© Libro N° 4050. Reflexiones Sobre La Muerte De
Mishima Y Sobre El Caso Maurizius.
Miller, Henry. Colección E.O. Agosto 5 de 2017.
Título
original: © Reflexiones Sobre La
Muerte De Mishima Y Sobre El Caso Maurizius. Henry Miller
Versión Original: © Reflexiones Sobre La Muerte
De Mishima Y Sobre El Caso Maurizius. Henry Miller
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REFLEXIONES SOBRE LA
MUERTE DE MISHIMA Y SOBRE EL CASO MAURIZIUS
HENRY MILLER
HENRY MILLER
Henry
Miller 1940.jpg
Henry Miller en 1940.
Nombre de nacimiento Henry Valentine Miller
Nacimiento 26 de diciembre de 1891
Nueva York
Defunción 7 de junio de 1980 (88 años)
Pacific Palisades, Los
Ángeles
Nacionalidad Flag of the United States.svg Estados Unidos
Ocupación escritor, pintor
Género Novela, autobiografía, ensayo
Cónyuge Beatrice Sylvas Wickens (1917-1928)
June Smith (1928-1934)
Janina Martha Lepska
(1944-1952)
Eve McClure (1953-1960)
Hiroko Tokuda (1967-1977)
Henry Valentine Miller (n.
Nueva York, 26 de diciembre de 1891 - m. Los Ángeles, California, 7 de junio de
1980) fue un novelista estadounidense.1 Su obra se compone de novelas
semiautobiográficas, en las que el tono crudo, sensual y sin tapujos suscitó una
serie de controversias en el seno de un Estados Unidos puritano que Miller
quiso estigmatizar denunciando la hipocresía moral de la sociedad
norteamericana, criticando de paso el devenir de la existencia humana,
desnudando su cinismo y múltiples contradicciones. Censurado por su estilo y
contenido provocativo y rebelde en relación a la creación literaria de su
época, sus obras influyeron notablemente en la llamada Generación Beat.
BIOGRAFÍA
La juventud de Miller fue
errática. Alternaba diversos trabajos con breves períodos de estudios en el
City College de Nueva York. En 1928 se casa con June Mansfield tras divorciarse
de su primera esposa, Beatrice Sylvas, con la que tuvo una hija.
En 1930, durante la Gran
Depresión, marcha a Francia, donde vive el estallido de la Segunda Guerra
Mundial. En esta época, Miller decide consagrarse totalmente a la literatura.
Sus primeros años de bohemia en París fueron miserables, tuvo que luchar contra
el frío y el hambre; se alimentaba con las comidas que le ofrecían y dormía,
cada noche, bajo un puente distinto. La suerte se presentará en la persona de
Richard Osborn, un abogado americano que le ofrece una habitación en su
apartamento. Cada mañana, Osborn, dejaba encima de la mesa de la cocina un
billete de 10 francos para que Miller lo gastara a su conveniencia. Conoce a
Anaïs Nin (de la que fue amante), a Brassaï y a Alfred Perlès, y empiezan sus
tanteos con el surrealismo.
En el otoño de 1931, Miller
obtiene su primer empleo como corrector de estilo en el periódico Chicago
Tribune, gracias a su amigo Alfred Perlès; ocasión que aprovecha para publicar
varios artículos que firmará con el nombre de "Perlés", dado que sólo
los miembros del equipo editorial podían editar sus escritos. Escribe, en ese
año,Trópico de cáncer, en la Villa Seurat de Montparnasse, que será publicado
gracias al apoyo de su amiga y amante, la también escritora Anaïs Nin, en
1934.2 Esta novela le supuso, en los EE.UU, un proceso por obscenidad, según
las leyes vigentes en esa época dictadas contra la pornografía. Esta novela
estuvo censurada, en su país, hasta el año 1961,2 y sólo pudo ingresar
clandestinamente con la portada de Jane Eyre, el clásico de Charlotte Brontë.
Miller prosigue su batalla
personal contra el puritanismo intentando liberar, desde un punto de vista
moral, social y legal, los tabúes sexuales existentes en la literatura
americana. Continúa escribiendo novelas, todas censuradas en los Estados Unidos
por obscenas. PublicaPrimavera negra (1936), y Trópico de Capricornio (1939),
que consiguen su difusión en los EE.UU pese a tener que ser vendidos
subrepticiamente, lo cual contribuye a forjar su reputación de escritor
underground.
Regresa a los Estados Unidos
en 1940 y se instala en el Big Sur (California), donde continúa produciendo una
literatura pujante, colorista y socialmente crítica. Escribe El coloso de
Marussi (1941), que versa sobre un viaje a Grecia, país que visitó invitado por
Lawrence Durrell; el libro más que una guía al uso es un monumento lírico a la
sensualidad mediterránea, una crítica brillante al modo de vida americano y un
alegato por la paz. Le siguieron La pesadilla del aire acondicionado (1945-47),
la trilogía La crucifixión rosa, compuesta por Sexus (1949), Plexus (1953), y
Nexus (1960). Escribió Las naranjas del Bosco en 1957; y el estudio literario,
El mundo de D.H. Lawrence en 1980.
Se le ha considerado,
incluso, un postmoderno. Sus trópicos, tachados de pornográficos, generaron una
gran polémica y fueron prohibidos en los paísesanglosajones. En 1964 la Corte
Suprema de los Estados Unidos anula, de la Corte de Estado, el juicio contra
Miller por obscenidad, lo que representa el nacimiento de lo que, más tarde,
será conocido con el nombre de revolución sexual.
Entre sus aficiones estaban
las de pianista amateur y pintor. Escribió libros sobre su pintura y tras su
muerte, sus acuarelas fueron trasladadas a dos museos: el Henry Miller Museum
of Art en la ciudad de Omachi Nagano (Japón) y el Henry Miller Art Museum en la
Coast Gallery de Big Sur.
Falleció a causa de
complicaciones circulatorias en Pacific Palisades, California. Sus restos
fueron incinerados y sus cenizas esparcidas sobre Big Sur.
OBRAS
Cartas a Anaïs Nin (esta
obra comprenden un período de 15 años, de 1931 a 1946), fecha de publicación
(en español, por Bruguera Amigo) 1981
Trópico de Cáncer, 1934
Primavera negra, 1936
Max y los fagocitos blancos,
1938
Trópico de Capricornio, 1939
El ojo cosmológico, 1939
El mundo del sexo, 1940
El coloso de Marussi, 1941
La sabiduría del corazón,
1941
Un domingo después de la
guerra, 1944
Pesadilla de aire
acondicionado, 1945
La sonrisa al pie de la
escala, 1948
Sexus, 1949
El tiempo de los asesinos,
1952
Días tranquilos en Clichy,
1956
Big Sur y las naranjas de
Hieronymus Bosch, 1960
Plexus, 1953
Nexus, 1960
Opus pistorum (póstumo),
1983
Querida Brenda (Cartas a
Brenda Venus) 1986
Noches de amor y alegría
(según Editorial Rueda (Arg) 1952)
Los libros en mi vida (según
Editorial Siglo Veinte (Buenos Aires), tiene fecha de impresión de 1963)
Reflexiones sobre la Muerte
de Mishima (publicado en the Weekly Post de Tokio, en 1971, después de la
muerte de Yukio Mishima)
Nueva York ida y vuelta
(según Editorial La Pleyade, tiene fecha de impresión de 1978)
Al cumplir ochenta
(publicado por la UNAM)
Pornografía y obscenidad
(recopilatorio de Henry Miller y D.H. Lawrence, por Edit. Argonauta)
CONTENIDO
Sinopsis
Reflexiones sobre la muerte
de Mishima
Reflexiones sobre el caso
Maurizius
HENRY MILLER
Reflexiones
Sinopsis
'El texto de Miller a
propósito de la muerte de Mishima, escrito poco después de que el escritor
japonés se destripara en público, fue publicado por primera vez en 1971 en
Tokio, en japonés, mientras los Estados Unidos libraban su infructuosa y
sangrienta guerra en Vietnam. Ambos hechos quedan aquí inextricablemente
vinculados por Miller, cuya sensibilidad antimilitarista le daba una
perspectiva a la vez lúcida e intransigente muy opuesta a la de la opinió
pública y la prensa de masas.'
NO tiene excusa que escriba
yo este artículo para los lectores japoneses. No soy erudito sobre Japón ni lo
he visitado jamás —aunque a punto estuve, varias veces. Es verdad que mi esposa
es japonesa y que he recibido a muchos japoneses en mi casa. Amigos de mi mujer
han residido con nosotros durante cierto tiempo. Cuando me encuentro con un
japonés, sea hombre o mujer, lo bombardeo con preguntas sobre Japón, su pueblo,
sus usos, sus problemas. Añádase que soy un devoto de la cinematografía
japonesa, cuyas mejores películas están muy por encima de las de cualquier otro
país.
Actualmente Japón es el país
que más me interesa, aparte la China. Y debo afirmar con toda humildad que el
Zen me interesa más que cualquier otra visión del mundo o modo de vida.
Estoy relacionado con
japoneses de todos los sectores sociales —escritores, actores, cineastas,
ingenieros, arquitectos, pintores, cantantes, animadores, hombres de negocios,
editores, coleccionistas de arte, etc. Todos tienen opiniones y comportamientos
diferentes, como cualquier sector de europeos o americanos.
Sin embargo, como pueblo
tanto como individualmente, los rodea siempre un aura de misterio, de
impenetrabilidad. Hasta cierto punto los comprendo y simpatizo con ellos —con
las mujeres más que con los hombres —y luego... me pierdo. Nunca estoy seguro
de cuándo ocurrirá lo inesperado, lo impredecible. No por ello me siento
incómodo: me intrigan, eso sí. Siempre me ha encantado lo foráneo. Me gusta que
me estimulen, me sacudan, me asombren.
Por eso cuando leí acerca de
la dramática desaparición de Mishima me invadieron sentimientos opuestos. Pensé
inmediatamente en sus contradicciones y, al mismo tiempo, me dije: ¡Qué japonés
es todo esto! Quizá me haya familiarizado —sin jamás perder la sorpresa, el
choque y el encanto —con la mezcla japonesa de crueldad y ternura, de violencia
y sosiego, de belleza y fealdad, por las películas japonesas. Los japoneses no
son los únicos en ser así. Pero, a mi modo de ver, en ellos la ambigüedad es
mucho más abrupta y acerba. Hasta cierto punto eso explica su consumado oficio
en todas las artes, la poesía, el teatro, la pintura. Lo estético siempre está
perfectamente ensamblado con lo emotivo. Lo horroroso puede ser también bello:
lo monstruoso y lo bello no están en conflicto, se complementan como colores
primarios hábilmente yuxtapuestos. Una mujer con el corazón destrozado, me
refiero a una japonesa, una mujer en la desesperación de la derrota total, es
capaz de mostrar la sonrisa de un ángel misericordioso. En las películas de
antiguos Samurái hay personajes, generalmente Señores, que se han dedicado por
entero a la espada; sin embargo son capaces de demostrar la absoluta futilidad
de la violencia.
La juventud, la belleza, la
muerte —son los temas que impregnan la obra de Mishima. Sus obsesiones,
podríamos decir. Típicas, se diría, de los poetas occidentales, al menos de los
románticos. Por esta trinidad Mishima se crucifica a sí mismo, no menos mártir
que los cristianos primitivos.
¡Era un fanático! Es la
primera acusación, y la más fácil, que le hace un occidental. Pero hay
fanáticos y fanáticos. En opinión del mundo indudablemente Hitler lo era. Pero
también lo fue san Pablo. Estoy convencido de tener yo mismo una fibra
fanática: me daría miedo asumir los poderes de un dictador. A veces, fingiendo
disponer de poderes totales, fingiéndome Dios, me digo a mí mismo: “¿Qué harías
para cambiar el mundo a tu guisa?” Y me paralizo. Instantáneamente me doy
cuenta de que no haría nada, de que un trabajo de reparación no tiene la mínima
relación con un acto de creación.
No, no estoy explicando el
suicidio de Mishima como resultado de su fanatismo. Si realmente tenía esa
determinación, o esa obsesión, ¿a qué dedicó o en qué empleó su vida? ¿En
cultivar un hermoso cuerpo, en su arte, en la restauración del espíritu de los
Samurái? En todo ello, pero en primer lugar y por encima de todo, en su país,
Japón. Fue un patriota en el más estricto sentido de la palabra. No sólo amó a
su país: estaba listo para a sacrificarlo todo por salvarlo.
Se dice que preparó su
muerte sensacional con meses de antelación. Había por cierto vivido años
pensando en la muerte, la muerte por su propia mano. Se dice también que quería
morir en la flor de la edad, en el apogeo de su belleza, de su fuerza física y
de su carrera. No quería una muerte de perro, como muchos compatriotas suyos.
¿Y por qué no elegir el momento y la manera de su propia muerte? ¿Acaso los
antiguos no recurrían al suicidio, ahítos de los placeres y tristezas de la
vida? (Sin embargo, ¡qué diferente, la manera romana de abrirse las venas en un
baño caliente! Nada había de dramático, de sensacional en ese espectáculo. Era
como si sencillamente se facilitaran salir de este mundo.)
Afortunadamente para
Mishima, fue capaz de amalgamar sus ideas sobre cómo quitarse la vida con la
de, con ello, ser útil a su país. El artista que llevaba dentro fue sin duda
quien decidió cómo hacer el mejor uso de la muerte. Por muy horrible que nos parezca
su muerte, tanto a nosotros como a sus compatriotas, no se puede negar que tuvo
un toque de nobleza. Nadie dirá que fue obra de un loco, ni siquiera de un
momento de locura. Por espantosa que haya sido, no nos afectó como el suicidio
de Hemingway, por ejemplo —que se puso una escopeta en la boca y se hizo saltar
los sesos.
Y a propósito de Hemingway,
qué curioso que Mishima, deliberadamente tan sumergido en la cultura occidental
y el pensamiento occidental, haya sin embaído muerto no sólo según el estilo
japonés tradicional sino para preservar las tradiciones peculiares del Japón.
No lo veo meramente preocupado por restaurar la monarquía, ni siquiera por
reconstruir un ejército japonés, sino más bien por despertar al pueblo japonés
a la belleza y eficacia de su propio modo de vida tradicional. ¿Quién, mejor
que él en Japón, para presentir los peligros que amenazan a un Japón que sigue
las pautas de nuestras ideas occidentales? Todos, fascistas, comunistas o
demócratas, conocemos el veneno que contienen nuestras raquíticas ideas de
progreso, eficiencia, seguridad, etc. El precio de estos supuestos progresos
cacareados por Occidente es demasiado alto: la muerte, no las pequeñas muertes
sino la muerte al por mayor. La muerte del individuo, la muerte del colectivo,
la muerte del planeta entero —eso esconden las halagüeñas palabras de los
paladines del progreso.
La tradición, para los
americanos, es palabra de poco peso. No tenemos más tradición que la de los
pioneros. Ya no hay fronteras; nuestro mundo se empequeñece día a día. Sólo hay
lugar para quien tiene mente de pionero —no me refiero a los astronautas. Los
verdaderos pioneros son iconoclastas; ellos conservan la tradición, no quienes
luchan por conservarla y nos asfixian. La tradición sólo se expresa por el
espíritu de coraje y desafío, no por la observancia y preservación superficial
de las costumbres. Es en este sentido que Mishima intentó restaurar los usos de
sus ancestros. Quiso restaurar la dignidad, el respeto de sí, la verdadera
fraternidad, la autoconfianza, el amor por la naturaleza —y no la eficiencia—,
el amor por el país —y no el chauvinismo—, el Emperador como guía en
contraposición al rebaño que sigue, obediente, ideologías cambiantes cuyo valor
lo deciden los teóricos de la política.
Sé que parezco querer
blanquear a Mishima (conozco todo de lo que se lo acusa). Pero mi intención no
es blanquearlo ni condenarlo. No soy su juez. Su muerte, en su forma y fondo,
me incitó a cuestionar algunos de mis propios valores, a hacer un examen de
conciencia. Cuando pongo en duda las ideas de Mishima, sus motivos, su modo de
vivir o lo que sea, pongo en duda también los míos. Siento que es hora de que
el mundo cuestione los valores, las creencias, las verdades que sostiene. Más
que nunca necesitamos preguntamos —todos, santos y pecadores, pordioseros,
legisladores, militares—¿a dónde vamos? ¿Podemos parar? ¿Podemos dar media
vuelta? ¿Podemos creer en nosotros mismos? ¿O ya es demasiado tarde?
Uno de mis primeros héroes
fue Aguinaldo, el rebelde filipino que hizo frente durante años a las fuerzas
americanas después de la rendición de España. Como Ho Chi Minh, Aguinaldo era
un verdadero líder de su pueblo. Otro héroe fue para mí John Brown, conocido
por haberse apoderado con su banda de rebeldes, en 1859, del arsenal de
Harper's Ferry, en Virginia. Después fue capturado, juzgado y ahorcado. Brown
se jactaba de que con sólo cien hombres como él habría derrotado al ejército
americano, y me inclino a creerle. No diría que Aguinaldo haya sido un
fanático, pero John Brown lo fue, sin duda. Logró maravillas con sus hazañas,
temerarias, fantásticas, para liberar a los esclavos. Tanto Aguinaldo como John
Brown habían dedicado sus vidas a una gran causa, y aunque su triunfo nunca fue
obvio, moral o espiritualmente sí lo fue. Tengo entendido que el pequeño
ejército de Mishima ya se ha desbandado, pero el gesto dramático de Mishima, su
desafío a los poderes fácticos, puede todavía damos sorpresas. "El final
no ha llegado.”
Mishima era demasiado
inteligente, demasiado intelectual, demasiado sensible, demasiado estético,
demasiado narcisista, demasiado artista para organizar no más que un simulacro
de ejército, un ejército simbólico. No lo concibo retirado a las plazas fuertes
de la montaña para embarcarse en una larga guerra de guerrillas contra las
fuerzas armadas de su país. Su preocupación no era la de una pronta victoria
sobre las fuerzas contrarias sino la de despertar a sus compatriotas a los
peligros en acecho. Mishima era un extraordinario individualista pero también
un hombre de razón, de discernimiento, con una idea clara de las limitaciones
humanas. Conocía el poder y la magia de la palabra, como conocía el poder
dramático y simbólico del acto. Creía en sí mismo, en sus propios poderes, pero
no al punto de intentar lo imposible.
