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Libro N° 4043. La Historia De Un Año. James, Henry.

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© Libro N° 4043. La Historia De Un Año. James, Henry. Colección E.O. Agosto 5 de 2017.

Título original: ©  La Historia De Un Año. Henry James

 

Versión Original: © La Historia De Un Año. Henry James

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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LA HISTORIA DE UN AÑO

Henry James

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1

 

Mi historia principia igual que han principiado muchísimas historias en los últimos tres años y, a decir verdad, igual que han concluido otras tantas; pues, cuando el protagonista se marcha, ¿acaso el romance no llega a un final?

 

A comienzos de mayo, hace dos años, una joven pa­reja que yo me sé se dirigía a casa de vuelta de un paseo vespertino, una larga caminata entre las apacibles coli­nas que circundaban su campestre residencia. Hasta es­tas apacibles colinas el joven había traído no el rumor (que moraba en ellas desde hacía mucho tiempo) sino algo de la realidad de la guerra: un ligero olorcillo a pól­vora, el metálico sonido de una espada; pues, si bien el señor John Ford aún no había pisado el frente de bata­lla, ostentaba cierto garboso porte soldadesco que lo convertía en todo un Héctor a los ojos de los impresio­nables pueblerinos y en un acompañante muy guapo a los de la señorita Elizabeth Crowe, su pareja en este sentimental paseo. Y es que ¿acaso no iba uniformado con el gran esplendor azul y oro que cuadra a un recién nombrado teniente? Era un infrecuente espectáculo en estas felices tierras norteñas; pues, aunque tiempo atrás la primera Revolución las había cogido de lleno, los honrados voluntarios que las defendieron vistieron sencillamente de paisano, y es fama que las tropas de Su Majestad llevaron uniformes rojos.[1]

Los dos jóvenes, como digo, habían estado pasean­do. Saltaba a la vista que habían caminado por sitios donde eran abundosas las zarzas e intensa la hume­dad... es más, por cenagales y charcos de terrenos en los cuales aún no se habían secado las lluvias de abril. Las botas y los pantalones de Ford habían recibido un prematuro anticipo de lo que el barro de Virginia iba a infligirles; las faldas de su compañera se habían puesto en un estado lastimoso. ¿Qué gran entusiasmo había hecho que nuestros amigos se despreocuparan tantísi­mo de por dónde pisaban? ¿Qué ciego ardor había ocasionado estos raros fenómenos: un joven teniente descuidando su primer uniforme, una bieneducada mujercita indiferente a las condiciones de sus medias?

Mi buen lector, este relato es enemigo de la retros­pección.

Elizabeth (como no tendré ningún reparo en lla­marla sin más ceremonias) se apoyaba en el brazo de su compañero, medio avanzando acompasada a él, medio dejándose llevar, con ese instintivo reconoci­miento de dependencia típico de una muchacha que acaba de recibir la promesa de una protección vitali­cia. Ford caminaba indolentemente con esas calmas zancadas vigorosas que casi siempre delatan, interpre­tadas correctamente, la apropiada conciencia de un re­pentino acceso de varonilidad. En este momento un espectador habría podido creerlo profundamente va­nidoso. Por uno de sus bolsillos asomaba el velo azul de la muchacha; se había puesto al hombro la sombri­lla de ésta a la manera de un mosquetón en un desfile: de buena gana transportaba estas fruslerías. ¿Acaso no había un vago anhelo reflejado en el enérgico henchi­miento de su fornida espalda, en la cariñosa acomoda­ción de su paso al de ella -el paso de ella tan sumiso y lento que, cuando él trataba de imitarlo, casi termina­ban deliciosamente inmóviles-, un mudo deseo de portar la totalidad de la bella carga?

Ascendieron a un gran otero elevado, desde cuya cima se dominaba la puesta de sol. Ahora se oscurecía con el gris nocturno el tenue paisaje que durante todo el día había estado brillando con el verde de la primave­ra. Las colinas más bajas, las granjas, los arroyos, los campos, huertos y bosques, se recortaban entenebreci­dos contra el gran resplandor del ocaso. Al contemplar Ford las nubes, le pareció que entre todas conformaban una imaginería bélica, que sus enormes masas desigua­les se habían congregado en orden de batalla. Había co­lumnas atacando y columnas retrocediendo y estandar­tes ondeando (retazos de color púrpura reflejado), y grandes capitanes sobre corceles colosales, y un cre­ciente dosel de humo y fuego y sangre. De hecho, el te­lón de fondo encima del cual se desplegaban las nubes era como una tierra incendiada, o un campo de batalla iluminado por otra puesta de sol, una comarca de al­deas negrecidas y praderas carmesíes. Se intensificó el tumulto de las nubes; difícil era creerlas inanimadas.

Habría sido posible hacerse la ilusión de que eran un ejército de gigantescos espíritus jugando al fútbol con el sol. Semejaban moverse de un lado a otro en confuso esplendor; cada grupo contrincante salía al encuentro del otro; y entonces súbitamente se dispersaron, rodan­do con idéntica velocidad hacia el norte y el sur y gra­dualmente desvaneciéndose en el pálido cielo noctur­no. Los pendones púrpuras se alejaron flotando y se hundieron hasta desaparecer de vista, atrapados, sin duda, en las zarzas de la planicie intermedia. El día se redujo a un disco inflamado y se esfumó.

Ford y Elizabeth habían presenciado enmudecidos aquel gran misterio de los cielos.

-Eso es una alegoría -dijo el joven mirando el ros­tro de su compañera, donde semejaba perdurar un ru­bor rosáceo, mientras el sol continuaba hundiéndo­se-; representa el final de la guerra. Las fuerzas de ambos bandos se retiran. La sangre derramada se junta en un glóbulo inmenso y va a parar al océano.

-Temo que lo que represente sea una calamitosa capitulación -dijo Elizabeth-. La luz desaparece tam­bién, y el país queda en tinieblas.

-Sólo por una temporada -repuso el otro-. Guar­damos luto por nuestros muertos. Después retorna la luz, más intensa y brillante que nunca. -En ese lejano día, Lizzie, tal vez estarás llorando por mí.

-Oh, Jack, ¿no me habías prometido no hablar de eso? -dice Lizzie, amenazando con ofrecer por adelan­tado el espectáculo en cuestión.

Avizorando con aire pensativo el firmamento va­cío, Jack acogió aquel reproche con serenidad. Pronto los ojos de la muchacha se alzaron sigilosamente hacia su rostro. Si él hubiese estado mirando alguna cosa en especial, creo que ella habría seguido la dirección de su mirada; mas como pareció tratarse de una mirada muy

ausente, ella dejó fijos los ojos.

-Jack -dijo, luego de una pausa-. Me pregunto qué aspecto tendrás cuando regreses.

La pensatividad de Ford se deshizo en una carcajada:

-Más feo que nunca. Estaré rebozado de barro y sangre. Y además estaré magníficamente moreno, y llevaré barba.

-¡Oh, qué tonto eres! -Y Lizzie soltó un gritito-. En serio, Jack: si te dejas barba, no parecerás un ca­ballero.

-¿Pareceré una dama, pues? -replica Jack.

-¿Lo dices de veras? -preguntó Lizzie.

-No te quepa duda. Pienso arreglar mi semblante igual que tú haces con las ropas que no te vienen bien: acortando por este lado y alargando por aquél otro. ¿No es así como se hace? Me raparé el cabello y me de­jaré crecer la barba.

-Tienes un mentón precioso, cariño, y pienso que sería una pena taparlo.

-Sí, ya sé que mi mentón es muy bonito; pero es­pera a ver mi barba.

-¡Ah, la vanidad -exclamó Lizzie-, la vanidad de los hombres a cuenta de sus caras! ¡Para que luego digan de las mujeres! -Y la atolondrada criatura contempló a su enamorado con asaz inconsecuente satisfacción.

-¡Ah, el orgullo de las mujeres a cuenta de sus maridos! -dijo Jack, que naturalmente sabía qué se proponía ella.

-No es usted mi marido, señor. Del dicho al he­cho... -Mas la muchacha se interrumpió bruscamente.

-...hay mucho trecho -completó Jack-. No te detengas. Puedo replicar a tu proverbio con otro: “Un clavo saca otro clavo”, y así sucesivamente. Cierto, querida mía: no soy tu marido. Quizá no llegue a ser­lo nunca. Pero, si algo termina ocurriéndome, sabrás consolarte, ¿verdad?

-¡Nunca! -dijo Lizzie, trémulamente.

-Oh, pero sí que tendrías que consolarte; de lo contrario, Lizzie, me parecería imperdonable nuestro compromiso. ¡Qué cosas dices! ¿Quién soy yo para que permanezcas llorándome eternamente?

-Eres el más bueno y el más inteligente de los hombres. Me da igual; lo eres.

-Gracias por tu inmenso amor, querida. Es una ilusión maravillosa. Pero confío en que el Tiempo aca­bará por aniquilarla, a su amable modo peculiar, antes de que haga daño a alguien. Conozco a tantos hom­bres que valen infinitamente más que yo (hombres in­teligentes, generosos y gallardos), que no me dará la sensación de dejarte en un mundo vacío.

-¡Oh, mi querido amigo! -dijo Lizzie, luego de una pausa-. Ojalá puedas aconsejarme toda mi vida.

-Ten cuidado, ten cuidado -dijo Jack riendo-; no sabes lo que estás buscándote. Pero ¿me permites una palabrita ahora? Si por casualidad soy arrebatado de este mundo, quiero que te guardes de ese sentimenta­lismo cursi que te ordena permanecer “fiel a mi re­cuerdo”. ¡Al diablo con mi recuerdo! Recuérdame en mi mejor momento: es decir, repleto del deseo de hu­mildad. No me impongas a la gente. Hay algunas viu­das y novias despojadas que me recuerdan al buhonero de aquel horrible relato criminal, que llevaba un cadá­ver en la albarda. Desde luego, ésa es la mercancía que ellas pregonan. La única justificación de la fidelidad a un hombre es sus derechos. ¿Qué derechos tiene un hombre muerto?... Descendamos.

Se orientaron hacia el sur y comenzaron a bajar las irregularidades de la colina.

-¿Te molesta esta conversación, Lizzie? -preguntó Ford.

-No -dijo Lizzie, ahogando un sollozo, inadverti­do por su compañero en su sublime egocentrismo protector-; me agrada.

-Muy bien -dijo el joven-, quiero que te ayude mi recuerdo. Cuando yo esté en Virginia, espero que me haga mucho bien pensar en ti: que ello me anime a su­perarme en mi tarea y a mantenerme fiel a mis ideales. Como todos los enamorados, soy horriblemente egoísta. Seguramente me veré ante muchas miserias y bajezas y conmociones, y en medio de todo ello estoy cierto de que alguna vez habrá de desfallecer la inspi­ración del patriotismo. Entonces pensaré en ti. Te amo mil veces más que a mi patria, Liz. ¿Eso no está bien? Lo siento, pero es la verdad. Mas, si descubro que tu recuerdo me vuelve blandengue, te mandaré a hacer gárgaras, sin contemplaciones: te dejaré guarda­da en mi baúl o entre las hojas de mi Biblia, y sólo te sacaré los domingos.

-Me alegraré mucho, señor, si eso logra que abra usted su Biblia frecuentemente -dice Elizabeth, con cierta solemnidad.

-Colocaré una fotografía tuya en cada una de las páginas -enfatizó Ford- y así me parece que no me fal­tará un texto para mis meditaciones. ¿No sabías que los católicos meten pequeñas estampas de su adorada Señora dentro de sus libros de oraciones?

-Vaya que sí -dijo Lizzie-; ya lo creo que será una imagen muy alentadora, cuando marches al frente, la noche anterior a una batalla: una estúpida muchacha pobre, tejiendo estúpidos calcetines, en un estúpido pueblecito yanqui.

¡Oh la eficacia de las lenguas desmañadas! Durante algunos instantes Jack siguió caminando en silencio, metiéndose de lleno en un charco; entonces, antes de haber acabado de salir, alargó los brazos y estrechó prolongadamente a su compañera.

-Y, si me haces el favor, ¿qué voy a hacer yo -rea­nudó la plática Lizzie, maravillada, algo orgullosa­mente quizá, ante el semblante abstraído de Jack­mientras tú estás de marchas y contramarchas en Virginia?

