piel quemada
y revelaba una capa inferior de piel pura y lisa como el marfil. Entonces las
cabezas empezaron a volverse blancas también, excepto las tres narices y morros
que eran de color bermellón. En torno a los ojos había círculos de azul, azul
cobalto. En cada frente había una estrella negra; centelleaban como estrellas
de verdad.
Sin dejar de
balancearse sobre las patas traseras, el monstruo se puso a cantar, alzando la
cabeza todavía más, al tiempo que sacudía la melena y giraba sus seis ojos
horribles y socarrones.
«¡Virgen María!»,
susurré en polaco, a punto de desvanecerme de un momento a otro.
La canción, que al
principio había parecido un canto ecuatorial, se estaba volviendo cada vez más
reconocible. Con habilidad sobrenatural, el monstruo pasó sutil y rápidamente
de un registro a otro, de una tonalidad a otra, hasta que el final entonaba con
voz clara e inconfundible el Himno a la Bandera. A medida que avanzaba el
himno, la bella piel blanca del Minotauro pasaba de blanco a rojo y después a
azul. Las estrellas negras de las frentes se volvieron doradas; destellaban
como semáforos.
Mi mente, incapaz de
seguir aquellos asombrosos cambios, pareció quedarse en blanco. O tal vez se
hubiera producido un auténtico apagón. En cualquier caso, cuando me quise dar
cuenta el Minotauro había desaparecido y el altar con él. En el bello enlosado
malva, malva y rosa pálido en realidad, en el que las preciosas gemas
incrustadas centelleaban como estrellas ígneas, una mujer desnuda de
proporciones voluptuosas y con una boca semejante a una herida recién abierta
estaba ejecutando la danza del vientre. Su ombligo, aumentado hasta el tamaño
de un dólar de plata, estaba pintado de carmesí intenso; llevaba puesta una
diadema y tenía las muñecas y los tobillos tachonados de brazaletes. Yo la
habría reconocido en cualquier sitio, desnuda o envuelta en algodón. Su larga
melena dorada, sus extraviados ojos de ninfómana, su supersensual boca me
revelaban inconfundiblemente que no era otra que Helen Reilly. Si no hubiera
sido tan ferozmente posesiva, ahora estaría sentada en la Casa Blanca con
Charlie, que la había abandonado. Habría sido la Primera Dama del País.
Sin embargo, apenas
tuve tiempo de reflexionar. La estaban metiendo en un avión conmigo, en pelotas
y apestando a sudor y a perfume. Volvíamos a estar en marcha... de vuelta a
Washington, sin lugar a dudas. Le ofrecí mi quimono, pero lo apartó con la mano.
Se sentía cómoda tal como estaba, gracias. Allí estaba sentada frente a mí, con
las rodillas alzadas casi hasta la barbilla, las piernas descaradamente
separadas y fumando un cigarrillo. Me pregunté qué diría el Presidente —es
decir, Charle—, cuando le pusiera la vista encima. Siempre la había tachado de
tía lasciva que no valía un pimiento. En fin, el caso era que yo me había
portado. La llevaba de vuelta, eso era lo único importante. Seguro que él,
Charlie, pretendía obtener uno de esos divorcios que sólo el Papa en persona
podía conceder.
Durante todo el vuelo
siguió fumando un cigarrillo tras otro, manteniendo su descarada postura,
mirándome lasciva, poniendo ojos melosos, levantando las tetas, acariciándose
incluso de vez en cuando. Era casi insoportable para mí: tuve que cerrar los
ojos.
Cuando los abrí,
estábamos subiendo las escaleras de la Casa Blanca entre dos filas de guardias,
que tapaban la figura desnuda de la esposa del Presidente. La seguí, mirando
con absoluta fascinación su forma de mover el culo nalguibajo. Si no hubiera
sabido quién era, podría perfectamente haberla tomado por una de las bailarinas
del vientre de la empresa de los hermanos Minsky... por la propia Cleo.
Al abrirse las puertas
de la Casa Blanca, me llevé la sorpresa de mi vida. Ya no era la habitación
donde me había recibido el Presidente de nuestra gran república. Era el
interior de la casa de George Marshall. Una mesa de proporciones asombrosas
ocupaba casi toda la longitud de la habitación. A cada extremo había un
candelabro imponente. En torno a ella había once hombres sentados, cada uno con
un vaso en la mano: me recordaron a las figuras de cera de Madame Tussaud. No
hace falta decir que eran los once miembros del grupo original de «Pensadores
profundos», como en un tiempo nos llamábamos. Evidentemente la silla vacía
estaba reservada para mí.
En un extremo de la
mesa estaba sentado nuestro antiguo Presidente, Charlie Reilly; en el otro
extremo se sentaba nuestro Presidente auténtico, George Marshall. A una señal
dada, todos ellos se levantaron solemnemente, con los vasos alzados, y
prorrumpieron en un vítor ensordecedor. «¡Bravo, Hen! ¡Bravo!», exclamaron. Y
acto seguido se precipitaron sobre nosotros, cogieron a Helen por los brazos y
las piernas, y la colocaron sobre la mesa de la Comunión. Charlie me cogió la
mano y repitió calurosamente: «¡Buen trabajo, Hen! ¡Buen trabajo!» Entonces
estreché la mano a cada uno por turno, al tiempo que hacía la antigua seña:
haciéndoles cosquillas en la palma con el dedo índice. Todos estaban
extraordinariamente bien conservados: digo «conservados» porque, a pesar del
calor y la cordialidad de su recibimiento, tenían algo de artificial, algo de
figuras de cera. No obstante, era agradable volver a verlos. Como en los viejos
tiempos, pensé. Becker, con su desgastado estuche de violín; George Gifford,
contraído y encogido, como siempre, y hablando con la nariz; Steve Hill, alto y
fanfarrón, intentando parecer todavía más importante que nunca; Woodruff,
MacGregor, Al Burger, Grimmy, Otto Kunst, y Frank Carroll. Me sentí
inmensamente contento de ver a Frank Carroll. Tenía ojos color lavanda con
enormes pestañas, como las de una muchacha. Hablaba con voz suave y tierna, más
con los ojos que con la boca. Una mezcla de cura y gigolo.
George Marshall fue
quien nos devolvió a la realidad. Estaba dando golpes en la mesa con el mazo.
«¡Se abre la sesión!» Volvió a golpear vigorosamente y todos acudimos en fila a
nuestros respectivos lugares en la mesa. El círculo estaba completo, el fin como
el principio. Unidos en hermandad, inexorablemente. ¡Qué claro era todo! Todos
con su botón, que llevaba inscrito en letras de oro Fratres Semper. Todo era
exactamente como había sido siempre, hasta para la madre de George Marshall,
que iba y venía de la cocina, con los brazos cargados de provisiones
tentadoras. Inconscientemente, le miré atentamente el ancho trasero. ¿Acaso no
había dicho una vez George Marshall que el sol salía y se ponía en su culo?
Sólo había un detalle
inquietante en aquella reunión, y era la presencia (en cueros) de la esposa de
Charlie Reilly. Allí estaba, en el centro de la larga mesa, tan descarada e
impúdica como siempre, con un cigarrillo en los labios, esperando el quite. Sin
embargo, y eso era todavía más extraño, más inquietante para mí, nadie parecía
prestarle atención. Miré en dirección de Charlie para ver cómo se lo tomaba;
parecía tan campante, sereno, comportándose de forma muy parecida a como lo
había hecho cuando estaba personificando al presidente de Estados Unidos.
Ahora se dejó oír la
voz de George Marshall. «Antes de que sigamos con la lectura de las actas»,
dijo, «quiero presentaros, compañeros, a un nuevo miembro del club. Es nuestro
primer y único miembro femenino. Una auténtica dama, si es que debo mentir como
un perro. Puede que algunos de vosotros la reconozcáis. En cualquier caso,
estoy seguro de que Charlie sí.» Nos ofreció una mueca astuta, que quería ser
una sonrisa, y se apresuró a seguir. «Esta es una reunión importante, quiero
que lo entendáis, compañeros. Aquí, Hen, ha ido a Tokio y ha regresado: de
momento no voy a decir para qué. A la conclusión de esta sesión, que, por
cierto, es secreta, quiero, amigos, que ofrezcáis a Hen el pequeño homenaje que
le hemos preparado. Su misión era peligrosa y la ha cumplido al pie de la
letra. Y ahora, antes de pasar al asunto que hemos de tratar, que es sobre la
reunión para beber cerveza que celebraremos en casa de Gifford el próximo
sábado por la noche, voy a pedir a esta damita (al decir esto, lanzó una mirada
y una sonrisa socarronas) que ejecute una de sus especialidades. Este número,
supongo que no es necesario que os lo diga, va a ser la famosa danza del
vientre. La ha ejecutado para el Micado: no hay razón para que no la realice
para nosotros. En cualquier caso, notaréis que no lleva nada encima, ni
siquiera una hoja de parra.» Como amenazaba con desatarse un tumulto, golpeó
firmemente con el mazo. «Antes de que inicie su número, permitidme, compañeros,
decir lo siguiente: espero que observaréis la actuación con estricto decoro.
Hen y yo hemos organizado este número para despertar mayor interés en las
actividades del club. Las últimas reuniones han sido absolutamente
desalentadoras. El auténtico espíritu del club parece haberse esfumado. Esta es
una reunión especial para realzar el antiguo espíritu de camaradería...»
Dicho eso, dio tres
rápidos golpes con el mazo, tras lo cual un fonógrafo en la cocina empezó a
tocar el St. Louis Blues. «¿Está todo el mundo contento?», dijo con voz de
gorgorito. «Muy bien. Helen, ¡enséñanos lo que sabes hacer! Y recuerda, ¡mueve
el esqueleto con ganas!»
Se trasladaron los
candelabros a un aparador contra la pared; se habían apagado todas las velas
menos dos. Helen empezó a retorcerse y culebrear al modo grandioso de los
antiguos. En la otra pared su sombra repetía sus movimientos exagerados. Era
una versión japonesa de la danza del vientre la que nos estaba ofreciendo.
Parecía como si la hubieran adiestrado desde la infancia. Todos los músculos de
su cuerpo estaban bajo control. Usaba con extraordinaria destreza hasta los
músculos faciales, sobre todo cuando simulaba los movimientos convulsivos del
orgasmo. Ni uno de los doce miembros que éramos se movió de su rígida posición
vertical. Nos quedamos sentados como focas amaestradas, con las manos yertas y
los ojos siguiendo todos y cada uno de los movimientos que, como sabíamos,
tenían un significado particular. Al apagarse la última nota, George Gifford se
cayó de la silla desmayado. Helen saltó de la mesa y corrió a la cocina. George
Marshall dio feroces golpes con el mazo. «¡Sacadlo al porche», ordenó, «y remojadle
la cabeza en un cubo de agua! ¡Rápido! Tenemos que pasar al orden del día.» Eso
hizo refunfuñar y rezongar a los demás. «¡Volved a vuestros sitios!», exclamó
George Marshall. «Esto no es más que la introducción. Manteneos serenos y
veréis lo que es bueno. Por cierto, si alguno tiene ganas de cascársela, puede
excusarse e irse al retrete.»
Todos, menos George
Marshall y yo, se alzaron como un solo hombre e hicieron mutis por el foro.
«Ya ves con lo que
tenemos que habérnoslas», dijo George Marshall en. tono de absoluta
desesperación. «Preparemos lo que preparemos para ellos, es inútil. Voy a tomar
la medida de disolver el club. Quiero que conste en acta, como exigen los
estatutos.»
«¡Hostias! ¡No hagas
eso!», le rogué. «Al fin y al cabo, son humanos.»
«En eso es en lo que te
equivocas», dijo George Marshall. «Todos ellos son hombres escogidos, y
deberían saber comportarse. La última vez ni siquiera tuvimos quórum.»
«¿Qué quieres decir con
eso de que deberían saber comportarse?»
«La etiqueta exige que
no se dé muestras de emoción. Nueve de ellos están ahí fuera cascándosela. El
décimo se ha desmayado. ¿Adónde vamos a ir a parar?»
«¿No te estás pasando
un poco de severo?»
«No me queda más
remedio, Hen. No podemos seguir mimándolos siempre.»
«Aun así, creo que...»
«Mira, Hen», y empezó a
hablar más rápido, bajando la voz cada vez más. «Nadie, excepto Charlie y yo,
sabe para qué fuisteis a Tokio. Has hecho un buen trabajo. Arriba están
enterados de todo. Esto es un simple truquillo que se me ocurrió para
despistarlos. Después de que acabe la reunión, Charlie y yo vamos a coger a
Helen y vamos a corremos una juerguecita. No quería que perdieran el control o,
si no, la habrían sobado hasta matarla. Ella se está arreglando ahí...» Me hizo
un guiño astuto... «dándose una ducha... un poco de alumbre, un poco de
cantárida. Ya sabes... Ahora mi madre le está dando un masaje. ¡Mira!» Se
agachó a coger algo escondido bajo la mesa. «¿Ves esto?» Era un enorme pene de
goma lleno de agua. Lanzó un chorrito. «¿Comprendes de qué va la cosa? Esto es
para Charlie. No lo comentes, es una sorpresa. Eso de ser Presidente no es
divertido. Hace más de un año que no se come una rosca. Aquí hay suficiente
agua» —agitó el pene de goma lascivamente— «para hacerla mear por los oídos,
los ojos y la nariz.»
«Va a ser divertido,
Hen. Todo en secreto, desde luego. Mi madre está al corriente, pero no se irá
de la lengua. Como recordarás, en cierta ocasión te dije que el sol sale y se
pone en su culo.»
Después añadió algo tan
impropio de George Marshall, que me dejó completamente pasmado. «Atiende a
esto, Hen», dijo, «que te interesa: al hombre de India le gusta ver la cintura
doblada bajo el peso dé los pechos y de las caderas; le gustan las formas largas
y en disminución y la ondulación de los músculos al surgir un movimiento de
todo el cuerpo. Heroísmo y obscenidad no parecen más importantes en la vida del
universo que la lucha o el emparejamiento de un par de insectos en el bosque
Todo está en el mismo plano.»
Volvió a hacerme ese
pronunciado y astuto guiño que tanto me había aterrado. «¿Chanelas, Hen? Como
te decía hace un momento, el antiguo impulso se ha agotado; tenemos que
encontrar sangre nueva. Tú y yo estamos entrando en años; no podemos hacer
estos viejos trucos con el mismo entusiasmo y gusto. Cuando llegue la guerra,
me incorporaré a la artillería.»
«¿Qué guerra, George?»
Respondió: «No quiero
andar haciendo más ejercicios de trapecio.»
Ahora los otros
miembros volvían juntos del retrete. En mi vida había visto unos tipos tan
demacrados, agotados, consumidos, hechos una ruina. «Tiene razón», pensé para
mis adentros, «tenemos que buscar sangre nueva.»
Volvieron a ocupar en
silencio sus lugares en la mesa, con las cabezas caídas como flores marchitas
Algunos de ellos parecían sumidos en un profundo trance. Georgie Gif- ford iba
mascando un tallo de apio: la imagen misma, exceptuando la barba, de un chivo
viejo y absurdo. Daba pena ver a toda la puñetera pandilla.
Unos cuantos golpes del
mazo y se reanudó la sesión. «¡Los que estén despiertos que presten atención!»,
comenzó George Marshall con voz firme y perentoria. «Hubo un tiempo en que os
llamabais ‘Los pensadores profundos’. Os asociasteis para formar un enclave, la
famosa Sociedad Jerjes. Habéis dejado de ser dignos de formar parte de esta
sociedad secreta. Habéis degenerado. Algunos de vosotros os habéis atrofiado.
Dentro de un momento voy a someter a votación la disolución de la organización.
Pero primero tengo algo que decir a nuestro antiguo presidente, Charlie Reilly»
Dicho eso, dio unos
cuantos mazazos con mala leche. «¿Estás despierto, miserable? Te estoy hablando
a ti. ¡Siéntate bien derecho! ¡Abróchate la bragueta! Ahora escucha... En
atención a los servicios prestados, te voy a devolver a la Casa Blanca, donde
desempeñarás el cargo otros cuatro años, si es que te reeligen. En cuanto acabe
la reunión, quiero que te pongas el chaqué y el pantalón a rayas y te des el
piro. Todavía te queda juicio suficiente para cumplir con las exigencias del
Ministerio de la Guerra. Si no abres la boca, nadie se enterará de nada. Estás
degradado, deshecho, desacreditado.» Al decir eso, volvió la cabeza y se fijó
en mí. «¿Qué te ha parecido eso, Hen? De acuerdo con las reglas, ¿eh?» Bajó la
voz y, hablando con rapidez aterradora, susurró por la comisura de los labios:
«Esto es especial para ti... El hombre no cambiará en nada su destino final,
que es el de regresar tarde o temprano a lo inconsciente y sin forma.»
Acto seguido, se
levantó y me llevó corriendo a la cocina. Una nube de humo nos recibió. «Como
te estaba diciendo, Hen, te hemos preparado una sorpresita.» Dicho eso, apartó
el humo soplando. A cada extremo de la cocina se encontraban sentadas Mona y
aquella misteriosa criatura de pelo negro cuya fotografía había visto.
«¿Qué es esto?»,
exclamé.
«Tu esposa y su amiga.
Una pareja de tortilleras.»
«¿Dónde está Helen?»
«Ha vuelto a Tokio.
Estamos usando a éstas de sustitutas.» Me dio un codazo terrible y me hizo un
guiño astuto.
Mona y su amante
estaban demasiado ocupadas jugando a las cartas como para mirarnos siquiera.
Parecían divertidísimas. La extraña criatura de larga melena tenía
articulaciones dobles; tenía un bigote fino, pechos firmes, y llevaba
pantalones de ante con una trencilla de oro en las costuras. Exótica de pies a
cabeza. De vez en cuando, se pinchaban mutuamente con la aguja.
«¡Vaya dos patas para
un banco!», comenté. «Deberían estar en el Haymarket.»
«Déjalo de cuenta de
Cromwell», dijo George Marshall, «ya lo tiene todo preparado.»
Apenas acababa de
pronunciar el nombre, cuando llamaron a la puerta.
«Es él», dijo George
Marshall. «Siempre puntual.»
Se abrió la puerta
despacio, como accionada por un resorte oculto. Entró un hombre con un enorme
vendaje ensangrentado en torno a la cabeza. No era Cromwell, era el loco de
Sheldon. Di un chillido y me desvanecí.
Cuando volví en mí,
Sheldon estaba sentado a la mesa repartiendo las cartas. Se había quitado el
vendaje. Del negro agujerito de la nuca goteaba sangre constantemente, que le
corría por el blanco cuello de la camisa y por la espalda.
Volví a tener la
sensación de que iba a desmayarme. Pero George Marshall, al notar mi
desconcierto, sacó rápidamente un tapón de vidrio del bolsillo del chaleco, lo
metió en el agujero causado por la bala, y la sangre dejó de manar. Ahora
Sheldon se puso a silbar alegremente. Era una canción de cuna polaca. De vez en
cuando interrumpía la melodía para escupir en el suelo, tras lo cual tarareaba
unos compases, tan suave y tiernamente, que parecía una madre con el niño al
pecho. Tras haber tarareado y silbado, tras haber escupido en todas las
direcciones, le dio por cantar en hebreo, moviendo la cabeza hacia delante y
hacia atrás, gimiendo, haciendo el trémolo, en tono alto y de falsete,
sollozando, gimoteando, rezando. Cantaba con potente voz de bajo y una intensidad
asombrosa Siguió así un tiempo. Era como un hombre poseído. De repente, pasó a
otro registro, que daba a su voz un timbre metálico y peculiar, como si sus
pulmones fueran de metal puro. Ahora estaba cantando en yiddish, una tonada de
borracho con juramentos terribles y sucias imprecaciones. «Die Hutzulies,
farbrent soln sei wern... Die Merder, geharget soln sei wern... Die Gozlonem,
unzinden soln sei sich...» Su voz se elevó hasta un chillido. «Fonie-ganef, a
miese meshine of sei!» Acto seguido, sin dejar de gritar y echando espuma por
la boca, se puso en pie y empezó a girar como un derviche. «Cossaken! Cossaken!
Cossaken!», repetía sin cesar, pateando y lanzando un chorro de sangre por los
labios fruncidos. Disminuyó la velocidad un poco, se llevó la mano al bolsillo
de atrás del pantalón y sacó una navaja de miniatura con mango de nácar. Luego
se puso a girar cada vez más rápido, y, mientras chillaba «Cossaken! Hutzulies!
Gozlonem! Merder! Fonie-Ganef!», se daba puñaladas sin cesar, en brazos, piernas,
estómago, ojos, nariz, oídos, boca, hasta quedar reducido a una masa de
heridas. De repente se detuvo, cogió a las dos mujeres del cuello y golpeó sus
cabezas una contra otra... sin cesar, como si fueran dos cocos. Después se
desabrochó la camisa, se llevó el silbato de policía a los labios, y dio un
pitido que hizo temblar las paredes. A continuación, los diez miembros de la
Sociedad Jerjes llegaron corriendo a la puerta; mientras cruzaban el umbral,
Sheldon, que había sacado su pistola, les disparaba uno a uno, al tiempo que
gritaba: «A miese mesbine of sei. . Hutzulies. Gozlonem, Merder, Cossaken»
Sólo George Marshall y
yo estábamos con vida. Estábamos demasiado paralizados como para movernos. Nos
manteníamos con la espalda pegada a la pared, en espera de nuestro turno.
Pasando por encima de los cuerpos de los muertos como si fueran troncos caídos,
Sheldon se acercó a nosotros despacio y nos apuntó con la pistola, al tiempo
que se desabrochaba la bragueta con la mano izquierda. «¡Perros sarnosos!»,
dijo en polaco, «ésta es vuestra última oportunidad de rezar. Rezad, mientras
me meo en vosotros, ¡y ojalá mi sangrienta orina escalde vuestros podridos
corazones! ¡Invocad ahora a vuestro Papa, y a vuestra Virgen María! ¡Invocad a
ese farsante de Jesucristo! Los asesinos serán geschiessen. ¡Cómo apestáis,
goyim asquerosos! ¡Tiraos el último pedo!»
Y nos vertió encima su
roja orina humeante, que nos corroía la piel como ácido. Apenas había acabado,
cuando disparó a quemarropa a George Marshall; el cuerpo cayó al suelo como un
saco de estiércol.
Alcé la mano para
gritar ¡Alto!, pero Sheldon estaba ya disparando. Mientras me desplomaba en el
suelo, empecé a relinchar como un caballo. Le vi levantar el pie y darme una
patada en la cara. Rodé de costado. Sabía que era el fin.
VII
Tardé unos días en
disipar la impresión causada por aquel sueño. De algún modo misterioso había
afectado también a Mona, a pesar de que yo no se lo había contado. Estábamos
inexplicablemente apáticos y decaídos. Después de haber tenido un sueño tan
violento sobre él, esperaba con impaciencia ver aparecer a Sheldon, pero no se
le veía el pelo. En cambio, recibimos una postal de O’Mara en la que nos
informaba de que se encontraba en las cercanías de Asheville, localidad que
pasaba por un período de prosperidad. Decía que nos avisaría para que nos
uniéramos a él, en cuanto le fuesen bien las cosas.
Por puro aburrimiento,
Mona cogió otro trabajo en el Village, aquella vez en un sombrío antro llamado
The Blue Parrot. Por Tony Maurer, un nuevo admirador, se enteró de que el
millonario de Milwaukce tenía que llegar a la ciudad un día de aquellos.
«¿Y quién es Tony
Maurer?», le pregunté.
«Un caricaturista»,
respondió. «En tiempos fue oficial de la caballería alemana. Es lo que se dice
una persona con talento.»
«No me digas más»,
dije. Seguía deprimido. Hacer acopio de una sombra siquiera de interés por uno
de sus nuevos admiradores era superior a mis fuerzas. Me sentía abatido, y así
iba a seguir hasta que tocara fondo. Ni siquiera podía resistir la lectura de
Elie Faure. No podía llegar a concentrarme en algo más importante que un
movimiento del vientre.
En cuanto a visitar a
mis amigos, no había ni que pensarlo. Cuando estaba deprimido, raras veces iba
a ver a nadie, ni siquiera a un amigo íntimo. Los escasos intentos que había
hecho de dar sablazos por mi cuenta habían contribuido a bajarme la moral. Luther
Goering, el último al que había abordado —por cinco cochinos dólares—, me había
quitado los pocos ánimos que me quedaban. No tenía intención de asediarlo, en
vista de que era casi de la familia, pero, como me lo encontré en el metro,
pensé que igual podía aprovechar la ocasión. El error que cometí fue
interrumpirlo en medio de una de sus interminables peroratas. Había estado
contándome el enorme éxito que estaba teniendo (de agente de seguros) gracias a
la aplicación de las enseñanzas de Cristo. Por haberme considerado siempre un
ateo, ahora estaba encantado de poder abrumarme con las pruebas del lado
práctico de la ética cristiana. Más aburrido que una ostra, lo escuché por un
rato en absoluto silencio, y en ciertos momentos sentía la tentación irreprimible
de reírme en sus narices. Cuando nos acercábamos a nuestra estación, interrumpí
el monólogo para preguntarle si me prestaba cinco dólares. La petición debió de
parecerle ofensivamente inoportuna, pues le dio un berrinche. Por un momento,
pensé que me iba a dar una bofetada; estaba lívido de rabia, los labios le
temblaban, los dedos se le crispaban incontrolablemente. Me preguntó qué me
había creído. ¿Acaso suponía que, porque por fin hubiera él conseguido ganarse
bien la vida, tenía yo derecho a considerarlo una institución de caridad?
Cierto, la Biblia decía: «Pedid y se os dará, llamad y os abrirán las puertas»,
pero no se debía inferir de esas palabras que hubiera que dejar de trabajar y
convertirse en un mendigo. «Dios cuida de mí», dijo, «porque me cuido. Trabajo
quince y dieciséis horas al día. No rezo a Dios para que me ponga dinero en los
bolsillos, ¡le pido que bendiga mi trabajo!» Dicho eso, se ablandó un poco. «No
pareces entender», dijo. «Déjame intentar explicártelo. En realidad, es muy sencillo...»
Le dije que me
importaban un pimiento sus explicaciones, que lo único que me interesaba saber
era: ¿me iba a prestar cinco dólares o no?
«Por supuesto que no,
Henry, si te pones en ese plan. Primero tienes que aprender a encomendarte a
Dios.»
«¡Eso es algo que me la
trae floja!», dije.
«Henry, ¡estás inmerso
en el pecado y la ignominia!» En un intento de aplacarme, me cogió del brazo.
Me solté de un tirón. Caminamos por la calle en silencio. Al cabo de un rato,
hablando con la mayor suavidad que podía, dijo: «Sé que es difícil arrepentirse.
Yo también he sido pecador. Pero luché con todas mis fuerzas. Y al final,
Henry, Dios me mostró el camino. Dios me enseñó a rezar. Y recé, Henry, noche y
día. Rezaba incluso cuando hablaba a un cliente. Y Dios ha respondido a mis
plegarias. Sí, con la generosa bondad de Su corazón me perdonó, me devolvió al
redil. Mira, Henry... el año pasado gané 1.500 cochinos dólares. Este año —y
aún no ha acabado— he ganado bastante más de diez mil dólares. Esa es la
prueba, Henry. ¡Ni siquiera un ateo puede refutar esta lógica!»
Aunque me resistía, me
hizo gracia. «Voy a escucharlo», pensé para mis adentros. «Voy a dejarle que
intente convertirme. Tal vez entonces pueda sacarle veinte pavos en lugar de
cinco.»
«No estarás muerto de
hambre, ¿eh, Henry?», me preguntó de repente. «Porque si lo estás, nos paramos
en cualquier sitio y tomamos un bocado. Tal vez sea éste el camino de Dios para
unirnos.»
Le dije que no estaba a
punto de caerme muerto en la calle. Sin embargo, por la forma como lo dije,
daba a entender que era una posibilidad.
«Eso está bien», dijo
Luther, con su insensibilidad habitual. «Lo que necesitas, más que comida
terrenal, es sustento espiritual. Si se tiene eso, se puede pasar sin la comida
corriente. Recuerda esto: Dios siempre provee lo suficiente para cada día, hasta
a los pecadores. Vela por los gorriones... No has olvidado del todo las buenas
enseñanzas, ¿verdad?... Sé que tus padres te enviaron a la escuela dominical...
y también te dieron una buena educación. Dios velaba por ti todo el tiempo,
Henry...»
«¡La Virgen!», me
pregunté. «¿Cuánto va a durar esto?»
«Tal vez recuerdes las
Epístolas de San Pablo», prosiguió. Como le lancé una mirada inexpresiva, se
metió la mano en el bolsillo del pecho y sacó un Nuevo Testamento de aspecto
raído. Se paró en seco y se puso a pasar páginas.
«No te molestes», dije,
«dímelo de memoria. Tengo que volver a casa pronto.»
«No te preocupes»,
dijo, «ahora estamos en el tiempo de Dios. Nada puede ser más importante que
las preciosas palabras de la Biblia. Dios es nuestro Consuelo, recuérdalo,
Henry.»
«Pero, ¿y si Dios no
responde a nuestras plegarias?», dije, más por disuadirlo de buscar en las
Epístolas de San Pablo que por conocer la respuesta.
«Dios siempre responde
a quien Lo busca», dijo Luther. «Quizá no la primera ni la segunda vez, pero
tarde o temprano lo hace. A veces a Dios le parece oportuno ponernos a prueba
primero. Quiere estar seguro de nuestro amor, nuestra lealtad, nuestra fe. Sería
demasiado sencillo que pudiéramos limitarnos a pedir algo y verlo caer en
nuestro regazo, ¿no crees?»
«No sé», dije, «¿por
qué no? Dios puede hacer lo que se proponga, ¿no?»
«Siempre que sea algo
razonable, Henry. Siempre de acuerdo con nuestros méritos. No es Dios quien nos
castiga, sino nosotros mismos. El corazón de Dios siempre está abierto para
quien Lo busca. Pero ha de ser una necesidad real. Hay que estar desesperado
antes de que Dios otorgue Su gracia.»
«Bueno, pues, yo estoy
bastante desesperado ahora mismo», dije. «De verdad, Luther, necesito con
urgencia ese dinero. Nos van a desahuciar dentro de un día o dos, si no ocurre
algo.»
Curiosamente, Luther no
se sintió conmovido por esa última información. Al parecer, estaba tan
identificado con la vía del Señor, que una cuestión nimia como un desahucio no
significaba nada para él. Tal vez Dios lo quisiera así. Quizá fuese una
preparación para algo mejor. «¿Qué importa, Henry?», dijo fervorosamente. «¿Qué
importa dónde vivas, con tal de que encuentres a Dios? Puedes encontrarlo en la
calle tan fácilmente como en casa. Dios te abrigará con sus benditas alas. Vela
por los desamparados como por los demás. Tiene puestos sus ojos en nosotros
siempre. No, Henry, si yo fuera tú, me iría a casa y rezaría, rezaría por que
El te muestre el camino. A veces un cambio nos sienta bien. A veces nos
volvemos demasiado comodones y olvidamos de dónde proceden todos nuestros
bienes. Rézale esta noche, de rodillas, y de todo corazón. Pídele que te dé
trabajo para las manos. Pide que te deje servirlo. Sirve al Señor, se ha dicho,
y guarda Sus mandamientos. Eso es lo que yo hago constantemente... ahora que he
encontrado la luz. Y Dios me premia en abundancia, como te he explicado
antes...»
«Pero mira, Luther, si
Dios cuida de ti tan generosamente, como dices, ¿no podrías compartir sólo un
poquito de tu bendita recompensa conmigo? Al fin y al cabo, cinco dólares no es
una fortuna.»
«Podría hacerlo, Henry,
sin lugar a dudas... si creyese que era lo que había que hacer. Pero ahora
estás en manos de Dios: El cuidará de ti.»
«¿En qué sentido
obstaculizaría los planes de Dios que me prestaras cinco pavos?», insistí.
Estaba empezando a hartarme.
«Los caminos del Señor
superan nuestro entendimiento», dijo Luther solemnemente. «Quizá tenga un
trabajo para que vayas mañana por la mañana.»
«Pero, si no quiero un
trabajo, ¡qué leche! Tengo mi propio trabajo que hacer. Lo que necesito es
cinco pavos, nada más.»
«También eso se te
proporcionará», dijo Luther. «Sólo, que has de tener fe. Sin fe, te verás
privado hasta de lo poco que tengas.»
«Pero, si no tengo
nada», protesté. «Ni una puñetera cosa, ¿no lo entiendes? Dios no puede
quitarme todo, porque no tengo nada. ¡A ver si te enteras!»
«Te puede quitar la
salud, te puede quitar tu esposa, te puede quitar la capacidad de mover los
miembros, ¿te das cuenta?»
«¡Sería un cabronazo,
si lo hiciera!»
«Dios afligió
severamente a Job, seguro que no has olvidado eso, ¿verdad? También resucitó a
Lázaro de la tumba. Dios da y Dios quita.»
«Parece un timo.»
«Porque todavía te
ciegan la ignorancia y la insensatez», dijo Luther. «Dios tiene una lección que
enseñarnos a cada uno de nosotros. Tendrás que aprender la humildad.»
«Si al menos me dieran
una pequeña oportunidad», dije, «podría estar listo para aprender mi lección.
¿Cómo va a aprender un hombre la humildad, cuando ya tiene la columna vertebral
rota?»
Luther pasó por alto
completamente esto último. Al devolver el Nuevo Testamento a su bolsillo del
pecho, encontró unos formularios de la compañía de seguros que blandió ante mis
narices.
«¿Cómo?», dije casi
gritando. «¿No pretenderás venderme una póliza de seguros?»
«Desde luego, ahora
no», dijo Luther, al tiempo que volvía a cogerme del brazo para calmar mi
agitación, «ahora no, Henry, pero tal vez dentro de un mes o así. Dios realiza
Sus milagros en formas misteriosas. ¿Quién sabe si dentro de un mes no estarás
en la cima del mundo? Si estuvieras en posesión de una de éstas, podrías pedir
prestado a la compañía de seguros. Te ahorrarías muchas situaciones violentas.»
En ese momento me
despedí de él abruptamente. Seguía con la mano tendida, como inmovilizado,
cuando llegué a la otra acera de la calle. Le eché una mirada de despedida y
lancé un gargajo jugoso de puro asco. «¿Serás capullo!», me dije. «¡Tú y tu
Consuelo de los cojones! En mi vida he visto dos mierdas sin corazón como
vosotros. ¿Rezar? Ni que lo jures. Rezaré para que tengas que arrastrarte a
gatas a fin de conseguir un penique. Rezaré para que tus muñecas y rodillas
cedan y tengas que arrastrarte sobre la tripa, para que los ojos se te nublen y
se te llenen de porquería.»
La casa estaba a
obscuras, cuando regresé. Mona no estaba. Me desplomé en el gran sillón y me
entregué a tristes reflexiones. A la suave luz de mi lámpara de mesa, la
habitación tenía mejor aspecto que nunca. Hasta la mesa, en la que reinaba un
desorden tremendo, me causó buena impresión. Era evidente que había habido una
larga interrupción. Por todos lados había manuscritos tirados de cualquier
manera, libros abiertos por las páginas en que había interrumpido la lectura.
También el diccionario descansaba abierto sobre la estantería.
Sentado allí, comprendí
que la habitación estaba impregnada de mi espíritu. Ese era mi lugar y no otro.
Era absurdo por mi parte andar danzando por ahí como un cabeza de familia.
Debía estar en casa escribiendo. No debía hacer otra cosa que escribir. Hasta
entonces la Providencia había cuidado de mí, ¿por qué no había de seguir
haciéndolo siempre? Cuanto menos me ocupaba de las cuestiones prácticas, más
sobre ruedas iba todo. Aquellas incursiones en el mundo lo único que hacían era
enemistarme con la humanidad.
Desde aquella
fantástica velada con Cromwell no había escrito ni una línea. Me trasladé al
escritorio y me puse a hojear los papeles. Tenía delante la última columna que
había escrito: precisamente el día que Cromwell nos había visitado. Volví a
leerla rápidamente. Me pareció buena, extraordinariamente buena. Demasiado
buena, en realidad, para el periódico. La dejé a un lado y me puse a leer
atentamente una novela corta sin acabar, aquel «Diario de un futurista» del que
había leído fragmentos a Ulric en cierta ocasión. No sólo me causaron una
impresión favorable mis propias palabras, sino que, además, me conmovieron
profundamente. Debía de haber estado muy animado para escribir tan bien.
Ojeé un manuscrito tras
otro, leyendo sólo unas palabras en cada caso. Finalmente, llegué a las notas.
Eran tan frescas y alentadoras como cuando las había tomado. Algunas de ellas,
que ya había utilizado, eran tan estimulantes, que sentí deseos de volver a
escribir historias, de escribirlas desde un punto de vista nuevo. Cuantas más
descubría, más febril me volvía. Era como si una enorme rueda hubiese empezado
a girar en mi interior.
Dejé todo a un lado y
encendí un cigarrillo. Me entregué a una ensoñación deliciosa. Todo lo que
había deseado escribir aquellos meses pasados del otoño se estaba escribiendo
solo ahora. Rezumaba como la leche de un coco. Yo no tenía nada que ver. Era cosa
de algún otro. Yo era simplemente la estación receptora que lo transmitía al
aire.
Precisamente el otro
día, unos veinte años después de eso, me encontré con las palabras de Jean-Paul
Richter, que describen exactamente lo que yo sentía en aquel momento. ¡Qué
lástima que no las conociera entonces? Esto es lo que escribió:
«Ríen ne m’a jamais ému
devantage que le sieur Jean-Paul. II s’est assis a sa table et, par ses livres,
il m’a corrompu et transformé. Maintenant, je m’enflamme de moi-méme.»
Mi ensueño quedó
interrumpido por una suave llamada a la puerta. «Adelante», dije, sin moverme
del sitio. Para mi sorpresa, entró el señor Taliaferro, nuestro casero.
«Buenas tardes, señor
Miller», dijo, con su tranquilo y natural acento del sur. «Espero no
molestarlo.»
«De ningún modo»,
respondí, «estaba soñando simplemente.» Le indiqué que se sentara y, tras una
oportuna pausa, le pregunté qué deseaba.
Entonces sonrió
bondadosamente y acercó un poquito más su silla a mí. «Parece como si estuviese
enfrascado en el trabajo», dijo, con amabilidad sincera. «Siento haberlo
importunado en este momento.»
«Le aseguro que no
estaba trabajando, señor Taliaferro. De verdad, que me alegro de verlo. Hace
tiempo que quería visitarlo. Debe de haberse preguntado usted...»
«Señor Miller», me
interrumpió, «he pensado que ya es hora de que charlemos un rato. Sé que tiene
usted muchas preocupaciones, además de su trabajo. Tal vez ni siquiera se haya
dado cuenta de que han pasado varios meses desde la última vez que pagó el alquiler.
Ya sé lo que pasa con los escritores...»
El hombre era tan
sinceramente amable y considerado, que yo no podía fingir delante de él. No
tenía ni idea de cuántos meses hacía que le debíamos. Lo que admiraba en el
señor Taliaferro era que nunca nos había hecho sentirnos violentos en modo
alguno. Sólo una vez se había aventurado a llamar a nuestra puerta y eso para
preguntarnos si necesitábamos algo. Así, pues, me confié a él con una gran
sensación de alivio.
No sé cómo fue, pero al
cabo de unos minutos estaba sentado a su lado en el catre que habíamos comprado
para O’Mara. El me tenía echado el brazo en torno a los hombros y estaba
explicándome, como si yo fuese un hermano menor enteramente, y con una voz muy
amable y suave, que sabía que yo era buena persona, sabía que nunca había
tenido intención de atrasarme tanto en el pago (me enteré de que eran cinco
meses), pero que tarde o temprano tenía que contemporizar con el mundo.
«Pero, señor
Taliaferro, creo que si nos concediera un poquito de tiempo...»
«Hijo», dijo, al tiempo
que me apretaba el hombro ligerísimamente, «no es tiempo lo que usted necesita,
sino un despertar. Mire, si yo fuera usted, lo hablaría con su esposa esta
noche y miraría a ver si podía encontrar un lugar más apropiado para sus ingresos.
No voy a meterles excesiva prisa. Vayan buscando... tómense el tiempo que
necesiten... busquen un sitio que les guste, y después múdense. ¿Qué le
parece?»
Yo estaba a punto de
llorar. «Es usted demasiado bueno», dije. «Desde luego, tiene usted razón. Sí,
sí, encontraremos otro lugar, y rápidamente. No sé cómo agradecerle su
delicadeza y consideración. Supongo que soy un soñador. No me había dado cuenta
de que hacía tanto que le debíamos el alquiler.»
«Pues, claro», dijo el
señor Taliaferro. «Usted es un hombre sincero, lo sé. Pero no se preocupe
por...»
«Sí que me preocupo»,
dije. «Aunque tengamos que mudarnos sin pagarle el alquiler atrasado, quiero
que sepa que se lo pagaré sin falta más adelante, probablemente en pequeñas
cantidades.»
«Señor Miller, si
tuviera usted otra situación, estaría encantado de aceptar su promesa, pero
ahora es pedirle demasiado. Si pueden encontrar otro sitio antes de primeros
del mes que viene, me daré por satisfecho. Vamos a olvidar el alquiler
atrasado, ¿de acuerdo?»
¿Qué podía yo decir? Lo
miré con los ojos húmedos, le estreché la mano calurosamente y le prometí que
antes del plazo nos habríamos mudado.
Al levantarse para
despedirse de mí, dijo: «No se desanime demasiado por esto. Sé cuánto le gusta
este sitio. Supongo que habrá podido usted hacer un buen trabajo aquí. Espero
leer sus libros algún día.» Pausa. «Y espero también que siempre nos considere
amigos.»
Nos dimos la mano una
vez más y después cerré la puerta suavemente tras él. Me quedé unos minutos con
la espalda pegada a la puerta, examinando la habitación. Me sentía bien. Como
si hubiera salido con éxito de una operación. Sólo un poco mareado de la anestesia.
No sabía cómo se lo tomaría Mona. Ya respiraba con mayor facilidad. Ya nos veía
viviendo entre la gente pobre, la de nuestra clase. De pies a tierra otra vez.
Excelente. Anduve de aquí para allá, abrí las puertas correderas y me paseé por
el apartamento vacío de detrás. Un último paladeo de refinamiento. Eché un
vistazo al cristal de color de la ventana, pasé la mano por la tapicería de
seda rosa, me deslicé unos metros por el bruñido suelo, me miré en el enorme
espejo. Me sonreí y me dije una y otra vez: «¡Bien! ¡Bien!»
Al cabo de unos minutos
me había hecho un té y me había preparado un bocadillo grueso y suculento. Me
senté en la mesa de trabajo, posé los pies sobre un cojín, y cogí un volumen de
Elie Faure y lo abrí al azar... «Cuando este pueblo no está cortando gargantas
o erigiendo edificios, cuando no se ve diezmado por el hambre y las matanzas,
sólo tiene una función: construir y decorar palacios cuyas verticales paredes
han de ser lo suficientemente espesas para proteger al Sar, a sus esposas, su
guardia, y sus esclavos —veinte a treinta mil personas— del sol, las invasiones
o tal vez las rebeliones. En torno a los grandes patios centrales se encuentran
las viviendas cubiertas con terrazas o con domos, con cúpulas, imágenes de la
bóveda absoluta de los desiertos, que el alma oriental volverá a descubrir,
cuando el Islam la haya despertado de nuevo. A mayor altura se hallan los
observatorios, que son al mismo tiempo templos, los zigurats, las torres
piramidales cuyos diferentes planos, pintados de rojo, blanco, azul, marrón,
negro, plata y oro, brillan a lo lejos a través de los velos de polvo que los
vientos agitan en espirales. Sobre todo al acercarse la noche, las hordas
guerreras y los saqueadores nómadas, que ven los sombríos confines del desierto
surcados por esos rayos inmóviles, deben de retroceder atemorizados. Es la
morada del dios, y se parece a los escalones de la meseta de Irán que conducen
al techo del mundo y que el fuego subterráneo y el brillo del sol surcan con
franjas de colores violentos. Las puertas son guardadas por animales
terroríficos, toros y leones de cabeza humana que caminan...»
A unas manzanas de
distancia, en una calle tranquila, ocupada en su mayoría por sirios,
encontramos una modesta habitación amueblada, situada en la planta baja y en la
parte trasera de la casa. La mujer que alquilaba la habitación era una puritana
de Nueva Escocia, una vieja gruñona que me daba escalofríos cada vez que la
miraba. Nuestro cuarto estaba atestado con toda clase de cachivaches
imaginables: tinas de lavar, una cocina, una estufa, un aparador enorme, un
armario anticuado, un sofá adicional, una mecedora desvencijada, un sillón más
desvencijado todavía, una máquina de coser, un sofá de crin, una rinconera
llena de baratijas de los grandes almacenes, y una jaula vacía. Sospeché que
ésa era la habitación que aquella vieja bruja había habitado antes de nuestra
llegada.
Reinaba una atmósfera
de demencia, por no decir algo peor.
Lo único que se salvaba
era el jardín a que daba nuestra puerta trasera. Era un largo jardín
rectangular cercado por altos muros de ladrillo, que me recordaba por alguna
razón inexplicable el de Peter lbbetson. En cualquier caso, era un lugar para
soñar. Acababa de llegar el verano y a la caída de la tarde sacaba fuera un
gran sillón y leía. Acababa de descubrir los libros de Arthur Weignall y estaba
devorándolos uno tras otro. Después de leer unas cuantas páginas, me quedaba
arrobado. Allí, en el jardín todo era propicio para los sueños: el aire suave y
aromático, el zumbido de los insectos, el vuelo perezoso de los pájaros, el
silbido del follaje, el murmullo de voces extranjeras en los jardines
contiguos.
Un interludio de paz e
intimidad.
Durante aquel período
fue cuando me encontré un día por pura casualidad con mi viejo amigo Stanley.
Desde entonces Stanley empezó a visitarnos a intervalos frecuentes,
generalmente acompañado de sus dos hijos, uno de cinco años y otro de siete.
Estaba muy encariñado con sus chavales y muy orgulloso de su aspecto, sus
modales, su forma de hablar. Por Stanley me enteré de que mi hija no iba a una
escuela privada. Me contó que su hijo mayor, también llamado Stanley, estaba
loco por ella. Esto último lo dijo con fruición y añadió que a Maude la
inquietaba esa situación. Por lo que respecta a cómo les iban las cosas, tuve
que sacárselo con cuchara. No había motivo para preocuparse, me aseguró, pero
el tono en que lo dijo daba a entender que su situación no era muy buena. La
pobre y anciana Melanie seguía trabajando como una esclava en el hospital y
ahora iba al trabajo renqueando y apoyada en un bastón; se pasaba las noches
cuidándose las venas varicosas. Maude y ella andaban a la greña más que nunca.
Naturalmente, Maude seguía dando clases de piano.
Daba igual que no
volviera a visitarlas nunca más, concluyó Stanley. Habían renunciado a contar
conmigo por considerarme un caso perdido de irresponsabilidad. Al parecer, sólo
Melanie decía algo a mi favor, pero es que Melanie era una simple vieja chocha.
(Stanley siempre tan sutil y discreto.)
«¿No podrías
introducirme a escondidas alguna vez, cuando no haya nadie en casa?», le pedí.
«Quiero ver qué aspecto tiene. Aunque sólo fuera, me gustaría ver los juguetes
de la niña.»
Stanley no lo
consideraba sensato, pero prometió pensárselo.
Después añadió deprisa:
«Lo mejor que podrías hacer es olvidarlas. Te has creado una nueva vida, pues,
¡no te desvíes de ella!»
Debió de notar que no
teníamos bastante para comer, pues siempre que venía traía comida, sobre todo
los restos de algún guiso polaco que había hecho su mujer: sopas, estofados,
budín, mermelada. Papeo del bueno, lo que necesitábamos. En realidad, empezamos
a esperar sus visitas con impaciencia.
Noté que Stanley no
había cambiado demasiado, excepto que ahora daba el callo más que nunca.
Trabajaba por las noches en una gran imprenta de la parte baja de Nueva York,
según me contó. De vez en cuando, de pie y apoyado en las tinas de la cocina
intentaba escribir. Le resultaba casi imposible concentrarse: demasiadas
preocupaciones domésticas. Solían estar sin blanca antes de que acabara la
semana. El caso es que ahora le interesaban más sus hijos que escribir. Quería
que tuvieran una buena vida. En cuanto tuviesen la edad, iba a enviarlos al
colegio. Y cosas así...
Aunque le resultaba
imposible escribir, sí que leía. De vez en cuando se traía uno de los libros
que lo fascinaban. Siempre era una obra de escritor romántico, por lo general
del siglo XIX. No sé por qué, pero, fuera cual fuese el libro que estuviéramos comentando,
fuera cual fuese la situación mundial, aunque fuera inminente una revolución,
nuestras charlas siempre acababan en Joseph Conrad. O, si no Conrad, entonces
Anatole France. A mí hacía mucho tiempo que no me interesaban ninguno de esos
dos escritores. Conrad me aburría. Pero, cuando Stanley comenzaba a cantar sus
alabanzas, me entraba curiosidad aun sin quererlo. Desde luego, Stanley no
tenía dotes de crítico, pero, como en los viejos tiempos cuando solíamos
sentarnos junto a la estufa incandescente en la cocina y pasar las horas
muertas, también ahora tenía Stanley una forma de hablar de sus ídolos que me
contagiaba. Tenía montones de historias que contar, por lo general sobre
episodios triviales. Eran siempre historias humorísticas y sazonadas con malicia
e ironía. Sin embargo, el fondo estaba cargado de ternura, una ternura inmensa
y palpitante, que era casi asfixiante. Aquella ternura suya, que siempre
reprimía, compensaba su rencor, su crueldad, su carácter vengativo. Sin
embargo, era un aspecto de su naturaleza que raras veces revelaba a los demás.
En general, era brusco, mordaz, avinagrado. Con unas pocas palabras y gestos
podía destruir cualquier ambición. Aun estando callado, emanaba de él un fluido
corrosivo.
Sin embargo, hablando
conmigo siempre se ablandaba. Por alguna razón extraña, veía en mí un alter
ego. Nada le daba tanto placer, nada lo volvía tan encantador y solícito, como
que yo me sintiese desgraciado y derrotado. Entonces éramos hermanos. Entonces
podía relajarse, expansionarse, tomar el sol. Le gustaba pensar que estábamos
malditos. ¿Acaso no había profetizado sin cesar que todos mis esfuerzos iban a
ser en vano? ¿Es que no había predicho que yo no iba a ser nunca un buen
marido, ni un buen padre, ni iba llegar a ser escritor nunca? ¿Por qué
persistía? ¿Por qué no sentaba la cabeza, como había hecho él, cogía un trabajo
vulgar y aceptaba mi suerte? Era evidente que gozaba con aquellos comentarios
maliciosos. No se cansaba de recordarme machaconamente que yo era un «simple
muchacho de Brooklyn», un chaval del Distrito XIV: como él, como Louis Pirossa,
como Harry Martin, como Eddie Goeller, como Alfie Betcha. (Todos unos
fracasados.) No, ninguno de nosotros llegaría a nada. Estábamos condenados de antemano.
Le parecía que yo debía sentirme agradecido de no estar encerrado en una
penitenciaría o de no haberme convertido en un toxicómano. Tenía suerte de
haber nacido en una familia sólida y respetable.
Aun así, estaba
predestinado al fracaso.
Sin embargo, a medida
que seguía desvariando, su voz se volvía cada vez más suave. Ahora estaba
teñida de añoranza y nostalgia. Era más que evidente que, a pesar de lo que
decía, no podía concebir patrimonio mejor que la vida que en tiempos habíamos
llevado, que los compañeros que habíamos tenido, en el viejo y buen Distrito
XIV. Hablaba de nuestros mutuos amigos de tanto tiempo atrás como si se hubiese
pasado la vida estudiándolos uno por uno. Eran todos tan diferentes en carácter
y temperamento y, sin embargo, todos y cada uno se habían visto circunscritos
por sus limitaciones, cogidos en una prensa fabricada por ellos mismos. Para
Stanley no había esperanza de encontrar una salida, nunca la había habido, para
ninguno de ellos. Ni para nosotros, por supuesto. Para otros individuos podía
haber escapatorias, pero no para los hombres del Distrito XIV. Estábamos en
peligro, para siempre. Precisamente ese hecho, ese hecho deliciosamente
inevitable, era el que le hacía apreciar el recuerdo de nuestros amigos de otro
tiempo. Indudablemente, reconocía, tenían tanto talento como los hombres de
otras partes del mundo. No se podía negar que tenían todas las cualidades que
hacían de otros hombres poetas, reyes, diplomáticos, eruditos. Y habían
demostrado ser capaces de revelar esas cualidades, cada cual en su nivel, cada
cual a su modo singular. ¿Acaso no era Johnny Paul la personificación misma de
un rey? ¿Es que no era un Carlomagno en potencia? ¿Acaso no eran su
caballerosidad, su magnanimidad, su fe y tolerancia, los atributos mismos de un
Saladino? Stanley siempre se volvía de lo más elocuente a la hora de hablar de
Johnny Paul, a quien ninguno de los dos habíamos visto desde la edad de nueve o
diez años. Solíamos preguntarnos qué habría sido de él. ¿Qué? Nadie sabía. Por
elección o por destino, había permanecido en el anonimato. Estaba por ahí, en
algún sitio, en la gran masa de la humanidad, impregnándola con el fervor de su
auténtico espíritu regio. Eso era suficiente para Stanley. Para mí también, la
verdad. Es extraño que la simple mención del nombre de Johnny Paul pudiera
hacernos venir lágrimas a los ojos. ¿Estaba de verdad tan próximo y nos era tan
querido... o habíamos exagerado su importancia con el paso de los años? En
cualquier caso, ahí estaba —en el seno del recuerdo—, la encarnación de todo lo
bueno, de todo lo prometedor. Uno de los grandes Intocables. Lo que quiera que
poseyese, lo que quiera que proporcionase, era imperecedero. De niños lo
habíamos sabido, ahora de hombres estábamos convencidos de ello...
Mona, que al principio
desconfiaba bastante de Stanley, que se encontraba incómoda en su presencia,
empezó a simpatizar cada vez más con él a cada visita posterior. Nuestras
charlas sobre el antiguo barrio, nuestros maravillosos compañeros de
travesuras, nuestros curiosos y brutales juegos, nuestras fantásticas ideas (de
niños) sobre el mundo que habitábamos, le revelaron un aspecto de la vida que
nunca había conocido. De vez en cuando recordaba a Stanley su origen polaco, o
su origen rumano, o su origen vienes, o los condensaba todos ellos en «el
corazón de los montes Cárpatos». Stanley prestaba poca atención a esas
proposiciones, o, como dicen los griegos: koutsaftis. Para él el hecho de que
Mona no hablara ni una palabra de polaco era suficiente para colocarla en la
misma categoría que todos los demás «extranjeros» de este mundo. Además, era
demasiado locuaz para el gusto de Stanley. Por consideración hacia mí, nunca la
contradecía, pero las desoladoras expresiones que pasaban rápidamente por sus
facciones eran más elocuentes que gruesos volúmenes. Duda y desdén eran las
expresiones que Stanley ponía con mayor facilidad. Más que ninguna otra cosa,
Stanley era desdeñoso. Ese desdén, que nunca acababa de abandonar sus
facciones, que como máximo suavizaba o reprimía, se le concentraba en la nariz.
Tenía esa nariz bastante larga y fina, con ventanas acampanadas, que con tanta
frecuencia se observa en los polacos. Lo que quiera que fuese sospechoso, lo
que quiera que fuese desagradable o antipático, se manifestaba al instante
mediante ese órgano. La boca expresaba amargura; los ojos, una crueldad
constante. Eran ojos pequeños, color ágata; estaban muy separados y la mirada
que lanzaban te perforaba. Cuando se mostraba simplemente irónico, centelleaban
como estrellas frías y remotas; cuando estaba enojado, quemaban como flechas
empapadas en veneno.
Lo que lo ponía
especialmente violento e incómodo delante de Mona era la labia de ésta, su
agilidad, su rápida inteligencia. Eran cualidades que no admiraba en el otro
sexo. No era del todo accidental que hubiera escogido para esposa a una boba,
una imbécil, que, para ocultar su ignorancia o embarazo, sonreía con fatuidad o
se reía entre dientes de la forma más desconcertante. Como era de esperar, la
trataba como un objeto. Ella era la sierva. Puede que la hubiese amado alguna
vez, pero en ese caso debía de haber sido en otra encarnación. Aun así, se
sentía en su elemento con ella. Sabía arreglárselas con sus defectos y
transgresiones
Era un tipo tan
extraño, pero tan extraño, Stanley. Tal mezcla de contradicciones rechinantes.
Pero había una cosa que raras veces hacía —como tipo extraño que era—, y es que
raras veces hacía preguntas. Cuando las hacía, eran preguntas directas y había que
darles respuesta directa. Naturalmente, no era el tacto sino el orgullo lo que
le hacía actuar de ese modo aparentemente discreto. Daba por sentado que yo lo
informaría de cualquier cosa importante que ocurriera. Prefería que yo le
suministrara la información por mi propia iniciativa a tener que sonsacarme.
Conociéndolo como lo conocía, me pareció inútil explicarle nuestra forma de
vida. Si le hubiera contado sencillamente que me dedicaba a robar, se lo habría
tragado sin hacer preguntas. Si le hubiese contado que me había hecho
falsificador, habría arqueado las cejas en señal de aprobación burlona. Pero
que le contara la tortuosa naturaleza de nuestras operaciones lo habría dejado
perplejo y lo habría repugnado.
Un andoba extraño,
aquel polaco. El único rasgo de suavidad que mostraba era al narrar una de sus
peregrinas historias. En la mesa, si pedía un trozo de pan, era como una
bofetada. Se mostraba deliberadamente rudo e insultante. Le daba placer ver
retorcerse a los demás.
Al mismo tiempo tenía
una timidez quijotil. Si Mona se sentaba frente a él y cruzaba las piernas,
apartaba los ojos. Si se maquillaba delante de él, hacía como que no lo veía.
Su propia belleza lo cohibía. Una mujer tan bella e inteligente como Mona casada
con un tipo como yo: en eso había algo louche, en su opinión. Desde luego,
sabía dónde y cómo la había yo conocido. De vez en cuando, se refería a eso de
pasada, pero siempre con intención. Cuando ella hablaba de su infancia en
Polonia o Viena, él me miraba atentamente, con la esperanza, supongo, de que yo
embelleciera la historia, de que completase los largos detalles que faltaban.
Había una laguna en algún sitio y eso lo molestaba. En cierta ocasión llegó
hasta el extremo de observar que dudaba de que Mona hubiera nacido en Polonia.
Pero que fuese judía, eso nunca lo sospechó. Era americana de pies a cabeza,
ésa era su convicción íntima. Pero una americana rara, para ser mujer, quiero
decir. No se explicaba lo de su dicción, en la que no había el menor rastro de
acento ni de localismos. ¿Cómo había llegado a aprender un inglés tan puro?, me
preguntaba. ¿Cómo podía yo estar seguro de nada de lo relativo a ella? «Te
conozco», decía, «tú eres un romántico... prefieres que siga siendo un
misterio.» Lo que era completamente cierto. «Yo», decía, «quiero saber a qué
atenerme. Me gustan las cosas claras. A mí eso de jugar al escondite no me va.»
Y, sin embargo, era él, Stanley, quien estaba tan enamorado de Herr Nagel, el
protagonista de Misterios. ¡Qué charlas sosteníamos junto al fuego a propósito
de esa figura enigmática de Hamsun! Stanley habría dado el brazo derecho por
haber creado un personaje así. No sólo lo atraía que Herr Nagel se envolviera
en un velo de misterio, sino también su sentido del humor, sus travesuras, sus
cambios de actitud. Pero lo que adoraba sobre todo era la naturaleza
contradictoria de ese hombre. Le encantaba el desamparo de Herr Nagel ante una
mujer, su masoquismo, su diabolismo, sus sentimentalismos, su extrema
vulnerabilidad: esas características lo encariñaban con él extraordinariamente.
«Te digo, Henry, que Hamsun es un maestro», decía Stanley. Había dicho lo mismo
de Conrad, de Balzac, de Anatole France, de Maupassant, de Loti. Había dicho lo
mismo de Reymont, al acabar Los campesinos. (Por razones completamente
diferentes, por supuesto.) De una cosa podía yo estar seguro: nunca lo iba a
decir de mí, aun cuando ésa fuera la opinión unánime del mundo entero. Desde el
punto de vista de Stanley, un maestro de la literatura tenía que ser un tipo
como los antes citados. En primer lugar, tenía que ser del Viejo Mundo; había
de ser suave, debía tener finura, sutileza, veleidad. Tenía que tener un estilo
perfecto; había de ser un experto con la trama, los personajes, las
situaciones; debía poseer un vasto conocimiento del mundo y de los asuntos
humanos. En su opinión, yo nunca, pero es que nunca, iba a ser capaz de narrar
una buena historia. Encontraba graves defectos incluso en Sherwood Andersen, a
quien de vez en cuando reconocía de mala gana como excelente cuentista. Su
estilo era demasiado reciente, demasiado crudo, demasiado nuevo para el gusto
de Stanley. Aun así, se reía hasta saltársele las lágrimas al leer The Triumph
of the Egg. Lo reconocía con resentimiento. Se había reído sin quererlo, por
decirlo así.
Y después se ponía a
hablar de Jerome K. Jerome, un pájaro extraño, la verdad, para que lo citara un
polaco. En opinión de Stanley, nunca se había escrito algo tan divertido como
Three Men in a Boat. Ni siquiera había con quién compararlo de entre los escritores
polacos. Pero es que los polacos raras veces eran divertidos. «Si un polaco
llama divertido algo», decía Stanley, «significa que le parece extraño. Es
demasiado melancólico, demasiado trágico, como para apreciar la guasa.» Al
hablar así, aparecía en sus labios inevitablemente la palabra «gracioso». Esa
era su palabra favorita, y expresaba una multitud de cosas desemejantes. Ser
gracioso significaba cierta vena de excelencia, de singularidad, que Stanley
apreciaba en extremo. Si decía de un autor: «Es un tipo gracioso», pretendía
hacerle un cumplido de peso. Gogol, por ejemplo, era uno de esos tipos
graciosos. Por otro lado, también podía citar a Bernard Shaw como tipo
gracioso. O a Strindberg. O incluso a Maeterlink.
Un andoba extraño,
Stanley. ¡Un gracioso, vamos!
Como digo, esas
sesiones se producían con frecuencia en el jardín. Si teníamos dinero, yo iba a
comprar unas botellas de cerveza para él. Sólo le gustaban la cerveza y el
vodka. De vez en cuando, entablábamos conversación con un vecino sirio, asomado
a la ventana de un segundo piso. Eran gente cordial y las mujeres eran de una
belleza arrebatadora. A Mona, con su espesa y larga melena, la habían tomado al
principio por una de ellas. No tardamos en enterarnos de que nuestra casera
estaba violentamente predispuesta contra los sirios. Para ella representaban la
escoria de la tierra: en primer lugar, porque eran de piel obscura; en segundo
lugar, porque hablaban una lengua que nadie entendía. Dejó bien claro ante
nosotros y en términos inequívocos que la horrorizaba la atención que les
prestábamos. Confiaba en que tendríamos suficiente juicio como para no
invitarlos a nuestra casa. Al fin y al cabo, dijo concisamente, regentaba una
casa de huéspedes «respetable».
Tragué sus comentarios
como pude, sin dejar de tener presente nunca que un día podíamos necesitar un
aplazamiento del cobro. Preferí no discutir con ella por considerarla una vieja
excéntrica de la que cuanto menos se hablara mejor. Tomé la precaución de
avisar a Mona para que no dejara de cerrar nunca nuestra puerta, cuando
estuviésemos fuera. Una ojeada a mis manuscritos, y estábamos perdidos.
Después de que
hubiéramos estado viviendo allí unas semanas, Mona me informó de que un día se
había vuelto a encontrar con Tony Maurer. El y el millonario de Milwaukee iban
paseando juntos. Al parecer, Tony Maurer estaba sinceramente deseoso de ayudar
a Mona. Le había confiado que estaba trabajando a su amigo para conseguir que
firmara un cheque cuantioso... tal vez por valor de mil dólares.
Ese era el tipo de
oportunidad que habíamos estado rezando para que se presentara. Con una suma
así íbamos a poder escapar y ver algo de mundo. O podríamos reunirnos con
O’Mara. Este no dejaba de enviarnos postales desde el soleado sur en las que
nos contaba lo bien que le iban las cosas allí abajo. En cualquier caso,
estábamos hartos del viejo Nueva York.
Mona era la que no se
cansaba de proponer un cambio de ambiente. La inquietaba profundamente que yo
hubiera dejado de hacer esfuerzos para escribir. Desde luego, casi la había
convencido de que todo era culpa suya, de que mientras siguiese llevando doble
vida yo no iba a poder hacer nada. (No es que desconfiara de ella, recalcaba
yo, sino que me creaba demasiadas preocupaciones.) Como digo, sólo estaba
convencida en parte. Sabía que el problema era más profundo. A su modo sencillo
e ingenuo, sacó la conclusión de que la única forma de cambiar la situación era
cambiando de ambiente.
Luego, un día hubo una
llamada de teléfono de Tony Maurer, para informarla de que todo estaba
preparado para el golpe. Tenía que encontrarse con los dos en Times Square,
donde una limusina estaría esperando para llevarlos Hudson arriba. Una buena
comida en un mesón y recibiría el cheque. (Iba a ser por valor de setecientos
cincuenta, no mil.)
Después de que se
fuera, cogí un libro. Era La sabiduría y el destino. Hacía años que no leía una
línea de Maeterlinck: era como volver a una dieta de alimentos crudos. Hacia
medianoche, como sentía algo intranquilo e inquieto, salí a dar un paseo. Al pasar
por delante de unos grandes almacenes vi un escaparte atestado de artículos
para acampar y hacer deporte. Eso me sugirió la idea de andar vagando por el
sur. Con mochilas a la espalda, viajaríamos a dedo hasta la frontera de
Virginia y después iríamos a patita el resto del camino. Vi la ropa que tenía
intención de ponerme, incluido un par de botas magníficas. La idea me fascinaba
tanto, que de repente me entró hambre, un hambre de lobo. Me dirigí al
restaurante de Joe en Borough Hall me metí entre pecho y espalda un bistec
cubierto de cebolla. Mientras comía, soñaba. Dentro de un día o dos íbamos a
estar fuera de la inmunda ciudad, durmiendo bajo las estrellas, vadeando
arroyos, subiendo montañas, sudando, jadeando, cantando a pleno pulmón.
Prolongué el ensueño mientras daba cuenta de un enorme trozo de tarta de
manzana casera (mojada en leche) junto con una taza de café fuerte. Ahora
estaba casi listo para mondarme los dientes y volver a casa paseando. En la
caja registradora reparé en los puros de marca en exhibición. Escogí un Romeo y
Julieta y, con sensación de paz y buena voluntad hacia el mundo, arranqué de un
mordisco la punta del puro y la escupí.
Debían de ser las dos
de la mañana cuando llegué a casa. Me desvestí y me metí en la cama; me quedé
con los ojos bien abiertos, esperando oír de un momento a otro sus pasos. Hacia
el amanecer me quedé traspuesto.
Eran las ocho y media
cuando Mona entró con paso ágil. Ni asomo de cansancio. No podía pensar en
acostarse. Al contrario, se puso a preparar el desayuno: huevos con jamón,
café, panecillos calientes que había comprado camino de casa. Insistió en que
me quedara en la cama hasta el último momento.
«Pero, ¿dónde diablos
has estado todo este tiempo?», me esforcé por gruñir. Sabía que todo había
salido bien: ella estaba demasiado radiante como para que no hubiera sido así.
«Comamos primero», me
rogó. «Es una larga historia.»
«¿Has conseguido el
cheque?... es lo único que quiero saber.»
Lo blandió ante mis
ojos.
Aquella tarde
encargamos un montón de cosas en los almacenes, tenían que entregarlas el día
siguiente, y para entonces esperábamos cobrar el cheque. Llegó la mañana y
todavía no lo habíamos cobrado. Naturalmente, la ropa volvió al almacén.
Desesperados, ingresamos el cheque en un banco, lo que significaba un retraso
de varios días por lo menos.
Entretanto había
estallado un grave altercado entre Mona y la vieja gruñona y puritana de
nuestra casera. Al parecer, en medio de una conversación con la bella siria de
la puerta de al lado la casera había irrumpido en el jardín y había empezado a
poner verde a la siria. Mona, enfurecida, había insultado a la vieja bruja,
tras lo cual ésta se puso a insultarla en términos increíbles, diciendo que era
otra siria y, además, una puta, y esto y lo otro. Acabaron la reyerta casi
tirándose de los pelos.
Total, que nos dieron
un plazo de una semana para marcharnos. Como teníamos intención de dejar la
casa en cualquier caso, no nos disgustamos demasiado. Sin embargo, había una
idea que me reconcomía: ¿cómo vengarnos de la vieja bruja?
Fue Stanley quien me
mostró el modo de hacerlo Como ahuecábamos para siempre, ¿por qué no nos
resarcíamos a lo grande? «Estupendo», dije, «pero, ¿cómo?» Para él, era muy
sencillo. Se traería a los chavales, como de costumbre, el último día; les
entregaría la botella de salsa de tomate, la mostaza, el papel matamoscas, la
tinta, la harina, todo lo necesario para hacer una de las suyas sonada. «Vamos
a dejarles hacer lo que se les ocurra», dijo. «¿Qué te parece?» Y añadió: «A
los chavales les encanta destruir.»
Me pareció una idea
maravillosa. «Yo les echaré una mano», dije. «A la hora de hacer fechorías, yo
también soy bastante vándalo.»
El día después de haber
planeado aquella campaña de saqueo, recibimos un aviso del banco en el que nos
decían que el cheque no era válido. Llamadas de teléfono desesperadas a Tony
Maurer... y a Milwaukee. Nuestro millonario había desaparecido... como si se lo
hubiera tragado la tierra. Para variar, éramos nosotros víctimas de un fraude.
A pesar del disgusto, me reí un buen rato de mí mismo.
Pero, ¿qué hacer ahora?
Comunicamos la noticia
a Stanley. Se la tomó con filosofía. ¿Por qué no nos mudábamos a su piso?
Sacaría el colchón de su cama y lo colocaría en el suelo del salón: para
nosotros. Nunca usaban el salón. En cuanto a la comida, nos garantizó que no
íbamos a morirnos de hambre.
«Pero, ¿dónde vais a
dormir vosotros? O, mejor, ¿cómo?», pregunté.
«En el somier», dijo.
«Pero, ¿y tu mujer?»
«No le importará. Hemos
dormido muchas veces en el suelo.»
Después añadió: «Al fin
y al cabo, es sólo por un tiempo. Puedes buscarte un trabajo, y, cuando lo
consigas, encontrarás un lugar propio para vivir.»
«De acuerdo», dije, y
le estreché la mano.
«Preparad vuestras
cosas», dijo Stanley. «¿Qué tenéis que llevar?»
«Dos maletas y una
máquina de escribir, nada más.»
«Daos prisa, entonces.
Voy a poner a trabajar a los chavales.» Dicho eso, colocó el gran sofá de crin
contra la puerta, para que no pudiera entrar nadie.
Mientras Mona hacía las
maletas, yo registré la alacena. Los chavales habían esperado con impaciencia
aquel acontecimiento. Se lanzaron manos a la obra con ganas. En diez minutos el
piso era un muladar. Todo lo que se podía embadurnar estaba embadurnado con
salsa de tomate, vinagre, huevos cascados. Pegaron a las sillas el papel
atrapamoscas. Esparcieron la basura por el suelo, y la pisotearon. Lo mejor de
todo fue lo que hicieron con la tinta. Mancharon con ella las paredes, las
alfombras y los espejos. Hicieron guirnaldas con el papel higiénico para
festonear el manchado mobiliario.
Stanley y yo, por
nuestra parte, nos subimos a la mesa y decoramos el techo con salsa de tomate y
mostaza, con harina y cereales, con los que habíamos formado una pasta.
Rasgamos las sábanas y colchas con cuchillos y tijeras. Con el cuchillo de
cortar el pan arrancamos grandes trozos del sofá de crin. En torno a la taza
del retrete esparcimos mermelada y miel enmohecidas. Dejamos patas arriba,
desarmado, desconectado o despedazado todo lo que se podía. Hicimos todo con
agitación y en silencio. La última destrucción la dejé a cargo de los niños.
Era la mutilación de la Sagrada Biblia. Primero la remojaron en la bañera,
después la untaron con ungüentos, luego arrancaron manojos de páginas y los
esparcieron por la habitación. Después colocamos los lamentables restos de la
Sagrada Biblia en la jaula del pájaro, que colgamos de la araña. Esta, a su
vez, quedó arqueada y retorcida hasta resultar irreconocible. No tuvimos tiempo
de lavar a los chavales; los limpiamos como mejor pudimos con las desgarradas
sábanas. Estaban radiantes de alegría. ¡Qué trabajo! Nunca más iban a tener una
oportunidad como aquélla... Acabada esa última operación, celebramos un
consejo. Con los niños sentados en sus rodillas, Stanley les indicó con
gravedad lo que debían hacer. Tenían que irse los primeros por la puerta
trasera. Debían caminar tranquilos y como si tal cosa hasta la puerta
delantera, apretar el paso en la calle, luego correr lo más rápido que pudieran
y esperarnos en la esquina. Nosotros, por nuestra parte, si nos encontrábamos a
la bruja escocesa, le entregaríamos las llaves y nos despediríamos afablemente.
Le iba a costar lo suyo abrir la puerta, en caso de que sospechara algo. Para
entonces ya nos habríamos reunido con los chavales y habríamos montado a un
taxi.
Todo salió como lo
habíamos planeado. La vieja no apareció en ningún momento. Yo llevaba una
maleta, Stanley la otra y Mona la máquina de escribir. En la esquina estaban
esperándonos los chicos, más contentos que unas pascuas. Cogimos un taxi y nos
dirigimos a casa de Stanley.
Yo pensaba que su mujer
se incomodaría algo al enterarse de lo que habían hecho los chicos, pero no, le
pareció que era una travesura maravillosa. Estaba encantada de que hubiesen
tenido semejante fiesta. De lo único que se quejó fue de que se hubieran ensuciado
la ropa. La comida estaba esperándonos: fiambres, mortadela de Bolonia, queso,
cerveza y galletas saladas. Nos tronchamos de risa recordando la tarea de por
la mañana.
«Ya veis de lo que son
capaces los polacos», dijo Stanley. «A la hora de destruir no conocemos
límites. En el fondo, los polacos son unos brutos; son peores incluso que los
rusos. Cuando matan, se ríen; cuando torturan, se ponen histéricos de alegría.
Ahí tenéis el humor polaco.»
«Y cuando se ponen
sentimentales», añadí, «te dan hasta su última camisa... o el colchón de su
cama.»
Por suerte era verano,
pues el único cubrecama que teníamos era una sábana y el abrigo de Stanley.
Afortunadamente, el piso estaba limpio, a pesar de la miseria. No había dos
platos iguales; los cuchillos, tenedores y cucharas, todos desemparejados, los habían
robado en restaurantes. Los pocos muebles que había procedían del basurero.
Había tres
habitaciones, en línea, todas obscuras: el típico piso en forma de tren. No
había agua caliente, ni bañera, ni ducha siquiera. Nos bañábamos por turno en
la pila de la cocina. Mona quería ayudar a cocinar, pero Sophie, la mujer de
Stanley, no quiso ni oír hablar de eso. Lo único que teníamos que hacer cada
día era enrollar el colchón y barrer el suelo. De vez en cuando lavábamos los
platos.
No estaba nada mal,
para tratarse de un apaño temporal. Desde luego, el barrio era deprimente:
vivíamos entre casuchas, a unos pasos del ferrocarril elevado. Lo peor de la
situación era que Stanley dormía de día. Sin embargo, sólo dormía unas cinco
horas. Noté que comía frugalmente. De lo único que no podía pasarse era de los
cigarrillos. Por cierto, que se los liaba él mismo; era una costumbre que había
conservado de los viejos tiempos en Fort Oglethorpe.
Lo único que no
podíamos pedir a Stanley era dinero. Su mujer le daba cada día diez centavos
para el transporte. Cuando se iba al trabajo, se llevaba dos bocadillos
envueltos en papel de periódico. A partir del martes todo lo compraban a
crédito. Una rutina deprimente, pero Stanley la había seguido durante años. No
creo que hubiera esperado nunca que las cosas cambiaran. Mientras comiesen todos
los días, mientras los chicos estuvieran bien alimentados y vestidos...
Todos los días Mona y
yo desaparecíamos hacia mediodía, nos íbamos cada uno por nuestro lado, y
regresábamos a tiempo para cenar. Dábamos la impresión de estar atareados
buscando trabajo. Mona se dedicaba a recaudar pequeñas cantidades para ir
tirando; yo rondaba sin rumbo, visitaba la biblioteca, los museos de arte, o me
marcaba un cinito, cuando podía pagármelo. Ninguno de los dos teníamos la menor
intención de buscar trabajo. Ni siquiera sacábamos a relucir el tema entre
nosotros.
Al principio les
agradaba ver regresar a Mona todos los días con algo para los niños. Mona se
empeñaba en volver con los brazos cargados. Además de la comida, de la que
teníamos gran necesidad, con frecuencia traía golosinas exóticas que Stanley y
su mujer nunca habían probado. Para los niños siempre traía caramelos o
pasteles. Se quedaban esperándola todas las noches en el portal. Por un tiempo
fue muy divertido. Cigarrillos en abundancia, y tartas y pasteles maravillosos,
toda clase de panes judíos y rusos, pepinillos en vinagre, sardinas, atún,
aceitunas, mayonesa, ostras ahumadas, salmón ahumado, caviar, arenques, piña,
fresas, cangrejos, Charlotte russe, y Dios sabe qué más. Mona decía que eran
regalos de amigos. No se atrevía a reconocer que había derrochado dinero en
esos lujos. Naturalmente, Sophie estaba deslumbrada. Nunca había visto
semejante colección de alimentos como la que ahora adornaba la alacena. Era
evidente que habría podido mantener esa dieta indefinidamente. Y lo mismo los
niños.
Sin embargo, Stanley
no. Sólo podía concebir la privación. ¿Qué harían, cuando nos fuéramos?
Estábamos acostumbrando mal a los niños. Su mujer iba a esperar milagros
superiores a sus fuerzas. Empezó a tomar a mal nuestras lujosas costumbres. Un
día abrió la alacena, cogió algunos frascos y latas de las golosinas más finas,
y dijo que iba a ir a cambiarlos por dinero. Hacía tiempo que debían un recibo
del gas. El día siguiente me llevó aparte y me dijo que mi mujer debía dejar de
traer caramelos y pasteles para los niños. Stanley se estaba volviendo cada vez
más displicente. Tal vez estuviera harto de dormir sin descansar en el sofá.
Quizá supusiese que no hacíamos esfuerzos para encontrar trabajo.
La situación era
claramente de un libro de Hamsun, pero Stanley no estaba de humor para apreciar
ese detalle. En la mesa apenas hablábamos. Los niños parecían intimidados.
Sophie sólo hablaba cuando su Amo y Señor lo aprobaba. De vez en cuando faltaba
hasta el dinero para el transporte. Siempre era Mona la que entregaba la pasta.
Me esperaba que un día preguntaran sin rodeos cómo daba la casualidad de que
siempre tenía dinero a mano. Desde luego, Sophie nunca hacía preguntas. Mona la
tenía encantada. Sophie la seguía constantemente con los ojos, observaba todos
sus movimientos, todos sus gestos. Estaba claro que para ella Mona era una
especie de diosa.
Cuando me quedaba
tumbado y despierto por las noches, me preguntaba cómo reaccionaría Sophie, si
tuviera oportunidad de seguir a Mona en su excéntrico rumbo por un día.
Supongamos un día en que Mona esté citada con el veterano de Weehawken, que
sólo tiene una pierna. Naturalmente, Rothermel, pues así se llamaba, estaría
borracho como de costumbre. Estaría esperando en el salón de una cervecería en
una de esas lúgubres calles laterales de Weehawken. Ya estaría diciendo
estupideces entre babas de cerveza. Al entrar Mona, intenta levantarse de su
asiento y hacer una reverencia ceremoniosa, pero su pierna artificial se lo
impide. Aletea impotente como una gran ave con la pata cogida en una trampa.
Farfulla y lanza maldiciones, al tiempo que se limpia la saliva del chaleco con
un pañuelo sucio.
«Sólo te has retrasado
dos horas», refunfuña. «¿Cuánto?» Y echa mano al bolsillo del pecho en busca de
su voluminoso billetero.
Naturalmente, Mona —se
trata de una escena que representan con frecuencia— finge sentirse ofendida.
«¡Quita eso de ahí! ¿Crees que sólo vengo para eso?»
El: «No se me ocurre
ninguna otra razón. Desde luego, no has venido por mí.»
Así empieza. Un dúo que
han interpretado centenares de veces.
El: «Bien, ¿qué
historia vas a contarme esta vez? Aunque sea un bobo, debo decir que admiro tu
inventiva.»
Ella: «¿Es que tengo
que darte siempre una razón? ¿Cuándo vas a aprender a confiar en otros seres
humanos?»
El: «Una pregunta
oportuna. Si alguna vez te quedaras media hora, tal vez pudiese responderla.
¿Cuándo tienes que irte?» Se mira el reloj. «Son las tres menos cuarto.»
Ella: «Ya sabes que
tengo que estar de vuelta para las seis.»
El: «Entonces, ¿sigue
inválida tu madre?»
. Ella: «¿Qué te crees?
¿Que se ha producido un milagro?»
El: «Pensaba que a lo
mejor se trataba de tu padre esta vez.»
Ella: «Oh, ¡calla la
boca! Ya estás borracho otra vez.»
El: «Afortunadamente
para ti. De lo contrario, podría olvidarme de traer el billetero. ¿Cuánto?
Acabemos con eso, quizá podamos charlar un poco después. Es muy instructivo
hablar contigo.»
Ella: «Más vale que
prepares cincuenta esta vez...»
El: «¿Cincuenta? Oye,
chica, sé que soy un bobo, pero no soy una mina de oro.»
Ella: «¿Es que vamos a
tener que empezar otra vez?»
Rothermel saca el
billetero apesadumbrado. Lo deja sobre la mesa. «¿Qué va a ser?»
Ella: «Ya te lo he
dicho.»
El: «Quiero decir que
qué vas a beber. No irás a marcharte corriendo sin beber nada, ¿no?»
Ella: «Oh, bueno...
champán.»
El: «Nunca bebes
cerveza, ¿verdad?» Juguetea con el billetero.
Ella: «¿Para qué andas
manoseando eso? ¿Es que intentas humillarme?»
El: «Eso sería bastante
difícil, me parece a mí.» Pausa. «Mira, mientras te esperaba sentado aquí,
estaba pensando en cómo podría animarte de verdad. No te lo mereces, pero, ¡qué
leche! Si tuviera un poco de juicio, no estaría aquí sentado hablando contigo.»
Pausa. «¿Quieres saber en qué estaba pensando? En cómo alegrarte. Mira, para
ser una chica tan bonita, eres casi la persona más desdichada que he conocido
nunca. Yo no soy una reserva de optimismo precisamente, ni da demasiado gusto
mirarme, y me estoy volviendo cada día más decrépito, pero no puedo decir que
sea totalmente desgraciado. Todavía me queda una pierna. Puedo andar a saltos.
De vez en cuando me lío, aunque sea de mí mismo. Pero, ¿sabes una cosa? No te
he oído reír ni una sola vez. Es terrible. En realidad, es penoso. Te doy todo
lo que pides pero nunca cambias. Siempre estás dispuesta a dar un sablazo. No
es justo. Te estás haciendo daño a ti misma, eso es lo que quiero decir...»
Ella
(interrumpiéndolo): «Todo sería diferente, si me casara contigo, ¿es eso lo que
quieres decir?»
El: «No exactamente.
Dios sabe que no sería un lecho de rosas. Pero por lo menos podría mantenerte.
Podría poner fin a este mendigar y pedir prestado.»
Ella: «Si de verdad
quisieras liberarme, no pondrías precio.»
El: «Es muy propio de
ti expresarlo de ese modo. Nunca, ni por un instante, supones...»
Ella: «¿Que podríamos
llevar vidas separadas?»
Llega el camarero con
el champán.
El: «Más vale que
traiga otro: la señorita tiene sed.»
Ella: «¿Es que tenemos
que pasar por esta farsa todas las veces que nos encontramos? ¿No crees que es
un poco aburrido?»
El: «Para mí no lo es.
Ya no me quedan ilusiones. Pero es una forma de hablar contigo. Prefiero este
tema al de los hospitales y los inválidos.»
Ella: «No crees mis
historias, ¿no es eso?»
El: «Creo todas y cada
una de las palabras que me dices... porque quiero creerlas. Tengo que creer en
algo, aunque sólo sea en ti.»
Ella: «¿Aunque sólo sea
en mí?»
El: «Anda, ya sabes lo
que quiero decir.»
Ella: «Quieres decir
que te trato como a un primo.»
El: «Yo mismo no podría
expresarlo con mayor exactitud. Gracias.»
Ella: «¿Qué hora es,
por favor?»
Rothermel se mira el
reloj. Miente: «Son las tres y veinte exactamente.» Después, con aire de
consternación: «Tienes que tomarte otra copa. Le he dicho que te preparara
otra.»
Ella: «Te la bebes tú,
no voy a tener tiempo.»
El (desesperado): «Eh,
camarero, ¿dónde está ese champán que he pedido hace una hora?» Se exaspera e
intenta levantarse del asiento. Tropieza y vuelve a hundirse en él, como si
estuviera exhausto. «¡Me cago en la puta pierna! Estaría mejor con un tocón de
madera. ¡Me cago en la puta guerra de los cojones! Perdóname, estoy
exasperado...»
Para complacerlo, Mona
toma un sorbo del champán, y después se levanta de repente. «Tengo que irme»,
dice. Se dirige hacia la puerta.
«¡Espera un momento!»,
grita Rothermel. «Voy a llamar a un taxi para ti.» Se guarda el billetero en el
bolsillo y la sigue renqueando.
En el taxi le pone el
billetero en la mano. «Sírvete tú misma», dice. «Ya sabes que sólo estaba
bromeando antes.»
Mona coge tan fresca
unos cuantos billetes y le mete el billetero en el bolsillo de la chaqueta.
«¿Cuándo volveré a
verte?»
«Cuando necesite más
dinero, seguro.»
«¿Nunca necesitas algo
que no sea dinero?»
Silencio. Avanzan por
las demenciales calles de Weehawken, que está en el Nuevo Mundo, según el
atlas, pero que igual podría ser una verruga del planeta Urano. Hay ciudades
que uno no visita nunca salvo en momentos de desesperación... o cuando cambia
la luna, cuando todo el sistema endocrino enloquece. Hay ciudades que fueron
proyectadas hace eones por hombres del mundo antediluviano que tenían el
consuelo de saber que nunca iban a habitarlas. Nada está fuera de lugar en ese
esquema de cosas anacrónico excepto la fauna y la flora de una era geológica
desaparecida. Todo es familiar y, sin embargo, extraño. En cada esquina te
sientes desorientado. Todas las calles significan micmac.
Rothermel, hundido en
la desesperación, sueña con la abigarrada vida de las trincheras. Sigue siendo
abogado, a pesar de que sólo le queda una pierna. No sólo odia a los boches,
que le quitaron la pierna, odia igual a sus compatriotas. Por encima de todo,
odia la ciudad en que nació. Se odia a sí mismo por beber como una cuba. Odia a
toda la humanidad, así como a las aves, los árboles y la luz del sol. Lo único
que le queda de un pasado vacío es dinero. También lo odia. Se levanta cada
mañana de entre un sueño pastoso para entrar en un mundo de mercurio. Comercia
con el delito como si fuera una mercancía, como la cebada, el trigo, la avena.
Donde en tiempos retozaba y cantaba como una alondra, ahora va renqueando
furtivamente, tosiendo, gimiendo, resollando. La mañana de la fatal batalla era
joven, viril, estaba jubiloso. Había limpiado un nido de boches con su
metralleta, había liquidado a dos tenientes de su propia brigada y estaba a
punto de ametrallar la cantina. Esa misma tarde yacía entre su propia sangre y
sollozaba como un niño.— El mundo de los hombres con dos piernas había pasado
por delante de él y lo había dejado atrás; nunca iba a poder alcanzarlos. En
vano aulló como un animal. En vano rezó. En vano llamó a su madre. La guerra
había terminado para él: él era uno de sus despojos.
Cuando volvió a ver
Weehawken, quiso trepar hasta la cama de su madre y morir. Quiso ver la
habitación donde jugaba de niño. Miró el jardín desde la ventana de arriba y,
presa de la más absoluta desesperación, escupió hacia él. Cerró la puerta a sus
amigos y se dio a la bebida. Pasan siglos durante los cuales va y viene en la
sombra del recuerdo. Sólo tiene una seguridad: su riqueza. Es como decir a un
ciego que puede disponer de un bastón blanco.
Y entonces, una noche,
sentado a solas en una mesa de una tabernucha del Village, una mujer se le
acerca y le entrega un Mezzotirtt para que lo lea. El la invita a sentarse.
Pide una comida para ella. Escucha sus historias. Se olvida de que lleva una
pierna artificial, se olvida de que una vez hubo una guerra. De repente, se da
cuenta de que ama a esa mujer. No es necesario que ella lo ame, basta con que
exista. Si consiente en verlo ocasionalmente, por sólo diez minutos, la vida
volverá a tener sentido para él.
Así sueña Rothermel.
Olvida todas las escenas acongojantes que han manchado ese bello cuadro. Haría
cualquier cosa por ella, aun ahora.
Y ahora vamos a dejar a
Rothermel por unos instantes. Dejémoslo soñar en su taxi, mientras el ferry lo
acuna en el lecho del Hudson. Volveremos a encontrarlo, en las orillas de
Manhattan.
En la calle Cuarenta y
Dos Mona entra en el metro para salir unos minutos después en Sheridan Square.
Aquí su rumbo se vuelve irregular. A Sophie, si todavía siguiera tras ella, le
resultaría verdaderamente difícil seguirla. El Village es una red de laberintos
modelada de acuerdo con los arrugados ensueños de los primeros colonos
holandeses. Constantemente te encuentras frente a frente contigo mismo al final
de una calle tortuosa. Hay callejones, callejuelas, sótanos y buhardillas,
plazas, triángulos, patios, todo anómalo, incongruente, confuso: lo único que
falta es los puentes de Milwaukee. Ciertas casas de muñecas, estrujadas entre
sombrías casas de vecindad y mórbidas fábricas, han estado dormitando en un
vacío de tiempo que sólo podría describirse en decanatos. El pasado soñador y
somnoliento rezuma de las fachadas, de los curiosos nombres de las calles, de
la escala en miniatura impuesta por los holandeses. El presente se anuncia en
los gritos estridentes de los pilluelos de la calle, en el apagado estrépito
del tráfico que sacude no sólo los candelabros, sino también los propios
cimientos del subsuelo. Dominándolo todo está la confusión de las razas,
lenguas, costumbres. Los americanos que han conseguido entrar ahí a empellones
están descentrados, ya sean banqueros, políticos, magistrados, bohemios o
artistas auténticos. Todo es barato, charro, vulgar y falso. Minnie Douchebag
está en el mismo nivel que el guardián de la prisión a la vuelta de la esquina.
La fraternización, tal como es, se produce en el fondo del crisol. Todo el
mundo intenta fingir que es el punto más interesante de la ciudad. Es el barrio
lleno de personajes; chocan como protones y electrones, siempre en un mundo de
cinco dimensiones cuyo fundamento es el caos.
En un mundo así es en
el que Mona se encuentra en su elemento y se siente completamente ella misma. A
cada paso se encuentra con algún conocido. Esos encuentros se parecen
notablemente a las colisiones de las hormigas en el ajetreo del trabajo. La
conversación se produce a través de las antenas manipuladas frenéticamente.
¿Acaba de producirse un cataclismo devastador que ha afectado a todo el
hormiguero? Las subidas y bajadas de escaleras corriendo, los saludos, los
apretones de manos, los restregones de narices, las gesticulaciones de
fantasmas, las conferencias, los burbujeos y regurgitaciones, las transmisiones
aéreas, el vestirse y desvestirse, los susurros, los avisos, la amenazas, las
súplicas, las mascaradas: todo se produce al modo de los insectos y con una
rapidez que sólo parecen capaces de mostrar los insectos. Aun cubierto de nieve
el Village está en constante conmoción y efervescencia. Y, sin embargo, de eso
nunca resulta nada de la menor importancia. Por la mañana hay dolores de
cabeza, nada más.
No obstante, a veces,
en una de esas casas que sólo se observan en sueños, vive una criatura pálida y
tímida, generalmente de sexo dudoso, que pertenece al mundo de du Maurier,
Chejov o Alain Fournier. Su nombre puede ser Alma, Frederika, Ursula, Malvina,
un nombre en consonancia con el cabello rojizo, la figura prerrafaelista, los
ojos gaélicos. Una criatura que raras veces sale de casa, y, cuando lo hace,
sólo en las primeras horas de la mañana.
Hacia esa clase de
personas Mona se siente atraída fatalmente. Una amistad secreta oculta toda su
relación en el misterio. Esas diligencias urgentes que la conducen a través de
las calles encharcadas pueden no tener otro objeto que el de comprar una docena
de huevos de ganso. Otra clase de huevos no serviría. En passant puede
ocurrírsele sorprender a su seráfica amiga comprando un camafeo anticuado
cubierto de violetas, o una mecedora procedente de las colinas de Dakota, o una
caja de rapé perfumada con sándalo. Primero los regalos y después unos cuantos
billetes recién salidos de la casa de la moneda. Llega jadeante y jadeante se
marcha, como entre dos truenos. Hasta Rothermel sería incapaz de sospechar lo
deprisa que se va su dinero y para qué fin. Lo único que sabemos, quienes la
recibimos al final de un día febril, es que ha conseguido comprar unas verduras
y que puede distribuir unas monedas. Del lado de Brooklyn hablamos de
calderilla, que en China se llama «dinero contante y sonante». Como niños, jugamos
con las monedas de diez centavos, cinco y uno. El dólar es una concepción
abstracta empleada sólo en las altas finanzas..
Sólo una vez durante
nuestra estancia con los polacos nos aventuramos fuera juntos Stanley y yo. Fue
para ver una película del Oeste en que aparecían caballos salvajes y
extraordinarios. Stanley, recordando sus tiempos en la caballería, se excitó
tanto, que decidió no ir a trabajar aquella noche. Se pasó la cena contando
historias, y a cada historia que contaba se volvía más tierno, más comprensivo,
más romántico. De repente, recordó la voluminosa correspondencia que habíamos
intercambiado, cuando éramos adolescentes.
Todo empezó el día
después de que lo viera bajar por «la calle de las primeras penas», sentado en
el carro fúnebre junto al cochero. (Tras la muerte de su marido, la tía de
Stanley se había casado con un empresario de pompas fúnebres, también polaco.
Stanley tenía que acompañarlo siempre en los entierros.)
Yo estaba en el medio
de la calle, jugando al marro, cuando apareció el cortejo fúnebre. Estaba
seguro de que había sido Stanley quien me había saludado con la mano, pero no
podía creer lo que veía. Si no hubiera sido un cortejo fúnebre, habría corrido
junto al vehículo para responder a su saludo. Pero, por tratarse de lo que se
trataba, me quedé inmóvil mirando cómo desaparecía despacio el cortejo al
doblar la esquina.
Era la primera vez que
veía a Stanley en seis años. Me causó gran impresión. El día siguiente me senté
a escribirle una carta... a la antigua dirección.
Entonces Stanley sacó
aquella carta... y todas las que habían seguido. Me dio vergüenza decirle que
hacía mucho que había perdido las suyas. Pero aún recordaba su perfume, todas
escritas en largas hojas de papel amarillo, a lápiz, con mano vigorosa. La mano
de un autócrata. Recordé el perenne saludo que empleaba: «¡Mi encantador
compañero!» ¡Eso a un niño de pantalón corto! Hablando de estilo, eran cartas
como las que Théophile Gautier podría haber escrito a un sicofante desconocido.
Llenas de préstamos literarios. Pero me volvían febril, siempre.
Nunca se me había
ocurrido pensar en cómo serían mis propias cartas. Pertenecían a un pasado
distante, un pasado olvidado. Ahora las sostenía en la mano, y ésta me
temblaba, mientras leía. Así, que, ¿ése era yo de adolescente? ¡Qué pena que
nadie hubiese hecho una película sobre nosotros! Eramos figuras chistosas.
Pequeños mequetrefes, gallitos, chulitos. Hablando de cosas tan serias como la
muerte y la eternidad, la reencarnación, la metempsicosis, el libertinismo, el
suicidio. Afirmando que los libros que leíamos no eran nada en comparación con
los que un día escribiríamos nosotros. Hablando de la vida como si la
hubiéramos experimentado hasta la médula.
Pero aun en aquellos
ejercicios pretenciosos de juventud detecté, para mi asombro, los gérmenes de
una facultad imaginativa que iba a madurar con el tiempo. Aun en aquellas
misivas manchadas por las moscas había arremetidas y arranques abruptos que
indicaban la presencia de fuegos ocultos, de conflictos insospechados. Me
emocionaba observar que hasta en aquella época podía perderme, ya que apenas
era consciente de tener un yo. Stanley, recordé, nunca se perdía. Tenía un
estilo y se atenía a él, como constreñido por un corsé. Recuerdo que en aquella
época yo lo consideraba mucho más maduro, mucho más sutil. El iba a ser el
escritor brillante; yo iba a ser el plumífero. Como polaco que era, él tenía
antepasados ilustres; yo era un simple americano, con una ascendencia vaga y
dudosa. Por su forma de escribir parecía que hubiera bajado del barco el día
antes. Por mi modo de escribir, parecía que yo acabara de aprender el lenguaje,
pues mi lenguaje auténtico era el de la calle, que no era lenguaje. Detrás de Stanley
yo siempre veía una línea de guerreros, diplomáticos, poetas, médicos. Yo no
tenía antepasados de ninguna clase. Tenía que inventarlos.
Es curioso, pero
cualquier clase de sentimientos de linaje o de conexiones efímeras con el
pasado que pudieran originarse en mí resultaban evocados generalmente por tres
fenómenos curiosamente distintos: uno, calles estrechas y antiguas con casas en
miniatura; dos, ciertos tipos irreales de seres humanos, generalmente soñadores
o fantásticos; tres, fotografías del Tibet, en especial del paisaje tibetano.
Podía sentirme desorientado en un dos por tres, y después me sentía
maravillosamente y como en mi elemento, en armonía con el mundo y conmigo
mismo. Sólo en esos raros momentos sabía —o pretendía— entenderme. Mis
conexiones eran, por decirlo así, con el hombre y no con los hombres. Sólo
cuando volvía a verme encarrilado en la línea principal tomaba conciencia de mi
ritmo auténtico, de mi ser auténtico. Para mí la individualidad se expresaba
como una vida sin raíces. La eflorescencia significaba cultura: dicho en pocas
palabras, el mundo del desarrollo cíclico. Para mí las grandes figuras siempre
estaban identificadas con el tronco del árbol, no con las ramas ni con las
hojas. Y las grandes figuras eran capaces de perder su identidad con gran
facilidad: todas ellas eran variaciones del hombre único, Adán Cadmo, o como
quiera que se lo llamase. Mi linaje partía de él, no de mis antepasados. Cuando
tomaba conciencia, me volvía superconsciente; podía volver atrás de un salto.