El aspecto más flojo de su
intento de recomponer el ejército japonés fue, a mi juicio, el no haber
comprendido que el poder corrompe, que Japón, exento de poderío militar, logró
lo que muy pocos países han logrado aun con ese poderío. Como Alemania, Japón
ha prosperado en la derrota. Parece raro, casi increíble, y sin embargo es muy
simple. La derrota militar no sólo devolvió la razón al pueblo japonés sino
que, mediante una paz impuesta, le permitió conseguir lo que sus conquistadores
no consiguieron. Hablaré sólo de América. ¡Mirad esta nación supuestamente
poderosa! ¿No os da la impresión de estar enferma, sumida en el caos y la
locura? Libra una guerra insensata contra una pequeña nación a miles de millas
de distancia —¿para qué? ¿Para preservar la independencia de una parte de esa
nación, un pueblo con el que no tiene vínculos ni parentesco? ¿Para proteger
“nuestros intereses” en Asia? ¿Para no perder la cara? ¿Para salvaguardar el
mundo para la democracia? Mientras tanto, independientemente del motivo, nuestro
propio país se desmorona: ciudades y estados están al borde de la quiebra,
cunde el disenso, faltan fondos para la educación, millones viven al borde del
hambre, el racismo está desatado, el alcohol y las drogas minan las vidas de
jóvenes y viejos, el crimen va en aumento, disminuye el respeto de las leyes y
el orden, la polución de nuestros recursos naturales raya niveles de miedo y no
se ve un líder en el horizonte... Se podría seguir enumerando los males que nos
aquejan. Y sin embargo vamos por el mundo jactándonos de que nuestro modo de
vida es el mejor, nuestra democracia un regalo para el mundo, etc. ¡Qué
estúpido, qué absurdo, qué arrogante!
No, por mucho que los
japoneses tengan derecho a su propio ejército, a su marina, a sus armas
nucleares, a sus propias bombas, al entero arsenal de la destrucción, como
cualquier otra nación, mi ferviente deseo es que no sucumban a esta tentación.
No quiera Dios que los militares se hagan cargo, que otra vez lleven al pueblo
japonés al matadero. Si tiene que haber un ejército, ¿por qué no un ejército de
emisarios de paz, un ejército de hombres y mujeres fuertes y determinados que
rechacen la guerra, que no teman vivir sin defensa, abiertos y vulnerables?
¿Por qué no un ejército que crea en el poderío de la vida, no de la muerte? ¿No
podría haber otro tipo de héroe en lugar de estos mártires obedientes que matan
y mueren por la nación, por el honor, por esta o aquella ideología o por
ninguna razón? El Japón está en una encrucijada. Pronto será la segunda o
tercera potencia mundial. ¿Podrá seguir creciendo, dominando los mercados
mundiales, superando la producción de sus competidores sin el respaldo de un
formidable ejército? ¿Puede conquistar el mundo por vías pacíficas? Es lo que
pregunto. No hay precedentes. Pero es posible.
En alguna parte he leído la
frase acerca de Mishima: “una explosión pirotécnica: la muerte En contraste con
esto, existe otra clase de explosión: Satori. Entre ambas la diferencia es de
la noche al día, como entre la ignorancia y la lucidez, entre el dormir y el
estar despierto. Pese a lo que Mishima sostenía de la muerte, pese a que desde
los dieciocho años cultivó el anhelo romántico de la autoeliminación, Mishima
también creía en el estar vivo y despierto en cada uno de sus poros y de sus
células. Ser perfectamente consciente, despertar del sueño profundo en el que
estamos sumidos, ése era el propósito de los antiguos gnósticos —y de los
maestros Zen. “Faites mourir la mort".
Hoy se acepta como si tal
cosa que el matar —individualmente o en masa —esté al orden del día. El horror
ante la guerra parece haberse disipado; se la da como inevitable. La expresión
"guerra fría” lo resume. ¿Qué pretende la gente que piensa así? ¿La
victoria? ¿Qué victoria? Si el matar está al orden del día, ¿quiénes son los
matarifes más excelsos: los que matan menos (y vencen) o los que matan más?
¿Hay que aniquilar al enemigo, derrotarlo y humillarlo, o sencillamente ponerlo
fuera de combate? ¿Y cómo debemos considerar al líder que da la orden de
apretar el botón de una bomba que no perdona a viejos ni a jóvenes, a tullidos
ni a locos, a los animales ni a las cosechas ni a la tierra misma? ¿Será un
héroe, un salvador, un monstruo, un demente o un idiota? ¿Hace falta, con todo
nuestro progreso tecnológico, matar a inocentes y culpables? Y si el enemigo de
hoy ha de ser el aliado de mañana, ¿qué sentido tiene barrer con él? O, si
solamente es derrotado, puesto de rodillas, ¿por qué el vencedor lo vuelve a poner
en pie a expensas de sí mismo? Todos conocemos la respuesta a este acertijo.
Tenemos que mantener vivos a los demás para mantener vivos a los nuestros.
Negocios. Éste es el emblema heráldico del mundo moderno. No tiene la menor
lógica. Es una forma de demencia, la demencia de la civilización.
Mirándolo de otra manera,
¿no es el guerrero cosa del pasado, tan inútil y ridículo como el pájaro dodo?
Cuando Mishima, en Sol y acero, dice que "el objetivo de mi vida fue
conseguir todos los atributos del guerrero”, ¿hablaba de "decoración”?
Sabemos que admiraba el espíritu del Samurái y el culto de la espada pero, ¿de
qué sirven espadas y espíritus de caballería cuando existe un arma como la
bomba? Ya no estamos en la era en que Ricardo Corazón de León, admirador de su
adversario, invitaba a Saladino a hacerse miembro de su propia Orden. Además,
ya que hablamos de las escuelas de espada del tiempo de los Samurái, ¿qué hay
de la Escuela Sin Espada? ¿La ignoraba Mishima? El mismo Samurái, entrenado
para matar, viviendo sólo para matar, había comprendido que la mejor
demostración de su habilidad estaba en vivir evitando tener que defenderse con
la espada. Veo en esta actitud la manifestación del uso inteligente de la
fuerza y de la habilidad, en contraposición al uso heroico de vencer por la
muerte.
¿Quién quiere vencer, en
definitiva? Sólo la gente estúpida, artera, malvada. Lo que realmente queremos
todos es mantenemos vivos lo más posible, conservando toda nuestra lucidez y
nuestro apetito por la vida. No nos han creado héroes, poetas, legisladores,
militares, eruditos ni jueces; nos hemos inventado nosotros estas divisiones
con nuestro modo de mirar las cosas, nuestra complicada manera de vivir. El
hombre primitivo, que vivió miles de veces más que nosotros, no tenía necesidad
de estas diversificaciones. Como tampoco la tienen los más sabios de nosotros.
Son gente ejemplar pero jamás asumen el liderazgo de un pueblo. No intentan
cambiar el mundo: cambian mundos, como san Francisco, que instaba en ese
sentido a sus discípulos demasiado fervorosos. Es decir, cambian su perspectiva
y con ello aceptan el mundo, lo que significa comprenderlo, apiadarse del
prójimo, convertirse en su hermano y no en su rival ni su competidor —y menos
que nada en su juez.
Me pregunto si Mishima
realmente pensaba cambiar el comportamiento de sus compatriotas. ¿Llegó a
contemplar seriamente un cambio fundamental, una genuina emancipación? No
cuestiono la sabiduría o la futilidad de su dramática llamada a la daga y la
espada. Con su notable inteligencia, ¿cómo no se percató de la imposibilidad de
cambiar la mentalidad de las masas? Nadie lo ha logrado. Ni Alejandro Magno, ni
Napoleón, ni Buda, ni Jesús, ni Sócrates, ni Marción, ni ningún otro, que yo
sepa. La gran masa de la humanidad dormita, ha dormitado a lo largo de la
historia y probablemente seguirá dormitando cuando la bomba atómica se cobre su
última víctima. (¿Hace falta esperar final tan dramático? ¿No nos estaremos
matando rápidamente de mil maneras, perfectamente conscientes del ya visible
final?) No, uno puede mover a las masas como troncos, como piezas de ajedrez,
fustigarlos hasta el frenesí, ordenarles matar sin cuartel —especialmente en
nombre de la justicia. Pero no hay modo de despertarlas, incitarlas a vivir inteligente,
pacífica, bellamente. Siempre hay y habrá "los vivos y los muertos”. Y ya
Jesús dijo: "Dejad que los muertos entierren a los muertos".
Lo que se interpuso en el
camino de Mishima, creo, fue su total falta de humor. Esta seriedad radical es
un rasgo muy japonés. Sólo hallo un auténtico sentido del humor en los maestros
Zen. Es un tipo de humor ajeno al humor occidental. Si lo entendiéramos, si
verdaderamente lo apreciáramos, nuestro mundo se derrumbaría. Lo importante es
que esta falta de humor lleva a la rigidez.
Aun en el cultivo de su
propio cuerpo, cosa que hacía a las mil maravillas, Mishima fue tan sumamente
serio que lo convirtió en un fin en sí mismo. También en América tenemos
culturistas, hombres-músculo. Se contonean en las playas como pavos reales. Cultivan
sus cuerpos para lograr hazañas extraordinarias. A veces parecen capaces de
mover montañas. Pero, ¿las mueven? ¿Cuál es la finalidad de tanta musculatura,
de esta fuerza hercúlea, esta perfección divina? ¿Mirarse en el espejo
satisfechos y orgullosos? ¿No hay algo afeminado, algo ridículo en este culto
del cuerpo? Recuerdo de chico haber leído acerca del puñado de espartanos que
defendieron hasta el último hombre el paso de las Termópilas. Mi libro de
historia traía ilustraciones de los espartanos peinándose y trenzándose los
largos cabellos antes de la batalla. Eran bellos y afeminados, por muy héroes
que fueran. El libro hablaba del sentimiento de hermandad que los vinculaba. Yo
ignoraba el significado de la palabra hermandad. Era una hermandad de otro
tipo, no obstante, que el de la homosexualidad del atleta moderno y su entorno.
Era una forma mucho más amplia y profunda del amor entre hombre y hombre; se
practicaba abierta y comunitariamente, como muchísimo más tarde fue el caso
frecuente de los grupos religiosos hermana / hermano, que florecieron en Europa
y América. Eran sin dudas así los antiguos Samurái. La sodomía en los ejércitos
modernos, no hace falta decirlo, es completamente distinta. Aquí no quedan
rastros del "esplendor melancólico”.
Si algo hubo de heroico
entre los Samurái, los espartanos y hasta los kamikazes, hoy se lo han arrogado
hombres de otros órdenes, no del militar. El mundo tiene cada vez menos interés
en misiones de vida o muerte. La conquista de la luna, por ejemplo, fue una
misión que pidió la inteligencia y la cooperación de cientos de individuos,
aparte de quienes realmente alunizaron. Antes que nada fue una hazaña de la
ingeniería, un triunfo de la tecnología. No lo digo en menoscabo del valor de
los astronautas, pero, como se ha dicho repetidamente, éstos fueron gente
extremadamente "normal. No eran del tipo heroico. Siguieron instrucciones,
hazaña de por sí difícil en este caso. No se les pidió morir en las barricadas,
ni cargar como la Brigada Ligera, ni cometer suicidio voluntario como los
pilotos kamikaze. La probabilidad de éxito era casi del cien por ciento. Y sus
logros, el tiempo lo confirmará, tal vez resulten más importantes para la
humanidad que los heroicos sacrificios de todos los héroes y mártires que murieron
en aras a sus creencias.
Pero volvamos al sentido del
humor. O a su ausencia. Ya lo dije, no he leído todo Mishima, lejos de ello.
Pero en lo que he leído no he detectado el mínimo sentido del humor. Por alguna
extraña razón soy incapaz de comparar a Mishima con Charles Dickens, tan
admirado por Dostoievski, que era su polo opuesto. ¡Qué revelación leer el
libro de Chesterton sobre Dickens, hace pocos años, y descubrir la enorme dosis
de humor y sentimientos que hay en su obra! Ningún escritor mejor que
Chesterton para apreciar el humor de Dickens. He aquí un pasaje del final del
primer capítulo de esa obra:
El feroz poeta de la Edad
Media escribió: “Abandonad toda esperanza, quienes aquí entráis", sobre el
portal del infierno. Los poetas emancipados de hoy lo han escrito sobre los
portales de este mundo. Pero para comprender la historia que sigue debemos
borrar esa línea apocalíptica, aunque sea por una hora. Debemos recrear la fe
de nuestros padres, aunque sólo sea como telón de fondo. Si sois pesimistas,
pues, apartad por un momento, para leer esta historia, los placeres del
pesimismo. Soñad, por un breve instante de locura, con que la hierba es verde.
Olvidad la enseñanza que tan clara os parece, negad esos conocimientos letales
que creéis poseer. Deponed la flor misma de vuestra cultura; abandonad la joya
misma de vuestro orgullo; abandonad la desesperanza, quienes aquí entráis.
¡Qué estilo tan Zen tiene
esta llamada de Chesterton! En unas pocas líneas demuele los puntales de
nuestra paupérrima visión del mundo. Regresemos a la humanidad. A la humanidad
rasa. Descartemos nuestras gafas, microscopios y telescopios, nuestras diferencias
nacionales y religiosas, nuestra sed de poder, nuestras ambiciones insensatas.
A gatas ¡y a enseñar el alfabeto a las hormigas! —si somos capaces.
Cuestionemos todo, pero no perdamos el sentido del humor. La vida no es un
asunto sumamente serio, es una tragicomedia. Somos a la vez el actor y la obra.
Somos todo lo que hay. Ni más ni menos. Es lo que leo yo en sus palabras.
Si lo que se quiere es
alterar o mover el mundo, qué mejor manera que alzar el espejo para que nos
veamos como somos, que nos riamos de nosotros y de nuestros problemas. Más
eficaz que la espada del Samurái o la corta daga del seppu —ku es el humor de
Swift, que no paraba ante nada para lograr su objetivo. El hombre capaz de
hacer reír a Hitler podría haber salvado millones de vidas. Lo afirmo. Los que
quieren hacer el bien, sean santos o monstruos, crean más mal que bien. Louis
Armstrong es un rey, Billy Graham sólo un predicador más.
Sé lo difícil que es
conservar el sentido del humor en un mundo que fabrica bombas atómicas como
verduras. Pero si tuviéramos un sentido del humor más sólido quizá no habría
que recurrir a ese doloroso experimento de autodefensa por mutua extinción.
Cuando, dice la leyenda, Alejandro Magno ordenó comparecer ante él a cierto
sabio indio so pena de muerte, el sabio largó la carcajada. "¿Matarme a
mí?", exclamó. “Yo soy indestructible." ¡Que maravilloso sentido del
humor! Un despliegue, más que de coraje, de certidumbre. Y una confianza
serena, suprema, en el poder de la vida sobre la muerte.
¿Habrá sido su extremada
seriedad lo que llevó a Mishima a sentir que había agotado su poderío, a los
cuarenta y cinco años, una edad a la que muchos escritores comienzan apenas a
caminar? ¡Qué desgracia agotar las propias energías antes de haber empezado de
veras! Un famoso escritor, Duhamel, una vez escribió acerca de
América: “Pourri avant
d’être mûri". Un fruto que se pudre antes de madurar. Pensad en Hokusai,
en cambio, en Ticiano, en Miguel Ángel, en Picasso y en ese aparentemente
indestructible Pablo Casals.
En los últimos años
numerosos escritores japoneses me dieron la desagradable impresión de oficiar
de esclavos para ganarse la vida o para mantener su reputación. Cualquier
sentido lúdico que hayan tenido en el pasado, hoy parece perdido, abandonado.
Tengo además la impresión de que los miembros de la entera clase obrera
japonesa trabajan como hormigas, se matan en esta loca carrera que se llama
ganarse la vida. Como los alemanes, su contrapartida, parecen vivir para
trabajar. Y de vivir como esclavos a morir como moscas en el campo de batalla
sólo hay un paso, desde luego inevitable. Es cosa de preguntarse: si un día los
trabajadores del mundo se unieran, ¿cuál sería el resultado? ¿La Utopía o el
suicidio en masa? El mundo deportivo, campo en el que los japoneses descuellan,
no es una expresión del instinto lúdico sino, como el mundo industrial, la
expresión de la competencia, del récord, del lenocinio de la chusma, del lucro.
Los viejos sabios chinos que se divertían remontando cometas lo tenían claro, vivían
más, se reían más fuerte y más a menudo. Quizá no tuvieran músculos para matar
una mosca, pero no terminaban mutilados ni chalados, ni les importaba que se
los recordase por sus hazañas después de muertos.
El sacudón que experimenté
al enterarme del fin dramático y truculento de Mishima estuvo acentuado por el
recuerdo de un extraño episodio que viví en París hace treinta y cinco años. Lo
recordé haciendo antesala en la consulta de mi médico, cuando cogí un número de
Life (creo) en donde mostraban las cabezas decapitadas de Mishima y su amigo,
en el suelo. Dos cosas me impresionaron de inmediato: uno, que las cabezas no
yacían de lado sino "de pie"; dos, que una de las cabezas exhibía un
inquietante parecido con la mía propia, que una vez vi en el suelo hecha
pedazos. Real o imaginario, el parecido daba miedo.
Siempre imaginé que si se
cortaba una cabeza ésta rebotaría y rodaría por el suelo —pero nunca terminaría
"en pie". Hace años había leído el libro Tres geishas en donde se
narraba una historia, supuestamente verdadera, titulada “Tsumakichi, la belleza
sin brazos". Es una historia que conocen todos los japoneses. En ella, el
patrón de la escuela de geishas vuelve una noche del teatro fuera de sí y,
cogiendo una enorme espada, cercena las cabezas de las bellas durmientes.
