© Libro N° 4044. El Lugar De Nacimiento. James, Henry. Colección E.O. Agosto 5 de 2017.
Título
original: © The Birthplace, 1903
Versión Original: © El Lugar De Nacimiento. Henry
James
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© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
EL LUGAR DE NACIMIENTO
Henry James
1
Al principio les pareció la oferta demasiado
buena para ser verdad, y la carta de su amigo, enviada, según decía, para
explorar el terreno, para sondearles en sus inclinaciones y posibilidades, casi
les hizo el efecto de una bonita broma a costa de ellos. Su amigo, el señor
Grant-Jackson, una persona altamente dominante y apremiante, grande en sus
planteamientos y organizaciones, brusco al entrar en materia, inesperado, si es
que no perverso en su actitud, y casi por igual aclamado y criticado en la
amplia zona media a la que había enseñado, como decía él, cuántos puntos
calzaba; ese amigo de ellos había lanzado su disparo por las buenas, dejándoles
así, tan agitados, que les hacía sentir casi más miedo que esperanza. El puesto
había quedado vacante por la muerte de una de las dos señoras, madre e hija,
que lo habían atendido durante quince años; la hija se había quedado allí,
sola, para evitar inconvenientes, pero, aunque más que madura, había encontrado
una oportunidad de casarse que la obligaba a retirarse, y la cuestión de los
nuevos ocupantes era no poco apremiante. La necesidad así producida era de una
pareja unida de alguna forma, de la forma apropiada, preferentemente, si era
posible, una pareja de hermanas instruidas y competentes pero con ventaja para
un matrimonio si las demás cualidades eran señaladas. Ya eran innumerables los
solicitantes, los candidatos, los sitiadores de la puerta de todo el que se
pensara que tenía voz en el asunto, y el señor Grant‑Jackson, que era
diplomático a su manera, y cuya voz, aunque quizá no muy sonora, tenía tonos de
insistencia, había encontrado que su preferencia se dirigía a alguna persona o
par de personas que fueran decentes y tontas. Los Gedge parecían haberle
causado la impresión de aguardar en silencio, aunque daba la casualidad de que
ningún entrometido les había llevado hasta allá lejos, en el Norte, ni una
insinuación de dicha o de peligro; y la feliz inspiración, por lo demás, se la
había dado a él obviamente un recuerdo que, aunque ya poco fresco, nunca había
producido semejante fruto.
Morris Gedge, siendo joven, había llevado
durante unos pocos años una pequeña escuela privada, del tipo llamado
preparatorio, y entonces había tenido la suerte de recibir bajo su techo al
hijito de ese gran hombre, que en aquel tiempo no era tan grande. El niñito,
durante una ausencia de sus padres de Inglaterra, había estado peligrosamente
enfermo, tan peligrosamente que les habían llamado a toda prisa, aunque con la
inevitable tardanza, desde un país lejano -se habían ido a América, con todo el
continente y el gran mar que volver a cruzar-, y al llegar habían encontrado al
niño salvado, pero salvado, como no pudo menos de salir a la luz, por la
extremada atención y el perfecto juicio de la señora Gedge. Sin hijos propios,
ella había tomado especial afecto al más diminuto y tierno de los alumnos de su
marido, y los dos habían temido como terrible desastre el daño a su pequeña
actividad que podría causar el perderle. Personas nerviosas, ansiosas,
sensibles, con un orgullo como se daban cuenta ellos, por ese lado por encima
de su posición, que ni en el mejor de los casos pasaba de oscura, le habían
cuidado con terror y le habían sacado adelante con agotamiento. El agotamiento,
tal como llegó, les dominó prematuramente y, por no se sabe bien qué razón, se
las había arreglado para establecerse como su destino permanente. Como decían,
la muerte del niño habría acabado con ellos, pero su recuperación no les había
salvado; con su sencillez huraña pero rígida, no creían que aquello se les
hubiera convertido en un tesoro más indirecto. De ninguna forma iba a ser
tesoro de sus sueños, ni de su vida en vigilia; y los años sucesivos habían
avanzado cojeando bajo su propio peso, tropezando de vez en cuando, y dejando
por poco de tirarles en el polvo. La escuela no había prosperado, y había ido
menguando hasta cerrarse. Había decaído la salud de Gedge, y aún más, toda
señal en él de alguna capacidad de darse a conocer como hombre práctico. Había
probado varias cosas, había probado a muchas personas, pero al fin lo que parecía
era que los demás le habían puesto a prueba a él, por igual. Sobre todo, en la
época en que hablo, los demás ponían a prueba a sus sucesores, mientras que él
mismo, con el efecto de atontada felicidad que, en su caso, derivaba del mero
aplazamiento del cambio, estaba a cargo de la gris biblioteca municipal de
Blanckport-on-Dwindle, toda ella granito, niebla y novelas femeninas. Esa era
una situación en que su inteligencia en general -reconocida como su punto
fuerte- sin duda aparecía ante quienes le rodeaban menos como una sensación de
esfuerzo que como ese dominio de los detalles en que se le reconocía como
débil.
Fue en Blanckport-on-Dwindle donde el rayo de
plata le alcanzó y le traspasó, como alternativa en vez de dispensar libros de
esquinas dobladas, cuyos mismos títulos, en labios de las innumerables chicas
gárrulas, eran un desafío a su temperamento, fue como se le presentó la
custodia de tan diferente templo. El honorario ofrecido era poco diferente del
escaso sueldo que entonces le pagaban, pero, aunque hubiera sido menos, el
interés y el honor le habrían parecido decisivos. El santuario que iba a
presidir -aunque siempre le había faltado ocasión para acercarse a él- se le
antojaba el más sagrado que conocían los pasos de los hombres, el primer hogar
del supremo poeta, la Meca de la raza angloparlante. Las lágrimas subieron a
sus ojos antes que a los de su mujer al mirar en torno su estrecha prisión
actual, tan grave de cultura, tan fea de industria, tan vuelta de espaldas a
todo sueño, tan intolerable a todo gusto. Sentía como si se hubiera abierto una
ventana a una gran tierra verde y boscosa, una tierra de bosque que tuviera un
nombre glorioso e inmortal, que estuviera poblada de figuras vívidas, todas
ellas célebres, y que lanzara un murmullo, profundo como el sonido del mar; que
fuera el deslizarse rozando la sombra del bosque, de toda la poesía, toda la
belleza, todo el color de la vida. Sería prodigioso que él guardara la llave de
ese mundo transfigurado. No; no podía creerlo, ni aun cuando Isabel, al ver su
cara, se acercó y le besó para ayudarle. El movió la cabeza con una sonrisa
extraña.
-No lo conseguiremos. ¿Por qué lo habíamos de
conseguir? Es perfecto.
-Pues si no, sencillamente, será una crueldad
suya; lo cual es imposible cuando ha esperado todo este tiempo para ser
bondadoso.
La señora Gedge sí creía; ella sí estaba
dispuesta; ya que las anchas puertas del mundo de la justicia se habían abierto
de repente ante ellos, lo conocerían ante todo en forma de justicia poética.
Ella tenía fe en su protector; era algo repentino, pero ahora estaba completo.
-Se acuerda; eso es todo, y esa es nuestra
fuerza.
-¿Y cuál es la suya? -preguntó Gedge-. Quizá
quiera sacarnos adelante, pero eso es diferente de ser capaz. ¿Cuáles son
nuestras ventajas especiales?
-Bueno, que somos lo que viene al caso.
Su conocimiento de lo necesario para el caso,
hasta ahora, gracias a una escasa información, era de lo más vago, y nunca
había estado en el lugar sagrado, lo mismo que su marido, pero ya se veía
agitando una mano elegantemente enguantada sobre una colección de objetos
notables y diciendo a una compacta multitud de personas impresionadas y con la
boca abierta: «Y ahora por aquí, por favor.»
Hasta se escuchaba responder con prontitud y
decisión alguna pregunta ocasional de un visitante cuya audacia prevaleciera
sobre el respeto. Una vez, hacía unos años, había estado con una prima suya en
un gran castillo del Norte, y así es como la encargada les había llevado por
ahí. Y no era además, tampoco, que pensara en sí misma como encargada de la
casa: estaba muy por encima de eso, y el gesto de su mano no dejaría de
mostrarlo. Eso, y mucho más, resumió al contestar a su compañero:
-Nuestra ventaja especial es que eres un
caballero.
-¡Ah! dijo Gedge, como si nunca lo hubiera
pensado, y, sin embargo, como si además apenas valiera la pena de pensarlo.
-Ya lo veo todo- ella siguió, han tenido gente
vulgar, y encuentran que no sirven. Nosotros somos pobres y modestos, pero
todos pueden ver lo que somos.
Gedge caviló:
-¿Quieres decir...?
Más modesto que ella, no sabía bien qué quería
decir.
-Somos refinados. Sabemos hablar.
-¿Sabemos? ‑se preguntó él, de repente.
Pero ella, desde el principio, estaba más
segura de todo que él; de modo que unas pocas semanas después, cuando la sombra
de la incertidumbre aunque era sólo una sombra había crecido hasta casi ponerle
enfermo, ella tuvo el triunfo de llegar con la noticia de que estaban nombrados
por las buenas.
-Tenemos una paga pobre, aunque nos
arreglaremos -había insistido en su punto en esa ocasión. Pero estamos
altamente cultivados, y para ellos, el obtener eso, ¿no lo ves?, sin meterse
demasiado por el lado de las pretensiones y exigencias, debe ser exactamente su
sueño. Nosotros no tenemos posición social, pero no nos importa el no tenerla;
¿o nos importa?, un poco, que es porque sabemos la diferencia entre realidades
y falsedades. Nos atenemos a la realidad y eso nos da ese sentido común, que
los vulgares tienen menos que nada, y que, sin embargo, debe necesitarse allí,
al fin y al cabo, tanto como en cualquier otro sitio.
Su compañero la seguía, pero caviloso, como si
su horizonte, en unos momentos, se hubiera vuelto tan grande que casi se
hubiera perdido en él y requiriera nueva orientación. Los brillantes espacios
le rodeaban; sólo el unirse a ellos ya daba un arco más noble al cielo.
-Permíteme que nos agarremos un poco también a
lo romántico. Me parece que eso es lo bonito. Lo hemos echado de menos toda
nuestra vida, y ahora ha llegado. Nos entregaremos a ello. Nos hartaremos de
ello.
Le miró a la cara, a ver qué efecto hacía en
ella esa perspectiva, y la suya se iluminó como si de repente él se hubiera
vuelto guapo.
-Claro; viviremos como en un cuento de hadas.
Pero lo que quiero decir es que daremos, en cierto modo muy contentos, tanto
como recibamos. Con todo lo demás por ejemplo, somos limpios.
La carta les había llegado durante el
desayuno, y ella sacó una mosca del plato de la mantequilla.
-Así es como conservaremos el sitio -con lo
cual trasladó desde el sofá a encima del pequeño piano una lata de galletas que
se había negado a dejarse apretar en la alacena. En Blanckport vivían en
cuartos alquilados, de la clase más baja, como se sabía que declaraba ella, con
una libertad que en Blanckport parecía ligeramente maligna. El Lugar del
Nacimiento -y eso por sí mismo ya era una exaltación, después de tal vida- no
sería cosa de cuartos alquilados, puesto que se reservaba una casa al lado para
el custodio, una casa adyacente, igual que hay una vieja y linda casa de
párroco a menudo al lado de una extraña iglesia antigua. Todo ello junto sería
su hogar, y un hogar que formaría un pequeño mundo que ellos nunca querrían
dejar. Se extendió ella en la ganancia, en ese sentido, para sus ingresos;
como, evidentemente, el sueldo no era ninguna mejoría, la casa, al dársela,
haría toda la diferencia. El asintió a ello, pero distraídamente, y ella se
sintió casi impaciente ante el vagabundeo de sus pensamientos. Era como si para
él algo -el mismo enjambre de sus pensamientos- le vetara la vista; y por fin
él mismo mostró lo que era.
-¡Lo que no puedo hacerme cargo es de que sea
tal hombre...!
Casi se derrumbó, de la emoción interior.
-¿Tal hombre?
-El, él, EL...! ‑Era demasiado.
-¿Grant-Jackson? Sí, es una sorpresa, pero ya
se ve que todo este tiempo tendría intenciones de conseguirnos lo que hacía
falta.
-Quiero decir El -replicó Gedge, más
fríamente-, que lleguemos a familiarizarnos y a intimar; pues eso es lo que
pasará. Viviremos al lado mismo de El.
-Claro; eso es lo bonito. -Y añadió ella, muy
alegremente-: Cuanto más vivamos, más le querremos.
-Sin duda, pero es bastante terrible. Cuanto
más le conozcamos ‑reflexionó Gedge-, más le querremos. Hasta ahora, ya ves, no
le conocemos excesivamente.
-Le conocemos tanto, imagino, como la clase de
gente que han tenido. Y probablemente no es tan terriblemente necesario -a no
ser que uno quiera, como queremos nosotros-. Porque ahí están los datos.
-Sí, ahí están los datos.
-Quiero decir los principales. Eso es lo único
que necesita la gente, la gente que viene.
-Sí, eso debe ser lo único que necesitan
ellos.
-Así que eso es lo único que han necesitado
saber los que estaban a cargo.
-Ah -dijo él, como si fuera cuestión de
honor-, nosotros debemos saberlo todo.
Ella asintió alegremente; él se dio cuenta de
que ella tenía el mérito de mantener el caso dentro de sus límites.
-Todo. Pero sobre él, personalmente -añadió
ella-, no hay, ¿verdad?, lo que se dice mucho.
-Más, me parece, de lo que había antes. Han
hecho descubrimientos.
Era una idea grandiosa.
-¡Quizá nosotros haremos más!
-Ah, me contentaré con estar un poco más
enterado de lo que se ha hecho.
Y posó los ojos en una estantería de libros,
la mitad de los cuales, poco gastados pero muy descoloridos, eran de la florida
especie del regalo, y pertenecían a la casa. De los que eran suyos, la mayor
parte eran ejemplares corrientes de obras de referencia, sin excluir un viejo
diccionario Bradshaw y un catálogo de la biblioteca municipal.
-Ni siquiera tenemos una colección nuestra. De
sus obras ‑explicó, en rápido rechazo del sentido más obvio en que ella lo
podría haber tomado.
Como prueba del escaso alcance de sus
propiedades, eso sonaba casi abyectamente, hasta que el doloroso sofoco con que
se encontraron reunidos en reconocerlo se derritió al fin transformándose en un
diferente fulgor. Era exactamente de esa clase de pobreza de lo que su nueva
situación les consolaría, por su hechizo intrínseco. Y la señora Gedge tuvo una
idea feliz:
-¿No las tendría, más o menos, la Biblioteca?
-¡Ah, no, no tenemos nada de eso! ¿Qué te
crees que somos?
Sin embargo, eso no era más que el juego del
buen humor de Gedge: la forma que más frecuentemente tomaban en él la depresión
o el buen ánimo era su acritud en cuanto a los gustos literarios de Blanckport.
Nadie lo conocía tan profundamente. De hecho, para él era una señal
horripilante sobre el futuro el hecho de que el encanto de la idea de marcharse
aumentara intensamente con la perspectiva de escapar a tal futuro. La
institución a que él servía, desde luego no merecía el reproche especial en que
había florecido su ironía; y, por supuesto, que si las varias Colecciones en
que las Obras estaban presentes parecían algo polvorientas, el polvo era un
poco culpa suya. Para compensarlo, ahora, tuvo la visión de dedicar
inmediatamente todo su tiempo a estudiarlas; incluso, ya se veía, inflamado con
una nueva pasión, afanosamente comentando y cotejando. La señora Gedge, que
había sugerido que, hasta que se trasladaran, deberían leerle habitualmente
todas las noches -seguros como estaban de leerle aún más cuando estuvieran en
cercanía a El-, la señora Gedge sentía también el hechizo, a su manera; de modo
que quizás iba a quedar como la época más feliz de sus difíciles vidas esa
temporada de ratos a la luz de la lámpara, después de cenar, en que, tomando
alternativamente el libro, declamaron, y casi representaron, a su beneficente
autor. Pronto llegó a ser más que su autor: su amigo personal, su luz
universal, su autoridad definitiva, su divinidad. Ya se preguntaban: ¿a dónde
habrían ido a parar sin él? Para cuando llegó su nombramiento en debida forma,
su relación con él se había desarrollado inmensamente. Era divertido para
Morris Gedge que hace tan poco se hubiera ruborizado de su ignorancia, y se lo
hizo observar a su mujer en la última hora que pudieron dedicar a su estudio,
antes de ponerse en marcha, a través del país, hacia el escenario de su
romántico futuro. Era como si, en profundos y apretados latidos, en frescas
oleadas que rompían de repente bañando su mente, le hubiera llegado toda la
posesión y comprensión y simpatía, toda la verdad y la vida y la historia, y le
hubiera llegado para quedarse definitivamente.
-Es absurdo -no vaciló en decir- hablar de que
no «conocemos». En la medida en que no conocemos es porque somos unos burros.
El está en la realidad, sumergido del todo, y cuanto más nos metamos en ella
más estamos con El. En todo caso, me parece que le veo a El en la realidad como
si estuviera pintado en la pared.