-Cumplir con tu deber, claro está -dijo Jack, con una voz firme, que acalló cierto pequeño aire conjetu­ral de la de Lizzie-. Me parece que comprobarás que cada mañana el sol seguirá saliendo por el este, queri­da, igual que antes de que te comprometieras.

-Puedo asegurar que no suponía que no fuese a ser así -dice Lizzie.

-Con eso de tu deber no me refiero a nada incó­modo, Liz -especificó el joven-. Espero que también te distraigas. Ojalá pudieras ir a Boston, o incluso a Leatherborough, a pasar un mes o dos.

-¿Para qué, si puede saberse?

-¿Para qué? Caramba, porque es muy agradable: para “desintoxicarte”, como suele decirse.

-Jack, ¿me consideras capaz de irme de jarana mientras estás en peligro?

-¿Por qué no? ¿Por qué he de disfrutar yo de toda la diversión?

-¿Diversión? Te aseguro que puedes quedártela toda. En cuanto a mí, me propongo emprender un nuevo comienzo.

-¿De qué?

-Huy, de todo. En primer lugar, empezaré a mejo­rar mi inteligencia. Aunque, ¿no te parece horrible que las mujeres se vuelvan razonables?

-Querrás decir difícil.

-Horrible... y también difícil, sí. Pero me propon­go convertirme en una mujer razonable. ¡Oh, las mu­chachas son tan tontas, Jack! Me propongo aprender a apreciar la carne cocida y la historia y los vestidos caseros, y todo eso. Sin embargo, cuando una mucha­cha está comprometida, no se espera de ella que haga nada especial.

Jack se rió, pero no dijo nada; y Lizzie prosiguió:

-Me pregunto qué dirá tu madre ante la noticia de nuestro compromiso. Creo que lo sé.

-¿Qué?

-Dirá que has sido un irresponsable. No, no lo hará: nunca te habla así. Dirá que yo he sido una fresca o una descarada, o algo por el estilo. No, tampoco hará eso: tu madre no dice esas cosas, aunque estoy se­gura de que las piensa. No sé lo que dirá.

-En efecto, creo que no, Lizzie, ya que te entregas a tales conjeturas. Mi madre jamás habla sin pensar. Es­peremos que piense de un modo favorable en punto a nuestro proyecto. Pero, incluso si no es así...

Jack no acabó la frase, y Lizzie no lo acució. Sentía un gran respeto hacia las vacilaciones de él. Pero al cabo de un instante él volvió sobre ello:

-Esto es lo que iba a decir, Lizzie: que me parece que por el momento será mejor que nuestro compro­miso quede en secreto.

El corazón de Lizzie desfalleció con una repentina decepción. Imagínense los sentimientos de la damisela de un cuento de hadas, a quien la disfrazada hada aca­bara de facultar para proferir diamantes y perlas, si acto seguido la buena anciana agrega que por el momento será mejor que la señorita refrene su lengua. Pero poco duró la decepción. Creo que esta envidiable joven ha­bría marchado a casa hablando imparablemente consi­go misma, y no le habría desagradado comprobar que su boquita se convertía en un joyero sólidamente cerra­do. Item más, ¿acaso en una ocasión así no habría de­seado tener una bocaza -una boca enorme y descomu­nal- que se extendiera de oreja a oreja? ¿Quién quiere echar sus perlas a los puercos? La joven de las perlas era, en fin de cuentas, nada más que una porqueriza. Lizzie estaba demasiado deslumbrada por Jack para ser presu­mida. Es muy lícito que vayamos con nuestros propios corazones en la mano; pero para los corazones ajenos, cuando nos son confiados, creo que es mejor que halle­mos un emplazamiento más recóndito.

-Verás, me da la impresión de que el secreto nos dejará mucho más libres -dijo Jack-; te dejará mucho más libre a ti.

-¡Oh, Jack, ¿cómo puedes decir eso?! -exclamó Lizzie-. Sí, claro: voy a enamorarme de algún otro. ¡Más libre! ¡Gracias, señor!

-No, Lizzie, en realidad lo que estoy diciendo es más gentil de lo que parece. Quizá llegarás a agradecér­melo cualquier día.

-¡Sin duda! Ya le he cobrado una gran afición a George Mackenzie.

-¿Me permites que me extienda sobre mi suge­rencia?

-¡Oh, desde luego! Pareces tener muy claras tus ideas.

-Confieso que me gusta tener en cuenta todas las posibilidades. ¿No sabes que las matemáticas son mi hobby? ¿Alguna vez has estudiado álgebra? Yo nunca pierdo de vista la incógnita.

-No, nunca he estudiado álgebra. Concuerdo con­tigo: mejor será que no hablemos de nuestro compro­miso.

-Tienes razón, querida. Siempre tienes razón. Pero atiende: no quiero atarte al secreto. ¡Grítalo por los campos, si lo crees preferible! Haz lo que te resulte más fácil y harás lo mejor. Lo que me ha hecho hablar ha sido mi horror a la abominable difusión que alcanzan estos asuntos. Actualmente, cuando una muchacha se compromete, ya no es simplemente “Habla con mamá”, sino también “Habla con la señora Brown, y con la señora Jones, y con mi inmenso círculo de amis­tades... con la señora Grundy,[2] en resumidas cuentas”. Digo actualmente, pero me figuro que siempre ha sido igual.

-De acuerdo, lo mantendremos todo bien secreto -dijo Lizzie, que habría estado dispuesta a celebrar sus nupcias según el rito de los esquimales si Jack hubiese considerado idóneo sugerirlo.

-Ya sé que en los enamorados no queda bien mos­trarse tan reservados -ahondó Jack-; pero tú me com­prendes, Lizzie, ¿a que sí?

-No acabo de comprenderte, pero confío en ti por entero.

-¡Dios te bendiga! Verás, mi prudencia es la mejor de mis energías. Y si alguna vez he necesitado de todas mis energías, es ahora. Mientras un hombre corteja, Lizzie, es todo sentimiento, o debería serlo; una vez que es aceptado, entonces empieza a pensar.

-Y a arrepentirse, supongo que quieres decir.

-No: a ingeniar medios para evitar que se arrepien­ta su amada. Déjame ser franco. ¿Acaso sólo los mayo­res bobos son los mejores enamorados? Nadie sabe lo que puede suceder, Lizzie. Deseo que te cases conmigo con los ojos abiertos. No quiero que te sientas atada ni obligada. Eres muy joven, ya sabes. ¿Tienes idea de cómo pensarás dentro de un año? Atraviesas una edad en que ninguna muchacha puede responder de sus sentimientos de un año para otro.

-¡¿Y usted, señor?! -exclama Lizzie-; cualquiera diría que es usted un abuelo.

-Vaya, voy camino de serlo. Bonito niño viejo es­toy hecho. Estoy hablando en serio. Tal vez no sea in­defectiblemente comunicativo, pero creo que soy sin­cero. Me parece como si hubiera estado mintiendo toda mi vida antes de decirte que tu amor es indispen­sable para mi felicidad. Hablo con absoluta seriedad. Jamás había amado a nadie antes ni volveré a amar a nadie después. Si hace media hora me hubieras recha­zado, ya no me habría casado nunca. No temo por mí. Temo por ti. Hace unos instantes dijiste que ojalá fue­ra tu consejero. Ahora bien, ya sabes que el oficio de un consejero consiste en adiestrar a su víctima en el arte de obrar con los ojos cerrados. Yo no voy a ser tan cruel.

A Lizzie le pareció adecuado contemplar bajo una luz humorística aquellos comentarios.

-¡Cuán altruista! -dijo-; ¡cuán sacrificadísimo! ¡Ya no se habría casado nunca! ¡Por mi parte, creo que yo voy a hacerme mormona! -Verdaderamente creo que la pobre criatura malinformada se figuraba que en Utah quienes practican la poligamia son las mujeres.

Antes de que transcurrieran muchos minutos ya habían llegado a la vista de su casa. En la puerta del jardín estaba la señora Ford, mirando a uno y otro lado del camino, con una carta en la mano.

-Es para ti, John -dijo su madre, al verlos venir­Parece que es del cuartel. ¡Caramba, Elizabeth, fíjate en cómo tienes la falda!

-Ya me he dado cuenta -dice Lizzie, sacudiéndose la prenda en entredicho-. ¿De qué se trata, Jack?

-¡Orden de partir! -exclamó el joven-. Dentro de dos días el regimiento marcha. Debo irme mañana por la mañana en el primer tren. ¡Hurra! -Y camufló un súbito beso de regocijo con una salutación filial.

Entraron en la casa. Las dos mujeres habían queda­do silenciosas, a la manera de mujeres que sufren. Pero Jack apenas hacía otra cosa que reír y hablar y circun­navegar el salón, sentándose primero aquí y luego allá: muy junto a Lizzie y al extremo opuesto de la estancia. Al cabo de un rato la señorita Crowe se sumó a sus ri­sas, mas pienso que su alborozo era un enmascara­miento de las elocuentes palpitaciones de su corazón. Tras el té se retiró a acostarse, a fin de darle oportuni­dad a Jack para unos últimos épanchements filiales. ¡Qué generosas vuelve a las mujeres la presencia de un hombre! Pero Lizzie prometió despedirse de su ena­morado por la mañana.

-¡Ni hablar! -dijo la señora Ford-. No te levanta­rás. John querrá desayunar en calma.

-Te diré adiós mañana, Jack -insistió la joven, des­de el umbral.

Elizabeth subió las escaleras inundada de su joven amor. Su joven amor había alboreado sobre ella cual una nueva vida, una vida resueltamente digna de ser vivida. Gracias al mismo, ella se sustentaría sin costar­le nada a nadie. Con su amor ya era ilimitadamente rica. Estaba determinada a convertirlo en el oculto manantial de un centenar de acciones encomiables. Emprendería la senda del deber; abrigaría una ecuani­midad sin límites; haría que todo su ser estuviera a la altura de su sublime pasión. Practicaría la caridad, la modestia, la piedad: en definitiva, todas las virtudes... junto con ciertos morceaux de Beethoven y Chopin. Caminaría por el mundo como una bienaventurada. Pagaría su tributo al mejor de los hombres no revelan­do su secreto. Aquí, merced a no sé qué delicada tran­sición, mientras yacía en la silenciosa oscuridad, Eliza­beth bañó su almohada con un reguero de lágrimas.

Mientras tanto, en la planta baja, Ford se puso a hablar de esta guisa. Se había tendido cuan largo era sobre el sofá, en zapatillas.

-¿Te molesta que encienda una pipa, madre?

-No, cariño. Pero por favor ten cuidado con las ce­nizas. Allí tienes el periódico.

-Las pipas no desprenden cenizas. Madre, ¿qué te parece? -siguió entre calada y calada de tabaco-; tengo una noticia.

-¿Ah, sí? -dijo la señora Ford, buscando sus tije­ras-. Espero que sea buena.

-Yo espero que así te lo parezca. Me he comprome­tido (puff puff) con Lizzie Crowe. -Entre el rostro de su madre y el suyo se interpuso una nube de humo. Cuando se despejó, Jack sintió la mirada de su madre. Había dejado la labor en su regazo-. Para casarme con ella, ya sabes -aclaró.

Desde el punto de vista de la señora Ford, igual que el rey desde el de la Constitución británica, su único hijo era incapaz de cometer un error. Las ideas precon­cebidas son un recio baluarte contra la sorpresa. Por lo demás, el instinto materno de la señora Ford no había estado inactivo. Aun así, de ningún modo había camina­do al unísono de los hechos. Ella había estado callándose, en parte por falta de seguridad absoluta, en parte por res­peto a su hijo. Mientras John no dudara de sí mismo, es­taría en lo cierto, y ella estaba segura de que, en la duda, hablaría. Y ahora, al decirle John que la cuestión estaba decidida, ella se convenció de que le pedía consejo.

-Lo esperaba -dijo ella, por último.

-¿De veras? No me habías dicho nada.

-Bueno, John, el hecho de que lo esperara no quie­re decir que lo anhelara.

-¿Por qué no?

-No me fío del corazón de Lizzie -dijo la señora Ford, que, acaso convenga añadirlo, se fiaba muchísi­mo del suyo propio.

Jack se echó a reír:

-¿Qué le pasa a su corazón?