Tsumakichi, que duerme en la planta baja, se despierta por el ruido de las
cabezas que ruedan como bolas de bowling. Abre los ojos y aterrorizada ve a su
jefe de pie junto a ella, blandiendo la espada destellante. Antes de lograr
moverse, éste le corta ambos brazos y le desfigura la cara. Sobrevive por
milagro y llega a ser una de las geishas más famosas de la historia.
En cuanto al parecido entre
las dos cabezas... Alrededor de 1936, en el estudio de un amigo en Villa
Seurat, en París, una joven yugoslava, Radmila Djoukic, quiso hacer una
escultura de mi cabeza. El día en que acabó —la arcilla todavía estaba húmeda—,
un joven estudiante chino estaba discutiendo de literatura inglesa conmigo. Él
había mencionado el nombre de Shakespeare una o dos veces, lo que me llevó a
preguntarle si había leído Hamlet. Repitió este título con cierta duda y luego
exclamó: "Ah sí, ya recuerdo... quiere usted decir la novela de Jack
London". Mi sorpresa fue tan grande que lancé los brazos al aire y sin
querer le di a la cabeza de arcilla, que estaba sobre el taburete de la
artista. Para mi desmayo se hizo añicos —y ni todos los caballos del rey ni
todos los hombres del rey lograron reparar al pobre Humpty Dumpty... Por suerte
el día anterior la cabeza había sido fotografiada. Esta foto sirvió para la
sobrecubierta de mi libro Un domingo después de la guerra. Desde entonces la
cabeza, que me parecía un muy buen retrato mío, me obsesiona. Podéis imaginar
mi horrorizada sorpresa cuando la vi "de pie” en el suelo en compañía de
la de un desconocido.
Fue una impresión fugaz que
nunca me abandonó. Desde el aquel reconocimiento hasta mi encuentro con Mishima
en el más allá, mediaba un paso. Es aquí donde interrumpo mi narración para
comenzar un diálogo con Mishima en el limbo. Habiendo mi muerte seguido de
cerca a la de Mishima, es como si nuestros cuerpos todavía estuviesen
calientes, vivos en todo sentido. Me sucede a veces que, durmiendo, continúe mi
diálogo con Mishima y que abordemos temas que habríamos discutido si nos
hubiéramos encontrado en vida.
Algunos de estos temas
post-mortem los trató él en su libro Confesiones de una máscara. "¿Puede
existir un amor”, se pregunta, "que no tenga nada que ver con el deseo
sexual? ¿No sería un absurdo claro y obvio?” Antes de contestar quiero citar otras
palabras del mismo libro. “Para mí, Sonoko [la joven de quien estaba enamorado]
parecía ser la encamación de mi amor por la normalidad misma, mi amor por las
cosas del espíritu, de las cosas eternas.” Espero no olvidar nunca estas
palabras cuando piense en Mishima y su destino cruel.
Entonces, ¿es posible el
amor exento de deseo sexual? Permitidme agregar otra pregunta frecuentemente
discutida: ¿es posible seguir amando a alguien cuando ya no hay respuesta?
Estas dos preguntas se ensamblan. Piden la misma solución aparentemente imposible.
Sólo los monstruos o los seres sobrenaturales serían capaces de contestar
semejantes acertijos. Llamo monstruos específicamente a los religiosos devotos
que no sólo son capaces de vivir, por así decir, como los dioses sino que
precisamente con este tipo de problemas fortalecen su espíritu, su valentía, su
fe.
En el territorio del amor
todo es posible. Para el amante devoto nada es imposible. Para él o para ella
lo importante es... amar. Gentes así no se enamoran, simplemente aman. No piden
poseer sino ser poseídos, poseídos por el amor. Cuando, como sucede a veces,
este amor se torna universal y engloba al hombre, el animal, la piedra, incluso
los gusanos, uno se pregunta si el amor no será algo que nosotros, los
mortales, conocemos apenas.
El amor de Mishima por la
juventud, la belleza, la muerte, también parece entrar en una categoría
particular. No tiene relación con el amor que acabo de describir. Exagerado,
como en su caso, es extremadamente raro. Y está teñido de narcisismo. Basta abrir
uno cualquiera de sus libros para conocer inmediatamente las pautas de su vida
y de su inevitable destino. Como un músico, repite una y otra vez el triple
tema: la juventud, la belleza, la muerte. Da la impresión de ser un exiliado en
la tierra. Obsesionado por el amor de lo espiritual, por las cosas eternas,
¿cómo no iba a ser un exiliado entre nosotros?
¿Quién puede aliviar al
exiliado solitario? Sólo el gran “Consolador” —interpretadlo como queráis. Pero
en la vida de Mishima aparentemente nunca hubo un gran "Consolador”. No
era un hombre de fe sino un hombre de principios. Era un estoico en la edad no
del hedonismo sino del materialismo crudo. Le repugnaba la manera con que sus
compatriotas parecían revolcarse en su recién conseguida libertad. Como los
occidentales a quienes emulaban, su modo de ver la vida se había rebajado al
nivel de los sapos. Las visiones apolínea y dionisíaca de la vida: cosas idas.
El dinero, la comodidad, la seguridad: he aquí los nuevos objetivos. ¿Era
extirpable el cáncer de la vida moderna? Él pensaba que sí. ¿Lo pensó
realmente? ¿Cómo injertar el antiguo espíritu, las virtudes salvadoras de
nuestros ancestros, en el patrimonio genético desgastado y degenerado del
hombre moderno? Este supuesto hombre moderno evidentemente todavía no ha
nacido. El hombre de hoy no es sino la sombra del hombre moderno por venir. No
puede avanzar ni retroceder; está atascado en el pantano creado por su propia
visión miope de la vida. No se siente en casa consigo mismo ni en el mundo que
intenta dominar. Tiene el instinto social atrofiado, vive aislado, fragmentado,
atomizado, desolado.
Por encima de todo, para el
hombre de hoy la vida no parece tener sentido. Se dice a menudo que el fenómeno
primigenio, el estado de ánimo primero, es el de la maravilla. También esto,
evidentemente, lo ha perdido. Tratamos de explicar el universo con teorías
científicas, pero somos incapaces de explicar los fenómenos más sencillos.
Pasamos por alto el hecho de que el significado nace sólo cuando descubrimos
que la creación no tiene propósito. Confundimos el orden y la taxonomía con la
explicación. No toleramos la idea de desorden o caos, y sin embargo admitirlo
sería esencial. Y también que el sinsentido total es necesario. Sólo el genio
parece capaz de comprender y apreciar la alegría del total sinsentido. El
sinsentido es el antídoto para la monotonía y el vacío creado por nuestra
incesante búsqueda del orden, nuestro orden, el antídoto para nuestros
esfuerzos compulsivos por hallar significado y propósito donde no los hay.
Muchas veces me pregunto,
cuando me cruzo con los nombres de los famosos de la historia europea citados
por Mishima, quiénes eran sus héroes. (Recuerdo que de niño adoró a Juana de
Arco, hasta que descubrió que era una mujer. También menciona a Gilíes de Rais,
el esplendoroso y tan enigmático monstruo de los días de la caballería cuyo
comportamiento sigue intrigándonos hasta hoy.)
Una noche, hace poco, en la
cama pasé lista a los nombres de las personas que tuvieron este tipo de
influencia en nuestra vida cultural. Y mientras los iba anotando los iba
pareando, con el fin de plantear la pregunta siguiente (a quien le interese):
debiendo escoger, ¿con cuál de los dos se quedaría? Aun como simple juego, las
respuestas, me parece, pueden revelar cosas interesantes. En cualquier caso, a
quien tenía en mente haciendo mi lista era a Mishima. ¿A quién habría
seleccionado él, si se le hubiera obligado a responder?:
Laotsé o san Francisco de
Asís
Leonardo o Pico della
Mirandola
Sócrates o Montaigne
Hitler o Tamerlán
Alejandro Magno o Napoleón
Lenin o Thomas Jefferson
Voltaire o Emerson
Juana de Arco o Mary Baker
Eddy
Keats o Bashó
Rimbaud o Walt Whitman
Sigmund Freud o Paracelso
Moctezuma o Hernán Cortés
Pendes o Carlomagno
Karl Marx o Gurdieff
Hokusai o Rembrandt
Ricardo Corazón de León o
Saladino
Changtsú o Rabelais
Mi ignorancia, por
desgracia, me ha hecho excluir muchos nombres de japoneses famosos que Mishima
habría puesto en lugar de algunos de los que yo doy.
Hay muchas cosas que me
habría gustado discutir con Mishima en nuestro encuentro imaginario en el
Devachan. Para empezar me habría disculpado por mi grosería cuando lo conocí
vivo, en Alemania, en la época en que todavía él era desconocido. (Me habría olvidado
completamente de ello a no ser por la prensa alemana y japonesa que recordaron
el hecho.) Habría pedido champagne y puros —champagne de sueño y puros de
sueño, es claro, pero ni él ni yo nos habríamos percatado de la diferencia. Me
habría esforzado por que se sintiera cómodo y bajara la guardia, por hacerlo
reír, de ser posible. Hacerlo reír a carcajadas. Lograrlo habría significado,
creo yo, que nuestro encuentro habría valido la pena. (¿Pero cómo lograr que
riera? Eso me atormentaba.) Sí, lo habría embarcado en una conversación
fantástica, sobre los ángeles —budistas o no—, sobre las finuras del lenguaje,
sobre los absurdos de la metafísica, sobre el Zen en la literatura europea,
sobre el amor en Occidente y el amor en Oriente, sobre la fisiología del amor
—es decir, el amor entre insectos, entre gérmenes y bacilos, entre átomos y
moléculas—, sobre el amor celestial, el amor pervertido, el amor satánico, el
amor estéril, el amor por los no nacidos, el amor eterno, y así ad infinitum.
Le habría explicado que ahora, esperando renacer, tendría tiempo de leer todos
sus libros y tal vez discutirlos con él, si le parecía bien. Nos habríamos
metido con todo, salvo con sus problemas personales. Habríamos tenido tiempo de
discutir acerca de Freud, Hegel, Marx, Blavatsky, Ouspensky, Proust, Rimbaud,
Nietzsche, acerca de quien se quisiera, como se quisiera. Habríamos podido
hasta afrontar el enigma del universo, tanto desde el punto de vista de Haeckel
como del nuestro. Habríamos invocado las huríes y las hadas, las diosas y los
superhombres, los extraterrestres y los astros, los héroes y los monstruos.
"Os prometí llevaros hasta el fin del mundo”, dijo Alejandro Magno a sus
soldados hastiados de la guerra. Es lo que yo habría querido brindarle. Un
trip, un auténtico trip. Un trip provocado por las ideas, no por las drogas. Un
trip del brazo por la Vía Láctea, escoltados por ángeles. Un viaje por la
realidad, no por principios e ideas.
¡Qué divertido! Nada más que
el tiempo, o la ausencia de tiempo, como equipaje. Aplazar nuestro renacimiento
tanto como quisiéramos, hasta decidir el momento y el lugar de nuestra próxima
reencarnación. Elegir meticulosamente nuestros padres, y también nuestras
nuevas identidades. Otra vez la elección. ¿Quién le gustaría ser en la próxima
encamación, un líder o un pescador? ¿Un héroe o un nadie? Por mi parte ya lo
habría pensado antes de morir: sería un nadie, uno cualquiera. Hombre o mujer,
indiferentemente. Una vida de los sentidos, no del intelecto. Un hombre común,
no famoso. Alguien que pasa desapercibido en la multitud.
¿Somos árbitros de nuestro
destino? ¡Cuánto me habría gustado conocer la elección de Mishima! Habría sido
demasiado discreto como para presionarlo en esto. Tal como jamás se me
ocurriría preguntarle sobre su matrimonio, o si había esperado hallar la felicidad
en el amor, ya sea con un hombre, una mujer, un chimpancé o una palmera. Más
que nada habría querido saber si todavía consideraba importante cambiar el
mundo —este mundo o el próximo, o el mundo entre los mundos. Eso y otra cosa:
¿qué sabor tenía la muerte? ¿Era realmente la culminación de todo o dejaba
espacio para la imaginación?
En El pabellón del templo
dorado, mi querido Mishima, para describir un aspecto de su belleza usaste una
frase que nunca olvidaré. Hablaste de "adumbraciones de la nada".
Cómo suena esto en japonés nunca lo sabré, pero en inglés tenía magia. Y en
otra parte, en Sol y acero creo, dijiste que estabas planeando una unión entre
el arte y la vida. Me quedé pensando con qué seriedad, con qué profundidad
habías sopesado esta idea. Me pregunté si nunca habías sentido la contradicción
implícita en una idea tan noble. Siempre ibas empalándote en los cuernos de
alguna contradicción, ¿no es cierto? Toda tu vida fue un dilema cuya única
solución era la muerte. Ataste tu propio nudo gordiano y resolviste el problema
cortándolo con la espada. Quizás fuera en ese mismo libro donde afirmabas que
tu mente siempre estuvo acosada por el aburrimiento. Impensable. ¿No había nada
que realmente pudiera satisfacerte? ¿Estás satisfecho, ahora que cumpliste, o
no cumpliste, tu cometido? ¿Te has puesto cara a cara con el Absoluto? ¿Crees
que puede haber “un héroe de la iluminación"? ¿O crees que la iluminación
es un mito inventado por algún monje?
Sí, mi querido Mishima, hay
mil preguntas que me habría gustado plantearte, no por creer que pudieras
responderlas hoy, cuando es demasiado tarde, sino porque me intriga cómo
funciona tu mente. Trabajaste tanto, tan duramente, toda tu vida, ¿para qué? ¿No
podrías darnos otro libro, desde el más allá, acerca de la futilidad del
trabajo? Tus compatriotas lo necesitan —trabajan como abejas o como hormigas.
Pero, ¿están gozando de los frutos de su labor, como era la intención del
Creador? ¿Miran su trabajo y lo hallan bueno? Quisiste implantar en ellos las
virtudes de sus antecesores, imagino que con la intención de conferir calidad y
substancia a sus vidas. ¿Pero cómo fueron las vidas de sus antecesores, o de
los míos si es por eso? ¿Estudiaste alguna vez las vidas privadas de los
millones de nadies que hacen el trabajo del mundo? ¿Crees que un hombre tiene
una vida más llena, más rica, por el hecho de ser noble y virtuoso? ¿Quién es
juez en estos asuntos? Sócrates tenía una respuesta, Jesús otra. Y antes de ellos
hubo Gautama el Buda. ¿Tenía él la respuesta? ¿O su respuesta fue el silencio?
Estoy seguro de que el
silencio fue la cosa que tú supiste finalmente apreciar. Afanosamente quisiste
decirlo todo, y luego hacerlo todo. Fuiste prodigioso en tus proteicas hazañas.
Lo único que omitiste en tu carrera turbulenta fue el ser payaso. Escribiste
sobre los ángeles pero pasaste por alto su contrapartida, el payaso. Son de la
misma semilla, sólo que uno es celestial y el otro terrenal. De aquí a cien mil
años, cuando hayamos conquistado el espacio —¿qué significará
esto?—probablemente estaremos en contacto con los ángeles. Es decir, aquellos
entre nosotros que ya no den tanta importancia al cuerpo físico, los que hayan
aprendido a usar su cuerpo astral. En otras palabras, los hombres que hayan
descubierto que todo es Mente, que somos lo que pensamos y que lo que tenemos
es lo que realmente queremos. Aun en un día tan lejano quizás existan dos
mundos —el infierno que siempre ha sido el mundo y el mundo de los espíritus
libres que saben que el mundo es su propia obra. En su oración Sobre la dignidad
humana, Pico della Mirándola escribió:
En medio del mundo el
Creador dijo a Adán, te he colocado aquí para que puedas mirar en derredor más
fácilmente y ver todo lo que hay. Te creé como un ser ni celestial ni terrenal,
ni mortal ni inmortal solamente, para que puedas ser tu propio libre plasmador
y domador; puedes degenerar hacia el animal, o por ti mismo renacer a una
existencia divina... Sólo tú tienes el poder de desarrollarte y crecer según tu
propio albedrío; en una palabra, ¡llevas las semillas de la vida omni
incluyente en ti mismo!
Nuestros ancestros hicieron
muchos experimentos, entre los cuales el tuyo debe parecerte también a ti
insignificante. Hasta en tiempos remotos hubo gente que estuvo cinco o diez mil
años por delante de sus tiempos. Y si pudiéramos remontamos lo suficiente
descubriríamos sin dudas que una vez también las mujeres gobernaron el mundo,
soñaron con poner fin a las desgracias y las miserias terrenales. (Es irónico
que sólo el hombre primitivo haya conseguido adaptarse a su entorno y proseguir
con su antiquísimo modo de vivir sin mayor dificultad.) Hay nombres y hechos,
en la oscura niebla del pasado, que nosotros, que pensamos que los problemas
del mundo son nuevos y agobiantes, hemos olvidado. El Tiempo lo barre todo, lo
bueno tanto como lo malo. La vida continúa como un torrente sin fin, y acumula
más y más escombros que, fatuos, llamamos historia. ¿Qué es la historia sino
una ficción que nos arrulla y duerme o aguza nuestros temores? ¿Somos parte de
la historia o la historia es parte nuestra? Dentro de cinco o diez mil años tal
vez ya no haya Japón. Podría morir de inanición o sucumbir en un glorioso
encuentro armado. ¿Quién sabe cuál será su fin? No podemos prever nada, ni
nuestra perdición ni nuestra salvación.
Probablemente de aquí a un
siglo el pequeño ejército que te creaste, por así decir tu cuerpo de élite, ya
ni se recuerde. Tu nombre podrá sobrevivir, no como el de otro presunto
salvador de su país sino como el de un animador, un hilador de palabras. Se te
podrá recordar como un amante de la belleza cuyas palabras provocaron una leve
oleada de agitación. Las palabras y los hechos viven vidas separadas. Las
palabras pueden tocar el espíritu, pero sólo el espíritu responde al espíritu.
En cuanto a los hechos, son sólo polvo. A nuestro alrededor yacen las ruinas de
antiguos esplendores; no nos inspiran cometidos más nobles ni grandiosos.