Stanley, como todos los
patrioteros, hacía remontar su árbol genealógico sólo hasta los comienzos de la
nación polaca, es decir, los pantanos de Pripet. Así se quedaba hundido, como
una comadreja. Sus antenas sólo alcanzaban hasta las fronteras de Polonia.
Nunca llegó a ser americano, en el sentido auténtico. Para él América era una
simple condición o estado de trance que le permitía transmitir sus genes
polacos a su descendencia. Cualquier clase de diferencias con respecto a la
norma, es decir, el tipo polaco, habían de atribuirse a los rigores del ajuste
y la adaptación. Lo que quiera que hubiese de americano en él era una simple
aleación que se disolvería en la generación que iba a surgir de sus riñones.
Las preocupaciones de
esa clase Stanley nunca las divulgaba abiertamente, pero estaban presentes y se
manifestaban en forma de insinuaciones. El énfasis que ponía en una palabra o
frase siempre proporcionaba la clave de sus sentimientos reales. Sentía absoluta
antipatía por el nuevo mundo en que se encontraba. Sólo hacía el esfuerzo
suficiente para mantenerse vivo. Realizaba los gestos necesarios, como se suele
decir. Aunque su experiencia de la vida era puramente negativa, no por ello era
menos vigorosa. De lo que se trataba era de cargar la batería: sus hijos
establecerían las conexiones necesarias con la vida. A través de ellos, la
energía racial de los polacos, sus sueños, sus anhelos, sus aspiraciones,
revivirían. Stanley se contentaba con habitar el mundo intermedio.
No obstante, admitido
todo esto, para mí era un lujo bañarme en el efluvio del espíritu polaco. Yo lo
llamaba Polonesia. Un mar interior, como el Caspio, rodeado de estepas. Sobre
las aguas turbulentas y estancadas, sobre los bajíos traicioneros y las fuentes
invisibles; volaban grandes aves migratorias, heraldos del pasado y del futuro:
de un pasado y un futuro polacos. Todo lo que rodeaba ese mar era enemigo y
ponzoñoso. Sólo de la lengua procedía la substancia tan necesitada.
¿Qué son las riquezas
del inglés, solía decirme a mí mismo, comparadas con la melodiosa lozanía de
esa Babel? Cuando un polaco emplea su lengua nativa, habla no sólo a su amigo,
sino también a sus compatriotas de cualquier lugar del mundo. Para el oído de
un forastero como yo, que tenía el privilegio de asistir a esas
representaciones sagradas, las alocuciones de mis amigos polacos parecían
monólogos interminables dirigidos a los innumerables espectros de la Diáspora
de dentro y de. fuera. Todos los polacos se consideran a sí mismos custodios de
los fabulosos depósitos de la raza; a su muerte, una parte secreta de lo
intangible acumulado, insondable para los extranjeros, muere con ellos. Pero en
la lengua no se pierde nada; mientras quede un solo polaco para articularla,
Polonia vivirá.
Cuando hablaba polaco,
Stanley era otro hombre. Hasta cuando hablaba a alguien tan insignificante como
su esposa Sophie. Podía estar hablando de leche y galletas saladas, pero para
mis oídos sonaba como si estuviésemos de vuelta en la Era de la Caballería.
Nada es más idóneo para describir las modulaciones, disonancias y destilaciones
de esa lengua que la palabra alquimia. La lengua polaca, como un disolvente
poderoso, convierte la imagen, el concepto, el símbolo o la metáfora en un
misterioso líquido transparente de olor alcanforado que, mediante sus maléficas
resonancias, sugiere la alternancia y el intercambio perpetuos de la idea y el
impulso. Al salir como un géiser caliente de la boca humana, la música polaca
—pues apenas si es una lengua— consume todo aquello con lo que entre en
contacto e intoxica el cerebro con los picantes y acres vahos de su metálica
fuente. Un hombre que emplea ese medio de expresión deja de ser un hombre: se
ha apropiado de los poderes de un brujo. El Libro de la Demonología sólo podía
haberse escrito en esa lengua. Decir que ésa es una característica de los
eslavos no explica nada. Ser eslavo no significa ser polaco. El polaco es único
e intocable, es la causa primera, el ímpetu originario personificado, y su
reino es el espantoso reino de la condenación. Para él el sol se extinguió hace
mucho tiempo. Para él todos los horizontes están limitados y circunscritos. Es
el malhechor de la raza, que se maldice y se absuelve a sí mismo. ¿Rehacer el
mundo? Preferiría arrastrarlo hasta el abismo sin fondo.
Las reflexiones de este
tipo subían a la superficie cuando salía de la casa para estirar las piernas. A
poca distancia de la casa de Stanley había un mundo semejante en muchos
sentidos al que yo había conocido de niño. Por él corría un canal negro como la
tinta cuyas estancadas aguas apestaban como diez mil caballos muertos. Pero
alrededor de todo el canal había callejuelas tortuosas, calles laberínticas,
todavía pavimentadas como adoquines, con las gastadas aceras flanqueadas por
casuchas diminutas cubiertas de contraventanas dislocadas en los goznes, que a
distancia daban la impresión de ser enormes letras hebreas. Había mobiliario,
baratillo, utensilios, herramientas y materiales de todas clases esparcidos por
las calles. La margen del mundo social.
Cada vez que me
acercaba a los confines de aquel mundo liliputiense, me convertía en un niño de
diez años. Se me agudizaban los sentidos, la memoria se me volvía más vivida,
el hambre más agudo. Podía conversar con el yo que en tiempos había sido y con
el yo que había llegado a ser. Cuál yo era el que caminaba y olfateaba y
exploraba era algo que ignoraba. Un yo interlocutorio, sin lugar a dudas. Un yo
sobornado por un tribunal superior de justicia... En aquella arena supraliminal
Stanley aparecía siempre tiernamente. Era el compañero invisible a quien
comunicaba aquellos pensamientos larvales que eludían el habla. Inmigrante,
huérfano, abandonado: de esos tres ingredientes estaba compuesto. Nos
entendíamos mutuamente porque éramos opuestos completos. Yo le daba
graciosamente lo que él codiciaba; él me ofrecía con su pico de cuervo lo que
yo anhelaba. Nadábamos como peces siameses en la glauca superficie del lago de
la infancia. No conocíamos a nuestro Protector. Nos regocijábamos con nuestra
libertad imaginada.
Lo que me intrigaba de
niño, lo que me intriga en la actualidad, es la gloria y la maravilla de la
eclosión. En la infancia hay días dulces en que, tal vez por el gran retraso
del tiempo, sales de casa y te encuentras con un mundo adormilado. No es el mundo
de los humanos, ni el mundo de la naturaleza el que dormita: es el mundo
inanimado en germen... Con los lentos ojos de la infancia miramos sin aliento
cómo revela lentamente su latido ese reino latente de la vida. Tomamos
conciencia de la existencia de esos rayos invisibles que emanan perpetuamente
de las más remotas partes del cosmos y que irradian del microcosmo tanto como
del macrocosmo. «Arriba igual que abajo.» En un abrir y cerrar de ojos quedas
separado del mundo ilusorio de la realidad material; a cada paso que das, te
colocas de nuevo en el carrefour de esas radiaciones concéntricas que son la
auténtica substancia de la realidad que todo lo abarca e invade. La muerte no
tiene sentido. Todo es cambio, vibración, creación y recreación. La canción del
mundo, registrada en cada partícula de esa substancia engañosa llamada materia,
surge en inefable armonía que se filtra por el ser angélico que yace dormido en
la concha de la criatura física llamada hombre. Una vez que el ángel asume el
dominio, el ser físico florece. Por todos los reinos se produce un florecer
tranquilo y persistente.
¿Por qué será por lo
que los ángeles, a quienes tontamente asociamos con los vastos espacios
interestelares, gustan de todo lo mignon?
Tan pronto como llego a
las orillas del canal, donde me espera mi mundo en miniatura, el ángel se
apodera de mí. Dejo de escudriñar el mundo: el mundo está dentro de mí. Lo veo
tan claramente con los ojos cerrados como con los ojos abiertos de par en par.
Encantamiento, no brujería. El abandono y la dicha que acompaña al abandono. Lo
que era dilapidación, descomposición, sordidez, se transmuta. El ojo
microscópico del ángel ve las partes infinitas que componen el todo divino; el
ojo telescópico del ángel no ve sino la totalidad, que es perfecta. En la
estela del ángel sólo hay universos por contemplar: el tamaño no significa
nada.
Cuando el homore, con
su lastimoso sentido de la relatividad, mira por el telescopio y se maravilla
ante la inmensidad de la creación, su intención es confesar que ha logrado
reducir lo ilimitado dentro de los límites. Consigue, por decirlo así, un alquiler
óptico de la grandeza infinita de una creación que es insondable para él. ¿Qué
importa que logre enfocar mil universos con su microscópico telescopio? El
proceso de agrandamiento no hace sino intensificar el sentido de la miniatura.
Pero el hombre se siente más en su elemento en su pequeño universo, o finge
sentirse, cuando ha revelado lo que se haya más allá de sus límites. La idea de
que su universo puede no ser mayor que un diminuto corpúsculo de sangre lo
embelesa, sosiega su angustia desesperada. Pero el uso del ojo artificial,
independientemente de las proporciones a que llegue a agrandarse, nunca le
produce gozos. Cuanto mayor es su visión física, más atemorizado se siente.
Entiende, si bien se niega a creerlo, que con ese ojo nunca penetrará en el misterio
de la creación y menos aún participará en él. Comprende vaga y débilmente que
para volver a entrar en el mundo misterioso del que salió se necesitan otros
ojos.
Con el ojo angélico es
con el que el hombre contempla el mundo de su substancia auténtica.
Esos dominios en
miniatura, donde todo está hundido, mudo y transformado, emergen no pocas veces
en libros. Con frecuencia una página de Hamsun producía las mismas armonías
misteriosas de encantamiento que un paseo a lo largo del canal. De repente
estamos a solas con la calle que ha descrito el autor. Por un breve momento
experimentamos la misma clase de vértigo que cuando el conductor abandona su
puesto con el tranvía lanzado a toda velocidad. Después de eso es pura volupté.
El abandono de nuevo. El abandono al hechizo que ha vuelto superfluo al autor.
Inmediatamente nuestro ritmo se aminora. Nos demoramos ante las estructuras
verbales que palpitan como casas vivas. Sabemos que aparecerá alguien a quien
nunca hemos conocido ni volveremos a encontrar nunca, y se apoderará de
nosotros. Puede ser una persona tan inocua como Sophie. Puede ser que en todo
el pasaje domine la cuestión de unos grandes huevos de ganso blancos. No hay
modo de gobernar el fluido cósmico en que ahora se bañan acontecimientos y situaciones.
El diálogo puede volverse un puro absurdo, astral en sus connotaciones. El
autor ha dejado claro que está ausente. El lector se encuentra ante un juego
angélico. Vivirá esa escena, ese momento prolijo, una y otra vez, y con una
sensación de realidad agudizada y lindante con lo alucinatorio. Una simple
callecita... ni siquiera de la longitud de una manzana. Jardines diminutos
cuidados por gnomos. Rayos de sol perpetuos. Y música recordada, amortiguada
para que se mezcle con el zumbido de los insectos y el susurro de las hojas.
Gozo, gozo, gozo. La presencia íntima de las flores, los pájaros, las piedras
que han preservado el testimonio de mágicos días semejantes.
Pienso en Hamsum porque
fue con Stanley con quien compartí tan a menudo esas experiencias
extraordinarias. Nuestra grotesca vida en la calle, de niños, nos había
preparado para esos encuentros misteriosos. De algún modo desconocido habíamos
experimentado la iniciación apropiada. Eramos, sin saberlo, miembros de ese
mundo subterráneo y tradicional que a intervalos convenientes vomita los
escritores que posteriormente serán llamados románticos, místicos, visionarios
o diabólicos. Para personas como nosotros —entonces meros seres embriónicos—
era para quienes se habían escrito ciertos pasajes «exóticos». Somos nosotros
quienes mantenemos vivos esos libros que constantemente amenazan con volver a
caer en el olvido. Esperamos, como animales de presa, al acecho de momentos de
realidad que no sólo igualen, sino que, además, confirmen y corroboren esas,
extravagancias literarias. Nos volvemos semejantes a sacacorchos, quedamos
desequilibrados, bizqueamos y tartamudeamos al intentar en vano ajustar nuestro
mundo al existente. En nosotros el ángel tiene sueño ligero, listo ante el
menor temblor para tomar el mando. Sólo las vigilias solitarias nos
restablecen. Sólo cuando estamos cruelmente separados comunicamos unos con
otros.
Muchas veces es en
sueños como comunicamos... Estoy en una calle familiar buscando una casa
determinada. En el momento en que pongo el pie en esa calle mi corazón se pone
a latir enloquecido. Aunque nunca he visto esa calle, me es familiar, más
íntima, más cargada de significado que cualquier calle que haya conocido. Es la
calle por la que regreso al pasado. Cada casa, cada porche, cada puerta, cada
césped, cada piedra, estaca, ramita u hoja habla elocuentemente. La sensación
de reconocimiento, compuesta de miríadas de capas de recuerdos, es tan
poderosa, que casi me disuelvo.
La calle no tiene
principio ni fin: es un segmento separado que flota en un aura borrosa y está
completo en sí mismo. Una porción vibrante del todo infinito. Aunque nunca hay
actividad alguna en esa calle, no está vacía ni desierta. En realidad, es la calle
más viva que puedo concebir. Está viva con recuerdos, como un bosquecillo
secreto que pulula con sus enjambres de huéspedes invisibles. No puedo decir
que camine ni tampoco que me deslice por ella. La calle me envuelve. Me veo
devorado por ella. Tal vez sólo en el mundo de los insectos haya sensaciones
que igualen esa forma inquietante de dicha. Comer es maravilloso, pero ser
comido es un placer indescriptible. Quizá sea otro tipo de unión, más
extravagante, con el mundo exterior. Un tipo de comunión invertida.
El final de ese rito es
siempre el mismo. De repente, me doy cuenta de que Stanley me está esperando.
No se encuentra en el extremo de la calle, pues no hay extremo... se halla en
el borroso borde donde la luz y la substancia se funden. Su llamada siempre es
corta y brusca: «¡Venga, vámonos!» Inmediatamente adapto mi ritmo al suyo.
¡Adelante, marchen! La amada calle gira suavemente, como una plataforma
giratoria manejada por un guardagujas invisible, y, cuando llegamos a la
esquina, se junta clara e inexorablemente con las calles transversales que
forman el trazado de nuestro barrio infantil. A partir de ese momento viene una
exploración del pasado, pero de un pasado diferente del de la calle
conmemorativa. Ese pasado es activo, está lleno de recuerdos, pero recuerdos
superficiales. El otro pasado, tan profundo, tan fluido, tan brillante, no hace
una separación entre él y el presente y el futuro. Era intemporal, y, si hablo
de él como de un pasado, sólo es para sugerir un regreso que en realidad no es
un regreso, sino una reintegración. El pez que vuelve nadando a la fuente de su
ser.
Cuando se inicia la
música inaudible, sabes con certeza que estás vivo.
El papel de Stanley en
la segunda parte del sueño es el de reavivar la llama. Me despediré de él,
cuando haya hecho temblar todos los filamentos mnemónicos. Esa función, que
realiza con destreza instintiva, podría equipararse con las oscilaciones
temblorosas de una aguja de brújula. Me mantiene en la senda, una senda
tortuosa y en zigzag, pero saturada de reminiscencias. Volamos de flor en flor,
como abejas. Cuando hemos extraído nuestra porción de néctar, regresamos al
panal. A la entrada me despido de él, y me sumerjo en el propio eje de la
transformación. Los oídos me resuenan con el zumbido oceánico. Todos los
recuerdos se extinguen. Estoy profundamente dentro de la concha laberíntica,
tan seguro y vivo como una partícula de energía a la deriva en el mar de luz
estelar. Este es el sueño profundo que restablece al alma. Cuando me despierto,
soy un recién nacido. El día se extiende ante mí como un prado de terciopelo.
No recuerdo nada. Soy una moneda recién acuñada lista para caer en la palma del
primer llegado.
En un día así es cuando
estoy dispuesto para tener uno de esos encuentros fortuitos que alterarán el
curso de mi vida. El extraño que se me acerca me saluda como un viejo amigo.
Basta con que cambiemos unas palabras y el íntimo lenguaje estenográfico de hermanos
antiguos substituye a la jerga corriente. La comunicación es críptica y
seráfica, se realiza con la facilidad y la rapidez de los sordomudos de
nacimiento. Para mí sólo tiene un fin: producir una reorientación. Alterar el
curso de mi vida, como lo he expresado antes, significa simplemente: corregir
mi posición sideral. El extraño, recién llegado del otro mundo, me informa.
Dada mi orientación verdadera, me abro un nuevo surco por los reinos expeditos
del destino. Así como la calle del suero giró lentamente hasta colocarse en su
posición, así también giro yo ahora hasta colocarme en la alineación vital. El
panorama sobre el que me muevo es pavoroso y majestuoso. Un paisaje
auténticamente tibetano me hace señas para que avance. No sé si es una creación
del ojo interior o una alteración cataclismática de la realidad exterior que se
armoniza con la profunda reorientación que acabo de experimentar. Lo único que
sé es que estoy más solitario que nunca. Todo lo que ocurra ahora contará con
las características del sobresalto y el descubrimiento. No estoy solo. Estoy
entre otros solitarios. ¡Y todos y cada uno de nosotros hablamos nuestro propio
lenguaje! Es como la reunión de dioses distantes, cada uno envuelto en el aura
de su propio mundo incomprensible. Es el primer día de la semana en el nuevo
ciclo de la conciencia. Un ciclo, no hace falta decirlo, que puede durar una
semana o toda la vida. En avant, je me dis. Allons-y! Nous sommes
VIII
Había sido Maxie
Schnadig quien me había presentado, unos años antes, a Karen Lundgren. No puedo
imaginar qué era lo que había juntado a aquellos dos. No tenían nada en común,
lo que se dice nada.
Karen Lundgren era un
sueco que se había educado en Oxford, donde había causado cierta sensación a
causa de sus proezas atléticas y su rara erudición. Era un gigante de pelo
rubio y rizado, que hablaba suavemente y con excesiva educación. Poseía los
instintos combinados de la hormiga, la abeja y el castor. Era concienzudo,
sistemático, tenaz como un dogo, y lo que quiera que emprendiese lo llevaba a
cabo hasta el límite. Jugaba con la misma energía con la que trabajaba. Sin
embargo, el trabajo era su pasión. Era capaz de trabajar de pie, sentado o
tumbado en la cama. Y, como todas las personas muy trabajadoras, en el fondo
era un vago rematado. Siempre que se ponía a hacer algo, primero tenía que
idear formas y medios de hacerlo con el menor esfuerzo. No hace falta decir que
esos atajos requerían mucho tiempo y esfuerzo. Pero le hacía sentir bien eso de
partirse el cuello ideando atajos. Además, su lema era la eficacia. No era sino
un artefacto ambulante y hablante para ahorrar esfuerzo.
Por simple que fuera un
proyecto, Karen podía volverlo complicado. Yo había conocido con creces su
excentricidad, al trabajar de aprendiz suyo en una oficina de investigación
antropológica unos años antes. Me había iniciado en las absurdas complejidades de
un sistema decimal para archivar que hacía parecer un juego de niños nuestro
sistema Dewey. Con el sistema de Karen podíamos clasificar todo lo habido y por
haber, desde un par de calcetines de lana blancos hasta las hemorroides. Como
digo, hacía algunos años que no veía a Karen. Siempre lo había considerado un
excéntrico y no sentía respeto ni por su jactanciosa inteligencia ni por sus
proezas atléticas. Aburrido y laborioso, ésas eran sus características
principales. Desde luego, de vez en cuando se reía a carcajadas. Podríamos
decir que se reía con demasiadas ganas, y siempre cuando no debía y por la
razón por la que no debía. Cultivaba esa capacidad para reírse, del mismo modo
que en tiempos había cultivado sus músculos. Tenía la manía de ser todas las cosas
para todos los hombres. Tenía la manía, pero le faltaba el gusto.
Ofrezco este esbozo
aproximativo de él porque da la casualidad de que vuelvo a estar trabajando con
él, trabajando para él. Mona también. Estamos viviendo juntos en la playa en
Far Rockway, en una cabaña que ha levantado él mismo. Para ser exactos, la casa
no está del todo acabada. A eso se debe nuestra presencia en ella. Trabajamos
sin remuneración y nos contentamos con alojarnos con Karen y su esposa. Todavía
queda mucho por hacer. Demasiado. El trabajo empieza en el momento en que abro
los ojos y dura hasta que caigo rendido de cansancio.
Retrocedamos un poco...
Encontrarnos con Karen en la calle fue providencial. Estábamos literalmente sin
un céntimo, cuando apareció. Es que Stanley nos había dicho una noche, al
marcharse para el trabajo, que estaba harto de nosotros. Debíamos hacer las maletas
y largarnos inmediatamente. Nos ayudaría a hacerlo y nos acompañaría hasta el
metro. Ni una palabra más. Naturalmente, yo había estado esperando que algo así
ocurriera cualquier día. No estaba enfadado lo más mínimo con él. Al contrario,
estaba bastante divertido.
En la entrada del metro
nos entregó las maletas, me regaló una moneda de diez centavos y sin darnos la
mano se volvió abruptamente y se fue. Sin decir siquiera adiós. Naturalmente,
nos metimos en el metro, sin saber qué otra cosa hacer, y emprendimos la marcha.
Recorrimos el trayecto de ida y vuelta dos o tres veces mientras intentábamos
decidir qué haríamos a continuación. Por fin nos apeamos en Sheridan Square.
Apenas habíamos caminado unos pasos, cuando, para mi sorpresa, vi acercarse a
Karen Lundgren. Parecía extraordinariamente contento de volver a verme. ¿Qué
hacía yo? ¿Habíamos cenado? Y cosas así.
Lo acompañamos a su
piso de la ciudad, como lo llamó, y, mientras su mujer preparaba la cena, nos
desahogamos. Se alegró aún más al enterarse de nuestra situación. «Tengo
exactamente lo que necesitas, Henry», dijo, con su insensible alegría. Y se
puso a explicarme al instante la naturaleza de su trabajo, que me sonaba a
matemáticas superiores, al tiempo que nos servía con profusión cócteles y
sandwiches de caviar. Al empezar su discurso, había dado por sentado que yo
aceptaría su proyecto. Para dar más interés a la cosa, fingí que iba a tener
que pensármelo, que tenía otros planes en perspectiva. Naturalmente, eso sólo
sirvió para estimularlo más.
«Quedaros esta noche
aquí», nos rogó, «y por la mañana me decís lo que pensáis hacer.»
Desde luego, había
explicado que, además de desempeñar las funciones de secretario suyo, tendría
que echarle una mano en la construcción de la casa. Yo le había avisado con
toda franqueza de que no era muy hábil con las manos, pero él había rechazado
esa objeción sin darle importancia. Iba a ser divertido, después de trabajar
con la cabeza, dedicar unas horas a tareas más humildes. Lo llamó recreación.
Y además teníamos la
playa: íbamos a poder nadar, jugar a la pelota, remar un poco incluso. De
pasada mencionó su biblioteca, su colección de discos, su juego de ajedrez,
como diciendo que íbamos a disponer de todos los lujos de un club de primera
clase.
Por la mañana dije que
sí, naturalmente. Mona estaba entusiasmada. Estaba deseosa de ayudar a la mujer
de Karen a hacer las tareas más duras. «De acuerdo», dije, «nada se pierde con
probar.»
Fuimos en tren a Far
Rockaway. Durante todo el viaje Karen no paró de hablar de su trabajo. Deduje
que estaba ocupado en la redacción de un libro de estadística. Según él, era
una contribución excepcional al tema. La cantidad de datos que había acumulado
era enorme, tan enorme, de hecho, que me sentí aterrorizado antes incluso de
haber movido un dedo. A su modo habitual se había equipado con toda clase de
artefactos, máquinas que, según me aseguró, yo iba a aprender a manejar en un
dos por tres. Una de ellas era el dictáfono. Me explicó que le había parecido
más útil dictar a la máquina, que era impersonal, que a una secretaria.
Naturalmente, habría momentos en que se podría ver obligado a dictar
directamente, en cuyo caso yo podría copiarlo a máquina. «No debes preocuparte
de la ortografía», añadió. Debo confesar que se me cayó el alma a los pies,
cuando me enteré de lo del dictáfono. Sin embargo, no dije nada, me limité a
sonreír y dejarle pasar de una cosa a otra.
De lo que no nos había
hablado era de los mosquitos.
Había un pequeño
almacén, del tamaño suficiente para instalar una cama decrépita, que, según nos
indicó, iba a ser nuestra alcoba. En cuanto vi la red sobre la cama, supe lo
que nos esperaba. Comenzó al instante, la primera noche. Ninguno de los dos
pudimos pegar ojo. Karen intentó quitarle importancia riéndose e instándonos a
no hacer nada por un día o dos hasta que nos adaptáramos. Estupendo, pensé.
Sumamente decente por su parte, pensé. ¡Un caballero de Oxford, vamos! Pero la
segunda noche tampoco dormimos, a pesar de la protección de la red, a pesar de
habernos untado todo el cuerpo, como los nadadores que atraviesan el Canal de
la Mancha. La tercera noche quemamos yesca china e incienso. Hacia el amanecer,
completamente agotados, con los nervios deshechos, nos quedamos traspuestos.
Tan pronto como salió el sol, nos zambullimos en el mar.
Después de haber
desayunado aquella mañana fue cuando Karen anunció que debíamos empezar a
trabajar en serio. Su mujer llevó aparte a Mona para explicarle sus deberes.
Karen necesitó casi toda la mañana para explicarme los mecanismos de las
diferentes máquinas que le parecían inestimables para su trabajo. Había una
auténtica montaña de papeles con datos que yo debía transcribir en la máquina
de escribir. En cuanto a los gráficos y diagramas, las reglas, compases y
triángulos, las reglas de cálculo, el sistema de fichas y los mil y un detalles
con que había de familiarizarme, eso podía esperar unos días. Tenía que ir
despejando el montón de papeles y después, si todavía había bastante luz, debía
ayudarlo con el techo.
Nunca olvidaré aquel
primer día de trabajo con el maldito dictáfono. Creí que me volvería loco. Era
como manejar una máquina de coser, un conmutador y un fonógrafo a la vez. Tenía
que usar simultáneamente manos, pies, oídos y ojos. Si hubiera sido un poquito
más polifacético, podría haber barrido la habitación al mismo tiempo. Por
supuesto, las diez primeras hojas no tenían el menor sentido. No sólo escribí
lo que no debía, sino que, además, me comí frases enteras y empecé otras por el
medio o cerca del final. Me gustaría haber conservado una copia del trabajo de
aquel primer día: habría sido algo equiparable a los disparates escritos a
sangre fría por Gertrude Stein. Aun cuando hubiera transcrito correctamente,
las palabras habrían carecido del menor sentido para mí. La terminología
entera, por no hablar de su pesado y torpe estilo, era como chino para mí.
Igual podría haber escrito números de teléfono.
Karen, como quien está
acostumbrado a adiestrar a animales, hombre de paciencia y perseverancia
infinitas, fingió que no lo había hecho nada mal. Incluso intentó bromear un
poco sobre ello, leyendo algunas de aquellas frases descabelladas. «Tardarás un
tiempo», dijo, «pero ya le cogerás el tranquillo.» Y después, para añadir un
poco de salsa: «La verdad es que estoy avergonzado de pedirte que hagas esta
clase de trabajo, Henry. No puedes imaginarte cómo aprecio tu ayuda. No sé qué
habría hecho, si no te hubiera encontrado.» Habría hablado de forma muy
parecida, si hubiese estado dándome lecciones de jiu-jitsu, en lo que era un
maestro, al parecer. Me lo imaginaba perfectamente recogiéndome, tras haberme
hecho girar por el aire a veinte pies de altura, y diciéndome solícito: «Lo
siento, chico, pero al cabo de unos días le cogerás el tranquillo. ¿Te has
hecho mucho daño?»
Lo que yo deseaba más
que nada era un buen trago. Pero Karen raras veces bebía. Cuando quería
relajarse, empleaba sus energías en un tipo diferente de trabajo. Trabajar era
su pasión. Trabajaba mientras dormía. Lo digo en serio. Al quedarse dormido se
planteaba un problema que su inconsciente debía resolver durante la noche.
Lo mejor que pude
sacarle fue una coca-cola. Ni siquiera eso pude disfrutarlo en paz, pues,
mientras la sorbía despacio, estuvo ocupado explicándome los problemas del día
siguiente. Lo que me molestaba más que nada era su forma de explicar las cosas.
Era uno de esos idiotas que creen que los diagramas facilitan la comprensión de
las cosas. Para mí, todo lo que se parezca a un gráfico o un diagrama significa
confusión irremediable. Tengo que ponerme de cabeza para leer los planos más
simples. Intenté decírselo pero insistió en que yo había recibido una educación
inadecuada, en que me bastaría un poco de paciencia para aprender pronto a leer
los gráficos y diagramas con facicidad... y deleite. «Es como las matemáticas»,
me dijo.
«Pero detesto las
matemáticas», protesté.
«No se debe decir una
cosa así, Henry. ¿Cómo se puede detestar algo útil? Las matemáticas son
simplemente otro instrumento a nuestro servicio.» Y entonces se explayó ad
nauseam sobre las maravillas y beneficios de una ciencia por la que yo no
sentía el menor interés. Pero yo siempre sabía escuchar. Y ya había
descubierto, en el plazo de unos días, que un modo de reducir la jornada de
trabajo era enredarlo en semejantes discusiones prolongadas. El hecho de que yo
escuchara de tan buen grado le hacía sentir que estaba seduciéndome de verdad.
De vez en cuando intercalaba una pregunta, con el fin de posponer por unos
minutos más la inevitable vuelta al tajo. Por supuesto, nada de lo que me decía
sobre las matemáticas me impresionaba lo más mínimo. Por un oído me entraba y
por el otro me salía.
«Mira», decía, con toda
la seriedad de los fatuos, «no es ni con mucho tan complicado como te
imaginabas. En un dos por tres haré de ti un matemático.»
Mientras tanto Mona
estaba recibiendo su educación en la cocina. Durante todo el día oía el
tintineo de los platos. Me preguntaba qué demonios andaban haciendo allí.
Parecía un zafarrancho de limpieza. Cuando nos fuimos a la cama, me enteré de
que Lotta, la mujer de Karen, había dejado acumular los platos sucios durante
una semana. Al parecer, no le gustaba el trabajo de la casa. Era una artista.
Karen nunca se quejaba. Quería que fuese una artista: es decir, después de que
hubiera hecho las faenas domésticas y le hubiese ayudado a él de todos los
modos posibles. El, por su parte, nunca ponía los pies en la cocina. Nunca
advertía el estado de los platos ni de los cubiertos, como tampoco advertía qué
clase de comida le servían. Comía sin deleite, para llenar la andorga, y,
cuando había acabado, apartaba los platos y se ponía a hacer cálculos sobre el
mantel o, si no había mantel, en la mesa misma. Todo lo hacía pausadamente, y
con penosa deliberación, lo que en sí era suficiente para volverme loco.
Dondequiera que trabajase había suciedad, desorden y un montón de trastos
inútiles. Si tendía la mano para coger algo, primero tenía que apartar una
docena de obstáculos. Si el cuchillo que cogía estaba sucio, lo limpiaba
despacio y deliberadamente con el mantel o con su pañuelo. Siempre sin agitarse
ni emocionarse. Siempre presionando y empujando hacia adelante, como un glaciar
en su inexorable avance. A veces tres cigarrillos ardiendo a la vez junto a él.
Nunca dejaba de fumar, ni siquiera en la cama. Las colillas se acumulaban como
excrementos de oveja. Su mujer era también una fumadora empedernida, fumaba
como un carretero.
Los cigarrillos era una
cosa de la que teníamos surtido en abundancia. La comida, eso ya era otro
cantar. La comida se distribuía con parquedad y del modo menos apetitoso.
Naturalmente, Mona se había ofrecido para aliviar a Lotta del peso de la
cocina, pero Lotta no quiso ni oír hablar de eso. Pronto descubrimos por qué.
Era tacaña. Temía que Mona preparara comidas suculentas y generosas. ¡En eso no
se equivocaba! Apoderarnos de la cocina y organizar un festín era nuestra única
idea fija. No dejábamos de rezar por que se fueran a la ciudad a pasar unos
días y nos dejasen encargarnos de la comida. Entonces disfrutaríamos por fin de
una buena comida.
«Lo que me gustaría»,
decía Mona, «sería un buen rosbif.»
«A mí dame pollo... o
un buen pato asado.»
«Me gustaría comer
boniatos, para variar.»
«También a mí me irían
bien, sólo que acompáñalos de una rica salsa.»
Era como en el tenis.
Cual dos pavos hambrientos, nos pasábamos la comida fantasma como una pelota.
¡Si por lo menos se largaran! Dios Santo, 1a vista de las latas de sardinas, de
pifia en rodajas, de bolsas de patatas fritas nos ponía enfermos. Los dos se
pasaban el santo día mordisqueando como ratones. Nunca vino, ni por asomo,
jamás una gota de whiskey. Sólo coca-cola y zarzaparrilla.
No puedo decir que
Karen fuese tacaño. No, era insensible, distraído. Cuando un día lo informé de
que no recibíamos comida suficiente, se mostró consternado. «¿Qué os gustaría
comer?», me preguntó. Y al instante dejó el trabajo, se puso en pie, pidió prestado
el coche a un vecino y nos llevó a escape a la ciudad, donde fuimos de una
tienda a otra encargando provisiones. Era típico de él reaccionar de ese modo.
Siempre se iba a los extremos. Con ello se proponía, de forma totalmente
inconsciente, estoy convencido, hacerte sentir ligeramente asqueado de ti
minino «¿Comida? ¿Eso es todo lo que quieres?», parecía decir eso es fácil,
vamos a comprar montones de comida, en cantidad suficiente para sofocar a un
caballo.» Su exagerada disposición para agradarnos daba a entender otra cosa
más. «¿Comida? Pero, bueno, si eso es una menudencia. Por supuesto, que podemos
conseguiros comida. Pensaba que teníais pre ocupaciones más profundas.»
Naturalmente, su mujer
se sintió consternada cuando vio el cargamento que trajimos. Yo había pedido a
Karen que no dijera nada a su mujer de nuestro hambre. En consecuencia, fingió
estar proveyéndose para un día de lluvia. «Las existencias de la despensa
estaban bajando», explicó. Pero, cuando añadió que a Mona le gustaría
prepararnos la cena, a ella se le ensombreció la cara. Por un instante pasó por
su semblante la expresión horrorizada del avaro que ve amenazado su tesoro. Una
vez más Karen estuvo al quite: «Querida, he pensado que te gustaría que alguien
hiciera la comida, para variar. Al parecer, Mona es una cocinera excelente.
Esta noche vamos a cenar filet mignon: ¿qué te parece?» Por supuesto, Lotta
tuvo que fingir estar encantada.
Convertimos la cena en
un acontecimiento. Además de las cebollas fritas y puré de patatas, tomamos
potaje de maíz, habas, remolachas y coles de Bruselas, acompañado de apio,
aceitunas rellenas y rábanos. Para beber, vino tinto y blanco, el mejor que
había. Hubo tres clases de queso, seguido de fresas con nata. Para variar,
tomamos un café excelente, que preparé yo mismo. Café bueno y fuerte con un
poco de achicoria. Lo único que faltó fue un buen licor y habanos.
Karen disfrutó con la
comida inmensamente. Se comportó como un hombre diferente. Bromeó, contó
historias, rió hasta desternillarse, y en ningún momento se refirió a su
trabajo. Hacia el final de la cena hasta intentó cantar.
«¿No ha estado mal,
¿eh?», dije.
«Henry, deberíamos
hacer esto más a menudo», respondió. Miró a Lotta en busca de su aprobación.
Ella le ofreció una sonrisa débil y sombría, que le contrajo la cara. Era
evidente que estaba haciendo esfuerzos desesperados para calcular el coste de
la comilona. De repente, Karen apartó hacia atrás su silla y se levantó de la
mesa. Pensé que iba a traer sus gráficos y diagramas a la mesa. Pero, en lugar
de eso, fue a la habitación contigua y volvió en un santiamén con un libro. Me
lo agitó ante los ojos.
«¿Has leído esto,
Henry?», preguntó.
Miré el título. «No»,
dije. «No he oído hablar de él nunca.»
Karen pasó el libro a
su mujer y le pidió que nos leyera un trozo. Me esperaba algo deprimente, e
instintivamente me serví un poco más de vino.
Lotta pasó las páginas
solemnemente, buscando uno de sus pasajes favoritos.
«Lee por cualquier
página», dijo Karen. «Es bueno desde la primera hasta la última.»
Lotta dejó de manosear
las páginas y levantó la vista. Su expresión cambió de pronto. Por primera vez
vi su semblante iluminado. Hasta su voz se había transformado. Se había
convertido en una diseuse.
«Es el capítulo
tercero», empezó a decir, «de The Crock of Gold de James Stephens.»
«¡Y un tesoro de libro,
además!», la interrumpió Karen alegremente. Acto seguido, apartó un poquito su
silla hacia atrás y colocó su enorme pie sobre el brazo del sillón que había
cerca. «Ahora vais a oír algo bueno, vosotros dos.»
Lotta empezó: «Es un
diálogo entre el Filósofo y un granjero llamado Meehawl MacMurrachu. Acaban de
saludarse.» Comenzó a leer.
«‘¿Dónde está el
otro?’, dijo (el granjero).
«‘¡Ah!’, dijo el
Filósofo.
«‘¿Tal vez esté fuera?’
«‘Pues, sí, tal vez’,
dijo el Filósofo gravemente.
«‘Bueno, no importa’,
dijo el visitante, 'pues usted por sí solo tiene sabiduría para llenar un
camión. La razón por la que he venido hoy aquí es para pedirle su honorable
consejo sobre la tabla de lavar de mi esposa. Sólo hace dos años que la tiene,
y la última vez que la usó fue cuando lavó mi camisa de los domingos y su blusa
negra con esas cosas rojas... ¿sabe cuál le digo?’
«‘No, no sé cuál’, dijo
el Filósofo.
«‘Bueno, da igual, la
tabla ha desaparecido, y mi esposa dice que o bien se la llevaron los duendes o
bien Bessie
Hannigan... ¿conoce
usted a Bessie Hannigan? ¡La que tiene barbas de chivo y cojea de una pierna!’
«‘No, no la conozco’,
dijo el Filósofo.
«‘No importa’, dijo
Meehawl MacMurrachu. ‘Ella no la cogió, porque mi esposa la hizo salir ayer y
la entretuvo hablando durante dos horas, mientras yo registraba todo en su
casita: la tabla de lavar no estaba allí.’
«‘No debía estar allí’,
dijo el Filósofo.
«‘Tal vez Su Señoría
pueda decirle a un servidor dónde está, entonces.’
«‘Tal vez’, dijo el
Filósofo. ‘¿Escucha usted?’
«‘Sí’, dijo Meehawl
MacMurrachu.
«El filósofo acercó más
su silla al visitante hasta que sus rodillas se tocaron. Posó ambas manos en
las rodillas de Meehawl MacMurrachu...
«‘Lavarse es una
costumbre extraordinaria’, dijo. ‘Nos lavan tanto al venir a este mundo como al
abandonarlo, y ni el primer lavado nos da placer ni el último nos sirve para
nada.’
«‘Tiene usted razón,
señor’, dijo Meehawl MacMurrachu.
«‘Mucha gente considera
que los lavados suplementarios sólo se deben al hábito. Ahora bien, el hábito
es continuidad en la acción, cosa de lo más detestable y muy difícil de
eliminar. Un proverbio es más oportuno que un mandamiento, y las locuras de
nuestros antepasados son de mayor importancia para nosotros que el bienestar de
nuestra posteridad.’»
Al llegar a ese punto
Karen interrumpió a su esposa para preguntar si nos gustaba el pasaje.
«Me gusta mucho», dije.
«¡Que siga!»
«¡Sigue!», dijo Karen,
arrellanándose aún más cómodamente en su silla.
Lotta siguió leyendo.
Tenía una voz excelente y sabía reproducir el acento irlandés con maestría. El
diálogo se volvía cada vez más gracioso. Karen empezó a reírse entre dientes y
después empezó a lanzar carcajadas como una hiena. Las lágrimas le corrían por
el rostro.
«Ten cuidado, Karen»,
le pidió su esposa, dejando descansar el libro un momento. «Tengo miedo de que
te dé hipo.»
«No me importa», dijo
Karen, «vale la pena que le dé a uno hipo.»
«Pero recuerda que la
última vez que ocurrió tuvimos que llamar a un médico.»
«Es igual», dijo Karen.
«Me gustaría oír el final.»
Y volvió a estallar en
carcajadas. Era aterrador oírlo reír. No tenía el menor control. Me pregunté
para mis adentros si podría llorar con la misma intensidad. Sería como para
dejarlo a uno hecho cisco.
Lotta esperó a que se
calmara, después reanudó la lectura.
«‘¿Ha oído usted hablar
alguna vez, señor, del pez que Paudeen MacLaughlin atrapó en el sombrero del
policía?’
«‘No’, dijo el
Filósofo. ‘La primera persona que se lavó fue probablemente alguien que buscaba
una notoriedad de poca monta. Cualquier tonto puede lavarse, pero todos los
hombres sabios saben que es un esfuerzo innecesario, pues la naturaleza volverá
a reducirlo rápidamente a una suciedad natural y saludable. Así, pues, no
deberíamos buscar la forma de limpiarnos, sino el modo de alcanzar una suciedad
más excepcional y espléndida, y tal vez las capas acumuladas de materia,
mediante la acción geológica ordinaria, llegarían a incorporarse a la cutícula
humana, con lo que volverían innecesarios los vestidos...’
«‘En relación con esa
tabla de lavar’, dijo Meehawl, ‘iba a decir...’
«‘No tiene
importancia’, dijo el Filósofo. ‘En el lugar apropiado yo...’
En ese punto Lotta tuvo
que cerrar el libro. Karen se reía, si es que podía llamarse así, con violencia
tan incontrolable, que los ojos se le salían de las órbitas. Yo pensaba que le
iba a dar un ataque.
«¡Querido, querido!»,
saltó la voz angustiada de Lotta, en un tono de inquietud de que yo no la había
creído capaz. «Por favor, querido, ¡cálmate!»
Karen siguió
estremeciéndose con espasmos que ahora sonaban más a sollozos. Me levanté y le
di un violento golpe en la espalda. Al instante desapareció la conmoción. Me
miró agradecido. Después tosió y resolló y se sonó la nariz vigorosamente, al
tiempo que se limpiaba las lágrimas con la manga de la chaqueta. «Henry, la
próxima vez usa un mazo», farfulló. «O una almádena.»
«Descuida, que lo
haré», dije.
Empezó a reírse entre
dientes otra vez.
«¡No, por favor!»,
suplicó Lotta. «Ya ha tenido bastante por esta noche.»
«La verdad es que ha
sido una velada maravillosa», dijo Mona. «Me está empezando a gustar estar
aquí. Y qué maravillosamente has leído», dijo, dirigiéndose a Lotta.
«En tiempos actué en el
teatro», dijo Lotta modestamente.
«Era lo que me
parecía», dijo Mona. «Yo también.»
Lota arqueó las cejas.
«¿De verdad?» Había en su voz un matiz sarcástico.
«Pues, claro», dijo
Mona, sin inmutarse, «actué en el Theatre Guild.»
«¡Mira, mira!», dijo
Karen, volviendo a sus modales de Oxford.
«¿Qué tiene de
extraño», le pregunté. «¿Es que no pensabas que tuviera talento?»
«Pero, hombre, Henry»,
dijo Karen, apretándome la mano, «eres un bruto susceptible, ¿eh? Me estaba
felicitando por nuestra suerte. Nos turnaremos en la lectura una noche. Yo
también hice mis pinitos en el teatro, ¿sabes?»
«Y en tiempos yo fui
trapecista», repliqué.
«¡No me digas!»,
exclamaron a la vez Lotta y Karen.
«¿Nunca te lo había
contado? Creía que lo sabías.»
Por alguna razón
extraña aquella mentira inocente los impresionó. Si hubiera dicho que en
tiempos había sido ministro del gobierno, no podría haberles producido una
impresión tan tremenda. Era asombroso lo limitado que era su sentido del humor.
Naturalmente, me explayé sobre mi virtuosidad. Mona me echaba un cable de vez
en cuando. Escucharon como embelesados.
Cuando hube acabado,
Karen comentó con seriedad: «Entre otras cosas, Henry, no te falta habilidad
para contar historias. Tienes que contarnos otras así, cuando estemos de
humor.»
El día siguiente, como
para compensar el gasto extravagante del día anterior, Karen estaba decidido a
ponerse con el techo. Primero había que cubrirlo de ripias y después revestirlo
de alquitrán. Y yo, que no era capaz de clavar un clavo sin que se me doblara,
era quien iba a hacerlo... bajo su dirección. Afortunadamente, fue necesario
cierto tiempo para encontrar la escalera adecuada, los clavos idóneos, el
martillo y el serrucho y una docena de otras herramientas que, según él, podían
resultar útiles. Lo que siguió fue de película de Laurel y Hardy. En primer
lugar insistí en que me proporcionaran un par de guantes viejos para no
clavarme astillas en las manos. Dejé claro como un teorema euclidiano que con
astillas en los dedos no iba a poder escribir a máquina y eso significaría que
no iba a poder trabajar con el dictáfono. Después, insistí en que me dieran un
par de zapatillas para no resbalar y romperme la crisma. Karen movió la cabeza
en señal de aprobación con la mayor seriedad. Era la clase de persona que, para
conseguir de ti la máxima cantidad de trabajo, sería capaz de llevarte al
retrete, en caso necesario, y limpiarte el culo. Para entonces ya había quedado
claro que iba a necesitar mucha ayuda para arreglar el techo. Mona debía estar
presente para el caso de que alguien cayera al suelo; también tenía que ir a
buscarnos limonadas frías a ratos. Por supuesto, Karen ya había dibujado varios
diagramas que explicaban cómo había que ajustar las ripias unas con otras.
Naturalmente, no saqué el menor provecho de esas explicaciones. Sólo tenía una
idea en la cabeza: empezar a dar martillazos sin parar y como un demonio y que
las ripias cayeran donde fuese.
Para hacer ejercicio de
calentamiento propuse practicar primero caminando por la parhilera. Karen, sin
dejar de asentir con la cabeza en señal de aprobación, quiso dejarme un
paraguas, pero ante eso Mona se echó a reír con tantas ganas, que abandonó la idea.
Subí la escalera con la agilidad de un gato, me alcé hasta la parhilera y
comencé mis ejercicios sobre la cuerda floja. Lotta me miraba con terror
reprimido, con la mente enfrascada sin lugar a dudas en el cálculo de los
gastos de hospital, en caso de que resbalara y me rompiese una pierna. Era un
día tórrido, con enjambres de moscas picando como furias. Llevaba puesto un
sombrero mexicano que me estaba muy grande y que no dejaba de caerme sobre los
ojos. Cuando bajé, se me ocurrió ponerme el bañador. Karen pensó hacer lo
mismo. Eso nos ocupó un poco más de tiempo.
Por fin, ya no quedaba
más remedio que empezar. Subí la escalera con el martillo bajo el brazo y un
cubilete con clavos en la mano. Se acercaba el mediodía. Karen había construido
una plataforma sobre ruedas desde la que descargaba las ripias y daba instrucciones.
Parecía un cartaginés preparando las defensas de la ciudad. Las mujeres
permanecían abajo, cloqueando sin parar como gallinas, listas para cogerme si
me caía.
Coloqué la primera
ripia y cogí el martillo para clavar el primer clavo. Erré el martillazo por un
centímetro o dos y la ripia salió volando como una cometa. Me quedé tan
sorprendido, tan pasmado, que se me cayó el martillo de las manos y el cubilete
de los clavos fue a parar al suelo. Karen, sin inmutarse, dio la orden de que
me quedara donde estaba: las mujeres recogerían el martillo y los clavos. Fue
Lotta la que corrió a la cocina para recuperar el martillo. Cuando volvió, me
enteré de que había roto la tetera y unos platos. Mona, a gatas, recogía los
clavos tan rápido, que se le caían de la mano antes de poder meterlos en el
cubilete.
«¡Despacio, despacio!»,
gritó Karen. «¿Todo listo ahí arriba, Henry? ¡Ahora con calma!»
Al oír aquello me entró
la risa. La situación me recordaba demasiado claramente las espantosas
ocasiones del pasado en que mi madre y mi hermana me ayudaban a colocar los
toldos... en la fachada del primer piso. Sólo un fabricante de toldos tiene
idea de lo complicado que puede ser un toldo. Hay que tener en cuenta no sólo
las varillas y faldones, los pernos y tornillos, las poleas y cuerdas, sino
también cien dificultades que te dejan perplejo y que surgen después de que
hayas subido a la escalera y te hayas sujetado con cuidado en el borde de la
ventana doble. No sé por qué, parecía que, siempre que mi madre decidía colocar
los toldos, soplaba un ventarrón. Cuando tenía cogido el toldo agitado por el
viento con una mano y el martillo con la otra, mi madre intentaba pasarme las
diferentes cosas que necesitaba y que mi hermana le había entregado. El simple
hecho de mantenerme bien sujeto con las piernas sin dejar que el toldo me
arrastrara por el aire era ya una hazaña. Los brazos se me cansaban antes de haber
clavado el primer clavo. Me veía obligado a desmontar todo el maldito entramado
y bajar a tomar aliento. Mi madre pasaba todo el rato mascullando y quejándose:
«Pero, si es tan sencillo; yo podría ponerlos en diez minutos, si no tuviera
este reumatismo.» Al volver a empezar, se veía obligada a explicarme todo desde
el principio: qué parte iba fuera y cuál dentro. Para mí era como hacer algo al
revés. Una vez que volvía a estar en la posición requerida, se me caía el
martillo de las manos, y me quedaba allí sentado forcejeando con la cavidad del
toldo, mientras mi hermana corría abajo a buscarlo. Tardaba por lo menos una
hora en poner un toldo. Al llegar a ese punto nunca dejaba de decir: «¿Por qué
no dejamos los otros para mañana?» Ante lo cual mi madre se ponía furiosa,
horrorizada de pensar en lo que dirían los vecinos al ver sólo un toldo en su
sitio. A veces, en ese momento yo sugería que llamáramos a un vecino para que
acabase Ja tarea y me ofrecía a pagarle generosamente de mi propio bolsillo.
Pero eso encolerizaba todavía más a mi madre. En su opinión, era un pecado
pagar dinero por una tarea que podía uno hacer. Para cuando acabábamos, siempre
tenía algunas magulladuras. «Te está bien empleado», decía mi madre. «Debería
darte vergüenza. Eres tan inútil como tu padre.»
Sentado a horcajadas en
la parhilera y riéndome para mis adentros, me felicitaba de que estuviéramos
haciendo algo que no fuese el trabajo con el dictáfono. Sabía que por la noche
iba a tener la espalda tan quemada por el sol, que la mañana siguiente no iba a
poder trabajar. Estupendo. Eso me daría la oportunidad de leer algo
interesante. Me estaba volviendo estúpido de no leer otra cosa que la jerigonza
estadística. Comprendía que Karen intentaría encontrar algo «ligero» para que
lo hiciese mientras estuviera tumbado boca abajo, pero sabía hacerle desistir
de esa clase de intentos.
En fin, volvimos a
empezar, lenta y deliberadamente esa vez. La forma como me ponía manos a la
obra con un clavo habría vuelto loca a cualquier persona normal. Pero Karen era
cualquier cosa menos un individuo normal. Desde su torre cartaginesa seguía colmándome
de órdenes y alientos. Por qué no colocaba las ripias él mismo y me dejaba a mí
pasárselas era algo que yo no podía entender. Pero él sólo estaba feliz
dirigiendo. Hasta cuando lo que tenía que hacer era una cosa sencilla, era
capaz de romperla en una multitud de partes componentes que necesitarían la
cooperación de varios individuos. Nunca le importaba lo que se tardara en
acabar una tarea; lo único que importaba era que se hiciese como él quería, es
decir, del modo más largo y complicado. A eso era a lo que llamaba «eficacia».
La había aprendido en Alemania, cuando estudiaba la fabricación de órganos.
(¿Por qué órganos? Para poder apreciar mejor la música.)
Sólo llevaba puestas
unas cuantas ripias, cuando llegó la llamada para comer. Era una comida fría
hecha con las sobras del banquete del día anterior. «Una ensalada», la llamó
Lotta. Por fortuna, había unas cuantas botellas de cerveza para poderla pasar. Hasta
tomamos unas uvas. Me las comí despacio, una a una, estirando los minutos. Ya
empezaba a pelárseme la espalda. Mona quería que me pusiera una camisa. Les
aseguré que me ponía moreno en seguida. No quería ni pensar en ponerme una
camisa. Karen, que no era del todo tonto, sugirió que suspendiéramos el trabajo
del techo hasta la tarde y nos pusiésemos con algo «ligero». Empezó a explicar
que había hecho algunos gráficos complicados que había que corregir y rehacer.
«No, sigamos con el
techo», insistí. «Ya le estoy cogiendo el tranquillo.»
Como le pareció
plausible y lógico, Karen optó por que volviéramos a ponernos con el techo.
Volvimos a subir la escalera, hicimos un poco de ejercicio de pies en la
parhilera y nos pusimos a clavar clavos. Al poco tiempo el sudor me salía a
borbotones. Cuanto más respiraba, más zumbaban y picaban las moscas. Mi espalda
parecía un filete crudo. Aceleré el ritmo ostensiblemente.
«¡Buen trabajo,
Henry!», gritó Karen. «A este ritmo en un día o dos habremos acabado.»
Apenas acababan de
salirle las palabras de la boca, cuando una ripia voló hacia el cielo y le
acertó en el ojo. Le hizo un corte del que la sangre le goteaba hasta el ojo.
«Oh, querido, ¿estás
herido?», gritó Lotta.
«No es nada», dijo
Karen. «Sigue, Henry.»
«Voy a por yodo», gritó
Lotta, al tiempo que entraba corriendo en la casa.
Sin la menor intención
dejé caer el martillo de la mano. Por un agujero del revestimiento fue a caer
precisamente en la cabeza de Lotta. Lanzó un alarido, como si la hubiera
mordido un tiburón, y, al oírlo, Karen bajó a gatas de su percha.
Era hora de hacer un
alto. Hubo que llevar a Lotta a la cama con una compresa fría en la cabeza.
Karen llevaba un gran parche de esparadrapo sobre el ojo izquierdo. En ningún
momento pronunció una palabra de queja.
«Supongo que tendrás
que hacer la cena de nuevo esta noche», dijo a Mona. Me pareció que había un
secreto matiz de placer en su voz. A Mona y a mí nos resultó difícil contener
el júbilo. Esperamos un rato antes de sacar a colación el tema del menú.
«Prepara cualquier cosa
que te guste», dijo Karen.
«¿Qué tal chuletas de
cordero?:», intervine. «Unas chuletitas de cordero con guisantes a la francesa
y quizá alcachofas también: ¿qué tal estaría?»
A Karen le parecía que
sería excelente. «No te importa, ¿verdad?», preguntó a Mona.
«En absoluto», dijo
ella. «Es un placer.»
Después, como si se le
acabara de ocurrir, añadió: «¿No trajimos ayer un poco de Riesling? Creo que
una botella de Riesling iría bien con las chuletas.»
«Justo lo que nos hacía
falta», dijo Karen.
Me di una ducha y me
puse el pijama. La perspectiva de disfrutar de una buena comida me reanimó.
Estaba dispuesto a sentarme a trabajar un poco con el dictáfono para mostrar mi
agradecimiento.
«Creo que será mejor
que descanses», dijo Karen. «Mañana vas a tener agujetas.»
«¿Y los gráficos?»,
dije. «Mira, me gustaría hacer algo, de verdad. Siento haber estado tan torpe.»
«¡Bah! ¡Bah!», dijo
Karen. «Ha sido una buena jornada de trabajo. Descansa hasta la hora de cenar.»
«Muy bien, si insistes.
De acuerdo.»
Abrí una botella de
cerveza y me dejé caer en el sillón.
Así iban las cosas au
bord de la mer. Grandes bancos de arena, con un oleaje en aumento que te
resonaba en los oídos por la noche como el repiqueteo de una toccata estupenda.
De vez en cuando tormentas de arena. La arena se colaba por todas partes, hasta
por los cristales, parecía.
Todos éramos buenos
nadadores; subíamos y bajábamos en el potente oleaje como nutrias. Karen,
siempre intentando mejorar las cosas, usaba un colchón de goma inflado. Tras
haberse echado una siesta en el seno de las profundidades, se alejaba nadando
una milla o dos y nos daba un buen susto a todos.
Por las noches le
gustaba jugar. Siempre jugaba con la mayor seriedad, ya se tratara de pinochle,
chibbage, damas, casino, whist, fan-fan, dominó, euchre o chaquete. No creo que
hubiera un juego con el que no estuviese familiarizado. Parte de su educación
general, ¿no? El individuo completo. Sabía jugar a la rayuela o a la rana con
la misma seriedad, ahínco y destreza. En cierta ocasión, en que fui a la ciudad
con él, propuse que entráramos en unos billares y echásemos una partida. Me
preguntó si quería jugar yo primero. Sin pensarlo, dije: «No, empieza tú.» Lo
hizo. Limpió la mesa cuatro veces antes de que yo tuviera la oportunidad de
usar el taco. Cuando, por fin, me llegó mi turno, propuse que nos fuéramos a
casa. «La próxima vez empiezas tú», dijo, dando a entender que eso me daría una
oportunidad. En ningún momento se le ocurrió que, precisamente por ser un
experto, habría sido elegante fallar alguna tacada de vez en cuando. Jugar al
ping-pong con él era inútil; sólo Bill Tiden habría podido devolver sus saques.
El único juego en que yo podría haber tenido una oportunidad de resarcirme era
los dados, pero nunca me ha gustado; es aburrido.
Una noche, tras hablar
de algunos libros sobre ocultismo, le recordé la vez que habíamos hecho un
viaje Hudson arriba en un barco de recreo. «¿Recuerdas cómo hacíamos bailar la
oui-ja'?» Se le iluminó la cara. Por supuesto, que se acordaba. Le gustaría volver
a probar, si me apetecía. Improvisaría una tablilla.
Estuvimos sentados
aquella noche hasta las dos de la mañana haciendo bailar el maldito chisme.
Debimos de establecer muchas conexiones en el reino astral, a juzgar por el
tiempo que transcurrió. Como de costumbre, fui yo quien convocó a las figuras
excéntricas: Jacob Boehme, Swedenborg, Paracelso, Nostradamus, Claude
Saint-Martin, Ignacio de Loyola, el Marqués de Sade y demás. Karen tomaba notas
de los mensajes que recibíamos. Dijo que el día siguiente los dictaría al
dictáfono. Para ser archivados bajo 1.532-Cz 240.(18), que era el índice exacto
para el material procedente de los espíritus difuntos mediante la oui-ja en
semejante noche y en la región de las Rockaways. Semanas después fue cuando
condensé esa ficha particular. Había olvidado por completo el incidente. De
repente, en la seria voz de Karen empecé a recibir inesperadamente estos
mensajes demenciales... «Buena comida. El tiempo está pesado. Macana
entretenimientos coronarios. Paracelso.» Empecé a desternillarme de risa. Así,
que, ¡el idiota estaba archivando de verdad esas cosas! Sentí curiosidad por
saber qué otras cosas podía haber metido bajo esa clasificación. Primero
consulté las fichas. Había por lo menos cincuenta remisiones indicadas. Cada
una de ellas era más absurda que la anterior. Saqué las carpetas y los
archivadores en que estaban guardados los documentos. Sus notas y apuntes
estaban garrapateados en garabatos diminutos sobre trozos de papel, muchos de
ellos en servilletas de papel, secantes, menús, recibos. A veces se trataba de
una simple frase que un amigo había dejado caer mientras conversaban en el
metro; otras veces era una idea embrionaria que se le había ocurrido mientras
jiñaba. A veces era una página arrancada de un libro... con el título, el
autor, la editorial y el lugar siempre anotados cuidadosamente, así como la
fecha en que lo había descubierto. Había bibliografías en por lo menos una
docena de idiomas, incluidos el chino y el persa.
Un gráfico curioso me
interesó enormemente; tenía intención de sonsacarle datos sobre él un día, pero
nunca lo hice. Por lo que pude deducir, representaba el mapa de una región
singular del limbo, cuyos límites le habían indicado en una sesión con una médium.
Parecía una visión geodésica y panorámica de un mal sueño. Los nombres de los
lugares estaban escritos en una lengua que nadie podía entender. Pero Karen
había dado una traducción aproximada en unas hojas aparte. «Notas», rezaba:
«Las siguientes traducciones de nombres de lugares del decanato cuaternario de
Devachan, ofrecidas por de Quincey a través de la señora X. Se dice que
Coleridge las verificó antes de su muerte, pero los documentos en que aparece
el testimonio se han perdido momentáneamente.» Lo singular de ese intangible
sector del más allá era esto: en sus confines, tal vez imaginarios, se
congregaban los espectros de personalidades tan diversas e interesantes como
Pitágoras, Heráclito, Longinos, Virgilio, Hermes Trimegisto, Apolonio de Tiana,
Moctezuma, Jenofonte, Jan van Ruysbroeck, Nicolás de Cusa, el maestro Erckhart,
San Bernardo de Claraval, Asoka, San Francisco de Sales, Fénelon, Chuang Tzu,
Nostradamus, Saladino, la papisa Juana, San Vicente de Paul, Paracelso,
Malatesta, Orígenes, junto con un círculo de santas. Le hubiera gustado a uno
saber qué había reunido a aquella conglomeración de almas. Le hubiera gustado a
uno saber de qué hablaban en el misterioso lenguaje de los difuntos. Le hubiera
gustado a uno saber si los grandes problemas que los habían atormentado en la
tierra habían quedado resueltos por fin. Le hubiera gustado a uno saber si se
asociaban en divina armonía. Guerreros, santos, místicos, sabios, magos,
mártires, reyes, taumaturgos... ¡Qué asamblea! ¡Qué no habría dado uno por
estar con ellos un solo día!
Como digo, por alguna
razón misteriosa llamé la atención de Karen sobre aquel tema. En realidad, era
poco, aparte de nuestro trabajo, lo que comentaba con él; primero, por su gran
reserva; segundo, porque introducir aunque sólo fuera un simple detalle significaba
tener que escuchar una arenga inacabable; tercero, porque me sentía intimidado
por el vasto dominio de conocimientos que demostraba poseer. Me contentaba con
hojear sus libros, que abarcaban una enorme gama de temas. Leía griego, latín,
hebreo y sánscrito con aparente facilidad, y hablaba con fluidez en una docena
de idiomas vivos, incluidos el ruso, el turco y el árabe. Los títulos de sus
libros eran suficientes para hacer que me diese vueltas la cabeza. Sin embargo,
lo que me asombraba era que tan poca cantidad de ese acopio de erudición se
filtrase en nuestras charlas diarias. A veces tenía la sensación de que me
consideraba un completo ignorante. Otras veces me desconcertaba planteándome
preguntas que sólo un Santo Tomás de Aquino habría podido responder. De vez en
cuando me daba la impresión de ser simplemente un niño con un cerebro
superdesarrollado. Tenía poco humor y casi ninguna imaginación. Exteriormente,
parecía un marido modélico, siempre dispuesto para complacer los caprichos de
su esposa, siempre alerta para servirla, siempre solícito y protector, en
ocasiones auténticamente caballeroso. A veces no podía por menos de preguntarme
cómo sería estar casada con esa máquina de sumar humana. Con Karen todo sucedía
de acuerdo con un plan. Las relaciones sexuales también, sin lugar a dudas. Tal
vez llevara un archivo secreto que le recordaba cuándo debía tener relaciones
sexuales, junto con notas sobre los resultados: espirituales, morales, mentales
y físicos.
Un día me cogió
desprevenido leyendo un volumen de Elie Faure que había descubierto. Acababa de
leer el párrafo con que comienza el capítulo sobre «Las fuentes del arte
griego...» «A condición de que respetemos las ruinas, de que no las
reconstruyamos, de que, tras haber preguntado por su secreto, les dejemos que
vuelvan a quedar cubiertas por las cenizas de los siglos, los huesos de los
muertos, la creciente masa de desperdicios que en tiempos fue vegetaciones y
razas, la eterna tapicería del follaje... su destino puede excitar nuestra
emoción. Gracias a ellas es como alcanzamos las profundidades de la historia,
de igual modo que estamos atados a las raíces de la vida por las aflicciones y
los sufrimientos que nos han formado. Sólo a un hombre incapaz de participar
con su actividad en la conquista del presente le resultará penosa la vista de
una ruina...»
Se me acercó justo
cuando acababa de leer el párrafo. «¡Cómo!», exclamó. «¿Estás leyendo a Elie
Faure?»
«¿Por qué no?» No era
capaz de entender su asombro.
Vaciló un momento, se
rascó la cabeza, y después respondió titubeante: «No sé, Henry... nunca
pensé... en fin, ¡caramba! ¿De verdad te parece interesante?»
«¿Interesante?»,
repetí. «Estoy loco por Elie Faure.» «¿En dónde estás?», preguntó, al tiempo
que cogía el libro. «Ah, ya veo.» Leyó el párrafo entero, en voz alta. «Ojalá
tuviera tiempo para leer esta clase de libros: es demasiado lujo para mí.»
«No te entiendo.»
«Hay que devorar esa
clase de libros en época temprana de la vida», dijo Karen. «Es pura poesía,
¿sabes? Exige demasiado a uno. Tienes suerte de disponer de tiempo libre.
Todavía eres un esteta.»
«¿Y tú?»
«Supongo que ya sólo
sirvo para trabajar como un burro. He dejado atrás mis sueños.»
«Todos esos libros de
ahí...» Señalé la biblioteca. «¿Los has leído?»
«La mayoría»,
respondió. «Algunos los reservo para momentos de ocio.» «He visto que tienes
varios libros sobre Paracelso. Sólo los he mirado por encima... pero me
intrigan.»
Esperaba que mordiera
el anzuelo, pero no, desechó el tema observando, como para sí mismo, que podía
uno pasar toda una vida esforzándose por comprender el significado de las
teorías de Paracelso.
«¿Y qué me dices de
Nostradamus?», pregunté. Estaba decidido a obtener de él alguna luz.
Para mi sorpresa, se le
iluminó el rostro de repente. «Ah, eso es otra historia», respondió. «¿Por qué
me lo preguntas?... ¿has estado leyéndolo?»
«No se lee a
Nostradamus. He estado leyendo sobre él. Lo que me apasiona es el Prefacio que
dirigió a su hijo, muy pequeño, Caesar. Es un documento extraordinario, en más
de un sentido. ¿Tienes un minuto libre?»
Asintió con la cabeza.
Me levanté, traje el libro, y busqué la página que me había entusiasmado unos
días antes.
«Escucha esto», dije.
Le leí unos cuantos pasajes destacados, después me detuve abruptamente. «Hay
dos pasajes en este libro que... en fin, me desconciertan. Tal vez puedas
explicármelos. El primero es éste: «M. le Pelletier (dice el autor) opina que
el Commun Advénement o l’avinement au regne des gens du commun, que va de la
muerte de Luis XVI al reino del Anticristo, es el gran objeto de Nostradamus.»
Dentro de un momento volveré a esto. Este es el segundo: «Como visionario
reconocido, [Nostradamus] quizás esté menos influido por la imaginación que
ningún otro hombre de tipo parecido que se pueda citar.» Hice una pausa. «¿Qué
te dicen a ti estos textos, si es que te dicen algo?»
Karen se tomó tiempo
antes de contestar. Supuse que estaba pasando por un debate interior: primero,
si podría disponer de tiempo libre suficiente para dar una respuesta adecuada a
la pregunta; segundo, si valdría la pena gastar munición con un tipo como yo.
«Comprenderás, Henry»,
comenzó, «qué me pides explicar algo muy complejo. Déjame hacerte una pregunta
primero: ¿has leído algo de Evelyn Underhill o de A. A. Waite?» Negué con la
cabeza. «Me lo imaginaba», continuó. «Naturalmente, no me habrías preguntado mi
opinión, si no hubieras percibido la naturaleza de esas afirmaciones
desconcertantes. Me gustaría hacerte otra pregunta, si no te importa.
¿Entiendes la diferencia entre un profeta, un místico, un visionario y un
vidente?»
Vacilé un momento, y
después dije: «No con toda claridad, pero veo adónde quieres llegar. Sin
embargo, creo que, si dispusiera de tiempo para reflexionar, podría responder a
la pregunta.»
«Bueno, dejémoslo de
momento», dijo Karen. «Sólo quería poner a prueba tus conocimientos.»
«Da por sentado que son
nulos», dije, empezando a molestarme un poco con aquellos preliminares.
«Debes excusarme», dijo
Karen, «por empezar de este modo. No es muy amable, ¿verdad? Herencia de la
época escolar, supongo. Mira, Henry... La inteligencia es una cosa: la
inteligencia de nacimiento, quiero decir. Y el conocimiento es otra. El
conocimiento y la formación, debería decir, porque van unidos. Lo que tú sabes
lo has obtenido al azar. Yo me sometí a una disciplina rigurosa. Digo esto para
que entiendas por qué ando dando rodeos en lugar de responder al instante. En
estas cuestiones tú y yo hablamos lenguajes diferentes. En cierto modo
—¡perdona esta idea!— tú eres como un tipo superior de salvaje. Probablemente
tu coeficiente de inteligencia sea tan alto como el mío, o tal vez más alto.
Pero enfocamos el dominio del saber de modos diametralmente opuestos. A causa
de mi formación y conocimientos, me siento inclinado a subestimar tu capacidad
para comprender lo que te tengo que comunicar. Y tú, por tu parte, eres de lo
más propenso a pensar que estoy desperdiciando palabras, diciendo bizantinismos,
alardeando de erudición.»
Lo interrumpí. «Tú eres
quien se imagina todo eso», dije. «Yo no tengo ideas preconcebidas de ninguna
clase. No me importa qué camino sigas, con tal de que me des una respuesta
clara.»
«Eso es justamente lo
que esperaba que dijeras, chico. Para ti es muy simple y directo. ¡Para mí, no!
Mira, a mí me enseñaron a posponer las cuestiones de esta clase hasta estar
convencido de que no podría encontrar la respuesta en ninguna parte... Sin embargo,
esto no es una respuesta, ¿verdad? Vamos a ver... ¿Qué era exactamente lo que
querías saber? Es importante que eso quede claro; si no, acabaremos en las
lagunas pontinas.»
Volví a leer el segundo
párrafo, poniendo el acento en las palabras «menos influido por la
imaginación».
Para mi asombro, me
sorprendí a mí mismo diciendo: «No te preocupes, ahora lo entiendo
perfectamente.»
«¿De verdad?», gritó
Karen. «¡Hum! Explícamelo entonces, ¿quieres?»
«Voy a intentarlo»,
dije, «aunque has de comprender que una cosa es entender algo y otra cosa
explicárselo a alguien.» (Ojo por ojo y diente por diente, pensé para mis
adentros.) Después, con sincera seriedad, comencé: «Si fueras un profeta en
lugar de un estadístico o matemático, diría que hay algo parecido entre tú y
Nostradamus. Me refiero a la forma de enfocar las cosas. El arte profético es
un don, y también lo es la aptitud para las matemáticas, si puedo llamarlo así.
Al parecer, Nostradamus se negó a explotar su don natural al modo habitual.
Como sabes, estaba versado no sólo en astrología, sino también en las artes
mágicas. Tenía conocimiento de cosas ocultas —o prohibidas— para el erudito. No
sólo era médico, sino también psicólogo. Era muchas, muchas cosas a un tiempo.
En resumen, dominaba tantas coordenadas, que se vio con las alas cortadas. Se
limitó —y esto lo digo deliberadamente— a lo objetivo, como un científico. En
sus vuelos en solitario pasaba de un nivel a otro con precisión impasible, siempre
equipado con instrumentos, gráficos, tablas y claves particulares. Por
fantásticas que puedan parecemos sus profecías, dudo de que nacieran del sueño
y el arrobo. Estaban inspiradas, de eso no cabe duda. Pero existen toda clase
de razones para pensar que Nostradamus se negó deliberadamente a dar rienda
suelta a su imaginación. Procedía objetivamente, por decirlo así, hasta cuando
(por paradójico que pueda parecer) estaba sometido a un trance. Ese aspecto
puramente personal de su obra... vacilo a la hora de llamarlo creación... se
centra en la formulación velada de oráculos, la razón para la cual dejó clara
en el Prefacio a César, su hijo. En la naturaleza de esas revelaciones hay un
tono desapasionado que uno siente que no es del todo atribuible a modestia por
parte de Nostradamus. Subraya el hecho de que quien merece crédito es Dios, no
él. Ahora bien, un visionario auténtico sentiría fervor por las revelaciones a
él divulgadas; se apresuraría bien a recrear el mundo de acuerdo con la
sabiduría divina que habría probado, bien a unirse con su Creador. Un profeta,
de modo todavía más egoísta, usaría sus iluminaciones para vengarse de sus
semejantes... como comprenderás, estoy aventurando esto al azar.» Le lancé una
mirada rápida y penetrante para asegurarme de que estaba atento, y después
continué. «Y ahora, de repente, creo que empiezo a comprender el significado
real de la primera cita. Me refiero a esa parte relativa al grandioso objeto de
Nostradamus, que, como recordarás, el comentador francés quiere hacernos creer
que era nada menos que un deseo de dar significado predominante a la Revolución
Francesa. Por mi parte, yo pienso que, si Nostradamus tenía algún motivo
ulterior para ocuparse de ese acontecimiento tan pronunciadamente, era para
revelarnos el modo como hay que acabar con la historia. Una frase como «la fin
des temps»... ¿qué significa? ¿Puede haber realmente un fin de los tiempos?
Y en caso afirmativo,
¿puede significar que el fin de los tiempos es en realidad nuestro comienzo?
Nostradamus predice la llegada de un milenio... y, además, en una época no
demasiado distante. En este momento ya no estoy seguro de si sigue al Día del
Juicio o lo precede Tampoco estoy seguro de si su visión se extendía hasta el
fin del mundo o no. (Habla del año 3797, si no recuerdo mal, como si ésa fuera
la fecha más lejana hasta la que podía abarcar.) No creo que ambos
acontecimientos —el Día del Juicio y el fin del mundo— estuvieran destinados a
ser simultáneos. Mi convicción es que el hombre no conoce fin. El mundo puede
llegar a su fin, pero, si es así, será el del mundo imaginado por los
científicos, no el del mundo que Dios creó. Cuando llegue el fin, nos
llevaremos nuestro mundo con nosotros. No me pidas que explique esto:
simplemente sé que es un hecho... Pero vamos a enfocar esa cuestión del fin
desde otro ángulo. Lo único que puede significar, tal como 1o veo ahora —¡y,
desde luego, es suficiente!— es la emergencia de un nuevo y fecundo caos. Si
estuviéramos en los tiempos órficos, lo llamaríamos la llegada de un nuevo
orden de dioses, refiriéndonos con ello, si quieres, a la investidura de una
nueva y mayor conciencia, algo superior incluso a la conciencia cósmica
Considero los Oráculos de Nostradamus como la obra de un espíritu
aristocrático. Sólo tiene sentido para los individuos auténticos... Volvamos al
Advenimiento Común, ¡y perdona tanto circunloquio! La frase de uso tan
extendido hoy —el hombre común— me parece totalmente carente de sentido. No
existe semejante animal. Si la frase tiene algún sentido, y estoy seguro de que
eso era lo que quería decir Nostradamus cuando hablaba del Advenimiento Común,
significa que ahora ha asumido el dominio todo lo abstracto y negativo, o
retrógrado. Independientemente de lo que el hombre común sea o deje de ser, una
cosa está clara: es la antítesis misma de Cristo o Satán. El propio término
parece dar a entender ausencia de lealtad, ausencia de fe, ausencia de
principio rector... o incluso de instinto. Democracia, palabra vaga y vacía,
denota simplemente la confusión que el hombre común ha introducido y en la que
florece como la hierba mala. Igual podríamos decir: espejismo, ilusión,
abracadabra. ¿Has pensado alguna vez que puede ser con esa nota —la del
surgimiento y dominio de un cuerpo acéfalo— con la que acabe la historia? Tal
vez tengamos que volver a empezar a partir de donde se quedó el hombre de
Cro-Magnon. Una cosa me parece del todo evidente, y es que la nota de
condenación y destrucción, que figura tan marcadamente en todas las profecías,
procede del conocimiento cierto de que el elemento histórico o mundano en la
vida del hombre no es sino transitorio. El vidente sabe cómo, por qué y dónde
nos desviamos. Además sabe que no hay mucho que hacer con respecto a eso, por
lo que se refiere a la gran masa de la humanidad. La historia debe seguir su
curso, decimos. Cierto, pero, ¿nada más? Porque la historia es el mito, el mito
verdadero, de la caída del hombre manifestado en el tiempo. El descenso del
hombre hasta el reino ilusorio de la materia debe continuar hasta que no quede
otro remedio que remontar a la superficie de la realidad... y vivir en la luz
de la verdad eterna. Los hombres con grandeza de alma nos exhortan
constantemente a acelerar el fin y comenzar de nuevo. Tal vez por eso es por lo
que se los llama paráclitos, o abogados divinos. Consoladores, si quieres.
Nunca se regocijan a la llegada de la catástrofe, como hacen a veces los
simples profetas. Indican, y generalmente ilustran con sus vidas, cómo podemos
transformar la catástrofe aparente para los fines divinos. Es decir, que nos
enseñan a aquellos de nosotros que estamos dispuestos y que somos conscientes,
a adaptarnos y armonizar con una realidad que es permanente e indestructible.
Apelan a...» En ese punto Karen me indicó que me interrumpiera. «La Virgen,
chico», exclamó, «¡qué pena que no vivieses en la Edad Media! Habrías sido uno
de los grandes escolásticos. Eres un metafísico, ¡qué caramba! Formulas una
pregunta y la respondes como un maestro de la dialéctica.» Se detuvo un momento
para aspirar profundamente. «Dime una cosa», dijo, al tiempo que ponía la mano
en el hombro, «¿cómo has llegado a esas conclusiones? Venga, venga, no te hagas
el humilde conmigo. Ya sabes a qué me refiero.»
Tosí y tartamudeé.
«¡Vamos, vamos!», dijo.
Su seriedad era
patéticamente infantil. La única respuesta que pude dar fue ruborizarme
profundamente.
«¿Te entienden tus
amigos cuando hablas así? ¿O sólo te hablas así a ti mismo?»
Me eché a reír. ¿Cómo
iba a poder uno responder a aquellas preguntas con cara seria? Le rogué que
cambiáramos de tema.
Asintió con la cabeza.
Después: «Pero, ¿nunca piensas en usar tu talento? Por lo que veo, no haces
otra cosa que malgastar el tiempo. Lo desperdicias con idiotas como MacGregor y
Maxie Schnadig.»
«A ti puede parecerte
eso», dije ligeramente picado ahora. «A mí no me lo parece. Mira, no tengo
intención de ser un pensador. Quiero escribir. Quiero escribir sobre la vida,
al desnudo. Los seres humanos, cualquier clase de seres humanos, son comida y bebida
para mí. Desde luego, me gusta hablar de otras cosas. La conversación que
acabamos de tener, eso es néctar y ambrosía. No digo que no conduzca a nadie a
ninguna parte, en absoluto, pero... prefiero reservar esa clase de comida para
mi deleite privado. Mira, en el fondo soy uno de esos hombres comunes de que
estábamos hablando. Sólo, que, de vez en cuando tengo iluminaciones repentinas.
A veces pienso que soy un artista. Muy de vez en cuando pienso incluso que soy
un visionario, pero nunca un profeta, un vidente. Mi aportación tengo que
hacerla dando un rodeo. Cuando leo sobre Nostradamus o Paracelso, por ejemplo,
me siento en mi elemento. Pero nací en otro vector. Me sentiré feliz, si alguna
vez aprendo a contar una buena historia. Me gusta la idea de no llegar a
ninguna parte. Me gusta la idea del juego por el juego. Y, sobre todo, por
miserable, tosco y horrible que sea, me gusta este mundo de seres humanos. No
quiero cortar amarras. Tal vez lo que me fascina de ser un escritor sea que
necesita la comunión con todos y cada uno. En fin, todo esto son suposiciones
por mi parte.»
«Henry», dijo Karen.
«Estoy empezando a conocerte. Estaba completamente equivocado con respecto a
ti. Tenemos que hablar más... en otro momento.»
Dicho eso, se excusó y
se retiró a su estudio. Me quedé allí sentado un rato, en un semitrance,
meditando sobre retazos de nuestra conversación. Al cabo de un rato alargué la
mano distraído en busca del libro que él había dejado. Igualmente distraído lo cogí
y leí: «Pues las obras divinas, que son absolutamente universales, Dios las
acabará; las contingentes, o intermedias, las dirigen los ángeles buenos; y la
tercera clase corresponde a los ángeles malos.» (Del Prefacio para César
Nostradamus, su hijo.) Esas líneas siguieron cantando en mi cabeza durante
días. Tenía la vaga esperanza de que Karen aparecería para otra sesión privada
en que podríamos comentar la misión probable de los ángeles buenos. Pero al
tercer día llegó su madre con un viejo amigo. Nuestras conversaciones siguieron
un rumbo muy diferente.
¡La madre de Karen! Un
ser majestuoso en cuya persona se combinan las diferentes cualidades de la matriarca,
la hetaira y la diosa. Era todo lo que Karen no era. Hiciera lo que hiciese,
irradiaba cordialidad; su sonora risa disolvía todos los problemas, le
aseguraba a uno su confianza, fe, benevolencia. Era positiva de pies a cabeza,
pero nunca arrogante ni agresiva. Como adivinaba siempre lo que intentabas
decir, daba su aprobación antes de que las palabras te saliesen de la boca. Era
un espíritu puro, radiante, en la forma carnal más encantadora.
El hombre que la había
acompañado era un individuo dulce, de temperamento idealista, que de vez en
cuando se presentaba para Gobernador y siempre resultaba derrotado. Hablaba de
los asuntos del mundo con conocimiento y penetración, siempre de modo desapasionado
y con disimulado humor. Había formado parte del círculo de Wilson en
Versailles, conocía a Smuts de Sudáfrica, y había sido amigo íntimo de Eugene
V. Debs. Había traducido obras obscuras de los presocráticos griegos, era un
experto en ajedrez, y había escrito un libro sobre los orígenes y evolución de
ese juego. Cuanto más hablaba, más me impresionaban las numerosas facetas de su
personalidad. ¡Y los lugares en que había estado!: Arabia, Isla de Pascua,
Tierra del Fuego, Lago Titicaca, Groenlandia, Mongolia. ¡Y qué amigos había
hecho —de las clases más diferentes— durante sus viajes! Recordé éstos:
Kipling, Marcel Proust, Maeterlink, Rabindranath Tagore, Alexander Berkman, el
Arzobispo de Canterbury, el conde de Keyserling, Henri Rousseau, Max Jacob, Aristide
Briand, Thomas Edison, Isadora Duncan, Charlie Chaplin, Eleanora Duse...
Sentarse a la mesa con
él era como asistir a un banquete ofrecido por Sócrates. Entre otras cosas, era
un entendido en vinos. Velaba para que comiéramos y bebiésemos bien, sazonando
la conversación en la mesa con exquisiteces como las grandes plagas, los
significados ocultos del alfabeto azteca, la estrategia militar de Atila, los
milagros de Apolonio de Tiana, la vida de Sadakichi Hartman, el saber mágico de
los druidas, las actividades secretas de la camarilla financiera que gobierna
el mundo, las visiones de William Blake, y demás. Hablaba de los muertos con la
misma ternura íntima que de los vivos. Se encontraba en su elemento en todos
los climas, en todas las épocas de la humanidad. Conocía las costumbres de las
aves y las serpientes, era un experto en derecho constitucional, inventaba
problemas de ajedrez, había escrito tratados sobre la deriva de los
continentes, sobre derecho internacional, sobre balística, sobre el arte de
curar.
La madre de Karen
aportaba la sazón. Tenía una risa sonora que era contagiosa. Fuera cual fuese
el tema de discusión, podía volverlo apetitoso con sus comentarios. Sus
conocimientos parecían casi tan prodigiosos como los de su consorte, pero los
llevaba con ligereza. Karen parecía de repente un adolescente que todavía no
había empezado a vivir su propia vida. Su madre lo trataba como a un niño que
hubiera crecido demasiado para su edad. De vez en cuando le decía a las claras
que era un bobo. «Necesitas unas vacaciones», le decía. «Deberías haber tenido
ya cinco hijos.» O: «¿Por qué no te vas a México unos meses? Te estás volviendo
rancio.»
Por su parte, ella
estaba preparándose para un viaje a la India. El año anterior había estado en
Africa, no para practicar la caza mayor, sino para hacer estudios etnológicos.
Había penetrado en regiones en que ninguna mujer blanca había puesto el pie nunca.
Era valiente, pero no temeraria. Sabía adaptarse a cualesquiera circunstancias,
soportar privaciones que hacían acobardarse incluso al sexo fuerte. Tenía una
fe y una confianza invencibles. Nadie podía llegar ante su presencia sin
resultar enriquecido. A veces me recordaba a las mujeres polinesias de linaje
real que preservaban, en el lejano Pacífico, los últimos vestigios de un
Paraíso terrenal. Ahí estaba la madre que me habría gustado escoger antes de
entrar en la matriz. Ahí estaba la madre que personificaba los elementos
primordiales de nuestro ser, en que tierra, mar y cielo estaban armonizados.
Era una descendiente natural de las grandes figuras sibilinas, que encarnaban
la textura del mito, la fábula y la leyenda. A pesar de ser terrestre hasta la
médula, vivía en un reino de superdi- mensiones. Su conciencia parecía
ampliarse o contraerse a voluntad. No hacía más esfuerzos para las más grandes
tareas que para las más humildes. Estaba dotada de alas, aletas, cola, pies,
garras y branquias. Era aeronáutica y anfibia. Entendía todas las lenguas y,
sin embargo, hablaba como una niña. No podía apagar su ardor ni mutilar su
irreprimible alegría. Con sólo mirarla se adquiría valor. Los problemas dejaban
de existir. Estaba fijada a la realidad, pero a una realidad divina.
Por primera vez en mi
vida tenía yo el privilegio de contemplar a una Madre. Las imágenes de la
Madona nunca habían significado nada para mí: eran demasiado brillantes,
demasiado translúcidas, demasiado remotas, demasiado etéreas. Me había formado
una imagen propia: más obscura, más substancial, más misteriosa, más vigorosa.
Nunca había esperado verla concretada. Había imaginado que tipos así existían,
pero sólo en los lugares remotos de este mundo. Había sentido su existencia en
épocas anteriores: en Etruria, en la antigua Persia, en la época dorada de
China, en el archipiélago malayo, en la legendaria Irlanda, en la Península
Ibérica, en la lejana Polinesia. Pero encontrar a una en carne y hueso, en un
ambiente cotidiano, estar comiendo, hablando, riendo con ella: no, eso nunca lo
había creído posible. Cada día la estudiaba de nuevo. Cada día esperaba ver
caer el velo. Pero no, cada día aumentaba de estatura, cada vez más admirable,
cada vez más real, como sólo llegan a ser los sueños cuando nos sumergimos cada
vez más profundamente en sus mallas. Lo que hasta entonces había considerado
humano, demasiado humano, aumentó hasta un grado inagotable. Ya no era
necesario esperar la llegada de un supermán. De repente los límites del mundo
humano pasaron a ser ilimitados. Todo se nos ha dado, se nos dice una y otra
vez. Lo único que se nos pide, ahora lo veía claro, es que realicemos nuestra
naturaleza. Se habla de la naturaleza potencial del hombre como si estuviera en
contradicción con la que revela. En la madre de Karen vi florecer el ser
potencial, lo observé expropiar la ruda concha exterior en que está encerrado.
Entendí que la metamorfosis está presente y es real, el signo mismo de la
vitalidad. Vi el principio femenino usurpado por el humano. Entendí que una
mayor dotación del elemento humano despertaba un mayor sentido de la realidad.
Entendí que, al aumentar la fuerza vital, el ser que la encarna se vuelve más
próximo a nosotros, cada vez más tierno, cada vez más indispensable. El ser
superior no es, como supuse en un tiempo, más remoto, más independiente, más
abstracto. Todo lo contrario. Sólo el ser superior puede provocarnos la sed
justificable, la sed de superarnos llegando a ser lo que somos de verdad. Ante
el ser superior reconocemos nuestros propios poderes majestuosos; no anhelamos
ser esa persona, simplemente ansiamos demostrarnos a nosotros mismos que de
verdad somos de esa misma esencia y substancia. Nos precipitamos a recibir a
nuestros hermanos y hermanas, sabiendo sin lugar a dudas que todos somos
parientes...
La visita de su madre y
del compañero de ésta sólo duró unos días, desgraciadamente. Apenas acababan de
marcharse, cuando Karen decidió que debíamos volver todos a la ciudad, donde
tenía que ocuparse de algunos asuntos. Le parecía que podría sentarnos bien ir
al teatro, oír un concierto o dos, y después regresar a la playa para trabajar
en serio. Comprendí que la visita de su madre lo había desquiciado
completamente.
El piso de la ciudad,
como él lo llamaba, estaba en un desorden atroz. Sólo Dios sabe cuándo le
habían pasado la escoba por última vez. En la cocina había basura diseminada,
desde hacía semanas. Ratones, hormigas, cucarachas, chinches, toda clase de
bichos infestaban aquel lugar. Las mesas, camas, sillas, divanes, cómodas
estaban cubiertas de papeles, de ficheros abiertos, tarjetas, gráficos, tablas
estadísticas, instrumentos de todas clases. Había por lo menos cinco tinteros
destapados. Había bocadillos a medio comer entre los montones de cartas. Había
centenares de colillas.
La casa estaba tan
sucia, que Karen y su esposa decidieron ir a pasar la noche a un hotel.
Regresarían el día siguiente por la tarde, después de que nosotros hubiéramos
limpiado el piso lo mejor posible. Yo debía hacer lo que pudiese con sus
archivos.
Estábamos tan contentos
de estar solos, para variar, que no nos importó la imposición. Había pedido
diez dólares a Karen para comprar algo de comida. En cuanto se hubieron
marchado, salimos a comer, y comimos bien. Una comida italiana con un buen vino
tinto.
Al volver al piso,
percibimos el olor mientras subíamos la escalera. «No vamos a tocar nada», dije
a Mona. «Metámonos en la cama y mañana nos las piramos. Estoy harto.»
«¿No crees que
deberíamos esperar por lo menos a verlos y decirles que nos vamos?»
«Dejaré una nota»,
dije. «Estoy demasiado asqueado como para prolongar la situación. No creo que
les debamos nada.»
Tardamos una hora en
limpiar la alcoba lo suficiente como para pasar la noche cómodamente. Aun así,
tuvimos que dormir con sábanas sucias. Tocaras lo que tocases, estaba en
desorden. Bajar la persiana era como resolver un problema matemático. Llegué a
la conclusión de que los dos padecían un acceso suave de demencia. Cuando
estaba a punto de acostarme, advertí en el estante de encima de la cama una
fila de cajas de sombreros y de zapatos. Cada una de ellas llevaba un número de
referencia que indicaba el tamaño, el color y el estado del sombrero o de los
zapatos. Las abrí para ver si de verdad contenían sombreros y zapatos. Así era.
Ninguno de ellos estaba en condiciones para que se lo pusiera alguien que no
fuese un pordiosero. Eso fue el colmo para mí.
«Te digo», gemí, «que
este tipo está chiflado. Más loco que una cabra.»
Nos levantamos
temprano, pues no pudimos dormir a causa de las chinches. Nos dimos una ducha
rápida, examinamos nuestras ropas cuidadosamente para asegurarnos de que no
estaban infestadas, y nos preparamos para tomar las de Villadiego. Me sentía de
humor para escribir una nota Decidí que debía ser una buena, porque no tenía
intención de volver a ver a ninguno de los dos. Miré alrededor en busca de un
trozo de papel apropiado. Descubrí un gran mapa en la pared: lo rasgué y,
usando la punta de una escoba que mojé en un bote de pintura, garrapateé una
despedida en un jeroglífico lo suficientemente alto como para que se pudiera
leer a treinta metros de distancia. Con el dorso de la mano empujé, hasta
tirarlas al suelo, las cosas que había sobre la gran mesa de trabajo. Coloqué
el mapa en la mesa y en el centro planté un montón de basura de la más antigua
y hedionda. Estaba seguro de que eso no le pasaría desapercibido. Eché una
última mirada alrededor, para retener una última impresión de la escena. Caminé
hasta la puerta, y entonces me di la vuelta de repente. Hacía falta una cosa
más: una posdata a la nota. Escogí un lápiz bien afilado y escribí en letra
microscópica: «Para archivarlo bajo C, de catarro, cantáridas, cencerro,
Chihuahua, Cochinchina, constipación, crinología, carcajada, contérmino,
cicerone, cucarachas, cimex lectularius, cementerios, crépres Sulette, citrato
de magnesia, cauris, cornucopia, castración, corchetes, cuneiforme, cisterna,
concertina, cotiledones, crapuloso, coseno, creosota, copulación, Clitemnestra,
Czolgosz... y Blue Label catsup.»
Lo único que sentía, al
bajar la escalera, era no poder dejar también sobre la mesa mi tarjeta de
visita.
Desayunamos alegremente
en un quiosco frente a la cárcel de Tombs, mientras hablábamos de nuestro
futuro, que era un completo vacío.
«¿Por qué no te vas al
cine esta tarde?», dijo Mona. «Yo voy a acercarme a Hoboken o a algún sitio a
ver qué puedo sacar. Nos encontramos en casa de Ulric a la hora de cenar: ¿qué
te parece?»
«Estupendo», dije,
«pero, ¿qué voy a hacer esta mañana? ¿Te das cuenta de que sólo son las ocho?»
«¿Por qué no te vas al
Zoo? Coge un autobús. El viaje te sentará bien.»
No podía haber hecho
una sugerencia mejor. Estaba de humor apropiado para contemplar el mundo de los
animales. Estar libre y sin trabas a esa hora temprana de la mañana me daba una
sensación de superioridad. Me sentaría en el piso de arriba y observaría a los
laboriosos currantes correr a sus tareas asignadas. Por un momento me pregunté
cuál podría ser mi misión en la vida. Casi había olvidado que tenía intención
de ser escritor. Sólo sabía una cosa: no había nacido para basurero. Ni para
esclavo del trabajo. Ni para secretario.
En la esquina me separé
de Mona. En la Quinta Avenida monté en un autobús que iba hacia el norte de la
ciudad y trepé al piso de arriba. ¡Libre otra vez! Aspiré unas bocanadas de
ozono. Al pasar junto a Central Parle eché una buena mirada a las descoloridas
mansiones que flanquean la Quinta Avenida. Muchas de ellas las conocía por
haber entrado por la puerta de servicio. Sí, ahí estaba la casa de los
Roosevelt donde, siendo un chaval de catorce años, iba a entregar chaqués,
smokings, chaquetas de alpaca para el viejo. Me pregunté si el anciano señor
Roosevelt, es decir, el banquero, y sus cuatro hijos gigantescos todavía se
dirigían en fila de cinco a su oficina de Wall Street todas las mañanas...
después de haber echado una carrerita por el parque, bien entendu. Un poco más
allá reconocí la mansión del viejo Bendix. El hermano, que sentía afición por
los botones de chaleco de fantasía, hacía mucho tiempo que había muerto. Pero
H. W. probablemente siguiera vivo y refunfuñando porque su sastre había olvidado
que él se abotonaba a la derecha. ¡Cómo detestaba yo a aquel hombre! Sonreí al
pensar en la cólera que me había provocado en tiempos pasados. Probablemente
fuera ahora un viejo solitario y débil, asistido por una criada fiel, una
cocinera, un mayordomo, un chófer y demás. ¡Qué ocupado conseguía mantenerse
siempre! La verdad es que los ricos son dignos de compasión.
Así fue... Un recuerdo
tras otro. De repente, pensé en Rothermel. Me lo imaginaba levantándose de la
cama con resaca, tropezando con su propio orinal, echando rayos, agitándose,
brincando de un lado para otro como un cuervo sobre una pata. En fin, iba a ser
un día memorable para él, al volver a ver a Mona. (Estaba seguro de que había
ido en esa dirección.)
Pensando en el estado
de Rothermel a primera hora de la mañana, me puse a cavilar en cómo recibían el
nuevo día diferentes personas que conocía. Era un juego delicioso. De amigos y
conocidos pasé al terreno de las celebridades: artistas, actores y actrices,
figuras políticas, criminales, dirigentes religiosos, todas las clases y todos
los niveles. Se volvió absolutamente fascinante cuando me puse a indagar en los
hábitos de los grandes personajes históricos. ¿Cómo recibía el día Calígula? De
repente se apoderó de mi cabeza un enjambre de personalidades distantes: Sir
Francis Bacon, Mahoma el Grande, Carlomagno, Julio César, Aníbal, Confucio,
Tamerlán, Napoleón en Santa Elena, Herbert Spencer, Modjeska, Sir Walter Scott,
Gustavo Adolfo, Federico Barbarroja, P. T. Barnum...
Al acercarnos al Bronx
Park olvidé qué me llevaba a aquel lugar. Estaba recordando mis primeras
impresiones del circo de tres pistas, ese momento imponente en la vida de un
niño, cuando ve a su ídolo en carne y hueso. El mío era Buffalo Bill. Lo amaba.
Verlo galopar en el centro de la pista de serrín y quitarse el sombrero ante
los espectadores que aplaudían era algo inolvidable. Lleva una larga cabellera,
perilla, y un gran bigote rizado. Hay elegancia en el espectacular traje que
luce. Una mano sostiene las riendas ligeramente, la otra agarra el rifle.
Dentro de un momento exhibirá su infalible puntería. Primero está dando la
vuelta completa a la arena, con su altivo corcel resoplando y echando fuego.
¡Qué espléndida figura de hombre! Sus amigos son los fieros jefes indios:
sioux, comanches, cuervos, pies negros.
Lo que un niño admira
es la fuerza sin ostentación: la habilidad, el aplomo, la flexibilidad. Buffalo
Bill era el compendio de todo eso. Nunca lo veíamos excepto en traje de gala, y
eso una vez al año... y si teníamos suerte. En esos pocos momentos que se nos
concedían, nunca fallaba un tiro, nunca hacía un movimiento torpe, nunca se
apartaba lo más mínimo del retrato ideal que llevábamos en nuestros corazones.
Nunca nos defraudaba, nunca nos traicionaba. Siempre a la altura.
Buffalo Bill era para
nosotros lo que Saladino fue para sus seguidores... y sus enemigos. Un niño
nunca olvida a sus ídolos. En fin, jódete y baila... ya estamos en el Zoo. Lo
primero que veo es la jirafa. Después un tigre de Bengala, luego un
rinoceronte, después un tapir. ¡Ah, ahí están los monos! En casa otra vez. Nada
limpia el sistema psicológico como mirar a los animales salvajes. Tabula rasa.