-Me parece que Lizzie es superficial -dijo la señora Ford; y en su tono hubo algo que denotó cierta satis­facción por haber empleado este adjetivo.

-¡Diablos, por supuesto que es superficial! -dijo Jack-. Pero cuando una cosa es superficial, se puede verla hasta el fondo. Lizzie no pretende ser enrevesada. Madre, necesito una esposa a la cual pueda compren­der. Ésa es la única clase de esposa que puedo amar. Lizzie es la única muchacha a quien he sido capaz de comprender, y la primera que he querido. La amo mu­chísimo... más de lo que podría explicar.

-Sí, reconozco que es inexplicable. Eso se parece -añadió, con una desagradable sonrisa- a un encapri­chamiento.

A Jack no le gustó la sonrisa: le gustó aún menos que el comentario. Por unos instantes fumó en silen­cio, y luego dijo:

-Pues bien, madre, el amor es algo muy obstinado, ¿sabes? No llegaremos a ponernos de acuerdo en este asunto; ¿qué tal si lo dejamos?

-Ten presente que ésta será tu última velada en casa en mucho tiempo, hijo mío -dijo la señora Ford.

-Lo tengo presente. Por eso mismo quiero eludir discordias.

Hubo una pausa. El joven fumó, y su madre cosió, en silencio.

-Opino que mi situación, en cuanto tutora de Liz­zie -insistió finalmente la señora Ford-, me autoriza a inmiscuirme en el asunto.

-Cierto es, y yo lo he reconocido contándote nues­tro compromiso.

Otra pausa.

-¿Me permites decir -dijo la señora Ford, rom­piendo el silencio- que tu decisión me parece un poco egoísta?

-¿Que si te lo permito? Desde luego, si lo deseas de un modo especialmente intenso. Aunque confieso que a un hombre no le resulta grato sentarse a escuchar cómo es despellejada su futura esposa... y encima por su propia madre.

-John, me asombra tu lenguaje.

-Te pido disculpas. -Y John habló con mayor me­sura-: No debe asombrarte nada proveniente de un enamorado al que acaban de decir que sí. Estoy con­vencido de que juzgas mal a Lizzie. A decir verdad, madre, no creo que la conozcas bien.

La señora Ford cabeceó, con una infinita hondura de significación; y por la lobreguez con que cortó de un mordisco la punta de un hilo habría podido pen­sarse que imaginaba estar ejecutando alguna venganza humana.

-¡Oh, la conozco pero que muy bien!

-¿Y no la aprecias?

La señora Ford realizó otra decapitación de su hilo.

-Pues me alegro de que Lizzie cuente con un ami­go en el mundo -dijo Jack.

-Su mejor amigo -dijo la señora Ford- será el que la adule menos. Lo entiendo todo, John. Su cara bonita es la responsable del entuerto.

El joven se acaloró impacientado.

-Madre -dijo-, estás equivocadísima. No soy un niño ni un lelo. Confías en mí en muchas cuestiones importantes; ¿por qué no confiar en mí en ésta?

-Mi querido hijo, te devalúas a ti mismo. Mereces como compañera de tu vida a alguien mejor que esa muchacha.

Se me hace que para su hijo la señora Ford, que había sido una excelente madre, habría querido una esposa modelada a su propia imagen.

-Oh, vamos, madre -dijo él-, exageras. Ya me gus­taría a mí ser la mitad de bueno que Lizzie.

-Digo la verdad, John, y para mí tu proceder (no sólo el paso que has dado, sino también la forma como hablas de él) resulta una gran decepción. Si últimamen­te había acariciado algún deseo, era que mi querido hijo consiguiese una esposa digna de él. Un hogar gobernado por Elizabeth Crowe no es la clase de hogar que yo de­searía para ningún ser querido.

-Es un hogar donde siempre sería usted bienveni­da, señora -dijo Jack.

-No es un sitio donde yo me sentiría en casa -repli­có su madre.

-Lo lamento -dijo Jack. Y se irguió y empezó a pa­searse por la estancia-. En resumidas cuentas, madre -dijo por último, deteniéndose ante la señora Ford-, no nos comprendemos mutuamente. Algún día lo lo­graremos. Por ahora abandonemos toda discusión. Casi siento haberte informado.

-Yo me alegro de semejante prueba de confianza. Pero, aunque tú no me hubieses informado, sin duda lo habría hecho Elizabeth.

-No, señora; yo diría que no.

-Entonces es que es aún más indiferente a sus obli­gaciones de lo que yo creía.

-Yo le he aconsejado que no le diga nada a nadie. La señora Ford no respondió. Lentamente comen­zó a doblar su labor.

-Creo que será mejor que dejemos estar las cosas -siguió su hijo-. No temo al tiempo. Pero querría pe­dirte algo: no le menciones esta conversación a Lizzie, por favor, ni la dejes sospechar que estás enterada de nuestro compromiso. Tengo un motivo muy especial.

La señora Ford continuó alisando su labor. Enton­ces levantó bruscamente la mirada:

-Muy bien, querido, guardaré secreto. Dame un beso.

 

 

 

 

2

 

No tengo intención de seguir al teniente Ford por los escenarios bélicos. Las proezas de su campaña están recogidas en las publicaciones de la época, donde to­davía pueden leerlas los curiosos. Mi propia afición siempre ha sido la historia no escrita, y mi presente ta­rea está relacionada con el reverso del cuadro.

Después de la partida de Jack, las dos mujeres rea­nudaron su antigua vida hogareña. Pero a Elizabeth ahora había dejado de resultarle antipática aun la más hogareña de las vidas. Ya no le parecían pesadas sus obligaciones domésticas: por vez primera, experimen­taba el delicioso compañerismo de los pensamientos. Su principal tarea consistía aún en sentarse junto a la ventana a tejer calcetines para los soldados; pero ni si­quiera la señora Ford pudo dejar de admitir que traba­jaba con mucho mayor diligencia, se dedicaba menos a bostezar, frotarse los ojos y mirar a uno y otro lado del camino, y de hecho confeccionaba unas prendas mucho más bonitas. ¡Ah!, con sólo que la mitad de las amorosas fantasías que durante aquellas atareadas ho­ras revoloteaban por la mente de Lizzie hubiesen podi­do permear la textura de la vulgar hilaza, mientras len­tamente ésta cobraba forma, el portador final de los calcetines habría andado con tan alados pies como Mercurio. Me temo que yo provocaría la burlona sonrisa del lector si reprodujese algunas de las ensoñacio­nes de esta atolondrada jovencita. A diario pasaba va­rias horas en el cuarto de Jack; en este santuario, a de­cir verdad, junto a la soleada ventana orientada hacia el sur, dominando la larga carretera, las boscosas cum­bres, el esplendente río, era donde trabajaba con más placer y provecho. Aquí se hurtaba a la incansable vi­gilancia de la mujer de más edad, a sus fastidiosas pre­guntas y manías; aquí estaba a solas con su amor, esa la más grandiosa manía que hay en la vida. En la habita­ción de Jack, Lizzie percibía cierta reverberación de la personalidad de éste. Y las ociosas fantasías de su pro­pia alma se proyectaban sobre una docena de reliquias sagradas. Algunos de estos objetos Elizabeth los acari­ciaba tiernamente. Ya era un poco tarde para que desa­rrollara aficiones literarias: sus lecturas se habían ini­ciado y terminado (bastante lógicamente) con la arcaica ficción de Los caudillos escoceses.[3] Conque a du­ras penas habría podido evitar ser ella misma, en oca­siones, la primera en sonreírse ante su interés por los viejos libracos universitarios de Jack. Se llevó varios a su propio cuarto y los colocó junto al pie de su cama, en una estantería adornada, además, con un jarrón de violetas primaverales, una efigie del general McCle­llan[4] y un retrato del teniente Ford. Tenía la vaga creencia de que un amoroso estudio de aquellos versos intensamente manoseados remediaría, hasta cierto punto, sus tristes deficiencias intelectuales. Se dolía de saber tan poco; se dolía, es decir, hasta donde era ca­paz, pues ya sabemos que era superficial. La omnisa­piencia de Jack era uno de los más odiosos atributos de éste. Y sin embargo se consolaba a sí propia con el pen­samiento de que, puesto que él le había perdonado su ignorancia, sin duda ella misma podía no otorgarle trascendencia. ¡Feliz Lizzie, te envidio esta cómoda senda hacia la sabiduría! El volumen que con mayor frecuencia abría era un viejo Fausto en alemán, el cual se esforzaba en leer con un gastado diccionario. El se­creto de esta preferencia era ciertas notas marginales a lápiz, firmadas “J.” Espero que realmente fueran obra de Jack.

A Lizzie nunca le había gustado mucho pasear. Has­ta que conoció a Jack, aquél había sido un placer ente­ramente insospechado por ella. Había tenido, aparte, miedo a las vacas, ocas y ovejas: todos los spectra agríco­las de la imaginación femenina. Pero ahora sus terrores habían desaparecido. ¿Acaso no podía ella también, a su humilde modo particular, portarse como un solda­do? A menudo con el corazón palpitante, según me temo, pero asimismo con decididos pasos elásticos, re­visitaba los lugares predilectos de Jack; intentaba amar la Naturaleza igual que él había semejado amarla; con­templaba sus antaño compartidas puestas de sol; explo­raba sus antiguas charcas con brillantes miradas son­deadoras, cual si buscara en sus pardas profundidades algún imborrado vestigio de las facciones de Jack, im­presas allí como en un amante corazón humano; espe­raba ver su querido nombre grabado en las rocas y en los árboles; y al caer la noche, examinaba, a su modo candoroso, el grandioso dosel estrellado, bajo el cual, quizá, dormía su guerrero en esos instantes; paseaba por la verde campiña, cantando con voz cristalina reta­zos de las viejas baladas favoritas de Jack, al compás del amor; y, cuando cantaba, se mezclaba con el sempiter­no murmullo de los árboles el amortiguado sonido de una tenue voz grave, impelido por el viento cual unos lejanos redobles de tambor que contestaran a una cor­neta. Durante algunos meses vivió así una agradabilísi­ma existencia idílica, cara a cara con un intenso recuer­do vívido, el cual daba todo y no pedía nada. Sin duda éstos habían de ser (y ella lo intuía de un modo impre­ciso) los días más venturosos de su vida. ¿Acaso hay en la vida una dicha tan grande como este meditabundo éxtasis? Saber que los dorados granos de arena están ca­yendo uno por uno hace de la servidumbre libertad, y de la carencia riquezas.

A despecho de una cierta sensación de pérdida, Lizzie pasó un verano muy dichoso. Gozaba de la pro­funda serenidad que, es de suponer, santifica todos los noviazgos sinceros. Apenas pensaba en un posible de­sastre. Bien sabemos que cuando las columnas de humo del combate abandonan el campo de batalla, viajan a través del pesado aire hasta un millar de tran­quilos hogares, para envolverlos como una nube malé­fica. Pero la visión de Lizzie nunca estuvo nublada. Tal vez la señora Ford escudriñaba la progresivamente más larga noche estival y se limpiaba las gafas; mas su com­pañera se dedicaba a tararear sus estribillos de viejas baladas sin que le temblara la voz. No dejó de sonreír ante augurios funestos más de lo que el riachuelo deja de ondularse bajo el alcance de la sombra de un sauce próximo. Fueron olvidadas las promesas que a sí pro­pia se hiciera aquella llorosa noche de despedida. La perseverancia no hallaba cabida en la concepción que Lizzie tenía de una celestial holganza. ¡Menuda pre­tensión moralizar en el Elíseo!