Soy tan culpable como tú, mi
querido Mishima, de intentar hacer del mundo un lugar mejor. Al menos así
empecé. De alguna curiosa manera la práctica de la escritura me enseñó la
futilidad de esta pretensión. Aun antes de leer las palabras sabias de san Francisco
había tomado la decisión de mirar el mundo con otros ojos, aceptarlo como es y
contentarme con hacer mi propio mundo. Este cambio radical no me cegó a los
males que existen, ni me hizo indiferente al sufrimiento y a las desgracias que
soportan los hombres. Tampoco me hizo menos crítico de las leyes, las
instituciones, los códigos de comportamiento bajo los cuales seguimos viviendo.
Me resulta francamente difícil imaginar un mundo más absurdo, más irreal que el
que tenemos. Me parece —como decían los gnósticos —más bien un “error cósmico”,
la obra de un falso Creador. Para que el mundo sea vivible tendría que ocurrir
lo que Nietzsche llamó "una transvaluación de valores". Poniéndolo en
términos suaves, es un mundo demente en el que, ay, los dementes andan sueltos.
En una palabra, así parece cuando uno pretende salirse con la suya. Japón no es
más demente ni más cuerdo que el resto del mundo. Tiene sus zombis exactamente
como los tiene Haití; tiene sus señores de la guerra exactamente como los tiene
Alemania; tiene sus inescrupulosos magnates industriales exactamente como los
tiene América. También tiene sus genios, ni mayores ni menores que los de otras
naciones. Sus problemas no son únicos, ni tampoco sus soluciones. Fue tu mundo,
tu condicionador, tal como América es el mío.
Quizá me engañe, pero siento
que he encontrado mi propio manicomio. También yo puedo estar loco, pero de
manera diferente de la de mis compatriotas. Ya no me importa ver cómo mis
compatriotas marchan hacia su propia destrucción, si es eso lo que quieren. Es
su funeral, no el mío. He aprendido a vivir con los obstáculos que me ponen en
el camino, pero a medida que pasa el tiempo son cada vez menos espantosos, cada
vez menos inhibitorios. Uno aprende a jugar el juego —no respetando las reglas
sino evitándolas. No hay más escuela que la vida misma donde se aprende este
arte. Y sólo se logra una aparente maestría. Al final nos darán a todos por
culo, a todos y cada uno de nosotros, también a quienes pelearon por su país y
a quienes no pelearon.
Con el tiempo los
cementerios dan lugar a granjas y habitaciones para los vivos. Si los muertos
sólo pudieran hablar —¡no sobre el más allá sino sobre el más acá! ¡Si sólo
aprendiéramos de la experiencia de los demás! Pero no aprendemos así, si es que
aprendemos algo durante nuestra breve estancia aquí abajo. Todo lo que podemos
aspirar a aprender es cómo vivir, pero para eso no hay profesores. Cada uno
debe aprender por sí mismo o, como dicen algunos, hallar su propio Sendero y
encamarse en él. La ironía del asunto está en que los errores que cometemos son
tan importantes, y tal vez más importantes, que los aciertos. A la verdad por
el error, a la verdad por el error —hasta que uno deja de intentarlo, lo cual
es simplemente otra manera de decir que uno deja de darse la cabeza contra la
pared.
Desde el instante mismo en
que un soldado se va a la guerra su obsesión permanente es la paz. Quizás los
generales y los almirantes sueñen con la victoria, pero no así los hombres que
pelean. A juzgar por lo que leí de ti, mi querido Mishima, el tema de la paz no
parece ocupar una parte apreciable de tu obra. Lo pensé cuando leí acerca de tu
pequeña pandilla de soldados bien vestidos —y perdóname el toque burlón. Cada
vez que veo un ejército bien entrenado que marcha a la guerra pienso en el
aspecto que tendrán esos impecables uniformes, esas botas bruñidas y esos
bruñidos botones después de la primera batalla. Pienso en que esos millones de
brillantes uniformes están destinados, no más que como harapos mugrientos y
andrajosos, a cubrir cuerpos muertos o mutilados. Es extraña esta importancia
que se le da al uniforme. Como si uno hubiera alquilado su cuerpo por el tiempo
que dura el uniforme. Me pregunto si cuando formaste tu pequeño ejército
pensaste en el final de esos uniformes en los que tanto tiempo, esfuerzo y
dinero pusiste.
Puede parecerte una
afirmación sin sentido, a la vista de tus altos propósitos, pero el hombre de
acción cuyo papel presumiste asumir se debe de haber dado cuenta de que cosas
como el barro, la sangre, la mierda y los gusanos forman parte del juego de la
guerra. Para hablar únicamente del primero y el último de los objetos
mencionados, ambos tienen una importancia fundamental en toda guerra. Pero
quizás el esteta y el dandy que llevabas dentro te vedaban consideraciones de
esta índole.
Hoy todo el mundo
“civilizado" no es sino un campo armado en donde las víctimas gritan
silenciosamente: “¡Paz, paz, dadnos paz!” Y tú, mi querido Mishima, pareces
haber estado curiosamente al pairo. ¿Dabas por sentado que no bien hubieras
hecho tu jueguecito todo procedería sin baches? ¿O te importaban un bledo las
consecuencias del rearme? ¿Te bastaba confesar el fracaso y expiarlo mediante
el honroso seppuku? No puedo creer que estuvieras tan inmunizado, que fueras
tan solipsista. Éste es un asunto del que, por supuesto, me habría encantado
discutir contigo en el limbo. Sólo nos queda ahora la conjetura. Algunos se
darán por satisfechos llamándote necio, otros fanático, otros héroe.
Hayas sido lo que sea, tu
ausencia es una pérdida para el mundo. Así solemos decir cuando se nos muere un
hombre genial. En realidad no hay nadie, nada, que se ajuste a ese lugar común,
“una gran pérdida para el mundo". Piensa en los millones y millones
asesinados sólo en las guerras, para no hablar de los terremotos, los
maremotos, la peste y demás. Cuando se anuncian las bajas, suele proclamarse la
pérdida de unos pocos individuos de clase. Los generales que mueren en combate
reciben menciones exageradas. Pero son ellos quienes constituyen la gran
pérdida para la sociedad. Ellos son los supuestos héroes cuyo deber es
arriesgar la vida en el campo de batalla. No, lo que lloramos es la muerte de
los artistas y de los pensadores. Es posible hacer generales y almirantes en
cualquier momento, en cualquier parte, pero no individuos creadores.
Habitualmente, cuando reciben atención las palabras y los hechos de los
creadores es demasiado tarde; lo arreglamos agregando sus nombres a los de los
muertos ilustres ya embalsamados que ocupan los panteones del mundo.
Pero, ¿qué hay de los
innumerables millones que murieron o fueron mutilados o perdieron la razón? ¿No
había entre ellos algunos destinados a ser más grandes aun que los ya
enaltecidos? ¿No habrá habido entre ellos algunos pensadores e inventores,
algunos hombres de visión fuera de lo común que, de haber vivido, habrían
podido transformar el mundo? Piensa en los tremendos cambios debidos a hombres
como Edison, Marconi, Einstein, para mencionar sólo a éstos. Seguro que no
todos los desconocidos y olvidados que murieron en combate eran mastuerzos e
idiotas. ¿Los echa de menos el mundo, los llora? El mundo no tiene tiempo para
estas especulaciones. Avanti! Avanti!, grita. ¡Adelante! aunque adelante pueda
significar hacia atrás. ¡Adelante! aunque signifique la destrucción universal.
La vida, dicen, lo pide. Pero ya sea la vida o la muerte lo que nos empuje, el
mundo se las arregla para sobrevivir. Tal vez no mi mundo ni el tuyo, sino
"el mundo". Uno se pregunta a veces lo que esta extraña palabra “mundo”
quiere decir.
Ahora que ya no formas parte
de él, ¡descansa en paz!
Reflexiones sobre el caso
Maurizius
EL caso Maurizius de Jakob
Wassermann, uno de los grandes autores alemanes, es una novela basada en un
famoso error judicial que, como el caso Sacco y Vanzetti, tuvo repercusiones
mundiales.
Con la plenitud y
profundidad que distinguen al artista creador, Wassermann amplió el asunto
hasta darle la magnitud de la tragedia griega.
Etzel Andergast, un muchacho
de dieciséis años, juega un papel inquietante en este drama de pasiones
encontradas. Gracias a su fanática creencia en la justicia, a su búsqueda de
justicia, el condenado Maurizius, que ya ha pasado dieciocho años en un penitenciario,
es puesto en libertad.
El libro no ofrece el mínimo
bálsamo, la mínima solución. Todos los personajes implicados en el caso tienen
destinos trágicos, salvo Anna Jahn, que es quien cometió el crimen por el que
Maurizius fue injustamente castigado. Etzel, el héroe del libro, sale
definitivamente quebrado de la experiencia. El propio Maurizius se suicida al
poco de ser liberado. El padre de Etzel, como fiscal responsable de la
injusticia cometida con Maurizius, queda hecho añicos.
Es una historia fea y
terrible mechada de momentos espeluznantes que revelan las cimas y abismos del
alma alemana a la espera del líder que logre disolverla.
La acción tiene lugar
principalmente en la ciudad de Hanau, y en Berlín, hasta donde Etzel rastrea y
en donde halla a Waremme; y también en el penitenciario de Kressa, cerca de
Janau, en donde Maurizius está recluido.
La historia comienza
dieciocho años después del famoso crimen. Seguimos los hechos que nos llevan
hasta el asesinato a tiros de la esposa de Maurizius, con los ojos y los labios
de los varios personajes —los del mismo Maurizius, los de Waremme-Warschauer,
los del padre de Maurizius y otros. Todo gira en torno al falso testimonio de
Waremme, el amigo íntimo de Maurizius. Quién disparó es un misterio hasta casi
el final del libro.
El muchacho Etzel,
obsesionado por la inocencia de Maurizius, parece motivado por un sentido del
deber y la justicia superior al de su inflexible padre, que encamando la ley
adquiere proporciones de monstruo. Pero en realidad, si bien el chico no es
consciente de ello, su caballeroso gesto se inspira en la sed de venganza:
quiere destruir la obra de su padre. En lo recóndito de su mente alienta el
oscuro sentimiento de que su padre es responsable de todo. Privado del afecto
materno se convierte en vengador. Cuando ansia la liberación de Maurizius, la
víctima inocente, está anhelando inconscientemente la liberación de su madre
—quien, como el prisionero, ha sufrido injustamente a manos del padre.
El tema de la historia no es
sólo la imperfección de la justicia humana sino la imposibilidad de alcanzarla.
Todos los personajes lo demuestran, cada uno a su manera, incluso ese
"Dechado de Justicia”, Herrvon Andergast. La justicia es, al parecer, meramente
un pretexto para ser cruel con el débil. La justicia, divorciada del amor, se
vuelve venganza.
En torno a Maurizius, cuya
debilidad de carácter precipita el crimen, giran, como en un torbellino, toda
una constelación de figuras cuyas motivaciones, pasiones e intereses están
inextricablemente vinculados. El problema subyacente de la justicia queda prácticamente
sofocado por la riqueza de los dramas subsidiarios engendrados por lo que
podríamos llamar el destino.
Algunas de las escenas más
esclarecedoras —y horripilantes —tienen lugar en la penitenciaría durante las
conversaciones entre Maurizius y el barón von Andergast, y entre Maurizius y el
viejo guardián Klakusch.
"Cuando está solo”,
dice Maurizius, “un ser humano no tiene alma... Por consiguiente, solo, no
tiene Dios... por mí nadie muere.”
Los diálogos con Klakusch,
un personaje dostoievskiano, la voz misma de la conciencia, son particularmente
reveladores. Tocan los límites del entendimiento humano. Por ejemplo, sobre el
tema de la justicia...
"¿Qué quieres decir con
justicia?”, pregunta Maurizius.
“Nadie debería usar esa
palabra", le contesta Klakusch.
“¿Por qué, Klakusch?"
"Es una palabra como un
pez, se escabulle en cuanto uno la atrapa." Y añade: "Si uno tuviera
la voz, ¿qué no conseguiría? Pero uno no tiene voz".
Hablándole de Klakusch a
Herr Andergast, Maurizius señala: "Había algo notable en este hombre.
Aparentaba ser tan sencillo, parecía tan inofensivo, pero estando un rato con
él se tenía la sensación de que del mundo lo sabía todo y que bastaba preguntarle.
Pero sólo le interesaba la penitenciaría, no hablaba sino de los
reclusos..."
"Yo te diré qué es un
criminal" dijo Klakusch un día. "Un criminal es uno que se pierde a
sí mismo, eso es lo que es. El ser humano que se pierde a sí mismo es un
criminal."
En otro momento Klakusch le
dice a Maurizius: "Me gustaría saber por qué siempre estás tan triste.
Siempre les digo a los muchachos: «Lo tenéis todo resuelto, tenéis buena cama,
suficiente comida, un techo —¿qué más queréis? Ni apuros, ni negocios, no
tenéis que luchar —¿qué más queréis?»"
Después de una o dos
observaciones por parte de Maurizius, Klakusch prosigue: "Pero piensa en
esto: el juez no puede cambiar nada. El error es éste: cuando un juez condena,
como ser humano está condenando a otro ser humano, y eso no debería ser así”.
“¿De veras", dice
asombrado Maurizius, "crees que eso no debería ser así?”
"No debe ser así",
repite Klakusch en un tono inolvidable. “Un ser humano no debería condenar a
otro ser humano.”
"¿Y qué hay del
castigo?” replica Maurizius. "¿No es necesario el castigo? Lo ha sido
desde que el mundo es mundo.”
Klakusch se inclina hacia
Maurizius y susurra: “Entonces tenemos que destruir el mundo y crear gente que
piense de otro modo". [Las cursivas son mías.] "Nos lo han inculcado
desde la infancia pero no tiene nada que ver con los seres humanos. Es una
mentira, eso es lo que es. Una mentira. Quien castiga miente sobre su propio
pecado. Ahí lo tienes..."
Llevando el tema más lejos,
Maurizius intenta señalar (¡Maurizius, nada menos que el condenado!) que la
sociedad se ha apartado del verdadero principio del castigo hace mucho, y del
principio de revancha. Lo único que interesaba era proteger la sociedad y
mejorar al criminal. "Klakusch", dice, "sostenía que los
iniciados sencillamente se ríen tanto de la idea de proteger como de la de
mejorar; ¿cómo se iba a impedir que un loco se desgarrara la cara con sus
propias manos? El mundo de los humanos era ese loco; pretendía proteger lo que
constantemente destruía por falta de comprensión. Por eso Klakusch decía:
«¡Detente, mundo de los humanos, y aborda el problema desde un ángulo
diferente! »”
Finalmente llegamos a este
asombroso desenlace, tal como lo narra Maurizius al fiscal Andergast. Lo que
sigue viene inmediatamente después de la última cita...
"Tuvimos esta
conversación una tarde de diciembre; desde la mañana la nevada había oscurecido
la celda y antes de marcharse Klakusch dijo: «Ya no me divierten las cosas, mis
días están completos y se han cumplido. Sé demasiado acerca de las cosas, ya
nada puede entrarme en la cabeza ni en el corazón». Cuando volvió al caer la
noche para vaciar el cubo —siempre lo hacía en mi lugar, pese a que el
reglamento de la casa me lo imponía a mí—, allí en pie ante mí, junté coraje y
le pregunté: «Dime, Klakusch, ¿crees tú que en esta casa hay gente inocente
sentenciada?» No parecía estar preparado para esta pregunta y me respondió
vacilando: «Puede muy bien ser». Seguí preguntándole: «¿Cuántos condenados
inocentes has conocido en tu trabajo? Quiero decir: que se sepa que eran
inocentes». Reflexionó un momento, contó con los dedos murmurando sus nombres
en tono quedo. «Once». «¿Y tú creíste en su inocencia no bien los conociste?»
«No, eso no», repuso, «no eso; si uno creyera en su inocencia y tuviera que
vigilarlos mientras se desgarran el corazón, si uno estuviera seguro, entonces
yo digo...» Lo incité a continuar. «¿Entonces qué, Klakusch?» «Entonces», dijo,
«entonces, hablando estrictamente, uno no debería seguir viviendo».
Ya había oscurecido en mi
celda, podía apenas percibir su silueta, así que aventuré la pregunta que
llevaba en el corazón y que necesitaba formular. «Bueno, ¿cómo es en mi caso?
¿Me consideras culpable o inocente?» Y él: «¿Debo contestarte?» «Me gustaría
que me contestaras abierta y francamente», dije. Lo volvió a pensar y dijo:
«Muy bien, mañana por la mañana tendrás mi respuesta». Y la respuesta me llegó
temprano, al día siguiente. Se había colgado del marco de la ventana de su
cuarto.”
Uno siente que ésta podría
muy bien ser la respuesta del propio autor al enigma. Porque, a medida que se
avanza en la historia, a medida que se trenzan y destrenzan los oscuros hilos
del crimen, cada uno de los personajes, desde el acorazado fiscal hasta el
débil Maurizius, y también Etzel el salvador, es igualmente culpable. La
sociedad misma es puesta en acusación: todos estamos teñidos de culpabilidad.
Ese parece ser el punto de vista del autor. Y por consiguiente no puede haber
solución, el crimen no puede tener fin ni puede tener fin la injusticia del
hombre sobre el hombre sino gracias a un tedioso y doloroso incremento de la
comprensión, la simpatía y la indulgencia. Tratando de atribuir
responsabilidades, buscando la motivación y causa de un crimen, nos hundimos en
un pantano del que no parece posible salir. Todo es ilusión y desilusión. No
hay terreno firme en donde hacer pie. El crimen y el castigo están arraigados
en la fibra misma de nuestro ser. Hasta los amantes de la justicia —y tal vez
especialmente ellos —están condenados ante el tribunal superior del amor y la
misericordia.