-¡Ah!, ¿no es verdad que se le ve, de tanto
como le queremos? ¿Y no notas dónde está? preguntó bellamente la señora Gedge.
Le vemos porque le queremos; eso es lo que pasa. ¿Cómo no le íbamos a ver, al
querido viejo, con todo lo que está haciendo por nosotros? No hay luz ‑se puso
sentenciosa como el verdadero cariño.
-Sí, supongo que es así. Y sin embargo -caviló
su marido-, veo los defectos, pobre de mí.
-Eso es porque eres tan crítico. Los ves, pero
no te importan. Los ves, pero los perdonas. No los debes mencionar allí. Ya
sabes que no vamos a estar allí para eso.
-¡Claro que no! -se rió él-, echaremos fuera a
quien aluda a ellos.
2
Si la dulzura de los meses anteriores había
sido grande, también fue grande, aunque casi excesivo en cuanto agitación, el
asombro de estar por las buenas alojados con El, de pisar día y noche las
huellas que El había dejado, de tocar los objetos, o en todo caso, las
superficies, las sustancias, por donde habían pasado sus manos, y que habían
rozado sus brazos y sus hombros, de respirar el aire -o algo no muy diferente a
él- en que había sonado Su voz. Al principio tuvieron un poco de sorpresas, de
desconciertos; el sitio era a la vez más humilde y más grandioso de lo que se
habían figurado exactamente, más a la vez una casita de campo y un museo, un
poco más arcaicamente desnudo y sin embargo un poco más ricamente oficial. Pero
tuvieron la intensa sensación de que el punto de vista para la inevitable
facilidad de la conexión les aguardaba con paciencia e indulgencia; además de
lo cual, desde el primer anochecer, después de la hora de cierre, cuando se
marchaba el último incoloro peregrino, ese simple hechizo, esa presencia
mística -como si la hubieran tenido sólo para ellos mismos- eran lo más que
podían haber deseado. Por cuidado de Grant-Jackson, y además de una tabla de
instrucciones y advertencias -cuyo número y, en algunos casos, cuya naturaleza
les hizo sentirse un poco deprimidos-, habían recibido diversas pequeñas guías,
manuales, homenajes de viajeros, memoriales literarios y otras publicaciones
baratas, que, sin embargo, por el momento quedarían absorbidos en el
interesante episodio de la inducción o iniciación que se les había preparado
por adelantado, a manos de varias personas cuya relación con esa institución
era, por ser superior a la de ellos, aún más oficial, especialmente la de una
de las señoras que durante tantos años habían hecho frente a todo. En cuanto a
las instrucciones desde arriba, en cuanto a los folletos de a chelín y los
datos bien conocidos y la leyenda bien hinchada, la supervisión, la sujeción,
la sumisión, la vista como de una jaula en que debería circular y un surco por
el que se debería deslizar, Gedge había conservado cierta libertad mental, pero
toda capacidad de reacción pareció abandonarle de repente ante la presencia de
su predecesora, tan visiblemente competente, y como efecto de sus buenos
oficios. No tenía el recurso, de que disfrutaba su mujer, de verse, con
impaciencia, engalanado de seda negra, con un corte caracterizado por el toque
exacto de austeridad; de modo que esa persona, firme, suave, experta y de una
mediana edad absolutamente respetable, sin saber cómo, le había dejado
completamente a merced de ella, en todos los aspectos.
Evidentemente hubo algo de momento de
contrición cuando, como lección -ella se iba a quedar todavía un día o dos
sobre el terreno-, él aceptó la sugerencia de la señorita Putchin de «dar una
vuelta» con ella y con las sucesivas escuadras de visitantes con que ella iba
a habérselas. Admiró su método -vio que debía haber un método-; la admiró por
sucinta y decidida, pues ahí estaban los datos, como había dicho su mujer en
Blanckport, y había que liquidarlos en ese tiempo; pero se sintió un poco como
un niño al ir colgado, una y otra vez, con la señora Gedge, a la cola del
cometa humano. La idea era que, con esta presencia, captaran más plenamente los
posibles accidentes e incidentes, como quien dice, de la relación con el gran
público en que se iban a encontrar; y la agitada percepción que el pobre hombre
tenía del gran público rápidamente se hizo tal como para resistirse a ninguna
distracción más baja que la de las admirables maneras de su guía. Su atención
pasaba de sus pasmados acompañantes a la sacerdotisa de seda negra, a quien no
hacía más que preguntarse si él o Isabel podían esperar parecerse remotamente
alguna vez; luego volvía a rebotar incansablemente a las numerosas personas que
le revelaban, como nunca se le había revelado, la feliz capacidad de los
sencillos para quedarse colgados de los labios de los sapientes. Lo notable
parecía ser ‑y muy sorprendentemente‑ que el asunto era fácil, y el esfuerzo,
que como tal esfuerzo habían temido, era moderado; de modo que podría haberse
quedado intrigado, de haberse sorprendido claramente en ellos si hubiera
reconocido, como efecto último de la impresión, una extraña ausencia de
capacidad para descansar en ella, una agitación en lo hondo de su interior, que
amenazaba vagamente crecer. «Ya ven, no es muy complicado», parecía añadir la
señora de seda negra, junto con todo lo demás, a su manera arreglada, tersa,
alegre; a pesar de lo cual él ya, la primera vez ‑esto es, después de que
varios grupos entraron y salieron y subieron y bajaron‑, llegó a preguntarse si
no era algo más serio de lo que ella se imaginaba. Ella era, por decirlo así,
la bondad en persona, era toda estímulo y tranquilizamiento, pero era
precisamente su fragancia ligeramente áspera a esas mismas cosas, lo que, a
fuerza de repetición, antes de que se separaran, ensombreció un poco, según
notó él mismo, la luz de su sonrisa agradecida. Eso, a su vez, ella lo tomó
como síntoma de alguna debilidad que se quejaba en él, él nunca podría ser tan
valiente como ella; así que remató con unas pocas palabras agradables desde lo
más hondo de su experiencia:
‑Ya se meterá en ello, no tenga miedo; saldrá:
y entonces se sentirá como si nunca hubiera hecho otra cosa.
Después él sabría que, allí mismo, en ese
momento, él debió empezar a parpadear un poco ante tal amenaza; que el poder
llegar a sentirse como si nunca hubiera hecho otra cosa más que lo que hacía la
señorita Putchin, se elevaba ante él, en germen, como un castigo que sufrir. El
apoyo que ella ofrecía, sin embargo, seguía impresionándole: ella puso todo el
asunto sobre esa sólida base al decir:
‑Ya ve que ellos son muy simpáticos en esto:
se toman mucho interés. Y nunca hacen nada que no deban. Eso siempre lo fue
todo para mi madre y para mí.
«Ellos», ya se había dado cuenta Gedge, se
refería constantemente y en grande, en la conversación de la buena mujer, a los
millones de personas que se deslizaban por la casa; el pronombre en cuestión
estaba siempre en sus labios, las hordas que representaba le llenaban la
conciencia, la suma de sus números contribuía a su gloria. La señora Gedge le
salió prontamente al encuentro.
‑En efecto, debe ser delicioso ver el efecto
en tantos, y sentir que una puede quizás hacer algo por hacerlo... bueno,
permanente.
Pero él se quedó callado al darse cuenta con
más intensidad de que ése era para él un nuevo modo de ver tal referencia; de
que él nunca había pensado en la cualidad de ese lugar como derivada de Ellos,
sino de Algún Otro, y que Ellos, en resumen, parecían haber llegado al punto de
echarle fuera a El. Se encontró incluso sintiéndose un poco ofendido de eso por
El, lo que quizá tuvo que ver con el matiz ligeramente maligno de su inmediata
pregunta:
‑¿Y Ellos son siempre, como pudiera decirse...
mm... estúpidos?
‑¡Estúpidos!
Ella se quedó mirando pasmada, como si nadie
pudiera ser semejante cosa en tal relación. Nadie había sido nunca nada que no
fuera decente y alegre y elocuente, salvo para ser atento e inobjetable, y en
la medida de lo posible, americano.
‑Lo que quiero decir es ‑explicó él‑, ¿hay una
proporción perceptible de ellos que se toman interés por El?
Su mujer le dio un pisotón; no le gustaba la
ironía. Pero ese error, afortunadamente, no fue advertido por la señora.
‑Por eso precisamente es por lo que vienen,
porque se toman tal interés. A veces pienso que se toman más interés que por
nada en el mundo.
Tras de lo cual la señorita Putchin miró
alrededor el sitio.
‑¿Es bonito, no cree, el modo como lo han
puesto ellos ahora?
Gedge vio que éste era un «ellos» diferente;
se refería a los poderes que había; la gente que le había nombrado, la
Corporación que gobernaba e inspeccionaba, respecto a la cual él haría notar
luego a la señora Gedge que uno ‑era la dificultad‑ no sabía «dónde ponerla».
Su mujer, perpleja, puso en duda por un momento la necesidad de ponerla en
ningún sitio, y él dijo, de buen humor:
‑Claro, está muy bien.
En efecto, estaba bastante contento con los
últimos toques que la señora había dado al cuadro.
‑Hay muchos que cuando vienen ya lo saben
todo, y muchas veces los americanos están tremendamente enterados. Yo y mi
madre ‑fue su único desliz‑ realmente disfrutábamos con el interés de los
americanos. A veces teníamos noventa al día, y todos queriendo verlo y oírlo
todo. Pero ustedes se las arreglarán con ellos; ya verán el modo; todo es la
experiencia.
Para consuelo de él, volvía a eso. Volvía
también a otras cosas; hacía justicia a la considerable clase de visitantes que
llegaban seguros y bien preparados.
‑Hay los que saben más de esto que nosotros.
Pero eso es sólo porque les interesa.
‑¿Que saben más de qué? ‑preguntó Gedge.
‑Bueno, del sitio. Quiero decir que tienen sus
ideas... de lo que es todo, y dónde está, y dónde debería estar. Sí que hacen
preguntas ‑dijo, pero no tanto como amonestación cuando como por la
complacencia de ser experta y sólida‑, y se le echan a uno encima en cuanto
creen que uno se equivoca. ¡Como si uno pudiera equivocarse! Uno sabe demasiado
‑sonrió sagazmente‑, o llega a saberlo.
‑Ah, ¿entonces hay que saber demasiado, no?
Y Gedge ahora sonrió también. Creía saber lo
que quería decir.
‑Bueno, hay que saber tanto como cualquiera.
Por lo menos, yo pretendo saberlo ‑afirmó la señorita Putchin‑. Nunca me han
pillado, de veras.
‑Estoy muy segura de que es verdad ‑dijo la
señora Gedge con una exaltación casi personal.
‑Claro ‑añadió él, no quiero que me pillen.
Ella contestó que, en tal caso, Ellos caerían
encima, y él comprendió que esa vez se refería a los poderes de arriba. Esto
avivó su sensación de todos los elementos con que había que contar, pero al
mismo tiempo percibió que los poderes de arriba no eran lo que él debería temer
más.
‑Me alegro ‑observó‑ de que hagan preguntas
alguna vez; pero me he dado cuenta casualmente, ya ve, que nadie las ha hecho
hoy.
‑Entonces se le han pasado varias, y no se ha
perdido nada. Me hicieron tres o cuatro preguntas demasiado tontas para
recordarlas. Pero claro que la mayor parte son tontas.
‑¿Quiere decir las preguntas?
Ella se rió de la mejor gana.
‑Sí, señor; no quiero decir las respuestas.
Con lo cual, despreciado y silencioso por un
instante, él se sintió como uno de la multitud. Luego eso le puso ligeramente
maligno.
‑No sabía sino que usted se refería a la gente
en general; hasta que recordé que debo entender de usted que ellos tienen buen
juicio, sólo que de vez en cuando fallan.
No fue realmente hasta entonces, le pareció,
cuando ella perdió la paciencia: él había asumido un aire examinador, sin duda
mucho más de lo que pretendía.
‑Ya verá usted mismo.
De lo cual él estuvo muy seguro. En efecto,
estuvo tan dispuesto a aceptarlo que ella se avino a un pleno acomodo y dijo
francamente que de vez en cuando ellos se salían de su cauce, no los tontos,
oh, no, los intensamente preguntones.
‑Hemos tenido discusiones muy vivas, no sabe,
sobre puntos muy conocidos. Quieren que todo sea a su gusto, y ya sé por dónde
van a salir en cuanto les veo. Esa es una de las cosas que pasan con uno: se
llega a saber qué clases hay. Y si es de eso de lo que tiene miedo, de que le
pillen por su cuenta ‑tuvo la suficiente gracia de añadir‑, no hace falta que
se preocupe en absoluto. ¿Qué saben ellos, después de todo, si para nosotros es
nuestra vida? Yo nunca he cedido una pulgada, porque, ya ve, no habría estado
aquí si no supiera por dónde andaba. Usted tampoco estará dentro de un año (ya
sabe lo que quiero decir, que se ponga imposible) si no lo hace. Espero que así
sea, a pesar de sus imaginaciones. ‑Y volvió a asentarse una vez más en roca
viva‑. Ahí están los datos. Si no, ¿dónde estaríamos ninguno de nosotros? Eso
es lo único en que hay que basarse. Nadie, por cara dura que tenga, puede hacer
que los datos sean a su gusto porque se le meta en la cabeza. Sólo puede haber
una manera y ‑añadió alegremente al despedirse de ellos‑, ¡estoy segura de que
eso basta!
3
Gedge no sólo asintió ávidamente ‑una sola
manera era suficiente si era la justa‑, sino que lo repitió, varias veces,
después de esa conversación, a su mujer, en momentos inesperados.
‑Sólo puede haber una manera, una manera
‑continuó observando, aunque muy como si fuera una broma; hasta que ella le
preguntó cuántas más suponía que necesitaba ella.
El no respondió a la pregunta, sino que
recurrió a otra repetición:
‑Ahí están los datos, los datos ‑lo cual,
quizá, sin embargo, se lo guardó un poco más para sí mismo, sondeándolo de vez
en cuando en diferentes partes de la casa. La señora Gedge abundó en
comentarios sobre su astuta introductora, aunque no con restricciones, salvo en
las maneras de su lenguaje, «yo y mi madre», un tono general, que ciertamente
no era lo propio de ellos.
‑No sé ‑dijo él‑, quizás eso lo dé el sitio,
puesto que no parece que dé el hablar en verso inmortal. Debe ser lo uno o lo
otro, parece que se ve. Supongo que dentro de unos pocos meses yo también
andaré así, «yo y mi esposa».
‑¿Por qué no «yo y la mujer» inmediatamente?
‑preguntó la señora Gedge ofendida.
En otro momento observó:
‑Me parece que no sé muy bien qué te pasa.
‑Es sólo que estoy agitado, terriblemente
agitado; y no veo cómo no se pueda estarlo. No querrás que uno se deje caer en
este empleo como en un nombramiento en Correos. Aquí mismo, se me sube a la
cabeza, ¿cómo se puede remediar? Pero nos iremos haciendo a ello y quizá ‑dijo,
con una implicación de la otra posibilidad que sin duda no era más que parte de
su sutil éxtasis‑ sobreviviremos a ello.
El sitio obraba sobre su imaginación, ¿cómo
no, sin duda? Y su imaginación obraba sobre sus nervios, y esas cosas juntas,
con su vivacidad general y su reciente inmersión completa, le hacían casi
imposible el descanso, de modo que apenas se podía acostar de noche e incluso
durante la primera semana más de una vez se levantó de madrugada, parado,
sentado, escuchando, interrogándose, pensando entre el silencio, como para
recobrar sin duda algún eco, para sorprender algún secreto del genius loci. No
lo podría haber explicado, y en realidad no necesitaba explicarlo, al menos
para sí mismo, ya que ese impulso sencillamente le sostenía y le agitaba; pero
la hora de después de cerrar, la hora, sobre todo, de después de la gente... de
Ellos, como se sentía en camino de llamarles él también, predominantes,
insistentes, todos en primer plano –le aportaba, o debía haberle llevado‑ según
le parecía ver, más cerca de la Presencia que había en ese santuario, ampliando
la oportunidad de comunión e intensificando la sensación de ella. Esas rondas
nocturnas, como las llamaba él, resultaban inquietantes para su mujer, que no
estaba dispuesta a participar en ellas, afirmando con decisión que todo ese
lugar era el sitio más inabordable después del oscurecer. Se alegraba de la claridad
de su propia pequeña residencia, aunque estaba contigua, donde despabilaba la
lámpara y removía el fuego y oía cantar el agua hirviendo, mientras reparaba
las omisiones de la criadita que dormía fuera; se veía a sí misma por
adelantado, con bastante rapidez, trazando, más bien tajantemente, la línea
entre su propio territorio y aquél en que podría errar el Gran Espíritu.
Estaría con ellos, el Gran Espíritu, todo el día, aunque precisamente al hacer
esa observación, y en esa forma, a su marido, él contestó con un extraño:
«¿Pero querrá estar él, sin embargo?» Y se imaginó vagamente cómo obtener un
antídoto doméstico, al cabo de poco tiempo, precisamente en forma de cortinas
más marcadamente corridas y todo de lo más moderno y vivo, el té, el adorno del
papel de pared, los periódicos, incluso las novelas femeninas contra las que
habían reaccionado en Blanckport, cultivadas ahora muy en desafío.