No hay que suponer que la señora Ford permane­cía indiferente a los estados de ánimo de Lizzie. Los es­tudiaba con atención, y tomaba nota de todas sus osci­laciones. Y entre las cosas que descubrió estuvo el hecho de que su compañera se percataba de aquel es­crutinio y de que, en términos generales, no le impor­taba. De lo muy penetrante que era la observación de la señora Ford, empero, yo opino que Lizzie no tenía plena conciencia. Era como una juerguista nocturna en una habitación brillantemente iluminada, con una ventana sin cortinas, consciente de, y empero indife­rente a, los transeúntes. Y a la señora Ford puede com­parársela no inadecuadamente con el glacial especta­dor al lado exterior del cristal. Muy pocas palabras se cruzaban las dos mujeres sobre el tema de sus pensa­mientos comunes. Desde el primer momento, como hemos visto, Lizzie había adivinado la probable opi­nión de su tutora sobre su compromiso: un paso en falso por parte de John. Lizzie carecía de lo que se de­nomina sentido del deber; pero, a diferencia de la ma­yoría de tales temperamentos, que se las industrian para flotar sobre la reluciente pompa de la Dignidad, al propio tiempo tenía una pobre opinión de sus mere­cimientos. ¡Ay, mi pobre protagonista femenina no poseía vanidad! Los mudos reproches de la señora Ford no suscitaban ningún rencor. Llegaban a su oído como un soporífico zumbido indistinto. Lizzie estaba profundamente encantada gracias a lo que un libro francés designa como aises intellectuelles. Su comodi­dad espiritual estribaba en no prestar atención a los problemas. Poseía una cierta perspicacia innata que le revelaba muchas de las penosas desigualdades de su ca­mino; pero consideraba que era una facultad tan cruel y tan desilusionadora que la ceguera era infinitamente preferible. Anteponía el sosiego al rigor, y la benevo­lencia a la justicia. Era especulativa, sin ser crítica. Constantemente se preguntaba cosas, pero nunca in­vestigaba. Este mundo era un enigma; sólo el siguiente sería la solución.

Así, pues, nunca sintió deseos de llegar a un “enten­dimiento” con la señora Ford. ¿Que la buena mujer la juzgaba mal?; era problema suyo. Aparentemente la se­ñora Ford no sentía el menor deseo de corregir su pro­pio error. Ya se sabe: Lizzie ignoraba la promesa de su amiga. Había algunos momentos en que la lengua de la señora Ford estaba a un palmo de hablar. Había otros, cierto es, en que temía cualquier explicación que la obligara a ser desposeída de su derecho al disgusto. Era harto desesperante la feliz autosuficiencia de Lizzie. Le envidiaba a la joven la dignidad de su secreto; su propio conocimiento real de éste acrecentaba sus celos, pues le demostraba la importancia del proyecto del cual ella había sido excluida. Lizzie, sintiéndose de absoluto buen humor con el mundo y consigo misma, no dismi­nuyó ni un ápice su deferencia personal hacia la señora Ford. Acerca de Jack, en calidad de buen amigo y de hijo de su tutora, hablaba muy cariñosamente. Pero la señora Ford se mostraba recelosa de esta semiconfian­za. No estaba dispuesta, como muchas veces se decía para sus adentros, a dejarse engatusar contra sus princi­pios. ¡Sus principios! ¡Oh, cuán arduo habría sido que la lustrosa pala de alguna intención socavara tan tercos postes! Lizzie no tenía ningún designio de conquistar con zalamerías a su compañera. Jamás engañaba a na­die excepto a sí misma. Era incapaz de determinarse a contar con una posible buena disposición por parte de la señora Ford. Sabía que a menudo Jack sufría por la testarudez de su madre. Conque su inveterada humil­dad no encubría ningún propósito inconfesado. Era paciente y amable por naturaleza, por costumbre. Sin embargo me parece que, si la señora Ford hubiera dic­taminado sobre su benignidad, habría preferido, en términos generales, una actitud de abierto desafío. “¡Mira que tener que aguantar -murmuraba alguna vez- el paternalismo de esa jovenzuela!” Era muy desa­gradable, por ejemplo, tener que escuchar fragmentos de las cartas de su propio hijo.

Tales cartas llegaban semana tras semana, volando desde el Sur cual palomas mensajeras de blancas alas. Más de una vez y más de dos, por mero orgullo, Lizzie habría deseado un auditorio más numeroso. Había fragmentos de ellas que ciertamente merecían difu­sión. Eran demasiado buenos para ella. ¿Acaso no eran mejores que aquellos estúpidos partes de guerra del Times, que en vano ella trataba de leer tan a menudo? Contenían amplios detalles de movimientos, planes de campaña, opiniones y conjeturas militares, expre­sados con el énfasis típico de los subtenientes jóvenes. Dudo que las consignaciones del general Halleck fue­ran más pormenorizadas que las del teniente Ford.[5]

Lizzie contestaba a su manera. Hay que admitir que la suya era una pluma torpe. Le contaba a su queridísi­mo, queridísimo Jack cuánto lo amaba y lo honraba, y cuánto lo echaba de menos, y cuán deliciosa era su úl­tima carta (con aquellos diagramas tan bellamente di­bujados), y los chismes del pueblo, y cuán sana y rolli­za seguía su madre... y vuelta a empezar con cuánto lo amaba, etc., etc., y que continuaba siendo su enamo­rada L. Jack leía estas efusiones del modo en que debe hacerlo una persona tan bienamada. No me maravilla­ría si le parecieron muy brillantes.

El verano declinaba hacia su fin, y a través de gran número de etapas discretas comenzó a deshacerse en el otoño. ¿Quién puede relatar la historia de esos meses tintos? Yo tengo que relatar otra transición muda. Mas, así como no he logrado hallar palabras suficien­temente delicadas y hermosas para describir los múlti­ples cambios de la Naturaleza, de igual manera, asi­mismo, debo contentarme con indicar toscamente los acontecimientos espirituales.

John Ford se convirtió en un veterano junto al Po­tomac. Y, a decir verdad, Lizzie se convirtió en una ve­terana en casa. Es decir, su amor y esperanza se torna­ron una vieja historia. Se resignó, como deben hacerlo los más fuertes, como desean hacerlo los más sabios, a la influencia del paso del tiempo. La pasión que a su candorosa manera superficial había confiado a los bosques y a las aguas, fue un espejo de las variaciones externas de éstos: ahora pensaba menos en su novio, y con menos decidido placer. Los dorados granos de are­na se habían agotado. La serenidad perfecta había que­dado atrás. La tácita protesta de la señora Ford comen­zó a parecer enojosa. Con ánimo más bien rencoroso, Lizzie se abstuvo de leer más cartas en voz alta. Éstas llegaban con idéntica regularidad. Una incluyó una tosca fotografía campamentaria del recién barbado semblante de Jack. Lizzie declaró que estaba “demasia­do feo para todo”, y la apartó de la vista. Ahora se sal­taba sus pormenores militares, que continuaban sien­do tan extensos y escritos con tan bonita caligrafía como de costumbre. El “demasiado buenos”, que an­tes era pronunciado con patente orgullo, ahora se ha­bía trocado en una fastidiosa verdad. Cuando en de­terminadas tesituras criticadoras Lizzie trataba de hallar un calificativo para el temperamento de Jack, se decía que era demasiado plano. Una vez él la riñó leve­mente por no escribirle más a menudo. “Jack no es ca­paz de ponerse en el lugar de los demás -se lamentó Lizzie-. No comprende otros sentimientos que los su­yos. Recuerdo que solía decir que los estados de me­lancolía son enfermedades. Su espíritu es demasiado saludable para tales cosas; su corazón es demasiado re­cio para el dolor o la pena. La noche antes de su parti­da me dijo que la Razón, como él la llama, era la nor­ma de la vida. Me figuro que cree que también es la norma del amor. Pero es que su corazón es más joven que el mío: más joven y mejor. Ha pasado por espan­tosas escenas de peligro y muerte y crueldad, y no obs­tante su corazón es más puro.” Lizzie tuvo una inquie­tante premonición de estar blasée de este afecto único. “¡Oh, Dios lo bendiga!”, lloró. Se sintió mucho mejor por las lágrimas con que concluyó este soliloquio. Me temo que casi había dudado de su disposición a llorar a Jack.

 

 

 

3

 

Llegó la Navidad. El ejército del Potomac había arrumbado los mosquetes para retirarse a sus cuarteles de invierno. La señorita Crowe recibió una invitación para pasar la segunda quincena de enero en la gran ciudad industrial de Leatherborough. Leatherbo­rough está junto a la vía del tren, a dos horas al sur de Glenham, en el estuario del gran río Tan, donde esta noble corriente acuática se despliega en su más ancha sonrisa, o abre una boca demasiado inmensa para ami­norarla con puente alguno.

-La señora Littlefield te invita amablemente para finales de este mes -dijo la señora Ford, leyendo una carta desde detrás de la tetera grande.

Convenía a las intenciones de la señora Ford -unas intenciones que no tengo espacio para anali­zar- que su joven pupila entrara en sociedad y trabara relaciones.

En la mirada de Elizabeth brillaron dos chispas de placer. Mas, tal como últimamente se había enseñado a sí misma a hacer ante su protectora, meditó antes de contestar.

-Mi deseo es que aceptes -dijo la señora Ford, to­mando el silencio por una negativa. Las chispas se apagaron.

-Pensaba ir -dijo Lizzie, algo ariscamente-. Le quedo muy reconocida a la señora Littlefield. Su compañera alzó los ojos:

-Yo pensaba que fueras. Haz el favor de escribirle esta misma mañana.

Durante el resto de la semana, las dos dieron jun­tas muchas puntadas a muselinas y sedas, y fueron bonísimas amigas. A duras penas pudo Lizzie evitar maravillarse ante el celo que la señora Ford desplegó en su beneficio. ¿Es que no habría podido atribuirlo a los principios de su tutora? Su vestuario, hasta ahora correspondiente a la noción que de la elegancia se te­nía en Glenham, paulatinamente fue elevándose has­ta las pautas de Leatherborough. Mientras cogía su vela para subir a acostarse la noche antes de su parti­da, dijo:

-Le doy muchísimas gracias, señora Ford, por ha­berse molestado tanto por mí, por haberse tomado tanto interés por mi vestimenta. Si en Leatherborough me preguntan quién ha confeccionado mis ropas, des­de luego diré que usted.

La señora Littlefield trató a su joven amiga con gran gentileza. Era una afable matrona sin hijos. Lizzie le pareció muy ignorante y muy bonita. Se alegró de albergar a una tan gran belleza y de conocer a tantas personas distinguidas que presentarle.

Una velada Lizzie se dirigió a su habitación acom­pañada por una de las doncellas, llevando media doce­na de velas entre las dos. ¡El cielo no me permita traspo­ner ese umbral virgen... por ahora! Pero aguardaremos. Les concederemos dos horas. Al cabo de ese tiempo, tras haber llamado educadamente a la puerta, entrare­mos en el santuario. ¡Gloria de glorias! La fiel asistenta ha cumplido su obligación. Nuestra damita está atavia­da, coronada, preparada para adoradores.

Confío en que no se me exigirá una minuciosa des­cripción de la persona y el vestido de nuestra querida Lizzie. ¿Alguien es un ermitaño tan recluido que jamás haya contemplado la joven feminidad en esplendor in­dumentario? Casi todos tenemos hermanas e hijas. No pocos, espero, tenemos relaciones mujeriles de otra ín dole, aunque no menos amadas. Otros tienen prismáti­cos. Les doy mi palabra de que Elizabeth constituía una visión tan hermosa de contemplar como la que más. Por descontado iba bien arreglada. Su falda era de un blanco voluminoso, con vuelo y ornamentación fan­tásticos. Su cabello estaba profusamente exornado de rizos y trenzas de su propia materia abundosa. Le ceñía el talle una banda, ancha y azul. Iba blanca de adornos de coral, como le escribió a Jack en el curso de la sema­na. ¡Adornos de coral, en verdad! Y si hace el favor, se­ñorita, ¿qué hay de las otras joyas con que iba engalana­da su persona: los rubíes, perlas y zafiros? Una por una Lizzie se pone sus modestas baratijas: su pulsera, sus guantes, su pañuelo, su abanico, y por último... su son­risa. ¡Oh, esa rara sonrisa perfecta!

Una hora más tarde, en el hermoso salón de la seño­ra Littlefield, en medio de música, luces y conversacio­nes, la señorita Crowe le hacía una grandiosa reverencia a un hombre alto, cetrino, cuyo apellido captó como Bruce entre el excesivo parloteo de la anfitriona. Cinco minutos después, cuando la bondadosa matrona echó un vistazo a la recién iniciada amistad, desde el otro ex­tremo de la habitación, se dijo para sus adentros que realmente, para tratarse de una sencilla pueblerina, la señorita Crowe hacía este tipo de cosas bastante bien. Su siguiente vislumbre de la pareja le mostró a aquellos dos jóvenes girando por la estancia a los estruendosos acordes del aporreado piano. A las once los vio mutua­mente cogidos de las manos en los intrincados laberin­tos de la contradanza. A las once y media los distinguió bailando hombro contra hombro en las apiñadas co­lumnas de los lanceros.[6] A medianoche tocó suave­mente a su joven amiga con el abanico:

-Llevas desabrochado el ceñidor, querida. Creo que ya has bailado más que bastante con el señor Bru­ce. Si viene a sacarte otra vez, es preferible que rehúses. No estaría bien visto. Sí, querida, lo sé. Señor Simp­son, ¿tendría la amabilidad de acompañar al comedor a la señorita Crowe?

