© Libro N° 4045. Pandora. James, Henry. Colección E.O. Agosto 5 de 2017.
Título
original: © Pandora. Henry James
Versión Original: © Pandora. Henry James
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
PANDORA
Henry James
Introducción
Henry James: la trivialidad
engañosa
por Lale González-Cotta
Recordarán algunos la
anécdota según la cual un aspirante a escritor le pedía a Camilo José Cela, en
un arranque de humildad o de insensatez, si le podía proporcionar alguna idea
original para el argumento de una posible novela. Nuestro Nobel, sin atisbo de
su tradicional retranca, no vaciló en su respuesta: «un hombre y una mujer se
enamoran, escriba usted sobre eso».
Y es que el argumento suele
ser lo de menos. La diferencia entre un lacrimógeno culebrón televisivo y Romeo
y Julieta es Shakespeare; la diferencia entre un musculado héroe salvapatrias y
Jean Valjean, Victor Hugo. Por su parte, Anna Karenina no solo podría tener
trazas de folletín, sino que empezó siéndolo en la revista El mensajero ruso
hasta que un desacuerdo de Tolstoi con el editor respecto al final que debía
dársele a la historia, determinó la suspensión de las entregas y la edición
íntegra de la que desde entonces se considera una de las obras cumbres del
realismo. Por su parte, la atracción entre Elizabeth Bennet y Mr. Darcy ha sido
y es inagotable espejo para mediocres estereotipos de amores contrariados por
culpa del equívoco o del prejuicio (El diario de Bridget Jones, de Helen
Fielding no ha sido ni será el peor) por faltarles el alma, la palabra y las
maneras de los personajes de Austen.
Sirva esta breve
retrospectiva para prevenir a quienes nunca hayan leído a Henry James (New York
1843-Londres 1916), a quienes esperen acción por encima de cavilación, prosa
explícita en lugar de elipsis y sinuosas ironías, porque Pandora es una
historia engañosamente sencilla que subyuga, principalmente, por cuanto no está
a la vista, encajando a la perfección en la horma de la famosa metáfora del
iceberg de Hemingway: del relato debe asomar lo mínimo para que la especulación
del lector se centre en la masa sumergida. Si uno se limita al mero argumento y
prescinde de escudriñar entre lo que se omite o entre lo que a primera vista
parece información accesoria no alcanzará a comprender por qué Henry James
ocupa un lugar tan destacado en el escalafón literario universal. Su ficción,
de gran complejidad estructural y notable densidad psicológica, no es apta para
el lector pasivo. Sus tramas fluyen morosas, sin sobresaltos y en ellas cada
palabra y cada silencio, cada vacilación y cada gesto forma parte de un controlado
juego de luces y sombras que requiere la participación activa del lector y que
hace del trabajo de traducción un desafío a la vez mortificante y gozoso.
Pandora es una deliciosa
nouvelle, publicada en 1884, unos cinco años después de las célebres Daisy
Miller y Retrato de una dama, seguramente las novelas más aclamadas de James,
con las que comparte asombrosas similitudes y algunas diferencias frontales que
hacen pensar que el personaje de Pandora, la protagonista que da nombre a la
novela, pudiese haber sido una especie de némesis de Daisy; como si a James,
por así decirlo, le hubiese sobrado personaje en esta anterior novela y hubiese
sido reacio a desaprovechar el material excedente. En medio de ambas heroínas,
como un antes y después, nada menos que la guerra civil americana. Pandora
representa el recobrado optimismo posterior al conflicto, su carácter
observador y reflexivo contrasta con la frívola liviandad de Daisy. La primera
es cultivada y prudente, la segunda inculta, irreflexiva y provinciana hasta la
hilaridad. Ambas jóvenes están haciendo el tradicional tour europeo que, tras
el boom de la posguerra, se consideraba indispensable entre la emergente élite
empresarial americana para la formación cultural de cualquier joven con
aspiraciones sociales. Pero mientras a Daisy la encontramos inmersa en dicho
periplo, en Roma concretamente, Pandora y su familia están ya de regreso cuando
los lectores y el protagonista masculino de la historia, el conde Otto
Vogelstein, la conocemos.
Por otra parte, también es
destacable el parentesco de Pandora con Isabel Archer, protagonista de Retrato
de una dama y tal vez el personaje femenino más cautivador de cuantos ha creado
el neoyorquino, así como con la íntima amiga de esta, Henrietta Stackpole,
anticipos de la moderna mujer estadounidense, objeto de análisis por parte de
los personajes secundarios de Pandora, como si se tratase de atípicas actrices
inmiscuidas en el escenario social y sobre las que conjeturan frívolamente los
espectadores asiduos desde el palco del convencionalismo.
En las tres novelas aborda
el escritor otro de sus temas recurrentes: la relación entre América y Europa
que James supo analizar con minuciosidad por ser él mismo una yuxtaposición de
ambos mundos, americano por temperamento y europeo por estilo de vida. Es
frecuente pues reencontrar en su ingente obra (más de veinte novelas y casi
cien relatos y nouvelles) la exposición del contraste entre la ingenuidad
americana y el sofisticado resabio del Viejo Continente.
Recordemos que James se
nacionalizó británico justo al final de su vida, en protesta por la no
intervención de su país en la primera guerra mundial junto a los aliados, lo
cual le granjeó no pocas antipatías entre sus paisanos de ultramar, patentes en
una infravaloración de su obra durante los años inmediatamente posteriores a su
fallecimiento.
De hecho, la raíz temática
de sus novelas órbita sobre esta dicotomía entre la cultura inglesa, más rica
en tradición y manifestaciones artísticas pero también más lastrada por el
plomo normativo Victoriano. Sin embargo, la de James es siempre una exposición
de circunstancias despojada de enjuiciamientos, lamentaciones o culpas.
Pandora se estructura en
tres partes que se corresponden con el crescendo de la relación entre los
protagonistas. En la primera, Pandora y su pintoresca familia (sus indolentes
padres, su extravagante hermano y una levantisca hermana pequeña) embarcan en
el puerto inglés de Southampton para regresar a su pequeña ciudad de origen,
una modesta localidad del interior estadounidense, tras una estancia de dos
años en Europa. A bordo del Donau entabla una superficial relación con el conde
Otto Vogelstein, diplomático alemán recientemente designado para un puesto en
la embajada de Washington.
En la segunda parte,
Vogelstein, afincado y bien relacionado en Washington, reencuentra en una
fiesta y contra todo pronóstico a una Pandora sustancialmente cambiada, una
especie de rutilante estrella social que encandila a la alta burguesía
capitalina y que se nos revela como arquetipo de una emergente categoría
social, «la chica hecha a sí misma», un modelo hasta entonces desconocido entre
una élite habituada a calibrar a las personas según su pedigrí social. Como
ocurre con otros personajes jamesianos la heroína lo es por el mero hecho de
ser diferente.
La última parte, que se
desarrolla en el transcurso de una excursión fluvial para visitar Mount Vernon,
es sin duda la más interesante, pues la sagacidad de Pandora acaba imponiéndose
a las frívolas especulaciones que circulan sobre ella, resultando, pese a su
juventud, inexperiencia y precario linaje, mucho más astuta y bien avenida
consigo misma que el propio conde.
La sombra de Daisy Miller
riela, como he apuntado, sobre toda la obra, a veces de forma explícita como en
el fragmento siguiente en el que simplemente se trasladan los atributos de
Daisy al personaje de la díscola hermana menor de Pandora:
Pero en cuanto a una
eventual relación con ella, el conde lamentaba que sus padres fuesen unos
toscos aldeanos, que su hermano no se ajustase a su idea de un joven de clase
alta y que su hermana fuese una Daisy Miller en herbe.
En otras ocasiones, las
referencias son veladas pero inequívocas. Así, por ejemplo, en la secuencia en
que el autor describe la novela americana que Vogelstein lee sentado en su
hamaca sobre la cubierta del barco, leemos:
¡Qué coincidencia tan
extraordinaria! La historia que Vogelstein estaba leyendo trataba precisamente
de una chica americana, veleidosa y descarada, que se planta delante de un
joven en el jardín de un hotel. ¿No era la actitud de esta otra joven prueba irrefutable
de la veracidad del relato? ¿Y no se encontraba el propio Vogelstein en la
misma situación del joven del jardín?
Y poco después:
Para entonces Vogelstein
había finalizado su novelita americana y había llegado a la firme conclusión de
que Pandora Day no se parecía en nada a la heroína. Ella era bien distinta:
mucho más seria y desenvuelta, y en absoluto ansiosa, como había creído él
inicialmente, por entablar amistad con caballeros de posición.
Durante las primeras
jornadas, la larga travesía a bordo del Danau transcurre para el conde Otto
Vogelstein con previsible tedio, hasta el instante en que Pandora Day y su
familia embarcan en el puerto inglés de Southampton. A partir de ese instante,
y muy a su pesar porque el conde alemán no considera que la joven americana
esté a la altura de sus aspiraciones, comenzará el incipiente embajador a
devanar la contradicción de su involuntaria fascinación por Pandora, a quien
admira por su notable belleza, pero sobre todo por su carácter resuelto y
risueño, por su espontaneidad y frescura.
Como cabe esperar, la
relación entre Vogelstein y Pandora es el cauce por el cual el autor de
Washington Square desliza su percepción irónica de los convencionalismos y
esnobismos americanos y europeos, de los códigos éticos de conducta, de las
engañosas apariencias y, muy especialmente, de los prejuicios sociales a los
que el propio James no fue inmune. El tema de la movilidad intersocial fue
recurrente en su literatura y en Pandora se convierte en preponderante eje
argumental. James, ambiguo en casi todos los aspectos de su vida, nunca llegó a
pronunciarse al respecto, como tampoco tuvo claro el papel que la mujer debía
desempeñar en la alta burguesía de posguerra. Muy probablemente le embargaría
la misma contradicción que a Vogelstein ante el personaje de Pandora por ser
esta representativa de la nueva mujer emergente en la acomodada burguesía
norteamericana de fines del XIX, más liberada y alzada en sociedad desde un
estrato inferior prescindiendo de la palanca de su genealogía. Es, como
apuntaba anteriormente, la mujer «hecha a sí misma» que el escritor, valiéndose
de las apreciaciones del desconcertado Vogelstein, describe así en el
transcurso de la fiesta celebrada en casa de la señora Bonnycastle:
No era disoluta, ni estaba
emancipada, no era vulgar, ni indecorosa y no había en ella, al menos no de
manera ostensible, un solo gramo de la pasta de que están hechas las
cazafortunas. Se trataba tan solo de una persona popular y su éxito era
exclusivamente personal. No había nacido con la cuchara de plata de la
oportunidad social pero había terminado por empuñarla a fuerza de práctica
honesta.
En cuanto al estilo,
advertimos en Pandora destellos de la peculiar idiosincrasia de James: largas
subordinaciones, interrupciones de discurso, verbos tan pospuestos que resulta
imprescindible volver atrás en la lectura para retomar el referente, párrafos
digresivos e inconclusos, laxos con las leyes de la gramaticalidad, y muchas
otras señas de identidad, considerablemente moderadas en castellano por
exigencias de la traducción. Sin embargo, tratándose de una novela de su fase
inicial encontramos en esta nouvelle un estilo más fresco y directo que en la
producción posterior del escritor, donde su prosa, dicen los críticos que
debido a la intermediación de un amanuense y de un dictáfono, se torna más
ampulosa y elaborada.
Para comprender mejor su
estilo resaltaré dos aspectos que me parecen determinantes. En primer lugar,
conviene recordar que James padecía cierta tartamudez, lo cual le obligaba a
reelaborar mucho mentalmente antes de convertir el pensamiento en discurso. Lo
deja entrever él mismo a través de Raymond Benyon, el personaje tartamudo de
otra espléndida nouvelle suya, Los motivos de Georgina. Lo nítido en el plano
cognitivo no siempre lo es en el plano léxico y esa eventual oscuridad se
percibe en ocasiones en forma, por ejemplo, de ironías de difícil
discernimiento, sin que ello sea imputable a dificultades de traducción del
inglés a otros idiomas. La escritora y buena amiga de James, Edith Warthon,
reconocía que en ocasiones algunos pasajes del novelista le resultaban
incomprensibles.
En segundo lugar, no hay que
olvidar la fascinación de James por la psicología (su hermano fue el notable
psicólogo y filósofo William James), que le llevaría a adoptar su
característica técnica del monólogo interior, la oblicua exposición de los
motivos y conductas de los personajes a través de sus propias conversaciones o
pensamientos, prefigurando con ello a escritores como Faulkner o Joyce. Fue
también uno de los pioneros en adoptar la técnica de los narradores múltiples.
En el caso que nos atañe, la
realidad, su siempre engañosa versión, nos llega a través de las divagaciones
del protagonista, el conde Vogelstein. El viaje en barco, la personalidad de
cuantos le rodean, Washington, la vida política y social capitalina, todo
experimenta el filtro de su observación y de su posterior elaboración mental.
La inevitable disociación entre la realidad objetiva y la subjetiva es una de
las conclusiones de este relato.
Por otra parte, como otros
narradores decimonónicos, es típico de James hacer sentir su presencia en el
relato, autodefiniéndose como historiador social, distanciado espectador de una
realidad que, por su propia posición fronteriza en la élite que describe, le
confirió siempre el beneficio de la perspectiva:
Sería excesivo decir que la
idea de semejante ordalía le parecía terrible al conde Otto, pero sí cabría
afirmar que la perspectiva de volver a verla le ponía nervioso. El dato en sí
no dejaba de ser curioso pero no asumiré la tarea de explicarlo. Hay tantas
cosas que ni el historiador más filosófico está obligado a detallar...
No puedo dejar de resaltar
el que a mi entender es el gran activo de James aparte del excepcional empleo
del lenguaje e íntimamente incardinado en él: el humor, en estado de gracia en
esta nouvelle en la que todavía campa el optimismo. Aún no habían sobrevenido
los reveses personales (muerte de seres queridos) y profesionales (tibia
acogida de Las Bostonianas) que marcarían el tono más sombrío de Otra vuelta de
tuerca, otra de sus novelas más emblemáticas.
La exquisita ironía de
James, de reconocible resonancia British, remite a sus coetáneos, los
irlandeses Oscar Wilde y George Bernard Shaw, a los que conocería y leería con
toda seguridad. Apunta a ello el hecho de que el fracaso en Londres en 1895 de
su obra teatral Guy Domville (nunca fue afortunado James en este género),
determinase su inmediata sustitución en cartel por La importancia de llamarse
Ernesto, de Wilde.
Traigo a colación algunos
jugosos ejemplos de este humor tan próximo al de la literatura inglesa europea:
Después de haber ironizado
sobre la imperturbabilidad de los padres de Pandora, en todo momento hieráticos
como esfinges, y tras saber Vogelstein que durante su estancia en Europa la
pareja había visitado la Acrópolis escribe:
El conde se preguntó qué
clase de cultura se habrían traído consigo los señores Day de Italia, Grecia y
Palestina (habían pasado dos años viajando y habían estado en todas partes), en
especial cuando escuchó decir a su hija:
—Quería que papá y mamá
viesen lo mejor. Los tuve tres horas en la Acrópolis. ¡Imagino que no podrán
olvidarlo!
Tal vez fuese en Fidias o en
Pericles en quienes pensaban aquellos dos mientras meditaban sentados con sus
mantas, reflexionó Vogelstein.
Hilarante es también la
escena en que Vogelstein se lamenta con benevolencia de la escasa impresión que
le ha causado al presidente estadounidense, ante el cual se ha presentado
repetidas veces sin que el ilustre gobernante dé nunca señales de reconocerle:
El conde Otto entendía que
le tomaba por un mero súbdito leal, seguramente por alguien que ambicionaba un
puesto administrativo. En circunstancias así solía pensar que la monarquía
tenía el mérito de transmitir por línea sucesoria la facultad del reconocimiento
instantáneo.
Asimismo, cultivó
asiduamente esa forma de humor por la vía de la incongruencia en la que el
mencionado Oscar Wilde fuese maestro de maestros, como queda de manifiesto en
este pasaje de Pandora que bien pudiera atribuírsele al dublinés:
—Siento parecer tan... Trato
de disimularlo. Pero tiene razón, somos muy simples. Permítame por tanto
hacerle una pregunta simple, infantil y seria. ¿Los padres de esta chica
alternan también en sociedad?
—¿Sus padres en sociedad?
D'où tombez vous? ¿Alguna vez ha sabido usted que alternen los padres de una
popular chica vestida de rosa y con una nariz tan peculiar?
O esta otra reflexión,
hilarante por lo absurda:
En Dresde había conocido a
una familia cuyas tres hijas solían salir a patinar con los oficiales y,
súbitamente, le embargó el temor de que algunas de las jóvenes que estaban
embarcando pudiesen compartir aquella afición, pese al hecho de que durante aquellos
días de Dresde no se estilaban las plumas tan altas.
Otra recurrente seña de
identidad jamesiana de la que también hallamos algunas muestras es la
universalización de lo anecdótico, mediante la cual alguna constatación
inmediata y casual es trascendida a reflexión absoluta:
Los últimos viajeros
empezaron por fin a emerger desde la cubierta inferior mirando en derredor de
forma distraída, con ese aire de suspicacia fácilmente reconocible en quienes
acaban de embarcarse y que, al otear la tierra en recesión, se asemeja al de alguien
que comienza a percatarse de haber sido víctima de un engaño. En sus miradas,
tierra y océano se convierten en objetos de un reproche de amplio alcance y, en
la ofuscación general, muchos viajeros adoptan una actitud entre ensimismada y
arrogante, que parece querer dar a entender que podrían desembarcar sin
problema con tan solo proponérselo.
Por último, un aspecto
controvertido y que no deja indiferente a los seguidores de James es el de su
sensibilidad marcadamente femenina, patente en los fondos y en las formas de
sus intereses narrativos, de los que Pandora es clara muestra. Como casi en todo
lo relativo a su vida privada, el neoyorquino se desentendió de etiquetas y de
pronunciamientos al respecto. En la exhaustiva biografía de Leon Edel se apunta
sin afinar hacia las posibles relaciones de James con hombres jóvenes como
Walter Berry, George Du Maurier, o su ya mencionada rivalidad profesional con
Oscar Wilde. Es conocida su relación con el escultor Hendrick Christian
Andersen, treinta años menor que James, y con el que intercambió cartas llenas
de sutiles referencias homoeróticas. Por otra parte, se le atribuye una turbia
amistad con la novelista Constance Fenimore Woolson (sobrina nieta del autor de
El último mohicano, James Fenimore Cooper), la cual acabaría arrojándose desde
la ventana de su apartamento en el Gran Canal de Venecia.
Respecto a su sexualidad
persiste la duda, entreverada en los diálogos de sus novelas con sobrada
destreza para hacerla indiscernible. Valga la información, en cualquier caso,
como interesante guía de ruta para la mejor comprensión de una ficción de preeminente
calado psicológico.