Sin embargo, esas posibilidades estuvieron muy
bien, como dijo su compañero, durante todo el primer otoño: ellos habían
llegado a fines del verano: como si él estuviera más que contento con unos
cuartos sólo para él a los que tenía acceso desde atrás, saliendo por su puerta
baja hacia los pocos escalones que los comunicaban con el Lugar del Nacimiento.
Con su lámpara siempre cuidadosamente cubierta y sus llaves bien atendidas, que
le hacían disponer de tesoros, cruzaba el oscuro intervalo tan a menudo que ella
empezó a calificarlo como una costumbre que «crecía». Hablaba de ello casi como
si él se hubiera dado a la bebida, y él le seguía el humor confesando que era
un trato fuerte. En conjunto, esa había sido realmente su sensación: era
extraño y profundo para él el hechizo de las silenciosas sesiones antes que
apareciera la familiaridad y, en cierto ligero grado, la decepción. El aspecto
expositorio de esa institución le había llamado la atención, ya al llegar, como
algo que cualificaba mucho su carácter; apenas sabía qué era lo mejor que podía
haber esperado, pero los tres o cuatro cuartos estaban demasiado sobrecargados
a la chillona luz del día, de bustos y reliquias, ni siquiera siempre
ostensiblemente de El, viejos grabados y viejas ediciones, viejos objetos
formados a semejanza de El, mobiliario «de la época» y autógrafos de célebres
adoradores. En las horas de silencio y la profunda sombra, sin embargo, bajo el
juego de la lámpara en movimiento y de su propia emoción, esas cosas recobraban
también su ventaja, contribuían al misterio, o en todo caso a la impresión,
parecían conscientes de ofrecerse al poeta como personales. Ninguna de ellas lo
era de modo real o indiscutible, pero al cabo de una larga asociación, habían
llegado a estar en el secreto, como lo expresaba siempre Gedge, y era sobre el
secreto sobre lo que les preguntaba mientras erraba inquieto. Sólo al cabo de
varios meses descubrió qué poco tenían que decirle, y se quedó muy tranquilo
con ellas cuando supo que no estaban en absoluto donde su sensibilidad había
empezado por situarlas. Estaban tan fuera de ello como él; sólo que, para
hacerles justicia, le habían hecho sentir inmensamente. Y sin embargo, no eran
ellas las que lo habían hecho más, ya que su sentimiento poco a poco se había
abierto paso a refinamientos profundos, más profundos.
El Sancta Sanctorum del Lugar del Nacimiento
era la baja y sublime Cámara del Nacimiento, sublime porque, como solían decir
los americanos ‑a diferencia de los nativos, ellos solían encontrar palabras‑,
era tan patética; y patética porque era... bueno, en realidad ninguna otra cosa
de este mundo que se pudiera nombrar, numerar o medir. Estaba tan vacía como
una cáscara cuya nuez se ha marchitado y no contenía ni bustos ni grabados ni
ejemplares antiguos; sólo contenía el Hecho; el Hecho mismo, que, mientras se
quedaba allí parado y lleno de sentimiento a medianoche, nuestro amigo,
conteniendo el aliento, permitía que penetrara en él. El tenía que considerarlo
como el lugar donde el espíritu andaría más, y por tanto donde más se le
encontraría con posibilidades de reconocimiento y reciprocidad. Muy
probablemente El no había habitado mucho ese cuarto, ya que los hombres, por
regla general, no solían convertir para su uso posterior, ni implicar en su más
amplio destino la escena misma de su nacimiento. Pero como había momentos en
que, en el conflicto de teorías, la única certidumbre que sobreviviera para el
crítico amenazaba ser que El ‑a diferencia de otros hombres de éxito‑ no
hubiera nacido, entonces Gedge, aunque con poco de crítico, se aferraba a los
pocos pies cuadrados de espacio que se conectaban, aunque débilmente, con su
presencia real. El tenía poco de crítico, no lo era nada; no había intentado
tener tal personalidad antes de llegar, ni llegaba para pretenderlo; además,
felizmente para él, iba viendo día tras día de qué poco le serviría eso. Para
él, la actitud de un elevado experto sería claramente una piedra de tropiezo, y
el regocijarse, a medida que pasaba el invierno, por su ignorancia, fue una de
las afirmaciones que, con sus extrañas maneras se propuso enunciar a su mujer.
Ella lo negó, pues, ¿no había estado presente ella desde el primer momento de
su piadoso e incansable estudio de todo lo relacionado con el tema? Tan
presente, que ella misma había aprendido sobre ello más de lo que nunca le había
parecido probable. Luego, en segundo lugar, él no iba a proclamar desde lo alto
de los tejados ningún punto en que pudiera estar flojo, pues, ¿quién sabía, si
se difundía por ahí que eran unos ignorantes, quién sabía qué efecto
produciría?
‑¿Sobre la atracción ‑continuó él‑ del
Espectáculo?
El había tomado la inocua costumbre de hablar
del lugar como del «Espectáculo», pero a ella no le importó eso tanto como para
distraerse de lo que decía.
‑No; sobre la actitud de la Corporación. Ya
sabes que están satisfechos con nosotros, y no veo por qué querrías echarlo a
perder. Hemos entrado por los pelos; ya sabes que hemos tenido pruebas de ello,
y que fue porque lo lograron conseguir quienes nos apoyaban. Pero les estamos
resultando una comodidad, y es absurdo que pongas en duda tu aptitud ante una
gente que estaba contenta con las Putchin.
‑No pongo en duda nada, querida mía ‑respondió
él‑, pero si lo hiciera sería precisamente por la mayor ventaja que les daba a
las Putchin su sencillez de espíritu. Las mantenía firmes la calidad de su
ignorancia, que era más espesa incluso que la mía. Fue un error nuestro, desde
el principio, intentar corregir o disimular la nuestra. Debíamos haber esperado
simplemente a volvernos unos buenos loros, a aprender nuestra lección, todo
aquí mismo, con lo poco que se necesita, y echarlo fuera graznando.
‑¡Ah, «graznando», cariño, qué palabra para
usar sobre El!
‑No es sobre El; no hay nada sobre El. A
ninguno de ellos les importa El un pepino. Lo único que les importa es su
cáscara vacía, o más bien, puesto que no está vacía, el relleno extraño y
ridículo que tiene.
‑¿Ridículo? ‑El la hizo con eso quedársele
mirando fijamente, como no lo había hecho nunca.
Al ver la cara que ponía ella, sin embargo el
destello como quizás era, de una sospecha extraña, él se inclinó bondadosamente
hacia ella y le dio unos golpecitos en la mejilla.
‑Vaya, está bien. Debemos apoyarnos en las
Putchin. ¿Recuerdas lo que dijo ella? «Lo han puesto ellos ahora tan bonito.»
Ellos lo han puesto bonito, y es un espectáculo de primera. Es un espectáculo
de primera, y una residencia de primera, y El era un poeta de primera, y tú
eres una mujer de primera... por aguantar tan bondadosamente, quiero decir, mis
tonterías.
Ella apreció su encanto doméstico y justificó
la parte de su tributo que se refería a ella misma.
‑No me importa cuántas tonterías me digas, con
tal que las guardes todas para mí y no se las sirvas a Ellos.
‑¿A los peregrinos? No ‑concedió‑, no sería
decente, a Ellos. Ellos tienen buena intención.
‑¿Qué quejas tenemos que dar de ellos, después
de todo, mientras no arranquen pedazos, como nos dijo la señorita Putchin que
solían hacer tan terriblemente, para escondérselos encima? Por lo menos les
acusaba de eso.
‑Sí ‑volvió a meditar Gedge‑, ¡ojalá no lo
hubiera hecho!
‑¿Te gustaría que destruyeran y se llevaran
las reliquias? ¡Eso es lo único que querrían!
‑No hay reliquias.
‑No las habrá pronto, a no ser que tengas
cuidado.
Pero él ya se reía, y no se abandonó la
conversación sin que él le volviera a dar golpecitos. Sin embargo, a ella le
quedó alguna que otra impresión de eso, como pudo ver él por una pregunta que
hizo a la mañana siguiente:
‑¿Qué querías decir ayer con lo de la
sencillez de la señorita Putchin, que «la mantenía firme»? ¿Quieres decir
mentalmente?
Su «mentalmente» era bastante sorprendente,
pero él confesó:
‑Bueno, que la mantenía en pie. Mejor dicho
‑corrigió, riendo‑, que la retenía abajo.
Realmente era como si ella se sintiera un poco
incómoda.
‑¿Consideras que hay peligro de que te afecte?
Ya sabes lo que quiero decir. De que se te esté subiendo a la cabeza. Ya sabes
‑insistió, como él no decía nada‑. A fuerza de preocuparte por él así. En ese
caso tendrías razón en que ha sido un error que te sumerjas tan hondo.
Y entonces, como su modo de escuchar sin
contestar, aunque con cara un poco triste por ella, podría haber denotado que
veía que había algo de verdad en ello, aun con toda su exageración en el modo
de decirlo:
‑Abandona tus rondas. Guárdalas para durante
el día. Guárdalas para Ellos.
‑Ah ‑sonrió él‑, ¡si fuera posible! Mis rondas
‑añadió‑, son lo que más disfruto. Son el único momento, como te he dicho ya,
en que estoy realmente con El. Luego no veo el sitio. El no es el sitio.
‑No me importa lo que «no veas» ‑respondió
ella con vivacidad‑, la cuestión es lo que sí ves.
‑Bueno, aunque lo fuera ‑él esperó antes de
asentir.
‑¿Sabes lo que hago a veces? ‑Y luego,
mientras ella esperaba también: En el Cuarto del Nacimiento, allí, cuando entro
a mirar de noche, muchas veces apago mi luz. Eso lo pone mejor.
‑¿Qué es lo que pone mejor?
‑Todo.
‑Entonces, ¿qué es lo que ves en la oscuridad?
‑¡Nada! ‑dijo Morris Gedge.
‑¿Y dónde está el gusto de eso?
‑Bueno, lo que dicen las señoras americanas.
Es fascinante.
4
El otoño fue intenso, como les había dicho la
señorita Putchin que sería, pero, naturalmente, el trabajo bajó con los meses
de invierno y los días cortos. Rara vez había una hora, a pesar de eso, sin
alguna clase de visita, y nunca se les permitía olvidar que ellos mantenían,
como podían decir, la tienda del mundo donde la clientela fluctuaba menos. Las
estaciones influían en ello, como influyen en los viajes, pero ninguna otra
influencia, consideración o convulsión a que está expuesta la población del globo.
Esta población, nunca exactamente en hordas simultáneas, pero en un flujo
pleno, rápido y constante, pasaba a través de su molino de suave
funcionamiento, y seguía adelante, a su manera ingenua, debidamente
impresionada y edificada en su variedad de grados. Gedge se entregó, con mucho
ingenio y ánimo, al intento de mantenerse en relación con ello; teniendo
incluso en ciertos momentos, al principio, algunos atisbos de la oportunidad de
que las impresiones reunidas, en tan rara ocasión, de entrar en contacto con la
mente de todos, resultarían tan interesantes como cualquier otra cosa en ese
sentido. Tipos, clases, nacionalidades, maneras, diversidades de conducta,
modos de ver, de sentir, de expresarse, pasarían ante él y, de un modo o de
otro, llegarían a ser para él la experiencia de un hombre que no había viajado.
Sus viajes habían sido cortos y ahorrativos, pero la justicia poética, también,
parecía inclinada a trabajar a su favor poniéndole precisamente en el punto de
Europa donde la confluencia de razas era quizá más densa. Esa teoría, en todo
caso, le impulsó a seguir adelante, obrando como una ayuda durante el tiempo de
sus preocupados comienzos y, en cierto modo, dorando ‑así le caracterizó el
caso a su mujer‑ la píldora no muy atractiva de su rutina diaria. No habían
conocido a mucha gente, y su lista de visitas era corta, lo cual, una vez más,
hacía que fuera justicia poética el hecho de que les visitaran en tal escala.
Se vestían y se quedaban en casa, estaban de servicio y recibían, y salvo en cuanto
a ofrecer refrigerios ‑y Gedge opinaba que acabaría por haber un buffet
arrendado a una gran empresa‑, su hospitalidad les habría hecho tan
principescos como jamás haya podido hacer la mera hospitalidad. Así se
lanzaron, y fue interesante, y después de estar a punto de desplomarse de
fatiga, al principio, emergieron con buen resuello y tan firmes de piernas como
si hubieran pasado unas vacaciones en los Alpes. Esta experiencia, opinaba
Gedge, también representaba, como ganancia, un análogo curtido del espíritu,
con lo que él quería decir un cierto dominio de paciencia impenetrable.
La paciencia era necesaria para un aspecto
determinado de su prueba que, para cuando volvió a estar con ellos la época más
animada, se había destacado como el más marcado, el asumir sin límites ciertas
veracidades y santidades, la santidad en general de la leyenda con que llegaban
todos. Ciertamente, él estaba bien preparado para salir a su encuentro, y daba
todo lo que tenía, pero algunas veces tenía la sensación de que a sus
peregrinos les ofendía vagamente que no les sirviera su manjar con una cuchara
más grande. Una irritación había empezado a gruñir en él durante los meses
relativamente ociosos del invierno cuando un peregrino se presentaba solo. El
piadoso individuo, atendido durante su media hora, a veces había parecido
ofrecerle una promesa de entretenimiento o algo parecido a una relación
personal: esto volvía a compensar las pocas visitas agradables que había
recibido en el transcurso de una vida casi vacía de placeres sociales. A veces
le gustaba la persona, la cara, el modo de hablar; un hombre educado, un
caballero, no uno del rebaño; una mujer con gracia, vaga, casual, sin darse
cuenta de él, pero haciéndole preguntarse quién era ella, mientras revoloteaba
en torno. Esas oportunidades representaban para él leves anhelos y ligeros
sofocos; incluso, obraban en él de un modo especial y extraordinario. Le habría
gustado hablar con tales compañías dispersas, hablar con ellos realmente,
hablar con ellos como podría haber hablado si les hubiera encontrado donde no
les podía encontrar ‑en una cena, en el «mundo», en una visita en una casa de
campo‑. Entonces podría haber dicho ‑siempre sobre el santuario y el ídolo‑
cosas que ahora no podía decir. La forma en que sintió por primera vez esa
irritación fue al sentirse obligado a decirles ‑al visitante aislado, incluso
cuando era simpático, tanto como al grupo pasmado‑ esas cosas determinadas, una
temible docena, más o menos, que ellos esperaban. Si había llegado a
caracterizar así esas cosas como temibles, el motivo toca el punto mismo que,
dándole vueltas a todo durante algún tiempo, él no dejaba de esquivar, sin
encararse con él y tratando de ignorarlo. El punto era que estaba en camino de
convertirse en dos personas muy diferentes, la pública y la privada, y sin
embargo, que habría de arreglárselas de algún modo para que esas personas
vivieran juntas. Se estaba partiendo en dos mitades, inconfundiblemente, él
que, hubiera sido lo que hubiera sido, por lo menos siempre había estado tan
entero y, a su manera, tan sólido. Una de las mitades, o quizás incluso una
cuarta parte, puesto que la partición prometía ser bastante desigual, era el
custodio, el exhibidor, el sacerdote del ídolo; la otra pieza era el pobre
hombre honrado y sin éxito que siempre había sido.
Había momentos en que reconocía ese carácter
primario como nunca hasta entonces; en efecto, cuando temblaba ante la idea de
que eso quizá tuviera en reserva alguna suprema manifestación de su identidad.
Ese carácter era honrado, verdaderamente, sólo por razón de su posibilidad. Era
pobre y sin éxito porque ahí estaba precisamente a punto de reñir con su manera
de ganarse el pan. Desde luego, la salvación ‑la salvación del encargado del
espectáculo‑ sería mantenerlo rígidamente en el borde; o sea, no dejarlo ir más
allá ni en una pulgada. Podría contar con ello, se decía a sí mismo, si no
hubiera público, si no hubiera millares de personas pidiéndole aquello por lo
que le pagaban. Veía acercarse el escenario en que le afectarían esos millares
de personas ‑y quizás aún más el individuo que lo tomaba en serio‑ como si
vinieran realmente a ver si se ganaba el sueldo. ¿No empezaría pronto a
antojársele que estaban en alianza con la Corporación, prácticamente delegados
por ésta ‑a la que, sin duda, se le había dado una sospecha ya encendida‑ para
inspeccionar e informar sus observaciones? Así fue como se desplomó con el
solitario peregrino que le llevó a sus primeros análisis de corazón, se
desplomó en cuanto a la valentía requerida para poner sordina a las críticas a
su fe. Lo que más querían todos ellos era sentir que todo estaba «igual que
estaba»; sólo el choque de tener que renunciar a esa visión era mayor de lo que
nadie podría soportar sin apoyo. Los malos momentos eran en el piso de arriba,
en el Cuarto del Nacimiento, pues ahí las fuerzas que apremiaban en el mismo
borde asumían una intensidad atroz. La mera expresión de la mirada, crédula
ante todo, omnívora y discretamente humedecida en ese trance, con la que muchas
personas miraban pasmadamente alrededor, podría acabar por hacerle difícil el
permanecer debidamente cortés. A menudo venían en parejas, a veces uno de ellos
había estado allí antes, y entonces se lo explicaba el uno al otro. En ese
caso, nunca les corregía; escuchaba por la lección de escuchar; tras de lo cual
observaba a su mujer que lo que aprendía no tenía fin. Veía que si realmente
alguna vez se desplomaba, sería con ella con quien empezaría. Le había lanzado
bastantes insinuaciones y alusiones, pero ella estaba tan inflamada de
admiración que o no las notaba o fingía no entender.