El joven Etzel Andergast,
que Wassermann pinta como un David luchando contra Goliat y que se presenta
como la encamación misma de la justicia, es un personaje digno del estudio más
serio. Como lo demuestran los dos tomos que siguen a El caso Maurizius [Etzel
Andergast y La tercera existencia de Kerkhoven], el autor parece haber quedado
desorientado por su propia creación. Murió antes de darnos el libro en el que
habría expuesto la naturaleza real de esta criatura enigmática. Hay algo
monstruoso en Etzel Andergast: fascina por lo que tiene al mismo tiempo de
atrayente y de repelente. Representa el nuevo tipo de juventud que ha hecho
posible la ascensión y el poderío de un Adolf Hitler. Se lo podría ver como el
embrión de un Hitler. Es "el asesino del alma", para usar el lenguaje
de sus víctimas.
En el segundo tomo de la
trilogía, Wassermann hace un resumen bastante extenso de El caso Maurizius y
arroja más luz sobre el carácter funesto del joven Etzel Andergast. De nuevo
nos corre un escalofrío ante el efecto que el perdón de Maurizius tiene sobre
Etzel. “¿Es posible que le den una maldita limosna en lugar de pagarle lo que
le deben?”, grita. En este punto el mundo se vuelve un caos para Etzel; ya nada
tiene sentido. La justicia, cree él, exige no que Maurizius sea perdonado sino
que el Estado, o la sociedad, implore perdón a Maurizius. Lo que Etzel esperaba
no era sólo la exoneración completa de una víctima inocente sino que se
denunciara y castigara a todos los que contribuyeron a esa persecución y a ese
innecesario sufrimiento. Totalmente contrariado y frustrado, tanto al final
como al principio, por la actitud de su padre, el muchacho cae en un furor
delirante. Tal como una vez le robaron el afecto materno, ahora le roban su
triunfo. Cuando un personaje así llega a la madurez, y con semejantes antecedentes,
todo puede pasar. Si se dan las condiciones es capaz de sacudir el mundo hasta
los cimientos. Y cuando tan increíble demonio cabalgue el torbellino, ¿quién se
va a acordar de que en su niñez era el símbolo mismo de la rectitud?
Voluntaria o
involuntariamente, es obvio que el autor ha creado el paralelo más asombroso
entre la odisea de Alemania, como la vio Hitler, y la de Maurizius, como la vio
Etzel Andergast.
Uno de los detalles más
oscuros y sin embargo significativos de la intervención de Etzel en el caso
Maurizius es la vinculación involuntaria, que él hace mentalmente, entre el
criminal y su madre. Como lo pone el mismo Wassermann: “Sólo un anhelo oscuro persiste
en él a medida que la imagen de su madre se va borrando de su memoria, y de una
extraña manera este anhelo se mezcla con la noticia de Maurizius asesinado,
como si, también desde ahí, la inocencia hubiera enviado sus fantasmáticos
mensajeros”. Detrás del deseo de rescatar y absolver al inocente Maurizius está
el anhelo secreto de liberar a su madre y reunirse con ella. El misterio que
envuelve a su lejana madre tiene la misma textura que el que envuelve a la
víctima infeliz que se consume en la penitenciaría. El destino ha conspirado
contra ambos. Pero a medida que Etzel prosigue sus investigaciones, la lógica
de las circunstancias tiende más y más a corroborar sus intuiciones.
Concretamente: que su padre es el origen de esta horrible injusticia. En una
carta a su madre que no puede enviarle por no disponer de su dirección, dice:
“Un joven de mi edad se siente con las manos y los pies atados con robustas
cuerdas. Quién sabe si cuando se las corten no se encontrará definitivamente
cojo y domado. Tal vez ése sea el objetivo. Se trata de domarlo a uno. ¿Te han
domado también a ti? [Esto recuerda la parábola de La oca salvaje, de
Kierkegaard.] Cuánto daría por saber qué pasa. Sé que tú me comprendes. Tengo
la sensación de que se te ha hecho una injusticia. ¿Es verdad?... Tú debes
saber que la injusticia es para mí lo peor del mundo... [Cursivas mías.] No
puedes imaginar lo que siento cuando se hace una injusticia, ya sea en mí o en
el prójimo —es igual. Me atraviesa. Me hacer doler el cuerpo y el alma, como si
alguien me llenara la boca de arena para ahogarme ahí mismo”.
¿Por qué un odio por la
injusticia tan arraigado, tan obsesivo, en un joven de apenas dieciséis años?
Evidentemente por una sola razón: la pérdida del afecto de su madre. ¿Quién es
responsable de esta privación? Evidentemente el monstruo tiránico de su padre.
“En su capacidad de mago (es decir, en su papel de principal frustrador y
sofocador), Etzel le había dado el apodo de Trismegisto. Así lo llamaba cada
vez que pensaba en él en sus funciones punitivas.” La amputación, pues, del
aspecto afectivo del muchacho digamos que lo desequilibró. Incapacitado para
expresar el normal instinto de amor, sólo podía afirmarse por la rebelión.
Salvar a Maurizius es el equivalente de salvarse a sí mismo. Es imposible vivir
en el mundo como un ser amputado, un tullido: la influencia mutiladora del
padre ha de ser destruida, la injusticia ha de ser liquidada.
Ni falta hace señalarlo,
aquí está el meollo del dilema de Etzel. La lucha contra la injusticia, el
deseo de voltear el orden establecido, el instinto mismo de rebeldía, tan
básico en el corazón del hombre, se revela como una ambivalencia. Lo que pide
Etzel, lo que pide un mundo de millones de seres que sufren, aun sin saber
expresarlo, no es la eliminación de la injusticia, ni siquiera la afirmación de
la justicia, sino la satisfacción de un apetito aún más imperioso, porque es
una necesidad positiva y permanente del corazón humano. Nada menos que la
condición del amor. A quienquiera se le niegue su legítima parte de amor se lo
mutila y frustra en la raíz misma de su ser. No importa la nobleza de la causa
ni el brillo de la bandera bajo la que lucha, no importa si Dios mismo parece
estar de su lado: quien intenta meramente extirpar la injusticia está
representando una farsa. El ego inflamado, borracho de poder, no conoce
límites: el fin es la autodestrucción. Para el tirano es fácil seguir el juego
de esta lógica espantosa. Pero en el virtuoso indignado el drama tiene
repercusiones aún más desastrosas. Los Etzel de este mundo —y los hay a ambos
lados de la valla —no conocen descanso, no conocen paz. Aunque posen como
salvadores de inocentes, lo único que consiguen es destruir. Son los que se
autoengañan, y esa pasión en cuyas alas vuelan raudos es un veneno para el
mundo. Ésta parece ser la esencia del mensaje de Wassermann.
Cuando Etzel huye a Berlín
en pos del perjuro, Waremme, deja una nota a su padre en la que dice: "Soy
consciente de lo que te debo. Pero no tenemos acceso el uno al otro y es inútil
que yo lo busque. No puedo decir que algo se interponga entre nosotros porque
todo se interpone entre nosotros... [Las cursivas son mías.] La verdad debe
aflorar. Quiero encontrar la verdad...” Entonces, con un estilo clásico,
comienza el viaje que termina en círculo. Es la vieja, muy vieja historia del
héroe que marcha a la aventura con la misión compulsiva de liberar la imaginada
víctima de la justicia —y así voltear los poderes fácticos. En nombre de la
verdad y la justicia se convierte él mismo en agente del crimen. En este caso,
como dijimos, la víctima de la injusticia, Maurizius, parece poseer un mayor
sentido de la claridad y una mayor lucidez que su salvador en ciernes. Mediante
el sufrimiento alcanza un grado de sabiduría negado a su liberador. Descubrimos
que su salvación no estaba en lograr una legítima libertad sino en la expiación
de sus pecados. Aunque no sea él quien mató a su mujer, sino su cuñada, Anna
Jahn, fue su sentido de culpabilidad lo que lo transformó en chivo emisario. En
el fondo, admite, había sido culpable de matar a su esposa. Maurizius tiene
perfectamente claro que es su propia conciencia la que le impuso el extremo
castigo que debe soportar. El hecho de que dieciocho años más tarde salga de la
cárcel, busque a Anna Jahn y descubra que es un ser vacío y sin valor parece,
superficialmente, una afrenta gratuita del destino. Pero un examen más pausado
de su carácter revela cuán meramente natural y adecuado es este desenlace.
Maurizius se había unido a una mujer quince años mayor que él con la esperanza
de hallar un lastre, un timón, un ancla. El niño mimado se vuelve rápidamente
el favorito de la mujer mayor. Busca un apoyo externo, no interno. Cuando debe
enfrentarse con la hermana joven quien, por su edad, su encanto, su belleza, es
capaz de inspirar un auténtico amor, no sabe qué hacer. Le gustaría descartar
la muleta que ya no le sirve, pero está demasiado atado a ella, tiene demasiada
conciencia como para abdicar. Lo cierto es que las necesita a ambas, pero eso
no es posible, al menos en nuestra sociedad.
Nadie había sospechado de
Anna Jahn, salvo Maurizius padre. Para el mundo, a medida que el proceso se iba
arrastrando, Anna Jahn asumía más y más los rasgos de un ángel inmaculado. La
oscuridad en que están sumidos sus actos y hasta sus motivaciones sólo puede
entenderse a la luz de su relación con Gregor Waremme, alias Warschauer. Ya
hablaremos de ello...
Waremme es un personaje
fuerte, en realidad satánico. Como Wassermann dice con precisión, ha
traicionado todos sus verdaderos instintos. Es un renegado en el sentido más
profundo de la palabra. Nacido judío, se hace católico fervoroso, nacionalista
alemán y propugna la guerra. Dotado de varios talentos y, gracias a su
personalidad magnética, capaz de ejercer una tremenda influencia sobre los
demás, a su alrededor no crea sino tragedias. Cuando Etzel lo encuentra ya está
en los últimos momentos de su desintegración, cosa que en nada mella su
capacidad de seducción. Sólo la inocencia salva a Etzel de ser devorado por
este personaje siniestro. Es como si un libertino se enamorase perdidamente de
una niña de pureza virginal. Waremme está indefenso ante la inocencia. Las
escenas entre estos dos en los ruinosos alrededores de Berlín saben al
legendario encuentro de Teseo con el Minotauro en el corazón del laberinto.
Dije hace un momento que el
héroe de la novela es Etzel Andergast. En el sentido banal del término, lo es.
Y Gregor Waremme, en tal caso, sería el villano. Pero dado que en un libro
vasto y profundo como éste no puede haber un antagonismo héroe-villano ya que
todos los personajes son una combinación de ambos, prefiero considerar a
Waremme como el protagonista.
En un principio me aboqué al
estudio de este libro con la intención de hacer un guión cinematográfico.
Quería, más que nadie en el mundo, ver esta historia en la pantalla. Quería que
llegase a todos los hogares. Quería ver resultados —me refiero a resultados
para los encarcelados de todo el mundo civilizado. Quería lo que quería Etzel,
es decir la liberación de los inocentes. Sólo que, a mi modo de ver, ¡todos los
encarcelados eran inocentes!
Curiosamente caí en la misma
trampa que Etzel. Contra toda razón, también yo quería sacudir los cimientos
del mundo a causa del problema de la injusticia. Toda una vida de decepciones
no me impedía esperar y rogar por que esta historia en particular diera en el
blanco —y alterara quizás el corazón humano.
Debo admitir que no estaba
preparado para hacer el guión. Mientras tanto la guerra iba en aumento. Para
hacer una película sobre la injusticia uno habría debido dibujar un plano del
cosmos. El mundo, como un queso maduro, estaba plagado de Maurizius. La injusticia
se difundía desenfrenadamente por todas partes. El vocablo
"prisionero" había perdido casi todo su significado; donde antes eran
miles ahora eran cientos de miles, de hecho millones. Prisioneros de guerra,
desde luego, pero prisioneros, y casi todos con un destino más horrible que el
de Maurizius. Prisioneros de carne y hueso, liberables, si sobrevivían, después
de la guerra. Esa era una diferencia, por cierto, pero, ¿a quién le interesaba
meditar acerca de esa diferencia? Interesarse en ese otro tipo prisionero, el
convicto, habría sido visto como una traición. ¡Primero la guerra! Ganemos la
guerra (ambos lados decían lo mismo, por supuesto) y ya nos ocuparemos de otras
injusticias. ¿Se ocuparían? Las victorias y derrotas de la guerra no han sido calculadas
para ablandar el corazón de los hombres. Las víctimas de la injusticia social
serán olvidadas después de la guerra, como lo fueron durante y antes de la
guerra. Todos lo saben. ¿Qué hacer? No parece que haya sino una respuesta
lógica: "Destruir el mundo y crear gente que piense de otro modo".
Y es de esto, al parecer,
que trata la trilogía de Wassermann acerca de Etzel Andergast y el doctor
Kerkhoven: la destrucción de nuestro mundo actual y el surgir de un ser humano
nuevo y mejor. Maurizius, el liberado, era incapaz de comenzar una nueva vida.
Casi todos los encarcelados de hoy son incapaces de comenzar una nueva vida.
Así también los carceleros, los jueces, los abogados que los acusaron o
defendieron. La sociedad misma, al menos la sociedad en la que creemos, está
atada de pies y manos. Rehúsa perdonar y rehúsa pedir perdón. Ejerciendo la
prerrogativa del castigo se ha llevado a sí misma ante el tribunal de justicia.
Una sociedad así provoca inevitablemente su propio fin.
No, la sociedad no da
soluciones, porque de arriba abajo está permeada de principios equivocados,
motivos equivocados. Filósofos, artistas, hombres de estado, científicos...
¡cuántos han descrito nuestro fin ignominioso! No les hacemos caso. De nada
serviría que a cada hora del día y de la noche, por las radios de todo el mundo
civilizado, lanzáramos advertencias siniestras. No podríamos nada. El guionista
que alegremente altera el libro para satisfacer las necesidades de la pantalla
—engordando así su propia billetera —es el símbolo de la vasta mayoría que
compone nuestra sociedad.
La verdad no tiene
importancia, la justicia no tiene importancia. Lo importante es que
“sigamos". "Business as usual”, y qué importa a dónde nos lleva.
¡Dadnos cualquier basura, pero que no cierren el cine!
El mismo Waremme, personaje
diabólico si los hay, está leguas por encima de este nivel intelectual. Waremme
capitula ante el mundo, pero sólo como un gigante que se inclina hacia las
cuerdas que lo tiran hacia abajo. Waremme no es de este mundo, como no lo son
Etzel ni Maurizius. Por eso el libro será siempre infinitamente superior a
cualquier interpretación que de él se haga. No hay personajes cinematográficos
capaces de transmitir los pensamientos y sentimientos de estos protagonistas.
No convencerían aun si recitaran con los labios las mismas palabras del autor.
Para comprender y gozar del drama, tal como lo presentó Wassermann, la sociedad
debería ser diferente de lo que es. Ya Wassermann habla a una sociedad
superior, una sociedad mejor. Supone que tenemos oídos para escuchar, que
tenemos ojos, que tenemos corazón. Pero en nuestra sociedad faltan estos
órganos. La nuestra es una sociedad de “gueules cassées", una sociedad de
sordos, cojos, ciegos, enfermos —de gente sin rostro. Los ciegos guían a los
ciegos. Nos estamos precipitando de lo alto del acantilado. También quienes
saben leer y comprender se precipitan, no nos equivoquemos. El mensaje no es
para nosotros. Es un mensaje malgastado. Ya es demasiado tarde. Los muros de la
prisión se desmoronan, pero con ellos también los reclusos. Y somos todos
reclusos en la misma prisión. Nos hacen saltar a todos juntos. ¡Viva! ¡Hurra!
Es demasiado tarde,
Klakusch. Es demasiado tarde para hacer caso de tus maravillosas palabras.
«¡Detente, mundo de los
humanos, y aborda el problema desde un ángulo diferente!»
¿A quién dirigiste estas
palabras? No a nosotros. Nosotros somos sordos. Nos precipitamos, como los
cerdos de Gadara. Nadie nos para. ¡Viva! ¡Hurra!
He pensado más acerca de El
caso Maurizius que sobre cualquier otro libro que jamás haya leído —salvo tal
vez El círculo del destino, de William Blake, un libro de Milton Percival. A
momentos lo olvido, pero vuelve, insistente e insidiosamente. Hablo de él a
quien quiera prestarme oídos. Veo en las caras de mis interlocutores que de
ninguna manera puede significar para ellos lo mismo que para mí. Es uno de esos
libros que parecen haber sido escritos expresamente para quien lo lee. Nada
explica su poder de seducción. No es el más grande de los libros que haya
leído, ni el mejor escrito. Tampoco su tema es el más elevado. Es un panfleto
al que un hombre como yo se siente peculiarmente susceptible. Me obsesiona,
como la Esfinge obsesionaba a los antiguos. Porque sin duda contiene un secreto
en forma de acertijo. Es misterioso porque, a pesar de las explicaciones —las
del autor, las de sus intérpretes —nada queda realmente explicado. ¿Será porque
trata de la justicia, sobre la que no sabemos casi nada? ¿O porque la
descripción de la justicia humana despierta en nuestro fuero interno
intimaciones a la justicia divina? ¿Por qué un caballero errante como Etzel se
convierte en un auténtico monstruo? ¿Significa que el hombre demasiado
preocupado por la justicia es a su vez el más injusto? ¿Es tarea para el hombre
administrar justicia aquí en la tierra? Y si no intenta hacerlo, ¿estará
evadiéndose de un deber hacia sus congéneres o inspirándoles una actitud más
elevada? Klakusch tiene terriblemente razón desde su punto de vista —al menos
es lo que yo aprecio— y sin embargo es un personaje menor en el libro,
accidental, patético, casi ridículo. Sin Klakusch la víctima Maurizius no
habría tenido nada ni a nadie que lo apoye. Klakusch debe matarse para
convencer a Maurizius de las verdades que formula. El mundo nunca abordará el
problema "desde un ángulo diferente”. Desde el nivel del mundo todo
problema es insuperable. Los ángulos para abordarlo siempre son desde abajo,
desde hombres sumergidos. La muerte de Klakusch no sirve aparentemente para
nada (a menos que afecte a gente como yo). Quienes tienen el poder de abrir las
puertas las mantendrán cerradas hasta oír el primer crujido del derrumbe.