Confío que estas claves
eviten una lectura rasante de Pandora, que una mayor luz sobre sus sutilezas
redunde en el placer de leer esta nouvelle en la que, dicho coloquialmente, no
hay puntada sin hilo, y que sea esta la ocasión para el feliz reencuentro con
un clásico mucho más subyugador de lo que sugiere el epitafio de su lápida del
cementerio de Cambridge, en Massachusetts: «Novelista, ciudadano de dos países,
intérprete de su generación en ambos lados del océano».
Lale González-Cotta
Pandora
Capítulo 1
Desde hace tiempo es
habitual que los barcos a vapor de la North German Lloyd, que transportan
pasajeros de Bremen a Nueva York, fondeen durante unas horas en el tranquilo
puerto de Southampton, donde el cargamento humano recibe considerables
adiciones. Hace algunos años, un joven y despierto alemán, el conde Otto
Vogelstein, dudaba sobre si censurar o aprobar dicha costumbre. Apoyado sobre
la barandilla de cubierta del Donau observaba con curiosidad, tedio y desdén, a
través del humo de su cigarro, cómo los pasajeros americanos (la mayoría de los
viajeros que embarcan en Southampton son de dicha nacionalidad) cruzaban el
pantalán y eran engullidos por la enorme estructura del barco, dentro de la
cual tenía el conde la reconfortante certeza de disponer de un nido propio.
Contemplar desde su aventajada posición los esfuerzos de los menos afortunados
(los desinformados, los desasistidos, los demorados, los desorientados) resulta
siempre una ocupación no exenta de deleite, y nada había que pudiese mitigar la
complacencia con la que nuestro joven amigo se entregaba a ella, es decir, nada
salvo cierta benevolencia innata aún no erradicada por la consciencia de su
relevancia funcionarial. Porque el conde Vogelstein era funcionario, como
supongo habrán deducido por su espalda erguida, por el lustre de sus gafas de
montura ligera y sofisticada y por ese algo, entre discreto y diplomático, en
la ondulación de su bigote, el cual parecía contribuir en gran medida a la que,
según los cínicos, constituye la función primordial de los labios: la activa
ocultación del pensamiento.
Había sido designado para la
secretaría del consulado alemán en Washington y por aquellos primeros días de
otoño se disponía a tomar posesión del cargo. Era el tipo perfecto para el
puesto: adusto, de singular altanería (a un tiempo ceremoniosa y cortés),
sobrado de conocimientos y convencido de que el imperio alemán, tal como había
sido reorganizado recientemente, situaba bajo la luz más propicia las mejores
posibilidades de los mejores pueblos. Por otra parte, no ignoraba la
prevalencia de lo económico y de otros aspectos relevantes a considerar una vez
asentado en los Estados Unidos, y sabía que aquel sector del globo ofrecería un
vasto campo para el estudio.
Pese a no haber entablado
hasta el momento conversación con sus compañeros de pasaje, para él ya había
comenzado el proceso de indagación. Y es que Vogelstein no solo investigaba con
la lengua sino también con los ojos (es decir, con las gafas), con los oídos,
con la nariz, con el paladar, con todos sus sentidos y órganos. Se trataba de
un joven de probada honestidad con un único defecto: su sentido de lo cómico,
del humor de las cosas, nunca había llegado a disociarse por entero del resto
de sus sentidos. Percibía vagamente que debía hacer algo al respecto, se lo
proponía sin llegar jamás a concretar nada, pues sabía que estaba a punto de
explorar una sociedad rica en aspectos cómicos. Tenía asumida tal carencia y la
inseguridad le llevaba a recelar de lo que los demás pudieran decir de él. En
consecuencia, y habida cuenta de que la circunspección es cualidad esencial en
la carrera diplomática, he aquí que nuestro joven aspirante resultó ser de lo
más prometedor.
Su mente albergaba millones
de datos, demasiado comprimidos entre sí como para que la delicada brisa de la
imaginación pudiese filtrarse en la amalgama. Estaba impaciente por presentarse
ante su superior en Washington y, puesto que el estudio de las instituciones
inglesas no formaba parte de su misión, la pérdida de tiempo en un puerto
inglés no podía sino incomodarle. Hacía además un día espléndido. Sobre las
azules aguas de Southampton Water, [1] reverberantes bajo la luz, no se
percibía más movimiento que el de su centelleo infinito.
El conde tenía sus dudas
sobre si se sentiría a gusto en los Estados Unidos, su destino inminente.
Admitía que aquella era un cuestión irrelevante, que felicidad era uno de esos
términos acientíficos que un hombre de su formación debía avergonzarse de emplear
incluso en la intimidad de sus cavilaciones. Pero es que, perdido entre la
desentendida multitud, sin hallarse ni en su país de origen ni en aquel otro
que en cierto modo iba a acreditarle, estaba abocado a su propia personalidad.
Así pues, a fin de preservar su dignidad, se concentró durante una hora en
cuanto se desplegaba ante su vista con intención de evaluar el retraso al que
era sometido el vapor alemán en aguas inglesas. ¿No cabría demostrarse,
mediante hechos, cifras, documentos o, al menos, mediante estricta observación,
que dicho retraso era considerablemente mayor de lo que requerían las
circunstancias?
Principiante aún en la
carrera diplomática, el conde Vogelstein no consideraba que tener opiniones
fuese algo necesario. Contaba con un buen número de ellas, desde luego, todas
forjadas sin excesiva dificultad. Le habían sido transmitidas ya prefiguradas a
través de un extenso linaje que conocía bien el papel que estaba llamado a
desempeñar. Ni que decir tiene que ese era un modo claramente acientífico de
amueblar la mente y, cándido como era, así lo habría reconocido él mismo bajo
eventual presión. Nuestro joven era un rígido conservador, un Junker [2]
acérrimo. Creía que la democracia moderna era una fase pasajera y esperaba
encontrar numerosos argumentos en su contra en la gran República. Le complacía
pensar que, gracias a su minuciosa instrucción, había aprendido a apreciar, por
encima de todo, el valor de lo fehaciente. En tal sentido, verificó que el
barco iba atestado de inmigrantes alemanes cuya misión en los Estados Unidos
difería sustancialmente de la suya. Deambulaban por la cubierta en grupos compactos,
o bien entretenían las horas asomados a la barandilla, apoyados en los codos y
con los hombros elevados a la altura de las orejas. Los hombres, protegidos con
gorras de piel, fumaban enormes pipas, y las mujeres arropaban a sus bebés en
deslucidos chales. Había entre los viajeros alemanes rubicundos, también
negros, y todos sin excepción parecían pegajosos y apelmazados a causa de la
humedad del mar. Sin duda, eran ellos los destinados a dar un nuevo impulso a
la densa corriente de la democracia occidental aunque, interiormente, el conde
Vogelstein desconfiaba de que aquella gente pudiese contribuir en modo alguno a
mejorar su calidad. Su número, sin embargo, era asombroso, pero ignoro lo que
pensaría el diplomático de una constatación tan obvia.
En cambio, nada había de
pegajoso en los pasajeros que embarcaron en Southampton. Se trataba,
fundamentalmente, de familias americanas que regresaban de Europa donde habrían
pasado las vacaciones estivales o incluso temporadas más largas. Traían consigo
una cantidad ingente de equipaje, innumerables bolsas, esteras, cestas y sillas
de playa. En su mayoría componían dichas familias mujeres de diversas edades,
todas ligeramente pálidas a causa de la inquietud, y asimismo envueltas en
chales de rayas, más vistosos que los que envolvían a las madres lactantes de
tercera clase. Coronadas por altos sombreros y plumas, corrían de un lado a
otro de la pasarela, buscándose las unas a las otras y buscando también sus
dispersas pertenencias. Se separaban y se reencontraban, prorrumpían en
exclamaciones y comentarios, y observaban recelosas a los ocupantes del
compartimento contiguo, tan numerosos que amenazaban con hundir el barco. Sus
voces sonaban lejanas y débiles según ascendían hasta los oídos de Vogelstein
por encima de los recios y embreados flancos de su propio compartimento.
Al comprobar el conde que
entre el nuevo contingente había una cantidad considerable de mujeres jóvenes
recordó lo que le dijese en cierta ocasión una conocida en Dresde: que América
era el país de las Mädchen. [3] Se preguntó si tal circunstancia sería de su
agrado y concluyó que, en cualquier caso, constituiría un aspecto adicional a
estudiar, como tantos otros. En Dresde había conocido a una familia cuyas tres
hijas solían salir a patinar con los oficiales y, súbitamente, le embargó el
temor de que algunas de las jóvenes que estaban embarcando pudiesen compartir
aquella afición, pese al hecho de que durante aquellos días de Dresde no se
estilaban las plumas tan altas.
El barco empezó por fin a
chirriar y a moverse con lentitud. La demora en Southampton había concluido. Se
recogió la pasarela y el barco cedió a las pesadas maniobras que lo separaban
de tierra firme. El conde Vogelstein había apurado su cigarrillo y se entretuvo
un buen rato paseando arriba y abajo por la cubierta superior. Al pasar ante
sus ojos la bonita costa inglesa tuvo la impresión de estar asistiendo al fin
del Viejo Mundo. Indudablemente, la costa americana tendría su propio encanto
(no sabía muy bien lo que cabía esperar de una costa americana), pero estaba
seguro de que sería diferente. Y sin embargo, eran curiosamente las diferencias
las que conformaban el atractivo de buena parte del viaje, sobre todo si dichas
diferencias no eran susceptibles de expresarse en cifras, números, diagramas o
mediante algunos de aquellos otros símbolos estrictamente útiles. Con todo,
parecía haber escasas diferencias en el conjunto expuesto a la vista en aquel
barco. La mayoría de sus compañeros de viaje parecían de una única y misma
condición, y dicha condición la menos equívoca posible. Absolutamente todos
eran judíos y comerciantes. Nada más embarcar habían encendido sus cigarrillos
y se habían calado todo tipo de gorras náuticas, algunas provistas de grandes
orejeras que de algún modo obraban el efecto de resaltar la estructura facial.
Los últimos viajeros
empezaron por fin a emerger desde la cubierta inferior mirando en derredor de
forma distraída, con ese aire de suspicacia fácilmente reconocible en quienes
acaban de embarcarse y que, al otear la tierra en recesión, se asemeja al de alguien
que comienza a percatarse de haber sido víctima de un engaño. En sus miradas,
tierra y océano se convierten en objetos de un reproche de amplio alcance y, en
la ofuscación general, muchos viajeros adoptan una actitud entre ensimismada y
arrogante, que parece querer dar a entender que podrían desembarcar sin
problema con tan solo proponérselo.
Faltaban todavía dos horas
para la cena y, una vez que las largas piernas de Vogelstein hubieron recorrido
la cubierta el equivalente a tres o cuatro millas, se dispuso a acomodarse en
su hamaca y a sacar del bolsillo una novela de la editorial Tauchnitz [4]
escrita por un autor americano y cuyas páginas, según le habían asegurado, le
ayudarían a prepararse para entender ciertas excentricidades de la
idiosincrasia americana. El nombre del conde estaba inscrito en letras de
considerable tamaño sobre el respaldo de su hamaca, precaución está tomada a
instancias de un amigo que le había advertido que los pasajeros de los barcos
americanos, las damas en especial, no sentían el menor reparo en hurtar las
pequeñas comodidades ajenas a los incautos. Incluso le había sugerido que
reprodujese de manera bien visible su corona heráldica. Siendo aquel amigo
versado hombre de mundo había añadido que a los americanos les impresionan
enormemente las coronas. Ignoro si Vogelstein actuaría movido por el
escepticismo o por la modestia, pero lo cierto es que había optado por omitir
cualquier tipo de exhibición pictórica de su estatus. Poseía otras cosas que
servían mejor a tal propósito, su preciado mobiliario, por ejemplo, que en los
viajes transatlánticos no acusaba el más mínimo daño pese a los universales
golpetazos a que era sometido y que llevaba grabado su nombre y su título. Se
daba además la circunstancia de que el blasón era demasiado grande y el
respaldo de su asiento ya estaba totalmente cubierto por grandes letras alemanas.
Esta vez no hubo lugar a equívoco: fue un acceso de modestia lo que impulsó al
secretario de embajada a volver esta parte de la hamaca hacia fuera antes de
sentarse, colocándola contra la baranda de cubierta para así ocultarla a la
vista del resto de pasajeros.
El buque navegaba en ese
momento junto a Las Agujas, el enclave más bello y extremo de la isla de Wight.
Los conos rocosos, altos y blancos, emergían del mar violáceo. Enrojecían
ligeramente bajo la luz crepuscular y dicho rubor les confería una expresión
humana en medio de la fría vastedad en la que la proa se iba adentrando.
Parecían decir adiós, como un último vestigio de un mundo habitado. Vogelstein
los contempló desde su confortable rincón y al cabo de un rato volvió la vista
hacia el lado opuesto, donde los elementos agua y aire no podían evitar parecer
comparativamente anodinos. Incluso su novelista americano resultaba más
interesante y se dispuso a retomarlo. Sin embargo, la amplia curva que
describió su mirada interceptó la imagen de una joven que acababa de subir a
cubierta y que se había detenido al pie de la escalerilla.
No es que aquello fuese en
sí mismo un fenómeno extraordinario, pero llamó la atención de Vogelstein el
hecho de que la joven pareciese haber clavado la vista en su persona. Era
esbelta, vestía con buen gusto, y parecía bastante atractiva. Súbitamente Vogelstein
recordó haberla divisado entre la multitud del muelle de Southampton. Ella
advirtió enseguida que él la había visto y comenzó a deambular por cubierta a
un paso que parecía indicar que terminaría por acercársele. El conde aún tuvo
tiempo de preguntarse si en realidad no se trataría de una de las jóvenes que
había conocido en Dresde, pero al instante cayó en la cuenta de que aquellas
señoritas tendrían ya más edad. Sea como fuere, dichas jóvenes y, según todos
los indicios, también esta otra, pertenecían a esa clase de mujeres que no se
anda con escrúpulos a la hora de abordar a sus víctimas. Sin embargo, este
espécimen en particular ya había dejado de mirarle y, aunque había pasado junto
a él, era tolerablemente posible que hubiese subido hasta allí con la única
intención de echar un vistazo a cuanto la rodeaba. Tal vez se tratase de una
joven inquieta, atractiva y juiciosa, que simplemente se proponía formarse una
opinión general del barco, del tiempo, del aspecto que ofrecía Inglaterra desde
aquella perspectiva, y puede que incluso de sus compañeros de pasaje. Pronto se
dio por satisfecha y se puso a caminar observando en derredor, como concentrada
en la búsqueda de algún objeto extraviado, de tal forma que Vogelstein no
albergó ya ninguna duda sobre sus verdaderas intenciones. Volvió a pasar por su
lado y esta vez casi se detuvo mientras le observaba con suma atención.
Vogelstein pensó que su conducta era interesante, si bien ya se había percatado
de que no era su rostro, ennoblecido con aquel bigote áureo, lo que ella miraba
con tanto interés, sino la silla en la que él estaba sentado. Justo entonces
resonaron en su interior las palabras de su amigo, su advertencia sobre la
tendencia de la gente en los barcos, de las damas sobre todo, a apropiarse de las
pequeñas pertenencias de los demás. De las damas sobre todo, de eso iba a ser
él mismo puntual testigo pues allí, delante de sus narices, había una damisela
que a todas luces deseaba arrebatarle la silla. Temiendo que se la pidiese,
fingió leer evitando pertinazmente mirarla. Era consciente de que ella
merodeaba junto a él y sentía enorme curiosidad por comprobar qué haría a
continuación. Le parecía raro que una joven atractiva (su aspecto era realmente
encantador) se emplease con artes tan flagrantes contra la serena dignidad de
un secretario de embajada. Finalmente resultó obvio que intentaba mirar como de
lado, es decir, intentaba ver lo que había escrito sobre el respaldo de su
silla. «Quiere saber mi nombre, ¡quiere saber quién soy!» Tal reflexión cruzó
como un rayo por su mente haciéndole alzar los ojos. Al posarse en los de ella
la joven le sostuvo la mirada durante un momento considerable. Sus ojos eran
brillantes y expresivos, rematados por una delicada nariz aquilina que, aun
siendo bonita, quizá fuese un poco demasiado corva. ¡Qué coincidencia tan
extraordinaria! La historia que Vogelstein estaba leyendo trataba precisamente
de una chica americana, veleidosa y descarada, que se planta delante de un
joven en el jardín de un hotel. ¿No era la actitud de esta otra joven prueba
irrefutable de la veracidad del relato? ¿Y no se encontraba el propio
Vogelstein en la misma situación del joven del jardín? Dicho joven (aunque
impelido por distintos motivos, los inherentes a esta clase de vínculos en general)
había terminado por dirigirse a su agresora, como bien cabría calificar a
aquella mujer y, tras unos segundos de vacilación, Vogelstein decidió seguir su
ejemplo. «Muy bien, si quiere saber quién soy, estaré encantado de informarle»,
se dijo. Se levantó de la silla, la agarró por el respaldo y, volteándola,
mostró la inscripción a la joven. Ella se ruborizó ligeramente, pero sonrió y
leyó el nombre, mientras Vogelstein se levantaba el sombrero en ademán de
cortesía.
—Se lo agradezco muchísimo.
Estupendo, gracias —comentó como si el descubrimiento la hubiese hecho
inmensamente feliz.
En efecto, era estupendo ser
el conde Otto Vogelstein, si bien este parecía un modo más bien frívolo de
plantear la cuestión. Por toda respuesta terminó por preguntarle a la joven si
deseaba que le cediese su hamaca.
—Muchas gracias, por
supuesto que no. Creía que tenía usted una de nuestras sillas y no me parecía
adecuado preguntarle. Es idéntica a una de las nuestras, no tanto ahora como
cuando está usted sentado en ella. Por favor, vuelva a sentarse. No deseo molestarle.
Hemos perdido una de nuestras sillas y la he estado buscando por todas partes.
Se parecen todas tanto... Una no puede estar segura hasta que no mira el
respaldo. Naturalmente ya veo que no hay posibilidad de error con la suya
—continuó la joven con una sonrisa cuya serenidad se correspondía plenamente
con su general abundancia—. El nuestro es un nombre tan corto... que apenas se
ve —añadió en el mismo tono afable—. Nuestro apellido es simplemente Day... De
hecho, bien podría creer uno que no es un apellido, ¿verdad? Claro que
intentamos compensarlo en lo posible. Si la viese en alguna parte le
agradecería que me lo dijese. No es por mí, sino por mi madre. Está tan
acostumbrada a esa silla y, además, se despliega tan bien... Ahora que está
usted de nuevo sentado tapando la parte inferior parece exacta a la nuestra.
Bueno, en algún sitio estará... Discúlpeme, no ha sido mi intención
importunarle.