La mayor complicación era que, con el regreso
de la primavera y el aumento de público, los servicios de ella eran más
necesarios. Ella se ponía en campaña con él, desde muy pronto; estaba presente
con el grupo de arriba mientras él no perdía de vista, y sobre todo de oído, al
grupo de abajo; y, ¿cómo podía saber él, se preguntaba, lo que ella les diría y
lo que ella les consentiría a Ellos que dijeran ‑o mejor dicho, que creyeran,
los pobres desgraciados‑, mientras estaba lejos de su dominio? Un día u otro,
sin tardar mucho, no podía menos de pensar él, tenía que plantearle el asunto,
el asunto, esto es, de la moralidad de su empleo. La moralidad de las mujeres
era muy especial, sobre eso él iba viendo más claro. La concepción que Isabel
tenía de su cargo era custodiar y enriquecer la leyenda. La leyenda ya era muy
seductora, pero ¿para qué estaba ella allí sino para hacerla aún más?
Ciertamente no estaba allí para enfriar ninguna piedad natural. Si estaba en
duda ‑si era figuración suya, como diría el vulgo‑ que El hubiera nacido en el
Cuarto del Nacimiento, ¿dónde estaba el valor de los seis peniques que
cobraban? ¿Dónde la equivalencia que se habían comprometido a proporcionar?
«Ah, sí, ya lo creo, por aquí precisamente», y tenía que golpear el lugar con el
pie. «¿Cambiado? Bueno, no, salvo unos pocos detalles sin importancia; ustedes
ven el sitio y ¿no es ése el encanto? exactamente tal como lo vio El. Muy pobre
y sencillo, sin duda; pero por eso mismo es tan notable.» El no quería oírla, y
sin embargo no quería dejarle rienda suelta; no quería crear dificultades ni
quitarle el pan de la boca. Pero, sin embargo, tenía que darle un aviso antes
de que llegaran demasiado lejos. Así fue como se lo dijo, una noche de junio;
la concurrencia, con el buen tiempo, había sido últimamente especialmente
grande, y la multitud, durante todo el día, se había cebado debidamente con el
relato.
‑Ya sabes, no debemos ir demasiado lejos.
Lo curioso era que ella ahora había dejado
incluso de darse cuenta de lo que lo turbaba a él: ella estaba lanzada en su
propia carrera.
‑¿Demasiado lejos para qué?
‑Para salvar nuestras almas inmortales. Cariño
mío, no debemos decirles demasiadas mentiras.
Ella le miró con tremendo reproche.
‑Ah, vamos, ¿ya vuelves a empezar con eso?
‑Nunca he empezado; no quería preocuparte.
Pero, ya sabes, no sabemos nada de eso. ‑Y luego, mientras ella le miraba
pasmada, sofocándose‑: De que El haya nacido ahí arriba. De nada, realmente. Ni
el más pequeño jirón que, en cualquier otro sentido, pudiera pesar como prueba.
Así que no se lo restriegues tanto.
‑¿Que se lo restriegue cómo?
‑Que El nació... ‑Pero, al mirarle a la cara,
no hizo más que suspirar‑. ¡Ah, vaya, vaya!
‑¿No crees ‑replicó ella, tajante‑ que El
nació en algún sitio?
El vaciló; era todo un edificio que sacudir:
‑Bueno, no sabemos. Hay muy poco que saber. El
borró sus huellas como no lo ha hecho nunca ningún otro ser humano.
Ella estaba todavía en su vestimenta pública y
no se había quitado los guantes que se empeñaba en llevar como parte de ese
uniforme: recordaba cómo los llevaba la encargada del castillo de la Frontera,
toda frufrús a la que había empezado a tomar por modelo. Parecía oficial y
ligeramente distante.
‑Borrar sus huellas. Ha tenido que existir.
¿Tenemos que renunciar a eso?
‑No, no te pido que renuncies a eso todavía.
Pero hay muy poco en qué basarse.
‑¿Y eso es lo que tengo que decirles a Ellos a
cambio de todo?
Gedge aguardó, dando vueltas. El lugar estaba
doblemente silencioso después del estrépito del día, y el anochecer de verano
reposaba sobre él como una bendición, haciéndolo blando y dulce, en su poco de
solemnidad y antigüedad. Era bueno estar allí, y sería bueno quedarse. Al mismo
tiempo, había algo incalculable en el efecto que esa gran densidad de multitud
tenía en sus nervios. Era una actitud que no tenía nada que ver con grados y
matices, la actitud de quererlo todo o nada. Y no se podía llegar a un acuerdo
con ello. Sólo se podía hacer eso con amigos, y aun eso sólo en casos en que
uno estuviera seguro de que los amigos no iban a traicionarle a uno.
‑¿No podrías adoptar ‑contestó por fin‑ un
método ligeramente más discreto? Lo que podemos decir es que se han dicho
cosas; eso es lo único que tenemos que ver con ello nosotros. «¿Y es éste
realmente ‑donde clavan sus paraguas en el suelo‑ el lugar mismo donde El
nació?» «Así se ha dicho que es, desde hace mucho tiempo.» ¿No podría uno
hacerles frente a Ellos de algún modo así, para ser un poco decentes?
Ella le miró muy fijamente:
‑¿Es así como les haces frente?
‑No, yo he seguido mintiendo, sin escrúpulo,
sin vergüenza.
‑Entonces, ¿por qué me quieres hacer cambiar?
‑Porque me ha parecido que, como verdaderos
compañeros, podríamos arreglarlo un poco juntos.
Eso no era muy fuerte, se dio cuenta, plantado
ante ella con las manos en los bolsillos, y le pareció aún más débil después de
mirarle ella unos momentos.
‑Morris Gedge, tengo el propósito de ser tu
verdadera compañera, y he venido aquí para quedarme. Eso es lo único que tengo
que decir. ‑No era así, sin embargo, pues acabó por añadir‑: Más vale que
pruebes tú mismo y veas. Renuncia al lugar, renuncia a la historia, con sólo
una mirada y... bueno, te dejaría unos nueve días. Entonces verías.
‑El fingió inocencia, para ganar tiempo:
‑¿Tan mal lo tomarían?‑ Y luego, como ella no
decía nada: ‑¿Se volverían contra mí para destrozarme? ¿Me harían pedazos?
Pero ella no lo quería tomar a broma:
‑Sencillamente, no lo aceptarían.
‑No, no lo aceptarían. Eso es lo que digo yo.
No lo aceptarán.
‑Más valdría ‑siguió ella‑ que empezaras con
Grant Jackson. Pero ni siquiera eso es necesario. Le llegaría a él, le llegaría
a la Corporación, como un incendio.
‑Ya veo ‑dijo el pobre Gedge. Y, en efecto,
por el momento, veía, mientras que su compañera explotaba lo que creía su
éxito.
‑¿Consideras que todo es un fraude?
‑Bueno, te concedo que hubo alguien. Pero los
detalles no son nada. Faltan las conexiones. Las pruebas ‑en especial sobre ese
cuarto de arriba, que por sí mismo es nuestra «Santa Casa»‑ no son nada. Todo
esto fue hace tantísimo tiempo. ‑Y volvió a darse cuenta de que sonaba débil‑:
Claro que fue hace tantísimo tiempo; eso es lo bonito y lo interesante. Díselo
a Ellos, diles ‑continuó‑ que las pruebas no son nada, y yo les diré algo
diferente.
Hablaba con tal empeño que el rostro de él
pareció mostrar una pregunta, a la que ella estuvo a punto de replicar:
‑Yo les diré que tú eres un...
Pero se detuvo, cambiándolo:
‑Les diré exactamente lo contrario. Y
averiguaré lo que dices (no me llevará mucho tiempo) para hacerlo así. Si les
contamos diferentes historias, eso quizá nos salve.
‑Ya veo lo que quieres decir. Quizá, como
rareza, tendría éxito por curiosidad. Podría convertirse en una atracción. Sin
embargo, ellos quieren grandes masas. ‑Y la miró tristemente‑: Tú no eres más
que uno de Ellos.
‑Si se trata de no ser más que uno de ellos
para tenerle cariño –respondió ella‑, entonces sí que lo soy, y no estoy
avergonzada de mi compañía.
‑¿Tenerle cariño a qué? ‑dijo Morris Gedge.
‑Tenerle cariño a pensar que El nació aquí.
‑Piensas demasiado. Es malo para ti. ‑Se
apartó de ella con su gemido crónico.
Pero no perdió lo que ella le gritó en su
seguimiento:
‑Me niego a dejar caer este lugar.
Y, en efecto, ¿qué cabía decir? Ellos estaban
allí para mantenerlo en alto.
5
Ello mantuvo en alto durante el verano, pero
con la más extraña conciencia, a veces, de la falta de proporción entre su
cólera secreta y el ánimo de aquellos de quienes provenía la fricción. Se decía
a sí mismo ‑tan herida como había llegado a estar su sensibilidad‑ que Ellos
eran gregariamente feroces al mismo tiempo que él les veía como mansos uno a
uno. Se decía que Ellos eran mansos sólo porque él lo era ‑se lisonjeaba de
serlo así divinamente, considerando lo que podría ser; y que, como le había
avisado su mujer, muy pronto sabría las consecuencias si se apartara un pelo de
la línea que le estaba trazada‑. Esa era la estupidez colectiva; que fuera
capaz de convertirse, en un momento, a la vez en una ofensa general y
particular. Puesto que el menor aliento de discriminación le haría ser
expulsado sin misericordia, era absurdo, reflexionaba él, hablar de su
incomodidad como algo ligero. Estaba amordazado, estaba aguijoneado, como a
veces sin duda dejaba ver, ante grupos omnívoros, en una extraña mirada silenciosa
y fulgurante. Le expulsarían de su empleo también por eso, si no andaba con
cuidado; por tanto, ¿no era de hecho ferocidad que uno no pudiese siquiera
refrenar la lengua? No le dejarían marchar a uno en silencio: se empeñaban en
que uno se comprometiera. Era la libra de carne: la obtendrían, así sangrara él
bajo la chaqueta. Pero una prodigiosa paz, por excepción, cayó sobre él una
tarde a fines de agosto. La presión, como de costumbre, había sido alta, pero
había disminuido al caer el día, y el sitio quedó vacío antes de la hora de
cerrar. Entonces fue cuando, a pocos minutos de esa hora, se presentaron un par
de peregrinos a quienes, en circunstancias ordinarias, él les habría hecho
notar que, sintiéndolo mucho, era demasiado tarde. Después se preguntaría por
qué, a la vista de los visitantes ‑un caballero y una señora, atractivos y más
bien jóvenes‑, las circunstancias no le habían parecido ordinarias; fue sin
duda por algo más bien sutil e indecible, algo, por ejemplo, en el tono del
joven, o en la luz de sus ojos, después de oír la advertencia sobre la hora.
‑Sí, ya sabemos que es tarde, pero me temo que
es precisamente por eso. Teníamos ganas más bien de evitar la multitud... como
supongo que ustedes mismos tienen ahora, y ¡fue realmente por la probabilidad
de encontrarles solos!
Esas cosas las dijo el joven antes de estar
propiamente admitido, y eran palabras que podía haber dicho cualquiera que no
se hubiera tomado la molestia de ser puntual o que deseara, cayendo en gracia,
hacerse abrir la puerta. Gedge incluso adivinó la sensación que podía acechar
en ellos, la sugerencia de una propina especial si había flexibilidad. No se
admitían propinas en el Lugar del Nacimiento, y él a menudo se lo había
agradecido a su estrella; había sólo el honorario que se cobraba y nada más;
todo lo demás era indebido, para alivio de la palma de una mano no formada por
la naturaleza para hacerse cuchara. Pero a pesar de todo, a pesar especialmente
del tintineo casi audible de los soberanos del caballero, que en otro caso
podían haber sido exactamente lo que le dejara fuera, acabó por encontrarse en
el Cuarto del Nacimiento, un acceso que había concedido con gracia, casi
tratándolo como personal y privado. La razón... bueno, la razón habría estado,
de estar en alguna parte, en algo de persuasión natural por parte de la pareja,
a no ser que más bien hubiera estado en el modo como el joven, una vez que
entró en el Lugar, se enfrentó con la expresión del rostro del custodio, la
miró por un momento y pareció desear sondearla. Que eran americanos resultó en
seguida claro, y Gedge casi habría podido decir de qué tipo: había llegado al
punto de distinguir qué tipos, aunque la dificultad ahora habría podido ser que
el caso que tenía delante era raro. Lo vio, en efecto, de repente, a la luz del
dorado atardecer campestre, que les llegaba a través de viejas ventanas bajas,
lo vio con un acceso de sentimiento, inesperado y sofocado, que le hizo desear,
durante un momento, conservarlo ante él como un caso de felicidad desordenada.
Le hizo sentirse viejo, desastrado, pobre, pero no por eso lo observó con menos
intensidad. Tenían fortuna por su familia, y mucha según pudo parecer a Morris
Gedge, y, desde luego, se habían casado hacía poco; el marido, de rostro liso y
blando, pero decidido y fino, varios años mayor que su mujer y la mujer,
delicada e irregular, pero inexorablemente bonita. No se sabía por qué, el
mundo era de ellos: a la persona que recibía los seis peniques en el Lugar del
Nacimiento le dieron una sensación del alto lujo de la libertad como jamás la había
tenido. La cosa era que el mundo era suyo no simplemente porque tuvieran dinero
‑él había visto bastante gente rica‑, sino porque, en un grado supremo, podían
pensar y sentir y decir lo que les gustara. Tenían una naturaleza y una
cultura, una tradición, una facilidad de cierto tipo ‑y todo eso producía en
ellos un efecto de auténtica belleza‑, lo cual daba una luz a su libertad y una
facilidad a su tono. Esas cosas, además, no sufrían nada por el hecho de que,
por casualidad, fueran de luto; probablemente lo vestían por algún padre
opulento recientemente fallecido, o alguna madre delicada que sin duda habría
sido parte de la fuente de esa belleza, y a Gedge, en el crepúsculo que se
espesaba y en su extraña crisis le hizo la impresión de ser el uniforme mismo
de su distinción.
No podría haber dicho después bien por qué
pasos se alcanzó el punto, pero al cabo de cinco minutos había llegado a ser
una parte de su presencia en el Cuarto del Nacimiento, una parte del aire del
joven, una parte del encanto del momento, y una parte, sobre todo, de una
extraña sensación en su interior de «¡Ahora o nunca!», el hecho de que Gedge de
repente, con excitación, se dejó ir. No había tenido clara conciencia de
derivar hacia ello; para eso, había tenido simplemente demasiada conciencia de
pensar qué diferentes, en todo su alcance, eran aquella pareja unida de otra
pareja unida que conociera. Eran todo lo que él y su mujer no eran: ésa fue, al
principio, más que nada, la lección de su conversación. Miles de parejas de
quienes eso mismo era cierto habían pasado sin duda ante él, pero ninguna de
quien eso fuera cierto con una intensidad tan apremiante (contundente). Y ello
por su trascendente libertad; eso era a lo que él vio que se refería todo, al
cabo de cinco minutos. El marido había estado allí hacía algún tiempo, y había
obtenido su impresión, que ahora deseaba que su mujer compartiera. Pero Gedge
pudo ver que ya no se la había ocultado a ella. Una grata ironía, en resumen,
parecía saborear nuestro amigo en el aire; él, que todavía no se había sentido
libre de saborear la suya propia.
‑Me parece que usted no estaba aquí hace
cuatro años. ‑Eso era lo que el joven había empezado por observar. A Gedge le
gustó que se acordara, le gustó que le hablara francamente; tanto más cuanto
que él no le había ofrecido introducción, como quien dice. El les había dejado
mirar por ahí, en el piso de abajo y luego les había llevado arriba, pero sin
palabras, sin la habitual salmodia del exhibidor, que le habría dado miedo. Los
visitantes no lo pedían; el joven le había quitado por sí mismo de las manos el
asunto, dejando caer unas cuantas observaciones sueltas dirigidas a la joven.
Lo que le pareció a Gedge, extrañamente, es que esas observaciones no carecían
de consideración hacia él; había oído otras, tanto del tipo pedante como del
grosero, que podrían haberse considerado así. Y como el joven no había tenido
ayuda para reconocer que él era nuevo, eso empezó ya a formar un terreno común
para ellos. El terreno se hizo inmenso cuando el visitante añadió al fin con
una sonrisa:
‑Había una buena señora, recuerdo, que tenía
muchas cosas que decir.