Los propios nombres de los lugares donde viven son estimulantes. Te ves
arrastrado hasta el mundo de Adán donde reinaba dueña y señora la serpiente. La
evolución no explica nada. Estábamos allí todos juntos, desde el comienzo de
los tiempos, y seguiremos juntos hasta la eternidad. Las estrellas y las
constelaciones van a la deriva, los continentes van a la deriva, el hombre va a
la deriva junto con sus compañeros de la época antediluviana: el armadillo, el
dodo, el dinosauro, el tigre de dientes de sable, el caballo enano de la
Mongolia alta. Todo lo que hay en el cosmos va a la deriva hacia un punto a la
deriva del espacio. Y Dios Todopoderoso probablemente vaya a la deriva también,
junto con su Creación.
A la deriva, unido al
Zoo y a todos sus ocupantes, de repente tuve la visión más clara de Renée
Tietjen. Renée era la hermana de Richie Tietjen con quien solía yo jugar siendo
un niño de diez años. Era como un zuavo sanguinario, aquel Richie. Te arrancaba
un trozo de carne de un mordisco, si lo irritabas. A la hora de formar bandos
para jugar al rescate, era importante estar en el de Richie. De vez en cuando
Renée, su hermana, se quedaba parada en la puerta y nos miraba. Era unos seis
años mayor que él, toda una mujer ya, y para nosotros, que éramos unos
chavales, absolutamente cautivadora. Cuando te acercabas a ella, aspirabas el
perfume que usaba... ¿o sería simplemente la fragancia de su deliciosa carne?
Desde la época en que yo había dejado de jugar en aquella calle, no había
vuelto a pensar nunca en Renée Tietjen. Ahora de repente, y sin razón que se me
ocurriera, su imagen bailaba ante mí. Estaba apoyada en la valla de hierro
junto a la puerta y el viento moldeaba sobre sus miembros su vestido de seda fina.
Ahora comprendía lo que la hacía tan cautivadora e inalcanzable: era una
réplica exacta de una de las madonas francesas medievales. Toda luz y gracia,
casta, seductora, con trenzas de oro y ojos color verde mar. Siempre
silenciosa, siempre seráfica. Azotada por el viento, oscilaba hacia delante y
hacia atrás como un sauce joven. Sus pechos, que eran dos hemisferios nubiles,
y la borlita que adornaba la pelvis, parecían extraordinariamente vivos y
sensibles. Recibían el viento como el contorno combado de la proa de un barco.
A unos pasos de ella nosotros estábamos lanzándonos como toros rasgando,
acuchillando, mordiendo, chillando, como poseídos. Renée siempre permanecía
allí imperturbable, con los labios ligeramente separados en una sonrisa
enigmática. Algunos decían que tenía un amante que le había dado calabazas.
Algunos decían que estaba lisiada. Ninguno de nosotros tenía valor para
dirigirse a ella. Ocupaba su lugar en la verja y se quedaba allí como una
estatua. De vez en cuando el viento le levantaba la falda y nosotros nos
quedábamos sin aliento al vislumbrar la carne lechosa de por encima de sus
rodillas. Hacia el anochecer el viejo Tietjen llegaba a casa caminando
pesadamente, con un largo látigo en la mano. Al ver a Richie, con la ropa
rasgada y la cara manchada de barro y sangre, el viejo lo golpeaba con el
látigo. Richie nunca emitía sonido alguno. El viejo saludaba a su hija
desabridamente y desaparecía por el portal. Escena extraña cuya continuación
nunca conocimos.
Todo eso me vino a la
memoria tan vivamente, que me sentí impelido a tomar unas notas inmediatamente.
Salí del parque corriendo como un desesperado en busca de papel y lápiz. De vez
en cuando me detenía a orinar. Por fin encontré una pequeña papelería regentada
por una vieja judía. Llevaba una de esas horribles pelucas de color de alas de
cucaracha. No sé por qué, le costaba trabajo entenderme. Empecé a hacer señas
en el aire. Pensó que estaba sordo. Se puso a gritarme. Yo le contesté a gritos
y la colmé de juramentos. Se asustó y corrió a la trastienda en busca de ayuda.
Me quedé un momento desconcertado y después salí corriendo a la calle. Había un
autobús parado en la esquina. Monté y me senté. A mi lado había un periódico.
Lo cogí y me puse a tomar notas, primero en los márgenes, después sobre la
letra impresa. Cuando llegamos a Morningside Park tiré a hurtadillas el
periódico por la ventana. Me sentí aliviado, tan aliviado como si acabara de
echar un buen polvo. Renée se había esfumado, junto con las jirafas, los
camellos, los tigres de Bengala, las cáscaras de cacahuetes y el hosco rugido
de los leones. Se lo contaría todo a Ulric; se iba a divertir. A no ser que
estuviera en plena campaña de propaganda de publicidad sobre plátanos.
IX
Una vez más estamos
viviendo en un barrio elegante y tranquilo, no lejos de Fort Greene Park. La
calle es tan ancha como un bulevar; las casas quedan muy retiradas de la acera,
son la mayoría de piedra arenisca y están adornadas con altas escalinatas del
mismo material. Algunas de ellas son auténticas mansiones flanqueadas por
céspedes inmensos y tachonados de arbustos y estatuas. Amplias calzadas
conducen a los establos y a las viviendas de los criados en la parte trasera.
Toda la atmósfera de este antiguo barrio recuerda las décadas de 1880 y 1890.
Lo extraordinario es su estado de conservación. Hasta los postes para atar los
caballos están intactos y relucientes, como si los acabaran de limpiar con un
trapo untado en aceite. Suntuoso, elegante, somnoliento: nos parece un refugio
maravilloso.
Naturalmente, fue Mona
quien encontró las dos habitaciones. Y una vez más teníamos una casera
agradable, una de esas viudas americanas, jóvenes y de cabeza vacía, que no
sabía cómo pasar el tiempo. Habíamos sacado los muebles del almacén y habíamos
amueblado las dos habitaciones. La casera estaba encantada de tenernos de
inquilinos. Comía a menudo con nosotros. Una persona muy alegre, con voz
melodiosa y la indolencia de quien no se encuentra a sí mismo. Las cosas
prometían ir bien allí. El alquiler era barato, el gas, el agua y la
electricidad funcionaban perfectamente, abundancia de comida buena, cines por
la tarde y por la noche, si deseábamos, una partida de cartas de vez en cuando,
para complacer a la casera, y sin visitas. Nadie sabía nuestra dirección. De
dónde procedían los fondos era algo de lo que no estaba demasiado seguro. Sabía
que Mathias, todavía a la vista, y Rothermel, más vivo que nunca, aportaban la
mayor parte. Pero debía de haber otros más, pues nos dábamos buena vida. Por
supuesto, la casera se mostraba generosa con la comida y la bebida, y con
frecuencia nos invitaba al teatro o nos llevaba a un cabaret. Lo que la
fascinaba era que evidentemente éramos artistas: «bohemios», como ella decía.
Su marido había sido agente de seguros y le había dejado una suma considerable.
Pero, según ella, había sido un tipo bastante aburrido, y ahora que había
muerto estaba dispuesta a divertirse.
Alquilé una máquina y
de nuevo empecé a escribir. Todo era chanchi. La bonita bata de baño de seda,
el pijama, y las babuchas marroquíes que yo llevaba eran regalos de nuestra
casera: herencias. Las mañanas eran sibaríticas. Nos levantábamos de la cama hacia
las diez, nos bañábamos sin prisa mientras sonaba el fonógrafo, y después nos
sentábamos a tomar un desayuno delicioso, generalmente preparado por la casera.
Siempre fruta fresca bañada en nata, panecillos recién salidos del horno,
gruesas lonchas de jamón, mermelada, café humeante con crema batida. Me sentía
como un bajá. Aunque no las usaba, disponía de las bellas pitilleras y una
larga boquilla, que sólo usaba a la hora de comer, y para complacer a la
casera, que me las había regalado.
Debo dejar de llamarla
«la casera». Se Mamaba Marjorie, nombre que le sentaba perfecto. Había algo
lascivo en ella, como si estuviera siempre olfateando. Tenía muy buen tipo y lo
mostraba generosamente, sobre todo por la mañana, cuando lo único que llevaba
era una tenue bata de baño. No pasó mucho tiempo antes de que empezáramos a
darnos palmaditas cariñosas en el trasero. Era la clase de mujer que te cogería
la polla y te haría reír al mismo tiempo. Habría sido imposible que no le
gustara a uno, aun picada de viruelas, circunstancia que no se daba. Todo lo
hacía con franqueza y sin tapujos. Bastaba con que expresaras un deseo, para
que al instante procurase satisfacerlo. Todo lo que poseía era tuyo con sólo
pedirlo.
¡Qué cambio con
respecto al régimen de Karen! Sólo las comidas eran suficientes para ponerlo a
uno en estado de divino contento. Sus habitaciones eran contiguas a las
nuestras, pero la puerta entre ellas nunca estaba cerrada.
Pasábamos de unas a
otras con libertad, como si viviéramos en común.
Después del desayuno,
solía darme un paseo, a fin de abrir el apetito para la comida. Era a comienzos
del otoño y el tiempo era magnífico. Con frecuencia me dirigía al parque y me
echaba en un banco a dormitar bajo el brillante sol. Me sentía embargado por
una maravillosa sensación de bienestar. Sin preocupaciones de ninguna clase, ni
responsabilidades, ni intrusiones. Completamente independiente, y atendido a
cuerpo de rey por dos mujeres bonitas y solícitas, que me trataban como a un
pavo real. Todos los días escribía sin falta una o dos horas; el resto del día
era... follamen, fiesta y francachela. Lo que escribía debía de ser de poca
importancia: probablemente sueños y fantasías. Era una vida demasiado buena
como para inspirar un trabajo serio. Escribía para practicar, nada más. De vez
en cuando componía algo expresamente para Marjorie, algo extravagante y
humorístico, que leía en voz alta en la mesa entre sorbos de coñac y de algún
licor caro de su inagotable surtido. No era difícil complacer a las dos. Lo
único que me pedían era que hiciese el paripé.
«Me gustaría saber
escribir», decía Marjorie a veces. (Para ella el arte de escribir era pura
magia.) Se preguntaba, por ejemplo, de dónde sacaba mis ideas. «Las incubas,
como los huevos», decía yo. «¿Y esas palabras tan bellas, Henry?» Las adoraba,
las pronunciaba mal deliberadamente, las hacía rodar por la lengua
lascivamente. «La verdad es que haces malabarismos con ellas», decía. A veces
ella componía una tonada en que introducía esos trabalenguas. ¡Qué placer era
oírla tararear una tonada... o silbarla bajito! El sexo parecía subírsele
directo a la garganta. Muchas veces rompía a reír en medio de una tonada. ¡Qué
risa la suya! Como si se la estuviesen cepillando.
Alguna tarde me iba a
dar un paseo solitario. Conocía el barrio íntimamente, por haber vivido un
tiempo justo enfrente del parque. A unas pocas manzanas —Myrtle Avenue era la
línea divisoria—, comenzaban las barriadas pobres. Tras pasear por las calles elegantes
y tranquilas, era emocionante cruzar la línea, mezclarse con los italianos, los
filipinos, los chinos y otros «indeseables». Un olor acre invadía los barrios
pobres: se componía de queso, salami, vino, yesca, incienso, corcho, pieles de
pescado secas, especias, café, orina de caballo rancia, sudor y malas cañerías.
Las calles estaban llenas de artículos nostálgico», con los que estaba
familiarizado de niño. Me gustaban los establecimientos de pompas fúnebres
(sobre todo los italianos), las tiendas de artículos religiosos, las
chamarilerías, las tiendas de fiambres, las papelerías. Era como pasar de mi
mausoleo frío e inmaculado al centro de la vida. las lenguas empleadas tenían
una calidad musical, aunque sólo se tratara de un intercambio de juramentos. La
gente vestía de forma diferente, cada cual a su modo extravagante. Todavía se
veían carros y caballos. Los niños andaban por todos lados, divirtiéndose con
esa vitalidad y alegría que muestran los hijos de los pobres. Ya no se veían
las caras estereotipadas e inexpresivas de los americanos de nacimiento, sino
tipos raciales, todos saturados de carácter.
Si seguía caminando en
determinada dirección, al cabo de un rato llegaba a United States Street. Por
allí cerca había nacido mi amigo Ulric. Allí era fácil extraviarse; en todas
las direcciones se abrían rodeos fascinantes: Por la noche caminabas con pies
de sueño. Todo parecía trastocado, revuelto, tirado de cualquier manera. A
veces acababa por el Ayuntamiento, otras veces en Williamsburg. Siempre se
encontraban a poca distancia el astillero, el fantástico mercado de Wallabout,
las refinerías de azúcar, los grandes puentes, molinos, silos de grano,
fundiciones, fábricas de pintura, cementerios, caballerizas, vidrierías,
talabarterías, fábricas de rejas, fábricas de conservas, mercados de pescado,
mataderos, hojalaterías: un vasto conglomerado de horrores cotidianos sobre el
que flotaba una capa de humo impregnada del hedor de productos químicos en
ebullición, carne podrida y metales chamuscados.
Si pensaba en Ulric en
aquellos paseos, también pensaba en la Edad Media, y en Brueghel el Viejo, y en
Hyeronimus Bosch, o en Petronio el Arbitro, Lorenzo el Magnífico, Fra Lippo
Lippo... por no hablar de los Siete Enanitos, la familia suiza Robinson y Simbad
el Marino. Sólo en un agujero abandonado como Brooklyn se podían reunir los
monstruos, rarezas y anomalías de este mundo. En el Star Theatre, dedicado a
las variedades, te codeabas con los horripilantes habitantes de aquella región
increíble. La representación estaba a la altura de la imaginación casi extinta
del auditorio. Todo estaba permitido, ningún gesto se consideraba demasiado
indecente, ninguna obscenidad era demasiado asquerosa como para que no la
modulase la lengua del cómico. Siempre era una fiesta visual y auditiva como la
que anhela el voyeur. Me encontraba en mi elemento en aquel caldo: Marranada
era mi nombre de soltera.
Al llegar a casa tras
uno de aquellos paseos, solía encontrar a Marjorie y Mona esperándome, con la
mesa puesta para una cena ligera. Lo que Marjorie llamaba un «refrigerio», se
componía de fiambres variados, salami, queso de cerdo, aceitunas, encurtidos,
sardinas, rábanos, ensalada de patatas, caviar, queso suizo, café, una tarta de
queso alemán o appel strudel, con Kiimmel, Oporto o Málaga para rematarlo.
Mientras tomábamos el café y los licores, a veces escuchábamos los discos de
John Jacob Niles. Nuestro favorito era I Wonder As I Wander cantado con voz
clara y aguda y un trino y una modalidad suyos exclusivos. El sonido metálico
de su dulcémele nunca dejaba de extasiarnos. Tenía una voz que evocaba
recuerdos de Arturo, Merlín y Ginebra. Tenía algo de druida. Como un salmista,
entonaba sus versos en un canto etéreo que los ángeles se llevaban por el aire
hasta la sede de la Gloria. Cuando cantaba sobre Jesús, María y José, éstos se
convertían en presencias vivas. Pasaba la mano por las cuerdas y el dulcémele
emitía sonidos mágicos que hacían brillar a las estrellas con mayor fulgor, que
poblaban las colinas y praderas de figuras plateadas y hacían balbucear como
niños a los arroyos. Nos quedábamos allí sentados mucho después de que su voz
se hubiera apagado, hablando de Kentucky, su lugar de nacimiento, hablando de
las Blue Ridge Mountains y de la gente de Arkansas. Marjorie, siempre,
tarareando y silbando, rompía a cantar de repente, una tonada sencilla y
popular que conocíamos desde la cuna.
Era el glorioso mes de
septiembre, descrito en el antiguo Almanaque del Labrador como la época en que
«los puercoespines se dan un hartazgo de manzanas maduras y los ciervos mascan
las hermosas judías verdes que tan amorosamente has cultivado». Epoca de holganza
y sin nada de qué preocuparse. Desde nuestra ventana contemplábamos una hilera
de jardines cuidados y tachonados de árboles majestuosos. Todo en un orden
impecable, todo sereno. Las hojas estaban volviéndose doradas y rojizas, y
salpicaban los céspedes y pavimentos con motas ardientes. Muchas veces me
sentaba a la mesa del desayuno, desde la que se dominaba una vista de los
patios traseros, y me sumía en un profundo ensueño. Ciertos días ni una hoja ni
una ramita se agitaba; sólo había el esplendor de los rayos del sol y el
zumbido incesante de los insectos. A veces era difícil de creer que no hacía
mucho tiempo yo hubiera vivido en aquel barrio con otra esposa, que hubiese ido
por las calles empujando un coche de niño, o que hubiera llevado a la niña al
parque y la hubiese visto correr por la hierba. Sentado allí, junto a la
ventana, mi pasado empalidecía y se desdibujaba; se parecía más a otra
encarnación. Una deliciosa sensación de despreocupación se apoderaba de mí y
volvía nadando, pausada, juguetonamente, como un delfín, a las misteriosas
aguas de pasados imaginarios. En esos estados de ánimo, al vislumbrar a Mona
que se movía de un lado para otro con su blusa china, la miraba como si fuera
una perfecta extraña. A veces hasta me olvidaba de su nombre. Al apartar la
vista, sentía de repente una mano en el hombro. «¿En qué estás pensando?»,
todavía la oigo decir. (Aún hoy recuerdo vivamente que su voz parecía venir de
lejos, de muy lejos.) «¿Pensando?... ¿pensando? No estaba pensando en nada.»
Ella comentaba que mis ojos tenían una expresión de profunda concentración. «No
es nada», decía yo, «estaba soñando simplemente.» Entonces intervenía Marjorie:
«Está pensando en lo que va a escribir, supongo.» Y yo decía: «Eso es,
Marjorie.» Tras lo cual se retiraban y me dejaban solo. Inmediatamente volvía a
recaer en mi estado de arrobamiento.
Suspendido a tres pisos
por encima de la tierra, tenía la ilusión de flotar en el espacio. Los céspedes
y arbustos en que tenía clavados los ojos se esfumaban. Veía sólo aquello con
lo que estaba soñando, un panorama en perpetuo cambio y tan evanescente como la
niebla. A veces, figuras extrañas, vestidas con los trajes de la época,
flotaban ante mis ojos: personajes increíbles como Samuel Johnson, Dean Swift,
Thomas Carlyle, Izaak Walton. Otras veces era como si el humo de la batalla se
disipara de repente y hombres con armadura, corceles suntuosamente enjaezados,
se hallasen perdidos y perplejos entre los muertos en el campo de batalla.
También intervenían aves y animales en aquellas visiones silenciosas, en
especial los monstruos mitológicos, con todos los cuales parecía estar en
buenas relaciones. No había nada demasiado extravagante, demasiado inesperado
en esas apariciones que me sacara de mi nulidad. Me paseaba con pies inmóviles
por los vastos pasillos del recuerdo, una especie de cinematógrafo vivo. De vez
en cuando revivía una experiencia que había tenido de niño: un momento, por
ejemplo, en que ves u oyes algo por primera vez. En esos casos era a la vez el
niño que experimenta esa maravilla y el individuo anónimo que observa al niño.
A veces disfrutaba de esa rara experiencia de sincronizar mi pensamiento y mi
ser con el tenue fragmento de un sueño olvidado desde hacía mucho, mucho
tiempo, y, en lugar de seguirlo, en lugar de fijarlo objetivamente en imagen y
sensación, jugaba con sus márgenes, me bañaba en su aura, por decirlo así,
agradecido simplemente de haberlo alcanzado, de haber olfateado su presencia
inmortal.
A esa época corresponde
un sueño nocturno del que tomé nota con escrupulosa precisión. Creo que vale la
pena transcribirlo...
«Comenzó con un vértigo
de pesadilla que me arrojó desde un precipicio muy elevado a las cálidas aguas
del Caribe. Bajé y bajé girando en grandes espirales que no tenían comienzo y
prometían acabar en la eternidad. Durante ese descenso inacabable un panorama
asombroso y encantador se desplegó ante mis ojos. Enormes dragones marinos
serpenteaban y brillaban a la luz solar pulverizada que se filtraba a través de
las verdes aguas; enormes cactus con raíces horribles flotaban por allí,
seguidos de ramas de coral parecidas a esponjas de colores curiosos, unas
sombrías como sangre de toro, otras de vermellón intenso o lavanda pálido. De
esa abundante vida acuática brotaban miríadas de animálculos, parecidos a
gnomos y duendes; burbujeaban como el espléndido flujo de polvo cósmico en la
cola de un cometa.
»El estruendo que
sentía en los oídos dio paso a melodías reverberantes e ingenuas; percibí los
temblores de la tierra, álamos y abedules cubiertos por brumas espectrales, que
se inclinaban graciosos con la caricia de brisas fragantes. Imperceptiblemente
los vapores se disipan. Voy caminando pesadamente por un bosque misterioso
poblado de monos chillones y aves de plumaje tropical. Llevo un carcaj con
flechas a la cintura y al hombro un arco de oro.
»A1 penetrar cada vez
más profundamente en el bosque, la música se vuelve más celestial, la luz más
dorada; la tierra está alfombrada con suaves hojas de color rojo sangre. Su
belleza es tal, que me desmayo. Al despertar, el bosque ha desaparecido. Mis aturdidos
sentidos parecen decirme que me encuentro ante un lenzo pálido e inmenso en que
aparece pintada una escena pastoral de gran dignidad: se parece a uno de esos
murales de Puvís de Chavanne en que se materializa el vacío grave y seráfico
del sueño. Fantasmas serenos y sombríos se mueven de un lado para otro con
elegancia mesurada e inquietante que hace parecer grotesco nuestro movimiento
terrestre. Me meto en el cuadro y sigo un sendero tranquilo que conduce hacia
la linea del horizonte en retroceso. Una figura de anchas caderas vestida con
túnica griega y que lleva un jarro sobre la cabeza dirige sus pasos hacia la
torreta de un castillo desdibujado sobre la cresta de una suave loma. Sigo las
ondulantes caderas hasta que se pierden más allá de la cresta de la loma.
»La figura del jarro ha
desaparecido. Pero ahora mis ojos se ven recompensados con una visión más
desconcertante. Es como si hubiera llegado al propio fin de esta tierra
habitable, a ese mágico borde del mundo antiguo en que se esconden todos los
misterios, tinieblas y terror del universo. Me rodea un vasto cercado cuyos
límites sólo se distinguen vagamente. Delante de mí aparecen los muros de un
antiguo castillo erizado de lanzas. Gallardetes blasonados con emblemas
increíbles flamean ominosos sobre las almenas. Hongos nauseabundos obstruyen
las grandes aberturas que conducen al exterior de los espantosos pórticos; las
sombrías ventanas están cubiertas de restos de grandes buitres, cuyo fétido
hedor es insoportable.
»Pero lo que más me
aterroriza y fascina es el color del castillo. Es de un rojo que mis ojos nunca
han contemplado. Los muros son de un tono cálido como de sangre, el color de
ricos corpúsculos abiertos por el cuchillo. Más allá de los muros frontales, asoman
parapetos y almenas, torretas y chapiteles más espectaculares, y cada hilera
siguiente es de un rojo más pavoroso. Ante mis aterrorizados ojos el
espectáculo entero adquiere las proporciones de una monstruosa orgía de
carniceros chorreando sangre y excrementos.
«Atemorizado y
horrorizado, desvío la mirada un instante. En ese momento fugaz la escena
cambia. En lugar de hongos venenosos y escabiosos cadáveres de buitres, se
extiende ante mí un rico mosaico de ébano y canelo, sombreado con panoplias de
color púrpura intenso de las que se deslizan cascadas de flores de cerezo en
montones ondulantes sobre un patio ajedrezado. Casi al alcance de la mano se
encuentra un lecho magnífico festoneado con colgaduras majestuosas y cubierto
de almohadones de extraordinaria belleza. Sobre ese diván suntuoso, como
previendo lánguidamente mi llegada, está recostada mi esposa Maude. No es una
Maude del todo familiar, si bien reconozco al instante su boquita de pájaro.
Aguardo con expectación sus tonterías habituales. En cambio, de su boca sale un
torrente de música tenebrosa que hace que la sangre me bata en las sienes. Sólo
en ese momento advierto que está desnuda, y siento el espléndido y vago dolor
de su lomo. Me inclino para alzarla en mis brazos, pero me retiro al instante horrorizado,
al ver que una araña sube despacio por su blanco seno. Como poseído, huyo presa
del pánico hacia los muros del castillo.
»Y ahora sucede algo
extraño. Con el crujir y rechinar de bisagras oxidadas las imponentes puertas
se abren lentamente. Subo corriendo el estrecho sendero que conduce al pie de
la escalera de caracol. Asciendo como un loco por los peldaños de hierro: cada
vez más alto, sin que nunca parezca alcanzar la cima. Por fin, cuando parece
que el corazón va a quebrárseme con el esfuerzo, me encuentro en la cumbre. Las
murallas y almenas, las ventanas y torretas del misterioso castillo ya no están
debajo de mí. Ante mis ojos se extiende un desierto negro y volcánico surcado
por innumerables abismos de profundidad insondable. No se ve el menor rastro de
plantas ni de vida vegetal. Miembros petrificados de proporciones gigantescas,
cubiertos de resplandecientes incrustaciones minerales, aparecen desparramados
por el vacío. Al fijar la vista, advierto con horror que ahí abajo hay vida:
una vida viscosa y reptante se revela en enormes espirales que se enrollan y
desenrollan sobre los demenciales miembros muertos.
»De repente tengo el
presentimiento de que la imponente torre a la que he subido presa del pánico
está desmoronándose por la base, de que ese inmenso chapitel está tambaleándose
al borde del repulsivo abismo, y amenaza con lanzarme en cualquier momento a la
aniquilación. Por una fracción de segundo se produce una calma misteriosa, y
después se oye el sonido de una voz tenue, tan tenue, que casi es inaudible,
una voz humana. Ahora resuena con fuerza, con acento extraño y quejumbroso,
para apagarse inmediatamente, como si hubiera quedado sofocada en las
sulfurosas profundidades de abajo. Al instante la torre se bambolea con
violencia; al abalanzarse sobre el vacío, como un barco inestable, brota un
murmullo de voces. Voces humanas en que se mezclan la risa de hienas, los
agudos chillidos de lunáticos, los juramentos espeluznantes de los condenados,
las risas entrecortadas y espantosas de los poseídos.
»Al ceder la
barandilla, me veo disparado al espacio con velocidad meteórica. Desciendo y
desciendo, con mi frágil cuerpo despojado de su tierna carne, y las entrañas
rasgadas por garras escamosas, por picos revestidos de verdín. Desciendo y
desciendo, desgarrado y lacerado por dientes y colmillos.
»Y luego cesa esa caída
por el vacío; le sucede una sensación de deslizamiento. Resbalo por una
pendiente de parafina sostenida por columnas colosales de carne humana que
sangran por todos los poros. Me esperan las anchas y cavernosas fauces de un
ogro que rechina los dientes con feroz expectación. Dentro de un instante me
voy a ver tragado vivo, voy a perecer con el espantoso acompañamiento de
huesos, mis propios huesos preciosos, masticados y astillados... Pero, justo
cuando estoy a punto de resbalar en las rojas fauces abiertas de par en par, el
monstruo estornuda. La explosión es tan tremenda, que el universo entero se
extingue. Me despierto tosiendo como un fuelle.»
¿Fue una coincidencia
que el propio día siguiente me encontrara con mi amigo Ulric, que éste me
informase tartamudeando de que Maude había ido a verlo el día antes y le había
pedido que hablara conmigo, que me instase regresar con ella? Me dijo con pesar
que la había encontrado lastimosamente abatida. No había cesado de llorar desde
el momento en que entró en su estudio hasta que se marchó. Incluso se había
puesto de rodillas y le había pedido que le prometiera hacer lo imposible para
cumplir su misión.
«Le dije sinceramente»,
explicó Ulric, «que no sabía dónde encontrarte. Ella dijo que debía de haber
una forma de localizarte. Te rogaba que la perdonaras como ella te perdonaba a
ti. Dijo que la niña no dejaba de preguntar por ti. Dijo que no le importaba lo
que hicieras, con tal de que regresases... Te aseguro, Henry, que fue muy
penoso. Le prometí que haría todo lo que pudiese, aun sabiendo que era inútil.
Sé que ha de dolerte oír todo esto.» Vaciló un momento y después añadió:
«Quisiera pedirte una cosa, si no es demasiado: ¿te importaría ponerte en
contacto con ella? No creo que yo pudiera afrontar otra sesión como aquélla. Le
deja a uno deshecho.»
Le aseguré que me
encargaría de la situación personalmente. Le dije que no se preocupara por
ninguno de nosotros dos. «Oye, Ulric, olvidémoslo por un rato. Vente a comer
con nosotros. Mona va a estar encantada de volver a verte. Y creo que te
gustará Marjorie.» Los ojos se le iluminaron al instante. Se restregó sus
jugosos labios con la punta de la lengua.
«Muy bien», dijo, al
tiempo que se daba una palmada en el muslo. «Acepto la invitación. Ya es hora
de que celebremos una pequeña tertulia, ¡qué caramba! Mira, había empezado a
preguntarme si volvería a verte otra vez. Debes de tener miles de cosas que contarme.»
Como había supuesto,
Marjorie y Ulric hicieron muy buenas migas. Tomamos una comida espléndida,
complementada con un par de botellas de vino del Rhin. Después de comer, Ulric
se tumbó en el diván y echó una siestecita. Explicó que había estado trabajando
en una campaña de publicidad de piña. Cuando hubiera descansado un poco, tal
vez probase a hacer algún boceto. Quizá Marjorie tendría la amabilidad de posar
para él, ¿eh? Tenía ya un ojo cerrado. El otro, espantosamente vivo, giraba y
hacía guiños bajo su prominente ceja. «La verdad es que coméis bien aquí»,
dijo, al tiempo que cruzaba las manos sobre el vientre. Se alzó sobre un codo y
se cubrió los ojos con la mano. «Esto... ¿os importaría bajar un poco esa
persiana? Eso, así está bien.» Suspiró suavemente y se quedó dormido.
«Si no te importa»,
dije a Marjorie, «echaremos una siestecita también nosotros. Llámanos cuando se
despierte, ¿quieres?»
Hacia el atardecer
encontramos a Ulric sentado en el diván sorbiendo una bebida fría. Estaba
completamente reanimado y de humor excelente.
«Caramba, da gusto
estar con vosotros otra vez», dijo, al tiempo que torcía los labios y subía y
bajaba aquella ceja infernal. «Acabo de contar a Marjorie nuestra vida en los
viejos tiempos.» Nos miró rebosante de alegría y afecto, colocó el vaso cuidadosamente
en el taburete que tenía al lado y respiró profundamente. «Mira, cuando hace
mucho tiempo que no te veo, hay tantas cosas sobre las que quiero preguntarte.
Tomo centenares de notas —sobre las cosas más disparatadas— y después, cuando
te veo, me olvido de todo... Una cosa, ¿no fue por aquí donde compartiste un
piso en tiempos con O’Mara y... cómo se llamaba ese indio chalado?... ya sabes,
el de la larga cabellera y la risa histérica.»
«Te refieres a
Govindar», dije.
«Eso es. La verdad es
que era raro, aquel tipo. Recuerdo que tenías un alto concepto de él. ¿No
estaba escribiendo un libro entonces?»
«Varios libros», dije.
«Uno de ellos, un largo tratado metafísico, era realmente extraordinario. Hasta
unos años después, cuando me puse a comparar su obra con los soporíferos tomos
de nuestros zopencos ilustres, no comprendí lo bueno que era. Govindar era un
dadaísta metafísico, en mi opinión. Pero en aquellos días era un simple motivo
de broma para nosotros. Mira, yo era un bruto bastante insensible. Entonces me
importaba un comino la filosofía hindú; igual podía haber escrito su libro en
sánscrito. Ahora está de vuelta en la India: según me han dicho, es uno de los
principales discípulos de Gandhi. Probablemente el indio más extraordinario que
he conocido nunca.»
«Tú eres quien mejor
puede saberlo», dijo Ulric. «La verdad es que te juntabas con una multitud de
ellos. Y, además, aquellos egipcios... sobre todo, aquel tipo chiflado...»
«¡Te refieres a
Shukrullah!»
«¡Qué memoria! Sí,
ahora recuerdo el nombre. ¿Y el otro, el que te escribía aquellas epístolas
floridas que nunca acababan?»
«Mohamed Eli Sarwat.»
«¡La Virgen, qué
nombres! Henry, ése era de aúpa. Espero que hayas conservado aquellas cartas.»
«Te voy a decir cuál
era el tipo que nunca podré olvidar, Ulric. Se trata del muchachito judío, Sid
Harris. ¿Recuerdas?: ‘¡Feliz Navidad, presidente Carmichael, y no se olvide de
pedir a Santa Claus que conceda un aumento de sueldo a los repartidores!’ ¡Qué
tipo! Vuelvo a verlo sentado a mi lado rellenando la solicitud de trabajo. Sid
Harris, nacido en la matriz de su madre, dirección el East Side, religión
desconocida, ocupaciones anteriores: chico de los recados, limpiabotas, seguros
contra incendios, llaves maestras, dependiente en una tienda de refrescos,
miembro de una estación de salvamento, pastillas para la tos, y Feliz Navidad
para la bandera americana que ondea en alto sobre la Estatua de la Libertad.»
«Supongo que no le
darías trabajo, ¿eh?»
«No, pero solía
visitarme regularmente cada semana y rellenaba una solicitud. Siempre
sonriendo, silbando, deseando a gritos Feliz Navidad a todo el mundo. Le daba
una moneda de veinticinco centavos para que se fuera al cine. El día siguiente
recibía una carta en la que me contaba lo que había visto, si se había sentado
en la tercera o cuarta fila, cuántos cacahuetes había comido, cuál iba a ser el
próximo programa, y si había extintores de incendios o no. Al final firmaba con
su nombre completo: Sidney Roosevelt Harris, o Sidney R. Harris, o S. Roosevelt
Harris, o S. R. Harris, o simplemente Sidney: uno tras otro, uno debajo del
otro, seguidos, por supuesto, de la perenne felicitación navideña. A veces
añadía una posdata en la que decía que prefería ser repartidor nocturno, o
telegrafista, o simplemente director. Naturalmente, era una lata, pero me
gustaban sus visitas: me animaban para el resto del día. En cierta ocasión le
di una trompeta vieja que había encontrado en una bolsa de basura. Estaba
estropeada y tenía todos los agujeros corroídos. La limpió, se la ató al hombro
con una cuerda, y una mañana se presentó en mi oficina como si fuera el ángel
Gabriel. Nadie lo había visto subir las escaleras. Había unos cincuenta
muchachos esperando a que los contrataran, los teléfonos sonaban como locos:
uno de esos días en que pensaba que me iba a estallar un vaso sanguíneo. De
repente, se oyó un tremendo trompetazo. Casi me caí del asiento. Allí estaba,
el pequeño Sidney, intentando dar el toque de silencio. Inmediatamente se
produjo un pandemónium. Antes de que pudiéramos agarrarlo, Sidney se puso a
cantar el himno nacional americano; naturalmente, los otros muchachos se le
unieron, burlándose, riendo, maldiciendo, volcando los tinteros, arrojando los
lápices como si fueran flechas, marcando las paredes con tiza, y, en general,
armando alboroto. Tuvimos que despejar la oficina y cerrar la puerta de abajo.
Fuera, la maldita trompeta seguía sonando. . Estaba completamente majareta,
Sidney, pero de un modo encantador. Nunca podía enfadarme con él. Intenté
averiguar dónde vivía, pero fue imposible. Probablemente no tuviera casa,
probablemente durmiese en las calles. En invierno llevaba un abrigo de hombre
que llegaba hasta el suelo y mitones de lana, ¡tú fíjate! Nunca llevaba
sombrero ni gorra, a no ser en plan de broma. En cierta ocasión, en pleno
invierno, apareció con aquel grotesco abrigo y los mitones... y en la cabeza
llevaba un enorme sombrero de paja, una especie de sombrero mexicano con un
casquete gigantesco en forma de cono. Se acercó a mi escritorio, hizo una
profunda reverencia, y se quitó el enorme sombrero de paja. Estaba lleno de
nieve. Dejó caer la nieve en mi escritorio y después se escabulló como una
rata. Se paró un momento en la puerta y gritó: ‘¡Feliz Navidad y no se olvide
de bendecir al presidente Carmichael!’»
«Recuerdo muy bien
aquella época», dijo Ulric, tragando lo que le quedaba de bebida. «Nunca
entendí cómo conseguías conservar el empleo. Estoy seguro de que no había otro
jefe de personal como tú en todo Nueva York.»
«En toda América,
querrás decir», dijo Mona.
Ulric miró a su
alrededor apreciativamente. «Esta es una vida muy diferente. La verdad es que
os envidio... Lo que siempre recordaré de este tío» —paseó una mirada radiante
de uno a otro— «es su inagotable alegría. No creo que lo haya visto deprimido
más de una o dos veces en todo el tiempo que lo he conocido. Mientras haya
comida y un lugar donde dormir... ¿no es asi?» Volvió la mirada hacia mí con
sincero afecto. «Algunos de mis amigos —ya sabes a quiénes me refiero— me
preguntan a veces si no estás un poquito tocado de la cabeza. Yo siempre digo:
'Ya lo creo que lo está... lástima que no lo estemos todos del mismo modo.’ Y
después me preguntan cómo mantienes a tu familia y a ti. Entonces tengo que
darme por vencido...»
Todos nos echamos a
reír bastante histéricamente. Ulric se rio con mayores ganas incluso que el
resto de nosotros. Se reía de sí mismo... por plantear problemas tan tontos.
Naturalmente, Mona tenía una razón diferente para reírse.
«A veces pienso que
estoy viviendo con un loco», soltó abruptamente, con lágrimas en los ojos.
«¿Sí?», dijo Ulric,
arrastrando el sonido.
«A veces se despierta
en plena noche y se echa a reír. Se ríe de algo que ocurrió hace ocho años.
Algo trágico generalmente.»
«¡Caramba!», dijo
Ulric.
«A veces se ríe así
porque la situación es tan desesperada, que no sabe qué hacer. Me preocupa
cuando se ríe así.»
«¡Qué va, qué va!»,
dije. «Sólo es otra forma de llorar.»
«¡Fijaos!», dijo Ulric.
«¡Caray! ¡Ojalá pudiera yo ver las cosas así!» Alzó el vaso vacío para que
Marjorie volviera a llenarlo.
«Quizá parezca tonto
preguntarlo», continuó, al tiempo que echaba un buen trago, «pero cuando llegas
a un estado así, ¿no suele ir seguido de un ataque bastante penoso de
depresión?»
Sacudí la cabeza.
«Podría ir seguido de cualquier cosa», respondí. «Lo importante es tomar una
buena comida primero. Eso suele entonarme, devolverme el equilibrio.»
«Nunca bebes para
disipar el mal humor, ¿verdad? ¡Bah! No te molestes en contestar... ya sé que
no. Esa es otra cosa que te envidio... Simplemente una buena comida, dices.
¡Qué sencillo!»
«¿Tú crees?», dije.
«¡Ojalá lo fuera!... En fin, ¡dejémoslo! Ahora que tenemos a Marjorie, la
comida ya no es problema. Nunca había comido mejor en mi vida.»
«No me cuesta creerlo»,
dijo Ulric, dando un chasquido con los labios. «Es extraño: a mí me cuesta
mucho despertar el apetito. Supongo que soy de los que se preocupan. Conciencia
culpable, probablemente. He heredado todos los rasgos malos del viejo. Incluido
éste»... y dio un golpecito en el vaso que tenía en la mano.
«Tonterías», dije,
«simplemente, lo que pasa es que eres un perfeccionista.»
«Deberías casarte»,
dijo Mona, sabiendo que eso provocaría una reacción.
«Eso es otra cosa»,
dijo Ulric, al tiempo que torcía el gesto. «Es un crimen cómo trato a mi chica.
Hace cinco años que salimos... pero, si se atreve a mencionar la palabra
matrimonio, me da un ataque. La simple idea me aterra. Soy lo bastante egoísta
para quererla sólo para mí y, sin embargo, estoy arruinando sus posibilidades.
A veces la insto a que me deje y se busque a otro. Eso lo único que hace es
empeorar las cosas, por supuesto. Entonces le prometo sin entusiasmo que me
casaré con ella, pero al día siguiente se me olvida, desde luego. La pobre
chica no sabe a qué atenerse.» Nos lanzó una mirada a medias tímida y a medias
picara. «Supongo que permaneceré soltero toda mi vida. Soy egoísta hasta la
médula.»
Al oír aquello todos
nos echamos a reír ruidosamente.
«Me parece que
deberíamos ir pensando en cenar», dijo Marjorie. «¿Por qué no os vais vosotros,
los hombres, a dar un paseo? Volved dentro de una hora y la cena estará lista.»
A Ulric le pareció
buena idea.
«Podríais tratar de
encontrar un buen trozo de Roquefort», dijo Marjorie, cuando salíamos. «Y una
hogaza de pan de centeno, si podéis»
Caminamos sin rumbo por
una de las calles tranquilas y espaciosas propias de aquel barrio. Habíamos
dado muchos paseos juntos por vacíos semejantes. A Ulric le recordaba los días
en que solíamos pasear por Bushwick Avenue un domingo por la tarde, con la esperanza
de ver a las tímidas chicas de que estábamos enamorados. Era como una procesión
de Pascua todos los domingos: desde la pequeña White Church hasta el depósito
cercano al cementerio de Cypress Hill. A medio camino pasábamos por la lúgubre
iglesia de San Francisco de Sales, situada a una manzana o dos de la cervecería
de Trommers. Hablo de una época de antes de la guerra, la época en que en
Francia hombres como Picasso, Dérain, Matisse, Vlaminck y otros estaban
empezando a darse a conocer. Todavía era el «final de siglo». La vida era
fácil, a pesar de que no nos dábamos cuenta. En lo único en que pensábamos era
en las chicas. Si conseguíamos hacer que se detuvieran lo suficiente para
charlar unos minutos, nos encontrábamos en el séptimo cielo. Los días de
entresemana a veces repetíamos el paseo por la noche. Entonces nos volvíamos
más audaces. Si teníamos la suerte de encontrar a un par de chicas —cerca del
depósito o en los obscuros senderos del parque, o incluso en los confines del
cementerio—, intentábamos de verdad hacer avances audaces. Ulric podía recordar
los nombres de todas ellas. Había una pareja que recordaba en particular: Tina
y Henrietta. Habían estado en la misma clase que nosotros el curso en que nos
graduamos, pero, como iban algo atrasadas, tenían dos o tres años más que el
resto de la clase. Lo que significa que estaban bastante maduras. Y no sólo
maduras, sino reventando de deseo sexual. Todo el mundo sabía que eran un par
de putas. Tina, que era realmente audaz, era como una de las mujeres de Degas;
Henrietta era más alta, más sabrosa, toda una mujer. Siempre estaban
cuchicheando historias indecentes, para mayor regocijo de la clase. De vez en
cuando se alzaban las faldas por encima de las rodillas... para que echáramos
una mirada. O a veces Tina le cogía una teta a Henrietta y la apretaba
juguetonamente: todo eso en clase, a espaldas del maestro, por supuesto. Así,
pues, ¿qué cosa más natural que andar a la caza de ellas, cuando salíamos a dar
un paseo por la noche? De vez en cuando sucedía. Apenas intercambiábamos
palabras. Empujándolas contra la barandilla de hierro, o contra una lápida
sepulcral, las baboseábamos, las toqueteábamos, las magullábamos: todo menos lo
auténtico. Para eso hacían falta muchachos mayores y más expertos. Lo máximo
que podíamos conseguir era un simulacro de polvo. Y volvíamos a casa cojeando,
con los huevos doliéndonos como setenta dolores de muelas.
«¿Te he contado alguna
vez», dijo Ulric, «cómo intenté tirarme a la señorita Bairnsfeather, la maestra
del curso de graduación? Quiero decir, por supuesto, varios años después de que
nos graduáramos. ¡Qué bobo debía de ser entonces! En fin, ya sabes que tenía un
polvete curioso... No me la podía quitar de la cabeza en ningún momento. Así,
que un día le escribí una nota —acababa de coger un pequeño estudio y me
consideraba todo un artista, te lo aseguro— y, para mi sorpresa, me respondió
pidiéndome que fuera a verla algún día. Estaba tan excitado, que casi me meé en
los pantalones. La llamé y la invité a venir al estudio. Naturalmente, me había
preparado para su llegada: toda clase de bebidas, pastelitos deliciosos, mis
lienzos esparcidos por ahí de cualquier manera, unos cuantos desnudos visibles
sobre el diván, y cosas así... ya sabes lo que quiero decir. Lo que había
olvidado era la diferencia de edad. Por supuesto, todavía estaba apetitosa,
pero ahora era tan mujer, que me sentí intimidado. Fue necesario maniobrar un
poco para crear la situación adecuada. Veía que ella estaba intentando
ayudarme, pero yo era tan puñeteramente tímido, tan torpe, que casi sufrí un
ataque de nervios. Al fin y al cabo, no vas a quitarle las bragas violentamente
a tu maestra favorita.»
Se interrumpió para
lanzar una risita entre dientes y mover las orejas.
«¿Y lo conseguiste al
final?», le pregunté, para ayudarlo.
«Ya lo creo», dijo
Ulric, «pero sólo después de un montón de tragos. Para entonces ella estaba tan
ansiosa, que fue y me sacó el canario y me atrajo hasta colocarme encima de
ella. Yo tenía una de esas erecciones eternas que te vienen cuando bebes. Hicimos
prácticamente de todo, te lo aseguro, y aun así no se me bajaba. Ella estaba
tumbada en el diván, vestida sólo con una blusa y jadeando como una perra.
Acababa de lavarme con agua fría, con la esperanza de que eso resolviera el
problema. "Ven aquí’, dijo, que quiero ver bien esa herramienta que
tienes. Ulric, ¿por qué no supe esto cuando estabas en mi clase?’ La miré
asombrado. '¿Quieres decir que me habrías dejado...?’ ‘¿Dejarte?’, dijo... ‘Te
habría comido vivo. ¿Nunca te hablaron de mí los otros chicos?’ Apenas podía
creer lo que oía. Y todo el tiempo, Henry, permanecí de pie delante de ella,
con la picha apuntando hacia el cielo. De repente se sentó y la agarró; creí
que la iba a romper en dos. No tardó en arrodillarse y chupármela. Ni aun
entonces me corrí. Te aseguro que estaba frenético. Por fin le di la vuelta y
se la metí por detrás... hasta que empezó a gemir. Entonces la saqué, la retiré
del diván y, alzándola por la cintura, la hice caminar por el estudio sobre las
manos. Era como empujar una carretilla vuelta del revés... Y ni eso surtió
efecto. Desesperado, me senté en el gran sillón y la dejé que se montara a
horcajadas. ‘Siéntate, muévete y nada más’, dije. ‘O no te muevas: déjala ahí y
nada más hasta que se ablande.’ Tomamos otro trago, sentados así, y luego otro,
y después otro. Cuando nos soltamos, seguía enorme. Pero fláccida... Pero
fíjate en esto, Henry. ¿Qué supones que me dijo en ese momento?»
Lo miré con los ojos en
blanco. Después dije: «¡No me lo digas! Por el amor de Dios, volvamos a casa.
Voy a tener que echar un palete antes de que nos sentemos a comer.»
Parpadeó como un búho.
Estaba a punto de volver a abrir la boca, cuando dije: «Por cierto, ¿todavía no
has abordado a Marjorie? Se muere de ganas, ¿sabes?»
«No es mala idea», dijo
Ulric. «¿Crees que podemos arreglarlo... discretamente?»
«¡Déjalo de mi cuenta!»
Apretamos el paso. Para
cuando llegamos a la puerta íbamos casi trotando.
Llevé aparte a Mona y
le conté la idea.
«¿Por qué no esperar hasta
después de cenar?», sugirió. «Me refiero a Marjorie y Ulric.» Cerramos la
puerta tras nosotros y echamos un polvete rápido, mientras Ulric y Marjorie
hablaban de la cuestión. Cuando nos reunimos con ellos, Marjorie estaba sentada
en las rodillas de Ulric, con las faldas levantadas por encima de las rodillas.
«¿Por qué no os ponéis
algo más cómodo?», dijo Mona. «Algo así», y, al decir eso, se abrió el quimono
y enseñó la carne desnuda.
Marjorie se apresuró a
seguir su ejemplo. Ulric y yo tuvimos que ponernos pijamas. Así nos sentamos a
cenar.
Una comida que va a
culminar en una orgía sexual llega con toda rapidez a las partes que necesitan
alimento, como si la dirigiera el pequeño guardagujas que regula el tráfico por
todo el sistema autónomo. Comenzó con ostras servidas en media concha y caviar,
seguido de una deliciosa sopa de rabo de buey, bistec de solomillo, puré de
patatas, guisantes a la francesa, queso, melocotón con nata, todo ello
acompañado de un Pommard auténtico que Marjorie había sacado. Con el café y los
licores tomamos otro postre: un helado francés bañado con Benedictine y
whiskey. Entre plato y plato Marjorie jugaba con el canario de Ulric. Ahora los
quimonos estaban completamente abiertos, los senos al descubierto y los
ombligos subían y bajaban suavemente. Sin querer, uno de los pezones de
Marjorie cayó sobre la crema chantilly, con lo que me dio la oportunidad de
chuparle el seno por unos momentos. Ulric intentó mantener en equilibrio un
platillo sobre el canario sin conseguirlo. Todo transcurría alegremente.
Mientras seguíamos
mordisqueando los pasteles, los bollos de nata, los milhojas y mil otras cosas
que habían preparado las mujeres, entablamos una conversación agradable sobre
los buenos tiempos pasados. Las mujeres habían cambiado de posición y se habían
acomodado en nuestras rodillas. Tuvieron que retorcerse y girar un buen rato
antes de poder conseguir ajustarse adecuadamente. De vez en cuando uno de
nosotros tenía un orgasmo, se quedaba en silencio un rato, y después se
recuperaba con ayuda de helado, Benedictine y whiskey.
Al cabo de un rato,
pasamos de la mesa a los divanes y, entre siestecitas, mantuvimos una
conversación seguida sobre los temas más diversos. Era una charla fácil y
natural, ninguno se sentía avergonzado, si se quedaba dormido en medio de una
frase. Habíamos amortiguado las luces, había una brisa cálida y fragante que
pasaba por las ventanas abiertas, y todos estábamos tan saciados, que no
importaba lo más mínimo lo que dijéramos o las respuestas que diésemos.
Ulric se había quedado
dormido durante una conversación con Marjorie. No llevaba más de cinco minutos
dormido, cuando se despertó sobresaltado y exclamó como hablando para sí mismo:
«¡Caramba, eso es lo que yo pensaba!» Después, al darse cuenta de que no estaba
solo, masculló algo inaudible y se alzó sobre un codo.
«¿He estado dormido
mucho tiempo?», preguntó.
«Unos cinco minutos»,
dijo Marjorie.
«Es curioso. A mí me
han parecido horas. He vuelto a tener uno de esos sueños.» Se volvió hacia mí.
«Ya sabes, Henry, esos sueños en que intentas demostrarte que estás durmiendo
simplemente.»
Tuve que confesar que
nunca había tenido uno de ésos.
Ulric siempre podía
describir sus sueños con gran detalle. Lo aterrorizaban un poco porque, en su
opinión, indicaban que nunca caía de verdad en un estado de completa
inconsciencia. En el sueño su mente estaba todavía más activa que en estado de
vela Estando dormido, su mente lógica era la que pasaba a primer plano Eso era
lo que lo inquietaba. A continuación describió los infinitos esfuerzos que
hacía, dormido, para demostrarse a sí mismo que no estaba despierto, sino
dormido. Cogía un sillón pesado, por ejemplo, lo elevaba por el aire con dos
dedos, a veces con su hermano sentado en él. Y en el sueño se decía a si mismo:
«¡Ahí está! Nadie puede hacer esto despierto: ¡es imposible!» Y después
realizaba otras proezas imposibles, algunas de ellas absolutamente
extraordinarias, como salir volando por una ventana entornada y regresar del
mismo modo, sin arrugarse la ropa ni despeinarse. Todo lo que hacía conducía a
un sospechoso quod erat demonstrandum, que no demostraba nada, según decía él,
porque... «En fin, voy a formularlo así, Henry: para demostrarte a ti mismo que
estabas soñando, tendrías que estar despierto, y, si estás despierto, no puedes
estar soñando, ¿verdad?»
De repente, recordó que
lo que había provocado su sueño había sido la visión de un ejemplar de
Transición sobre el aparador. Me recordó que en cierta ocasión yo le había
dejado prestado un ejemplar en el que había un pasaje maravilloso sobre la
interpretación de los sueños. «¿Sabes a qué autor me refiero?», dijo, al tiempo
que hacía un chasquido con los dedos.
«¿Gottfried Benn?»
«Sí, ése es. Un andoba
extraño. Me gustaría leer más cosas de él... Por cierto, no tendrás aquí ese
número, ¿verdad?»
«Sí que lo tengo,
Ulric, chaval. ¿Te gustaría verlo?»
«Vamos a hacer una
cosa», dijo.
«Mira», dijo, «me
gustaría que nos leyeras ese pasaje en voz alta, es decir, si no les importa a
ellas.»
Fui a buscar el
ejemplar de Transition y localicé la página.
«Ahora vamos a examinar
los hechos psicológicos. ‘Por la noche todas las fuentes saltarinas hablan con
voz más alta; también mi alma es una fuente saltarina’, dice Zarathustra... ‘En
la vida nocturna parece exiliado’ —éstas son las famosas palabras de La
interpretación de los sueños de Freud— ‘en la vida nocturna parece exiliado lo
que en un tiempo regía durante el día.’ Esta frase contiene toda la psicología
moderna. Su gran idea es la estratificación de la psique, el principio
geológico. El alma tiene su origen y está construida en estratos, y lo que
aprendimos antes en el terreno orgánico a propósito de la construcción del gran
cerebro desde el punto de vista anatómicoevolutivo durante los siglos pasados
se revela en el sueño, lo revelan los niños, lo revela la psicosis como
realidad todavía existente. Llevamos los pueblos antiguos...»
«¡Fijaos, fijaos!»,
exclamó Ulric.
«Llevamos los pueblos
antiguos en el alma y cuando se relaja la razón adquirida posteriormente, como
en el sueño o en la borrachera, emergen con sus ritos, su mentalidad prelógica,
y nos conceden una hora de participación mística. Cuando la...»
«Discúlpame», dijo
Ulric, volviendo a interrumpirme, «pero, ¿no podríamos oír de nuevo ese
pasaje?»
«Claro, ¿por qué no?»
Volví a leerlo despacio, dejando sentir el peso de cada frase.
«La próxima frase
también es una maravilla», dijo Ulric. «Casi me la sé de memoria»
Continué: «Cuando la
superestructura lógica se suelta, cuando el epicráneo, cansado de la embestida
de los estados prelunares...»
«¡Caray! ¡Qué lenguaje!
Discúlpame, Henry, no quería interrumpirte otra vez.»
«Cuando el epicráneo,
cansado de la embestida de los estados prelunares, abre las fronteras de la
conciencia, en torno a las cuales siempre hay una lucha, entonces aparece lo
antiguo, lo inconsciente, en la transmutación e identificación mágicas del ‘yo’,
en la primigenia experiencia de lo omnipresente y lo eterno. El patrimonio
hereditario...»
«¡Del cerebro medio!»,
exclamó Ulric. «¡La Virgen, Henry! ¡Qué línea! Me gustaría que me explicaras
eso con un poco más de detalle. No, ahora no... después tal vez. Discúlpame.»
«El patrimonio
hereditario del cerebro medio», continué, «se encuentra a mayor profundidad aún
y está deseoso de expresarse: si la capa que lo recubre queda destruida en la
psicosis, emerge, impulsado hacia arriba por los instintos primarios, desde la
subestructura primitiva y esquizoide, el gigantesco ‘yo’ arcaico e instintivo,
que se despliega ilimitadamente a través del sujeto psicológico hecho jirones.»
«¡El sujeto psicológico
hecho jirones! ¡Madre mía!», exclamó Ulric. «Gracias, Henry, ha sido un
placer.» Se volvió hacia ellas. «¿Os preguntáis a veces por qué aprecio tanto a
este tío? (Me miró rebosante de alegría.) No hay una sola persona que venga a mi
estudio capaz de traerme esta clase de alimento. No sé de dónde saca estas
cosas: la verdad es que yo nunca me tropiezo con ellas por mi cuenta. Lo que
indudablemente sirve para demostrar la enorme diferencia que existe entre
nuestros bagajes.»
Hizo una pausa por un
momento para llenarse el vaso. «Mira, Henry, si no te importa que lo diga, un
pasaje así podrías haberlo escrito tú, ¿no crees? Tal vez sea por eso por lo
que me gusta tanto Gottfried Benn. Y ese Hugo Ball es otro: muy competente, ¿eh?
Sin embargo, lo curioso es esto: todo esto, que significa tanto para mí, nunca
lo habría conocido, si no hubiera sido por ti. ¡Cuánto me gustaría a veces que
me acompañases, cuando estoy con esa cuadrilla de Virginia! Ya sabes que no
dejan de ser inteligentes, pero no sé por qué, este tipo de cosas parecen
repelerlos. Las consideran enfermizas.» Puso una sonrisa burlona. Después miró
a Marjorie y Mona. «Perdonadme por extenderme sobre estas cosas. Sé que no es
el momento de entregarse a discusiones ampulosas. Iba a preguntar a Henry algo
sobre el patrimonio hereditario del cerebro medio, pero supongo que podríamos
dejarlo para una ocasión más apropiada. ¿Qué tal si tomamos la copa de
despedida?... y después me marcho.»
Llenó nuestros vasos y
después se acercó a la repisa de la chimenea y se apoyó contra ella.
«Supongo que siempre
será un motivo de maravilla y misterio para mí», dijo despacio, acariciando las
palabras, «cómo nos encontramos aquel día en la Sexta Avenida después de tantos
años. ¡Qué día de suerte para mí! Puede que no te lo creas, pero muchas veces,
cuando estaba en algún lugar extraño —como en medio del Sahara— me decía: ‘Me
pregunto qué se le ocurriría decir a Henry, si estuviera aquí conmigo.’ Sí,
pensaba en ti con frecuencia, a pesar de que habíamos perdido todo contacto. No
sabía que te habías hecho escritor. No, pero siempre sabía que llegarías a ser
algo o alguien. Hasta de niño comunicabas algo diferente, algo extraordinario.
Siempre volvías la atmósfera más intensa, más animada. Eras un desafío para
todos nosotros. Tal vez nunca te dieras cuenta de ello. Incluso ahora, gente
que sólo te ha visto una vez sigue preguntándome: ‘¿Cómo está ese Henry
Miller?’ ¡Ese Henry Miller! ¿Comprendes lo que quiero decir? No dicen eso de
ninguna otra persona que yo conozca. En fin... ya has oído esto una docena de
veces o más, ya lo sé.»
«¿Por qué no te tomas
un buen descanso y te quedas a pasar la noche?», dijo Mona.
«Nada me gustaría más,
pero...» Alzó la ceja izquierda y torció los labios. «El epicráneo, cansado de
la embestida de los estados prelunares... Algún día tenemos que estudiar con
más detalle eso. Ahora mismo el gigantesco yo arcaico e instintivo está luchando
para salir hacia arriba a través de la subestructura esquizoide.» Cortó y
empezó a estrecharnos la mano. «¿Sabéis una cosa?», prosiguió. «Estoy seguro de
que esta noche voy a tener un sueño fantástico. ¡No uno, sino docenas de
sueños! Me deslizaré por el fluido primigenio, intentando demostrarme que estoy
viviendo en el pleoceno. Probablemente me encontraré con dragones y
dinosaurios... a no ser que la cobertura haya quedado completamente destruida
por psicosis anteriores.» Chasqueó los labios, como si acabara de tragar una
docena de moluscos suculentos. Ahora estaba en el umbral. «Por cierto, me
pregunto si sería pedirte demasiado que me prestes ese libro de Forel. Hay un
pasaje sobre la tiranía amorosa que me gustaría releer.»
Cuando me iba a la
cama, abrí Transition al azar. Mi mirada se posó en esta frase: «Nuestra
presencia biológica y humana lleva en su cuerpo doscientos rudimentos: cuántos
lleva el alma es algo que no sabemos.»
¡Cuántos lleva el alma!
Con esa frase en la lengua me sumí en un trance profundo. En el sueño reviví
una escena de la vida real... Vuelvo a estar con Stanley. Vamos caminando
rápido en la obscuridad hacia la casa donde viven Maude y la niña. Stanley va diciendo
que es absurdo e inútil, pero, ya que lo deseo, me acompañará. Lleva la llave
de la casa; no cesa de asegurarme que no va a haber nadie en casa. Lo que
quiero es ver qué aspecto tiene la habitación de la niña. Hace siglos que no la
he visto y temo que la próxima vez que la vea —¿cuándo?— ya no me reconozca. No
ceso de preguntar a Stanley si está muy alta, qué vestidos lleva, cómo habla, y
cosas así. Stanley responde áspero y brusco, como de costumbre. No le ve objeto
a esa expedición.
Entramos en la casa y
exploramos la habitación minuciosamente. Sus juguetes me intrigan: están
tirados por todos lados. Me echo a llorar en silencio, mientras examino sus
juguetes. De repente, veo una vieja muñeca de trapo rota en un rincón. Me la
pongo bajo el brazo y hago un gesto a Stanley para que nos larguemos. No puedo
pronunciar palabra, voy temblando y farfullando.
Cuando me despierto el
día siguiente, recuerdo el sueño vividamente. Por costumbre, me pongo mi vieja
ropa, un par de pantalones de pana descoloridos, una camisa de algodón rota y
raída, un par de zapatos deshechos. Hace dos días que no me afeito, la cabeza
me pesa, me siento inquieto. El tiempo ha cambiado de la noche a la mañana;
sopla un frío viento de otoño y amenaza lluvia. Paso la mañana sumido en la
apatía. Después de comer me pongo una vieja chaqueta de algodón con los codos
desgastados, me aprieto el raído sombrero ladeado sobre la oreja, y salgo. He
llegado a obsesionarme con la idea de que debo ver a la niña de nuevo, a toda
costa.
Salgo del metro a unas
manzanas de la casa y ojo avizor me meto en la zona de peligro. Me voy
acercando cada vez más a la casa despacio, hasta que llego a la esquina, a sólo
media manzana de distancia. Me quedo ahí un largo rato, con los ojos clavados
en la puerta, con la esperanza de ver aparecer a la niña en cualquier momento.
Empieza a hacer un frío que pela. Me alzo las solapas y me calo el sombrero
hasta las orejas. Camino para arriba y para abajo, para arriba y para abajo,
frente a la lúgubre iglesia de piedra cubierta de musgo.
Ni rastro de ella
todavía. Sin abandonar la acera de enfrente, paso rápidamente por delante de la
casa, con la esperanza de detectar una señal de vida dentro. Pero los visillos
están echados. En la esquina me detengo y me pongo a andar de un lado para otro
de nuevo. Sigo así durante quince, veinte minutos, tal vez más. Me siento
despreciable, sarnoso, miserable. Como un espía. Y culpable, más que culpable.
Casi he decidido volver
a casa, cuando de pronto un tropel de niñas doblan la esquina más lejana de
enfrente de la iglesia. Cruzan la calle corriendo como locas, gritando y
cantando. Tengo el corazón en un puño. Tengo el presentimiento de que ella va
entre ellas, pero desde donde me encuentro es imposible distinguirla. Ahora
corro a toda prisa hasta la otra esquina. Cuando llego, no hay señal de ellas.
Desconcierto. Me quedo ahí unos minutos como alma perdida, luego decido
esperar. Unos minutos después descubro una tienda de ultramarinos a unos
portales de la iglesia. Es posible que estén en la tienda. Ahora avanzo
cautelosamente por la calle lateral. Un poco antes de la tienda, en la acera de
enfrente, por supuesto, subo corriendo una escalinata y me paro en el último
peldaño, con el corazón latiendo como loco.
Ahora estoy seguro de
que están todas en la tienda de ultramarinos. Ni por un segundo aparto la vista
de la puerta. De repente comprendo que debo de llamar bastante la atención,
allí parado en lo alto de la escalera. Me recuesto contra la puerta e intento
pasar desapercibido. Estoy temblando, no tanto por el frío cuanto por el miedo.
¿Qué haré, si me reconoce? ¿Qué diré? ¿Qué puedo decir o hacer? Estoy tan
atemorizado, que casi estoy a punto de bajar la escalera disparado y escapar
corriendo.
Sin embargo, justo en
ese momento se abre la puerta ruidosamente y tres niñas salen corriendo. Corren
justo hasta el centro de la calle. Una de ellas, al verme parado en la
escalera, coge del brazo a las otras de pronto y vuelve corriendo a la tienda
con ellas. Tengo el presentimiento de que ha sido mi niña la que ha hecho eso.
Desvío la mirada por unos instantes, para intentar parecer despreocupado e
indiferente con respecto a su conducta, como si estuviera esperando a que
alguien saliese de la casa por arriba y se me uniera. Cuando vuelvo a mirar,
veo una carita apretada contra el cristal de la puerta, en la acera de
enfrente. Está mirándome. La miro largo rato y con los ojos fijos, sin poder
decir si es ella o no.
Se retira y otra niñita
aprieta la nariz contra el cristal. Después otra y luego otra. Después se
retiran todas al interior de la tienda.
Ahora se apodera de mí
una sensación de pánico. Era ella, ahora estoy seguro. Pero, ¿por qué se
muestran tan tímidas? ¿O es que tienen miedo de mí?
No cabe la menor duda
de que son presa del miedo. Cuando me ha mirado, no ha sonreído. Ha mirado
fijamente para asegurarse de que era yo, su padre, y no otro.
De repente me doy
cuenta del vergonzoso aspecto que ofrezco. Me toco la barba, que parece haber
crecido un centímetro. Me miro los zapatos y las mangas de la chaqueta.
Maldición, podrían tomarme por un secuestrador.
¡Secuestrador!
Probablemente su madre le había inculcado la idea de que, si alguna vez se
tropezaba conmigo en la calle, no debía escucharme. «¡Vuelve corriendo a casa y
díselo a mamá!»
Me sentí deshecho.
Despacio, penosamente, como alguien decrépito y magullado, bajé los peldaños.
Cuando llegué al pie de la escalera, la puerta de la tienda se abrió de repente
de par en par y salieron todas en tropel, seis o siete. Corrieron como si el propio
diablo las persiguiera. En la esquina, a pesar de que pasaban coches a toda
velocidad, doblaron oblicuamente y corrieron hacia la casa... «nuestra» casa.
Me pareció que fue mi niña la que se detuvo en el centro de la calle —por un
segundo— y volvió la vista atrás. Podría haber sido una de las otras, desde
luego. De lo único que podía estar seguro era de que llevaba un gorrito con
ribetes de piel.
Caminé despacio hasta
la esquina, me quedé parado en ella un buen minuto mirando en su dirección, y
después me marché rápidamente hacia la estación del metro.
¡Qué contratiempo
cruel! Fui todo el camino hasta el metro reprochándome mi estupidez. ¡Pensar
que mi propia hija había de tener miedo de mí, que había de alejarse de mí
corriendo y aterrorizada! ¡Vaya situación!
En el metro me quedé
parado ante una máquina tragaperras. Parecía un vagabundo, un vago. ¡Y pensar
que tal vez no volvería a verla nunca, que ésa podría ser la última impresión
que iba a conservar de mí! Su propio padre agazapado en un portal, espiándola
como un secuestrador. Era como de película horrible y mala.
De repente, recordé mi
promesa a Ulric... de ir a ver a Maude y hablar con ella. Ahora era imposible,
totalmente imposible. ¿Por qué? No lo podía decir. Sólo sabía que así era. No
volvería a ver nunca a Maude, al menos si podía evitarlo. En cuanto a la niña...
rezaría, sí, rezaría a Dios, para que me diera otra oportunidad. Tenía que
verla y hablar con ella. Ahora bien, ¿cuándo? En fin, algún día. Algún día
cuando ella pudiera ver las cosas más favorablemente. Imploré a Dios que no la
dejara odiarme... sobre todo, que no la dejara odiarme. «Es demasiado horrible,
es demasiado horrible», no cesaba de mascullar para mis adentros. «Te quiero
tanto, hijita Te quiero tanto, tanto...»
Llegó el tren y, cuando
se abrieron las puertas, empecé a sollozar. Saqué un pañuelo del bolsillo y me
lo metí en la boca. Casi corrí hasta el pasillo cubierto entre dos vagones,
donde me oculté en un rincón con la esperanza de que el chirrido de las ruedas
ahogara mis sollozos convulsivos.
Debí de permanecer allí
unos minutos, inconsciente de todo lo que no fuera mi dolorosa desdicha, cuando
sentí que una mano me apretaba suavemente el hombro. Sin apartar el pañuelo de
la boca, me di la vuelta. Una señora mayor vestida toda de negro me miraba con
la sonrisa más compasiva.
«Mi querido amigo»,
comenzó, con voz suave y calmante. «Mi querido amigo, ¿qué le ha ocurrido?»
Al oír aquello, lancé
un aullido literalmente. Las lágrimas me cegaban. Lo único que veía era una
bruma compasiva delante de mí.
«Por favor, por favor»,
suplicó, «¡intente dominarse!»
Seguí llorando y
sollozando. Y entonces se detuvo el tren. Entraron algunos pasajeros y nos
apretaron contra la puerta.
«¿Ha perdido usted a
alguien querido?», me preguntó. Su voz era tan dulce, tan calmante.
Sacudí la cabeza a modo
de respuesta.
«Pobre señor, yo sé lo
que es eso.» Volví a sentir la presión de su mano.
Las puertas estaban a
punto de cerrarse. De repente, tiré el pañuelo, me abrí paso entre la multitud
y salí. Subí corriendo las escaleras a toda velocidad y me puse a caminar como
un loco. Había empezado a llover. Caminé bajo la lluvia con la cabeza gacha,
riendo y llorando. Chocaba contra la gente y la gente chocaba contra mí.
Alguien me dio un empujón que me lanzó dando vueltas hasta el arroyo. Ni
siquiera me volví para mirar. Seguí con la cabeza gacha, con la lluvia
corriéndome por la espalda. Quería estar empapado de pies a cabeza. Deseaba
estar purificado de toda iniquidad. Sí, así es como lo expresé para mis
adentros: purificado de toda iniquidad. Quería quedar empapado de pies a
cabeza, después ser apuñalado, luego arrojado al arroyo, después aplastado por
un camión pesado, luego molido e incorporado a la basura y al lodo, borrado,
aniquilado de una vez por todas.
X
Con la llegada del
solsticio una nueva fase de la existencia se ha abierto para nosotros: no en el
soleado Sur, sino en Greenwich Village. La primera etapa de la vida
clandestina.
Regentar una taberna
clandestina, que es lo que estamos haciendo, y vivir en ella al mismo tiempo,
es una de esas ideas fantásticas que sólo pueden ocurrírsele a individuos sin
el menor sentido práctico.
Me ruborizo al recordar
la historia que inventé para sacarle a mi madre el dinero que necesitábamos
para abrir el local.
Oficialmente, soy el
gerente de ese antro. También sirvo las mesas, preparo los platos rápidos,
vacío la basura, voy a los recados, hago las camas, limpio la casa y en general
me muestro lo más útil posible. (Lo único que nunca podré hacer es eliminar el
humo de las habitaciones. Las ventanas tienen que permanecer cerradas durante
las operaciones, por razones que pronto revelaré.) El local —un típico piso de
planta baja en el sector pobre del Village— se compone de tres habitaciones
pequeñas, una de ellas cocina. Las ventanas están cubiertas de cortinas
espesas, de modo que incluso de día la luz apenas se filtra por ellas. No cabe
duda de que, si la empresa resulta un éxito, contraeremos tuberculosis. Nuestra
intención es abrir hacia el anochecer y cerrar cuando se marche el último
cliente, que será probablemente hacia el amanecer.
No va a haber forma de
escribir aquí, eso lo veo claro. Me consideraré afortunado, si encuentro tiempo
para estirar las piernas una vez al día.
Sólo nuestros amigos
más íntimos deben saber que vivimos aquí... y que estamos casados. Todo tiene
que mantenerse en secreto. Lo que significa que, si suena el timbre y resulta
que Mona ha salido, no debo responder. Debo quedarme sentado y callado en la obscuridad
hasta que la persona se haya ido. Si es posible, debo mirar a hurtadillas y ver
quién es... por si acaso. ¿Por si acaso qué? Por si acaso es un detective o un
cobrador. O uno de los andantes más recientes y, por tanto, ignorantes e
intrépidos...
Tal es el plan, dicho
brevemente. Sé de antemano que lo máximo que vamos a sacar será molestias y
preocupaciones. Por supuesto, Mona sueña con retirarse dentro de unos meses y
comprar una casa en el campo. Castillos en el aire. Sin embargo, yo estoy tan inoculado
con ellos, que estoy inmunizado. La única forma de desengañarse es seguir hasta
el final el ideal. Yo tengo otro montón de sueños, pero tengo el suficiente
sentido común como para no divulgarlos.
Es asombroso la
cantidad de amigos que tenemos, todos los cuales han prometido estar presentes
la noche de la inauguración. Algunos que antes sólo eran meros nombres para mí
—todos del séquito de Mona— han estado ayudándonos a poner las cosas en orden.
Descubro que Cedric Ross es un lechuguino con monóculo que afirma ser
biopatólogo; Roberto de Sundra, uno de los «amantes importantes», es un
estudiante chileno que tiene fama de ser fabulosamente rico; George Innes, un
artista que de vez en cuando se entrega a juergas con opio, es un esgrimista
soberbio; Jim Driscoll, a quien he visto en el ring, es un luchador con
pretensiones intelectuales; Trevelyan, un escritor inglés con pasado, vive de
los giros que le envían; Caccicacci, cuyos padres se dice que poseen una
cantera de mármol en Italia, es un payaso con gracia para contar historias
increíbles.
Y además hay que citar
a Baronyi, el que más sabe gustar de todos, que no puede hacer bastante para
que la aventura sea un éxito Agente de publicidad, es el título que se da.
Para mi gran sorpresa,
la noche antes de abrir, dos antiguos amantes aparecieron simultáneamente, sin
que ninguno conociera al otro, por supuesto. Me refiero a Carruthers y a ese
Harris que había pagado una suma espléndida por romper el himen de mi esposa.
El segundo llegó en un Rolls Royce con una corista a cada brazo Carruthers
venía también acompañado de dos chicas, ambas viejas amigas de Mona.
Naturalmente, todos mis
antiguos compinches han jurado estar presentes la noche de la inauguración,
incluido O’Mara, que acaba de regresar del Sur. También esperamos a Cromwell,
si bien es posible que sólo pueda quedarse unos minutos. En cuanto a Rothermel,
Mona está intentando convencerlo para que no acuda: charla demasiado. Me
pregunto si Sheldon aparecerá... por pura casualidad. Desde luego, uno o dos de
los millonarios se dejarán ver: el fabricante de zapatos posiblemente, o el
magnate de la madera.
¿Tendremos licor
suficiente para toda la velada?: ésa es nuestra preocupación principal.
Marjorie ha prometido dejarnos recurrir a su reserva particular... en caso de
apuro.
El acuerdo entre Mona y
yo es el siguiente: si uno de los dos se emborrachara, el otro permanecería
sobrio. Desde luego, a ninguno de los dos nos tira la bebida exageradamente,
pero aun así... el principal problema va a ser... cómo librarnos de los borrachos.
La poli va a estar pendiente de nosotros, sobre eso es inútil hacerse
ilusiones. Lo natural, en esas circunstancias, será guardar algo de dinero para
los sobornos. Pero Mona está segura de que podemos conseguir protección mejor y
más firme. Habla de los amigos de Rothermel en Jersey: jueces, políticos,
banqueros, fabricantes de municiones.
¡Ese Rothermel! Me
muero por ponerle los ojos encima...
Hay un pequeño detalle
en el nuevo establecimiento que me agrada infinitamente y es la nevera. Está
llena de comestibles, y hay que mantenerla llena pase lo que pase. No ceso de
abrir y cerrar el condenado artefacto simplemente para mirar todas las maravillosas
cosas de comer. También el pan es excelente: pan judío procedente del East
Side. Cuando me aburra, me sentaré a solas y me deleitaré con un bocado. ¿Qué
mejor que un emparedado de caviar con pan negro untado de mantequilla dulce...
a las 2 de la mañana? Con un vaso de Chablis o Riesling para hacerlo bajar,
certes. Y para remate tal vez un plato de fresas con crema agria o, si no
fresas, entonces moras o arándano o frambuesas. También veo halvah y blakava.
¡Huy, qué bien, qué bien! Y en la estantería Kirschwasser, Strega, Benedictine,
Chartreuse Verte. En cuanto al whiskey —tenemos diez marcas diferentes—, me
deja frío. La cerveza igual. La cerveza y el whiskey... eso es para los perros.
C'est-a-dtre, les clients.
Veo que también
disponemos de un excelente surtido de puros, todos marcas selectas. Para los
clientes. De vez en cuando, disfruto con un puro yo también: un habano fino,
pongamos por caso. Pero también puedo prescindir de ellos. Para disfrutar de
verdad con un puro hay que estar en paz con el mundo, de eso estoy convencido.
Sin embargo, estoy seguro de que los clientes me llenarán los bolsillos con
ellos.
No, comida y bebida no
nos van a faltar, eso es seguro. Pero, ¿ejercicio, aire fresco...? Ya empiezo a
sentir náuseas.
Lo único que nos falta,
francamente, es una caja registradora. Ya me veo corriendo todos los días al
banco con una bolsa llena de billetes y monedas...
La noche de la
inauguración fue un éxito resonante. Debimos de ganar cerca de quinientos
dólares. Por primera vez en mi vida me veía forrado de dinero: cada bolsillo,
incluidos los del chaleco, estaba abarrotado de billetes. Carruthers, que llegó
con dos nuevas chicas esa vez, debió de gastar sus buenos cien dólares
invitando a todos nuestros amigos. También aparecieron dos de los millonarios,
pero se mantuvieron aparte y se fueron temprano. Steve Romero, a quien no había
visto desde hacía siglos, se presentó con su mujer; tenía tan buen aspecto como
siempre, el toro español de pies a cabeza. Steve me contó montones de cosas de
mis amigos cosmodemónicos, la mayoría de ellos todavía en la empresa al
parecer, y todos jugando a los caballos para llegar a fin de mes. Me encantó
enterarme de que Spivak había caído en desgracia, de que lo habían trasladado a
un pueblucho de mala muerte en Dakota del Sur. Supe que Hymie se había hecho
agente de seguros; pronto iba a venir una noche, una noche tranquila en que pudiéramos
charlar a nuestras anchas, los tres. En cuanto a Costigan, el matón, el pobre
tío estaba en un sanatorio: le había sobrevenida un acceso de tisis galopante.
Hacia medianoche llegó
MacGregor, tomó unas copas y se marchó al cabo de poco. No lo impresionó en
absoluto. Dijo que no podía entender cómo un hombre de mi inteligencia podía
entusiasmarse con una ocupación tan idiota. «Demasiado vago para coger un empleo,
pero no le importa servir bebidas toda la noche... ¡Ja, ja! ¡Ja, ja!» Al
marcharse, me colocó una tarjeta en la pala. «Si te ves en un aprieto, recuerda
que soy abogado. ¡No vayas a contratar a un picapleitos lleno de promesas!»
Informamos a todos,
cuando se marchaban, de que si enviaban a amigos debían darles el santo y seña:
Fratres Semper. (Naturalmente, ninguno de ellos lo recordó.) También avisamos a
todos una vez más de que aparcaran los coches a una o dos manzanas de distancia.
La primera cosa que
descubrí con respecto al nuevo trabajo fue que era duro para los pies... y para
los ojos. El humo era insoportable: hacia medianoche mis ojos eran como dos
pavesas. Cuando por fin nos fuimos a la cama y levantamos las sábanas, el olor
a cerveza y tabaco era irresistible. Además del humo y el licor, me pareció
percibir olor a pies. No obstante, nos quedamos fritos inmediatamente. En
sueños seguía sirviendo bebidas y bocadillos, seguía dando cambio a los
clientes.
Me había propuesto
levantarme el día siguiente al mediodía, pero eran casi las cuatro, cuando nos
levantamos de la cama, más muertos que vivos. El local parecía el naufragio del
Héspero.
«Más vale que te des un
paseo y desayunes fuera», insté a Mona. «Yo me prepararé algo en cuanto haya
limpiado un poco.»
Tardé hora y media en
crear una simple apariencia de orden. Para entonces estaba demasiado agotado
como para pensar en hacerme el desayuno. Me serví un vaso de zumo de naranja,
encendí un cigarrillo, y esperé a que regresara Mona. Los clientes iban a aparecer
ya en cualquier momento. Me parecía que sólo hacía unos minutos que se había
marchado el último. Afuera ya estaba obscuro.
Las habitaciones
todavía apestaban a humo viciado y bebidas rancias.
Abrí las ventanas de
delante y de detrás, pero sólo sirvió para que me diera un ataque de tos capaz
de reventarme un pulmón. El retrete era el lugar en que refugiarme. Me llevé el
zumo de naranja, me senté en la taza, y encendí otro cigarrillo. Me sentía
agotado.
Al cabo de poco
llamaron a la puerta del retrete. Mona, por supuesto.
«¿Qué te pasa?», gritó.
Había vuelto a sentarme, con el vaso en una mano y el Cigarrillo en la otra.
«Estoy descansando»,
dije. «Además, hay demasiada corriente ahí fuera.»
«Vístete y date un buen
paseo. Yo seguiré. Aquí tienes unos strudels y una Charlotte russe. Cuando
vuelvas, te tendré preparado el desayuno.»
«¿El desayuno?»,
exclamé. «¿Sabes qué hora es? Es hora de cenar, no de desayunar. ¡La Virgen!
Estoy hecho una braga.»
«Ya te acostumbrarás.
Hace un tiempo magnífico fuera... ¡date prisa! Tan suave y fragante. Como una
segunda primavera.»
Me preparé para
marcharme. Parecía de locos salir a dar un paseo matinal justo cuando estaba
saliendo la luna.
De repente, recordé
algo. «¿Sabes una cosa? Es demasiado tarde para ir al banco.»
«¿El banco?» Me miró
con ojos inexpresivos.
«¡Sí, el banco! Ahí es
donde hay que ingresar el dinero que ganamos.»
«¡Ah, sí! Me había
olvidado completamente del dinero.»
«¡Mira que olvidarte de
eso! Es muy propio de ti.»
«Anda, date tu paseo.
Puedes ingresar el dinero mañana por la mañana... o pasado mañana. No se va a
derretir.»
Mientras paseaba, no
dejaba de manosear el dinero. Me daba fiebre. Por último, como un ladrón, me
dirigí a un lugar tranquilo donde pudiera sacarlo y contarlo. ¿Casi quinientos
dólares he dicho? ¡Tenía más de quinientos! Estaba tan exaltado, que casi volví
corriendo a enseñárselo a Mona.
Sin embargo, en lugar
de correr seguí paseando a paso lento. Por un rato me oividé de que buscaba un
lugar para desayunar. Al cabo de poco, se me ocurrió que debía de haber contado
mal. Manteniendo los ojos bien abiertos, me detuve a la sombra de una casa
abandonada y volví a sacar el dinero. Esa vez conté exactamente quinientos
cuarenta y tres dólares con sesenta y nueve centavos. Me sentí electrizado. Y
un poco asustado también, por andar por ahí en la obscuridad con una suma así
en los bolsillos. Más vale acercarse a donde hay luz, me dije. ¡Sigue en
movimiento, chaval, o alguien se te echará encima por detrás!
¡El dinero! Y hablan de
la bencedrina... Para dosis estimulante, ¡a mí que me den dinero en cualquier
momento!
Me mantuve en
movimiento. Mis pies no tocaban el suelo; rodaba sobre patines, con los ojos
avizor, y las orejas bien pegadas a los lados de la cabeza. Me sentía tan
animado, tan lleno de vigor, que podría haber contado hasta un millón y vuelta
atrás sin equivocarme en una cifra.
Poco a poco se apoderó
de mí la sensación de hambre. Un hambre canina. Me lancé al trote mientras me
dirigía a la taberna, con una mano apretada contra el bolsillo del pecho, donde
llevaba guardada la cartera. Ya me había compuesto el menú: una tortilla ligera
con salmón frío, un poco de queso de nata y jamón, unos panecillos judíos con
alpiste cubiertos de mantequilla dulce, café y nata fresca y espesa, un plato
de fresas con o sin crema agria...
En la puerta descubrí
que había olvidado la llave.
Toqué el timbre, con la
boca hecha agua al pensar en el desayuno que me esperaba. Mona tardó unos
minutos en responder. Abrió la puerta con un dedo en los labios. «¡Chsss!
Rothermel está dentro. Quiere hablar conmigo a solas. Vuelve dentro de una hora
aproximadamente.» Se largó al instante.
La hora de cenar —para
la gente normal— estaba ya muy avanzada y allí me teníais buscando un desayuno.
Desesperado fui a un quiosco y pedí huevos con jamón. Cuando me los hube
tomado, me fui paseando hasta Washington Square, me dejé caer en un banco y miré
como en sueños las palomas devorando migas de pan. Un mendigo se acercó y sin
pensar le di un billete de dólar. Estaba tan asombrado, que se quedó allí,
justo delante de mí, examinando el billete, como si fuese dinero falso.
Convencido por fin de que era auténtico, me dio las gracias efusivamente y
—como un pajarito— se fue brincando.
Maté una hora larga y
después otro rato antes de volver... para asegurarme de que no habría moros en
la costa. «Lo mejor que puedes hacer es ir a comprar algo de hielo», fueron las
primeras palabras que me recibieron. Volví a salir, en busca del hielo.
«¿Cuándo», me pregunté
a mí mismo, «va a empezar el día?»
Tuve que explorar el
barrio para encontrar al hombre que vendía el hielo. Vivía en un sótano cerca
de Abingdon Square. Era un enorme bruto polaco y arisco. Dijo que había ido dos
veces a entregar el hielo, pero nadie había respondido. Después me miró de arriba
abajo, como diciendo: «¿cómo lo va a llevar hasta su casa?» Su actitud me
reveló claramente —con la claridad del cristal, de hecho— que no tenía
intención de ayudarme a llevarlo por tercera vez.
Con quinientos y pico
pavos en el bolsillo no veía razón para no tomar un taxi, con hielo y todo...
Durante el corto
trayecto de vuelta a casa me vinieron algunos recuerdos extraños, totalmente
intrascendentes, por cierto. El caso es que tenía presente, con la mayor
claridad y viveza posible, al señor Meyer, un viejo amigo de mis padres. Estaba
parado en lo alto de la escalera esperando para saludarnos. Tenía exactamente
el mismo aspecto de cuando lo había conocido, siendo yo un niño de ocho o nueve
años. Sólo, que ahora comprendía lo que había sospechado entonces: que era la
imagen de «Gloomy Gus» de los tebeos.
Nos damos la mano,
intercambiamos saludos, y entramos. Ahora entra en escena la esposa del señor
Meyer. Sale de la cocina limpiándose las manos en el inmaculado delantal que
lleva puesto. Una mujercita frágil, limpia, callada, ordenada. Habla a mis
padres en alemán, un alemán más refinado y agradable del que estoy acostumbrado
a oír en casa. Lo que no consigo explicarme es que sea tan mayor como para ser
la madre del señor Meyer. Ahí están, cogidos del brazo, exactamente como madre
e hijo. En realidad, era la suegra del señor Meyer antes de casarse con él. Sí,
aun de niño, eso se me había quedado grabado. Katie, su hija, había sido una
joven muy bella. El señor Meyer se había enamorado de la hija y se había casado
con ella. Un año después Katie murió, silenciosa y rápidamente. El señor Meyer
no consiguió superarlo. Pero un año después se casó con la madre de su esposa.
Y por las apariencias se llevaban de maravilla Dicho brevemente, ésa era la
situación. Pero había otra cosa relacionada con ese recuerdo que me conmovía
más profundamente. ¿Por qué sería que siempre que visitábamos a los Meyer
estaba convencido de que en cierta ocasión en su salón había estado sentado en
una silla alta recitando versos alemanes, mientras por encima de mí cantaba un
ruiseñor en una jaula junto a la ventana? Mi madre siempre insistía en que eso
era imposible. «¡Tiene que haber sido en otro sitio, Henry!» Y, sin embargo,
siempre que visitábamos a los Meyer yo me dirigía instintivamente hacia un
punto determinado del salón, donde en otro tiempo había estado colgada la jaula
del pájaro, e intentaba reconstruir la escena original. Aun hoy, con sólo que
cierre los ojos y me concentre, puedo revivir ese momento inolvidable.
Sin embargo, como dice
Strindberg en su Infierno: «No hay nada que deteste tanto como cabeza de vaca
con mantequilla negra.» La señora Meyer siempre servía chivirías, sobre todo
con mantequilla. Siempre que pruebo una ahora, recuerdo al señor Meyer sentado
frente a mí a la cabecera de la mesa, con el rostro contraído en un gesto
resignado y melancólico. Mi madre solía decir de él que era un hombre tan
bueno, tan tranquilo, atento y considerado. Para mí siempre olía a tumba. Ni
una sola vez lo vi sonreír. Sus ojos castaños siempre estaban nadando en una
grasa dolorosa. Pasaba el día sentado y sin hacer nada, inmóvil e inexpresivo y
con las manos entrelazadas sobre las rodillas. Cuando hablaba, era como si su
voz llegara de muy lejos, desde las profundas entrañas de la tierra. Debía de
haber sido así hasta cuando estaba enamorado de Katie, la hija de su esposa.
¡Ah! Pero, ¡la verdad
es que era un hombre extraño! A pesar de lo pacífica y serena que su vida
doméstica parecía ser, un día aquel hombre melancólico fue y desapareció. No
volvió a saberse nada de él. No dejó ni rastro tras sí. Naturalmente, todo el
mundo pensó que se había suicidado. Yo, no. Pensé entonces, igual que ahora,
que simplemente quería estar solo con su pena. Lo único que se había llevado
consigo había sido la foto de su Katie, que solía estar colocada sobre el
aparador. Ni un traje... ni un pañuelo siquiera.
Extraño recuerdo.
Seguido inmediatamente de otro, igualmente barroco. Ahora se trata de la
hermana de mi padre, la que se casó con mi tío Dave. La tía Millie está tumbada
en un sofá en el centro de la habitación, el salón. Yo estoy sentado en el
taburete del piano, a un paso o dos de ella, con un gran rollo de música en las
rodillas. (Mi madre me ha enviado a Nueva York a tocar para mi tía Millie, que
está muriendo de cáncer.) Como todas las hermanas de mi padre, tía Millie tiene
un carácter suave y agradable. Le pregunto qué le gustaría que tocara para
ella. Dice: «Cualquier cosa». Cojo una hoja de música —The Oran ge Blossom
Waltz— y la toco para ella. Cuando me vuelvo, me está mirando con sonrisa
beatífica. «Ha sido precioso, Henry», dice. «¿Quieres tocar otra?» Cojo The
Midnight Tire Alarm y la interpreto a la carrera. De nuevo la misma cálida
mirada de agradecimiento, la misma petición de que continúe. Interpreto todo mi
repertorio: The Chariot Race, Poet and Peasant, The Burning of Rome, etc. ¡Qué
tonterías para interpretar a alguien que está muriendo de cáncer! Pero la tía
Millie está extasiada. Piensa que soy un genio. «Algún día llegarás a ser un
gran músico», susurra, cuando me marcho.
En ese momento es en el
que el taxi se detiene y descargo el hielo. ¡El genio! («II est l’affection et
l’avenir/»). Las ocho de la tarde y el genio está a punto de iniciar la jornada
de trabajo... sirviendo bebidas y bocadillos. De buen humor, sin embargo, No sé
por qué, el recuerdo de esos extraños incidentes del querido pasado me hace
pensar que todavía soy un escritor. Puede que no tenga tiempo para ponerlos por
escrito ahora, pero algún día lo haré.
(Ahora han pasado más
de veinte años. El «genio» nunca olvida. «II est l’amour et l’éternité.»)
Me veo obligado a.
hacer dos viajes por las habitaciones con un bloque de hielo al hombro. A los
clientes —hay ocho o diez presentes— les parece divertido. Uno de ellos se
ofrece a ayudarme. Es Baronyi, el agente publicitario. Dice que tiene que
charlar largo y tendido conmigo un día. Me invita a un trago para cerrar el
trato. Nos quedamos ahí, en la cocina, charlando, yo con los ojos clavados en
un punto justo por encima de su cabeza en que he colgado una foto de mi hija,
con la cabeza adornada por un gorrito ribeteado de piel. Baronyi sigue
parloteando. Yo muevo la cabeza y le ofrezco una sonrisa de vez en cuando. Me
pregunto qué estará haciendo mi hija. ¿La habrán acostado ya? Y Maude, todavía
practicando como una loca, supongo. Liszt, siempre Liszt, para hacer entrar en
calor los dedos... Alguien pide un bocadillo de pastrami con pan de centeno.
Inmediatamente Baronyi se lanza hacia la nevera y saca el pastrami. Después
corta el pan. Yo sigo clavado en el sitio.
Desde muy lejos le oigo
decirme que le gustaría jugar una partida de ajedrez conmigo una noche. Asiento
con la cabeza y distraído me hago un bocadillo que me pongo a comer entre
sorbos de Dubonnet.
Ahora Mona asoma la
cabeza. Quiere decirme que a George Innes le gustaría hablarme... cuando tenga
un minuto libre. Está sentado en la alcoba con su amigo Roberto, el chileno.
«¿Qué quiere?»,
pregunto. «¿Por qué quiere todo el mundo hablar conmigo?»
«Porque eres escritor,
supongo.» (¡Qué respuesta!)
En un rincón, cerca de
la ventana que da a la calle, Trevelyan y Caccicacci. Están discutiendo con
furia. Trevelyan tiene facciones de buitre. El otro es como un payaso sacado de
una ópera italiana. Una pareja extraña para andar bebiendo juntos.
En otro rincón están
sentados Manuel Siegfried y Cedric Ross, dos amantes abandonados. Se miran
mutuamente con tristeza. Ahora llega Marjorie toda animada y con los brazos
cargados de paquetes. Inmediatamente el ambiente se aviva. Unos minutos
después, como trenes entrando en la estación, llega Ned, después O’Mara, luego
el propio Ulric. El espíritu del antiguo club, ¡vamos! Fratres Semper!
Ahora ya todos conocen
a sus vecinos. Todos hablando a la vez. ¡Y bebiendo! Esa es mi misión, procurar
que a nadie le falte de beber. De vez en cuando me siento a charlar un poco con
alguno. Pero lo que más me gusta es servir a los clientes, correr de acá para
allá, encenderles los puros, preparar platos rápidos, descorchar las botellas,
vaciar los ceniceros, pasar el tiempo con ellos y cosas así. La actividad
constante me permite disfrutar con mis pensamientos particulares. Parece que
debo escribir otro libro enorme en la cabeza. Estudio cejas, la curva de un
labio, gestos, entonaciones. Es como si estuviera ensayando una obra de teatro
y los clientes improvisasen. Al captar una breve frase camino de la cocina, la
completo hasta convertirla en una oración larga, un párrafo, una página. Si
alguien hace una pregunta a su vecino, yo la respondo por él... en mi cabeza.
Efectos graciosos. Realmente estimulantes. De vez en cuando me tomo una copita
u otro bocadillo en secreto.
La cocina es mi reino.
Ahí sueño con pasajes enteros de destino y causalidad.
«Bueno, Henry», dice
Ulric, arrinconándome junto a la pila, «¿cómo va? ¡Por vuestro éxito!» Alza el
vaso y lo bebe. «¡Buena bebida! Después tienes que darme la dirección de
vuestro proveedor.» Tomamos una copita juntos, mientras preparo dos pedidos.
«¡Caray!», dice. «La verdad es que es gracioso verte con ese cuchillo en la
mano.»
«No es una mala forma
de pasar el tiempo», observo. «Me da oportunidad de pensar en lo que escribiré
algún día.»
«¿No hablarás en
serio?»
«¡Ya lo creo que sí! No
soy yo el que está preparando bocadillos: es otra persona. Esto es como estar
sonámbulo... ¿Qué tal te iría un buen trozo de salami? Puedes coger el judío o
el italiano. Oye, prueba estas aceitunas: aceitunas griegas, ¡tú fíjate! Mira,
si sólo fuera un barman, me sentiría desgraciado.»
«Henry», dice Ulric,
«tú no puedes sentirte desgraciado, hagas lo que hagas. Siempre te parecerá
interesante la vida, aunque estés en las últimas. Mira, tú eres como esos
montañeros que, cuando caen en una grieta profunda, ven las estrellas
centelleando por encima de sus cabezas... en pleno día. Tú ves estrellas donde
otros ven sólo verrugas o granos.»
Me lanzó una de esas
sonrisas inteligentes y tiernas, y después puso cara seria de repente. «He
pensado que debía decirte una cosa», comenzó. «Es sobre Ned. No sé si te lo ha
dicho, pero hace poco que ha perdido el trabajo. La bebida. No le sienta bien. Te
lo digo para que lo vigiles. Te aprecia mucho, como sabes, y probablemente
vendrá aquí a menudo. Intenta sujetarlo, ¿quieres? El alcohol es un veneno para
él...»
«Por cierto», continuó,
«¿crees que podría traer mi juego de ajedrez una noche? Quiero decir, cuando se
hayan calmado un poco las cosas. Habrá noches en que no aparezca nadie. Tú
llámame. A propósito, he estado leyendo aquel libro que me dejaste: sobre la
historia del juego. Un libro asombroso. Tenemos que ir un día al Museo y echar
una mirada a esos tableros medievales de ajedrez, ¿eh?»
«Desde luego», dije,
«¡si alguna vez conseguimos levantarnos antes del mediodía!»
Uno tras otro mis
amigos iban entrando en la cocina a charlar conmigo. Muchas veces servían a los
clientes por mí. A veces los propios clientes iban a la cocina a pedir una
copa, o simplemente a sentarse a ver qué pasaba.
Naturalmente, O’Mara
hizo suya la cocina. Hablaba sin cesar de sus aventuras en el soleado Sur.
Pensaba que podría ser buena idea que volviéramos allí, los tres, y empezásemos
de nuevo. «Lástima que no tengáis una cama de sobra aquí.» Se rascó la cabeza pensativo.
«Tal vez podríamos juntar dos mesas y extender un colchón sobre ellas, ¿no?»
«Quizá más adelante.»
«Claro, claro», dijo
O’Mara. «Cuando sea. Era una simple idea. En fin, me alegro de volver a verte.
Te gustará el Sur. Aire puro, entre otras cosas... ¡Esto es una chabola! ¡Qué
diferencia con aquel otro sitio! Por cierto, ¿sigues viendo a aquel loco?...
¿Cómo se llama?»
«¿Te refieres a
Sheldon?»
«Sí, hombre, Sheldon,
ése es. ¡Espera y verás cómo aparece de repente! ¿Sabes lo que harían con un
pelmazo como ése allí, en el Sur? Lo cogerían por el fondillo de los pantalones
y lo pondrían al otro lado de la frontera... o bien lo lincharían.
«Por cierto», continuó,
cogiéndome de la manga, «¿quién es esa chavala del rincón? Pídele que venga
aquí, ¿quieres? Hace dos semanas que no he echado un buen polvo. No será judía,
¿verdad? No es que me importe... sólo, que se te pegan demasiado. Ya sabes.»