Fue un discurso extenso,
confidencial casi, tratándose de una joven presumiblemente soltera hacia un
perfecto extraño, pero la señorita Day lo contrarrestó con irreprochable
sencillez y confianza en sí misma. Se alejó con la cabeza erguida y Vogelstein
percibió que el pie que presionaba sobre la pulida cubierta era delicado y
grácil. La vio desaparecer por la escotilla por la que había ascendido y, más
que nunca, se sintió como el joven de su relato americano. En el presente caso
la chica no era ni tan joven ni tan bonita, según pudo comprobar sin demasiado
esfuerzo pues aún le rondaba en la cabeza la imagen de sus ojos risueños y de
sus labios locuaces. Reanudó su lectura con la esperanza de que le
proporcionase alguna información adicional sobre la joven, una ocurrencia
absurda, desde luego, pero que ponía de manifiesto una notable curiosidad por
parte del conde Vogelstein. La joven protagonista del libro tenía una madre, al
igual que esta otra, al parecer; la primera también tenía un hermano, y justo entonces
recordó el conde haber visto a un joven en el muelle, un joven con sombrero de
copa y abrigo blanco, que parecía unido a la señorita Day por un vínculo
natural. Había otra persona más, según iba recordando Vogelstein, un hombre
mayor, igualmente tocado con sombrero de copa pero con abrigo negro (vestía
todo de negro, en realidad) que completaba el grupo y que presumiblemente sería
el cabeza de familia.
Estas reflexiones
demostraban que el conde Vogelstein leía su volumen de Tauchnitz de forma más
bien accidentada. Y, lo que era peor, representaban un derroche para la
economía del raciocinio, pues ¿acaso no iba él a estar flotando en aquella caja
oblonga en compañía de aquellas personas durante diez días? ¿No era lógico
pensar que, cuando menos, las vería con cierta frecuencia?
Puede anotarse sin mayor
dilación que las vio con regularidad. He narrado con detalle las circunstancias
en las que Vogelstein conoció a la señorita Day porque el incidente no deja de
ser relevante tratándose de este rubio y metódico teutón, pero debo pasar
rápidamente a narrar los acontecimientos que tuvieron lugar poco después.
Tras aquella presentación,
Vogelstein se preguntaba qué posibilidades se abrían ante él en relación a la
joven, y decidió avanzar en su novela americana para averiguar cómo se conducía
el héroe. No obstante, no tardó en comprobar que la señorita Day no tenía nada
en común con la protagonista de la ficción, a excepción de ciertas
características de hábitat y clima, y a excepción, habría que añadir, de que el
sexo masculino no le resultaba en modo alguno terrible.
En cuanto al ostensible
sello local impreso en la joven, el criterio de Vogelstein al respecto
resultaría más vicario que espontáneo. Y es que, mientras especulaban sobre la
localidad del interior del continente americano de la que la chica podría ser
oriunda, una compañera de viaje, una dama de Nueva York con quien Vogelstein
conversaba con frecuencia, había tildado a la señorita Day de «atrozmente»
provinciana. Imposible saber cómo llegó dicha dama a semejante certeza porque
el conde había comprobado que no se relacionaba en absoluto con la joven. Pese
a ello, la dama sustentaba su teoría afirmando que ciertos americanos son
capaces de discernir al instante quiénes son otros americanos, aunque dejó que
fuese el propio conde quien juzgase si ella misma pertenecía a la mitad crítica
o a la mitad criticada de la nación.
La señora Dangerfield [5]
era una mujer cautivadora, amena y locuaz, en cuya compañía sentía Vogelstein
ensancharse el radio temático de sus conversaciones. Había logrado convencerle
positivamente de que las diferencias humanas también eran posibles en una gran
democracia y de que la vida americana estaba llena de distinciones sociales, de
sutiles sombras, que muchas veces la inteligencia del extranjero no era capaz
de percibir. ¿Acaso suponía él que todo el mundo conocía a todo el mundo en el
país más grande del planeta, y que uno no era allí tan libre de elegir con
quien se relaciona como lo hacen en las sociedades más monárquicas y
exclusivas? Se burlaba despectiva de tales falacias mientras Vogelstein le
cubría solícito los pies con su preciosa manta de piel (pasaban mucho tiempo
tumbados el uno junto al otro en sus respectivas hamacas plegables). El hecho
de que la señora Dangerfield no hubiese conocido en el barco a nadie aparte del
conde Otto ponía bien de manifiesto hasta qué punto una dama americana era
libre de decidir con quien se relacionaba.
Según pudo comprobar
Vogelstein por sí mismo, el matrimonio Day carecía del aire distinguido de la
hija. Se trataba de dos seres toscos, indolentes y sin gracia, que permanecían
durante horas sentados juntos en cubierta mirando imperturbablemente al frente.
La señora Day tenía la tez blancuzca, las mejillas alargadas y los ojos
pequeños; su frente estaba ribeteada de ricitos negros y tirantes, y movía los
labios como si continuamente tuviese una pastilla en la boca. Alrededor de la
cabeza llevaba una prenda que la señora Dangerfield denominó nuby, [6] una
especie de bufanda rosa de punto tejido a mano que le ocultaba el pelo, le
cubría el cuello y que, entre sus múltiples circunvoluciones, dejaba un hueco
para su rostro rotundamente inexpresivo. Tenía las manos cruzadas sobre el
regazo y lo único que sugería vida en su figura impávida y embozada eran sus
ojuelos como cuentas que de vez en cuando cambiaban de dirección. Su marido
lucía una perilla gris y tiesa, y su labio superior, lampiño y amplio, se veía
visiblemente cuarteado por el rasurado constante. Tenía cejas pobladas y anchas
fosas nasales y en el salón, cuando iba sin sombrero, dejaba al descubierto un
cabello entrecano de naturaleza densa y perpendicular. Sin duda, el suyo podría
haber sido un aspecto sombrío, siniestro si cabe, de no ser por la familiar
mirada, serena y complaciente, con la que parecía evaluar cuanto le rodeaba, a
través de aquellos ojos de claras pupilas, los ojos sosegados de un hombre
taciturno. Se trataba sin duda de un hombre más afable que fiero, pero más
reservado que afable. Le complacía tener cerca a la gente pero sin aspirar a
comprenderla o a enjuiciarla demasiado, de la misma forma en que quizá también
habría lamentado poner a alguien en alguna situación comprometida. Eventualmente
el matrimonio intercambiaba alguna que otra palabra, pero rara vez se les veía
conversando. Había un algo indefinible y resignado en ellos, como si se
hubiesen convertido en víctimas de algún hechizo. No un hechizo de índole
macabra, sin embargo. Es la fascinación por el éxito, la confianza que
proporciona la estabilidad, lo que en ocasiones hace arrogantes a las personas.
Sin embargo esto mismo había obrado un efecto contrario en aquella sencilla y
satisfecha pareja, la cual parecía felizmente remisa a cualquier forma de
ulterior prosperidad.
La señora Dangerfield le
contó al conde Otto que cada mañana, tras el desayuno, a la hora en que él se
encontraba en su camarote escribiendo en su diario, Pandora acompañaba hasta
arriba a la pareja mayor dejándola instalada en su rincón habitual. Se había
enterado de que así se llamaba la hija mayor y el descubrimiento la había
divertido extraordinariamente: «Pandora». Aquello era típico en grado sumo. Les
situaba en la escala social aun a falta de cualquier otro dato. Con un nombre
así podía saberse cómo era una chica en su interior, el misterioso interior que
tanto alborotaba a esas alturas la imaginación de Vogelstein.
La joven gobernaba a toda la
familia, incluso a la hermanita de afectados andares que, con sus bellos ojos,
díscolos e inocentes, su cascada de sedoso pelo rubio, su fez rojo muy ladeado
por arriba, como suelen llevarlo los varones turcos, y con su manera de
corretear y sentarse a horcajadas por todo el barco en compañía de cualquiera
(tenía las piernas largas y flacas, usaba faldas rematadamente cortas y medias
de todos los colores) regresaba a casa, vestida con elegante ropa francesa para
retomar su interrumpida educación. El propio Vogelstein pudo constatar cómo
Pandora supervisaba y dirigía a sus parientes, como también verificó que era
una chica resuelta, eficiente y con un alto sentido de la responsabilidad que
la llevaba a resolver sobre la marcha prácticamente todas las cuestiones que
pudiesen surgir en el seno de una familia del interior.
El viaje proseguía sin
contratiempos y, día tras día, era posible sentarse bajo el cielo salino y
sentir cómo surcaba uno las grandes curvas del globo. Bajo la intensa luz del
mar, la alargada cubierta parecía una mancha blanca sobre el negro círculo del
océano. Las columnas de humo rielaban en el pavimento, y se distinguían con
claridad, con irritante claridad en algunos casos, el sonido de los zapatos de
los pasajeros pisando reiteradamente sobre él, precedidos de fragmentos de
opiniones sobre la travesía, todo ello en un aire tan despejado que amortiguaba
las voces y los comentarios ascendían como en sordina. Para entonces Vogelstein
había finalizado su novelita americana llegando a la firme conclusión de que
Pandora Day no se parecía en nada a la heroína. Ella era bien distinta: mucho
más seria y desenvuelta, y en absoluto ansiosa, como había creído él
inicialmente, por entablar amistad con caballeros de posición. Se inclinaba a
pensar que la charla que la joven había mantenido con él la tarde anterior había
sido para ella un simple incidente sin importancia. Y ello pese al hecho de
haber querido reanudarla al día siguiente cuando, al pasar casualmente por su
lado y esbozando una sonrisa casi fraternal, le había hecho aquella nueva
aclaración: «¡Todo bien ya, señor! ¡He encontrado la vieja hamaca!».
Después de aquello no había
vuelto a dirigirse a él y apenas le había mirado. Leía mucho y casi siempre
libros franceses, en papel amarillo y nuevo, y no precisamente las variantes
más triviales de dicha literatura, sino algún volumen de Sainte-Beuve, de Renan
o si acaso, como lectura de evasión, de Alfred de Musset. Hacía ejercicio
frecuente y casi siempre paseaba sola, pues al parecer no había hecho amistades
en el barco y tampoco tenía la opción de recurrir a sus padres para distraerse,
quienes, como ya se ha dicho, no abandonaban nunca la confortable esquina en la
que ella los dejaba para pasar el día.
Su hermano estaba
permanentemente en el salón de fumadores, donde Vogelstein se detenía a
observarlo, vestido con ropa muy ajustada y un alzacuello rodeándole la
garganta como una empalizada. Su rostro, menudo y afilado, no resultaba
desagradable. Fumaba puros enormes y comenzaba a beber apenas avanzado el día.
Sin embargo, su apariencia exterior no mostraba signo de tales excesos.
Respecto al eucre [7] y al póquer o a las demás distracciones a su alcance no
parecía culpable de ninguna. Era evidente que conocía dichos juegos a la
perfección porque solía observar a los jugadores y ocasionalmente les
aconsejaba desde una postura imparcial. Pero Vogelstein nunca llegó a ver
cartas en sus manos. Algunos jugadores le consultaban cuando surgían puntos
cuestionables y su opinión era incontestable. Apenas participaba en las
conversaciones, distendidas por lo general, que se sucedían en el salón de
fumadores, pero de vez en cuando hacía alguna observación con su monocorde voz
juvenil a la que todos prestaban atención y que era acogida entre ruidosas
carcajadas. Pese a conocer bien el inglés, Vogelstein no solía captar las
bromas, pero alcanzaba a comprender que las del joven Day debían ser muestras
representativas de ese humor americano, admirado y practicado por todo un
continente, que claramente distaba aún de ser accesible (quizá llegase a serlo
con el tiempo gracias a alguna revelación providencial e impredecible) para un
diplomático cualificado.
Se trataba de un caballerete
singular a su manera, porque según había podido escuchar Vogelstein en el
receso de una de aquellas risas, solo tenía diecinueve años. Si su hermana no
se parecía a la horrible jovencita del cuento que hemos mencionado, en cambio
Vogelstein hallaba cierta analogía entre el joven señor Day y un hermano menor,
un tal Madison, Hamilton o Jefferson, entusiasta de las golosinas, que en el
volumen de Tauchnitz estaba a cargo de la infortunada muchacha.
Definitivamente, así habría sido también Madison a los diecinueve, mucho mejor
de lo que cabría haber esperado.
Los días se hicieron largos
pero el viaje resultó breve. Casi había concluido cuando el conde Otto sucumbió
a aquella fascinación, peculiar en su naturaleza pero a la postre irresistible,
y, pese a la enfática advertencia de la señora Dangerfield, halló ocasión de
entablar una charla ininterrumpida con la señorita Day. Mencionar que dicho
impulso se llevó a efecto sin aludir el resto de impresiones ajenas al mismo,
tal vez sea violar la proporcionalidad y dar una idea equívoca. Pero más
injusto sería pasar de largo.
Como sabemos, los alemanes
son gente trascendental y se produjo al fin una arrolladora atracción por parte
de Vogelstein hacia aquella joven solitaria y despierta que espontáneamente era
capaz de sonreír y de comportarse con naturalidad, que imprimía una rara
originalidad al carácter filial, y cuyo perfil adquiría notable delicadeza
cuando se inclinaba sobre un libro cuyas páginas chasqueaba al leer, o cuando,
desde los flancos del barco, lo proyectaba en abstraídas actitudes hacia el
horizonte que iban dejando atrás. Pero en cuanto a una eventual relación con
ella, el conde lamentaba que sus padres fuesen unos toscos aldeanos, que su
hermano no se ajustase a su idea de un joven de clase alta y que su hermana
fuese una Daisy Miller en herbe. [8]
Constantemente amonestado
por la señora Dangerfield, nuestro joven diplomático redoblaba precauciones
respecto a las relaciones sociales que debía establecer al inicio de su
estancia en los Estados Unidos. Como le recordó dicha dama, y según había
podido verificar él mismo en otras capitales, el primer año, e incluso el
segundo, debían ser tiempos para la prudencia. Uno desconocía los valores y las
proporciones autóctonas, se exponía a cometer errores y precisaba por ello de
fieles apoyos. En caso contrario podría llegar a depositar su confianza en
personas que más adelante resultarían ser como piedras de molino alrededor del
cuello. La señora Dangerfield hizo sonar y sostuvo esta última nota, la cual
reverberó ampliamente en la imaginación del joven. Le aseguró que si no «tenía
cuidado» se encontraría comprometido con alguna chica americana de familia
imposible. En América, cuando uno se comprometía, no quedaba otra alternativa
que caminar inexorablemente hacia el altar, y ¿qué diría él si, por ejemplo, se
viese de un día para otro como pariente próximo de los señores P. W. Day (tales
eran las iniciales inscritas sobre los respaldos de sendas sillas de la
pareja)? El conde Otto advirtió el peligro, porque inmediatamente le vinieron a
la mente media docena de caballeros que habían terminado casándose con chicas
americanas. Le parecía, a su vez, estar también en riesgo permanente de
contraer matrimonio con aquella joven americana. Era una amenaza ante la cual
uno jamás podía bajar la guardia, como sucedía con el ferrocarril, con el
telégrafo, con el descubrimiento de la dinamita, con el rifle Chassepot, con el
espíritu socialista... Indudablemente, constituía una más de las muchas
complicaciones de la vida moderna.
Sería de todo punto excesivo
afirmar que el conde temía que le arrastrase la pasión por una joven cuya
belleza no era exactamente deslumbrante y con la que en total no habría hablado
más de diez minutos seguidos. Pero, como ya hemos avanzado, es cierto que llegó
al punto de desear que hubiese sido más refinado el equipaje humano de alguien
cuyo carácter resuelto no mostraba un ápice de frivolidad, como decían los
ingleses, ni de opiniones subversivas, y cuya boca se perfilaba en tan
adorables líneas.
No dejaba de resultar cómico
el comportamiento de la joven hacia los destinatarios de sus afanes, a quienes,
más que por interés, parecía atender obedeciendo a su sentido de la
responsabilidad, como si alguien los hubiese encomendado a su buen juicio y ella
se hubiera comprometido a hacerlos llegar sanos y salvos hasta algún punto del
viaje. Actuaba de forma distante y ausente, pero al cabo de un rato parecía
recapacitar, arrepentirse y volver sobre sus pasos para arroparles con sus
mantas, para variar la posición de la sombrilla de su madre o referirles algún
aspecto de la travesía. Desempeñaba estos pequeños recados de manera eficaz y
expeditiva, empleando las menos palabras posibles y, al aproximarse su hija a
ellos, los señores Day entornaban los ojos como dos perros falderos esperando
una caricia.
Una mañana trajo consigo al
capitán del barco para presentárselo a sus padres. Parecía conocer a dicho
oficial de manera personal e independiente y la presentación se planteó como
una afortunada e imprevista ocurrencia. Más que una presentación aquello fue
una exhibición, como si la joven quisiera decirle: «Así son, mire lo cómodos
que están gracias a mis cuidados. ¿No le parecen unos seres peculiares y
entrañables? Pero me dejan total independencia, oh, eso se lo puedo asegurar.
Además, puede comprobarlo usted mismo». Los señores Day alzaron la vista hacia
el alto funcionario que permanecía rígido ante ellos sin apenas inmutarse, y a
continuación se miraron el uno al otro igualmente imperturbables. El oficial
saludó, inclinándose un poco, pero Pandora movió la cabeza y pareció responder
por ellos. Hizo pequeños gestos como tratando de explicarle al buen capitán
algunas de sus rarezas, como por ejemplo, que no debía esperar conversación por
parte de ellos. Por último, la pareja cerró los ojos. La hija ejercía una
especie de influencia mesmérica [9] sobre ellos.
La señorita Day se alejó con
su importante amigo, el cual la trataba con ostensible deferencia, inclinándose
considerablemente, pese a su relevancia, cuando poco después se despidieron.
Vogelstein advirtió que la joven siempre conseguía causar impacto, pero la
moraleja de este asuntillo que nos ocupa es que, pese a la señora Dangerfield,
pese a las resoluciones de su sentido de la prudencia, pese a las limitaciones
de la escasa relación mantenida hasta entonces, pese a los señores Day y al
jovencito de la sala de fumadores, Pandora acaparaba por completo la atención
del conde.
La misma noche de la escena
con el capitán y de forma torpe, abrupta y compulsiva, Vogelstein se las
ingenió para abordarla mientras la joven paseaba de un lado a otro de la
cubierta, en un momento de temperatura propiciatoriamente benigna y cielo
profusamente estrellado. Había grupos dispersos de gente conversando, de
fumadores y de parejas, irreconocibles todos, moviéndose con agilidad en la
penumbra. El barco, desdibujado y espectral bajo las estrellas, se desplazaba a
impulsos largos y regulares, con sus iluminados pináculos asomando aquí y allá
con el balanceo, dando la impresión de avanzar más velozmente en la oscuridad
que durante el día. El conde Otto había subido a pasear y cuando la chica le
rozó casualmente al pasar por su lado, distinguió, bajo el velo que lo protegía
de la humedad marina, el rostro de Pandora (siempre se refería a ella como
Pandora con la señora Dangerfield). Se detuvo, se giró, corrió tras ella,
arrojó su cigarrillo y seguidamente le preguntó si le haría el honor de cogerse
de su brazo. Ella declinó tomarle del brazo pero aceptó su compañía, y él le
permitió gozar de ella durante una hora. Charlaron mucho y más tarde
rememoraría Vogelstein algunas de las cosas que ella dijo. Por entonces ya se
daba por hecho que el barco llegaría a puerto al cabo de dos días y ello
proporcionaba un evidente tema de conversación. Le sorprendieron por peculiares
algunas de las expresiones que empleaba la señorita Day, pero era consciente de
que su imperfecto conocimiento del inglés le incapacitaba para calibrarlas con
propiedad.