Fue la sonrisa del caballero la que lo hizo;
allí estaba la ironía.
‑Ah, se han dicho muchas cosas.
Ya la mirada de Gedge a su interlocutor mostró
su sensación de ser sondeado. Era extraordinario, desde luego, que un completo
desconocido hubiera adivinado la congoja de su espíritu, hubiera captado el
fulgor de su comentario interior. Eso probablemente, a su pesar, se le escapó
por sus pobres ojos ancianos.
‑Muchas de esas cosas, en sitios como éste ‑se
oyó a sí mismo añadir‑, por supuesto que se dicen muy irresponsablemente.
¡Sitios como éste! Pestañeó ante esas palabras
tan pronto como las pronunció. No hubo pestañeo, sin embargo, por parte de sus
agradables acompañantes.
‑Exactamente; todo el asunto se convierte en
una especie de convención rígida, ufana, como una muñeca sagrada muy arreglada
en una iglesia española, que uno es un monstruo si la toca.
‑Un monstruo ‑dijo Gedge, mirándole a los
ojos.
El joven sonrió, pero le pareció a Gedge que
le miraba con mayor fijeza.
‑Un blasfemo.
‑Un blasfemo.
Parecía que a su visitante le sentaba bien;
ciertamente le miraba con más fijeza. Aun distante, estaba interesado; por lo
menos estaba divertido.
‑¿Entonces usted no afirma, o por lo menos
usted no se empeña...? Quiero decir usted personalmente.
Tenía una identidad para él, notó Gedge, que
no podía haber tenido para un británico; en seguida sintió el impulso de
testimoniar que se daba cuenta:
‑No me empeño para usted.
El joven se rió:
‑Realmente... le aseguro, si me permite... que
no serviría. Estoy demasiado interesado.
‑¿Quieres decir ‑preguntó su mujer, en tono
ligero, en... mm... en echarlo abajo? Eso es lo que me has dicho.
‑¿Le ha dicho a usted ‑intervino Gedge, aunque
temblando un poco‑ que le gustaría echarlo abajo?
Ella, con su libre dulzura, se encaró a esa
apelación directa con mucho encanto.
‑¡Ah, quizá no el edificio!
‑Bueno. Ya ve que vivimos en él... quiero
decir, nosotros.
El marido se había reído, pero ahora había
dejado tan completamente de mirar a su alrededor que no parecía quedarle sino
hablar abiertamente con el custodio.
‑Estoy interesado ‑explicó‑ en lo que me
parece que es lo interesante, o, en todo caso, lo que atormenta eternamente. El
hecho de lo abismalmente poco que sabemos, en proporción.
‑¿En proporción a qué? ‑preguntó su compañera.
‑Bueno, a lo que debía haber... a lo que de
hecho hay... para preguntarse sobre ello. ‑Ese es el interés; es inmenso‑. Se
nos escapa como un ladrón de noche, llevándose... bueno, llevándoselo todo. Y
la gente pretende capturarle como un canario que se ha volado, sobre el que se
puede cerrar la mano y volverle a traer. El no volverá; no volverá. ¡El no es
‑se rió el joven‑ tan tonto! Eso le hace ser el más feliz de los grandes
hombres.
Había empezado hablando a su mujer, pero había
acabado, con su dominio amistoso, tranquilo, indescriptible, dirigiéndose a
Gedge –el pobre Gedge, que contenía el aliento y, del modo más inesperado,
sentía que nunca había estado en tan buena sociedad‑. La joven esposa, que
mientras tanto había seguido por su parte mirando por ahí, suspiró o rió ‑Gedge
no podría haber dicho qué‑ su pequeña respuesta a esas observaciones:
‑Es bastante lástima, ya ve, que El no esté
aquí. Quiero decir, como Goethe en Weimar. Porque Goethe sí que está en Weimar.
‑Sí, querida mía, esa es la mala suerte de
Goethe. Ahí está pegado. Este hombre no está en ninguna parte. Te desafío a que
le cojas.
‑¿Por qué no decir, bellamente ‑se rió la
joven‑, que, como el viento, está en todas partes?
No era desde luego el tono de discusión, era
el tono de broma, aunque de la broma mejor, según le parecía percibir a Gedge,
y más de su estimación, que jamás había escuchado; y por eso precisamente el
joven pudo continuar sin irritación, respondiendo a su mujer, pero aún con
miradas para su acompañante:
‑¡Que me ahorquen si El está aquí!
Era casi como si se dejara llevar, esto es,
impresionado y más bien sujeto, por la situación inalterada de su acompañante,
que ellos no habían pretendido alterar, pero que de repente presentaba su
interés y quizá incluso proyectaba su luz. El caballero no sabía, Gedge se
diría luego a sí mismo, cómo aquel hipócrita estaba todo temblando por dentro,
cómo le parecía que le echaban literalmente por la cabeza su destino.
Ciertamente, por el momento, temblaba demasiado para hablar; por abyecto que
fuera no quería que su voz tuviera el absurdo de un temblor. Y la joven
‑¡encantadora criatura!‑ aún tuvo otra palabra. Fue para el guardián del lugar,
y ella la hizo, a su manera, deliciosa. Se habían quedado en el Sancta
Sanctorum, y ella había mirado durante un rato el extraño viejo pavimento, con
un aire contrito lo suficientemente marcado como para ser bonito.
‑Entonces, si dices que no fue en este cuarto
donde El nació... bueno, ¿para qué sirve?
‑¿Para qué sirve qué? ‑preguntó su marido‑.
¿Quieres decir para qué sirve que vengamos aquí? Bueno, el sitio es encantador
por sí mismo. Y también es interesante ‑añadió para Gedge‑, saber cómo siguen
ustedes.
Gedge le miró un momento en silencio, pero
respondió primero a la joven. ¡Si la pobre Isabel, pensaba, hubiera podido ser
así! No en cuanto a juventud, belleza, arreglo del pelo o gracia pintoresca del
sombrero; esas cosas no le importaban, sino en cuanto a simpatía, facilidad, y
ese distanciamiento, ligero y perceptivo, pero nada barato.
‑No digo que no fuera... pero no digo que
fuera.
‑Ah, pero eso ‑replicó ella‑, ¿no viene a ser
lo mismo? ¿Y no quieren ver Ellos también dónde cenaba y dónde tomaba el té?
‑Lo quieren todo ‑dijo Morris Gedge‑. Quieren
ver dónde colgaba el sombrero y dónde guardaba las botas y dónde hervía el
puchero su madre.
‑Pero, ¿y si usted no se lo enseña...?
‑Me lo enseñan ellos. Está en todos sus
libritos.
‑¿Quiere decir ‑preguntó el marido‑, que usted
no tiene más que refrenar la lengua?
‑Eso intento ‑dijo Gedge.
‑Bueno ‑sonrió el visitante‑. Ya veo que sabe.
Gedge vaciló:
‑No sé.
‑Ah, bueno ‑dijo su amigo‑, ¿qué importa?
‑Sí que hablo ‑continuó él‑. A veces, no puedo
no hablar.
‑Entonces ¿cómo se las arregla?
Gedge le miró más abyectamente, según sentía
él mismo, de lo que jamás había mirado a nadie, incluso a Isabel cuando le
asustaba:
‑No me las arreglo. Hablo ‑dijo‑, puesto que
he hablado con usted.
‑¡Ah, nosotros no le vamos a hacer daño! ‑rió
el joven tranquilizándole.
El crepúsculo, mientras tanto, se había
espesado sensiblemente; tocaba la visita a su fin. Salieron juntos del cuarto
de arriba y bajaron por la estrecha escalera. Las palabras recién
intercambiadas quizás habían producido un cohibimiento que la joven, con
gracia, sintió impulsos de disipar.
‑Se preguntará usted por qué hemos venido.
Y fue, para Gedge, la primera nota de un mayor
cohibimiento, como si hubiera oído claramente que eso hacía que la mano del
marido empezara a hurgar en su bolsillo lleno. El marido también se demoraba un
poco cohibido.
‑Bueno, nos gusta tal como está. Siempre hay
algo.
Con eso, se acercaron a la puerta de salida.
‑¿Qué es lo que hay, por favor? ‑preguntó
Morris Gedge, aún sin abrir la puerta, como si deseara retener a la pareja
dentro y dándose cuenta, sólo por un momento después de hablar, de que su
pregunta sonaba de un modo demasiado temible para el joven. Este personaje se
preguntaba, pero temía, y evidentemente llevaba varios minutos preguntándose a
sí mismo, de modo que, con su preocupación, las palabras del custodio habían
significado para él, inevitablemente: «¿Qué es lo que hay, por favor, para mí?»
Gedge ya sabía, además, que no le detenía a tiempo. Había hecho su pregunta
para mostrar que él tampoco tenía miedo, y en consecuencia debía tener un
lamentable aire de aguardar, como después reflexionaría.
El visitante extendió la mano:
‑¿Espero poder tomarme la libertad...?
Lo que ocurrió después, nuestro amigo apenas
lo supo, pues cayó en una ligera confusión, la confusión de un extraño fulgor
de oro; un soberano que le lanzaban por las buenas; de un rápido, casi violento
movimiento por su parte, que, para empeorar el asunto, pudo mandar el dinero
rodando por el suelo; y luego de señalados rubores en todos, produciendo
incluso, a su vez, y más bien extrañamente y con mucha rapidez, un aumento en
su comunión. Era como si el joven le hubiera ofrecido dinero para compensarle
por haberle arrastrado adelante, como quien dice, y luego, al percibir el
error, pero estimándole más por su rechazo, hubiera querido borrar ese
agravamiento de su error original. Lo hizo así, finalmente, mientras Gedge
mantenía abierta la puerta, diciendo lo mejor que supo, y diciéndolo con
franqueza y alegría:
‑¡Por suerte eso no afecta en nada a la obra!
La pequeña calle pueblerina, callada y vacía
en el ocaso de verano, se extendía a derecha e izquierda, con alguna que otra
casa con altillos y vigas de madera, y parecía por las buenas haberse despejado
para estar de acuerdo con el vacío histórico sobre el que nuestros amigos se
miraron, deteniéndose un instante a conversar. La joven esposa, más bien, miró
por un momento todo lo que no se podía ver, y luego, antes que Gedge hubiera
encontrado respuesta a la observación de su marido, lanzó, evidentemente con
ánimo de conciliación, una pequeña pregunta propia que trató de hacer seria.
‑¿Es nuestra desgraciada ignorancia a lo que
no afecta, quieres decir?
‑Desgraciada o afortunada, así me gusta ‑dijo
el marido‑. The play's the thing, la comedia es la realidad. Dejemos solo al
autor.
Gedge, con la llave en el índice se apoyaba en
la jamba, contemplando la estúpida callecita, y lamentaba verles ir: parecían
abandonarle.
‑Eso es exactamente lo que Ellos no quieren
hacer... no dejarme hacerlo. Eso es lo único que yo quiero... dejar solo al
autor. Prácticamente se daba cuenta de que llegaba al final de su oportunidad;
no hay autor; quiero decir, para que tratemos con él. Ahí están todos los
inmortales... en la obra; pero no hay nadie más.
‑Sí ‑dijo el joven‑, a eso es a lo que se va a
parar. Para aclarar el asunto, no debería haber tal persona.
‑Como dice usted ‑replicó Gedge‑, a eso es a
lo que se va a parar. No hay tal persona.
El aire del atardecer escuchaba, en el
silencio tibio y denso del campo, mientras resonó la pequeña exclamación de la
esposa:
‑Pero ¿no hubo...?
‑Hubo alguien ‑dijo Gedge‑, apoyado en la
jamba. Pero le han matado Ellos. Y, muerto como está le conservan en pie, lo
vuelven a hacer una vez y otra, le matan todos los días.
Se daba cuenta de que lo decía tan
sombríamente ‑más de lo que deseaba‑ que sus acompañantes intercambiaron una
mirada y aún quizá pusieron cara de que le consideraban extravagante. Esa era
realmente la cara que Isabel le había avisado que todos los demás pondrían si
les hablaba a Ellos como le hablaba a ella. Sin embargo, le gustó, a pesar de
eso, oír cómo sonaría cuando le declararan incapaz por deterioro del cerebro.
‑Entonces, si no hay autor, si no hay nada que
decir salvo que no hay nadie ‑preguntó sonrientemente la mujer‑, ¿por qué razón
debería haber un edificio?
‑No debería ‑dijo Morris Gedge.
Decididamente, sí, afectó al joven:
‑¡Ah, bueno, fíjese que no digo que lo tengan
que echar abajo!
‑Entonces, ¿a dónde irían ustedes? ‑les
preguntó dulcemente su acompañante.
‑Eso es lo que pregunta mi mujer ‑contestó
Gedge.
‑¡Pues entonces consérvelo, consérvelo! Y el
marido extendió la mano.
‑Eso es lo que dice mi mujer ‑continuó Gedge,
estrechándole la mano.
La joven, encantadora criatura, emuló al otro
visitante, ofreciendo su apretón de manos a su notable amigo.
‑Entonces haga caso a su mujer.
El pobre hombre la miró gravemente:
‑¡Sí que lo haría si fuera una esposa como
usted!
6
De todos modos, para él eso significó una gran
diferencia; le dio un impulso extraordinario, de modo que fue cierto dulce
regusto de su libertad lo que pudo sospecharse que, un par de meses después,
ayudó a producirle otra aventura, realmente más considerable. Era un extraño
modo de pensarlo, pero, para su imaginación, había estado durante veinte
minutos en buena sociedad, siendo ése el término que mejor describía, para él,
la compañía de gente a quien no tenía que decirle estupideces, según lo expresó
luego. Era su derecho a la sociedad lo que había afirmado a su manera
indudablemente torpe; y la dificultad estaba en que, una vez que lo había
afirmado, ya no podía retirar esa afirmación. Pocas cosas le habían pasado en
la vida, esto es, pocas cosas que fueran agradables, pero al menos ésta sí, y
él no estaba hecho de manera que pudiera continuar adelante como si no hubiera
ocurrido eso. Fue el continuar adelante como si hubiera ocurrido, sin embargo,
lo que le llevó a la situación inconfundiblemente marcada por una visita de
Grant‑Jackson, un atardecer a finales de octubre. Esa había sido la hora de la
visita de los jóvenes americanos. Cada día, cuando llegaba esa hora, algo del
hondo latido de aquello, el secreto de su éxito, volvía a despertar; pero las dos
ocasiones, en realidad, sólo se relacionaban por ser tan intensamente opuestas.
El secreto había sido un éxito en cuanto que no había dicho nada de él a
Isabel, que, ocupada en su propio terreno mientras duró aquello, no había oído
llegar a los visitantes ni les había visto marcharse. Por otro lado, no había
tenido mucho éxito en cuanto a guardarse de revelaciones indirectas. Había en
el mundo dos personas, por lo menos, que sentían igual que él; había personas,
también, que le habían tratado benignamente, con tanta sensibilidad, que habían
estado dispuestas, en realidad, a rebosar en dones como señal de ello, y,
aunque ahora se habían alejado por el espacio, seguían con él en espíritu lo
suficiente como para hacerle jugar, como quien dice, con la sensación de que le
comprendían. Eso, a su vez, como se daba cuenta muy bien él mismo, le hizo un
poco temerario, de modo que, en su reacción ante la glotonería del público por
datos falsos, que le había atormentado desde el principio, cayó en la costumbre
de navegar, como habría dicho él, demasiado cerca del viento, o, dicho de otro
modo ‑todo ello en presencia del pueblo‑, de lavarse las manos respecto a la
leyenda. Había cruzado la línea: lo sabía; se había salido de quicio... Ellos
le empujaron a ello; él, en una sucesión de profanaciones que no pudo dominar,
reemplazó una actitud que no podía entenderse por una actitud que demasiado
evidentemente sí había sido entendida.
Desde luego, ésa era la línea más franca, sólo
que él no la había tomado, ¡ay!, en cuanto franqueza; realmente, no la había
tomado en lo más mínimo, sino que simplemente se había visto cogido y dominado
por ella, arrojado por su destino contra las paredes engalanadas del templo,
muy a la manera de un sacerdote poseído hasta el exceso por el dios, o, más
vulgarmente, como un toro ciego en una tienda de porcelana; un animal con el
que se comparaba a menudo. Se había dejado ir fatalmente, dicho claramente, sólo
por irritación, por cólera, al no tener, en su situación, nada que ver con la
franqueza; un lujo reservado para situaciones muy diferentes. Siempre había
sido su opinión que se vivía para aprender; él había aprendido algo en cada
hora de su vida, aunque la gente generalmente nunca lo sabía, a pesar de que
casi siempre eso había sido ¿no es verdad? a costa de alguien. Lo que ahora
estaba continuamente aprendiendo era el sentido de una forma de palabras hasta
entonces tan vana, la famosa «falsa posición» que a menudo había ayudado a
redondear una frase. Uno usaba los nombres de esa manera sin saber lo que
valían; luego de repente, un buen día, su significado amargaba en la boca. Esa
era una verdad que ocupaba la rumia de sus horas junto al fuego, y se daba
mucha cuenta de que un hombre quedaba al descubierto cuando parecía
perpetuamente que algo no iba de acuerdo con él. La cara que había que poner en
el Lugar del Nacimiento era propiamente la cara beatífica, y una vez que la
hubieran echado de menos aquellos que la daban por supuesta, y que, claro está,
pagaban seis peniques por ella ‑como el vino de mesa en la Francia provinciana,
era compris‑, se tenía la seguridad de experimentar consecuencias por tal
observación.