Me temo que el joven Simpson tuvo una pareja algo renuente.

Después del decente intervalo, el señor Bruce fue a cumplimentar a la señora Littlefield. Halló a la señorita Crowe también en el salón. Lizzie y él se saludaron como viejos amigos. La señora Littlefield escuchó aten­tamente; pero le dio la impresión de haber llegado en el segundo acto de la obra. Bruce se marchó con la pro­mesa por parte de la señorita Crowe de salir a dar un paseo con él por la tarde. Por la tarde se presentó ante la puerta en un trineo cabrioleante y campanilleante. Tras algunos minutos de chistes roncos y risas argentinas en el cortante aire invernal, reemprendió la marcha con Lizzie a su lado hecha un ovillo sobre una piel de búfa­lo, cual un gatito sobre una alfombra. Ya había anoche­cido cuando regresaron. Cuando Lizzie entró y se colo­có junto al fuego de la sala de estar, fue congratulada por su anfitriona por haber hecho una “conquista”.

-Creo que es un hombre sumamente caballeroso -dice Lizzie.

-Lo es, querida -dijo la señora Littlefield-; el señor Bruce es un perfecto caballero. Es uno de los jóvenes más valiosos que conozco. Y sin ser joven en demasía. Su tez es un poco excesivamente amarillenta para mi gusto; pero ha recibido una exquisita educación. Ojalá escucharas su acento cuando habla en francés. Ha pasa­do no sé cuántos años en el extranjero. La firma Bruce y Robertson es sumamente próspera.

-¡Y me alegra mucho -exclama Lizzie- que en marzo vaya a venir a Glenham! Llevará allí a su herma­na para una cura de aguas.

-¿De veras? ¡Pobrecilla! Sus modales son excelentes. -¿Qué opina usted de su aspecto? -preguntó Liz­zie, alisando su penacho.

-Me refería a Jane Bruce. Opino que el señor Bru­ce tiene hermosos ojos.

-Debo decir que lo que a mí me gusta son los hom­bres altos -dice la señorita Crowe.

-En tal caso Robert Bruce es tu hombre -dice rién­dose la señora Littlefield-. Es tan alto como un cam­panario. Y tiene todo un badajo en la cabeza, además.

-Creo que subiré a hacer mi equipaje -comenta la señorita Crowe, tirándose de los rizos.

Por supuesto el señor Bruce hubo de volver de vi­sita al día siguiente para preguntar qué tal le había sentado el paseo a la señorita Crowe. Opuso su veto a la proyectada marcha y sacó una invitación de su her­mana para la semana próxima. A instancias de la se­ñora Littlefield, Lizzie aceptó la invitación, le envió una lacónica nota a la señora Ford y se quedó hasta la fiesta de la señorita Bruce. Fue un acontecimiento grandioso. La señorita Bruce era toda una gran dama; trató con el mayor miramiento a la señorita Crowe. A algunos les pareció que Lizzie estaba más bonita que nunca. La vaporosa gasa, los alegres cabellos, el coral, los zafiros, la sonrisa, fueron desplegados con renova­do éxito. El amo de la casa no pudo bailar: fue acapa­rado por menesteres menos gratos. Ni tampoco se pudo persuadir a la señorita Crowe de que lo hiciera, por haberse torcido el pie sobre el hielo. Naturalmen­te esto fue una desilusión; esperemos que sus anfitrio­nes supieran compensársela.

El segundo día después de la fiesta, Lizzie retorna­ba a Glenham. El buen señor Littlefield la llevó a la es­tación, robándole unos instantes a su precioso tiempo.

-Aquí tienes tu billete -dijo-; asegúrate de no per­derlo. Métetelo en un guante.

Lizzie lanzó una pequeña exclamación de jolgorio:

-¡Señor Littlefield, qué cosas dice usted! Tengo un pequeño bolso. Pero de veras no quiero retenerlo más.

-Vaya, confieso que... -dijo su acompañante-. ¡Anda, aquí viene tu caudillo escocés![7] Lo convenceré para que te haga compañía hasta que salga el tren. Acaso él también parte de viaje. ¡Bruce!

-¡Oh, señor Littlefield, no lo haga! -exclama Liz­zie-. Tal vez el señor Bruce ya tenga compañía propia.

La alta figura de Bruce se aproximó hasta ellos a grandes zancadas. Se asombró al enterarse de que la se­ñorita Crowe se marchaba en aquel tren. ¡Qué coinci­dencia! Él había venido a recibir a un amigo que no se había presentado.

-Littlefield-dijo-, sus negocios lo reclaman a usted. Yo cuidaré de la señorita Crowe hasta que el tren se vaya.

Cuando el caballero de más edad se hubo marchado, el señor Bruce llevó a su compañera hasta su vagón y le halló un confortable asiento, equidistante de la tórrida estufa y la gélida portezuela. Luego le colocó en la rede­cilla sus chales, sombrilla y bolso. ¿Quería llevar puesto el manguito? Hacía muy bien. ¡Estaba hecho de una piel muy bonita!

-Igual que el cuello de su abrigo -dijo Lizzie-. Ojalá tuviera también un manguito para los pies -pro­siguió, taconeando el suelo.

-¿Por qué no recurre a alguno de sus chales? -dijo Bruce-; vamos a ver qué podemos hacer con ellos.

Y se agachó y los dispuso a modo de alfombra, muy cuidadosa y gentilmente. Y después se llamó tonto a sí mismo por no haber utilizado el asiento contiguo, que estaba desocupado; y de nuevo fue efectuada la opera­ción de envolver y abrigar.

-¡Tengo miedo de que el tren salga sin que usted se haya apeado! -dijo Lizzie-. ¿Qué haría usted entonces?

-Creo que trataría de sacarle el mejor provecho a la situación. ¿Y usted?

-Le rogaría que se sentara ahí. -Y designó el asien­to frente al suyo. El lo ocupó-. Ahora seguro que se lo sacará usted -dijo Elizabeth.

-Mucho me temo que sí, a menos que interponga el periódico entre nosotros. -Y lo extrajo del bolsillo-. ¿Ha leído las noticias?

-No -dice Lizzie, estirando las cintas de su som­brero-. ¿Qué es eso? Fíjese en aquel grupito.

-No viene casi ninguna información interesante. Ha habido una escaramuza en el Rappahannock. Invo­lucró a dos de nuestros regimientos: el XV y el XXVIII. Por cierto, ¿no me dijo usted que tenía un primo o algo así en el XV?

-No un primo, ni siquiera un pariente, sino un amigo íntimo: el hijo de mi tutora. ¿Qué dice el perió­dico, por favor? -inquiere Lizzie, palidísima.

Bruce repasó la información:

-No parece haber sido nada trascendental; recha­zamos al enemigo y volvimos a cruzar el río con facili­dad. Nuestras bajas sólo suman cincuenta. No hay una lista de nombres -agregó, teniendo un atisbo de la palidez de Lizzie-; por lo menos no figura ninguna en este periódico.

Casi en aquel preciso momento pasó un vendedor de periódicos anunciando los diarios de Nueva York.

-¿Cree usted que los periódicos de Nueva York sí incluirán los nombres? -preguntó Lizzie.

-Podemos cerciorarnos-dijo Bruce. Y adquirió un Herald y lo abrió-. Hay una lista aquí -prosiguió al­gún rato después de hojearlo-. ¿Cómo se llama su amigo? -preguntó desde detrás de la hoja.

-Ford, John Ford, segundo teniente -dijo Lizzie.

Hubo una larga pausa.

Por último Bruce bajó el periódico, y exhibió un semblante donde semejaba tenuemente reproducida la palidez de Lizzie.

-Hay un nombre así entre los heridos -dijo; y, tor­nando a cerrar el periódico, se lo tendió y educada­mente se mudó al asiento junto a ella.

Lizzie tomó el periódico y ávidamente se lo llevó a los ojos. Pero Bruce no dejó de advertir que sus sienes habían pasado del blanco al colorado.

-¿Lo encuentra? -preguntó-. Sinceramente espero que no sea nada serio.

-Aquí dice gravemente -musitó Lizzie.

-Sí, pero eso no demuestra nada. No hay que fiarse de lo que dicen los periódicos. Espere siempre lo mejor.

Lizzie no comentó nada. Mientras tanto otros pa­sajeros habían ido montándose, y el vagón estaba lle­no. La locomotora comenzó a resoplar y el jefe de tren a vociferar. El tren dio una sacudida.

-Mejor será que se apee, señor, o se quedará en el tren -dijo Lizzie, tendiéndole la mano, con el rostro aún oculto.

-¿Me permite acompañarla hasta la próxima esta­ción? -dijo Bruce.

Lizzie le dedicó una mirada veloz, con un rubor más intenso. Él se había figurado que estaría llorando. Pero aquellos ojos estaban secos: despedían fuego en vez de agua.

-No, no, señor: no debe usted. Insisto. Adiós.

A Bruce el ofrecimiento también le costó un son­rojo. Había estado dispuesto a apuntalarlo con la ase­veración de que tenía allá unos asuntos, e, incluso, que cancelar un asuntillo a fin de tranquilizar su concien­cia. Pero la negativa de Lizzie fue tajante.

-Muy bien -dijo él-, buen viaje. De veras deploro las noticias, señorita Crowe. No desespere. Volvere­mos a vernos.

El tren arrancó con estrépito. En el andén Lizzie vio fugazmente una alta figura con el sombrero alza­do. Pero permaneció sentada inmóvil, con la cabeza recostada contra el marco de la ventanilla, el velo baja­do y las manos yertas.

Ya tenía bastante que hacer tratando de pensar o, mejor dicho, de sentir. Es una suerte que casi siempre se produzca al principio la conmoción más terrible que una mala noticia puede causar. Después de ello, todo no puede sino ir a mejor. El nombre de Jack permanecía impreso en aquella columna fatal como una terca señal de desesperación. Lizzie era víctima de una crisis que casi la dejaba sin aliento. La noche había caído en pleno día; ¿qué hora era? En su vida había irrumpido una tragedia; ¿ella era espectadora o actriz? Se hallaba cara a cara con la muerte; ¿se trata­ba de su propia alma amortajada con un sudario? Es­taba sentada en un estado de semiestupor. Había sido despertada de un hermoso sueño para enfrentarse con una pesadilla real. Era como escuchar un alarido de asesinato mientras se pasa la página de una novela. Pero soy incapaz de describir estas cosas. Poco a poco fue aflojándose la presión de la atenazante sensación de calamidad. A ella el sentimiento le azuzó las alas. El pensamiento luchó por remontarse. La conmo­ción fue aquietada, sofocada, vencida. Ella había re­trocedido como una ola en retirada para volver con redobladas fuerzas. Un centenar de horribles miedos e imaginaciones se posaron arrogantes un momento, picoteando en el desnudo corazón de la joven, cual aguzanieves en una playa desierta. Después, como con una gran avalancha rumorosa, se precipitó el sig­nificado de su pesar. Se abrieron las compuertas de la emoción.

Por fin la alteración pasó, y Lizzie meditó. En sus oídos resonaron las palabras de despedida de Bruce. Se esforzó en alumbrar esperanzas. Reflexionó que unas heridas, incluso unas heridas graves, no significaban obligatoriamente la muerte. La muerte podía ser fácil­mente ahuyentada. Ella acudiría al lado de Jack; lo cuidaría; lo velaría; lo sanaría. Incluso aunque la Muerte ya hubiera hecho una señal, ella le detendría la mano: aunque la Vida ya se hubiera sometido a aqué­lla, ella interpondría el superior mandato del Amor. Le restañaría las heridas; lo haría abrir los ojos a fuerza de besos; lo llamaría hasta que él le contestara.

