© Libro N° 4046. El Retrato De Una Dama. Henry James. Colección E.O. Agosto 5 de 2017.
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original: © Retrato De Una Dama. Henry
James
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James
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RETRATO
DE UNA DAMA
Henry
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VOLUMEN 1
1
Era la hora dedicada a la ceremonia del té de la
tarde y sabido es que, en determinadas circunstancias, hay en la vida muy pocas
horas que puedan compararse a ésa por el agrado y atractivo que ofrece a
quienes saben disfrutarla. Hay momentos en los cuales, se tome o no se tome té
-cosa que, desde luego, algunos no hacen jamás-, la situación constituye por sí
misma una verdadera delicia. Las personas que están presentes en mi imaginación
al intentar escribir la primera página de esta sencilla historia ofrecían a la
vista un cuadro admirablemente ilustrador del disfrute de tan inocente
pasatiempo. Los utensilios de ágape tan parco e íntimo se hallaban dispuestos
sobre el tierno césped de una antigua casa de campo inglesa durante una hora
que yo calificaría de momento supremo de una espléndida tarde de verano. Se
había desvanecido parte de dicha tarde, pero aún quedaba de ella bastante, que
era precisamente su parte de más bella y extraordinaria calidad. Faltaban
todavía algunas horas para el verdadero atardecer, mas el torrente de intensa
luz de verano había empezado ya a decrecer, se había vuelto más suave el aire,
y las sombras, como desperezándose, se iban estirando poco a poco sobre la
tupida y tierna hierba. Era, como decimos, pausado su alargamiento, y el
escenario de la naturaleza contribuía a favorecer el nacimiento de ese estado
de ánimo, de solaz y abandono, que constituye la fuente principal de placer en
semejante actividad y a semejante hora. Puede decirse que el intervalo de
tiempo comprendido entre las cinco y las ocho de la tarde de un día estival es
a veces una pequeña eternidad; mas en momentos como éste cabe afirmar que es y
no puede ser más que una eternidad de placer. Los participantes en la misma
parecían estar disfrutando tranquilamente de él, y, por añadidura, no eran de
los pertenecientes al sexo que se supone proporciona el mayor número de adeptos
a tales ceremonias. Sobre el perfecto prado se recortaban unas sombras rectas y
angulosas, que eran la de un hombre ya viejo, sentado en un profundo sillón de
mimbre cerca de la mesa donde se había servido el té, y las de un par de
jóvenes que iban de un lado para otro en presencia del anciano mientras mantenían
con él una conversación, por parte de ellos completamente deshilvanada.
Sostenía el viejo la taza de té en la mano; una taza desacostumbradamente
grande, de forma distinta de la del resto del servicio y pintada de brillantes
colores. Sorbía su contenido con gran calma, manteniéndola durante largo rato
cerca de su barbilla, con el rostro vuelto hacia la casa. Los jóvenes que le
acompañaban habían ya terminado de tomar el té, o acaso sentían una gran
indiferencia hacia el privilegio que tal ceremonia implicaba, y preferían fumar
exquisitos cigarrillos mientras continuaban su ir y venir ante el apacible
anciano. Uno de ellos le miraba con gran curiosidad cada vez que pasaba ante
él, sin que el bueno del viejo se diese cuenta, como lo demostraba el que no
apartara sus ojos de la fachada de su mansión coloreada de rojo. La casa, que
se alzaba al otro lado de la pradera, era un edificio merecedor del tributo de
admiración que parecía estársele rindiendo y el objeto más característico del
cuadro netamente inglés que estoy intentando describir.
La casa señoreaba la cima de un altozano próximo al
caudaloso río -el Támesis-, y se hallaba a unas cuarenta millas de Londres. Era
espaciosa su fachada de ladrillo rojo coronada de aleros y sobre la cual el
paso del tiempo y las inclemencias de las estaciones parecían haberse
complacido en dejar toda suerte de pinceladas y retoques pictóricos, no para
estropearla sino para mejorarla, embellecerla y darle un aire señorial con sus
gualdrapas de hiedra, el enjambre de sus chimeneas y sus numerosas ventanas ahogadas
de enredadera.
Tenía la mansión su nombre y su historia; y cabe
suponer el agrado con que el viejo que la contemplaba se habría puesto a
explicar el uno y la otra. Seguramente hubiera contado con sumo gusto que su
construcción databa de la época de Eduardo VI; que en ella había pasado una
noche la gran Isabel (que se había dignado estirar sus augustos miembros en
aquel lecho imponente, magnífico, y terriblemente inclinado que constituía la
más preciada joya de los dormitorios de la señorial mansión); que durante las guerras
de Cromwell fue víctima de deterioros y daños, para ser después, y durante la
Restauración, remodelada y agrandada hasta llegar al siglo dieciocho, que se
encargó de desfigurarla al querer modernizarla, dejándola en el estado actual,
en que pasó a poder y diligente cuidado de un sagaz banquero norteamericano
-quien la adquirió en primer lugar porque, debido a circunstancias difíciles y
penosas de explicar, se la ofrecieron como una verdadera ganga-, el cual, al
adquirirla, refunfuñó hasta cansarse por su fealdad, su antigüedad, su
incomodidad, y que, en cambio ahora, al cabo de veinte años, había terminado
por descubrir su verdadero valor, concibiendo una verdadera pasión estética por
ella, hasta el extremo de conocerla en todos sus detalles y aspectos y de poder
decir dónde debía uno ponerse para apreciarlos en conjunto a tal o cual hora,
cuando las sombras de todos sus salientes, al caer suavemente sobre la
superficie cálida y desgastada de su ladrillo, ofrecían las proporciones
requeridas para la contemplación placentera. Aparte de ello, como he dicho,
habría podido enumerar a la mayoría de sus antiguos moradores, los nombres de
muchos de los cuales habían sonado en el mundo por obra de la trompeta de la
fama, y, seguramente, lo habría hecho de manera que, como quien no quiera la
cosa, habría aparecido el del último y actual morador de la misma como uno de
sus no menos prestigiosos. La fachada de la casa que daba a esa parte de la
pradera que nos interesa no era precisamente la del frente de la mansión, que
caía hacia otro lado. Aquí podía estarse en la más completa intimidad, y la
extensa alfombra de césped que parecía derramarse hacia abajo desde la cima del
altozano hubiérase dicho que de la misma casa salía y colgaba. Los grandes e
inmóviles robles y las numerosas hayas proyectaban también hacia abajo una
sombra tan densa como la de pesados cortinajes de terciopelo, y el amplio
espacio hubiérase dicho amueblado como una habitación, con sus mullidos
asientos, sus esteras de abigarrados colores, los libros y periódicos que
yacían esparcidos sobre el césped. No lejos discurría el río, en cuya ribera
podía decirse que terminaba el prado, y el paseo por dicho prado hasta la
orilla del río no era de los menos placenteros que esos parajes ofrecían.
El anciano caballero de la mesa del té, que había
venido de Norteamérica treinta años atrás, había traído consigo, como parte más
importante de su equipaje, su fisonomía típicamente americana, y no sólo la
había traído, sino que también la había conservado en perfecto estado por si se
presentaba el caso de tener que volver a su país con ella. A pesar de todo, en
esos momentos no se sentía en disposición de viajar; se habían acabado ya sus
días de transhumancia, y ahora disfrutaba del breve descanso que precede
inevitablemente al descanso definitivo. Tenía nuestro hombre una cara enjuta y
perfectamente rasurada, de rasgos apacibles y expresión de plácida agudeza. Era
evidentemente uno de esos rostros que no disponen de una gran gama de
expresiones, de modo que su aire de satisfecha sagacidad era aún más meritorio.
Al contemplarlo, hubiérase dicho que estaba pregonando el éxito que su poseedor
había logrado en la vida, mas parecía pregonarlo de suerte que no se lo tomara
por un éxito ofensivo y exclusivo, sino que se pudiera considerar que tenía la
inofensividad del fracaso.
El personaje había, en efecto, tenido una gran
experiencia en el trato de los hombres, pero mostraba una sencillez casi
rústica en aquella desmayada sonrisa que se extendía sobre sus anchas y
huesudas mejillas en el momento en que depositaba cuidadosamente su tazón en la
mesa. Iba pulcramente vestido de negro y con el traje bien cepillado. Sobre las
rodillas tenía, plegado, un chal y calzaba unas gruesas zapatillas bordadas. Un
hermoso pastor escocés yacía a sus pies en la hierba, la cara vuelta hacia la
de su amo, al que contemplaba con mirada casi tan tierna como la de aquél al
contemplar la autoritaria fachada de su mansión. Un revoltoso e hirsuto
perrillo terrier jugueteaba con los otros contertulios.
Uno de los dos caballeros mencionados era un hombre
de treinta y cinco años de edad aproximadamente, muy bien constituido
físicamente, con una cara tan inglesa como poco inglesa era la del anciano que
acabo de describir: rostro verdaderamente hermoso, de frescos colores, noble y
franco, de rasgos correctos y bien dibujados, ojos grises muy vivos, y
encuadrado por una barba de suave color castaño. Ofrecía tal caballero el
aspecto de ser persona excepcionalmente brillante y afortunada, y tenía aire de
poseer un fuerte tempera- mento fertilizado por una refinada civilización que
habría sido la envidia de cualquier observador ocasional. Calzaba altas botas
con espuelas, pues acababa de desmontar después de una larga cabalgada. Su
blanco sombrero parecía demasiado ancho para él. Llevaba las manos cruzadas a
la espalda, y en uno de sus blancos, anchos y bien modelados puños apretaba un
par de ricos guantes de piel de cerdo.
Su compañero, que marchaba a su lado a lo largo del
prado, ofrecía un aspecto completamente distinto, y, si bien habría suscitado
en cualquiera una gran curiosidad al verle, no era capaz, como el otro, de
provocar en nadie el deseo de cambiarse por él. Alto y delgado, desgalichado,
era de rostro feo, enfermizo, vivo, simpático, provisto, aunque no pueda
decirse que decorado, de bigote ralo y patillas. Parecía muy inteligente y
achacoso, combinación nada oportuna por cierto, y llevaba una chaqueta de
terciopelo de color castaño oscuro. Llevaba las manos metidas en los bolsillos,
de una manera tan natural que demostraba que esa postura era en él habitual. Su
porte era extraño, pues andaba con paso vacilante e indeciso, como si no se
sintiera firme sobre sus piernas. Como ya dije, cada vez que pasaba ante el
anciano posaba en él los ojos, y si uno se fijaba en ellos dos en tal instante
y examinaba los rostros de ambos, no le era difícil darse cuenta de que eran
padre e hijo. El padre se percató al fin de la mirada de su hijo y correspondió
a ella con una amable sonrisa, diciendo:
- Me siento perfectamente bien. -¿Has tomado ya tu
té? -le preguntó el hijo.
- Sí; lo he tomado y lo he saboreado. -¿Quieres que
te sirva un poco más?
El anciano, después de pensarlo un momento,
respondió:
- Te diré. Me parece que prefiero esperar y ver… Al
hablar, se le notaba un acento marcadamente americano. -¿Tienes frío? -preguntó
el hijo.
El padre se frotó suavemente las piernas y dijo:
- La verdad, no lo sé. No podré decirlo hasta que lo
sienta. El joven, sonriendo, replicó:
- Tal vez otro pueda sentirlo por ti.
- Claro. Espero que haya siempre quien pueda sentir
algo por mí. Lord Warburton, ¿no siente usted algo por mí? -¡Oh, sí, muchísimo!
-replicó apresuradamente el caballero a quien se acababa de llamar lord
Warburton-. Pero me inclino a creer que se siente usted admirablemente.
- No digo que no lo esté en muchos aspectos -dijo el
anciano y, acariciando suavemente el chal que tenía sobre sus rodillas,
añadió-: Lo cierto es que me he sentido tan bien durante tantos años que estoy
por creer que me he acostumbrado de tal manera a ello que ya no lo noto.
A lo que replicó lord Warburton:
- Ése es el inconveniente del bienestar: que
únicamente lo conocemos cuando nos sentimos mal. Su compañero dijo:
- Me llama la atención ver lo extraños que somos.
Lord Warburton murmuró:
- Oh, sí; verdaderamente somos muy extraños. Durante
un rato permanecieron en silencio los tres hombres, los dos más jóvenes en pie
y mirando al anciano sentado, el cual pidió un poco más de té. Lord Warburton,
verdad es que no le perturba gran cosa. Apenas si recuerdo haberle visto tan
pesimista como ahora. Muchas veces es él quien trata de animarme.
El joven de quien tal se decía miró a lord Warburton
y se echó a reír. Dijo: -¿Qué encierran tus palabras: encendido panegírico o
acusación de ligereza? ¿Es que quieres que saque a relucir mis teorías, papá?
Lord Warburton exclamó: -¡La de cosas estrambóticas
que tendríamos que oír, Santo Dios!
- Supongo que no se te ocurrirá adoptar ese tono
-dijo el anciano.
- El de Warburton es mucho peor todavía que el mío;
él presume de estar ya aburrido. Yo, en cambio, no lo estoy, en absoluto; por
el contrario, la vida me parece sumamente interesante. -¡Ah, conque sumamente
interesante! Pues no deberías admitir que lo es, ya sabes.
- Cuando vengo aquí, nunca me aburro. Aquí se puede
disfrutar de una conversación desusadamente excelente -apuntó lord Warburton.
-¿Es otra clase de chiste eso que está diciendo? -preguntó el anciano-. No
tiene usted derecho a aburrirse, sea donde fuere. Cuando yo tenía sus años, no
oía, jamás hablar de semejante cosa.
- Seguramente habrá tardado mucho en madurar, en
desarrollarse.
- Todo lo contrario, crecí con gran rapidez. A los
veinte años ya estaba desarrollado por completo en lo físico y en lo moral.
Trabajaba ya con toda mi alma, con uñas y dientes. Cuando se tiene algo que
hacer no se puede estar aburrido, pero ustedes los jóvenes de ahora son
demasiado perezosos. Piensan demasiado en sus propios placeres, son demasiado
exigentes, indolentes y ricos. -¡Ah, vamos! -dijo lord Warburton-. -¡No es
usted el más indicado para acusar a los demás de ser demasiado ricos! -¿Lo dice
usted porque soy banquero? -preguntó el anciano.
- Quizá sea por eso, y, además, porque posee usted…
¿es o no cierto?… medios ilimitados.
El otro joven dijo, como quien pide disculpas:
- No es tan extraordinariamente rico. Ha donado ya
una enorme cantidad de dinero.
- Sería porque era suyo, digo yo -exclamó lord
Warburton-, y, si así es, ¿qué mayor y mejor prueba de riqueza quiere usted?
Los bienhechores de la humanidad no deberían meterse con los amantes del
placer.
- Mi padre se apasiona por el placer… de los demás.
El anciano movió la cabeza como negando tal afirmación y dijo:
- Pero yo no presumo de haber contribuido en nada a
la diversión de mis contemporáneos.
- Querido papá, eres demasiado modesto.
- Eso es otro chiste -dijo lord Warburton.
- Ustedes, la gente joven -dijo el anciano-, tienen
siempre demasiados chistes a flor de labios. Cuando se les acaban, no les queda
nada.
A lo que el joven feo replicó:
- Por fortuna, siempre los hay nuevos.
- No lo creo así. Por lo contrario, creo que las
cosas van siendo más serias cada día. Ustedes, los jóvenes, llegarán también a
convencerse de ello con el tiempo.
- ¡La seriedad cada día mayor de las cosas! He ahí un
gran pretexto, una gran oportunidad para nuevos chistes.
- Pues puedo asegurar que no tendrán nada de
graciosos -replicó el anciano-. Por mí parte, estoy convencido de que van a
producirse grandes cambios… y, por desgracia, no para bien.
- Estoy completamente de acuerdo con usted -dijo lord
Warburton-. Yo también tengo la seguridad de que va a haber cambios profundos y
van a suceder cosas verdaderamente estrafalarias. Por eso me está resultando
tan difícil poner en práctica el consejo que me dio usted el otro día, al
decirme que debo agarrarme a algo. La verdad, uno no se siente con ánimos de
agarrarse a algo que a los pocos minutos puede volar por los aires.
A esto, su compañero replicó:
- De lo que debes posesionarte es de una hermosa
mujer. Está viendo si consigue enamorarse -añadió dirigiéndose a su padre y
como explicación de sus anteriores palabras.
Pero lord Warburton exclamó:
- Las mujeres serían las primeras que podrían salir
despedidas por los aires.
- No, nada de eso, no lo crea usted -contestó el
viejo caballero-. Ellas se quedarán firmemente donde están, los cambios
políticos y sociales a que antes me he referido no llegarán a afectarlas.
-¿Quiere usted decir que no serán abolidas? Perfectamente. Entonces, le echaré
mano a una de ellas lo antes posible y me la ceñiré al cuello a manera de
salvavidas.
El anciano respondió:
- Pues no le quepa duda de que las mujeres serán
quienes nos salven; es decir, las mejores de entre ellas…, pues yo creo que se
diferencian mucho unas de otras.
Conquiste a una mujer buena, hágala su esposa y su
vida cobrará en el acto mayor interés.
Se produjo un momentáneo silencio que tal vez
expresaba la condescendiente magnanimidad del auditorio respecto del
discurseador, toda vez que ni para el hijo ni para el visitante era un secreto
que el matrimonio del que así acababa de hablar no había sido un camino de
rosas. Mas, como él mismo manifestara, establecía entre ellas una diferencia;
lo cual podía interpretarse como una confesión de su propio error al respecto,
aunque, como es obvio, ninguno de sus dos oyentes estaba calificado para
declarar que la dama de su elección no había sido de las mejores.
Al cabo de un momento, preguntó lord Warburton:
-¿Quiere usted decir que, si me caso con una mujer interesante, sentiré interés
por vivir? Su hijo no presentó mi caso con exactitud. No tengo muchas ganas de
contraer matrimonio, pero quién sabe lo que podría hacer por mí una mujer
interesante.
Su amigo dijo:
- Me gustaría ver qué idea tienes tú de lo que es una
mujer interesante.
- Pero, amigo mío, no puedes aspirar a ver las ideas…
sobre todo las que son de índole tan etérea e impalpable como las mías. Ya
quisiera poder verlas yo mismo… lo cual supondría de por sí un gran progreso.
El anciano intervino, diciendo:
- Está bien; usted puede enamorarse de quien mejor le
parezca, pero no de mi sobrina.
El hijo prorrumpió en una alegre carcajada. -¡Lo va a
tomar como una provocación de parte tuya! Querido papá, has estado viviendo
entre ingleses durante treinta años y has logrado pescar muchas de las cosas
que dicen, pero todavía no has llegado a aprender las cosas que se callan.
Sin alterarse un ápice, el viejo replicó severamente:
- Yo digo lo que me place.
Por su parte, lord Warburton dijo:
- No tengo el honor de conocer a su sobrina: hasta
creo que es la primera vez que la oigo nombrar.
- Es sobrina de mi esposa. La señora Touchett la trae
consigo a Inglaterra.
El joven señor Touchett tuvo a bien explicar el caso
diciendo:
- Mi madre, como ya sabes, ha pasado el invierno en
América y la estamos esperando de vuelta de un momento a otro. Nos ha escrito
diciendo que ha descubierto a una sobrina suya y que la ha invitado a venir
aquí con ella.
Lord Warburton dijo:
- Ah, claro… muy gentil por su parte. ¿Y es
interesante esa joven dama?
- Apenas sabemos de ella más de lo que acabas de oír,
porque mi madre no ha entrado en detalles. Se comunica con nosotros
principalmente por medio de telegramas, que son muchas veces indescifrables.
Hay quien dice que las mujeres no saben redactar telegramas, pero eso no va
seguramente con mi madre, que ha logrado la suprema maestría en el arte de
resumir. Por ejemplo, para que veas los telegramas que solemos recibir de ella,
éste es el último que nos ha llegado. Dice así: «Cansada América, horrible temporada
de verano, vuelvo Inglaterra con sobrina, primer barco camarote decente». Pero,
antes de éste hubo otro, en el que, según creo, se hacía por primera vez
mención de la sobrina, y que decía:
«Cambiado " hotel, malísimo, administrador
desvergonzado, escríbeme aquí. Tomado hija hermana muerta año pasado, va
Europa, ambas hermanas muy independientes». Al leer esto, tanto mi padre como
yo nos pusimos a darle vueltas y más vueltas al asunto, que, como ves, se
presta a múltiples interpretaciones.
- A mí entender -dijo el anciano-, hay sólo una cosa
verdaderamente clara en él, y es que le echó un buen rapapolvo al administrador
del hotel.
- No comparto tu opinión, papá, desde el momento en
que él se ha quedado y ha sido ella quien ha debido mudarse de hotel. Al
principio creíamos que la mencionada hermana era la hermana de tal
administrador, pero la mención posterior de la sobrina parece indicar que tal
alusión era relativa a una de mis tías. Entonces quedaba en pie la cuestión de
saber quiénes eran aquellas dos hermanas mencionadas; tal vez serían dos hijas
de mi difunta tía. Pero se presentaba otra cuestión: ¿quién es muy
independiente y en qué sentido se emplea tal palabra?… Y he aquí algo que aún
no ha podido ser dilucidado. ¿Se aplica tal expresión concretamente a la joven
adoptada por mí madre o es susceptible de aplicarse asimismo a sus hermanas?…
Y, otra cosa: ¿tal expresión ha sido empleada en el sentido moral o en el
financiero? ¿Querrá significar que se las ha abandonado a sus propios recursos,
o que no quieren someterse a obligación alguna, o simplemente que les gusta
hacer su santa voluntad?
El señor Touchett hizo notar:
- Sea lo que fuere, lo más seguro es que signifique
eso último.
- En fin, ya lo verán ustedes mismos -comentó lord
Warburton-. ¿Cuándo llega la señora Touchett?
- También estamos a oscuras a este respecto. En
cuanto pueda encontrar un camarote decente. A lo mejor lo está esperando
todavía. Y nadie dice que no haya podido desembarcar ya en Inglaterra.
- Pero, en tal caso, lo más probable es que les
hubiese telegrafiado.
A lo que el anciano replicó:
- Ella no telegrafía nunca cuando uno se lo espera…
solamente lo hace cuando es del todo inesperado. Lo que le encanta es aparecer
de improviso para sorprenderme haciendo algo que a ella se le antoja que está
mal. Aún no lo ha conseguido, pero no desespera de lograrlo algún día.
- En ella es un rasgo familiar esa independencia de
que habla -arguyó el hijo, cuya opinión acerca del asunto parecía más
favorable-. Sea cual fuere el temperamento de esas jóvenes, no hay duda de que
han de casar muy bien con el suyo, porque a ella le gusta hacer todo por sí
misma y no cree que los demás puedan ni sean capaces de ayudarla en nada. A mí
me considera tan inútil como un sello de correos sin engomar y jamás me
perdonaría que se me ocurriese ir a Liverpool a buscarla.
Pero lord Warburton insistió:
- Bien, conformes. Y ahora, ¿puede usted, al fin,
decirme cuándo llegará su prima?
A lo que replicó el señor Touchett:
- Se lo diré con una sola condición, la que ya he
dicho antes: que usted no ha de enamorarse de ella. -Casi estoy por sentirme
ofendido. ¿Es que no me considera usted bueno para el caso?
- Lo que le considero es demasiado bueno… porque no
quisiera que ella se casase con usted. Se me antoja que no viene aquí en busca
de marido. Muchas jóvenes han dado en hacerlo hoy día, como si en su país no
hubiese candidatos. También puede ser que esté com- prometida, pues, según
creo, las jóvenes americanas suelen estar comprometidas. Por lo demás, no estoy
seguro de que, a fin de cuentas, haya de ser usted un buen marido.
- Desde luego, es probable que esté ya comprometida.
He conocido a muchas jóvenes americanas y siempre daba la casualidad de que ya
lo estaban, pero les doy mi palabra de que jamás vi que ello tuviera la menor
importancia ni supusiera diferencia alguna… -Y, después de un momento, el
distinguido visitante del señor Touchett prosiguió-: Por lo que respecta a mi
capacidad para ser un buen marido, la verdad, yo tampoco estoy muy convencido;
pero nada cuesta probar.
- Pruebe todo lo que quiera, pero no pruebe con mi
sobrina -dijo el anciano con una amable sonrisa que dejaba adivinar que su
oposición era puramente humorística.
- Bueno, como usted quiera -dijo lord Warburton, con
mayor sentido del humor todavía-. A lo mejor, después de todo, tampoco vale la
pena probar con ella…
2
Mientras tenía lugar tal intercambio de frases
ingeniosas entre los dos personajes, Ralph Touchett se apartó un poco de ellos,
andando siempre con su porte cabizbajo, su paso vacilante, las manos en los
bolsillos y su pequeño terrier en pos de él royéndole los talones. Tenía el
rostro vuelto hacia la casa, pero la mirada meditabunda estaba clavada en el
verde prado, de modo que la persona que acababa de aparecer en lo alto, en el
umbral de la espaciosa puerta, pudo observarlo antes de que él la viera. Y si él
la vio fue porque su perrillo se lanzó a la carrera emitiendo una andanada de
agudos ladridos cuyo sonido tenía más visos de bienvenida que de desafío. La
persona en cuestión era una joven, que pareció interpretar debidamente la
acogida del chillón terrier. Éste llegó corriendo hasta los mismos pies de ella
y, una vez allí, miró hacia arriba, ladrando con más fuerza y decisión que
antes; en vista de lo cual, la joven se agachó amablemente y, sin dudar un
instante, tomó al diminuto can en sus manos y lo alzó hasta tenerlo cara a cara
mientras él continuaba su alborotadora vocería. Como el dueño de Bunchic (que
así se llamaba el perrillo) lo había seguido de cerca, descubrió que el nuevo
amigo de su compañero era una muchacha alta, vestida de negro, que a primera
vista se le antojó agraciada. Llevaba la cabeza descubierta, como si estuviera
morando en la casa, hecho que no pudo por menos de producir cierta perplejidad
en el ánimo del hijo de su propietario, pues conocía la consigna contra la
admisión de nuevos visitantes, establecida por la precaria salud de su padre,
como regla inquebrantable de aquella morada. Mientras tanto, los otros dos
personajes, que no se habían movido del sitio donde se hallaban, habían
percibido también a la recién llegada. Al verla, el señor Touchett exclamó:
- ¡Caramba! ¿Quién es esa mujer desconocida?
Lord Warburton tuvo la ocurrencia de sugerir:
- Tal vez sea la sobrina de la señora Touchett… la
joven independiente de que hablamos. Por lo visto, debe de ser ella; así lo
creo a juzgar por la manera como se las entiende con el perro.
A su vez, el pastor escocés se había fijado en la
reciente aparición y corría ya en pos de la dama ante la portalada de la
mansión, meneando un poco la cola. El anciano murmuró: -¿Pero dónde diablos
está entonces mi mujer?
- Supongo que la joven la habrá dejado en alguna
parte. Eso entra en los cánones de la independencia.
La muchacha, que seguía sosteniendo al perrito,
sonrió a Ralph, ya cercano a ella, y le preguntó sonriendo: -¿Es suyo este
perrito, señor?
- Hasta hace poco lo era, pero parece que usted ha
adquirido ya un extraordinario derecho de propiedad sobre él. -¿No podríamos
poseerlo pro indiviso? -preguntó la joven-. Es un animalito tan precioso…
Ralph se quedó mirándola un segundo en silencio, y
cayó en la cuenta de que era insospechadamente bonita. Ya convencido de ello,
sólo le restó replicar:
- Puede considerarlo suyo.
Aunque la joven parecía poseer una gran confianza en
sí misma e incluso en los demás, tal súbita e inesperada generosidad no pudo
por menos de sonrojarla y, dejando al perrillo en tierra, contestó:
- Ante todo, considero mi deber decirle que
probablemente soy su prima…
- Y, como el perro del anciano se acercara a ellos en
aquel instante, añadió apresuradamente-: ¡Ah, pero hay otro!
El joven exclamó, riendo de buen humor:
-¿Probablemente? Entonces, no hay más que hablar, ya sé a qué atenerme. ¿Ha
llegado usted con mi madre?
- Sí. Hará cosa de una media hora. -¿Es que ella la
ha dejado a usted aquí y ha vuelto a marcharse enseguida?
- No. Fue directamente a su habitación y me encargó
le dijera a usted, si le veía, que lo espera allí a las siete menos cuarto.
El joven miró su reloj y se limitó a decir:
- Muy agradecido; seré puntual. -Y, alzando los ojos
al rostro de ella y deleitándose en su contemplación, añadió-: Sea usted
bienvenida. Encantado de conocerla.
Ella lo observaba todo con una mirada que denotaba
una clara percepción de las cosas y los seres: miró a su compañero, a los dos
perros, a los dos señores allá bajo los árboles y al hermoso escenario natural
que la circundaba, y dijo:
- En mi vida he visto nada tan delicioso como este
sitio. Ya he andado por toda la casa: esto es verdaderamente encantador.
- Deploro que haya usted estado tanto tiempo aquí sin
que lo supiéramos.
- Su madre me dijo que en Inglaterra la gente tenía
la buena costumbre de llegar sin hacer ruido, y me pareció que eso es lo que yo
debía hacer. ¿Es su padre alguno de aquellos dos señores?
- Sí, el más viejo, el que está sentado.
La joven, soltando una carcajada, replicó:
- Ya suponía que no era el otro. Y ese otro, ¿quién
es?
- Un amigo nuestro… Lord Warburton..
- ¡Ah! Me imaginaba que debía de haber algún lord,
igual que en las novelas. -Y, deteniéndose de repente y tomando de nuevo al
perrito que, con su mirada, parecía implorárselo, exclamó-: ¡Oh, qué chuchito
tan precioso!
Permaneció ella donde estaban, sin iniciar movimiento
alguno que indicara su deseo de acercarse o de hablar al viejo señor Touchett;
por lo cual el hijo, al verla así, demorándose junto al quicio de la puerta con
aquel aire tan atractivo y esbelto, pensó que acaso esperaba que el anciano se
levantase y acudiese a saludarla y a ofrecerle sus respetos. Sabía que las
muchachas norteamericanas estaban acostumbradas a que se tuviese con ellas toda
clase de deferencia y ya se les había advertido de antemano que ella era una
joven muy decidida. Ralph adivinó por su expresión que estaba precisamente
esperando tal pleitesía. Sin embargo, armándose de valor, se atrevió a
insinuar: -¿Quiere venir conmigo para conocer a mí padre? Es un anciano, está
inválido y no se levanta de su sillón. -¡Pobrecillo! ¡Cuánto lo siento!
-exclamó ella echando a andar en el acto hacia donde el viejo se hallaba-. Por
lo que su madre me ha dicho, tenía la impresión de que más bien era hombre de
gran actividad.
Ralph permaneció un instante en silencio y luego se
limitó a decir:
- Hace un año que no le ve.
- Menos mal que tiene un hermoso lugar donde poder
sentarse -dijo ella-. Vamos, perrillo precioso.
Él, mirándola de soslayo, contestó:
- Cierto, es un viejo y muy hermoso lugar. -¿Cómo se
llama? -preguntó ella, fija de nuevo su atención en el terrier. -¿Cómo se llama
mi padre?
- Sí -replicó ella, a quien pareció divertir esa
pregunta-. Pero no le diga que yo se lo he preguntado.
Cuando llegaron donde se encontraba el anciano señor
Touchett y éste se levantó con gran esfuerzo para presentarse a sí mismo, le
dijo su hijo:
- Mi madre ha llegado. Te presento a la señorita
Archer. El viejo puso ambas manos sobre los hombros de la joven, la miró un
instante con suma benevolencia y la besó amablemente, diciendo:
- Es un gran placer para mí verla en esta casa, pero
habría preferido que nos hubiese proporcionado la oportunidad de ir a
recibirla.
La muchacha replicó:
- Ya nos recibieron. Había como una docena de criados
en el vestíbulo a nuestra llegada. Una vieja señora salió a la puerta a darnos
la bienvenida.
- Si nos hubieran avisado… habríamos hecho algo mejor
que eso. -El anciano permaneció de pie, sonriendo, frotándose las manos,
mirándola y moviendo lentamente la cabeza-. Pero la señora Touchett es enemiga
de los grandes recibimientos.
- Se fue derecha a su habitación.
- Sí… y se encerró en ella con llave. Es lo que hace
siempre. Bueno, tal vez tenga la suerte de poder verla la semana entrante -dijo
el señor Touchett, y volvió a sentarse, adoptando su anterior postura. -¡Oh!
¡Mucho antes! -exclamó la señorita Archer-. Va a bajar a cenar a las ocho. -Y,
volviéndose hacia Ralph, añadió con una sonrisa-: No lo olvide, ya sabe, a las
siete menos cuarto. -¿Qué va a ocurrir a las siete menos cuarto?
- Es la hora en que podré ver a mi madre -contestó
Ralph. -¡Dichoso tú! -comentó el anciano. Luego se dirigió a la sobrina de su
esposa-: Pero, haga el favor de sentarse y tomar un taza de té.
- Ya me lo sirvieron en cuanto llegué a mi cuarto
-contestó la joven. Y, mirando afablemente a su venerable anfitrión, exclamó-:
Es una lástima que esté usted enfermo. -¡Bah! Soy un anciano, querida. Ya tengo
años para estarlo; pero ahora, con usted aquí, voy a sentirme mejor. Ella se
había puesto a observar de nuevo cuanto la rodeaba: el prado verdeante, los
altos árboles, el plateado Támesis bordeado de juncos, la antigua y bella
mansión, sin excluir de su contemplación a sus compañeros de aquel instante;
esa capacidad de observación era de esperar en una joven como ella, a todas
luces inteligente y en esos mo- mentos tan receptiva a todas las emociones.
Dejó al perrito en tierra, se sentó y entrelazó sus blancas manos en su '
regazo sobre el negro traje. Con la cabeza erguida y la mirada viva, movía de
un lado para otro el esbelto busto a medida que iba recogiendo con avidez las
impresiones que de todos lados le iban llegando y que eran numerosas y
agradables según reflejaba su radiante y suave sonrisa.
- No he visto en toda mi vida nada tan bello
-exclamó. El viejo señor Touchett contestó:
- Verdaderamente, lo es. Me doy cuenta de cómo la
impresiona, pues a mí me sucedió lo mismo. Pero también usted es muy bella.
-Estas últimas palabras no respondían a una tosca jovialidad, sino a una
cortesía que se deleitaba en el privilegio que su edad le otorgaba, a pesar de
que la joven pudiera en cierto modo alarmarse al oírlo.
No hace falta analizar hasta qué punto experimentaba
ella semejante alarma. Lo cierto es que en el acto se levantó y se ruborizó, si
bien su rubor no parecía responder a ningún tipo de desagrado por lo que
acababa de oír.
Riendo amablemente, dijo:
- Oh, bueno, soy bastante bonita. -Pero enseguida
preguntó-: ¿Es muy antigua la casa? ¿Es de la época de la reina Isabel?
Ralph Touchett contestó:
- Es Tudor, de los primeros tiempos.
Ella se volvió y mirándole directamente a los ojos,
contestó: -¡Ah! ¿Tudor antiguo? ¡Deliciosa! Supongo que habrá otras parecidas.
- Hay algunas mucho mejores. Al oírlo, el anciano
protestó:
- Hijo, no digas semejante cosa. No hay nada mejor
que esto.
- Yo poseo una también admirable, que considero en
muchos aspectos mejor que ésa - dijo lord Warburton, que hasta aquel entonces
había permanecido en silencio aunque observando atentamente a la señorita
Archer. Al decirlo le dedicó una sonrisa y una leve inclinación, pues tenía una
exquisita manera de tratar a las mujeres. De ello se dio inmediatamente cuenta
la joven, que además no se había olvidado de que era lord Warburton. Éste
añadió-: Sería para mí un gran placer poder mostrársela.
- No le crea -exclamó el anciano-. Es una vieja
barraca en absoluto comparable con ésta.
La joven sonrió a lord Warburton.
- No puedo ser juez en esta discusión porque no la
conozco.
Ralph Touchett no tomó parte en esta breve escaramuza
domiciliaria y prefirió permanecer con las manos en los bolsillos con una
expresión que mostraba claramente que le agradaría mucho renovar su
interrumpido diálogo con aquella prima recién descubierta. Para entablar de
nuevo la conversación, preguntó: -¿Le gustan a usted mucho los perros?…
Inmediatamente cayó en la cuenta de que, para un hombre inteligente, había sido
una manera bastante tonta de reanudar la conversación.
- Muchísimo, naturalmente. tema.
- Entonces debe quedarse con el perrito -dijo sin
lograr salir de la insignificancia del -Bueno. Lo conservaré con mucho gusto,
mientras me encuentre aquí.
- Espero que será por mucho tiempo.
- Es usted muy amable. Lo cierto es que no tengo la
menor idea de ello. Eso es cosa que mi tía resolverá. -Yo me encargaré de
arreglarlo con ella… a las siete menos cuarto - aseguró dirigiendo otro vistazo
a su reloj.
La muchacha contestó:
- Por lo pronto estoy encantada de encontrarme aquí.
- Pero me imagino que usted no será de las que
consienten que los demás les arreglen sus cosas.
- Pues sí, lo soy; claro que siempre que las arreglen
a mi gusto.
- Yo lo arreglaré a mi manera -dijo Ralph-. Es
verdaderamente imperdonable que no la hayamos conocido a usted hasta ahora.
- Pues, yo estaba allí… No tenía usted más que haber
ido para conocerme. -¿Allí, dónde? ¿En qué sitio quiere usted decir?
- En Estados Unidos: en Nueva York, en Albany, y en
otras partes de Norteamérica.
- Debo confesar que he estado allí, he recorrido todo
el país y… no la vi jamás. Después de un instante de reflexión, la señorita
Archer dijo:
- Eso es debido a que durante algún tiempo hubo
cierto desacuerdo entre su madre y mí padre después de la muerte de mi madre,
cuando yo era una niña. El resultado de todo ello fue que perdimos la esperanza
de verle a usted. -¡Ah! Pero yo no tengo nada que ver con los desacuerdos de mi
madre -exclamó el joven Ralph. Y prosiguió-: ¿Hace poco que perdió a su padre?
- Poco más de un año. Después de ello, mi tía se
mostró muy cariñosa conmigo; fue allí para verme y me propuso que la acompañase
a Europa.
- Vamos, ya caigo -dijo Ralph-. Por lo visto, la ha
adoptado a usted. -¿Adoptado?… -La muchacha se sobresaltó, vivamente
ruborizada, y por sus bellos ojos pasó una ráfaga de dolor que causó verdadera
alarma en su interlocutor.
Éste había subestimado el efecto que podían causar
sus palabras. Lord Warburton, que parecía constantemente deseoso de ver más de
cerca a la señorita Archer, se adelantó hacia los dos primos, y la joven posó
en él la mirada de sus ojos muy abiertos antes de proseguir-: ¡Adoptarme! ¡Oh,
no, nada de eso! No me ha adoptado. Yo no soy precisamente una candidata a la
adopción.
- Le pido mil perdones -murmuró Ralph-. Quise decir…
lo que quería decir… La verdad era que ignoraba lo que había querido decir.
- Lo que usted quiso decir es que se ha encargado de
mí. Eso es cierto, pues le gusta hacerlo. Ya le dije que se ha portado muy bien
conmigo, pero… -agregó con visible empeño en ser explícita-, sobre todo yo
aprecio mi libertad.
El anciano, desde su sillón, preguntó elevando la
voz: -¿Estáis hablando de la señora Touchett? Ven aquí, querida sobrinita, y
dime algo de ella. Siempre quedo agradecido a los que informan de algo.
La muchacha dudó de nuevo, sonriendo.
- Verdaderamente, es muy bondadosa. -Y se dirigió
hacia su tío, cuyo regocijo aumentó al escuchar semejantes palabras.
Lord Warburton se quedó solo con Ralph Touchett, al
que dijo al cabo de un momento:
- Hace poco quería usted saber cómo me imaginaba yo a
una mujer interesante. Ahí la tiene.
3
Sin duda alguna, la señora Touchett era mujer de
numerosas y singulares rarezas, un ejemplo de las cuales lo constituía su
particular comportamiento a su vuelta a la casa de su marido tras varios meses
de ausencia. Tenía un modo especial de hacer cuanto hacía; ésta es la
descripción más sencilla de un personaje que, aunque no carente por completo de
ímpetus bondadosos, rara vez conseguía dar una impresión de dulzura. Por mucho
bien que hiciera, la señora Touchett no lograba agradar. Esa peculiar manera de
obrar a su antojo, a la que tan fuertemente se aferraba, si bien no era en sí
intrínsecamente ofensiva, se diferenciaba por completo y bien a las claras de
la manera de proceder de los demás. Sus líneas de conducta eran tan tajantes
que a los ojos de las personas sensibles aparecían como cortadas con agudo
cuchillo. Tal dureza cortante fue lo primero que se puso de manifiesto en ella
durante las primeras horas que siguieron a su regreso de América, cuando cabía
presumir que se hubiese apresurado a intercambiar los habituales saludos con su
hijo y su esposo. Pero, en semejantes momentos, por motivos que sólo a ella
parecían excelentes, la señora Touchett acostumbraba a encerrarse en una
absoluta reclusión, posponiendo toda ceremonia sentimental hasta que lograba
reparar el desarreglo de su atuendo con una precisión cuya importancia era
irrelevante, ya que no afectaba en absoluto ni a la belleza ni a la vanidad. La
señora Touchett, mujer de edad avanzada, carecía tanto de gracia física como de
una exquisita elegancia, pero profesaba un respeto extraordinario hacia sí
misma por motivos que le eran muy caros y que condescendía fácilmente a
explicar cuando se le rogaba que lo hiciera como favor especial, en cuyo caso
siempre se ponía de manifiesto que los motivos que la impulsaban eran
totalmente distintos de los que le habían atribuido. Aunque de hecho vivía
separada de su marido, se diría que tal situación no le parecía irregular en
modo alguno. Desde los primeros momentos de su vida en común se hizo patente que
jamás llegarían a desear la misma cosa en el mismo momento, y tal convicción la
había predispuesto a evitar cualquier enojo o desagrado que pudiera
sobrevenirle en el vulgar ámbito de lo accidental. Había hecho todo lo posible
para erigir tal norma en ley, dándole a ésta su aspecto más ejemplar al irse a
vivir a Florencia, donde compró una casa y fijó su residencia, y al dejar que
su marido se quedase solo al frente de la sucursal inglesa de su banco.
Semejante arreglo la complacía sobremanera por lo definido y preciso que era,
aspecto bajo el que también se presentaba a los ojos del marido en su oscura
casa de una neblinosa plaza de Londres, donde a veces era lo único real- mente
definido y preciso que alcanzaba a vislumbrar a pesar de que a todas luces habría
preferido que cosas tan absurdas como las que le sucedían por lo menos
aparentasen mayor vaguedad. Conceder, ponerse de acuerdo en no estar de
acuerdo, había llegado a costarle un verdadero esfuerzo, pues se sentía
dispuesto a admitir cualquier cosa menos aquélla y no hallaba razón alguna para
que, consentidor o renuente él, los hechos hubieran de poseer tan terrible
consistencia. Por su parte, la señora Touchett no se enfrascaba en cavilaciones
ni lamentos de ninguna especie y seguía su costumbre de ir a pasar, cada año,
un mes con su marido, espacio de tiempo que empleaba en tratar de convencerle
de que ella había adoptado el método razonable. En realidad, no le gustaba el
sistema de vida inglés, y solía esgrimir dos o tres razones que aunque no hacían
referencia sino a puntos de menor importancia, en su opinión eran más que
sobradas para justificar su voluntad de no residir en el país. Entre otras
cosas, detestaba la salsa blanca, que, según sus propias palabras, parecía una
cataplasma y sabía a jabón; se oponía al consumo de cerveza por parte de sus
doncellas personales y aseguraba que las lavanderas inglesas -pues la señora
Touchett tomaba muy en serio todo cuanto afectaba a su ropa blanca- desconocían
su oficio. A intervalos fijos hacía una visita a su país, pero esta última
había sido más prolongada que ninguna de las anteriores.
Que se había hecho cargo de la tutela de su sobrina
era algo que no cabía poner en duda. Una triste y húmeda tarde, cuatro meses
antes del suceso que acabo de relatar, se hallaba la señorita Archer sentada en
su habitación, con un libro. Afirmar que estaba así ocupada es tanto como decir
que su soledad no la agobiaba, pues su ansia de conocimientos era de índole
verdaderamente fecunda, y el poder de su imaginación, muy grande. Sin embargo,
por aquel entonces se sentía necesitada de algo fresco y nuevo, necesidad que
vino a colmar una inesperada visita. La persona en cuestión no se había hecho
anunciar y la joven la oyó cuando ya estaba en la habitación contigua. Sucedió
ello en una antigua casa de Al- bany, una casa amplia, cuadrada, doble, con un
cartelito en las ventanas del piso inferior donde se anunciaba que se hallaba
en venta. Tenía dos entradas, una de las cuales estaba fuera de uso desde hacía
mucho tiempo, si bien no había sido eliminada. Ambas eran exactamente iguales:
grandes puertas blancas con marco y moldura arqueados y anchos ventanales
adjuntos, sobre sendas pequeñas escalinatas de piedra roja que descendían hacia
los laterales hasta el pavimento de ladrillo de la calle. Formaban estas casas
gemelas un solo edificio, cuya pared medianera había sido demolida a fin de que
se comunicasen. En el piso superior había numerosas habitaciones, todas
pintadas de un blanco amarillento que, con el tiempo, se había desvaído. El
tercer piso albergaba una especie de pasaje en arco que servía de enlace entre
los dos lados de la casa y que, de pequeñas, Isabel y sus hermanas solían
llamar el túnel, pues, aunque era corto y estaba bien iluminado, a la joven le
pareció siempre solitario y siniestro, sobre todo en las tardes de invierno.
Ella había pasado temporadas en la casa en distintas épocas de su niñez,
especialmente mientras vivía su abuela. Después había permanecido ausente
durante diez años y su regreso a ella se debió a la necesidad de acudir al
lecho de muerte de su padre.
Su abuela, la anciana señora Archer, había sido
sumamente hospitalaria, sobre todo con personas de la familia y durante la
niñez de las muchachas, que pasaban a veces con ella semanas enteras, de las
que siempre guardaron el mejor recuerdo. Allí, la manera de vivir era por
completo distinta de la observada en su propia casa: más holgada, cómoda y
alegre. La disciplina impuesta a los niños era lo bastante vaga para que ellos
no la sintiesen gran cosa, y la oportunidad de poder escuchar las
conversaciones de las personas mayores era casi ilimitada, lo que para Isabel
constituía el recreo más preciado. Reinaba un ajetreo constante, un incesante
ir y venir. Los hijos, hijas y nietos de su abuela parecían no estar esperando
otra cosa que la invitación para ir y permanecer algún tiempo en la casa, de
suerte que había momentos en que llegaba a parecer una especie de ruidoso mesón
provinciano gobernado por una anciana y amable patrona que suspiraba mucho y no
presentaba jamás la cuenta. Por su parte, Isabel no sabía absolutamente nada
acerca de tales cuentas y siempre, aun siendo niña, consideró
extraordinariamente romántica la casa de su abuela. En la parte trasera había
una especie de gran patio cubierto, con un columpio que era motivo de
inagotable y excitante interés, y, más allá, un amplio jardín que bajaba hacia
el establo y donde crecían hermosos melocotoneros increíblemente accesibles.
Isabel había pasado varias temporadas con su abuela, pero podría decirse que de
todas ellas había guardado como el mejor de sus recuerdos el del sabor
delicioso de los melocotones del jardín. Al otro lado, cruzando la calle, había
una casa muy vieja a la que llamaban la Casa Holandesa, un peculiar edificio
que databa de la primera época colonial, construido con ladrillos pintados de
color amarillo, coronado por un alero que parecía dirigido contra los extraños
y defendido por una raquítica empalizada que corría a lo largo de la calle.
Ocupaba este edificio una escuela primaria para niños de ambos sexos, gobernada
o, mejor dicho, desgobernada por una presumida señora de la que Isabel
conservaba como recuerdo sobresaliente que se sujetaba los cabellos junto a las
sienes con unos raros peinecillos y que era viuda de un caballero de cierta
importancia. A la pequeña Isabel se le había ofrecido la oportunidad de
aprender las primeras letras en tal escuela, pero, después de haber pasado un
día en ella, protestó violentamente contra sus reglas y logró que se le
permitiera quedarse en casa, desde donde en los templados días del mes de septiembre,
cuando las ventanas de la Casa Holandesa Permanecían abiertas, le era dado oír
el coro de voces infantiles repitiendo la tabla de multiplicar…, hecho en el
cual se mezclaba de forma confusa el júbilo de la libertad con el dolor de la
exclusión. Así pues, los cimientos de su sabiduría quedaron confiados a la
indolencia de la casa de la abuela, donde, dado que la mayoría de sus parientes
eran personas no interesadas por la lectura, ella gozaba de libertad absoluta
para adueñarse de todos los volúmenes de la biblioteca, en la que abundaban los
li- bros con bellas portadas. Solía subirse a una silla para retirarlos de sus
anaqueles y, cuando hallaba uno de su gusto -para lo cual se dejaba guiar
siempre por la portada-, lo llevaba consigo a un cuarto misterioso situado
detrás de la biblioteca y al que tradicionalmente se le había llamado, sin que
nadie supiera por qué causa, el despacho. Nunca logró ella saber de quién y en
qué época había sido tal cuarto un verdadero despacho, pero le bastaba que
reinara allí un eco de resonancia y un olor a rancio, y que fuese el lugar
destinado a los trastos viejos e inútiles del mobiliario cuyos achaques no
aparecían a simple vista (de tal suerte que, a los ojos de ella, la desgracia
en que habían caído parecía del todo inmerecida, lo que les presentaba como
víctimas propiciatorias de la injusticia), trastos con los que había llegado a
establecer relaciones casi humanas, dramáticas sin duda alguna. En especial,
había allí arrumbado un viejo sofá de crin al que ella había confiado muchos de
sus infantiles sinsabores. Debía aquel lugar gran parte de su misteriosa
melancolía al hecho de que se accediera a él por la segunda puerta de la casa,
la que permanecía condenada y cerrada con gruesos cerrojos que a una niña débil
y menuda le era de todo punto imposible descorrer. Ella conocía perfectamente
aquel tranquilo y recoleto portal que daba a la calle y desde el cual, si las
ventanas laterales no hubieran estado tapadas con papel verde, habría podido
ver la pe- queña escalinata de piedra rojiza y el pavimento de ladrillo
artísticamente labrado. Sin embargo, no sentía siquiera deseos de mirar hacia
fuera porque, de intentarlo, habría destruido su propia teoría de que aquél era
un lugar extraño, desconocido, imposible de ver desde el otro lado…, un lugar
que en su imaginación infantil aparecía, según el estado de ánimo del momento,
ora como un paraíso de delicias, ora como un páramo de terror.
Era, pues, en este despacho donde se hallaba Isabel
sentada aquella melancólica tarde de primavera a que me refería. Aunque
entonces tenía toda la casa a su disposición, escogió para su recogimiento el
lugar más triste de todos, el más alejado de cualquier escena familiar. Jamás
se le había ocurrido descorrer los cerrojos de la puerta ni arrancar el papel
verde, que manos diligentes cambiaban de vez en cuando, ni se había jamás
preocupado de cerciorarse por sí misma de que la calle estaba allí cerca. Caía
una lluvia fría y pertinaz. La primavera parecía contener una exhortación -que
en aquel momento resultaba cínica y falta de sinceridad- a la paciencia. No
obstante, Isabel no prestaba gran atención a las pequeñas infi- delidades
atmosféricas y seguía con los ojos fijos en su libro, tratando de centrar su
pensamiento. Se le había ocurrido no hacía mucho tiempo que su mente era de
naturaleza bastante vagabunda y, en su deseo de domeñarla, había empleado no
poca imaginación para darle instrucción militar, enseñándole a avanzar,
detenerse, retroceder y, en fin, realizar a la simple voz de mando toda clase
de maniobras complicadas. En aquel momento le había dado la orden de marchar, a
fin de emprender la penosa tarea de cubrir las áridas llanuras de una Historia
del Pensamiento Germánico. De pronto percibió el ruido de unos Pasos que se
distinguían notablemente de su propio paso intelectual; permaneció a la escucha
y advirtió que había alguien en la biblioteca que comunicaba con el despacho.
Al principio le pareció el andar de una persona cuya
visita estaba esperando, pero inmediatamente lo identificó como característico
de una mujer, desconocida por añadidura. Era aquél un paso de carácter
explorador y experimental, que manifestaba no estar dispuesto a detenerse hasta
llegar al umbral del despacho. Y, en efecto, en el umbral apareció la figura de
una dama que se detuvo un instante y miró duramente a nuestra heroína. Era una
mujer más bien fea, entrada en años, vestida con una capa impermeable y en cuyo
rostro aparecía un asomo de violenta actitud.
La recién llegada, recorriendo con la mirada aquellas
sillas desparejadas y aquellas mesas cojas, inquirió: -¡Oh! ¿Es aquí donde
acostumbras a estar?
Isabel, que se levantó prestamente para recibir a la
intrusa, contestó:
- No cuando recibo visitas.
Acto seguido dirigió sus propios pasos y los de la
visitante hacia la biblioteca. La dama siguió mirando en derredor y comentó:
- Por lo visto, tienes muchos otros cuartos para
estar, y en mejores condiciones. Pero todo está terriblemente deteriorado. -¿Ha
venido usted a ver la casa? -preguntó Isabel-. La criada se la mostrará.
- No, no la llames; no quiero comprar la casa. Fue a
buscarte y anda por arriba dando vueltas; no parece muy inteligente. Más vale
que le digas que no se preocupe. -Y de repente, mientras la muchacha trataba de
adivinar quién era aquel inesperado crítico, añadió-: Supongo que tú serás una
de las hijas.
Isabel pensó para sus adentros que aquella dama tenía
unos modales singulares y contestó:
- Según a qué hijas se refiera.
- A las del difunto señor Archer… y mi pobre hermana.
Isabel dijo entonces pausadamente: -¡Ah! Usted debe de ser nuestra extravagante
tía Lydia. -¿Es así como tu padre os enseñó a llamarme? Soy tu tía Lydia, pero
no tengo nada de extravagante ni de loca. No padezco de ningún extravío. ¿Cuál
de las hijas eres tú?
- Soy la menor de las tres; me llamo Isabel.
- Sí, ya sé; las otras dos son Edith y Lilian. ¿Eres
tú la más guapa?
- No tengo la menor idea -contestó la muchacha.
- Me parece que debes de serlo…
Y he aquí cómo se hicieron amigas tía y sobrina.
Aquélla había reñido años atrás con su cuñado tras la muerte de su hermana, al
recriminarle por la manera en que criaba a sus hijas; y él, que era hombre de
malas pulgas, había dicho que se ocupara de sus propios asuntos, cosa que ella
siguió al pie de la letra desde entonces. Así, había estado muchos años sin
tener contacto alguno con él y no había enviado ni una sola palabra de pésame
con motivo de su muerte a las hijas, las cuales habían sido criadas en esa
irrespetuosidad hacia su tía que acabamos de ver en el caso de Isabel. Como de
costumbre, la actitud de la señora Touchett había sido absolutamente
premeditada. Su viaje a América obedecía a un deseo de interesarse
personalmente por sus asuntos económicos (con los que su marido, pese a la
elevada posición financiera de que disfrutaba, no tenía nada que ver) y, de
paso, aprovechar la oportunidad para ver cómo estaban sus sobrinas. No había
considerado la posibilidad de escribir, toda vez que no habría concedido
importancia alguna a los informes que por carta pudiera recibir.
Creía únicamente en lo que veía con sus propios ojos.
Pero Isabel se dio cuenta de que sabía acerca de ellas mucho más de lo que
habría podido creer, incluso respecto al matrimonio de las otras dos hermanas:
que su padre les había dejado muy pocos bienes, que la casa de Albany, que
había pasado a manos del padre, iba a ser vendida para que ellas pudieran
disponer de algún dinero y, por último, que Edmund Ludlow, el marido de Lilian,
era el encargado de atender este asunto, razón por la cual la joven pareja había
tenido que trasladarse a Albany durante la enfermedad del señor Archer y
permanecía allí junto con Isabel ocupando la vieja mansión. -¿Cuánto esperáis
que os den por ella? -preguntó la señora Touchett a su acompañante, quien la
había conducido al salón, lugar que también su inquisitiva mirada recorrió sin
mostrar entusiasmo alguno.
- No tengo la menor idea -respondió la muchacha.
- Es la segunda vez que me contestas así -replicó su
tía-. Y sin embargo, no eres tonta del todo.
- No, no soy tonta, pero no sé nada de cuestiones de
dinero.
- Ya veo. De esa manera os criaron…, como si fuerais
a heredar millones. En realidad, ¿qué habéis heredado?
- La verdad, no sabría decirlo. Tiene usted que
preguntárselo a Lilian y a Edmund, que estarán de vuelta dentro de una media
hora.
- Esto es lo que en Florencia llamaríamos una casa
mala -dijo la señora Touchett-. Aunque me atrevería a decir que aquí se puede
obtener por ella una buena suma. Lo suficiente para que os toque a cada una de
vosotras una respetable cantidad. Pero supongo que tendréis alguna otra cosa,
más bienes. Es verdaderamente extraordinario que no estés enterada de ello. El
emplazamiento de la casa es magnífico; casi seguro que querrán derribarla para
construir en su lugar establecimientos comerciales. No me explico cómo no lo
hacéis vosotras mismas; podríais alquilar las tiendas a muy buen precio.
Isabel no salía de su asombro. La idea de alquilar
tiendas le parecía de lo más extraño.
- Espero que no la derriben -dijo-. Lo sentiría,
porque me gusta mucho.
- No me explico por qué te gusta. Tu padre murió en
ella.
- Cierto -replicó la muchacha en un tono extraño-,
pero no por eso ha de desagradarme. Me gustan los sitios donde suceden o han
sucedido cosas, aunque a veces sean tristes. No sólo mi padre, si otros han
muerto también aquí, de modo que este sitio estuvo repleto de vida en otros
tiempos. -¿Esto es lo que tú llamas repleto de vida?
- Quiero decir lleno de experiencia…, de sentimientos
de las personas, de sus tristezas.
Y no sólo de tristezas, pues yo misma, cuando era
niña, fui muy dichosa en esta casa.
- Si te agradan las casas donde han sucedido cosas,
deberías ir a Florencia; en aquéllas sí que han sucedido cosas, sobre todo
muertes. En el antiguo palacio donde yo vivo fueron asesinadas tres personas
que se sepa, y seguramente muchas otras de las que yo no he llegado a tener
conocimiento. -¿En un palacio antiguo?
- Sí, hija. Bastante distinto a esto, por cierto.
Esta casa tiene un aspecto muy burgués. Isabel se emocionó profundamente al oír
tales palabras, pues siempre había tenido en gran concepto la casa de su
abuela. No obstante, la propia emoción la impulsó a exclamar: -¡Cómo me
gustaría ir a Florencia!
- Pues si eres buena y haces todo lo que yo te diga,
te llevaré -afirmó la señora Touchett.
La emoción de la joven aumentó extraordinariamente.
Calló un instante, se ruborizó un poco, sonrió en silencio a su tía y acabó por
decir: -¿Que haga todo lo que usted quiera? No sé si me será posible prometer
tal cosa.
- Verdaderamente no pareces ese tipo de persona. Se
nota que te gusta hacer tu voluntad, pero no seré yo quien te lo reproche.
-¡Sin embargo, con tal de ir a Florencia, sería capaz de prometer casi
cualquier cosa! - exclamó la joven con entusiasmo.
Como Edmund y Lilian tardaron bastante en regresar,
la señora Touchett pudo sostener una conversación ininterrumpida de más de una
hora con su sobrina, que acabó por encontrarla tan interesante como extraña: lo
que se dice un carácter, el primero genuino con que se había tropezado. Era, en
realidad, tan excéntrica como Isabel la había imaginado siempre, mas con la
idea que ella se forjaba cada vez que oía hablar de personas excéntricas, a las
que consideraba alarmantes y ofensivas, pues semejante vocablo te sugería cosas
grotescas e incluso siniestras. Pero su tía les daba un tono irónico y hasta
cómico, y ello la indujo a preguntarse si el lenguaje corriente y moliente, que
por lo demás era el único que había conocido, le había parecido alguna vez tan
interesante. Nadie hasta entonces había logrado impresionarla tanto como
aquella pequeña mujer de aspecto extranjero, labios finos y ojos brillantes,
que ennoblecía su insignificante apariencia con la distinción de sus modales y
que, sentada allí delante de ella y envuelta en su impermeable, hablaba con la
mayor soltura de los asuntos políticos de Europa. La señora Touchett no era
frívola, pero no reconocía la existencia de seres superiores socialmente
hablando, y, al aludir en tales términos a los gran- des de la Tierra, lo hacía
con la plena seguridad de estar causando enorme impresión en el ánimo
susceptible y cándido de su sobrina. Isabel respondió a varias preguntas que su
tía le hizo al principio y, por sus contestaciones, ésta se percató del alto
grado de su inteligencia. Después de haberlas contestado, le tocó a ella el
turno de hacerlas, y las respuestas de su tía fueron tales que, fuera cual
fuera el giro que tomasen, le proporcionaban siempre más que so- brada materia
para hondas reflexiones. La señora Touchett estuvo esperando el regreso de su
otra sobrina el tiempo que le pareció razonable; pero, al ver que a las seis de
la tarde la señora Ludlow no se hallaba de vuelta, se dispuso a marcharse.
- Tu hermana debe de ser una chismosa de primera.
¿Tiene por costumbre pasar tantas horas fuera de casa?
- Usted ha estado fuera de la suya tanto como ella
-replicó Isabel-. Acababa de marcharse cuando llegó usted.
La señora Touchett la miró con benevolencia.
Comprendía que la réplica era acertada, cosa que le agradaba y la predisponía a
mostrarse amable.
- Tal vez no haya tenido para hacerlo tan buena razón
como yo. De todos modos, dile que venga a verme esta noche a ese horrible hotel
donde estoy alojada. Si quiere, puede venir con su marido, pero no es necesario
que tú la acompañes. A ti ya tendré ocasión de verte luego todo lo que quiera.
4
La señora Ludlow era la mayor de las tres hermanas y
se la consideraba la más juiciosa. En general se decía que Lilian era la
práctica, Edith la hermosa e Isabel la intelec- tual. La señora Keyes, segunda
del grupo, era esposa de un oficial del Cuerpo de Ingenieros de Estados Unidos
y, como para nada le afecta nuestra historia, nos limitaremos a decir que era
muy bella y constituía el principal ornato de los acantonamientos militares del
país - especialmente en el inelegante Oeste- a los que, con gran pesar por su
parte, era destinado su marido. Lilian se había casado con un abogado de Nueva
York, joven de potente voz y gran entusiasmo por su profesión. Su matrimonio no
resultó un enlace brillante, como tampoco el de Edith, pero a Lilian se le
inculcó desde siempre la idea de que debía considerarse muy dichosa si llegaba
a casarse con quien fuese… y por eso era mucho más sencilla que sus otras dos
hermanas. Sin embargo, se sentía muy feliz, y por aquel entonces, en su calidad
de madre de dos graciosos retoños y de dueña de una especie de escolio de
oscura piedra violentamente encajonado en la calle Cincuenta y tres, parecía
regodearse en su situación como en una feliz evasión de los sinsabores de este
mundo. Era de baja estatura y cuerpo recio, y aunque de figura harto
discutible, se le concedía buena presencia, ya que no majestad. No obstante,
todos parecían convenir en que había ganado mucho con el matrimonio, y sentíase
perfectamente segura de dos cosas en la vida: de la fuerza de los argumentos de
su marido y de la originalidad de su hermana Isabel. A veces solía decir: «Yo
no podría seguir el ritmo de Isabel… Me ocuparía todo mi tiempo». A pesar de
eso, mantenía sobre ella una maternal vigilancia y la observaba con la misma
triste solicitud con que una gran perra de aguas con- templaría los movimientos
de un galgo suelto.
- Lo que yo quisiera es verla casada, eso es lo que
de veras le conviene -decía con frecuencia a su marido.
A lo que Edmund Ludlow solía replicar en un tono muy
audible:
- Pues debo confesar que no experimento el menor
deseo de casarla.
- Ya sé que lo dices por discutir. Lo tuyo es llevar
siempre la contraria. No veo qué puedas tener contra ella, a no ser que es
original.
- Pues bien, es que no me gustan los originales,
prefiero las traducciones -le había contestado más de una vez el señor Ludlow,
añadiendo-: Isabel está escrita en un idioma extranjero y no puedo descifrarla.
Lo que debería hacer es casarse con un armenio o un portugués.
- Eso es precisamente lo que temo que haga -exclamaba
Lilian, que creía a Isabel capaz de cualquier cosa.
Así pues, al llegar a casa, escuchó con gran interés
la " relación que su hermana menor le hizo acerca de la inesperada
aparición de la señora Touchett y, por la noche, se dispuso a obedecer el
mandato de su tía. No se tiene noticia de lo que Isabel dijera entonces, pero
sin duda alguna sus palabras debieron de suscitar en su hermana el comentario
que hizo a su esposo cuando ambos estaban preparándose para ir a hacer la
visita:
- Ojalá se le ocurra hacer algo por Isabel; creo que
lo hará, pues parece haberse encaprichado mucho con ella.
- Pero ¿qué quieres que haga? -preguntó Edmund
Ludlow-. ¿Que le haga un buen regalo?
- No me refiero a eso; seguramente no será nada por
el estilo. Me refiero a que se tome verdadero interés por ella, a que le
resulte simpática. Precisamente, es de las pocas personas que pueden
apreciarla, porque ha vivido mucho entre gente extranjera, y le ha contado a
Isabel muchas cosas acerca de esa vida. Ya sabes que tú mismo has considerado
siempre que Isabel tiene algo de extranjera.
- Ya veo lo que quieres decir: que la tía le procure
un poco de simpatía en el extranjero. ¿Crees que en su país no se le otorga la
necesaria?
- De todos modos, debería ir al extranjero -replicó
la señora Ludlow-. Es el tipo de persona que debería viajar.
- Y quieres que la vieja señora se la lleve, ¿no es
eso?
- Se ha ofrecido a llevarla… y está muerta de ganas
de que Isabel vaya. Pero lo que yo deseo que haga cuando llegue allí con ella
es que le proporcione toda clase de ventajas. Estoy segura de que lo único que
debemos hacer es darle una oportunidad… -recalcó la señora Ludlow.
-¿Oportunidad? ¿para qué?
- Para perfeccionarse.
Al oírlo, Edmund exclamó: -¡Dios Santo! ¡Espero que
no vaya a perfeccionarse más!
- Si no tuviese la seguridad de que lo dices por
discutir, me molestaría mucho lo que acabas de decir -replicó la esposa-. Pero
no puedes negar que la estimas.
Más tarde, mientras el joven esposo se cepillaba el
sombrero, preguntó a Isabel:
- Tú sabes que te aprecio, ¿verdad?
- Lo que sé y de lo que estoy segura es que me
importa un bledo que me quieras o no - replicó la muchacha, con una sonrisa y
un tono de voz que desmentían la altivez de sus palabras. -¡Oh! Desde que ha
recibido la visita de la señora Touchett se siente tan superior… - comentó su
hermana. Pero Isabel replicó con seriedad.
- No debes decir eso, Lily. No me siento superior a
nadie.
- Aunque así fuera, no habría mal en ello-dijo su
hermana, siempre conciliadora.
- Es que no veo en la visita de la señora Touchett
nada que le haga a una sentirse superior. -¡Oh! -exclamó el señor Ludlow-,
ahora se siente más superior que nunca.
- Cuando yo me sienta superior, si alguna vez lo hago
-dijo la muchacha-, será por otra razón mejor.
Fuera como fuese, lo cierto es que se sentía
diferente, como si le hubiese ocurrido algo. Una vez que se hubo quedado sola
por la noche, se sentó bajo la lámpara, las manos vacías, sin ganas de
ocuparlas en ninguna de sus habituales labores. Se levantó al cabo de un rato,
se puso a andar de un lado para otro de la habitación y recorrió también otros
aposentos, deteniéndose especialmente en los sitios en que la luz era menos
intensa. La verdad era que se sentía intranquila, agitada, incluso había
momentos en que temblaba. Lo que acababa de ocurrirle le parecía de una
importancia desproporcionada, se había producido un verdadero cambio en su
vida. Lo que éste hubiera de suponer en lo sucesivo era cosa por demás
indefinida, pero en su actual situación ella daba un gran valor a cualquier
cambio que le sobreviniese. Sentía un irresistible deseo de dejar atrás su
pasado para, como ella misma decía, comenzar de nuevo. No había surgido tal
deseo como por ensalmo con motivo de la ocasión presente, sino que éste le era
tan familiar como el repiqueteo de la lluvia en los vidrios de las ventanas, y
ya en más de una ocasión la había inducido a querer comenzar de nuevo. Se sentó
en uno de los rincones más oscuros del silencioso salón y cerró los ojos, pero
no con el deseo de quedarse adormilada para olvidar. Por el contrario, se
sentía demasiado despierta y deseaba dominar la sensación que le causaba
percibir demasiadas cosas a la vez.
Su imaginación había llegado a ser, por la fuerza del
hábito, ridículamente activa, de suerte que, cuando la puerta no estaba
abierta, se escapaba por la ventana. No tenía la costumbre de encerrarla bajo
llave, y le sucedía que, en los momentos importantes en que se hubiera sentido
agradecida por ser capaz de utilizar únicamente su capacidad de razonamiento,
pagaba las consecuencias de haber dado alas a esa facultad de fantasear en la
que no intervenía el análisis. En aquel momento, con la seguridad de que una
mano invisible había tocado la nota del cambio, se le agolparon en la
imaginación los fantasmas de las imágenes de las cosas que había dejado tras
si; se presentaron a su recuerdo los días y las horas ya vividos, y los fue
revisando lentamente en medio de aquel silencio que sólo interrumpía con su
tictac el gran reloj de bronce. De aquel profundo examen, la verdad que más
patente surgía ante sus ojos era la de que su vida había sido muy dichosa, de
que ella era una persona verdaderamente afortunada. Había disfrutado lo mejor
de todo y, en un mundo en que tantos individuos se desenvuelven en
circunstancias nada envidiables, constituía una ventaja el no haber padecido
nada desagradable. A Isabel le parecía que, en realidad, lo desagradable había
permanecido demasiado ausente de su vida, ya que, de su contacto constante con
la literatura, había deducido que lo desagradable constituía un manantial
inagotable de interés e incluso de instrucción. Su padre… aquel hermoso y
adorado padre que siempre experimentó tan marcada aversión por todo lo
desagradable, la había mantenido alejada de ello. Para Isabel fue una gran
felicidad haber sido hija de tal hombre, de suerte que llegó a sentirse
orgullosa de su parentesco. Desde el momento de su muerte, ella lo recordó mostrándose
siempre valeroso ante sus hijas, capaz de alejar las cosas feas de su propia
imaginación, aunque no de su existencia. Pero eso sólo hizo que su ternura por
él aumentara, y apenas si le resultaba doloroso pensar que él había sido
demasiado generoso, demasiado alegre, demasiado indiferente a las ideas de
sordidez. Muchos sostenían que había llevado tal indiferencia demasiado lejos,
sobre todo los que componían el gran número de personas a quienes debía dinero.
Isabel no había llegado a conocer jamás las opiniones de tales personas, pero
al lector podría interesarle saber que, si bien le reconocían al difunto señor
Archer una notable inteligencia y una manera de ser muy seductora, capaz de
apoderarse de los demás (y no faltaba quien dijera que siempre estaba
apoderándose de algo), ello no les impedía declarar abiertamente que hacía muy
mal uso de su vida. Había derrochado una gran fortuna, por ser excesivamente
hospitalario, y había jugado sin freno. Y hasta hubo críticos que dijeron que
ni siquiera se había preocupado de educar a sus hijas: que no habían recibido
una educación corriente, que no habían tenido un hogar permanente, y que habían
sido al mismo tiempo malcriadas y abandonadas, relegando su educación a niñeras
y gobernantas (casi siempre muy malas), o a frívolas escuelas, dirigidas por
francesas, de las que al cabo de un mes eran retiradas con gran sentimiento de
ellas, que lloraban a lágrima viva al ser alejadas de allí. Tal apreciación del
caso había suscitado la indignación de Isabel, ya que a su modo de ver había
gozado de muchas y buenas oportunidades. Incluso cuando su padre dejó a sus
hijas durante tres meses en Neufchatel con una criada francesa, la cual no
tardó en escaparse con un noble ruso que vivía en el mismo hotel…, aun en esa
situación tan irregular que tuvo lugar cuando la muchacha no contaba más de
once años, ella no experimentó el menor miedo ni la menor vergüenza y se limitó
a considerarla un episodio romántico, justificado por una educación sumamente
liberal. Su padre tenía unas miras muy amplias acerca de la vida, como lo
probaba sobradamente su inquietud constante y la incoherencia ocasional de su
conducta. Quería que sus hijas, aun siendo niñas, vieran cuanto fuera posible
del mundo y, con tal objeto, antes de que Isabel alcanzara los catorce años de
edad, ya las había hecho cruzar tres veces el Atlántico, proporcionándoles en
cada ocasión sólo unos cuantos meses para observar por sí mismas el asunto
propuesto. Esta táctica sólo había servido para abrir el apetito de nuestra
heroína, excitando superlativamente su curiosidad sin llegar a satisfacérsela.
Indudablemente ella era una acérrima partidaria de su padre, pues, de las tres,
era la que mejor se las componía para compensarle por las incomodidades de las
que él nunca se quejaba. En los últimos días de su vida, el deseo paterno de
abandonar este mundo, en el cual la dificultad de hacer lo que a uno le gustaba
parecía ir aumentando a medida que él iba envejeciendo, se había visto
profundamente alterado por el dolor que le causaba tener que separarse de una
hija tan inteligente, notable y superior. Posteriormente, cuando cesaron los
viajes a Europa, él comenzó a mostrarse todavía más indulgente con sus hijas y,
aunque hubo de sufrir no pocas dificultades económicas, nada alteró en ellas la
irreflexiva seguridad de hallarse en posesión de muchas cosas. Isabel, que por
cierto bailaba muy bien, no recordaba haber logrado un gran éxito en Nueva York
como miembro del ambiente coreográfico; en cambio, su hermana Edith, al decir
de muchos, tenía más condiciones para ello. Edith fue un caso tan notable de
éxito que Isabel no pudo seguir haciéndose ilusiones acerca de lo requerido
para lograr tal privilegio, así como tampoco acerca de los límites de su propia
capacidad de brincar, saltar y desgañitarse… sobre todo para conseguir el
efecto deseado. Diecinueve personas entre veinte (incluso la misma hermana
menor) declaraban que Edith era la más guapa de las dos hermanas; sin embargo,
la vigésima, a más de darse el gusto de pensar lo contrario, podía complacerse
en pensar que todos los demás eran sólo unos estetas de lo más vulgar. En su
naturaleza profunda, Isabel experimentaba un deseo más insaciable todavía que
el de Edith de gustar, pero esa naturaleza profunda se encontraba en un lugar
tan inaccesible de su alma que entre ésta y la superficie había una docena de
fuerzas caprichosas que impedían la debida comunicación. Ella veía que los
jóvenes acudían en tropel a visitar a su hermana, pero que, en cambio, sentían
miedo de ella, pues tenían la sensación de que para hablarle había que poseer
una preparación especial. La fama de ser mujer muy leída pesaba sobre ella y la
envolvía como la densa nube que rodea a las diosas de las epopeyas, haciendo
suponer que sólo se interesaba por cuestiones abstrusas y que su conversación
jamás adquiría un tono apasionado. Si bien a la pobre le encantaba que se la
considerase inteligente, la molestaba sobremanera que se la tuviese por
libresca. Por ello, acostumbraba a leer en secreto y, aunque poseía una
excelente memoria, procuraba abstenerse de citar lo que leía. La dominaba una
gran ansia de saber, pero prefería a lo impreso cualquiera otra fuente de
información directa, y era tal su curiosidad por las cosas de la vida que de
todo se admiraba y todo la emocionaba. La vida había echado hondas raíces en
ella y, por lo mismo, su goce más intenso consistía en sentir dentro de sí la
continuidad entre las agitaciones de su propia alma y las del mundo externo.
Ello hacía que le gustara extraordinariamente contemplar las grandes multitudes
y las diversas regiones del país y leer lo más interesante acerca de las
revoluciones y de las guerras, así como también admirar los cuadros históricos…
proclividad que en más de una ocasión la indujo a cometer la incongruencia de
perdonar lo malo de la pintura en aras de su tema. En tiempo de la Guerra de
Secesión ella era todavía muy niña, lo cual no impidió que durante tal período
pasara largos meses entregada a una apasionada excitación, en la que tan pronto
se sentía emocionada por el valor de un ejército como por el del contrario, lo
cual la sumía en una extraordinaria confusión. Desde luego, la circunspección
de los suspicaces jóvenes no había llegado a convertirla en una proscrita
social, pues el número de los que, al acercársele, sentían latir el corazón con
la fuerza necesaria para recordar que también poseían cabeza la había mantenido
alejada de las excelsas disciplinas propias de su sexo y su edad. Así, ella
tuvo cuanto pudo apetecer una muchacha: cariño, admiración, golosinas, ramos de
flores, la convicción de que no se le escatimaba nada de lo que podía obtenerse
en el mundo en que ella vivía, ocasiones constantes para bailar, abundancia de
nuevos vestidos, la revista Spectator de Londres, las últimas publicaciones de prensa,
la música de Gounod, la poesía de Browning, la prosa de George Elliot.
Y todas aquellas cosas, a medida que la imaginación
las iba evocando se transformaban en multitud de escenas vividas y de figuras
conocidas. Cosas arrumbadas en el desván de la memoria se le aparecían de
nuevo, mientras que muchas otras a las que en su día había concedido gran
importancia quedaban alejadas de su vista. El resultado era verdaderamente
caleidoscópico; pero, en aquel instante, el girar caprichoso del instrumento
quedó paralizado por la llegada de la sirvienta que venía a anunciar la visita
de un caballero: Caspar Goodwood. Era éste un joven de Boston. Hacía doce meses
que conocía a la señorita Archer y, considerándola la mujer más bella de aquel
tiempo, había dictaminado que el tiempo era únicamente, guiándose por la norma
a que antes he aludido, un necio período de la historia. Le había escrito de
vez en cuando, y últimamente sus cartas estaban fechadas en Nueva York; por lo
cual ella casi confiaba en la posibilidad de que él viniera a verla… incluso
puede decirse que pasó todo aquel día lluvioso esperándole sin darse cuenta
cabal de que le esperaba. Sin embargo ahora, al saber que estaba allí, no
experimentaba ningún deseo de verle ni de recibirle. El era el joven más
admirable que ella había visto, un espléndido joven que llegaba a inspirarle un
respeto grande y poco usual, sentimiento que ninguna otra persona le había
inspirado hasta entonces. La gente se imaginaba que el quería hacerla su
esposa, pero eso era algo que sólo a ellos dos concernía. Lo que desde luego
puede afirmarse es que él hizo el viaje de Nueva York a Albany tan sólo por
verla, después de haberse enterado en la primera de las dos ciudades, donde
estaba pasando una temporada y donde había creído encontrarla, que ella iba a
permanecer en la capital del estado. Isabel retrasó algunos minutos el momento
de ir a verle, y anduvo de un lado para otro de la habitación, abrumada por la
intuición de que la esperaban nuevas complicaciones. Pero por fin decidió ir en
su busca, y le vio, de pie bajo la lámpara, tal como era: alto, fuerte, tal vez
algo tieso, al propio tiempo que delgado y moreno. Su belleza no era romántica
sino más bien tenebrosa. Su fisonomía tenía algo que reclamaba la atención y
esa atención se veía recompensada por el encanto de unos ojos azules de
imperturbable fijeza que no parecían corresponder a su semblante y de una
mandíbula angulosa, de esas a las que suele atribuirse la virtud de denotar un
temperamento enérgico y resuelto. Al verle, Isabel se dijo que aquella noche
mostraba sin duda alguna una firme resolución. A pesar de ello, Caspar
Goodwood, que media hora antes había llegado allí esperanzado y resuelto, acabó
por volverse a su alojamiento con la convicción de haber fracasado en su
empresa. Conviene advertir, sin embargo, que no era un hombre capaz de aceptar
un fracaso así como así.
5
Aunque Ralph Touchett era un verdadero filósofo,
cuando llamó con los nudillos a la puerta de la habitación de su madre, a las
siete menos cuarto en punto, sentía no poca inquietud. Los filósofos tienen
también sus preferencias, y no cabe la menor duda de que, respecto a sus
progenitores, las de Ralph se inclinaban del lado del padre, por el que sentía
el mayor afecto y al que tributaba una filial sumisión. No se le ocultaba que
su padre era quien poseía un sentimiento verdaderamente maternal, mientras que su
madre se mostraba paternal y, para decirlo con el lenguaje popular del momento,
incluso gubernativa. Lo cual no obstaba para que quisiera entrañablemente a su
único hijo y siempre insistiera en que pasara tres meses al año con ella. Por
su parte, Ralph le devolvía el afecto debido, pues le constaba que, en los
pensamientos y en el sistema de vida de su madre, concienzudamente organizada y
dirigida, a él le tocaba el turno inmediatamente después de los asuntos que
exigían su inmediata atención y cuya minuciosidad de ejecución constituía la
esencia de su personalidad. Halló, pues, Ralph a su madre completamente vestida
ya para la cena, y ella le abrazó y besó sin quitarse los guantes, haciéndole
sentar luego en el sofá a su lado. La madre le pidió con todo interés noticias
relativas a la salud del padre y a la de él mismo y, como los informes no la
satisficieron en absoluto, manifestó estar más convencida que nunca del acierto
de su decisión de no exponerse al clima de Inglaterra. De no ser así, tal vez ella
habría podido ceder. Ralph se sonrió ante la simple idea de que su madre
pudiese condescender, pero no quiso recordarle que la dolencia que él padecía
no era en absoluto efecto del clima británico, pues él permanecía por lo
general ausente del país la mayor parte del año.
Ralph era todavía muy niño cuando su padre, Daniel
Tracy Touchett, natural de Rutland, Estado de Vermont, vino a Inglaterra como
socio subordinado de una casa de banca, en la que algunos años después llegó a
ejercer una autoridad preponderante. Daniel Touchett se resignó a la idea de
pasarse la vida en el país de adopción y, desde el principio, tuvo el acierto
de acomodarse a él con una actitud sencilla y sana. Sin embargo, como se decía
a sí mismo, no tenía, ni mucho menos, la intención de desamericanizarse, ni
tampoco el deseo de enseñar a su hijo arte tan sutil. Le había resultado un
problema de tan fácil solución vivir en Inglaterra asimilado al país y sin
abdicar del suyo que le parecía igualmente fácil el que su legítimo heredero
continuara después de su muerte ejerciendo la gerencia de aquel banco ya gris y
anticuado, proyectando la luz brillante del sistema americano. Por ello se
esforzó en intensificar esa luz enviando al hijo a su país para que en él se
educara. Gracias a ello, Ralph había seguido varios cursos en una universidad
de Norteamérica, en la cual se graduó, y como al regresar a Inglaterra asustó a
su padre por lo excesivamente indígena que volviera, Ralph estudió en Oxford
durante tres años. Y he aquí que Oxford acabó tragándose a Harvard y, por fin,
Ralph se vio convertido en un verdadero inglés. Su aparente conformidad con los
procedimientos y maneras que le rodeaban era, no obstante, una máscara tras la
cual ocultaba un espíritu ávido de independencia sobre el cual nada lograba
prevalecer durante largo tiempo, y al ser naturalmente propenso a la aventura y
a la ironía, se permitía una libertad sin límite a la hora de formar sus
propias opiniones. Comenzó siendo un joven que prometía mucho; logró
distinguirse en Oxford, para gran satisfacción de su padre, y quienes le
conocían afirmaban que era una verdadera lástima que un joven tan brillante no
estudiase una carrera. Podía haber seguido una carrera con sólo volver a su
país de origen (aunque este punto está rodeado de incertidumbre), pero aun
cuando el señor Touchett hubiese consentido en separarse (y ése no era caso), a
él mismo le habría resultado sumamente penoso poner un océano como barrera
permanente entre su persona y la de su viejo padre, a quien consideraba su
mejor amigo. Ralph no sólo quería verdaderamente a su padre sino que le
admiraba… y se complacía no poco en observarle y verle actuar. A su juicio,
Daniel Touchett era un hombre extraordinario, un verdadero genio y, aunque él
no se sentía con aptitudes para el oficio de banquero ni entendía los misterios
de actividad bancaria, se había aplicado a estudiar de todo ello lo necesario
para comprender el gran papel que su padre lograba desempeñar. Mas no era esto,
con ser mucho, lo que de él más le gustaba; lo que más le atraía y admiraba era
aquel semblante marfileño, como pulimentado por el aire inglés, que el anciano
había opuesto a cualquier intento de penetración. Daniel Touchett no había
estudiado en Harvard ni en Oxford y era culpa suya haber proporcionado a su
hijo los medios de ejercitar la crítica moderna. Así, Ralph, que tenía la
cabeza llena de ideas que su padre no llegaba a adivinar, sentía gran
estimación por la originalidad de su progenitor. Por lo general se atribuye,
acertada o erróneamente, a los americanos una extraordinaria facilidad de
adaptación a las condiciones de otros países, pero buena parte del gran éxito
del señor Touchett se debía precisamente a su renuencia a plegarse por completo
al ambiente. Había sabido conservar con su prístina frescura la mayor parte de
las características de su juventud, y su entonación, como acertadamente solía
decir su hijo, era la de las regiones más feraces de Nueva Inglaterra. Al final
de su vida había llegado a ser, en su propio terreno, tan apacible como rico,
combinando la astucia más perfecta con una superficial fraternidad, y su
«posición social», de la que nunca se había preocupado, tenía la turgente
perfección de un fruto todavía intacto. Acaso fuese todo ello por su falta de
imaginación y de lo que suele llamarse sentido histórico, pero el hecho es que
su espíritu permaneció siempre herméticamente cerrado a las impresiones que por
lo general causan en los extranjeros cultos las cosas de la vida inglesa. Había
ciertas diferencias que jamás llegó a percibir, ciertos hábitos que nunca
adoptó, muchas oscuridades que jamás trató de aclarar. Por lo que a éstas
respecta, cabe asegurar que si algún día hubiera llegado a sondearlas, su hijo
no habría tenido tan buena opinión de él.
Al dejar la Universidad de Oxford, Ralph había pasado
un par de años viajando, después de los cuales se encontró encaramado en un
alto taburete del banco de su padre, El honor y la responsabilidad que tal
posición entraña no se mide, según creo, por la altura del mencionado taburete,
sino por consideraciones de otra índole. Y Ralph, que tenía las piernas muy
largas, no sólo se complacía en estar de pie cuando trabajaba sino, incluso, en
andar de un lado para otro. Sin embargo, sólo pudo consagrar muy poco tiempo a
dicho ejercicio, pues al cabo de año y medio se convenció de que había
enfermado en serio por culpa de un fuerte resfriado que le afectó gravemente
los pulmones y se los dejó en un estado terrible. Tuvo, pues, que abandonar el
trabajo y dedicarse en cuerpo y alma al triste oficio de cuidar de su sa- lud.
Al principio pareció desdeñar un poco su tarea, pues se le antojaba como si no
hubiese de cuidarse a sí mismo sino a otra persona por la que él no sentía
interés alguno y con la que nada tenía en común. Sin embargo, tal persona se
fue haciendo más digna de aprecio a medida que la atendía, y Ralph no tuvo más
remedio que ir concibiendo, aunque a regañadientes, cierta tolerancia, incluso
un si es no es oculto respeto por sí mismo. Mas, como nada hace tan buenos
camaradas como el infortunio, y nuestro joven se había convencido de que se
jugaba algo en el asunto… (generalmente consideraba que se trataba de su
reputación de ingenioso) dedicó a su poco agraciado pupilo la atención
indispensable, lo cual no dejó de surtir el efecto requerido, que fue el de
conservarle la vida al pobre enfermo. Así pues, comenzó a curarse uno de sus
pulmones mientras que el otro prometió seguir su ejemplo, y se le aseguró que
podría-soportar cuando menos otros doce inviernos si se avenía a pasarlos en
los climas a que acuden principalmente los atacados del mal de consunción. Y,
como había llegado a estar verdaderamente encaprichado con la ciudad de
Londres, maldecía con todas sus fuerzas la falta de interés de su forzoso destierro.
A pesar de todo, aunque lo maldecía acabó por conformarse y, a medida que iba
sintiendo que su sensible organismo agradecía los favores que tan de mala gana
le concedía, se inclinaba a concederlos cada vez con más buena voluntad. Así
pues, como suele decirse, hibernó en el extranjero, calentándose al sol,
quedándose en casa cuando soplaba el viento, yéndose a la cama cuando llovía, y
más de una vez, cuando nevaba toda la noche, permaneciendo acostado todo el día
siguiente.
Una secreta provisión de indiferencia… como sabroso
pastel que la buena niñera le hubiese puesto en su primera cartera escolar… le
proporcionó eficaz auxilio y le ayudó a soportar su sacrificio, ya que, en el
mejor de los casos, sentíase demasiado enfermo para todo lo que no fuese
aquella su ardua tarea. Como solía decirse a sí mismo, en realidad no había
nada que él deseara hacer, de manera que por lo menos no renunció desertando
del campo de batalla. De todos modos, había veces en que la fragancia del fruto
prohibido parecía envolverle y flotar en torno suyo para recordarle que el
mejor de todos los placeres es el de lanzarse a la acción. Vivir como él estaba
viviendo era tanto como leer un buen libro en una mala traducción… solaz harto
desmedrado para un joven convencido de que habría podido llegar a ser un
excelente lingüista. Pasó algunos inviernos buenos y algunos malos, y, mientras
aquéllos duraron, hubo momentos en que fue presa de la ilusión de que había
recobrado la salud. Tal imagen quedó desvanecida tres años antes de que diera
comienzo este relato. En aquella ocasión había permanecido en Inglaterra más de
lo debido y le había sorprendido muy mal tiempo antes de llegar a Argel. Arribó
allí más muerto que vivo y en ese lugar hubo de permanecer varias semanas entre
la vida y la muerte. Su convalecencia resultó un verdadero milagro, pero lo que
primero se le ocurrió pensar fue que semejantes milagros no ocurren más que una
vez. Se dijo, pues, que su hora estaba ya a la vista y que era deber suyo no
quitarle ojo de encima, pero que, por lo mismo, tenía que pasar el tiempo que
le quedaba lo mejor posible y de acuerdo siempre con lo que su preocupación
pudiera permitirle. Ante la simple perspectiva de llegar a perderlas en un
futuro próximo, el uso de sus facultades le resultó el más delicado de los
placeres, y le pareció que el deleite de la contemplación no había sido jamás
ensalzado como se merecía. Estaba lejos el tiempo en que le parecía cosa
sumamente ardua el verse obligado a abandonar la idea de lucirse; idea, no por
vaga menos importante, y no menos deliciosa por verse forzada a luchar en el
mismo pecho en el que ardía la llama de la autocrítica. Sus amigos le juzgaban
ahora más alegre y atribuían tal hecho a una teoría que aprobaban con los movimientos
de cabeza del que conoce: a saber, que iba a recobrar la salud. Pero lo cierto
era que su serenidad no era más que el adorno proporcionado por unas flores
silvestres en las ruinas de sí mismo.
Con todo ello, era muy probable que la sabrosa
cualidad de la cosa observada fuese lo que principalmente suscitara el interés
de Ralph por la llegada de una joven que a todas luces no tenía nada de
insípida. Si él se hallaba en disposición favorable, algo le decía que tenía ya
ocupación agradable para una infinidad de días. A lo cual cabría añadir, en
forma harto sumaria, que la idea de amar… a diferencia de la de ser amado…
seguía ocupando un sitio pre- ferente en el reducido boceto de su vida. Lo único
que él se había prohibido deliberadamente era el desbordamiento de la
expresión. De todos modos, ni él había de querer inspirar una pasión a su
prima, ni ella habría podido, aun cuando lo hubiese deseado, ayudarle a
sentirla.
Así pues, Ralph dijo a su madre:
- Bueno. Y ahora, dime algo de la jovencita. ¿Qué
piensas hacer con ella?
La señora Touchett, que estaba ya lista para
semejante pregunta, respondió:
- Pienso pedirle a tu padre que la invite a pasar
tres o cuatro semanas en Gardencourt.
- No tienes por qué esperar a que tenga lugar esa
ceremonia -dijo Ralph-. Estoy seguro de que mi padre la invitará como la cosa
más natural del mundo.
- No sé nada de ello. Por lo pronto, es sobrina mía,
no suya. -¡Por Dios, mamá! ¡Qué terrible sentido de la propiedad! Es una razón
de más peso todavía para tratar de invitarla. Pero después de eso… quiero
decir, después de los tres meses, pues sería absurdo pedirle a la joven que se
quedara solamente tres raquíticas semanas… después de eso, ¿qué piensas hacer
con ella?
- Pienso llevármela a París… para vestirla.
- Ah, claro; eso, por lo pronto. Pero, aparte de eso,
¿qué?
- La invitaré a que vaya a pasar conmigo el otoño a
Florencia.
- Ya veo que no te extiendes en detalles, mamá. Lo
que quisiera saber es qué vas a hacer con ella, en general.
- Lo que deba -declaró la señora Touchett. Y añadió-:
Ya me figuro que le tienes lástima.
- Nada de eso -contestó el hijo-. No es de las que
mueven a compasión. Más bien creo que la envidio. Sin embargo, antes de estar
seguro, dime qué es lo que consideras tu deber para con ella.
- Le mostraré cuatro países de Europa… y la dejaré
que escoja dos de ellos… procurándole la oportunidad de perfeccionarse en el
francés, que ya conoce bien.
Ralph frunció un tanto el entrecejo y dijo:
- Parecen unos planes un tanto áridos y algo
aburridos, aun a pesar de que le permitas escoger dos países de su gusto.
La madre se echó a reír y dijo:
- Pues, si parecen áridos no tienes más que dejar que
Isabel se encargue de remediarlo. Ella se basta y se sobra porque es como la
lluvia en pleno verano. -¿Quieres decir que es un ser extraordinario?
- No sé si es o no un ser extraordinario; sé que es
una muchacha muy inteligente, de una fuerte voluntad y de un gran temperamento.
Y no sabe qué es el aburrimiento.
- Ya me lo imagino -dijo Ralph. Y añadió
bruscamente-: ¿Cómo os lleváis las dos? -¿Quieres decir con eso que soy una
pesada? No creo que ella piense tal cosa. Ya sé que algunas muchachas lo creen,
pero Isabel es demasiado inteligente para ello. Por el contrario, me parece que
la entretengo mucho. Nos llevamos perfectamente porque creo com- prenderla,
porque sé qué clase de muchacha es. Isabel es una muchacha franca, yo también
soy franca, y las dos sabemos perfectamente lo que cada una puede esperar de la
otra.
- Mi querida mamá -exclamó Ralph-, uno sabe siempre
lo que puede esperar de ti. A mí no me has sorprendido más que una voz, y ha
sido precisamente hoy, haciéndome el regalo de una preciosa prima cuya
existencia ignoraba por completo. -¿Tan guapa te parece?
- Muy guapa, sin duda, pero no hay por qué insistir
en tal cualidad. Lo que más me llama la atención en ella es que parece tener
verdadera personalidad. ¿Quién es y qué es esa criatura tan rara? ¿Dónde la
encontraste y cómo tuviste la suerte de conocerla?
- La encontré en una vieja casa de Albany, sentada en
un cuarto triste en un día de lluvia, leyendo un librote enorme y aburriéndose
mortalmente. Ella no se daba cuenta de que se aburría, pero, cuando la dejé, no
me cupo la menor duda de que me quedaba muy agradecida por el favor que le
había hecho… Ya me figuro que me dirás que no debía espabilarla… que debí
dejarla en paz. Tal vez eso sea razonable, pero yo actué con plena conciencia
de lo que hacía, porque se me antojó que ella estaba destinada a algo mucho
mejor. Y entonces pensé que sería una buena obra por mi parte llevármela a
viajar y hacerle conocer el mundo. Ella piensa que conoce mucho de él, pero le
pasa lo que a la mayoría de las muchachas norteamericanas, que está
ridículamente engañada. Si quieres saberlo, pensé que llegaría a sentirme
orgullosa de ella. Yo deseo que piensen bien de mí, y para una mujer de mi edad
no hay en cierto modo nada tan conveniente como una sobrina interesante y
bonita. Ya sabes que durante muchos años no quise saber nada de los hijos de mi
hermana, pues no estaba en absoluto de acuerdo con la conducta del padre. Pero
siempre tuve el propósito de hacer algo por ellos el día en que él recibiese su
merecido. Así pues, antes me enteré del lugar donde podría hallarlos y, sin más
preámbulos, fui y me presenté yo sola. Hay dos hijas más, las dos casadas, pero
no pude ver más que a la mayor, cuyo marido es por lo demás un hombre bastante
mal educado. Su esposa, que se llama Lily, se entusiasmó con mi idea de
encargarme de Isabel y dijo que eso era precisamente lo que su hermana
precisaba…, que alguien se interesase por ella. Habló de Isabel como si se
refiriera a una joven muy dotada, pero falta de ayuda y de aliento. Es posible
que Isabel sea un genio, pero en tal caso no he llegado a saber todavía en qué
sentido lo es. La señora Ludlow estaba verdaderamente entusiasmada con mi
proyecto de traerla a Europa, pues allí todos consideran Europa una tierra
donde emigrar, una especie de refugio para su exceso de población. Isabel pareció
también entusiasmada con la idea de venir, de manera que la cosa no ofreció la
menor dificultad y todo se pudo arreglar de la forma más fácil del mundo. Sólo
había una pequeña dificultad, y era lo relativo al dinero, pues Isabel parecía
no querer estar sometida a dependencia pecuniaria alguna, aunque posee una
pequeña renta y se figura que viaja a sus propias expensas.
Ralph había prestado atención a tan sensata
información, que no hizo que disminuyera su interés. Luego dijo: -¡Ah!, pues,
si es un genio, no hay duda de que averiguaremos en qué sentido lo es. ¿No lo
será tal vez para el flirteo?
- No me lo parece. Al principio es posible sospechar
tal cosa, pero sería un error. Te aseguro que así como así no podrás llegar a
conocerla.
- Pues, entonces -exclamó Ralph con regocijo-,
Warburton se equivoca lamentablemente, porque se vanagloria de haber hecho tal
descubrimiento.
La madre, moviendo la cabeza, respondió:
- Lord Warburton no podrá comprenderla, y no tiene
por qué intentarlo.
- Es un hombre muy inteligente, pero no le vendrá mal
tener de vez en cuando algo de qué atormentarse y preocuparse.
- A Isabel le encantará poder intranquilizar a todo
un lord -dijo la señora Touchett.
Y el hijo, frunciendo el ceño, replicó:
- Pero ¿qué sabe ella de lords ni cosas por el
estilo?
- Absolutamente nada. Eso es precisamente lo que más
le perturbará a él.
Acogió Ralph tales palabras con una sonora carcajada
y luego miró hacía el exterior por la ventana. -¿No bajas a ver a mi padre?
-preguntó.
- A las ocho menos cuarto -respondió la señora
Touchett. Ralph consultó su reloj e insinuó:
- Aún te queda un cuarto de hora. Bueno, dime algo
más sobre Isabel. -Pero como la señora Touchett se negó a complacerle,
diciéndole que debía averiguarlo por sí mismo, él prosiguió-: No hay duda de
que te da prestigio, pero ¿no temes que te dé también algún quebradero de
cabeza?
- Espero que no, pero, si lo hiciera, no creas que
voy a tratar de zafarme. No lo he hecho nunca, ni lo haría ahora.
- A mí me parece una muchacha muy natural en todo
-replicó su hijo.
- Pues la gente natural no es la que da más
quebraderos de cabeza.
- Cierto -dijo Ralph-; tú eres una prueba de ello. Tú
eres extraordinariamente natural y estoy seguro de que nunca le has ocasionado
a nadie la menor molestia. Causar molestias da trabajo. Pero dime, se me acaba
de ocurrir: ¿Isabel es capaz de hacerse antipática? -¡Ah! Eso es demasiado
preguntar -contestó su madre-. Averígualo tú mismo. Pero Ralph no había acabado
con el repertorio de preguntas, así que dijo:
- Desde que estamos conversando no se te ha ocurrido
decirme qué piensas hacer con ella. -¿Qué pienso hacer con ella? Hablas como si
se tratase de una vara de percal. Yo no pienso hacer absolutamente nada, y ella
hará lo que mejor le parezca. Así me lo ha hecho saber.
- Entonces, ¿qué querías decir en tu telegrama con
aquello de que era de carácter independiente?
- Yo no sé nunca lo que quiero decir en mis
telegramas… sobre todo en los que envío desde América. La claridad resulta
demasiado cara. Bueno, vamos a ver a tu padre.
- No son todavía las ocho menos cuarto -dijo Ralph.
- Pero debo aliviar su impaciencia -contestó la
señora Touchett.
Ralph sabía perfectamente a qué atenerse con respecto
a la impaciencia de su señor padre, pero no quiso replicar y se limitó a
ofrecerle el brazo a su madre para bajar.
Esto le permitió detenerse un momento con ella en el
rellano de la escalera… de aquella suntuosa escalera ancha y corta, de macizas
barandillas de roble ennegrecidas por el tiempo y que era una de las
características mías sobresalientes de la mansión de Gardencourt. Allí, Ralph
dijo sonriendo: -¿No se te ha ocurrido la idea de casarla? -¿Casarla? Por nada
del mundo quisiera hacerle esa mala jugada. Por lo demás, ella puede
perfectamente casarse, si ése es su gusto. Para ello tiene cuantas facilidades
pueda apetecer. -¿Quieres decir que ya tiene marido en perspectiva?
- Por lo que a marido hace, no sé; pero parece que un
joven de Boston…
Sin embargo, Ralph no deseaba oír hablar del joven de
Boston, de modo que comentó:
- Bien dice mi padre que todas están siempre
comprometidas.
Su madre le había insinuado que, para satisfacer su
curiosidad, debía beber en la propia fuente, y pronto se hizo evidente que no
le faltarían ocasiones de hacerlo. Así, cuando él y la joven se quedaron solos
en el salón, tuvo con ella una larga e interesante charla. Antes de la comida,
lord Warburton, que había hecho un viaje de unas diez millas a caballo desde su
propia mansión, montó de nuevo en la silla y se marchó a trote largo; y, una
hora después de terminada la comida, el señor y la señora Touchett, que
parecían haber agotado todo tema de conversación, se retiraron, con el pretexto
del cansancio, a sus respectivas habitaciones.
En cambio, el joven se quedó todavía una hora más
hablando con su prima, la que, a pesar de haber estado medio día viajando, no
daba señales de agotamiento. Cierto que estaba cansada; bien lo sentía ella,
como igualmente sentía que al día siguiente lo habría de pagar con creces, pero
en esa época había adquirido la costumbre de soportar la fatiga hasta extremos
insospe- chados y de no confesarlo hasta que ya no le era materialmente posible
disimularlo. De momento era posible proceder con exquisita hipocresía, pues
estaba profundamente interesada en la conversación y, como se decía a sí misma,
se sentía como suspendida, flotando en el aire. Rogó a Ralph que le mostrase
los cuadros, tan abundantes en la casa y muchos de los cuales habían sido
seleccionados por él mismo. Los mejores de la colección estaban colgados en una
galería de madera de roble, de nobles proporciones, que por lo general estaba
alumbrada por la noche y en cuyos dos extremos había dos saloncitos de estar.
La luz era demasiado escasa para hacer honor a los
cuadros y la visita podría haberse aplazado hasta el día siguiente, y así se
atrevió a sugerirlo Ralph; pero Isabel pareció contrariada y decepcionada y,
con la mejor de sus sonrisas, dijo:
- Si no tiene inconveniente, me gustaría echarles
aunque sólo sea un vistazo.
Estaba ansiosa por verlos, sabía que lo estaba y
parecía estarlo, pero no le era posible evitarlo. Ralph dijo para sí: «Por lo
visto no atiende a las insinuaciones que se le hacen». Lo pensó sin irritación,
más bien complacido e interesado por la insistencia de la muchacha. De trecho
en trecho, sobresalían de las paredes unas ménsulas que sostenían las lámparas,
y si la iluminación era imperfecta, su resultado era pasmoso. La luz daba en
las superficies indistintas de ricos colores y en los ya desvanecidos dorados
de los gruesos marcos de talla, y hacía brillar el encerado piso de la galería.
Ralph tomó un candelabro y empezó a mostrarle a Isabel las cosas que eran más
de su gusto. Ella fue mirando con la mayor atención las pinturas una tras otra,
subrayando su opinión con pequeñas exclamaciones y murmullos. Se hacía evidente
que era juez competente en la materia y que tenía un gusto verdaderamente
refinado, cosa que a Ralph le impresionó. Tomó ella otro candelabro y lo acercó
a este y a otro cuadro detenidamente, levantándolo hacia la parte alta de tal o
cual pintura… y, mientras lo hacía, él se dio cuenta de que estaba plantado en
medio de la sala, mirando también con profunda atención, pero no a los cuadros
sino a ella. A decir verdad, no perdió nada con semejante contemplación, pues
ella era mucho más digna de admiración que la mayor parte de aquellas obras de
arte. Era indiscutiblemente delgada, probablemente liviana y evidentemente
alta. Cuando quienes las conocían intentaban distinguir a Isabel de sus otras
dos hermanas, la llamaban la esbelta. En las demás mujeres había llegado a
suscitar enconada envidia su cabellera, tan oscura que era casi negra; y sus
claros ojos grises, quizá demasiado firmes en los momentos más graves, tenían
una suave mirada condescendiente. Primo y prima fueron paseando de un extremo a
otro de la galería hasta que, al cabo de un rato, ella dijo:
- Bueno, ya sé más de lo que sabía cuando empezamos.
- Por lo visto, el saber te apasiona -dijo su primo.
- Así lo creo. La mayoría de las muchachas son
terriblemente ignorantes.
- Pero tú eres distinta de la mayoría.
- Y muchas de ellas también lo serían… aunque tal
como se les suele hablar… - murmuró Isabel, que prefería no concentrarse en
misma. Y, para cambiar de conversación, añadió-: Dime, ¿no hay aquí fantasmas?
-¿Fantasmas?
- Sí, algo así como un espectro del castillo, algo
que se aparece. En América les llamamos duendes.
- Y aquí también, cuando los vemos.
- Entonces, ¿los veis? No hay duda de que habéis de
verlos en esta vieja casa tan romántica.
- No tiene nada de romántica -dijo Ralph-. Si así lo
crees, te vas a llevar un gran desengaño. Es una casa tristemente prosaica.
Aquí no hay más romanticismo que el que puedas haber traído contigo.
- Indudablemente he traído mucho, pero creo que lo he
traído al sitio más conveniente.
- Más conveniente para que no corra ningún peligro,
no hay duda. Nada malo podrá aquí ocurrirle por parte de mi padre o por la mía.
Después de mirarle un momento, Isabel le preguntó: -¿Siempre estáis solos aquí
tu padre y tú?
- Naturalmente, está también mi madre. -¡Ah! Tu
madre, la conozco perfectamente. No es nada romántica. ¿No hay nadie más?
- Unas pocas personas.
- Pues lo siento, porque me gusta mucho ver gente.
- Entonces invitaremos a toda la del condado para que
te entretengan -dijo Ralph.
- Te estás burlando de mí -contestó ella con aire
algo grave-. ¿Quién es el caballero que estaba con vosotros cuando yo llegué?
- Un vecino del condado. No viene mucho por aquí.
- Lo siento, porque me resultó simpático -dijo
Isabel. -¡Vaya! Si me pareció que apenas le dirigiste la palabra -observó
Ralph.
- Eso no importa, me gustó de todos modos. También me
gusta mucho tu padre.
- Es lo mejor que podría ocurrirte, porque es el
hombre más amable del mundo.
- Me apena mucho que esté enfermo -dijo Isabel.
- Podrás ayudarme a cuidarle; debes de ser buena
enfermera.
- No lo creo; me han dicho que no lo soy. Dicen que
tengo demasiadas teorías. Pero, ahora que caigo, todavía no me has dicho nada
del fantasma.
Ralph no hizo caso de tal insinuación y comentó:
- Si te gustan mi padre y lord Warburton, tengo por
seguro que también te gusta mi madre.
- Así es; tu madre me gusta mucho porque… porque…
-Isabel trató de definir con claridad la razón del afecto que sentía por la
señora Touchett. -¡Bah! Nunca sabemos por qué nos gusta alguien -dijo él
riendo. Pero ella contestó:
- Yo siempre sé por qué. Es porque ella no espera
gustar a los demás. No le importa gustar o no gustar.
- Entonces, ¿tú la adoras, por pura travesura? Si es
así, me alegro, porque yo me parezco mucho a ella. -No lo creo, en absoluto. A
ti te gusta agradar a los demás y haces lo necesario para lograrlo. -¡Santo
Dios! Qué bien calas a las personas -exclamó Ralph con una consternación que
no. era fingida.
- Pero me resultas igualmente simpático. La mejor
manera de confirmarme en ello será mostrarme el fantasma.
Ralph movió la cabeza con escepticismo.
- Aunque te lo mostrase, no podrías verlo. No todos
tienen ese privilegio, cosa por lo demás nada envidiable. Jamás lo vio una
persona joven, inocente y feliz como tú. Uno tiene que haber sufrido antes,
haber sufrido profundamente, y de tal suerte haber adquirido un triste
conocimiento. Así es como los ojos de uno pueden abrirse a la visión del
fantasma. Yo lo vi hace mucho tiempo.
- Ya te he dicho que me muero por adquirir
conocimientos -dijo Isabel.
- Sí, me doy cuenta, por conocer cosas agradables.
Pero tú no has sufrido y tampoco estás hecha para el sufrimiento. Así, confío
en que nunca llegarás a ver al duende.
Había estado ella escuchándolo atentamente con una
dulce sonrisa en sus labios, pero con mirada grave y reflexiva. Aunque a él le
había parecido encantadora, también le dio la impresión de ser algo
presuntuosa, en lo cual residía precisamente parte de su encanto. Esperó la
contestación de la muchacha.
- Ya sabes que no tengo miedo -dijo ella. Y a Ralph
esa frase se le antojó harto presuntuosa. -¿De sufrir? ¿No tienes miedo de
sufrir?
- De sufrir, sí; pero no de los fantasmas. Opino que
la gente sufre con demasiada facilidad.
- No creo que pienses eso -dijo Ralph mirándola
fijamente, con las manos en los bolsillos.
- No creo que eso sea un defecto -respondió ella-. No
es absolutamente necesario sufrir. No estamos hechos para eso.
- Tú seguramente no.
- No hablo de mí misma -dijo ella y se alejó unos
pasos.
- De acuerdo, no es un defecto -replicó el primo-.
Ser fuerte es un gran mérito.
- Pero si una no sufre, la gente la califica de dura.
A través del saloncito, por donde habían pasado al
dejar la galería, llegaron al vestíbulo y se detuvieron allí al pie de la
escalera. Ralph, tomando un candelabro de un nicho, se lo ofreció a su prima,
diciéndole al mismo tiempo:
- No te impone lo que puedan decir de ti, porque
cuando uno sufre, le llaman idiota. Lo que importa es ser lo más dichoso
posible.
Le miró ella un momento, al punto que ponía el pie en
el primer peldaño de roble, y dijo:
- A eso es precisamente a lo que he venido a Europa,
a ser lo más dichosa posible.
Buenas noches.
- Buenas noches. Te deseo un gran éxito en tu empeño
y será para mí una gran satisfacción contribuir a ello cuanto pueda.
Le volvió ella la espalda y él la contempló mientras
subía poco a poco los bruñidos escalones. Y, metiéndose de nuevo las manos en
los bolsillos, regresó al vacío y semioscuro saloncito próximo a la galería.
6
Isabel Archer era una muchacha de imaginación
sumamente viva, que profesaba múltiples teorías. Por suerte, poseía una
inteligencia muy superior a la de la mayoría de la gente entre la que le cupo
nacer, percibía con mayor amplitud la naturaleza de los hechos y realidades que
la circundaban y, sobre todo, sentía una mayor preocupación por adquirir
conocimientos de las cosas poco corrientes. De tal modo, que sus contemporáneos
la consi- deraban una joven de gran profundidad, pues esas nobles gentes nunca escatimaban
su admiración por la riqueza intelectual que ellos nunca cultivaban, y hablaban
de Isabel como si fuera un prodigio de cultura, que además había leído a los
clásicos… traducidos.
Su tía paterna, la señora Varian, hizo correr un día
la voz de que su sobrina estaba escribiendo un libro… pues ella, que sentía una
gran veneración por los libros, estaba convencida de que la muchacha llegaría a
distinguirse notablemente como escritora. La señora Varian tenía un alto
concepto de la literatura, a la que apreciaba con la estimación que acompaña a
un sentimiento de privación. Su gran casa, notable por su conjunto de mesas de
mosaico y techos decorados, carecía de biblioteca, y en calidad de volúmenes
impresos no contenía nada más que media docena de novelas en rústica en la
habitación de una de las señoritas Varian. En realidad, la relación de la
señora Varian con la literatura se reducía a su lectura del The New York
Interviewer, pues, como ella decía, y no sin razón, una vez que se ha leído el
Interviewer se ha perdido la fe en la cultura. De tal suerte, procuraba guardar
tal publicación fuera del alcance de sus hijas, pues estaba decidida a
educarlas convenientemente y, así, no leían absolutamente nada. Su impresión
acerca de los trabajos de Isabel no pasaba de ser pura fantasía, ya que la
muchacha no había intentado jamás escribir un libro y no aspiraba en absoluto a
ceñirse los laureles de gloria del autor. Ella carecía sin duda de ca- pacidad
para expresarse, y no creía ser un genio, pero pensaba que estaban en lo cierto
quienes la trataban como si fuera realmente superior a ellos. Lo fuera o no,
quienes la admiraban por creerla superior estaban en su perfecto derecho. Por
su parte, a ella se le antojaba que su inteligencia era más rápida que la de
los demás, y eso le producía una impaciencia que podía confundirse con un
sentimiento de superioridad. Así pues, puede afirmarse que Isabel pecaba,
seguramente, de excesiva estimación por sí misma; se complacía con frecuencia
en contemplar su propia manera de ser y solía dar por sentado, a pesar de la
falta de pruebas, que tenía razón, lo que la inducía a tributarse a sí misma el
homenaje de la propia admiración. No obstante, sus errores y decepciones eran
de la índole de esos que todo biógrafo interesado en preservar la dignidad del
sujeto biografiado debe guardarse de especificar. Sus ideas eran un embrollo de
vagos sistemas que no había corregido el buen juicio de personas bien
informadas. En cuestión de opiniones seguía su propio impulso, lo que la había
conducido ya por mil ridículos extravíos, zigzags y vericuetos. A veces
descubría ella sola que estaba grotescamente equivocada y, entonces, pasaba
toda una semana dedicada a humillarse apasionadamente, después de lo cual
reaparecía con la cabeza más erguida que nunca, pues… no había nada que hacer…
la joven sentía un insuperable deseo de tener buena opinión de sí misma.
Profesaba la teoría de que únicamente así valía la pena vivir, que una debía
figurar entre las mejores, tener conciencia de una buena organización (no le
era posible pensar que su organización no fuera la mejor del mundo), moverse
siempre dentro de un haz luminoso de sabiduría natural, de impulso feliz, de
inspiración graciosamente perenne. Le parecía casi tan innecesario e
inexcusable dudar de sí misma como dudar del mejor de los amigos, pues cada uno
debería tratar de ser su propio amigo y, de tal suerte, proporcionarse a sí
mismo la mejor compañía.
Sin duda alguna, la muchacha poseía cierta nobleza de
imaginación que le otorgaba no pocos favores, pero que también le jugaba no
pocas malas pasadas. La mitad del tiempo lo pasaba pensando en la belleza, el
valor y la magnanimidad, y estaba resuelta a contemplar el mundo como un lugar
de brillantez, de libre expansión, de acción irresistible, concluyendo por
consiguiente que nada había tan detestable como el sentir miedo o vergüenza.
Tenía una confianza ilimitada en que nunca haría nada que estuviera mal hecho.
Cuando alguna vez había descubierto sus propios sentimientos equivocados
(descubrimiento que la hacía temblar como si hubiese logrado zafarse de una
trampa donde habría podido quedar atrapada y ahogada) se había enojado tanto
que la simple posibilidad de causar semejante dolor a otra persona, aunque sólo
fuera accidentalmente, la hacía quedarse sin aliento, porque eso se le antojó
siempre lo peor que pudiera acontecerle. En conjunto, cuando reflexionaba
detenidamente, no experimentaba titubeo ni incertidumbre alguna acerca de lo
que estaba mal. No le gustaba la apariencia de las cosas que no estaban bien y,
cuando las miraba con atención, las reconocía en el acto. Le parecía mal ser
mezquino, celoso, falso, cruel. No había visto gran cosa de las maldades del
mundo, pero si algunas mujeres que mentían y trataban de hacerse daño
recíprocamente. Y el verlo irritaba de tal modo a su espíritu elevado, que le
parecía indecoroso no denigrarlas. Por supuesto, el peligro que acecha al
espíritu elevado, es el de ser incongruente… de seguir con la bandera izada,
sin querer arriarla ni aun después de haberse rendido la plaza, un proceder tan
avieso que casi resultaba un deshonor para la misma bandera. Mas Isabel, poco
familiarizada con la clase de artillería a que suelen estar expuestas las
jóvenes, se vanagloriaba haciéndose la ilusión de que nunca tales
contradicciones estarían presentes en su conducta. Su vida iba a estar siempre
en armonía con las impresiones más gratas que ella produciría; ella sería lo
que aparentaba y aparentaría lo que era. A veces llegaba hasta el extremo de
desear encontrarse algún día en una situación difícil a fin de poder estar a la
altura de las circunstancias mostrándose tan heroica como lo exigiera la
ocasión. De tal suerte, habida cuenta de su escasa sabiduría, sus exaltados
ideales, su confianza a un tiempo inocente y dogmática, su mezcla de curiosidad
y exigencia, de indiferencia y vivacidad, su anhelo de parecer estimable y de
ser mejor aún si cabía, su decisión de ver, de probar, de conocerlo todo, su
combinación de espíritu delicado, vivo y poco metódico y de criatura vehemente
y de condición elevada, Isabel podría ser víctima de una crítica científica por
parte del lector, si no fuera destinada a suscitar en él un impulso más condescendiente,
más expectante y benévolo.
Una de las teorías predilectas de Isabel Archer era
la de que tenía suerte al ser independiente, y que debía hacer un uso
inteligente de ese estado, al cual no llamó jamás estado de soledad ni mucho
menos de aislamiento ya que tales descripciones se le antojaban poco
convincentes y podían ser remediadas con sólo hacerle caso a su hermana Lily,
quien le suplicaba de continuo que fuese a verla y a vivir con ella. Tenía
Isabel una amiga a la que había conocido poco antes de la muerte de su propio
padre y a la que consideraba siempre un verdadero modelo por el ejemplo de
actividad útil que con su vida ofrecía. Henrietta Stackpole, que así se llamaba
la amiga, gozaba de la ventaja de poseer una habilidad definida.
Se había lanzado de lleno al periodismo, y sus
crónicas al Interviewer desde Washington, desde Newport, desde las White
Mountains y otros lugares le dieron un prestigio universal. Calificaba Isabel
tales crónicas de «efimeras», lo cual no obstaba para que experimentase la más
alta estimación por el valor, la energía y el buen humor de aquella escritora
que, sin influencias, medios de fortuna ni parientes, había adoptado a tres
hijos de su hermana enferma y viuda, y con el producto de sus trabajos literarios
les pagaba la educación en los colegios a que asistían. Henrietta se hallaba de
lleno en la vía del progreso y tenía opiniones tajantes acerca de la mayor
parte de los asuntos. Desde hacía tiempo albergaba el gran anhelo de poder
embarcarse para Europa y enviar una serie de crónicas al Interviewer desde un
punto de vista avanzado… empeño tanto más fácil para ella cuanto que conocía
perfectamente de antemano cuáles serían sus opiniones y las innumerables
críticas que suscitaban la mayor parte de las instituciones europeas. De modo
que, al enterarse de que Isabel partía para Europa, ella quiso zarpar también
para el Viejo Mundo, pensando que sería una verdadera delicia el poder hacer
juntas el viaje; pero hubo de postergar la realización de su proyecto. La escritora
consideraba a Isabel un ser extraordinario y había hablado encubiertamente de
ella en algunas de sus crónicas, aunque había tenido siempre buen cuidado de no
decírselo a su amiga, a quien no le habría agradado y que no era lectora asidua
del Interviewer. Para Isabel, Henrietta era la prueba fehaciente de que una
mujer podía bastarse a sí misma y ser com- pletamente feliz. Sus recursos eran
corrientes, pero, como la misma Henrietta solía decir, aunque una no tuviera
talento periodístico ni el genio de adivinar lo que el público iba a desear, no
por eso debía conformarse, creer que carecía de vocación y de aptitudes
provechosas, y resignarse a ser frívola y vacía. Por su parte, Isabel estaba.
firmemente decidida a no ser vacía ni frívola. Todo era cuestión de esperar,
con la seguridad de que, si una sabía hacerlo con la paciencia conveniente,
acabaría por hallar al alcance de la mano la tarea satisfactoria. Ni qué decir
tiene que, entre las varias teorías de la joven, figuraba una " surtida
colección de ideas sobre el tema del matrimonio. La primera era su
convencimiento de la vulgaridad que entrañaba el pensar demasiado en ello.
Anhelaba con fervor el verse liberada de pensar con vehemencia en tal cosa, y
sostenía que una mujer debe poder vivir por sí y para sí, libre de toda
insustancialidad, y que era del todo posible ser feliz sin la obligada compañía
de una persona del otro sexo, de mentalidad más o menos tosca. Tales
aspiraciones se realizaron totalmente. Había en ella algo realmente puro y
orgulloso… -algo que un desdeñado. pretendiente con proclividades analíticas
habría calificado de seco y duro…- que hasta ahora la había mantenido;
desinteresada de cualquier vana conjetura sobre el tema de los posibles
maridos. De los hombres que veía, muy pocos le parecían merecedores de un gasto
de tiempo, y le hacía reír el hecho de que alguno de ellos se presentase a sí
mismo como un incentivo para la esperanza y una recompensa a la paciencia. En
lo más profundo de su alma se arraigaba la creencia de que, si una luz
determinada alboreaba en su vida, ella se entregaría por entero a ella. Sin
embargo, tomada en conjunto, tal imagen era demasiado imponente para ser
atractiva. Los pensamientos de Isabel revoloteaban en torno a esta idea, si
bien no se posaban nunca por mucho tiempo en ella; y cada vez que lo hacía,
acababa por producirle alarma. A menudo le parecía que se preocupaba demasiado
de sí misma; y a tal extremo era así que, en cualquier momento de cualquier
época del año, para verla enrojecer hasta la raíz del cabello hubiera bastado
con llamarla egoísta empedernida. Pasaba la vida haciendo planes para su
perfeccionamiento espiritual y observando sus progresos. Con todo y con su
engreimiento, su manera de ser poseía cierta cualidad de jardín, de la que se desprendía
una sugerencia de perfume y de ramaje rumoroso, de umbrosas glorietas y pers-
pectivas lejanas que le hacían pensar que, al fin y al cabo, la introspección
venía a ser como un ejercicio al aire libre y que la visita a los lugares más
recónditos del alma resultaba inofensiva si se tenía la suerte de regresar de
ellos con las manos llenas de rosas. Pero con frecuencia se veía obligada a
recordar que en el mundo existían otros jardines además del de su alma
maravillosa, y que existían muchos otros lugares que, lejos de ser jardines, no
eran sino terrenos pantanosos y pestilentes en los que crecía y se desarrollaba
una tupida vegetación de miseria y fealdad. En el caudal de esa provechosa
curiosidad en que su espíritu había estado flotando y que la había llevado
hasta la hermosa y vieja Inglaterra y pudiera tal vez conducirla mucho más
allá, le ocurría con frecuencia contener el paladeo de su felicidad pensando en
los miles de personas que eran menos dichosas que ella… una idea que de pronto
hacía que su madura introspección pareciera inmodesta. Así, ¿qué podría una
hacer para paliar las desgracias del mundo cuando estaba absorbida por el
proyecto de lograr lo agradable para sí misma? Sin embargo, hay que rendir
culto a la verdad confesando que semejante preocupación nunca la embargó en
demasía ni durante mucho tiempo. Era todavía demasiado joven, experimentaba un
ansia incontenible de vivir y desconocía casi por completo el dolor. Y se
aferraba cada vez más a su teoría de que una joven, a la que todos sin
excepción consideraban inteligente, debía comenzar por adquirir una impresión
general de la vida. Semejante impresión le parecía necesaria a fin de evitar
errores y, una vez lograda, podría dedicar especial atención a considerar la
triste condición de los demás.
Inglaterra fue una verdadera revelación para ella, y,
al verse allí, se dio cuenta de que estaba tan entretenida como un chico ante
una pantomima. En sus infantiles excursiones a Europa no había visto sino el
continente, y ello sólo a través de las ventanas de su cuarto de niña. En tales
viajes, la Meca de su padre había sido siempre París y no Londres y, como es
natural, las niñas no habían tenido acceso a lo que a él le interesaba en la
capital francesa. Además, las imágenes que le quedaban de semejante época se
habían hecho débiles y remotas, y así esa extraña cualidad de Viejo Mundo que
impregnaba todo cuanto veía tenía para ella el encanto de algo desconocido y
misterioso. La casa de su tío le parecía una pintura hecha realidad. No se le
escapaba refinamiento alguno de cuanto era agradable; de modo que aquella rica
perfección de la mansión de Gardencourt no sólo le revelaba todo un mundo
ignorado sino que venía a satisfacerle una verdadera necesidad. Las amplias
habitaciones de techos oscuros y rincones sombríos, los gruesos alféizares y
curiosos marcos de las ventanas, la suave penumbra, los zócalos brillantes, la
verde vegetación del jardín, que parecía asomarse al interior, el orden
riguroso de lo puramente privado en medio de la «propiedad» - lugar en que todo
sonido venía a ser como un feliz accidente, donde hasta la pisada más leve
parecía amortiguada por la tierra misma, y cuyo aire suave eliminaba toda
fricción y estridencia en la conversación-, todo ello era muy del gusto de la
joven, y nada ejercía tanta influencia sobre sus emociones como su gusto. Así,
nada de extraño tiene que se hiciera gran amiga de su tío y fuera a sentarse en
compañía de él cuando le llevaban su sillón al césped. Allí se pasaba él las
horas muertas al aire libre, sentado y con las manos cruzadas como un amable y
buen dios doméstico, un dios servicial que hubiese realizado su tarea, recibido
su remuneración y quisiera tan sólo ir consumiendo semanas y meses hechos de
días festivos. Isabel le entretenía mucho más de lo que ella se figuraba… pues
el efecto que solía producir en la gente era casi siempre muy distinto del que
suponía… y a menudo se daba él el gustoso placer de hacerla charlar. Con ese
vocablo solía él calificar la conversación de su sobrina, conversación que tenía
la misma cualidad incisiva de la de las jóvenes norteamericanas, a las que
suele hacérseles más caso que a sus hermanas de los otros países. Con Isabel se
había hecho lo mismo que con la mayoría de las muchachas en Norteamérica,
alentarla a expresar su pensamiento; se habían tomado en consideración sus
observaciones, se había esperado de ella que experimentase emociones y tuviera
opiniones propias. No hay duda de que muchas de sus opiniones carecían de
verdadero valor, de que muchas de sus emociones se diluían al exteriorizarlas,
pero, aun así, habían influido en ella acostumbrándola, por lo menos, a
aparentar que sentía y pensaba, habían dotado a sus palabras, cuando algo la
conmovía, de esa presteza y vivacidad que muchos habían considerado señal indiscutible
de superioridad.
El señor Touchett pensaba a veces que le recordaba a
su esposa cuando frisaba en los veinte años, pues precisamente fue por ser ella
fresca y natural, de rápida comprensión y de palabra fácil -cualidades que en
su sobrina se acusaban igualmente- por lo que en aquel entonces se enamoró él
de la señora Touchett. Sin embargo, jamás se aventuró a comunicarle a la joven
tal analogía, ya que, si la señora Touchett tuvo una época en que se pareció a
su sobrina, Isabel no se parecía en nada a la señora Touchett.
El anciano era todo bondad con la joven. Como el
declaraba, hacía ya mucho tiempo que no se había sentido en la casa el aleteo
de una vida joven; y, de tal modo, nuestra heroína, siempre activa y
bulliciosa, de bien timbrada voz, le resultaba tan grata a sus sentidos como el
murmullo del agua que corre. Estaba deseoso de hacer algo por ella y quería que
ella se lo pidiera, pero ella no pedía nada y se limitaba a hacer preguntas, si
bien en cantidad considerable. Su tío tenía siempre respuestas para todo, aunque,
a decir verdad, algunas veces la insistencia de Isabel le desconcertaba. Ella
no se cansaba de preguntarle acerca de Inglaterra, de la Constitución inglesa,
del carácter británico, de la situación política, de las maneras y costumbres
de la familia real, de las particularidades de la aristocracia, del modo de
vivir y pensar de sus vecinos; y, al solicitar que la informase acerca de tales
cuestiones, inquiría si los datos que le proporcionaba coincidían con lo
descrito en los libros. Antes de responderle, el anciano la miraba siempre con
su fina sonrisa, al tiempo que extendía sobre sus piernas la suave manta de la
que nunca se separaba. -¿Los libros? -dijo en cierta ocasión-. La verdad, yo sé
poco de libros, para eso tienes que preguntarle a Ralph. Yo me he guiado
siempre por mí mismo.., me he procurado mis datos en la forma natural. No hago
nunca demasiadas preguntas; callo y escucho. Desde luego, he tenido buenas
oportunidades… mejores que las que pueda tener una joven, naturalmente. Aunque
no te darías cuenta de ello por mucho que llegaras a observarme, tengo un
temperamento sumamente curioso e inquisitivo. Y, por mucho que me observes,
mucho más te observaré yo a ti. Durante más de treinta años he estado
observando a la gente y no tengo reparo en asegurar que he adquirido acerca de
ella un conocimiento insuperable. En conjunto, éste es un país verdaderamente
admirable, acaso mucho más de lo que solemos considerarlo en el otro lado.
Claro que es susceptible de muchas mejoras que me agradaría ver adoptadas, pero
aquí no parece considerarlas necesarias. Sin embargo, cuando hay alguna
necesidad que todos sienten, se las arreglan para satisfacerla, pero lo cierto
es que hasta que lo logran, parece que la espera les resulta cómoda. Por mi
parte, he de confesar que me siento mucho más a gusto entre ellos de lo que al
principio me figuré. Tal vez se deba esto a que he tenido bastante éxito en mis
negocios, pues, cuando se tiene éxito uno se siente más a gusto y como en su
propio país. -¿Cree usted que, si yo tuviera también éxito, me sentiría como en
mi país? -preguntó Isabel.
- Lo creo muy probable, y, por lo demás, estoy seguro
de que tendrás éxito. Aquí gustan mucho las jóvenes americanas, se muestran muy
amables con ellas. Pero no te sientas demasiado como en casa, no lo olvides.
- ¡Oh! No estoy muy segura de que ello pueda satisfacerme
-recalcó Isabel con sensatez-. Me gusta mucho el país, pero no estoy segura de
que la gente me llegue a gustar.
- Aquí la gente es buena, sobre todo si le gustas.
- No dudo de que lo sea -replicó Isabel-, pero,
¿saben ser agradables en sociedad? Ya sé de sobra que no me van a robar ni a
pegar, pero ¿se mostrarán agradables? Esto es lo que me gusta que la gente
haga, y no dudo en decirlo porque sé apreciarlo siempre. No creo que sean aquí
muy amables con las muchachas, por lo menos en las novelas no lo son.
- No entiendo absolutamente nada de novelas -dijo el
señor Touchett-. Creo que están escritas con gran habilidad, pero me figuro que
no son del todo exactas. Una vez estuvo pasando una temporada con nosotros una
señora que escribía novelas. Era amiga de Ralph y él la invitó a venir. Era una
mujer muy positiva en todo y para todo, pero no podía uno fiarse de ella en lo
tocante a reflejar la realidad. Me imagino que tenía demasiada imaginación.
Poco después publicó una obra en la que pretendía haber hecho el retrato -más
bien caricatura, podría decirse- de mi pobre persona. Yo no lo leí, pero Ralph
me entregó el libro con los pasajes más importantes subrayados por él. Éstos
constituían un intento de reflejar mi conversación, y todo eran cosas
americanas, acento nasal, ideas yanquis, estrellas y barras. Te aseguro que no
era nada exacto; por lo visto no se había molestado en escucharme bien. Yo no
tenía nada que oponer a que ella describiese mi conversación, si ése era su
gusto, pero no podía agradarme que no se hubiese molestado siquiera en
escucharla. Que hablo como un americano, es indudable; naturalmente, no puedo
hablar como un hotentote. De todas maneras, cuando hablo, me hago entender
perfectamente por todo el mundo. Pero yo no hablo como el caballero anciano de
la novela de esa escritora, el cual ni pasa por americano ni lo querríamos allá
a ningún precio. Traigo este hecho a colación para que veas lo poco fidedignos
que son esos libros. Por lo demás, como yo no tengo hijas y mi mujer vive en
Flo- rencia, no he tenido muchas ocasiones de fijarme en las muchachas. Parece
ser que a veces a las chicas de la clase baja no se las trataba muy bien, pero
creo que en la clase alta ya se las trata mejor, y lo mismo, en cierto modo, en
la clase media. -¡Qué gracioso! -exclamó Isabel-. ¿Cuántas clases hay aquí? Me
figuro que lo menos cincuenta.
- Bueno, creo que no las he contado, porque nunca me
preocupé gran cosa de las clases sociales. Ésta es una de las ventajas de ser
americano aquí: que no se pertenece a ninguna clase.
- Por suerte -replicó Isabel-. Imagínese que una
tuviera que pertenecer a una de las clases de la sociedad inglesa.
- No hay que exagerar. Te aseguro que en algunas de
ellas no se está del todo mal, especialmente en las más altas. Pero, a mí
manera de ver, sólo hay dos clases: la de la gente de quien me fío y la
contraria. Y tú, mi querida Isabel, perteneces a la primera de las dos.
- Muchas gracias -respondió con vivacidad la
muchacha. A veces adoptaba un continente severo para agradecer los cumplidos y
trataba de zafarse de ellos lo más pronto posible. Sin embargo, a este respecto
solía juzgársela mal, pues se la consideraba insensible a ellos cuando, en
realidad, lo que hacía era ocultar lo muchísimo que le agradaban. El mostrarlo
habría sido mostrar demasiado. Así, se limitó a añadir-: Estoy convencida de
que los ingleses son una gente de lo más convencional.
Y el señor Touchett no pudo por menos de admitir:
-Todo lo tienen fijado de antemano. Todo ha sido previsto aquí… No les gusta
dejar nada para el último momento.
A lo que la muchacha respondió:
- Pues a mí me gusta lo imprevisto, no me agrada que
me fijen por anticipado lo que he de hacer.
A su tío le divirtió mucho ver la claridad de las
preferencias de la joven.
- Bueno, pues, por lo pronto, una cosa ha quedado
establecida, y es que vas a tener aquí un gran éxito. Creo que eso te gustará.
- Pues, si son tan tontamente convencionales, no
tendré el menor éxito, porque yo no tengo nada de convencional, sino todo lo
contrario, y eso es lo que no les va a gustar de mí.
- No, no, te equivocas -dijo el anciano-. No se puede
predecir lo que les gustará o desagradará. Son muy variables, y en eso reside
su mayor interés.
- Ah, bueno -replicó Isabel que, de pie delante de su
tío y con las manos apoyadas en el cinturón del vestido, miraba atentamente
hacia el verde césped-. Eso me parece muy bien.
7
Tío y sobrina comentaron a menudo con agrado la
manera de ser de los ingleses, como si la joven se hallara en condición de
agradar al público británico; pero la verdad era que el público británico
permanecía absolutamente indiferente respecto a la señorita Isabel Archer, cuyo
destino, como su primo solía decir, la había hecho ir a parar a la casa más
triste de toda Inglaterra. En ella su tío, enfermo de gota, recibía a muy poca
gente y no era de esperar que la señora Touchett recibiese tampoco a numerosas
visitas, ya que no había cultivado las relaciones con los vecinos de su esposo.
Por lo demás, era muy especial en sus gustos, entre los que figuraba su gran
afición a recibir tarjetas. En cambio, por lo que suele llamarse trato social
mostraba una desgana insuperable, a pesar de lo cual nada le agradaba tanto
como cubrir la mesa del vestíbulo de la casa con fragmentos oblongos de
simbólicos cartoncitos blancos.
Se vanagloriaba de ser una mujer sumamente justa y
había llegado a la irrebatible verdad de que en este mundo nada se obtiene
gratis. Como no había desempeñado en la vida social su papel de señora de
Gardencourt, no era de creer que la gente de las cercanías llevase la cuenta de
sus idas y venidas. Lo cual no obstaba para que ella considerase que no era
correcto que hicieran tan poco caso de sus movimientos y creyera que su fracaso
(en realidad, harto gratuito) en convertirse en un personaje importante en la
comarca no tuviera nada que ver con la dureza con que ella se refería al país
de adopción de su marido. He aquí, pues, que Isabel se hallaba en la singular
situación de tener que defender la Constitución inglesa en contra de su tía,
que experimentaba inaudito placer en acribillar con sus venenosos comentarios
tan venerable instrumento público. Isabel se sentía impulsada a mitigar
aquellos ataques, no porque creyera que causaban algún daño a aquel pergamino
viejo y seco, sino porque imaginaba que su tía era capaz de emplear mucho mejor
la agudeza de su ingenio. Ella era también crítica, cualidad inherente tanto a
su edad como a su sexo y a su nacionalidad; mas, al propio tiempo era muy
sentimental, y en la terrible sequedad de la señora Touchett había algo que
daba libre salida al manantial de sus principios morales.
- Vamos a ver -le preguntó un día a su tía-, ¿cuál es
su punto de vista? No cabe duda de que, cuando critica algo, es porque tiene su
punto de vista sobre ello. El suyo no parece ser americano… pues todo lo de
allí se le antoja sumamente desagradable. Yo, cuando critico algo, es porque
tengo mi punto de vista particular, y es un punto de vista netamente americano.
A ello contestó la señora Touchett:
- Mi querida sobrina, en el mundo hay tantos puntos
de vista como personas de juicio susceptibles de mantenerlos. Tú podrás por
ello concluir que no deben de ser muy numerosos. ¡Americano, mi punto de vista!
¡Por Dios! ¡Jamás, por nada del mundo!
Entonces, sería lamentablemente estrecho. A Dios
gracias, mi punto de vista es netamente personal.
Isabel pensó que ésa era una respuesta mejor de la
que esperaba, pues constituía una descripción bastante aceptable de su propia
manera de juzgar las cosas, aun cuando no habría estado bien que ella lo dijese
claramente. En boca de una persona de menor edad y menor experiencia que la
señora Touchett, es indudable que semejante declaración habría delatado una
gran inmodestia, incluso una excesiva arrogancia. Sin embargo, ella se arriesgó
a hacerlo poco después al hablar con Ralph, con quien departía a menudo y para
el cual la conversación con su prima era un campo abierto para toda suerte de
extravagancias. Como vulgarmente se dice, su primo había tomado por costumbre
burlarse de ella, a cuyos ojos adquirió inmediatamente la reputación de tomarlo
todo a broma; y él no era hombre que no sacara partido a los privilegios que
una reputación semejante le pudiera conferir. Le acusaba Isabel de una falta de
seriedad verdaderamente odiosa y de reírse de todo y de todos, empezando por sí
mismo. Esa inclinación a la irreverencia la mostraba especialmente al hablar de
su progenitor, si bien no dejaba de ejercitar despiadadamente su ingenio contra
el mismo hijo de su señor padre y sus débiles pulmones, contra la inutilidad de
su vida, su fantástica madre, sus amigos, especialmente lord Warburton, y su
encantadora prima, recientemente hallada, oriunda de su propio país y a la que
con tanto gusto había él adoptado. En una ocasión Ralph le dijo: «En mi
antecámara tengo constantemente una orquesta de música, contratada para tocar
sin interrupción, que me hace dos grandes favores al mismo tiempo: el primero,
impedir que lleguen a mi habitación los ruidos del exterior; el segundo, hacer
creer a la gente que en mis habitaciones se está siempre de baile». En efecto,
cuando uno se acercaba allí no dejaba de percibir el sonido de una orquestina
interpretando los valses de moda, los cuales parecían flotar en el ambiente.
Isabel se irritaba frecuentemente a causa de ese constante rascar de violines;
le habría gustado dejar atrás la antecámara, como su primo la llamaba, y
penetrar en sus aposentos privados. Ante tan vehemente deseo poco importaba que
él hubiese dicho que era un lugar sombrío; ella habría entrado encantada para
barrer, limpiar a fondo y poner un poco en orden las cosas que hubiera. Eso de
no dejarla penetrar allí era practicar la hospitalidad a medias; y, para
vengarse de ello y castigarle, Isabel solía propinar a su primo innumerables
palmetazos con la férula de su vivo y juvenil ingenio. A decir verdad, lo mejor
de su ingenio debía emplearlo en defenderse de los ataques de su primo, que
solía divertirse llamándola «Columbia» y acusándola de un patriotismo tan
ardiente que abrasaba. Ralph dibujó una caricatura de ella en que la
representaba como una joven muy guapa vestida a la última moda con los colores
de la bandera nacional. El temor que más acuciaba a Isabel en ese momento de su
ascensión era precisamente que se la considerase estrecha de miras, e
inmediatamente después, el serlo de veras. Con todo, no sentía el menor escrúpulo
en dar la razón a las invectivas de su primo y hacerle ver que suspiraba por
los encantos de su país de origen. De tal suerte, estaba dispuesta a ser tan
americana como a él le diera la gana creerla y, si se proponía reírse de ella
por eso, sabría proporcionarle sobrado material para semejante entretenimiento.
Isabel defendía a Inglaterra contra los ataques de la madre de Ralph, pero
cuando éste, por vapulearla como él decía, cantaba las alabanzas de este país,
se las arreglaba para estar en desacuerdo con su primo en no pocos puntos. Lo
cierto era que aquel país tan pequeño y maduro le parecía de una cualidad tan
exquisita como la de las sabrosas peras del mes de octubre; y puede decirse que
esa satisfacción tenía su origen en la misma raíz de la generosa
condescendencia con que acogía las chanzas de su primo y que le daba medios
para devolvérselas con creces. Y si, a veces, flaqueaba en su buen humor, no
era porque se sintiese poco hábil para seguir aparentándolo, sino porque su
primo le daba lástima. Le parecía, en efecto, que Ralph hablaba a ciegas y no
ponía mucho entusiasmo en lo que decía. Así, le dijo una vez:
- No sé qué te ocurre, pero tengo la sospecha de que
eres un charlatán.
- Allá tú -contestó Ralph, que no estaba acostumbrado
a que le hablaran con aquella crudeza.
- No sé qué te importa de verdad; me parece que nada
de nada. En realidad, Inglaterra te importa un bledo aunque la alabes y te
importa un comino América, aunque finjas que la denigras.
A lo que él replicó:
- Lo único que de veras me importa eres tú, querida
prima.
- Si pudiera creer aunque no fuera más que eso, sería
muy dichosa. -¡Qué menos! -exclamó el joven.
Si Isabel lo hubiese creído no habría estado muy
lejos dé la verdad. Lo cierto es que él pensaba mucho en ella, siempre la tenía
presente. En un momento en que sus propios pensamientos constituían una carga
demasiado pesada, la repentina llegada de su prima, que nada prometía y era,
sin embargo, como una dádiva ofrecida a manos llenas por el destino, sirvió
para refrescar y aligerar aquellas cavilaciones dándoles alas y pretexto para
volar. El infeliz Ralph llevaba varias semanas sumido en una honda melancolía,
y sus perspectivas, habitualmente sombrías, se hallaban cubiertas por una nube
todavía más densa y oscura. Su ansiedad por el estado de salud de su padre
había aumentado grandemente, pues la gota que le aquejaba y que hasta entonces
parecía haberse confinado en sus piernas, empezaba ya a afectar regiones más
vitales del cuerpo. El anciano había estado gravemente enfermo durante la
primavera, y los médicos dieron a entender al hijo que, si sobrevenía otro
ataque, no sería tan fácil de dominar. Ahora parecía haber comenzado a no
sentir dolores, pero Ralph no las tenía todas consigo y pensaba que aquello era
un subterfugio del enemigo, que permanecía al acecho para pillarle
desprevenido. Y, si tal maniobra lograba triunfar, quedarían muy escasas
esperanzas de ofrecerle una resistencia decidida y eficaz. Ralph siempre había
tenido la convicción de que su padre le sobreviviría…, de que su nombre sería
el primero pronunciado con gravedad. Padre e hijo habían sido compañeros
inseparables, y la idea de quedarse solo con los restos de una vida sin
aliciente entre las manos no le resultaba nada grato al joven, que siempre
había confiado en la ayuda de su mayor y mejor amigo para ir tirando lo menos
mal posible. Ante la perspectiva de perder su auténtica motivación, Ralph acabó
por perder su inspiración. Lo mejor sería que los dos muriesen al mismo tiempo,
pero, sin el ánimo que la compañía de su padre le proporcionaba, era muy
probable que él no tuviera paciencia sufi- ciente para esperar su turno. Por
otra parte, carecía del incentivo de sentirse indispensable para su madre, y
ante ésta tenía como norma no lamentarse. Pensó que no había mostrado gran
bondad hacia su padre al desear que, de los dos, fuese el sujeto activo y no el
pasivo el destinado a sufrir la herida doliente, y recordaba que el anciano
había considerado siempre su pronóstico de un fin prematuro un brillante
sofisma que él estaría encantado de desbaratar mediante el sencillo
procedimiento de morir primero. Mas, de aquellos dos triunfos -el de refutar a
un hijo sofista y el de continuar durante un tiempo más en un estado que, con
todos sus sinsabores y malestares, le era grato soportar-, a Ralph no le
parecía pecado esperar que el señor Touchett llegara a alcanzar el segundo.
A todas estas delicadas preguntas puso fin la llegada
de Isabel, la cual sugería una posible compensación por la insoportable
contrariedad de sobrevivir al genial dueño de la mansión. Ralph llegó a pensar
que, tal vez sin darse cuenta, estaba abrigando «amor» hacia aquella joven
fresca y espontánea procedente de Albany; pero tras meditarlo detenidamente,
decidió que no. A la semana de la llegada de Isabel, ya estaba plenamente
convencido de ello y se aferraba cada vez más a su convencimiento. Quien la había
juzgado con verdadero acierto era lord Warburton, que la consideraba una damita
realmente interesante; y a Ralph le maravillaba que su vecino hubiera llegado
tan pronto a semejante conclusión, cosa que le ratificó en su idea sobre la
gran habilidad de su amigo, por la cual había experimentado siempre una sincera
admiración. Sin embargo, aunque su prima no fuera para él más que un
entretenimiento, Ralph sabía que era un entretenimiento de primera categoría.
«Ver en acción a un carácter como ése -se decía-, a una pequeña pero auténtica
y apasionada fuerza, es una de las más sabrosas delicias de la naturaleza,
mejor que la más bella obra de arte, mejor que un bajorrelieve helénico, mejor
que un cuadro de Ticiano, mejor que una catedral gótica. Es realmente agradable
sentirse tan bien tratado cuando uno menos se lo espera. Nunca estuve más
sombrío, más preocupado, que durante la semana anterior a su llegada, y jamás
tuve menos esperanzas de que pudiera sobrevenirme algo agradable. Y he aquí que
fue como si de repente hubiese recibido por correo un Ticiano para colgarlo en
la pared de mi cuarto, o un bajorrelieve griego para colocarlo en el panel
superior de la chimenea. Es como si me hubieran entregado la llave de un
suntuoso palacio y me hubiesen autorizado a visitarlo y admirarlo a mis anchas
sin vigilancia alguna. Amigo mío, has sido hasta ahora un triste desa-
gradecido y lo que debes hacer en lo sucesivo es estar tranquilo y dejar de
refunfuñar». Nada, en verdad, más justo que el sentimiento que tales reflexiones
inspiraban; sin embargo, no era exacto que a Ralph Touchett le hubiesen
entregado una llave. Su prima era una joven muy brillante y habría que Hacer no
poco antes de llegar a conocerla, pero era preciso ponerse a ello, y su
actitud, si bien contemplativa e incluso crítica, no era en modo alguno
enjuiciadora. Así pues, Ralph contemplaba a sus anchas el edificio por el
exterior y lo admiraba grandemente; lo miraba por dentro a través de las
ventanas y admiraba igualmente su belleza de proporciones, pero se percataba de
que sólo había logrado entreverlo y de que no podía decir aún que hubiese
traspasado el umbral. La puerta de la suntuosa mansión permanecía cerrada y,
aunque él tenía varias llaves en su bolsillo, estaba convencido de que ninguna
de ellas le serviría. La muchacha era inteligente, generosa, de naturaleza
libre y hermosa, pero ¿qué se proponía hacer de sí misma? No era ésta una
pregunta ortodoxa, ya que no cabe hacerla respecto a la mayoría de las mujeres.
Por regla general, las mujeres jamás hacen nada de sí mismas, limitándose a
esperar más o menos graciosa y pasivamente que un hombre pase por su lado y
ofrezca un destino a sus vidas. La originalidad de Isabel consistía
principalmente en que daba la impresión de abrigar propósitos propios. «Ahora,
que llegue a ponerlos en práctica ya es harina de otro costal -se decía Ralph-.
Me gustaría estar presente cuando lo haga».
La llegada de Isabel le impuso, por lo pronto, el
deber de hacer los honores de la casa.
El señor Touchett se hallaba recluido en su sillón y,
por su parte, la señora Touchett era una especie de visitante malhumorada; de
tal suerte que, en lo que se refiere a las obligaciones que a la consideración
y a la conciencia de Ralph se imponían, el placer se mezclaba en perfecta
armonía con el deber. Así, aunque no era gran andarín, se dio a pasear por los
campos con su prima, entretenimiento para el que el tiempo tenía a bien seguir
mostrándose favorable con una persistencia que sobrepasaba las lúgubres
expectativas que Isabel se había forjado del clima del país; y en las largas
tardes, cuya duración daba la medida exacta de la agradecida vehemencia de la
joven, iban en barca por el río, el encantador riachuelo, como ella lo llamaba,
y cuya orilla opuesta parecía estar en un primer plano del paisaje ante su
vista extendido; o recorrían los caminos en faetón, aquel bajo y espacioso
faetón de gruesas ruedas que tanto usara en sus tiempos el señor Touchett y que
había dejado ya de disfrutar. En cambio, era Isabel quien de el disfrutaba
ahora enormemente y, empuñando las riendas de manera que el lacayo calificaba
de «experta», no se cansaba jamás de guiar a los mejores caballos de su tío por
entre aquellas llanuras azotadas por el viento y aquellos caminos vecinales
repletos de los rústicos detalles que ella sospechaba habría de encontrar:
casitas de madera con techos de paja, modestas tabernas de pulidas celosías,
antiguos prados comunales y retazos de parques vacíos rodeados de setos que el
verano espesaba a su antojo. Y, cuando después de tales excursiones llegaban a
la casa, era siempre para encontrar el té servido en una mesa al aire libre,
sobre el césped de delante de la casa, y a la señora Touchett que se limitaba a
alargarle la taza llena a su marido, sin que hubiera otra cosa ni por parte de
uno ni de otro, pues ambos permanecían la mayor parte del tiempo completamente
silenciosos, él con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados, ella
absorta al parecer en su labor de punto y afectando ese aire de concentración
mental que adoptan muchas damas al poner sus diminutas lanzas en movimiento.
Pero un día se encontraron con que había un
visitante. Los dos jóvenes habían pasado una hora bogando suavemente por el río
y, al volver andando hacia la casa, vieron a lord Warburton sentado bajo un
árbol y enzarzado en una conversación con la señora Touchett que, aun desde
lejos, podía apreciarse era bien insustancial. El lord había ido a caballo
llevando consigo una maleta, signo inequívoco de que había esperado, como a
ello le tenían acostumbrado con sus reiteradas invitaciones el padre y el hijo,
que se le invitase a cenar y a pasar allí la noche. Isabel sólo le había visto
durante media hora el día de su llegada, y tan poco tiempo le había servido
para descubrir que era muy de su gusto. La imagen del apuesto lord se había
grabado con nitidez en el espíritu de la joven, que más de una vez pensaba ya
en él con complacencia. Isabel había esperado volver a verle y deseaba ver
también a algunos otros. Gardencourt, la herniosa mansión, no era triste; el
lugar poseía una belleza soberbia, su tío se le aparecía cada vez más como una
especie de abuelo maravilloso y Ralph era distinto de todos los primos con
quienes hasta entonces había tratado y que le habían hecho formarse una lúgubre
idea de los primos en general. Además, sus impresiones eran aún tan recientes y
se renovaban con tanta celeridad que apenas dejaban zonas en blanco. Isabel
tenía que obligarse a recordar que su principal interés era el conocimiento de
la naturaleza humana y que su mayor ilusión, al emprender aquel viaje, había
sido tener la oportunidad de conocer a una gran cantidad de gente.
De modo que, cuando Ralph le decía, como ya había
hecho más de una vez: «No sé si podrás soportar esto. Deberías conocer a
algunos de nuestros vecinos y amigos, pues, por extraño que te parezca tenemos
unos cuantos», o cuando se ofrecía a invitar a, como él decía,
«un montón de gente» y a introducirla en la sociedad
inglesa, ella le alentaba con entusiasmo para que llevase a cabo su
hospitalario empeño y se comprometía por anticipado a poner todo de su parte.
De todas maneras, hasta entonces poco o nada había
puesto él en práctica de todas aquellas promesas, y será cosa de decirle
confidencialmente al lector que, si parecía como si el joven estuviera
demorando darles cumplimiento, era porque la tarea de proveer por sí mismo
solaz y entretenimiento a su compañera no le resultaba, ni mucho menos, tan
penosa como para recurrir a la cooperación de los demás. Varias veces había
hablado Isabel de los «ejemplares», palabra que desempeñaba un papel de gran
importancia en su vocabulario y con la cual daba a entender que deseaba ver a
la sociedad inglesa ilustrada con sus personajes más representativos. De modo
que aquella tarde, al ir desde el río hacia la casa tras haber desembarcado de
la lancha, él le dijo con gran satisfacción cuando divisaron a lord Warburton:
- Mira, ahí tienes un ejemplar. -¿Un ejemplar de qué?
-preguntó la muchacha.
- De caballero inglés -replicó el primo. -¿Quieres
decir que todos son como él? -¡Oh, no! De ningún modo. No todos son como él.
-Pero es un buen ejemplar-dijo Isabel-, porque estoy segura de que es
simpático.
- Sí que lo es. Y, además, muy acaudalado.
El acaudalado lord Warburton estrechó amablemente la
mano de nuestra heroína y le preguntó si estaba bien, rectificando en el acto
con las siguientes palabras:
- Pero, bueno, no necesito preguntarlo, pues si ha
estado usted remando…
A lo que Isabel hubo de contestar:
- En efecto, he remado un poco. Pero ¿cómo lo sabe?
- Muy sencillo: porque sé que él no rema. Es
demasiado vago para eso -rió su señoría el lord mirando a Ralph.
Tiene sus razones para ser un poco perezoso -comentó
Isabel, bajando un poco la voz.
- Sí, sí, siempre tiene excusas para todo -exclamó
lord Warburton, con una alegre carcajada.
- Mi excusa para no haber remado hoy -intervino
Ralph- es que mi prima rema admirablemente. Bueno, todo lo hace igual de bien.
No toca nada que no parezca quedar después adornado.
- Le dan a uno ganas de que usted le toque, señorita
Archer -declaró lord Warburton.
- Pues déjese tocar, en el buen sentido de la
palabra, que eso no le habrá de desmerecer-dijo Isabel, que, si bien se sentía
complacida de oír que se le reconocían. tan diversas cualidades, era lo
suficientemente fuerte para mostrar que semejante complacencia no derivaba de
una posible debilidad de espíritu, toda vez que había vanas cosas en las cuales
sobresalía. Su deseo de pensar bien de sí misma contaba, cuando menos, con la
humildad de precisar siempre una prueba.
Lord Warburton no sólo pasó la noche en la mansión de
Gardencourt, sino que insistieron en que se quedase todo el día siguiente, y,
al final del segundo día, él mismo decidió postergar su partida hasta la mañana
del otro. Durante todo aquel tiempo tuvo ocasión de dirigir no pocos cumplidos
a Isabel, quien acogió aquellas manifestaciones de aprecio con muy buena
voluntad. Al final se dio cuenta de que él le gustaba extraordinariamente.
Mucho había pesado sin duda la primera impresión que
le produjo, pero, al final de la velada que habían pasado juntos, la joven no
podía por menos de considerarle, sin que en ello hubiese nada de fantástico, un
verdadero héroe de novela. De modo que por la noche, al acostarse,
experimentaba una sensación de buena fortuna y sentía una viva convicción de
posibles dichas futuras. «Verdaderamente es hermoso conocer a dos personas tan
encantadoras como éstas», se dijo, aludiendo con este vocablo numeral a su primo
y al amigo de su primo. Pero, además, conviene no olvidar que había ocurrido un
incidente susceptible de poner a prueba su buen humor. El señor Touchett había
ido a acostarse a las nueve y media de la noche, pero su esposa permaneció en
el salón con el resto del grupo. Se quedó con ellos aproximadamente una hora, y
luego, levantándose, hizo observar a su sobrina que ya era hora de dar las
buenas noches a los caballeros. Por su parte, Isabel no tenía deseo alguno de
ir a acostarse; la ocasión le parecía divertida, y las diversiones no
terminaban por lo general a hora tan temprana. De manera que, sin poner en ello
la menor intención, replicó: -¿Ha de ser ahora mismo, tía? Subiré dentro de
media hora.
- No me es posible esperarte -repuso la señora
Touchett. -¡Ah! No tiene por qué esperarme. Ralph encenderá mi vela -dijo
alegremente la joven.
- Yo la encenderé. Por favor, déjeme usted que yo la
encienda -exclamó lord Warburton-. Pero con una condición: que no sea antes de
medianoche.
La señora Touchett lo traspasó con su encendida
mirada y luego la posó fríamente en su sobrina, a la que dijo:
- No puedes quedarte sola con los hombres. Querida,
aquí no estás…, no estás en tu dichosa Albany.
Isabel se levantó, ruborizada, y contestó:
- Ojalá lo estuviese.
- Mamá, por favor -intervino Ralph.
- Mi querida señora Touchett… -murmuró lord
Warburton. Pero la querida señora Touchett contestó majestuosamente:
- Mi lord, no soy yo quien ha hecho su país. Debo
aceptarlo tal como es. -¿No puedo quedarme con mi primo? -preguntó entonces
Isabel.
- No sabía que lord Warburton fuese primo tuyo.
- Será mejor que yo me vaya a la cama-dijo lord
Warburton-. Así se acabarán las discusiones.
La señora Touchett le dirigió una breve mirada de
desesperación y se sentó de nuevo.
- Está bien, si es preciso, me quedaré hasta
medianoche. Mientras tanto, Ralph le había dado a Isabel el candelabro. Durante
aquel momento de breve entrechocar de espadas estuvo observándola y le pareció
que con ello se había puesto de relieve el carácter de la joven; el incidente
podía ser de sumo interés. Mas, si se hizo la ilusión de presenciar un
estallido, se llevó un gran chasco, pues la joven se limitó a sonreír
suavemente, saludó a los caballeros dándoles las buenas noches y se retiró
acompañando a su tía. Por lo que a Ralph atañía, se sentía molesto por lo que
hiciera su madre, si bien reconocía que tenía razón. Al llegar arriba, las dos
mujeres se separaron delante de la puerta de la señora Touchett. Isabel no
había abierto la boca mientras subían la escalera.
- Supongo que estarás molesta porque me he inmiscuido
en tus asuntos -dijo la señora Touchett.
Isabel reflexionó un instante y repuso:
- Molesta no, pero sí sorprendida… y bastante
desconcertada. ¿Acaso no estaba bien que yo me quedase en el salón -En
absoluto. Aquí, las muchachas, por lo menos en las casas decentes, no se quedan
con los caballeros hasta altas horas de la noche.
- Entonces ha hecho usted bien en decírmelo -replicó
Isabel-. La verdad, no lo comprendo, pero me alegro de saberlo.
- Te lo diré siempre que me parezca que te excedes.
- No tenga reparo en hacerlo, se lo ruego. Aunque
esto no quiere decir que sus observaciones hayan de parecerme siempre justas.
- Ya me lo figuro. A ti te gusta mucho hacer lo que
se te antoja.
- Confieso que sí. Pero me gusta saber siempre las
cosas que una no debe hacer. -¿Para hacerlas? -preguntó su tía.
- Depende -respondió Isabel.
8
Como Isabel era aficionada a las cosas románticas,
lord Warburton se atrevió a manifestar su esperanza de que fuese algún día a
ver su casa, un viejo caserón muy curioso. Consiguió arrancar a la señora
Touchett la promesa de que llevaría a su sobrina a Lockleigh, y Ralph manifestó
su predisposición a acompañar a las damas siempre que su padre estuviese en
condiciones de prescindir de él. Lord Warburton comunicó a nuestra heroína que,
mientras tanto, sus hermanas irían a visitarla. Isabel sabía ya algo acerca de ellas,
pues durante las largas horas que acababan de pasar juntos en Gardencourt había
tenido frecuentes ocasiones de sondearle respecto a su familia. Isabel, cuando
algo le interesaba, hacía infinitas preguntas; y, como su interlocutor era un
conversador empedernido, ella se vio plenamente recompensada en su curiosidad.
Así pues, él tuvo ocasión de explicarle que tenía
cuatro hermanas y dos hermanos, y que había perdido a sus padres. Sus hermanos
y hermanas eran todos muy buenos, según dijo, y añadió: «No extraordinariamente
inteligentes, ¿sabe usted?, pero muy bien educados y agradables». Y llevó su
bondad al extremo de desear que la señorita Archer pudiese conocerles a fondo.
De los hermanos, uno había abrazado la carrera eclesiástica y se había
establecido en el dominio familiar, una comarca muy poblada y extensa, y era un
hombre verdaderamente admirable, si bien pensaba de forma muy diferente a él en
todo lo imaginable. Y aquí lord Warburton hizo referencia a algunas opiniones
profesadas por su hermano, opiniones que Isabel había oído expresar
frecuentemente y que se le antojaban comunes a la mayor parte de la
familia-humana. En realidad, incluso creía compartir muchas de ellas, y así lo
pensó hasta que él afirmó que estaba completamente equivocada, que eso era del
todo imposible, que sin duda imaginaba que las compartía, pero que, si las
examinaba bien, no tardaría en ver que eran absolutamente insustanciales. Y
cuando Isabel contestó que había reflexionado hondamente sobre algunas de tales
cuestiones, él declaró que ella era otro ejemplo aparente de lo que tanto le había
llamado siempre la atención; a saber, que, de todas las gentes que poblaban el
mundo, los americanos eran los más burdamente supersticiosos. Eran todos unos
rancios «tories» y unos beatos empedernidos, y no había conservadores
comparables a los conservadores americanos. Allí estaban para probarlo su tío y
su primo. Nada tan medieval como algunas de sus opiniones; profesaban ideas que
hoy día, en Inglaterra, la gente se avergonzaría de confesar y tenían el
descaro de pretender conocer las necesidades y los peligros de la pobre,
infeliz y tonta Inglaterra mejor que él, que había nacido allí y que, para
vergüenza suya, poseía un buen pedazo de su tierra. De todo lo cual llegó
Isabel a inferir que lord Warburton, era un aristócrata de los de la nueva
escuela, un reformador, un radical, un despreciador de los antiguos. métodos.
Su otro hermano, que servía en el ejército de la India, era más bien indómito,
testarudo, y bueno tan solo para contraer deudas que luego le tocaba a
Warburton pagar…, lo que constituía uno de los más preciados privilegios de la
primogenitura. «Por supuesto, estoy decidido a no pagar ninguna más -declaró su
amigo-. Lo cierto es que vive infinitamente mejor que yo, se permite placeres
inauditos y se cree un caballero mucho más distinguido que yo. Y, como me tengo
por un empecinado radical, defiendo la igualdad, pero no soporto la
superioridad de los hermanos menores». De sus cuatro hermanas, dos de ellas, la
segunda y la cuarta, estaban casadas; a una, según se decía, le iba bastante
bien, y a la otra regular nada más. El marido de la mayor, lord Haycock, era
una excelente persona, pero desgraciadamente un «tory» espantoso, y su esposa,
como todas las esposas inglesas, era mucho peor que el marido. La otra, casada
con un pequeño propietario de Norfolk como quien dice ayer, se las había
arreglado para tener ya cinco hijos. Lord Warburton tuvo a bien proporcionar
todos esos detalles y muchos más todavía a la joven americana, tomándose además
la molestia de exponerle las cosas con absoluta claridad y presentando
completamente desnudas a su avidez de conocimiento todas las particularidades
de la vida inglesa. A Isabel le divertía sumamente tal franqueza y la poca
consideración que él parecía otorgar a su experiencia y su imaginación. «Me
considera una completa salvaje -se decía- y se imagina que no he visto en mi
vida tenedores ni cucharas».
De manera que se las ingeniaba para hacerle preguntas
insulsas por el placer de oírselas con- testar con la mayor seriedad del mundo.
Y, una vez que había caído en la trampa, ella exclamaba: «Lástima que no haya
podido verme con plumas y tatuaje de guerrero. Si yo hubiese sabido lo bueno
que se muestra usted con los pobres salvajes, me habría traído mi traje de
indígena». Pero lord Warburton, que había viajado mucho por Estados Unidos,
conocía del país mucho más que Isabel. Así, llevó su amabilidad al extremo de
afirmar que era el país más delicioso del mundo, aunque se le antojaba, por los
recuerdos que de él tenía, que en Inglaterra los americanos precisaban que se
les explicasen muchísimas cosas. «¡Si yo la hubiese tenido a usted para que me
explicase las cosas en América! -exclamó-. En su país me sentí más bien
desconcertado. Estaba como aturdido, y lo peor era que, cuanto más me
explicaban las cosas, más me desconcertaban. En realidad, sospecho que a veces
me daban adrede una explicación equivocada; allí son muy listos para tales
cosas. En cambio, cuando yo le explique algo, puede usted creerme a pie
juntillas, pues en lo que yo le diga no habrá error jamás.» En lo que no cabía
error, desde luego, es en que era un hombre muy inteligente y culto, y en que
sabía de casi todo lo del mundo. Aun cuando decía cosas del mayor interés y
tenía especialísimos puntos de vista sobre la mayoría de las cosas, Isabel se
daba cuenta de que lo hacía sin el menor deseo de exhibición; y, aun cuando
había tenido extraordinarias oportunidades y logrado las más altas recompensas,
estaba muy lejos de pretender presentarlas como un mérito. Si es cierto que
había disfrutado de las cosas mejores de la vida, no lo es menos que ellas no
lograron jamás despojarle de su fino sentido de la medida. Destacaba en él como
una mezcla del efecto de una fecunda experiencia -desde luego, fácilmente
adquirida- con una modestia que a veces pecaba de infantil, una mezcla cuyo
admirable y dulce sabor -pues en verdad resultaba tan agradable corno una golosina-
no perdía nada porque se le añadiese un toque de condescendiente bondad.
- Me gusta mucho tu ejemplar de caballero inglés -le
comentó Isabel a Ralph una vez que lord Warburton se hubo marchado.
- A mí también -dijo su primo-. Le quiero de veras…,
y le compadezco todavía más. Isabel se quedó mirándole un tanto recelosa para
luego decir:
- No comprendo. Precisamente a mí se me antoja que su
única falta es que… no puede una tenerle lástima. Parece como si lo tuviera
todo, lo supiese todo y lo fuera todo.
- Y así es, pero en el mal sentido -dijo Ralph.
- Supongo que no te referirás a su estado de salud.
- No. En ese aspecto, posee una tremenda fortaleza.
Lo que quiero decir es que ocupa una gran posición social y está haciendo toda
clase de tonterías con ella. No se toma en serio a sí mismo. -¿Crees que se
toma en broma?
- Mucho peor; se considera una intolerable
imposición…, un verdadero abuso.
- Quién sabe. A lo mejor lo es -dijo Isabel.
- Tal vez, aunque, en conjunto, no lo creo. Y ¿hay
algo más digno de lástima que la conciencia del propio abuso, implantado por
manos ajenas y hondamente arraigado, y el sufrimiento a causa de la injusticia
que su existencia entraña? En su lugar, yo me mostraría más solemne que una
estatua de Buda. La posición que él ocupa es cosa que excita grandemente mi
imaginación. Debería suponer grandes responsabilidades, oportunidades
magníficas, consideraciones eminentes, cuantiosa riqueza, poder considerable y una
participación natural en la dirección de los asuntos de un gran país. Pero la
verdad es que el pobre se ha hecho un lío consigo mismo, su situación social,
su influencia y, en una palabra, con todo lo habido y por haber. Es una víctima
de esta época crítica en que vivimos. Ha dejado de creer en sí mismo, y ya no
sabe en qué creer. A veces, cuando intento decírselo (pues no te quepa la menor
duda de que, si yo fuera él, sabría perfectamente en lo que debería creer) me
califica de reaccionario. Tengo la seguridad de que me toma por un auténtico
filisteo. Afirma que no comprendo la época en que me ha tocado vivir; pero te
aseguro que la comprendo bastante mejor que él, que, para su desgracia, no
puede ni exterminarse como peligro público ni mantenerse como institución.
- Pues no parece tan dejado de la mano de Dios, tan
pobre diablo -observó Isabel.
- Acaso no, a pesar de que, siendo como es un hombre
de mucho y buen gusto, debe de pasar horas nada placenteras. Pero, en cuanto a
sus oportunidades se refiere, ¿no te parece que merece compasión? Para mí, no
hay la menor duda de que la merece.
- No creo -dijo Isabel.
- Bueno, primita; pues, si no la merece, debería
merecerla -replicó Ralph.
Por la tarde, Isabel pasó una hora entera con su tío
en el césped, donde el anciano permaneció sentado como de costumbre con una
manta sobre las piernas y un gran tazón de té en la mano. Durante la
conversación, él le preguntó qué le había parecido el visitante.
- Me parece encantador -contestó Isabel con gran
entusiasmo.
- Es una persona muy agradable -dijo el señor
Touchett-; pero te aconsejo que no te enamores de él.
- Pues, entonces, no lo haré. No llegaré a enamorarme
sino de quien usted me aconseje. Por lo demás -añadió-, mi primo me ha hecho
una descripción poco alentadora de lord Warburton. -¿De veras? Ignoro lo que
puede haberte dicho, pero ya sabes, y no debes olvidarlo, que Ralph es incapaz
de permanecer callado.
- El piensa que su amigo es demasiado subversivo…, o
tal vez no lo suficiente. La verdad, no acabo de entenderlo muy bien.
El anciano meneó lentamente su cana cabeza, sonrió
con suavidad y dejó el tazón en la mesita.
- No sé qué decirte. Parece que va demasiado lejos,
pero es muy posible que se quede corto. Me imagino que eso es algo natural,
pero no por ello es menos inconsistente. Se diría que quiere desembarazarse de
muchas cosas y, al mismo tiempo, que desea seguir siendo él mismo.
Isabel no pudo contenerse. -¡Ojalá siga siendo él
mismo! -exclamó-. Confieso que, si decidiera prescindir de sus amigos, le
echaría mucho de menos.
- Bueno, no te preocupes tanto -contestó el anciano-.
Para mí, que se quedará donde está y entretendrá a sus amigos. Yo le extrañaría
de veras aquí, en esta soledad de Gardencourt. A mí me entretiene mucho cuando
le da por venir, y me parece que él también se entretiene. Ahora hay muchos
como él pululando en la alta sociedad; es lo que se lleva. Por mi parte, ignoro
lo que pretenden llevar a cabo… Tal vez tratan de hacer una revolución.
De todas formas, espero que no sea antes de que yo me
vaya. Por lo visto, quieren trastocarlo todo, pero yo, que soy un terrateniente
de bastante importancia en el país, no tengo el menor deseo le que me
trastoquen. Si hubiera sabido que iban a proceder de tal manera, no me habría
aventurado a venir… -prosiguió el señor Touchett con gran hilaridad-. Si, aquí,
fue porque creí que Inglaterra era un país seguro. Para mí constituye un
verdadero fraude eso de querer implantar cambios de semejante importancia. rengo
la seguridad de que, si lo hacen, decepcionarán a mucha gente. -¡Ojalá hiciesen
una revolución! ¡Me encantaría verla! -exclamó, en cambio, Isabel.
- Bueno, vamos a ver -dijo su tío en un tono en el
que parecía haber no poco buen humor-. Ya no me acuerdo de qué lado estás, si
de lo antiguo o de lo moderno. Según he oído, tus puntos de vista son bastante
contradictorios.
- Estoy con las dos partes. Me parece que estoy un
poco de parte de unos y un poco de parte de otros. En una revolución…, una vez
que la cosa fuera en serio…, creo que sería una orgullosa y empedernida
partidaria de ella. Una acaba por simpatizar enormemente con los
revolucionarios, que tienen ocasión de portarse exquisitamente, quiero decir,
de actuar pintorescamente.
- La verdad, no sé qué quieres decir con eso de obrar
pintorescamente; lo que me parece es que tú actúas siempre de tal manera,
querida sobrinita. -¡Oh, mi encantador tío! ¡No haga que me lo crea! -le
interrumpió Isabel.
- De todos modos, me imagino que no tendrás ningunas
ganas de que te lleven aquí por nada a la guillotina, y menos ahora… Si quieres
presenciar un gran movimiento subversivo -prosiguió el señor Touchett-, tendrás
que quedarte aquí mucho tiempo. Te aseguro una cosa: cuando llega la hora y se
les ponen las cartas sobre la mesa, no les conviene que se les tome la palabra.
-¿A quiénes se refiere usted, tío? -¿A quiénes ha de ser? A lord Warburton y
sus amigos…, los radicales de la alta sociedad. Por lo demás, yo no sé más que
una cosa, y es cómo me afecta a mí personalmente.
Hablan de cambios y más cambios, pero no creo que
lleguen a realizarlos. Tanto tú como yo sabemos lo que significa haber vivido
bajo la orden de instituciones democráticas. Por mi parte, yo las consideré
siempre muy cómodas, pero porque estaba acostumbrado a ellas desde siempre y,
sobre todo, porque no soy un lord. Ahora bien, aquí es otra cosa. Se trata de
algo que hay que realizar cada día y a cada instante, y no creo que muchos de
ellos consideren eso tan agradable como lo que hasta ahora han tenido. Si quieren
probar, allá ellos; pero dudo que pongan un enorme interés en ello.
- Entonces, ¿no los cree sinceros? -preguntó Isabel.
- Verás, lo cierto es que quieren sentirse serios -no
tuvo inconveniente en admitir el señor Touchett-, pero es como si, en su
inmensa mayoría, se atuvieran a la teoría solamente. Sus puntos de vista
radicales son una especie de diversión. Han sentido la necesidad de divertirse
con algo y por suerte no se les ha ocurrido ser más vulgares. Están
acostumbrados a vivir con gran lujo, y esas ideas progresistas constituyen el
mayor de sus lujos. Además, presentan la ventaja de hacerles sentirse morales
sin perjudicarles en su posición, en la que piensan enormemente. No permitas
que ninguno de ellos te convenza de lo contrario, pues si lo lograra y
procedieses en consecuencia, no tardaría en pararte los pies en el acto.
Isabel siguió atentamente la argumentación que su tío
iba desarrollando con su habitual clarividencia y, aunque no conocía a fondo a
la aristocracia inglesa, vio que armonizaba con su idea general de la
naturaleza humana. Sin embargo, no pudo por menos de expresar una protesta en
apoyo de lord Warburton.
- Yo no creo que lord Warburton sea un charlatán. Los
demás me importan un comino, pero a lord Warburton me gustaría verlo puesto a
prueba. -¡Dios nos libre de los amigos! -exclamó el señor Touchett-. Lord
Warburton es, sin duda, persona amabilísima…, un joven por todos conceptos
admirable. Disfruta de una renta anual de cien mil libras. Posee cincuenta mil
acres de tierra en esta diminuta isla y, además, muchos otros bienes, amén de
una docena de casas donde poder vivir. Ocupa un escaño en el Parlamento con el
mismo derecho que yo ocupo un asiento en mí comedor. Sus f gustos son
elegantes; se interesa por la literatura, el arte, la ciencia y las mujeres
bonitas. Pero, de todos, el más elegante es el que siente por las nuevas
teorías e inquietudes, además de ser el que mayores placeres le proporciona,
seguramente más que ninguna otras cosa…, con excepción de las muchachas
hermosas. Su casa, Lockleigh creo que la llama, es muy bonita, aunque no la
considero tan agradable como ésta. Pero eso es lo de menos, ya que tiene muchas
otras. Por cuanto he podido observar, sus teorías no han causado aún perjuicio
a nadie y, por supuesto, menos que a nadie, a él mismo. Y es seguro que, si
llegara el caso de una revolución, sabría salir con bien de ella. Nadie se
metería con él; le dejarían tranquilo, pues todo el mundo lo quiere mucho.
Isabel le interrumpió con vehemencia:
- De modo que, ni aun queriéndolo, sería un mártir.
Pues, verdaderamente, es una situación muy poco halagüeña.
- Seguro que no será nunca mártir…, a menos que tú lo
conviertas en uno de ellos -dijo el anciano. Isabel movió lentamente la cabeza
y pronunció una frase que habría movido a risa de no ser porque la dijo con un
suave acento de melancolía:
- Yo no convertiré jamás en mártir a nadie.
- Y yo confío en que tú tampoco lo seas.
- Así lo espero. Bueno, de todos modos -añadió-,
usted no compadece a lord Warburton, como hace Ralph, ¿verdad?
Su tío la miró con penetrante y clarividente mirada
durante unos instantes.
- Para ser sincero -dijo al fin-, en el fondo sí le
compadezco.
9
Las dos señoritas Molyneux, hermanas del aristócrata,
fueron a visitarla, e Isabel quedó prendada de aquellas dos jóvenes que con su
presencia le brindaban una estampa de lo más original. Bien es verdad que,
cuando ella se las describió a su primo aplicándoles tal epíteto, Ralph declaró
que, de todos los calificativos, aquél era el que menos les cuadraba, ya que
había en Inglaterra por lo menos cincuenta mil jóvenes idénticas a las
señoritas Molyneux. Sin embargo, aun desposeídas de tal cualidad, las visitantes
de Isabel conservaban la de su exquisita amabilidad, una suave timidez en sus
modales y unos ojos que a ella se le antojaron dos plácidos y redondos
estanques dispuestos sabiamente en un jardín entre ma- cizos de geranios.
«Sean lo que sean, no tienen nada de morboso», se
dijo nuestra heroína. Y, al decírselo, consideró que tal cualidad era un gran
encanto en aquellas muchachas, pues re- cordaba a dos o tres de sus amigas de
infancia a quienes podía hacerse semejante reproche (tan simpáticas como
habrían sido de no ser por eso), por no mencionar que en ocasiones había
intuido tal tendencia en su propia persona. Aunque las señoritas Molyneux no
estaban ya en su primera juventud, conservaban todavía una tersura de cutis,
una brillantez de mirada y una encantadora sonrisa propias de la infancia. Sus
ojos, que tanto admiraba Isabel, eran re- dondos, tranquilos y apacibles, y una
chaquetilla de piel de foca ceñía su busto, también generosamente redondo. Su
amabilidad era tanta que casi les ruborizaba mostrarla, pa- reciendo
intimidadas por aquella joven de allende los mares, a la que diríase
manifestaban su cordialidad más con miradas que con palabras. Ello nos les
impidió rogarle claramente, y sin dejar lugar a dudas, que fuese a almorzar con
ellas a Lockleigh, donde vivían con su hermano, esperando en lo sucesivo poder
verla con frecuencia, incluso muy a menudo. Mucho les agradaría que alguna vez
se quedara a dormir allí. Para final de mes, el día veintinueve, esperaban
invitados; tal vez también ella podría ir mientras estuvieran allí aquellas
personas.
La mayor, como para disculparse por anticipado, dijo:
- Mucho me temo que no haya entre ellos nadie
notable, pero me inclino a creer que usted nos aceptará tal como somos.
- Los encontraré deliciosos; por lo pronto, creo que
son ustedes un verdadero encanto - contestó Isabel, que a veces era excesiva en
el elogio.
Las dos hermanas se ruborizaron visiblemente. Una vez
se hubieron marchado, su primo le insinuó que, si les decía tales cosas,
aquellas pobres muchachas pensarían que se burlaba de ellas de manera
desconsiderada y ruda, pues tenía la seguridad de que era la primera vez que
las habían llamado encantadoras. Pero Isabel contestó con franqueza:
- No lo puedo remediar. Me parece admirable tener
esta serenidad, ser tan razonable y sentirse tan satisfecho. Yo quisiera ser
así. -¡No lo permita Dios! -exclamó con vehemencia Ralph.