Consecuencias, por tanto, era lo que Gedge
estaba esperando, y lo que sabía, sobre todo, que esperaba su mujer, que tomó
cierto modo de estar sentada entonces como con el oído tendido a una
determinada llamada, a la puerta. No le observaba, no le seguía por la casa, en
las horas de público, para espiarle en su traición; y eso le podía conmover,
aunque los ojos desviados de ella le atravesaron más que si los fijara en él.
Ella expresaba su desconfianza tan perfectamente por su manera de mostrar que
confiaba, que él nunca se sentía tan nervioso, nunca trataba tanto de
mantenerse derecho, como cuando ella le dejaba solo casi todo el tiempo. Cuando
la multitud se espesaba y tenían necesidad de recibir juntos, él trataba de
escaparse cediéndole a ella lo más posible la palabra. Cuando la gente apelaba
a él, él se volvía hacia ella, ‑con más ceremonia de la apropiada a su
relación; tampoco podía evitarlo si eso parecía irónico‑, como hacia la persona
más interesada o más competente. En esos momentos se lisonjeaba de que nadie
habría adivinado que ella era su mujer; especialmente dado que, para hacerle
justicia, ella recibía esos modales con una valentía prodigiosamente sombría;
sombría, esto es, para él, sombría por su ofensiva alegría ante esa gente de
ánimo sencillo. ¡Las tradiciones que ella sacaba para ellos, las conexiones que
desarrollaba, multiplicaba y bordaba respecto al lugar sagrado; las cosas, en
resumen, que decía y el modo estupendo como las decía! No le avergonzaba en
absoluto, pues ¿por qué debería la virtud avergonzarse jamás? Era virtud,
puesto que les ponía el pan en la boca, mientras él, por su lado, se lo quitaba
de la de ella. El había visto a Grant‑Jackson, en el día de octubre, en el
mismo Lugar del Nacimiento, el lugar apropiado, claro, para tal entrevista; y
lo que ocurrió fue que, precisamente, cuando terminó la escena y él volvió al
cuarto de estar, la pregunta que ella le hizo para informarse fue:
‑¿Has decidido que me tengo que morir de
hambre?
Hacía mucho tiempo que ella no le había dicho
nada tan directo, lo que era prueba de su auténtica angustia; lo directo de la
visita de Grant‑Jackson, siguiendo a la ligerísima sinuosidad de una cartita
recibida poco antes de él, hizo que la tensión se mostrara en lo que era. Para
entonces, realmente, sin embargo, él ya había tomado su decisión: los minutos
transcurridos entre su reaparición junto al fuego del hogar doméstico y el
haber visto marcharse desde el otro umbral la ancha y bien vestida espalda de
Grant‑Jackson, la espalda de un banquero y un patriota, aun siendo breves, le
habían parecido supremamente críticos. Formaban, como quien dice, el gozne de
una puerta, esa puerta de hecho entreabierta en cuanto a mostrarle su posible
destino más allá de ella, pero que, con su mano apretando así el pomo en un
espasmo podría abrir del todo o bien cerrar en parte y del todo. En el
oscurecer de otoño, se quedó de pie en el pequeño museo que constituía el
vestíbulo del templo, y allí, con un absorto empujón a la manivela de un
torniquete, se dio media vuelta. Los retratos de las paredes parecían
observarle vagamente; en su augusta presencia ‑mantenida sombríamente augusta
por el momento, gracias a que Grant‑Jackson le refrenó expresivamente cuando
iba a aplicar una cerilla al vulgar gas‑ era donde el gran hombre había
pronunciado, como si eso lo dijera todo, su:
«Ya sabe, mi querido amigo, realmente...» Se
las había arreglado con el especial tacto del hombre gordo, siempre, siempre
muy sutil, cuando había tal tacto; le había sacado el mejor partido al tiempo,
al lugar, al ambiente, a todas las pequeñas admoniciones y símbolos acumulados:
encarado allí con su víctima en el lugar que él aprovechó para nombrarlo una
vez más, para su piedad y patriotismo, como el más sagrado de la tierra, le
había dado a entender que, en primer lugar, estaba confundido en asombro y, en
segundo lugar, que esperaba que ahora bastara un solo aviso. Para no insistir
demasiado además, en la cuestión de la gratitud, quiso que su queja se apoyara,
si hacía falta, sólo en la cuestión del gusto. ¡Sólo como materia de gusto...!
Pero sin duda que no estaría obligado a continuar por ese camino. El pobre
Gedge desde luego habría lamentado seguir su indicación, pues veía que la
alusión se refería precisamente al atroz gusto de la ingratitud. Cuando dijo
que no quería demorarse en lo que el afortunado ocupante del puesto le debía
por la sólida batalla combatida en su favor, sencillamente indicaba que sí
quería. Ese era su tacto, que, con todo lo demás que se había mencionado en esa
escena, como ayuda, fue realmente lo que dominó el terreno. En otro tiempo,
Gedge no le podría haber dado bastante las gracias ‑aunque consideraba que se
las había dado casi de sobra‑, y desde entonces no había pasado nada, nada que
él pudiera indicar de modo coherente u honroso. En resumen, desde el momento en
que le llamaban la atención, no tenía causa que defender, y si, en su lugar,
mostraba sólo cálidas lágrimas en sus ojos, la mística oscuridad del templo o
bien impidió a su amigo que las viera o hizo posible que las considerara como
remordimiento. El se las secó con la base de sus huesudos pulgares antes de
entrar a ver a Isabel. Eso fue lo más afortunado, ya que, a pesar de la
curiosidad de ella, inmediata y señalada, no hizo más que dar vueltas por la
habitación mirándola fijamente. Luego se quedó un rato ante el fuego con las
manos atrás y los faldones de la chaqueta separados, igual que una persona en
posesión permanente. Fue una indicación que su mujer pareció recibir, pero sin
embargo acabó por hacer otra pregunta:
‑¿Tienes inconveniente en decirme lo que te ha
dicho?
‑Me ha dicho: «Ya sabe, amigo mío,
realmente...»
‑¿Y eso es todo?
‑Prácticamente. Excepto que soy una bestia
ingrata.
‑¡Bueno! ‑dijo ella, sin disentir.
‑¿Quieres decir que lo soy?
‑¿Son ésas las palabras que usó él? ‑preguntó
ella, con un escrúpulo.
Gedge siguió pensando:
‑Las palabras que usó fueron que yo echo a
perder el Espectáculo y que eso les ha llegado a Ellos por diversas fuentes.
‑¡Como lo sabría hasta un niñito, por
supuesto! ‑Y luego, como su marido no decía nada‑: ¿Fueron ésas las palabras
que usó?
‑Exactamente. No podría haber usado otras
mejores.
‑¿Lo llamó ‑preguntó la señora Gedge‑, «el
Espectáculo»?
‑Claro que sí. El Mayor del Mundo.
Ella pestañeó, mirándole fijamente; perpleja,
pero sólo un momento.
‑Bueno, lo es.
‑Entonces es algo ‑siguió Gedge‑ haber echado
a perder eso. Pero –añadió‑ ya lo he recuperado.
‑¿Quieres decir que te ha convencido?
‑Quiero decir que estoy asustado.
‑¡Por fin, por fin! ‑exhaló ella con gratitud.
‑Ah, fue cosa fácil. Fueron sólo dos palabras.
Pero aquí estoy.
Ella le miró con cara más suave.
‑¿Y qué palabras?
‑«Ya sabe usted, señor Gedge, que eso no
vale.» Eso fue todo. Pero fue el modo como las dice un hombre así.
‑Me alegro, entonces ‑reconoció francamente la
señora Gedge‑, de que sea tal hombre. ¿Cómo pudiste pensar nunca que eso
valiera?
‑Bueno, fue mi sentido crítico. No sabía que
lo tenía, hasta que vinieron Ellos y (poniéndome aquí) lo despertaron en mí.
Entonces, como fuera, tenía que vivir con eso, ¿no ves?: y me pareció sentir
que, de un modo o de otro, dándole tiempo y a la larga, podría, debería quedar
por encima de todo. Ahora, eso es, dice él, lo que no vale, sencillamente. Así
que tengo que ponerlo (lo he puesto) debajo de todo.
‑¡Un sitio muy bueno, entonces, para un
sentido crítico! ‑Con más placidez ahora, Isabel dobló su labor‑: Con tal que
lo puedas sujetar ahí. Si no lucha por volver a subir.
‑No puede luchar.
Seguía delante del fuego, mirando a su
alrededor el cuarto tibio y bajo, tranquilo a la luz de la lámpara, con el
zumbido del agua hirviendo, para sus oídos, con la cortina corrida por encima
de los cristales emplomados, una breve cortina de moaré hábilmente elegida por
Isabel para dar efecto de época antigua, por su virtud de dejar que la luz de
dentro pareciera rojiza hacia la calle.
‑Está muerto ‑siguió él‑, lo acabo de matar.
Habló, realmente, de tal modo que ella se
asombró:
‑¿Ahora mismo?
‑Ahí, en el otro sitio lo he estrangulado,
pobre, en la oscuridad. Si vas a ver, debe haber sangre. Lo cual ‑añadió‑en un
altar de sacrificio, está muy bien. Pero el sitio está salpicado para siempre.
‑No quiero salir a ver.
Apoyó las manos cruzadas en la labor doblada
en las rodillas, y él supo, con los ojos de ella encima, que tenía en la cara
un aire que ya le había visto otras veces:
‑A tu modo, querido, estás mal de la cabeza.
‑Luego, sin embargo, con más animación‑: Buena suerte que no ha sido demasiado
tarde.
‑¿Demasiado tarde para meterlo debajo?
‑Demasiado tarde para que Ellos te dieran la
segunda oportunidad que agradezco a Dios que aceptes.
‑¡Sí, si hubiera sido...! ‑Y apartó la mirada,
como a través de la cortina rojiza, hacia la calle helada. Luego volvió a
encararse con ella. Apenas se me ha pasado todavía el susto. Quiero decir
siguió, por ti.
‑Y yo quiero decir por ti. Supónte que lo que
hubieras venido a anunciarme ahora fuera que nos habían despedido. ¿Crees que
disfrutaría con verte salir? ¡Sí, ahí afuera! ‑añadió, mientras los ojos de él
volvían a salir desde su círculo cálido a la noche de comienzos de invierno,
hacia el otro lado de los cristales, hacia los raros y rápidos pasos, hacia las
puertas cerradas, hacia las cortinas echadas como las suyas, tras las cuales el
pequeño pueblo vulgar, aburrido por esencia, se sentaba a cenar.
El se puso rígido, mientras se calentaba la
espalda: irguió la cabeza, agitándose un poco como para quitarse el
encorvamiento de los hombros, pero tuvo que reconocer que ella tenía razón:
‑¿Qué habría sido de nosotros?
‑¿Qué, claro? Habríamos tenido que mendigar el
pan... o yo me habría puesto a lavar.
El se quedó callado un rato.
‑Soy demasiado viejo. Debería haber empezado
antes.
‑¡Ah, no lo quiera Dios! exclamó ella.
‑Lo malo ‑continuó‑ es que no sé hacer otra
cosa.
‑¡Nada en absoluto! ‑asintió ella, con
exaltación.
‑Mientras que aquí... si lo cultivo... quizá
todavía sepa mentir. Pero tengo que cultivarlo.
‑¡Ah, querido viejo mío! Y ella se levantó
para besarle.
‑Haré lo que pueda ‑dijo él.
7
‑¿Se acuerda de nosotros? ‑preguntó el
caballero y sonrió, con la señora a su lado sonriendo también: hablando menos
como un serio peregrino o como un fatigoso turista que como un viejo conocido.
Era la historia que se repetía, según Gedge, sin saber por qué, nunca lo había
esperado, con casi todo lo mismo, salvo que el atardecer era ahora un suave fin
de abril, salvo que los visitantes habían dejado el luto, y mostraban toda su
gracia, aparte de mostrarse un poco más viejos, como sin duda se mostraba él mismo,
aunque de modo tan diferente; salvo, sobre todo, que, al verles otra vez de
repente no le afectaba tanto como él habría creído.
‑Estamos otra vez en Inglaterra, y estábamos
cerca; tengo un hermano en Oxford con quien hemos pasado el día, y se nos ha
ocurrido venir acá.
Así dijo el joven, en tono agradable mientras
nuestro amigo se hacía cargo del extraño hecho de que él mismo debía parecer
que les miraba con la boca abierta de un modo bastante frío. Habían llegado del
mismo modo, con la tranquilidad de la hora de cerrar; otro agosto había pasado,
y ésta era la segunda primavera: el Lugar del Nacimiento, dada la hora, iba a
suspender sus actividades hasta el otro día; el último rezagado se había ido, y
el antojo de los visitantes era, una vez más, echar una mirada alrededor ellos
solos. Eso, seguramente, no representaba mayor presunción de la que parecía
autorizar la forma como se habían separado la otra vez; de modo que si él
miraba pasmado, inconsecuentemente, era sólo en realidad, porque estaba tan
lejos de haberles olvidado. Pero el ver a la pareja, felizmente, tuvo un doble
efecto, y el primero precipitó el segundo, pues el segundo fue realmente su
súbita visión de que quizá todo dependía para él de que no reconociera ninguna
complicación. Debía seguir derecho adelante, puesto que eso era lo que hacía
más de un año había respondido tan admirablemente; debía endurecerse
imperturbable con toda consistencia, puesto que a eso sólo había quedado al fin
reducida su dignidad. No debía tener miedo por un lado más de lo que había
tenido por otro; además de lo cual se le hizo presente, con tal fuerza que le
hizo ruborizarse, que esa visita, en esencia, debía ser para él mismo. Era otra
vez buena sociedad, y ellos eran los mismos. No le tocaba a él, pues,
comportarse como si no pudiera salirles al encuentro.
Esas profundas vibraciones, por parte de
Gedge, fueron tan rápidas como profundas; de hecho, llegaron de repente, de
modo que su respuesta y su declaración fueron las justas:
‑¡Ah, muy bien, la hora no importa para
ustedes!
Estuvo en ascuas sólo un instante, y cuando
entraron y se cerró la puerta tras ellos, en la penumbra del templo, donde,
como antes, las ofrendas votivas se entreveían en las paredes, lanzó el hondo
respiro de quien, traicionándose a sí mismo, podría haber hecho algo demasiado
terrible. Pues lo que les había hecho volver no era, indudablemente, el
sentimiento del santuario mismo ‑puesto que sabía cómo sentían‑, sino su
inteligente interés por el extraño caso del sacerdote. Su visita era el tributo
de la curiosidad, de la simpatía, de una compasión, realmente exquisita, tal
como estaban las cosas: un tributo a esa rareza que les daba derecho a la más
franca bienvenida. Habían querido, por su generoso asombro, ver cómo iba
saliendo adelante, cómo podía salir tal hombre en tal sitio; y sin duda casi
habían esperado ver que les abría la puerta alguien que le había sucedido.
Bueno, alguien sí que le había sucedido; sólo que con un extraño equívoco, como
tendrían que averiguar ellos mismos, los pobres; una dificultad que él les
compadecía. Nada podría haber sido más extraño, pero de hecho fue esa turbada
visión de su posible desconcierto y esa visión compungida de tal retorno de su
buen momento lo que prácticamente le determinó su tono. El paso de los meses no
había hecho sino familiarizarse con el nombre de ellos; en la otra ocasión lo
habían anotado, entre los mil nombres del registro público abierto, y desde
entonces él había vuelto a él una vez y otra, por sus razones propias, razones
de sentimiento. No era nada en sí mismo; no le decía nada: «Sr. y Sra. B. D.
Hayes, Nueva York»; una de esas etiquetas americanas que eran sólo iguales que
cualquier otra etiqueta americana, y que, precisamente, eran la cosa más
notable en gente reducida a lograr una identidad por caminos tan diferentes.
Podrían ser el señor y la señora B. D. Hayes y sin embargo podían ser, a falta
de toda presunción... bueno, lo que eran esos visitantes. Desde luego, había
aclarado muy de prisa su situación un poco más el hecho de que, como recordaba,
sus amigos le habían avisado la otra vez del peligro en que estaba, y que su
preocupación por ello fue la última nota que resonó entre ellos. Lo que él
temía, con su recuerdo, era que, al encontrarle aún a salvo, inmediatamente le
felicitaran e incluso, con no menos franqueza, le preguntaran cómo se las había
arreglado. Con la sensación de atajar en germen alguna investigación así, sin
perder tiempo y dominándose a sí mismo con un firme esfuerzo, empezó allí
mismo, en el piso de abajo, a explicarles cómo se las había arreglado. Desvió
la pregunta brevemente con la firmeza de su respuesta:
‑Sí, sí, aún sigo aquí; supongo que, en cierto
modo, uno hace lo mejor cuando lo hace en beneficio propio, por lo que pueda
valer.