Lanzó una risita indecente y se sirvió un coñac.
«Henry, un día tendré
que hablarte de las chavalas con las que salí allí, en el Sur. Era como un
pasaje de la Historia de la moral europea. Una de ellas, con una gran casa
colonial y un séquito de lacayos, estaba decidida a engancharme para toda la
vida. Casi me dejé: era muy bonita. Eso era en Petersburg. En Chattanooga
conocí a una ninfómana. Casi me dejó seco. Todas son un poco raras, te lo
aseguro. Lo que cuenta Faulkner de ellas es la pura verdad, no se puede negar.
Están llenas de muerte, o algo así. Lo peor de todo es que te echan a perder.
Me mimaron una cosa mala. Por eso he vuelto. Tengo que hacer algo. Pero es que,
Dios mío, ¡Nueva York parece un depósito de cadáveres! La gente debe de estar
loca para quedarse aquí toda su vida...»
La chica del rincón, a
la que habia estado observando sin parar, le hizo una señal. «Discúlpame,
Henry», dijo, «ya está en el bote», y se largó corriendo.
Cuando Arthur Raymond
empezó a venir regularmente, fue cuando la situación adquirió un cariz
dramático. Solían acompañarlo su íntimo amigo, Spud Jason, y Alameda, la amante
de éste. A Arthur Raymond nada le gustaba tanto como discutir y regañar, y, a
ser posible, consumar las sesiones en el suelo, con llaves de pies y de manos.
Nada le daba tanto placer como retorcer el brazo a alguien o dislocárselo. Su
ídolo era Jim Driscoll, que posteriormente se había hecho profesional. Tal vez
lo adorara tanto porque en tiempos Jim Driscoll había estudiado para organista.
Como digo, Arthur
Raymond siempre estaba deseoso de camorra. Si no conseguía arrastrar a los
demás a una discusión, la tomaba con su compañero Spud Jason. Este era un
completo bohemio, pintor de considerable talento, que iba a echarse a perder.
Siempre estaba dispuesto a dejar el trabajo con la menor excusa. Su casa era
una pocilga en que él y la cascarrabias de Alameda se revolcaban. Podías llamar
a su puerta a cualquier hora del día o de la noche. Era un cocinero excelente,
siempre de buen humor, dispuesto a aceptar cualquier sugerencia o propuesta,
por fantástica que fuera. Además, siempre llevaba algo de dinero encima que
prestaba generosamente.
A Mona no le hacía
ninguna gracia Spud Jason. Y detestaba a esa «tía puta española», como llamaba
a Alameda. No obstante, cuando venían, solían traer a tres o cuatro clientes
más. Algunas personas solían marcharse cuando llegaba aquella cuadrilla: Tony Maurer,
por ejemplo, Manuel Siegfried y Cedric Ross. En cambio, Caccicacci y Trevelyan
siempre los recibían con los brazos abiertos. Para ellos significaba bebidas
gratis y algo de comida. Además, les gustaba discutir y regañar. Los encantaba.
Caccicacci, que se
hacía pasar por florentino, a pesar de que no había visto Italia desde los dos
años de edad, podía contar anécdotas maravillosas sobre los grandes
florentinos... todas puras invenciones, desde luego. Algunas de aquellas
anécdotas las repetía, con cambios y elaboraciones, cuya extensión dependía de
la indulgencia de sus oyentes.
Una de esas
«invenciones» se refería a un robot del siglo XII, creación de un sabio
medieval cuyo nombre no recordaba. Originalmente, Caccicacci se contentaba con
describir esa rareza mecánica (que, según insistía, era hermafrodita) como una
especie de trabajador infatigable capaz de realizar toda clase de tareas
serviles, algunas de ellas bastante graciosas. Pero, a medida que seguía
embelleciendo el relato, el robot —al que siempre llamaba Picodiribibi— llegaba
a adquirir gradualmente capacidades y propensiones que eran asombrosas, por no
decir otra cosa. Por ejemplo, después de haberle enseñado a imitar la voz
humana, el amo de Picodiribibi instruyó a su servidor mecánico en ciertas artes
y ciencias que eran útiles para el amo: a saber, recordar de memoria pesos y
medidas, teoremas y logaritmos, ciertos cálculos astronómicos, los nombres y
posiciones de las constelaciones de cualquier temporada correspondiente a los
setecientos años anteriores. También lo instruyó en el uso del serrucho, el
martillo y el escoplo, el compás, la espada y la pica, así como ciertos
instrumentos musicales primitivos. En consecuencia, Picodiribibi era no sólo
una especie de femme de ménade, oficial de orden, amanuense y compendio de
información útil, sino también un espíritu sedante que podía arrullar a su amo
hasta adormecerlo con extrañas melodías al modo dórico. Sin embargo, como el
loro en la jaula, Picodiribibi se aficionó sin límites al habla. A veces a su
amo le costaba trabajo reprimir esa inclinación. Al robot, que había aprendido
a recitar largos poemas en latín, griego, hebreo y otras lenguas, se le metía a
veces en la cabeza recitar todo su repertorio sin detenerse a tomar aliento y,
por supuesto, sin consideración para con la paz mental de su amo. Y, como la
fatiga carecía totalmente de sentido para él, en ocasiones se ponía a divagar
de ese modo absurdo e impecable, soltando el rollo de los pesos y las medidas,
las tablas logarítmicas, los datos y figuras astronómicos, y demás, hasta que
su amo, fuera de sí de rabia e irritación, escapaba de la casa. Otras
excentricidades curiosas se manifestaron con el tiempo. Picodiribibi, experto
en el arte de la autodefensa, entablaba combate con los invitados de su amo
ante la menor provocación, y los derribaba como bolos, los magullaba y apaleaba
sin piedad. Casi tan embarazosa era la costumbre que había contraído de
inmiscuirse en una discusión y derrotar a los grandes sabios eruditos, que
habían acudido a sentarse a los pies de su amo, planteando cuestiones
complicadas, en forma de adivinanzas, que, por supuesto, carecían de respuesta.
Poco a poco, el amo de
Picodiribibi llegó a estar celoso de su propia creación. Cosa bastante curiosa,
lo que lo enfurecía más que nada era la energía inagotable del robot. La
capacidad de éste para funcionar las veinticuatro horas del día, su don de la perfección,
a pesar de ser absurdo, la facilidad y rapidez con que pasaba de una habilidad
a otra, esas cualidades o aptitudes pronto convirtieron «el idiota», como ahora
empezó a llamar a su invención, en una amenaza y una burla. Ya apenas había
nada que «el idiota» no pudiera hacer mejor que el propio amo. Quedaban algunas
facultades que el monstruo nunca poseería, pero de esas funciones animales el
propio amo no estaba particularmente orgulloso. Era evidente que, si deseaba
recobrar su paz mental, sólo quedaba un remedio: ¡destruir su preciosa
creación! Sin embargo, era reacio a hacerlo. Había tardado veinte años en
fabricar el monstruo y hacerle funcionar. En todo el mundo no había nada que
igualara al maldito idiota. Además, ya no recordaba mediante qué procesos
intrincados, complicados y misteriosos habían dado fruto sus trabajos.
Picodiribibi emulaba en todos los sentidos al ser humano cuyo simulacro era.
Cierto, nunca iba a poder reproducir su propia especie, pero, igual que las
rarezas y anomalías engendradas por la especie humana, indudablemente
permanecía en el recuerdo del hombre como imagen inquietante y obsesiva.
El gran sabio había
llegado a encontrarse en tal aprieto, que casi perdió la razón. Incapaz de
destruir su invento, se devanaba los sesos para determinar cómo y dónde podría
secuestrarlo. Por un tiempo pensó en enterrarlo en el jardín, en un cofre de
hierro. Incluso abrigó la idea de encerrarlo en un monasterio. Pero el miedo,
el miedo a perderlo, el miedo a que se deteriorara, lo paralizaba. Estaba
resultando cada vez más claro que, puesto que había dado el ser a Picodiribibi,
iba a tener que vivir con él para siempre. Se vio reflexionando sobre cómo
podrían ser enterrados juntos, y en secreto, cuando llegara el momento.
¡Extraña idea! La idea de llevarse consigo a la tumba a una criatura que no
estaba viva y, aun así, estaba más viva que él mismo en muchos sentidos, lo
aterrorizaba. Estaba convencido de que, hasta en el otro mundo, ese prodigio
que había creado lo atormentaría, posiblemente usurparía sus propios
privilegios celestiales. Empezó a comprender que, al asumir los poderes del
Creador, se había privado a sí mismo de la dicha que la muerte confiere hasta
al creyente más humilde. Se vio a sí mismo como una sombra revoloteando para
siempre entre dos mundos... y su creación persiguiéndolo. Como siempre había
sido devoto, entonces se puso a rezar por extenso y con fervor para verse
liberado. De rodillas suplicó al Señor que intercediera, que levantase de sus
hombros el pavoroso peso de la responsabilidad que había contraído
irreflexiblemente. Pero el Todopoderoso no hizo caso de sus súplicas.
Humillado, y presa de
la más absoluta desesperación, al final se vio obligado a recurrir al Papa. A
pie hizo el viaje con su extraño compañero: de Florencia a Avignon. Para cuando
llegó, había atraído a una auténtica horda tras sí. Sólo por milagro se había
librado de ser lapidado, pues para entonces toda Europa sabía que el diablo en
persona iba a pedir audiencia a Su Santidad. Sin embargo, el Papa, que era a su
vez un sabio y dominaba las ciencias ocultas, se había esforzado por proteger a
aquel curioso peregrino y su creación. Se rumoreó que Su Santidad tenía
intención de adoptar al monstruo, aunque sólo fuera por la simple razón de
convertirlo en un cristiano digno. Acompañado sólo de su cardenal favorito, el
Papa recibió al paciente sabio y su misterioso pupilo en la intimidad de su
cámara. Lo que sucediera en las cuatro horas y media que transcurrieron es algo
que nadie sabe. El resultado, si es que puede llamarse así, fue que el día
siguiente el sabio pereció de muerte violenta. El día siguiente su cuerpo fue
quemado en público y las cenizas esparcidas sous le pont d’Avignon.
Al llegar a ese punto
de su relato Caccicacci hizo una pausa, en espera de la inevitable pregunta:
«¿Y qué fue de Picodiribibi?» Caccicacci lanzó una sonrisa misteriosa y
provocativa, alzó suplicante su vaso vacío, tosió, se aclaró la garganta y,
antes de continuar, preguntó si podía tomar otro bocadillo.
«¡Picodiribibi! ¡Ah,
vaya pregunta que me hacéis! ¿Habéis leído alguno de vosotros a Occam... o los
Documentos privados de San Alberto Magno?»
No hace falta decir que
nadie los había leído.
«De vez en cuando»,
continuó, pues la pregunta era puramente retórica, «se oye hablar de un
monstruo marino que aparece frente a la costa del Labrador o en algún lugar
exótico. ¿Qué diríais, si mañana se informara de que se había avistado a un
extraño monstruo humano vagando por Sherwood Forest? Mirad, Picodiribibi no fue
el primero de su estirpe. Hasta en tiempos de los egipcios circulaban leyendas
que atestiguaban la existencia de androides como Picodiribibi. En los grandes
museos de Europa hay documentos que describen con detalle diferentes androides
o robots, como ahora los llamamos, fabricados por los magos de la antigüedad.
Sin embargo, en ningún sitio existe testimonio de la destrucción de esos
monstruos fabricados por el hombre. En realidad, todas las fuentes de que
disponemos sobre el tema conducen a la sorprendente conclusión de que esos
monstruos consiguieron escapar siempre de las manos de sus amos...»
En ese momento
Caccicacci volvió a hacer una pausa y miró a su alrededor inquisitivamente.
«No digo que sea así»,
prosiguió, «pero existen testimonios respetables que apoyan la opinión de que
esas criaturas satánicas continúan su existencia antinatural en algún lugar
remoto e inaccesible. En realidad, es muy probable que actualmente hayan establecido
una auténtica colonia. ¿Por qué no? No tienen edad, son inmunes a la
enfermedad... e ignoran la muerte. Como aquel sabio que desafió a Alejandro el
Grande, pueden perfectamente jactarse de ser indestructibles. Algunos eruditos
sostienen que en la actualidad esos vestigios perdidos e imperecederos
probablemente hayan creado su propio medio de comunicación... más aún, que
hayan aprendido a reproducirse, mecánicamente, por supuesto. Sostienen que si
el ser humano evolucionó a partir del animal, ¿por qué no podrían hacer igual
esas criaturas prefabricadas... y en menos tiempo? El hombre es tan misterioso
a su modo como Dios. Así es también el mundo de las criaturas. Y también el
mundo inanimado, a poco que reflexionemos. Si esos androides tuvieron la sabiduría
y el ingenio para escapar de sus vigilantes amos, de su horrible condición de
servidumbre, ¿es que no podrían tener la capacidad para protegerse
indefinidamente, para volverse sociables con los de su especie, crecer y
multiplicarse? ¿Quién puede decir con certeza que no exista en algún punto de
este globo un pueblo fabuloso —¡tal vez una ciudad luminosa!— poblado
enteramente por esos especímenes sin alma, muchos de ellos más antiguos que la
más alta secoya?
«Pero estoy olvidando a
Picodiribibi... El día que su amo llegó a su violento fin desapareció. Por toda
la tierra fueron en su persecución, pero en vano. Ni rastro de él se encontró
nunca. De vez en cuando se tenía noticia de muertes misteriosas, de accidentes
y desastres inexplicables, todos atribuidos al desaparecido Picodiribibi.
Muchos sabios fueron procesados, algunos llevados a la hoguera, porque se
pensaba que habían dado refugio al monstruo. Incluso se rumoreó que el Papa
había ordenado fabricar una «réplica» de Picodiribibi, y que había usado al
espurio para fines poco claros. Todo rumores y conjeturas, desde luego. Aun
así, no hay duda de que, ocultas en los archivos del Vaticano, hay
descripciones de otros robots más o menos coetáneos; sin embargo, a ninguno de
ellos se le atribuye la posesión de nada aproximado a la gama de Picodiribibi.
Desde luego, en la actualidad tenemos toda clase de robots, uno de los cuales,
como sabéis, recibe su primer aliento de vida, por decirlo así, del resplandor de
una estrella lejana. Si hubiera sido posible hacer eso a comienzos de la Edad
Media, pensad, intentad pensar, en el estrago que habría producido. El inventor
se habría visto acusado de emplear magia negra. Lo habrían quemado en la
hoguera, ¿verdad? Pero podría haber producido otro resultado, otra
consecuencia, deslumbrante y siniestra al mismo tiempo. En lugar de máquinas,
tal vez estaríamos usando ahora esos lacayos accionados por .las estrellas.
Quizás harían todo el trabajo del mundo esos esclavos expertos y deseosos de
trabajar...»
Al llegar a ese punto
Caccicacci se interrumpió bruscamente, sonrió como perplejo, y después soltó
esto de pronto: «¿Y quién se alzaría para emanciparlos? Os reís. Pero, ¿es que
no consideráis la máquina como nuestra esclava? ¿Y acaso no sufrimos de forma
tan indudable a causa de esa falsa relación como los magos de la antigüedad con
sus androides? Tras nuestro deseo profundamente arraigado de escapar a la
fatiga del trabajo late el anhelo del Paraíso. Para el hombre de hoy el Paraíso
significa no sólo la liberación del pecado, sino también del trabajo, pues el
trabajo ha llegado a ser odioso y degradante. Cuando el hombre comió del Arbol
de la Ciencia, optó por encontrar un atajo que le condujera a la Divinidad.
Intentó robar al Creador el secreto divino, que para él significaba poder.
¿Cuál ha sido el resultado? Pecado, enfermedad, muerte. Guerra eterna,
inquietud eterna. Lo poco que sabemos lo usamos para nuestra destrucción. No
sabemos escapar a la tiranía de los monstruos útiles que hemos creado. Nos engañamos
a nosotros mismos con la creencia de que, gracias a ellos, un día gozaremos del
ocio y la dicha, pero, a decir verdad, lo único que conseguimos es crear más
trabajo para nosotros, más congoja, más enemistad, más enfermedad, más muerte.
Mediante nuestras ingeniosas invenciones y descubrimientos estamos alterando
poco a poco la faz de la tierra... hasta que llegue a ser irreconocible de
fealdad. Hasta que la propia vida llegue a ser insoportable... Ese pequeño rayo
de luz procedente de una estrella remota... os pregunto, si ese imperecedero
rayo de luz podía afectar así a un ser no humano, ¿por qué no ha de poder
afectarnos igual a nosotros? Con todas las estrellas de los cielos prodigando
sus poderes de irradiación sobre nosotros, con la ayuda del sol, la luna y los
planetas, ¿cómo es que seguimos en la obscuridad y la frustración? ¿Por qué nos
agotamos tan de prisa, cuando lo» elementos de que estamos compuestos son
indestructibles? ¿Qué es lo que se agota? No aquello de lo que estamos hechos,
eso es seguro. Nos marchitamos y desaparecemos, perecemos, porque el deseo de
vivir se extingue. ¿Y por qué se apaga esa llama, la más potente? Por falta de
fe. Desde el momento en que nacemos se nos dice que somos mortales. Desde el
momento en que podemos entender las palabras, se nos enseña que debemos matar
para sobrevivir. A tiempo y a destiempo se nos recuerda que, por inteligente,
razonable o juiciosamente que vivamos, enfermaremos y moriremos. Se nos inocula
la idea de la muerte casi desde el nacimiento. ¿Qué tiene de extraño que
muramos?»
Caccicacci respiró
profundamente. Había algo que estaba esforzándose por comunicar, algo que
superaba las palabras, podríamos decir. Era evidente que se estaba dejando
llevar por su relato. Tenías la sensación de que estaba intentando convencerse
a sí mismo de algo. La impresión que yo tenía era la de que había contado esa
historia una y mil veces, para llegar a una conclusión más allá de los límites
de su comprensión. Tal vez supiera, en lo más profundo de sí. que el relato
tenía un significado que se le escapaba sólo porque carecía del valor para
continuarlo hasta el final. Un hombre puede ser un cuentista, un fabulador, un
rematado mentiroso, pero incrustado en toda ficción y falsedad hay un núcleo de
verdad. El inventor de Picodiribibi era también un cuentista, a su modo. Había
creado una fábula o leyenda mecánicamente, en lugar de verbalmente. Había
engañado a nuestros sentidos tanto como cualquier cuentista. Sin embargo...
«A veces», dijo
Caccicacci, ahora solemnemente y con toda la sinceridad de que era capaz,
«estoy convencido de que no hay esperanza para la humanidad, a no ser que
rompamos completamente con el pasado. Quiero decir, a no ser que empecemos a
pensar y a vivir de forma diferente. Sé que parece trivial... se ha dicho miles
de veces y nada ha ocurrido. Mirad, sigo pensando en los grandes soles que nos
rodean, en esos vastos cuerpos solares de los cielos de los que nadie sabe
nada, excepto que existen. Se admite que de uno de ellos recibimos nuestra
subsistencia. Algunos incluyen la luna como factor vital en nuestra existencia
terrestre. Otros hablan de la influencia benéfica o maléfica de los planetas.
Pero, si os paráis a pensar, todo —¡y cuando digo todo, me refiero a todo!— ya
sea visible o invisible, conocido o desconocido, es vital para nuestra
existencia. Vivimos en medio de una red de fuerzas magnéticas que, en una
variedad de formas incalculables e indescriptibles, están funcionando
incesantemente. Nosotros no hemos creado ninguna de ellas. Unas pocas hemos
aprendido a aprovecharlas, a explotarlas, por decirlo así. Y nos enorgullecemos
de nuestros insignificantes logros. Pero incluso el más audaz, el más orgulloso
de nuestros magos más recientes no puede dejar de reconocer que lo que sabemos
es infinitesimal en comparación con lo que no sabemos. ¡Os ruego que os
detengáis un momento a reflexionar! ¿Cree sinceramente alguno de los presentes
que algún día lo sabremos todo? Voy a ir más lejos... Pregunto con toda
sinceridad: ¿creéis que nuestra salvación depende de saber? Suponiendo por un
momento que el cerebro humano sea capaz de almacenar en sus misteriosas fibras
la suma total de los procesos secretos que rigen el universo, entonces, ¿qué?
Sí, entonces, ¿qué? ¿Qué haríamos nosotros, los humanos, con ese saber
inconcebible? ¿Qué podríamos hacer? ¿Os habéis hecho alguna vez esta pregunta?
Todo el mundo parece dar por sentado que la acumulación de saber es buena cosa.
Nadie dice nunca: ‘¿Y qué voy a hacer con él, cuando lo tenga?’ Nadie se atreve
ya a creer que, en el transcurso de una breve vida, sea posible adquirir ni
siquiera una fracción de la suma de todo el saber humano existente...»
Otra interrupción para
tomar aliento. Esa vez todos estábamos preparados con la botella. Caccicacci
hacía esfuerzos. Se había perdido. No era el saber, o su carencia, lo que lo
preocupaba tan desesperadamente. Yo era consciente del esfuerzo silencioso que
estaba haciendo para volver sobre sus pasos; lo sentía forcejear en su esfuerzo
por regresar a la línea principal.
«¡Fe! Hace un momento
he hablado de la fe. La hemos perdido. Completamente. La fe en cualquier cosa,
quiero decir. Y, sin embargo, la fe es la única cosa por la que vive el hombre.
No el saber, que todo el mundo reconoce es inagotable y al final fútil o destructivo.
Sino la fe. También la fe es inagotable. Siempre lo ha sido, siempre lo será.
La fe es la que inspira las hazañas, la fe es la que salva los obstáculos...
mueve montañas literalmente, como dice la Biblia. ¿Fe en qué? Simplemente la
fe. La fe en todo, si queréis. Tal vez una palabra mejor sería aceptación. Pero
la aceptación es todavía más difícil de entender que la fe. En cuanto
pronuncias la palabra, salta un inquisidor: '¿El mal también?’ Y si dices que
sí, entonces el camino queda cortado. Se ríen de ti hasta avergonzarte, te
esquivan como un leproso. Como veis, el bien puede impugnarse, pero el mal —y
ésa es la paradoja—, el mal, a pesar de que luchamos constantemente para
eliminarlo, siempre se da por sentado. Nadie duda de la existencia del mal, a
pesar de que sólo es un término abstracto para referirse a lo que
constantemente cambia de carácter y que, en un análisis más detenido, muchas
veces resulta ser bueno. Nadie aceptará el mal por su valor aparente. Es, y no
es. La mente se niega a aceptar el mal incondicionalmente. En realidad, parece
como si existiera sólo para convertirse en su opuesto. Naturalmente, la forma
más simple y fácil de hacerlo es aceptarlo. Pero, ¿quién es suficientemente
juicioso como para adoptar esa vía?
«Vuelvo a pensar en
Picodiribibi. ¿Había algo ‘malo’ en su apariencia o existencia? Y, sin embargo,
el mundo en que se encontró sentía temor de él. Se lo consideraba una violación
de la naturaleza. Pero, ¿acaso no es el propio hombre una violación de la naturaleza?
Si pudiéramos inventar otro Picodiribibi, u otro todavía más maravilloso en su
funcionamiento, ¿no nos quedaríamos extasiados? Pero, ¿y si en lugar de un
robot más maravilloso, nos encontráramos ante un ser humano auténtico cuyos
atributos fueran tan incomparablemente superiores a los nuestros, que se
pareciese a un dios? Desde luego, se trata de una pregunta hipotética, y, sin
embargo, ha habido, y siempre habrá, individuos que sostienen, y persisten en
sostener a pesar de la razón y el ridículo, que han tenido testimonio de la
existencia de semejantes seres. Todos podemos citar nombres a propósito. Por mi
parte, yo prefiero pensar en un ser mítico, alguien de quien nadie haya oído
hablar, ni haya visto, ni vaya a conocer en su vida. En resumen, alguien que
podría existir y satisfacer los requisitos de que hablo...»
Al llegar a este punto
Caccicacci divagó. Se vio obligado a confesar que no sabía qué lo había
impulsado a hacer semejante afirmación, ni hacia dónde se encaminaba. No cesaba
de rascarse la nuca ni de murmurar una y otra vez: «Es extraño, es extraño, pero
creía que tenía otra idea.»
De repente, la cara se
le iluminó de alegría. «Ah, sí, ahora ya sé lo que era. Ya lo tengo.
Escuchad... Supongamos que ese ser, universalmente reconocido como superior a
nosotros en todos los sentidos, decidiera dirigirse al mundo de este modo:
«¡Deteneos donde estáis, oh, hombres y prestad atención.» Supongamos que en
todos los puntos de este globo los miles de millones que componen la humanidad
interrumpieran efectivamente lo que estuviesen haciendo y escucharan. Aun
cuando ese ser semejante a un dios no dijera nada más que lo que acabo de poner
en sus labios, ¿qué efecto suponéis que causaría? ¿Se ha parado alguna vez el
mundo entero a escuchar al unísono palabras sabias? ¡Imaginad, si podéis, un
silencio drástico y total, todos los oídos aguzados para captar las palabras
fatales! ¿Sería necesario pronunciar las palabras? ¿No podéis imaginar que cada
cual, en el silencio de su corazón, proporcionaría por sí solo la respuesta?
Sólo hay una respuesta que la humanidad anhela dar... y se puede expresar con
una palabra corta: Amor Esa corta palabra, esa poderosa idea, ese acto
perpetuo, positivo, inequívoco, eternamente efectivo... si se quedara grabada,
si se apoderase de toda la humanidad, ¿es que no transformaría el mundo
instantáneamente? ¿Quién podría resistirse, si el amor estuviese a la orden del
día? ¿Quién iba a desear poder o saber... si se bañara en la gloria perpetua
del amor?
«Como sabéis, dicen que
en las fortalezas del Tibet existe efectivamente un pequeño grupo de hombres
tan inconmensurablemente superiores a nosotros, que reciben el título de ‘Los
Maestros’. Viven en exilio voluntario con respecto al resto del mundo. Como los
androides de que he hablado, e indestructibles. ¿Por qué no se mezclan con
nosotros, por qué no nos iluminan y ennoblecen con su presencia? ¿Han optado
por permanecer aislados o somos nosotros los que los mantenemos a distancia?
Antes de intentar responder, haceos una pregunta: ¿qué podemos ofrecerles que
no conozcan, posean o disfruten ya? Si esos seres existen, y tengo toda clase
de razones para pensar que así es, entonces la única barrera posible es la
conciencia. Grados de conciencia, para ser más exactos. Cuando alcancemos
niveles más profundos de pensamiento y ser, ahí los tendremos, por decirlo así.
Todavía no estamos listos, no estamos dispuestos, para mezclarnos con los
dioses. Los hombres de épocas antiguas conocieron a los dioses: los vieron frente
a frente. El hombre no estaba apartado, en la conciencia, ni de los órdenes
inferiores ni de los superiores de la creación. Hoy el hombre está
desconectado. Hoy el hombre vive como un esclavo. Peor aún, somos esclavos unos
de otros. Hemos creado una condición hasta ahora desconocida, una condición
completamente excepcional: nos hemos convertido en esclavos de esclavos. No lo
dudéis, en el momento en que deseemos la libertad sinceramente, seremos libres.
¡Ni un instante antes! Ahora pensamos como máquinas, porque nos hemos
convertido en máquinas. Por codiciar el poder, somos víctimas de él... El día
que aprendamos a expresar el amor, conoceremos el amor y tendremos amor... y
todo lo demás desaparecerá. El mal es una creación de la mente humana. Carece de
poder cuando se lo acepta por su valor aparente. Porque no tiene poder en sí.
El mal existe sólo como amenaza a ese reino eterno del amor que sólo
comprendemos obscuramente. Sí, los hombres han tenido la visión de una
humanidad liberada. Se han visto caminando por la tierra como los dioses que en
un tiempo fueron. Aquellos a quienes llamamos ‘Los Maestros’ no hay duda de que
encontraron el camino de regreso. Tal vez los androides hayan seguido otro
camino. Lo creáis o no, todos los caminos conducen tarde o temprano a esa
fuente de vida que es el centro y el significado de la creación. Como dijo
Lawrence en su lecho de muerte: ‘Para el hombre el gran prodigio es estar vivo.
Para el hombre, como para la flor, el animal o el ave, el supremo triunfo es
estar lo más vivida, lo más perfectamente vivo... ’ En este sentido
Picodiribibi nunca estuvo vivo. Volvámonos plenamente vivos, eso es lo que he
estado intentando decir.»
Agotado por ese
arranque impremeditado, Caccicacci se despidió bruscamente, desconcertado y
confuso. Nosotros, que habíamos escuchado en silencio, permanecimos sentados en
el rincón junto a la ventana. Durante unos minutos nadie parecía capaz de
recuperar el aliento. Arthur Raymond, generalmente inmune a esas
disquisiciones, paseó la mirada de uno a otro desafiante, listo para
abalanzarse a la menor provocación. Spud Jason y su «consorte» ya tenían una
cogorza de espanto. ¡Por ese lado no podía haber discusión! Por fin, fue
Baronyi quien rompió el hielo, al observar con voz cordial y perpleja que nunca
había imaginado que Caccicacci fuera tan serio. Trevelyan gruñó, como diciendo:
«¡No sabes de la misa la media!» Después, ante nuestra estupefacción, sin el
menor preliminar, se lanzó a un largo monólogo sobre sus infortunios
particulares. Empezó a contar que la noche anterior su esposa, que no sólo
estaba embarazada sino también loca, loca de remate, había intentado
estrangularlo en la cama, estando dormido. Confesó, a su modo suave, contenido,
reservado —era inglés hasta la médula—, que desde luego la había tratado de
forma abominable. Explicó con penosa claridad que desde el principio la había
detestado. Se había casado con ella por compasión, porque el hombre que la
había dejado embarazada la había abandonado. Era poetisa y él tenía un alto
concepto de su obra. Lo que no podía soportar era su mal humor. Se pasaba horas
sentada, tejiendo calcetines de lana que nunca se ponía, y nunca decía ni pío.
O, se sentaba en la mecedora, sin hacer absolutamente nada, y, mientras se
mecía, canturreaba, canturreaba durante horas. O le daba por hablar de repente,
lo arrinconaba en la cocina o en la alcoba, y lo abrumaba con desvaríos que
llamaba inspiración.
«¿Qué quieres decir...
con eso de desvarios?», le preguntó O’Mara, sonriendo maliciosamente. «Oh»,
dijo Trevelyan, «podían ser sobre la bruma, la bruma y la lluvia... sobre el
aspecto que ofrecían los árboles y arbustos, cuando se disipaba la bruma de repente.
Podían ser sobre el color de la bruma, todos los matices del gris que podía
distinguir con sus ojos de gato. Había pasado su infancia en la costa de
Cornualles —allí todos son un poco lunáticos— y recordaba sus paseos en la
bruma, sus experiencias con cabras y gatos o con el tonto del pueblo. Cuando
tenía esos estados de ánimo, hablaba otro lenguaje... no me refiero a un
dialecto, me refiero a una lengua suya propia que nadie podía entender. Me daba
grima. Era una especie de lenguaje gatuno, es la mejor forma como puedo
describirlo. De vez en cuando daba alaridos, alaridos auténticos que te helaban
la sangre. A veces imitaba el viento, toda clase de vientos, desde una brisa
suave hasta un huracán. Y después resollaba y lloraba, e intentaba convencerme
de que se lamentaba por las flores cortadas... sobre todo los pensamientos y
los lirios, tan desvalidos, tan indefensos. Antes de que te quieras dar cuenta,
ya está paseándose por lugares extraños, y los describe detalladamente, como si
hubiera pasado toda la vida en ellos. Lugares como Trinidad, Curasao,
Mozambique, Guadalupe, Madrás, Cawnpore y así. ¿Pavoroso? Mirad, por un tiempo
pensé que era vidente... Por cierto, ¿no podríamos tomar otra copa? No tengo ni
un céntimo, como probablemente sabréis...
«Es rara, de acuerdo. Y
una tía más cabezona que la leche. Te pones a discutir con ella y estás
perdido. Sabe bloquear todas las salidas. Una vez que empiezas con ésa, estás
atrapado. Nunca pensé que las mujeres pudieran ser tan absolutamente lógicas.
No importa de lo que estés hablando: olores, vegetación, enfermedades o pecas.
Siempre tiene la última palabra, sea cual sea el tema. Añadid a eso la manía de
los detalles, la manía de las minucias. Es capaz de sentarse a la mesa del
desayuno, por ejemplo, con un pétalo roto en la mano y pasarse una hora
examinándolo. Te pide que te concentres en una porción diminuta de ese pétalo,
más pequeña que la punta de una astilla. Afirma que puede ver toda clase de
cosas curiosas y maravillosas en esa nada. Y todo con el ojo desnudo, fijaos.
Por Dios, que sus ojos no son humanos. Por supuesto, puede ver en la
obscuridad, mejor que un gato. Puede ver con los ojos cerrados, lo creáis o no.
Me lo demostró con creces una noche.
Pero, ¡lo que no puede
ver es a la otra persona! Cuando te habla, su mirada te traspasa. Sólo ve
aquello de lo que está hablando, ya sea la bruma, los gatos, los idiotas,
ciudades remotas, islas flotantes o riñones flotantes. Al principio la cogía
del brazo y la sacudía: pensaba que a lo mejor estaba en trance. ¡Nada de eso!
Tan despierta como vosotros o yo. Más despierta incluso, diría yo. Nada se le
escapa. «¿Has oído eso?», dice a veces, en medio de una frase. «Que si he oído
¿qué?» Tal vez haya sido un trozo de hielo que se ha escurrido un simple
centímetro en la nevera. Puede que haya caído una hoja al suelo en el patio. A
lo mejor ha caído una gota de agua del grifo de la cocina. «¿Has oído eso?»
Daba un salto cada vez que ella decía eso. Al cabo de un tiempo empecé a pensar
que me estaba quedando sordo: daba tal importancia a esas naderías inaudibles.
«No es nada», decía ella, «son sólo tus nervios». Y, a pesar de todo eso, no
tiene el menor oído para la música. Lo único que oye es la rascadura de la aguja:
su placer se deriva exclusivamente de distinguid si el disco es viejo o
bastante nuevo, y cuán nuevo o cuán viejo. No es capaz de distinguir entre
Mozart, Puccini o Satie. Le gustan los himnos. Los himnos sórdidos y
melancólicos. Que siempre tararea con una sonrisa seráfica, como si ya
estuviera entre los ángeles. No, de verdad, es la tía más detestable que se
pueda imaginar. No hay ni chispa de júbilo ni de alegría en ella. Si le cuentas
un chiste, se aburre. Si te ríes, se enfurece. Si estornudas, eres un
maleducado. Si te tomas una copa, eres un borracho... Hemos tenido relaciones
sexuales —si se pueden llamar así— unas tres veces, supongo. Cierra los ojos,
se queda rígida como un palo, y te pide que acabes lo más rápido posible. Peor
que violar a una mártir. Cuando se ha acabado, coge un cuaderno, se incorpora
en la cama, y escribe un poema. Para purificarse, supongo. Hay veces que sería
capaz de matarla...»
«¿Y el chaval?, dijo
O’Mara. «¿Quiere tenerlo?»
«¿Y yo qué sé?», dijo
Trevelyan. «Nunca menciona ese tema. Igual podría ser un tumor, para lo que
parece importarle. De vez en cuando dice que se está poniendo demasiado
gruesa... nunca diría «gorda», eso es demasiado grosero. Gruesa. ¡Como si fuera
extraño hincharse, cuando se está de siete meses!»
«¿Cómo sabes que está
embarazada?», preguntó Spud Jason adormilado. «A veces sólo es imaginario.»
«Sí, sí, imaginario.
¡Ojalá lo fuera! Ya lo creo que está embarazada... lo he sentido moverse en su
interior.»
«Podrían ser gases»,
dijo alguien.
«Los gases no tienen
brazos ni piernas», dijo Travelyan, irritándose. «Los gases no dan vueltas ni
tienen rabietas.»
«Vámonos de aquí», dijo
Spud Jasen. «Vas a dar ideas a ésta», y, acto seguido, dio a su compañera un
codazo en las costillas que casi la tiró de la silla.
Como si fuera un juego
que practicaban repetidas veces, Alameda se levantó despacio, dio la vuelta
alrededor de él y después le asestó un sonoro bofetón en la cara con la palma
de la mano.
«Así, que, esas
tenemos, ¿eh?», gritó Spud Jason, al tiempo que se alzaba de un salto de la
silla y le retorcía el brazo. Con la otra mano le agarró la larga melena y le
dio un vigoroso tirón. «¡Pórtate bien o te pongo los ojos a la virulé!»
«Serías capaz,
¿verdad?» Alameda esgrimía una botella vacía.
«¡Largaos de aquí, los
dos!», gritó Mona. «¡Y no volváis nunca, por favor!»
«¿Cuánto te debo?»,
dijo Spud Jason avergonzado.
«No debes nada», dijo
Mona. «¡Largaos y no volváis!»
XI
Para mi sorpresa,
MacGregor vino una noche, pidió una copa, y pagó sin rechistar. Parecía
excepcionalmente cordial. Preguntó solícito qué tal nos iba, cuáles eran las
perspectivas, si necesitábamos alguna ayuda —ayuda legal— y cosas así. Yo no
podía entender qué le pasaba.
De repente, cuando Mona
había vuelto la espalda, dijo: «¿No podrías salir una noche por unas horas?»
Sin esperar a que yo
dijera sí o no, continuó para decirme que volvía a estar enamorado, locamente,
en realidad. «Supongo que se me nota, ¿no?» Me explicó que era una chica
graciosa en cierto modo. Una divorciada, con dos hijos a su cargo. «¿Qué te
parece?» Después dijo que quería comunicarme algo muy confidencial. Sabía que
me costaba mantener la boca cerrada, pero aun así... «Mira, Tess no sospecha
nada. No quisiera herirla por nada del mundo. ¡Joder! ¡No te rías! Lo digo sólo
porque podrías sacarlo a relucir una noche en uno de tus estados de ánimo
caballerescos.»
Sonreí.
Así, que ésa era la
situación. Y Trix, la nueva, vivía en el Bronx. «En el quinto pino», como él
dijo. No volvía a casa ninguna noche hasta las tres, las cuatro o las cinco de
la mañana. «Tess piensa que voy a jugar a las cartas. Por la forma como se va el
dinero, igual podría estar jugando a los dados todas las noches. Pero eso no
viene al caso. Lo que te quiero pedir es si puedes escaparte una noche, sólo
por unas horas.» No dije nada, me limité a sonreír de nuevo. «Me gustaría que
la conocieras y me dijeses si estoy chiflado o no.» Se interrumpió un minuto,
como si estuviera turbado. «Para precisar un poco, Henry, permíteme decirte lo
siguiente: todas las noches después de cenar hace que los niños se me sienten
uno en cada rodilla. ¿Y qué crees que hago? ¡Les cuento historias para
dormirlos! ¿Te imaginas?» Lanzó una sonora carcajada. «Mira, Hen, apenas puedo
creerlo yo mismo. Pero es la verdad. No podría ser más considerado con ellos ni
aunque fueran mis propios hijos. Pero, bueno, si ya les he comprado toda una
casa de fieras de juguete. Mira, si a Tess no le hubiesen limpiado las
entrañas, habríamos tenido tres o cuatro mocosos. Tal vez ésa sea una de las
razones por las que nos hemos ido alejando uno del otro. Ya conoces a Tess,
Henry: tiene un corazón de oro. Pero no hay mucho que hablar con ella. Le
interesa su trabajo de abogado y para de contar. Si me estoy en casa una noche,
me quedo dormido. O bien me emborracho. Por qué demonios me casé con ella es
algo que no sé. Y tú, cabrón, tú nunca dijiste ni palabra: me dejaste
embarcarme de cabeza. Pensabas que me vendría bien, ¿verdad? En fin, me estoy
desviando... Mira, a veces, al escucharme a mí mismo, oigo hablar a mi viejo.
No puede sujetarse a un tema de conversación más de dos minutos. Mi madre es igual...
¿Qué te parece si tomamos otra copa? Yo pago, no te preocupes.»
Hubo un silencio por
unos momentos, y después le pregunté sin rodeos por qué estaba tan deseoso de
que conociera a su nueva chavala. «Sé muy bien», añadí, «que no necesitas mi
aprobación.»
«No, Hen», y bajó la
vista hacia la mesa, «hablando en serio, quería que vinieras a cenar una noche
cuando los niños coman con nosotros y...»
«¿Y qué?»
«Y me echases una mano
con esos malditos cuentos de hadas. Mira, los chavales se toman esas cosas en
serio. Tengo la sensación de que lo hago muy mal. A lo mejor les estoy diciendo
cosas que no deben oír hasta que no tengan cinco años más...»
«Entonces, ¿es eso?»,
dije bruscamente. «¡Caramba! ¿Y qué te hace pensar que yo sé algo de eso?»
«Bueno, tú has tenido
una hija, ¿no? Además, eres escritor. Tú entiendes de esas chorradas; yo, no.
Comienzo un cuento y no sé cómo acabarlo. Estoy confuso, te lo aseguro.»
«¿Es que no tienes
imaginación?»
«¿Estás de broma? Mira,
ya me conoces. Lo único que sé es de leyes, y tal vez no demasiado. Tengo una
inteligencia limitada. En fin, no es por eso por lo que quiero que vengas...
Quiero que conozcas a Trix. Creo que te gustará. Chico, ¡cocina de primera! Por
cierto, Tess —en fin, no hace falta que te lo diga— pero Tess no sabe ni
siquiera freír un huevo. Esta otra te va a hacer creer que estás cenando en el
Ritz. Lo hace con clase. También tiene una bodeguita... tal vez eso te haga
decidirte. Anda, no te hagas de rogar. Me gustaría que te lo pasaras bien, nada
más. Tienes que cambiar de vez en cuando. O’Mara puede substituirte por unas
horas, ¿no? Es decir, ¡si tienes confianza en él! Personalmente, yo no me
fiaría de él, no estando presente...»
Justo entonces entró de
sopetón Tony Maurer, con un voluminoso libro bajo el brazo. Como de costumbre,
estaba extraordinariamente cordial. Se sentó en la mesa junto a nosotros y nos
preguntó si queríamos tomar una copa con él. Levantó el libro para que yo
pudiera leer el título: La decadencia de Occidente.
«Nunca he oído hablar
de él», dije.
«No tardarás en oír
hablar de él», respondió. «Una gran obra. Profética...»
MacGregor intervino
bruscamente y en voz baja: «¡Olvídalo! En cualquier caso, no tienes tiempo para
leer.»
«¿Me lo prestarás,
cuando hayas acabado?», le pregunté.
«Por supuesto», dijo
Tony Maurer. «Te lo regalaré.»
MacGregor, para
disculparse, preguntó si era una obra mística. Naturalmente, no estaba
interesado ni lo más mínimo, pero se daba cuenta de que Tony Maurer no era un
idiota.
Cuando le dijo que era
una filosofía de la historia, masculló: «¡Podéis quedároslo!»
Tomamos un par de copas
con Tony Maurer, y para entonces yo me sentía bastante animado. Estaba
empezando a pensar que podríamos pasar una velada agradable, o tomar una buena
cena por lo menos, en casa de Trix. Trix Miranda era su nombre completo. Me
gustaba cómo sonaba.
«¿Qué cuento les gusta
más?», pregunté.
«Uno sobre tres osos.»
«¿Te refieres a Rizos
de Oro y los tres osos? ¡Huy, la Virgen! Me lo sé al dedillo. Mira, estaba
pensando... ¿qué tal si vamos pasado mañana por la noche?»
«Ahí te esperaba yo,
Henry. Sabía que no me dejarías colgado. A propósito, no estás obligado, pero,
si pudieras traer una botella de vino, Trix te lo agradecería. Vino francés, si
puede ser.»
«¡Eso está hecho!
Llevaré dos o tres.»
Se levantó para
marcharse, y mientras nos dábamos la mano dijo: «Hazme un favor, ¿quieres? No
cojas una mona hasta que no hayamos llevado a los niños a la cama.»
«Trato hecho. Y ahora
te voy a pedir yo a ti un favor. Déjame contarles el cuento de los tres osos
¿eh?»
«De acuerdo, Henry...
pero, ¡sin trampas!»
Dos noches después
estoy cenando con MacGregor y Trix... en un rincón remoto del Bronx. Los
chavales están de buen talante. El niño tiene cinco años y la niña tres y
medio. Unos chicos encantadores, pero bastante precoces. Estoy haciendo lo
posible para no coger una curda antes de que los niños se vayan a la cama. Pero
hemos tomado tres Martinis mientras esperábamos la cena y ahora estamos catando
el Chambertin que he traído.
Trix es buena tía, como
diría MacGregor. No es una belleza, pero está de buen ver. De carácter jovial.
El único inconveniente que le he visto hasta ahora es que es histérica.
Todo ha ido como sobre
ruedas. Me siento a gusto con los chavales. No cesan de recordarme que he
prometido contarles el cuento de los tres osos.
«No te librarás,
Henry», dice MacGregor.
A decir verdad, no
tengo el menor deseo ahora de ponerme a contar ese cuento. Prolongo la comida
todo lo que puedo. Me siento un poco piripi. No recuerdo cómo empieza la
puñetera historia.
De repente Trix dice:
«Tienes que contarlo ahora, Henry. Ya hace tiempo que deberían estar en la
cama.»
«¡De acuerdo!», gimo.
«Dame otro café y empiezo.»
«Voy a empezar por ti»,
dice el chico.
«¡Nada de eso!», dice
Trix. «Henry va a contar la historia desde el comienzo hasta el fin. Quiero que
lo escuchéis atentos. Y ahora, ¡a callar!»
Sorbí un poco de café,
me atraganté, farfullé y tartamudeé.
«Había una vez un gran
oso negro...»
«Así no es como
empieza», pipió la niña.
«Bueno, ¿cómo empieza,
entonces?»
«Erase una vez...»
«Claro, claro... ¿cómo
he podido olvidarlo? Muy bien, ¿estáis escuchando? Ahí va... Eranse una vez
tres osos: uno blanco, otro gris y otro de trapo...»
(Risas y mofa de los
dos niños.)
«El oso blanco tenía
una mata de piel larga y blanca... para mantenerlo calentito, naturalmente. El
oso gris era...»
«¡No es así, mami!»,
gritó la niña.
«Se lo está
inventando», dijo el chico.
«¡Estaos calladitos,
los dos!», gritó Trix.
«Oye, Henry», dijo
MacGregor, «no les dejes desconcertarte. Tómate tiempo. Recuerda, no te
precipites. Toma, echa otro trago de coñac, para engrasar el paladar.»
Encendí un grueso puro,
tomé otro sorbo de coñac, e intenté recuperar el hilo. De repente, se me
ocurrió que sólo había una forma de contarlo y era rápido como el rayo. Si me
paraba a pensar, me iría a pique.
«Escuchad, chicos»,
dije, «voy a empezar de nuevo. No más interrupciones, ¿eh?» Hice un guiño a la
niña y eché al chico un hueso que todavía tenía carne.
«Para ser un hombre de
imaginación, la verdad es que estás pasándolo mal», dijo MacGregor. «A juzgar
por todos los preliminares por los que estás pasando, ésta debería ser una
historia de cien dólares. ¿Estás seguro de que no quieres una aspirina?»
«Va a ser una historia
de mil dólares», respondí, ahora en plena posesión de mis facultades. «Pero,
¡no me interrumpáis!»
«Vamos, vamos, ¡deja de
perder tiempo! Eranse una vez: así es como empieza», gritó MacGregor.
«De acuerdo... Eranse
una vez... Sí, eso es. Eranse una vez tres osos: un oso polar, un oso gris y un
oso de trapo...»
«Eso ya nos lo has
dicho antes», dijo el chico.
«¡Tú calla!», gritó
Trix
«El oso polar estaba
absolutamente desnudo y tenía una piel larga y blanca que llegaba hasta el
suelo. El oso gris era tan duro como un bistec de lomo, y tenía mucha grasa
entre los dedos de los pies. El oso de trapo estaba en la medida justa, ni duro
ni tierno, ni caliente ni frío...»
Risitas de los niños.
«El oso blanco no comía
otra cosa que hielo, recién salido de la fábrica de hielo. El oso gris se
alimentaba de alcachofas, porque las alcachofas están llenas de cardenchas y de
ortigas...»
«¿Qué son cardenchas,
mami?», pipió la niña
«iChsss!», dijo Trix.
«En cuanto al oso de trapo,
pues... sólo bebía leche desnatada. Crecía deprisa, verdad, y no necesitaba
vitaminas. Un día el oso gris estaba fuera recogiendo leña para el fuego. No
llevaba nada encima, sólo su piel de oso, y las moscas lo estaban volviendo
loco. Así, que echó a correr y no paró. No tardó en internarse profundamente en
el bosque. Al cabo de un rato, se sentó junto a un arroyo y se quedó dormido.»
«No me gusta cómo lo
cuenta», dijo el chico, «lo mezcla todo.»
«Si no te estás
calladito, ¡te llevaré a la cama!»
«De repente, la pequeña
Rizos de Oro entró en el bosque. Llevaba una cesta de comida, que estaba llena
de toda clase de cosas buenas, incluida una botella de Blue Label Ketchup.
Buscaba la casita de las persianas verdes. De repente oyó roncar a alguien y
entre ronquidos una voz potente y resonante gritaba: '¡Pastel de bellota para
mí! ¡Pastel de bellota para mí!' Rizos de Oro miró primero a la derecha y luego
a la izquierda. No vio a nadie. Así, que sacó su brújula y, mirando hacia el
oeste, siguió a su nariz. Al cabo de una hora, o tal vez una hora y cuarto,
llegó a un claro del bosque. Y allí estaba la casita de las persianas de color
pardusco como de aceituna.»
«¡Persianas verdes!»,
gritó el chico.
«¡Exacto! Con persianas
verdes. Y después, ¿qué creéis que ocurrió? Un gran león salió corriendo del
bosque, seguido por un hombrecito con arco y flechas. El león era muy tímido y
juguetón. No se le ocurrió otra cosa que saltar al techo y enrollarse en tomo a
la chimenea. El hombrecito con orejas de burro se puso a arrastrarse a cuatro
patas... hasta que llegó a la puerta. Entonces se puso en pie, bailó una alegre
jiga, y corrió adentro...»
«No me lo creo», dijo
la niña. «No es verdad.»
«Pues lo es», dije yo,
«y si te descuidas, te tiraré de las orejas.» Entonces respiré profundamente,
al tiempo que me preguntaba qué vendría después. El puro se había apagado, el
vaso estaba vacío. Decidí apresurarme.
«De aquí en adelante va
todavía más deprisa», dije, al tiempo que reanudaba el relato.
«No vayas demasiado
deprisa», dijo el chico, «no quiero perderme nada.»
«De acuerdo... Pues,
bien, una vez dentro, Rizos de Oro encontró todo en perfecto orden: los platos
estaban todos lavados y apilados, la ropa remendada, los cuadros con lindos
marcos. Sobre la mesa había un atlas y un diccionario no abreviado, en dos volúmenes.
Alguien había movido las piezas de ajedrez en ausencia del oso de trapo. Una
lástima, porque con otros ocho movimientos habría dado jaque mate. Sin embargo,
Rizos de Oro estaba demasiado fascinada con todos los juguetes y artefactos,
sobre todo el nuevo abrelatas, como para preocuparse por problemas de ajedrez.
Había estado haciendo trigonometría toda la mañana y su cabecita estaba
demasiado cansada para resolver gambitos y cosas así. Se moría de ganas de
tocar el cencerro que colgaba sobre la pila de la cocina. Para alcanzarlo tuvo
que usar un taburete. El primer taburete era demasiado bajo; el segundo era
demasiado alto; pero el tercer taburete era de la altura conveniente. Tocó el
cencerro tan fuerte, que los platos se cayeron de la repisa. Al principio Rizos
de Oro se asustó, pero después le pareció divertido; así, que volvió a tocar el
cencerro. Esa vez el león se desenrolló y bajá deslizándose del tejado, con la
cola retorcida en cuarenta nudos. A Rizos de Oro le pareció que eso era todavía
más divertido; así, que tocó el cencerro por tercera vez. El hombrecito con las
orejas de burro salió corriendo de la alcoba, todo tembloroso, y sin decir
palabra se puso a dar saltos mortales. Se movía a tirones y sacudidas igual que
la rueda de un carro viejo, y después desapareció en el bosque...»
«No estarás perdiendo
el hilo, ¿verdad?», dijo Mac Gregor.
«¡No interrumpas!».
exclamó Trix.
«Mami, quiero irme a la
cama», dijo la niña.
«¡Calla!», dijo el
chico. «Está empezando a interesarme.»
«Y ahora», continué,
después de recobrar el aliento, «de repente empezó a tronar y a relampaguear.
Llovía a mares. La pequeña Rizos de Oro estaba asustada de verdad. Se cayó de
cabeza del taburete, y se torció el tobillo y se dislocó la muñeca. Quería esconderse
en algún sitio hasta que pasara. ‘Nada más fácil’, dijo una voz procedente del
otro rincón de la habitación, donde se encontraba la Victoria Alada. Y, acto
seguido, la puerta de la alacena se abrió sola. ‘Voy a correr hasta allí’,
pensó Rizos de Oro, y echó una carrera hasta la alacena. Ahora bien, resulta
que en la alacena había botellas y tarros, montones y montones de botellas, y
montones y montones de tarros. Rizos de Oro abrió una botellita y se aplicó
árnica en el tobillo. Después cogió otra botella, y, ¿qué creéis que había en
ella? ¡Linimento Sloan! ‘¡Cielos!’, dijo, y, cumpliendo las instrucciones, se
aplicó el linimento en la muñeca. Después encontró un poco de yodo, se lo bebió
puro y se puso a cantar. Era una tonadilla alegre... sobre Frére Jacques.
Cantaba en francés porque su madre le había enseñado a no cantar nunca en otra
lengua. Después de la estrofa 27, se aburrió y decidió explorar la alacena. Lo
extraño de aquella alacena era que era más grande que la propia casa. Había
siete habitaciones en la planta baja, y cinco encima, con un retrete y un baño
en cada habitación, por no hablar de una chimenea y un espejo de cuerpo entero
adornado con zaraza. Rizos de Oro se olvidó completamente de los truenos y
relámpagos, de la lluvia, el granizo, los caracoles y los sapos; se olvidó por
completo del león y del hombrecito con el arco y las flechas, que, por cierto,
se llamaba Pinocho. En lo único que podía pensar era en lo maravilloso que era
vivir en una alacena como aquélla...»
«Esto va a tratar de
Cenicienta», dijo la niña.
«¡Qué va!», dijo
bruscamente el chico. «Trata de los siete enanitos.»
«¡A callar los dos!»
«Sigue, Henry», dijo
MacGregor, «siento curiosidad por ver cómo sales de esta trampa.»
«Y así fue Rizos de Oro
pasándose de una habitación a otra, sin imaginar por un momento que los tres
osos habían llegado a casa y estaban sentados para cenar. En el nicho del salón
encontró una biblioteca llena de libros extraños. Todos trataban del sexo y de
la resurrección de los muertos...»
«¿Qué es el sexo?»,
preguntó el chico.
«No es cosa que a ti te
interese», dijo la niña.
«Rizos de Oro se sentó
y se puso a leer en voz alta un libro muy voluminoso. Estaba escrito por
Wilhelm Reich, autor de La flor de oro o El misterio de las hormonas. El libro
era tan pesado, que Rizos de Oro no podía sostenerlo sobre sus rodillas. Así, que
lo colocó en el suelo y se arrodilló a su lado. Todas las páginas estaban
ilustradas con colores espléndidos. Si bien Rizos de Oro estaba familiarizada
con ediciones raras y limitadas, tuvo que confesarse a sí misma que nunca antes
había visto ilustraciones tan bellas. Algunas eran obra de un hombre llamado
Picasso, otras de Matisse, otras de Ghirlandaio, pero todas sin excepción eran
bellas y dignas de contemplación...»
«¡Qué palabra más
graciosa... contemplación!», gritó el chico.
«¡Y que lo digas! Y
ahora quédate calladito un rato, ¿quieres? Porque ahora se está poniendo
interesante de verdad... Como digo, Rizos de Oro estaba leyendo sola y en voz
alta. Estaba leyendo algo sobre el Salvador y cómo murió en la Cruz —por
nosotros—, para redimir nuestros pecados. Rizos de Oro era una niña, al fin y
al cabo, por lo que no sabía qué era un pecado. Pero tenía muchos, pero que
muchos, deseos de saberlo. Leyó y leyó hasta que los ojos le dolieron, sin
descubrir lo que era exactamente, eso de pecar. 'Voy a bajar la escalera’, se
dijo, ‘a ver qué dice el diccionario. Es un diccionario no abreviado; así, que
tiene que traer la palabra pecado’. Para entonces su tobillo ya estaba del todo
curado y la muñeca también, mirahile dictu. Bajó saltando la escalera como un
cabrito de siete días. Cuando llegó a la puerta de la alacena, que todavía
estaba entreabierta, dio un doble salto mortal, exactamente igual que el que
había dado el hombrecito de las orejas de burro...»
«¡Pinocho!», gritó el
chico.
«¿Y qué creéis que
ocurrió entonces? ¡Fue a caer en las rodillas del oso gris!»
Los niños gritaron de
placer.
«‘¡Para comerte
mejor!’, gruñó el gran oso gris, dando un chasquido con sus elásticos labios.
‘¡El tamaño justo!’, dijo el oso polar, todo blanco de la lluvia y el granizo
que lo cubrían, y la lanzó hasta el techo. ‘¡Es mía!’, gritó el oso de trapo,
al tiempo que le daba un abrazo que hizo crujir las costillas de la pequeña
Rizos de Oro. Los tres osos pusieron manos a la obra al instante; desnudaron a
la pequeña Rizos de Oro y la pusieron sobre la fuente, lista para trincharla.
Mientras Rizos de Oro tiritaba y lloriqueaba, el gran oso gris afiló su hacha
en la muela; el oso polar desenvainó su cuchillo de caza, que llevaba en una
funda de cuero fijada a la cintura. En cuanto al oso de trapo, se limitó a
aplaudir y bailar de júbilo. ‘¡Ya está a punto!’, exclamó. '¡Ya está a punto!’
Le dieron la vuelta una y otra vez, para ver qué parte era la más tierna. Rizos
de Oro empezó a dar gritos de terror. ‘Cállate’, ordenó el oso polar, ‘o te
quedarás sin comer’. ‘Por favor, señor Oso Polar, ¡no me coma!’, suplicó Rizos
de Oro. ‘¡Cierra el pico!’, gritó el oso gris. ‘Primero comeremos nosotros, y
luego comerás tú’. ‘Pero, si yo no quiero comer’, gritó Rizos de Oro, con el
rostro bañado en lágrimas. 'Tú no vas a comer’, gritó el oso de trapo, y, acto
seguido, le cogió la pierna y se la llevó a la boca. '¡Oh, oh!’, gritó Rizos de
Oro. ‘No me comas todavía, te lo ruego. Todavía no estoy asada’.»
Los chavales se estaban
poniendo histéricos.
«'Ya vas entrando en
razón’, dijo el oso gris. Por cierto, que el oso gris tenía un fuerte complejo
paterno. No le gustaba la carne de niña, a no ser que estuviera bien hecha. La
verdad es que fue una suerte para la pequeña Rizos de Oro que al oso gris le
gustaran así las niñas, porque los otros dos tenían un hambre canina, y,
además, no tenían ningún complejo. El caso es que, mientras el oso gris atizaba
el fuego y añadía más leños, Rizos de Oro se arrodilló en la fuente y dijo sus
oraciones. Estaba más bella que nunca, y, si los osos hubieran sido humanos, no
se la habrían comido viva, la habrían consagrado a la Virgen María. Pero un oso
siempre es un oso, y aquéllos no eran excepción a la regla. Así, que, cuando
las llamas estaban dando el calor necesario, los tres osos cogieron a Rizos de
Oro y la echaron sobre los leños ardiendo. En cinco minutos ya estaba bien
tostadita, el cabello y todo. Después volvieron a colocarla sobre la fuente y
la trincharon en grandes trozos. Para el oso gris un trozo enorme; para el oso
polar, un trozo de tamaño medio, y para el oso de trapo, el pequeñín, un
filetito de solomillo. Amigos, qué buena estaba. Comieron hasta el último
bocado: dientes, cabello, uñas de los pies, huesos y riñones. La fuente quedó
tan limpia, que podría uno haberse mirado en ella como en un espejo. No quedaba
ni siquiera una gota de salsa. ‘Y ahora’, dijo el oso gris, ‘vamos a ver lo que
llevaba en esa cesta de comida. Me encantaría tomar un trozo de tarta de
manzana.’ Abrieron la cesta y, ya lo creo, había tres trozos de tarta de
manzana. El trozo mayor era muy grande, el trozo mediano era de tamaño mediano,
y el trozo pequeño era un trocito menudito. ‘¡Ñam, ñam!’, suspiró el oso de
trapo, relamiéndose. ‘¡Tarta de manzana!’ ‘¿Qué os había dicho?’, rezongó el
oso gris. El oso polar se había llenado tanto la boca, que sólo podía gruñir.
Cuando hubieron tragado el último bocado, el oso polar miró a su alrededor y,
con toda la afabilidad de que era capaz, dijo: ‘Y ahora, ¿no sería maravilloso
que hubiera una botella de aguardiente en esa cesta?’ Inmediatamente, los tres
se pusieron a escarbar en la cesta, buscando esa deliciosa botella de
aguardiente...»
«¿Vamos a tomar
nosotros aguardiente, mami?», gritó la niña.
«¡Son galletas de
gengibre, tonta!», gritó el chico.
«Bueno, pues, en el
fondo de la cesta, envuelta en una servilleta mojada, encontraron por fin la
botella de aguardiente. Procedía de Utrecht, Holanda, del año 1926. Sin
embargo, para los tres osos era una simple botella de aguardiente. Ahora bien,
como sabéis, los osos nunca usan sacacorchos; así, que les costó lo suyo sacar
el corcho...»
«Te estás yendo por las
ramas», dijo MacGregor.
«Eso es lo que tú
crees», dije. «Espera y verás.»
«Intenta acabar para
medianoche», respondió.
«Mucho antes, no te
preocupes. Ahora bien, si vuelves a interrumpir, perderé el hilo.»
«Pues, bien, aquella
botella», proseguí, «era una botella de aguardiente muy curiosa. Tenía
propiedades mágicas. Cuando cada oso, por turno, hubo echado un buen trago, la
cabeza empezó a darles vueltas. Y, sin embargo, cuanto más bebían, más quedaba
por beber. Cada vez estaban más aturdidos, y cada vez tenían más sed.
Finalmente, el oso polar dijo: ‘Voy a bebérmela hasta la última gota’, y,
sosteniendo la botella entre las dos zarpas, se la vertió gaznate abajo. Bebió
y bebió, y, por fin, llegó a la última gota. Había quedado tendido en el suelo,
borracho como un pope, con la botella al revés y el cuello medio metido hasta
la garganta. Como digo, acababa de tragar hasta la última, lo que se dice la
última, gota. Si hubiera dejado la botella de pie, se habría vuelto a llenar.
Pero no lo hizo. Siguió sosteniéndola al revés, al tiempo que bebía la última
gota de la última gota. Y entonces se produjo una cosa milagrosa. De repente,
Rizos de Oro volvió a la vida, con ropa y todo, exactamente como había sido siempre.
Estaba bailando una jiga sobre el vientre del oso polar. Cuando se puso a
cantar, los tres osos se asustaron tanto, que se desmayaron, primero el oso
gris, después el oso polar, y luego el oso de trapo...»
La niña aplaudió
encantada.
«Y ahora estamos
llegando al final del cuento. La lluvia había cesado, el cielo estaba claro y
brillante, los pájaros cantaban, exactamente como siempre. De pronto la pequeña
Rizos de Oro recordó que había prometido estar en casa para la hora de cenar. Recogió
su cesta, miró a sü alrededor para asegurarse de que no se olvidaba nada, y se
dirigió hacia la puerta. De repente, se acordó del cencerro. ‘Sería divertido
tocarlo otra vez’, se dijo. Y, acto seguido, se subió al taburete, el que era
del tamaño justo, y tocó con todas sus fuerzas. Lo tocó una, dos, tres veces...
y después escapó con toda la rapidez que le permitían sus piernecitas. Fuera
estaba esperándola el hombrecito de las orejas de burro. ‘¡Rápido, súbete a mi
espalda!’, le ordenó. ‘Vamos a ir el doble de rápido así.’ Rizos de Oro dio un
salto y se marcharon corriendo, cañada arriba y cañada abajo, por las doradas
praderas, a través de los plateados arroyos. Cuando llevaban tres horas
corriendo así, el hombrecito dijo: ‘Me estoy cansando, voy a bajarte.’ Y la
dejó allí mismo, al borde del bosque. ‘Dirígete hacia la izquierda’, dijo, ‘no
tiene pérdida.’ Y volvió a desaparecer, tan misteriosamente como había
llegado...»
«¿Así acaba?», pipió el
chico, algo desilusionado.
«No», dije, «no del
todo. Escucha... Rizos de Oro hizo lo que le había dicho, y se dirigió hacia la
izquierda. Al cabo de unos minutos se encontraba frente a la puerta de su
casa.»
«‘Pero, bueno, Rizos de
Oro’, dijo su madre, ‘¡qué grandes ojos tienes!’
«‘¡Para comerte
mejor!’, dijo Rizos de Oro.
«‘Pero, bueno, Rizos de
Oro’, gritó su padre, ‘¿dónde diablos has puesto mi botella de aguardiente?’
«‘Se la he dado a los
tres osos’, dijo Rizos de Oro obediente.
«‘Rizos de Oro, me
estás contando una mentirijilla’, dijo su padre amenazador.
«‘¡Que no, que no!’,
respondió Rizos de Oro. ‘Es la pura verdad.’ De repente, recordó lo que había
leído en el gran libro sobre el pecado y que Jesús vino a redimir todos los
pecados. ‘Padre’, dijo, al tiempo que se arrodillaba reverente ante él, ‘creo que
he cometido un pecado.’
«‘Peor que eso’, dijo
su padre, al tiempo que echaba mano a la correa, ‘has cometido un hurto.» Y,
sin decir otra palabra, se puso a darle correazos. ‘No me importa que visites a
los tres osos del bosque’, dijo, al tiempo que doblaba la correa. ‘No me importa
que me digas una mentirijilla de vez en cuando. Pero lo que sí que me importa
es no tener ni una gota de aguardiente, cuando tengo la garganta dolorida y
reseca.’ La azotó hasta que Rizos de Oro no fue sino una masa de cardenales y
magulladuras. ‘Y ahora’, dijo, al tiempo que le daba un último azote para
acabar, ‘te invito a escuchar la historia de los tres osos... o lo que ocurrió
con mi botella de aguardiente.’
«Y éste, queridos
niños, es el fin.»
Acabada la historia, se
apresuraron a llevar a los niños a la cama. Ahora podíamos ponernos cómodamente
a beber y charlar. A MacGregor nada le gustaba más que hablar de los tiempos
pasados. Sólo teníamos treinta y pico de años, pero contábamos con veinte años
de sólida amistad y, además, a esa edad uno se siente más viejo que a los
cincuenta o los sesenta. En realidad, tanto MacGregor como yo estábamos en un
período de adolescencia prolongada.
Siempre que MacGregor
empezaba a salir con una nueva chica, parecía resultarle absolutamente
necesario venir a verme, obtener mi aprobación sobre ella, y después darnos una
larga fiesta de charla sentimental. Lo habíamos hecho tantas veces que era casi
romo interpretar un dúo. La chica debía quedarse allí sentada y encantada... e
interrumpirnos de vez en cuando con una pregunta pertinente. El dúo siempre
empezaba con que uno de los dos preguntara al otro si había visto recientemente
a George Marshall o sabido algo de él. No sé por qué escogíamos instintivamente
ese comienzo. Eramos como ciertos jugadores de ajedrez que, sea cual sea el
oponente, siempre empiezan con el gambito escocés.
«¿Has visto a George
últimamente?», voy y digo, sin que venga a cuento.
«¿Te refieres a George
Marshall?»
«Sí, parece que hace
siglos que no lo he visto.»
«No, Hen, a decir
verdad, no lo he visto. Supongo que seguirá yendo al Village los sábados por la
noche.»
«¿A bailar?»
MacGregor sonrió. «Si
quieres llamarlo así, Henry. ¡Ya conoces a George!» Hizo una pausa y después
añadió: «George es un tipo extraño. Creo que ahora sé menos de él que nunca.»
«¿Cómo?»
«Pues eso, Henry. Ese
tío lleva una doble vida. Tendrías que verlo en su casa, con la mujer y los
chavales. No lo reconocerías.»
Confesé que no había
visto a George desde que se había casado. «Nunca me gustó esa mujer suya.»
«Deberías hablar con
George alguna vez sobre ella. Es un milagro que consigan vivir juntos. El le da
lo que ella quiere y a cambio hace de las suyas por su cuenta. Chico, es como
patinar sobre dinamita, cuando los visitas. Ya sabes lo que le gusta a George
usar un lenguaje de doble sentido...»
«Oye», lo interrumpí,
¿recuerdas aquella noche en Greenwich Village, en que estábamos sentados en el
fondo de una taberna y George empezó a soltar un rollo sobre su madre, sobre
que el sol salía y se ponía en su culo?»
«Joder, Henry, la
verdad es que se te ocurren cosas extrañas. Ya lo creo que me acuerdo. Me
parece que recuerdo todas las conversaciones que tuvimos. Y la hora y el sitio.
Y si estaba borracho o sereno.» Se volvió hacia Trix. «¿Estamos aburriéndote?
Mira, en tiempos los tres éramos compinches. Pasamos buenos ratos juntos,
¿verdad, Hen? ¿Recuerdas a Maspeth... y aquellos torneos atléticos? No teníamos
demasiado de qué preocuparnos, ¿verdad? Vamos a ver, ¿estabas liado con la
viuda entonces, o fue después? Fíjate en esto, Trix... Ahí tenías a este gachó,
que apenas acababa de salir de la escuela, y va y se enamora de una mujer que
podía ser su madre. Además, quería casarse con ella, ¿no es así, Hen?»
Sonreí e hice un
movimiento vago con la cabeza.
«Henry siempre se
enamora locamente. Es de los serios, aunque al mirarlo no te lo imaginarías
nunca... Pero siguiendo con George. Como te decía antes, George es un tipo
diferente. Está muy confuso. Odia su trabajo, detesta a su mujer, y los
chavales lo matan de aburrimiento. En lo único que piensa ahora es en mojar el
churro. ¡Y, chico, se le da de primera! Cada día se las liga más jóvenes. La
última vez que lo vi estaba en un lío de la hostia con una de quince años... de
su propia escuela. (Todavía no puedo imaginarme a George de director de
colegio, ¿y tú?) Al parecer, la cosa empezó en su propio despacho. Después
estuvo encontrándose con ella en el baile. Por fin, tuvo el tupé de llevársela
a un hotel... e inscribirse como marido y mujer... Lo único que supe de él fue
que estaban dándole al asunto en un descampado cerca del baile. Hen, un día ese
gachó va a aparecer en los periódicos en primera página. Y, mira, chico, ¡no va
a ser agradable de leer!»
En ese momento me vino
un recuerdo, como un relámpago, tan vivido y tan completo, que apenas pude
contenerme. Fue como abrir un abanico japonés. La escena era de una vez en que
George y yo todavía éramos gemelos, por decirlo así. Entonces yo trabajaba para
mi padre, lo que quiere decir que debía de tener veintidós o veintitrés años.
George Marshall había caído enfermo con un acceso grave de pneumonía que lo
había mantenido clavado a la cama durante varios meses. Cuando se puso bastante
bien, sus padres lo enviaron al campo... a algún punto de Nueva Jersey. Todo
empezó cuando recibí una carta de él un día en la que me decía que se estaba
recuperando deprisa y le gustaría que le hiciera una visita. Me encantó la
oportunidad de pasar unos días de vacaciones; así, que le envié un cable para
decirle que estaría allí el día siguiente.
Era a finales del
otoño. El campo estaba triste. George fue a esperarme a la estación, con su
joven primo, Herbie. (La granja la llevaban los tíos de George, es decir, la
hermana de su madre y el marido de ésta.) Las primeras palabras que pronunció
—¡como era de esperar!— fueron que su madre era quien le había salvado la vida.
Estaba contentísimo de verme y parecía encontrarse en perfecta forma. Estaba
moreno y curtido por el aire.
«La comida es
maravillosa, Hen», dijo. «Mira, es una granja de verdad.»
A mí me pareció muy
semejante a cualquier otra granja: bastante destartalada, sucia y ruinosa. Su
tía era una persona fuerte, bondadosa y maternal a la que George adoraba, al
parecer, casi tanto como a su madre. Herbie, el hijo, era un poco simplón. Y, además,
chismoso. Pero lo que me impresionó al instante fue la expresión de admiración
en sus ojos. Evidentemente idolatraba a George. Y, además, la forma como se
hablaban el uno al otro era algo nuevo para mí. Era difícil quitárselo de
encima.
Lo primero que hicimos
—lo recuerdo muy bien— fue tomar un gran vaso de leche. Leche rica. Leche como
no había probado desde que era niño. «Bebo cinco a seis vasos así todos los
días», dijo George. Me cortó una espesa rebanada de pan casero, le untó mantequilla
de campo y, encima, mermelada casera.
«¿Te has traído ropa
vieja, Hen?»
Confesé que no había
pensado en eso.
«Es igual, te dejaré la
mía. Aquí hay que llevar ropa vieja. Ya verás.»
Miró mordazmente a
Herbie. «¿Eh, Herbie?»
Yo había llegado en el
tren de la tarde. Ahora ya estaba obscureciendo. «Cámbiate de ropa, Hen, y
vamos a dar un paseo rápido. La cena no estará lista hasta las siete. Hay que
abrir el apetito, ¿comprendes?»
«Sí», dijo Herbie,
«esta noche vamos a cenar pollo.»
Y a renglón seguido me
preguntó si era buen corredor.
George me hizo un guiño
socarrón. «Está loco por jugar, Hen.»
Cuando me reuní con
ellos al pie de la escalera, me entregaron un gran garrote. «Será mejor que
lleves los guantes», dijo Herbie.
Me arrojó una gran
bufanda de lana.
«¿Todo listo?», dijo
George. «Vamos, démonos prisa.» Y salió corriendo como un campeón de atletismo.
«¿Por qué tanta
prisa?», dije yo. «¿Dónde vamos?»
«Ahí abajo, a la
estación», dijo Herbie.
«¿Y qué hay ahí abajo?»
«Ya verás. ¿No,
George?»
La estación era un
lugar desierto y deprimente. Había una fila de vagones de mercancías, esperando
los cántaros de leche, sin lugar a dudas.
«Oye», dijo George,
aminorando el paso un poco para mantenerse a mi altura. «La idea es seguir el
juego. ¡Ya sabes lo que quiero decir!» Hablaba rápido, mascullando las
palabras, como si hubiera algo secreto en relación con nuestras acciones.
«Hasta ahora hemos sido Herbie y yo: hemos tenido que divertirnos como hemos
podido. No hay nada de qué preocuparse, Hen. Te acostumbrarás muy pronto. Tú
sígueme.»
Me sentí más
desconcertado que nunca ante aquella información quijotil. A medida que
avanzábamos, Herbie se puso muy excitado. Parloteaba como un pavo.
George abrió la puerta
de la estación suave y furtivamente, y miró al interior. Un viejo borracho
estaba dormitando en el banco. «Toma», dijo George, al tiempo que me cogía el
sombrero y me ponía una gorra vieja en la mano, «¡ponte esto!» Se puso otra gorra
extravagante en la cabeza y se prendió una insignia en la chaqueta. «Tú estáte
aquí», me ordenó, «y yo abriré la taquilla. Haz lo que haga Herbie y estará
bien.»
Mientras George entraba
en la oficina y abría la ventanilla de los billetes, Herbie me llevó de la
mano. «Ahora, Henry», dijo, al tiempo que se acercaba a la ventanilla delante
de la cual se encontraba ya George, fingiendo componer el horario.
«Señor, desearía
comprar un billete», dijo Herbie con voz tímida.
«Un billete, ¿para
dónde?», dijo George, ceñudo. «Tenemos toda clase de billetes aquí. ¿Quiere
usted primera, segunda o tercera clase? Vamos a ver, el expreso de Weehawken
sale de aquí dentro de unos ocho minutos. Empalma con el de Denver y Río Grande
en Omaha Junction. ¿Lleva equipaje?»
«Por favor, señor,
todavía no sé adónde quiero ir.»
«¿Cómo que no sabe
adónde quiere ir? ¿Qué se cree usted que es esto? ¿Una lotería? ¿Quién es ese
hombre que está detrás de usted? ¿Pariente suyo?»
Herbie se volvió para
mirarme y me guiñó un ojo.
«Es mi tío, señor.
Quiere ir a Winnipeg, pero no está seguro de cuándo.»
«Dígale que se acerque.
¿Qué le pasa? ¿Está sordo o simplemente es duro de oído?»
Herbie me empujó para
colocarme delante de él. George Marshall y yo nos miramos, como si nunca nos
hubiéramos visto antes.
«Acabo de llegar de
Winnipeg», dije. «¿Existe algún lugar al que pudiera yo ir?»
«Podría venderle un
billete para New Brunswick, pero la compañía no ganaría mucho con eso. Tenemos
muchos gastos, verdad. Ahora bien, mire qué billete más bonito para Spuyten
Duyvil: ¿le convendría? ¿O le gustaría algo más caro?»
«Me gustaría pasar por
los Grandes Lagos, si pudiera usted arreglármelo.»
«¿Arreglarlo? ¡Para eso
estoy aquí! ¿Cuántos son ustedes? ¿Llevan algún gato o perro? Ya sabe que los
lagos están helados ahora, ¿verdad? Pero puede tomar el barco rompehielos a
este lado de Canadaigua. No es necesario que le dibuje un mapa, ¿verdad?»
Me incliné hacia adelante
como para comunicar algo privado y confidencial.
«¡No cuchichee/»,
gritó, al tiempo que golpeaba ruidosamente el mostrador con una regla. «Va
contra las normas... Bueno, vamos a ver, ¿qué es lo que quiere usted
comunicarme? Hable claro y haga pausas en las comas y en los puntos y comas.»
«Es sobre el ataúd»,
dije.
«El ataúd? ¿Por qué no
lo ha dicho usted antes? Espere un momento, tendré que telegrafiar al jefe de
expedición.» Se acercó a la máquina y pulsó las teclas. «Tengo que pedir un
itinerario especial. El ganado y los cadáveres van por vía diferida. Se estropean
demasiado deprisa... ¿Va algo más en el ataúd además del cadáver?»
«Sí, señor, mi esposa.»
«¡Lárguense de aquí
antes de que llame a la policía!» La ventanilla se bajó de golpe. Y después una
barahúnda infernal dentro de la cabina, como si el nuevo jefe de estación
hubiera enloquecido.
«Rápido», dijo Herbie.
«Salgamos de aquí. Conozco un atajo, ¡vamos!» Y, tras cogerme de la mano, me
hizo salir por la otra puerta, rodeando el depósito de agua. «Agáchate,
rápido», dijo, «o te verán.» Nos agachamos sobre un charco de agua sucia bajo
el depósito. «¡Chsss!», dijo Herbie, al tiempo que me ponía un dedo sobre los
labios. «Podrían oírte.»
Nos quedamos allí unos
minutos, y después Herbie se puso a cuatro patas, con cautela, al tiempo que
miraba a su alrededor, como si ya estuviéramos atrapados. «Tú quédate aquí un
momento y yo subiré corriendo la escalera a ver si el depósito está vacío.»
«Están chalados», me
dije. De repente, me pregunté por qué había de estar agachado sobre aquel agua
sucia y fría. Herbie me llamó en voz baja: «Sube, no hay moros en la costa.
Podemos escondemos aquí por un rato.» Al agarrarme a los travesaños de hierro,
sentí que el viento me penetraba como una ráfaga helada. «No te vayas a caer
dentro», dijo Herbie, «el depósito está medio lleno.» Subí hasta el último
peldaño y me colgué del depósito con las manos heladas. «¿Cuánto tiempo vamos a
estar aquí?», le pregunté al cabo de unos minutos. «No mucho», dijo Herbie.
«Ahora están cambiando de turno. ¿Los oyes? George estará esperándonos en el
vagón de cola. Tendrá una estufa encendida y estará calentito.»
Ya estaba obscuro,
cuando bajamos del depósito y corrimos por el patio hasta d final del tren de
carga estacionado en el apartadero. Me sentía helado hasta los huesos. Herbie
tenía razón. Al abrir la puerta del vagón de cola, vimos a George sentado ante una
estufa encendida y calentándose las manos:
«Quítate la chaqueta,
Hen», dijo, «y sécate.» Después tendió la mano hasta una pequeña alacena y sacó
un frasco de whiskey. «Toma, echa un buen trago: es dinamita.» Hice lo que me
decía, pasé el frasco a George, quien también echó un buen trago, y después al
pequeño Herbie.
«¿Has traído algunas
provisiones?», dijo George a Herbie.
«Un pajarito y unas
patatas», dijo Herbie, al tiempo que los sacaba de los bolsillos.
«¿Dónde está la
mayonesa?»
«No he podido
encontrarla, de veras», dijo Herbie.
«La próxima vez quiero
mayonesa, ¿entiendes?», tronó George Marshall. «¿Cómo diablos quieres que coma
patatas asadas sin mayonesa?» Después, sin pausa alguna, continuó: «Ahora la
idea es arrastrarnos bajo los vagones hasta que estemos cerca de la máquina.
Cuando yo silbe, salís y corréis lo más rápido que podáis. Tomad el atajo hacia
el río. Me encontraré con vosotros bajo el puente. Toma, Hen, más vale que
eches otro trago de esto... hace frío allí abajo. La próxima vez te ofreceré un
puro... pero, ¡no lo cojas! ¿Cómo te sientes ahora?»
Me sentía tan bien, que
no veía por qué teníamos que irnos tan apresuradamente. Pero era evidente que
sus planes tenían que cumplirse en el momento preciso.
«¿Y el pajarito y las
patatas?», me atreví a preguntar.
«Eso es para la próxima
vez», dijo George. «No podemos exponernos a que nos atrapen aquí.» Se volvió
hacia Herbie. «¿Llevas el revólver?»
En marcha otra vez,
arrastrándonos bajo los vagones de carga, como si fuéramos forajidos. Me
alegraba de que Herbie me hubiese dado la bufanda de lana. A una señal dada,
Herbie y yo nos tiramos de cabeza bajo el vagón, en espera del silbido de
George.
«¿Qué vamos a hacer a
continuación?», susurré.
«¡Chsss! Alguien puede
oírte.»
Al cabo de pocos
minutos oímos un silbido bajito, salimos arrastrándonos, y corrimos con toda la
rapidez que nos permitían las piernas barranco abajo hasta el puente. Allí
estaba de nuevo George, esperando sentado bajo el puente. «Buen trabajo», dijo.
«Les hemos dado esquinazo perfectamente. Ahora, escuchadme, vamos a descansar
unos minutos y después nos dirigiremos a aquella colina de allí, ¿la veis?» Se
volvió hacia Herbie. «¿Está cargado el revólver?»
Herbie examinó su
oxidado colt, asintió con la cabeza y después volvió a meterlo en la funda.
«Recuerda», dijo
George, «no dispares a no ser que sea absolutamente necesario. No quiero que
vayas a matar más niños accidentalmente, ¿entiendes?»
A Herbie le brillaron
los ojos, al tiempo que sacudía la cabeza.
«La idea, es llegar al
pie de la colina antes de que den la alarma. Una vez que lleguemos allí,
estaremos a salvo. Daremos un rodeo hasta casa por el pantano.»
Salimos a la carrera
agachados. No tardamos en hallarnos entre los juncos y con el agua por encima
de los zapatos. «Ojo con las trampas», murmuró George. Llegamos hasta el pie de
la colina sin detenernos, nos quedamos allí unos momentos, y después salimos a
buen paso hacia el pantano. Por fin llegamos a la carretera y nos dirigimos a
casa pausadamente.
«Dentro de unos minutos
estaremos en casa», dijo George. «Entraremos por detrás y nos cambiaremos de
ropa. Y chitón.»
«¿Estás seguro de que
nos los hemos quitado de encima?», pregunté.
«Bastante seguro», dijo
George.
«La última vez nos
siguieron hasta el granero», dijo Herbie.
«¿Qué pasaría si nos
cogieran?»
Herbie se pasó el filo
de la mano por el cuello.
Mascullé algo en el
sentido de que no estaba seguro de querer verme involucrado.
«No te queda más
remedio», dijo Herbie. «Es una rencilla.»
«Mañana te lo
explicaremos con detalle», dijo George.
En la habitación grande
del piso de arriba había dos camas, una para mí, y otra para Herbie y George.
En seguida encendimos la estufa ventruda y empezamos a cambiarnos de ropa.
«¿Te gustaría darme
unas friegas?», dijo George, al tiempo que se quitaba la camiseta. «Me dan
friegas dos veces al día. Primero con alcohol y después con grasa de ganso. No
hay nada mejor, Hen.»
Se tumbó en la cama
grande y me puse manos a la obra. Lo friccioné hasta que me dolieron las manos.
«Ahora túmbate tú»,
dijo George, «y Herbie te lo hará a ti. Te hace sentirte como nuevo.»
Hice lo que me dijo. Ya
lo creo que sentaba bien. La sangre me hormigueaba, la carne me brillaba. Tenía
un apetito como no había sentido desde hacía siglos.
«¿Comprendes por qué
vine aquí?», dijo George. «Después de cenar echaremos una partida de pinochle
—simplemente para complacer al viejo— y después nos acostaremos.»
«Por cierto, Hen»,
añadió, «cuidado con lo que dices. Nada de maldiciones ni juramentos delante
del viejo. Es metodista. Antes de comer, bendecimos la mesa. ¡Procura no
reírte!»
«Tú también tendrás que
hacerlo una noche», dijo Herbie. «Di cualquier puñetera cosa que se te ocurra.
De todos modos, nadie escucha.»
En la mesa me
presentaron al viejo. Era el típico granjero: manos grandes y callosas, sin
afeitar, con olor a trébol y estiércol, de pocas palabras, devoraba la comida,
eructaba, se mondaba los dientes con el tenedor y no cesaba de quejarse de
reumatismo. Comimos en grandes cantidades, todos. Había por lo menos seis o
siete verduras para acompañar el pollo asado, al que siguió un relleno de pan
delicioso, fruta y frutos secos de todas clases. Todos menos yo bebían leche
con la comida. Después vino, el café con nata de verdad y panchitos salados.
Tuve que aflojarme el cinturón un par de agujeros.
En cuanto acabó la
comida, recogieron la mesa y sacaron una baraja grasienta. Herbie tuvo que
ayudar a su madre a lavar los platos, mientras George, el viejo y yo jugábamos
una partida de pinochle a tres manos. Según me había explicado George, había
que dejar ganar al viejo, porque, si no, se ponía gruñón y arisco. Parecía que
sólo me venían las cartas buenas, por lo que me resultaba difícil perder. Pero
hice lo posible, sin que se viera demasiado claro. El viejo ganó por pequeño
margen. Estaba muy satisfecho de sí mismo. «Con las cartas que te han venido»,
observó, «yo habría ganado en tres jugadas»
Antes de subir a
acostarnos, Herbie puso un par de discos en el fonógrafo Edison. Uno de ellos
era The Stars and Stripes Forever. Parecía proceder de otra encarnación.
«¿Dónde está ese disco
de la risa, Herbie?», dijo George.
Herbie buscó en una
vieja caja de sombreros y con dos dedos extrajo hábilmente un viejo cilindro de
cera. Era un disco como nunca había oído yo. Sólo risa: la risa de un bobo, de
un chiflado, de una hiena. Me reí con tantas ganas, que me dolió el estómago.
«Esto no es nada», dijo
George. «¡Espera a que oigas reír a Herbie!»
«¡Ahora, no!»,
supliqué. «Déjalo para mañana.»
Apenas recosté la
cabeza en la almohada, me quedé profundamente dormido. ¡Qué cama! De suaves y
blandas plumas: parecía que había toneladas de ellas. Era como deslizarse de
nuevo en la matriz, como mecerse en el limbo. La felicidad. La felicidad
perfecta.
«Hay un orinal bajo la
cama, por si lo necesitas», fueron las últimas palabras de George. Pero no me
imaginaba saliendo de aquella cama, ni quiera para jiñar.
En sueños oí la risa
maníaca del chiflado. Le hacían eco los picaportes oxidados, las verduras, los
patos salvajes, las estrellas en declive, la ropa mojada y agitada en la cuerda
de tender. Hasta incluía al viejo de Herbie, la parte de él que se entregaba a
una alegría melancólica. Procedía de muy lejos, deliciosamente desentonada,
absurda e irracional. Era la risa de músculos doloridos, de comida atravesando
el diafragma, de tiempo malgastado tontamente, de millones de nadas amoldadas
armoniosamente en el gran rompecabezas que adquirían sentido y producían una
belleza y un bienestar extraordinarios. ¡Qué suerte que George Marshall hubiera
caído enfermo y casi hubiese muerto! En sueños alabé al gran cosmocrator por
haber dispuesto todo de modo tan sublime. Pasé de un sueño a otro y del sueño a
un sopor pétreo más curativo que la propia muerte.
Me desperté antes que
los demás, satisfecho, reavivado, sin hacer un movimiento, salvo un agradable
temblor de los dedos. La cacofonía del corral era música para mis oídos. Los
susurros y raspaduras, el tintineo de cubos, el quiquiriquí, los golpeteos continuos,
el pío-pío de los pájaros, los cacareos y gruñidos, los chillidos, los
relinchos, el chuf-chuf de una locomotora a lo lejos, el crujido de nieve
endurecida, las violentas ráfagas de viento, un eje oxidado girando, un leño
chirriando bajo la sierra, el sonido sordo de botas caminando pesadamente: todo
ello se combinaba para componer una sinfonía familiar a mi oído. Esos sonidos
antiguos y domésticos, esas tempranas notas matinales procedentes del alboroto
de la vida cotidiana, esos píos-píos, cacareos, ecos y reverberaciones del
corral me llenaban de una alegría terrenal. Era como un niño abandonado y
hambriento que volvía a oír el canto inmemorial del hombre primitivo. La
canción antiquísima... de la serenidad y la abundancia, de la vida donde la encuentres,
del cielo azul, de las aguas corrientes, de la fertilidad y la resurrección, de
vida eterna, vida más abundante, vida superabundante. Una canción que nace en
las entrañas, penetra en las venas, relaja las extremidades y todos los
miembros del cuerpo. Ah, es que era bueno estar vivo... y horizontal. Del todo
despierto, volví a dar gracias al Padre Celestial por haber golpeado a mi
gemelo, George Marshall. Y, mientras daba fervorosas gracias, alababa las obras
divinas y ensalzaba toda la creación, dejé que mis pensamientos derivaran hacia
el desayuno que seguro estaría en camino y hacia el largo y perezoso paso de
las horas, minutos, segundos antes de que el día tocara a su fin. No importaba
cómo llenáramos el día, ni si lo dejábamos vacío como una calabaza; lo único
que importaba era que el tiempo era nuestro y que podíamos hacer con él lo que
quisiésemos.
Los pájaros piaban
ahora con mayor fuerza. Los oía volar de una copa de árbol a otra, aletear
contra los cristales, pasar como una exhalación bajo los aleros del tejado.
«¡Buenos días, Hen!
¡Buenos días, Hen!»
«¡Buenos días, George!
¡Buenos días, Herbie!»
«No te levantes
todavía, Hen... Herbie encenderá el fuego primero.»
«De acuerdo. Me parece
maravilloso.»
«¿Qué tal has dormido?»
«Como un tronco.»
«¿Comprendes por qué no
quiero ponerme bien demasiado deprisa?»
«Eres un tipo con
suerte. ¿No estás contento de no haberte muerto?»
«Hen, no voy a morirme
nunca. Me lo prometí en mi lecho de muerte. Es demasiado maravilloso estar
vivo.»
«¡Y que lo digas!
¿Sabes una cosa, George? Vamos a engañarlos y a vivir eternamente, ¿eh?»
Herbie se levantó para
encender el fuego, y luego se metió otra vez en la cama y se puso a lanzar
risitas y arrullos.
«¿Qué hacemos ahora?»,
pregunté. «¿Quedarnos aquí tumbados hasta que suene la campanilla?»
«Exactamente», dijo
Herbie.
«Oye, Henry, vas a ver
lo que son los panecillos de maíz que hace su madre. Se te deshacen en la
boca.»
«¿Cómo te gustan los
huevos?», dijo Herbie. «¿Pasados por agua, fritos o revueltos?»
«De cualquier modo,
Herbie. ¿Qué importa? Los huevos son huevos. Igual puedo chuparlos crudos.»
«El jamón, Hen, es lo
bueno. Grueso como tu pulgar.»
Así comenzó el segundo
día, al que iban a seguir doce más, todos del mismo tenor. Como he dicho antes,
teníamos veintidós o veintitrés años en aquella época, y todavía estábamos en
la adolescencia. Sólo pensábamos en jugar. Cada día era un juego nuevo lleno de
acrobacias espeluznantes. «Seguir el juego», como George había dicho, era tan
fácil como respirar. En los intervalos saltábamos a la cuerda, lanzábamos el
tejo, jugábamos a las canicas, a pídola. Hasta jugábamos a policías y ladrones.
En el retrete, que era una caseta fuera de la casa, guardábamos un tablero de
ajedrez en el que siempre estaba esperándonos un problema. Muchas veces
jiñábamos los tres juntos. ¡Extrañas conversaciones en aquel retrete! Siempre
algún chisme nuevo sobre la madre de George, lo que había hecho por él, lo
santa que era, y demás. En cierta ocasión se puso a hablar de Dios, de que
tenía que existir, ya que sólo Dios podía haberle salvado la vida. Herbie
escuchaba reverentemente: adoraba a George.
Un día George me llevó
aparte para decirme algo confidencial. Teníamos que dar esquinazo a Herbie por
una hora o así. Había una muchacha campesina que quería presentarme. Podíamos
encontrarla abajo, cerca del puente, hacia el anochecer, haciendo la señal
conveniente.
«Parece tener veinte
años, a pesar de que sólo es una niña», dijo George, mientras apretábamos el
paso hacia el sitio. «Virgen, por supuesto, pero una diablilla indecente. Lo
único que puedes conseguir es darte el filete, Hen. Lo he intentado todo, pero es
inútil.»
Se llamaba Kitty. Le
sentaba bien. No era guapa, pero estaba llena de vitalidad y curiosidad. Estaba
para un polvo curiosito.
«Hola», dijo George,
cuando nos acercamos a ella. «¿Cómo te va? Quiero que conozcas a un amigo mío,
de la ciudad.»
Su mano hormigueaba de
ardor y deseo. Me pareció que se ruborizaba, pero pudo haber sido simplemente
la abundante salud que le rebosaba por las mejillas.
«Dale un abrazo y un
apretón.»
Kitty me rodeó con los
brazos y apretó con fuerza su cálido cuerpo contra el mío. Al cabo de un
momento me había metido la lengua hasta la garganta. Me mordió los labios, los
lóbulos de las orejas, la nuca. Le metí la mano bajo la falda y por la
hendidura de las bragas de franela. No protestó. Empezó a gemir y murmurar.
Finalmente, tuvo un orgasmo.
«¿Qué tal ha ido, Hen?
¿Qué te dije?»
Charlamos un rato para
dar un respiro a Kitty, después George se apalancó con ella. Hacía frío y
humedad bajo el puente, pero los tres estábamos ardiendo. George volvió a
intentar metérsela, pero Kitty consiguió escabullirse.
Lo máximo que pudo
hacer fue metérsela entre las piernas, donde ella la apretó como una prensa.
Cuando volvíamos hacia
la carretera, Kitty nos preguntó si podría visitarnos alguna vez... cuando
estuviéramos de vuelta en la ciudad. Nunca había estado en Nueva York.
«Ya lo creo», dijo
George. «Que te lleve Herbie. Conoce bien el camino.»
«Pero, es que no voy a
tener dinero», dijo Kitty.
«No te preocupes por
eso», dijo el generoso George, «nosotros nos haremos cargo de ti.»
«¿Crees que tu madre
confiaría en ti?», le pregunté.
Kitty respondió que a
su madre le importaba un comino lo que hiciera. «Es el viejo: intenta matarme a
trabajar.»
«No te preocupes», dijo
George. «Déjalo de mi cuenta.»
Al separarnos, se
levantó las faldas por su propia voluntad, y nos invitó a hacerle las últimas
caricias.
«Tal vez no sea tan
tímida», dijo, «cuando vaya a la ciudad.» Después, impulsivamente, nos metió
mano en la bragueta, nos sacó la polla, y la besó... casi reverentemente. «Voy
a soñar con vosotros esta noche», susurró. Estaba casi a punto de llorar.
«Hasta mañana», dijo
George, y le dijimos adiós con la mano.
«¿Comprendes lo que
quiero decir, Hen? Chico, si pudiéramos conseguirla, sería un buen recuerdo.»
«Me duelen los huevos.»
«Bebe mucha leche y
nata. Eso ayuda.»
«Creo que prefiero
cascármela.»
«Eso es lo que te crees
ahora. Mañana estarás suspirando por verla. Estoy seguro. Yo la llevo en la
sangre, a esa putilla... No le digas nada a Herbie de esto, Hen. Se
horrorizaría. Es un niño comparado con ella. Creo que está enamorado de ella.»
«¿Qué le vamos a decir,
cuando volvamos?»
«Déjalo de mi cuenta.»
«Y su viejo... ¿nunca
piensas en eso?»
«Tú lo has dicho, Hen.
Si nos descubriera, creo que nos arrancaría los cojones.»
«Sería divertido.»
«Hay que arriesgarse»,
dijo George. «Aquí en el campo todas las chavalas se mueren de ganas. Están
mucho mejor que las birrias de la ciudad, y tú lo sabes. Huelen a limpio. Mira,
huéleme los dedos... ¿no es delicioso?»
Diversiones
infantiles... Una de las cosas más divertidas era turnarse en un viejo triciclo
que había pertenecido a la difunta hermana de Herbie. Ver a George Marshall, ya
todo un hombre, dando a los pedales de aquel ridículo vehículo, era todo un
espectáculo. Tenía el culo tan grande, que tenía que comprimirlo en el asiento
con todas sus fuerzas. Mientras guiaba con una mano, tocaba con fuerza un
cencerro con la otra. De vez en cuando se detenía un coche, creyendo que se
trataba de un inválido en apuros; George dejaba que los ocupantes salieran y lo
escoltasen hasta el otro lado de la carretera, fingiendo ser un paralítico de
verdad. A veces les pedía un cigarrillo o unos peniques. Siempre con fuerte
acento irlandés, como si acabara de llegar de la vieja patria.
Un día descubrí un
viejo cochecito de niño en el granero. Me pareció que sería aún más divertido
sacar a pasear a George en él. A George no le importaba. Buscamos un gorrito
con cintas y una gran manta de caballo para cubrirlo. Pero, por mucho que lo
intentamos, no conseguimos meterlo en el coche. Así, que elegimos a Herbie. Lo
vestimos como una pepona, le metimos una pipa de barro en la boca, y nos
pusimos en marcha por la carretera. En la estación nos tropezamos con una vieja
solterona que estaba esperando el tren. Como de costumbre, George tomó la
iniciativa.
«Oiga, señora», al tiempo
que se llevaba la mano a la gorra, «¿podría decirnos dónde podríamos echar un
traguito? El nene está casi helado.»