Lizzie llegó a casa y recorrió el caminito del jardín. Cuando entró, la señora Ford estaba en el salón, ergui­da, pálida y tiesa. Cada una leyó el semblante de la otra. Lenta y palpitantemente Lizzie se acercó a su tutora. Naturalmente debía besarla. Le cogió la inerte mano y empezó a aproximarle sus paralizados labios. Habitual­mente la señora Ford era la menos expansiva de las mu­jeres. Pero conforme Lizzie pudo escudriñarle el rostro más de cerca, advirtió las trazas de un pesar infinita­mente más hondo que el suyo. El beso formulario no llegó a término: la joven apoyó la cabeza en el hombro de la señora mayor y rompió en sollozos. La señora Ford acogió aquellas lágrimas con un despacioso ladea­miento de cabeza, pleno de cierto lúgubre patetismo; la rodeó con los brazos y la estrechó contra su corazón.

Por último Lizzie se desasió y tomó asiento.

-Voy a acudir al lado de Jack -dijo la señora Ford.

Lizzie sintió retornarle el vértigo. La señora Ford iba a acudir... ¿Y ella, ella?

-Voy a cuidarlo y, con la ayuda de Dios, a salvarlo.

-¿Cómo se enteró usted?

-Mediante un telegrama del cirujano del regi­miento. -Y la señora Ford extendió un papel.

Lizzie lo tomó y leyó: “Teniente Ford gravemente herido acción de ayer. Conveniente acuda usted.”

-Yo también querría ir -dijo Lizzie-. A Jack le hará ilusión tenerme a su lado.

-¡Ni hablar! ¡Vaya lugar para una muchacha! Yo no voy por razones sentimentales: voy para prestar ayuda.

Lizzie echó hacia atrás la cabeza en su asiento, y ce­rró los ojos. Desde el momento en que había posado los mismos sobre la señora Ford, había experimentado cierta quietud. Y ahora era un alivio ser descargada de toda responsabilidad. Como la mayoría de las perso­nas débiles, se alegraba de mantenerse al margen de la corriente de la vida, ahora que ésta había entrado en acción. Durante las emergencias, tácitamente son re­legadas semejantes personas; e igual de tácitamente ellas consienten en serlo. Incluso para los espíritus sus­ceptibles hay cierto arrobo filosófico, que compensa de la pérdida de dignidad, en quedarse en la orilla (junto al rumiante ganado) limitándose a contemplar la gigantesca inundación remolineante. El corazón de Lizzie recobró su ritmo apacible. Permaneció sentada, casi soñadoramente, con los ojos cerrados.

-Partiré dentro de una hora -dijo la señora Ford-. Voy a hacer los preparativos. ¿Me oyes?

El silencio de la joven fue un asentimiento más hondo de lo que se figuró su compañera.

 

 

4

 

Una semana transcurrió antes de que Lizzie recibie­ra noticias de la señora Ford. La carta, cuando por fin llegó, era muy breve. Jack seguía vivo. Las heridas eran tres en total, y muy graves; permanecía inconsciente; no la había reconocido; pero sus posibilidades de vivir aún se diagnosticaban equiparables a las de morir. Las primeras se acrecentarían si estuviera en casa; pero era imposible trasladarlo. “Escribo en medio de espantosas escenas”, decía la pobre mujer. Adjuntaba una relación de imprescindibles medicinas, artículos y alimentos que debían serle mandados por correo.

Durante un rato Lizzie halló ocupación escribiendo una carta a Jack, para que la leyese en su primer mo­mento de lucidez, como le apuntó a la señora Ford. El hombre que cuidaba de los negocios de esta dama acu­dió desde el pueblo a supervisar el empaquetado de las cajas. Las instrucciones de la señora mayor fueron se­guidas estrictamente; y en ningún respecto fueron con­sideradas inadecuadas. El señor Mackenzie verbalizó los mismos sentimientos de admiración que experi­mentó Lizzie hacia la portentosa claridad de memoria y juicio de su mutua amiga. “Ojalá tuviéramos a esa mu­jer a la cabeza de la nación -dijo-. Caracoles, yo me alistaría como general de brigada.” “Yo me alistaría para ser enviada al Sur”, pensó Lizzie. Una vez manda­dos los paquetes y cartas, se sentó a esperar más noti­cias. ¿Se sentó, digo? Se sentó, y se levantó, y se interro­gó, y vuelta a sentarse. Fueron agotadores días solitarios. Muy distintas son la ociosidad del amor y la ociosidad del pesar. No es lo mismo estar solo con una esperanza que estar solo con una desesperación. Lizzie no consiguió alegrar sus meditaciones. No quiero decir que su pena fuese muy desgarradora, aunque ella ima­ginaba que lo era. La costumbre era una gran fuerza en su naturaleza sencilla; y ahora su principal problema era que la costumbre se negaba a funcionar. Lizzie tenía que enfrentarse con la severa tribulación de una deci­sión que adoptar, un problema que resolver. Sentía que había alguna barrera espiritual entre ella misma y el re­poso. Conque a su manera usual empezó a construirse un falso reposo al margen de la realidad. Igual habría podido intentar hundirse en el Mar Muerto. Como la paz la eludía, trató de resignarse al tumulto. Bebió pro­fundamente en el pozo de la autocompasion, pero en­contró insalubres sus aguas. Las personas tienden a pensar que pueden suavizar las complicaciones de la deshonestidad a fuerza de autoconmiseración, tal como sazonan el duradero regusto de la beneficencia con una pizca de autoaplauso. Pero es que la Fuerza del Bien es un amo más agradecido que el Diablo. ¡Qué fe­licidad contemplar la lisa estela rumorosa de una buena acción, mientras este hermoso barco navega bandera al viento! ¡Qué angustia observar el viscoso sedimento que flota alrededor de una nave pirata! ¡Ve, pecador, y disuélvelo con tus lágrimas! ¡Y tú, amigo incrédulo, existe una salida! ¿O prefieres la ventana? Ahora y siem­pre soy un hombre franco.

Una noche Lizzie tuvo un sueño -uno más bien desagradable- que la obsesionó durante muchas horas de vigilia. Le había parecido que paseaba por un lugar solitario, con un hombre alto de ojos negros que la lla­maba su esposa. Súbitamente, a la sombra de un árbol, tropezaron con un cadáver sin enterrar. Lizzie propuso cavar una tumba. Excavaron un gran agujero y cogie­ron el cadáver para introducirlo en él, cuando de re­pente el muerto abrió los ojos. Entonces advirtieron que estaba lleno de heridas. Los miró fijamente unos instantes, dirigiendo su mirada del uno al otro. Por fin dijo solemnemente: “¡Así sea!”, y cerró los ojos. Luego Lizzie y su acompañante lo colocaron en la tumba, y arrojaron tierra sobre él, y la apisonaron con los pies.

El hombre de ojos negros y el hombre de las heri­das eran las dos figuras constantemente recurrentes de los ensimismamientos de Lizzie. Nunca lograba pen­sar en John sin pensar también en el atento caballero de Leatherborough. Tales eran los datos de su proble­ma. Estas dos figuras se erguían como dos reyes opues­tos (el negro y el blanco) en primer término del gran tablero de ajedrez del destino. Lizzie era la fatigada ju­gadora desconcertada. Tocaba ociosamente las otras piezas y las movía irresponsablemente de acá para allá; pero ello era inútil: el juego era entre los dos reyes. Ce­rraba los ojos y anhelaba que una caritativa mano acu­diera a intervenir en el tablero; los abría y veía que los dos reyes seguían inmóviles, frente a frente. No era nada novedoso. Una fantasía había retado a una reali­dad: ambas tenían que luchar. Generosamente Lizzie estaba de parte de la fantasía, el desconocido paladín con una reputación que forjarse. Llámenla blasée, si así lo desean, a esta jovencita, cuya crónica encerraba un par de bailes y un solo novio, descorazonada, vieja pre­matura. Tal vez merezca el desprecio de ustedes. Con­fieso que se sentía traicionada. ¿Por quién?, ¿para qué?, ¿en qué? Éstas eran preguntas que la stñorita Crowe no estaba en condiciones de responder. Su in­telecto estaba en desventaja ante la inflexible lógica de los acontecimientos humanos. Ella esperaba que dos y dos fuesen cinco; y ¿por qué no podían serlo en aquel caso? Era como un actor que se encuentra sobre el es­cenario con medio papel aprendido y sin el suficiente ingenio para improvisar. Cielos, ¿dónde está el apun­tador? ¡Ay, Elizabeth, que no tenías madre! Las mu­chachas son propensas a imaginar que en cuanto tie­nen novio, ya lo tienen todo solucionado: una conclusión que no se acuerda con la creencia alberga­da por muchas personas de que la vida se inicia preci­samente con el amor. Las peripecias de Lizzie se le tor­naron viejas historias antes de haberlas siquiera medio asimilado. Las heridas y el peligro de Jack fueron una vieja historia. No supongan que había extraído todas las lecciones, todas las sugerencias de estos peliagudos acontecimientos, sus insinuaciones, exhortaciones; no supongan que había llorado como correspondía al ho­rror de la tragedia. No: el telón todavía no había des­cendido, y sin embargo nuestra joven ya había empe­zado a bostezar. ¿A bostezar? Sí, y a anhelar una obra nueva. Ya que la tragedia se eternizaba, ¿no podía ella distraerse con aquel cumplido caballero sentado a su lado?

Elizabeth distaba de admitir haber desertado de su amor. Por mi parte, no necesito mejor prueba de que sí lo había hecho que la vacía persistencia con la cual lo negaba. ¿Qué voz acusadora brotaba del silencio? A todas horas la nobleza y la magnanimidad de Jack eran el tema de sus estancados pensamientos. Una y otra vez declaraba para sus adentros ser indigna de ellas, pero que, si él se reponía y volvía a casa, sería su esclava eterna. Así pasó un mes muy desgraciado. Esperemos que su infantino espíritu fuera siendo templado para algún propósito útil. Esperémoslo.

Vagaba por la casa vacía mientras un fantasma to­davía errante seguía sus pasos. Exclamaba en voz alta y decía que era muy desdichada; gruñía y se llamaba malvada a sí misma. Luego, a veces, abrumada ante sus perplejidades morales, declaraba no ser ni malvada ni desdichada: era resignada, paciente y sabia. Otras muchachas ya habían perdido a sus novios: era algo corriente en las actuales circunstancias. ¿Acaso iba a ser ella más débil que la mayoría de las mujeres? No, pero Jack era el más bueno de los hombres. ¡Si regresa­ra inmediatamente, sin demora, tal como se encontraba, inconsciente, aun moribundo, de modo que ella pu­diera mirarlo, tocarlo, hablarle! Entonces decía que no podía responder de sí misma ni un minuto más, y se preguntaba (o fingía preguntarse) si no estaría vol­viéndose loca. ¿Y si la señora Ford volvía y se la encon­traba pálida y demente en una habitación sin adecen­tar? ¿Y si ella moría de sus tribulaciones? ¿Qué pasaría si se suicidaba: si despedía a los criados y atrancaba la casa y se encerraba con un cuchillo? Entonces se abri­ría las venas para huir de su consternación por su con­ducta pasada; y entonces el valor se le escaparía junto con la sangre y, habiéndose ya entregado a la desespe­ración hasta tal punto, la vida se le escaparía junto con el valor; y entonces, sola, en la oscuridad, sin nadie para auxiliarla, gritaría en vano, y se clavaría el cuchi­llo en la sien, y caería en el desmayo de la muerte. Y Jack retornaría, e irrumpiría en la casa, y recorrería las vacías estancias, llamándola por su nombre, ¡y por toda respuesta recibiría un hedor cadavérico! Por parte de Lizzie estas imaginaciones eran tanto más honrosas o vergonzosas cuanto que nunca había leído Romeo y Julieta. De todos modos servían para pasar el tiempo, el tiempo opresivo y monótono, aún más opresivo y monótono toda vez que traía oscuras predicciones de algún acontecimiento decisivo. ¡Ojalá llegara ese acontecimiento, fuera el que fuere, y cortara este nudo gordiano de la incertidumbre!