- Quiero decir, tratar de imitarlas -dijo Isabel-. Me
encantará verlas en su casa.
Algunos días después experimentó tal placer, cuando,
acompañada de su tía y de Ralph, fue en coche a Lockleigh.
Al llegar, halló a las señoritas Molyneux sentadas en
un espacioso salón (uno de los muchos de la casa, como luego pudo ver), en
medio de una espesura de cretonas de color evanescente y vestidas ellas de
negro velludillo. En su casa le parecieron todavía más agradables que en la
mansión de su tío, y le llamó aún más la atención que no tuvieran nada de
morbosas. A primera vista se le antojó que, si de algo pecaban, era de falta de
agilidad mental, pero ahora se daba perfecta cuenta de que eran muy capaces de
experimentar emociones profundas. Antes del almuerzo tuvo ocasión de quedarse a
solas con ellas en uno de los ángulos del salón, mientras que en el otro y a
bastante distancia, lord Warburton conversaba con la señora Touchett.
Isabel, entrando ya en confianza, preguntó: -¿Es
cierto que su hermano es tan radical?
De sobra sabía ella que era cierto, mas, como ya
hemos visto, sentía un sincero interés por la personalidad humana y ello la
impulsaba a cerciorarse del todo a través de las señoritas Molyneux.
Mildred, la menor de las hermanas, respondió: -¡Oh,
ya lo creo! Tiene unas ideas terriblemente avanzadas.
- Pero, al mismo tiempo, es muy razonable -añadió la
otra.
Isabel le observó un momento al otro lado del salón,
y vio que hacía ostensiblemente cuanto podía por resultar agradable a la señora
Touchett. Por su parte, Ralph había entablado amistad con uno de los perros
delante de la chimenea que, en un mes de agosto netamente británico, no estaba
de más en las viejas moradas. -¿Cree usted que su hermano es sincero? -preguntó
Isabel sonriente. -¡Claro! ¿Por qué no iba a serlo? -contestó Mildred con
vehemencia mientras la hermana mayor contemplaba silenciosa a nuestra heroína.
-¿Cree que podrá superar la prueba? -¿La prueba?
- Me refiero a si, por ejemplo, tuviera que
desprenderse de todo esto… -¡Desprenderse de Lockleigh! -exclamó la señorita
Molyneux, recobrando al fin el habla. -Naturalmente, y también de esos otros
sitios…, ¿cómo los llaman?
Las dos hermanas se miraron con ojos de pavor.
-¿Quiere usted decir…, quiere usted decir a causa de los gastos?-preguntó la
pequeña.
- Tal vez podría deshacerse de una o dos de sus casas
-dijo la otra. -¿Desprenderse de ellas por nada? -inquirió Isabel.
- No puedo imaginar que quiera deshacerse de sus
propiedades-dijo la señorita Molyneux.
- Me temo que sea un impostor. ¿No les parece que ésa
es una posición falsa?
Sus compañeras de conversación se quedaron
completamente desconcertadas. Una de ellas preguntó: -¿La posición de mi
hermano?
- Todo el mundo sabe que es una posición muy sólida
-dijo seguridad la menor-, la primera en esta región del condado.
Isabel aprovechó la oportunidad para disculparse:
- Se me ocurre que tal vez me están ustedes tomando
por una gran irrespetuosa. Supongo que respetan mucho a su hermano y casi le
temen..
- Es natural que una admire a su hermano -dijo la
señorita Molyneux con toda sencillez.
- Pues si ustedes lo hacen es que debe de ser muy
bueno…, porque ustedes son verdaderamente muy buenas. -Es sumamente generoso.
Nadie sabe cuánto bien hace.
- Y su talento -se complació en añadir Mildred-, es
por demás conocido. Todo el mundo dice que es inmenso.
- Eso a la vista está -declaró Isabel-. Pero, si yo
fuera él, lucharía con toda mi alma hasta la muerte; es decir, lucharía por la
herencia del pasado, me aferraría a él con todas mis fuerzas.
- Yo creo que se debe ser liberal -replicó Mildred
amablemente-. Nosotros lo hemos sido siempre, desde los tiempos más remotos.
- Evidentemente, veo que han logrado un gran éxito
con ello -dijo Isabel-. Así, no es de extrañar que les guste serlo.
Después del almuerzo, cuando lord Warburton le hizo
los honores de la casa mostrándosela toda, a ella le pareció lo más natural del
mundo que fuese como un hermoso cuadro. El interior había sido modernizado
hasta el extremo de que algunas de sus partes habían perdido su prístina
pureza. Sin embargo, al contemplarla desde fuera, desde los amplios jardines
-enorme masa gris, de un matiz suave y profundo patinado por el tiempo y el
clima, emergiendo del seno de un ancho y tranquilo foso-, apareció a los ojos de
la joven visitante como un verdadero castillo legendario. El día era algo frío
y sin brillo. Parecían haber sonado ya las primeras notas anunciadoras del
otoño, y los rayos del sol ponían aquí y allá sus húmedos y borrosos
resplandores sobre los recios muros, en los sitios donde se diría que más se
hacía sentir el paso de los años. El hermano de lord Warburton, el vicario,
había asistido también al almuerzo, e Isabel tuvo ocasión de charlar con él
durante cinco minutos…, el tiempo suficiente para lanzarse en busca de un
arraigado espíritu sacerdotal y abandonar el intento por inútil. Las
características del vicario de Lockleigh eran un cuerpo robusto, atlético, un
rostro cándido y sencillo, un copioso apetito y una acentuada proclividad a
reír de todo y por todo con igual entusiasmo. Isabel se enteró después por su
primo Ralph de que el vicario, antes de recibir las sagradas órdenes, había
sido un gran pugilista y que cuando se presentaba la ocasión -en la intimidad
de la familia, por supuesto- seguía siendo tan capaz como antes de dejar
tendido en el suelo al contrincante más pintado. A Isabel le gustó -por lo
visto estaba predispuesta a que le gustaran todos y todo-, pero a su
imaginación se le hacía harto difícil comprender que aquel hombre pudiese prestar
auxilio espiritual de ninguna clase. Después del almuerzo salieron todos a dar
un paseo por los alrededores de la casa, pero lord Warburton se las arregló
para llevarse sola a su invitada lejos de los otros.
- Quiero mostrarle todo esto como es debido -dijo-.
No podría apreciarlo bien si tuviese que prestar atención a los chismes sin
importancia de los demás.
La conversación de lord Warburton (durante la cual se
explayó en contar a Isabel la historia completa de la casa, muy curiosa por
cierto) no fue lo que se dice exclusivamente arqueológica, sino que a veces se
internaba en lo personal…, personal tanto para ella como para él. Así pues,
tras una pausa bastante larga, volviendo un instante al tema que les ocupaba,
el lord dijo: -¡Ah! No sabe cuánto me alegra que le guste a usted esta vieja
choza. Me encantaría que pudiese verla más a sus anchas, que se quedase algún
tiempo. Mis hermanas están entusiasmadas con usted…, y eso podría inducirla a
aceptar…
- No es preciso que se me induzca -contestó Isabel
amablemente-, pero me parece que no puedo aceptar compromisos. Estoy por
completo a merced de mi tía.
- Usted me perdonará si le digo que no lo creo en
absoluto. Estoy convencido de que puede hacer lo que le plazca.
- Sentiría mucho haberle producido tal impresión,
pues… no es una impresión muy grata.
- En este caso, tiene cuando menos el mérito de
permitirme abrigar alguna esperanza - dijo lord Warburton, y se detuvo un
instante. -¿Esperanza de qué?
- De que, en lo sucesivo, podré verla con más
frecuencia.
E Isabel contestó, sonriendo: -¡Ah!, para tener ese
placer no es preciso que esté tan terriblemente emancipada.
- Sin duda, pero es que me da la impresión de que no
soy santo de la devoción de su tío.
- En eso se equivoca. Le he oído hablar de usted con
el mayor encomio.
Lord Warburton, visiblemente satisfecho, replicó:
- Me halaga que hayan hablado ustedes de mí. Pero, de
todas formas, no creo que le agrade mucho que menudee mis visitas a
Gardencourt.
- No puedo responder de los gustos de mi tío -replicó
la muchacha-. Sin embargo, es mi deber tenerlos en cuenta lo más posible. Yo,
por mi parte, tendría un gran placer en verle a usted. dicho.
- Eso es precisamente lo que yo quería oír. No sabe
cómo me complace que lo haya -Parece usted muy proclive a sentirse complacido,
milord.
- No lo crea -replicó él-, no tan fácilmente. -Se
detuvo un segundo y prosiguió-: Pero la verdad es que usted sí me ha encantado,
señorita Archer.
Aquellas palabras fueron pronunciadas con una
gravedad que sobresaltó un tanto a Isabel, pues le parecieron el preludio de
algo más importante; había oído aquel tono en otra ocasión y lo reconoció. No
obstante, en aquel momento no sentía el menor deseo de que semejante preludio
tuviera consecuencias, lo cual la indujo a decir con toda la alegría y rapidez
que su interior agitación le permitió:
- Mucho me temo que no me va a ser posible volver
aquí. -¿Nunca? -preguntó lord Warburton.
- Nunca, sería mucho decir… y sonaría demasiado
melodramático.
- Entonces, ¿podré yo ir a verla cualquier día de la
semana próxima?
- Indudablemente. ¿Qué podría impedirlo?
- Nada verdaderamente palpable, pero con usted no
estoy nunca seguro. Me da la impresión de que juzga constantemente a los demás.
- Eso no significaría que usted hubiera de salir
perdiendo con ello.
- Le agradezco mucho su deferencia, pero aunque
saliera ganando, no es precisamente la justicia a secas lo que yo prefiero.
¿Tiene la señora Touchett el propósito de llevársela a usted al extranjero?
- Así lo espero. -¿Acaso Inglaterra no es digna de
usted?
- Sus palabras son demasiado maquiavélicas y no
merecen contestación. Mi deseo es conocer el mayor número posible de países.
- Entonces, supongo que irá juzgándolos.
- Y disfrutándolos también. Al menos, lo espero.
- Sí, así es como más disfruta usted-dijo lord
Warburton-. No sabría decir cuál es su objetivo. Usted se me antoja como
alguien que abriga propósitos misteriosos, grandes designios.
- Es usted demasiado amable teniendo de mí una idea
que no está a mi altura. ¿Qué misterio puede haber en un propósito llevado a
cabo todos los años por cincuenta mil compatriotas míos, y que consiste en
tratar de enriquecer el propio espíritu con lo que se aprende viajando por el
extranjero?
- Señorita Archer -respondió su interlocutor-, usted
no puede enriquecer más su espíritu. Es ya un instrumento formidable, que nos
mira a los demás de arriba abajo y nos desprecia. -¿Que les desprecia? Usted se
está burlando de mí -contestó Isabel poniéndose muy seria.
- Bueno, usted nos considera «chocantes», que para el
caso es lo mismo. Y, ante todo y sobre todo, yo no quiero que se me considere
«chocante» porque no lo soy en absoluto. Protesto contra tal calificativo.
- Su protesta es precisamente una de las cosas más
chocantes que he oído en mi vida - declaró Isabel riendo alegremente.
Lord Warburton se quedó callado un instante y al fin
dijo:
- Usted juzga sólo por lo externo y no le importa
nada de nada. Lo único que le interesa es divertirse.
A Isabel le pareció detectar el mismo tono de antes,
si bien ahora con una cierta amargura…, una amargura tan súbita e inconsecuente
que la muchacha creyó que le había ofendido. Ella había oído siempre decir que
los ingleses son gente excéntrica, e incluso recordaba haber leído en algún
autor de gran ingenio que en el fondo son la raza más romántica que existe. Se
preguntó si lord Warburton se estaría poniendo romántico y trataba de hacerle
una escena de amor en su propia casa la tercera vez que la veía. Sin embargo,
la tranquilizó pensar en su exquisita urbanidad, que no había sufrido menoscabo
alguno por el hecho de haber rebasado él los límites del buen gusto al
manifestar su admiración a una joven confiada a su hospitalidad. Tenía ella
perfecta razón al confiar en la exquisita urbanidad del lord, porque él rompió
a reír amablemente sin que en su voz quedase rastro de lo que había llegado a
alarmarla.
- Por supuesto, no he querido ni quiero decir que le
diviertan las nimiedades. Usted escoge grandes materiales, como las dolencias y
congojas de la naturaleza humana, o las singularidades de las naciones.
- Por lo que a eso se refiere -contestó Isabel-, creo
que en mi propia nación encontraría más que sobrada materia de entretenimiento
para años. Pero llevamos ya un gran rato andando y mi tía no tardará en querer
irse.
Así pues, se dirigió hacia los demás, y lord
Warburton se limitó a caminar a su lado en silencio. Antes de llegar donde los
otros estaban, él dijo:
- Iré a verla la semana próxima.
Aquello le causó una honda impresión, pero, al
sentirla desvanecerse, no le pareció que fuese una impresión desagradable. Sin
embargo, respondió con cierta frialdad a aquella declaración.
- Como guste… -se limitó a decir.
Semejante frialdad no era en absoluto calculada; se
prestaba a ese juego en un grado desde luego muy inferior al que creería
probable la mayoría de los críticos. Era, sencillamente, que experimentaba
cierto temor.
10
Al día siguiente de su visita a Lockleigh, Isabel
recibió de su amiga, la señorita Stackpole, una carta cuyo sobre, que mostraba
conjuntamente el sello de Correos de Liverpool y la pulcra caligrafía de la
hábil Henrietta, le produjo una viva emoción. En ella había escrito la señorita
Stackpole: «Mi querida amiga. Aquí me tienes, al fin. Me las arreglé para poder
venir y decidí el viaje la noche antes de abandonar Nueva York… en cuanto el
Interviewer aceptó mis condiciones. En el acto me limité a meter apresuradamente
unas cuantas cosas en una pequeña maleta y, a la manera de los viejos
periodistas, me dirigí al barco en tranvía. ¿Cuándo y dónde podemos vernos? Me
imagino que estarás de visita en algún castillo o en algún otro sitio
interesante y ya habrás adquirido el acento de la tierra. Tal vez te hayas
casado ya con alguno de los grandes lores del país. Casi lo espero, pues me son
precisas algunas cartas de presentación para la gente de la alta sociedad y
cuento contigo para que me proporciones unas cuantas. El Interviewer desea que
informe sobre la aristocracia.
Por lo pronto, mis impresiones de la generalidad de
la gente no son de color de rosa, pero deseo cotejarlas con las tuyas, y ya
sabes que peco de todo menos de superficial. Tengo, además, algo muy especial
que decirte. Te ruego me des una cita lo antes posible y trates de venir a
Londres, pues me gustaría visitar sus lugares más importantes en tu compañía, o
si no te es posible, hazme saber dónde puedo verte, estés donde estés. Iré allá
con sumo gusto, ya que todo me interesa muchísimo y quisiera ver lo más posible
de la vida privada».
Le pareció a Isabel que haría mejor en no mostrar
esta carta a su tío, pero le hizo saber su contenido y, como esperaba, él le
pidió que escribiese a la señorita Stackpole diciéndole en su nombre que
tendría mucho placer en recibirla en Gardencourt. Y añadió:
- Aunque es una mujer de letras, supongo que, siendo
también americana, no se le ocurrirá ponerme en la picota, como hizo la otra.
Ya habrá visto gente parecida a mí.
- No ha visto a nadie tan delicioso como usted -le
contestó Isabel. Mas, a pesar de todo, no estaba tranquila en lo referente a
Henrietta y a su instinto narrativo, que constituía el punto negro en el
admirable carácter de su interesante amiga y lo que menos le agradaba de ella. Así
pues, escribió a la señorita Stackpole diciéndole que sería bienvenida en casa
del señor Touchett, y la vivaz joven no tardó en anunciar su pronta llegada.
Fue, pues, a Londres y desde allí tomó el tren que debía conducirla a la
estación más próxima a Gardencourt, en la que Isabel y su primo Ralph estaban
ya esperándola.
Mientras ambos andaban de un lado al otro del andén,
aguardando la llegada del tren, Ralph preguntó: -¿Me caerá simpática o tendré
que detestarla? A lo que Isabel respondió tranquilamente:
- Pienses lo que pienses, a ella le dará igual. A mi
amiga le importa un bledo lo que los hombres puedan pensar de ella.
- Como hombre, me siento inclinado a tenerle
antipatía. Debe de ser una especie de monstruo terrible. Seguro que será muy
fea…
- No, señor. Es verdaderamente bonita.
- Una mujer entrevistadora… una especie de reporter
con faldas. Tengo verdadera curiosidad por verla -concedió Ralph.
- Es fácil reírse de ella; lo que no es tan fácil es
ser tan valiente ante la vida como ella lo es.
- Estamos de acuerdo. Los crímenes violentos y los
ataques a las personas exigen indudablemente cierto coraje. ¿Crees que tratará
de entrevistarme?
- Por nada del mundo. Estoy segura de que no te
considerará suficientemente importante para hacerlo.
Pero Ralph contestó:
- Ya lo verás. Seguro que enviará a su periódico una
descripción de todos nosotros, metiendo en ella hasta el perro.
- Yo le pediré que no lo haga -dijo Isabel.
- Entonces, ¿la consideras capaz de hacerlo?
- Naturalmente que sí.
- A pesar de creerla capaz, la has hecho tu amiga
íntima.
- No la he hecho mi íntima amiga, pero la estimo
mucho a pesar de sus defectos.
- Ah, bueno-dijo Ralph-. Entonces me temo que va a
desagradarme a pesar de sus méritos.
- Puede que al cabo de tres días estés enamorado de
ella. -¡Eso es! Para que publique mis cartas de amor en el Interviewer. ¡Eso
nunca! - exclamó el joven.
El tren llegó en aquel instante. La señorita
Stackpole bajó rápidamente de su vagón y, como Isabel lo había prometido,
demostró que, aun con su aire un poco provinciano, era delicadamente linda. De
mediana estatura, era pulcra, un tanto rolliza, con una carita redonda, una
boca pequeña, un cutis delicado, un puñado de rizos castaños en la nuca y unos
ojos muy abiertos de expresión sorprendida. Lo más notable de su persona era la
mirada de extraordinaria fijeza que, haciendo un uso consciente de su derecho, clavaba
sin descaro y sin provocación en todo objeto o sujeto que la casualidad le
presentaba. Así pues, la fijó en Ralph, quien se quedó un poco sorprendido por
el gracioso y simpático aspecto de la señorita Stackpole, que parecía insinuar
que no era tan fácil como él se había figurado el no aprobar su manera de ser.
Henrietta era un frufrú, un relampagueo de vestiduras frescas color tórtola, y
Ralph se dio cuenta al primer golpe de vista de que tenía toda la tiesura, la
novedad y la integridad de un primer ejemplar de periódico antes de ser
plegado. No había en ella ni una sola errata de imprenta desde la punta del pie
hasta el último pelo de la cabeza. Hablaba con una voz clara y aguda, no rica
en sonoridades aunque fuerte. Empero, una vez que se hubieron acomodado en el
coche del señor Touchett, creyó Ralph observar que no todo en ella estaba
compuesto en letra grande, la letra de los atroces «titulares» que había
esperado encontrar. Sin embargo, la joven respondió con gran lucidez a las
preguntas que le hizo Isabel, y a las cuales él se atrevió a añadir las suyas
propias. Luego, en la biblioteca, cuando fue presentada al señor Touchett (ni
que decir tiene que la señora Touchett no creyó conveniente aparecer) supo dar
todavía mejor la medida de su confianza en sí misma.
- La verdad -dijo de golpe-, me gustaría saber si
ustedes se tienen por ingleses o por americanos, pues así " sabría a qué
atenerme al hablar con ustedes.
A lo que Ralph contestó amablemente:
- Háblenos como se le antoje, que de todas maneras le
quedaremos agradecidos.
Clavó la visitante en él los ojos y algo había en
ellos que a Ralph le hizo pensar en anchos y pulidos botones… unos botones que
cerraran los elásticos ojales de un recipiente tenso; se le antojó que todos
los objetos circundantes se reflejaban en las pupilas de la periodista. No
suele considerarse humana la expresión de los botones, pero en la mirada de la
señorita Stackpole había algo que a él, hombre harto modesto, le hacía sentirse
vagamente azorado… menos invulnerable y más despreciado de lo que hubiese
querido. Será bueno ad- vertir que, al cabo de dos o tres días de conocerse,
tal impresión fue disminuyendo, si bien no llegó a desvanecerse por completo.
- No creo que se le ocurra tratar de convencerme de
que es usted un americano -dijo ella.
- Con tal de agradarle, seré inglés, o acaso turco.
- Sí tan fácil le es cambiar de esa manera, no se
prive -replicó ella.
- Tengo la seguridad de que usted lo comprende todo y
de que para usted las diferencias de nacionalidad no suponen barreras de
ninguna clase.
Después de mirarle atentamente, dijo la señorita
Stackpole: -¿Se refiere usted a las lenguas extranjeras?
- Los idiomas no son nada. Me refiero al espíritu… al
genio. La corresponsal del Interviewer contestó:
- No estoy segura de entenderle a usted… pero supongo
que antes de irme llegaré a comprenderle.
- Es lo que se llama un verdadero cosmopolita -terció
Isabel.
- Lo cual quiere decir que tiene un poco de todo y no
mucho de nada. A decir verdad, yo creo que el patriotismo es como la caridad…
empieza por la patria de uno.
- Pero ¿dónde empieza la patria de uno? -preguntó
Ralph.
- Yo no sé dónde empieza, pero sí sé dónde acaba.
Para mí, acabó mucho antes de llegar aquí.
El señor Touchett preguntó a su vez con su voz
cascada e ingenua: -¿No le gusta a usted esto?
- Le diré, señor. Todavía no he planeado el camino
que debo tomar. Me siento bastante entumecida, me he podido dar cuenta de ello
durante el viaje de Liverpool a Londres.
- Seguramente iría en un vagón demasiado lleno
-sugirió Ralph.
- Sí, pero el caso es que estaba lleno de amigos, un,
grupo de americanos a quienes conocí a bordo, gente muy simpática de Little
Rock, Arkansas. A pesar de ello me sentía un poco atontada, como si algo me
oprimiera, aunque no sabía decir qué era. Desde el principio sentí como si no
hubiese de encajar en el ambiente, pero me figuro que será un temor pasajero y
no tardaré en formar mi propio ambiente. Ésa es la única manera de poder
respirar libremente… Son muy agradables estos alrededores.
- Nosotros también somos un grupo bastante aceptable
-dijo Ralph-. Quédese aquí un poco y lo verá.
La señorita Stackpole mostró su buena disposición a
esperar y pareció dispuesta a permanecer en Gardencourt algún tiempo. Durante
las mañanas se ocupaba en su trabajo literario, pero eso no impedía que Isabel
pasara gran parte del día con su amiga, que, una vez terminada su tarea,
desaprobaba, incluso desafiaba a la soledad. Isabel halló pronto la ocasión de
convencerla de que no describiese en la letra de imprenta los encantos de su
común estancia. Fue a la mañana siguiente, cuando vio que ya estaba pergeñando
para el Interviewer una crónica, cuyo título escrito con letra clara y
perfectamente legible (la misma que nuestra heroína recordaba de sus cuadernos
de copia de la escuela) rezaba así: «Americanos y Tudores… Estampas de
Gardencourt». Con la mejor buena fe del mundo la señorita Stackpole se ofreció
a leer la crónica a Isabel, quien protestó en el acto contra el contenido del
trabajo periodístico, diciendo:
- Me parece que no debes hacer eso, que no debes
hacer una descripción de este sitio.
La escritora se la quedó mirando fijamente, como era
su costumbre, y contestó: -¿Por qué? Esto es precisamente lo que quieren los
lectores, y éste es un sitio admirable.
- Demasiado admirable para que lo describan en los
periódicos, cosa que mi tío no quiere de ningún modo. -¡Vamos, no lo creas!
-exclamó Henrietta-. Siempre dicen lo mismo y, después, están encantados.
- Pues ni mi tío ni mi primo estarán encantados, te
lo aseguro; incluso lo considerarían un atentado a su hospitalidad.
La señorita Stackpole no pareció conmoverse. Se
limitó a limpiar cuidadosamente su pluma en un elegante artefacto que para ello
llevaba y puso aparte el comenzado manuscrito.
- Naturalmente -dijo-, si te opones no lo haré, pero
lo siento de veras porque es sacrificar un tema precioso.
- Ya tendrás muchos otros. No han de ser temas lo que
te falte. Haremos algunas excursiones, te mostraré algunos paisajes deliciosos.
- La descripción de paisajes no es mi fuerte; en mis
escritos ha de prevalecer siempre algo de interés netamente humano. Ya sabes,
Isabel, que yo soy y he sido siempre profundamente humana. -Y añadió-:
Precisamente iba a sacar a tu primo… el americano desarraigado. Ahora interesa
mucho cuanto se diga en los periódicos de los americanos desarraigados, y tu
primo es un ejemplar magnífico de ellos. Es una pena no hacerlo, le habría
tratado con una severidad que…
Isabel interrumpió para exclamar: -¡Pues se habría
muerto del disgusto…! No por tu severidad, sino por la publicidad.
- Lo deploro porque me habría dado mucho gusto
matarlo un poquito. Y me habría encantado describir a ‹tu tío, que me parece un
tipo mucho más noble… el del ', americano que sigue siendo fiel a su
nacionalidad. Es un anciano espléndido. No comprendo qué puede objetar a que yo
le rinda en mis crónicas el honor que se merece.
Isabel la miró muy asombrada y se quedó sumamente
confusa al ver cómo una persona en la que siempre había hallado tantas cosas
dignas de estimación tenía aquellas caídas tan graves en el error.
- Pero, Henrietta, no entiendes lo que significa la
intimidad.
Henrietta se ruborizó grandemente y durante un
momento sus ojos se humedecieron, mientras Isabel la encontraba más
inconsecuente que nunca. La señorita Stackpole contestó muy dignamente:
- Isabel, eres muy injusta conmigo, porque yo no he
escrito nunca una sola palabra sobre mí misma.
- Me consta, Henrietta; pero me parece que una debe
ser también pudorosa para con los demás. -¡Ah! Ahí esta frase está muy bien
-exclamó la periodista, tomando de nuevo su pluma-. Voy a anotarla para poder
utilizarla en otra ocasión. -Era, como se ve, una mujer de excelente carácter,
y una hora más tarde estaba de nuevo del buen humor que podía esperarse de una
periodista necesitada de temas. Así, dijo a Isabel-: Pero yo les he prometido
hacer crónicas de la vida social; ¿cómo quieres que las haga si no tengo la
menor idea? Si no me es posible describir este sitio, ¿qué otros conoces que
pueda describir?
Isabel le prometió que pensaría en ello y, al día
siguiente, mientras charlaban juntas, mencionó como al azar su visita a la
vieja casa de lord Warburton. En el acto, la señorita Stackpole exclamó:
- Allí es donde debes llevarme… ése es el sitio que
me conviene. Así podré echarle de cerca un vistazo a la aristocracia del país.
- Yo no puedo llevarte allá -dijo Isabel-; pero lord
Warburton va a venir pronto y entonces tendrás ocasión de verlo y observarlo.
Ahora, que si te propones reproducir su conversación, no tendré más remedio que
ponerle a él sobre aviso. -¡Por Dios, no lo hagas! -exclamó su amiga-. Yo
quiero que se comporte y hable naturalmente.
A lo que Isabel contestó declarando:
- Un inglés no es nunca tan natural como cuando se
calla.
Al cabo de tres días no era evidente, como ella
profetizara, que su primo hubiese perdido todavía la cabeza por la señorita
Stackpole, a pesar de haber pasado mucho tiempo con ella. Pasearon juntos por
el parque, se sentaron bajo los árboles y, por las tardes, cuando el bogar en
las tranquilas aguas del Támesis era una verdadera delicia, Henrietta ocupó un
lugar en la lancha en la que antes Ralph sólo tenía una compañera. Su presencia
probó que, en cierto sentido, su espíritu era menos irreductible a los placeres
suaves de lo que Ralph esperaba, pues éste había caído en el error muy natural
de considerar más alegre el carácter de su prima. El hecho es que la
corresponsal del Interviewer le hacía reír, y él tenía ya decidido largo tiempo
atrás que el crescendo en el regocijo sería el solaz de sus años declinantes.
Por su parte, Henrietta no confirmó la predicción que respecto a ella hiciera
su amiga Isabel al referirse a su indiferencia por la opinión masculina, pues
el pobre Ralph le parecía a Henrietta un importante problema que era cuestión
de amor propio tratar de resolver.
La noche misma de su llegada había ella preguntado a
Isabel: -¿Qué hace para vivir? ¿Se pasa todo el día de un lado para otro con
las manos en los bolsillos?
A lo que Isabel contestó sonriendo:
- No hace nada, Es un caballero con abundantes
recursos.
- Bueno, pues me parece sencillamente vergonzoso
cuando pienso que yo he de trabajar como un carretero -replicó la señorita
Stackpole-. Me gustaría poder sacudirle un poco.
Isabel se apresuró a contestar:
- El pobre está muy mal de salud. No puede trabajar.
-¡Bah! No creas semejante cosa. -Y añadió-: Yo trabajo incluso cuando estoy
enferma.
Luego, cuando se embarcó en el bote para la excursión
por el río, dijo a Ralph que se figuraba que él la detestaba y le preguntó si
trataría de ahogarla.
A lo que él contestó riendo: -¡Oh, no! Nada de eso,
yo les reservo a mis víctimas una tortura mucho más lenta. Y usted puede ser
una víctima muy interesante.
- Bueno, puedo decir que en verdad me tortura, pero
yo desbarato todos sus prejuicios, y eso es ya un consuelo. -¿Prejuicios, yo?
No tengo absolutamente ninguno. En eso padezco de una verdadera indigencia
intelectual.
- Pues peor para usted. Yo tengo algunos
verdaderamente deliciosos. Por lo pronto, le desbarato a usted, su flirteo, o
como quiera llamarlo, con su prima; pero no me importa el hacerlo porque creo
que le hago un gran favor sacándole a usted de su reserva. Así verá ella lo
endeble que es usted. -¡Oh, sí! -exclamó Ralph-. Sáqueme de mi reserva. Muy
poca gente se tomaría esa molestia…
En tal empeño la señorita Stackpole no escatimó
ningún esfuerzo, echando mano, cada vez que se le presentaba la ocasión, del
recurso de las preguntas. Al día siguiente hizo mal tiempo y, por la tarde, el
joven, para procurarle un entretenimiento interesante en la casa, se brindó a
mostrarle la galería de pinturas. Henrietta vagó con él por la larga galería
mientras Ralph iba mostrándole los cuadros principales y mencionando sus temas
y autores. La señorita Stackpole contemplaba las pinturas en silencio, sin
proferir comentario alguno y procurando a Ralph la satisfacción de ver que no
prorrumpía en ninguna de aquellas exclama- ciones formularias de deleite de que
tan pródigos solían ser los visitantes de Gardencourt. Hay que reconocer que la
joven era muy poco aficionada a los términos consagrados; en su tono había algo
serio e inventivo que, a veces, en los momentos de obligada deliberación, la
hacía aparecer como una persona de gran cultura que estuviera hablando un
idioma extranjero. Ralph Touchett se enteró después de que, en un tiempo, se
había encargado de la crítica de arte de un diario del Nuevo Mundo, a pesar de
lo cual parecía no llevar en el bolsillo ninguna de esas moneditas de la
admiración corriente. De pronto, después de que Ralph le señalara un precioso
cuadro de Constable, se volvió a él y, mirándole como si fuese un cuadro,
preguntó: -¿Pasa siempre así el tiempo?
- Muy contadas veces lo paso tan agradablemente.
- Bueno, ya sabe lo que quiero decir… sin ocupación
fija. A lo que Ralph contestó: -¡Oh! Soy el más vago de los mortales.
La señorita Stackpole volvió a contemplar el cuadro
de Constable y él le indicó que se fijase en un pequeño Lancret que estaba
cerca y que representaba a un caballero vestido de rojo jubón, calzas y
gorguera, apoyado en el pedestal de una estatua que representaba a una ninfa en
un jardín, y tocando la guitarra para deleitar a dos damas que estaban sentadas
en la hierba. Señalándolo, dijo:
- Ése es mi ideal de una ocupación fija.
La señorita Stackpole se volvió de nuevo hacía él y,
aunque había posado los ojos en el cuadro, él se dio cuenta de que la escritora
no se había percatado del tema y seguía pensando en algo mucho más serio.
- No comprendo cómo no le remuerde la conciencia
-dijo ella.
- Mi querida señora, es el caso que yo no tengo
conciencia.
- Bien, pues me permito aconsejarle que cultive una.
La próxima vez que vaya a América le hará seguramente falta.
- Es muy probable que no vaya allí nunca más. -¿Le da
vergüenza que lo vean?
Ralph, después de pensarlo un momento, dijo con una
suave sonrisa:
- Me imagino que, si uno no tiene conciencia, no
tiene tampoco vergüenza.
- De lo que no hay duda es de que tiene usted gran
aplomo -declaró Henrietta-. ¿Le parece bien abandonar a su país? -¡Ah! Por lo
que a eso toca, uno no abandona a su país como tampoco abandona a su abuela. El
uno y la otra son anteriores a toda posible elección… elementos de la esencia
de uno mismo que no se pueden eliminar.
- Me imagino que eso significa que usted lo ha
intentado y ha sido derrotado. ¿En qué concepto le tiene la gente de aquí?
- Todos me adoran.
- Debe de ser porque usted los embauca. Y Ralph,
suspirando, replicó: -¡Ah! Atribúyalo mejor a mi natural encanto.
- No sé nada acerca de su natural encanto -dijo
Henrietta-. El encanto que pueda tener es completamente artificial, totalmente
adquirido… o cuando menos, ha procurado adquirirlo viviendo en este lugar. Y,
la verdad, no creo que lo haya logrado. Por lo menos, es un encanto que yo no
sé apreciar. Procure hacerse útil de algún modo y volveremos a hablar del
asunto.
- Bueno; dígame lo que debo hacer -le pidió Ralph.
- Por lo pronto y para comenzar, volver a su país.
- Comprendido. ¿Y después?
- Lanzarse de lleno a cualquier cosa.
- Conformes. Pero ¿qué cosa?
- Con tal de que se lo tome en serio, cualquier cosa.
Cualquier idea nueva, una gran obra. -¿Y es muy difícil lanzarse de lleno?
- Si se pone todo el corazón en ello, no. -¡Ah, mi
corazón! -dijo Ralph-. Si todo ha de depender de mi corazón… -¿Es que no tiene
corazón?
- Hasta hace pocos días lo tenía, pero desde entonces
lo he perdido.
- No es usted serio -le reprochó la señorita
Stackpole-, eso es lo que le ocurre.
Pero al cabo de un par de días, centró de nuevo su
atención en él, asignando una nueva causa a su misteriosa perversidad.
- Ya sé lo que le ocurre: que se cree demasiado bueno
para casarse -afirmó. Ralph contestó tranquilamente:
- Así lo creí hasta que la conocí a usted, señorita
Stackpole. Pero desde entonces, he cambiado de idea. -¡Bah! -refunfuñó
Henrietta. Pero Ralph prosiguió:
- Me parecía que yo no era bastante bueno.
- El matrimonio lo hará mejor. Además, es su
obligación. El joven exclamó:
- ¡Ah, mi obligación! ¡Tiene uno tantas obligaciones!
¿También eso es una obligación?
- Naturalmente que lo es… ¿no lo sabía usted? Todos
tienen el deber de casarse.
Ralph se quedó callado un momento, decepcionado. Algo
en la señorita Stackpole había comenzado a gustarle. Le parecía que, si no era
una mujer encantadora, cuando menos era un «caso». Le faltaba ciertamente
distinción, pero, según dijo Isabel, poseía un gran valor.
Se había metido en las jaulas, había hecho restallar
los látigos y había acabado siendo una domadora de leones. No la suponía capaz
de emplear tretas vulgares, pero las últimas palabras le habían sonado a nota
falsa: cuando una joven casadera acucia a casarse a un joven que no piensa en
tal cosa, la explicación más clara es que no obra de manera altruista. -¡Ah!
Sobre eso hay mucho que decir -replicó Ralph.
- Puede que lo haya, pero lo principal es eso. Debo
confesar que me parece cosa de privilegiados eso de, andar completamente solo
en la vida como si creyera que no hay mujer digna de usted. ¿Acaso se cree
usted mejor que nadie en el mundo? En América, lo corriente es casarse.
- Si esa es mi obligación, ¿no será, por analogía,
también la suya? -preguntó Ralph.
La señorita Stackpole mantuvo muy abiertos los ojos,
en los que se reflejaba el sol, y dijo: -¿Tiene usted la vana esperanza de
encontrar algún fallo en mi razonamiento? ¿Qué duda cabe de que yo tengo el
mismo derecho que cualquier otra a casarme?
- Pues entonces, no diré que me molesta el verla
soltera, sino que, por lo contrario, me encanta.
- Todavía no es usted serio. Ni lo será nunca.
- No creerá usted eso el día que le confiese que
deseo abandonar mi costumbre de ir solito por la vida…
La señorita Stackpole se quedó mirándole un instante
de una manera que parecía anunciar una respuesta a la que técnicamente pudiera
llamarse alentadora. Pero, contra lo que Ralph esperaba y con gran sorpresa
suya, la aguardada expresión se trocó en una apariencia de alarma, incluso de
enojo. Ella contestó secamente:
- Ni aun entonces. -Y se marchó.
Por la noche, Ralph le dijo a su prima:
- Todavía no he concebido amor por tu amiga, y eso
que esta mañana hemos estado hablando un buen rato del asunto.
- Y no sólo hablasteis sino que tú dijiste algo que a
ella no le agradó. Ralph se quedó asombrado.
- Cómo, ¿se ha quejado de mí?
- Me ha dicho que cree que hay algo excesivamente
superior en el tono de los europeos al dirigirse a las mujeres. -¿Me llama ella
europeo?
- Uno de los peores. Me ha contado que le dijiste una
cosa que un americano no habría sido capaz de decir. Pero no quiso repetírmelo.
Ralph soltó una gran carcajada. Luego dijo:
- Es una persona muy contradictoria. ¿Creyó acaso que
la estaba cortejando?
- No. Me figuro que incluso los americanos hacen eso.
Pero al parecer se imaginó que tú entendiste mal algo que ella dijo y lo
interpretaste a tu gusto.
- Se me antojó que me estaba haciendo una propuesta
de matrimonio y la acepté. ¿Había algo malo en ello?
Isabel sonrió y dijo quedamente:
- Para mí, sí. Yo no quiero que te cases.
- ¿Qué quieres que haga uno metido todo el santo día
entre vosotras, querida primita? - preguntó Ralph-. La señorita Stackpole me
dice que mi deber es casarme, y que el suyo es, en términos generales, velar
por que yo cumpla con él.
A lo que Isabel contestó seriamente:
- Henrietta tiene un hondo sentido del deber. El
deber inspira todo cuanto dice. Por eso es por lo que la quiero tanto. Ella
piensa que es indigno de ti guardar tantas cosas para ti solo. Eso es lo que
quería decir. De j modo que, si te figurabas que estaba tratando de
engatusarte… te equivocaste de medio a medio.
- Sin duda era un modo bien extraño de conseguirlo,
pero se me antojó que estaba tratando de pescarme. Perdona mi perversidad,
primita.
- Eres demasiado presuntuoso. Ni por un instante
acarició ella miras interesadas, ni supuso que tú se las atribuirías.
- Verdaderamente, tiene uno que ser muy modesto para
hablar con esa clase de mujeres -dijo Ralph con toda humildad-. Lo cierto es
que es un tipo bien extraño. Demasiado personal… si se considera que ella
espera que los demás no lo sean. Es de las que entran en la casa sin llamar a
la puerta.
- Cierto -dijo Isabel-. No se presta a reconocer de
buen grado la existencia de los picaportes, a los que estoy segura que
considera simples adornos pretenciosos. Piensa que la puerta de la gente debe
estar siempre abierta de par en par. Eso no quita para que yo siga queriéndola.
- Pues yo sigo creyendo que se toma demasiadas
confianzas -replicó Ralph que, naturalmente, se sentía algo molesto ante la
idea de haberse engañado doblemente respecto a la amiga de su prima.
Isabel contestó:
- Yo, la verdad, creo que la quiero precisamente
porque es más bien algo vulgar.
- Ese razonamiento tuyo la halagará sin duda alguna.
- Pero si yo tuviese que decírselo no lo expresaría
de este modo. Le diría que es porque hay en ella algo de pueblo.
- Por lo que hace a eso, ¿qué sabes tú de pueblos y
qué sabe ella?
- Ella, por lo pronto, mucho; y yo sé lo bastante
para darme cuenta de que ella es como una emanación de la gran democracia… del
continente, del país, de la nación entera. No es que yo quiera decir con esto
que ella lo resume todo en sí, sería demasiado pedir… pero el caso es que lo
sugiere, que lo representa con gran realismo.
- Así que la quieres tanto por una razón de
patriotismo. En cambio, yo tengo el presentimiento que es precisamente por eso
por lo que le pongo reparos.
Isabel exhaló un hondo y alegre suspiro y dijo: -¡Ah!
¡Hay tantas cosas que me gustan y que quiero! Basta que una cosa me impresione
con cierta intensidad para que yo la acepte enseguida. No es que pretenda
presumir de ello, pero intuyo que soy más bien versátil. Me gusta que la gente
sea distinta de Henrietta, como, por ejemplo, las señoritas Molyneux, las
hermanas de lord Warburton. Cuanto más las contemplo, más me parece que
encarnan un verdadero tipo de ideal. Sin embargo, en cuanto veo a Henrietta,
quedo en el acto convencida por ella no tanto por lo que ella es, sino por lo
que detrás de ella se amontona.
- Entonces, te refieres a su lado oculto -sugirió su
primo.
- Ella tiene razón -dijo Isabel-, nunca llegarás a
ser una persona seria. Yo adoro aquel gran país que se extiende a través de las
praderas y más allá de los ríos, floreciendo, sonriendo y dilatándose hasta
verterse en el Pacífico… Y Henrietta, no me eches en cara la comparación, ha
recogido en los pliegues de su ropa todo el aroma de aquel país.
Isabel se ruborizó un poco al terminar su parrafada,
y aquel rubor, junto con el ardor pasajero que había puesto en sus palabras, le
sentaron tan admirablemente que Ralph permaneció contemplándola un rato en
silencio y sonriendo. Por fin dijo:
- No tengo la seguridad de que el Pacífico sea tan
grande como tú lo pintas, pero no cabe duda de que eres una mujer de gran
imaginación. En cambio, Henrietta huele tanto a futuro que casi le tumba a uno
de espaldas.
11
Ralph adoptó la firme resolución de no interpretar
torcidamente las palabras de la señorita Stackpole ni aun cuando ésta hablara
en un sentido demasiado personal. Hubo de acostumbrarse a la idea de que para
ella las personas no eran sino organismos sencillos y homogéneos, y de que por
su parte él era un ejemplar demasiado corrompido de la naturaleza humana para
tener derecho a tratarla en términos de reciprocidad. Llevó a cabo su decisión
con un tacto exquisito, de suerte que la joven periodista pudo, en su renovado
contacto con él, ejercer sin trabas su habilidad para la investigación
insaciable. De modo que, dado el gran aprecio que por ella sentía Isabel, y el
no menor que ella experimentaba por esa agilidad de inteligencia que a juicio
suyo hacía de Isabel su hermana espiritual, y dada la venerabilidad tan
agradable del señor Touchett, cuyo noble tono, como ella solía decir, merecía
toda su aprobación, su situación en Gardencourt habría sido de lo más cómoda si
no hubiese ella concebido desde el primer momento una gran desconfianza hacia
la pequeña señora a quien al principio se creyó obligada a considerar dueña de
la casa. Pero no tardó en descubrir que semejante obligación no era nada pesada
y que la señora Touchett no se preocupaba en absoluto de lo que la señorita
Stackpole hiciera o dejara de hacer. La señora Touchett la había calificado,
hablando con Isabel, de aventurera y de aburrida… concediendo que a veces las
aventuras proporcionan verdaderas emociones. Había manifestado a su sobrina su
extrañeza de que hubiera escogido tal amiga, pero añadió a renglón seguido que
sabía muy bien que los amigos de Isabel no eran cosa suya, y que jamás se había
propuesto que le gustasen todos, ni obligar a la joven a tratar únicamente a
aquellos que agradaban a su tía.
- Si no hubieras de tratar más que a la gente que a
mí me gusta -confesó- tendrías muy pocas relaciones, pues no conozco a ningún
hombre ni ninguna mujer que me gusten lo suficiente para poder recomendártelos.
Eso de recomendar a alguien es cosa muy seria. Por ejemplo, la señorita
Stackpole no me gusta absolutamente nada. Todo lo suyo me desagrada
profundamente; habla demasiado fuerte y la mira a una como si una estuviese
deseando mirarla a ella… cosa que no ocurre. Tengo la seguridad de que ha
vivido toda su vida en pensiones de familia y no detesto nada tanto como las
costumbres y libertades de semejantes sitios. Si me preguntas si prefiero mis
modales, que seguramente te parecerán horribles, te diré que me gustan
infinitamente más que los de ella. La señorita Stackpole sabe muy bien que yo
detesto esa civilización de casa de huéspedes y me odia por detestarla, pues se
figura que esa civilización es la más selecta del mundo. Gardencourt le
gustaría más si fuera una casa de huéspedes, aunque a mí me parece que tiene no
poco de eso. Como nunca nos llevaremos bien ella y yo, más vale no intentarlo.
La señora Touchett tenía razón al imaginarse que no
merecía la aprobación de Henrietta, pero no lograba poner el dedo en la llaga
del motivo de semejante sentimiento. Dos días después de la llegada de la
señorita Stackpole, la señora Touchett hizo algunas injustas reflexiones sobre
los hoteles de América, y ello excitó el espíritu de contradicción de la
corresponsal del Interviewer que, en su calidad de periodista, había conocido
en el mundo occidental los más variados tipos de alojamiento. Henrietta manifestó
su opinión de que los hoteles de América eran los mejores del mundo, y la
señora Touchett, que aún conservaba fresco el recuerdo de su lucha con algunos
de ellos, expresó su convicción de que eran los peores. Ralph, queriendo poner
en práctica su buen humor experimental y deseoso de encontrar un medio de
zanjar la cuestión, dijo que la verdad estaba en el justo medio y que los
establecimientos de que hablaban debían ser clasificados entre los medianos.
La señorita Stackpole rechazó indignada tal
clasificación. Nada de medianos. O eran los mejores del mundo o eran los
peores, pero no había nada de términos medios con respecto a los hoteles de
América.
- Juzgamos desde distintos puntos de vista, es
evidente -dijo la señora Touchett-. A mí me gusta que me traten como a una
persona, a usted le gusta que la traten como a un número.
- No sé qué quiere usted decir -repuso Henrietta-. A
mí me gusta que me traten como a una señora americana. -¡Pobres señoras
americanas! -exclamó riendo la señora Touchett-. Son esclavas de esclavos.
- Son compañeras de hombres libres -replicó
Henrietta.
- Compañeras de sus criados…, de la doncella
irlandesa y el mozo de comedor negro. Comparten sus trabajos. -¿Llama usted
«esclavos» al servicio doméstico de una casa americana? -inquirió la señora
Stackpole-. Si es así, no me extraña que no le guste América.
- Si una no tiene buenos criados lo pasa
terriblemente mal -dijo con tranquilidad la señora Touchett. En América son muy
malos; en cambio, en Florencia tengo cinco, a cual mejor.
Henrietta no pudo contenerse de decir:
- No veo para qué necesita usted cinco criados. Yo
creo que no podría soportar ver a cinco personas a mi alrededor en esas
condiciones de servilismo.
La señora Touchett proclamó con no poca intención:
- Pues yo prefiero verlas en tal condición antes que,
en algunas otras. El señor Touchett intervino diciendo: -¿Te gustaría yo más,
querida, si fuera tu mayordomo?
- No estoy muy segura; por lo pronto, te faltan los
modales y el tipo para ello.
- Compañeras de los hombres libres… he ahí algo que
de veras me gusta, señorita Stackpole -dijo Ralph-. Es una hermosa descripción.
- Al decir hombres libres, no me refería a usted,.
señor.
Y ésa fue toda la recompensa que Ralph obtuvo por su
anterior cumplido. La señorita Stackpole estaba perpleja. Era indudable que
pensaba que había algo traicionero en la estima que la señora Touchett mostraba
por una clase a la que Henrietta en privado calificaba de misteriosa
supervivencia del feudalismo. Acaso porque estaba hondamente preocupada por tal
imagen dejó pasar varios días antes de buscar una ocasión para decir a Isabel:
- Estoy por preguntarme, querida amiga, si no te
habrás vuelto desleal. -¿Desleal? ¿Desleal hacia ti, Henrietta?
- No. Eso sería una gran pena para mí, pero no es
eso.
- Entonces, ¿hacia mi país? -¡Ah! Espero que eso no
suceda nunca. Cuando te escribí desde Liverpool, te comuniqué que tenía algo
particular que decirte. Nunca se te ha ocurrido preguntarme qué era… ¿Es acaso
porque lo has sospechado? -¿Sospechado, qué? Por lo general, no creo ser dada a
sospechar -dijo Isabel-. Cierto, ahora recuerdo la frase de tu carta, pero
confieso que la había olvidado por completo. ¿Qué es lo que tienes que decirme?
Henrietta pareció decepcionada y su firme mirada lo
dio a entender.
- No lo preguntas como es debido… como si te
pareciese una cosa importante… Estás muy cambiada… piensas ya en otras cosas,
- Dime lo que es y entonces pensaré en ello. -¿De
veras pensarás en ello? Eso es de lo que yo quería asegurarme. Isabel contestó:
- No tengo un dominio perfecto sobre sus
pensamientos, pero haré lo que pueda. - Henrietta la miró en silencio durante
tanto rato que acabó con la paciencia de Isabel y le hizo exclamar-: ¿Quieres
decir que vas a casarte?
- No antes de haber visto Europa -respondió
Henrietta. Y prosiguió-: ¿De qué te ríes?
Lo que quiero decir es que el señor Goodwood vino en
el mismo barco que yo. -¡Ah! -se limitó a responder Isabel.
- Has dicho bien. A bordo tuvimos ocasión de charlar
largamente. Ha venido siguiéndote. -¿Te lo dijo él?
- No, no me dijo absolutamente nada. Por eso lo supe
-contestó ingeniosamente la escritora-. Él habló poco de ti, pero, en cambio,
yo hablé mucho de ese tema.
Isabel se mantuvo a la espera. Había empalidecido al
oír el nombre del señor Goodwood y, al final, acabó por decir:
- Siento mucho que hablaras de mí.
- Es que era un placer y me gustaba la manera en que
me escuchaba. A un oyente así podría haberle hablado mucho tiempo. Escuchaba
con tanta atención, tan callado, tan absorto en mis palabras…
Isabel preguntó: -¿Qué dijiste de mí?
- Dije que, en conjunto, eras la criatura más
perfecta que conocía.
- Pues lo siento en el alma. Él tiene ya demasiada;
buena opinión de mí y no hay que alentarle por ese camino.
- Se muere porque le den alientos, por pocos que
sean. Me parece estar viendo su cara, aquella mirada absorta mientras yo
hablaba… Nunca he visto a un hombre feo transformarse en uno tan hermoso.
- Es de ideas muy simples -contestó Isabel-. Y,
además, no es tan feo.
- Nada torna a la gente tan sencilla como una gran
pasión.
- La suya no es una gran pasión, de eso estoy segura.
- Lo dices como si no lo estuvieras.
Isabel sonrió de manera más bien fría. Y declaró:
- Haré mejor en decírselo al mismo señor Goodwood.
- Pues pronto tendrás ocasión de ello -dijo
Henrietta. Isabel no contestó a esa afirmación que su amiga acababa de hacer
con gran seguridad. La periodista prosiguió-: Te va a encontrar muy cambiada.
El ambiente que te rodea te ha afectado mucho.
- No digo que no. Todo me afecta.
- Todo, menos el señor Goodwood -exclamó la señorita
Stackpole con una risa un tanto agria.
Isabel ni siquiera sonrió y, al cabo de un instante,
preguntó: -¿Te pidió él que me hablaras?
- No lo dijo con estas palabras, pero me lo pidió con
los ojos y con su apretón de manos cuando nos despedimos.
- Te agradezco que lo hayas hecho -dijo Isabel, y se
dio la vuelta.
- Has cambiado, Isabel, has adquirido aquí otras
ideas -insistió su amiga.
- Por suerte para mí -replicó Isabel-. Una tiene el
deber de adquirir el mayor número de ideas que le sea posible.
- De acuerdo, pero las nuevas no deben desplazar a
las antiguas, si las antiguas han sido las buenas.
Isabel se le acercó nuevamente y dijo:
- Si quieres decir que yo tenía alguna idea con
respecto al señor Goodwood… -Pero, ante la implacable mirada de su amiga, optó
por callarse.
- Querida mía, ¿qué duda cabe de que le dejaste
concebir esperanzas?
Durante un momento Isabel pareció disponerse a
rebatir aquel aserto, pero en lugar de eso dijo tranquilamente:
- Es cierto, yo le di alientos. -Dicho lo cual,
preguntó a su amiga si el señor Goodwood le había comunicado qué pensaba hacer.
No era eso más que una concesión a su propia curiosidad, pues le desagradaba
hablar del asunto y consideraba que Henrietta no había procedido con la
delicadeza debida.
- Se lo pregunté y me dijo que no pensaba hacer
absolutamente nada -contestó la señorita Stackpole-. Naturalmente, yo no lo
creí porque no es un hombre pasivo, sino de acción pronta y decidida. Ocúrrale
lo que le ocurra, él hará siempre algo, y lo que haga estará siempre bien.
Aunque Henrietta tal vez se había mostrado poco
delicada, esa declaración conmovió a Isabel, que corroboró:
- Yo también opino lo mismo.
La periodista se lanzó al ataque, diciendo:
- Y piensas en él. Isabel repitió:
- Lo que él haga, siempre estará bien… Cuando un
hombre es totalmente de una pieza, ¿qué puede importarle lo que una sienta?
- Puede que a él no le importe, pero le importa a
una. -¡Bah! Lo que a mí me importa… no es precisamente lo que estamos
discutiendo -dijo Isabel, sonriendo sin ganas.
Su compañera adoptó un aire severo y replicó:
- Bueno, eso no es cosa mía. Lo que veo es que estás
cambiada, que no eres la misma que eras hace unas semanas, y el señor Goodwood
se dará cuenta de ello. Yo espero que se presente aquí de un día a otro.
- Pues, entonces, confío en que llegará a detestarme.
- Ni creo que esperes tal cosa ni le creo a él capaz
de ella.
Nuestra heroína no replicó a esta observación, pues
se había quedado anonadada ante la noticia que Henrietta acababa de darle
respecto a la posible aparición de Caspar Goodwood en Gardencourt. Quiso
engañarse a sí misma diciéndose que eso era imposible, y así se lo hizo saber
más tarde a su amiga. Sin embargo, pasó en una gran ansiedad las cuarenta y
ocho horas siguientes, esperando a cada momento oír anunciar el nombre del
joven compatriota. Y tal preocupación la intranquilizó hasta el punto de que le
pareció sentir un gran bochorno en el aire, como si el tiempo fuese a cambiar…
Tan grato había sido el tiempo, en el sentido social, hasta entonces para ella
en Gardencourt, que cualquier cambio que en él se produjera no podría ser para
bien. Sin embargo, su ansiedad cesó al segundo día. Había salido ella de paseo
por el parque en compañía del simpático Bunchie y, después de haber andado
durante un rato tan intranquila y absorta en sí mima que no veía ni oía, se
había sentado en un banco del jardín, no lejos de la casa y bajo una gran haya,
donde, vestida de blanco, adornado su traje con lazos negros, y entre las leves
sombras que revoleteaban a su alrededor, ofrecía una imagen llena de gracia y
armonía. Durante algunos instantes se entretuvo en hablar con el revoltoso
perrito, respecto al cual se aplicaba con la mayor imparcialidad posible la
proposición de bien indiviso hecha por el primo… es decir, tan imparcialmente
como lo permitían las veleidosas e inconstantes simpatías del pequeño can. Pero
en aquella ocasión se dio cuenta por primera vez de la limitación del intelecto
de Bunchie, que hasta entonces le había parecido de grandes dimensiones. Pensó
que, antes de salir, hubiera sido oportuno proveerse de un libro, ya que, en
otros tiempos, cuando se sentía desasosegada, le bastaba la compañía de un buen
volumen para que su ensimismamiento se aposentase en la morada de su pura
razón. Últimamente, no vale la pena negarlo, pareció que la literatura no
iluminaba sus inquietudes más que con una mortecina luz; y, aun cuando se
acordó de que la biblioteca de su tío contenía todos esos autores que no deben
faltar en la de ningún caballero que se estime, el hecho es que permanecía allí
sentada, inmóvil y con las manos vacías, la mirada fija en el verde césped del
prado. La llegada de un criado con una carta la sacó en aquel instante de su
ensimismamiento. La carta, cuyo sobre tenía el sello de Correos de Londres y
estaba escrito con una letra que le era bien conocida… vino a ocupar un lugar
en su imagi- nación, absorta ya en el que la había escrito, como si con, ella
aportara la vivacidad del rostro o de la voz del autor. Por ser tal carta un
documento corto, no habrá inconveniente en transcribirla por completo. Decía
así:
Querida señorita Archer:
Ignoro si se habrá enterado de mi llegada a Londres,
pero, aunque no haya sabido nada de ella, creo que no será una sorpresa para
usted. Recordará que cuando, hace tres meses, me dio su respuesta negativa en
Albany, yo no quise aceptarla y protesté contra ella. Por su parte, usted
pareció aceptar semejante protesta y reconoció que yo tenía razón. Fui entonces
a verla con la esperanza de que me permitiera intentar hacerle compartir mi
convicción, ya `que las razones en que la fundo son inmejorables.
Pero usted me desengañó, pues la encontré cambiada y
sin poder darme razón aceptable acerca de su cambio. Usted misma reconoció que
su actitud no era razonable, y ésa fue toda la concesión que se dignó hacer,
pero era verdaderamente baladí porque no ' respondía a su manera de ser. No,
usted no es, ni será nunca, arbitraria ni caprichosa. Por el contrario, creo
que me permitirá volver a verla. Me dijo que yo no le resultaba desagradable,
cosa que creo, pues no ` sé por qué habría de serlo. Seguiré pensando siempre
en usted y en ninguna otra. He venido a Inglaterra sólo porque en ella se
encuentra usted, ya que no podía permanecer en nuestro país estando usted;'
ausente de él, y lo detestaba porque usted lo había abandonado. Si ahora me
gusta tanto este país en tan sólo porque la tiene a usted en su seno. He estado
en Inglaterra anteriormente, pero nunca me gustó gran cosa. ¿Me permite ir a
verla, aunque no sea más que media hora? En el momento presente ése es el más
vivo anhelo de su devoto
GASPAR GOODWOOD
Isabel leyó esta carta con tan concentrada atención
que ni siquiera oyó los pasos que hacia ella se acercaban quedamente sobre la
hierba tierna. Alzó los ojos mientras plegaba maquinalmente la carta, y vio a
lord Warburton de pie ante ella, contemplándola en silencio.
12
Isabel se guardó la carta en el bolsillo y dirigió a
su visitante una suave sonrisa de bienvenida, sin mostrar la menor alteración y
sorprendiéndose a sí misma por su propia frialdad.
Lord Warburton habló así:
- Me dijeron que estaba usted aquí y, como no había
un alma en el salón y era precisamente usted a quien me interesaba ver, me
dirigí aquí sin más.
Isabel se puso en pie, pues parecía sentir en su
interior un vago deseo de que él no se sentara a su lado.
- Ya me disponía a entrar -dijo.
- No se vaya, por favor. Se está mucho mejor aquí
fuera. He venido a caballo desde Lockleigh y puedo asegurarle que hace un día
espléndido.
La sonrisa con que acompañara las anteriores palabras
era especialmente amistosa y agradable, mientras que parecía desprenderse de
toda su persona ese aura de bondad y amabilidad que tanto encantara a la joven
desde el momento en que le vio por vez primera; aura que le rodeaba como el
resplandor de un deleitoso día del mes de junio.
- Entonces daremos una vuelta -dijo Isabel, que a su
pesar intuía la intención de la visita de su acompañante y que deseaba a un
tiempo eludir aquella intención y satisfacer su curiosidad. Ya otra vez había
vislumbrado ese designio con la fugacidad de un relámpago y, como ya sabernos,
le produjo gran alarma; una alarma cuyos elementos no eran del todo
desagradables. Por lo pronto llevaba varios días analizándolos, habiendo al fin
logrado separar la parte agradable de la idea de que lord Warburton la estaba cortejando,
de la parte de esta idea que la resultaba desagradable. A muchos de nuestros
lectores ha de antojárseles que la joven era a la vez precipitada e
indebidamente exigente; pero este último reproche, caso de ser justo, puede
contribuir a disculparla del descrédito que el primero entraña. Isabel no
sentía el menor deseo de convencerse a sí misma de que un poderoso
terrateniente, como había oído llamar a lord Warburton, estaba prendado de sus
encantos, pues el hecho de una declaración procedente de él comportaría más
interrogantes de los que podría contestar. A ella le había impresionado mucho
el hecho de que él fuese un gran «personaje», y se había dedicado a examinar la
imagen que ese hecho le presentaba. Cabe decir, a riesgo de abundar aún más en la
prueba de su autosuficiencia, que en determinados momentos la posibilidad de
que tal personaje le tributara tanta admiración le parecía una agresión rayana
en afrenta, casi una inconveniencia. Hasta entonces no había conocido a ningún
verdadero personaje, no los había habido antes en su vida, y acaso tampoco
existieran en su país de origen. Cuando ella había pensado que alguien pudiera
ser eminente, lo hacía en razón de su carácter y de su ingenio… en razón de lo
que a una pudiera gustarle en la inteligencia y en la conversación de un
caballero. Por su parte, ella misma era todo un carácter, y de eso estaba
perfectamente convencida. Y hasta entonces su imagen de una conciencia plena
tenía relación con cuestiones morales… cosas respecto a las cuales la pregunta
sería si a su alma sublime le resultaban gratas. Así, pues, lord Warburton
fulgía ante sus ojos intensa y brillantemente como un conjunto de atributos y
poderes que no se medían por esa sencilla norma, sino que requerían una clase
de apreciación totalmente distinta… una apreciación que la joven, acostumbrada
a juzgar las cosas con gran celeridad y suma libertad, se sentía falta de
paciencia para poder otorgar. Era como si él fuese a pedirle algo que ningún
otro había pensado pedirle. Ella sentía que un gran magnate terrateniente,
social y político, había concebido el designio de arrastrarla a un sistema en
el cual él vivía y actuaba de un modo un tanto ofensivo. Y un cierto instinto
persuasivo, si bien nada categórico, le decía que resistiera… murmurándole que
ella tenía ya su propio sistema y su propia órbita. Le decía además, muchas
otras cosas… cosas que a la vez se contradecían y confirmaban mutuamente; como
que una muchacha podría sin duda hacer algo mucho peor que confiarse a
semejante hombre, y que resultaría de veras interesante conocer su sistema
desde el punto de vista de él; que, sin embargo, mucho de aquel sistema
constituía para ella una constante complicación y que, incluso tomado en
conjunto, tenía algo de rígido y de inflexible que lo convertía en una
verdadera carga. Por si eso fuera poco, he aquí que acababa de llegar de
América cierto joven que carecía en absoluto de ninguna clase de sistema, pero
que estaba dotado de un carácter respecto del cual le era inútil tratar de
convencerse de que le había producido poca impresión.
La carta que en el bolsillo tenía probaba
precisamente lo contrario. Sin embargo me atrevería a repetirle al lector que
no sonriera ante esta sencilla muchacha de Albany que se atormentaba pensando
en si debía aceptar a un par inglés antes de que él se le declarase y que, por
otra parte, estaba convencida de que podía encontrar un candidato mejor. Como
se ve, era una persona de inmensa buena fe, y si en realidad había mucho de
insensatez en su juicio, quienes hayan de juzgarla severamente pueden tener la
satisfacción de comprobar que con el tiempo se tornó juiciosa, aunque a costa
de una enormidad de insensateces, que casi constituirían una apelación directa
a la caridad.
Lord Warburton parecía estar dispuesto a pasear, a
sentarse o hacer lo que a Isabel se la antojara proponer, y así se lo aseguró
con su aire habitual de complacencia en el ejercicio de una virtud social.
Pero, a pesar de todo, no era dueño de sus emociones y, mientras caminaba a su
lado en silencio durante un momento, y la miraba sin que ella se diese cuenta,
había algo azorado en su mirada y en su risa a destiempo. Sí, ciertamente… ya
que he tratado antes este punto, podemos volver ahora sobre él… los ingleses
son la gente más romántica del mundo, y lord Warburton estaba a punto de
brindar un ejemplo de ello. Estaba al borde de dar un paso que habría de
asombrar a todos sus amigos, desagradando a no pocos de ellos, y que visto
superficialmente no tenía nada positivo. La joven que iba a su lado hollando el
césped procedía de un país extraño de allende los mares, país que él conocía
bastante; los antecedentes y las relaciones de la muchacha se le aparecían muy
vagos salvo en la medida en que eran genéricos, pero en tal sentido se le
antojaban claros y sin importancia. La señorita Archer no poseía fortuna ni esa
clase de belleza que justifica a un hombre ante la multitud y él calculaba que
había pasado ya como unas veintiséis horas en su compañía. El lo había so-
pesado todo: la contumacia de su propio impulso, que rehusara aprovechar las
mejores oportunidades que se le ofrecían para apaciguarse, y el juicio del
género humano, ejemplificado particularmente por la mitad más rápida a la hora
de juzgar; después de mirar todas estas cosas cara a cara, en el acto las
desalojó de su pensamiento, no preocupándose de ellas más de lo que habría
podido preocuparse del capullo de rosa que llevaba prendido del ojal. La suerte
del hombre que durante la mayor parte de su vida no ha necesitado realizar
grandes esfuerzos para no desagradar a sus amigos, consiste en que no hay
recuerdos molestos que lo desacrediten cuando deba tomar el camino contrario.
Isabel, que estaba observando la indecisión de su
amigo, acabó por decirle:
- Celebraré que le haya resultado agradable el paseo.
- Sólo por el hecho de conducirme hasta aquí tenía
que ser de lo más grato. -¿Tanto le gusta a usted Gardencourt? -preguntó la
muchacha, cada vez más segura de que acabaría por pedirle algo y deseosa de no
forzarle, caso de que él titubeara y, al mismo tiempo, de conservar toda su
tranquilidad y lucidez mental por si se decidía. De pronto pensó que su actual
situación era de las que unas semanas antes no habría dudado en calificar de
romántica, a saber: el parque de una vieja y prestigiosa mansión señorial en
Inglaterra y, en primer plano, uno de los «grandes» aristócratas del país
(según creía ella) a punto de declarar su amor a una preciosa y joven dama que,
luego de bien observada, acusaba notable parecido con Isabel misma. No
obstante, al ser ella en aquel momento la heroína de semejante situación, no
lograba mirarla serenamente.
- Gardencourt me tiene absolutamente sin cuidado
-contestó el acompañante-. Lo que me interesa es usted.
- Me conoce todavía demasiado poco para tener derecho
a decir semejante cosa, y no puedo creer que hable en serio.
No eran del todo sinceras las palabras de Isabel,
pues no le cabía duda de que él lo era. Las dijo simplemente para rendir un
tributo al hecho, del cual era muy consciente, de que la afirmación de él
habría causado gran sorpresa en el vulgo. Y si, por añadidura, hubiese habido
algo capaz de convencerla, además de su presentimiento de que lord Warburton no
era ligero de cascos, habría bastado para ello el tono con que él le respondió:
- Ese derecho no puede medirse por el tiempo,
señorita Árcher, sino por el sentimiento. Dentro de tres meses no estaré más
convencido que ahora de lo que siento. Es cierto que la he visto muy poco, pero
mi impresión arranca del momento mismo en que nos conocimos. No perdí el
tiempo, pues me enamoré de usted entonces. Como dicen las novelas, fue un
flechazo. Ahora comprendo que tal frase no es pura fantasía y en adelante
tendré mejor opinión de ese género literario. Los dos días que aquí pasé
acabaron de arraigar mis ideas y mi decisión. Ignoro si usted se dio cuenta de
lo que yo estaba haciendo, pero el hecho es que le consagré la mayor atención
posible. No se me escapó nada de cuanto hizo, ni una sola de sus palabras. El
otro día, cuando usted se dignó ir a Lockleigh… mejor dicho, cuando se marchó…
ya estaba completamente seguro. No obstante, tomé la resolución de pensarlo
seriamente de nuevo y de interrogar mi ánimo con profundidad. Ya lo hice. En
realidad, durante todos estos días no he hecho otra cosa. Y no suelo cometer
errores en cosas de ese calibre, soy un animal muy sensato. No me salgo
fácilmente de mis casillas, pero cuando me siento tocado es para toda la vida…
Para toda la vida, señorita Árcher, es para toda la vida - repitió lord
Warburton con la voz más grata, tierna y amable que Isabel oyera jamás, al
tiempo que la miraba con ojos llenos de una pasión desprovista de las partes
impuras de la emoción (ardor, desvarío, violencia) y que parecía brillar con
llama tan potente como la de una antorcha en un lugar resguardado del viento.
De común y tácito acuerdo siguieron andando cada vez
más despacio mientras él hablaba, hasta que, al fin, se detuvieron y él le tomó
una mano. Isabel dijo entonces suavemente: -¡Ah! ¡Qué mal me conoce usted, lord
Warburton! -Y con gran delicadeza retiró su mano de la mano del aristócrata.
- No me lo reproche, por favor; bastante desdichado
soy por no conocerla mejor. Pero eso es lo que pretendo, y creo que estoy en el
buen camino. Si consiente en ser mi esposa llegaré a conocerla y, cuando luego
le comunique todo lo bueno que de usted pienso, no podrá en modo alguno decir
que es por ignorancia.
Isabel respondió:
- Si usted me conoce a mí poco, menos le conozco yo a
usted.
- Tal vez crea usted que, a diferencia suya, quizá yo
no mejore cuando me conozca. Sin embargo, piense usted en lo resuelto que estoy
a complacerla cuando me arriesgo a decirle lo que acaba de oír. Le gusto un
poco, ¿no es cierto?
- Me gusta usted muchísimo, lord Warburton -contestó
la joven; y era cierto que en aquel preciso instante le gustaba enormemente.
- Le agradezco en el alma que me lo diga. Eso prueba
que no me considera ya un extraño. Creo, en realidad, que hasta el presente he
cumplido a plena satisfacción con todas las obligaciones de la vida, y no veo
por qué no habría de cumplir con ésta… en la que me ofrezco a mí mismo… cuando
es precisamente la que más me importa. Pregunte usted a los que bien me conocen
y ellos responderán por mí.
- Yo no preciso recomendaciones de sus amigos
-contestó Isabel.
- Es verdaderamente encantador de su parte. Usted se
basta para creer en mí…
- Por completo -dijo Isabel; y el placer de sentir lo
que decía pareció iluminarla con una luz interior.
La luz se tornó sonrisa en las pupilas de su
compañero, que prorrumpió en esta exclamación de alegría: -¡Que yo pierda
cuanto tengo, si usted se equivoca, señorita Archer!
Pensó ella si acaso lo había dicho para hacerle
recordar su riqueza, pero al instante estuvo segura de que no. Eso él lo
guardaba bajo llave, como él mismo habría dicho, y lo confiaba a la memoria de
su interlocutor, en especial a la de una mujer a quien estaba proponiendo
matrimonio. Isabel había rogado al cielo no sentirse desazonada mientras le
escuchaba y se preguntaba qué era lo mejor que podría decir. ¿Qué debía
contestar? Su mayor anhelo era decir algo tan exquisito cuando menos como lo
que acababan de decirle. En las palabras de su compañero había una convicción
irresistible y ella se dio cuenta de que, por misterioso que fuera este hecho,
lord Warburton la quería. Por fin contestó:
- No tengo palabras con que agradecerle su
ofrecimiento. Con él me ha hecho un gran honor.
- Por favor, no diga semejante cosa -prorrumpió lord
Warburton-. Me estaba temiendo que dijese algo por el estilo. No le va a usted
esta clase de respuesta. No se me alcanza por qué ha de agradecerme nada. Yo
soy quien tiene que agradecer a usted que haya querido oírme y aguantar que un
hombre a quien apenas conoce la haya acometido así de sopetón. Sin duda alguna
se trata de una pregunta muy seria y no tengo el menor empacho en confesarle
que antes prefiero hacerla que contestarla yo mismo… Sin embargo, la manera
como la ha escuchado… el mero hecho de que haya querido escucharme… me permite
concebir alguna esperanza.
- No tenga demasiadas esperanzas -dijo amablemente
Isabel.
- Por favor, señorita Archer -murmuró su compañero
sonriendo amablemente en medio de su seriedad, como si esa advertencia pudiera
considerarse fruto de un estado de ánimo alegre o de un exceso de júbilo.
Isabel preguntó: -¿Le sorprendería a usted mucho si
le pidiese que no abrigase ninguna esperanza? -¿Si me sorprendería? Ignoro lo
que quiere usted decir con eso de la sorpresa. No es cuestión de sorpresa,
sería un sentimiento muchísimo peor.
Isabel se puso a andar de nuevo en silencio durante
un rato. Dijo:
- Tengo la completa seguridad de que la buena opinión
que tengo de usted mejorará sin ninguna duda cuando le conozca mejor. De lo que
no estoy tan segura es de que usted no pueda quedar decepcionado. Y no lo digo
por falsa modestia, sino porque realmente lo creo así, con toda sinceridad.
Su compañero replicó:
- No obstante, estoy dispuesto a arriesgarme,
señorita Archer.
- Como usted bien dice, es una pregunta seria, una
pregunta difícil.
- Por supuesto, no pretendo que usted la conteste en
el acto. Puede pensarla todo el tiempo que crea necesario. Si con la espera he
de salir ganando, estaré encantado de tener que aguardar durante largo tiempo.
Solamente, no olvide que, en último término, mi mayor felicidad depende de su
respuesta.
- Sentiría mucho tenerle en esa ansiedad -dijo
Isabel.
- No se preocupe por ello. Antes prefiero recibir
dentro de seis meses una respuesta favorable que una desfavorable en este
momento.
- Pero es muy posible que tampoco dentro de seis
meses pueda darle una que la parezca buena. -¿Por qué no, si es cierto que le
gusto?
- De eso no debe tener la menor duda -dijo Isabel.
- Pues, entonces, no veo qué más pide usted.
- No se trata de lo que pido, sino de lo que pueda
dar. Creo que yo no le convengo a usted, de veras creo que no.
- No tiene que preocuparse de semejante cosa. Eso es
cosa mía. No ha de ser usted más papista que el papa.
Isabel dijo:
- Pero no es solamente eso. Es que no estoy segura de
querer casarme nunca con nadie.
- Es muy posible. No cabe duda de que muchas grandes
mujeres empiezan diciendo lo mismo -manifestó el lord, de quien se puede
afirmar que no creía en ti absoluto en el axioma con que intentaba engañar su
propia ansiedad-. Pero casi siempre se las convence.
- Porque suele ser lo que están deseando -replicó
Isabel riendo alegremente.
Su compañero pareció desconcertado, y durante un
momento se quedó mirándola en silencio. Luego dijo:
- Me temo que sea mi condición de inglés lo que la
haga dudar. Al parecer, su tío piensa que debe usted casarse en su país.
Isabel prestó gran atención a aquellas palabras, pues
nunca se le había ocurrido que al señor Touchett se le ocurriera hablar con
lord Warburton de las posibilidades matrimoniales. -¿Le ha dicho él eso?
-preguntó.
- Recuerdo que hizo esa observación. Acaso hablara de
los americanos en general.
- Sin embargo, parece que a él le ha resultado muy
grato vivir en Inglaterra.
Las palabras de Isabel, aunque pudieron parecer un
tanto perversas, expresaban a un tiempo su certeza constante de la felicidad
externa y material de su tío y su propia renuencia a adoptar un punto de vista
limitado. Con lo cual dio en cierto modo alguna esperanza a su amigo, quien
exclamó inmediatamente con entusiasmo: -¡Ah, señorita Archer! Usted sabe muy
bien que Inglaterra es un gran país; y será todavía mejor cuando lo hayamos
acicalado un poquito.
- Por favor, no lo acicalen ustedes, lord Warburton,
déjenlo tal como es. A mí me encanta así.
- Pues, si eso es verdad, cada vez comprendo menos
los inconvenientes que pone a mi proposición.
- Temo que no va usted a poder comprenderme.
- Haga lo posible por lograrlo. Afortunadamente,
poseo una buena inteligencia. ¿Es que tiene usted miedo?…, ¿qué teme, el clima?
Entonces, ya sabe que podríamos vivir fuera, en otro país. Puede usted escoger
el clima del mundo que más le convenga.
Dijo estas palabras con un cándido ardor que era como
el cerco amoroso de unos brazos fuertes… como una exquisita fragancia que, a
través de los labios de él, limpios y anhelantes, le acariciaba el rostro desde
unos extraños jardines y en alas de un desconocido céfiro. Habría dado su dedo
meñique por sentir el impulso fuerte y sencillo de decirle: Lord Warburton,
nada me sería más provechoso en este mundo que confiarme agradecida su
lealtad». Pero a pesar de la admiración que sentía por la oportunidad que se le
brindaba, consiguió retirarse a la zona más oscura de ese sentimiento, como un
animal salvaje encerrado en una gran jaula. Lo más extraordinario que ella
podía concebir no era precisamente la «espléndida» seguridad que se le ofrecía.
Y lo último que se decidió a decir fue algo muy distinto… y que posponía la
necesidad de encarar aquella crisis.
- No me considere dura si le ruego que no hable hoy
más de este asunto.
Y él exclamó: -¡No faltaba más, desde luego! Por nada
del mundo me permitiría yo molestarla.
- Me ha dado usted ya mucho en que pensar, y le juro
que lo haré como la cosa se merece.
- Eso es lo único que pido por ahora… y no olvide
hasta qué punto tiene mi total felicidad en sus manos.
Isabel prestó la más respetuosa atención a estas
palabras de advertencia, pero al cabo de un instante dijo:
- Debo confesarle que en lo que voy a pensar es en la
manera de decirle que es imposible lo que pide… haciéndoselo saber sin causarle
pena.
- No existe modo alguno de hacerlo, señorita Archer.
No diré que con su negativa vaya usted a matarme, seguramente no moriré por
ello; pero será algo peor, porque mi vida carecerá de objeto.
- Acabará casándose con una mujer mejor que yo.
- No diga eso, se lo ruego -exclamó seriamente lord
Warburton-. No es justo para ninguno de los dos. -¡Diré, entonces, que se
casará con una peor!
- Todo lo que puedo decir es que, si hay mujeres
mejores que usted, prefiero las malas.
Y prosiguió con gran seriedad-: Es cuanto puedo
decir. Sobre gustos no hay discusión posible.
Su seriedad se contagió a la muchacha, que lo
demostró al rogarle de nuevo que dejase de hablar de tal asunto por el momento.
Y añadió:
- Yo misma le hablaré muy pronto, tal vez le escriba
sobre ello.
- Como usted guste -replicó lord Warburton-.
Cualquier tiempo que usted se tome habrá de parecerme largo, pero supongo que
tendré que resignarme.
- No le mantendré en vilo; pero tengo necesidad de
tranquilizar mi espíritu.
Suspiró él tristemente y permaneció mirándola un
instante, las manos a la espalda y dándose pequeños y nerviosos golpes con su
fusta. -¡Si supiera usted el miedo que tengo… de ese admirable espíritu suyo!
El biógrafo de nuestra heroína ignora por qué, pero
esa exclamación conmovió hondamente a la muchacha y cubrió de rubor sus
mejillas. Le devolvió la mirada y, con un acento que casi podía haberle movido
a compasión, exclamó extrañamente:
- No mayor que el mío, milord.
Pero estas palabras no excitaron la compasión de lord
Warburton, que necesitaba para sí mismo toda su facultad de sentir piedad.
-¡Ah! Sea misericordiosa, sea benigna-murmuró.
- Será mejor que se vaya -dijo ella-. Yo le
escribiré. -Como guste; pero ya sabe que, escriba lo que es criba, volveré para
verla. -Y permaneció allí pensativo con los ojos fijos en la cara vigilante de
Bunchie, que parecía haber comprendido todo lo que se había dicho y que
pretendía ocultar su indiscreción simulando una repentina indiferencia y un
súbito interés por las raíces centenarias de un roble próximo. El lord añadió-:
Hay algo más. Ya sabe que si no le gusta Lockleigh… si usted cree que es húmedo
o algo por el estilo… no tendrá necesidad de acercarse a cincuenta millas a la
redonda de allí. No tiene nada de húmedo, desde luego. He hecho revisar la
mansión con todo cuidado y está en perfectas condiciones de seguridad y
salubridad. Pero, si a: usted no le apetece, no tiene por qué pensar siquiera
en vivir en ella.
En eso no habría dificultad de ningún género, pues lo
que sobra son casas, como creo haberle dicho. Hay mucha gente a quien no le
hacen gracia los fosos. Adiós.
- A mí me encantan los fosos. Adiós -dijo Isabel.
Él le tendió la mano Y ella le entregó la suya un
momento muy breve… pero lo suficientemente largo para que él, inclinando su
hermosa cabeza descubierta, la besase. Luego, agitando de nuevo la fusta,
llevado de su contenida emoción, se marchó a toda prisa.
No había duda de que estaba profundamente conmovido.
Isabel se sentía también conmovida, pero no había
quedado tan afectada como ella se habría imaginado. Lo que sentía no era
precisamente una enorme responsabilidad, una gran dificultad de elección, pues
se le antojaba que en aquel caso no existía posibilidad de elección. No podía
casarse con lord Warburton; la idea de esa boda no favorecía la culta ambición
de explorar libremente la vi-, da que ella acariciara hasta entonces, o que
ahora era capaz de acariciar. Se lo escribiría así a lord Warburton, llegaría a
convencerle, lo cual constituía una tarea relativamente sencilla. Pero lo que
más la perturbaba, llegando a causarle verdadero asombro, era la facilidad c
que había rehusado una oferta tan extraordinaria. Por, encima de todo, era
indiscutible que lord Warburton le había ofrecido una gran oportunidad. Aun
suponiendo que la futura situación estuviese preñada de posibles in-
comodidades, de opresiones, de elementos restrictivos que resultara pesada y
anodina, aun suponiéndolo así, no era menoscabar a su sexo el creer que
diecinueve de cada veinte mujeres, por lo menos, habrían aceptado muy dichosas
situación semejante sin proferir la menor queja. ¿Por qué, pues, a ella no le
parecía una propuesta irresistible?. ¿Quién y qué era ella para considerarse
tan superior? ¿Qué plan de vida, qué designios superiores al hado, qué
conceptos de la dicha tenía ella que fuesen superiores a semejantes
oportunidades, tan valiosas e incluso fabulosas?
Si no se prestaba a hacer una cosa como aquélla,
entonces tenía el deber de realizar otras más grandes, debía llevar a cabo algo
muy superior. La pobre Isabel había tenido razones para acordarse de vez en
cuando de que no debía ser demasiado orgullosa y, en realidad, ponía
insuperable sinceridad en el fervor con que rogaba se le alejara de tal
peligro. El aislamiento y la soledad de la soberbia tenían a su juicio el
horror de un paraje desierto. Si era el orgullo lo que le había impedido
aceptar la oferta de lord Warburton, nada tan fuera de lugar como semejante
necedad; y, por otra parte, estaba tan segura de que él le gustaba que se
atrevió a definir ese sentimiento como una dulce y comprensiva simpatía. Lo
cierto era que le gustaba demasiado para casarse con él. Algo le susurraba al
oído que se escondía una falacia en la brillante lógica de la propuesta -tal
como él la veía-, aun cuando ella no atinase a definir nada concreto; y el
infligirle pesar a un hombre que tanto ofrecía a una esposa con una propensión
irrefrenable a la crítica habría constituido un acto verdaderamente
ignominioso. Ella le había prometido que reflexionaría sobre su proposición; y
cuando, una vez que él la hubo dejado, Isabel fue a sentarse en el banco donde
al principio la halló entregada a su meditación, pareció como si empezase ya a
cumplir su promesa. Pero no era tal el caso. Por lo contrario, se preguntaba si
no sería ella un ser frío, duro, presuntuoso. De tal suerte, al levantarse y
encaminarse presurosamente hacía la casa, sintió, como antes le dijera a su
amigo, que, en verdad, tenía miedo de sí misma.
13
Era precisamente tal sentimiento y no el deseo de
pedir un consejo que no había menester en absoluto, lo que impulsó a Isabel a
ir en busca de su tío para referirle cuanto acababa de pasar.
Experimentaba la necesidad de hablar con alguien y,
para ello, le pareció que confiarse a su tío era más adecuado que comentarlo
con su tía o incluso con su amiga Henrietta. Su primo podía ser también, desde
luego, su confidente, pero para comunicarle ese secreto especial a Ralph
tendría que violentarse a sí misma. Así, pues, buscó una oportunidad al día
siguiente, después del desayuno. Su tío no abandonaba jamás sus habitaciones
hasta entrada la tarde, pero recibía a sus compinches, como él acostumbraba a decir,
en su vestidor. Isabel había llegado a ser uno de ellos, entre los que, además,
figuraban el hijo del anciano, su médico, su ayuda de cámara y hasta la
señorita Stackpole. No figuraba la señora Touchett en tal lista, lo que suponía
ya un obstáculo de menos para que Isabel encontrase a su tío solo. Estaba él a
la sazón sentado en uno de esos sillones adaptables de complicada mecánica,
junto al balcón abierto de su cuarto, contemplando tranquilamente el parque y
el río, con los periódicos y las cartas amontonados en una mesita adjunta, el
rostro fresco y cuidadosamente rasurado y todo él predispuesto a la mayor
benevolencia.
No se anduvo Isabel con rodeos y le disparó la
siguiente noticia:
- Creo mi deber decirle que lord Warburton me ha
pedido que me case con él. Me figuro que debo decírselo a mi tía, pero me
pareció mejor decírselo antes a usted.
El anciano no mostró la menor sorpresa y se limitó a
agradecer la confianza de que le acababa de dar muestra. Luego preguntó:
-¿Deseas que yo te diga si debes aceptarlo?
- No le he contestado todavía definitivamente; he
querido tomarme un poco de tiempo para pensarlo porque se trata de un asunto
serio. Pero no aceptaré.
El señor Touchett no hizo el menor comentario sobre
estas últimas palabras. Parecía estar pensando que, por mucho que pudiera
interesarle el caso desde el punto de vista social, no tenía voz ni voto en
ello. Y dijo: -¿Lo ves? ¿No te dije que ibas a tener aquí un éxito tremendo? A
las americanas se las aprecia aquí enormemente. -¡Sin duda! -replicó Isabel-.
Pero, a pesar de que pueda aparecer desagradecida y de mal gusto, no creo poder
casarme con lord Warburton.
- Está bien -dijo el tío, y añadió-: Desde luego, un
anciano no está en condiciones de ponerse en el lugar de una joven y juzgar. Me
alegro de que no me lo hayas preguntado antes de tomar tu decisión. -Hizo una
breve pausa y continuó diciendo lentamente, como si fuera cosa sin la menor
importancia-: Yo también creo mi deber decirte que desde hace tres días sé todo
lo que al asunto se refiere. -¿Sobre el propósito de lord Warburton?
- Sobre sus intenciones, como aquí se dice. El mismo
me ha escrito una carta contándome todo lo relativo al caso. -Y el anciano
preguntó amablemente-: ¿Deseas ver la carta?
- No, gracias; no creo que me interese. Pero, de
todas maneras, me alegro de que le escribiese a usted. Lo correcto era que lo
hiciese, y era seguro que él haría lo correcto.
El señor Touchett declaró con suavidad:
- Bien, bien. Tengo una ligera sospecha de que lord
Warburton te gusta. No tienes necesidad de negarlo. -No tengo inconveniente en
admitirlo; me gusta extraordinariamente. Pero, precisamente ahora no quiero
casarme.
- Acaso piensas que pueda llegar de allá alguien que
te guste más. Bueno, eso no tendría nada de particular -añadió el señor
Touchett, que parecía querer mostrarse amable con la muchacha tratando de
facilitarle su decisión y buscando razones alegres para ello.
- No tengo interés en ver a ningún otro. Lord
Warburton me gusta y basta. -Con lo que pareció cambiar súbitamente de opinión,
actitud que a veces asombraba e incluso desagradaba a sus interlocutores.
No obstante, su tío parecía ser impermeable a tales
impresiones. Así, dijo con un tono que se habría podido considerar de aliento:
- Es un hombre verdaderamente admirable. Su carta es
una de las más amenas que he recibido desde hace mucho tiempo. Creo que una de
las razones por las que me ha gustado tanto es porque está por entero
consagrada a ti, excepto, naturalmente, la parte referente a él mismo. Me
figuro que te lo habrá contado todo.
- Me lo habría contado, sin duda, si yo hubiese
querido preguntárselo -contestó Isabel. -¿No sentiste siquiera curiosidad?
- Mi curiosidad habría sido completamente inútil…
toda vez que estaba decidida a no aceptar su proposición.
- ¿Es que no te pareció suficientemente interesante
ni atrayente? -preguntó el señor Touchett.
Isabel permaneció callada un momento y luego
contestó:
- Creo que fue eso, aunque la razón la ignoro. El tío
dijo sonriendo:
- Por fortuna las damas no tienen obligación de dar
razones. Sin duda hay algo muy grato acerca de esta idea y no veo por qué han
de empeñarse los ingleses en atraernos, sacándonos de nuestro país de origen.
Yo me explico perfectamente que procuremos atraerles allá, dada nuestra escasa
densidad de población, pero aquí, como todo el mundo sabe, hay un exceso de
habitantes. Por lo demás, me imagino que en todas partes ha de haber siempre un
huequecito para ciertas jóvenes encantadoras.
- También parece que ha habido aquí un hueco para
usted -dijo Isabel cuya mirada había estado vagando por los dilatados espacios
de juego y los paseos del parque.
El señor Touchett contestó con sonrisa ladina y
consciente:
- En todas partes encontrarás siempre un hueco si
estás dispuesta a pagar lo necesario por él. A veces, pienso que hube de pagar
demasiado por éste… y acaso tú también tengas que pagar demasiado…
- Tal vez -replicó Isabel pausadamente.
Semejante insinuación le proporcionó fuerza para
afianzarse en lo que le habían aconsejado sus propios pensamientos, y el hecho
de que la amable intuición de su tío casara tan bien con su dilema parecía
probar irrefutablemente que se sentía inspirada únicamente por las emociones
razonables y naturales de la vida y que no era una víctima de la vehemencia
intelectual y de las vagas ambiciones… ambiciones que iban más allá de la
maravillosa propuesta de lord Warburton y que aspiraban a algo indefinido y tal
vez no recomendable. En cuanto a la influencia que ese algo indefinido pudiera
tener en aquel momento sobre la actitud de Isabel, hay que descartar en
absoluto la idea, aún no expresada, de un posible enlace con Caspar Goodwood.
Se había resistido a dejarse aprisionar por las anchas manos tranquilas de su
pretendiente inglés, y estaba muy lejos de sentirse dispuesta a permitir que el
joven de Boston se apoderase de ella. El único sentimiento que la lectura de su
carta le había inspirado fue el de censura por haber hecho el viaje, pues parte
de la influencia que él ejercía sobre ella se debía a que parecía privarla en
aquel momento de su propia libertad. Reconocía un impulso desagradablemente
fuerte, una especie de presencia violenta, en la manera en que él había
aparecido ante ella. En más de una ocasión la había atormentado la imagen, el
peligro de que él la desaprobase en algo, y se había preguntado… consideración
que jamás tributara en grado semejante a ninguna otra persona… si le agradaba
lo que ella hacía. Estribaba la dificultad en que más que ningún otro hombre,
mucho más que el pobre lord Warburton (pues había empezado ya a dignarse a dar
tal epíteto al distinguido aristócrata), Caspar Goodwood mostraba hacia ella
una energía -que Isabel sentía como un poder- que emergía del fondo de su ser.
No era en absoluto cuestión de sus «prerrogativas», sino del espíritu que
brillaba en aquellos ardientes y claros ojos como un infatigable vigía en la
cofa del mástil de un barco. Le gustara ella o no, el hecho es que el insistía
siempre con todo su peso y su fuerza, con los que había uno de contar siempre,
aun en el trato usual con él. Y semejante idea de cercenamiento de su libertad
le resultaba profundamente desagradable a Isabel, sobre todo en un momento como
aquél, cuando acababa de afirmar su independencia con un acento tan personal
como el de haber mirado frente a frente aquel formidable intento de soborno que
suponía la propuesta de lord Warburton, y no haberse dejado sobornar. A veces
le parecía que Caspar Goodwood se cruzaba con el destino de ella encarnando el
más tozudo de los factores; y en tales momentos llegó Isabel a pensar que podía
zafarse de él du- rante algún tiempo, pero que, al final, no quedaría otro
remedio que fijar determinadas condiciones entre los dos… las cuales no podrían
por menos de favorecerle a él. Su empeño había, pues, consistido en hacerse con
cuantos medios estuvieran a su alcance para poder ofrecer resistencia a
semejante obligación; y tal empeño había influido no poco en la vehemente
prontitud con que había aceptado la invitación de su tía, pues le llegó cuando
esperaba que el señor Goodwood se presentase el día menos pensado y en el
momento en que se habría alegrado de tener a flor de labio una respuesta para
lo que él iba sin duda a decirle. Cuando ella le dijo en Albany, la noche de la
visita de la señora Touchett, que no podía entonces discutir cuestiones
difíciles, deslumbrada todavía por el ofrecimiento que su tía acababa de
hacerle de un viaje a Europa, él había declarado que aquello no era una
respuesta, y con el fin de obtener una mejor se había hecho a la mar en pos de
ella. Que Isabel se dijese a sí misma que él era una especie de hado torvo era
algo que estaba bien en una joven imaginativa dispuesta a atribuirle grandes cosas,
pero el lector tiene derecho a poseer una visión más exacta y clara del asunto.
Era Caspar Goodwood hijo del propietario de una
conocida fábrica de hilados de algodón en el estado de Massachusetts, el cual
había logrado amasar con su industria una gran fortuna.
En aquel entonces Caspar era el gerente de la fábrica
y, gracias a su buen juicio y a su temperamento, había logrado, pese a toda la
competencia y a los malos años, preservar la prosperidad de la empresa. Recibió
parte de su educación en la Universidad de Harvard, donde se hizo famoso más
bien por sus condiciones de gimnasta y remero que por acaparador de otros y más
diversos conocimientos. Luego había aprendido que las inteligencias más
cultivadas podían también saltar, arrastrarse y esforzarse… incluso batir
marcas anteriores y lanzarse a grandes hazañas. De tal suerte, descubrió que
gozaba de una visión penetrante para los misterios de la mecánica y llegó a
inventar una mejora en el procedimiento del hilado del algodón, que llevaba su
nombre y se utilizaba en todas las grandes fábricas. De ello habían hablado
todos los periódicos y revistas especializados en tan fructífera industria; y
él había dado la prueba irrefutable a Isabel mostrándole en el Interviewer de
Nueva York un elogioso artículo relativo a la patente Goodwood… artículo no
debido a la señorita Stackpole, por más que ella, como se ha visto, se había
mostrado dispuesta a intervenir amistosamente en los intereses sentimentales
del joven. A éste le atraían las cosas complicadas y difíciles, le gustaba
organizar, discutir, administrar, podía hacer trabajar a la gente con arreglo a
su voluntad, hacerla creer en él, marchar delante de él y justificar todo lo
que él hacía. Como suele decirse, en eso consiste el arte de manejar a los
hombres… y que en él se basaba en una ambición osada aunque reflexiva. Quienes
le conocían abrigaban el convencimiento de que podía realizar cosas mucho más
importantes que dirigir una fábrica de hilados de algodón, pues él no tenía
nada de algodonoso, y sus amigos aseguraban que llegaría un día en que su
nombre figuraría en algún sitio con letras grandes. Pero parecía como si algo
enorme y confuso, feo y tenebroso le retuviera. En último término, no se avenía
a vivir en una paz relamida, dedicado tan sólo a la voracidad y la ganancia,
sentimiento cuyo aliento vital era una desenfrenada y ubicua publicidad. A
Isabel le agradaba creer que podría haber galopado en otros tiempos en un
brioso corcel en medio del torbellino de una gran guerra… parecida a aquella
guerra civil que ensombreciera los días de su consciente niñez y de la florida
ado- lescencia de Caspar.
Le gustaba sobre todo la idea de Caspar de que él
llegaría a ser, por su carácter y sus hechos, una especie de conductor de
hombres… idea que le agradaba infinitamente más que otros aspectos de su manera
de ser. A Isabel le tenía completamente sin cuidado la fábrica de tejidos, y la
patente Goodwood la dejaba más fría que el hielo. Físicamente, no habría
querido que Caspar tuviera una onza de menos, pero a veces se le ocurría pensar
que habría sido más apuesto si tuviera un aspecto un poco distinto. Su mandíbula
era demasiado cuadrada y pro- minente y su figura demasiado rígida y estirada,
cualidades que suponen una falta de consonancia con los ritmos más armoniosos y
profundos de la vida. Además, ella consideraba con cierto recelo su modo de
vestir tan uniforme; no es que pareciese llevar siempre la misma ropa, ya que,
por lo contrario, sus trajes daban la impresión de ser demasiado nuevos, sino
que se diría que eran todos de la misma pieza, y, por desgracia, de una hechura
y tela de lo más corriente. Más de una vez se dijo a sí misma que aquello no
pasaba de ser un reproche insustancial a un hombre de su importancia,
diciéndose a renglón seguido, y como para enmendar su repulsa, que habría sido
un reproche frívolo únicamente en el caso de que ella le quisiera. Y, como no
le amaba, podía criticar sus pequeños y grandes defectos… consistiendo los
últimos principalmente en el que todos le achacaban, el de ser excesivamente
serio, o más bien, no tanto de serio, puesto que nadie puede serlo demasiado,
sino de aparentar indudablemente serlo. Mostraba sus designios y apetitos con
una sencillez y un candor excesivos. Cuando estaba solo con ella hablaba
demasiado del mismo asunto y, cuando había otras personas, no hablaba apenas de
nada. No obstante, era de constitución extraordi- nariamente fuerte y bien
definida, es decir, que Isabel veía sus distintos y bien formados miembros como
había visto en los museos y en los cuadros los distintos miembros de guerreros
de armadura… con coraza de acero incrustada de oro. Era una cosa verdaderamente
extraña: ¿existía alguna relación entre sus impresiones y sus actos? Caspar
Goodwood no respondió jamás a su idea de una persona agradable, y ella creía
que era eso lo que la había tornado tan duramente crítica. Y, sin embargo,
cuando lord Warburton, que no sólo respondía a su idea sino que incluso la
sobrepasaba, requirió su aprobación, se encontró con que tampoco estaba
satisfecha. Era una cosa verdaderamente extraña.
Aquella certeza de su propia incoherencia no la
ayudaba a contestar la carta de Caspar Goodwood, por lo cual decidió dejarla
entonces sin respuesta. Si él había decidido hostigarla, tendría que atenerse a
las consecuencias, entre las más notables de las cuales estaba la de hacerle
comprender cuán poco le agradaría a ella verle volver por Gardencourt. Ella se
había expuesto ya allí a las visitas de uno de los pretendientes y, aunque era
cosa grata sentirse igualmente apreciada en campos opuestos, mostraría una
especie de desvergüenza el entretener simultáneamente a dos pretendientes tan
enamorados, aun en el caso en que el entretenimiento pudiera consistir en
rechazarlos. Así, no contestó a la carta del señor Goodwood, pero, al cabo de
tres días, se decidió a escribir a lord Warburton; y la misiva que le mandó
forma parte de nuestra historia. Decía así:
Querido lord Warburton:
El haber pensado mucho y seriamente en ello no ha
logrado alterar mi opinión acerca de la propuesta que usted se dignó hacerme el
otro día. No me es posible, verdadera y realmente no me es posible,
considerarle a usted bajo el aspecto de un compañero para toda la vida, o
considerar su hogar… sus varios hogares… como el asiento fijo de mi existencia.
Éstas son cosas que no se pueden razonar, y le ruego encarecidamente que no
insista sobre un asunto que ya tuvimos que discutir tan minuciosamente. Cada
uno ve su vida desde su propio punto de vista, privilegio de que gozamos hasta
los más débiles y los más humildes; y a mí no me sería jamás posible contemplar
la mía de la manera como usted propuso.
Que esto sea suficiente, por favor; y le ruego que
crea que he meditado en su propuesta con la más profunda consideración y el
respeto que se merece. Con mi mayor estimación, sinceramente suya,
ISABEL ARCHER
Mientras la autora de esta misiva estaba pensando en
enviarla, Henrietta Stackpole tomó una determinación a la que no se opuso
objeción alguna. Invitó a Ralph Touchett a dar un paseo por el jardín, y cuando
él aceptó con la presteza que parecía atestiguar su disposición a hacer siempre
lo que de él se esperaba, ella le dijo que debía pedirle un gran favor. Bueno
será admitir que, al oír tal cosa, el joven vaciló, pues ya sabemos que la
señorita Stackpole le había impresionado como mujer capaz de aprovechar cualquier
ventaja. Sin embargo, su alarma de entonces no estaba muy meditada, pues aunque
él conocía bien el alcance de la indiscreción de su amiga, no tenía idea de su
profundidad, y había formado ya el propósito cortés de querer servirla en todo.
Pero tenía miedo de ella, y así se lo manifestó, diciéndole:
- Cuando me mira usted de cierta manera, mis rodillas
comienzan a temblar, a chocar la una con la otra, y pierdo la cabeza. Me siento
trastornado y lo único que deseo es tener fuerza bastante para poder cumplir
sus órdenes. Tiene usted una autoridad que no había visto hasta ahora en
ninguna otra mujer.
- Está bien -replicó Henrietta-. Si yo no hubiese
sabido de antemano que usted pretendía de alguna manera avergonzarme, me
convencería de ello ahora. Conmigo es fácil lograrlo, porque me crié con ideas
y costumbres completamente distintas; no me he habituado todavía a sus normas
arbitrarias y nunca me han hablado en América como usted me habla. Si allí un
caballero me dijera las cosas que usted me dice, yo no entendería nada.
Nosotros tomamos allí las cosas con mucha mayor naturalidad y, desde luego, somos
infinitamente más sencillos. Confieso que yo soy de lo más sencilla que puede
imaginarse. De manera que si por eso se le ocurre a usted burlarse de mí, haga
lo que quiera, pero creo que más me gusta ser como soy que como usted, y no
tengo el menor deseo de cambiar. Hay muchísimas personas que me aprecian. por
mí misma, tal como soy y por lo que soy! Naturalmente, se trata de americanos
buenos y puros, nacidos en la libertad… -Henrietta había adoptado un tono de
indefenso candor y gran condescendencia. Añadió-: Necesito que me ayude usted
un poco. Me tiene sin cuidado que se divierta mientras lo hace; o mejor dicho,
estoy dispuesta a que su diversión sea su recompensa. Necesito su ayuda con
respecto a Isabel. -¿Es que ella la ha ofendido? -preguntó él.
- Si lo hubiera hecho, yo no lo habría tomado en
cuenta y no se lo habría dicho a usted nunca. De lo que tengo miedo es de que
se perjudique a sí misma.
- Me parece que eso, sin duda, cabe dentro de lo
posible.
Su compañera detuvo sus pasos y le clavó aquella
mirada que tanto le enervaba, diciendo:
- Puede que también eso le divierta a usted. La
verdad, ¡tiene usted una manera de decir las cosas! En mi vida he oído a nadie
tan indiferente. -¿Con respecto a Isabel? ¡Ah! ¡Eso sí que no!
- Bueno, supongo que no estará usted enamorado de
ella. -¿Cómo podría estarlo si estoy enamorado de otra? -De quien está
enamorado es de usted mismo, no hay más otra que ésta -declaró la señorita
Stackpole-. ¡Con su pan se lo coma, buen provecho le haga! Pero si por una sola
vez en su vida, quiere ser serio, éste es el momento de intentarlo; y si
verdaderamente tiene algún interés por su prima, ahora tendrá la oportunidad de
probarlo. No voy a pretender que usted la comprenda, sería pedir demasiado. Tampoco
necesita hacerlo para congraciarse conmigo. Yo proporcionaré la inteligencia
necesaria.
Ralph exclamó: -¡Espléndido! Me encantará enormemente
hacerlo. Yo seré el Calibán y usted el Ariel del asunto.
- Usted no tiene absolutamente nada de Calibán porque
es demasiado sofisticado, cosa que Calibán no era. Pero yo no me refiero a
personajes imaginarios, sino que estoy hablando de Isabel, que es un ser
verdadero e intensamente real. Lo que tenía que decirle a usted es que la
encuentro terriblemente cambiada. -¿Quiere decir desde que usted llegó?
- Desde que llegué y antes de llegar. No es la misma
que era antes.
- ¿En América?
- Sí, señor, en América. Me imagino que ya sabe usted
que proviene de allí. Es así y ella no lo puede remediar. -¿Y usted quiere que
sea de nuevo como era antes?
- Ni más ni menos; y además quiero que usted me ayude
a ello.
- Ah, vamos. Entonces soy Calibán solamente, no
Próspero -dijo Ralph.
- Ya ha sido lo bastante Próspero para convertirla en
una persona diferente. Señor Touchett, desde que Isabel Archer llegó aquí, ha
estado usted ejerciendo su influencia en ella. -¿Yo, querida señorita
Stackpole? Nada de eso, en absoluto. Ella es precisamente quien ha estado
influyendo en mí, como influye en todos. Pero yo me he mantenido pasivo por
completo.
- Pues, entonces, es usted demasiado pasivo. Más le
valdría sacudirse un poco y tener cuidado. Isabel cambia cada día, va como
arrastrada por la corriente hacia el mar. La he estado observando con cuidado y
he podido verlo. Ya no es la brillante muchacha americana que era antes. Adopta
puntos de vista diferentes, un matiz distinto, olvida sus antiguos ideales. Yo
quiero salvar esos ideales, señor Touchett, y para eso es para lo que usted ha
de actuar.
- No como un ideal, por supuesto. Henrietta replicó
con vivacidad:
- Desde luego que no. No sé por qué me da el corazón
que quiere casarse con uno de esos decadentes europeos, y quiero a toda costa
evitar semejante desgracia. -¡Ah, vamos, ya caigo! -exclamó Ralph-. Usted
quiere evitarlo, y para evitarlo quiere que yo me case con ella.
- Nada de eso. El remedio sería peor que la
enfermedad, puesto que usted es uno de esos europeos típicamente débiles de
quienes quiero rescatarla. No. Lo que yo quiero es que usted se interese por
otra persona, por un joven al que antes ella dio grandes esperanzas y que
ahora, por lo visto, no le parece bastante. Es, en verdad, gran hombre y un
buen amigo mío, y yo quisiera que usted le invitase a venir aquí.
Ralph se quedó sumamente perplejo ame tal petición y
tal vez no diga mucho en favor de su pureza de espíritu el hecho de que en el
primer momento no la vio en toda su sencillez.
Le pareció que presentaba un aspecto algo tortuoso, y
el fallo de Ralph consistía en que no tenía la seguridad de que nada en el
mundo pudiera ser tan inocente como la petición de la señorita Stackpole. Eso
de que una muchacha exija que a un joven, al que califica de querido amigo, se
le proporcione la oportunidad de hacerse grato a otra muchacha, cuya atención
se ha desplazado y que posee mayores encantos… eso era una anomalía que ponía
en cuestión toda su capacidad de interpretación. Más fácil resultaba leer entre
líneas que atenerse al texto y, por otra parte, el suponer que la señorita
Stackpole deseaba que se invitara por iniciativa suya al desconocido señor a
Gardencourt era indicio de un espíritu mucho más perturbado que vulgar. Sin
embargo, Ralph logró salvarse de tal pecado venial de vulgaridad gracias a una
fuerza que merece se la califique de inspiración. Sin más luz sobre el asunto
que la acabada de adquirir, Ralph se convenció en el acto de que sería hacerle
una soberana injus- ticia a la corresponsal del Inteiviewer atribuir a
cualquiera de sus actos un motivo deshonroso. Semejante convencimiento invadió
su mente con extrema rapidez, lo que tal vez se debió al puro brillo de la
imperturbable mirada de la muchacha allí presente. La resistió él durante un
momento sin pestañear, como aceptando el desafío y resistiéndose con todas sus
fuerzas al deseo de fruncir el entrecejo, como se ve obligado a hacer quien no
puede soportar la presencia de una luz más fuerte. Luego, preguntó: -¿Quién es
ese caballero de quien habla?
- El señor Caspar Goodwood, de Boston. El se ha
mostrado muy atento con Isabel… está entregado a ella en cuerpo y alma. Ha
venido en pos de ella a Europa y actualmente está en Londres, ignoro su
dirección pero sospecho que podré procurármela.
- No lo he oído nombrar en mi vida -replicó Ralph.
- Supongo que no habrá usted oído hablar de todo el
mundo. No creo tampoco que él haya oído hablar de usted, pero eso no es una
razón para que Isabel no haya de casarse con él.
Ralph soltó una carcajada y dijo:
- Hay que ver qué furia emplea usted en querer casar
a la gente. ¿No se acuerda del empeño que puso el otro día en querer casarme
también a mí?
- Ya se me pasó. Usted no sabe cómo hacerse a esas
ideas, pero el señor Goodwood sí sabe, y eso es lo que me gusta tanto de él. Es
un hombre espléndido, un perfecto caballero y eso lo sabe Isabel perfectamente.
-¿Está enamorada de él?
- Si no lo está, debería estarlo. Él está
sencillamente hechizado por ella. -¿Y quiere usted que yo le invite a venir?
-preguntó Ralph después de una breve reflexión.
- Sería un acto de verdadera hospitalidad.
- Caspar Goodwood. Es un nombre verdaderamente raro.
- Eso me tiene sin cuidado. Lo mismo podría llamarse
Ezekiel Jenkins, que me daría igual. Es el único hombre que conozco que sea
digno de Isabel.
- No hay duda de que es usted buena amiga suya -dijo
Ralph.
- A mucha honra. Si lo dice usted por burlarse de mí,
me tiene sin cuidado.
- No lo digo por burlarme de usted, sino porque me
llama mucho la atención.
- Se pone usted todavía más satírico; pero le
aconsejo que no pretenda reírse del señor Goodwood.
Ralph contestó:
- Le aseguro que soy muy serio. Usted debería
comprenderlo. Ella lo comprendió, en efecto, en un segundo, y dijo:
- Creo que sí lo es usted, incluso creo que ahora es
demasiado serio.
- Verdaderamente es difícil complacerla.
- Oh, se ha puesto usted muy serio. No quiere invitar
al señor Goodwood.
- No lo sé todavía -dijo Ralph-. Soy capaz de las
cosas más raras. Dígame algo del señor Goodwood. ¿Cómo es?
- Todo lo contrario de usted. Está al frente de una
fábrica de hilados, una gran fábrica. -¿Tiene buenos modales? -preguntó Ralph.
- Espléndidos… al estilo americano. -¿Resultaría un
miembro agradable de nuestro pequeño círculo?
- No creo que le interesase gran cosa nuestro pequeño
círculo. Se concentraría por completo en Isabel. -¿Le gustaría tal cosa a mi
prima?
- Es muy posible que no le gustase en absoluto, pero
sería una buena cosa para ella. Haría que sus antiguas ideas regresaran. -¿De
dónde?
- De sitios foráneos y otros lugares extraños. Hace
tres meses le dejó suponer al señor Goodwood que le parecía aceptable, y no es
digno de Isabel volverse atrás de lo dicho a un verdadero amigo por la sencilla
razón de haber cambiado de ambiente. También yo he cambiado de ambiente y el
efecto que ello me ha producido ha sido hacerme pensar en mis antiguas
amistades más que nunca. Yo creo que cuanto antes vuelva Isabel a su antiguo
lugar, mejor para ella. La conozco de sobra para saber que no sería nunca completamente
feliz aquí, y yo quisiera que contrajese algún fuerte vínculo americano que la
defendiese como una coraza.
Ralph preguntó: -¿No le parece a usted que tal vez
tiene demasiada prisa? ¿No cree que debía dejarle más ocasiones de probar
suerte en esta desgraciada Inglaterra? -¿La ocasión de echar a perder su
brillante juventud? Nunca es demasiado pronto para evitar que se ahogue una
criatura humana de valía.
- Por lo que veo -replicó Ralph-, usted pretende que
yo ice al señor Goodwood por encima de la borda del barco para que la salve. -Y
añadió-: Por si usted lo ignora, debo decirle que jamás he oído a mi prima
mencionar el nombre de esa persona.
Henrietta sonrió triunfalmente y exclamó:
- Estoy encantada de oírle decir eso, porque prueba
lo mucho que ella piensa en él.
Ralph aparentó admitir que había mucho de verdad en
ello e hizo como que sopesaba tal idea mientras su compañera le observaba con
gran atención.
- Si yo le invitase -dijo por fin-, sería para
disputar con él.
- No se le ocurra hacerlo. Le demostraría su
superioridad.
- Está usted haciendo lo posible para lograr que lo
deteste. Verdaderamente no creo que pueda invitarle. Tengo miedo de ser
descortés con él.
- Haga lo que le parezca. No tenía la menor idea de
que usted estuviese enamorado de Isabel. lo creo. -¿Lo cree usted de veras?
-preguntó Ralph enarcando las cejas. La señorita Stackpole contestó
ingeniosamente:
- Éstas son las palabras más naturales que he oído de
sus labios hasta ahora. Claro que -Entonces -concluyó él-, para demostrarle que
está completamente equivocada, le invitaré… Pero como amigo de usted, por
supuesto.
- Pero él no vendrá como amigo mío, y usted no le
invitará para probarme que yo estaba en un error, sino para probárselo a sí
mismo.
Dicho esto, se separaron. Las últimas palabras de la
señorita Stackpole contenían una gran parte de verdad, cosa que Ralph no tuvo
más remedio que reconocer; pero tan ligeramente rozó semejante reconocimiento
que, aun sospechando que sería más imprudente mantener la promesa que retraerse
de ella, se decidió a escribir al señor Goodwood una breve esquela de seis
líneas manifestándole el placer que le causaría al anciano señor Touchett
recibirle en Gardencourt junto con un grupo de personas en el que figuraba la
señorita Stackpole como uno de sus miembros más distinguidos. Después de enviar
tal carta por intermedio del banco que Henrietta le había indicado, permaneció
a la expectativa. Por primera vez había oído nombrar a aquella nueva y
formidable figura, ya que, cuando el día de su llegada su madre hizo referencia
al hecho de que la muchacha tenía un «admirador» en su país, tal idea no había
llegado a adquirir la suficiente presencia y él no se tomó la molestia de hacer
unas preguntas cuyas respuestas sólo podían contener vaguedades y provocarle
desagrado. Ahora, en cambio, esa admiración tributada a su prima por alguien de
allende los mares, parecía haberse concretado cada vez más hasta adquirir la
forma corpórea de un joven que había cruzado el mar en pos de ella, siguiéndola
hasta Londres, que estaba al frente de una industria algodonera y que tenía una
espléndida educación al estilo americano. Ralph se había forjado dos teorías
distintas acerca del sujeto en cuestión: o bien tal amor no era más que una pura
ficción sentimental de la señorita Stackpole (sabido es que existe siempre una
especie de tácita confabulación entre las mujeres, nacida de la solidaridad del
sexo, y en cuya virtud se encuentran o descubren en todo momento recíprocamente
enamorados las unas a las otras) y, en tal caso, no era de temer y era muy
posible que no aceptase la invitación; o bien la aceptaría, en cuyo caso
demostraría ser lo suficientemente insensato como para que no se le guardase
consideración alguna. La segunda parte del argumento de Ralph parecía a todas
luces incoherente, pero contenía la convicción de que, si el señor Goodwood
estaba realmente interesado por Isabel de aquella manera descrita por
Henrietta, no habría esperado para presentarse en Gardencourt a recibir la carta
inspirada por la joven periodista. «Y suponiendo que así fuese -se dijo Ralph-,
tendrá por fuerza que considerarla como una espina en el tallo de la rosa, como
un intermediario falto por completo de tacto.»
Dos días después de haber enviado su invitación,
Ralph recibió una nota de Caspar Goodwood dándole las gracias y deplorando que
compromisos anteriores le impidiesen hacer una visita a Gardencourt, rogándole
al mismo tiempo que tuviese la bondad de ofrecer sus respetos a la señorita
Stackpole. Ralph se limitó a mostrarle la nota a Henrietta, que, al leerla, no
pudo por menos de exclamar: -¡Hay qué ver! En mí vida he oído nada más seco.
Ralph, por su parte, hizo la observación siguiente:
- No sé por qué me da la impresión de que no le
interesa mi prima tanto como usted suponía.
- No es eso; debe de haber algún motivo más
recóndito. Es un hombre de una naturaleza muy profunda, pero yo estoy dispuesta
a rastrear en el fondo de ella, y le escribiré para averiguar qué piensa.
Su negativa a la invitación de Ralph no dejaba de resultarle
a éste asaz desconcertante. El mero hecho de que no se dignase ir a Gardencourt
hizo que nuestro amigo empezase a considerarlo un personaje importante. Se
preguntaba qué le importaba a él que los admiradores de Isabel fuesen unos
bribones o unos perezosos, dado que no eran rivales suyos y, por lo tanto,
podían hacer de su capa un sayo y obrar como su humor les aconsejara.
No obstante, sintió una gran curiosidad por saber el
resultado de la prometida investigación de las causas de la sequedad del señor
Goodwood, que la señorita Stackpole debía llevar a cabo…, curiosidad por el
momento insatisfecha, pues, cuando tres días después le preguntó si había
escrito ya a Londres, ella no tuvo más remedio que confesar que lo había hecho
en vano, pues el señor Goodwood había dado la callada por respuesta.
La señorita Stackpole supo hallar el medio de decir:
- Me figuro que lo estará pensando, porque no es
«realmente» lo que se dice un impetuoso. Sin embargo, yo estoy acostumbrada a
que se conteste a mis cartas el mismo día.
Y se le ocurrió proponerle a Isabel hacer las dos una
excursión a Londres, observando para justificarse:
- Si he de decir la verdad, hasta ahora no he visto
gran cosa en este sitio, y creo que tú tampoco. Ni siquiera he visto a ese
aristócrata…, ¿cómo se llama?…, ah, sí, lord Warburton.
- Acabo de enterarme de que lord Warburton llega
mañana -repuso Isabel, pues había recibido una carta del señor de Lockleigh en
respuesta a la que ella le enviara-. Ahora tendrás una buena ocasión de
devolverle del revés y ver todo lo que tiene dentro. -¡Bah! Acaso proporcione
material para una crónica, pero ¿qué importa una cuando se han de escribir
cincuenta? Ya he descrito todo el escenario de estos alrededores y he
disparatado lo habido y por haber a propósito de las viejas de por aquí y hasta
de los pollinos, y, dígase lo que se quiera, la simple descripción del ambiente
no da verdadera vida a una crónica. Tengo que volver a Londres para recibir
allí verdaderas impresiones de la vida. En los tres días que estuve antes de
venir a este sitio no tuve tiempo siquiera de entrar en contacto con ella.
Y, como Isabel, durante su viaje de Nueva York a
Gardencourt había visto aún menos que la otra de la capital inglesa, le pareció
una magnífica ocurrencia que las dos hicieran una excursión de placer a la gran
ciudad. Le pareció una idea soberbia, pues tenía gran curiosidad por conocer en
todos sus pormenores esa ciudad de Londres que siempre había resplandecido ante
su ardiente imaginación como fabulosamente grande y próspera. Se pusieron,
pues, a trazar planes juntas y se complacieron en la esperanza de las
románticas horas que vivirían.
Buscarían alojamiento en cualquiera de aquellos
pequeños y pintorescos hostales descritos por Dickens, y pasearían por la
ciudad en uno de aquellos lindos carruajes de pescante trasero. Henrietta era
escritora, y su profesión le proporcionaba la gran ventaja de poder meterse por
todas partes y hacer lo que quisiera. Cenarían en los cafés y luego irían a los
teatros, visitarían la Abadía de Westminster y el Museo Británico y verían los
lugares donde vivieron el doctor Johnson, Goldsmith y Addison. Isabel se entusiasmó
muchísimo con la idea y reveló aquella su brillante visión a su primo Ralph,
quien, al oírla, soltó una jocunda carcajada que distaba mucho de destilar la
simpatía que ella esperaba.
- Me parece un plan admirable -dijo Ralph-. Os
aconsejo que vayáis al Duke's Flead de Covent Garden, que es un sitio alegre,
sin etiqueta y de los más antiguos, y yo os inscribiré en mi club. -¿Es que ese
sitio es… indecente? Pero ¡infeliz de mí!, ¿acaso hay aquí nada decente?
De todas formas, con Henrietta tengo la seguridad de
poder ir a todas partes; ella no se arredra ante nada. Después de haber viajado
por todo el continente americano, no hay duda de que sabrá desenvolverse de
maravilla por estas islitas de nada.
- Además, mira -dijo Ralph-, también yo quiero
disfrutar de la ventaja de su protección e ir allá al mismo tiempo. Tal vez no
vuelva a tener nunca la suerte de viajar con tanta seguridad.
14
La señorita Stackpole habría estado dispuesta a
partir en el acto, pero, como ya hemos visto, Isabel había recibido la noticia
de que lord Warburton iba a hacer una nueva visita a Gardencourt y le parecía
su deber quedarse allí y verle. Dejó él pasar tres o cuatro días sin contestar
la carta de Isabel, pero luego escribió para decir que dos días después iría a
almorzar con ella. Algo parecía haber ciertamente en estos aplazamientos y
demoras que lograron impresionar a la joven y afirmaron en ella la sensación
del deseo por él manifestado de mostrarse respetuoso y paciente y no querer
acuciarla; actitud que ella analizaba con mayor interés por estar convencida de
que «la quería de veras». Dijo Isabel a su tío que había escrito a lord
Warburton y, al propio tiempo, le notificó la intención del otro de venir a
almorzar con ella. En vista de lo cual, el anciano salió de su aposento antes
de lo acostumbrado y no apareció hasta las dos, hora del refrigerio. Con ello
no quería realizar un acto de vigilancia, sino simplemente ceder a su benévola
idea de que, al estar con ellos, su presencia evitaría cualquier malentendido
que pudiera producirse si Isabel prestaba de nuevo oídos a su noble visitante.
Éste trajo consigo desde Lockleigh a su hermana mayor, coincidiendo tal vez con
las amables presunciones del señor Touchett. Los dos visitantes fueron
presentados a la señorita Stackpole, que ocupó en la mesa el asiento contiguo
al de lord Warburton. Isabel, que estaba en verdad algo nerviosa y no tenía
deseos de discutir nuevamente el asunto que él había con tanta premura
planteado, no pudo por menos de admirar el buen humor con que el aristócrata
ejercía el completo dominio de sí mismo, ocultando por completo hasta el menor
síntoma de una preocupación que ella creía natural que sintiese al verla. El no
la miró ni le habló, y la única prueba de su emoción consistía en evitar cruzar
con ella la mirada. Estuvo muy hablador con los demás y comió con buen apetito,
sabiendo escoger lo más delicado. La señorita Molyneux, que tenía una tersa
frente monjil y llevaba suspendida del cuello una gran cruz de plata cincelada,
estaba a todas luces absorta en Henrietta Stackpole, a la que no quitaba ojo de
encima, dando a entender que era presa de un grave conflicto entre la profunda
repulsa y la anhelante admiración que la americana le inspiraba. Era, de las
dos hermanas, la que más en gracia le había caído a Isabel por la enorme calma
hereditaria que en ella suponía. Nuestra heroína estaba segura de que aquella
frente de religiosa y aquella cruz argentina tenían relación con algún
fantástico mis- terio anglicano…, acaso con el delicioso restablecimiento del
curioso cargo de canonesa. Se preguntaba a sí misma qué pensaría de ella la
señorita Molyneux si supiera que había rechazado el ofrecimiento de su hermano,
pero se tranquilizó al pensar que lord Warburton no le diría jamás semejante
cosa y que, por tanto, no llegaría a saberla nunca. El la quería mucho y era
muy bueno con ella, pero le hablaba muy poco de sus cosas. Eso era, por lo menos,
lo que suponía Isabel, quien durante el almuerzo, cuando no hablaba, se
entretenía en forjar sus habituales teorías acerca de los demás comensales.
Así, se imaginaba que si la señorita Molyneux hubiese sabido lo pasado entre
ella y su hermano, era probable que le hubiera impresionado tristemente su
incapacidad para medrar en la vida; o no, más bien (y ésta fue la conclusión
final de nuestra heroína) atribuiría a la joven americana una conciencia clara
de la desigualdad.
Hiciese Isabel lo que hiciese de las oportunidades
que se le presentaran, lo innegable era que Henrietta Stackpole no estaba en
absoluto dispuesta a desaprovechar aquéllas en las que ya se veía inmersa.
-¿Sabe usted que es el primer lord que he visto en mi vida? -le espetó a su
vecino-. Me imagino que creerá que me siento tremendamente azorada.
- Pues se ha librado usted de ver a no pocos hombres
bien feos -replicó lord Warburton, mirando como un poco abstraído en derredor.
-¿De veras son tan feos? Pues en América se pretende hacernos creer que todos
son apuestos y magníficos, que llevan ropas suntuosas y coronas. -¡Bah! Las
ropas suntuosas de corte y las coronas están ya pasadas de moda -dijo lord
Warburton-, lo mismo que los revólveres y las hachas de guerra de ustedes.
- Pues lo siento -declaró Henrietta-, porque creo que
la aristocracia debe ser algo espléndido. Si no, ¿qué es entonces? -¡Oh!, en el
mejor de los casos, bien poca cosa, ¿sabe usted? ¿Quiere una patata?
- No me gustan mucho estas patatas europeas. Yo le
habría tomado a usted por un caballero americano corriente. A lo que lord
Warburton contestó:
- Pues hábleme usted como si lo fuera. No me explico
cómo se las va a arreglar usted aquí sin patatas, pues no encontrará muchas
cosas que comer por estos pagos.
Henrietta se quedó callada un momento; tal vez lord
Warburton no fuese sincero.
- Desde que llegué no tengo apenas apetito -dijo tras
una pausa-, de manera que no tiene la menor importancia. ¿Sabe que yo no le
acepto a usted? Mi conciencia me dicta que se lo diga. -¿Que no me acepta?
- Exactamente. Me figuro que nadie se lo ha dicho
hasta ahora, ¿no es cierto? Lo que yo no acepto es al lord como institución.
Creo que el mundo les ha dejado atrás…, muy atrás. -¡Oh, estoy de acuerdo!
Después de todo, tampoco me admito yo a mí mismo. Pero ¿sabe una cosa?, a veces
me hago esta reflexión: ¿cómo podría rechazarme a mí mismo si no fuese yo? Por
lo demás, es preferible no ser presuntuoso.
- Entonces, ¿por qué no renuncia? -preguntó la
señorita Stackpole.
- Renunciar… ¿a qué? -preguntó lord Warburton
poniendo en su acento tanta suavidad como dureza había puesto ella.
- A ser lord. -¡Oh, para lo poco que de ello tengo!
Lo cierto es que uno acabaría verdaderamente por olvidarse de ello si ustedes,
los americanos, no se lo estuvieran recordando a cada instante. De todas
maneras tengo la intención de despojarme de ello, de lo poco que ya va
quedando. -¡Me gustaría verlo! -exclamó Henrietta con cierta aspereza.
- Ese día la invitaré a usted a la ceremonia. Habrá
una gran cena y después baile.
- Bueno, a mí me gusta conocer todos los puntos de
vista. No acepto la existencia de clases privilegiadas, pero me gusta
escucharlo que éstas dicen en defensa propia.
- Bien poca cosa, como acaba de ver.
- Quisiera sonsacarle un poco más todavía -dijo
Henrietta-, pero tiene usted siempre la mirada ausente, como si tuviera miedo
de encontrarse con la mía. Me doy perfecta cuenta de que intenta escabullirse.
- Nada de eso. Me limito a contemplar esas pobres
patatas desdeñadas. -¿Quiere, entonces, hacer el favor de explicarme la
situación de esta señorita, su hermana? Ignoro qué es ella con relación a
usted. ¿Es una lady?
- Es, fundamentalmente, una buena muchacha.
- No me agrada la manera en que lo dice, como si
quisiera cambiar de tema. ¿Es su posición inferior a la de usted?
- En realidad, ninguno de los dos tenemos posición,
pero ella sale mejor librada que yo del asunto porque no tiene quebraderos de
cabeza.
- Cierto. Verdaderamente no parece que tenga muchos
quebraderos de cabeza. ¡Ojalá tuviera yo tan pocos! Aunque no hagan ustedes
otra cosa, aquí por lo menos producen gente tranquila.
- Sí, ya ve usted que, por lo general, nos tomamos la
vida con calma. Y además somos muy sosos. ¡Ah!, cuando nos lo proponemos, no
hay quien nos gane a insípidos.
- Pues les aconsejaría que no se lo propusieran. A su
hermana, la verdad, no sé de qué hablarle. ¡Parece tan distinta! ¿Es un símbolo
esa cruz? -¿Cómo? ¿Un símbolo?
- Una insignia de nobleza.
La mirada de lord Warburton, que había vagado un
rato, al oír tal pregunta se fijó en la de Henrietta. -¡Oh!, desde luego -se
apresuró a contestar-. Las mujeres se toman estas cosas muy en serio. La cruz
de plata la llevan las hijas mayores de los vizcondes.
Se trataba de una venganza, aunque inofensiva, por
haber pecado tanto de credulidad respecto a Norteamérica. Después del almuerzo
le propuso a Isabel ir a la galería para ver los cuadros y, aunque ella sabía
que los había visto más de veinte veces, no puso el menor reparo en acceder a
su deseo. Tenía la joven la conciencia perfectamente tranquila y nunca se había
sentido tan ligera ' de espíritu como desde que le había escrito la carta. El
fue andando despacio hasta el final de la galería, contemplando las obras de
arte en silencio, hasta que, de pronto, dijo:
- No esperaba que me escribiese usted de ese modo.
- Era el único modo de hacerlo, lord Warburton
-replicó ella-. Le ruego que así lo crea.
- Si fuera cuestión de querer, no dude que la creería
y dejaría de molestarla. Pero no basta querer creer para creer; confieso
francamente que no lo comprendo. Puedo comprender y comprendería perfectamente
que yo no le gustara. Pero usted ya reconoce lo que debería reconocer…
Isabel le interrumpió, poniéndose intensamente
pálida: -¿Qué es lo que yo he reconocido?
- Que soy una buena persona, ¿no es cierto? -Ella no
replicó y él siguió diciendo-: Usted no parece tener razón alguna para obrar
así y eso me produce una sensación de injusticia. puño.
- Tengo una razón, lord Warburton -dijo en un tono
que a él le puso el corazón en un -Me gustaría mucho conocerla.
- Se la diré algún día, cuando pueda mostrársela
mejor.
- Pues perdóneme si, mientras tanto, le digo que he
de dudar de ella. Isabel se limitó a replicar:
- Me está usted haciendo sufrir.
- No puedo deplorarlo. Así se dará cuenta de lo que
yo estoy pasando. ¿Quiere, por favor, contestarme a una pregunta?
Isabel no expresó su asentimiento, pero a él se le
antojó ver en los ojos de ella algo que le alentaba a continuar y preguntó:
-¿Siente interés por otro?
- Es una pregunta a la que preferiría no contestar. Y
él dijo amargamente, como murmurando:
- Entonces es que sí.
Aquella patente amargura conmovió a Isabel, que
exclamó:
- Está usted en un error. No hay tal cosa.
Olvidando toda ceremonia, él se sentó en un banco como
sumido en un hondo pesar, apoyó los codos en las rodillas y clavó los ojos en
el suelo. Por fin, echándose hacia atrás para apoyar la espalda dijo:
- Tampoco eso puede alegrarme, porque debe de ser una
excusa. Ella alzó las cejas en señal de sorpresa y repuso: -¿Una excusa? ¿Tengo
yo que excusarme de algo?
Pero él no contestó a tal pregunta, pues le rondaba
ya otra idea por la cabeza: -¿Es por mis opiniones políticas? ¿Las considera
demasiado avanzadas?
- No tengo nada que reprochar a sus ideas políticas
por la sencilla razón de que no las comprendo.
- Claro, lo que yo piense le tiene a usted sin
cuidado, le da lo mismo.
Isabel se apartó hacia el otro lado de la galería y
allí permaneció un momento volviéndole la espalda, que era en extremo
encantadora; él contempló su leve y esbelta figura, la esbeltez de su blanco
cuello al inclinar ella la cabeza y el espesor de sus oscuras trenzas. Se
detuvo ella ante un pequeño cuadro como si lo estuviese examinando, y había un
no sé qué tan lleno de juventud y agilidad en su movimiento que, con aquella su
flexibilidad, parecía estar burlándose de él. Sin embargo, nada veían sus ojos,
que se habían cubierto súbitamente de lágrimas. Al poco él se acercó, pero
Isabel había enjugado ya su llanto. Al volverse de nuevo, su cara estaba
profundamente pálida y sus ojos tenían una rara expresión.
- La razón que no quería exponerle… -dijo-, voy,
después de todo, a exponérsela. Es que no puedo escapar a mi destino. -¿Su
destino?
- Casarme con usted sería un intento de huida.
- No la comprendo. ¿Y por qué no habría de ser su
destino éste, como cualquier otro?
- Porque no lo es -replicó Isabel con suave
feminidad-. Yo sé que no lo es. Mi destino no es abandonar…, yo sé
perfectamente que no puede serlo.
El pobre lord Warburton se quedó profundamente
asombrado, con una interrogación en los ojos: -¿Llama usted abandonar a casarse
conmigo?
- Desde luego, no en el sentido corriente. Sé que es
recibir…, recibir… enormemente… Pero, al mismo tiempo, supone prescindir de
otras oportunidades. -¿Otras oportunidades de qué?
- No me refiero al matrimonio -replicó Isabel, que ya
iba recobrando el color. Y se detuvo, mirando hacia abajo con el entrecejo
fruncido, como si le resultase poco menos que imposible tratar de expresarse
con claridad.
Su compañero se decidió a susurrar:
- No creo que sea una presunción por mi parte sugerir
que ganaría mucho más de lo que perdería.
- A lo que no puedo escapar es a la desgracia -dijo
Isabel-. Y, casándome con usted, intentaría lograrlo.
Y él exclamó prorrumpiendo en una risa de ansiedad:
- No sé si lo intentaría, pero no me cabe duda de que
lo lograría, se lo digo con toda franqueza. -¡Pero es que no debo…, no puedo!
-exclamó la joven.
- De todos modos, si usted está resuelta a ser
desgraciada, no veo por qué ha de empeñarse en que yo también lo sea. Si para
usted la desgracia está llena de encantos, para mí le aseguro que no tiene
ninguno.
- Yo no estoy resuelta a vivir una vida desgraciada
-dijo Isabel-. Al contrario, siempre he estado firmemente decidida a ser
dichosa, incluso con frecuencia he creído que llegaría a serlo. Pero de vez en
cuando se me ocurre que no podré ser feliz por ningún procedimiento
extraordinario, huyendo, separándome… -¿Separándose de qué?
- De la vida, de sus peligros y oportunidades
corrientes, por los que la mayoría de la gente pena y que tantos conocen.
Lord Warburton esbozó una sonrisa que pareció delatar
un si es no es de esperanza.
- Mi querida señorita Archer -comenzó a explicar con
respetuoso anhelo-, yo no le ofrezco a usted ninguna renuncia a la vida, ni a
peligros u oportunidades de ninguna clase. ¡Ojalá pudiese! ¡Tenga usted por
seguro que lo haría! Por favor, ¿por quién me toma? A Dios gracias, no soy el
emperador de la China. Lo que yo le ofrezco es, en resumen, que participe de
las comunes angustias de la vida de una manera en cierto modo cómoda. ¡Las
angustias comunes de la vida! Yo soy uno de sus más devotos. Concierte usted
una alianza conmigo y le aseguro que no le habrán de faltar. Por lo demás, no
tendrá que separarse de nada, ni siquiera de su amiga la señorita Stackpole.
- Ella no lo aprobaría jamás -dijo Isabel tratando de
sonreír y aprovechando esta salida, no sin despreciarse bastante a sí misma por
hacerlo. -¿Hablamos de la señorita Stackpole? -preguntó impaciente el lord-. En
mi vida he visto una persona que juzgue las cosas de un modo tan exclusivamente
teórico.
- Creo que ahora habla usted de mí -replicó Isabel, y
se apartó de nuevo al ver que por el extremo opuesto de la galería acababan de
entrar la señorita Molyneux, Henrietta y Ralph.
La hermana de lord Warburton se dirigió a él con
cierta timidez para recordarle que debía estar en casa a la hora del té, pues
había invitado a algunas personas para tomarlo con ella. Él no le contestó, al
parecer por no haberla oído; tenía entonces muchas otras cosas que con harta
razón le preocupaban. Y la señorita Molyneux, como si él fuera un soberano,
permaneció a la espera en actitud de camarera mayor.
Al verlo, Henrietta Stackpole exclamó: -¡Eso si que
no, señorita Molyneux! ¡Si yo tuviese que irme, él tendría que irse! ¡Si yo
necesitara que mi hermano hiciese algo, tendría que hacerlo! -¡Oh! Warburton
hace siempre lo que se le pide -contestó la señorita Molyneux con una pronta y
tímida risita. Y, volviéndose hacia Ralph, prosiguió-: ¡Cuántos cuadros tienen
ustedes!
- Parecen muchos porque están todos juntos -dijo
Ralph-. Pero no es un modo apropiado de colocarlos.
- A mí me parece muy hermoso. Me gustaría enormemente
que hubiera una galería de pinturas en Lockleigh. Los cuadros me gustan
muchísimo -continuó diciendo la señorita Molyneux sin detenerse para evitar que
la interpelase de nuevo Henrietta, que parecía a la vez fascinarla y asustarla.
- Me lo explico; los cuadros son muy conveniente:
-dijo Ralph, que se daba cuenta de la clase de reflexiones convenientes para
ella.
Y la joven dama continuó: -¡Cuando llueve, resultan
tan agradables…! En este último tiempo ha llovido con mucha frecuencia.
- Siento mucho que se vaya usted, lord Warburton
-intervino Henrietta-. Necesitaba sonsacarle todavía algo más.
- No me voy todavía -repuso lord Warburton.
- Dice su hermana que debe irse. En Norteamérica los
hombres obedecen a las damas. La señorita Molyneux dijo suavemente, mirando a
su hermano:
- Me temo que tendremos invitados a tomar el té.
-Está bien, querida. Entonces nos iremos.
- Creí que iba usted a resistirse -exclamó
Henrietta-. Me habría gustado ver lo que hubiese hecho la señorita Molyneux.
- Yo no hago nunca nada -replicó ésta.
- Me imagino que, dada su posición, le bastará con
vivir. Me gustaría mucho verla en su casa.
- Tiene que ir otra vez a Lockleigh -dijo dulcemente
la señorita Molyneux dirigiéndose a Isabel, como si no hubiese oído aquella
observación de la periodista.
Isabel contempló un instante sus tranquilos ojos y en
aquel mismo instante le pareció ver en el fondo gris de ellos el reflejo de
todo lo que había rechazado al rechazar a lord Warburton: la paz, la bondad, el
honor, las propiedades, una gran seguridad e intimidad. Besó a la señorita
Molyneux y le dijo:
- Me parece que no voy a poder volver por allí.
- Lo siento en el alma -replicó la señorita
Molyneux-. Creo que hace usted muy mal con ello.
Lord Warburton prestó atención a lo que las dos
jóvenes decían y luego se volvió hacia uno de los cuadros. Ralph, con las manos
en los bolsillos y apoyado en la barandilla de delante del cuadro, estuvo
observándole un momento.
Henrietta se acercó a lord Warburton para decirle:
- Quisiera verle en su casa. Me gustaría charlar una
hora con usted, pues tengo que hacerle infinidad de preguntas.
El dueño de Lockleigh contestó:
- Será para mí un gran placer verla allí, pero estoy
seguro de que no podré contestar a muchas de sus preguntas. ¿Cuándo piensa
usted venir?
- En cuanto la señorita Archer quiera llevarme.
Pensamos ir a Londres, pero antes iremos a verle. Estoy decidida a que usted
satisfaga mi curiosidad.
- Pues si depende de la señorita Archer, me temo ' °
que no va usted a satisfacerla, porque ella no irá a Lockleigh. No le gusta
nada el sitio. -¿Cómo? ¡Si me ha asegurado que es encantador! -exclamó
Henrietta. Lord Warburton dudó un segundo y luego dijo:
- A pesar de todo, no irá. Más vale que vaya usted
sola.
Henrietta se irguió, abrió desmesuradamente los ojos
y en un tono bastante áspero preguntó: -¿Le diría usted eso a una dama inglesa?
Lord Warburton se quedó sorprendido.
- Según -dijo al fin-; si me gustase lo suficiente,
sí.
- Pues procure que no le guste lo bastante. Si la
señorita Archer no quiere volver a su casa es porque no desea llevarme. Sé
perfectamente lo que ella piensa de mí… y supongo que usted pensará lo mismo:
que no debo sacar a relucir a personas concretas. -Lord Warburton estaba en la
luna. No le habían dicho nada de la personalidad profesional de la señorita
Stackpole y no captó la alusión-. Tengo la seguridad de que la señorita Archer
le ha prevenido -añadió Henrietta. -¿Que me ha prevenido? -¿Para qué, si no
para ponerle en guardia respecto a mí, vino aquí sólita con usted?
- Oh, no, nada de eso, mi distinguida amiga -replicó
lord Warburton con desenvoltura.Nuestra conversación no ha tenido tanta
solemnidad.
- Pues lo cierto es que usted ha estado
constantemente en guardia…, ¡y de qué manera! Ya me imagino que en usted ha de
ser lo natural, y eso es precisamente lo que quería observar. Y lo mismo la
señorita Molyneux…, tampoco ha querido soltar prenda, También usted ha sido
prevenida, aunque en su caso no era necesario -dijo Henrietta dirigiéndose a la
hermana del lord.
- Más vale así -contestó ésta con cierta vaguedad.
Ralph intervino para explicar amablemente:
- He de decirles que la señorita Stackpole escribe y
toma notas. Es una gran satírica. Escudriña en nuestro interior y luego nos lo
presenta según su modo de ver.
- Pues, la verdad, debo confesar que nunca he tenido
tan mala suerte con mi material, ni un material tan malo -declaró Henrietta
paseando la vista de Isabel a lord Warburton y del aristócrata a su hermana y a
Ralph-. A todos ustedes les ocurre algo; están todos tan alicaídos como si
hubiesen recibido un cable con malas noticias.
- Usted ve bien en nuestro interior, señorita
Stackpole -dijo Ralph, haciendo un leve movimiento de cabeza afirmativo al
tiempo que les conducía fuera de la galería-. A todos nosotros nos ocurre algo.
Detrás de ellos dos iba Isabel. La señorita Molyneux,
que le profesaba ya gran simpatía, la había tomado del brazo para caminar a su
lado por aquel piso tan encerado. Al otro lado iba lord Warburton, con las
manos en los bolsillos y la mirada gacha. Permaneció callado un momento y luego
preguntó: -¿Es cierto que va usted a ir a Londres?
- Creo que ya es cosa decidida. -¿Y cuándo piensa
volver?
- Dentro de unos días. Pero será por poco tiempo,
porque tengo que ir a París con mi tía. dijo:
- Entonces, ¿cuándo volveré a verla?
- No por una temporada -contestó Isabel-, aunque
espero que un día u otro suceda. -¿De veras lo espera? -Muy de veras.
Él dio unos cuantos pasos más en silencio; luego se
detuvo y, tendiéndole la mano,
- Adiós.
- Adiós -contestó Isabel.
La señorita Molyneux volvió a besarla y ella les miró
marchar juntos. Después, en lugar de reunirse con Henrietta y Ralph, se fue
directamente a su habitación. Antes de la hora de la cena, la señora Touchett
entró a verla aprovechando que se dirigía al salón.
- Debo comunicarte -le dijo- que tu tío me ha
informado de tus relaciones con lord Warburton, «¿Relaciones? -pensó Isabel-.
Apenas si las hay ¡Qué cosa tan extraña! Si no me ha visto más que tres o
cuatro veces».
La señora Touchett preguntó en tono desapasionado:
- ¿Por qué se lo dijiste a tu tío en vez de decírmelo
a mí?
La joven volvió a dudar y respondió:
- Porque él conoce mejor a lord Warburton.
- Cierto. Pero, en cambio, yo te conozco mejor a ti.
- No estoy muy segura de ello -contestó Isabel
sonriendo.
- Ni yo tampoco, después de todo, especialmente
cuando me miras de ese modo tan presuntuoso. Cualquiera diría que estás
encantada de ti misma y que te has llevado un premio. Me imagino que, cuando
has rechazado una proposición como la de lord Warburton es porque tienes a la
vista algo mejor.
Isabel sonrió otra vez y dijo: -¡Seguro que mi tío no
ha dicho eso!
15
Se había acordado que las dos jóvenes fuesen a
Londres escoltadas por Ralph, aunque a la señora Touchett no le hacía gracia
semejante plan al hablar de él, dijo que era el que sin duda se le habría
ocurrido a la señorita Stackpole sugerir, y preguntó si a la corresponsal del
Interviewer se le iba a ocurrir también llevarles a su casa de huéspedes
favorita.
- Me tiene sin cuidado adonde quiera llevarnos
-contestó Isabel-, con tal de que sea un sitio con color local. Para eso es
precisamente para lo que vamos a Londres.
- Ya me imagino -replicó su tía- que cuando una
muchacha ha rechazado a un lord inglés puede permitírselo todo. Después de eso,
no vale la pena pararse en bagatelas. -¿Le habría gustado que me hubiese casado
con lord Warburton? -preguntó Isabel.
- Naturalmente que sí.
- Creía que detestaba a los ingleses.
- Y los detesto; pero eso es el mejor motivo para
utilizarlos. -¿Es ésa la idea que tiene usted del matrimonio?
- E Isabel se atrevió a añadir que, a su entender, su
tía había utilizado bien poco al señor Touchett.
- Tu tío no es un aristócrata inglés -repuso la
señora Touchett-. Y aunque lo hubiera sido, tal vez me habría ido igualmente a
vivir a Florencia. -¿Cree usted que lord Warburton puede hacerme mejor de lo
que soy? -preguntó la joven algo excitada-. No quiero decir que me considere
demasiado buena y que no desee mejorar, sino que no amo a lord Warburton lo
bastante como para casarme con él.
- Entonces has hecho muy bien en rechazarlo -dijo la
señora Touchett con su voz más baja y sobria-. Ahora espero que, a la próxima
gran oferta que se te haga, sepas estar a la misma altura.
- Más vale que esperemos hasta que se presente, en
vez de hablar de ello. Lo que deseo con toda mi alma es que no me hagan por
ahora ofrecimientos de ninguna clase. Acaban por perturbarme completamente.
- Si adoptas definitivamente la vida bohemia, puedes
tener la seguridad de que no te molestarán mucho con ellos. De todos modos, le
he prometido a Ralph que no criticaría…
- Haré lo que Ralph diga -respondió Isabel-. Tengo en
él una ilimitada confianza.
- Su madre se siente muy agradecida -repuso la señora
Touchett, riendo con sequedad.
Isabel, sin poder contenerse, replicó:
- Es lo que me parece que debe sentirse.
Ralph había dicho que no iba en absoluto contra las
conveniencias sociales que los tres hicieran juntos una excursión para ver las
cosas más interesantes de la metrópoli; pero la señora Touchett no lo
consideraba así. Como muchas otras señoras de su país que habían vivido largo
tiempo en Europa, había olvidado su manera nativa de pensar acerca de muchos
puntos, produciéndose en ella una reacción contra la excesiva libertad
concedida a los jóvenes de allende los mares, no injustificada en sí misma,
pero cargada de escrúpulos tan exagerados como gratuitos. Ralph acompañó a las
jóvenes a Londres y las albergó en una fonda tranquila de una calle que hacía
esquina con Piccadilly. Al principio pensó instalarlas en la casa de su padre,
en Winchester Square, una enorme y triste mansión que en tal época del año se
hallaba envuelta en la mortaja del más profundo silencio y de las fundas de
holanda cruda; pero cayó en la cuenta de que, estando el cocinero en
Gardencourt, no había nadie en la casa que pudiese encargarse de hacer la
comida, por lo que finalmente fue el hotel Pratt su paradero.
Por su parte, Ralph se instaló en la mansión de
Winchester Square, donde tenía un escondrijo que a él le encantaba y donde
podía abrigar temores de mucha peor catadura que el de una cocina apagada. Lo
cierto es que se proponía utilizar en gran medida los recursos del hotel Pratt,
y a estos efectos empezó al día siguiente por hacer una visita a sus compañeras
de viaje. Allí tuvo la satisfacción de que el señor Pratt en persona, enfundado
en un amplio blusón blanco, acudiese a levantar la tapadera de los platos del
desayuno. Después de lo cual, Ralph, ya otro hombre como él mismo dijo, trazó
con sus compañeras el plan para los vagares del día en curso. Como en el mes de
septiembre Londres tendría un semblante completamente blanco si no fuese por
las salpicaduras y manchas del tráfago anterior, Ralph, que para tal ocasión
creyó prudente adoptar un tono solemne, se consideró obligado a decir a sus
compañeras, excitando con ello los crueles sarcasmos de la señorita Stackpole,
que en la ciudad no había en esos momentos ni un alma.
- Supongo que se refiere usted a la aristocracia
-replicó Henrietta-, pero no creo que pueda tener prueba mejor de que no se la
echaría de menos si estuviese por completo ausente.
A mí me parece que la ciudad está de gente hasta los
topes. No hay un alma, no; sólo tres o cuatro millones. Pero pertenecen a…,
¿cómo lo llama usted?…, a la clase media. Y ésas, que componen toda la
población de Londres, no tienen, por lo visto, la menor importancia.
Ralph declaró que no había vacío dejado por la
aristocracia que ella con su presencia no llenara y que en aquel momento no
había hombre tan contento como él. En lo cual le asistía perfecta razón, pues
el tedioso septiembre en la ciudad inmensa y medio vacía encerraba un encanto
como de piedra preciosa de vividos colores envuelta en un paño sucio. Cuando
Ralph se retiraba por la noche a la vacía mansión de Winchester Square tras las
horas pasadas con sus compañeras, tan ardientes si con él se las comparaba, se
ponía a vagar por el enorme y oscuro comedor, donde no había más luz que la del
candelabro que él tomaba de la mesa del vestíbulo al entrar. La plaza se
hallaba sumida en el mayor silencio, silenciosa estaba igualmente la triste
mansión, y, cuando abría uno de los anchos ventanales del comedor para dejar
entrar el aire fresco, sólo oía el pausado rechinar de las pesadas botas del
policía que estaba de guardia. En aquel I lugar tan vacío, sus propios pasos
resonaban fuertes y sonoros, pues habían retirado algunas de las gruesas
alfombras y, cada vez que se movía, levantaba y esparcía un eco melancólico.
Sentado en uno de los sillones, observaba la enorme y oscura mesa que brillaba
en ciertas partes a la débil luz de las bujías del candelabro, y los cuadros de
las paredes, todos muy oscuros, que parecían dotados de un alma vaga e
incoherente. Se diría que flotaba en el ambiente el fantasma de cenas tiempo ha
digeridas, de festivas conversaciones de sobremesa que habían perdido vigencia.
Acaso tal presentimiento de lo sobrenatural tuviese que ver con el hecho de que
él dejase volar libremente su añorante imaginación, permaneciendo en aquel
sillón hasta mucho más tarde de lo que tenía por costumbre acostarse…, de que
se quedase sin hacer absolutamente nada, sin tan siquiera leer el diario de la
noche. Digo y sostengo que no hacía nada, pues en tales momentos se limitaba a
pensar en Isabel, y pensar en ella no podía ser para él más que una vaga y
perezosa ocu- pación que a nada conducía y a nadie podía servir de gran cosa.
Su prima no le había parecido jamás tan encantadora como en aquellos días
empleados en bucear a la manera turística por las profundidades y oquedades de
la vida metropolitana.
Tenía Isabel la cabeza llena de elementos lógicos
-premisas, conclusiones- y de emociones; y, si lo que había ido buscando era
color local, podía darse por satisfecha, porque lo encontraba en todas partes.
Le hacía ella más preguntas de las que él estaba en condiciones de contestar, y
se lanzaba a improvisar nuevas y osadas teorías acerca de las causas históricas
y sus repercusiones sociales, que él tampoco sabía refutar y que ignoraba si
debía aceptar. Fueron más de una vez al Museo Británico y a aquel otro palacio
del arte aún más brillante que, por su antigua variedad, exige que se le
consagre un espacio tan extenso por lo menos como el de un monótono barrio;
pasaron una mañana en la Abadía y se embarcaron en uno de los vaporcitos que
por el precio de un penique llevan a los visitantes hasta la Torre de Londres.
Contemplaron los cuadros de las colecciones públicas y privadas, y más de una
vez hubieron de sentarse en los bancos de los jardines de Kensington bajo los
árboles centenarios. Henrietta demostró tener una inagotable curiosidad y ser
un juez mucho menos benigno de lo que Isabel habría creído. Como era de
esperar, se llevó no pocos desengaños y, en conjunto, Londres hubo de sufrir no
poco en la apasionada comparación de su vida con los puntos fuertes de la idea
norteamericana de civismo; no obstante, sacaba el máximo de sus empañadas
dignidades y sólo se permitía de vez en cuando algún que otro suspiro
acompañado de un desalentado «Bien», que no iba más allá y se perdía en el
abismo de lo re- trospectivo. La pura verdad era que no se hallaba en su
elemento. Un día, en la Galería Nacional, le dijo a Isabel: «Yo no simpatizo
con los objetos inanimados», y siguió sufriendo ponla pobreza de su visión de
la vida interior con que la naturaleza la había dotado. Los pai- sajes de
Turner y los toros asirios eran una compensación bien pobre por la falta de
esas cenas literarias en las que había esperado conocer el genio y el renombre
de Gran Bretaña.
«¿Dónde están sus hombres públicos, sus grandes
hombres y mujeres intelectuales? - le preguntó un día a Ralph, parándose en
mitad de Trafalgar Square, como si creyera que aquél era el sitio idóneo para
darse de narices con algunos-. ¿Acaso es uno de ellos ese que está allá en lo
alto de la columna? ¿Cómo le llaman ustedes…? ¿Lord Nelson? ¿También era lord?
¿No era bastante alto de por si para que hayan tenido que colocarlo a cien pies
del suelo? Eso es el pasado…, y a mí el pasado no me interesa. Lo que yo quiero
es ver a las mentes conductoras del presente; y no digo del futuro porque creo
muy poco en él». El pobre Ralph contaba entre sus relaciones con muy pocas de
aquellas mentes conductoras, y muy rara vez podía permitirse el placer de
asaetear con sus preguntas a un individuo célebre; lo que, a juicio de la
señorita Stackpole, acusaba una lamentable falta de espíritu de empresa. Así,
solía decir: «Si yo estuviera allende el mar, me iría derecha a casa de un gran
hombre, llamaría tranquilamente a su puerta, fuera quien fuese, y le diría:
"Señor, he oído hablar mucho acerca de usted y vengo a ver yo misma qué
hay en todo ello". Pero, por lo que deduzco, no es ésa la costumbre aquí.
Ustedes tienen sin duda infinidad de costumbres que me parecen insensatas, pero
ninguna que pueda servir para algo. Indudablemente, nosotros estamos más
adelantados. De todos modos, no tengo más remedio que escribir acerca de la
vida social en su conjunto». Henrietta, que llevaba siempre encima su guía
turística y su lápiz, escribió para el Interviewer una crónica describiendo la
Torre de Londres (incluido el relato de la ejecución en ella de lady Jane
Gray); pero, después de haberla escrito, tuvo el convencimiento de no estar a
la altura de la misión que se le había confiado.
El incidente que precedió a la partida de Isabel de
Gardencourt había dejado una dolorosa huella en el ánimo de nuestra joven
heroína; y, cuando volvía a sentir en su rostro, como una ráfaga recurrente, el
aliento frío de la sorpresa de su último pretendiente, su único recurso era
taparse bien la cabeza hasta que el viento amainara. La verdad es que no podía
hacer más de lo que hacía.
Pero la manera en que lo llevaba a cabo tenía tan
poca gracia como cualquier movimiento puramente físico realizado en una actitud
forzada, lo cual alejaba de ella el menor deseo de enorgullecerse de su
conducta. No obstante, ello se mezclaba con una sensación de libre albedrío que
le era sumamente grata en sí misma y que, mientras vagaba por la inmensa ciudad
en compañía de sus dispares compañeros, exteriorizaba mediante de- mostraciones
estrafalarias. Así acontecía que, cuando, por ejemplo, paseaban por los
jardines de Kensington, se detenía a conversar con los rapaces que jugaban en
la hierba, especialmente con los más pobres; les preguntaba sus nombres, les
daba unas monedas de cobre y a los más graciosos los besaba. Ralph tomaba nota
de todas esas raras salidas, como de todo lo que ella hacía. Un día, para hacer
pasar un rato a sus compañeras, las invitó a J tomar el té en su casa de
Winchester Square y, a tal efecto, hizo que la arreglaran y pusieran lo más
posible en orden para recibir la visita. Había allí otro invitado, un simpático
soltero, antiguo amigo de Ralph, que se hallaba casualmente de paso en la
ciudad, y para quien entrar en inmediato trato con la señorita Stackpole no
parecía entrañar la menor dificultad ni despertarle el más leve temor. El señor
Bantling, hombre de unos cuarenta años, fornido, atildado, admirablemente
vestido, conocedor de todo y extravagantemente divertido, se rió a mandíbula
batiente con todas las cosas que Henrietta dijo, le ofreció varias tazas de té,
examinó con ella la nada desdeñable colección de curiosidades de Ralph y,
luego, cuando el anfitrión les propuso salir a la plaza diciendo que les
ofrecía una fete-champétre, dio unas cuantas vueltas con ella por el recinto,
mostrando una gran pasión, charlando como si experimentase un enorme interés
por el asunto discutido, ante las reflexiones de ella acerca de la vida
interior.
- Ya me doy cuenta. Me atrevería a decir que
Gardencourt le ha parecido a usted de una quietud desesperante. Naturalmente,
no puede haber mucho ajetreo en un sitio cuando se está tan enfermo. Touchett
está muy mal, ya sabe. Los médicos le han prohibido terminante- mente que esté
en Inglaterra, pero él ha venido para cuidar a su padre. Y el pobre viejo,
según creo, tiene por lo menos media docena de achaques. Dicen que es la gota,
i pero yo tengo entendido que se trata de una enfermedad orgánica tan avanzada
que puede usted tener por seguro que desaparecerá a la carrera el día menos
pensado. Naturalmente, todas estas circunstancias hacen tremendamente triste
cualquier casa; lo que me asombra es que les guste recibir gente cuando pueden
hacer tan poca cosa para obsequiarla. Además, me imagino que el señor Touchett
estará discutiendo constantemente con su mujer. Como usted sabe, viven
separados siguiendo esa curiosa costumbre de los americanos. Si usted quiere
ver una casa donde siempre pasan cosas, le recomiendo que pase unos días con mi
hermana, lady Pensil, en Bedfordshire. Mañana mismo le escribiré y tengo la
plena seguridad de que la invitará enseguida. Ya me hago cargo de lo que usted
precisa: una casa donde la gente sea aficionada al teatro, las merendolas y
cosas por el estilo. Pues mi hermana es precisamente una mujer que ni pintada
para todo ello; se pasa la vida organizando una u otra fiesta y le encanta
tener gente que pueda ayudarla. Estoy seguro de que la invitará a vuelta de
correo, pues le gustan a rabiar los escritores y toda clase de gente
distinguida. Ella escribe también, ¿sabe usted?, pero no he leído nada suyo.
Por lo general escribe versos, y yo no soy un gran aficionado a la poesía…, a
no ser la de Byron. Me figuro que admirarán mucho a Byron en Norteamérica… -
prosiguió el señor Bantling, excitando la estimulada atención de la señorita
Stackpole, sacando extrañas conclusiones con una extraordinaria facilidad y
cambiando de tema como quien hace un trabajo de prestidigitación. Y con aquella
versatilidad tan sugestiva, insistió en la idea, cautivadora y fascinante para
Henrietta, de hacerle ir a pasar unos días en casa de lady Pensil, en
Bedfordshire-. Sé perfectamente lo que usted quiere; lo que quiere es ver y
disfrutar de algún pasatiempo genuinamente inglés. Los Touchett, como sabe, no
tienen nada de ingleses. Tienen sus propias costumbres, su propia manera de
hablar, sus comidas especiales…, incluso creo que profesan una extraña religión
particular. Según dicen, el anciano considera la caza un pecado. Debería usted
ir a casa de mi hermana durante los - preparativos para la función teatral;
seguro que le dará un papel y no me cabe la menor duda de que lo hará usted muy
bien, pues veo que es muy inteligente. Mi hermana tiene ya cuarenta años y
siete hijos, pero va a interpretar el papel principal. A pesar de lo sencilla
que es, se maquilla muy bien…, dadas sus condiciones, por supuesto. Ni que
decir tiene que, si no desea actuar, no está obligada a hacerlo.
De tal suerte iba expresándose el señor Bantling
mientras caminaban lentamente por el césped, que, aunque salpicado del hollín
de las chimeneas londinenses, invitaba a estirar las piernas. Aquel solterón
gallardo y elocuente, tan impresionable ante las altas cualidades femeninas y
con sugerencias tan interesantes, le pareció a Henrietta un hombre
verdaderamente grato y apreció en lo mucho que para ella valían las
oportunidades que le brindaba.
- Si su hermana me invitase, desde luego que iría -le
dijo-. Creo que es mi deber. ¿Cómo dice usted que se apellida?
- Pensil. Un apellido raro, pero nada malo.
- Para mí lo mismo da uno que otro. Pero ¿cuál es su
rango social?
- Es esposa de un barón; una posición bastante
aceptable. Refinada, pero no demasiado.
- Seguro que demasiado refinada para mí. ¿Cómo dice
usted que se llama- el sitio donde vive? ¿Bedfordshire?
- Vive en la parte norte del condado. Es un paraje
aburrido, pero no creo que a usted le importe. Por mi parte, yo trataré de ir
allá mientras usted esté.
La señorita Stackpole estaba encantada con todo lo
que le decía el hermano de lady Pensil, pero, muy a pesar suyo, no tenía más
remedio que dejarle porque la estaban esperando unas amigas que encontró en
Piccadilly el día antes y a las que no había visto desde hacía más de un año:
las señoritas Climbers, dos damas de Wilmington, del estado de Delaware, que
tras haber viajado por todo el continente se preparaban para regresar a su
país. Henrietta había sostenido con ellas una larga conversación en pleno Piccadilly,
pero, aun cuando las tres hablaban al mismo tiempo, les quedaron muchas cosas
en el tintero. Así pues, acordaron que Henrietta iría a cenar con ellas en su
alojamiento de Jermyn Street a las seis de la tarde del día siguiente; y
acababa de acordarse entonces de tal compromiso. Por consiguiente, se dispuso a
ir a la mencionada callé, despidiéndose primero de Ralph e Isabel, que,
sentados en un banco en otro lado de la plaza, se hallaban ocupados -si así
puede decirse- en intercambiar amenidades a buen seguro menos provechosas que
las que habían compartido Henrietta y el señor Bantling. Una vez de acuerdo
Isabel y su amiga en que se encontrarían después a una hora respetable en el
hotel Pratt, Ralph señaló que la periodista debía tomar un coche, pues no podía
ir a pie hasta Jermyn Street.
- Me figuro que lo que quiere decir es que no está
bien que vaya sola por la calle. ¡Santo cielo! -exclamó Henrietta- ¿Y para esto
he venido yo aquí?
- No es en absoluto necesario que vaya usted a pie
sola -dijo alegremente el señor Bantling-. Será un gran placer para mí
acompañarla.
- Lo que quise decir -replicó Ralph- es que llegará
tarde a la cena y las pobres señoras podrían creer que al final nos hemos
resistido a privarnos de su presencia.
- Me parece que lo mejor es que tomes un coche,
Henrietta -dijo Isabel.
- Si no desconfía de mí, yo le conseguiré uno -ve
ofreció el señor Bantling-.
Caminaremos un poco hasta dar con él.
- No veo motivo para no fiarme de él, ¿y tú? -le
preguntó Henrietta a Isabel.
- No ve me ocurre qué podría hacerte el señor
Bantling -respondió cortésmente Isabel-. Pero, vi quieres, iremos con vosotros
hasta que encuentres el carruaje.
- No os molestéis, iremos solos. Vamos, señor
Bantling, y a ver vi me consigue uno de los buenos.
Se comprometió el señor Bantling a hacer todo lo que
pudiera y ambos ve marcharon dejando a la muchacha y a su primo juntos en
Winchester Square, que la luz del suave crepúsculo septembrino comenzaba a
embrujar. Reinaba allí la más absoluta calma. El ancho cuadrilátero de casas de
la oscura plaza no mostraba todavía ninguna luz en sus ventanas, cuyas celosías
y persianas estaban cerradas; el pavimento era una superficie totalmente
despejada y, a no ver por dos chiquillos de una de las callejuelas próximas que,
atraídos por la inusitada animación en el interior de la plaza, metían la
cabeza por!. entre los barrotes de la verja, el objeto más vivo a la vista
habría sido la roja columna del ángulo sudeste.
- Henrietta le pedirá que suba al coche y la acompañe
hasta la calle Jermyn, estoy seguro -dijo Ralph al cabo de un momento. Al
hablar de la señorita Stackpole decía siempre simplemente Henrietta.
- Es muy posible -respondió su compañera.
- Aunque tal vez no ve lo pida, y entonces verá
Bantling quien lo haga.
- También es muy posible. Me alegro mucho de que
hayan congeniado tanto.
- Ella ha hecho una conquista. Bantling la convidera
una mujer brillante. Esto puede llegar lejos.
- Yo también considero a Henrietta una mujer
brillante -dijo Isabel tras un breve silencio-, pero no creo que esto pueda ir
lejos.
No llegarían nunca a conocerse de veras. Ni él tiene
la menor idea de lo que ella es, ni ella la acertada comprensión del señor
Bantling.
- La base más frecuente de una unión suele ser la
falta de entendimiento recíproco - dijo su primo-. Sin embargo -añadió-, no
debe de ver tarea difícil comprender a Bantling, porque es un espíritu
sencillo.
- De acuerdo, pero Henrietta lo es más todavía. En
fin, ¿qué podemos hacer? -preguntó Isabel mirando a través de la luz
evanescente, bajo la cual el limitado paisaje ajardinado de la plaza adquirió
una apariencia de auténtica amplitud-. No creo que ve te ocurra proponer que,
para divertirnos, nos vayamos en un coche a dar vueltas por las calles de
Londres.
- No hay razón para que no permanezcamos aquí…, a no
ver que no te agrade. Hace una agradable temperatura, falta todavía cosa de
media hora para que sea completamente oscuro y…, vi me lo permites, encenderé
un cigarrillo.
- Puedes hacer lo que quieras -dijo Isabel- con tal
que me entretengas hasta las siete. A esa hora me iré al hotel Pratt y me
sentaré sólita a ingerir mi cena: dos huevos pasados por agua y un panecillo.
-¿Me permites cenar contigo? -preguntó Ralph.
- No; tú cenaras en tu club.
Habían vuelto a sus asientos en el centro de la plaza
y Ralph encendió su cigarrillo. Sin duda le habría agradado enormemente haber
tomado parte en el modestísimo festín que ella acababa de describir, pero, en
su defecto, le encantaba que se lo prohibiera. En aquel instante lo que le
gustaba extraordinariamente era estar a solas con ella, en la oscuridad que iba
poco a poco adensándose en medio de la enorme ciudad multitudinaria, imaginar
que dependía de él y estaba bajo su poder. Sin embargo, no podía ejercitar
semejante poder sino muy vagamente, y la mejor manera que de hacerlo tenía era
acatando sumisamente toda decisión de ella. Así, después de una pausa,
preguntó: -¿Por qué no me permites cenar contigo?
- Porque no me interesa.
- Me figuro que estarás cansada de mí.
- Lo estaré dentro de una hora. Como ves, tengo el
don de prever las cosas.
- Te prometo que de ahora en adelante seré
entretenido -aseguró Ralph. Pero no se le ocurrió decir nada más y, como ella
no le replicó tampoco, continuaron durante algún tiempo sentados y en una calma
que parecía una flagrante contradicción a la promesa de entretenimiento que él
acababa de formular. Se le antojó que estaba preocupada, y se preguntaba a sí
mismo en qué estaría pensando, pues tenía dos o tres motivos de cavilación. Por
fin, preguntó de nuevo-: ¿El negarte a que te acompañe a cenar esta noche es
porque esperas a algún otro visitante?
Ella se volvió, le miró con sus ojos claros y
serenos, y dijo: -¿Otro visitante? ¿Qué otro visitante quieres que tenga?
Y, en efecto, no tenía a quién sugerir, lo que hizo
que su pregunta le pareciese a él mismo tan tonta como brutal.
- Tienes muchos amigos que yo no conozco -se atrevió
finalmente a insinuar-. Posees todo un pasado del que he sido deliberada y
perversamente excluido.
- Porque estabas reservado para mi futuro. No debes
olvidar que mi pasado quedó al otro lado del mar y que no hay nada de él en
Londres.
- Perfectamente. Entonces el futuro que te concierne
se halla sentado a tu lado. Es estupendo tener el futuro tan a mano. -Ralph
encendió otro cigarrillo pensando si tal vez Isabel habría querido decir que
tenía noticias de que Caspar Goodwood estaba en París. Después exhaló una
bocanada de humo y añadió, resumiendo-: Hace un momento te prometí que iba a
ser entretenido, pero ya ves que no me salgo con la mía, y es porque resulta
una gran temeridad intentar entretener a una persona como tú. ¿Cómo van a interesarte
mis pobres esfuerzos? Tú acaricias grandes ideas…, tienes pensamientos muy
elevados sobre muchos asuntos, mientras que yo he de limitarme a meter en mis
habitaciones una pequeña orquesta o una compañía de saltimbanquis.
- Con un saltimbanqui basta, y tú lo haces muy bien.
Vamos, sigue, que dentro de diez minutos soltaré la carcajada.
- Te advierto que hablo en serio -contestó Ralph-. De
veras, pides demasiado.
- No sé lo que quieres decir. Yo no pido
absolutamente nada.
- Di mejor que no aceptas nada.
Se ruborizó ella mucho y le pareció adivinar de
pronto adonde quería él ir a parar. Pero ¿a santo de qué tenía que hablarle de
semejante cosa? Ralph se detuvo un instante como dudando y luego prosiguió:
- Me agradaría mucho decirte una cosa. Es algo que
quisiera preguntarte y creo que tengo derecho a hacerlo porque la respuesta me
interesa enormemente.
- Pregunta lo que quieras -contestó Isabel con
amabilidad-. Trataré de complacerte.
- Bien. Supongo, entonces, que no te molestará que te
diga que Warburton me ha hecho saber algo que ha sucedido entre vosotros dos.
Isabel reprimió su primer impulso y permaneció
sentada mirando con calma su abanico, que tenía abierto.
- Era natural que te hiciese algún comentario al
respecto.
- Tengo su autorización para decirte que lo hizo
-dijo Ralph-. Él tiene todavía esperanzas… -¿Todavía?
- Por lo menos, hace unos pocos días aún las tenía.
- Pues ahora no creo que tenga ya ninguna -replicó
ella.
- Entonces lo siento de veras por él. Es una buena
persona.
- Dime, por favor, ¿te pidió él que me hablases?
- No, eso no; pero me lo contó porque el pobre no
pudo remediarlo. Somos buenos y viejos amigos, y el infeliz estaba
profundamente decepcionado. Me mandó unas líneas pidiéndome que fuese a verlo y
fui en el coche a Lockleigh el día antes de que él y su hermana vinieran a
almorzar con nosotros. Estaba tan triste… Acababa de recibir una carta tuya.
-¿Te enseñó la carta? -preguntó Isabel en un instante de momentánea altivez.
- No, pero me dijo que era una negativa categórica.
Yo lo sentí verdaderamente mucho por él -volvió a decir Ralph.
Isabel permaneció en silencio un momento, y luego
preguntó: -¿Sabes cuántas veces me ha visto en total? No más de cinco o seis.
- Eso redunda en honor tuyo.
- No lo digo por eso. -¿Por qué, entonces? No será
para demostrar que el pobre Warburton tiene un espíritu superficial, porque
estoy completamente, seguro de que no piensas semejante cosa.
Indudablemente, Isabel no podía afirmar que lo
pensase, pero se abstuvo de decir nada en contra de ello.
- Si lord Warburton no te ha pedido que discutas el
asunto conmigo, es que lo haces desinteresadamente o… por ganas de discutir.
- No tengo ningunas ganas de discutir contigo. Lo
único que quiero es dejarte tranquila. Pero tus sentimientos despiertan en mí
un profundo interés.
- Te quedo sumamente agradecida -replicó Isabel con
una risita un tanto nerviosa.
- Ya veo, con eso quieres decirme que estoy
metiéndome en lo que no me importa. Pero ¿por qué no he de poder hablarte de
ello sin que te moleste o sin comprometerme a mí mismo? Si ser tu primo no me
confiere ciertos privilegios, entonces, ¿para qué lo soy? ¿De qué ha de
servirme adorarte sin la menor esperanza jamás de una recompensa, por
insignificante que sea? ¿De qué sirve estar enfermo, inútil y reducido al papel
de mero espectador del interesante juego de la vida, si no se me ha de permitir
siquiera ver la función después de haber pagado tan cara la entrada? Dime la
verdad -prosiguió Ralph mientras ella le escuchaba con atención creciente-, ¿en
qué estabas pensando en el momento de rechazar a lord Warburton? -¿Cómo que en
qué estaba pensando?
- Sí. ¿Con qué lógica…, qué visión de tu situación
futura te aconsejó acto tan incomprensible?
- La lógica… de que no quería casarme con él.
- No, eso no es una cosa lógica…, eso ya lo sabía yo.
La verdad es que no fue nada, y tú lo sabes perfectamente. ¿Qué te dijiste a ti
misma? Seguro que hubo de ser algo más que eso.
Isabel reflexionó un instante y replicó preguntando a
su vez: -¿Por qué calificas de «tan incomprensible» mi acto? Es lo mismo que
opina tu madre. r -Porque Warburton es verdaderamente un buen partido. Como
hombre, creo que no tiene apenas faltas que echarle en cara. Además, no es nada
pretencioso. Posee grandes propiedades y su esposa sería seguramente
considerada un ser superior. Reúne todas las ventajas materiales y morales.
Contempló Isabel a su primo como tratando de adivinar
hasta dónde pretendía llegar. Luego declaró:
- Lo rechacé porque entonces me pareció demasiado
perfecto. Yo no tengo nada de perfecta y es demasiado para mí. Además, estoy
segura de que tanta perfección acabaría por exasperarme.
- Mucho más ingenioso que sincero es eso que acabas
de decir -observó Ralph-. Para empezar, tú no crees que haya en el mundo nada
demasiado perfecto para ti. -¿Tanto crees que me figuro que valgo?
- No, pero, aun sin creerte demasiado buena tú misma,
eres en extremo exigente. Diecinueve mujeres de cada veinte, aun de las más
exigentes, sin duda se las habrían arreglado para pescar a Warburton. ¡Si
supieras cuántas y de qué modo han tratado de cazarle!
- No me importa ni quiero saberlo -dijo Isabel-. Sin
embargo, recuerdo que un día, al hablar de él, me dijiste que tenía rarezas.
Ralph dio una larga chupada al cigarrillo y reflexionó.
- Tengo la seguridad de que lo que entonces dije no
podía afectarte, porque las cosas a que me refería no eran precisamente faltas,
sino meras singularidades de su situación. Y, si hubiera imaginado que pensaba
casarse contigo, jamás habría aludido a ellas. Creo haber dicho que era un
escéptico con respecto a su posición.
Tal vez habría estado en tu mano convertirle de
escéptico en creyente.
- No lo creo. No entiendo de esos asuntos y tengo el
convencimiento de que no estoy destinada a desempeñar ninguna misión de esa
índole. -Luego, contemplando a su primo con triste amabilidad, añadió-: ¿Te
habría gustado que yo contrajera ese matrimonio?
- De ninguna manera. No tengo arte ni parte en el
asunto. No pretendo aconsejarte; me contento con observarte… con el más
profundo interés. -¡Ojalá me inspirase yo a mí misma tanto interés como te lo
inspiro a ti! -exclamó Isabel exhalando un profundo suspiro.
- Tampoco ahora eres sincera. Tú te interesas
enormemente en ti misma. -Y añadió, animándose-: ¿Sabes que, si verdaderamente
le has dado a Warburton una respuesta definitiva, estoy por alegrarme de que
haya sido la que ha sido? Esto no significa que me alegre por ti, y mucho menos
por él, sino por mí mismo. -¿Es que te propones hacerme una declaración?
- De ningún modo. Desde el punto de vista que estoy
hablando, sería fatal para mí. Sería matar la gallina que me proporciona los
huevos para mis incomparables tortillas, y ése es un animal que yo utilizo como
símbolo de mis locas ilusiones. Quiero dar a entender que debo disfrutar de la
emoción de observar qué se le ocurre hacer a una muchacha que desdeña casarse
con lord Warburton.
- Eso es lo que espera también tu madre. -¡Ah! ¡No te
quepa la menor duda de que habrá innumerables espectadores! Todos estaremos
pendientes del desarrollo de tu carrera. Seguramente yo no podré observarla
toda, pero sí tal vez sus años más interesantes. Desde luego, casándote con
nuestro amigo también harías carrera…, muy decente y brillante, por cierto,
aunque un tanto prosaica, establecida de antemano, carente por completo de
improvisación y de elementos inesperados. Ya sabes cómo me gusta a mí lo inesperado,
y ahora que tú te has lanzado a la empresa, confío en que nos des un ejemplo
formidable de ello.
- Creo que no te comprendo del todo, pero sí lo
suficiente para decir que, si esperas de mí ejemplos sorprendentes, me temo que
te decepcionaré.
- Eso sólo sucederá si te decepcionas a ti misma…, ¡y
te resultará muy difícil!
Isabel no contestó directamente, pues había en ello
no poco de verdad que merecía la reflexión más profunda. Por fin dijo
malhumorada:
- No veo qué puede haber de malo en no querer atarme.
No quiero empezar la vida casándome. Hay otras mil cosas que una mujer puede
hacer.
- Ninguna tan bien como ésa. Pero tú tienes múltiples
facetas.
- Con tener dos, ya basta -repuso Isabel.
- Tú tienes más; eres el más delicioso de los
poliedros -exclamó su compañero, que se puso serio al ver que ella le miraba
fijamente. Para probar su seriedad se le ocurrió añadir-: Quieres ver la vida…
¡y que te ahorquen si no lo consigues!, como dicen los muchachos.
- No creo que desee verla como los jóvenes la quieren
ver. Pero sí echar un vistazo a mi alrededor.
- Ya comprendo, quieres apurar la copa de la
experiencia.
- Nada de eso; no entra en mis cálculos apurar la
copa de la experiencia, que es una bebida envenenada. Lo que deseo es ver con
mis propios ojos.
- Naturalmente, lo que tú quieres es ver, no sentir
-observó Ralph.
- No comprendo cómo, siendo una criatura sensible, se
pueda hacer tal distinción. Pienso, en gran parte, como Henrietta. El otro día,
cuando le pregunté si deseaba casarse, me contestó: Pues bueno; lo mismo digo
yo; no quiero casarme hasta que haya visto Europa.
- Indudablemente, esperas encontrar alguna testa
coronada que se dé de bruces contigo y quede a merced tuya.
- Eso sería peor que casarme con lord Warburton.
-Hizo una breve pausa y añadió-: Está oscureciendo y tengo que ir a casa.
Isabel se levantó, pero Ralph se quedó sentado
mirándola. Como él no se moviera, Isabel se detuvo, le miró, y entre los dos se
cruzaron unas miradas llenas, especialmente la de Ralph, de declaraciones
demasiado vagas para expresarlas con palabras.
- Ya has contestado a mi pregunta -dijo por fin
Ralph-. Ya me has dicho lo que quería saber. Te lo agradezco en el alma.
- Me parece que te he dicho bien pocas cosas.
- Me has dicho la más grande de todas: que te
interesa el mundo y que quieres lanzarte de lleno a él.
Los ojos de ella fulgieron un instante en la
oscuridad.
- Nunca he dicho semejante cosa -declaró.
- Me pareció que querías decir eso. No te
arrepientas. ¡Es tan hermoso!
- No sé qué idea estás tratando de forjarte de mí,
porque, a fin de cuentas, no tengo un espíritu aventurero. Las mujeres no somos
como los hombres.