—No tengo prisa por llegar;
estoy muy bien aquí —dijo—. Temo el momento de pasar con mi familia.
—¿De pasar?
—Por la aduana, hemos hecho
tantas compras... Le he escrito a un amigo para que venga a recibirnos y quizá
pueda ayudarnos. Conoce bien a las autoridades. Una vez que me hayan marcado
con tiza, ya me quedaré tranquila.[10] A estas alturas me siento ya como si
fuese una pizarra. Lo encontré muy desagradable en Alemania.
El conde Otto se preguntó si
el amigo al que había escrito sería su novio y si estarían oficialmente
comprometidos, sobre todo cuando Pandora volvió a referirse a él como «el
caballero que va a venir». Le preguntó por sus viajes, sus impresiones, si había
pasado mucho tiempo en Europa y que qué le había gustado más. Respondió ella
que había viajado a Europa con su familia para adquirir nuevas experiencias.
Aunque le pareció una joven muy despierta sospechaba que le había dicho aquello
por ser él alemán, porque tal vez habría oído decir que los alemanes eran muy
cultos. El conde se preguntó qué clase de cultura se habrían traído consigo los
señores Day de Italia, Grecia y Palestina (habían pasado dos años viajando y
habían estado en todas partes), en especial cuando escuchó decir a su hija:
—Quería que papá y mamá
viesen lo mejor. Los tuve tres horas en la Acrópolis. ¡Imagino que no podrán
olvidarlo!
Tal vez fuese en Fidias o en
Pericles en quienes pensaban aquellos dos mientras meditaban sentados con sus
mantas, reflexionó Vogelstein. Pandora comentó asimismo que deseaba enseñárselo
todo a su hermana pequeña mientras la niña estuviese relativamente por formar
(relativamente, bufó el conde para sus adentros); las vistas importantes dejan
una huella mucho más profunda en las mentes virginales; algo así había leído
Pandora en algún libro de Goethe. Cuando ella tenía la edad de su hermana
también quiso haber ido a Europa, pero por entonces su padre trabajaba y no les
era posible dejar Utica. El conde imaginó a la hermanita brincando de un lado a
otro del Partenón y del Monte de los Olivos, compartiendo con sus padres
durante dos años, años de escolarización, aquel extraordinario peregrinaje. Se
cuestionó si la máxima de Goethe sería aplicable en su caso. Le preguntó a
Pandora si Utica era el lugar de procedencia de su familia, si era una ciudad
importante o típica, si era un sitio que no debería dejar de visitar un
extranjero como él.
Su acompañante respondió con
franqueza que aquella era una buena pregunta, pero que, en cualquier caso, le
pediría encantada que «viniese a visitarnos a casa» de no ser porque pronto se
marcharían de allí.
—Ah, ¿es que se marchan
ustedes a vivir a otra parte? —inquirió Vogelstein como si semejante cosa fuese
también algo típico.
—Me he propuesto irme a
Nueva York. Quiero pensar que los he entrenado un poco a todos mientras hemos
estado fuera —prosiguió la joven—. Ya no hallarán en Utica el mismo encanto.
Esa era la idea. Quiero un lugar grande y, claro, Utica... —se interrumpió como
si fuese a decir algo de mayor complejidad.
—¿Supongo entonces que para
usted Utica es inferior...? —sugirió Vogelstein por decir algo.
—Bueno, no, supongo que no
podría calificarse Utica de inferior. No es suprema..., eso es lo malo, y yo
odio todo lo mediocre —dijo Pandora Day. Lanzó una risita irónica, echando la
cabeza ligeramente hacia atrás, al hacer aquella declaración. Y, observándola
de soslayo bajo la luz crepuscular, caminando sobre la cubierta que se
balanceaba imperceptiblemente, Vogelstein identificó algo en su aire y porte
que se correspondía con dicha afirmación.
—¿Cuál es su estatus social?
—le preguntó a la señora Dangerfield al día siguiente—. No logro averiguarlo...
Es todo tan contradictorio. Me llaman la atención su refinamiento y su
desenvoltura; su aspecto es, igualmente, impecable. Sin embargo, sus padres son
unos pobres paletos. Se nota a la legua.
—Oh, el estatus social. —La
señora Dangerfield asintió enérgicamente dos o tres veces—. ¡Qué expresión tan
rimbombante emplea usted! ¿Cree que todo el mundo tiene un estatus social? Eso
es algo reservado a una mayoría infinitamente pequeña de la humanidad. No se
puede tener posición social en Utica, del mismo modo que es impensable disponer
allí de un palco de ópera. Pandora carece de estatus. Dígame, ¿dónde podría
haberlo adquirido? Pobre chica, no es justo que se plantee usted semejante
pregunta respecto a ella.
—Bueno —dijo Vogelstein—.
Para ser de baja extracción social me parece muy... muy... —Titubeó un
instante, como lo hacía siempre con el inglés, buscando la palabra adecuada.
—¿Muy qué, querido conde?
—Muy particular, muy
representativa.
—Querido, no es de baja
extracción social —replicó la señora Dangerfield con un irritado dejo de
sabiduría malgastada. Disfrutaba explicando las cosas de su país, pero ello
requería siempre el concurso de dos personas.
—¿Cómo es ella, entonces?
—Bueno, debo admitir que
constituye una novedad para mí desde la última vez que estuve en casa. Una
joven como ella con una familia así... es un nuevo espécimen.
—Me van las novedades... —Y
el conde Otto sonrió con aire decidido. No obstante, no podía darse por
satisfecho con una explicación que suscitaba más preguntas. Cuando
desembarcaron en Nueva York, y aún entre el jaleo del muelle y los montones de
equipaje despanzurrado, Vogelstein se sintió embargado por un pesar creciente
ante la idea de que Pandora y su familia estuviesen a punto de desvanecerse en
lo desconocido. Sin embargo, obtuvo un transitorio consuelo: estaba claro que
por algún motivo, enfermedad o ausencia de la ciudad, el caballero al que la
joven había escrito no se había presentado como ella había previsto. Vogelstein
se alegró, no sabría precisar por qué, de que aquella persona cercana a ella le
hubiese fallado, aun sabiendo que sin su ayuda Pandora tendría que
arreglárselas sola en las dependencias aduaneras de los Estados Unidos.
Nuestro joven tuvo su
primera impresión del mundo del Oeste en el mismo lugar donde desembarcaban los
vapores alemanes en la ciudad de Jersey: un gigantesco cobertizo de madera
cubría un muelle, también de madera, que resonaba bajo el peso de los pies y que
consistía en una vasta extensión de terreno empalizada con rudimentarios
tocones inclinados a un lado y a otro sobre el que se esparcían pilas de
equipaje heterogéneo. En un extremo, en la salida hacia la ciudad, se levantaba
una alta valla pintada, al otro lado de la cual, pudo distinguir una fila de
carruajes de alquiler cuyos cocheros blandían sus látigos a la espera de sus
víctimas, mientras se elevaban sus voces en el aire emitiendo de manera
ininterrumpida un sonido extraño y agudo, como un desafío a un tiempo
amenazador y entrañable. En aquella zona, tras la valla, todo parecía bullir y
retumbar. Allí estaba América, se dijo el conde Otto, y dirigió su mirada hacia
aquel punto sintiendo que tendría que hacer acopio de determinación.
En el muelle, la gente se
apresuraba con su equipaje, reuniendo sus cosas, tratando de agrupar los bultos
dispersos. Estaban acalorados e irritados unos, aturdidos y desanimados, otros.
Los pocos que habían logrado recoger sus vapuleados paquetes asistían con aire
de fatigada indiferencia a los esfuerzos de sus vecinos, sin dignarse a mirar a
aquellos con quienes habían intimado en el barco. Les atendía un destacamento
de oficiales de la aduana, y los pasajeros más diligentes intentaban
arrastrarles hacia sus equipajes o arrastrar hacia ellos sus pesados bultos.
Los funcionarios eran corteses y de pocas palabras excepto cuando,
ocasionalmente, tenían que hacerle ver a algún pasajero cuyo equipaje expuesto
les observaba, elocuente, implorante, que les parecía que el viaje había sido
«bastante delicado».[11] Cumplían con su tarea sin prisas, especulando con
cordialidad, y si advertían el nombre de alguna víctima escrito en su baúl de
viaje se dirigían a ella como si la conociesen de toda la vida. Pero Vogelstein
comprobó que aunque afables no eran indiscretos. Había oído decir que en
América todos los funcionarios eran iguales, que no había diferente tenue,[12]
como se decía en Francia, para las distintas clases sociales, y se preguntó si
allá en Washington también serían así el presidente y los ministros a quienes
esperaba ver (esperaba tener que ver) regularmente.
Le distrajo de tales
especulaciones divisar a los señores Day sentados uno junto al otro sobre un
baúl, como formando parte de los pertrechos de su viaje. Sus rostros traslucían
mayor preocupación hacia los objetos que les rodeaban de lo que Vogelstein había
advertido hasta entonces, y el aire de plácida expansión de la misteriosa
pareja sugería que dicha preocupación les resultaba en cierto modo
reconfortante. Como habrían dicho ellos mismos, los señores Day se sentían
verdaderamente dichosos de regresar. A cierta distancia, al borde del muelle,
nuestro observador distinguió al hijo de la pareja, el cual se había apostado
en el espacio entre los flancos de dos grandes buques desde el que veía pasar
los ferrys de exigua carga y forma piramidal típicos de las aguas americanas.
Allí estaba el joven, inmóvil y meditabundo, con su delgado pie apoyado sobre
un rollo de cuerda, de espaldas a cuanto había sido desembarcado, con el cuello
estirado en su reluciente cilindro, mientras la fragancia de su enorme puro se mezclaba
con el olor de cúmulos en descomposición y, a su lado, su hermana menor se
agarraba a un poste para averiguar cuánto lograba acercarse al agua sin caerse.
El criado de Vogelstein
había ido a buscar a un inspector. El propio conde Otto había reunido sus
pertenencias y esperaba que le concediesen permiso para entrar confiando
plenamente en que el procedimiento sería expeditivo para alguien de su rango.
Antes de iniciar el trámite
mantuvo una breve charla con el joven señor Day, al tiempo que levantaba su
sombrero en señal de cortesía a la niña, a quien no había saludado aún, y la
cual hizo caso omiso a su gesto ocupada como estaba en oscilar temerariamente
sobre el peligroso borde del muelle. Por muy pendiente de escolarizar que
estuviera, no cabía duda de que la niña era ligera como una pluma.
—Veo que le hacen esperar a
usted igual que a mí. Es irritante —dijo el conde Otto.
El joven respondió sin
volverse a mirar:
—En cuanto empecemos todo
irá bien. Mi hermana le ha enviado aviso a un caballero para que se acerque
hasta aquí.
—He estado buscando a la
señorita Day para despedirme —continuó Vogelstein—, pero no la veo.
—Supongo que habrá ido a
reunirse con el caballero del que le hablo. Es un buen amigo suyo.
—¡Yo creo que es su novio!
—espetó la niña—. En Europa siempre estaba escribiéndole.
Durante unos segundos su
hermano guardó silencio dando una calada a su cigarro.
—Solo le escribía por este
motivo. Voy a chivarme, hermanita —añadió a continuación.
Pero la pequeña señorita Day
no prestó la menor atención a su amenaza. Se dirigió a Vogelstein con total
desparpajo.
—Esto es Nueva York. Me
gusta más que Utica.
El conde no tuvo tiempo de
responder porque había llegado su criado acompañado de uno de aquellos
dispensadores de fortuna, pero mientras se alejaba, y a juzgar por las
preferencias de la niña, se preguntó cómo serían las ciudades de interior.
Como era de esperar,
Vogelstein fue exonerado del sino del común de los mortales. El agente que le
tocó en suerte, y que llevaba un enorme sombrero de paja y un broche en la
solapa, era sin duda un hombre de mundo. En respuesta a las declaraciones
formales del conde, se limitó a responder:
—Bueno, imagino que todo
está correcto. Puede usted pasar. —Y se puso a marcar su equipaje con tiza como
si le propinase afectuosas palmaditas. El criado había desabrochado y abierto
sin mucho afán parte de las valijas y, mientras volvía a cerrarlas, el agente
permaneció allí mismo limpiándose la frente y conversando con Vogelstein.
—¿Su primera visita a
nuestro país, señor? Muy solo parece... ¿Ninguna dama? Claro, las damas son lo
que más nos gusta de todo.
Así se expresó exactamente
mientras el joven diplomático se preguntaba qué esperaba el hombre allí
plantado y si se suponía que debía deslizarle algo en la palma de la mano. Pero
aquel representante del orden apenas le permitió a nuestro amigo un momento de
suspense. Enseguida se volvió no sin antes comentar, en tono más bien
paternalista, que esperaba que el conde tuviese una formidable estancia. El
joven se percató entonces de lo improcedente que habría sido darle una propina.
Se trataba sin duda del estilo americano que, al fin y al cabo, tenía unas
formas de cortesía propias.
El criado de Vogelstein
había conseguido un mozo con trasportín y el conde estaba a punto de salir de
allí cuando vio a Pandora Day salir disparada de entre la multitud y dirigirse
rauda al mismo funcionario que acababa de franquearle el paso a él. Llevaba en
la mano una carta desplegada que le dio a leer al aduanero, el cual pasó la
vista por el papel mesándose la barba en ademán pensativo. Seguidamente, ella
le condujo hacia el lugar donde sus padres aguardaban sentados sobre el
equipaje. El conde Otto envió por delante a su criado con el mozo y siguió a
Pandora, con quien francamente deseaba intercambiar algunas palabras de
despedida. Lo último que se habían dicho el uno al otro era que volverían a
verse en tierra firme. Parecía improbable, sin embargo, que dicho encuentro
fuese a producirse en un sitio que no fuese aquel mismo muelle, habida cuenta
de que, claramente, Pandora no pertenecía a la buena sociedad en la que sin
duda se integraría Vogelstein y puesto que, si Utica, según la afilada lengua de
su hermanita, resultaba peor que lo que tenía ante sus ojos, antes preferiría
él morir que dejarse caer alguna vez por allí.
Pronto alcanzó a Pandora,
justo cuando ella procedía a presentarle a sus padres a aquel representante de
la autoridad, de forma parecida a como les había presentado al capitán del
barco. Los señores Day se pusieron de pie, estrecharon la mano del hombre y
parecían dispuestos a mantener una breve charla con él.
—Me gustaría presentarle a
mis hermanos —oyó decir a la joven, y vio cómo ella miraba alrededor buscando a
aquellos dos apéndices. En aquel mismo instante se cruzaron sus miradas y
Vogelstein se adelantó con la mano extendida al tiempo que se decía que evidentemente
los americanos, a quienes siempre había oído describir como pragmáticos y
circunspectos, se deleitaban hasta la extravagancia en las galanterías
sociales. Remoloneaban y parloteaban como había visto hacer a los napolitanos.
—Adiós, conde Vogelstein
—dijo Pandora algo sofocada por sus múltiples tareas pero sin que ello tuviese
una repercusión negativa en su aspecto—. Confío en que tenga usted una
espléndida estancia y que nuestro país sea de su agrado.
—Espero que se las apañe
usted bien con todo esto —replicó Vogelstein, sonriendo y sintiéndose ya más
suelto con el idioma.
—Está enfermo el caballero
al que le mandé el recado —añadió ella—. Qué mala suerte, ¿verdad? Pero me hizo
llegar una nota para un amigo suyo, uno de los inspectores, y supongo que no
tendremos problemas. Señor Lansing, permítame presentarle al conde Vogelstein
—prosiguió ella, presentándole a su compañero de viaje al portador del sombrero
de paja y del broche, el cual estrechó la mano del joven alemán como si no se
hubiesen visto anteriormente. Durante un breve instante, Vogelstein sintió el
corazón en la boca y dio gracias al cielo por no haberle dado una propina al
amigo del caballero reiteradamente mencionado en su presencia y al que un
miembro de la familia de Pandora incluso había llegado a designar como novio de
la joven.
—En esta ocasión se trata de
un asunto de señoras —le comentó el señor Lansing a Vogelstein con una sonrisa
que parecía traslucir una complicidad subrepticia que ninguno estaría dispuesto
a admitir.
—Bien, dice el señor Bellamy
que usted haría cualquier cosa por él —dijo Pandora sonriendo con dulzura al
señor Lansing—. No traemos mucho, solo hemos estado dos años fuera.
El señor Lansing se rascó un
poco por detrás de la cabeza, un movimiento que hizo caer sobre su nariz el
sombrero de paja:
—No sé qué se supone que
tendría que hacer yo por él que no haga por usted —respondió con igual
cordialidad—. Ábrame usted este mismo, por ejemplo —dijo propinándole un
afectuoso puntapié a uno de los baúles.
—Oh, madre, ¿no es genial?
Aquí solo están tus objetos de baño —exclamó Pandora inclinándose sobre el
cofre con la llave en la mano.
—No estoy muy segura de que
me agrade mostrarlos —murmuró apocadamente la señora Day.
Vogelstein se despidió a la
manera alemana del grupo en general, y a Pandora en particular le dirigió un
audible adiós que ella devolvió en tono vibrante y amistoso, aunque sin girarse
mientras luchaba con la cerradura del baúl.
—Podemos probar con otro si
usted quiere —dijo solícito el señor Lansing.
—Oh, no, tiene que ser este.
Adiós, señor Vogelstein, espero que se forme una buena opinión de nosotros.
El joven siguió su camino y
atravesó la frontera del muelle. Allí le recibió su asistente inglés con una
expresión tan atribulada que Vogelstein le preguntó si no había taxis para
llevarles.
—Aquí los llaman hacks, [13]
señor —contestó el hombre—, y están caros de narices. ¡Ha habido quien me ha
pedido treinta chelines por llevarle a usted a la pensión!
—¿No has encontrado ninguno
que sea alemán? —dijo Vogelstein tras vacilar un instante.
—Por su forma de hablar el
que he contratado es alemán —respondió el hombre.
Y fue así como, sin apenas
darse cuenta, Vogelstein dio comienzo a su carrera en América discutiendo las
tarifas de los taxis en su lengua vernácula.
Capítulo 2
V
ogelstein asistía por
principio a cualquier sitio al que le invitasen, en parte con objeto de conocer
mejor la sociedad americana y en parte porque los pasatiempos en Washington no
eran tan numerosos como para que uno pudiese permitirse descuidar las ocasiones.
Al cabo de dos inviernos había tenido un número considerable de ellas y de
variada índole. Su estudio de la sociedad americana había cosechado unos frutos
en absoluto desdeñables. Sin embargo, cuando en el mes de abril de su segundo
año de residencia, se personó en la fiesta por todo lo alto de la señora
Bonnycastle, [14] considerada por todos como el último evento de interés de la
temporada, su presencia allí, y en especial el que se mostrase tan solícito y
comunicativo, no fue consecuencia de la norma que se había impuesto.