Arrastrarán al mundo consigo antes que cambiar de actitud.
Ya mencioné el hecho de que
el autor subraya el vínculo, en la mente de Etzel, entre el prisionero
Maurizius y la madre que le habían robado. Quiero volver a esto. ¡Liberar a la
madre! Para mí tiene un único significado —liberar su propia capacidad de amar.
Salvar a Maurizius en realidad no significa nada. Etzel nunca lo conoció. Para
él, como antes para su padre, es "un caso”. Es el pretexto que Etzel
necesita para vengarse del padre. ¿Por qué se pone tan furioso cuando se entera
de que Maurizius ha sido liberado? La liberación sólo significa que lo han
"perdonado". Si lo que lo preocupaba era únicamente la libertad de
Maurizius —es lo que preocupa cuando uno actúa con motivaciones cotidianas—, se
habría contentado, aunque no se hubiera sentido del todo satisfecho, con las
acciones y las motivaciones de su padre. Pero lo que lo preocupa no es
Maurizius, sino esa abstracción, la justicia. ¿Lo preocupa, realmente? ¿Es la
justicia lo que quiere, en su totalidad, o más bien el hermano gemelo perdido
de la justicia, el amor? A quien han engañado es a él, a Etzel, no a Maurizius.
Donde percibimos
horrorizados hasta qué punto se ha torcido el amor de Etzel es en el segundo
tomo de la trilogía, Etzel Andergast. Aquí comienza el enigma de otro asunto
triangular, en donde Etzel actúa de manera muy similar a la del Maurizius al
que intentó socorrer. Lo que quiero decir, para usar los mismos términos con
que Wassermann se refiere a Maurizius, es que "no es suficientemente
hombre para abandonar una cosa o la otra". "La renuncia", dice
Wassermann, "requiere una clara lucidez; pero personajes inmaduros (como
Maurizius) raramente se dan cuenta cabal de su situación o de sus impulsos
escondidos; prefieren ir dando tropezones en la incertidumbre".
La diferencia entre ambos
casos, no obstante, es que Maurizius no era más que un hombre "débil”.
Etzel es francamente malo. No se ha traicionado sólo a sí mismo, sino que
traiciona a su salvador, el doctor Kerkhoven. A este respecto es interesante que
la mujer del triángulo, Marie, esposa de Kerkhoven, sea algo mayor que Etzel.
¿No será que en su cerebro retorcido Marie sustituye a esa madre de cuyo amor
fue privado? Su pasión por Marie es incontrolable. Tiene algo de desesperado,
algo casi feroz. Etzel, como Maurizius, merece nuestra piedad, no nuestra
censura. Sabemos que no quiere afrentar al hombre que venera, el doctor
Kerkhoven. Fuerzas mayores lo obligan a hacerlo. Pero nosotros sentimos que es
culpable, cosa que no sentimos con respecto a Maurizius. Todos sus actos son
violaciones. Nos hace retroceder horrorizados y consternados. Hasta logra que
esa gran figura de santo que es Kerkhoven sienta sed de matar. Y nosotros lo
aplaudimos. Sabemos que su deseo de ver muerto a Etzel está justificado.
¡La Madre! Hay que tener en
cuenta que su imagen se le ha completamente borrado de la memoria. "No
tiene imagen alguna de ella, ni siquiera una imagen mental, tanto hace que
desapareció de su vida, y todo recuerdo de ella, por alguna razón que no logra
comprender, ha sido destruido, incluso todas las señales externas, fotografías,
retratos." Wassermann se detiene a menudo en los antagonismos caseros,
como para señalar la fuente de todos los problemas futuros. Se refiere a uno de
los amiguitos de infancia de Etzel, en cuya casa no hay paz, y observa:
"La actitud revolucionaria de un chico suele originarse en un hogar
desordenado. En muchas casas burguesas el afecto ha muerto generaciones atrás.
Hace falta un corazón singularmente dotado para que la sed insaciada de afecto
no degenere en sed de venganza”. Y más adelante, cuando el maestro Camill Raff
intenta analizar el extraño comportamiento de Etzel, cuando se pone a pensar en
el significado de la insólita pregunta que le hizo Etzel —"¿Hay deberes
conflictivos o hay un único deber?”—cavila en los siguientes términos: “Un
muchacho de dieciséis años debe decidir con libertad, debe moverse con la
ilusión del infinito. Si se lo obliga a abandonar la libertad de soñar y jugar,
en aras a las vías del cometido y la utilidad, el sufrimiento es inevitable,
porque muy pronto siente y se da cuenta de que lo están obligando a abandonar
una feliz confusión y la alegría de una abundancia inconmensurable que la vida
nunca podrá compensar". Y más adelante aun, cuando Herr von Andergast
busca al rector para hablarle de Etzel, el autor nos permite vislumbrar otro
aspecto de las profundas perturbaciones que tienen lugar en el alma del
muchacho. "Etzel siempre da la impresión de transitar abstraído por los
canales normales, como buscando la primera oportunidad para escabullirse a la
vuelta de la esquina y llevar a cabo algún cometido que sólo él entiende.
Cuando reaparece tiene el aspecto de quien ha robado algo y a hurtadillas
intenta esconder rápidamente el botín. Y de veras son robos, las experiencias
que busca y que no admiten examen, las palabras y pensamientos que acumula, las
imágenes con que almacena su fantasía insaciable. Encuentra cómplices en todas
partes, todas las puertas se abren al mundo y todo conocimiento del mundo
empaña este espíritu inmaculado." "Este muchacho tiene un espíritu
inquieto” observa el rector. "Realmente sólo creerá en lo que se pueda
demostrar sin sombra de duda... El mismísimo Dios lo tendría difícil con él.”
Son los comienzos de un
santo o un demonio. Evidentemente Etzel tiene carácter. De una personalidad tan
inquieta se diría que tiene fibra de artista. Y aunque el mismísimo Dios lo
tuviera difícil con él, ¿no son acaso precisamente éstas las almas que más
placer le da a Dios rescatar? ¿No es verdad que se pueden esperar grandes cosas
sólo de mentes inquietas y atormentadas como éstas? La influencia terapéutica
del doctor Kerkhoven sobre el muchacho, en el segundo tomo, nos infunde grandes
esperanzas. Desgraciadamente esto no dura. En este caso hasta un terapeuta como
Kerkhoven es impotente. Si Marie no existiera quizás Kerkhoven habría podido
hacer algún progreso. Pero Marie es precisamente la encarnación de una
tentación contra la que Etzel no puede luchar. Marie, marchita por falta de
afecto, reemplaza esa fuente de amor perdida que Etzel ansió en su madre. Para
él, Marie se vuelve el afecto mismo. Y ya desatento al "deber” se deja
hundir en el océano de su afecto.
La imagen que este volumen
nos da de la vida de Etzel después de alejarse del hogar paterno es como un
estudio íntimo de un corte de la sociedad civilizada. ¡Qué Alemania!, nos
decimos. ¡Qué nido de víboras! Nada sino corrupción, duda, desilusión, crimen.
Aquí vemos el terreno en el que germinará el futuro tipo esquizofrénico, el
lobo estepario del mañana. ¡Qué Alemania! Ah, pero ¿se trata sólo de Alemania?
¿Y Francia? ¿Y qué decir de Italia, España, Hungría, Polonia, Rumania? ¿Y qué
de Inglaterra? ¿Y qué de nuestros Estados Unidos de América? ¿Hace falta volver
a describir estos osarios ulcerosos? Pensemos en la juventud que describe
Céline en Muerte a crédito. ¿Sería la vida de un caníbal más fea y desesperada
que la del juvenil Ferdinand en ese jardín de la cultura que es Francia? Y si
queremos una descripción de lo perverso e hipócrita, de la estupidez e
insensibilidad más monstruosas, basta con volver a Enemigos de la promesa, de
Cyril Connolly. ¿Quién, sin ser de hierro, podría sobrevivir a ese entrenamiento
especial llamado educación en las escuelas inglesas? Pienso enseguida en otro
inglés que describe otro tipo de vida, no menos amarga, fútil y despreciable,
si bien típica de nuestra sociedad civilizada: George Orwell en Down and Out in
París and London. Y de ahí a Arthur Koestler no hay más que un paso. Las obras
de Koestler ponen a toda Europa ante la justicia y la declaran culpable. En
todas partes hay hombres con las manos ensangrentadas. En todas partes la caza
al hombre. En todas partes acusador y acusado. No es la injusticia sino la
intolerancia lo que impregna todos los libros de Koestler. Y con ello, la falta
total de dignidad humana y la traición de todos los valores humanos. Los héroes
yacen en el fango, pisoteados: La hez de la tierra. Objetos de piedad o
desprecio. Ignorados, abandonados para marchitarse, para pudrirse. Y en Rusia,
donde el gran experimento social lleva ya más de veinte años, ¿qué vemos? ¿Es
éste el último refugio de esperanza para el hombre blanco europeo? Leamos
Oscuridad a mediodía, de Koestler: este proceso, que nos recuerda otros
procesos célebres en la historia de Europa, nos da náuseas. ¿Exagerado? Nada es
exagerado hoy. No hay infamia, ni crimen, ni nada vil ni indigno ni degradante
que esté más bajo que los actuales miembros de nuestro mundo civilizado. De
nuevo arde la Inquisición, ora en Alemania, ora en Rusia, ora en Italia, ora en
España, ora en Francia. Las largas pesadillas de Kafka no eran sino la
preparación para los horrores reales mucho mayores que nos tocaría presenciar.
En la India prácticamente todos los líderes capaces e inteligentes están presos
o exiliados. En Grecia, en Bélgica, en Polonia, el pueblo ha sido traicionado
por aquellos mismos que debían liberarlo de la opresión. Nada de raro tiene que
en Inglaterra haya un Alex Comfort que se desgañite gritando (y todavía nadie
le ha caído encima) que "el enemigo es la sociedad", esta sociedad,
esta sociedad dicha civilizada. Años antes del conflicto actual el hombre
condenado hoy por "colaboracionista”, que fue para su generación lo que
Romain Rolland fue para la suya, el hombre de la verdad, adorador de lo bueno y
de lo bello, Jean Giono, hizo oír su voz del mismo modo. En Obediencia rehusada
tenemos la rebelión mordaz de un hombre de carácter que se da cuenta de que el
sacrificio de la última guerra fue en vano. Donde Comfort usa el término
Sociedad, Giono usa el Estado Capitalista. Hoy sabemos que el Estado
Capitalista no es el único culpable, sino toda forma actual de gobierno en el
mundo civilizado. Por consiguiente, donde se lee en Giono el Estado Capitalista
habría que poner la palabra Sociedad. He aquí cómo Giono comienza su
desgarrador recital:
No puedo olvidar la guerra.
Ya me gustaría. A veces pasan unos días sin que piense en ella. Luego la vuelvo
a ver, a sentir, a oír, a sufrir. Y tengo miedo...
No me avergüenzo. En 1931
rehusé plegarme a los preparativos militares que agrupaban a todos mis
camaradas. En 1915 marché al frente sin creer en la patrie. Me equivocaba. No
en no creer, en marchar...
Sé que nunca maté a nadie.
Participé en todos los ataques sin llevar un arma, o más bien con un arma
inutilizada. (Todos los sobrevivientes saben lo fácil que era, disponiendo de
un poco de tierra y orina, transformar un fusil Lebel en un palo.)
No me avergüenzo, pero
considerar que era correcto hacer lo que hice... fue un acto de cobardía ir a
la guerra con el aspecto de quien está de acuerdo. No tuve la valentía de
decir: "No voy al ataque”. No tuve la valentía de desertar. Tengo una sola
excusa: era joven. No soy cobarde. Me dejé engañar por mi inmadurez y también
por quienes sabían que era inmaduro...
La guerra no es una
catástrofe... es un medio de gobierno. El Estado Capitalista no reconoce a los
hombres que buscan lo que llamamos felicidad, los hombres cuya naturaleza es
ser lo que son, hombres de carne y hueso —sólo los reconoce como material con el
que producir capital. Para producir capital necesita a veces la guerra...
Los que gozan, en el Estado
Capitalista, sólo gozan de la sangre y del oro. Eso es lo que hace decir a sus
leyes, a sus profesores, a sus escritores acreditados, que existe el deber de
sacrificarse. Es necesario que tú, yo y los demás, nos sacrifiquemos. ¿Por
quién?
El Estado Capitalista nos
esconde elegantemente el camino al matadero: os sacrificáis por vuestro país (y
ya ni se atreven a decir eso) pero, en definitiva, por vuestro vecino, vuestros
hijos, las generaciones futuras. Y así, generación tras generación. ¿Quién se
come al final, entonces, los frutos de este sacrificio?
Hablo con objetividad.
Tenemos un organismo que funciona. Se llama Estado Capitalista tal como podría
llamarse perro, gato o gusano. Ahí está, sobre mi mesa, con la panza abierta.
Lo veo funcionar. Si quito la guerra de este organismo lo desorganizo tan violentamente
que lo dejo incapacitado para vivir —como cuando le quito el corazón a un perro
o secciono el centro motor de un gusano.
Sigamos siendo objetivos.
¿Para qué sirve mi sacrificio? ¡Para nada! (Oigo bien, no gritéis tanto en la
sombra. No mostréis vuestras asquerosas bocas, vosotros, víctimas de la
fábrica. No habléis, vosotros que decís que el taller está cerrado y que no tenéis
pan en casa. No aulléis contra el portón del castillo donde la fiesta tiene
lugar. ¡Os oigo!) Mi sacrificio no sirve para nada, salvo para prolongar la
existencia del Estado Capitalista.
¿Merece mi sacrificio este
Estado Capitalista? ¿Es cariñoso, paciente, amable, humano, honesto? ¿Quiere la
felicidad para todos? ¿Es arrastrado por su movimiento sideral hacia el bien y
la belleza, es portador de la guerra en su seno sólo como la tierra lleva su
calor central? No hago estas preguntas para contestarlas por mí. Las hago para
que todos y cada uno las contesten por sí mismos.
Ese es el tono y el espíritu
de Jean Giono, como polemista y propagandista. Ése es el tipo de hombre que hoy
lleva la etiqueta de traidor. Hay otro Giono, aún más grande, que escribió El
canto del mundo y Que mi felicidad perdure. Éste es el Giono enamorado de la
vida, que va en busca de "las bellezas de la tierra”, que goza con todas
las creaciones de la naturaleza, de la más alta a la más baja, el hombre que
ama a los niños, el hombre del suelo, el hombre que fue una inspiración para
todos quienes lo conocieron. ¿Y un hombre así ahora es un traidor? Rehúso
creerlo. Sostengo que algo no funciona en una sociedad que, por el hecho de no
estar de acuerdo con las opiniones de una persona, puede condenarlo como un
archienemigo. Giono no es un traidor. El traidor es la Sociedad. La Sociedad
traiciona sus buenos principios, sus vacíos principios. La Sociedad siempre
busca víctimas —y las encuentra entre las glorias del espíritu.
Así es la Sociedad. Una
sociedad culpable atenazada por el miedo. Siempre husmeando y oliendo, siempre
temerosa de una invasión, siempre señalando con un dedo acusador. Todo hombre
es culpable. Todo hombre está cargado de culpabilidad, desde la cuna. Si alguna
vez hubo una época culpable, es ésta. Culpabilidad e histeria. Y en la base de
todo ello, como un dragón maligno, el Miedo.
Volvamos a El caso
Maurizius... Obsérvese, por favor, cómo todos los personajes están acribillados
por la culpabilidad. Incluso Maurizius, el inocente. Digamos más: especialmente
Maurizius. ¿No es él quien dice: "El hombre está aislado del hombre por la
culpabilidad”? Cada uno, Elli, la esposa, Anna Jahn, su hermana, Maurizius
padre, el barón Von Andergast, Waremme-Warschauer —todos se retuercen en la
culpabilidad.
¡El inocente! Concentrémonos
en él por un momento, en la naturaleza singular de su odisea tal como la ve la
ley, la sociedad misma. Las palabras de Maurizius acerca de esto son muy
significativas. Escuchemos lo que dice cuando ese dechado de justicia que es
Herr von Andergast lo visita en su celda y repite lo que todos los servidores
de la ley del mundo civilizado reiteran tan a menudo, algo tan trillado, tan
inconsciente.
Herr von Andergast acaba de
decir: “Todos son considerados inocentes mientras su culpabilidad no ha sido
indiscutiblemente probada".
A lo que Maurizius responde:
"Así está escrito. Es innegable. Muchas cosas están escritas. ¿Pero puede
usted afirmar que se cumple? ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Con respecto a quién?... Como
digo, no hablo de mis circunstancias personales... Yo no he tenido sólo mi
experiencia personal: he tenido mil. He oído acerca de mil jueces, he visto a
mil jueces ante mí y he podido observar el trabajo de mil de ellos, y siempre
es igual. Desde el principio, el juez es el enemigo. Para él el hecho ha sido
cometido, toma al ser humano en su nivel más bajo. El acusador es su dios, el
acusado su víctima, el castigo su objetivo. Si uno ha llegado al punto de
comparecer ante un juez, está perdido... ¡Juez! Antes la palabra tenía un alto
sentido. El más alto en la sociedad humana. He conocido gente que me dijo que
en cada proceso tiene la horrible sensación en los testículos que se tiene de
pronto ante un profundo abismo. Todo interrogatorio cruzado depende del empleo
de ventajas tácticas se adquieren tan deshonestamente como los subterfugios de
una víctima acorralada... ¿Cómo conseguir la protección que exige la ley? La
ley no es más que un pretexto para las crueles instituciones creadas en su
nombre, ¿y cómo esperar que uno se incline ante un juez que convierte a un ser
humano culpable en un animal maltratado?... Todo se reduce al hecho de que
quien vive en el cielo no tiene idea del infierno, por mucho que se lo repitan
días y días. Todas las fantasías se quedan cortas. Únicamente puede
comprenderlo quien está dentro".