Los días pasaban lentamente: los plomizos granos de arena caían uno por uno. Los caminos se hallaban en muy mal estado para pasear; conque Lizzie se veía obli­gada a confinar su inquietud a los estrechos límites de la vacía casa, o a alguna ocasional visita al pueblo, don­de la gente la ponía enferma con su boba indiferencia a su agonía espiritual. Así y todo, no pudieron dejar de comentar que la señorita Crowe tenía un aspecto fatal. Esto era cierto, y Lizzie lo sabía. Creo que incluso halla­ba cierto consuelo en su mismísima palidez y su cre­ciente desaliño en el vestir. Había cierta satisfacción en exhibir sus blanquecidas mejillas en medio de la rubi­cunda prosperidad de la Calle Mayor. Al final la señori­ta Cooper, la hermana del médico, la interpeló:

-¿Cómo es posible, Elizabeth, que estés tan pálida y delgada y consumida? ¿Qué has estado haciendo? Ena­morarte, ¿verdad? No es bueno vivir tan sola. Ven a pa­sar una temporada en nuestra casa... hasta que regresen la señora Ford y John -agregó la señorita Cooper, que deseaba que ella pusiera al mal tiempo buena cara.

A la propia señorita Cooper, por lo demás, le ha­bría resultado difícil poner cualquier otra cara. Lizzie aceptó la invitación. Su anfitriona era una industriosa solterona poco agraciada, hermana y ama de llaves del médico del lugar. Su ocupación aquí abajo era cumplir las olvidadas tareas de sus congéneres: retomar los ca­bos sueltos de éstos, como declaraba ella misma. Jamás paraba quieta, pues su inteligencia global era parango­nable a sus deberes inaplazables. Su propia explicación era que estaba en constante movimiento para evitar que la gente se diese cuenta de lo fea que era. Y, de he­cho, su existencia personal era visible gracias a su largo cortejo de buenas acciones... al igual que el paso de un cometa se revela gracias a su cola. Sin duda se debía al principio ya mencionado el que su semblante se con­vulsionara en una perpetua carcajada.

Mientras tanto habían llegado nuevas desde Virgi­nia. “Vaya carta más absurdamente larga le has man­dado a John”, escribió la señora Ford, acusando recibo de los paquetes. “Su primer momento de lucidez sería brevísimo si hubiera de forzarse a leer tus efusiones. Haz el favor de guardarte tus largas historias hasta que se ponga bien.” Durante una quincena el joven oficial había permanecido en un estado invariable: febril, sólo consciente a ratos. Luego se había producido un cambio desfavorable, que, tras muchos días agotado­res, sin embargo, no había desembocado en nada defi­nitivo. “Si pudiera ser trasladado a Glenham, a casa, a antiguas vistas”, decía su madre, “yo tendría esperan­zas. ¡Pero piensa en el viajecito!” A estas alturas Lizzie ya llevaba diez días de visita.

Un día la señorita Cooper retornó de un paseo, ra­diante de noticias. Su rostro, como ya he comentado, exhibía una sempiterna sonrisa, surcado y puntuado de arriba a abajo por el regocijo; de tal manera que, cuando venía a superponerse alguna alegría desacos­tumbrada, aquél se asemejaba a una pequeña charca turbulenta a la cual arrojaran una gran piedra.

-Adivina quién ha llegado -dijo, acercándose al piano, cuyas teclas recorría Lizzie distraídamente, y colocando sus manos sobre los hombros de la joven­¡Adivínalo!

Lizzie alzó la mirada.

Jack-balbuceó torpemente.

-¡Oh, cielos, no, él no! ¡Qué tonta soy! Me refiero al señor Bruce, tu admirador de Leatherborough.

-¡El señor Bruce! ¡El señor Bruce! -dijo Lizzie-. ¿En serio?

-Tan cierto como que estoy viva. Ha venido a ha­cer compañía a su hermana en el balneario. Me los he encontrado en la estafeta de correos.

Lizzie experimentó una extraña sensación de bue­nas noticias. Le cosquillearon las puntas de los dedos. Fue sorda a la atropellada crónica de su compañera. Súbitamente la interrumpió con un fragmento de al­guna jubilosa melodía triunfal. Las teclas sonaron bajo sus ágiles manos. E inesperadamente se detuvo, y la se­ñorita Cooper, que estaba quitándose el sombrero ante el espejo, observó que el rostro de la muchacha se había cubierto de un intenso rubor.

Aquella tarde, el señor Bruce se presentó en casa del doctor Cooper, con quien lo unía cierta amistad. Para con Lizzie se mostró infinitamente atento y tierno. Le aseguró, con bellísimas palabras, su pro­funda condolencia por la desgracia de su primo -se­guía llamándolo su primo-, y a Lizzie le pareció que hasta ese momento nadie había siquiera empezado a ser amable. Y luego él comenzó a reprocharle, en tono bromista pero de excelente gusto, la palidez de sus mejillas.

-¿A que es horrible? -dijo la señorita Cooper-. Pa­rece un fantasma. Me huelo que está enamorada.

-Debe de tratarse de un novio muy inepto si pone tan triste a su amada. Yo que usted me olvidaría de él, señorita Crowe.

-No sabía que yo pareciera triste -dijo Lizzie.

-Ahora ya no -dijo la señorita Cooper-. Estás son­riente y colorada. ¿A que está colorada, señor Bruce?

-Opino que la señorita Crowe no ostenta sino su color natural -dijo Bruce, bajando su monóculo-. ¿Qué ha estado usted haciendo todo este tiempo desde que nos separamos?

-¿Todo este tiempo? Tan sólo han sido seis sema­nas. No lo sé. Nada. ¿Qué ha estado haciendo usted?

-Lo mismo: nada. Es un trabajo muy duro.

-¿Ha asistido a alguna fiesta más?

-Ni una.

-¿Algún otro paseo en trineo?

-Sí. Di otro paseo, triste, totalmente a solas... por la misma ruta, ya sabe. Y otra vez me detuve en la al­quería, y vi a la anciana con quien charlamos. Se acor­daba de nosotros y me preguntó qué había sido de la joven que me acompañaba en aquella ocasión. Le dije que usted se había marchado a casa, pero que yo espe­raba ir a verla pronto. Conque me encargó saludarla cariñosamente de su parte...

-¡Oh, qué maja! -exclamó Lizzie.

-¿A que sí? Y luego soltó una pequeña perorata; no voy a repetirla, no sea que la señorita Cooper vuelva a aludir a sus mejillas coloradas.

-¡Ya sé! -exclamó la señorita en cuestión-: dijo que ella era muy...

-Muy ¿qué? -dijo Lizzie.

-Muy g-u-a... lo que todo el mundo dice.

-¿Muy guasona? -preguntó Lizzie-. Estoy segura de que nadie ha dicho eso jamás.

-Naturalmente -dijo Bruce-; y yo contesté lo que todo el mundo contesta.

-¿Ha visto usted recientemente a la señora Little­field?

-Varias veces. Fui a visitarla el día antes de partir de la ciudad, para ver si tenía algún mensaje para usted.

-¡Oh, gracias! Espero que se encuentre bien.

-Huy, está tan estupenda como siempre. Me encar­gó saludarla cariñosamente de su parte y decirle que es­pera que vuelva por Leatherborough cuanto antes. Yo le aclaré que, dejando aparte el primer mensaje, el segun­do sería un mensaje conjunto de parte de ambos a dos.

-Son ustedes muy amables. Me gustaría mucho volver por allá. ¿Aprecia usted a la señora Littlefield?

-¿Que si la aprecio? Claro. ¿Usted no? Se la consi­dera una mujer muy agradable.

-Oh, es majísima... pero no me parece que tenga mucha conversación.

-Ah, me temo que quiera usted decir que no difama. Ella y yo siempre hemos hallado mucho de que hablar.

-Lo dice usted en un tono muy especial. ¿Qué, por ejemplo?

-Caramba, hemos hablado de la señorita Crowe.

-¿Ah, sí? ¿Eso es lo que usted denomina hallar mu­cho de que hablar?

-Nosotras hemos hablado del señor Bruce, ¿verdad, Elizabeth? -dijo la señorita Cooper, que tenía sus pro­pias ideas sobre lo que es hacerse simpática.

En conjunto no eran ideas totalmente desacerta­das, tal vez; pero a Bruce le parecían más bien enfado­sas sus interrupciones y desconsideradamente resolvió acortar la visita. No obstante, al final, se quedó hasta las once... una visita sin precedentes en Glenham.

Cuando abandonó la casa, caminó saltarinamente por la calle con agilísimos pasos, saltando los estrella­dos charcos y tarareando una tonada sentimental. Lle­gó al balneario y subió a la sala de estar de su hermana.

-Caramba, Robert, ¿dónde has estado tantísimo rato? -dijo la señorita Bruce.

-En la casa del Dr. Cooper.

-¿La casa del Dr. Cooper? ¡Debe de gustarte mu­cho! ¿Quién es el Dr. Cooper?

-Donde se aloja la señorita Crowe.

-¿La señorita Crowe? ¡Ah, la amiga de la señora Littlefield! ¿Sigue tan guapa como siempre?

-Más guapa, más guapa, más guapa. ¡Tralará-tra­lará!

-¡Oh, Robert, para de canturrear! Vas a despertar a todo el establecimiento.

 

 

5

 

Al atardecer, unas tres semanas después de la lle­gada del señor Bruce, Lizzie estaba sentada sola jun­to al fuego, en el salón de la señorita Cooper, medi­tando, tal como convenía al lugar y la hora. El doctor y su hermana entraron, aprestados para ir a una conferencia.

-Siento que no quieras venirte, querida -dijo la se­ñorita Cooper-. Es un tema sumamente interesante: “Un año de guerra.” Con descripción de las batallas y todo, ¿sabes?

-Estoy harta de guerra -dijo Lizzie.

-Bueno, bueno, ya que estás harta de guerra, te de­jaremos en paz. Dame un beso. ¿Qué te pasa? Pareces enferma. Sientes añoranza, ¿verdad?

-No, no: estoy muy bien.

-¿Quieres que me quede en casa contigo?

-¡Oh, no, se lo ruego, no!

-Bueno, ya te contaremos cómo ha ido la cosa. ¿Darán programas, James? Le traeré un programa a ella. Pero de veras que tienes mala cara. Ponle tu mano en la frente, James.

-No, no hace falta, señor -dijo Lizzie-. ¡Qué em­peñada está usted, señorita Cooper! Me encuentro perfectamente.

Y sus amigos acabaron por marcharse. Poco rato después entró el criado con una lámpara, haciendo pa­sar al señor Mackenzie.

-Buenas noches, señorita -dijo éste-. Malas noti­cias procedentes de la señora Ford.

-¿Malas noticias?

-Sí, señorita. Acabo de recibir una carta que in­forma que el señor John está cada vez más gravísimo y que de un momento a otro se espera su muerte. Algo muy triste -agregó, ya que Elizabeth permane­cía silenciosa.

-Sí, algo muy triste -dijo Lizzie.

-Pensé que querría usted saberlo.

-Gracias.

-Era un joven muy noble -continuó el señor Mac­kenzie.

Lizzie no dijo nada.

-Aquí está la carta -dijo el señor Mackenzie, ten­diéndosela.

Lizzie la abrió.

“¡Cuánto está tardando en leerla!”, pensó su visi­tante.

-No ve usted bien tan lejos de la luz, ¿verdad, se­ñorita?

-Sí veo bien -dijo Lizzie-. ¡Su pobre madre! ¡Pobre mujer!

-Muy cierto, señorita: a ella es a quien hay que compadecer.

-Sí, a ella es a quien hay que compadecer –dijo Lizzie-. ¡Gracias! -Y le devolvió la carta.

-Pensé que querría usted leerla -dijo Mackenzie, poniéndose los guantes; y después, tras un silencio, agregó-: Si me entero de algo más, señorita, vendré a comunicárselo. ¡Buenas noches!

Lizzie se levantó y redujo al mínimo la luz, y luego tornó a su sofá junto al fuego.

Transcurrió media hora: lentamente, pero transcu­rrió. Aún inmóvil en el sofá de la estancia a oscuras, Lizzie oyó sonar la campanilla de la puerta, una voz de hombre y los pasos de alguien en el vestíbulo. Se ir­guió y se dirigió hacia la lámpara. Mientras reanimaba la luz, se abrió la puerta del salón. Entró Bruce.

-Estaba sentada a oscuras -dijo Lizzie-, pero al oírlo llegar he encendido la luz.

-¿Tiene miedo de mí? -dijo Bruce.