Ralph acabó por levantarse y fueron andando
lentamente hacia la salida de la plaza.
- No -dijo-, las mujeres no suelen alardear de su
valor; en cambio, los hombres lo hacen con harta frecuencia.
- Los hombres pueden presumir de él.
- También las mujeres. Tú, por ejemplo, enormemente.
- Ahora no tengo más que el suficiente para irme en
un coche de alquiler al hotel Pratt. Ralph abrió la cancela y, una vez que
hubieron salido, volvió a cerrarla y dijo:
- Bueno, vamos a buscar ese coche.
Y, al dar la vuelta a la esquina de la calle próxima,
donde esperaban encontrar uno, volvió a preguntar si le permitía verla
tranquilamente en su hotel.
- De ninguna manera -contestó Isabel-. Estás muy
cansado; debes irte a casa y meterte en la cama.
Encontraron el coche, la ayudó él a subir y, al
cerrar la portezuela, dijo:
- Cuando la gente se olvida de que soy un
desgraciado, me siento muy molesto; pero aún es peor cuando se acuerda.
16
No es que ella tuviera motivos ocultos para no querer
que la acompañase al hotel. Era sencillamente que durante aquellos días había
estado robándole sin orden ni concierto una enorme cantidad de tiempo a su
compañero, y su espíritu independiente de muchacha americana, a quien la
excesiva ayuda acaba por hacerla considerarse «afectada», la había impulsado a
decidirse a permanecer en casa y encerrarse en sí misma durante unas cuantas
horas. Gustaba, además, de saborear de vez en cuando grandes ratos de soledad,
y desde su llegada a Inglaterra no había tenido ocasión de proporcionárselos.
Ese era un regalo que podía permitirse en su patria cada vez que le venía en
gana y que a sabiendas había ido abandonando. No obstante, aquella noche
ocurrió un incidente que, de haber habido algún crítico que tomase nota de él,
habría desvanecido por completo la teoría de que su deseo de quedarse sola era
lo que la había impulsado a deshacerse de su primo. A eso de las nueve de la
noche, sentada en medio de la sombría iluminación del hotel Pratt y tratando de
enfrascarse, a la luz de dos velas, en la lectura de un libro que había llevado
consigo desde Gardencourt, le ocurrió que le parecía estar leyendo unas
palabras distintas de las impresas en la página que ante los ojos tenía…,
palabras que Ralph le había dicho aquella tarde. De pronto, unos quedos golpes
sonaron en su puerta, la cual se abrió apareciendo en ella la figura de un
sirviente que, a modo I de glorioso trofeo, presentaba una tarjeta de visita.
Cuando aquel pedazo de blanca cartulina presentó a los ojos de Isabel el nombre
de Gaspar Goodwood, ella le dejó clavado allí de pie durante un rato sin
comunicarle sus deseos.
El criado, poniendo en su voz cierto acento de
insinuación afirmativa, preguntó:
- Señora, ¿puedo hacer pasar al caballero?
Isabel siguió en su incertidumbre y, mientras dudaba,
se miró al espejo.
- Puede hacerle pasar -dijo al fin y se dispuso a
esperarle, abstraída no tanto en alisar sus cabellos como en acerarse el ánimo.
Al cabo de un momento, Gaspar Goodwood estaba en la
habitación estrechándole la mano, pero no pronunció ni una palabra hasta que el
criado hubo salido. -¿Por qué no contestó usted a mi carta? -inquirió de pronto
en un tono breve, cortante, rotundo, un tanto perentorio.,., el tono de un
hombre cuyas preguntas tenían habitualmente determinada intención y que era
capaz de una gran insistencia.
A lo que ella contestó con otra pregunta no menos
rápida: -¿Cómo se ha enterado usted de que yo estaba aquí?
- Por la señorita Stackpole -respondió él-. Ella me
ha dicho que usted estaría probablemente sola aquí esta noche y que le gustaría
verme. -¿Dónde le ha visto ella para decirle tal cosa?
- No me ha visto, me ha escrito diciéndomelo.
Isabel se quedó silenciosa. Ninguno de los dos se
había sentado. Estaban allí el uno frente a la otra como en actitud de desafío
o, cuando menos, de expectativa.
- Henrietta no me dijo que pensara escribirle -dijo
por fin ella-. Ése no es su procedimiento. -¿Tan desagradable le resulta verme?
-preguntó entonces el joven.
- No esperaba tal cosa. Y no me gusta esta clase de
sorpresas.
- Pero usted sabía que yo estaba aquí. Era natural
que acabáramos por encontrarnos. -¿A eso le llama usted encontramos? Yo
esperaba no encontrarle…, cosa que en una ciudad tan enorme como Londres se me
antoja bien fácil.
- Por lo visto, hasta le repugnaba escribirme
-prosiguió él.
Isabel no contestó. La idea de la traición de
Henrietta Stackpole, como ella calificaba su intromisión, la atormentaba
hondamente. Por fin pudo comentar, aunque con amargura:
- Al parecer, Henrietta no es en todo un modelo de
delicadeza. Era una libertad demasiado grande para poder tomársela.
- Me imagino que tampoco yo soy un modelo… de
semejantes virtudes ni de ninguna otra. La culpa es tanto mía como suya.
Le miró Isabel y le pareció que su mandíbula era
entonces más cuadrada que nunca. Tal sensación pudo haberla desagradado, pero
actuó en otro sentido.
- La culpa no es tanto suya como de ella. Me imagino
que lo que ha hecho era inevitable… para usted.
Caspar Goodwood soltó una pequeña carcajada de
satisfacción y replicó:
- Naturalmente que lo era… Y, ahora que ya estoy
aquí, ¿puedo quedarme? -¿Cómo no? Siéntese.
Ella volvió a su sillón mientras su visitante se
sentaba sin cumplidos en la primera silla que encontró a mano, al modo de los
hombres acostumbrados a no conceder la menor importancia a tal clase de
convenciones. Luego creyó oportuno decir:
- He estado esperando días y días que contestase a mi
carta. Podía, cuando menos, haberme escrito unas líneas.
- No era la molestia de escribirle lo que me lo
impedía, pues lo mismo podía haberle escrito cuatro páginas que una. Mi
silencio era intencionado. Me pareció lo más indicado.
Tenía él clavados los ojos en ella, mientras hablaba.
Luego los fue bajando hasta fijarlos en una mancha de la alfombra, como si
estuviese realizando un enorme esfuerzo para no decir más de lo debido. Era
terco en el error y lo bastante avisado para comprender que una demostración
innecesaria de su fuerza sólo conseguiría poner de relieve la falsedad de su
situación. Por su parte, Isabel tenía capacidad más que sobrada para sacar
partido, en tal situación, de una persona en las condiciones de su pretendiente
y, aunque no sintiera la comezón de hacerlo patente a los ojos del otro, podía
cuando menos darse el gusto de decirle con aire triunfal:
- Usted sabe perfectamente que no debía haberme
escrito.
Alzó Gaspar Goodwood los ojos de la mancha de la
alfombra, miró a Isabel y su mirada pareció fulgir intensamente como a través
de la visera de un casco de armadura. Poseía un exacto sentido de la justicia y
estaba dispuesto a discutir en el momento y en el día que fuere la cuestión de
sus derechos acerca del asunto que allí le traía.
- Reconozco que usted me dijo que esperaba no volver
a saber nunca más de mí, es cierto -confesó-. Sin embargo, yo no acepté jamás
semejante decisión como una regla inflexible relativa a mí persona, y le
advertí que tendría noticias mías muy pronto.
- Yo no dije que no quería volver a saber nunca más
de usted -rectificó ella.
- Bueno, dijo durante cinco, diez o veinte años.
¿Acaso no es lo mismo?
- ¿Usted cree? Pues, para mí, hay una enorme
diferencia. Me parece que, al cabo de diez años, podríamos sostener una
agradable correspondencia. Para entonces yo podría haber mejorado mucho mi
estilo epistolar.
Miró a lo lejos mientras decía estas palabras,
sabedora de que su expresión no mostraba tanta seriedad como el semblante de su
interlocutor. Por fin posó en él los ojos, en el momento en que él formulaba
una pregunta totalmente fuera de lugar: -¿Lo pasa usted bien en casa de su tío?
- Admirablemente, por supuesto. -Y tras una breve
pausa, prorrumpió-: ¿Qué espera usted con su insistencia?
- Espero, por lo pronto, no perderla.
- No tiene derecho a aspirar a no perder lo que no le
pertenece. Y, aun creyendo lo contrario -añadió-, debe tener el tacto de saber
cuándo hay que dejar a alguien en paz.
- Veo que la desagrado enormemente -dijo Gaspar
Goodwood tristemente, aunque no con la intención de inspirar compasión por un
hombre perfectamente consciente de tan descorazonadora realidad, sino para
colocarla bien enfrente de él a fin de poder mirarla cara a cara y obrar en
consecuencia.
- En efecto, no me complace usted en esta ocasión.
Ahora no está en absoluto en condiciones de serme grato, y lo peor es que
resulta completamente inútil ponerlo a prueba en las presentes circunstancias.
No podía ciertamente decirse que el organismo de su
interlocutor presentase aquel estado de calma del que se siente como si le
hubieran extraído sangre con una aguja; pero lo innegable era que, desde el
momento en que le conoció, y en cuantas ocasiones tuvo incluso que defenderse
contra aquel aire suyo de aparentar saber mejor que ella lo que le convenía,
Isabel se dio cuenta de que la mejor arma contra él era la franqueza. Tratar de
no herir su sus- ceptibilidad o escaparse de su cerco, como podría haberlo
hecho del de un hombre que hubiese interceptado su camino menos porfiadamente,
era cosa que, tratándose de Gaspar Goodwood, hombre que se aferraba tenazmente
a cuanto se le ofrecía, resultaba una picardía completamente*inútil. No es que
careciese de susceptibilidad, ni mucho menos, sino que el campo de su actividad
y el de su pasividad eran espaciosos, y podía tenerse la seguridad de que, en
la medida de lo necesario, sería perfectamente capaz de curarse él solo sus
heridas. Así, ella experimentó su antigua sensación, al pensar en sus posibles
penas y dolores, de que era un hombre de acero, forjado de una pieza, y todo él
esencialmente armado para la agresión.
- No puedo acostumbrarme a esa idea -se limitó a
decir él.
Había en ello una peligrosa convicción, e Isabel
advirtió que él quería dejar sentado el hecho de que no le había desagradado
siempre.
- Tampoco yo puedo acostumbrarme, y no es ciertamente
así como debemos llevarnos.
Si usted logra alejarme de su pensamiento durante
unos cuantos meses, puede que, al cabo de ellos, volvamos a estar en buenos
términos.
- Comprendo. Si consigo realmente dejar de pensar en
usted durante unos meses, me daré cuenta de que puedo continuar así
indefinidamente.
- Indefinidamente es más de lo que yo pido, incluso
más de lo que yo quisiera.
- Usted sabe muy bien que lo que pide es imposible
-dijo el joven Gaspar, dando a este adjetivo un valor de cosa irrefutable que
no pudo por menos de exasperarla. -¿Le es a usted completamente imposible
realizar ningún esfuerzo calculado? Ya que tan fuerte es para tantas otras
cosas, ¿por qué no lo ha de ser también para ésta?
- Un esfuerzo calculado, ¿para qué? -E
inmediatamente, como si ella hubiese errado el tiro, añadió-: De nada soy capaz
respecto a usted, salvo de estar endemoniadamente enamorado. Y cuanto más
fuerte es uno, con más fuerza quiere.
- Eso es mucho por sí solo… -Y, en efecto, la joven
no pudo dejar de percibir la verdadera fuerza que en ello había…, la percibió
como arrojada al azar en medio de la grandeza de la verdad y la poesía y como
una especie de cebo para su imaginación. Pero no tardó en recuperar el control
de sí misma y replicó-: Piense en mí o no piense, como le sea posible. Lo que
deseo es que me deje en paz. -¿Por cuánto tiempo?
- Por uno o dos años. -¿Cómo dice usted? Entre uno y
dos años hay una diferencia formidable.
- Entonces, pongamos dos -contestó Isabel, afectando
una estudiada vehemencia. -¿Y qué ganaré yo con ello? -preguntó su amigo, que
no daba señales de intentar retroceder.
- Suscitar mi gran agradecimiento. -¿Cuál sería
entonces mi recompensa?
- Ah, ¿es que usted necesita forzosamente una
recompensa por un acto de generosidad?
- Cuando ese acto entraña un gran sacrificio, sí.
- No hay generosidad sin algo de sacrificio. Hay
muchas cosas que los hombres no comprenden. Si usted realiza ese sacrificio,
contará con toda mi admiración.
- Su admiración me importa un bledo, sin algo a
cambio de ella. La cuestión es ésta y no otra: ¿cuándo se casará usted conmigo?
- Si sigue haciéndome sentir como ahora, jamás. -¿Y
qué ganaré si no trato de hacer que se sienta de otro modo?
- Lo mismo que ganaría matándome a fuerza de
aburrimiento.
Caspar Goodwood bajó nuevamente la vista y contempló
un momento el forro de su sombrero. De pronto, su rostro se cubrió de un
intenso rubor y ella se percató de que su dureza había llegado a herirle, lo
que inmediatamente cobró a sus ojos el valor de algo clá- sico, tal vez
romántico, redentor, ¿qué sabía ella qué? Para ella, lo del «dolor del hombre
fuerte» era una de las categorías de la impetración humana, por poco que fuese
el encanto que él pudiera aportar al caso presente. De suerte que Isabel no pudo
evitar decir con voz temblorosa: -¿Por qué me obliga a decirle ciertas cosas
cuando yo me proponía ser amable, verdaderamente buena con usted? Le aseguro
que para mí no tiene nada de agradable ver que hay personas interesadas en mí y
tener que razonar para convencerles de que me dejen en paz. Yo creo que los
demás deben ser también considerados; cada uno debe juzgar por sí mismo. Ya sé
que usted es todo lo considerado que le es posible y que tiene razones de peso
para hacer lo que hace. Pero, por encima de todo, yo no quiero casarme por
ahora, ni oír hablar de ello. Es muy probable que no llegue a casarme nunca…
no, jamás. Tengo perfecto derecho a pensar así y no está bien acosar de tal
manera a una mujer, acuciarla contra su vo- luntad. Si le causo a usted dolor,
lo único que puedo decirle es que lo siento sinceramente. No es culpa mía, y no
puedo casarme con usted simplemente por darle gusto. No quiero decir que
seguiré siendo siempre amiga suya, porque, cuando las mujeres lo dicen en
ocasiones como ésta, se me antoja que eso tiene un aire de burla. Pero trate de
comprobarlo algún día.
Durante toda esta larga parrafada, Gaspar Goodwood
había permanecido con los ojos fijos en el nombre del fabricante de su sombrero
y no los levantó hasta un buen rato después de que ella dejara de hablar. Al
levantarlos vio el rostro de Isabel cubierto de una sonrosada y amable
ansiedad, lo que le sumió en un mar de confusiones respecto a la interpretación
que debía dar a sus palabras. Por último atinó a decir:
- Volveré a nuestro país…, me iré mañana mismo…, la
dejaré en paz. -Y añadió tristemente-; La verdad, detesto la idea de tener que
perderla de vista.
- No tema. No le hará daño.
- Tan seguro como que estoy sentado aquí -declaró
Caspar Goodwood-, que usted se va a casar con otro. -¿.Cree que eso es una
carga deseable? -¿Por qué no ha de serlo? Habrá infinidad de hombres que
tratarán de conseguirla.
- Hace un momento le he dicho que no quiero casarme,
y estoy casi segura de que nunca me casaré.
- Ya lo he oído y me ha gustado muchísimo su «casi
segura», porque no tengo fe en lo que acaba de decir.
- Muchas gracias por su amabilidad. ¿Me acusa usted
de estar mintiendo con el propósito de zafarme? Verdaderamente dice usted cosas
de una gran delicadeza. -¿Y por qué no habría de decirlo? Usted no me ha
prometido nada. -¡Vamos, hasta ahí podíamos llegar!
- Puede que usted llegue incluso a creer que está a
salvo de… querer hacerlo. Pero sepa que no lo está -declaró el joven como si
tratara de prepararse para lo peor.
- Bien, pongamos que no estoy segura; tómelo como le
plazca.
- De todos modos -replicó Caspar Goodwood-, no sé ya
si, aun no perdiéndola de vista, podría evitarlo. -¿De veras? En fin de
cuentas, lo cierto es que me da usted mucho miedo. -Y, cambiando de tono,
preguntó bruscamente-: ¿Cree que es tan fácil agradarme?
- No, nada de eso; no lo creo, y por eso trataré de
consolarme. Pero no olvide que hay muchos hombres extraordinariamente
brillantes en el mundo, y con que hubiera sólo uno bastaría. El más
deslumbrador de todos tratará de ir derecho a apoderarse de usted. Y es in-
discutible que usted no aceptará uno que no lo sea.
- Si por deslumbrador entiende usted que sea de
inteligencia brillante…, pues no puedo creer que quiera usted significar otra
cosa…, le diré que no necesito que ningún hombre inteligente me enseñe a vivir.
Puedo aprender yo por mí misma. -¿Aprender a vivir sola? Yo quisiera que,
cuando aprendiese, se dignara a enseñarme. Isabel le miró un instante y, luego,
con una pronta sonrisa, dijo: -¡Oh, usted sí que debería casarse!
No se le debe culpar porque, durante un momento,
semejante exclamación de su amiga resonara en sus oídos como un trompetazo
infernal, y no consta tampoco en ningún sitio que estuviera muy claro el motivo
para clavarle semejante dardo. Pero él acabó por comprender, en su propio
beneficio, que no debía continuar persiguiéndola como si estuviese depauperado
y hambriento. Así pues, se rehizo, murmuró entre dientes un «Dios la ampare» y
se apartó unos pasos.
El acento de Isabel le había hecho interpretar mal
sus palabras y, al cabo de un momento, comprendió ella que necesitaba
rectificar. Su instinto le dijo que la mejor manera de conseguirlo era ponerle
en su sitio.
- Usted es sumamente injusto conmigo…, dice lo que no
sabe… Yo no seré nunca una víctima tan fácil…, me parece que ya lo tengo
probado.
- Conmigo, desde luego, no hay duda. Perfectamente
probado.
- También se lo he probado a otros. -Tras una pausa,
declaró-: La semana pasada rechacé una oferta de matrimonio… de esas que sin
duda alguna pueden llamarse… deslumbradoras.
- Me alegro mucho de saberlo -repuso él muy serio.
- Era una oferta que la mayoría de las muchachas se
habría apresurado a aceptar, porque todo parecía recomendarla. -A decir verdad,
Isabel no se había propuesto sacar este hecho a colación, pero, una vez
empezado, se apoderó de ella la satisfacción de hablar del asunto y de
justificarse a sus propios ojos-. Una persona que me gusta extraordinariamente
me ofreció una alta posición social y una gran fortuna.
Caspar la miró con enorme interés y preguntó: -¿Un
inglés?
- Un aristócrata inglés.
Su visitante quedó un instante en silencio ante tal
revelación.
- Me alegro de que se haya llevado un desengaño -dijo
por fin.
- Entonces, ya que tiene compañero de infortunio,
confórmese lo mejor que pueda.
- No puedo llamarle compañero de infortunio
-respondió Gaspar frunciendo el entrecejo. -¿Por qué no, si rechacé
indeclinablemente su ofrecimiento?
- Eso no basta para convertirlo en mi compañero.
Además, es inglés.
- Por favor, ¿acaso los ingleses no son también seres
humanos? -¿Quién, esa gente? No pertenecen a mi humanidad y no me importa lo
que pueda ocurrirles.
- Está usted demasiado enojado -declaró la muchacha-.
Ya hemos discutido sobradamente este asunto.
- De que estoy enojadísimo no hay la menor duda.
Confieso mi culpa.
Se apartó ella de su visitante, se acercó a la
ventana abierta y estuvo allí de pie un momento contemplando la tenebrosa
oquedad de la calle, en la que una vacilante farola de gas representaba toda la
animación social del triste lugar. Los dos permanecieron silenciosas unos instantes.
Gaspar se apoyó en el antepecho de la chimenea, los tristes ojos fijos en ella.
Se hacía perfectamente cargo de que, con su actitud,
Isabel le estaba pidiendo que se marchase, pero, a riesgo de llegar a hacerse
odioso, permaneció allí, como clavado al suelo.
La joven era, en realidad, una aspiración demasiado
acariciada como para renunciar a ella sin más, y él había cruzado el océano con
el solo fin de arrancarle aunque no fuera más que una leve señal de compromiso.
Se apartó ella de la ventana, volvió frente a él y dijo:
- Veo que me hace usted muy poca justicia…, después
de haberle dicho lo que ha oído. Ya que, por lo visto, le importa tan poco,
siento habérselo dicho. -¡Ah! ¡Si por lo menos, al -decirlo, hubiera pensado
usted en mil -exclamó el joven. Pero se detuvo en el acto, como temeroso de que
ella pudiera negar una sospecha que tan feliz le hacía.
Isabel dijo sencillamente:
- Y pensé un poco en usted. -¿Un poco? Confieso que
no lo comprendo. Si el saber lo que yo siento por usted no pesa más que para
hacerla pensar un poco, es gran cosa para tenerla en cuenta.
Isabel meneó un tanto violentamente la cabeza, como
quien trata de desechar una mala idea.
- Ya le he dicho que he rechazado a un caballero
aristócrata y de lo más grato que pueda haber. Confórmese con eso.
- Mil gracias, entonces -replicó Gaspar Goodwood-. Se
lo agradezco de veras.
- Y ahora, más vale que se marche. Él se atrevió a
preguntar: -¿Podré volver a verla?
- Es mejor que no. Seguramente volvería usted a
hablar de esto, y ya ve que no conduce a nada.
- Le juro que no diré una sola palabra que pueda
molestarla. Isabel reflexionó un instante y dijo:
- Dentro de uno o dos días volveré a casa de mi tío y
no puedo proponerle que vaya a verme allí; estaría por demás injustificado.
Gaspar Goodwood replicó entonces:
- Usted debe también ser justa conmigo. Hace más de
una semana que recibí una invitación de su tío y decliné el aceptarla.
Isabel expresó su sorpresa: -¿De quién era la
invitación?
- De Ralph Touchett, que supongo será su primo.
Decliné el aceptarla porque no tenía la autorización
de usted para ello. Parece ser que fue la señorita Stackpole quien le sugirió
la idea al señor Touchett.
- Desde luego no fui yo quien se lo sugirió. La
verdad es que Henrietta ha ido demasiado lejos.
- No sea tan dura con ella…, esto es cosa mía.
- Si declinó la invitación, hizo perfectamente y se
lo agradezco infinito.
Y por su cuerpo corrió un breve escalofrío, como si
temiera que lord Warburton y el señor Goodwood se hubiesen encontrado en
Gardencourt, lo que habría resultado verdaderamente embarazoso para lord
Warburton.
- Cuando deje a su tío, ¿a dónde piensa ir?
- Con mi tía, al extranjero. A Florencia y a algunos
otros sitios.
La tranquilidad con que ella lo dijo hizo que al
joven se le encogiera el corazón, pues le pareció que la arrastraban a una
órbita de la que él quedaba despiadadamente alejado. Sin embargo, halló fuerzas
para seguir preguntando: -¿Cuándo piensa volver a América?
- Tal vez tarde mucho tiempo. Me siento muy feliz
aquí.
- Supongo que no pensará abandonar su país. -¡No sea
criatura!
- Bueno, lo cierto es que la perderé de vista. Ella
respondió con aires de grandeza:
- Tal vez no. A pesar de lo inmenso que es el mundo,
tal como se están acercando todos estos lugares parece cada día más pequeño.
- Ésa es una visión demasiado grande para mí -exclamó
Gaspar Goodwood con una sencillez que ella habría podido considerar
verdaderamente conmovedora si no hubiese estado dispuesta a no hacer concesión
de ninguna clase.
Su actitud formaba parte de un sistema, parecía
obedecer a una teoría que Isabel se había forjado últimamente. Y, para ser fiel
a ella, se vio obligada a decir tras una breve pausa:
- No me considere dura si le digo que lo que me
agrada es precisamente…, estar lejos de su vista. Si usted estuviese en el
mismo lugar que yo, no dejaría de vigilarme y eso no me gusta absolutamente
nada. Amo demasiado mi libertad. Si algo hay en el mundo de lo que estoy
verdaderamente enamorada es de mi independencia personal -concluyó con un
pequeño ademán de grandeza.
Cuanto de verdaderamente superior pudiera haber en
las anteriores frases elocuentes de Isabel suscitó la admiración de Gaspar, y
nada había en su magnificencia ante lo cual debiera él retroceder. Jamás se le
había ocurrido pensar que ella hubiese de carecer de alas y que no necesitaba
una absoluta libertad de movimientos; y, al contemplarse a sí mismo en posesión
de aquellos largos ' brazos y piernas poderosas, no tenía por qué recelar de
que residiese también en ella una fuerza verdadera. De suerte que, si Isabel
había abrigado la intención de molestarle o herirle con sus palabras, erró por
completo el blanco, pues sólo consiguió hacerle sonreír con la seguridad de que
estaban de completo acuerdo en la cuestión. -¿Hay acaso alguien que quiera
menos que yo coartar su libertad? ¿Qué podría darme a mí mayor satisfacción que
verla a usted completamente independiente… y haciendo lo que le agradase?
Precisamente para hacerla independiente es para lo que quiero casarme con
usted.
- Hermoso sofisma -arguyó ella con una deliciosa
sonrisa.
- Una mujer soltera…, una muchacha de su edad… no es
independiente -replicó Gaspar-, hay muchas cosas que no puede hacer, todo son
obstáculos en su camino.
- Eso será según se considere la cuestión -dijo
Isabel con gran agudeza-. Yo no estoy ya en mi primera juventud…, puedo hacer
lo que me parezca…, de modo que pertenezco por completo a la categoría de
personas independientes. No tengo padre ni madre, soy pobre y juiciosa y no soy
bonita. Por lo tanto, no tengo por qué ser ni tímida ni convencional, aparte de
que no puedo permitirme semejantes lujos. Por otra parte, hago lo posible por
juzgar las cosas con arreglo a mi propio criterio, y sostengo que es mucho más
honroso equivocarse al juzgarlas que no juzgarlas en absoluto. No quiero ser
una oveja más del rebaño; quiero escoger mi propio destino y conocer de las
cosas humanas más allá de lo que algunos consideran compatible con la
corrección poder decirme. -Se detuvo un instante, sí bien no lo bastante para
darle a él tiempo de replicar. Ya estaba a punto de hacerlo cuando prosiguió-:
Permítame decirle una cosa, señor Goodwood: es usted muy bueno al manifestar su
temor de que llegue a casarme. Si alguna vez oye rumores de que voy a hacerlo…,
cosa a que estamos naturalmente expuestos…, acuérdese de cuanto acabo de
decirle de mi amor a la libertad y opte por ponerlo en duda.
Indudablemente había algo apasionadamente sincero en
el tono con que Isabel dio ese consejo, y el candor que en sus ojos brillaba le
convenció al mismo tiempo de que debía creer cuanto estaba diciendo. Bien
pensado, podía tranquilizarse, y así pareció mostrarlo con la ansiedad que puso
en sus palabras al preguntar:
- Entonces, ¿lo que usted quiere es simplemente
viajar un par de años? Yo no tengo inconveniente en esperar esos dos años y,
mientras tanto, usted podrá hacer lo que quiera, Si eso es todo lo que
necesita, dígalo, por favor. No quiero que sea insincera conmigo, ¿se lo
parezco yo acaso? ¿Desea usted cultivar aún más su inteligencia, perfeccionar
su espíritu? Los dos son, tal cual, sobradamente buenos para mí, pero si a
usted le interesa vagar un poco por el mundo y ver países distintos, será para
mí un placer ayudarla del modo que esté en, mi mano.
- Es usted muy generoso, no es una novedad para mí;
pero la mejor manera que tiene de ayudarme es poner entre los dos la mayor
cantidad posible de millas marinas.
- Cualquiera diría que va usted a cometer una
atrocidad -dijo Caspar Goodwood.
- Quién sabe. Y quiero ser libre incluso para poder
hacerlo, si me da la ventolera.
- Está bien -replicó Caspar pausadamente-. Entonces
regresaré a nuestro país.
Y le tendió la mano tratando de parecer contento y
confiado.
La confianza que Isabel tenía en él era, desde luego,
muy superior a la de él respecto a ella, lo cual no quiere decir que la creyese
capaz de cometer una atrocidad; pero, pensándolo a su modo, como él debía
hacer, no podía por menos de sentir que había algo de fatal en la manera en que
ella quería reservarse el derecho a toda opción ante la vida. Sintió la
muchacha, al darle la mano, un gran respeto por él, porque pensó en su
verdadera magnani- midad y en la gran preocupación que por ella sentía. Permanecieron
así durante un momento, mirándose mutuamente y unidos por aquel apretón de
manos que dejó de ser puramente pasivo por parte de ella. Por fin Isabel atinó
a decir con amabilidad, casi con ternura:
- Está bien. Con ser razonable no tendrá nada que
perder.
- Pero volveré dentro de dos años, esté usted donde
esté -replicó él con su característica impetuosidad.
Ya se ha visto la inconsecuencia del carácter de la
joven. Por lo cual no es de extrañar que, al oír aquello, cambiara
inmediatamente del todo para decir: -¡Ah! Pero no olvide que no prometo nada…,
absolutamente nada. -Y, a renglón seguido, como tratan- f do de ayudarle a que
la dejase sola, añadió con mayor dulzura-: Y acuérdese también de que no seré
una víctima fácil.
- Acabará usted por cansarse de su independencia.
- No digo que no; incluso es bastante probable. El
día que eso ocurra, me alegraré mucho de volver a verle.
Puso ella la mano en el tirador de la puerta que
conducía a su habitación y esperó un instante a que él se dispusiera a
marcharse. Pero el joven Goodwood parecía incapaz de moverse, mostrando en toda
su actitud una inmensa desgana de abandonarla y en sus ojos un triste reproche.
Al fin, Isabel hubo de decir:
- Tengo que dejarle ya. -Acto seguido, abrí la puerta
y entró en la habitación contigua.
La habitación estaba a oscuras, si bien atenuada su oscuridad
por la vaga luz que provenía del patio del hotel, de suerte que Isabel podía
distinguir las siluetas de los muebles, el oscuro brillo del espejo y la masa
del lecho con cuatro columnas macizas. Se quedó allí un momento inmóvil,
escuchando, hasta que oyó los pasos de Gaspar Goodwood saliendo del saloncito y
el ruido de la puerta al cerrarse. Todavía permaneció un instante en aquella
actitud y, luego, sin poder dominarse más, cayó desplomada de rodillas ante la
cama y hundió en ella la cabeza escondida entre sus manos.
17
No estaba Isabel rezando, sino temblando, temblando
de pies a cabeza. La vibración era en ella un fenómeno que se daba con
frecuencia y facilidad, y en esos momentos se sentía susurrar con sonido quedo
como arpa recién pulsada. Parecía pedir únicamente que la cubrieran con la
funda, que la tapasen con el oscuro dril. Hizo cuanto pudo por resistir a su
actual excitación y aquella genuflexa actitud que adoptó hubo de tranquilizarla
un poco. Se alegró infinito de que Gaspar Goodwood se hubiese marchado. En la forma
en que, por fin, había lo- grado deshacerse de él había algo parecido al pago
de una antigua deuda que le había sido posible cancelar y ponerle el sello de
«pagado».
Al sentirse liberada de aquel peso, inclinó un poco
más la cabeza y se dio cuenta de que la sensación estaba más abajo, latiendo
con fuerza en su corazón; formaba parte de su emoción, pero se le antojó algo
de lo que debiera sentirse avergonzada…, algo profano y completamente fuera de
lugar.
Permaneció diez minutos más arrodillada y, aun
después de haber vuelto al saloncito, seguía con un leve temblor que obedecía a
dos causas: una, la prolongada discusión que había sostenido con Gaspar
Goodwood, si bien era de temer que la otra no fuese más que la satis- facción
por ella sentida en el ejercicio de su poder. Se sentó de nuevo en el sillón de
antes y tomó otra vez el libro, aunque sin hacer nada por abrirlo. Apoyó la
cabeza en el respaldo y prorrumpió en aquel murmullo suave, casi imperceptible y
aspirante que solía exhalar para responder a los accidentes que le sobrevenían
y cuya parte más brillante no era fácilmente apreciable; y acabó recreándose en
la inmensa satisfacción de decirse que había rechazado a dos pretendientes en
un par de semanas. Ese acendrado amor a la libertad, de que tan patente muestra
diera a Caspar Goodwood, era casi del todo puramente teórico, toda vez que aún
no había podido ponerlo a prueba en mayor y más real escala. Pero le parecía
que acababa de hacer algo, que había saboreado, si no el gusto de la batalla,
sí seguramente el de la victoria, realizando por fin lo que más se avenía a su
plan. A la luz tenue de su conciencia, aquella imagen del señor Goodwood
caminando hacia su casa a través de la ciudad neblinosa se le presentaba con
cierta fuerza acusadora. Así que cuando oyó que la puerta se abría, se levantó
con miedo de que hubiese vuelto. Sin embargo, era Henrietta que regresaba de
cenar con sus amigas.
La señorita Stackpole se dio cuenta inmediatamente de
que algo le había ocurrido a la muchacha, descubrimiento que, por lo demás, no
exigía una extraordinaria perspicacia. Y se fue derecha a su amiga, que la
recibió sin ninguna demostración de contento. La satisfacción de Isabel por
haber hecho regresar a América a Caspar Goodwood presuponía alegrarse en cierto
modo de haberlo visto; pero, al mismo tiempo, recordó que Henrietta no tenía
derecho alguno a tenderle una trampa. De suerte que, cuando la periodista
inquirió ansiosamente si él había estado allí, Isabel se alejó de ella y estuvo
un momento sin contestar. Luego declaró fríamente:
- Has hecho muy mal.
- Lo hice pensando en lo mejor. Ojalá tú hayas hecho
lo mismo.
- Tú no eres juez en este caso. Ya no puedo confiar
en ti.
Semejante declaración no sonó precisamente agradable,
pero Henrietta era demasiado desprendida para apropiarse del reproche que
encerraba y únicamente se preocupó de lo concerniente al bien de su amiga.
- Isabel Archer -declaró en tono duro y solemne-, si
te casas con un individuo de éstos, no volveré a dirigirte la palabra en toda
mi vida.
- Antes de proferir semejante terrible amenaza
-contestó Isabel-, espera a que me lo pidan.
Era el caso que, como no había dicho una sola palabra
a la señorita Stackpole de la declaración de lord Warburton, no sentía el menor
deseo de justificarse ahora comunicándole haber rechazado, al aristócrata.
- Oh, ya verás. En cuanto vayas al continente, verás
cómo te lo piden. A Annie Climber, la pobre y sencilla Annie, se lo pidieron
tres veces sólo en Italia.
- Pues si ella no se dejó pescar, ¿por qué habré de
dejarme yo?
- Porque no creo que a ella la acuciasen; pero estoy
segura de que a ti te van a perseguir de lo lindo.
- Esa convicción me halaga -dijo Isabel
tranquilamente.
- Yo no te halago ni tengo por qué, Isabel; me limito
a decirte la verdad -exclamó su amiga-. Espero que no me digas que dejaste
marchar al señor Goodwood sin darle ninguna esperanza.
- No veo por qué he de decirte nada. Te repito que no
me fío de ti. Pero ya que te interesas tanto por el señor Goodwood, te comunico
que vuelve de inmediato a América.
Henrietta dijo casi gritando: -¡No irás a decirme que
le has despedido!
- Le pedí que me dejara en paz…, y lo mismo te pido a
ti, Henrietta.
La señorita Stackpole pareció quedarse un instante
con la mirada apagada, se dirigió al espejo situado sobre la chimenea y,
mirándose en él, se quitó el sombrero.
- Celebraré que lo hayas pasado bien en la cena.
Pero su compañera no estaba en aquel preciso instante
para bromas. -¿Te das cuenta de adonde vas a parar, Isabel Archer? -dijo.
- Por lo pronto, a la cama -contestó la joven en el
mismo tono frívolo. -¿Te das cuenta de a dónde te diriges? -insistió Henrietta
sosteniendo con delicadeza su sombrero.
- No tengo la menor idea y me parece encantador no
saberlo. Un carruaje bien rápido, rodando a distancia en la noche oscura y
tirado!por cuatro briosos caballos por caminos invisibles, ésa es mi idea de la
felicidad.
- Estoy segura de que el señor Goodwood no te ha
enseñado a decir esas cosas…, como - si fueras la heroína de una novela inmoral
-repuso la señorita Stackpole-. Esta carrera te llevará a caer en un gran
error.
Isabel estaba enojada por la, intromisión de su
amiga, mas se daba cuenta de la verdad que tal declaración pudiera contener. Y
no se le ocurrió nada que le impidiera decir:
- Henrietta, debes de estar- muy encariñada conmigo
cuando tan agresiva te muestras.
- Cierto, te quiero enormemente, Isabel -respondió la
señorita Stackpole con sinceridad.
- Bueno, pues si me quieres enormemente, déjame
enormemente en paz. Es lo que le pedí al señor Cowntul y lo que tengo que
pedirte también a ti.
- Ten cuidado, no te dejemos demasiado sola.
- Eso mismo me dijo el señor Goodwood. Y yo le
contesté que debo correr el riesgo.
- Eres una criatura idónea para correrlo, y me
estremezco de sólo pensarlo -exclamó Henrietta-. ¿Cuándo vuelve a América el
señor Goodwood?
- No lo sé…, no me lo dijo.
- Tal vez no se lo preguntaste -replicó Henrietta con
la ironía de quien se siente cargado de razón.
- Fui tan poco amable con él que no me consideré con
derecho a hacerlo.
Se le antojó a Henrietta que semejante afirmación
suponía un desafío a cualquier comentario y exclamó:
- Está bien, Isabel. La verdad, si no te conociese
como te conozco, me inclinaría a creer que no tienes corazón.
- Mucho ojo, me estás haciendo daño -dijo Isabel.
- Me temo que el daño ya está hecho -contestó
Henrietta, y añadió-: Espero que, por lo menos, el señor Goodwood pueda hacer
el viaje de vuelta con Anita Climber.
A la mañana siguiente Isabel se enteró de que su
compañera no pensaba volver a Gardencourt (adonde el anciano señor Touchett se
había ofrecido a recibirla de nuevo con gran contento). Prefería esperar en
Londres la invitación que el señor Bantling le había prometido que le enviaría
su hermana, lady Pensil. La señorita Stackpole refirió sin remilgos la
conversación que había tenido con el simpático amigo del señor Touchett y
confesó que creía estar segura de haberle echado al fin el guante a una cosa
que seguramente la conduciría a algo. En cuanto recibiera la carta de lady
Pensil -documento cuya pronta llegada casi le había garantizado el amable señor
Banding-, iría a Bedfordshire y, si Isabel tenía algún interés en conocer sus
impresiones, con toda seguridad las encontraría en el Interviewer. Sin duda
alguna, esta vez Henrietta podría contar algo de la vida íntima del país.
- Henrietta Stackpole, ¿te das cuenta de adonde vas a
parar? -preguntó Isabel imitando el tono en que le había hablado su amiga la
noche anterior.
- Voy a parar a una gran situación: la de reina del
periodismo norteamericano. Si mi próxima crónica no la reproducen en todo el
país, me trago el limpiaplumas.
Henrietta había acordado con su amiga Annie Climber,
la de las tres propuestas continentales de matrimonio, salir juntas de compras,
lo cual constituía la despedida de la señorita Climber de un continente donde
había sido tan apreciada. Así pues, se dirigió a la calle Jermyn en busca de su
compañera. Poco después de que ella se hubo marchado, anunciaron a Isabel la
visita de Ralph Touchett y, nada más verlo, la joven comprendió que algo
extraordinario le preocupaba. No tardó éste en hacerle sus confidencias y
decirle que acababa de recibir un telegrama de su madre comunicándole que su
padre había sufrido un fuerte ataque, que ella estaba muy alarmada y le
suplicaba que se apresurase a volver a Gardencourt. Esta vez, por lo menos, la
afición de la señora Touchett al telégrafo no merecía censura alguna.
- Me ha parecido aconsejable consultar primero al
eminente doctor sir Matthew Hope. Por fortuna está en la ciudad. He de verle a
las doce y media y trataré de conseguir que vaya a Gardencourt, cosa que hará
con gusto, pues ya ha visitado varias veces a mi padre tanto allí como aquí, en
Londres. A las dos cuarenta y cinco hay un tren expreso, que yo tomaré; tú
puedes volver conmigo o, si lo prefieres, quedarte aquí unos cuantos días más.
- Desde luego, me iré contigo -contestó Isabel-. No
creo que pueda serle útil a mi tío en nada, pero, si se halla verdaderamente
enfermo, quisiera estar a su lado.
- Creo que le has tomado gran afecto y que le
aprecias de veras -dijo Ralph con un tímido placer plasmado en el semblante-,
cosa que no hace todo el mundo. Es un hombre de una cualidad exquisita.
- Más que quererle, le adoro -dijo Isabel tras un
instante.
- Eso me parece admirable, porque, después de su
hijo, él es tu mayor admirador.
A Isabel le agradó infinito saber que era objeto de
semejante admiración, pero exhaló un profundo suspiro de satisfacción al pensar
que, por lo menos, tal admirador era de los que no pretenderían casarse con
ella. Sin embargo, se abstuvo de decir tal cosa y, en cambio, co- municó a
Ralph que tenía otras razones para no permanecer en Londres. Ya estaba cansada
de la gran ciudad, deseaba abandonarla de una vez y, además, Henrietta iba a
marcharse una temporadita a Bedfordshire. -¿A Bedfordshire?
- Sí. Con lady Pensil, la hermana del señor Bantling,
quien le ha prometido que la hará invitar.
Ralph estaba verdaderamente intranquilo, pero, al oír
esto, soltó una sonora carcajada.
Sin embargo, no tardó en ponerse serio otra vez.
- Verdaderamente ese Bantling es un hombre de
valor-dijo-. Pero ¿qué ocurriría si la invitación se perdiera en el camino?
- Yo tenía entendido que el servicio de correos en
Inglaterra es perfecto.
- Sí, pero el buen Homero también echa un sueñe o de
vez en cuando. En cualquier caso -añadió, más jovial-, el bueno de Bantling no
se duerme nunca y, suceda lo que suceda, cuidará de Henrietta.
Se marchó Ralph a ver al doctor sir Matthew Hope,
según lo convenido, e Isabel se puso a hacer los preparativos para dejar el
hotel Pratt. El peligro que su tío corría la había afectado sobremanera y las
lágrimas comenzaron a fluir lentamente de sus ojos mientras permanecía ante el
baúl abierto sin saber qué meter primero en él. Por eso, cuando Ralph volvió a
las dos para buscarla y llevarla a la estación, no estaba lista todavía. Al
pasar, encontró a la señorita Stackpole en el saloncito donde acababa de almorzar,
la cual declaró sentirse muy afligida por el empeoramiento del padre de su
amigo.
- Se divertirá usted mucho en Bedfordshire.
- Estaré demasiado afligida, por lo de su padre, para
poder divertirme -replicó Henrietta con gran delicadeza. E inmediatamente
añadió-: De todos modos me gustaría conmemorar sus últimos momentos.
- Todavía puede mi padre vivir largos años -dijo
Ralph con la mayor sencillez. Y, luego, poniéndose a hablar de cosas más
alegres, le preguntó qué planes tenía para el futuro.
Al ver a Ralph tan apenado se puso a hablarle con más
condescendencia y dijo que le estaba muy agradecida por haberle presentado al
señor Bantling.
- Me ha contado precisamente las cosas que yo quería
saber: los chismes de la sociedad y todo lo referente a la familia real. Tengo
para mí que cuanto de la familia real me ha contado no es cosa para acreditarla
mucho, pero él dice que eso es efecto de mi especial punto de vista. Lo que yo
quiero son hechos, conocer las realidades, que, una vez las sepa, sabré
aderezarlas sin demora.
Y añadió que el señor Bantling había tenido la bondad
de prometerle que vendría a buscarla para salir con ella por la tarde. -¿Para
llevarla adonde? -se atrevió a preguntar Ralph.
- Al palacio de Buckingham. Va a enseñármelo todo
para que yo pueda hacerme una idea de la vida que llevan allí dentro.
- Vaya, pues -dijo Ralph-. La dejamos en buenas
manos. Lo primero que sabremos de usted es que la han invitado oficialmente al
castillo de Windsor.
- Si me lo piden, no le quepa la menor duda de que
iré. Una vez que me pongo en marcha no tengo miedo de nada. Pero nada de esto
podrá satisfacerme porque no estaré tranquila acerca de Isabel. -¿Cuál ha sido
su última fechoría?
- Bueno, ya que le dije algo en otra ocasión, no creo
que haya inconveniente en comunicarle el resto. Cuando empiezo con un asunto,
me gusta llegar hasta el final. El señor Caspar Goodwood estuvo aquí anoche.
Ralph abrió los ojos con asombro e incluso se
ruborizó un poco…, rubor que acusaba una emoción bastante te profunda. Recordó
que, al separarse de él en Winchester Square, la muchacha había rechazado su
hipótesis de que tal vez prefería dejarle porque esperaba a otro visitante en
el hotel Pratt, y la sola sospecha de creerla capaz de doblez le causaba hondo
pesar. Por otra parte, se decía a sí mismo que nada tenía que importarle que
ella tuviera una cita con algún enamorado, ya que siempre había sido considerado
cosa corriente y exquisita que las jóvenes guardasen en el mayor secreto la
existencia de semejantes citas.
- Yo creía, después de lo que usted me dijo hace
poco, que eso la satisfaría plenamente -comentó Ralph con gran diplomacia.
-¿Qué? ¿Que él la viera? Todo salió a pedir de boca, y fue una trama mía. Le
hice saber que estábamos en Londres y, cuando acordé con mis amigas que pasaría
la velada con ellas, le envié unas palabras…, las palabras que se acostumbra
decir a la gente sensata: que esperaba que la encontraría sola. No voy a
pretender que no confiaba en que estuviera usted ausente. El vino a verla y estuvo
con ella un buen rato, pero para el caso es como si no hubiese estado. -¿Le
trató duramente Isabel? -Y el semblante de Ralph se iluminó con la satisfacción
de pensar que su prima no había obrado con doblez y falsedad.
- Ignoro en absoluto lo que ocurrió entre ellos. Pero
de lo que estoy segura es de que no le dio satisfacción… y le dijo que
regresara a América. -¡Pobre señor Goodwood! -suspiró Ralph.
Hay que ser sinceros y confesar que semejante
exclamación fue puramente automática y que no expresó fielmente el pensamiento
de Ralph, que estaba tomando ya otro sesgo.
- No dice usted eso como si de veras lo sintiese. No
creo que le importe nada. -¡Ah! Debe usted tener presente que no conozco a ese
joven, que ni siquiera lo he visto en mi vida.
- Bueno. Yo le veré y le aconsejaré que no la deje.
Si no creyese que Isabel volverá al buen camino -añadió la señorita Stackpole-,
entonces quien se quitaría de en medio sería yo.
Es decir, prescindiría de ella.
18
Ralph pensó que, en tales circunstancias, la
despedida entre Isabel y su amiga había de ser de índole un tanto molesta y salió
a la puerta del hotel a esperar a su prima, quien no tardó en aparecer
mostrando en sus ojos la expresión de una reconvención no aceptada. Hicieron el
viaje a Gardencourt casi sin abrir la boca ninguno de los dos durante todo el
trayecto. El criado que estaba esperándoles en la estación no pudo darles
buenas noticias acerca del estado del anciano señor Touchett, lo que hizo a
Ralph alegrarse de haber conseguido que el doctor Hope prometiera ir a la
mansión en el tren de las cinco para quedarse a pasar allí la noche. Al llegar
a la casa, se enteró de que la señora Touchett había permanecido constantemente
junto a su esposo y estaba acompañándole en aquel instante.
Esto le hizo pensar en que lo único que a su madre le
había faltado siempre era la ocasión propicia. Los caracteres mejores eran los
que brillaban a intervalos más distantes. Isabel se marchó a su habitación
percibiendo en toda la casa ese tímido silencio que precede a las tristes
crisis.
Al cabo de una hora bajó en busca de su tía para
preguntar noticias del anciano. Fue a buscarla a la biblioteca, pero la señora
Touchett no se encontraba allí y, como el tiempo, que había estado húmedo y
frío, acabó de estropearse del todo, supuso que no habría salido a dar su
acostumbrado paseo al aire libre. Isabel iba a llamar para pedir a alguien que
fuese a las habitaciones de la señora Touchett a preguntar, cuando a sus oídos
llegó otro sonido completamente inesperado, el de una melodía quedamente interpretada
procedente del salón. Como sabía que su tía no tocaba jamás el piano, se le
ocurrió que tal vez Ralph estaba tocando para distraerse; lo cual permitía
suponer que ya se había calmado su ansiedad por el estado de su padre. De tal
suerte, la muchacha, tranquilizada a su vez, se dirigió hacia el lugar de donde
le llegaba aquella dulce melodía. El salón de Gardencourt era una habitación de
vastas proporciones y, como el piano estaba colocado en el extremo más distante
de la puerta por la que ella entrara, la persona sentada ante el teclado no
advirtió su presencia. Tal persona no era ciertamente Ralph ni tampoco su
madre; era una dama, en quien Isabel vio en el acto una desconocida para ella,
si bien estaba de espaldas a la puerta. Isabel Y contempló con gran sorpresa
durante algunos instantes aquella espalda ancha y bien vestida. La dama era,
por ° tanto, una invitada que había llegado durante su ausencia y a la que no
había mencionado ninguno de los sirvientes -entre ellos la doncella de la
señora Touchett, con quienes intercambió algunas palabras desde su regreso. De
todos modos, Isabel había tenido ya ocasión de aprender las reservas que pueden
a veces tenerse al recibir órdenes, y se había dado exacta cuenta de la
sequedad con que la había tratado la doncella de su tía, entre cuyas manos se
había escurrido tal vez con excesiva desconfianza y con aires de poseer un
plumaje de brillantes colores.
Precisamente la llegada de un nuevo huésped no tenía
en sí nada de desconcertante en aquel lugar. Pero ella no había logrado aún
despojarse de la juvenil superstición de que todo nuevo conocido tenía que
ejercer cierta momentánea influencia en su propia vida. Mientras estaba
haciéndose estas reflexiones, se dio cuenta de que la dama que tocaba el piano
lo hacía admirablemente. Interpretaba en aquel momento algo de Schubert -no
sabía Isabel a punto fijo qué obra, pero algo de Schubert sin duda- y lo expresaba
de una manera muy personal que acusaba gran habilidad técnica y hondo
sentimiento. Se sentó Isabel sin hacer el menor ruido y se quedó inmóvil hasta
el final de la pieza. Una vez terminada, experimentó un irresistible deseo de
dar las gracias a la intérprete y se levantó de su asiento para hacerlo. Al
mismo tiempo, la forastera se volvió rápidamente, como si hubiese percibido la
presencia de alguien.
- Es una obra muy bella y su manera de interpretarla
la embellece más todavía -dijo Isabel con la misma juvenil expansión con que
solía expresarse cuando se sentía verdaderamente arrebatada. -¿No cree usted
entonces que moleste al señor Touchett? -contestó la pianista con la suavidad
que a la exquisitez del cumplido correspondía. Y añadió-: La casa es tan
inmensa, y esta habitación está tan retirada, que pensé que podría atreverme,
sobre todo tocando, como lo estaba haciendo… du bout des doigts.
«Es francesa -pensó Isabel-. Habla como si lo fuera».
Y esa hipótesis realzó el interés de la artista a los ojos de nuestra curiosa
heroína.
- Espero que mi tío se encuentre mejor -dijo-. Me
inclino a pensar que oír esa deliciosa música le reconfortará.
- Me temo que hay momentos en la vida en que ni el
mismo Schubert tiene nada que decirnos -observó la dama, aunque sonriendo-.
Naturalmente, hemos de reconocer que tales momentos son los peores que podemos
pasar.
- Por fortuna no me siento en uno de ellos -dijo
Isabel-. Al contrario, me agradaría infinito oírle tocar algo más.
- Si de veras le interesa…, por mí, encantada.
Y la amable persona se sentó de nuevo al piano y tocó
unos cuantos acordes mientras Isabel se acercaba más al instrumento. De pronto,
la nueva visitante se detuvo sin levantar las manos del teclado y se volvió,
mirando por encima del hombro. Era una mujer como de unos cuarenta años, no
hermosa, aunque de expresión sumamente interesante.
- Perdone -dijo-, ¿no es usted la sobrina…, la joven
americana? Isabel replicó sencillamente:
- Sí, soy su sobrina.
La dama del piano siguió un momento en la misma
posición, mirando con interés por encima del hombro.
- Está muy bien; somos compatriotas -dijo al fin, y
comenzó de nuevo a tocar.
- Entonces no es francesa -murmuró Isabel.
Y, como su anterior hipótesis la tornara romántica,
era de suponer que tal revelación le provocara un desencanto. Mas no hubo tal
cosa, pues mas raro aún que ser francesa parecía ser americana y tan
singularmente interesante.
Tocó la dama a la manera de antes, con igual suavidad
y solemnidad, y mientras lo hacía empezaron a adensarse las sombras en el
salón. El crepúsculo otoñal iba deslizándose dentro de aquel recinto en tanto
que Isabel, desde su sitio, contemplaba cómo la lluvia comenzaba a caer ya
fuertemente, inundando el verde césped, y el viento agitaba con furia los
frondosos árboles. Por último, al terminar la música, la artista se levantó, se
acercó a ella y, antes de que Isabel tuviese tiempo de darle nuevamente las gracias,
dijo:
- Me alegro mucho de que haya vuelto. He oído hablar
mucho de usted.
Isabel pensó que era una persona muy simpática, pero,
a pesar de ello, no pudo por menos de preguntar con cierta brusquedad en
respuesta a las palabras de la otra: -¿Quién le ha hablado a usted de mí?
- Su tío -dijo la extraña mujer tras dudar un
instante-. Llevo aquí tres días, y el primero me hizo ir a verle a su
habitación y me estuvo hablando de usted todo el tiempo.
- Teniendo en cuenta que no me conocía, debió de
aburrirse mucho.
- No. Me entraron ganas de conocerla. Sobre todo
porque desde entonces…, como la señora Touchett está tanto con su marido…, me
he pasado sola casi todo el tiempo y ya estoy cansada de mi propia compañía.
Verdaderamente no he escogido un buen momento para mi visita.
En aquel instante entró un criado con unos
candelabros, seguido por otro portador del servicio de té. La señora Touchett
debió de haber sido avisada de aquel refrigerio, porque al instante hizo acto
de presencia y se dirigió sin más a la tetera. Su manera de dar la bienvenida a
su sobrina no se diferenció absolutamente en nada de su manera de levantar la
tapadera del recipiente para ver cómo estaba el contenido; en ninguno de los
dos actos apareció la menor señal de ansiedad. Al preguntársele por su marido,
no pudo decir que le encontraba mejor, pero el médico de la localidad estaba
ahora con él y podía esperarse mucho de la consulta que luego tendría lugar
entre él y el doctor sir Matthew Hope.
- Supongo que ya habrán entablado conocimiento
-prosiguió la señora Touchett-. Si aún no lo han hecho, les recomiendo que lo
hagan, pues mientras Ralph y yo tengamos que seguir junto a la cabecera del
señor Touchett, deberán conformarse exclusivamente con su mutua compañía.
- Lo único que hasta ahora sé de usted es que es una
gran pianista -dijo Isabel a la visitante.
- Pues hay muchas otras cosas que saber de ella
-apostilló la señora Touchett en su acostumbrado tono seco.
- De todo ello habrá muy poco que pueda interesar a
la señorita Archer -comentó la pianista riendo suavemente-. Soy una antigua
amiga de su tía y he vivido mucho tiempo en Florencia. Soy madame Merle.
Dio a conocer su nombre como si estuviera hablando de
una persona distante y completamente distinta de ella. Todo lo cual era, en
realidad, bien poca cosa para Isabel. Lo único que de madame Merle la
impresionaba era que tenía los modales más encantadores y distinguidos que
hasta entonces había visto.
- A pesar de su nombre -dijo la señora Touchett-, no
es extranjera, pues nació…, siempre olvido su lugar de nacimiento.
- Entonces casi no vale la pena que se lo diga. -Todo
lo contrario -replicó la señora Touchett, que jamás dejaba pasar por alto la
menor falta de lógica-. Si me acordara, sería completamente innecesario que
usted me lo dijera.
Madame Merle sonrió a Isabel con una de esas son
risas de índole mundial que de inmediato atraviesan toda suerte de fronteras, y
dijo:
- Nací a la sombra de nuestra bandera nacional. La
señora Touchett interrumpió para decir: -Le entusiasma todo lo misterioso; ése
es su gran defecto.
- Desde luego, tengo muchos defectos -admitió madame
Merle-, pero no creo que ése sea uno de ellos.
Por lo menos, no el mayor de todos. Vine al mundo en
el arsenal de Brooklyn. Mi padre era un oficial de alta graduación de la Marina
de Estados Unidos y en aquel entonces desempeñaba un cargo de gran
responsabilidad en el astillero. Así pues, lo natural sería que me gustara
mucho el mar, pero en cambio lo detesto, y ésa es la razón por la que no he
vuelto a América. Amo la tierra, y lo verdaderamente grande es amar algo.
En su calidad de testigo desapasionado, Isabel no se
había sentido impresionada por la breve descripción que su tía acababa de hacer
de la nueva visitante, quien tenía un rostro expresivo, abierto a la
comunicación, simpático y completamente distinto de lo que a Isabel se le
antojaba debían ser los de personas reservadas y en exceso recónditas. Era un
rostro que denotaba gran amplitud de espíritu, emociones prontas y espontáneas
y, aunque no poseía una belleza regular, era en grado sumo atrayente y acogedor.
Madame Merle era una mujer alta, rubia y bien proporcionada. En ella todo era
curvo y lleno, aunque sin esas acumulaciones que denotan la pesadez. Sus rasgos
eran marcados, pero en debida proporción y armonía, y su semblante denotaba
buena salud.
Tenía los ojos grises, pequeños, pero llenos de luz e
incapaces de toda tontería…, incluso, al decir de muchos, incapaces de verter
lágrimas; grande y bien dibujada era su boca, cuya comisura izquierda se
elevaba un poco al sonreír de un modo que la mayoría de la gente consideraba
exótico, algunos afectado, y sólo unos cuantos gracioso. Isabel entró a formar
parte del grupo de los últimos. Madame Merle tenía una cabellera espesa, rubia,
peinada un poco a la manera clásica, como si quisiera representar un busto que
a Isabel se le antojaba pu- diera ser el de Juno o el de una Niobe; unas manos
grandes y blancas de corte y forma perfectos, tan perfectos que su dueña
prefería dejarlas completamente desnudas, por lo que no llevaba ningún anillo.
Como ya vimos, Isabel la tomó al pronto por francesa, pero una observación más
detenida podía haberla clasificado como alemana, de clase alta, tal vez
austríaca, baronesa, condesa, incluso princesa.
Nunca se habría sospechado que había venido al mundo
en Brooklyn… aunque en verdad nadie podía sostener que el aire de suprema
distinción que su persona irradiaba fuera incompatible con el hecho de haber
nacido en el lugar mencionado. Bien es cierto que sobre su cuna había flotado
la bandera nacional y que la brisa de libertad que agitaba el pedazo de tela
tachonado de estrellas y surcado de barras horizontales acaso tuvo una
influencia decisiva en la actitud que ella tomó frente a la vida. Y, sin embargo,
no tenía absolutamente nada del gallardete agitado y sacudido por el viento,
sino que, por el contrario, sus modales, ademanes y movimientos denotaban la
calma y la confianza que se adquieren en una larga experiencia. La experiencia,
empero, no había apagado su juventud, sólo le había otorgado tolerancia y
simpatía. En resumidas cuentas, puede decirse que era una mujer de grandes
impulsos, mantenidos en un orden admirable. Lo que a los ojos de Isabel
aparecía como una combinación ideal.
La muchacha se hacía todas estas reflexiones mientras
las tres damas tomaban el té, ceremonia que no tardó en quedar interrumpida por
la llegada del gran doctor de Londres, a quien inmediatamente se hizo pasar al
salón.
La señora Touchett se lo llevó a la biblioteca para
hablar allí a solas con él, y madame Merle e Isabel se separaron para volver a
reunirse a la hora de la cena. La idea de ir conociendo a mujer tan interesante
contribuyó a mitigar un tanto en Isabel aquel sentimiento de tristeza que
parecía difundido por toda la enorme mansión de Gardencourt.
Cuando volvió al salón antes de la cena, lo encontró
vacío, pero al cabo de un instante llegó Ralph. Su angustia por el estado de su
padre parecía haberse calmado un tanto, pues la opinión del doctor Hope acerca
del paciente era menos pesimista de la que el hijo abrigaba.
El doctor recomendó que durante las tres o cuatro
horas siguientes solo se quedase la enfermera acompañando al paciente; de modo
que Ralph, su madre y el doctor pudieron acudir a la mesa para comer. A su
debido tiempo aparecieron la señora Touchett y el doctor y, por último, madame
Merle.
Antes de que llegara, Isabel, acercándose a Ralph,
que estaba de pie junto a la chimenea, le preguntó:
- Por favor, dime, ¿quién es esa señora Merle?
- La mujer más inteligente que he conocido en mi
vida, sin excluirte a ti -contestó Ralph.
- Me ha parecido verdaderamente agradable.
- Estaba seguro de que habría de parecértelo. -¿La
invitaste por eso?
- No la invité yo y, a nuestro regreso de Londres, no
sabía siquiera que estuviese aquí.
No la ha invitado nadie. Es una amiga de mi madre; y
cuando tú y yo acabábamos de irnos a Londres, mi madre recibió unas líneas de
ella. Había llegado a Inglaterra (actualmente vive en el extranjero, aunque
antes solía vivir la mayor parte del tiempo aquí). En ellas le pedía su
consentimiento para venir a pasar unos días a casa. Es una mujer que puede
permitirse tales confianzas, pues siempre es admirablemente recibida
dondequiera que va. Con mi madre no tenía por qué andarse con cumplidos, porque
es precisamente la única persona del mundo a quien mi madre admira. Si mi madre
no fuera quien es, (que, después de todo, es lo que prefiere) le gustaría ser
madame Merle. Eso supondría, naturalmente, un cambio enorme, como puedes
figurarte.
- Es un encanto -dijo Isabel-. Además, toca
admirablemente.
- Lo hace todo admirablemente. Es una mujer completa.
Isabel miró a su primo y dijo:
- A ti no te gusta.
- Al contrario, hubo un tiempo en que estuve
enamorado de ella.
- Y no te hizo caso y por eso no te gusta. -¿Cómo se
iba a plantear tal cosa si monsieur Merle vivía entonces? -¿Murió?
- Eso dice ella.
- ¿No lo crees?
- Sí, porque la declaración concuerda con todas las
probabilidades. El marido de madame Merle era lógico que muriera.
Isabel miró a su primo nuevamente y dijo:
- No sé lo que quieres decir. Quieres decir algo… que
no piensas. ¿Quién era el señor Merle?
- El marido de madame.
- Eres insoportable. ¿Tuvieron hijos?
- Ni la más mínima criatura… por fortuna. -¿Por
fortuna?
- Digo por fortuna… para el hijo. Seguramente ella lo
habría echado a perder.
Isabel estaba a punto de decirle por tercera vez que
era insoportable, cuando la discusión fue interrumpida por la entrada de la
dama de quien estaban hablando. Llegó ésta apresuradamente, pidiendo disculpas
por su tardanza, cerrándose una pulsera y vestida con un traje de satén azul
oscuro que dejaba ver un blanco busto apenas cubierto por un curioso collar de
plata cincelada. Ralph se apresuró a ofrecerle el brazo con la cortés premura
del hombre que ha dejado de estar enamorado.
Sin embargo, aun cuando hubiese sido aquélla su
condición, Ralph tenía en aquel momento otras preocupaciones. El doctor pasó la
noche en Gardencourt y, al volver a Londres por la mañana después de otra
consulta con el médico de cabecera del señor Touchett, accedió al deseo de
Ralph de volver a verle al día siguiente. Así pues, al siguiente día se
presentó de nuevo el doctor y su opinión fue entonces menos favorable que la
primera vez, pues el enfermo había empeorado en las últimas veinticuatro horas.
Su debilidad era tan extrema que a su hijo, que no se apartaba de la cabecera
de la cama, le parecía que el final estaba próximo. El médico local, hombre
sumamente sagaz en quien Ralph tenía más confianza que en el célebre doctor de
la capital, apenas se separaba del enfermo, y el doctor sir Matthew Hope volvió
a visitarle varias veces. El señor Touchett se pasaba la mayor parte del tiempo
sin sentido, durmiendo mucho y hablando muy rara vez. Isabel ardía en deseos de
serle útil en algo, y le permitían acompañarle durante las horas en que sus
otros enfermeros (entre los cuales la señora Touchett no era la menos asidua)
se iban a descansar. El enfermo parecía no reconocerla nunca y ella se decía a
sí misma: «Si se muriese mientras yo estoy sentada aquí…». Esta idea la tenía
siempre espabilada y despierta. Una vez abrió él los ojos y los fijó en ella
como si la reconociese, pero cuando Isabel fue a acercársela, creyendo que la
reconocería, los cerró y cayó de nuevo en el sopor. Al día siguiente pareció
revivir durante un largo rato. Se hallaba en tal momento solo con Ralph, y el
anciano comenzó a hablar, con gran satisfacción por parte del hijo, que le
aseguraba que no tardarían en verle otra vez sentado.
- No, hijo mío -dijo el señor Touchett-, a menos que
me hagas enterrar sentado, como hacían algunos antiguos… ¿eran los antiguos?
- Vamos, papá; no digas esas cosas -murmuró Ralph-.
No vas a negar que estás mejor.
- No tendría por qué negarlo si tú no lo dijeras
-contestó el anciano-. ¿Por qué hemos de engañarnos precisamente al final?
Antes no nos engañábamos. Alguna vez me he de morir, y más vale morirse cuando
uno está enfermo que cuando se está bueno. Estoy muy enfermo… como nunca
estuve. ¿No vas a querer demostrarme que aún puedo verme peor que ahora? Eso
estaría demasiado mal. No lo harás, ¿eh? Bien, entonces.
Y después de haber establecido su opinión se quedó
tranquilo. Pero en la siguiente ocasión que el hijo se quedó solo con él
entabló de nuevo la conversación. La enfermera se había marchado a cenar y
Ralph hacía solo su turno, reemplazando a la señora Touchett, que había
permanecido a la cabecera del enfermo desde la hora de la comida. La habitación
estaba solamente iluminada por el chisporroteante fuego de la chimenea, que era
indis pensable mantener, y la sombra de Ralph se proyectaba muy alargada, ya sobre
la pared, ya contra el techo, siempre variante y siempre igualmente grotesca.
El anciano preguntó: -¿Quién está conmigo… es mi
hijo?
- Sí, es tu hijo, papá. -¿No hay nadie más?
- Nadie más.
El viejo señor Touchett permaneció un momento en
silencio. Luego dijo:
- Quiero que hablemos un poco. Ralph quiso oponerse
diciendo:
- Te vas a cansar, papá.
- No importa si me canso. Por fin voy a tener un
largo descanso. Quiero hablarte de ti. Ralph se había aproximado más al lecho
y, sentándose, adelantó la mano para tomar la de su padre.
- Podrías haber escogido otro tema más brillante
-dijo.
- Tú has sido siempre brillante. Recuerdo que me
enorgullecía de tu brillantez. Me gustaría pensar que vas a hacer algo.
- Si nos dejas, lo único que podré hacer es echarte
de menos -contestó su hijo.
- Precisamente eso es lo que yo no quiero, y de eso
deseo hablar. Debes tomarte nuevo interés por algo.
- No quiero interesarme por nada, papá. Tengo
demasiados viejos intereses y no sé qué hacer con ellos.
El anciano clavó la mirada en el hijo; su rostro era
el de un moribundo, pero los ojos eran los de Daniel Touchett. Parecía que
estaba reflexionando sobre los intereses de Ralph.
Al final dijo:
- Por lo pronto tienes a tu madre. Tendrás que cuidar
de ella.
- Ella se las arreglará siempre sola. El anciano
contestó:
- Tal vez, a medida que se vaya haciendo más vieja,
tendrá necesidad de ayuda.
- Yo no llegaré a verlo. Seguramente ella vivirá más
que yo.
- Es muy posible que así sea, pero eso no es una
razón…
- El señor Touchett exhaló esta frase junto con un
tenue suspiro y volvió a quedarse callado.
- No te preocupes por nosotros -dijo Ralph-. Ya sabes
que mi madre y yo nos llevamos perfectamente.
- Sí, a fuerza de no estar juntos, y eso no es lo
natural.
- Si nos dejas, tal vez nos veremos más.
El viejo observó con divagante incoherencia:
- La verdad, no cabe decir que mi muerte haya de
cambiar gran cosa la vida de tu madre.
- Tal vez más de lo que tú piensas.
- Tendrá, por lo pronto, más dinero -comentó el
anciano-. Le he dejado una buena viudedad, como si hubiera sido una buena
esposa.
- Y lo ha sido, papá… con arreglo a sus ideas. Nunca
te molestó. El señor Touchett murmuró: -¡Ah! Algunas molestias resultan
agradables; por ejemplo, las que tú me has proporcionado. Pero las de tu madre
han sido menos… menos… ¿cómo las llamaré?… menos fuera de lugar desde que estoy
tan enfermo. Me imagino que ella sabe que me he dado cuenta.
- Yo se lo diré; y me alegro con toda el alma de que
lo comentes.
- Eso la tendrá sin cuidado, porque no lo hace por
serme útil. Lo hace por agradar… por agradar… -Y se recostó un rato tratando de
pensar en por qué lo hacía ella. Al fin, añadió: Lo hace porque le va bien.
Pero no era de eso de lo que quería hablar. Es de ti mismo. Tú quedarás en una
situación muy acomodada.
- Ya lo sé; pero supongo que no te habrás olvidado de
lo que hablamos hace un año cuando te dije exactamente el dinero que precisaba,
y te pedí que hicieras algo de provecho con el resto.
- Sí, es cierto, me acuerdo. A los pocos días hice
otro testamento. Me pareció que era la primera vez que ocurría eso, que un
joven procurase que se hiciera un testamento que le perjudicara.
- No me perjudica -replicó Ralph-. Lo que me
perjudicaría sería tener grandes propiedades que administrar. A un hombre de mi
precario estado de salud le es imposible gastar mucho dinero, y con lo
necesario basta y sobra.
- Bien, pues tendrás lo suficiente… y algo añadido.
Quiero decir que habrá más que suficiente para uno… y bastante para dos.
- Es demasiado -dijo Ralph.
- No digas eso. Lo mejor que puedes hacer, una vez
que yo me haya ido, es casarte.
Ralph había barruntado adonde quería llegar su padre,
de modo que tal insinuación no le resultó del todo nueva. Era para su padre la
más ingeniosa manera de mantener una visión optimista sobre la duración de su
hijo. Ralph la había tomado siempre a broma, pero en aquellas circunstancias no
era cuestión de seguir bromeando. Se apoyó, pues, en el respaldo de su silla y
devolvió con su afectuosa mirada la angustiosa de su padre.
- Si yo, con una esposa que no me ha querido, he
podido tener una vida dichosa -dijo suavemente el anciano, llevando aún más
allá su inventiva-, ¿qué vida no podrás tener tú casándote con una persona
distinta de la señora Touchett? Hay muchas más mujeres distintas de ella que
parecidas a ella. -Ralph continuó sin decir palabra, y, al cabo de un instante,
el padre resumió cariñosamente-: ¿Qué piensas de tu prima para eso?
Ralph se sobresaltó al oír tal pregunta, y contestó
con una sonrisa forzada: -¿Me quieres con eso insinuar que debería casarme con
Isabel?
- A ello quería ir a parar después de todo. ¿Es que
no te gusta Isabel?
- Muchísimo. -Ralph se levantó de la silla donde
estaba sentado y se acercó a la chimenea. Estuvo un instante inmóvil ante ella
y luego se puso a atizar el fuego mecánicamente. Por fin repitió-: Isabel me
gusta muchísimo.
Su padre dijo entonces:
- Yo sé que también tú le gustas a ella. Ella me ha
dicho que te quiere mucho. -¿Pero te especificó alguna vez que le gustaría
casarse conmigo?
- No, pero no puede tener nada contra ti, y no he
visto en mi vida mujer tan deliciosa como ella. Seguramente sería muy buena
para ti. No sabes cuánto llevo pensado en ello.
Ralph volvió nuevamente al lado de la cama y
contestó:
- También yo; no tengo inconveniente en confesarlo.
- Di. ¿Estás enamorado de ella? He creído que lo
estabas. Parece como si hubiera llegado a propósito.
- Enamorado de ella, no, no lo estoy; pero lo estaría
si algunas cosas fuesen distintas de lo que son. -¡Ah! Por desgracia, las'
cosas son siempre distintas de lo que deben ser -exclamó el anciano-. Si
piensas esperar a que cambien, no harás nunca nada. Ignoro si tú lo sabes, pero
me imagino que en un momento así no hago mal en mencionarlo: hace unos días,
una persona ha propuesto a Isabel casarse con ella y ha sido rechazado.
- Ya sé que ha rechazado a Warburton. El mismo me lo
dijo.
- Pues eso prueba, por lo pronto, que hay
probabilidades para algún otro.
- También hubo otro en Londres hace tres días que
corrió el mismo riesgo… con idéntico resultado.
El anciano señor Touchett preguntó ansiosamente:
-¿Tú?
- No; fue un antiguo amigo de ella. Un pobre hombre
que cruzó el mar y vino de América para volverse de vacío.
- Pues lo siento por él, sea quien fuere. Todo eso no
prueba más que una cosa: que tienes expedito el camino.
- Pero, querido papá, la cuestión es que yo no estoy
en condiciones de poder andarlo. Soy hombre de pocas convicciones, pero las que
tengo están bien arraigadas en mi alma. Una de ellas es que lo mejor de todo es
no casarse con parientes, especialmente entre primos. Otra, que los individuos
que padecen de una afección pulmonar en estado avanzado no deben casarse en
absoluto.
El viejo señor Touchett levantó la mano, la movió dos
o tres veces de un lado para otro y dijo: -¿Qué clase de preocupaciones son
ésas? Miras las cosas de una manera que todo tiene que salirte al revés. ¿Qué
clase de prima es una a la que no has visto hasta después de que haya cumplido
los veinte años? A decir verdad, todos somos primos entre nosotros y, si nos
parásemos en escrúpulos como ése, hace tiempo que la humanidad habría
desaparecido.
Lo mismo digo de tu dichosa afección pulmonar. Ahora
estás mucho mejor que antes. Lo único que necesitas, pues, es llevar una vida
normal, natural. Es mucho más natural casarse con una hermosa muchacha a la que
se ama que permanecer soltero por atenerse a falsos principios.
- Pero yo no estoy enamorado de Isabel -protestó
Ralph.
- Hace un momento has dicho que lo estarías si no
creyeses que eso estaba mal. Y voy a probarte que no está mal en absoluto.
- Pero papá, no vas a conseguir más que fatigarte
-dijo Ralph, que estaba admirado de la tenacidad de su padre y de cómo lograba
sacar fuerzas de flaquezas para insistir-. ¿A dónde iremos a parar, entonces?
-¿A dónde irías a parar tú si yo no hubiese ya dispuesto lo necesario? No
quieres tener nada que ver con el banco y no me tendrás a mí para ocuparme de
esas cosas. Dices que tienes muchos intereses, pero yo no los veo.
Ralph se apoyó en el respaldo de su silla con los
brazos cruzados y durante un momento fijó los ojos en el suelo, meditando. Por
fin, con actitud de quien se reviste de coraje, dijo:
- Yo siento un enorme interés por mi prima, pero no
un interés de la clase que tú deseas. Seguramente no viviré muchos años, pero
tengo la esperanza de vivir lo bastante para ver qué va a hacer ella consigo
misma. Isabel es por completo independiente de mí, no puedo ejercer sino
escasísima influencia en su vida; pero me agradaría poder hacer algo por ella.
-¿Qué es lo que te gustaría hacer?
- Algo como… darles un poco de viento a sus velas.
-¿Qué quieres decir con eso?
- Que me gustaría facilitarle los medios para que
hiciese algunas de las cosas que anhela. Por ejemplo, ella quiere ver el mundo,
y me gustaría meterle en los bolsillos el dinero necesario para ello.
El anciano dijo:
- Me alegro de que hayas pensado en eso. Por lo
pronto, yo también había pensado. En mí testamento le dejo un legado de cinco
mil libras.
- Eso es lo principal, y has sido muy generoso al
hacerlo; pero yo quería hacer algo más aún.
Algo de aquella velada agudeza con que el anciano
había acostumbrado durante toda la vida a escuchar una propuesta financiera
remoloneaba todavía en su semblante, en el que el enfermo no había borrado al
hombre de negocios. Calló, pues, un instante y luego dijo:
- Será para mí un placer examinar detenidamente el
asunto.
- Isabel es pobre. Mi madre me ha dicho que sólo
dispone de unos cuantos cientos de dólares al año y yo quisiera hacerla rica.
-¿Qué entiendes tú por ser rico?
- A mí me parece que es rico el que cuenta con los
medios para satisfacer las exigencias de su imaginación. Ya sabes que Isabel
tiene mucha imaginación.
- También tú la tienes, hijo mío -dijo el señor
Touchett escuchando con atención, si bien un tanto confuso.
- Me has dicho que voy a tener dinero bastante para
dos. Entonces, lo que quiero es que me retires lo que ha de ser superfluo para
mí y se lo dejes a Isabel. Divide mi herencia en dos mitades iguales y déjale
una a ella. -¿Para hacer lo que ella quiera?
- Absolutamente lo que le parezca. -¿Y sin ninguna
contrapartida? -¿Qué contrapartida quieres que haya?
- La que antes dije. -¿El que se case con alguien?
Precisamente, te hago esta sugerencia para evitar que tenga que caer en ello.
Si disfruta de una renta suficiente, no se verá obligada a casarse con uno que
pueda mantenerla en- buenas condiciones. Eso es lo que yo quisiera evitar a
toda costa. Ella quiere ser libre y tu legado le daría la libertad que apetece.
- Bien; a la vista está que has pensado ya en ello
-dijo el viejo señor Touchett-. Pero, la verdad, no sé por qué recurres a mí.
El dinero ha de ser tuyo, y puedes dárselo tú mismo.
Ralph le miró boquiabierto.
- Por favor, padre; yo no puedo ofrecerle dinero a
Isabel. El anciano emitió un gemido. -¡No me digas que no estás enamorado de
ella! ¿Quieres, entonces, que yo me encargue por completo del asunto?
- Por completo. Lo único que quiero es que incluyas
una nueva cláusula en el testamento, pero sin hacer ninguna referencia a mi
deseo. -¿Y quieres que haga otro testamento?
- Nada de eso, con unas cuantas palabras bastará. En
cuanto te sientas un poco mejor podrás hacerlo.
- Entonces, telegrafía al señor Hilary No quiero
hacer nada sin consultarle.
- Mañana mismo lo verás.
- Va a pensar que nos hemos peleado -comentó el señor
Touchett.
- Es lo más probable -dijo Ralph sonriendo-. Prefiero
que piense eso y, para remachar la idea, te prevengo que me mostraré lo más
antipático, duro y horrendo contigo.
Al señor Touchett pareció atraerle el humor de
aquella farsa, y estuvo reflexionando sobre ello en silencio. Por fin dijo:
- Como quieras, haré lo que digas. Pero te confieso
que no sé si haremos bien. Tú dices que quieres insuflarle viento en sus velas,
pero cuidado, no sea que soples demasiado.
- Me gustaría verla impulsada por una brisa.
- Hablas como si para ti fuese cosa de diversión.
- Y, en gran parte, lo es.
- Pues no sé si te entiendo -dijo suspirando el señor
Touchett. Verdaderamente, los jóvenes de hoy son bien distintos de lo que yo
era. Cuando en mis tiempos me gustaba una muchacha, no me contentaba con
mirarla. Tú tienes unos escrúpulos que yo no habría tenido, ideas que tampoco
habría tenido. ¿Dices que Isabel quiere ser libre y que el serlo le evitará
tener que casarse por dinero? ¿Crees que ella es mujer capaz de semejante cosa?
- En absoluto. Pero es que ahora tiene menos dinero
que nunca. Su padre le proporcionaba antes todo, porque se comía el capital.
Ahora a Isabel no le quedan para vivir más que las migajas del festín, y no se
da cuenta de lo escasas que son… no ha podido enterarse todavía. Mi madre me lo
ha contado todo, Isabel se enterará cuando se vea arrojada al torbellino del
mundo, y me sería muy doloroso pensar que no pudiera satisfacer muchas de sus
necesidades.
- Con las cinco mil libras que le dejo puede
satisfacer muchas necesidades.
- Sin duda, pero es muy probable que se las gaste en
dos o tres años. -¿Entonces piensas que será una derrochadora?
- No me cabe la menor duda -dijo Ralph sonriendo
tranquilamente.
La agudeza del anciano señor Touchett estaba siendo
rápidamente reemplazada por una visible confusión.
- Entonces el que dé fin a la cantidad mayor que
pueda recibir será sólo cuestión de tiempo.
- No lo creo, aunque me temo que, al principio,
empiece a tirar la casa por la ventana. También es muy probable que dé una
parte a sus hermanas. Pero, en cuanto recapacite y recobre el dominio de sí
misma, se acordará de que tiene toda una vida ante sí y de que ha de vivir con
sus propios medios.
El viejo dijo como resignado:
- Vamos, se ve que lo tienes todo bien pensado. No
hay duda de que te inspira un enorme interés.
- En realidad, no puedes decir que voy demasiado
lejos. Tú querías que fuera más lejos todavía.
El señor Touchett replicó:
- La verdad, no sé. Creo que no lo veo igual que tú.
Me parece un poco inmoral. -¿Cómo, inmoral, querido papá?
- Bueno, no creo que esté bien facilitarle tanto las
cosas a nadie.
- Depende de quién sea. Cuando se trata de una buena
persona, el facilitar las cosas es rendir crédito a la virtud. ¿Puede haber
acto más noble que facilitar la realización de los buenos impulsos?
Al señor Touchett le resultaba difícil seguir aquel
razonamiento y se detuvo un instante. Al cabo del cual, dijo: -Verdaderamente
Isabel es un encanto, pero, ¿la crees tan buena como todo eso?
- Será tan buena como lo sean sus mejores
oportunidades -replicó Ralph.
Y el viejo señor Touchett declaró:
- Pues con sesenta mil libras no le van a faltar
buenas oportunidades.
- No me cabe duda de que sabrá aprovecharlas. -Desde
luego, yo haré lo que tú quieras únicamente quería entenderlo un poco.
- Pero ¿no lo entiendes ya, querido papá? -preguntó
Ralph con voz acariciante-. Si te parece, no nos preocupemos más del asunto.
Dejémoslo ya.
El señor Touchett se quedó callado durante largo
rato, y su hijo se imaginó que había abandonado ya el deseo de seguir dándole
vueltas. Pero luego el viejo comenzó de nuevo a hablar con gran lucidez:
- Antes de todo, dime: ¿no te parece que una muchacha
con sesenta mil libras podría ser víctima de los cazadores de dotes?
- Le será difícil ser la víctima de más de uno.
- Uno me parece ya demasiado.
- No hay que retroceder. Ese es uno de los riesgos, y
ya lo he calculado. Lo considero un riesgo apreciable, aunque pequeño, y estoy
dispuesto a aceptarlo.
El anciano señor Touchett fue pasando del estado de
agudeza mental al de perplejidad y de la perplejidad a la admiración. Y dijo:
- Bien, ya te has metido en ello; pero no veo qué
fruto puedas sacar de todo ese embrollo.
Ralph se inclinó sobre las almohadas de su padre y
las ahuecó con suavidad, temeroso de haber prolongado con exceso la
conversación. No obstante, dijo:
- Sacaré lo que hace un momento te dije que quería
poner al alcance de Isabel… el haber satisfecho las exigencias de mi
imaginación… Y reconozco que es un verdadero escándalo la manera cómo me he
aprovechado de ti para lograrlo.
19
Como había anticipado la señora Touchett, madame
Merle e Isabel hubieron de verse con tal asiduidad durante la enfermedad del
anciano que casi habría constituido una falta de cortesía el no llegar a ser
íntimas amigas. Aparte de que la cortesía de ambas era exquisita, se agradaban
mucho recíprocamente. Sería acaso excesivo decir que se juraron una amistad
eterna, pero por lo menos tácitamente pusieron al tiempo por testigo. Isabel lo
hizo con la conciencia limpia, si bien vacilaba ante la idea de admitir que era
íntima amiga de la otra en el alto sentido que en su interior atribuía a
semejante calificativo. A veces, incluso se preguntaba si era capaz de ser
íntima de nadie. Tenía su ideal propio de la amistad, como de algunos otros
sentimientos, aunque en este caso no dejaba de parecerle… (cosa que no le había
ocurrido en los otros casos) que su ideal no estaba plenamente expresado. Sin
embargo, con frecuencia pensaba que existían razones especiales para que una no
pudiera concretar nunca su ideal. Era algo en que había que creer, aun sin ver…
no era cuestión de experiencia sino de fe. Sin duda alguna, la experiencia
podía proporcionar imitaciones muy apropiadas de ello y lo verdaderamente
sensato consistía en sacar el mejor partido posible. A decir verdad, Isabel no
se había tropezado jamás con una figura tan interesante y agradable como madame
Merle, ni conocía persona alguna que tuviese menos que ella ese defecto que
constituye el principal obstáculo a la amistad y que consiste en reproducir los
aspectos más fatigantes, anticuados y excesivamente íntimos del propio
carácter. La muchacha había abierto de par en par y más que nunca las puertas
de su confianza a madame Merle, y llegó a decirle cosas que jamás había dicho a
ninguna otra persona. A veces llegaba incluso a alarmarle su propia franqueza,
pues parecía como si entregase a algún extraño la llave del joyero de sus
alhajas.
En realidad, esas joyas espirituales eran las únicas
de cierta importancia que ella poseía, pero por eso mismo debía poner mucho más
cuidado en guardarlas celosamente. Por lo demás, tenía siempre presente que una
no debe jamás lamentar el haber cometido un error generoso y que, si madame
Merle no tenía todos los méritos que ella le atribuía, tanto peor para madame
Merle. De que los tenía no cabía dudan era inteligente, culta, simpática,
encantadora. Y lo que es más todavía (pues Isabel no había tenido la mala
fortuna de pasar por la vida sin encontrar personas de su propio sexo de las
que no pudiera decirse otro tanto), madame Merle era singular, preeminente, de
veras superior. En el mundo hay muchas personas simpáticas y madame Merle
distaba mucho de ser vulgarmente bondadosa y perpetuamente ocurrente. Sabía
cómo pensar… virtud rara en la mujer… y su pensamiento siempre había esta do
dirigido a unos propósitos adecuados. Además, sabía también cómo debía sentir,
e Isabel no llevaba una se mana en su compañía cuando ya se dio perfecta cuenta
de ello. En eso consistía el gran talento y el don más admirable de madame
Merle. Se veían en ella los efectos de la vida; la había sentido con
intensidad, y parte de la satisfacción que deparaba su compañía residía en la
comprensión que la dama mostraba cuando Isabel se ponía a hablar de los que se
complacía en llamar asuntos verdaderamente serios. Cierto que para madame Merle
la emoción era algo que más bien pertenecía a la historia; y no se recataba en
decir que el manantial inagotable de la pasión, por haber sido harto explotado
en otros tiempos, no fluía ya con la misma abundancia y facilidad que antaño.
Y, como era de esperar, se había propuesto acabar con
sus sentimentalismos, reconociendo que había estado verdaderamente chiflada
anteriormente a causa de ellos, pero que actualmente estaba curada por
completo.
A veces decía a Isabel: «Yo juzgo ahora más de lo que
solía, y es que me parece que con el tiempo me he ganado el derecho a hacerlo.
Hasta los cuarenta no tiene una la suficiente ecuanimidad para juzgar; hasta
esa edad somos ansiosas, duras, crueles y, por añadidura, ignorantes en
demasía. Lo siento por usted, porque aún le falta mucho para los cuarenta. En
realidad, cada ganancia supone una cierta pérdida. A veces se me ocurre pensar
que, después de los cuarenta, ya no puede una sentir de veras, porque ya han
desaparecido la frescura y la viveza. Estoy segura de que usted las conservará
durante más tiempo que la mayoría, y sería para mí una verdadera satisfacción
verla a usted dentro de unos cuantos años; me agradaría saber lo que de usted
hará la vida. Tengo la seguridad de que no la echará a perder. Acaso la empuje
a cosas horribles, pero estoy convencida de que no la doblegará».
Recibió Isabel esta manifestación de confianza en
ella como el soldado bisoño que, todavía jadeante de una escaramuza de la que
ha salido con honor, recibe una palmada de satisfacción de la mano de su
coronel. Este reconocimiento de su mérito iba acompañado de autoridad; porque
no podía sino influir en Isabel la opinión de quien contestaba a casi todos sus
comentarios: «Querida mía, también yo me he visto en situaciones iguales, y
pasaron como pasa todo lo demás». Madame Merle habría podido producir una verdadera
irritación en muchos de sus interlocutores, porque se hacía harto difícil
llegar a sorprenderla. Sin em- bargo, Isabel, aunque deseaba impresionar a su
nueva amiga, no sentía semejante impulso. Era demasiado sincera y se interesaba
de veras por su sensata compañera. A eso había que sumar el hecho de que madame
Merle no decía jamás aquellas cosas en son de triunfo ni de jactancia, y sólo
las traía a colación como meras confesiones hechas en frío.
Gardencourt estaba ahora bajo la maldición del mal
tiempo. Los días se acortaban, y ya no había meriendas ni tés al aire libre en
el césped frente a la casa. Ello no obstaba para que nuestra joven heroína
mantuviera en el interior de la casa prolongadas conversaciones con su amiga, y
ambas salían a veces de paseo a pesar de la lluvia, provistas de ese aparato
defensivo que el clima de Inglaterra y el genio inglés han llevado,
conjuntamente a tal grado de perfección. A madame Merle, a quien le gustaba casi
todo, le gustaba también la lluvia inglesa, de la cual solía decir: «Siempre
cae un poco y nunca demasiado de golpe, nunca moja mucho y siempre huele bien».
Declaraba, además, que en Inglaterra los placeres del olfato eran grandes… ya
que en tan inimitable isla se mezclaban los olores de la niebla, de la cerveza
y del hollín, llegando a producir una especie de aroma nacional que era una
verdadera delicia para el olfato; y, para probarlo, acostumbraba a hundir la
nariz en la manga de su abrigo aspirando el grato y suave olor de la lana.
El pobre Ralph Touchett, en cuanto el otoño hizo su
aparición, se convirtió en un resignado prisionero, pues el mal tiempo le
impedía salir y se pasaba a veces largos ratos pegado a una ventana con las
manos en los bolsillos, contemplando con triste mirada de reproche a Isabel y a
madame Merle que se paseaban fuera, bajo la lluvia, cobijadas por sendos
paraguas. Las carreteras próximas a Gardencourt eran tan firmes en toda época
que las dos damas retornaban siempre de sus húmedas excursiones con el rostro radiante
y lleno de animación, mirando las suelas de sus inmaculadas y fuertes botas de
goma y declarando que su paseo les había producido inmensa satisfacción. Antes
del almuerzo, madame Merle estaba indefectiblemente ocupada, e Isabel admiraba
y envidiaba aquella distribución admirable de las horas de la mañana. Ella, que
pasaba por ser una mujer de múltiples aptitudes, de lo cual se enorgullecía
justamente, iba vagando, como si estuviera al acecho del otro lado de las
tapias de un jardín, en torno a los talentos, aptitudes y realizaciones de
madame Merle. Y llegó a desear emular aquellas cualidades excepcionales y a
tomar por modelo en muchos sentidos a tan notable dama. «¡Cómo me gustaría ser
así!», exclamaba a veces cuando descu- bría algún nuevo aspecto de la capacidad
de su amiga; y no tardó mucho en darse cuenta de que estaba aprendiendo una
gran lección de una encumbrada autoridad. Y tampoco pasó mucho tiempo sin que
se diese cuenta de que, como suele decirse, estaba bajo una gran in- fluencia.
Pero ella lo admitía, diciendo para sí: «¿Qué peligro puede haber en ello desde
el momento en que es una influencia sana? Cuanto más pueda una estar bajo una
buena influencia, tanto mejor para una. Lo único que se debe hacer es ver a
dónde encaminamos nuestros pasos y… comprenderlos mientras vamos marchando.
Esto es indudablemente lo que haré yo siempre. No tengo por qué tener miedo de
llegar a ser demasiado maleable, tal vez sea culpa mía si no soy bastante
flexible». Sabido es que a veces la imitación es la forma más sincera de la
adulación; y si en muchas ocasiones Isabel se sentía impulsada a quedarse
boquiabierta en presencia de su amiga con aspiración y desesperación, no era
porque quisiese poder brillar ella, sino porque quería mantener en alto la
lámpara para alumbrar a madame Merle, la cual le agradaba aunque le suscitaba
más bien deslumbramiento que atracción. A veces se preguntaba qué diría
Henrietta Stackpole al ver su admiración por aquel adulterado producto de su
tierra común, y tenía el convencimiento de que la juzgaría con gran severidad.
Henrietta no daría su visto bueno a la manera de ser de madame Merle; Isabel no
sabía por qué, pero lo veía como una verdad indiscutible. Por otra parte, tenía
el convencimiento de que, de presentarse ocasión favorable, su nueva amiga no
dejaría de formarse una opinión favorable de la antigua; madame Merle poseía
bastante sentido del humor y dotes de observación para hacer justicia a
Henrietta y, al conocerla, no dejaría de mostrar su exquisito tacto, que la
señorita Stackpole no podría esperar emular. Parecía que en el fondo de su
experiencia guardaba la piedra de toque para probar la autenticidad de todo, y
no había duda de que en el hueco de su memoria genial encontraría la llave de
la valía de Henrietta. «Eso es lo verdaderamente grande, la suprema dicha -se
dijo Isabel solemnemente-: estar en mejores condiciones para apreciar a los
demás, de las que ellos están para apreciarla a una». Y añadió, siempre para
sí, que «cuando bien se piensa en ello, se ve que en eso radica el privilegio
de la posición aristocrática, y en tal sentido y no en otro debe una aspirar a
hallarse en una posición aristocrática».
Imposible sería ir contando los eslabones de la
cadena que arrastró a Isabel a considerar aristocrática la posición de madame
Merle… punto al que jamás había hecho la menor referencia la propia interesada,
que a pesar de haber visto grandes cosas y conocido a personajes de lo más
encumbrados, nunca había desempeñado un papel importante. Pensaba de sí misma
que era una partícula infinitesimal de la tierra, que no estaba hecha para los
honores, y conocía el mundo demasiado bien para hacerse una exagerada ilusión
acerca del lugar que en él debía ocupar. Había tenido oportunidad de conocer a
algunos de los elegidos de la Tierra y sabía perfectamente en qué puntos
difería su propia fortuna de la de ellos. No obstante, si bien por su
consciente sentido de la medida no estaba hecha para figurar entre las grandes
figuras del retablo mundial, a la imaginación de Isabel se presentaba siempre
con una especie de extraordinaria grandeza. Ser tan culta y civilizada, tan
sensata y sencilla y aun así, darse tan poca importancia, eso era ser una
verdadera gran dama, sobre todo teniendo en cuenta su porte y su presencia.
¿Era acaso porque en cierto modo tuviera la sociedad a su servicio junto con
todas las artes y gracias que ésta practicaba… o sería más bien efecto de los
agradables usos para ella encontrados, incluso desde remota distancia, y
transformados luego en sutiles servicios que prestaba a un mundo clamoroso
dondequiera que se hallase? Después del almuerzo, madame Merle se entregaba a
despachar su voluminosa correspondencia, pues las cartas que a diario le
llegaban eran innumerables. Esa correspondencia resultaba ser una fuente
inagotable de sorpresas para Isabel cuando a veces iban juntas a la oficina de
correos del pueblo, a depositar las cartas de madame Merle. Como había dicho a
Isabel, conocía a mucha más gente de la que podría complacer, y nunca le
faltaba asunto acerca del cual escribir. Era muy aficionada a la pintura y en
un dos por tres hacía un dibujo o un boceto con la misma facilidad de quien se
quita los guantes. En Gardencourt aprovechaba la más breve hora de sol para
salir con un taburete plegable y una caja de acuarelas. Ya hemos tenido ocasión
de ver lo buena música que era y, cuando por las noches se sentaba al piano,
sus oyentes se resignaban sin murmurar a verse privados del placer de su
conversación para saborear el de su interpretación. Desde que la conocía,
Isabel se avergonzaba de su propia facilidad, a la que ahora consideraba de
índole decididamente inferior; y, aunque en su ciudad natal se la tenía casi
por un prodigio, lo cierto es que, cuando sentada en el taburete volvía la
espalda a su auditorio, el público salía perdiendo más que ganando. Cuando
madame Merle no pintaba, no escribía o no tocaba el piano, se ocupaba en hacer
primorosos bordados, como almohadones, cortinas, mantelillos para chimenea y
centros de mesa, arte en el cual sobresalía tanto por la fantasía de sus
creaciones como por la agilidad de su manos. Jamás se quedaba sin hacer nada,
pues, cuando no estaba entretenida con algo de lo dicho, se ponía a leer (le
pareció a Isabel que sólo leía «cosas importantes», y de éstas todo lo que
aparecía), paseaba, o hacía solitarios o charlaba con sus íntimos. Además de
todo lo cual, tenía siempre esa exquisita cualidad de dama de la sociedad,
consistente en no parecer jamás bruscamente ausente y tampoco demasiado
ocupada. Dejaba sus pasatiempos con la misma facilidad que a ellos se
entregaba, hablaba mientras trabajaba y no parecía darle la menor importancia a
nada de lo que hacía. Regalaba sus bocetos o bordados, se levantaba del piano o
seguía ante el teclado según la conveniencia de sus oyentes, que en todo
momento adivinaba. En resumen, era la persona más cómoda, servicial y tratable
con que podía vivirse. Si algún defecto tenía para Isabel es que no era
natural; entendía con eso no ya que fuese afectada o pretenciosa (ya que no
existía mujer a quien menos se le pudiera reprochar tales vicios), sino que la
costumbre había ido modelando demasiado su temperamento y redondeando sus
aristas, al extremo de convertirla en demasiado flexible, demasiado servicial,
demasiado acabada y demasiado definitiva. En una palabra, era el animal social
más perfecto que jamás haya aspirado a ser cualquier hombre o mujer; y, además,
se había desembarazado de esa vivificante rudeza que podemos suponer
característica de las personas, incluso de las más amables, antes de que se
pusiera de moda la vida en las casas de campo. A Isabel le costaba trabajo
imaginársela viviendo aislada, pues existía solamente en razón de sus
relaciones, directas o indirectas, con el resto de los mortales. Cabía
preguntarse qué comercio podía ella mantener con su propio espíritu. Pero
siempre se acababa pensando que una superficie encantadora no implica
forzosamente que se sea superficial, ilusión que ella había tenido la suerte de
no llegar a alimentar en su juventud. Madame Merle no era una mujer
superficial, ella no. Era una mujer profunda, y esa cualidad se transparentaba
a pesar de que utilizaba un lenguaje convencional. Isabel se decía a veces:
«Después de todo, ¿qué es el lenguaje sino puro
convencionalismo? Ella tiene el buen gusto de no pretender expresarse, como
otros que he conocido, por medio de signos originales».
Una vez, en respuesta a una alusión que parecía
haberla afectado, Isabel aprovechó la oportunidad para decir a su amiga:
- Se me antoja que usted ha debido de sufrir mucho.
- ¿Qué le hace pensar eso? -le preguntó madame Merle
con la sonrisa del que parece entretenerse con un luego de adivinanzas. Y
añadió-: Me parece que no tengo el aspecto de una persona desdichada.
- Ciertamente que no, pero a veces dice usted cosas
que me imagino no son capaces de pensar los que fueron siempre dichosos.
- Yo no he sido siempre dichosa -contestó madame
Merle sonriendo con burlona gravedad y como si le estuviese confiando un
secreto a un niño-: ¡No hay que maravillarse de ello!
Pero Isabel supo recoger la ironía y replicó:
- Mucha gente me da la impresión de que nunca ha
sentido nada en ningún momento.
- Y así es. Hay muchas más ollas de hierro que de
porcelana; pero puede tener la seguridad de que todas ellas tienen algún fallo,
hasta las ollas más resistentes de hierro muestran un diminuto agujero o una
abolladura o un arañazo. Yo me enorgullezco de ser robusta, pero, para serle
sincera, le diré que he sufrido espantosos desconchones y abolladuras y, si
todavía sirvo para algo, es porque me han reparado hábilmente, y ahora me
limito a permanecer todo lo que puedo en la alacena, en la tranquila y oscura alacena
que huele a especias rancias. Y cuando por fuerza tengo que mostrarme a plena
luz… créame usted, soy un verdadero horror.
Ignoro si fue en tal ocasión, o en alguna otra en que
la conversación tomó el giro que acabamos de indicar, cuando madame Merle dijo
a Isabel que, al llegar el momento oportuno, le contaría una historia. Isabel
contestó que le encantaría escucharla y luego hubo de recordarle más de una vez
el compromiso contraído. Pero madame Merle pedía siempre que se le concediera
un respiro, y acabó por decir a su amiga que tendría que esperar a que se
conociesen un poco mejor. Lo cual no podría por menos de llegar a producirse,
ya que parecía que habría de ligarlas una larga amistad. Isabel asintió, pero
preguntó si no inspiraba confianza suficiente… si podía temerse que traicionara
la confianza en ella depositada.
Su compañera contestó:
- De lo que tengo miedo no es de que usted pueda
repetir lo que yo diga, sino de todo lo contrario, de que se lo tome demasiado
a pecho, porque llegaría a juzgarme muy duramente; está usted todavía en la
edad cruel.
Por el momento, prefería hablar a Isabel de Isabel
misma, mostrando el mayor interés por conocer la vida de nuestra heroína, sus
sentimientos, esperanzas y propósitos.
La hacía hablar y escuchaba su parloteo con la mayor
condescendencia. Ello halagaba y espoleaba a la muchacha, que estaba
impresionada por toda aquella gente distinguida que su amiga había conocido y
porque ésta había vivido, según decía la señora Touchett, en los mejores
ambientes de Europa.
Isabel se consideraba enaltecida por disfrutar del
favor de una persona que disponía de un campo de comparación tan vasto; y acaso
fuera por salir beneficiada de la comparación por lo que a menudo apelaba a
aquellas reminiscencias. Madame Merle había vivido en va- rios países y tenía
relaciones en una docena de ellos. Así solía decir: «Yo no presumo de ser
instruida, pero lo cierto es que me sé mi Europa de memoria», y un día hablaba
de ir a Suecia para pasar una temporadita con una amiga, y otras veces de dirigirse
a Malta para cultivar una amistad reciente. Inglaterra, donde había vivido en
varías ocasiones, le era completamente fa- miliar y, para provecho de Isabel,
dijo algunas cosas que arrojaron bastante luz sobre las costumbres del país y
el carácter de sus gentes, las que, «después de todo», como le gustaba repetir,
eran las mejores del mundo para la convivencia.
- No debes extrañarte de que permanezca aquí
precisamente en este momento, cuando el señor Touchett está a punto de morir
-dijo un día a su sobrina la esposa del mencionado caballero-. Es una mujer
incapaz de cometer un error y la de más tacto que he conocido en toda mi vida.
Me hace un enorme favor con quedarse aquí, y para ello ha tenido que renunciar
a ir a visitar muchas otras grandes mansiones -añadió la señora Touchett, que
no podía olvidar que, al hallarse en Inglaterra, descendía dos o tres grados en
la esfera social-. Puede escoger el sitio que más le guste; no son techos que
la cobijen lo que le falta. Pero yo le he rogado que permanezca con nosotros
porque quiero que la conozcas a fondo, pues tengo la seguridad de que te hará
mucho bien. Serena Merle es una mujer sin defectos.
- Si no me gustara tanto, esa descripción llegaría a
a alarmarme -replicó Isabel.
- Ella no está jamás ni un milímetro fuera de lugar.
Yo te he traído aquí y deseo hacer por ti todo lo que
me sea posible. Tu hermana Lily me dijo que esperaba que te proporcionase
muchas oportunidades. Y yo te las doy poniéndote en contacto de madame Merle,
que es una de las mujeres más brillantes de toda Europa.
- Me gusta más ella que la descripción que usted hace
de su persona. -Isabel persistía en su comentario. -¿Presumes que la vas a
encontrar alguna vez digna de crítica? Cuando te ocurra, no dejes de
comunicármelo.
- Eso sería una crueldad para con usted -replicó
Isabel.
- No te preocupes por mí. Estoy segura de que no le
encontrarás un solo defecto.
- Tal vez, no. Pero si lo tiene, no se me escapará.
- Serena sabe todo cuando hay que saber en este mundo
-dijo la señora Touchett.
Después de tal conversación, Isabel le comentó a
madame Merle que la suponía al tanto de que la señora Touchett la consideraba
una mujer sin tacha. Madame Merle contestó, diciendo:
- Le agradezco infinito que me lo diga, pero me temo
que su tía únicamente piensa o, cuando menos alude, a las aberraciones que el
espejo del reloj pone de manifiesto.
- Eso quiere decir que tiene usted un lado rebelde
que ella desconoce. -¡Ah, eso no! Me temo que mis facetas desconocidas son las
más inofensivas. Lo que quiero decir es que para su tía el no tener defectos
supone el no llegar nunca tarde a la hora de la cena… de sus cenas, por
supuesto. Por cierto que el otro día, cuando regresaron ustedes de Londres, no
es que yo llegase tarde: la hora de la cena era a las ocho, y a las ocho en
punto llegué yo; lo que pasó es que ustedes habían llegado con anticipación. Supone
que una contesta a una carta suya el mismo día que la recibe y que, cuando una
va a pasar unos días con ella, no ha de llevar mucho equipaje y ha de tener
buen cuidado de no caer-enferma. Estas cosas representan la virtud a los ojos
de la señora Touchett… y es una verdadera bendición el poder reducirla a
elementos tan simples.
La conversación de la señora Merle, como acaba de
verse, estaba salpicada de audaces y francos toques de crítica que ni siquiera
cuando tenían un efecto restrictivo le parecían a Isabel antinaturales. A la
joven no se le ocurría, por ejemplo, que la talentosa amiga de su tía estuviera
denigrándola, y ello por varias razones: la primera, Isabel compartía el
sentido de aquellos reparos; la segunda, madame Merle dejaba suponer que aún
quedaba mucho por decir; y la tercera, estaba claro que el que una persona te
hablara sin remilgos de tus parientes próximos era una grata señal de la
intimidad que tenía contigo. A medida que fueron pasando los días, fueron
también aumentando las señales de profunda comunión de ideas que entre ambas se
establecía, y a nada se mostraba Isabel tan sensible como al hecho de que
madame Merle la escogiera con frecuencia a ella como tema de conversación.
Aunque a menudo se refería a los incidentes de su propia carrera, nunca se
detenía en ellos, pues tenía muy poco de egoísta y absolutamente nada de
chismosa.
- Ya estoy vieja, agotada y descolorida -solía
decir-, y no ofrezco más interés que un diario atrasado. Usted es joven y
fresca y tiene lo más importante… está de actualidad. También lo estuve yo en
mis tiempos, todos tenemos nuestro cuarto de hora. Pero a usted es muy posible
que le dure mucho. Hablemos, pues, de usted, que nada de lo que diga dejará de
tener un gran interés para mí. Eso de que me guste hablar con gente mucho más
joven que yo demuestra que ya voy para vieja. Sin embargo, lo considero una compensación
admirable. Si no podemos ya sentir la juventud dentro de nosotros mismos,
podemos sentirla fuera y, en verdad, me parece que la vemos y la sentimos mejor
de tal modo. Desde luego, debemos ser benevolentes con ella… y yo lo seré
siempre. Ignoro si me mostraré impaciente con la gente de edad… creo que no, y
hay personas ancianas a las que adoro. Pero con la juventud solo puedo ser
servil, porque despierta en mí una gran simpatía y me emociona mucho. De modo
que le doy a usted «carta blanca», incluso, si le cuadra, puede ser
impertinente, yo se lo permitiré, con lo que la echaré terriblemente a perder.
Dirá usted que estoy hablando como si tuviera cien años. Es que los tengo, si
vamos a eso, nací antes de la Revolución francesa. ¡Ay, amiga mía! La verdad es
queje viens de loro, que pertenezco a lo pasado, al mundo del ayer. Pero no es
de ése del que quiero hablar sino del nuevo. Tiene que contarme más cosas de
América; nunca me parecen bastantes las que me cuenta. Aquí he vivido siempre,
desde que me trajeron a Europa de pequeñita, y es en verdad ridículo, mejor
dicho escandaloso, lo poco que conozco de aquel país terrible, espléndido y
divertido… y seguramente el mayor y más estrafalario de todos. Por aquí hay
mucha gente como yo y debo decir que a veces pienso que somos unos pobres
diablos. Uno debe vivir en su propia tierra, donde, pase lo que pase, cada uno
tiene su lugar correspondiente. Si no somos buenos americanos, aquí no podemos
ser más que unos europeos mediocres; nuestro sitio natural no es éste. Aquí
somos meros parásitos arrastrándonos sobre la tierra, no tenemos los pies
firmemente hundidos en el suelo. Por lo menos, una puede saberlo y no hacerse
ilusiones. Las mujeres pueden tal vez defenderse mejor, porque me parece que la
mujer no tiene en ninguna parte su sido natural; dondequiera que esté habrá de
permanecer en la superficie y arrastrarse de una manera o de otra. ¿Protesta
usted, querida amiga? ¿Se horroriza usted? ¿Declara usted que nunca se arras-
trará? En verdad, no podría yo decir que la veo a usted arrastrándose, usted
permanece más erguida que la mayoría de las criaturas. Está bien, yo soy la
primera en creer que no se arrastrará. Pero los hombres, los americanos, dígame
por favor, je vous demande un peu, ¿qué demonios hacen por estos pagos? La
verdad, no es cosa de envidiarles al verles tratando de amoldarse a esto. Ahí
tiene, un ejemplo, a Ralph Touchett, ¿cómo se le puede llamar? Afortunadamente
para él padece de tisis, y digo afortunadamente porque así tiene algo en qué ocuparse.
Su tisis es su carrera, algo así como una posición. Uno puede referirse a él
diciendo: ¡Ah, el señor Touchett! El hombre cuida sus pulmones y sabe todo
cuanto hay que saber sobre los distintos climas. Pero, si le quitan eso, ¿qué
es, en realidad, qué representa? Solamente el señor Ralph Touchett, es decir un
americano que vive en Europa, y pare usted de contar. Eso no significa nada… no
puede haber nada que signifique menos que eso. Dirán que es muy culto y que
tiene una linda colección de cajas de rapé. Lo único precisamente que le
faltaba para que se le compadeciera. Ya estoy cansada de oír el sonido de la
palabra compasión, que ha terminado por parecerme sencillamente grotesco.
Ahora, el padre ya es otra cosa; tiene su propia personalidad, toda de una
pieza. Representa a una gran institución financiera, y esto, en nuestro tiempo,
vale tanto como cualquier otra cosa. De todos modos, para un americano es
suficiente. Pero sigo pensando que para su primo es una suerte padecer una
enfermedad crónica, siempre que no muera de ella; mucho mejor por descontado
que las cajitas para rapé. Si no estuviera enfermo, haría algo, ocuparía el
puesto de su padre en la empresa, pero no sé por qué se me antoja que al pobre
no le entusiasma gran cosa la empresa.
De todas formas, usted lo conoce mejor que yo, aunque
le conocí en otros tiempos bastante bien, por más que él pueda ponerlo en duda.
Pero yo creo que el caso peor de todos es el de un amigo mío, un compatriota
nuestro también, que vive en Italia (a donde igualmente le llevaron antes de
que pudiese conocer nada mejor) y que es uno de los hombres más deliciosos que
he conocido. Algún día tendrá usted que conocerlo, yo procuraré ponerles en
contacto y verá que es verdad lo que digo. Se llama Gilbert Osmond, vive en
Italia… y eso es todo lo que se puede decir o saber de él. Es inteligente en
grado sumo, un hombre nacido para distinguirse, pero, como le digo, su
descripción se agota con decir: es el señor Osmond que vive tout bétement en
Italia. Sin carrera, sin nombre, sin posición, sin fortuna, sin pasado ni
futuro, sin nada en fin. Pinta, es cierto, si así puede decirse… hace acuarelas
como yo, aun que mejores que las mías. Su pintura es bastante mala, cosa que,
lejos de entristecerme, a decir verdad, me alegra.
Afortunadamente para él, es muy perezoso, tan
indolente que eso es como una especie de posición suya. Así, puede permitirse
el lujo de decir: «¡Oh, yo no hago nada, soy demasiado perezoso. Uno no puede
hacer hoy nada si no se levanta a las cinco de la mañana». Y así viene a ser
como una especie de excepción, pues uno llega a creer que en realidad podría
llevar algo a cabo si se levantase a la hora del alba. No habla jamás de su
pintura… a todo el mundo por lo menos… es demasiado listo para eso; pero tiene
una hijita… encantadora por cierto, y de ella sí habla. Siente un gran cariño
por ella y, si el ser buen padre fuese una carrera, se habría distinguido
grandemente en la suya. Pero mucho me temo que eso no valga más que las cajitas
para rapé, a lo mejor ni eso. »Dígame, por favor, qué hacen en América
-prosiguió madame Merle, que, dicho sea entre paréntesis, no expresó de una vez
tales reflexiones, que aparecen aquí arracimadas para mayor conveniencia del
lector.
Habló de Florencia, donde vivía la señora Touchett
ocupando un palacio de la Edad Media; habló de Roma, donde ella tenía un
pequeño pied-á-terre con buenos damascos antiguos. Habló de otros muchos
lugares, de las gentes, y hasta, como suele decirse, de «temas», y de cuando en
cuando se refería a su anciano y amable anfitrión y a las probabilidades de su
mejoría. A decir verdad, no tenía, desde el primer momento, gran fe en ella, e
Isabel se quedó admirada ante la manera positiva, competente y analítica con que
ella calibraba lo que le quedaba de vida. Una noche le anunció categóricamente:
- Sir Matthew Hope me lo ha dicho con toda la
claridad que permite el decoro, ahí mismo, de pie delante del fuego. Es un
hombre muy agradable el tal doctor. No se refirió claramente al asunto, pero
sabe decir las cosas con un tacto exquisito. Cuando le manifesté que yo me
sentía incómoda por estar aquí en estos instantes y que creía indiscreto
seguir… porque tampoco soy capaz de asistir al enfermo, me contestó: «Usted
debe quedarse, no se vaya, que su tarea comenzará después». Lo cual era, a mi
modo de ver, una delicada manera de decirme que el señor Touchett estaba camino
del otro mundo y que yo resultaría luego útil para dar consuelo a los demás.
Cuando de hecho mi utilidad va a ser nula. Su tía se consolará sola, y
únicamente ella sabe cuánto consuelo precisará. Sería tarea mucho más delicada
para otra persona ponerse a administrarle la dosis del consuelo. Con su primo
de usted la cuestión es del todo distinta; echará enormemente de menos a su
padre, pero no puedo pretender acompañarle en su dolor pues no estamos en
términos que a ello se presten.
Madame Merle había aludido más de una vez a cierta
incongruencia en sus relaciones con Ralph Touchett. Isabel supo, pues, aprovechar
la ocasión para preguntar si eran buenos amigos, a lo cual contestó su amiga:
- Sí, lo somos, pero no le agrado. -¿Qué le ha hecho
usted?
- Nada, pero para eso no hacen falta razones.
- Para no quererla a usted, sí. Para eso creo que
habrá que tener alguna razón aceptable.
- Es usted muy amable, pero asegúrese de tener una
lista para el día que usted empiece. -¿A no quererla? No pienso empezar nunca.
- Espero que no, porque el día que empiece ya no se
detendrá. Así ocurre con su primo. Es una incompatibilidad de caracteres… si
puede darse este nombre a algo completamente unilateral. Yo no tengo
absolutamente nada contra él ni le guardo rencor por ser injusto conmigo. Todo
lo que yo preciso es justicia y nada más que justicia. De todos modos, está
claro que es un perfecto caballero y jamás hablará mal de nadie a sus espaldas.
- Hizo una pausa y a renglón seguido añadió-: Cartes sur table. No le tengo miedo.
- Ya lo supongo -contestó Isabel que añadió algo
referente a que era el mejor hombre del mundo. Sin embargo, recordó que, cuando
le preguntó a él por madame Merle, contestó de manera que la dama podría haber
considerado injuriosa sin ser explícita. Isabel pensó para sí que entre los dos
había sin duda algo, pero no pasó de ahí. Pensó que, si fuera cosa de
importancia, merecería todo respeto, y, si no lo era, no valía la pena sentir
curiosidad. A pesar de su afición al saber, sentía una natural repulsión a levantar
cortinas para escudriñar rincones escondidos. En su espíritu coexistían en la
armonía más perfecta el deseo de conocimiento y la mejor disposición a la
ignorancia.
De vez en cuando madame Merle decía cosas que la
sobresaltaban, la hacían enarcar las claras cejas y después rumiar las palabras
oídas.
- Yo daría cualquier cosa por volver a tener la edad
de usted -dijo una vez su compañera, con una amargura que, sí bien diluida en
su acostumbrada amplitud verbal, no quedaba del todo disipada. Y añadió-: Si
pudiera volver a empezar de nuevo… si pudiera tener toda la vida por delante…
Isabel, que había quedado un tanto anonadada por lo
que acababa de oír, contestó:
- Usted tiene todavía la vida por delante.
- No; la mejor parte ha pasado ya… y por nada.
- Seguramente que no habrá sido por nada -dijo
Isabel. -¿Por qué no… qué es lo que me ha dado? Ni marido, ni hijos, ni
fortuna, ni posición, ni siquiera huellas de una belleza que no tuve jamás.
- Pero, mi querida señora, tiene usted numerosos
amigos.
- Tampoco estoy segura de ello -exclamó madame Merle.
- Me parece que está usted en un gran error; tiene
usted recuerdos, encantos, aptitudes…
Madame Merle la interrumpió para decir: -¡Aptitudes!
¿Qué me han proporcionado mis aptitudes? Apenas la necesidad de utilizarlas
para consumir mis horas, mis años, para engañarme a mí misma con falsos
movimientos, en la inconsciencia más completa. Y, por lo que hace a mis
encantos y recuerdos, cuanto menos se hable de ellos, mejor. Usted será amiga
mía hasta que encuentre alguien mejor en quien depositar su amistad.
- De usted dependerá que así no sea -replicó Isabel.
- Cierto. Y haré un esfuerzo por conservarla. -Hizo
un alto y luego prosiguió-: Cuando digo que quisiera tener la edad de usted,
quiero decir con sus cualidades… siendo franca, generosa y sincera como usted.
En tal caso, yo haría de mi vida algo mejor de lo que he hecho. -¿Qué habría
usted querido realizar que no haya realizado?
Madame Merle tomó un cuaderno de música… Había estado
sentada al piano mientras hablaban y de pronto se volvió en el taburete y
empezó a pasar las hojas. Por último dijo:
- Soy muy ambiciosa.
- Pues si no ha logrado satisfacer sus ambiciones,
han debido de ser extraordinariamente grandes.
- Y lo fueron. Me pondría en ridículo si hablara de
ellas.
Isabel se preguntó cuáles habrían sido, si madame
Merle habría pretendido ceñirse una corona.
- No sé cuál será su idea acerca del éxito -dijo-,
pero se me antoja que usted lo ha conseguido. Por lo menos, a mis ojos es usted
la viva imagen del éxito.
Madame Merle dejó a un lado la partitura con una
sonrisa triste y preguntó: -¿Y la suya, cuál es su idea del éxito?
- Evidentemente, piensa usted que debe de ser muy
modesta. A mí me parece que consiste en ver materializarse un sueño de la
juventud. -¡Ah! -exclamó madame Merle-, yo no he visto jamás semejante cosa.
Pero mis sueños eran tan extraordinarios… tan absurdos. Que el ciclo me
perdone, estoy soñando ahora. -Se volvió hacia el piano y se puso a tocar
arrebatadamente.
A la mañana siguiente, le dijo a Isabel que su
definición del éxito era muy linda, pero espantosamente triste. Si se medía por
ese baremo, ¿quién habría verdaderamente triunfado? Los sueños de la juventud
eran encantadores y, por lo mismo, divinos. ¿Quién los había visto realizarse?
- Yo misma… algunos de ellos -Isabel se atrevió a
decir. -¿Tan pronto?… Sueños de ayer mismo, sin duda.
- Empecé a soñar de muy niña -replicó Isabel
sonriendo. -¡Ah! Si se refiere a las aspiraciones de su infancia… cuando se
sueña con un cinturón rojo y una muñeca que abre y cierra los ojos…
- No me refiero a eso.
- O con un joven de lindo bigote arrastrándose a los
pies de una…
- No, tampoco es eso -contestó Isabel con aún mayor
énfasis.
Madame Merle pareció darse cuenta de la vehemencia de
su amiga y dijo:
- Sospecho que sí se refiere a eso. Todas hemos
tenido nuestro joven del lindo bigote, el inevitable joven; pero eso no cuenta.
Isabel permaneció callada un instante y luego dijo
con especial inconsecuencia: -¿Por qué no ha de contar? Hay jóvenes y jóvenes.
- Y el suyo era una maravilla, ¿es eso lo que quiere
decir? -preguntó riendo de buena gana su amiga. Y prosiguió-: Si usted logró
tener al joven de sus sueños, eso fue un verdadero éxito y la felicito con toda
el alma. Pero en ese caso, ¿por qué no huyó con él a su castillo de los
Apeninos?
- No tiene ningún castillo en los Apeninos. -¿Qué
tiene entonces… una sórdida casa de ladrillos en la calle Cuarenta? Por favor,
no me lo diga. Me niego en absoluto a aceptarlo como ideal.
- Su casa me tiene sin cuidado -dijo Isabel.
- Eso es muy cruel por su parte. Cuando tenga usted
mis años, verá que todo ser humano tiene su cascarón y que hay que tener en
cuenta tal cascarón. Al hablar del cascarón, me refiero al conjunto de las
circunstancias que lo envuelven. No existen el hombre ni la mujer totalmente
aislados, y cada uno de nosotros está constituido por un puñado de
pertenencias. ¿Qué constituye nuestro propio yo? ¿Dónde empieza y dónde acaba?
Parece desbordarse en todo lo que nos pertenece y luego volver a retraerse. Yo
sé que gran parte de mí misma está en los vestidos que me gusta ponerme. Siento
un gran respeto por las cosas. Para los demás, el propio yo es cuanto una
expresa; la propia casa, el mobiliario, la decoración, los libros que lee y los
amigos que tiene… todo esto expresa la personalidad de una.
Todo ello era harto metafísico, aunque no más que
muchas de las observaciones hechas por madame Merle. A Isabel le gustaba mucho
la metafísica, pero no podía, a pesar de ello, lanzarse al intrincado análisis
de la personalidad humana, que tan fácil parecía ser para su amiga.
No estoy de acuerdo con usted -dijo-, pienso
Precisamente todo lo contrario. No sé si lograré expresarme bien a mí misma,
pero creo que ninguna otra cosa puede hacerlo. Nada de cuanto me pertenece da
la medida de mí misma, sino que todo constituye una limitación, una barrera,
muchas veces completamente arbitraria. Es indudable que los vestidos que me
gusta ponerme, como usted dice, ni me expresan ni quiera Dios que puedan llegar
a expresarme.
- Pues usted sabe vestirse muy bien -interpuso a la
ligera madame Merle.
- Es posible. Pero me resisto a que se me juzgue por
eso. Mis vestidos pueden, a lo sumo, expresar a la modista o al sastre, pero de
ninguna manera a mí. Por lo pronto, no soy yo quien los elige, sino la sociedad
que me impone que los lleve. -¿Preferiría usted andar sin ellos? -preguntó
madame Merle con un tono que de hecho ponía punto final a la discusión.
Aunque pueda entrañar cierto descrédito para la
descripción que he hecho de la juvenil lealtad de nuestra heroína hacia aquella
distinguida dama, debo confesar que Isabel no le había dicho nada sobre lord
Warburton y se había mostrado igualmente callada en lo que a Caspar Goodwood se
refería. Sin embargo, no le había ocultado que había recibido vanas propuestas
matrimoniales ni pasó por alto el hecho de que algunas eran muy ventajosas.
Lord Warburton se había marchado de Lockleigh dirigiéndose a Escocia con sus
hermanas. De vez en cuando escribía a Ralph interesándose por la salud del
anciano, de suerte que la joven se veía libre del azaramiento consiguiente a
las indagaciones que el lord habría querido hacer personalmente si se hubiese
hallado en las cercanías de la mansión de los Touchett. Aunque el lord era
hombre de procedimientos exquisitos, Isabel estaba segura de que si él hubiera
visitado Gardencourt, habría trabado conocimiento con madame Merle, hubieran
sin duda simpatizado, y el aristócrata no habría tardado en comunicar a la
distinguida visitante el secreto de su amor por la joven.
La casualidad había hecho que durante las anteriores
visitas de la dama a Gardencourt (ambas fueron mucho más cortas que la actual)
lord Warburton no estuviera en Lockleigh o no fuera a visitar a sus amigos de
Gardencourt. De modo que, si bien madame Merle le conocía de oídas como la
personalidad más importante de toda la comarca, no tenía motivos para sospechar
que fuese pretendiente de la recién importada sobrina del señor Touchett.
- Todavía tiene usted mucho tiempo por delante -solía
decir a Isabel en respuesta a las parciales confidencias que le hacía la joven
y que no eran completas a pesar de que a veces la muchacha sentía el temor de
haber dicho demasiado-. Me alegro mucho de que no haya hecho aún nada… de que
deje la cosa esperar. Es algo magnífico para una muchacha el haber rechazado
algunas propuestas… siempre y cuando no sean las mejores que se le puedan hacer
en su vida. Disculpe si mis palabras le parecen corruptas, pero es que a veces
hay que adoptar los puntos de vista mundanos. Ahora bien, no se le ocurra
seguir rechazando las proposiciones de matrimonio sólo por darse el gusto de
rechazarlas. Es un admirable ejercicio de poder, pero después de todo también
el aceptar implica un ejercicio de poder. Se corre siempre peligro de rechazar
demasiado, peligro que no es precisamente en el que yo incurrí… porque no
rechacé lo bastante. Usted es una muchacha deliciosa y me gustaría verla casada
con un primer ministro; pero, hablando en puridad, usted sabe muy bien que no
es lo que suele llamarse técnicamente un parti. Es usted extraordinariamente
agraciada e inteligente, sin duda una mujer excepcional. Usted se me antoja una
persona que no tiene si no una idea muy vaga de sus bienes terrenales y, por lo
que me parece haber deducido, no posee una renta. Sin embargo, me gustaría que
tuviese algún dinero. -¡Qué más quisiera yo! -dijo Isabel, pareciendo haber
olvidado que la pobreza había representado tan sólo un pecado venial para dos galantes
pretendientes.
A pesar de la benévola recomendación del doctor Hope,
madame Merle no pudo quedarse hasta el fin, ya que el desenlace de la
enfermedad del señor Touchett había sido predicho con claridad. Tenía varios
compromisos con otras personas, que le era imposible eludir, y abandonó
Gardencourt no sin antes convenir que de todos modos volvería a ver a la señora
Touchett, allí mismo o en la ciudad, antes de su partida de Inglaterra. Su
despedida de
Isabel fue, todavía más que su encuentro, el comienzo
de una verdadera amistad. Madame Merle le dijo al despedirse:
- Voy a visitar seis casas distintas una detrás de
otra, pero no veré en ellas a ninguna persona que me guste tanto como usted.
Todas ellas son, sin embargo, antiguas amistades, pues a mi edad no suelen
hacerse amigos nuevos. Con usted he hecho una gran excepción. No lo olvide y
piense de mí lo mejor que le sea posible. Debe recompensarme creyendo en mí.
En respuesta, Isabel le dio un beso y, aunque es
sabido que las mujeres besan con facilidad, no lo es menos que hay besos y
besos, y el de Isabel fue completamente grato a madame Merle. Después de
marcharse ésta, nuestra joven heroína se quedó verdaderamente sola, apenas sí
veía a su tía y a su primo a las horas de las comidas, y llegó a descubrir que,
de las horas en que la señora Touchett estaba invisible, sólo dedicaba una
pequeña parte de ellas a cuidar de su esposo. Se pasaba la tía la mayor parte del
tiempo recluida en sus habitaciones, ocupada, por lo visto, en ejercicios
misteriosos e inescrutables, puesto que a nadie le era permitida la entrada, ni
siquiera a su misma sobrina. En la mesa se mantenía siempre solemne y grave, si
bien Isabel comprobó que esa gravedad no era en absoluto afectada sino una
verdadera convicción. Se preguntaba si su tía estaría arrepentida de haber
obrado antes a su propio antojo, pero no había indicio alguno de ello… ni
lágrimas, ni suspiros, ni exceso de un celo siempre apropiado. La señora
Touchett parecía experimentar la irresistible necesidad de pensar en las cosas
para luego resumirlas. Tenía un «libro moral» de contabilidad… -con columnas
inflexiblemente dispuestas y un fuerte cierre de acero…- libro que llevaba con infalible
exactitud. De cualquier modo, en ella la reflexión formulada tenía siempre
resonancias prácticas. Así, dijo a su sobrina una vez que madame Merle se hubo
ido:
- Si yo hubiese sabido esto, no te habría propuesto
que vinieras ahora conmigo a Europa; habría esperado y te hubiera hecho venir
el año próximo.
- Sí, pero entonces no habría tenido la suerte de
conocer a mi tío. Para mí ha sido una verdadera dicha haber venido ahora.
- Eso está muy bien. Pero yo no te traje a Europa
para que conocieses a tu tío.
Era una verdad irrefutable, pero fuera de lugar, a
juicio de Isabel. Ésta tenía ahora tiempo sobrado para pensar en este y en
otros asuntos. Se dedicó a dar un paseo sola todos los días y a pasarse las
horas muertas en la biblioteca revolviendo y hojeando libros. Uno de los temas
que la mantenían ocupada era las aventuras de su amiga la señorita Stackpole,
con la que estaba en constante correspondencia. A Isabel le gustaba más el
estilo epistolar que el periodístico de su amiga, hasta el extremo de creer que
sus crónicas habrían sido admirables si no las hubieran publicado. Henrietta
estaba muy lejos de obtener en su carrera un éxito tan notable como sería de
desear, pensando en su felicidad personal. Aquella visión de la vida inglesa
que tanto ansiaba ella reproducir en sus crónicas parecía estar danzando ante
sus ojos como un fuego fatuo. Debido a camas misteriosas, la invitación de lady
Pensil no llegó nunca a sus manos; y el consternado señor Bantling, con toda su
amistosa inventiva, no fue capaz de explicar aquella desatención tan grave
hacia una carta que él había enviado. No cabía duda de que estaba tomando muy a
pecho las cosas de Henrietta y pensaba que le debía una com- pensación por su
desengaño respecto a lo de Bedfordshire. Henrietta escribió en una de sus
cartas a Isabel: «El señor Bantling dice que cree que debo ir al continente, y
como él piensa ir pronto allá, pienso que me aconseja sinceramente. Quiere
saber por qué no me decido a estudiar la vida francesa, y lo cierto es que
tengo un vivo deseo de conocer la nueva República. Al señor Bantling no le
interesa demasiado eso de la República, pero de todos modos piensa ir a París.
Debo confesar que conmigo es todo lo atento que se puede ser, y luego podré,
por lo menos, decir que he tratado a un inglés verdaderamente bien educado. De
vez en cuando digo al señor Bantling que debería haber sido americano, y no
puedes imaginarte cuánto le gusta esta idea. Cada vez que se lo digo prorrumpe
en la misma exclamación: "¡Vamos, qué cosas tiene!"». Pocos días
después, Henrietta escribió diciendo que había por fin decidido ir a París a
fines de la semana siguiente y que el señor Bantling le había prometido
despedirla… acompañándola quizás hasta Dover para embarcarla. Añadía que
esperaría en París hasta que Isabel llegara, y lo decía como si creyese que
Isabel fuera a emprender sola la excursión por el continente y sin hacer
alusión alguna a la señora Touchett. Isabel, pensando en el interés que Ralph
sentía por su compañera, le leyó algunos párrafos de la carta ya que éste
seguía con una emoción casi anhelante la carrera de la corresponsal del
Interviewer.
- Me parece que hace muy bien yendo a París con un ex
lancero -comentó Ralph-. Si quiere algo interesante para describir, con este
episodio ya tiene suficiente.
- Acaso no sea una cosa convencional -contestó
Isabel-, pero si quieres dar a entender que, por lo que respecta a Henrietta,
no es algo inocente, te equivocas de medio a medio. Tú no llegarás nunca a
comprender a Henrietta.
- Perdona, pero la conozco perfectamente. Al
principio no llegué a comprenderla, pero ahora ya sé a qué atenerme. De todos
modos, temo que Bantling no comparta mi manera de pensar; puede prepararle
alguna sorpresa. Te aseguro que comprendo a Henrietta tan bien como si la
hubiese hecho con mis propias manos.
No estaba Isabel muy segura de ello, pero no lo dejó
traslucir, pues estaba dispuesta por entonces a tratar a su primo con la mayor
comprensión. Una tarde, a la semana de la partida de madame Merle, Isabel
estaba instalada en la biblioteca sosteniendo un libro en cuya lectura no
fijaba la menor atención. Se había sentado junto al alféizar de uno de los
amplios ventanales, desde el cual se veía el parque, triste y húmedo. Y, como
la biblioteca estaba en ángulo recto con la entrada de la casa, Isabel podía ver
desde su sitio la berlina del doctor, que llevaba dos horas esperando ante la
puerta. A Isabel le llamó la atención que estuviera tanto tiempo en la casa,
pero al fin le vio aparecer en el pórtico, permanecer allí un momento mientras
se ponía los guantes, mirar las patas de su caballo y, por último, subir al
coche, que se puso en movimiento. Isabel siguió en su sitio durante una media
hora. En la casa reinaba un gran silencio, tan profundo que al oír ella unos
pasos lentos y suaves sobre la mullida alfombra de la biblioteca casi se
sobresaltó. Al volverse vio ante sí a Ralph que, con las manos en los
bolsillos, como siempre, no mostraba en el rostro su sonrisa habitual. Isabel
se levantó, y en su ademán y en su mirada palpitaba una angustiosa pregunta.
- Todo se acabó -dijo Ralph con sencillez.
- Cómo, ¿quieres decir que mi tío…? -Isabel se
detuvo.
- Hace una hora que mi padre ha muerto.
Ella suspiró, realmente apenada, le tendió ambas
manos y exclamó: -¡Ah, mi pobre Ralph!
20
Un par de semanas después de tal suceso madame Merle
llegó en un coche de alquiler a la casa de la plaza Winchester. Al bajar de él,
lo primero que vieron sus ojos fue una ancha y pulida tabla de madera,
suspendida entre las ventanas del comedor, y sobre cuyo negro fondo campeaban
pintadas en blanco estas palabras: «Casa señorial en venta» y, debajo, la
dirección del agente. «No pierden el tiempo, por lo visto», se dijo a sí misma
la visitante al empuñar el llamador de bronce, añadiendo mientras esperaba que
acudiesen a abrir: «Es gente práctica». Una vez dentro de la casa, subió al
salón, en el que advirtió no pocas señales de abandono: los cuadros descolgados
de las paredes descansando sobre los sofás, las ventanas desguarnecidas, los
pisos desnudos de alfombras. La señora Touchett la recibió y, antes de que
hablase, dijo que daba el pésame por recibido.
- Sé perfectamente lo que va usted a decirme… que era
un hombre verdaderamente bueno. Eso lo sé yo mejor que nadie porque fui quien
le dio más oportunidades de demostrarlo, por lo cual creo que fui para él una
buena esposa. -Y añadió que, al final, él pareció reconocerlo así-. Me ha
tratado con gran generosidad. No diré que con más de la que me esperaba, puesto
que no esperaba ninguna. Ya sabe usted que, por regla general, yo espero poco o
nada. Pero, por lo visto, tuvo a bien reconocer el hecho de que, si bien yo
vivía casi siempre en el extranjero y me integraba, libremente, si usted
quiere, en esa vida foránea, jamás mostré la menor preferencia por ninguna otra
persona.
«Por ninguna otra, excepto por usted misma», contestó
mentalmente madame Merle; pero, como lo hizo mentalmente, nadie lo oyó.
La señora Touchett prosiguió su discurso con aquella
manera tajante de hablar:
- Nunca sacrifiqué mi marido a ningún otro.
Y madame Merle volvió a pensar otra vez para sí:
«Conformes; usted no ha hecho jamás nada por nadie».
En tales mudos comentarios había indudablemente un
tanto de cinismo que requiere una explicación. Sobre todo, porque no parecen
estar de acuerdo con la imagen -acaso algo superficial- que nos hemos formado
del carácter de madame Merle, ni con los hechos reales de la vida de la señora
Touchett; y, más todavía, porque madame Merle tenía el firme convencimiento de
que la última observación de su amiga no podía interpretarse como una estocada
dirigida contra ella. Lo cierto es que, en cuanto hubo traspasado el umbral,
tuvo la impresión de que la muerte del señor Touchett había acarreado sutiles
consecuencias, algunas de las cuales habían sido provechosas para un reducido
círculo de personas, entre las que no estaba ella incluida. Desde luego, era un
acontecimiento que no podía por menos de llevar aparejadas consecuencias, y su
imaginación no había dejado de ponderarlas durante su reciente estancia en
Gardencourt. Pero una cosa era barruntar los hechos mentalmente y otra bien
distinta hallarse ante sus corpóreas, macizas realidades. La idea del reparto
de los bienes casi diría ella de los despojos- le embotó de repente el juicio y
la irritó al hacerla sentir su exclusión. Nada más lejos de mi propósito que el
describirla como una de esas bocas hambrientas o esos corazones envidiosos del
común de los mortales, pero ya hemos visto que ella había acariciado anhelos
que no vio jamás realizados. Si se le hubiese preguntado, habría desde luego
admitido -con su más distinguida y orgullosa sonrisa-, que ella no tenía el menor
derecho a participar en el reparto de los bienes del señor Touchett, y habría
dicho: Debo añadir que, si en aquel momento no podía evitar sentir una codicia
perversa, tuvo buen cuidado de no dejarlo traslucir. Al fin y al cabo, se
alegraba tanto por las ganancias de la señora Touchett como por sus pérdidas.
- Me ha dejado esta casa -dijo la reciente viuda-;
desde luego, no voy a vivir en ella, tengo en Florencia una mucho mejor. Sólo
hace tres días que se abrió el testamento, pero ya habíamos puesto el anuncio
de la venta. Tengo también una participación en el banco, pero no sé si con la
obligación de dejarla allí. Si no es así, seguro que la retiraré. Desde luego,
a Ralph le ha dejado Gardencourt, pero no creo que él cuente con medios para
poder conservar la posesión. Ha quedado muy bien, ni qué decir tiene, pero su
padre ha repartido una enorme cantidad de dinero; hay legados hasta para
ciertos primos en tercer grado del estado de Vermont. A Ralph le encanta
Gardencourt y se las arreglará para vivir allí los meses de verano con una
criada para todo y un ayudante de jardinero. -Y la señora Touchett añadió-:
La única cláusula verdaderamente notable del
testamento de mi marido es que le ha dejado una fortuna a mi sobrina.
- Una fortuna -repitió quedamente madame Merle.
- Parece ser que Isabel va a percibir unas sesenta
mil libras.
Madame Merle tenía las manos cruzadas en el regazo;
al oír aquello las levantó y sin descruzarlas se oprimió el pecho, con los ojos
un tanto dilatados y fijos en los de su amiga. -¡Ah! -exclamó-, ¡Qué criatura
tan inteligente! La señora Touchett le dirigió una rápida ojeada. -¿Qué quiere
decir con esas palabras?
Madame Merle se ruborizó súbitamente y bajó los ojos,
respondiendo:
- No hay duda de que es preciso ser inteligente para
lograr semejante triunfo… sin ningún esfuerzo.
- Ah, de eso, de que no hubo esfuerzo no cabe la
menor duda. No lo llame, pues, triunfo.
Rara vez incurría madame Merle en la torpeza de
retractarse de sus afirmaciones. Por lo general tenía el acierto de mantenerlas
y presentarlas en su aspecto más favorable. Así supo decir:
- Mi querida amiga, es indudable que Isabel no habría
recibido una herencia de sesenta mil libras si no hubiese sido la muchacha más
encantadora del mundo; y entre sus principales encantos se encuentra el de su
gran inteligencia.
- Estoy segura de que nunca soñó en que mi marido
fuera a hacer nada por ella, ni yo me imaginé tal cosa, porque él nunca me dijo
que tuviera esa intención. Ella no tenía ningún derecho legal a la fortuna de
mi marido, y el ser sobrina mía no podía constituir una gran recomendación. Si
ha logrado algo, ha sido inconscientemente. -¡Ah, ésos son los grandes golpes!
exclamó madame Merle.
- Ciertamente, la muchacha ha tenido una suerte
extraordinaria -dijo la señora Touchett reservándose su opinión-, no lo niego.
Por el momento se ha quedado estupefacta. -¿Quiere decir que no sabe qué hacer
con el dinero?
- Me imagino que apenas ha meditado en tal cosa. No
sabe qué pensar de todo ello. Es como si, de golpe, hubiesen disparado una
escopeta a su espalda; está palpándose para ver si no está herida. Hace tres
días recibió la visita del principal de los albaceas, que vino galantemente en
persona para notificárselo él mismo. Luego él me contó que, cuando Isabel hubo
escuchado su pequeña disertación, se echó a llorar. El dinero ha de quedarse en
el banco y ella percibirá los intereses.
Madame Merle movió la cabeza con sensata y ahora
benigna sonrisa, diciendo: -¡Verdaderamente delicioso! En cuanto lo haga un par
de veces acabará por acostumbrarse. -Después de un silencio, preguntó
bruscamente-: ¿Qué dice de todo eso su hijo Ralph?
- Se marchó de Inglaterra antes de que se abriera el
testamento. Estaba el pobre agotado por la fatiga y la ansiedad y se dio prisa
en irse al sur. Fue a la Riviera y todavía no sé nada de él. Pero no es
probable que se oponga a la última voluntad de su padre. -¿No ha dicho usted
antes que la parte de su hijo había quedado disminuida?
- Por su propio deseo. Me consta que pidió a su padre
que hiciera algo por sus lejanos parientes de América. No es hombre que se
preocupe de la persona número uno.
- Eso depende de a quién considere el número uno
-dijo madame Merle, que clavó los ojos en el suelo durante un rato. Por último,
al levantarlos, preguntó-: ¿No podría ver a su afortunada sobrina? -¡No faltaba
más! Puede verla, pero no crea que va a verla muy contenta. Estos tres últimos
días ha estado tan solemne,que parecía una Dolorosa -dijo la señora Touchett, y
tiró del cordón llamando a un criado.
Isabel llegó pocos instantes después de que fueran a
buscarla. Al verla, se percató madame Merle de que la comparación de la señora
Touchett no carecía de fuerza ni de originalidad. La joven estaba pálida y
seria, y su vestido de riguroso luto no contribuía a disminuir ese efecto
tristón. Pero su rostro quedó iluminado por su mas brillante y graciosa sonrisa
en cuanto vio a madame Merle, la cual se adelantó hacia ella, puso la mano en
el hombro de nuestra heroína y, después de contemplarla un instante, la besó
como si aquel beso fuera devolución del que Isabel le diera al marcharse ella
de Gardencourt. Y ésa fue la única alusión que el buen gusto de la visitante
hizo por el momento a la herencia de su joven amiga.
La señora Touchett no tenía intención de esperar en
Londres hasta la conclusión de la venta de la casa. Después de haber escogido
entre el mobiliario los objetos que más le interesaba transportar a su otra
vivienda, dejó el resto para que fuera vendido en pública subasta y marchó al
continente. La acompañó, desde luego, su sobrina, que ahora disfrutaba del ocio
suficiente para medir, sopesar e incluso disponer de la ganga de cuya posesión
la había en secreto felicitado madame Merle. Isabel había reflexionado ya más
de una docena de veces acerca de su entrada en posesión de aquellos abundantes
recursos, considerándolos desde distintos puntos de vista; pero no trataremos
ahora de desentrañar el dédalo de sus pensamientos ni de explicar por qué en
los primeros instantes su estado de ánimo era más bien de decaimiento. Sin
embargo, tal falta de capacidad para experimentar una inmediata alegría fue, en
verdad, breve. La muchacha acabó por hacerse a la idea de que el ser rica era
una virtud, porque representaba ser capaz de actuar, y eso debía de ser cosa
sumamente agradable. Era precisamente el aspecto contrario de la estúpida
debilidad… sobre todo de índole femenina. Si bien se miraba, el ser débil era
hasta cierto punto una gracia en una joven delicada, pero, en definitiva, como
la propia Isabel se decía a sí misma, existía una gracia muy superior a
aquélla. Por el momento, no tenía gran cosa que hacer después de haber enviado
dos cheques, uno a Lily y otro a la pobre Edith; pero agradecía los varios
meses de tranquilidad a que por ahora habían de condenarla sus vestidos de luto
y la reciente viudedad de su tía. La conciencia de tener poder la tornó seria.
Analizó ese poder con una especie de cariñosa ferocidad, pero no sintió
ansiedad por ejercitarlo. Empezó a hacerlo durante la estadía de varios meses
que hubo de pasar con su tía en París, si bien lo hizo por pro- cedimientos que
podrían considerarse triviales. Semejantes procedimientos eran los que
naturalmente habían de adoptarse en una ciudad como París, cuyas tiendas son la
admiración del mundo y cuya frecuentación le aconsejaba sin reserva la señora
Touchett, que se impuso la femenina y práctica tarea de transformar a su
sobrina de muchacha pobre en muchacha rica. Así le dijo de una vez por todas:
- Ahora que eres una joven con fortuna, debes saber
cómo desempeñar tu papel… es decir, desempeñarlo bien. La primera obligación de
una muchacha rica es que todo lo suyo sea hermoso. Tú no sabes todavía cómo
cuidar de tus cosas, y tienes que aprenderlo. Ésta es tu segunda obligación.
Isabel admitió cuanto su tía le dijo, pero, en aquel
entonces, su imaginación no se sentía aún enardecida. Estaba, en verdad,
aguardando unas oportunidades que no eran precisamente de la índole de las
indicadas por su tía.
Era muy raro que la señora Touchett alterase sus
planes y, como antes de la muerte de su esposo se había propuesto pasar gran
parte del invierno en París, no veía razón para privarse -y menos aún para
privar a su sobrina- de las ventajas que eso comportaba. Aunque iban a llevar
una vida retirada, podía permitirse el presentar sin ceremonia su sobrina a un
reducido círculo de compatriotas que habitaban en los alrededores de los Campos
Elíseos. La señora Touchett era íntima de algunos de ellos y compartía su expatriación,
sus pasatiempos, sus ideas, incluso su aburrimiento. Isabel vio llegar
asiduamente aquellas amistades de su tía a la mansión en la que se alojaban y
no tardó en juzgarlas de una manera tajante que, sin duda, podría explicarse
por su exaltado y temporal concepto del deber humano. Estaba convencida de que
la vida de aquellas gentes, por regalada que fuese, resultaba del todo inane, y
acabó despertando una cierta antipatía al manifestar su franca opinión en las
brillantes tardes de domingo, cuando los expatriados americanos acostumbraban a
visitarse unos a otros. Aunque sus oyentes eran individuos afables gracias a
los cuidados de sus cocineros, sastres y modistas, dos o tres de ellos
consideraron que su brillantez de espíritu, por todos reconocida, era inferior
a la de la obra teatral en boga. Isabel se complacía en preguntar: -¿Qué
persiguen ustedes viviendo aquí de esta manera? Se me antoja que esto no
conduce a nada y me inclino a creer que acabarán por cansarse pronto.
A la señora Touchett le parecía una pregunta digna de
Henrietta Stackpole. Se habían encontrado a la periodista en París e Isabel la
veía constantemente; de suerte que, si la señora Touchett no estuviera
convencida de que su sobrina tenía sobrada capacidad para discurrir por sí
sola, habría creído que imitaba el estilo de las observaciones de la amiga
periodista. La primera ocasión en que Isabel habló de tal forma fue durante una
visita que hicieron a la señora Luce, una antigua amiga de la señora Touchett y
la única a quien entonces iba a ver. La señora Luce había vivido en París desde
los tiempos de Luis Felipe y acostumbraba a decir que era de la generación de
1830… una alusión cuyo sentido sus oyentes no siempre captaban, por lo que ella
se explicaba diciendo:
«¡Oh, sí! Yo soy una de las románticas». No había
llegado todavía a dominar bien el francés. Todos los domingos por la tarde se
quedaba en casa, rodeada de compatriotas que compartían sus puntos de vista y
que eran siempre los mismos. En realidad, se pasaba la vida en casa y en aquel
cómodo rincón de la brillante ciudad reproducía con extraordinaria fidelidad el
aspecto doméstico de su nativa ciudad de Baltimore. Lo cual constreñía a su
digno esposo, el señor Luce -un caballero alto, delgado, de grises cabellos y
siempre impecablemente cepillado, que gastaba lentes de oro y llevaba el
sombrero un si es no es demasiado echado hacia atrás- a entonar alabanzas
meramente platónicas de las «distracciones» de París (así las llamaba), de las
que intentaba zafarse con un celo que nadie podría jamás adivinar. Una de esas
sus distracciones era ir a diario al banco americano, donde había una oficina
postal cuyo ambiente era casi tan relajado y familiar como el de cualquier
pequeña ciudad americana de provincias. Cuando hacía buen tiempo se pasaba una
hora sentado en una silla en los Campos Elíseos, y siempre cenaba
admirablemente en su propia casa, en un comedor de piso tan bien encerado que
constituía el orgullo de la señora Luce, quien se sentía completamente feliz al
creer que su encerador era el mejor de la capital francesa. Alguna que otra vez
cenaba el señor Luce con uno o dos amigos en el café Inglés, donde su talento
para encargar una buena cena constituía un manantial de deliras Para sus
compañeros de mesa e incluso para el mismo jefe de comedor. Tales eran sus
únicos pasatiempos conocidos, pero éstos le habían entretenido durante más de
medio siglo y sin duda alguna justificaba su insistente declaración de que no
existía lugar comparable a París. En ningún otro sitio y con esas mismas
distracciones hubiera podido el señor Luce presumir, como presumía, de que
estaba disfrutando de las delicias de la vida. No había nada como París, pero
debemos confesar que el señor Luce tenía un concepto menos elogioso de la actual
escena de su disipación que en sus tiempos ya remotos. No hay que omitir en la
lista de sus recursos sus consideraciones políticas, pues constituían
indudablemente el principio que animaba muchas horas suyas, que sin ello
podrían haber parecido superficialmente vacuas. Al igual que muchos de sus
compatriotas de la colonia americana, él era un gran o, mejor dicho, un
profundo conser- vador, y no aprobaba el gobierno entonces constituido en
Francia. No tenía fe en su duración, y era cosa de verle asegurando año tras
año que de aquél no pasaba: «Le digo a usted, señor, que necesitan que se les
sujete, que se les domine bien, con mano de hierro, y únicamente así se les
podrá contener». De ese modo solía expresarse acerca del pueblo francés, y su
ideal de un gobierno inteligente y eficiente era el del ya fenecido Imperio.
«París es hoy mucho menos agradable que durante los días del emperador, que
sabía perfectamente cómo hacer atrayente la ciudad», solía comentar el señor
Luce a la señora Touchett, que compartía la mayor parte de sus opiniones y se
preguntaba por qué habría cruzado la gente el odioso Atlántico si no fuera para
escapar de aquellas repúblicas de allende el mar.
- Vea usted, señora -decía el señor Luce-. Recuerdo
que, sentado en los Campos Elíseos frente al Palacio de la Industria, llegué a
ver las carrozas de la corte pasar arriba o abajo hasta siete veces al día, y
algunos hasta nueve veces. Ahora, en cambio, ¿qué es lo que uno ve? No es cosa
de discutirlo, se perdió el estilo. Napoleón sabía perfectamente lo que el
pueblo francés necesitaba y París, nuestro París, parecerá seguir estando
cubierto por una negra nube hasta que vuelvan a alumbrarlo los días del Imperio.
Entre los visitantes que acudían a casa de la señora
Luce los domingos por la tarde, había un joven con quien Isabel había entablado
largas conversaciones y a quien consideraba enriquecido con valiosos
conocimientos. Edward Rosier -Ned Rosier, como todos le llamaban era oriundo de
Nueva York, pero había sido criado en París bajo la vigilancia de su padre que,
daba la casualidad, había sido amigo íntimo del difunto señor Archer. Edward
Rosier se acordaba de Isabel, niña. Fue su propio padre quien se apresuró a
ayudar a las niñas Archer en la fonda de Neufchatel (viajaba por casualidad con
el hijo por aquel país y había ido a parar al mismo hotel que ellas) cuando la
criada francesa se escapó con el príncipe ruso, precisamente en unos días en
que las actividades del señor Archer permanecían en el más absoluto misterio.
Isabel se acordaba, por su parte, del pulcro muchachito cuyos cabellos olían
deliciosamente a cosmético y que tenía una criada para él solo, comprometida a
no perderle de vista bajo ningún pretexto. Recordaba Isabel haber dado un paseo
con los dos alrededor de un lago y que el pequeño Edward le pareció entonces
tan lindo como un ángel, comparación que para ella no era nada convencional,
pues tenía un concepto bien definido del tipo de rasgos que conforman un
semblante angelical, y su nuevo amiguito era un perfecto exponente de ello. Una
carita sonrosada, rematada por una gorrita de terciopelo azul y emergiendo de
una tiesa gorguera bordada, había sido el sostén de sus sueños de niña; y
durante un tiempo creyó que los moradores de las regiones celestes hablaban una
rara jerga franco-inglesa con la que expresaban sus más bellos sentimientos;
como, por ejemplo, cuando Edward le había dicho que su criada le «defendía»
acercarse al borde del lago y que uno debe obedecer a su criada. El inglés de
Ned Rosier había mejorado y ya ofrecía menos interpolaciones de francés. Cuando
el padre falleció la criada fue despedida, pero el joven, fiel a los principios
antes aprendidos, no se acercó nunca a la orilla del lago. Algo había en él que
resultaba placentero al olfato y no desagradable a los sentidos más nobles. Era
un joven simpático y agraciado, con lo que suele llamarse gustos cultivados…
conocedor de la por- celana antigua, de los buenos vinos, de las ricas
encuadernaciones, del Almanaque de Gotha, de las mejores tiendas y los mejores
hoteles, incluso de los horarios de los trenes. Era tan competente para pedir
una buena comida como el mismo señor Luce y, a medida que crecía en
experiencia, parecía ser digno sucesor de aquel caballero cuyas torvas
opiniones políticas también defendía, aunque haciéndolo en voz baja e inocente.
Algunas de las habitaciones de su casa de París estaban decoradas con antiguos
encajes españoles de iglesia que eran la en- vidia de sus amigas, quienes
decían que sus repisas de chimenea estaban mejor adornadas que los hombros de
muchas duquesas. Por lo general, pasaba gran parte de los inviernos en Pau y en
una ocasión estuvo dos meses en Estados Unidos.
Edward se interesó mucho por Isabel y se acordaba
perfectamente de su paseo en Neufchatel, cuando ella se empeñó en acercarse a
la orilla del lago. Le pareció a él observar aquella misma propensión infantil
en el interrogatorio casi subversivo de que ya se ha hecho mención y se dispuso
a contestar a las preguntas de nuestra heroína con una cortesía tal vez
superior a la que eran acreedoras. Así, dijo: -¿Cómo que a dónde conduce,
señorita Archer? París conduce a todo y a todas partes. Usted no puede ir a ninguna
parte sin antes haber pasado por París. Todo el que viene a Europa tiene que
pasar por aquí. ¿No lo dice sólo en este sentido? ¿Pregunta qué bien le puede
hacer? ¿Cómo puede penetrar en el futuro? ¿Cómo puede usted predecir lo que hay
más allá? ¿Qué importa adonde pueda conducir, con tal de que sea agradable el
camino? A mí me gusta ese camino, señorita Archer, el viejo y querido asfalto.
No puede uno llegar a cansarse de él… no puede aunque uno se empeñe. Usted se
figura que podría, pero no es así, porque hay siempre algo nuevo y fresco. Ahí
tiene, por ejemplo, el hotel Drouot. Cada semana celebran dos o tres subastas.
¿Dónde puede usted obtener tantas cosas como aquí? A pesar de todo lo que
dicen, sostengo que, cuando se conocen los sitios que hay que conocer, es
también más barato. Yo conozco muchos sitios, pero me guardo el secreto. Si
quiere, se lo revelaré a usted, pero sólo como un favor personal y a condición
de que no ha de decírselo a nadie más. No vaya a ninguna parte sin preguntarme
a mí antes, quiero que me lo prometa. Como regla general, evite los bulevares
lo más posible, hay muy poco que hacer allí. Sinceramente hablando sans blague-
no creo que haya nadie que conozca París tan bien como yo. Usted y la señora
Touchett deben venir a almorzar algún día conmigo y les enseñaré mis cosas; je
ne vous dis que ça. Últimamente se ha hablado mucho de Londres, está de moda
poner Londres por las nubes, pero la verdad es que en Londres no hay nada… que
uno no puede hacer nada en Londres. No hay estilo Luis XV… ni nada del Primer
Imperio, y, en cambio, el eterno Reina Ana, que está muy bien para la alcoba,
para el cuarto de aseo, si usted quiere, pero no para un salón… ¿Que si me paso
la vida en las subastas? -prosiguió el señor Rosier en respuesta a una de las
preguntas que le hiciera Isabel-. ¡Oh, no! Nada de eso, no tengo los medios
para ello. ¡Ojalá pudiera! Usted se figura que soy un frívolo, lo estoy viendo
en la expresión de su cara…, tiene usted un rostro maravillosamente expresivo.
Espero que no le importe que lo diga, es una especie de advertencia. Usted cree
que debo hacer algo y yo opino lo mismo, siempre y cuando no se quiera
especificar demasiado, porque cuando se llega al punto concreto hay que pararse
en seco. Yo no puedo volver a nuestro país y ser un tendero. Usted cree que
tengo grandes condiciones para ello, pero, mi querida señorita Archer, me
sobreestima usted enormemente. Yo soy un excelente comprador, sé comprar muy
bien, no hay duda, pero no puedo vender; tendría usted que verlo cuando quiero
deshacerme de alguna de mis cosas. Se precisa mucha más habilidad para hacer
comprar a los demás que para comprar uno mismo. Cuando pienso en ello, me
admiro de lo inteligentes que son los que consiguen hacerme comprar algo. ¡Ah,
no! Yo no podría de ninguna manera ser un tendero. Tampoco puedo ser doctor,
porque la medicina es una cosa repulsiva. No puedo ser clérigo, porque no tengo
fe ni vocación; y, además, no puedo pronunciar bien los nombres de la Biblia.
Son enormemente difíciles, sobre todo los del Antiguo Testamento. No puedo ser
tampoco abogado, porque no comprendo eso de… ¿cómo lo llaman?… el sistema
procesal de América. ¿Qué otra cosa hay? Nada. Para un caballero, no hay nada
que hacer en América. Me agradaría ser diplomático, pero la diplomacia
americana no es tampoco para caballeros. Tengo la seguridad de que, si hubiera
usted visto la última mi…
Henrietta Stackpole, que solía estar con su amiga
cuando el señor Rosier iba a visitarla a última hora de la tarde, estaba
también aquel día y, al oírle hablar de la manera que he descrito, interrumpió
al joven al llegar a ese punto y le echó un sermón sobre los deberes del
ciudadano americano. En su opinión Edward era un tipo extraño, peor aún que el
pobre Ralph Touchett. Henrietta se sentía en aquel entonces más propensa que
nunca a la crítica, porque se le había removido la conciencia por lo que respectaba
a Isabel. Ni siquiera felicitó a la joven por su cambio de fortuna, y le pidió
que la excusara por no hacerlo.
- Si el señor Touchett me hubiera consultado sobre si
debía dejarte tanto dinero, yo le habría dicho: ¡jamás!
- Ya sé -contestó Isabel-. Piensas que, en cierto
modo, esto constituye para mí una maldición disfrazada. Tal vez lo sea.
- Déjeselo a otra persona que le interese menos… eso
es lo que yo le habría dicho.
- ¿A ti misma, por ejemplo? -respondió Isabel
bromeando. Luego preguntó, ya en serio-: ¿De veras crees que esto me echará a
perder?
- Me alegraré de que no te eche a perder, pero sin
duda alguna favorecerá tus peligrosas inclinaciones. -¿Como, por ejemplo, el
amor al lujo… al derroche?
- No, no, no es nada de eso; a lo que me refiero es
al peligro que correrás en el sentido moral. Yo no abomino del lujo, lo apruebo
y creo que debemos ser lo más elegantes posible. Fíjate en el lujo de nuestras
ciudades del Oeste. No he visto aquí nada que pueda parangonarse con ellas.
Confío en que no acabarás volviéndote toscamente sensual, no temo tal cosa. El
peligro reside en que vives demasiado en el mundo de tus sueños, en que no
mantienes suficiente contacto con la realidad, con el mundo que te rodea… con
el mundo que trabaja, que lucha, que sufre, incluso que peca. Eres demasiado
refinada, tienes la cabeza llena de ilusiones de elegancia. Tu fortuna
recientemente adquirida te obligará cada vez más a limitarte al trato de unos
cuantos seres egoístas y sin corazón que sólo se interesarán por conservar lo
que tienen.
Isabel abrió unos ojos como platos ante esa escena
tan terrible. Y preguntó: -¿Cuáles son mis ilusiones? Yo hago cuanto puedo por
no tenerlas.
- Verás -contestó Henrietta-. Crees que puedes llevar
una vida romántica, que puedes dedicarte solamente a darte gusto a ti misma y a
complacer a los demás. Al final te convencerás de que estás equivocada. Sea
cual fuere la vida que lleves, debes poner toda el alma en ella… si quieres
hacer algo de provecho; y, en cuanto encaras la vida de esta forma, deja de ser
novelesca, puedes estar segura, y se convierte en triste realidad. Además, no
puede una hacer siempre lo que quiere, a veces hay que complacer a los demás.
Reconozco que estás dispuesta a hacerlo, pero hay algo todavía mucho más
importante… y es que, a veces, tendrás que desagradar a los demás. Debes estar
siempre dispuesta a ello… no debes tratar de rehuirlo. Ya sé que esto no te
gusta… te „ agrada que te admiren, que tengan buen concepto de ti. Crees que
uno puede zafarse de sus obligaciones desagradables con sólo adoptar teorías
románticas… es tu gran ilusión, mi querida amiga. Pero no podemos. Debes tener
previsto que en muchas ocasiones no agradarás a nadie… ni a ti misma.
Isabel movió tristemente la cabeza. Parecía turbada y
asustada.
- Me parece, Henrietta, que ésta de ahora es, para
ti, una de esas ocasiones.
Era indiscutiblemente verdad que la señorita
Stackpole, durante su estadía en París, que, desde el punto de vista
profesional había sido mucho más remunerativa para ella que su estadía en
Inglaterra, no había vivido en la región de los sueños. El señor Bantling, de
regreso ya en Inglaterra, había sido su compañero durante las cuatro primeras
semanas de su permanencia allí, y el señor Bantling no tenía en absoluto nada
de soñador. Isabel supo por boca de su amiga que los dos habían llevado una
vida de gran intimidad, lo que había redundado en gran beneficio para
Henrietta, debido al gran conocimiento que de París tenía su amigo. Él se lo
explicó todo, le mostró todos los lugares, fue su guía y su intérprete cons-
tantemente. Habían desayunado juntos, comido juntos, habían asistido al teatro,
habían cenado juntos, y hasta cierto punto casi habían vivido juntos. Más de
una vez Henrietta le aseguró a nuestra heroína que era un verdadero amigo, y
que nunca hubiera creído que un inglés le gustaría tanto como él. Por su parte,
Isabel, sin poder decir por qué, encontraba algo que provocaba su hilaridad en
aquella alianza establecida entre la corresponsal del Interviewer y el hermano
de lady Pensil; algo que subsistía aun frente al hecho de que esa alianza les
honraba a los dos. Isabel no lograba librarse de la sospecha de que estaban
hasta cierto punto jugando a los despropósitos… y que la sencillez de ambos
había caído en la trampa; sencillez que tanto en uno como en otro era
perfectamente sincera. Tan amable era por parte de Henrietta el creer que el
señor Bantling se interesaba profundamente por la difusión del periodismo
eficaz y dinámico y consolidar la situación de las corresponsales, como amable
era por parte de su compañero el suponer que la causa del Interviewerpublicación
periódica sobre la cual no se formara nunca idea bien definida- era, si
sutilmente se la analizaba (objeto para el que se consideraba perfectamente
capaz el señor Bantling), la causa de la necesidad de demostraciones de afecto
por parte de la señorita Stackpole. Cada uno de esos dos perplejos célibes
satisfacía en todo momento una necesidad que el otro sentía con impaciente
certeza. El señor Bantling, que era de índole más lenta y razonadora, saboreaba
el atractivo de una mujer dispuesta, aguda, positiva, que le encantaba por el
señuelo de una mirada brillante y desafiadora y una singular frescura, y
avivaba la percepción de lo picante en un espíritu al cual el menú corriente de
la vida le parecía insípido. Por otra parte, Henrietta disfrutaba de la
compañía de un caballero que en cierto modo parecía hecho - gracias a procesos
costosos, indirectos y casi raros- a propósito para ella y cuya condición
ociosa, si bien por lo general censurable, resultaba ser un verdadero regalo
para una infatigable camarada, y que tenía siempre pronta una respuesta
tranquila y tradicional aunque de ningún modo exhaustiva, para casi todas las
preguntas de carácter social o práctico que pudieran surgir. Las respuestas del
señor Bantling, le parecían a menudo muy convenientes y, en su apresuramiento
por no perder el correo americano, las reseñaba en sus escritos lanzándolas
extensiva y aparatosamente a la publicidad. Era de temer que en efecto
estuviera deslizándose hacia esos abismos de adulteración contra los que una
vez, buscando una réplica graciosa, la había puesto en guardia Isabel. Para
Isabel tal vez hubiera graves peligros al ace- cho pero, por lo que a la
señorita Stackpole respectaba, no era de esperar que hallara una quietud
permanente por el hecho de adoptar los puntos de vista de una clase
comprometida en todos los viejos abusos. Isabel continuó previniéndola con buen
humor, y el hermano de lady Pensil era más de una vez, en boca de nuestra
heroína, objeto de alusiones irrespetuosas y festivas. Sin embargo, nada
lograba superar la afabilidad de Henrietta a tal respecto, pues acostumbraba a
unirse al punto de vista de Isabel y a referir en tono jocoso las horas que
había pasado en compañía de aquel perfecto hombre de mundo… término que ya
había dejado de tener para ella un sentido oprobioso. Momentos después se
olvidaba de que habían estado departiendo en broma y relataba con irrefrenable
entusiasmo una de las excursiones realizadas en su compañía.
- Oh, Versalles, me lo sé de memoria. He estado allá
con el señor Bantling. Tenía yo gran empeño en verlo a fondo, de modo que nos
quedamos tres días allí en el hotel y no dejamos rincón sin visitar. Hacía un
tiempo hermosísimo… algo así como un veranillo de San Martín, aunque no tan
agradable. Nos pasamos la vida en aquel parque delicioso. Oh, te aseguro que a
mí no hay quien pueda decirme nada acerca de Versalles…
Al parecer, Henrietta había tomado ya las
disposiciones precisas para encontrarse después en Italia con su galante amigo.
21
Aun antes de haber llegado a París, la señora
Touchett había ya fijado el día de su partida, y a mediados de febrero comenzó
de nuevo a viajar hacia el sur. Hizo un alto en su excursión para visitar a su
hijo, que se había pasado un aburrido aunque soleado invierno bajo una blanca
sombrilla en San Remo, en la costa italiana del Mediterráneo. Isabel acompañó a
su tía como cosa de rutina, si bien la señora Touchett, con su habitual lógica
llena de sencillez, le presentó antes un par de alternativas.
- Ahora ya eres, naturalmente, dueña absoluta de ti
misma, tan libre como el pájaro en la rama. No quiero decir que no lo fueses
también antes, pero ahora estás en distinta situación… pues los bienes levantan
una especie de valla. Ahora que eres rica, puedes hacer muchas cosas que
levantarían severas críticas si fueses pobre. Puedes ir y venir, viajar sola y
establecerte donde te agrade. Puedes tomar incluso una compañera… una dama
venida a me- nos, con un abrigo raído, el pelo teñido y que sepa bordar arabescos
en terciopelo. ¿No crees que fuera a gustarte? Desde luego, puedes hacer lo que
quieras. Lo único que deseo es que te des cuenta de la libertad de que puedes
disfrutar. Podrías tomar a la señorita Stackpole como dame de compagnie, la
cual te serviría como nadie para alejar de ti a los importunos. De todos modos,
creo que más que nada te conviene quedarte conmigo, a pesar de que no tienes
obligación ninguna de hacerlo; y es mejor por varias razones, dejando aparte
que no te guste. Me imagino que no habrá de gustarte, pero te recomiendo que
hagas el sacrificio. Desde luego, el efecto de novedad que, al principio,
pudiera haberte producido mi compañía, ha desaparecido ya por completo, y me
vuelves a ver como soy: una anciana aburrida, terca y de miras estrechas.
- Yo no creo en absoluto que usted sea aburrida
-replicó Isabel.
- Pero ¿crees que soy terca y estrecha de miras? ¡Te
lo dije! -exclamó la señora Touchett con júbilo al sentirse justificada.
Isabel se quedó de momento con su tía porque, a pesar
de sus impulsos excéntricos, sentía un gran respeto i por lo que generalmente
se consideraba decente, y una joven sin parientes le había parecido siempre una
flor sin follaje. Cierto era que la conversación de la señora Touchett no le
había vuelto nunca a parecer tan brillante como la tarde de aquel primer día en
Albany, cuando, sentada y envuelta en su impermeable, ésta le describiera todas
las oportunidades que un viaje a Europa podía ofrecerle a una joven de buen
gusto. Pero ello era en gran parte culpa de la muchacha, que con sólo
vislumbrar la experiencia de su tía, adivinaba cuáles iban a ser los juicios y
las emociones de una mujer tan desprovista de ima- ginación. Aparte de eso, la
señora Touchett tenía a su favor que era recta como un huso; su firmeza y
rigidez resultaban en cieno modo confortables; pues se sabía exactamente dónde
encontrarla y no eran de temer tropiezos ni obstáculos. En su propio terreno
estaba muy presente, pero nunca mostraba una curiosidad excesiva respecto del
terreno del vecino. Isabel llegó a concebir por ella una especie de lástima
secreta. Había algo desolado en la condición de una persona que, por su modo de
ser tan limitado, dejaba tan poco espacio a las posibi- lidades del contacto
humano. Nada tierno ni amable había tenido jamás oportunidad de arraigar en
ella: ni la simiente arrastrada por el viento, ni el suave musgo familiar. En
otras palabras, la superficie pasiva que ofrecía a los demás tenía la anchura
del filo de un cuchillo. Isabel tenía sin embargo motivos para pensar que, a
medida que avanzaba en edad, su tía iba haciendo más concesiones a algo confuso
que era distinto a la conveniencia… y más de las que ella por su cuenta exigía.
Estaba aprendiendo a sacrificar la firmeza a las consideraciones de orden
inferior, para las que debe hallarse una excusa precisa en cada caso
particular. No encajaba con su inflexible rectitud el hecho de que diera un
rodeo hasta Florencia para pasar unas cuantas semanas con su hijo inválido, ya
que una de las más arraigadas convicciones de la señora Touchett era que,
cuando su hijo quisiera verla, no tenía sino que acordarse de que en el palacio
Crescentini había siempre un gran. departamento conocido como el de- partamento
del señorito.
- Quisiera preguntarte una cosa -dijo Isabel a su
joven primo el día siguiente al de su llegada a San Remo-. Es algo que más de
una vez pensé preguntarte por carta, pero que no me he atrevido a escribir.
Ahora que estamos frente a frente, me parece más fácil hacer la pregunta:
¿sabías tú que tu padre pensaba dejarme tanto dinero?
Ralph estiró las piernas más que de costumbre y clavó
la vista sobre la apacible superficie del Mediterráneo azul.
- Mi querida Isabel -contestó-, ¿qué importancia
tiene que yo lo supiera? Ya sabes lo terco que era mi padre. -¿De manera que lo
sabías? -preguntó Isabel.
- Sí, él me lo dijo. Hablamos de eso unos momentos.
-¿Para qué lo hizo? -le espetó de pronto Isabel.
- Supongo que para tributarte una especie de
homenaje. -¿Homenaje a qué?
- A la belleza de tu existencia.
- Me quería demasiado -declaró ella.
- Todos caemos en eso.
- Si yo creyera tal cosa, sería muy desgraciada.
Afortunadamente no lo creo. Quiero que se me trate con justicia. Es lo único
que pido.
- De acuerdo. Pero no olvides que la justicia
respecto a un ser adorable es algo así como un sentimiento retórico.
- Yo no soy un ser adorable. ¿Cómo puedes decirlo en
el instante mismo en que estoy haciéndote estas preguntas odiosas? ¡Debo de
parecerte muy delicada! -Lo que me pareces ahora es simplemente turbada.
- Y lo estoy. -¿Por qué razón?
Isabel se quedó callada un momento, luego irrumpió:
-¿De veras crees que me conviene verme rica así tan de repente? Henrietta no lo
cree. -¡Bah! Al cuerno con Henrietta -dijo Ralph con ordinariez-. Si me lo
preguntas a mí, te diré que yo estoy encantado. -¿Lo hizo tu padre para eso…
para proporcionarte una distracción?
- Opino de distinta manera que la señorita Stackpole
-continuó él en tono más serio-, y creo que te conviene mucho contar con
abundantes recursos.
Isabel le miró con ojos llenos de curiosidad y dijo:
- Me pregunto si sabes lo que me conviene… y si te
importa siquiera.
- Lo sé y te aseguro que me importa. ¿Quieres que te
diga lo que has de hacer? Pues, no atormentarte más.
- Que no te atormente a ti, supongo que quieres
decir.
- Tú no puedes hacerlo, estoy hecho a prueba de
tormentos. Toma las cosas con calma.
No interrogues tanto a tu conciencia… acabará por
desafinarse como un piano mal tocado. Resérvalo para las grandes ocasiones. No
te esfuerces de esa manera por forjarte un carácter.
Es como querer que se abra por fuerza un tierno
capullo de rosa. Vive como más te agrade, que tu carácter se irá forjando él
sólito. Hay infinidad de cosas que te convienen, las excepciones son pocas y
entre ellas no se encuentra el poseer una buena renta. -Ralph hizo un alto y
sonrió a Isabel que le escuchaba con atención; luego prosiguió-: Tienes
demasiada capacidad para pensar y, sobre todo, demasiada conciencia. Es
increíble la cantidad de cosas que te parecen mal. No analices tanto. Purga tu
fiebre, abre tus alas, elévate sobre la tierra, que en ello no hay mal.
Como ya he dicho, Isabel había estado escuchando con
toda atención, y una de sus cualidades era la rapidez de comprensión.
- No sé si te das cuenta exacta de lo que me dices
-respondió-. Si te la das, contraes una responsabilidad enorme.
- Me asustas un poco, pero creo que estoy en lo
cierto -replicó Ralph tratando de conservar el buen humor.
- De todos modos -Isabel continuó-, reconozco que
cuanto has dicho es verdad. No podías haber dicho nada más cierto. Estoy
demasiado ensimismada… vivo como si siguiera un régimen impuesto por el médico.
¿Por qué tenemos que estar siempre preguntándonos si las cosas nos convienen o
dejan de convenirnos, como si fuéramos enfermos internados en un hospital? En
verdad, ¿por qué habré de tener miedo de no obrar bien?… ¡Cómo si al mundo le
importase algo el que yo no me condujese como es debido!
- Eres una persona extraordinaria para recibir
consejos; resulta que me estás robando mis propios argumentos.
Ella le miró como si no le hubiese oído, si bien
seguía la trayectoria de los pensamientos que él había encendido.
- Me preocupo más de la gente que de mí misma… pero
siempre retorno a mí, porque tengo miedo. -Se detuvo un instante; y en su voz
se notaba un ligero temblor-. Es verdad, sí, me da miedo, te lo aseguro. Una
gran fortuna significa libertad completa, y eso es lo que me da miedo. Es una
cosa admirable, y una podría emplearla admirablemente. Y, si no lo hiciese,
acabaría por avergonzarse. No hay más remedio que pensar constantemente en
ello, en un esfuerzo incesante. No estoy segura de que la falta de ese poder no
constituya una dicha superior.
- No cabe duda de que para la gente débil constituye
una felicidad mucho mayor - respondió él-. Esa gente tiene que realizar un
esfuerzo verdaderamente grande para no merecer el desdén. -¿Cómo sabes que no
soy débil? -preguntó Isabel.
Ralph contestó con un rubor que ella no pudo por
menos de notar: -¡Ah! Si lo fueras, me habría equivocado de medio a medio.
El encanto del Mediterráneo se iba apoderando más y
más del alma de nuestra heroína a medida que lo contemplaba, porque era el
umbral de Italia, como la puerta dorada tras la cual están esperando admirables
tesoros. Italia, todavía tan escasamente vista y sentida, extendíase ante ella
como una verdadera tierra de promisión, una tierra en que el amor de la belleza
podía ser satisfecho hasta lo infinito por el conocimiento ilimitado.
Cuando ella paseaba por la playa con su primo -lo
acompañaba en su paseo todos los días- miraba anhelante a lo lejos, donde sabía
que estaba situada Génova. Al verse a sí misma al borde de esta gran aventura,
se sentía satisfecha de hacer un alto, pues incluso aquella es- pera le
resultaba emocionante. Representaba para ella un apacible intermedio, como un
distante sonido de pífanos y tambores en una carrera que no tenía aún motivos
para considerar agitada, pero que imaginaba a través del prisma de sus esperanzas,
sus temores, sus fantasías, sus ambiciones y predilecciones, que reflejaban de
manera harto dramática todos esos accidentes subjetivos. Madame Merle había
predicho a la señora Touchett que, en cuanto su sobrina se metiera una docena
de veces la mano en el bolsillo, aceptaría el hecho de que se lo había llenado
la mano generosa de un tío próvido; y la realidad justificaba ya, como antes la
había justificado, la perspicacia de tan distinguida dama. Ralph Touchett
elogiaba en su prima esa propensión a sentirse moralmente arrebatada, su
diligencia en aceptar una sugerencia dada a modo de buen consejo. Y el consejo
de él tal vez la hubiera ayudado. El hecho es que, antes de dejar San Remo, ya
Isabel se había hecho a la idea de que era una mujer rica. El reconocimiento de
tal realidad halló su lugar en un denso grupo de ideas que ella tenía acerca de
sí misma y, por lo general, no le resultó en absoluto desagradable. Siempre
daba por sentado un sinfín de buenas intenciones. Isabel se sumergió en un laberinto
de visio- nes: las cosas admirables que podía hacer una muchacha generosa, rica
e independiente, dotada de una visión amplia y humana de las obligaciones y las
ocasiones que, en su conjunto, resultaban algo sublime. Su fortuna empezó a
aparecérsele como una parte integrante de lo mejor de su propio ser, pues le
prestaba gran importancia e incluso, gracias a la imaginación, cierta belleza
ideal. Ahora bien, lo que respecto a ella eso les sugería a los demás era cosa
bien distinta y que a su debido tiempo no dejaremos de considerar. Las visiones
extraordinarias que acabo de referir estaban entremezcladas en su espíritu con
otros debates. A ella le agradaba más pensar en lo futuro que en lo pasado;
pero, cuando a veces escuchaba el murmullo del Mediterráneo, sus pensamientos
regresaban al pasado. Con los ojos del alma contemplaba entonces a dos
personales que, a pesar de la gran distancia que de ella les separaba, cobraban
singular relieve, figuras que sin la menor dificultad reconocía como
pertenecientes a Caspar Goodwood y a lord Warburton. Era extraño pensar con
cuánta facilidad aquellas dos enérgicas figuras habían pasado al último plano
en la vida de nuestra joven heroína, Había sido siempre una rara predisposición
de su espíritu el perder la fe en la realidad de las cosas o de los seres
ausentes. Ciertamente le cabía el recurso, en caso preciso, de reavivar la fe
con un esfuerzo de voluntad, pero tal esfuerzo resultaba con frecuencia harto
penoso, incluso cuando la realidad había sido grata. Lo pasado tendía a parecer
muerto y al reavivarlo surgía envuelto en la lívida luz del día del Juicio
Final. Además, la joven no acostumbraba a creerse que vivía en la imaginación
de los demás… y no tenía la fatuidad de figurarse que dejaba indelebles huellas
de su persona dondequiera que hubiese pasado. Sin embargo, no le era difícil
sentirse herida al saber que se la había olvidado; pero de todas las
libertades, la que más apreciable y grata le parecía era la de poder olvidar.