Aceptó la invitación a casa
de la señora Bonnycastle por la simple razón de que le caía bien aquella dama,
cuyas recepciones eran las más animadas de Washington, y porque si no asistía
no habría sabido qué otra cosa hacer. Aquella escasez de alternativas en los
márgenes del Potomac se le estaba haciendo penosamente familiar. Hacía muchas
cosas por la simple razón de no saber qué hacer en caso de no hacerlas.
Conviene añadir que esta vez, incluso de haber existido alguna otra opción
social, el conde habría acudido a la convocatoria de la señora Bonnycastle. Si
su casa no era la más grata, al menos resultaba complicado decidir cuál otra lo
era, y la extendida queja de que resultaba demasiado restrictiva, de que
excluía a más gente de la que solía admitir, se aplicaba con atenuado énfasis
cuando la familia abría sus puertas con ocasión de una menos selectiva.
Hacia finales de la
temporada social, durante los fragantes días de la primavera de Washington,
cuando el aire comenzaba a traslucir cierto fulgor sureño y las plazas y
glorietas (en las que convergían las avenidas obedeciendo a un trazado tan
ingenioso como desconcertante) se encendían de flores rosáceas invitándole a
uno a sentarse en los bancos, bajo el hechizo de esta indulgente molicie, la
señora Bonnycastle, que a lo largo del invierno había sido bastante inflexible,
bajó un poco la guardia. Se volvió arbitrariamente, primaveralmente intrépida,
por así decirlo, absteniéndose de evaluar las consecuencias de una hospitalidad
a la que habría bastado reseña en la postrera columna, o incluso en la edición
matutina de cualquier periódico, para calificarla de rotundo desacierto. Pero
la vida en Washington, según la entendía el conde Otto Vogelstein, estaba llena
de desaciertos. Se encontraba inmerso en una sociedad sustentada sobre falacias
fundamentales y grandiosos errores. Poco dado a mirar el lado cómico de la
existencia, se había dicho a sí mismo que el único modo de disfrutar de la Gran
República era prendiendo fuego a sus propios estándares y calentándose en la
lumbre. He aquí las lucubraciones de un teutón teorético que se iba habituando
a caminar entre las cenizas de sus prejuicios. Más de una vez se había empeñado
la señora Bonnycastle en explicarle a Vogelstein los principios por los que se
regía para recibir a cierta gente y vetar a otra, pero para él entrañaba
considerable dificultad penetrar en sus discriminaciones. Bien sabía Dios lo
insólita que le había parecido la promiscuidad americana en su momento, pero
aquello resultó no ser nada en comparación con la excentricidad del criticismo
americano. La dama le aleccionaba à perte de vue [15] sobre unas diferencias en
las que él solo percibía analogías, y no entendía ni las virtudes ni los
defectos de buena parte de los miembros de la sociedad de Washington, según la
interpretación que de esta hacía la señora Bonnycastle. Por suerte, su amiga
tenía un trasfondo socarrón que, como ya he anticipado, tendía a exacerbarse
con las floraciones de abril provocando que la gente no invitada a su casa le
resultase casi tan divertida como la que era recibida en ella.
Su marido no estaba metido
en política aunque la política estuviese metida en él. La pareja se había
impuesto las responsabilidades derivadas de un activo patriotismo. Ambos se
habían amoldado a vivir en América, a diferencia de gran parte de sus conocidos
que con actitud pesarosa tendían a considerarlo como algo meramente inevitable.
Portaban la persistente herencia de la reminiscencia extranjera que lastraba a
tantos americanos, pero la sobrellevaban mejor que la mayoría de sus
compatriotas. Uno deducía que habían vivido en Europa a tenor de su actual
entusiasmo, en absoluto a causa de sus lamentaciones. Si acaso, según le había
comentado en cierta ocasión la señora Bonnycastle a la esposa de un ministro de
exteriores, se resentían de haber vivido alguna vez al otro lado del océano.
La pareja resolvía con éxito
todos sus conflictos, incluso los derivados de no conocer a quienes no deseaban
conocer, o los de disponer de incontables ocupaciones en una sociedad que se
suponía escasa de recursos para esa élite que, bajo la designación de clase
ociosa, era repetidamente invocada en presencia de Vogelstein con esa mezcla de
envidia y menosprecio que suscita la mención de un vicio inconfesable.
Y cuando, nada más llegar el
tiempo cálido, el matrimonio abría de par en par las puertas de su residencia,
lo hacía en el convencimiento de que ello les reportaría distracción y no
porque se sintiesen mínimamente obligados a hacerlo. Es cierto que durante el
invierno a Alfred Bonnycastle le fastidiaba un poco la radicalidad de ciertas
reticencias por parte de su esposa, y no dejaba de admirarle el hecho de que en
una ciudad como Washington la amistad de ambos estuviese tan solicitada.
Vogelstein aún recordaba el estupor, ya algo más disipado, con que cierta
noche, más de un año atrás, había escuchado exclamar al señor Bonnycastle tras
una cena celebrada en su casa y una vez se hubieron marchado todos los
invitados a excepción del secretario alemán (a menudo se quedaba él con la
pareja hasta bien tarde):
—Maldita sea, solo queda un
mes, seamos vulgares y divirtámonos un poco... Invitemos al presidente.
De esta guisa era el
carnaval que se organizaba en torno a la señora Bonnycastle, y en la ocasión a
la que me refería al inicio de este capítulo, el presidente no solo había sido
invitado sino que había manifestado su voluntad de asistir. Me apresuro a añadir
que no se trataba del augusto gobernante irreverentemente mencionado por Alfred
Bonnycastle. La Casa Blanca había acogido a un nuevo inquilino, el anterior se
disponía a abandonarla justo entonces, de manera que a lo largo de los primeros
dieciocho meses de su estancia en América, el conde Otto había sido testigo de
una campaña electoral, de un debut presidencial y de un reparto del botín. A lo
largo de aquellas primeras semanas se había sorprendido al descubrir que el
jefe del Estado no era un invitado codiciado entre las que se suponía eran las
mejores familias de la capital nacional. Solo así se explicaba la extravagante
sugerencia del señor Bonnycastle de invitarle como si se tratase de un
carnaval. Su sucesor alternaba con inusitada frecuencia para ser un presidente,
todo hay que decirlo.
Había concluido la sesión
legislativa, aunque ello apenas afectaba al aspecto de los salones de la señora
Bonnycastle que ni siquiera durante la alta temporada de congreso lucían
rebosantes de representantes del pueblo. Si acaso, se aderezaban con algún senador
ocasional, cuyos gestos y pronunciamientos solían ser acogidos con una mezcla
de alarma e indulgencia, como si pudiesen decepcionar a la audiencia por
carecer de la excentricidad esperada, como si, pese a todo, pudiesen entrañar
algún peligro si no se sometían a estrecha vigilancia.
Nuestro joven caballero
había llegado a sentir cierta estima por estos padres conscriptos de familias
invisibles, con reminiscencias de toga en los voluminosos pliegues de sus
conversaciones, pero desposeídos y baldíos en otros aspectos, de pétreas arrugas
en la cara, como estatuas o bustos de legisladores antiguos. A Vogelstein le
parecía que había un algo, despojado y vulnerable, en su condición a un tiempo
glorificada y desvalida. En sus ojos se percibían recurrentes expresiones de
abandono, como si en los eventos sociales su prurito legislativo anhelase la
calidez de unas cuantas leyes, confortables y preestablecidas. Los miembros de
la Casa Blanca eran seres singulares y, en los días en que Washington
constituía una novedad para nuestro inquisitivo secretario, este solía
confundirlos, al cruzárselos en los salones o en las escaleras, con los
sirvientes encargados de recibir a los invitados o de servirles durante la
cena. Pasado un tiempo, comprendió que estos últimos personajes públicos eran a
su manera tipos imponentes, reconocibles por ese rico color racial que casi
hacía las veces de librea.
Sin embargo, las
probabilidades de ahora con aquellas equívocas figuras eran mucho menores que
en el transcurso del invierno y, en cualquier caso, nunca se veían demasiadas
en casa de la señora Bonnycastle. Por aquellos días el panorama social en
Washington, al igual que la vasta y nítida homogeneidad de las calles
señalizadas con letras y números, que en aquella estación le parecían a
Vogelstein más desangeladas e impersonales que nunca, sugería un receso del
fenómeno político.
Aquella noche el conde Otto
conocía a todo el mundo o a casi todo el mundo. Asistían regularmente algunos
extranjeros curiosones, de Nueva York y de Boston, a los que enseguida les era
presentado el joven alemán al cordial estilo de Washington. Era aquella una
sociedad en la que imperaba la familiaridad y en la que la gente podía llegar a
reencontrarse hasta tres veces al día, de tal manera que la más reciente
novedad se convertía en un asunto de vital importancia.
—Tengo tres chicas nuevas
—dijo la señora Bonnycastle—. Tiene que hablar con todas ellas.
—¿Con todas a la vez?
—bromeó Vogelstein invirtiendo las tornas de una situación que no le resultaba
en absoluto desconocida. Muchas veces se había visto él mismo inmerso en
conversaciones que requerían incluso más de una triple simultaneidad por su
parte.
—Oh, no, debe decirle a cada
una algo diferente, no puede usted salir del paso de una manera tan burda. ¿No
ha descubierto todavía que una chica americana siempre espera algo
especialmente adaptado para ella? Eso de disponer de un puñado de frases aptas para
cualquiera, está muy bien para Europa. La chica americana no es cualquier
chica. Es un espécimen extraordinario de una especie extraordinaria. Pero debe
usted reservar lo mejor de la noche para la señorita Day.
—¡La señorita Day! —La
mirada de Vogelstein reveló un rápido discernimiento—. ¿Quiere decir para
Pandora?
A su lado, la señora
Bonnycastle se burló abiertamente:
—¡Vaya! Se diría que la ha
estado buscando por todo el globo. ¿De modo que ya la conoce... y la llama por
su nombre de pila?
—Oh no, no la conozco,
quiero decir que no la he visto ni he hablado con ella desde entonces hasta
ahora. Vinimos a América en el mismo barco.
—¿No es americana, entonces?
—Oh, sí, vive en Utica...,
en el interior.
—¿En el interior de Utica?
En tal caso no puede referirse a la joven de la que le hablo. Esta otra es de
Nueva York, toda una belleza y la indiscutible favorita social que encandiló a
todo el mundo este pasado invierno.
—Al fin y al cabo —respondió
el conde Otto, pensativo y algo decepcionado—, el nombre no es tan inusual,
quizá se trate de otra persona. Pero, ¿tiene ella unos ojos raros, como
amarillos, pero muy bellos, y la nariz un poco arqueada?
—No sabría decirle, no la he
visto todavía. Se aloja en casa de la señora Steuben. Llegó a Washington hace
solo un par de días y la va a traer la señora Steuben. Cuando me escribió para
pedirme permiso me contó lo que le he dicho. No han llegado aún.
Por un instante Vogelstein
acarició la esperanza de que el sujeto de tal correspondencia fuese en efecto
la joven de la que se había despedido en el muelle de Nueva York, pero las
informaciones parecían apuntar hacia otra parte y él no tenía intención de
fomentar ilusiones. Le parecía poco probable que la resuelta joven que le había
presentado al señor Lansing tuviese acceso a la mejor casa de Washington. Por
otra parte, la invitada de la señora Bonnycastle había sido descrita como una
beldad procedente de la vibrante City.
—¿Cuál es el estatus social
de la señora Steuben? —preguntó a bocajarro en mitad de sus cavilaciones. Tenía
una forma literal, tosca y grave, de hacer preguntas de este tipo. Se deducía
de ello que era una persona puntillosa.
La señora Bonnycastle, sin
embargo, respondió con una risa burlona:
—¡Y qué sé yo! ¿Cuál es el
suyo? —dicho lo cual se volvió hacia sus otros invitados, a algunos de los
cuales les transfirió su pregunta—. ¿Podría alguien decir cuál es el estatus
social de la señora Steuben? El conde Vogelstein desea saberlo.
El diplomático cayó al
instante en la cuenta de que no debió haberse expresado así. ¿Acaso no era
suficiente indicativo de la posición de dicha dama en la escala social su
relación con la señora Bonnycastle? Pese a todo, la jerarquía era tan sutil que
se sintió injustamente ofendido. Era cierto que, como le había dicho a su
anfitriona, la imagen de Pandora se había disipado casi por completo en la ola
de nuevas impresiones sobrevenidas a su llegada a América. Había visto
innumerables cosas tan fascinantes como la heroína del Danau pero, al
materializarse la idea de poder volver a verla y escucharla en cualquier
momento, la joven resurgió en su mente con tanta nitidez como si se hubiesen
despedido el día anterior. Recordaba el color exacto de los ojos que le había
descrito como amarillos a la señora Bonnycastle, el tono de su voz cuando, a
última hora, había manifestado su esperanza de que él juzgase a América
correctamente. ¿Había juzgado a América correctamente? Si iban a verse de
nuevo, ella trataría de averiguarlo. Sería excesivo decir que la idea de
semejante ordalía le parecía terrible al conde Otto, pero sí cabría afirmar que
la perspectiva de volver a verla le ponía nervioso. El dato en sí no dejaba de
ser curioso pero no asumiré la tarea de explicarlo. Hay tantas cosas que ni el
historiador más filosófico está obligado a detallar...
Vogelstein pasó a otro salón
y, al cabo de cinco minutos, la señora Bonnycastle estaba ante él para
presentarle a una de las jóvenes de las que le había hablado anteriormente. Se
trataba de una cultivada chica de Boston que demostró un gran conocimiento de
las novelas de Spielhagen.
—¿Qué opinión le merecen?
—preguntó Vogelstein por decir algo, sin interesarse demasiado por el tema,
dado que solo leía obras de ficción durante las travesías en barco. La joven de
Boston pareció pensativa y concentrada y, a continuación, contestó que le
gustaban mucho algunas de ellas, pero que otras no le habían gustado... Y
enumeró las obras recogidas bajo los respectivos epígrafes. Spielhagen es un
escritor fecundo y el catálogo en su haber le llevó un rato, al cabo del cual,
la pregunta de Vogelstein continuó sin respuesta y sin que el conde hubiese
sido capaz de precisar si a ella le gustaba o le disgustaba Spielhagen.
Sin embargo, con el
siguiente tema de conversación no hubo duda alguna respecto a los gustos de la
bostoniana. Hablaron sobre Washington como solo sabe hacerlo la gente desde el
lugar en cuestión, describiendo sucesivos círculos que se expanden y se estrechan,
posándose sucesivamente en sus frondosas ramas, considerando el asunto desde
todas las perspectivas posibles. Nuestro joven había permanecido en América el
tiempo suficiente como para haber averiguado que, al cabo de medio siglo de
ostracismo social, Washington se había puesto de moda y gozaba ahora de la
estimable ventaja de haberse convertido en un nuevo recurso conversacional.
Esto se ponía especialmente de manifiesto durante los meses de primavera,
cuando los habitantes de las ciudades comerciales bajaban al sur tras el largo
invierno. Todo el mundo coincidía en que Washington era cautivador y nadie
estaba en mejor disposición de debatir sobre el tema que los bostonianos.
Al principio Vogelstein no
conseguía seguirles, no alcanzaba a comprender sus puntos de vista, con qué
otra cosa comparaba aquella gente este reciente objeto de fascinación. Pero
ahora lo sabía todo, les había cogido el paso, no había una sola frase del debate
que le pillase desprevenido. Había en todo aquello cierto elemento hegeliano: a
la luz de tales consideraciones, la capital americana adoptaba la monstruosa
apariencia de un infinito y místico Werden.[16] Pero tales disquisiciones
fatigaban un poco a Vogelstein que por norma prefería no tener que tratar
durante una misma tarde con más de un recién llegado, con más de un visitante
en pleno ardor de iniciación. Por tal motivo le había desconcertado un poco que
la señora Bonnycastle le expresase su deseo de presentarle a las tres jóvenes.
Preveía un mismo ritual repetido para cada damisela, ritual que se vanagloriaba
de haber ejercitado hasta alcanzar cierta pericia, pero que no por ello dejaba
de ser un tanto extenuante. Tras apartarse de su discreta bostoniana optó por
evitar a la señora Bonnycastle, contentándose con la conversación de los amigos
de siempre, habitualmente en clave más elemental y distendida.
Por fin oyó decir que había
llegado el presidente, que llevaba ya más de media hora en la casa, y marchó en
busca del insigne invitado cuyos movimientos en las fiestas de Washington nunca
iban precedidos de una cohorte de cortesanos. Se había propuesto presentar sus
respetos cada vez que se encontrase en compañía del presidente y no le
desalentaba el hecho de no apreciar ninguna asociación de ideas en los ojos del
gran hombre cada vez que este alargaba su mano presidencial para decirle
«encantado de conocerle, señor». El conde Otto asumía que le tomaba por un mero
súbdito leal, tal vez por alguien que ambicionaba un puesto administrativo. En
circunstancias así solía pensar que la monarquía tenía el mérito de transmitir
por línea sucesoria la facultad del reconocimiento instantáneo.
En aquella ocasión tuvo
especial dificultad para identificar al alto magistrado y, finalmente, supo que
se encontraba en el salón de té, una pequeña estancia destinada a ligeros
refrigerios contigua al vestíbulo de entrada de la casa. Allí le encontró nuestro
joven, sentado en un sofá y conversando con una dama. Había un número
considerable de gente en torno a la mesa, comiendo, bebiendo, charlando; y la
pareja del sofá, que no estaba próxima a la mesa sino pegada a la pared, en un
rincón apartado, parecía un poco ajena, como si buscasen privacidad y se
dispusieran a aprovechar la desatención del resto. El presidente se apoyaba
sobre el respaldo, y sus manos enguantadas sobre sendas rodillas semejaban dos
grandes manchas blancas. Se le veía eminente pero relajado, y resultaba claro
que la dama sentada junto a él contribuía abiertamente y sin reservas a aquel
efecto de confortable majestad. Al acercarse, Vogelstein alcanzó a escuchar la
voz de ella. La oyó decir: «Bien, recuérdelo, lo consideraré una promesa». Iba
espléndidamente bien vestida, en tonos rosados, tenía las manos enlazadas sobre
el regazo y los ojos fijos en el perfil del presidente.
—Muy bien, señora, en tal
caso debe de ser la quinta promesa que he hecho hoy.
Fue justo cuando escuchó
estas palabras, como respuesta por parte de su acompañante, cuando Vogelstein
se detuvo, se giró y fingió estar buscando una taza de té. No era apropiado
molestar al presidente, ni siquiera estrecharle la mano, cuando estaba sentado
en un sofá en compañía de una dama, y el joven secretario se dio cuenta que
aquella era la ocasión menos propicia de todas para quebrantar la norma, porque
la dama sentada en el sofá no era otra que Pandora Day. La había reconocido sin
que ella pareciese haber reparado en él e incluso de refilón, como suele
decirse, había notado que se había convertido en una mujer que difícilmente
pasaría inadvertida. Tenía cierto aire exultante, de éxito. Se la veía radiante
en su vestido color rosado y acababa de extraerle una promesa nada menos que al
gobernante de cincuenta millones de personas. Quién iba a pensar que se
encontraría con ella en aquel lugar insospechado, pensó su antiguo compañero de
viaje y, verdaderamente, qué difícil resultaba saber quién era quién en
América.