Entonces, después de más
palabras de Von Andergast sobre la imperfección de las instituciones humanas y
la impracticabilidad de destruir la entera estructura, Maurizius se ve forzado
a recitar, palabra por palabra, fragmentos del discurso condenatorio del propio
Andergast. Es el retrato de un criminal hecho por el criminal mismo. No el
criminal Maurizius sino el criminal Von Andergast. Y así describe Wassermann lo
que Von Andergast piensa de las palabras que pronunció dieciocho años antes:
“La repetición, exacta casi
hasta la última palabra, de un discurso hecho hace casi una generación, lo
llenó de asombro; lo curioso es que nada de todo ello le era familiar, ni
siquiera le sonaba conocido, a él, el autor, aunque podía apreciar con alguna
certeza que Maurizius no había alterado ni distorsionado nada; más bien lo veía
como algo extraño, algo desagradable y de mal gusto, exagerado, lleno de frases
y retórica y contrastes forzados. Bajando la mirada hacia el convicto agachado,
su disgusto por su propia oratoria en boca de este hombre creció hasta el
disgusto físico, y tuvo que reprimir sus ganas de vomitar; tuvo que cerrar los
dientes convulsivamente. Era como si sus palabras se arrastraran por las
paredes como gusanos, viscosas, incoloras, odiosas, feas. Si toda realización
es tan fugaz, tan temporal, tan cuestionable, ¿cómo soportar el ponerse a
prueba? Si una verdad por la que uno está dispuesto a responsabilizarse ante
Dios y el hombre puede, al cabo del tiempo, convertirse en una payasada, ¿en
qué queda la «verdad» en general? ¿O sería simplemente que algo en él se había
descompuesto, que el armazón de su ego se había roto?”
Y Maurizius vuelve a hablar,
ahora de su juventud romántica. Acaba de contarle a Andergast el amor puro que
tuvo a los dieciséis años por una prostituta, y el desenlace trágico de ese
episodio. "Quizás, ahora que pienso, uno nunca se recobra de algo
así", dice. En esos años, como él mismo dice, todo lo egotístico era
esporádico y quien no rompiera decididamente con su entorno y la tradición poco
a poco se empantanaba y era descartado, y debía cargar del mejor modo posible
con sus propios malos humores. Como dice, uno podía ser "romántico” y
tener muy poca conciencia.
Y aquí viene su parrafada
más significativa:
“Todavía recuerdo que a los
diecinueve años volví a casa después de una representación de Tristán, feliz,
una persona renacida, y robé veinte marcos del escritorio de mi padre. Ambas
cosas eran compatibles. Uno le juraba a una chica que se casaría con ella, poco
después la despreciaba y la dejaba abandonada a su destino y, en un momento de
exaltación, leía y asimilaba la vida y las obras de Buda. Le robaba a un pobre
sastre sus ganancias y se quedaba transido ante una Madonna de Rafael. Uno
podía conmoverse tremendamente en el teatro ante Los tejedores, de Hauptmann, y
leer con satisfacción que habían disparado sobre los huelguistas del Ruhr.
Ambas cosas. Siempre ambas eran posibles... Ahí tiene otro retrato. Un
autorretrato. ¿Cree que es más halagüeño que el suyo? El único elemento
redentor es que cada vez admite dos posibilidades. El suyo es de una crueldad
implacable porque sólo admite una.”
Sin embargo es en
Waremme-Warschauer donde la dualidad hace eclosión. "Todo lo que se dijera
de él era tan cierto como lo diametralmente opuesto.” Dominaba una docena de
lenguas, era poeta, filósofo, filólogo y político, pero también jugador, donjuán,
pervertido, perjuro y renegado. Exuberante, en él florecía el chancro que se
oculta en el centro mismo de la sociedad. El más dotado y culto de los
personajes del libro, Waremme era la verdadera flor del mal. En uno de sus
interminables monólogos ante Etzel menciona una vez un dicho oriental que en mi
opinión puede aplicársele. “Si un hombre se separa de su alma y del anhelo de
su alma, no se queda parado en el camino sino que acelera su vagabundeo.”
Volviendo la mirada a su juventud le dice a Etzel: “Podía tomar de asalto a la
gente, podía encender su entusiasmo sin cesar, podía... ¿Qué no podía?... Podía
devolverles su propia alma... Mi comunicación era para mí mi otra naturaleza,
mi verdadera naturaleza como el latir de mi pulso: donde podía comunicarme me
identificaba; era la forma más sublime de amor por los hombres y las mujeres,
un incansable asedio para sacar de quicio al prójimo, para liberarlo de
barreras y reservas. Yo no las tenía, ni barreras ni reservas, ahí residía
todo...”
En el curso de uno de estos
monólogos hace un retrato comparado de Europa y América. Waremme había pasado
unos doce años en algunas de nuestras grandes ciudades, también en Chicago.
Había intentado romper con Europa. Pero, como dice, "darle la espalda a
Europa no significa poder vivir sin ella”. Sólo renunciando a ella podía una
persona de su tipo, confiesa, comenzar a comprender lo que Europa de veras
significa. “Europa no era meramente la suma de los vínculos de su propia
existencia personal, la amistad y el amor, el odio y la infelicidad, el éxito y
las decepciones; era, venerable e intangible, la existencia de una unidad de
dos mil años, Pericles y Nostradamus, Teodorico y Voltaire, Ovidio y Erasmo,
Arquímedes y Gauss, Calderón y Durero, Fidias y Mozart, Petrarca y Napoleón,
Galileo y Nietzsche, un inmenso ejército de genios y otro no menos inmenso de
demonios. Toda esta luz metida en una oscuridad desde la que vuelve a brillar,
un sórdido cenagal del que nace una vasija de oro, las catástrofes y las inspiraciones,
las revoluciones y los oscurantismos, las moralidades y las modas, todo ese
gran torrente común con sus cadenas, sus escenarios y sus cúspides, que
conforman un espíritu. Eso era Europa, ésa era su Europa."
Así es que Waremme se marcha
a América, a la manera de un segundo Colón, para proclamar el espíritu de
Europa. ¿Y qué ocurre? “Al cabo de unas semanas”, narra, “estaba totalmente en
la indigencia. Lo cual no me importaba mucho. Nadie se muere de hambre allí. El
país entero, por así decir, es un gigantesco plan de seguros contra la
inanición. La caridad pública es tan enorme que los mendigos son casi tan
escasos como los reyes. Y tienen democracia. Qué hay entre el vivir y el no
morir de hambre es otro asunto. Imagínese un tremendo hospital, con todas las
comodidades modernas, repleto de enfermos incurables que jamás mueren, ni uno
de ellos, y eso es lo que hay «entre». Las muertes dañarían la reputación del
hospital..." [Las cursivas son mías.]
Prosigue refiriéndose a su
incapacidad de comunicar nada en el estilo de los americanos que conoció.
“No", cavila, “no aman el mundo del espíritu. Amaban la cosa, el objeto,
amaban la realización, el elogio, el hecho, pero para ellos el espíritu es algo
inmensamente misterioso. En su lugar tienen algo, la sonrisa. Tuve que aprender
a sonreír." Y así va de ciudad en ciudad. “Jack te manda a ver a John,
John a Bill, y cuando Bill descubre que ya no vales gran cosa, te tira a la
basura —todo de manera muy amistosa, claro. ¡Sonríe!"
Y luego a Chicago... los
treinta mil canarios que acaban de ser desembalados y cantan con sus treinta
mil minúsculas gargantas... ahogando el ruido de las grúas y los motores, los
aullidos de las locomotoras y la gente. Se queda parado, no sabe si reír o
llorar. “Es tan demente, tan sagrado, como en el mundo de las hadas. Y después
los corrales... “donde el olor dulzón de la sangre sube de los tremendos
hangares y depósitos; una constante nube de sangre pesa sobre toda la ciudad:
la ropa de la gente huele a sangre, sus camas, sus iglesias, sus cuartos, sus
vinos, sus besos. Todo es tan tremendo, tan insoportablemente inmenso que el
individuo apenas si tiene nombre, la cosa aislada no tiene nada, nada que la
diferencie. Numeran las calles, ¿por qué no a la gente, según los dólares que
ganen con la sangre del ganado, con el alma del mundo?” Luego Halstead Street,
la calle más larga del mundo —el nuevo camino del Gólgota. Y entonces el negro,
Joshua Cooper. Joshua, cubierto de sangre, que maneja la manopla. Aquí Waremme
no pone freno a su pasión. "¡Bestias! Ni siquiera: cualquier bestia tiene
alma de cuáquero, comparada con ellos... Figuras aquerónticas, animales bípedos
del suburbio. No los tenemos en este país. Aquí los más depravados te recuerdan
que han nacido de una madre...”
Al final de este largo
monólogo se filtra un rayo de luz. Viene de la “radiante cara de cumpleaños” de
Hamilton La Due. En la persona de La Due, Waremme comienza a percibir al
americano potencial, el auténtico demócrata del que cantó Whitman. "Vi un
ser humano que, pese a su insignificancia exterior, representaba una unidad, el
cristal nacido de la materia prima. Probablemente había infinitas personas como
él, y cuanto más miraba este tremendo tinglado, más me convencía de que él sólo
era uno entre infinitos otros como él, a quien conocí por puro caso. Éste
sacudió mi orgullo europeo profundamente..." Y dice que La Due no tenía
mensaje alguno, que no era un evangelista, que mostraba una amistosidad
sencilla, infantil, nada más.
"Probablemente no
pensaba acerca de ningún asunto. Lo aceptaba todo tal cual, lo horroroso y lo
agradable..." Y entonces, con elocuencia torrencial, Waremme resume el
significado de este La Due. "En esa tremenda nación, con sus tremendas ciudades,
sus tremendas montañas y ríos y praderas, su tremenda riqueza y su tremenda
pobreza, sus tremendas fábricas y su tremendo miedo a la anarquía y la
revolución, en medio de todo ello, nos topamos con el inofensivo y pequeñito La
Due... ¿cómo expresarlo? Un nuevo tipo de hombre. No salía de mi maravilla.
Gracias a él comprendí que todo aquello todavía era una masa ázima...”
Es curioso que el hombre
representado como encamación del diablo sea capaz de reconocer el carácter
ejemplar de un personaje como Hamilton La Due. ¿Será por ser, este La Due, un
personaje totalmente invisible, un hombre sencillo sin la mínima pretensión, un
hombre inconsciente de su propia bondad? También Etzel tiene un hombre que
venera, al que finalmente va a visitar: Mechior Ghisels, el escritor. En la
mente de Etzel, por cierto, este Ghisels se ha convertido prácticamente en un
dios. Pero visto más de cerca este dios resulta ser demasiado humano. Es un
dios agotado por el sacrificio. Cuando Etzel lo encuentra está postrado en un
sofá, tan agostado que es incapaz de contestar a la pregunta abrasadora: “¿Qué
es entonces la justicia si no soy capaz de comprenderla yo, Etzel
Andergast?" Y Ghisels, con el aspecto idéntico al de un crucificado, sólo
atina a contestar: "Nada puedo decir, salvo que me perdone, no soy sino un
hombre débil". Despidiéndose de Ghisels, Etzel recuerda una hermosa frase
que una vez significó mucho para él, y entonces, dice el autor, Etzel
comprendió en lo más íntimo de su ser que “los diez mil ángeles en una hoja de
rosa eran una metáfora, un poema, un símbolo misterioso y bello, nada más, ay,
nada más que eso”.
Quiero detenerme en algunos
aspectos de esta conversación. En primer lugar Ghisels parece ser el portavoz
del propio autor. Entre las vidas de ambos hay parecidos importantes. También
Wassermann estaba agobiado por la insaciable demanda de sus lectores. La gente
lo creía algo más que un escritor; sus libros contenían una promesa que
faltaban en los discursos de los teóricos político sociales. En esta
conversación con Etzel, Wassermann se sirve de Ghisels para dar su propia
visión de la sociedad europea y la crisis que se avecinaba. Es como si hiciera
que el joven Etzel, su propia atormentada creación, saliera de las páginas del
libro para hurgar en su estudio; como si lo tuviera ante sí dando puñetazos
sobre el escritorio y gritando: "¡Exijo una respuesta! ¡Tú me pusiste en
este imposible brete, ayúdame ahora a zafarme de él!" Es como si
Wassermann no estuviera satisfecho de su propia habilidad verbal, su propia
capacidad de invención, como cansado de estos perpetuos problemas humanos a los
que jamás responde directamente el arte. Parece desafiarse a un último esfuerzo
supremo, el esfuerzo divino de un hombre por encima de toda consideración
personal, consciente de que estos problemas no tienen solución humana. Con El
caso Maurizius Wassermann se acerca al final de su propia vida. Parece haber
reunido todas sus fuerzas para esta tarea extrema. En el último tomo de la
trilogía su presencia es inconfundible. Como Herzog, el novelista
descorazonado, también él busca un personaje que venera desde hace mucho tiempo.
El doctor Kerkhoven es un ser exaltado, superior al autor mismo. Es como el
Creador que ante su propia creación es vencido, y vencido con toda justicia.
Kerkhoven es el símbolo del sanador. ¡Qué notable! El autor pone en lo más alto
al tipo de hombre más necesario en el mundo de hoy. Si creemos que Ghisels le
ha fallado a Etzel en el momento crucial, debemos recordar que quien lo juzga
es un muchacho de dieciséis años cuya experiencia vital no le permite
comprender las limitaciones del artista. Debemos también preguntamos si
Wassermann no se estaba condenando a sí mismo, y consigo a todos los artistas
de nuestro tiempo. Visto así, ¡qué fuertes sus palabras! "Este es el
significado que él [Etzel] cree haber descubierto en los escritos: Que uno ha
de dar un paso más". A medida que se ahonda en la trilogía esta frase se
vuelve obsesiva. Es la frase que describe la cualidad esencial de ese
monumento, Kerkhoven. Kerkhoven siempre está volviendo a empezar, osando
siempre romper los límites, sus propios límites.
Tal vez ahora podamos volver
a las palabras de Ghisels, pero con mayor lucidez. Así le habla a Etzel:
"Lo que lo trae a mí no me es nuevo, desgraciadamente. Es una crisis que
ha hecho más que inocentes ondas en un estanque. Hace algunos años uno se podía
consolar suponiendo que se trataba de tal o cual caso particular, y a ello uno
se podía adaptar —uno se puede adecuar a los casos particulares—, pero hoy nos
amenaza el colapso de la entera estructura que venimos alzando desde hace dos
mil años. El deseo enfermizo de romper las cosas se ha arraigado en los seres
más sensibles. Si no lo podemos parar —me temo que sea demasiado tarde —en los
próximos cincuenta años nos llevará a un derrumbe espantoso, mucho peor que
todas las revoluciones y guerras del pasado. Es curioso, la conmoción a menudo
proviene de quienes viven en el engaño de estar llamados a salvaguardar
nuestras más sagradas posesiones”.
Etzel escucha atentamente,
pero lo hace como el boxeador que espera a que el otro baje la guardia. Lo que
le interesa es la justicia. “La justicia, creo yo, es el corazón pulsante del
mundo. ¿Es así o no?”, pregunta. Y Ghisels le contesta.
“Es así, querido amigo. En
el principio la justicia y el amor eran hermanos. En nuestra civilización no
son siquiera parientes lejanos. Se pueden dar muchas explicaciones sin explicar
nada. Ya no hay un pueblo, un pueblo que constituya el cuerpo político; lo que
llamamos democracia se funda en una masa amorfa, no puede manejarse a sí mismo
ni elevarse inteligentemente, ahoga toda identidad. Quizá necesitemos un César.
¿Pero de dónde va a salir? Y debemos temer el caos del que surgirá. Lo que
logran los mejores es, en el mejor de los casos, un comentario acerca de un
terremoto..."
Un momento después continúa:
"Sólo quisiera decirle una cosa. Piense un momento en ello; quizás lo
ayude a dar un paso, porque no podemos avanzar sino muy muy lentamente, paso a
paso... No es una vía de salvación, ni una verdad tremenda lo que tengo en
mente, quizá sea una pista, una sugerencia útil... Me refiero a esto: el bien y
el mal no están determinados por el trato entre las personas, sino totalmente
por el trato del hombre consigo mismo. ¿Entiende?”
Etzel asiente. Entiende, sí,
muy claramente. Pero... Bueno, en cierto sentido no quiere entender. Hay algo
que le molesta, algo que no entenderá nunca. Si alguien está preso
injustamente, ¿entonces qué? ¿Qué debe hacer él en tal caso? ¿Olvidarse del
preso? ¿Dejar al preso en su tormento? ¿Decirse —a mí qué me importa? ¿De qué
sirve en un caso así la relación de uno consigo mismo? Y es entonces que le
dispara a Ghisels la pregunta que éste no puede contestar. En pocos instantes,
completamente decepcionado, se despide del hombre que había venerado. Debe
continuar, es la guerra. Debe conseguir que se imponga la justicia, pase lo que
pase.
Y ahora volvamos al
personaje más enigmático del libro: Anna Jahn, la asesina. Todo gira en torno a
Anna Jahn. Realmente todo. Es el punto de apoyo del drama entero. Es como
vidrio inmóvil. Los horribles acontecimientos que inextricablemente se enrollan
como capullos y que terminan por envolver y sofocar a todos, parecen originarse
en la mera existencia de Anna Jahn. Es como una Borgia al revés. Parece no
hacer nada, salvo atraer la desgracia. Es toda apariencia, nada más. Refleja
los deseos, esperanzas, sueños e ilusiones de todo el que se pone en contacto
con ella. Es mala —porque se hizo a sí misma incapaz de actuar.
¿En qué consiste su crimen,
concretamente? En la estupidez. No se puede decir nada peor acerca de un
personaje: es abismalmente estúpida. La escena entre ella y Maurizius cuando
éste, liberado, por fin da con ella es demasiado terrible de leer. “El tiempo”
dice Wassermann, "que generosamente todo lo cubre o cruelmente todo lo
expone, tiene una manera soberbia de revelar al fin aquello que, por falta de
sentido de la medida o de la proporción, el ojo humano percibe como un
desesperante enredo de misteriosas honduras. Es la simplicidad original del
destino, cuando se disipan las vagas nubes del momento fugaz. Ni siquiera el
malabarismo verbal de un Waremme puede cambiarlo. Quienes se imaginan
justificados ante Dios o dilucidan sus tortuosas confusiones retorciendo la
simplicidad del mundo hasta hacer de él un magnífico misterio, ésos son los
verdaderos condenados, porque no hay modo de salvarlos de sí mismos."