Sentimentalmente hablando, no había dado ni un chelín de su propia persona a
Caspar Goodwood ni a lord Warburton, lo cual no le impedía considerar que éstos
debían sentirse grandemente en deuda con ella. Se acordaba perfectamente de que
Caspar Goodwood se proponía dar de nuevo señales de vida, pero aún faltaba un
año y medio para ello, y en tal lapso de tiempo podrían suceder muchas otras
cosas. No había atinado a pensar que su pretendiente americano podía hallar
otra muchacha más fácil de cortejar, pues, aun cuando era indudable que habría
muchas otras en tales condiciones, ella daba por seguro que esa circunstancia
no bastaría para atraerle. Sin embargo, sus reflexiones le decían que ella
misma podía llegar a conocer la humillación de un cambio: podía realmente
llegar a agotar todas las cosas que no eran Caspar (aunque se le antojaba que
eran muchísimas), y encontrar un verdadero descanso en aquellos elementos de su
presencia que hoy parecían constituir verdaderos impedimentos a su más amplio
respirar. Acaso estos impedimentos llegasen a ser algún día una bendición
disfrazada… un tranquilo y límpido puerto de salvación resguardado por un ancho
rompeolas de granito. Pero tal día sólo llegaría a su debido tiempo, y ella no
podía estarse esperándolo con los brazos cruzados. La posibilidad de que lord
Warburton continuase adorando su imagen le parecía una idea que una noble
humildad o un orgullo clarividente no podían cultivar. Ella había tan
definitivamente procurado no guardar constancia. alguna de lo que entre ambos
ocurriera que le parecía más que justificado que por su parte ese caballero
hiciera otro tanto. Aunque así pudiera parecer, esto no era en absoluto una
mera teoría envuelta en sarcasmo. Isabel creía ingenuamente que el lord
acabaría, como suele decirse, por olvidar su desengaño.
Que eso lo había afectado, eso sí lo creía ella y
todavía hallaba placer en creerlo; pero resultaba absurdo que un hombre tan
inteligente y que había recibido un trato tan honrado guardase una cicatriz tan
desproporcionada con la herida. Isabel se decía a sí misma que a los ingleses
les gustaba vivir con comodidad, y poco podría darle a lord Warburton, a la
larga, el seguir cavilando sobre una muchacha norteamericana en exceso
independiente que sólo había sido una amistad ocasional. Se hacía la ilusión de
que, si el día menos pensado le dijeran que se había casado con una muchacha de
su país que hubiese hecho más que ella por merecerle, tal noticia no le
produciría la menor sensación de dolor, ni aun de sorpresa. Habría demostrado
que él la creía una mujer fuerte… lo que ella había querido parecer. Y con esto
se satisfacía su propio orgullo.
22
A los seis meses de la muerte del señor Touchett, en
uno de los primeros días del mes de mayo y en una de las muchas habitaciones de
una antigua villa que coronaba una colina plantada de olivos en las afueras de
la Puerta de Roma de Florencia, se había formado un pequeño grupo de personas
que, a los ojos de un pintor, habría parecido armoniosamente compuesto. La
villa era un edificio largo y compacto, con uno de esos tejados de ancho alero
que tanto gustan en la Toscana y que, vistos desde lejos, forman en las
deliciosas colinas que rodean Florencia armoniosos rectángulos con los cipreses
oscuros, rectos y bien perfilados, que se alzan junto a las casas. La fachada
del edificio en cuestión daba a una plaza diminuta y vacía, cubierta de hierba,
que ocupaba parte de la cumbre del cerro; en ella se abrían aquí y allá unas
cuantas ventanas y a lo largo de su base se extendía un banco de piedra,
adecuado para el descanso de una o dos personas reconocibles por ese aire de
mérito ignorado que en Italia suele atribuirse, por cualquier razón, a quienes
asumen una actitud pasiva… sin embargo, aquella fachada da tan sólida, antigua
y pulida por la intemperie tenía un aspecto poco comunicativo. Pero era la
máscara, no el rostro de la casa. Sus párpados eran pesados; mas carecía de
ojos. En realidad, la casa miraba hacia otra parte, hacia la inmensa extensión
y hacia la matizada luz vespertina. Por ese lado, la villa dominaba la falda de
la colina y el largo valle del río Arno, envuelto en una densa niebla teñida
del color del paisaje italiano. A manera de terraza tenía un pequeño jardín
cubierto de una maraña de escaramujos y salpicado de más bancos de piedra casi
cubiertos de musgo y calentados por el sol. El parapeto de la terraza tenía la
altura justa para apoyarse en él y debajo de él comenzaba el declive poblado de
viñas y olivares. Mas no es el exterior del edificio lo que nos interesa; en
esta brillante mañana de esplendorosa primavera, los habitantes de la casa
tenían motivos para preferir la parte sombreada del muro del edificio. Vistas
desde la plaza, las ventanas de la planta baja guardaban dignas proporciones
arquitectónicas y eran de gran nobleza, pero su misión parecía consistir menos
en brindar comunicación con el mundo que en impedir que el mundo se asomase.
Estaban defendidas por gruesos barrotes de hierro y colocadas a tal altura que
la curiosidad, incluso aunque se aupara de puntillas, expiraba antes de
alcanzarlas. En una estancia iluminada por una fila de tres de aquellas celosas
ventanas (uno de las numerosos apartamentos en que se dividía la gran mansión y
que por lo general ocupaban extranjeros de diversa estirpe residentes en
Florencia) se hallaban sentados un caballero, en compañía de una joven y dos
religiosas. La habitación era, en realidad, menos sombría de lo que mi
descripción haya podido insinuar, pues tenía una puerta ancha y alta que daba
al pequeño jardín y que en aquel momento permanecía abierta. Por otra parte,
las altas celosías de hierro dejaban pasar cantidades más que suficientes del sol
de Italia. Era un lugar cómodo y lujoso, que revelaba una cuidadosa decoración
y un refinamiento esmerado, y que exhibía un despliegue de esas colgaduras
descoloridas de gastados damascos y desvaídos tapices, de esos cofres y
estuches de tallado roble patinado por el tiempo, de esos angulosos ejemplares
del arte pictórico encerrados en sus marcos pedantemente primitivos, de esas
reliquias medievales de bronce y de cerámica de perverso aspecto, de los que
Italia ha sido la proveedora casi inagotable durante tanto tiempo.
Sin embargo, estas cosas armonizaban con las
distintas piezas de mobiliario moderno en cuyo diseño se había tenido muy en
cuenta los gustos de una generación dada a la holganza, como así lo demostraban
las butacas grandes y bien tapizadas y el gran espacio ocupado por el enorme
escritorio cuya perfección ingeniosa llevaba el sello de Londres y del siglo
diecinueve. Había abundancia de libros, revistas ilustradas y diarios, sin
contar algunos pequeños cuadros, raros y complicados, casi todos pintados a la
acuarela. Uno de tales productos del arte estaba colocado en un caballete de
salón y ante él se hallaba, en el momento en que empezamos a cobrar interés por
ella, la muchacha que he mencionado contemplando silenciosa el cuadro. Sus
compañeros no guardaban un silencio absoluto, pero su conversación tenía una
continuidad forzada. Las dos religiosas no se habían acomodado a sus anchas en
sus sillones; sus actitudes respectivas denotaban una total reserva y en sus
rostros había un barniz de prudencia. Eran dos mujeres corpulentas, de
facciones corrientes y benignas, con una especie de eficiente modestia que
realzaban ventajosamente la tiesura impersonal de las albas tocas y sus hábitos
de estameña que parecían claveteados en un marco. Una de ellas, la de más edad,
con anteojos, de tez lozana y mejillas tersas, hablaba con mayor circunspección
que su compañera y parecía la responsable de su común cometido, que sin duda
alguna se refería a la joven. Este objeto de su interés llevaba sombrero…
ornamento de suma sencillez al igual que su vestido de percal, demasiado corto
para su edad, aunque seguramente ya se lo habrían alargado. El caballero que
presuntamente debiera entretener a las monjas, tal vez era consciente de las
dificultades de su empeño, pues tan arduo resulta conversar con los humildes
como con los poderosos. Al mismo tiempo, estaba muy atento observando al
callado objeto de la tutela de las monjas y, como la joven le volvía la
espalda, se entretenía en admirar su esbelta figura. Era un hombre de unos cuarenta
años, con una frente alta y una cabeza bien formada, cuyos cabellos abundantes
se habían tornado prematuramente grises y que él llevaba muy cortos. Su cara
refinada, enjuta, perfectamente modelada y de expresión serena, tenía el único
defecto de parecer quizá demasiado angulosa, efecto a que contribuía
grandemente el corte de su barba. Tal barba, recortada a la manera del siglo
dieciséis y rematada por un rubio bigote cuyas guías se curvaban graciosamente
hacia arriba, daba a su portador un aspecto extranjero y tradicional y hacía
pensar que era un caballero de esos que cuidan el estilo. Sin embargo, sus ojos
avispados, a un tiempo vagos y penetrantes, duros e inteligentes y tan propios
del observador como del soñador, os habrían dado la seguridad de que estudiaba
su estilo dentro de ciertos limites y que en la medida en que lo buscaba lo
encontraba. Vana habría sido la tarea de quien pretendiese averiguar su país y
su clima originales, pues no tenía ninguno de esos signos externos que suelen
hacer tan insípidamente fácil la respuesta a semejante pregunta. Si acaso tenía
algo de sangre inglesa en las venas sería, sin duda, con algunas gotas de
francesa o italiana; pero en la fina moneda de oro que era aquel hombre no se
advertía sello ni emblema de la acuñación corriente que asegura la circulación
general. Era una k medalla de elegante y complicado troquel, hecha
especialmente para una ocasión especial. Su figura era liviana, delgada, más
bien lánguida, y no se le veía ni alto ni bajo. Vestía como suele vestir todo
hombre que sólo se ocupa de su guardarropa para evitar que haya en él cosas
vulgares.
- Bien, querida, ¿qué te parece? -preguntó a la
joven. Se expresaba en italiano con gran facilidad, pero ello no habría bastado
para convencer a nadie de que era italiano de origen.
Meneó la muchacha la cabeza hacia uno y otro lado y
respondió:
- Me parece muy hermoso, papá. ¿Lo has hecho tú?
- Claro que sí. ¿Qué?, ¿te parece que soy hábil?
- Sí, muy hábil, papá. También yo he aprendido a
pintar-dijo, y se volvió dejando ver una linda cara donde se dibujaba una
sonrisa extraordinariamente suave.
- Has debido traerme algunas pruebas de tus
habilidades.
- He traído muchas. Están en mi baúl.
La mayor de las monjas observó, hablando en francés:
- Dibuja con mucho, mucho esmero.
- Me alegro de saberlo. ¿Es usted quien le ha
enseñado? Se sonrojó un tanto la buena religiosa y replicó:
- Felizmente no. Ce n'est pas ma partie. Yo no enseño
nada. Dejo eso para las que saben más. Tenemos un admirable maestro de dibujo,
el señor… el señor… ¿cómo se llama? - preguntó a su compañera.
Ésta clavó la mirada en la alfombra durante un
momento y contestó en italiano, como si su respuesta hubiera menester
traducción:
- Es un nombre alemán.
- Sí, es un alemán -corroboró la otra-, lleva con
nosotras muchos años.
La muchacha, que se había desentendido de la
conversación de los otros tres, se aproximó a la puerta abierta de la amplia
habitación y se puso a mirar al jardín. El caballero preguntó: -¿Usted, madre,
es francesa?
- Sí, señor -respondió amablemente la interrogada-. A
mis discípulas les hablo en mi propio idioma, pues no conozco ningún otro. Pero
tenemos madres de muchos otros países… inglesas, alemanas, irlandesas. Cada una
de ellas habla su propia lengua.
El caballero sonrió. -¿Ha estado mi hija al cuidado
de alguna de las damas irlandesas? -Y como viera que sus interlocutoras
recelaban alguna broma, aunque sin comprenderla, añadió-: Son ustedes muy
completas. -¡Oh, sí! Tenemos de todo y, de todo, lo mejor. La hermanita
italiana se arriesgó a decir:
- Hasta gimnasio tenemos… pero no es peligroso.
- Ya me figuro que no. ¿Es ésa su ocupación?
Semejante pregunta provocó risas ingenuas en ambas
religiosas; cuando su hilaridad remitió, el caballero, echando un vistazo a su
hija, comentó que había crecido.
La monja francesa replicó:
- Sí, pero yo creo que ya ha terminado de crecer… no
será muy alta.
- No lo lamento -dijo el caballero-. Opino de las
mujeres como de los libros… prefiero que sean buenos y no demasiado largos.
Pero, por lo demás, no veo por qué mi hija ha de ser baja.
La monjita alzó mansamente los hombros, como para dar
a entender que esas cosas están más allá de nuestro entendimiento, y dijo:
- Lo importante es que tenga buena salud, y la tiene
excelente.
- En efecto, parece sana. -El padre se quedó
mirándola un instante, luego le preguntó en francés-: ¿Qué ves en el jardín?
- Veo muchas flores -le contestó ella con una
vocecita dulce y con un acento tan puro como el de él.
- Sí, pero no muy delicadas. Sin embargo, anda, corta
unas cuantas de ésas para ces dames.
La muchacha se volvió a él y preguntó con una sonrisa
todavía más encantadora: -¿Lo dices de veras?
- Te lo estoy diciendo -contestó su padre.
La muchacha miró a la mayor de las monjitas y
preguntó: -¿Puedo hacerlo, ma mére?
- Obedece a tu señor padre, hija mía -respondió la
religiosa ruborizándose de nuevo¿ La muchacha, satisfecha con semejante
autorización, desapareció del umbral y enseguida se perdió de vista.
- Ya veo que no las tienen consentidas -comentó
alegremente el padre.
- Deben pedir permiso para todo. Ese es nuestro
método. El permiso se concede sin la menor dificultad, pero es indispensable
pedirlo.
- No discuto su sistema, ni dudo de que sea
excelente. Les he confiado a mi hija para ver qué podían hacer de ella. Tenía
plena confianza.
- Hay que tener fe -respondió blandamente la
religiosa mirando a través de sus anteojos.
- ¿Puedo creer que mi fe ha obtenido su debida
recompensa? ¿Qué han hecho ustedes de ella?
La monja bajó sus ojos y replicó:
- Una buena cristiana, señor.
También bajó él los suyos, pero acabó aquel
movimiento obedeciera a dos impulsos completamente distintos.
- Está bien. ¿Y qué más?
Miró a la dama del convento, pensando que
probablemente iba a decir que bastaba con ser buena cristiana, pero, por mucha
que fuera su sencillez de espíritu, ella no era tan simple. Así, ella añadió:
- Una encantadora damita… una verdadera señorita… una
hija que no ha de proporcionarle a usted sino satisfacciones.
- Verdaderamente me parece muy gentille. Es realmente
bonita -dijo el padre.
- Es perfecta. No tiene defectos.
- De niña no los tuvo. Celebro que ustedes no le
hayan sembrado ninguno. La religiosa de los anteojos dijo con gran dignidad:
- Nosotras la queremos mucho. En cuanto a los
defectos, ¿cómo podríamos proporcionarle lo que nosotras no tenemos? Le couvent
n'est pas comme le monde, monsieur. Podría decirse que es nuestra hija, la
hemos tenido desde que era tan pequeña…
- De todas las que vamos a perder este año, ella es
la que echaremos más de menos - murmuró con deferencia la monja más joven.
- Oh, seguramente -dijo la otra-. No dejaremos de
recordarla con frecuencia. La pondremos como ejemplo a las nuevas.
En este punto pareció percatarse de que se habían
empañado sus anteojos; inmediatamente su compañera, después de rebuscar en sus
bolsillos, acabó por sacar un pañuelo de duradera textura.
- No es seguro que hayan de perderla definitivamente
-declaró amablemente su anfitrión, no con intención de anticiparse a las
lagrimitas de las otras, sino con el tono de quien dice lo que le resulta más
grato.
- Nos agradaría mucho poder creerlo así. Quince años
son muy pocos para dejarnos.
El caballero replicó con más vivacidad de la que
hasta aquel momento había mostrado: -¡Oh! No soy yo el que quiere llevársela.
Yo quisiera que se quedara siempre con ustedes.
La mayor de las monjitas, sonriendo y levantándose,
dijo:
- Ah, monsieur, aunque es tan buena, está hecha para
el mundo. Le monde y gagnerá.
Y su compañera, levantándose a su vez, añadió
suavemente:
- Si toda la buena gente se recluyera en conventos,
¿qué sería del mundo?
Era aquélla una pregunta de mucha más enjundia de la
que la buena mujer suponía.
De manera que la religiosa de los anteojos creyó
prudente adoptar un punto de vista conciliador diciendo:
- Por fortuna hay personas buenas en todas partes. Y
el caballero replicó galantemente:
- Al marcharse ustedes, habrá dos menos en esta casa.
Para aquella extravagante salida no tenían respuesta
sus sencillas visitantes, y se limitaron a mirarse la una a la otra con
decorosa desaprobación. Su confusión quedó en el acto disipada por la llegada
de la joven, que volvía del jardín con dos grandes ramos de flores blancas las
de uno y las del otro, rojas.
- Escoja usted, madre Catherine -dijo la muchacha-.
Sólo se diferencian en el color, pero hay las mismas rosas en un ramo que en
otro.
Las dos religiosas se volvieron la una a la otra
sonriendo y dudando, con aquello de «¿Cuál prefiere usted, hermana?», «No,
escoja usted primero».
La madre Catherine, mirando por debajo de sus lentes,
dijo:
- MI gracias; entonces tomaré las rojas, porque
también yo soy coloradita… Nos servirán de consuelo en nuestro viaje de regreso
a Roma.
- Pero no durarán -exclamó la niña-. Quisiera darles
algo que durase mucho tiempo.
- Nos has dado un buen recuerdo tuyo, hija mía. Eso,
sin duda, durará.
- Si las monjitas pudiesen llevar cosas lindas
-siguió diciendo la muchacha-, les daría mi collar de cuentas azules.
-¿Regresan a Roma esta misma noche? -preguntó el padre.
- Sí, otra vez vamos a tomar el tren. Tenemos mucho
que hacer allá. -¿Y no están ustedes cansadas?
- Nosotras no estamos cansadas nunca.
- A veces, sí, madre -murmuró la más joven. -En todo
caso, hoy no lo estamos, pues hemos descansado muy bien aquí. Que Dieu vous
garde, ma filie -dijo la madre Catherine.
Mientras ellas intercambiaban besos con su hija, el
caballero fue a abrir la puerta por donde debían salir; pero, al hacerlo,
prorrumpió en una breve exclamación y se quedó mirando al otro lado. La puerta
daba a una especie de vestíbulo abovedado, alto como una capilla y pavimentado
con losas rojas, en el cual acababa de entrar una dama, precedida por un criado
de librea raída que la conducía hacia la gran habitación donde se hallaban
reunidos nuestros amigos. El caballero permaneció en silencio en la puerta, e
igualmente en silencio avanzó la dama. Él no le dirigió ningún saludo audible
ni tampoco le tendió la mano, sino que se limitó a apartarse para dejarla pasar
al salón. En el umbral, ella dudó un momento y preguntó: -¿Hay alguien ahí
dentro?
- Alguien a quien usted puede ver.
Entró la dama y se vio frente a las monjitas y su
alumna, que se acercaba entre las dos dándole el brazo a una y otra. Al ver a
la nueva visitante, se detuvieron, y la dama, que también se había detenido, se
quedó mirándolas.
La jovencita lanzó un gritito ahogado de alegría y
exclamó: -¡Ah, madame Merle!
La visitante había experimentado un leve sobresalto,
pero sus modales no perdieron nada de su gracia e inmediatamente dijo:
- Sí, es madame Merle que viene a darte la bienvenida
en tu casa.
Tendió ambas manos a la muchacha, que se adelantó a
ella y le dio su frente a besar. Madame Merle imprimió su saludo en aquella
pequeña porción de la encantadora joven y luego miró sonriendo a las dos
monjitas. Correspondieron ellas a su sonrisa con una reverencia, pero no se
permitieron escrutar a aquella imponente y distinguida dama que parecía llevar
consigo algo de la claridad del mundo exterior.
- Estas señoras han traído a mi hija a casa y ahora
se vuelven para su convento explicó el caballero. -¡Ah! ¿Van ustedes para Roma?
Yo he llegado hace poco de allí. Ahora hace un tiempo delicioso en la ciudad
-dijo madame Merle.
Las dos religiosas permanecieron de pie con las manos
ocultas en las mangas y aceptaron esa declaración sin rechistar. El caballero
preguntó entonces cuánto tiempo hacía que había abandonado Roma. Y la muchacha,
sin darle tiempo a madame Merle a contestar, dijo:
- Vino a verme al convento.
- Pansy, estuve más de una vez -manifestó madame
Merle-. ¿Acaso no soy en Roma tu mejor amiga?
- La vez que más recuerdo es la última, porque me
dijo que iba a salir del convento -contestó Pansy. -¿Le dijo usted tal cosa?
-preguntó el padre. -No recuerdo bien. Le dije lo que creía que le iba a
agradar. Llevo ya una semana en Florencia. Esperaba que fuera usted a verme.
- Así lo habría hecho, si lo hubiera sabido. Uno no
sabe las cosas por ciencia infusa… aunque supongo que debería saberlas. Haga el
favor de sentarse.
Estos dos breves parlamentos fueron dichos en un tono
especial de voz… particularmente tranquilo y bastante quedo, no por una
necesidad concreta sino por obra de la costumbre. Madame Merle miró en derredor
suyo para escoger su asiento y dijo: -¿Iba usted a acompañarlas a la puerta?
Hágalo, no quiero interrumpir la ceremonia. - Y, dirigiéndose en francés a las
religiosas, añadió como para despedirlas-: Je vous salue, mesdames.
- Esta señora es una gran amiga nuestra -dijo el
anfitrión-, ustedes ya la habrán visto en el convento. Tenemos una gran
confianza en su opinión y ella me ayudará a decidir si mi hija ha de volver con
ustedes o no después de las vacaciones.
- Espero que usted decidirá a favor nuestro, señora
-se atrevió a decir la monjita de los lentes.
Madame Merle dijo, como si estuviera de chanza
también:
- Eso es una broma del señor Osmond, porque yo no
decido absolutamente nada. Creo que el colegio de ustedes es admirable, pero
los amigos de la señorita Osmond deben recordar que ella está naturalmente
destinada a vivir en el mundo.
- Eso es lo que le decía yo al señor. Se trata de
prepararla para el mundo -explicó la madre Catherine mirando a Pansy, que
estaba abstraída contemplando el elegante atuendo de madame Merle.
El padre de Pansy dijo entonces a su hija: -¿Has
oído, Pansy? Estás hecha para vivir en el mundo. La muchachita fijó en él sus
claros y puros ojos. -¿No para vivir contigo, papá?
El padre soltó una carcajada breve y ligera.
- Lo uno no quita lo otro, hijita. También yo vivo en
el mundo.
- Con su permiso, nos retiramos -manifestó la madre
Catherine-. De todas maneras, procura ser siempre buena y feliz, hija mía.
- No duden de que iré a verlas -dijo Pansy
despidiéndose con nuevos abrazos que enseguida fueron in-, terrumpidos por la
intervención de madame Merle.
- Quédate aquí conmigo, hijita, y deja que tu padre
acompañe hasta la puerta a esas señoras.
Pansy, decepcionada, se quedó mirándola con los ojos
muy abiertos, aunque sin protestar. No cabía duda de que le habían inculcado la
idea de la sumisión debida a cualquiera que le hablase en tono de autoridad, y
era una espectadora pasiva de los designios de su destino. No obstante,
preguntó con gran dulzura: -¿No puedo ayudar a la madre Catherine a subir al
coche?
- Me gustaría más que te quedases aquí conmigo
-contestó madame Merle mientras el señor Osmond y sus compañeras, que habían
hecho un nuevo y reverencioso saludo a la dama, pasaban a la antecámara.
- Sí, me quedaré -accedió Pansy acercándose a madame
Merle y dejando que ésta la tomara de la mano. Miró a través de la ventana y
sus lindos ojos se llenaron de lágrimas.
- Me alegro de que te hayan enseñado a obedecer -dijo
madame Merle-. Eso es lo que las niñas deben hacer.
- Yo obedezco muy bien -exclamó Pansy con suave complacencia,
casi con jactancia, como si hubiese estado hablando de su facilidad para tocar
el piano. Y exhaló un débil y casi imperceptible suspiro.
Madame Merle, sin soltar la mano de la muchachita, la
posó sobre la fina palma de la suya y la miró atentamente con mirada crítica,
si bien no halló nada digno de censura, pues la mano de la joven era blanca y
delicada. Al cabo de un instante, dijo:
- Supongo que te harán llevar siempre guantes. Por lo
general a las jovencitas no les gusta ponérselos.
- Antes no me gustaba ponérmelos -comentó Pansy-,
pero ya me he acostumbrado y ahora me gusta.
- Entonces te regalaré una docena de pares.
- Muchísimas gracias. ¿De qué color? -preguntó la
jovencita con gran interés.
- De colores prácticos -declaró madame Merle después
de pensar un momento.
- Pero bonitos, ¿verdad? -¿Te gustan mucho las cosas
bonitas?
- Me gustan… pero no demasiado -dijo Pansy con un
atisbo de ascetismo.
- En tal caso, no serán demasiado bonitos -afirmó
madame Merle echándose a reír. Tomó la otra mano de la jovencita y la atrajo
hacia sí. Una vez que la tuvo bien cerca, preguntó-: ¿Vas a echar mucho de
menos a la madre Catherine?
- Mucho… cuando piense en ella.
- Pues procura no pensar en ella. -Y añadió-: Tal vez
algún día tengas otra madre.
- No creo que sea necesario -dijo Pansy exhalando de
nuevo un dulce suspiro conciliador. Tenía más de treinta madres en el convento.
Los pasos del padre resonaron nuevamente en la
habitación contigua, y madame Merle dejó a la muchachita y se levantó. El señor
Osmond entró y cerró la puerta y, sin mirar siquiera a madame Merle, reintegró
un par de butacas a su sitio. La visitante observó sus movimientos, esperando
que hablara, pero por fin ella misma dijo:
- Yo esperaba que iría usted a Roma. Supuse que iría
usted mismo a sacar a Pansy del convento.
- Era una suposición de lo más natural; pero me
figuro que no ha sido la primera vez que mis hechos han defraudado sus
cálculos.
- Cierto; por eso le creo tan malvado -contestó
madame Merle.
El señor Osmond se atareó unos momentos por la
habitación -donde había mucho espacio para moverse como quien busca pretextos
para no prestar una atención que puede resultarle molesta. Pero una vez
agotados todos los pretextos no le quedó nada por hacer (a menos que tomara un
libro) sino quedarse allí plantado con las manos a la espalda y mirando
fijamente a Pansy. Luego preguntó bruscamente y en francés a la jovencita:
-¿Por qué no saliste a despedir hasta el coche a la madre Catherine? Pansy dudó
un instante, mirando a madame Merle, que contestó:
- Porque yo le pedí que se quedase conmigo. -Y se
sentó en otro sitio.
- Ah, bien -condescendió el señor Osmond; con lo cual
se dejó caer en un sillón y, apoyando los codos en los brazos del asiento, se
inclinó hacia delante y cruzó las manos mientras miraba a madame Merle.
- Madame Merle me va a regalar unos guantes -dijo
Pansy.
- No hace falta que se lo digas a todo el mundo
-observó madame Merle.
- Es usted muy buena con ella -comentó el señor
Osmond-, pero es de esperar que no le haga falta nada.
- Me parece que ya tiene bastante de monjitas.
- Si vamos a hablar de esa cuestión, más vale que
estemos solos.
- No, que se quede. Hablaremos de otra cosa -replicó
madame Merle.
Pansy dijo con una ingenuidad que casi era
convincente:
- Si quieren, no escucharé.
- Puedes escuchar, hijita, porque de todos modos no
vas a comprender -contestó su padre. La muchacha se sentó respetuosamente cerca
de la puerta abierta desde la que se divisaba el jardín, que contempló con sus
ojos inocentes y despiertos. Su padre prosiguió abruptamente, dirigiéndose a su
visitante-: Tiene usted un aspecto estupendo.
- Me parece que siempre tengo el mismo -respondió
madame Merle.
- Usted es siempre la misma, no cambia nunca. Es
usted una mujer admirable.
- En efecto, yo también lo creo.
- Sin embargo, a veces cambia de idea. A su regreso
de Inglaterra me dijo que por ahora no pensaba abandonar Roma.
- Me encanta ver que recuerda usted tan bien todo lo
que digo. Ésa era, en efecto, mi intención, pero he venido a Florencia a ver
algunas amigas que han llegado últimamente y de cuyos planes no estoy muy
enterada.
- Una razón muy típica. Siempre está usted haciendo
algo por sus amistades. Madame Merle le sonrió amablemente y dijo:
- Es mucho menos característica que su comentario,
que está falto por completo de sinceridad. Por lo demás, no se lo recrimino,
porque si usted no cree lo que dice, tampoco tiene motivos para creerlo. Puede
estar seguro de que no me arruino por mis amistades y, por lo tanto, no merezco
esos elogios. Sé tener buen cuidado de mí misma.
- Exacto; pero su ser incluye a muchas otras
personas, a una gran parte de las demás y de todo lo existente. No he conocido
jamás una persona cuya vida incluyese tantas otras vidas. -¿Qué entiende usted
por la vida de uno? -preguntó madame Merle-. ¿La apariencia de uno, sus
movimientos, sus compromisos, sus compañías?
- A su vida de usted yo la llamo su ambición
-contestó el señor Osmond. Madame Merle miró a Pansy y murmuró:
- Me pregunto si será capaz de comprender tal cosa.
- Ya ve que no puede quedarse con nosotros. -El padre
de Pansy sonrió con visible tristeza y le dijo a la jovencita en francés-: Ve
al jardín, ma petite mignonne, y corta una o dos flores para madame Merle.
- Eso es lo que estaba pensando -respondió Pansy, que
se levanto prestamente y se fue sin hacer el menor, ruido. Su padre la siguió
hasta la puerta abierta, la observó durante unos momentos y luego volvió pero
permaneció de pie, o, más bien, se puso a andar de un lado a otro, como para
disfrutar de una libertad que otra actitud no le habría proporcionado.
- Mis ambiciones se refieren sobre todo a usted -dijo
madame Merle mirándole con valor.
- Volvamos a lo que estaba diciendo: yo formo parte
de su vida… como miles de otras personas. Tengo que reconocer que usted no es
egoísta. Si lo fuera, ¿qué sería yo? ¿Con qué epíteto podría calificárseme?
- Con el de indolente. Para mí, ése es su mayor
defecto.
- Me temo que en el fondo sea el menor. - -A usted le
tiene sin cuidado -dijo madame Merle con seriedad.
- Hasta cierto punto; la verdad. Por lo pronto, esa
indolencia mía fue una de las razones por las que no hice el viaje a Roma; pero
sólo fue una de ellas.
- No tiene la menor importancia… para mí por lo
menos… el que usted no fuera, aunque me habría gustado mucho verle. Me alegro
de que ahora no esté usted en Roma, donde podría estar todavía sí no hubiese
ido hace un mes. Prefiero que esté aquí, porque en estos momentos hay algo que
me gustaría que hiciera aquí, en Florencia.
- Por favor, no olvide mi indolencia -dijo el señor
Osmond.
- La tengo presente, pero le ruego que la olvide. De
ese modo, alcanzará al mismo tiempo la virtud y la recompensa. No se trata de
un trabajo arduo, y pudiera encerrar verdadero interés. ¿Hace mucho que no ha
hecho ninguna nueva amistad?
- No recuerdo haber hecho otra desde la suya.
- Pues ya es hora de que haga otra. Hay una amiga mía
que quiero que conozca.
En sus idas y venidas, el señor Osmond llegó hasta la
puerta abierta y se puso a contemplar las andanzas de su hija bajo el intenso
sol. -¿Para qué va a servirme? -preguntó con jovial brusquedad.
- Por lo pronto, para entretenerse -contestó al cabo
de un momento madame Merle, y en su respuesta no había nada brusco, pues la
había meditado.
- Si usted lo dice, ya sabe que la creo -declaró el
señor Osmond acercándose a ella-. Respecto de algunas cosas mi confianza en
usted es absoluta. Por ejemplo, estoy convencido de que usted distingue a
maravilla la buena sociedad de la mala.
- Toda sociedad es mala.
- Disculpe. El conocimiento que yo le atribuyo no es
un saber corriente. Usted lo ha adquirido como Dios manda, con la experiencia,
porque ha tenido la oportunidad de poder comparar entre sí a una infinidad de
individuos de lo más pintoresco.
- Bueno, pues le invito a usted a aprovecharse de mi
ciencia. -¿Aprovecharme? ¿Está usted segura de que voy a conseguirlo?
- Así lo espero. Dependerá de usted mismo. Si, por lo
menos, pudiera lograr que se decidiese a realizar un esfuerzo… -¡Ah! ¡Al fin
salió aquello! Ya sabía yo que algo fatigoso estaría a la vista. ¿Qué hay en el
mundo, qué hay que pueda darse por estas latitudes que sea digno de un
esfuerzo?
Madame Merle se ruborizó como si la hubiera herido.
- No sea necio, Osmond. Nadie sabe mejor que usted lo
que es digno de esfuerzo. ¿Acaso no le he visto en otras épocas?
- Sé reconocer algunas cosas, pero ninguna de ellas
es probable en esta desdichada vida.
- Sólo el esfuerzo puede hacerlas probables
-respondió madame Merle.
- Algo oculto debe de haber en todo esto. ¿Quién es,
pues, esa amiga suya?
- La persona que he venido a ver a Florencia: una
sobrina de la señora Touchett, a la que supongo no habrá olvidado. -¿Una
sobrina? La palabra sugiere juventud e ignorancia. Ya veo dónde quiere usted ir
a parar.
- Sí. Es joven, tiene sólo veintitrés años, y es una
gran amiga mía. La conocí en Inglaterra hace unos meses y sellamos enseguida
una estrecha alianza. Me gusta extraordinariamente y, cosa que no suelo hacer
con todo el mundo, la admiro. Estoy segura de que lo mismo le ocurrirá a usted.
- Si me es posible evitarlo, lo evitaré.
- Precisamente; pero le será imposible evitarlo. -¿Es
bella, ingeniosa, rica, universalmente inteligente e insuperablemente virtuosa?
Únicamente con tales condiciones podrá interesarme conocerla. Ya sabe que hace
un tiempo le pedí que no me hablara de ninguna criatura que no corresponda a
tal descripción. Ya conozco demasiada gente anodina. No quiero conocer más.
- La señorita Archer no tiene nada de anodina, sino
que es radiante como el amanecer.
Se adapta perfectamente a su descripción, y por eso
quiero que usted la conozca. Satisface todos los requisitos.
- Más o menos, claro está.
- No, señor; por completo. Es hermosa, cultivada,
generosa y, para una norteamericana, hasta de buena familia. Además, es muy
inteligente y afable y, por añadidura, posee una bonita fortuna.
El señor Osmond escuchaba todo esto en silencio;
diríase que lo estaba sopesando mentalmente, sin apartar los ojos de su
interlocutora. Por último se decidió a preguntar: -¿Qué se propone hacer con
ella?
- Ya lo ve. Ponérsela en su camino. -¿No estará
destinada a algo mucho mejor?
- No tengo la pretensión de saber a qué están
destinados los seres -dijo madame Merle. Lo único que sé es lo que puedo hacer
con ellos.
- Pues lo siento por la señorita Archer -declaró
Osmond. Madame Merle se levantó.
- Si esto es un comienzo de interés por ella, tomo
buena nota. Los dos estaban frente a frente. Ella se colocó la mantilla
manteniendo los ojos bajos.
- Tiene usted muy buen aspecto -repitió Osmond aún
más incongruentemente que antes-. Se trae algo entre manos. Nunca tiene tan
buen aspecto como cuando se trae algo entre manos. Le sienta admirablemente.
En los modales y el tono de estas dos personas,
cuando se encontraban en cada nueva ocasión, sobre todo cuando lo hacían en
presencia de otros, había siempre algo indirecto y circunspecto, como si
hubiesen llegado a reunirse por caminos oblicuos y se comunicaran por
sobreentendidos. El efecto mutuo que se producían parecía ser el de aumentar la
cautela del otro. Desde luego, madame Merle sobrellevaba mejor que su amigo las
situaciones embarazosas, pero en la presente ocasión no logró mantener la
actitud que le hubiese agradado… es decir, la perfecta posesión de sí misma que
le habría gustado lucir ante su anfitrión. Sin embargo, lo que nos interesa es
que llegado un momento aquello que se alzaba entre los dos, fuere de la índole
que fuere, acababa por allanarse dejándolos en un frente a frente más íntimo
del que ninguno de ambos disfrutara con otra persona. Eso acababa de suceder.
Allí estaban; se conocían bien y en definitiva ambos estaban por igual
dispuestos a aceptar la satisfacción de conocer, a cambio del inconveniente
-fuere cual fuere- de ser conocido.
Madame Merle acabó diciendo tranquilamente:
- Quisiera con toda mi alma que no fuese usted tan
despiadado. Eso le ha perjudicado y seguirá perjudicándole siempre.
- No soy tan despiadado como cree. De vez en cuando
hay algo que me conmueve… como, por ejemplo, lo que acaba de decir: que su
ambición es por mí. No lo comprendo, porque no veo cómo o por qué ha de ser
así. Pero la verdad es que me conmueve, y mucho.
- Es muy probable que lo entienda menos todavía a
medida que el tiempo pasa. Hay cosas que usted no comprenderá nunca; ni tampoco
es absolutamente necesario que llegue a comprenderlas.
- Después de todo -dijo Osmond-, no hay mujer tan
extraordinaria como usted. Tiene muchas más cosas dentro que todas las demás
personas. No veo por qué piensa que la sobrina de la señora Touchett pueda
llegar a interesarme tanto:.. cuando… cuando… -Y se detuvo un instante.
-¿Cuando yo he llegado a importar tan poco, no es cierto?
- No es eso, desde luego, lo que he querido decir,
sino: cuando ya he conocido y apreciado a una mujer como usted.
- Isabel Archer vale más que yo -confesó madame
Merle. Su compañero rió francamente y dijo: -¡Qué poco debe considerarla para
decir eso! -¿Me cree usted capaz de tener celos? Contésteme, por favor.
- ¿De mí? Desde luego, no; no lo creo, en general.
- Pues vaya a verme dentro de un par de días. Me
alojo en casa de la señora Touchett, en el Palazzo Crescentini, y la joven
estará presente. -¿Pero por qué no me pidió al comienzo simplemente que fuera,
sin necesidad de hablarme de la muchacha? Ella estará allí de todas maneras.
Madame Merle le miró como si ninguna pregunta que él
le hiciera pudiera pillarla desprevenida: -¿Quiere saber por qué? Pues porque
ya le he hablado a ella de usted. Osmond frunció el entrecejo y miró para otro
lado.
- Más me hubiera gustado no saberlo. -Luego, pasado
un instante, señaló el caballete que sostenía la pequeña acuarela y preguntó-:
¿Ha visto usted eso? Es mi última obra.
Madame Merle se aproximó y la contempló
detenidamente:
- De los Alpes Vénetos, ¿no? ¿Un apunte del año
pasado? -¡Sí: hay que ver cómo lo adivina usted todo! Ella siguió contemplando
la acuarela y dijo:
- Ya sabe que sus pinturas no me interesan.
- Lo sé, y es cosa que siempre me sorprende, porque,
la verdad, son mejores que las de la mayoría de los pintores.
- No digo que no. Pero para ser lo único que usted
hace… le diré que es bien poco. Lo que yo quisiera es verle haciendo muchas
otras cosas; ésa fue siempre mi ambición.
- Sí, ya me lo ha dicho varias veces… cosas que eran
imposibles.
- Cosas que eran imposibles -repitió madame Merle;
luego prosiguió, en tono bien distinto-: En sí el cuadrito está muy bien.
-Paseó la mirada por la estancia: por los cofrecillos tallados, los tapices,
los cuadros, las superficies de apagada seda-, Por lo menos, el arreglo de sus
habitaciones es perfecto. Cada vez que vengo me maravillo, le aseguro que no
las conozco mejores. De esto sabe usted más que nadie. Tiene un gusto
exquisito. -¡Bah! Ya estoy harto de mi gusto exquisito -replicó Gilbert Osmond.
- De todos modos, debe invitar aquí a la señorita
Archer para que las vea.
- No tengo inconveniente en mostrar mis cosas a la
gente… siempre y cuando no sea gente imbécil.
- Usted lo hace admirablemente. Como «cicerone» de su
propio museo, no tiene rival.
En respuesta a este cálido elogio, el señor Osmond
adoptó un talante más frío y atento. madre? -¿Ha dicho que es rica?
- Tiene sesenta mil libras.
- En écus bien comptés?
- No cabe duda alguna. Puedo decir que he visto su
fortuna. -¡Admirable mujer!… Me refiero a usted. Dígame, si voy a verla, ¿tendré
que ver a la -¿Qué madre? No tiene padre ni madre.
- Entonces, la tía… esa señora… ¿cómo la llama
usted?… la señora Touchett, ¿no?
- Puedo mantenerla alejada.
- No tengo nada contra ella. Más bien me gusta. Tiene
una manera anticuada de ser que acusa una viva personalidad. Pero, ese memo
zanquilargo de su hijo… ¿está también con ellas?
- También está, pero no les molestará en nada.
- Es un verdadero asno.
- Nada de eso, está usted equivocado. Es un hombre
muy inteligente, pero suele evitarme cuando yo me hallo en la casa, porque no
le gusto.
- Eso demuestra lo burro que es. ¿Dice usted que ella
es guapa? -siguió inquiriendo Osmond.
- Eso he dicho; pero no lo voy a repetir, no sea que
luego lo decepcione. Lo único que le pido es que vaya. Todas las cosas
requieren principio. -¿Principio de qué?
Madame Merle permaneció callada un instante y luego
dijo:
- Por supuesto, lo que quiero es que se case usted
con ella.
- Eso sería el comienzo del fin. Bueno. Iré a verla
por mí mismo. ¿Le ha expuesto a ella su idea? -¿Por quién me toma usted? No es
una pieza tosca de maquinaria… ni tampoco lo soy yo.
- Verdaderamente -dijo Osmond tras cierta reflexión-,
no comprendo sus ambiciones.
- Estoy segura de que ésta la comprenderá en cuanto
haya visto a la señorita Archer.
Hasta entonces, aplace su juicio. -Se había acercado
a la puerta que daba al jardín y permaneció unos momentos mirando al exterior-.
Pansy se ha puesto preciosa -comentó.
- Eso mismo creo yo.
- Pero ya ha estado bastante en el convento.
- No sé -replicó Osmond-. No me disgusta cómo la han
modelado. Es encantadora.
- Eso no es obra del convento. Es la naturaleza misma
de la muchacha.
- Creo que es la combinación de ambas cosas. Pansy es
pura como una perla.
- Entonces, ¿por qué no me trae las flores? -preguntó
madame Merle-. Por lo visto, no se da prisa.
- Pues vamos nosotros a buscarlas.
- La niña no me quiere -dijo la dama al tiempo que
abría su sombrilla y ambos salían al jardín.
23
Madame Merle, llegada a Florencia poco después de la
señora Touchett y por invitación de ésta, que le había ofrecido la hospitalidad
del Palazzo Crescentini, volvió a hablar a Isabel de Gilbert Osmond,
manifestando su deseo de que llegasen a conocerse, sin hacer en ello tanto to
hincapié como la hemos visto hacer al recomendar tan calurosamente la muchacha
a la atención del señor Osmond. mond. Se debía esto a que Isabel no opuso
resistencia a la propuesta de madame Merle. En Italia, lo mismo que en Inglaterra,
la distinguida dama tenía un gran número de amistades, tanto entre los nativos
del país como entre sus heterogéneos visitantes. Había nombrado ya a su amiga
muchas de las personas a quienes le convenía conocer (aunque dijo que Isabel,
desde luego, podría tratar a quien se le antojase), y a la cabeza de las
personas de calidad colocó al señor Osmond. Era éste un antiguo amigo suyo, al
que conoció hacía una docena de años, y al que consideraba uno de los hombres
más brillantes y agradables de toda Europa. Se hallaba en todo muy por encima
de la media de personas respetables; era otra cosa. Por lo demás, no era uno de
esos cautivadores profesionales, y el efecto que producía en los demás dependía
siempre del estado de sus nervios y de su ánimo. En sus momentos de decaimiento
podía caer tan bajo como el que más, si bien en tales ocasiones le salvaba su
aspecto de príncipe desterrado. Pero si el caso le interesaba, le picaba,
presentaba el justo desafío… -tenía que ser exactamente el punto justo de
desafío- entonces había que rendirse a la evidencia de su gran talento y
distinción. Semejantes cualidades no dependían en él, como en muchos otros
individuos, de que hiciera o dejara de hacer esto o aquello. Tenía, desde
luego, sus manías -como ya Isabel vería que tenían todos los hombres que valía
la pena conocer- y no brillaba con la misma luz ante los ojos de todos. Pero
madame Merle creía poder conseguir que a los ojos de Isabel apareciese,
brillante. Se aburría con facilidad y la gente sosa le enojaba; pero era indudable
que una joven avispada y culta como Isabel podría proporcionarle un estímulo
del que con harta frecuencia carecía su vida. De todas suertes, era una persona
a la que no debía dejar de conocer. Nadie debería pretender vivir en Italia sin
hacer amistad con Gilbert Osmond, que conocía el país mejor que nadie, a
excepción de un par de catedráticos alemanes. Y si ellos poseían mayores
conocimientos, él tenía una comprensión más acertada y mejor gusto, pues era en
todo y por todo un verdadero artista. Isabel recordaba que su amiga le había
hablado de él durante aquellos sus interminables coloquios de Gardencourt y se
preguntaba, un si es no es intrigada, qué clase de vínculo debía de unir a
aquellos dos espíritus superiores. Intuía ella que en el fondo de todas las
íntimas relaciones de madame Merle había alguna historia, y esa impresión
formaba parte del interés suscitado por aquella mujer que en todo era excesiva.
Sin embargo, en lo tocante a sus relaciones con el señor Osmond no daba
indicios sino de una amistad tranquila y sedimentada. Isabel dijo a su amiga
que tendría mucho gusto en conocer a una persona que había disfrutado de su
privilegiada confianza durante tantos años.
- Tiene usted que conocer a muchos hombres -señaló
madame Merle-, al mayor número posible, para irse acostumbrando a ellos.
-¿Acostumbrarme a ellos? -repitió Isabel con aquella solemne mirada que a veces
parecía denotar su deficiente sentido de lo cómico-. ¿Acaso cree que les tengo
go miedo? Estoy tan acostumbrada a ellos como una cocinera al chico del
carnicero.
- Acostumbrarse a ellos, quiero decir… para
despreciarlos, que es lo que se acaba por hacer con la mayoría. Y usted
escogerá para su círculo a los pocos a quienes no desprecie.
Madame Merle no solía entregarse a semejantes notas
de cinismo; pero Isabel no se sintió alarmada, porque nunca había supuesto que,
a medida que uno iba conociendo mejor el mundo, viniera a ser el sentimiento de
respeto la más activa de las emociones; sí se lo había causado, sin embargo, la
ciudad de Florencia, que le había gustado tanto como madame Merle le
pronosticara; y, si por su percepción desasistida no hubiese acertado a
calibrar sus encantos, contaba con inteligentes compañeros que oficiarían de sacerdotes
de aquel misterio.
En efecto, no le faltaba esclarecimiento artístico,
porque para su primo Ralph el servir de «cicerone» a su joven y ávida parienta
constituía un placer que renovaba su pasión temprana. Madame Merle solía
permanecer en casa, pues había visto ya los tesoros de Florencia una y mil
veces, y siempre tenía algo interesante que hacer. Pero hablaba de las cosas
con una extraordinaria retentiva de la memoria, acordándose de todo: del ángulo
derecho del gran cuadro del Perugino o de las maravillosas manos de santa Isabel
en el cuadro contiguo. Tenía su propio criterio acerca del carácter de muchas
obras maestras, disintiendo a menudo de Ralph con mucho brío y defendiendo sus
opiniones con tanta inventiva como buen humor. Isabel escuchaba las discusiones
que se entablaban entre los dos, con la sensación de que podrían serle de
provecho y de que constituían una de las ventajas de que no habría podido
disfrutar en Albany. En las claras mañanas del mes de mayo, antes de la hora
del almuerzo, que en casa de la señora Touchett se servía a las doce en punto,
Isabel deambulaba con su primo por las sombrías callejuelas de la ciudad,
parándose a descansar en la densa penumbra de alguna histórica iglesia o en las
abovedadas cámaras de algún convento deshabitado. Vi- sitaba pinacotecas y
palacios, contemplaba cuadros y estatuas que hasta entonces fueron para ella
grandes nombres, y trocaba un presentimiento que había demostrado ser una hoja
en blanco por un conocimiento que a veces era una limitación. Realizó todos los
actos de voluntaria humillación mental en que con tanta frecuencia suele
incurrir el entusiasmo y la juventud. Sintió latir su corazón en presencia del
genio inmortal y conoció la dulzura de las lágrimas que le empañaban la visión
de los frescos descoloridos y los mármoles oscurecidos.
Pero la vuelta a casa, cada día, le resultaba más
agradable que la salida; le gustaba regresar al amplio y monumental patio de la
enorme casa en que la señora Touchett estableciera muchos años atrás su
residencia, y a las altas y frescas estancias donde las vigas talladas y los
pomposos frescos del siglo dieciséis parecían despreciar las domésticas
comodidades de la era de la publicidad. Habitaba la señora Touchett en un
histórico edificio de una estrecha calle cuyo nombre recordaba las numerosas
refriegas que allí tuvieron lugar durante la Edad Media, y veía compensado lo
oscuro de su fachada por la baratura del alquiler y la exuberancia de un jardín
donde la naturaleza misma parecía tan arcaica como la tosca arquitectura del
palacio, y que iluminaba y perfumaba las habitaciones de la casa. Para Isabel,
el vivir en aquel sitio era tanto como tener pegado el oído en la caracola del
pasado; aquel ru- mor vago y eterno mantenía despierta su imaginación.
Gilbert Osmond fue a visitar a madame Merle, quien le
presentó a la joven que acechaba al otro extremo del salón. En aquella
oportunidad Isabel casi no tomó parte en la conversación y apenas sonreía
cuando los otros se volvían hacia ella en un gesto de solícita invitación.
Permanecía sentada como si asistiera a una representación teatral y hubiese
pagado un alto precio por su localidad. La señora Touchett no estuvo presente,
de suerte que los otros dos tuvieron vía libre para hacer gala de su brillantez
intelectual. Hablaban de los florentinos, de los romanos y del mundo
cosmopolita y, al oírles, podrían haber sido distinguidos actores de una
función benéfica. Todo tenía esa perfecta soltura procedente de un ensayo.
Madame Merle le dio la impresión de estar en un escenario; pero Isabel era
capaz de hacer oídos sordos a cualquier pie convenido sin estropear la escena,
aunque así dejara en mal lugar a la amiga que la había avalado ante el señor
Osmond. Por una sola vez no importaba; incluso si se hubiera tratado de algo de
mayor importancia, ella no habría intentado destacarse. Había algo en aquel
visitante que la contenía y la mantenía en suspenso, haciéndola comprender que
era mucho más importante para ella recibir una adecuada impresión de él que
tratar de producírsela. Además, carecía de la suficiente habilidad para causar
una impresión que sabía esperada: nada tan satisfactorio como resultar
deslumbrante, pero Isabel sentía una irresistible repugnancia a tener que
brillar por encargo. Par ser justos, diremos que el señor Osmond tenía la
reserva educada de quien no espera nada, una tranquilidad agradable que parecía
cubrirlo todo, incluso la primera exhibición de su propio ingenio. Y era cosa
tanto más grata cuanto que tenía un semblante sumamente sensible. No era
hermoso, pero sí distinguido, con la distinción de aquellos personajes que
figuraban en las telas de la galería degli Uffizi. También su voz era
distinguida…, cosa de extrañar, pues, a pesar de su claridad, no era dulce. Ése
había sido en parte el motivo de que ella se abstuviera de mezclarse en la
conversación. La dicción de Osmond era como la vibración del cristal y, si ella
hubiese posado el dedo, acaso habría alterado el diapasón y echado a perder el
concierto.
Sin embargo, tuvo que hablar antes de que él se
marchara.
- Madame Merle -dijo él- ha consentido subir a mi
atalaya un día de la próxima semana para tomar el té en mi jardín. Sería para
mí un placer que usted se dignara acompañarla. Dicen que el sitio es bonito… se
disfruta de lo que llaman una vista panorámica.
Mi hija también se alegraría… aunque es todavía
demasiado jovencita para experimentar fuertes emociones; yo me alegraría mucho…
muchísimo… -El señor Osmond se detuvo con un ligero azoramiento sin acabar su
frase, y añadió-: Sería para mí una gran satisfacción que usted conociese a mi
hija.
Isabel contestó que le encantaría conocer a la
señorita Osmond y, si madame Merle la llevaba a lo alto de la colina, le
quedaría muy agradecida. Con esta garantía el visitante se despidió, e Isabel
creyó que su amiga iba a regañarla por haberse mostrado tan sosa. Pero ante su
sorpresa madame Merle, que en verdad no incurría jamás en lo consabido, le dijo
al cabo de un momento:
- Ha estado usted encantadora, querida; no se habría
podido pedir más. Usted nunca decepciona.
Un regaño habría sido quizás irritante, aunque era
mucho más probable que Isabel lo hubiese asumido bien.
Pero, por extraño que parezca, las palabras
pronunciadas por madame Merle fueron las primeras que le produjeron a Isabel
cierto desagrado en boca de su aliada.
- Es más de lo que yo pretendía -contestó Isabel
fríamente-. Que yo sepa, no tengo obligación ninguna de agradar al señor
Osmond.
Madame Merle se sonrojó visiblemente, pero ya se ha
visto que no acostumbraba retractarse.
- Hijita -dijo-, no hablaba para él, pobre hombre,
sino para usted. Desde luego, no se trata de que usted le guste a él, eso no
tiene la menor importancia; pero me pareció que él le gustaba a usted.
- Así es -declaró Isabel con franqueza-. Pero tampoco
veo qué importancia pueda tener eso.
- Para mí, sí. Todo lo que le concierne a usted tiene
suma importancia para mí -dijo madame Merle con su aire de cansada nobleza-;
sobre todo cuando concierne al mismo tiempo a otro buen amigo.
Fueran cuales fueran los deberes de gratitud de
Isabel hacia el señor Osmond, hemos de confesar que le parecieron motivo
suficiente para hacerle unas preguntas a Ralph. Pensaba que los juicios de
Ralph estaban alterados por sus propios padecimientos, pero creía haber
aprendido a aplicarles las correcciones oportunas. -¿Si le conozco? -dijo su
primo-. Claro que le conozco, aunque no muy bien desde luego, pero, en
conjunto, lo suficiente. No puedo decir que haya cultivado mucho su trato, y,
por lo visto, tampoco él ha considerado el mío absolutamente indispensable para
su felicidad. ¿Que quién es y qué es? Un americano difuso, indefinido, que ha
estado viviendo estos últimos treinta años en Italia. ¿Que por qué le llamo
indefinido? Únicamente para disimular mi ignorancia a su respecto, pues no
conozco sus antecedentes, su familia ni su origen. Por cuanto sé de él, lo
mismo puede ser un príncipe de incógnito, y de hecho lo parece, un príncipe que
ha abdicado en un momento de hastío y desde entonces está siempre fastidiado.
Antes solía vivir en Roma, pero desde hace unos años ha fijado su residencia
aquí; recuerdo haberle oído decir que Roma se había puesto muy vulgar. Él
aborrece la vulgaridad, y ése es el aspecto más notable de su carácter, por lo
menos el único que yo conozco. Vive de sus rentas, que no creo sean vulgarmente
cuantiosas, y es un caballero pobre pero honrado, según dice él mismo. Se casó
joven, enviudó joven y me parece que tiene una hija. Tiene también una hermana,
casada con no sé qué conde o algo por el estilo de esta parte del país. Tengo
entendido que ella es más agradable que él, pero bastante loca. Recuerdo que
circulan acerca de ella no pocas historias, y no te recomendaría que la
conocieras. Pero, ¿por qué no le preguntas a madame Merle, que sabe de esa
gente mucho más que yo?
- Si te pregunto a ti es porque necesito tu opinión
tanto como la suya -dijo Isabel. -¡Mi opinión no cuenta! Si te enamoras del
señor Osmond, valiente cosa va a importarte mi opinión.
- Es probable; pero entretanto tiene su importancia.
Cuanto más informada esté una sobre los peligros que pueda correr, tanto mejor.
- No estoy de acuerdo contigo… eso hace surgir otros
peligros. Vivimos en una época en que oímos demasiadas cosas acerca de la
gente. Nuestros oídos, nuestros ojos, nuestras bocas están ahítos de
personalidades. No hagas caso de lo que unos te digan de otros. Piensa y juzga
de todos y de todo por ti misma.
- Eso es lo que estoy tratando de hacer -dijo
Isabel-, pero entonces la gente te cree engreída.
- Tampoco tienes que hacer caso de eso… ahí está la
fuerza de mi tesis. No hacer caso de lo que digan los demás de uno mismo y,
menos aún, de lo que digan de tu amigo o de tu enemigo.
Isabel reflexionó un momento y dijo:
- Creo que tienes razón, pero hay algunas cosas de
las que no tengo más remedio que hacer caso; por ejemplo, cuando atacan a un amigo
mío o cuando me alaban de mí.
- Por supuesto que debes tener la libertad de juzgar
al crítico. De todos modos, juzga a la gente como los críticos hacen y acabarás
condenándolos a todos -concluyó Ralph.
- Estudiaré al señor Osmond yo misma. He prometido ir
a visitarle -dijo Isabel. -¿A visitarle?
- Es decir, ir allá arriba a ver sus cuadros, su
vista panorámica, su hija y no sé qué otras cosas. Madame Merle va a llevarme.
Dice que muchas damas van a visitarle. -¡Ah! Si es con madame Merle, puedes ir
con toda confianza -declaró Ralph-. Ella no conoce más que a gente de alto
copete.
Isabel no dijo más sobre el señor Osmond, pero al
poco señaló a su primo que no la satisfacía mucho el tono que empleaba al
hablar de madame Merle.
- Parece como si quisieras insinuar algo acerca de
ella. No sé lo que quieres decir, pero si tienes algún motivo para no quererla
bien, hay siempre dos caminos: o decir las cosas francamente o no decir nada en
absoluto.
Ralph acogió tal censura con mayor seriedad de la que
de ordinario solía mostrar.
- Hablo de madame Merle exactamente de la misma forma
en que le hablo a ella: con un respeto incluso exagerado.
- Precisamente, exagerado. De eso es de lo que me
quejo.
- Si lo hago así es porque exageran los méritos de
madame Merle. -¿Quién? Vamos a ver, dímelo. ¿Yo? Si soy yo, le hago un flaco
servicio.
- No, no; es ella misma. -¡Eso sí que no! ¡Protesto!
-exclamó Isabel con ardor-. ¡Si ha habido jamás una mujer con menos
pretensiones…!
- Has puesto el dedo en la llaga -la interrumpió
Ralph-. Su modestia es exagerada. No abriga pretensiones pequeñas… está en su
derecho de tenerlas grandes.
- Entonces es que sus méritos son grandes. ¿No ves
que te contradices?
- Sus méritos son inmensos. Es indescriptiblemente
intachable, un desierto de virtud sin senda alguna, la única mujer que no
concede la menor posibilidad. -¿Posibilidad de qué?
- Pues, de llamarla necia. Es la única mujer que
conozco que sólo tiene ese defecto. Isabel se volvió con un gesto de
impaciencia.
- No te comprendo. Eres demasiado paradójico para mi
pobre intelecto.
- Pues te lo voy a explicar. Cuando digo que ella
exagera, no quiero decir que lo hace en el sentido vulgar de la palabra: es
decir, que fanfarronea, que desorbita, que habla demasiado bien de sí misma. Lo
que quiero decir es que lleva tan lejos el anhelo de perfección que… acaba por
sobrepasar sus propios méritos. Es demasiado buena, excesivamente generosa,
inteligente en demasía, demasiado cumplida, demasiado… todo. En una palabra, es
demasiado completa. Te confieso que me ataca los nervios y que siento por ella
algo parecido- a lo que aquel ateniense humanísimo sentía por Arístides el
Justo.
Isabel miró intrigada a su primo; pero el espíritu
burlón, si anidaba en las palabras de Ralph, por esta vez no se asomaba a su
rostro. -¿Querrías desterrar a madame Merle? -preguntó.
- De ningún modo -contestó Ralph-. Es una compañía
demasiado buena. A mí, por lo menos, me deleita. -¡Eres de lo más odioso!
-exclamó ella. Luego le preguntó si sabía algo que no hablase en honor de su
brillante amiga.
- Absolutamente nada -dijo Ralph-. ¿No ves que eso es
lo que te estoy diciendo?
Podrás encontrar un puntito negro en el carácter de
cualquiera otra persona. Tengo la seguridad de que también podría encontrártelo
a ti si le dedicara media hora de tiempo. Por mi parte, yo tengo más manchas
que un leopardo. Pero, en madame Merle, ni una; ¡nada, nada, nada!
- Eso es justamente lo que yo creo -afirmó Isabel con
un enérgico cabeceo-. Y por eso la quiero tanto.
- Para ti, es una persona extraordinaria. Ya que
quieres ver mundo, no puedes encontrar mejor guía que ella.
- Supongo que con eso querrás decir que es una mujer
de mundo. -¿De mundo? Nada de eso -dijo Ralph-. ¡Es el globo del mundo en
persona!
No se trataba, como Isabel había querido al principio
creer, de un refinamiento de la malicia por parte de Ralph decir que le
deleitaba madame Merle. Ralph Touchett tomaba su placer donde lo hallaba y no
se habría perdonado a sí mismo una indiferencia total a los hechizos de aquella
maestra del arte social. Hay, sin duda, simpatías y antipatías profundas, y
podía haber sucedido que, a pesar de la justicia con que él juzgaba a madame
Merle, la ausencia de ésta de casa de su madre no hubiera convertido la vida de
Ralph en un erial. Pero Ralph Touchett había aprendido a observar más o menos
inescrutablemente, y no existía nada tan «sostenido» como presenciar la
actuación global de madame Merle. Él la degustaba a pequeños sorbos, le
permitía actuar, con un sentido de la oportunidad que ni ella misma habría
podido superar. En algunos momentos sentía lástima por ella y, cosa extraña,
era en tales ocasiones cuando se mostraba menos generoso. Estaba seguro de que
madame Merle había sido enormemente ambiciosa y de que lo por ella logrado
quedaba muy por debajo de su secreta medida. A pesar de haberse entrenado a la
perfección, su amiga no había alcanzado ninguno de los premios. Seguía siendo
nada más que madame Merle, viuda de un negociant suizo, con una pequeña renta y
numerosas relaciones, una señora que iba a pasar muchas temporadas en casa de
unos y otros, era querida por todo el mundo y a todos «gustaba», como el último
libro de habladurías amenas. Había algo trágico en el contraste entre su
situación verdadera y la otra media docena de situaciones que a juicio de él
suscitaban la esperanza de la dama. La madre de Ralph estaba convencida de que
se llevaba muy bien con su amiga. Para la señora Touchett, dos personas que
seguían de tal manera dos líneas de conducta tan ingeniosas, tan enteramente
personales, por fuerza tendrían mucho en común. Ralph había prestado la debida
consideración a la intimidad de Isabel con su eminente compañera, y hacía ya
tiempo que en su fuero interno había resuelto que no podía, sin hallar
oposición, guardarse a su prima para él solo; y se conformó con sacar el mejor
partido de ello, como había hecho con cosas peores. Creía que todo acabaría por
arreglarse, y que no podía durar eternamente. Ninguna de esas dos personas
superiores conocía tan bien a la otra como se figuraba, y cuando una de ellas
hubiera hecho un par de descubrimientos importantes habría, si no una verdadera
ruptura, cuando menos un enfriamiento en sus relaciones. Entretanto, él no
tenía inconveniente en admitir que la conversación de la dama de más edad era
ventajosa para la más joven, pues ésta tenía no poco que aprender, y no cabía
duda de que lo aprendería mejor de madame Merle que de cualquier otro maestro
de la juventud. En tal caso, no era probable que Isabel sufriese perjuicio
alguno.
24
Ciertamente habría sido difícil discernir qué
perjuicio pudiera ocasionarle a Isabel su visita a lo alto de la colina del
señor Osmond. Nada tan encantador como aquella ocasión… una deliciosa tarde de
la primavera toscana en plena sazón. El coche que llevaba a las dos visitantes
franqueó la Puerta Romana, pasando por debajo de la enorme y lisa construcción
que corona el claro y hermoso arco de aquel portal y le vuelve tan
extraordinariamente grandioso, y serpenteó entre plantíos. cercados de altas
tapias, detrás de las que la exuberancia de los huertos en flor se desbordaba
vertiendo su fragancia, hasta llegar a la diminuta plaza de lo alto de la
ciudad, plazuela de curvada traza donde la fachada larga y oscura de la villa
ocupada parcialmente por el señor Osmond constituía un elemento imponente.
Isabel y su amiga cruzaron un patio amplio, donde una leve penumbra descansaba
en la parte baja, mientras que en lo alto el sol acariciaba dos galerías de
arcos enfrentadas, deslizándose sobre las esbeltas columnas y las floridas
enredaderas que en ellas se enroscaban. Había algo fuerte y grave en aquel
lugar y, al contemplarlo, daba cierta sensación de que, una vez dentro, haría
falta un acto de energía para salir. Pero en aquel momento, para Isabel no era
cuestión de abandonarlo, sino de seguir avanzando. El señor Osmond salió a
recibirlas al fresco vestíbulo -incluso en el mes de mayo resultaba fresco- y
las hizo pasar al apartamento que ya conocemos.
Madame Merle iba delante y, -mientras Isabel se
demoraba un poco hablando con él, ella se adelantó para saludar familiarmente a
otras dos personas que estaban sentadas en el salón. Una de ellas era Pansy, a
la que besó, y la otra una dama, la hermana del señor Osmond según éste indicó
a Isabel, la condesa Gemini.
- Y ésta es mi hijita -dijo-, que acaba de salir del
convento.
Llevaba Pansy un vestido corto y blanco, y la rubia
cabellera cuidadosamente recogida en una redecilla y los zapatitos atados a los
tobillos, a modo de sandalias. Hizo a Isabel una pequeña reverencia conventual
y luego se acercó para dejarse besar. La condesa Gemini se limitó a saludar con
la cabeza sin levantarse; Isabel observó que se trataba de una mujer de mucho
postín. Era delgada, morena, nada hermosa y con facciones que hacían pensar en
algún pájaro tropical… nariz larga y picuda, ojos pequeños y vivaces, boca y
barbilla notablemente hundidas. Sin embargo, su expresión, gracias a diversas
intensidades de énfasis y asombro, de horror y de alegría, no resultaba falta
de humanidad; y, por lo que a su apariencia atañía, se veía a las claras que se
conocía bien y sabía sacarse partido. Su atuendo, que era voluminoso pero
delicado y de llamativa elegancia, tenía destellos de plumaje, y sus actitudes
eran tan súbitas y versátiles como la del animal que vive posado en la rama.
Tenía mucho estilo, e Isabel, que no había conocido a nadie con tanta clase, la
clasificó como el colmo de la afectación. Recordó que Ralph no se la había
recomendado como relación deseable, pero se sentía dispuesta a reconocer que, a
primera vista, la condesa Gemini no parecía tener grandes profundidades. Sus
demostraciones sugerían el violento ondear de una bandera de armisticio
general… seda blanca y flameantes gallardetes.
- Creerá lo mucho que me alegro de verla si le digo
que he venido porque sabía que usted iba a estar aquí. Yo no vengo nunca a ver
a mi hermano; hago que baje él a visitarme. Esta colina suya es atroz, no sé
qué gracia le encuentra. De veras, Osmond, vas a ser la ruina de mis caballos
el día menos pensado y si les pasa algo no tendrás más remedio que regalarme
otro tronco. Hoy los he oído resollar como no tienes idea, te aseguro que es
verdad.
Es muy desagradable oír jadear a los caballos cuando
una está en el coche; parece como si no fuesen lo que deben ser. Yo he
procurado tener siempre buenos caballos. Podrá faltarme cualquier otra cosa,
pero eso siempre lo he tenido. Mi marido no sabe de muchas cosas, pero en
cuestión de caballos es un genio. Por lo general, los italianos no entienden de
caballos, pero mi marido está, según sus escasas luces, a favor de todo lo
inglés. Y, como mis caballos son ingleses, sería una verdadera lástima que se echaran
a perder. -Y dirigiéndose directamente a Isabel, prosiguió-: Debo decirle a
usted que Osmond no me invita con frecuencia; creo que no le gusta tenerme por
aquí. Lo de venir hoy ha sido una idea enteramente mía. Me gusta ver caras
nuevas, y seguro que es usted novísima. Pero no se siente usted ahí, que ese
sillón no es lo que parece. Hay aquí asientos muy buenos, pero otros son
horrorosos.
Formuló estas observaciones con toda suerte de
respingos y picotazos, de gorgoritos estridentes, y con un acento que tenía un
divertido sabor a buen inglés, o mejor dicho a buen hablar de americano en
desgracia. -¿Que no me gusta tenerte, querida? -dijo su hermano-, ¡pero si eres
inapreciable!
- Pues yo no veo tales horrores -dijo Isabel, mirando
en torno suyo-. A mí me parece todo lo que veo bello y precioso de veras.
- Sin duda tengo algunas cosas buenas -convino el
señor Osmond- y, desde luego, lo que no tengo es nada muy malo. Pero tampoco
tengo lo que me gustaría.
Permanecía allí de pie con cierta torpeza, sonriendo
y mirando en derredor suyo; su actitud era una extraña mezcla de despego e
interés. Parecía dar a entender que nada, salvo los «valores» correctos, tenía
importancia. Isabel sacó rápidamente la conclusión de que la verdadera
sencillez no constituía la divisa de la familia. Hasta la jovencita recién
salida del convento que, con su relamido vestidito blanco, con su carita
humilde y obediente y sus manos cruzadas delante de ella, estaba allí como en
actitud de ir a tomar la primera comunión, hasta esa diminuta hija del señor
Osmond, tenía algo de pulido y acabado que no carecía totalmente de artificio.
- Lo que usted habría querido tener-dijo madame
Merle-, es algunas cosas de las galerías Uffizi y Pitti; eso es lo que le
habría gustado de veras. -¡El pobre Osmond, siempre a vueltas con sus
cortinajes y sus crucifijos! -exclamó la condesa Gemini, que al parecer sólo
llamaba a su hermano por el apellido. En realidad, su exclamación no tenía un
objetivo concreto; sonrió a Isabel al hacerla y la miró de arriba abajo.
Su hermano no la había oído y aparentaba estar
pensando lo que podría decir a Isabel. Por fin, se le ocurrió observar:
- Pero usted querrá tomar el té. Debe de estar muy
cansada.
- No; no estoy cansada. ¿Qué he hecho para cansarme?
Experimentaba Isabel cierta necesidad de mostrarse
muy directa y de no alardear de nada. Le parecía que algo flotaba en el aire
-tal era su impresión general, aunque no sabría decir en qué consistía-, algo
que le impedía hacerse notar. Aquella casa, la ocasión, la mezcla de personas
allí congregadas, significaban mucho más de lo que a simple vista aparecía. Se
proponía tratar de comprender y no limitarse a decir insustanciales bagatelas.
La pobre sin duda no se daba cuenta de que muchas mujeres habrían soltado
banalidades de buen tono para encubrir el juego de su observación. La verdad
era que se sentía un poco alarmada en su orgullo: un hombre del que oyera
hablar en términos que despertaban interés y dotado de cualidades que le
permitían sobresalir la había invitado a ella, una joven que no prodigaba sus
favores, a ir a su casa. Ahora que la tenía allí, era él quien debía hacerles
grata la estancia a sus invitadas mediante su ingenio. Pero Isabel no se sintió
menos observadora y, a nuestro juicio, tampoco indulgente, al darse cuenta de
que el señor Osmond llevaba a cabo aquel empeño con mucho menor complacencia de
la que hubiera podido esperarse. Se figuraba que él se estaría diciendo: «¡Qué
estúpido he sido al meterme sin necesidad en esto!».
- Estará cansada cuando vuelva a casa, si Osmond le
enseña todos sus «bibelots» y le da una conferencia sobre cada uno -dijo la
condesa Gemini.
- Yo no tengo ese temor; pero si me canso, por lo
menos habré aprendido algo.
- No será mucho, desde luego -dijo el señor Osmond-.
En cambio, a mi hermana le espanta aprender. -¡Oh! No tengo inconveniente en
confesarlo. No quiero saber nada más… sé ya demasiadas cosas. Cuanto más sabe
una, más desgraciada es.
- No debe usted rebajar el prestigio de la cultura
delante de Pansy, que aún no ha terminado su educación -terció madame Merle con
una sonrisa. -¡Oh! Pansy está por encima del mal -dijo el padre de la niña-. Es
una florecilla de convento.
La condesa exclamó, agitando todos sus volantes:
-¡Ah, conventos, dichosos conventos! Que no me vengan a mí con conventos. Allí
se aprende de todo. También yo fui una florecilla de convento. Yo no tengo la
pretensión de ser buena, pero las monjas, sí. ¿Comprende usted lo que quiero
decir? -terminó dirigiéndose a Isabel.
Isabel no estaba muy segura de haberla entendido y se
excusó diciendo que no era muy hábil para seguir una discusión. La condesa
manifestó entonces que por su parte detestaba también discutir, pero que era
gusto de su hermano… que a todo le buscaba las vueltas.
- Para mí -dijo- una cosa gusta o no gusta; desde
luego, todo no puede gustar. Pero lo que no se puede es tratar de explicárselo…
porque nunca se sabe adonde se va a parar. A veces, hay buenos sentimientos que
vienen de muy malas razones, ¿no es cierto? Como también sentimientos muy malos
pueden venir de buenas razones. ¿Comprende ahora? A mí no me importan las
razones, pero sé lo que me gusta. -¡Ah, eso es lo importante! -dijo Isabel
sonriendo y pensando para sí que el trato con aquella leve y fugaz persona no
iba a aportarle ningún reposo intelectual. Si a la condesa le molestaba
discutir, tampoco a Isabel le apetecía en aquel momento, y tendió la mano a
Pansy con la agradable certeza de que tal ademán no la comprometía a nada que
diera pie a una divergencia de opiniones.
Gilbert Osmond parecía tener por irremediable el tono
de su hermana y orientó la conversación hacia otro tema. Fue a sentarse junto a
su hijita, que había rozado tímidamente los dedos de Isabel con los suyos; pero
acabó por hacerla levantar y colocarla de pie entre sus rodillas, apoyándola
contra él y rodeándole con el brazo el leve talle. La muchachita fijó en Isabel
una mirada desprovista de interés y, al parecer, vacía de toda intención, pero
que parecía a la vez consciente de una atracción. El señor Osmond habló de
muchas cosas. Madame Merle había dicho de él que sabía ser agradable cuando se
lo proponía y hoy, al final, parecía no solamente habérselo propuesto sino
estar resuelto a serlo. Madame Merle y la condesa estaban sentadas un poco
aparte, conversando con esa soltura de quienes se conocen perfectamente y no
andan con cumplidos. De vez en cuando, Isabel oía que la condesa, queriendo
seguir los lúcidos comentarios de su amiga, se lanzaba tras ellos como se lanza
un perro en pos del palo que se le ha arrojado. Parecía como si madame Merle
estuviera tanteando hasta dónde podía llegar. El señor Osmond hablaba de
Florencia, de Italia, del inmenso placer de vivir en ese país y de las
cortapisas a este placer. Había, a la vez, satisfacciones e inconvenientes; los
últimos eran muy numerosos. Los extranjeros se sentían inclinados a creer que
en este país todo era romántico. Era un reducto acogedor para los que habían
fracasado humana o socialmente… con lo cual se refería a los que no podían
sobreponerse a su sensibilidad. Aquí podían conservarla, en su pobreza y sin
caer en el ridículo, como se conserva un legado o un mayorazgo incómodo que no
renta nada. Así que había ventajas en vivir en un país que contenía la mayor
suma de bellezas del mundo, y ciertas impresiones sólo se podían obtener en él.
Aunque otras, favorables a la 'vida, no se obtenían nunca, y se recibían
algunas pésimas. Pero de vez en cuando había una impresión de tal calidad que
compensaba todo lo demás. De todos modos, lo cierto era que Italia había echado
a perder a mucha gente, y él mismo tenía algunas veces la fatuidad de creer
que, si no hubiese pasado allí tantos años de su vida, habría sido un hombre
mejor de lo que era. Italia le hacía a uno perezoso, diletante y mediocre; no
fomentaba la disciplina del carácter, ni le impulsaba a uno a cultivar la
habilidad social y otros «descaros» que a tal punto florecían en París y en
Londres.
- Somos deliciosamente provincianos -dijo el señor
Osmond-. Por mi parte, comprendo que estoy tan herrumbroso como una llave que
no encuentra cerradura. El hablar con usted me afina un poco… y no es que
presuma de poder abrir esa complicada cerradura que me imagino ha de ser su
intelecto. Pero usted se irá de aquí antes de que la haya visto tres veces, y
acaso no vuelva a verla después. Este es el inconveniente de vivir en un país
donde la gente está sólo de paso. Si los individuos que vienen son agradables,
malo; si son desagradables, mucho peor. Cuando uno empieza a cobrarles afecto o
simpatía ya se han ido.
Yo me he llevado muchas decepciones, de modo que no
me he permitido contraer nuevos afectos, ni experimentar ciertas atracciones. ¿Piensa
usted quedarse aquí… establecerse? Eso sería un gran alivio. Ah, sin duda, su
tía es una especie de garantía, con ella puede contarse.
Es una veterana de Florencia… lo digo en el sentido
literal de la palabra: una veterana, no como esos advenedizos actuales. Es una
verdadera contemporánea de los Medici, debió de estar presente en la cremación
de Savonarola y tengo para mí que echó algún manojo de astillas a la pira. Su
cara parece la de un cuadro primitivo: diminuta, seca, definida, con una
expresión que quizá fuera muy intensa, pero siempre la misma. Estoy seguro de
que puedo mostrarle su retrato en uno de los frescos del Ghirlandaio. Bueno, me
imagino que no le molestará que le hable así de su tía, ¿verdad? Se me antoja
que no. Tal vez a usted le parezca peor todavía. Le aseguro que en esto no hay
falta alguna de respeto hacia ninguna de las dos.
Ya sabe que soy un verdadero admirador de madame
Touchett.
Mientras su anfitrión procuraba entretener a Isabel
de esta manera un tanto confidencial, ella miraba de vez en cuando a madame
Merle, quien en una ocasión le de- volvió la mirada con una sonrisa vaga en la
que no parecía patente ninguna insinuación de que nuestra heroína estuviera
luciéndose. Al cabo, madame Merle propuso a la condesa de Gemini salir al
jardín, y la condesa se levantó, se sacudió el abundante plumaje y se encaminó
hacia la puerta. -¡Pobre señorita Archer! -exclamó mirando al grupo con expresión
compasiva-. La han metido de lleno en la familia.
- La señorita Archer no puede sino sentir simpatía
por una familia a la que tú perteneces -respondió el señor Osmond con una risa
que, si bien tenía no poco de ironía, manifestaba también una refinada
paciencia.
- Ignoro lo que quieres decir con eso. Tengo la
seguridad de que ella no verá en mí nada de malo fuera de lo que tú le cuentes.
No le crea, señorita Archer, soy mucho mejor de lo que él dice. -Se calló un
segundo y prosiguió en el acto-: Bastante necia y aburrida. ¿No le ha dicho
nada más? Ah, entonces es que le tiene usted de buen humor. ¿Ha empezado ya a
hablar de sus temas favoritos? Le advierto que son dos o tres los que trata á
fond. Si se pone en ello, ya puede usted ir quitándose el sombrero.
Isabel, que se había puesto de pie, replicó:
- Me parece que todavía no sé cuáles son los temas
favoritos del señor Osmond.
La condesa fingió sumirse en una intensa meditación,
oprimiéndose la frente con las yemas de los dedos.
- Voy a decírselo ahora mismo. Uno de ellos es
Maquiavelo; el otro Victoria Colonna, y por fin, Metastasio.
- Vamos, venga conmigo -dijo madame Merle, pasando el
brazo en derredor del talle de la condesa Gemini, como para conducirla al
jardín-. El señor Osmond no se pone nunca tan histórico.
- Bueno, usted sí que es un verdadero Maquiavelo
-observó la condesa mientras ambas se alejaban-, una verdadera Victoria
Colonna.
- No tardaremos en oír que la pobre madame Merle es
Metastasio en persona -suspiró con resignación Gilbert Osmond.
Isabel se había puesto de pie, por creer que también
ellos iban a pasar al jardín, pero su anfitrión no parecía inclinado a
abandonar la estancia, sino que seguía allí, con las manos en los bolsillos de
la chaqueta, mientras su hija, colgada de su brazo, alzaba los ojos para
contemplar alternativamente la cara de su padre y la de su visitante. Isabel
esperó, con una latente satisfacción, que le dirigieran los movimientos. Le
gustaba la conversación del señor Osmond, su compañía, y tenía en aquel momento
lo que siempre le produjera una viva emoción: la seguridad de estar haciendo
una nueva amistad. Por las puertas abiertas del gran salón vio a madame Merle y
a la condesa pasear sobre el fino césped del jardín; se volvió después y
recorrió con la mirada las cosas que la rodeaban. Lo acordado había sido que el
señor Osmond le mostrara sus tesoros: sus cuadros, sus tallas, que allí
parecían verdaderos te- soros. Pasado un momento, Isabel se dirigió a uno de
los cuadros para verlo mejor, y, mientras lo hacía, él le preguntó bruscamente:
- Señorita Archer, ¿qué opina usted de mi hermana?
Ella se volvió a mirarle con cierta sorpresa.
- Ah, por favor, no me lo pregunte… apenas si la he
visto unos instantes.
- Cierto, apenas la ha visto… pero habrá observado
que tampoco hay gran cosa que ver. ¿Qué piensa usted del tono general de
nuestra familia? -prosiguió él con su fría sonrisa-. Me gustaría saber de qué
manera impresiona a una mente fresca y libre de prejuicios. Ya sé lo que va
usted a decirme, que apenas ha tenido tiempo de observarla. Ni que decir tiene
que ha sido sólo un primer vistazo. Pero, en lo sucesivo, si la ocasión vuelve
a presentársele, no deje de observar. A veces pienso que nos hemos aventurado
por un camino errado, al vivir aquí entre cosas y gentes que no son las
nuestras, sin responsabilidades ni ataduras, sin cohesión ni apoyo; casándonos
con extranjeros, forjándonos gustos artificiales, haciéndole trampas a nuestra
misión natural. De todos modos, permítame añadir que todo esto lo digo mucho
más por mí que por mi hermana. Ella es una dama muy honesta, mucho más de lo
que parece. Es bastante desgraciada y, como no es de carácter muy serio, no
tiende a manifestarlo por lo trágico, sino que prefiere explotar el lado cómico
de la cosa. La pobre tiene un marido in- soportable, aunque no estoy seguro de
que sepa manejarlo. Indudablemente un marido insoportable es algo muy incómodo.
Madame Merle le da de vez en cuando sabios consejos a mi hermana, pero viene a
ser lo mismo que darle a un niño un diccionario para que aprenda un idioma:
podrá el niño leer las palabras, pero no sabrá cómo unirlas. Mi hermana precisa
una gramática, pero desgraciadamente no es una persona gramatical. Disculpe
usted que la haya aburrido con estos detalles. Razón tenía mi hermana al decir
que ya la habíamos metido en la familia. Voy a bajar este cuadro; necesita más
luz para verlo.
Descolgó el cuadro, lo llevó cerca de la ventana y
refirió algunos datos sobre él. Isabel contempló las otras obras de arte y él
le fue ampliando la información, como parecía oportuno hacer con una joven que
había ido de visita en una tarde de verano. Sus cuadros, medallones y tapices
eran sumamente interesantes; pero, al cabo de un rato, Isabel se percató de que
su dueño lo era mucho más todavía, e independientemente de ellos, por mucho que
parecieran pesar en su vida. No se parecía a nadie que ella hubiera visto. La
mayoría de las personas que ella conocía podía dividirse en grupos de media
docena de ejemplares. Había un par de excepciones, pues, a decir verdad, no
acertaba a imaginar ningún 4o ($ de incluir a su tía Lydia. Otros individuos
podían considerarse, hablando en términos relativos, originales - originales,
digamos, por pura cortesía-, como, por ejemplo, el señor Goodwood, su primo
Ralph, Henrietta Stackpole, lord Warburton y madame Merle. No obstante, en lo
esencial, si los miraba atentamente, comprendía que pertenecían a ciertas
categorías que ya estaban presentes en su imaginación. En cambio, su
imaginación no tenía sitio apropiado para colocar al señor Osmond… que era, en
verdad, un caso aparte. No era que Isabel reconociera todas estas verdades de
inmediato, pero sí iban ordenándose ante ella. De momento, sólo se dijo a sí
misma que aquella «nueva relación» podría llegar a parecerle la más distinguida
de todas. Madame Merle había hecho sonar, ciertamente, esa nota de exquisita
rareza, pero ¡de qué distinta manera sonaba cuando el que la emitía era un
hombre! No era tanto lo que él decía o hacía, sino lo que guardaba para sí, lo
que a los ojos de Isabel le imprimía al señor Osmond esa marca de singularidad,
como la que él le mostraba en el dorso de los platos antiguos y en el ángulo de
los bocetos del siglo dieciséis. No se esforzaba él en tratar de distinguirse
de lo corriente, y era original sin ser excéntrico. Nunca se había Isabel
tropezado con un hombre de calidad tan elevada. Para empezar, su singularidad
era, ante todo, física y se iba extendiendo a lo impalpable. Su cabello
delicado y espeso, sus facciones perfectamente dibujadas, casi retocadas, su
piel clara, saludable sin tosquedad, su barba perfectamente recortada y aquella
constitución ágil y armónica que hacía que el movimiento de uno solo de sus
dedos produjera el efecto de un gesto expresivo… todos estos detalles
personales le parecían a nuestra sensible heroína signos indiscutibles de
calidad e intensidad, y en cierto modo susceptibles de despertar interés. Sin
duda alguna era exigente y crítico, y tal vez fácilmente irascible; un hombre a
merced de su sensibilidad, acaso excesivamente dominado por ella, sensibilidad
que le había llevado a gastar poca paciencia con las perturbaciones vulgares y
a vivir para sí en un mundo seleccionado, tamizado y arreglado a su manera,
donde entregarse de lleno a la meditación artística, a la belleza y a la
historia. Para todo había consultado únicamente su propio gusto y nada más,
como el enfermo que se sabe condenado consulta sólo a su abogado; todo eso era
lo que le distinguía tan extraordinariamente de los demás. Ralph poseía también
algo de esa rara cualidad, esa apariencia de creer que la vida era un asunto
para connaisseurs, pero en Ralph era una anomalía, una especie de excrecencia
humorística, mientras que en el señor Osmond era la tónica, a la que se
ajustaba toda su vida. Isabel estaba lejos de comprenderle por completo; el
sentido de sus palabras no siempre era obvio. Por ejemplo, resultaba difícil
saber qué quería decir al hablar de su propio lado provinciano, que era
precisamente el lado que en opinión de Isabel le faltaba. Y se preguntaba si
sería una paradoja dicha por él con el propósito de desconcertarla, o si sería
el producto más refinado de una cultura exquisita. Confiaba en esclarecerlo con
el tiempo, pues sería cosa sumamente interesante. Si era provinciano el
disponer de aquella armonía, ¿en qué estribaba la superioridad de la capital?
Creyó Isabel que podría hacerle tal pregunta, a pesar de sentir que su
anfitrión era un hombre tímido, ya que una timidez como la suya -la de los
nervios a flor de piel y de la fina percepción- era perfectamente compatible
con la mejor educación. De hecho, era casi señal de unas pautas y unos cánones
fuera de lo vulgar; sin duda estaba seguro de que el estar en primera línea de
acción era cosa de gente ordinaria. No era hombre que gozara de un gran aplomo,
de esos que charlan y hablan por los codos con esa fluidez propia de los
caracteres superficiales; era crítico consigo mismo, como también con los demás
y, al exigir mucho a los demás para considerarlos agradables, probablemente
contemplaba con ironía lo que él mismo podía ofrecer; algo que demostraba que
no era un presuntuoso. De no haber sido tímido, no habría podido realizar
aquella conversión sutil, gradual y triunfante de su condición, que constituía
todo lo que a la joven le agradaba y la desconcertaba. El preguntarle de
improviso qué opinaba de la condesa Gemini era una prueba indiscutible de que
sentía interés por Isabel, ya que de sobra conocía a su hermana y de nada le
hubiera servido la opinión ajena. Y el hecho de que demostrase tal interés
denotaba un espíritu curioso, si bien era un poco singular, que sacrificara el
sentimiento fraternal a su curiosidad.
Eso era lo más excéntrico de cuanto había hecho.
Más allá de aquella habitación en donde la había
recibido, se hallaban otras dos, llenas asimismo de objetos románticos, en las
que Isabel pasó otro cuarto de hora. Todo lo que contenían era sumamente
precioso y raro, y el señor Osmond continuó mostrándose un «cicerone» de lo más
amable y la condujo de una a otra habitación, llevando todavía a su hija de la
mano. Aquella amabilidad casi sorprendía a la joven, que se preguntaba por qué
se tomaba el señor Osmond tantas molestias por ella; y al final, aquella acumulación
de belleza y saber en que se veía inmersa acabó por abrumarla. Ya era bastante
por aquella vez. Había dejado de escuchar lo que él le decía, y aunque lo
miraba con atención no pensaba en sus palabras. Probablemente, él la
consideraba mucho más avispada, más inteligente y mejor preparada de lo que en
realidad era. Acaso madame Merle había exagerado afablemente; lo cual sería una
lástima porque, al final, él no dejaría de descubrirlo; y en tal caso, ni aun
la gran inteligencia de la joven conseguiría que él se perdonase su propio
error. Parte del cansancio de Isabel provenía del esfuerzo que hacía para
parecer tan inteligente como se imaginaba que madame Merle la había descrito, y
del temor (muy insólito en ella) de revelar, no ya su ignorancia -cosa que le
importaba bastante poco- sino su posible falta de finura en la comprensión.
Nada la habría atormentado tanto como dar a entender que le gustaba algo que
él, dado sus superiores conocimientos, pensase que no debía gustarle, o no
fijarse en algo que una inteligencia cultivada nunca habría pasado por alto. No
experimentaba el menor deseo de incurrir en la actitud grotesca en que había
visto a algunas mujeres (y eso era una advertencia) zozobrar con tanta
serenidad como desdoro. Por ello tenía sumo cuidado con lo que decía, así como
con lo que observaba o dejaba de observar, infinitamente más cuidado del que
tuviera hasta entonces.
Después de ese recorrido por las dos habitaciones,
volvieron a la primera, donde ya estaba servido el té, pero como las otras
damas seguían en la terraza, y dado que Isabel no había tenido aún ocasión de
contemplar la vista panorámica -atracción principal de la casa del señor
Osmond-, éste la condujo sin demora al jardín. Madame Merle y la condesa habían
hecho sacar asientos y, como era una tarde deliciosa, la condesa propuso que
tomasen el té al aire libre. Encargaron a Pansy que avisara al criado para que
hiciese lo necesario. El sol había ido descendiendo, su luz dorada tenía un
tono más intenso, y sobre las montañas y la llanura que se extendían ante la
vista se acumulaban sombras purpúreas que resplandecían con la misma brillantez
que los lugares todavía iluminados. Un indefinible encanto parecía flotar sobre
el panorama. Había en el aire una quietud casi solemne, y la anchura del
paisaje, con su cultura ajardinada y su nobleza de diseño, con su fértil valle
y sus desgastadas colinas, sus toques de población tan peculiarmente humanos,
era toda armonía y gracia clásica. Osmond condujo a Isabel hasta uno de los
ángulos de la terraza y allí observó:
- Parece usted tan complacida que casi me atrevo a
confiar en que se dignará volver.
- Seguro que volveré -contestó ella-, aunque usted
pretenda que es contraproducente vivir en Italia. ¿Qué era eso que decía acerca
de la misión natural de cada uno? No sé si yo faltaría a mi misión natural al
establecerme en Florencia.
- La misión natural de una mujer es quedarse donde
más se la estime.
- El problema está en averiguar qué sitio es ése.
- Sin duda… y a veces ella pierde mucho tiempo en
esta indagación. Hay que hacérselo comprender.
- Por lo menos, a mí habrá que demostrármelo con
claridad -dijo Isabel sonriendo.
- Yo celebro, en todo caso, que hable de establecerse
aquí. Madame Merle me había hecho pensar que tenía usted un espíritu andariego.
Creo que me habló de que usted tenía el proyecto de dar la vuelta al mundo.
- La verdad es que me avergüenzo de mis proyectos,
porque hago uno nuevo cada día.
- No veo por qué habría usted de avergonzarse. No hay
placer comparable a ése.
- A mí entender, parece una frivolidad. Una debe
decidirse por algo definido, después de pensarlo bien, y ser fiel a ello.
- Según esta regla, yo no he sido frívolo. -¿Usted
nunca ha hecho planes?
- Sí. Años atrás hice uno, y hasta el día de hoy sigo
realizándolo.
- Debió de ser un plan muy agradable -se permitió
observar Isabel.
- Era muy sencillo. Vivir tan tranquilo como me fuera
posible. -¿Tranquilo? -repitió la joven.
- Sí. No preocuparme… no ambicionar, no luchar.
Resignarme, contentarme con poco.
- Dijo esas frases lentamente, espaciándolas con
breves pausas, y fijando sus ojos llenos de inteligencia en los de su
visitante, con la plena conciencia del hombre que se decide a confesar algo.
-¿Y a eso le llama usted sencillo? -preguntó ella con suave ironía.
- Sí, porque es negativo. -¿Entonces su vida ha sido
negativa?
- Llámela positiva, si le agrada. Aunque sólo ha
logrado afirmar mi indiferencia. Pero fíjese bien; no mi indiferencia natural,
de la cual carecía, sino mi renunciación voluntaria, estudiada a conciencia.
Isabel apenas le entendía. Debía desentrañar si
hablaba en broma o en serio. ¿Cómo era posible que un hombre, que a sus ojos
poseía tantas reservas mentales, se mostrara de pronto tan confidencial? Sin
embargo, eso era asunto de él, y sus confidencias eran realmente interesantes.
- La verdad, no veo por qué tenía que renunciar -dijo
pasado un momento.
- Porque no podía hacer nada. No tenía grandes
perspectivas. Era pobre y no era un genio, ni siquiera tenía grandes
cualidades; supe valorarme desde muy joven. Era, sencillamente, el jovencito
más descontentadizo de la Tierra. Había dos o tres individuos en el mundo a
quienes envidiaba, como el zar de Rusia y el sultán de Turquía. E incluso en
ciertos momentos envidiaba al papa de Roma… nada más que por el respeto de que
disfruta. Me hubiera agradado gozar de tanta consideración; pero, como eso era
imposible tampoco quise conformarme con menos, y resolví no aspirar a honores
de ninguna clase. El más menesteroso de los caballeros puede respetarse siempre
a sí mismo, y yo, aunque menguado, era por fortuna un caballero. En Italia no
podía hacer nada… ni siquiera ser un patriota italiano. Para serlo habría
tenido que marcharme del país, y estaba demasiado encariñado con él para
abandonarlo; aparte de que me satisfacía demasiado, hablando en términos
generales, tal como era entonces, para querer cambiarlo. De manera que me he
pasado muchísimos años aquí, en perfecta calma, realizando el plan de que antes
le hablé; y puedo decir que no he sido desgraciado del todo. Esto no implica
que no me haya interesado por nada, sino que las cosas que me han interesado
han sido siempre definidas, limitadas. Los acontecimientos de mi vida han
pasado completamente inadvertidos para todos, excepto para mí mismo: adquirir
un antiguo crucifijo de plata a precio de ganga (nunca he comprado nada caro,
desde luego), o descubrir, como descubrí una vez, un boceto de Correggio en una
tabla que un idiota inspirado había emborronado.
Habría sido un recuento bastante árido de la carrera
del señor Osmond si Isabel lo hubiera creído a pie juntillas; pero la
imaginación de la joven suplió el elemento humano que a buen seguro no había
faltado. La vida de Osmond se había mezclado con otras vidas mucho más de lo
que él confesaba, aunque, naturalmente, ella no esperaba que entrase en ese
tema. Por el momento, Isabel se abstuvo de provocar otras revelaciones;
insinuar que él no lo había dicho todo habría sido mostrarse más familiar y
menos considerada de lo que ella deseaba mostrarse… habría sido de una
vulgaridad escandalosa. Ciertamente él le había dicho ya bastante. Pero, en
aquel momento, ella se sentía inclinada a expresarle su enhorabuena por haber
logrado conservar su independencia.
- Indudablemente, es una vida muy grata renunciar a
todo… menos a Correggio. -¡Oh! A mi manera le he sacado partido. No crea que me
lamento. Si uno no es feliz, la culpa es suya.
Éste era un pensamiento elevado y ella permaneció en
un plano más terrestre. -¿Ha vivido siempre aquí? -preguntó.
- No siempre. Viví mucho tiempo en Nápoles y algunos
años en Roma, pero aquí llevo ya bastante tiempo. Acaso tenga que cambiar;
hacer algo distinto. Ya no puedo pensar sólo en mí. Mi hija está creciendo y es
muy posible que los crucifijos y los Correggios le interesen mucho menos que a
mí. Tendré que hacer lo que sea más conveniente para ella.
- Sí, eso es lo que debe hacer. Es una criatura
encantadora -dijo Isabel. -¡Ah! ¡Es una santa bajada del cielo, mi verdadera
felicidad! -exclamó Gilbert Osmond.
25
Mientras continuaba este coloquio bastante íntimo
(que se prolongó más allá del punto en que lo hemos dejado), madame Merle y su
compañera, poniendo fin a su silencio de cierta duración, comenzaron a
intercambiar comentarios.
Estaban sentadas en una actitud de silenciosa
expectativa, sobre todo la condesa Gemini que, de temperamento mucho más
nervioso, no tenía tanta habilidad como su amiga para disimular la impaciencia.
Lo que ambas estaban esperando no era cosa fácil de adivinar y tal vez ellas
mismas no lo tuvieran muy definido. Madame Merle esperaba a que el señor Osmond
liberase a su joven amiga de aquel prolongado téte-á-téte, y la condesa
esperaba porque eso hacía madame Merle. No obstante, la condesa, quizás a
fuerza de esperar, vio llegado el momento de soltar una de sus lindas
perversidades. Quizá llevara unos minutos queriendo colocarla. Mientras su
hermano se alejaba con Isabel hasta el extremo del jardín, ella les siguió con
la vista y dijo:
- Querida, me disculpará si no la felicito. -¡De muy
buen grado, porque no tengo idea de por qué habría usted de felicitarme!
La condesa, indicando con un movimiento de cabeza a
la distante pareja, preguntó: -¿No tiene usted un pequeño plan que le parece
muy grato?
Los ojos de madame Merle tomaron la misma dirección
y, luego, miró serenamente a su vecina.
- Ya sabe usted que nunca la comprendo bien del todo
-contestó con una sonrisa.
- Sin embargo, cuando quiere, no hay quien comprenda
mejor. Pero veo que ahora no quiere.
- Me dice usted unas cosas que nadie me ha dicho
nunca -observó madame Merle con una seriedad desprovista de amargura. -¿Cosas
que no le agradan? ¿No dice Osmond muchas veces cosas por el estilo?
- Pero todo lo que dice su hermano tiene una
finalidad.
- Sí, a veces llena de veneno. Si usted quiere dar a
entender que no soy tan inteligente como él, no piense que esa apreciación suya
va a causarme desazón; pero será mejor que me entienda. -¿Por qué? ¿A qué nos
conduciría eso? -preguntó madame Merle.
- Si yo no apruebo su plan, usted debería saberlo
para poder medir el peligro que mi intervención podría suponer.
Madame Merle la miró como si estuviera dispuesta a
admitir que en eso podía haber algo de verdad; pero, al cabo de un instante,
contestó con toda calma:
- Usted me cree mucho más calculadora de lo que soy.
- No es de que haga cálculos de lo que me quejo; es
que creo que ha calculado usted mal. Por lo menos, en este caso.
- Mucho tiene que haber calculado usted misma para
descubrirlo.
- No, por cierto, porque no he tenido tiempo -dijo la
condesa-. Ésta es la única vez que he visto a la muchacha, y he adquirido de
pronto ese convencimiento. Me gusta mucho.
- También a mí -dijo con toda sencillez madame Merle.
- Pues tiene usted una extraña manera de demostrarlo.
- No me negará que le he hecho un favor a esa chica
al presentársela a usted. La condesa soltó uno de sus desafinados grititos,
diciendo:
- Esa es una de la mejores cosas que podrían
sucederle.
Madame Merle guardó silencio durante un rato. La
actitud de la condesa le parecía repulsiva, verdaderamente rastrera, pero eso
provenía de una antigua historia; y, fijando los ojos en la ladera color
violeta del monte Morello, hizo suavemente esta reflexión:
- Le aconsejo que no se agite. El asunto en cuestión
concierne a tres personas de voluntad mucho más fuerte que la suya. -¿Tres
personas? Usted y Osmond, desde luego. Pero ¿también la señorita Archer es
voluntariosa?
- Tanto como nosotros. -¡Ah! En ese caso -dijo
radiante la condesa-, si llego a convencerla de que debe resistir, lo hará
admirablemente. -¿Resistir? ¿Por qué se expresa usted de manera tan burda?
Isabel no está expuesta a coacciones ni engaños.
- No estoy segura. Usted y Osmond son capaces de
todo. No digo Osmond solo, ni tampoco usted sola. Pero la. verdad, juntos son
peligrosos, como una terrible combinación química.
- En este caso, más valdrá que nos deje usted
tranquilos -advirtió sonriendo madame Merle.
- No pienso meterme con ustedes…, pero hablaré con
esa joven.
- Mi pobre Amy -murmuró madame Merle-, no sé qué se
le ha metido en la cabeza.
- Me intereso por la joven. Eso es lo que se me ha
metido en la cabeza. Me gusta la muchacha.
- Pues no creo que usted le guste a ella -dijo madame
Merle tras dudar un breve instante.
La condesa abrió de par en par sus brillantes ojillos
y en su rostro se perfiló una mueca. -¡Ah! Hasta sola es usted peligrosa.
- Si usted quiere gustarle, no le hable mal de su
hermano -le aconsejó madame Merle.
- No pretenderá decirme que Isabel se ha enamorado de
él en sólo dos encuentros. Madame Merle contempló un momento a Isabel y al
dueño de la casa. Él estaba apoyado contra el parapeto, con los brazos cruzados
y de frente a ella; y era evidente que la joven no estaba absorta en el mero
panorama impersonal, a pesar de mirarlo con persistencia. Mientras madame Merle
la contemplaba, bajó los ojos. Acaso estuviera escuchando con cierta turbación,
hincando en la tierra del camino la contera de su sombrilla. Madame Merle se
levantó del sillón. -¡Sí, eso creo! -declaró.
Convocado por Pansy, el raído lacayo -que, por lo
deslustrado de su librea y su aspecto estrafalario, parecía escapado de algún
boceto extraviado de antiguas usanzas,
«retocado» por el pincel de un Longhi o de un
Goyallegó, al fin,, con una mesita que dejó sobre el césped para volver a
buscar el servicio del té, después de lo cual desapareció otra vez y regresó
con otras dos sillas. Pansy había observado con interés todas estas idas y
venidas, las manos cruzadas delante de su corto vestido; pero no se le había
ocurrido proponer su ayuda. No obstante, una vez todo dispuesto, se acercó a su
tía para preguntarle:
- Tía, ¿ crees que papá me dejará preparar el té?
La condesa la contempló de arriba abajo con una
mirada voluntariamente crítica.
- Pero sobrinita querida, ¿es éste tu mejor vestido?
-¡Oh, no, tía!; es una «toilette» para las ocasiones corrientes. -¿Y te parece
corriente la ocasión cuando yo vengo a verte… por no hablar de madame Merle y
de esa señorita tan guapa?
Pansy reflexionó un momento, pasando su mirada grave
de una a otra de las dos damas. Después apareció en su rostro su sonrisa
perfecta.
- Tengo un vestido bonito, pero es también muy
sencillo. ¿Para qué lo voy a mostrar al lado de estas cosas tan elegantes que
llevan ustedes?
- Porque es el más bonito que tienes; para mí debes
ponerte siempre lo más bonito. No dejes de ponértelo la próxima vez. Ya veo que
no te visten todo lo bien que debieran.
La niña se alisó brevemente la anticuada falda. -¿No
te parece un vestido a propósito para servir el té? ¿Crees que papá me dejará
hacerlo?
- Me es imposible decírtelo, hijita -dijo la
condesa-. Las ideas de tu padre me resultan insondables… Madame Merle las
comprende mejor. Pregúntale a ella.
Madame Merle sonrió con su gracia habitual.
- Es una cuestión muy grave…; déjame pensar. Me
parece que a tu papá le agradaría que su hacendosa hijita le preparara el té.
Es la obligación de la hija de la casa…, cuando ya es mayor. -¡Eso me parecía a
mí, madame Merle! -exclamó Pansy-. Ya verá lo bien que lo hago; una cucharadita
por cabeza… -Y empezó a ajetrearse con las cosas de la merienda.
- Para mí dos cucharaditas -dijo la condesa que,
junto con madame Merle, estuvo observándola unos momentos-. Dime, Pansy -añadió
por fin-, ¿qué te parece la señorita que ha venido a visitarte?
- No ha venido a visitarme a mí, sino a papá
-contestó Pansy.
- A ti también -dijo madame Merle, persuasiva.
- Me alegro mucho de saberlo. Ha sido muy amable
conmigo. -¿Te gusta, entonces? -preguntó la condesa.
- Es encantadora, encantadora -repitió Pansy con su
pulcro tonillo conversacional-. Me gusta enormemente. -¿Te parece que le gusta
también a tu papá?
- Por favor, condesa -murmuró madame Merle con acento
disuasorio-. Anda, avísales que ya está listo el té -añadió dirigiéndose a la
muchachita.
- Ya verá cómo les gusta -declaró Pansy, corriendo a
avisar a los otros dos, que seguían conversando al extremo del jardín.
- Si la señorita Archer va a ser su madre, es
interesante saber si a la niña le agrada - manifestó la condesa.
- Si su hermano vuelve a casarse -repuso madame
Merle-, no será por darle gusto a su hija. La muchacha va a cumplir dieciséis
años, y pronto le hará más falta un marido que una madrastra.
- ¿Se encargará usted de buscarle también marido?
- Sin duda, pondré el mayor interés en que contraiga
un matrimonio acertado. Me imagino que usted hará otro tanto. -¡Desde luego que
no! -exclamó la condesa-. ¿Por qué voy a ser yo, precisamente, quien conceda
tanto valor a un marido?
- Usted no ha tenido suerte en su matrimonio, a eso
me refiero. Cuando digo un marido, quiero decir un buen marido.
- No ¡os hay buenos; y Osmond no lo será. Madame
Merle cerró los ojos un instante.
- Usted está irritada -dijo al poco-, no sé por qué.
Estoy segura de que en el fondo no se opone a que se
casen su hermano o su sobrina, cuando llegue el momento. Por lo que a Pansy
respecta, yo confío en que un día tendremos el placer de buscarle marido las
dos juntas.
Las muchas relaciones que usted tiene serían de gran
utilidad.
- La verdad, sí, estoy irritada. Usted me irrita a
menudo. En cambio, esa frialdad suya es formidable. ¡Qué mujer tan extraña es
usted!
Madame Merle, como si no la hubiese oído, prosiguió:
- Como digo, será mucho mejor que actuemos juntas.
-¿Lo dice como amenaza? -preguntó la condesa, poniéndose en pie. Madame Merle
meneó la cabeza, como si esa pregunta la divirtiera. -¡No, desde luego! ¡No
tiene usted la misma frialdad que yo!
Isabel y el señor Osmond se acercaban despacio hacia
ellas; Isabel había tomado a Pansy de la mano. -¿No me dirá que cree que Osmond
la haría feliz?
- Estoy segura de que, si se casara con la señorita
Archer, se conduciría como todo un caballero.
La condesa adoptó una serie de poses: -¿Quiere usted
decir como se conducen la mayoría de los caballeros? ¡Pues sí que sería de
agradecer! Por descontado, Osmond es un caballero; no hace falta que se lo
recordemos a su hermana. ¿Pero acaso él cree que puede casarse con la primera
muchacha en quien ponga los ojos? Que Osmond es un caballero, de eso no hay la
menor duda; pero le aseguro que en la vida he visto a nadie con las
pretensiones que tiene Osmond. Lo que no sé es en qué se fundan. Soy su hermana
y debería saberlo. Pues confieso que estoy aún en ayunas. Dígame, ¿quién es,
qué ha hecho en su vida? Si en sus orígenes hubiera algo verdaderamente
extraordinario, si estuviera fabricado de alguna arcilla especial, me imagino
que algo de ello me habría tocado a mí. Si en nuestra familia hubiese habido
cosas de gran honor o de esplendor deslumbrante, es seguro que yo habría sacado
el mejor partido de ellas y que se habrían exteriorizado mejor a través de mí.
Pero el caso es que no hay nada, absolutamente nada de eso, nada de nada.
Nuestros padres eran gente encantadora, como lo éramos también nosotros. Todo
el mundo es hoy gente encantadora; hasta lo soy yo misma… no se ría usted, lo
digo tal como lo siento. Por su parte, Osmond ha actuado siempre como si descendiera
de los mismos dioses del olimpo.
- Usted podrá decir lo que se le antoje -contestó
madame Merle, de quien cabía creer que no había prestado menos atención a
aquella salida de la condesa pese a haber apartado sus oídos de ella y haberse
entretenido en arreglar los lazos de las cintas de su vestido-. Uste- des, los
Osmond, son gente de una raza fina, su sangre debe de fluir de una fuente muy
pura.
Su hermano, con lo inteligente que es, ha abrigado
siempre esa convicción aunque no tenga en qué fundamentarla. Usted se muestra
harto modesta sobre ello, pero también es sumamente distinguida. Y de su
sobrina, ¿qué me dice? Parece una princesita de cuento de hadas. -Se calló un
breve instante y prosiguió-: De todas maneras, no crea usted que va a ser cosa
tan fácil para Osmond casarse con la señorita Archer. Que pruebe, a ver.
- Espero que ella lo rechace. Eso le hará bajar un
poco de su pedestal.
- Sin embargo, no olvide que es uno de los hombres
más brillantes que existen.
- Ya se lo he oído decir más de una vez, pero el caso
es que yo no he podido descubrir lo que hasta ahora ha hecho. -¿Qué ha hecho?
Pues no hacer nada que no debiera y saber esperar. -¿Esperar qué, el dinero de
la señorita Archer? En resumidas cuentas, ¿cuánto tiene?
- No era eso lo que yo quería decir -contestó madame
Merle-. Por lo demás, la señorita Archer tiene sesenta mil libras.
Al oír tal suma, la condesa declaró:
- Es una verdadera lástima que sea tan atractiva.
Para ser sacrificada, cualquier otra habría estado bien. No tiene por qué ser
una mujer superior.
- Si no fuese una mujer superior, su hermano no se
dignaría siquiera mirarle a la cara.
Él merece llevarse lo mejor.
Se adelantaron al encuentro de los otros madame Merle
y la condesa, y ésta concluyó, diciendo:
- Sí, es muy difícil de contentar. Eso es
precisamente lo que me hace temer por su felicidad.
26
Gilbert Osmond fue a ver de nuevo a Isabel, es decir,
fue al Palazzo Crescentini. Tenía allí, desde luego, otros amigos, y tanto con
la señora Touchett como con madame Merle se comportaba siempre con exquisita e
imparcial cortesía. La primera de estas dos damas observó que en el transcurso
de dos semanas había ido de visita al palacio cinco veces y recordaba que el
año anterior, durante todo el tiempo de su estadía en Florencia, no le había
hecho más que dos visitas, y no le pareció que precisamente escogiera para
hacerlas los momentos en que madame Merle se hallase bajo su techo. Seguramente
no iba por madame Merle, pues eran viejos amigos y él no salía exclusivamente
para verla. En cuanto a su hijo, la verdad es que no sentía una gran
inclinación por él -el mismo Ralph se lo había confesado-, y no era de suponer
que, de la noche a la mañana, hubiera cambiado del todo y sintiera ahora un
gran interés por el joven enfermo. Por lo demás, Ralph se mantenía
imperturbable en su aparentemente perezosa cortesía, que le envolvía como un
abrigo mal hecho pero del que nunca se despojaba. Creía que el señor Osmond era
un excelente compañero de conversación y no le desagradaba verle de vez en
cuando, de modo que lo acogía con hospitalidad. No quería ello decir que se hiciese
la ilusión de que el señor Osmond quisiera reparar su error del año anterior
menudeando ahora las visitas; veía con claridad lo que ocurría. La verdadera
atracción la constituía Isabel, y eso bastaba como motivo para las visitas.
Como Osmond era un crítico, un curioso investigador de todo lo exquisito, nada
de extraño tenía que experimentase la natural curiosidad por aquella extraña
aparición. De manera que, cuando su madre le dijo que estaba claro como el agua
lo que al señor Osmond le interesaba, Ralph contestó que él era de la misma
opinión.
Desde hacía mucho tiempo, la señora Touchett había
reservado un lugar en la lista de sus relaciones para ese caballero, a pesar de
barruntar oscuramente mediante qué artes y procedimientos -tan negativos e
ingeniosos ambos- había llegado a imponerse dondequiera que se presentara. Como
jamás había sido un visitante importuno, no había tenido tiempo ni ocasión de
resultar ofensivo y, a sus ojos, destacaba grandemente el hecho de que él podía
prescindir de ella, lo mismo que ella podía prescindir por completo de él,
cualidad que, por extraña que parezca, era la mejor de todas las que podían
aprovecharse para entablar con la señora Touchett una agradable relación. No
obstante, no le agradó pensar que se le hubiese metido en la cabeza el casarse
con su sobrina. Se le antojaba que, por parte de Isabel, semejante unión
parecería el efecto de una perversidad morbosa. La señora Touchett se acordaba
perfectamente de que la joven había rechazado a un par inglés; y el hecho de
que una muchacha con la que en balde había luchado lord Warburton fuera a
contentarse ahora con un oscuro dilettante americano de edad ya madura, con una
hija incauta y una renta insuficiente, era algo que no respondía a su idea del
éxito en la vida. Como se verá, por lo que al matrimonio concernía, ella no
consideraba el asunto desde el punto de vista sentimental, sino político, punto
de vista que tiene siempre no poco a su favor. Así, al hablar de ello, le dijo
a Ralph: «No creo que Isabel vaya a cometer la locura de escucharle». A lo que
el hijo contestó diciendo que una cosa era que Isabel escuchase y otra que
respondiera. De sobra sabía él que su prima había escuchado ya varios partidos,
como su padre se complacía en decir, pero les había hecho a su vez escucharla;
y le divertía grandemente la idea de que en los pocos meses que la conocía
hubiese ya otro pretendiente rondándola. Lo que ella necesitaba era conocer la
vida, y el hecho de poseer una fortuna le brindaba tal posibilidad y servía su
gusto. Unos cuantos pretendientes arrastrándose de rodillas ante ella podrían
hacerle tanto bien como cualquier otra cosa. Ralph pensaba ya en el cuarto, en
el quinto, quizás en el décimo pretendiente, pues no creía que su prima pudiese
hacer alto en el tercero. Mantendría ella siempre su puerta de par en par
abierta y se mostraría dispuesta a parlamentar, pero era seguro que no dejaría
entrar al número tres para que se quedase. Poco más o menos, éstas fueron las
palabras con que Ralph expresó su opinión a su madre, quien parecía mirarle
como si le estuviese viendo bailar la jiga. Tenía una manera tan fantástica y
pintoresca de decir las cosas que lo mismo hubiera podido dirigirse a ella con
el alfabeto de los sordomudos.
Al cabo de un momento, ésta dijo:
- Me parece que no te entiendo; empleas demasiadas
figuras al hablar y yo nunca he podido comprender las alegorías. Para mí las
dos únicas palabras del lenguaje dignas de respeto son: sí y no. Y si a Isabel
se le mete en la cabeza casarse con el señor Osmond, lo hará pese a todas las
imágenes que se te ocurran, a pesar de todas tus comparaciones. Por lo menos,
que encuentre por sí sola a la persona apropiada para cada una de las cosas que
emprenda. Sé muy poco del joven pretendiente de América, y no creo que ella
pierda mucho tiempo pensando en él, por lo que me figuro que se habrá cansado
ya de esperarla. Si ella considera deseable a Osmond desde cierto punto de
vista, no habrá nada en el mundo capaz de impedirle que se case con él. Me
parece perfecto. No hay quien apruebe de mejor grado que yo eso de que una haga
lo que le gusta; pero el caso es que a ella le gustan cosas muy raras. Isabel
es capaz de casarse con el señor Osmond nada más que por la brillantez de sus
ideas o porque posee un autógrafo de Miguel Ángel. Quiere ser absolutamente
desinteresada…, como si ella fuese la única persona que estuviera en peligro de
no serlo. ¿Lo será tanto él cuando se halle en condiciones de disponer de su
dinero? Ésa era la idea de Isabel antes de la muerte de tu padre, y tal idea ha
adquirido desde entonces nuevos encantos para ella. Es seguro que no querrá
casarse más que con alguien de cuyo desinterés esté perfectamente convencida; y
para eso la prueba mejor es que el pretendiente posea también fortuna propia.
- Mamá, yo no comparto ninguno de tus temores
-contestó Ralph-. Me parece que lo que está haciendo es sencillamente burlarse
de nosotros. Que pretende darse gusto, es indudable; pero puedes estar segura
de que lo hará estudiando bien de cerca la naturaleza humana y, al mismo
tiempo, conservando su libertad. Ha emprendido una expedición de exploradora y
no creo que, antes de emprenderla de lleno, se vuelva atrás a una simple seña
del señor Osmond. Puede que durante una hora o dos le falte el vapor, pero no tengas
la menor duda de que, antes de que nos demos cuenta, ya se habrá puesto en
marcha otra vez a toda velocidad. Y perdóname esta otra metáfora.
Puede que la señora Touchett no tuviera inconveniente
alguno en excusarla, pero no se sentía tan tranquila como para no comunicar sus
temores a madame Merle.
- Usted que lo sabe todo -le dijo-, debe saber
también eso. ¿Es que, de veras, ese hombre tan curioso le está haciendo la
corte a mi sobrina?
Madame Merle abrió de par en par los ojos y con
perfecta conciencia de lo que decía, exclamó:
- Gilbert Osmond. ¡El cielo nos ampare! ¡Qué
ocurrencia! -¿No se le había ocurrido?
- Verdaderamente, me está usted haciendo ver lo
estúpida que soy, pero' debo confesar que no se me había ocurrido. Lo que me
pregunto es si se le habrá ocurrido a Isabel.
- Voy a preguntárselo -dijo la señora Touchett.
Tras un instante de reflexión, madame Merle exclamó:
- No vaya usted a metérselo ahora en la cabeza. Lo
mejor sería preguntarle al señor Osmond.
- No puedo hacer semejante cosa. No quiero exponerme
a que me responda, con ese aire suyo tan altivo y en vista de la situación de
Isabel, que eso no es cosa mía.
- Pues entonces se lo preguntaré yo misma -declaró
con decisión madame Merle.
- Pero él pensará lo mismo…, que tampoco es cosa de
usted.
- Justamente, ésa es la razón que puedo aducir para
atreverme a hablarle. Y a mí me importa mucho menos que a nadie que pueda salir
con lo que se le antoje. Pero, según él proceda, podré darme cabal cuenta de
todo y conocer su pensamiento.
- Entonces -dijo la señora Touchett-, no deje de
comunicarme el resultado de su penetración. Por mi parte, aunque no pueda
hablar con él, podré hablar con Isabel.
Al oír tal propósito, madame Merle creyó conveniente
hacer una advertencia.
- No vaya demasiado lejos con ella. Mire que se
expone a inflamarle la imaginación.
- Yo no le he hecho jamás nada a la imaginación de
nadie. De lo que estoy segura es de que ella no hará…, no hará…, bueno, nada de
lo que yo haría.
- Desde luego, no es precisamente esto lo que a usted
le gustaría. -¿Y por qué habría de gustarme, quiere decírmelo, por favor? El
señor Osmond no tiene, en realidad, nada sólido que ofrecer.
Madame Merle permaneció callada, al tiempo que su
inteligente sonrisa le elevaba la boca con mayor encanto que de. costumbre
hacia la comisura izquierda.
- No confundamos -dijo al fin-. Gilbert Osmond no es
ni mucho menos cualquiera. Es un hombre que, en condiciones favorables, puede
causar una impresión extraordinaria. Por lo que yo sé, no es la primera vez que
la causa.
- No me diga nada acerca de sus enredos amorosos
puramente carnales; son cosa que no me interesa en absoluto -exclamó la señora
Touchett-. Por eso que usted dice es por lo que quisiera que dejase de
frecuentar esta casa. Lo único que tiene en el mundo, que yo sepa, es una o dos
docenas de tiernos infantes y una hijita más o menos petulante.
- Los tiernos infantes -replicó madame Merle valen
hoy en día una enorme suma de dinero. Y respecto a la hijita, es una persona
muy joven, inocente y totalmente inofensiva.
- Dicho de otras palabras: una chiquilla insípida.
¿No es eso lo que quiere usted decir?
Y, como no tiene fortuna, no puede confiar en casarse
como en este país se casan. De manera que Isabel tendría que mantenerla o
dotarla.
- Me parece que Isabel no tendría inconveniente en
mostrarse generosa con ella. Se ve que le ha tomado afecto a la pobre
muchachita.
- Ahí tiene otra razón para que el señor Osmond se
quede tranquilo en su casa. De lo contrario, a lo mejor dentro de una semana
nos encontraremos de pronto con que mi sobrina se ha convencido de que su
misión en la vida es demostrar que una madrastra puede sacrificarse… y que,
para probarlo, debe antes convertirse ella en tal cosa.
Madame Merle sonrió.
- No hay duda de que sería una madrastra deliciosa;
pero estamos de acuerdo, no debe darse prisa en decidir acerca de la misión que
le incumbe. Eso de alterar la misión de una es tan difícil como cambiar la
forma de su nariz; ambas están ahí plantadas, una ante la cara y la otra en el
carácter…, y hay que empezar desde muy atrás para ello. De todos modos,
averiguaré lo que haya y la tendré al corriente.
Ocurría todo esto sin que la sobrina tuviese la menor
noticia, sin que llegase ni remotamente a sospechar que sus relaciones con el
señor Osmond estaban sobre el tapete. Madame Merle no había dicho nada que
pudiese ponerla en guardia, procurando no aludir a él con mas interés que a
cualquiera de los restantes distinguidos caballeros de Florencia, tanto nativos
como extranjeros, que acudían cada vez en mayor número a ofrecer sus respetos a
la tía de la señorita Archer. A Isabel le parecía un hombre interesante y
volvía con frecuencia sobre el tema. Decididamente le gustaba pensar en él en
tal forma. De su visita a la casa de la colina había guardado una imagen que
los sucesivos encuentros con él no lograban borrar y que a juicio suyo
establecía una especial armonía con otras cosas supuestas y adivinadas,
historias íntimas dentro de otras historias. Nada borraba la imagen de aquel
inteligente, tranquilo, sensible y distinguido caballero, que se paseaba en su
digna soledad sobre la tierna grama de su terraza allá en lo alto del suave
valle del Arno, llevando de la mano a una muchachita cuya timbrada voz añadía
un encanto más a su inocencia.
El cuadro que en su imaginación se pintaba carecía de
rasgos sobresalientes, de adornos, pero le gustaba precisamente por esa
suavidad de tonos y aquella atmósfera de atardecer de estío que parecía
envolverla. Un cuadro que le hablaba al espíritu de aquella especie de cuestión
personal que más pudiera impresionarla; de la consciente selección entre la
gran variedad de objetos, sujetos, contactos…, ¿cómo debería llamarlos?,
sujetos a finas y nobles asociaciones; de una vida de estudio en un país
admirable; de una antigua tristeza que, de vez en cuando, volvía a hacerse
sentir; de un sentimiento de orgullo que, si a veces era exagerado, no por ello
dejaba de tener una gran nobleza; de una constante preocupación por la belleza,
tan natural y al propio tiempo cultivada como las vistas ordenadas, las
escalinatas, las terrazas y las fuentes de un jardín italiano…, lugares áridos
refrescados por el rocío de una rara paternidad, un tanto intranquila y
descorazonada. En el Palazzo Crescentini, el señor Osmond conservaba su misma
manera de ser; un tanto desconfiada al comienzo aunque, sin duda alguna,
consciente de todo y actuando bajo el esfuerzo, tan sólo perceptible a las
miradas simpatizantes, por sobreponerse a tal desventaja, esfuerzo que casi
siempre se resolvía con acrecentamiento de su facilidad de palabra, en una
conversación, vivida, amena, positiva, agresiva a veces y siempre
extraordinariamente sugestiva…, y sin que en ella apare- ciese el menor intento
del señor Osmond de querer brillar por encima de los demás. No le fue difícil a
Isabel creer que era sincera toda persona que presentaba los signos aparentes
de una firme convicción, como, por ejemplo, la apreciación explícita y gratuita
de algo que manifestaran a favor de lo por él defendido…, tal vez dicho
especialmente por la misma señorita Archer. Y lo que más agradaba a la joven
era ver que, al hablar de tal manera, por el simple placer de departir y
entretener a los demás, no lo hacía, como era en tantos otros cos tumbre, por
producir efecto. Exponía él sus ideas como si, por raras que a veces pudieran
parecer, estuviese de siempre habituado a ellas y hubiera vivido siempre con
ellas; como si fuesen algo así como viejos puños, pulidas bolas o cabezas de
rara y preciosa materia susceptibles de ser adaptados al extremo de nuevos
bastones…, no varas caídas del árbol corriente y exhibidas luego
pretenciosamente como objetos de elegancia suma. Uno de los días en que fue a
visitarla, llevó consigo a su hijita. Isabel se alegró mucho de ver de nuevo a
la muchacha, quien presentó la frente a todos los allí reunidos para que la
besaran, lo que hizo a Isabel acordarse de un ingenuo personaje en una comedia
francesa. La joven no había visto jamás una muchachita con tal manera de ser.
Las jovencitas americanas eran muy distintas de ella, como igualmente lo eran
las inglesas. Pansy estaba perfectamente formada y preparada para el
insignificante lugar que habría de tocarle en el mundo y, por lo que a la vista
saltaba, era inocente e infantil a más no poder. La muchachita se sentó en el
sofá al lado de Isabel. Llevaba un pequeño abrigo de color granate y unos
guantes de los varios pares que madame Merle le regalara, guantes grises
abrochados con un solo botón. De tal suerte, parecía una verdadera hoja de
papel en blanco…, la jovencita ideal de las novelas rosa. Isabel deseó para sus
adentros que tal hoja de papel, tan usa y limpia, encontrase una mano que la
supiera llenar de hermosas y nobles palabras.
También la condesa Gemini fue a visitarla, pero eso
era harina de otro costal. Ésta no tenía absolutamente nada de hoja en blanco;
por lo contrario, eran muchas las manos que en ella habían ya escrito. Y la
señora Touchett, que no se sintió honrada con tal visita, pensó que estaba
visiblemente salpicada de numerosas manchas. La condesa provocó una discusión
entre la dueña de la casa y su amiga venida de Roma, discusión en la que madame
Merle (que no cometía la estupidez de resultar cargante a la gente mostrándose
siempre de acuerdo con ella) se aprovechó con toda soltura y maña de la
autorización de disconformidad que la señora Touchett sabía permitir a los
demás tanto como tomársela ella. La señora Touchett había declarado que era de
una audacia inaudita eso de que un personaje tan controvertido se hubiera
presentado a tal hora del día a la puerta de una casa donde se le estimaba tan
poco, como seguramente debía de saber era su caso en el Palazzo Crescentini.
Isabel se había enterado ya de la existencia de tal manera de sentir en la casa
bajo cuyo techo se albergaba.
La opinión allí corriente presentaba a la hermana del
señor Osmond como una señora que había llevado a cabo tantas fechorías que ya
no se las tenía en cuenta -que es por lo general lo que se busca-, y no eran
sino los desperdicios, los restos flotantes de un naufragio, algo así como un
tema molesto de conversación en sociedad. La había casado su madre -mujer
admirablemente administrativa que sentía por los títulos nobiliarios una
estimación que su hija parecía haber arrojado por la borda- con un aristócrata
italiano que tal vez le diera motivos para intentar sofocar su conciencia del
desvarío. Por lo demás, la condesa se había consolado desaforadamente y, con el
tiempo, la lista infinita de sus excusas llegó a quedar perdida en el laberinto
de sus aventuras. Aunque, desde hacía mucho tiempo, la condesa había hecho todo
lo posible por lograrlo, la señora Touchett no consintió jamás en recibirla.
Si Florencia no tenía mucho de ciudad austera, la
señora Touchett, como ella solía decir, debía trazar esa raya de la que no se
pasa.
Madame Merle se dio a la tarea de defender a la
infeliz condesa con mucho empeño y no menor ingenio. No comprendía cómo la
señora Touchett quería convertir en víctima propiciatoria a una mujer que, en
realidad, no había causado perjuicio a nadie y sólo se dedicó a hacer el bien,
aunque de equivocada manera. Indudablemente, una estaba en su derecho de trazar
la raya, pero al hacerlo debía procurar que fuese bien recta, y no cabía duda
que sería del todo torcida esa raya de tiza que pretendiese dejar fuera a la
condesa Gemini. Para proceder así, lo mejor que podía hacer la señora Touchett
era cerrar su casa a todo el mundo. Tal vez fuera eso lo mejor mientras
permaneciese en Florencia. Había que ser justos y no establecer diferencias
arbitrarias. Era indudable que a la condesa podían imputársele imprudencias; no
tenía la suerte de haber sido tan lista como otras mujeres. La pobre era una
buena mujer, aunque no inteligente. Por lo demás, ¿desde cuándo era tal cosa un
motivo de exclusión de nadie en la más encopetada sociedad? Hacía ya mucho
tiempo que no se sabía nada de ella, lo cual permitía pensar que había
renunciado a sus antiguos desvaríos…, y la mejor prueba de ello era que deseaba
entrar a formar parte del círculo de amigos de la señora Touchett. Por su
parte, Isabel no se mezcló para nada en tan interesante discusión, limitándose
a recibir con toda amabilidad a la infeliz señora, que, a pesar de todos sus
de- fectos, tenía para ella la gran cualidad de ser hermana del señor Osmond.
Como su hermano le gustaba tanto, Isabel creyó lo más natural del mundo que
también le gustase la hermana; y, a pesar de la complicación cada día mayor de
las cosas, era todavía capaz de persistir en esa su consecuente manera de
obrar. Cierto, no le había causado muy buena impresión la condesa cuanto la vio
por primera vez en la villa de la colina, pero agradecía la oportunidad que se
le presentaba de poder corregir su juicio. ¿Acaso no había dicho el señor
Osmond que era una mujer respetable? Tal afirmación por parte del señor Osmond
pudiera haber parecido descarada, pero madame Merle supo aderezarla de manera
conveniente. Así pues, se complació en referir a Isabel mucho más de lo que el
señor Osmond le dijera y le contó la historia del casamiento de la hermana y
las consecuencias lamentables que del acto se derivaron. El tal conde
pertenecía a una antigua familia toscana, pero con bienes tan escasos que hubo
de considerarse dichoso de poder aceptar a Amy Osmond a despecho de su ya
discutible belleza, que aún no había entorpecido su carrera, y con la novia la
modesta dote que la madre pudo ofrecerle, una suma equivalente a lo que
constituía la parte del hermano en el patrimonio familiar. Después de ello, la
condesa Gemini recibió alguna que otra herencia y ahora, para ser italianos,
estaban bastante bien, aunque Amy era tremendamente manirrota. El conde era un
bruto de la peor especie, que había dado a su mujer toda clase de motivos que
justificaban su comportamiento. No tenía hijos, pues los tres que tuviera los
perdió antes de haber cumplido un año. Su madre, que se las daba de mujer de
gran saber, escribía poemas descriptivos y enviaba crónicas sobre temas
italianos a las revistas semanales inglesas, murió tres años después de la boda
de la condesa; en cuanto al padre, perdido en el gris amanecer americano de la
actual situación y a quien se tenía allí por hombre rico y fuerte, murió mucho
antes. Esto era fácilmente apreciable en Gilbert, sostuvo madame Merle. Se
podía apreciar que había sido criado y educado por una mujer, aunque, para ser
justos con él, cabría suponer que lo educara una mujer más sensata que aquella
Corina americana, como se complacía en llamarse a sí misma la señora Osmond.
Ésta había traído a sus dos hijos a Italia al año de la muerte del padre, y la
señora Touchett se acordaba perfectamente de cómo era al año de su llegada; la
consideraba una terrible snob, pero ése era un juicio equivocado de la señora
Touchett, porque ella, igual que la señora Osmond, prestaba toda su aprobación
a los matrimonios políticos. La condesa era una buena compañera, y no la mujer
superficial que parecía; todo lo que con ella debía hacerse era guardar la
mayor incredulidad respecto a cualquier cosa que se le ocurriese decir. Madame
Merle había hecho siempre por ella todo lo posible en consideración al hermano,
y éste apreciaba grandemente cualquier gentileza que con ella se tuviese,
porque, para decir la verdad, pensaba que había desprestigiado un tanto su
común apellido. No cabía duda de que a él no podía en modo alguno gustarle su
estilo, sus chillidos, su terrible egocentrismo, sus violaciones del buen gusto
y sobre todo de la verdad; le sacaba de sus casillas, no era su tipo. Ahora
bien, ¿cuál era su tipo? Precisamente todo lo contrario de la condesa; la mujer
para quien la verdad es siempre cosa sagrada. Isabel había perdido la cuenta de
las veces que en media hora la profanara su visitante; la condesa le había
dejado más bien la impresión de proceder con una estúpida sinceridad. En todo
el tiempo no hizo otra cosa que hablar casi exclusivamente de sí misma; de
cuánto le gustaría tratar a la se- ñorita Archer; de que le encantaría tener
una amiga de veras; de lo despreciable que era la gente en Florencia; de lo
cansada que estaba ya de tal ciudad; de lo mucho que le gustaría vivir en otro
sitio cualquiera como París, Londres o Washington; de lo difícil que era
conseguir algo adecuado que ponerse en Italia, con excepción de hermosos
encajes antiguos; de lo agradable que en todas partes se estaba volviendo el
mundo y de la triste vida que a ella le había tocado llevar. Madame Merle
escuchó con gran atención lo referido por Isabel de esta parte de su
conversación con la condesa y se dio perfecta cuenta de que había causado gran
angustia en su amiga. En conjunto, no experimentaba el menor temor por la
condesa y podía hacer lo que más conveniente le parecía, que era no
aparentarlo.
Mientras tanto, Isabel había recibido la visita de
otra persona a quien no era tan fácil, ni aun sin saberlo ella, proteger:
Henrietta Stackpole. Ésta había dejado París tras la partida de la señora
Touchett para San Remo, y camino del sur, como ella decía, había pasado por las
ciudades del norte de Italia hasta llegar a orillas del Arno a mediados del mes
de mayo. Madame Merle la examinó con una sola ojeada de los pies a la cabeza y,
con todo el sentimiento de su alma, se decidió a soportarla. Estaba, pues,
dispuesta a chancearse de ella. Ciertamente no era posible aspirarla como a una
rosa; habría, pues, que agarrarla como a una ortiga. Con gran ingenio, madame
Merle supo sumirla en la insignificancia, e Isabel sintió que, al adivinar tal
posibilidad, había hecho estricta justicia a la superior inteligencia de su
amiga. La llegada de Henrietta la había anunciado el señor Bantling, quien
había llegado allí desde Niza mientras ella permanecía en Venecia y habiendo
creído que la hallaría en Florencia (cosa que no ocurrió), fue al Palazzo
Crescentini para mostrar su decepción ante aquel retraso. La llegada de
Henrietta tuvo lugar dos días después, y puede calcularse la emoción que
produjo en el señor Bantling si se tiene en cuenta que no había vuelto a verla
desde el romántico episodio de Versalles. Todos se hicieron perfectamente cargo
del lado humorístico del caso, pero el único que a ello se refirió fue Ralph
Touchett cuando, a solas con él y fumando un magnífico habano, el señor
Bantling se enteró de la comedia que los otros repre- sentaban al juzgar a la
periodista y a su protector británico. El caballero inglés tomó también la cosa
por el lado bueno y confesó ingenuamente que en todo ello no había de positivo
más que una aventura puramente intelectual. La señorita Stackpole le gustaba
extraordinaria- mente, no lo negaba; creía que tenía una cabeza admirablemente
asentada sobre los hombros y se complacía grandemente en andar con una mujer
que no estaba a todas horas pendiente del qué dirán, de cómo tomarían lo que
ella había hecho y de cómo hacían los demás las cosas que hacían. A la señorita
Stackpole le tenía completamente sin cuidado cómo podría parecer o dejar de
parecer una cosa; y, si a ella no le importaba, ¿por qué razón le había de
importar a él? De modo que estaba decidido a llegar tan lejos como ella
llegase, y no veía por qué motivo tendría que darse él por vencido.
Por su parte, Henrietta no daba tampoco señal alguna
de darse por vencida. Sus perspectivas habían mejorado al abandonar Inglaterra
y ahora se hallaba en pleno disfrute de abundantes recursos económicos. Ni que
decir tiene que se había visto forzada a renunciar a sus deseos de penetrar en
la vida íntima de las gentes. La vida de sociedad le presentaba en el
continente dificultades todavía mayores de las que había hallado en Inglaterra.
Pero, en compensación de ello, en el continente existía la vida exterior,
palpable y visible por doquier y mucho más fácilmente transformable en materia
literaria que las costumbres de los opacos isleños británicos. En los demás
países, como ella decía con harto ingenio, si se contempla la vida externa,
parece que una está viendo el lado derecho del tapiz, mientras que en
Inglaterra parece que esté una viendo el revés y con ello adquiere una falsa
idea de las figuras. No poca pena hubo de costarle a su historiadora tener que
reconocerlo; mas Henrietta, descorazonada por otras cosas más ocultas,
consagraba ya mayor atención a la vida externa. En Venecia había estado
estudiándola durante dos meses y desde allí envió al Interviewer una serie de
brillantes crónicas acerca de las góndolas, de la Piazza, del puente de los
Suspiros, de las palomas de San Marcos y del bello gondolero cantando, mientas
rema, poemas de Tasso. Tal vez el Interviewer sufriera con ello una decepción,
pero, por lo pronto, ella estaba conociendo
Europa. Su actual proyecto era ir a Roma antes de que
comenzase allí la temporada de la malaria -por lo visto se imaginaba que debía
comenzar un día determinado-, y, gracias a tal proyecto, había pasado por
Florencia, donde pensaba detenerse unos días. Iría a Roma acompañada del señor
Bantling, y le hizo saber a Isabel que, como éste conocía la gran urbe, era
militar y había recibido una formación clásica -lo educaron en Eton, donde no
se estudiaba más que latín y White-Melville, según dijo ella-, podría serle
sumamente útil en la ciudad de los césares. Se le ocurrió entonces a Ralph
proponer a Isabel que ella, a quien él tendría mucho gusto en servir de guía,
hiciese también un viaje a Roma aprovechando tal coyuntura. Pensaba su prima
pasar en la ciudad santa gran parte del invierno, cosa que a él le parecía muy
bien pero eso no impedía que hicieran una breve excursión anticipada. Quedaban
todavía diez días del mes de mayo, el más hermoso de todos los meses para el
verdadero amante de las cosas de Roma. Era indudable, así lo creían ellos, que
Isabel se convertiría inmediatamente en una entusiasta de Roma. Podía, además,
contar con la compañía de una persona de confianza y de su propio sexo, que,
dadas las otras atenciones que sobre ella pesaban, no habría de resultarle en
exceso molesta. Madame Merle se quedaría con la señora Touchett, puesto que
había dejado definitivamente Roma durante los meses de verano y no tenía
pensamiento de volver allí por ahora. Su casa estaba ya cerrada y la cocinera
en Palestrina, su pueblo de la campiña romana. Madame Merle aconsejó a Isabel
que aceptara la propuesta de Ralph, asegurándole que no era cosa de despreciar
un buen guía en su primera visita a la espléndida ciudad. No precisaba Isabel
que se la instase mucho a acceder, de suerte que los miembros integrantes de la
expedición empezaron a hacer los preparativos para llevarla a cabo. Se resignó
la señora Touchett en tal ocasión a la idea de no hacer acompañar a la sobrina
por una «dueña», pues ya hemos visto que había acabado por adaptarse al hecho
de que su sobrina se las arreglara sola. Uno de los preliminares del viaje, por
lo que a Isabel atañía, consistió en ver a Gilbert Osmond y comunicarle su
proyecto.
Al oírlo, se limitó Osmond a contestar:
- Me agradaría infinito estar en Roma con usted; me
encantaría verla en esa tierra maravillosa.
- No tiene más que venir -replicó ella, casi
titubeando.
- Habrá mucha gente con usted.
- Desde luego, sola no voy a estar -admitió Isabel.
Él permaneció callado un instante y, al fin, dijo:
- Le gustará enormemente. A pesar de lo mucho que la
han echado a perder, quedará usted embrujada por la ciudad. -¿Dejaría acaso de
gustarme por el hecho de que a la pobre, esa Niobe de las naciones, como usted
sabe, la hayan echado a perder?
- No lo creo. ¡Tantas veces la han echado a perder en
épocas sucesivas! Pero si me decidiese a ir, ¿qué haría con mi hijita? -¿No
puede dejarla en la villa?
- No sé hasta qué punto me agradaría hacerlo…, por
más que hay una buena mujer, de edad respetable, que la cuida; mis medios no me
permiten tener una institutriz. -¡Pues entonces, llévela con usted! -replicó
Isabel con gran vivacidad. El pareció pensar seriamente el asunto y contestó:
- Ha estado todo el invierno en el convento, y es
todavía demasiado joven para hacer viajes de placer. -¿No le gusta hacerle ver
el mundo? -preguntó Isabel.
- No. Me parece que a las jovencitas hay que mantenerlas
alejadas de él.
- A mí me criaron de un modo completamente distinto.
-¿A usted? Bueno, con usted dio buen resultado porque usted es excepcional.
- No sé en qué -dijo Isabel, quien, a pesar de ello,
no estaba segura de que su amigo no hubiese dicho una verdad.
El señor Osmond, sin pararse a explicar sus palabras,
continuó:
- Si yo creyese que ponerla en contacto con
determinado grupo social en Roma le iba a hacer parecerse a usted, mañana mismo
la llevaba.
- No quiero que se parezca a mí. Consérvela tal como
es.
- Podría también confiársela a mi hermana -dijo el
señor Osmond como quien pide consejo. Se diría que experimentaba placer al
hablar de estos pequeños asuntos domésticos con la señorita Archer.
Isabel coincidió con él, y añadió:
- Sí. Creo que, dejándola con ella, no llegará a
parecerse mucho a mí.
Después de que ella se hubo marchado de Florencia,
Gilbert Osmond se encontró un día con madame Merle en casa de la condesa
Gemini. Había allí varias personas más, pues el salón de la condesa Gemini
estaba siempre bastante concurrido. Como la conversación era general, el señor
Osmond aprovechó la circunstancia para acercarse a madame Merle y sentarse en
una otomana próxima, un poco detrás del sillón por ella ocupado. Una vez allí,
le dijo en voz baja:
- Quiere que vaya a Roma con ella. -¿Que vayas con
ella?
- Es decir, que esté allí mientras ella esté. -¿No
querrás decir que se lo propusiste y ella aceptó?
- Desde luego, yo di pie. Pero, la verdad, ella se
muestra muy alentadora…, verdaderamente alentadora.
- Me alegro mucho de oír lo que dices. De todos
modos, no cantes victoria demasiado pronto. De momento, lo que debes hacer es
ir a Roma.
- Hay que ver el trabajo que le da a uno esa idea
-comentó Osmond.
- No trates de hacerme creer que no te gusta…, eres
un ingrato. En todos estos años no has tenido ninguna ocupación tan agradable.
- Es admirable la manera en que te lo tomas. Ahora
resulta que tengo que estarte agradecido por esto.
- Pero no demasiado, por supuesto -replicó madame
Merle. Hablaba con su habitual sonrisa, apoyándose en el respaldo del sillón y
mirando en todas direcciones-. Has causado muy buena impresión -dijo-, y con
mis propios ojos he visto que la recibida por ti no ha sido menos buena. Estoy
segura de que no has ido siete veces al Palazzo Crescentini con el solo objeto
de serme agradable a mí.
- La muchacha no es antipática -declaró
tranquilamente Osmond.
Madame Merle le miró fijamente un instante, apretó
los labios con dureza y preguntó: -¿Eso es todo lo que se te ocurre decir de
esa encantadora criatura? -¿Cómo todo? ¿No te parece bastante? ¿De cuántos me
has oído decir eso ni muchísimo menos?
Madame Merle no respondió a tales palabras y volvió
su agradable rostro al resto de la concurrencia.
- Eres verdaderamente fantástico -dijo al cabo de
unos instantes-. Me da miedo pensar en el abismo a que la he precipitado.
Pareció que a él la cosa le divertía, y dijo:
- Ya no puedes volverte atrás…, has ido demasiado
lejos.
- Está bien. Pues, entonces, haz tú el resto.
- Lo haré -afirmó Gilbert Osmond.
Madame Merle se calló y él volvió a cambiar de sitio;
pero, cuando ella se levantó para marcharse, también él se despidió. La berlina
de la señora Touchett estaba esperando a su amiga en el patio y él, después de
ayudarla a subir, permaneció allí deteniéndola.
- Has sido muy indiscreto -le dijo madame Merle con
cierto enojo-. No has debido moverte al marcharme yo.
El se había quitado el sombrero. Se pasó la mano por
la frente y dijo casi confuso:
- Siempre lo olvido. He perdido ya la costumbre.
- Eres verdaderamente fantástico -repitió ella
mirando hacia las ventanas de la casa, que era uno de los recientes edificios
de la parte nueva de la ciudad.
Él pareció no darse cuenta de aquella observación y
dijo como si hablase para sí:
- Verdaderamente, es encantadora. No he conocido
jamás una criatura tan agradable.
- No sabes cómo me gusta oírte decir eso. Cuanto más
te guste a ti, mejor para mí.
- Me gusta extraordinariamente. Es exactamente tal
cual la describiste y, por añadidura, capaz, por lo menos así me lo parece, de
gran afecto. No tiene más que un defecto. -¿Puede saberse cuál?
- Demasiadas ideas.
- Ya te advertí que era una mujer muy inteligente.
- Por suerte, son muy malas -replicó Osmond. -¿En qué
consiste entonces la suerte? -¡Diantre! ¡Si hay que sacrificarlas, más vale que
sean malas!
Madame Merle se apoyó en el respaldo y fijó la vista
delante para dar órdenes al cochero. Antes de que lo hiciese, su amigo la
detuvo nuevamente. -¿Qué voy a hacer con Pansy, en caso de que vaya a Roma?
-preguntó.
- Yo me ocuparé de eso -contestó madame Merle-. Iré a
verla.
27
Lejos de mí intentar describir la profunda impresión
que Roma produjo en nuestra joven heroína, analizar sus sentimientos mientras
pisaba las losas del Foro o contar sus pulsaciones cuando desembocó en la plaza
de San Pedro ante el Vaticano. Baste, pues, decir que su impresión fue la que
no podía por menos de esperarse de una persona de su frescura y entusiasmo. La
historia le había interesado siempre extraordinariamente, y he aquí que tenía
ante sus ojos la historia viva, por dondequiera que fuese, en las piedras de la
ciudad y hasta en los átomos de la misma luz del sol. Poseía una imaginación
que se inflamaba ante la simple relación de los grandes hechos, y de aquí que
dondequiera que se volviese hallaba vestigios de hechos sublimes que allí se
realizaran. Todo cuanto veía la conmovía, pero sólo en su interior. Sus
compañeros se figuraban que hablaba menos que de costumbre y, cuando Ralph
Touchett parecía estar mirando torpe e indiferentemente por encima de su
cabeza, lo que hacía era observarla con gran intensidad. Ella se sentía por sí
sola sumamente feliz, incluso se forjaba la idea de que aquellas horas eran las
más felices que en toda su vida dis- frutara. Si bien pesaba en su ánimo el
terrible pasado de la humanidad, tenía el presentimiento de que algo totalmente
contemporáneo podría prestarle de nuevo las alas que lo hicieran volar otra vez
al empíreo azul. El acervo de sus conocimientos se le antojaba ahora tan
embrollado que no podía saber adonde acabarían por arrastrarla las diferentes
partes que lo componían; y andaba de un lado para otro de la ciudad como en
continuo éxtasis contenido, en ese éxtasis de contemplación que hace ver en las
cosas admiradas mucho más de lo que en realidad hay en ellas, éxtasis que, por
otra parte, no le dejaba tiempo para ver todas las otras cosas que su guía
Murray recomendaba. Como Ralph decía, Roma se en tregaba de lleno al momento
psicológico. Por fortuna, habían ya desaparecido los rebaños de turistas, y los
lugares más solemnes de la ciudad se revestían de nuevo de su augusta
solemnidad. El cielo era todo un inmenso fulgor azul y el chapoteo de las
innumerables fuentes en sus tazas musgosas de mármol había perdido su frialdad
y redoblado la sugestión de su música incesante.
En las esquinas de las templadas y rumorosas calles y
en las escalinatas de ciertas plazas tenía uno que andar entre montones de
flores. Una de aquellas tardes, la tercera después de su llegada, habían ido
nuestros amigos a presenciar las excavaciones del Foro Romano, que entonces
comenzaban a cobrar gran importancia, y habían bajado desde la calle moderna al
nivel de la Vía Sacra, por la que caminaron algunos de ellos con paso
respetuoso que no todos supieron adoptar. A Henrietta Stackpole le llamó profundamente
la atención el hecho de que Roma estuviese en gran parte pavimentada como Nueva
York, e incluso creía ver cierta analogía entre las hondas rodadas de los
históricos carros en las antiguas calles legendarias y las chillonas planchas
de hierro de las calles neoyorquinas que denotan la intensidad de la vida
norteamericana. Era el momento en que el sol había empezado a descender, en que
el aire era como una exquisita bruma transparente de oro, y las alargadas
sombras de las columnas truncas y de los inmóviles pedestales yacían en el
centro del campo de las ruinas. Henrietta vagaba en compañía del señor
Bantling, a todas luces encantada de oírle tachar a Julio César de
sinvergonzón, y, por su parte, Ralph prodigaba a nuestra heroína todos los
esclarecimientos que para su uso particular había preparado. Un modesto arqueó-
logo de los que suelen vagar por aquellos lugares se puso a disposición de los
dos y repitió la lección aprendida con una extraordinaria fluidez de palabra
que en nada había mermado, por lo visto, lo avanzado de la estación. En uno de
los extremos del Foro estaban llevando a cabo una excavación, y el arqueólogo
sugirió a los signori que fuesen allá, pues tal vez pudieran ver algo de gran
interés. La insinuación fue mucho mejor acogida por Ralph que por Isabel, ya
harto fatigada de tanto vagar y meditar. De tal suerte, le rogó que fuera a
satisfacer su curiosidad mientras ella aguardaba tranquilamente a que volviese.
La hora y el lugar eran muy de su gusto, de manera que habría de proporcionarle
gran placer quedarse sola unos instantes. Ralph se alejó en compañía del
cicerone, e Isabel se sentó en una de las caídas columnas que había cerca de
los cimientos del Capitolio. Necesitaba aunque sólo fuera unos instantes de
soledad, pero no pudo saborearlos mucho tiempo. Por grande que fuese su interés
en las maltrechas reliquias del pasado romano que yacían desperdigadas cerca de
ella, y en las que el paso corrosivo de los siglos no lograba borrar por
completo la vida, sus pen- samientos, después de recrearse un instante en tales
cosas, habían ido elevándose, por una concatenación de causas que requeriría
gran sutileza poder definir, a las regiones y los objetos dotados de atracción
más humana y activa. Desde aquel prestigioso pasado romano hasta el futuro de
esta Isabel Archer había un trecho bien largo y, sin embargo, su poderosa
imaginación, que había logrado salvarlo de un solo vuelo, parecía revolotear
ahora en círculos cada vez más cerrados sobre campos más próximos y próvidos.
Tan absorta estaba en sus propios pensamientos que, mientras contemplaba una
hilera de losas hendidas, aunque no desunidas, que a sus pies había, no oyó los
pasos que a ella iban acercándose hasta que una determinada sombra apareció en
el cercano campo de su visión. Alzó los ojos y vio a un caballero…, que no era
precisamente Ralph y que volvía de las excavaciones proclamando que eran un
verdadero aburrimiento. El personaje se quedó verdaderamente sobrecogido al ver
el susto que la joven se había llevado y, deteniéndose, se quitó el sombrero.
-¡Lord Warburton! -exclamó Isabel levantándose al instante.
- No tenía la menor idea de que fuese usted. Al dar
la vuelta por esa esquina he venido a su encuentro sin saberlo.
Ella miró a su alrededor como tratando de explicarse.
- Estoy en este instante sola -dijo-, mis compañeros
acaban de abandonarme un momento. Mi primo ha ido a presenciar los trabajos de
excavación, allí donde está aquella gente. -¡Ah! Sí, ya lo veo erijo lord
Warburton mirando en la dirección que ella le indicaba y permaneciendo
firmemente en su puesto, pues ya había recobrado el aplomo y deseaba
demostrarlo, si bien con toda gentileza-. No quisiera molestarla -añadió-. Me
parece que está usted algo cansada.
- Sí, estoy más bien fatigada. -Dudó un segundo, se
sentó de nuevo, y dijo-: Pero, por favor, no quisiera interrumpir su visita al
Foro. -¡Oh! Mi querida amiga, estoy completamente solo. No tengo absolutamente
nada que hacer en el mundo. No tenía la menor idea de que estuviese usted en
Roma. Acabo de llegar de Oriente y estoy solamente de paso.
- Parece que ha estado usted haciendo un largo viaje
-dijo Isabel, que por su primo Ralph se había enterado de la ausencia de lord
Warburton de Inglaterra.
- En efecto, partí para el extranjero por seis meses,
algo después de la última vez que la vi. He estado vagando un poco por Turquía
y Asia Menor, y he llegado de Atenas hace unos días. -Hacía lo posible por no
parecer azorado, pero no estaba tampoco tranquilo; y, des- pués de mirarla con
mayor detenimiento, adoptó un tono más humano, preguntando-: ¿Quiere usted que
la deje, o me permite que la acompañe un momento?
Ella reaccionó del mejor modo posible.
- No quiero que me deje usted, lord Warburton, y me
alegro mucho de haberle visto.
- Muchas gracias por haberlo dicho. ¿Me permite que
me siente?
El acanalado fuste de la columna donde ella estaba
sentada ofrecía más que sobrado sitio de descanso para varias personas, de
suerte que también debía de haberlo para un inglés bien desarrollado. Y aquel
selecto ejemplar de la clase privilegiada se sentó junto a nuestra joven amiga,
y al cabo de cinco minutos le había hecho ya varías preguntas, algunas
escogidas al azar y cuyas respuestas pareció no haber oído, toda vez que varias
de ellas hubo de hacerlas más de una vez; por su parte, le había proporcionado
toda la información precisa respecto a su propia persona, información que ella,
con su superior sentido femenino de la tranquilidad, no echó en saco roto.
Reiteró lo ya dicho: que no esperaba en absoluto encontrarla en semejante
sitio, de lo que resultaba evidente que era un encuentro para el cual habría él
necesitado hallarse bien preparado. De pronto, empezó a pasar de la impunidad
de las cosas a su solemnidad, de su deliciosa manera de ser a su manera de ser
insoportable. Estaba completamente tostado por el sol, incluso su bien poblada
barba estaba requemada por el sol de Asia. Vestía esa indumentaria suelta y
heterogénea que el inglés que viaja por países extraños se complace en ponerse
para su propia comodidad y afirmar, de paso, su altiva nacionalidad. De tal
suerte, con sus ojos agradables y serenos, su rostro bronceado, fresco aunque
ya maduro, su figura varonil, sus modales acomodaticios y su aspecto general de
ser un caballero y un explorador, era una representación tan genuina de la raza
británica que nadie habría dejado de reconocerle como tal en los países que por
ella sienten algún afecto. Isabel observó todas estas condiciones y se
consideró encantada de que siempre le hubiese gustado. Él había conservado, sin
duda, a pesar de los muchos contratiempos, todas sus cualidades meritorias…,
propiedades que en parte constituyen la esencia de las grandes cosas
prestigiosas, como todos afirman, que se asemejan a sus ornamentos y utensilios
más íntimos y que sólo es posible arrancar de ellas mediante una demolición
total. Como es natural, procedieron a hablar de los asuntos por turno riguroso;
a saber, la muerte de su tío, la salud de su primo Ralph, cómo había pasado
ella el invierno, su excursión a Roma, su retorno a Florencia, sus proyectos
para el próximo verano, el hotel donde se alojaba, e inmediatamente después los
acontecimientos presenciados por lord Warburton en todo aquel tiempo, sus
aventuras, movimientos, impresiones y domicilio en aquel entonces. Y, como
remate de todo ello, un silencio mucho más elocuente que cuantas palabras
hubiesen podido decirse el uno al otro y tras el cual lord Warburton tuvo a
bien decir:
- Le he escrito a usted varias veces. -¿Que me ha
escrito? Jamás recibí carta suya.
- No las eché al correo. Las quemé todas. -¡Ah!
-exclamó riendo Isabel, y añadió-: Más vale que haya sido usted y no yo quien
lo haya hecho.
- Pensé que no le interesarían -prosiguió él con una
sencillez tan natural que casi la conmovió-. Me pareció que, después de todo,
no tenía ningún derecho a molestarla con cartas.
- Pues me habría gustado mucho tener noticias suyas.
Ya sabe cuánto esperaba yo que…, que… -Y se quedó callada, temiendo no decir
más que una insustancialidad.
- Sé perfectamente lo que iba usted a decir: que
esperaba que continuáramos siendo siempre buenos amigos.
Ciertamente, tal y como acababa de expresarla,
semejante fórmula no pasaba de ser igualmente una insustancialidad; pero tenía
gran interés en hacerla parecer así a los ojos de Isabel.
- No hablemos de eso, por favor -fue lo más
interesante que ella acertó a decir, frase que, como se ve, no era muy superior
en ingenio a la por él dicha. -¡Vaya un consuelo para mí! -exclamó él con
cierta energía.
- No pretendo consolarle -dijo la joven, que, sentada
como estaba, se echó hacia atrás como irguiéndose por la interna satisfacción
del triunfo que para ella suponía la respuesta que le dio hacía seis meses y de
la que tan poco satisfecho quedara él. A pesar de lo agradable, galante y
poderoso que era, a pesar de que no había hombre mejor que él, la respuesta
seguía en pie.
- Es perfectamente natural que no pretenda
consolarme, puesto que no es cosa que esté en su mano -oyó ella que decía su
compañero como cortándole su extraño júbilo.
- Yo deseaba que volviéramos a vernos porque no creía
que usted intentara hacerme ver que le había herido. Pero, tal como se
comporta…, es mayor la pena que el placer. -Y se levantó con una especie de
majestuosa altivez buscando con la vista a sus compañeros.
- No quisiera que sintiese eso, que, por lo pronto,
no puedo decir. Lo único que quisiera es que supiese un par de cosas… para mi
propia tranquilidad. Puede tener la seguridad de que no he de volver a hablarle
más del asunto. Lo que le dije el año pasado lo sentía con toda el alma en
aquel momento y me era del todo imposible pensar en nada distinto. Hice lo
posible por olvidar… sistemáticamente y con todas mis fuerzas. Hice también lo
posible y lo imposible por interesarme por otras cosas y por las demás personas.
Se lo digo porque quiero que sepa que cumplí con mi
deber. Pero fracasé rotundamente en mi empeño. Ésa fue también la razón de mi
largo viaje al extranjero…, y lo más lejos posible. Dicen que viajar aleja las
penas y procura distracción, pero yo no he logrado distraerme. Pienso
constantemente en usted desde la última vez que la vi. Soy el mismo de siempre,
la amo a usted exactamente igual que antes, y todo cuanto digo ahora es
exactamente tan verdad como lo que antes dije. Este mismo instante sirve para
hacerme ver de qué manera, para mi gran desgracia, siento el insuperable
encanto de su persona. Ya sabe…, no puedo decir nada menos. Puede estar
tranquila, porque no pienso en absoluto insistir, ha sido sólo un momento.
Y debo añadir que, cuando hace unos minutos la
encontré, no tenía ni la más remota idea de que había de encontrarla, y le doy
mi palabra de honor de que en tal instante estaba deseando saber dónde pudiera
hallarse.
Lord Warburton había recobrado, al fin, el completo
dominio de sí mismo mientras hablaba. Tan completo era que habló con la misma
seguridad que si se dirigiese a una junta de hombre de negocios…, para hacer
una declaración de gran importancia con toda claridad y absoluta calma; incluso
como si, de vez en cuando, hubiese tenido la ocasión de echar una mirada
furtiva a las notas de su discurso escritas en un papel que llevara dentro del
sombrero.
No cabe duda de que la junta estimaría el asunto
perfectamente discutido y lo habría aprobado.
- Yo también he pensado a veces en usted, lord
Warburton -declaró a su vez Isabel-. Puede estar seguro de que lo haré siempre.
-Y añadió en un tono que, sin dejar de ser amable, no fuera alentador-: No creo
que en ello haya peligro alguno para ninguna de las dos partes.
Comenzaron a andar el uno junto a la otra, y ella se
sentía ya con deseo de preguntarle por sus hermanas y pedirle les hiciera saber
que lo había hecho. Por el momento, no volvió él a hacer alusión alguna a la
gran cuestión, pero se zambulló en unas aguas todavía más pro- fundas y
seguras, tratando de saber cuánto tiempo pensaba ella permanecer en Roma. Al
enterarse por la respuesta d Babel del límite temporal de su estadía, dijo
estar encantado de que aún se hallase tan lejos, lo cual motivó que ella preguntara
con cierta ansiedad: -¿Por qué dice usted tal cosa si hace un rato me ha
manifestado que está aquí sólo de paso? -¡Ah! Es cierto, pero, al decir que
estaba de paso, no quería hacer creer que podía hacer en Roma lo mismo que si
me hallara en el empalme de Clapham. Estar de paso en Roma supone detenerse,
cuando menos, una o dos semanas.
- Diga con franqueza que piensa quedarse aquí
mientras yo esté. Sonrió él ruborizándose levemente y dijo, como sondeándola:
- Supongo que eso no le acomodaría. Tiene usted miedo
de verme demasiado.
- No se trata de que me acomode o no. Desde luego no
puedo pretender que abandone esta deliciosa ciudad por causa mía. Pero confieso
que le tengo miedo. -¿Miedo de que empiece otra vez? Le prometo que llevaré
mucho cuidado.
Sin darse cuenta se habían detenido y se quedaron
mirándose fijamente el uno al otro.
Al final dijo ella en un tono de compasión que tanto
parecía ir dirigida a él como a ella: -¡Pobre lord Warburton!
- En efecto. ¡Pobre lord Warburton! Pero llevaré cuidado.
- Usted podrá ser desgraciado, pero no logrará que yo
lo sea. Eso no lo permitiré.
- Si creyese que podía hacerla desgraciada, creo que
lo intentaría. -Al oír semejante declaración, Isabel reanudó la marcha-. De
todas formas -prosiguió él-, no diré jamás una palabra que pueda desagradarle.
- Perfectamente. Si la dice, ya sabe, se acabó
nuestra amistad.
- Tal vez algún día…, pasado un tiempo…, me conceda
usted permiso… -¿Permiso para hacerme desdichada?
- Para volver a decirle… -comenzó a responder él tras
un instante de titubeo. Pero se contuvo y añadió-: Me lo guardaré para mí. Me
lo guardaré siempre para mí.
Henrietta Stackpole y su escolta se habían unido a
Ralph en la visita a las excavaciones y, al cabo de un momento, vieron
aproximarse a Isabel y su acompañante. El pobre Ralph acogió a su amigo con
demostraciones de alegría mezcladas de extrañeza y Henrietta exclamó casi
gritando: «¡Diantre, si está aquí el lord!». Ralph y su compañero inglés le
saludaron con esa sobriedad con que se saludan los amigos ingleses después de
una larga separación; por su parte, Henrietta contempló intensamente al
aristócrata tostado por el sol.
E inmediatamente estableció la relación entre la
crisis ocurrida y lo que a ella personalmente concernía. De suerte que se
aventuró a decir:
- Me figuro que no se acordará usted de mí, señor.
- ¿Cómo que no? -contestó lord Warburton-. Recuerdo
perfectamente que la invité a que fuera a verme y que usted no lo hizo.
- Yo no voy a todos los lugares a los que se me
invita -replicó con frialdad la señorita Stackpole.
- En tal caso -contestó riendo el dueño de
Lockleigh-, no volveré a invitarla.
- Pues tenga la seguridad de que, si lo hace, iré.
Por lo mucho que de tal salida se rió, lord Warburton
parecía estar plenamente seguro de lo que acababa de oír. El señor Bantling
había permanecido un poco aparte, sin hacerse el encontradizo, pero aprovechó
aquella oportunidad para saludar con una ligera inclinación de cabeza al noble
par, que al reconocerle exclamó, tendiéndole la mano: -¿Cómo, usted aquí,
Bantling?
- No sabía que se conocieran -dijo Henrietta.
- Me imagino que usted no sabe a cuántas personas
conozco -repuso el señor Bantling en un tonillo ligeramente burlón.
- Yo pensaba que, cuando un inglés conoce a un lord,
lo primero que hace es decirlo. Lord Warburton se echó a reír nuevamente y
dijo:
- Debe de haberlo ocultado porque se avergonzaba de
mí.
Aquella réplica fue muy del gusto de Isabel. Exhaló,
pues, un ligero suspiro de alivio, y todos emprendieron el regreso.
Al día siguiente era domingo, y ella se pasó toda la
mañana ocupada en escribir dos largar cartas: una a su hermana Lily y la otra a
madame Merle, mas no mencionó en ninguna de ellas el hecho de que un
pretendiente rechazado la amenazara con un nuevo requerimiento. Los domingos
por la tarde, todo buen romano (los mejores son a veces los bárbaros del norte)
va a rezar las vísperas a la basílica de San Pedro. Nuestros amigos, por su
parte, habían decidido acudir juntos a semejante acto religioso en la inmensa
catedral. Después del almuerzo, lord Warburton se presentó en el Hotel de París
e hizo una visita a las dos damas, pues Ralph Touchett y el señor Bantling
habían salido juntos poco antes. Pareció el visitante esforzarse en demostrar a
Isabel que era capaz de cumplir la promesa que el día antes le hiciera, y supo
mostrarse discreto y franco…, ni calladamente importuno, ni remotamente
concentrado. De tal suerte, le hizo comprender cuán buen amigo suyo era capaz
de ser. Habló de sus viajes por Persia y Turquía, y cuando la señorita
Stackpole le preguntó si podría ser provechoso para ella visitar tales países,
le aseguró que ofrecían un campo de ilimitadas perspectivas a las empresas
femeninas. Isabel le hizo la debida justicia, pero se preguntaba qué se proponía
y qué esperaba ganar demostrando la fuerza superior de su sinceridad. Si
esperaba ablandarla probándole lo buen amigo que era, no valía la pena que se
tomara tal molestia. Ella conocía sobradamente la fuerza superior que había en
cuanto le rodeaba, y nada de lo que él pudiera hacer serviría para iluminar con
más intensidad el panorama. Por lo demás, el hecho de hallarse en Roma era para
ella una complicación de la mala suerte, y únicamente le agradaban las
complicaciones que eran para bien. Así es que, al despedirse él y decir que
también pensaba acudir a San Pedro y que trataría de encontrarle allí, a ella y
a sus amigos, Isabel no tuvo más remedio que decirle que podía hacer como
gustara.
En la basílica, mientras ella caminaba sobre la
inmensa taracea de mosaico del pavimento, a la primera persona que vio fue a
lord Warburton. No era nuestra heroína uno de tantos turistas que dicen sentir
una decepción ante el templo de San Pedro al no encontrarlo merecedor de tanta
fama. La primera vez que pasó por entre las pesadas cortinas de cuero que se
mueven y golpetean en la entrada, la primera vez que se vio bajo la altísima
bóveda y contempló la luz filtrándose hacia ella a través del aire denso de las
nubes de incienso y de los reflejos de mármoles y dorados, de mosaicos y
bronces, su concepto de la grandeza y de la grandiosidad se elevó a una altura
vertiginosa. Después de aquello, no podía faltar nunca espacio para elevarse y
remontar el vuelo. Isabel miraba a todas partes, de todo se admiraba como un
niño o un campesino, y rendía su tributo silencioso a lo sublime del lugar.
Lord Warburton caminaba al lado de ella, 1 hablaba de Santa Sofía de
Constantinopla, y ella temía que acabara haciéndole observar su conducta
ejemplar. Aún no había comenzado el acto religioso, pero en San Pedro hay mucho
que ver y admirar, se diría que hay algo profano en aquella vastedad que parece
imaginada tanto para el ejercicio físico como para el espiritual. Los distintos
grupos, los simples curiosos y espectadores, confundidos con los devotos
creyentes, pueden satisfacer la propia inclinación sin por ello causar molestia
ni producir escándalo en el vecino o provocar conflicto. En semejante
maravillosa vastedad las indiscreciones individuales no llegan muy lejos, Pero
ni Isabel ni sus compañeros pecaron de ello, pues, aunque Henrietta se
consideró ingenuamente obligada a declarar que la cúpula de Miguel Ángel era
una bagatela en comparación con la del Capitolio de Washington, vertió aquella
observación al oído del señor Bantling, reservándose el exponerla más cruda y
brillantemente en las columnas del Interviewer. Isabel dio la vuelta a toda la
iglesia en compañía de lord Warburton y, al ir aproximándose al coro, cerca del
lado izquierdo de la entrada, llegaron a sus oídos las voces de los cantores
del papa por encima de las cabezas de la inmensa muchedumbre que se agolpaba
fuera. Se detuvieron un instante al borde de aquella multitud compuesta de
genuinos romanos y extranjeros curiosos, y mientras permanecían allí dio
comienzo el concierto sacro. Ralph, Henrietta y Bantling estaban en el
interior, e Isabel, mirando por encima del nutrido grupo que delante de ella se
apiñaba, pudo contemplar la luz del atardecer suspendida entre las nubes de
incienso, y mezcladas con ellas las espléndidas notas del canto que parecían
volar a recogerse entre los tallados marcos de los altos ventanales. Al cesar
el canto, lord Warburton se dispuso a seguir andando con ella, y he aquí que, a
los pocos pasos, Isabel se halló frente a Gilbert Osmond, que, por lo visto,
había estado escuchando también a corta distancia de ella. Se acercó él con
toda suerte de modales respetuosos…, que parecía querer aumentar en respeto y
consideración al lugar y la opor- tunidad del momento.
Isabel le tendió la mano y dijo: -¿Por fin se decidió
a venir?
- Llegué anoche y esta misma tarde fui a visitarla al
hotel. Allí me dijeron que iba a venir a San Pedro y estaba tratando de ver si
la encontraba.
- Los otros están dentro -se decidió a decir Isabel.
- No he venido precisamente por los otros -replicó él
con vivacidad.
Dirigió ella la mirada en torno y vio a lord
Warburton, que estaba contemplándolos y que tal vez hubiera oído la última
frase. De pronto se acordó de que eso era precisamente lo que él le había dicho
el día que fue a Gardencourt a proponerle que se casara con él. Las palabras
del señor Osmond la habían ruborizado un poco, y semejante recuerdo no logró
disipar el leve rubor. Para evitar traicionarse a sí misma, presentó a aquellos
dos caballeros; por fortuna, en aquel instante el señor Bantling salió del coro,
hendiendo la muchedumbre con británica apostura y seguido por la señorita
Stackpole y Ralph Touchett.
Si digo «por fortuna» es simplemente una manera de
expresarnos tal vez harto superficial, pues, en cuanto Ralph Touchett divisó al
caballero de Florencia, pareció no ha- cerle el hecho gracia alguna. Sin
embargo, no por eso se mostró menos cortés, y con toda amabilidad dijo a su
prima que, de seguir así, no tardaría en tener a su alrededor a todos sus
amigos. La señorita Stackpole había tenido oportunidad de conocer al señor
Osmond en Florencia y también de decir a Isabel que no le parecía mejor que
ninguno de sus otros admiradores…, es decir, que el señor Touchett, lord
Warburton e incluso el pequeño señor Rosier de París. «La verdad, no sé lo que
te ocurre -se había complacido en declarar-, pero, para ser una muchacha tan
agradable, atraes a la gente más rara del mundo. El señor Goodwood es el único
que me inspira algún interés y es precisamente el único que a ti no te
interesa».
El señor Osmond, mientras tanto, había comenzado a
interrogar a Isabel acerca de sus impresiones de Roma. -¿Qué le parece a usted
San Pedro?
- Inmenso, y tan brillante como inmenso -se limitó a
contestar ella.
- Demasiado grande. Le hace a uno sentirse como un
verdadero átomo. -¿No es así como debe una sentirse en el más grande de todos
los templos del mundo?
- Y, después de dicha, le pareció que su frase había
estado acertada.
- A mí me parece que es como debe uno sentirse en
todas partes cuando no es nadie. A mi me gusta sentirme así lo mismo en una
ermita que en cualquier otra parte.
- Sin embargo, a usted le habría gustado ser el Papa
-dijo Isabel acordándose de algo que él le había declarado al principio de
conocerse. -¡Ah! ¡Eso sí que me habría gustado! -exclamo Gilbert Osmond.
Lord Warburton se había reunido con Ralph Touchett y
ambos se pusieron a andar juntos. -¿Quién es ese individuo que está hablando
con la señorita Archer? -preguntó el lord.
- Se llama Gilbert Osmond y vive en Florencia. -¿Y
qué más?
- Nada más. ¡Ah, sí! Es americano, pero le hace a uno
olvidar que lo es porque, en realidad, lo es bien poco. -¿Hace mucho que conoce
a la señorita Archer?
- Tres o cuatro semanas. -¿Le gusta a ella?
- Eso es lo que ella está tratando de averiguar. -¿Y
lo conseguirá? -¿Qué, averiguarlo…?-preguntó Ralph.
- Que le guste. -¿Quieres decir si le aceptará?
- Sí erijo lord Warburton tras dudar un instante-.
Ésa es la horrible cosa que quiero decir. dijo;
- Tal vez no, si nadie trata de evitarlo -replicó
Ralph.
El lord se quedó un momento sorprendido, pero pareció
comprender perfectamente y -Entonces, debemos permanecer absolutamente
tranquilos.
- Tan tranquilos como serios. Y confiar sólo en la
suerte -dijo Ralph. -¿En la suerte de que pueda…?
- En la suerte de que pueda no…
Lord Warburton se quedó un segundo preocupado y luego
preguntó: -¿Es por ventura extraordinariamente inteligente?.
- Extraordinariamente -respondió Ralph.
El lord volvió a reflexionar otro poco y dijo: -¿Y
qué más? -¿Qué más quieres? -refunfuñó Ralph.
- Querrás decir qué más quiere ella.
Ralph le tomó del brazo para conducirle hacia donde
estaban los demás y añadió con toda calma:
- Ella no quiere nada que nosotros podamos darle.
-¡Pues si no te quiere a ti…! -exclamó el aristócrata graciosamente mientras
ambos avanzaban cogidos del brazo…
VOLUMEN 2
28
Al día siguiente lord Warburton se presentó en el
hotel de sus amigos para verles, pero le dijeron que habían ido a la función de
la ópera. Fue, pues, allí con el propósito de visitarles en su palco, como era
en aquel entonces la moda en la sociedad italiana; y, una vez en el teatro -que
era uno de los de segunda categoría- paseó la vista en torno suyo por aquella
sala mal iluminada y tan vasta como desnuda de adornos. Acabado el acto, podía
buscar a sus anchas y tratar de localizar a sus amigos. Después de mirar
atentamente dos o tres pisos donde había tales receptáculos, divisó en uno de
ellos a una dama a quien al punto reconoció.
La joven estaba sentada de frente al escenario y casi
oculta por la cortina del palco. A su lado, y recostado en el respaldo del
sillón, estaba Gilbert Osmond. Parecía como si el palco fuera sólo de ellos, y
lord Warburton supuso que sus compañeros estarían fuera tomando el relativo
fresco de que en el vestíbulo se disfrutaba. Permaneció un momento con los ojos
clavados en aquella interesante pareja, preguntándose si debía entrar e
interrumpirles o abstenerse de hacerlo. Por último se le antojó que Isabel le
había visto y semejante accidente le decidió. No existía indicación alguna de
que se prohibiera el acceso, de suerte que se encaminó a los pisos superiores y
en la escalera casi se dio de bruces con su amigo Ralph Touchett, que bajaba
con el sombrero ladeado, como aburrido, y las manos donde era su costumbre
llevarlas.
A guisa de saludo, Ralph le dijo:
- Hace un instante te vi desde arriba y bajaba en tu
busca. Me siento solo y necesito compañía.
- Pues tenías una incomparable y acabas de
abandonarla.
- Si te refieres a mi prima, tiene ya compañero y no
me precisa para nada. Y la señorita Stackpole y el señor Bantling han ido al
café a tomar un helado…, porque a ella le encantan los helados. Pensé que
tampoco ellos me precisaban para nada. La ópera que están dando es muy mala;
las mujeres parecen lavanderas y cantan como loros. Me siento muy deprimido.
- Entonces, más te valdría irte a casa -repuso lord
Warburton con afabilidad. -¿Y dejar a mi damita en este sitio tan desolado?
Eso, de ningún modo. Tengo que velar por ella. -¿Por qué? Parece que tiene
amigos en abundancia.
- Precisamente por eso debo velar -contestó Ralph con
melancolía un tanto socarrona.
- Pues, si no te precisa a ti, es muy probable que
tampoco me precise a mí.
- No. Tú eres distinto. Ve al palco y quédate allí
mientras yo estiro un poco las piernas. Lord Warburton se dirigió pues al
palco, donde Isabel le recibió como a un amigo tan honorablemente antiguo que
él se preguntaba atónito qué estrambótica provincia de dominio temporal creía
ella haberse anexionado. Cambió un cortés saludo con el señor Osmond, al que
había conocido el día antes y que, desde el momento en que él entrara,
permaneció en silencio y un poco aparte, como quien no acepta la competencia en
la probable dilucidación de asuntos extraños. Al segundo visitante le llamó
poderosamente la atención ver que en aquella oportunidad la señorita Archer
parecía como rodeada de una aureola, transfigurada por inefable exaltación. Sin
embargo, siendo como era una joven de mirada vivaz, de actitudes rápidamente
cambiantes, de muy animada conversación, nada de extraño tendría que se hubiera
equivocado al imaginársela de la anterior suerte. En su conversación con él se
complació ella en mostrarse perfectamente dueña de su espíritu, patentizando
una afabilidad tan deliberada e ingeniosa que no dejaba lugar a dudas acerca
del completo dominio que ejercía sobre sus propias facultades. El pobre lord
Warburton tuvo momentos de verdadero azoramiento. Ella le había hecho perder la
esperanza hasta el punto de ser casi cruel. ¿Qué se proponía, pues, con
aquellas artes y amabilidades, sobre todo con semejante tono de reparación…, de
preparación acaso? Su voz tenía matices de gran dulzura que le alteraban
profundamente. Regresaron los demás compañeros de palco, y dio comienzo otro
acto de la ópera trivial, triste y familiar. Como el palco era espacioso,
quedaba sitio para que lord Warburton pudiese permanecer allí si se sentaba
atrás y un poco en la sombra. Y así lo hizo él durante una media hora, mientras
el señor Osmond se quedó delante, los codos apoyados en las rodillas. Detrás
del asiento de Isabel, lord Warburton no oía absolutamente nada y, desde su
oscuro rincón, se dedicó a contemplar el nítido perfil de aquella exquisita
joven destacando sobre la parca iluminación de la sala. Al llegar el otro
entreacto nadie salió del palco. El señor Osmond se puso a hablar con Isabel y
lord Warburton se quedó en su rincón, si bien no mucho tiempo. Se levantó, se
despidió y dio las buenas noches a las damas. Isabel no dijo nada susceptible
de hacerle quedar, pero ello no impidió que de nuevo le intrigara hondamente.