Hacía lo mejor que podía en esa ocasión, lo
hacía con la cara más seria que había mostrado nunca y una suave serenidad que
era como una gran esponja húmeda pasada por encima de su reunión anterior;
mejor dicho, por encima de todo lo que hubo en ella, menos el hecho de que fue
agradable.
‑Estamos aquí, ya ven, en el viejo cuarto de
estar, felizmente aún capaz de reconstruirse en la visión mental, a pesar de
los destrozos del tiempo, destrozos que, por fortuna, hemos podido detener en
los últimos años. Desde luego, era un cuarto tosco y humilde, pero debió ser
cómodo y agradable, y tenemos por lo menos el placer de saber que la tradición,
por lo que toca a los aspectos que permanecen, está dichosamente
ininterrumpida. A través de ese umbral solía pasar El; a través de esas
ventanas bajas, en su niñez, El atisbó el mundo al que haría más feliz
donándole su genio; sobre las tablas de este suelo (esto es, sobre algunas de
ellas, porque no debemos dejarnos llevar demasiado) muchas veces golpearon sus
piececitos; y las vigas de este techo (realmente en algunos sitios hemos de
tener cuidado con la cabeza), él intentó tocarlas de un salto, en juvenil
travesura. No es frecuente que en el primer hogar del genio y la fama quede tan
al descubierto todo el tenor de la existencia, no es frecuente que podamos
rastrear, punto por punto y paso a paso, su conexión con objetos, con
influencias, volverlo a construir todo con los pequeños hechos sólidos de que
surgió. Por tanto, apenas necesito recordarles a ustedes que eso es lo que hace
tan único en toda la tierra el pequeño espacio entre estas paredes tan modesto
en medidas, tan insignificante de aspecto. No hay nada como él ‑siguió Morris
Gedge, insistiendo tan solemne y suavemente, para sus desconcertados oyentes,
como sobre la baranda de un púlpito‑, no hay nada así en ninguna parte en el
mundo. No hay nada, si lo reflexionamos, en su combinación de grandeza, y,
podríamos decir, de intimidad. Quizás en otros sitios ustedes puedan encontrar
absolutamente menos cambios, pero ¿dónde van a encontrar ustedes una presencia
igualmente definida, sin resistencia ni estorbo? ¿Dónde, en especial, van a
encontrar ustedes, por parte del espíritu que en él mora, una eminencia
igualmente descollante? En otros lugares ustedes pueden encontrar una eminencia
de cierta magnitud, pero ¿dónde van a encontrar junto con ella, ya ven, unos
cambios, después de todo, tan pocos, y el elemento coetáneo captado, como quien
dice, en la misma acción?
Sus visitantes, al principio confusos, pero
poco a poco hechizados, aún seguían con la boca abierta en total asombro
preguntándose, suponía él, qué extraña broma se había sentido movido de repente
a emprender, y, sin embargo, empezando a ver en él una intención que iba más
allá de una broma, de modo que, en ese punto, casi dieron un salto cuando, en
rápida transición, él dirigió hacia la vieja chimenea un rápido ademán que
parecía ilustrar el acto mismo de aferrar ansiosamente.
‑En el viejo rincón de esa chimenea, el
pintoresco rincón íntimo de nuestros antepasados, ahí precisamente, en el
ángulo de allá, donde estaba su banquetita, y donde me atrevo a decir que si
pudiéramos mirar bien de cerca encontraríamos la piedra del hogar rascada por
sus piececitos; allí es donde vemos al excepcional niño mirando largamente el
fulgor de los viejos leños de roble y trazando imágenes e historias; donde le
vemos escudriñando, con su rizada cabeza inclinada, su cartilla desgastada, o
examinando algún resto de una antigua balada, alguna página de un volumen mal
encuadernado de crónicas, que podemos estar seguros de que su padre había
dejado tirado en el asiento junto a la ventana.
Como él mismo sintió en ese momento, lo hacía
estupendamente: ningún oyente, entre tantos miles, le había inspirado tanto
hasta entonces. La extrañada timidez, ligeramente alarmada, de los dos rostros,
como si en un salón, en su «buena sociedad», se hubiera cometido de repente
algún acto incongruente, algo rozando lo indecente, cuya dolorosa realidad se
disiparía antes de volver a casa; el efecto visible en sus amigos, en resumen,
le hacía adherirse a la convicción de que ellos valían la pena de la broma. Ahora
eso venía por sí mismo; lo sabía de memoria, pero quizá nunca le había salido
tan bien, tan disfrazado su carácter pasado y muerto, con el interés tan
renovado y con la unción clerical, requerida por su carácter sacerdotal tan
destilada con éxito. El señor Hayes de Nueva York había mirado más de una vez a
su mujer, y la señora Hayes de Nueva York había mirado más de una vez a su
marido; sólo que, hasta entonces, con una ojeada furtiva, con ojos que no había
sido fácil despegar de la notable expresión de rostro con cuya ayuda les había
sujetado su divertidor. Sin embargo, al fin, tras un intercambio menos furtivo,
se aventuraron sobre la base de una señal de que no se les había apelado en
vano.
‑¡Estupendo, estupendo, señor Gedge!
‑interrumpió el señor Hayes‑, nos damos cuenta de que le hemos sorprendido en
plena inspiración.
Su mujer se apresuró a asentir; eso alivió la
tensión.
‑¡Ese sería el modo, realmente, salvo que
usted sería demasiado peligroso! ‑sonrió‑. ¡Realmente, es usted un genio!
Gedge les miró fijamente, pero sin ceder una
pulgada, aunque ella le tocó allí en un punto de la conciencia que tembló. Ese
era el prodigio, y lo había sido, durante todo el año; que lo hacía todo, según
encontró, fácilmente, que lo hacía mejor que nada en su vida; con un efecto tan
elevado y amplio, en realidad, una inspiración tan rica y libre, que su pobre
mujer, ahora, literalmente, más de una vez se había sentido movida a tener un
miedo nuevo. Ella había tenido sus malos momentos, él lo sabía, después de
darse cuenta del alcance de la nueva dirección que tomaba él; momentos de
reajuste de sus sospechas en que se preguntaba si él no había abrazado otra
perversidad, simplemente diferente. Habría más de un modo de echar a perder el
espectáculo, y ¿no era eso quizás algo que lo echaría a perder por exceso? El
podía hacerles trampas por demasiado romanticismo igual que por demasiado poco:
hasta entonces ella no había llegado a darse buena cuenta de que pudiera haber
demasiado. Era un modo como otro cualquiera, en todo caso, de reducir el Lugar
al absurdo; reducción que si él no andaba con cuidado, les volvería a reducir a
ellos otra vez a la perspectiva de la calle, y esta vez seguramente sin
apelación. Todo ello dependía, desde luego ‑él sabía que ella lo sabía‑, de
cuánto aceptarían Grant‑Jackson y los demás, la Corporación, en una palabra. El
sabía que ella sabía cuánto pensaba que aceptarían: que consideraba que no se
podía poner límite a la cantidad. Sencillamente la Corporación quería acumular,
y lo mismo todos los demás: por tanto, si nadie informaba contra él, como
antes, ¿por qué iban a estar Ellos intranquilos? En consecuencia, era con
idiotas puestos en razón con quienes había tratado antes; pero como ahora no
había forma de idiotez a la que él no halagara sistemáticamente, aguijoneándola
realmente hasta su propia condenación particular, ¿quién iba a tirar jamás del
cordón de la guillotina? El hacha estaba en el aire, sí, pero en un mundo
atiborrado hasta la saciedad no había revoluciones. Y había sido vano que
Isabel preguntara si el otro ruido de truenos no había surgido de pronto de un
cielo sereno. Ahora había pruebas evidentes de que los vientos estaban en
calma. ¿Cuánto más podrían seguir así? El apelaba a los ingresos. Aquéllos eran
días de oro; el espectáculo nunca había florecido tanto. Así había argüido él,
y así seguía arguyendo: y, había que confesarlo, con todas las apariencias a su
favor. Pero aunque él pestañeara interiormente ante el homenaje a su
credibilidad rendido por sus emocionados amigos, era porque sentía en eso el
fundamento verdadero de su optimismo. La encantadora mujer que tenía delante
reconocía su «genio» igual que él mismo había tenido que reconocerlo. Le había
sorprendido su propia facilidad hasta que se había acostumbrado. Fuera o no
cierto que había encontrado una nueva perversidad, como nueva amenaza para su
futuro, también había encontrado una vocación, mucho más antigua,
evidentemente, de lo que él había estado dispuesto al principio a reconocer. No
se había hecho justicia a sí mismo. Le gustaba ser valiente porque le resultaba
tan fácil; lo podía medir en grande. Fue sobre todo en el Cuarto del Nacimiento
donde continuó haciéndolo habiendo hecho entrar a sus acompañantes sin cambiar
nada, como le alegraba aún más notar. Ella lo tomaría como quisiera, pero él
había tenido la lucidez ‑todo ello, esto es, por su propia seguridad‑ de
recibir sin la gracia de una respuesta el homenaje de la hermosa sonrisa de
ella. Ella al parecer lo aceptaba, y su marido lo aceptaba, pero como parte de
su extravagante humor, y ellos le seguían a lo alto con rostros ahora un poco
más de acuerdo con la manera como, en aquel lugar, él se manifestaba por
naturaleza. Y él se manifestaba «en grande», según lo atestiguaba su asegurado
ingreso personal. La verdad es que echaba un poco de menos la habitual pregunta
pasmada de ellos; la habitual sugestión ingenua que nunca le había faltado, en
cualquier momento, por parte de sus tropeles apelotonados. Los señores Hayes
eran de Nueva York, pero esto era un poco como cantar, según había oído decir
sobre algo a uno de sus americanos, ante un público de Boston. Sin embargo,
hizo lo que pudo: siempre acostumbraba a detenerse en cierto lugar en el
cuarto, y tras de obtener atención con expresión y gesto, de repente disparaba
«¡Aquí!»
Ellos entendían siempre, esa buena gente
‑ahora estaba dispuesto a quererles por ello‑: siempre decían, unánimes y sin
aliento: «¿Ahí?», y bajaban los ojos fijamente hacia el punto señalado como si
todavía estuviera a punto de ocurrir el grandioso acontecimiento. Obtenido ese
movimiento, él volvía a mirar en torno suyo. «Considérenlo bien: ¡en este
lugar, de toda la tierra...!» «¡Ah, pero no es tierra!», dejaba escapar por lo
regular el espíritu más valiente: siempre había uno más valiente. Entonces el
custodio del Cuarto del Nacimiento se ponía verdaderamente superior: como si el
desgraciado se hubiera figurado que el Inmortal salía del suelo cultivado igual
que una patata. «No sugiero que naciera en el santo suelo. ¡Nació aquí!», con
una metida sin compromiso del tacón. «Debería haber una placa de bronce con
inscripción.» «¿En el suelo?», decían siempre. «Nacimiento y sepultura: ¡tiempo
de sembrar, verano, otoño!», eso siempre salía también, con su especial
cadencia adecuada gracias a su infalible resorte. «¿Por qué no igual que en el
suelo de la iglesia? ¿Han visto ustedes nuestra grandiosa iglesia antigua?» A
la primera de estas preguntas nadie contestaba: abundando, para compensar, en
relación a la siguiente. Los señores Hayes, incluso, al principio, se quedaron
mudos ante ella: desde luego, para hacerles justicia, no habiendo pronunciado
la palabra que la producía. No habían pronunciado ninguna palabra mientras él
seguía el juego, y sin embargo (aunque eso lo hizo un poco más difícil), él
pudo erguirse triunfante ante ellos después de terminar con su floreo. Entonces
fue sólo el señor Hayes de Nueva York quien rompió el silencio.
‑Bueno, si queríamos ver, creo que puedo decir
que estamos satisfechos. Como dice mi mujer, parecería que esto es lo propio de
usted.
El habló entonces, visiblemente, más cómodo,
como si se hubiera hecho una luz, aunque sin tomarlo a broma, por una razón que
acabó por ser visible. Balaban por la escalera, y entonces fue cuando la señora
Hayes añadió sus palabras.
‑¿Sabe usted que casi estábamos por creer...?
‑Y luego a su marido‑: ¿Es terrible decírselo?
Estaban en el cuarto de abajo, y la joven,
también aliviada, expresaba sus sentimientos con alegría. Sonrió, como antes, a
Morris Gedge, tratándole como a una persona con quien era posible relacionarse,
pero siguiendo todavía tan incierta como para tener que invocar la opinión de
su marido.
‑Teníamos muchísimas ganas... por lo que
habíamos oído.
Pero echó de ver el rostro más serio de su
marido; él no las tenía todas consigo. Ante eso, ella se azoró ligeramente,
pero lo atajó:
‑Debía saber, ¿verdad?, que, con las
multitudes que le escuchan, lo tendríamos que oír decir.
El les miró a uno tras otro, y una vez más,
con fuerza, algo se le hizo consciente. Habían estado pensando en él, no les
avergonzaba ni les daba miedo mostrarlo, y era sin duda un interés, por parte
de esa encantadora criatura y ese agudo y cauto caballero, un interés que
resistía al olvido y sobrevivía a la separación lo que había orientado su
regreso. La otra visita había sido la cosa más luminosa que le había ocurrido a
él, pero ésta era la más seria; así que al cabo de un momento algo se rompió en
él y se le cayó la máscara por sí misma. Tiró por la borda, como quien dice, la
constancia, que, al extinguirse, le dejó lágrimas en los ojos. Por tanto, su
sonrisa era extraña.
‑¿Oyeron decir cómo me va?, ¿en esto?
El joven, aunque todavía mirándole fijamente,
se sintió seguro, ante eso, de su propio terreno.
‑Por supuesto, se habla terriblemente de
usted. Ha dado la vuelta al mundo.
‑¿Han oído hablar de mí en América?
‑Bueno, ¡casi no se oye otra cosa!
‑¡Eso fue lo que nos hizo pensar...! ‑aportó
la señora Hayes.
‑¿Que tenían que verlo por sí mismos? ‑El
pobre Gedge volvió a comparar sus rostros‑. ¿Quieren decir que provocó... un...
escándalo?
‑¡Ah, no! Admiración. Renueva usted tanto
‑observó el joven‑ el interés...
‑¡Vaya, con que es eso! dijo Gedge con ojos de
aventura que parecían posarse más allá del Atlántico.
‑Escuchan, un mes tras otro, cuando llegan
hasta aquí, como usted debe haber visto; y luego vuelven a casa y hablan. Pero
cantan sus alabanzas.
Nuestro amigo apenas lo podía creer.
‑¿Allá?
‑Allá. Creo que debe estar usted hasta en los
periódicos.
‑¿Sin hablar mal de mí?
‑Ah, no hablamos mal de nadie.
La señora Hayes, en su belleza, se extendió
sobre ello.
‑Están locos por usted.
‑¿Entonces no saben?
‑Nadie lo sabe ‑afirmó el joven‑: en todo
caso, no fue el que lo supiera nadie lo que nos puso incómodos.
‑¿Fue que lo sabían ustedes mismos? ¿Quiero
decir, que lo sentían?
‑Bueno, llámelo así. Nos acordábamos, y nos
preguntábamos qué había ocurrido. Así ‑se rió ahora francamente el señor Hayes‑
vinimos a ver.
Gedge miró pasmado a través de su película de
lágrimas:
‑¿Vinieron de América a verme a mí?
‑Bueno, parte del camino. Pero una vez en
Inglaterra, no habríamos dejado de verle.
‑¡Y ahora le hemos visto! añadió la joven,
suavizando.
Gedge no podía dejar de seguir con la boca
abierta ante la franqueza del homenaje. Pero trató de salirles al encuentro en
su propio tono; eso era lo menos malo en él:
‑Bueno, ¿y qué les parece? ¿Les gusta?
Le pareció que la señora Hayes rió un poco
nerviosa, como si fuera importante lo que respondieran:
‑Bueno, ya ve.
Una vez más, él les miró sucesivamente:
‑Es tan lamentablemente fácil, ya comprenden.
Su marido levantó las cejas.
‑Usted disimula su arte. La emoción... sí, eso
debe ser fácil; el tono general debe salirle fluido. Pero en cuanto a sus
datos; usted tiene tantos; ¿cómo los coloca?
Gedge se sorprendió:
‑¿Cree usted que meto demasiados?
Ante eso, ellos volvieron a sentirse
divertidos:
‑¡Eso es precisamente lo que veníamos a ver!
‑Bueno, ya comprenden, me he abierto camino a
tientas; he ido paso a paso; no creerían cómo lo he ido probando. Esto (donde
me ven) es donde he salido adelante. ‑Tras de lo cual, como ellos no decían
nada‑: ¿No habían creído que saldría adelante?
Volvieron a quedarse esperando, pero el marido
habló:
‑¿Está usted tan terriblemente seguro de que
ha salido adelante?
Gedge se incorporó como en sus momentos de
emoción, casi dándose cuenta de que, con sus hombros cargados, su largo cuello
flaco y su nariz tan saliente en proporción a lo demás, parecía aún más una
jirafa. Ahora por fin fue cuando entró en el asunto.