No deseaba hablar con ella
todavía. Prefería esperar un poco y averiguar algo más, pero mientras tanto no
dejaba de percibir algo tentador en el hecho de que ella estuviese justo a sus
espaldas, a escasos metros, de que con apenas girarse pudiese volver a verla.
Era ella a quien se había referido la señora Bonnycastle, ella la que había
sido tan admirada en Nueva York. Su rostro era el mismo, sin embargo, en un
instante había advertido el conde que, de alguna forma imprecisa, parecía más
bella. Había reconocido el arco de su nariz, indicativo de una moderada
ambición. Vogelstein tomó algo de té a pesar de que no le apetecía lo más
mínimo. Recordó el séquito que rodeaba a la joven en el barco: sus padres,
aquellos aldeanos apáticos, «con tan poco mundo», su hermana pequeña, de quién
cabía decir lo mismo, su sarcástico hermano con su sombrero de copa y su
predicamento en el salón de fumadores. Recordó las advertencias de la señora
Dangerfield (así como sus no pocas perplejidades), la carta del señor Bellamy,
la presentación del señor Lansing y la forma en que Pandora se había agachado
sobre el sucio muelle, riendo y hablando, dueña de la situación, para abrir su
baúl en la aduana. Estaba bastante seguro de que aquel día ella no se vio
obligada a pagar arancel alguno. Sin duda ese habría sido el propósito de la
misiva del señor Bellamy. ¿Continuaría ella carteándose con aquel caballero y
se habría recuperado él de la indisposición que se interpuso en su encuentro?
Las imágenes y las preguntas bullían en la cabeza del conde Otto. Se dio cuenta
de que era más que probable que Pandora estuviese nuevamente en disposición de
dominar la situación, porque resultaba evidente que nada había en las actuales
circunstancias susceptible de poder dominarla a ella.
Vogelstein apuró su té y al
soltar la taza escuchó al presidente diciendo a sus espaldas:
—Bueno, supongo que mi
esposa se estará preguntando por qué no he regresado ya a casa.
—¿Cómo es que no la ha
traído con usted? —preguntó Pandora con benevolencia.
—Es que no sale mucho. Tiene
con ella a su hermana, la señora Runkle, de Natchez. Está prácticamente
inválida y a mi esposa no le gusta dejarla sola.
—Debe de ser una mujer muy
buena. —Y en la aprobación de la joven hubo cierto tono de afianzada madurez.
—Bueno, podría decirse que
no se queja... todavía.
—Me encantaría ir a verla
—dijo Pandora.
—Pásese por casa. ¿No podría
venir alguna noche? —respondió el gran hombre.
—Claro, les visitaré en
alguna ocasión. Y le recordaré su promesa.
—De acuerdo. No hay nada
como mantenerlas. Bueno —dijo el presidente—, debo ir a despedirme de esta
gente estupenda.
Vogelstein le oyó levantarse
del sofá con su acompañante, tras lo cual concedió tiempo a la pareja para que
saliese antes que él de la estancia. Lo hicieron con una determinación
impresionante, haciendo que la gente se apartase a un lado para dejar pasar al
gobernante de cincuenta millones y sin dejar de mirar a la deslumbrante persona
de rosa que iba con él. Cuando algo más tarde les siguió a través del hall
hasta otro de los salones, el conde pudo ver a los anfitriones acompañando al
presidente hasta la puerta y a dos ministros de exteriores y a un juez del
Tribunal Supremo conversando con Pandora. Resistió el impulso de unirse al
grupo. Si iba a hablar con ella querría hacerlo con algo más de privacidad. Aun
así ella continuó acaparando toda su atención y cuando la señora Bonnycastle
regresó del recibidor de entrada él se le acercó enseguida con una petición.
—Me gustaría que me dijese
algo más sobre esa joven..., la que está enfrente vestida de rosa.
—La adorable Day..., así la
llaman, creo. Era mi intención que pudiese usted charlar con ella.
—Creo que es la joven que
conozco. Pero parece tan diferente ahora... No puedo estar seguro —dijo el
conde Otto.
Algo en la expresión del
joven provocó de nuevo la sorna de la señora Bonnycastle:
—¡Cómo logramos
desconcertarles a ustedes los europeos! Parece usted sorprendido.
—Siento parecer tan... Trato
de disimularlo. Pero tiene razón, somos muy simples. Permítame por tanto
hacerle una pregunta simple, infantil y seria. ¿Los padres de esta chica
alternan también en sociedad?
—¿Sus padres en sociedad?
D'où tombez vous? [17] ¿Alguna vez ha sabido usted que alternen los padres de
una popular chica vestida de rosa y con una nariz tan peculiar?
—¿Está aquí sola, entonces?
—prosiguió él con un quiebro de melancolía en la voz.
La señora Bonnycastle se
burló de él sin disimulo.
—Resulta usted demasiado
patético. ¿No sabe lo que es ella? Supuse que lo sabía, por supuesto.
—Es justo lo que le estoy
preguntando.
—Bueno, ella es el nuevo
prototipo. Es de aparición reciente. Incluso se han escrito artículos sobre
esta clase de chicas en la prensa. Por eso le dije a la señora Steuben que la
trajera.
—¿El nuevo prototipo? ¿Qué
nuevo prototipo, señora Bonnycastle? —replicó en tono implorante, plenamente
consciente de que en América todos los prototipos eran nuevos.
La risa retrasó la respuesta
de la dama y para cuando se había recuperado estaba ante ellos, para
despedirse, la joven de Boston con quien Vogelstein había estado conversando.
Aquel, sin duda, era un prototipo añejo, se dijo el conde, y todo el proceso de
despedida entre invitado y anfitriona se desarrolló conforme a una elaboración
añeja. El conde Otto aguardó un momento, luego se dio la vuelta y se dirigió
hacia Pandora Day, a cuyo círculo de interlocutores se había sumado un
caballero que había desempeñado un puesto relevante en el gabinete del último
ocupante del sillón presidencial. Le había preguntado a la señora Bonnycastle
si ella estaba «sola», pero nada había de solitaria en la actual situación de
la joven. No estaba todo lo sola que habría deseado nuestro amigo. Era
impaciente, pero confiaba en que ella le dedicaría unas palabras expresamente.
Ella lo reconoció sin asomo de vacilación y esbozó una sonrisa de lo más
seductora, del mismo matiz que el tono de su voz cuando afirmó:
—Le he estado observando. Me
preguntaba si no iba a saludarme.
—¡La señorita Day le estaba
observando a él! —exclamó uno de los primeros ministros—. Y nosotros, ilusos,
creyendo disponer de toda su atención.
—Me refiero a antes —repuso
la joven—, mientras charlaba con el presidente.
Ante aquello los caballeros
se echaron a reír, bromeando uno de ellos sobre la manera en que solía
inmolarse a los ausentes, incluso a los ilustres. Otro apostilló que esperaba
que Vogelstein se sintiese halagado por aquella distinción.
—Oh, también vigilaba al
presidente —dijo Pandora—. Tengo que vigilarle. Me ha prometido una cosa.
—Tal vez una delegación
diplomática en Inglaterra —aventuró el juez del Tribunal Supremo—. Buena
posición para una dama. Tienen una dama al mando allá.
—Desearía que la enviasen a
usted a mi país —propuso uno de los ministros de exterior—. Me haría readmitir
allí de inmediato.
—Bueno, puede que en su país
yo no le dirigiese la palabra. Solo lo hago porque está usted aquí —replicó la
ex heroína del Danau con graciosa familiaridad, indiscutiblemente a la altura
de sí misma incluso en el arte de la defensa—. Sabrá usted de qué delegación se
trata llegado el momento. Por el contrario, conversaría con el conde Vogelstein
en cualquier parte. Es un amigo anterior a todos ustedes. Le conocí durante
unos días difíciles.
—Ah, sí, en el gran océano
—sonrió el joven—. ¡En las aguas baldías, en la tempestad! [18]
—Bueno, yo no diría tanto;
tuvimos un bonito viaje y no hubo ninguna tempestad. Me refería a cuando vivía
en Utica. Aquello sí que eran aguas baldías..., y una tempestad allí habría
supuesto una novedad interesante.
—¡Sus padres me parecieron
unas personas tan tranquilas! —Suspiró su compañero de pasados recuerdos
obedeciendo a un vago impulso de decir algo agradable.
—Oh, eso es porque no los ha
visto usted en tierra firme. Se mantenían muy ocupados en Utica. Pero ese ya no
es nuestro hogar habitual. ¿No se acuerda que le dije que intentaba
convencerlos para marchar a Nueva York? Bien, pues me puse a ello. Me costó un
gran esfuerzo, pero finalmente nos mudamos.
El conde Otto no cejó en su
empeño indagador:
—Y están contentos allí,
espero.
—¿Mis padres? Lo estarán con
el tiempo. Tengo que darles margen. Son muy jóvenes aún, tienen años por
delante. ¿Y usted ha estado siempre en Washington? Supongo que ya lo sabrá todo
sobre todo.
—Oh, no, hay cosas que no
tengo modo de averiguar.
—Venga a verme y tal vez
pueda yo ayudarle. Soy muy distinta a como era en aquella fase. He progresado
mucho desde entonces.
—¿Y cómo era la señorita Day
en aquella fase? —preguntó un ministro del gabinete de la administración
anterior.
—Adorable, naturalmente
—dijo el conde Otto.
—Es un adulador, ¡si yo ni
siquiera abría la boca! —exclamó Pandora—. Aquí viene la señora Steuben para
llevarme a otro sitio. A una reunión literaria junto al Capitolio, creo. Todo
parece tan alejado en Washington. La señora Steuben va a recitar un poema. Me
gustaría que lo recitase aquí. Sería lo mismo, ¿no creen?
La dama se aproximó para
comunicarle a su joven amiga la conveniencia de ponerse en marcha. Pero el
círculo que rodeaba a la señorita Day tenía varias cosas que decir antes de
renunciar a ella. Pandora tenía pronta respuesta para cada uno y, mientras escuchaba,
Vogelstein percibió claramente que aquella debía ser, como había dicho ella
misma, otra fase de su evolución. Por muy hija de aldeanos que fuese, la joven
era verdaderamente brillante.
El conde se apartó un poco y
aprovechó que la señora Steuben estaba aguardando para hacerle una pregunta.
Media hora antes esta misma señora había sido objeto de las pesquisas a las que
la señora Bonnycastle respondiese de forma tan ambigua, si bien es cierto que
tales pesquisas no las habían motivado ni la falta de amistad del conde con la
afable dama ni su desconocimiento de la estima en la que todos parecían
tenerla. Vogelstein había coincidido con ella en varios sitios y había estado
en su casa. Viuda de un comodoro,[19] era una persona agraciada, de trato dulce
y andares cadenciosos que gustaba a todo el mundo. Tenía un lustroso pelo negro
peinado en anchos mechones y un pequeño tirabuzón asomando detrás de las
orejas. Alguien había comentado que parecía una versión de la vieux jeu [20]
reina de Hamlet. Había escrito unos versos que obtuvieron buena acogida allá en
el sur, llevaba sobre el pecho un retrato de cuerpo entero del comodoro y
hablaba con acento de Savannah. Despedía un inconfundible aroma a Washington. A
decir verdad, nuestro joven había pecado de bisoño al interrogar a la señora
Bonnycastle sobre su estatus social.
—Tenga usted la amabilidad
de decirme —dijo bajando la voz—, ¿a qué prototipo pertenece esta joven? Dice
la señora Bonnycastle que se trata de uno nuevo.
La señora Steuben posó
durante unos segundos su mirada líquida sobre el secretario de embajada.
Siempre parecía estar traduciendo la prosa ajena a ritmos más delicados y
acordes a su propio cerebro.
—¿Cree usted que algo puede
ser realmente nuevo? —sonó por fin su voz aflautada—. A mí me encanta lo
antiguo, ya sabe, una debilidad de nosotros los sureños. —Como se observará más
adelante la pobre señora tenía una debilidad adicional—. Lo que a veces tomamos
por nuevo no es más que lo viejo bajo una forma innovadora. ¿Acaso no existían
notables personalidades en el pasado? Si tiene alguna duda debería visitar el
sur, donde todavía se remansa el pasado.
Ya anteriormente le había
sorprendido a Vogelstein la forma en que la señora Steuben pronunciaba dicha
palabra, desvelando en ella sus latitudes nativas. Transcrita directamente de
sus labios podría escribirse como algo remotamente parecido a «suuur». Pero
esta vez el conde apenas prestó atención a la anécdota; se estaba preguntando
cómo podía una mujer ser al mismo tiempo tan prolija y tan opaca. ¿Qué le
importaba a él el pasado o incluso el suuur? Temía volver a abordarla. La miró,
frustrado e impotente, casi tan desconcertado como lo había encontrado media
hora antes la señora Bonnycastle. Miró también al comodoro, que desde el pecho
de la viuda parecía respirar a la vez que ella.
—Bueno, llámelo si lo
prefiere un viejo prototipo —dijo al cabo de un momento—. Solo quiero saber a
cuál pertenece. Me parece imposible averiguarlo —rezongó.
—Puede averiguarlo usted en
los periódicos. Se han publicado artículos al respecto. Actualmente se escribe
sobre cualquier cosa. Pero no es verdad lo que se dice sobre la señorita Day.
Pertenece a una familia principal. Su bisabuelo participó en la Revolución.
Para entonces Pandora ya se
había vuelto hacia la señora Steuben, dando a entender que estaba lista para
marcharse.
—¿No participó tu bisabuelo
en la Revolución? —quiso saber la viuda—. Le estoy hablando de él al conde
Vogelstein.
—¿Por qué pregunta usted
sobre mis antepasados? —preguntó la chica al joven alemán con risueña
sagacidad—. ¿A eso se refería hace un minuto cuando decía que no es capaz de
averiguarlo? Bueno, pues si la señora Steuben guarda silencio al respecto
seguirá sin saberlo.
La señora Steuben sacudió la
cabeza en ademán soñador:
—Bueno, no nos resulta
difícil a los del suuur guardar silencio. Hay una especie de flema en nuestra
sangre. Además, tenemos que guardar silencio hoy. Debo reservar algo de energía
para esta noche. Tengo que llevarte hasta la otra punta de la avenida de Pensilvania.
Pandora tendió la mano al
conde Otto y le preguntó si creía que volverían a verse. Él respondió que en
Washington todo el mundo volvía a verse y que, en cualquier caso, no dejaría de
visitarla. Y entonces, justo cuando ambas damas comenzaban a alejarse, comentó
la señora Steuben que si el conde y la señorita Day deseaban reencontrarse, el
picnic que ella se proponía organizar para el jueves siguiente sería una
magnífica ocasión. Consistiría en un grupo de unas veinte personas interesantes
y descenderían desde el Potomac hasta Mount Vernon. El conde replicó que se
uniría encantado al plan si la señora Steuben lo consideraba lo bastante
interesante, tras lo cual le informaron sobre la hora del encuentro.
Vogelstein permaneció en
casa de la señora Bonnycastle hasta que todos los invitados se hubieron
marchado y, en cuanto tuvo ocasión, informó a la anfitriona del motivo de
haberse rezagado. ¿Tendría finalmente la caridad de decirle, con una simple
palabra, antes de retirarse él a descansar, y puesto que el descanso sería de
otro modo inviable, a qué famoso prototipo pertenecía Pandora?
—¡Válgame Dios! No me puedo
creer que no lo haya averiguado —respondió la señora Bonnycastle recuperando su
jocosidad—. ¿Qué ha estado usted haciendo durante toda la noche? ¡Puede que
ustedes los alemanes sean concienzudos, pero no son lo que se dice rápidos!
Fue Alfred Bonnycastle quien
finalmente se apiadó de él:
—Mi querido Vogelstein, ella
es la fruta más reciente y fresca de nuestra gran evolución americana. Es la
chica hecha a sí misma.
El conde Otto parpadeó un
instante:
—¿La fruta de la gran
evolución americana? Sí, la señora Steuben me dijo que su bisabuelo...
Su siguiente frase quedó
ahogada en un nuevo brote de hilaridad por parte de la señora Bonnycastle para
dejarle en evidencia. Él aprovechó la ventaja, pese a todo, y ansiando que de
una vez le fuese definida la explicación de su anfitrión preguntó qué era
aquello de la chica hecha a sí misma.
—Siéntese y se lo
explicaremos —dijo la señora Bonnycastle—. Me gusta quedarme a charlar así,
cuando acaba la fiesta. Puede fumar si quiere, Alfred abrirá otra ventana.
Bien, para empezar la chica hecha a sí misma es un concepto nuevo. Pero eso ya
lo sabe usted. En segundo lugar, no es ella ni mucho menos quien se hace a sí
misma. Contribuimos a hacerla todos nosotros al mostrar tanto interés por su
persona.
—¡Eso es solo después de que
ella se haya hecho a sí misma! —intervino Alfred Bonnycastle—. Pero ahora es
Vogelstein el que se interesa por ella. ¿Cómo demonios se despertó su
curiosidad por el tema de la señorita Day?
El invitado explicó lo mejor
que pudo que se debió únicamente a la accidentalidad de haber cruzado el océano
con ella en barco. Percibió, sin embargo, lo inexacto de aquella versión del
asunto. Lo percibió mejor que sus anfitriones, los cuales ignoraban lo frugal
que en realidad había sido su contacto con la joven a bordo del barco, hasta
qué punto le habían afectado las advertencias de la señora Dangerfield y la
minuciosa observación de que había hecho objeto a la señorita Day por aquel
entonces.
Siguió allí sentado por
espacio de media hora, mientras la tibia quietud de la noche de Washington (en
ningún otro lugar son las noches tan serenas) se colaba a través de la ventana
abierta, mezclada con un dulzón olor a tierra, el olor de las cosas que germinan
y, en particular, pensó Vogelstein, el olor del suuur de la señora Steuben.
Antes de marcharse ya había
escuchado cuanto quería saber sobre la chica hecha a sí misma y había algo en
todo aquel asunto que le impresionaba vivamente. Sin duda, Pandora solo habría
sido posible en América. El modo de vida americano le había abonado el terreno.