¿Por qué se empeñaba en destacar uno de sus valores -precisamente el menos
oportuno-, toda vez que se desentendía de otros más estimables? Estaba furioso
consigo mismo por sentirse de tal modo perplejo, y enojado por estar furioso.
De poco consuelo había de servirle en tal estado de ánimo la música de Verdi.
Abandonó, pues, el teatro y se fue caminando hacia su hotel, sin saber qué
camino seguir por aquellas tortuosas y trágicas callejuelas de Roma, donde
desde hacía tantos siglos tenían lugar a la luz de las estrellas situaciones
bastante más tristes y desoladoras que la suya.
Después que se hubo marchado, Osmond preguntó a
Isabel: -¿Qué carácter tiene ese caballero?
- Irreprochable…, ¿no acaba usted de verlo?
- Es dueño de casi media Inglaterra; ése es su
carácter -intervino Henrietta Stackpole, como molesta-. Eso es lo que llaman un
país libre. -¡Ah! ¿Es un gran propietario? ¡Dichoso él! -exclamó Gilbert
Osmond. -¿Llama usted dicha… a ser propietario de infelices criaturas humanas?
Él es amo de sus colonos y los cuenta por miles. Es, sin duda, agradable tener
propiedades, pero yo me conformo con poseer objetos inanimados. Yo no actúo
sobre la carne y la sangre, el pensa- miento y la conciencia..
- Tengo para mí que usted posee, por lo menos, la
propiedad de uno o dos seres humanos -repuso en tono de broma el señor Osmond-.
Dudo mucho de que Warburton maneje a sus súbditos como usted me maneja a mí.
- Lord Warburton es un gran radical -creyó oportuno
decir Isabel-. Tiene opiniones muy avanzadas.
- Lo que son muy avanzados son sus muros de piedra.
Su parque está rodeado treinta millas en derredor por una gigantesca verja de
hierro. -Y como para informar al señor Osmond, Henrietta añadió-: Ya quisiera
yo verle discutiendo con algunos de nuestros radi- cales de Boston.
- Que no aprobarían nuestras verjas de hierro, me
figuro -dijo el señor Bantling.
- Sí. Para encerrar dentro de ellas a los malvados
conservadores. Cada vez que hablo con usted, me parece estar hablando de algo
que tuviera el filo cortante de un vidrio roto. -¿Conoce usted bien a ese
reformador no reformado? -siguió preguntando Osmond a Isabel.
- Lo bastante para el uso que de él hago.
- ¿Y en qué consiste tal uso?
- Pues, en que me agrada que me guste.
- Gustarle a uno que otro le guste… es casi tanto
como una pasión.
- No -arguyó Isabel-, entienda usted por gustarle a
uno no tenerle aversión. Osmond se echó a reír. -¿Se propone usted hacerme
concebir un gran afecto por él? No contestó ella nada en aquel instante, pero
un poco después respondió a tal pregunta con excesiva gravedad.
- No, señor Osmond -dijo-. Creo que no me atrevería
nuca a provocarle a usted. - Luego, un poco-más tranquila, añadió-: De todos
modos, lord Warburton es un hombre muy gentil. -¿De gran capacidad? -preguntó
su amigo.
- De excelente capacidad, y tan bueno como parece.
- Como bien parecido, querrá usted decir. Sin duda es
muy bien parecido. ¡Qué afortunado! ¡Ser un gran magnate inglés, apuesto e
inteligente por añadidura, y, para colmo de venturas, gozar de los altos
favores de usted! He ahí un hombre al que yo podría envidiar.
Isabel le miró con interés, y dijo:
- Me parece que usted está siempre envidiando a
alguien. Ayer era al papa; hoy, al pobre lord Warburton.
- Mi envidia no es dañina; no haría mal ni a un
infeliz ratoncillo. Yo no quiero destruir a la gente…, lo único que quiero es
ser ella. Ya ve usted que esto no me llevaría más que a destruirme a mí mismo.
-¿De veras le habría gustado ser el papa?
- Mucho…, pero tenía que haber sido antes. Pero
dígame -preguntó tras un segundo de reflexión-, ¿por qué habla usted de su
amigo llamándole el pobre lord Warburton?
- Cuando las mujeres son buenas…, verdaderamente muy
buenas, suelen compadecer a los hombres a quienes han hecho daño; es el gran
procedimiento para mostrar su bondad -dijo Ralph, tomando por primera vez parte
en la conversación y haciéndolo con un cinismo tan claramente ingenioso como
inocente en apariencia.
- Por favor, ¿acaso he herido yo a lord Warburton?
-preguntó Isabel levantando las cejas como si aquella idea fuera gran novedad.
- Pues, si lo ha hecho, bien merecido se lo tiene
-dijo Henrietta al tiempo que se alzaba el telón para dar paso al ballet.
Isabel estuvo veinticuatro horas sin ver a su víctima
propiciatoria, pero al segundo día le encontró en la galería del Capitolio,
donde él estaba contemplando la pieza más notable de la colección: el Gladiador
Moribundo. Isabel había ido allí con sus habituales compañeros, entre los que
se hallaba también en tal ocasión Gilbert Osmond, y el grupo acababa de entrar
en el primero y mejor de los salones cuando ella divisó al otro visitante. Lord
Warburton se dirigió a nuestra heroína con bastante soltura y le comunicó que
se disponía a marcharse en aquel momento.
- Me marcho también de Roma -añadió-, de manera que
debo decirle adiós.
Por inconsecuente que pueda parecer, Isabel se sintió
triste al oírlo. Lo cual se debía tal vez a que ya no temía que él la molestara
con su renovada pretensión y pensaba en otra cosa. Estaba a punto de decirle
que lo sentía, pero logró contenerse y se limitó a desearle un feliz viaje, lo
que le hacía parecer a sus ojos hombre de poca importancia.
- Me imagino que me considerará usted muy voluble,
porque el otro día le dije que pensaba estar aquí una temporadita.
- Nada de eso; puede cambiar de idea.
- Eso es precisamente lo que he hecho.
- Entonces, bon voyage.
- Parece que tiene usted una gran prisa en perderme
de vista -comentó el aristócrata.
- No hay tal; es que me molestan las despedidas.
-¡Qué poco le importa a usted lo que yo haga! -insistió él.
- Cuidado, está quebrantando su promesa -dijo Isabel
después de mirarle amablemente un momento.
Se ruborizó él como un muchacho de quince abriles y
replicó:
- Si no la mantengo es porque materialmente no puedo.
Precisamente por eso me marcho.
- Adiós, entonces.
- Adiós. -Siguió sin moverse y luego preguntó-:
¿Cuándo volveré a verla?
Isabel dudó un segundo, pero, como su tuviera una
súbita inspiración, contestó en el acto:
- Cualquier día después de que se haya usted casado.
- Eso sólo sucederá después de que usted lo haya
hecho. Ella sonrió y dijo:
- Para el caso, es lo mismo.
- En efecto. Completamente lo mismo. Adiós.
Se dieron la mano y él la dejó sola en aquella
gloriosa sala en medio de tantos maravillosos mármoles antiguos. Isabel se
sentó en el centro de las inmóviles presencias marmóreas y se puso a mirarlas
distraídamente, posando su mirada en aquellos hermosos rostros vacíos de
expresión que parecían estar escuchando el silencio eterno. Es de todo punto
imposible, en Roma por lo menos, contemplar durante largo tiempo un gran número
de esculturas griegas sin sentir el efecto de su quietud majestuosa, que, a la
manera de una elevada puerta cerrada para sacra ceremonia, deja caer suavemente
sobre el espíritu el amplio manto de la paz. Digo que especialmente sucede así
en Roma porque el aire romano constituye un medio exquisito para semejantes
impresiones. Se mezcla con ellas la luz dorada del sol, y la calma profunda del
pasado, tan vivida aún -si bien ya no es más que un inmenso vacío poblado de
nombres ilustres-, parece hechizarlas con un supremo encamo. Las celosías de
las ventanas del Capitolio estaban entornadas y la suave penumbra que envolvía
a las estatuas parecía hacerlas más graciosamente humanas. Isabel permaneció
sentada allí largo rato, cautivada por el encanto de tanta belleza inmóvil,
pensando a cuál de sus antiguas experiencias estarían aquellos ojos abiertos y
cómo a nuestros oídos extraños podrían aquellos labios hablar. La pared de
color rojo oscuro prestaba relieve a las figuras haciendo que los pulidos
mármoles del pavimento reflejaran su hermosura. Aunque ya las había visto
antes, se renovaba ahora en ella el placer estético, incrementado porque se
sentía contenta de estar sola. Por fin, fatigada ya su atención, la arrastró el
interés s t otra urda de la marea de la vida. Un turista pasó por allí, se
detuvo un segundo ante el Gladiador Moribundo y salió por la otra puerta
haciendo oír sus pasos sobre el brillante piso. Al cabo de una media hora
reapareció Gilbert Osmond, adelantado, al parecer, al resto de sus compañeros.
Avanzó hacia ella lentamente con las manos en la espalda y con su acostumbrada sonrisa,
siempre curiosa si bien no siempre suplicante.
- Me sorprende verla sola -dijo-. Creí que tenía
compañía.
- La tengo…, no la hay mejor -repuso ella mirando las
figuras del Fauno y de Antinoo. -¿Le parecen a usted mejor compañía que todo un
par inglés?
- Ah, mi par inglés se marchó hace ya un buen rato
-contestó la joven con deliberada sequedad, al tiempo que se levantaba.
No le pasó inadvertida aquella sequedad al señor
Osmond, pero, lejos de molestarle, pareció que añadía más interés a su
pregunta.
- Me temo que sea verdad lo que oí decir la otra
tarde; que es usted cruel con ese aristócrata -declaró.
Isabel miró un instante hacia la estatua del
Gladiador Moribundo. buena.
- No es cierto -dijo-. Yo soy escrupulosamente -Esto
es lo que quiero decir -replicó Gilbert Osmond con tan satisfecha sonrisa que
su chiste no precisaba explicación.
Sabido es que le gustaba todo lo original, raro,
superior y exquisito; y ahora, que había visto a lord Warburton, a quien
consideraba un raro ejemplar de su raza y su casta, le resultaba singularmente
atrayente adueñarse de una joven que había merecido figurar en su colección de
objetos raros y que se había permitido rechazar tan noble mano. Gilbert Osmond
sentía un extraordinario aprecio por aquel especial patricio, no ya a causa de
sus cualidades, que consideraba fácilmente superables, sino por su sólida posición.
Nunca le había perdonado a su estrella que no le hubiese favorecido con un
ducado inglés; por lo cual estaba en insuperables condiciones para justipreciar
una actitud tan inesperada como la de Isabel. Era natural que la mujer con
quien se casara hubiese hecho algo por el estilo.
29
En su conversación con su buen amigo, Ralph Touchett
no había dejado de reconocer en alto grado las cualidades y los méritos
personales de Gilbert Osmond; pero, ante la conducta de tal caballero durante
el resto de su visita a Roma, quizá sintiera que no había sido del todo justo.
Osmond pasaba la mayor parte del día con Isabel y sus compañeros y acabó por
infundirles la idea de que no había hombre de tan agradable trato. ¿A quién se
le escapaba el hecho de que era en todo momento perfectamente dueño de sí y de
que se comportaba con exquisito tacto o alegría según los casos? Esa era
precisamente la razón por la que Ralph le reprochaba su antigua superficialidad
en el trato social. Hasta el injusto pariente de Isabel no tenía más remedio
que reconocer que era un compañero encantador. Su buen humor era constante, su
conocimiento del hecho, exacto, su expresión con la palabra, precisa, y todo
ello tan adecuado como su amable premura al prender el fósforo para que uno de
los demás encendiese el cigarrillo. No cabía la menor duda de que estaba
divirtiéndose…, divirtiéndose a la manera en que podría hacerlo quien no puede
ser apenas sorprendido y sabe hacerse casi aplaudir interiormente. No es que se
mostrase excesivamente alegre, pues era de los que en el concierto del placer
nunca habría tocado el tambor sino con las yemas o los nudillos de los dedos,
ya que detestaba toda nota estridente o chillona, cosa que solía denominar los
desvaríos del azar. Creía que la señorita Archer se mostraba a veces de una
presteza harto premurosa y consideraba una lástima que tuviese tal defecto,
porque, de no haberlo tenido, no habría, en realidad, tenido ninguno y habría
sido tan adaptable a sus necesidades generales como el puño de marfil de un
bastón a la palma de la mano. Si, personalmente, él no era vonciglero, sí era,
en cambio, profundo, y durante aquellos últimos días de mayo no había para él
placer comparable al de caminar lentamente bajo los pinos de la Villa Borghese,
sobre prados floridos y entre mármoles cubiertos de verdín. Todo le gustaba;
nunca hasta entonces le habían gustado tantas cosas al mismo tiempo. Se
renovaban en su espíritu impresiones antiguas, viejos placeres del espíritu.
Una noche, al retirarse a su habitación del hotel, escribió un soneto que
tituló «Roma revisitada». Dos días después mostró a Isabel aquel ejemplar único
de un trabajo literario perfecto y le explicó que era una antigua costumbre
italiana conmemorar los faustos acontecimientos de la vida rindiendo un tributo
a las musas.
Por lo general, gustaba de experimentar tales
placeres solo. Con frecuencia excesiva - era el primero en reconocerlo- se daba
amarga cuenta de lo malo, de lo feo, y, por el contrario, era muy rara la vez
que sobre su espíritu llegaba a descender el fértil rocío de una felicidad
imaginable. Sin embargo, en aquel momento sentíase feliz…, acaso mucho más de
lo que jamás lo fuera, y semejante sentimiento tenía un sólida razón de ser.
Era lisa y llanamente el convencimiento del propio éxito, la emoción sin duda más
grata al corazón humano. A decir verdad, Osmond no la había experimentado nunca
en demasía; en tal sentido había experimentado una sorda irritación contra la
ajena saciedad, como él bien sabía y de sobra tenía presente. «La verdad es que
la suerte no me ha mimado -solía decir-, no me ha mimado en absoluto. Si llego
a triunfar antes de morir, me lo tendré bien ganado». Tenía una gran
predisposición a considerar que ganarse esta especie de festín consistía sobre
todo en sufrir secretamente por él, y hubo de reducirse a semejante ejercicio.
Para ser exactos, hay que decir que su carrera no había estado totalmente
desprovista de éxitos, de tal modo que podía hacer creer a algún espectador que
se dedicaba a dormir sobre vagos laureles. Pero algunos de sus triunfos eran ya
demasiado antiguos y otros habían sido demasiado fáciles. El de ahora había
resultado menos arduo de lo que cabía esperar; pero había sido fácil -es decir,
rápido- por la sola razón de que había realizado un esfuerzo verdaderamente
excepcional, mucho mayor de lo que él mismo hubiera creído poder llevar a cabo.
El sueño de su juventud había sido tener algo que mostrar en prueba de su
valía, cualquier cosa; pero, con el discurrir del tiempo, las condiciones que
toda prueba imponía cada vez le habían parecido más groseras, y detestables,
como echarse al coleto, una tras otra, varias jarras de cerveza para demostrar
el aguante. Si una anónima obra de arte colgada en la pared de un museo fuese
consciente y cauta, podría experimentar al placer de verse, al fin, súbitamente
identificada - como obra de gran maestro- por el simple hecho de tener un
estilo determinado. Ese «estilo» fue, pues, lo que la joven descubrió en él sin
gran dificultad; y ahora, además de poder disfrutar de él, nadie tan calificado
como ella para proclamarlo ante el mundo sin que el agraciado tuviera que
tomarse molestia alguna. Eso es lo que ella haría por él. De tal suerte, no
habría esperado en vano.
Poco antes del momento fijado para su partida de
Roma, la joven recibió de la señora Touchett un telegrama redactado en estos
términos: «Dejo Florencia cuatro junio hacia Bellaggio, llevándote conmigo si
no tienes otros proyectos. Pero no puedo esperar si continúas vagando en Roma».
Ese vaguear en Roma tenía indudablemente sus
encantos, pero Isabel había trazado otros planes e hizo saber a su tía que
estaba dispuesta a ir inmediatamente con ella. Se lo comunicó asimismo a
Gilbert Osmond, quien dijo que, dado que pasaba en Italia la mayor parte de sus
inviernos y veranos, se quedaría a holgazanear un poquito más a la fresca
sombra de los muros de San Pedro. Volvería a Florencia pasados unos diez días y
para tal fecha ya estaría ella en Bellaggio. De modo que pasarían meses antes
de que volviera a verla.
Tenía lugar esta conversación en el amplio salón
privado de nuestros amigos en el hotel donde se hospedaban. Era de noche, ya
algo tarde, y Ralph Touchett debía llevar a su prima a la mañana siguiente a
Florencia. Osmond halló sola a nuestra heroína, pues la señorita Stackpole, que
había hecho íntima amistad con una familia americana alojada en el cuarto piso,
había subido a visitarla. Henrietta era especialista en entablar amistades en
los viajes con suma facilidad, y en el ferrocarril había hecho ya algunas que
se contaban entre las más valiosas de que disponía. Por su parte, Ralph estaba
haciendo los arreglos precisos para el día siguiente, mientras que Isabel se
hallaba sola, sentada entre un verdadero bosque de amarilla tapicería. De color
naranja eran sillas, sillones y sofá; rojo oro las paredes; y oro y rojo los
cortinajes de las ventanas. Los espejos y los cuadros estaban encerrados en
grandes y vistosos marcos, y en el abovedado techo divertíanse en abigarrada
mezcla musas desnudas e inocentes querubines. A Osmond le resultaba feo aquel
lugar hasta la desesperación. Aquellos falsos colores y aquel fingido esplendor
eran como vulgares, falsas y pretenciosas palabras. Isabel tenía entre las
manos un libro de Ampére que le había regalado Ralph a su llegada a
Roma, pero el libro yacía como olvidado sobre su
falda, si bien su dedo índice lo hendía entre dos páginas cuya lectura, por lo
visto, no sentía extrema impaciencia en reanudar. Una lámpara, cubierta con un
colgante velo de papel vitela rojo, estaba encendida cerca de ella en la mesa y
esparcía en torno una extraña y suave palidez rosada.
- Usted dice que volverá, pero ¿quién sabe? -dijo
Gilbert Osmond-. No sé por qué se me antoja que más bien ha de sentirse
dispuesta a emprender su viaje alrededor del mundo No tiene ninguna obligación
de volver, puede hacer lo que más le agrade, incluso errar de un lado a otro
por el espacio.
- Cierto -repuso Isabel-. Pero, según creo, Italia
forma también parte del espacio y puedo incluirla en mi itinerario.
- Es decir, en su recorrido alrededor del mundo. Por
favor, no haga tal cosa. No nos coloque usted en un paréntesis. Concédanos,
cuando menos, todo un capítulo. Yo no quiero verla viajando. Prefiero verla
cuando haya terminado de viajar. Quisiera verla cuando esté ya ahíta y cansada…
-Hizo una pausa y reafirmó-: Sí, preferiría verla en tal estado.
Isabel, con la mirada gacha y el índice hendiendo
otras páginas del libro de Ampére, contestó:
- Usted ridiculiza las cosas sin parecer querer
hacerlo, aunque no, según creo, sin pretenderlo. No siente el menor respeto por
mis viajes…, los ridiculiza. -¿De dónde saca usted semejante cosa?
Ella continuó en igual tono, rozando el lomo del
libro con un abrecartas.
- Usted ve perfectamente mi ignorancia, mis errores,
me ve ir de un lado a otro como si el mundo fuese mío, por la sencilla razón…,
simplemente porque me han proporcionado los medios de poder hacerlo. Usted no
cree que una mujer deba hacer semejante cosa; piensa que es un comportamiento
pretencioso y torpe.
- Al contrario -repuso Osmond-, creo que es algo
hermoso. Ya conoce mis ideas; la he puesto a usted bastante en contacto con
ellas. ¿Acaso no recuerda lo que yo mismo le he dicho, que uno debe hacer de su
propia vida una obra de arte? Al principio, eso pareció chocarla, pero entonces
fue cuando le dije que era precisamente lo que se me antojaba que estaba usted
tratando de hacer con la suya.
Isabel levantó los ojos del libro.
- Lo que usted desprecia más en el mundo es el arte
malo, el arte estúpido.
- No digo que no. Pero el de usted me parece
excelente y diáfano.
- Estoy segura de que, si se me ocurriera ir al Japón
el invierno próximo, se reiría de mí.
Osmond sonrió, con afabilidad pero sin llegar a
soltar la carcajada, ya que el tono de la conversación que sostenía no era
jocoso. Isabel se mostraba de vez en cuando solemne, cosa que él ya había
observado. Así, dijo:
- Tiene usted una imaginación desconcertante.
- Eso es precisamente lo que quiero decir. Usted cree
que tal idea es absurda.
- Está equivocada. Yo daría mi dedo meñique por ir al
Japón, uno de los pocos países que quisiera de verdad conocer. ¿No lo cree
usted, a pesar de mi gran afición a las buenas lacas antiguas?
- Pero yo no tengo la excusa de ser aficionada a las
lacas antiguas -contestó Isabel.
- Usted tiene una excusa mejor todavía: los medios
para ir allá. Está completamente equivocada en su creencia de que me río de
usted. No sé qué ha podido hacérselo creer así.
- No sería nada extraordinario que a usted le
pareciera ridículo que yo tenga medios para hacer el viaje y usted no, porque
usted lo sabe todo y yo no sé nada.
- Razón de más para que viaje y aprenda -dijo Osmond
sonriendo-. Por lo demás… - añadió, como para dejar bien sentado un punto de
importancia-, yo no lo sé todo.
No le llamó a Isabel la atención el hecho de que él
dijera aquello con suma gravedad.
Pensaba que el incidente más agradable de su vida
-así complacíase ella en calificar aquellos breves días en Roma, que podía
haber comparado con la figura de una princesita de una de las épocas del buen
vestir, agobiada bajo un manto de ceremonia y arrastrando una cola sostenida
por pajes o historiadores-, que toda aquella felicidad estaba tocando a su fin.
Que al señor Osmond se debía la mayor parte del interés suscitado por la
estadía en la ciudad era lo de menos; en esos momentos, ya había hecho la debida
justicia respecto a tal punto. Y se dijo a si misma que, si hubiese algún
peligro de que no llegaran a volver a verse, tal -,,vez sería lo mejor. Las
cosas y los hechos felices no se repiten, y su aventura cobraba ya el aspecto
cambiante y marinero de una isla romántica donde, tras un sabroso festín de
rojos racimos, se estaba ya aparejando para abandonarla a favor de la fresca y
dorada brisa del amanecer. Podía volver a Italia y encontrar cambiado a aquel
hombre…, aquel hombre tan extraño que tanto le gustaba tal como era…, de modo
que no volver era preferible a exponerse al riesgo que ello supondría. Pero, si
no había de volver, aún le causaba mayor pena dar por finalizado el capítulo.
Durante unos momentos sintió un dolor tan intenso que casi estuvo a punto de
provocarle las lágrimas. Tal sensación la hizo permanecer callada, y Gilbert
Osmond siguió igualmente silencioso, mirándola intensamente. Al fin, dijo en
voz baja y amable:
- Vaya usted a donde le agrade; haga cuanto quiera,
obtenga de la vida todo lo que pueda. Sea dichosa…, triunfe de verdad. -¿Qué
quiere decir con lo de triunfar?
- Pues… hacer lo que a uno le gusta.
- Entonces, para mí, triunfar ha de ser fracasar.
A veces, hacer todas las cosas insustanciales que una
quiere es enormemente agotador.
- Exacto -replicó Osmond con tranquila presteza-.
Como no hace mucho le dije, día llegará en que se sentirá cansada. -Hizo una
breve pausa y luego prosiguió-: la verdad, no sé si sería mejor esperar hasta
entonces para decirle algo de lo que deseo hacerla partícipe.
- Pues yo no puedo aconsejarle sin saber de qué se
trata. Ahora que, cuando me siento cansada, me comporto de un modo horrible
-añadió con una insospechada inconsecuencia.
- No lo creo; lo que sí puede ocurrir es que a veces
se enoje, aunque nunca la he visto así; pero tengo la seguridad de que nunca se
pone impertinente. -¿Ni aun cuando pierdo los estribos?
- Usted no los pierde nunca…, al contrario, los
encuentra, y debe de ser muy hermoso - dijo Osmond con noble seriedad-. Ha de
haber grandes momentos en que valga la pena verla. -¡Si por lo menos pudiera
encontrarlos ahora! -exclamó Isabel algo nerviosa.
- Yo no siento temor alguno. Voy a cruzarme de brazos
y a admirarla. Le advierto que estoy hablando en serio. -Se adelantó un poco,
colocó ambas manos sobre las rodillas, bajó los ojos y tras alzarlos de nuevo,
añadió-: Lo que quiero decirle es que he llegado al con- vencimiento de que
estoy enamorado de usted.
Isabel se levantó instantáneamente y exclamó: -¡Olvide
eso hasta que esté cansada! -¿Cansada de qué, de oírselo decir a los demás?
-Siguió él sentado, mirándola-. No, es necesario que lo diga usted ahora; o
nunca, como quiera. Pero, en cualquier caso, yo no tengo más remedio que
decírselo ahora.
Se apañó ella, pero al hacerlo se detuvo un instante
y lo miró intensamente. Los dos permanecieron mirándose durante largo rato, con
esa mirada detenida, consciente y reflexiva de los momentos críticos de la
vida. Por fin, él se levantó, se aproximó y, respetuosamente, como temiendo
obrar con excesiva confianza, declaró:
- Estoy perdidamente enamorado de usted.
Dijo las anteriores palabras en un tono de discreción
casi impersonal, como quien espera bien poca cosa de ello y necesita decirlo
para desahogarse y quedarse tranquilo. Se le llenaron a Isabel de lágrimas los
ojos, pero en esa ocasión producíalas la intensidad de un dolor que le sugería
algo así como el correr y descorrer de un hermoso cerrojo…, algo que no sabía
qué era ni en qué consistía. Las palabras que acababa de pronunciar hacían de
Osmond, que no se había movido de donde estaba, un ser generoso y gallardo, le
envolvían en una especie de manto sutil como el aire dorado del temprano otoño.
Sin embargo, moralmente, hacían retroceder a la muchacha, que no dejaba de
mirarle amorosamente, de igual modo que se había retirado antes, en ocasiones
similares.
- Por favor, no diga eso -murmuró con una intensidad
en la súplica que delataba también ahora su miedo a verse obligada a escoger y
decidir.
Lo que acrecentaba aún más su temor era precisamente
aquella fuerza que, al parecer, debió de desvanecer todos los temores, la
sensación de que había algo dentro de ella, allá en lo más hondo de su ser, que
se le antojaba una inesperada y sincera pasión. Era como si tuviese una
cuantiosa suma depositada en un banco y experimentase un miedo insuperable de
empezar a gastarla. Porque, una vez que la hubiera tocado, toda ella se
disiparía enseguida.
Osmond dijo por fin, suavemente:
- Supongo que no le importará mucho lo que acabo de
decirle. Lo que puedo ofrecerle es demasiado poco. Lo que yo tengo es bastante
para mí…, pero no para usted. Ni tengo fortuna, ni renombre, ni ninguna otra de
esas ventajas externas que tanto se aprecian. De manera que no le ofrezco nada.
Se lo digo porque no creo que con ello la ofenda y porque se me antoja que
llegará el día en que le agrade. Por mi parte, le aseguro que a mí me
proporciona gran placer decírselo. -Continuó de pie ante ella, un poco inclinado
hacia delante como en espera de sus palabras, y dándole lentas vueltas al
sombrero que acababa de tomar con todo el recatado temor de la torpeza y sin
extravagancia, presentando a los ojos de ella su rostro firme, refinado y un
tanto demacrado-. A mí no me causa dolor alguno decirle esto porque es de lo
más sencillo -añadió-. Para mí será usted siempre la mujer más importante del
mundo.
Isabel se consideró a sí misma en tal aspecto, y
pensó que le sentaba bien. Sin embargo, lo que dijo no expresaba en modo alguno
semejante complacencia propia.
- Usted no me ofende, pero no olvide que, sin
sentirse ofendida, puede una sentirse incomodada y turbada.
Se oyó a sí misma decir la palabra «incomodada» y le
pareció ridícula. No sabía de qué estúpida manera pudo habérsele ocurrido.
- No lo olvidaré. Por lo pronto, se ha quedado usted
sorprendida y azorada. Pero, si no es más que eso, no tardará en pasar. Y tal
vez deje alguna huella de la que yo no tenga por qué avergonzarme.
- Ignoro lo que pueda dejar. De todas formas, puede
usted ver por sí mismo que no estoy abatida-dijo Isabel con pálida sonrisa-. No
estoy tan turbada como para no poder pensar. Y pienso que me alegro de que
hayamos de separarnos y de tener que marcharme mañana de Roma.
- Siento decirle que no estamos de acuerdo en eso.
- Yo no le conozco a usted en absoluto -replicó
Isabel bruscamente, y se ruborizó al oírse diciendo lo que ya dijera hacía un
año a lord Warburton.
- Si no se marchara, no por eso me conocería mejor.
- Puede que alguna vez lo logre.
- Así lo deseo. Soy bien fácil de conocer. Ella
contestó con gran énfasis:
- No, no; en eso no es sincero. Usted no es nada
fácil de conocer. Es imposible serlo menos.
- Bueno -repuso él riendo-, si digo eso es porque me
conozco bien a mí mismo.
Pudiera parecer una fanfarronería, pero así es.
- Es muy posible. Pero es porque usted es muy
sensato.
- También lo es usted, señorita Archer -exclamó
Osmond.
- No creo que lo sea en este momento, aunque sí lo
bastante para pensar que será mejor que se vaya. Buenas noches.
- Dios la bendiga -dijo Gilbert Osmond tomándole la
mano que ella se olvidara de tenderle. Después de lo cual, añadió-: Si volvemos
alguna vez a vernos, me encontrará usted igual que me deja. Y, si no nos vemos
más, yo seguiré siendo siempre el mismo.
- Se lo agradezco infinito. Adiós.
Había algo tranquilamente decidido en el visitante de
Isabel que le impulsaba a querer marcharse por su propia voluntad, no
despedido.
- Hay algo más que debo decirle. Yo no le he pedido
nada…, ni siquiera que tenga un pensamiento para mí en el futuro; justicia que
espero sabrá usted hacerme. Sin embargo, quisiera pedirle un favor
insignificante. No pienso regresar a mi casa en unos cuantos días. Roma está
deliciosa en estos momentos y es lugar harto apropiado para un hombre en mi
estado de ánimo. ¡Ah! Yo sé que usted siente dejarla, pero me parece bien que
haga lo que su tía desea.
- Ni desea tal cosa ni exige nada -replicó Isabel.
Osmond estuvo a punto de decir algo que respondiera
bien a tales palabras, pero cambió de idea y se limitó a comentar:
- Está bien; de todos modos es correcto que vaya
usted con ella, muy correcto. Haga siempre lo correcto; ésa es mi norma.
Perdone que la aconseje tanto. Usted dice que no me conoce, pero, cuando de
veras me conozca, verá el gran culto que profeso a la corrección.
- Pero usted no es un hombre convencional, ¿no es
cierto? -preguntó Isabel con gravedad.
- Me gusta la manera en que dice usted esa palabra.
No, no es que sea convencional, es que soy la convención social personificada.
¿No lo comprende usted? -Y se detuvo un instante, sonriendo-. Me gustaría poder
explicárselo. -De pronto, en una salida llena de natu- ralidad, presteza y
brillantez, exclamó-: ¡No deje de volver! ¡Tenemos aún tantas cosas de qué
hablar!
Ella permanecía con la mirada gacha. -¿De qué favor
quería usted hablarme hace un momento? -se limitó a preguntar.
- Que antes de abandonar Florencia vaya a ver a mi
hijita. Está sola en la villa; me decidí a no enviarla a casa de mi hermana
porque ésta no comparte precisamente mis ideas. Dígale usted que debe querer
mucho a su pobre papaíto -terminó diciendo amablemente Osmond.
- Tendré un verdadero placer en ir a verla-dijo
Isabel en el mismo tono- y le diré lo que usted me pide. Adiós otra vez.
Se despidió él rápida y respetuosamente. Una vez que
hubo desaparecido, Isabel se quedó pensando profundamente en sí misma y acabó
sentándose poco a poco con aire de suma preocupación. Así permaneció, sentada,
con las manos cruzadas y la vista clavada en la horrenda alfombra, hasta que
volvieron sus compañeros. Su agitación, que no había en nada decrecido, era
todavía muy intensa. Lo que acababa de ocurrir era algo para lo que estaba
mentalmente preparada desde hacía un mes; pero, cuando llegó el momento, se
detuvo… y aquel principio sublime que la inspiraba se vino en cierto modo
abajo. Extraña era la manera de proceder del espíritu de nuestra heroína, y yo
no puedo presentarla más que como la veo, sin pretender en absoluto hacerla
aparecer como la cosa más natural del mundo. Como ya he dicho, su imaginación
retrocedió. Le quedaba todavía un último y vago espacio que no podía cruzar…,
algo como un camino oscuro e incierto con no poca apariencia de ambiguo y un si
es no es de traicionero, como un espeso matorral visto a la luz del oscurecer.
Pero no le que- daba más remedio que atravesarlo.
30
A la mañana siguiente Isabel regresó a Florencia en
compañía de su primo, quien, aunque contrario a la disciplina del ferrocarril,
consideró de todo punto admirables aquellas horas pasadas en el tren, ya que
con ellas se alejaba su compañera de la ciudad a la que ahora cabía el honor de
ser la preferida de Gilbert Osmond, unas horas que tal vez empezaban a
delinearse como la primera etapa de un extenso proyecto de viajes.
La señorita Stackpole se había quedado en Roma, pues
planeaba hacer una pequeña excursión a Nápoles con la ayuda y bajo la guía del
señor Bantling. Isabel debía pasar aún tres días en Florencia antes de la
partida de la señora Touchett, fijada para el día 4 de junio, y resolvió
dedicar el último de ellos a cumplir la promesa que hiciera a Osmond de ir a
visitar a su hijita. Sin embargo, tal proyecto estuvo a punto de sufrir una
leve alteración por deferencia a una idea de madame Merle. Continuaba todavía
esta señora en casa de la señora Touchett, pero estaba también en vísperas de
abandonar Florencia para trasladarse a un antiguo castillo situado en las
montañas de la Toscana y residencia de una aristocrática familia del país, cuya
amistad (como ella decía, los conocía de toda la vida) se le antojaba a Isabel,
a juzgar por ciertas fotografías del inmenso y almenado edificio que su amiga
tuvo a bien mostrarle, un extraordinario privilegio. Refirió, pues, a tan
privilegiada mujer el hecho de que el señor Osmond le había pedido que fuese a
ver a su hijita, pero sin decirle que antes le hiciera una declaración de amor.
Madame Merle exclamó:
- Ab, comme cela se trouve! Precisamente, yo también
estaba pensando en ir a ver a la chiquilla antes de marcharme.
A lo cual respondió Isabel sensatamente:
- Podemos ir juntas si le parece.
Digo «sensatamente» porque no fue una proposición
hecha con verdadero entusiasmo.
Se había hecho ella la ilusión de realizar aquella
corta peregrinación a solas, cosa que le habría gustado seguramente más. No
obstante, estaba gentilmente dispuesta a sacrificar tal sentimiento un tanto
místico a la consideración que por su amiga sentía.
Sin embargo, después de pensarlo detenidamente, la
importante dama dijo: -¿Para qué vamos a ir las dos, teniendo como tenemos
tantas cosas que hacer ambas en estas últimas horas?
- Bueno; en tal caso puedo ir yo sola.
- No sé hasta qué punto está bien que vaya usted
sola… a casa de un apuesto soltero. Estuvo casado, como sabe.,., pero hace ya
tanto tiempo…
- Pero, si se halla ausente, ¿qué importancia tiene
eso? -repuso Isabel, turbada.
- Tenga en cuenta que ellos no saben que se encuentra
ausente. -¿Quiénes son ellos? ¿A quiénes se refiere usted?
- A todo el mundo. Aunque, a lo mejor, no tiene la
menor importancia.
- Si usted puede ir, ¿por qué no he de poder ir yo
también? -preguntó Isabel.
- Porque yo soy una vieja cascarrabias y usted es una
joven hermosa.
- Admitido todo eso, usted no ha hecho ninguna
promesa de ir. -¡Cuánto le preocupan a usted sus promesas! -exclamó la dama con
acento levemente burlón.
- Me preocupan mucho. ¿Le llama eso la atención?
- Tiene usted razón -murmuró madame Merle-. De veras,
creo que debe portarse bien con la muchachita, ser buena con ella.
- Tengo un gran deseo de serlo.
- Entonces, vaya a verla; nadie podría ser más
prudente que usted. Y dígale que, si usted no hubiera ido, habría ido yo. O
mejor -añadió madame Merle-, no se lo diga; va a importarle un comino.
Mientras Isabel se dirigía públicamente en coche
abierto por el empinado camino hacia la villa del señor Osmond, iba pensando en
qué habría querido decir madame Merle con aquello de que nadie podría ser más
prudente. El hecho era que, de vez en cuando, aquella dama cuya discreción
viajera parecía por lo general más avezada a los embates del mar abierto que a
los riesgos de los canales ocultos, dejaba caer una frase de índole ambigua o
hacía sonar una nota falsa. ¿Qué le importaba Isabel Archer el juicio vulgar de
la gente insignificante? ¿Cómo podía imaginar madame Merle que ella era capaz
de hacer las cosas a hurtadillas? No era eso, seguramente. Debía de haber algo
más…, algo que, en el apresuramiento de las horas que preceden a la partida, no
había tenido tiempo de explicar. Isabel tendría que volver sobre ello algún
día, porque había cosas en las que deseaba actuar siempre con toda claridad. Al
llegar a la villa, oyó a Pansy aporreando el piano en una habitación distinta
de aquella donde la introdujeron en su primera visita al salón del señor
Osmond. La muchachita estaba «practicando», e Isabel tuvo la satisfacción de
notar que ponía en ello todo su empeño. La jovencita acudió enseguida su
encuentro alisándose el trajecito e hizo los honores de la casa de su padre con
gran desenvoltura y exquisita cortesía. Isabel permaneció sentada allí durante
una media hora, y Pansy supo encumbrarse a sus ojos en tal ocasión como el hada
diminuta y alada de la pantomima que se eleva por medio de hilos invisibles,
sin ponerse a chismorrear sino a conversar, mostrando por las cosas de Isabel
el mismo interés respetuoso que la otra se dignaba mostrar por las de ella.
Isabel la miraba con arrobamiento; jamás había tenido ante los ojos la flor
blanca de la afabilidad tan minuciosamente cultivada. Nuestra joven admiradora
manifestó su complacencia al ver lo bien enseñada que estaba la jovencita, lo
inteligentemente que la habían ido formando y modelando y, pese a ello, lo
sencilla, natural e inocente que hasta entonces se había conservado. Le gustaba
mucho a Isabel conocer el carácter y la calidad de las personas, bucear, como
quien dice, en las profundidades misteriosas de las almas, pero hasta entonces
.le había agradado dudar si aquel tierno pimpollo lo sabría ya todo. Se preguntaba
si su extrema ingenuidad era un disfraz de la perfecta conciencia de sí misma
que empleaba para agradar a una conocida de su padre, o si era la manifestación
pura y sincera de una naturaleza todavía inmaculada. La hora que Isabel pasó en
las hermosas salas vacías y penumbrosas - pues las ventanas estaban medio
entornadas para evitar el calor y la luz del espléndido día casi estival que se
filtraba a través de algunas rendijas prendiendo un fulgor de color desvaído, o
de oro apagado, en la rica oscuridad-, tal hora en conversación con la
muchachita le proporcionó la solución del inquietante problema que la
atormentaba. Se convenció, pues, de que Pansy era una hoja en blanco, una
superficie alba y pura, por fortuna conservada cuidadosamente en tal estado.
Carecía de artificio, de estratagema, de temperamento, de talento…, y sólo
poseía dos o tres instintos exquisitos, si bien insignificantes: el de conocer
al amigo, el de evitar un error, el de cuidar una vieja muñeca o un nuevo
vestido. Sin embargo, siendo tan tierna tenía que ser además conmovedora, y
daba la impresión de que sería una víctima fácil del destino. No tendría jamás
voluntad ni fuerza para resistir, ni el sentido de su propia importancia; se
prestaría fácilmente al engaño y no costaría trabajo amilanarla; su única
fuerza consistiría en saber cómo y cuándo tendría que adherirse a algo.
Acompañó a su visitante por las habitaciones de la casa, que la otra había
deseado ver de nuevo, y supo exponer su opinión personal respecto a algunas de
las obras de arte en ellas contenidas. Habló igualmente de sus proyectos, de
sus ocupaciones, de los propósitos de su padre. No se mostró excesivamente
egocéntrica, pero se consideró en el deber de ofrecer a aquella distinguida
amiga de su padre toda la información que pudiera necesitar.
- Dígame, por favor, ¿sabe si, en Roma, mi papá fue
ver a la madre Catherine? - preguntó-. El me dijo que lo haría, pero tal vez no
haya tenido tiempo. Creo que quería hablarle sobre el asunto de mi educación.
Un día, papá me dijo que tendría que terminarla él mismo porque el último o los
dos últimos años los profesores que enseñan en el convento son muy caros. Papá
no es rico, y yo sentiría mucho que tuviese que pagar tanto dinero por mí,
porque creo que no lo valgo. No soy muy lista para aprender, no tengo memoria
suficiente. Para lo que me cuentan sí la tengo, sobre todo si es algo
divertido; pero no para las cosas que se aprenden en los libros. Había una
muchacha que era mi mejor amiga, y la retiraron del convento a los catorce años
para hacerle…, ¿cómo se dice en inglés?…, para hacerle una dot 1. ¿No se dice
también así en inglés? A mí no me parece mal. Yo creo que no está mal. Bueno,
lo que quiero decir es que querían guardar el dinero para poder casarla. Yo no
sé si es para eso para lo que papá quiere también ahorrar dinero…, para
casarme. Debe de costar mucho dinero casarse. -Pansy se detuvo un instante,
suspiró y prosiguió-: Me parece que papá quiere ahorrarse ese gasto del
convento. De todas formas, yo soy todavía demasiado joven y no me importan nada
los señores; el único que me interesa es papá. Si no fuera mi papá, me gustaría
casarme con él, pero, siendo así, prefiero ser su hija que la esposa… de un
extraño. Lo echo mucho de menos, aunque no tanto como usted podría creer,
porque he estado lejos de él mucho tiempo. Con papá he pasado, sobre todo, las
vacaciones. También echo mucho de menos a la madre Catherine, pero no se lo
diga a él. ¿No va a volver a verle? Pues lo siento mucho, y estoy segura de que
él también lo sentirá. De todas las personas que vienen aquí, la que más me
gusta es usted. No es un gran cumplido, porque la verdad es que viene muy poca
gente. Ha sido usted muy buena viniendo hoy…, con lo lejos que estamos de su
casa, porque, después de todo, yo no soy todavía más que una niña. Hasta ahora
no tengo más entretenimientos que los de las niñas. ¿Cuándo dejó usted de tener
esos entretenimientos de niña? Me gustaría saber la edad que tiene, pero no es
correcto preguntarlo. En el convento nos enseñaron que no debíamos preguntar
nunca la edad a los demás. A mí no me gusta hacer nada que no se espere, porque
parece que no le han enseñado a una como es debido. Tampoco me gustaría que me
pillaran por sorpresa. Papá me dio instrucciones para todo. Me acuesto muy
temprano. Cuando el sol da de ese lado, me voy al jardín. Papá me dio órdenes
muy estrictas de que no dejara que el sol me quemase la piel. La vista desde
aquí me encanta cada vez más, y las montañas son cada día más hermosas. En
Roma, desde el convento, no se ven más que techos de casas y campanarios. Todos
los días practico piano tres horas, pero no toco muy bien. ¿Toca usted también?
Me gustaría mucho que tocase algo para mí. Madame Merle ha tocado varias veces
para mí sola, y eso es lo que más me gusta de ella. A papá le gusta que oiga
buena música. Madame Merle tiene una facilidad enorme, pero yo no tendré nunca
verdadera facilidad. Además, no tengo voz…, mi voz es como el chirrido de un
pizarrin cuando se garabatea en él.
Isabel satisfizo aquel respetuoso deseo; se quitó los
guantes y se sentó al piano, teniendo a su lado a Pansy, que admiraba sus
blancas y finas manos deslizándose ligeramente sobre el teclado. Cuando
terminó, dio a la niña un beso de despedida, la estrechó contra su corazón, la
miró durante un rato y le dijo:
- Procura ser muy buena y dar gusto a tu padre.
- Creo que es precisamente para eso para lo que vivo
-repuso Pansy-. El pobre no lo pasa muy bien; es más que nada un hombre triste.
Isabel escuchó semejante declaración con un interés
tal que le pareció un) tormento la sola idea de querer ocultarlo. La detenían
su orgullo y un indiscutible sentimiento de la conveniencia, pues eran muchas
otras las cosas que le rondaban por la cabeza y que ella sentía irrefrenable
impulso de hacerle decir a Pansy acerca de su padre; impulso que, sin embargo,
lograba contener. Muchas cosas le habría gustado oír de boca de la muchachita,
pero, en cuanto se dio cuenta de su malsano deseo, desechó con horror la idea
de aprovecharse de la joven -toda su vida habría tenido que estar
arrepintiéndose de ello- y de dejar flotando en aquel ambiente, donde él podía
luego tener la sensación de estar respirándolo, el aroma de su encantada
persona. Ella había ido…, había ido, pero sólo para permanecer una hora. Isabel
se levantó rápidamente del taburete del piano, pero permaneció allí un poco más
todavía, enlazando cada vez con más afecto el tierno busto de la muchachita y
mirándola casi con envidia. No podía por menos de confesarse a sí misma que
habría experimentado un inmenso placer en hablarle de Gilbert Osmond a aquella
diminuta criatura que tan unida estaba a él por los lazos de la sangre.
Pero no dijo una palabra más y se limitó a besarla
otra vez. Fueron juntas por el vestíbulo hasta la puerta que daba al patio. La
muchachita se detuvo allí y dijo mirando con anhelo hacía fuera:
- No puedo ir más allá; le prometí a papá que no
pasaría de esta puerta.
- Haces muy bien en obedecerle, porque nunca te
pedirá nada que no sea razonable.
- Yo le obedeceré siempre. Pero ¿cuándo volverá
usted?
- Me temo que tardaré bastante.
- Espero que sea cuanto antes -dijo Pansy-. Yo no soy
más que una chiquilla, pero la esperaré siempre.
Y la pequeña silueta de la jovencita quedó recortada
en el alto y oscuro umbral mientras Isabel atravesaba el ancho y claro patio y
desaparecía en la gloriosa luz de la tarde por el portone, que, al abrirse, dio
paso a una claridad más intensa.
31
Isabel no volvió a Florencia hasta pasados unos
cuantos meses, intervalo de su vida cargado de incidentes. Sin embargo, no es
lo sucedido en tal intervalo lo que de ella nos interesa. Nuestra atención se
concentra de nuevo en el Palazzo Crescentini, en cierto día del final de la
primavera y justamente un año después de los acontecimientos de que acabamos de
dar cuenta. En aquel instante se encontraba Isabel sola en uno de los diversos
salones dedicados por la señora Touchett a las atenciones sociales, y por su
actitud se podría creer que esperaba a algún visitante. La gran ventana de la
habitación estaba abierta y, aunque sus verdes celosías quedaban entornadas, el
aire del jardín penetraba en la estancia llenándola de su inefable aroma y su
tibieza. Nuestra heroína permaneció junto a ella durante algún tiempo con las
manos cruzadas detrás de la espalda y mirando hacia el exterior con cierta
inquietud. Incapaz de centrar su atención, se movía en un círculo de escaso
radio. Sin embargo, no podía esperar divisar al visitante cuando llegara a la
casa, porque la entrada del palacio no daba precisamente al jardín, en el que
reinaban la calma y la intimidad más completas. Intentaba más bien adivinar su
llegada haciendo conjeturas y, a juzgar por la expresión de su semblante, era
cosa que le costaba no poco esfuerzo. Se veía ahora a sí misma más seria y
mucho más serena gracias a la experiencia de todo un año pasado viajando. Como
ella decía, había recorrido mucho espacio y observado a gran parte de la
humanidad, y a sus propios ojos se sentía una persona bien distinta de la
frívola joven de Albany que, dos años antes, se había dedicado, empezando por
la mansión de Gardencourt, a tomarle medida al mundo. Enorgullecíase con razón
de haber atesorado mucha más sabiduría y de haber conocido de la vida mucho más
de lo que nunca hubiera sospechado. Si sus ideas se hubiesen complacido en
llevarla hacia atrás en vez de agitar sus nerviosas alas en torno a lo
presente, habrían evocado en ella un gran número de interesantes cuadros, unos
de meros paisajes, los otros de figuras y estos últimos mucho más numerosos que
los primeros. Ya conocemos sobradamente a muchas de las figuras susceptibles de
ser proyectadas en ese campo visual. Por ejemplo, no podría faltar allí la
acomodaticia Lily, hermana de nuestra heroína y esposa de Edmund Ludlow, que
había llegado de Nueva York para pasar cinco meses con Isabel. La hermana había
dejado a su marido en América, pero se había llevado a sus hijos, con los que
Isabel desempeñaba con igual generosidad que ternura el simpático papel de tía
soltera.
Hacia el final de la estancia de Lily en Europa, el
señor Ludlow logró concederse unas pocas semanas de asueto en sus triunfos
forenses y, después de atravesar con gran celeridad el océano, pasó todo un mes
con las dos damas en París antes de volver con su mujer a su casa de América.
Los pequeños Ludlow no estaban todavía en edad turística ni siquiera con
arreglo al criterio americano, de manera que, mientras su hermana estuvo con
ella, Isabel hubo de restringir sus actividades a un pequeño círculo. Lily y los
niños se habían reunido con ella en Suiza durante el mes de julio, y pasaron un
delicioso período estival en un valle alpino donde las praderas rebosaban de
flores y las frondosas copas de los castaños brindaban con la hospitalidad de
su fresca sombra un exquisito lugar de reposo para las fatigosas excursiones
que pudieran emprender montaña arriba niños y señoras en las calientes tardes
veraniegas. Después de Suiza habían ido a la capital francesa, a la que Lily
rindió tributo en el acto con ceremonias altamente costosas, pero que Isabel
consideraba tan ruidosamente vacía que en tal tiempo echó mano de sus recuerdos
de Roma, como podía haber echado mano en una habitación abarrotada de gente, e
insoportable por el calor, de un frasco de sales oculto en su pañuelo.
Como ya queda dicho, la señora Ludlow presentó su
ofrenda a París, pero tuvo dudas y asombros imposibles de aliviar en semejante
altar; y, una vez que su marido se reunió con ella, experimentó todavía más
pena al ver la incapacidad de éste para entregarse de lleno a tales
especulaciones que tenían siempre a Isabel como tema del máximo interés. Como
había hecho siempre hasta entonces, no se prestó a mostrarse sorprendido, o
apenado, o defraudado, o entusiasmado, por nada de lo que pudiera hacer o dejar
de hacer su cuñada. Las nociones mentales de la señora Ludlow eran de lo más
variadas. Unas veces pensaba que su joven hermana debía volver a su país y
tomar una casa en Nueva York, como por ejemplo la de los Rossiter, que tenía un
precioso invernadero y estaba cerca de la de ellos, a la vuelta de la esquina;
en cambio, otras no podía por menos de manifestar su gran sorpresa por que la
muchacha no estuviera ya casada con uno de los personajes más distinguidos de
las grandes familias. Como ya se ha dicho, no había logrado establecer contacto
con las probabilidades. Experimentaba más satisfacción corla prosperidad de
Isabel que con la idea de que le hubiesen dejado a ella todo aquel dinero; le
parecía que proporcionaba el merecido reposo a la figura un tanto endeble, pero
no por ello menos eminente, de su hermana. Sin embargo, Isabel había progresado
menos de lo que su hermana esperaba, consistiendo para Lily aquel progreso en
algo misterioso relacionado con las visitas de la mañana y las reuniones de la
tarde y de la noche. No le cabía duda de que intelectualmente había avanzado a
pasos de gigante, pero en cuanto a lo social no parecía haber realizado las
numerosas conquistas cuyos trofeos ella esperaba haber podido admirar. La idea
que Lily se había forjado de tales conquistas era sumamente vaga, pero eso era
precisamente lo que ella esperaba de su hermana, que les diese cuerpo y forma
palpables. Sin duda alguna, Isabel podía haber logrado todo aquello en Nueva
York, y la señora Ludlow apeló a su marido para que le dijera si había un
privilegio de cualquier índole del que su hermana disfrutase en Europa y que no
pudiera ofrecerle la sociedad de Nueva York. Ya sabemos que Isabel había hecho
conquistas; si eran superiores o inferiores a las que habría logrado realizar
en su propio país, es cosa que no nos incumbe definir en este momento. Y es
para nosotros un gran placer volver a declarar que se abstuvo de dar publicidad
a tales victorias. Así, no había dicho una sola palabra a su hermana sobre la
historia de lord Warburton, ni tampoco sobre el estado de ánimo del señor
Osmond, aunque no tenía más motivos para querer guardar silencio que para
querer hablar, salvo que era mucho más romántico no mencionar tales asuntos. Y,
como estaba saboreando profundamente y en el mayor secreto aquella novela de su
vida, se sentía tan poco dispuesta a pedir consejo a su hermana Lily como lo
habría estado a cerrar para siempre aquel delicioso volumen. Pero Lily no podía
comprender todos esos distingos y lo único que estaba a su alcance era
sentenciar que la carrera de su hermana parecía una extraña contra culminación,
impresión confirmada por el hecho de que su silencio respecto al señor Osmond,
por ejemplo, estuviera en proporción directa con la frecuencia con que éste
ocupaba su pensamiento. Dado que ello sucedía con harta frecuencia, lo menos
que la señora Ludlow llegó a pensar es que su hermana había perdido su anterior
ánimo. Resultado tan insólito de un hecho tan ex- traordinario como el haber
heredado una fortuna llovida del cielo no podía menos de sumir en honda
perplejidad a la ingenua y alegre Lily, y la ratificaba en su idea de que
Isabel no era como el resto de la gente.
Sin embargo, se habría dicho que el ánimo de nuestra
heroína llegaba a su cénit una vez que sus parientes regresaron a su país.
Indudablemente, era capaz de imaginar cosas de mayor envergadura que pasar el
invierno en París -por lo pronto, París tenía muchos puntos en común con Nueva
York, era como una atildada y minuciosa prosa-, y su correspondencia
ininterrumpida con madame Merle hizo no poco por estimular aquellas
pretensiones. Nunca había experimentado una sensación tan exacta de la
liberación, del denuedo y regocijo que la libertad proporciona, como el día en
que dejó atrás el andén de la estación de Euston, uno de los últimos días del
mes de noviembre, después de la salida del tren que conducía a Lily y los suyos
hacía el vapor que debía retornarles a Nueva York desde Liverpool. Había
complacido a Isabel el ser espléndida y hacerles dichosos; se daba perfecta
cuenta de ello. Era muy observadora de lo que le resultaba conveniente y vivía
en-un constante esfuerzo por hallar cosas que resultaran buenas. Y, a fin de
poder disfrutar de tales ventajas, había hecho el viaje desde París con los no
envidiados viajeros. Lo mismo podría haberles acompañado hasta Liverpool, pero
Ludlow le suplicó que no lo hiciera; Lily se ponía muy nerviosa y hacía las más
extrañas preguntas. Isabel estuvo allí contemplando cómo el tren se movía
lentamente, besó la mano al mayor de sus sobrinitos, un chiquillo muy efusivo
que provocó gran hilaridad con la escena de la separación y que sacaba todo el
cuerpo por la ventanilla del vagón, y luego salió de la estación y se perdió en
las brumosas calles londinenses. Ante ella se abría el mundo. Podía hacer lo
que quisiese. Había indudablemente en ello una profunda emoción llena de
posibilidades; pero, por el momento, a lo único que se decidió fue a regresar
tranquilamente al hotel. El pronto anochecer de la tarde de noviembre había
adensado ya las sombras. Las farolas brillaban con un débil luz rojiza en el
aire espeso y oscuro, nadie esperaba a nuestra heroína y la estación de Euston estaba
a buena distancia de Piccadilly. Isabel realizaba el trayecto con perfecta
conciencia de los peligros que la amenazaban y se perdió casi deliberadamente
dos o tres veces con el propósito de experimentar sensaciones para ella
desconocidas; por eso se sintió defraudada cuando un policía la puso de nuevo
amablemente en el buen camino. Tanto la atraía el espectáculo de la vida humana
que hasta le encantaba el aspecto del anochecer en las calles de Londres: la
multitud fluida, los presurosos carruajes, las tiendas iluminadas, los
escaparates refulgentes, la humedad oscura y brillante de todas las cosas.
Aquella noche, una vez en el hotel, escribió una carta a madame Merle
anunciándole su partida para Roma dos o tres días más tarde. Fue a Roma sin
pasar por Florencia, sino por Venecia y luego por Ancona.
Realizó todo el viaje sin más compañía que la de su
doncella, pues sus protectores naturales no se hallaban entonces en el país.
Por su parte, Ralph Touchett estaba pasando el invierno en Corfú y la señorita
Stackpole había sido reclamada el pasado mes de septiembre por el Interviewer,
que ofrecía a la brillante cronista un campo más propicio para su genio que el
de las decadentes ciudades de Europa. Henrietta tuvo cuando menos el consuelo,
en el momento de partir, de oírle prometer al señor Bantling que no tardaría en
ir a América a reunirse con ella. Isabel escribió a la señora Touchett
excusándose por detenerse en Florencia, pero su tía le contestó en la forma que
le era peculiar. Las excusas tenían para ella, decía la señora Touchett, la
misma utilidad que las burbujas, y ella era de las que jamás incurrían en
necedades semejantes. O se hacía una cosa o no se hacía, y lo que uno «habría»
hecho pertenecía a la categoría de lo desatinado, como la idea de la vida
futura o del origen de las cosas. Su carta era franca, pero (caso bien raro
tratándose de la señora Touchett) mucho menos franca de lo que pretendía ser.
La tía no tardó en perdonar a la sobrina por no haberse detenido en Florencia,
porque con ello creyó adivinar que el asunto Gilbert Osmond estaba perdiendo
terreno. Trató, además, de enterarse de si él hallaba algún pretexto para ir a
Roma y, al ver que no había incidido en culpabilidad por ausencia, se quedó
mucho más tranquila.
Por su parte, Isabel llevaba tan sólo dos semanas en
Roma cuando le propuso a madame Merle hacer juntas un viaje al este. Madame
Merle comentó a su amiga que estaba como azogada, pero añadió que había tenido
siempre el deseo de visitar Atenas y Constantinopla. Así pues, las dos damas
iniciaron la expedición y permanecieron tres meses en Grecia, Turquía y Egipto.
Isabel se interesó enormemente por las cosas de tales países, si bien madame
Merle continuó observando que, aun en los sitios de mayor prestigio clásico y
en medio de los escenarios de la naturaleza que más pudieran sugerir el reposo
y la meditación, parecía persistir en el espíritu de Isabel cierta
incoherencia. Isabel viajaba con celeridad y sin descanso, como una persona que
bebe ávidamente copa tras copa. Y madame Merle, cual la dama de compañía de una
princesa que viajase de incógnito, la seguía jadeante. Había accedido a
acompañar a Isabel, invitada por ella, y con su presencia y prestancia rodeaba
de la debida dignidad aquella irrefrenable ansiedad de la muchacha. Madame
Merle desempeñaba su papel con el tacto que de ella cabía esperar, sabiendo no
destacar cuando era conveniente y aceptando su situación de compañera cuyos
gastos son con extraordinaria liberalidad sufragados. Sin embargo, la situación
era por ambas partes mantenida con una delicadeza exquisita, sin que jamás se
produjera el menor roce, hasta el punto que la gente que se encontraba en los
viajes con aquella curiosa pareja no podía decir quién era la acompañada y
quién la acompañante. Afirmar que madame Merle ganaba con el trato supondría
ignorar la impresión que producía en su amiga, quien desde el primer momento la
encontrara tan amplia de miras y tan condescendiente. Al cabo de tres meses de
intimidad Isabel creía conocerla mejor, pues su carácter se había revelado en
toda su verdad. Ya no había por qué continuar con misterios, y la admirable
mujer se creía en la obligación de referir su historia desde su propio punto de
vista, necesidad que se hacía sentir cada vez más dado que Isabel ya la había
oído desde el punto de vista de los demás. Tal historia era tan triste (por
cuanto concernía al difunto monsieur Merle -un verdadero aventurero, bien podía
ella decirlo, aunque al principio pareciera digno de todo elogio-, que años
atrás se había aprovechado de su juventud y de una inexperiencia en la que a
las personas que la conocían les resultaba inverosímil), estaba tan repleta de
conmovedores y lamentables incidentes que su compañera se hacía cruces al ver
cómo una persona tan eprouvée era capaz de conservar todavía aquella frescura y
aquel interés por la vida. Buceó ella con el mayor empeño en esa frescura de
madame Merle y llegó a considerarla algo profesional y un tanto mecánica,
llevada con la misma desenvoltura que el virtuoso lleva a todas partes su
violín, o alisada y cepillada como el «favorito» del jockey. Y, después de
verla así, la quería y le gustaba tanto como antes, pero aún quedaba un extremo
del velo por levantar. Era como si, después de todo, siguiera siendo un personaje
condenado a no aparecer más que caracterizado y vestido para representar. Una
vez había dicho que ella venía de muy lejos, que pertenecía al mundo «antiguo»,
e Isabel siempre tuvo la impresión de que aquella mujer era algo así como el
producto de un clima moral y social distinto del suyo, de que había crecido y
se había desarrollado bajo otras constelaciones.
Creía, desde luego, que en el fondo tenía una moral
distinta. Como es natural, todas las personas civilizadas tienen una moral muy
parecida; pero a los ojos de nuestra heroína la de madame Merle era una moral
de valores un tanto falsos o, como suele decirse en lenguaje comercial,
rebajada de precio. Con la vanidad y presunción propias de la juventud, pensaba
ella que toda moral que no fuera exactamente como la suya tenía que ser
inferior; convencimiento que la ayudaba a descubrir todo rasgo accidental de crueldad,
todo ocasional olvido de la ingenuidad en una persona que había hecho de la
bondad un arte exquisito y cuya soberbia era demasiado altiva para dejar sitio
en su ánimo a la decepción. Tal vez su opinión sobre los motivos humanos
determinantes de la acción, a juzgar por ciertos detalles, fuera producto de la
convivencia en una corte decadente, y en su lista figuraban varios de los que
nuestra heroína ni siquiera tenía noticia. No lo sabía todo, eso era
indiscutible, y lo era también que en el mundo había infinidad de cosas que era
preferible no saber. Una o dos veces llegó a llevarse un verdadero susto, pues
el hecho le había afectado tanto que no pudo por menos de exclamar: «¡Dios la
perdone, no me comprende!». Y, por absurdo que pudiera parecer, tal
descubrimiento actuaba en ella como una verdadera conmoción, le producía un
vago desaliento en el que había una especie de corazonada. Pero semejantes
desalientos se diluían súbitamente en inmediatas pruebas de la extraordinaria
inteligencia de madame Merle, lo que no impedía que aquel momento de
perplejidad quedara como la marca del nivel alcanzado por el agua en el flujo y
reflujo de la confianza. Madame Merle había expuesto más de una vez su creencia
de que, cuando una amistad cesa de aumentar, comienza a decrecer, sin que haya
un punto de equilibrio entre el querer más y el querer menos. Dicho de otro
modo, era absolutamente imposible la existencia de un afecto estable, siempre
el mismo; tenía que oscilar forzosamente en un sentido o en otro. Fuera como fuese,
la joven tenía en aquel momento más que sobrada materia para dar rienda suelta
a su espíritu romántico, ahora más fuerte en ella que nunca hasta entonces. No
tratamos de eludir con esto al extraordinario impulso que ese espíritu recibió
al contemplar Isabel las Pirámides en su excursión desde El Cairo, ni estando
entre las acanaladas columnas del Partenón con la vista fija en el punto
señalado como el estrecho de Salamina, aunque tales emociones quedaron honda y
per- durablemente grabadas en ella. A fines de marzo volvió de su excursión a
Egipto y Grecia y pasó unos cuantos días en Roma. Pocos después de su llegada,
Gilbert Osmond fue allá desde Florencia y permaneció tres semanas en la Ciudad
Santa; y, como se alojaba en casa de madame Merle, su antigua amiga, era
inevitable que viera a Isabel a diario. A fines de abril ésta escribió a su tía
aceptando la invitación que tiempo atrás le había hecho, y marcho a Florencia a
pasar una temporada en el Pallazo Crescentini, en tanto que madame Merle permanecía
en Roma. Isabel encontró a su tía sola, pues su primo seguía en Corfú. Sin
embargo, se le esperaba de un día para otro en Florencia, e Isabel, que no le
había visto desde hacía más de un año, estaba dispuesta a darle la bienvenida
más afectuosa.
32
Pero no era en él precisamente en quien estaba Isabel
pensando mientras permanecía junto a la ventana donde la encontramos hace un
rato, ni tampoco en ninguno de los asuntos que con tanta rapidez acabo de
describir. Tenía toda la razón en esperar una escena, y ella era de lo más
reacia a toda clase de escenas. No se preguntaba tampoco lo que le diría a su
visitante, interrogante despejado hacía ya tiempo. Lo que le preocupaba era lo
que él pudiese decirle. Seguramente no sería nada amable, de eso estaba harto
convencida, convicción que se mostraba bien claramente en un fruncimiento de
entrecejo. Por lo demás, en su espíritu reinaba la más diáfana claridad. Se
había quitado ya el luto por su tío, y luciendo un vestido claro, se movía con
una gracia llena de s ave esplendor. Se sentía con más años, muchos más, y le
parecía que ello la revalorizaba, como a una curiosa moneda o una medalla sin
par en la colección de un anticuario o un numismático. Pero no pudo permanecer
por mucho tiempo entregada a sus vacilaciones, pues en aquel momento vio ante
sí a un criado que le presentaba en una bandeja una tarjeta de visita.
- Haga pasar a ese caballero -dijo, y continuó
mirando por la ventana aun después que el criado se hubo retirado. No se volvió
hasta que oyó el ruido de la puerta al cerrarse detrás de la persona a la que
habían dejado paso.
Quien estaba allí de pie era Caspar Goodwood, que por
un instante sintió sobre sí, recorriéndole de pies a cabeza, la mirada seca,
fulgente y acerada con que ella, más que brindarle un saludo, se lo negaba. Si
la sensación de mayor madurez en él corría pareja con la de Isabel, es cosa que
probablemente no tardemos en averiguar. Sin embargo, dicho sea en honor a la
verdad, la mirada de Isabel no advirtió en él daño alguno inferido por el
tiempo. Como antes, erguido, fuerte y recio, no había en su apariencia nada que
expresase positivamente ni juventud ni edad madura, y, de igual suerte que
carecía de inocencia y debilidad, carecía de toda filosofía práctica. Su
mandíbula denotaba el mismo carácter vo- luntarioso de siempre, pero era
inevitable que una crisis como aquella por la que estaba pasando se manifestara
en un aspecto ceñudo. Tenía el aire de un hombre que ha viajado a costa de
muchos esfuerzos. Al principio no dijo nada, como si le faltara el aliento,
silencio que aprovechó Isabel para decirse: «¡Pobre hombre! ¡De cuántas cosas
es capaz y qué lástima que derroche tan inútilmente su admirable fuerza! ¡Y qué
lastima también que una no pueda contentar a todo el mundo!». Y, como el
silencio duró un minuto entero, tuvo tiempo de decirle:
- No se imagina hasta qué punto habría preferido que
no viniera.
- No lo dudo -repuso él, y miró a su alrededor
buscando un asiento. Acababa de llegar y ya quería sentarse.
- Debe de estar muy cansado -dijo Isabel al tiempo
que se sentaba, pensando generosamente en darle una oportunidad.
- No, no estoy cansado, en absoluto. ¿Cuándo me ha
visto usted cansado?
- Nunca. ¡Ojalá le hubiera visto! ¿Cuándo llegó?
- Anoche, ya muy tarde, en un tren tortuga. Estos
trenes italianos marchan al paso de los funerales americanos.
- Al tener que soportar esa marcha…, se habrá sentido
como si viniera a enterrarme.
Isabel sonrió forzadamente, como para alentarle a que
afrontara la situación. Ya había expuesto anteriormente con claridad el asunto,
de modo que tenía claro que no quebrantaba fe dada ni falsificaba contrato
suscrito, pero aun así sentía miedo ante él. Y se avergonzaba de experimentar
aquel miedo, si bien le consolaba la idea de que no había ninguna otra cosa de
la cual tuviera que avergonzarse. Él le dirigió una mirada dura e insistente
carente por completo de tacto, una mirada que caía sobre ella con un peso casi
físico.
- No, no he sentido semejante cosa -declaró él
ingenuamente-. ¡Ojalá hubiese podido sentirla!
- Le agradezco infinito su buen deseo.
- Más quisiera pensar en usted muerta que casada con
otro.
- Eso es una prueba de su enorme egoísmo -replicó
ella como enardecida por una firme convicción-. Si usted no es feliz, los demás
tienen derecho a serlo.
- Sí, es muy posible que sea egoísmo por mi parte,
pero no me importa que lo diga. No me importa nada de lo que usted pueda
decirme ahora…, no lo siento. Las cosas más crueles que usted fuera capaz de
idear y decirme no pasarían de ser meros alfilerazos. Después de lo que ha
hecho usted, no sentiré nunca nada…, quiero decir, nada más que eso. Eso lo
sentiré toda mi vida.
El señor Goodwood profirió estas afirmaciones con una
seca determinación, con el duro y grave acento americano absolutamente
desprovisto de suavidad incluso al pronunciar palabras tan crudas. Aquel tono
exasperó a Isabel en lugar de emocionarla; pero su enojo fue tal vez acertado
por cuanto le proporcionó una razón de más para dominarse a sí misma. Gracias a
tal dominio, pudo permitirse mostrar cierta ligereza: -¿Cuándo salió usted de
Nueva York?
El levantó la cabeza como si estuviera calculando y
contestó:
- Hace diecisiete días.
- Por lo visto, ha viajado de prisa a pesar de la
lentitud de los trenes.
- Vine todo lo de prisa que pude. Si hubiera podido,
hace cinco días que habría llegado.
- Habría sido exactamente igual, señor Goodwood -dijo
ella sonriendo.
- Para usted, sí; pero no para mí.
- Nada gana usted con ello.
- Eso nadie puede juzgarlo más que yo.
- Por supuesto, pero me parece que se está usted
atormentando en vano.
Luego, por cambiar de tema, le preguntó si había
visto a Henrietta Stackpole. Él pareció asombrado, como dando a entender que no
había ido desde Boston a Florencia por el mero placer de hablar de Henrietta
Stackpole; pero, de todos modos, contestó con toda cla- ridad diciendo que la
señorita en cuestión había estado con él justamente poco antes de su partida de
América.. Al oírlo, Isabel preguntó: -¿Fue ella a verle?
- Sí, estaba en Boston y fue a verme a mi oficina
precisamente el día que recibí su carta. -¿Se lo dijo usted? -preguntó Isabel
con cierta ansiedad.
- Oh, no, nada de eso -respondió sencillamente
Caspar-. No quise hacerlo; pero no tardará en enterarse, porque se entera de
todo.
- Le escribiré, y ella me contestará para regañarme
-dijo Isabel intentando sonreír de nuevo.
Caspar permaneció sumamente grave y declaró:
- Me parece que no tardará en volver. -¿Para qué,
para regañarme acaso?
- Lo ignoro. Parece ser que no ha conocido Europa lo
bastante a fondo.
- Me alegro de que me lo diga. Me prepararé para
recibirla como es debido.
El señor Goodwood clavó por un momento los ojos en el
suelo; por fin los levantó y preguntó: -¿Conoce ella al señor Osmond?
- No mucho. Y no le gusta. Pero, como es natural, yo
no tengo que casarme a gusto de Henrietta.
Habría sido mejor para el pobre señor Goodwood si
hubiese tratado de favorecer a Henrietta, pero se abstuvo de hacerlo y limitóse
a preguntar cuándo tendría lugar la boda, a lo que ella contestó que aún no lo
sabía.
- Lo único que sé es que será pronto -añadió-. No se
lo he dicho todavía a nadie más que a usted y a otra persona…, un antiguo amigo
del señor Osmond.
Él siguió preguntando: -¿Acaso no estarán sus amigos
de acuerdo con ese matrimonio?
- No tengo la menor idea de ello; pero, como antes le
dije, no me caso para dar satisfacción a mis amigos.
Caspar Goodwood se abstuvo de hacer ningún comentario
o proferir exclamación de ninguna clase, pero' continuó preguntando sin la
menor delicadeza: -¿Qué y quién es ese señor Osmond? -¿Quién y qué? Pues, nadie
y nada, a no ser un caballero muy bueno y honrado. No se dedica a los negocios.
No es rico, y no es conocido por ninguna otra particularidad.
Aunque no le gustaban las preguntas del señor
Goodwood, se dijo que le debía una mínima satisfacción. Pero la satisfacción
que el pobre Caspar mostraba era poca; permanecía allí inmóvil, tieso, sin
saber qué decir. -¿De dónde ha salido, a qué país pertenece? -insistió. Nunca
le había agradado a Isabel la manera en que él utilizaba el verbo pertenecer.
Así, le contestó:
- No ha salido de ninguna parte y ha vivido en Italia
casi toda su vida.
- En su carta decía usted que es americano. ¿No tiene
lugar de nacimiento?
- Lo ha olvidado. Partió de él cuando era muy niño.
-¿Y no ha vuelto nunca? -¿Para qué había de volver? -preguntó Isabel
enardecida, a la defensiva-. No tiene profesión.
- Podía haber vuelto por gusto. ¿Es que no le gusta
Estados Unidos?
- No lo conoce. Y, como es muy tranquilo y muy
sencillo…, se contenta con Italia.
- Con Italia y con usted -dijo Goodwood con crudeza,
sin la menor intención de parecer ingenioso-. ¿Qué ha hecho, entonces? -añadió
bruscamente. -¿Para que me case con él? Nada en absoluto -replicó Isabel, a
quien se le estaba agotando la paciencia-. ¿Me disculparía usted más si él
hubiera hecho grandes cosas? Déjelo ya, señor Goodwood. Voy a casarme con un
don nadie. No se esfuerce en interesarse por él, porque no puede.
- Ya entiendo. Lo que usted quiere decir es que no
puedo apreciarlo. Además, no diga que es un don nadie, porque está usted
pensando todo lo contrario. Lo que usted piensa es que es un hombre
extraordinario, un gran hombre, aunque los demás no lo crean así.
Isabel se puso colorada, pues comprendió que aquellas
palabras encerraban una apreciación exacta de los hechos y constituían una
prueba flagrante de cómo la pasión puede aguzar la percepción de la realidad en
una persona que ella no creyó jamás la tuviese muy fina. Pero se sobrepuso al
instante y preguntó: -¿Por qué ha de salir siempre con lo que piensan los
otros? Yo no puedo discutir con usted sobre la personalidad del señor Osmond.
- Lo reconozco -admitió Caspar Goodwood. Y se quedó
sentado con su aire de desvalimiento, como si no sólo fuese verdad lo que
acababa de oír sino como si, además, no hubiese ninguna otra cosa de la que
pudiera seguir departiendo.
Ella, dueña de la situación, dijo ensañándose:
- Ya ve usted mismo lo poco que tiene que ganar…, el
escaso consuelo y la poca o ninguna satisfacción que está en mi mano darle.
- No esperaba tampoco que fuera a darme mucha.
- Entonces no comprendo cómo se le ocurrió venir.
- Porque deseaba, por lo menos, verla a usted de
nuevo… exactamente tal como es todavía.
- Se lo agradezco en lo que vale; pero, si hubiese
usted esperado, seguro que más tarde o más temprano habríamos vuelto a vemos, y
nuestro encuentro habría sido mucho más agradable para los dos que éste de
ahora. -¿Esperar hasta que estuviese usted casada? Eso es precisamente lo que
yo no quería. Entonces será usted otra.
- No lo creo. Seguiré siendo siempre una gran amiga
suya. Ya lo verá.
- Eso sería peor aún -dijo torvamente Caspar.
- Es usted muy difícil de contentar. Pero yo no puedo
detestarle para ayudarle de tal forma a que se resigne.
- No me importaría que lo hiciera.
Isabel se levantó impacientemente y se dirigió a la
ventana, junto a la que permaneció un rato mirando hacia fuera. Cuando se
volvió, su visitante seguía inmóvil en el mismo sitio. Se acercó a él y apoyó
una mano en el respaldo del sillón que acababa de abandonar. -¿De veras quiere
usted decir que vino sólo para verme? Puede que eso sea mejor para usted que
para mí.
- Quería oír una última vez el sonido de su voz.
- Ya la ha oído, y ha podido comprobar que no dice
nada que a usted le parezca grato.
- De todas maneras, me ha proporcionado un gran
placer. Tras estas palabras, se puso en pie.
Ella se había sentido apenada y molesta al saber que
Caspar estaba en Florencia y que iría a verla una hora más tarde. Le había
contrariado, a pesar de lo cual respondió a través del mensajero que podía ir
cuando lo estimase oportuno. Y, al verlo, no experimentó mayor sa- tisfacción,
pues su presencia allí suponía un cúmulo de desagradables incidentes, entrañaba
derechos, reproches, rechazo, la esperanza de hacerla cambiar de propósito y
otras molestias.
Todo lo cual, si bien implícito, no había llegado a
ser directamente expresado.
Y he aquí que, ahora, a la joven empezaba a
molestarle aquel admirable dominio de sí mismo de que él estaba dando
fehaciente prueba. Tal silenciosa infelicidad era lo que más la irritaba, tal
varonil contención de su mano lo que precipitaba los latidos de su corazón. Se
daba cuenta de que su agitación iba en aumento y decíase a sí misma que estaba
enojada como puede estarlo una mujer cuando ha cometido un error. Ella no lo
había cometido, sin embargo; afortunadamente, no tenía que tragarse tal
píldora, pero, de todas formas, habría preferido que él la acusase de algo.
Habría deseado que la visita fuese corta, puesto que carecía de todo objeto y
no era en absoluto adecuada. Y, no obstante, ahora que él se disponía a
alejarse, experimentaba un súbito horror de que la dejase sin decir una sola
palabra que le proporcionase la oportunidad de defenderse mejor de lo que lo
había hecho en la carta escrita un mes antes, con unas cuantas palabras
escogidas anunciándole su compromiso. Pero, sí era cierto que no se sentía
culpable, ¿por qué deseaba defenderse? Eso de desear que el señor Caspar
Goodwood se enojara, constituía un exceso de generosidad por parte de Isabel.
Y, si hasta aquel momento él no hubiera puesto todo su empeño en contenerse,
tal vez habría surtido ese efecto el tono en que ella exclamó, como si le
echase en cara haberla acusado: -¡Yo no le he engañado! ¡Era completamente
libre!
- Sí, lo sé -se limitó a decir él.
- Además, le advertí bien claramente que haría lo que
me pareciera bien.
- Usted dijo que tal vez no se casaría nunca, y lo
dijo de tal manera que lo creí a ciegas.
Reflexionó ella un instante y replicó:
- La primera sorprendida por mi actual decisión soy
yo misma.
- Usted me dijo que, si oía decir que estaba
comprometida, no lo creyese -prosiguió Caspar-. Hace veinte días lo supe por
usted misma y, al recordar aquellas palabras, supuse que debía de haber algún
error. Esa es, en parte, la razón por la que he venido.
- Si quiere que se lo repita de viva voz, nada más
fácil. No ha habido ni hay error alguno.
- Ya me di perfecta cuenta de ello al entrar en esta
habitación. Isabel preguntó en un tono de descontento: -¿Qué bien habría de
representar para usted el que yo no me casara?
- Para mí habría sido preferible a esto.
- Repito que es usted muy egoísta.
- Lo sé. Soy egoísta como el hierro.
- Hasta el hierro se ablanda a veces. Si es usted
razonable, no tendré inconveniente en volver a verle. -¿La parece que ahora no
lo soy?
- No sé qué decirle -contestó ella con inesperada
humildad.
- No la molestaré mucho más. -El joven se adelantó
hacia la puerta, pero se detuvo para añadir-: Otra de las razones por las que
vine fue para ver qué explicación daba usted de su cambio de actitud.
La humildad se desvaneció en el acto al oír aquello.
-¿Ha dicho usted explicación? ¿Acaso tengo yo el deber de dar explicación de
ninguna clase?
Él la miró silenciosamente un momento y contestó:
- Parecía usted muy convencida, de modo que así lo
creí.
- Yo también, pero ¿cree usted por ventura que podría
explicarlo aunque quisiera?
- No, supongo que no… Bueno, ya he hecho lo que
quería: verla a usted.
- Ya ve lo poco que ha sacado de días tan terribles
como los que acaba de pasar. -Y en el acto se dio cuenta de la insignificancia
de la contestación que había dado.
- Si teme que no sea capaz de resistir… este tipo de
cosas…, puede tranquilizarse. -Se volvió inmediatamente y, sin darle la mano ni
decir frase alguna de despedida, se dirigió a la puerta. La abrió y, con la
mano en el tirador, añadió sin la menor emoción en la voz-: Mañana mismo me iré
de Florencia.
- Encantada de oírlo -replicó ella con firmeza.
A los cinco minutos escasos de haberse marchado
Caspar, Isabel rompía en amargo llanto.
33
Toda huella de llanto había desaparecido y las
lágrimas estaban ya olvidadas cuando, una hora después, Isabel le espetó la
noticia a su tía. Empleo esta expresión porque Isabel daba por seguro que a la
señora Touchett iba a desagradarle sobremanera. La joven había esperado para
decírselo hasta ver al señor Goodwood. Se le antojaba que no era honesto dar
publicidad al propósito antes de haber oído lo que el señor Goodwood tuviera
que decir al respecto. En realidad, había dicho mucho menos de lo que ella
esperaba, y en aquel momento la joven tenía la sensación de haber perdido el
tiempo. Pero no lo perdería más en lo sucesivo. Esperó, pues, a que la señora
Touchett llegase al comedor para el almuerzo y empezó de esta forma:
- Tía Lydia, tengo que decirle una cosa.
La señora Touchett dio un breve respingo, la miró
casi enfurecida y contestó:
- No necesitas decírmelo. Ya sé lo que es.
- No ¡he explico cómo puede usted saberlo.
- Igual que sé que la ventana está abierta al… notar
la corriente de aire. Vas a casarte con ese hombre. -¿A qué hombre se refiere
usted? -preguntó Isabel con altiva dignidad.
- Al amigo de madame Merle…, al señor Osmond.
- No sé por qué le llama usted el amigo de madame
Merle, como si no tuviera otro título mejor con qué. designarle.
- Si no es amigo de ella, debería serlo… después de
todo lo que ha hecho por él - exclamó la señora Touchett-. Nunca me habría
esperado semejante cosa de ella. Ha sido un gran desengaño para mí.
- Si con eso quiere usted decir que madame Merle ha
tenido algo que ver con mi compromiso, está usted equivocada del todo -declaró
Isabel con enérgica frialdad.
- O sea, que han bastado tus atractivos, que no ha
habido necesidad de espolearlo. Sí, sin duda tienes razón. Tus atractivos son
extraordinarios. Pero seguro que nunca se le habría ocurrido pensar en ti si
ella no se lo hubiera metido en la cabeza. Tiene demasiada buena opi- nión de
sí mismo, y no es capaz de tomarse tales molestias. Madame Merle se las ha
tomado por él.
- Pues le aseguro a usted que sí se ha esforzado, y
mucho -exclamó Isabel riendo de buena gana.
La señora Touchett movió bruscamente la cabeza y
dijo:
- En realidad, tiene que haberlo hecho para lograr
que te guste tanto.
- Creí que a usted también le gustaba.
- Hubo un tiempo en que sí. Por eso estoy enojada con
él.
- Pues entonces enójese usted conmigo y no con
él-replicó la muchacha. -¡Bah! Contigo lo estoy siempre. ¡Valiente
satisfacción! ¿Por eso fue por lo que rechazaste a lord Warburton?
- Por favor, no volvamos a eso. ¿Por qué no habría de
gustarme a mí el señor Osmond cuando ha gustado a tantas otras?
- Pero esas otras no quisieron jamás casarse con él,
ni siquiera en sus momentos de mayor ofuscación. Porque ese hombre no es nada
-añadió la señora Touchett a guisa de explicación.
- Entonces no puede herirme. -¿Crees que vas a ser
dichosa? Deberías saber que nadie lo es en estos asuntos.
- Entonces yo lo pondré de moda. ¿Para qué se casa la
gente?
- Sólo Dios sabe para qué te vas a casar tú. Por lo
general, la gente se casa por lo mismo que se asocia: para fundar una casa.
Pero, en vuestra asociación, tú vas a aportarlo casi todo. -¿Se refiere usted a
que el señor Osmond no es rico? ¿Es por ventura de eso de lo que está usted
hablando?
- Ni tiene dinero, ni apellido, ni prestigio. Yo
valoro como es debido esas cosas y me atrevo a decirlo. Creo que son de un gran
valor. Muchos otros piensan lo mismo y también lo demuestran, aunque dan
razones distintas.
Isabel dudó un instante y replicó:
- Yo creo que le doy su valor a todo cuanto lo tiene.
El dinero me importa enormemente, y por eso quiero que el señor Osmond disponga
de un poco.
- Dáselo, entonces; pero cásate con cualquier otro.
- Su apellido me basta. Por cierto, es muy bonito.
¿Acaso tengo yo uno tan ilustre?
- Razón de más para que trates de elevarlo. No hay
más que una docena de apellidos americanos que cuenten. ¿Te casas con él para
hacer una obra de caridad?
- Tía Lydia, considero que era mi deber decírselo,
pero no creo que lo sea también explicárselo. Aun cuando lo fuera, no podría
hacerlo. De manera que no me reprenda, por favor. Me encuentro en posición
desventajosa respecto a usted, porque yo no puedo hablar del asumo.
- No te reprendo ni te reconvengo. Lo único que hago
es contestarte, porque debo demostrar que tengo la cabeza sobre los hombros.
Estaba viendo venir la cosa y no decía nada, porque no me gusta meterme en
asuntos ajenos.
- Es cierto, no lo hace nunca; le estoy muy
agradecida por ello. Ha sido usted verdaderamente considerada conmigo.
- No era por consideración sino por conveniencia…
-dijo la señora Touchett-. Pero ya hablaré yo con madame Merle.
- No comprendo por qué se empeña usted en mezclarla
en esto. Se ha portado como una buena amiga conmigo.
- Es posible. Pero menos buena conmigo. -¿Qué le ha
hecho a usted?
- Me ha defraudado. Su amistad conmigo era tan buena
que me había prometido impedir ese compromiso.
- Pero ella no habría podido evitarlo.
- Para ella todo es posible. Por eso siempre la he
admirado. Sabía que es capaz de representar cualquier papel, pero suponía que
representaba uno después de otro. Lo que jamás supuse es que hiciera dos al
mismo tiempo.
- Ignoro qué papel ha representado ante usted; eso es
cosa suya. Conmigo se ha portado como una mujer honesta, buena y abnegada.
- Abnegada, no hay duda, puesto que quería casarte
con su candidato. A mí me dijo que te vigilaba para interponerse.
- Si lo dijo fue por complacerla -replicó la joven,
si bien dándose cuenta de la impropiedad de tal explicación. -¿Para complacerme
defraudándome? No me conoce tan mal. ¿Estoy acaso contenta ahora?
- Me parece que usted no lo está nunca mucho -se vio
Isabel obligada a observar-. Si madame Merle sabía que usted acabaría por
conocer la verdad, ¿qué ganaba con su falta de sinceridad?
- Ya lo has visto; ganaba, por lo pronto, tiempo.
Mientras yo esperaba que interviniera, tú empezabas a desfilar y ella iba
delante abriendo camino.
- Supongamos que así sea. Pero usted misma ha
admitido que me estaba viendo desfilar y que, aun cuando ella hubiese dado la
voz de alarma, usted no habría tratado de detenerme.
- Yo no, pero algún otro tal vez sí. -¿A quién se
refiere usted? -preguntó Isabel mirando a su tía duramente.
Los diminutos ojos de la señora Touchett, con su
acostumbrada movilidad, más que devolver, sostuvieron la mirada de Isabel.
-¿Habrías escuchado el consejo de Ralph?
- Si hubiera insultado al señor Osmond, no.
- Ralph es incapaz de insultar a nadie, lo sabes
perfectamente. Te quiere de veras.
- Ya lo sé -dijo Isabel-. Ahora es cuando podré
apreciar su afecto en todo lo que vale, porque él sabe que tengo mis razones
para hacer todo lo que hago.
- Nunca creyó que hicieras esto. Yo le dije que eras
perfectamente capaz de ello, y sostuvo lo contrario.
- Por el placer de discutir, nada más -dijo la
muchacha sonriendo-. Si no le acusa usted a él de haberla defraudado, ¿por qué
acusa de ello a madame Merle?
- Porque él jamás dijo que lo evitaría.
- Celebro saberlo -repuso Isabel alegremente-. Cuando
vuelva, me gustaría que fuese usted la primera en anunciarle mi compromiso.
- Desde luego que lo haré. A ti no volveré a decirte
ni una palabra del asunto, pero te advierto que hablaré de ello a los demás.
- Haga lo que te parezca. Yo únicamente me refería a
que me parece preferible que sea usted quien se lo anuncie.
- Estoy de acuerdo contigo. Es lo más apropiado.
Terminada así la pequeña discusión, se pusieron tía y
sobrina a almorzar, sin que durante el almuerzo, cumplidora de su palabra, la
señora Touchett hiciese la menor alusión al señor Osmond. Después de un
silencio bastante prolongado, preguntó a su sobrina quién había ido a visitarla
una hora antes.
- Un antiguo amigo…, un caballero americano -contestó
Isabel ruborizándose un poco.
- Americano tenía que ser. Sólo a un americano puede
ocurrírsele hacer visitas a las diez de la mañana.
- Eran ya las diez y media, y tenía mucha prisa
porque se va esta misma noche.
- Podía haber venido ayer a una hora más apropiada.
- Llegó anoche. -¿No va a pasar más que veinticuatro
horas en Florencia? -exclamó la señora Touchett-. No hay duda de que es un
caballero americano.
- Ciertamente lo es -replicó Isabel, que en aquel
instante pensaba con profunda admiración en lo que Caspar Goodwood había hecho
por ella.
Ralph llegó dos días después; y, aun cuando Isabel
estaba absolutamente segura de que la señora Touchett se había apresurado a
comunicarle la gran noticia, él pareció al principio no saber nada del asunto.
De lo primero que hablaron fue, naturalmente, de la salud. Isabel deseaba,
además, hacerle varias preguntas acerca de Corfú. Se había quedado bastante
sorprendida al verle aparecer, pues ya no recordaba su aspecto enfermizo. A
pesar de su estancia en Corfú parecía muy enfermo en aquel momento, y ella se preguntaba
si realmente estaba peor o si era que no tenía ya la costumbre de vivir con un
inválido. Con la edad, el pobre Ralph no se acercaba precisamente a los cánones
oficiales de belleza, y su actual completa pérdida de la salud hacía bien poca
cosa por atenuar la natural extravagancia de su persona. Marchito y exhausto,
pero todavía irónico, su semblante parecía un desvencijado farol de papel. Sus
ralas patillas le lamían los enjutos carrillos, y el arco ya prominente de su
nariz había aumentado extraordinariamente su curva. Estaba más delgado que
nunca; flaco, largo y desmadejado: una especie de reunión fortuita de ángulos
descoyuntados. Su oscura chaqueta de pana parecía eterna, pues no se la quitaba
de encima, y diríase que sus manos estaban ya incrustadas en los bolsillos.
Andaba a tropezones, vacilando y arrastrando los pies, cosa que revelaba su
estado de gran decadencia física. Tal vez se debiera a su continente tan
estrafalario el que su carácter se acercara cada vez más al de un inválido de humor
sarcástico para quien hasta sus propios achaques constituyen motivo de burla. A
ello se debía acaso también su falta de seriedad ante las cosas de un mundo en
el 'que su existencia no tenía ya razón alguna de ser. A Isabel le había
gustado su fealdad, y su aspecto estrafalario le resultaba sumamente simpático,
de manera que apenas notaba tales imperfecciones, gracias al continuo trato, y
eran para ella unos rasgos característicos que le hacían encantador. Y tanto lo
era para su prima que la sensación que a ésta le producía su enfermedad venía a
ser una especie de consuelo, toda vez que semejante estado de salud tan
precario parecía no sufrir limitación en el sentido intelectual, sino incluso
favorecer tal actividad, al haberle relevado de toda clase de emociones
profesionales y oficiales y permitiéndole el lujo de vivir exclusi- vamente en
personal. De tal modo, la personalidad de ello resultante era en verdad
deliciosa.
Él constituía una prueba fehaciente del triunfo sobre
la ranciedad de la dolencia y, si bien no tenía más remedio que resignarse a
estar lamentablemente enfermo, había logrado en cierto modo librarse de ser un
enfermo importante y solemne. Tal era la impresión de Isabel sobre la
enfermedad de su primo; si alguna vez llegaba a compadecerle, lo hacía por pura
reflexión.
Y, como gustaba tanto de la reflexión, por fuerza
debía compadecerle grandemente, pero tenía siempre un verdadero temor de perder
aquella esencia…, aquel algo precioso y mucho más valioso para ella que para
todos 1-os demás. Ahora no necesitaba una gran sensibilidad para darse cuenta
de que el hilo que sostenía la vida del pobre Ralph era menos elástico de lo
que debiera. Sabía que su primo era un espíritu brillante, generoso y libre,
con todas las luces de la sabiduría y sin el menor asomo de pedantería, y con
sus propios ojos lo veía encaminarse derecho a la muerte.
Isabel pensó de nuevo en cuán ardua era la vida para
algunos seres y sintió cierto cosquilleo de vergüenza al ver hasta qué punto se
presentaba prometedora de dichas para ella.
Se había preparado para oír decir que a Ralph no le
agradaba su compromiso, pera, a pesar del afecto que le profesaba, no se sentía
dispuesta a permitir que tal desagrado echase a perder la situación. Tampoco
estaba dispuesta, al menos así lo creía, a molestarse por su disconformidad, ya
que era no sólo privilegio suyo, sino incluso natural en él, encontrar defectos
a cualquier determinación que ella pudiera tomar respecto al matrimonio. Que el
primo de una mujer detestase a su marido era lo tradicional y clásico; formaba
parte de la común creencia de que el primo debe adorar siempre a su prima.
Ralph era por encima de todo un crítico encarnizado. Y aunque, aparte de otras
consideraciones, habría sido para ella un placer contentar a él y a los demás
con un matrimonio a gusto de todos, era absurdo pretender que su decisión
tuviera que acomodarse al punto de vista de su primo. Después de todo, ¿en qué
consistía tal punto de vista? Hubo un momento en que dio a entender que habría
sido mejor para ella casarse con lord Warburton, pero fue debido al hecho de
que Isabel hubiese rechazado a personaje tan importante. Y es seguro que, si le
hubiera aceptado, Ralph habría adoptado otro tono, pues le gustaba llevar
siempre la contraria. Todo matrimonio era susceptible de crítica, ya que lo
esencial de semejante unión es precisamente prestarse a toda suerte de
críticas. Si le diese la ventolera, ¿quién se hallaba en mejores condiciones
que ella misma para criticar su matrimonio? Pero tenía otras cosas de que ocu-
parse y Ralph venía como agua de mayo para relevarla de tal cuidado. Estaba
Isabel predispuesta a mostrar la paciencia más grande y una indulgencia
insuperable. Ralph debía haberse dado cuenta de ello y por eso resultaba tanto
más extraño que no dijera una sola palabra. Después de tres días sin que él
hubiese hablado para nada del asunto, Isabel se cansó de esperar; aunque le
desagradase, pensaba ella, no podía dejar de hacerlo. Nosotros, que le
conocemos bastante mejor que su prima, tenemos motivos para pensar que, durante
las horas que siguieron a su llegada al Palazzo Crescentini, había investigado
en silencio y habíase entregado a múltiples actos.
Su madre le recibió dándole la noticia a bocajarro,
lo cual le resultó más escalofriante que el beso maternal. Ralph se sintió
defraudado y humillado; sus cálculos habían resultado fallidos y la persona a
quien él más quería estaba irremisiblemente perdida. Se dio a vagar por la casa
como un bajel abandonado en mar proceloso cerca de la costa roqueña. A veces se
sentaba en el jardín, en el amplio sillón de mimbre, y estiraba las piernas
cuan largas eran, apoyaba la cabeza en el respaldo y se bajaba el sombrero
sobre el rostro tapándose los ojos.
Sentía frío en el corazón, jamás tuvo menos gusto ni
inclinación por nada. ¿Qué podía entonces decir, qué hacer? El intento de
reclamar no era aceptable más que en el caso de que produjese un resultado
satisfactorio. Tratar de convencerla de que había algo sórdido o siniestro en
los propósitos del hombre a cuyo arte mágico había llegado a sucumbir sólo
sería hasta cierto punto discreto en el caso de que lograra convencerla. De lo
contrario corría el riesgo de perjudicarse simplemente a sí mismo. Costaba exactamente
lo mismo decir lo que pensaba que disentir; ni le era posible prestar
asentimiento sinceramente, ni protestar con fundada esperanza.
Entretanto, sabía -o tal vez suponía- que los novios
renovaban a diario sus juramentos de amor. El señor Osmond no se dejaba ver
ahora muy a menudo por el Palazzo Crescentini, pero Isabel lo veía todos los
días en otra parte, como tenía absoluta libertad de hacer una vez que se había
dado publicidad a su compromiso. A tal efecto, había ella alquilado por meses
un coche, para no tener que deberle a su tía los medios de proseguir unas
relaciones que desaprobaba, y en tal coche se iba todas las mañanas a las Cascine.
Durante las primeras horas del día aquel parque suburbano estaba completamente
vacío, y allí reuníanse ambos enamorados, en la parte más tranquila de su
arbolado, paseaban bajo la rumorosa fronda por las anchas avenidas italianas y
dejaban que cautivara sus oídos el canto de los ruiseñores.
34
Una mañana, a su vuelta del paseo, como media hora
antes del almuerzo, bajó Isabel del coche en el patio del palacio y, en lugar
de subir hasta el piso de arriba por la grande y solemne escalera, cruzó el
patio y fue derecha al jardín. No era posible imaginar en aquel instante lugar
más deleitoso. Flotaba en él la calma imperturbable del mediodía y la templada
penumbra, cerrada y quieta, que hacía de los cenadores espaciosas cuevas. Ralph
estaba sentado en un claro, al pie de una estatua de Terpsícore, ninfa danzante
con crótalos en los dedos y flotantes velos, a la manera de Bernini. El gran
abandono del cuerpo de Ralph hizo al punto creer a Isabel que estaba dormido.
Sus ligeros pasos sobre la hierba no le habían hecho incorporarse y, antes de
irse de allí, la joven se detuvo un moho para contemplarlo. Abrió él los ojos y
entonces ella se sentó en una silla rústica que había cerca. Aunque en su enojo
pudiera Isabel acusarle de indiferencia, no dejaba de ver que estaba cociendo
en su interior algo que poder decirle. Se había ella explicado aquel aire
ausente por la debilidad cada vez mayor que de él se iba apoderando y, en parte
también, por las preocupaciones que le causaban los bienes heredados de su
padre, cuyos excéntricos arreglos hacíanse acreedores a las más acerbas
censuras de la señora Touchett y, como ésta había comunicado a Isabel,
encontraban gran oposición en los otros socios de la casa bancaria. Decía su
madre que, en vez de ir a Florencia, debía haber ido a Inglaterra, donde no
había estado desde hacía muchos meses. Le dedicaba el mismo interés a los
asuntos del banco que el que le habría podido dedicar a las cosas de la lejana
Patagonia.
- Siento haberte despertado -dijo Isabel-. Pareces
algo cansado.
- No algo, sino mucho. No dormía. Estaba pensando en
ti. -¿Y eso te cansa?
- Mucho. No conduce a nada. El camino es largo y no
llego nunca. -¿A dónde quieres llegar? -preguntó ella cerrando la sombrilla.
- A expresarme apropiadamente a mí mismo lo que
pienso acerca de tu compromiso.
- No pienses demasiado en eso -le contestó Isabel con
dulzura. -¿Quieres decir que es asunto que no me concierne?
- Hasta cierto punto, sí.
- Ése es precisamente el punto que quiero aclarar. Se
me antoja que has debido de encontrarme un tanto grosero por no haberte
felicitado.
- La verdad, lo he echado en falta, y me preguntaba
por qué permanecías tan callado.
- Tenía mis razones para ello y voy a exponértelas
-dijo Ralph quitándose el sombrero y dejándolo en el suelo. Luego se incorporó
y la miró fijamente, se echó hacia atrás protegido por Bernini, apoyó la cabeza
en el pedestal de mármol, dejó caer los brazos a ambos lados del sillón y
empezó a acariciar con las manos el mimbre. Parecía molesto, azorado, y estuvo
dudando largo tiempo. Isabel no decía nada. Solía compadecer a la gente cuando
estaba en un trance apurado, pero no quería ayudar a Ralph a proferir una sola
palabra y dejó a su elección que se dignara hacerlo cuando le pareciese bien.
Finalmente él dijo-: No me he repuesto todavía de mi sorpresa. Tú eras la
última persona que creía que se dejaría atrapar.
- No sé lo que quieres decir con eso de atrapar.
- Que te van a meter en una jaula.
- Si la jaula es de mi gusto, no debes preocuparte
por ello.
- Eso es precisamente lo que me admira; y por eso es
por lo que he estado pensando.
- Pues, si tú has estado pensando, imagínate lo que
no habré pensado yo. Y tengo la satisfacción de ver que me sienta
admirablemente.
- Por lo visto, has cambiado enormemente. Hace un año
ponías tu libertad por encima de cualquier otra cosa. Sólo querías contemplar
la vida.
- Ya la he visto -contestó Isabel-. Y, la verdad,
convengo en que no me parece ahora tan extraordinaria.
- Ni yo pretendo decir que lo sea. Lo que creía es
que tú pensabas formarte una idea de ella y seguir contemplándola desde lo
alto.
- Pero he llegado a convencerme de que no se puede
tener esa visión tan general. Hay que limitarse a escoger el rincón que mejor
le parezca a cada cual y cultivarlo con cuidado.
- Eso es justamente lo que yo creo. Cada uno debe
escoger el mejor rincón que le sea posible. Durante todo el invierno, mientras
leía tus deliciosas cartas, no me pasó ni por un momento por la imaginación que
estuvieses dedicándote a escoger. No decías nada de ello, tu silencio me engañó
y no pude ponerme en guardia.
- Era un asunto del que no me gustaba hablarte por
carta. Además, no sabía nada del porvenir. Eso llegó después. -Calló un
instante, pareció reflexionar y luego añadió-: ¿Qué habrías hecho si hubieses
estado en guardia, como dices?
- Habría dicho, sencillamente: espera un poco más.
-¿Esperar qué?
- Un poco más de claridad, de luz -dijo Ralph con una
sonrisa más bien absurda mientras sus manos buscaban sus bolsillos. -¿De dónde
tenía que haberme venido esa luz…, de ti?
- Yo podría haber producido unos pocos destellos.
Isabel se quitó los guantes y los alisó contra su
rodilla. La suavidad de aquel movimiento exquisito fue puramente usual, pues su
expresión no tenía nada de conciliadora.
- Ralph -dijo-, estás dando palos de ciego. Quieres
decir que no te gusta el señor Osmond y no te atreves.
- «Deseoso de herir y temeroso de asestar el golpe.»
Que quiero herirle a él, eso sí es cierto…, pero a ti no. Tengo miedo de ti, no
de él. Y, si te casas con él, no habrá sido una satisfacción para mí el haber
hablado. -¿Si me caso con él? ¿Confías en llegar a disuadirme?
- Supongo que te parecerá una fatuidad por mi parte.
Tras un instante de vacilación, Isabel dijo:
- No es eso; lo que me parece es sumamente
enternecedor.
- Es lo mismo. Me pone tan en ridículo que te doy
lástima. Isabel alisó nuevamente sus guantes con unos leves golpecitos.
- Ya sé que me tienes un gran cariño -dijo-. No puedo
zafarme de ello.
- Ni lo intentes, por favor. No lo pierdas nunca de
vista. Él te convencerá de hasta qué punto deseo tu bien.
- Ya veo la poca confianza que en mí tienes.
Hubo un momento de profundo silencio. La copa azul y
cóncava del cielo de mediodía parecía estar escuchando, recogiendo el sonido de
sus voces.
- Confío en ti, pero no en él.
Isabel alzó la vista y le dirigió una mirada larga y
profunda.
- Me alegro de que hayas dicho eso tan claramente. Te
pesará.
- Si eres justa, no.
- Soy justa, muy justa -repuso Isabel-. ¿Qué mayor
prueba quieres de que lo soy que el no enojarme contigo? No sé qué me ocurre,
pero el hecho es que no me enojo. Tal vez debería hacerlo, pero estoy segura de
que el señor Osmond pensaría de otra manera. El quiere que yo lo sepa todo; por
eso me gusta tanto. Yo sé que tú no tienes nada que ganar. Nunca he sido tan
buena contigo, de soltera, como para que quieras que siga siéndolo. Sabes dar
muy buenos consejos y lo haces con gran frecuencia. Por mi parte, estoy
absolutamente tranquila porque he creído siempre en tu buen juicio. -Continuó
presumiendo altivamente de su gran tranquilidad y, al mismo tiempo, hablando
como con exaltación contenida. La exaltaba su apasionado deseo de ser justa, lo
cual le llegó a Ralph hasta el mismo corazón y le afectó como si le estuviese
acariciando una criatura a la que acababa de herir. Le entraron ganas de
interrumpir aquella conversación, de tranquilizarla del todo; y, durante unos
instantes, sintió su propia inconsistencia hasta el punto de que de buena gana
se habría retractado de cuanto acababa de decir. Pero ella no le dio
oportunidad de hacerlo; prosiguió, pues se había ya lanzado a ello, y le
pareció vislumbrar un destello de la heroica línea de acción que le estaba destinada
y en cuya dirección le era forzoso seguir-. Ya sé que tienes una idea y me
gustaría mucho conocerla, porque tengo la seguridad de que es completamente
desinteresada, me doy perfectamente cuenta de ello. Parece una cosa extraña,
por lo demás, para hablar de ella. Por lo pronto, lo primero que debo decirte
es que, si crees poder disuadirme, pierdes el tiempo.
No me harás mover ni una sola pulgada de mi sitio; ya
es demasiado tarde. Como bien has dicho, estoy atrapada. Seguramente, para ti
no será nada grato acordarte de esto, pero no tendrás más dolor que el de tus
pensamientos. Yo no te lo echaré en cara jamás.
- No creo que lo hagas -dijo Ralph-. En cualquier
caso, no es la clase de matrimonio que pensé que fueras a hacer. -¿Qué clase de
matrimonio esperabas de mí? Dímelo, por favor.
- Bueno, no sé qué decirte, porque no tengo una
opinión positiva de ello sino puramente negativa. Nunca pensé que te decidieras
por…, por ese tipo de persona. -¿Puede saberse qué tiene de malo el señor
Osmond, si es que hay algo? Lo que yo veo sobre todo en él es su manera de ser
tan independiente, tan distinta -dijo firmemente la joven-. ¿Tienes algo en
contra suya? Tú mismo confiesas que apenas le conoces.
- Cierto -dijo Ralph-. Le conozco muy poco y confieso
que no estoy en posesión de datos ni de hechos que puedan acusarle de villanía.
Pero, de todos modos, no puedo por menos de pensar que vas a correr un gran
riesgo.
- El matrimonio es siempre un gran riesgo, y tanto va
a correrlo él como yo.
- Eso es cosa suya. Si le da miedo, que abandone.
¡Ojalá quisiera Dios que lo hiciese! Isabel se reclinó en su sillón y, cruzando
los brazos y mirando fijamente a su primo durante un momento, declaró con
frialdad:
- Creo que no te comprendo. No sé de qué estás
hablando.
- Siempre pensé que te casarías con un hombre de más
importancia.
Si hacía un momento ella le había replicado con
frialdad, ahora el rubor le cubrió intensamente el rostro, y exclamó:
- De más importancia, ¿para quién? Me parece que para
quien debe tener importancia un marido es para su mujer.
Ralph se ruborizó también. Se sentía molesto por la
actitud que había adoptado. Trató de hallarle un remedio, físico por lo pronto;
y se estiró, se inclinó luego hacia delante y, apoyando una mano en cada
rodilla, clavó los ojos en el suelo, pareciendo meditar hondamente. Al cabo de
un instante de reflexión, dijo:
- Voy a exponerte lo que pienso.
Parecía agitado, presa de gran ansiedad, pero, ya que
había dado comienzo a la discusión del asunto, quería decir cuanto pensaba y
descargar su conciencia. Al mismo tiempo, quería comportarse lo más amablemente
posible.
Isabel esperó un instante y luego tomó la palabra con
majestad:
- En todo cuanto puede hacerle a una interesarse por
la gente, el señor Osmond ocupa enseguida un lugar de indiscutible
preeminencia. Puede que haya almas más nobles que la suya, pero yo no he tenido
hasta ahora la dicha de conocer a ninguna. El señor Osmond es el ser más bueno
que conozco hasta hoy. Para mí es todo lo bueno, interesante e inteligente que
es preciso. Me llama mucho la atención, infinitamente más lo que tiene y
representa que lo que pueda faltarle.
- Yo había llegado a hacerme grandes ilusiones sobre
ti -dijo Ralph sin contestar a las últimas palabras de su prima-, a forjarme
una encantadora visión de tu porvenir en la que no había nada de este estilo.
En mi visión, tú no descendías tan fácilmente ni tan pronto. -¿Has dicho
descender?
- Bueno, eso es lo que a mí me parece que te ha
sucedido. Yo te imaginaba volando en lo azul del cielo…, desplegando tus alas a
la radiante luz del día, flotando por encima de los hombres. Y de aquí que de
pronto alguien arroja al aire un capullo de rosa marchito…, pro- yectil que
jamás debió alcanzarte…, y en el acto caes, precipitándote hacia el suelo. -Se
detuvo un instante y prosiguió, armándose de valor-: Te aseguro que me ha
dolido, que me ha dolido tanto como si hubiese caído yo mismo.
Ella le envolvió en una mirada de compasión y
asombro.
- No te comprendo en absoluto. Dices que te
entretenías forjando proyectos acerca de mi posible carrera futura…, pues no lo
entiendo. Procura no entretenerte, no divertirte demasiado con ello, porque no
tendré más remedio que pensar que estás divirtiéndote a mi costa.
Ralph meneó tristemente la cabeza y replicó:
- Tengo la seguridad de que en ningún momento has
pensado que yo no abrigara grandes ideas respecto a ti. -¿Qué has querido decir
con esa imagen de volar en el azul y desplegar las alas? Por lo que a mí
respecta, jamás me he movido en un plano superior a aquel en el que ahora me
estoy moviendo. Para una muchacha no puede haber y no hay nada más elevado que
casarse con la persona a quien quiere -concluyó la infeliz Isabel, perdiéndose
en el camino de lo didáctico.
- Mi querida primita, precisamente lo que yo me
atrevo a criticar es que hayas llegado a querer a la persona de que se trata.
Lo que yo quiero decir es que me hubiese gustado que el hombre elegido por ti
fuera más activo, más amplío, de espíritu más libre. -Dudó un segundo y
añadió-: No puedo avenirme a la idea de no pensar que Osmond es…, bueno, lo
diré…, es poca cosa.
Pronunció estas dos últimas palabras con escasa
seguridad, temeroso de que ella montase nuevamente en cólera, pero, con gran
sorpresa por su parte, permaneció tranquila, aparentando considerar el hecho
concienzudamente. -¿Poca cosa? -repitió Isabel, dando a aquellas palabras una
sonoridad de gran resonancia.
- Se me antoja que es un hombre estrecho de miras,
egoísta…, que se toma muy en serio a sí mismo.
- Que se tiene un gran respeto a sí mismo, es cierto;
y no seré yo quien le censure por ello. Eso le hace a uno respetar más a los
otros.
Ralph se sintió tranquilizado al oírla expresarse en
aquel tono de gran mesura.
- En efecto-dijo-. Pero todo es relativo. Uno debe
sentirse a sí mismo en relación con las cosas que le rodean…, con los demás; y
yo no creo que el señor Osmond lo haga.
- Lo que me interesa a mí es, ante todo, su relación
conmigo. Y en eso, no puedo por menos de decir que es excelente.
- Es la encarnación del gusto-prosiguió Ralph,
pensando con empeño cómo podría manifestar que Gilbert Osmond era hombre de
siniestras cualidades sin ponerse a sí mismo en evidencia por parecer
describirle rudamente. Quería tratar de describirlo de manera impersonal,
científicamente-. Todo lo reduce a eso: juzga, mide, aprueba o condena en todo
y por todo con arreglo al gusto.
- Pues me parece admirable, toda vez que su gusto es
exquisito.
- Teniendo en cuenta que le ha conducido a escogerte
por esposa, no hay duda alguna dé qué su gusto es exquisito. Pero ¿por ventura
has visto tú a semejante buen gusto…, un gusto verdaderamente exquisito…,
enojado?
- Espero tener la suerte de no desagradar jamás al dé
mi marido.
Al oír tales palabras, Ralph sé encendió de pasión
incontenida y exclamó: -¡Ah! ¡Eso es ya testarudez por parte tuya, cosa indigna
de ti! Tú no has nacido para que sé té mida con ése rasero…, tú has nacido para
algo más y mejor qué montar guardia a la puerta dé la sensibilidad de un
dilettante estéril.
Isabel sé levantó como accionada por un resorte, y lo
mismo hizo Ralph. Se quedaron mirándose fijamente él uno al otro, como si él
hubiera lanzado un desafío o un insulto a la cara dé ella; pero la joven sé
contentó con exclamar casi suspirando: -¡Té estás propasando!
- No he hecho más qué decirte lo qué pienso…, y lo he
dicho porqué te amo.
Isabel palideció al oírlo. ¿También él figuraba en la
lista de enamorados? Le dieron ganas de golpearle, pero sé contuvo. -¡Ah!
¡Entonces no hablas desinteresadamente! -exclamó.
- Yo té amo, pero té amo sin esperanza-replicó Ralph
en el acto, sonriendo forzadamente y sintiendo que con aquella declaración
había dicho infinitamente más de lo que hubiese querido.
Isabel se separó un poco y sé quedó con la mirada
extraviada en la quietud del jardín iluminado por el sol. Tras un instante,
volvió hacia él y dijo:
- Me temo que tus palabras estén dictadas por la
rabia de la desesperación. No lo comprendo, pero no importa. No quiero discutir
contigo, me sería imposible hacerlo. Lo único que he hecho ha sido tratar dé
escucharte, y te quedó muy agradecida por haber procurado explicarte.-Puso en
sus palabras gran dulzura, como si se hubiera disipado por completo la cólera
que al principio sé había apoderado de ella-. Si verdaderamente estás alarmado
reconozco qué es una buena obra por tu parte tratar dé prevenirme, pero no
quiero prometerte qué pensaré en lo qué me has dicho; lo qué haré será
olvidarlo lo antes posible, y es lo qué debes hacer tú también: procurar
olvidar. Tú has cumplido con tu deber y no hay quién pueda hacer más qué eso No
me es posible explicarte ahora lo que pienso y lo qué siento, y tampoco lo
haría si pudiese.-Se quedó callada un instante y luego prosiguió con una
inconsecuencia qué hizo concebir a Ralph, en su gran ansiedad, la posibilidad
dé una concesión por pequeña qué fuese-. No voy a discutir la opinión qué té
has formado del señor Osmond. No puedo tomarla en consideración porqué yo le
veo de una manera muy distinta.
No es un hombre importante…, desde luego, no lo es.
Al contrario, es una persona a quien la importancia le tiene soberanamente sin
cuidado. Si eso es lo qué quieres expresar cuando dices dé él qué es «poca
cosa», entonces, de acuerdo, es todo lo «poca cosa» qué te parezca. Yo, en
cambio, llamo a eso grandeza…, y no conozco nada de mayor grandeza. No puedo
discutir contigo sobré la persona con quién me voy a casar, como ya té he
dicho. Ni tampoco tengo él menor interés en defender a Osmond, porqué no es tan
débil qué haya menester dé mi defensa. Ya me imagino qué té parecerá extraño
qué hablé de él con tanta frialdad y tanta calma, como si sé tratase de una
persona cualquiera. Pero es qué no hablaría dé él con ninguna otra persona,
sólo contigo lo hago, y, después de lo que has dicho, creo que debo contestarte
de una vez por todas. Dime, por favor, ¿te gustaría verme en un matrimonio de
conveniencia, como un mercenario…, que me casara, como suele decirse, por
ambición? Yo tengo una sola ambición: la de ser libre de seguir un impulso
noble. Si otras tuve antes, ya son cosa pasada. ¿Te parece mal lo del señor
Osmond porque no es rico? Pues por eso es precisamente por lo que me gusta. Por
suerte, yo ahora tengo suficiente dinero y nunca he agradecido tanto como ahora
el tenerlo. Hay momentos en que me dan ganas de ir a arrodillarme ante la tumba
de tu padre. Tal vez hizo una cosa mejor de lo que creía al proporcionarme los
medios para poder casarme con un hombre pobre… que ha sabido llevar su pobreza
con tanta dignidad e indiferencia. El señor Osmond no ha querido trepar nunca,
no ha luchado…, no se ha preocupado por conseguir ninguna recompensa mundana.
Si esto merece calificarse de estrechez de miras, de egoísmo, entonces estamos
de acuerdo; las palabras no me asustan, ni siquiera me molestan. Lo único que
siento es que hayas incurrido precisamente tú en error tan grande. Que otros lo
hayan hecho, bueno; pero me sorprende en tu caso. Tú debes conocer a un
caballero a simple vista…, sobre todo cuando es un caballero distinguido. El,
el señor Osmond, no comete tales errores, porque lo sabe todo, lo comprende
todo y tiene el alma más buena, afable y generosa que pueda existir. Tú te has
forjado una idea falsa. Es lástima que así sea, pero no puedo remediarlo porque
es cosa tuya y no mía.
Isabel se quedó un instante en silencio, mirando a su
primo con ojos en los que brillaba un sentimiento que estaba en flagrante
contradicción con la irreprochable calma de que acababa de hacer gala…, un
sentimiento extraño, mezcla del enojo que las palabras de él provocaran y de su
orgullo herido al verse obligada a justificar una elección que para ella sólo
encerraba nobleza y pureza. Ralph no la interrumpió al verla hacer aquella
pausa porque comprendió que aún tenía más que decir. La veía altiva, pero
sumamente solícita; indiferente y, al mismo tiempo, apasionada. De pronto, ella
preguntó: -¿Con qué clase de persona te hubiese gustado verme casada? Hablas de
volar por lo alto, pero para casarse hay que pisar tierra firme. Tenemos
sentimientos humanos y necesidades, un corazón dentro del pecho, y debemos
casarnos con una persona concreta. Tu madre no me ha perdonado todavía que no
llegara a entenderme con lord Warburton y se horroriza ante la idea de que me
contente con un hombre que no posee ninguna de las condiciones que el otro
tenía: ni grandes propiedades, ni títulos nobiliarios, ni honores, ni casas, ni
campos, ni posición, ni fama, ni ninguna otra de las brillantes cualidades que
se aprecian. Pues precisamente lo que a mí me agrada es la ausencia total de
todas esas cosas. El señor Osmond es un hombre muy solo, muy culto y muy
honrado…, y no un terrateniente extraordinario.
Ralph la escuchó con la mayor atención, como si cada
una de las cosas por ella dichas mereciesen ser profundamente consideradas.
Pero, en realidad, sólo pensaba a medias en esas cosas y, en cuanto a lo demás,
ateníase únicamente a la impresión por él experimentada, la impresión de la
ardiente fe de su prima. A su juicio, ésta se había equivocado, pero tenía fe;
estaba decepcionada, pero seguía firme en su empeño. Era admirablemente
característico en ella, después de haber inventado una admirable teoría sobre
Gilbert Osmond, que le amase no por lo que poseía sino precisamente por su
pobreza, elevada a la categoría de honor. Y Ralph recordó entOnces lo que le
había dicho a su padre: que quería que le proporcionase a Isabel los recursos
para satisfacer los anhelos de su imaginación. Su padre lo hizo, y ella sabía
aprovechar todas las ventajas de semejante lujo. El pobre Ralph se sintió
desfallecido y avergonzado. Isabel había pronunciado las últimas palabras en un
tono bajo y solemne, con la solemnidad de la convicción, poniendo punto final a
aquella larga discusión y acabando definitivamente con ella al apartarse de
allí y dirigirse hacia la casa. Ralph echó a andar a su lado; juntos
atravesaron el jardín y juntos llegaron al pie de la amplia y suntuosa escalera.
Se detuvo él, e Isabel hizo una breve pausa, mirándole con cara de alborozo…,
de una gratitud completa y perversa. La oposición de su primo le había dado una
idea más clara todavía de la conducta que debía seguir. -¿No subes a almorzar?
-preguntó.
- No, no necesito almorzar, no tengo hambre.
- Pero debes comer, parece que estés viviendo del
aire.
- Es mi mejor alimento, de modo que vuelvo al jardín
a tomar otro bocado. Te he acompañado hasta aquí solamente para decirte una
cosa. El año pasado te dije que, si te veía en algún triste aprieto, entonces
yo estaría lastimosamente acabado. Pues bien: es lo que siento que me está
pasando ahora. -¿Crees acaso que estoy en algún grave aprieto?
- Cuando se está cometiendo un error se está en grave
aprieto.
- Muy bien. No acudiré nunca a ti a quejarme cuando
me vea en alguno de importancia. -Y comenzó a subir la escalera.
Ralph se quedó abajo, con las manos en los bolsillos,
viéndola subir. El fresco del patio de altos muros le hizo estremecer, y
retornó al jardín para almorzar unos cuantos bocados de sol florentino.
35
Cuando al día siguiente Isabel fue a las Cascine a
pasear con su prometido, no sintió el menor deseo de comunicarle la escasa
aprobación que su matrimonio hallaba en el Palazzo Crescentini. A decir verdad,
no le causaba gran impresión la oposición que discretamente ofrecían su tía y
su primo; la moraleja de todo ello era que no tenían más razón sino que él no
les gustaba. Tal desafección no resultaba alarmante para Isabel y apenas si la
deploraba, ya que para lo único que servía era para poner en evidencia el
hecho, desde todo punto de vista altamente ' honroso, de que se casaba porque
así le placía. Unos hacían cosas por complacer a los demás; otros para su
propia y personal satisfacción; pero la de Isabel se fundaba en la conducta
admirable de su enamorado. Que Gilbert Osmond estaba enamorado era un hecho
irrefutable, como también lo era el que nunca merecía menos que entonces la
crítica acerba que de él hiciera Ralph Touchett; nunca menos que en aquellos
días tranquilos y brillantes, contados uno tras otro, que precedieron a la
realización de sus esperanzas. La impresión más profunda que en el espíritu de
Isabel produjera tal crítica fue que la pasión amorosa distanciaba a su víctima
de todos, menos del objeto amado. Así, ella se sentía alejada de cuantos hasta
entonces había conocido: de sus hermanas, que le escribieron para expresarle
sus augurios de una felicidad en la que parecían no creer demasiado y
manifestarle la sorpresa un tanto vaga de que no hubiese elegido a una persona
que contara en su haber con anécdotas más interesantes; de Henrietta, de quien
estaba segura que antes o después saldría con sus reproches; de lord Warburton,
que acabaría seguramente por consolarse; de Caspar Goodwood, que tal vez no lo
consiguiera; de su tía, que tenía sobre el matrimonio no pocas ideas, todas
ellas huecas, y no se tomaba la molestia de disimular su desprecio por el ma-
trimonio; y de Ralph, cuya afirmación acerca de las ambiciosas perspectivas que
para ella imaginaba era seguramente una caprichosa manera de ocultar su
decepción personal. Ralph parecía no querer que ella se casara porque se
divertía con sus aventuras de mujer soltera; eso y no otra cosa era lo que, en
realidad, quería él decir. Su desengaño era lo que le hacía decir todas
aquellas cosas desagradables acerca del hombre que ella había elegido,
anteponiéndolo incluso a él; e Isabel se enorgullecía al pensar que Ralph se
había sentido tremendamente enojado. Le resultaba infinitamente más fácil
pensar de tal manera sobre ello porque, como ya se ha dicho, en aquellos días
su ánimo no albergaba pensamientos menores y consideraba un accidente, incluso
un verdadero ornamento de su actuación, el hecho de que preferir a Gilbert
Osmond como ella le prefería supusiera forzosamente romper los lazos
anteriores. Complacíase en paladear el dulzor de tal preferencia y dábase casi
con verdadero asombro exacta cuenta del carácter malévolo e hiriente de estar
poseído y embrujado, por mas que tradicionalmente se imputara todos los honores
y virtudes a enamorarse. Esa era la parte trágica de la felicidad: que el bien
de unos se fraguase con el mal de otros.
El júbilo del triunfo que, sin duda alguna, debía de
inflamar el ánimo de Osmond, desprendía muy poco humo en relación con la
brillante llama en que se consumía. Su contento no adoptó forma vulgar alguna.
En la mayoría de los hombres conscientes, la excitación era una especie de
éxtasis de autodominio. Y esta disposición de su ánimo le convertía en un
enamorado perfecto, dándole una visión constante del estado de encanta- miento
y dedicación. Como ya hemos dicho, jamás se olvidaba a sí mismo y, de tal suerte,
no se olvidaba jamás de ser tierno y agradecido, de adoptar la apariencia -cosa
que no le ofrecía dificultad alguna- de mantener los sentidos siempre alerta y
mostrar siempre hondas inten- ciones. Se sentía sobremanera complacido con la
joven. Madame Merle le había hecho un regalo de incalculable valor, pues no
podía haber dicha comparable a la de vivir con un espíritu elevado,
perfectamente armonizado con la dulzura. ¿Acaso no seria aquella suavidad toda
para él, y la energía para los otros, que admiraban los aires de superioridad?
¿Qué don podría ser más apreciado en una compañera que el de poseer un espíritu
despierto y fantástico que le ahorrase a uno toda clase de repeticiones y
reflejara los propios pensamientos en una elegante y pulida superficie? A
Osmond le desagradaba profundamente ver sus pensamientos e ideas reproducidos
literalmente, cosa que los hacía aparecer necios e insípidos; prefería que
adquiriesen frescura en la reproducción, como las «palabras» mediante la magia
de la música.
Su egolatría no llegaba hasta el extremo de desear
una esposa triste y aburrida. La inteligencia de la dama de sus sueños debía
ser como una bandeja de plata cincelada, no de barro, una magnífica bandeja que
él pudiese llenar a su gusto de frutos maduros y sabrosos, a los que ya se
encargaría de dar un valor decorativo a fin de que la conversación se
convirtiese para él en una especie de postre del festín. Y halló tal cualidad
de plata cincelada en la perfección de Isabel, pues no tenía más que apelar levemente
a su imaginación para que aquélla emitiera en el acto la correspondiente
sonoridad argentina. Aunque nadie se lo dijera, él sabía perfectamente que su
unión no gozaba de gran favor entre los parientes de la joven, pero la había
tratado siempre como a una persona tan por completo independiente de ellos que
no le parecía del menor interés manifestar su contrariedad por la actitud de su
familia. No obstante, una mañana hizo una súbita alusión a ello.
- Lo que les molesta es la diferencia de nuestras
fortunas, porque se imaginan que de lo que estoy enamorado es de tu dinero
-dijo. -¿Te refieres a mí tía y a mi primo? -preguntó Isabel-. ¿Cómo sabes lo
que piensan? -¿No me has dicho tú misma el placer que les causó cuando el otro
día escribí a la señora Touchett, no contestar a mi carta? Si les hubiera
agradado, habrían dado alguna muestra de ello, y el hecho de que yo sea pobre y
tú rica es la explicación más razonable de la reserva que me muestran. Desde
luego, todo hombre pobre que se casa con una mujer rica debe estar preparado
para esperar semejantes imputaciones. Por fortuna, a mí me tienen sin cuidado.
Lo único que me interesa es que tú no tengas ni la menor sombra de duda. A mí
no me importa nada lo que puedan pensar individuos a quienes nada pregunto-, ni
siquiera me siento capaz de desear saberlo. Jamás me he tomado tantas
molestias, Dios me lo perdone; entonces, ¿por qué habría de comenzar ahora que
pretendo recompensarme a mí mismo por todo? Decir que deploro el que seas rica
sería faltar a la verdad; estoy encantado de que lo seas, porque me encanta
todo cuanto contigo se relaciona, lo mismo la fortuna que la virtud.
El dinero es una cosa horrenda cuando uno anda tras
él y una cosa encantadora cuando se lo encuentra. Me parece que yo tengo más
que de sobra probado lo poco que me desazona. No me he preocupado en toda mi
vida de ganar un solo penique, por lo que soy menos susceptible de tal sospecha
que la mayoría de la gente que se pasa la vida escarbando donde hay y
apoderándose de lo que encuentra. Me imagino que es cosa de la familia eso de
abrigar semejante sospecha, y en el fondo me parece natural que lo hagan. Algún
día me apreciarán más, y también tú. Mientras tanto, no tengo por qué hacerme
mala sangre;. debo limitarme a sentirme agradecido a la vida y al amor.
En otra ocasión Gilbert Osmond le dijo:
- El amarte me ha hecho mucho más bueno; me ha hecho
más sensato y afable, e incluso, no cabe negarlo, más brillante y más fuerte.
Antes quería muchas cosas y me disgustaba no poseerlas. Me sentía satisfecho en
teoría y, creo habértelo dicho al principio, me enorgullecía de haber sabido
limitar mis necesidades. Pero también es verdad que solía ser víctima de
accesos de cólera; solían darme ataques morbosos, estériles y denigrantes de
hambre, de deseo. Ahora me siento totalmente satisfecho porque no me es posible
concebir nada mejor. Es como cuando uno trata de leer a la débil luz del
crepúsculo y, de pronto, se encienden las luces. Hasta ahora yo había estado
tratando de ver en el libro de la vida sin ha- llar en él nada que recompensase
mis esfuerzos, pero ahora puedo leerlo con la máxima facilidad… y veo que se
trata de una historia maravillosa. Amor mío, no sé cómo decirte que la vida se
ofrece ahora ante nosotros como una interminable tarde de estío, una de estas
tardes de Italia, con esa especie de flotante neblina dorada y las sombras que
comienzan a invadirlo todo con la divina delicadeza del aire y del paisaje que
tanto he amado toda mi vida, y que ahora tú comienzas a amar igualmente. Mi
palabra de honor, no veo por qué razón no habríamos de gustar de todas estas
delicias juntos. Tenemos lo que queremos, además de tenernos el uno al otro.
Tenemos la capacidad de saber admirar, amén de muchas otras impor- tantes
convicciones. No somos tontos, ni mezquinos, ni estamos sujetos por lazos de
ninguna especie a la ignorancia o al miedo. Tú eres admirablemente fresca y yo
soy admirablemente maduro. Para que nos solace, tenemos a mi hijita, a la que
trataremos de hacerle un hueco en la vida. Todo es dulce y suave…, y tiene el
color de las cosas de Italia.
Ni que decir tiene que hicieron juntos muchos planes,
pero se dejaron también un amplio margen. Desde luego, era cosa convenida que,
de momento, vivirían en Italia. Allí se habían conocido, Italia les había
proporcionado las primeras sensaciones comunes e Italia debería, por tanto,
proporcionarles la mejor parte de su felicidad. Osmond sentía el apego a las
cosas de antaño conocidas, y ella el estímulo de las nuevas, que parecía
asegurarle el porvenir con un alto grado de conocimiento y disfrute de lo bello.
Su deseo por la expansión sin límite y sin fin había dejado paso en el ánimo de
la joven a la sensación de que la vida resultaba completamente vacía sin alguna
obligación de carácter privado que pudiera reunir todas las energía en un punto
dado y en un determinado momento. Le había dicho a Ralph que había «visto la
vida» en uno o dos años y que ya estaba cansada, no tanto de vivir como de
observar. ¿Qué quedaba, pues, de todos aquellos ardores, aspiraciones y
teorías, de su alta estimación de la independencia y sus incipientes
convicciones de que nunca llegaría a casarse? Todos estos movimientos del
espíritu habían sido totalmente absorbidos por una necesidad más primitiva: la
necesidad de responder a lo que desvanecía muchas preguntas al satisfacer numerosos
deseos. Era algo que simplificaba de golpe todas las situaciones, que descendía
de lo alto como la luz de las estrellas y que no requería explicación alguna.
Ya había más que sobrada explicación en el hecho real de que él estuviese
enamorado de Isabel y de que ella estuviera en condiciones de serle útil. Ella
podía rendírsele con una sensación de humildad, podía casarse con él con una
sensación de verdadero orgullo, con lo cual no sólo daba sino que también
recibía.
Dos o tres veces llevó él consigo a las Cascine a
Pansy, que, si bien un poco más alta que el año anterior, aún no había madurado
mucho. Su padre manifestaba la convicción de que seguía siendo tan niña como
antes. La llevaba todavía de la mano y le decía que fuera a jugar mientras él
se sentaba con la linda joven. Llevaba Pansy un traje corto y un abrigo largo,
y el sombrero parecía quedarle siempre demasiado grande. Le producía un gran
placer caminar de prisa, con pasos cortos y rápidos, hasta el final de la
avenida y regresar de la misma manera, sonriendo alegremente como pidiendo
aprobación por su hazaña. Isabel aprobaba con largueza, y aquella largueza y
aquella magnanimidad surtían el efecto que la naturaleza afectiva de la
muchacha precisaba. Se esmeraba en todas las indicaciones que le hacía, como si
fueran muy importantes para ella misma. En realidad, Pansy formaba ya parte del
servicio que la joven disponíase a ofrecer, de la responsabilidad que se
preparaba para asumir. Su padre atribuía a su manera infantil de ser el hecho
de no haberle explicado todavía la relación que mantenía con la elegante
señorita Archer.
- No sabe todavía y no adivina -le dijo a Isabel-. Le
parece perfectamente natural que tú y yo vengamos aquí tranquilamente a
conversar y pasear como simples buenos amigos. Se me antoja que en eso hay algo
encantadoramente inocente, y así es como yo deseo que sea. Por tanto, no tengo
razón para considerarme un fracasado, como antes solía considerarme a mí mismo.
No lo soy, porque voy a casarme con la mujer que adoro y he criado a mí hija a
la antigua usanza, como era mi deseo.
Era un admirador, en todos los sentidos, de la
antigua usanza, cosa que había impresionado a Isabel como una de sus notas
características más finas, tranquilas y sinceras.
- Me parece que hasta que se lo digas no podrás estar
seguro de si has fracasado o no - repuso ella-. Debes ver cuál es su reacción
ante la noticia, cuando se la des. Tal vez se horrorice…, tal vez sienta celos.
- No tengo el menor temor de ello; por lo que a eso
respecta, te quiere ya demasiado. Me parece que la dejaré todavía un poco más
de tiempo en ayunas a ver si a ella misma se le ocurre que, si no estamos
comprometidos, deberíamos estarlo.
Isabel quedó grandemente impresionada por la visión
artística, casi plástica que, al parecer, tenía Osmond de la inocencia de
Pansy; su propia apreciación era más ardientemente moral. Así, pocos días
después quedó sumamente complacida cuando él le comunicó que ya se lo había
dicho a su hija, cuya respuesta fue: «¡Oh! Entonces voy a tener una hermana muy
guapa». Y, contra lo que él esperaba, no se había sorprendido ni alarmado, y
tampoco se había echado a llorar.
- A lo mejor ya lo había adivinado -dijo Isabel.
- No digas eso; me habría disgustado mucho que así
fuera. Lo que yo esperaba es que le hubiera chocado un poco, pero se ve que
prima sobre todo su urbanidad. Eso es precisamente lo que yo deseaba. Ya lo
verás tú misma. Mañana te felicitará personalmente.
El encuentro tuvo lugar al día siguiente en casa de
la condesa Gemini, adonde la llevó su padre, conocedor de que Isabel iría a
devolver la visita que aquélla le hiciera al saber que iban a ser cuñadas. Al
presentarse en casa de la señora Touchett, la visitante no había encon- trado a
Isabel. Pero, cuando la joven llegó a la casa de la condesa y entró en el
salón, Pansy acudió a su encuentro para decirle que su tía saldría enseguida a
recibirla. La muchacha estaba pasando el día en casa de la condesa, quien opinaba
que la jovencita estaba ya en edad de empezar a aprender cómo comportarse en
sociedad. Isabel era de la opinión de que era la sobrina quien podía dar
lecciones de buena educación a su tía, y la confirmó en tal creencia la
conversación que ambas sostuvieron mientras esperaban que apareciese la
condesa. La deci- sión adoptada por su padre el año anterior había sido
finalmente enviarla de nuevo al convento para que recibiera los últimos toques
en su educación, y la madre Catherina se había encargado de poner en práctica
su teoría de que era preciso preparar a la muchachita para la vida del gran
mundo.
- Papá me ha dicho que usted se ha dignado acceder a
casarse con él -dijo, pues, la discípula de la eficiente monja-. Es
maravilloso. Creo que es muy apropiada para él.
- ¿Crees que también seré apropiada para ti?
- Para mí será perfecta; pero lo que quiero decir es
que usted y papá hacen una pareja magnífica. Los dos son personas tranquilas y
serias. Usted no es tan tranquila como él…, ni como madame Merle, pero es más
tranquila que muchas otras personas. A él no le conviene una esposa como mi
tía, por ejemplo, que está a todas horas agitándose, moviéndose, hoy sobre
todo; ya lo verá cuando venga. En el convento nos decían que no está bien eso
de criticar a las personas mayores, pero no creo que tenga nada de malo si las
juzgamos favorablemente. Estoy segura de que usted será una compañera deliciosa
para papá.
- Espero que también para ti -dijo Isabel.
- He hablado primero de él a propósito. Ya le he
dicho lo que pienso de usted; desde el primer día me gustó muchísimo. La admiro
tanto que me parece una gran suerte poder tenerla siempre delante. Usted será
mi modelo. Trataré de imitarla, aunque me temo que no tendré bastante habilidad
para ello. Me alegro mucho por papá; necesitaba a alguien además de mí. Sin
usted, no sé cómo se las habría arreglado. Usted será mi madrastra, pero no
emplearemos esa palabra porque, según todos, las madrastras suelen ser crueles
y no creo que usted lo sea nunca hasta el extremo de pellizcarme ni de
empujarme. No tengo miedo de nada de eso con usted.
- Querida Pansy, yo seré siempre buena contigo -dijo
Isabel, y en ese momento tuvo como una visión inconsecuente y vaga de que la
muchachita se aproximaba a ella de extraña manera, como necesitando su
protección, y ello le produjo un leve escalofrío.
- Bueno, entonces no tengo nada que temer -replicó
Pansy con notable presteza, como quien lo dice como una lección aprendida… o
por temor de un severo castigo en caso de no cumplir bien su cometido.
La descripción que de su tía hiciera no pecaba de
inexacta, pues la condesa estaba más lejos que nunca de haber plegado las alas.
Se presentó la condesa en el salón agitando el aire como un verdadero remolino
y besó a Isabel primero en la frente y luego en cada una de las mejillas, por
lo visto, con arreglo a un antiguo rito de ella conocido.
A continuación condujo a la visitante al sofá y,
observándola con rápidos movimientos de cabeza, empezó a hablar mucho y muy
versátilmente, como si, sentada ante el caballete, paleta y pinceles en mano,
diera rápidas pinceladas a algunas figuras previamente dibujadas.
- Si espera usted que la felicite, tiene que
perdonarme que no lo haga. Ya me figuro que le importará un comino que me
abstenga; debo suponer que a usted, siendo tan inteligente como es, no le
preocupan las cosas corrientes. Pero yo me guardo mucho de decir embustes.
Jamás los digo, a no ser que con ello gane algo. Y no veo qué podría ganar en
su caso, entre otras cosas porque no me creería. No hago declaraciones, del
mismo modo que no hago pantallas fruncidas ni flores de papel; no sé cómo se
hacen. Mis pantallas se quemarían enseguida y mis rosas y mis embustes
resultarían demasiado grandes. Por lo que a mí respecta, estoy contentísima de
que se case usted con Osmond, pero no puedo decir lo mismo por lo que respecta
a usted. Usted es una mujer brillante… ya sabe que así se expresan todos cuando
hablan de usted; es una rica heredera, muy bien parecida y original, sin nada
que la haga parecer banal; de suerte que es una gran cosa tenerla en la
familia. Nosotros somos de muy buena familia, supongo que Osmond se lo habrá
dicho ya. Mi madre era una mujer muy distinguida; la llamaban la Corina
americana. Pero ahora estamos en una decadencia tremenda y puede que usted nos
devuelva nuestro rango. Tengo gran confianza en usted y muchas cosas
importantes de que hablarle. Nunca felicito a ninguna muchacha por el hecho de
casarse; pienso que habría que hacer algo para que el matrimonio no fuese una
trampa de acero. Quizá Pansy no debería escuchar estas cosas. Pero para eso
viene a verme, para ir adquiriendo el tono de la buena sociedad. No le
perjudicará ir aprendiendo los males que pueden esperarla. La primera vez que
me di cuenta de que mi hermano tenía ciertas ideas acerca de usted, estuve
tentada de escribirle para recomendar le que no le hiciese ningún caso. Pero luego
pensé que eso sería obrar deslealmente, y yo detesto todo lo que sea obrar de
tal modo. Además, como ya le he dicho, por mi parte estaba verdaderamente
encantada… y, después de todo, soy una egoísta. Estoy segura de que usted no
sentirá el menor respeto hacia mí y de que no llegaremos a ser íntimas jamás. A
mí me gustaría, pero a usted no. Sin embargo, día llegará en que seremos mucho
mejores amigas de lo que usted habría creído en un principio. Mi marido irá a
verles, aunque, como tal vez ya sepa, no está en muy buenos términos con
Osmond. Se pirra por ver mujeres bonitas, pero en ese aspecto usted no me da
ningún miedo. En primer lugar, porque me tiene sin cuidado lo que él haga; y en
segundo lugar, porque a usted no le interesará lo más mínimo. Jamás será
persona para usted; por su parte, y a pesar de lo idiota que es, se convencerá
enseguida de que tampoco usted es para él. Algún día, si tiene el valor de
resistirlo, le contaré todo lo referente a él. ¿No le parece que mi sobrina
debería salir del salón? Pansy, ve y practica un poco en mi boudoir.
- Deje que se quede, por favor -dijo Isabel-.
Prefiero no oír yo tampoco nada que ella no pueda oír.
36
Una tarde de otoño del año 1876, a eso del anochecer,
tiraba de la campanilla de un departamento del tercer piso de una casa de Roma
un joven de agradable presencia. Cuando le abrieron la puerta, preguntó por
madame Merle; y, en el acto, la criada, una limpia y sencilla mujer con cara de
francesa y modales de doncella de una gran dama, le introdujo en un diminuto
salón, pidiéndole que tuviera a bien darle su nombre.
- Edward Rosier -dijo el joven, y se sentó en espera
de que la señora de la casa saliese a recibirlo.
Acaso no haya olvidado el lector que el señor Rosier
era uno de los elementos decorativos del círculo norteamericano de París en
aquel entonces, pero cabe recordar que a veces durante un tiempo desaparecía de
ese horizonte. Había pasado muchos inviernos en Pau y, como era hombre de
inveteradas costumbres, podría haber repetido durante años y años su visita
invernal a ese lugar encantador. Sin embargo, en el verano de 1876 le ocurrió
un incidente que determinó un cambio radical, no sólo en sus ideas sino también
en sus costumbres de siempre. Pasó un mes en la Alta Engadina, y en Saint
Moritz trabó co- nocimiento con una joven encantadora. De inmediato, comenzó a
dedicarle una asidua atención, pues le parecía exactamente aquel ángel del
hogar que llevaba tanto tiempo buscando. El señor Rosier no se precipitaba
jamás, era en todo de lo más discreto, por lo que de momento se abstuvo de
declarar su pasión; pero sintió, cuando se despidieron -ella para ir a Italia y
él a Ginebra, donde se había comprometido a reunirse con algunos amigos…- que
sería terriblemente desgraciado si no la volvía a ver.
La manera más sencilla de verla sería ir a Roma en
otoño, donde la señorita Osmond residía con su familia. Así pues, el señor
Rosier emprendió su peregrinación a la capital italiana, donde llegó en el mes
de noviembre. Era en sí una empresa agradable, pero al joven se le antojó que
entrañaba un elemento de heroísmo. Podía exponerse, sin estar habituado a ello,
al aire malsano de Roma que, sobre todo en el mes de noviembre, representaba
una ame- naza. Pero la fortuna favorece al valiente, y nuestro aventurero, que
ingería tres granos de quinina diarios, al cabo de un mes no tenía motivos para
deplorar su temeridad.
Hasta cierto punto había hecho buen uso de su tiempo
tratando en vano de hallar algún defecto en la composición de Pansy Osmond. La
muchacha tenía un acabado perfecto; le habían dado hasta el último toque; era
una consumada pieza de arte. El señor Rosier se sumía en amorosas meditaciones,
pensando en ella como en una pastorcilla de porcelana de Dresde. En verdad que
la señorita Osmond, con su esplendor juvenil, tenía algo de rococó que el joven
Rosier, cuyos gustos se inclinaban hacía este género, no podía por menos de
apreciar. Fácil era suponer que estimaba las obras de épocas comparativamente
frívolas al ver la atención que concedió al salón de madame Merle, que, si bien
adornado con muestras de varios estilos, era especialmente rico en artículos de
los dos últimos siglos. De inmediato se colocó una lente en un ojo y miró a su
alrededor murmurando: «¡Por Júpiter, madame Merle tiene cosas verdaderamente
admirables!». El salón era pequeño y estaba lleno de muebles, produciendo al
visitante la impresión de que las sedas descoloridas y las estatuillas de
varios estilos podrían tambalearse si uno se movía. Por lo cual, el señor
Rosier avanzó con gran cuidado entre todos aquellos objetos, inclinándose sobre
las meses cubiertas de chucherías y los cojines con bordados de escudos
principescos. Al entrar en el salón madame Merle le encontró ante la chimenea,
con la nariz casi pegada a un chal de encaje adherido al damasco que cubría la
repisa, y que él había levantado con delicadeza, como para olerlo.
- Encaje antiguo de Venecia -dijo ella al verle-; es
bastante bueno.
- Demasiado bueno para darle este destino; debería
usted llevarlo puesto.
- Pues, según me han dicho, usted tiene en París
algunos mejores y en la misma situación que éste.
- Es que yo no puedo ponérmelos -dijo sonriendo el
visitante.
- No veo por qué. Tengo encajes todavía mejores que
éste para vestir. Los ojos del señor Rosier recorrieron complacidos la
habitación.
- Tiene algunas cosas magníficas -comentó.
- Sí, pero las detesto. -¿Es que quiere deshacerse de
ellas? -preguntó rápidamente el joven.
- No. Es conveniente tener algo que odiar; así se
desahoga una.
- Pues yo, en cambio, adoro mis cosas -dijo el señor
Rosier, ya sentado y ruborizándose al hacer tal confesión-. Pero no he venido a
verla a usted para hablarle de ellas, ni de las suyas. -Hizo una breve pausa y
luego prosiguió más suavemente-: Me interesa mucho más la señorita Osmond que
todos los bibelots de Europa.
Madame Merle abrió de par en par los ojos y preguntó:
-¿Y para decirme eso ha venido usted a verme?
- Para pedirle consejo.
Ella lo miró complacida, se acarició la barbilla con
su mano ancha y blanca y contestó:
- Hombre enamorado no pide consejo. -¿Por qué no, si
se halla en situación difícil? Ese suele ser el caso del hombre enamorado. Yo
he estado enamorado ya otras veces y lo sé, Pero, la verdad, nunca lo he estado
tanto como ahora. Me interesa sobre todo la opinión que le merece mi propósito.
Mucho me temo que para el señor Osmond yo no soy… bueno, no soy una pieza de
coleccionista. -¿Y quiere usted que yo interceda? -preguntó madame Merle
cruzando los hermosos brazos y levantando la comisura izquierda de su bonita
boca.
- Le quedaría eternamente agradecido si pudiera usted
decir algo en favor mío. Sería inútil molestar a la señorita Osmond hasta tener
buenas razones para creer que su padre va a aceptarme.
- Es usted muy considerado y eso dice no poco en su
favor. Pero supone usted un tanto a la ligera que yo sí le tengo por un buen
partido.
- Usted siempre me ha tratado bien. Por eso he venido
a verla -respondió el joven.
- Yo siempre trato bien a la gente que tiene buenos
objetos Luis XIV; hoy son verdaderamente raros y no se sabe lo que pueden valer
-dijo madame Merle subrayando la broma con un gesto todavía más pronunciado de
la comisura de la boca.
A pesar de lo cual, él mantuvo su actitud aprensiva y
tenaz. -¡Ah! Yo creía que usted me apreciaba por mí mismo.
- Yo le aprecio mucho. Pero, por favor, no
analicemos. Disculpe si le parezco paternalista, pero es porque le creo un
perfecto caballero. De todos modos, debo decirle que la boda de Pansy Osmond no
depende de mí.
- No he pensado tal cosa, pero me pareció que usted
era íntima de su familia y pensé que podría tener alguna influencia. Madame
Merle reflexionó. -¿Qué entiende usted por su familia? -¿Quién ha de ser? Su
padre y su… ¿cómo dicen ustedes en inglés… su belle-mére?
- Su padre, el señor Osmond, ciertamente lo es, pero
su mujer no puede decirse que sea miembro de la familia de la muchacha. La
señora Osmond no tiene nada que ver con la boda de Pansy.
- Lo lamento -dijo Rosier con un hondo suspiro de
buena fe-. Creí que la señora Osmond me favorecería.
- Es muy probable… si el padre se opusiera. -¿Es que
le lleva la contraria? -preguntó él enarcando las cejas.
- En todo y por todo. Piensan de un modo muy
distinto.
- Lo siento de veras -contestó el señor Rosier-,
aunque es cosa que no me incumbe. Lo cierto es que ella quiere mucho a Pansy.
- Sí, la quiere mucho.
- También Pansy a ella. La misma Pansy me ha dicho
que la quiere tanto como si fuese su verdadera madre.
- Ya veo que, después de todo, ha tenido alguna
conversación íntima con la pobre niña. ¿Le ha declarado usted sus sentimientos?
- Jamás -contestó Rosier levantando su mano finamente
enguantada-. Ni lo haré hasta que conozca los de sus padres. -¿Siempre espera a
saber eso? Se ve que tiene muy buenos principios y que observa las
conveniencias.
- Me parece que se está usted burlando de mí -dijo el
joven recostándose en el sillón y acariciándose el bigotito-. No esperaba
semejante cosa de usted, madame Merle.
Movió ella lentamente la cabeza, como persona que
veía las cosas muy claras.
- Es usted injusto conmigo. Creo que su conducta
acredita su buen gusto y es la mejor que podría adoptar. Ésta es mi opinión.
- Yo no querría turbar a Pansy por el simple placer
de turbarla. La quiero demasiado para eso -dijo Ned Rosier.
- En el fondo, me alegro de que me lo haya dicho
-prosiguió madame Merle-. Déjelo un poco de mi cuenta. Creo que podré ayudarle.
Su visitante exclamó con incontenible júbilo: -¡Ya
sabía yo que usted era la persona a quien había que acudir!
A lo que madame Merle contestó algo secamente:
- Es usted muy agudo. Si le digo que puedo ayudarle
es partiendo de la base de que su causa lo merezca. Examinemos si es así.
- Ya sabe usted que soy una persona formal -dijo
Rosier con seriedad-. No diré que no tenga defectos, pero sí que no tengo
vicios.
- Todo eso es puramente negativo, y, además, depende
de lo que la gente considere como vicios. ¿Cuál es su lado positivo? ¿Cuál el
virtuoso? ¿Qué posee usted además de sus encajes españoles y sus tazas de
porcelana de Sajonia?
- Tengo una fortunita desahogada… unos cuarenta mil
francos de renta anuales. Y dado mi talento para la administración, podemos
vivir espléndidamente con esos ingresos.
- Espléndidamente no, pasablemente sí. Y eso
dependerá de dónde vivan.
- En París, desde luego. Me establecería en París.
Madame Merle levantó la comisura izquierda de la
boca.
- No sería muy famoso el asunto; tendrían ustedes que
usar las tazas de Sajonia y acabarían por romperse.
- No queremos ser famosos. Bastaría con que la
señorita Osmond lo tuviera todo bonito. Cuando se es tan hermosa como ella se
puede hasta usar… ¿cómo decirlo?… en fin, hasta faience barata. No debería
vestir más que muselinas, y sin adornos -dijo Rosier refle- xivamente. -¿Ni los
adornos le permitiría usted? Pues le quedaría agradecida por semejante teoría.
- Es la correcta, se lo aseguro, y no dudo de que
ella también la aceptará, porque lo comprende todo. Por eso la quiero.
- Es una muchachita muy buena, muy ordenada y
agraciada. Pero, por lo que sé, su padre no puede darle nada.
- Ni yo deseo que lo haga -afirmó Rosier sin
inmutarse-. Pero me permito señalarle que vive como un hombre muy acaudalado.
- El dinero es de su mujer, que aportó una gran
fortuna.
- Entonces, como la señora Osmond quiere mucho a su
hijastra, podrá hacer algo por ella. -¡Para ser un zagal enamorado, no se le
escapa nada! -exclamó madame Merle echándose a reír.
- Yo estimo mucho una dote. Puedo pasarme sin ella,
pero la estimo.
- Es muy probable que la señora Osmond trate de
conservar su dinero para sus propios hijos -observó madame Merle. -¿Para sus
hijos? ¡Si no los tiene!
- Pero puede tenerlos. Ya tuvo un hijito hace dos
años, y el pobrecillo murió a los seis meses de, nacer. Pueden venir otros más.
- Si han de hacerla feliz, ojalá los tenga. Lo merece
porque es una mujer espléndida. Madame Merle tardó un poco en contestar. -¡Ah!
De ella hay mucho que decir. Todo lo espléndida que usted quiera. Pero aún no
hemos establecido que sea usted un buen partido. La ausencia de vicios no suele
ser una fuente de ingresos.
- Perdone, yo creo que puede serlo -dijo Rosier con
harta lucidez.
- Formarán ustedes una pareja deliciosa, viviendo de
su inocencia.
- Creo que usted me subestima. -¿Acaso no es tan
inocente como todo eso? ¿De veras no lo es? -dijo madame Merle-. Por supuesto,
cuarenta mil francos al año y un buen carácter son una combinación digna de
tomarse en cuenta. No diré que irresistible, pero podría haber ofertas peores.
De todas suertes, es muy posible que el señor Osmond crea que puede conseguir
algo mejor.
- Tal vez pueda. Pero ¿y su hija? ¿Qué puede ella
hacer mejor que casarse con el hombre a quien ama? Porque sepa usted que me ama
-dijo Rosier con orgullo.
- Cierto, le ama… lo sé perfectamente. -¡Ah! -exclamó
el joven-. Ya decía yo que era usted la persona a quien debía acudir.
- Pero lo que no comprendo -dijo madame Merle- es
cómo lo sabe usted si no se lo ha preguntado.
- En un caso así no hacen falta preguntas ni
respuestas; como usted dice, somos una pareja inocente. ¿Cómo lo sabía usted?
- ¿Yo que no soy inocente? Pues, siendo astuta.
Déjelo de mi cuenta. Ya lo averiguaré por usted.
Rosier se levantó y, alisando el sombrero, dijo:
- Lo dice con cierta frialdad. No se trata sólo de
saber cómo está el asunto, sino de hacer que sea como debe ser.
- Haré cuanto me sea posible. Trataré de sacar
ventaja de los méritos de usted.
- Se lo agradezco en el alma. Mientras tanto, yo le
diré algo a la señora Osmond.
- Gardez-vous-en-bien -dijo madame Merle poniéndose
en pie-. Si la mezcla usted en el asunto, lo echará todo a perder.
Rosier se quedó contemplando el interior de su
sombrero, preguntándose si su anfitriona sería de veras la persona a quien
acudir.
- La verdad, no la comprendo a usted. Soy un antiguo
amigo de la señora Osmond y creo que se alegraría de que yo tuviera éxito.
- Puede ser todo lo antiguo amigo que quiera. Cuantos
más antiguos amigos tenga, mejor para ella, pues no se lleva muy bien con los
nuevos. Pero por ahora no le haga romper lanzas por usted. Su marido puede
tener un punto de vista distinto, y, como la quiero bien, le aconsejo a usted
que no multiplique los motivos de fricción entre los dos.
El pobre Rosier pareció alarmarse mucho; aspirar a la
mano de Pansy Osmond era asunto todavía más complicado de lo que había previsto
su gusto por las transacciones correctas. Pero el extremado buen sentido que
poseía oculto bajo una apariencia de cuidadosa elegancia vino en su ayuda.
- No veo por qué tengo que preocuparme tanto del
señor Osmond -exclamó.
- Si no de él, de ella sí. Dice usted ser un antiguo
amigo. ¿Querría hacerla sufrir? -¡Por nada del mundo!
- Entonces, ándese con mucho tiento y deje las cosas
como están hasta que yo haya sondeado… -¡Dejar las cosas como están! Pero,
querida madame Merle, no olvide que estoy enamorado. -¡Ah, vaya! ¡No se irá
usted a morir por eso! ¿Para qué ha acudido a mí, si no es para hacer caso de
lo que yo le diga?
- Es usted muy amable; me portaré muy bien -prometió
el joven-. Pero me temo que el señor Osmond es un hombre bastante duro -añadió
a medía voz mientras se dirigía hacia la puerta.
Madame Merle soltó una pequeña carcajada y dijo: -Ya
es cosa sabida, pero tampoco su mujer es fácil de manejar. -¡Ah, es una mujer
espléndida! -comentó Ned a modo de despedida.
Decidió que su conducta fuese digna de un
pretendiente como él, que hasta la fecha había sido un modelo de discreción.
Sin embargo, en las promesas que hiciera a madame Merle no le pareció ver nada
que le desautorizara a mantenerse en buen ánimo haciendo una visita ocasional a
la señorita Osmond. No dejaba de pensar en las advertencias de su consejera y
le daba vueltas a aquel tono bastante circunspecto. Como solía decirse en
París, había acudido a ella de confiance, pero tal vez hubiese obrado con precipitación.
Le costaba trabajo tildarse de temerario, pues raras veces se había expuesto a
tal reproche. Sin embargo, lo cierto era que sólo hacía un mes que conocía a
madame Merle y que el mero hecho de considerarla una mujer encantadora no le
daba motivo para creer que había de estar deseosa de arrojar a Pansy en sus
brazos, por muy dispuestos que estuvieran estos miembros a recibirla. Por otra
parte, madame Merle se había mostrado afable con él y parecía gozar de toda la
estimación de los parientes de la joven, en relación con los cuales producía un
efecto notable (Rosier se había preguntado más de una vez cómo lo conseguía) de
intimidad exenta de familiaridades. Pero posiblemente hubiera él exagerado esas
ventajas. A decir verdad, no veía razón alguna para que madame Merle tuviese
que molestarse por él. Una mujer encantadora lo era generalmente con todo el
mundo, por lo que Rosier se sentía un poco tonto al pensar que se había
dirigido a ella convencido de que lo había distinguido con su afabilidad. Era
posible -aunque parecía haberlo dicho en broma que ella no pensara más que en
los bibelots que él poseía. ¿Acaso se le había ocurrido que él podría regalarle
dos o tres de las joyas de su colección? Si ella le ayudaba a casarse con la
señorita Osmond, él estaba dispuesto a regalarle el museo entero. Naturalmente,
no le diría tal cosa, porque parecería un soborno demasiado grosero, pero le
gustaría que ella lo creyera.
Con esos pensamientos, se dirigió de nuevo a casa de
la señora Osmond en una de las tardes en que ella «recibía» -los jueves de cada
semana-, cuando no cabía atribuir a su visita otro objetivo que el de cumplir
con un deber de cortesía. El objeto del afecto mesurado del señor Rosier moraba
en una de las casas altas del centro de Roma, un edificio oscuro y macizo que
daba a una soleada plazuela cerca del Palazzo Farnesio. También vivía en un
palacio la pequeña Pansy… un palacio para los cánones de Roma, pero una
mazmorra para el espíritu aprensivo del pobre Rosier. Le parecía de mal agüero
que la joven con quien quería casarse y a cuyo hosco padre dudaba mucho poder
conquistar estuviese encerrada en una especie de fortaleza doméstica, un
edificio que ostentaba un antiguo y austero nombre romano, que olía a hechos
históricos, a crímenes, tretas y violencias; que figuraba en la guía Murray y
era visitado por los turistas que, después de echarle una ojeada, parecían
decepcio- nados y deprimidos; que poseía frescos del Caravaggio en el piano
nobile y una hilera de estatuas mutiladas y polvorientas hornacinas en la
amplia loggia de nobles arcos que daba al húmedo y fresco patio, donde una
fuente manaba de un nicho musgoso. En un estado de ánimo más tranquilo habría
apreciado en su justa medida el palacio Roccanera; habría podido comprender el
sentir de la señora Osmond, quien le había dicho una vez que al establecerse en
Roma con su esposo habían escogido aquella morada por su afición al color
local. Indudablemente, color local no le faltaba y, aunque el señor Rosier
entendía menos de arquitectura que de esmaltes de Limoges, se daba cuenta de
que las proporciones de las ventanas e incluso los detalles de la cornisa
tenían un gran estilo. Pero a Rosier le atormentaba la convicción de que en los
tiempos pintorescos de la ciudad se encerraba allí a las muchachas para
apartarlas de sus enamorados y, luego, bajo amenaza de recluirlas para siempre
en los conventos, se les obligaba a contraer matrimonios impíos. Sin embargo, había
un aspecto que jamás dejaba de reconocer cada vez que recorría los cálidos y
opulentos salones de la señora Osmond, situados en el segundo piso. Admitía que
aquellas gentes eran especialistas en «cosas buenas». Todo era del gusto de
Osmond, no de ella; así se lo había dicho ella misma la primera vez que él
visitó la casa, cuando, tras un cuarto de hora de preguntarse si tendrían allí
mejores cosas «francesas» que él en París, se vio obligado a confesarse al
momento que sí lo tenían, y dominó su envidia, como cumplía a un caballero,
hasta el extremo de manifestar a su anfitriona su profunda admiración por los
tesoros allí reunidos. Por la señora Osmond supo que, ya antes del matrimonio,
su marido había reunido una colección extensa y que, aunque había añadido
algunas piezas de gran valor en los tres últimos años, sus mejores
adquisiciones las realizó Osmond cuando todavía no contaba con su consejo.
Rosier interpretó aquellas palabras a su manera, sustituyendo la palabra
«consejo» por la palabra «dinero». Pero el hecho de que Osmond hubiese
conseguido sus mejores piezas durante su período de vacas flacas venía a
confirmar su teoría más preciada, la de que se puede ser un gran coleccionista
siendo pobre, a condición de tener mucha paciencia. Por lo general, cuando
Rosier iba a visitarlos los jueves por la tarde, su primer saludo era para las
paredes del salón, en las que colgaban dos o tres objetos que le quitaban el
sueño. Pero, después de su conversación con madame Merle, se dio cuenta de la
seriedad de su situación; y ahora entraba buscando la figura de la hija de la
casa con toda la avidez que podía permitirse un caballero cuya sonrisa, cada
vez que cruzaba un umbral, denotaba su confianza en todas las comodidades de la
vida.
37
No se hallaba Pansy en el primero de los salones, una
amplia estancia de techo cóncavo y paredes tapizadas de rojo damasco antiguo;
era allí donde solía sentarse la señora Osmond -si bien no estaba allí aquella
tarde- rodeada del círculo de sus más íntimos amigos, frente al fuego del
hogar. El salón, iluminado por una claridad leve y difusa, contenía las cosas
de mayor tamaño y casi siempre estaba perfumado por una suave fragancia de
flores. Aquel día Pansy debía de hallarse en uno de los salones próximos, refugio
de los visitantes más jóvenes y donde se servía el té. Osmond se hallaba ante
la chimenea con las manos a la espalda; tenía un pie levantado, para calentarse
la suela. Agrupadas a su alrededor, media docena de personas charlaban entre
sí; pero él no atendía a la conversación; sus ojos tenían aquella expresión,
frecuente en ellos, de estar contemplando objetos más dignos de consideración
que las apariencias que se ofrecían ante su vista. Como Rosier no había sido
anunciado, no atrajo su atención; pero el joven, siempre amante de las buenas
formas, aun siendo excepcionalmente consciente de que su visita era para la
esposa y no para él, se le acercó para darle la mano. Osmond, sin cambiar de
postura, le tendió la mano izquierda. -¿Cómo le va? -dijo-. Mi mujer anda por
ahí, no sé dónde.
- No se moleste, ya la encontraré -dijo alegremente
Rosier.
Sin embargo, Osmond le retuvo, mirándole de arriba
abajo; Rosier nunca se había sentido tan eficazmente calibrado. «Madame Merle
se lo ha dicho, y no le gusta», razonó para sus adentros. Había esperado
encontrar allí a madame Merle, pero no la veía por ninguna parte; acaso
estuviese en otro salón, o llegara más tarde. Nunca le había hecho mucha gracia
Osmond, que a su juicio se daba mucho tono; pero él no era quisquilloso y, en
materia de cortesía, experimentaba la necesidad imperiosa de hacer siempre lo
correcto. Miró a su alrededor y sonrió, todo eso sin ayuda, y luego dijo:
- Hoy he visto una magnífica pieza de Capodimonte.
Osmond no contestó, pero al cabo de un momento y mientras seguía calentándose
la suela, dijo:
- Me importan un rábano las Capodimonte. -¿Cómo? No
creo que hayan dejado ya de interesarle. -¿Qué, las fuentes y los cacharros?
Sí, han dejado ya de interesarme. Rosier olvidó por un instante lo delicado de
su posición. -¿No estará pensando en desprenderse de algunas cositas?
-preguntó.
- No, no pienso desprenderme absolutamente de nada,
señor Rosier-dijo Osmond con los ojos aún fijos en los de su visitante.
- Ah, vamos; quiere conservar, pero no añadir
-comentó Rosier con animación.
- Exacto. No tengo nada que quiera emparejar.
El pobre Rosier notó que se ponía colorado y se
avergonzó de su falta de aplomo. -¡Ah!, yo sí -fue todo lo que pudo murmurar; y
supo que al alejarse se perdía parte de su murmullo.
Se dirigió al salón contiguo y en el profundo umbral
se topó con la señora Osmond, que salía. Iba vestida de terciopelo negro y en
aquel momento era una mujer imponente y espléndida, tal como él había dicho, y
sin embargo, ¡tan radiante de dulzura! Ya sabemos lo que de ella pensaba el
señor Rosier y en qué términos había expresado su admiración al hablar con
madame Merle. Al igual que su apreciación de la pequeña hijastra de Isabel, la
admiración de Rosier estaba en parte basada en su buen ojo para el aspecto
decorativo, en su instinto de lo auténtico; pero también en una fina intuición
para los valores no catalogados y para el secreto del «lustre» que se mantiene
a salvo de pérdidas o nuevos descubrimientos y que su afición a los géneros
quebradizos no le impedía reconocer. En aquel momento la señora Osmond habría
podido gratificar ampliamente aquella clase de gustos. Los años sólo la habían
rozado para enriquecerla, pues la flor de su juventud no se había deslucido,
tan sólo se erguía más serena en el erecto tallo. Había perdido algo de aquella
pronta vehemencia que su marido había criticado privadamente, y ahora tenía más
el aspecto de poder esperar. En cualquier caso, ahora, enmarcada por el dorado
quicio, le pareció a nuestro joven la imagen de una distinguida dama.
- Ya ve usted que soy asiduo. Pero si yo no lo fuera,
¿quién lo iba a ser?
- Cierto, a usted le conozco desde hace más tiempo
que a ninguno de los presentes. Pero no es cosa de abandonarnos ahora a los
recuerdos. Quiero presentarle a una señorita. -¿A qué señorita, por favor?
-Rosier era inmensamente complaciente, pero no era a eso a lo que había venido.
- A la que va vestida de rosa, y que se encuentra
sentada cerca del fuego, que no tiene con quién hablar.
Rosier dudó un momento. -¿Cómo que no tiene? ¿No
puede hablar con ella el señor Osmond? La tiene a menos de seis pies.
La señora Osmond titubeó a su vez.
- Es que no es muy animada y a él no le gusta la
gente sosa.
- Pero ¿para mí sí está bien? ¡Vaya! Eso es duro de
aceptar.
- Lo que quiero decir es que a usted le sobran temas
de conversación… y es además tan amable.
- También lo es su marido.
- No, no conmigo. -La señora Osmond, sonrió
vagamente.
- Por consiguiente, debería serlo el doble con otras
mujeres.
- Eso es lo que yo le digo -replicó ella, aún
sonriendo.
- Es que yo querría tomar un poco de té -contestó
Rosier mirando hacia dentro con cierta añoranza.
- Perfecto. Vaya a ofrecerle una taza a mi joven
amiga.
- Lo haré, pero después la abandonaré a su suerte. La
verdad monda y lironda es que me estoy muriendo por charlar un poquito con la
señorita Osmond. -¡Ah!, en eso no puedo ayudarle -dijo Isabel al tiempo que se
alejaba.
Cinco minutos más tarde, mientras Rosier servía una
taza de té a la damisela vestida de rosa, a la que había conducido al otro
salón, éste se preguntaba si al hacerle a la señora Osmond la confesión que
acabo de citar no habría quebrantado el espíritu de la promesa que antes
hiciera a madame Merle. Una cuestión de esta índole podía ocupar la mente de
nuestro joven durante largo rato. Sin embargo, acabó decidiéndose -hablando en
términos relativos- por la osadía: le importaba poco las promesas que pudiera
romper. La suerte a la que había amenazado con abandonar a la damisela de rosa
resultó no ser tan terrible, pues Pansy Osmond, que le había dado el té para su
acompañante -Pansy seguía con la misma afición a preparar el té-, se le había
acercado y estaba charlando con ella. Edward Rosier no tomó gran parte en aquel
coloquio y se limitó a permanecer sentado mirando pensativo a su amada. Si
nosotros la miramos ahora a través de los ojos del joven Rosier, al pronto no
veremos mucho que nos recuerde a la sumisa jovencita a quien tres años antes se
enviaba a pasear en la Cascine de Florencia mientras su padre y la señorita
Isabel Archer hablaban de temas reservados a las personas mayores. Sin embargo,
al cabo de un momento advertiremos que si a los diecinueve años Pansy era toda
una señorita, no cumplía en verdad su cometido; que, si bien había embellecido
mucho, carecía deplorablemente de esa cualidad que en la apariencia de las
mujeres se conoce y estima con el nombre de estilo; y que, si bien vestía con
mucha gracia, lucía sus galas con no disimulado cuidado, como si se las
hubieran prestado para aquella oportunidad. Se diría que Edward Rosier era el
hombre más indicado para notar tales defectos; y de hecho no había en aquella
joven cualidad alguna que él no hubiese observado. Pero a esas cualidades les
ponía Rosier nombres de su cosecha, algunos realmente acertados. Así, solía
decirse: «No cabe duda, es única… absolutamente única» y podríamos estar
seguros de que ni por un instante habría admitido que ella carecía de estilo.
¿Estilo? Si ella tenía el estilo de una princesa, y el que no lo viera no tenía
ojos en la cara. No era un estilo moderno ni consciente, seguro que no
produciría impresión en Broadway.
Lo único que parecía aquella seria y linda damisela,
con su vestidito almidonado, era una infanta de Velázquez. Y eso satisfacía el
gusto de Rosier, que la encontraba deliciosamente anticuada. Sus ojos
anhelantes, sus labios encantadores, su figura delgadita eran tan conmovedores
como una plegaria infantil. Rosier sentía la comezón irresistible de averiguar
hasta qué punto él le gustaba, una comezón que le hacía removerse en su
asiento.
Se sofocaba, y tuvo que enjugarse la frente con el
pañuelo; nunca se había sentido tan incómodo. Pansy era una perfecta jeune
filie, y a una jeune filie no se le podía plantear la pregunta indispensable
para arrojar luz sobre tal punto. Rosier había soñado siempre con la perfecta
jeune falle… pero una jeune filie que no fuese francesa, porque pensaba él que
si fuera de tal nacionalidad podrían complicarse las cosas. Estaba seguro de
que Pansy no había hojeado nunca un periódico, y de que, en lo referente a novelas,
todo lo más habría leído a sir Walter Scott. ¿Qué podía haber en el mundo mejor
que una jeune falle americana? Sería franca y alegre, pero no saldría a pasear
sola, ni recibiría cartas de los hombres, ni la llevarían al teatro a ver
comedias de costumbres. Rosier no podía negar que, tal como estaban las cosas,
sería una afrenta a la hospitalidad el apelar directamente a aquella inocente
criatura; pero ahora corría el peligro inminente de preguntarse si la
hospitalidad era la cosa más sagrada del mundo. ¿Por ventura no era
infinitamente más importante el sentimiento que le inspiraba la señorita
Osmond? Para él sí, desde luego… pero tal vez no para el dueño de la casa. Le
quedaba un consuelo: aun en el caso de que ese caballero hubiese sido alertado
por madame Merle, seguramente él no le habría dicho nada a Pansy, pues no
formaría parte de su táctica el hacerle saber que un joven atractivo estaba
enamorado de ella. Sin embargo, era cierto que el joven atractivo estaba
enamorado de ella, y todas aquellas restricciones circunstanciales habían
acabado por irritarle. ¿Qué es lo que había pretendido Gilbert Osmond al
tenderle sólo dos dedos de la mano izquierda? Si Osmond se mostraba grosero,
bien podía él mostrarse audaz. Y se sintió tremendamente audaz cuando la
aburrida joven, tan inútilmente vestida de color de rosa respondió a la llamada
de su madre que entró para decir, con una tonta sonrisa significativa hacia
Rosier, que iba a conducirla a nuevos triunfos. Madre e hija partieron juntas,
y ahora sólo dependía de él quedarse a solas con Pansy.
Hasta entonces nunca había estado a solas con ella ni
con ninguna otra jeune falle. Era por tanto un gran momento y el pobre Rosier
comenzó a enjugarse de nuevo la frente con su pañuelo. Había otro salón más
allá de aquel que ahora ocupaban, un salón cito que había sido abierto e
iluminado pero que, como la concurrencia no era muy numerosa, permanecía vacío.
Estaba tapizado de color amarillo pálido y lo alumbraban varias lámparas. Visto
a través de la puerta, semejaba el mismísimo templo para el amor autorizado.
Rosier atisbo un instante por aquella abertura; temió que Pansy se escapara, y
casi se sentía capaz de extender el brazo para retenerla. Pero ella se demoraba
allí donde la otra muchacha la había dejado, sin hacer ademán de reunirse con
el grupo de visitantes que se hallaba en el extremo opuesto del salón. Durante
unos instantes, a Rosier se le ocurrió que estaba asustada, tal vez tan
asustada que no se atrevía a moverse, pero una segunda ojeada le convenció de
que no, y se dijo que era de masiado inocente para estarlo. Tras un momento de
suprema vacilación, Rosier le preguntó a la muchacha si le permitía ir a ver el
salón amarillo, que parecía tan atrayente como virginal.
En realidad, ya había estado en él con Osmond para
examinar el mobiliario, que era del Primer Imperio francés, y sobre todo para
admirar el reloj (que a decir verdad él no admiró), una inmensa y clásica obra
de arte de esa época. Por ello ahora Rosier tuvo el convencimiento de que
estaba empezando a maniobrar.
- Puede usted ir, no faltaba más -dijo Pansy-, y si
quiere, yo se lo mostraré. No estaba nada asustada.
- Es lo que estaba deseando que me dijera; es usted
muy amable -murmuró Rosier. Entraron juntos en aquel otro salón, que a Rosier
se le antojó feísimo y muy frío. Lo mismo pareció sentir Pansy, que comentó:
- No es para las tardes de invierno, sino más bien
para el verano. Todo está según el gusto de papá, que tiene mucho.
Rosier pensó que tendría mucho, pero en parte muy
malo. Miró en derredor; no sabía qué decir en semejante situación. -¿La señora
Osmond no se interesa por la decoración de sus salones? -preguntó-. ¿Es que no
tiene gusto? -¡Oh, ya lo creo! ¡Y mucho! -dijo Pansy-, sobre todo para la
literatura y la conversación. Pero a papá también le interesan esas cosas; yo
creo que lo sabe todo.
Rosier se quedó un instante silencioso. -¡Hay una
cosa que estoy seguro que sabe! -exclamó-, y es que, cuando vengo aquí, con
todos los respetos hacia él y con todos los respetos hacia la señora Osmond,
que es encantadora… es, en realidad, para verla a usted. -¿Para verme a mí?
-dijo Pansy elevando hacia él los ojos, vagamente turbados.
- Sí, para verla a usted. Para eso nada más -repitió
Rosier sintiendo la embriaguez de una ruptura con la autoridad.
Pansy se le quedó mirando con fijeza, atenta y
francamente; no hacía falta rubor para dar mayor modestia a su expresión.
- Ya me figuraba yo que era por eso -dijo. -¿Y no le
desagradaba?
- No habría podido decirlo; no lo sabía. Usted no me
dijo nunca nada.
- Porque tenía miedo de ofenderla.
- Usted no me ofende -murmuró la jovencita sonriendo
como si un ángel acabase de besarla.
- Entonces, ¿le gusto a usted, Pansy? -preguntó
Rosier dulcemente, sintiendo una gran dicha en su interior.
- Sí, me gusta.
Se habían acercado hasta la chimenea, donde estaba
posado el frío y enorme reloj estilo Imperio. Se hallaban en el fondo del
salón, ocultos a la observación desde fuera. El tono en que ella había
pronunciado esas tres palabras le pareció a Rosier el propio hálito de la
naturaleza, y su reacción no pudo ser otra que tomarle la mano y retenerla un
momento. Después se la llevó a los labios. Ella accedió con su sonrisa pura y
confiada, en la que había algo inefablemente pasivo. El le gustaba, le había
gustado siempre; ¡ahora podría suceder cualquier cosa! Pansy estaba pronta -lo
había estado siempre-, en espera de que él hablase. Si él no hubiese hablado,
habría esperado eternamente; pero cuando oyó pronunciar la palabra, cayó como
cae del árbol la fruta madura. Rosier pensó que si la atrajera hacía sí y la
estrechara contra su corazón, ella se sometería sin un murmullo, reposaría allí
sin preguntar nada. Cierto que eso constituiría un experimento temerario en un
salottino Imperio de color amarillo. Pansy había sabido que él venía sólo por
verla y, no obstante, se había portado como una verdadera damita.
- Me es usted muy querida -murmuró él, procurando
creer que, después de todo, existía una cosa llamada hospitalidad.
Ella se miró un instante la mano que él acababa de
besarle y preguntó: -¿Dice usted que papá lo sabe?
- Usted misma me ha dicho que lo sabe todo. -Pero
debería usted asegurarse -dijo Pansy. -¡Ah, querida mía, mientras yo esté
seguro de usted! -le murmuró Rosier al oído, con lo que ella se encaminó a los
otros salones con aire decidido que dejaba suponer que la consulta debía ser
inmediata.
Entretanto, en las restantes estancias se había
tomado conciencia de la llegada de madame Merle, que dondequiera que fuese
producía sensación al entrar. Ni el más atento espectador habría sabido decir
cómo lo conseguía, porque ni hablaba en voz alta, ni reía con algazara, ni se
movía con excesiva soltura, ni vestía con esplendor, ni apelaba al auditorio de
una manera especial. Fuerte, rubia, sonriente, serena, había algo de su propio
reposo que se esparcía a su alrededor, y, cuando los demás volvían la cabeza
para mirar, era porque se había producido un súbito silencio. En esta
oportunidad había actuado del modo más discreto que le era posible: después de
besar a la señora Osmond, que fue lo más llamativo, se sentó en un pequeño sofá
a charlar con el dueño de la casa. Hubo entre ellos un breve intercambio de
tópicos -siempre rendían, en público, cierto tributo formal al tópico- y luego
madame Merle, que había dejado errar la mirada, preguntó si el señor Rosier
había ido aquella tarde.
- Llegó hace cosa de una hora, pero ha desaparecido
-dijo Osmond.
- Y Pansy, ¿dónde está?
- En el salón de al lado. Hay allí otras personas.
- Puede que él esté entre ellas -sugirió madame
Merle. -¿Quiere usted verle? -preguntó Osmond con un tono provocativamente
falto de interés. tonos.
Madame Merle le miró un momento; conocía
perfectamente toda la gama de sus -Sí -respondió Quisiera decirle que le he
dicho a usted lo que él quiere y que usted no siente el menor interés por el
asunto.
- No se lo diga. Trataría de interesarme, que es
precisamente lo que yo no quiero. Dígale que detesto su propuesta.
- Pero no es verdad, no la detesta usted.