«¡Dios mío!», dijo la
solterona automáticamente. Después, al comprender de repente lo que quería
decir, dijo con voz chillona: «¿Cómo ha dicho, joven?»
George volvió a
llevarse la mano a la gorra respetuosamente, al tiempo que fruncía los labios y
bizqueaba como un viejo perro de aguas. «Un traguito, nada más. Va a cumplir
los once años, pero tiene una sed terrible.»
Herbie estaba ahora
sentado, dando vigorosas caladas a la corta pipa de barro. Parecía un gnomo.
En ese momento sentí
deseos de tomar la iniciativa, a mi vez. La solterona tenía una expresión de
alarma que no me gustaba.
«Le pido perdón,
señora», dije, al tiempo que me llevaba la mano a la gorra, «pero los dos están
majaretas, verdad...» Me di una palmada en la nuca.
«¡Válgame Dios!»,
resolló. «¡Qué cosa más terrible!»
«Hago todo lo que puedo
para mantenerlos contentos. Son una cruz. Una auténtica cruz. Sobre todo el
pequeño. ¿Le gustaría a usted oírlo reír?»
Sin darle oportunidad
de contestar, hice señas a Herbie para que empezara. La risa de Herbie era
verdaderamente de loco. Reía como el muñeco de un ventrílocuo, empezando con
una sonrisa inocente que se agrandaba poco a poco hasta convertirse en una
mueca, luego en una risita y en un arrullo, seguidos de un sordo gorgoteo y,
por último, de una carcajada irresistible. Podía mantenerla indefinidamente.
Con la pipa en una mano y la matraca que agitaba frenéticamente en la otra, era
como una ilustración de un libro de chistes suizo. De vez en cuando se detenía
a hipar violentamente, después se inclinaba sobre el borde del coche y escupía.
Para volver la situación más absurda, a George Marshall le había dado por
estornudar. Sacó un enorme pañuelo rojo con grandes agujeros y se sonó la nariz
vigorosamente, después tosió y luego estornudó un poco más.
«El berrinche, dije,
volviéndome hacia la solterona. «No están haciendo nada malo. Son unos chicos
maravillosos, los dos... sólo, que son raros.» Después, sin perder el impulso,
añadí: «El hecho es, señora», al tiempo que me llevaba la mano a la gorra reverentemente,
«que estamos todos mochales. ¿No sabría usted dónde podríamos quedarnos a pasar
la noche, habida cuenta del estado en que nos encontramos? Si al menos tuviera
usted una gota de coñac... una pizquita. No para mí, verdad, sino para los
pequeños.»
A Herbie le dio un
ataque de llanto. Estaba tan alegremente histérico, que no sabía qué hacer.
Agitaba la matraca con tanta afición, que de pronto se inclinó demasiado y el
coche volcó.
«¡Dios Santo, Dios
Santo!», se lamentó la solterona.
George se apresuró a
soltar a Herbie. Entonces éste se puso en pie, con su chaqueta y pantalón largo
y el gorrito todavía ceñido a la cabeza. Empuñaba la matraca como un maníaco.
Llamarlo ganso era decir poco.
George dijo, llevándose
la mano a la gorra: «No se ha hecho daño, señora. Tiene el cráneo muy duro.»
Cogió a Herbie del brazo y lo acercó. «¡Di algo a esta dama! Di algo
agradable!» Y le dio un tremendo guantazo en el oído.
«¡Oye, cabrón!», gritó
Herbie.
«¡Travieso, más que
travieso!», dijo George, al tiempo que le daba otro bofetón. «¿Qué es lo que se
dice a las damas? Habla de una vez o voy a tener que bajarte los pantalones.»
Entonces Herbie puso
expresión angélica, alzó los ojos al cielo, y, con absoluta deliberación,
pronunció lo siguiente:
«Bondadosa criatura de
Dios, ¡que los ángeles la rediman! Somos nueve en total, sin contar la cabra.
Yo me llamo O’Connell, señora. Terence O’Connell. Ibamos a las cataratas del
Niágara, pero el tiempo...»
La vieja boba se negó a
seguir escuchando. «Sois una vergüenza pública, los tres», gritó. «Quedaos aquí
todos, que voy a buscar a un guardia.»
«Sí, señora», dijo
George, al tiempo que se llevaba la mano a la gorra, «nos vamos a quedar aquí
mismo, ¿verdad, Terence?» Acto seguido, dio a Herbie una sonora bofetada en la
cara.
«¡Ay!», gritó Herbie
«¡Estate quieto ya,
idiota!», gritó la solterona. «¡Y tú!», me dijo a mí, «¿por qué no haces algo?
¿O estás loco también?»
«De eso no le quepa
duda», dije, y, a continuación, me llevé los dedos a la nariz y me puse a balar
como una cabra.
«¡Quedaos aquí! ¡Vuelvo
dentro de un minuto!» Corrió hacia el despacho del jefe de estación.
«¡Rápido!», dijo
George, «¡larguémonos de aquí de una puta vez!» Los dos cogimos el mango del
coche de niño y echamos a correr. Herbie se quedó parado un momento,
desabrochándose el gorrito; después, puso pies en polvorosa.
«Buen trabajo, Herbie»,
dijo George, cuando estábamos a salvo y nos habíamos perdido de vista. «Esta
noche vamos a ensayarlo. Hen te echará un nuevo discurso, ¿verdad, Hen?»
«No quiero volver a ser
el nene», dijo Herbie.
«Muy bien», dijo George
amablemente, «pondremos a Hen en el coche.»
«Querrás decir, si
quepo.»
«Te haremos caber,
aunque tengamos que usar una almádena.»
Pero aquella noche
después de cenar se nos ocurrieron ideas nuevas, que nos parecieron mejores.
Nos quedamos despiertos en la cama hasta medianoche comentando planes y
proyectos.
Justo cuando estábamos
quedándonos dormidos, George Marshall se incorporó.
«¿Estás despierto,
Hen?», dijo.
Gruñí.
«Se me había olvidado
preguntarte una cosa.»
«¿Qué es?», mascullé,
temiendo despertarme del todo.
«¡Una... Una Gifford!
No has dicho ni palabra sobre ella en todo este tiempo. ¿Qué pasa? ¿Es que ya
no estás enamorado de ella?»
«¡Huy, la Virgen!»,
gruñí. «¡Vaya pregunta que se te ocurre hacer en plena noche!»
«Ya lo sé, Henry, lo
siento. Sólo quiero saber si sigues enamorado de ella.»
«Ya conoces la
respuesta», respondí.
«Bien, era lo que yo
pensaba. Muy bien, Hen, ¡buenas noches!»
«¡Buenas noches!», dijo
Herbie.
«¡Buenas noches!», dije
yo.
Intenté volver a
dormirme, pero fue imposible. Me quedé mirando al techo y pensando en Una
Gifford. Al cabo de un rato, decidí desahogarme.
«¿Estás aún despierto,
George?», dije en voz baja.
«Quieres saber si la he
visto últimamente, ¿verdad?», dijo él.
Evidentemente, no había
cerrado los ojos.
«Sí, sí. Dime algo. Me
bastaría con un poquito.»
«¡Ojalá pudiera, Hen!
Sé cómo te sientes, pero es que no hay nada que contar.»
«¡Por Dios! ¡No me
digas eso! ¡Invéntate algo!»
«Muy bien, Hen, voy a
hacerlo por ti. Espera un momento. Déjame pensar...»
«Algo simple», dije.
«No quiero una historia fantástica.»
«Mira, Hen, esto no es
mentira: sé que te quiere. No te puedo explicar cómo lo sé, pero así es.»
«Está bien», dije.
«Dime algo más.»
«La última vez que la
vi intenté sonsacarla sobre ti. Fingió mostrarse absolutamente indiferente.
Pero me di cuenta de que se moría por saber algo de ti...»
«Lo que me gustaría
saber», lo interrumpí, «es esto: ¿ha empezado a salir con otro?»
«Hay otro, Hen, no
puedo negarlo. Pero no es motivo para preocuparse. Sólo es un pasatiempo.»
«¿Cómo se llama?»
«Carnahan o algo así.
¡Olvídate de él! Lo que preocupa a Una es la viuda. Eso la dolió, ¿sabes?»
«¡No puede saber gran
cosa de eso!»
«Sabe más de lo que tú
te crees. Cómo se entera es algo que no sé. El caso es que se siente herida en
su orgullo.»
«Pero yo ya no salgo
con la viuda, tú lo sabes.»
«¡Díselo!», dijo
George.
«¡Ojalá pudiera!»
«Hen, ¿por qué no le
confiesas todo? Es bastante mayor para aceptarlo.»
«No puedo hacerlo,
George. He pensado mil veces en eso, pero no soy capaz de hacer acopio de
valor.»
«Tal vez yo pueda
ayudarte», dijo George.
Me incorporé de golpe.
«¿Tú crees? ¿De verdad? Oye, George, te juro que daría mi vida por ti, si
pudieras arreglarlo. Sé que a ti te escucharía... ¿Cuándo regresarás?»
«Más despacio, Hen.
Recuerda, es una llaga antigua. Yo no soy un mago.»
«Pero lo intentarás,
¿me lo prometes?»
«Desde luego, desde
luego. Fratres Semper!»
Reflexioné intensa y
rápidamente por unos instantes y después dije: «Mañana le escribiré una carta
para decirle que estoy contigo y que volveremos pronto. Eso podría preparar el
terreno.»
«Es mejor que no lo
hagas», se apresuró a decir George. «Es mejor que le des una sorpresa. Yo me
conozco a Una.»
Tal vez tuviera razón.
Yo no sabía qué pensar. Me sentía entusiasmado y deprimido a un tiempo. Además,
no había forma de impulsarlo a actuar rápido.
«Más vale que te
duermas», dijo George. «Tenemos la tira de tiempo para tramar algo.»
«Volvería mañana mismo,
si pudiera hacer que me acompañases.»
«Estás loco, Hen.
Todavía estoy convaleciente. No se va. a casar en seguida, si eso es lo que te
inquieta.»
La sola idea de que se
casara con otro me dejó petrificado. No sé por qué, pero nunca me había
imaginado eso. Volví a recostarme en la almohada como un hombre agonizante. En
realidad, gemía de angustia.
«Hen...»
«¿Sí?»
«Antes de quedarme
dormido, quiero decirte una cosa... Tienes que dejar de tomarte eso tan en
serio. Desde luego, si puedo arreglarlo, ¡estupendo! Nada me gustaría tanto
como verte conseguirla. Pero no va a ser así, si te dejas llevar de la
exasperación. Te va a hacer sufrir, mientras pueda. Ese es su modo de volver a
ti. Te va a decir que No, porque tú esperas que diga que No. Has perdido el
equilibrio. Estás vencido antes de empezar... Si quieres un consejo, yo te
diría que dejaras de pensar en ella por un tiempo. Hazlo ya. Es un riesgo,
desde luego, pero tienes que correrlo. Mientras ella te domine, vas a bailar
como una marioneta. No hay mujer que pueda resistirse a una cosa así. No es un
ángel, aunque a ti te guste pensar que lo es. Es una chica guapa y tiene un
gran corazón. Yo mismo me casaría con ella, si pensara que tenía alguna
posibilidad... Mira, Hen, hay muchas para elegir. Quién sabe si no las hay
mejores que Una. ¿Has pensado alguna vez en eso?»
«Estás diciendo
tonterías», respondí. «No me importaría que fuera la peor tía puta de la creación...
es la que quiero... y no quiero a ninguna otra.»
«De acuerdo, Hen, tú
sabrás lo que haces. Me voy a dormir...»
Me quedé despierto un
largo rato, repasando toda clase de recuerdos. Eran recuerdos deliciosos,
llenos con la presencia de Una. Estaba seguro de que George me lo arreglaría.
Lo único que pasaba era que le gustaba hacerse de rogar. Por una ranura de la
persiana vi una brillante estrella azul. Me pareció un buen presagio. Me
pregunté, como un bobo, si ella estaría despierta en la cama pensando en mí.
Concentré todas mis facultades con la esperanza de despertarla, en caso de que
estuviese dormida. Pronuncié su nombre en voz baja. Era un nombre tan bello. Le
sentaba perfectamente.
Por fin empecé a
quedarme dormido. La letra de una antigua canción acudió a mis labios.
Me pregunto mientras
vago bajo el cielo
Cómo es que Jesús
nuestro salvador vino a morir
Por gente pobre y común
como tú y yo.
Me lo pregunto mientras
vago bajo el cielo.
¿Olvidarme de ella?
¡Qué fácil era decirlo! Nunca, nunca podría olvidar a Una, ni aunque viviese
bastante para tener nueve esposas y cuarenta y seis hijos. La verdad era que
George era un lelo. Nunca iba a saber lo que era estar enamorado: era demasiado
racional. Me propuse averiguar todo lo relativo a ese tipo, Carnahan, en cuanto
regresara. No quería correr riesgos. Me pregunté algunas cosas más, mientras
vagaba bajo el cielo. Después me hundí en el sueño, como una plancha de plomo
que cae.
El día siguiente
llovió. Pasamos el día encerrados arriba, en el granero, jugando a un juego
tras otro: euchre, whist, chaquete, damas, dominó, lotería, parchís... Hasta
jugamos a las tabas. Hacia el anochecer George sugirió que probáramos el órgano
que había en el salón. Era un chisme antiguo y ronco, ideal para todos los
himnos melancólicos. George y yo lo tocamos por turno. Cantamos a pleno pulmón,
con ganas, como mártires cristianos. Nuestro favorito, que al final
interpretamos al estilo del jazz, era: Will there be any Stars in my Crown?
Herbie sabía cantarlo a la perfección, con lágrimas en los ojos. Su madre, sin
imaginar por un momento que nos lo tomábamos a broma, vino, se sentó en el
rincón, y de vez en cuando murmuraba: «¡Qué bonito!»
Al final apareció el
viejo. También él unió su voz a la nuestra. Dijo que le hacía sentirse bien.
Esperaba que nosotros, los chicos, seguiríamos viviendo y actuando como buenos
cristianos. En la cena agradeció a Dios por habernos inspirado cantar Sus alabanzas
en forma tan bella. Le agradeció de todo corazón todas las gracias de que los
había colmado a lo largo de los años.
Esa vez comimos un
filete de solomillo de cerdo ahumado, con sauerkraut y puré de patatas,
lombarda, cebollas cocidas, compota de manzana y peras asadas. De postre
tomamos una tarta de queso que todavía estaba caliente. Y, naturalmente, el
habitual vaso de leche con abundante nata.
Cosa bastante curiosa,
el viejo, para variar, estaba locuaz. Llevaba un año leyendo un libro, el mismo
libro. Se titulaba En armonía con el infinito. Preguntó si George o yo lo
habíamos leído. George eludió la cuestión, pero me lanzó una mirada de soslayo
que significaba: «¡Te toca a ti!»
Puesto que había que
hablar, pensé que podíamos dedicar la velada a un tema del agrado del viejo.
Empecé fingiendo no estar seguro de haber entendido todo lo que el autor
pretendía comunicar. Esa prueba de modestia agradó al viejo. Probablemente él
mismo hubiera entendido muy poco, si se hubiese podido saber la verdad.
«En tiempos tuve un
amigo», comencé, «que podía explicar toda clase de cosas. Dondequiera que
fuese, llevaba este libro consigo día y noche. George sabe a quién me refiero,
¿verdad, George?»
«Desde luego», dijo
George, «te refieres a Abercrombie.»
(Por supuesto, no
existía tal persona.)
«Sí, así se llamaba.»
«Ceceaba un poco,
¿verdad?», dijo George. ¿No, cojeaba.»
El viejo me indicó que
siguiera con la historia. No le importaba cómo se llamara aquel hombre ni si
cojeaba o tartamudeaba.
«Lo conocí en
California, hace unos tres años. Entonces estudiaba para ministro del
Evangelio. Digo entonces, porque poco después de que nos conociéramos descubrió
una mina de oro y tardó muy poco en olvidarse totalmente de Dios.»
«¿No tuvo un
accidente?», dijo George.
«No, ése fue su
hermano... o, mejor dicho, su hermanastro.»
Al viejo no le hacían
gracia las interrupciones de George, eso estaba claro. Decidí apresurarme.
«Fue en el límite del
desierto de Mojave donde nos encontramos», continué. «Había estado buscando
empleo entre los que trabajaban con el bórax. Abercrombie me dijo: ‘Tú no
necesitas un trabajo, Henry; lo que necesitas es encontrar a Dios. Yo he venido
a ayudarte.’ Fijaos, me llamó Henry, a pesar de que no le había dicho mi
nombre. Me dijo: ‘La otra noche en Barstow soñé contigo. Sabía que estabas en
dificultades; así, que he venido lo más rápido que he podido.’ Sus palabras me
inquietaron un poco. Nunca antes había conocido a alguien que fuera vidente o
que pudiese comunicar telepáticamente. Al principio, pensé que podría estar
burlándose de mí. Pero hablaba con la mayor seriedad, como no tardé en
descubrir.»
«¿Dices que llevaba
este libro consigo?», preguntó el viejo, con cierta expresión de asombro.
«Sí, señor... es de
Ralph Waldo Trine, ¿verdad?»
«Exacto», dijo el
viejo. «Ahora sigue, que me interesa.»
«Apenas sé por dónde
empezar», balbuceé. «Parece que ocurrieron tantas cosas a la vez.»
«Tómatelo con calma»,
dijo el viejo, «esto es muy interesante, de verdad. Mamá, ¿quieres servirnos
más café... y otro trozo de tarta de queso?»
Me alegré de poder
hacer una pausa, porque en realidad no sabía qué decir a continuación. Había
iniciado una historia sin la menor idea de cómo acabaría. Había contado con que
George Marshall me ayudase a evitar los escollos.
«Como iba diciendo,
estábamos solos en el desierto. Se había acercado a mí en plena noche, y estaba
allí delante hablándome, como si me hubiera conocido de toda la vida. En
realidad, podría decir que parecía conocerme mejor que mis amigos más íntimos.
No cesaba de decir: ‘Estás en dificultades, déjame que te ayude.’ Ahora bien,
lo extraño es que yo no sabía que estaba en dificultades, por lo menos no en
dificultades especiales. Lo único que necesitaba era un trabajo, y eso no era
tan difícil. Pero el día siguiente comprendí que sabía de qué hablaba, porque
por la tarde recibí un telegrama de un amigo en el que me decía que mi madre
estaba muy enferma y que debía regresar al instante. No tenía más de un par de
dólares en el bolsillo. Naturalmente, Abercrombie sabía lo que decía el
telegrama: no necesité leérselo en voz alta. ‘¿Qué voy a hacer?», dije, y él
respondió: ‘¡Arrodíllate y reza!’ Así, que me arrodillé, y él también lo hizo,
a mi lado, y rezamos un largo rato. En seguida me sentí mejor, debo reconocerlo.
Era como si me hubieran quitado un peso de encima. Aquella misma noche un
extraño llamó a nuestra puerta. Era un ganadero de Wyoming. Preguntó si
podíamos darle alojamiento por aquella noche. En fin, nos pusimos a hablar y no
tardó en enterarse de mis circunstancias. Nos acostamos y la mañana siguiente
aquel extraño me llevó aparte. ‘¿Cuánto necesitarías para volver a tu casa?’,
me preguntó sin rodeos. Me quedé asombrado. No sabía qué decir. ‘Ahí va, toma
esto’, dijo, y me puso dos billetes en la mano. Eran dos billetes de cincuenta
dólares. ‘Supongo que con eso tendrás bastante’, dijo, al tiempo que me ofrecía
una sonrisa cariñosa y cordial. ‘Se lo devolveré en cuanto pueda’, dije
agradecido.
«‘No te preocupes,
hijo’, dijo, ‘tengo más de lo que necesito. Tómalo y dáselo a alguien que lo
necesite, cuando llegue el momento.’
«Cuando se marchó,
Abercrombie me dijo: ‘Tu oración ha sido escuchada. No vuelvas a dudar. Regreso
a Barstow. Si vuelves a estar necesitado, llámame.’
«‘Pero, ¿dónde y
cómo?’, le pregunté.
«‘Haz una llamada, y
nada más. La recibiré, estés donde estés. Basta con que tengas fe.’
«Unos seis meses
después volví a tener dificultades. Esa vez en relación con una mujer. Estaba
desesperado. Y de repente recordé las palabras de Abercrombie, e hice una
llamada. Tres días después, apareció en mi casa... desde Colorado.»
El viejo se inclinó
hacia delante, con los codos sobre la mesa, y la cabeza entre las manos. «Es
extraordinario, Henry», dijo. «¿Y te ayudó la segunda vez?»
«Ya lo creo», respondí.
«No tuve que hacer otra cosa que rezar. Esa vez, al marcharse, Abercrombie me
dijo: ‘No vas a tener que volver a llamarme. A estas alturas debes de
comprender que no soy yo quien tiene el poder, sino Dios. Confía en El y tus
rezos serán escuchados. Probablemente no vuelva a verte nunca... pero siempre
estaré cerca de ti, en espíritu.’ Y nunca volví a verlo. Pero, como él dijo, sé
que siempre está cerca. Si estuviera a punto de morir, por ejemplo, yo lo
sabría.»
«A ver, George», dijo
el viejo, «¿qué tienes que decir, por tu parte? ¿Has tenido alguna vez una
experiencia así?»
«No», dijo George,
«pero me gustaría hacer una pregunta a Hen.» Se volvió hacia mí con la mayor
seriedad, y dijo: «¿No es verdad que ese Abercrombie estuvo un tiempo en la
cárcel?»
(Pura invención, por
supuesto, pero tuve que aceptarla.)
«Sí», respondí, «había
estado en la cárcel diez años acusado de homicidio impremeditado. Nunca supe si
había sido culpable o no.»
«Pero, ¿cómo es que
llegó a cometer el crimen?»
Tuve que pensar rápido.
«Lo condenaron por
haber matado a un hombre en defensa propia. No hubo testigos.»
«Pero, ¿no tenía
Abercrombie una extraña fama... antes del crimen?»
«Sí», reconocí, sin
saber cuál sería la próxima ocurrencia de George.
«¿No te pareció nunca,
Hen, que Abercrombie era un poco raro? No quiero decir que estuviese loco, pero
debía de tener un tomillo flojo. ¿No me dijiste una vez que estaba convencido
de que podía volar?»
«Sí, lo dijo... una
vez. Pero nunca lo repitió. Además, no estaba jactándose, cuando lo dijo. Me
estaba hablando de los extraordinarios poderes que a veces concede Dios a los
mortales, cuando necesitamos Su protección. Eso no es tan raro, ¿no?»
«Tal vez no, Hen...
pero había otras cosas.»
«¿Como por ejemplo?»
«Tú dijiste que podía
ver en la obscuridad, como un gato, que oía cosas que las demás personas no
podían oír en absoluto, que tenía una memoria excepcional. Creo que una vez
dijiste que afirmaba tener dos padres. ¿Qué quería decir con eso?»
Esto último me dejó
verdaderamente perplejo. Tuve que reconocer que no podía responder a la
pregunta.
«Mira, Hen, había
muchas cosas en Abercrombie que eran obscuras. En aquella época nunca dije
nada, porque tú creías en él tan ciegamente. Antes has dicho que descubrió una
mina de oro. ¿Estás absolutamente seguro de eso?»
«No», dije, «me enteré
por su hermanastro.»
«Que era un mentiroso
notorio», dijo George rápidamente.
El viejo dio a entender
que no le agradaba el interrogatorio de George.
«Pero, es que Hen es un
crédulo», insistió George. «Se lo cree todo, cree a cualquiera.»
«Creer es agradable
para Dios», dijo el viejo con frialdad.
«Pero tiene que haber
alguna razón», dijo George. «¡No se puede creer cualquier cosa y a cualquier
persona!»
«George», dijo el
viejo, «eres como tu padre. Dudas como Santo Tomás.»
«Vamos, vamos», dijo la
tía de George, «¡no digas cosas así!»
«Pues, ¡sí que las
diré!», dijo el viejo, al tiempo que daba un puñetazo en la mesa. «El padre de
George es un buen hombre, pero no tiene fe. Nunca la ha tenido... ni pizca. Va
a morir en pecado, como nació.»
La cólera del viejo
aumentaba.
«Ha sido bueno para
mí», dijo George tercamente, no porque le importara su padre, sino simplemente
para irritar todavía más al viejo.
«Eso no importa», dijo
el viejo, «tiene el deber de tratarte bien, eso no tiene mérito. ¿Qué hace por
Dios? Eso es lo que quiero saber.»
George no pudo
responder a eso. El viejo siguió despotricando. Su esposa intentó calmarlo,
pero lo único que consiguió fue excitar su ira aún más. Evidentemente, esos
estallidos de cólera substituían a una borrachera.
No sé lo que habría
ocurrido, si el pequeño Herbie no hubiera tenido una inspiración. De repente se
puso a cantar: uno de esos himnos cristianos, dulces y pegadizos, que hacen
saltar las lágrimas. Cantaba como un ángel, con los ojos cerrados, y voz de falsete.
Estábamos todos tan pasmados, que nadie se atrevía a decir ni palabra. Cuando
hubo acabado, se inclinó hacia adelante, hizo una reverencia, y murmuró una
oración. Pidió a Dios que restableciera la paz y la armonía en el seno de la
familia, que perdonase a su padre por perder la paciencia, que aliviara las
cargas de su madre y, finalmente y con gran beatería, que cuidase del primo
George, que había caído gravemente enfermo. Cuando levantó la cabeza, las
lágrimas le corrían por las mejillas.
El viejo estaba
visiblemente emocionado. Al parecer, Herbie nunca había representado un número
así.
«Más vale que te vayas
a la cama ahora, hijo», dijo, con voz temblorosa. «Mañana te voy a comprar esa
bicicleta que has estado pidiendo.»
«Dios le bendiga,
padre», dijo Herbie. «Y a usted también, madre. ¡Que Dios nos guarde y nos
preserve del mal a todos!»
Noté que su madre lo
miraba con bastante aprensión.
«No estarás enfermo,
¿verdad, Herbie?», le preguntó solícita.
«No, mamá, me encuentro
muy bien.»
«Bueno, que descanses»,
dijo su madre, «y no te preocupes demasiado.»
«George», dijo el
viejo, al tiempo que rodeaba con el brazo el hombro de George, «perdona mis
atolondradas palabras. Tu padre es un buen hombre. Algún día encontrará su
camino hacia Dios.»
«Todos somos pecadores
ante Dios», dijo Herbie.
Estaba empezando a
costarme trabajo mantener la expresión seria.
«Vamos a dar un paseíto
antes de acostarnos», sugerí.
«Tú vete ya a la cama»,
dijo el viejo a Herbie. «Se está haciendo tarde.»
Fuera, George y yo nos
pusimos a caminar rápido hacia el río. Cuando estuvimos a distancia prudencial
de la casa, rompimos a reír.
«Ese pequeño Herbie es
un comediante», dije. «No sé cómo he conseguido mantener la expresión seria.»
«La verdad es que sabe
tomar la iniciativa», dijo George. «Me pregunto si estará todavía levantada
Kitty», añadió impulsivamente.
«¡Huy, la Virgen!
¡Vamos a dejar eso!», le advertí. «Es demasiado tarde.»
«Nunca se sabe», dijo
George. «Me gustaría pasar los dedos por esa mata de rosas antes de irme a la
cama, ¿a ti, no?»
«Me gustaría tomar un
buen trago, ya que me lo preguntas», dije.
«No es mala idea. Vamos
al vagón de cola a ver quién hay.»
Dimos un gran rodeo
para pasar por delante de la casa de Kitty. Las luces estaban apagadas, pero
George insistió en dar la señal —dos silbidos—, por si acaso. «Si no está
muerta para el mundo», dijo George, «saldrá a hurtadillas y nos seguirá.» Nos
dirigimos sin prisa hacia el vagón de cola.
Colocamos el farol
sobre la estufa, abrimos el frasco que todavía contenía unas gotas, y nos
sentamos con los oídos aguzados.
«Corres un riesgo de la
hostia, George. Puedes ganarte veinte años por esto.»
«Si por lo menos
pudiera metérsela», respondió, «valdría la pena.»
«Puedes quedártela»,
dije, «yo me largo.»
«No hagas eso, Hen.
Espera unos minutos y me iré contigo.»
Esperé unos minutos y
después me levanté.
«Tal vez esté abajo, en
el puente, esperándonos», dijo George.
Bajamos hasta el
puente. Ya lo creo, allí estaba. «Oh, George», gritó, «pensaba que no ibas a
venir nunca.» Lo rodeó con los brazos apasionadamente. Me alejé, alegando que
iba a vigilar. Estuve parado en el cruce casi media hora. Naturalmente, había
apagado el farol. «¡Qué tonto!», pensé. «No va estar contento hasta que no la
haya dejado preñada.»
Por fin, oí que
llegaban. «¿Qué? ¿Ha habido suerte esta vez?», le pregunté, después de que nos
hubiéramos despedido de Kitty.
George gruñó. «Bajemos
al río. Creo que estoy todo manchado de sangre.»
«¡Huy, huy, huy!, dije.
«Así, que, ¡ya está! ¡Ahora vas a ver tú lo que es bueno!»
«Supongo que tendremos
que volver a la ciudad pronto», dijo George.
«¿Cómo? ¿Vas a dejarla
en la estacada?»
«No me delatará. Le he
hecho prometérmelo.»
«No me refiero a ti,
cacho cabrón, me refiero a ella.»
«Oh, eso podemos
arreglarlo, cuando venga a la ciudad», dijo George. «Conozco a un estudiante de
medicina que hará el trabajo.»
«¿Y si le da una
hemorragia?»
«No lo creo», dijo
George. «Está demasiado sana.»
Permanecimos en
silencio por un rato.
«A propósito de Una»,
dijo George de repente. «He estado pensándolo, Hen. Creo que lo mejor es que
vayas tú a verla personalmente. Yo lo único que podría hacer es complicar más
las cosas.»
«¡Qué cabrón eres!»
Volvimos a guardar
silencio.
«Creo que me voy a
marchar mañana o pasado», dije, cuando nos acercábamos a la casa.
«Podría ser buena
idea», dijo George. «No quieres abusar de su hospitalidad.»
«Me gustaría pasar algo
por la estancia», dije.
«No puedes hacer eso,
Hen; se ofenderían.»
«Bueno, entonces les
compraré algo.»
«Muy bien», dijo
George.
Tras una pausa, añadió:
«No creas que no te
agradezco todo lo que has hecho.»
«No ha sido nada»,
dije. «Algún día puedes hacerlo tú por mí.»
«Siento lo de Una... la
verdad es que no...»
Lo interrumpí.
«¡Olvídalo!»
«Sería una lástima que
la perdieras, Hen.»
«No te preocupes por
eso. No voy a renunciar a ella.»
«Ese Carnahan... está
comprometida con él, ¿sabes?»
«¿Cómo? ¿Por qué no me
lo has dicho antes?»
«No quería herirte»,
dijo George.
«Conque sí, ¿eh? Mira,
me marcho mañana en el primer tren.»
«¡No te dejes dominar
por el pánico, Hen! Hace tres meses que están prometidos.»
«¿Cómo? Huy, la Virgen,
no comprendo cómo has podido ocultarme una cosa así.»
«Pensaba que pasaría.
Estoy seguro de que no está enamorada de él.»
«Pero podría casarse
con él sólo por despecho», repliqué.
«Eso es verdad... Pero
lo lamentaría para el resto de su vida, si lo hiciera.»
«¿Y de qué me serviría
eso a mí? Mira, ¿sabes lo que te digo? Que eres un tontaina.»
«No te enfades, Hen.
¿Qué podía yo hacer? Si te lo hubiera dicho, te habrías sentido muy
desgraciado. Además, hacía mucho tiempo que no nos veíamos.»
«¿Por qué no eres
sincero? Lo que pasa es que te da igual una cosa que otra, ¿no es así?»
«Venga, hombre, ¡no
seas tonto!»
«George», dije, «te
aprecio igual que siempre, no puedo dejar de apreciarte, porque hemos sido tan
amigos todos estos años. Pero no volveré a confiar en ti. Tenías la obligación
de hacérmelo saber.»
«De acuerdo, Hen, para
ti la perra gorda.»
No dijimos nada más.
Nos fuimos a la cama en silencio... después de que George se hubiera lavado
cuidadosamente. Yo casi deseaba que pescara unas buenas purgaciones.
Por la mañana me
despedí de todos. Cuando llegué a Nueva York, entré en una tienda y envié a la
familia una enorme caja de bombones, pues no sabía qué les gustaría.
Desde entonces George
Marshall dejó de ser mi hermano gemelo...
«Así, que, ¿así es como
perdiste a Una?», dijo MacGregor.
«Pues, ¡sí! Cuando
volví, me encontré con que ya se había casado. Se había casado tres días
antes.»
«En fin, Hen, supongo
que era lo mejor que podía ocurrir.»
«Hablas igual que
George.»
«No, en serio, ¿para
qué intentar oponerse al Destino? Supongamos que te hubieras casado con ella.
Al cabo de uno o dos años os habríais separado... si es que te conozco bien.»
«Más vale separarse que
no casarse nunca.»
«Hen, ¡eres un
tontaina! Al oírte, diría que todavía estás enamorado de ella.»
«Tal vez lo esté.»
«Estás chiflado. Si
mañana te la encontraras en la calle, probablemente escaparías de su lado.»
«Puede ser. Pero eso no
tiene nada que ver.»
«No tienes remedio,
Hen.» Se volvió hacia Trix. «¿Has oído alguna vez una cosa igual? ¡Y se llama
escritor! Quiere escribir sobre la vida, pero no conoce la naturaleza humana.»
Se volvió otra vez hacia mí. «Cuando estés listo para escribir la gran novela
americana, Hen, ¡ven a verme! Te daré algunos datos sobre la vida para que
entiendas.»
Me reí francamente.
«Muy bien, listo, tú
ríete. Cuando tus sueños quiméricos se disipen, ven a verme y desenredaré la
maraña por ti. Te voy a dar dos años más con ésta... ¿cómo se llama?... ah, sí,
Mona. Mona, Una... en cierto modo se parecen, ¿no? ¿Por qué no escoges a una
chavala con un nombre corriente, como Mary, Jane o Sal?»
Después de haber
soltado eso, MacGregor se ablandó un poco. «Hen», empezó a decir, «todos somos
unos lelos. No eres el peor tipo del mundo, ni mucho menos. Lo malo es que
todos tenemos ideales. Pero, una vez que abres los ojos, comprendes que nunca
podrás cambiar la situación. Desde luego, puedes hacer cambios de poca
importancia —revoluciones y cosas así—, pero no significan nada. La gente sigue
siendo lo que es, ya sean monárquicos, comunistas o simples demócratas. Cada
cual va a lo suyo, ése es el juego. Cuando eres joven, es desalentador. No
acabas de creértelo. Cuanta más fe tienes, mayor es la desilusión. Van a hacer
falta otros cincuenta mil años —¡o más!— para que se produzca algún cambio
fundamental en la humanidad. Mientras tanto, debemos sacar el mayor partido
posible, ¿no crees?»
«Hablas exactamente
igual que tu viejo.»
«Eso es verdad, Henry.»
Lo dijo muy serio. «Eso
te demuestra que no somos tan originales como creíamos. Nos estamos haciendo
viejos, ¿te das cuenta?»
«Tal vez tú... ¡yo,
no!», dije rotundamente.
Ni siquiera Trix pudo
evitar de reírse al oír aquello. «Sois unos niños, los dos», dijo.
«No te engañes, chica»,
dijo MacGregor, al tiempo que se acercaba a ella y la acariciaba. «No porque
tenga todavía un par de huevos soy más joven. Soy un viejo desilusionado, lo
creas o no.»
«Entonces, ¿por qué
quieres casarte conmigo?»
«Oh, no sé», dijo
MacGregor cansado. «Tal vez simplemente para variar.»
«Hombre, muchas
gracias», dijo Trix, ligeramente ofendida.
«Ya sabes lo que quiero
decir», dijo MacGregor. «Huy, la leche, ¿es que tenemos que ponernos
románticos... sólo por agradar a este tío? Quiero un hogar, un hogar de verdad,
¡eso es! Estoy harto de andar de un lado para otro.»
Trix me miró en
silencio. Sacudió la cabeza.
«No te lo tomes en
serio», dije para consolarla. «Siempre presenta las cosas del modo más negro.»
«Eso es», pipió
MacGregor. «Ahora déjame oír algo agradable sobre mí. Dile que no se preocupe,
que sentaré la cabeza muy pronto. Demuéstrale lo buen marido que seré... No,
¡espera! Es mejor que no digas nada. Eres más hábil que la leche para estropear
las cosas.»
«¡Déjale hablar!», dijo
Trix. «Siento curiosidad por saber lo que de verdad piensa de ti tu amigo
Henry.»
«No creerás que vaya a
decirte la verdad, ¿eh? Este gachó es escurridizo como una anguila. Habla de
George Marshall, pero... en fin, si no lo conociera desde hace tanto tiempo y
tan bien, hace siglos que no querría saber nada con él.»
«Henry», dijo Trix,
«¿crees de verdad que debo casarme con él?»
«No me preguntes eso,
por favor.» Intenté eludirlo con una risita.
«¿Lo ves?», dijo
MacGregor. «No es capaz de decir sí o no, sin más. A ver, Henry, ¿qué quieres
decir? ¿Que sí o que no?»
Guardé silencio.
«Eso significa que no»,
dijo MacGregor.
«¡No te apresures!»,
dijo Trix.
«Bueno, Henry, no hay
nada mejor que ser sincero», dijo MacGregor. «Supongo que me conoces demasiado
bien.»
«No he dicho ni una
cosa ni otra», dije. «¿Por qué sacar conclusiones precipitadas? Por cierto,
¿qué hora es?»
«¡Ya ves! Ahora quiere
saber la hora. Eso es muy propio de Henry.»
«Sólo son las dos y
media», dijo Trix. «Espera que te prepare un poco de café antes de que te
vayas.»
«Estupendo», dije. «¿Y
queda algo de tarta?»
«¿Ves? Ahora se anima.
Siempre muy despierto, cuando se habla de comida. Joder, Henry, no vas a
cambiar nunca. Supongo que eso es lo que me gusta de ti: eres incorregible.» Se
sentó muy cerca de mí, sacudió la ceniza del puro, y se puso a desahogarse. «Estoy
en un dilema. Tengo la oportunidad de presentar mi candidatura para juez. Tess
está muy bien relacionada, ¿sabes? Le gustaría verme en la judicatura. Lo que
pasa es que no puedo presentarme para juez e iniciar el proceso de divorcio:
¿comprendes lo que quiero decir? Además, no estoy tan seguro de querer ser
juez. Ni siquiera en la judicatura puedes conservar las manos limpias, ya lo
sabes. Además, no soy muy buen abogado, si te he de ser sincero. No consigo
sentir el menor entusiasmo...»
«¿Por qué no te retiras
y pruebas otra cosa?»
«Por ejemplo, ¿qué?
¿Vender neumáticos? ¿Qué se puede hacer, Henry? Un trabajo es tan malo como el
otro.»
«Pero, ¿es que no hay
nada que te guste?»
«Francamente, Henry,
¡no! En el fondo, soy un vago y nada más. Quiero flotar con el menor esfuerzo.»
«Entonces, ¡flota!»,
dije.
«Eso no es una
respuesta. Ahora bien, si anhelara escribir, sería distinto. Pero, no. No soy
un artista. Y tampoco soy político. Tampoco soy un terremoto de entusiasmo.»
«Entonces, vas de
culo», dije.
«No sé, Henry, yo no
diría eso. Tiene que haber montones de cosas que pueda uno hacer, sin
apasionarse.»
«Lo que te pasa», dije,
«es que siempre necesitas a alguien que decida por ti.»
«Ahí has acertado»,
dijo MacGregor, más alegre de repente, si bien no podía yo entender por qué.
«Por eso es por lo que quiero casarme con Trix. Necesito a alguien que me haga
sentirme más seguro. Tess es como una esponja mojada. En lugar de darme fuerza,
me deja derrumbarme.»
«¿Cuándo vas a dejar de
ser un niño?», dije.
«Venga, Henry, no me
vengas con ese rollo. Tú también eres un niño grande. Regentar una taberna
clandestina, ¡tú fíjate! E ibas a prender fuego al mundo. ¡Jo, jo! ¡Jo, jo!»
«Dame tiempo. Todavía
puedes equivocarte. Por lo menos, sé lo que me gustaría hacer. Eso ya es algo.»
«¿Puedes hacerlo? Esa
es la cuestión.»
«Eso está por ver.»
«Henry, has estado
intentando escribir desde que te conozco. Otros escritores a tu edad tenían ya
publicados por lo menos media docena de libros. Tú ni siquiera has acabado
todavía tu primer libro... ¿o sí? Vamos, vamos, ¡no te engañes!»
«Tal vez no empiece
hasta los cuarenta y cinco años», dije en broma.
«Mejor di hasta los
sesenta, Henry. Por cierto, ¿cuál fue el escritor inglés que no empezó hasta
los setenta?»
No conseguí recordar su
nombre en aquel momento.
Trix apareció con el
café y la tarta. Volvimos a la mesa.
«En fin, Hen», volvió a
empezar, al tiempo que cogía un enorme trozo de tarta, «lo único que puedo
decir es: ¡no flaquees! Todavía puedes llegar a ser escritor. Que vayas a ser
un gran escritor es algo que no puedo predecir. Tienes que aprender la tira.»
«No le hagas caso»,
dijo Trix.
«Nada lo molesta», dijo
MacGregor. «Es todavía más obstinado que yo, y eso ya es decir. La verdad es
que me duele verlo perder el tiempo.»
«¿Perder el tiempo?»,
repitió Trix. «¿Quién fue a hablar?»
«¿Yo? Yo soy vago. Eso
es diferente.» Le ofreció una amplia sonrisa.
«Si piensas casarte
conmigo», replicó ella, «vas a tener que espabilar. No pensarás que vaya a
mantenerte yo, ¿verdad?»
«¿Has oído eso,
Henry?», gritó MacGregor y se echó a reír entre dientes, como si fuera un
chiste graciosísimo. «Pero, bueno, ¿quién ha dicho que alguien tenga que
mantenerme?»
«A ver, ¿cómo vamos a
vivir? No con lo que ganas, de eso estoy segura.»
«¡Bah! ¡Bah!», dijo
MacGregor. «Cariño, todavía no he empezado a trabajar. Tú espera a que me
concedan el divorcio, y entonces verás cómo me las arreglo.»
«No estoy tan segura de
querer casarme contigo», dijo Trix. Dijo esto con la mayor seriedad.
«Pero, bueno, ¿has oído
eso?», dijo MacGregor. «¿Qué te parece? En fin, tú te lo pierdes, encanto.
Dentro de diez años puedo ser miembro del Tribunal Supremo.»
«Pero, ¿y entretanto?»
«Mi lema es: cada cosa
a su tiempo.»
«En último caso puede
ganarse la vida de taquígrafo», dije yo.
«Y divinamente», dijo
MacGregor.
«No quiero casarme con
un taquígrafo.»
«Te vas a casar
conmigo», dijo MacGregor. «¿Quién sabe lo que soy?»
«Ahora mismo eres un
inadaptado», dijo Trix.
«Eso es cierto,
cariño», dijo MacGregor alegremente, «pero eso fueron muchos hombres antes de
llegar a la cumbre.»
«Pero, ¡tú no eres un
trepador!»
«También eso es
cierto», dijo MacGregor. «Simplemente estaba usando una figura retórica.
Decidme una cosa, los dos: no pensaréis sinceramente que soy un fracasado,
¿verdad? Lo único que pasa es que ahora sólo funciono con dos cilindros.
Necesito inspiración. Necesito una buena esposa, un hogar, y uno o dos amigos
de verdad. Como este gachó, por ejemplo. ¿Qué te parece, Henry? ¿Tengo o no
tengo razón?»
Sin esperar una
respuesta, continuó: «Mira, Trix, los tipos como Henry y yo no somos como la
gente corriente. Tenemos calidad. Si me aceptas como marido, te ganas una joya.
Soy el tipo más tolerante del mundo. Henry es testigo. Puedo trabajar tanto
como el que más... ¡si no me queda más remedio! Sólo, que no veo por qué tengo
que matarme. Es estúpido. Ahora bien, no te he dicho nada de esto, pero tengo
varios planes en reserva. Más aún: en realidad, los estoy llevando a la
práctica. No quería decírtelo hasta que no hubieran dado resultado. Con uno
sólo que salga bien, podremos descansar sin preocupaciones durante los diez
años próximos. ¿Qué te parece?»
«Eres un sol», dijo
Trix, enternecida de repente.
No me parece que
creyera en sus planes lo más mínimo, pero estaba deseosa de agarrarse a
cualquier clavo ardiendo.
«¡Así me gusta!», dijo
MacGregor, radiante, «¿ves qué sencillo es?»
Camino de casa, una
hora después aproximadamente, me puse a pensar en todos los proyectos
estrafalarios que MacGregor había concebido, desde la época en que lo conocí...
cuando todavía estaba en el bachillerato, en cómo se había complicado la vida
siempre intentando facilitarse las cosas. Recordé las horas que había pasado
trabajando como un esclavo para «más adelante» poder estar libre para hacer lo
que quisiese, si bien nunca sabía con precisión qué era lo que haría cuando
pudiese hacer sólo lo que le gustara. No hacer nada, que, según decía siempre,
era el summum bonum, le resultaba imposible. Si íbamos a la playa un día de
fiesta, seguro que no dejaba de llevar consigo su cuaderno de notas, y un libro
o dos de derecho, o incluso unas cuantas páginas del diccionario no abreviado,
que llevaba años leyendo, una página cada vez. Si nos metíamos en el agua,
tenía que echar a alguien una carrera hasta la balsa o proponía que jugáramos a
water polo. Cualquier cosa menos hacer el muerto tranquilamente. Si nos tendíamos
en la arena, sugería que jugáramos a los dados o a las cartas.
Si iniciábamos una
conversación agradable, la convertía en una discusión. Nunca era capaz de hacer
nada con paz y satisfacción. Siempre estaba pensando en la cosa siguiente, en
el paso siguiente.
Otra peculiaridad que
recordé de él fue que siempre tenía un catarro intenso: un «catarro de pecho»,
como él decía. Lo mismo en invierno que en verano. Un catarro de verano era
peor, como siempre decía. Con los catarros le daba con frecuencia fiebre del heno.
En resumen, siempre se encontraba en un estado lastimoso, siempre indispuesto,
quejándose, estornudando, y siempre achacándolo al tabaco, que, juraba, iba a
dejar la próxima semana o el próximo mes, y a veces lo conseguía, para mi gran
asombro, pero sólo para volver a caer, para fumar más que antes. A veces era la
bebida lo que le parecía que lo tenía «derrotado» y la dejaba por un tiempo,
tal vez seis u ocho meses, pero sólo para recaer, para beber mucho más que
antes. Todo lo hacía de esa forma discontinua. Cuando estudiaba, se pasaba
dieciocho o veinte horas al día empollando, hasta que casi le daba una
congestión cerebral. Podía ser que rompiera la rutina para jugar a las cartas
con los muchachos, lo que consideraba relajante. Pero jugaba a las cartas del
mismo modo que estudiaba, fumaba y bebía... siempre en exceso. Además, era mal
perdedor. En cuanto a las mujeres... si andaba tras una chica, no la dejaba ni
a sol ni a sombra, por mucho que lo rechazara, hasta que casi la volvía loca.
En cuanto ella se ablandaba, o sucumbía, cortaba con ella. Entonces nada de
mujeres por una temporada. Tabú. Absolutamente. Era mejor vivir sin mujeres;
era más sensato y más sano: comía mejor, dormía mejor, se sentía mejor;
prefería cagar bien a follar bien. Y así sucesivamente... hasta noventa y seis
decimales. Hasta que se tropezaba con otra chica, alguien sencillamente
irresistible, imposible de describir con palabras. Entonces comenzaba otra
persecución demencia!, noche y día, semana tras semana, hasta que mojaba el
churro, y después la chica era exactamente como las demás, ni mejor, ni peor.
«Un simple coño, Hen... ¡un simple coño!»
Siempre tenía veinte o
más tomos apilados en su escritorio: los iba a leer en cuanto tuviera tiempo.
Con frecuencia pasaban años antes de que abriese uno, y para entonces, por
supuesto, el libro había perdido todo el sabor. Intentaba vendérmelos a mitad de
precio; si me negaba, me los regalaba de mala gana. «Pero, ¡tienes que
prometerme que los leerás!», decía. Tenía ejemplares de revistas de diez y
quince años antes, y también periódicos, que trataba del mismo modo. Alguna vez
que otra se llevaba un lote consigo, los abría en el tranvía o en el tren, los
ojeaba por encima y rápidamente, y después los tiraba por la ventanilla. «¡Ya
está!», decía, y sonreía con tristeza. Se había limpiado la conciencia.
De vez en cuando, al
encontrarme accidentalmente, me decía: «¿Por qué no vamos al teatro? Me han
dicho que echan una obra buena en el Orpheum.» Llegábamos al teatro media hora
tarde, nos quedábamos unos minutos, y después salíamos precipitadamente, como si
la propia atmósfera fuera venenosa. «Cinco pavos tirados», decía. «¿Cuánto
llevas, Hen? ¡Qué leche! No te molestes en mirar, ya sé la respuesta. ¿Cuándo
vas a llevar algo de dinero en el bolsillo?» Entonces me llevaba a un bar de
una callejuela deprimente, donde conocía al propietario o al camarero o a
alguien, e intentaba pedir prestados unos dólares; si no conseguía el dinero,
les hacía que nos invitaran a unas rondas. «¿Tienes por lo menos una moneda de
cinco centavos?», me preguntaba de mal humor. «Quiero telefonear a ese
cabroncete de Woodruff: me debe unos pavos. Me da igual que esté en la cama.
Cogeremos un taxi y le haremos pagarlo, ¿qué te parece?» Hacía una llamada tras
otra. Al final, se acordaba de una chica a la que había dejado hacía años, tonta
pero buena chica, como él decía, que se iba a alegrar mucho de volver a verlo.
«Tomamos unas copas y nos las piramos. Tal vez pueda darle un sablazo. Pero no
te pongas a trabajarla... siempre está pescando purgaciones.» Así pasaba la
noche, corriendo de un sitio a otro, sin conseguir nada, cada vez más cansados,
más caprichosos y asqueados. Al final acabábamos en Greenpoint, en casa de sus
padres, donde nunca faltaría cerveza en la nevera. Teníamos que sacarla a
hurtadillas, sin hacer ruido, porque siempre estaba de morros con su viejo, o
bien con su madre, a veces con toda la familia. «No te quieren demasiado,
Henry, no me importa decírtelo. No sé por qué será, pero te tienen fila.
Supongo que eso de la viuda era más de lo que podían tragar. Por no hablar de
aquellas purgaciones de que andabas jactándote.»
A pesar de que se había
ido de casa hacía años, seguían guardándole la habitación, tal como la había
dejado, es decir, en el más absoluto desorden y apestando como si un cadáver
estuviera descomponiéndose en ella. «Al menos podrían tener la decencia de limpiarla
de vez en cuando, ¿no crees?», decía, al tiempo que abría las ventanas de par
en par. «Supongo que todavía intentan darme una lección, los muy idiotas. Mira,
Henry, nadie podría tener padres más estúpidos que tú y yo. No es de extrañar
que no lleguemos a nada. Hemos tenido un mal comienzo.» Después de revolver un
poco por allí, añadía: «Supongo que podría limpiarla yo mismo, pero nunca llego
a hacerlo. Supongo que soy un hijoputa perezoso. Aun así...» Y acababa con
juramentos y maldiciones.
Ante una botella de
cerveza... «¿Recuerdas, Hen, cuando hicimos aquella campaña de publicidad para
tu viejo? En esta misma habitación, ¿no? ¡Imagínate, escribir mil cartas a
mano! Pero lo pasamos bien, ¿verdad? Todavía veo todas aquellas botellas de pie
en el suelo junto a nosotros. Debimos de consumir un camión de cerveza. Nunca
nos pagaron el trabajo: eso es lo que no puedo olvidar. La Virgen, ¡de ti sí
que se puede decir de tal palo tal astilla! Nunca llevas un céntimo encima. Por
cierto, ¿cómo está el viejo últimamente? ¿Sigue teniendo los mismos doce
clientes... o ya se han muerto todos? ¡Qué negocio más absurdo! Me alegro de
que mi viejo fuera un simple ferretero. Me pregunto cómo terminaremos nosotros.
Tú probablemente andes pidiendo limosna en la vejez. Tu viejo tenía algo de
orgullo, pero tú, la Virgen, tú no tienes ni pizca de orgullo, ni de fe, ni de
lealtad, ni de nada, por lo que veo. Simplemente al día, ¿eh, Hen? ¡Qué vida!
Podía divagar así
indefinidamente. Hasta cuando nos acostábamos, con las luces apagadas, y con la
cabeza tapada por las mantas, seguía rajando. Muchas veces se quedaba tumbado
en la cama con un puro en la boca y una botella de cerveza en la mano, hablando
y hablando, pasando de un recuerdo a otro, como el espectro de una mariposa.
«¿Nunca te lavas los
dientes?», le preguntaba yo. Le gustaban esas interrupciones.
«No, ¡qué leche! Solía
hacerlo, Hen, pero es demasiada molestia. De todos modos, se me caerán algún
día.»
«Pero, ¿no tienes mal
sabor de boca?»
«Pues claro que si.
¡Terrible! Pero estoy acostumbrado a él.» (Se reía entre dientes.) «A veces es
tan malo, que apenas puedo soportarlo yo mismo. De vez en cuando una chica me
lo recuerda. Eso te hace sentirte un poco avergonzado, desde luego. Pero se supera.
Tienes que mantener su mente concentrada en lo otro. Una vez que se la metes,
da igual cómo te huela el aliento. ¿No es cierto?»
Encendía el puro viejo
y se incorporaba... «Sin embargo, lo que me molesta, te lo digo sinceramente,
es tener la entrepierna sucia. No sé, Hen, pero tengo la mala costumbre de no
cambiar de calzoncillos hasta que están hechos jirones. ¡Ya sabes cada cuánto
tiempo me doy un baño! De pascuas a ramos.» Se rió entre dientes. «Supongo que
es que no sé limpiarme el culo. Siempre se queda algo pegado en los pelos. A
veces me los corto con unas tijeras.»
Y dale... «Deberíamos
haber venido a casa temprano y haber tenido una buena charla, en lugar de
correr de un lado para otro. ¿Qué es lo que me pasa? ¿Me lo puedes decir? He
sido un culo inquieto desde que era un chaval. A veces me pongo tan nervioso,
que me parece que tengo el baile de San Vito. Me da miedo. Te aseguro que puedo
temblar como un borracho. Alguna vez que otra tartamudeo también. Cuando me
pasa eso, es que me cago de miedo... ¿Te apetece un poco de cerveza?»
«¡Vamos a dormir, por
el amor de Dios!»
«¿Por qué, Hen?
Dormirás la tira, cuando estés muerto.»
«Deja algo para
mañana.»
«¡Mañana! ¿Has pensado
alguna vez, Henry, que puede no haber mañana? Podrías morirte dormido... ¿has
pensado alguna vez en eso?»
«¿Y qué?»
«Hombre, piensa en lo
que te perderías.»
«No me perdería ni una
puñetera cosa», dije irritado. «Lo único que pido es dormir bien durante diez
horas... ¡y un buen desayuno cuando me despierte! ¿Has pensado alguna vez en
desayunar en el cielo?»
«¡Ya estás tú!...
pensando ya en el desayuno. ¿Y quién lo va a comprar? ¿Me lo quieres decir?»
«Ya nos preocuparemos
de eso mañana.»
Silencio por un rato.
«A ver, Henry, ¿cuánto
llevas en el bolsillo? Dimelo, ¿quieres? Siento curiosidad.»
«No sé... quince o
veinte centavos tal vez.»
«¿Estás seguro de que
no son treinta y cinco?»
«Podría ser. ¿Por qué?
¿Quieres que te preste algo?»
«¿Pedirte prestado a
ti? ¡No, por Dios! Eres más pobre que una rata. No, Hen, sólo era curiosidad,
como te he dicho. Sales a la calle con quince o veinte centavos en el
bolsillo... y sin una arruga en la frente. Te tropiezas con alguien —como yo,
por ejemplo— y vas al teatro, bebes, coges taxis, haces llamadas de
teléfonos...»
«¿Y qué?»
«Y nunca te preocupa...
no hablo por mí, Hen. Pero, ¿y si se tratara de otra persona?»
«¿Para qué vamos a
preocuparnos de eso ahora?»
«Supongo que debe de
ser cuestión de temperamento. Yo que tú, me sentiría desgraciado.»
«A ti te gusta sentirte
desgraciado.»
«Supongo que en eso
aciertas. Debo de haber nacido así.»
«Y morirás igual.»
Tosió violentamente,
después alargó la mano para coger la caja de puros. «.¿Te apetece un puro, Hen?
Están un poco secos, pero son habanos.»
«Estás locó. Me voy a
dormir. ¡Buenas noches!»
«De acuerdo. No te
importa que lea un poco, ¿verdad?» Cogió unas páginas arrancadas del
diccionario. Yo tenía los ojos cerrados, estaba casi traspuesto, pero lo oía
hablar monótonamente y sin parar.
«Ahora estoy en la
página 1504», decía. El diccionario no abreviado. Mandelic. ¡Qué palabra! Si
fuera a vivir tanto como Matusalén, tal vez llegase a usar una palabra así.
¿Estás dormido? Sin embargo, es extraño lo que se llega a retener de toda esta
mierda y verborrea. A veces, las palabras más simples son las más extrañas. Una
palabra como corpse, por ejemplo. Cadaver es natural y fácil, pero, ¡corpse! O,
por ejemplo, Easter: apuesto a que nunca has pensado de dónde puede venir.
¿Sabes lo que te digo? Que el inglés es una lengua de locos. Imagínate palabras
como Michaelmas y Wbitsuntide... o vassail o syndrome o nautch o whangdoodle.
Espera un momento, aquí hay una divertida: prepollent. O parlous... ¿no es
extraña ésta? O, por ejemplo, acné o cirrhosts: resulta difícil imaginar a
alguien inventando palabras así, ¿eh? El lenguaje es un puro misterio. Cuanto
más me meto en la etimología, menos sé. Me sorprende que no te hayas leído
todavía el diccionario completo. ¿O lo has hecho? Sé que intentaste leer la Biblia
completa. Yo creo que el diccionario es más divertido. Es más demencial aún que
la Biblia... Mira, sólo con mirar ciertas palabras, sólo con darles vueltas en
la lengua, te sientes bien. Aquí tienes algunas sacadas al azar, antiguas
favoritas: anacoluthon, sesquipedalian, apotbeosis, que, dicho sea de paso, tú
siempre pronuncias mal. Es apotbeosis. Algunas significan exactamente lo que
parece o tal como suenan: gimcrack, thingamajig, socdolager, gazabo, yammer.
Supongo que los anglos y los jutes fueron los responsables de las peores. ¿Has
echado alguna vez un vistazo a un libro sueco? ¡Esa sí que es una lengua de
locos! Y pensar que en tiempos hablábamos así... Mira, no quiero tenerte toda
la noche despierto. ¡Olvídalo! Tengo que hacer esto todas las noches porque me
prometí a mí mismo hacerlo. No me va a servir para nada, lo sé mejor que la
hostia. Pero hay una cosa en esta tarea, Hen: cuando he acabado, he acabado.
¡Sí, señor! Cuando acabo una página, me limpio el culo con ella. ¿Qué te
parece? Es como poner Finis a un libro...»
XII
La taberna no ha
tardado mucho en convertirse en una especie de club privado y centro de recreo.
En la pared de la cocina hay una larga lista de nombres. Junto a los nombres
están escritas con tiza las sumas que nos deben nuestros amigos, nuestros
únicos clientes regulares.
Roberto y George Innes
vienen a veces por la tarde a practicar esgrima. Si no, O’Mara, Ned y yo
jugamos al ajedrez en la habitación trasera junto a la ventana. Si aparece un
cliente importante, como Mathias, salimos por la ventana al patio trasero,
saltamos la cerca y pasamos a la calle siguiente por un callejón estrecho. De
vez en cuando viene Rothermel al final de la tarde a pasar un par de horas
charlando con Mona en privado. Le paga diez o veinte dólares por el privilegio.
Si es una noche en que
no se vende una escoba, despachamos temprano a los clientes de pago, juntamos
las mesas, y nos ponemos a jugar al ping-pong. Celebramos torneos regularmente.
Con refrigerios en los intermedios, por supuesto. Siempre acompañados de cerveza,
ginebra o vino. Si nos quedamos sin licor, vamos a buscar vino sacramental a
Alien Street. Generalmente, las «partidas de campeonato» son entre Arthur
Raymond y yo. Llegamos a obtener tanteos fantásticos. Al final suelo dejarle
ganar, porque tiene mal perder... Siempre amanece antes de que nos acostemos.
Una noche se presenta
Rothermel con varios de sus amigos íntimos de los pantanos de Jersey. Todos
jueces y políticos. Piden lo mejor de todo, por supuesto.
Todo iba sobre ruedas
hasta que apareció Tony Maurer con una bella modelo. Por alguna razón,
Rothelmel sintió una antipatía instantánea hacia él, en parte porque llevaba el
pelo muy corto, en parte porque, en opinión de Rothermel, era demasiado
charlatán. Dio la casualidad de que yo estaba sirviendo a Tony Maurer, cuando
Rothermel abandonó su mesa en la habitación trasera, decidido a armar camorra.
Naturalmente, ya tenía una buena tajada. Un andoba odioso, aun sereno. Me quedé
a un lado por un rato, observando admirado la tranquilidad con que Tony Maurer
replicaba a los ataques de Rothermel. Pero, cuando éste se puso a lanzar
insultos atroces, decidí que era hora de intervenir.
«Más vale que vuelva a
su mesa», dije tranquila y firmemente.
«¿Quién es usted?»,
refunfuñó.
Hirviendo por dentro,
pero por fuera frío como un pepino, dije: «¿Yo? Soy el dueño.»
Rothermel resollaba y
resoplaba. Lo cogí del brazo y le di la vuelta, en dirección a la otra
habitación. «¡Sin empujar!», gritó.
Afortunadamente, en ese
momento sus amigos vinieron en mi ayuda. Se lo llevaron a rastras a la otra
habitación, como si fuera un saco de patatas. Después volvieron para pedir
disculpas a Tony Maurer y a Mona.
«Vamos a echarlos de
aquí pronto», susurré a Tony Maurer.
«¡No, por favor!», me
rogó. «Puedo hacer frente a esta situación. Mira, estoy acostumbrado. Cree que
soy alemán, eso es lo que lo molesta. Siéntate un momento, ¿quieres? Tómate una
copa. No tienes que dejarte alterar por estas cosas.» Acabó con una larga
anécdota sobre su experiencia durante la guerra: primero como oficial de
inteligencia, y después como espía. Mientras lo escuchaba, oía alzarse y
chillar cada vez más la voz de Rothermel. Parecía como si le estuviera dando un
berrinche. Indiqué a Ned y O’Mara que lo calmaran.
De repente, lo oí
gritar: «¡Mona! ¡Mona! ¿Dónde está esa puta? ¡Esta noche me la follo, por los
clavos de Cristo!»
Corrí hasta su mesa y
lo zarandeé, sin demasiadas contemplaciones. Miré rápidamente a sus amigos para
ver si iban a armar alboroto. Parecían avergonzados y desconcertados.
«Vamos a tener que
sacarlo de aquí», expliqué.
«Desde luego», dijo uno
de ellos. «¿Por qué no llama a un taxi y lo envía a su casa? Es vergonzoso.»
Ned, O’Mara y yo le
pusimos el abrigo de cualquier manera y lo empujamos hasta la calle. Había una
ligera cellisca; ahora estaba cubierta de una fina capa de nieve. Rothermel no
podía tenerse en pie por sí solo. Mientras Ned fue a buscar un taxi, O’Mara y
yo lo llevamos a rastras y a empujones hacia la esquina. Iba echando rayos y
maldiciones; estaba especialmente furioso conmigo, naturalmente. En la brega
perdió el sombrero. «No necesita sombrero», dijo O’Mara. «Lo usaremos de
orinal.» Ahora Rothermel estaba ciego de ira. Intentó soltarse los brazos para
darnos un puñetazo, pero lo sujetamos firmemente. Repentina e instintivamente,
los dos lo soltamos a la vez. Rothermel se quedó oscilando ligeramente, sin
atreverse a hacer un movimiento por miedo a que sus piernas cedieran. Nos
retiramos unos pasos y después, movidos por un impulso común, nos pusimos a
bailar a su alrededor como cabras, a hacerle muecas, a hacerle burla, a sacarle
la lengua, a rascarnos el culo como monos, a dar cabriolas y retozar como payasos.
El pobre tío estaba fuera de sí. Ahora estaba vociferando. Afortunadamente, la
calle estaba desierta. Al final, no pudo resistirlo más. Arremetió contra
nosotros, perdió pie y resbaló hasta el arroyo. Lo recogimos, lo pusimos a
salvo en la acera y repetimos nuestras payasadas, esa vez al son de una
cantinela en la que usábamos su nombre de forma insultante.
El taxi se detuvo junto
a la acera y lo montamos como si fuese un saco. Dijimos al conductor que tenía
delirium tremens, le dimos una dirección falsa en Hoboken y le dijimos adiós
con la mano. Cuando volvimos, sus amigos nos dieron las gracias y volvieron a
disculparse. «Debería estar en un manicomio», dijo uno de ellos. Dicho eso,
pidió una ronda e insistió en invitarnos a un pepito de ternera. «Si alguna vez
tienen problemas con la bofia, llámennos», dijo el político calvo. Me entregó
su tarjeta. Después sugirió el nombre de un contrabandista de licores que
podría darnos crédito, si alguna vez lo necesitábamos. Así, que tomamos otra
ronda y otra más, siempre del mejor whiskey escocés, que igual podría haber
sido orina de caballo, para lo que me importaba.
Poco después de que se
fueran, Arthur Raymond tuvo un violento altercado con un joven al que yo nunca
había visto antes, y que, según insistía, había insultado a Mona. Se llamaba
Duffy. Parecía un tipo decente, si bien estaba un poco piripi. «Va a tener que
disculparse públicamente», no cesaba de insistir Arthur Raymond. A Duffy
aquello le pareció un chiste muy bueno. Al final Arthur Raymond no pudo
soportarlo más. Se levantó, retorció el brazo a Duffy y lo tiró al suelo.
Después se sentó en el pecho de Duffy y le golpeó la cabeza contra el suelo.
«.¿Vas a hacerlo? ¿Sí o no?», repetía, al tiempo que golpeaba sin piedad la
cabeza del pobre tío. Al final, Duffy masculló una disculpa con voz apagada y
Arthur Raymond lo puso en pie. Hubo un silencio de muerte, desagradable para
Arthur Raymond. Duffy buscó su abrigo y su sombrero, pagó su cuenta y se
marchó... sin decir palabra. Arthur Raymond se sentó solo en su mesa, con la
cabeza gacha y expresión triste y avergonzada. Al cabo de unos minutos se
levantó y salió dando taconazos.
Hasta unas noches
después, cuando se presentó con los dos ojos a la virulé, no nos enteramos de
que Duffy lo había esperado fuera y le había dado una buena paliza. Cosa
bastante curiosa, Arthur Raymond parecía contento de la somanta que había
recibido. Resultó que después de la reyerta Duffy y él se habían hecho amigos.
Con su falsa modestia habitual, añadió que había estado un poco en desventaja,
que siempre lo estaba a la hora de dar puñetazos, porque no podía permitirse el
lujo de estropearse las manos. El caso es que había sido la primera vez en su
vida que había recibido una paliza. Lo había hecho estremecerse. Con un punto
de malicia concluyó: «Todo el mundo parece alegrarse. Tal vez me lo mereciera.»
«Quizás aprendas a no
meterte donde no te llaman», dijo Mona.
Arthur Raymond no
respondió.
«¿Y cuándo vas a pagar
la cuenta?», añadió Mona.
Ante el asombro de todo
el mundo, Arthur Raymond respondió: «¿Cuánto es?» Se metió la mano en el
bolsillo, sacó un fajo de billetes y entregó la cantidad que debía.
«No lo esperabais,
¿eh?», dijo, al tiempo que miraba a su alrededor como un gallo de pelea. Se
levantó, fue a la cocina y borró su nombre de la lista.
«Y ahora tengo otra
sorpresa para vosotros», dijo, al tiempo que pedía una ronda para todos.
«Dentro de un mes voy a dar un concierto. Bach, Beethoven, Mozart, Ravel,
Prokofieff y Stravinsky. Estáis todos invitados... a mi cargo. Mi última
aparición, por decirlo así. Después de eso voy a trabajar para el Partido
Comunista. Y no me importa lo que les pase a mis manos. Estoy harto de esta
clase de vida. Voy a hacer algo constructivo. ¡Si, señor!», y dio un puñetazo
en la mesa. «De ahora en adelante os repudio a todos.»
Al salir, se volvió
para decir lo siguiente: «¡No olvidéis el concierto! ¡Os enviaré butacas de
primera fila!»
A partir del día en que
Arthur Raymond hizo esta declaración, las cosas empeoraron claramente. Todos
nuestros acreedores parecieron caernos encima a la vez, y no sólo los
acreedores, sino también la policía y el abogado que Maude había contratado
para cobrar los atrasos de la pensión. La cosa comenzaba temprano por la mañana
con el vendedor de hielo aporreando furioso la puerta y nosotros fingiendo
estar profundamente dormidos o ausentes. Por las tardes, era el de la tienda de
ultramarinos, el de la fiambrería o uno de los proveedores dando golpes a la
ventana delantera. Por la noche, intentando hacerse pasar por un cliente,
llegaba un portador de citaciones o un policía de paisano. Por último, el
casero empezó a apremiarnos para que pagáramos el alquiler y a amenazarnos con
llevarnos a los tribunales, si no lo hacíamos. Era suficiente como para
provocarnos un ataque de nervios. A veces nos sentíamos tan agotados, que
cerrábamos el local y nos íbamos a ver una película.
Una noche el antiguo
trío —Osiecki, O’Shaughnessy y Andrews— llegaron con tres chicas del Follies.
Era hacia medianoche y ya estaban mamados como cubas. Era una de esas noches en
que nuestros amigos íntimos estaban presentes. Las chicas del Follies, bonitas,
vacías y extraordinariamente vulgares, se empeñaron en juntar las mesas para
poder bailar encima de ellas, hacer el salto con las piernas abiertas, y cosas
así. Osiecki, creyéndose un cosaco, no cesaba de girar como una peonza, para
nuestro absoluto asombro. Naturalmente, no había mejorado ni pizca en ese
tiempo. Pero estaba más alegre que de costumbre, y por alguna razón extraña, se
creía un acróbata. Después de que se hubieran roto algunas sillas y algunos
platos y vasos, se decidió de repente que iríamos todos a Harlem. Mona, Osiecki
y yo montamos a un taxi con Spud Jason y su Alameda, que llevaba sobre su
regazo un perrito escuálido llamado Fifi. Para cuando llegamos a Harlem ya nos
había meado a todos encima. Por último, Alameda se meó en las bragas de
excitación.
En Small’s, que
entonces hacía furor, bebimos champán, bailamos con los negros y comimos
filetes enormes cubiertos de cebolla. El Dr. Kronsky formaba parte del grupo y
parecía estar pasándoselo bomba. Yo no tenía ni idea de quién, pagaba todo
aquello. Probablemente Osiecki. El caso es que llegamos a casa al amanecer y
nos desplomamos en la cama rendidos. Justo cuando estábamos quedándonos
dormidos Alan Cromwell llamó a la ventana, pidiendo que le dejáramos entrar. No
le hicimos caso. «Soy yo, Alan, ¡dejadme entrar!», no cesaba de gritar. Alzó la
voz hasta el punto de que parecía que estaba dando alaridos. Evidentemente
tenía una curda que no se tenía y, además, le había dado agresiva. Por fin,
acudió un poli y se lo llevó, al tiempo que le untaba la badana con la porra. A
Kronsky y a O’Mara, que estaban durmiendo sobre las mesas, les pareció una
broma más graciosa que la hostia. Mona estaba preocupada. Sin embargo, no
tardamos en quedarnos como troncos.
La noche siguiente Ned,
O’Mara y yo tuvimos una idea. Nos había dado por sentarnos en la cocina a tocar
el ukelele, canturrear y hablar bajito, mientras Mona se ocupaba de los
clientes. Era la época de la ola de prosperidad en Florida. A O’Mara, siempre inquieto,
siempre deseoso de hacerse rico rápidamente, se le ocurrió la idea de que los
tres debíamos largarnos a Miami. Estaba convencido de que en unas semanas
podíamos hacer dinero suficiente para que viniera Mona y llevar una nueva vida.
Como ninguno de nosotros tenía dinero para invertir en negocios inmobiliarios,
tendríamos que obtenerlo de los que lo habían hecho. Ofreceríamos nuestros
servicios de camareros o botones. Hasta estábamos dispuestos a hacer de
limpiabotas. Cualquier cosa para empezar. El tiempo todavía era bueno, y
mejoraría a medida que viajáramos hacia el sur.
O'Mara siempre sabía
presentar el anzuelo de forma atractiva.
Naturalmente, a Mona no
la entusiasmaba el proyecto. Tuve que prometerle que la telefonearía todas las
noches, estuviéramos donde estuviésemos. Lo único que necesitaba era una moneda
de veinticinco centavos para meter en la ranura; el cobro podía ser revertido.
Para cuando llegara la cuenta del teléfono, la taberna estaría cerrada y ella
ya se habría reunido con nosotros.
Todo estaba preparado
para que nos largáramos al cabo de unos días. Desgraciadamente, dos días antes
de que partiéramos, el casero nos envió una citación. Desesperado, intenté
juntar al menos parte del dinero que le debíamos. Impulsivamente, fui a ver al
hijo de uno de los amigos íntimos de mi padre. Era bastante joven pero le iba
bien en el negocio de los buques de vapor. No sé qué me impulsó a abordarlo...
era como agarrarse a un clavo ardiendo. En cuanto mencioné el dinero, me lo
rechazó de plano. Hasta tuvo la cara de preguntarme por qué lo había elegido a
él. Nunca me había pedido ningún favor, ¿no? (Ya era un hombre de negocios
insensible. Al cabo de pocos años iba a ser un «triunfador».) Me tragué el
orgullo e insistí. Al final, tras humillarme completamente, conseguí sacarle
diez pavos. Me ofrecí a firmarle un pagaré, pero lo rechazó desdeñoso. Cuando
regresé a la taberna, me sentía tan degradado, tan derrotado, que casi prendí
fuego al local. Sin embargo...
El día que O’Mara y yo
salimos para Miami era un sábado por la tarde. Ya era hora. Caían gruesos copos
de nieve: la primera nevada de la temporada. Nuestro plan era coger la
carretera más allá de Elizabeht y conseguir un coche que nos llevara hasta
Washington, donde debíamos reunimos con Ned. Por no sé qué razón, Ned iba a
Washington en tren. Se llevaba el ukelele... para levantar la moral.
Casi era de noche,
cuando subimos a un coche a las afueras de Elizabeht. Viajaban en el coche
cinco morenitos y todos estaban ajumados. Nos preguntábamos por qué demonios
conducían tan deprisa. No tardamos en descubrirlo: llevaban el coche lleno de
droga y la policía federal les iba pisando los talones. No podíamos comprender
por qué se habían detenido para recogernos. Nos sentimos muy aliviados, cuando
un poco antes de llegar a Filadelfia, aminoraron la marcha y nos hicieron
bajar.
Ahora nevaba
copiosamente y soplaba un ventarrón helado. Además, estaba obscuro como boca de
lobo. Caminamos unos tres kilómetros, con los dientes castañeteándonos, hasta
que llegamos a una gasolinera. Pasaron varias horas antes de que volvieran a
cogernos, y, aun entonces, sólo hasta Wilmington. Decidimos pasar la noche en
aquel pue- blucho de mala muerte.
Fiel a mi promesa,
llamé a Mona. Me retuvo al aparato casi quince minutos, mientras la telefonista
nos interrumpía de vez en cuando para recordarnos que la tarifa subía. La
situación era bastante sombría al otro extremo del hilo: tenía que aparecer
ante el tribunal el día siguiente.
Cuando colgué, tuve tal
ataque de remordimiento, que estaba dispuesto a volver por la mañana.
«Vamos», dijo O’Mara,
«no te dejes desanimar. Ya conoces a Mona; encontrará una salida.»
«Salgamos mañana a
primera hora», dije. «Si lo intentamos, podemos estar en Miami dentro de tres
días.»
El día siguiente, hacia
mediodía, nos reunimos con Ned, que se había instalado en un hotel decrépito en
el que costaba un dólar pasar la noche. Su habitación era como un decorado de
Los bajos fondos de Gorky. Una de cada dos ventanas tenía el cristal roto; unas
estaban tapadas con trapos, otras con periódicos.
Los grifos no
funcionaban, la cama tenía un colchón de paja, y los muelles habían cedido
completamente. Había telarañas colgando por todos lados. El olor a polvo era
tan intenso, que casi nos asfixiaba. Y aquel era un hotel para «blancos». En
nuestra gloriosa capital, nada menos.
Compramos un poco de
queso, vino y salami, una gran hogaza de pan y unas aceitunas, y cruzamos el
puente hasta Virginia. Una vez cruzada la frontera, nos sentamos en la hierba
bajo un árbol umbroso y llenamos el estómago. Después nos estiramos al calor del
sol, fumamos un cigarrillo o dos, y, por último, cantamos una tonadilla. Esa
tonada iba a convertirse en nuestro leitmotiv: hablaba de ir en busca de una
cara amistosa.
Cuando nos pusimos en
pie, nos sentíamos muy animados. El Sur se presentaba bien: cálido, incitante,
grato, espacioso. Ya estábamos en otro mundo.
Entrar en el sur
siempre es alentador. Para cuando alcanzas Maryland y empiezas a pasar por las
curvas de montaña rusa todo se ha vuelto moderado y suave. Cuando llegas al
«Antiguo Dominio», está claro que te encuentras en un mundo nuevo, no hay la
menor duda. La gente tiene buenos modales, gracia, dignidad. El Estado que nos
dio más presidentes, o por lo menos los mejores, era un gran Estado en aquella
época. Sigue siéndolo, en muchos sentidos.
Muchas veces abandoné
Nueva York, sin preocuparme de la dirección en que me llevara el viento, con
tal de poner terreno por medio entre la ciudad que detestaba y yo. Con
frecuencia acababa en Carolina del Norte o Tennessee. Pasar por Virginia era
como repetir un motivo de una sinfonía o un cuarteto familiar. A veces me
detenía en una aldea y solicitaba trabajo porque me gustaba el aspecto del
lugar. Naturalmente, nunca cogía el trabajo. Me quedaba un tiempo haciendo el
esfuerzo de imaginar qué tal sería pasar el resto de mis días allí. El hambre
siempre me arrancaba de mi ensueño...
De Washington llegamos
a Roanoke no sin dificultad, ya que éramos tres; no hay muchos conductores
dispuestos a coger a tres vagabundos, sobre todo procedentes del Norte. Aquella
noche llegamos a la conclusión de que sería mejor separarnos. Miramos el mapa y
decidimos encontrarnos todos la noche siguiente en la estafeta de Correos de
Charlotte, en Carolina del Norte. El plan salió perfectamente. Uno por uno
llegamos a nuestro destino, el último sólo media hora después del primero. Allí
volvimos a cambiar de plan, pues Ned había descubierto que habría podido ir
todo el camino hasta Miami con el hombre que lo recogió. Decidimos que nuestra
próxima cita sería en Jacksonville. O’Mara y yo íbamos a ir juntos; Ned
viajaría solo. La mañana siguiente, poco después del amanecer, parados en la
carretera a las afueras de Charlotte, tuvimos que hacer frente a una llovizna.
Durante una hora o más nadie nos hizo caso. Hartos, decidimos plantarnos en
medio de la carretera. Dio resultado. El siguiente coche que apareció frenó con
un chirrido de los neumáticos.
«Por los clavos de
Cristo, ¿qué les pasa?», exclamó el conductor.
«¿Hacia dónde va
usted?», gritamos.
«¡Jacksonville!»
La puerta se abrió y
subimos. Arrancamos a velocidad de vértigo. Durante varios minutos el conductor
no dijo ni palabra. Cuando, por fin, abrió la boca, fue para decir: «Ha sido
una suerte que no los atropellara.» No dijimos nada. «No sabía si dispararle o
pillarlos», continuó. O’Mara y yo nos miramos. «¿De dónde son?», preguntó. «¿A
qué se dedican?» Se lo dijimos. Nos echó una mirada escrutadora, sacó la
conclusión, supongo, de que decíamos la verdad, y después lenta y penosamente
nos contó que había matado por accidente a un amigo suyo en una pelea de
borrachos en un bar. Lo había golpeado en la cabeza con una botella, en defensa
propia. Aterrorizado y presa del pánico, se había abierto camino a golpes hasta
la salida, había montado al coche, y había escapado. Llevaba dos revólveres en
los bolsillos y estaba dispuesto a usarlos, si alguien intentaba interponerse
en su camino. «Ustedes se han librado por un pelo», dijo.
Al cabo de un rato nos
confió que se dirigía a Tampa, donde podría ocultarse a salvo por un tiempo. Al
menos, pensaba que podría. «Probablemente volveré y aceptaré lo que me espera.
Primero tengo que serenarme», dije. No cesaba de repetir: «No ha sido culpa
mía, no tenía intención de matarlo.» En cierto momento se hundió y lloró como
un niño.
Cuando paramos a comer,
insistió en pagar la cuenta. También pagó la cena. En Macon (Georgia) cogimos
una habitación con dos camas, que también pagó. En el extremo del amplio
vestíbulo había una puta sentada en una mecedora bajo una luz roja. Cuando estábamos
desnudándonos, nuestro amigo dejó los revólveres sobre la cómoda, junto con su
cartera, al tiempo que observaba tranquilo que el primero que llegara hasta
ellos sería el afortunado.
La mañana siguiente
temprano volvimos a ponernos en camino. Nuestro amigo debería haber ido directo
a Tampa, pero, no; insistió en dejarnos primero en Jacksonville. No sólo eso,
sino que, además, tuvimos que aceptar el billete de diez dólares que nos entregó:
para que nos diera «buena suerte».
«Más vale que se
aseguren primero de cómo es la situación, antes de seguir adelante», nos avisó.
«Tengo el presentimiento de que ha pasado el momento de prosperidad.» Le
deseamos buena suerte y, mientras lo observábamos arrancar, nos preguntábamos
cuánto tardaría la ley en atraparlo. Era un tipo sencillo y honrado, de buen
corazón, mecánico de oficio. Una de esas personas de las que uno dice: «no
haría daño a una mosca».
La verdad es que fue
una suerte habernos encontrado con él. Aparte de los diez dólares que nos había
dado, sólo teníamos unos cuantos dólares entre los dos. Ned llevaba la mayor
parte del dinero y se había olvidado de repartirlo. En fin, fuimos a Correos,
como habíamos quedado. Allí estaba Ned, desde luego. Llevaba dos horas o más
allí. El hombre que lo había cogido en Charlotte lo había llevado directo hasta
allí, y, lo que era aún más extraño, también había pagado las comidas y lo
había alojado en su habitación.
Mirándolo bien, no nos
había ido tan mal. Lo primero que teníamos que hacer era averiguar cuál era la
situación.
No tardamos en
descubrirlo. Jacksonville estaba llena hasta rebosar de pobres diablos como
nosotros, todos de regreso de la tierra de la prosperidad. Si hubiéramos tenido
el menor sentido común, habríamos dado la vuelta inmediatamente y nos habríamos
dirigido a casa, pero por orgullo decidimos quedarnos un tiempo. «Tiene que
haber algo que podamos hacer», no cesábamos de decirnos mutuamente. Pero no
sólo no había nada que hacer; es que, además, no había dónde dormir. De día
rondábamos por la Asociación de Jóvenes Cristianos, que había llegado a
parecerse a un refugio del Ejército de Salvación. Nadie parecía hacer el menor
esfuerzo para encontrar trabajo. Todo el mundo estaba esperando una carta o un
telegrama de su familia. Esperando un billete de tren, un giro, o un simple
billete de dólar. Así siguió la cosa durante días. Dormíamos en el parque
(hasta que los polis nos descubrieron), o en el suelo de la cárcel, en compañía
de cien o más cuerpos inmundos envueltos en periódicos, unos vomitando, otros
cagándose en los pantalones. De vez en cuando, intentando encontrar trabajo,
caminábamos hasta un pueblo vecino y tratábamos de inventar un trabajo que nos
diera por lo menos para comer. En una de aquellas correrías, sin haber comido
durante treinta y seis horas y tras caminar doce kilómetros hasta el mítico
empleo, tuvimos que regresar con el estómago vacío, las piernas hechas polvo y
las tripas sonándonos, tan rendidos, tan absolutamente agotados y abatidos, que
caminamos en fila india, uno tras otro, con la cabeza gacha y la lengua fuera.
Aquella noche intentamos probar en el Ejército de Salvación. En vano. Había que
tener veinticinco centavos para que le dejaran a uno dormir en el suelo. En el
retrete me pareció como si fuesen a salírseme las tripas. El dolor era tan
intenso, que me desmayé. Ned y O’Mara tuvieron que sacarme de aquel sitio. Nos
dirigimos paso a pasito hada las explanadas del ferrocarril, donde había trenes
de carga abarrotados de fruta podrida procedente del Norte. Allí nos
encontramos con un sheriff, que nos echó colocándonos el revólver a la espalda.
Ni siquiera nos permitió recoger unas naranjas podridas tiradas por el suelo.
«¡Vuelvan a su tierra!» Siempre la misma exclamación.
Por gran suerte el día
siguiente Ned se encontró con un extraño viejo llamado Fletcher al que había
conocido en el ramo de publicidad en Nueva York. Era un dibujante, que tenía un
estudio, como él lo llamaba, y, a pesar de estar sin blanca, prometió hacernos
una comida aquella noche. Al parecer, celebraba sus bodas de plata. Para
aquella ocasión había conseguido que dejaran salir a su esposa del manicomio.
«No va a ser muy
divertido», informó a Ned, «pero procuraremos que sea lo más alegre posible. Es
una persona encantadora, perfectamente inofensiva. Está así desde hace quince
años.»
Fue uno de los días más
largos de mi vida, esperando aquella cena prometida. Anduve todo el día por la
Asociación de Jóvenes Cristianos, intentando conservar las energías. La mayoría
de los tipos pasaban el tiempo jugando a las cartas o a las damas: los dados
estaban prohibidos. Leí los periódicos, las revistas de la Christian Science y
todas las demás porquerías que había por allí. Si una revolución hubiera
estallado en Nueva York, no me habría producido la menor excitación. Sólo
pensaba en una cosa: ¡comida!
En cuanto puse los ojos
en el pobre Fletcher, sentí enorme simpatía por él. Era un hombre cercano a los
setenta años, con ojos azules y lacrimosos y espeso bigote. Se parecía a
Buffalo Bill enteramente. En las paredes había muestras de su obra —de los viejos
tiempos—, cuando le pagaban espléndidamente por dibujar jacas y vaqueros para
las portadas de revistas. Una pequeña pensión lo ayudaba a malvivir. Vivía con
la esperanza de conseguir un encargo importante algún día. A ratos perdidos
pintaba pequeños rótulos para comerciantes, cualquier cosa que le permitiera
ganarse unas perras. Se alegraba de vivir en el sur, donde al menos el clima
era cálido.
Para nuestra sorpresa,
sacó dos botellas, una llena de ginebra hasta la mitad, la otra con un dedo más
o menos de whiskey de centeno. Con ayuda de un limón, unas cáscaras de naranja
y una cantidad generosa de agua conseguimos que diera para unas rondas. Mientras
tanto, su esposa estaba descansando en la habitación contigua. Fletcher dijo
que la sacaría, cuando llegara la hora de comer. «Para ella todo es igual»,
dijo. «Tiene su mundo y su ritmo propios. Ya no me recuerda; así, que no os
sorprendáis por lo que diga. Suele estar muy tranquila... y bastante alegre,
como veréis.»
Entonces se puso a
preparar la mesa. Los platos estaban rotos y desportillados, nada hacía juego,
por supuesto, y los cubiertos eran de estaño. Puso el «couvert» sobre la mesa
desnuda y en el centro de ésta colocó un inmenso jarrón de flores. «Va a ser una
cena fría», dijo para disculparse, «pero puede servir para engañar el hambre.»
Trajo una fuente con ensalada de patatas, un poco de queso barato, un poco de
mortadela y liverwurst, junto con una hogaza de pan y un poco de margarina. De
postre, había unas manzanas y frutos secos. Ni una naranja a la vista. Después
de haber colocado un vaso de agua delante de cada plato, puso a hervir la
cafetera.
«Me parece que ya está
todo listo», dijo, al tiempo que miraba hada la otra habitación. «Esperad un
minuto y traeré a Laura.»
Los tres nos quedamos
en silencio esperando que ellos dos salieran de la habitación contigua. Lo
oímos despertarla; le hablaba con voz suave y cariñosa, al tiempo que la
ayudaba a ponerse en pie.
«Bueno», dijo,
sonriendo desesperado a través de las lágrimas, mientras la conducia hasta la
mesa, «aquí estamos por fin. Laura, éstos son mis amigos... tus amigos también.
Van a comer con nosotros: ¿no es encantador?»
Nos acercamos por
turno, les estrechamos la mano, primero a ella y luego a él. A todos se nos
había saltado las lágrimas, cuando alzamos los vasos de agua y brindamos por
sus bodas de plata.
«Vaya, es como en los
viejos tiempos», dijo Fletcher, al tiempo que miraba primero a su esposa
demente y después a nosotros. «¿Recuerdas, Laura, aquel viejo estudio tan
gracioso que tuvimos en el Village hace años? Tampoco entonces éramos muy
ricos, ¿verdad?» Se volvió hacia nosotros. «No voy a bendecir la mesa, a pesar
de que esta noche me gustaría. He perdido la costumbre. Pero quiero deciros lo
agradecido que os estoy de que estéis compartiendo esta pequeña celebración con
nosotros. Habría sido muy triste que hubiéramos estado los dos solos.» Se
volvió hacia su esposa.
«Laura, todavía estás
bella, ¿sabes?» Le hizo una caricia bajo la barbilla. Laura alzó los ojos con
expresión melancólica y esbozó una sonrisa. «¿Lo veis?», exclamó. «Ah, sí, en
tiempos Laura fue la belleza más admirada de Nueva York. ¿Verdad, Laura?»
No tardamos mucho en
dar cuenta de la comida, incluidas las manzanas y los frutos secos y unas
pastas rancias que Fletcher había descubierto mientras buscaba la leche
condensada. Mientras tomábamos la segunda taza de café, Ned sacó el ukelele y
nos pusimos a cantar, incluida Laura. Cantamos canciones familiares como O
Susanna, A bull-frog sat on a railroad track, Annie Laurie, Oíd Black Joe... De
repente, Fletcher se levantó y dijo que iba a cantar Dixie, lo que hizo con
gracia, y acabó con el espeluznante grito de los rebeldes. Laura, muy
complacida con su actuación, le pidió que cantara otra tonada. Volvió a
levantarse y cantó The Arhansas Treveller, que remató con una jiga. ¡Caramba,
cómo nos divertíamos! Era patético.
Al cabo de un rato
volví a sentir hambre. Pregunté si no quedaba algo de pan duro. «Podríamos
hacer crépes a la francesa», dije.
Buscamos por todos
lados, pero no encontramos ni un mendrugo. Lo que sí encontramos fue un
bizcocho mohoso y, mojándolo en el café, recuperamos la energía.
Si no hubiera sido por
la mirada vacia de sus ojos, nadie habría pensado que Laura estaba loca. Cantó
con entusiasmo, reaccionó ante nuestros chistes y ocurrencias, y comió con
ganas. Sin embargo, al cabo de un rato se adormeció, igual que un niño. La llevamos
a la alcoba y volvimos a acostarla. Fletcher se inclinó y le besó la frente.
«Chicos, si esperáis
unos minutos», dijo, «creo que tal vez pueda conseguir un poquito más de
ginebra. Voy a ver al vecino de la puerta de al lado.»
Al cabo de unos minutos
estaba de vuelta con media botella de whiskey de maíz. También traía en la mano
una bolsita de bizcochos. Hicimos más café, servimos el whiskey y nos pusimos a
charlar. De vez en cuando echábamos un largo leño en la vieja estufa ventruda.
Era la primera noche cómoda y alegre que pasábamos en Jacksonville.
«Cuando vine aquí, me
encontré en el mismo aprieto», dijo Fletcher. «Se tarda tiempo en llegar a
conocer gente... Ned, ¿por qué no vas a la redacción del periódico? Tengo un
amigo allí, es uno de los redactores. Quizá pueda encontrarte algo.»
«Pero, es que yo no soy
escritor», dijo Ned.
«¡Qué leche! Henry
escribirá por ti», dijo O’Mara.
«¿Por qué no vais los
dos?», dijo Fletcher.
Estábamos tan
entusiasmados con la perspectiva de conseguir un empleo, que todos bailamos una
jiga en el centro de la habitación.
«Vamos a cantar ésa
sobre la búsqueda de una cara amistosa», pidió Fletcher. Volvimos a ponernos a
tararear y cantar, no demasiado fuerte por Laura.
«No debéis preocuparos
por ella», dijo Fletcher, «duerme como un ángel. Mirad, sinceramente creo que
lo es. No encajaba en nuestro mundo. A veces pienso que es una bendición que
esté así.»
Nos enseñó muestras de
su trabajo, que había guardado en grandes cofres. No estaba nada mal. Por lo
menos era un buen dibujante. En su juventud había recorrido toda Europa: París,
Munich, Roma, Praga, Budapest, Berlín. Hasta había ganado algunos premios.
«Si tuviera que vivir
otra vez», dijo, «no haría nada. No cesaría de vagar por el mundo. ¿Por qué no
os vais al oeste? Todavía hay muchas oportunidades en esa parte del mundo.»
Aquella noche dormimos
en el suelo del estudio de Fletcher. La mañana siguiente Ned y yo fuimos a ver
al hombre del periódico. Tras unas palabras, yo quedé eliminado. Pero a Ned le
dieron la oportunidad de escribir una serie de artículos. Naturalmente, yo iba
a hacer el trabajo por él.
Ahora lo único que
teníamos que hacer era apretarnos el cinturón hasta el día de cobro. Sólo
faltaban dos semanas para el día de cobro.
Aquel mismo día O’Mara
me llevó hasta la casa de un cura irlandés cuya dirección le había dado
alguien. Inmediatamente la hermana que abrió nos dio con la puerta en las
narices. Al bajar la escalinata, vimos al buen Padre sacando su Packard del
garaje. O’Mara intentó suplicarle. El único ánimo que le dio fue echarle una
bocanada de humo de su habano. «¡Váyanse por donde han venido y no perturben la
paz!» Eso fue todo lo que el Padre Hoolihan se dignó decir.
Aquella noche me fui a
vagar por ahí solo. Al pasar ante una gran sinagoga, oí el canto del coro. Era
una oración hebrea y me encantó. Entré y me senté en la fila de atrás. En
cuanto acabó el servicio, avancé y abordé al rabino. Quería decirle: «Reb, estoy
en mala situación...» Pero era un tipo de aspecto solemne, lo menos afable del
mundo. Le conté mi historia en unas pocas palabras, y acabé pidiéndole
alimentos, o cupones para comida, y un lugar para dormir, si fuese posible. No
me atreví a decir que éramos tres.
«Pero, usted no es
judío, ¿verdad?», dijo el Reb. Bizqueaba como si no pudiera verme bien.
«No, pero estoy
hambriento. ¿Qué más da lo que yo sea?»
«¿Por qué no acude a
las iglesias cristianas?»
«Ya lo he hecho»,
respondí. «Además, tampoco soy cristiano. Soy un simple gentil.»
De mala gana escribió
unas palabras en un trozo de papel, al tiempo que me decía que debía presentar
el mensaje al encargado del Ejército de Salvación. Me presenté allí
inmediatamente, sólo para que me dijeran que no había sitio.
«¿Pueden darme algo
para comer?», supliqué.
Me informaron de que
hacía horas que habían cerrado el comedor.
«Comería cualquier
cosa», insistí ante el hombre del escritorio. «No tendrían una naranja o un
plátano podridos.»
Me echó una mirada
extraña y permaneció impasible.
«¿Puede darme una
moneda de diez centavos... una simple moneda de diez centavos?», le rogué.
Con expresión de
fastidio, se metió la mano al bolsillo y me arrojó una moneda de diez centavos.
«Ahora, ¡lárguese de
aqui», dijo. «Ustedes, los haraganes, deben volver al Norte, de donde han
venido.»
Giré sobre los talones
y me marché sin decir palabra. En la calle principal vi a un tipo de aspecto
simpático vendiendo periódicos. Hubo algo en su aspecto que me animó a
dirigirme a él.
«Hola», dije, «¿qué tal
va?»
«No del todo mal,
compañero. ¿De dónde eres? ¿De Nueva York?»
«Sí, ¿y tú?»
«De Jersey City.»
«¡Choca esos cinco!»
Unos minutos después
estaba pregonando unos cuantos periódicos que me había dado. Tardé una hora en
venderlos. Pero me había ganado unas perras. Volví corriendo a la Asociación y
encontré a O’Mara dormitando en un gran sillón tras un periódico.
«Vamos a comer», dije,
al tiempo qué lo sacudía vigorosamente.
«Sí, hombre», respondió
irónicamente. «Vamos a Delmonico’s.»
«No, en serio», dije,
«acabo de ganarme unos centavos, lo suficiente para un café y buñuelos. Vamos.»
Se puso en pie al
instante. Mientras caminábamos apresuradamente, le conté en pocas palabras lo
que había pasado.
«Vamos a buscar a ese
tipo», dijo. «Parece un amigo. De Jersey City, ¿eh? ¡Cojonudo!»
El vendedor de
periódicos se llamaba Mooney. Dejó el trabajo para tomar un bocado con
nosotros.
«Podéis dormir en mi
habitación», dijo Mooney. «Tengo una cama de sobra. Es mejor que dormir en la
cárcel.»
El día siguiente, hacia
mediodía, seguimos su consejo y fuimos a la puerta trasera de la redacción del
periódico para que nos dieran una mano de diarios. Naturalmente, nuestro amigo
Mooney nos había dejado el dinero para comprar los periódicos. Había unos
cincuenta chavales arremolinados, todos intentando ser los primeros en
conseguir los diarios. Tuve que inclinarme sobre el antepecho de una ventana y
sacar los míos a través de los barrotes. De repente, sentí a alguien trepándome
por la espalda. Era un morenito que intentaba alcanzar su mano de periódicos
por encima de mi cabeza. Me lo quité de encima y se arrastró por entre mis
piernas. Todos los chavales se reían y burlaban. Tuve que reírme yo también. El
caso es que pronto estuvimos cargados y caminando por la calle principal. Para
mí era la cosa más difícil del mundo abrir la boca y gritar. Intenté presentar
los periódicos a los transeúntes. No dio el menor resultado.
Estaba allí parado, con
aspecto bastante ridículo, supongo, cuando apareció Mooney. «Así no se venden
los periódicos», dijo. «¡Mírame a mí!» Y, dicho eso, se dio media vuelta y se
puso a pregonar el periódico a gritos: «¡Edición extraordinaria! ¡Edición extraordinaria!