‑Quizá vuelva a estar en peligro... ¿y el
peligro es lo que les ha movido a ustedes? ¡Ah! ‑El pobre hombre gimió por las
buenas. El darse cuenta de ello le debilitaba, pero se dominó‑: ¿Piensan que
estoy en peligro?
Fue notable cómo, hecha sonar claramente esa
nota, el aire se despejó. Lúcidamente, el señor Hayes resumió el asunto en un
momento:
‑No sé qué pensará usted de nosotros... por
ser tan lamentablemente curiosos.
‑Creo ‑el pobre Gedge hizo una mueca‑ que sólo
son lamentablemente bondadosos.
‑Es todo culpa suya ‑replicó su amigo‑ por
ofrecernos a nosotros (que no somos idiotas, digo yo) una imagen tan
impresionante de una crisis. En nuestra otra visita, se acuerda ‑sonrió‑, nos
hizo preocuparnos por razones opuestas. Por tanto, si esto vuelve a ser una
crisis para usted, tendría que explicárnoslo todo en su integridad ideal.
‑Me hace usted desear ‑dijo Morris Gedge‑ que
pudiera haberla.
‑Bueno, no trate de conseguirla para nuestra
diversión. Ya ve, no comprendo cómo puede tener mucho margen. Tenga cuidado...
tenga cuidado.
Gedge lo recibió pensativo.
‑Sí, eso es lo que me dijo usted hace un año.
Me hizo el honor de estar inquieto, como lo estaba mi mujer.
Esto decidió a la joven a una pregunta
inmediata:
‑¿Puedo preguntar, entonces, si la señora
Gedge está ahora tranquila?
‑Ya que lo pregunta, no. Por lo menos, teme
que voy demasiado lejos; no cree en mi margen. Ya ven, tuvimos nuestro susto
después de la visita de ustedes. Nos cayeron encima.
Sus amigos se interesaron mucho.
‑¡Ah! ¿Les cayeron encima?
‑Se nos echaron encima fuerte. A mí me
derribaron. Por eso...
‑¿Por qué está usted derribado? ‑preguntó
dulcemente la señora Hayes.
‑Pero, mi querido amigo ‑interrumpió el
marido‑, usted no está derribado, ¡usted está bien alto! Solamente, está en lo
alto de un árbol diferente, pero está en lo más alto de la copa.
‑¿Quiere decir que lo tomo demasiado por lo
alto?
‑Esa es exactamente la cuestión ‑respondió el
joven, y esa posibilidad, no menor que su primer peligro, es precisamente lo
que nos pareció que, si no le importaba, no podíamos dejar de evaluar.
Gedge le miró:
‑Me parece que sé cuál era en el fondo su
esperanza.
‑Nuestra esperanza, en el fondo, sin duda, es
que usted esté muy bien.
‑¿A pesar de que deje a todo el mundo por
tonto?
La señora Hayes de Nueva York sonrió:
‑Diga que a causa de eso. ¡Sólo pedimos creer
que todo el mundo es tonto!
‑¿Sólo que, sin confirmación, no han podido
imaginar tontos del tamaño que requiere mi caso? ‑Y Gedge hizo una pausa,
mientras su interlocutora esperaba, como dando ocasión a alguna prueba‑. Bueno,
no voy a fingir que su preocupación no me haya puesto, no amenace ponerme, algo
nervioso; aunque no lo entiendo, si, como dicen, la gente está loca por mí.
‑Bueno, ese informe venía del otro lado; la
gente en nuestro país se vuelve loca fácilmente. Ya ha visto usted cómo se ríen
los niños pequeños cuando les hacen cosquillas en un sitio nuevo. Así hay entre
nosotros millones de amables personas que no son más que niños pequeños.
Continuamente ofrecen nuevos sitios para quien les haga cosquillas. Lo que
hemos visto, con nueva información –continuó el señor Hayes‑, de buen humor, es
a su gente de aquí; el Comité, el Consejo, o como se llamen los poderes ante quienes
usted es responsable.
‑Llámelos mi amigo Grant‑Jackson, entonces, mi
primer apoyo, aunque reconozco que por esa misma razón, es quizá mi crítico más
temible. Con él es, prácticamente, con quien trato; o mejor, él es quien me
trata; quien me ha tratado. Con él me salvo o me hundo. Pero me ha concedido la
vida.
‑Quizás entonces no quiera él ‑inquirió la
señora Hayes‑ que usted aparezca tan flagrantemente huyendo.
‑Claro... comprendo lo que quiere decir. Voy
corriendo, a ciegas, a mi caída, y Ellos observan (para ser delicados conmigo)
esperando el golpe que puede venir por sí mismo. Es maquiavélico, pero todo es
posible. ¿Y qué quería usted decir hace un momento ‑preguntó Gedge‑,
especialmente cuando sólo han oído hablar de mi prosperidad, con eso de su
«nueva información»?
Sus amigos por un momento parecieron
cohibidos, pero el señor Hayes lo puso en claro.
‑Hemos oído hablar de su prosperidad, pero
recuerde que también le hemos oído hablar a usted hace unos pocos minutos.
‑Estaba decidido a que me oyeran ‑dijo Gedge‑.
Entonces soy bueno, pero ¿no exagero? ‑Su tensa sonrisa era escéptica.
Así desafiado, en todo caso, su visitante se
pronunció:
‑Bueno, si no exagera; si al cabo de seis
meses más está claro que no ha exagerado; entonces, entonces...
‑¿Entonces?
‑Entonces esto estará estupendo.
‑Pero ya está estupendo, más estupendo que
nada semejante. Sí, exagero, gracias a Dios; o exageraría si fuera algo que se
pudiera hacer.
‑Ah, bueno, ¡si hay alguna prueba de que usted
no puede...!
Con eso, y un gesto expresivo el señor Hayes
disipó sus temores. Su mujer, sin embargo, pareció un momento incapaz de
dejarles marchar.
‑¿Y Ellos no quieren ninguna verdad? ¿Ninguna,
siquiera por las apariencias?
‑¡Las apariencias ‑dijo Morris Gedge‑ es lo
que les doy!
A los otros eso les hizo intercambiar una
mirada peculiar. Luego ella sonrió:
‑Ah, bueno, si ellos lo piensan así...
‑¿Usted, por lo menos, no lo piensa así? Usted
es como mi mujer... lo cual, por cierto, es una semejanza que hace un año dije
que me gustaría que hubiera. En todo caso, yo le doy miedo a ella.
El joven marido, con un «¡Ah, las mujeres son
terribles!», lo suavizó, y la visita no habría tenido más pretexto para
continuar, si en ese momento no les hubiera llamado la atención un súbito
movimiento al otro lado del cuarto. El anochecer se había cerrado casi tan por
completo, aunque Gedge, durante su conversación, había encendido la lámpara más
próxima, que no habían distinguido que, al abrirse la puerta de comunicación a
las habitaciones de los custodios, había aparecido otra persona, una afanosa
mujer que, en su impaciencia, apenas había hecho una pausa antes de avanzar
hacia ellos. La señora Gedge ‑sólo hicieron falta unos segundos para que su
identidad se hiciera evidente‑ venía hacia ellos, y llegaba a tiempo de captar
la última observación del señor Hayes. Gedge notó en seguida que llegaba con
noticias, y para estar seguro de ello, no necesitó de su rápida réplica en el
aire:
‑¡También podría decir usted que las pobres
mujeres muchas veces están aterradas!
Ella no conocía a los amigos a quienes, a una
hora tan desacostumbrada, él estaba enseñándoles la casa; pero no hubo para él
señal más viva de que eso no le importaba que la intensidad con que cargó
intensamente las palabras que le lanzó a la cara:
‑¡Grant‑Jackson, a verte en seguida!
‑¿Ha estado contigo?
‑Sólo un momento: está ahí. Pero es a ti a
quien quiere ver.
‑El miró a los otros.
‑¿Y qué quiere, querida mía?
‑Dios sabe. Ahí está eso. Es su hora
horrible... lo fue la otra vez.
Ella se había vuelto nerviosamente a los
otros, consternada, a pesar de que le eran desconocidos; muy como una mujer del
pueblo, como se dijo él a sí mismo. Era la buena esposa que habla en la calle,
sin sombrero, sobre la riña de casa, y bajo tal personalidad la presentó al
instante:
‑Mi querida esposa temerosa, que hará todo lo
que pueda para atenderles a ustedes mientras yo recibo a nuestro amigo.
Y le explicó a ella como pudo quiénes eran sus
acompañantes, ahora todo protestas:
‑Los señores Hayes de Nueva York, que ya
habían estado aquí otra vez.
Notó sin saber por qué, que el aviso de ella
le había dejado helado: por lo menos no comprendía por qué debía dejarle tan
helado. Sus buenos amigos también estaban visiblemente afectados por él, y
quién sabe qué profundidades de fantasía cavilosa en su interior se agitaban
fácilmente al contacto. Si querían una crisis, habían encontrado una adecuada,
aunque ya se estaban despidiendo antes. Eso no lo consintió él:
‑¡Ah no, tienen ustedes que ver, realmente!
‑Pero no seremos capaces de soportarlo, ya
sabe ‑dijo la joven, si es para despedirle a usted.
Su crudeza atestiguaba su sinceridad, y fue
ésta la que al momento cautivó a la señora Gedge:
‑Sí que es para despedirnos.
‑¿Se lo ha dicho a usted, señora? ‑le preguntó
la señora Hayes: era notable cómo el soplo de la condena las había unido.
‑No, no me lo ha dicho, pero hay algo en él
ahí, quiero decir en sus terribles maneras que está demasiado de acuerdo con
otras cosas. Ya hemos visto suficientes cosas ‑dijo la pobre señora, pálida.
La joven casi se aferró a ella:
‑¿Tiene unas maneras tan terribles?
‑Son sencillamente las maneras ‑intercaló
Gedge‑ de un hombre muy grande.
‑Bueno, los hombres muy grandes ‑dijo su
mujer‑ son cosas muy terribles.
‑Eso es exactamente ‑se rió él‑ lo que estamos
averiguando. Pero no debo hacerle esperar. Nuestros amigos, aquí ‑siguió‑ están
directamente interesados. Fíjate, no debes dejarles marchar hasta que sepamos.
Sin embargo, el señor Hayes le retuvo; se
encontraba él mismo cautivado.
‑Estamos tan directamente interesados que
queremos que comprenda esto: si ocurre cualquicr cosa...
‑¿Qué? dijo Gedge, todo suave y vacilante.
‑Bueno, tenemos que sostenerle nosotros.
La señora Hayes asintió rápidamente:
‑¡Ah, acudan a nosotros!
Una vez más, él no pudo sino mirarles. Eran
gente realmente estupenda. ¡Esos señores Hayes! Incluso afectó a Isabel, a
través de su alarma; aunque el bálsamo, en cierto modo, parecía predecir la
herida. El había llegado al umbral de sus propias habitaciones; se detuvo allí
como a la puerta de la sala del juicio. Pero se rió: por lo menos, podía ser
valiente al presentarse para su sentencia.
‑Muy bien entonces: ¡acudiré a ustedes!
Eso estaba muy bien, pero no impidió a su
corazón, un momento después, al final del pasillo, golpear con latidos que
podía contar. Se detuvo otra vez antes de entrar; al otro lado de esa segunda
puerta iban a soltarle encima su pobre porvenir. Era un porvenir hundido y sin
ánimo, pero ¿no estaba allí Grant‑Jackson, como un domador en una jaula, todo
polainas y galones y actitudes de circo, para chascar el elegante látigo
oficial, haciéndolo saltar sobre él? En ese momento midió plenamente cómo
afectaba a sus nervios la impresión que hacía en sus amigos, tan extrañamente
afanosos; un afán que, en el espasmo de ese último esfuerzo, estaba muy cerca
de ofenderle. Le habían trastornado con el contacto; tenía miedo, literalmente,
de recibir la condena de rodillas; se daba cuenta de que no le faltaba mucho
para acercarse con la frente en el polvo al gran hombre cuya cólera había que
desviar. Los señores Hayes de Nueva York habían llevado lágrimas a sus ojos,
pero ¿le estaba reservado a Grant‑Jackson hacerle llorar como un niñito?
Deseaba, sí, mientras palpitaba, que los señores Hayes de Nueva York no
hubieran sentido un interés tan excéntrico, pues, sin saber por qué, parecía
proceder de ellos el que fuera tan rápidamente a quedar deshecho. Sin embargo,
antes de dar vuelta al pestillo de la puerta, tuvo otro momento extraño:
imaginándose que lo interesante había sido, estrictamente, su caso, su extraño
poder, aun accidental, para mostrar como en un cuadro la actitud de los demás:
no su pobre personalidad desvaída. Sin embargo, era esta pobre entidad la que
marchaba a su ejecución. En honor de nuestro amigo hay que decir que creía ir a
ser ahorcado, al disponerse a abrir la puerta; y no menos en su honor, que fue
su mujer quien recibió su pensamiento supremo en tal ocasión. Allí fue donde
–posiblemente con su último aliento articulado‑ dio gracias a su hado, para
bien y para mal, por los señores Hayes de Nueva York. Por lo menos, se
cuidarían de ella.
Sin duda lo estaban haciendo así con algún
éxito cuando, diez minutos después, él volvió junto a ellos. Estaba sentada
entre ellos en el decorado Lugar del Nacimiento, y después él no pudo estar muy
seguro de si cada uno de ellos le sostenía una mano. En todo caso, los tres
juntos, tuvieron el efecto de recordarle ‑era demasiado caprichoso‑ algún
cuadro, algún grabado sentimental, visto y admirado en su juventud, un
«Esperando el Veredicto», un «Contando las Horas», o algo así; una humilde
respetabilidad en suspenso en torno a una humilde inocencia. El no sabía qué
aspecto tenía él mismo, ni le importaba: lo importante es que no lloraba,
aunque bien podría: el fulgor de sus ojos era sin duda seco, aunque había un
fulgor, o algo que desconcertó ligeramente los rostros de los demás, cuando se
levantaron para recibirle. Los ojos de su mujer traspasaron los suyos, pero fue
la señora Hayes de Nueva York quien habló:
‑¿Era entonces para eso...?
El primero les miró; se daba cuenta de que
ahora podía disfrutarlo.
‑Sí, era para «eso». Quiero decir que era
sobre el modo como he ido marchando. Venía a hablar de eso.
‑¿Y se ha ido? ‑se permitió preguntar el señor
Hayes.
‑Se ha ido.
‑¿Se acabó? ‑preguntó Isabel, roncamente.
‑Se acabó.
‑¿Entonces nos vamos?
Eso era lo que él disfrutaba.
‑No, querida mía, nos quedamos.
Hubo, claramente, un triple jadeo: el alivio
tardó algún tiempo en actuar.
‑Entonces ¿a qué venía?
‑Por el rebose de su bondadoso corazón y de la
satisfacción que Ellos han discutido y decretado. Para expresar su opinión...
El señor Hayes se echó a reír, pero su mujer
quiso saber:
‑¿Del grandioso trabajo que está usted
haciendo?
‑Del modo como lo pulo y le saco brillo. Están
encantados con ello. Los ingresos, al parecer, hablan...
Cuidaba su efecto: Isabel le observaba
atentamente y los otros pendían de sus labios:
‑Sí: ¿hablan...?
‑Bueno, más que libros enteros. Dicen la
verdad.
Ante esto se volvió a reír el señor Hayes:
‑Vaya, ¿por lo menos la dicen?
Cerca de él, así, una vez más, Gedge se dio
cuenta de que su comprensión estaba identificada y era tan bueno volver a darse
cuenta de ello, que su tensión ahora se relajó como si se disparara un resorte
y notó que su vieja cara estaba tranquila.
‑Así que no pueden decir ustedes ‑continuó‑
que no la queremos.
‑Me inclino ante ella ‑sonrió el joven‑. Es lo
que dije entonces. Es estupendo.
‑Es estupendo ‑dijo Morris Gedge‑. No podría
serlo más.
Su mujer seguía observándole: su propia ironía
iba por detrás.
‑Entonces ¿nos quedamos como estábamos?
‑No, no como estábamos.
Ella saltó sobre eso.
‑¿Mejor?
‑Mejor. Nos dan un aumento.
‑¿De sueldo?
‑De nuestro dulce pequeño estipendio... por un
voto del Consejo. Eso es lo que, como Presidente, vino él a anunciar.
Hasta los ecos del Lugar del Nacimiento
quedaron acallados por un instante; los tres acompañantes del custodio
mostraban, en su aire consciente, que luchaban tratando de recuperar el
aliento. Pero Isabel, casi con un grito, fue la primera en recobrar el suyo.
‑¿Nos doblan?
‑Bueno... llámalo así. «En reconocimiento».
Ahí tienes.
Isabel lanzó otro sonido, pero esta vez
inarticulado, en parte porque la señora Hayes de Nueva York ya había saltado
hacia ella para darle un beso. Mientras tanto el señor Hayes, como con
demasiado que decir, sólo le tendió la mano, que nuestro amigo tomó en
silencio. Así, a Gedge le quedó la última palabra:
‑¡Y ahí tiene usted!


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