- Para el caso es lo mismo; no me gusta. Yo mismo se
lo he dado a entender esta tarde. Me mostré grosero con él adrede. Esta clase
de cosas son un fastidio. No hay ninguna prisa.
- Entonces le diré que usted quiere tomarse un tiempo
para pensarlo:
- No, por favor, no lo haga. Insistirá.
- También lo hará si lo desanimo.
- Sí, pero en uno de los casos tratará de hablar y
dar explicaciones… lo que resultaría enormemente enojoso; en el otro caso, lo
más probable es que se calle y busque una estrategia mejor. Lo cual me dejaría
tranquilo. Me molesta hablar con un asno. -¿Así califica al pobre señor Rosier?
-¡Oh! No hay quien le aguante con su eterna porcelana. Madame Merle bajó los
ojos y sonrió imperceptiblemente.
- Es todo un caballero, de muy buen carácter y,
además, tiene una renta de cuarenta mil francos.
- Es un pelmazo… un pelmazo educado -la atajó
Osmond-. No es lo que yo he soñado para Pansy.
- Está bien. Él me ha prometido que no le diría nada
a Pansy. -¿Y usted le cree? -preguntó Osmond como distraído.
- Claro que le creo. Pansy piensa mucho en él, pero
supongo que usted no concederá a eso mucha importancia.
- No le concedo absolutamente ninguna. Ni creo que
ella piense mucho en él.
- Esa opinión resulta más cómoda -contestó
tranquilamente madame Merle. -¿Le ha dicho ella que está enamorada de él? -¿Por
quién la toma usted? -Y al instante añadió-: ¿Y por quién me toma a mí?
Osmond había levantado el pie y apoyado el fino
tobillo en la rodilla de la otra pierna.
Se agarró familiarmente el tobillo -con el índice y
el pulgar podía abarcarlo con facilidad- y permaneció un rato mirando al
frente.
- Estas cosas no me toman desprevenido. Para esto
precisamente la he educado. Todo, absolutamente, fue para que, cuando se
presentara el caso, ella hiciese lo que yo prefiero.
- Y yo no temo que deje de hacerlo.
- Entonces, ¿dónde está el problema?
- No veo ninguno. De todos modos, le recomiendo que
no ponga en fuga al señor Rosier. Consérvelo a mano, pudiera ser útil.
- Yo no puedo conservarlo. Consérvelo usted.
- Está bien. Le pondré en un rincón y le daré su
ración cada día.
Mientras hablaban, madame Merle había estado casi
todo el tiempo mirando en derredor suyo. Era ésa su costumbre en semejantes
situaciones, como era su costumbre interponer frecuentes pausas vacías de
expresión. Una de éstas, prolongada, siguió a las últimas palabras que acabo de
mencionar. Antes de ponerle fin vio a Pansy salir del salón contiguo seguida
por Rosier. La muchacha dio unos pasos y se detuvo, mirando a su padre y a
madame Merle.
- Rosier ya le ha hablado -prosiguió madame Merle
dirigiéndose a Osmond. Su compañero ni siquiera volvió la cabeza.
- Para que se fíe usted de promesas. Merecería que lo
azotaran.
- El pobrecillo quiere confesarse.
Osmond se levantó; había dirigido a su hija una
mirada penetrante.
- No importa -murmuró alejándose.
Al cabo de un momento, Pansy se dirigió a madame
Merle con sus aprendidos modales de cortesía exenta de familiaridad. La
recepción que la otra dama le dispensó no fue más íntima. Se limitó a dirigirle
una amable sonrisa, al tiempo que se levantaba del sofá.
- Llega usted muy tarde -dijo suavemente la joven.
- Hijita mía, no llego nunca más tarde de lo que me
propongo.
Madame Merle no se había levantado en atención a
Pansy; se adelantó hacía Rosier.
Él se acercó a saludarla y susurró con presteza, como
para quitarse un peso del alma:
- Ya le he hablado.
- Lo sé, señor Rosier. -¿Se lo ha dicho ella?
- Acaba de decírmelo. Compórtese convenientemente
durante el resto de la visita y vaya a verme mañana a las cinco y cuarto.
-Habló en tono severo, y en su manera de volverle la espalda había un grado de
desprecio que le hizo farfullar una imprecación decorosa.
Rosier no tenía la menor intención de hablar con
Osmond; no era la ocasión ni el lugar propicios. Pero instintivamente se
dirigió hacia Isabel, que estaba conversando con una señora de edad. Él se
sentó al otro lado y, como la vieja dama era italiana, dio por sentado que no
entendería el inglés.
- Hace poco ha dicho usted que no me prestaría su
ayuda -le comentó a Isabel-. Tal vez cambie usted de idea cuando sepa… cuando
sepa… -¿Cuándo sepa qué? -preguntó Isabel saliendo al paso de su indecisión.
- Que todo va bien con respecto a su hijastra.
- ¿Qué quiere usted decir con eso?
- Pues… que hemos llegado a un entendimiento.
- Entonces todo va mal dijo Isabel-. No puede ser.
El pobre Rosier se la quedó mirando medio implorante
y medio colérico, y el súbito rubor que le cubrió el rostro puso de manifiesto
que se había sentido herido.
- Nunca se me ha tratado de manera semejante -dijo-
¿Qué es, después de todo, lo que tienen contra mí? No es ésta la consideración
que se me suele dar. Yo podía haberme casado ya veinte veces si hubiera
querido.
- Es una lástima que no lo haya hecho. No veinte
veces sino una, y felizmente -dijo Isabel sonriendo amablemente-. No es usted
bastante rico para Pansy.
- A ella no le importa el dinero.
- Pero a su padre sí le importa. -¡Ah, eso sí! ¡Bien
lo ha demostrado! -exclamó el joven Rosier.
Isabel se levantó y se alejó de él dejando, sin más
cumplidos, a la vieja señora con quien estaba departiendo. Durante los diez
minutos siguientes Rosier fingió contemplar la colección de miniaturas de
Gilbert Osmond, que estaban cuidadosamente colocadas en sus estuches de
terciopelo. Pero miraba sin ver. Tenía las mejillas encendidas, la sensación de
ofensa le quemaba el pecho. Era cierto que nunca le habían tratado de aquel
modo, y no estaba acostumbrado a que nadie le dijera que no valía lo bastante.
Él sabía bien cuánto valía y, si semejante falacia no hubiera sido tan
perjudicial para él, se habría echado a reír de buena gana. Buscó con la vista
a Pansy, pero había desaparecido; ahora su mayor deseo era marcharse de la
casa. Antes volvió a hablar a Isabel. No le resultaba agradable pensar que él
acababa de decirle una cosa descortés… lo único que podría justificar que
tuviera mala opinión de él.
- Hace un momento me he referido al señor Osmond de
un modo equivocado. Pero supongo tendrá usted en cuenta mi situación.
- No recuerdo ya lo que ha dicho -repuso ella
fríamente.
- Ah, comprendo que está usted ofendida; ahora nunca
me ayudará.
Isabel guardó silencio un instante y luego, cambiando
de tono, exclamó casi con pasión:
- No es que no quiera. Es sencillamente que no puedo.
- Si usted pudiese, por poco que fuera, yo no
volvería a hablar de su esposo más que para decir que es un ángel.
- El incentivo es grande -contestó Isabel con voz
grave,.., inescrutable, como él más tarde se diría, para sí; y le lanzó a los
ojos una mirada que también era inescrutable, que le hizo recordar que la había
conocido en la infancia; pero era demasiado penetrante para su gusto, y Rosier
optó por marcharse.
38
Al día siguiente fue a ver a madame Merle, y ella,
para su sorpresa, estuvo bastante suave, pero le hizo prometer que no daría un
paso más en tanto no hubiera algo decidido. El señor Osmond se había forjado
grandes expectativas. Sin embargo, no teniendo él intención de dar una dote a
su hija, tales expectativas se prestaban a la crítica, o incluso le ponían en
ridículo. Pero ella le aconsejó al señor Rosier que no adoptase ese tono, pues
si sabía tener paciencia, sin duda alcanzaría la felicidad anhelada. El señor
Osmond no se mostraba favorable a su propósito, pero no sería un milagro que
poco a poco cambiara de parecer.
Pansy no se atrevería jamás a desafiar a su padre, de
eso podía estar seguro, de suerte que nada se ganaría con la precipitación. El
señor Osmond tenía que acostumbrarse a considerar un tipo de oferta con el que
hasta entonces no había contado, y el resultado se produciría por sí solo, por
lo que era completamente inútil tratar de forzarlo. Rosier hizo notar que
entre- tanto su situación iba a ser de lo más violenta, y madame Merle le
aseguró que lo sentía por él. Pero, como declaró con acierto, no se podía tener
todo lo que se deseaba; lección que ella sabía de corrido por experiencia
propia. Por lo tanto, sería de todo punto inútil escribirle a Gilbert Osmond,
el cual le había encomendado que se lo dijese. Era su deseo que no se tratara
del asunto durante unas semanas, y él mismo escribiría al señor Rosier cuando
tuviera algo agradable que comunicarle.
- No le ha gustado que usted hablara con Pansy; ¡no
le ha gustado absolutamente nada! -dijo madame Merle.
- Estoy dispuesto a facilitarle la ocasión para que
me lo diga.
- Si lo hace, le dirá más cosas de las que le
agradaría oír. Procure ir lo menos posible por la casa durante el ames próximo
y deje el asunto en mis manos. -¿Lo menos posible? ¿Quién va a medir la
posibilidad?
- Yo, con su permiso. Vaya usted los jueves por la
tarde, cuando todo el mundo, pero no a otras horas, y no se preocupe demasiado
de Pansy. Yo me encargaré de que ella lo comprenda; por fortuna tiene un
carácter tranquilo y sabrá tomar las cosas con calina.
Edward Rosier se preocupó mucho de Pansy, pero hizo
lo que le habían aconsejado y no volvió al Palazzo Roccanera hasta el siguiente
jueves por la tarde. Como a la hora (le comer había habido varios invitados, la
concurrencia era todavía bastante numerosa. Copio de costumbre, Osmond estaba
en el primer salón, cerca del fuego y mirando hacia la puerta; de suerte que,
para no mostrarse deliberadamente descortés, Rosier no tuvo más remedio que
acercarse a él y hablarle.
- Celebro que sea capaz de recoger una indirecta
-dijo el padre (le Pansy entrecerrando los acerados y perspicaces ojos.
- No recojo indirectas. Lo que recogí fue un mensaje,
o algo que interpreté como tal. -¿Que recogió usted un mensaje? ¿Dónde lo
recogió?
Le pareció a Rosier que aquello era un insulto y
meditó hasta qué punto debía aguantar un enamorado fiel. Y contestó:
- Madame Merle me dio -o así lo interpreté- un
mensaje de usted en el sentido de que usted declinaba darme la oportunidad que
deseo, la ocasión de explicar-' le mis intenciones.
Y se hizo la ilusión de haber hablado con bastante
severidad.
- No entiendo qué tiene que ver madame Merle en este
asunto. ¿Por qué se dirigió usted a ella?
- Lo hice tan sólo para pedirle su opinión, y nada
más. Y, si lo hice, fue porque me pareció que le conoce a usted muy bien.
- Mucho menos de lo que ella se cree -dijo Osmond.
- Lo siento, porque me ha dado algún motivo de
esperanza. Osmond contempló fijamente el fuego.
- Yo valoro en mucho a mi hija.
- No la valorará más que yo. ¿No se lo demuestro
queriendo casarme con ella?
- Yo quiero casarla muy bien -replicó Osmond con una
seca impertinencia que, en otra tesitura, sin duda habría admirado al pobre
Rosier.
- Yo pretendo, desde luego, que al casarse conmigo
ella se casaría muy bien. No podría casarse con un hombre que la amase más, ni
a quien… me atrevería a decir, ella amase más.
- Yo no tengo por qué aceptar sus teorías acerca de a
quién mi hija pueda amar-dijo Osmond con una sonrisa breve y fría.
- No se trata de teorías. Su hija ha hablado.
- Conmigo, no -continuó Osmond, inclinándose un tanto
hacia adelante y mirándose las puntas de las botas. -¡Tengo su promesa, señor!
-exclamó Rosier con la acritud de la exasperación.
Como hasta entonces habían hablado en voz muy queda,
la exclamación de Rosier despertó cierta atención entre la concurrencia. Osmond
esperó, a que se desvaneciera aquel movimiento de curiosidad y luego dijo:
- Me parece que ella ya no recuerda haber hecho
promesa alguna.
Ambos estaban de pie y de cara al fuego, pero
pronunciadas estas palabras, el dueño de la casa se volvió nuevamente hacia el
salón.
Antes de que Rosier tuviese tiempo de replicarle,
observó que un caballero, un desconocido, acababa de entrar sin ser anunciado,
según la costumbre romana, y venía a presentarse a su anfitrión. Este sonrió
suavemente, pero un poco perdido. El visitante, de hermosas facciones y una
barba rubia y poblada, era evidentemente un inglés.
- Al parecer, no me reconoce usted -dijo con una
sonrisa que expresaba mucho más que la de Osmond. -¡Ah, sí! Ahora caigo. Lo que
menos me esperaba era verle por aquí; por eso no le reconocí.
Rosier se apartó y fue directamente en busca de
Pansy. Como de costumbre, la buscó en el salón contiguo, pero de nuevo volvió a
tropezarse en su camino con la señora Osmond. No la saludó siquiera, pues
estaba tan indignado que sólo atinó a decirle bruscamente:
- Su marido tiene una sangre fría increíble.
Ella le dirigió la misma sonrisa mística que ya
advirtiera él antes.
- No esperará que todos sean tan ardientes como
usted.
- Yo no presumo de frío, pero estoy sereno. ¿Qué le
ha hecho él a su hija?
- No tengo la menor idea. -¿Es que no le interesa
saberlo? -preguntó Rosier dándose cuenta de que también ella empezaba a
irritarle.
Isabel de momento no le contestó; luego exclamó:
-¡No! -Pero en su mirada asomaba un brillo que contradecía de plano esa
palabra.
- Perdóneme si no me lo creo. ¿Dónde está Pansy?
- En el fondo, preparando el té. Por favor, déjela
donde está.
Rosier descubrió en el acto a su amiga, que los
corrillos interpuestos le habían ocultado. La contempló un momento, pero ella
estaba completamente absorta en su tarea.
- Pero, ¿qué es lo que le ha hecho ese hombre?
-volvió a preguntar en tono implorante. Acaba de decirme que ella ha renunciado
a mí.
- No es cierto, no ha renunciado a usted -dijo Isabel
en voz baja y sin mirarle de frente. -¡Ah! Gracias por decírmelo. Ahora la
dejaré tranquila todo el tiempo que usted quiera.
Apenas acababa de hablar cuando vio que Isabel
cambiaba de color y reparó en que Osmond venía hacia ella acompañado por el
caballero recién llegado. Y le pareció que este último, a pesar de su admirable
prestancia y su clara desenvoltura social, estaba un poco azorado.
- Isabel -dijo el marido-, te traigo a un viejo
amigo. A pesar de su sonrisa, la expresión de la señora Osmond no parecía más
tranquila que la de su antiguo amigo.
- Me alegro mucho de ver a lord Warburton -dijo.
Rosier se apartó y, ahora que su conversación con
ella había sido interrumpida, se consideró relevado de la pequeña promesa que
acababa de hacer. Además, se le antojó que la señora Osmond no iba a fijarse en
lo que él hiciera.
Para ser justos con él diremos que, en efecto,
durante un rato Isabel dejó de observarle. Se había sobresaltado, y no sabía a
ciencia cierta si sentía placer o dolor. En cambio lord Warburton, ahora que se
veía frente a ella, estaba muy seguro de la sensación que a él le producía el
encuentro, aunque sus ojos grises conservaban su hermosa y original propiedad
de reflejar con sinceridad todo reconocimiento y toda declaración. Estaba mas
«lle- no» que antaño y parecía más viejo, pero ahí se encontraba, todo él
solidez, todo él cordura.
- Supongo que no esperaba verme -dijo-. Acabo de
llegar, como quien dice. Esta misma tarde he arribado a Roma, y ya ve que no he
perdido tiempo en venir a presentarle mis respetos. Sabía que los jueves
recibía usted en casa.
- Ya ves que la fama de tus jueves ha llegado hasta
Inglaterra -hizo observar Osmond a su esposa.
- Es muy amable por parte de lord Warburton venir tan
pronto a vernos. Nos sentimos muy honrados -dijo Isabel.
- Bueno, siempre es mejor que quedarse en una de esas
horribles hosterías -comentó Osmond.
- El hotel parece muy bueno. Creo que es el mismo
donde lo vi a usted hace cuatro años. Recordará que nos conocimos aquí en Roma,
¡cuánto hace ya de eso! ¿Se acuerda de dónde me despedí de usted? -preguntó su
señoría a su anfitriona-. Fue en el Capitol, en el pri- mer salón.
- También yo me acuerdo -dijo Osmond-. Yo andaba por
allí.
- En efecto, lo recuerdo. Sentí muchísimo marcharme
de Roma entonces… tanto que, no sé por qué, guardo un recuerdo casi triste y
hasta ahora no he tenido ganas de volver. -Y, dirigiéndose a Isabel, continuó-:
Sabía que vivía usted aquí y le aseguro que la he recordado muchas veces. Debe
de ser muy agradable vivir aquí-agregó con una ojeada circular a aquel hogar de
ella, una mirada en la que ella podía haber vislumbrado al pálido fantasma de
su antigua tristeza.
- Nos habría alegrado verle en cualquier momento
-señaló Osmond con urbanidad.
- Muy agradecido. Desde entonces no he abandonado
Inglaterra. Hasta hace cosa de un mes creí que mis viajes se habían acabado
para siempre.
- He sabido de usted de tiempo en tiempo -dijo
Isabel, que ya, con su rara capacidad para las proezas interiores, había
calibrado lo que significaba para ella volver a verle.
- Supongo que no habrá oído nada malo. Mi vida ha
sido un paréntesis total.
- Como los buenos reinados de la historia -apuntó
Osmond. Pareció dar por terminados sus deberes de anfitrión… convencido de que
los había llevado a cabo a conciencia. No cabía nada más propio, más ajustado,
que su cortesía con el viejo amigo de su esposa. Era etique- tera, explícita,
cualquier cosa menos natural… deficiencia que el mismo lord Warburton, que por
lo general era bastante natural en sus actos, debió de haber advertido. Osmond
añadió-: Y ahora, con su permiso, le dejo a solas con la señora Osmond. Ustedes
dos tienen recuerdos en los que yo no participo. -¡Me temo que sea mucho lo que
se pierde! -le despidió lord Warburton según se alejaba, en un tono que acaso
traicionaba un exceso de agradecimiento por aquella generosidad. Luego el
visitante se volvió a Isabel y la contempló con una honda consciencia en la
mirada, que paulatinamente se hizo más seria-. Me alegro infinito de volver a
verla.
- Me complace. Es usted muy amable. -¿Sabe usted que
está un poquito cambiada? Ella dudó un instante y dijo:
- No un poquito; mucho.
- No quiero decir que para peor, por supuesto. Y, sin
embargo, ¿como le voy a decir que para mejor?
- Creo que yo no tendría escrúpulo en decirle eso a
usted.
- ¡Ah! Bueno, yo… ha pasado mucho tiempo. Sería una
lástima que no se me notara en nada.
Tomaron asiento, y ella le preguntó por sus hermanas,
junto con otras interrogaciones de rigor. El respondía a sus preguntas como si
le interesasen, y ella no tardó en ver, o creyó ver, que su señoría no iba a
presionarla con la fuerza de antaño. El tiempo había soplado sobre el fuego del
corazón de lord Warburton y, sin llegar a helarlo, le había proporcionado la
sensación reparadora de haber tomado el aire. Isabel sintió crecer de golpe su
estima acostumbrada por el Tiempo. La actitud de su amigo era sin duda la de un
hombre contento, que quisiera que los demás, al menos ella, le vieran como tal.
- Hay una cosa que quiero decirle sin más demora
-dijo el caballero-. He traído conmigo a Ralph Touchett. -¿Que lo ha traído con
usted? -La sorpresa de Isabel fue extraordinaria.
- Sí. Está en el hotel. Estaba demasiado cansado para
salir y se ha metido en la cama.
- Pues iré yo a verle inmediatamente -dijo ella.
- Eso es lo que yo esperaba que hiciese. Tenía la
idea de que desde su matrimonio le había visto usted muy poco… de que las
relaciones entre ustedes eran… algo distantes. Por eso he titubeado… como
corresponde a un torpe británico.
- Yo sigo teniéndole a Ralph el mismo cariño de
siempre -contestó Isabel-. Pero ¿por qué ha venido a Roma? -Su declaración fue
muy dulce; su pregunta, un tanto brusca.
- Pues porque-está muy enfermo, señora Osmond.
- Pero Roma no es el sitio indicado para él. Él mismo
me comunicó que había decidido abandonar su costumbre de invernar en el
extranjero y que pensaba permanecer en Inglaterra, sin salir de casa, en lo que
él llama un clima artificial.
- Al pobre no le sienta bien lo artificial. Hace tres
semanas fui a verle a Gardencourt y lo encontré muy mal. Ha ido empeorando de
año en año, y ya no le quedan fuerzas. Ya ni siquiera fuma. Es verdad que se ha
creado un clima artificial; en la casa hacía tanto calor como en la misma
Calcuta. Sin embargo, se le había metido en la cabeza irse a Sicilia. Yo no lo
creí conveniente…, ni tampoco los médicos, ni ninguno de sus amigos. Ya sabrá
usted que su madre está en América, de manera que no había nadie que le parase
los pies. Estaba empeñado en que lo único que podía salvarle era pasar el
invierno en Catania. Decía que se llevaría consigo muebles y servidumbre, todo
lo preciso para estar cómodo, pero lo cierto es que no ha traído nada de eso.
Yo quería que, por lo menos, hiciera el viaje por mar para que no se fatigara,
pero me dijo que detestaba el mar y quería detenerse en Roma. Visto lo cual, y
a pesar de que todo el asunto me parecía una insensatez, me decidí a venir con
él. De modo que estoy haciendo de… ¿cómo dicen ustedes en América?… de una
especie de moderador. El pobre Ralph está ya muy moderado. Hace dos semanas que
partimos de Inglaterra y ha estado muy enfermo durante todo el viaje. No puede
entrar en calor y, cuanto más hacia el Sur vamos yendo, más frío va sintiendo
él. Aunque le acompaña un criado bastante eficiente, temo que no tenga ya
remedio. Yo quería que se trajera a alguien competente, es decir, algún médico
joven y despierto, pero no quiso ni oír hablar del asunto. No lo tome usted a
mal, pero creo que la señora Touchett no ha podido escoger peor momento para
irse a América.
Isabel le había escuchado ávidamente; su semblante
reflejaba dolor y asombro.
- Mi tía tiene sus fechas fijas para irse, y nada es
capaz de detenerla. Cuando llega el día se pone en marcha, suceda lo que
suceda; yo creo que lo mismo habría partido aunque Ralph se estuviera muriendo.
- A veces yo también pienso que sí se está muriendo
-contestó lord Warburton. Isabel se levantó como movida por un resorte.
- Iré a verle ahora mismo.
Lord Warburton la contuvo. Estaba un poco
desconcertado por el rápido efecto de sus palabras.
- No he querido decir que fuera ésta mi impresión de
esta noche. Al contrario, hoy, en el tren, parecía hallarse mucho mejor. El
pensar que estábamos llegando a Roma -ya sabe usted cómo le gusta esta ciudad-
le daba nuevas fuerzas. Hace una hora, cuando le di las buenas noches, me dijo
que se sentía muy cansado, pero muy dichoso. Vaya usted a verle mañana por la
mañana, no pretendo más. Al separarnos, no le dije que iba a venir aquí. Luego
recordé que, según me había dicho, usted recibía los jueves, y se me ocurrió
venir y decirle a usted que está aquí, y advertirle que no espere a que él
venga a visitarla. Creo que me dijo no le había escrito a usted.
No era necesario que Isabel se declarase dispuesta a
actuar de acuerdo con la información que Warburton le daba; allí sentada,
parecía un ser alado al que se le impide echarse a volar.
- Además, yo también quería verla -añadió su
visitante con galantería.
- No comprendo el plan de Ralph. Me parece una
locura. Me tranquilizaba imaginarlo entre los muros de Gardencourt.
- El pobre estaba allí completamente solo, sin más
compañía que la de sus gruesas paredes.
- Fue usted muy bueno al ir a verle.
- Bueno, no tenía nada que hacer.
- Al contrario, oímos decir que está usted haciendo
grandes cosas. Todo el mundo habla de usted como de un gran estadista y su
nombre aparece constantemente en las columnas del Times, donde por cierto no
parece que lo quieran mucho. Por lo visto, sigue usted siendo el mismo radical
feroz.
- Yo no me siento tan feroz; ya sabe que el mundo me
va dando la razón. Durante todo el camino, desde Londres, Touchett y yo venimos
sosteniendo una especie de debate parlamentario. Yo le digo que es el último de
los tories y él me llama «el rey de los godos»… porque dice que hasta en el
último detalle de mi apariencia personal se adivina la marca de la barbarie. Ya
ve usted que todavía conserva los ánimos.
Isabel tenía muchas preguntas que hacerle acerca de
Ralph, pero se abstuvo; ya se enteraría por sí misma a la mañana siguiente. Se
daba cuenta de que, al cabo de un rato, lord Warburton se cansaría de hablar de
ese asunto; y tenía otros posibles temas de conversación. Cada vez se sentía
más capaz de decirse a sí misma que su señoría se había recobrado y… cosa aún
más importante… de decírselo sin amargura. Tiempo atrás lord Warburton había
sido para ella la imagen viviente del apremio, de la insistencia, de una fuerza
con la que era preciso luchar y razonar; y al principio su aparición la había
amenazado con nuevas complicaciones. Pero ahora se sentía completamente
tranquila, pues veía que sólo quería estar en buenas relaciones con ella, que
le daba a entender que la había ya perdonado y que nunca tendría el mal gusto
de hacer alusiones intencionadas. Por supuesto, no era aquello una forma de
vengarse; no albergaba ella la sospecha de que quisiese castigarla mostrando su
desengaño, y fue justa con él al creer que se le había ocurrido que a ella le
agradaría saber que estaba resignado. Era la resignación de un temperamento
sano y varonil, en el que las heridas sentimentales no llegarían nunca a
enconarse. La política inglesa le había curado, como ella había pensado que
ocurriría. Y pensó con envidia en la suerte de los hombres, que siempre pueden
zambullirse en las aguas curativas de la acción. Lord Warburton hablaba, como
no, del pasado, pero sin segundas; incluso llegó a aludir a su anterior
encuentro en Roma como a un episodio feliz. Y le dijo que le había interesado
mucho la noticia de su ma- trimonio y que le resultaba un gran placer conocer
al señor Osmond… ya que no podía decirse que lo hubiera conocido en aquella
otra ocasión. No había escrito a Isabel por la época de aquel pasaje de su
vida, pero no le pidió disculpas por ello. Lo único que se traslucía de su
actitud era que eran viejos amigos, amigos íntimos. Muy de amigo íntimo fue el
tono con el que le dijo de súbito, después de una breve pausa que llenó con su
sonrisa mientras miraba a su alrededor como el que se entretiene, en una
reunión provinciana, con un juego de adivinanzas…
- Bien, supongo que ahora será usted dichosa… y todo
lo que suele decirse.
Isabel respondió con una carcajada: su entonación le
había hecho tanta gracia como un acento de comedia. -¿Se imagina que, si no lo
fuera, se lo iba a decir?
- Pues no lo sé. No veo por qué no.
- Pues, sí, se lo diré. Afortunadamente, soy feliz.
- Tienen ustedes una casa espléndida.
- Cierto, es muy agradable. Pero el mérito no es mío,
sino de mi marido. -¿Quiere decir que la ha puesto él?
- Sólo él. Cuando llegamos no valía nada.
- Debe de ser un hombre de talento.
- Es un genio para las tapicerías -dijo Isabel.
- Ahora se ha puesto de moda ese tipo de cosas
-observó lord Warburton-. Pero usted tendrá su propio gusto.
- Soy capaz de disfrutar de las cosas cuando las veo
ya instaladas, pero no tengo ideas. Nunca se me ocurre proponer nada.
- O sea, que acepta lo que otros proponen.
- De muy buen grado, casi siempre.
- Me alegro de saberlo. Yo le propondré algo.
- Será muy amable por su parte. De todos modos, debo
confesar que para algunas cosas pequeñas tengo cierta iniciativa. Por ejemplo,
me gustaría presentarle a algunas de estas personas.
- No, por favor, no lo haga. Prefiero seguir aquí
sentado. A menos que quiera presentarme a esa señorita de azul; tiene una
expresión encantadora. -¿La que está hablando con ese joven rubicundo? Es la
hija de mi marido. -¡Dichoso él! ¡Qué criatura tan encantadora!
- Venga a conocerla.
- Dentro de un instante, por favor. Me gusta
contemplarla desde aquí. -Pero pronto dejó de mirarla, sus ojos volvían
constantemente a la señora Osmond-. ¿Sabe usted que me equivocaba hace un
momento al decirle que ha cambiado? -prosiguió al fin-. Después de todo, me
parece usted la misma.
- Sin embargo, a mí me parece un gran cambio estar
casada -dijo Isabel con suave jovialidad.
- A casi todo el mundo le afecta más de lo que la ha
afectado a usted. Ya ve, yo no me he decidido.
- Y no deja de sorprenderme.
- Debería usted comprenderlo, señora Osmond. Pero es
verdad que quiero casarme - añadió con mayor sencillez.
- Debería serle fácil -dijo Isabel levantándose. Pero
en el acto pensó, con pena tal vez harto visible, que ella no era la persona
más indicada para decir semejante cosa. Y, como quizás adivinó ese dolor, lord
Warburton se abstuvo de recordarle que, en su momento, ella no había
contribuido precisamente a esta facilidad.
Edward Rosier se había sentado entretanto en una
otomana junto a la mesa donde Pansy hacía el té. Al principio simuló querer
hablar de naderías y ella le preguntó quién era el caballero desconocido que
conversaba con su madrastra.
- Es un lord inglés. No sé más dije Roser.
- Puede que quiera tomar una taza de té. A los
ingleses les gusta mucho el té.
- No se preocupe de eso. Tengo algo muy importante
que decirle.
- No hable tan alto, todo el mundo le va a oír -dijo
Pansy.
- Seguro que no oirán nada si continúa usted con ese
gesto como si su única preocupación en la vida fuera que el calentador llegara
a hervir.
- Acaban de llenarlo, los criados no saben nunca su
obligación -dijo la jovencita con un hondo suspiro, como abrumada por el enorme
peso de su responsabilidad. -¿Sabe lo que me acaba de decir su padre? Que no
decía usted en serio lo que me dijo la semana pasada.
- Yo no hablo siempre en serio. ¿Qué muchacha joven
puede hacer semejante cosa? Pero con usted habló en serio.
- Él dice que usted ya me ha olvidado.
- Eso sí que no, yo no olvido tan fácilmente -dijo
Pansy mostrando sus bonitos dientes en una sonrisa fija.
- Entonces, ¿todo sigue exactamente igual? -¡Ah! No,
ni mucho menos. Papá ha estado muy severo conmigo. -¿Qué le ha hecho a usted?
- Me ha preguntado qué me había dicho usted y yo se
lo he contado todo. Me ha prohibido que me case con usted.
- Pero de eso no hay que hacer caso.
- Ah, sí. Tengo que hacerlo. No puedo desobedecer a
papá. -¿Ni siquiera por alguien que la quiere como yo, y a quien usted dice
querer?
La jovencita levantó la tapa del recipiente y atisbo
en su interior. Después dejó caer seis palabras en sus aromáticas
profundidades.
- Yo le quiero a usted igual. -¿Y eso de qué me va a
servir?
- Ah, no lo sé -dijo Pansy alzando su mirada dulce e
inocente.
- Me decepciona usted -gimió el pobre Rosier. Calló
ella un instante, y dio una taza de té al criado diciendo por lo bajo:
- Por favor, no siga hablando. -¿Con esto debo darme
por satisfecho?
- Papá ha dicho que no debo hablar con usted. -¿Y
usted me sacrifica de esa manera? ¡Vamos, esto es demasiado!
- Debe esperar un poco -dijo la joven, en voz apenas
lo bastante perceptible para que se advirtiera un temblor.
- Si me diera alguna esperanza, claro que esperaría.
Pero me quita usted la vida.
- Nunca renunciaré a usted… ¡eso no! -siguió diciendo
Pansy.
- Pero él tratará de que se case con otro.
- Yo no haré nunca semejante cosa. -¿A qué esperamos,
entonces? La joven titubeó nuevamente.
- Yo hablaré con la señora Osmond y ella nos ayudará.
-Era así como casi siempre llamaba a su madrastra.
- No nos ayudará gran cosa, porque tiene miedo.
-¿Miedo, de qué?
- De su padre, supongo.
Pansy meneó la cabecita en señal de negación.
- Ella no tiene miedo de nada. Tenemos que tener
paciencia. -¡Ah, qué palabra tan horrible! -gimió Rosier, profundamente
desconcertado.
Olvidándose de las regías de la buena sociedad,
sepultó la cabeza entre las manos y, sosteniéndola con elegante melancolía, se
quedó mirando fijamente a la alfombra. Al rato notó mucho movimiento a su
alrededor y, al alzar los ojos, vio que Pansy saludaba con una reverencia -la
pequeña reverencia aprendida en el convento- al lord inglés a quien su
madrastra la estaba presentando.
39
Al lector reflexivo no le sorprenderá demasiado el
hecho de que Ralph Touchett hubiese visto mucho menos a su prima después de su
boda de lo que solía verla antes de tal acontecimiento… acontecimiento que a
sus ojos revestía un carácter que difícilmente confirmaba la intimidad entre
ellos dos. Como ya sabemos, había formulado su pensamiento y luego había
callado, toda vez que ella no le había invitado a reanudar una discusión que
había marcado un hito en sus relaciones. Esa discusión había instaurado una diferencia
- diferencia que él temía más que esperaba-. No había enfriado el celo de la
joven por llevar adelante su compromiso, y sí había estado a punto de echar a
pique una gran amistad. Jamás se volvió a aludir entre ellos a lo que Ralph
opinaba acerca de Gilbert Osmond, de modo que, rodeando ese tema de un silencio
sagrado, lograron ambos conservar una apariencia de recíproca franqueza. Pero
había una diferencia, como Ralph acostumbraba a decirse en sus soliloquios…
había una diferencia. Y era que ella no le había perdonado, que no le
perdonaría jamás… y eso era todo lo que él había ganado. Isabel creía haberle
perdonado, creía no dar importancia al asunto, y se sentía a la vez generosa y
ufana de que tales convicciones repre- sentaran una cierta realidad. Pero, aun
en el caso de que el tiempo llegara a darle la razón a Ralph Touchett, lo
cierto era que él la había agraviado, y ese agravio era de los que las mujeres
olvidan rara vez. En su calidad de esposa de Osmond ella no podía volver a ser
su amiga. Si en esa condición llegaba a gozar de la dicha que esperaba,
entonces no experimentaría sino desprecio por el hombre que de antemano había
querido socavar seme- jante dicha; y, si, por el contrarío, la advertencia de
Ralph resultaba justificada, la promesa que ella se hiciera a sí misma de que
él jamás lo sabría sería una carga tan pesada sobre su ánimo que la obligaría a
odiarlo. Así de fúnebre había sido, durante el año que siguió a la boda de su
prima, la previsión del futuro que Ralph se hacía; y si sus meditaciones nos
parecen mórbidas, preciso es recordar que su salud no era floreciente. Ralph se
consoló como Dios le dio a entender, y obrando (como se lo había propuesto) con
hidalguía, estuvo presente en la ceremonia que unió a Isabel en matrimonio con
Osmond, la cual tuvo lugar en Florencia durante el mes de junio. Su madre le
había dicho que Isabel pensó en un principio celebrar la boda en su país natal,
pero, como lo que más le interesaba era la sencillez del acto, acabó por
resolver, a pesar de las declaraciones de Osmond de estar dispuesto a viajar
adonde hiciera falta, que lo que mejor encarnaba ese principio era casarse ante
el clérigo más próximo y en el tiempo más breve. Así pues, la ceremonia tuvo
lugar en la pequeña capilla americana, en un día tremendamente caluroso y con
la única presencia de la señora Touchett y de su hijo, de la condesa Gemini y
Pansy. Esa sencillez de actuación que acabo de referir fue en parte resultado
de la ausencia de dos personas que habrían podido asistir al acto y lo hubieran
sin duda realzado. Madame Merle había sido invitada, pero, al no poder
abandonar Roma, escribió una deliciosa carta de excusas. Henrietta Stackpole,
en cambio, no había sido invitada, pues su partida de América, que el señor
Goodwood anunciara a Isabel, se había visto frustrada por deberes de su
profesión; pero había enviado una carta, menos gentil que la de madame Merle,
haciendo saber que, si le hubiese sido posible cruzar el océano, habría
asistido a la boda, no sólo en calidad de testigo sino también en la de
crítico. Su vuelta a Europa se produjo algo más tarde, y durante el otoño tuvo
un encuentro con Isabel en París, en cuya ocasión dio rienda suelta, acaso con
excesiva libertad, a su ingenio crítico.
El pobre Osmond, que constituía el objeto de tan
acerbas censuras, había protestado con tanta viveza que Henrietta tuvo que
comunicar a Isabel que el paso que ésta había dado era una barrera alzada entre
las dos. «No se trata de que te hayas casado, sino de que te hayas casado con
él», se creyó Henrietta en el deber de declarar; en lo cual, sin ella
sospecharlo, venía a estar de acuerdo con Ralph Touchett, aunque sin las
vacilaciones y los arrepentimientos de éste.
De todos modos, la segunda visita de Henrietta a
Europa no había sido en vano, pues en el preciso momento en que Osmond
declaraba ante Isabel que no podía por menos de poner reparos a la periodista,
y en que Isabel replicaba que era demasiado duro con ella, había entrado de
pronto en escena el bueno del señor Bantling proponiendo un viaje a España. Las
crónicas de Henrietta desde España resultarían ser las más celebradas de
cuantas publicara hasta entonces, sobre todo una, enviada desde la Alhambra de
Granada y titulada «Los moros y la luna», que en la opinión general quedó como
su obra maestra. Isabel se había llevado una secreta decepción al ver que su
marido no sabía optar por el sencillo recurso de tomarse a broma a la pobre
chica. Y llegó a preguntarse si su sentido de la diversión, o de lo divertido -
que sería su sentido del humor, ¿no?- no sería acaso deficiente. Huelga decir
que, por su parte, Isabel contemplaba la cuestión como persona en cuya actual
felicidad no podía hacer mella la conciencia ofendida de Henrietta Stackpole.
Osmond había considerado la alianza entre ellas algo
así como una terrible monstruosidad, y no le cabía en la cabeza que pudiesen
tener nada de común. A sus ojos, la compañera turística del señor Bantling era
la mujer más vulgar del mundo, y a esa calificación había añadido otra: la de
que era de costumbres muy relajadas. Isabel protestó contra la última cláusula
del veredicto con un ardor que le hizo asombrarse, una vez más, de lo extraños
que eran algunos gustos de su esposa. Isabel no tenía otra explicación del caso
que la de que le gustaba conocer a personas lo más diferentes posible de sí
misma. «Entonces ¿por qué no haces amistad con tu lavandera?», había inquirido
su marido. Isabel le contestó que temía que su lavandera no la quisiera.
Henrietta sí la quería, y mucho.
Ralph no la había visto durante los dos años
siguientes a su matrimonio. El invierno que marcó el comienzo de la residencia
de ella en Roma lo pasó él nuevamente en San Remo, donde en la primavera se
unió su madre; después marchó con él a Inglaterra, a ver qué hacían en el
banco… operación que ella no había conseguido inducirle a realizar.
Ralph había alquilado una casa en San Remo, una
pequeña villa que siguió habitando otro invierno más, pero a fines de abril de
ese segundo año fue a Roma. Era la primera vez desde la boda de Isabel que se
encontraba frente a frente con ella, y su deseo de volver a verla se había
hecho agudísimo. Isabel había seguido su costumbre de escribirle de vez en
cuando, mas sus cartas no le decían nada de lo que deseaba saber. Había
preguntado a su madre qué hacía Isabel con su vida, y su madre se limitó a
contestarle que suponía que estaba sacándole el f mejor partido posible. La
imaginación de la señora Touchett no era de las que se comunican con lo
invisible, y ahora no presumía de intimidad con su sobrina, a la que rara vez
veía. Esta joven daba la impresión de llevar una existencia harto honorable, si
bien la señora Touchett seguía opinando que ese matrimonio había sido un
desastre. Tampoco le resultaba agradable pensar en la situación de Isabel, que
consideraba lamentable. De vez en cuando, en Florencia, se topaba con la
condesa Gemini, y hacía todo lo posible por reducir al mínimo el contacto,
pero, por su parte, la condesa le recordaba a Osmond, lo que la llevaba a
pensar en Isabel. Era cierto que en los últimos tiempos se hablaba menos de la
condesa, pero eso le daba mala espina a la señora Touchett; sólo venía a
demostrar lo mucho que antes se había hablado de ella. Había sugerencias más
directas de Isabel en la persona ' de madame Merle, pero las relaciones de ésta
con Lydia Touchett habían sufrido un sensible cambio. La tía de Isabel le había
dicho, sin rodeos, que había desempeñado un papel demasiado ingenioso en el
asunto de la boda de la sobrina; y madame Merle, que jamás reñía con nadie,
pues al parecer no consideraba que nadie lo valiera, y que había realizado el
milagro de vivir varios años con la señora Touchett sin mostrar señales de
irritación… madame Merle adoptó entonces un tono muy altanero y proclamó que
aquélla era una acusación que no iba a rebajarse a rebatir. Y añadió, no
obstante (sin rebajarse), que en todo caso su comportamiento había sido
demasiado simple, puesto que se había limitado a creer lo que veía, o sea que
Isabel no mostraba impaciencia alguna por casarse ni Osmond por agradar (a
pesar de sus reiteradas visitas, que nada suponían, a no ser que el pobre se
moría de aburrimiento en lo alto de su colina y la visitaba tan sólo por
entretenerse). Isabel había guardado sus sentimientos para sí misma, pero el
viaje a Grecia y a Egipto había sido una cortina de humo para su compañera. Madame
Merle aceptó el evento… no tenía por qué parecerle escandaloso. Pero el que
ella hubiese tenido parte alguna, doble o sencilla, era una imputación que
rechazaba con orgullo. Debido sin duda a esa actitud de la señora Touchett y a
la ofensa que entrañaba para las costumbres consagradas por tantas y tan gratas
temporadas, madame Merle decidió pasar muchos meses seguidos en Inglaterra,
donde su prestigio continuaba incólume.
La señora Touchett la había ofendido, y hay cosas que
no se pueden perdonar. Sin embargo, madame Merle sufría en silencio; siempre
había algo de exquisito en su austera dignidad.
Como ya he dicho, Ralph había querido ver la verdad
por sí mismo, pero al intentarlo había vuelto a percatarse de lo necio que
había sido al poner en guardia a su prima. Había jugado la carta equivocada, y
ahora tenía perdida la partida. Ya no iba a ver ni a saber nada, pues ella
llevaría siempre una máscara para él. El acierto habría consistido en mostrarse
encantado con la boda, y así después, cuando, como Ralph decía, la cosa hiciera
agua, ella podría haberse dado el gusto de decirle que había sido un necio. De
buena gana hubiera él pasado por mentecato con tal de conocer la verdadera
situación de Isabel. Ahora, en cambio, ella no le reprochaba sus falacias, ni
tampoco presumía de haber acertado al depositar su propia confianza. Si llevaba
una máscara, era de las que cubrían por completo el rostro. La serenidad que en
su semblante se pintaba era algo fijo y mecánico; no era una expresión, se
decía Ralph, sino una representación, incluso una especie de anuncio. Isabel
había perdido a su hijo, lo cual era un motivo de dolor, un dolor del que
apenas hablaba; había más cosas que decir respecto de las que ella podía
decirle a Ralph. Además, eso pertenecía al pasado, había ocurrido seis meses
atrás, y ella se había quitado ya la ropa de luto. Al parecer, ella llevaba una
vida mundana. Ralph oyó decir que su posición social era «extraordinaria». Por
su parte, él observó que su prima producía la impresión de ser peculiarmente
digna de envidia, incluso que suponía un gran privilegio llegar a conocerla. En
efecto, su casa no se abría a todo e! mundo y tenía cada semana una tarde de
recibo a la que no invitaba así como así. Vivía Isabel con cierta
magnificencia, pero había que ser miembro de su círculo para advertirlo, pues
en la vida ordinaria del señor Osmond y de su esposa no había nada que mirar
boquiabierto, nada que criticar, nada siquiera que admirar. Ralph reconocía en
todo ello la mano del maestro, pues sabía que Isabel no tenía la facultad de
producir unas impresiones estudiadas. Le pareció que su prima mostraba una gran
afición al movimiento, a la alegría, al trasnoche, a las largas correrías a
caballo, a la fatiga; un anhelo insaciable de entretenerse, de interesarse,
incluso de aburrirse, de entablar conocimientos, de ver a gente nombrada y de
explorar los alrededores de Roma, de entrar en relación con algunas de las
reliquias más fosilizadas de su vieja so- ciedad. En todo eso había mucha menos
selección que en aquel deseo de una madurez que todo lo abarcara, aquel deseo
que tantas veces había servido para Ralph de blanco de su ingenio. En algunos
de los impulsos de Isabel había una especie de violencia, en algunos de sus
experimentos había cierta tosquedad, que a Ralph le causaron honda sorpresa; y
hasta le pareció que ella hablaba más deprisa, se movía más deprisa, incluso
comía más deprisa que antes de casarse. Era indudable que Isabel había
incurrido en exageraciones…, ella, a la que antes tanto preocupaba la verdad,
y, si en otro tiempo hallaba un verdadero deleite en la polémica bienhumorada,
en el juego del intelecto (nunca parecía tan encantadora como cuando, en el
calor de la discusión, recibía un tremendo golpe espiritual en pleno rostro,
golpe que ella se apartaba como si fuera una pluma), ahora diríase que todo le
daba igual y que no atribuía importancia ni a estar de acuerdo con los demás ni
a disentir de ellos. Si antes había sido curiosa, parecía ahora indiferente, y,
sin embargo, a pesar de su indiferencia, su actividad resultaba mayor que
nunca. Delgada siempre, aunque más seductora que antes, no presentaba un
aspecto más maduro, pero había en su arreglo personal un cuidado y un esplendor
que ponían en su belleza un toque de insolencia. Pobre Isabel, de corazón tan
humano ¿qué extraña perversidad la había picado? Se diría que su paso leve
arrastraba en pos de sí metros y metros de tela, que su inteligente cabeza
sostenía una majestuosa diadema. Aquella muchacha libre y vehemente se había
trocado en una persona muy distinta; y lo que veía él era la dama elegante que,
al parecer, representaba algo. ¿Y qué era lo que Isabel representaba?, se
preguntó Ralph, y lo único que se le ocurrió responderse fue que representaba a
Gilbert Osmond. «¡Dios santo, qué papel!», exclamó apenado. Estaba sumido en el
asombro ante el misterio insondable de las cosas.
Como acabo de decir, notaba la mano de Osmond, la
reconocía a cada paso. Veía cómo aquel hombre lo contenía todo dentro de
ciertos límites, cómo ajustaba, regulaba y animaba el modo de vivir de los dos.
Osmond se hallaba en su elemento; por fin tenía material con que trabajar.
Poseía buena vista para los efectos, y esos efectos eran siempre minuciosamente
calculados. No los producía por medios vulgares, pero el motivo solía ser tan
vulgar como grande era el arte. Rodear el interior de su casa con una especie
de aureola de odiosa santidad, atormentar a la sociedad con un sentimiento de
exclusión, hacer creer que su mansión era distinta de todas las demás, prestar
al rostro que ofrecía al mundo una fría originalidad… en eso consistía el
ingenioso esfuerzo del individuo a quien Isabel había atribuido una moral
superior. «Indudablemente ese hombre trabaja con un material superior - se
decía Ralph-; es una abundancia, una opulencia comparado con sus anteriores
recursos». Ralph era un hombre perspicaz, pero nunca lo había sido tanto, a su
propio juicio, como cuando observó, para su coleto, que, aunque aparentaba
interesarse sólo por los valores intrínsecos, Osmond vivía exclusivamente para
el mundo. Lejos de ser el dueño del mundo, como pretendía ser, era su humilde
siervo, cifrando la medida de su éxito en el grado de atención que el mundo le
concedía. Vivía atento a él de la mañana a la noche, y el mundo era tan necio
que no se daba cuenta del truco. Todo, absolutamente todo lo que hacía era pura
pose… una pose tan perfectamente estudiada que había que estar ojo avizor para
no tomarla por impulso. Ralph no se había tropezado jamás con un hombre que
viviera hasta tal punto en el país de la consideración. Sus gustos, sus
estudios, sus logros, sus colecciones, todo era intencionado. Su vida en lo
alto de la colina de Florencia había sido una actitud consciente durante años y
años. Su soledad, su aburrimiento, su amor por su hijita, sus modales corteses,
sus modales descorteses, eran otros tantos elementos de una imagen mental que
tenía siempre ante los ojos como un modelo de mistificación e impertinencia. Su
ambición no consistía en complacer, al mundo, sino a sí mismo, excitando la
curiosidad de los demás para luego negarse a satisfacerla. Siempre le había
hecho sentirse importante conseguir embaucar al mundo. Lo que en toda su vida
había hecho más directamente por darse gusto a sí mismo era casarse con la
señorita Archer, si bien en ese caso el mundo crédulo estaba encarnado por la
pobre Isabel, que se había dejado embaucar hasta el fondo.
Ralph, desde luego, se encontraba más a gusto siendo
coherente. Había abrazado un credo y, como por él había sufrido, no podía
apostatar honrosamente. Doy ese ligero esbozo de los artículos de su credo por
lo que a la sazón pudieran valer. Indudablemente era en extremo habilidoso para
adaptar los hechos a su teoría… incluso el hecho de que, durante el mes que en
aquel entonces pasó en Roma, el marido de la mujer a quien amaba parecía no
considerarle en absoluto un enemigo.
Para Gilbert Osmond, Ralph no tenía ahora
importancia. No era que tuviese la importancia de un amigo, sino que no tenía
importancia de ninguna clase. Era el primo de Isabel y estaba enfermo de un
modo más bien desagradable… ésa era la base sobre la cual Osmond le trató. Hizo
las inquisiciones de rigor, le preguntó por su salud, por la señora Touchett,
su opinión sobre los climas de invierno, si estaba cómodo en su hotel. En las
contadas ocasiones en que se vieron no le dirigió ni una sola palabra que no
fuera necesaria, pero sus modales mostraron siempre la cortesía propia del
éxito consciente ante el fracaso también consciente. Pese a todo lo cual Ralph
tuvo, ya hacia el final, ¡a aguda impresión íntima de que Osmond daba pocas
facilidades a su esposa para que siguiera recibiendo al señor Touchett. No era
que estuviese celoso… tenía esa excusa, pues nadie podía estar celoso de Ralph,
pero hacía pagar a Isabel su cariño de antaño, del que todavía quedaba tanto. Y
como Ralph no quería que Isabel pagase demasiado, una vez que su sospecha se
hizo aguda, se quitó de en medio. Con ello privó a Isabel de una ocupación
interesante, que era la de averiguar por qué admirable principio su primo se
mantenía en vida. Isabel había decidido que no era otro que el de su amor a la
conversación, que ahora era más brillante que nunca. Ralph había abandonado sus
paseos, no era el caminante divertido de antaño. Permanecía sentado todo el
santo día en un sillón… casi cualquier asiento servía, y dependía tanto de lo
que uno pudiera hacer por él que, de no haber sido su conversación altamente
contemplativa, cualquiera habría pensado que estaba ciego. El lector ya sabe
acerca de él mucho más de lo que Isabel llegaría a saber nunca, y por lo tanto
puede proporcionársele la clave de semejante misterio. Lo que mantenía en vida
a Ralph era sencillamente el hecho de que todavía no había visto bastante de la
persona que más le interesaba en el mundo; todavía no se sentía satisfecho. Aún
faltaban cosas, no podía hacerse a la idea de perdérselas. Quería ver lo que
Isabel hacía con su marido… o lo que su marido hacía con ella. Eso constituía
sólo el primer acto de la obra, y estaba decidido a quedarse hasta el final de
la representación. Su determina- ción había resistido; le había mantenido en
pie durante dieciocho meses más, hasta su regreso a Roma con lord Warburton. Le
había dado, de hecho, una apariencia tal de querer vivir indefinidamente que la
señora Touchett, aunque más proclive que nunca a toda suerte de confusiones
mentales respecto a aquel extraño, poco remunerador y poco remunerado hijo, no
había tenido escrúpulos, como ya hemos sabido, en embarcarse para tierras
lejanas. Si a Ralph le había mantenido en vida la incertidumbre, fue con muy
parecida emoción -la excitación de pensar en qué estado habría de encontrarle-
como Isabel subió a las habitaciones de su primo al día siguiente de que lord
Warburton le comunicara la llegada de éste a Roma.
Pasó una hora con él; fue la primera de varias
visitas. Gilbert Osmond fue a verle puntualmente, y el propio Ralph, como se
enviara el coche a buscarle, acudió más de una vez al Palazzo Roccanera. Al
cabo de dos semanas, Ralph anunció a su amigo lord Warburton que ya no pensaba
ir a Sicilia. Los dos habían cenado juntos después de una jornada que el último
había pasado vagando por la campiña romana. Se habían levantado de la mesa, y
lord Warburton, delante de la chimenea, estaba encendiendo un cigarro que enseguida
apartó de sus labios.
- Cómo, ¿ya no piensas ir a Sicilia? -preguntó-.
¿Adonde quieres ir, entonces?
- Me parece que no voy a ir a ninguna parte -dijo
Ralph desde el sofá sin la menor vergüenza.
- Qué piensas entonces, ¿regresar a Inglaterra?
- Oh, nada de eso, amigo mío: quedarme tranquilamente
en Roma.
- Pero no va a sentarte bien. Roma no es un sitio
bastante cálido.
- Pues tendrá que convenirme. Yo haré que me
convenga. Tú mismo puedes ver lo bien que me ha sentado.
Lord Warburton se le quedó mirando, dando chupadas al
cigarro y como si intentara comprender.
- Estás mejor que durante el viaje, es cierto.
Todavía me pregunto cómo has podido aguantarlo. Pero la verdad, yo no entiendo
de tu estado. Te recomiendo que intentes ir a Sicilia.
- No puedo intentarlo -dijo el pobre Ralph-. Ya no
puedo seguir intentando. No soy capaz de continuar. No puedo arriesgarme a
hacer ese viaje. Imagíname entre Escila y Caribdis. No quiero morir en las
llanuras sicilianas y ser arrebatado, como Proserpina en la misma localidad,
hacia las regiones oscuras del averno. -¿Para qué demonios has venido entonces?
-preguntó el ilustre lord.
- Porque me dio por ahí. Sé que no va a salir bien.
Lo mismo da que esté en un sitio o en otro. Ya he agotado todos los remedios,
he aguantado todos los climas. Ya que estoy aquí, aquí me quedo. En Sicilia no
tengo prima ninguna, y mucho menos, casada.
- Indudablemente, tu prima es un incentivo. Pero ¿qué
dice a todo eso el médico?
- No se lo he preguntado, y me importa un comino. Si
muero aquí, la señora Osmond se encargará de enterrarme. Pero estoy seguro de
que no moriré aquí.
- Así lo espero -dijo lord Warburton, que continuaba
fumando, meditabundo-. En fin - añadió-, por mi parte, estoy encantado de que
no insistas en ir a Sicilia. Me daba horror ese viaje.
- Pero a ti no te afectaba. Yo no tenía la menor
intención de arrastrarte conmigo.
- Y yo no pensaba dejarte ir solo.
- Mi querido Warburton, nunca he contado con que me
siguieras más allá de Roma - exclamó Ralph.
- Pero yo habría ido contigo y te habría dejado
instalado -dijo lord Warburton.
- Eres un buen cristiano… y un hombre bueno.
- Y luego habría vuelto aquí.
- Y después a Inglaterra.
- No, no; me habría quedado aquí.
- Entonces, si los dos estamos en lo mismo -dijo
Ralph-, ¡no sé qué pinta Sicilia!
Su compañero guardó silencio; sentado, miraba
fijamente el fuego. Levantó, al fin, los ojos y preguntó:
- Dime la verdad; cuando salimos, ¿pensabas de veras
llegar a Sicilia? -¡Ah! Vous m'en demandez trop! Antes, permíteme hacerte otra
pregunta, Al venir conmigo, ¿lo hacías del todo platónicamente?
- No sé lo que quieres decir con eso. Quería ir al
extranjero.
- Sospecho que cada uno de nosotros ha estado
haciendo su pequeño juego.
- Habla por cuenta propia. Yo no tengo por qué
ocultar que deseaba permanecer aquí una temporada.
- Cierto, ahora recuerdo que dijiste que deseabas ver
al ministro de Relaciones Exteriores.
- Lo he visto ya tres veces. Es muy divertido.
- Me parece que ya has olvidado lo que te traía aquí
-dijo Ralph.
- Tal vez -contestó con seriedad su compañero.
Estos dos caballeros, pertenecientes a una raza que
no se distingue por su falta de reserva, habían viajado juntos desde Londres
hasta Roma sin hacer la menor alusión a cosas que estaban muy presentes en el
ánimo de ambos. Había una cuestión ya vieja que alguna vez habían discutido,
pero a la que ya no prestaban tanta atención, e incluso después de su llegada a
Roma, en donde tantas otras cosas les remitían a ella, habían guardado el mismo
silencio medio receloso, medio confiado.
Después de una larga pausa, lord Warburton dijo de
pronto:
- De todos modos, mi consejo es que pidas permiso al
médico.
- Ese permiso le quitaría la gracia. Procuro
prescindir de él siempre que puedo. -¿Qué piensa de ello la señora Osmond?
-preguntó el amigo de Ralph.
- No se lo he dicho… Tal vez diga que Roma es
demasiado fría y se ofrezca a acompañarme a Catania. Es capaz de ello.
- A mí, si estuviera en tu lugar, eso me gustaría.
- Pero a su marido no le gustará.
- Me lo imagino, aunque no creo que debas preocuparte
por lo que le guste o no al marido. Eso es cosa de él.
- No quiero crear discordia entre ellos -dijo Ralph.
-¿Tanta hay ya?
- Por lo menos, todo está preparado para que la haya.
Si Isabel se fuera conmigo provocaría la explosión. A Osmond no le hace ninguna
gracia el primo de su mujer.
- Entonces es claro que armaría un alboroto. Pero ¿no
lo armará igualmente si te quedas aquí?
- Esto es lo que quiero ver. Lo armó la última vez
que estuve en Roma, y entonces consideré que era mi deber desaparecer. En
cambio, ahora pienso que mi deber es precisamente quedarme y tratar de
defenderla.
- Mi querido Touchett… ¡lo que son tus poderes
defensivos…! -empezó diciendo sonriente lord Warburton. Pero algo que vio en el
rostro de su amigo le contuvo, de modo que continuó, más en serio-: Tu deber,
en estas circunstancias, me parece una cuestión sutil.
Ralph estuvo un rato sin decir palabra.
- Es verdad que mis poderes defensivos son modestos
-respondió al fin-, pero como mi fuerza agresiva es todavía menor, es posible
que Osmond piense que no valgo siquiera lo que vale la pólvora de su pistola.
De todos modos, hay cosas que tengo curiosidad por ver.
- Es decir, que vas a sacrificar tu salud a tu
curiosidad.
- Mi salud no me interesa demasiado, y la señora
Osmond me interesa muchísimo.
- También a mí. Pero no como antaño -se apresuró a
añadir lord Warburton. Ésta era una alusión que no había tenido oportunidad de
hacer hasta aquel momento. -¿Tú crees que es muy feliz? -preguntó Ralph,
envalentonado por esa confidencia.
- No sé qué decirte. Apenas he pensado en ello. La
otra noche me dijo que era feliz.
- Naturalmente, a ti tenía que decirte eso -exclamó
Ralph sonriendo.
- No veo por qué. Me parece más bien que yo soy la
persona a quien ella podría quejarse. -¿Quejarse? Ella no se quejará nunca. Ha
hecho… lo que ha hecho… y lo sabe. Serías el último a quien ella se quejaría.
Tiene mucho cuidado con lo que hace.
- Pues no tiene por qué. No pienso volver a
cortejarla.
- Me encanta oírtelo decir. Al menos, no cabe duda de
cuál es tu obligación. -¡Ah, no! Ninguna, desde luego -dijo seriamente lord
Warburton. -¿Me permites una pregunta? ¿Es para dejar en claro que no piensas
volver a cortejarla por lo que te muestras tan amable con la jovencita?
Lord Warburton dio un respingo, se levantó y se
detuvo delante del fuego, mirándolo fijamente. -¿Te parece muy ridículo?
-¿Ridículo? En absoluto. Si de verdad te gusta la muchacha.
- Me parece una criatura deliciosa. No recuerdo a
ninguna joven de su edad que me haya gustado tanto.
- Es una muchacha encantadora. Ah, por lo menos, ella
es auténtica.
- Claro que hay que pensar en la diferencia de edad…
más de veinte años.
- Mi querido Warburton, ¿hablas en serio? -preguntó
Ralph.
- Totalmente en serio…, hasta ahora.
- Me alegro mucho -exclamó Ralph-. ¡Cielo santo!
¡Habrá que ver lo contento que va a ponerse el bueno de Osmond!
- Oye, no lo estropees -dijo su compañero frunciendo
el ceño-. No tengo la menor intención de pedir la mano de su hija para
agradarle a él.
- Pero él tendrá la perversidad de sentirse halagado
de todos modos.
- No creo, no me aprecia hasta ese punto -dijo el
aristócrata. -¿Hasta qué punto? Mi querido Warburton, lo malo de tu posición es
que no hace falta apreciarte para querer emparentar contigo. En cambio yo, en
tu caso, tendría la grata certeza de ser apreciado.
Pero lord Warburton no parecía muy inclinado a
considerar axiomas generales…, estaba pensando en un caso particular. -¿Crees
que a ella le halagará? -preguntó. -¿Te refieres a la muchacha? Le encantará,
tenlo por seguro.
- No, no; me refiero a la señora Osmond. Ralph le
miró fijamente un momento.
- Mi querido amigo, ¿qué tiene que ver ella con eso?
- Tiene muchísimo que ver. Quiere mucho a Pansy.
- Eso es cieno, es cierto -dijo Ralph poniéndose en
pie lentamente-. He ahí una cuestión interesante… hasta dónde la llevará su
cariño por Pansy. -Se detuvo con las manos en los bolsillos y el ceño fruncido.
Luego exclamó-: Supongo que, en fin… que estás muy… muy seguro… ¡Demonio!… No
sé cómo decirlo.
- Sí que sabes. Sabes decirlo todo.
- Es que… resulta embarazoso… ¿Estás seguro de que
entre los méritos de la señorita Osmond no es el principal el de estar…, eh…,
tan cerca de su madrastra? -¡Por Dios, Touchett! ¿Por quién me tomas? -exclamó
lord Warburton en tono airado.
40
Desde su matrimonio, Isabel no había visto mucho a
madame Merle, porque esta dama se ausentaba con frecuencia de Roma. Una vez
pasó seis meses seguidos en Inglaterra, y otra, gran parte del invierno en
París. Había hecho numerosas visitas a amigos distantes y daba pie a sospechar
que en el futuro sería una romana menos inveterada que en el pasado. Como hasta
ahora había sido una habitante inveterada de Roma sólo en el sentido de tener
constantemente un pisito en uno de los más soleados rincones del Pincio…,
pisito que a menudo permanecía deshabitado… ello parecía sugerir la posibilidad
de una ausencia casi constante; peligro que en cierta época Isabel se había
sentido inclinada a deplorar. La familia- ridad había ido modificando en cierto
grado su primera impresión de madame Merle, pero no la había alterado
esencialmente. Todavía le despertaba una asombrada admiración. El personaje
estaba armado por los cuatro costados. Era un placer ver un carácter tan
admirablemente pertrechado para la batalla social. Enarbolaba discretamente su
bandera, pero sus armas eran del mejor acero, y las usaba con una destreza que
a Isabel le parecía cada vez más la de un veterano. No daba nunca la impresión
de estar fatigada, ni embargada por algún disgusto; nunca parecía necesitar
descanso ni consuelo. Tenía sus ideas propias; muchas las había expuesto en
otro tiempo ante Isabel, que sabía también que, bajo la apariencia de un
extraordinario dominio de sí misma, su cultísima amiga ocultaba una exquisita
sensibilidad. Sin embargo, su voluntad era dueña de su vida, y había algo
aguerrido en su manera de seguir siempre adelante. Era como si hubiera
descubierto el secreto, como si el arte de la vida fuese un astuto truco que
hubiese adivinado. Isabel, a medida que iba creciendo en años, conocía los
disgustos, las rebeldías, hasta el extremo de que algunos días el mundo se le
aparecía negro y se preguntaba con cierta acritud para qué pretendía vivir. Su
antigua costumbre había sido vivir gracias al entusiasmo, enamorarse de las
posibilidades súbitamente percibidas, de la idea de alguna nueva aventura.
Cuando era más joven, solía pasar de una exaltación a otra, sin que entre ellas
se produjeran intervalos de aburrimiento. Pero madame Merle había suprimido el
entusiasmo, ya no se enamoraba de nada y vivía enteramente guiada por la razón
y por la sabiduría. Había momentos en que Isabel hubiera dado cualquier cosa
por unas cuantas lecciones de aquel arte, y, si su ilustre amiga hubiese estado
cerca, habría acudido a ella. Se daba cuenta mucho más que antes de las
ventajas que proporciona el ser así… el haberse convertido en una superficie
lisa, en una especie de coraza de plata.
Mas, como digo, hasta el invierno en que últimamente
renovamos el contacto con nuestra heroína, no había vuelto el personaje en
cuestión a pasar una larga temporada en Roma. Isabel la veía ahora mucho más de
lo que la había visto desde su boda; pero a estas alturas las necesidades y
aficiones de nuestra heroína habían cambiado sensiblemente. A la sazón no era a
madame Merle a quien habría acudido en busca de instrucción, pues ya no
experimentaba el deseo de conocer el truco clarividente de esa dama. Ahora pensaba
que si tenía penas, debía callárselas, y, si la vida le resultaba difícil, no
facilitaría las cosas el confesarse derrotada. Sin duda alguna madame Merle era
de gran utilidad para sí misma y un ornato en cualquier círculo social; pero
¿era -seria- igualmente útil para los demás en momentos de sutil apuro? La
mejor manera, pues, de aprovecharse de la sabiduría de su amiga -y eso era lo
que Isabel había pensado siempre- era imitarla, ser tan firme y brillante como
ella. Madame Merle no confesaba sus apuros e Isabel, considerando este hecho,
decidió por enésima vez deshacerse de los suyos. Le pareció además, al reanudar
unas relaciones que prácticamente se habían truncado, que su antigua aliada se
mostraba diferente, casi despegada… llevando al extremo un cierto temor más
bien artificial de ser indiscreta. Ralph Touchett, como ya sabemos, había sido
de la opinión que aquella dama tendía a exagerar, a forzar la nota… que, como
vulgarmente se dice, se pasaba de la raya. Isabel no había admitido jamás semejante
acusación…, de hecho nunca la había entendido del todo. A su parecer, la
conducta de madame Merle llevaba siempre el sello del buen gusto, era siempre
«apacible». Sin embargo, en aquello de no querer mezclarse en la vida íntima de
la familia Osmond, pensaba nuestra heroína que exageraba un poco. Eso no era,
naturalmente, del mejor gusto, eso era un tanto violento. Madame Merle se
acordaba demasiado de que Isabel estaba casada, de que ahora tenía otras
inquietudes; de que aunque ella, madame Merle, había conocido a Gilbert Osmond
y a la pequeña Pansy muy bien, casi mejor que nadie, en fin de cuentas no
formaba parte de su círculo familiar. Estaba siempre en guardia y no hablaba
nunca de sus asuntos a menos que se le preguntara, que se la presionara incluso…,
como cuando se requería su opinión; tenía pavor a parecer entrometida.
Madame Merle era tan sincera como ya sabemos y un día
expresó sinceramente ese pavor ante Isabel.
- No tengo más remedio que estar en guardia, porque,
a lo mejor, sin sospecharlo, podría ofenderla. Tendría usted razón al
ofenderse, aunque mis intenciones fueran de lo más puro. Yo no debo olvidar que
conocí a su esposo mucho antes que usted, no debo consentir que eso me delate.
Si usted fuese una mujer tonta, podría sentirse celosa; afortunadamente usted
no es tonta, eso lo sé perfectamente. Tampoco yo lo soy, y por lo tanto estoy
decidida a no meterme en líos. Un poco de daño se hace sin querer, y un error
se comete, aun sin querer, antes de que una pueda darse cuenta. Desde luego, si
yo hubiese querido enamorar a su marido, habría tenido diez años para hacerlo
sin ningún impedimento; de modo que no sería lógico que empezase ahora, cuando
soy mucho menos atractiva que entonces. Pero, si yo la molestase a usted
pareciendo querer ocupar un sitio que no me pertenece, usted no se haría tal
reflexión, sino que me culparía de olvidar ciertas diferencias… Y yo estoy
resuelta a no olvidarlas. Indudablemente, una buena amiga no está siempre
pensando en estas cosas, nadie sospecha que sus amigos obren injustamente. Yo
no sospecho en absoluto de usted, querida, pero sospecho de la naturaleza
humana. No piense que me siento siempre incómoda, pues no me dedico a vigilarme
todo el tiempo. Creo que se lo estoy demostrando suficientemente por el hecho
de hablarle como le hablo. Lo único que le quiero decir, en fin, es que si
usted llegara a sentirse celosa… ya que ésa sería la forma que adoptaría el
caso… yo a la fuerza pensaría que era un poco por mi culpa. Desde luego que no
sería por culpa de su marido.
Isabel había tenido tres años para meditar sobre
aquella teoría de la señora Touchett de que madame Merle había arreglado el
matrimonio de Gilbert Osmond. Y ya sabemos cómo la había recibido en un
principio. Era muy posible que madame Merle hubiese compuesto la boda de
Gilbert Osmond, pero en absoluto la de Isabel Archer. Ésta había sido obra de…
Isabel apenas sabía de qué: de la naturaleza, del azar, de la providencia, del
eterno misterio de todas las cosas. Bien es cierto que la queja de su tía no se
refería tanto a la actividad de madame Merle cuanto a su duplicidad; ella había
provocado el extraño acontecimiento y después había negado su culpa. Esa culpa
no habría sido grande, a juicio de Isabel, pues no' podía ver delito en que
madame Merle hubiese sido el agente causal de la amistad más importante que
había hecho en su vida. Esto se le había ocurrido justo en vísperas de su
matrimonio, tras un pequeño altercado con su tía y en una época en que era
todavía capaz de aquella amplia introspección, hecha con el tono del
historiador filosófico, en sus anales todavía incipientes. Si madame Merle
había deseado su cambio de estado, lo único que cabía decir es que había sido
una idea feliz. Con ella, además, había actuado con total franqueza, no
ocultando jamás su alta opinión de Gilbert Osmond. Después de su boda, Isabel
descubrió que su marido abrigaba una opinión menos cómoda del asunto, y raras
veces consentía, durante sus conversaciones, en pasar entre los dedos aquella
cuenta, la más suave y redonda del rosario social de los dos. -¿No te gusta
madame Merle? -le había preguntado una vez Isabel-. Pues ella tiene muy buena
opinión de ti.
- Te lo diré de una vez por todas -había contestado
Osmond-. Antes me gustaba más que ahora. Ya estoy cansado de ella, aunque me
avergüenza decirlo. ¡Es tan antinaturalmente buena! Me alegro de que no esté en
Italia; se encuentra uno más relajado… es una especie de deténte moral. No
hables mucho de ella, sería como hacerla volver. Ya volverá a su debido tiempo,
pierde cuidado.
En efecto, madame Merle volvió antes de que fuera
demasiado tarde… es decir, demasiado tarde para recobrar las ventajas que
hubiese podido perder. Entretanto, si, como ya he dicho, se mostraba
sensiblemente distinta, tampoco la manera de sentir de Isabel era la misma. Su
consciencia de la situación era tan aguda como antes, pero mucho menos
satisfactoria. Un espíritu insatisfecho, por muchas cosas que eche de menos,
nunca se halla escaso de razones: florecen como los ranúnculos en el mes de
junio. El hecho de que madame Merle hubiera tenido parte en el matrimonio de
Gilbert Osmond dejó de ser uno de sus títulos honoríficos; a fin de cuentas,
podría haberse escrito que no era tanto lo que había que agrade- cerle. Con el
paso del tiempo, cada vez había menos que agradecerle, e Isabel acabó por
decirse que tal vez sin la intervención de su amiga esas cosas no habrían
sucedido. Cierto que tal reflexión fue sofocada al instante; Isabel se
horrorizó de inmediato por habérsela hecho.
«Me pase lo que me pase -Isabel se dijo entonces-, no
debo ser nunca injusta; mi deber es soportar mi carga y no traspasársela a los
demás». Semejante disposición de ánimo fue puesta a prueba más adelante por
aquella ingeniosa apología de su conducta presente que madame Merle tuvo a bien
hacer, y de la cual he dado un esbozo; porque había algo sin duda irritante…,
casi un aire de burla, en sus claras convicciones y sus nítidas distinciones.
En la mente de Isabel nada estaba claro a aquellas alturas; había una confusión
de pesares y un enredo de temores. Parecía sentirse desamparada al separarse de
su amiga, que acababa de hacer las declaraciones que he citado. ¡Madame Merle
sabía tan poco de lo que ella estaba pensando! Isabel, además, se sentía
incapaz de explicarlo. ¿Cómo, celos de su amiga… celos de ella con Gilbert? Tal
idea no le sugería en absoluto una realidad próxima. Ojalá hubiese sido posible
concebir celos, habrían constituido una especie de refrigerio. ¿No eran, en
cierto modo, uno de los síntomas de la felicidad? Madame Merle, sin embargo,
era sabia, tanto que podía pretender conocer a Isabel mejor aún de lo que
Isabel se conocía a sí misma. Esta joven había sido siempre fecunda en
decisiones… muchas de ellas de elevado carácter; pero en nin- gún otro período
de su vida habían florecido con tanta fuerza como ahora en lo recóndito de su
corazón. A decir verdad, todas ellas tenían un aire de familia y podían
resumirse en la determinación de que, si tenía que ser desgraciada, no sería
por su propia culpa. Su pobre es- píritu alado había tenido siempre un vivo
deseo de obrar lo mejor posible, y hasta el presente no había recibido serios
desalientos. Deseaba, por lo tanto, aferrarse a la justicia, y no resarcirse
con venganzas mezquinas. Asociar a madame Merme con su desengaño habría
constituido una venganza mezquina… sobre todo porque el placer que ello le
reportase habría sido del todo insincero. Habría podido alimentar su sensación
de amargura, pero no podía aflojar sus cadenas. Era imposible tratar de
convencerse de que no había obrado con los ojos abiertos, pues si una joven
había actuado alguna vez con entera libertad, fue ella. Bien era cierto que una
muchacha enamorada no era un ser libre, pero la única fuente de su error había
sido ella misma. No había existido conjura ni trampa de ninguna clase; ella y
sólo ella había mirado, considerado y resuelto. Cuando una mujer cometía
semejante error, no había más que un modo de repararlo…, reparación inmensa
(¡ah, y con la mayor grandeza!): aceptarlo. Una locura era bastante, sobre todo
si iba a durar para siempre, y una segunda no la corregiría ape- nas. En este
voto de reticencia había cierta nobleza que sostenía a Isabel; pero a pesar de
todo madame Merle había hecho bien en tomar las precauciones debidas.
Un día, aproximadamente un mes después de que Ralph
Touchett llegara a Roma, Isabel volvía de dar un paseo con Pansy. El mostrarse
tan afable con Pansy no era tan sólo parte de su decisión de ser justa, sino
que obedecía también a su ternura por todo lo que era puro y débil. Quería de
veras a Pansy, y en su vida no había nada que tuviese la rectitud del afecto de
aquella criatura ni la dulzura de su propia clarividencia respecto de semejante
sentimiento. Era como una suave presencia… como una mano diminuta dentro de la
suya; y por parte de Pansy era más que un afecto, era una especie de fe
ardiente y coercitiva. Del lado de Isabel, la sensación de aquella dependencia
de la jovencita era más que un placer, operaba como una razón concreta cuando
otras determinaciones amenazaban abandonarla. Se había dicho a sí misma que hay
que asumir el deber allí donde se lo encuentre, y buscarlo en la medida de lo
posible. El afecto de Pansy era una exhortación directa, parecía como si le
advirtiera de que ahí había una oportunidad, acaso no extraordinaria, pero sí
inconfundible. Oportunidad de qué, Isabel apenas lo habría podido decir; en
general, de ser para la muchacha más de lo que la muchacha pudiese ser para sí
misma. Isabel acaso se habría sonreído al recordar que su pequeña compañera se
había mostrado en cierta época algo ambigua, pues ahora comprendía que aquello
que le pareció ambigüedad no era sino su propia tosquedad de visión. Isabel no
había podido creer que nadie pudiera tener tanto empeño… tantísimo empeño:.. en
agradar. Pero desde entonces había visto esa delicada facultad en acción, y
sabía ya qué pensar de ella. Constituía todo el ser de la criatura… era una
especie de genialidad. Pansy no tenía orgullo que la estorbase, y, aunque iba
extendiendo de día en día sus conquistas, no se envanecía. Las dos estaban
constantemente juntas. Rara vez se veía a la señora Osmond sin su hijastra. A
Isabel le agradaba su compañía; hacía el mismo efecto de llevar un ramillete
compuesto todo de la misma flor. Había convertido en un artículo de su religión
el propósito de no desatender a Pansy, no desatenderla en ninguna cir-
cunstancia. Por su parte, la joven daba todas las muestras de estar más a gusto
en compañía de Isabel que en la de ninguna otra persona, excepto su padre, al
que admiraba con una intensidad justificada por el hecho de que, como la
paternidad constituía un placer exquisito para Osmond, éste había sido siempre
un padre deleitosamente blando. Isabel se daba cuenta de cuánto le gustaba a
Pansy estar con ella y hasta qué punto estudiaba la joven la manera de
complacerla. Pansy había decidido que la mejor manera de agradarle era la
negativa, que consistía en no ocasionarle molestias… convicción que desde luego
no podía hacer referencia a las molestias ya existentes. Se mostraba, por lo
tanto, ingeniosamente pasiva y casi imaginativamente dócil; ponía el mayor
cuidado hasta en moderar el ímpetu con que asentía a las proposiciones de
Isabel, y que pudiera haber implicado la posibilidad de que ella deseara otra
cosa. Jamás interrumpía, no hacía jamás preguntas por pura fórmula, y aunque la
aprobación la encantaba hasta el punto de hacerla palidecer, no tendía jamás la
mano para pedirla. Se limitaba a esperar con anhelo…, con un gesto que, a
medida que fue creciendo, hizo de sus ojos los más hermosos del mundo. Cuando,
durante el segundo invierno que pasaron en al Palazzo Roccanera, empezó la
muchacha a asistir a fiestas y bailes, era siempre la primera en proponer que
se marchasen a casa a una hora razonable, no fuera que la señora Osmond llegara
a cansarse. Isabel apreciaba ese sacrificio de los últimos bailes, pues le
constaba que su pequeña compañera experimentaba una auténtica pasión por ese
ejercicio, ajustando sus pasos a la música como un hada escrupulosa. Además, la
vida de sociedad no encerraba para ella inconvenientes; le gustaba hasta en lo
que tenía de fatigoso… el calor a veces sofocante de los salones de baile, el
aburrimiento de las cenas, los apretujones en las puertas, la aburrida espera
del carruaje. Durante el día, en ese vehículo, iba sentada al lado de su
madrastra, con una postura rígida y atenta, un poco inclinada hacia delante y
vagamente sonriente, como si fuera la primera vez que la sacaran de paseo.
En el día de que hablo habían salido por una de las
puertas de la ciudad, y al cabo de media hora dejaron el coche esperándolas
junto a la carretera mientras daban un paseo sobre la corta yerba de la campiña
romana, que hasta en los meses de invierno está salpicada de florecillas. Era
casi un hábito cotidiano de Isabel, que era muy aficionada a caminar y que lo
hacía con paso largo y ligero, aunque no tan ligero como cuando llegó a Europa.
Si bien no era la forma de ejercicio que Pansy prefería, le gustaba, porque le
gustaba todo; de suerte que avanzaba con una ondulación más corta al lado de la
esposa de su padre, que después, al regresar a Roma, accedía a sus gustos
haciendo que el coche volviese por el Pincio o por Villa Borhese. Pansy había
recogido unas cuantas flores en un rincón soleado, lejos de las murallas de
Roma, y al llegar al Palazzo Roccanera fue directamente a su habitación para
ponerlas en un búcaro. Isabel pasó por el salón que ella ocupaba de ordinario,
el segundo a partir del amplio vestíbulo al que se accedía desde la escalera, y
en el que ni siquiera los lujosos arreglos de Gilbert Osmond habían logrado
corregir un aspecto de majestuosa desnudez. Apenas traspasado el umbral del
salón, Isabel se detuvo en seco, y lo hizo motivada por una fuerte impresión.
La impresión no tenía, en realidad, nada de insólito, pero ella la sintió como
algo nuevo, pues lo apagado de sus pasos le dio tiempo a contemplar la escena
antes de interrumpirla. Madame Merle estaba allí, con el sombrero puesto, y Osmond
conversaba con ella; durante cosa de un minuto no se dieron cuenta de su
presencia. No era la primera vez que Isabel veía una escena parecida, pero lo
que lamas había visto, o cuando me- nos observado, era que su coloquio se
hubiese convenido en una especie de silencio familiar, del que, como advirtió
de inmediato, su entrada iba a sacarles con un sobresalto. Madame Merle estaba
de pie en la alfombra, un poco apartada del fuego, mientras que Gilbert Osmond
permanecía sentado en un sillón, con la cabeza apoyada en el respaldo y
mirándola fijamente.
Madame Merle tenía, como de costumbre, la cabeza
erguida, pero bajaba los ojos para fijarlos en él. Lo que primero chocó a
Isabel fue que madame Merle estuviese de pie y él sentado; había en eso una
anomalía que la impresionó. Luego se percató de que en su inter- cambio de
ideas habían llegado a una pausa espontánea y que estaban meditando frente a
frente, con esa libertad de los viejos amigos que intercambian a veces ideas
sin necesidad de expresarlas verbalmente. No había en eso nada de que
escandalizarse, ya que eran viejos ami- gos. Pero la escena se plasmó en una
imagen que sólo duró un instante, como un súbito fogonazo. Sus posturas
respectivas, su mirada mutuamente absorta, le dieron la sensación de haber
detectado algo. Pero cuando empezaba a asumirlo, se acabó: madame Merle la
había visto y saludado sin moverse de su sitio, en cambio su marido se había
puesto en píe de un brinco. Enseguida murmuró algo sobre salir a estirar las
piernas, y, después de rogar a su visitante que le excusara, abandonó la habitación.
- Vine a verla, suponiendo que estaría ya en casa,
pero como no había llegado, me quedé a esperarla -dijo madame Merle. -¿Gilbert
no le pidió que se sentara? -preguntó Isabel con una sonrisa. Madame Merle miró
en derredor suyo y dijo:
- Ah, es cierto; es que estaba a punto de marcharme.
- Pero ahora se quedará, supongo.
- Naturalmente. He venido por un motivo especial.
Tengo algo que decirle.
- Como ya le he dicho en otras ocasiones, hace falta
algo extraordinario para traerla a usted a esta casa.
- Y sabe también lo que yo le he dicho a usted, que
tanto si vengo como si no, mis motivos son siempre los mismos… el afecto que le
profeso.
- Cierto, me lo ha dicho usted.
- Pues ahora parece como si usted no lo creyera -dijo
madame Merle. -¡Ah! -respondió Isabel-. Lo último que yo pondría en duda sería
la profundidad de sus motivos.
- Antes dudaría usted de la sinceridad de mis
palabras. Isabel movió la cabeza con un gesto grave.
- Usted se ha portado siempre bien conmigo.
- Cada vez que usted me lo permite. Pero a veces no
lo acepta, y entonces hay que dejarla tranquila. Pero hoy no he venido para ser
buena con usted, sino para otro asunto bien distinto. He venido para
desembarazarme de un problema mío y pasárselo a usted. De eso estaba hablando
con su marido.
- Me sorprende; usted sabe que a él no le gustan los
problemas.
- Sobre todo los de los demás, lo sé perfectamente.
Ni a usted tampoco, supongo. De todas maneras, le
gusten a usted o no, tiene que ayudarme.
Se trata del pobre Rosier. -¡Ah! -dijo Isabel con
aire pensativo-. Entonces el problema es de él, no de usted.
- Ha conseguido cargarlo sobre mis espaldas. Viene a
verme diez veces por semana para hablarme de Pansy.
- Sí, estoy al tanto. Quiere casarse con ella. Madame
Merle vaciló.
- Me ha parecido, por lo que su esposo me ha dicho,
que usted no lo sabía. -¿Cómo sabe él lo que yo sé? Él no me ha hablado jamás
del asunto.
- Será porque no sabe cómo hablar del tema.
- Sin embargo, es ésa una cuestión que no le suele
desconcertar.
- Sí, porque por regla general sabe perfectamente qué
pensar. Pero ahora, no. -¿No se lo ha dicho a usted? -preguntó Isabel.
Madame Merle le dirigió una sonrisa radiante y algo
forzada.
- ¿No cree que está siendo un poco adusta?
- Sí. No puedo remediarlo. Rosier ha hablado también
conmigo.
- En eso ha obrado con buen criterio. Está usted tan
próxima a la muchacha. -¡Ah! -dijo Isabel-. Pues no le he dado mucho consuelo.
Si a usted le parece que soy adusta, ¿qué le pareceré a él?
- Lo que le parece, creo yo, es que usted podría
hacer más de lo que ha hecho.
- Yo no puedo hacer nada.
- En todo caso podrá hacer más que yo. Yo no sé qué
misteriosa conexión habrá podido descubrir entre Pansy y yo; pero desde el
principio, acudió a mí como si yo tuviese su suerte en mis manos. Ahora sigue
viniendo para acuciarme, para saber qué esperanzas puede tener, para desahogar
sus sentimientos.
- Parece muy enamorado -dijo Isabel.
- Mucho… para lo que es él.
- Mucho para lo que es Pansy, podría usted decir.
Madame Merle bajó un momento los ojos. -¿No la cree usted atractiva? -preguntó.
- La criatura más deliciosa que existe… pero muy
limitada.
- Razón de más para que la quiera el señor Rosier.
Tampoco él es ilimitado.
- No -dijo Isabel-. Tiene aproximadamente las
dimensiones de un pañuelo, de esos pequeños con borde de encaje. -Su humor se
había ido conviniendo en sarcasmo, pero se avergonzó de ejercitarlo contra un
objeto tan inocente como el pretendiente de Pansy-. Es muy bueno y muy formal
-añadió enseguida-, y no tan tonto como parece.
- Me asegura que ella está ilusionadísima con él
-afirmó madame Merle.
- Lo ignoro; no se lo he preguntado. -¿Nunca la ha
sondeado usted un poquito?
- Eso no me corresponde a mí, sino a su padre. -¡Ah!
Es usted demasiado estricta -suspiró madame Merle.
- Tengo que atenerme a mi propio criterio. Madame
Merle volvió a dirigirle su sonrisa.
- No es cosa fácil ayudarla a usted. -¿A mí? -dijo
Isabel muy seriamente-. ¿Qué quiere usted decir?
- Es fácil incomodarla. ¿No ve como hago bien en
andarme con cuidado? Por lo pronto, le comunico, como acabo de comunicar a
Osmond, que me lavo las manos en el asunto de los amores de Pansy con el señor
Edward Rosier. Je n y peux rien, moi! No puedo hablarle a Pansy acerca de él,
sobre todo porque no lo considero un marido ideal.
Isabel se quedó unos instantes pensativa y luego
sonrió.
- Entonces, no se lava usted las manos -dijo. Y
añadió en distinto tono-: Ya no puede usted hacerlo… se ha tomado demasiado
interés.
Madame Merle se levantó despacio; había lanzado a
Isabel una ojeada tan rápida como la insinuación que unos momentos antes
vislumbrara nuestra heroína. Sólo que en esta ocasión Isabel no la captó.
- Pregúnteselo la próxima vez, y lo verá.
- No puedo preguntárselo; ha dejado de venir por esta
casa. Gilbert le dio a entender que no es bien recibido.
- Ah, es cierto -dijo madame Merle-. Ya lo había
olvidado… y eso que es el tema central de sus lamentaciones. Dice que Osmond le
ha insultado. De todos modos, a Osmond no le desagrada tanto como él se figura.
Se había levantado como para dar por terminada la
conversación, pero se demoraba, mirando acá y allá; era evidente que le quedaba
algo por decir. Isabel se dio cuenta de ello e incluso adivinó a dónde quería
ir a parar, pero también ella tenía sus razones para no dar el primer paso.
- Eso le habrá complacido, si es que usted se lo ha
dicho -respondió Isabel sonriendo.
- Ya lo creo que se lo he dicho; en ese aspecto le he
dado ánimos. Le he recomendado que tenga paciencia y le he dicho que su caso no
es del todo desesperado con tal de que mantenga la boca cerrada y esté
tranquilo. Pero, por desgracia, se le ha metido en la cabeza sentir celos.
-¿Celos?
- Sí, de lord Warburton, que según él se pasa aquí la
vida.
Isabel, que estaba cansada, había permanecido
sentada, pero al oír esto se levantó también. -¡Ah! -se limitó en exclamar,
dirigiéndose despacio hacia la chimenea, Madame Merle la observó avanzar y
detenerse un momento ante el espejo de encima de la chimenea para retocarse un
mechón de cabello.
- El pobre Rosier cree que no es imposible que lord
Warburton se enamore de Pansy - prosiguió madame Merle.
Isabel guardó silencio; después se apartó del espejo.
- Cierto… no hay nada imposible -contestó por fin, en
un tono más serio y amable.
- Es lo que he tenido que reconocer yo ante Rosier. Y
lo mismo piensa su marido.
- Eso lo ignoro.
- Pregúntele y verá.
- No le pienso preguntar -dijo Isabel.
- Discúlpeme, olvidaba que ya me lo ha señalado…
Claro está -añadió madame Merle- que usted ha tenido mucha más ocasión que yo
de observar la actitud de lord Warburton.
- No tengo por qué ocultarle que mi hijastra le gusta
mucho. Madame Merle volvió a lanzarle otra de sus rápidas ojeadas. -¿Que le
gusta… quiere decir… del mismo modo que le gusta al señor Rosier?
- Yo no sé lo que siente el señor Rosier; pero lord
Warburton me ha dado a entender que está encantado con Pansy. -¿Y usted no se
lo ha dicho a Osmond? -Esta observación fue inmediata, precipitada, casi un
estallido en los labios de madame Merle.
Isabel posó los ojos en ella.
- Me imagino que lo sabrá a su debido tiempo. Lord
Warburton tiene lengua para hablar y sabe cómo expresarse.
Madame Merle se dio cuenta en el acto de que se había
precipitado al hablar, cosa que no era habitual en ella, y esa reflexión la
hizo ruborizarse un poco.
Esperó a que se calmara aquel impulso traicionero, y
luego dijo como si lo hubiera estado meditando:
- Eso sería mucho mejor que casarse con el pobre
Rosier.
- Mucho mejor, en mi opinión.
- Resultaría delicioso. Sería una boda sonada. Es
verdaderamente generoso por parte de él. -¿El qué es generoso?
- El haber posado los ojos en una muchachita tan
sencilla como ella.
- No lo veo yo así.
- Es usted muy buena. Pero la verdad es que Pansy
Osmond… -¡La verdad es que Pansy Osmond es la persona más atractiva que él ha
conocido! -exclamó Isabel. Madame Merle la miró fijamente, y de hecho tenía
buenas razones para asombrarse.
- Pues hace un instante parecía usted restarle valor.
- He dicho que era limitada, y lo es. También lo es
lord Warburton.
- Si a eso vamos, todos los somos. Si no es más de lo
que Pansy merece, mejor que mejor. Pero si ella entrega su afecto al señor
Rosier, no admitiré que eso es lo que ella se merece. Sería demasiada
perversidad.
- El señor Rosier es un engorro -exclamó de sopetón
Isabel.
- Estamos de acuerdo, y me encanta que no se me pida
que atice la llama de su amor.
A partir de ahora, la puerta de mi casa estará
cerrada para él. -Madame Merle, recogiéndose la capa, se dispuso a partir.
Pero en su camino hacia la puerta, la detuvo una
petición incongruente de Isabel.
- De todos modos, sea amable con él.
Alzó madame Merle los hombros y las cejas y se quedó
mirando a su amiga. -,No entiendo sus contradicciones! Estoy decidida a no ser
amable con él, porque sería una falsa amabilidad. Quiero ver a Pansy casada con
lord Warburton.
- Debería usted esperar a que él la pida.
- Si lo que usted dice es cierto, la pedirá. Sobre
todo -añadió pasado un instante- si usted le empuja. -¿Empujarle yo?
- En su mano está. Usted tiene una gran influencia
sobre él. Isabel frunció el entrecejo. -¿De dónde ha sacado usted eso?
- Me lo dijo la señora Touchett… Desde luego… usted
nunca me lo dijo -recalcó madame Merle sonriendo.
- Cierto, nunca le dije a usted nada por el estilo.
- Sin embargo, podía haberlo hecho, porque no le
faltó ocasión, cuando nos hacíamos algunas confidencias. Pero la verdad es que
usted me contaba muy pocas cosas; más de una vez lo he pensado.
También Isabel lo había pensado, y a veces con cierta
satisfacción. Pero ahora no lo quiso reconocer, acaso por no dar la impresión
que se felicitaba por ello.
- Parece ser que en mi tía ha tenido usted una
magnífica fuente de información -se limitó a decir.
- Su tía me comentó que usted había rechazado una
propuesta de matrimonio de lord Warburton; me lo dijo porque estaba muy
disgustada y no podía callárselo. Por lo demás, yo considero que usted supo
escoger mejor. Pero, ya que no quiso casarse con lord Warburton, déle cuando
menos la compensación de ayudarle a casarse con otra.
Isabel había escuchado todas esas palabras con un
semblante que persistía en no reflejar la radiante expresividad del de madame
Merle. Sin embargo, al cabo de un momento dijo, muy razonable y gentilmente:
- Por mi parte, me alegraría muchísimo de que, en lo
que a Pansy respecta, pudiera arreglarse satisfactoriamente.
Tras de lo cual su interlocutora, que pareció tomarlo
como discurso de buen augurio, la abrazó más tiernamente de lo que hubiera sido
de esperar y se retiró con aire triunfal.
41
Aquella noche, Osmond tocó el tema por primera vez,
entrando muy tarde en el salón, donde Isabel se hallaba sentada a solas. Habían
pasado la velada en casa y Pansy se había ido ya a la cama. El propio Osmond se
había recluido después de cenar en una pequeña habita- ción donde tenía sus
libros y a la que llamaba su despacho. Lord Warburton se había presentado a las
diez, como hacía siempre que sabía por Isabel que la encontraría en casa. Como
se dirigía a algún otro sitio, sólo se detuvo media hora. Después de pedirle
noticias de Ralph, ella apenas le dirigió la palabra, porque deseaba que
hablase con su hijastra. Así, fingió leer, y al cabo de un rato se sentó al
piano, incluso se preguntó si no sería mejor mar- charse del salón. Poco a poco
había llegado a ver con buenos ojos la idea de que Pansy se convirtiera en la
esposa del propietario de la hermosa mansión de Lockleigh, si bien al principio
esa perspectiva no le había suscitado un gran entusiasmo. Madame Merle, aquella
tarde, había aplicado un fósforo a un montón de materia inflamable. Cada vez
que Isabel se sentía desgraciada, miraba en torno suyo -en parte por impulso y
en parte por teoría- en busca de alguna forma de esfuerzo positivo. No podía
desprenderse de la noción de que la desdicha era un estado de enfermedad: el
sufrir como opuesto al hacer. Hacer…, fuere lo que fuese, sería por lo tanto
una salida, acaso en cierto grado un remedio. Además, quería convencerse de
haber hecho todo lo posible por contentar a su esposo, y estaba firmemente decidida
a no dejarse atormentar por el terror de ser una esposa débil, incapaz de
prestar la ayuda que se le pedía. Era evidente que a él le agradaría mucho ver
a Pansy casada con un aristócrata inglés, y le agradaría con razón, ya que ese
aristócrata era una persona muy formal. Parecíale a Isabel que si ella lograba
imponerse el deber de hacer realidad ese acontecimiento, desempeñaría el
cometido de una buena esposa. Quería ser una buena esposa; quería poder creer
sinceramente, y con pruebas, que lo había sido. Además, la empresa tenía otros
alicientes. La mantendría ocupada, y ella anhelaba ocuparse en algo. Incluso la
distraería, y, si verdaderamente conseguía distraerse, quizás entonces estaría
salvada. Por último sería hacerle un favor a lord Warburton, quien
evidentemente se sentía a gusto en compañía de la encantadora muchachita. A
decir verdad, eso era un poco «raro» -siendo él quien era-, pero no cabía
explicar semejantes impresiones. Indudablemente Pansy podía cautivar a cual-
quiera… por lo menos a cualquiera que no fuese lord Warburton. Isabel la
consideraba demasiado insignificante, demasiado poca cosa, incluso tal vez
demasiado artificial para eso. Todo lo suyo tenía algo de muñeca, y no era eso
lo que lord Warburton había estado buscando. Pero ¿quién sabría decir lo que
buscaban los hombres? Buscaban lo que encontraban, no sabían lo que les gustaba
hasta que lo habían visto. En esos asuntos no valían teorías, ni había cosas
más inexplicables o más naturales que otras. Si lord Warburton se había interesado
por ella, podía parecer raro que se interesara por Pansy, que era tan distinta
en todos sentidos; pero, por lo visto, ella no le había interesado tanto como
él se imaginara. O, caso de que sí le hubiese interesado, ya lo había superado
del todo, y era natural que, viendo fracasado aquel proyecto, pensara tener
éxito en otro de muy distinta índole. Como digo, Isabel no acogió al pronto tal
idea con entusiasmo, pero en aquel momento sí, y eso la hizo sentirse casi
feliz. Era asombroso cuánta felicidad era aún capaz de hallar en la idea de
procurarle satisfacción a su marido. ¡Qué pena, sin embargo, que Edward Rosier
se hubiese cruzado en el camino!
Ante esa reflexión, la luz que de improviso había
alumbrado ese camino perdió algo de su fulgor. Por desgracia, Isabel estaba tan
segura de que a Pansy le parecía Rosier el más agradable de los jóvenes… tan
segura como si éste hubiese conversado con ella sobre dicho asunto. Y era muy
enojoso estar tan segura, cuando se había abstenido cuidadosamente de
informarse; casi tan enojoso como que al pobre Rosier se le hubiese metido en
la cabeza.
Ciertamente, Rosier valía mucho menos que lord
Warburton. No era tanto la diferencia de fortunas cuanto la diferencia de personas,
ya que el joven americano, comparado con el otro, era de bien poco pesó.
Pertenecía, mucho más que el aristócrata inglés, a esa clase de caballeros
elegantes e inútiles. En verdad, no existían razones particulares para que
Pansy tuviese que casarse con un estadista. Pero si un estadista la admiraba,
eso era cosa de él, y Pansy sería una parejita perfecta para un par de
Inglaterra.
Podrá parecerle al lector que la señora Osmond se
había vuelto de pronto extrañamente cínica, pues terminó diciéndose que esa
dificultad seguramente podría sol- ventarse. En cualquier caso, el obstáculo
representado por el pobre Rosier no podría ser muy peligroso, y siempre habría
el modo de allanar los obstáculos de menor importancia. Isabel era totalmente
consciente de no haber medido la tenacidad de Pansy, que pudiera llegar a ser
un gran estorbo; aunque más se inclinaba a considerarla dispuesta a ceder ante
una sugerencia que a aferrarse ante una desaprobación… porque tenía mucho más
desarrollada la facultad del asentimiento que la de la protesta. Pero no, Pansy
se aferraría, se aferraría aunque de hecho le importaba poco a qué se aferraba.
Lo mismo serviría lord Warburton que el señor Rosier… sobre todo porque parecía
que aquél le gustaba bastante. La joven había expresado ese sentimiento a
Isabel sin la menor reserva; había dicho que su conversación le parecía de lo
más interesante, pues le había contado muchas cosas de la India.
Lord Warburton había empleado con Pansy sus maneras
más correctas y afables…, eso la propia Isabel lo había notado, como asimismo
había observado que no le hablaba con un tono paternalista por consideración a
su juventud e inexperiencia, sino como si ella comprendiese sus temas con la
misma eficiencia con que seguía los de las óperas de moda, y que le permitía
distinguir la música y la voz del barítono. Por su parte, él ponía cuidado en
ser sólo atento… tan atento como antaño lo fuera en Gardencourt con otra
jovencita emocionada. A una muchacha eso le impresionaba. Recordaba cuan
sensible había sido ella misma a semejante actitud, y pensaba que, si hubiese
sido tan ingenua como Pansy, la impresión por ella recogida sin duda habría
sido mucho más profunda. En cambio, cuando le rechazó, no había sido nada
ingenua ni sencilla, pues tal operación le había resultado tan complicada como,
más tarde, aceptar a Gilbert Osmond. A pesar de su sencillez e ingenuidad,
Pansy comprendía perfectamente y le agradaba que lord Warburton no le hablase
de sus compañeros de baile y de sus ramos de flores sino de la situación de
Italia, de la condición de los campesinos, del impuesto sobre la molienda, de
la pelagra y de sus impresiones sobre la sociedad romana. Mientras bordaba minuciosamente
el tapete que tenía entre las manos, le miraba con ojos temerosos; y, cuando
los bajaba, dirigía furtivas miradas de reojo a sus manos, a sus pies, a su
traje, como si estuviera estudiándolo. Hasta su propio físico era mejor que el
de Rosier, podría haberle hecho observar Isabel. Pero en aquellos momentos la
señora Osmond se contentaba con preguntarse dónde estaría aquel caballero y por
qué motivo ya no se le veía por el Palazzo Roccanera. Era en verdad
sorprendente hasta qué punto la obsesionaba la idea de contribuir a que su
marido se sintiera complacido.
Era sorprendente por varias razones que vamos a
exponer de pasada. La noche a la que hemos hecho referencia, mientras lord
Warburton estuvo allí sentado, había acudido a su mente la idea de dar un gran
paso: salir del salón y dejar solos a sus compañeros. Y nos atrevemos a
llamarlo gran paso porque estamos seguros de que así lo habría considerado
Gilbert Osmond, y ella trataba de acomodarse en todo a la manera de pensar de
éste. En cierto modo puede decirse que lo había logrado, pero, en cambio, había
fracasado en el punto en cuestión. Lo cierto es que no pudo levantarse con tal
propósito, pues algo parecía retenerla. No era, desde luego, nada vulgar ni
insidioso, ya que, por lo general, las mujeres realizan semejantes maniobras
con la conciencia absolutamente limpia, e Isabel se mostraba siempre mucho más
fiel que traidora al genio común de su sexo…
Lo que se interponía, al parecer, era una duda un
tanto vaga…, una extraña sensación de la que no estaba segura. De modo que
decidió quedarse en el salón, y poco después lord Warburton se marchó a su
reunión, de la que prometió informar a Pansy con todo detalle al día siguiente.
Una vez que él hubo partidlo, Isabel se preguntó si había evitado algo que
inevitablemente se habría producido en caso de que ella se hubiese ausentado,
por lo menos, un cuarto de, hora; pero no tardó en decirse -siempre mentalmente,
por supuesto- que si su aristocrático visitante hubiera querido que ella
saliera del salón habría hallado el medio de hacérselo saber indirectamente.
Después de que se marchara, Pansy no dijo una sola palabra sobre él, lo mismo
que Isabel, que dejó de hacerlo intencionadamente, pues se había hecho a sí
misma voto de absoluta reserva hasta que él se dignara declararse. Si nos
atenemos a la descripción de sus sentimientos que a Isabel hiciera, no podremos
por menos de ver que en esta ocasión tardaba más de lo esperado. Pansy se fue a
la cama, e Isabel debió reconocer que no tenía la menor idea de lo que su
hijastra estaría pensando en aquel momento. Su pequeña y transparente compañera
parecía, por el momento, bastante opaca.
Se quedó, pues, completamente sola y con los ojos
fijos en el fuego hasta que, al cabo de una media hora, apareció su esposo.
Llegó él andando quedamente y, sin decir palabra, se sentó cerca de ella y
clavó también los ojos, en el fuego. Isabel no tardó en llevar su mirada desde
el chisporroteante leño al rostro de su marido, y le estuvo observando mientras
él seguía callado. La observación muda se había convertido en una costumbre en
ella, en un instinto del que no sería exagerado decir que estaba unido al de la
propia defensa y que terminó por convertirse en habitual. Deseaba ella, en
cuanto fuera posible, conocer sus ideas, lo que iba a decir, y saberlo por
anticipado a fin de poder preparar su respuesta. Desde tiempo atrás, su fuerte
no era precisamente tener respuestas preparadas; en tal sentido no había ido
nunca más allá de pensar posteriormente en las brillantes respuestas que habría
podido dar. Pero había aprendido a obrar con cautela, en la medida que lo
exigía la contención extraordinaria de su marido. Aquel rostro era el mismo que
ella mirara un día con ojos igualmente serios que ahora, si bien menos
penetrantes, en la terraza de una villa situada en lo alto de una colina de
Florencia, con la salvedad de que después de la boda su dueño había engordado
un poco. No obstante, Osmond podía llamar la atención de cualquiera como hombre
sumamente distinguido. -¿Ha estado aquí lord Warburton? -preguntó éste.
- Sí, estuvo como una media hora. -¿Vio a Pansy?
- Se sentó en el sofá y allí permaneció con ella todo
ese tiempo. -¿Habló mucho con ella?
- Habló casi solamente con ella.
- Me parece un hombre muy atento. ¿No es así como
llamas tú a eso?
- Yo no lo llamo de ninguna manera -contestó Isabel-.
Estaba esperando a que tú le dieras el nombre apropiado.
- No siempre muestras tanta consideración -comentó
Osmond tras una pausa.
- Esta vez he decidido tratar de actuar como a ti te
agradaría que lo hiciese. He fallado muchas veces en eso.
Osmond volvió lentamente la cabeza y se quedó
mirándola. -¿Estás intentando discutir?
- Al contrario: vivir en paz.
- Pues nada más fácil. Ya sabes que, por mi parte, no
hay nunca riña.
- Entonces, ¿cómo llamas a lo que haces cuando tratas
de enojarme? -preguntó Isabel.
- Nunca trato de hacerlo. Si alguna vez sucede, me
sale como la cosa más natural del mundo. Además, ahora no intento en absoluto
hacerlo.
Isabel sonrió y dijo:
- No importa. Estoy decidida a no volver a enojarme
nunca más.
- Es una decisión admirable. Tu carácter no es muy
bueno que digamos.
- No…, no es muy bueno.
La joven dejó el libro que había estado leyendo y
tomó el tapete que Pansy dejara sobre la mesa.
- Por eso es por lo que, en parte, no te he hablado
hasta ahora del asunto de mi hija elijo Osmond, designando a Pansy de la manera
que en él era habitual-. Temía encontrar oposición…, que tú también te hicieses
alguna idea sobre la cuestión al ver que había despachado al señor Rosier.
-¿Temías que intercediese por el señor Rosier? ¿No te has dado cuenta de que
jamás te he hablado de él?
- Porque nunca te di la oportunidad de hacerlo. Hemos
hablado muy poco últimamente, pero sé que es un antiguo amigo tuyo.
- En efecto, es un antiguo amigo mío -admitió Isabel,
aunque la verdad era que le importaba menos aún que el tapete que tenía en las
manos. Sin embargo, sintió el deseo de no disminuir en nada ante su marido los
lazos que al otro la ligaban. Tenía Osmond una manera tal de mostrar su desdén
por los demás que no lograba sino acrecentar la lealtad que ella les profesaba,
aun cuando, como en el caso de ahora, se tratase de personas insignificantes. A
veces, la joven experimentaba grandes accesos de cariño por ciertos recuerdos
que no podían aducir más mérito que el de pertenecer a su vida de soltera-.
Pero, a pesar de nuestra amistad -añadió-, por lo que a Pansy respecta no le he
dado el menor aliento.
- Ha sido una verdadera suerte -observó Osmond.
- Supongo que querrás decir una suerte para mí. A él
le importa un comino.
- No vale la pena hablar de él -replicó Osmond-. Ya
te he dicho que lo he despachado.
- Sí, pero un enamorado despachado suele convertirse
en despechado, y no deja de estar enamorado; a veces, mucho más todavía. El
señor Rosier no ha perdido por completo la esperanza.
- Pues va a resultar una molestia. Por lo pronto, mi
hija no tiene más que sentarse tranquilamente y esperar hasta verse convertida
en lady Warburton. -¿Te gustaría que lo fuera? -preguntó Isabel con una
sencillez mucho menos afectada de lo que podría parecer.
Estaba firmemente decidida a no tomar ninguna
determinación, pues Osmond tenía una especial manera de volver en contra de
ella todas las determinaciones que tomaba. La base de todas sus últimas
cavilaciones había sido la intensidad con que él quería que su hija se
convirtiera en lady Warburton. Pero eso se lo guardaba para sí misma, y no
reconocería absolutamente nada hasta que Osmond hubiera hablado del asunto. No
daría por supuesto que él consideraba a lord Warburton digno de realizar un
esfuerzo, cosa completamente desusada en la familia Osmond. La advertencia
constante de Gilbert Osmond era que nada en la vida podía constituir para él
recompensa suficiente de un esfuerzo, que trataba de igual a igual a la gente
más distinguida del mundo y que a su hija le bastaba con tender
displicentemente la vista en derredor para tener en seguida un príncipe rendido
a sus pies. No obstante, y aun cuando otra de sus afirmaciones habituales era
que siempre actuaba de forma coherente, al cabo de un tiempo tuvo que apearse
de su creencia y admitir que deseaba a lord Warburton para su hija, y que, si
tal aristócrata no caía, seria difícil encontrar otro que pudiera comparársele.
Le habría gustado que su mujer aceptase sin más este punto. Pero, por extraño
que parezca, ahora que Isabel estaba frente a él y a pesar de que una hora
antes se había estado preguntando qué debería hacer para agradarle, resultaba
que no se sentía acomodaticia ni con ganas de aceptar las cosas sin más. Sin
embargo, sabía exactamente el efecto que en el ánimo de él produciría su
pregunta, cuyo resultado podría ser el de la humillación. No importaba. El era
perfectamente capaz de humillarla, aunque para ello tuviese que aguardar una
gran oportunidad y, en cambio, se mostrara altivamente desdeñoso con las
pequeñas. Y si Isabel no tenía más remedio que echar mano de una oportunidad
pequeña, era porque no se le había presentado ninguna de las grandes.
Osmond supo salir muy bien del aprieto diciendo:
- Me gustaría infinito; sería una gran boda. Además,
lord Warburton tiene otra ventaja: es un antiguo amigo tuyo y le agradaría
entrar en la familia. Verdaderamente es extraño que todos los pretendientes de
Pansy sean antiguos amigos tuyos.
- Es natural que vengan a verme, y, al venir, vean a
Pansy. Al verla, es natural que se enamoren de ella.
- Eso creo yo; pero tú no tienes por qué creerlo.
- Me gustaría mucho que se casara con lord Warburton
-dijo Isabel con toda franqueza-. Es un hombre excelente desde todos los puntos
de vista. Tú dices que ella no tiene más que sentarse tranquilamente, pero
puede que no se siente tan tranquilamente como tú deseas. Si ve que va a perder
al señor Rosier, puede que salte de su asiento.
Osmond hizo como si no hubiese oído tales palabras y
continuó sentado mirando al fuego. Al cabo de un momento, dijo con una voz en
la que se percibía cierta emoción de cariño:
- A Pansy le gustaría ser una gran dama; y, sobre
todo, le gustaría agradar.
- Al señor Rosier, tal vez.
- No. Agradarme a mí.
- Y un poco también a mí, creo yo -dijo Isabel.
- Cierto, a ti también, porque tiene una gran opinión
de ti. Pero, en fin de cuentas, hará lo que yo quiera.
- Si estás seguro de ello, entonces no hay ningún
problema.
- Mientras tanto, sería conveniente que nuestro
distinguido visitante hablase de una vez.
- A mí ya me ha hablado. Me ha dicho que le causaría
un gran placer pensar que Pansy se interesa por él.
Osmond volvió rápidamente la cabeza y la miró
fijamente: -¿Por qué no me lo habías dicho? -preguntó secamente.
- Porque no se había presentado la ocasión. Ya sabes
cómo vivimos. He aprovechado la primera oportunidad que se me ha presentado.
-¿Le has hablado de Rosier?
- Unas palabras tan sólo.
- No era en absoluto necesario.
- Me pareció que era mejor que lo supiera para que…
para que… -¿Para qué? Dilo de una vez.
- Pues, para que obrara en consonancia.
- Para que se volviera atrás, sin duda.
- Al contrario; para que se adelantara mientras había
tiempo para ello.
- Pues no parece ser ése el efecto producido.
- Debes tener paciencia -repuso Isabel-. Ya sabes que
los ingleses son un poco tímidos.
- Ese no lo es. No lo era, al menos, cuando te hizo
la corte a ti.
Siempre había temido ella que Osmond tocase tal
punto, porque le resultaría muy desagradable. Así, replicó:
- Perdona que te diga que conmigo lo fue mucho.
Se quedó él un momento sin decir nada. Tomó un libro
y estuvo hojeándolo distraídamente, mientras que ella continuó sentada en
silencio, entreteniéndose en seguir el bordado de Pansy. Por fin, Osmond dijo:
- Tú tienes sin duda una gran influencia sobre él; en
cuanto quieras, podrás hacerle abordar el asunto.
Aquello le.resultó más ofensivo todavía, pero se dio
cuenta de la gran naturalidad con que él lo dijera y pensó que, después de
todo, era algo muy parecido a lo que ella se había dicho a sí misma. -¿Por qué
he de tener tal influencia? ¿Acaso he hecho algo que le obligue a estarme
agradecido?
- No quisiste casarte con él -contestó Osmond mirando
el libro.
- No tengo por qué presumir gran cosa por ello.
Osmond dejó el libro, se levantó y se puso delante de
la chimenea con las manos en la espalda.
- Bien, por mi parte, dejo el asunto completamente en
tus manos. Te basta con un poquito de buena voluntad para arreglarlo a
satisfacción de todos. Piénsalo despacio y no olvides que cuento contigo para
llevarlo a buen término.
Esperó Osmond un momento a fin de dejarle tiempo para
que le diese una respuesta, pero ella no contestó absolutamente nada. Visto lo
cual, salió despacio del salón, tal como en él había entrado.
42
Si Isabel no contestó, fue porque las palabras de él
le habían planteado la cuestión escuetamente y estaba absorta en su
contemplación. Existía entre ellos algo que hacía que sus vibraciones fueran en
el acto muy hondas, tan profundas que le había dado miedo aventurarse a
contestarle. Una vez que él se hubo ido, reclinó la cabeza en el respaldo del
sillón, cerró los ojos y permaneció así sentada hasta altas horas de la noche,
pensando en lo que acababa de oír. Llegó un criado de la casa para atender el fuego,
y ella le ordenó que trajera otros candelabros y se retirase a dormir. Osmond
le había pedido que pensara en lo que él había dicho. Y eso estaba haciendo:
pensar en ello, y en muchas,otras cosas. La sugerencia de que ella tenía una
influencia decisiva sobre lord Warburton la sobrecogió con el impulso que
acompaña al reconocimiento de un hecho real. Indudablemente había entre ellos
dos algo que podía hacer que lord Warburton se declarase a Pansy, acaso una
simple proclividad por parte de él a aprobar sus deseos, un anhelo de
complacerla haciendo lo que ella quería. En realidad, Isabel no se preguntaba a
sí misma qué podía haber de cierto, pues no se había sentido forzada a ello en
manera alguna; pero ahora que el asunto se le presentaba clara y firmemente vio
la respuesta, y la respuesta la asustó. Sí, algo había… por parte de lord
Warburton, por supuesto.
La primera vez que él fue a Roma, ella creyó roto por
completo el lazo que les uniera antes, pero poco a poco se había ido
convenciendo de que todavía existía palpablemente. Bien es verdad que era
delgado y quebradizo como un cabello, mas en ciertos momentos diríase que ella
lo oía vibrar. Por su parte, nada había cambiado. Lo que en otros tiempos
pensara de él, seguía pensándolo ahora; no era necesario que tal manera de
sentir cambiase, sobre todo porque ahora ella consideraba que ese sentimiento
era mejor. Pero ¿y él? ¿Seguía pensando que ella era más que todas las demás
mujeres? ¿Acaso quería evocar los momentos, si bien escasos, de intimidad que
ambos pasaran antes juntos? Isabel se daba perfecta cuenta de que había visto
en sus ojos señales de semejante disposición de ánimo. Pero ¿qué esperanzas
abrigaba, cuáles eran sus pretensiones y de qué modo tan extraño habían llegado
a mezclarse con aquel sincero aprecio que parecía profesarle a la pobre Pansy?
¿Estaba enamorado de la esposa de Gilbert Osmond? Y, si así era, ¿qué consuelo
esperaba obtener de todo ello? Una de dos: si estaba enamorado de Pansy, no
estaba enamorado de la madrastra; y si estaba enamorado de Isabel, no lo estaba
de la hijastra. ¿Debía ella aprovecharse de la ventaja de su posición en el
corazón del otro para inducirle a entregarse a Pansy, sabiendo que lo haría
sólo por ella y no por la jovencita?… ¿Y era ése el favor que su marido le
pidiera antes? Cuando menos, ése era el deber que ella se veía en situación de
afrontar, al no poder por menos de reconocer que su antiguo amigo continuaba
sintiendo una irremisible predilección por su compañía. De todo lo cual sacaba
en conclusión que su cometido no era nada grato, sino bien repulsivo. Se
preguntaba con tristeza si, por desgracia, lord Warburton fingía estar
enamorado de Pansy a fin de cultivar otra satisfacción y algo más, que podría
llamarse otras oportunidades. Pero, después de pensarlo bien, le absolvió de
semejante refinamiento de duplicidad y prefirió considerar que actuaba de buena
fe. Aunque, si su enamoramiento de Pansy resultaba una desilusión, no era eso,
en verdad, mejor que si fuese una ficción. Isabel se perdió en el dédalo de
todas estas ingratas posibilidades, muchas de las cuales, al enfrentarlas, le
parecieron sumamente feas. Se frotó los ojos como para salir de aquel
laberinto, declarándose a sí misma que, si su imaginación no la honraba
grandemente, mucho menos la honraba todavía la de su señor esposo. Lord
Warburton se había desinteresado de ella tanto como era necesario; Isabel no
significaba para él más de lo que debía significar. Y decidió aceptar esta
manera de pensar hasta que no se demostrase lo con- trario mediante algo más
eficaz que una cínica insinuación de Osmond.
No obstante, tal decisión no le proporcionó la paz
que su espíritu había menester, dominado como estaba por terrores que se
adueñaban de su pensamiento en cuanto se les ofrecía el menor lugar para
asentarse allí. Apenas si llegaba a darse cuenta de lo que lo había agitado, a
no ser la impresión que aquella tarde recibiera al ver que su marido mantenía
con madame Merle una comunicación mucho más directa de lo que ella hubiese
podido jamás sospechar. Tal impresión se le presentaba, volvía a presentársele y
retornaba de nuevo a su mente, y se asombraba de que no se le hubiese ocurrido
antes. Aparte de ello, la conversación que acababa de mantener con Osmond era
una prueba flagrante de cómo llegaba él a mar- chitar todo aquello en lo que
ponía sus manos, de cómo echaba a perder para ella aquello en lo que posaba sus
ojos. Bien estaba lo de tratar de ofrecerle una prueba de lealtad; lo malo era
que el solo hecho de saber que él esperaba algo de una era más que sobrado para
suscitar una presunción en contra suya. Era como si llevara consigo el mal de
ojo, como si su presencia produjera agotamiento y su favor resultara una
desgracia. Ahora bien, ¿radicaba en él semejante defecto o se debía a la
profunda desconfianza que había llegado a inspirarle? Semejante desconfianza se
le aparecía actualmente como el resultado más patente de su breve vida de
casados. Entre los dos se abría un profundo abismo por encima del cual ambos se
miraban uno a otro con ojos que eran como una irrebatible declaración de la
decepción recíprocamente sufrida. Era aquélla una oposición en verdad extraña,
que jamás hubiera Isabel soñado que llegase a producirse y en la que el
principio vital de cada uno era una especie de desprecio por el otro. Ella no
tenía la culpa, pues no había alimentado la decepción; no había hecho más que
admirarle y creer en él. Ella dio los primeros pasos en el terreno de la
confianza más pura, pero no tardó en darse cuenta de que el panorama de la vida
múltiple que a sus ojos se ofrecía no era sino una estrecha y oscura avenida en
cuyo final se elevaba un muro impenetrable. En vez de elevarla a la cumbre de
la felicidad para que, desde allí, pudiera decir que el mundo yacía a sus pies
hasta el extremo de permitirle mirar hacia abajo con exaltación y prepotencia,
juzgar, decidir y compadecer a su antojo, aquella avenida conducía más bien
hacia abajo, hacia regiones de escasez y depresión donde el sonido de las
vibraciones de otras vidas más libres y sosegadas se escuchaba como venido de
arriba, no contribuyendo, por tanto, más que a ahondar el sentimiento del
fracaso. Lo que ante sus ojos oscurecía el mundo por completo era, en resumidas
cuentas, la profunda desconfianza que de su esposo sentía. Tal sentimiento es
fácil de mencionar, pero no tan fácil de explicar, y tan complicado resultaba
en su manera de ser que necesitó largo tiempo y hondo sufrimiento para alcanzar
su perfección de aquel entonces. En Isabel el sufrimiento era una especie de
condición activa; no era un estremecimiento, ni una desesperación, ni un
estupor, sino una pasión por lo mental, lo especulativo, por responder a
cualquier presión. Se enorgullecía de haber guardado para sí misma el secreto
del fracaso de su fe, y el único que podía sospecharlo era Osmond. Seguramente
éste lo sabía de sobra, y había veces en que ella pensaba que le re- sultaba un
verdadero placer. Semejante realidad no se hizo patente de forma súbita, sino
que fue presentándose poco a poco, pues únicamente al final del primer año de
su vida en común, que tan admirablemente íntima pareciera al principio, escuchó
ella en su interior la voz de alarma. E inmediatamente después, las nubes
comenzaron a adensarse, como si deliberadamente, casi perversamente, Osmond se
hubiese complacido en ir apagando todas las luces una tras otra. Al principio,
la oscuridad era vaga y leve hasta el punto de que ella podía seguir viendo su
camino a través de ella; pero no tardó en espesarse, y si de vez en cuando
parecía aclararse en algunos puntos, había siempre regiones de la perspectiva
donde las sombras resultaban impenetrables. No eran pura emanación de su
intelecto tales sombras, de eso estaba segura Isabel, que había hecho cuanto en
su mano estaba por ser justa y afable por no ver más que la verdad. Eran una
parte, una especie de creación y consecuencia de la presencia de su marido. No
eran ni desvaríos ni delitos suyos, de nada le acusaba… a no ser de algo que en
realidad no era un pecado, una falta, un crimen. No sabía ella de mala acción
alguna por él cometida; no era cruel ni violento. Lo único que creía Isabel era
que la detestaba. Eso y no otra cosa era lo que le reprochaba, y lo más triste
de todo era que aquello no constituía precisamente un crimen, pues ante un
crimen era indudable que habría podido rebelarse. Osmond había descubierto que
ella era muy diferente de lo que él había creído que podía llegar a ser. Al
principio pensó que podría cambiarla, y, por su parte, ella trató de hacer lo
que él quería. Pero, después de todo, ella era ella…, no lo podía remediar, y
ahora resultaba completamente inútil fingir, poniéndose una máscara o un
disfraz, porque él la conocía ya perfectamente y se había hecho su composición
de lugar. Isabel no le temía, no tenía miedo de que la hiriese, pues la mala
voluntad que le profesaba no era de semejante índole. A ser posible, él no le
daría jamás el menor pretexto, ni cometería el menor error. Había veces en que
ella casi le compadecía, porque si bien no había llegado a decepcionarle en la
intención, se daba cuenta perfectamente de hasta qué punto le había
decepcionado en realidad. Cuando se conocieron, ella quiso borrarse casi del
todo, empequeñecerse, incluso pretendiendo que era más pequeña de lo que
realmente era. Ello se debía a que sucumbió al encanto extraordinario que, por
su parte, se había esforzado él en mostrar. Osmond no había cambiado, y,
durante el año que duró su cortejo, no se distinguió en nada por encima de
ella. Pero la verdad es que ella no vio más, que no logró ver más que la mitad
de su verdadero ca- rácter, como se ve el disco de la Luna cuando queda tapado
en parte, durante un eclipse, por la sombra de la Tierra. Ahora, en cambio,
veía toda la Luna, al hombre completo tal cual era. Sin embargo, había
permanecido en silencio a fin de dejarle el campo libre, y a pesar de ello
había tomado la parte por el todo. ¡Ah! No cabía la menor duda de que había
sucumbido al hechizo, y éste no se había desvanecido, continuaba actuando. Ella
sabía de sobra qué era lo que hacía tan extraordinariamente delicioso a Osmond
cuando a él se le antojaba serlo. Se le antojó serlo cuando le hacía la corte,
y, como ella no deseaba sino que la encantaran, no era de extrañar que él lo
hubiese logrado. Y lo consiguió porque entonces fue sincero, y ahora jamás se
le ocurría a ella negar que lo hubiera sido. El la admiró y le explicó el
porqué de su admiración: porque era la mujer más imaginativa que había
conocido. Nada se oponía a que eso fuera la verdad, pues durante todos aquellos
meses su imaginación construyó cosas que parecían privadas de sustancia real.
Ella concibió una visión maravillosa de él, alimentada por sensaciones
sorprendentes y una fantasía exaltada, porque no leyó bien en su alma. Le había
llamado la atención una especial combinación de elementos, en los cuales ella
había querido verle como la más notable de todas las figuras. El hecho de que
fuera pobre y estuviese solo, y a pesar de ello mantuviera una altiva dignidad,
la interesó profundamente y pareció ofrecerle la oportunidad anhelada. Diríase
que todo parecía rodearle con una belleza indefinible, belleza que no era sólo
la de su situación sino que incluso se extendía a su figura física, a su
rostro, a su inteligencia. Al mismo tiempo, Isabel se había dado cuenta de que
él carecía de protección y de eficacia, y el sentimiento que tal carencia le
inspiró se transformó en un cariño que era la forma misma del respeto. A sus
ojos, él era una especie de viajero escéptico que se paseara por la playa
esperando que subiera la marea, mirando al mar, pero sin atreverse a lanzarse a
él. Y he aquí donde ella veía la ocasión que le estaba deparada. Ella botaría
el barco que él necesitaba, sería su providencia. Y pensó que debía de ser una
gran cosa amarle de veras. Y le amó. Ansiosamente le amó, ardientemente se le
entregó, en gran parte por lo que halló en él, pero en gran parte también por
lo que ella le aportaba y que podía enriquecer la dádiva. Cuando, en sus
momentos de reflexión, volvía la vista hacia aquellas semanas, le parecía ver
en todo ello tina especie de instinto materno, la felicidad que experimenta una
mujer consciente de que va a contribuir soberanamente a la felicidad del ser
amado, de que va hacia él con las manos llenas. Bien claro veía ahora que no lo
habría hecho de no ser por su dinero. Y al llegar a este punto su pensamiento
voló en pos del pobre señor Touchett, que dormía su sueño eterno allá lejos,
bajo el húmedo césped de la tierra inglesa, hacia el benéfico autor de tantas y
tantas angustias e infortunio. Porque esta y no otra era la fantástica
realidad. En el fondo, aquel dinero había constituido una verdadera carga,
había caído como una losa sobre ella, que experimentaba el deseo de ceder su
peso a otra conciencia, a otro receptáculo mejor preparado. ¿Y qué podría
descargarle la conciencia tan perfectamente como el ceder aquel peso al hombre
de mejor gusto del inundo? A menos que lo hubiese donado a un hospital, no
había cosa mejor en qué emplearlo, y no existía institución caritativa de
ninguna clase que le inspirara interés tan profundo como Gilbert Osmond. El
podría emplear su fortuna de modo que la hiciese a ella pensar mejor sobre el
echo de poseerla y la despojara de ciertas prevenciones contra su buena suerte
y su ines- perada herencia. No existía delicadeza alguna en el hecho de haber
heredado sesenta mil libras; la delicadeza estaba en el señor Touchett, que
había tenido la idea de dejárselas. Pero, en lo de casarse con Gilbert Osmond y
aportarle tan considerable suma de dinero…, en eso sí había delicadeza por
parte de ella. Por parte de él, desde luego, había mucha menos, era cierto; mas
eso era cosa exclusivamente suya, y, si la quería, no tendría por qué hacer
objeción alguna por el hecho de que fuese rica. En efecto, ¿no había él tenido
el valor de decirle que se alegraba de que lo fuese?
Isabel sintió que el calor le quemaba las mejillas al
pensar y preguntarse si, en realidad, había contraído matrimonio sobre la base
de una falsa creencia, pensando poder hacer algo verdaderamente digno de
aprecio con su dinero. A lo cual podía en el acto contestarse que aquello no
era sino la mitad del cuento. Lo cierto es que se había adueñado de ella una
especie de ardor, una sensación de la seriedad de su cariño y de deleite por
las cua- lidades personales del futuro esposo, que le parecía mejor que todos
los demás. Este supremo convencimiento de tal superioridad le llenó por
completo el espíritu durante meses y meses, y aún le quedaba de sobra para
hacerle comprender que, cuando así lo hizo, no podía obrar de otra manera. El
mejor de todos los organismos -en el sentido de la sutileza- había llegado a
pertenecerle, y para ella, en aquel entonces, llegó casi a constituir un acto
de devoción el mero hecho de alargar la mano y sentir su contacto. Por lo que
respecta a la belleza extraor- dinaria de la inteligencia de su amado, no había
sentido jamás la menor decepción; conocía perfectamente aquella facultad. Con
ella había vivido, casi parecía que dentro de ella, como si hubiese sido su
propia morada. Si había sido capturada, había hecho falta una mano poderosa,
reflexión que a sus ojos entrañaba cierto mérito por su parte. No había
encontrado hasta la fecha entendimiento más ingenioso, flexible, cultivado y
acostumbrado a los ejercicios admirables; y era precisamente con instrumento
espiritual tan exquisito con el que debía ella actuar en lo sucesivo. Así, cayó
en un desaliento profundo cuando pensó en la magnitud de la decepción por él
experimentada. Por ello era hasta casi milagroso que no la detestase más
todavía. Acordábase perfectamente de la primera señal que diera él de semejante
actitud y que fue como el timbre que hizo levantar el telón antes de la
representación del drama de su vida. Un día le dijo que tenía demasiadas ideas
y que debía deshacerse de ellas, cosa que ya le dijera también antes del matrimonio
y a la que entonces ella no prestara atención, pero a la que había vuelto
después a la carga. Cuando se lo dijo una vez casados, ella hubo de tomarlo en
consideración porque vio que él pensaba lo que decía y decía lo que quería.
Superficialmente consideradas, aquellas palabras no eran en realidad gran cosa;
pero, vistas luego a la luz de la profunda experiencia, le parecieron
portentosas. Es decir, que si él decía lo que pensaba, lo que quería era que no
tuviese de sí misma más que su linda apariencia externa. De tal suerte, Isabel
había sabido que tenía demasiadas ideas; pero el caso es que tenía aún más de
las que él suponía, muchas más de las que ella le había mostrado cuando le
pidió que se casaran. Cierto, había sido hipócrita, pero era porque le gustaba
tanto… Sin duda tenía muchas ideas propias, pero precisamente para eso se
casaba una, para compartirlas con otra persona. En último término, una o podía
arrancarlas de cuajo, si bien podía suprimirlas, procurar no proclamarlas. Lo
de menos había sido lo que él dijera de sus opiniones; nada, en verdad. Ella no
tenía realmente opiniones; ninguna, desde luego, que no hubiese estado pronta a
sacrificar por la satisfacción de sentirse amada. Lo que él había querido
significar era el conjunto, es decir su carácter, su manera de sentir, su
propio juicio. Eso era lo que ella se había reservado y lo que él no había
conocido hasta que se encontró cara a cara frente a ello y como con la puerta
cerrada a su espalda. Ella tenía una manera de considerar la vida que a él le
parecía una ofensa personal. ¡Sabía Dios que, por lo menos ahora, era una
manera muy adaptable y humilde! Lo extraño es que, al principio, jamás habría
Isabel sospechado que la manera de él fuese tan diametralmente opuesta. Había
creído que era tan amplia, ilustrada y perfecta como correspondía a un hombre
honrado y a un caballero. ¿Acaso no le había dicho él que no tenía
supersticiones de ninguna especie, que carecía de tristes limitaciones, que
todos sus anteriores prejuicios habían fenecido? ¿Acaso no tenía la apariencia
de un hombre que vive independiente del mundo, ajeno a toda preocupación de
segundo orden, exclusiva- mente preocupado por la verdad y el saber, convencido
de que dos seres inteligentes deben darse a la tarea de buscarlos juntos y
sentirse felices con su búsqueda, los encuentren o no los encuentren? Le había
él declarado que le gustaba lo convencional, pero eso tenía en cierto sentido
los visos de una declaración bien noble. En tal sentido -el de la armonía, el
orden y la conveniencia en todas las cuestiones ya establecidas en la vida-
ella aceptó de buen grado sus puntos de vista, y todas su admoniciones no
contenían para ella nada de humillante. Pero cuando, al cabo de los meses, le
siguió hasta llegar a su morada, se dio cuenta exactamente del lugar donde
verdaderamente estaba.
En su imaginación revivió aquellos instantes, el
incrédulo terror que se había adueñado de ella y con el que afrontó su nueva
morada. Desde entonces había vivido entre las cuatro paredes de aquella
mansión, y entre ellas le parecía que debía pasar el resto de su vida. Era una
morada de oscuridad, de sordera, de sofocación. La maravillosa mente de Osmond
no le proporcionaba luz ni aire; en todo caso, parecía mirar hacia abajo por
una alta claraboya y burlarse de ella. No había habido sufrimiento físico de ninguna
clase, por supuesto; a tales su- frimientos se les halla remedio eficaz bien
pronto. Tenía libertad completa; podía entrar y salir como le pluguiese, y su
marido era siempre perfectamente cortés con ella.
Pero se tomaba tan en serio a sí mismo que casi
resultaba espantoso. Bajo su aspecto de gran cultura, de ingeniosidad,
amenidad, buen carácter, facilidad para todo, conocimiento de la vida, bajo
todo eso yacía su tremendo egocentrismo, oculto como una serpiente en un macizo
de flores. Por su parte, ella le había tomado también en serio, mas no hasta
tal extremo. ¿Cómo podía ser de tal suerte, sobre todo cuando le había conocido
siendo mucho mejor? Debía verle como él se veía a sí mismo: como el hombre más
grande de Europa. Así es como lo consideró al principio; y ésa fue, desde
luego, la razón por la que se casó con él. Pero, en cuanto empezó a darse
cuenta de lo que todo ello suponía, fue haciéndose atrás. Había mucho más en
aquel compromiso de lo que ella estaba dispuesta a aceptar. Suponía un
desprecio soberano por todo el mundo, excepto tres o cuatro personas sumamente
eximias a las que Osmond envidiaba, y un no menor desprecio por todo lo del
mundo salvo media docena de ideas suyas. Todo lo cual estaba muy bien e incluso
se sentía capaz de acompañarle en tal manera de ser más lejos todavía, pues le
mostraba con tanta fuerza la bajeza y suciedad de vida, le abría hasta tal
punto los ojos ante la estupidez ajena, la depravación y la ignorancia de la
humanidad, que había quedado profundamente impresionada por la vulgaridad
infinita de las cosas y por la virtud de conservarse incontaminado. Pero,
después de todo, para tal mundo innoble era para el que uno tenía que vivir, el
que había de contemplar constantemente con sus propios ojos, no ya con el deseo
de ilustrarlo, convertirlo o redimirlo, sino para extraer de él algún
reconocimiento de la propia superioridad. Si por una parte podía decirse que
tal cosa era despreciable, por la otra proporcionaba un baremo. Osmond le había
hablado a Isabel de sus renuncias, su indiferencia, la facilidad con que
desdeñaba los concursos ajenos en el logro del éxito; todo lo cual era
verdaderamente admirable a los ojos de ella, que consideraba tal manera de ser
como una gran indiferencia, como una independencia exquisita. Sin embargo, la
indiferencia era la última de sus cualidades, pues ella no recordaba haber
visto jamás a ninguna otra persona que viviera tan pendiente de los demás. En
cambio, Isabel podía decir sin ambages de ninguna especie que lo que más le
interesaba siempre era el mundo, y que nada le apasionaba tanto como el estudio
de los demás seres humanos. No obstante, habría estado dispuesta a renunciar a
todas sus curiosidades y simpatías por una vida personal, a condición de que la
persona interesada le hiciese creer que con ello obtenía un verdadero
beneficio. Tal era, cuando menos, su actual convicción, y habría sido sin duda
alguna mucho más sencillo que preocuparse por la sociedad hasta el extremo que
Osmond se preocupaba.
No le era posible vivir sin ella, e Isabel constataba
que nunca hasta entonces lo había hecho, pues siempre estaba contemplándola
desde la ventana, incluso cuando más indiferente parecía. Acariciaba él su
propio ideal, de igual manera que ella había tratado de lograr el suyo; mas era
verdaderamente extraño ver de qué distinto modo buscaban dos personas la
realización de la justicia. Consistía el ideal de Osmond en una gran
prosperidad y en la posesión de cuantiosa riqueza, en llevar una vida
aristocrática que él creía, según Isabel veía ahora con claridad meridiana,
haber llevado siempre, al menos en lo esencial. Ni un solo instante dejaba él
de pensar en ello, nunca se habría repuesto de la vergüenza que le hubiese
causado haber pensado en algo distinto. Pero no era eso lo censurable; le
parecía a ella perfectamente, y se mostraba de acuerdo con tal manera de ser;
el escollo estaba en que los dos aplicaban, a la realización de un posible
único ideal, procedimientos e ideas, deseos y asociaciones completamente
distintos. La noción que Isabel tenía de la vida aristocrática era
sencillamente la unión de una gran cultura con una gran libertad,
correspondiendo a la cultura infundir la sensación del deber, y a la libertad,
la sensación del posible disfrute. Para Osmond, en cambio, todo era una actitud
perfectamente estudiada y consciente, cuestión de puras formas. Él prefería lo
antiguo, lo consagrado, lo transmitido de generación en ge- neración; también a
ella le gustaba infinito todo eso, pero se reservaba el derecho de utilizarlo
como mejor le pareciese. Profesaba él un culto extraordinario a la tradición, y
una vez llegó a decirle que lo mejor del mundo era tenerla, y que, si alguien
era tan desgraciado que no la tenía, su obligación era hacer en el acto cuanto
le fuera posible para obtenerla. Isabel se daba perfecta cuenta de que con
tales palabras quería darle a entender que ella carecía de semejante tradición
y que, por tanto, él era superior, pese a lo cual jamás llegó a saber de dónde
arrancaban las tradiciones de que él parecía blasonar. Por descontado, tenía
una gran colección de ellas, y su esposa no tardó en comenzar a verlo. Lo
esencial, al parecer, era conducirse de acuerdo con ellas…, lo esencial no sólo
para él sino también para su mujer. Isabel estaba vagamente convencida de que
las tradiciones debían ser algo de calidad extraordinariamente superior para
poder servir al que las poseyera, de suerte que nunca se prestó a su exigencia
de marchar al son de una música antigua que parecía venir de los períodos
ignotos del pasado de su marido; imposible habría de ser prestarse a eso,
siendo, como ella era, persona de tan libre porte, tan desviado, variable y
rebelde a cuanto significara rigidez procesional. Había cosas que debían
forzosamente hacer, personas que debían conocer y otras que no debían conocer,
actitudes fijas que debían adoptar. Cuando ella se percató de que semejante
rígido sistema se cerraba en torno suyo, por envuelto que estuviera en pintados
tapices, apoderóse de su ánimo la sensación de sofoco, ahogo y oscuridad a la
que ya nos hemos referido, y antojósele que tenía que callar envuelta en un
olor a moho y a cosa periclitada. Ni que decir tiene que se resistió a ello; al
principio, lo hizo de manera irónica, humorística, afectuosa; luego, a medida
que la situación se tornaba más seria, de manera apasionada, con ansiedad,
suplicando. Había abogado en defensa de su mutua libertad de acción, de obrar
como mejor les pareciera, de no preocuparse por el aspecto ni la clasificación
ajena de su vida conjunta…, en favor de otros instintos y anhelos, de un ideal
diferente.
Entonces fue cuando la personalidad de su esposo,
revestida como nunca antes lo estuviera, se irguió con firmeza. Lo que Isabel
se aventuraba a decir no merecía más que sarcasmo por respuesta, y al fin llegó
a comprender que su marido se sentía inefablemente avergonzado de ella. ¿Acaso
la consideraba baja, innoble y vulgar? Cuando menos, ahora sabía que carecía de
tradiciones. En su minuciosa previsión de las cosas y acontecimientos no
figuraba el que ella revelase semejante falta de altura; a su juicio, los
sentimientos de Isabel eran, a lo sumo, dignos de un diario radical o de un
predicador unitario. Como ella descubrió finalmente, el verdadero pecado
consistía en tener una inteligencia independiente. Su inteligencia tenía que
pertenecerle a él, estar adherida a la suya como un jardincillo a un gran coto
de caza mayor. El se encargaría de remover suavemente la tierra y de regar las
flores, él dispondría los macizos y de vez en cuando prepararía un ramo
florido. Sería una diminuta y grata propiedad para un propietario harto
distante. No quería él que ella fuese tonta. Al contrario, si por algo le gustó
fue porque era en extremo inteligente. Pero esperaba que aquella inteligencia
actuase a su favor y, lejos de desear que el entendimiento de su esposa fuese nulo,
se enorgullecía de que fuera tan admirablemente receptivo. Había confiado que
su esposa sintiera con él y para él, que compartiera todas sus opiniones,
ambiciones y preferencias. E Isabel no tenía más remedio que decirse a sí misma
que, después de todo, no representaba una extraordinaria insolencia por parte
de un marido tan completo y, en un principio, tan cariñoso. No obstante, había
muchas cosas que no podía en modo alguno aceptar. Por lo pronto, eran
escandalosamente sucias. Si bien ella no era hija de puritanos, creía en
ciertos sentimientos y virtudes como los de la castidad e incluso la decencia,
por los que, al parecer, no tenía Osmond la menor consideración; y algunas de
tales tradiciones le hacían rechazar los líos de faldas. ¿Tenían, por ventura,
amantes todas las mujeres? ¿Acaso todas mentían y obtenían de ello buena
recompensa? ¿Era cierto que no existían sino dos o tres que no engañasen a sus
maridos? Cuando Isabel le oyó decir tales cosas, sintió por ellas todavía más
desdén que por los comadres de pueblo, desdén que logró conservar con toda su
frescura aun en una atmósfera sumamente viciada. ¿Viciada tal vez por su
hermana política? ¿Es que su marido no juzgaba más que por la actitud de la
condesa Gemini? Tal dama no sólo mentía descaradamente, sino que incluso ponía
de manifiesto que el engaño no era cosa simplemente verbal. Ya resultaba, pues,
bastante que tales hechos estuviesen admitidos por las tradiciones de Osmond,
ya era más que bastante sin darles una extensión más general. El sarcasmo por
ella mostrado ante tal admisión fue lo que hizo a Osmond estirarse, erguirse
orgullosamente. Atesoraba él desprecio para dar y vender, y era justo que su
esposa recibiese la parte alícuota que le correspondía. En cambio, lo que no
podía en modo alguno admitir era que ella se permitiese enfocar con la linterna
de su desdén aquella concepción de las cosas por él mantenida. Creyó Osmond que
debía haber moldeado las emociones de ella antes de que se hubiera producido
tal estado de cosas, e Isabel podía fácilmente columbrar hasta qué punto debió
de quedarse sorprendido al descubrir que se había confiado en exceso. Y cuando
un hombre tiene una esposa que le produce semejante sensación, no le queda más
remedio que aborrecerla.
Isabel estaba ya absolutamente convencida de que tal
sentimiento de odio, que en un comienzo constituyó un refugio y un mero solaz, había
acabado por convertirse en una verdadera ocupación y en el consuelo de su vida.
Tal sentimiento era profundo porque era sincero, y Osmond llegó a tener la
revelación clarísima de que ella podría, después de todo, prescindir de él. Si
a los mismos ojos de ella semejante obra resultaba abrumadora, si llegaba a
antojársele a Isabel una especie de infidelidad, una capacidad para la
corrupción posible, ¿qué efecto desolador y formidable no había de causarle a
él? La cosa era bien sencilla: él la despreciaba profundamente porque carecía
de tradiciones y tenía la moral de un pastor pro- testante unitario. ¡Y la
verdad es que la pobre Isabel jamás había entendido la teoría de la secta
unitaria! Con tal certidumbre había estado viviendo durante un tiempo del que
ya había perdido la noción. ¿Qué vendría luego, qué le aguardaba en el
horizonte de la vida conyugal? Esta era la pregunta que ahora se hacía
constantemente. ¿Qué iba a hacer él, qué iba a hacer ella? ¿A dónde podía
llegarse cuando un hombre odiaba a su esposa? En cambio, ella tenía el
convencimiento de que no le aborrecía, pues muy a menudo sentía la imperiosa
necesidad de ofrecerle una pequeña demostración de su deseo de agradarle,
alguna delicada sorpresa. Sin embargo, con frecuencia sentía miedo cuando le
venía a las mientes, como ya hemos dicho, el recuerdo de haberle engañado al
principio. Estaban, en verdad, extrañamente casados y su vida en común era
realmente horrible. Durante la última semana apenas le había dirigido la
palabra y su actitud con ella era tan seca como una hoguera consumida. Isabel
sabía cuál era la razón de tal actitud: que Ralph Touchett estaba en Roma. Le
parecía que veía demasiado a su primo; la semana anterior, sin ir más lejos, le
había dicho que consideraba indecente que fuese a verlo a su hotel. Seguro que
habría dicho más todavía si no le hubiese puesto en evidencia el estado de
completa invalidez del pobre Ralph; pero el haber tenido que conte- nerse por
tal consideración había ahondado aún más el abismo entre ellos existente y
aumentado aún más su disgusto. Isabel veía todo aquello con la misma claridad
con que veía la hora en el reloj de enfrente, y era tan consciente de la rabia
que en Osmond suscitaba el interés por ella demostrado hacia su primo como si
la hubiese encerrado en su habitación, que estaba segura de que era lo que
habría querido hacer. Pensaba Isabel honradamente que su actitud no era en
absoluto desafiante, pero no podía fingir que Ralph le era indiferente. Creía
sinceramente que estaba muriéndose y que no volvería a verle más, lo que le
infundía hacia su primo un cariño que jamás sintiera antes en tal forma. Nada
le proporcionaba ya el menor placer. ¿Cómo podría algo causar placer a quien,
como ella, sabía perfectamente que había desperdiciado por completo su vida? Su
corazón soportaba un peso constante y todo parecía alumbrado con una luz
mortecina. De tal suerte, la visita de Ralph vino a ser como una claridad en
las tinieblas, pues durante la hora que solían pasar juntos, la tortura del
dolor que por ella misma experimentaba tornábase en dolor sufrido por causa de
él. Aquel día sintió ella como si Ralph fuera su hermano. No había tenido
ningún hermano, pero presentía que, si lo hubiera tenido y si ella se hubiese
hallado en el estado de desasosiego en que ahora se hallaba y él moribundo, lo
habría querido de igual forma que entonces quería a Ralph. Cierto, si
Osmond estaba celoso de ella, tal vez tenía sus
razones, porque Isabel lo veía con un aspecto realmente deplorable tras pasar
media hora en compañía de Ralph. No era necesario que ha- blasen de él, ni
siquiera que lo mencionaran. Su nombre no era jamás pronunciado entre los dos.
La única razón de ello consistía en que Ralph era un hombre generoso y su
marido no lo era en absoluto. Había algo en la conversación de Ralph, en su
sonrisa, en el hecho de su per- manencia en Roma, que hacía que el maldito círculo
en que ella se movía ensanchara de pronto su diámetro. Su primo le hacía ver y
sentir la bondad del mundo, lo que podía haber sido. Después de todo, Ralph era
tan inteligente como Osmond, amén de ser infinitamente más bueno. De tal
suerte, le parecía a ella una demostración de afecto hacia él no hacerle
partícipe de su desgracia. Por eso la ocultaba cuidadosamente, hasta el extremo
de que diríase que, en su conversación, estaba todo el tiempo corriendo
cortinas y colocando biombos aquí y allá. Aún tenía viva en la imaginación
-jamás llegó a morir en ella- aquella mañana en el jardín de Florencia, cuando
él la había prevenido contra Osmond. No tenía más que cerrar los ojos para ver
inmediatamente el lugar, oír su voz, sentir la palpitación suave y acariciadora
del aire. Y se preguntaba cómo podía él haberlo adivinado. Le parecía un
verdadero milagro semejante capacidad de visión. ¿Era, pues, tan inteligente
como Osmond? No tanto, sino mucho más tenía que serlo para haber llegado a
concebir semejante juicio. Nunca había sido Gilbert ni tan profundo ni tan
justo. Isabel le había dicho entonces que, por lo menos en cuanto de ella
dependía, nunca sabría él si hacía bien o mal; y eso era precisamente lo que
procuraba en esos momentos. Le resultaba un poco trabajoso, ya que en lograrlo
ponía su pasión, su exaltación, incluso su religión. Las mujeres practican a
veces la religión de muy extraña manera, con raros ejercicios, e Isabel, al
representar el papel que ante su primo estaba representando, creía firmemente estar
haciendo una buena obra. En realidad, lo habría sido si por un solo instante
hubiese logrado engañarle. En la situación actual, la buena obra consistía
principalmente en hacerle creer que una vez él la hirió gravemente, lo que
redundaba en desdoro suyo; pero, como era generosa y él estaba enfermo, ella no
le guardaba rencor e incluso no dudaba en hacer ostentación de su propia dicha
en la cara del otro. Ralph sonrió en el sofá donde estaba tendido al oír que
era objeto de semejante consideración, y la perdonó, complacido por el hecho de
que ella le hubiese perdonado a él. Isabel no quería causarle el dolor de
hacerle saber que era desgraciada. Eso era lo esencial, y no importaba que
semejante conocimiento le hubiese dado la razón.
Isabel permaneció largo tiempo en el salón después de
que el fuego se hubo apagado.
No era de temer que sintiera frío, pues se hallaba en
un estado febril. Oyó sonar las horas una tras otra, pero en su vigilia no hizo
caso del tiempo. Su mente, asaltada por varias visiones, funcionaba con
actividad extraordinaria; y las visiones podían bailar mejor su ronda en torno
a ella en aquel lugar, donde estaba sentada, que en otro, sí tuviera la cabeza
en la almohada y quisieran perturbar su sueño. Como ya hemos dicho, no creía
ella que su actitud fuese desafiante. ¿Qué mejor prueba de ello que el haberse
pasado allí media noche, tratando de convencerse a sí misma de que no había más
razón para que Pansy no se casase que para que una no echase una carta al
correo, por ejemplo? Cuando sonaron las cuatro en el gran reloj, Isabel se
levantó, disponiéndose a irse a la cama, pues hacía ya tiempo que la lámpara se
había apagado y las velas se habían consumido. Antes de abandonar el salón, se
detuvo y de nuevo acudió a su mente la escena allí vista, con su esposo y
madame Merle departiendo sin preocuparse de nada y en franca asociación
familiar.
43
Tres noches después, Isabel llevó a Pansy a una gran
fiesta, a la que Osmond, enemigo de ir a bailes, no las acompañó. Pansy estaba
tan dispuesta a bailar como de costumbre. No tenía por norma generalizar, de
suerte que no aplicaba a los demás placeres aquella severa prohibición que veía
impuesta sobre los del amor. Que estuviese tomándose el tiempo necesario o que
tratara de embaucar a su padre era cosa que habría acusado en ella cierta
previsión del éxito posible. Isabel no creía que hubiera nada de semejante
intención y pensaba que Pansy se había limitado a ser una buena muchacha. Nunca
había tenido ocasión tan propicia y ella estimaba grandemente las buenas
ocasiones. Consagró, pues, a su persona la atención acostumbrada y contempló
con la misma ansiedad de siempre su vaporoso vestido; asió con firmeza su ramo
y contó las flores por lo menos veinte veces. A su lado, Isabel se sentía
vieja. Le parecía que hacía un tiempo infinito desde que ella sintiera
agitación al ir a un baile. Pansy, que gozaba de la admiración general, poco
después de llegar tenía ya todos los bailes comprometidos y confió
inmediatamente su ramo a Isabel, que no bailaba, para que se lo guardase. Hacía
algunos minutos que Isabel lo sostenía cuando reparó en la presencia cercana de
Edward Rosier, que estaba de pie ante ella; su amable sonrisa se había
desvanecido y su mirada acusaba una decisión casi militar. Si Isabel no hubiese
pensado que la situación de su amigo estaba a punto de ser verdaderamente
desesperada, no habría podido por menos de sonreír al ver aquella adusta
apariencia en quien siempre había olido más a heliotropo que a pólvora. El la
miró un instante con cierto enojo, como para hacerle saber que era hombre
peligroso, y luego se fijó en el ramo. Tras haberlo examinado a satisfacción,
suavizó la fiereza de su mirada y dijo precipitadamente:
- Son pensamientos2, ¡debe de ser de ella! Isabel
sonrió amablemente.
- Sí, es su ramo -contestó-. Me ha encargado que se
lo guarde. -¿Puede dejármelo un momento, señora Osmond?
- No, no puedo. Tengo miedo de que quiera quedárselo.
- No estoy seguro de que no intentase hacerlo. Tal
vez me marcharía enseguida con él. Pero ¿no puedo, por lo menos, quedarme una
de sus flores?
Dudó Isabel un instante, y, luego, tendiendo el ramo,
dijo:
- Escójala usted mismo. Es una temeridad lo que estoy
haciendo por usted. -¡Ah, si no hace usted más que esto, señora Osmond!
-exclamó Rosier poniéndose el monóculo para escoger una florecilla.
- No se la ponga en el ojal -le pidió Isabel-. No lo
haga por los demás.
- Quisiera que ella lo viese. Se ha negado a bailar
conmigo, pero me gustaría hacerle ver que aún sigo creyendo en ella.
- Está muy bien eso de hacérselo ver a ella, pero
fuera de lugar el hacérselo ver a los demás. Su padre le ha prohibido que baile
con usted. -¿Eso es todo lo que puede hacer usted por mí? La verdad, esperaba
mucho más de usted, señora Osmond -exclamó el joven sin entrar en detalles-. Ya
sabe que somos viejos amigos…, desde el tiempo de nuestra inocente infancia.
- No me envejezca demasiado -repuso Isabel con amable
paciencia-. Siempre está usted con lo mismo, y yo no lo niego nunca. Pero, por
dejos amigos que seamos, debo decirle que, si usted me hubiese pedido que nos
casáramos, me habría negado en el acto. -¡Ah! Ya veo que usted no siente
aprecio por mí. Diga de una vez que me considera un parisiense frívolo.
- Le aprecio de veras, pero no estoy enamorada de
usted. Desde luego, lo que quiero decir es que no estoy enamorada de usted para
Pansy.
- Está bien…, comprendo. Usted me compadece…, eso es
todo.
Edward Rosier miró a su alrededor, muy apenado, a
través de su brillante monóculo.
Para él resultaba una verdadera revelación que la
gente no se mostrase complacida a su respecto, pero, al fin y al cabo, era
demasiado orgulloso para demostrar que tal deficiencia le afectaba hondamente.
Isabel permaneció callada un instante. La actitud y
apariencia de su amigo no tenían la dignidad de la honda tragedia, pues lo
primero que a ella le impedía pensar era aquel monóculo reluciente. Pero, de
pronto, se sintió conmovida. Después de todo, su desdicha tenía algo en común
con la del otro, y cayó en la cuenta de que, más que nunca -de forma
reconocible, si bien no romántica-, aquello era lo más emotivo del mundo: el
amor joven en lucha contra la adversidad. Así, al cabo de un momento le
preguntó afablemente: -¿Sería usted verdaderamente bueno con ella?
Bajó él mansamente los ojos, llevó a sus labios la
florecilla que tenía entre los dedos y, mirándola, dijo:
- Usted me compadece a mí, pero ¿por qué no siente
también un poco de lástima por ella?
- No sé por qué, no estoy segura. Ella disfrutará
siempre de la vida.
A lo que el señor Rosier contestó acertadamente:
- Eso depende de lo que usted considere vida. Puede
tener la seguridad de que no la hará disfrutar el que la torturen.
- Eso no sucederá.
- Me alegro infinito de oírlo. Ella sabe lo que le
interesa. Ya lo verá.
- Pienso que lo sabe, y que no desobedecerá nunca a
su padre. Pero veo que viene hacia mí -añadió Isabel, rápida y cautelosa-. Por
favor, le ruego que se retire.
El señor Rosier se apartó lo suficiente para ver
acercarse a Pansy del brazo de su acompañante y se situó a distancia
conveniente para poder mirarla cara a cara. Acto seguido se retiró con la
cabeza alta y de tal manera que, al ver Isabel la forma en que aceptaba su
sacrificio, quedó convencida del gran amor que a su hijastra profesaba.
Pansy, que rara vez se descomponía al bailar,
aparentando una deliciosa frescura después de tal ejercicio, esperó un momento
y recogió de nuevo su ramo de flores. Isabel la observó y vio que las estaba
contando, de lo que dedujo que, por lo visto, había en juego algunas fuerzas
que ella ignoraba que existiesen. Pansy había visto a Rosier retirándose, pero
no dijo a su madrastra nada de él. Limitóse a hablar de su compañero del baile
anterior, una vez que se hubo marchado después de saludarla; habló también de
la música, del piso del salón, de la infrecuente desgracia de haberse
desgarrado el vestido. Isabel tenía la seguridad absoluta de que había
descubierto ya la falta de la flor que su enamorado se llevara, si bien
disimuló tal descubrimiento con la exquisita gracia con que respondió a la
petición de su siguiente compañero de danza.
Aquella admirable amabilidad expresada con una
contención extraordinaria, con un perfecto disimulo, formaba parte de todo un
complicado sistema. De nuevo se alejó en brazos de un ruboroso joven, llevando
el ramo consigo. No hacía sino breves minutos que se había alejado, cuando he
aquí que Isabel vio a lord Warburton que avanzaba hendiendo la multitud,
abriéndose paso entre los bailarines. El joven se acercó a ella y, tras
saludarla, miró a su alrededor y preguntó: -¿Por dónde anda la doncellita? -Tal
era el modo en que había tomado por costumbre llamar a la hija del señor
Osmond.
- Por ahí anda bailando. No tardará usted en dar con
ella. Dirigió él la mirada a la multitud del salón y al momento divisó a Pansy.
- Me ha visto -dijo-, pero hace como si no me viera.
Y usted, ¿no baila? -añadió, volviéndose hacía Isabel.
- Como ve, estoy de mirona.
- ¿No quiere bailar conmigo?
- Mil gracias. Prefiero que baile con la doncellita.
- Lo cortés no quita lo valiente. Además, parece que
está comprometida.
- Pero no para toda la noche; puede hablar con ella y
reservar su turno. Ella no para de bailar y usted entrará de refresco.
- Baila admirablemente -afirmó lord Warburton
siguiéndola con los ojos. Y enseguida añadió-: ¡Vaya, por fin! Se ha dignado
sonreírme.
Permanecía él allí de pie, con su hermosa, fiable e
importante figura, y a Isabel, que le estaba observando, se le ocurrió
preguntarse, como ya en otra ocasión lo hiciera, cómo era posible que un hombre
de su empuje se interesara por una muchachita como aquélla. Eso le chocaba como
una soberana incongruencia. Ni los múltiples y pequeños atractivos de Pansy, ni
su propia bondad, ni su amable condescendencia, ni su deseo de entretenerse,
que era considerable y continuo, bastaban para justificar semejante inclinación.
Y, sin volverse de frente a Isabel, continuó:
- Me gustaría mucho bailar con usted, pero prefiero
que hablemos.
- Sí, es mejor, desde luego, y más apropiado para su
dignidad. A los grandes estadistas no les va bien eso del bailoteo.
- No sea cruel. Entonces, ¿por qué acaba de
recomendarme que baile con la señorita Osmond? -¡Ah! Eso es distinto. Si baila
con ella, parecerá una simple amabilidad, una condescendencia por su parte…,
como si lo hiciera por entretenerla. Si bailase conmigo, parecería que lo hace
por divertirse.
- Diga, por favor, ¿acaso no tengo yo también derecho
a divertirme?
- No, cuando tiene los asuntos del Imperio británico
en sus manos. -¡Al cuerno el Imperio británico! No hace usted más que reírse de
eso.
- Pues diviértase usted hablándome -replicó Isabel.
- No estoy seguro de que eso constituya un verdadero
recreo. Usted es demasiado puntillosa y tengo que estar constantemente
defendiéndome. Además, esta noche parece más agresiva conmigo que de costumbre.
¿Definitivamente no quiere bailar conmigo?
- No puedo abandonar este sitio; Pansy debe
encontrarme aquí. Permaneció él callado un instante y, de pronto, dijo:
- Es usted admirablemente buena con ella. Isabel se
azoró un poquito y sonrió. -¿Le cabe a usted en la cabeza que alguien no lo
sea?
- No, ciertamente. Sé perfectamente hasta qué punto
queda uno subyugado por su encanto. Usted ha debido de tener gran parte en
ello.
- Me he limitado a hacerla salir conmigo y a procurar
que vaya bien vestida.
- Su compañía debe de haberle hecho mucho bien,
hablándole, aconsejándola, ayudándola a desenvolverse.
Ah, desde luego; si no es la rosa misma, ha vivido
muy cerca de ella.
Isabel rió y rió también su compañero, pero en la
expresión de éste, cierta preocupación le impedía que se abandonara a una total
hilaridad.
- Todos intentamos vivir lo más cerca posible de ella
-dijo tras un momento de duda. Isabel se apartó un poco de él; Pansy estaba a
punto de llegar de nuevo, y ella estaba impaciente porque fuera cuanto antes.
Ya es sabido cuánto le gustaba lord Warburton, que le parecía mucho más
agradable de lo que justificaba la lista de sus numerosos méritos. En aquella
amistad había algo que venía a ser una fuente de recursos en caso de necesidad,
una especie de cuantiosa cuenta corriente en un banco. Sentíase ella más feliz
cuando él estaba en la habitación porque había algo tranquilizador en su voz
que le traía a la imaginación los beneficios de la naturaleza. Por todo lo
cual, no estaba bien que él permaneciese demasiado tiempo cerca de ella, que
considerase demasiado otorgada por anticipado su buena voluntad.
Sentía miedo de semejante posibilidad, se apartaba
voluntariamente de ella, y quería que él no estuviese cerca. Tenía el
presentimiento de que, si él se aproximaba demasiado, la haría estallar como un
trueno para pedirle que se alejara. Pansy se acercó de nuevo a Isabel con otro
desgarrón en el vestido, lógica consecuencia del primero y que le mostró con
expresión afligida. Había demasiados caballeros de uniforme que calzaban
aquellas terribles espuelas tan temibles para los vestidos y las faldas de las
jovencitas. No tardó en hacerse a todas luces patente que los recursos de las
mujeres son inagotables, pues Isabel se consagró al vestido de la doncellita;
consiguió un alfiler y reparó el desaguisado. Después de lo cual, sonrió y
escuchó el relato de la aventura que la jovencita le hiciera. Su atención y su
simpatía pusiéronse inmediatamente en juego y en relación directa con un
sentimiento con el que no guardaba ningún nexo: la viva suposición de que lord
Warburton estaba haciéndole la corte, suposición que no derivaba de sus
palabras de entonces sino de otras muchas, de la referencia y la continuidad.
Así pensaba mientras reparaba con el alfiler el desperfecto del vestido de
Pansy. Si, como ella temía, era así, resultaba poco inteligente por parte de
él, que no debía de haberse dado verdadera cuenta de su intención. Mas eso no
presentaba el asunto bajo mejores auspicios ni tornaba la situación menos
imposible. De tal suerte, cuanto antes reanudara él sus relaciones correctas
con las cosas, tanto mejor. Lord Warburton comenzó enseguida a hablar con
Pansy, a la que sin duda estaba tratando de engañar prodigándole sonrisas de
casta admiración. Como de costumbre, Pansy le contestaba con su aire de
reflexiva aspiración. Al hablar, tenía él que inclinarse no poco hacia ella, y,
como de costumbre, la mirada de ella subía y bajaba a lo largo de su robusto
cuerpo como si él estuviese exhibiéndolo.
Pansy siempre parecía un poco asustada, pero tal
temor no era de la índole dolorosa de los que surgen del desagrado. Por el
contrario, le miraba como si supiera que él sabía que le gustaba. Isabel les
dejó un instante solos para reunirse con una amiga que había visto allí cerca y
con la que se puso a charlar hasta que dio comienzo el siguiente baile, para el
que le constaba que Pansy tenía ya compromiso. La jovencita fue en su busca un
tanto ruborosa y agitada, e Isabel, que seguía al pie de la letra las instrucciones
de Osmond relativas a su hija, la consignó como quien entrega un precioso
objeto en depósito a su nuevo compañero de baile. Naturalmente, ella se forjaba
sus propias ideas al respecto, al igual que tenía sus propias reservas
mentales; había momentos en que la excesiva sumisión de Pansy las hacía parecer
a ambas un tanto desequilibradas. Pero Osmond le había dado unas cuantas
instrucciones relativas a sus funciones de dueña en relación con su hija,
consistentes en ama- bles alternativas de condescendencia y rigor, y algunas de
ellas quería observarlas concienzudamente e imaginarse que las obedecía sin
quitar una tilde. Acaso lo hiciera así, porque, al pensar en algunas de ellas y
observarlas fielmente, se le antojaba que las reducía al absurdo.
Una vez que Pansy se alejó, vio a lord Warburton que
se acercaba a ella nuevamente.
Le miró de frente, como deseando que adivinara sus
pensamientos, pero él no dio la menor señal de confusión y dijo:
- Me ha prometido bailar conmigo más tarde.
- Me alegro mucho. Supongo que la habrá usted
comprometido para el cotillón.
Él pareció un poco azorado y replicó:
- No. No le pedí eso. Le pedí el rigodón. -¡Bah! No
es usted muy inteligente que digamos. Le he dicho que reserve el cotillón por
si usted le pedía bailar con ella. -¡Pobre doncellita! ¡Imagínese usted! -Y
lord Warburton se echó a reír de buena gana. Desde luego, si a usted le gusta,
lo haré. -¿Si a mí me gusta? ¡Pues si ha de bailar con ella porque a mí me
guste…! carnet.
- Tengo miedo de aburrirla. He visto que tiene
apuntados a muchos jóvenes en su Isabel bajó en el acto los ojos. Lord
Warburton siguió mirándola, y ella, al notar su mirada, experimentó un gran
deseo de decirle que le quitase la vista de encima. De todos modos, no se
aventuró a hacerlo y, al cabo de un minuto, elevado hacia él la suya, dijo:
- Por favor, ayúdeme a comprender.
- Comprender qué?
- Hace diez días, si mal no recuerdo, me dijo usted
que le gustaría casarse con mi hijastra. ¿No lo habrá olvidado ya? -¿Olvidado?
Precisamente esta misma mañana he escrito al señor Osmond sobre esa cuestión.
-¡Ah! Pues no me ha dicho que haya tenido noticias suyas -comentó Isabel. Lord
Warburton titubeó un tanto y confesó:
- Es que… no he enviado la carta.
- A lo mejor se le ha olvidado nada menos que eso.
- No. Lo que pasa es que no me sentía satisfecho de
ella. Resulta endiabladamente difícil escribir ese tipo de cartas. Pero la
enviaré esta noche. -¿A las tres de la mañana?
- Quiero decir luego, en el transcurso del día.
- Perfecto. Entonces, ¿insiste usted en casarse con
ella?
- Desde luego. -¿Y no tiene miedo de aburrirla? -Y,
como su compañero pareciera sorprenderse ante tal pregunta, añadió-: Si no
puede bailar con usted durante media hora, ¿cómo podrá hacerlo durante toda la
vida? -¡Ah! -replicó lord Warburton con viveza-, la dejaré bailar con otros.
Por lo que respecta al cotillón…, la verdad es que usted…, que usted…
- Debería bailarlo con usted, ¿no es eso? Ya le he
dicho antes que no.
- Exacto; es lo mismo que yo pienso. De suerte que,
mientras lo bailan los demás, yo podría encontrar un rincón tranquilo donde
sentarnos y hablar. -¡Oh! Es usted muy amable conmigo.
Al llegar el cotillón, resultó que Pansy ya se había
comprometido, pues creía humildemente que lord Warburton no tenía intención de
bailarlo. Isabel le recomendó que buscara otra pareja, pero él dijo que no
bailaría con nadie si no era con ella. Mas, como ella, a pesar de las
reconvenciones de la anfitriona, no había querido aceptar otras invitaciones so
pretexto de que no era en absoluto aficionada al baile, no le resultaba posible
en modo alguno hacer una excepción en favor de lord Warburton.
- Después de todo, me da lo mismo no bailar -dijo
él-. Es una costumbre verdaderamente salvaje. Prefiero mil veces charlar con
usted.
Y en el acto insinuó que ya había descubierto el
rincón que buscaba, una especie de escondrijo en uno de los salones más
pequeños, adonde la música llegaba débilmente y no les impediría conversar.
Isabel había resuelto dejarle llevar a cabo su idea, quería darse esa
satisfacción. Así pues, abandonaron juntos el salón de baile, aunque recordaba
que su marido no quería que perdiese de vista a su hija. Pero tenía la excusa
de que estaba con su pre- tendiente, lo que no podría por menos de parecerle
bien a Osmond. Al salir del salón de baile se encontró con Edward Rosier, que
estaba en una de las puertas mirando el baile, como hombre que ha perdido ya
todas sus ilusiones. Ella se detuvo un momento y le preguntó si no bailaba.
- Desde luego que no, si no puedo bailar con ella…
-respondió él.
- Entonces, más vale que se marche -le dijo Isabel a
guisa de buen consejo.
- No me iré mientras ella esté aquí. -Y dejó paso a
lord Warburton sin dignarse siquiera mirarle.
El aristócrata había observado a aquel triste joven y
preguntó a Isabel quién era su desconsolado amigo, haciéndole saber que ya le
había visto en alguna otra parte.
- Es el joven que le he dicho que está enamorado de
Pansy. -¡Ah! Sí, ya me acuerdo. No parece muy contento que digamos.
- Sus motivos tiene. Mi marido no quiere saber nada
de él. -¿Por qué? -preguntó lord Warburton-. ¿Qué le pasa? Parece un muchacho
inofensivo.
- No tiene bastante dinero y no es muy brillante.
Lord Warburton escuchó con gran interés y pareció
quedar un tamo sorprendido por la descripción de Edward Rosier. -¡Caramba!
-exclamó-. A fe mía que parece un joven distinguido.
- Y lo es; pero mi esposo es muy especial.
- Sí, ya lo veo. -Lord Warburton se detuvo un momento
y se atrevió a preguntar-: ¿Cuánto dinero tiene?
- Unos cuarenta mil francos por año. -¿Dieciséis mil
libras? Eso es una suma muy apreciable.
- Eso mismo creo yo; pero, por lo visto, mi esposo
tiene ideas más ambiciosas.
- En efecto, ya he notado que su marido tiene ideas
muy ambiciosas. ¿Es que ese joven es verdaderamente tonto? -¿Tonto? Nada de
eso. Al contrario, es muy simpático. Cuando tenía doce años yo estaba locamente
enamorada de él.
- Pues no parece que ahora tenga muchos más -contestó
vagamente lord Warburton mirándolo-. ¿Le parece bien que nos sentemos aquí?
-añadió, deteniéndose.
- Donde usted quiera.
Aquella habitación era una especie de salita-tocador
iluminada por una suave luz rosada. Al entrar allí nuestros amigos, abandonaron
la habitación una dama y un caballero que en ella estaban.
- Es muy gentil de su parte interesarse tanto por el
señor Rosier -dijo Isabel.
- Me da la impresión de que se le trata excesivamente
mal. Tiene una expresión muy seria. Me preocupa lo que le hace sufrir de ese
modo.
- Es usted un hombre verdaderamente generoso. Hasta
para un rival suyo sabe tener un pensamiento amable.
Lord Warburton se volvió súbitamente con extraña
mirada y preguntó: -¿Un rival mío? ¿Ha dicho usted que es mi rival?
- Así parece…, desde el momento que los dos quieren
casarse con la misma persona…
- Cierto…, pero si él no tiene posibilidades…
- De cualquier forma, me gusta que se ponga en su
lugar. Eso: demuestra imaginación. -¿Le gusta? -Lord Warburton la miró con
desconfianza-. No sé por qué me da la sensación de que se está burlando de mí.
- Así es, me estoy riendo un poco de usted. Pero es
que me gusta hacerlo. -¡Ah! Déjeme pensar un poco más detenidamente en la
situación de ese joven. ¿Qué cree usted que podría hacer en favor suyo?
- Ya que acabo de rendir tributo admirativo a su
imaginación, lo dejo por cuenta de ella -dijo Isabel-. A Pansy también le
gustaría usted por eso. -¿La señorita Osmond? ¡Ah! A ella, me enorgullezco de
poder decirlo, yo le gusto.
- Mucho, según me parece.
Detúvose él un instante y la miró fijamente, como
queriendo penetrar en su pensamiento.
- Bueno, vamos a ver -dijo-, creo que no la
comprendo. Lo que usted quiere decir, ¿es que ella se interesa por él?
- Ni más ni menos. Ya se lo he dicho: creo que a ella
le interesa. El se ruborizó un poco y frunció el entrecejo.
- Lo que usted me ha dicho es que ella no tiene más
voluntad que la de su padre…, y como he podido deducir que él estaría dispuesto
a favorecerme… -Hizo una pausa, se ruborizó otro poco y añadió-: ¿Comprende?
- Sí. Le he dicho que ella siente un gran deseo de
complacer a su padre y que eso podría llevarla muy lejos.
- Me parece un sentimiento admirable -replicó lord
Warburton.
- Sin duda alguna lo es. -Isabel se quedó.callada un
momento. El saloncito seguía vacío y el sonido de la música llegaba hasta ellos
apagado por la distancia y el recorrido a través de las otras habitaciones.
Finalmente dijo-: Pero lo que me preocupa hondamente es la clase de sentimiento
que un hombre quisiera poder agradecer a su esposa.
- Lo ignoro. Si la esposa es buena y él cree que
actúa correctamente…
- Desde luego, usted piensa de esa manera.
- En efecto. No puedo remediarlo. Pero supongo que
usted dirá que ésa es una manera netamente inglesa.
- No, no lo digo. Pienso que Pansy hará
admirablemente en casarse con usted, y no creo que haya nadie que lo sepa mejor
que usted mismo. Pero usted no está enamorado.
- Sí lo estoy, señora Osmond.
Isabel movió pausadamente la cabeza y dijo:
- A usted le agrada pensar que efectivamente lo está
mientras permanece sentado aquí conmigo, pero no es ésa la impresión que a mí
me da.
- Que no estoy como el joven aquel de la puerta es
evidente, de acuerdo. Pero ¿qué hay de malo en ello? ¿Puede haber en el mundo
una mujer tan adorable como la señorita Osmond?
- Es posible que ninguna. Pero el amor no tiene gran
cosa que ver con las razones, por buenas que sean.
- No estoy de acuerdo con usted. A mí me encanta
tener buenas razones.
- No niego que le encante. Pero si estuviera
verdaderamente enamorado, le importarían un comino. -¡Ah, verdaderamente
enamorado…, verdaderamente enamorado! Ésas son palabras mayores -exclamó lord
Warburton cruzando los brazos, apoyándose en el respaldo de la butaca y
estirándose un poco-. No olvide usted que tengo ya cuarenta y dos años. No
puedo aspirar a estarlo tanto como antes lo estuve.
- Bien; si está usted seguro, la cosa es perfecta
-replicó Isabel.
Él se abstuvo de contestar y permaneció como estaba,
con la cabeza echada hacia atrás y mirando al frente.
Pero, de pronto, cambió de postura y, volviéndose
hacia su amiga, preguntó: -¿Por qué se muestra usted de tan mala voluntad, tan
escéptica?
Los ojos de ella se clavaron en los suyos y durante
un momento ambos permanecieron mirándose fijamente. Si lo que ella buscaba era
una confirmación, vio indudablemente algo que se la proporcionó; vio en su
expresión el fulgor de una idea que la intranquilizaba, que incluso le
inspiraba miedo, que delataba una sospecha, aunque no una esperanza, y que, al
manifestarse de tal modo, le decía cuanto deseaba saber. Ni por un segundo
llegó él a sospechar que ella detectase en su propósito de casarse con su hijastra
un deseo de estar más cerca de ella, ni que por tal causa el hecho le pareciera
vergonzoso. En aquella vivida, fúlgida, rápida y recíproca mirada se cruzaron
entre ellos hondos pensamientos, de los que durante, un instante tuvieron ambos
plena conciencia.
- Mi querido lord Warburton -dijo ella al fin,
sonriendo-, por lo que a mí respecta, puede usted hacer lo que le pase por la
cabeza.
Acto seguido se levantó y se dirigió a la habitación
contigua, donde, en presencia de su compañero, fue inmediatamente abordada por
dos caballeros, personajes conspicuos de la alta sociedad romana que, al parecer,
andaban buscándola. Al ponerse a hablar con ellos, de- ploró haberse movido de
donde estaba, pues le pareció que había actuada; como si se diera a la fuga,
especialmente al ver que lord Warburton no la seguía. De eso se alegró, sin
embargo, y de todas formas se sentía satisfecha. Hasta tal punto que, al pasar
de nuevo al salón de baile y encontrar a Edward Rosier, que no se había movido
de donde antes lo viera, se detuvo y le dijo:
- Ha hecho usted bien en no marcharse. Tengo algo con
que consolarle un poco.
- Bien lo necesito -suspiró blandamente el
enamorado-, pues al verla a usted tan terriblemente amigada con él…
- No lo mencione. Yo haré por usted lo que pueda.
Temo que no podrá ser gran cosa, pero, en todo caso, haré lo que pueda.
Él la miró con torva tristeza y preguntó: -¿Qué le ha
hecho a usted venir aquí tan de repente?
- La creencia de que es usted un estorbo en las
puertas -replicó ella, y se alejó.
Media hora después Isabel y Pansy se despidieron, y
al pie de escalera las dos damas tuvieron que aguardar, como tantos otros
invitados, a que su coche fuera a buscarlas. Lord Warburton, que salía en ese
momento de la casa, se acercó a ellas y las ayudó a buscar su coche. Una vez
localizado, permaneció un instante junto a la portezuela del vehículo,
preguntando a Pansy si se había divertido; tras contestar, ella se recostó en
el asiento como si estuviera cansadísima. Isabel le retuvo un instante más para
decirle por lo bajo antes de que se pusieran en marcha los caballos:
- No se olvide de enviarle la carta a su padre.
44
La condesa Gemini se sentía con frecuencia
tremendamente aburrida; según ella misma decía, se moría de aburrimiento. Sin
embargo, aún sobrevivía y luchaba a brazo partido con su destino, que era el de
haberse casado con un intolerante caballero de Florencia empecinado en vivir en
su ciudad natal, donde gozaba de todo el predicamento que suele alcanzar una
persona cuya habilidad para perder en los juegos de naipes no tenía el mérito
de obedecer a su deseo de agradar. Así pues, al conde Gemini no le apreciaban
ni aun aquellos que le ganaban en el juego. Su apellido era de los que,
teniendo gran valor en su propio terruño, carecían-de valor en otras regiones
de la península italiana. En Roma no era más que un florentino aburrido, y así,
no es de extrañar que no hiciera visitas frecuentes a un lugar donde, para
hacerle soportable, había que dar explicaciones harto prolijas de su estolidez.
La condesa vivía siempre con los ojos puestos en Roma, y el gran rencor que
contra su esposo abrigaba era por no tener allí casa donde alojarse. Se
avergonzaba de decir las pocas veces que había visitado la gran urbe, sin que
pudiera servirle de consuelo el hecho de que hubiese muchas otras familias de
la nobleza florentina que jamás pusieron el pie en ella. Todo lo que podía decir
es que iba cada vez que podía. 0 eso era lo único que, según ella, podía decir.