Con toda la información sobre el gran broo... siiis...» Yo me preguntaba cuál
sería la gran noticia, al no poder captar la palabra importante al final de su
frase. Miré la primera página para ver cuál era el titular. No había titular.
En realidad, no parecía haber noticias.
«Grita cualquier cosa»,
dijo Mooney. «Pero, ¡grítalo a pleno pulmón! Y no te quedes en un sitio. ¡No
dejes de moverte! Tienes que menearte, si quieres acabarlos antes de que salga
la próxima edición.»
Hice lo que pude. No
paré de subir y bajar por la calle principal, y después me metí por las calles
adyacentes. Pronto me encontré en el parque. Sólo había vendido tres o cuatro
periódicos. Dejé el paquete en el suelo y me senté en un banco a mirar cómo nadaban
los patos en el estanque. Todos los inválidos, convalecientes e impedidos
parecían haber salido a tomar el sol. El parque parecía más que nada el patio
de recreo de un Hogar de Veteranos. Un viejo extraño que estaba detrás de mí me
pidió prestado un periódico para ver el informe metereológico. Esperé
soñoliento y feliz a que leyera el periódico desde la primera a la última
página. Cuando me lo devolvió, intenté plegarlo bien para que no pareciera
usado.
Al salir del parque, un
poli me paró para comprarme un periódico. Eso casi me desmontó.
A la hora en que iba a
salir la próxima edición había vendido exactamente siete periódicos. Busqué a
O’Mara. Le había ido un poco mejor, pero no como para sentirse orgulloso.
«Mooney va a sentirse
decepcionado», dijo.
«Ya lo sé. Supongo que
no estamos hechos para andar vendiendo periódicos por la calle. Es un trabajo
para chavales... o para un espabilado como Mooney.»
«Tú lo has dicho,
Henry.»
Volvimos a tomar café y
buñuelos. Mejor que nada. Era comida y comida era lo que necesitábamos. Tanto
caminar para arriba y para abajo, y con un paquete pesado, te abría un apetito
de lobo. Me pregunté cuánto tiempo iba a poder aguantarlo.
Más adelante, el mismo
día, volvimos a encontrarnos con Mooney. Nos disculpamos por no haber sido
capaces de vender más.
«Olvidadlo», dijo. «Lo
entiendo. Mirad, dejadme prestaros cinco pavos. Id a explorar por ahí a ver si
encontráis algo mejor. No estáis hechos para esto. Nos veremos esta noche en la
taberna. ¿De acuerdo?» Se marchó a toda prisa, al tiempo que nos saludaba con
la mano alegremente.
«Eso es lo que se llama
un tío cojonudo», dijo O’Mara. «Ahora tenemos que conseguir algo, joder.
¡Vamos, en marcha!»
Echamos a andar sin que
ninguno de los dos tuviera la menor idea de lo que buscábamos ni de cómo
encontrarlo. Unas manzanas más adelante nos encontramos con un tipo de aspecto
alegre que intentó sacarnos diez centavos.
Era un minero de carbón
procedente de Pensilvania. Atrapado, como nosotros. Ante un café y buñuelos nos
pusimos a intercambiar ideas.
«Os voy a decir una
cosa», dijo. «Bajemos esta noche al barrio de putas. Si puedes pagarte una
copa, siempre te reciben bien. No hace falta que subas con las tías. En
cualquier caso, es acogedor y confortable... y se puede oír música. Es un
espectáculo mucho mejor que si te sientas en el depósito de cadáveres.» (Se
refería a la Asociación.)
Aquella noche, mientras
tomábamos una copas, nos preguntó si nos habíamos convertido alguna vez.
¿Convertido? Nos
preguntamos qué querría decir.
Nos lo explicó. Al
parecer, siempre había unos tipos merodeando por «el depósito de cadáveres»
deseosos de conseguir conversos para la iglesia. Hasta los mormones enviaban
allí a sus exploradores. La cuestión, explicó, era escuchar inocentemente y
parecer interesado. «Si el bobo cree que te ha engatusado, resulta muy fácil
sacarle una comida. Probadlo alguna vez. A mí ya me han calado... y ya no me
sirve el truco.»
Nos quedamos en el
prostíbulo todo el tiempo que pudimos. De vez en cuando aparecía una nueva
chica, se nos insinuaba, y renunciaba.
«No es el Paraíso
precisamente para ellas», dijo nuestro amigo. «A dólar el polvo, y la casa se
queda con la mejor parte. Aun así, algunas de ellas no están tan mal, ¿verdad?»
Las observamos para
valorarlas. Un grupo patético, de aspecto todavía más patético que las
muchachas del Ejército de Salvación. Todas ellas mascando chicle, tarareando,
silbando, intentando parecer atractivas. Noté que una o dos bostezaban, se
frotaban los ojos soñolientos.
«Por lo menos, comen
regularmente.» Esto lo dijo O’Mara.
«Sí, eso es verdad»,
dijo nuestro amigo. «Pero yo preferiría morirme de hambre.»
«No sé», dije yo. «Si
yo tuviera que escoger... si fuese una mujer... no sé si no probaría. Al menos
hasta que engordara un poco.»
«Eso es lo que
piensas», dijo nuestro amigo, «pero te equivocas. Con ese trabajo no se
engorda, permíteme decírtelo.»
«Y ésa, ¿qué?», dijo
O’Mara, señalando a una tonelada de grasa.
«Esa nació gorda, está
más claro que el agua. Además, es una borracha.»
Aquella noche, de
vuelta hacia ningún lado, me pregunté qué sería de Mona. Sólo había recibido
una notita de ella desde nuestra llegada. Desde luego, nunca le había gustado
escribir cartas. Ni tampoco se mostraba nunca explícita sobre nada. Lo único
que yo había deducido de su nota era que un día de aquellos la iban a
desahuciar. Y entonces, ¿qué?, me pregunté.
El día siguiente
merodeé por la Asociación la mayor parte del tiempo, esperando, o, mejor,
suplicando, que alguien intentara convertirme. Estaba dispuesto a convertirme a
lo que fuera, incluso al mormonismo. Pero nadie me hizo caso. Hacia el
anochecer se me ocurrió una idea brillante. Era algo tan sencillo, que me
pregunté por qué no se me había ocurrido antes. Sin embargo, hay que estar
desesperado de verdad para que se le ocurran a uno soluciones tan simples.
¿Cuál era la brillante
idea? Ir de tienda en tienda pidiendo sólo comida que fueran a tirar: pan duro,
fruta podrida, leche agria... En aquel momento no me di cuenta de lo parecido
que era mi plan a la táctica seguida por San Francisco para mendigar. También
él pedía sólo lo que ya no servía para comer. Naturalmente, la diferencia
radicaba en que él tenía una misión que cumplir. Yo sólo intentaba mantenerme a
flote. ¡Una gran diferencia!
Aun así, dio resultado
perfectamente. O’Mara recorrió un lado de la calle y yo el otro. Cuando nos
reunimos al final de la manzana llevábamos los brazos cargados. Corrimos a casa
de Fletcher, llamamos a Ned y nos preparamos para un festín.
A decir verdad, las
sobras y desperdicios que habíamos recogido no eran repugnantes. Todos habíamos
comido carne corrompida antes, si bien no intencionadamente; las verduras sólo
había que recortarlas; con el pan duro se hacían tostadas excelentes; la leche
agria daba a la fruta pasada un gusto delicioso. Un coolie chino habría
considerado lujosa nuestra comida. Lo único que faltaba era un poco de vino
para bajar el queso barato y rancio. Sin embargo, teníamos café y un poco de
leche condensada. Estábamos entusiasmados. Comimos como lobos.
«Lástima que no se nos
haya ocurrido invitar a Mooney», dijo O’Mara.
«¿Quién es Mooney?»,
preguntó Ned.
Se lo explicamos. Ned
nos escuchó con la boca abierta.
«La Virgen, Henry»,
dijo, «me dejas de piedra. Y yo sentado todo el tiempo arriba, en el despacho
que da a la calle. Yo vendiendo tus trabajos publicados con mi nombre... ¡y
vosotros voceando periódicos por la calle! Tengo que contárselo a Ulric... Por
cierto, ¿has visto lo que escribiste? Consideran que es bastante bueno, ¿te lo
había dicho?»
Me había olvidado
completamente de mis artículos. Tal vez los leyera durante los letargos en la
Asociación, sin darme cuenta en ningún momento de que era yo quien los había
escrito.
«Henry», dijo Fletcher,
«deberías volver a Nueva York. Que estos chavales pierdan el tiempo es
comprensible; pero tú, no. Tengo el presentimiento de que has nacido para hacer
algo grande.»
Me sonrojé e intenté
cambiar de tema.
«Vamos», dijo Fletcher,
«no seas modesto. Tienes talento, está más claro que el agua. No sé lo que
llegarás a ser: santo, poeta, filósofo. Pero eres un artista, eso está claro.
Y, lo que es más, no estás maleado. Tienes una forma de olvidarte de ti mismo
que dice mucho en tu favor.»
Ned, que todavía se
sentía culpable, aplaudió a Fletcher calurosamente. «En cuanto me paguen,
Henry», dijo, «te daré el dinero para el viaje de vuelta por tren. Eso es lo
menos que puedo hacer. O’Mara y yo aguantaremos aquí. ¿Eh, Ted? Tú eres un
veterano: has estado en la miseria desde que tenías diez años.»
O’Mara sonrió. Ahora
que había encontrado una forma de conseguir comida se sentía animado.
Además, estaba Mooney,
a quien habíamos cogido cariño. Estaba seguro de que entre los dos podían
conseguir algo.
«Pero, ¿quién va a
escribir los artículos para el periódico?»
«Ya me he ocupado de
eso», dijo Ned. «La semana que viene me van a nombrar compaginador. Eso es lo
mío. Existen posibilidades de que pronto esté ganando pasta.»
«Piensa en mí, si te
sobra algo», dijo Fletcher.
«También he pensado en
eso», dijo Ned. «Si aquí, Ted, se encarga del problema de la comida, yo
subvendré a lo demás. Ya sólo faltan unos días para cobrar.»
Volvimos a dormir en
casa de Fletcher. Pasé la noche en blanco, no porque el suelo fuera duro, sino
a causa de Mona. Ahora que había una posibilidad de regresar me moría de
impaciencia. Pasé la noche devanándome los sesos para encontrar una salida
rápida. Hacia el amanecer se me ocurrió que posiblemente mi viejo me enviaría
por lo menos parte del dinero para el billete. Con sólo que llegara hasta
Richmond, sería una gran ayuda.
Por la mañana muy
temprano fui a la oficina de telégrafos para enviar un cable al viejo. Al
anochecer ya había llegado: para el viaje completo. Pedí prestados cinco pavos
más a Mooney, para comer, y aquella misma noche partí.
En el momento en que
monté al tren me sentí como un hombre nuevo. Antes de que hubiera pasado media
hora había olvidado Jacksonville completamente. ¡Qué lujo adormilarse en un
asiento tapizado! Lo extraño era que me encontraba escribiendo otra vez... en la
cabeza. Sí, estaba impaciente por ponerme a la máquina. Me parecía que hacía un
siglo que había escrito la última línea... Me pregunté vagamente, como en
sueños, dónde encontraría a Mona, qué haríamos a continuación, dónde
viviríamos, y cosas así. Nada era demasiado importante. Era tan maravilloso
estar sentado en aquel vagón confortable... con un billete de cinco dólares en
el bolsillo... ¡Tal vez un ángel de la guarda me protegiera! Me acordé de las
palabras de despedida de Fletcher. ¿Era yo un artista de verdad? Por supuesto,
que lo era. Pero todavía tenía que demostrarlo... Al final, me congratulé de
haber pasado por una experiencia tan amarga. «La experiencia es muy valiosa»,
no dejaba de repetirme. Parecía un poco ridículo, pero me adormeció y me sumió
en un sueño apacible.
XIII
De vuelta al redil o,
dicho de otro modo: de vuelta a la calle de las primeras penas. Mona vive con
su familia, yo con la mía. El único modo —pro tempo— de resolver el problema
económico. En cuanto haya vendido unas historias, volveremos a buscar un lugar
para vivir.
Desde el momento en que
el viejo se va a la sastrería hasta que vuelve para cenar, yo dale que te
pego... todos los días. Todos los días Mona y yo hablamos por teléfono; a veces
nos encontramos al mediodía para tomar un bocado juntos en un restaurante barato.
Sin embargo, no con la frecuencia suficiente para Mona. Se está volviendo loca
de miedo, dudas, celos. Sencillamente, no puede creer que me paso escribiendo
desde el alba hasta el crepúsculo un día tras otro.
Naturalmente, de vez en
cuando lo dejo y salgo a hacer «trabajo de investigación.» Tengo cien ideas
para explotar, todas las cuales exigen investigación y documentación. Ahora
funciono con los ocho cilindros: cuando me siento a la máquina, me fluye de los
dedos.
En este momento estoy
dando los últimos retoques a un retrato que he titulado «El fracasado». (No
puedo sospechar lo más mínimo que un hombre llamado Papini, un hombre que vive
en Italia, pronto publicará un libro con este mismo título.)
No voy a decir que
fuera un lugar ideal para trabajar: la casa de mis padres. Me siento junto a la
ventana que da a la calle, oculto por los visillos y ojo avizor por si llegan
visitas. La regla de la casa es: si ves que llega una visita, ¡escóndete! Y eso
es exactamente lo que hago todas las veces: esconderme en el armario empotrado,
con la máquina, los libros, los papeles y todo lo demás. ¡Fantástico! (Me llamo
a mí mismo «el esqueleto de la familia» A veces se me ocurren ideas brillantes
estando escondido en los obscuros pliegues del armario... inducido
indudablemente por el acre olor de las bolas de naftalina. Las ideas me vienen
con tanta rapidez, que me resulta casi insoportable esperar a que el visitante
se vaya. En una obscuridad total tomo notas ilegibles en trocitos de papel.
(Sólo palabras y frases clave.) En cuanto a la respiración, no hay problema.
Puedo contener la respiración tres horas, en caso necesario
Al salir del agujero,
mi madre exclama sin falta: «¡No debes fumar tanto!» Como comprenderéis, hay
que explicar por qué hay humo. Sale del paso diciendo: «Henry ha estado aquí hace
un momento.» Al oírla dar esa débil explicación a un visitante, a veces tengo
que meterme la manga de una chaqueta en la boca para no echarme a reír.
De vez en cuando me
sale con esto: «¿es que no puedes hacer tus historias más cortas?» La pobre
tiene la idea de que cuanto antes las acabe, antes me pagarán. No quiere oír
hablar de las notas de rechazo. Hace como que no se lo cree.
«¿Sobre qué estás
escribiendo ahora?», me pregunta una mañana.
«Sobre numismática», le
digo.
«¿Qué es eso?»
Se lo explico en pocas
palabras.
«¿Tú crees que la gente
desea leer cosas así?»
Me pregunto para mis
adentros qué diría, si le contara la verdad, si le contase lo que es «El
fracasado».
El viejo es más
tratable. Tengo la sensación de que no espera que estos disparates vayan a dar
nada, pero siente curiosidad y por lo menos finge interesarse por lo que estoy
haciendo. No sabe muy bien qué pensar de un hijo casado dos veces, y padre de
una niña, que se queda sentado en el comedor día tras día escribiendo a
máquina. En el fondo tiene confianza en mí. Sabe que llegaré a algo algún día
de algún modo. No está intranquilo.
A la vuelta de la
esquina, donde acudo cada mañana a comprar el periódico y un paquete de
cigarrillos, hay una tiendecita regentada por un recién llegado: un Sr. Cohen.
Es la única persona, ese Sr. Cohen, que parece interesado por lo que hago. Le
parece extraordinario tener de cliente a un escritor, aunque sea un escritor
embrionario. Todos los demás comerciantes, hay que decirlo, me conocen de
antiguo; ni uno de ellos sospecha que ahora soy otra persona. Para ellos sigo
siendo el niño de cabellos color trigo y sonrisa inocente.
Sin embargo, el Sr.
Cohen es de otro mundo, de otra época. No está en «su ambiente», como tampoco
yo. En realidad, por ser judío, todavía despierta sospechas. Sobre todo a los
antiguos del barrio. Una mañana brillante y encantadora el querido señor Cohen
me confiesa que en tiempos también él tuvo la ambición de ser escritor. Con
auténtico sentimiento me informa de lo mucho que significan para él nuestras
conversaciones. Dice que es un privilegio conocer a alguien «con la misma
inclinación». (Supongo que quería decir de la misma especie.) Bajando la voz,
me confía con enorme aversión el bajo concepto en que tiene a los tenderos
vecinos. ¡Ah, querido señor Cohen, encantador señor Cohen, acuda, acuda, de
dondequiera que esté, y déjeme besarlo en la frente! Vamos a ver, ¿qué teníamos
en común? Unos cuantos autores muertos, miedo y odio hacia la policía,
desprecio hacia los gentiles y pasión por el aroma de un buen puro. Usted no
era un virtuoso, y yo tampoco lo era. Pero sus palabras llegaban hasta mí como
interpretadas en una celesta. ¡Avance, pálido fantasma, salga del divino
telesma y déjeme abrazarlo de nuevo!
Naturalmente, mi madre
se siente no sólo sorprendida, sino también escandalizada, al descubrir que me
he hecho amigo de «ese judío». ¿De qué diablos hablamos? ¿De libros? Pero, ¿es
que lee? Sí, querida madre, lee en cinco lenguas. Sacude la cabeza incrédula, y
vuelve a sacudirla con aire de desaprobación. En cualquier caso, el hebreo y el
yiddish, que para ella son una y la misma cosa, no cuentan: sólo les judíos
entienden esa jerigonza. (Ech! Ech!) Nada importante, dice, puede haberse
escrito en lenguas tan toscas. ¿Y la Biblia, madre querida? Se encoge de
hombros. Se refería a libros, no a la Biblia. (Sic.)
¡Qué mundo! No quedaba
ninguno de mis amigos. Solía preguntarme si no me encontraría algún día con
Tony Marella. Su padre todavía se sentaba junto a la ventana a remendar
zapatos. Siempre que pasaba por delante de la tienda, lo saludaba. Pero nunca
tenía valor para preguntar por Tony. Sin embargo, un día, leyendo el periódico
local —The Chat—, me enteré de que mi antiguo amigo se presentaba para concejal
en otro distrito, donde ahora vivía. ¡Tal vez llegara a Presidente de Estados
Unidos un día! No sería poca cosa, ¿eh?: un presidente salido de nuestro
pequeño y obscuro barrio. Ya podíamos presumir de tener un coronel y un
contraalmirante. Los hermanos Grogan, nada menos. Habían vivido a sólo unos
portales de nosotros. «¡Grandes muchachos!», como decían todos los vecinos.
(Esperad un poco y, ¡por Dios!, uno de ellos llegará a general; por su parte,
el otro, el contraalmirante, que me cuelguen si no será enviado a Moscú en
misión especial... y nada menos que por el Presidente de nuestro Sacro Imperio
Apisonador. ¡No está mal para nuestra insignificante Van Voorhees Street!)
Y ahora, pienso para
mis adentros (de la part des voisins), tenemos al pequeño Henry con nosotros.
¿Quién sabe? Tal vez un día llegue a ser otro O’Henry. Si Tony Marella figura
en la lista de los presidentes futuros, seguro que Henry, nuestro pequeño Henry,
puede llegar a ser un escritor famoso. Dixit.
Aun así —en tono
ligeramente diferente ahora—, era una lástima que no hubiésemos producido por
lo menos un buen boxeador. Los hermanos Laski se habían desvanecido. No tenían
madera de campeones. No, no era un barrio para engendrar a John L. Sullivans ni
a James J. Corbetts. Desde luego, el viejo Distrito XIV había producido una
docena de púgiles buenos, por no hablar de políticos, banqueros y buenos
estafadores. Tenía la sensación de que, si estuviera de nuevo en el antiguo
barrio, escribiría con mayor brillantez. Si al menos pudiese saludar a tipos
como Lester Reardon, Eddie Carney, Johnny Paul, me sentiría como un hombre
nuevo.
«¡Qué leche!», me dije,
dando un golpe con los nudillos desnudos contra la punta de una verja de
hierro, «todavía no estoy acabado. Ni mucho menos...»
Y así una mañana me
levanté lleno de determinación.
Decidido a lanzarme al
mundo y hacer sentir mi presencia. Sin plan ni proyecto fijo. Con un manojo de
manuscritos bajo el brazo, salí corriendo a la calle.
Impulsado por una
corazonada, me dirijo al sanctasanctórum de una editorial, donde me encuentro
frente a uno de los directores de una revista de cinco centavos. Mi idea es
pedir un trabajo de redactor.
Lo curioso es que ese
hombre es uno de la tribu Miller. Gerald Miller, nada menos. ¡Buen presagio!
No tengo que ejercer
mis encantos, porque ya está predispuesto en mi favor. «No cabe duda», dice,
«es usted un escritor nato». Delante tiene un montón de manuscritos; ha echado
una ojeada por aquí y por allá, lo suficiente para convencerse de que tengo talento.
«Así, que, ¿le gustaría
trabajar en la revista? Bien, es posible que pueda encontrar un sitio para
usted. Uno de los redactores se marcha dentro de una o dos semanas; hablaré con
el jefe y veremos lo que se puede hacer. Estoy seguro de que podrá usted desempeñar
la tarea, aunque no tenga práctica.» A eso siguen unos cumplidos perspicaces.
Después, sin que venga
a cuento, dice de repente: «¿Por qué no escribe algo para nosotros entretanto?
Mire, pagamos bien. Supongo que no le vendría mal un cheque de 250 dólares,
¿verdad?»
Sin esperar respuesta,
continúa: «¿Por qué no escribe sobre las palabras? No me hace falta leer
demasiado para ver que usted está enamorado de las palabras...»
No estaba seguro de
entender lo que deseaba exactamente que dijera sobre ese tema, sobre todo a un
público de revista de cinco centavos.
«Yo mismo no lo sé del
todo», dijo. «Use la imaginación. No lo haga muy largo. Digamos, cinco mil
palabras. ¡Y recuerde que no todos nuestros lectores son profesores de
universidad!»
Estuvimos sentados un
rato charlando, y después me acompañó hasta el ascensor. «Venga a verme dentro
de una semana», dijo. Luego, se metió la mano en el bolsillo, sacó un billete y
me lo puso en la mano. «Puede que lo necesite para ir tirando.» Sonrió. Era un
billete de veinte dólares, como descubrí al llegar a la calle. Sentí deseos de
volver corriendo y darle las gracias, pero después pensé que no, que tal vez
acostumbraran a tratar así a sus escritores.
«La nieve caía
suavemente sobre toda Irlanda...» Las palabras me pasaban por la cabeza como un
estribillo, mientras me dirigía a casa saltando sobre los adoquines. Entonces
se me ocurrió otra línea... no sé por qué: «En la casa de mi Padre hay muchas
mansiones...» Armonizaban perfectamente, la nieve cayendo lenta, suave,
constantemente (por toda Irlanda) y las engalanadas mansiones de la dicha, de
las que el Padre tenía un infinidad. Era el día de San Patricio para mí, y no
había serpientes a la vista. Por alguna razón extraña me sentía irlandés hasta
la médula. Un poquito de Joyce, un poquito de Blarney Stone, un poco de
artificio... y Erin Go Bragh. (Siempre que el maestro volvía la espalda, uno de
nosotros se acercaba a hurtadillas a la pizarra y garabateaba con tiza
resplandeciente: Enn Go Bragh!) Voy caminando por Brooklyn y la nieve está
cayendo suavemente. Tengo que pedir a Ulric que me recite ese pasaje de nuevo.
Tiene la voz que se necesita para recitarlo, ya lo creo. Hace falta una bella
voz melodiosa. ¡Y eso no le falta a Ulric!
«La nieve caía
suavemente sobre toda Irlanda...»
Agil como una cabra,
ligero como el aire, nostálgico como un fauno, me encaminaba por los
encantadores y burbujeantes adoquines.
¡Si al menos supiera
qué escribir! Doscientos cincuenta dólares no eran moco de pavo. ¡Y, además, un
puesto en la redacción! ¡Caramba, cómo había ascendido de repente! Tenía que
contárselo al señor Cohen. (¡Sholem Aleichem!) Cinco mil palabras. Cosa hecha.
Una vez que supiera lo que tenía que decir, podía escribirlo de una sentada.
Palabras, palabras...
Lo creáis o no, no
podía escribir ni una puñetera palabra. Mi tema favorito y ahí me teníais,
mudo. Curioso. Peor aún: deprimente.
Tal vez debiera
investigar un poco primero. Al fin y al cabo, ¿qué sabía de la lengua inglesa?
Casi nada. Una cosa es usarla y otra muy distinta escribir sobre ella
inteligentemente.
¡Ya lo tengo! ¿Por qué
no acudir directamente a la fuente? ¿Por qué no ir a ver al redactor en jefe
del famoso diccionario no abreviado? ¿Cuál? El de Funk y Wagnall. (El único que
he usado siempre.)
La mañana siguiente
temprano estoy sentado en la antesala, esperando que aparezca el Dr. Vizetelly
en persona. (Es como pedir a Jesucristo que te ayude, pienso para mis
adentros.) Sin embargo, la suerte está echada. Lo único que pido a Dios es no
hacer el ridículo, como hace años cuando fui a ver a un escritor famoso y le
pregunté directamente: «¿cómo se empieza a escribir?» (La respuesta es:
«Escribiendo». Eso fue exactamente lo que dijo, y así acabó la entrevista.)
Tengo al Dr. Vizetelly
delante. Un hombre vivaz y afable, brillante e inesperado. Al instante me hace
sentirme cómodo. Me insta a que me explique. Se acerca un sillón cómodo, me
escucha atentamente, después comienza...
Durante toda una hora o
más, aquella persona amable y bondadosa, para con quien siempre estaré en
deuda, me comunica todo lo que le parece puede servirme. Habla tan rápida y
copiosamente, que no tengo la menor oportunidad de tomar una sola nota. La
cabeza me da vueltas. ¿Cómo voy a recordar ni siquiera parte de toda esa
información estimulante? Es como si hubiera colocado la cabeza bajo una fuente.
El Dr. Vizetelly,
consciente de mi dilema, acude en mi ayuda. Ordena a un botones que me traiga
folletos. Me insta a que los examine con calma. «Estoy seguro de que escribirá
usted un artículo excelente», dice, al tiempo que me lanza una mirada radiante,
como un padrino. Después me pregunta si tendré la amabilidad de mostrarle lo
que haya escrito antes de presentarlo a la revista.
Ahora, sin avisar, me
hace unas preguntas directas sobre mí: ¿cuánto hace que escribo? ¿Qué otras
cosas he hecho? ¿Qué libros leo? ¿Qué lenguas conozco? Una tras otra: tic, tac,
toc. Me siento menos que un don nadie, o como dicen en hebreo: efesefasim. ¿Qué
he hecho en realidad? ¿Qué sé en realidad? Arrinconado al final, no me queda
más remedio que confesar mis pecados y omisiones. Lo hago, exactamente como lo
haría ante un sacerdote, si fuera católico y no el engendro miserable de
Calvino y Lutero.
¡Qué hombre más viril y
magnético! ¿Quién pensaría, al encontrarlo por la calle, que era el director de
un diccionario? El primer erudito que me inspiró confianza y admiración. Un
hombre. Me lo repetía una y otra vez. Un hombre con un par de huevos, además de
su bagaje de conocimientos. No una simple fuente de saber, sino una catarata
viva, corriente, rugiente. Cada partícula de su ser vibra con ardor eléctrico.
No sólo conoce todas las palabras de la lengua inglesa (incluidas las
«proscritas», como él dice), sino que, además, sabe de vinos, caballos,
mujeres, comida, aves, árboles; sabe llevar los trajes, sabe respirar, sabe
relajarse. Y sabe bastante también para echar un trago de vez en cuando. Por
saberlo todo, lo ama todo. ¡Ahora es cuando lo perfilamos! Un hombre lanzado
hacia adelante —a cuatro patas, casi diría yo— para saludar a la vida. Un
hombre con una canción en los labios. ¡Gracias, Dr. Vizetelly! ¡Gracias por
estar vivo!
Al despedirnos, me dijo
—¿cómo podría olvidar sus palabras?—: «Hijo, tiene usted todas las cualidades
de un escritor, estoy seguro de ello. Siga ahora y haga lo que pueda. Venga a
verme, si me necesita.» Me puso una mano al hombro con afecto y con la otra me
estrechó la mano calurosamente. Era la bendición. ¡Amén!
Ha dejado de caer la
nieve blanca y suave. Está lloviendo, lloviendo en lo más profundo de mi
interior. Las lágrimas me corren por la cara: lágrimas de gozo y gratitud. Por
fin he contemplado el rostro de mi padre auténtico. Ahora sé lo que significa:
el Paráclito. Adiós, Padre Vizetelly, pues no volveré a verlo nunca. ¡Ojalá su
nombre sea venerado para siempre!
Cesa la lluvia. Ahora
es sólo una fina llovizna —ahí abajo, en el corazón—, como si se estuviera
drenando a través de una fina gasa el contenido de un sumidero. Toda la región
torácica está saturada con las más finas partículas de esa substancia amada H2O
que, cuando cae sobre la lengua, sabe a salado. Lágrimas microscópicas, más
preciosas que gruesas perlas. Filtrándose despacio hasta la gran cavidad regida
por los conductos lacrimales. Ojos secos, palmas secas. La cara absolutamente
relajada, abierta como las grandes llanuras, y madurando de júbilo.
(«¿Vuelve a nevar,
señor Conroy?»)
Es maravilloso hablar
la lengua propia, verla rebotar en tu cara, convertirse de nuevo en el lenguaje
universal. De las 450.000 palabras que abarca el diccionario no abreviado, el
Dr. Vizetelly me había asegurado que yo debía conocer por lo menos 50.000.
Hasta un pocero tiene un vocabulario de por lo menos 5.000 palabras. Para
demostrarlo, lo único que hay que hacer es ir a casa, sentarse, y mirar
alrededor. Puerta, picaporte, silla, mango, madera, hierro, cortina, ventana,
alféizar, botón, piernas, por no citar los adjetivos, los adverbios, las
preposiciones, los verbos y participios que las acompañan. ¡Y Shakespeare tenía
un vocabulario que apenas superaba el de un retrasado mental de hoy!
Entonces, ¿qué quiere
decir esto? ¿Qué vamos a hacer con más palabras?
(«¿Y es que no tienes
tu lengua propia con la que mantenerte en contacto?»)
¡Sí, tu lengua propia!
Langue d’Oc. O: huic, huic, huic. En hebreo se dice «¿Cómo está usted?» por lo
menos en diez formas diferentes, según te dirijas a un hombre, a una mujer, a
hombres, a mujeres, o a hombres y mujeres, y así sucesivamente. A una vaca o a
una cabra nadie que esté en sus cabales dice: «¿Cómo está usted?»
Camino de casa, hacia
la calle de las primeras penas, Brooklyn, ciudad de los muertos. Regreso del
nativo...
(«¿Y no tienes tu
tierra propia para visitar?»)
Sí, tengo el fúnebre
Brooklyn, y el terreno vecino: los pantanos, los basureros, los hediondos
canales, los descampados siempre vacíos, los cementerios... El páramo natal.
Y yo no soy ni chicha
ni limonada...
Cesa la llovizna. Las
entrañas están llenas de grasa mojada. El frío baja a la deriva desde el norte.
Ah, pero, ¡está lloviendo otra vez!
Y ahora me viene,
recién salido de la tumba, ese pasaje que Ulric sabía recitar como un dublinés
nativo... «Había comenzado a nevar otra vez. Miró soñoliento los copos,
plateados y obscuros, que caían oblicuos a la luz del farol. Había llegado el
momento de emprender su viaje hacia el oeste. Sí, los periódicos tenían razón:
nevaba en toda Irlanda. La nieve caía sobre todos los puntos de la sombría
llanura central, sobre las colinas sin árboles, caía suavemente sobre Bog of
Alien y, más hacia el oeste, no dejaba de caer suavemente sobre las sombrías y
turbulentas olas del Shannon. También caía sobre todos los puntos de la
solitaria iglesia de la colina, donde yacía enterrado Michael Furey. Formaba
montones espesos sobre las cruces torcidas y las lápidas, sobre las picas de la
puertecita, sobre los yermos espinos. Su alma desfallecía lentamente mientras
oía caer la nieve tenue por el universo y caer tenue, como el descenso de su
fin último, sobre los vivos y los muertos.»
En ese reino nevado,
con la lengua salmodiando su dulce letanía, apreté el paso hacia casa, siempre
hacia casa. Entre las tapas del gigantesco diccionario, entre ablativos y
gerundios, me acurruqué y me quedé dormido. Entre Adán y Eva me quedé tendido,
rodeado de mil renos. Mi cálido aliento, enfriado por aguas vivas, me envolvía
en una neblina refulgente. En la belle langue d'Oc, me encontraba fuera del
mundo. Tenía en torno al cuello el amnios, que me estrangulaba, pero tan
suavemente. Y el nombre del amnios era Nemesh...
Tardé todo un mes o más
en escribir el artículo para mi tocayo, Gerald Miller. Cuando lo acabé,
descubrí que había escrito quince mil palabras en lugar de cinco mil. Lo reduje
a la mitad y lo llevé a la editorial. Una semana después recibí el cheque. Por
cierto, que el artículo no se publicó nunca. «Demasiado bueno», fue el
veredicto. Tampoco el puesto en la redacción llegó a hacerse realidad nunca.
Nunca averigüé por qué. Probablemente porque yo era «demasiado bueno».
Sin embargo, con los
250 dólares pudimos volver a vivir juntos de nuevo. Nos buscamos una habitación
amueblada en Hancock Street, Brooklyn, ciudad de los muertos, de los más
muertos que vivos, y de los más muertos que los muertos. Una calle tranquila y
respetable: fila tras fila de las mismas casas de madera indescriptibles, todas
adornadas con altas escalinatas, marquesinas, céspedes y barandillas de hierro.
El alquiler era modesto; nos permitían hacer la comida en una cocina de gas
oculta en un nicho junto a una pila anticuada. La señora Henniker, la casera,
ocupaba la planta baja; el resto de la casa estaba formada por habitaciones de
alquiler.
La señora Henniker era
una viuda cuyo esposo se había hecho rico con el negocio de los bares. Tenía
una mezcla de sangre holandesa, suiza, alemana, noruega y danesa. Llena de
vitalidad, curiosidad de ociosa, recelo, codicia y malicia. Podría pasar por patrona
de un prostíbulo. Siempre contando historias escabrosas y riéndose como una
colegiala con ellas. Muy estricta con sus inquilinos. ¡Cuidadito con portarse
mal! ¡Nada de ruidos! ¡Nada de reuniones para beber cerveza! ¡Pagar
puntualmente o marcharse!
Aquella vieja chiflada
tardó un tiempo en hacerse a la idea de que yo era escritor. Lo que la
asombraba era el tecleo de la máquina de escribir. Nunca habla creído que
alguien pudiera escribir a esa velocidad. Pero, sobre todo, estaba preocupada,
preocupada por miedo de que, por ser escritor, olvidara pagar el alquiler al
cabo de unas semanas. Para disipar sus temores decidimos pagarle por adelantado
el alquiler de varias semanas. ¡Es increíble cómo una pequeña iniciativa así
puede consolidar la posición de uno!
A frecuentes intervalos
llamaba a la puerta, daba una excusa endeble por interrumpirme y después se
quedaba en el umbral una hora o más sonsacándome. Evidentemente, la excitaba la
idea de que alguien pudiera pasar el día ante la máquina, escribiendo, escribiendo
y escribiendo. ¿Qué podía yo estar escribiendo? ¿Historias? ¿Qué clase de
historias? ¿Le permitiría leer una algún día? ¿Haría esto, haría lo otro? Era
inconcebible la cantidad de preguntas que podía hacer aquella mujer.
Al cabo de un tiempo
empezó a visitarme inesperadamente con el fin, según decía, de brindarme ideas
para mis historias: fragmentos de su vida en Hamburgo, Dresden, Bremen,
Darmstadt. Actividades inocentes e insignificantes que para ella eran
atrevidas, chocantes, tanto más cuanto que a veces reducía la voz a un suspiro.
Si llegaba a utilizar esos incidentes, debía cambiar el lugar. Y, por supuesto,
llamarla con otro nombre. Por un tiempo la animé a hacerlo, contento de recibir
sus regalos: tarta de queso, salchichas, las sobras de un estofado, una bolsa
de nueces. La inducía a que nos hiciera pastel de canela, streusel kuchen,
tarta de manzana: todo ello al estilo alemán garantizado. Estaba dispuesta a
hacer casi cualquier cosa, con tal de darse el placer de leer un día un cuento
en una revista que tratara de ella.
Un día me preguntó sin
rodeos si de verdad se vendían mis historias. Al parecer, había estado leyendo
todas las revistas de entonces que había podido procurarse y no había
encontrado mi nombre en ninguna de ellas. Le expliqué con paciencia que a veces
había que esperar varios meses antes de que aceptaran una historia, y después
de eso otros meses para cobrar. Añadí al instante que ahora vivíamos de los
ingresos de varias historias que había vendido el año anterior... a muy buen
precio. Entonces, como si mis palabras no hubieran ejercido ningún efecto sobre
ella, dijo rotundamente: «Si algún día tienen hambre, pueden comer conmigo. A
veces me siento sola.» Después, exhalando un profundo suspiro: «No es divertido
ser escritor, ¿verdad?»
Ya lo creo que no lo
era. Lo sospechara o no, siempre estábamos hambrientos como lobos. Por mucho
dinero que entrara, siempre se derretía como la nieve. Nos pasábamos la vida
yendo de la Zeca a la Meca, yendo a ver a viejos amigos con quienes pudiéramos comer,
a quienes pudiésemos pedir prestado el dinero para el transporte, o convencer
para que nos llevaran al teatro. Por la noche colgábamos una cuerda de tender
ropa sobre la cama.
La señora Henniker,
siempre sobrealimentada, notaba que estábamos en estado de hambre perpetua. De
vez en cuando repetía su invitación a cenar con ella: «si tienen hambre». Nunca
decía: «¿Quieren cenar esta noche conmigo? Tengo un exquisito estofado de conejo
que he preparado a propósito para ustedes.» No, sentía un placer perverso
intentando forzarnos a reconocer que estábamos hambrientos. Naturalmente, nunca
lo reconocimos. Entre otras cosas, porque, si cedíamos, significaría que
tendría que escribir el tipo de historias que la señora Henniker deseaba.
Además, hasta un plumífero tiene que salvar la cara.
No sé cómo, siempre
conseguíamos pedir prestado a tiempo el dinero para el alquiler. El Dr. Kronski
acudía en nuestra ayuda algunas veces, y también Curley. Pero era un forcejeo.
Cuando estábamos de verdad desesperados, caminábamos hasta la casa de mis padres
—una buena hora de caminata— y nos quedábamos hasta haber llenado la andorga.
Muchas veces Mona se quedaba dormida en el sofá inmediatamente después de
cenar. Yo hacía lo imposible para mantener una conversación continuada, al
tiempo que pedía a Dios que Mona no siguiera durmiendo hasta el Día del Juicio.
Las conversaciones de
después de comer eran pura agonía. Intentaba desesperadamente hablar de
cualquier cosa menos de mi trabajo. Sin embargo e inevitablemente, llegaba el
momento en que o mi padre o mi madre preguntaba: «¿Cómo van esos escritos? ¿Has
vendido algo más desde que te vimos la última vez?» Y yo mentía avergonzado:
«Pues, sí, he vendido dos más recientemente. La verdad es que va muy bien.»
Entonces me miraban con expresión de júbilo y asombro y preguntaban a la vez:
«¿A qué revistas los has vendido?» Y yo les daba los nombres al azar.
«Estaremos al tanto
para cuando salgan, Henry. ¿Cuándo crees que se publicarán?» (Nueve meses
después me recordaban que seguían esperando ver esas historias que, según les
había dicho, había vendido a tal o cual revista.)
Hacia el final de la
velada, mi madre, como diciendo «¡Volvamos a poner los pies en tierra!», me
preguntaba solemnemente si no pensaba que sería más sensato dejar de escribir y
buscar un empleo. «Era una posición tan maravillosa la que tenías con... ¿Cómo
pudiste dejarla? Hacen falta años para llegar a ser un buen escritor... y tal
vez nunca lo consigas.» Y que si patatín y que si patatán. Yo lloraba por ella.
En cambio, el viejo siempre fingía creer que yo llegaría a conocer el éxito. Lo
esperaba fervientemente, de eso estaba yo seguro. «¡Dale tiempo, dale tiempo!»,
decía. A lo que mi madre replicaba: «Pero, ¿cómo van a vivir entretanto?»
Entonces venía mi turno. «No te preocupes, madre, sé arreglármelas. Tengo
inteligencia, ya lo sabes. No pensarás que vamos a morimos de hambre, ¿verdad?»
Aun así, mi madre pensaba, y lo repetía una y mil veces, como si hablara para
sí misma, que sería mucho más sensato coger un empleo y escribir en los ratos
libres. «En fin, no tienen aspecto de morirse de hambre, ¿no?» Así era como el
viejo me decía que, si de verdad nos moríamos de hambre, lo único que tenía que
hacer era ir a verlo a la sastrería y me prestaría lo que pudiera. Yo entendía
y él entendía. Le daba las gracias en silencio y él las aceptaba en silencio.
Naturalmente, nunca iba a verlo. No para pedir dinero. De vez en cuando e
inesperadamente, me dejaba caer por allí simplemente para animarlo. Hasta
cuando sabía que le estaba mintiendo —le contaba historias fantásticas e
increíbles—, nunca lo daba a entender. «Me alegro de saberlo, hijo», decía.
«¡Magnífico! Todavía vas a llegar a ser un autor de éxito, estoy seguro de
ello.» A veces, al despedirme de él, se me saltaban las lágrimas. Deseaba tanto
ayudarlo. Allí estaba, sentado en la trastienda de la sastrería, una especie de
ruina desplomada, con el negocio hundido, sin la menor esperanza, y aun así
comportándose con alegría, hablando con optimismo. Tal vez no hubiera visto a
un cliente desde hacía varios meses, pero seguía siendo un «patrón». ¡Qué
ironía más terrible! «Sí», me decía, mientras caminaba por la calle, «en cuanto
venda la primera historia, le voy a entregar unos cuantos billetes.» Entonces
yo mismo me ponía optimista, persuadido por alguna lógica demencial de que
algún director de revista se encariñaría conmigo y me firmaría un cheque, por
adelantado, de quinientos o mil dólares. Sin embargo, para cuando llegaba a
casa, estaba dispuesto a aceptar un billete de cinco dólares. En realidad,
estaba dispuesto a aceptar cualquier cosa que significara otra comida, o más
sellos de correos, o simplemente cordones para los zapatos.
«¿Ha habido correo
hoy?» Esa era siempre mi exclamación al entrar. Si había sobres gruesos
esperándome, sabía que se trataba de mis manuscritos que volvían a casa. Si
eran sobres finos, serían notas de rechazo, con la petición de enviar el
franqueo para que me devolvieran los escritos. O, si no, eran facturas. O una
carta de un abogado, enviada a una dirección antigua y reexpedida hasta mí
milagrosamente.
Los atrasos de la
pensión se acumulaban. Nunca iba a poder pagar la factura, nunca. Parecía más
seguro que nunca que iba a acabar mis días en la cárcel de Raymond Street.
«Algo saldrá, ya
verás.»
Siempre que salía algo,
era gracias a que Mona se las había ingeniado para conseguirlo. Ella fue la que
se encontró al director de Scurrilous Stories y consiguió el encargo de
escribir media docena de historias para ellos. Así como así. Escribí dos, con su
nombre, con gran esfuerzo, con heroico esfuerzo en realidad; después se me
ocurrió la brillante idea de mirar sus números atrasados, coger las propias
historias que habían publicado, cambiar los nombres de los personajes, los
comienzos y los finales, y servirles el refrito. No sólo dio resultado: es que
los entusiasmaron aquellas falsificaciones. Como era natural, puesto que ya
habían saboreado el guisado. Pero pronto me cansé de fabricar popurrís. Tiempo
perdido, me parecía. «Diles que se vayan al infierno», le dije un día. Lo hizo.
Pero la reacción fue totalmente imprevista. De ser «nuestro editor», su señoría
se convirtió en un amante insistente. Conseguimos cinco veces más dinero que
con las malditas historias. Lo que él consiguiese es algo que no sé. De creer a
Mona, lo único que pedía era que le concediese media hora en un lugar público,
generalmente un salón de té. ¡Fantástico! Más fantástico aún era esto: un día
confesó que todavía era virgen. (¡A los cuarenta y nueve años!) Lo que no dijo
fue que también era un perverso. Nos enteramos de que entre los suscriptores de
la maldita revista figuraba un número respetable de personas pervertidas:
ministros protestantes, rabinos, doctores, abogados, maestros, reformadores,
congresistas, toda clase de gente de quien uno no habría sospechado que se
interesaran por semejante basura. Indudablemente, los cruzados contra el vicio
eran sus lectores más ávidos.
Como reacción contra
aquella falsificación sentimentaloide, escribí una historia sobre un asesino.
La escribí como si hubiera conocido a aquel hombre íntimamente, pero la verdad
es que me había proporcionado todos los datos el pequeño Curley, quien había
pasado una noche en Central Park con aquel «Butch» o como se llamase. La noche
en que Curley me contó la historia tuve una de esas pesadillas en que te ves
perseguido incesante e implacablemente y sólo escapas a la muerte
despertándote.
Lo que me interesó de
aquel «Butch» fue la disciplina que se imponía al planear sus asaltos. Planear
un golpe con precisión requería las facultades combinadas de un matemático y un
yogi.
Allí estaba, en pleno
Central Park, y toda la nación removiendo cielo y tierra para encontrarlo.
Contando su historia, como un bobo, a un chaval como Curley. Divulgando incluso
algunos aspectos sensacionales del golpe que estaba planeando.
Igual podía haber
estado parado en la esquina de Times Square que merodeando por Central Park a
las tantas de la noche.
Había una recompensa de
cincuenta mil dólares para quien lo atrapara, vivo o muerto.
Según Curley, aquel
hombre se había pasado semanas encerrado en su habitación; había pasado horas y
horas tumbado en la cama con una venda en los ojos, repasando con detalle cada
paso, cada movimiento que había de hacer. Lo había estudiado todo cuidadosamente,
hasta los detalles más insignificantes. Pero, como un autor o un compositor, no
emprendía la ejecución de sus planes hasta que no fueran perfectos. No sólo
tenía en cuenta todas las posibilidades de error y accidente, sino que, además,
como un ingeniero, dejaba un margen de seguridad para hacer frente a cualquier
tensión o esfuerzo imprevistos. Podía estar absolutamente seguro de sí mismo,
podía haber comprobado la capacidad y lealtad de sus compinches, pero en última
instancia sólo podía confiar en sí mismo, en su propia inteligencia, en su
propia previsión. Estaba solo contra miles. No sólo estaban alerta todos los
polis del país, también lo estaban todos los civiles de toda la nación. Un
pequeño descuido y todo estaría perdido. Por supuesto, no tenía intención de
dejarse coger vivo. Iba a defenderse a tiros. Pero no había que olvidar a sus
compañeros: no podía abandonarlos.
Tal vez, cuando aquella
noche salió a respirar un poco de aire puro, estuviera tan rebosante de ideas,
tan seguro de que nada podía salir mal, que pura y simplemente no pudo
contenerse más. Cogería por banda al primero que encontrara y se desahogaría,
confiando en que su víctima se vería reducida a tal estado de terror, que
quedaría paralizada. Tal vez disfrutara con la idea de codearse con los
guardianes de la ley, pedirles fuego, tal vez, o preguntarles por una calle,
mirarlos directamente a los ojos, tocarlos, darles las gracias, sin que ellos
se enteraran de nada. Quizá necesitase esa emoción para calmarse, para mantener
la serenidad... porque una cosa es estudiarlo todo cuidadosamente a solas,
encerrado a salvo en una habitación, y otra muy distinta empezar a moverse
fuera, con todos los pares de ojos examinándote, con las manos de todos los
hombres alzadas contra ti. Los atletas tienen que calentarse primero.
Probablemente los criminales tengan que hacer algo parecido... Butch era de los
que gustan de desafiar el peligro. Era un criminal de primera categoría, un
tipo que podría haber sido un gran general, o un artero abogado de empresa.
Como tantos de su clase, había asegurado a Curley, no una sino varias veces,
que siempre había dado a su víctima la oportunidad de defenderse. No era un
cobarde, ni un tipo vil, y desde luego de traidor no tenía nada. Estaba contra
la Sociedad, y se acabó. Actuando por sí solo, tenía motivo para estar
orgulloso de su éxito. Como una estrella de cine, se envanecía de sus partidarios.
¿Admiradores? Tenía millones. De vez en cuando había hecho algo fuera de
programa, simplemente para que supiesen de lo que era capaz. No era que le
gustasen en particular los asesinatos, si bien no sentía remordimientos. Lo que
le gustaba más que nada era burlar a los polis. ¡Siempre se creían tan listos!
Curley temblaba todavía
de excitación, miedo, angustia, admiración y Dios sabe qué más. No podía hablar
de otra cosa. Nos instó a que leyéramos los periódicos. Iba a ser un caso
sensacional. Se negó a revelarnos incluso a nosotros en qué iba a consistir.
Todavía estaba asustado, hipnotizado. «¡Sus ojos!», exclamaba una y otra vez.
«Tenía la sensación de que me petrificaban.»
«Pero os encontrasteis
en la obscuridad.»
«No importa. Brillaban
como tizones. ¡Echaban chispas!»
«¿No crees que a lo
mejor lo imaginaste, sabiendo que era un criminal?»
«¡No, no! Nunca
olvidaré esos ojos. Me van a obsesionar hasta el día de mi muerte.» Se
estremeció.
«¿De verdad crees,
Curley», preguntó Mona, «que los ojos de un criminal son diferentes de los de
las otras personas?»
«¿Por qué no?», dijo
Curley. «Todo lo demás es diferente en ellos. ¿Por qué no sus ojos? ¿No crees
que los ojos cambian, cuando cambia la personalidad? Quiero decir que tienen
otra personalidad. Son algo más... o menos, no sé cuál de las dos cosas. Antes
incluso de que me dijese quién era, lo sentí. Era como recibir una vibración de
otro mundo. Su voz era diferente de cualquier voz humana que yo conozca. Cuando
me estrechó la mano, creí recibir una corriente eléctrica. Sentí una sacudida,
os lo aseguro... me refiero a una sacudida física. En aquel preciso momento
habría escapado de su lado, pero aquellos ojos me mantuvieron clavado en el
sitio. No podía moverme, no podía alzar un dedo... Ahora empiezo a entender lo
que quiere decir la gente, cuando habla del Diablo. Despedía un olor extraño...
¿os lo había dicho? No a azufre. Más parecido a un ácido concentrado. Tal vez
hubiera estado trabajando con productos químicos. Pero no creo que fuese eso.
Era algo en su sangre...»
«¿Crees que lo
reconocerías, si volvieras a verlo?»
En ese momento Curley
hizo una pausa, para mi sorpresa. Parecía desconcertado.
«Francamente»,
respondió, y con gran vacilación, «creo que no. A pesar de lo fuerte que era su
personalidad, también tenía la capacidad de borrársete de la conciencia. ¿Os
parece inverosímil? Dejadme explicarlo de otro modo.» (Al oír aquello me sentí
verdaderamente pasmado. La verdad era que Curley había hecho grandes
progresos.) «Supongamos que San Francisco apareciera ante vosotros esta noche y
en esta misma habitación. Supongamos que os hablase. ¿Recordaríais mañana o
pasado mañana el aspecto que tenía? ¿Es que no sería su presencia tan
abrumadora como para borrar el recuerdo de sus facciones? Tal vez no hayáis
pensado nunca en semejante eventualidad. Yo sí, porque conocí a una persona que
tenía visiones. Yo sólo era un niño entonces pero recuerdo su expresión cuando
me hablaba de sus experiencias. Sé que veía algo más que el ser físico. Cuando
alguien acude hasta ti desde las alturas, trae consigo algo del cielo... y eso
deslumbra. En fin, eso es lo que me parece a mí... Butch me dio una sensación
semejante, sólo que yo sabía que no venía de las alturas. Viniera de donde
viniese, estaba a su alrededor. Lo sentías. Y era terrorífico.» Volvió a hacer
una pausa, se le iluminó el rostro. «Mira, tú eres quien me instó a leer a
Dostoyevsky. Entonces, sabes lo que es verse arrastrado a un mundo de maldad
absoluta. Algunos de sus personajes hablan como si vivieran en un mundo
absolutamente desconocido para nosotros. Yo no lo llamaría Infierno. No se
puede dar una descripción física. Lo sientes por sus reacciones. Reaccionan
como el mercurio al tacto. Tienen una forma imprevisible de abordar las cosas.
Hasta que Dostoyevsky no los describió, no habíamos conocido a gente que
pensara como sus personajes. Y eso me recuerda que en su obra el criminal, el
idiota, el santo no se diferencian demasiado, ¿verdad? ¿Cómo te explicas eso?
¿Quería decir Dostoyevsky que todos somos una misma substancia? ¿Qué es malo y
qué divino? Tal vez tú lo sepas... yo, no.»
«Curley, la verdad es
que me sorprendes», dije. «En serio.»
«¿Tan cambiado me
encuentras?»
«¿Cambiado? No, no
mucho, pero desde luego eres más maduro.»
«¡Qué diablos! No se es
un niño toda la vida.»
«Cierto... Dime
sinceramente, Curley: si pudieras conseguirlo, ¿sentirías la tentación de
llevar la vida de un criminal?»
«Posiblemente»,
respondió, al tiempo que bajaba un poco la cabeza.
«Te gusta el peligro,
¿verdad?»
Asintió con la cabeza.
«Y tampoco tienes
demasiados escrúpulos, cuando alguien se interpone en tu camino, ¿eh?»
«Supongo que no.»
Sonrió. Una sonrisa que le desfiguraba la cara bastante.
«¿Y todavía odias a tu
padrastro?»
Sin esperar respuesta,
añadí: «¿Lo suficiente para matarlo, si pudieras hacerlo impunemente?»
«¡Exacto!», dijo
Curley. «Lo mataría como a un perro.»
«¿Por qué? ¿Sabes por
qué? Piénsalo primero, no me respondas en seguida.»
«No tengo que
pensarlo», gritó. «Lo sé. Lo mataría porque me robó el amor de mi madre. Es así
de simple»
«¿No te parece un poco
ridículo?»
«Me importa un comino
que lo parezca. Es la verdad. No puedo olvidarlo y, lo que es más, nunca se lo
perdonaré. Ese sí que es un criminal, por si te interesa saberlo.»
«Tal vez tengas razón,
Curley, pero la ley no lo reconoce como tal.»
«¿A quién le importa la
ley? De todos modos, existen otras leyes... y más importantes, además. No
vivimos en función de los códigos legales.»
«¡En eso tienes razón!»
«Haría un favor al
mundo», continuó acalorado. «Su muerte purificaría la atmósfera. No es útil
para nadie. Nunca lo ha sido. Tendrían que condecorarme por eliminarlo a él y a
los de su clase. Si viviéramos en una sociedad inteligente, así sería. En la
literatura los hombres que cometen crímenes así son considerados héroes. Los
libros son parte de la vida tanto como cualquier otra cosa. Si los autores
pueden concebir semejantes ideas, ¿por qué no yo o las demás personas? Mis
agravios son reales, no imaginarios...»
«¿Tan seguro estás de
eso, Curley?» Fue Mona la que habló.
«Absolutamente seguro»,
dijo Curley.
«Pero, si tú fueras el
personaje principal de un libro», dijo Mona, «lo importante sería lo que te
ocurriera a ti, no a tu padrastro. Un hombre que mata a su padre —en un libro—,
no se convierte en un héroe por ese motivo simplemente. Lo que cuenta es el
modo cómo se comporta, el modo cómo afronta el problema... y lo resuelve.
Cualquiera puede cometer un crimen, pero algunos crímenes son de alcance tan
prodigioso, que el autor se convierte en algo más que un criminal. ¿Comprendes
lo que quiero decir?»
: «Te comprendo
perfectamente», dijo Curley, «pero me importan un comino todas esas sutilezas y
complejidades. ¡Eso es literatura! Te digo sinceramente que todavía odio hasta
su estampa, que lo mataría sin remordimiento, si pudiera salir bien librado.»
«Ya veo una
diferencia...», empezó a decir Mona.
«¿A qué te refieres?»,
dijo Curley bruscamente.
«Entre el héroe del
libro y tú.»
«¡Yo no quiero ser un
héroe!»
«Ya lo sé», dijo Mona
suavemente, «pero sí que quieres seguir siendo un ser humano, ¿verdad? Si
sigues pensando así, quién sabe, tal vez puedas realizar tu deseo. Y entonces,
¿qué?»
«Entonces me sentiría
feliz. No, no feliz exactamente, sino aliviado.»
«¿Porque habría dejado
de existir, quieres decir?»
«¡No! Porque habría
acabado con él. No es lo mismo.»
En ese momento me sentí
impulsado a intervenir. «Mira, Curley, Mona se ha perdido. Creo que sé lo que
quería decir. Es lo siguiente: la diferencia entre un criminal que comete un
crimen y el héroe de un libro que comete el mismo crimen es que a este último
no le importa salir bien librado o no. No le importa lo que le ocurra después.
Tiene que llevar a cabo su propósito, y se acabó...»
«Lo que prueba
simplemente», dijo Curley, «que yo nunca seré un héroe.»
«Nadie te está pidiendo
que llegues a ser un héroe. Pero, si ves la distinción entre los dos, entonces
comprenderás que tú no eres mucho mejor que el hombre al que odias y desprecias
tanto.»
«Aunque eso sea cierto,
¡me importa un comino!»
«Olvidémoslo, entonces.
Lo más probable es que él muera pacíficamente y tú acabes en un rancho de la
soleada California.»
«Tal vez viva a salto
de mata, ¿quién sabe?»
«Tal vez. Y tal vez
no.»
Antes de marcharse
aquella noche, Curley nos dio una noticia que nos impresionó profundamente. Nos
contó que Tony Maurer se había suicidado. Se había colgado en el baño durante
una fiesta que estaba dando a sus amigos. Lo habían encontrado con una sonrisa
sarcástica en los labios y una pipa colgando de la boca. Al parecer, nadie
sabía por qué lo había hecho. Nunca le faltaba dinero y estaba profundamente
enamorado de la mujer con la que vivía, una bella muchacha javanesa. Algunos
decían que lo había hecho por puro aburrimiento. De ser así, era algo muy
propio de su carácter.
La noticia me afectó de
forma extraña. No dejaba de pensar la lástima que era que no hubiese llegado a
conocer más íntimamente a Tony Maurer. Era la clase de hombre que me hubiese
sentido orgulloso de llamar amigo mío. Pero yo era demasiado tímido como para
dar el primer paso y él estaba demasiado hastiado como para advertir mi
necesidad. Siempre me sentía un poco incómodo en su presencia. Como un escolar,
para ser precisos. Todo lo que yo quería hacer él ya lo había hecho... Tal vez
hubiera algo más que me atraía en él de forma totalmente inconsciente: su
sangre alemana. Por una vez en mi vida tenía el placer de conocer a un alemán
que no me recordaba a todos los demás alemanes que conocía. La verdad es que en
realidad no era alemán: era cosmopolita. El ejemplo perfecto de «ciudadano de
época tardía» que Spengler ha descrito tan bien. Sus raíces no estaban en el
suelo alemán, ni en la sangre alemana, ni en la tradición alemana, sino en esos
períodos finales que distinguen a los ciudadanos de Egipto, Grecia, Roma,
China, India. Era un desarraigado y se sentía «en su elemento» en cualquier
lugar: es decir, donde hubiera cultura y civilización. Igual podría haber
luchado en el bando italiano, francés, húngaro o rumano que en el nuestro.
Tenía sentido de la lealtad sin ser patriota. No es de extrañar que hubiera
pasado seis meses (por accidente) en un campo francés de prisioneros... y que
hubiese disfrutado con la experiencia. Le gustaban los franceses todavía más
que los alemanes... o los americanos. Le gustaba la buena conversación, ésa era
la verdad.
Todos esos aspectos de
aquel hombre, más el hecho de que fuera jovial, diestro, absolutamente
refinado, de lo más tolerante e indulgente, me habían hecho apreciarlo. Ninguno
de mis amigos poseía esas cualidades. Tenían rasgos mejores y peores, rasgos
demasiado familiares para mí. Eran demasiado parecidos a mí au fond, mis
amigos. Toda mi vida había deseado, y sigo anhelando, en realidad, amigos a los
que pudiera considerar totalmente diferentes de mí. Siempre que conseguía
encontrar a uno, descubría también que faltaba la atracción necesaria para
mantener una relación vital. Ninguno de esos individuos llegaba a ser nunca
algo más que amigo «virtual».
El caso es que aquella
noche tuve un sueño. Un sueño interminable, como ya he dicho, y lleno de
peripecias espeluznantes. En el sueño Butch y Tony Maurer habían intercambiado
personalidades. De forma misteriosa yo estaba asociado con ellos, o con él, pues
a veces ese aliado mío, misterioso y desconcertante, se escindía en dos
personalidades distintas, si bien nunca era claramente Tony Maurer o Butch,
sino siempre una combinación de los dos, aun escindido. Esa especie de doble
juego era suficiente por sí solo para causarme extraordinaria angustia, por no
hablar del hecho de que nunca estaba seguro de si él (o ellos) estaba (o
estaban) conmigo o contra mí.
El tema de ese sueño
inquietante se centraba en torno a un golpe que estábamos preparando en una
ciudad extraña que yo nunca había visitado, un lugar remoto como Sioux Falls,
Tonopah o Ludlow. Yo desempeñaba el papel de secuaz, papel de lo más incómodo, pues
siempre estaba expuesto, siempre quedaba en la estacada. Me indicaban una y mil
veces que, si daba un paso en falso, si cometía un error mínimo, me harían
escabechina. Las instrucciones siempre eran confusas, siempre dadas en clave
que me costaba horas descifrar. Por supuesto, nunca dábamos el golpe. Al
contrario, estábamos huyendo continuamente, obligados a ir de la Ceca a la
Meca, acosados como animales de caza. Cuando nos veíamos obligados a ocultarnos
—en cuevas, sótanos, ciénagas, pozos de minas—, jugábamos a las cartas o a los
dados. Las apuestas eran siempre por grandes sumas. Nos pagábamos mutuamente
con pagarés o bien con dinero confederado del que nos habíamos apoderado al
desvalijar un banco. Aquel Butch-Maurer llevaba monóculo, lo llevaba incluso en
público, a pesar de mis súplicas. Su lengua era una mezcla de la jerga del
hampa y de la de Oxford. Hasta cuando explicaba las tortuosas complejidades de
una empresa peligrosa, tenía la mala costumbre de salirse del tema o de contar
historias prolijas y sin sentido. Resultaba muy penoso seguirlo. Al final los
tres nos vimos arrinconados, o, mejor dicho, bloqueados, en un estrecho
desfiladero (en el Lejano Oeste, al parecer) por un grupo de vigilantes. Nos
mataron a todos al instante, nos acribillaron como a jabalíes. No me di cuenta
de que todavía estaba vivo hasta que no me desperté. Aun entonces apenas podía
creerlo. Ya me estaban creciendo alas.
Esa era la substancia
del sueño. Intenté condensar esa materia prima en un cuento de persecución, con
una trama precisa y un marco definido. La parte de la caza al hombre me pareció
captarla muy bien, pero la substancia del sueño —inconexa, fantástica, episódica—
relativa a la fuga y los incidentes se negaba a convertirse en un relato
inteligible. Me quedé a medio camino. Aun así, fue un intento esforzado, y me
animó a emprender historias más imaginativas. Tal vez lo habría logrado, en esa
vena, si no hubiéramos recibido un telegrama de O’Mara en el que nos instaba a
reunimos con él en Carolina del Norte, foco de otro auge del negocio
inmobiliario. Como de costumbre, insinuaba que me reservaba un empleo
estupendo: me necesitaban para el aspecto publicitario.
Le telegrafié
inmediatamente para que nos enviara el importe del tren y nos informase de cuál
sería mi sueldo. La respuesta que recibí decía lo siguiente: «No te preocupes
todo arreglado pide prestado para el billete.»
Mona sospechó enseguida
lo peor. Pensaba que era muy propio de él mostrarse vago, evasivo e indigno de
la menor confianza. El único motivo por el que nos había telegrafiado había
sido que se sentía solo.
Al defenderlo
instintivamente, llegué a tal extremo de entusiasmo que, a pesar de que el
asunto me daba mala espina, no podía echarme atrás.
«Bueno», dijo Mona, «¿y
de dónde vamos a sacar el dinero para el viaje?»
Me quedé perplejo. Sólo
por un minuto. De repente, tuve una idea brillante. «¿El dinero? Pues, de esa
lesbiana que conociste el otro día en los grandes almacenes, ¿recuerdas? La
chica del perfume Tansy. Ya está.»
«¡Qué absurdo!» Esa fue
su primera reacción.
«Vamos, vamos», dije,
«probablemente la encantará que se lo pidas.»
Siguió afirmando que no
había ni que pensar en eso, pero era evidente que estaba considerando la
sugerencia. Yo estaba seguro de que el día siguiente adoptaría una actitud
distinta.
«¿Sabes lo que te
digo?», dije, como para abandonar el tema. «Vámonos a ver un espectáculo esta
noche, ¿eh? ¿Qué te parece? Vamos a ver algo divertido.»
Le pareció una idea
excelente. Comimos en un restaurante, elegimos un buen espectáculo —en el
Palace— y volvimos a casa desternillándonos de risa. Nos reímos tanto, que
tardamos horas en quedarnos dormidos.
La mañana siguiente,
como había yo previsto, se fue a ver a su amiga lesbiana. No hubo problema para
que le dejara cincuenta pavos. Lo difícil había sido quitársela de encima.
Propuse que hiciéramos
auto-stop en lugar de tomar el tren. Así nos sobraría algo al llegar. «Con
O’Mara nunca se sabe. A lo mejor es pura fantasía.»
«Ayer no hablabas así»,
dijo Mona.
«Ya lo sé, pero hoy es
hoy. Prefiero ir sobre seguro.»
Accedió con bastante
facilidad. Convino en que probablemente veríamos mejor el país haciendo
auto-stop. Además, con una mujer al lado era más fácil que te cogieran.
La casera se incomodó
un poco ante lo repentino de nuestra decisión, pero cuando le expliqué que me
habían encargado escribir un libro, no lo tomó a mal aparentemente y nos deseó
buena suerte.
«¿Qué clase de libro?»,
preguntó, al tiempo que me estrechaba la mano al despedirnos.
«Sobre los indios
cherokees», dije, y cerré rápidamente la puerta a nuestra espalda.
Nos fueron cogiendo con
bastante facilidad pero, ante mi asombro, Mona sólo dio muestras de decepción.
Para cuando llegamos a Harper’s Ferry estaba más que harta... del paisaje, de
las ciudades, de la gente que encontrábamos, de las comidas y de todo.
Llegamos a Harper’s
Ferry al atardecer. Nos sentamos en una alta roca que dominaba tres estados.
Debajo de nosotros, el Shenandoah y el Potomac. Un lugar sagrado, aunque sólo
fuera porque allí encontró la muerte John Brown, el gran Libertador. Sin embargo,
a Mona no le interesaban en absoluto los aspectos históricos del lugar. Lo que
no podía negar era el esplendor de la vista. Pero se sentía desolada. A decir
verdad, yo experimentaba casi la misma sensación, pero por razones diferentes.
Me resultaba imposible apartarme de allí. Demasiadas cosas habían ocurrido allí
como para dejarse llevar por las preocupaciones propias. Leí con los ojos
húmedos lo que Thomas Jefferson había dicho sobre aquel punto concreto: las
palabras, estaban grabadas en una placa fijada a la roca. Las palabras de
Jefferson eran sublimes. Pero todavía más sublime era la acción de John Brown y
de sus fieles seguidores. «Ningún hombre de América», dijo Thoreau, «ha
defendido tan persistentemente la dignidad de la naturaleza humana, sabiéndose
hombre e igual a cualquiera y a todos los gobiernos.» ¿Un fanático?
Posiblemente. ¿Quién sino un hombre justo podía concebir el plan de derrocar
con un simple puñado de hombres al gobierno estable y conservador de Estados
Unidos? ¡Gloria a John Brown! ¡Gloria en las alturas! «Creo en la Regla Aurea,
señor, y en la Declaración de Independencia. Creo que las dos significan lo
mismo. Es preferible que toda una generación desaparezca de la faz de la tierra
—hombres, mujeres y niños— de muerte violenta a que desaparezca una pizca de
una u otra de aquéllas en este país.» (Palabras de John Brown en el año 1857.)
No hay que olvidar que los libertadores que se apoderaron de la ciudad de
Harper’s Ferry fueron sólo veintidós, diecisiete de los cuales eran blancos.
«Unos cuantos hombres con razón, y que sepan que la tienen, pueden derrocar a
un rey», dijo John Brown. Con veinte hombres en los Alleghanies estaba seguro
de que podía acabar con la esclavitud en dos años. «Los que desean ser libres
son los que deben asestar el golpe.» Ahí tenéis a John Brown en pocas palabras.
¿Un fanático? Más que probable. La clase de hombre que dice: «Un hombre muere
cuando le llega su hora y un hombre que teme ha nacido a destiempo.» Si de
verdad fue un fanático, fue único en su género. ¿Es éste el lenguaje de un
fanático?: «No dejéis decir a nadie que actué por venganza. Considero que
ningún hombre tiene derecho a vengarse. Es un sentimiento que no entra en mi
corazón. Lo que hago, lo hago por la causa de la libertad humana, y porque lo
considero necesario.»
Las componenda? no iban
con su naturaleza. Ni los paliativos. Era un hombre clarividente. Y fue una
visión muy grande la que inspiró su conducta «descabellada». Si John Brown se
hubiera hecho con el timón, hoy los esclavos serían de verdad libres: no sólo
los esclavos negros, sino también los esclavos blancos y los esclavos de los
esclavos, es decir, los esclavos de la máquina.
Lo irónico es que el
Gran Libertador tuvo un fin desastroso a causa de su irresistible consideración
para con el enemigo. (¡Eso fue lo descabellado!) Tras pasar cuarenta días
encadenado, tras un simulacro de juicio durante el que yació en el suelo de la sala
de audiencia con la ropa empapada de sangre y rasgada por los sables, fue a la
horca, con la cabeza bien alta, y permaneció de pie en la trampilla con los
ojos vendados, esperando y esperando (a pesar de que lo único que había pedido
había sido que acabaran rápido), mientras que los garbosos militares de
Virginia realizaban su interminable y estúpido desfile.
A quienes le habían
escrito hacia el final, para preguntarle cómo podían ayudarlo, John Brown había
respondido: «Por favor, envíen cincuenta centavos al año a mi esposa en North
Elba, Nueva York.» Al avanzar hacia la horca, estrechó la mano por turno a cada
uno de sus camaradas, al tiempo que les daba una moneda de veinticinco centavos
junto con su bendición. Así fue como el gran Libertador fue a encontrarse con
su Hacedor...
La puerta del Sur es
Harper’s Ferry. Se entra en el Sur por el Antiguo Dominio. John Brown había
entrado en el Antiguo Dominio para pasar a la vida eterna. «No reconozco amo
alguno en forma humana», dijo. ¡Gloria! ¡Gloria a él!
Uno de sus
contemporáneos, casi tan famoso en su género, dijo de John Brown: «No habría
podido ser juzgado por sus iguales, pues sus iguales no existían.» ¡Amén!
¡Aleluya! ¡Y que su espíritu siga adelante!
XIV
Ahora voy a cantar Los
siete grandes gozos. Este es el estribillo:
Salid todos del
desierto
y gloria
al Padre, al Hijo y al
Espíritu Santo
por toda la eternidad.
Ibamos a cantarlo con
frecuencia mientras nos retorcíamos como serpientes en el sofocante seno del
Sur...
Ashville. Probablemente
Thomas Wolfe, que había nacido allí, estuviera componiendo Look Homeward,
Angel! cuando nosotros entramos en la ciudad. Yo aún no había oído siquiera
hablar de Thomas Wolfe. Una lástima, porque habría mirado Ashville con otros
ojos. Dígase lo que se quiera de Ashville, el marco es magnífico. En el corazón
de los Great Smokies, antigua tierra cherokee. Para los cherokees debió de ser
un paraíso. Sigue siendo un paraíso, si se contempla con conciencia pura.
Allí estaba O’Mara para
introducirnos en el Cielo. Pero una vez más habíamos llegado demasiado tarde.
La situación había adquirido mal cariz. El auge del negocio inmobiliario había
pasado. No había un trabajo de publicidad esperándome. No había trabajo de
ninguna clase. A decir verdad, sentí alivio. Al enterarme de que O’Mara había
guardado un poco de dinero que podía alcanzarnos para unas semanas, decidí que
era un lugar tan bueno como cualquier otro para pasar una temporada y escribir.
El único inconveniente era Mona. El Sur no era de su agrado. Sin embargo, yo
tenía la esperanza de que se adaptaría. Al fin y al cabo, raras veces había
puesto los pies fuera de Nueva York. Según O’Mara, había una cabaña de
guardabosques que podíamos usar el tiempo que quisiéramos, sin pagar alquiler,
en caso de que nos gustara el sitio. Le parecía un lugar ideal para que yo
escribiese. Estaba a poca distancia de la ciudad, en lo alto de las colinas.
Parecía deseoso de vernos trasladarnos allí inmediatamente.
Estaba anocheciendo
cuando llegamos al pie de la colina, donde debíamos conseguir las llaves de la
cabaña. Con ayuda de un idiota ascendimos a lomo de mula en la más absoluta
obscuridad. Es decir, Mona y yo solos. Mientras subíamos lenta y trabajosamente,
oíamos el estruendo de un torrente que se precipitaba montaña abajo junto a
nosotros. Estaba tan obscuro, que no pedíamos vernos la mano delante de los
ojos. Tardamos casi una hora en llegar al claro donde se encontraba la cabaña.
Apenas habíamos desmontado, cuando nos asaltaron enjambres de moscas y
mosquitos. El idiota, un muchacho larguirucho y desgarbado, que nunca abría la
boca, empujó la puerta y colgó el farol de una viga. Evidentemente, aquel lugar
llevaba años deshabitado. No sólo estaba asqueroso, sino que, además, estaba
infestado de ratas, arañas y toda clase de bichos.
Nos echamos en los dos
catres uno junto a otro; el idiota se tumbó en el suelo a nuestros pies.
Percibí el desagradable sonido de murciélagos que revoloteaban por encima de
nuestras cabezas. Las moscas y mosquitos, alborotados por nuestra intrusión,
nos atacaron sin piedad.
Sin embargo,
conseguimos conciliar el sueño a pesar de todo.
Me parecía que apenas
acababa de cerrar los ojos, cuando sentí que Mona me agarraba del brazo.
«¿Qué te pasa?»,
musité.
Se inclinó y me susurró
al oído.
«Tonterías», dije.
«Probablemente estuvieras soñando.»
Intenté recobrar el
sueño. Al cabo de un instante sentí que volvía a cogerme del brazo.
«Es él», susurró,
«estoy segura. Me está tocando la pierna.»
Me levanté, encendí una
cerilla y eché un buen vistazo al idiota. Estaba echado de lado, con los ojos
cerrados, inmóvil como un palo.
«Son imaginaciones
tuyas», dije. «Está profundamente dormido.»
Aun así, pensé que
sería mejor estar alerta. Un bruto y bobo así debía de tener la fuerza de una
bestia. Encendí otra cerilla y eché un buen vistazo alrededor para ver qué
podría usar de arma, si de verdad se desmandara.
Al despuntar el día,
estábamos todos despiertos y arrascándonos como locos. El calor era ya
sofocante. Enviamos al muchacho a buscar un cubo de agua, nos vestimos
apresuradamente y decidimos largarnos sin demora. Mientras esperábamos que el
imbécil cargara la mula, inspeccionamos el lugar más atentamente. La cabaña
estaba literalmente oculta por árboles y maleza. No había la menor vista. Sólo
el sonido de agua corriente y el gorjeo enloquecido de los pájaros. Recordé las
palabras de despedida de O’Mara, cuando iniciamos la marcha por el sendero de
cabras: «El lugar que necesitabas... ¡un retiro ideal!»
Al descender, de nuevo
a lomo de mula, advertimos estremecidos por qué poquito nos habíamos librado.
Un pequeño resbalón y no lo habríamos contado. Antes de que hubiéramos avanzado
demasiado, desmontamos y seguimos a pie. Aun así era toda una hazaña no resbalar.
Al pie de la colina nos
presentaron a todos los miembros de la familia. Había más de una docena de
chiquillos corriendo por allí, la mayoría medio desnudos. Les preguntamos si
podíamos desayunar con ellos. Nos dijeron que esperáramos y que nos llamarían cuando
estuviese listo. Nos sentamos en los peldaños del porche y esperamos
deprimidos. Para entonces —todavía no habían dado las siete—, el calor era casi
insoportable.
Cuando nos llamaron,
encontramos a toda la familia congregada en torno a la mesa. Por un instante no
pude dar crédito a mis ojos: todas esas manchas negras que salpicaban la
comida, ¿eran de verdad moscas? A cada extremo de la mesa estaban sentados dos
jovencitos ocupados sin descanso en apartar las moscas con toallas sucias. Nos
sentamos, todos juntos, y las moscas se nos posaron en orejas, ojos, nariz,
cabello y dientes. Permanecimos en silencio un instante, mientras el venerable
patriarca bendecía la mesa.
La primera bendición
que María
recibió fue la número
uno,
la de pensar que su
Jesusito
era el único Hijo de
Dios,
era el único Hijo de
Dios.
La comida fue
abundante: sémola, huevos con jamón, pan de maíz, café, tortas, peras cocidas.
Todo por veinticinco centavos por cabeza. Y sin recargo por las moscas.
O’Mara se molestó un
poco al vernos de vuelta tan pronto. «No tenéis valor», dijo displicente.
«Ya sabes que detesto
las moscas», fue lo único que pude decir.
Quiso la suerte que esa
noche fuéramos a un restaurante que acababa de abrir. En West Ashville. El
propietario, el señor Rawlins, había sido maestro de escuela. Por alguna razón
nos cogió cariño instantáneamente. Al marchamos, nos dio una carta de presentación
para un matrimonio que tenía una habitación cómoda para alquilar y por poco
dinero. Pagamos una semana de alquiler por adelantado y el día siguiente
entregamos al señor Rwalings una cantidad suficiente para pagar suministro de
comida por una semana.
A partir de ese momento
apenas vimos a O’Mara. No era que hubiésemos regañado. Cada cual por su lado,
simplemente.
Pedí prestada la
máquina de escribir al señor Rwalins, quien se mostró conmovedoramente deseoso
de ser útil a «un hombre de letras». Desde luego, le había soltado todo un
rollo sobre los libros que había escrito, así como sobre la magnum opus en que
estaba metido. Comíamos bien en su pequeño y acogedor restaurante, con toda
clase de suplementos que nos obligaba a aceptar gratis, como ulterior homenaje,
sin lugar a dudas, al «hombre de letras». De vez en cuando me metía un buen
puro en el bolsillo del pecho e insistía en que aceptáramos un helado para que
nos lo comiéramos, cuando llegásemos a casa.
Resultó que Rawlins
había sido profesor de inglés en el instituto local de bachillerato. Eso
explica las extraordinarias sesiones que celebrábamos a propósito de los
escritores isabelinos. Pero lo que más hacía que me apreciara, estoy
convencido, era mi amor por los escritores irlandeses. El hecho de que hubiese
leído a Yeats, Synge, Lord Dunsany, Lady Gregory, O’Caiey, Joyce, le hacía
aceptarme como compañero ideal. Se moría por leer mi obra, pero tuve el
suficiente juicio como para no enseñársela. Además, no había nada que enseñarle
en realidad.
En la casa de huéspedes
conocimos a un maderero de Virginia del Oeste. Se llamaba Matthews. Era escocés
de pies a cabeza, pero caballeroso. Sentía el mayor placer, un placer sincero,
al pasearnos en coche por la zona los días que libraba. Le gustaba la buena
comida y los buenos vinos, y sabía dónde encontrarlos. En Chimney Rock nos
convidó a una comida de la que puedo decir sinceramente que desde entonces sólo
dos veces he disfrutado de algo parecido. Debo decir en honor de Matthews que
desde el principio adivinó nuestra auténtica situación; desde el comienzo mismo
de nuestra relación dejó bien claro que, siempre que estuviéramos con él, no
debíamos llevarnos nunca la mano a los bolsillos.
Decir sólo esto de él
sería dar una impresión falsa de aquel hombre. No era rico, ni tampoco lo que
se suele llamar «un primo». Era un individuo sensible y muy inteligente que no
sabía apenas nada de libros, música o pintura. Pero estaba apasionado por la
naturaleza, en particular por los animales. He dicho que no era rico. Si
hubiese querido, habría podido hacerse millonario en seguida. Pero no tenía
deseo de hacerse rico. Era uno de esos raros americanos que están satisfechos
con su suerte. Estar en su compañía era como estar con tu propio hermano.
Muchas veces, por la noche, nos sentábamos en el porche y hablábamos sin parar
durante cinco o seis horas. Charlas sencillas y tranquilas...
Pero lo de escribir...
No sé por qué, pero no salía. Acabar un simple relato, y, además, malo, me
exigía varias semanas. El calor tenía algo que ver con ello. (En el Sur el
calor explica casi todo, excepto los linchamientos.) Antes de que consiguiera
escribir dos líneas, tenía la ropa empapada de sudor. Me sentaba junto a la
ventana y contemplaba la cuerda de presos —todos negros— que no paraban de
trabajar con pico y pala, cantando mientras trabajaban y con el sudor
chorreándoles espalda abajo. Cuanto más duramente trabajaban, menos esfuerzos
era capaz de hacer yo. Los cantos se me metían en la sangre. Pero lo que me
perturbaba todavía más era el aspecto de los guardias; sólo de mirar la cara a
aquellos sabuesos humanos se me estremecía la espina dorsal.
Para variar la
monotonía, de vez en cuando Mona y yo hacíamos una excursión por nuestra
cuenta, tras seleccionar un lugar distante, cualquier lugar antiguo, al que
llegábamos en auto-stop. Hacíamos esas excursiones simplemente para matar el
tiempo. (En el Sur el tiempo pasa muy lento.) A veces cogíamos el primer coche
que apareciera, sin importarnos la dirección que llevase. Así, al observar un
día que nos dirigíamos hacia Carolina del Sur, recordé de repente el nombre de
un antiguo compañero del colegio que, según las últimas noticias, enseñaba
música en una pequeña universidad de Carolina del Sur. Decidí que iríamos a
hacerle una visita. Era un trayecto largo y, como de costumbre, íbamos sin un
céntimo. Sin embargo, estaba seguro de que podíamos contar con que mi viejo
amigo nos diera una buena comida.
Hacía sus buenos veinte
años que no veía a aquel viejo y buen compañero. Había abandonado la escuela
antes que nosotros para estudiar música en Alemania. Llegó a ser concertista de
piano, viajó por toda Europa y después regresó a América para aceptar un puesto
insignificante en aquella pequeña ciudad del Sur. Yo había recibido varias
postales de él... y después silencio. Mientras meditaba, empecé a preguntarme
si habría olvidado quién era yo. Veinte años es mucho tiempo.
Todos los días, camino
de casa desde la escuela, me detenía en su casa para oírlo tocar. Tocaba todas
las composiciones que más adelante iba yo a oír en las salas de conciertos, y
tocaba (para mi criterio juvenil) tan bien como los maestros. Tenía la estatura
y el alcance necesarios para inspirar atención. En la frente tenía una
protuberancia que, cuando estaba inspirado, parecía casi como un cuerno corto.
Era casi treinta centímetros más alto que yo. Parecía extranjero y hablaba como
un europeo de clase alta que hubiera aprendido el inglés con su lengua materna.
Añádase a eso que solía llevar pantalones a rayas y una chaqueta negra de tela
suave. En la clase de alemán fue donde hicimos amistad. Había cogido alemán,
que conocía perfectamente, para no tener tanto que estudiar. La maestra, una
joven deliciosa y coqueta con vivo sentido del humor, estaba prendada de él de
verdad. Sin embargo, fingía estar molesta con él. De vez en cuando le lanzaba
una pulla. Un día, exasperada por la perfecta traducción que acababa de hacer
en voz alta, y sin preparación, le preguntó por qué no había escogido otra
lengua. ¿Es que no tenía el menor deseo de aprender algo nuevo? Y cosas así.
Con una sonrisa maliciosa, él respondió que tenía cosas mejores en que emplear
el tiempo.
«Ah, ¿sí? ¿De verdad?
Como, por ejemplo, ¿qué, si me permites la pregunta?»
«Tengo mi música.»
«¡Hombre! ¿Eres músico?
¿Pianista... o quizá compositor?»
«Las dos cosas», dijo
él.
«¿Y qué has compuesto
hasta ahora?»
«Sonatas, conciertos,
sinfonías y óperas... más unos cuartetos.»
Se produjo un alboroto
en la clase.
«Eres todavía más genio
de lo que yo pensaba», dijo la maestra, después de que se hubiera calmado el
bullicio.
Antes de que hubiese
acabado la clase, me pasó una nota que había escrito y doblado
precipitadamente. Acababa de leerla, cuando la maestra me ordenó que me
acercara. Se la puse ante la cara abierta. Leyó el mensaje, se puso colorada
como un tomate, y la arrojó a la papelera. Lo único que decía era: «Sie ist wie
eine Blume.»
Recordé otras cosas
relativas a aquel «genio». Cómo despreciaba todo lo americano, por ejemplo,
cómo detestaba nuestra literatura, cómo imitaba a los profesores, cómo
aborrecía cualquier clase de ejercicio. Pero, sobre todo, recordé la libertad
de que disfrutaba en su casa y el respeto con que lo trataban sus padres y
hermanos. No había otro chico como él en toda la escuela. Qué contento me sentí
cuando recibí su primera carta, fechada en Heidelberg. Se sentía como en su
casa, todavía más alemán que los alemanes. ¿Por qué me quedaba yo en América?
¿Por qué no me unía a él para llegar a ser un buen poeta alemán?
Estaba pensando en lo
extraño que sería si dijese: «No te recuerdo», cuando me di cuenta de que
habíamos entrado en la ciudad. No tardamos mucho en enterarnos de que mi viejo
amigo había salido de viaje el día anterior para recorrer el Este. ¡Vaya suerte!
Estábamos hambrientos, hacía mucho que había pasado la hora de comer.
Desesperado, insistí ante la decana, una vieja dama arisca y displicente,
intentando meterle en la cabeza que habíamos dado un rodeo tremendo, camino de
México —y, por cierto, que se nos había estropeado el coche a unos kilómetros
de allí—, expresamente para saludar a mi querido amigo de la infancia. A fuerza
de insistir y de machacarle los oídos, conseguí hacerle entender
(telepáticamente) que necesitábamos comer algo. De mala gana, al final ordenó
que nos sirvieran té y pastas.
Caminamos hasta el
límite de la ciudad para estirar las piernas. Allí nos cogió en dirección a
casa un Ford desvencijado. El conductor, veterano de guerra y algo chiflado,
también algo piripi —en el Sur todo el mundo bebe de lo lindo—, dijo que iba a
pasar por Ashville. No parecía saber con exactitud adonde iba, excepto que se
dirigía al norte. La conversación que mantuvimos durante el largo trayecto de
regreso a Ashville fue absolutamente demencial. El pobre tío no sólo había
quedado hecho una ruina en la guerra, sino que, además, su mujer se había ido
con su mejor amigo y él había tenido varios accidentes graves desde entonces.
Para acabarlo de arreglar, era un zopenco lleno de prejuicios, uno de esos
tipos cabezones que lo son todavía más cuando da la casualidad de que son
sureños. Pasamos de un tema a otro como saltamontes, pues al parecer nada lo
interesaba, excepto sus aflicciones y desdichas. Cuando nos acercábamos a
Ashville, se puso de peor genio que antes. Dejó bien claro que le desagradaba
completa y absolutamente todo lo relativo a nosotros, incluida nuestra forma de
hablar. Cuando por fin nos dejó al borde de la acera en Ashville, estaba que
echaba chispas.
Le tendimos la mano
para agradecerle el viaje y, sin desperdiciar palabras, dijimos: «¡Adiós!»
«¿Adiós?», gritó. «¿Es
que no van a pagar?»
¿Pagar? Me quedé
pasmado. ¿Quién ha oído hablar de que se pague por un viaje así?
«No esperarían viajar
gratis, ¿verdad?», exclamó. «¿Y la gasolina y el aceite que he gastado?» Se
asomó agresivo.
Tuve que apresurarme a
darle explicaciones. Nos miró incrédulo, y después sacudió la cabeza y
masculló: «Ya me lo suponía, cuando les puse la vista encima.» Después de
reflexionar, añadió: «Me dan ganas de hacer que los metan en chirona.» Entonces
ocurrió algo que nunca habría esperado: se echó a llorar. Me incliné hacia
adelante para decirle unas palabras de consuelo, con el corazón en un puño.
«¡Aléjense de mí!», gritó. «¡Váyanse!» Lo dejamos inclinado sobre el volante,
con la cabeza entre los brazos y llorando a lágrima viva.
«Por los clavos de
Cristo, ¿qué opinas de esto?», dije, algo afectado.
«Has tenido suerte de
que no sacara un cuchillo», dijo Mona. La experiencia confirmaba la convicción
que siempre había tenido ella con respecto a la gente del Sur: que era
absolutamente imposible prever sus reacciones. Le parecía que ya era hora de
que pensásemos en volver a casa.
El día siguiente,
sentado ante la máquina con mirada vacía, empecé a preguntarme cuánto tiempo
podríamos continuar así en la soleada Carolina. Habían pasado varias semanas
desde la última vez que habíamos pagado la habitación. No me atrevía a pensar
lo que le debíamos al bueno del señor Rawlings por las comidas.
Sin embargo, el día
siguiente, para nuestro absoluto asombro, recibimos un telegrama de Kronski en
el que nos informaba de que él y su mujer estaban de camino y se reunirían con
nosotros aquella misma noche. ¡Como llovidos del cielo!
Ya lo creo, justo un
poco antes de cenar aparecieron.
Salid todos del
desierto
y gloria
al Padre, al Hijo y al
Espíritu Santo
por toda la eternidad.
Aunque parezca
vergonzoso, casi lo primero que hicimos fue preguntarles si podían prestarnos
algo de dinero.
«¿Eso es todo lo que os
preocupa?» Kronski estaba bastante radiante. «Eso es fácil. ¿Cuánto deseáis?
¿Os arreglaríais con cincuenta?»
Nos abrazamos de
alegría. «Dinero», dijo, «¿por qué no me habéis telegrafiado?» Y a
continuación: «¿De verdad os gusta este sitio? A mí casi me asusta, si he de
ser sincero. Este no es sitio para negros... ni para judíos. Me da grima...»
Durante la comida
preguntó qué había yo escrito, si había vendido algo, y cosas así. Dijo que
había sospechado que las cosas no nos iban bien. «Por eso hemos dado un salto
hasta aquí casi por sorpresa. Disponemos de treinta y seis horas para pasar con
vosotros.» Dijo esto con una sonrisa que significaba: no vas a tener que
aguantarme ni un minuto más.
Mona estaba decidida a
volver con ellos, pero por alguna razón perversa yo insistí en que nos
quedáramos un poco más. Tuvimos una discusión bastante acalorada sobre eso,
pero no llegamos a ninguna conclusión.
«¡Al diablo ese
asunto!», dijo Kronski. «Ahora que estamos aquí, ¿qué podéis enseñarnos antes
de que nos vayamos?»
Me apresuré a
contestar: «El lago Junaleska.» No sabía por qué lo dije, simplemente se me
escapó de los labios. Pero de repente supe por qué. Era porque quería ver otra
vez Waynesville.
«Siempre que me acerco
a ese lugar —Waynesville—, tengo la sensación de que me gustaría instalarme
allí. No sé qué tiene el sitio, pero me atrae.»
«Tú nunca te instalarás
en el Sur», dijo Kronski. «Eres un neoyorkino nato. Mira, ¿por qué no dejas de
vagar por el interior del país y te vas al extranjero? El lugar para ti es
Francia, ¿no lo sabes?»
Mona aprobó la
sugerencia con el mayor entusiasmo.
«Tú eres el único que
le hablas con sensatez», dijo.
«Si yo tuviera que
escoger», dijo Kronski, «elegiría Rusia. Pero no me siento nómada. ¿Queréis
creer que no me parece tan mal Nueva York?» Después añadió algo muy propio de
él: «Cuando empiece a ejercer, os daré dinero a vosotros dos para que hagáis un
viaje a Europa. Lo digo en serio. Lo he pensado más de una vez. Os estáis
embruteciendo aquí. Este país no es sitio para vosotros, para ninguno de los
dos. Es demasiado miserable, demasiado mezquino... más prosaico, que la leche,
eso es lo que pasa. En cuanto a ti, señor Miller, deja de escribir esas
chorradas para las revistas, ¿me oyes? Eso no es para ti. Tú has nacido para
escribir libros. Escribe un libro. ¿Por qué no lo haces? Puedes hacerlo...»
El día siguiente fuimos
a Waynesville y al lago Junaleska. Ninguno de los dos sitios los impresionó lo
más mínimo.
«Es curioso», dije,
cuando volvíamos, «que no puedas imaginar a un tipo como yo pasando el resto de
sus días en un lugar así... un lugar como Waynesville, quiero decir. ¿Por qué?
¿Por qué te parece tan fantástico?»
«No es un lugar para ti
y se acabó.»
«Conque no, ¿eh?» Cuál
era el lugar para mí, me pregunté. ¿Francia? Tal vez. Tal vez no. Cuarenta
millones de franceses era demasiado para tragar en una sola dosis. Si acaso,
prefería España. Los españoles me gustaban instintivamente, igual que los rusos.
No sé por qué, la
conversación me hizo volver a reflexionar sobre la cuestión económica. Eso
siempre era una pesadilla. En un momento de debilidad me encontré preguntándome
si, al fin y al cabo, no sería mejor que volviéramos a Nueva York.
Sin embargo, el día
siguiente había cambiado de opinión. Acompañamos a Kronski y a su mujer hasta
el límite de la ciudad donde no tardó en cogerlos un coche. Nos quedamos un
momento diciéndoles adiós con la mano y después me volví hacia Mona y mascullé
con voz apagada. «Es un buen tío, ese Kronski.»
«El mejor amigo que
tienes», dijo Mona con la rapidez de un relámpago.
Con los cincuenta que
nos había dado Kronski pagamos parte de nuestras deudas y, confiando en que
Kronski nos enviaría un poco más cuando regresara a Nueva York, hicimos otro
intento. Por pura fuerza de voluntad conseguí acabar otro relato. Resultó ser el
peor que había escrito nunca. Intenté empezar otro, pero fue inútil: no tenía
una idea en la chola. Así, que, en lugar de eso, escribí cartas a todo el
mundo, incluido aquel bondadoso director de revista que en cierta ocasión me
había ofrecido el puesto de ayudante suyo. También fui a ver a O’Mara, pero lo
encontré tan desanimado que no me atreví a mencionar el dinero.
No había duda, el Sur
nos estaba deprimiendo. El casero y su esposa hacían todo lo posible para que
nos sintiéramos cómodos; también el señor Rawlins hacía lo que podía para
animarnos. Ninguno de ellos pronunciaba nunca una palabra a propósito del
dinero que aún les debíamos. En cuanto a Matthews, sus estancias en Virginia
del Oeste se estaban volviendo más frecuentes y más largas. Además, no teníamos
ánimos para pedirle dinero.
Como ya he dicho, el
calor tenía mucho que ver con nuestra moral baja. Hay un calor que anima y
vivifica, y hay otra clase de calor que te debilita, que te mina las energías,
el valor, hasta el deseo de vivir. Supongo que teníamos la sangre demasiado espesa.
La apatía general de los nativos no hacía sino aumentar la nuestra. Era como
estar amodorrado en un vacío. Nunca se oía la palabra arte: no figuraba en el
vocabulario de aquella gente. Yo tenía la sensación de que los cherokees habían
producido más arte que el que aquellos pobres diablos llegarían a producir
nunca. Echabas de menos la presencia del indio, a quien, al fin y al cabo,
pertenecía aquella tierra. Sentías la presencia abrumadora del negro. Una
presencia sombría e inquietante. Desde luego, el «talón de alquitrán», como
llaman al nativo, no es amante de los negros. En realidad, no ama nada
demasiado. Como digo, era un vacío, un vacío caliente y que ardía en recoldo,
si es que se puede imaginar semejante cosa.
A veces me desazonaba
caminar por las calles desoladas. Caminar por la carretera tampoco era
divertido. A cada lado se ofrecía un paisaje magnífico, pero por dentro sólo
sentías desesperación y desolación. La belleza de los alrededores sólo servía
para destruirte. Desde luego, la intención de Dios había sido que el hombre
llevara una vida diferente allí. El indio había estado mucho más cerca de Dios.
En cuanto al negro, habría prosperado, si el hombre blanco le hubiera dado una
oportunidad. Solía preguntarme, y sigo haciéndolo, si algún día no se aliarán
el indio y el negro, expulsarán al hombre blanco y volverán a establecer el
Paraíso en esa tierra de leche y miel. En fin...
La siguiente bendición
que María
recibió fue la número
dos:
pensar que su niño
Jesús
podía leer toda la
Biblia,
leer toda la Biblia.
Llegaron con
cuentagotas algunas aportaciones —dinero para gastillos, ¡nada más!— a
consecuencia de las cartas que había enviado a «todo el mundo». Ni una palabra
de Kronski, sin embargo.
Resistimos unas semanas
más, y después, totalmente desanimados, una noche decidimos levantarnos al
despuntar el día y marcharnos a hurtadillas. Sólo llevábamos dos maletines.
Tras una noche sin pegar ojo nos levantamos con el primer rayo de luz y, con los
zapatos en la mano y el maletín en la otra, salimos tan sigilosamente como
ratones. Caminamos varios kilómetros antes de que apareciese un coche. Ya era
mediodía para cuando llegamos a Winston-Salem, donde decidimos enviar a mi
padre un mensaje a cobro revertido para que nos mandara unos dólares. Le sugerí
que enviase el dinero a Durham, donde teníamos pensado pasar la noche.
Al anochecer entramos
en Durham. Por supuesto, había un telegrama esperándome. Decía: «Lo siento hijo
no tengo un céntimo en el banco.» Sentí deseos de llorar, no por nuestra
situación, sino por la humillación que debió de causar al viejo enviar un
mensaje así.
Gracias a un
desconocido, habíamos tomado un bocadillo y un café hacia el mediodía. Ahora
estábamos hambrientos, más de lo habitual, por supuesto, a causa de la
imposible distancia que nos faltaba por recorrer con el estómago vacío. No
quedaba otro remedio que volver a tomar la carretera, cosa que hicimos... como
autómatas.
Estando parados en la
carretera, demasiado cansados y derrotados como para dar un paso, y mirando
ponerse el sol como un tomate reventado, de repente se detuvo un coche bastante
llamativo y una voz alegre nos llamó: «¿Quieren subir?» Era una pareja que se
dirigía a un pueblo situado a una distancia de dos horas aproximadamente. El
hombre era de Alabama, y hablaba con acento de nativo del extremo Sur, la mujer
era de Arkansas. Eran personas alegres y vivaces que no parecían tener la menor
preocupación en el mundo.