Y sin embargo, pese a la
manera olímpica con que Wassermann la hace a un lado, hemos de regresar a
Waremme para el último pantallazo de Anna Jahn. Waremme la conoce hasta la
médula, la conoce incluso mejor que Wassermann, si cosa tan absurda es
concebible. La conoce sin piedad, como el bisturí del cirujano. ¿Por qué no?
¿No ha vivido ella en él como una herida infectada?
La noche en que Etzel logra
finalmente arrancar a Waremme la confesión tan largamente esperada es cuando
obtenemos este retrato fluoroscópico de Anna Jahn. Y con él, la clave de la
tragedia. Por fin entendemos por qué Maurizius actuó como lo hizo, por qué
estaba condenado a ello como por el destino.
"Ahora diré algo que
nadie en el mundo sabe salvo usted y yo”, comienza diciendo Waremme. "A
primera vista es algo muy corriente, pero dada la persona implicada es muy
insólito. Es lo que me convirtió en último árbitro. Cuando comprendí la situación
sentí como si un gigante me hubiera atrapado y me hubiera roto el espinazo.
Ella amaba a este tipo [Maurizius], eso es todo. Lo amaba tanto, con una pasión
tan furiosa, que se le nubló la mente y cayó incurablemente enferma. Esto es lo
más profundo, para ella, este amor; es su zambullida en el Orco. Y él no lo
sabía. No tenía la menor idea. Por su parte meramente la amaba, el pobre, pero
suplicaba y le hacía la corte y lloriqueaba, mientras ella... ella ya se había
zambullido. Él lo ignoraba —y eso ella no lo podía perdonar. Amarlo tan
infinitamente ... nunca lo perdonó, ni a él ni a sí misma. Por lo tanto, debía
sufrir un castigo. No debía seguir en el mundo. El hecho de haberle pegado un
tiro a su hermana, por él, no debía jamás, bajo ningún concepto, tender un puente
de él a ella. Ella se había hecho de esto una ley férrea y se había emparedado
en ella. Creó la muerte de él, creó su expiración, se convirtió en la más cruel
de las perseguidoras, y para llevar con él esa vida y ese castigo se transformó
en una furia desalmada. Al mismo tiempo alentaban en ella una cobardía y un
orgullo burgueses muy difíciles de hallar a tal punto reunidos en una
persona... No, Mohl [Etzel], no puede usted entender esa personalidad, y me
atrevo a decir que es mejor que no lo entienda nunca. Pagana salvaje y tonta
beata, arrogante y apasionada por la autodestrucción; casta como un altar y
encendida por la sensualidad mística y oscura de la selva virgen; estricta,
pero hambrienta de ternura; encerrada por sí misma dentro de barreras
infranqueables, odiando a quien intentara derribarlas y a quien las respetaba
—y todo bajo el influjo de una mala estrella. Hay mucha gente que vive con mala
estrella. Faltos de luz. Desean su destino oscuro y lo persiguen durante mucho
tiempo y lo desafían hasta que llega y los aplasta. Así era con ella..."
En su pequeña celda, claro,
Maurizius había pensado mucho en el carácter de esta mujer, y también su juicio
es terrible. Piensa que para recabar algo sobre ella habría que abrirle el
pecho y examinarle el corazón. Es un ser sin meollo. “Es destructiva, mefíticamente
solitaria y centrada en sí misma, limitada a sí misma y su propio destino.”
Pensando en voz alta en presencia de Von Andergast resume su relación con ella
en una palabra: narcisismo. “Recipientes a los que damos contenido, incluso
alma y sin dudas movimiento y destino. Quizá se conviertan en nuestras víctimas
por estar tan narcisísticamente encerrados en sí mismos. ¿Y qué es el
narcisismo? Algo sin cuerpo, pero nos hacen responsables y nos hacen pagar
hasta el día del Juicio por querer abrazar algo sin cuerpo, una mera
falsificación de un ser humano...”
A veces, pensando en Anna
Jahn —porque para mí está viva y sus raíces están en todas partes, en todos
nuestros pensamientos, nuestras acciones...—a veces, digo, la comparo con otras
mujeres que he conocido y que se le parecen, todas misteriosas, extraordinariamente
bellas, de tristeza o melancolía seductora, y todas claramente angelicales.
Siempre se mueven como en una telaraña, con cada paso que dan tejen los
destinos de quienes tienen cerca, sus vidas están inextricablemente atadas a
otras vidas, a tal punto que intentar separarlas con tijeras es como cortar un
hongo esponjoso —o una de esas madejas de elásticos que hacen los chicos para
hacerlas saltar sobre los tejados. Si uno se atreve a abrir una puerta sobre
las vidas de esta gente, de golpe se siente succionado como por un vacío. Son
como flores que te tragan entero y te digieren durante la noche. En estos
vampiros angelicales he descubierto un hecho curioso y recurrente: se las
arreglan para ser violadas en su más tierna juventud. La Filipovna, en Dostoievski,
es el ejemplo clásico. Pero es que en la vida real también son clásicas, son
todas ejemplos clásicos. Uno nunca las acepta como seres vivos: salen de las
páginas de algún libro, del sueño de algún santo o de algún loco. ¡Qué tiernos
parecen sus corazones! —hasta que se son— deán las profundidades de su
crueldad, que es abismal. En su presencia se blanden dagas y pistolas, pero no
maravilla la incongruencia de estos adminículos, tan natural parece que estos
seres seráficos estén presentes en todo acto criminal. Su presencia entre
nosotros es realmente misteriosa, porque no son de este mundo ni del de abajo.
En el jardín de la diversidad femenina son como camelias negras. Son las flores
en que se disfrazan los ángeles cuando han olvidado su origen. Su inocencia
perdida actúa como un imán que permite al organismo asimilar todas las
contradicciones e irradiar la confusión. Una vez por día la tierra gira en
torno a su eje, pero estos ángeles perdidos se niegan no ya a girar sino a
morir. De la vida rápidamente pasan a la leyenda y de la leyenda vuelven a la
vida. Su muerte no es sino una Scheintot, una muerte aparente.
Cuando en mi fantasía dirijo
la película de El caso Maurizius veo a Anna Jahn presente en cada escena. No
logro imaginar la existencia de ningún personaje sino en y a través de ella. Si
la veo desnuda, es como una de esas vírgenes medievales francesas que iluminan
las páginas de ciertos libros raros. Si la veo vestida, siempre es con la
aterciopelada seducción de su propia piel blanca. Cada vez que aparece nacen
flores, flores cargadas de rocío y una fragancia abrumadora. Surgen a su paso,
como la pirotecnia fosforescente que una nave rápida deja en la mar. En sus
labios planea una sonrisa perpetua. Una sonrisa de tristeza tan infinita que no
la reconocemos; es como un cuarto creciente pálido en una noche intoxicada por
el brillo de las estrellas. De su cuerpo en el que se ha arraigado tanta
desgracia y esplendor emanan constantemente personajes de la ira, todas las
Anna Jahn, pero todas distintas en su brillo y gravedad, como si vomitara un
cálculo infinito de su propio peso atómico. Lo cual confiere a cada encuentro
la atmósfera de máxima lucidez. (El Ojo Vegetal de Blake.) Lo' corpóreo se
mezcla con lo espiritual, pero de manera diáfana. Todo se representa en los
"aires”, pero el pie lo da el mundo de abajo. En el plano del narcisismo,
donde está clavada como un faro abandonado, el drama no tiene sentido alguno.
Es simplemente un campo heráldico en donde prima el simbolismo. Nada se mueve
en su alma, porque está hecha enteramente de vidrio, e inmóvil. Pero en las
emanaciones todos los poderes y soberanías reflejan sus conflictos como en un
torbellino. Y de fantasma en fantasma, atrapados en la miríada de filamentos de
un gigantesco capullo, los temblores pasan, convulsivos, como los
estremecimientos de un pulpo incinerado.
Aquí debo dejar a Anna Jahn,
por el momento. Que su alma descanse en paz. Es otro día y hoy mi mente no
funciona en base a imágenes cinematográficas. "Agustín dice que Dios debe
existir porque se Lo encontró en los vastos palacios de su memoria.” Leí esto
hace poco en un libro de Wallace Fowlie. Estas palabras me obsesionan, en
particular la frase "en los vastos palacios de su memoria”.
El caso Maurizius está lleno
de vastos palacios de la memoria. Pero por alguna razón Dios está ausente. Es
como si todos los personajes, y en todo caso los protagonistas, secretara sus
recuerdos de tristeza y desesperación. Cuando al final uno deja caer el libro
siente como si hubiera habitado un osario. Los recuerdos se han convertido en
huesos muertos y los huesos están llenos de gusanos. Maurizius es el recuerdo
encamado. Para él todos y cada uno viven y mueren una y otra vez. No ya los
individuos, sino las razas, las civilizaciones. Cada noche engendra todo un
bosque de recuerdos. ¿Cada noche? Cada minuto del día, porque los minutos están
divididos en segundos y entre segundo y segundo median años luz. En cuanto a
Waremme, recapitula enteras culturas, las digiere y las echa a los perros. En
él vivimos las doradas épocas del pasado. Se comporta como el avaro que soba su
tesoro. Todo el conocimiento parece haberse filtrado por él, incluso el
conocimiento de Dios. Es la voz de la nostalgia. Está más solo que el
prisionero Maurizius. Nada alivia su aflicción: es el auténtico espíritu de una
era que agoniza. La ruina del mundo cultural parece resonar en él como la voz
perdida del dinosaurio. Vive en "la fenomenología de la mente”.
Todos son almas en pena
—Andergast, la esposa Elli, Anna Jahn, la madre de Etzel, Maurizius padre,
todos. ¡Qué Alemania! ¡Qué mundo! Y sin embargo es un mundo lleno de riquezas,
tal como permanentemente nos lo revela Waremme. No es la Tierra baldía engendrada
por la imaginación enfermiza de Eliot. Tampoco es la Alemania de este momento
cronológico preciso en que, nos lo cuenta la prensa, veinte millones de seres
corren de un lado a otro como cucarachas sin saber cómo evitar las bombas que
caen. En esta Alemania todavía hay cuadros hermosos: en todas partes se respira
la cultura, incluso entre los muros de la cárcel. La gente conversa en un
lenguaje alborozado y a menudo elevado. A pesar del marco burgués en el que se
desarrolla el drama, un resplandor cálido y humano lo baña todo. El espíritu
vive, aun profanado. No es un desierto. No es un vacío. Mucho de ello se lo
debemos a Wassermann, pero en su mayor parte se lo debemos a Europa. Hasta el
no lograr resolver el problema se lo debemos a Europa, a ese rotundo punto de
vista que reconoce la tragedia como parte inherente del mundo.
Esta mañana miraba unas
viejas postales de Europa. ¡Qué terrible nostalgia! Muchas de estas esquinas ya
no existen. Muchas de las catedrales han sido hechas añicos. Pero serán
reconstruidas. Europa siempre tendrá un punto de vista diferente del nuestro. Más
viejo, lleno de cicatrices, plagado de recuerdos. Un punto de vista más humano,
pese a las incesantes contiendas y carnicerías que llenen su historia. Es un
mundo necesario, aunque en él no haya un solo Hamilton La Due con su
"radiante cara de cumpleaños”. Necesitamos tanto a los hombres
desesperados como a los esperanzados. Pero sobre todo necesitamos las riquezas
de Europa. América es una tierra empobrecida: lo tiene todo y no tiene nada. Es
verdad que tiene hombres como La Due, pero no como hojas de hierba. Y si se
quiere mi opinión sincera, si se me pregunta dónde quiero vivir —en el mundo de
La Due o en el de Waremme —elijo el segundo. Aun si Waremme fuera el diablo
personificado, con un tipo así se puede conversar, con él uno se siente cómodo.
¿Acaso las fachadas de las grandes catedrales no están llenas de diablos y
demonios? No se le da la espalda al gran pórtico de una catedral porque en él
esté retratado también el diablo. En el mundo de La Due no veo edificios
simbólicos de ninguna índole. Reconozco el corazón cálido, el instinto sólido,
el deseo servicial, y les doy todo crédito. Pero hace falta mucho más para
hacer un mundo.
El caso Maurizius, como el
caso Dreyfus, el caso Tom Mooney, el caso Sacco y Vanzetti, el caso Bridges
—¡qué fajo de casos se podría compilar!—te llena de tristeza y desesperación no
porque haya habido un error judicial sino porque la sociedad misma se revela
como una vasta telaraña en la que todos, los buenos y los malos, están atados y
se debaten en la impotencia. Todos los miembros inteligentes de la sociedad
saben que los códigos legales y morales de sus respectivos países son
imperfectos; pero lo que no saben, hasta que llega un "caso” célebre, es
que no hay nada que hacer, que todos tenemos las manos atadas. Sólo cuando se
perpetra una flagrante injusticia nos damos cuenta de la vacuidad de la palabra
cultura. De pronto el edificio entero parece estar podrido —los gusanos se
hacen visibles. La marea de la historia nos arrastra: asentimos o gemimos o
cerramos los ojos. Un caso sigue a otro hasta que de pronto llega el
holocausto. El edificio se resquebraja, se tambalea y nos ensordece al derrumbarse.
Otro capítulo se añade a nuestra historia de ignominia. Pero el hombre
sobrevive a todo, también a los gusanos.
Quizá lo más terrible que se
pueda decir del hombre civilizado es que su lucidez no lo ayuda a mejorar las
cosas. En todo conflicto grave hay fuerzas que actúan más allá de su control.
Puede decidir ponerse de parte del bien, pero eso no quiere decir que pueda
hacer el bien. El fervor mismo con que se sacrifica infunde sospechas. Etzel
Andergast, como ya dijimos, es el ejemplo del tipo que entra en acción por lo
bueno y lo correcto, pero por malos motivos. En gran medida simboliza el
trágico dilema de la sociedad que encuentra su némesis en el subconsciente. ¿De
qué nos sirven los ideales nobles y exaltados que nos inculca la cultura si
nuestra inerradicable pasión termina siempre por traicionamos? Rogamos que nos
detengamos y que afrontemos los problemas desde otro ángulo, como lo pide
Klakusch, es imposible. Somos una única creación, nosotros y nuestros
problemas. Cada época tiene sus problemas, como los tiene cada individuo.
Cuanto mejor el individuo, mayores sus problemas. Y lo mismo con un pueblo, con
una época. Nuestra odisea específica, en nuestros tiempos, es que conocemos las
soluciones que nos sería posible aportar. Soluciones, no ajustes. La neurosis
universal que atenaza a todos los miembros de nuestra sociedad civilizada está
precisamente en eso. Supongo que es por eso que Wassermann pasó del impasse del
caso Maurizius al impasse más complicado y desesperado del doctor Kerkhoven, el
protagonista del segundo tomo de la trilogía. ¿Pero qué descubre Kerkhoven?
Exactamente lo que aflige a nuestros médicos de hoy: que no da abasto con la
cantidad de enfermos que lo acosan. La solución no está en el psicoanálisis,
como no lo estaría en la segunda venida de Cristo. Para curar la conciencia
enferma del mundo hace falta una perspectiva completamente nueva de la vida. No
un Salvador. Cada uno tendrá que salvarse a sí mismo, ahora más que nunca.
Porque ahora sabemos que no hay otra solución. Las hemos probado todas, una y
otra vez. Ésa es la lección de la historia —la futilidad de todas las
tentativas. Ése es el significado de esa ratonera llamada la interpretación
cíclica de la historia. No importa si hay quien perciba, en las repeticiones
del ciclo, una espiral hacia arriba o hacia abajo... hay que romper el ciclo.
Hay que arrancarse o el hombre, tal como lo conocemos, regresará a un nivel sub
humano. Éste es el asunto. No se decidirá en una noche mediante la guerra o la
revolución ni en un revival religioso. Llevará siglos de lucha. Y el hombre
tiene resistencia para ello, en particular si se hace más y más consciente de
la naturaleza de esa lucha. En cierto modo es una lucha apocalíptica. El hombre
de hoy mira en dos direcciones, hacia adelante y hacia atrás. Tiene una
elección que nunca tuvo antes. Se ha forjado una nueva conciencia y eso quiere
decir acceder a un nivel superior de conciencia o ser aniquilado. No se trata
de un pensamiento reservado a los metafísicos y analistas. Es un pensamiento
que está hoy en el corazón de cada hombre, que lo incita y lo atormenta
convirtiéndolo en esa criatura enferma y desvalida que es.
No hablo del milenio que
viene. Habrá conflicto perpetuo, guerra perpetua. Pero los problemas que nos
han enfermado hasta la muerte ya no existirán. Nos habremos desplazado a otro
plano, seremos capaces de enfrentamos con problemas mayores y más nobles. Las
guerras no cesarán. Esta forma particular de sufrimiento llamada guerra será
indispensable, aunque sólo sea porque, a medida que el hombre asciende a
niveles superiores de conciencia, la habilidad para prescindir de los medios de
expresión puramente físicos se vuelve más crítica, se pone más en tela de
juicio. Habrá que salvar un enorme tramo oscuro, una oscuridad repleta de
sangre. Lo que fueron para Europa los cuatro siglos de peste, lo serán las
guerras y las revoluciones para el mundo entero. Pero estos cataclismos tendrán
otras formas a medida que los vivamos. Basta pensar en los varios estadios de
la iniciación, en su carácter cada vez más aterrador, para comprender lo que
digo. Cada nacimiento de la conciencia pide una agonía suprema sin precedentes.
Y, categóricamente, nosotros estamos en el umbral de una nueva visión de las
cosas. Por aterradora que nos parezca esta perspectiva, una cosa se puede
decir... el nacimiento de una nueva era exalta el coraje del hombre. La
desesperación y el disgusto con que los hombres han estado yendo a la guerra en
estos últimos siglos irá remitiendo a medida que vayan percibiendo la luz de un
nuevo día.


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