En realidad, tenía no poco que decir, y más de una vez había expuesto las
razones por las que detestaba Florencia y deseaba terminar sus días a la sombra
de San Pedro. Muchas de tales razones carecen de verdadero interés para
nosotros y, por lo general, se resumían en la declaración de que Roma era la
Ciudad Eterna y Florencia una pequeña y linda ciudad como tantas otras. Y, por
lo visto, la condesa precisaba relacionar la idea de eternidad con la de
perennidad de sus diversiones. Tenía el convencimiento de que la sociedad era
infinitamente más' interesante en Roma, donde, en invierno, se coincidía en
todas las cenas con las celebridades del momento. En Florencia, en cambio, no
se encontraban personalidades, por lo menos ninguna de la que se oyera hablar.
A raíz del matrimonio de su hermano, su impaciencia en tal sentido había ido en
aumento, porque tenía la convicción de que la esposa de Osmond llevaba una vida
social mucho más brillante que la suya. Aunque no era tan inte- lectual como
Isabel, su conocimiento bastaba para hacer justicia a Roma, no ya en lo
referente a sus ruinas y catacumbas, ni a sus museos y monumentos, sino en lo
relativo a todo lo demás. Oía hablar mucho de su cuñada y sabía perfectamente
que Isabel lo estaba pasando muy bien. Por lo demás, había podido convencerse
de ello por sí misma la única vez que disfrutara de la hospitalidad del Palazzo
Roccanera. Había pasado una semana en él durante el primer invierno después de
la boda de su hermano, pero no se le había insistido para que renovara tal
satisfacción. Osmond no la quería ver, de eso estaba plenamente convencida;
pero, de todos modos, habría ido porque, a fin de cuentas, su señor hermano le
importaba un rábano. Quien no la dejaba era su marido, y la dificultad
estribaba siempre en la cuestión del dinero. Isabel se había portado muy
gentilmente. A la condesa, que había quedado encantada con su cuñada desde el
primer momento, no la había cegado la envidia hasta el extremo de impedirle ver
loa, verdaderos méritos de Isabel. Por el contrario, tenía observado que se.
llevaba infinitamente mejor con las mujeres inteligentes que con las, tontas
como ella; las tontas no llegaban a comprender su clarividencia, y, en cambio,
las inteligentes se daban cuenta enseguida de su tontería. Le parecía que, a
pesar de lo distintas que en realidad eran en aspecto y estilo, Isabel y ella
tenían una base común que, un día u otro, acabaría por acercarlas. No era
todavía muy ancha, pero sí bastante firme, y ambas se darían perfecta cuenta de
ello en el momento preciso. Con la señora Osmond vivía bajo la promesa de una
sorpresa agradable, de suerte que esperaba constantemente que Isabel la
requiriese y veía que tal deseo se postergaba sin cesar. Se preguntaba cuándo
empezaría, como si se tratara de unos fuegos artificiales, de las comidas de
vigilia o de las funciones de ópera. No es que ello le importase gran cosa,
pero le intranquilizaba saber a qué se debía que siguiera aún en suspenso. Su
cuñada la miraba con poco interés y sentía por la pobre condesa tan escasa
admiración como poco desdén. En realidad, Isabel se preocupaba tan poco de
desdeñarla como de juzgar moralmente a un saltamontes. Sin embargo, la hermana
de su marido no le era indiferente y le tenía un poco de-miedo. Algunas veces
pensaba en ella y entonces la consideraba verdaderamente extraordinaria, le
parecía que la condesa no tenía alma. Su imagen se le aparecía como un
brillante y raro cascarón vacío de cuya superficie cuidadosamente pulimentada
emergieran unos labios exageradamente rojos, por los cuales escapaba un extraño
sonido, como de sonajero, cuando se la sacudía. Lo que allí dentro tan
extrañamente sonaba era, al parecer, el principio espiritual de la condesa, que
como una especie de pequeña almendra se agitaba en el interior. Era demasiado
estrambótica para inspirar desdén y demasiado singular para las comparaciones.
Isabel la habría invitado gustosa otra vez (ni que decir que tiene que quedaba
descartado invitar al conde), pero, después de la boda, Osmond no había tenido
el menor recato en decir que su hermana era una loca de la peor especie…, una
loca cuya locura tenía la incontenible fuerza del genio. Otra vez dijo de ella
que no tenía corazón, añadiendo que lo había repartido a pedacitos como un
pastel de boda ya seco. El que no la hubiesen invitado era otro de los
obstáculos que se oponían a la visita de la condesa a Roma. Sin embargo, en el
momento de que estamos hablando recibió una invitación en la que se le pedía
que fuera a pasar unas semanas al Palazzo Roccanera. La invitación provenía del
mismo Osmond, quien escribió a su hermana diciéndole que se preparase para
estar bien callada. Si ella fue o no capaz de adivinar el sentido oculto de tal
frase, es cosa que no podremos decir, pero el caso es que aceptó la invitación
con todas las condiciones que comportaba. Además, sentía gran curiosidad, pues
una de las impresiones que de su primera visita se llevó fue la de que, al fin,
su hermano había encontrado la persona que precisaba. Antes de la boda había
sentido gran pena por Isabel, hasta el punto de que llegó a pensar seriamente
-si es que cabía en su magín algún pensamiento serio- ponerla en guardia. Pero
dejó pasar aquel impulso y no tardó en tranquilizarse. Osmond continuaba siendo
tan altivo como siempre, pero su esposa no sería una fácil víctima. Aunque la
condesa no tenía un sentido muy fino de la medida, se le antojó que si Isabel
se erguía con empeño sería, de los dos espíritus, el de más altura. Lo que
ahora le interesaba era saber si Isabel había logrado erguirse lo suficiente,
pues le habría proporcionado un placer sin límites ver a Osmond superado.
Algunos días antes de partir para Roma, el criado le
presentó una tarjeta de visita en la que simplemente se leía: «Henrietta C.
Stackpole». La condesa se oprimió la sien con la yema del dedo índice, pues no
recordaba a nadie que se llamase de aquel modo, a ninguna Henrietta. El criado
informó a la condesa que la visitante le había dicho que, si la señora no se
acordaba de su nombre, la reconocería en cuanto la viese. Pero antes de acudir
a verla, recordó que una vez conoció a una literata en casa de la señora
Touchett, la única literata que había visto en su vida…, es decir, la única en
vida, ya que ella era hija de una poetisa difunta.
En cuanto vio a la señorita Stackpole, la reconoció,
sobre todo porque Henrietta estaba exactamente igual que antes, aparentemente
no había cambiado absolutamente en nada, y la condesa, que era buena de
naturaleza, consideró lo más natural del mundo que fuera a visitarla una
persona tan distinguida como la literata americana. Se imaginó que tal vez la
señorita Stackpole había ido a verla por algo referente a su madre, pues sin
duda habría oído hablar de la Corina americana. Su madre no se parecía en absoluto
a aquella amiga de Isabel, de lo cual se dio cuenta en el acto la condesa al
observar que ésta era infinitamente más moderna en todos los sentidos; y se
quedó impresionada por los progresos que estaban en vías de realizarse -en los
países lejanos sobre todo- en lo referente al carácter (profesional, desde
luego) de las damas literatas. Recordaba que su madre solía llevar un leve chal
romano sobre los hombros, que tímidamente emergía de la prisión del terciopelo
negro del corpiño (oh, los deliciosos vestidos de antaño), y una áurea diadema
de laurel sobre una alborotada multitud de brillantes rizos. Su manera de
hablar era suave y vaga, con el acento de sus antepasados «criollos», como
solía confesar, por lo demás, suspiraba con harta frecuencia y no tenía
absolutamente nada de emprendedora. En cambio, Henrietta, como bien podía
observar la condesa, llevaba siempre los ribeteados vestidos sólidamente
abotonados y tenía el aspecto de una mujer muy vivaracha, dispuesta para los
negocios y de maneras casi estudiadamente familiares. De forma que tenía tan
poco sentido imaginársela en un suspiro como poco sentido tenía echar al correo
una carta sin escribir en el sobre la correspondiente dirección. La condesa no
podía, pues, dejar de advertir que la corresponsal del Interviewer estaba
infinitamente más integrada en el movimiento moderno que la Corroa americana.
Henrietta manifestó que había ido a visitarla porque era la única persona que
conocía en Flo- rencia, y, cuando iba a una ciudad, fuera la que fuese, procuraba
ver algo más que a los frívolos turistas. Conocía también a la señora Touchett,
pero ésta se hallaba en aquel entonces en América, y aun cuando hubiese estado
en Florencia, Henrietta no se habría molestado en ir a verla porque tal señora
no era santo de su devoción. -¿Quiere usted decir con eso que yo lo soy?
-preguntó ingenuamente la condesa.
- La verdad, usted me gusta más que ella -admitió la
señorita Stackpole-. Me parece recordar que, cuando la vi a usted por vez
primera, me pareció muy interesante. Ignoro si fue por casualidad o porque es
en usted lo habitual. Lo cierto es que me llamó la atención mucho de lo que
usted dijo. Y después, lo utilicé en parte en mis escritos, -¡Santo Dios!
-exclamó la condesa, azorándose y casi terriblemente alarmada-. No tenía la
menor idea de haber dicho nada notable. Me hubiera gustado saberlo con tiempo.
- Fue acerca de la situación de la mujer en esta
ciudad -recordó la señorita Stackpole-. Me pareció que' lo dicho por usted
arrojaba mucha luz sobre el asunto.
- La situación de la mujer es muy incómoda. Supongo
que sería eso lo que usted me atribuyó. ¿Lo escribió y lo publicó así? ¡Ah!
Déjemelo ver.
- Ya escribí a la redacción diciendo que le enviasen
el periódico -dijo Henrietta-. Por supuesto, me abstuve de mencionar su nombre,
limitándome a aludir a una dama de alto rango en la sociedad, y luego expuse
sus puntos de vista en la materia.
La condesa se recostó en la butaca, agitando en lo
alto las manos cruzadas. -¿Sabe usted que casi lamento que no dijera mi nombre?
Me hubiese gustado verlo en los periódicos. Ya no me acuerdo de cuáles eran mis
opiniones entonces, pues tengo tantas… Pero no me avergüenzo de ello. No me
parezco a mi hermano…, supongo que usted le conocerá. El cree que es poco menos
que escandaloso verse citado en los periódicos. Si alguna vez lo menciona
usted, puede tener la seguridad de que no se lo perdonará nunca.
- No tiene nada que temer. No pienso nombrarle jamás
-contestó la señorita Stackpole con suave sequedad-. Ésa es otra de las razones
por las que deseaba verla. Usted sabe que el señor Osmond se casó con mi amiga
más querida. -¡Ah! Sí, ahora caigo; estaba tratando de recordar qué sabía
acerca de usted.
- Para mí es un placer que se me conozca por eso
-declaró Henrietta-. Pero no es precisamente por eso por lo que a su hermano le
gusta conocerme. Él ha tratado de hacernos romper nuestra amistad.
- No lo consienta usted -dijo la condesa.
- De eso es de lo que deseo hablarle. Voy a ir a
Roma.
- Yo también voy a ir -exclamó la condesa-. Podríamos
ir juntas.
- Con mucho gusto. Así, cuando describa mi viaje la
citaré a usted personalmente como compañera.
La condesa se levantó casi de un brinco de la butaca
y fue a sentarse en el sofá al lado de su visitante. -¡Ah! No deje de hacer que
me envíen el periódico. Seguramente a mi marido no le gustará nada, pero no
tiene por qué verlo. Además, no sabe leer.
Henrietta abrió los ojos con sorpresa. -¿Cómo, no
sabe leer? ¿Puedo escribir eso en mi carta? -¿En qué carta?
- En mi crónica, en la carta que mando al
Interviewer, el periódico que represento.
- Por supuesto, si usted lo cree conveniente; y con
su nombre y todo. ¿Se alojará en casa de Isabel en Roma?
Henrietta levantó la cabeza y se quedó un rato
mirando en silencio a su compañera.
- No me lo ha pedido. Le escribí diciéndole que iba
para allá y contestó que me buscaría alojamiento en una pensión, aunque no me
explicó el porqué de esa medida.
La condesa escuchó con gran interés y declaró
rotundamente:
- Eso es cosa de Osmond.
- Isabel tiene que ponerse en su sitio -dijo la
señorita Stackpole-. Me parece que ha cambiado enormemente. Ya le advertí yo
que le pasaría eso.
- No sabe cuánto siento tener que oírlo. Yo habría
querido que ella se mantuviese firme. ¿Por qué mi hermano no la quiere a usted?
-preguntó ingenuamente la condesa.
- No lo sé, y me tiene completamente sin cuidado.
Está en su perfecto derecho de tenerme antipatía. No pretendo gustarle a todo
el mundo. Si así lo hicieran, pensaría yo menos en mí misma. Una periodista no
puede aspirar a hacer nada que valga la pena si no despierta grandes odios. Así
es como se entera de que su trabajo es apreciado. Lo mismo ocurre con una
verdadera dama. Pero yo no creí a Isabel capaz de eso. -¿Cree que la detesta?
-preguntó la condesa.
- Lo ignoro, y eso es lo que deseo averiguar. Para
eso precisamente voy a Roma. -¡Santo Dios, un viaje tan fatigoso para eso!
-exclamó la condesa.
- Ya no me escribe de la misma manera que antes; la
diferencia es bien visible. Si usted sabe algo a ese respecto, me gustaría
conocerlo de antemano para trazar mi línea de conducta -declaró resueltamente
Henrietta.
La condesa adelantó el labio inferior y se encogió
poco a poco de hombros.
- Por mi parte, sé bien poca cosa. Veo y oigo muy
rara vez a Osmond. Tampoco le gusto yo mucho más de lo que, al parecer, le
gusta usted.
- Y eso que usted no es periodista -dijo Henrietta
preocupada.
- Eso a él no le importa. Razones no le faltan, las
tiene a porrillo. Pero aun así me han invitado, y me alojaré en su casa.
La condesa sonrió casi con orgullo. Su satisfacción
no tuvo en aquel instante en cuenta para nada la decepción de la señorita
Stackpole, quien consideró el asunto tranquilamente y dijo:
- De todas maneras, aunque me lo hubiese pedido, yo
no habría ido. Es decir, creo que no habría ido, y me alegro mucho de no tener
que tomar una decisión al respecto. Habría sido un asunto muy delicado. No me
habría gustado tener que irme de su casa, y sin embargo, no habría sido feliz
allí. Me parece mejor lo de la pensión. Pero no es eso todo.
- Éste es un magnífico momento para ir a Roma -dijo
la condesa-. La ciudad está ahora repleta de gente ilustre. ¿No ha oído usted
hablar nunca de lord Warburton? -¿Si he oído hablar de él? Le conozco
perfectamente ¿Le considera usted tan brillante como dicen?
- No lo conozco, pero he oído decir que es un
verdadero grand seigneur. Ahora le está haciendo la corte a Isabel. -¿Que le
está haciendo la corte?
- Por lo menos, eso he oído decir -respondió la
condesa sin darle gran importancia-. Pero Isabel está completamente segura.
Henrietta se quedó mirando muy seria a su compañera y
estuvo un momento sin decir palabra. Luego, preguntó bruscamente: -¿Cuándo sale
usted para Roma?
- No creo que pueda ser antes de una semana.
- Yo saldré mañana. Me parece mejor no esperar.
- Lo siento en el alma, querida. Tengo que hacerme
varios vestidos, pues he oído decir que Isabel recibe muchísimo. Pero la veré
allí, iré a buscarla a su pensión. Henrietta continuó sentada, perdida en la
tremenda confusión de sus pensamientos. De pronto, la condesa exclamó:
- Pero, si no vamos juntas, no podrá usted hacer la
descripción de nuestro viaje.
La señorita Stackpole pareció no alterarse por
semejante observación, pues estaba pensando en otra cosa.
- Creo que no he entendido bien lo que ha dicho de
lord Warburton. -¿Entendido? He querido decir que es muy gentil; eso es todo.
-¿Considera usted gentil hacerle la corte a una mujer casada? -preguntó
Henrietta con pausada claridad.
La condesa se quedó un tanto sorprendida, abrió los
ojos cuan grandes eran, soltó una pequeña carcajada y respondió:
- Es lo que hacen todos los hombres verdaderamente
gentiles. Cásese usted y lo sabrá por experiencia.
- Bastaría esa sola idea para impedirme hacerlo. Yo
me contentaría con mi marido y no querría ningún otro hombre… ¿Cree usted que
Isabel es culpable…, culpable de…? -Y se detuvo un instante como buscando la
palabra apropiada. -¿Cómo que si la creo culpable?… No, querida, todavía no;
por lo menos, así lo espero. Lo único que quiero decir es que Osmond es
insoportable y que lord Warburton, según me han dicho, frecuenta bastante la
casa. Me temo que se ha escandalizado usted.
- No -replicó Henrietta-. Simplemente estoy
preocupada.
- No le hace usted mucho favor a Isabel. Debe tener
más confianza. Si ha de servirle de consuelo -añadió precipitadamente la
condesa-, me comprometo a quitárselo de encima, si usted quiere.
La señorita Stackpole se limitó, al principio, a
contestar con la más profunda y solemne de sus miradas.
- No me comprende usted -dijo al cabo de un momento-.
No tengo esa idea que supone. No temo por Isabel… en ese sentido. Lo único que
temo es que sea desgraciada… y por eso quiero ir a verla.
La condesa hizo varios movimientos de cabeza. Parecía
impaciente y sarcástica, y es que la señorita Stackpole empezaba a aburrirla.
- Es muy posible -dijo-. Por mi parte, yo quisiera
saber si también lo es Osmond. Henrietta prosiguió:
- Si verdaderamente Isabel ha cambiado, ésa debe de
ser la razón de fondo.
- En fin, usted lo ha de ver. Ella se lo dirá -repuso
la condesa. -¡Ah! Tal vez no me lo diga…, ¡eso es lo que temo!
- Bueno, pues si Osmond no está divirtiéndose… a. su
antigua manera, me enorgullezco de decir que yo lo descubriré.
- Eso a mí no me preocupa -dijo Henrietta.
- A mí muchísimo -contestó la otra-. Si Isabel fuera
desgraciada, lo sentiría con toda el alma, pero no me sería posible remediarlo.
Yo podría decirle cosas que la harían sentirse todavía peor, pero ninguna que
le sirviera de consuelo. ¿Por qué se le ocurrió casarse con él?
Si me hubiera hecho caso a mí, lo habría mandado a
paseo. De modo que, si le ha dado su merecido, yo no tendré el menor reparo en
perdonarla. Sí, en cambio, se ha limitado a dejarse aplastar por él, no sé si
tendré siquiera ánimos para compadecerla. Pero no creo que haya sucedido así.
Cuando menos espero que, si ella es desgraciada, se habrá tomado el desquite
haciendo que él lo sea igualmente.
Henrietta se levantó. Semejante expectativa le
parecía sencillamente espantosa. Creyó sinceramente que no tenía el menor deseo
de ver desdichado al señor Osmond. Por lo demás, a sus ojos no podía aparecer
como el objeto de una simple fantasía. En conjunto, estaba de- cepcionada con
la condesa, cuya mente se movía en un círculo mucho más estrecho de lo que al
principio ella había creído, si bien conservaba su gran capacidad para decir
vulgaridades. Sin embargo, como para acabar de manera edificante, exclamó:
- Después de todo, lo mejor será que los dos se amen
de veras.
- No es posible. Él no puede amar a nadie.
- Me figuré que así sería. Y eso no hace más que
agravar el asunto en relación con Isabel. Decididamente, tomaré el tren mañana
mismo.
- Indudablemente, Isabel tiene muchos amigos fieles
-dijo la condesa sonriendo con vivacidad-. Por mi parte, declaro que no la
compadezco.
- Tal vez yo pueda socorrerla -prosiguió la señorita
Stackpole como si ya no hubiera que hacerse ilusiones.
- De todos modos, lo habrá intentado, y algo es algo.
Me imagino que para eso ha venido usted de América -añadió inopinadamente la
condesa.
- Sí. Quería ofrecerle mi ayuda.
Su compañera permaneció de pie sonriéndole con sus
ojillos brillantes, las aletas de la nariz palpitantes, las mejillas
arreboladas y dijo: -¡Ah! Eso sí que es verdaderamente hermoso…, c'est bien
gentil! ¿No es eso lo que llaman verdadera amistad?
- Ignoro lo que aquí entienden por ella. Yo pensé que
hacía bien en venir.
- Isabel es muy feliz…, verdaderamente afortunada.
Además, tiene muchas otras cosas.
- De pronto, exclamó con apasionamiento-: ¡Es mil
veces más dichosa que yo! Yo soy tan desgraciada como ella… porque tengo un
marido muy malo, mucho peor que Osmond. Y además, no tengo amigos. Creí que los
tenía, pero han desaparecido. Ningún hombre, ninguna mujer haría por mí lo que
usted ha hecho por ella.
Henrietta se sintió emocionada porque vio que aquella
amarga efusión era natural. Contempló a su compañera un momento y dijo:
- Mire, condesa, estoy dispuesta a hacer por usted
todo lo que quiera. Esperaré para que podamos viajar juntas.
La condesa cambió en el acto de tono y replicó:
- No se preocupe por mí. Lo que sí debe hacer es
describirme en su periódico.
Antes de marcharse, Henrietta le hizo comprender que
no haría una descripción ficticia de su viaje a Roma, porque era una reportera
completamente veraz. Al salir de la casa, Henrietta siguió andando por el
Lung'Arno, la orilla soleada del amarillo río donde se alinean todos los
establecimientos de comer y beber con fachadas de brillantes colores, tan
conocidos por los turistas. Ya había aprendido a andar por las calles de
Florencia (tenía una especial capacidad de orientación) y, gracias a ello, pudo
dar la vuelta con gran decisión y salir de la plazuela que constituye el acceso
al puente de la Santa Trinidad. De allí tomó hacia la izquierda en dirección al
Ponte Vecchio y se detuvo ante uno de los hoteles situados frente a aquella
admirable construcción. Sacó de una cartera de bolsillo una tarjetita y, tras
meditar un momento, escribió en ella unas líneas. Ya que es uno de nuestros
privilegios poder mirar por encima del hombro de quien escribe, diremos que, en
tal tarjeta, pergeñó estas palabras:
«¿Puedo verle esta noche para un asunto de verdadera
importancia?». Después de esto, que era lo esencial, añadió que a la mañana
siguiente salía para Roma. Provista del pequeño documento se dirigió al
portero, que acababa de situarse ante la puerta del establecimiento, y preguntó
si el señor Goodwood se hallaba en el hotel. El portero replicó, como suelen
siempre hacer, que el señor había salido hacía veinte minutos, y entonces la
periodista le entregó la tarjeta para que se la dieran en cuanto volviese. A continuación
se alejó del hotel y prosiguió su paseo a lo largo del muelle hasta llegar al
severo pórtico de los Uffizzi, por donde se adentró en la famosa galería de
pinturas. Una vez dentro, subió la alta escalera que conduce a las salas
superiores. El largo corredor, acristalado en uno de sus lados y adornado en el
otro con profusión de bustos antiguos alineados contra la pared, por el que se
accede a dichas salas, estaba completamente vacío, sin más animación que la
pálida luz del sol invernal que brillaba débilmente sobre el lustroso pavimento
de mármol. La galería es verdaderamente fría y, durante las semanas de pleno
invierno, son escasos los curiosos que la visitan. La señorita Stackpole puede,
tal vez, parecer más ardiente en su anhelo de belleza artística de lo que hasta
ahora había parecido, pero el caso es que, después de todo, tenía también sus
preferencias y admiraciones exclusivamente personales. Una de éstas era el
pequeño Correggio de la Tribuna, en el que se presenta a la Virgen arrodillada ante
el divino niño, quien reposa en su lecho de paja, y haciéndole palmas al tiempo
que él ríe y grita de contento. Henrietta experimentaba una admiración sin
límite por aquella íntima escena familiar y creía que la pintura que la
representaba era la mejor obra de arte del mundo. En su viaje de Nueva York a
Roma, sólo pasaría tres días en Florencia y aun así recordó que no debía
dejarlos transcurrir sin ir a ver de nuevo su obra de arte favorita. Poseía un
gran sentido de la belleza en todas sus formas, lo que suponía no pocos
desvelos de índole intelectual. Es taba a punto de entrar en la Tribuna cuando
vio a un caballero que de ella salía y con el cual estuvo a punto de darse de
bruces. Y he aquí que tal caballero no era otro que su amigo Caspar Goodwood.
- Acabo de estar en su hotel y le he dejado una
tarjeta -dijo Henrietta.
A lo cual contestó Caspar Goodwood, como si realmente
sintiera lo que decía:
- Es un gran honor para mí.
- No ha sido para hacerle ningún honor para lo que he
ido. Ya fui a verle otra vez antes y sé que no le gusta. Era para hablarle
acerca de un asunto.
Contempló él un momento la hebilla del sombrero de
Henrietta y declaró:
- Tendré mucho gusto en oír lo que usted quiera
decirme.
- A usted no le gusta hablar conmigo -dijo
Henrietta-, pero eso me tiene sin cuidado; yo no hablo para entretenerle. Le he
escrito unas líneas para pedirle que fuera a verme, pero, ya que le encuentro
aquí, aprovecharé la ocasión.
- Ya me iba -repuso Caspar-, pero, desde luego,
esperaré lo que sea necesario.
Su actitud era cortés, aunque no entusiasta. Sin
embargo, Henrietta, que nunca buscaba cumplidos ni grandes demostraciones y que
estaba seriamente preocupada, le agradeció que estuviera dispuesto a escucharla
donde fuese. Con todo, empezó por preguntarle si había visto todos los cuadros
de la galería.
- Todo los que deseaba. He estado aquí una hora.
- Acaso no haya visto mi Correggio. He venido aquí ex
profeso para escribir un libro sobre él.
Henrietta se dirigió a la Tribuna y él la acompañó a
paso lento.
- Debo de haberlo visto, pero no sabía que fuera
suyo. No tengo buena memoria para los cuadros, sobre todo los de esa clase.
Henrietta señaló su cuadro favorito y Caspar le
preguntó si quería hablarle de él.
- No -respondió Henrietta-. Es sobre algo menos…
armonioso. -Tenían a su disposición toda aquella pequeña y brillante sala, que
guardaba tan preciosos y preciados tesoros. El único vigilante de tal parte del
edificio estaba vagando alrededor de la Venus de Mediéis. Henrietta añadió-:
Quisiera que me hiciese un favor.
Caspar Goodwood frunció un poco el entrecejo, mas no
dio muestras de molestia alguna al no manifestar la menor inquietud. Su rostro
aparentaba muchos más años que cuando le vimos por primera vez.
- Estoy seguro de que se trata de algo que no me
agradará -contestó, más bien de mal humor.
- Tal vez; no creo que le agrade. Si le agradase, no
habría favor en ello.
- Bien; veamos de qué se trata -dijo con el tono del
hombre que sabe perfectamente hasta dónde puede llegar su paciencia.
- En realidad, no hay ninguna razón concreta para que
usted me haga un favor, aunque yo sé de una. De manera que si usted me lo hace,
le pagaré con otro.
Henrietta puso gran sinceridad en su tono, en el que
no había el menor deseo de producir efecto; y fue tan suave y preciso que su
compañero, a pesar de poner cara de vinagre, no pudo por menos de sentirse
afectado por él. Cuando algo le afectaba, Goodwood no presentaba ningún signo
exterior de tal estado de ánimo; ni parecía preocupado, ni miraba a otra parte,
ni se sonrojaba; se limitaba a mirar más fijamente y aparentaba considerar la
cuestión con más decisión. Así pues, Henrietta continuó desinteresadamente y
sin dejar ver la ventaja que al otro llevaba.
- Puedo decirle, por lo pronto…, me parece una buena
ocasión para hacerlo…, que si alguna vez le he molestado, y creo habrá sido más
de una, es porque sabía que no tenía reparo en sufrir contratiempos por su
causa. Indudablemente, te he molestado, pero es que yo estaría dispuesta a
tomarme molestias por usted.
Goodwood dudó un instante y dijo:
- Como, al parecer, le está ocurriendo ahora.
- Así es…, un poco. Quisiera que pensase si, después
de todo, sería mejor que no fuese usted a Roma.
A lo que él replicó, sin gran ingenio:
- Me figuraba que iba usted a salir con ésas.
- Entonces, ¿lo ha pensado bien?
- Naturalmente, con todo detenimiento. He considerado
todos los aspectos de la cuestión. De no ser así, no habría venido de tan lejos
para ello. Por eso me detuve dos meses completos en París, para pensarlo
detenidamente.
- Mucho me temo que, si lo hizo, fue porque le gustó.
Si decidió que era mejor quedarse allí tanto tiempo fue porque sintió que le
atraía. -¿Mejor para quién? -preguntó Caspar.
- Bien, para usted en primer lugar, y luego para la
señora Osmond.
- Bah, no creo que ello pueda hacerle bien alguno.
- Lo que interesa es saber si le ocasionará algún
mal.
- No veo qué pueda importarle el que yo vaya. Ya no
soy nada para la señora Osmond. Pero, si desea que le diga la verdad, le diré
que quiero verla.
- Claro. Y para eso va usted.
- Naturalmente. ¿Qué razón mejor que ésa?
- Lo que yo me pregunto es: ¿a santo de qué…, qué
bien puede hacerle a usted tal cosa?
- Eso es precisamente lo que no puedo decirle a
usted, y lo que estuve meditando todo ese tiempo en París.
- Lo único que sacará usted en claro será quedarse
más descontento. -¿Por qué dice usted «más» de esa manera? -preguntó Goodwood
con cierta dureza-. ¿Cómo sabe usted que yo estoy descontento?
Henrietta dudó un instante y, al fin, dijo:
- Pues porque…, porque parece que nunca se ha
interesado usted por ninguna otra. -¿Y cómo sabe usted por qué cosa puedo yo
interesarme? -exclamó él, sonrojándose levemente-. Lo que ahora me interesa,
por lo pronto, es ir a Roma.
Henrietta le miró en silencio, con una expresión
triste pero clarividente.
- Está bien. Lo que yo quería era únicamente decirle
lo que pienso, porque me estaba dando vueltas en la cabeza. Ya me imagino que
usted pensará que no me importa; pero, si a eso vamos, a nadie le importa nada
de nadie.
Caspar Goodwood no pudo por menos de contestar:
- Es muy amable por su parte y le agradezco infinito
el interés que se toma. Iré a Roma y sabré no herir en nada a la señora Osmond.
- Quizá no la mortifique, pero ¿podrá auxiliarla en
algo? Ésa es la cuestión. -¿Necesita acaso que la socorran? -preguntó Goodwood
lentamente, con intensa y penetrante mirada.
- La mayoría de las mujeres lo necesita -dijo
Henrietta, tratando de zafarse y de generalizar con menos esperanzas que de
costumbre. Y añadió-: Si va usted a Roma, confío en que se mostrará como un
verdadero amigo, no como un amigo egoísta. -Y se alejó un poco de él para
ponerse a mirar los cuadros.
Caspar Goodwood la dejó ir y la estuvo observando
mientras ella admiraba algunas obras de arte. Luego se acercó y dijo
ansiosamente:
- Usted ha debido de oír algo acerca de ella.
Quisiera saber de qué se trata.
Henrietta siempre había tenido por norma de vida no
faltar jamás a la verdad y, aunque en aquella ocasión pudiera haber alguna
buena finalidad en intentarlo, decidió, después de pensar en ello un momento,
no hacer excepción alguna que pudiese parecer superficial. Así pues, contestó
francamente:
- En efecto, he oído bastante; pero, como quiero que
no vaya usted a Roma, no se lo diré.
- Como usted guste. Lo averiguaré yo mismo. -Luego
con una insistencia que en nada le favorecía, añadió-: Usted ha oído decir que
es desgraciada.
- Eso no podrá usted averiguarlo -repuso Henrietta.
- Me figuro que no. ¿Cuándo parte usted?
- Mañana, en el tren de la noche. ¿Y usted?
Caspar Goodwood se contuvo, pues no tenía el menor
deseo de hacer el viaje a Roma en compañía de la señorita Stackpole. Su
indiferencia ante tal privilegio no era de la misma índole que la de Gilbert
Osmond, pero en tal momento tenía la misma claridad, y consistía más en un
tributo a las cualidades de la señorita Stackpole que en un reconocimiento de
sus defectos. La consideraba él verdaderamente notable y brillante, y, en
teoría, no tenía el menor reparo que oponer a la clase de donde provenía. Le
parecía que las damas periodistas formaban parte indispensable del sistema de
progreso de un país que avanzaba a pasos de gigante, y, aunque no leía jamás
sus crónicas, suponía de buen grado que contribuían no poco a la prosperidad
social. Pero precisamente por esa situación de eminencia que él no tenía por
qué no reconocerle era por lo que no quería que la señorita Stackpole lo diera
todo por supuesto. Y ella daba por supuesto que Goodwood estaba deseando hacer
una alusión a la señora Osmond. Así lo pensó cuando le vio en París seis
semanas después de su llegada, y se había reiterado a sí misma tal suposición
en cada nueva oportunidad. Sin embargo, él no experimentaba el menor deseo de
aludir a la señora Osmond, por la sencilla razón de que no pensaba constantemente
en ella…, y de eso estaba seguro. Era el más reservado y menos parlanchín de
los hombres, he aquí que aquella inquisitiva escritora no le dejaba en paz
dirigiendo constantemente la linterna de su investigación a las ya tranquilas
sombras de su alma. Habría él querido que ella no se preocupara tanto, incluso,
por brutal que ello pudiera parecer, que le dejase completamente solo. No
obstante todo ello, acababa de hacerse otras reflexiones que ponen de
manifiesto cuán distinto era, en sus efectos, su mal humor del mal humor de
Gilbert Osmond. Experimentó, pues, el deseo de partir para Roma en el acto y
hubiera querido poder ir solo en el tren nocturno. Detestaba esos vagones de
los trenes europeos en los que uno se ve obligado a permanecer sentado durante
horas y horas como atornillado, casi pegado a las rodillas y a la nariz del
pasajero de enfrente, con un compañero de viaje que protesta acaloradamente si
uno desea abrir la ventana; y, si el viaje resulta peor aún durante la noche
que durante el día, por lo menos durante la noche puede uno dedicarse a dormir
y a soñar con el coche salón tipo americano. Pero él no podía tomar un tren
distinto al de la señorita Stackpole, se le antojó que eso iba a ser un insulto
a una mujer que carecía de protección. Ni podía tampoco esperar a que ella se
hubiese ido, a menos que esperase más de lo que su paciencia le permitía. No
bastaría, desde luego, con salir al día siguiente. Henrietta le preocupaba, le
oprimía, y la idea de pasarse todo el viaje con ella en el vagón de un tren
europeo presagiaba un sinfín de irritaciones. Pero el caso era que Henrietta
viajaba sola y era una dama, y, por tanto, él tenía el deber de molestarse por
ella. No había modo de escabullirse, se trataba de una necesidad inexcusable.
Así, Goodwood pareció sumamente preocupado durante un largo momento y luego
dijo sin el menor asomo de galantería, sino con la mayor claridad:
- Por supuesto, si usted parte mañana, yo también
partiré y podré servirle de algo, por si acaso me necesitara.
- Está bien, señor Goodwood -repuso Henrietta
amablemente-. No esperaba menos de usted.
45
He tenido razón al decir que Isabel sabía cómo y
cuánto le desagradaba a Gilbert Osmond que Ralph prolongara su estancia en
Roma. Tal convicción la tenía bien presente al dirigirse al hotel de su primo
el día después de haber invitado a lord Warburton a que diese prueba palpable
de su sinceridad. En tal momento, como en otros muchos, se daba perfecta cuenta
de dónde provenía la oposición de Osmond. Este no quería que su esposa tuviese
libertad alguna de pensamiento, y le constaba que Ralph era un apóstol incansable
de semejante libertad. Por lo cual, Isabel pensaba precisamente todo lo
contrario y consideraba un verdadero alivio para ella el ir a verle. Era
evidente que estaba decidida a procurarse ese alivio a pesar de la aversión de
su marido, pero se lo procuraba discretamente, o eso quería creer. En realidad,
no estaba aún decidida a obrar directamente contra la voluntad de su marido, en
el que debía ver a su dueño reconocido y consagrado, hecho que miraba más de
una vez con una especie de ausente incredulidad. Sin embargo, pesaba sobre su
imaginación; siempre tenía presentes en su ánimo las dignidades y las
santidades tradicionales del matrimonio. La simple idea de transgredirlas la
llenaba de vergüenza y de miedo, ya que al entregarse había perdido de vista
semejante posibilidad, en su creencia de que su marido no le iba a la zaga en
cuanto a generosidad de propósitos. No obstante, le parecía ver aproximarse el
día en que tendría que recuperar algo que había cedido solemnemente. Semejante
ceremonia sería abominable y monstruosa, y trataba de cerrar los ojos para no
verla. Desde luego, Osmond no se lo haría más fácil dando el primer paso,
echaría esa carga sobre los hombros de ella hasta el final. Todavía no le había
prohibido formalmente que fuera a visitar a su primo, pero tenía la plena
seguridad de que, si Ralph no se marchaba pronto de Roma, la prohibición no
tardaría en producirse. ¿Y cómo iba a poder marcharse el pobre Ralph? El mal
tiempo le impedía de momento hacerlo. Isabel comprendía perfectamente las ganas
que tenía su marido de que se produjera ese acontecimiento y, para hablar con
justicia, no se le alcanzaba que a su esposo pudiera agradarle que estuviese
con su primo. Ralph no decía jamás nada contra él, pero no por eso era menos
fundada la protesta amarga y muda de Osmond. Si éste llegaba a interponerse
decididamente, si pretendía hacer valer su autoridad, ella tendría que tomar
partido, y no sería cosa fácil. La perspectiva de semejante posibilidad le
hacía latir el corazón y arder las mejillas, como dije por anticipado. Momentos
había en que, en su deseo sincero de evitar una ruptura, se sorprendía deseando
que Ralph partiera en el acto, incluso con riesgo de su vida. De nada servía
que, al sorprenderse a sí misma en ese estado de ánimo, se reprochara su
actitud llamándose débil de espíritu y cobarde. No es que amara menos a Ralph,
sino que casi todo le parecía preferible a repudiar el acto más serio -el único
acto sagrado- de su vida. Con ello el futuro se le aparecía odioso. El romper
con Osmond una vez sería romper para siempre. Cualquier reconocimiento expreso
de necesidades irreconciliables conduciría a admitir el fracaso del intento por
los dos realizado.
Para ellos no podía haber perdón, ni compromiso, ni
olvido fácil, ni reajuste formal. Habían perseguido tan sólo una cosa, y ésta
tenía que haber sido exquisita en todos sentidos. Una vez perdida, ninguna otra
haría sus veces, no existía sustituto posible para tal logro. De momento,
Isabel continuó yendo al Hotel de París con la frecuencia que le parecía
apropiada; la medida de lo que era apropiado residía en las normas del buen
gusto, y no cabía mejor prueba de que la moralidad era, por así decirlo, cuestión
de sabia apreciación. La aplicación que hacía Isabel de tal medida había sido
particularmente libre aquel día, porque, aparte de la verdad general de que no
podía dejar que Ralph muriera solo, tenía algo importante que preguntarle; y
ese algo se refería tanto a Gilbert como a ella misma.
No tardó, pues, en entrar en materia.
- Quiero que me contestes a una pregunta sobre lord
Warburton.
- Creo adivinarla -respondió Ralph desde su butaca,
de la cual salían sus piernas, más delgadas que nunca.
- Es posible que la adivines. Hazme, pues, el favor
de contestarla. -¡Ah! No digo que me sea posible.
- Sois íntimos -dijo ella-, tienes muchas ocasiones
de observarle.
- Pero, ¡imagínate cuánto tendrá que disimular! -¿A
santo de qué tendría que disimular? Eso no cuadra con su manera de ser.
- Pero no debes olvidar que las circunstancias son
extraordinarias- contestó Ralph, como si eso le produjera una íntima diversión.
- Hasta cierto punto, sí… desde luego. Pero ¿está
realmente enamorado?
- Creo que mucho. Puedo asegurarlo. -¡Ah! -dijo
Isabel con cierta sequedad.
Ralph la miró con una expresión en la que la suave hilaridad
había dado paso al asombro.
- Lo dices como si eso te decepcionara.
Isabel se levantó, y alisó sus guantes observándolos
con detenimiento.
- Después de todo -dijo-, no es cosa mía.
- Muy filosófica estás -comentó él. Y luego de un
instante, preguntó-: ¿Puedo saber de qué hablas?
Isabel le miró fijamente.
- Creí que lo sabías. Lord Warburton me dice que su
mayor deseo en la vida es casarse con Pansy. Ya te lo he dicho antes, sin
sacarte el menor comentario. Bien podrías aventurar uno esta mañana, me parece.
Di, ¿crees que de veras se interesa por ella? -¡Ah, por Pansy, desde luego que
no! -exclamó Ralph, muy seguro.
- Pero si acabas de decir que sí. Ralph esperó un
momento.
- Que le interesas tú, señora Osmond. Isabel movió
gravemente la cabeza.
- Eso es un disparate.
- Claro que lo es. Pero el disparate es de lord
Warburton, no mío.
- Sería mucha complicación -dijo Isabel, deseosa de
creer que se expresaba con mucha sutileza.
- Aunque debo decirte que a mí me lo ha negado
-prosiguió Ralph. -¡Me parece muy bonito que habléis los dos del tema! ¿Te ha
dicho también que está enamorado de Pansy?
- Me ha hablado muy bien de ella… como resulta
adecuado. Me ha dado a entender, cómo no, que considera que ella haría muy buen
papel en Lockleigh.
- Pero ¿lo piensa de veras? -¡Ah! ¡Lo que lord
Warburton piensa de veras… eso…!
Isabel volvió a alisarse los guantes: unos guantes
largos, holgados, con los que podía juguetear a gusto. Pronto, sin embargo,
levantó la vista y exclamó brusca y apasionadamente: -¡Ay, Ralph, no me ayudas!
Era la primera vez que aludía a su necesidad de
auxilio, y aquellas palabras impresionaron a su primo por su violencia. Exhaló
éste un largo murmullo de alivio, de compasión y de afecto; le pareció que por
fin se colmaba el abismo que había entre los dos. Eso fue lo que le hizo
exclamar, después de un momento: -¡Qué desdichada debes de ser!
No había terminado de hablar cuando ella recobró por
completo el dominio de sí misma, y el primer uso que hizo de él fue aparentar
que no le había oído. Así, sonrió prestamente y dijo:
- Cuando hablo de ayuda estoy diciendo una sandez.
¡Cómo voy a molestarte con mis contrariedades de carácter doméstico! El asunto
es sencillo: lord Warburton tendrá que arreglárselas solo. Yo no puedo
comprometerme a ayudarte a salir del paso.
- No creo que tenga la menor dificultad en lograr su
deseo -dijo Ralph.
- Puede. Pero ya sabes que… no siempre lo ha logrado.
- Es verdad. Sin embargo, tú sabes lo mucho que eso
me ha sorprendido siempre. ¿Será la señorita Osmond capaz de darnos una
sorpresa?
- Más bien vendría de parte de él. Me da la impresión
de que, al final, abandonará el caso.
- No creo que haga nada deshonroso -dijo Ralph.
- Ni yo tampoco. Lo más honrado que podría hacer
sería dejar tranquila a la pobre muchacha. Ella quiere a otro y es una crueldad
deslumbrarla con maravillosos ofrecimientos para que renuncie.
- Una crueldad para la otra persona tal vez… para el
hombre a quien ella quiere; pero lord Warburton no está obligado a preocuparse
de eso.
- No, sería una crueldad para ella -afirmó Isabel-.
Sería muy desdichada si se dejara convencer para abandonar al señor Rosier.
Parece que esta idea te divierte, ¿verdad? Bien se ve que no estás enamorado.
Para Pansy, Rosier tiene el mérito inmenso de estar enamorado de ella, y a
Pansy le basta con mirar a lord Warburton para ver que no lo está.
- Pero sería muy bueno con ella.
- Hasta ahora lo ha sido. Por fortuna, no le ha dicho
una sola palabra que la desasosiegue. Mañana mismo podría venir a decirle adiós
sin faltar a las normas de corrección. -¿Qué le parecería eso a tu mando?
- Muy mal. Y podría ser que en eso tuviera razón.
Pero deberá obtener la explicación por sí mismo. -¿Te ha encomendado a ti que
se la proporciones? -se atrevió a preguntar Ralph.
- Era natural que como antigua amiga de lord
Warburton… más antigua que Gilbert, quiero decir… me tomara cierto interés en
lo que respecta a sus intenciones. -¿Un interés por que renuncie a ellas,
quieres decir? Isabel vaciló, arrugando el ceño.
- Vamos a ver si lo entiendo. ¿Acaso estás
defendiendo su causa?
- En absoluto. Celebraré infinito que no llegue a ser
el marido de tu hijastra. ¡Sería un parentesco tan extraño contigo! -dijo Ralph
sonriendo-. Pero me inquieta un poco que tu marido crea que no le has empujado
todo lo que debías.
Isabel se vio capaz de sonreír lo mismo que él.
- Me conoce lo bastante para no esperar que yo lo
empuje. Además, él tampoco tiene intención de empujarle. ¡No tengo miedo de no
poder justificarme! -dijo con cierta ligereza.
Por un instante se le había caído la máscara, pero se
la había vuelto a poner, ante el gran desencanto de Ralph. Éste había atisbado
su rostro al natural, y anhelaba intensamente observarlo de cerca. Sentía un
deseo casi salvaje de oírla quejarse de su marido… de oírla confesar que éste
la haría responsable a ella de la defección de lord Warburton. Ralph estaba
convencido de que era ésa la situación; conocía instintivamente y por
anticipado qué forma tomaría el disgusto de Osmond llegado el caso. No podría ser
sino la más mezquina y cruel.
Le habría gustado advertírselo a Isabel… hacerle ver,
cuando menos, hasta qué punto juzgaba por ella y sabía lo que pasaba. Poco
importaba que Isabel lo supiese mucho mejor. Si anhelaba demostrarle que a él
no se le engañaba, era más por su propia satisfacción que por la de ella. Una y
otra vez trataba de que ella delatase a Osmond; el empeño le hacía sentirse
inhumano, cruel, incluso casi innoble. Pero eso no importaba, porque fracasaba
siempre. Entonces, ¿a qué había venido Isabel y para qué parecía brindarle casi
la oportunidad de quebrantar su tácito convenio? ¿Por qué le pedía consejo si
no le daba libertad para contestar? ¿Cómo iban a hablar de sus contrariedades
domésticas, como ella humorísticamente había querido llamarlas, si el principal
factor no podía ser mencionado? Tales contradicciones no eran sino una
indicación del mal que la aquejaba, y su anterior impetración de auxilio era,
en realidad, lo único que él debía tomar en consideración.
- De todas formas, estaréis en desacuerdo -dijo. Y
como ella no contestó, mirándole como si apenas le entendiera, añadió-: Os
daréis cuenta de que pensáis de modo diametralmente opuesto.
- Eso puede suceder hasta en las parejas más unidas.
-Recogió ella su sombrilla, y él adivinó que tenía miedo de lo que pudiera
decirle-: En fin de cuentas -prosiguió Isabel-, es un asunto por el que
difícilmente podemos llegar a reñir, ya que el interés radica en su lado y no
en el mío; después de todo, Pansy es hija suya y no mía. -Y le tendió la mano
para despedirse.
Ralph adoptó en su interior la resolución de no
dejarla marchar sin darle a entender que lo sabía todo; parecía una oportunidad
demasiado buena para perderla. -¿Sabes lo que ese interés le va a hacer decir?
-preguntó tomándole la mano. Ella sacudió la cabeza secamente, aunque con un
gesto que no era disuasorio, y él prosiguió-: Pues le hará decir que tu falta
de empeño en el asunto se debe a los celos. -Se detuvo al momento: el semblante
de Isabel le daba miedo. -¿Los celos?
- Exactamente; que estás celosa de su hija.
Ella enrojeció hasta la raíz del cabello, echó atrás
la cabeza y exclamó con un tono que él jamás le había oído:
- No eres amable.
- Vamos, sé franca conmigo y tú misma lo verás
-respondió él.
Isabel no replicó; se limitó a retirar de la mano de
Ralph la suya, que él todavía seguía aprisionando, y salió rápidamente del
salón. Decidió hablar con Pansy, y aquel mismo día encontró la ocasión yendo a
la habitación de la joven antes de cenar. Pansy estaba ya vestida, pues siempre
lo hacía con bastante anticipación; lo cual parecía corroborar su inalterable
paciencia y la graciosa quietud con que era capaz de sentarse a esperar. En
aquel momento estaba sentada, recién compuesta, ante el fuego de la chimenea de
su alcoba. Había apagado las velas después de su aseo, con arreglo a las leyes
de sabia economía doméstica que le in- fundieran las monjitas y que ahora tenía
más cuidado que nunca en observar; de suerte que la habitación estaba sólo
alumbrada por un par de leños que chisporroteaban en la chimenea. En el Palazzo
Roccanera, las habitaciones eran tan amplias como numerosas, y el virginal
retiro de Pansy era una inmensa cámara de tenebroso techo artesonado. En medio
de semejante vastedad, su diminuta ocupante parecía una mota de humanidad y,
cuando se levantó defe- rentemente para saludar a Isabel, a ésta la impresionó
más que nunca su tímida sinceridad. La misión de Isabel era difícil de
desempeñar… y no cabía sino cumplirla con la mayor sencillez posible. Venía
Isabel enojada y amargada, pero diciéndose que no debía dejar traslucir su
enojo. Tenía incluso miedo de aparecer demasiado seria, o cuando menos
demasiado severa, pues con ello podría suscitar alarma. Pero Pansy pareció
haber adivinado que venía más o menos como confesor, pues una vez que hubo
acercado más al fuego la butaquita en que había estado sentada, y que Isabel
hubo tomado asiento en ella, se arrodilló en un cojín a su lado, alzando los
ojos y apoyando las manos juntas en las rodillas de su madrastra. Lo que Isabel
quería era oír de sus labios que no tenía el pensamiento puesto en lord
Warburton; pero si deseaba esa garantía, no se sentía con libertad suficiente
para provocarla. El padre de la joven lo habría sin duda calificado de vil traición;
y bien sabía Isabel que, si Pansy mostraba el menor indicio de estar dispuesta
a dar alientos a lord Warburton, ella tendría que mantener la boca cerrada. La
mayor dificultad estribaba en hacer preguntas sin aparentar sugerir las
respuestas. La extraordinaria sencillez de Pansy, cuya inocencia era todavía
mucho mayor de lo que Isabel había llegado a suponer, prestaba un efecto de
admonición al más leve sondeo.
Pansy, arrodillada allí ante el vago resplandor del
fuego, con su lindo vestido reluciendo tenuemente, las manos cruzadas en
actitud medio suplicante y medio sumisa, los dulces ojos alzados y fijos,
conscientes de la gravedad del momento, miraba a Isabel, un mártir infantil
engalanado para el sacrificio y sin concederse apenas esperanzas de escapar.
Cuando Isabel le dijo que si no le había hablado aún de lo que pudiera estar
pasando en relación con su futuro matrimonio, no era por indiferencia o ignorancia,
sino por su deseo de dejarla en libertad de decidir, Pansy elevó el rostro
hacia Isabel acercándolo cada vez más, y con un tenue murmullo que sin
expresaba su incontenible anhelo, contestó que había estado deseando que se
decidiese a hablar y que la rogaba la aconsejara en aquel momento.
- Es muy difícil para mí aconsejarte -contestó
Isabel-. No veo cómo voy a poder hacerlo. Eso es cosa de tu padre; debes
escuchar su consejo y, sobre todo, obrar de acuerdo con lo que él te diga.
Al oír aquello, Pansy bajó los ojos y durante un
momento no dijo una sola palabra. Pero al fin, declaró:
- Me parece que prefiero su consejo al de papá.
- No es eso lo que debe ser -replicó Isabel con
frialdad-. Yo te quiero mucho, es cierto, pero tu padre te quiere más todavía.
- No es porque usted me quiere, sino porque es una
señora… y una señora puede aconsejar.a una muchacha mejor que un hombre-dijo
Pansy como si su declaración fuera de lo más razonable.
- Entonces, mi deber es aconsejarte que acates con el
mayor respeto la voluntad de tu padre. -¡Ah, claro! -dijo la joven con
vehemencia-. Tengo que hacerlo.
- Pero si te hablo ahora del asunto de tu posible
matrimonio -continuó Isabel-, no lo hago por ti, sino por mí. Si procuro saber
por ti misma lo que esperas, lo que deseas, es únicamente para poder obrar en
consecuencia.
Pansy la miró fijamente y con gran presteza preguntó:
-¿Va usted a hacer todo lo que yo le pida?
- Antes de decir que sí, tengo que saber de qué se
trata.
Pansy le confesó que lo único que quería en la vida
era casarse con el señor Rosier. El se lo había pedido y ella le había
contestado que lo haría si su padre tenía a bien consentirlo.
El caso era que papá no lo consentía.
- Perfectamente. Entonces, es de todo punto imposible
-sentenció Isabel.
- Sí, es imposible -dijo Pansy sin suspirar y con la
misma atención extraordinaria en su delicada carita.
- En ese caso, tienes que pensar en alguna otra cosa.
Pansy, suspirando esta vez al oírlo, confesó que ya
lo había intentado sin el menor éxito.
- Una piensa en los que piensan en una -dijo
sonriendo con dulzura-, y yo sé que el señor Rosier piensa seriamente en mí.
- Pues no debes hacerlo -dijo Isabel enfáticamente-.
Tu padre le ha hecho saber claramente que debe abandonar esa idea.
- Pero él no puede remediarlo porque sabe que yo
pienso en él.
- Es que tú no debes pensar en él. Para él quizás
haya una excusa, pero no la hay para ti.
- Yo quisiera que usted procurase encontrar una
-exclamó la joven como si estuviera elevando una plegaria a la Virgen.
- Sentía tener que hacerlo -replicó la supuesta
Virgen con una frialdad en ella desacostumbrada-. Si sabes de algún otro que
piense en ti, ¿pensarás en él?
- Nadie puede pensar en mi como piensa Rosier; nadie
tiene el derecho de hacerlo. -¡Ah! Es que yo no admito tal derecho del señor
Rosier -exclamó Isabel con cierta hipocresía.
Pansy la miró fijamente con evidente desconcierto. E
Isabel, aprovechándose de ello, procedió a exponerle las terribles
consecuencias que le acarrearía el hecho de desobedecer a su padre. Pansy la
detuvo asegurándole que no le desobedecería jamás, que nunca se casaría sin su
consentimiento. Pero añadió con su tono más afable y sereno que,.aunque no se
casara con el señor Rosier, no dejaría nunca de pensar en él. Parecía haber
aceptado de buen grado la idea de permanecer soltera toda la vida, pero Isabel
era libre de pensar que la joven no tenía idea de lo que eso representaba. La
muchacha era completamente sincera y estaba dispuesta a abandonar a su
enamorado. Eso podía parecer un paso muy importante para aceptar a otro
pretendiente, pero, evidentemente, no era por ahí por donde iba Pansy. No
sentía resquemor contra su padre, pues no lo había en su tierno corazón, en el
que sólo tenía cabida la dulzura de la fidelidad hacia Rosier y una rara y
exquisita insinuación de que tal vez valdría más, en último término, quedarse
soltera que casarse con nadie, incluso con él.
- Lo que quiere tu padre es que hagas una boda mejor
-dijo Isabel-. La fortuna del señor Rosier no es muy grande. -¿Cómo habla usted
de una boda mejor… si ésa sería bastante para mí? Además, yo tengo también muy
poco dinero; ¿por qué me habría de preocupar por poseer una gran fortuna?
- Por lo mismo que tienes tan poco, debes tratar de
tener más.
Al decir semejante cosa, Isabel sintió un gran alivio
por la penumbra que reinaba en el aposento virginal, pues sentía como si su
rostro se hubiese tornado horriblemente falso. Pensaba que estaba haciendo
aquello por Osmond, ¡y era aquello lo que debía hacer por él! Los ojos cándidos
de Pansy se fijaron solemnemente en los suyos y casi la turbaron, porque estaba
avergonzada de haber tratado con tan ligereza las preferencias sentimentales de
su linda hijastra. -¿Qué quiere usted que haga? -preguntó dulcemente su
compañera.
La pregunta era, en verdad, terrible, Por lo que
Isabel consideró prudente refugiarse tras una respuesta vaga.
- Que recuerdes la satisfacción que está en tu mano
proporcionarle a tu padre. -¿Quiere usted decir que me case con otro… si el me
lo pide?
Isabel tuvo que dejar pasar un momento antes de
responder. Y luego se oyó a sí misma decir en aquel silencio profundo, creado
gracias a la calma conque Pansy aguardaba su respuesta:
- Eso… casarte con otro.
La mirada de la joven se hizo más penetrante todavía.
A Isabel le pasó por las mientes la idea de que Pansy estuviera dudando de su
sinceridad y esa convicción se acentuó al ver que la muchacha se levantaba
pausadamente del cojín en que se había arrodillado. Esta per- maneció un
momento en pie con las manos desunidas y, con voz temblorosa, exclamó:
- Bueno. ¡Ojalá no haya nadie que pida mi mano!
- Ya ha habido algo de eso. Por lo visto alguien ha
estado dispuesto a hacerlo.
- No creo que nadie pueda estar dispuesto -dijo la
joven.
- Pues al parecer lo habría estado si tuviera la
seguridad de que no iba a fracasar. -¿Si tuviese la seguridad? Entonces es que
no está verdaderamente dispuesto.
Isabel no pudo por menos de pensar que semejante
respuesta denotaba bastante agudeza. Se levantó a su vez de la butaquita, se
quedó un instante mirando al fuego y luego dijo:
- Lord Warburton se ha mostrado muy atento contigo;
desde luego, me imagino que sabes que he estado hablándote de él. -Contra lo
que ella misma esperaba, se había visto en la necesidad de justificarse, lo
cual la obligó a mencionar al aristócrata británico más claramente de lo que
hubiese deseado.
- Lord Warburton ha sido muy amable conmigo y me
resulta muy simpático. Pero si cree que va a pedir mi mano, está usted
completamente equivocada.
- Tal vez lo esté; pero a tu padre eso le gustaría
mucho. Pansy movió suavemente la cabeza con una ligera sonrisa.
- Lord Warburton no va a casarse precisamente para
darle gusto a papá.
- A tu padre le agradaría que tú le dieras alientos
-contestó mecánicamente Isabel. -¿Y cómo hacerlo?
- No sé. Es cosa de tu padre, él te lo dirá.
Pansy se quedó callada un momento, pero su cándida
sonrisa daba a entender que conocía un secreto que le daba seguridad.
- De todos modos, ¡no hay peligro… no hay peligro!
-declaró finalmente.
Parecía haber tal convicción en su manera de decirlo
y tanta satisfacción en esa creencia, que Isabel sintió cierto embarazo. Intuía
que se la acusaba de falta de honradez en su proceder, y tal idea era
repugnante; para reparar su amor propio estuvo a punto de decir que lord
Warburton le había hecho saber que sí había peligro. Pero se contuvo; lo único
que dijo -arrastrada por la turbación bastante lejos del tema-, fue que, desde
luego, él se había mostrado de lo más amable y de lo más cordial.
- Sí, ha sido muy amable conmigo; por eso le aprecio.
- Bueno. Entonces, ¿dónde está esa dificultad tan
grande?
- Yo he tenido siempre la seguridad de que él sabe
que no quiero… ¿cómo dice usted?… que no quiero darle alientos. Sabe que yo no
quiero casarme, y quiere darme a en- tender que en vista de eso no me va a
molestar. Eso es lo que significa su amabilidad. Es como si me dijera: «Usted
me gusta mucho, pero si no le agrada que se lo diga, no se lo diré nunca más…».
Y me parece que eso es muy amable y muy noble -prosiguió Pansy con aplomo
creciente-. Eso es todo lo que nos hemos dicho. Además, yo no le intereso. No
hay peligro, se lo aseguro.
Isabel se quedó maravillada de la profundidad de
percepción de que era capaz aquella jovencita tan sumisa; le dio miedo la
clarividencia de Pansy… y casi empezó a retroceder ante ella.
- Creo que debes decirle eso a tu padre -observó con
reservas.
- Yo creo que será mejor no decírselo -respondió
Pansy sin reservas.
- Pero no deberías dejar que conciba falsas
esperanzas.
- Quizá no. Pero para mí es bueno que las tenga.
Mientras papá siga creyendo que lord Warburton
pretende hacer lo que usted dice, no propondrá a ningún otro, y eso será una
gran ventaja para mí -terminó diciendo la muchacha con gran lucidez.
Había algo brillante en aquella lucidez, algo que
hizo que su compañera respirara hondo, porque sintió que la relevaba de una
grave responsabilidad. Pansy tenía suficientes luces para guiarse por sí misma,
e Isabel intuyó que en aquel momento a ella no le sobraban luces de la pequeña
reserva que poseía. Sin embargo, sentía que debía continuar siendo leal a
Osmond, pues se jugaba el honor al tratar el asunto de su hija. Inspirada por
ese sentimiento, lanzó otra sugerencia antes de retirarse, una sugerencia con
la que le pareció haber hecho cuanto estaba en su mano.
- Tu padre da, cuando menos, por sentado que te
gustaría casarte con un aristócrata.
Pansy estaba en la puerta y había levantado la
cortina para dar paso a Isabel. -¡Yo creo que el señor Rosier lo parece!
-observó con gran seriedad.
46
Lord Warburton no se dejó ver en varios días por los
salones de la señora Osmond, e Isabel no pudo dejar de observar que su marido
no le decía una palabra de si había recibido carta de él. Tampoco dejó de notar
que Osmond parecía hallarse a la expectativa y que, aunque no le resultaba
agradable dejarlo traslucir, pensaba que su distinguido amigo le hacía esperar
demasiado. Al cabo de cuatro días aludió a su ausencia. -¿Qué ha sido de
Warburton? ¿A qué viene eso de tratarnos como si fuéramos el tendero que espera
con la factura?
- No sé nada de él -contestó Isabel-. Le vi el
viernes pasado en el baile de los alemanes, y me dijo que pensaba escribirte.
- Pues no me ha escrito.
- Ya me lo figuro, cuando no me lo has dicho.
- Es un tipo raro -dijo Osmond para definirlo.
Y, al no contestar Isabel, pasó a preguntar si su
señoría tardaba cinco días en pergeñar una carta-. ¿Tanto le cuesta poner una
palabra detrás de otra?
- No lo sé -se vio Isabel obligada a contestar-.
Nunca he recibido ninguna carta suya. -¿Que no has recibido ninguna carta suya?
Se me antojaba que en un tiempo mantuvisteis una íntima correspondencia.
Isabel respondió que no había sido así y dejó decaer
la conversación. Al día siguiente, sin embargo, entrando a última hora de la
tarde en el salón, su marido la reanudó. -¿Qué le dijiste a lord Warburton
cuando te manifestó su intención de escribirme? Ella vaciló un instante.
- Creo que le dije que no se le olvidara. -¿Pensabas
que existía ese riesgo?
- Tú mismo has dicho que es un tipo raro.
- Pues, por lo visto, lo ha olvidado -dijo Osmond-.
Ten la bondad de recordárselo. -¿Pretendes que le escriba? -inquirió Isabel.
- No veo inconveniente.
- Me parece que esperas demasiado de mí.
- Cierto, espero muchísimo de ti.
- Temo que voy a decepcionarte.
- Mis expectativas han sobrevivido a muchísimas
decepciones.
- Lo sé de sobra. Imagínate la decepción que me he
causado a mí misma. Si verdaderamente quieres echar el lazo a lord Warburton,
tendrás que echárselo tú mismo.
Osmond permaneció callado un par de minutos, y luego
dijo:
- Si tú actúas en contra mía, no será cosa fácil.
Isabel se sobresaltó, notó que comenzaba a temblar.
Él tenía una manera de mirarla con los párpados semicerrados, como si estuviera
pensando en ella pero apenas llegara a verla, que le pareció cargada de una
intención enormemente cruel. Parecía reconocerla como una necesidad
desagradable del pensamiento pero apartarla de su mente como presencia real.
Semejante efecto no había sido nunca tan marcado como ahora.
- Me parece que estás acusándome de algo muy bajo
-replicó.
- Te acuso de no ser de fiar. Si, al final, este
hombre no se decide, será porque tú se lo has quitado de la cabeza. Yo no sé si
eso es bajo, pero desde luego es cosa que una mujer siempre se cree autorizada
a hacer. No dudo de que a ti se te ocurren muy buenas ideas.
- Ya te dije que haría cuanto me fuera posible
-afirmó Isabel.
- Con lo cual ganabas tiempo.
Al oír aquella recriminación, Isabel recordó que en
tiempos ese hombre le había parecido perfecto. -¡Cuántas ganas debes de tener
de atraparlo! -exclamó al cabo de un instante.
No más decirlo, se dio cuenta del verdadero alcance
de sus palabras, pronunciadas sin pensar. Establecían automáticamente una
comparación entre ella y su esposo, y le recordaban que en otro tiempo ella
tuvo aquel codiciado tesoro entre las manos y se había sentido lo bastante rica
para dejarlo caer. Y un júbilo momentáneo se apoderó de ella… el horrible
deleite de haberlo herido, pues adivinó por su expresión que la fuerza de
aquella exclamación no se había perdido en el vacío. Sin embargo, él no lo
manifestó, y se limitó a decir con presteza: -¡Oh, sí! Unas ganas inmensas.
En aquel momento apareció un criado anunciando a una
visita, y tras él entró el propio lord Warburton, quien, al ver a Osmond, se
quedó visiblemente desconcertado. Miró rápida y alternativamente del dueño a la
dueña de la casa, como quien se siente molesto por haber interrumpido una
conversación o se da cuenta de que hay algo desagradable en el ambiente. Y
avanzó con su británica soltura, en la que cierta vaga timidez aparecía como un
elemento de la buena educación, cuyo único defecto consistía en la dificultad
de realizar transiciones. Osmond se azaró. No sabía qué decir, pero Isabel
declaró con presteza que precisamente estaban hablando de su visitante. A esto
agregó su esposo que no sabían qué había sido de él… temían que se hubiera ido.
- No -explicó él, sonriendo y mirando a Osmond-, pero
estoy con el pie en el estribo, como suele decirse.
- A continuación mencionó que le habían llamado
urgentemente de Inglaterra y que partiría al día siguiente o al otro. Y acabó
exclamando-: ¡Siento en el alma tener que abandonar al pobre Touchett!
Sus dos compañeros guardaron silencio durante un
momento. Osmond escuchaba, arrellanado en su asiento, e Isabel no le miraba;
tenía que imaginarse la expresión de su esposo. Ella mantenía los ojos clavados
en el rostro de su visitante, donde podían detenerse con toda libertad, pues
los de su señoría los esquivaban con cuidado. Pero Isabel estaba segura de que,
si sus miradas se hubieran cruzado, la de él habría sido sumamente expresiva.
Oyó que su marido decía con ligereza al cabo de un momento:
- Más valdría que se llevara usted al pobre Touchett.
- Le conviene esperar a que el tiempo mejore y haga
más calor -respondió lord Warburton-. Por mi parte, yo no le aconsejaría que
emprendiese ahora el viaje.
Lord Warburton permaneció un cuarto de hora allí
sentado, hablando como si tal vez no hubiera de volver a verles.., a menos que
ellos se decidieran a ir a Inglaterra, posibilidad que les recomendó vivamente,
sugiriéndoles que se dieran una vuelta por allá durante el otoño… lo que le
parecía una idea excelente. Para él seria un placer atenderles en lo que
pudiera… recibirles en su casa y que pasaran un mes con él. Según él mismo
confesara, Osmond no había estado más que una vez en Inglaterra, cosa inadmisible
en un hombre de su cultura y libre de ocupaciones. Era el país ideal para él…
donde sin duda se sentiría a gusto. Después, lord Warburton preguntó a Isabel
si se acordaba de lo bien que lo había pasado allí y si no le gustaría volver a
probar. ¿No le apetecía volver a Gardencourt? Aquél era un lugar muy agradable.
Touchett no lo cuidaba como debía, pero era uno de esos sitios que no se echan
a perder por el hecho de tenerlo abandonado. ¿Porqué no le hacían una visita a
Touchett? Seguro que él se lo había pedido. ¿No se lo había pedido? ¡Había que
ver qué mal educado!… Ya le tiraría él luego de las orejas. Por supuesto que
era un mero accidente: a Touchett le encantaría tenerlos a su lado. Si se
decidían a pasar un mes con Touchett y otro mes con él y conocían a toda la
gente que debían conocer allí, no lo pasarían del todo mal. Lord Warburton
añadió que también sería entretenido para la señorita Osmond, que le había
dicho que no conocía Inglaterra, y a quien él había asegurado que era un país
que ella merecía conocer. Por descontado, no necesitaba ir a Inglaterra para
ser admirada… cosa que tenía que ocurrirle en todas partes, pero allí tendría
un éxito inmenso, y eso podría constituir un incentivo más para el viaje.
Preguntó si Pansy estaba en casa; ¿no podría despedirse de ella?
No era que le gustasen las despedidas, las detestaba
con toda su alma. Prueba de ello era que al partir de Inglaterra no se había
despedido de ningún ser humano. Y ahora mismo, casi había estado a punto de
abandonar Roma sin molestar a la señora Osmond con una última visita. ¿Había
nada más triste que un último encuentro? Nunca decía uno las cosas que quería
decir y sólo las recordaba una hora después y en cambio uno decía muchas cosas
que no debía decir, por el hecho de sentirse obligado a decir algo… era una
sensación muy fastidiosa y que a uno le confundía las ideas. Él la tenía en ese
momento y le producía ese mismo efecto. Si a la señora Osmond no le parecía que
hablaba como era debido, tenía que achacarlo a los nervios, pues no era cosa
fácil despedirse de ella. La verdad, sentía en el alma tener que marcharse.
Había pensado escribirle a Isabel en vez de venir a despedirse… de todos modos
le escribiría para decirle un montón de cosas que seguro que se le ocurrirían
en cuanto saliera de la casa. Tenían que pensar seriamente en lo de ir a
Locldeigh.
Si había algo embarazoso en las condiciones de su
visita o en el anuncio de su partida, nada afloró a la superficie. Lord
Warburton habló de su intranquilidad, pero no la mostró de ninguna otra manera,
e Isabel comprendió que, una vez decidido a emprender la retirada, sabría
llevarla a cabo con gallardía. Ella se alegraba mucho por él. Le apreciaba lo
bastante para desear verle salir airoso de un trance apurado. Y tenía la
seguridad de que él así lo haría en cualquier situación, y no por descaro sino
sencillamente por la costumbre de triunfar, y sentía Isabel que no estaba al
alcance de su marido el frustrar esa facultad. Mientras permanecía allí
sentada, en su mente se desarrollaba una complicada operación. Por una parte
escuchaba a su visitante, le decía lo que consideraba oportuno, leía más o
menos entre líneas lo que él quería decir, y se preguntaba lo que habría dicho
si la hubiese encontrado sola. Por otra parte, tenía conciencia de la emoción
de Osmond, y casi le daba lástima, condenado como estaba a sufrir el dolor de
la pérdida sin el consuelo de poder maldecir. Había concebido una inmensa
esperanza, y ahora la veía desvanecerse sin poder hacer otra cosa que seguir
sentado, sonriendo y dando vueltas a los pulgares. No es que se molestara en
sonreír demasiado, se limitaba a volver hacia su común amigo un semblante todo
lo inexpresivo que podía admitirse en un hombre tan listo. Parte de la listeza
de Osmond consistía, en efecto, en saber aparentar una indiferencia consumada.
Su aspecto presente no era, sin embargo, una
confesión de desencanto, sino simplemente parte del sistema en él habitual,
consistente en aparecer tanto menos expresivo cuanto más estaba al acecho. Y
había estado al acecho de esta presa desde el primer momento, pero nunca había
dejado que la avidez se asomara a su refinado rostro. Había tratado a su
posible yerno como trataba a todos los demás… con aire de interesarse por él
sólo por su propio bien, no por el provecho que de ello pudiera derivarse para
una persona tan bien provista ya en todos sentidos como Gilbert Osmond. No
mostraría ahora la más leve señal de la rabia interior que le consumía,
resultado de que la perspectiva de beneficio se disipaba… ni la más leve señal,
ni la más sutil. De eso Isabel podía estar segura, le diera o no alguna
satisfacción. Por extraño, por muy extraño que pudiera parecer, era una
satisfacción. Quería que lord Warburton triunfara delante de su marido y, al
mismo tiempo, que su marido apareciese superior a lord Warburton. A su manera,
Osmond resultaba verdaderamente admirable, pues, al igual que su visitante,
contaba con la ventaja de un hábito adquirido: no el de triunfar sino el de
otro que casi valía otro tanto… el de no esforzarse. Apoltronado en su asiento
y escuchando sin mucha atención los amistosos ofrecimientos y las medias
explicaciones del otro -como si lo correcto fuera considerar que se dirigían
esencialmente a su mujer-, tenía cuando menos (ya que le quedaban tan pocas
cosas) el consuelo de pensar en lo bien que había sabido mantenerse ajeno al
asunto y en que ese aire de indiferencia que ahora podía adoptar poseía la
belleza añadida de lo consecuente. Tenía su mérito poder considerar que los
movimientos de su visitante no guardaban relación alguna con su propio pensamiento.
La actuación del presunto viajero era sin duda magnífica, pero la
representación de Osmond era en sí misma mucho más acabada. Después de todo, la
situación de lord Warburton era fácil, ya que no existía razón alguna que le
impidiese marcharse de Roma. Había tenido designios bien intencionados, pero
éstos no habían llegado a cumplirse; en ningún momento se había comprometido, y
su honor quedaba a salvo. Osmond pareció tomar un interés sólo modesto en la
propuesta de que fuera a su casa y en la alusión al éxito que Pansy podría
cosechar durante esa visita. Murmuró una expresión de agradecimiento, y dejó
que Isabel manifestara que el asunto requería una seria reflexión. Incluso
mientras hacía tal observación, Isabel veía el inmenso panorama que de repente
se abría ante la mente de su marido, en el que la figurita de Pansy avanzaba
por en medio.
Lord Warburton había solicitado permiso para
despedirse de Pansy, pero ni Isabel ni Osmond habían hecho ademán de mandar a
buscarla. Aquél parecía querer indicar que su visita iba a ser corta; se había
sentado en una silla bajita, como si sólo fuera a permanecer un momento, y
conservaba el sombrero en la mano. Pero allí seguía, y no se marchaba. Isabel
se preguntaba qué estaría esperando. Creía que él no confiaba en ver a Pansy, y
tenía la impresión de que, en fin de cuentas, preferiría no verla. Lo que él deseaba
era verla a ella a solas… Quería decirle algo. Isabel no tenía muchas ganas de
oírlo, porque temía que fuera una explicación, y podía pasarse sin ella.
Osmond, por su parte, acabó por levantarse, como hombre de buen gusto a quien
acababa de ocurrírsele que tan asiduo visitante quizá desearía decir sus
últimas frases de despedida a las damas.
- Le ruego que me disculpe -dijo-. Tengo que escribir
una carta antes de la cena. De paso veré si mi hija no está ocupada y, si puede
venir, le diré que está usted aquí.
Espero que, si vuelve a Roma, no dejará de venir a
vernos. La señora Osmond hablará con usted acerca de esa excursión a tierra
inglesa. Estas cosas las decide ella solamente.
La inclinación de cabeza con que, en lugar del
apretón de manos, remató esa pequeña alocución, fue tal vez una forma de
salutación un tanto exigua; pero, en realidad, era lo adecuado a la situación.
Isabel pensó que cuando Osmond hubiera salido de la habitación, lord Warburton
no tendría motivo para decir: «Su marido está muy enojado», cosa que le habría
resultado muy desagradable oír, y a la que habría tenido que contestar: «Bah,
no se preocupe, no es a usted a quien aborrece; a quien detesta es a mí».
Únicamente después de quedarse solos los dos su amigo
mostró cierto vago azoramiento… pues se sentó en otra silla y manoseó dos o
tres chucherías que tenía cerca.
- Espero que haga venir a la señorita Osmond -comentó
al poco-. Tengo verdaderos deseos de verla.
- Me alegro de que sea la última vez -respondió
Isabel.
- También yo. Me he dado cuenta de que no le
intereso.
- Verdad. No le interesa usted.
- No me extraña -replicó él, y enseguida añadió con
inconsecuencia-: Por supuesto, irán ustedes a Inglaterra, ¿verdad?
- Me parece que será mejor no ir.
- Recuerde que me debe una visita. ¿Ha olvidado que
tenía que haber ido una vez a Lockleigh y que nunca fue?
- Las cosas han cambiado desde entonces.
- Espero que no para peor, en cuanto a nosotros se
refiere. Verla a usted en mi casa -y aquí hizo una breve pausa- sería una gran
satisfacción.
Ella había temido una explicación, pero aquélla fue
la única. Hablaron un poco de Ralph, y, al cabo de un momento, Pansy se
presentó, vestida ya para la cena y con las mejillas un tanto arreboladas.
Tendió la mano a lord Warburton y se quedó mirándole al rostro con aquella
sonrisa fija… una sonrisa que Isabel sabía, aunque su señoría a buen seguro
jamás llegaría a sospecharlo, que disimulaba un gran deseo de romper en llanto.
- Me marcho -dijo lord Warburton-. Quería despedirme
de usted.
- Adiós, lord Warburton. -Su voz temblaba de un modo
perceptible.
- Quiero, además, decirle que deseo de todo corazón
que sea feliz.
- Gracias, lord Warburton -respondió Pansy.
Él se demoró un instante y lanzó una mirada a Isabel.
- Por fuerza ha de ser feliz… tiene usted un
verdadero ángel de la guarda.
- Estoy segura de que lo seré -replicó Pansy con el
tono de la persona cuyas certidumbres son siempre alegres.
- Ese convencimiento le ayudará mucho a serlo; pero
si alguna vez le faltara, recuerde que… que… -Titubeó un poco y, al fin, añadió
con una vaga risa-: ¡Piense en mí, ya sabe! - Estrechó en silencio la mano de
Isabel y desapareció rápidamente.
Una vez que hubo dejado el salón, Isabel creyó que
Pansy rompería a llorar; pero, con gran sorpresa suya, su hijastra la obsequió
con algo muy distinto, pues exclamó con dulzura: -¡También yo creo que es usted
mi ángel guardián! -No soy un ángel de ninguna clase -contestó Isabel-. Todo lo
más, una buena amiga.
- Pues entonces, una amiga muy buena… por haberle
pedido a papá que me trate bien.
- No le he pedido nada a tu padre -dijo Isabel,
extrañada.
- Acaba de decirme que viniera al salón, y me ha dado
un beso muy cariñoso. -¡Ah! Eso ha sido sólo idea suya.
Ella reconocía perfectamente la idea; era muy
característica de él, y aún habría de verla en muchas otras ocasiones. Ni
siquiera frente a Pansy quería Osmond aparecer culpable. Aquel día cenaron
fuera, y, después de la cena, fueron a otra diversión, de suerte que Isabel no
pudo verlo a solas hasta altas horas de la noche. Cuando Pansy lo besó antes de
irse a acostar, Osmond correspondió a su abrazo con más afecto de lo que tenía
por costumbre, e Isabel se preguntó si sería una insinuación de que su hija había
sido perjudicada por las maquinaciones de su madrastra. Era una expresión
parcial, en cualquier caso, de lo que seguía esperando de su esposa. Ésta se
disponía a seguir a Pansy, pero él le señaló su deseo de que se quedase, pues
tenía algo que decirle. Luego dio unos cuantos pasos por el salón, mientras
ella aguardaba de pie, sin quitarse la capa.
- No comprendo lo que quieres hacer -dijo al cabo de
un momento-. Me gustaría saberlo, para obrar en consecuencia.
- Ahora mismo, lo que quiero es irme a la cama. Estoy
rendida.
- Siéntate y descansa; no voy a detenerte mucho
tiempo. No, ahí no; donde estés cómoda. -Juntó unos cuantos cojines que yacían
desordenadamente esparcidos en un vasto diván; pero ella no se sentó en él sino
que se dejó caer en la butaca más próxima. El fuego se había extinguido y las
luces eran pocas para la gran estancia. Ella se arrebujó en su capa; sentía un
frío mortal-. Creo que estás tratando de humillarme -continuó Osmond-. Es una
empresa por demás absurda.
- No tengo la menor idea de a qué te refieres
-replicó ella.
- Has estado jugando un juego difícil y lo has
organizado bien. -¿Qué es lo que he organizado?
- Pero no creas que lo has dejado zanjado. Volveremos
a verle.
Y se detuvo ante ella con las manos en los bolsillos
y mirándola pensativamente, según su costumbre, con aquella mirada que parecía
querer decirle que ella no era el objeto sino un simple incidente, más bien
desagradable, de su pensamiento.
- Si te refieres a que lord Warburton tiene alguna
obligación de volver, estás completamente equivocado -dijo Isabel-. Nada le
obliga.
- De eso es precisamente de lo que me quejo. Pero
cuando digo que volverá, no me refiero a que venga impulsado por su sentido del
deber.
- Pues no creo que haya ningún otro motivo. Roma está
ya agotada para él.
- No lo creas; ése es un juicio superficial. Roma es
inagotable. -Comenzó de nuevo a andar de un lado para otro y añadió-: De todos
modos, sobre eso quizá no haya prisa. Ha tenido una buena idea con lo de que
vayamos a Inglaterra. Si no fuera por el temor de encon- trar allí a tu primo,
creo que yo mismo trataría de convencerte de que fuéramos.
- Tal vez no encuentres a mi primo.
- Quisiera estar seguro de ello. Pero me aseguraré lo
más que pueda. Por otra parte, me gustaría ver su casa, de la que tanto me has
hablado en otros tiempos… ¿cómo se llama?… Gardencourt, si mal no recuerdo.
Debe de ser un lugar encantador. Ya sabes que, además, tengo una gran
veneración por la memoria de tu tío; tú me hiciste tomarle mucho cariño. Me
gustaría ver dónde vivió y murió. Pero esto no es más que un pequeño detalle.
Tu amigo tenía razón: Pansy debe conocer Inglaterra.
- No me cabe duda de que le gustará -dijo Isabel.
- Pero de aquí al otoño hay un largo trecho -continuó
Osmond-, y entretanto hay otras cosas que nos tocan más de cerca. ¿De veras me
crees tan soberbio? -preguntó de súbito.
- Me pareces muy extraño.
- Es que no me comprendes.
- No; ni siquiera cuando me insultas.
- Yo no te insulto. Soy incapaz de ello. Lo único que
hago es traer a colación algunos hechos, y si aludir a ellos te hace daño, no
es culpa mía. No hay la menor duda de que este asunto lo has manejado tú sola.
-¿Vas a volver a lo de lord Warburton? -preguntó Isabel-. Ya estoy harta de oír
ese nombre.
- Pues volverás a oírlo, porque todavía no hemos
terminado con este asunto.
Ella había dicho que él la insultaba, pero, de
pronto, a Isabel le pareció que eso no le causaba ya dolor. Él estaba cayendo…
cayendo, y la visión de un descenso así casi le producía vértigo; ése era todo
su dolor. Él era demasiado extraño, demasiado distinto, tanto que ya no la
rozaba. Sin embargo, el funcionamiento de la mórbida pasión de su marido era
extraordinario, y ella sentía una curiosidad creciente por saber de qué manera
se justificaba ante sus propios ojos.
- Podría decirte que creo que no tienes nada que
decirme que merezca la pena escuchar -replicó pasado un momento-. Sin embargo,
tal vez esté equivocada; hay una cosa que vale la pena que oiga… y es que me
digas, con las palabras más claras posible, de qué me acusas.
- De haber impedido que Pansy se casara con lord
Warburton. ¿Te parece suficiente claridad?
- Por el contrario, he puesto mucho interés. Te lo
dije; y cuando me dijiste que contabas conmigo… creo que eso es lo que dijiste…
acepté la obligación. Fui una tonta al aceptarla, pero lo hice.
- Fingiste aceptarla, e incluso fingiste no querer
hacerlo para que yo confiara más en ti. Luego comenzaste a emplear tu inventiva
para quitarle de en medio.
- Creo comprender lo que quieres decir. -¿Dónde está
la carta que me dijiste que me había escrito? -preguntó su marido.
- No tengo la menor idea. No se lo he preguntado.
- La interceptaste tú.
Isabel se levantó poco a poco y permaneció un momento
inmóvil; envuelta en aquella capa blanca que la cubría hasta los pies, podía
haber representado el ángel del desdén, pariente cercano de la compasión. -¡Oh,
Gilbert! Para un hombre que era tan exquisito… -exclamó en un largo murmullo.
- Nunca lo he sido tanto como tú. Has hecho todo lo
que has querido. Lo has quitado de en medio sin parecer hacerlo y me has
colocado en la situación en que querías verme… la del hombre que ha procurado
casar a su hija con un lord y ha fracasado grotescamente.
- Pansy no se interesa por él. Está muy contenta de
que se vaya.
- Eso no tiene nada que ver con la cuestión.
- Y a él no le interesa Pansy.
- Eso no vale. Tú me dijiste que sí. No comprendo por
qué necesitabas esta satisfacción, podrías haberte procurado cualquier otra.
Creo que no he sido presuntuoso… que no he dado demasiadas cosas por supuestas.
He sido muy modesto en todo ello, muy discreto.
La idea no partió de mí. Él comenzó a dar muestras de
que la muchacha le gustaba antes de que a mí se me hubiera pasado por la
cabeza. Y yo te confié todo el asunto.
- Bien que te agradó entonces dejarlo en mis manos.
Pues en adelante tendrás que ocuparte tú de estas cosas.
Él la miró un momento y luego se alejó.
- Creí que estabas encariñada con mi hija.
- Nunca lo ha estado tanto como ahora.
- Por lo visto, tu afecto está lleno de inmensas
limitaciones. Es posible que eso sea lo natural.
Isabel tomó un candelabro que había sobre una de las
mesas y preguntó: -¿Es eso todo lo que querías decirme? -¿Estás satisfecha? ¿Me
ves suficientemente defraudado?
- No creo que en el fondo estés tan decepcionado. Has
tenido una oportunidad más para intentar dejarme estupefacta.
- No es eso. Lo que se ha demostrado es que Pansy
puede picar más alto. -¡Pobrecita Pansy! -dijo Isabel mientras se dirigía hacia
la puerta con el candelabro en la mano.
47
Isabel supo por Henrietta Stackpole que Caspar
Goodwood estaba en Roma, lo que aconteció tres días después de la partida de
lord Warburton. Este incidente había l estado precedido por otro de cierta
importancia para Isabel: la ausencia temporal, una vez más, de madame Merle,
que había ido a pasar una corta temporada en Nápoles, invitada por una amiga,
afortunada propietaria de una villa en Posilippo. Madame Merle había cesado de
con- tribuir a la felicidad de Isabel, quien se quedó preguntándose si la mujer
más discreta del mundo no sería también la más peligrosa. A veces, por la
noche, tenía extrañas visiones. Le parecía estar viendo a su marido y a su
amiga… la amiga también de él… formando una borrosa e indistinguible
combinación. Se le antojaba que esa señora no había terminado aún con ella, que
todavía le reservaba algo. La imaginación de Isabel se aplicaba activamente a
este punto huidizo, pero de vez en cuando la refrenaba un pavor sin nombre, de
tal suerte que, cuando la encantadora dama se hallaba ausente de Roma, tenía
Isabel algo así como una sensación de alivio. Ya antes había sabido por
Henrietta Stackpole que Caspar Goodwood estaba en Europa, pues la periodista se
lo había comunicado por escrito en cuanto se encontró con él en París. Por su
parte, él no escribía jamás a Isabel y ésta creyó que, a pesar de estar en
Europa, él no quería verla. La última entrevista, antes del matrimonio de ella,
había tenido todo el carácter de una ruptura definitiva; y, si no recordaba
mal, Caspar le había dicho que quería verla por última vez. Desde aquel
entonces, aquel hombre venía siendo la nota más discordante de su etapa
anterior…, la única, de hecho, que llevaba asociada un dolor permanente. La
mañana de su despedida la había dejado con la sensación del más innecesario de
los golpes, y la escena entre los dos sucedida se le representaba como la
colisión de dos barcos en pleno día. No había habido niebla ni corrientes
ocultas que la justificaran, y, por su parte, ella trató de esquivarla. Pero él
había chocado contra su proa, mientras ella tenía la mano en el timón, y-para
completar la metáfora- había causado en el navío más ligero un daño que
esporádicamente se delataba en un débil crujido. Había sido horrible verle, ya
que él representaba, a juicio de Isabel, el único daño serio que ella
ocasionara en toda su vida, la única persona que tenía contra ella una
reclamación no satisfecha. Le había hecho desgraciado, no pudo evitarlo; y su
infelicidad era una dura realidad. Isabel había sollozado de rabia cuando él la
dejara… no sabía por qué, y quiso pensar que había sido por la falta de
consideración de Caspar. El se había presentado ante ella con su infelicidad
justo cuando la dicha de ella era más perfecta; había hecho lo posible por
empañar el fulgor de aquellos puros rayos. No se había mostrado violento, pero
produjo una impresión de violencia. Sea como fuere, en algo y en alguna parte
había existido violencia; acaso únicamente en el ataque de llanto de Isabel y
en el regusto que le quedó durante tres o cuatro días después de la escena.
El efecto de aquella súplica final se había
desvanecido y, durante el primer año de matrimonio, Goodwood desapareció por
completo de su imaginación. Era un tema de referencia ingrato, y resultaba
desagradable pensar en un individuo que estaba dolido y resentido con una, y a
quien sin embargo no se podía ayudar. Otra cosa habría sido si ella hubiese
podido dudar, aun cuando sólo fuera un poco, de su desconsuelo, como dudaba del
de lord Warburton. Por desgracia, eso estaba fuera de duda, y era precisamente
aquel cariz agresivo, insobornable de la situación lo que la hacía tan
desagradable. Jamás podría ella decirse que aquel hombre dolorido tuviera
compensaciones, como podía decirse en el caso del aristócrata inglés. Carecía
de fe en las compensaciones de Goodwood y no les concedía valor. Una fábrica de
tejidos de algodón no era una compensación por nada… y menos por no haber
podido casarse con Isabel Archer. Aparte de esto, ella no sabía apenas lo que
él poseía - salvo sus cualidades intrínsecas. Oh, todo lo de Caspar era
intrínseco; jamás se le ocurrió pensar que buscara ayuda artificial de ninguna
clase. Si ampliaba su industria -lo cual, a juicio de ella, era la única forma
que podían tomar sus esfuerzos-, era porque eso suponía una actitud
emprendedora, un beneficio para su negocio, de ningún modo porque esperara así
encubrir el pasado. Eso le daba a su figura una especie de desolación y
desnudez que hacían que el hecho de recordarla o de tener que recordarla
constituyese una peculiar conmoción. Su figura carecía de esa pañería social
que en tiempos supercivilizados como los actuales amortigua la dureza de los
contactos humanos. Su absoluto silencio, el hecho de no saber de él
directamente y muy rara vez oírle nombrar, ahondaba aún más esa impresión de
soledad en que él vivía. De vez en cuando le pedía noticias de él a su hermana
Lily, pero Lily no sabía absolutamente nada de Boston… su imaginación limitaba
por el este con Madison Avenue. A medida que el tiempo iba pasando, Isabel
pensaba en él más a menudo y con menos restricciones. Más de una vez estuvo
tentada de escribirle y se contuvo. Nunca había hablado de él a su marido… no
le había informado de las visitas que Caspar le hiciera en Florencia; reserva
ésta que en los primeros tiempos no venía dictada por falta de confianza en
Osmond, sino simplemente por creer que el secreto del desengaño del joven no le
pertenecía a ella sino a él. Habría sido un craso error por su parte -así lo
creía- comunicárselo a otro, ya que, después de todo, los asuntos de Goodwood
poco podían interesar a Gilbert. De suerte que, a la hora de escribirle, nunca
se decidió a hacerlo. Se le antojaba que, considerando lo dolido que estaba
Caspar, lo mejor que podría hacer era dejarle tranquilo. Aun así, se habría
alegrado de estar en cierta forma más cerca de él. No es que se le ocurriera
jamás que podía haberse casado con él. Ni siquiera en los momentos en que las
consecuencias de su actual unión se le aparecían con más nitidez había esa
reflexión pasado por su mente, a pesar de las otras muchas que sí se le
presentaban. Pero cuando Isabel se vio en apuros, Caspar pasó a ser miembro de
aquel círculo de seres y cosas con quienes quería ponerse en regla. Ya he con-
signado con cuánta pasión deseaba convencerse de que la desdicha que padecía no
era fruto de sus propios errores. No tenía previsión cercana de morir y, sin
embargo, quería quedar en paz con el mundo… poner en orden sus asuntos
espirituales. De tiempo en tiempo, se le ocurría pensar que tenía una cuenta
pendiente con Caspar, y ahora se veía capaz de saldarla y dispuesta a hacerlo
en términos más favorables para él que en ninguna otra ocasión. No obstante, al
enterarse de que se encaminaba a Roma, tuvo verdadero miedo; sin duda sería más
desagradable para él que para nadie averiguar -porque seguro que averiguaría la
verdad, como al repasar un balance falseado o algo por el estilo- el íntimo
desbarajuste de los asuntos de Isabel. En lo más hondo de su corazón, ella
creía que Caspar lo había invertido todo en que fuera feliz, mientras que los
demás sólo habían invertido una parte. Era una persona más a quien tenía que
ocultar su angustia. Sin embargo, se tranquilizó después de que él llegara a
Roma, porque Caspar dejó transcurrir varios días sin ir a verla.
Fácil es suponer que Henrietta Stackpole fue mucho
más puntual, e Isabel se vio grandemente favorecida con la compañía de su
antigua amiga. Se arrojó en brazos de tal amistad porque, ahora que estaba
decidida a tener limpia la conciencia, era ésa una manera de probar que no
había sido superficial… tanto más cuanto que los años, en su transcurrir,
habían enriquecido más que agostado aquellas singularidades de Henrietta que
fueran jocosamente criticadas por personas menos interesadas que Isabel, unas
peculiaridades que seguían siendo lo bastante marcadas como para poner un punto
de heroísmo en la lealtad de Isabel. Henrietta se mostraba tan aguda, viva y
fresca como siempre, e igual de clara, sincera y brillante. Sus ojos
extraordinariamente abiertos, iluminados como grandes y acristaladas estaciones
de ferrocarril, no tenían postigos que los protegieran; su atavío no había
perdido nada de su tiesura, sus opiniones conservaban el perfume de la
referencia nacional. Sin embargo, no es- taba en absoluto inalterada; Isabel
creyó encontrar en ella cierta vaguedad. Anteriormente nunca la había tenido, y
aunque acometiera muchas investigaciones a la vez, se las había compuesto para
estar entera e incisiva en cada una. Tenía siempre una razón para cada cosa que
hacía; disponía de una profusión de motivos. Antes, cuando vino a Europa fue
porque quería conocer ese continente, pero ahora que ya lo conocía no podía
aducir semejante excusa. No se le ocurrió ni por un momento pretender que el
deseo de estudiar las decadentes civilizaciones tuviera nada que ver con su
periplo actual; su excursión era más bien una demostración de independencia
respecto del viejo mundo que un reconocimiento de deberes para con él.
- Esto de venir a Europa no es nada -le dijo a
Isabel-, y no creo que hagan falta tantas razones para hacerlo. Quedarse en su
propio país no está mal, pero esto es mucho más importante.
No fue, pues, con la sensación de hacer nada de
importante como se concedió una nueva peregrinación a Roma. Ya había visto la
ciudad y la había estudiado a fondo, de modo que su visita de ahora constituía
más bien una muestra de familiaridad, de conocerla perfectamente, de tener
tanto derecho como el que más a estar allí. Todo esto estaba muy bien, y
Henrietta era una mujer inquieta; cosa que tenía también derecho a ser. Pero en
el fondo tenía para venir a Roma una razón mucho más poderosa que la de la ciudad,
la cual no le importaba nada. Su compatriota lo detectó enseguida, y con ello
apreció como nunca la fidelidad de la periodista. Esta había cruzado el océano
a mitad del invierno, la peor de las estaciones, porque vislumbraba que su
amiga estaba triste. Henrietta adivinaba muchas cosas, pero nunca había tenido
una intuición tan atinada. Isabel gozaba por entonces de bien pocas
satisfacciones, pero, aun cuando hubiesen sido numerosas, aún habría habido
algo de personal alegría en aquel sentirse justificada por haber tenido siempre
tan alto concepto de Henrietta. Había hecho grandes concesiones a su respecto,
pero insistía en que, a pesar de los pesares, seguía siendo muy valiosa. Sin
embargo, no era su propio triunfo lo que la satisfacía, sino el alivio de
confesar a esta confidente, la primera persona ante quien lo reconocía, que no
estaba a gusto ni mucho menos. Henrietta tuvo la virtud de abordar el tema sin
perder tiempo, y acusó cara a cara a su amiga de ser desgraciada. Henrietta era
una mujer, una hermana; no era Ralph, ni lord Warburton, ni Caspar Goodwood;
por tanto, Isabel podía hablar.
- Sí, soy desgraciada -dijo muy suavemente. Le
desagradó oírselo decir a sí misma, y trató de expresarlo lo más juiciosamente
posible. -¿Qué te hace tu marido? -preguntó Henrietta frunciendo el ceño como
si estuviera investigando las operaciones de un médico charlatán.
- No me hace nada. Pero no le gusto. -¡Es difícil de
contentar! -exclamó la señorita Stackpole-. ¿Por qué no lo dejas?
- No puedo cambiar de esa manera -contestó Isabel.
-¿Por qué no, vamos a ver? Lo que ocurre es que no quieres confesar que has
cometido un error. Eres demasiado orgullosa.
- Ignoro si lo soy, pero no puedo pregonar mi
equivocación. Me parece que eso no es decoroso. Preferiría morir.
- No siempre pensarás así.
- No sé a qué extremos me podría llevar el ser muy
desdichada, pero creo que siempre sentiría una gran vergüenza. Hay que aceptar
las propias acciones. Me casé con él ante el mundo; era libre de hacer mi santa
voluntad, era imposible hacer nada más meditado. No se puede cambiar de ese
modo -repitió Isabel.
- Por imposible que parezca, tú has cambiado. Espero
que no me vayas a decir que le quieres.
Isabel dudó un momento.
- No, no le quiero. A ti te lo puedo decir porque
estoy harta de guardar el secreto. Pero basta con esto. No voy a pregonarlo por
calles y plazas.
Henrietta se echó a reír. -¿No te parece que le
guardas demasiadas consideraciones?
- No se las guardo a él, sino a mí misma -respondió
Isabel.
No era de extrañar que Gilbert Osmond no hubiese
tomado afición a Henrietta Stackpole. Su instinto le había colocado
naturalmente en oposición a una joven dama capaz de aconsejar a su esposa que
abandonase la morada conyugal. Al llegar ella a Roma, Osmond le dijo a Isabel
que esperaba que dejase en paz a su amiga la periodista, pero su esposa le
contestó que, para él al menos, no había nada que temer. A Henrietta le
comunicó que, como su marido le tenía antipatía, no podía invitarla a cenar,
pero que les sería fácil verse de otras maneras. Isabel recibía en su salón
particular y la llevó varías veces de paseo en su coche sentada frente a Pansy,
que, un poco inclinada hacia adelante, contemplaba a la prestigiosa escritora
con una atención respetuosa que en ocasiones llegaba a irritar a la misma
Henrietta. Esta se quejó a Isabel de que la señorita Osmond la miraba de un
modo como si quisiera recordar todo lo que decía.
- No quiero que se me recuerde de esa manera -declaró
la señorita Stackpole-. Entiendo que mi conversación se refiere sólo al
momento, como los diarios de la mañana. Tu hijastra, ahí sentada, parece como
si fuera guardando todos los números atrasados para poder algún día sacarlos
para contradecirme.
Por más que lo intentaba, no podía mirar con buenos
ojos a Pansy, cuya ausencia de iniciativa, de conversación, de anhelos
personales le parecía algo poco natural e incluso inquietante en una joven de
veinte años. Isabel vio enseguida que a Osmond le habría gustado que ella
defendiera con más calor la causa de su amiga, que insistiera para que él la
recibiera, a fin de poder aparentar soportarla en honor de los buenos modales.
El que Isabel hubiera aceptado sin rechistar las objeciones de su marido le dejaba
a éste mal parado… pues una de las desventajas de manifestar desprecio consiste
en no poder al mismo tiempo ganarse la aprobación ajena mostrando simpatía.
Osmond no renunciaba a esa aprobación, pero tampoco a sus objeciones, elementos
ambos difíciles de reconciliar. Lo bueno habría sido que la señorita Stackpole
fuera a cenar un par de veces al Palazzo Roccanera, a fin de que (a pesar de la
cortesía superficial, siempre extraordinaria, del anfitrión) pudiera juzgar por
sí misma lo poco que le agradaba al señor Osmond. En vista, sin embargo, de que
las dos damas eran tan poco complacientes, no le quedaba sino desear que la
dama de Nueva York se marchase. Era sorprendente la poca satisfacción que a
Osmond le daban las amistades de su mujer; así se lo señaló a Isabel.
- Desde luego no has tenido suerte con tus amigos
íntimos; ojalá pudieras hacerte otra colección -le dijo una mañana sin
referirse a nada visible en aquel momento, pero en un tono de madurada
reflexión que despojaba a ese comentario de toda brusquedad brutal-, Es como si
te hubieras tomado la molestia de escoger, entre todas las del mundo, a las
personas con quienes tengo menos en común. Tu primo me ha parecido siempre un
asno engreído… aparte de ser el animal menos agraciado que conozco. Además,
resulta insoportable no podérselo decir; hay que ahorrárselo en atención a su
salud. Yo diría que su salud es lo mejor que posee porque le concede unos
privilegios de que nadie puede disfrutar. Si tan gravemente enfermo está no hay
más que una manera de demostrarlo, pero no parece muy dispuesto a ello. Tampoco
cabe decir mucho más en favor del gran Warburton. Pensándolo bien, la fría
insolencia de su actuación ha sido cosa digna de ver. El hombre llega y
contempla a la hija de uno como si se tratara de una casa de alquiler; prueba
los tiradores, se asoma a las ventanas, golpea las paredes y casi está a punto
de arrendar el local.. ¿Quiere usted hacer el favor de extender el contrato?
Pero después se le ocurre que las habitaciones son pequeñas, que no se
acostumbraría a vivir en un tercer piso, tiene que buscarse un piano nobile. Y
se marcha tan tranquilo después de haberse alojado gratis un mes entero en el
pobre pisito. La señorita Stackpole, ni que decir tiene, es tu hallazgo más
prodigioso. A mí me produce la impresión de estar viendo a un monstruo. No hay
nervio del organismo que ella no ponga en tensión. Ya sabes que no la he
considerado nunca una mujer. ¿Quieres saber a qué me recuerda? A una pluma de
acero nueva… la cosa mas odiosa del universo. Habla igual que escriben las
plumas de acero. ¿No vienen sus cartas, por cierto, en papel rayado? Piensa, se
agita, camina y mira exactamente igual que habla. Tú dirás que no puede
molestarme, porque no la veo. Cierto, no la veo, pero la oigo, la oigo todo el
día. Tengo su voz metida en los oídos, no lo puede evitar.
Sé exactamente lo que dice y conozco cada inflexión
del tono con que lo dice. Dice cosas encantadoras acerca de mí, que a ti te
proporcionan un gran consuelo. No me gusta nada pensar que habla de mí… me
produce la misma sensación que si supiera que uno de mis lacayos lleva puesto
mi sombrero.
Como Isabel le aseguró, Henrietta hablaba de Gilbert
Osmond mucho menos de lo que él presumía. Poseía multitud de otros temas de
conversación, por dos de los cuales cabe suponer que el lector sentirá especial
interés. La periodista comunicó a su amiga que Caspar Goodwood había
descubierto por sus propios medios que Isabel no era feliz, aunque Henrietta,
pese a su inventiva, no pudo explicarle qué clase de consuelo pensaba él pro-
porcionar a Isabel estando en Roma y no tratando de verla. Le habían visto ya dos
veces en la calle, pero él no pareció haberlas divisado pues ellas iban en
coche, y él tenía la costumbre de ir mirando al frente, como si se propusiera
no ver más que un objeto cada vez. Para Isabel fue como si lo hubiera visto la
víspera; debió de ser con la misma cara e idéntico paso como saliera del portal
de la señora Touchett después de su última entrevista. Vestía igual que en
aquel día, Isabel recordaba el color de su corbata; y no obstante, a pesar de
aquel aspecto para ella familiar, había también algo extraño en su figura, algo
que le hizo sentir nuevamente que era terrible el hecho de que hubiese ido a
Roma. Parecía más grande y más descollante que antaño, y eso que en aquellos
días llegaba ya a buena altura. Ella observó que la gente, al pasar, se volvía
a mirarlo, pero él seguía imperturbable hacia delante, alzando por encima de
ellos un rostro que era como un cielo de febrero.
El otro tema de conversación de la señorita Stackpole
era del todo distinto y se refería al señor Bantling, del que dio a Isabel las
últimas noticias que poseía. El año pasado él había ido a Estados Unidos y
Henrietta celebraba haber podido prestarle bastante atención. No podría decir
si lo había pasado muy bien, pero lo cierto es que la excursión le sentó de
maravilla, pues no era, al marcharse, el mismo hombre que al llegar. Aquello le
había abierto los ojos y le había demostrado que Inglaterra no lo era todo.
Había caído muy bien en casi todas partes y le encontraron extraordinariamente
sencillo… mucho más sencillo de lo que allí se consideraba a los ingleses. No
faltó quien le considerase afectado; pero no sabía Henrietta si sería que
tomaban su sencillez por afectación. Hacía preguntas verdaderamente
lamentables; creía que todas las camareras eran hijas de agricultores o que
todas las hijas de agricultores eran camareras, ella no lo recordaba con
exactitud. Al parecer tampoco fue capaz de comprender el gran sistema escolar
americano, eso era demasiado para él. En conjunto, se había comportado como si
todo fuera demasiado, como si sólo pudiera digerir una pequeña parte. Lo que
más le había interesado era la organización de los hoteles y la navegación flu-
vial. En realidad, se diría que estaba fascinado por los hoteles, y había
guardado una fotografía de cada uno de los que visitó. Pero lo que más le
interesó fueron los vapores fluviales. Nada le gustaba tanto como navegar en
aquellos grandes barcos. Habían viajado juntos de Nueva York a Milwaukee
deteniéndose en las principales ciudades del trayecto y, cada vez que
reanudaban la marcha, él preguntaba si podían ir en vapor. Era como si no tu-
viese la menor idea de la geografía… creía que Baltimore era una ciudad del
Oeste y esperaba constantemente llegar al Mississipi. Por lo visto el único río
de América del que había oído hablar era el Mississipi, y no se hallaba
preparado para reconocer la existencia del Hudson, aunque al cabo tuvo que
admitir que era tan importante como el Rin. Habían pasado horas muy gratas en
los vagones de lujo de los trenes, y él siempre estaba encargando helados al
mozo de color. Nunca llegó a acostumbrarse a la idea de que se pudiese pedir
helados en un tren. Naturalmente, en los trenes ingleses no los hay, ni tampoco
ventiladores, ni caramelos, ni nada de nada. El calor le pareció sofocante y
ella le dijo que esperaba que fuera el más intenso que él hubiera
experimentado. Ahora el señor Bantling estaba cazando, de coto en coto, como
decía Henrietta, diversión que era la que practicaban los pieles rojas de
América, y de la que nosotros habíamos prescindido hace ya muchos años. En
Inglaterra existía la creencia general de que llevábamos todavía el hacha de
los indios y sus plumas, pero semejante atuendo era más propio de las
costumbres inglesas. El señor Bantling no tenía ahora tiempo para venir a verla
a Italia, pero, cuando fuera a París, él iría a reunirse allí con ella. Tenía
muchos deseos de ver otra vez Versalles, pues era un gran admirador del Antiguo
Régimen. En eso no estaban de acuerdo; pues eso era lo que a ella le gustaba
tanto de Versalles; que allí se veía que el Antiguo Régimen había sido barrido.
Ya no había duques ni marquesas, y Henrietta recordaba que un día había cinco
familias americanas paseándose tranquilamente por el parque. El señor Bantling
le insistía mucho en que ella volviese a abordar el tema de Inglaterra, porque
pensaba que ahora podría verla bajo mejor aspecto, pues Inglaterra había
cambiado mucho en los dos o tres últimos años. Ahora estaba decidido, si ella
iba allá, a ir en persona a ver a su hermana lady Pensil, y tenía la seguridad
de que esta vez la invitación le llegaría en el acto. Jamás había podido
explicarse el misterio de lo que pasara con la otra.
Por fin, Caspar Goodwood fue al Palazzo Roccanera, no
sin antes haber escrito a Isabel unas líneas pidiéndole permiso para visitarla,
cosa que le fue inmediatamente concedida; Isabel estaría en casa aquella tarde,
a las seis. Pasó ella todo el día preguntándose a qué vendría Caspar… qué
provecho esperaba sacar. Hasta entonces, Goodwood se había presentado como
persona desprovista de la facultad de transigir, que o se llevaba lo que pedía
o no se llevaba nada. Isabel le acogió con una hospitalidad desprovista de
preguntas, y a ella no le fue difícil aparentar ser lo bastante dichosa para
engañarle. Al menos tuvo el convencimiento de que le había engañado, de haberle
hecho creer que estaba mal informado.
Pero vio también, o le pareció ver, que él no se
sentía defraudado, como seguramente a juicio de ella se habrían sentido muchos
otros. No había ido él a Roma en busca de una oportunidad. Nunca averiguó
Isabel para qué había ido, porque él no dio la menor explicación, y no cabía
otra cosa que la muy simple de que quería verla. En otras palabras, había ido a
Roma por placer. Isabel se aferró a tal suposición con avidez y estuvo
encantada de haber encontrado una fórmula que desvaneciera de una vez el fantasma
del antiguo agravio de ese caballero. Si había venido a Roma por simple recreo,
eso era precisamente lo que ella deseaba, porque si le apetecía un placer era
que ya tenía olvidada su antigua congoja; si se le había quitado la pena, todo
estaba como debía estar, y su propia responsabilidad había terminado. Verdad
era que Caspar se tomaba su esparcimiento con cierta rigidez, pero nunca había
sido desenvuelto ni campechano, y ella tenía todos los motivos para creer que
estaba satisfecho con lo que veía. Henrietta no gozaba de su confianza, aunque
él sí de la de ella, de suerte que Isabel no recibió ninguna aclaración
indirecta acerca del estado de ánimo de su amigo. Por lo general,. él era
hombre poco dado a conversar sobre temas generales. Recordaba Isabel que años
antes había dicho de él que era hombre que hablaba mucho pero decía poco. Ahora
hablaba también mucho, pero decía quizá tan poco como antaño; sobre todo, si se
tenía en cuenta lo mucho que se podía decir de Roma. Su llegada no contribuyó
gran cosa a facilitar las relaciones de Isabel con su esposo, pues si el señor
Osmond no sentía la menor simpatía por sus amigos, el señor Goodwood no podía
aducir más mérito que el de haber sido uno de los primeros. No tenía ella otra
cosa que decir de él sino que era el más antiguo; en esa síntesis bastante
parca se agotaban los hechos. Isabel se había visto obligada a presentárselo a
Gilbert; era imposible dejar de invitarle a cenar y a sus recepciones de los
jueves, de las que ya estaba cansada pero a las que Osmond seguía aferrándose,
no tanto por el placer de invitar a la gente cuanto por no invitarla.
El señor Goodwood acudía a las reuniones de los
jueves de un modo asiduo y solemne, llegando bastante pronto; parecía
tomárselas con mucha gravedad. Isabel de vez en cuando sentía un momento de ira
ante aquel hombre tan falto de imaginación. Se decía que ya podría haberse dado
cuenta de que ella no sabía qué hacer con él. Pero no podía llamarle obtuso,
porque no lo era en absoluto, sólo era extraordinariamente sincero. Ser así lo
hacía muy diferente de la mayoría de la gente y le obligaba a una a ser igualmente
sincera con él. Esta última reflexión se la hizo al tiempo que se felicitaba
por haberle hecho creer que era la más despreocupada de las mujeres. Él nunca
manifestó la menor duda acerca de ese punto, ni le hizo jamás la menor pregunta
personal. Con Osmond se llevaba mucho mejor de lo que habría podido creerse. A
Gilbert le desagradaba profundamente que se contara con él, y en tal caso
experimentaba un irresistible deseo de defraudar a los demás. En virtud de ese
principio se concedió el entretenimiento de interesarse por aquel bostomano
perpendicular al que se esperaba que tratase con frialdad. Le preguntó a Isabel
si también Goodwood había pretendido casarse con ella, y se mostró muy
sorprendido de que no lo hubiera aceptado, pues habría sido algo excelente,
algo así como vivir al pie de un alto campanario que diera todas las horas y
produjese una extraña vibración en el aire. Declaró que le gustaba hablar con
el gran Goodwood; al principio no era fácil, pues había que trepar por una
escalera empinada e interminable hasta lo alto de la torre; pero una vez allí
se disfrutaba de un hermoso panorama y se aspiraba una brisa tonificante. Como
ya sabemos, Osmond poseía cualidades muy gratas, y dejó que Goodwood disfrutara
de todas ellas. Isabel veía que Caspar miraba a su marido con más favor de lo
que habría querido. Aquella distante mañana de Florencia Caspar le había
parecido impermeable a cualquier buena impresión. Gilbert le invitó repetidas
veces a cenar, luego Goodwood fumaba con él un buen cigarro y hasta manifestaba
el deseo de que le enseñara sus colecciones de arte. Gilbert le comentó a
Isabel que su amigo era muy original; tan fuerte y de tan buen estilo como un
baúl inglés… lleno de correas y de hebillas que nunca se desgastarían y una
cerradura. Caspar se aficionó a pasear a caballo por la Campagna y dedicaba a
ese deporte mucho tiempo, así que era a última hora de la tarde cuando veía a
Isabel. Un día a ésta se le ocurrió decirle que, si él quisiera, podría hacerle
un gran favor.
- En realidad, no sé con qué derecho se lo
pido-añadió sonriendo.
- Si alguna persona en el mundo tiene derecho a
pedírmelo es usted -respondió él-. Yo le he dado garantías que no he dado a
nadie más.
El favor era que fuese a ver a su primo, que estaba
solo y enfermo en el Hotel de París, y que estuviese con él lo más amable
posible. El señor Goodwood no le había visto jamás, pero sabría reconocerlo; si
no estaba equivocado, Ralph le había invitado una vez a Gardencourt. Caspar
recordaba perfectamente la invitación y, aunque no se le tenía por persona de
mucha imaginación, poseía la suficiente para ponerse en él lugar de un pobre
hombre que estaba muriéndose en una fonda romana. Fue al Hotel de París, y cuando
le condujeron a presencia del propietario de Gardencourt, encontró a la
señorita Stackpole sentada junto a su sofá. De hecho, las relaciones de esta
dama con Ralph Touchett habían experimentado un gran cambio. Isabel no le había
pedido a Henrietta que fuera a verle, pero al oír ésta que estaba tan enfermo
que no podía salir, fue a visitarle por propio impulso. Después había seguido
visitándole a diario… siempre con la convicción de que eran grandes enemigos.
-¡Sí, somos enemigos íntimos! -decía Ralph, y la acusaba francamente… todo lo
francamente que el humor de la situación lo permitía… de ir allí para matarle a
disgustos.
Resultó que se hicieron muy amigos, y Henrietta se
extrañaba de que aquel hombre nunca le gustara hasta entonces. A Ralph ella le
gustaba lo mismo que siempre, pues jamás había dudado de que Henrietta fuese un
excelente compañero. Hablaban de todo, pero no estaban de acuerdo en nada; es
decir, hablaban de todo menos de Isabel, tema acerca del que Ralph parecía
tener siempre el flaco índice sobre los labios. En cambio, el señor Bantling
re- sultó una mina, pues Ralph era capaz de pasarse horas enteras conversando
acerca de Bantling con Henrietta.
La conversación se veía estimulada, desde luego, por
la inevitable diferencia de puntos de vista. Ralph se divertía sosteniendo la
tesis de que el jovial ex oficial de la guardia era un verdadero Maquiavelo.
Caspar Goodwood no podía aportar nada a ese debate, pero cuando se quedó a
solas con el enfermo, descubrió que había otros posibles asuntos que tratar.
Hay que reconocer que la dama que acababa de dejarles no era uno de ellos.
Caspar admitía de antemano todos los méritos de la señorita Stackpole, pero no
tenía nada más que decir de ella. Ni tampoco, después de las primeras
alusiones, se explayaron los dos caballeros sobre la señora Osmond… tema en el
que Goodwood percibía tantos peligros como el propio Ralph. Caspar sintió mucha
lástima por aquel personaje tan extraño. No podía soportar el ver a un hombre
agradable, agradable a pesar de todas sus rarezas, tan fuera del alcance de
todo cuanto pudiera hacerse por él. Pero para Goodwood siempre había algo que
hacer, y en este caso lo hizo repitiendo sus visitas al Hotel de París. A
Isabel le parecía que ella había obrado con mucha inteligencia, pues se había
librado del superfluo Caspar proporcionándole una ocupación al convertirle en
el cuidador de Ralph. Tenía incluso el proyecto de enviarle hacia el norte tan
pronto como el tiempo lo permitiese. De tal suerte, lord Warburton habría
traído a Ralph a Roma y Caspar Goodwood se lo llevaría. Parecía haber en ello
una fantástica simetría, e Isabel experimentaba un ansia enorme de que Ralph
mejorase y pudiese partir de una vez. Tenía un miedo insuperable de que su
primo pudiera morir allí, ante su vista, y el horror de que ello ocurriese en
un albergue y tuviesen que sacarle por aquella puerta que él tan pocas veces
había franqueado. A su juicio, Ralph debía sumirse en el sueño eterno en su
querida casa, en una de aquellas sombrías habitaciones de Gardencourt, donde la
oscura hiedra se adhiere a las molduras exteriores de la ventana pálidamente
iluminada. Para Isabel, en aquel entonces, Gardencourt era como un lugar
sagrado, donde no había capítulo de lo pasado que fuera tan admirablemente
irrecuperable. Cuando se ponía a pensar en los meses que allí había pasado, los
ojos se le llenaban de lágrimas. Como ya se ha dicho, se ufanaba de su
inventiva, pero le hacía falta toda la que pudiera acopiar, pues se produjeron
varios acontecimientos que parecieron darse cita para afrontarla y desafiarla.
Uno de ellos fue la condesa Gemini, que llegó un buen día de Florencia… con sus
numerosos baúles, sus vestidos, su inagotable parloteo, su falsedad, su
frivolidad y la extraña y perversa leyenda de sus numerosos amantes. El otro
fue Edward Rosier, que había estado ausente en alguna parte nadie, ni aun la
misma Pansy, sabía dónde-, y que también un buen día reapareció en Roma y comenzó
a escribirle largas cartas que ella no contestó. Y, por último, madame Merle,
que regresó de Nápoles y le dijo con una extraña sonrisa: «Pero ¿qué hizo usted
de lord Warburton?». ¡Como si eso fuera cosa que a ella le importase en
absoluto!
48
Un día de fines del mes de febrero, Ralph Touchett
decidió regresar a Inglaterra. Tenía poderosas razones para haberlo decidido
así, pero no quería comunicarlas a nadie. Sin embargo, Henrietta Stackpole, a
quien se las había participado, se enorgulleció de haberlas adivinado con
anterioridad. Pero se abstuvo de manifestar su previsión y se limitó a decir
tras un momento, acercándose más al sofá:
- Supongo que se dará cuenta de que no puede ir solo.
- Ni pienso en ello -contestó Ralph-. Desde luego,
tendré gente que me acompañe. -¿Qué quiere usted decir con eso de «gente»?
¿Sirvientes mercenarios? -¡Ah! -exclamó Ralph riendo-. Después de todo, son
también seres humanos. -¿Hay alguna mujer entre ellos? -quiso saber la señorita
Stackpole.
- Habla usted como si hubiese de haber una docena.
Confieso que no hay ni una sola pizpireta doncella a mis órdenes.
- Bueno -dijo tranquilamente Henrietta-, usted no
puede viajar de tal modo hasta Inglaterra. Precisa los cuidados de una mujer.
- Me ha prodigado usted tantos en estas dos últimas
semanas que creo que me bastarán para una temporada.
- Todavía no le he prodigado bastantes. Me parece que
voy a acompañarle -dijo Henrietta. -¿Acompañarme usted? -preguntó con asombro
Ralph, incorporándose poco a poco.
- Sí. Ya sé que no le gusto, pero iré de todos modos.
Ande, échese otra vez, que más le valdrá para su salud.
Ralph la miró un instante y se tendió de nuevo.
- Al contrario -dijo al cabo de un momento-, usted me
gusta mucho.
- No crea que va a conquistarme con tan poca cosa
-dijo la señorita Stackpole soltando una de sus raras carcajadas. Y añadió-: No
solamente iré con usted, sino que, además, le cuidaré lo mejor posible.
- Es usted una mujer admirable -exclamó Ralph.
- Espere, para decirlo, a que le deje cómodamente
instalado en su casa. A decir verdad, no será tan fácil. Pero, de todos modos,
creo sinceramente que es lo mejor que puede usted hacer.
Antes de que ella se marchara, Ralph le preguntó:
-¿De veras está usted dispuesta a cuidarme?
- Sí; estoy dispuesta, desde luego, a intentarlo.
- Entonces tengo el placer de comunicarle que acepto.
¡Oh, acepto con toda el alma! Acaso fuera una patente prueba de su aceptación
sumisa el que minutos después de haberlo ella dejado estallara en una gran
carcajada. Hacer aquel largo viaje a través de toda Europa bajo la cuidadosa
vigilancia de la señorita Stackpole se le aparecía en aquellos momentos como
una muestra concluyente de su abdicación de toda suerte de actividades, de su
renuncia a todo ejercicio. Y lo verdaderamente estrafalario del asunto es que
la idea le gustaba muchísimo pues le convidaba a una suntuosa y grata
pasividad. Así, pues, sentía impaciencia por partir cuanto antes y
experimentaba un incontenible anhelo de volver a ver su casa. Tenía el fin de
todo al alcance de la mano; le parecía que no necesitaba sino tenderla para
tocarlo. Quería morir en su propia casa. No le quedaba ya más voluntad que ésa:
tenderse tranquilamente en la amplia y silenciosa habitación donde su padre
había muerto, y cerrar para siempre los ojos al comienzo del verano.
Aquel mismo día Caspar Goodwood fue a verle y Ralph
le hizo saber que la señorita Stackpole le había tomado a su cargo e iba a
acompañarlo a Inglaterra.
- Entonces me temo que voy a ser la quinta rueda del
coche -dijo Goodwood al oír tal cosa-, porque la señora Osmond me ha hecho
prometerle que iré con usted. -¡Santo cielo, esto es la edad de oro! Son todos
ustedes demasiado amables.
- Por mi parte, la amabilidad es hacia ella;
escasamente hacia usted.
- Pues siendo así -dijo Ralph sonriendo-, ella es
verdaderamente amable. -¿Por hacer que haya quien le acompañe? En cierto modo,
indudablemente, es una gran prueba de amabilidad -contestó Goodwood sin tomarlo
a broma ni por asomo-. Por lo que a mí respecta -añadió-, confieso que prefiero
mil veces viajar con usted y la señorita Stackpole que con la señorita
Stackpole sola.
- Pero más que cualquiera de esas dos cosas, lo que
le gustaría es quedarse aquí -dijo Ralph-. En realidad, no es necesario que
usted venga. Henrietta se basta y sobra, es una mujer de gran disposición.
- No lo dudo. Pero se lo he prometido a la señora
Osmond. -¡Bah! Nada le será a usted más fácil que hacer que le releve de su
compromiso.
- Por nada del mundo me relevaría de él. Quiere que
yo cuide de usted; pero no es ése el principal motivo. La razón principal es
que quiere que me vaya de Roma.
- Usted interpreta su pensamiento -sugirió Ralph.
- La verdad es que la aburro. No sabe qué decirme.
Por eso ha inventado lo de acompañarlo, para quitárseme de en medio.
- Entonces, si es por conveniencia de ella, accedo a
que usted me acompañe. Aunque, a decir verdad -añadió tras un instante-, no veo
en qué pueda estribar tal conveniencia.
- En que cree que la estoy vigilando -contestó Caspar
sin tapujos. -¿Vigilándola?
- Ni más ni menos; tratando de averiguar si es feliz.
- Eso es bien fácil de averiguar -replicó Ralph-.
Aparentemente es la mujer más dichosa que conozco.
- Lo mismo creo, de modo que me doy por satisfecho
-respondió Goodwood secamente. Sin embargo, a pesar de aquella sequedad,
añadió-: En efecto, he estado observándola. Soy un viejo amigo suyo y me
pareció que tenía perfecto derecho a hacerlo. Ella finge ser feliz, eso es
precisamente lo que se proponía; y me pareció que debía averiguar por mí mismo
hasta qué punto era cierto. Ya lo he visto -continuó en tono cortante- y no
quiero ver más. Ahora estoy dispuesto para partir. -¿Sabe que me llama
profundamente la atención el tiempo que ha necesitado para averiguarlo? -dijo
Ralph.
Y he aquí la única conversación que acerca de la
señora Osmond mantuvieron los dos caballeros.
Henrietta hizo todos los preparativos para la
partida, entre los cuales le pareció conveniente aclarar algunas cosas con la
condesa Gemini cuando ésta le devolvió en la casa de huéspedes de Roma la
visita que ella le había hecho en Florencia.
- Estaba usted equivocada acerca de lord Warburton
-le dijo-, y considero mi deber informarla. -¿Acerca de que estaba cortejando a
Isabel? Pero, mi pobre señora, ¡si iba a verla tres veces al día! -exclamó la
condesa-. Le aseguro que ha dejado bastantes huellas de su paso.
- Lo que él quería era casarse con su sobrina. Por
eso iba a la casa.
La condesa se quedó mirándola fijamente y soltó una
carcajada insolente. -¡Ah! ¿Es eso lo que cuenta Isabel? No está mal, para como
van las cosas. Si quiere casarse con mi sobrina, dígame, por favor, ¿por qué no
lo hace? Puede que haya ido a comprar el anillo de boda y que vuelva el mes
próximo cuando yo ya no esté aquí.
- Volver no volverá, desde luego, porque la señorita
Osmond no quiere casarse con él.
- Es formidablemente acomodaticia, por lo visto. Yo
sabía que quería mucho a Isabel, pero no creía que llevase su cariño hasta ese
extremo.
Henrietta se percató de la perversidad de la condesa
y contestó fríamente:
- No comprendo lo que quiere usted decir. Insisto en
lo mío: que Isabel no alentó jamás las atenciones de lord Warburton.
- Mi querida amiga, ¿qué sabemos usted y yo acerca de
eso? Lo único que sabemos es que mi hermano es capaz de cualquier cosa.
- Yo no sé de qué es su hermano capaz -replicó
Henrietta dignamente.
- De lo que yo me quejo no es precisamente de que
haya alentado a Warburton, sino de que lo haya despachado. Tengo gran interés
en verlo. ¿Cree que ella pensó que yo le haría ser desleal? -prosiguió la
condesa con una audacia y una insistencia increíbles- Lo que pasa es que quiere
retenerlo para ella, eso salta a la vista. Parece como si la casa estuviera
llena de su persona, como si su nombre flotase en el aire. No le quepa duda de
que ha dejado profunda huella. A buen seguro que lo veré.
Henrietta, con uno de aquellos golpes de inspiración
que tanto éxito habían proporcionado a sus crónicas en el Interviewer, exclamó:
- Bueno, puede que con usted tenga más éxito que con
Isabel.
Cuando la periodista le habló a su amiga del
ofrecimiento que le había hecho a Ralph, Isabel contestó que no podía haber
hecho ninguna otra cosa que más le agradase. Siempre había confiado en que, a
la postre, Ralph y ella acabarían por entenderse. Al oír esto, Henrietta
declaró:
- A mí me tiene sin cuidado que me entienda o deje de
entenderme. Lo importante es que no se muera en un vagón del tren.
- No se morirá -dijo Isabel moviendo suavemente su
cabeza, como con súbita exaltación de ilimitada confianza.
- No se morirá, si yo puedo asistirle. Ya me doy
cuenta de que quieres vernos a todos lejos, aunque ignoro por completo con qué
propósito.
- Porque quiero estar sola -contestó Isabel
sencillamente.
- Con toda la gente que pulula a tu alrededor, te va
a ser difícil. -¡Bah! Ellos forman parte de la comedia; y vosotros sois
espectadores. -¿Y a esto lo llamas tú comedia, Isabel Archer? -preguntó
Henrietta con gravedad.
- Llámalo tragedia, si te place. Lo cierto es que
todos vosotros me observáis y eso me hace sentirme desasosegada.
Henrietta consideró el asunto.
- Pareces un ciervo herido tratando de esconderse en
lo más espeso del bosque -dijo tras unos instantes. Y exclamó súbitamente-:
¡Qué sensación de inutilidad me produces!
- No soy inútil en absoluto. Me propongo hacer muchas
cosas.
- No me refiero a ti, sino a mí misma.
Verdaderamente, es demasiado: ¡haber venido ex profeso para esto y tener que
marcharme dejándote como te encontré!
- No es cierto, me dejas con una grata sensación de
haberme refrescado -dijo Isabel.
- Valiente refresco…, una limonada amarga. Quisiera
que me prometieses una cosa.
- Eso sí que no. No volveré a hacer jamás otra
promesa. Hace cuatro años hice una muy solemne y mira lo mal que la he
mantenido.
- Porque no has tenido quien te alentara. Pues bien,
yo quiero hacerlo diciéndote que dejes de una vez a tu marido antes de que
sobrevenga lo peor. Eso es lo que quiero que me prometas. -¿Lo peor? ¿A qué
llamas tú lo peor, Henrietta?
- Déjalo antes de que eche a perder tu hermoso
carácter. -¿Quieres decir mi buena disposición de ánimo? Eso no hay quien me lo
pueda echar a perder -contestó Isabel sonriendo-. Tengo buen cuidado de ello.
Verdaderamente -añadió, apartándose un poco-, me lastima ver con qué facilidad
hablas de abandonar a un marido. Cómo se ve que nunca lo has tenido.
- Bueno -dijo Henrietta como si se dispusiera a
discutir los pormenores de una interesante cuestión-, nada es tan corriente
como eso en las ciudades de nuestro país, y a ellas es adonde debemos volver la
vista en el futuro.
Sin embargo, su argumento no afecta a esta historia,
que tiene muchos otros hilos que desenredar.
Henrietta le anunció a Ralph que estaba preparada
para partir de Roma en el tren que él dispusiera, y Ralph decidió que fuera
inmediatamente.
Isabel fue a verle en el último momento, y él le hizo
la misma observación que le hiciera Henrietta. Le llamaba la atención el
contento que experimentaba Isabel al verles marchar a todos ellos.
Por toda respuesta a semejante observación, Isabel le
puso la mano afectuosamente en el hombro y dijo: -¡Mi querido Ralph…!
Era más que sobrada respuesta, y él se dio por
satisfecho. No obstante, añadió en su peculiar estilo ingenuo y jocoso:
- En verdad, no puedo decir que te haya visto tanto
como podía haberte visto, pero más vale algo que nada. Menos mal que he oído
mucho acerca de ti.
- No sé a quién, llevando la vida que llevas.
- A las voces del aire. A ninguna otra, desde luego,
pues ya sabes que no dejo que nadie me hable de ti. Siempre dicen que eres una
mujer encantadora, y eso es tan vulgar…
- Ciertamente, podía haberte visto más -contestó
Isabel-, pero cuando luna está casada tiene tantas ocupaciones…
- Por fortuna para mí, yo no estoy casado. Cuando
vayas a verme a Inglaterra, podré dedicarme a ti con toda la libertad de que
dispone un soltero.
Ralph siguió hablando como si de veras hubiesen de
volver a encontrarse, y llegó hasta a hacerle creer en la posibilidad de tal
suposición. No hizo la menor alusión a su creencia de que el final estuviese
próximo, a la probabilidad de no durar más que el verano.
Si así lo prefería él, Isabel estaba de acuerdo en
secundarle en su deseo. La realidad era lo suficientemente diáfana para que no
hubiera necesidad de tener que ir señalándola con el dedo en el curso de la
conversación. Eso habría estado bien en los primeros tiempos, aunque acerca de
ello, como acerca de sus otros asuntos, Ralph no se mostró jamás egoísta. Habló
Isabel del viaje, de las etapas en que debía dividirlo, de las precauciones que
debía tomar; pero Ralph contestó:
- La mayor de todas mis precauciones es Henrietta. La
conciencia de esa mujer es verdaderamente sublime.
- Seguro que lo hará todo a conciencia. -¿Lo hará? Ya
lo ha hecho. Si viene conmigo es porque considera su deber hacerlo. Ahí tienes
una concepción del deber digna de considerar.
- Es verdaderamente generoso por su parte -dijo
Isabel-. Me da vergüenza pensar que soy yo quien debería acompañarte y que no
lo hago.
- A tu marido no le gustaría.
- Seguro que no; pero, de todos modos, podría ir.
- Me asombra la osadía de tu imaginación. Imagíname a
mí siendo la manzana de la discordia entre tu marido y tú.
- Precisamente por eso es por lo que no voy -dijo
Isabel tan sencilla como misteriosamente.
Ralph, sin embargo, la comprendió a la perfección.
- No puedo pensar de otro modo…, con todas esas
ocupaciones de que hablas.
- No es eso. Es que tengo miedo -repuso Isabel. Y
tras una breve pausa, repitió como si quisiera oír ella misma sus propias
palabras más que hacérselas oír a él-: Tengo miedo.
Ralph no acertaba a comprender exactamente lo que
aquel tono encerraba, pues parecía tan extrañamente meditado, tan vacío de
emoción que le dejó atónito. ¿Quería acaso hacer acto de pública contrición por
un pecado del que no se la acusaba? ¿O aquellas palabras representaban más bien
un esfuerzo de triste introspección? Fuera lo que fuere, Ralph aprovechó la
magnífica oportunidad que se le presentaba para decir: -¿Miedo de tu marido?
- No. Miedo de mí misma -dijo ella levantándose.
Permaneció un momento en pie y luego añadió-: Si tuviese miedo de mi marido, no
haría más que cumplir con mi deber. Es lo que se espera de las mujeres. -¡Ah,
sí! -exclamó riendo Ralph-. Pero, en compensación, no falta nunca el hombre que
tenga un miedo terrible de su mujer.
Ella fingió no haber oído la broma y adoptó en el
acto un tono distinto.
- Se me ocurre que, con Henrietta al frente de tu
pequeña tropa, el señor Goodwood no tendrá mucho que hacer.
- Mi querida Isabel, ya está acostumbrado -contestó
Ralph-. El señor Goodwood nunca ha tenido nada que hacer.
Ella se ruborizó un tanto y dijo que no tenía más
remedio que dejarle. Permanecieron un instante de pie el uno frente al otro con
las manos entrelazadas.
- Tú has sido siempre mi mejor amigo -confesó ella.
- Era por ti por quien yo quería…, por quien quería
vivir. Pero ya no puedo servirte de nada.
Al pensamiento de ella acudió con más triste fuerza
que nunca la idea de que no volvería a verle. Y eso era algo que no podía en
absoluto aceptar. No podía despedirse de él de tal modo. Por lo cual no pudo
por menos que decir con toda sinceridad:
- Si necesitas que vaya, iré.
- Pero tu marido no lo consentiría.
- Oh, sí; yo lo arreglaría.
- Recordaré esto como mi última satisfacción -dijo
Ralph.
Por toda respuesta, ella no supo hacer otra cosa que
besarle.
Aquel día era jueves, y por la noche Caspar Goodwood
fue al Palazzo Roccanera, adonde llegó uno de los primeros. Así, pudo pasar un
rato a solas conversando con Gilbert Osmond, que estaba casi siempre presente
en las recepciones de su mujer. Se sentaron, pues, juntos, y Osmond,
comunicativo, hablador y expansivo, parecía presa de un júbilo intelectual.
Éste se arrellanó en el asiento, cruzó las piernas y comenzó a charlar y a
divagar mientras Goodwood, menos tranquilo y nada vivaz, trataba de adoptar una
postura cómoda, manoseaba su sombrero y hacía crujir el pequeño sofá bajo el
peso de su humanidad. Animaba el rostro de Osmond una sonrisa agresiva y
afilada, nacida al calor de las buenas noticias que le habían proporcionado.
Manifestó a Goodwood que sentía mucho que fueran a perderle, y que él, por su
parte, le echaría de menos. Veía al cabo del año a tan pocos hombres
inteligentes…, escaseaban tanto en Roma que iba a notar enormemente su falta.
Le gustaría estar seguro de que pensaba volver. Había algo de vivificante para
un italiano inveterado, como él, en poder hablar con un genuino extranjero.
- Ya sabe usted que soy un entusiasta de Roma -dijo
Osmond-, pero lo que más me agrada es tratar con gente que no tiene tal
superstición. Después de todo, hay que confesar que el mundo moderno es muy
hermoso. Usted, por ejemplo, es verdaderamente moderno, y sin embargo, no tiene
nada de vulgar. Pero muchos de los individuos modernos que vemos son de lo más
insignificante que darse puede. Si ésos son los hombres de mañana, la verdad,
dan ganas de morirse. Eso no quiere decir que los antiguos no sean verdaderamente
abu- rridos. A mi mujer y a mí nos encanta todo lo que sea verdaderamente
nuevo…, no lo que tenga la mera pretensión de serlo. Por desgracia, no hay nada
nuevo en la ignorancia y en la sandez. Mucho de ello puede verse en lo que nos
ofrecen como revelación del progreso, de la luz. En fin de cuentas, mera
revelación de la vulgaridad. En cambio, hay cierta revelación de la vulgaridad
que no me parece del todo nueva; no creo que haya habido jamás nada parecido
hasta la fecha. Por lo pronto, yo no veo absolutamente nada que sea vulgar
antes del presente siglo. Se ve indudablemente cierto conato de ella aquí y
allá en el siglo pasado, pero, lo que es hoy, el aire se ha vuelto ya tan denso
que resulta casi imposible reconocer las cosas. De modo que usted nos ha
resultado agradable… -Pareció dudar un instante, puso amablemente su mano en la
rodilla de Goodwood y, sonriendo con un si es no es de azotamiento y confianza
al mismo tiempo, continuó-: Voy a decir algo sumamente ofensivo y con-
descendiente, pero supongo que me concederá usted la satisfacción de hacerlo.
Si nos ha resultado usted tan grato, si nos ha gustado, es porque…, porque nos
ha reconciliado un poco con el porvenir. Si en lo sucesivo ha de haber en
abundancia personas como usted, entonces… á la bonne heure. Por supuesto, hablo
en nombre de mi mujer tanto como en el propio, ya se lo figurará usted. Mi
mujer habla por mí; ¿por qué no habría de hablar yo por ella? Estamos
íntimamente unidos, somos carne y uña. ¿Exagero acaso al decir que me parece haber
com- prendido que sus actividades han sido…, en fin, comerciales? En ello hay
un serio peligro, pero lo que nos ha admirado es la manera en que ha sabido
usted no hacerlo ver. Perdóneme si este pequeño elogio le parece tal vez de un
gusto deplorable; afortunadamente mi mujer no me está oyendo. Lo que quiero
decir es que usted podía haber sido lo que…, lo que acabo de mencionar, ya que
toda la organización del mundo americano conspiraba para hacer de usted tal
cosa; pero se resistió porque en usted hay algo que le ha salvado de caer en
ello. ¡Y eso a pesar de lo moderno que es, de lo moderno que parece, de ser el
hombre más moderno que conocemos! Para nosotros será siempre un gran placer
verle.
Ya he dicho que Osmond estaba aquella noche de buen
humor, y, por si de ello cupiese duda alguna, las mencionadas observaciones lo
prueban más que sobradamente. Tales observaciones eran infinitamente más
personales de lo que, por lo general, solían ser, y si Caspar Goodwood las
hubiera escuchado con más atención tal vez habría pensado que la defensa de la
delicadeza estaba confiada a manos verdaderamente raras. Cabe, sin embargo,
creer que Osmond sabía perfectamente con quién se las entendía, y que, si se había
arriesgado a emplear aquel tono protector con una grosería en él no
acostumbrada, era porque tenía excelentes razones para permitírselo. Goodwood
tenía la vaga sensación de que en cierto modo su anfitrión estaba cargando las
tintas, pero ignoraba en qué exactamente. Por lo demás, comprendía a duras
penas el galimatías de Osmond. Lo que quería era estar a solas con Isabel, y
tal idea resonaba con más fuerza en su interior que la voz estudiadamente bien
entonada de su marido. La vio hablando con otras personas, y se preguntó cuándo
quedaría libre para poder pedirle que pasara a otro de los salones y hablar
allí con ella. No estaba de tan buen humor como Osmond, ni mucho menos; por el
contrario, en su comprensión de la realidad había un tanto de sorda rabia.
Hasta aquel momento no había llegado a sentir antipatía hacia Osmond
personalmente; le había considerado una persona muy instruida y cortés, y mucho
más semejante de lo que se habría imaginado al tipo de compañero que Isabel
Archer debía tener en calidad de esposo. Su anfitrión le había aventajado
grandemente en la liza, y Goodwood tenía demasiado desarrollado el sentido del
juego limpio para menospreciarle por tal causa. No se había propuesto nunca
pensar bien de él. Goodwood era absolutamente incapaz de un impulso de
benevolencia sentimental, ni aun en los días en que más a punto había estado de
resignarse a aceptar lo ocurrido. Le consideraba más bien un personaje
brillante, de temperamento de gran aficionado y con un exceso de holganza que
se dedicaba a rellenar artificiosamente con los refinamientos de la
conversación. Pero no se fiaba de él más que a medias; nunca había podido
explicarse a santo de qué Osmond se dignaba prodigar refinamientos de ninguna
clase con él. Y ello le hacía sospechar que se divertía con tal cosa y le
producía la impresión de que su victorioso rival realizaba semejante tarea con
una cierta perversidad. Sabía, desde luego, que Osmond no podía tener motivos
para quererle mal, pues no tenía nada que temer de él. Después de haber logrado
la ventaja suprema, bien podía mostrarse generoso con un hombre que lo había
perdido todo. Bien es verdad que en algunos momentos Goodwood deseaba con toda
el alma que el otro muriese, e incluso le habría matado con sus propias manos;
pero, por su parte, Osmond carecía de medios de enterarse de ello, ya que, a
fuerza de práctica, el joven de Boston había perfeccionado el arte de parecer
inaccesible a toda emoción violenta. Cultivaba asiduamente tal arte con el fin
de engañarse a sí mismo, pero a quienes engañaba ante todo y sobre todo era a
los demás. Por otra parte, no lograba grandes éxitos en su cultivo, como lo
demostraba patentemente el hecho de la sorda irritación que en su interior
reinó al oír hablar a Osmond en nombre de su mujer y de sus sentimientos como
si fuera el encargado de responder por ellos.
Esto era lo único a lo que había prestado oídos de
todo cuanto el otro le dijo aquella noche. Le pareció que Osmond había
insistido más de lo que sería lógico en referirse a la armonía conyugal
reinante en el Palazzo Roccanera. Había puesto más esmero que nunca en dar a
entender que él y su esposa consideraban todas las cosas en la más amigable
compañía, como si para ellos fuese igual de natural decir «nosotros» o «yo». En
todo ello había indudablemente una intención que desconcertaba y enojaba
grandemente al pobre joven de Boston, quien se consolaba pensando que las
relaciones entre la señora Osmond y su marido eran cosa que no le incumbía en
absoluto. Por lo demás, no tenía prueba alguna de que él las falsease en nada
y, a juzgar por las apariencias, no podía por menos de reconocer que a ella le
encantaba aquella vida. Por lo pronto, Isabel nunca había dado la menor señal
de descontento.
La señorita Stackpole le dijo que Isabel había
perdido ya todas las ilusiones, pero sabido era que la señorita Stackpole
escribía para los periódicos, y que eso la obligaba a lo sensacional, por ser
demasiado aficionada a las noticias frescas. Además, desde que pusiera el pie
en Roma se había comportado con gran cautela y había dejado de enfocarle con su
linterna; lo cual, dicho sea en honor de ella, hubiera sido obrar contra su
propia conciencia. Una vez que se hubo convencido de la verdadera situación de Isabel,
se impuso una justa reserva. Tratar de incitar a sus antiguos enamorados
exponiendo los errores de Isabel era la peor manera de prestarle la ayuda que
había menester. Así pues, la señorita Stackpole continuó tomándose un gran
interés por los sentimientos del señor Goodwood, pero se limitaba a
demostrárselo enviándole recortes de noticias escogidas y cosas humorísticas de
los periódicos americanos, varios de los cuales recibía por correo y que leía
siempre armada de sus tijeras. Los artículos que recortaba los metía en un
sobre destinado al señor Goodwood, sobre que ella misma depositaba en el hotel
de éste. Él no le hacía jamás ninguna pregunta acerca de Isabel, ya que había
hecho un viaje de cinco mil millas con el objeto de averiguarlo por sí mismo.
Así pues, nada parecía autorizarle a considerar desdichada a la señora Osmond;
pero esa misma falta de autorización actuaba a modo de revulsivo administrado
al mal humor con que, pese a su creencia de que había perdido el interés,
reconocía, en lo concerniente ella, que nada le reservaba ya el porvenir. Ni
siquiera tenía la satisfacción de saber la verdad; al parecer, no se confiaba
en que la respetase en caso de saber que era verdaderamente desdichada. Se
sentía, pues, un hombre totalmente inútil, abandonado y desesperanzado. Y ella
se lo había hecho ver con su ingenioso proyecto para hacerle partir de Roma. En
tal sentido, no tenía reparo que oponer y estaba dispuesto a hacer cuanto fuese
necesario en favor de su primo, pero le hacía rechinar los dientes de rabia
pensar que, de todos los favores que podía haberle pedido, hubiese sido aquél
el que con más empeño escogiera. Podía haber escogido cualquier otro que no le
obligara a alejarse de Roma, en la seguridad de que no habría habido el menor
peligro en hacerlo así.
Estaba él pensando aquella noche en que al día
siguiente la dejaría y en que lo único a que su visita a Italia le había
conducido era a convencerse de que hacía tan poca falta como siempre. Por lo
que a ella respectaba, bien poco lograra saber; continuaba siendo inescrutable,
imperturbable, impenetrable, impasible. Le pareció que aquella antigua amargura
que tratara de devorar en su interior le apretaba de nuevo la garganta, y sabía
perfectamente que hay desengaños que duran tanto como la misma vida. Osmond
continuaba hablando, pero Goodwood no se daba apenas cuenta de que estaba
tocando otra vez el punto de su intimidad con su mujer. Le pareció por momentos
que aquel hombre poseía una imaginación endemoniada, pues no era posible que
hubiese escogido semejante tema de conversación sin una refinada malicia. Pero
¿qué importaba, en último término, que fuese o no demoníaca su imaginación, y
que Isabel le amara o le aborreciese? Ella podía perfectamente odiarle con toda
su alma sin que por eso hubiese uno de salir ganando absolutamente nada por tal
causa.
- Parece que va usted a emprender el viaje con Ralph
Touchett -dijo Osmond-. Eso quiere decir que irán ustedes despacio.
- Lo ignoro. Haré lo que él quiera.
- Es usted muy amable. Le estamos verdaderamente
agradecidos, permítame que se lo diga. Tal vez mi mujer le haya manifestado ya
nuestra manera de sentir. Nos hemos pasado todo el invierno pendientes del
estado de salud de Ralph Touchett; en más de una ocasión nos pareció que se
quedaría en Roma por toda la eternidad. La verdad es que no debió haber venido.
Es cometer algo mucho peor que una imprudencia el lanzarse a viajar en un
estado de salud tan extremadamente delicado. Por nada del mundo querría yo tener
que quedarle tan obligado a Touchett como él ha debido quedarnos a mi mujer y a
mí. Forzosamente, los demás han de mirar por él, pero todo el mundo no tiene
tan buenos sentimientos como usted.
- No tengo otra cosa que hacer:-contestó Caspar
secamente. Osmond le miró de soslayo y dijo:
- Procure casarse y entonces tendrá bastante que
hacer. Cierto que, en tal caso, no podrá estar disponible para las obras
inspiradas por la misericordia. -¿Cree usted que, por su condición de hombre
casado, está tan cargado de ocupaciones? -preguntó Goodwood mecánicamente.
- Verá, estar casado es ya en sí una verdadera
ocupación, no siempre activa y con frecuencia pasiva, pero esta segunda forma
exige mucha mayor atención. Mi mujer y yo hacemos infinidad de cosas juntos.
Leemos, estudiamos, dedicamos largos ratos a la música, paseamos a pie y en
coche…, incluso hablamos como lo hacíamos en los primeros tiempos de
conocernos. Hoy, mi mayor delicia la constituye la conversación de mi mujer.
Si, por desgra- cia, está usted aburrido, siga mi consejo y cásese. Es posible
que, en tal caso, su mujer llegue a aburrirle, pero usted no se aburrirá.
Tendrá siempre algo que decirse a sí mismo, un tema de reflexión.
- Yo no me aburro nunca -contestó Goodwood-. Tengo
mucho en que pensar y que decirme a mí mismo. -¡Más que a los demás! -exclamó
Osmond con una leve risa-. ¿Adonde piensa ir después? Quiero decir, después de
haber depositado a Touchett en manos de quienes deben naturalmente cuidarle…,
pues creo que su madre está de vuelta para atenderle. ¡La pequeña señora es
formidable! Hay que ver con qué tranquilidad pasa por alto sus deberes… ¿Piensa
usted pasar el verano en Inglaterra?
- No lo sé. No tengo plan ninguno. -¡Hombre feliz! La
cosa parece un poco fría, pero muy libre.
- Sin duda; estoy totalmente libre.
- Entonces lo estará para volver otra vez a Roma
-dijo Osmond levantándose al ver a un grupo de amistades que entraban en aquel
momento en el salón. Y añadió-: No olvide, cuando vuelva aquí, que contamos con
usted.
Goodwood se había hecho el propósito de marcharse
pronto, pero la velada transcurrió sin que tuviese oportunidad de hablar con
Isabel más que en presencia de otras personas. Se diría que había algo perverso
en la habilidad con que ella le esquivaba, y su rencor le hacía ver una
determinada intención donde, a decir verdad, no existía la menor en tal
sentido. Ella le miró con sus claros ojos serenos y su acogedora sonrisa como
si quisiera pedirle que la ayudase a atender a algunos de aquellos visitantes. Pero
él opuso a tal sugerencia no expresada una rígida impaciencia. Vagó un poco por
el salón y habló con las escasas personas que conocía, quienes por primera vez
le encontraron un tanto contradictorio consigo mismo, cosa rara en él que, no
obstante acostumbraba a contradecir frecuentemente a los demás. En el Palazzo
Roccanera se solía interpretar música, y por lo general buena música. Gracias a
ella había logrado contenerse, pero al final, cuando vio que la gente empezaba
a marcharse, se acercó a Isabel y le preguntó por lo bajo si podía hablar con
ella unas palabras en alguno de los otros salones, que había visto que estaban
vacíos. Sonrió ella como queriendo agradecérselo, pero se vio completamente
imposibilitada de hacerlo.
- Me parece que es del todo imposible -dijo-. La
gente se está despidiendo y no tengo más remedio que estar donde me vean.
- Entonces esperaré hasta que todos se hayan ido.
Isabel vaciló un momento. -¡Ah! -exclamó-. Eso será verdaderamente delicioso.
Y él se quedó esperando, aunque tuvo que hacerlo
durante largo tiempo. Algunas personas parecían atornilladas a la alfombra. La
condesa Gemini, que, según decía, no empezaba a ser ella sino después de
medianoche, no parecía darse cuenta de que la fiesta había tocado a su fin y
estaba de pie con unos cuantos caballeros delante de la chimenea, haciéndoles
soltar de vez en cuando a todos una carcajada unánime. Osmond ya había desa-
parecido -nunca se molestaba en despedirse de la gente y la condesa iba extendiendo
el círculo de sus contertulios, de acuerdo con su inveterada costumbre a tales
horas de la noche.
Isabel, que había mandado a Pansy a acostarse, se
sentó un poco aparte, al parecer con ganas de que su cuñada tocase alguna nota
menos aguda y dejara que los últimos rezagados se marchasen en paz.
Goodwood se acercó a ella y le preguntó: -¿Puedo
hablar ahora con usted?
Isabel se levantó en el acto y respondió sonriendo:
-¿Cómo no? Vamos a otra parte, si quiere.
Salieron juntos, dejando a la condesa con su pequeño
círculo, y ambos permanecieron un momento en silencio tras haber cruzado el
umbral. Isabel no se sentó, sino que se detuvo en medio del otro salón
abanicándose lentamente; para él tenía el mismo encanto de siempre. Parecía
esperar que el otro hablase. Y ahora que estaba solo con ella, toda la pasión
que Caspar jamás lograra sofocar embargó sus sentidos, se agolpó en sus ojos y
le nubló la vista.
El salón brillante y vacío se le antojó que se
tornaba oscuro y borroso, y la vio como a través de un espeso velo, flotando
ante él con los ojos resplandecientes y los labios entreabiertos. Si hubiera
podido ver mejor, habría observado que la sonrisa era un poco forzada y que
ella tenía miedo de lo que veía en su rostro.
- Supongo que querrá usted despedirse de mí -dijo
finalmente Isabel.
- Sí, pero no me gusta hacerlo. No me gusta marcharme
de Roma -contestó con una perfecta y casi suplicante honradez.
- Ya me lo imagino. Es usted admirablemente bueno. La
verdad, no sé cómo decirle lo bondadoso que me parece.
Calló él un momento y luego repuso:
- Con unas cuantas palabras como ésas me obliga usted
a irme.
- Tiene que volver algún día -contestó ella en tono
jovial. -¿Algún día? ¿Quiere usted decir lo más tarde posible?
- No se me ha ocurrido semejante cosa.
- Entonces ¿qué quiere decir? No comprendo
absolutamente nada. Pero he dicho que me iría, y me iré -añadió Goodwood.
- Vuelva cuando quiera -dijo Isabel intentando no
mostrarse brusca. -¡Su primo me importa un rábano! -estalló Caspar. -¿Era eso
lo que quería decirme?
- No, yo no quería decirle nada. Lo que quena era
preguntarle… -Se detuvo un momento y añadió en voz baja, con precipitación-:
¿Qué ha hecho usted de su vida? -Hizo una pausa como esperando respuesta, pero
al ver que ella no decía nada prosiguió-: No puedo comprenderlo, no puedo
penetrar en su pensamiento, ¿Qué debo pensar…? ¿Qué quiere usted que piense?
-Mas ella siguió sin contestar, no haciendo otra cosa sino mirarle fijamente,
incluso sin pretender calmarle-. Me han dicho que es usted desgraciada y, si de
veras lo fuese, yo debería saberlo. Eso significaría algo para mí. Pero usted
dice, en cambio, que es feliz, y en cierto modo adopta una actitud tan callada,
tan afable, tan dura… Está completamente cambiada. Usted oculta algo. Es como
si yo no estuviese cerca de usted.
Isabel contestó amablemente, pero en tono de
advertencia:
- Usted está muy cerca de mí.
- Sin embargo, no la alcanzo, no llego a tocarla. ¡Y
yo necesito saber la verdad! '¿Ha actuado usted bien haciendo lo que ha hecho?
- Pregunta usted demasiado.
- Ya sabe que siempre he preguntado mucho. Por
supuesto, no me lo dirá; no llegaré jamás a saberlo si usted puede remediarlo.
Además, lo sé perfectamente, es cosa que no me importa. -Goodwood hacía
visibles esfuerzos por dominarse, a fin de poder dar una forma sensata a un
insensato estado de ánimo; pero la sensación de que era su última oportunidad,
de que la quería y la había perdido, de que ella le creería un necio dijera lo
que dijese, le aguijoneó ferozmente y prestó una honda vibración al tono quedo
de su voz-. Usted se mantiene terriblemente inescrutable -prosiguió-, y eso es
lo que me obliga a pensar que oculta algo. Y le he dicho que su primo me tiene
sin cuidado, pero eso no quiere decir que no le aprecie. Lo que quiero decir es
que no es precisamente por apreciarlo por lo que me marcho con él. Iría
igualmente si fuera un verdadero idiota y usted me lo hubiese pedido. Si usted
me lo pidiera, iría hasta la misma Siberia mañana mismo. ¿Por qué quiere usted
que me marche de aquí? Debe de tener sus razones para ello. Si, en realidad,
estuviera usted tan contenta como pretende hacer creer, no le importaría que me
fuese o me quedase. Yo preferiría saber toda la verdad sobre usted, aunque
fuera algo perverso y condenable, antes que haber venido para nada. Yo no he
venido para esto.
He venido porque tenía la imperiosa necesidad de
convencerme de que no tengo por qué seguir pensando en usted. No he pensado en
ninguna otra cosa, y usted está en su perfecto derecho de desear que me vaya.
Pero, si tengo que marcharme, no habrá nada malo en que me desahogue un poco,
¿verdad? Si la maltratan…, si él la maltrata, no le molestará nada de lo que yo
pueda decirle. Si le digo que la amo con toda mi alma, es porque he venido para
eso. Yo creí honradamente que era por otro motivo, pero la verdad es que era
sólo por eso. Yo no le diría lo que le estoy diciendo si no creyera que no la
volveré a ver. Esta es la úl- tima vez; déjeme, pues, arrancar una flor tan
sólo. Sé perfectamente que no tengo derecho a decir esto, y que usted está en
su perfecto derecho de no escucharlo. De todos modos, usted no escucha nunca,
siempre está pensando en otra cosa. Desde luego, después de esto, no me queda
más que marcharme; así tendré, cuando menos, alguna razón. El que usted me lo
pida no es una verdadera razón. Por lo que su marido dice, no me es posible
juzgar -continuó casi incoherentemente, sin tino-: Yo no comprendo a ese
hombre. Me ha dicho que ustedes dos se adoran. ¿A santo de qué me ha dicho
semejante cosa? ¿Qué ha de importante a mí? Pone usted al oír esto una cara muy
extraña, pero siempre la pone. No hay duda de que oculta algo.
Ya sé que eso no es cosa mía, es cierto, pero no es
menos cierto que la adoro -concluyó Goodwood.
Verdaderamente, como él había declarado, Isabel tenía
una expresión extraña. Miró hacia la puerta del salón y levantó un poco el
abanico como para prevenirle.
- Se ha comportado usted muy bien; no lo eche todo a
perder -dijo afablemente.
- Nadie nos oye. Es increíble cómo ha tratado de
desanimarme. La quiero como nunca la ha querido.
- Lo sé. Me di cuenta de ello al ver que se avenía a
marcharse.
- De todos modos, no puede usted remediarlo. Lo
remediaría si pudiera, pero, por desgracia, no puede. Por desgracia para mí,
por supuesto… No pido nada…, nada. Es decir, no debería pedir nada, pero pido
una sola satisfacción… Que me diga usted…, que me diga… -¿Que le diga qué?
- Si puedo compadecerla. -¿Le gustaría? -preguntó
Isabel, tratando de sonreír nuevamente. -¿Compadecerla? ¡Claro que sí! Por lo
menos, sería hacer algo… y daría mi vida por ello.
Se cubrió ella el rostro con el abanico, dejando tan
sólo sus bellos ojos al descubierto, que se posaron un instante en los de él.
Al fin, dijo:
- No es preciso que dé su vida por ello, pero, de vez
en cuando, conságrele un pensamiento afectuoso.
Tras estas palabras, regresó junto a la condesa
Gemini.
49
Madame Merle no había aparecido por el Palazzo
Roccanera la noche de ese jueves cuyas incidencias acabamos de narrar, e
Isabel, aun cuando notó su ausencia, no se mostró grandemente sorprendida.
Entre ambas habían pasado ciertas cosas que no eran precisamente un estímulo a
la sociabilidad; para apreciarlas convendría retroceder un poco en nuestra
historia. Ya se dijo que madame Merle había regresado de Nápoles poco después
de la partida de lord Warburton de Roma, y que en su primera entrevista con
Isabel (hay que hacerle la justicia de decir que fue inmediatamente a verla)
sus primeras palabras fueron para inquirir acerca de la conducta de aquel
aristócrata, de la que parecía hacer responsable a su amiga.
Por toda respuesta, Isabel dijo:
- Por favor, no lo mencione; bastante hemos tenido
que oír de él últimamente.
Madame Merle inclinó un poco la cabeza hacia un lado
como protestando, elevó un poco la boca, con su habitual sonrisa, hacia la
comisura izquierda y replicó:
- Usted, sí; pero debe recordar que yo estaba en
Nápoles y no he oído hablar tanto de él. Al contrario, esperaba encontrarlo
aquí y poder felicitar a Pansy.
- A Pansy puede, de todos modos, felicitarla, pero no
precisamente por casarse con lord Warburton. -¿Cómo puede decir semejante cosa?
¿No sabe usted que yo había puesto toda mi alma en ese empeño? -preguntó madame
Merle con bastante viveza, pero en un tono de indudable buen humor.
Isabel se quedó azorada, pero pareció disponerse
también a dar prueba de su buen humor.
- Pues entonces -contestó-, no tenía que haberse
marchado a Nápoles. Debió quedarse aquí para no perder de vista el asunto.
- Tenía absoluta confianza en usted. ¿Cree que ya
será demasiado tarde?
- Más valdrá que se lo pregunte a Pansy -dijo Isabel.
- Tiene razón. Le preguntaré qué le dijo usted.
Tales palabras justificaban de sobra el impulso
defensivo que en Isabel suscitó la actitud crítica de su amiga. Como es sabido,
madame Merle se había abstenido hasta entonces de criticar nada, manteniéndose
constantemente discreta, temerosa de mezclarse en nada. Pero, por lo visto, no
había hecho sino reservarse para esta ocasión, a juzgar por la viva y
fulgurante mirada de sus ojos y su aire de irritación, que ni su admirable
capacidad de contención podía disimular del todo. Había, en efecto, sufrido un
profundo desengaño, que produjo honda sorpresa en Isabel, ya que nuestra
heroína no tenía la menor idea de su extraordinario interés por la boda de
Pansy, y lo puso de manifiesto de manera tal que no pudo por menos de alarmar a
la señora Osmond. Isabel oyó entonces con más claridad que en ninguna otra
ocasión una voz fría y burlona que le llegaba no sabía de dónde y llenaba el
tenebroso vacío que la rodeaba por doquier, y cayó en la cuenta de que aquella
mujer tan fuerte, brillante, definitiva y mundana, aquella encarnación de lo
práctico, de lo personal y de lo inmediato constituía una poderosa fuerza de
acción en su destino. Estaba mucho más cerca de ella de lo que Isabel hubiera
jamás llegado a suponer, y tal proximidad le parecía ahora que no era el accidente
agradable que ella había imaginado durante tanto tiempo. Por lo pronto, aquella
sensación de la existencia de tal accidente había desaparecido para siempre el
día en que sorprendió en insospechada intimidad a la extraordinaria dama y a su
esposo, sentados juntos y hablando en privado. Sin embargo, ninguna sospecha
había llegado a definirse todavía, aunque era suficiente para obligarla a
considerar a su amiga de manera bien distinta, y para hacerle pensar que en
toda su conducta pasada había habido mucha más segunda intención de lo que ella
sospechara anteriormente. De que hubiese habido tal segunda intención no cabía
la menor duda, se dijo Isabel, pareciéndole que despertaba de un prolongado y
pernicioso sueño. ¿Qué era lo que le traía a la mente la idea de que la
intención de madame Merle pudiera haber sido maligna? Pues la desconfianza que
de ella se había apoderado y que venía a corroborar ahora el asombro
extraordinario que le produjera aquel insospechado desafío de su visitante por
causa de Pansy. En tal desafío había sin duda algo que al manifestarse, suscitó
en respuesta una gran desconfianza; y había también una extraña vitalidad que
Isabel no había llegado a percibir jamás en las manifestaciones de delicadeza y
prudencia de su amiga. Cierto era que madame Merle no manifestó nunca el menor
deseo de intervenir, pero fue únicamente mientras no se produjo nada que
requiriese su intervención.
Al lector podrá tal vez parecerle que Isabel obraba
precipitadamente al concebir sospechas de una sinceridad puesta a prueba con
los servicios prestados durante varios años. Pero no podía por menos de actuar
con celeridad porque acababa de filtrarse en su ánimo una extraña verdad, a
saber: el interés de madame Merle parecía idéntico al de su marido, y eso era
ya bastante. Así, contestó a la última observación de su amiga diciendo:
- No creo que Pansy le diga a usted nada que pueda
enojarla.
- Yo no estoy enojada en absoluto. Lo único que deseo
es ver si todavía es posible deshacer el entuerto. ¿Cree usted que lord
Warburton se nos ha esfumado para siempre?
- No puedo decírselo. No la comprendo. Creo que todo
se acabó. Por favor, dejemos el asunto. Osmond me ha hablado harto de ello y no
tengo nada más que decir ni oír al respecto.
No me cabe la menor duda -añadió de que a él le
agradará discutir el caso con usted.
- Sé perfectamente lo que piensa. Anoche fue a verme.
-¿En cuanto usted llegó? Pues, entonces, ya está al corriente de todo y no
necesita que yo le dé más detalles.
- No son detalles lo que necesito sino cooperación.
Yo había puesto toda mi alma en esa boda. Era algo que lograba lo que muy pocas
cosas suelen lograr…, llenaba la imaginación.
- La de usted tal vez, pero no la de las personas
interesadas.
- Por lo visto, usted cree que yo no figuro entre los
interesados. Por supuesto, no directamente; pero, cuando se es amiga tan
antigua como yo, no puede una por menos de poner algo de sí misma en ello. No
se olvide del tiempo que hace que conozco a Pansy. Y madame Merle añadió-: Ya
me doy cuenta, desde luego, de que cree que usted sí es una de las personas
interesadas.
- No, nada de eso; es la última cosa en que se me
ocurriría pensar. Estoy ya tan cansada de todo que no puedo más.
Madame Merle dudó un instante y dijo:
- Claro, su trabajo ya está terminado.
- Tenga cuidado con lo que dice -aconsejó Isabel
gravemente.
- No se preocupe, que ya lo tengo, acaso más cuando
menos lo parece. Ha de saber que su marido la juzga severamente en este caso.
Isabel permaneció un momento sin contestar; se sentía
presa de una profunda amargura. No era ciertamente la insolencia de que madame
Merle le comunicara que Osmond le había hecho confidencias desfavorables acerca
de su mujer lo que más le chocaba, pues no se le antojó que lo dijera por
insolencia. Madame Merle se mostraba muy rara vez insolente y siempre en el
momento oportuno. Pero aquél no lo era o, cuando menos, aún no. Lo que a Isabel
le dolía profundamente, como una gota de ácido corrosivo en una herida, era que
su marido la deshonrase de palabra tanto como de pensamiento. -¿Quiere saber lo
que pienso yo de él? -se arriesgó a preguntar.
- No, porque usted no me lo diría nunca. Además, me
resultaría doloroso saberlo.
Se produjo una pausa, y, por primera vez desde que
Isabel la conocía, madame Merle le pareció antipática. Estaba deseando que se
fuera. Por lo cual y como para poner fin a la entrevista dijo:
- Tenga usted presente lo encantadora que es Pansy y
no pierda la esperanza.
Pero la expansiva presencia de madame Merle pareció
no darse por enterada, pues la dama se limitó a recoger su capa y, al revuelo
de tal movimiento, esparció por el aire un suave y delicado perfume.
- No sólo no pierdo la esperanza, sino que me siento
más reconfortada -dijo-. Además, no he venido para regañarla sino, si es
posible, para saber la verdad, porque estoy segura de que, si se la pregunto,
me la dirá. Es una verdadera bendición del cielo tener la seguridad de que se
puede contar siempre con usted. No puede imaginarse el consuelo que eso supone
para mí. -¿A qué verdad se refiere? -preguntó Isabel extrañada.
- Simplemente a ésta: si lord Warburton cambió de
idea por su propio impulso o porque usted se lo aconsejó; por complacerse a sí
mismo o por complacerla a usted. Ima- gínese la confianza que tengo en usted…,
a pesar de haber debido perder un poquitín de ella añadió madame Merle con
maliciosa sonrisa. Se sentó para ver el efecto que en su amiga producían
aquellas palabras y luego prosiguió-: No se le ocurra ahora dárselas de
heroica, ni ofenderse, ni dejar de ser razonable. A mi modo de ver, le estoy
haciendo un honor al hablarle de esta manera, porque no sé de ninguna otra
mujer a quien se me ocurriría hacérselo. No tengo la menor constancia de que
haya ninguna otra mujer capaz de decir la verdad en tal caso. ¿Y no le parece
que sería admirable que su marido la supiera? Cierto que él no ha tenido, por
lo visto, un tacto exquisito en su manera de querer averiguarla y se ha
permitido hacer suposiciones gratuitas. Sin embargo, eso no altera el hecho de
que habría significado una gran diferencia en sus planes respecto a su hija el
saber a ciencia cierta lo que ocurría. Que lord Warburton se aburriera de la
infeliz criatura, es una cosa y una verdadera lástima. Si la abandonó para
darle gusto a usted, es otra muy distinta. Una lástima también, pero en otro
sentido. En este caso tal vez debió usted resignarse a no darse tal gusto…, y a
ver simplemente a su hijastra casada. Si se ha quedado fuera…, hay que hacer
que entre de nuevo.
Madame Merle había hablado con toda intención,
observando a su compañera y, al parecer, figurándose que podía seguir tranquila
por tal camino. Pero, a medida que hablaba, Isabel se ponía más pálida, cruzaba
con más fuerza las manos sobre el regazo. No era que su visitante se hubiese
propuesto ser insolente, no había apariencia de tal cosa. Era algo mucho más
horrible que eso; e Isabel no pudo por menos de murmurar: -¿Quién es usted…,
qué es usted? ¿Qué tiene usted que ver con mi marido?
Y pareció cosa extraña que en tal instante ella
tratase de acercarse a él como si, en realidad, le amara entrañablemente.
- Ah, ¿de modo que lo toma por la tremenda? Lo siento
infinito. Pero no piense ni por un momento que yo voy a hacer otro tanto. -¿Qué
tiene usted que ver conmigo? -prosiguió Isabel.
Madame Merle se levantó despacio, sacudió su manguito
sin apartar los ojos de los de ella y contestó:
- Todo.
Isabel se quedó sentada, mirando a la otra, y su
rostro parecía ser una especia de súplica de que le aclarasen todo aquello.
Pero lejos de proporcionarle luz, los ojos de su compañera parecían ser la
oscuridad misma. -¡Oh, qué horror! -murmuró al fin con indefinible acento de
congoja, y se echó hacia atrás, tapándose la cara con las manos.
De improviso le había venido, como una gigantesca ola
llegada de lo más remoto del océano, la idea de que la señora Touchett tenía
razón, de que su casamiento había sido obra de madame Merle. Al cabo de un
momento retiró sus manos del rostro; pero madame Merle había abandonado ya el
salón.
Aquella tarde Isabel salió a pasear sola en coche,
porque quería ir lejos, bajo el alto cielo azul, y dejar el carruaje donde le
pluguiese para caminar entre margaritas silvestres. Desde hacía mucho tiempo
había convenido a Roma en la confidente de sus pesares y tristezas, por
parecerle que en un mundo en ruinas no estaría desplazada, ni semejaría una
catástrofe incomprensible la ruina de su felicidad. Hacía descansar su fatiga
sobre cosas que ya se habían desmoronado desde luengos siglos y que, sin embargo,
permanecían erectas; vertía su tristeza en el silencio de los lugares
solitarios, donde la condición de extraordinaria modernidad de tal sentimiento
destacaba vigorosamente y se hacía meramente objetiva, como cuando se sentaba
los días de invierno en una esquina caldeada por el sol, o cuando permanecía
largo rato de pie en una vieja y enmohecida iglesia sonriendo extáticamente y
pensando en su pequeñez. Pequeño era, en verdad, en medio de aquella inmensidad
de la historia romana; y la obsesiva conciencia que tenía Isabel de la
continuidad de la suerte humana la elevaba sin dificultad de lo menor a lo
mayor. Había acabado por ser una profunda y amorosa conocedora de Roma, pues la
admirable ciudad calmaba y endulzaba su pasión. Pero pensaba en ella como en un
lugar donde las gentes habían sufrido de extraordinaria manera. Así se le
antojaba en las tambaleantes iglesias, donde las columnas de mármol llevadas de
ruinas paganas ofrendaban un sólido compañerismo en el sufrimiento, y donde el
incienso rancio semejaba una mezcla de imprecaciones y plegarias no atendidas.
En realidad, no había hereje más contemporizador ni más amable que Isabel. Ni
el más férvido devoto, al contemplar las polícromas figuras de los venerados
retablos o los candelabros repujados de múltiples brazos, habría experimentado
más íntimamente la sugestión de tales objetos, ni habría sido tan susceptible
como ella en tal momento a las visiones espirituales. Como ya hemos dicho,
Pansy la acompañaba casi siempre, y en los últimos tiempos la condesa Gemini,
con su sombrilla de color rosa, añadía la prestancia de su extraña figura a la
brillantez del conjunto femenino; pero, cuando a su estado de ánimo convenía y
cuando el sitio la atraía, hallaba el medio de estar sola consigo misma. En
tales ocasiones tenía determinados sitios favoritos; el más accesible de ellos
era el bajo parapeto que limita el amplio espacio cubierto de grama delante del
alto y frío frontispicio de San Juan de Letrán, desde donde se divisa a través
de la campiña romana, allá a lo lejos, la orgullosa silueta del monte Albano y
la inmensa llanura todavía habitada por las acciones a que sirviera en otros
tiempos de escenario. Después de la partida de su primo y de su amiga de Roma,
se dio a vagar más que de costumbre, trasladando su triste y sombrío espíritu
de un lugar sagrado a otro. Incluso cuando la acompañaban Pansy y la condesa se
sentía en contacto con un mundo ya desaparecido. Su coche dejaba atrás los
muros de la gran urbe y se adentraba por estrechas veredas donde la madreselva
se desbordaba por encima de los tapiales de los huertos, o la esperaba en
sitios tranquilos a la linde de los campos, mientras ella seguía caminando
sobre la hierba florida o se sentaba en una piedra que antaño tuvo su utilidad
y, a través del velo de su tristeza personal, contemplaba la espléndida
tristeza del paisaje… a la luz cálida y densa, con la casi imperceptible
graduación de suaves colores, con los inmóviles pastores en actitud solitaria y
las colinas donde las sombras de las nubes tenían la liviandad de un rubor.
La tarde de que hemos empezado a hablar Isabel adoptó
la firme resolución de no pensar más en madame Merle, pero en vano, pues la
imagen de la mencionada dama parecía flotar constantemente sobre ella. Se
preguntaba con terror casi infantil si a aquella íntima amiga de varios años se
le podía aplicar el gran epíteto histórico de perversa. La idea de semejante
personaje se había asentado en su cerebro a través de sus lecturas de la Biblia
y de ciertas obras literarias, pero personalmente jamás había tenido el menor
contacto con la perversidad. Su constante anhelo fue siempre establecer un
continuo contacto con la vida humana, y, a pesar de que se enorgullecía de
cultivarlo con éxito, lo cierto es que nunca llegó a disfrutar de tan grato
privilegio. Acaso no pudiera calificarse de perverso -en el significado
histórico del vocablo- el ser profundamente falso; porque, en resumidas
cuentas, eso es lo que había sido madame Merle: falsa, constantemente falsa,
constante y terriblemente falsa. La tía de Isabel, Lydia, había realizado tal
descubrimiento mucho antes, y se lo comunicó a su sobrina; pero en aquel
entonces Isabel se enorgullecía de tener una apreciación más amplia de las
cosas, sobre todo la espontaneidad de su propia carrera y de la nobleza de sus
propias interpretaciones, que la señora Touchett, con su raquítica y tiesa
manera de razonar. Madame Merle había realizado lo que quería: llevar a cabo la
unión de sus dos amigos; y no podía por menos de llamar la atención que hubiese
puesto empeño tan tenaz en que esa unión fuera un día un hecho. Había personas
que tenían la obsesión casamentera como los partidarios del arte la tenían por
el arte; pero madame Merle, aunque gran artista, no era de ese tipo. Pensaba
con demasiada acritud del matrimonio, incluso de la vida misma; si había
sentido el deseo de ver realizada aquella boda, en cambio, no había
experimentado el de ver otras. Además, tenía un claro concepto de la ganancia,
e Isabel se preguntaba cómo y dónde podía haber hallado con ello beneficio
alguno. Necesitó mucho tiempo para realizar su descubrimiento, e incluso, una
vez realizado, fue de lo más imperfecto. Le vino a la memoria el hecho de que,
si bien madame Merle había aparentado cobrarle gran afecto desde que la conoció
en Gardencourt, se había mostrado mucho más cariñosa con ella después de la
muerte del señor Touchett y de saber que su joven amiga había sido objeto de la
caridad del anciano señor. Ella había encontrado su beneficio, no en el grosero
sistema de pedir dinero prestado, sino en el infinitamente más refinado de
poner a uno de sus amigos íntimos en contacto con la fortuna todavía fresca e
ingenua de la joven heredera. Como era natural, había escogido para ello a su
amigo más íntimo, e Isabel veía ahora con claridad meridiana que era Gilbert el
que ocupaba tal posición. De tal suerte, se encontró ante la triste convicción
de que el hombre en quien menos habría creído jamás que hubiese algo de
sordidez, se había casado con ella, como el aventurero más vulgar, por el
simple hecho de que tenía dinero. Por extraño que pudiera parecer, jamás se le
había ocurrido semejante cosa; si había pensado no poco en contra de Osmond
hasta aquel instante, nunca le infirió tal ofensa. Aquella era lo último que
podría ocurrírsele a ella, y por algo había estado diciéndose reiteradamente
que faltaba aún lo peor por venir. Indudablemente, un hombre podía casarse con
una mujer por su dinero; ocurría con gran frecuencia. Pero, por lo menos, él
debía hacérselo saber. Se preguntaba si, puesto que lo que quería era su dinero,
se daría ahora por satisfecho con él. ¿Se quedaría con el dinero y la dejaría
marcharse de su vera? Verdaderamente, si la gran caridad hecha por el señor
Touchett sirviera al menos para ayudarla en semejante ocasión, bendita mil
veces. Isabel no tardó en pensar que, si madame Merle había querido prestar a
Gilbert aquel señalado servicio, su agradecimiento hacia ella por la inesperada
dádiva tenía que haber perdido ya mucho de su primer calor. ¿Cuál sería, pues,
su manera de sentir respecto a su celosa bienhechora y con qué expresión habría
llegado a concretarse en un hombre que era tan consumado maestro en la ironía?
El hecho singular pero característico era que, antes de regresar de su paseo
silencioso de aquella tarde, Isabel interrumpió su silencio para exclamar:
«¡Pobre madame Merle!».
Su compasión acaso se habría visto justificada si
aquella misma tarde hubiese podido esconderse detrás de alguna de las valiosas
cortinas de damasco antiguo que decoraban el interesante saloncito de la dama
en cuestión; el elegante aposento que ya visitamos una vez en compañía del
señor Rosier. Pues, a eso de las seis de la tarde de aquel día, Gilbert Osmond
estaba sentado y su amiga en pie delante de él, como Isabel les había visto en
la ocasión ya mencionada en esta historia con un énfasis no tan propio de su
importancia aparente como de su importancia real.
Madame Merle decía:
- No creo que seas desgraciado; creo que esto te
agrada.
- ¿Acaso he dicho que sea desagraciado? -preguntó
Osmond con rostro lo bastante serio como para hacer creer que podía serlo.
- No; pero no has dicho lo contrario, como era tu
deber elemental de gratitud.
- No me hables de gratitud -replicó él secamente. Y
al cabo de un momento añadió-: Y no me exasperes.
Madame Merle se sentó lentamente con los brazos
cruzados y las manos dispuestas a modo de soporte de uno de ellos y bello
ornato del otro. Parecía exquisitamente tranquila, pero impresionantemente
triste.
- Y tú no trates de asustarme. Me pregunto si me
adivinas el pensamiento.
- Procuro dedicarle la mínima atención. De sobra
tengo con el mío.
- Será por lo delicioso que es.
Osmond reclinó la cabeza en el respaldo del sillón
que ocupaba y dijo a su compañera, dirigiéndole una cínica mirada que parecía
al propio tiempo expresión de una gran fatiga:
- No me exasperes, te lo repito. Estoy verdaderamente
cansado.
- Et moi donc! -exclamó madame Merle.
- Tú te fatigas a ti misma; en mi caso, el cansancio
es involuntario.
- Si me fatigo es por ti. Te he proporcionado un
objeto de interés; es un gran regalo. -¿Cómo lo llamas, objeto de interés?
-preguntó Osmond con displicencia.
- Indudablemente, puesto que te ayuda a pasar el
tiempo.
- Jamás me pareció el tiempo tan largo como este
invierno.
- Pues nunca has tenido mejor aspecto; nunca has
estado tan agradable ni tan brillante. -¡Al cuerno mi brillantez! -murmuró
pensativo, y añadió-: Después de todo, hay que ver qué poco me conoces todavía.