En el camino tuvimos
problemas con el coche, pequeñas averías, una tras otra. En lugar de llegar en
dos horas, tardamos cinco. Para cuando llegamos a nuestro destino, gracias a
los retrasos, nos habíamos hecho muy amigos. Les habíamos contado la verdad sobre
nuestra situación, toda la verdad y nada más que la verdad, y les había llegado
al alma. Nunca, nunca olvidaré cómo corrió aquella buena mujer al baño, en
cuanto entramos en la casa, llenó la bañera de agua caliente, sacó jabón y
toallas, y nos pidió que descansáramos, mientras preparaba la comida. Cuando
reaparecimos, vestidos con sus batas de baño, la mesa estaba puesta; al
instante nos sentamos a tomar una comida excelente compuesta de picadillo y
huevos fritos con panecillos calientes, café, confitura, fruta y pastel. Cuando
nos acostamos eran alrededor de las tres de la mañana. A petición suya,
dormimos en su cama, sin darnos cuenta hasta que nos despertamos de que
nuestros bondadosos huéspedes habían improvisado una cama para ellos sacando
los asientos del coche.
Cuando nos levantamos,
hacia el mediodía, tomamos un desayuno sabroso, tras lo cual el hombre me
enseñó el enorme patio trasero por el que había esparcidos restos de coches. Se
ganaba la vida con ellos. Desde luego, era una persona despreocupada, y su esposa
más aún. Nuestra visita inesperada parecía haberlos alborozado. No sé por qué
no nos quedamos a pasar unos días con ellos, como nos pidieron.
Cuando nos preparábamos
para marcharnos, la mujer llevó a Mona aparte y le puso a hurtadillas unos
dólares en la mano, mientras el marido me colocaba un cartón de tabaco bajo el
brazo. Insistieron en llevarnos en coche cierta distancia fuera de la ciudad
para que nos cogiesen con mayor facilidad. Cuando por fin nos despedimos tenían
lágrimas en los ojos.
Nos estaban cogiendo
con frecuencia y estábamos decididos a llegar a Washington ese día. Y lo
habríamos conseguido, si no hubiera sido porque todos los que nos cogían nos
llevaban a distancias cortas. Cuando llegamos a Richmond, estaba anocheciendo.
Y volvíamos a estar sin un céntimo. Los dólares que nos había dado la mujer
habían desaparecido... junto con el monedero. ¿Nos habría robado alguien
aquella cantidad miserable? De ser así, se trataba de una broma tétrica. Sin
embargo, nos sentíamos demasiado bien, demasiado cerca de nuestra meta, como
para deprimirnos por la pérdida de nuestra pequeña fortuna.
Hora de comer otra
vez...
Con ojo calculador
examinamos los diferentes restaurantes y finalmente nos decidimos por uno
griego. Primero comeríamos y después explicaríamos nuestra situación. Nos
zampamos una buena comida, con raciones extra de postre, y después comunicamos
con amabilidad la noticia al propietario. Nuestra historia no lo impresionó lo
más mínimo o, mejor dicho, le causó mala impresión. Lo único que se le ocurrió
—¡vaya solución!— fue llamar a la policía. A los pocos minutos apareció un
motorista de la policía. Tras el interrogatorio habitual, nos preguntó sin
rodeos cómo pensábamos resolver la cuestión. Le dije que, si él pagaba el
cable, enviaría un mensaje a Nueva York, que sin lugar a dudas el dinero
llegaría la mañana siguiente. Le pareció una idea razonable y se ofreció a
llevarnos a un hotel cercano. Después se volvió hacia el griego y le informo de
que él se hacía responsable por nosotros. Todo lo cual me pareció de lo más
decente.
Envié un mensaje a
Ulric, no sin recelo. El poli nos acompañó hasta nuestra habitación y dijo que
volvería a vernos la mañana siguiente. A pesar de que éramos de Nueva York,
mostró una consideración fuera de lo común hacia nosotros. No pude por menos de
pensar que un poli de Nueva York era harina de otro costal.
Durante la noche me
levanté para asegurarme de que el propietario no había cerrado la puerta por
fuera. Me resultó imposible conciliar el sueño. A medida que pasaba la noche,
me sentía más seguro de que no iba a haber respuesta a nuestro telegrama.
Escabullimos sin que
nos viese el conserje de noche era imposible. Me levanté, fui a la ventana y me
asomé. Había unos dos metros hasta el suelo. Esa era la solución: nos
marcharíamos por la ventana al amanecer.
A la salida del sol,
volvíamos a estar en la carretera a dos o tres kilómetros de la ciudad. Todavía
llevábamos nuestros dos maletines. En lugar de dirigirnos rectos hacia
Washington, pusimos rumbo a Tappahannock: por si acaso el poli nos seguía la
pista. Quiso la suerte que nos cogieran en un santiamén. Por supuesto, no
desayunamos ni almorzamos. Por el camino comimos unas manzanas verdes, que nos
dieron un cólico.
A poca distancia de
Tappahannock un abogado que se dirigía a Washington nos cogió. Un tipo
encantador, culto y de conversación amena. Le contamos la tira en el tiempo de
que dispusimos. Debió de hacer efecto, porque, cuando nos despedíamos de él en
Washington, insistió en prestamos veinte dólares. Dijo que nos los «prestaba»,
pero lo que quería decir claramente era que nos los gastáramos y lo
olvidásemos. Mientras quitaba el freno de mano, masculló por encima del hombro:
«En tiempos yo también
intenté ser escritor.»
Estábamos tan
alborozados que no veíamos la hora de llegar a casa. Hacia medianoche llegamos
a la gran ciudad. Lo primero que hicimos fue llamar a Kronski. ¿Podía alojarnos
por una noche? Desde luego. Cogimos el metro y nos dirigimos al Bronx, donde
volvía a estar viviendo.
El metro ofrecía un
aspecto lúgubre a nuestros ojos. Habíamos olvidado la palidez y aspecto agotado
de la gente, habíamos olvidado el hedor que despedía la ciudad. La rutina.
Atrapados otra vez.
En fin, por lo menos
nos encontrábamos en terreno familiar. Tal vez alguien se alegraría de vernos
tras varios meses de ausencia. Tal vez me pusiera a buscar trabajo en serio.
El sexto gozo —¡qué
apropiado!— dice así:
El siguiente gozo que
María tuvo
fue el número seis:
ver a su niño Jesús
en el crucifijo.
Y aquí tenemos al Dr.
Kronski...
«¡Bueno, hombre, bueno!
¡Ya estáis de vuelta! ¿No os lo dije? Pero no os penséis que podéis acampar en
nuestra casa. Podéis pasar esta noche y se acabó. ¿Habéis comido? Tengo que
levantarme temprano por la mañana. No pidáis toallas limpias, porque no hay.
Vais a tener que dormir en pelotas. Y no esperéis que os sirvan el desayuno en
la cama. ¡Buenas noches!» Todo de un tirón.
Quitamos los libros de
medicina y las sobras de comida de los catres, levantamos las sábanas grises,
vimos las manchas de sangre, pero no dijimos nada, y nos acostamos. ¡SALID TODOS
DEL DESIERTO Y GLORIA!
XV
No hace mucho leí en
una revista budista algo así: «Si pudiéramos conseguir lo que queremos cuando
creemos que lo necesitamos, la vida no ofrecería problema, ni misterio, ni
significado.» La mañana que leí eso estaba un poco indispuesto. Había decidido
pasar el día en la cama. Sin embargo, al leer esas palabras, me eché a reír a
carcajadas. En un dos por tres estaba en pie y fuera de la cama, pipiando tan
alegremente como de costumbre.
Si me hubiera
encontrado con esa muestra de sabiduría en el período sobre el que estoy
escribiendo, dudo de que hubiese tenido efecto sobre mí. Me resultaba
sencillamente imposible ver las cosas con indiferencia. El día estaba lleno de
problemas, lleno de complicaciones. En todo había misterio, un misterio
irritante. El misterio que rodea al universo: eso era puro lujo intelectual.
Todo el significado de la vida quedaba encubierto por la solución al problema
de mantenerse a flote. Parece sencillo, pero nosotros sabíamos complicar hasta
un problema tan sencillo.
Hastiado de nuestra
azarosa forma de vida, decidí coger un trabajo. Se habían acabado los sablazos.
Se había acabado la persecución de arcos iris. Estaba resuelto a ganar lo
suficiente para las necesidades diarias, pasara lo que pasase. Sabía que iba a
ser un golpe para Mona. La propia idea de coger un trabajo era anatema para
ella. Peor aún: era una pura traición infame.
Su respuesta, cuando le
comuniqué mi resolución, fue muy propia de ella: «¡Estás arruinando todo lo que
he hecho!»
«No me importa»,
respondí. «Tengo que hacerlo.»
«Entonces yo también
cogeré un trabajo», dijo. Y ese mismo día se empleó de camarera en The Iron
Cauldron. «Vas a lamentarlo», me dijo. Con eso quería decir que era funesto que
no pasáramos todo el día juntos.
Tuve que prometerle que
mientras buscaba trabajo comería y cenaría en The Iron Gauldron. Fui una vez, a
la hora de comer, pero el espectáculo de Mona sirviendo a las mesas me desanimó
tanto, que no pude volver más.
Coger un empleo fijo en
una oficina era algo de lo que no había ni que hablar. En primer lugar, no
sabía hacer nada realmente bien, y en segundo lugar sabía que nunca podría
soportar la rutina. Tenía que encontrar algo que me diera una apariencia de
libertad e independencia. Sólo había un trabajo que satisfacía ese requisito...
y era la venta de libros. Aunque no me ofrecería un sueldo regular, iba a poder
disponer de mi tiempo, y eso significaba mucho para mí. Levantarme cada mañana
puntualmente y marcar a la entrada del trabajo era impensable.
No podía volver a la
Enciclopedia Británica: no había dejado muy buen recuerdo. Tenía que encontrar
otra enciclopedia. No tardé en encontrar la enciclopedia por fascículos. Al
jefe de ventas, al que me presenté para pedir trabajo, no le resultó demasiado
difícil convencerme de que era la mejor enciclopedia del mercado. Parecía
pensar que yo tenía excelentes posibilidades. Como favor, me dio algunos de sus
informes personales y confidenciales para empezar. Eran «pan comido», me
aseguró. Abandoné la oficina con una cartera llena de páginas de muestra,
varios tipos de encuadernación, y los demás accesorios que el vendedor de
libros lleva siempre consigo. Tenía que irme a casa y estudiar todas esas
chorradas y después empezar. Nunca debía aceptar un «no» por respuesta. Soit.
El primer día hice dos
ventas, lo que me proporcionó una comisión curiosita pues había conseguido
vender a mis clientes las colecciones con la encuadernación más cara. Una de
mis víctimas fue un médico judío, un individuo encantador y cortés que no sólo insistió
en que me quedara a cenar con la familia, sino que, además, me dio los nombres
de varios amigos suyos que estaba seguro de que comprarían. El día siguiente
vendí tres colecciones, gracias a aquel judío bondadoso. El jefe de ventas
estaba entusiasmado para sus adentros, pero disimuló y dijo que se trataba de
la buena suerte habitual en los comienzos. Me avisó para que no dejara que ese
rápido éxito se me subiese a la cabeza.
«No se dé por
satisfecho con vender dos o tres al día. Intente vender cinco o seis. Tenemos
hombres que venden hasta doce colecciones al día.»
«A mí no me vengas con
esas trolas», pensé para mis adentros. «Un hombre que puede vender doce
enciclopedias al día no estaría vendiendo enciclopedias, estaría vendiendo el
puente de Brooklyn.»
No obstante, me dediqué
al trabajo concienzudamente. Seguí todos los informes religiosamente, aunque
tuviera que viajar hasta ciudades tan remotas como Passaic, Hoboken, Canarsie y
Maspeth. Había vendido a tres de las personas sobre las que el jefe de ventas
me había dado informes «personales». El muy idiota pensaba que debería haber
vendido a las siete. Cada vez que nos veíamos se volvía más cordial, más
conciliador. Un día me contó que los editores iban a organizar una gran
exposición en el Garden. Si yo seguía cumpliendo, podría llevarme a trabajar
con él en la caseta que la empresa iba a alquilar. Dio a entender que allí, en
el Garden, las ventas venían a ti como ciruelas maduras que caen del árbol.
Ibamos a hacer un agosto. Añadió que había estado estudiándome; le gustaba la
forma como hablaba yo. «Quédese conmigo», añadió, «y puede que le encarguemos
la dirección de una gran zona: el Oeste, por ejemplo. Tendrá un coche y un
equipo de hombres a sus órdenes. ¿Qué le parece?»
«¡Maravilloso!», dije,
a pesar de que la sola idea me aterrorizaba. No quería tener tanto éxito. Me
conformaba con vender una al día... si podía.
Quien intenta vender
libros pronto se da cuenta de que existe un tipo de individuo con el que no hay
quien pueda. Es el tipo que parece tan manejable y complaciente, que casi
sientes lástima de él la primera vez que le clavas las garras. Estás seguro de que
no sólo va a comprar una colección para sí, sino que, además, dentro de uno o
dos días te va a traer pedidos firmados por sus amigos. Está de acuerdo con
todo lo que dices y aún más. Se admira de que no todas las personas
inteligentes del país posean ya esos libros. Se le ocurren preguntas
innumerables, y las respuestas siempre le provocan mayor entusiasmo aún. Cuando
se pasa al último detalle —las encuadernaciones—, las palpa amorosamente, al
tiempo que se extiende con minuciosidad exasperante sobre las ventajas
relativas de cada una. Hasta te muestra el rincón de la pared en que cree que
la colección lucirá mejor. Una docena de veces te preparas para entregarle el
bolígrafo con el fin de que firme en la línea de puntos. A veces esos andobas
se entusiasman hasta tal extremo, que no se quedan contentos si no llaman a un
vecino y le hacen examinar los libros también. Si el amigo acude, como suele
ocurrir, vuelves a repetir el programa desde el principio. Pasa el día y aún te
encuentras hablando, explicando, admirando las maravillas que contiene esa
bella y práctica colección de libros. Por fin, haces un esfuerzo desesperado
para ir al grano. Y entonces te salta con algo así: «Oh, pero no puedo comprar
los libros ahora... estoy sin trabajo de momento. Desde luego, me encantaría
poseer una colección, sólo que...» Aun en ese momento te sientes tan seguro de
que es sincero, que te ofreces a prestarle el importe del primer plazo. «Puede
pagarme más adelante, cuando consiga un trabajo. Ahora, ¡firme aquí!» Pero aun
así el tipo de que hablo consigue escabullirse. Cualquier excusa descarada le
sirve. Sólo, que entonces comprendes que en ningún momento ha tenido la menor
intención de comprar los libros; sólo era una forma de pasar el tiempo. Incluso
puede que te diga tan campante, cuando te marchas, que nunca había disfrutado
tanto como oyéndote hablar...
Los franceses tienen
una expresión que lo resume perfectamente: «il n’est pas sérieux».
La venta de libros es
una ocupación magnífica. Aunque sólo sea, aprendes algo sobre la naturaleza
humana. Casi vale la pena el tiempo perdido, los pies doloridos, las angustias.
Ahora bien, una de las características llamativas del juego es ésta: una vez
que te metes, no puedes pensar en otra cosa. Hablas de enciclopedias —si eso es
lo que vendes— desde la mañana hasta medianoche; hablas de eso a cada
oportunidad que se presenta, y, cuando no hay nadie a quien hablar, te hablas a
ti mismo. Más de una vez me vendí a mí mismo una colección en un momento de
descanso. Parece ridículo, si no te dedicas a eso, pero es que llegas a creerte
de verdad que todos los habitantes de este mundo de Dios deben poseer el
precioso libro que te han dado para vender. Te dices que todo el mundo necesita
saber más. Miras a la gente con una idea en la cabeza: ¿es un cliente en
perspectiva o no? Te importa un comino que la persona llegue a usar o no la
puñetera colección: sólo piensas en cómo puedes convencerla de que lo que ofreces
es un sine qua non. En cuanto a otros productos —zapatos, calcetines, camisas—,
¿qué tiene de divertido vender a alguien algo que necesita? No, señor, quieres
dar a tu víctima una buena oportunidad. Casi preferirías que te volviera la
espalda: entonces podrías marcarte el rollo con placer. Un buen vendedor no
disfruta sacando dinero a un «primo». Quiere ganarse su dinero. Quiere hacerse
la ilusión de que, si se pusiera, podría vender libros a un analfabeto... ¡o a
un ciego!
Además, es un juego que
te hace tropezarte con personajes interesantes, algunos de ellos con gustos
parecidos a los tuyos, otros más extraños a ti que los chinos paganos, otros
que reconocen no haber poseído nunca un libro, etc. A veces llegaba a casa tan
alegre, tan divertido, que no podía pegar ojo. Con frecuencia nos quedábamos
despiertos toda la noche hablando de esos personajes verdaderamente «graciosos»
que me había encontrado.
Observé que el vendedor
corriente tenia el suficiente juicio como para largarse rápido, cuando veía que
había pocas perspectivas de vender. Yo, no. Yo tenía cien razones diferentes
para quedarme con la persona en cuestión. Cualquier chiflado podía retenerme
hasta las primeras horas de la madrugada, contándome su vida, devanando sus
sueños demenciales, explicando sus proyectos e inventos descabellados. Muchos
de esos idiotas me recordaban a mis repartidores cosmocócicos; descubrí que
algunos habían trabajado de eso efectivamente. Nos entendíamos a la perfección.
Muchas veces, al despedirme, me hacían regamos, naderías absurdas que solía
tirar antes de llegar a casa.
Naturalmente, cada vez
lograba menos pedidos. El jefe de ventas no lo conseguía entender; según él, yo
reunía todos los requisitos de un vendedor de primera. Hasta se ofreció a
tomarse un día libre y hacer las visitas conmigo, para demostrarme lo sencillo
que era conseguir encargos. Pero siempre me las arreglaba para eludir la
cuestión. De vez en cuando enganchaba a un catedrático, a un sacerdote o a un
abogado destacado. Esos éxitos lo encantaban. «Esa es la clase de clientela
tras la que vamos», decía. «¡Consiga más así!»
Yo me quejaba de que
raras veces me daba un informe que valiera la pena. La mayoría de las veces me
enviaba a visitar a niños o a imbéciles. Afirmaba que no importaba demasiado la
inteligencia o la edad del cliente en perspectiva: lo único importante era
entrar en la casa y perseverar. Si era un niño el que había respondido al
anuncio, entonces yo debía hablar con los padres, convencerlos de que era por
el bien del niño. Si era un papanatas el que había escrito para pedir
información, tanto mejor: un retrasado mental no ofrecía resistencia. Y cosas
así. Tenía respuestas para todo, aquel tipo. Su idea de un buen vendedor era el
que podía vender libros a objetos inanimados. Empecé a detestarlo con toda el
alma.
El caso es que todo
aquel asunto no era más que una excusa para mantenerme activo, un medio de
sostener la ficción de que estaba luchando para ganarme la vida. Por qué me
molestaba en fingir es algo que no sé, a no ser que lo que me impulsara fuese
la sensación de culpabilidad. Mona ganaba más que suficiente para mantenernos a
los dos. Además, constantemente traía a casa regalos, en dinero o en objetos
que se podían convertir en dinero. El mismo juego de siempre. La gente no podía
resistir la tentación de colmarla de regalos. Todos eran «admiradores», por
supuesto. Prefería llamarlos «admiradores» antes que «amantes». Muchas veces me
preguntaba qué era lo que admiraban en ella, sobre todo porque no les ofrecía
otra cosa que desaires. Al oírla hablar sobre aquellos «bobos» y «lelos», era
como para pensar que nunca los sonreía siquiera.
Con frecuencia me tenía
despierto noches enteras hablándome de ese nuevo enjambre de «satélites». Una
pandilla extraña, debo reconocerlo. Siempre un millonario o dos entre ellos,
siempre un púgil o un luchador, siempre un chiflado, generalmente de sexo
dudoso. Nunca conseguía comprender qué veían en ella aquellos tipos raros. A
medida que pasara el tiempo, iba a haber muchos. El de turno en aquel momento
era Claude. (Si bien, a decir verdad, nunca llamó admirador a Claude.) En fin,
Claude. ¿Claude qué? Simplemente Claude. Cuando le pregunté qué hacía ese
Claude para ganarse la vida, casi se puso histérica. ¡Sólo era un niño!
Dieciséis años, ni un día más. Naturalmente, parecía mayor. Tenía que conocerlo
algún día. Estaba segura de que lo adoraría.
Intenté mostrar
indiferencia, pero ella no hizo caso. Insistió en que Claude era excepcional.
Había vagado por todo el mundo... sin un céntimo. «Deberías oírlo hablar»,
siguió parloteando. «Abrirías unos ojos como platos. Es más sabio que muchos
hombres de cuarenta años. Es casi un Cristo...»
No lo pude evitar, me
eché a reír. No pude por menos de reírme en sus narices.
«Muy bien, ¡tú ríete!
Pero espera a conocerlo y verás cómo cambias de opinión.»
Me enteré de que de
Claude era de quien había recibido las bellas sortijas, pulseras y otros
adornos de los navajos. Claude había pasado todo un verano con los navajos.
Hasta había aprendido a hablar su lengua. Según Mona, si lo hubiera deseado,
habría podido vivir el resto de su vida con los navajos.
Pregunté de dónde era
originario, ese Claude. No estaba del todo segura. Le parecía que del Bronx.
(Lo que no hacía sino volverlo más excepcional.)
«Entonces, ¿es judío?»,
dije.
Tampoco estaba segura
de eso. Por la apariencia no se podía saber nada de él. No tenía apariencia de
nada. (Extraña forma de expresarlo, me pareció.) Podía pasar por indio... o por
ario puro. Era como el camaleón: según cuándo o dónde lo encontraras, según del
humor que estuviese, la gente que lo rodeara, etc.
«Probablemente naciera
en Rusia», dije, para no quedarme corto.
Para mi sorpresa, ella
dijo: «Habla ruso con fluidez, si es que eso significa algo. Pero es que
también habla otras lenguas: árabe, turco, armenio, alemán, portugués,
húngaro...»
«¡Húngaro, no!», grité.
«Ruso, de acuerdo. Armenio, de acuerdo. Turco, ídem, si bien es un poco difícil
de tragar. Pero si dices que habla húngaro, me niego a creerlo. No, por Cristo,
tendré que oírlo hablar húngaro para creérmelo.»
«Muy bien», dijo,
«acércate una noche y lo verás por ti mismo. De todos modos, ¿cómo vas a
saberlo, si no hablas húngaro?»
«¡Exacto! Pero lo que
sé es esto: quien sepa hablar húngaro es un mago. Es la lengua más difícil del
mundo... excepto para los húngaros, por supuesto. Tu Claude puede ser un
muchacho brillante, pero, ¡no me digas que habla húngaro! No, no me harás
tragar eso.»
Evidentemente, mis
palabras no le habían hecho mella, porque la próxima cosa que salió de sus
labios fue: «Se me olvidaba decirte que también sabe sánscrito, hebreo, y...»
«Oye», exclamé, «no es
casi un Cristo, es Cristo. Sólo Cristo Todopoderoso podría dominar todas esas
lenguas a su edad. Me extraña que no haya inventado la lengua universal. Me
acercaré muy pronto, no te preocupes. Quiero ver a ese fenómeno con mis propios
ojos. Quiero verlo hablando seis lenguas a la vez. Nada inferior a eso me
impresionará.»
Me miró como diciendo:
«¡Eres un pobre incrédulo como Santo Tomás!»
La firmeza de su
sonrisa acabó irritándome. «¿Por qué sonríes así?»
Vaciló un buen minuto.
«Porque, Val... porque me preguntaba qué dirías si te contara que también tiene
poder para curar.»
Por alguna razón
extraña, eso me pareció más plausible y conforme con el carácter de Claude que
cualquier otra cosa que me hubiera contado. Pero tuve que mantener mi actitud
escéptica y burlona.
«¿Cómo lo sabes?»,
dije. «¿Lo has visto curar a alguien?»
Se negó a responder a
la pregunta directamente. Sin embargo, insistió en que podía atestiguar la
certeza de su afirmación.
Para provocarla dije:
«¿Qué curó? ¿Una jaqueca?»
Volvió a tardar en
responder. Después, con bastante solemnidad, casi con demasiada solemnidad,
respondió: «Ha curado cáncer, si es que eso significa algo.»
Eso me puso furioso.
«Por el amor de Dios», grité, «¡no me digas una cosa así? ¿Es que eres una
idiota crédula? Igual podrías decirme que ha resucitado a los muertos.»
Esbozó una sonrisa. En
voz que ya no era solemne sino grave, dijo: «Mira, Val, lo creas o no, también
lo ha hecho. Entre los navajos. Por eso lo aman tan...»
«De acuerdo, chica, con
eso basta por esta noche. Cambiemos de tema. Si me cuentas algo más, voy a
pensar que tienes un tornillo flojo.»
Sus siguientes palabras
me cogieron completamente por sorpresa. Casi di un salto hasta el techo.
«Claude dice que tiene
una cita contigo. Sabe todo lo relativo a ti... en realidad, te conoce como si
te hubiera parido. Y no vayas a pensar que yo se lo he contado, porque, ¡no lo
he hecho! ¿Quieres oír más?» Prosiguió. «Te espera una carrera tremenda: un día
vas a ser una figura mundial. Según Claude, ahora estás jugando a la gallina
ciega. Estás ciego espiritualmente, así como mudo y sordo...»
«¿Claude ha dicho eso?»
Ahora me encontraba completamente sereno. «Muy bien, dile que asistiré a la
cita. Mañana por la noche, ¿qué te parece? Pero, ¡no en ese maldito tugurio
tuyo!»
Mi completa
capitulación la llenó de alegría. «Déjalo de mi cuenta», dijo. «Escogeré un
lugar tranquilo donde podáis estar solos los dos.»
Naturalmente, no pude
por menos de preguntar cuánto le había contado sobre mí. «Mañana te enterarás
de todo», no dejaba de repetir. «No quiero estropeártelo.»
Me costó trabajo
conciliar el sueño. Claude no dejaba de aparecer una y otra vez, como una
visión, cada vez con aspecto diferente. Aunque siempre tenía la figura de un
muchacho, su voz sonaba como la de un anciano. Fuera cual fuese la lengua que
hablara, yo podía entenderlo. Cosa bastante curiosa, no sentía el menor asombro
oyéndome hablar húngaro. Tampoco me asombraba de encontrarme cabalgando un
caballo, a pelo y descalzo. Con frecuencia celebrábamos nuestras conversaciones
en tierras extranjeras, en lugares remotos como Judea, el desierto nubio,
Turquestán, Sumatra, Patagonia. No usábamos vehículos; estábamos siempre allí
donde erraban nuestros pensamientos, sin esfuerzo, sin el uso de la voluntad.
Aparte de ciertos sueños sexuales, no creo que haya tenido nunca un sueño más
agradable. Era más que agradable: era instructivo en el sentido más elevado.
Ese Claude se parecía más a un alter ego, a pesar de que a veces se asemejaba
efectiva e impresionantemente a Cristo. Me proporcionó una gran paz. Me dio dirección.
Más aún: me dio razón de ser. Por fin yo era algo por derecho propio y no
necesitaba demostrárselo a nadie. Estaba seguro en el mundo y, sin embargo, no
era víctima. Participaba de forma totalmente nueva, como sólo puede hacerlo un
hombre libre de conflicto. Cosa extraña, el mundo se habia vuelto mucho más
pequeño de lo que yo pensaba. Más íntimo, más comprensible. Había dejado de ser
algo a lo que me veía enfrentado; era como una fruta madura dentro de la cual
me encontraba, que me alimentaba, y que era inagotable. Estaba unido a él,
unido a todo: ésa es la única forma como puedo expresarlo.
Quiso la suerte que no
pudiera encontrarme con Claude la noche siguiente. Resulta que estaba en Newark
o algún lugar así, cuando llegó la noche, hablando con un cliente en
perspectiva que me parecía fascinante. Era un negro que trabajaba de estibador
para pagarse los estudios de derecho. Llevaba varias semanas sin trabajo y
estaba de talante receptivo para escucharme exponer las ventajas de la
enciclopedia en fascículos. Justo cuando estaba a punto de firmar la compra de
una colección, su madre asomó la cabeza por la puerta y me pidió que me quedara
a cenar. Se disculpó por interrumpirnos y explicó que después, de cenar iban a
una reunión y tenía que recordar a su hijo que se cambiara de ropa. Este dejó
el bolígrafo y corrió al baño.
Mientras esperaba a que
reapareciera, mis ojos se posaron en un anuncio. Decía que el gran dirigente
negro, W. E. Burghardt Dubois, iba a hablar en el Ayuntamiento aquella misma
noche. Esperé con impaciencia la vuelta del muchacho. Me paseé de un extremo a
otro de la habitación en estado febril. Conocía muy bien a aquel Dubois. Años
atrás, cuando era muy aficionado a asistir a conferencias, había oído hablar a
Dubois sobre la gran herencia del pueblo negro. Era en una sala pequeña de la
parte baja del East Side; cosa bastante curiosa, el auditorio estaba compuesto
en su mayor parte por judíos. No había olvidado a aquel hombre. Era apuesto, de
rasgos completamente arios y de figura imponente; entonces llevaba perilla, si
no recuerdo mal. Más adelante supe que había nacido en Nueva Inglaterra; sus
antepasados eran de sangre mixta, francesa, holandesa y otras castas. Lo que
mejor recordaba de él era su dicción impecable y su vasta erudición. Tenía una
forma de hablar desafiante y directa que me conquistó inmediatamente. Al
instante me pareció un ser superior. ¿Y acaso no había sido él, pensé para mis
adentros, el que había aceptado y publicado el primer artículo mío que había
aparecido impreso?
En la mesa conocí a los
demás miembros de la familia. La hermana, una joven de unos veinticinco años,
era extraordinariamente bella. Había decidido ir también a la conferencia. No
necesité más: Claude podía esperar. Cuando les conté que había oído a Dubois en
cierta ocasión y que sentía una admiración ilimitada por él, insistieron en que
los acompañara como invitado suyo. De repente el joven recordó que no había
firmado en la línea de puntos; me pidió que le dejara hacerlo antes de que
volviese a olvidarlo. Me sentí avergonzado, como si lo hubiera engañado.
«Piénsalo antes», dije.
«Si de verdad quieres los libros, puedes enviarme la hoja por correo.»
«¡No, no!», gritaron su
madre y su hermana al instante. «Firmará ahora mismo, porque, si no lo hace
ahora, no lo hará nunca. Ya sabe cómo somos nosotros.»
Ahora la hermana estaba
empezando a interesarse por el tema. Tuve que explicarle toda la cuestión
apresuradamente.
«Parece maravilloso»,
dijo. «Déjeme algunas hojas, creo que puedo conseguirle unos cuantos pedidos.»
Comimos a toda prisa y
después nos montamos en el coche. Un coche magnífico, me pareció. Camino de la
sala de conferencias me contaron las actividades de Dubois desde la última vez
que yo había tenido noticias de él. Había cogido un puesto de educador en el
Sur, mundo no demasiado compatible con alguien de su temperamento y formación.
Les parecía que se había amargado un poco y que hablaba con mayor mordacidad.
Impulsivamente les dije que me recordaba, de forma extraña e indefinible, a
Rabindranath Tagore, a quien también había oído hablar hacía años. En lo que
pensaba era probablemente en que ninguno de esos dos hombres se mordía la
lengua a la hora de decir la verdad.
Para cuando llegamos a
la sala estaba pronunciando una larga rapsodia sobre otro negro, ídolo mío en
otro tiempo, Hubert Harrison. Les estaba contando todo lo que había aprendido
al pie de su plataforma en Madison Square en la época en que se podía hablar de
cualquier cosa con libertad y en público. Les dije cándidamente que en aquella
época no había nadie que le llegara a la suela del zapato. Con unas cuantas
palabras bien dirigidas era capaz de aniquilar a cualquier contrincante.
Además, lo hacía con elegancia y suavidad, «con guantes blancos», por decirlo
así. Describí su maravillosa sonrisa, su seguridad y naturalidad, la gran
cabeza escultural que llevaba sobre los hombros como un león. Me pregunté en
voz alta si no tendría sangre real, si no descendería de algún gran monarca
africano. Sí, era un hombre que te electrizaba con su mera presencia. A su
lado, los otros oradores, los blancos, parecían pigmeos, no sólo física sino
también culturalmente, espiritualmente. Algunos de éstos, los que cobraban por
fomentar disturbios, se comportaban como epilépticos, siempre envueltos en la
bandera americana, por supuesto. En cambio, Hubert Harrison, fuera cual fuese
la provocación, siempre conservaba el aplomo, la dignidad. Había que verlo
colocarse el dorso de la mano en la cadera, con el torso inclinado hacia
adelante, y el oído aguzado para captar hasta la última palabra de quien le
preguntaba o interrumpía. ¡Menudo si sabía esperar tan campante a que llegara
su turno! Cuando el tumulto había cesado, aparecía su amplia sonrisa, una
sonrisa amplia y bonachona, y respondía al buen señor: yendo siempre al grano,
siempre justo y cortés, siempre rotundo, como una andanada. Al instante todo el
mundo estaba riendo, todo el mundo menos el pobre imbécil que se había atrevido
a hacer la pregunta...
Yo iba charlando en esa
vena, cuando entramos en la sala. Estaba atestada de gente; esa vez el
auditorio era negro en su mayoría. Como cualquier blanco que carezca de
prejuicios puede atestiguar, es un privilegio encontrarse entre una multitud de
negros. La atmósfera siempre está supercargada. A intervalos se producen
carcajadas espontáneas, exclamaciones fantásticas, auténticas risotadas como no
se oyen nunca procedentes de las gargantas de los blancos. A los blancos les
falta espontaneidad. Cuando se ríen, raras veces les sale de las entrañas.
Suele ser una risa burlona. El negro ríe con la misma facilidad con que
respira.
Dubois tardó bastante
en aparecer en el estrado. Cuando lo hizo, fue con el aire de un soberano que
sube a su trono. Su propia majestad silenció cualquier posible manifestación.
No había nada de demagogo en su figura leonina: esas tácticas eran indignas de
él. Sin embargo, sus palabras eran como dinamita fría. Si hubiera querido,
habría provocado una explosión que habría estremecido el mundo. Pero era
evidente que no tenía intención de estremecer el mundo: en cualquier caso,
todavía no. Mientras escuchaba su discurso, me lo imaginaba dirigiéndose a una
sociedad de científicos del mismo modo. No me costaba trabajo imaginarlo
soltando las verdades más devastadoras, pero de tal modo que te quedaras
pasmado en lugar de sentirte movido a actuar.
Qué lástima, pensé, que
un hombre de su capacidad, de sus facultades, se viera obligado a limitar su
campo de acción. A causa de su sangre, estaba condenado a segregarse, a
restringir sus horizontes, sus actividades. Podría haberse quedado en Europa,
donde lo aceptaban y honraban libremente; podría haber ocupado una posición más
importante. Pero había optado por estar junto a su pueblo, y, de ser posible,
hacer un mundo mejor para que viviese en él. Debió de saber desde el principio
que era una misión desesperada, que nada importante para sus hermanos podía
realizarse en el espacio de una vida. Era un hombre demasiado inteligente como
para hacerse ilusiones al respecto. No sabía si admirarlo o deplorar su
persistencia inútil, valiente y tenaz. Involuntariamente me encontraba
comparándolo con John Brown. Uno tenía inteligencia, el otro fe ciega. John
Brown, con su apasionado odio de la injusticia y la intolerancia, no había
vacilado en levantarse contra el sagrado gobierno de Estados Unidos. Si hubiera
habido simplemente unas cuantas personas como él en esta ancha tierra, no dudo
de que habría derrocado el gobierno existente de Estados Unidos. Cuando John
Brown fue ejecutado, una conmoción que nunca se ha apagado de verdad recorrió
este país. Es posible que John Brown hiciera retroceder la causa del negro en
América. Puede que el fracaso de Harper’s Ferry hiciese imposible que el negro
obtuviera sus justos derechos mediante la acción directa. Tal vez las
asombrosas hazañas del gran Libertador volviesen inconcebible cualquier forma
de insurrección... para generaciones futuras. (De igual forma que el recuerdo
de la Revolución Francesa hace estremecer a un francés.) Desde la época de John
Brown todo el mundo parece coincidir en silencio en que la única forma de permitir
al negro ocupar su lugar en nuestro mundo es mediante una larga y dolorosa
educación. Que eso no es sino un pretexto para postergar el auténtico
acontecimiento es algo que nadie desea reconocer. ¡Imaginaos a Jesucristo
abogando por semejante plan de acción!
¡La dicha de la
libertad! ¿Es que vamos a tener que esperar eternamente hasta que estemos
preparados antes de recibirla? ¿O la libertad es algo que hay que arrancar
violentamente a quienes nos la niegan con su tiranía? ¿Existe alguien lo
bastante grande, lo suficientemente sabio como para decir por cuánto tiempo
debe permanecer esclavo un hombre?
Dubois no era un
demagogo. No, pero para un hombre como yo era más que evidente que lo que sus
palabras daban a entender era: «¡Adoptad el espíritu de la libertad y seréis
libres!» ¿Educación? Tal como yo lo veía y sentía, estaba diciendo casi
rotundamente: «Os digo que vuestro miedo e ignorancia son los que os mantienen
esclavos. Sólo hay una clase de educación, la que conduce a afirmar y mantener
tu libertad propia.» ¿Qué otro propósito podía inspirarlo, al citar todos los
maravillosos ejemplos de cultura africana, antes de la intrusión del hombre
blanco, sino el de indicar la autosuficiencia del negro? ¿Qué necesidad tenía
el negro del hombre blanco? Ninguna. ¿Qué diferencia había entre las dos razas?
¿Qué diferencia real, fundamental, vital? Ninguna. El hecho capital, el único
hecho digno de consideración, era el de que el hombre blanco, a pesar de sus
palabras altisonantes, de sus tortuosos principios, seguía manteniendo sometido
al negro... No estoy citando sus palabras. Estoy consignando mis propias reacciones,
mis interpretaciones de su discurso. «¡Primero liberémonos de nuestras
cadenas!», eso era lo que yo le oía gritar... a pesar de que apenas alzaba la
voz, a pesar de que no hacía gestos dramáticos, a pesar de que en ningún
momento decía algo así. «Os estoy hablando esta noche de las glorias del
pasado, de vuestro pasado, de nuestro pasado común, como negros que somos. ¿Qué
me decís del futuro? ¿Vais a esperar hasta que el hombre blanco os haya chupado
toda la sangre? ¿Vais a esperar mansamente hasta que nos haya llenado las venas
con su propia sangre envenenada? Ya no sois sino disparatadas imitaciones a
medias del hombre blanco. Lo ridiculizáis y lo imitáis al mismo tiempo. Cada
día que pasa perdéis vuestra preciosa herencia. La estáis perdiendo a manos de
vuestros guardianes que no tienen la menor intención de concederos la igualdad.
Educaos, si lo deseáis. Mejorad vuestra suerte, si podéis. Pero recordad esto:
hasta que no seáis libres e iguales a vuestros vecinos blancos, nada servirá de
nada. No os engañéis pensando que el hombre blanco es superior en sentido
alguno. No lo es. Su piel puede ser blanca, pero su corazón es negro. Es
culpable ante Dios y ante sus semejantes. Con su orgullo y arrogancia está
hundiendo el mundo. Se acerca el día en que habrá dejado de gobernar. Ha
sembrado el odio por todo el mundo. Ha enfrentado a un hermano con otro. Ha
negado a su propio Dios. No, ese miserable espécimen de humanidad no es
superior al hombre negro. Esa raza humana está condenada. ¡Despertad, hermanos!
¡Despertad y cantad! ¡Haced callar a gritos al hombre blanco! ¡Hacedlo
desaparecer a gritos de vuestra vista! Selladle los labios, atadle los
miembros, enterradlo en el lugar que le corresponde: ¡en el basurero!»
Repito: nada así salió
de los labios de Dubois. Indudablemente me habría despreciado, si yo hubiera
expresado semejante interpretación de su discurso. Pero las palabras significan
poco. Lo que hay tras ellas: eso es lo que cuenta. Casi me sentí avergonzado de
Dubois por usar palabras diferentes de las que yo oía en mi mente. Si sus
palabras hubieran provocado una insurrección, habría sido el hombre más
perplejo de toda la comunidad negra. Y, sin embargo, seguía convencido de que
el mensaje que acabo de emitir estaba grabado en su corazón, grabado con sangre
y lágrimas. Si de verdad hubiera sido un poquito menos ardiente, no habría
sido, no habría podido ser la noble figura que era. Sentí bochorno al pensar
que un hombre de tales dotes, de tales facultades, de tal visión, se viera
obligado a apagar su voz, a ahogar sus sentimiento auténticos. Lo admiraba por
todo lo que había hecho, por todo lo que era, y no era poco, la verdad... pero,
¡ojalá hubiese tenido una chispa del espíritu apasionado de John Brown! ¡Ojalá
hubiera tenido una chispita de fanático! Hablar de injusticia y permanecer
sereno: sólo un sabio puede actuar así. (Sin embargo, hay que reconocer que
donde el hombre corriente ve injusticia tal vez el sabio detecte otro tipo de
justicia.) El hombre justo es duro, despiadado, inhumano. El hombre justo es
capaz de incendiar el mundo, de destruirlo con sus propias manos, si puede, en
lugar de ver perpetuada la injusticia. John Brown fue esa clase de hombre. La
historia lo ha olvidado. Hombres inferiores han aparecido, han trastornado el
mundo, lo han vuelto presa del pánico... y por ningún motivo que se aproximara
siquiera a lo que llamamos justicia... Conceded un poco más de tiempo al hombre
blanco y se destruirá a sí mismo y también el pernicioso mundo que ha creado.
No tiene soluciones para los males que ha introducido en el mundo. Ni la más
mínima. Está vacío, desencantado, sin la menor esperanza. Anhela su propio fin
miserable.
¿Arrastrará el hombre
blanco al negro en su caída? Lo dudo. Estoy convencido de que todos aquellos a
quienes ha perseguido y esclavizado, degradado y emasculado, todos aquellos a
los que ha chupado la sangre, se alzarán contra él el fatídico día del juicio.
No habrá socorro para él, ni una mano amistosa de otra raza se alzará para
prevenir su perdición. Tampoco se lo llorará. Al contrario, de todos los
rincones de la tierra, como la subida de un torbellino, llegará un grito de
júbilo. «Hombre blanco, ¡tu época ha pasado! ¡Muere como un gusano! ¡Y que
quede borrado el recuerdo de tu estancia en la tierra!»
Cosa bastante curiosa,
hasta hace muy poco no descubrí que Dubois había escrito un libro sobre John
Brown en que predecía gran parte de lo que ha sobrevenido sobre la raza blanca
y gran parte de lo que todavía tiene que suceder. Es extraño que, sin saber
nada de su pasión y admiración por el gran Libertador, vinculara yo sus
nombres...
La mañana siguiente,
mientras desayunaba en un café de Pineapple Street, sentí una mano en el
hombro. Una voz serena me preguntó por detrás si no era yo Henry Miller. Alcé
la vista para encontrarme a Claude a mi lado. No cabía duda de que no podía ser
otro.
«Me han dicho que usted
desayunaba aquí», dijo. «Lástima que no viniera anoche; estuvo un amigo que a
usted le hubiese gustado conocer. Era de Teherán.»
Me disculpé y lo insté
a que volviese a desayunar conmigo. No le costaba trabajo desayunar dos o tres
veces seguidas.
Era como un camello: se
aprovisionaba siempre que tenía oportunidad.
«Es usted capricornio,
¿verdad?», me preguntó. «Del 26 de diciembre, ¿no es así? ¿Hacia mediodía?»
Asentí con la cabeza.
«No sé demasiado sobre
astrología», continuó. «Para mi es un simple punto de partida. Soy como José de
la Biblia: tengo sueños. Sueños proféticos a veces.»
Sonreí indulgente.
«Va usted a viajar
pronto: tal vez dentro de un año o dos. Un viaje importante. Su vida cambiará
radicalmente.» Hizo una pausa por un momento para mirar por la ventana, como si
intentara concentrarse. «Pero eso no es importante ahora. Quería verlo por otra
razón.» Volvió a hacer una pausa. «Lo va usted a pasar mal, el año que viene
más o menos. Quiero decir, antes de que inicie el viaje. Va a necesitar todo su
valor para sobrevivir. Si no lo conociera tan bien, diría que habría peligro de
que se volviese loco...»
«Excúseme», lo
interrumpí, «pero, ¿cómo es que me conoce tan bien?»
Ahora le tocaba sonreír
a Claude. Después, sin la menor vacilación, respondió:
«Hace mucho tiempo que
lo conozco... en sueños. Aparece usted en ellos una y otra vez. Naturalmente,
no sabía que era usted hasta que conocí a Mona. Entonces comprendí que no podía
ser otro.»
«Es extraño», murmuré.
«No tanto», dijo
Claude. «Muchos hombres han tenido la misma experiencia. En cierta ocasión,
estando en una aldea de China, un hombre me encontró en la calle y, tras
cogerme del brazo, dijo: ‘He estado esperando que llegara usted. Ha llegado en
el momento exacto.’ Era un mago. Practicaba las artes negras.»
«¿Es usted también
mago?», le pregunté en broma.
«No exactamente», dijo
Claude. Y en el mismo tono añadió: «Practico la adivinación. Es un don que
tengo de nacimiento.»
«Pero, no lo ayuda
demasiado, ¿verdad?»
«Cierto», respondió,
«pero me permite ayudar a los demás. Es decir, en caso de que quieran que los
ayude.»
«¿Y quiere usted
ayudarme a mí?»
«Si puedo.»
«Antes de continuar»,
dije, «¿y si me dijera algo sobre usted? Mona me ha contado algo de su vida,
pero me parece bastante confuso. Dígame una cosa, si no le importa: ¿sabe usted
dónde nació y quiénes eran su padre y su madre?»
Claude me miró
fijamente a los ojos. «Eso es lo que estoy intentando averiguar», dijo. «Tal
vez usted pueda ayudarme. No habría usted aparecido en mis sueños tan a menudo,
si no tuviera importancia para mi vida.»
«¿Sus sueños? Dígame:
¿cómo aparezco en los sueños?»
«En diferentes
papeles», se apresuró a decir Claude. «A veces como padre, otras veces como
demonio, y otras como ángel de la guarda. Siempre que aparece hay
acompañamiento musical. Música celestial, diría yo.»
No supe qué decir ante
eso.
«Por supuesto, usted
sabe», continuó Claude, «que tiene poder sobre los demás. Gran poder. Sin
embargo, raras veces lo emplea. Cuando lo hace, suele utilizarlo mal. Está
usted avergonzado de la parte mejor de su yo, si es que puedo decirlo así.
Prefiere que lo consideren malo antes que bueno. Y a veces es usted malo —malo
y cruel—, sobre todo para quienes le tienen cariño. Eso es lo que tiene que
desarrollar... Pero, ¡no va a tardar en verse puesto a prueba!»
«Hay algo misterioso en
usted, Claude. Empiezo a sospechar que es usted vidente, o llámelo como
quiera.»
A eso Claude respondió:
«Esencialmente usted es un hombre de fe. Un hombre de gran fe. El escéptico en
usted es un fenómeno transitorio, una herencia del pasado, de otra vida. Tiene
usted que desechar sus dudas —dudas sobre sí mismo, sobre todo—, lo están
asfixiando. Un ser como usted sólo necesita lanzarse al mundo y flotará como un
corcho. Nada auténticamente pernicioso lo afectará. Está usted hecho para
caminar entre fuegos. Pero si rehuye su auténtico papel, y sólo usted sabe cuál
es, arderá hasta convertirse en una pavesa. Esa es la cosa más clara que sé
sobre usted.» Reconocí con toda franqueza que lo que acababa de decir no me
parecía vago ni me sonaba desconocido. «He tenido vislumbres de esas cosas
varias veces. Sin embargo, en este momento no hay nada del todo claro para mí.
Siga, si lo desea, soy todo oídos.»
«Lo que nos ha
reunido», dijo Claude, «es que los dos estamos buscando a nuestros padres
auténticos. Me ha preguntado usted dónde nací. Fui expósito; mis padres me
dejaron en una escalinata en un lugar del Bronx. Tengo la sospecha de que mis
padres, fueran quienes fuesen, procedían de Asia. Quizá de Mongolia. Cuando le
miro a usted a los ojos, estoy casi convencido de ello. Usted tiene sangre
mongol, sin lugar a dudas. ¿No se lo ha dicho nunca nadie?»
Entonces miré
atentamente al joven que estaba diciéndome eso. Lo observé como se observa un
gran vaso de agua, cuando se tiene mucha sed. ¡Sangre mongol! ¡Ya lo creo que
había oído hablar de eso antes! Y siempre a la misma clase de gente. Siempre
que aparecía la palabra mongol, me producía el efecto de un santo y seña. «¡Te
conocemos!»: eso era lo que solía comunicar. Lo admitiera o lo negase, era «uno
de ellos.»
Naturalmente, eso de la
sangre mongol era más simbólico que genealógico. Los mongoles fueron portadores
de informes secretos. En un período remoto del pasado, cuando el mundo estaba
unificado y sus gobernantes auténticos mantenían oculta su identidad, «nosotros,
los mongoles» estábamos allí. (¿Lenguaje extraño? Los mongoles sólo hablan
así.) Había algo físico, o fisiológico, o fisionómico, que caracterizaba a
todos los que pertenecían a ese clan extraño. Lo que los distinguía del «resto
de la humanidad» era la expresión de sus ojos. No era el color, la forma ni la
mirada de los ojos: era el modo como estaban colocados, o insertados, como
nadaban en sus misteriosas cuencas. Normalmente estaban ocultos, pero al hablar
caían los velos, uno tras otro, hasta que tenías la impresión de asomarte a un
agujero negro y profundo.
Al contemplar a Claude,
mi mirada se posó en los dos agujeros negros en el centro de sus ojos. Eran
insondables. Durante uno o dos minutos no cambiamos ninguna otra palabra.
Ninguno de los dos se sintió turbado ni incómodo. Simplemente nos miramos como
dos lagartos. La mirada mongol de mutuo reconocimiento.
Fui yo quien rompió el
hechizo. Le dije que me recordaba ligeramente a Deerslayer... a Deerslayer y
Daniel Boone combinados. ¡Con un poquito de Nabucodonosor!
Se rio. «He pasado por
muchas cosas», dijo. «Los navajos pensaban que tenía sangre india en las venas.
Tal vez la tenga también...»
«Estoy seguro de que
tiene usted sangre judía», dije. «¡No a causa de Bronx!», añadí.
«Me criaron unos
judíos», dijo Claude. «Hasta los ocho años no oí otras lenguas que ruso y
yiddish. A los diez me escapé de casa.»
«Una aldea de Crimea,
no lejos de Sebastopol. Me habían trasladado allí cuando tenía seis meses.»
Hizo una pausa por un momento. Empezó a decir algo sobre el recuerdo, y después
lo dejó. «Cuando oí hablar inglés por primera vez», prosiguió, «lo reconocí como
una lengua familiar, a pesar de que sólo lo había oído durante los seis
primeros meses de mi vida. Aprendí el inglés casi instintivamente, en un
santiamén. Como puede usted ver, lo hablo sin rastro de acento. El chino me
entró fácilmente también, aunque nunca llegué a dominarlo...»
«Excúseme», lo
interrumpí, «pero, ¿cuántas lenguas habla usted, si no le importa decírmelo?»
Vaciló un momento, como
si estuviera haciendo un cálculo rápido. «La verdad», respondió, «es que no
puedo decirlo. Desde luego, conozco por lo menos una docena de lenguas. No es
para estar orgulloso; tengo una disposición natural para las lenguas. Además,
cuando vagas por el mundo, tienes por fuerza que aprender lenguas.»
«Pero, ¡el húngaro!»,
exclamé. «¡Seguro que ésa no le entró fácilmente!»
Me ofreció una sonrisa
indulgente. «No sé por qué piensa la gente que el húngaro es tan difícil. Hay
lenguas indias aquí mismo, en América del Norte, que son mucho más difíciles:
desde el punto de vista de la lingüística, quiero decir. Pero ninguna lengua es
difícil, si la vives. Para saber turco, húngaro, árabe o navajo tienes que
volverte uno de ellos, nada más.»
«Pero, ¡es usted tan
joven! ¿Cómo ha podido tener tiempo para...?»
«La edad no significa
nada», me interrumpió. «No es la edad la que te da sabiduría. Ni la experiencia
siquiera, como afirma la gente. Es la rapidez del espíritu. Los vivos y los
muertos... Usted, más que nadie, debería saber lo que quiero decir. Sólo hay
dos clases en este mundo —y en cualquier mundo—: los vivos y los muertos. Para
quienes cultivan el espíritu nada es imposible, ni increíble, ni fútil. Para
los demás, todo es imposible, o increíble, o fútil. Cuando vives día tras día
con lo imposible, empiezas a preguntarte, qué significa esa palabra. O, mejor,
cómo llegó a significar lo que significa. Existe un mundo de luz, en que todo
es claro y paciente, y existe un mundo de confusión, en que todo es sombrío y
obscuro. Los dos mundos son uno en realidad. Quienes viven en el mundo de las
tinieblas vislumbran de vez en cuando el mundo de la luz, pero quienes viven en
el reino de la luz no saben nada de la obscuridad. Los hombres de la luz no
proyectan sombra. No conocen el mal. Tampoco abrigan resentimiento. Se mueven
sin cadenas ni trabas. Hasta que regresé a este país sólo me asocié con esos
hombres. En algunos sentidos mi vida es más extraña de lo que usted cree. ¿Por
qué fui a vivir con los navajos? Para encontrar paz y comprensión. Si hubiera
nacido en otra época, podría haber sido un Cristo o un Buda. Aquí ya ve que soy
una rareza. Hasta a usted le cuesta trabajo no pensar así de mí.»
En ese momento me
ofreció una sonrisa misteriosa. Por un buen instante tuve la sensación de que
se me había parado el corazón.
«¿Ha sentido usted algo
extraño?», dijo Claude, con la sonrisa transformada en otra más humana.
«En efecto», dije, al
tiempo que me llevaba una mano al corazón inconscientemente.
«Su corazón ha dejado
de latir por un momento, sólo ha sido eso», dijo Claude. «Imagínese, si puede,
lo que sería que su corazón latiera con un ritmo cósmico. El corazón de la
mayoría de la gente ni siquiera late con un ritmo humano... Llegará un tiempo en
que el hombre ya no distinguirá entre el hombre y el dios. Cuando el ser humano
se eleve hasta sus plenos poderes, será divino: su conciencia humana se habrá
disuelto. Lo que llamamos muerte habrá desaparecido. Todo quedará transformado,
permanentemente transformado. No habrá más necesidad de cambio. El hombre será
libre, eso es lo que quiero decir. Una vez que llegue a ser el dios que es,
habrá realizado su destino... que es la libertad. La libertad lo abarca todo.
La libertad convierte todo a su naturaleza básica, que es la perfección. No
crea que hablo de religión o de filosofía. Repudio ambas, totalmente. Ni
siquiera son peldaños, como le gusta pensar a la gente. Hay que pasar por
encima de ellas, de un salto. Si colocas algo fuera de ti, o por encima de ti,
te conviertes en una víctima. Sólo existe una cosa: el espíritu. Lo es todo, y
cuando lo comprendes, lo eres. Eres todo lo que existe, no hay nada más...
¿entiende lo que digo?»
Asentí con la cabeza.
Me sentía un poco aturdido.
«Entiende usted», dijo
Claude, «pero su realidad se le escapa. El entendimiento no es nada. Hay que
mantener los ojos abiertos, constantemente. Para abrir los ojos, hay que
relajarse, no ponerse en tensión. No tema caer hacia atrás en un abismo
insondable. No hay nada en que caer. Está usted en ello y pertenece a ello, y
un día, si persiste, lo será. No digo que lo vaya a tener, fíjese bien, porque
no hay nada que poseer. Tampoco tiene que verse poseído, ¡recuérdelo! Tiene que
liberarse. No hay ejercicios, físicos o espirituales, que practicar. Todas esas
cosas son como el incienso: despiertan una sensación de santidad. Hemos de ser
santos sin santidad. Hemos de ser enteros... completos. Eso es ser santo.
Cualquier otra clase de santidad es falsa, una trampa y una ilusión...»
«Excúseme por hablarle
de este modo», dijo Claude, al tiempo que echaba apresuradamente otro trago de
café, «pero es que tengo la sensación de que el tiempo es corto. La próxima vez
que nos encontremos será en un lugar remoto del mundo. Puede que su inquietud
lo lleve a usted a los lugares más inesperados. Mis movimientos son más
decididos; conozco la pauta que se me ha asignado.» Se interrumpió para cambiar
de rumbo. «Puesto que he llegado hasta aquí, permítame añadir unas palabras
más.» Se inclinó hacia adelante, y su cara adquirió una expresión de lo más
seria. «Ahora mismo, Henry Miller, nadie en este país sabe nada de usted. Nadie
—y lo digo en sentido literal— sabe su identidad auténtica. En este momento yo
sé más sobre usted de lo que probablemente vaya a saber nunca. Sin embargo, lo
que sé sólo es importante para mí. Eso es lo que quería decirle: que piense en
mí cuando esté en un apuro. No es que pueda ayudarlo, ¡no lo crea! Nadie puede.
Nadie lo hará, probablemente. Usted —y en ese momento espació las palabras—
usted solo tendrá que resolver sus problemas. Pero por lo menos sabrá, cuando
piense en mí, que existe una persona en este mundo que lo conoce y cree en
usted. Eso siempre ayuda. Sin embargo, el secreto estriba en no preocuparse de
que nadie, ni siquiera el Todopoderoso, tenga confianza en usted. Debe llegar,
e indudablemente llegará a comprender, que no necesita protección. Tampoco debe
anhelar la salvación, pues la salvación sólo es un mito. ¿Qué hay que salvar?
¡Pregúnteselo! Y, en caso de que sí, ¿salvar de qué? ¿Ha pensado usted en estas
cosas? ¡Hágalo! No hay necesidad de redención, porque lo que los hombres llaman
pecado y culpa carece de significado en ultima instancia. ¡Los vivos y los
muertos!... ¡recuerde eso simplemente! Cuando llegue a lo más hondo de las
cosas, no encontrará ni aceleración ni retraso, ni nacimiento ni muerte. Existe
y usted es: esa es la cuestión, en pocas palabras. No se rompa la cabeza
cavilándolo, porque para la mente carece de sentido. Acéptelo y olvídelo... o lo
volverá loco...»
Cuando me marché, iba
flotando por las nubes. Llevaba la cartera, como de costumbre, pero había
desaparecido la menor idea de visitar a clientes en perspectiva. Me metí en el
metro automáticamente y volví a salir automáticamente... en Times Square. Siempre
que no llevaba rumbo fijo, salía automáticamente en Times Square. Allí siempre
me encontraba con la rambla, la Perspectiva Nevsky, los zocos y bazares de los
condenados.
Las ideas y emociones
que me poseían eran casi alarmantemente familiares. Eran las mismas que
experimenté cuando oí hablar por primera vez a mi amigo Roy Hamilton, cuando
escuché por primera vez a Benjamín Fay Mills, el evangelista, cuando ojeé por
primera vez ese extraño libro, Budismo esotérico, cuando leí de un tirón el Tao
te cbing o... siempre que cogía Los poseídos, El idiota o Los hermanos
Karamazov. Los cencerros que llevaba bajo las costillas empezaron a resonar
violentamente: en el campanario de arriba era como si todas las estrellas de
los cielos se hubiesen reunido para formar una hoguera celestial. No sentía el
menor peso en mi cuerpo. Me encontraba en los «seis extremos» simultáneamente.
Había un lenguaje que
siempre me lanzaba... y siempre era el mismo lenguaje. Reducido al tamaño de
una lenteja, su alcance y significado podía expresarse en dos palabras:
¡Conócete a ti mismo! A solas conmigo mismo, y no sólo a solas, sino
desconectado, descalibrado, recorría la armónica de un extremo a otro, hablando
el solo y único lenguaje, respirando sólo el espíritu puro e inefable,
mirándolo todo con ojos nuevos y de forma absolutamente nueva. ¿Ni nacimiento
ni muerte? ¡Por supuesto que no! ¿Qué más, qué otra cosa podía haber que lo que
había en ese momento? ¿Quién había dicho que todo el mundo estaba jodido?
¿Dónde? ¿Cuándo? El séptimo día Dios descansó de sus tareas. Y vio que todo
estaba bien. D’accord. ¿Cómo habría podido ser de otro modo? ¿Por qué habría de
ser de otro modo? Según la razón, la humanidad, esa gruesa babosa sin alas, iba
evolucionando muy despacito desde el légamo primordial. Dentro de un millón de
años empezaríamos a parecemos ligeramente a los ángeles. ¡Qué tontería!
Entonces, ¿está la mente enquistada en el jebe de la creación? Cuando Roy
Hamilton hablaba, a pesar de que no tenía la menor cultura, hablaba con la
dulce autoridad de los ángeles. Era todo instantaneidad. La rueda destellaba e
inmediatamente te encontrabas en el cubo, en el centro de ese espacio vacío sin
el cual ni siquiera las constelaciones pueden girar ni proyectar sus códigos
secretos. Idem con respecto a Benjamín Fay Mills, que no era evangelista sino
un héroe que había abandonado el cristianismo para ser un Cristo. ¿Y el
Nirvana? No mañana, sino ahora, por siempre jamás ahora...
Ese lenguaje siempre
era brillante y claro para mí. El lenguaje de la razón, que ni siquiera es el
lenguaje del sentido común, expresaba un galimatías. Cuando Dios suelta el
brazo que sujeta la pluma, el autor deja de saber lo que está describiendo.
Jacob Boehme usó un lenguaje suyo propio, un lenguaje procedente directamente
del Hacedor. Los eruditos lo leen de un modo, los hombres de Dios de otro. El
poeta sólo habla al poeta. El espíritu responde al espíritu. El resto es
bazofia.
Cien voces están
hablando a la vez. Sigo en la Perspectiva Nevsky, todavía con la cartera. Igual
podría estar en el limbo. Estoy con la mayor seguridad «ahí», dondequiera que
sea, y nada puede desviarme. Poseído, sí. Pero esta vez por el gran Manitú.
Ahora me encuentro más
abajo de la rambla. Me estoy acercando al antiguo Haymarket. De repente, un
nombre destaca en una cartelera, me corta el globo del ojo con la precisión de
una navaja de afeitar. Acabo de pasar por delante de un teatro que pensaba habían
derribado hacía mucho. En la retina sólo se queda un nombre, su nombre, un
nombre totalmente nuevo: MIMI AGUGLIA. Eso es algo importante, su nombre. No
que sea italiana, ni que la obra sea una tragedia inmortal. Sólo su nombre:
MIMI AGUGLIA. A pesar de que sigo caminando en línea recta, y después dando
rodeos, a pesar de que no dejo de volar entre las nubes como una luna en cuarto
creciente, su nombre me hará volver puntualmente a las 2,15 de la tarde.
Desde el reino
celestial me deslizo a una butaca cómoda en la tercera fila. Estoy a punto de
presenciar la más grande actuación que probablemente vaya a ver nunca. Y en una
lengua de la que no conozco una palabra.
El teatro está
atestado... y de italianos exclusivamente. Un silencio imponente precede a la
subida del telón. El escenario está medio a obscuras. Durante todo un minuto no
se oye una palabra. Después se oye una voz: la voz de Mimi Aguglia.
Hace sólo unos minutos
la cabeza me bullía con ideas; ahora todo está tranquilo y el gran enjambre se
ha reunido en un panal en la base del cráneo. Ni siquiera sale un zumbido de la
colmena. Mis sentidos, aguzados como una punta de diamante, están plenamente
concentrados en el extraño ser de voz profética. Aun cuando hablara una lengua
que yo conociese, dudo de que pudiese entenderla. El sonido que emite, la gama
inmensa de sonido, es lo que me cautiva. Su garganta es como una lira antigua.
Pero tan antigua. Tiene el timbre del hombre antes de que comiera del árbol de
la ciencia. Sus gestos y movimientos son meros acompañamientos de la voz. Las
facciones, monolíticas en reposo, expresan las modulaciones más sutiles con sus
incesantes cambios de humor. Cuando echa la cabeza hacia atrás, la música
profética procedente de su garganta juega con sus facciones como un relámpago
en un lecho de mica. Parece expresar con facilidad emociones que sólo podemos
estimular en sueños. Todo es primordial, esplendoroso, aniquilador. Hace un
momento estaba sentada en una silla. Ya no es una silla; se ha convertido en
una cosa, una cosa animada. Dondequiera que vaya, toque lo que toque, las cosas
se transforman. Ahora se encuentra ante un alto espejo, aparentemente para
captar su propio reflejo. ¡Ilusión! Está ante una grieta del cosmos,
respondiendo al bostezo del Titán con un alarido inhumano. Su corazón,
suspendido en una grieta de hielo, brilla de repente... hasta que todo su ser
lanza llamas de rubí y zafiro. Un instante después la cabeza monolítica se
convierte en jade. La serpiente frente al caos. El mármol que regresa
horrorizado al vacío. La nada...
Va y viene, va y viene,
y la sigue un brillo fosforescente. La propia atmósfera se vuelve más densa,
impregnada del horror inminente. Ahora está quitándose el velo, pero como en
aceite caliente, como drogada todavía por las emanaciones del altar del sacrificio.
Una frase gorgotea de sus labios torcidos, una frase sofocada que hace gemir al
hombre sentado a mi lado. Le sale sangre de una vena rota de la sien.
Petrificado, me veo incapaz de emitir sonido alguno, a pesar de que estoy
gritando a pleno pulmón. Ya no es teatro, es una pesadilla. Las paredes se
acercan, retorciéndose y enroscándose como el laberinto espantoso. El Minotauro
está arrojándonos su aliento caliente y nocivo. En ese preciso momento, y como
si hubieran hecho añicos mil arañas de luces, su risa demente y diabólica
hiende el oído. Ya no hay quien la reconozca. Sólo ves un despojo humano, una
maraña de brazos y piernas, una masa de cabello retorcido, una boca
ensangrentada, y eso, esa cosa, de repente avanza a tientas, tambaleándose, a
ciegas, hacia los bastidores...
La histeria recorre al
público. Hombres presas de trismo cuelgan fláccidos de sus butacas. Las mujeres
gritan, se desmayan, o se tiran de los pelos convulsivamente. Toda la sala se
ha vuelto como el fondo del mar... y como un pandemónium forcejeando igual que
un gorila para apartar la pesada piedra líquida del espanto. Los acomodadores
gesticulan como marionetas, y sus gritos se ven ahogados por el estruendo
penetrante que aumenta gradualmente como un tifón. Y todo eso en total
obscuridad, porque se ha estropeado la iluminación. Finalmente, del foso llega
el sonido de música, fragor y trompetazos, acogido con un estruendo de
protestas airadas. La música se desvanece, como silenciada por un martillo. El
telón se alza lentamente y muestra el escenario todavía a obscuras. De repente,
aparece Mimi de entre bastidores, con un cirio encendido en la mano, saludando,
saludando, saludando. Está muda, absolutamente muda. De los palcos, de la
galería, del propio foso llueven flores sobre el escenario. Se encuentra sobre
un mar de flores y el cirio sigue ardiendo vivamente. De repente el teatro se
ve inundado de luz. La multitud está gritando su nombre: MIMI... MIMI... MIMI
AGUGLIA. En pleno alboroto apaga con calma el cirio y vuelve rápida a lo
bastidores...
Con la cartera todavía
bajo el brazo vuelvo a abrirme camino por la rambla. Me siento como si hubiera
caído en paracaídas desde el monte Sinaí. A mi alrededor están mis hermanos, la
humanidad, como se suele decir, que todavía anda a cuatro patas. Siento un
deseo irresistible de dar patadas en todas las direcciones, de despachar a los
pobres tíos para el Paraíso. Justo en ese «preciso momento cronológico» en que
chisporroteo como el champán, un hombre me tira de la manga y me coloca una
postal obscena ante los ojos. Sigo caminando derecho y él sigue cogido a mí, y,
mientras avanzamos, como en trance, no deja de cambiar las tarjetas ni de
musitar: «Son preciosas, ¿eh? Regaladas. Llévese todo el paquete... por
veinticinco centavos.» De repente, me detengo en seco; me echo a reír, con una
risa espantosa que se vuelve cada vez más ruidosa. Dejo que las tarjetas se me
escurran de los dedos, como copos de nieve. Empieza a juntarse una multitud, el
vendedor pone pies en polvorosa. La gente está empezando a recoger las
tarjetas; no dejan de arremolinarse en torno a mí, cada vez más cerca, curiosos
por saber qué me ha hecho reír así. A distancia diviso a un guripa que se
acerca. Me doy la vuelta bruscamente y grito: «Ha ido por ahí. ¡Atrápenlo/»
Señalo una tienda cerca de la esquina y corro gritando con la multitud; dejo
que me adelanten, me doy media vuelta y me alejo a la máxima velocidad que me
permiten las piernas en la dirección opuesta. Doy la vuelta a la esquina y
ahora avanzo como un canguro, hasta que llego a una taberna.
En la barra hay dos
hombres en plena disputa violenta. Pido una cerveza y me esfuerzo por pasar lo
más desapercibido posible.
«¡Te digo que le falta
un tornillo!»
«A ti también te
faltaría, si te hubieran cortado los cojones.»
«Te va a poner como el
culo de un caballo.»
«¡Y una leche!»
«Pero, vamos a ver,
¿quién hizo el mundo? ¿Quién hizo las estrellas, el sol, las gotas de lluvia?
¡Respóndeme a eso!»
«Responde tú, ya que
eres más sabio que la hostia. Dime tú quién hizo el mundo, los arcos iris, los
orinales y todos los demás chismes de los cojones.»
«Te gustaría saberlo,
¿eh, chaval? Pues, mira, déjame decirte esto: no se hizo en una fábrica de
queso. Y tampoco lo hizo la evolución.»
«¿Ah, no? Entonces,
¿quién?»
«Jehová el
Todopoderoso, Señor de la Creación, Engendrador de la Santísima Virgen y
Redentor de las almas perdidas. Ahí tienes la respuesta. ¿Qué me dices?»
«Sigo diciéndote que
está mochales.»
«Eres un vil infiel,
eso es lo que te pasa. Eres un pagano.»
«¡Yo qué voy a ser eso!
Soy irlandés de pies a cabeza. Y, más aún, soy masón... sí, para que te
empapes, masón. Como George Abraham Washington y el Marqués de Queensbury...»
«Y Oliver Cromwell y el
maldito Bonesapart. Ya lo creo, conozco a los de tu calaña. Os parió una víbora
negra y desde entonces habéis estado diseminando su negro veneno.»
«Nunca aceptaremos
órdenes del Papa. ¡Chúpate ésa!»
«¡Y tú ésta! Habéis
convertido en una Biblia los sermones demenciales de Darwin. Hacéis más
gilipolleces que un mono y a eso lo llamáis evolución.»
«Sigo diciendo que está
majareta.»
«¿Puedo hacerte una
pregunta sencilla? ¿Eh? ¡Di!»
«¡Ya lo creo! ¡Duro
ahí! Responderé a cualquier cosa que tenga sentido.»
«¡Perfecto!... Vamos a
ver, ¿qué es lo que hace arrastrarse a los gusanos y volar a las aves? ¿Qué es
lo que hace a la araña tejer su absurda tela? ¿Qué es lo que hace al
canguro...?»
«¡Para el carro,
chaval! Una pregunta cada vez. A ver, ¿cuál?... ¿ave, gusano, araña o canguro?»
«¿Por qué dos y dos son
cuatro? ¡Tal vez puedas responder a eso! No te pido que seas antroposófago o
como diablos lo llamen. Simple aritmética... dos más dos cuatro. ¿POR QUE?
Respóndeme a eso y diré que eres un católico sincero. Vamos, ¡que te quiero ver
cantar!»
«¡Que den por culo a
los católicos! Prefiero ser un mono con Darwin, ¡qué leche! ¡Aritmética! ¡Bah!
¿Por qué no me preguntas si el furioso Marte vaciló alguna vez en su órbita
funicular?»
«Hace mucho que la
Biblia respondió a eso. ¡Y también Parnell!»
«¡Y una leche!»
«No hay pregunta que no
haya sido respondida de una vez por todas... por uno o por otro.»
«¡Te refieres al Papa!»
«Mira, chico, te lo he
dicho cien veces: el Papa no es sino un interlocutor pontificial. Su Santidad
no ha afirmado nunca ser Cristo resucitado.»
«Mejor para él, porque
yo se lo negaría delante de su cara de traidor. Ya hemos tenido bastantes
inquisiciones. Lo que el mundo triste y cansado necesita es un poco de sentido
común. Puedes decir los disparates que quieras sobre arañas y canguros, pero, ¿quién
va a pagar los platos rotos? ¡Pregúntale eso a tu amigo!»
«Ya te he dicho que se
ha metido a dominico.»
«Y yo te he dicho que
estaba mochales.»
En ese momento el
hombre del bar, con la intención de calmarlos, estaba a punto de ofrecer una
ronda pagada por la casa, cuando va y entra un ciego tocando un arpa. Cantaba
en falsete con voz temblorosa y desentonando de modo lamentable. Llevaba gafas
obscuras y azules y del brazo izquierdo le colgaba un bastón blanco.
«Ven, ¡cántanos una
canción verde!», dijo uno de los que disputaban.
«¡Y déjate de
trucos!...» gritó el otro.
El ciego se quitó las
gafas, colgó el arpa y el bastón en una clavija de la pared, y se acercó a la
barra arrastrando los pies y con sorprendente presteza.
«Primero una gotita
para humedecer el paladar», gimió.
«Dele un traguito de
whiskey irlandés», dijo uno.
«Y un poco de coñac»,
dijo el otro.
«Por los hombres de
Dublín y del condado de Kerry», dijo el ciego, alzando los dos vasos a la vez.
«¡Abajo todos los orangistas!» Miró a su alrededor, con la vivacidad de un
canario, y echó un trago de cada vaso.
«¿Cuándo vas a aprender
lo que es la vergüenza?», dijo uno.
«Este nada en oro»,
dijo el otro.
«Os lo voy a explicar»,
dijo el ciego, al tiempo que se restregaba los labios con la manga, «cuando
murió mi anciana madre, le prometí que no volvería a dar el callo He cumplido
mi promesa, y ella también. Cada vez que toco las cuerdas, me llama suavemente:
‘Patrick, ¿estás ahí? Bien hecho, hijo, bien hecho.’ Antes de que pueda hacerle
una pregunta, ya ha vuelto a desaparecer. A eso le llamo yo jugar limpio. Ya
hace treinta años que se fue... y ha cumplido con el trato.»
«Tú estás chiflado.
¿Qué trato?»
«Es largo de explicar y
tengo la garganta reseca...»
«¡Otro coñac y otro
whiskey para el pillo!»
«Son ustedes muy
buenos, los dos. Unos caballeros, ¡eso es lo que son!» Volvió a alzar los dos
vasos. «¡Por la Santísima Virgen María y su hijo pródigo!»
«¿Has oído eso? Eso es
una blasfemia o yo soy obispo.»
«¡Qué va a ser! ¡Venga,
hombre!»
«La Santísima Virgen
María sólo tuvo un hijo... ¡y por San Patricio que no fue pródigo! Fue el Príncipe
de los Indigentes, éso es lo que fue. Lo juro.»
«Esto no es un
tribunal. ¡Guárdate los juramentos! A ver, tú. sigue, ¡cuéntanos el trato!»
El ciego se tocó la
nariz meditabundo. Volvió a mirar a su alrededor: más contento que unas
castañuelas. Como una sardina en aceite.
«Os lo voy a
explicar...», empezó a decir.
«¡No digas eso! ¡Venga!
¡Cuéntalo ya!»
«Es una larga historia,
muy larga. Y mi garganta está todavía seca, si no les importa que lo diga»
«¡Date prisa o te damos
una azotaina!»
El ciego se aclaró la
garganta y después se restregó los ojos.
«Pues, como estaba
diciendo... Mi madre era una vidente. Podía ver a través de una puerta, de tan
potentes que eran sus sacáis. Una vez que mi papá se retrasaba para la cena...»
«¡Al diablo tu papá!
¡Eres un viejo embustero!»
«Pues, sí», chilló el
ciego. «Tengo todos los defectos.»
«Y la garganta siempre
seca.»
«Y el bolsillo lleno de
oro, ¿eh, tunante?»
De repente, el ciego se
mostró aterrado. Empalideció.
«¡No, no!», gritó, «los
bolsillos, no. ¡No me hagan eso! No me hagan eso...»
Los dos compinches se
echaron a reír ruidosamente. Le sujetaron los brazos y le registraron los
bolsillos: del pantalón, de la chaqueta y del chaleco. Descargaron el dinero
sobre la barra y lo apilaron cuidadosamente en billetes y monedas de diferente
valor, al tiempo que dejaban el dinero falso a un lado. Evidentemente, era un
número que habían repetido más de una vez.
«¡Otro coñac!», dijo
uno
«Otro whiskey
irlandés... ¡el mejor!», pidió el otro.
Apartaron unas monedas
de la pila, y después unas cuantas más para dejar una propina generosa.
«¿Qué? ¿Sigues teniendo
la garganta seca?», le preguntaron solícitos.
«¿Qué vas a tomar?»
dijo uno.
«¿Y tú?», dijo el otro.
«La garganta se me está
volviendo cada vez más seca.»
«Sí, y la mía también.»
«¿Has oído hablar
alguna vez del trato que hizo Patrick con su anciana madre?»
«Es una larga
historia», va y dice el otro, «pero tengo ganas de oírla hasta el final.
¿Quieres contarla ahora, mientras me bebo una copa a tu salud y virilidad?»
El otro, alzando su
copa: «Es tan buena, que podría contarla hasta el Día del Juicio. Una historia
extraordinaria. Pero déjame que me humedezca la garganta primero.»
«Son una pandilla de
ladrones, los tres», me dijo el hombre del bar, mientras me llenaba el vaso.
«¿Quiere usted creer que uno de ellos fue cura en tiempos? Es el más farsante
de todos. No los puedo poner en la calle: son los dueños del inmueble.
¿Comprende?»
Se puso a recoger los
vasos vacíos, los lavó, los secó, les sacó brillo, encendió un cigarrillo.
Después volvió a acercarse a mí.
«¡Menudo cuento
tienen!», masculló en tono confidencial. «Si quieren, pueden hablar con
sensatez. Saben más que Lepe. Les gusta hacer teatro, nada más. No comprendo
por qué escogen este sitio para hacerlo.» Se inclinó hacia atrás para echar un
gargajo en la escupidera que tenía junto al pie. «¡Irlanda! Ninguno de ellos ha
estado en Irlanda en su vida. Nacieron y se criaron a una manzana de aquí. Les
gusta tirarse faroles... Nadie lo diría, ¿verdad?, pero el ciego fue un gran
luchador en tiempos. Hasta que Terry McGovern lo dejó para el arrastre. Tiene
ojos de lince, ese andoba. Viene aquí todos los días a contar el dinero. ¿Sabe
usted qué hace con las monedas falsas? Se las pasa a ciegos de verdad. ¿No le
parece bonito?»
Se separó de mí un
momento para pedirles que se calmaran. El champán estaba empezando a hacer
efecto.
«¿Sabe usted cuál es la
gran noticia ahora? Están pensando en alquilar un cabriolé y dar un paseo por
Central Park. Dicen que es la hora de dar de comer a las palomas. ¿Qué le
parece?» Volvió a inclinarse hacia atrás para usar la escupidera. «Esa es otra
de sus comedias: dar de comer a las palomas. Tiran unas migas o cacahuetes, y
cuando han congregado una multitud, se ponen a tirar las monedas falsas. Los
divierte mucho. Después, el ciego Ben hace un numerito y pasan el sombrero.
¡Como si no tuvieran un céntimo! Me gustaría estar allí un día y ponerles un
buen montón de mierda en el cazo...»
Volvió la cabeza para
mirarlos con desprecio. Se volvió a mirar hacia mí y se puso a despotricar.
«Tal vez pensara usted
que de verdad estaban discutiendo sobre algo. He escuchado una y mil veces para
averiguar cómo empieza... pero no lo he conseguido. Antes de que te quieras dar
cuenta, ya están enzarzados. Dicen cualquier cosa... para excitarse. Lo que les
gusta es el parloteo. La discusión es sólo para despistar. El Papa, Darwin,
canguros: ya lo ha oído usted. Nunca tiene sentido, hablen de lo que hablen.
Ayer era la ingeniería hidráulica y las formas de curar el extreñimiento. Antes
de ayer fue la Rebelión de Pascua. Todo ello mezclado con muchos embustes: la
peste bubónica, el motín de los cipayos, los acueductos romanos y chorradas
así. Palabras, palabras... A veces me vuelven loco. Todas las noches me veo
discutiendo en sueños. Lo malo es que no sé de qué estoy discutiendo. Igual que
ellos. Me han arruinado hasta el día que libro. No ceso de preguntarme si no
aparecerán por algún lado... Hay gente a la que le parecen graciosos. He visto
a tíos desternillarse con ellos. A mí no me hace gracia, ¡no, señor! A la hora
de cerrar tengo la cabeza como un bombo... Mire, en tiempos pasé seis meses a
la sombra... y en la celda contigua a la mía había un negro... Permítame que lo
invite... Se pasaba el día cantando, y las noches también. Me sacaba tanto de quicio,
que quería estrangularlo. Tiene gracia, ¿eh? Eso demuestra lo susceptible que
se puede volver uno... Amigo, si alguna vez puedo dejar este trabajo, me
dirigiré a Sierra Nevada. Lo que necesito es paz y tranquilidad. Ni siquiera
quiero mirar a una vaca. Podría hacer: MUUUUUU... ¿comprende? Es que lo malo
fue que cuando volví, mi mujer se había ido. Pues, sí. Me dejó... y se largó
con mi mejor amigo, claro está. Aun así, no puedo olvidar aquel mes de paz y
tranquilidad. Valió la pena a pesar de todo lo que ocurrió después... Se vuelve
uno susceptible, trabajando como un chino todo el santo día. Yo nací para otra
cosa. Nunca he podido averiguar qué. He estado fuera de combate mucho tiempo...
Permítame que lo invite. Paga la casa, ¡qué leche! Ve usted... ahora estoy
hablando por los codos. Eso es lo que le pasa a uno. Ves una cara comprensiva y
te desahogas... Todavía no le he contado nada.» Alzó la mano y bajó una botella
de ginebra. Se sirvió una copa, hasta arriba. «¡A su salud! Y esperemos que se
larguen de una puñetera vez. ¿Qué estaba diciendo? Ah, sí, las malas
noticias... ¿Qué cree usted que querían mis padres que fuera? Agente de
seguros. ¿Se imagina usted? Les parecía que era refinado. Mire, mi viejo era
peón de albañil. Era del otro lado del charco, naturalmente. Con un acento
irlandés tan fuerte como la sopa de pollo con curry. Sí, hombre, agente de
seguros. ¿Me imagina usted pasando por una rutina así? Así, que voy y me meto
en la Marina. Después de eso, los caballos. Perdí todo. Luego me hice fontanero.
No me fue bien. Demasiado torpe con las manos. Además, detesto la suciedad,
aunque no lo crea. ¿Y después? Pues, hice el vago un poco, pero senté cabeza y
le pedí un poco de dinero al viejo para abrir un restaurante. Entonces cometí
el error de dejarme enganchar. Una batalla de aúpa desde el día que nos
casamos. Exceptuando las vacaciones de que le he hablado. Una experiencia no me
bastaba, ¡palabra! Antes de que quisiese darme cuenta, ya me había enganchado
otra... y menuda tía puta era también ésa. Entonces comenzó la auténtica
agonía. Estaba como una cabra. Me enredaba de tal manera, que ya no sabía lo
que hacía. Así es como acabé en chirona. Cuando salí, estaba tan abatido, que
estaba dispuesto a hacerme de alguna religión. Sí, señor, aquellos seis meses
en chirona me hicieron sentir temor de Dios. Estaba dispuesto a obrar bien...»
Se sirvió otra copa de ginebra, volvió a escupir y prosiguió. «Mire, me andaba
con tal cuidado, que si me hubieran ofrecido un lingote de oro no lo habría
tocado. Así fue como me metí en este trabajo. Necesitaba algo que me mantuviera
ocupado. Fue mi viejo el que me consiguió el empleo.» Se inclinó para
susurrarme estas palabras: «¡Aflojó quinientos pavos para conseguirme esta
oportunidad! Eso es ser bueno, ¿eh?»
En ese momento me
excusé para ir a cambiar el agua al canario.
Cuando volví, el bar
estaba lleno.
Vi que el trío había
desaparecido. Me sacudí como un perro y me dirigí a la Alegre Vía Blanca. Todo
había recuperado su aspecto normal. Volvía a ser Broadway, no la rambla, no la
Perspectiva Nevsky. Un tropel típico de Nueva York, no diferente de lo que era
el año Uno. Compré un periódico en Times Square y me metí en el metro. Los
obreros volvían camino de casa. Ni una chispa de vida en todo el tren. Sólo el
cuadro de conmutadores de la cabina del conductor estaba vivo y chisporroteaba
con la electricidad. Podías sumar todas las ideas que se estaban pensando,
colocar un decimal delante y añadir veintiséis cifras para obtener menos que
nada.
El séptimo día Dios
descansó de sus tareas y vio que todo estaba bien. /Chúpate esa!
Me pregunté vagamente
por las palomas. Y de eso pasé al Motín de los Cipallos. Luego me quedé
dormido. Me sumí en tal letargo, que no me desperté hasta que llegamos a Coney
Island. La cartera había desaparecido. Y también el monedero. Hasta el
periódico había desaparecido... No quedaba más remedio que seguir en el tren y
volver a hacer todo el trayecto de vuelta.
Tenía hambre. Un hambre
canina. Y me sentía de excelente humor. Decidí que igual podía comer en The
Iron Cauldron. Me parecía que hacía siglos que no había visto a mi mujer.
«¡Estupendo! ¡Arre,
caballito! ¡Al Village!
XVI
The Iron Cauldron era
una de las atracciones del Village. Su clientela venía de lejos y de cerca.
Entre los muchos personajes interesantes que frecuentaban el local figuraban
los inevitables tipos extravagantes y excéntricos a que el Village debía su notoriedad.
De creer a Mona,
parecía que todos los chiflados se congregaban en sus mesas. Casi cada día me
hablaba de alguna figura nueva, a cuál más extravagante, por supuesto.
La más reciente era
Anastasia. Había llegado procedente de la costa del Pacífico y las estaba
pasando moradas para ir tirando. Al llegar a Nueva York traía unos centenares
de dólares, pero se habían esfumado. Lo que no había dado se lo habían robado.
Según Mona, era guapísima. Tenía una larga melena negra, ojos azul violeta,
manos fuertes y bellas y pies grandes y robustos. Se llamaba Anastasia
simplemente. Su apellido, Annapolis, se lo había inventado. Al parecer, había
entrado en The Iron Cauldron a pedir trabajo. Mona la había oído hablar con el
propietario y había acudido en su ayuda. No quería ni oír hablar de verla lavar
platos o servir comidas. Había adivinado al instante que era una persona fuera
de lo común, la había invitado a sentarse y comer, y tras una larga
conversación le había prestado algo de dinero.
«Imagínate, iba en
mono. No llevaba calcetines y tenía los zapatos rotos. La gente se estaba
riendo de ella.»
«Descríbela otra vez,
¿quieres?»
«En realidad, no
puedo», dijo Mona, tras lo cual se lanzó a una extravagante descripción de su
amiga. La forma como dijo «mi amiga» me produjo una sensación extraña. Nunca la
había oído referirse de ese modo a ninguno de los otros conocidos. Había en sus
palabras un fervor que sugería veneración, adoración y otras cosas
indefinibles. Había convertido ese encuentro con su nueva amiga en un
acontecimiento de primera magnitud.
«¿Qué edad tiene?», me
aventuré a preguntar.
«¿Qué edad? No sé. Tal
vez veintidós o veintitrés años. No tiene edad. No piensas en esas cosas,
cuando la miras. Es el ser más extraordinario que he conocido nunca... aparte
de ti, Val.»
«Artista, supongo.»
«Lo es todo. Sabe
hacerlo todo.»
«¿Pinta?»
«¡Naturalmente! Pinta,
esculpe, hace muñecas, escribe poesía, baila... y, además, hace payasadas. Pero
payasadas tristes, como tú.»
«¿Crees que está
chiflada?»
«¡Yo no diría eso! Hace
cosas raras, pero sólo porque es una persona fuera de lo común. Yo creo que es
la persona más libre que he visto nunca, y, además, trágica. La verdad es que
es insondable.»
«Como Claude, supongo.»
Sonrió. «En cierto
modo», dijo. «Es curioso que lo hayas citado. Tendrías que verlos a los dos
juntos. Parece que procedieran de otro planeta.»
«Así, que, ¿se
conocen?»
«Los he presentado. Y
se llevan muy bien. Hablan su propio lenguaje particular. ¿Y sabes que hasta se
parecen físicamente?»
«Supongo que ella es un
poco marimacho, esa Anapopoulos o como quiera que se llame.»
«La verdad es que no»,
dijo Mona, con ojos brillantes. «Prefiere vestirse con ropa de hombre porque se
siente más cómoda así. Es más que una simple mujer, verdad. Si fuera un hombre,
yo hablaría igual. Hay en ella una cualidad suplementaria que supera la
distinción sexual. A veces me recuerda a un ángel, salvo que no tiene nada de
etérea o distante. No, es muy natural, casi tosca a veces... La única forma de
explicártelo, Val, es decir que es un ser superior. ¿Recuerdas la impresión que
te causó Claude? En fin... Anastasia es un bufón trágico. No pertenece a este
mundo en absoluto. No sé adónde pertenece, pero desde luego aquí no. Lo verás
por el propio tono de su voz. Es una voz extraordinaria, más parecida a la de
un pájaro que a la de un ser humano. Pero, cuando se enfada, se vuelve
espantosa.»
«Pero, bueno, ¿es que
se irrita con frecuencia?»
«Sólo cuando la gente
la insulta o se burla de ella.»
«¿Por qué lo hacen?»
«Ya te lo he dicho...
porque es diferente. Hasta su forma de andar es excepcional. No lo puede
evitar, es su naturaleza. Pero me pone furiosa ver la forma como la tratan.
Nunca ha existido un ser más generoso y despreocupado. Por supuesto, carece de
sentido de la realidad. Eso es lo que me encanta de ella.»
«¿Qué quieres decir con
eso exactamente?»
«Pues lo que acabo de
decir. Si apareciera alguien que necesitara una blusa, se quitaría la suya —en
plena calle— y se la daría. No pensaría en la indecencia de quedarse desnuda.
También se quitaría los pantalones, si fuera necesario.»
«¿No le llamas locura a
eso?»
«No, Val. Para ella ése
es el comportamiento natural y sensato. Nunca se para a pensar en las
consecuencias; no le importa lo que piense la gente. Es auténtica de los pies a
la cabeza. Y es tan sensible y delicada como una flor.»
«Debe de haber recibido
una educación extraña. ¿Te ha contado algo de sus padres, algo de su infancia?»
«Un poco.»
Yo veía que sabía más
de lo que deseaba revelar.
«Creo que era huérfana.
Dijo que las personas que la adoptaron fueron muy buenas con ella. Tuvo todo lo
que deseaba.»
«Bueno, vámonos a la
cama, ¿te parece?»
Se fue al baño para
pasar por la habitual e interminable rutina. Me metí en la cama y esperé con
paciencia. La puerta del baño estaba abierta.
«Por cierto», dije, con
la idea de hacerle pensar en otra cosa, «¿cómo está Claude estos días? ¿Alguna
novedad?»
«Va a abandonar la
ciudad dentro de uno o dos días.»
«¿Adonde va?»
«No ha querido decirlo.
Me da la impresión de que va a dirigirse a Africa.»
«¿Africa? ¿Por qué
había de ir allí?»«¡Y yo qué sé! Sin embargo, no me sorprendería que dijera que
iba a la luna. Ya conoces a Claude...»
«Ya has dicho eso
varias veces, y siempre del mismo modo. No, no conozco a Claude, no como tú
quieres decir. Sólo sé lo que se digna contar, nada más. Es un absoluto
misterio para mí.»
La oí reírse entre
dientes.
«¿Qué tiene eso de
gracioso?», le pregunté.
«Creía que os
entendíais perfectamente.»
«Nadie llegará a
entender nunca a Claude», dije. «Es un enigma, y seguirá siéndolo.»
«Esa es exactamente la
impresión que me produce mi amiga.»
«Tu amiga», dije un
poco irritado. «Apenas la conoces y hablas de ella como si fuera una amiga de
toda la vida.»
«No seas bobo. Es mi
amiga... la única amiga que he tenido nunca.»
«Parece como si
estuvieras chalada por ella...»
«¡Es que lo estoy! Ha
aparecido en el momento oportuno.»
«Pero, bueno, ¿qué
significa eso?»
«Pues, que estaba
desesperada, que me sentía sola, desdichada. Que necesitaba a alguien a quien
pudiera llamar amiga.»
«¿Qué te pasa? ¿Desde
cuándo necesitas a una amiga? Yo soy tu amigo. ¿Es que no te basta?» Lo dije en
tono de burla, pero hablaba a medias en serio.
Para mi asombro,
respondió: «No, Val, tú ya no eres mi amigo. Tú eres mi marido, y te amo... no
podría vivir sin ti, pero...»
«Pero, ¿qué?»
«Tenía que tener una
amiga. Alguien a quien confiarme, alguien que me entienda.»
«¡Caramba! Así, que,
¿eso es? ¿Y quieres decir que no puedes confiarte a mi?»
«No del modo como puedo
hacerlo con una mujer. Hay cosas que no se pueden contar a un hombre, aunque lo
ames. Oh, no son cosas importantes, no te preocupes. A veces, las cosas
pequeñas son más importantes que las grandes, ya lo sabes. Además, mira lo que
pasa contigo... tú tienes montones de amigos. Y cuando estás con tus amigos,
eres una persona del todo diferente. A veces te envidiaba. Tal vez estuviera
celosa de tus amigos. Hubo un tiempo en que pensaba que podía serlo todo para
ti. Pero veo que estaba equivocada. En fin, ahora tengo una amiga... y voy a
conservarla.»
Medio en broma, medio
en serio, dije: «Ahora quieres ponerme celoso a mí, ¿no es eso?»
Salió del baño, se
arrodilló junto a la cama y puso la cabeza en mis brazos. «Val», murmuró, «tú
sabes que no es verdad. Pero esta amistad es algo muy querido y muy valioso
para mí. No quiero compartirla con nadie, ni siquiera contigo. Al menos, por un
tiempo.»
«Muy bien», dije. «Lo
entiendo.» Noté que la voz me sonaba un poco ronca.
Murmuró agradecida:
«Sabía que lo entenderías.»
«Pero, ¿qué es lo que
hay que entender?», pregunté. Lo dije suave y cariñosamente.
«Eso es», respondió,
«nada, nada. Es de lo más natural.» Se inclinó hacia adelante y me besó con
cariño en los labios.
Cuando se puso en pie
para apagar las luces, dije impulsivamente: «¡Pobrecita! Todo este tiempo
deseando una amiga y yo sin saberlo, sin sospecharlo. Supongo que soy un tipo
estúpido e insensible.»
Apagó las luces y se
metió en la cama. Teníamos dos camas turcas, pero sólo usábamos una.
«Apriétame fuerte»,
susurró. «Val, te amo más que nunca. ¿Me oyes?»
No dije nada, me limité
a apretarla fuerte.
«Claude me dijo el otro
día —¿me escuchas?— que tú eras uno de los pocos.»
«Uno de los elegidos,
¿no es eso?», dije en broma.
«El único hombre del
mundo para mí.»
«Pero no un amigo...»
Me puso la mano en la
boca.
Todas las noches era la
misma canción: «Mi amiga Stasia.» Con la variante, por supuesto, para darle
sabor, de historias exageradas sobre las fastidiosas atenciones que le
prodigaba un cuarteto incongruente. Uno de ellos —ni siquiera sabía su nombre—
era propietario de una cadena de librerías; otro era un luchador, Jim Driscoll;
el tercero era un millonario, notorio depravado, cuyo nombre —parecía
increíble— era Tinkelfels; el cuarto era un loco que tenía también algo de
santo. Ricardo, así se llamaba este último, me gustaba mucho, suponiendo que la
descripción que había dado de él se ajustara a la realidad. Un individuo
callado y serio que hablaba con fuerte acento español, tenía esposa y tres
hijos a los que amaba tiernamente, era muy pobre pero hacía regalos
espléndidos, era amable y cortés —«tierno como un cordero»—, escribía tratados
metafísicos e impublicables, daba conferencias antes diez o doce personas, et
patati et patata. Lo que me gustaba de él era esto: siempre que la acompañaba
hasta el metro, siempre que le daba las buenas noches, le cogía las manos con
fuerza y murmuraba solemnemente: «Si yo no puedo conseguirte, nadie lo hará. Te
mataré.»
Volvía a hablar de
Ricardo una y otra vez, para contar el alto concepto que éste tenía de
Anastasia, lo «magníficamente» que la trataba, y demás. Y cada vez que
pronunciaba su nombre, repetía su amenaza, y se reía, como si fuera un chiste
muy gracioso. Su actitud empezó a molestarme.
«¿Cómo sabes que no va
a mantener su palabra?», le pregunté una noche.
Se rio todavía con más
ganas.
«Te parece imposible,
¿verdad?»
«Tú no lo conoces»,
dijo. «Es una de las personas más tiernas de este mundo.»
«Por eso precisamente
es por lo que creo que es capaz de hacerlo. Es serio. Más vale que te andes con
ojo con él.»
«¡Oh, tonterías! No
sería capaz de hacer daño a una mosca.»
«Tal vez no. Pero
parece lo bastante apasionado como para matar a una mujer que ame.»
«¿Cómo puede estar
enamorado de mí? Es ridículo. Si no le muestro el menor afecto. En realidad,
apenas lo escucho. Habla más con Anastasia que conmigo.»
«No hace falta que
hagas nada, basta con que existas. Tiene una fijación. No está loco. A no ser
que sea locura enamorarse de una imagen. Tú eres la imagen física de su ideal,
eso es evidente. No necesita conocerte profundamente, ni obtener una respuesta
de ti siquiera. Quiere mirarte eternamente... porque has encarnado la mujer de
sus sueños.»
«Así es como habla él
exactamente», dijo Mona, algo desconcertada por mis palabras. «Los dos os
entenderíais maravillosamente. Habláis el mismo lenguaje. Sé que es un ser
sensible, pero me fastidia. No tiene el menor sentido del humor. Cuando sonríe,
parece aún más triste que de costumbre. Es un alma solitaria.»
«Siento no conocerlo»,
dije. «Me gusta más que ninguna otra persona de las que me has hablado. Parece
un ser humano de verdad. Además, me gustan los españoles. Son hombres...»
«No es español: es
cubano.»
«Es lo mismo.»
«No, no lo es, Val. El
propio Ricardo me lo dijo. Desprecia a los cubanos.»
«En fin, no importa. Me
gustaría aunque fuera turco.»
«Tal vez podría
presentártelo», dijo Mona de repente. «¿Por qué no?»
Reflexioné un momento
antes de contestar.
«No creo que debas
hacerlo», dije. «A un hombre así no se lo puede engañar. No es como Cromwell.
Además, ni siquiera Cromwell es el bobo por el que lo tomas.»