No era disoluta, ni estaba emancipada, no era vulgar, ni indecorosa y no había
en ella, al menos no de manera ostensible, un solo gramo de la pasta de que
están hechas las cazafortunas. Se trataba tan solo de una persona popular y su
éxito era exclusivamente personal. No había nacido con la cuchara de plata de
la oportunidad social pero había terminado por empuñarla a fuerza de práctica
honesta. Se la identificaba a través de una serie de rasgos pero
principalmente, infaliblemente, por el aspecto de sus padres. Sus padres
relataban su historia. Resultaba evidente lo poco que sus padres podrían haber
contribuido a hacer de ella lo que era y, sin embargo, la actitud de la joven
al respecto podría haber sido otra en muchos sentidos. Teniendo en cuenta que
la gran baza a su favor era haber ascendido sin ayuda desde un plano social
inferior, que lo había hecho todo por sí misma y con su personalidad como única
palanca, cabría esperar que deseara olvidarse de los autores de su ser
puramente material. Sin embargo, su actitud hacia ellos parecía cambiante: a
veces los incluía en su estela, escondidos entre las burbujas y la espuma que
revelaban su procedencia; otras veces, como había dicho Alfred Bonnycastle, les
dejaba pasar completamente de largo; a veces los mantenía confinados, acudiendo
a ellos al amparo de la noche y tomando todo tipo de precauciones; otras veces
los mostraba al público consintiendo alguna que otra ojeada fugaz y en
condiciones pactadas de antemano. Pero la principal característica de la chica
hecha a sí misma era que, aunque en la intimidad se la presumía devota de su
gente, jamás intentaba imponérsela a la sociedad, como tampoco dejaba de ser
asombroso que por muy anodina que ella pudiese llegar a ser en ciertos
sentidos, ni en sus peores aspectos resultaba más anodina que ellos. Sus padres
se mostraban siempre solemnes y luctuosos y, por lo general, hacían gala de una
mortal respetabilidad. Por su parte, Pandora no era necesariamente esnob, a
menos que ser esnob significara aspirar a lo mejor. No era servil, no se
rebajaba más de lo que ya lo estaba. Por el contrario, adoptaba una posición
propia que obraba el efecto de atraer las cosas hacia su persona. Naturalmente,
alguien así solo era posible en América, un país que carecía de amplios
abanicos comparativos y competitivos. La historia natural de aquella criatura
le fue revelada a nuestro sobrio extranjero con todo detalle mientras escuchaba
sentado en la animada quietud, con el fragante aliento del oeste en las
narices, hasta que acabó por convencerse de una realidad que ya venía
sospechando: que en la gran República las conversaciones entrañaban una
psicología más apasionada, por no decir más audaz, que en ningún otro lugar.
Según pudo saber el conde,
otro aspecto por el que se identificaba a la chica hecha a sí misma era por su
cultura, tal vez un tanto demasiado vehemente y ostensible. Por lo general se
introducía en sociedad a través de sus lecturas y su conversación tendía a
estar aderezada con alusiones literarias, incluso con reconocibles citas.
Vogelstein no había tenido ocasión de verificar este dato oportunamente
explotado por parte de Pandora Day, pero Alfred Bonnycastle insinuó que no
creía que ella fuese capaz de mantener la pose intelectual en un tête—à—tête.
Se daba por sentado que este
tipo de chicas había visitado Europa. Por lo general era el primer lugar al que
iban. Haciendo uso de las artes descritas solían ser aceptadas en la alta
sociedad del otro extremo del mundo antes que en la de su país de origen. Cabe
añadir además que este último recurso era cada vez menos valorado, pues en el
mundo americano Europa iba perdiendo prestigio y los ciudadanos del hemisferio
oeste empezaban a perder interés por el tradicional tour. Todo lo dicho se
ajustaba con bastante exactitud a Pandora Day: el viaje a Europa, la cultura
(según se deducía de los libros que leía en el barco), la postergación y
ocultación de su familia. Lo único realmente excepcional era lo vertiginoso de
su ascenso, pues a Vogelstein, hechas las debidas concesiones a la anormal
homogeneidad de la masa americana, le seguía pareciendo que el salto dado por
la joven, desde que él la dejase en manos del señor Lansing, era más que
notable. Inusitadamente astuta debía de ser la señorita Day para haber salido
airosa en tantos frentes. Cuando se «mudó» de Utica, cuando movilizó su
comisariado, debió de parecerle que la batalla estaba finalmente ganada.
El conde Otto se presentó en
su casa al día siguiente y el criado negro de la señora Steuben le informó, con
la peculiaridad comunicativa de su raza, de que las señoras habían salido a
hacer unas cuantas visitas y a ver el Capitolio. Aparentemente, Pandora no
había visitado aún el monumento y nuestro joven deseó haberlo sabido la noche
anterior para haberse ofrecido a ser su primer guía.
Imposible pasar por alto la
clara conexión entre aquella contrariedad y el hecho de que, nada más abandonar
el portal de la señora Steuben, a Vogelstein se le antojase dar un paseo
precisamente por la avenida Pensilvania. Caminó un trecho considerable hasta
llegar al gran edificio blanco, con su despliegue de columnas simétricas y su
solitaria cúpula alzándose al fondo de una larga sucesión de cantinas y
tabaquerías. Subió con lentitud las amplias escalinatas, vacilando brevemente,
preguntándose incluso por qué había ido hasta allí. La razón superficial era
bastante obvia, pero subyacía otra más real que perturbaba al conde por cuanto
carecía de la presumible solidez que cabía esperar de las motivaciones de un
emisario del príncipe Bismarck. La razón superficial no era otra que la
suposición de que la señora Steuben despacharía primero sus visitas sociales
(probablemente sería una simple cuestión de dejar su tarjeta) y que traería a
su joven amiga al Capitolio a la hora en que la luz ambarina de la tarde tiñese
el blanco de sus paredes de mármol. El Capitolio era un edificio majestuoso
pero sin duda falto de color.
La curiosidad de Vogelstein
respecto a Pandora Day se había visto más incentivada que disminuida ante las
revelaciones escuchadas en el salón de la señora Bonnycastle. Resultaba un
alivio tener al fin clasificada a aquella criatura. No obstante, albergaba un
deseo del que hasta entonces no había tenido plena consciencia: quería ir más
allá para comprobar hasta qué extremos podía una chica hacerse a sí misma.
Sus cálculos habían sido
exactos. Apenas llevaba diez minutos deambulando por la rotonda, contemplando
nuevamente las pinturas conmemorativas de los anales nacionales, ubicadas en
los espacios inferiores de la misma, así como las reproducciones de esculturas,
tan entrañablemente representativas del primitivo gusto americano, que adornan
los tramos superiores, cuando las encantadoras damas que esperaba ver
aparecieron acompañadas por un guía oficial. Se acercó a saludarlas sin
ocultarles el hecho de que se las había reservado para guiarlas él mismo.
Fue un encuentro jubiloso
para ambas partes, y él las acompañó por el interior del edificio, singular e
interminable, a través de inhóspitos laberintos de escasa utilidad hasta llegar
a las salas legislativas y judiciales. Pensó que aquel era un lugar detestable.
Lo había visto con anterioridad y se preguntó a qué juego sin sentido estaba
jugando para volver ahora.
En la Cámara Baja algunas
paredes pintarrajeadas al estilo de las más rudimentarias imitaciones le
provocaron náuseas, por no hablar del vestíbulo que, decorado con retratos y
fotografías de ilustres congresistas difuntos, resultaba demasiado solemne para
bromear al respecto y demasiado cómico para un Valhalla.21 Sin embargo, Pandora
estaba enormemente interesada. En su opinión, el Capitolio era precioso.
Resultaba fácil criticar los detalles, pero en conjunto era el edificio más
impresionante que había visto. Demostró ser una compañera turística muy amena;
constantemente tenía algo que comentar aunque nunca comentaba en exceso. En su
papel de cicerone, escoltar a aquellas turistas no pudo ser para Vogelstein una
tarea menos tediosa y cargante. Por otra parte, advirtió que la joven deseaba
ampliar conocimientos. Contemplaba los cuadros históricos, las artificiosas
estatuas de personalidades de los diferentes estados (de tamaños variables,
como si las hubiesen tasado en una tienda), interrogaba al guía y, al llegar a
la Cámara del Senado, le pidió a picnic que le mostrase los asientos de los
representantes de Nueva York. Se sentó en uno de ellos pero la señora Steuben,
equivocándose de silla y dejándose caer en otro estado, le advirtió que aquel
senador era un viejo espantoso.
En el transcurso de la hora
que pasó con ella, a Vogelstein le pareció haber averiguado la manera en que se
había hecho a sí misma. Pasearon, a continuación, por la espléndida terraza que
rodea el Capitolio,[21] por el formidable suelo de mármol que lo sustenta,
intercambiando vaguedades sobre una y otra cosa (las de Pandora eran las
observaciones menos vagas de todas): sobre el fulgor amarillo del Potomac,
sobre las brumosas colinas de Virginia, sobre la lejana y brillante loma de
Arlington, sobre la campiña asilvestrada y caótica. A sus pies estaba
Washington, escarpado y geométrico; las largas líneas de sus avenidas parecían
querer estirarse hacia flamantes futuros nacionales. Pandora le preguntó al
conde Otto si había estado alguna vez en Atenas y, al asentir este, quiso saber
si aquel lugar privilegiado en el que se encontraban no le hacía pensar en el
pasado esplendor de la Acrópolis. Vogelstein aplazó la satisfacción que le
producía aquella pregunta para su siguiente encuentro. Le satisfacía, pese a la
pregunta, encontrar pretextos para volver a verla.
Lo hizo a la mañana
siguiente. Faltaban aún tres días para el picnic de la señora Steuben. Visitó
por segunda vez a Pandora y también se encontró repetidas veces con ella en el
particular mundo de Washington. Hubo de recordarse a sí mismo que estaba olvidando
las recomendaciones y advertencias de la señora Dangerfield a las que tan
fielmente se ciñera durante mucho tiempo. ¿Estaba en peligro de amor? ¿Iba a
ser sacrificado en el altar de la chica americana, el mismo altar en el que
otros desdichados habían derramado la sangre más azul de Alemania, y ante el
cual él mismo había jurado no practicar nunca serio culto? Decidió que no
corría verdadero riesgo, que se había mantenido relativamente apegado a sus
precauciones.
No se podía negar que
alguien que había logrado prosperar tanto con su solo esfuerzo sería una
inestimable ayuda para su marido, pero en términos generales este aspirante a
diplomático prefería labrarse su prosperidad por sus propios medios. No le
agradaba dar la impresión de haber sido promocionado por su esposa. Una esposa
como ella se propondría promocionarle, y él difícilmente podía tolerar que
fuese aquello lo que el destino le tenía reservado: verse impulsado en su
carrera gracias a los oficios de una damisela que tal vez trataría de conversar
con el káiser como él mismo la había escuchado conversar con el presidente la
otra noche. ¿Consentiría ella en romper relaciones con su familia, o
persistiría en buscar quimérico consuelo en sus antecedentes domésticos? Hasta
cierto punto, el que su familia fuese tan sumamente insufrible resultaba una
ventaja pues, de haber sido solo algo mejor, el asunto de la ruptura no habría
sido tan sencillo. Pese a su confianza en sí mismo, o quizá a causa de ella,
Vogelstein cavilaba sobre estas cuestiones. La seguridad le confería un
carácter especulativo y distanciado.
Las divagaciones sobre
Pandora persiguieron al conde durante la excursión a Mount Vernon, la cual
transcurrió conforme a la tradición implantada tiempo atrás.[22] Los
confederados de la señora Steuben se reunieron en el vapor y se lanzaron a
navegar sobre el gran río de color pardo que, a juicio de nuestro especial
viajero, adolecía de excesivo cauce y exiguos márgenes. Aquí y allá, sin
embargo, divisaba en la ribera algo que merecía la pena ser contemplado, y
justo entonces lamentaba haber desaprovechado grandes oportunidades para
haberse formado una estampa más idílica de todo aquello, al no haber sido en su
momento más «lanzado» con cierta damisela sobre la cubierta del North German
Lloyd.
Ambos se volvieron juntos a
mirar Alejandría que, como afirmó literalmente Pandora, parecía la
representación misma de la vieja Virginia. Le dijo a Vogelstein que en el
pasado, durante la Guerra Civil, escuchaba hablar constantemente de ella.
Siendo apenas una niña recordaba todos los nombres que estuvieron en boca de la
gente durante todos aquellos años de reiteraciones. Aquel enclave histórico
tenía el toque romántico de la esplendorosa decadencia, una evocación de cosas
remotas, de un pasado dramático.
El pasado de Alejandría se
perfiló en el horizonte en forma de tres o cuatro callejas que ascendían en
dirección a un cerro, bordeadas de destartalados almacenes de ladrillo erigidos
para una mercancía que ya había dejado de recibirse y despacharse. Parecía
agobiante, yerma y amustiada al pie del mísero malecón donde unos negros
vestidos de harapos balanceaban los pies descalzos sentados al borde de los
carcomidos pantalanes. Pandora mostró mayor interés por Mount Vernon, cuando al
fin su acartonada impostura se alzó dominante sobre el río, del que había
manifestado por el Capitolio y, una vez hubieron desembarcado y ascendido hasta
la célebre mansión, insistió en entrar en cada una de sus habitaciones. Comentó
que aquello merecía la calificación (algunas de sus expresiones eran propias de
su nacionalidad y estilo) de mejor lugar del mundo, y declaró que le parecía
bochornoso que no se le cediese al presidente como sede de gobierno.
La mayoría de sus compañeros
de excursión había visto la casa con anterioridad y pronto se dispusieron a
formar corros sobre los parterres atendiendo a las simpatías personales de cada
cual. Gracias a ello no fue difícil para Vogelstein brindarle el beneficio de
su experiencia al miembro más inquisitivo del grupo. Faltaba una hora para el
almuerzo, y durante dicho intervalo el joven anduvo paseando en compañía de la
que fuese su primera y más encantadora amiga. En el barco, el aire del Potomac
había sido algo cortante, pero sobre la delicada ondulación del prado, bajo las
arboledas, con el río abajo como una mera presencia refulgente en la distancia,
el día ofrecía solo su lado más benigno, confiriendo a la escena algo noble y
único.
El conde Otto era capaz de
bromear en las grandes ocasiones y la actual resultó digna de su sentido del
humor. Afirmó ante su acompañante que la mansión, con su vulgar pintura,
parecía la casa ficticia, el «ala» o estructura de algún trampantojo de escenario.
Ella contraatacó ingeniosa, aludiendo a ciertos palacios de poca enjundia que
había visto en Alemania donde no había más que porcelana y pájaros disecados,
que al menos estaba obligado a admitir que la casa de Washington era realmente
gemütlich.[23] A decir verdad, lo que a Vogelstein le parecía acogedora era la
suave textura del día, su situación personal, el gozo de su suspense. Porque
sin lugar a dudas lo suyo era suspense: se encontraba bajo un ensalmo que le
hacía espectador de su propia vida, sin control alguno sobre sus
susceptibilidades. No le abandonaba la sensación de que las cosas podían dar un
giro en cualquier momento, tornándose en algo muy diferente de lo que habían
sido hasta entonces. Pese a ello, su corazón latía un poco más deprisa al preguntarse
en qué podría consistir tal cambio. ¿Por qué se permitía asistir a picnics en
fragrantes días de abril con chicas americanas que podían llevarle demasiado
lejos? ¿No estarían dichas chicas encantadas de casarse con un conde pomeranio?
Y, llegado el caso, ¿conversarían ellas alegremente con el káiser? Si llegaba a
casarse con alguna tendría que darle un par de severas lecciones.
Durante su visita a la casa,
nuestro joven amigo y su acompañante se habían encontrado con otros turistas
llegados también en barco y que, de momento, no les habían permitido gozar de
una óptima privacidad. Pero gradualmente los demás comenzaron a dispersarse.
Hicieron corro en torno a una especie de showman que resultó ser el guía
oficial, un individuo robusto y cachazudo, dicharachero y vulgar, de barba
frondosa, con un timbre de voz particularmente subyugador y edificante, una voz
que obtenía instantáneo éxito cada vez que interrumpía aquí y allá para decir
algo de interés, paseando la mirada entre su arrobado rebaño para poco después
suspenderla en algún punto impreciso por encima de sus cabezas con expresión
meditativa y traer a colación alguna trillada anécdota como si se tratase de
una inspiración espontánea. El tipo, como lo haría alguien sobre la tarima de
una caseta de feria rural, se las ingeniaba para que incluso una visita a la
tumba del pater patriae [24] resultase algo divertido.
La tumba estaba en una
especie de gruta escondida entre aquellos terrenos y Vogelstein comentó que el
difunto había sido un buen hombre para aquel país, aunque tal vez excesivamente
cercano a la gente.
—Créame, habría sido muy
cercano en Washington —dijo la joven con la graciosa displicencia que a menudo
empleaba para bromear.
Vogelstein la miró unos
instantes sonriendo mientras le embargaba la impresión de que seguramente
aquella chica tampoco se habría cohibido ante el héroe con cuya biografía la
historia se había tomado menos libertades.
—Parece como si le costase a
usted creerlo —añadió Pandora—. A ustedes los alemanes les inspira tanto
respeto la gente importante.
Al criticado se le ocurrió
entonces que, al fin y al cabo, quizá en Washington hubiese agradado el estilo
de la joven, maravillosamente fresco y natural.
El individuo de la barba era
el ministro ideal para un santuario americano: jugaba con la curiosidad de su
grupo con un toque maestro, llevándoselo de allí en el momento justo para ir a
ver la clásica casa de hielo donde se decía que habían encontrado a una anciana
sollozando sobre la que se creía que era la tumba de Washington [25]. Mientras
dicho monumento era objeto de inspección por parte de los turistas, nuestra
joven pareja pudo disponer de la casa para sí y se demoró un buen rato en la
terraza a la que daban las ventanas del segundo piso, un pequeño balcón
descubierto que sobresalía algo oblicuamente sobre la imponente panorámica: la
inabarcable superficie del río, las artísticas plantaciones, los jardines de
fin de siglo con sus grandes setos divisorios y los restos de viejos
emparrados. Permanecieron allí cerca de media hora, y fue precisamente en aquel
rincón apartado donde Vogelstein disfrutaría de la que, según todos los
indicios, sería su única oportunidad de mantener algo parecido a una charla íntima
con la joven que, pese a sus esfuerzos por convencerse de lo contrario, le
tenía absolutamente subyugado.
No es necesario (ni posible)
reproducir íntegramente el coloquio habido entre ellos pero podría mencionarse
que tuvo lugar estando ambos apoyados contra el pretil de la terraza, con la
alborozada voz del showman resonando en la distancia, cuando, un poco
abruptamente, el conde acertó a decirle a su acompañante que no podía
comprender por qué no se habían tratado más mientras cruzaban el Atlántico.
—Bueno, si usted no lo
comprende, yo en cambio sí —dijo Pandora—. Habría estado dispuesta a conversar
con usted si se hubiese dirigido a mí. Fui yo quien lo hizo en primer lugar.
—Sí, lo recuerdo... —Y ello
le afectó de un modo embarazoso.
—Prestó mucha atención a la
señora Dangerfield.
Él fingió no saber a qué se
refería:
—¿La señora Dangerfield?
—La dama con la que siempre
estaba usted sentado; ella le dijo que no hablase conmigo. La he visto en Nueva
York. Ahora es ella quien desea hablarme a mí. Le aconsejó que no tuviese usted
nada que ver conmigo.