Madame Merle contestó sonriendo:
- Pues si no te conozco a ti, no conozco nada en el
mundo. ¡Bah! Estás convencido de tu gran éxito.
- No; no estaré de veras convencido hasta que consiga
que dejes de juzgarme.
- Hace tiempo que dejé de hacerlo. Hablo por lo que
sé de tiempos pasados. Aunque ahora te expresas bastante más.
- En cambio, quisiera que tú te expresaras bastante
menos -contestó Osmond sulfurado. -¿Acaso te gustaría reducirme al silencio?
Recuerda que no soy ninguna charlatana. No obstante, hay dos o tres cosas que
quiero decirte. En primer lugar -prosiguió cambiando de tono-, tu esposa no
sabe qué hacer de sí misma.
- Perdona, pero lo sabe perfectamente. Se ha fijado
una línea inflexible de conducta y se propone llevar a cabo sus ideas.
- Sus ideas pueden ser en este momento verdaderamente
notables.
- Lo son. Y tiene más que nunca.
- Pues esta mañana no ha podido mostrarme ni una sola
de ellas. Parecía hallarse en un estado de ánimo verdaderamente simple, casi de
estupidez. Estaba por completo aturdida.
- Di de una vez que se sentía patética.
- Ah, no; no quiero hacértelo creer demasiado.
Continuó él sentado como estaba, echado hacia atrás,
el tobillo de un pie apoyado en la rodilla de la otra pierna.
- Me gustaría saber qué te ocurre -dijo al fin.
- Lo que me ocurre…, lo que me ocurre… -Madame Merle
hizo una pausa. Luego prosiguió en un desahogo incontenible de la pasión, como
el estallido de un trueno durante una tempestad de verano-: Lo que me ocurre es
que daría mi mano derecha por romper a llorar…, ¡y no puedo! -¿A qué te
conduciría llorar?
- Me haría sentir como me sentía antes de conocerte.
- Si sequé tus lágrimas, ya es algo; pero luego te he
visto derramarlas.
- Oh, creo que tú serías capaz de hacerme llorar;
mejor dicho, aullar como un lobo. Tengo una gran ansia, una gran necesidad de
hacerlo. Esta mañana he sido vil, estuve horrenda.
- Si Isabel se hallaba en ese estado de estupidez que
dices, probablemente no se habrá dado cuenta.
- Precisamente lo que la horrorizó fue mi
perversidad. No pude remediarlo, me sentía acuciada por algo verdaderamente
maligno. Acaso fuera algo bueno, cualquiera sabe. Lo que has secado tú no son
mis lágrimas, lo que has secado ha sido mi alma.
- De tal suerte, no soy yo el responsable del estado
de ánimo de mi esposa -dijo Osmond, y añadió-: Es agradable pensar que he de
cargar con el resultado de tu influencia sobre ella. ¿Acaso no sabes que el
alma es un ente inmortal? Y, si lo es, ¿cómo podría sufrir alteración de
ninguna clase?
- Yo no creo en absoluto que sea un ente inmortal; al
contrario, creo que se la puede destruir. Es lo que ha ocurrido con la mía, que
en sus comienzos era admirable…, y a ti es a quien tengo que agradecerlo.
-Calló un segundo. Luego con énfasis y suma gravedad, declaró-: Eres una mala
persona. -¿Es así como hemos de acabar? -preguntó Osmond con estudiada
frialdad.
- Ignoro cómo hemos de acabar. ¡Ojalá lo supiera!
¿Cómo acaba la mala gente…, sobre todo cuando tiene crímenes comunes? Me has
hecho tan mala como tú.
Osmond replicó, haciendo que su indiferencia
perfectamente consciente proporcionase un gran efecto a las palabras:
- No te comprendo. A mí me parece que eres bastante
buena.
El dominio de sí misma, tan constante en madame
Merle, parecía ir disminuyendo; estaba más a punto de perderlo que en ninguna
otra de las ocasiones en que hemos tenido el placer de encontrarla. Se tornó
sombrío el brillo de sus ojos y su sonrisa delató un penoso esfuerzo.
- Me imagino que quieres decir lo bastante buena para
lo que he hecho de mí misma. -¡Lo bastante buena para ser siempre encantadora!
-exclamó Osmond con generosa sonrisa. -¡Dios mío! -murmuró su compañera; y,
sentada como estaba, con su inalterable frescura, recurrió al mismo gesto que
ella había provocado en Isabel por la mañana: inclinó la cabeza y se la cubrió
con las manos. -¿Por fin vas a llorar? -preguntó Osmond. Y, al ver que ella
continuaba inmóvil, prosiguió-: ¿Me he quejado acaso alguna vez?
Ella apartó rápidamente las manos del rostro y
replicó:
- No, te has tomado la venganza de otra manera…, te
la has tomado con ella.
Osmond se echó más atrás todavía. Miró un momento al
techo, se diría que apelando, de manera informal, a los poderes del cielo.
-¡Qué imaginación la de las mujeres! -exclamó-. En el fondo, siempre vulgar.
Hablas de venganza como un novelista de tercera categoría.
- No te has quejado, por supuesto. Te has entregado
al disfrute de tu triunfo.
- Tengo verdadera curiosidad por saber a qué llamas
mi triunfo.
- A haber conseguido que tu mujer te tenga miedo.
Osmond cambió de postura, apoyando los codos en las
rodillas, echándose hacia adelante y contemplando un instante la hermosa
alfombra persa que estaba a sus pies. Tenía el aire de quien se niega a aceptar
de ningún otro cualquier valoración de cualquier cosa, ni siquiera del tiempo,
prefiriendo hacerla siempre él mismo; una peculiaridad que a veces le hacía
odioso para los que conversaban con él. Por fin, dijo:
- Isabel no tiene miedo de mí, ni es eso lo que yo
quiero. ¿Por qué tratas de provocarme diciendo cosas por el estilo?
- He estado pensando en todo el mal que puedes
hacerme -respondió madame Merle-. Tu mujer me tenía miedo esta mañana, pero yo
creo que es a ti a quien temía.
- Tal vez has dicho cosas que han resultado de muy
mal gusto, pero yo no soy responsable de ello. No comprendo la utilidad de tu
visita, ya que eres perfectamente capaz de actuar sin ella. Por lo que veo, a
ti no te he inspirado miedo. ¿Cómo podría entonces habérselo inspirado a ella?
Sois tan valientes la una como la otra. No sé de dónde has sacado semejante
majadería; creí que habías llegado a conocerme. -Se levantó y fue hacia la
chimenea, frente a la cual se detuvo un instante, bajando los ojos como si por
primera vez hubiese visto las chucherías de rara porcelana que en ella había.
Tomó un tacita y, conservándola en la mano y apoyándose en la repisa de la
chimenea, continuó-: Quieres ver siempre demasiado en todo, lo sobrepasas y
llegas a perder de vista lo real. Yo soy infinitamente más simple de lo que
crees.
- Yo creo que eres muy simple -dijo madame Merle sin
quitarle el ojo a la tacita-. He acabado por llegar a ese convencimiento. Te
juzgaba por lo de antes, pero, como he dicho, he comenzado a comprenderte de
verdad desde que te casaste. He visto infinitamente mejor lo que has sido para
tu mujer que lo que fuiste para mí. Por favor, lleva cuidado con ese objeto precioso.
- Ya tiene una pequeña rajadura -dijo Osmond en tono
seco, dejando la taza en su sitio-. Si no me comprendías antes de casarme fue
tremendamente temerario por tu parte meterme en semejante celda. Sin embargo,
llegué a encapricharme con la celda, porque pensé que sería un capricho cómodo.
Lo que yo pedía era bien poco; simplemente que me quisiera.
- Que te quisiera mucho.
- Naturalmente; mucho, no lo niego. En tales casos,
puestos a pedir, se pide el máximo. Pongamos, si te parece, que me adorase. La
verdad, sí, eso quería.
- Yo no te adoré nunca -dijo madame Merle. -Cierto,
pero lo aparentabas.
- Y también es cierto que nunca me acusaste de ser un
capricho cómodo.
- Mi mujer se ha negado…, se ha negado a ser nada por
el estilo. Si te propones hacer una tragedia de eso, la tragedia no va a ser
para ella.
- Ya lo sé, ¡la tragedia es para mí! -exclamó madame
Merle levantándose y exhalando un hondo suspiro, aunque sin quitarle el ojo a
los preciosos objetos de la repisa de su chimenea-. Por lo visto, tengo que
aprender a costa de duras penas los inconvenientes de una falsa situación.
- Te expresas como una frase de cuaderno de
caligrafía. Debemos buscar consuelo donde podamos encontrarlo. Si mi mujer no
me quiere, por lo menos me quiere mi hija. De modo que buscaré en Pansy las
compensaciones que he menester. Afortunadamente, no puedo encontrar en ella
defecto alguno. -¡Ah, si yo tuviera un hijo…! -dijo ella con desmayo.
Osmond esperó un instante y luego, con aire un tanto
solemne, replicó:
- Los hijos de los demás pueden inspirar un gran
interés.
- Tú sí que pareces un cuaderno de caligrafía.
Después de todo, hay algo que nos mantiene fuertemente unidos. -¿Acaso la idea
del mal que puedo hacerte? -preguntó Osmond.
- No; la ida del bien que puedo hacerte yo. -Calló un
segundo, pero inmediatamente prosiguió-: Eso es lo que me vuelve tan celosa de
Isabel. Quiero que sea mi obra -añadió, mientras su rostro, que se había
tornado hosco y duro, recobraba su habitual dulzura.
Osmond cogió el sombrero y el paraguas y, después de
pasarle al primero dos o tres veces por encima el puño de la manga de su
chaqueta, dijo:
- En cualquier caso, creo que es preferible que dejes
el asunto de mis manos.
En cuanto hubo salido, lo primero que ella hizo fue
examinar detenidamente la tacita de café en que Osmond dijera había una leve
rajadura y, contemplándola con actitud distraída, exclamó vagamente: -¿Y he
sido tan vil para nada?
50
La condesa Gemini estaba poco familiarizada, por no
decir nada, con los monumentos antiguos, por lo que Isabel creyó oportuno dar a
sus paseos vespertinos en coche un carácter de inspección de anticuario. La
condesa, que consideraba a su cuñada un prodigio de sabiduría, no ponía el
menor inconveniente a aquellos paseos arqueológicos y contemplaba las masas
imponentes de ladrillos romanos como si fuesen montones de telas modernas.
Carecía en absoluto de todo sentido histórico, si bien debemos confesar que poseía
en bastantes temas el anecdótico y por lo que a ella respectaba el apologético;
pero tan encantada se sentía de verse en Roma que estaba dispuesta a dejarse
arrastrar por la corriente. De tal suerte, no habría puesto el menor reparo a
pasarse una hora cada día en las Termas de Tito, si ello hubiera sido condición
sine qua non para seguir disfrutando de la hospitalidad del Palazzo Roccanera.
Por lo demás, Isabel no se mostraba una «cicerone» intransigente, y si
acostumbraba visitar las ruinas de la gran urbe era para variar de tema y no
oír hablar con- tinuamente de los amoríos de las damas de Florencia, de los que
su compañera, manantial inagotable, no se cansaba de proporcionarle
abundantísima información. A ello hay que añadir que, durante tales visitas, la
condesa se abstenía de llevar a cabo por sí misma la menor investigación y se
limitaba a decir, con abundancia de exclamaciones y aspavientos, que todo
aquello era interesantísimo. De tal modo había examinado hasta entonces el
Coliseo, con gran sentimiento por parte de su sobrina, que, a pesar del gran
respeto que le profesaba, no comprendía por qué se negaba a abandonar el coche
y penetrar en el prestigioso recinto. A la ingenua Pansy se le presentaban tan
pocas oportunidades de corretear a sus anchas que su expectación por tal visita
no debía de ser del todo desinteresada. Ella esperaba, en efecto, que una vez
dentro del inmenso circo sus parientes experimentasen el deseo de subir a lo
más alto del monumento, a las últimas gradas. Llegó, pues, el día en que la
condesa se declaró dispuesta a acometer la hazaña. Era una tarde deleitosa del
mes de marzo, en que ese mes ventoso se expresaba con caprichosas y suaves
ráfagas de brisa primaveral. Se adentraron en el gran Coliseo las tres damas,
pero Isabel dejó que sus compañeras vagasen solas por el inmenso recinto. Ella
había subido ya reiteradamente a los desolados bancos de piedra desde los que
la muchedumbre romana se enardecía prodigando aplausos y por entre cuyos
profundos intersticios aparecían ahora florecillas silvestres. Aquella tarde se
sentía abatida y prefería esperarlas sentada tranquilamente. Por lo demás,
aquello representaría un descanso, pues la condesa casi siempre exigía más
atención de la que ofrecía a cambio, e Isabel confiaba en que, una vez a solas
con su sobrina, podría ella olvidar por un instante los chismes y comadres
referentes a las damas de la alta sociedad florentina. De modo que permaneció
abajo mientras Pansy guiaba a su atolondrada tía hasta la escalera de ladrillo
a cuyos pies abría el guardián la maciza y pesada puerta de madera. El inmenso
espacio vacío del edificio se hallaba medio sumido en la penumbra. El sol, de
camino hacía el ocaso, destacaba el tono rojo pálido de los enormes bloques de
piedra calcárea, color que constituye el único elemento vivo de aquellas ruinas
inmensas. Unos pocos campesinos y turistas vagaban por allí en aquel momento,
alzando la cabeza hacía el lejano cielo donde incontables golondrinas
revoloteaban vertiginosas en su embriaguez de luz y aire, trazando círculos y
zambulléndose alegres en el mar etéreo. Isabel salió un momento de su
abstracción al darse cuenta de que uno de aquellos visitantes la contemplaba
desde el centro de la arena, con una leve inclinación de cabeza que varías
semanas antes ella había percibido como característica de una resolución
frustrada pero indestructible. Aquella actitud no podía pertenecer más que a
Edward Rosier. Este caballero, en efecto, había estado meditando si debía o no
dirigirse a ella. Una vez seguro de que nadie la acompañaba, se acercó a Isabel
confiando en que, si bien no se había dignado contestar a sus cartas, tal vez
ahora se dignase prestar atención a sus elocuentes palabras. Así se lo hizo
saber, a lo que ella repuso que su hijastra andaba por allí cerca y que sólo
podría concederle cinco minutos. En vista de lo cual, sacó él su reloj de oro y
se sentó en un bloque de piedra partido.
- Lo que tengo que decirle es muy breve. He vendido
todos mis bibelots -declaró Edward Rosier.
Al oírlo, Isabel prorrumpió en una exclamación de
horror, como si le hubiera dicho que se había hecho sacar de golpe toda la
dentadura.
- La venta ha tenido lugar en pública subasta en el
hotel Druot hace tres días -continuó Rosier-, y acabo de recibir un telegrama
con el resultado obtenido, que ha sido espléndido.
- Lo celebro, pero me habría gustado que conservara
usted todas aquellas cosas tan admirables.
- En su lugar tengo el dinero que han producido,
cincuenta mil dólares. ¿Me considerará ahora suficientemente rico el señor
Osmond? -¿Lo hizo usted por eso? -preguntó Isabel amablemente. -¿Por qué otra
cosa en el mundo cree usted que podría haberlo hecho, si ésa es la única en que
pienso a todas horas? Por eso fui a París, para hacer los arreglos y
preparativos necesarios, aunque me sentí incapaz de presenciar la venta. No
habría podido soportar el ver que iba a quedarme sin todo ello; creo que me
hubiera muerto de pena. Pero los confié a manos expertas y se han logrado altos
precios. Debo decirle que he conservado los esmaltes. Supongo que, ahora que
tengo en mi poder el dinero, no podrá el señor Osmond decir que soy un pobre
-exclamó desafiante el joven Rosier.
- Pero dirá que es un necio -replicó Isabel, como si
Gilbert Osmond no hubiese dicho ya aquello repetidas veces. -¿Quiere usted
decir que ya no soy nada sin mis bibelots? ¿Que eran lo que mejor me
recomendaba? Eso mismo me decían en París; con toda franqueza me lo dijeron…
¡Pero es que no la han visto a ella!
- Amigo mío, creo que merece usted triunfar -dijo
Isabel en un tono de gran afabilidad.
- Lo dice usted tan triste que parece como si supiera
por adelantado que no voy a lograrlo.
Sus ojos se clavaron en los de ella con una indecible
ansiedad. Tenía Rosier la pose altiva de quien había sido durante toda una
semana la comidilla de París y se consideraba, por ello, extraordinariamente
crecido a sus propios ojos; pero, aun así, abrigaba la sospecha de que, pese a
aquel aumento de estatura, seguía habiendo una o dos personas que todavía lo
consideraban casi enano.
- Estoy enterado de cuanto ha sucedido aquí desde que
estuve ausente -prosiguió-. ¿Qué espera el señor Osmond toda vez que ella ha
rechazado a lord Warburton?
- Que se case con otro aristócrata. -¿Con qué otro
aristócrata?
- Oh, él se encargará de buscarlo.
Rosier se levantó despacio, se metió en el bolsillo
el reloj y dijo:
- Usted se está riendo de alguien, pero creo que no
es de mí.
- No he pretendido reírme -replicó Isabel-. Río muy
rara vez. Bien, ahora creo que debe usted marcharse.
Rosier no hizo movimiento alguno en tal sentido y
observó:
- Me siento perfectamente seguro.
Lo cual podía ser cierto, mas lo que mayormente
contribuyó a infundirle entonces tal seguridad fue proclamarlo en voz alta en
medio de aquel prestigioso lugar, balanceando orgullosamente un poco el cuerpo
sobre las puntas de los pies y mirando en derredor como si el Coliseo estuviera
repleto de una entusiasta concurrencia dispuesta a oírle. Y he aquí que, de
pronto, el rostro le mudó de color porque, en efecto, el auditorio era mayor de
lo que él sospechara. Se volvió Isabel al ver aquel súbito cambio y divisó a
sus dos compañeras, que regresaban de la incursión. Se apresuró, pues, a decir:
- En verdad, debe usted marcharse enseguida.
- Compadézcame usted, mi querida señora -murmuró
Edward Rosier con una voz extrañamente distinta de la voz con que acababa de
hacer su fanfarrón anuncio. Y acto seguido añadió, como hombre que en medio de
su infortunio ve una tabla de salvación a la cual poder asirse-: ¿Es esa dama
la condesa Gemini? Precisamente tengo un gran deseo de ser presentado a ella.
Isabel le miró de frente un segundo y contestó:
- Le advierto que no tiene ninguna influencia con su
hermano.
- La está usted haciendo aparecer como un verdadero
monstruo -dijo Rosier, y miró a la condesa, que avanzaba prestamente delante de
Pansy, muy animada al ver que su cuñada estaba conversando con un apuesto
joven.
- Me alegro de que haya conservado usted sus esmaltes
-dijo Isabel, dejándole. Y se dirigió inmediatamente a Pansy, que al ver a
Edward Rosier se detuvo en seco, bajando sus lindos ojos. Isabel le dijo
cariñosamente-: Vámonos al coche.
- Sí. Ya se está haciendo tarde -contestó Pansy más
cariñosamente todavía.
Y se marchó sin una sola frase de protesta, sin
titubear, sin volver la vista atrás. Isabel pudo, en cambio, tomarse tal
libertad, y vio que la condesa y el señor Rosier habían trabado en el acto
conocimiento. El se había quitado el sombrero y la estaba saludando sonriente,
mientras a los ojos de Isabel apareció la espalda de la condesa moviéndose en
una leve inclinación hacia delante. Pero aquella visión apenas duró un
instante, pues Isabel tomó asiento enseguida en el coche con Pansy. La
jovencita tenía la mirada baja, clavada en sus manos, y éstas apoyadas en el
regazo; pero, al fin, la levantó y la fijó en la de Isabel. Los ojos de ambas
brillaron al mismo tiempo cual encendidos por un mismo secreto pensamiento, un
poco melancólicamente, y en los de la hijastra fulgió como un tímido destello
de pasión que le llegó a la otra al alma. En aquel instante, Isabel sintió como
si una gran oleada de envidia la invadiera, al comparar el tembloroso anhelo de
amor de la linda jovencita con su propia y triste desesperanza. Y dijo
cariñosamente:
- Pobrecita Pansy.
- Oh, no se aflija usted -respondió Pansy como si
tuviese que pedir disculpas.
Se produjo un largo silencio mientras esperaban a la
condesa. Al fin, Isabel creyó oportuno preguntar: -¿Se lo enseñaste todo a tu
tía? ¿Le ha gustado?
- Sí, se lo enseñé todo, y creo que ha quedado muy
contenta.
- Supongo que no estarás cansada.
- No, nada de eso; muchas gracias.
Como la condesa tardaba en volver, Isabel pidió al
lacayo que entrara en el Coliseo y le dijera que la estaban esperando en el
coche. El lacayo volvió poco después con el anuncio de que la signora contessa
rogaba que no la esperasen…, que volvería a casa en un coche de alquiler.
Poco más o menos una semana después de tal
entrevista, cuando la condesa estaba ya por completo de parte del señor Rosier,
al ir una tarde Isabel a su habitación a vestirse para la cena se encontró a
Pansy allí, sentada y esperando. En cuanto la vio entrar, la muchacha se
levantó de la silla que ocupaba y dijo en voz queda:
- Perdone que me haya tomado esta libertad. Será la
última… por algún tiempo.
Su voz sonaba extraña y en sus ojos, muy abiertos, se
reflejaba un gran temor. -¿Es que quieres marcharte? -preguntó Isabel.
- Vuelvo al convento. -¿Al convento?
Pansy se acercó más a ella, le echó los brazos al
cuello y apoyó su cabeza en el hombro de Isabel. Así permaneció un momento en
silencio, pero su compañera sentía el temblor que la agitaba. La vibración de
aquel pequeño cuerpo expresaba todo lo que ella no podía decir. Isabel la
estrechó afectuosamente y preguntó de nuevo: -¿Por qué vuelves al convento?
- Porque papá cree que es lo mejor. Dice que es
conveniente que las muchachas pasen de vez en cuando una temporada en el
retiro, que el mundo es siempre el mundo y mal lugar para una joven. Ésta es
una pequeña oportunidad para una temporadita de reclusión… y de reflexión.
-Pansy dijo lo anterior con frases breves, entrecortadas, como si ella misma no
quisiera darle crédito, y luego añadió como si conservara un admirable dominio
de sí misma-: Creo que papá tiene razón. He vivido demasiado en el mundo todo
este invierno.
A Isabel le produjo un efecto verdaderamente extraño
aquel anuncio de la joven, que parecía perseguir un fin mucho más importante de
lo que la propia Pansy pensaba. -¿Cuándo se ha decidido tal cosa? -preguntó-.
No he oído comentar nada al respecto.
- Hace una hora que papá me lo ha dicho. Él creía que
era mejor no hablar mucho de esto por anticipado. Madame Catherine vendrá a
buscarme a las siete y cuarto, y no llevaré conmigo más que dos vestidos. Es
solamente por unas semanas, y tengo la seguridad de que será para bien. Volveré
a ver a las hermanitas, que se han portado siempre muy bien conmigo, y a las
nueve niñas que están educando ahora. Las niñas pequeñas me gustan mucho -dijo
Pansy con un efecto de grandeza diminuta-. También quiero mucho a madame
Catherine. Así estaré bien tranquila y podré reflexionar a mis anchas.
Isabel la escuchaba conteniendo el aliento, pues
estaba verdaderamente espantada.
- Piensa alguna vez en mí. -¡Ah, venga a verme
pronto! -exclamó Pansy en un tono muy distinto del de las heróicas
observaciones que había hecho un momento antes.
Isabel no pudo decir nada más, ya que nada comprendía
de todo aquello. Lo único que se le ocurrió fue lo poco que conocía aún a su
marido. Y por toda respuesta dio a su hijastra un largo y cariñoso beso.
Media hora después se enteró por su doncella de que
madame Catherine había llegado en un coche de alquiler y se había marchado en
el acto con la señorita. Al ir al salón antes de la cena encontró sola a la
condesa Gemini, quien comentó el incidente exclamando, con un enérgico
movimiento de cabeza:
- Et voilá, ma chére, une pose!
Sin embargo, si todo ello era simple afectación, no
llegaba a comprender qué pretendía fingir su marido. Lo único que pareció
vislumbrar era que estaba mucho más apegado a las tradiciones de lo que ella
suponía.
Isabel se había acostumbrado a ser tan cautelosa en
todo cuanto tenía que decirle que, por extraño que pueda parecer, permaneció
varios minutos dudando, sin aludir a la marcha imprevista de su hijastra. No se
decidió a hacerlo hasta que se sentaron a la mesa. Pero se había impuesto a sí
misma el deber de no preguntarle nada a Osmond, de manera que se limitó a hacer
una declaración que sonara natural.
- Voy a echar mucho de menos a Pansy -dijo.
Se puso él a mirar con la cabeza un poco inclinada el
centro de flores que había en la mesa y, al fin, declaró:
- Ah, sí, ya he pensado en eso. Por lo pronto, debes
ir a verla, aunque no con demasiada frecuencia. Me atrevería a decir que te
preguntas por qué la mando de nuevo con las monjitas, pero temo no poder
hacértelo comprender. No tiene importancia, no te preocupes de ello. Por esa
razón no he querido hablar del asunto. Creí que no compartirías mi modo de ver.
Pero yo he tenido siempre esa idea, he creído siempre que forma parte de la
educación de una hija, que debe ser siempre fresca y alegre, inocente y amable.
Y con los modales al uso hoy en día corre el peligro de arrugarse y ensuciarse.
De vez en cuando conviene apartarla un poco de esa bulliciosa y avasalladora
plebe que se llama a sí misma sociedad. En cambio, los conventos son muy
tranquilos, convenientes y saludables. Me agrada pensar en ella allí, en el
viejo jardín o bajo las altas arcadas del claustro, en medio del virtuosas y
tranquilas mujeres, muchas de las cuales son de muy buena familia e incluso
algunas nobles. Allí podrá tener sus propios libros, su dibujo, su piano. Ya lo
he arreglado todo de la manera más conveniente y agradable para ella. Desde
luego, no habrá nada ascético, tan sólo una mínima sensación de reclusión. Así
tendrá tiempo para pensar, y yo quiero que se dedique a pensar en algo.
Osmond hablaba pausadamente, razonando bien, con la
cabeza todavía un poco ladeada, como si estuviese contemplando el centro de
flores. Su tono, sin embargo, era el de quien más que explicar algo, lo
describe con palabras, casi con imágenes, para ver qué tal queda. De manera que
contempló el cuadro que acababa de trazar y pareció muy complacido del mismo,
por lo que prosiguió diciendo:
- Los católicos son gente muy sensata, desde luego.
El convento es, en verdad, una magnífica institución, de la que no es posible
prescindir y que corresponde en la sociedad a una necesidad esencial de las
familias. Es una escuela sin par de buena educación y de reposo. -Calló un
segundo y luego añadió-: Por supuesto, nada más lejos de mí que el pretender
apartar a mi hija del mundo, ni que fije sus miradas en el otro. Éste está
perfecta- mente bien, y ella se quedará en él y podrá pensar en él cuanto le plazca;
sólo que de recta manera.
Isabel escuchó con gran atención aquel breve
bosquejo. Lo encontró en extremo interesante y pareció mostrarle hasta la
saciedad hasta qué extremos era capaz de llegar su marido para prestar mayor
eficacia a sus deseos…, hasta el extremo de ensayar combinaciones teóricas en
el delicado organismo de su hija. Ella no llegaba a comprender completamente su
propósito, pero, de todas formas, lo comprendió mejor de lo que él suponía o
deseaba, toda vez que se dio perfecta cuenta de que todo aquello no era sino una
complicada mistificación preparada ex profeso para impresionarla, y destinada
exclu- sivamente a herir su imaginación. Con lo que había hecho pretendía
realizar algo imprevisto y arbitrario, insospechado y de sutil refinamiento,
sentando claramente la diferencia entre las simpatías de él y las de ella,
mostrando que, si consideraba a su hija como una verdadera obra de arte, era
harto natural que pusiera cada vez más cuidado en los últimos toques. Si lo que
se proponía era producir efecto, ciertamente lo había logrado, pues consiguió
provocar un helado escalofrío en el corazón de Isabel. Pansy había estado en el
convento desde sus años de infancia y encontró en él un hogar agradable; quería
mucho a las hermanitas, que le pagaban con la misma moneda, y por el momento no
había sospecha alguna de que se intentase tratarla con dureza. Pero lo cierto
era que la muchacha estaba asustada, y la impresión que su padre quería
producirle parecía bastante severa. Por otra parte, en la imaginación de Isabel
seguían viviendo las tradiciones protestantes y, como sus pensamientos no
podían por menos de concentrarse entonces en aquel ejemplo sin igual del modo
de ser de su marido -también estaba ella sentada con los ojos fijos en el
centro de flores-, la infeliz Pansy se le antojaba poco menos que una heroína
de tragedia. Osmond quiso dejar bien sentado que él no se arredraba ante nada,
e Isabel no logró tragar bocado. De suerte que sintió un verdadero alivio al
oír la voz chillona de su cuñada. Por lo visto, la condesa había estado también
pensando mientras su hermano hablaba, pero la conclusión a que había llegado
era harto distinta de la de Isabel. Así, se arriesgó a decir:
- Mi querido Osmond, es completamente absurdo querer
inventar tantas y tan bellas razones para desterrar a la pobre Pansy. ¿Por qué
no dices de una vez por todas que lo que quieres es alejarla de mí? ¿Acaso no
has descubierto que tengo al señor Rosier en el mejor concepto? Pues no hay por
qué ocultarlo; me parece un joven simpatiquísimo, que ha llegado a hacerme
creer en el amor, cosa en la que nunca hasta ahora había creído. Es indudable
que, con tales ideas, has llegado a la conclusión de que soy una temible
compañía para Pansy.
Osmond tomó un sorbo de vino y pareció ponerse de
buen humor. Luego contestó sonriente, como si fuera a decir una galantería:
- Mi querida Amy, yo no sé nada acerca de tus ideas,
pero, si sospechase que chocan con las mías, sería infinitamente más sencillo
desterrarte a ti.
51
La condesa no fue desterrada, pero ya no se sintió
segura de la continuidad hospitalaria de su hermano. Una semana después de
aquel acontecimiento Isabel recibió un telegrama de Inglaterra, fechado en
Gardencourt y con el sello inconfundible de la señora Touchett. Rezaba así:
«Ralph no durará ya muchos días, y si posible querría verte. Me encarga te diga
vengas si no tienes otros compromisos. Por mi parte añado acostumbrabas hablar
mucho de tus deberes y preguntarte cuáles eran; siento curiosidad por ver qué
averiguaste al respecto. Ralph está realmente muriéndose y carece otra
compañía». Isabel estaba de antemano preparada para tal noticia por haber
recibido ya de Henrietta Stackpole una relación detallada de su viaje a
Inglaterra con su agradecido paciente. A decir verdad, Ralph había llegado más
muerto que vivo, pero ella se las compuso para llevarle hasta Gardencourt. En
cuanto llegaron, él se metió en la cama, de la que probablemente no volvería a
levantarse. Su amiga le había escrito que, en realidad, tenía que cuidar a dos
enfermos, pues el señor Goodwood, que no había sido de ninguna utilidad, estaba
en cierto modo, aunque de distinta forma, casi tan enfermo como el señor
Touchett. En otra carta escribió que había tenido, como quien dice, que entregar
la plaza a la señora Touchett, que acababa de llegar de América y le había dado
a entender en el acto que no quería nada de entrevistas periodísticas en
Gardencourt. Pocos días después de la llegada de Ralph a Roma, Isabel había
escrito a su tía participándole el estado de salud verdaderamente crítico de
Ralph y sugiriéndole que se diera prisa en volver a Europa. La señora Touchett
había telegrafiado agradeciendo tal precaución, y la única noticia de ella que
Isabel había recibido desde entonces fue el telegrama que acabamos de
mencionar.
Isabel permaneció un rato inmóvil, con el telegrama
en la mano, contemplándolo. Luego se lo metió en el bolsillo y se fue derecha
al despacho de su marido. Se detuvo un instante ante la puerta, se decidió a
abrirla y entró. Osmond estaba sentado ante la mesa, cerca de la ventana,
contemplando un gran volumen infolio apoyado en un montón de libros.
El volumen estaba abierto por una página de pequeñas
láminas coloreadas, e Isabel observó que estaba copiando de la misma el dibujo
de una medalla antigua. Cerca de él tenía una caja de acuarelas y unos pinceles
finísimos, con los que acababa de reproducir en una hoja de impoluto papel
blanco el círculo tan delicadamente pintado. Estaba de espaldas a la puerta,
pero reconoció en el acto a su mujer sin necesidad de volverse.
- Perdona que te moleste -dijo ella.
- Cuando yo voy a tu habitación, llamo siempre antes
de entrar -contestó él sin dejar su trabajo.
- Lo olvidé porque tenía algo más importante en que
pensar. Mi primo se está muriendo.
- No lo creo -contestó Osmond mientras contemplaba el
dibujo a través de una lente de aumento-. Cuando nos casamos también se estaba
muriendo. Ése nos enterrará a todos.
Isabel no se tomó el tiempo preciso para pensar y
apreciar el cauto cinismo de semejante declaración y se limitó a continuar
apresuradamente, guiada de su sana intención:
- Mi tía me ha telegrafiado. Tengo que ir a
Gardencourt. -¿Para qué precisas ir a Gardencourt? -preguntó él en tono
imparcial curiosidad.
- Para ver a Ralph antes de que muera.
Osmond estuvo un momento sin replicar y continuó
dedicado con toda atención a su trabajo, que era de los que no se podía dejar
una vez empezados.
- No veo la necesidad de ese viaje -dijo al fin-. El
vino a verte aquí, cosa que no me agradó y que me pareció un gran error; pero
lo toleré porque era la última vez que debías verle. Y ahora resulta que no
tenía que ser la última. No eres agradecida. -¿A qué tengo que estar
agradecida?
Gilbert Osmond dejó a un lado sus útiles de trabajo,
sopló una de mota de polvo de su dibujo, se levantó lentamente y miró por
primera vez a su mujer.
- A que yo no me metiera en nada mientras estaba él
aquí.
- Cierto, lo estoy. Recuerdo perfectamente que me
hiciste comprender bien claro que eso no te gustaba. Por eso me alegré tanto
cuando, al fin, se marchó.
- Entonces, déjale solo. No corras tras él.
Isabel apartó sus ojos de él y los fijó en el pequeño
dibujo.
- Debo ir a Inglaterra -dijo con plena conciencia de
que su tono no podía por menos de chocar a un hombre fácilmente irascible, de
tan buen gusto como neciamente obstinado.
- Te advierto que no me agradaría que lo hicieras
-observó Osmond. -¿Y eso qué más da? Si no voy, tampoco te gustará. No te gusta
nada de lo que hago o dejo de hacer. Además, crees que estoy mintiendo.
Osmond se puso algo pálido y sonrió fríamente. -¿De
modo que quieres ir para eso? No para ver a tu primo, sino para vengarte de mí.
- No sé absolutamente nada acerca de la venganza.
- Pues yo sí -contestó Osmond-. ¡Y te aconsejo que no
me des ocasión para ella!
- Por lo visto, ardes en deseos de encontrarla. Lo
que quisieras con toda el alma es que yo cometiese alguna locura.
- En tal caso, tendría que agradecer que me
desobedecieras. -¿Qué te desobedeciera? -repuso Isabel en un tono quedo que
produjo el efecto de la mansedumbre.
- Hablemos claro. Si te vas hoy a Roma, ello
constituirá un acto de oposición perfectamente meditado y calculado. -¿Cómo
puedes llamarlo calculado si no hace más de tres minutos que acabo de recibir
el telegrama?
- Tú calculas rápidamente. Es admirable la facilidad
que tienes para hacerlo. Además, no veo la necesidad de que continuemos esta
discusión. Ya conoces mí voluntad.
Osmond se quedó inmóvil como si esperase que ella se
retirara de la habitación. Pero Isabel no se movió. Por extraño que parezca, lo
cierto es que no podía siquiera moverse porque sentía la necesidad de
justificarse. Poseía él el extraordinario poder de hacerle sentir tal
necesidad. En la imaginación de Isabel había siempre algo a lo que él podía
apelar en contra del juicio de ella misma.
- No tienes razón alguna para que tu voluntad sea
ésa; en cambio, yo tengo sobradas razones para ir. Me es imposible decirte lo
injusto que a mis ojos apareces, aunque me imagino que ya lo sabes. Lo que es
completamente calculado y malintencionado es tu oposición.
Nunca hasta entonces se había arriesgado a expresar
aquel pensamiento tan denigrante en presencia de su esposo, e indudablemente a
él debió de producirle, al escucharlo, una sensación completamente nueva. Sin
embargo, no manifestó la menor sorpresa, y aquella frialdad constituía una
prueba evidente de su firme creencia de que su mujer no resistiría
perpetuamente a su ingenioso empeño de hacerla hablar.
- De modo que, por lo visto, las cosas van de mal en
peor -dijo. Y añadió, como dándole un consejo de amigo-: Te advierto que esto
es una cuestión muy importante.
En efecto, ella reconocía que lo era, tenía perfecta
conciencia de la solemnidad de la ocasión y sabía que estaban ya al borde de la
crisis. La gravedad de ésta le hizo andarse con pies de plomo. Así pues, no
dijo una palabra, y él prosiguió: -¿Dices que no tengo ninguna razón? Pues
tengo la mejor de todas. Me desagrada profundamente, hasta lo más profundo de
mi alma, lo que pretendes hacer. Es deshonroso, falto de delicadeza,
indecoroso. Tu primo no es absolutamente nada mío y no estoy en el deber de hacerle
concesiones de ninguna especie. Ya le hice la más extraordinaria que estaba en
mi mano hacer. Tus relaciones con él, mientras permaneció aquí, me tuvieron
constan- temente sobre ascuas, pero hube de pasarlas por alto porque esperaba
semana tras semana que se fuera de una vez para siempre. Nunca he podido
tragarle, ni él a mí tampoco. Por eso le quieres tú…, ¡porque me aborrece!
-exclamó Osmond con un intenso y perceptible temblor en la voz-. Yo tengo una
idea perfecta de lo que mi mujer debe hacer y de lo que no debe hacer. Ella no
debería viajar sola a través de toda Europa, en contra de mi ferviente deseo y
al lado de otros hombres. Tu primo no es nada para ti, no significa nada para
nosotros. Ya veo que sonríes con exquisita expresión cuando hablo de
«nosotros», pero «nosotros», señora Osmond, «nosotros» lo es todo para mí. Yo
me tomo muy en serio nuestra unión, aunque, por lo visto, tú has encontrado el
medio de tomártela de otra manera_ Yo no puedo concebir que nos divorciemos ni
que nos separemos; para mí estamos eterna e indisolublemente unidos. Tú estás
más próxima a mí que ninguna otra criatura humana, y yo más próximo a ti. Puede
que te resulte una proximidad desagradable, pero, aun así, lo ha sido por
nuestra propia y libre voluntad. Ya sé que no te gusta que te lo recuerden,
pero yo quiero recordártelo porque…, porque… -Se detuvo un segundo como sí
considerase de la máxima importancia lo que iba a decir-. Porque creo que
debemos aceptar las consecuencias de nuestros propios actos y lo que para mí
tiene más valor en la vida es el honor empeñado en algo.
Había dicho lo anterior con acento grave y hasta
cierto punto amable, sin que asomase para nada el sarcasmo en sus palabras. Su
gravedad desvaneció la presta emoción de su esposa, y aquella resolución con la
que ésta se había arriesgado a traspasar el umbral de la puerta pareció quedar
envuelta en una malla de apretados hilos. Sus últimas palabras no contenían un
mandato, eran una especie de apelación, y, aunque ella sintiese que todas las
expresiones de respeto de su marido no eran síno expresiones de un insuperable
egoísmo, representaban sin duda algo trascendental y absoluto, comparable al
signo de la cruz o el emblema de la patria. Había hablado en nombre de algo
verdaderamente precioso y sagrado, que era la observancia de una forma
engrandecedora. Sentimentalmente estaban tan distantes el uno del otro como
jamás lo estuvieran dos amantes desilusionados, pero nunca habían llegado a
estarlo de hecho.
Isabel no había cambiado en su manera de pensar. Su
antiguo anhelo de justicia seguía viviendo férvidamente en el interior de su
alma; y sin embargo, en su clara visión de la blasfema adulteración de su
marido, parecía acompasarse a un sonido que tendía a darle a él la victoria. Se
le antojó que aquel deseo de Osmond de salvar las apariencias era totalmente
sincero y que, después de todo, había en él un verdadero mérito. No hacía ni
diez minutos se sentía presa de la alegría de la acción irreflexiva, alegría
que nunca antes se había apoderado de ella; pero tal acción había ido
convirtiéndose paulatinamente en una suave renuncia ocasionada por el contacto
del fuego de Osmond. De todas formas, sí se veía impelida a renunciar, le haría
ver que era una víctima y no una incauta. Así, le dijo:
- Sé que eres un maestro consumado en el arte del
sarcasmo. ¿Cómo puedes hablar de unión indisoluble ni decir que estás contento?
¿En qué reside nuestra unión sí me estás acusando de falsía? ¿Dónde está tu
contento sí sólo abrigas en tu corazón las sospechas más odiosas?
- En nuestra decorosa manera de vivir juntos, a pesar
de esos inconvenientes. -¡Nosotros no vivimos juntos decorosamente! -exclamó
Isabel.
- Sí te vas a Inglaterra, desde luego que no.
- Eso es muy poca cosa, no es nada. Puedo hacer mucho
más. Alzó él las cejas e incluso un poco los hombros, pues había vivido ya más
que sobradamente en Italia para hacer caso de tales naderías.
- Sí pretendes amenazarme -dijo-, prefiero volver a
mí dibujo.
Acto seguido se dirigió hacía su mesa, de la cual
tomó la hoja de fino papel con la que estaba trabajando y se puso a examinarla
atentamente.
- Supongo que ya te imaginarás que, si me voy, es
para no volver nunca más -declaró Isabel.
El se volvió rápidamente y ella se dio perfecta
cuenta de que tal movimiento, cuando menos, no era premeditado. La miró
despacio un momento y luego preguntó:
- Pero ¿estás en tu sano juicio? -¿Qué otra cosa
podría ser sino una ruptura, sobre todo si es cierto cuanto dices?
No le cabía a ella en la cabeza que pudiese ser algo
distinto y deseaba sinceramente saber si había posibilidad de que fuese otra
cosa.
- No puedo, en verdad, discutir contigo sobre la base
de que pretendes desafiarme -dijo Osmond tras sentarse ante su mesa y tomar uno
de los delicados y pequeños pinceles.
Isabel permaneció ex profeso un instante más en la
habitación, el tiempo suficiente para observar su rostro, en realidad sumamente
expresivo a pesar de que deliberadamente afectaba un aire de indiferencia.
Inmediatamente después salió del despacho de su marido. De pronto se dio cuenta
de que sus facultades, su apasionamiento y su energía la abandonaban, y se
sintió como envuelta en una niebla densa, oscura y fría. Poseía Osmond un arte
extraordinario para sonsacar a toda persona débil. Al dirigirse a su habitación,
Isabel se encontró con la condesa Gemini en la puerta de un saloncito de paso,
donde habían dispuesto una interesante colección de libros de diversa índole.
La condesa tenía abierto entre las manos uno de aquellos libros, al parecer
interesada en algo contenido en una de sus páginas.
Al oír los pasos de Isabel, que se aproximaba,
levantó la cabeza y dijo:
- Querida, usted que es tan versada en cosas
literarias, dígame qué libro entretenido hay aquí que yo pueda leer. Todo lo
que he visto es de una tristeza tremenda… ¿Le parece que éste me distraería un
poco?
Isabel echó una mirada al librito que la otra elevaba
hacia ella, pero ni leyó ni comprendió nada de él.
- Temo no poder aconsejarla -contestó-. He recibido
noticias muy malas. Mi primo Ralph Touchett se está muriendo.
La condesa dejó de lado el libro y exclamó: -¡Ah, qué
pena! Era tan simpático. Lo siento de veras por él.
- Más lo sentiría si supiera… -¿Si supiera qué? Tiene
usted muy mala cara -añadió-. Seguro que viene de hablar con Osmond.
Apenas media hora antes, sin duda Isabel habría
acogido con suma frialdad la menor insinuación que le hubiesen hecho
atribuyéndole el deseo de contar con la simpatía de su cuñada, y no puede haber
mejor prueba del desorden de su espíritu que el hecho de verla asiéndose a la
inconsistente atención de mujer tan versátil como aquélla. Así respondió a la
condesa, que la contemplaba inquieta con los ojos como ascuas:
- Sí, he estado hablando con Osmond.
- Tengo la seguridad de que se ha portado odiosamente
-exclamó la otra-. ¿No le habrá dicho, por casualidad, que se alegra de que el
pobre señor Touchett esté muriéndose?
- Lo que ha dicho es que es imposible que yo vaya a
Inglaterra.
Cuando algo afectaba a los intereses de la condesa,
su mente trabajaba con insospechable agilidad, de suerte que en el acto
vislumbró la desaparición de todo atractivo durante el resto de su estancia en
Roma. El pobre Ralph Touchett iba a morir, Isabel se pondría de luto, y adiós a
las cenas alegres. Semejante porvenir dibujó en su rostro una triste mueca
expresiva, pero aquella rápida y pintoresca comedia de su actitud fue la única
licencia que le permitió a su decepción. De todos modos, pensó, la diversión
tocaba definitivamente a su fin; ya había prolongado su estancia más de lo
convenido en la invitación. Además, se interesó por la contrariedad de Isabel
lo bastante para olvidar la propia, y comprendió que la de su cuñada era de las
verdaderamente profundas. Por lo pronto, parecía más honda que la causada por
el mero fallecimiento de un primo, y a la condesa le resultó muy fácil
relacionar la actitud de su insoportable hermano con la expresión que brillaba
en los ojos de su cuñada.
Y el corazón empezó a latirle con una esperanza casi
fausta, pues si, como ella deseaba, Osmond quedaba sometido, las condiciones se
tornarían mucho más favorables. Desde luego, ni que decir tiene que, si su
cuñada partía para Inglaterra, ella abandonaría en el acto el Palazzo
Roccanera, donde por nada del mundo se quedaría sola con su hermano. Sin
embargo, experimentaba un deseo acuciante de oírle decir a Isabel que iría a
Inglaterra.
- Nada hay imposible para usted, querida -dijo en
tono cariñoso-. ¿De qué le serviría entonces el ser, como es, rica, inteligente
y buena?
- Eso mismo digo yo, ¿de qué? El caso es que me
siento estúpidamente débil.
- Pero ¿por qué dice Osmond que es imposible?
-preguntó la condesa en un tono que dejaba bien a las claras que no alcanzaba a
imaginar el motivo.
Sin embargo, al darse cuenta de que su cuñada
comenzaba a inquirir la verdad, Isabel retrocedió. Retiró su mano de la mano de
la condesa, quien se la había tomado afectuosamente, y contestó con amarga
franqueza:
- Porque somos tan felices juntos que, por lo visto,
no podemos separarnos por un par de semanas. -¡Ah! -exclamó la condesa al
tiempo que Isabel se marchaba-. Cuando yo quiero irme de viaje, lo único que mi
marido me dice es que no tendré dinero para hacerlo.
Isabel se fue a su habitación y estuvo allí paseando
arriba y abajo durante una hora. Algunos lectores pensarán que se preocupaba en
exceso por aquel contratiempo, e indudablemente, para una mujer de espíritu tan
elevado como el suyo, era aquél un motivo demasiado parco para detenerla en su
camino. Le parecía que hasta entonces no se había dado cuenta de lo que en
realidad significaba el matrimonio. Significaba que, en casos apurados como el
suyo, cuando a una le tocaba decidirse, tenía que hacerlo en favor del interés
del marido. Así, se detenía una y otra vez en sus cortos paseos por la
habitación para decirse:
«Tengo miedo…, sí, tengo miedo». Pero, en realidad,
de lo que ella tenía miedo no era de su marido…, de su resquemor, de su
disgusto, de su venganza; ni tampoco lo sentía del propio juicio sobre su
conducta, cosa que más de una vez la había detenido; era simplemente la
violencia que tendría que emplear para marcharse contra la voluntad de Osmond,
cuando éste quería que se quedara. Conocía perfectamente la exquisita fineza
con que él era capaz de acoger cualquier objeción. Sabía lo que de ella
pensaba, había sentido ya de lo que era capaz; sin embargo, estaban casados, y
el matrimonio implicaba que la mujer debía permanecer adherida al hombre de
cuyo brazo había ido ante el altar, ante el cual había proferido votos
tremendamente comprometedores. Y se dejó caer en el sofá, hundiendo la cabeza
en un montón de cojines.
Cuando la levantó vio a la condesa Gemini, que estaba
de pie ante ella contemplándola. Había entrado sin hacerse oír; en sus labios,
se dibujaba una extraña sonrisa y toda su cara había sufrido una gran
transformación en el curso de una hora, apareciendo en aquel instante
alegremente iluminada. Era una mujer de quien bien podía decirse que vivía
asomada a la ventana de su alma, pero en aquel momento tenía todo el cuerpo
fuera.
- He llamado pero como no me contestaba me he
atrevido a entrar. La he estado contemplando durante cinco minutos y comprendo
que es usted muy desgraciada.
- Lo soy, pero no creo que usted pueda proporcionarme
ningún consuelo. -¿Me permite que lo intente? -Y la condesa se sentó en el sofá
al lado de ella, continuó sonriendo, y pareció como si en su expresión se
trasluciese algo comunicativo y regocijante. Tenía, al parecer, no poco que
decir, y a Isabel se le antojó que tal vez su cuñada fuese capaz de expresar
por vez primera algo verdaderamente humano. La condesa jugaba con sus ojos
maliciosos, en los que había una fascinación tan cierta como desagradable-. En
fin de cuentas -prosiguió-, para empezar, debo decirle que no comprendo en
absoluto su manera de pensar, porque parece como si tuviera infinitos
escrúpulos, innumerables razones, incontables lazos que la atasen. Hace diez
años, cuando descubrí que el empeño mayor de mi marido consistía en hacerme
desgraciada…, últimamente se contenta con dejarme en paz…, su actitud resultó
ser una admirable simplificación para mí. Y usted no es lo bastante simple para
ciertas cosas, mi pobre Isabel.
- Cierto, no soy lo bastante simple -contestó ella.
- Quiero que sepa usted algo, porque considero
necesario que lo sepa. Tal vez ya lo sabe o lo ha adivinado. En caso de que así
sea, le confieso que entiendo mucho menos todavía por qué no hace lo que mejor
le parezca. -¿Qué quiere usted que sepa? -preguntó Isabel, cuyo corazón se puso
a latir con mayor violencia al presentir algo de lo que iba a escuchar.
La condesa estaba a punto de justificarse, lo cual ya
era de por sí algo verdaderamente sin igual. Pero antes parecía dispuesta a
divertirse un poco con el asunto.
- En su lugar, hace siglos que yo lo habría
adivinado. ¿De verdad no ha sospechado usted nunca nada?
- No he adivinado nada. ¿Qué es lo que debía haber
sospechado? No comprendo lo que quiere decir.
- Eso se debe a que tiene usted un espíritu
incomprensiblemente puro -exclamó la condesa, y añadió-: Confieso que no he
conocido jamás una mujer con un alma tan pura como la suya.
Isabel se levantó poco a poco y dijo casi temblando:
- Usted va a decirme algo verdaderamente terrible.
- Llámelo como mejor le parezca -replicó la condesa
levantándose también, al tiempo que su innata perversidad se hacía más
palpitante y espantosa. Pareció reconcentrarse un instante como en una mirada
de fiereza de intención, que a Isabel le pareció de una extraordinaria fealdad,
y luego declaró-: Mi primera cuñada no tuvo hijos.
Isabel se quedó atónita mirándola, pues el anuncio
resultaba una convulsión total para ella. -¿Su primera cuñada? -preguntó.
- Debo, cuando menos, suponer que usted sabe que
Osmond ha estado ya casado antes.
Si no le he hablado nunca de la anterior mujer de
Osmond es porque no me parecía respetuoso ni decoroso. Pero otros, menos
considerados que yo, tal vez lo hayan hecho. La pobre mujer vivió tres años
casada con él y murió sin tener hijos. Después de su muerte fue cuando Pansy
vino al mundo.
Isabel frunció el entrecejo y sus labios se
entreabrieron con una vaga y pálida expresión. Trataba de seguir lo que su
cuñada decía, y pensaba que tendría que seguir mucho más de lo que podía ver.
- Entonces, ¿Pansy no es hija de mi marido?
- Lo es…, ¡y cabalmente! No es del marido de otra
mujer, sino de la mujer de otro marido. Mi buena Isabel, ¡a usted hay que
decírselo todo con pelos y señales, explicárselo de pe a pa! -exclamó la
condesa.
- Pues sigo sin comprender. ¿De la mujer de quién?
-preguntó Isabel.
- De la esposa de un horrible e insignificante suizo
que murió…, ¿cuánto hace?…, acaso doce, no, más de quince años. Ni reconoció a
Pansy ni quiso saber nada de ella; de hecho, no había razón alguna para que lo
hiciera. En cambio, lo hizo Osmond, lo cual fue mucho mejor, aunque luego tuvo
que armar un lío de todos los demonios contando que su mujer murió de parto y
que él, resentido con la niña por ser la causante de la muerte de su madre, la
mantuvo los primeros años alejada, en casa de una nodriza, hasta que se decidió
a acogerla en la suya. Lo cierto era que su esposa había muerto por causa bien
distinta y en sitio bien distante. Su muerte tuvo lugar en tina montaña del
Piamonte, adonde habían ido un verano en el mes de agosto porque, al parecer,
ella necesitaba aquel clima de altura y donde sucedió precisamente todo lo
contrario; que, de repente, empeoró y cayó fatalmente enferma. Así pudo pasar
la historia y se cubrieron las apariencias, toda vez que nadie oyó hablar del
asunto y a nadie le preocupó ponerse a averiguar la verdad. Pero yo me enteré…,
sin hacer averiguación de ninguna especie, desde luego…, y, como puede usted
fácilmente imaginarse, sin que mediara una sola palabra sobre ello entre
nosotros… es decir, entre Osmond y yo. ¿Se lo imagina usted mirándome en
silencio, a su manera, tratando de aclararlo…, mejor dicho, de contenerme si yo
decía algo? Pero yo no dije jamás una sola palabra a ninguna otra persona,
puede creerlo, se lo juro. Le doy mi palabra de honor que hablo de este asunto
por vez primera después de tanto tiempo como ha pasado. Ya tenía yo bastante,
al principio, con que la niña fuera sobrina mía…, desde el momento en que era
hija de mi hermano. Y por lo que respecta a la verdadera madre…
La prodigiosa tía de Pansy se calló de repente, como
involuntariamente inducida a ello por la impresión causada en su cuñada, desde
cuyo rostro se diría que la miraban más ojos de los que nunca tuviera que
soportar.
Si bien no había pronunciado nombre alguno, Isabel
apenas pudo reprimir en sus propios labios un eco de lo impronunciado. Y se
dejó caer de nuevo en el sofá con la cabeza entre las manos. -¿Por qué me lo ha
dicho? -preguntó con una voz que a la condesa le costó reconocer.
- Porque ya estaba harta de ver que usted no lo
sabía. Francamente, hija mía, me sentía molesta por no habérselo dicho, ¡como
si durante todo este tiempo no pudiera haberlo hecho!
La verdad, ¡a me dépasse. Si no le importa que se lo
diga, es inconcebible que no haya lo- grado adivinarlo en cuanto la rodea. Yo
no he sido nunca hábil para prestar ayuda a la ignorancia inocente, y, en este
caso, confieso que la necesidad de permanecer callada en beneficio de mí
hermano constituye una virtud que me ha sido del todo imposible seguir
practicando por más tiempo. Por lo demás, lo que le he contado no es una baja
mentira - añadió de inimitable manera la condesa-. Los hechos son tal y como
acabo de exponerlos.
- No tenía la menor idea de ello -dijo Isabel, y
levantó los ojos hacia ella mirándola de un modo totalmente acorde con la
candidez de aquella confesión.
- Eso me parecía a mí…, por difícil que resultase
creerlo. ¿No se le ocurrió jamás pensar que él había sido durante unos años su
amante?
- No sé qué decir. Indudablemente se me han ocurrido
varias cosas…, y acaso era eso lo que todas ellas significaban.
- Ella ha sido verdaderamente inteligente y magnífica
en lo relativo a Pansy -exclamó la condesa, como considerándolo a distancia.
- No -insistió Isabel-, ninguna idea tomó en mí tal
forma definida. -Parecía como si tratase de dilucidar por sí misma lo que había
ocurrido y lo que no-. Pero, aun así-, no lo comprendo.
Hablaba como sorprendida y desconcertada, si bien la
pobre condesa parecía considerar que su revelación no había producido, ni mucho
menos, el efecto que ella es- peraba. Se imaginaba que iba a prender una
llamarada y apenas sí brotaba una insignificante chispa de fuego. Isabel se
mostraba mucho menos impresionada de lo que, sintiendo como era una joven de
reconocida imaginación, pudiera haberlo estado ante un hecho siniestro
cualquiera de la vida corriente. -¿Entiende por qué la criatura no podía pasar
como hija de su marido…, es decir, de monsieur Merle? Llevaban separados
demasiado tiempo, y él se había marchado a un país lejano, creo que a
Sudamérica. Si ella tuvo alguna vez hijos…, cosa de la que no estoy segura…,
los perdió. Tales condiciones hicieron comprensible que bajo la fuerza de la
realidad, es decir, en un aprieto de tal dificultad, Osmond se decidiera a
adoptar a la niña. Su mujer había muerto ya, eso es cierto; pero no lo es menos
que hacía tanto tiempo de su muerte como para que no pudiesen relacionarse
fechas ni surgir suspicacias al respecto, que era de lo que había que tener
cuidado. ¿Qué cosa más natural que la infeliz señora Osmond, a una distancia
considerable y para un mundo que no se preocupaba de tales menudencias, hubiera
dejado tras de sí la prueba viva de aquella felicidad que le había costado la
vida? Con la complicidad de un cambio de residencia, porque Osmond había vivido
con ella en Nápoles en la época del viaje a los Alpes y luego abandonó
definitivamente esa ciudad, podía componerse admirablemente toda la historia.
Desde su sepultura, mi pobre, cuñada no lo- graría enmendar el entuerto, y
mientras tanto la verdadera madre, para salvar su reputación, renunció a toda
propiedad visible sobre la niña. -¡Ah, pobre mujer! -exclamó Isabel rompiendo a
llorar. Hacía mucho tiempo que no vertía lágrimas, por haber experimentado una
gran reacción contra la facilidad del llanto. Pero en aquel instante fluyeron
con tal abundancia que la condesa Gemini no vio en ello sino otra contrariedad.
- Es muy amable de su parte el compadecerla…
-comentó, riendo sin que viniera a cuento-. Verdaderamente, tiene usted una
manera de ser que…
- Por lo visto, fue muy falso con su mujer…, ¡y tan
pronto! -exclamó Isabel, conteniéndose súbitamente. -¡No faltaba otra cosa sino
que ahora saliera usted en su defensa! -replicó la condesa-. Pero en que fue
demasiado pronto estoy completamente de acuerdo. -¿Y conmigo, conmigo…? -Dudó
como si no se hubiera oído a sí misma, como si aquella pregunta…, que bien
clara tenía ante los ojos…, fuese tan sólo para ella. -¿Con usted? ¿Si le ha
sido fiel a usted?… Depende, querida mía, según a lo que llame usted fiel.
Cuando se casó con usted, no era amante de ninguna otra mujer…, amante como
solía ser, cara mía, con todos los riesgos y las infinitas precauciones que
había de adoptar mientras la cosa duraba. Eso se había acabado del todo. La
dama estaba arrepentida, o, cuando menos, por razones que son de su única
incumbencia, se retiró de la escena. Ella ha rendido siempre un culto a las
apariencias tan excesivo que el mismo Osmond acabó por abu- rrirse de tanta
exageración. Ya puede usted imaginarse lo que sería… ¡cuando ni él podía
aguantar todos esos formalismos que hoy lleva tan a punta de lanza! Pero el
pasado los une con todo su peso.
- Sí -dijo Isabel, como si fuera el eco de aquellas
palabras-. El pasado los une. -¡Bah! El pasado reciente no es nada. Lo
importante son los seis o siete años que, como digo, duró lo otro.
Isabel permaneció callada un instante y luego
preguntó:
- Entonces, ¿por qué quiso que yo me casara con él?
-¡Ah, amiga mía, en eso está su gran superioridad! Porque usted tenía dinero y
porque pensó que se portaría bien con Pansy. -¡Pobre mujer! ¡Y pensar que Pansy
no la quiere! -exclamó Isabel.
- Por eso precisamente buscaba alguien a quien Pansy
pudiera querer. Ella sabe eso, como todo lo demás, porque esa mujer lo sabe
todo. -¿Sabrá entonces que usted me ha contado esto?
- Dependerá de que usted se lo diga o no. Ya está
preparada para ello, ¿y sabe usted con qué cuenta para defenderse? Conque usted
crea que miento. Tal vez lo crea. Por mí, no se moleste en ocultarlo. Pero da
la casualidad de que en este caso no lo he hecho. Yo he dicho con frecuencia
bastantes mentiras estúpidas, pero nunca para hacer daño a nadie, y la única
que ha sufrido las consecuencias he sido yo misma.
Isabel adoptaba ante la historia de su compañera la
misma actitud de pasmo que si una gitanilla errante hubiera extendido sobre la
alfombra, a sus pies, una colección de fantásticas mercancías. -¿Por qué no se
casó Osmond con ella? -preguntó.
- Muy sencillo: porque no tenía dinero. -La condesa
tenía una respuesta lista para cada cosa, y si mentía lo hacía muy bien-. Nadie
sabe ni ha sabido nunca de qué vive, ni cómo ha adquirido todos esos valiosos
objetos que tiene en su casa. Creo que ni el mismo Osmond lo sabe. Además,
tampoco ella se habría casado con él.
- Entonces, ¿cómo ha podido quererle?
- Es que no le quiere de esa manera. Así lo quiso al
principio y tengo la seguridad de que entonces se habría casado con él, pero su
marido vivía. Luego, cuando su marido fue a reunirse…, no diré que con sus
antepasados, porque es muy posible que no los haya tenido…, sus relaciones con
Osmond sufrieron un cambio radical y se volvió mucho más ambiciosa. Por otra
parte -prosiguió la condesa para que Isabel tuviera con qué rumiar trágicamente
en lo sucesivo-, ella no le había tenido nunca por un gran intelecto. Había
concebido la esperanza de casarse con un gran hombre; ésa era su obsesión
constante. Para ello supo esperar, observar, intrigar y suplicar, pero siempre
fracasó en su empeño. Yo, la verdad, no considero a madame Merle una mujer de
éxito. Ignoro lo que será capaz de lograr de ahora en adelante, pero hasta la
fecha tiene muy poco de que presumir. El único resultado verdaderamente
tangible que ha podido lograr, aparte, desde luego, de conseguir conocer a todo
el mundo y de vivir en casa de todo el mundo sin que le cueste un penique, ha
sido el de unirles a usted y a Osmond. ¡Oh!, ella fue quien lo hizo, querida;
no me mire como si lo pusiera en duda. Yo les he estado observando durante años
y sé todo lo que les concierne, absolutamente todo. Muchos me creen una
verdadera atolondrada, y tal vez lo sea, pero de lo que puede estar segura es
de que a esos dos los he seguido paso a paso con el mayor cuidado. Ella me odia
con toda su alma, y su mejor manera de probarlo es pretender defenderme en cada
ocasión que se presenta. Cuando alguien dice que he tenido quince amantes, se
hace cruces, finge horrorizarse y declara que no se ha podido demostrar de más
de la mitad de ellos. Me ha tenido un miedo cerval durante años, y lo único que
la consolaba un poco era escuchar los horrores que la gente iba diciendo de mí
por todas partes. Tenía miedo de que yo la pusiera en evidencia y hasta llegó a
amenazarme un día, cuando Osmond empezó a hacerle a usted la corte. Fue en casa
de él, en Florencia. ¿Se acuerda de la tarde en que la llevó a usted allí y
tomamos el té en el jardín? Entonces me dijo que, si yo contaba historias,
seríamos dos las que entraríamos en la ronda. Cree que ella puede decir mucho
más de mí que yo de ella. Y le aseguro que sería una comparación interesante de
verdad. A mí me tiene sin cuidado lo que ella diga de mí, por la sencilla razón
de que a usted le tiene sin cuidado lo que yo haga o deje de hacer. Usted no
está para preocuparse más de lo que ya lo esta. i je modo y manera que puede
tomarse la revancha conmigo como mejor le plazca; no creo que usted se asuste
por eso. Su gran estrategia ha sido mostrarse siempre tremendamente
irreprochable…, una especie de blanca azucena terriblemente hinchada…, la
encarnación misma de la corrección. Ya sabe usted lo de la mujer del César, eso
de que no basta que sea honrada, sino que tiene que parecerlo; y, como ya he
dicho, su gran ilusión era casarse con una especie de César. Por eso no le
interesaba casarse con Osmond. Al verlos juntos y con Pansy, la gente podría
llamarse a hacer cábalas, a unir cabos sueltos…, incluso a notar el parecido.
Siempre tuvo un verdadero terror de que la madre que en ella había pudiera
llegar a traicionarla. Ha puesto en ello un cuidado exquisito, y la madre no la
ha traicionado jamás.
- Sí, sí, la madre la ha delatado -contestó Isabel,
cada vez más pálida-. Ella misma se traicionó conmigo el otro día, aunque
entonces no me di cuenta. Fue cuando parecía que Pansy tenía la oportunidad de
hacer una gran boda y al ver que todo había quedado en agua de borrajas estuvo
a punto de caérsele la máscara. -¡Ah! Ahí es donde se salió de sus casillas -exclamó
la condesa-. Ha fracasado tan lastimosamente en sus propias aspiraciones que
está decidida a que su hija la compense de su fracaso.
Isabel se conmovió al oír las palabras «su hija», que
su compañera acababa de pronunciar con la mayor naturalidad del mundo.
- Parece increíble -murmuró; y, bajo el influjo de
aquella sensación desconcertante, casi perdió la noción de que la historia la
afectaba de cerca.
- No vaya ahora a ocurrírsele a usted volverse en
contra de la infeliz criatura - prosiguió la condesa-. La pobrecilla es muy
buena, a pesar de su deplorable origen. Hasta yo misma he llegado a quererla,
no por ser de ella, naturalmente, sino porque ahora parecía de usted.
- Cierto, ya es como si fuera mía. ¡Cómo debe de
haber sufrido la pobre mujer al verme…! -exclamó Isabel ruborizándose al pensar
en lo que estaba diciendo.
- No creo que haya sufrido nada con ello; al
contrario, pienso que ha debido de sentirse muy satisfecha, porque la boda de
Osmond le ha dado a su hija un gran impulso. Antes, la pobre vivía metida en un
agujero. ¿Y quiere saber lo que había llegado a pensar la madre? Que usted se
encapricharía de tal modo con la chiquilla que llegaría incluso a hacer algo
por ella. Osmond no podía darle nada, porque era de lo más pobre… pero eso ya
lo sabe usted de sobra. ¡Ay, hija mía! -exclamó la condesa-, ¿por qué tendría
usted la ocasión de heredar tanto dinero? -Se detuvo un momento, como si
estuviese viendo algo extraño en el rostro de Isabel. No vaya a decirme ahora
que piensa darle una dote. Usted es muy capaz de hacerlo, pero me niego a
creerlo. No pretenda pasarse de buena. Trate de ser natural, espontánea y
aviesa. Por su propio bien, trate de ser un poco mala aunque sólo sea una vez
en su vida.
- Es extraño. Supongo que debo saberlo, y sin
embargo, siento haberlo sabido -dijo Isabel-. Le estoy agradecida de veras.
-¡Pues nadie lo diría! -exclamó la condesa riendo burlonamente-. Puede que lo
esté o puede que no, pero, por lo pronto, no parece habérselo tomado como yo
esperaba. -¿Cómo debería tomármelo?
- No sé qué decirle, pero cabría pensar que como una
mujer a la que han utilizado - Isabel no contestó y siguió escuchando
atentamente a la condesa-. Ellos han seguido estando ligados aun después de
haber roto, aun después que ella rompió…, o de que rompió él, vaya usted a
saber. Sin embargo, lo cierto es que él ha significado para ella mucho más que
ella para él. Cuando se acabó su pequeño carnaval, se comprometieron a dejarse
libertad completa el uno al otro a condición de que el uno prestaría siempre al
otro la mayor ayuda posible. Quizá se pregunte cómo he llegado a saber todo
eso. Pues, lo he ido induciendo y deduciendo de la manera de conducirse de
ambos. Y ahora, vea usted cuánto mejor se portan las mujeres con los hombres
que viceversa. Ella ha llegado incluso a buscarle una esposa a Osmond; en
cambio, él no ha levantado jamás por ella ni el dedo meñique. Esa mujer se ha
afanado por él, intrigado a favor de él, padecido por él, y al final de
cuentas, él está cansado de ella. Para él, ella representa un hábito, una vieja
costumbre. Ciertamente hay momentos en que la necesita, pero, en conjunto, si
ella desapareciese no la echaría de menos. Lo peor de todo es que ella ya está
convencida de eso. ¡Bah!, no tiene usted por qué sentirse celosa.
Isabel se levantó del sofá como movida por un
resorte. Se sentía herida y sin aliento; la acumulación de noticias le embotaba
la cabeza.
- Le estoy agradecida de veras -repitió. Luego
preguntó bruscamente, en tono bien distinto-: ¿Cómo sabe usted todo eso?
Semejante pregunta pareció irritar a la condesa mucho
más de lo que le agradaba la expresión reiterada de la gratitud de Isabel.
- Supongamos que me lo he inventado -dijo la condesa
mirando a su compañera con cinismo y descaro. Pero cambió de tono en el acto y,
poniendo afablemente su mano en el brazo de Isabel, añadió con una sonrisa
penetrante y tan inteligente como decidida-: Y ahora, ¿desistirá usted de su
viaje?
Isabel se sobrecogió un poco y se apañó; pero
inmediatamente se sintió tan débil y a punto de desfallecer que tuvo que apoyar
un brazo en la repisa de la chimenea para no caerse. Permaneció así un minuto,
y luego dejó caer sobre el brazo su aturdida cabeza, con los ojos cerrados y
los labios intensamente pálidos. -¡He hecho mal en hablar! -exclamó la
condesa-. Se ha puesto usted enferma. -¡Ah! Tengo que ver a Ralph -dijo Isabel
como en un suspiro. No con resentimiento ni apasionamiento, como su compañera
había esperado que sería, sino en un tono de infinita melancolía.
52
Aquella misma noche había un tren para Turín y París.
Una vez que la condesa dejó a Isabel, ésta tuvo una conversación rápida y
decisiva con su doncella, que era sumamente discreta, activa y afecta a ella.
Después de lo cual, pensó en una sola cosa, además de su próximo viaje: en ir a
ver a Pansy, a la que no quería abandonar. No la había visto desde que dejara
el Palazzo Roccanera, porque Osmond le había indicado que era demasiado pronto.
Así pues, a las cinco de la tarde llegó en su coche ante el portón de un gran
edificio, en una estrecha calle de los alrededores de la plaza Navona, donde la
recibió la hermana portera del convento, amable y obsequiosa. Isabel conocía ya
la institución por haber ido allí alguna que otra vez a visitar a las hermanas
en compañía de Pansy. Le constaba que eran buenas mujeres, y vio que las
grandes estancias estaban limpias y bien iluminadas y que en el jardín,
excelentemente orientado, daba el sol durante el invierno y la sombra en
primavera. Pero le desagradaba tal lugar, que parecía querer rechazarla y casi
le infundía pavor, hasta el extremo de que por nada del mundo habría pasado una
noche en él. Aquel convento le producía más que nunca la impresión de una
cárcel bien frecuentada, pues no cabía pensar en que Pansy tuviese libertad
para abandonarla. La inocente criatura había aparecido ante sus ojos bajo una
luz completamente nueva e intensa, pero el efecto de tal revelación fue
impulsarla a tender una mano hacía ella.
La portera la hizo esperar en el vestíbulo del
convento mientras iba a anunciar que la señorita tenía una visita.
El vestíbulo era una habitación grande y fría con
muebles nuevos, una gran estufa de porcelana blanca, apagada, una colección de
flores de cera bajo campanas de vidrio y unos cuantos grabados de temas
religiosos en las paredes. En otra de sus visitas Isabel había pensado que
parecía menos propio de Roma que de Filadelfia, pero en aquel momento no se le
ocurrió hacer ninguna clase de reflexión. Simplemente le pareció que estaba muy
vacío y silencioso. La portera volvió al cabo de cinco minutos para introducir
a otra persona. Isabel se puso de pie creyendo que sería alguno de los miembros
de la hermandad, pero, para su gran sorpresa, se encontró con que era madame
Merle. El efecto que ello le produjo fue verdaderamente extraño, pues la tenía
tan presente en la imaginación que, al verla en persona, en carne y hueso, se
le antojó estar viendo a una figura de un cuadro, que avanzaba hacia ella.
Isabel se había pasado todo el santo día pensando en su falsedad, su audacia,
su habilidad y también en su probable dolor, y todas aquellas cosas sombrías
parecieron iluminarse cuando la otra hizo su aparición en la sala de espera. Su
presencia allí tenía el carácter de la prueba acusatoria, del escrito delator,
de las reliquias profanadas, de las cosas horrendas exhibidas ante un tribunal
de justicia. Todo lo cual la hizo sentirse a punto de desfallecer. Si hubiese
sido necesario hablar de inmediato, habría carecido de fuerzas para hacerlo.
Pero no experimentó semejante necesidad; le pareció que no tenía absolutamente
nada que decirle a madame Merle. Sin embargo, en la relación con aquella dama
no había nunca necesidades absolutas; tenía una habilidad especial para hacer
disculpables no sólo sus propias defi- ciencias, sino también las de los demás.
Pero estaba distinta de lo acostumbrado. Mientras avanzaba despacio detrás de
la hermana portera, Isabel se dio cuenta de que probablemente no utilizaría sus
recursos habituales. La ocasión también era excepcional para ella, y se había
propuesto encararla a la luz de aquel momento preciso. Eso le infundió una
gravedad tal que ni siquiera intentó sonreír, y, aunque Isabel se hizo cargo en
el acto de que estaba representando como otras veces su papel, se le antojó
que, en conjunto, aquella admirable mujer jamás había estado tan natural como
entonces. Contempló ésta a su joven amiga de pies a cabeza, pero no con dureza
ni con actitud desafiadora, sino más bien con fría amabilidad y sin querer
hacer la más leve alusión a su última entrevista. Al contrario, diríase que
intentaba establecer una clara distinción; si antes se había sentido irritada,
ahora se sentía reconciliada del todo.
Madame Merle miró a la portera y dijo:
- Puede usted dejarnos solas, hermana; la señora la
llamará con la campanilla dentro de unos cinco minutos.
A continuación se volvió hacia Isabel, que, tras
haber observado la escena, se había desentendido de ésta y dirigía su mirada lo
más lejos que le permitía la espaciosa sala, pues no quería mirar a madame
Merle.
- Le sorprenderá verme aquí y me temo que no sea de
su agrado -prosiguió la dama-.
No entiende por qué he venido; es como si me hubiera
adelantado a usted. Confieso que he sido indiscreta, pues debía haberle pedido
permiso. -Ciertamente no había nada de ironía en la forma en que estas palabras
fueron dichas; más bien las pronunció sencilla y afablemente, pero Isabel, que
parecía estar flotando en un mar de dolor y asombro, no podía adivinar la
intención con que las pronunciaba-. Pero no he estado mucho tiempo con Pansy.
Vine a verla porque esta tarde se me ocurrió que debía de sentirse más bien
sola y tal vez un tanto desgraciada. Acaso sea bueno para una jovencita, no
puedo decirlo porque no entiendo de jovencitas. De todas maneras, es un poco
triste. Por eso me decidí a venir…, sin darle más vueltas. Desde luego, sabía
que usted vendría, y también su padre, pero no se me ha dicho que se le haya
prohibido recibir otras visitas. Esa santa mujer…, ¿cómo se llama, que no me
acuerdo?…, ¡ah!, sí!, madame Catherine…, no puso inconveniente de ninguna
clase. Pero sólo he estado unos veinte minutos con Pansy. Tiene una
habitacioncita encantadora, nada conventual, con un piano y flores en
abundancia. Ella misma la ha arreglado, y muy bien; tiene muy buen gusto.
Aunque no es cosa que me importe, ya lo sé, me parece que me siento más feliz
desde que la he visto. Si quiere, puede tener una doncella pero sería
completamente innecesario porque no tiene oportunidad de vestirse con
frecuencia. Lleva un sencillo vestidito negro y está encantadora. Después fui a
ver un momento a la madre Catherine, que también tiene una habitación
estupenda; le aseguro que este lugar no ofrece en absoluto un aspecto de
terrible severidad monacal. La madre Catherine tiene un tocador muy coquetón en
el que había algo extraordinariamente parecido a un frasco de agua de colonia. Habla
de Pansy que da gusto oírla, y dice que para ellas es una gran dicha tenerla en
su compañía; que es una verdadera santa y un modelo para las niñas más mayores.
Precisamente, cuando ya iba a despedirme, la portera entró para anunciar que
una dama había venido a ver a la signorina. Desde luego, me imaginé en el acto
que era usted y le rogué que me dejara recibirla en su lugar. A decir verdad,
puso no pocas dificultades y adujo que debía pedir venia a la madre su-
periora, pues era sumamente importante que se la tratase a usted con todos los
respetos debidos. Pero yo insistí en que dejara tranquila a la madre superiora
y le pregunté cómo suponía que iba a tratarla yo a usted.
Madame Merle continuó hablando en el mismo tono, con
la brillantez propia de una mujer que había sido durante años una verdadera
maestra en el arte de la conversación. Sin embargo, en su profundo parlamento
hubo ciertas fases y gradaciones que no pasaron en absoluto inadvertidas para
el oído de Isabel, pese a que sus ojos se hallaban totalmente alejados del
rostro de su interlocutora. No había seguido mucho más cuando Isabel advirtió
que la voz se le quebraba, que se producían interrupciones en su relato, asumiendo
todo ello la apariencia de un verdadero drama. Tal sutil modulación marcaba un
súbito descubrimiento por parte de la que hablaba del cambio de actitud en la
que escuchaba. En un segundo, madame Merle se dio cuenta de que todo había
terminado entre ellas, y le bastó otro segundo para columbrar el porqué del
cambio. La mujer que estaba inmóvil en pie allí delante no era la misma que
tantas veces viera, sino una bien distinta… y que sabía su secreto. El descu-
brimiento era, en verdad, terrible, y he aquí que, desde que lo hizo, aquella
mujer, que parecía la más inmutable y portentosa de todas, empezó a titubear y
a perder el valor. Sin embargo, no tardó en recobrarse, y el suave fluir de su
conversación se encauzó de nuevo tan fácil- mente como al principio,
dirigiéndose ya tranquila hacia el final. Pero únicamente porque tenía ya ese
final a la vista le fue posible proseguir, pues había sentido como si la
tocasen con la punta de un instrumento que la hiciera estremecerse, y hubo
menester de toda su pers- picacia y fuerza de voluntad para reprimir su
agitación.
Su tabla de salvación estaba en lograr no
traicionarse. Resistió, pero la calidad de su voz no adquiría el timbre
acariciador de siempre -no le era posible recobrarlo -y se oía decir cosas que
le parecían irreconocibles. La marea de su confianza en sí misma comenzó
visiblemente a bajar, y a duras penas pudo llegar a puerto rozando un poco el
fondo.
Isabel vio todo aquel rápido proceso con la misma
claridad que si se hubiese reflejado brillantemente en un espejo. Aquél pudo
haber sido para ella un gran momento, pues le traía aparejado el triunfo. El
hecho de que madame Merle hubiese perdido el aplomo y contemplase pasmada el
fantasma del posible escándalo, constituía ya de por sí una inicial venganza y
era casi la promesa de un día más brillante. E Isabel saboreó aquella
incipiente si tuación mientras, medio vuelta de espaldas, fingía mirar por la ventana.
Al otro lado quedaba el jardín del convento, mas no era eso lo que veían sus
ojos, cerrados a las plantas henchidas y a la tarde luminosa. Lo que veían
entonces con meridiana claridad, a la cruda luz de la re- velación que ya
formaba parte de su experiencia y a la que daba un intrínseco valor la
fragilidad del vehículo por el que había llegado hasta ella…, lo único que
veían era que no había sino un mero instrumento enarbolado y manejado sin el
menor miramiento por los demás, y tan insensible y conveniente como una
herramienta de madera o de hierro. La inmensa amargura de tal certidumbre le
anegó el alma y afloró a sus labios con un regusto de deshonra personal. Estaba
segura de que, si en tal momento se hubiese vuelto hacia la otra y hubiera
hablado, sus palabras habrían silbado y hendido el aire como un trallazo. Pero
cerró los ojos, y la horrenda visión se desvaneció. Y, sin ésta, lo que quedaba
allí en pie, cerca de ella, era simplemente la mujer más inteligente del mundo
reducida, como si fuera la más insignificante de todas, a no saber qué pensar
ni decir. La única venganza de Isabel consistió, pues, en permanecer callada…,
en dejar a madame Merle en la desairada situación en que se hallaba. Y la dejó
así por un lapso de tiempo que a la otra debió de parecerle demasiado largo por
cuanto no supo hacer otra cosa que sentarse, de tal manera que parecía una
confesión de su impotencia. Isabel volvió entonces lentamente los ojos hacia
madame Merle, mirándola desde arriba, y vio que estaba intensamente pálida y
que la miraba a su vez. Pero, viera lo que viese, su peligro había pasado ya.
Isabel no la acusaría jamás, no le haría nunca el menor reproche, acaso porque
tampoco le daría jamás la oportunidad de defenderse.
La más joven de las dos damas acabó por declarar:
- He venido a decir adiós a Pansy. Parto para
Inglaterra esta noche. -¿Se va a Inglaterra esta noche? -repitió madame Merle
quedándose sentada y mirándola fijamente.
- Voy a Gardencourt. Ralph Touchett se está muriendo.
- Ah, usted lo sentirá de veras. -Madame Merle se
rehizo, aprovechando la oportunidad que se le ofrecía de mostrar su pena-. ¿Va
sola? -preguntó.
- Sí, sin mi esposo.
Madame Merle murmuró unas vagas palabras como
refiriéndose a la triste suerte de las cosas.
- El señor Touchett no me tuvo nunca simpatía, pero
siento en el alma que esté muriéndose. ¿Verá usted a su madre?
- Sí; ya ha regresado de América.
- Ella sí fue siempre muy buena conmigo, pero ha
cambiado. También han cambiado otras personas -añadió con una noble y tranquila
emoción. Hizo una pausa y luego prosiguió-: Volverá usted a ver aquella vieja y
deliciosa morada de Gardencourt.
- No podré disfrutar mucho de ella -contestó Isabel.
- Es natural…, en medio de su dolor. ¡Qué casa tan
admirable! De todas las que conozco, y conozco infinitas, ésa es la mansión
donde más me gustaría vivir. No me atrevo a enviarles un mensaje de condolencia
-añadió madame Merle-, pero me gustaría ver de nuevo aquel lugar.
- Debo ir a ver a Pansy. No me queda mucho tiempo
-dijo Isabel.
Mientras buscaba la salida, la puerta del fondo se
abrió para dar paso a una de aquellas recoletas damas, quien se adelantó hacia
las otras dos con discreta sonrisa y frotándose suavemente las blancas manos
regordetas bajo unas largas y anchas mangas de estameña azul. Isabel reconoció
a madame Catherine, a quien ya conocía de antes, y le rogó que le permitiese ir
a ver inmediatamente a la señorita Osmond. Madame Catherine, con su discreción
aún más acentuada, sonrió suavemente y dijo:
- A ella le agradará mucho verla. Yo misma la
acompañaré. -Y dirigió su apacible mirada a madame Merle.
- ¿Me permite que me quede un poquito más? -preguntó
ésta-. ¡Se está tan bien aquí!
La hermana sonrió, comprensiva, y replicó:
- Puede quedarse aquí toda la vida, si le place.
La monjita condujo a Isabel a lo largo de varios
corredores y por una larga escalera. Todas las estancias por las que iban
pasando eran sólidas y estaban desnudas de mobiliario, aunque llamaba la
atención su pulcritud y claridad; e Isabel pensó que el mismo aspecto
presentaban los grandes establecimientos penitenciarios. Madame Catherine
empujó suavemente la puerta del cuarto de Pansy y dejó entrar a la visitante.
Se quedó luego sonriendo con las manos cruzadas mientras las otras dos se
besaban.
- Está muy contenta de verla -repitió-. Su visita le
hará mucho bien. -Acercó solícitamente la mejor silla para Isabel, pero ella no
hizo ademán de tomar asiento. Antes de retirarse, la monja preguntó-: ¿Qué
aspecto le parece que tiene nuestra querida niña?
- Parece pálida -contestó Isabel.
- Es la emoción de verla a usted. Pero se siente muy
dichosa. -Y la monjita añadió-: Elle éclaire la maison.
Como madame Merle había dicho, Pansy llevaba un
sencillo trajecito negro, a lo que tal vez se debía que pareciera tan pálida.
La joven exclamó con su habitual propensión acomodaticia:
- Son muy buenas conmigo…, piensan en todo.
- Pensamos siempre en ti…, eres para nosotras una
carga preciosa -observó madame Catherine en el tono de quien tiene la
benevolencia por hábito y cuyo concepto del deber se basa en la aceptación de
todos los cuidados a realizar. Pero aquella respuesta cayó como un peso de
plomo en los oídos de Isabel, porque representaba la anulación de una
personalidad, la autoridad de la Iglesia.
Cuando madame Catherine las dejó solas, Pansy se
arrodilló y hundió la cabeza en el regazo de su madrastra. Así permaneció unos
segundos mientras Isabel le acariciaba suavemente los cabellos. Luego se
incorporó, miró en derredor y dijo: -¿Le parece que lo he arreglado bien? Tengo
lo mismo que en casa.
- Está muy bonito, tienes muchas comodidades. -Isabel
no sabía lo que debía decir. No podía permitir que pensara que había ido a
compadecerla, y, al mismo tiempo, habría sido una verdadera burla fingir que se
alegraba de verla así. Al cabo de un momento, declaró-: Vengo a despedirme de
ti. Parto para Inglaterra.
El rostro de Pansy enrojeció. -¡A Inglaterra! Pero
¿para no volver?
- No sé cuándo volveré. -¡Cuánto lo siento! -dijo
Pansy, exhalando un suspiro de fallecimiento. Hablaba como si no tuviese
derecho a criticar, pero su tono expresaba una profunda decepción.
- Mi primo, el señor Touchett, está gravemente
enfermo; es muy posible que muera, y quiero verle antes -explicó Isabel.
- Ah, sí, ya recuerdo, usted me dijo que moriría
pronto. Naturalmente, debe usted ir. ¿Irá también papá?
- No, voy sola.
La muchacha permaneció un momento callada. Isabel se
había preguntado más de una vez qué pensaría de la apariencia de las relaciones
entre su padre y ella; pero la jovencita jamás había manifestado ni con la
mirada ni con la más leve insinuación que le pareciese deficiente la intimidad
que en ellas reinaba. Isabel estaba segura de que no dejaría de hacerse sus
reflexiones al respecto y de que suponía que existirían matrimonios que
tuvieran más intimidad de la por ella presenciada. Pero Pansy no se permitía ser
indiscreta ni siquiera con el pensamiento, y habría puesto tanto esmero en no
criticar a su madrastra como en no censurar a su magnífico señor padre. Tal vez
su corazón permaneciese tan en suspenso como si estuviera contemplando a dos de
los santos del gran cuadro del convento volver sus pintadas cabezas el uno al
otro y darse la mano. Pero al igual que en tal caso, y respetuosa de la
solemnidad del lugar, no habría mencionado jamás tan extraordinario fenómeno,
de igual suerte dejó de lado cuanto pudiera saber acerca de la vida de personas
más importantes que ella.
- Va a estar usted muy lejos.
- Sí, estaré muy lejos; pero eso no importa, porque
mientras esté aquí, tampoco podré estar cerca de ti.
- Sí, pero podrá venir a verme cuando guste. No ha
venido mucho, por cierto.
- Si no he venido mucho es porque tu padre lo ha
prohibido. Hoy no te traigo nada; no puedo distraerte.
- No debo distraerme. Papá no quiere.
- Entonces, lo mismo da que esté en Italia que en
Inglaterra.
- Señora Osmond, usted no es feliz -dijo Pansy.
- No gran cosa; pero eso no tiene importancia.
- Es lo que yo me digo. ¿Qué es lo que tiene
importancia? Pero, la verdad, querría salir de aquí. -¡Ojalá pudieses!
- No me deje aquí -suplicó Pansy amablemente.
Isabel se quedó callada un instante, porque el
corazón le latía violentamente. -¿Vendrías conmigo ahora? -preguntó. Pansy la
miró como esperanzada. -¿Le ha dicho papá que me lleve?
- No. Soy yo quien lo propone.
- Entonces, creo que será mejor esperar. ¿No le dijo
papá nada para mí?
- No creo que sepa que he venido.
- Él piensa que aún no he tenido bastante de esto,
pero ya tengo de sobra -se lamentó Pansy-. Las hermanas se portan muy bien
conmigo y las niñas vienen a verme. Hay algunas que son una verdadera
preciosidad. Y mi cuarto…, puede verlo usted misma. Todo esto es verdaderamente
delicioso, pero ya estoy harta. Papá quería que reflexionase un poco… y he
reflexionado ya mucho. -¿Y en qué has pensado?
- Pues en que no debo contrariar a papá.
- Eso ya lo sabías antes.
- Cierto; pero ahora lo sé mejor. No haré nada…, no
haré nada -dijo Pansy. Y se ruborizó intensa y puramente..
Isabel comprendió el significado de todo ello, es
decir, que la pobre criatura había sido vencida. ¡Qué bien había hecho el señor
Rosier en conservar sus esmaltes! Isabel la miró profundamente a los ojos y vio
en ellos un ruego de que se la tratase con ternura. Puso una mano en el hombro
de la muchacha como para darle a entender que su mirada no suponía disminución
alguna de estima, ya que aquel decaimiento en la resistencia momentánea por
parte de la joven (por mudo y modesto que pareciera) no era en realidad otra
cosa que su homenaje a la verdad de las cosas. No pretendía juzgar a los demás,
pero se había juzgado a sí misma y había visto la realidad. No tenía vocación
para luchar contra las combinaciones de la adversidad. Y en la solemnidad de
aquel secuestro había algo que la sobrecogía. Así pues, bajaba la cabeza ante
la autoridad, y lo único que le pedía era que fuese misericordiosa. No había
duda; era un acierto de Edward Rosier haber conservado algunos objetos de arte.
Isabel se levantó, porque le iba quedando poco
tiempo, y dijo:
- Adiós, pues; me voy de Roma esta misma noche.
Pansy se agarró a su vestido y se le mudó el color
del rostro.
- Tiene usted un aire extraño; me asusta -dijo.
- No hay por qué. Soy completamente inofensiva.
- Puede que no vuelva nunca.
- Tal vez. No podría decirlo. -¡Ah, señora Osmond, no
me deje!
Isabel se dio cuenta de que lo había adivinado todo y
dijo:
- Querida mía, ¿qué puedo hacer yo por ti?
- No lo sé, pero cuando pienso en usted soy más
dichosa.
- Siempre podrás pensar en mí.
- No si se va usted tan lejos. Tengo miedo. -¿De qué?
- De papá… un poco. Y de madame Merle también. Acaba
de venir a verme.
- No debes decir eso -observó Isabel.
- Oh, de todos modos, haré lo que ellos quieran.
Pero, si usted estuviese aquí, me costaría menos hacerlo.
Isabel meditó un segundo y contestó para despedirse:
- Yo no te abandonaré. Adiós, hija mía.
Permanecieron abrazadas un instante como dos
hermanas. Luego Pansy acompañó a Isabel a lo largo del corredor hasta el
rellano de la escalera.
- Madame Merle ha estado aquí -dijo la muchacha
mientras caminaban. Y, como Isabel no contestase nada, añadió-: No me gusta
madame Merle.
Isabel dudó un segundo y se detuvo para observarle:
- No debes decir nunca… que no te gusta madame Merle.
Pansy la miró con asombro, pero en ella el asombro no había sido jamás una
razón para no ceder. Así, contestó con exquisita amabilidad:
- No lo volveré a decir.
Se separaron en lo alto de la escalera, pues era
parte esencial de la disciplina a que Pansy estaba sometida que no bajase de
aquel piso. Isabel descendió lentamente, y, cuando llegó abajo, la muchacha le
preguntó desde arriba con una voz que Isabel habría de recordar después:
-¿Volverá?
- Sí…, volveré.
Madame Catherine salió al encuentro de la señora
Osmond y la condujo a la puerta de la sala de espera. Al llegar allí, la monja
dijo:
- La dejo a usted. Madame Merle está esperándola.
Al oír tal anuncio, Isabel se puso rígida y estuvo a
punto de preguntar si no había por ventura otra puerta de salida del convento.
Pero le bastó un instante de reflexión para comprender que no era conveniente
hacerle ver a la monja que quería esquivar a la otra amiga de Pansy. La buena
mujer la tomó afablemente del brazo y, mirándola un instante con bondad y
comprensión, le preguntó en francés en tono familiar:
- Et bien, chère madame, qu'en pensez vous? -¿De su hijastra?
Me tomaría mucho tiempo decírselo.
- Nosotras creemos que ya es bastante -dijo con toda
claridad madame Catherine; y abrió la puerta de la sala de espera.
Madame Merle permanecía sentada en la misma postura
en que Isabel la dejara. Se hubiera dicho que, entregada por completo a sus
pensamientos, no había siquiera movido un dedo. Cuando madame Catherine cerró
la puerta, se levantó, e Isabel se percató en el acto de que había estado
pensando en algo. Observó que ya estaba de nuevo en completa posesión de sí
misma.
- Pensé que debía esperarla; pero no es para hablar
de Pansy -dijo madame Merle con gran cortesía.
Isabel se preguntó de qué podría querer hablarle y, a
pesar de la declaración que la otra acababa de hacer, observó:
- Madame Catherine dice que ya es bastante.
- Eso mismo me parece a mí. Quería preguntarle algo
más del pobre señor Touchett. ¿ Le consta a usted que está verdaderamente en
las últimas?
- No tengo más noticias que las recibidas mediante un
telegrama. Y, por desgracia, no hacen sino confirmar esa probabilidad.
- Voy a hacerle una pregunta muy rara -dijo madame
Merle-. ¿Quiere usted mucho a su primo? -Y acompañó sus palabras con una
sonrisa tan rara como la pregunta.
- Sí, le quiero mucho; pero no comprendo a dónde
pretende ir a parar. Madame Merle pareció animarse y contestó:
- Resulta difícil de explicar. Se me ha ocurrido algo
que seguramente no se le ha ocurrido a usted, y le cedo el valor de mi idea. Su
primo le hizo en una ocasión un gran favor. ¿No lo ha adivinado?
- Me ha hecho no uno, sino muchos favores.
- Sí, pero uno sobre todos los demás, y más
importante que los otros. La hizo a usted rica. misma: -¿Que él me hizo rica…?
Madame Merle, considerándose de nuevo triunfante,
prosiguió ya más segura de sí -Él fue quien le proporcionó ese lustre que le
hacía falta para convertirse en una persona tan brillante. En el fondo, a quien
tiene usted que agradecérselo es a él.
Tras estas palabras se detuvo, pues le pareció
observar algo extraño en los ojos de Isabel.
- No la comprendo. El dinero era de mi tío, que fue
quien me lo dejó.
- Indiscutible. El dinero era de su tío, pero la idea
fue de su primo. Él fue quien se la inspiró a su padre. Ah, bien podía hacerlo;
lo que sobraba era dinero.
Isabel se quedó mirándola de hito en hito. Se le
antojaba que aquél era para ella un día iluminado por torvos relámpagos.
- No sé por qué dice usted tales cosas, ni sé tampoco
lo que usted pueda saber -replicó.
- No sé más que lo que he adivinado; y he adivinado
eso.
Isabel se dirigió hacia la puerta. Una vez allí, se
quedó con la mano apoyada en el picaporte y se volvió para decir, como si
aquellas palabras fuesen su única venganza:
- Me parece que a quien tengo que darle las gracias
es a usted.
Humilló madame Merle los ojos, los mantuvo en tal
actitud como a modo de impuesta penitencia, y exclamó:
- Usted es verdaderamente desgraciada, pero yo lo soy
más todavía.
- Lo creo. Y también creo que no quiero volver a
verla nunca más.
Madame Merle alzó lentamente sus ojos y dijo con
humildad, mientras Isabel desaparecía de su vista:
- Partiré para América.
53
No fue ciertamente una sorpresa, sino un sentimiento
que en otras circunstancias le hubiera producido verdadera alegría, lo que
experimentó Isabel al descender del tren correo de París en la estación inglesa
de Charing Cross y caer, si no en brazos, sí en manos de Henrietta Stackpole.
Había telegrafiado a su amiga desde la ciudad de Turín, y, aun cuando no estaba
totalmente convencida de que fuese a esperarla, pensaba que su telegrama no
podría por menos de producir alguna respuesta. En su largo viaje desde Roma, su
imaginación gozó de tiempo sobrado para vagar, pero no podía barruntar su
porvenir inmediato. Realizó la larga excursión con ojos ciegos, sin disfrutar
de los atractivos naturales de las comarcas atravesadas, a pesar de que
expandían sus mejores galas en el embriagador marco de la primavera. Sus
pensamientos parecían seguir su triste camino por otros países de extraño
aspecto, lóbregamente iluminados, de tierras sin senderos y en los que no
existía cambio alguno de estación, sino la perpetua melancolía del invierno
interminable. Tenía muchas cosas en que pensar, mas lo que ocupaba por completo
su pensamiento no era precisamente ni un propósito deliberado ni la madura
reflexión. En cambio, de él se apoderaban ora visiones dispares e inconexas,
ora repentinos y lóbregos destellos del recuerdo, ora inquietudes de
expectativa. Lo pasado y lo futuro se juntaban en su espíritu a su antojo, pero
ella los veía tan sólo en falsas imágenes que aparecían y se esfumaban sin
justificación, por la lógica de su propia voluntad versátil. Era formidable la
cantidad de cosas que recordaba tan claramente. Ahora que estaba en el secreto
de todo, que sabía algo que le concernía tan directamente y cuyo eclipse había
hecho que la vida pareciese un conato de jugar a las cartas con baraja
incompleta, la verdad de todo lo acaecido, las relaciones recíprocas de las
cosas, su verdadero significado y, en gran parte, su espantoso horror, se
alzaban ante ella con grandiosidad arquitectónica. Recordaba multitud de nimios
detalles que cobraban vida con la espontaneidad de un escalofrío. En otro
tiempo llegó a considerarlos meras fruslerías, pero ahora veía con toda
claridad que pesaban como el plomo. Después de todo, podía seguir teniéndolas
por simples bagatelas, ya que de nada le servía comprenderlas.
Se diría que nada le era ya útil. Habían quedado en
suspenso en su espíritu los propósitos, las intenciones de toda índole, incluso
los deseos, con la única excepción del de llegar al refugio acogedor que la
esperaba. Gardencourt había sido su punto de partida, y la solución, por lo
menos temporal, de todos sus problemas era volver al triste seno de aquellas
estancias de muebles enfundados. De allí partiera en la plenitud y el apogeo de
sus energías, y allí volvería en la decadencia de su debilidad, como si aquel
lugar antes hubiese constituido para ella un descanso y ahora fuese un
santuario. Envidiaba a Ralph porque iba a morir, pues, si una se daba a pensar
en lo demás, se convencía de que aquello era lo más perfecto de todo. Acabar
por completo, abandonarlo todo de una vez y no saber ya nada más se le antojaba
tan grato como un baño tibio en una bañera de pulido mármol, en la habitación
en penumbra de una tierra tórrida.
En su viaje de Roma a Londres hubo momentos que le
parecieron tan deleitosos y exquisitos como la muerte misma. Sentada en su
rincón del vagón del tren, inmóvil e impasible, tenía la sensación de ser
arrastrada, completamente ajena a toda esperanza y a toda añoranza, y se
comparaba a aquellas grandes imágenes etruscas que yacen en el recipiente de
sus propios restos. No le quedaba nada que echar de menos…, todo había
terminado para ella; no sólo el tiempo de su locura sino incluso el de su
arrepentimiento se perdían en la lejanía.
Lo único que se le ocurría deplorar era que madame
Merle hubiese sido tan… ¿cómo decirlo?…, tan inimaginable. Al llegar a este
punto se consideraba falta de inteligencia, literalmente incapaz de decir qué
había sido en realidad madame Merle. Fuera lo que fuese, la primera en
deplorarlo habría de ser la misma interesada, y no cabía duda de que eso le
sucedería en América, adonde había anunciado que estaba pronta a partir. Isabel
ya estaba, pues, al margen de ese asunto; únicamente tenía la impresión de que
no volvería a verla en su vida. Aquella idea la fue llevando como de la mano al
tiempo futuro, del que parecía haber recortado un trozo para examinarlo
despacio. Se veía al cabo de unos cuantos años en la situación de una mujer que
tiene la vida por delante, y tales intuiciones le conturbaban el espíritu en
aquel momento. Acaso fuera una buena cosa para ella irse lejos, mucho más allá
de la pequeña y perennemente verdeante Inglaterra, pero no le era posible
disfrutar de privilegio semejante. En su alma se arraigaba, más hondamente que
ninguna de sus ansias de renuncia, el convencimiento de que la vida seguiría
envolviéndola durante mucho tiempo en las fuertes mallas de su tráfago. Lo cual
constituía una prueba patente de su fuerza, de su posibilidad de ser aún
dichosa. No era posible que hubiese de vivir tan sólo para penar; todavía era,
joven y podían acontecerle muchas cosas. Le parecía que era demasiado valiosa,
demasiado capaz para sentir el inmenso dolor de la vida aumentado y reiterado.
Pero, de pronto, le asaltaba la duda de si sería necio y vano pensar tan
elogiosamente de sí misma. ¿Desde cuándo era una garantía ser valioso? ¿Acaso
no estaba la historia repleta de ejemplos de destrucción de cosas preciosas?
¿No era por ventura infinitamente más probable sufrir si se era refinado? Ello
suponía admitir que había en ella algo burdo. Porque Isabel reconocía, al verla
pasar ante sus ojos, la vaga y rápida imagen de un largo porvenir. Así pues, no
escaparía, duraría hasta el fin. Y, de nuevo, los años centrales de la vida la
envolvían y la cor- tina gris de su indiferencia se cerraba a su alrededor.
Henrietta la besó como solía hacerlo, es decir, como
con miedo de que la sorprendiesen haciéndolo. Isabel se quedó un momento parada
en medio de la multitud, bus- cando con los ojos a su doncella. No preguntó
absolutamente nada; quería ante todo esperar. Tenía la sensación de que iban a
acudir en su auxilio. Y se alegró de que Henrietta hubiese estado esperándola,
porque era una cosa verdaderamente terrible llegar sola a Londres. Aquella
bóveda sombría, humeante y alta de la estación, aquella luz extraña y lívida,
aquella muchedumbre compacta, oscura y atosigante le infundieron un temor
nervioso y la impulsaron a asirse del brazo de su amiga. Recordó que en otros
tiempos todo esto la encantaba porque le parecía parte de un formidable
espectáculo en el que había algo que tenía el poder de conmoverla. Recordó que,
hacía cinco años, había ido a pie de la estación de Euston al hotel envuelta en
la densa oscuridad de un día invernal, por las calles rebosantes de inmenso
gentío. En este momento, no se sentía capaz de hacer una cosa así, y aquel
episodio le parecía llevado a cabo por otra persona.
- Es estupendo que hayas venido -dijo Henrietta
mirando a Isabel como si creyera que ésta se hallaba dispuesta a
contradecirla-. Si no hubieses venido…, si no hubieses venido, la verdad…, no
sé… -añadió la periodista como aludiendo a su gran poder de desaprobación.
Isabel miraba a todas partes sin que sus ojos dieran
con su doncella. En cambio, tropezaron con otra figura que le parecía haber
visto antes y en la que en el acto reconoció la gallarda apostura del señor
Bantling. Se había quedado un poco apartado, y la densa muchedumbre, con su
impetuosa corriente, no tuvo fuerza bastante para moverle una sola pulgada del
lugar donde se había plantado y desde el que contemplaba la escena del en-
cuentro y los besos de las dos amigas.
- Allí está el señor Bantling -dijo Isabel
amablemente, familiarmente, sin preocuparse ya de si encontraba o no a su
doncella.
- Ah, sí. Va conmigo a todas partes. ¡Venga acá,
señor Bantling! -exclamó Henrietta. Oído lo cual, el simpático solterón avanzó
sonriendo…, con una sonrisa que atenuaba la gravedad de la situación-. ¿Verdad
que es estupendo que haya venido? Él está al corriente de todo-añadió a
continuación-. Tuvimos casi una discusión porque él sostenía que no vendrías y
yo que sí.
- Creí que estaban siempre de acuerdo -dijo Isabel
esbozando una leve sonrisa. Tuvo la sensación de que podía sonreír, pues se le
antojó haber visto en la mirada del señor Bantling que tenía buenas noticias
para ella. Era como si sus ojos quisieran recordarle que era un buen amigo de
su primo…, que lo comprendía todo y que le parecía que estaba muy bien. Isabel
le tendió gentilmente la mano; lo veía como un noble caballero sin miedo y sin
tacha. -¡Oh!, yo siempre estoy de acuerdo; pero ella no, ya la conoce -contestó
el señor Bantling. -¿No te decía yo que una doncella es siempre un estorbo? A
lo mejor la tuya se ha quedado tranquilamente en Calais -comentó Henrietta.
- No me importa -dijo Isabel mirando al señor
Bantling, a quien encontró más interesante que nunca.
- Quédese un instante con ella mientras yo voy a ver
-dijo Henrietta dejándoles solos un momento.
Permanecieron unos segundos callados, al cabo de los
cuales el señor Bantling preguntó a Isabel qué tal había ido la travesía del
Canal.
- Perfectamente. No, creo que fue muy movida
-respondió ella con gran sorpresa de su compañero. Y añadió-: Usted ha estado
en Gardencourt, lo sé. -¿Y cómo lo sabe?
- Bueno, en realidad lo único que sé es que tiene el
aspecto de alguien que ha estado en Gardencourt. -¿Cree usted que tengo un
aspecto tremendamente triste? Porque debe saber que la situación allí no es
nada alegre.
- No creo que usted haya tenido jamás un aspecto
tremendamente triste. Tiene aspecto de ser extraordinariamente bueno -dijo
Isabel en un pronto que no le costó el menor esfuerzo.
Y le pareció que en lo sucesivo ya no experimentaría
el menor azoramiento superficial.
Sin embargo, el bueno del señor Bantling aún no había
superado esa etapa. Se sonrojó no poco, rió de buena gana, y dijo que a veces
se sentía muy alicaído, y que eso le hacía ponerse terriblemente agresivo.
- Si quiere convencerse, puede preguntárselo a la
señorita Stackpole. En cuanto a lo de Gardencourt, estuve allí hace dos días.
-¿Vio usted a mi primo?
- Sólo un momento. Pero había estado con otras
personas. Warburton le visitó el día anterior. Estaba como siempre, con la
diferencia de que no se levantaba de la cama, de que parecía desesperadamente
enfermo y de que no podía hablar. De todos modos, estaba extraordinariamente
alegre y divertido -prosiguió el señor Bantling-, y tan ingenioso como de
costumbre. El pobre está que da pena verle.
Aun en medio del estrépito de la ruidosa estación, la
sencilla descripción resultaba vívida y palpitante. -¿Fue a última hora del
día? -preguntó Isabel.
- Sí. Lo hice a propósito. Nos figuramos que le
gustaría a usted saber las últimas novedades.
- Se lo agradezco con toda el alma. ¿Podría ir allí
esta misma noche?
- Ah, no creo que Henrietta la deje -contestó el
señor Bantling-. Quiere que usted se quede con ella esta noche. Por mi parte,
yo le hice prometer al mayordomo de Tonchett que me telegrafiaría hoy; hace una
hora encontré un telegrama en mi club en el que dice que el enfermo sigue
«tranquilo y callado», y el telegrama ha sido puesto a las dos de la tarde. De
manera que podrá esperar perfectamente hasta mañana. Además, debe de estar
usted terriblemente cansada.
- Ah, sí, estoy cansadísima. Mil gracias de nuevo.
- Oh, estábamos seguros de que le agradaría saber las
últimas noticias.
De esta afirmación, Isabel pudo deducir que, después
de todo, él y Henrietta parecían estar de acuerdo en algo. La señorita
Stackpole volvió con la doncella de Isabel, a quien habían encontrado en plena
demostración de su utilidad. La buena mujer, en lugar de lanzarse en medio de
la muchedumbre a la búsqueda de su señora, se había preocupado únicamente de
hacer despachar su equipaje, de manera que Isabel podía abandonar 14 estación
en aquel mismo instante si quería.
- Desde luego, queda descartado ir esta noche al.
campo. Lo mismo da que haya tren o no lo haya. Ahora vendrás conmigo a mi
alojamiento de la calle Wimpole. No es el sitio más apropiado para ti, pero, de
todas maneras, te he reservado una habitación. No es un palacio romano, que
digamos, pero para pasar una noche cualquier cosa es buena.
- Haré lo que tú quieras -contestó Isabel.
- Todo lo que quiero es que vayamos allá y me
contestes a unas cuantas preguntas.
El señor Bantling interrumpió bromeando: -¿Ha dicho
algo acerca de la cena? Parece que no, ¿verdad, señora Osmond? Henrietta le
echó una mirada fulminante y dijo:
- Se nota que tiene prisa por la suya. Mañana, a las
diez de la mañana, no deje de estar en la estación de Paddington.
- Si es por mí, no venga, señor Bantling -dijo
Isabel.
- Si no viene por ti, vendrá por mí -dijo Henrietta
mientras ayudaba a su amiga a subir a una berlina.
Poco después, en una amplia y sombría sala de la
calle Wimpole -donde, seamos justos, hubo cena sobrada-, empezó a hacer las
preguntas a que había aludido en la estación. -¿Te montó tu marido alguna
escena con motivo de este viaje?
- No. En realidad, no se puede decir que me montara
una escena.
- Entonces, ¿no puso reparos?
- Bastantes. Pero no fue, en resumen, lo que tú
llamas una escena. -¿Qué fue entonces?
- Una conversación muy tranquila.
Henrietta observó un momento a su amiga.
- Debió de ser un infierno -declaró, cosa que Isabel
no negó en absoluto, limitándose a contestar a las preguntas concretas que le
hacía Henrietta.
Así pues, de momento no le proporcionó una
información demasiado abundante. Por último, la señorita Stackpole dijo:
- No tengo más que una cosa que criticar. La verdad,
no acierto a comprender por qué prometiste a la señorita Osmond que volverías.
- Ni yo misma lo sé ahora. Pero entonces lo prometí.
- Pues si has olvidado ya la razón, es posible que no
vuelvas.
- También es posible que encuentre otra -contestó
Isabel tras un momento.
- Pero seguro que no será una legítima.
- Sin embargo, a falta de una legítima, podría hacer
sus veces el haber hecho una promesa-sugirió Isabel.
- Sí; por eso me parece odiosa.
- Bueno, no hablemos de eso ahora; no disponemos de
mucho tiempo para ello. Si partir ha resultado una complicación tan grande,
figúrate lo que será volver.
- Después de todo, debes recordar que él no te hará
una escena -dijo Henrietta con aviesa intención.
- Sí, la hará -contestó Isabel gravemente; y añadió-:
Aunque no será una escena del momento, sino la del resto de mi vida.
Las dos mujeres se quedaron silenciosas un breve rato
pensando en tan desagradable perspectiva, y la señorita Stackpole, cambiando de
conversación, como la otra le había pedido, anunció de pronto:
- Me complazco en decirte que he estado unos días en
casa de lady Pensil.
- Vamos, por fin llegó la invitación.
- Sí, al cabo de cinco años. Pero en esta ocasión
ella necesitaba verme.
- Era bien natural.
- Mucho más natural de lo que me parece que te
figuras -dijo Henrietta, con la mirada perdida en el vacío. Y, volviéndose
súbitamente, añadió-: Isabel Archer, tienes que perdonarme. ¿No sabes por qué?
Pues porque te critiqué y, a pesar de ello, he ido todavía más lejos que tú.
Por lo menos el señor Osmond nació al otro lado del Atlántico.
Transcurrió un momento antes de que Isabel cayese en
la cuenta de lo que quería decir, pues el sentido de ello estaba velado con
suma modestia, con suma ingenuidad cuando menos. Isabel no se hallaba en
condiciones de ver el lado cómico de las cosas, pero acogió con una franca risa
la imagen de lo que su compañera había sugerido. No obstante, se rehizo y,
fingiendo gran intensidad en el reproche, preguntó: -¿Es posible? Henrietta
Stackpole, ¿vas a desertar de tu país?
- Así parece, mi pobre Isabel. No puedo negarlo y no
me queda mas remedio que mirar las cosas cara a cara. Voy a casarme con el
señor Bantling y a establecerme definitivamente en Inglaterra.
Isabel sonrió amablemente y dijo:
- Parece verdaderamente extraño.
- Sí, ya me lo figuro. La cosa se ha ido produciendo
poco a poco. Me parece que sé perfectamente lo que voy a hacer; lo que no sé es
cómo explicarlo.
- Nadie puede explicar las razones por las que se
casa. Y las tuyas no requieren explicación. El señor Bantling no es ninguna
adivinanza.
- No, no es un chiste malo…, ni siquiera una insigne
manifestación del humor americano. Tiene un agradable carácter. Yo lo he
estudiado a conciencia durante años y veo perfectamente lo que ocurre en su
interior. Es tan diáfano como el estilo de un buen prospecto. No es
intelectual, pero aprecia grandemente el intelecto. Por lo demás, no exagera su
importancia. Creo que nosotros solemos hacerlo en Estados Unidos.
- Ya veo que estás muy cambiada-dijo Isabel-. Es la
primera vez que te oigo decir algo en contra de tu país natal.
- Lo único que digo es que estamos demasiado
engreídos con nuestra fuerza intelectual; lo cual, después de todo, no es un
defecto vulgar. Pero es verdad que he cambiado. Una mujer no puede por menos de
cambiar para casarse.
- Deseo de todo corazón que seas muy feliz. Ahora
podrás observar al fin la vida íntima del país desde dentro.
Henrietta exhaló un suspiro significativo y dijo:
- Ahí está la clave del misterio, me parece. Ya no
podía resistir estar fuera. ¡Ahora tengo tanto derecho como el que más!-añadió
con mal disimulado júbilo.
Isabel estaba todo lo contenta que cabía esperar,
pero en su manera de ver las cosas había una intensa melancolía. Después de
todo, Henrietta se había revelado femenina y hondamente humana; precisamente
Henrietta, a la que en otros tiempos ella había considerado una llama
perennemente encendida, una voz incorpórea y desmaterializada. Para ella
resultaba una verdadera decepción descubrir que tenía susceptibilidades
personales como los demás, que estaba sujeta a las pasiones comunes y que su
intimidad con el señor Bantling carecía completamente de originalidad. Pero lo
que no comprendía es cómo podía Henrietta abandonar a su país. Si bien era
cierto que ella había hecho otro tanto, podía decirse que su país no
significaba para ella lo mismo que para su amiga.
Isabel le preguntó si lo había pasado bien en casa de
lady Pensil.
- Oh, sí-contestó Henrietta-. No sabía qué hacer
conmigo.
- Y eso te resultaba muy agradable.
- Muchísimo, porque se le atribuye una gran capacidad
intelectual. Cree que lo sabe todo, pero no comprende en absoluto a la mujer
moderna. Para ella sería mucho más fácil que yo fuera un poco peor o un poco
mejor. Parece tan desconcertada que se me antoja que cree que tengo el deber de
hacer algo inmoral. Se imagina que es una inmoralidad que yo me case con su
hermano, pero, después de todo, no es tan inmoral como todo eso. Por lo demás,
nunca llegará a comprender mi idiosincrasia…, nunca.
- Por lo visto no es tan inteligente como su hermano-dijo
Isabel-. Por lo menos, él parece haberte comprendido.
La señorita Stackpole exclamó con firmeza:
- No, él tampoco. En realidad me figuro que es por
eso por lo que quiere casarse conmigo…, para tratar de descifrar el misterio y
conocer sus proporciones. Es una idea fija en él, una especie de fascinación
que le domina.
- Pues es todo un detalle por tu parte seguirle el
juego.
- Bueno-contestó Henrietta-, indudablemente yo
también tengo cosas que averiguar.
E Isabel se percató de que su caso no era el de quien
renuncia a una fidelidad, sino el de quien prepara un ataque. Al fin iba a
entendérselas con la verdadera Inglaterra.
Isabel pudo asimismo darse cuenta al día siguiente en
la estación de Paddington, donde se encontraba a las diez en punto en compañía
de Henrietta y del señor Bantling, de que a éste no parecían preocuparle gran
cosa las perplejidades mencionadas por la otra. Si él no lo había descubierto
ya todo, por lo menos sí lo más interesante, a saber: que no carecía de
iniciativa. Era a todas luces evidente que, por lo que a la elección de esposa
respecta, había sabido estar siempre en guardia contra semejante deficiencia.
Al darle la mano, Isabel le manifestó:
- Henrietta me ha puesto al corriente, y lo celebro
de veras.
El señor Bantling, apoyándose un poco en su fino
paraguas, replicó:
- Estoy por decir que debe de parecerle muy extraño.
- Cierto, me parece enormemente extraño.
- No puede parecérselo tanto como a mí. Pero es que a
mí siempre me ha gustado actuar en esa línea -respondió tranquilamente el señor
Bantling.
54
La llegada de Isabel en esta segunda ocasión fue más
tranquila todavía que en la primera. Ralph Touchett tenía un servicio más
reducido y la señora Osmond resultaba para los nuevos criados totalmente
desconocida; de suerte que, en vez de conducirla directamente a su habitación,
la hicieron pasar fría y ceremoniosamente al salón y esperar allí mientras
anunciaban su presencia a su tía. Y tuvo que esperar largo rato, porque la
señora Touchett no se dio prisa alguna en salir a recibirla. De manera que no pudo
por menos de impacientarse; se puso nerviosa y se asustó, como si los objetos
que la rodeaban hubieran comenzado a dar pruebas de ser cosas conscientes que
contemplasen con ridículas muecas su gran turbación. Era un día oscuro y frío;
la oscuridad se adensaba en los rincones de aquellos inmensos aposentos
sombríos. La casa estaba en la más completa calma, la misma calma que Isabel
re- cordaba y que la llenaba por completo en los días inmediatamente anteriores
a la muerte de su tío. Salió del salón y vagó un poco por la casa; entró en la
biblioteca y recorrió la galería de cuadros, donde sus pasos resonaban,
produciendo un eco que interrumpía el profundo silencio de tal sitio. Todo
estaba exactamente igual que la otra vez, y reconoció, una por una, todas las
cosas que había visto hacía unos años; le parecía haber estado allí ayer mismo.
Y envidió la seguridad de los objetos valiosos, que no se alteran en absoluto
sino que aumentan de valor con el tiempo, mientras que sus dueños van poco a
poco perdiendo dicha, juventud, belleza. Se dio cuenta de que en aquel momento
estaba merodeando por allí igual que lo hiciera su tía el día en que fue a
verla a Albany. Desde aquella fecha había cambiado no poco…, aquello constituyó
el comienzo de todo lo demás. Y se le ocurrió que, si su tía Lydia no hubiese
llegado aquel día tal como llegó y no la hubiese encontrado sola, toda su vida
habría sido distinta. Podría haber seguido otra dirección, y ella sería tal vez
más feliz. Se detuvo en la galería enfrente de un pequeño cuadro, un precioso y
lindo Bonington que estuvo contemplando largo rato. Pero, en realidad, no puede
decirse que estuviese mirando la pintura; estaba pensando en que, si su tía no
hubiese ido aquel día a Albany, tal vez se habría casado con Caspar Goodwood.
La señora Touchett apareció, por fin, en el momento
en que Isabel se hallaba otra vez de vuelta en el salón. Parecía muy
avejentada, pero sus ojos tenían el mismo brillo de siempre y su cabeza estaba
tan erguida como antaño, mientras que sus delgados labios eran como el depósito
de sus pensamientos latentes. Llevaba un sencillo traje gris sin adornos de
ninguna clase, e Isabel se preguntó, como hiciera la primera vez, si aquella
mujer tenía más el aspecto de una reina regente o el de la gobernanta de una cárcel.
Sus labios apenas rozaron la encendida mejilla de Isabel.
- Te he hecho esperar tanto rato porque estaba
acompañando a Ralph-dijo la señora Touchett-. La enfermera había ido a almorzar
y yo ocupé su puesto. Ralph tiene un mayordomo que se supone que también debe
atenderle, pero que no sirve para maldita la cosa porque se pasa el día mirando
por la ventana…, ¡como si hubiera algo que ver! No quise moverme porque parecía
que estaba durmiendo y temía que el ruido lo molestase. Así que esperé hasta
que volvió la enfermera. Además, me acordé de que conocías perfectamente la
casa y te hallarías en ella a tus anchas.
- He podido convencerme en este rato de que la
conozco mucho mejor de lo que creía.
Ya he dado una vuelta por ella -dijo Isabel, tras lo
cual preguntó si Ralph dormía mucho.
- Permanece acostado con los ojos cerrados y sin
moverse en absoluto, pero eso no quiere decir, a mi juicio, que esté siempre
dormido. -¿Quiere verme? ¿Me podrá hablar?
La señora Touchett no creyó oportuno contestar
directamente -Puedes intentarlo -fue todo lo que se dignó decir. A continuación
se ofreció a acompañar a Isabel a su aposento-. Creí que te habrían llevado ya
a tu habitación, pero ésta no es ya mi casa sino la de Ralph, y yo no sé lo que
hace aquí la gente. Me imagino que, por lo menos, habrán llevado allí tu
equipaje. No creo que hayas traído mucho, aunque no es que eso me moleste,
desde luego. Me parece que te han asignado el mismo cuarto que ocupaste la otra
vez. Cuando Ralph se enteró de que ibas a venir, dijo que te lo preparasen.
-¿Dijo algo más? -¡Ay, hija mía! Ya no charla por los codos como solía
hacer-exclamó la señora Touchott mientras subía la escalera precediendo a su
sobrina.
Era la misma habitación, en efecto, y algo le decía a
Isabel que no la había ocupado nadie desde que ella la abandonó. Su equipaje,
que no tenía nada de voluminoso, estaba allí.
La señora Touchett se sentó un momento
contemplándolo. Nuestra heroína, que estaba de pie delante de ella, preguntó:
-¿No hay ninguna esperanza para Ralph?
- Absolutamente ninguna. Nunca la hubo. La suya ha
sido una vida bien triste.
- No…, ha sido muy hermosa.
Isabel cayó en la cuenta de que estaba contradiciendo
a su tía, y era que tanta sequedad la sacaba de quicio.
- No sé qué quieres decir con eso. Sin salud no hay
hermosura ninguna. Llevas un traje verdaderamente raro para viajar.
Isabel contempló su vestido y contestó:
- Partí de Roma a toda prisa y me puse lo primero que
encontré.
- Tus hermanas, en América, deseaban saber cómo te
vistes. Parecía que eso era lo que más les interesaba. No me fue posible
decírselo, pero parece que están en lo cierto…, que no llevas más que trajes de
brocado negro.
- Deben de figurarse que soy más brillante de lo que
en realidad soy. Y tengo miedo de decirles la verdad. Lily me escribió
diciéndome que usted había cenado con ella.
- En efecto, me invitó cuatro veces, pero sólo fui
una. A partir de la segunda seguro que no me habría hecho caso. La cena fue
verdaderamente buena; debieron de echar la casa por la ventana. Su marido tiene
muy malos modales. ¿Que si estaba disfrutando de mi viaje a América? Y por qué
razón habría de disfrutar? No había ido por placer.
Aquellos temas de conversación eran bastante
interesantes, pero la señora Touchett no tardó en abandonar a su sobrina, a la
que volvería a ver media hora después, en el almuerzo. Hicieron las dos damas
aquella comida en una mesa acortada, en el melancólico y sombrío comedor. Allí,
al poco rato, Isabel vio que su tía estaba menos seca de lo que aparentaba, y
de nuevo experimentó su antigua compasión por la inexpresividad de aquella
pobre mujer, por su falta de añoranzas, su carencia de decepciones. No cabía duda
de que ahora consideraría una bendición sentir una derrota cualquiera, un
engaño, incluso uno o varios motivos de vergüenza. Isabel se preguntó si no
echaría de menos incluso esos enriquecimientos del espíritu y estaría
intentando en secreto…, buscando como un regusto de la vida, como las migajas
del banquete: el testimonio del dolor o el frío solaz del remordimiento. Por
otra parte, era muy posible que tuviera miedo, y, si se entregaba al
remordimiento, Dios sabe hasta dónde podría llegar. Isabel se daba cuenta de
hasta qué punto, mirándose en aquel espejo, percibía oscuramente que había
fracasado en algo de suma importancia, y se veía en los días por venir como una
especie de mujer sin recuerdos. El pequeño y agudo rostro de su tía le pareció
verdaderamente trágico. Le dijo ésta que Ralph no se había movido aún, pero que
probablemente podría recibirla antes de la hora de la cena. Luego declaró que
el día antes había recibido a lord Warburton; referencia que no pudo por menos
de conmoverla un poco, por parecer una indicación de que el mencionado
personaje no se hallaba tan distante y de que una casualidad cualquiera podría
hacer que se encontraran de nuevo. Tal casualidad no sería seguramente grata
para ella, toda vez que no había ido a Inglaterra para vérselas con lord
Warburton. No obstante, no quiso ocultarle a su tía que había sido muy bueno
con Ralph en Roma, como ella tuvo oportunidad de comprobar por sí misma.
-¡Ahora tiene otras cosas importantes de que preocuparse! -exclamó la señora
Touchett. Y se quedó en silencio, dirigiéndole una mirada penetrante como una
barrena.
Isabel intuyó que aquellas palabras significaban algo
y en el acto adivinó, además, de qué se trataba. Pero ocultó su pensamiento
tras su respuesta; el corazón le latía con fuerza y quería ganar tiempo.
- Sí, ya me figuro: la cámara de los lores… y todo lo
demás.
- Nada de cámara de lores ni cosas por el estilo; no
piensa en nada de eso. En lo que está pensando es en las damas…, por lo menos,
en una dama; le ha dicho a Ralph que está ya comprometido para casarse. -¡Ah,
para casarse!-exclamó suavemente Isabel.
- A menos que rompa el compromiso. Debió de parecerle
que a Ralph le gustaría saberlo. Pero el pobre Ralph no podrá asistir a la
boda, que creo que se celebrará muy pronto. -¿Y quién es la dama?
- Una de la nobleza. Lady Flora, lady Felicia… o algo
así.
- Lo celebro infinito-dijo Isabel-. Debe de haber
sido una decisión bien rápida.
- Bastante, según he oído decir: un noviazgo de unas
tres semanas. Hace muy poco que la cosa se ha hecho pública.
- Pues lo celebro infinito -repitió Isabel con más
énfasis que la vez anterior. Sabía perfectamente que su tía la observaba
tratando de sorprender en ella cualquiera señal de tristeza, pero su deseo de
no mostrar nada que diera pábulo a algo por el estilo le permitió expresarse en
el tono de satisfacción ya visto, casi con cierto alivio. Ni que decir tiene
que la señora Touchett seguía fiel a la tradición según la cual las damas,
incluso una vez casadas, deben considerar como ofensa a ellas inferida el que sus
antiguos enamorados se casen. Por ello, el mayor interés de Isabel era dejar
claro que no tenía por qué sentirse ofendida. Pero, entretanto, como acabamos
de decir, el hecho era que su corazón latía con fuerza en su pecho, y, si
permaneció un momento sentada y pensativa, no obstante haber olvidado ya la
observación de la señora Touchett, no era precisamente por la pérdida de su
antiguo ena- morado. Era que su imaginación había atravesado media Europa y se
había detenido, jadeante y casi temblorosa, en la ciudad de Roma, donde se veía
a sí misma anunciando a su marido que lord Warburton iba a llevar a su novia al
altar, y no se le ocultaba el penoso aspecto que presentaría al tener que
realizar semejante esfuerzo intelectual. Pero no tardó en recobrarse y dijo a
su tía-: Era seguro que tendría que hacerlo un día u otro.
Se quedó callada la señora Tonchett y comenzó a hacer
pequeños y breves movimientos de cabeza; mas, de pronto, exclamó: -¡Ah,
querida, estás fuera de mi alcance!
Las dos continuaron el almuerzo en silencio. Isabel
tenía la sensación de que le habían comunicado la muerte de lord Warburton. Le
había conocido como pretendiente tan sólo, y ahora aquello había terminado.
Estaba, además, muerto para la pobre Pansy, junto a
la cual podría haber continuado viviendo a sus ojos. Uno de los criados
merodeaba por el comedor, y la señora Touchett le indicó que las dejara solas.
Ya habían dado fin al almuerzo, y la tía de Isabel permaneció sentada y con las
manos juntas en el borde de la mesa. Después, al ver que el criado había
desaparecido, dijo:
- Quisiera hacerte tres preguntas.
- Tres preguntas son muchas preguntas.
- No pueden ser menos, ya lo he pensado bien; pero
las tres son igualmente buenas.
- De eso es de lo que tengo miedo. Las mejores
preguntas suelen ser las peores - respondió Isabel.
La señora Touchett empujó hacia atrás su silla, y su
sobrina se dirigió lentamente hacia una de las profundas ventanas del comedor,
sintiendo instintivamente que los ojos de su tía la seguían y estaban clavados
en ella. -¿No te ha ocurrido nunca haber deplorado no ser la esposa de lord
Warburton? - preguntó la señora Tonchett.
Isabel movió la cabeza lentamente, pero sin pesadez,
y replicó:
- No, querida tía.
- Está bien. Te diré que estoy decidida a creer lo
que dices.
- Eso de que usted me crea es una gran tentación
-declaró Isabel sonriendo. -¿Una tentación… para mentir? Pues no te recomiendo
que lo hagas, porque cuando se me engaña me vuelvo tan peligrosa como una rata
envenenada. No me propongo cantar victoria en lo que a ti respecta.
- Es que mi marido no se entiende bien conmigo.
- Eso podría habértelo dicho yo desde el principio.
Pero no es a esto a lo que yo llamo cantar victoria. -Y añadió-: ¿Sigue
gustándote Serena Merle?
- No como en otros tiempos, pero eso no tiene ya la
menor importancia porque va a marcharse a América. -¿A América? Algo muy malo
tiene que haber hecho.
- Sí…, muy malo. -¿Puedo permitirme preguntar qué?
- Se sirvió de mí.
Y la señora Touchett exclamó: -¡Ah, también de mí! Se
sirve de todo el mundo.
- Entonces, se servirá también de América -dijo
Isabel sonriendo de nuevo y encantada de que ya se hubieran acabado las
preguntas de su tía.
Hasta aquella noche no pudo Isabel ver a Ralph. Había
estado todo el día dormitando y, por tanto, inconsciente. El médico de
cabecera, al que tanto. quería él y que había atendido a su padre, acababa de
marcharse. Este doctor iba a verle tres o cuatro veces al día, pues tenía un
gran interés por el estado de su enfermo. También le había visitado sir Matthew
Hope, pero Ralph estaba ya harto de aquel célebre caballero y le pidió a su
madre que le enviase un telegrama diciéndole que él había muerto y no precisaba
más atención médica. Pero la señora Touchett se limitó a escribirle diciéndole
que su hijo le tenía antipatía. El día de la llegada de Isabel, Ralph, como ya
hemos dicho, no dio señales de volver en sí; pero hacia la hora del crepúsculo
se incorporó y dijo que sabía que ya había llegado. Parecía imposible saber
cómo había logrado enterarse, toda vez que, por miedo de impresionarle, nadie
se había atrevido a comunicárselo. Isabel fue a verle y se sentó junto al lecho
en la parca claridad que allí reinaba, pues no había sino una vela encendida en
uno de los rincones de la habitación. Dijo a la enfermera que podía retirarse,
pues ella se quedaría allí lo que restaba de tarde. Él abrió los ojos, la
reconoció y logró mover la mano que yacía inservible a su lado para que ella
pudiera tomarla. Pero no pudo hablar. Volvió a cerrar los ojos y permaneció
sumido en un profundo sopor, conservando en su mano la de ella.
Estuvo Isabel sentada a su lado durante largo tiempo,
hasta que regresó la enfermera, pero él no volvió a dar la menor señal de vida.
Podía haber expirado mientras ella estaba allí, a juzgar por su lívido rostro,
que era la verdadera imagen de la muerte. Ya en Roma le había creído en trance
de desaparecer, pero lo de ahora era mucho peor; sólo existía una probabilidad.
Cubría su faz una tranquilidad inmensa; estaba tan quieta como la tapadera de
una caja. Por lo demás era todo huesos y, cuando abrió los ojos para darle a
entender que la reconocía y le estaba agradecido, le pareció a ella que estaba
contemplando el espacio infinito. La enfermera no llegó hasta medianoche; pero
a Isabel no le habían parecido tan lar- gas aquellas horas, puesto que había
ido sólo para eso. Si no hubiese ido más que para esperar, habría tenido tiempo
sobrado para ello, pues Ralph pasó tres días en una especie de agradecido
silencio. De vez en cuando la reconocía, y se diría que quería hablarle, pero
no tenía fuerzas para emitir sonido alguno. Y cerraba otra vez los ojos como si
también él estuviese esperando algo…, algo que por fuerza tenía que suceder.
Permanecía tan absoluta- mente inmóvil que ella se daba a creer que ya había
llegado lo que se esperaba, pero no la abandonó un solo instante la sensación
de que estaban y habían estado juntos. Sin embargo, no lo estaban siempre.
Había otras horas en que ella vagaba por la casa vacía, escuchando en el fondo
de su alma otra voz que no era la del pobre Ralph. Sentía un temor constante.
Creía en la posibilidad de que su marido le escribiese. Pero éste guardó
absoluto silencio, y ella recibió solamente una carta de Florencia, de la
condesa Gemini. Por fin, al término del tercer día, Ralph pudo hablar.
De pronto, en la triste claridad de la habitación y
la sorda lobreguez de la vigilia de Isabel, murmuró:
- Me siento mejor esta noche. Creo que voy a poder
decir algo.
Se hincó ella de rodillas junto a su cabecera, tomó
en la suya, suave y fina, la mano descarnada de él, y le rogó que no se
cansara, que no hiciera esfuerzos. El semblante de Ralph estaba forzosamente
serio, pues no era capaz de realizar el pliegue muscular indispensable para
producir la sonrisa; no obstante, parecía no haber perdido el sentido del
humor. -¿Qué importa que me canse cuando tengo ante mí toda la eternidad para
reposar? - replicó-. No hay peligro en hacer un esfuerzo cuando ha de ser el último
de todos. ¿No suele la gente sentirse mejor cuando se acerca el final? Con
frecuencia lo he oído decir; y eso es lo que estaba precisamente esperando.
Desde que viniste, supuse que eso tenía que llegar. Y lo intenté dos o tres
veces porque temía que te cansaras de estar sentada ahí.-Hablaba despacio y
quedo, respirando difícilmente y haciendo pausas prolongadas, y su voz parecía
venir desde muy lejos. Cuando acababa, se quedaba con el rostro vuelto hacia
Isabel, y sus grandes e inmóviles ojos fijos en los de ella-. Has sido muy
buena por haber venido -añadió-. Suponía que vendrías, pero no estaba seguro.
- Tampoco yo estaba segura hasta que vine -contestó
Isabel con suavidad.
- Has sido como un ángel al lado de mi lecho. Ya
sabes que se habla del ángel de la muerte. Ése es el más hermoso de todos. Eso
has sido tú para mí, como si hubieses estado esperándome.
- Yo no esperaba tu muerte… Esto -era lo que
esperaba, esto. Y esto no es la muerte, mi querido Ralph.
- Para ti, desde luego, no… Nada nos hace sentir
tanto en nosotros mismos la vida como el ver morir a los demás. Ésa es la
sensación de la vida…, el darnos cuenta de que nos quedamos. Hasta yo he
llegado a sentirla. Pero para lo único que puede servir ahora es para
proporcionarla a los demás. Todo ha terminado para mí.
Ralph hizo una pausa. Isabel inclinó todavía más la
cabeza hasta que quedó reposando en sus manos, que aprisionaban la de él. No
podía ver a su primo, pero en sus oídos continuaba estando su voz, venida de
tan lejos.
- Quisiera, por tu bien -dijo él de pronto-, que todo
hubiese terminado ya, Isabel.-Ella no contestó, sollozó reiteradamente y siguió
con la cabeza hundida en las manos. Él permaneció silencioso, escuchando el
intermitente sollozar de ella, y, por último, prorrumpió en un largo gemido-:
¡Ah, si supieras lo que has hecho por mí!
- Si supieras lo que tú has hecho por mí -exclamó
Isabel una vez que su propia actitud había logrado calmar su gran agitación.
Había perdido toda sensación de vergüenza, toda voluntad de seguir ocultando
las cosas. Ya era hora de que él supiese. Ella quería que lo su- piera en aquel
instante que los unía supremamente y en que ya estaba más allá del dolor. Así,
dijo, llevada de su profundo impulso-: Tú hiciste algo una vez, ya sabes qué…
¡Oh, Ralph, tú lo has sido todo para mí! ¿Qué he hecho yo por ti…, qué puedo
hacer ahora? Si a costa de mi vida pudieras vivir, la daría con gusto. Pero no
quiero que vivas; lo que yo querría sería morir también para no perderte.
Y su voz pareció tan rota como la de él, llena de
lágrimas, tocada de inmensa aflicción.
- No me perderás sino que me conservarás. Guárdame en
tu corazón. Estaré más cerca de ti de ahora en adelante de lo que nunca lo
estuve. Mi querida Isabel, la vida es mejor porque en ella existe el amor. La
muerte es buena…, pero en ella no existe amor.
- Yo no te di jamás las gracias…, no te hablé nunca
de ello…, no fui nunca lo que debía ser -prosiguió Isabel. Experimentaba una
aguda necesidad de llorar y de acusarse a sí misma, de abandonarse a su inmenso
dolor. Todas sus penas se convirtieron entonces en una sola y se mezclaron en
la de aquel instante-: ¿Qué has debido de pensar de mí? Pero ¿cómo podía yo
saberlo? Jamás lo supe, y si lo sé hoy es porque hay otros menos necios que yo.
- No hables de los demás-dijo Ralph-. Creo que estoy
contento de tener que dejarlos.
Alzó ella la cabeza y, al propio tiempo, sus manos unidas,
como implorante, y preguntó: -¿Es de veras…, es verdad? -¿Verdad que has sido
necia? Oh, no, nada de eso -contestó Ralph con un deseo de ser todavía
ingenioso.
- Que fuiste tú quien me hizo rica…, que todo lo que
tengo es tuyo.
Volvió él la cabeza hacia el otro lado y estuvo un
momento sin contestar.
- No hables de eso-dijo al fin-, no ha sido una idea
feliz.-De nuevo volvió la cabeza hacia ella y se contemplaron otra vez el uno
al otro-. Lo que hice con eso… fue arruinar tu vida -terminó como en un
suspiro.
Tenía ella plena conciencia de que Ralph estaba más
allá del dolor, de que nada significaba ya en este mundo. Pero, aun cuando no
la hubiera tenido, habría dicho lo mismo, ya que lo único que en tal momento
tenía importancia era el pleno conocimiento de que aquello no era una mera
angustia, el saber a ciencia cierta que ambos estaban mirando la verdad cara a
cara.
- Se casó conmigo sólo por el dinero -declaró. Y es
que quería decirlo todo y tenía verdadero miedo de que él pudiera morir antes
de que se lo hubiese dicho.
El la contempló un instante y por primera vez bajó
los párpados; pero volvió a levantarlos enseguida y murmuró:
- Sí, lo estaba, pero no se habría casado conmigo si
yo hubiera sido pobre. No creo que te lastime diciéndote esto. No podría
hacerlo. Lo único que quiero es que comprendas. Hice siempre lo posible por que
no comprendieses, pero ahora ya no.
- Lo comprendí siempre todo.
- Eso creía yo, y no me gustaba que así fuera; pero
hoy me alegro.
- Lejos de lastimarme…, me haces muy feliz
diciéndolo.-Y pareció como si una súbita y extraordinaria alegría se hiciera
visible en su voz. Inclinó ella otra vez la cabeza y oprimió sus labios contra
el dorso de la mano de él, que continuó diciendo-: Lo comprendí siempre todo…,
por más que fuera tan extraño…, tan lamentable. Tú querías contemplar la vida
por ti misma… y no se te ha permitido…, se te ha castigado por haberlo querido.
Te redujeron a simple polvo en el molino de lo convencional.
- Cierto, bien se me ha castigado-dijo Isabel
suspirando. -¿Se portó muy mal contigo por lo del viaje?
- Fue bastante duro, pero no me importa. -¿Ha
terminado ya todo entre vosotros?
- Eso no; no creo que haya terminado todo. -¿Piensas
volver con él? -preguntó Ralph entrecortadamente.
- No lo sé…, no sabría decirlo. Me quedaré aquí todo
lo que pueda. No quiero pensar, necesito no pensar. No me importa nada aparte
de ti, de tu persona. Eso me basta por el momento; y durará bastante. Aquí, de
rodillas, teniéndote moribundo en mis brazos, soy más dichosa de lo que lo he
sido desde hace mucho tiempo. Quiero que tú seas también dichoso…, que no
pienses en nada triste…, que pienses tan sólo en que yo estoy cerca de ti y te
quiero. ¿Cómo habría, pues, de haber dolor en ello? ¿Qué tenemos que hacer con
el dolor en momentos como éstos? Ésta no es la cosa más profunda de todas, hay
algo todavía más profundo.
A Ralph le costaba cada vez más hablar, por lo que
tuvo que esperar bastante hasta recobrar fuerzas. Por de pronto, pareció no dar
respuesta alguna a estas palabras y dejó transcurrir un rato. Luego murmuró
sencillamente:
- Debes quedarte aquí.
- Me gustaría estar… tanto como parezca correcto.
- ¿Como parezca correcto…, como parezca
correcto?-Repitió lentamente sus palabras y añadió-: Me parece que piensas
demasiado en eso.
- No tiene una más remedio que pensar… Pero estás muy
fatigado-dijo Isabel.
- Sí que lo estoy, pero acabas de decir con razón que
el dolor no es la más profunda de las cosas. No…, no. Pero es verdaderamente
profundo… ¡Si pudiese quedarme…!
- Para mí, tú seguirás estando siempre aquí… -le
interrumpió ella, ya que no era difícil hacerlo en las condiciones en las que
se hallaba.
Tras un momento, él prosiguió:
- Pero después todo pasa, como está pasando ahora. Lo
único que queda es el amor.
No sé por qué hemos de sufrir tanto. Acaso llegue a
averiguarlo. En la vida hay tantas cosas … Tú eres muy joven.
- Pero me siento muy vieja -replicó Isabel.
- Volverás a ser joven de nuevo. Así es como yo te
veo. No creo no creo… -Y se detuvo, porque las fuerzas le abandonaban.
Ella le rogó que se quedase callado y dijo:
- Nosotros no tenemos necesidad de hablar para
entendernos.
- No creo que un error tan generoso como el tuyo
pueda lastimarte ya mucho más tiempo.
Ella exclamó, dando libre curso a sus lágrimas:
- Oh, Ralph, ahora me siento completamente dichosa.
- Y acuérdate siempre de que, si bien te han odiado…,
también has sido muy amada…
No sólo amada, Isabel, ¡sino adorada!-exclamó
exhalando un suspiro prolongado y apenas perceptible.
Isabel prorrumpió en un sollozo, exclamando en un
arrebato de gran postración: -¡Oh, Ralph, hermano mío!
55
Ralph había dicho a Isabel la primera noche de su
llegada a Gardencourt, procedente de Estados Unidos, que, si llegaba a vivir lo
suficiente para sufrir en alto grado, tal vez pudiera ver un día el duende que
vagaba por aquella mansión. En el momento presente parece ser que ella tenía
más que sobradamente satisfechas las condiciones, ya que a la mañana siguiente,
a la hora de la débil y fría luz del alba, se dio cuenta de que un espíritu
estaba de pie junto a su cama. Se había echado vestida en la cama en la
creencia de que Ralph no sobreviviría a la noche. No sentía gran deseo de
dormir, estaba esperando, y aquella espera la mantenía en constante duermevela.
De. todos modos, se decidió a cerrar los ojos en la seguridad de que en el
transcurso de la noche oiría llamar a su puerta. No oyó llamada alguna, pero en
el momento en que las tinieblas comenzaban a teñirse del gris pálido del alba
se incorporó de pronto, alzando la cabeza de la almohada como si hubiera
recibido una premonición, y durante un momento se imaginó que él estaba allí de
pie, vagando como una incorpórea figura en la recoleta penumbra de la
habitación. Y se quedó mirándole fijamente; vio su blanco rostro, sus ojos
bondadosos y luego… nada. No sentía miedo, pero estaba segura de lo acaecido. Salió
de la habitación y, con la seguridad que la acuciaba, atravesó corredores y
bajó los pocos escalones de madera de bien encerado roble que brillaba
vagamente a la escasa luz de la ventana próxima. Se detuvo un momento ante la
puerta de la habitación de Ralph para escuchar, mas le pareció que no oía sino
el denso silencio que por completo la llenaba. Abrió cautamente la puerta con
una sola mano, con igual levedad que si alzase el velo que cubriera la cabeza
del difunto, y vio a la señora Tonchett inmóvil, sentada junto a la cabecera
del lecho teniendo en la suya una mano de su hijo. Al otro lado estaba el
doctor, con el dedo índice de su mano derecha apoyado en el reverso de la
muñeca de Ralph, y las dos enfermeras al pie de la cama, entre la madre y el
médico. La señora Touchett no se dio por enterada de la presencia de Isabel,
pero el doctor la miró de manera bien significativa y luego dejó reposar
suavemente la mano de Ralph junto a su cuerpo. La enfermera la miró igualmente
de manera significativa, y nadie dijo una sola palabra; pero Isabel contemplaba
tan sólo aquello que había ido a ver. Ralph estaba más hermoso de lo que jamás
había estado en vida, y había un extraordinario parecido entre él entonces y el
rostro de su padre que ella había visto seis años antes yaciendo en igual
postura sobre la misma almohada. Se acercó a su tía y la rodeó con un brazo. La
señora Touchot, que nunca solicitaba ni recibía a gusto las caricias, se
sometió durante unos segundos al placer de aquélla, levantándose de la silla
para recibirla mejor. No obstante, su rostro estaba completamente inalterado,
secos sus ojos, toda ella rígida y altiva. -¡Mi querida tía Lydia! -se limitó a
murmurar Isabel.
Y la señora Touchett, separándose blandamente de
aquel abrazo, contestó:
- Ve a dar gracias a Dios por no tener hijos.
Tres días después de este acontecimiento, numerosas
personas hallaron tiempo, en plena «temporada» londinense, para tomar el tren
de la mañana hasta una tranquila estación en el Berkshire y pasar media hora en
una pequeña iglesia gris no muy distante de la estación.
La señora Touchett entregó para siempre a la tierra
el cuerpo de su hijo, en el verde y callado cementerio del diminuto templo.
Permaneció ella al pie de la sepultura e Isabel a su lado, y ni el mismo
sepulturero parecía sentir tanto interés práctico como la señora Touchett en
escena semejante. Era una ocasión verdaderamente solemne, pero no desagradable
ni pesada, y parecía como si las cosas se hubieran puesto de acuerdo para
quitarle toda aspereza.
El tiempo había mejorado, y el día, uno de los
últimos del mes de mayo, a veces traicionero, era templado y sin viento,
mientras que el aire tenía la brillantez del espino y la suavidad del canto del
mirlo. Era triste pensar en el pobre Ralph, pero no en exceso, pues la muerte
no había tenido para él violencia alguna. Llevaba mucho tiempo muriéndose y
estaba perfectamente preparado para ello; todo había sido esperado y se hallaba
preparado para el caso. Las lágrimas que brotaron de los ojos de Isabel no llegaron
a cegarla. A través de ellas podía contemplar la hermosura de aquel día, el
esplendor de la naturaleza, la quietud del pequeño cementerio, las cabezas
inclinadas de los amigos de su primo. Allí estaba lord Warburton, y un grupo de
caballeros que le eran por completo desconocidos y que pertenecían a la
administración y gerencia del banco, y varios otros que conocía. Entre éstos se
hallaba la señorita Stackpole, con el bueno del señor Bantling a su lado; y
Caspar Goodwood, cuya cabeza sobresalía por encima de las de los demás y, en
cambio, se inclinaba menos. Isabel fue consciente durante gran parte del tiempo
de que Caspar Goodwood no le quitaba ojo de encima mientras los demás
asistentes tenían los suyos fijos en el verde césped. Pero ella no le hizo
comprender ni una sola vez que le había visto, y se preguntaba por qué
permanecía aún en Inglaterra. Había dado por supuesto que, una vez que hubiese
dejado a Ralph instalado en Gardencourt, tomaría el primer vapor para América,
pues sabía lo poco que el país le agradaba. Pero a pesar de todo estaba allí,
bien tranquilo y erguido, y en su actitud había un no sé qué que parecía
patentizar su permanencia como obedeciendo a un complicado propósito. Isabel no
quería que sus ojos se encontraran con los de él, aunque en ellos había sin
duda verdadero sentimiento por el difunto; su presencia acabó por hacerla
sentirse molesta. Desapareció él junto con el pequeño grupo de amigos, y la
única persona que a ella se acercó -casi todas fueron a ofrecer su pésame a la señora
Touchett- fue Henrietta Stackpole, que había estado llorando.
Ralph le había manifestado a Isabel su deseo de que
permaneciese en Gardencourt, y ella no hizo movimiento alguno que mostrase su
intención de abandonar el lugar. Se justificaba a sí misma pensando que era una
obra de caridad permanecer, cuando menos, algunos días con su tía. Y fue
verdaderamente afortunado para ella haber encontrado tal fórmula, porque, de lo
contrario, habría tenido que preocuparse de buscar otra. Su misión estaba ya
terminada; había hecho aquello para lo que había dejado a su marido. Tenía un
esposo, allá en la ciudad distante, que contaba las horas de su ausencia, y en
tal caso se necesitaba un motivo harto poderoso para prolongarla. Sin duda no
era él uno de los mejores maridos que existían, mas eso no cambiaba la
realidad, no alteraba el resultado final. En el matrimonio, como tal, había
implícitamente ciertas obligaciones que eran independientes de la satisfacción
que aquél pudiera proporcionar. Isabel procuraba pensar en su marido lo menos
posible, pero ahora que estaba lejos de él y sin sufrir su maligna influencia,
pensaba en Roma con una especie de estremecimiento espiritual. En aquella
imagen había sin duda algo de tremenda frialdad que la hacía recluirse en las
más tranquilas penumbras de la mansión de Gardencourt. De tal suerte, vivía día
tras día, postergando su partida, cerrando los ojos, tratando de no pensar.
Sabía perfectamente que debía decidir algo, pero no decidía absolutamente nada.
Su mismo viaje a Inglaterra no había sido fruto de una decisión. Lo único que
en tal oportunidad hizo fue partir. Osmond no daba señales de vida y era
evidente que no daría ninguna, dejándolo todo en manos de ella. Tampoco sabía
nada de Pansy, pero la explicación era bien sencilla: su padre le había
prohibido escribir.
La señora Touchett aceptaba la compañía de Isabel,
pero no le prestaba ninguna ayuda; parecía absorta por completo -sin entusiasmo
alguno, aunque con gran lucidez- en las conveniencias de su nueva situación. Si
bien no era optimista, la señora Touchett sabía sacar fuerzas de flaqueza y
cierta utilidad de todas las ocasiones dolorosas. Utilidad que consistía en
pensar que, después de todo, tales hechos les ocurrían a los demás y no a ella.
Cierto que la muerte era algo desagradable, pero en aquel caso se trataba de la
muerte de su hijo, no de la suya, y se vanagloriaba de pensar que la suya no le
resultaría desagradable absolutamente a nadie, a no ser a ella misma. Ella
estaba mucho mejor que el pobre Ralph, que había dejado tras de sí todas las
comodidades de la vida y, desde luego, la seguridad material; pues, a juicio de
la señora Touchett, lo peor de la muerte era que le exponía a uno a privarlo de
sus ventajas. Por lo que a ella respectaba, seguía en su sitio, y no había cosa
mejor que ésa. La noche misma del día del entierro hizo saber a Isabel, con
toda exactitud, algunas de las interesantes disposiciones testamentarias de
Ralph. Él se lo había contado todo, todo se lo había consultado. No le dejaba a
su madre dinero alguno, que ella, por lo demás, no había menester. Le dejaba el
mobiliario de Gardencourt, excepto los cuadros y libros, y el uso de la mansión
durante un año a contar desde la fecha de su muerte, después de lo cual debía
sacarse a la venta. El dinero obtenido de ella se destinaría a financiar un
hospital para personas aquejadas de la enfermedad que le llevara a él al
sepulcro, quedando lord Warburton nombrado albacea y ejecutor de tal parte del
testamento. El resto de sus bienes, que deberían ser retirados del banco,
quedaba distribuido en varios legados, algunos de ellos para los primos de
Vermont, con quienes su padre se había mostrado ya muy generoso. A continuación
había una serie de legados de menor cuantía.
- Algunos de sus legados son verdaderamente curiosos
-dijo la señora Touchett-, pues ha dejado una gran suma de dinero a personas de
las que ni siquiera he oído hablar en mi vida. El me proporcionó una lista
completa de ellas, y me dijo que eran personas que en varías oportunidades
demostraron profesarle afecto. Por lo visto, debía de pensar que tú no le
querías, porque no te ha dejado un solo penique. Creía que su padre ya te había
tratado con esplendidez, opinión que yo comparto, si bien jamás le oí la menor
crítica al respecto. Los cuadros tomarán cada uno su camino, pues los ha dejado
a distintas personas a quienes pudiera agradar tenerlos. Los de más valor de la
colección se los deja a lord Warburton. Lo que no puedes imaginarte es lo que
hace con la biblioteca. Cualquiera diría que se trata de una broma pesada. Se
la deja a tu amiga la señorita Stackpole, en reconocimiento a los servicios por
ella prestados a la literatura. ¿Se referirá a que le acompañó hasta aquí desde
Roma? ¿Consideraba él semejante compañía un servicio a la literatura? La
biblioteca contiene algunos volúmenes muy raros y de gran valor, y, como ella
no puede llevarlos por todas partes en el fondo de su baúl, él mismo le
recomienda que los venda en pública subasta. Indudablemente los hará vender en
la casa Christie y con el producto fundará un periódico. ¿Consistirá acaso en
eso el servicio a la literatura?
Isabel consideró que no tenía por qué contestar a
semejante pregunta, ya que excedía al pequeño interrogatorio a que había
accedido a prestarse a su llegada a Gardencourt. Además, nunca había sentido
tan poco interés por la literatura como entonces, como se demostraba cuando
accidentalmente abría cualquiera de aquellos raros y preciosos libros de que su
tía le hablara. En realidad le era casi imposible leer, ya que nunca le había
resultado tan difícil como ahora centrar la atención. Una tarde, la semana siguiente
del entierro de Ralph, se había pasado más de una hora en la biblioteca
haciendo esfuerzos por concentrarse, pero apartaba continuamente la mirada del
libro y se ponía a mirar por la ventana, frente a la cual se extendía la
espaciosa y larga avenida. Y he aquí que, mientras contemplaba la verde
lejanía, vio un modesto cabriolé que se acercaba a la puerta, y en él, en un
rincón, sentado en postura harto incómoda, a lord Warburton en persona. Grande
había sido siempre su sentido de la cortesía, por lo cual no era de extrañar
que se tomara la molestia de trasladarse a Londres para visitar a la señora
Touchett. Desde luego, era a la señora Touchett y no a la señora Osmond a quien
él deseaba ver; y, para demostrarse a sí misma la verdad de tal presunción,
Isabel salió de la casa y se fue a dar una vuelta por el parque. A causa del
mal tiempo, nada favorable para vagar por los alrededores, había salido poco de
la casa desde su llegada a Gardencourt. Pero aquélla era una tarde muy
agradable y se le antojó que sería una buena idea salir a dar un paseo. La
presunción a que antes nos hemos referido era en cierto modo acertada, pero no
le produjo, en fin de cuentas, gran beneficio, y no se necesitaba una gran
astucia para convencerse, con sólo verla, de que se hallaba en un momento de
gran inquietud. No había logrado todavía calmarse cuando, al cabo de un cuarto
de hora, al estar de nuevo ante la casa, vio a la señora Touchett salir de ella
acompañada de su visitante. Era evidente que su tía había propuesto a lord Warburton
ir juntos en su busca. Pero ella no estaba de humor para visitas y, si le
hubiera sido posible, de buena gana se habría escondido detrás de uno de los
añosos y corpulentos árboles. Pero se convenció de que la habían visto y no le
quedaba más remedio que seguir avanzando. Y, como el prado de Gardencourt era
de extensión considerable, tardó algún tiempo en recorrerlo, tiempo que
aprovechó para observar que, mientras caminaba al lado de su anfitriona, lord
Warburton llevaba las manos rígidamente enlazadas tras la espalda y los ojos
fijos en el suelo. Una y otro parecían guardar silencio, pero la aguda y
penetrante mirada que la señora Touchett dirigía a Isabel parecía decir en tono
tajante: «Aquí tienes al extraordinariamente condescendiente y noble caballero
con quien debiste haberte casado». Sin embargo, cuando lord Warburton alzó los
ojos no fueron aquellas altisonantes palabras las que éstos parecían
pronunciar, sino otras mucho más sencillas, a saber: «Es una cuestión bien
peliaguda, como puede ver, y cuento con su ayuda».
Su aspecto era muy grave, muy adecuado a las
circunstancias, y, por primera vez desde que la conocía; saludó a Isabel sin
una previa sonrisa. Incluso en los días de su desgracia, siempre había
comenzado con una sonrisa. Pero ahora se diría que estaba sumamente preocupado.
- Lord Warburton ha tenido la amabilidad de venir a
verme -dijo la señora Touchett-. Dice que no sabía que estuvieras todavía aquí.
Como sé que sois buenos y viejos amigos y me han dicho que no estabas en la
casa, le he acompañado para que te viera.
- Oh, he visto que hay un tren que pasa por la estación
a las seis cuarenta y que me permitirá estar de vuelta en casa para la hora de
la cena -dijo sin venir a cuento y a guisa de explicación el acompañante de la
señora Touchett. Y añadió-: Me alegro mucho de que no sé haya marchado todavía.
- Pero no me quedaré mucho tiempo -replicó Isabel con
cierta, vehemencia.
- Ya me lo imagino, aunque espero que sean algunas
semanas ¿Acaso ha vuelto usted a Inglaterra antes de…, de… lo que pensaba?…
- Sí. Tuve que venir súbitamente, por lo de Ralph.
La señora Touchett hizo como si se alejara un poco
para examinar el césped, que desde luego no estaba como debía estar, y lord
Warburton titubeó un poco. Isabel se figuró que había estado a punto de
preguntarle por su marido, a juzgar por su turbación, y que luego se había
contenido. Persistía en su inmutable actitud de gravedad, fuera por creer que
así convenía mostrarse en un lugar por donde había pasado la muerte, fuera por
razones de pura índole personal. Si, en verdad, tenía razones puramente personales,
era una suerte para él poder encubrirlas bajo otros motivos. Isabel pensó en
todo ello. No se trataba de que tuviese el semblante triste, pues para ello
había un motivo, sino que se observaba en él una extraña falta de expresión.
- Mis hermanas habrían tenido mucho gusto en venir a
verla si hubiesen sabido que usted estaba todavía aquí… y que las recibiría
-dijo-. ¿Tendría usted la bondad de permitirles verla antes de abandonar
Inglaterra?
- Será para mí un placer, pues guardo de ellas el
mejor recuerdo.
- No sé si a usted le agradaría ir a pasar uno o dos
días a Lockleigh, pues ya sabe que está aún pendiente su antigua promesa. -El
aristócrata se ruborizó un tanto al hacer tal sugerencia, que, a pesar de ello,
comunicó a su cara mayor expresión y familiaridad. Y se arriesgó a añadir-:
Acaso no hago bien en decírselo en estos momentos, pero no ha de pensar usted
en que va de visita, pues ésta no tendría carácter de' tal. Mis hermanas
pasarán cinco días en Lockleigh durante la próxima Pascua de Pentecostés; y si
para entonces pudiese usted ir, ya que dice que no estará mucho más tiempo en
Inglaterra, yo me las arreglaría para que no hubiese allí ninguna otra persona.
Isabel se preguntó si ni siquiera estaría allí la
joven aristócrata con quien debía casarse, acompañada de su mamá, pero no hizo
ninguna alusión al respecto.
- Se lo agradezco infinito -se limitó a contestar-.
Pero no sé qué será de mí para la Pascua de Pentecostés.
- De todos modos tengo su promesa…, ¿no es cierto?…,
para otra ocasión.
En tal respuesta se encerraba una verdadera pregunta,
pero Isabel hizo como si la pasara por alto. Ella lo contempló un instante y
como resultado de tal contemplación dedujo - como ya otra vez le aconteciera
-que sentía pena por él.
- Tenga cuidado; no vaya a perder el tren -dijo. Y
luego añadió-: Le deseo toda clase de felicidad.
Él se ruborizó más todavía que antes y miró su reloj.
- Las seis y media; no me queda mucho tiempo, pero
tengo un coche en la puerta. Mil gracias. -Y el caso es que no sería fácil
decir si aquella manifestación de gratitud se debía a que le hubiera recordado
la hora del tren o al comentario más sentimental-. Adiós, señora Osmond, adiós.
Le dio la mano sin mirarla a los ojos y se volvió
hacia la señora Touchett, que iba un poco detrás de ellos. Se despidió de ella
con idéntica premura y, al cabo de un momento, las dos damas le vieron alejarse
a grandes zancadas por el prado.. -¿Está usted segura de que se va a casar?
-preguntó Isabel a su tía.
- No puedo estar más segura que él, pero él parece
estarlo. Lo he felicitado por su próxima boda y ha aceptado la felicitación.
Y, mientras su tía se internaba de nuevo en la casa
para entregarse a las ocupaciones que el visitante había interrumpido, Isabel
dijo:
- ¡Bah! Renuncio a entenderlo.
Renunciaba a entenderlo, es verdad, lo cual no evitó
que continuara pensando en tal cosa…, mientras volvía a pasar bajo los grandes
robles cuyas sombras se alargaban sobre el profuso y fresco césped. Al cabo de
unos minutos se encontró frente a un banco rústico que la hizo detenerse; lo
contempló despacio y le pareció un objeto conocido. Pero no le resultaba
conocido por el mero hecho de haberlo visto antes ni de haberse sentado en él,
sino porque precisamente en tal sitio le había ocurrido algo importante, y, por
ende, se le presentaba con un aire de asociación propicia de ideas.
Isabel recordó que, hacía seis años, estaba sentada
en aquel banco cuando un criado de la casa le entregó una carta en la que
Gaspar Goodwood le comunicaba que había ido a Europa en pos de ella; y que, en
cuanto acabó de leer la carta, vio a lord Warburton en pie ante ella y le oyó
pedirle que se casara con él. Por tanto, para ella era un banco interesante;
más todavía, histórico. Así pues, se detuvo al verlo como si aquel asiento
tuviera algo que decirle. No, ya no se volvería a sentar en él…, parecía inspirarle
miedo. De suerte que se quedó inmóvil ante él, mientras el recuerdo del pasado
acudía a su memoria en una de esas oleadas que de vez en cuando parecen
sepultar a personas de gran sensibilidad en ciertos extraños momentos. El
efecto que tal agitación le produjo fue el de un intenso y súbito cansancio que
la obligó a olvidar sus escrúpulos y dejarse caer en el rústico asiento. Como
ya se ha dicho, se sentía desasosegada e incapaz de concentrarse en nada; y aun
cuando, por una u otra razón, pudiera considerarse justo o inapropiado el
epíteto con que acabamos de describirla, no se puede por menos de reconocer que
en tal momento era la viva imagen de la indolencia. En toda su actitud podía
adivinarse la carencia completa de propósito: sus manos languidecían inactivas
sobre la falda del negro vestido, y su mirada estaba absorta. Nada había que le
incitase a entrar de nuevo en la casa, pues las dos damas, tan solas en la
morada inmensa, solían cenar pronto y el té lo tomaban a cualquier hora.
Imposible sería decir cuánto tiempo permaneció en actitud semejante. Lo cierto
es que el crepúsculo había ido adensándose, y entonces se dio cuenta de que no
estaba sola. Volvió en sí, enderezó su aban- donado cuerpo y, esparciendo la
mirada en derredor, vio que estaba compartiendo su soledad con Gaspar Goodwood.
Éste se hallaba de pie a poca distancia de ella, que no había oído sus sordos
pasos sobre el césped blando, por cercanos que eran. Y, en medio de aquella
rápida vi- sión, Isabel se acordó instantáneamente de que del mismo modo y en
el mismo sitio la había sorprendido lord b Warburton seis años antes.
Isabel se levantó en el acto, y Goodwood, en cuanto
se dio cuenta de que le había visto, avanzó hacia ella. Apenas había tenido
tiempo Isabel de levantarse cuando, con un gesto que parecía de violencia y,
sin embargo, trascendía a no sabía ella qué otra cosa, él la asió de la muñeca
y la obligó a sentarse nuevamente en el banco. Cerró Isabel los ojos y, pese a
no sentir daño alguno, pues él apenas la había tocado, obedeció aquel mudo
mandato. Algo había, sin embargo, en el semblante de Goodwood que habría preferido
no haber visto: la misma expresión con que días atrás la mirara en el pequeño
cementerio…, sólo que en el momento actual era mucho peor. Al principio, él no
dijo palabra; sólo le sintió a su vera, en el banco, con el rostro vuelto hacia
ella. Le parecía que nadie había estado jamás tan cerca de su cuerpo como en
aquel instante lo estaba Gaspar Goodwood, mas fue sólo un instante.
- Me ha asustado usted -dijo la dama, mirándole de
frente y liberando la muñeca de la mano de él.
- No ha sido ésa mi intención -contestó Goodwood
sinceramente-, pero si la asusté, no tiene importancia. Llegué hace un rato de
Londres en el tren, pero no pude venir enseguida porque en la estación había
otro hombre que se me adelantó; tomó un cabriolé que allí había y le oí dar la
orden de que le condujeran aquí. Ignoro quién era, pero no quise venir con él
porque quería verla a usted a solas. Por eso estuve esperando y merodeando por
aquí cerca, y ya me disponía a dirigirme a la casa cuando la vi sentada aquí.
Me encontré a un guarda, pero, como me conocía de cuando vine acompañando a su
primo, no me molestó para nada. ¿Se fue ya ese caballero? ¿Está usted
verdaderamente sola? Porque estoy decidido a hablar con usted.
Goodwood dijo todo esto muy deprisa, pues se sentía
muy excitado, como cuando se separaron en Roma. Isabel había estado esperando
que mejoraran las condiciones, pero vio que tenía que replegarse en sí misma al
darse cuenta de que el otro no había hecho sino empezar a largar velas. Y
experimentó una sensación que él no le había producido nunca antes: le daba
miedo, e indudablemente se debía al carácter extraordinario de su resolución.
Ella miró al frente con la vista fija en el vacío, mientras él, con una mano
sobre cada una de sus rodillas, se inclinaba hacia delante mirándola con avidez
al rostro. El crepúsculo comenzó a oscurecerse cada vez más en torno a ellos, y
entonces Goodwood repitió:
- Necesito hablar con usted; tengo algo muy
importante que decirle. No quiero molestarla… como hice en Roma en otra
ocasión. Era completamente inútil y no conseguí más que inquietarla. No pude
remediarlo, a pesar de que sabía que hacía mal. Pero ahora no hago mal; por
favor, no vaya a pensar que hago mal. -Calló un segundo y prosiguió con aquella
voz profunda y dura, con una mezcla de súplica-: Hoy he venido aquí con un pro-
pósito perfectamente definido, lo cual es bien distinto. Entonces era inútil que
le hablase, pero ahora sé que puedo prestarle una valiosa ayuda.
Imposible le habría sido a Isabel decir entonces si
era miedo, o que aquella voz en la oscuridad le parecía un verdadero regalo,
pero lo cierto es que le escuchó como no le había escuchado jamás y que sus
palabras fueron filtrándose lentamente hasta lo más profundo de su alma de
mujer, produciéndole una especie de sosiego, hasta el extremo de obligarla a
preguntarle: -¿Cómo puede usted prestarme ayuda? -Y lo preguntó en un tono
bajo, como si se tomara lo dicho por él lo suficientemente en serio para hacer
su pregunta confidencialmente.
- Convenciéndola de que confíe en mí. Ahora ya sé…,
hoy ya sé. ¿Se acuerda de lo que le pregunté en Roma? Entonces, yo estaba casi
por completo en las tinieblas. Pero hoy sé lo que sé de buena fuente, y todo se
me aparece con claridad meridiana. Fue una buena idea hacer que me marchase de
Roma acompañando a su primo. Era un buen hombre, un hombre excelente. Y él me
explicó la situación en que usted se halla. Me lo explicó todo porque vislumbró
mis verdaderos sentimientos. El era uno de los miembros de su familia y la dejó
a usted a mi cuidado durante el tiempo que permaneciese en Inglaterra.
-Diciendo esto, Goodwood parecía querer dejar sentado un punto de la máxima
importancia-. ¿ Sabe lo que me dijo la última vez que le vi…, acostado en el
mismo lecho donde murió? Pues me dijo: haga por ella cuanto pueda, todo cuanto
ella le permita hacer.
Isabel se levantó de pronto y dijo rotundamente:
- No tenían por qué hablar de mí. -¿Por qué no, si lo
hicimos de la manera que digo? -replicó él rápidamente-. Además, el pobre
estaba moribundo, y cuando un hombre se está muriendo todo cambia. -Contuvo
ella el movimiento que había iniciado con intención de alejarse; prestaba más
atención que nunca a lo que entonces decía, pues tenía razón al afirmar que no
era como la última vez. Entonces era una pasión sin objeto, completamente
infructuosa, mientras que ahora él estaba como poseído de una idea fija que a
ella le parecía que estaba trascendiendo a todo su ser-.
Pero no importa -exclamó él acorralándola más
todavía, aunque sin tocarle siquiera la ropa-. Si Touchett no hubiese abierto
la boca, yo lo habría sabido exactamente igual. Me habría bastado con mirarla
en el entierro de su primo para ver claramente lo que le pasa. Usted no puede
seguir engañándome por más tiempo. ¡Por los clavos de Cristo, sea usted sincera
con un hombre que es completamente sincero con usted! Usted es la más infeliz
de todas las mujeres y su marido el más fatal de los malvados.
Ella se revolvió contra él como si la hubiera
golpeado y exclamó: -¿Está usted loco?
- Nunca he estado tan cuerdo como ahora. Ahora lo veo
todo claro. No hay que defenderle, pero no diré una sola palabra más en contra
de él. Hablaré sólo de usted. -Y añadió rápidamente-: ¿Pretende por ventura
decir que no tiene destrozado el corazón? No sabe qué hacer, ni adonde ir. Ya
es demasiado tarde para fingir, ha debido de dejar en Roma ese método. Touchett
estaba al corriente de todo… y yo también… sabía lo que le costaría venir. ¿No
le ha costado la vida misma?… Dígalo, tenga el valor de decir que sí… -Y
parecía que se encendía de rabia-. Por favor, dígame la verdad, aunque sólo sea
una palabra de verdad. ¿Cómo no voy a querer salvarla sabiendo todo ese horror?
¿Qué pensaría de mí si me quedara tan tranquilo viendo que vuelve a recibir su
merecido? «¡ Es horrible lo que tendrá que sufrir por ello!», me dijo Touchett.
¿Acaso no puedo decirle esto? ¡Él era un pariente muy cercano! -exclamó
Goodwood, tratando de dejar bien sentado de nuevo ese estrambótico y siniestro
punto-. Habría preferido mil veces que me mataran antes de que otro hombre me
dijese una cosa semejante, pero él era distinto y me pareció que tenía perfecto
derecho a decirlo. Fue estando ya en su casa, cuando vio que estaba muriéndose
y yo también lo vi. Comprendo cuanto le ocurre. Usted tiene miedo de volver
allá. Está completamente sola y no sabe adonde ir. No le es posible ir a
ninguna parte, lo sabe perfectamente. Por eso quiero que piense usted en mí.
-¿Que piense en usted? -preguntó Isabel permaneciendo de pie en la oscuridad
cada vez mayor. La idea que le había parecido vislumbrar hacía un instante
brillaba ahora con toda fuerza. Echó la cabeza atrás y le miró fijamente corno
si estuviera contemplando un cometa que vagara por el espacio.
- Usted no sabe adonde ir -repitió Goodwood-. ¡Venga
directamente hacia mí! Quiero convencerla de que deposite su confianza en mí.
-Se detuvo un momento, con los ojos brillantes, y prosiguió-: ¿Para qué va a
volver allá…, para qué va a pasar por esa espantosa formalidad?
- Para alejarme de usted -respondió ella. Pero con
tales palabras no expresaba más que una parte de lo que sentía. El resto era
que nunca hasta entonces la habían amado de veras. Ella había creído que sí,
pero esto era cosa bien distinta; era como el viento abrasador del de- sierto,
que anula a todos los demás como si fuesen leves brisas de jardín. Y aquel
viento abrasador la envolvía, la elevaba, al tiempo que su sabor, como algo
extraño, poderoso y acre, penetraba entre sus dientes.
Isabel pensó que él contestaría a lo que acababa de
decirle con un estallido aún más violento. Pero, al cabo de un instante, él se
mostró completamente tranquilo, porque quería hacer ver que estaba en su sano
juicio y que todo lo dicho lo había razonado.
- Yo quiero evitar todo eso, y creo que podré
conseguirlo si usted se aviene a escucharme una sola vez. Es verdaderamente
monstruoso que piense en volver a hundirse en aquella desgracia, en volver a
abrir la boca para respirar aquel aire emponzoñado. Es usted quien no está en
sus cabales. Confíe en mí como si estuviera a mi cargo. ¿ Por qué no vamos a
ser felices…, cuando la felicidad está aquí ante nosotros y es tan fácil
alcanzarla? Yo soy suyo para siempre…, para siempre, por toda la eternidad.
Aquí me tiene, firme como una roca. ¿Qué puede retenerla? No tiene usted hijos,
lo cual sería acaso el Cínico obstáculo. Tal como están las cosas, no tiene
usted nada que pensar. Su deber es salvar del naufragio de su vida cuanto le
sea posible. No puede resignarse a perderlo todo por la simple razón de que ha
perdido ya una parte. Sería un insulto a sí misma pretender decir que lo que la
detiene es la mera apariencia de las cosas, el qué dirán, la insondable
estupidez de la sociedad. Nosotros no tenemos absolutamente nada que ver con
todo eso, usted está ya completamente fuera y por encima de todo ello, y los
dos miramos las cosas cara a cara, tal como son. El primer gran paso ya lo dio
usted marchándose, y el siguiente no es nada; es el natural. Juro, como que estoy
aquí de pie ante usted, que una mujer a la que se hace sufrir intencionadamente
tiene derecho a hacer cualquier cosa…, incluso a lanzarse a la calle, si eso ha
de servirle de algo.
Yo sé perfectamente cómo sufre usted, y por eso estoy
aquí. Los dos podemos hacer lo que nos agrade; no hay nadie en el mundo a quien
le debamos absolutamente nada. ¿Qué puede, pues, retenernos, qué puede tener el
derecho más insignificante de oponérsenos en una cuestión semejante? Esto es un
asunto entre usted y yo… Y el mero hecho de decirlo ya es resolverlo. ¿Por
ventura nacimos para pudrirnos en la desgracia, para tener siempre miedo?
Yo no he visto nunca que usted tuviera miedo. Si
confía en mí, no se llevará la menor de- cepción. Tenemos el mundo entero por
delante, y el mundo es inmenso. Yo sé algo de eso.
Isabel prorrumpió en un largo murmullo, como una
criatura en medio de su dolor, como si él estuviera oprimiéndole algo que le
hiciese daño.
- El mundo es muy pequeño -dijo al azar.
Parecía experimentar un gran deseo de resistir. Por
eso contestó al azar, para oírse a sí misma decir algo; pero no era aquello lo
que, en realidad, sentía. El mundo, a decir verdad, jamás le había parecido tan
inmenso. La envolvía como un mar poderoso en cuyas aguas insondables flotase.
Quería auxilio, y el auxilio había llegado hasta ella como un torrente
desbordado. Imposible sería saber si ella creía todo lo que él decía, pero en
aquel instante creyó que lo mejor que podía acontecerle, después de la felicidad
de la muerte, sería dejar que él la estrechase fuertemente en sus brazos. Tal
idea fue para ella durante un momento como una especie de arrebato en el que le
parecía hundirse cada vez más. Y en tal movimiento se le antojaba estar
agitando los pies para agarrarse a algo, para sentir algo en lo que apoyarse.
-¡Sea mía como yo soy suyo! -oyó exclamar a su compañero. Este había
prescindido súbitamente de toda clase de argumentos, y su voz parecía llegar de
lo hondo, áspera y terrible, en medio de la gran confusión de otros sonidos más
vagos.
Sin embargo, aquello no pasaba de ser un hecho
meramente subjetivo, como diría un metafísico. La confusión, el ruido de las
aguas enfurecidas, todo lo demás no existían más que en su cabeza, a la deriva.
Enseguida se dio cuenta de ello y con voz suspirante dijo:
- Le suplico que se vaya.
- Por favor, no diga eso; no quiera matarme -contestó
él enardecido. Juntó ella las manos, y sus ojos se anegaron en lágrimas
calientes.
- Ya que me ama, ya que me compadece, déjeme sola.
El la contempló un momento a través de la penumbra, y
en el acto ella sintió que sus brazos la estrechaban y que sus labios oprimían
los suyos. Aquel beso fue como un blanco relámpago que se extendía, se extendía
cada vez más y permanecía fijo. Y sucedió que, mientras ella lo estaba
recibiendo, le pareció sentir aquellas cosas de su implacable virilidad que
menos le agradaban, cada gesto agresivo de su rostro, su figura, su presencia
misma, que justificaban su profunda identidad y se confundían con aquel acto de
posesión. Recordó lo que había oído contar de ciertos ahogados, que bajo el
agua ven desfilar una serie de imágenes de cosas vividas al tiempo que se van
ahogando. Pero cuando las sombras se adueñaron nuevamente de todo se sintió
perfectamente libre. Ya no volvió a mirar en derredor suyo lo único que hizo
fue huir de aquel sitio. Había luz en las ventanas de la casa, y alumbraba
desde lejos el prado. En un tiempo extraordinariamente breve, dada la gran dis-
tancia que de ella la separaba, Isabel llegó a la puerta atravesando la
negrura, pues no veía absolutamente nada. Una vez allí se detuvo un instante y
miró a su alrededor; escuchó un instante y puso la mano sobre el picaporte. Tal
como él dijera, hasta entonces no había sabido adonde ir; pero ahora ya lo
sabía. Veía una senda bien recta ante ella.
Dos días después Gaspar Goodwood llamó a la puerta de
la casa de la calle Wimpole, donde Henrietta ocupaba varias habitaciones
amuebladas. Apenas había apartado la mano del llamador cuando apareció la
señorita Stackpole en persona. Tenía el sombrero puesto y la chaqueta, pues
estaba preparándose para salir.
- Buenos días -dijo el señor Goodwood-. Esperaba
encontrar a la señora Osmond. Henrietta le hizo esperar un momento su
respuesta, pero el rostro de la señorita Stackpole era sumamente expresivo
incluso cuando ella permanecía en silencio.
- Y qué le ha hecho suponer que estuviese aquí?
- Esta mañana fui a Gardencourt y un criado me dijo
que estaba en Londres y que creía que venía a verla.
La señorita Stackpole le tuvo de nuevo, a todas luces
con buena intención, en suspenso.
- Vino ayer, es cierto, y ha pasado aquí la noche.
Pero esta misma mañana partió para Roma. puerta.
Gaspar Goodwood no la miraba, pues sus ojos estaban
clavados en los escalones de la -¡Ah! Partió… -consiguió balbucir. Y sin terminar
la frase ni levantar la vista, se apartó. Pero no pudo seguir moviéndose.
Henrietta ya había salido, cerrando la puerta tras de
sí, y le cogió del brazo.
- Mire, señor Goodwood, lo que debe usted hacer es
esperar.
Al oír esto, él la miró fijamente, pero no fue sino
para adivinar por su semblante, bien a su pesar, que lo único que había querido
decir es que todavía era joven. Ella sonreía al ofrecerle aquel pobre consuelo,
que en aquel mismo instante le echó treinta años encima. Y empezó a caminar
cogida de su brazo, como si creyera haberle proporcionado la clave de la
paciencia.


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