«¡Nunca he dicho que
fuera un bobo!»
«Pero intentaste
hacérmelo creer a mí, eso no puedes negarlo.»
«En fin, ya sabes por
qué.» Me ofreció una de sus sonrisas de fauno.
«Mira, chica, sé más
sobre ti y tus tretas de lo que supondrías nunca... casi ofende mencionar el
tema.»
«Tienes mucha
imaginación, Val. Esa es la razón por la que a veces te cuento tan poco. Sé
cómo trabaja tu fantasía.»
«Pero, ¡tienes que
reconocer que trabaja sobre una base sólida!»
Volvió a ofrecerme la
sonrisa de fauno.
Después se puso a hacer
algo para ocultar la cara.
Hubo una pausa
agradable. Después, observé de repente: «Supongo que las mujeres se ven
obligadas a mentir... va con su naturaleza. Los hombres también mienten, por
supuesto, pero de forma muy diferente. Las mujeres parecen tener un miedo atroz
a la verdad. Mira, si pudieras dejar de mentir, si pudieses dejar de jugar a
este juego estúpido e innecesario conmigo, creo...»
Noté que había dejado
lo que fingía estar haciendo. Tal vez me escuchará de verdad, pensé para mis
adentros. Sólo le veía la cara de perfil. Su expresión era de intensa
vigilancia. También de cautela. Como la de un animal.
«Creo que haría
cualquier cosa que me pidieras. Creo que hasta te entregaría a otro hombre, si
ése fuese tu deseo.»
Esas palabras mías
inesperadas le causaron inmenso alivio, o así me pareció. No sé lo que habría
imaginado que iba yo a decir. Le había quitado un peso de encima. Se acercó a
mí —yo estaba sentado al borde de la cama— y se sentó a mi lado. Colocó una mano
sobre la mía. La mirada que apareció en sus ojos era de sinceridad y devoción
absolutas.
«Val», empezó a decir,
«tú sabes que nunca te pediría una cosa así. ¿Cómo puedes decir semejante cosa?
Quizá te cuente embustes de vez en cuando, pero no mentiras. No podría
ocultarte nada importante: me dolería demasiado. Esas cositas... esos
embustes... te los cuento porque no quiero herirte. A veces hay situaciones tan
sórdidas, que tengo la sensación de que sólo de contarlas te mancharía. No
importa lo que me ocurra a mi. Estoy hecha de fibra más tosca. Sé cómo es el
mundo. Tú, no. Tú eres un soñador. Y un idealista. Tú no sabes, ni creerías
nunca, y menos aún lo sospecharías, lo mala que es la gente. Tú sólo ves el
lado bueno de todo el mundo. Eres puro, eso es lo que te pasa. Y a eso era a lo
que Claude se refería cuando dijo que eras uno de los pocos. Ricardo es otro
ser puro. Personas como tú y Ricardo no deben verse nunca envueltas en cosas
feas. Yo me veo envuelta de vez en cuando... porque no temo a la contaminación.
Soy del mundo. Contigo actúo como otro ser. Quiero ser lo que tú desees que sea.
Pero nunca seré como tú, nunca.»
«Ahora me pregunto»,
dije, «qué diría la gente —gente como Kronski, O’Mara, Ulric, por ejemplo—, si
te oyeran hablar así.»
«No importa lo que
piense la gente, Val. Yo te conozco. Te conozco mejor que ninguno de tus
amigos, por mucho que haga que te conozcan. Sé lo sensible que eres. Eres el
ser más tierno que existe.»
«Estoy empezando a
sentirme frágil y delicado, con todo esto que dices.»
«No eres delicado»,
dijo con sentimiento. «Eres fuerte... como todos los artistas. Pero cuando se
trata del mundo, quiero decir, de las relaciones con el mundo, no eres más que
un niño. El mundo es perverso en todo. Tú estás en él, de acuerdo, pero no eres
de él. Llevas una vida encantada. Si te tropiezas con una experiencia sórdida,
la conviertes en algo bello.»
«Hablas como si me
conocieras como un libro.»
«Te estoy diciendo la
verdad, ¿no? ¿Puedes negarlo?»
Me rodeó con el brazo
cariñosamente y pegó su mejilla contra la mía.
«Oh, Val, tal vez yo no
sea la mujer que mereces, pero te conozco. Y cuanto más te conozco, más te amo.
Te he echado tan de menos últimamente. Por eso significa tanto para mí tener
una amiga. Estaba llegando a desesperarme de verdad... sin ti.»
«De acuerdo. Pero es
que estábamos empezando a comportarnos como dos niños mimados, ¿no te das
cuenta? Esperábamos que nos sirvieran todo en una fuente.»
«¡Yo, no!», exclamó.
«Pero quería que tuvieras las cosas que anhelabas. Quería que tuvieses una buena
vida... para que pudieras hacer las cosas con que soñabas. ¡Tú no puedes ser un
niño mimado! Sólo coges lo que necesitas, no más.»
«Eso es verdad», dije,
emocionado por esa observación inesperada. «Muy poca gente comprende eso.
Recuerdo cómo se enfadaron mis padres cuando volví a casa de la Iglesia un
domingo por la mañana y les dije entusiasmado que era un socialista cristiano.
Había oído a un minero hablar desde el púlpito aquella mañana y sus palabras me
habían impresionado. Se llamaba a sí mismo socialista cristiano. Inmediatamente
pasé a serlo yo también. El caso es que la cosa acabó con las tonterías de
costumbre... mis padres diciendo que los socialistas lo único que querían era
repartir el dinero ajeno. ‘¿Y qué hay de malo en eso?’, pregunté. La respuesta
fue: ‘¡Espera a que te hayas ganado tu propio dinero y después hablarás!' Me
pareció un argumento muy tonto. ¿Qué importaba, me preguntaba, que yo ganara o
no dinero? La cuestión era que las cosas buenas de la vida estaban distribuidas
de forma injusta. Estaba completamente dispuesto a comer menos, a tener menos
de todo, si los que tenían poco podían vivir mejor. Precisamente entonces se me
ocurrió lo poco que se necesita en realidad. Si estás satisfecho, no necesitas
tesoros materiales... En fin, ¡no sé a qué ha venido esto! ¡Oh, sí! A propósito
de que sólo cojo lo que necesito... lo reconozco, tengo grandes deseos. Pero
también puedo pasar sin satisfacerlos. A pesar de que hablo mucho de la comida,
como sabes, en realidad no necesito mucha. Quiero tener lo suficiente para
olvidarme de la comida, eso es lo que quiero decir. Eso es normal, ¿no crees?»
«¡Desde luego, desde
luego!»
«Y por eso es por lo
que no quiero todas las cosas que tú pareces pensar que me harían feliz, o que
me harían trabajar mejor. No necesitamos vivir como lo estábamos haciendo. Cedí
por complacerte. Fue maravilloso, mientras duró, desde luego. Igual que la
Navidad. Lo que me desagrada más que nada es eso de pedir y dar sablazos
constantemente, eso de usar a la gente como si fueran primos. A ti tampoco te
gusta, estoy seguro. ¿Por qué hemos de engañarnos, entonces? ¿Por qué no acabar
de una vez?»
«Pero, ¡si ya lo he
hecho!»
«Has dejado de hacerlo
para mí, pero ahora lo haces para tu amiga Anastasia. No me mientas. Sé lo que
me digo»
«En su caso es
diferente, Val. Ella no sabe ganar dinero. Es todavía más infantil que tú.»
«Pero tú estás
contribuyendo a que siga siéndolo., al ayudarla como lo haces. No digo que sea
una gorrona. Lo que digo es que tú le impides hacer algo. ¿Por qué no vende sus
muñecas, o sus cuadros, o su escultura?»
«¿Por qué?» Al oír
esto, se rio con ganas. «Por la misma razón por la que tú no puedes vender tus
relatos. Es una artista demasiado buena, esa es la razón.»
«Pero no tiene por qué
vender su obra a los marchantes: que venda directamente a la gente. ¡Que los
venda regalados! A cualquier precio para ir tirando. Le vendría bien. Se
sentiría mejor.»
«¡Ya estás tú otra vez!
Eso demuestra lo poco que sabes del mundo. Val, tú ni siquiera podrías regalar
tu obra, ya ves cómo son las cosas. Si alguna vez se publica un libro tuyo,
tendrás que pedir a la gente que acepte ejemplares gratis. La gente no quiere
lo bueno, te lo digo yo. Las personas como tú y Anastasia —o Ricardo— tenéis
que estar protegidos.»
«Al diablo la
escritura, si es así... Pero, ¡no lo puedo creer! Todavía no soy un escritor,
sino un aprendiz. Puedo ser mejor de lo que piensan los directores de revistas,
pero todavía me falta mucho camino por recorrer. Cuando de verdad sepa
expresarme, la gente leerá lo que escriba. No me importa lo malo que sea el
mundo. Lo harán, te lo digo yo. No van a poder desconocerme.»
«¿Y hasta entonces?»
«Hasta entonces
encontraré otra forma de vivir.»
«¿Vendiendo
enciclopedias? ¿Es eso una forma de vivir?»
«No muy buena, lo
reconozco, pero es mejor que pedir y dar sablazos. Mejor que dejar prostituirse
a tu mujer.»
«Cada centavo que
consigo me lo gano», dijo Mona acalorada. «Servir comidas no es un chollo.»
«Mayor razón para que
yo ponga algo de mi parte. A ti no te gusta verme vender libros. Y a mí no me
gusta verte servir comidas. Si tuviéramos más juicio, estaríamos haciendo otras
cosas. Seguro que tiene que haber algún tipo de trabajo que no sea degradante.»
«¡Para nosotros, no! No
estamos hechos para hacer el trabajo del mundo.»
«Entonces tenemos que
aprender.» Me estaba dejando llevar por mi actitud recta.
«Val, eso son palabras.
Tú sabes que nunca vas a resistir un empleo normal. Nunca. Y yo tampoco quiero
que lo hagas. Prefiero verte muerto.»
«Muy bien, tú ganas.
Pero, joder, ¿es que no hay nada que un hombre como yo pueda hacer sin sentirse
un payaso o un bobo?» En ese momento una idea que estaba tomando forma en mis
labios me hizo reír. Me reí con ganas antes de contarla. «Mira», conseguí decir,
«¿sabes lo que estaba pensando? Estaba pensando que podría ser un diplomático
maravilloso. Debería ser embajador ante un país extranjero: ¿qué te parece? No,
en serio. ¿Por qué no? Tengo inteligencia, y sé tratar con la gente. Lo que no
sepa lo compensaré con la imaginación. ¿Me imaginas de embajador en China?»
Cosa curiosa, la idea
no le pareció absurda. Por lo menos, no en abstracto.
«Desde luego, serías un
buen embajador, Val. ¿Por qué no, como tú dices? Pero nunca tendrás una
oportunidad. Hay ciertas puertas que nunca se te abrirán. Si hombres como tú
estuvieran dirigiendo el mundo, no estaríamos preocupándonos de la próxima
comida... ni de cómo conseguir publicar relatos. ¡Por eso te digo que no
conoces el mundo!»
«Me cago en la luche
puta, sí que conozco el mundo. Lo conozco demasiado bien. Pero me niego a hacer
componendas con él.»
«Es lo mismo.»
«¡No, no lo es! Es la
diferencia entre ignorancia —o ceguera— e indiferencia. Si no conociera el
mundo, ¿cómo podría ser escritor?»
«Un escritor tiene su
propio mundo.»
«¡Caramba! ¡Nunca
habría esperado que dijeras eso! Ahora sí que me has dejado sin habla...»
Guardé silencio por un momento.
«Es la pura verdad lo
que dices», continué. «Pero no quita para que lo que yo digo también lo sea.
Tal vez no sepa explicártelo, pero sé que tengo razón. Tener tu mundo propio, y
vivir en él, no significa que estés ciego necesariamente para el llamado mundo
real. Si un escritor no estuviera familiarizado con el mundo cotidiano, si no
se hubiese empapado de él hasta el punto de rebelarse contra él, no tendría lo
que tú llamas su mundo propio. Un artista lleva dentro todos los mundos. Y es
una parte tan esencial de este mundo como cualquier otra persona. En realidad,
pertenece a él y está en él más completamente que otras personas por la
sencilla razón de que es un creador. El mundo es su medio. Otros hombres se
contentan con su rinconcito en el mundo: su trabajito, su pequeña tribu, su
pequeña filosofía, etcétera. ¡Qué hostia! La razón por la que no soy un gran
escritor, si quieres saberla, es que todavía no he hecho mío todo el ancho
mundo. No es que no conozca el mal. No es que esté ciego para la perversidad de
la gente, como tú pareces pensar. Es algo diferente. Lo que sea yo mismo no lo
sé. Pero llegaré a saberlo. Y entonces me convertiré en una antorcha. Iluminaré
el mundo. Lo desenmascararé hasta la médula... Pero, ¡no lo condenaré! No lo
haré, porque sé muy bien que soy parte de él, una pieza importante del
mecanismo.» Hice una pausa. «Mira, todavía no hemos tocado fondo. Lo que hemos
sufrido no es nada. Picaduras de pulgas, nada más. Hay cosas peores de soportar
que la falta de comida y demás. Sufrí mucho más cuando tenía dieciséis años,
cuando lo único que hacía era leer sobre la vida. O, si no, me estoy engañando
a mí mismo.»
«No, sé lo que quieres
decir.» Movió la cabeza pensativa.
«¿De verdad? Bien.
Entonces comprenderás que, sin participar en la vida, se pueden sufrir los
tormentos de los mártires... Sufrir por los demás: ése es un tipo maravilloso
de sufrimiento. Cuando sufres a causa de tu yo, a causa de carencias o de malas
acciones, experimentas una especie de humillación. Detesto esa clase de
sufrimiento. Sufrir con otros, o por otros, estar todos en el mismo barco, eso
es diferente. Entonces te sientes enriquecido. Lo que me desagrada de nuestra
forma de vida es que sea tan limitada. Deberíamos estar en movimiento,
recibiendo magulladuras y golpes por razones de importancia.»
Seguí en esa vena,
pasando de un tema a otro, contradiciéndome muchas veces, haciendo las
afirmaciones más extravagantes, y luego desechándolas, esforzándome por volver
a tierra firme.
Estaban empezando a
producirse cada vez con mayor frecuencia, aquellos monólogos, aquellas
peroratas. Tal vez fuera porque había dejado de escribir. Quizá porque pasaba
la mayor parte del día solo. Tal vez también porque tenía la sensación de que
Mona se me escapaba de las manos. Había algo desesperado en aquellas
explosiones. Intentaba aferrarme a algo, algo que nunca podía exponer en
palabras. Aunque parecía censurarla, lo que hacía en realidad era reconvenirme
a mí mismo. Lo peor era que nunca podía llegar a una resolución concreta. Veía
claramente lo que no debíamos hacer, pero no veía lo que debíamos hacer. En
secreto, me gustaba la idea de verme «protegido». En secreto tenía que
reconocer que ella tenía razón: nunca iba a adaptarme, nunca iba a poder con la
rutina. Y así lo revelaba en la conversación. Divagaba hacia atrás y hacia
adelante, recordando los gloriosos días de la infancia, los desgraciados días
de la adolescencia, las payasadas de la juventud. Todo era fascinante, hasta el
menor detalle. ¡Ojalá hubiera estado presente aquel hombre, McFarland, con su
estenógrafo! ¡Qué historia para su revista! (Más adelante se me ocurrió lo
extraño que era que pudiese hablar de mi vida pero no pudiera ponerla por
escrito. En cuanto me sentaba ante la máquina, quedaba cohibido. En aquella
época no se me había ocurrido usar el pronombre «yo». Me pregunto por qué. ¿Qué
me inhibía? Tal vez no hubiera llegado a ser todavía el «yo de mi yo».)
No sólo la embriagaba a
ella con mi charla, me embriagaba a mí mismo. Estaba a punto de amanecer,
cuando nos quedábamos dormidos. Al adormecerme, tenía la sensación de haber
realizado algo. Me había desahogado de algo. ¿De qué? Ni siquiera yo lo podía
decir. Sólo sabía una cosa, de la que parecía obtener una satisfacción
tremenda: había adoptado mi papel auténtico.
Tal vez aquellas
escenas estuvieran destinadas también a demostrar que yo podía ser tan
apasionante y «diferente» como esa Anastasia de la que me estaba empezando a
cansar de oír hablar. Tal vez. Posiblemente ya estuviera un poquito celoso.
Aunque sólo hacía unos días que conocía a Anastasia, podríamos decir, la
habitación ya estaba llena de las cosas de su amiga. Ya lo único que faltaba
era que ésta se viniera a vivir allí. Sobre las camas había dos magníficas
estampas japonesas, una de Utamaro y otra de Hiroshige. Sobre el baúl había una
muñeca que Anastasia había hecho expresamente para Mona. Sobre la cómoda había
un icono ruso, otro regalo de Anastasia. Por no hablar de los brazaletes
exóticos, los amuletos, los mocasines bordados, y demás. Hasta el perfume que
usaba —¡de lo más acre!— se lo había dado Anastasia. (Probablemente comprado
con el dinero de Mona.) Con Anastasia nunca sabías a qué atenerte. Mientras
Mona se preocupaba por la ropa que necesitaba su amiga, los cigarrillos, los
materiales para su trabajo, etcétera, Anastasia recibía dinero de su casa y lo
repartía entre sus acólitos. Mona no veía nada incongruente en eso. Lo que
quiera que hiciese su amiga estaba bien y era natural, aunque le robara del
monedero. Y, efectivamente, Anastasia robaba de vez en cuando. ¿Por qué no? No
robaba para ella, sino para ayudar a los necesitados. No tenía escrúpulos ni
remordimientos con respecto a esas cosas. No era una burguesa, ¡oh, no! Esa
palabra, «burgués», empezó a aparecer con frecuencia, ahora que Anastasia
estaba en escena. Lo que no era bueno era «burgués». Hasta la caca podía ser
«burguesa», según la forma de ver las cosas de Anastasia. Tenía tal maravilloso
sentido del humor, cuando llegabas a conocerla. Por supuesto, había gente que
no sabía apreciarlo. Hay gente que carece de sentido del humor. Llevar dos
zapatos diferentes, cosa que Anastasia hacía distraída —¿de verdad lo hacía
distraída?— era algo extraordinariamente gracioso. O llevar un irrigador por la
calle. ¿Para qué envolver esas cosas? Además, Anastasia nunca lo usaba: siempre
era para una amiga que tenía problemas.
Los libros esparcidos
por la habitación... todos prestados por Anastasia. Uno de ellos se titulaba
Allá abajo... obra de un escritor francés «decadente». Era uno de los favoritos
de Anastasia, no porque fuera «decadente», sino porque hablaba de esa figura
extraordinaria de la historia francesa: Gilíes de Rais. Había sido un seguidor
de Juana de Arco. Había matado más niños... en realidad, había despoblado
pueblos enteros. Una de las figuras más enigmáticas de la historia francesa. Me
pedía que lo ojeara alguna vez. Anastasia había leído el texto original. Leía
no sólo francés e italiano, sino también alemán, portugués y ruso. Sí, en la
escuela de monjas había aprendido también a tocar el piano divinamente. Y el
arpa.
«¿Sabe tocar la
trompeta también?», pregunté irónicamente.
Lanzó una risotada. A
lo que siguió esta revelación:
«También sabe tocar las
congas. Pero primero tiene que estar un poco colocada.»
«¿Quieres decir
borracha?»
«No, mamada. Marihuana.
Es inofensiva. No produce hábito.»
Siempre que salía a
relucir ese tema —las drogas—, podía estar seguro de que me iba a soltar una
buena perorata. En opinión de Mona (probablemente de Anastasia), todo el mundo
debería familiarizarse con los efectos de las diferentes drogas. Las drogas no
eran tan peligrosas como el licor. Y los efectos eran más interesantes. Sí,
ella iba a probarlas algún día. Había montones de gente en el Village —incluso
gente respetable— que tomaban drogas. No veía por qué la gente tenia tanto
miedo a las drogas. Existía esa droga mexicana que exaltaba el sentido del
color, por ejemplo. Perfectamente inofensiva. Debíamos probarla un día. Iba a
ver si podía conseguir un poco de ese falso poeta cuyo nombre no recordaba. Lo
detestaba, era sucio, y demás, pero Anastasia sostenía que era un buen poeta. Y
si Anastasia lo decía...
«Voy a pedirle a
Anastasia que me deje un día uno de sus poemas y te lo voy a leer en voz alta.
Nunca has oído una cosa igual, Val.»
«De acuerdo», dije,
«pero si es malo, te lo voy a decir.»
«¡No te preocupes! No
podría escribir un poema malo, aunque lo intentara.»
«Ya lo sé: es un
genio.»
«Ya lo creo que lo es,
y no hablo en broma. Es un auténtico genio.»
No pude por menos de
observar que era una lástima que los genios tuvieran que ser siempre
excéntricos.
«¡Ya estás tú! Ahora
estás hablando exactamente como el resto de la gente. Te he explicado mil veces
que no es como los demás excéntricos del Village.»
«¡No, es una excéntrica
auténtica/»
«Puede que esté loca,
pero como Strindberg, como Dostoyevsky, como Blake...»
«Eso es ponerla muy
alta, ¿no?»
«No he dicho que tenga
su talento. Lo único que quiero decir es que si es rara, lo es del mismo modo
que ellos. No es una demente... ni una farsante. Sea lo que sea, lo es de
verdad. Me jugaría el cuello.»
«Lo único que tengo
contra ella», dije bruscamente, «es que necesite que se ocupen tanto de ella.»
«¡Eso es una crueldad!»
«¿Tú crees? Mira... se
las arreglaba perfectamente hasta que apareciste tú, ¿no?»
«Ya te conté el estado
en que se encontraba cuando la conocí.»
«Ya lo sé, pero eso no
me impresiona. Tal vez si no la hubieras mimado, se habría levantado y
sostenido sobre las piernas.»
«No hemos adelantado
nada. ¿Cuántas veces debo explicarte que no sabe cuidarse?»
«Pues, ¡que aprenda!»
«¿Y tú? ¿Has aprendido
ya?»
«Yo me las arreglaba
muy bien hasta que apareciste. No sólo cuidaba de mí, sino de una mujer y una
hija.»
«Eso no es justo. Tal
vez cuidaras de ellas, pero, ¡a qué precio! No querrías vivir así para siempre,
¿no?»
«¡Claro que no! Pero
habría encontrado una salida... tarde o temprano.»
«¡Tarde o temprano!
Val, ¡no tienes demasiado tiempo! Ya tienes treinta y tantos años... y todavía
no te has dado a conocer. Anastasia es una muchacha, pero fíjate lo que ha
hecho ya.»
«Ya lo sé. Pero es que
ella es un genio...»
«¡Oh, calla ya!
Hablando así no vamos a llegar a nada. ¿Por qué no dejas de pensar en ella?
Ella no se mete en tu vida... ¿por qué tienes que meterte tú en la suya? ¿Es
que no puedo tener una amiga? ¿Por qué tienes que estar celoso de ella? Tienes
que ser justo, por favor.»
Aunque no me había
pedido explícitamente que no visitara The Iron Cauldron, me mantenía a
distancia por consideración hacia sus deseos. Sospechaba que Anastasia pasaba
gran parte del día allí, que en las horas libres de Mona siempre estaban juntas
en algún sitio. Indirectamente me enteraba de sus visitas a los museos y
galerías de arte, a los estudios de artistas del Village, de sus expediciones a
la zona de los muelles del puerto, donde Anastasia hacía bocetos de barcos y
edificios, de las horas que pasaban en la biblioteca investigando. En cierto
modo el cambio era bueno para Mona. Le proporcionaba algo nuevo en qué pensar.
Sabía poco de pintura, y al parecer Anastasia estaba encantada de hacerle de
guía. A veces había referencias veladas al retrato de Mona que Anastasia tenía
intención de hacer.
Al parecer nunca había
hecho un retrato realista de nadie, y era particularmente reacia a hacer uno
que se pareciese a Mona.
Había días en que
Anastasia era incapaz de hacer nada, en que se encontraba postrada y había que
cuidarla como a una niña. Cualquier acontecimiento insignificante podía
provocar esas indisposiciones. A veces sucedían porque Mona había hablado tonta
o irreverentemente de uno de los amados ídolos de Anastasia. Modigliani o El
Greco, por ejemplo, eran pintores con respecto a los cuales no permitía a
nadie, ni siquiera a Mona, decir algo inconveniente. También le gustaba mucho
Utrillo, pero no lo veneraba. Era «un alma perdida», como ella: todavía en el
nivel «humano». Mientras que Giotto, Grünewald, los maestros chinos y
japoneses, ésos estaban en otro nivel, representaban un orden superior. (¡No
tenía mal gusto!) Por lo que pude deducir, no sentía el menor respeto por los
artistas americanos. Excepto por John Marin, al que consideraba limitado pero
profundo. Lo que casi me hizo cogerle cariño fue el descubrimiento de que
siempre llevaba consigo Alicia en el país de las maravillas y el Tao te ching.
Más adelante iba a incluir un volumen de Rimbaud. Pero de eso ya hablaremos...
Yo seguía haciendo las
visitas, o haciendo el paripé. De vez en cuando vendía una colección de libros
sin intentarlo. Trabajaba en eso sólo cuatro o cinco horas al día, siempre
listo para dejarlo a la hora de comer. Generalmente miraba las tarjetas y escogía
un cliente en perspectiva que viviera a mucha distancia, en algún suburbio
cochambroso, en un agujero desierto y árido de Nueva Jersey o de Long Island.
Lo hacía en parte para matar el tiempo y en parte para salir de la rutina.
Siempre, cuando me dirigía a algún lugar cochambroso (¡que sólo a un vendedor
de libros chiflado se le ocurriría visitar!), me veía asaltado por los
recuerdos más inesperados de lugares queridos que había conocido de niño. En
esos casos intervenía una especie de ley de asociación a la inversa. Cuanto más
monótono y corriente el lugar, más extrañas y maravillosas eran esas
asociaciones espontáneas... Casi podía apostar que si una mañana me dirigía
hacia Hackensack o Canarsie, o cualquier otro agujero de conejo en Staten
Island, a la noche me encontraría en Sheepshead Bay, o Bluepoint, o lago
Pocotopaug. Si no tenía dinero para un trayecto largo, hacía autostop, con la
esperanza de encontrar a alguien —«una cara amiga»— que me invitara a una
comida y me prestase el dinero para el billete de vuelta. Me dejaba llevar por
la marea. No importaba dónde fuera a parar ni cuándo regresase a casa, porque
estaba seguro de que Mona llegaría después que yo. Volvía a escribir cosas en
la cabeza, no febrilmente como antes, sino con calma, tranquilamente, como un
reportero o corresponsal al que le sobrara el tiempo y tuviese una asignación
generosa para los gastos. Era maravilloso dejar que las cosas sucedieran al
azar. De vez en cuando, dejándome llevar a la deriva, llegaba a alguna ciudad
remota, elegía una tienda al azar —de fontanería o de pompas fúnebres, daba
igual— y soltaba el rollo de la venta. No tenía la menor intención de hacer una
venta ni de «practicar», como se suele decir. No, simplemente sentía curiosidad
por ver el efecto que podían producir mis palabras en un absoluto don nadie.
Tenía la sensación de ser un hombre que hubiera bajado de otro planeta. Si la
pobre víctima no sentía deseos de discutir los méritos de nuestra enciclopedia
en fascículos, me ponía a hablar su lenguaje, fuera el que fuese, aunque sólo
fuera sobre fríos cadáveres. Así, muchas veces me veía comiendo con una persona
simpática con la que no tenía nada en común. Cuanto más me alejaba de mí mismo,
más seguro estaba de tener inspiración. De repente, tal vez en medio de una
frase, tomaba la decisión y me largaba corriendo, en busca de aquel lugar que
había conocido en el pasado, un pasado muy concreto y maravilloso. La cuestión
era volver a ese lugar querido y ver si podía reconstruir el ser que había sido
yo en tiempos. Un juego extraño... y lleno de sorpresas. A veces volvía a
nuestra habitación como un niño vestido con ropa de hombre. Sí, a veces era un
pequeño Henry de pies a cabeza, pensando como él, sintiendo como él, actuando
como él.
Con frecuencia,
mientras hablaba con extraños allí, en el margen del mundo, me venía de repente
la imagen de ellas dos, Mona y Stasia, paseando por el Village o pasando por la
puerta giratoria de un museo con aquellas muñecas demenciales en los brazos. Y
entonces me decía algo curioso a mí mismo... sotto voce, por supuesto. Me
decía, al tiempo que sonreía débilmente: «¿Y qué pinto yo ahí?» Andando de acá
para allá en la yerma periferia, entre chiflados y vejestorios, se me había
ocurrido la idea de que estaba desconectado. Siempre, al cerrar una puerta,
tenía la impresión de que la puerta estaba cerrada detrás de mí, que tendría
que encontrar otro camino para volver. ¿Volver adonde?
Había algo ridículo y
grotesco en esa imagen doble que se imponía en los momentos más inesperados.
Las veía a las dos ataviadas con ropa estrafalaria: Stasia con su mono y sus
botas con tachuelas y Lady Arroyo Precioso con su capa ondeante y la melena suelta.
Siempre iban hablando al mismo tiempo, y de cosas totalmente diferentes; hacían
gestos extraños y gesticulaban como locas; caminaban con dos ritmos
absolutamente diferentes, una como un pingüino y la otra como una pantera.
Siempre que me metía lo
bastante profundamente en mi infancia, dejaba de estar afuera, en el margen
para estar cómodamente dentro, como una pepita en el carnoso corazón de una
fruta madura. Podía estar parado delante de la confitería de Annie Meinken, en
el viejo distrito XIV, con la nariz pegada contra el cristal y los ojos
brillantes ante la vista de soldados cubiertos de chocolate. Ese nombre
abstracto, «el mundo», aún no había penetrado en mi conciencia. Todo era real,
concreto, individualizado, pero ni plenamente nombrado ni del todo delineado.
Yo existía y las cosas existían. El espacio era ilimitado, el tiempo no lo era
todavía. Annie Meinken era una persona que siempre se inclinaba profundamente
sobre el mostrador para ponerme cosas en la mano, que me daba palmaditas en la
cabeza, que me sonreía, que decía que yo era un niño tan bueno, y a veces salía
a la calle para darme un beso de despedida, a pesar de que sólo vivíamos a unos
portales de distancia.
Sinceramente creo que a
veces, afuera, en aquel margen, cuando me quedaba muy tranquilo e inmóvil, casi
esperaba que alguien se comportara conmigo como Annie Meinken solía hacerlo.
Tal vez escapara a esos lugares lejanos de mi infancia simplemente para recibir
de nuevo ese caramelo, esa sonrisa, ese desconcertante beso de despedida. La
verdad es que era un idealista. Incurable. (Un idealista es el que desea volver
atrás. Recuerda demasiado bien lo que le dieron; no piensa en lo que él podría
dar, a su vez. El mundo se agria imperceptiblemente, pero el proceso comienza
virtualmente desde el momento en que piensa en función del «mundo».)
Extraños pensamientos,
extraños vabagundeos... para un vendedor de libros. En mi cartera iba encerrada
la clave para todo el saber humano. Supuestamente. Y la sabiduría, como
Winchester, a sólo sesenta kilómetros de distancia. Nada en todo el mundo tan muerto
como ese compendio de conocimientos. Para perorar sobre los foraminíferos,
sobre los rayos infrarrojos, sobre las bacterias que se encuentran alojadas en
cada célula... ¡qué mono de repetición debí de ser! Naturalmente, ¡un
Picodiribibi lo habría hecho mucho mejor! Y también un asno muerto con un
fonógrafo en las entrañas. Leer en el metro, o en un tranvía abierto, sobre
Prust el fundador de Prusia... ¡qué pasatiempo inútil! Mucho mejor sería, si
hubiera que leer, escuchar al loco que dijo: «¡Qué agradable es odiar a la
tierra natal y esperar ansioso su aniquilación!»
Sí, además de las
maquetas, las encuadernaciones y todos los demás accesorios que atestaban mi
cartera, solía llevar conmigo un libro, un libro tan alejado del carácter de mi
vida diaria, que se parecía más a un tatuaje en la planta del pie izquierdo de un
presidiario, «¡TODAVÍA NO HEMOS RESUELTO LA CUESTION DE LA EXISTENCIA DE DIOS Y
QUIERES COMER!» Una frase así que saltara de un libro en pleno desierto
deprimente decidía todo el curso de la jornada. Vuelvo a verme cerrando de
golpe el libro, saltando como un gamo asustado y exclamando en voz alta:
«¿Dónde diablos estamos?» Y después salir disparado. Podían haberme dejado al
borde de un pantano, o al comienzo de una de esas interminables filas de casas
de los suburbios todas iguales o a la entrada de un manicomio. Era igual:
adelante, siempre adelante, con la cabeza gacha y las mandíbulas moviéndose
febrilmente, gruñidos, chillidos de placer, meditaciones, descubrimientos,
iluminaciones. A causa de esa frase relámpago. Sobre todo eso de «¡y quieres
comer!» Tardé siglos en descubrir quién había creado esa exclamación
maravillosa. Lo único que sabía entonces, lo único que importaba, era que
estaba de vuelta en Rusia, que estaba con espíritus afines, que estaba poseído
por completo por una cuestión tan esotérica como la discutible existencia de
Dios.
¿Años después, he
dicho? Pues, sí: hasta ayer, por decirlo así, no descubrí quién era el autor.
Al mismo tiempo me enteré de que otro hombre, un contemporáneo, había escrito
así de su nación, de la gran nación rusa: «Somos una de esas naciones que, por
decirlo así, no forman parte de la estructura de la humanidad, sino que existen
sólo para enseñar al mundo una lección importante de algún tipo.»
Pero no voy a hablar de
ayer o de antes de ayer. Voy a hablar de un tiempo que no tiene principio ni
fin, un tiempo que, además, no era el de mi infancia, sino que corría paralelo
a todas las demás clases de tiempo que llenaban los espacios vacíos de mis
días...
El curso de los barcos,
y de los hombres en general, es el que avanza en zig-zag. El borracho se mueve
descubriendo curvas, como los planetas. Pero el hombre que no tiene destino se
mueve en un continuum de espacio y tiempo que es suyo exclusivo y en el que
Dios siempre está presente. «Por el momento» —¡frase inescrutable!— está
siempre ahí. Ahí con el gran cosmocrator, por decirlo así. ¿Está claro? Muy
bien, es lunes, pongamos por caso. «¿Y quieres comer?» Al instante las
estrellas empiezan a repicar, los renos escarban en el césped; sus carámbanos
azules destellan al sol del mediodía. Pasando como una exhalación por la
Perspectiva Nevsky, me dirijo hacia el círculo interior, con la cartera bajo el
brazo. Llevo en la mano una bolsita de caramelos, regalo de Annie Meinken. Se
acaba de plantear una cuestión solemne:
«Todavía no hemos
resuelto la cuestión de la existencia de Dios...»
En ese punto es cuando
entro siempre. Ahora estoy en mi tiempo. En otras palabras, el tiempo de Dios.
Que es siempre «por el momento». Al oírme es como para pensar que soy un
miembro del Santo Sínodo: el Santo Sínodo Filarmónico. No es necesario que sintonice:
he estado en sintonía desde el alba del tiempo. Claridad absoluta es lo que
caracteriza mi actuación. Soy de la orden cuyo objeto no es enseñar una lección
al mundo sino explicar que la escuela ha acabado.
Los camaradas están
tranquilos y cómodos. Ninguna bomba explotará hasta que yo no dé la orden. A mi
derecha está Dostoyevsky; a mi izquierda, el Emperador Anatema. Todos los
miembros del grupo se han distinguido de algún modo espectacular. Yo soy el
único «sin cartera». Soy el Uitlander. Procedo del «margen», es decir, de la
caldera en que bulle la aflicción.
«Camaradas, se dice que
nos enfrentamos a un problema...» (Siempre comienzo con esta frase trillada.)
Miro a mi alrededor, tranquilo, sereno, antes de lanzarme a mi plaidoyer.
«Camaradas, concentremos nuestra atención más atenta por un momento en esa cuestión
totalmente ecuménica...»
«¿Que es...?», grita el
Emperador Anatema.
«Que es nada menos que
ésta: si no existiera Dios, ¿estaríamos aquí?»
Por encima de los
gritos de «¡Qué tontería/» y «¡Qué necedad!» sigo con facilidad el sonido de mi
voz que entona los textos sagrados enterrados en mi corazón. Me siento cómodo
porque no tengo nada que probar. Basta con que recite lo que aprendí de memoria
en momentos libres. El hecho de que estemos juntos y tengamos el privilegio de
discutir la existencia de Dios es en sí mismo prueba concluyente para mí de que
estamos calentándonos al sol de Su presencia. No hablo «como si» El estuviera
presente, hablo «porque» está presente. Estoy de vuelta en ese eterno santuario
en que siempre aparece la palabra «comida». Estoy de vuelta por esa razón.
«¿Y quieres comer?»
Ahora me dirijo a los
camaradas apasionadamente. «¿Por qué no?», empiezo a decir. «¿Acaso insultamos
a nuestro Hacedor por comer lo que El nos ha suministrado? ¿Creéis que
desaparecerá porque llenemos el estómago? Comed, os lo ruego. ¡Comed con ganas!
El Señor nuestro Dios dispone de tiempo eterno para revelarse. Afirmáis que
deseáis decidir la cuestión de Su existencia. Es inútil, queridos camaradas, se
decidió hace mucho, antes incluso de que existiera un mundo. La sola razón nos
informa de que si existe un problema tiene que haber algo real que lo origine.
No corresponde a nosotros decir si Dios existe o no, a Dios corresponde decir
si nosotros existimos o no.» («¡Perro! ¿Tienes algo que decir?», grité al oído
del Emperador Anatema.) «La de comer o no antes de resolver la cuestión, ¿es
ésa, os pregunto, una cuestión metafísica? ¿Acaso delibera un hombre hambriento
sobre si debe comer o no? Todos estamos hambrientos: tenemos hambre y sed de lo
que nos dio la vida; de lo contrario, no estaríamos reunidos aquí. Imaginar que
pronunciando un simple Sí o No el gran problema quedará zanjado para la
eternidad es pura locura. No nos hemos...» (Hice una pausa y me dirigí al que
ocupaba mi derecha. «Y usted, Fyodor Mihailovitch, ¿no tiene nada que decir?»
No nos hemos reunido para resolver un problema absurdo. Estamos aquí,
camaradas, porque fuera de esta habitación, en el mundo, como lo llaman, no hay
lugar donde mencionar el Santo Nombre. Nosotros somos los elegidos, y estamos
unidos ecuménicamente. ¿Acaso desea Dios ver sufrir a los niños? Aquí podemos
formular semejante pregunta. ¿Es el mal necesario? Eso también podemos
preguntárnoslo. También podemos preguntarnos si tenemos derecho a esperar un
Paraíso aquí y ahora, o si la eternidad es preferible a la inmortalidad.
Podemos incluso deliberar sobre si Nuestro Señor Jesucristo es de una sola
naturaleza divina o de dos naturalezas consubstancialmente armónicas, la humana
y la divina. Todos hemos sufrido más de lo que es normal que soporten los
mortales. Todos hemos alcanzado un grado apreciable de emancipación. Algunos de
vosotros habéis revelado las profundidades del alma humana de un modo y en un
grado desconocidos hasta ahora. Todos estamos viviendo fuera de nuestro tiempo,
somos los precursores de una nueva era, de un nuevo orden de la humanidad.
Sabemos que no hay que esperar nada en el nivel actual del mundo. El fin del
hombre histórico es inminente. El futuro será de eternidad, y de libertad, y de
amor. La resurrección del hombre se producirá con nuestra ayuda; los muertos se
alzarán de sus tumbas vestidos de carne y músculos radiantes, y tendremos
comunión, comunión real y eterna, con todos los que fueron en un tiempo: con
los que hicieron la historia y con los que carecieron de historia. En lugar del
mito y la fábula, tendremos realidad eterna. Todo lo que ahora pasa por ciencia
desaparecerá; no habrá necesidad de buscar la clave de la realidad, porque todo
será real y duradero, desnudo para el ojo del alma, transparente como las aguas
del Shiloh. Comed, os lo ruego, y bebed hasta saciaros. Los tabúes no son obra
de Dios. Ni el asesinato ni la codicia. Ni los celos ni la envidia. Aunque
estamos reunidos aquí como hombres, estamos unidos en el espíritu divino.
Cuando nos separemos, volveremos al mundo del caos, al reino del espacio que
ninguna actividad, por intensa que sea, puede agotar. No somos de este mundo,
ni tampoco somos aún del mundo por venir, salvo en pensamiento y espíritu.
Nuestro lugar está en el umbral de la eternidad; nuestra función es la de inspiradores.
Nuestro privilegio es el de vernos crucificados en nombre de la libertad. Vamos
a regar nuestras tumbas con nuestra propia sangre. Ninguna tarea será demasiado
grande como para que no la asumamos. Somos los revolucionarios auténticos ya
que no nos bautizamos con la sangre de otros sino con nuestra propia sangre,
derramada libremente. No vamos a crear nuevos pactos, ni imponer nuevas leyes,
ni establecer un gobierno nuevo. Vamos a permitir que los muertos entierren a
los muertos. Pronto quedarán separados los vivos y los muertos. La vida eterna
vuelve a toda prisa para llenar el cáliz vacío del dolor. El hombre se alzará
de su lecho de ignorancia y sufrimiento con una canción en los labios. Se
presentará con todo el resplandor de su divinidad. El asesinato en cualquier
forma desaparecerá para siempre. Por el momento...»
En el momento en que
esa frase inescrutable asomó a mis labios, la música interior, la armonía,
cesaron. Había vuelto al ritmo doble, consciente de lo que hacía, analizando
mis pensamientos, mis motivos, mis hechos. Oía hablar a Dostoyevsky, pero ya no
estaba allí con él, sólo captaba las alusiones. Lo que es más: podía hacerle
callar, cuando quisiera. Ya no corría en ese tiempo paralelo e intemporal.
Ahora sí que el mundo estaba vacío, era monótono, desolado. El caos y la
crueldad corren parejos. Ahora era tan grotesco y ridículo como esas dos
hermanas perdidas que probablemente estuvieran corriendo por el Village con las
muñecas en los brazos.
Para cuando llega la
noche y emprendo el regreso, una soledad abrumadora se ha apoderado de mí. No
me sorprende lo más mínimo, al volver a la habitación, encontrar un mensaje
telefónico de Mona en el que dice que su querida «amiga» está enferma y tiene que
pasar la noche con ella. Mañana será otra historia, y el día siguiente otra.
Todo le ocurre a Stasia
a la vez. Un día le ordenan que deje la habitación porque habla dormida en voz
demasiado alta; otro día, en otra habitación, la visita un fantasma y se ve
obligada a huir en la noche. En otra ocasión un borracho intenta violarla. O
bien la interroga un policía de paisano a las tres de la mañana. Es inevitable
que se considere una mujer marcada. Le da por dormir de día y vagar por las
calles de noche; pasa largas horas en el restaurante de autoservicio que nunca
cierra, escribiendo poemas en la mesa de mármol, con un bocadillo en la mano y
una bandeja de comida sin tocar al lado. Unos días es la eslava y habla con
acento eslavo auténtico: otros días es la chica masculina procedente de los
picos nevados de Montana, la ninfa que tiene que cabalgar un caballo, aunque
sea en Central Park. Su conversación se vuelve cada vez más incoherente, y ella
lo sabe, pero en ruso, como dice siempre, «nada importa». A veces se niega a ir
al retrete: insiste en hacer sus cositas en el orinal, que, naturalmente, se
olvida de vaciar. En cuanto al retrato de Mona que ha empezado, ahora parece la
obra de un maniaco. (La propia Mona es quien lo confiesa.) Mona está casi fuera
de sí. Su amiga está degenerando ante sus ojos. Pero ya pasará. Todo volverá a
estar bien, con tal de que ella se quede a su lado fielmente, la cuide, calme
su torturado espíritu, le limpie el culo, en caso necesario. Pero nunca debe
dejarla sentirse abandonada. ¿Qué importa, se pregunta, que tenga que quedarse
tres o cuatro noches a la semana con su amiga? ¿Acaso no es Anastasia lo más
importante?
«Confías en mí,
¿verdad, Val?»
Asiento en silencio,
con la cabeza. (No es una pregunta «ecuménica».)
Cuando cambia la
canción, cuando me entero por sus propios labios de que no ha sido con
Anastasia con quien ha pasado la noche sino con su propia madre —también las
madres se ponen enfermas—, sé lo que un idiota habría sabido hace mucho, a
saber, que algo huele a podrido en Dinamarca.
¿Qué tendría de malo,
me pregunto, que hablase yo con su madre... por teléfono? Nada en absoluto. La
verdad siempre es instructiva.
Así, que, haciéndome
pasar por el rey de la madera, cojo el auricular y, asombrado de que sea su
propia madre la que me hable, pregunto con el tono de voz más indiferente si
está Mona; en caso afirmativo, me gustaría hablar con ella.
No está. Rotundamente.
«¿La ha visto usted
últimamente?» (El mismo caballero que no se compromete a nada y pregunta por
una dama.)
Ni rastro de ella hace
meses. La pobre mujer parece afligida. Se deja llevar hasta el extremo de
preguntarme a mí, un perfecto extraño, si no habrá muerto su hija. Virtualmente
me implora que la informe, en caso de que llegue a enterarme de su paradero.
«Pero, ¿por qué no
escribe usted a su marido?»
«¿Su marido?» Sigue un
silencio prolongado en que no se oye Otra cosa que el profundo susurro del
océano. Después, con voz débil y maquinal, como si se dirigiera a un vacío, se
oye esto: «Así, que, ¿es verdad que se ha casado?»
«Pues, claro que está
casada. Conozco muy bien a su marido...»
«Excúseme», se oye la
lejana voz, seguida por el clic del auricular al colgar.
Dejo que pasen varias
noches antes de sacar a colación el tema ante la culpable. Espero a que estemos
en la cama, con la luz apagada. Entonces la toco suavemente.
«¿Qué pasa? ¿Por qué me
has dado un codazo?»
«Ayer estuve hablando
con tu madre.»
No hay respuesta.
«Sí, y tuvimos una
conversación bastante larga...»
Sigue sin haber
respuesta.
«Lo gracioso es que
dice que hace siglos que no sabe nada de ti. Piensa que tal vez hayas muerto.»
¿Cuánto tiempo va a
poder resistir?, me pregunto. Justo cuando estoy a punto de lanzar otra
andanada, noto que se incorpora y se sienta. Entonces se produce uno de esos
ataques de risa prolongados e incontrolables, los que me hacen estremecerme por
dentro. Entre espasmos salta: «¡Mi madre! ¡Jo, jo! ¡Que has estado hablando con
mi madre! ¡Ja, ja, ja! ¡Es lo más gracioso que he oído en mi vida! Val, qué
bobo eres, mi madre está muerta. No tengo madre. ¡Jo, jo, jo!»
«¡Cálmate!», le ruego.
Pero no puede dejar de
reír. Es la cosa más graciosa, más absurda, que ha oído en su vida.
«Oye, ¿no me habías
dicho que habías pasado la otra noche con ella? ¿Que estaba muy enferma? ¿Era o
no era tu madre?»
Carcajadas y más
carcajadas.
«Entonces, ¿tal vez
fuera tu madrastra?»
«Te refieres a mi tía.»
«Entonces, tu tía, si
ésa es tu madre.»
Más risas.
«No podía ser mi tía
porque sabe que estoy casada contigo. Probablemente fuera una vecina. O tal vez
mi hermana. Sería muy propio de ella hablar así.»
«Pero, ¿por qué iban a
querer engañarme?»
«Porque eras un
extraño. Si hubieses dicho que eras mi marido, en lugar de hacerte pasar por
otra persona, podrían haberte dicho la verdad.»
«No me pareció que tu
tía —o tu hermana, como tú dices— estuviera haciendo teatro. Me pareció muy
sincero.»
«Tú no las conoces.»
«¡Me cago en la leche
puta! Entonces tal vez sea hora de que las conozca.»
De repente, se puso
seria, muy seria.
«Sí», continué, «estoy
pensando en acudir una noche allí y presentarme.»
Ahora estaba enfadada.
«Si alguna vez haces una cosa así, Val, no volveré a hablarte nunca. Huiré, eso
es lo que haré.»
«¿Quieres decir que no
deseas que conozca nunca a tu familia?»
«Exactamente. ¡Nunca!»
«Pero eso es infantil e
irracional. Aunque me hayas contado algunas mentiras sobre tu familia...»
«Nunca he reconocido
nada por el estilo», me interrumpió.
«Vamos, vamos, no
hables así. Sabes perfectamente que ésa es la única razón por la que no quieres
que los conozca.» Guardé un silencio significativo y después dije: «O tal vez
temas que conozca a tu madre auténtica...»
Ahora estaba más
enfadada que nunca, pero la palabra madre la hizo reír de nuevo.
«No vas a creerme,
¿verdad? Muy bien, te llevaré allí yo misma. Te lo prometo.»
«Eso no serviría de
nada. Te conozco demasiado bien. Habrías preparado el escenario de antemano.
No, señor, si voy, iré solo.»
«Val, te aviso... si te
atreves a hacerlo...»
La interrumpí. «Si me
atrevo, no te enterarás.»
«Peor, entonces»,
respondió. «Nunca podrías hacerlo sin que me enterara tarde o temprano.»
Estaba recorriendo la
habitación de arriba abajo, dando caladas nerviosas al cigarrillo que le
colgaba de los labios. Me pareció que se estaba poniendo frenética.
«Mira», dije
finalmente, «olvídalo. Yo...»
Guardé silencio unos
momentos.
Se puso de rodillas a
mi lado y me miró implorante.
«Muy bien», dije, como
a regañadientes. «Te lo prometo.»
Naturalmente, no tenía
la menor intención de mantener mi palabra. En realidad, estaba más decidido que
nunca a llegar hasta el fondo del misterio. Sin embargo, no había necesidad de
apresurarse. Tenía la sensación de que cuando llegara el momento oportuno, me
encontraría cara a cara con su madre... y sería su madre auténtica.
XVII
Y ahora, para terminar,
no puedo por menos de nombrar una vez más a aquellos a quienes debo
prácticamente todo: Goethe y Nietzsche. Goethe me dio el método, Nietzsche la
facultad de poner todo en cuestión. Y si tuviera que reducir a una fórmula mi
relación con este último, diría que he convertido su ‘perspectiva’ (Ausblick)
en ‘resumen’ (Uberblick). Pero Goethe era, sin saberlo, discípulo de Leibnitz
en todo su modo de pensar. Y, en consecuencia, lo que por fin (y para mi
asombro) ha tomado forma en mis manos puedo considerarlo y, a pesar de la
miseria y hastío de estos años, sentirme orgulloso de llamarlo una filosofía
alemana.» (Blankenburg am Harz, diciembre de 1922.)
Estas líneas del
prefacio a La decadencia de Occidente iban a obsesionarme durante muchos años.
Resulta que me ha dado por leer este libro durante las encantadoras vigilias
que han comenzado. Todas las noches después de cenar vuelvo a la habitación, me
pongo cómodo y después me dedico a roer ese inmenso tomo en que se despliega el
panorama del destino humano. Soy plenamente consciente de que el estudio de
esta gran obra representa otro acontecimiento trascendental en mi vida. Para mí
no es una filosofía de la historia ni una creación «morfológica», sino un poema
del mundo. Lenta, atentamente, saboreando cada bocado mientras lo mastico,
ahondo cada vez más profundamente. Me sumerjo en él. Con frecuencia interrumpo
el asedio para ponerme a pasear arriba y abajo, arriba y abajo. A veces me
encuentro sentado en la cama, mirando a la pared. Miro derecho a través de la
pared: miro en lo profundo de un pasado que está vivo y es insondable. En
ocasiones una línea o una frase me produce tal efecto, que me veo obligado
asalir del nido, a lanzarme de cabeza a la calle, donde vago como un sonámbulo.
De vez en cuando me encuentro en el restaurante de Joe en Borough Hall,
pidiendo una comida; a cada bocado parece que me trago otra gran época del
pasado. Inconscientemente alimento el horno con el fin de prepararme para otra
lucha con el omnívoro. Que yo sea del barrio de Brooklyn, uno de los nativos,
parece absurdo. ¿Cómo puede un simple muchacho de Brooklyn absorber todo eso?
¿Dónde está su pasaporte para los distantes reinos de la ciencia, la filosofía,
la historia, etcétera? Todo lo que ese muchacho de Brooklyn sabe lo ha
adquirido por osmosis. Soy el chaval que detestaba estudiar. Soy el tipo
encantador que rechazaba firmemente todos los sistemas de pensamiento. Como un corcho
arrojado de un lado para otro en un mar airado sigo a ese monstruo morfológico.
Me desconcierta que pueda seguirlo incluso a distancia. ¿Estoy siguiendo o me
está tragando un torbellino? ¿Qué es lo que me capacita para leer con
comprensión y deleite? ¿De dónde proceden la formación, la disciplina, la
percepción que exige ese monstruo? Su pensamiento es música para mis oídos;
reconozco todas las melodías ocultas. A pesar de que estoy leyéndolo en inglés,
es como si estuviera leyéndolo en la lengua en que lo escribió. Su vehículo es
la lengua alemana, que creía haber olvidado. Pero veo que no he olvidado nada,
ni siquiera los programas de estudios que en tiempos me proponía seguir, pero
no lo hice.
¡De Nietzsche la
facultad de poner todo en cuestión! Esa corta frase me hace bailar...
Nada inspira tanto a
alguien que intente escribir como dar con un pensador, un pensador que sea
también un poeta, un pensador que busque el alma que anima las cosas. Vuelvo a
verme como un simple joven, pidiendo al bibliotecario, o a veces al ministro, que
me preste ciertas obras difíciles: «profundas», como las llamaba yo entonces.
Veo la mirada de asombro en sus caras, cuando menciono los títulos de esos
libros tremendos. Y entonces la inevitable pregunta: «Pero, ¿por qué quiere
esos libros?», a lo que siempre respondía: «¿Y por qué no había de querer esos
libros?» Que fuera demasiado joven, que no hubiese leído bastante como para
enfrentarme a esas obras, no significaba nada para mí. Tenía el privilegio de
leer lo que quisiera y cuando quisiese. ¿Acaso no era un americano nativo, un
ciudadano libre? ¿Qué importaba la edad? Sin embargo, más adelante tuve que
reconocer en secreto que no entendía de qué trataban aquellas obras
«profundas». O, mejor, entendía que no deseaba los «abcesos» que acompañaban al
saber que encerraban. ¡Cómo anhelaba llegar a resolver los misterios! Deseaba
todo lo que tenía alma y significado. Pero también exigía que el estilo del
autor estuviera a la altura del misterio que estaba elucidando. ¿Cuántos libros
poseen esa cualidad? Conocí mi Waterloo en el propio umbral de la vida.
Conservé mi ignorancia, soñando con que era felicidad.
¡La facultad de ponerlo
todo en cuestión! Esa nunca la abandoné. Como es sabido, la costumbre de
ponerlo todo en cuestión te conduce a convertirte en un sabio o en un
escéptico. También conduce a la locura. Sin embargo, su virtud auténtica radica
en que te hace pensar por ti solo, te hace volver a la fuente.
¿Era tan extraño que al
leer a Spengler empezara a apreciar de nuevo cuán maravillosos pensadores
éramos de niños? Teniendo en cuenta nuestra edad y nuestra limitada experiencia
de la vida, aun así conseguíamos plantearnos unos a otros las cuestiones más
profundas y esenciales. Además, las abordábamos con valor, con todo nuestro
ser. Años de escuela destruyeron el arte. Como chimpancés, aprendimos a hacer
sólo las preguntas adecuadas: aquellas a que los profesores podían dar
respuesta. Sobre esa clase de trampa es sobre la que se alza toda la estructura
social. «¡La universidad de la vida!» Sólo los desesperados escogen ese
programa de estudios. Hasta el artista está propenso a descarriarse, porque
también se ve obligado, tarde o temprano, a observar qué es lo que más le
conviene.
¡La decadencia de
Occidente! Nunca podré olvidar el estremecimiento que recorrió mi espina
dorsal, cuando oí por primera vez ese título. Era como Iván Karamazov diciendo:
«Quiero ir a Europa. Sé que sólo voy a ir a un cementerio, pero va a ser al
cementerio más querido.»
Hacía años que sabía
que estaba participando en una decadencia general. Todos lo sabíamos, todos lo
sentíamos, sólo que algunos conseguían olvidarlo más deprisa que otros. Lo que
no habíamos entendido tan claramente, la mayoría de nosotros, era que formábamos
parte de ese mismo «Occidente», que Occidente abarcaba no sólo Europa, sino
también América del Norte. Para nosotros América había sido siempre un lugar
arriesgado: un día caliente, otro día frío, un día estéril, otro día fértil. En
resumen, según la suerte, o bien todo era mirra e incienso o bien estiércol de
caballo sin diluir. No teníamos la costumbre de pensar en función del destino
histórico. Sólo hacía unos años que había empezado nuestra historia... y lo que
abarcaba era insulso y aburrido. Cuando digo «nosotros», me refiero a los
niños, a los chavales, a los jóvenes que estábamos intentando hacer crecer
pantalones largos bajo nuestras camisas. Niños mimados, todos, y si teníamos un
destino era el de llegar a ser vendedores de primera, dependientes de estancos
o directores de una cadena de almacenes. Los impetuosos se incorporaban al
ejército o a la marina. Los incorregibles acababan a la sombra en Dannemora o
Sing Sing. Nadie se imagina a sí mismo de ingeniero, fontanero, albañil,
carpintero, granjero o leñador laborioso. Se podía ser conductor de tranvía un
día y agente de seguros el día siguiente. Y mañana o pasado mañana podías
despertarte y encontrarte de concejal. ¿Orden, disciplina, decisión, objetivo,
destino? Términos desconocidos. América era un país libre, y nada de lo que
hicieras podía arruinarlo... nunca. Esa era nuestra visión del mundo. En cuanto
a una «Uberlick», eso conducía al manicomio. «¿Qué estás leyendo, Henry?» Si
enseñaba el libro a quien me preguntaba, seguro que decía: «Te vas a volver
loco leyendo esa basura» Por cierto, que esa «basura» solía ser lo más escogido
de la literatura universal. Daba igual. Para «ellos» o «nosotros», semejantes
libros eran de origen prehistórico. No, nadie pensaba consciente y
deliberadamente en función de una decadencia del mundo. Aun así, la decadencia
era real, y nos estaba socavando. Se revelaba de formas insospechadas. Por
ejemplo, nada valía la pena de que te apasionaras. Nada. O bien un trabajo era
tan bueno como otro, un hombre igual a otro. Y cosas así. Disparates,
naturalmente.
Nietzsche, mi primer
gran amor, no me había parecido demasiado alemán. Ni siquiera parecía polaco.
Era como una moneda recién acuñada. Pero Spengler me pareció inmediatamente
alemán hasta la médula. Cuanto más abstruso e intrincado su lenguaje, con mayor
facilidad lo seguía. Un lenguaje prenatal, el suyo. Una canción de cuna. Lo que
se llama erróneamente su «pesimismo» no me parecía sino frío realismo
teutónico. Los teutones han estado entonando el canto del cisne desde que
entraron en las filas de la historia. Siempre han confundido la verdad con la
muerte. Seamos sinceros. En toda la metafísica de Europa, ¿ha existido alguna
vez una verdad que no fuera esa triste verdad alemana que, por supuesto, es una
mentira? De repente, gracias a ese maestro histórico, descubrimos que la verdad
de la muerte no tiene por qué ser triste, sobre todo cuando, como ocurre, todo
el mundo civilizado forma ya parte de ella. De pronto se nos pide que
examinemos las profundidades de la tumba con el mismo fervor y alegría con que
saludamos a la vida por primera vez.
«Alies V ergangliche
ist nur ein Gleichnis.it
Por más que lo
intentaba, nunca podía terminar un capítulo sin ceder a la tentación de echar
una ojeada a los capítulos siguientes. Los títulos de esos capítulos me
obsesionaban. Eran fascinantes. Pertenecían a un grimoire más que a una
filosofía de la historia. «El alma mágica», «El desnudo y el retrato», «De la
forma del alma», «Fisiognómica y sistemática», «Pseudomorfosis históricas»... Y
el último capítulo de todos, ¿qué podía ser sino «EL DINERO»? ¿Había escrito
nunca alguien sobre el dinero con ese lenguaje fascinante? El misterio moderno:
EL DINERO.
De «El sentido de los
números» a «El dinero»... mil páginas grandes y densas, escritas en tres años.
Una bomba que no llegó a explotar porque otra bomba (la primera guerra mundial)
había hecho saltar la espoleta.
¡Y qué notas a pie de
página! Desde luego, a los alemanes les encantan las notas a pie de página. ¿No
era por la misma época cuando Otto Rank, uno de los doce discípulos de Freud,
estaba añadiendo sus fascinantes notas a pie de página a sus estudios sobre «El
motivo del incesto», «Don Juan», «El arte y el artista»?
El caso es que desde
las notas a pie de página hasta el índice al final del libro... era como un
viaje de La Meca a Lhasa, a pie. O de Delfos a Timbuctú, y vuelta otra vei.
Además, ¿quién sino Spengler habría agrupado a figuras como Pitágoras, Mahoma y
Cromwell? ¿Quién sino ese hombre habría buscado homologías en el budismo, el
estoicismo y el socialismo? ¿Quién se había atrevido a hablar del glorioso
Renacimiento como de un «contretemps»?
Caminando por las
calles, con la cabeza dándome vueltas con todas las referencias deslumbrantes,
me pongo a pensar en períodos semejantes, períodos del pasado lejano, parece
ahora, en que estaba completamente absorbido por los libros. Sobre todo me
viene el recuerdo de un período. Es aquel en que conocí por primera vez a Maxie
Schnadig. Ahí está, arreglando el escaparate de una mercería no lejos de
Kosciusko Street, donde vivía. ¡Hola, Dostoyevsky! ¡Hurral De acá para allá por
las nieves invernales... con Dostoyevsky, Pushkin, Tolstoy, Andreyev, Chejov,
Artzibashev... ¡Y Oblomov! Un nuevo calendario para mí. Nuevos amigos, nuevas
perspectivas, nuevas penas. Uno de esos nuevos amigos resulta ser un primo de
Maxie. Es un hombre mucho más mayor que nosotros, médico procedente de
Novgorod. Es decir, un judío ruso, pero ruso de todos modos. Y como se aburre
con la vida familiar, nos propone que formemos un grupo de estudio, los tres,
para pasar las noches. ¿Y qué escogemos para estudiar? La sociología de Lester
F. Ward. Pero Lester F. Ward sólo es un trampolín para el buen doctor. Salta
literalmente a los temas que representan los eslabones perdidos en nuestro
lamentable esquema de conocimientos: magia, símbolos, herbología, formas
cristalinas, los profetas del Antiguo Testamento, Karl Marx, la técnica de la
revolución, etcétera. Un samovar siempre hirviendo, bocadillos sabrosos,
arenques ahumados, caviar, tés finos. Un esqueleto colgando de la araña. Se
alegra de que conozcamos a los autores teatrales y novelistas rusos, le encanta
que hayamos leído a Kropotkin y Bakunin, pero... ¿conocemos los auténticos
filósofos y pensadores eslavos? Suelta una lista de nombres que nos son
totalmente desconocidos. Nos da a entender que en toda Europa no hubo nunca
pensadores tan audaces como los rusos. Según él, todos eran visionarios y
utopistas. Hombres que ponían todo en cuestión. Revolucionarios todos ellos,
hasta los reaccionarios. Algunos habían sido padres de la Iglesia, otros
pensadores, otros criminales, otros auténticos santos. Pero todos se habían
esforzado por formular un nuevo mundo, por introducir una nueva forma de vida.
«Y si consultáis la Enciclopedia Británica», recuerdo que decía, «no
descubriréis nada sobre ellos. Ni siquiera los menciona.» Recalcaba que por lo
que aquellos rusos se esforzaban no era por la creación de una vida cultural
rica sino por «la vida perfecta». Disertaba por extenso sobre la gran riqueza
de la lengua rusa, sobre lo superior que era hasta a la lengua de los
isabelinos. Nos leía a Pushkin en voz alta en su propia lengua, después
arrojaba el libro dando un suspiro y exclamaba: «¿Para qué sirve? Ahora estamos
en América. Un kindergarten.» El escenario americano lo aburría, lo aburría
sobre manera. Sus pacientes eran casi todos judíos, pero judíos americanos, y
tenía poco en común con ellos. Para él América significaba apatía. Echaba de
menos las conversaciones sobre la revolución. A decir verdad, creo que también
echaba de menos los horrores del pogrom. Tenía la impresión de estar pudriéndose
en la tumba vacía de la democracia. «Un día tenéis que preguntarme por
Fedorov», observó en cierta ocasión. Pero nunca llegó tan lejos. Nos quedamos
empantanados en la sociología de Lester F. Ward. Maxie Schnadig no lo pudo
resistir. El pobre Maxie ya estaba envenenado por el virus americano. Quería ir
a patinar sobre el hielo, quería jugar a balonmano, tenis, golf. Así, que, al
cabo de unos meses el grupo de estudio se disolvió. Nunca he vuelto a oír citar
a Lester F. Ward, ni una sola vez. Ni he vuelto a ver un ejemplar de su gran
obra. Como compensación, tal vez, me puse a leer a Herbert Spencer. ¡Más
sociología! Después un día me tropecé con su Autobiografía, y la devoré. Esa
era una inteligencia de verdad. Coja, pero que alcanzaba su objetivo. Una inteligencia
que vivía sola en una meseta árida. Ni una alusión a Rusia, ni a la revolución,
ni al marqués de Sade. Ni una alusión a otra cosa que problemas. «El cerebro
dirige, porque el alma abdica.»
«En cuanto la vida se
fatiga», dice Spengler, «en cuanto el hombre se ve trasplantado al suelo
artificial de las grandes ciudades —que son mundos intelectuales en sí mismas—
y necesita una teoría en que presentarse la vida a sí mismo adecuadamente, la
moral se convierte en un problema.»
Hay frases, oraciones,
a veces párrafos enteros de La decadencia de Occidente que parecen estar
grabados en mi sesera. La primera lectura fue profunda. Desde entonces lo he
leído y releído, y he copiado y vuelto a copiar los pasajes que me obsesionan.
Aquí ofrezco algunos al azar, tan imborrables como las letras del alfabeto...
«Extraer de la maraña
de los acontecimientos mundiales un milenio de historia cultural orgánica como
entidad y persona y comprender las condiciones de su espiritualidad recóndita:
tal es el propósito.»
«Sólo la visión que
puede penetrar en lo metafísico es capaz de descubrir en las fechas símbolos de
los hechos y elevar así un suceso a la categoría de destino. Y aquel que es en
sí mismo un destino (como Napoleón) no necesita esa visión, puesto que entre él
como hecho y los otros hechos hay una armonía de ritmo metafísico que da a sus
decisiones la certidumbre de un sueño.»
«Mirar el mundo no ya
desde las alturas como Esquilo, Platón, Dante y Goethe, sino desde el punto de
vista de las realidades opresivas es cambiar la perspectiva del ave por la de
la rana.»
«El espíritu clásico,
con sus oráculos y augurios, sólo quiere conocer el futuro, pero el occidental
quiere darle forma. El ideal germánico es el tercer reino. De Joachim de Floris
a Nietzsche e Ibsen... todos los grandes hombres han vinculado su vida a un
mañana eterno. La vida de Alejandro fue un paroxismo portentoso, un sueño que
hizo salir de la tumba la era homérica. La vida de Napoleón fue una lucha
gigantesca, no por sí mismo ni por Francia, sino por el futuro.»
«Desde el punto de
vista elevado y lejano importa muy poco qué ‘verdades’ hayan conseguido
formular los pensadores en palabras dentro de sus escuelas respectivas, porque,
en ésta como en las demás artes grandes, los elementos básicos son las
escuelas, las convenciones y el repertorio de formas. Infinitamente más
importantes que las respuestas son las preguntas: su elección, su forma
interna...»
«Con el nombre aparece
una nueva visión del mundo... El nombre roza tanto el significado de la
conciencia como la fuente del miedo. El mundo no existe simplemente, se siente
un secreto en él... El hombre nombra lo enigmático. El animal no es el que no
conoce enigmas... Con el nombre se ha dado un paso de lo físico cotidiano del
animal a lo metafísico del hombre. Fue el hito más grandioso de la historia del
alma humana.»
«Un sistema de
pensamiento auténtico no puede existir, categóricamente, pues ningún signo
puede substituir a la realidad. Los pensadores profundos y sinceros siempre
llegan a la conclusión de que todo conocimiento se ve condicionado a priori por
su propia forma y nunca puede llegar a lo que las palabras significan... Y ese
igttorabimus concuerda también con la intuición de todos los sabios auténticos
de que los principios abstractos de la vida sólo son aceptables como figuras de
dicción, máximas trilladas de uso cotidiano bajo las cuales la vida sigue su
curso, como lo ha hecho siempre. En última instancia, la raza es más fuerte que
las lenguas, y por eso, bajo todos los grandes nombres, han sido los
pensadores, que son personalidades, y no los sistemas, que son mutables, los
que han ejercido una influencia sobre la vida.»
«Gracias a la máquina,
la vida humana se vuelve preciosa. El trabajo se convierte en la gran palabra
del pensamiento ético: en el siglo XVIII pierde su connotación peyorativa en
todas las lenguas. La máquina trabaja y obliga al hombre a cooperar. Toda la
cultura alcanza tal grado de actividad, que la tierra tiembla bajo ella... Y
esas máquinas adquieren forma cada vez menos humana, más ascética, más mística,
esotérica... El hombre ha considerado la máquina diabólica, y con razón. Para
el creyente, significa el destronamiento de Dios. Entrega al hombre la sagrada
causalidad y éste, con una especie de omnisciencia profética, la pone en
movimiento...»
«Un poder sólo puede
ser derrocado por otro poder, no por un principio, y no queda otro poder que
pueda enfrentarse al dinero. Sólo la sangre puede derrocar y suprimir el
dinero. La vida es el alfa y omega, el flujo cósmico en forma microcósmica. Es
la realidad del mundo histórico... Siempre en la historia es la vida y sólo la
vida —la raza, el triunfo de la voluntad de poder— y no la victoria de las
verdades, de los descubrimientos o del dinero lo que cuenta. La historia
universal es el tribunal universal, y siempre ha decidido en favor de la vida
más fuerte, más plena, y más segura de sí misma, es decir, que le ha concedido
siempre el derecho a existir, independientemente de que sus títulos fueran
válidos o no ante el tribunal de la conciencia. Siempre ha sacrificado la
verdad y la justicia ante la fuerza y la raza, y ha condenado a muerte a
hombres y pueblos para quienes la verdad era más importante que los actos y la
justicia más que el poder. Y, así, el drama de una alta cultura —ese
maravilloso mundo de deidades, artes, pensamientos, batallas, ciudades— se
cierra con el regreso de los hechos primordiales de la sangre eterna, que es
idéntica al eterno flujo cósmico y cíclico...»
«Sin embargo, para
nosotros a quienes un destino ha colocado en esta cultura y en este momento de
su desarrollo —el momento en que el dinero está celebrando sus últimas
victorias y el cesarismo, su heredero, se acerca a paso firme y tranquilo—, la
dirección, deseada y obligatoria a un tiempo, queda encauzada dentro de límites
estrechos, y sin ella la vida no vale la pena. No tenemos libertad para
conseguir esto o lo otro, sólo la libertad para hacer lo necesario o no hacer
nada...»
«Lo que de verdad
cuenta no es que un individuo o un pueblo esté ‘en buenas condiciones’, bien
alimentado y productivo, sino para qué lo está... Sólo con el advenimiento de
la civilización, cuando decae el mundo de las formas, aparecen desnudos e
insistentes los contornos del mero vivir: es el momento en que ya no se siente
vergüenza al hacer la trivial afirmación de que las fuerzas impulsoras de la
vida son ‘el hambre y el amor’, en que el sentido de la vida ya no es la
voluntad de poder, sino ‘la felicidad para el mayor número’, el placer y la
comodidad, 'panem et circenses’, y en que la gran política se ve substituida
por la política económica como un fin en sí misma...»
Podría seguir citando y
citando, como he hecho mil veces... hasta que se acumulara todo un manual.
¡Casi veinticinco años desde que lo leí por primera vez! Y sigue conservando su
magia. Para quienes se jactan de estar siempre en vanguardia, todo lo que he
citado, así como lo que se encuentra entre las citas, es ahora algo
«anticuado». ¿Qué importa? Para mí Oswald Spengler sigue vivito y coleando. Me
enriqueció y me edificó. Como Nietzsche, Dostoyevsky, Elie Faure.
Tal vez haya algo de
prestidigitación por mi parte, puesto que soy capaz de poner en equilibrio
ponderables tan incompatibles como La decadencia de Occidente y el Tao te
ching. Uno está hecho de granito y pórfiro y pesa una tonelada; el otro es
ligero como una pluma v se me desliza por los dedos como el agua. En la
eternidad, donde se encuentran y tienen su ser, se compensan. Un exiliado como
Hermann Hesse entiende perfectamente ese tipo de prestidigitación. En el libro
titulado Siddharta presenta dos Budas, el conocido y desconocido. Cada uno de
ellos perfecto a su modo. Son opuestos... en el sentido de la sistemática y la
fisiognómica. No se destruyen mutuamente. Se encuentran y se separan. Buda es
uno de esos nombres que roza el significado de la conciencia». Los Budas
auténticos carecen de nombre. En resumen, lo conocido y lo desconocido se
compensan perfectamente. Los prestidigitadores lo entienden...
Ahora que lo pienso,
¡qué correspondencia extraordinaria había entre esa música del «Untergang» y mi
vida «subterránea»! También es extraño que virtualmente la única persona con la
que podía hablar entonces de Spengler fuera Osiecki. Debió de ser en el restaurante
de Joe, durante una de mis promenades nocturnes, donde volvimos a encontrarnos.
No había perdido aquella extraña sonrisa de gnomo... con todos los dientes
flojos y rechinando con mayor estruendo que nunca. Frente a la «realidad»
siempre estaba «descarriado». Pero podía asimilar la música de Spengler con la
misma facilidad y comprensión que la música de Dohnanyi, que lo apasionaba.
Para pasar las noches largas y tediosas, le había dado por leer en la cama. Se
había tragado todo lo relativo a los números, la ingeniería, la arquitectura,
en la obra de Spengler como si fuera comida pre- digerida. Y lo relativo al
dinero, debería añadir. Sobre ese tema tenía conocimientos misteriosos. ¡Es
extraño hasta qué punto desarrollan sus facultades los «ineptos»! Al escuchar a
Osiecki, solía pensar lo agradable que sería estar encerrado en el manicomio
con él... y con Oswald Spengler. ¡Qué maravillosas discusiones habríamos
sostenido! Fuera, en el mundo frío, toda esa música grandiosa se desperdiciaba.
Si los críticos y eruditos se interesaban por la visión de Spengler, no era en
absoluto del mismo modo que nosotros. Para ellos no era sino otro hueso que
roer. Un hueso más jugoso de lo habitual tal vez, pero aun así un hueso. Para
nosotros era la vida, el elixir de la vida. Nos emborrachábamos con él siempre
que nos reuníamos. Y, por supuesto, creamos nuestro mutuo lenguaje de signos
«morfológico». Entre nosotros podíamos abarcar enormes extensiones de
pensamiento en un dos por tres, gracias a aquel lenguaje cifrado. En cuanto un
extraño entraba en la discusión, nos empantanábamos. Para él nuestra charla no
sólo era ininteligible, sino también puro disparate. Con Mona creé otro tipo de
lenguaje. A fuerza de escuchar mis monólogos, no tardó en hacer suyos retazos brillantes,
toda la terminología «fantástica» (para ella): definiciones, significados y
«excreciones morfológicas», por decirlo así. Con frecuencia leía una o dos
páginas, mientras estaba sentada en el retrete. Justo lo suficiente para salir
con la boca llena de frases y referencias extravagantes. En resumen, había
aprendido a devolverme la pelota, lo que era agradable y (para mí) estimulante.
Lo único que necesitaba de un oyente, cuando estaba animado, era una apariencia
de comprensión. La larga práctica me había enseñado el arte de informar al
oyente sobre lo fundamental, de infundirle la actitud adecuada que me
permitiera derramarme sobre él como una fuente. Así, a un tiempo lo instruía o
informaba... y lo confundía. Cuando notaba que se sentía sobre terreno firme,
le quitaba el suelo que pisaba. (¿Acaso no trata el maestro zen de privar a su
discípulo de cualquier punto de apoyo que haya tenido... para proporcionarle
uno que no lo es en realidad?)
A Mona eso la
enfurecía. Naturalmente. Pero entonces yo tenía la oportunidad deliciosa de
reconciliar mis afirmaciones contradictorias; eso. significaba desarrollo,
elaboración, destilación, condensación. De ese modo llegaba a conclusiones
notables, no sólo sobre las máximas de Spengler, sino también sobre el
pensamiento en general, sobre el propio proceso del pensamiento. Me parecía que
sólo los chinos habían entendido y apreciado «el juego del pensamiento». A
pesar de la pasión que sentía por Spengler, la verdad de sus declaraciones
nunca me parecía tan importante como el maravilloso juego de su.pensamiento...
Hoy pienso que es una lástima que, como frontispicio de esa obra
extraordinaria, no aparezca reproducido el horóscopo del autor. Una clave de
ese tipo es absolutamente indispensable para entender el carácter y la
naturaleza de ese gigante intelectual. Cuando piensa uno en el significado con
que Spengler carga la frase «el hombre como nómada intelectual», empieza a
comprender que, al cumplir con su alta misión, estuvo próximo a ser un Moisés
moderno. ¡Cuánto más pavoroso es este desierto que nuestro «nómada intelectual»
se ve obligado a habitar! Sin Tierra Prometida a la vista. En el horizonte no
se ven sino símbolos vacíos.
Ese abismo que separa
al hombre del alba de los tiempos, que participaba místicamente, del hombre
contemporáneo, que es incapaz de comunicar si no es mediante el estéril
intelecto, sólo puede salvarlo un nuevo tipo de hombre, el hombre de la
conciencia cósmica. El sabio, el profeta, el visionario, todos ellos hablan en
términos apocalípticos. Desde los tiempos más remotos los «pocos» han tratado
de abrirse paso. Indudablemente, algunos se han abierto paso... y permanecerán
para siempre fuera de la ratonera.
Una morfología de la
historia, por válida, apasionante, estimulante que sea, no deja de ser una
ciencia de la muerte. A Spengler no le interesaba lo que queda más allá de la
historia. Yo soy. Los otros son. Aun cuando el nirvana no sólo sea una palabra,
es una palabra fecunda, contiene una promesa. Todavía puede desentrañarse ese
«secreto» que se encuentra oculto en el corazón del mundo. Hasta hace siglos se
declaró secreto «a voces».
Si la solución para la
vida es vivirla, entonces, ¡vivamos, vivamos con mayor plenitud! Los maestros
de la vida no se encuentran en los libros. No son figuras históricas. Están
situados en la eternidad, y nos exhortan sin cesar a unirnos a ellos, en la eternidad.
A mi lado, mientras
escribo esto, hay una fotografía arrancada de un libro, la foto de un sabio
chino desconocido que vive en la actualidad. O bien el fotógrafo no sabía quién
era o no quiso dar su nombre. Lo único que sabemos es que es de Pekín: ésa es
la única información que se nos ofrece. Cuando giro la cabeza para mirarlo, es
como si estuviera aquí mismo, en mi habitación. Está más vivo —hasta en
fotografía— que cualquier persona que yo conozca. No es simplemente «un hombre
espiritual»: es todo espíritu. Es el Espíritu en persona, podríamos decir. Todo
eso se concentra en su expresión. Su mirada es completamente alegre y luminosa.
Dice sin ambigüedad: «¡La vida es felicidad!»
¿Suponéis que, desde la
eminencia en que se encuentra —sereno, ligero como un pájaro, con una sabiduría
que todo lo abarca—, significaría algo para él una morfología de la historia?
En este caso no hay ni que pensar en cambiar la perspectiva del ave por la de
la rana. En este caso tenemos la perspectiva de un dios. Está «ahí» y su
posición es inalterable. En lugar de perspectiva tiene compasión. No predica la
sabiduría: esparce la luz.
¿Suponéis que es único?
Yo, no. Estoy convencido de que todo el mundo, y en los lugares más
insospechados (naturalmente), hay hombres —o dioses— como este ser radiante. No
son enigmáticos, son transparentes. No encierran el menor misterio: están al
descubierto, perpetuamente «a la vista». Si nosotros estamos separados de
ellos, es sólo porque podemos aceptar su divina sencillez. «Seres iluminados»,
decimos, pero nunca nos preguntamos con qué están iluminados. Estar inflamado
con el espíritu (que es vida), irradiar alegría inacabable, mantenerse sereno
por encima del caos del mundo y seguir formando parte del mundo, humano,
divinamente humano, más próximo que cualquier hermano: ¿cómo es que no
anhelamos estar así? ¿Existe algún papel mejor, más profundo, más rico, más
apremiante? Entonces, ¡gritadlo desde los tejados! Queremos saberlo. Y queremos
saberlo inmediatamente.
No necesito esperar
vuestra contestación. Veo la respuesta a mi alrededor. En realidad, no es una
respuesta: es una evasión. El ilustre que tengo al lado me mira a los ojos: no
le da miedo mirar de frente al mundo. Ni ha rechazado el mundo ni ha renunciado
a él: es parte de él, exactamente igual que de la piedra, el árbol, el animal,
la flor y la estrella son parte de él. En su ser es el mundo, lo máximo que
puede existir de él... Cuando miro a los que me rodean, sólo veo los perfiles
de rostros desviados. Intentan no mirar a la vida: es demasiado terrible o
demasiado horrible, demasiado esto o demasiado lo otro. Sólo ven el imponente
dragón de la vida, y se sienten impotentes ante el monstruo. ¡Si por lo menos
tuvieran valor para mirar de frente a las fauces del dragón!
En muchos sentidos lo
que se llama historia no me parece sino una manifestación de esa misma actitud
temerosa hacia la vida. Es posible que lo que llamamos «lo histórico» cesara de
existir, se borrase de la conciencia, una vez que realizáramos el simple movimiento
del soldado: «¡Vista al frente!» Peor que mirar hacia atrás al mundo es
lanzarle una mirada oblicua.
Cuando hablamos de los
hombres «que hacen la historia», queremos decir que en alguna medida han
alterado el curso de la vida. Pero el hombre que tengo al lado está por encima
de semejantes sueños ridículos. Sabe que el hombre no altera nada: ni siquiera su
propio yo. Sabe que el Hombre sólo puede hacer una cosa y que ése es su único
fin en la vida: ¡abrir los ojos del alma! Sí, el hombre tiene esa alternativa:
dejar que entre la luz o mantener los postigos cerrados. Al escoger, el hombre
actúa. Ese es su papel respecto a la creación.
Abrid bien los ojos y
se calmará la agitación. Y cuando se calma la agitación, entonces comienza la
auténtica música.
El dragón que lanza
fuego y humo por las ventanas de la nariz no hace otra cosa que expeler sus
temores. El dragón no monta guardia en el corazón del mundo: se mantiene en la
entrada de la cueva de la sabiduría. El dragón sólo tiene realidad en el mundo fantasmal
de la superstición.
El hombre desarraigado
y nostálgico de las grandes ciudades. ¡Qué páginas desgarradoras dedica
Spengler a la triste condición del «nómada intelectual»! Desarraigado, estéril,
escéptico, desalmado... y, para colmo, sin hogar y nostálgico. «Los hombres primitivos
pueden desprenderse del suelo y vagar, pero el nómada intelectual nunca puede.
Para el hombre de la gran ciudad la añoranza de un hogar es la peor de las
nostalgias. El hogar es para él cualquiera de esas ciudades gigantescas, pero
hasta la aldea más próxima es territorio extranjero. Preferiría morir sobre el
pavimento que regresar a la tierra.»
Permitidme decirlo
inequívocamente: después de una «lectura» nada del mundo de las realidades
tenía significado ni importancia para mí. Las noticias diarias eran tan remotas
como Sirio. Me encontraba en el centro mismo del proceso de transformación.
Todo era «muerte y transfiguración».
Sólo había un titular
que todavía podía excitarme, y era: ¡EL FIN DEL MUNDO ES INMINENTE! En esa
frase imaginaria nunca sentía una amenaza a mi mundo, sólo «al» mundo. Estaba
más próximo a Agustín que a Jerónimo. Pero todavía no había encontrado a mi Africa.
Mi refugio era un sofocante cuartito amueblado. A solas en él, experimentaba
una paz extraña. No era la «paz que supera la comprensión». ¡Ah, no! Era
intermitente, el augurio de una paz mayor y más duradera. Era la paz de un
hombre capaz de reconciliarse con la condición del mundo en el pensamiento. Aun
así, era un paso. El individuo culto raras veces supera esa etapa.
«La vida eterna no es
la vida más allá de la tumba, sino la auténtica vida espiritual», dijo un
filósofo. ¡Cuánto tiempo he tardado en entender el significado pleno de
semejante afirmación!... Todo un siglo del pensamiento ruso (el XIX) estuvo
preocupado con esa cuestión del «fin», del establecimiento en la tierra del
Reino de Dios. Pero en América del Norte era como si ese siglo, esos pensadores
y buscadores de la verdadera realidad de la vida, no hubiesen existido nunca.
Desde luego, de vez en cuando estallaba un cohete en medio de nosotros. De vez
en cuando recibíamos efectivamente un mensaje de una costa distante. Esos
acontecimientos se consideraban no sólo misteriosos, extraños, exóticos, sino
también ocultos. Esta última etiqueta significaba que ya no eran utilizables ni
aplicables a la vida cotidiana.
Leer a Spengler no era
precisamente un bálsamo. Era más que nada un ejercicio espiritual. La crítica
al pensamiento occidental subyacente a su esquema cíclico ejercía sobre mí el
mismo efecto que el que ejercen los koans sobre el discípulo del zen. Una y
otra vez llegaba a mi estado de satori peculiar y occidental. Una y otra vez
experimentaba esos relámpagos de iluminación que anuncian la penetración. Había
momentos penosísimos en que, como si el universo fuera un acordeón, era capaz
de verlo como una mo- tita infinitesimal o agrandarlo infinitamente, de modo
que sólo el ojo de Dios podía abarcarlo. Al mirar a una estrella desde mi
ventana, podía aumentarla diez mil veces; podía errar de estrella en estrella,
como un ángel, sin dejar en ningún momento de intentar captar el universo en
esas proporciones supertelescópicas. Entonces volvía a mi silla, me miraba a la
uña o, mejor, a un punto invisible de la uña, y veía en ella el universo que el
físico intenta crear a partir de la atómica red de la nada. Que el hombre
pudiera concebir la «nada» siempre me asombraba.
Hace mucho tiempo que
el mundo conceptual es el único mundo del hombre. Nombrar, definir, explicar...
Resultado: angustia incesante. Agrandar o contraer el universo ad infinitum: un
juego de salón. Jugar a ser dios en lugar de intentar ser como Dios. Endiosarse,
endiosarse... y al mismo tiempo no creer en nada. Jactarse de los milagros de
la ciencia y, aun así, considerar el mundo circundante pura mierda. ¡Espantosa
ambivalencia! Optar por los sistemas, nunca por el hombre. Negar a los
taumaturgos mediante los sistemas erigidos en su nombre.
En noches solitarias,
meditando sobre el problema —¡siempre uno sólo!—, veía claramente el mundo como
es, lo que es y por qué es como es. Era capaz de reconciliar la gracia con el
mal, el orden divino con la fealdad tan extendida, la creación imperecedera con
la pura esterilidad. Era capaz de sintonizar tan perfectamente, que un simple
céfiro me habría reducido a polvo. La aniquilación instantánea o la vida
perdurable: eran una y la misma cosa. Estaba equilibrado, con ambos platillos
tan contrapesados, que una molécula de aire los habría desnivelado.
De repente, una idea de
lo más graciosa derrumbaba el edificio. Una idea como ésta: «Por profundo que
sea nuestro conocimiento de la filosofía abstrusa, es como un cabello flotando
en la inmensidad del espacio.» Una idea japonesa, ésta. Con ella se producía un
regreso a un tipo de equilibrio más corriente. De vuelta al punto de apoyo más
frágil de todos: la tierra sólida. Esa tierra sólida que ahora reconocemos tan
vacía como el espacio.
«En Europa, yo, y sólo
yo, era libre con mi nostalgia de Rusia», dijo Dostoyevsky no recuerdo dónde.
Desde Europa, como un auténtico evangelista, difundió las buenas nuevas. Dentro
de cien, doscientos años, puede que se comprenda el significado pleno de esa
declaración. Entretanto, ¿qué hay que hacer? Pregunta que me hacía una y otra
vez.
En las primeras páginas
del capítulo titulado «Problemas de la cultura árabe», Spengler se extiende
sobre el aspecto escatológico de las afirmaciones de Jesucristo. Toda la
sección titulada «Pseudomorfosis históricas» es un himno al Apocalíptico. Se
inicia con un retrato delicado y lleno de simpatía de Jesucristo, frente al
mundo de su tiempo. «El elemento incomparable que elevó al cristianismo por
encima de todas las religiones de aquella rica primavera es la figura de
Jesús.» Así comienza esa sección. Según indica, en las afirmaciones de Jesús no
había observaciones sociológicas, problemas ni especulaciones. «Ninguna
religión ha transformado el mundo todavía, ningún hecho puede refutar un credo.
No hay un puente entre el curso de la historia y la existencia de un orden
mundial divino...»
A lo que sigue esto:
«La religión es metafísica y nada más: ‘Credo quia absurdum’. Y esa metafísica
no es la metafísica del conocimiento, del argumento, de la prueba (que es mera
filosofía o erudición), sino una metafísica vivida y experimentada, es decir,
lo inconcebible como certeza, lo sobrenatural como realidad, la vida como
existencia en un mundo irreal pero verdadero. Jesús no vivió ni un momento en
otro mundo que ése. No fue un moralista, y ver en el moralismo el objeto final
de la religión es ignorar lo que la religión es... Su enseñanza fue la
proclamación, y no otra cosa que la proclamación, de esas postrimerías cuyas
imágenes lo llenaban constantemente: el alba de una nueva era, la llegada de
los enviados divinos, el Juicio Final, un nuevo cielo y una nueva tierra. Nunca
hubo otra concepción de la religión en Jesús ni en ningún otro período
verdaderamente profundo de la historia... ‘Mi reino no es de este mundo’, y
sólo quien pueda mirar las profundidades que ese relámpago ilumina puede
comprender las voces que surgen de él.»
En ese punto es en el
que Spengler expresa su desprecio hacia Tolstoy, quien «elevó el cristianismo
primitivo a la categoría de revolución social». Ahí es donde hace una alusión
precisa a Dostoyevsky, que «nunca pensó en mejoras sociales». (¿Qué ganaría el
alma de un hombre con la abolición de la propiedad?)
Dostoyevsky y su
«libertad»...
¿Acaso no fue en la
misma época de Tolstoy y Dostoyevsky cuando otro ruso preguntó: ‘¿Por qué es
estúpido creer en el Reino de los Cielos e inteligente creer en una Utopía
terrenal?’»
Tal vez la respuesta a
ese enigma la diera Belinsky involuntariamente, cuando dijo: «La suerte del
sujeto, del individuo, de la persona es más importante que la suerte del mundo
entero y que el bienestar del emperador chino.»
En cualquier caso, fue
precisamente Fedorov quien observó con calma: «Cada persona es responsable del
mundo entero y de todos los hombres.»
¡Un período extraño y
apasionante en «la tierra de los milagros sagrados» diecinueve siglos después
del nacimiento y la muerte de Jesucristo! Un hombre escribe La apología de un
loco; otro escribe un Catecismo revolucionario; otro, La metafísica del sexo.
Cada uno de ellos es una revolución en sí mismo. De una figura leo que «fue
conservador, místico, anarquista, ortodoxo, ocultista, patriota, comunista... y
acabó su vida en Roma como católico y fascista». ¿Es un período de
«pseudomorfosis histórica»? Desde luego, es apocalíptico.
Mi desgracia, hablando
metafisicamente, es que no nací en la época de Jesús ni en la santa Rusia del
siglo XIX. Nací en la megalópolis y en la fase final de una gran conjunción
planetaria. Pero aun en el suburbio de Brooklyn, cuando llegué a mayor de edad,
podía uno sentirse agitado por las repercusiones del fermento eslavo. Se había
«librado y ganado» (¡sic!) una gran guerra mundial. La segunda estaba en
preparación. En esa misma Rusia de la que hablo Spengler tuvo un precursor al
que raras veces encontraréis citado ni siquiera hoy. ¡Hasta Nietzsche tuvo un
precursor ruso!
¿No fue Spengler quien
dijo que la Rusia de Dostoyevsky acabaría triunfando? ¿Acaso no predijo que de
ese suelo en sazón brotaría una nueva religión? ¿Quién cree eso hoy?
También se ha «librado
y ganado» (!!!) la segunda guerra mundial y todavía parece lejano el Día del
Juicio. Las grandes autobiografías, disfrazadas de una forma o de otra, revelan
la vida de una época, sí, de una civilización. Es casi como si nuestras figuras
heroicas hubieran erigido sus propias tumbas, las hubiesen descrito
detalladamente, y después se hubieran enterrado en sus creaciones funerarias.
El paisaje heráldico ha desaparecido. El aire pertenece a los gigantescos
pájaros de la destrucción. Pronto las aguas se verán surcadas por Leviatanes
más terribles que los descritos en el gran libro. La tensión aumenta, aumenta,
aumenta. Hasta en las aldeas los habitantes se vuelven cada vez más, en
sentimiento y espíritu, como las bombas que se ven obligados a fabricar.
Pero la historia no
acabará ni siquiera cuando se produzca la gran explosión. A la vida histórica
del hombre le queda todavía un gran trecho por recorrer. No es necesario un
metafísico para llegar a esa conclusión. Sentado en aquel agujerito de Brooklyn
hace veinticinco años más o menos sentía el pulso de la historia latiendo hasta
época tan avanzada como la 32.ª Dinastía de Nuestro Señor. No obstante, siento
inmenso agradecimiento hacia Oswald Spengler por haber realizado esa extraña
proeza: describir hasta el último detalle nuestra impía atmósfera de
arterioesclerosis y al mismo tiempo hacer añicos todo el rígido mundo de ideas
que nos rodea, con lo que nos liberó... por lo menos en el pensamiento. En
todas las páginas, virtualmente, hay un asalto a los dogmas, convenciones,
supersticiones y modo de pensar que han caracterizado los últimos centenares de
años de «modernidad». Teorías y sistemas se derrumban por todos lados como
bolos. Todo el paisaje conceptual del mundo moderno está devastado. Lo que surge
no son las ruinas eruditas del pasado sino mundos recién recreados en que puede
uno «participar» con sus antepasados, vivir de nuevo la Primavera, el Otoño, el
Verano y hasta el Invierno de la historia del hombre. En lugar de tropezar con
depósitos glaciales, nos vemos arrastrados por una corriente de savia y sangre.
Hasta el firmamento se reorganiza. Es el triunfo de Spengler: haber conseguido
que el Pasado y el Futuro vivan en el Presente. Volvemos a estar en el centro
del universo, calentados por fuegos solares, y no en la periferia luchando
contra el vértigo, luchando contra el miedo al abismo incalificable.
¿Importa tanto que
seamos hombres del final y no del comienzo? No, si comprendemos que somos parte
de algo en proceso eterno, en ebullición eterna. Indudablemente, nos queda por
aprehender algo más consolador, si persistimos en la búsqueda. Pero aun aquí,
en el umbral, el paisaje cambiante adquiere una belleza más fecunda.
Vislumbramos una pauta que no es un molde. Volvemos a aprender que el proceso
de la muerte tiene que ver con hombres vivos, no con cadáveres en diferentes
grados de descomposición. La muerte es un «contra-símbolo». La vida lo es todo,
aun en los períodos finales. En ninguna parte hay indicio alguno de que la vida
llegue a detenerse.
Sí, fui un hombre
afortunado por haber encontrado a Oswald Spengler en aquel momento concreto del
tiempo. Parece que en todos los períodos cruciales de mi vida he tropezado con
el autor que necesitaba para sostenerme. Nietzsche, Dostoyevsky, Elie Faure, Spengler:
¡qué cuarteto! Hubo otros, naturalmente, pero nunca poseyeron del todo la
amplitud, la grandeza de esos cuatro. ¡Los cuatro jinetes de mi Apocalipsis
particular! Cada uno de ellos expresó plenamente su cualidad excepcional:
Nietzsche, el iconoclasta; Dostoyevsky, el gran inquisidor; Faure, el mago;
Spengler, el constructor de esquemas. ¡Qué cimientos!
En los días futuros,
cuando parezca que estoy enterrado, cuando el propio firmamento amenace con
derrumbarse sobre mi cabeza, me veré obligado a abandonarlo todo excepto lo que
esos espíritus me inculcaron. Me veré aplastado, degradado, humillado. Me sentiré
frustrado en cada una de las fibras de mi ser. Hasta me pondré a aullar como un
perro. Pero, ¡no llegaré a perderme del todo! Tarde o temprano amanecerá un día
en que, contemplando mi vida como si fuera un relato o una historia, pueda
descubrir en ella una forma, una pauta, un significado. Desde ese momento la
palabra «derrota» carece de sentido. Será imposible recaer.
Pues ese día me
convierto en mi creación y permanezco unido a ella.
Otro día, en tierra
extranjera, se presentará ante mí un joven que, consciente del cambio que se ha
producido en mí, me llamará «La Roca Feliz» . Ese es el apodo que ofreceré,
cuando el gran Cosmocrator pregunte: «¿Quién eres?»
Sí, sin lugar a dudas
responderé: «¡La Roca Feliz!»
Y si me preguntan:
«¿Has disfrutado con tu paso por la tierra?», responderé: «Mi vida ha sido una
larga crucifixión rosada y prometedora.»
En cuanto al
significado de esto, si no está ya claro, se aclarará. Si fracaso, no seré sino
el perro del hortelano.
Hubo un tiempo en que
pensé que me habían herido como a ningún hombre del mundo. Por sentirme así,
prometí escribir este libro. Pero mucho antes de que comenzara el libro, la
herida había curado. Como había jurado cumplir mi misión, volví a abrir la horrible
herida.
Permitidme decirlo de
otro modo... Tal vez al abrir la herida, mi propia herida, cerré otras heridas,
las heridas de otras personas. Algo muere, algo florece. Sufrir en la
ignorancia es horrible. Sufrir deliberadamente, para entender la naturaleza del
sufrimiento y abolirlo para siempre, es algo muy distinto. El Buda tuvo una
idea fija en la mente toda su vida, como sabemos. Era la de eliminar el
sufrimiento humano.
El sufrimiento es
innecesario. Pero hay que sufrir antes de poder comprender que lo es. Además,
sólo entonces resulta claro el significado auténtico del sufrimiento humano. En
el último momento desesperado —¡cuando no puedes sufrir más!—, ocurre algo de carácter
milagroso. La gran herida abierta por la que se derrumba la sangre de la vida
se cierra, el organismo florece como una rosa. Eres «libre» por fin, y no «con
nostalgia de Rusia», sino con el anhelo de cada vez mayor libertad, de cada vez
mayor felicidad. Lo que mantiene vivo el árbol de la vida no son las lágrimas,
sino la certidumbre de que la libertad es real y eterna.


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