—Oh, ¿cómo puede decir esas
cosas tan terribles? —exclamó el conde Otto con un rubor que le hacía parecer
más atractivo.
—Sabe que no puede negarlo.
Sentía usted aversión por mi familia. Son personas entrañables cuando se las
conoce. En ningún otro sitio estoy más a gusto que en casa —prosiguió la leal
joven—. Pero ¿qué importa? Mi familia está muy a gusto. Todos se están aclimatando
muy bien a Nueva York. La señora Dangerfield es una mujer despreciable y
grosera... El próximo invierno deseará ser recibida en mi casa.
—Es usted distinta a
cualquier Mädchen que haya conocido —dijo el pobre Vogelstein con el color aún
en el semblante.
—Bueno, nunca llegará a
comprenderme..., tal vez. Pero ¿qué importancia tiene eso?
Él trató de explicarle en
qué consistía dicha importancia, pero no dispongo de espacio para glosar su
explicación aquí. Ya se sabe que cuando el cerebro alemán se propone explicar
las cosas no siempre consigue hacerlo en términos de simplicidad, por lo que,
ante ciertas revelaciones del conde, Pandora oscilaba entre la turbación y la
hilaridad. Creo que a la postre acabó por sentirse un poco amedrentada porque,
sin venir muy al caso y con cierta insistencia, comentó que el almuerzo debía
de estar ya dispuesto y que sería mejor reunirse con la señora Steuben. Al
dejar tras de sí la casa, su acompañante iba caminando con deliberada
parsimonia, súbitamente abrumado por una vaga sensación de estar perdiéndola.
—¿Y se quedará aún muchos
días en Washington? —le preguntó mientras marchaban.
—Depende. Estoy a la espera
de noticias importantes. Lo que haga dependerá de ello.
Por la forma en que hablaba
de esperar noticias, noticias importantes, a Vogelstein le pareció como si la
joven tuviese una carrera profesional, como si estuviese ante alguien
independiente y en activo y, en consecuencia, él solo pudiese aspirar a detenerla
brevemente mientras pasaba de largo por su lado. A esas alturas ya no le cabía
ninguna duda de que jamás había conocido a una chica como ella.
Lo lógico habría sido pensar
que las noticias que esperaba podrían tener relación con el favor que le había
pedido al presidente, de no ser porque, en la soledad de la meditación y tras
la charla mantenida con los Bonnycastle, el conde se había convencido de que
dicho favor debía de ser una mera cuestión de cortesía. Sus palabras tuvieron
sobre él un efecto desalentador, como una especie de jarro de agua helada. Sin
embargo, y en un tono más bien apremiante, le preguntó si podía visitarla para
presentarle sus respetos mientras estuviese en Washington.
—Tantas y tan respetuosas
veces como usted desee, pero sus visitas no se prolongarán en el tiempo.
—Pretende usted atormentarme
—dijo el conde Otto.
Ella se tomó un tiempo antes
de responder:
—Me refiero a que puede que
esté conmigo algún miembro de mi familia.
—Estaré encantado de volver
a verles.
Nuevamente la respuesta de
la joven se hizo esperar:
—A algunos de ellos no los
conoce usted.
Durante la tarde, en el
vapor de regreso a Washington, a Vogelstein le hicieron una nueva advertencia.
Provino de la señora
Bonnycastle y tuvo lugar en el transcurso de una charla entre ambos siendo,
paradójicamente, la segunda vez que una amiga entrometida le aconsejaba sobre
el tema de Pandora Day a bordo de un barco.
—Hay una cosa que olvidamos
decirle la otra noche respecto a la joven hecha a sí misma —declaró la dama de
la infinita sorna—. Bajo ningún concepto debe uno encariñarse con ella, porque
casi siempre hay algún impedimento en su haber.
Él la miró de reojo, pero
sonrió y dijo:
—Entendería mejor su
información, por la cual quedo profundamente agradecido, si supiese a qué se
refiere usted con impedimento.
—Bueno, me refiero a que
siempre suele estar prometida con algún joven de su fase anterior.
—¿De su fase anterior?
—De la etapa previa a
haberse hecho a sí misma..., cuando todavía no era consciente de su potencial.
Algún joven de Utica, por ejemplo. Por lo general se ven obligados a esperar,
probablemente se trate de algún comerciante o dependiente [26]. Un compromiso
que viene de lejos.
De alguna forma, el conde
Otto prefería entender lo menos posible.
—¿Quiere decir un compromiso
con fecha real?
—No me refiero a algo al
estilo alemán o de un loco romanticismo. Más bien a ese pacto tan genuinamente
americano que es el compromiso anticipado y que se llevará a feliz término
llegado el momento.
Vogelstein llegó a la
razonable conclusión de que de nada le valía haber entrado en la carrera
diplomática si no era capaz de discernir si aquella interesante generalización
contenía o no un mensaje privado para él. Por hacerle justicia a la señora
Bonnycastle quiso pensar que ella no habría abordado la cuestión con tanta
ligereza de haber sabido que le causaría tan grande decepción. Como era
habitual tratándose de ella, la cosa derivó en mayor jocosidad por parte de la
señora Bonnycastle, con lo que su agravio pasó por bien intencionado.
—Ya veo, ya veo, la chica
hecha a sí misma siempre tiene un pasado. Y el joven comerciante de Utica es
parte de su pasado.
—Lo expresa usted a la
perfección —dijo la señora Bonnycastle—. Ni yo misma podría decirlo mejor.
—Pero con su presente, con
su futuro, cuando ambos cambian tanto como los de esta joven, supongo que todo
lo demás también cambia. ¿Cómo se dice aquí en América? Ella le habrá dejado de
lado.
—¡No decimos eso ni mucho
menos! —protestó la señora Bonnycastle—. Ella no haría nada semejante, ¿por
quién la toma? Seguirá con él, al menos es lo que todos esperamos que haga
—añadió no tan convencida—. Como le digo, el caso es reciente y todavía está sujeto
a consideración. No ha habido tiempo para realizar un estudio completo.
—Naturalmente espero que
continúe con dicho pretendiente —se limitó a decir Vogelstein, agravándose su
acento alemán como sucedía siempre que estaba agitado.
Anduvo bastante inquieto el
resto del viaje. Deambuló por el barco, charlando lo imprescindible con los
excursionistas que iban de regreso. Al final del trayecto, cuando se acercaban
a Washington y la blanca cúpula del Capitolio parecía pender ante ellos como
una bola de nieve suspendida en el aire, se encontró junto a la señora Steuben
en cubierta. Se reprochó el haberla desatendido durante una excursión que, al
fin y al cabo, él le debía enteramente a su gentileza y quiso reparar su
omisión mediante una oportuna deferencia. Pero el único acto de homenaje que se
le ocurrió fue preguntarle, como por casualidad, si tenía conocimiento de que
la señorita Day estuviese comprometida.
La señora Steuben volvió
hacia él sus ojos sureños con una mirada que traslucía cierta compasión
romántica.
—¿Que si tengo conocimiento?
¡Pues claro que lo tengo! Y creía que usted también. ¿No sabía que estaba
comprometida? Lo está desde los dieciséis años.
El conde Otto fijó la vista
en la cúpula del Capitolio.
—¿Con un caballero de Utica?
—Sí, un paisano de ella.
Confía poder reunirse con él pronto.
—Me alegra oírlo —dijo
Vogelstein que, decididamente, prometía en su carrera—. ¿Y va a casarse con él?
—¿Para qué otra cosa si no
se enamora la gente? Supongo que se casarán cuando ella encuentre el momento.
Ay, si ella hubiese sido del suuur...
Él la interrumpió vehemente:
—¿Y cómo es que no han
encontrado el momento, como dice usted, en todos estos años?
—Bueno, al principio ella
era demasiado joven y después pensó que su familia debía conocer Europa,
obviamente lo harían mejor en su compañía, y luego se quedaron allá durante
algún tiempo. Más tarde el señor Bellamy tuvo ciertos problemas de negocios que
le obligaron a retrasar el momento de casarse. Pero ya ha dejado los negocios e
imagino que se siente más libre. Evidentemente, ha pasado mucho tiempo, pero
siempre han estado comprometidos. Es un verdadero amor verdadero —dijo la
señora Steuben haciendo sonar el adjetivo como una débil flauta.
—¿Se llama Bellamy?
—preguntó el conde con el recuerdo rondando por su mente—. D. F. Bellamy, ¿no?
¿Y tenía un comercio?
—No sé qué negocio sería el
suyo: algún negocio en Utica. Creo que tenía otra filial en Nueva York. Es uno
de los caballeros más eminentes de Utica y muy cultivado. Es bastante mayor que
la señorita Day. Un señor muy educado, un hombre con estudios, creo. Está muy
bien considerado en Utica. No sé por qué parece usted ponerlo en duda.
Vogelstein le aseguró a la
señora Steuben que no ponía nada en duda y, efectivamente, lo que ella le decía
le parecía más verosímil por cuanto tenía de extraño. Bellamy era el nombre del
caballero que año y medio antes debía haberse reunido con Pandora a la llegada
del barco alemán; Bellamy el nombre que tan efusivamente le había mencionado la
joven al amigo de Bellamy, el hombre con sombrero de paja que a punto estuvo de
rebuscar entre los viejos enseres de la madre de Pandora. A Vogelstein le
pareció que aquel dato completaba el cuadro de contradicciones que retrataban a
la joven. Ya no le faltaba un solo toque para estar completo. Y aun así,
colgado allí delante de él, le seguía fascinando. Lo miraba embelesado, ajeno a
todo lo circundante, sintiéndose como si hubiese salido despedido de un
vehículo volcado. Así estuvo hasta que el barco rebotó contra uno de los
salientes del muelle en el que desembarcaría el grupo de la señora Steuben.
Se demoró un poco la
maniobra de atraque del barco, tiempo durante el cual los pasajeros observaron
la operación desde la cubierta lateral, entretenidos con la sucesiva aparición
de personajes llegados hasta allí para proceder al desembarco. Entre ellos había
negros, haraganes y cocheros, así como individuos de imprecisa catadura, los
más enigmáticos e inclasificables que Vogelstein había visto en su vida, con
perillas en el mentón, mondadientes en la boca, manos en los bolsillos,
rumiantes maxilares y alfileres de diamante en el pectoral de la camisa, que
parecían haberse presentado allí con la única intención de matar el tiempo
durante media hora tras un apacible paseo desde la avenida Pensilvania,
renunciando durante dicho intervalo a su repertorio de poses bajo las
marquesinas de los hoteles y los soportales de los clubes.
—Oh, ¡qué alegría! ¡Qué
atento por tu parte haber venido! —Una voz por encima del hombro del conde Otto
pronunciaba tales palabras sin que él tuviese necesidad de girarse para saber
de quién provenían. La había tenido metida en los oídos la mayor parte del día,
si bien, por cuanto podía percibir ahora, aligerada de su potencial riqueza
expresiva. Menos aún necesitaba girarse para averiguar a quién iba dirigida
aquella voz, pues las tres o cuatro palabras que he citado habían sido lanzadas
por encima de la menguante superficie de agua, y un caballero, que se había
aproximado hasta el borde del embarcadero sin que nuestro joven se apercibiera,
le devolvía puntualmente la respuesta:
—Llegué en el tren de las
tres. En la calle K me dijeron dónde estabas y se me ocurrió acercarme a
recogerte.
—¡Qué adorable detalle!
—dijo Pandora Day con esa risa que siempre parecía contagiar a todos los
miembros de cualquier grupo del que ella formase parte. Durante unos segundos
ella y su interlocutor parecieron proseguir su diálogo solo con los ojos. Mientras
tanto, los de Vogelstein tampoco permanecían inactivos. Examinó al visitante de
Pandora de arriba abajo, consciente de que ella no se había percatado de su
proximidad. El caballero que tenía ante sí era alto, bien parecido, vestido con
prestancia. Resultaba evidente que habría dado la talla, no solo en Utica,
sino, a juzgar por la forma en que se había plantado en el muelle, en cualquier
sitio al que le empujasen las circunstancias. Tendría unos cuarenta años,
bigote negro, y parecía mirar el mundo como desde la distancia de un mostrador
apoyado sobre el cual lo invitaba, con cordialidad y cautela, a exponer primero
los términos de una transacción cualquiera. Saludó a Pandora alzando su mano
enguantada como instándola a ser paciente cuando la joven exclamó:
—¡Por Dios! ¡Cuánto tardan!
La señorita Day logró ser
paciente durante algunos segundos y seguidamente le preguntó al caballero si
tenía alguna noticia. Él la miró unos segundos, en silencio, risueño, y a
continuación extrajo de su bolsillo un sobre de gran tamaño con un sello de aspecto
oficial y lo agitó festivo por encima de su cabeza. Lo hizo de forma discreta,
sin que nadie reparase en ello. Nadie salvo nuestro joven pareció advertir lo
que estaba sucediendo..., y el pobre conde Otto podía sentirlo en el aire.
El barco estaba tocando el
muelle y la separación entre la pareja era ya insignificante.
—¿Del Departamento de
Estado? —gesticularon coquetamente los labios de Pandora sin emitir sonido.
—Eso pone.
—Bueno, ¿de qué país?
—¿Qué opinas de los
holandeses? —preguntó a su vez el caballero por toda respuesta.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó
Pandora.
—Bueno, ¿vas a esperar el
viaje de regreso? —dijo el caballero.
Nuestro callado sufridor se
apartó de allí justo en el instante en que la señora Steuben y su acompañante
estaban desembarcando. Cuando la dama sureña subió a la calesa con la señorita
Day el caballero que había estado hablando con la joven fue tras ellas. El
resto se dispersó y Vogelstein, declinando con un «gracias» el ofrecimiento de
la señora Bonnycastle para llevarle, se marchó a casa a pie sumido en aciagas
reflexiones.
Dos días después Vogelstein
leyó en la prensa el anuncio de que el presidente le había ofrecido el puesto
de ministro de Holanda al señor D. R Bellamy de Utica, y al cabo de un mes supo
por la señora Steuben que Pandora, tras haber cumplido con un millar de
obligaciones adicionales, había encontrado al fin el momento de asumir sus
propias nupcias. Él, a su vez, le transmitió la noticia a la señora
Bonnycastle, la cual no se había enterado de nada y que, rompiendo a reír ante
la extraña expresión pintada en el semblante del joven, comentó que no veía en
aquello base para una nueva conjetura sobre la chica hecha a sí misma.
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AGRADECIMIENTO A ESCRITORES
Sin escritores no hay literatura.
Recuerden que el mayor agradecimiento sobre esta lectura la debemos a los
autores de los libros.
PETICIÓN
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razonables.
Notas
[1] Southampton Water es un
estuario al norte del estrecho de Solent que separa Gran Bretaña de la isla de
Wight. (Todas las notas son de la traductora.)
[2] Junkers eran los
miembros de la nobleza terrateniente de Prusia y del este de Alemania,
hegemónica en Alemania a lo largo del siglo XIX y principios del siglo XX.
[3] En alemán en el
original. Mädchen significa muchachas, mujeres jóvenes.
[4] Prestigiosa editorial
alemana fundada en Leipzig en 1798 por Karl Christoph Traugott Tauchnitz.
[5] El nombre de este
personaje se presta a un juego de palabras que casa con su personalidad:
«terreno peligroso».
[6] Entrecomillado en el
original para dejar constancia del esnobismo, también léxico, del personaje.
Especie de gorro de lana, tipo verdugo, que envuelve cabeza y cuello, dejando
el rostro al descubierto.
[7] Euchre en el original,
carece de traducción en español. Se trata de un juego de cartas aparecido hacia
1860, jugado normalmente entre cuatro personas formando equipos de dos.
Probablemente, la palabra proviene del slang inglés «euchre» que significa «ganar
por amplio margen».
[8] Autoalusión a su
nouvelle Daisy Miller, aparecida primero en la revista Cornhill en 1878, y como
libro al año siguiente. Narra la relación de la bella joven americana Daisy
Miller con Winterbourne, un sofisticado caballero compatriota suyo. En cuanto a
en herbe, en francés en el original, se traduciría como «en ciernes».
[9] De la teoría del
mesmerismo, acuñada en el siglo XVIII por el alemán Franz Mesmer, considerado
el padre de la hipnosis moderna. Fue el primer occidental en creer en la
capacidad de toda persona para curar usando un supuesto magnetismo animal. Los
sujetos con un mayor «magnetismo animal» desencadenarían increíbles reacciones
en otros sujetos receptores, como la doblegación de la voluntad o la sanación
de enfermedades.
[10] Referencia a la antigua
costumbre de marcar el equipaje con tiza en las aduanas.
[11] Eufemismo con el que
los agentes de aduana podrían referirse al posible contrabando de objetos como
cristal o porcelana.
[12] En francés en el
original. Significa modales, comportamiento, actitud.
[13] Abreviatura de
hackney-coach: taxis o carruajes de alquiler. El nombre proviene de la palabra
francesa «haquenee», que significa «caballo para alquiler».
[14] La señora Bonnycastle,
como veremos, lidera una élite impenetrable y exclusiva, por lo que el nombre
escogido por James no resulta casual. Bonnycastle se podría traducir como
«robusto castillo».
[15] En francés en el
original: «hasta el infinito, hasta la saciedad».
[16] En referencia al
Devenir hegeliano, Werden, en alemán. Según Hegel la realidad no es estática,
sino que deviene dialécticamente, desde una posición denominada tesis, a otra
posición que se ha denominado antítesis. Como tercer estadio del devenir de toda
realidad, se dará una síntesis que alberga a las dos anteriores.
[17] En francés en el
original: «¿De dónde se ha caído usted?».
[18] Probable alusión a La
tempestad, de Shakespeare.
[19] En Inglaterra y otras
naciones, capitán de navío cuando manda más de tres buques.
[20] En francés en el
original: «anticuada, chapada a la antigua».
[21] En la mitología
nórdica, el Valhalla o «salón de los muertos», era un inmenso y majestuoso
salón ubicado en la ciudad de Asgard gobernada por Odín, dios principal de
dicha mitología.
[22] Tradicional excursión
en barco por el río Potomac hasta la ciudad colonial de Alejandría, donde vivió
el famoso presidente George Washington. Incluye una visita a la mansión del
monte Vernon.
[23] En alemán en el
original: «acogedor».
[24] En latín en el
original: «padre de la patria», en clara referencia a George Washington.
[25] George Washington se
hizo construir en su residencia en Mount Vernon una casa de hielo subterránea a
partir del modelo de la que Robert Morris, senador de Pensilvania y emprendedor
comerciante, había diseñado en su mansión para refrigerar bebidas y alimentos.
[26] Entendamos aquí el
sentido ambivalente de la palabra «dependiente», en sus acepciones sustantiva y
adjetiva, en un intento por reproducir la cómica dualidad del original, que por
una parte, quiere decir «dependiente, tendero» y, por otra, alguien que es
mantenido en la despensa, en la reserva.
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Table of Contents
Introducción
Henry James: la trivialidad
engañosa
Pandora
Capítulo 1
Capítulo 2
Notas


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