-¡Oh, no! Volveré a rebajarla. Tome asiento.

-Vi salir a sus amigos -siguió Bruce-; así que sabía que la encontraría a solas. ¿Qué hace aquí a oscuras?

-Acabo de recibir de la señora Ford malas noticias acerca de su hijo. Se ha agravado su estado y probable­mente no vivira.

-¿Es posible?

-En eso estaba pensando.

-¡Cielos! Tristísimo tema para meditaciones. Me han dicho que era un joven excelente.

-Lo era... y mucho -dijo Lizzie.

Bruce guardó un rato de silencio. Para él el joven oficial era un desconocido, y le parecía que no podría ofrecer más que las tópicas declaraciones de condolen­cia y sorpresa. Además ignoraba hasta qué punto su compañera estaba interesada en él.

-Si muere -dijo Lizzie-, será bajo una gran injus­ticia.

-¡Cómo! ¿Qué quiere usted decir?

-En el ejército no había otro hombre tan valiente. -Supongo que no.

-Y ¡oh, señor Bruce -continuó Lizzie-, era tan inteligente y bueno y generoso! Me gustaría que lo hubiese conocido.

-También a mí me habría gustado conocerlo. Pero ¿a qué se refiere usted con eso de una injusticia? ¿Es que se le negaban esas cualidades?

-¡Ni mucho menos! Todo aquél que lo miraba se daba cuenta de que era intachable.

-¿Dónde está la injusticia, pues? Debería bastarle saber que usted tenía una tan alta opinión de él.

-Lo sabía -dijo Lizzie.

Bruce estaba algo intrigado ante la actitud de su compañera. La contempló, mientras permanecía sen­tada con la mejilla apoyada contra una mano, miran­do el fuego. Hubo una pausa prolongada. Ambos eran demasiado amigos o estaban demasiado meditabun­dos para que el silencio resultara embarazoso. Al final Bruce lo rompió.

-Señorita Crowe -dijo-, en cierta ocasión, hace al­gún tiempo, cuando por vez primera tuvo usted noti­cia de que había sido herido el señor Ford, le ofrecí a usted mi compañía con el deseo de, en la medida de mis posibilidades, consolarla de lo que semejó una im­presión brutal. Fue, tal vez, un ofrecimiento demasia­do atrevido habida cuenta de lo reciente de nuestra amistad; mas, pese a ello, incluso entonces lo que hice fue dejar hablar mi corazón. Usted me rechazó. ¿Me permite que repita mi ofrecimiento ahora? Ahora, con algo más de derecho, ¿puedo dejar que mi corazón diga todo lo que guarda dentro de sí?

Lizzie escuchó este discurso, que fue pronunciado con tono lento y vacilante, sin alzar la mirada ni mover la cabeza, salvo, acaso, ante las palabras “me rechazó”. Cuando Bruce hubo callado, ella no cambió de postura.

-¿No me rechazará esta vez? -insistió su compa­ñero.

Ella dejó caer la mano, levantó la cabeza y lo miró un instante; él creyó ver brillo de lágrimas en sus ojos. Luego ella se retrepó en el sofá ocultando el rostro en­tre la sombra proyectada por la repisa de la chimenea.

-No lo comprendo a usted, señor Bruce -dijo.

-¡Oh, Elizabeth! Soy un pésimo orador. ¿Cómo expresar lo que siento? Cuando hace media hora vi que sus amigos salían de esta casa y colegí que proba­blemente usted estaría sola, resolví entrar sin pérdida de tiempo a decirle lo que desde hace mucho quiero que sepa. Pero primero me dediqué a pasear un kiló­metro entero de carretera, meditando intensamente: meditando cómo debía decir lo que debía decir. No llegué a ninguna conclusión, excepto a la de que ya se me ocurriría un modo u otro. Confiaría, cono en su sinceridad, su bondad y su simpatía... y en que sus sentimientos sean los mismos que los míos. ¿Es usted asequible a tales sentimientos? ¿Sabe que la amo? ¡La amo, la amo, la amo! Tiene que saberlo. Y, si no lo sabe, solemnemente juro que la amo. Solemnemente le pido, Elizabeth, que me acepte como esposo.

Mientras pronunciaba estas palabras Bruce se puso de pie, impulsado por la creciente pasión, y se acercó a Lizzie hasta quedar ante ella. De nuevo ella permane­cía inmóvil.

-¿Tanto tiempo necesita para pensarlo? -dijo él, intentando interpretar sus borrosas facciones; y se sen­tó a su vera en el sofá y le cogió la mano.

Finalmente Lizzie habló.

-¿Está seguro -dijo- de que me ama?

-Tan seguro como de que respiro. Ahora, Eliza­beth, déjeme estar igualmente seguro de que soy ama­do en correspondencia.

-Me parece algo muy raro, señor Bruce -dijo Lizzie.

-¿Qué es lo que parece raro? ¿Por qué ha de pare­cerlo? Durante un mes he estado procurando, de un centenar de maneras mudas, expresar lo que siento; ¡y ahora, cuando lo juro, lo único que parece es algo raro!

-¿Por qué me ama?

-¿Por qué? Por usted misma, Elizabeth.

-¿Por mí misma? Pero si no soy nada.

-La amo por lo que usted es... por su gran corazón tierno... por ser con tal perfección una mujer.

Lizzie desasió la mano, y su enamorado tornó a le­vantarse y quedarse de pie ante ella. Pero ahora ella alzó la mirada hacia su rostro, interrogando cuando habría debido contestar, extrayendo de las súplicas masculinas fuerza para sus propias respuestas. Ahí se erguía él ante ella, iluminado por las llamas de la chi­menea, en toda su caballerosidad, esperando a que lo aceptara o rechazara. Lentamente ella se levantó y le tendió la misma mano que acababa de retirar.

-Señor Bruce, me sentiré muy orgullosa de amarlo -dijo.

Y luego, como si este esfuerzo hubiera excedido to­das sus energías, medio tambaleándose volvió a dejar­se caer en el sofá. Y él, sin soltarle la mano, se sentó junto a ella. Y así seguían sentados cuando oyeron en­trar al doctor y su hermana.

Durante tres días Elizabeth no recibió visita del se­ñor Mackenzie. Por último, el cuarto día, al pasar por delante de su despacho en el pueblo, entró a preguntar por él. El señor Mackenzie salió de su pequeña salita posterior con la boca llena y un rostro resplandeciente.

-¡Buenos días, señorita Crowe, y buenas noticias!

-¡¿Buenas noticias?! -exclamó Lizzie.

-¡Estupendas! -dijo, mirándola intensamente, mientras se ponía las gafas-. La señora Ford ha escrito que el señor John (¿no quiere usted tomar asiento?) ha experimentado un súbito e inesperado cambio fa­vorable. Ahora es el momento de intentar salvarlo; se puede correr el riesgo. Los dos iban a ponerse en ca­mino hacia el Norte el segundo día contando desde la fecha de la carta. El cirujano viene con ellos. Conque dentro de cuatro o cinco días (claro está que deben viajar muy despacio) llegarán a casa. Sí, señorita, ha sido una notable Providencia. Y ese noble joven será conservado para la patria, y para quienes lo aman, como es mi caso.

-Será mejor que yo vuelva a mi propia casa y haga prepararlo todo -dijo Lizzie, por toda respuesta.

-Sí, señorita, será mejor que lo haga. De hecho, la señora Ford me encargaba que se lo pidiera.

La petición fue atendida. Aquel mismo día Lizzie se trasladó a su propia casa. Durante un par de jorna­das concentró su atención en supervisar, con asidui­dad, un barrido, fregado y aprovisionamiento genera­les. No se permitía a sí propia ningún momento de ocio hasta la hora de acostarse. Al llegar dicha hora... Pero prefiero no oficiar de chambelán de su tormento. Sus trabajos eran tanto más fáciles cuanto que el señor Bruce había tenido que irse a Leatherborough por un asunto de negocios.

El cuarto día, al atardecer, entraba por la puerta John Ford transportado en una camilla, con su madre a su lado rígida de pesar y amables amigos taciturnos dispuestos a echar una mano en cualquier cometido.

 

A casa traían a su guerrero muerto,

Ella ni se desmayó ni profirió gritos.

 

Era dable preguntar, de hecho, si Jack no estaba muerto. La muerte no se habría mostrado más dema­crada, ni más pálida, ni más silenciosa. Lizzie se movió de un lado a otro como en sueños. Por supuesto, cuan­do hay tantos amigos serviciales, la familia de un hom­bre no halla nada que hacer... a excepción de ejercitar un poco el autodominio. Las mujeres apremiaron a la señora Ford para que se acostara: era perentorio el des­canso, estaba matándose a sí propia. Y fue buena prue­ba de su debilidad el que ella no se resistiera ante este consejo. Al saludarla, Lizzie se había sentido como si abrazara la pétrea efigie que preside un sepulcro. Tam­bién a ella la dispensaron de sus oficios. El buen doc­tor Cooper y su hermana se instalaron junto al lecho del joven.

El doctor vaticinó cosas maravillosas debidas al cambio de clima; estaba convencido de que se produ­ciría una completa sanación. Enseguida Lizzie se vio considerada un obstáculo a este proceso. Le fue veda­do todo contacto con John. “Silencio y reposo absolu­tos, ya sabes, querida', susurró la señorita Cooper, abriendo una rendija la puerta de la estancia del enfer­mo, calzada con un par de zapatos asaz sigilosos. Con­que durante la primera noche que su querido amigo pasó en casa Lizzie no pudo echarle más que una breve ojeada a su pálido rostro inconsciente mientras per­manecía marginada del copioso cortejo de sus cuida­dores. Si podemos suponer que alguna de estas servi­ciales personas tuvo ojos para algo que no fuera el doliente, podemos estar seguros de que tales ojos vie­ron otro continente igualmente triste y pálido. ¿El do­liente? No fue precisamente Jack, pensándolo bien.

Tras de que se le impidiera el acceso a la habitación de Jack, Lizzie tomó un cobertor de un montón de ropa que precipitadamente había sido dejado en el vestíbulo: era una vieja manta del ejército. Se envolvió en ella y salió a la veranda. Eran las nueve; pero la os­curidad estaba pletórica de luz. Se había levantado una recia brisa juguetona -el fantasma del crudo ventarrón que viaja de día-, trayendo largas ráfagas suaves de la primavera en el interior del país. Raudas nubes disper­sas surcaban el pálido cielo. La brillante luna, siguien­do su propio curso en medio de ellas, parecía moverse en frenética búsqueda de las ocultas estrellas.

Lizzie se subió la manta hasta la cabeza y se sentó en los escalones. Un raro olor a tierra se desprendía de aquel viejo tejido gastado, y con él un tenue aroma a tabaco. Al momento los sentidos de la joven fueron transportados como nunca anteriormente a esos leja­nos campos de batalla sureños. Vio hombres tendidos sobre terrenos húmedos, fumando sus amigables pi­pas, abrigándose más con sus mantas, bajo el dosel de la misma luminosa oscuridad que brillaba sobre la acomodada debilidad de ella misma. Su mente vagó por estas escenas hasta que fue devuelta a la realidad por el ruido de la puerta del jardín. Oyó unas firmes pisadas conocidas aplastando la grava. El señor Bruce se aproximaba por el caminito. Cuando llegó junto a los escalones, Lizzie se puso en pie. Se quitó la manta de la cabeza, y Bruce se sobresaltó al reconocerla:

-¡Anda! ¿Eres tú, Elizabeth? ¿Qué sucede?

Lizzie no respondió.

-¿Eres una de quienes velan al señor Ford? -insis­tió él, subiendo los escalones-. ¿Cómo está?

Continuó callada. Bruce extendió sus manos para tomar las de ella y se adelantó como para besarla. Ella lo medio empujó hacia atrás y se batió en retirada ha­cia la puerta.

-¡Santo cielo! -exclamó Bruce-; ¿qué es lo que pasa? ¿Estás lunática? ¿No puedes hablar?

-No..., no..., esta noche no -dijo Lizzie, con voz quebrada-. ¡Vete..., vete!

Permaneció agarrada a la manija de la puerta, ha­ciéndole ademanes para que se fuera. Él dudó un ins­tante y después avanzó hacia la joven. Rápidamente ella abrió la puerta y se metió en la casa. El oyó que cerraba con llave. Se quedó un rato allí mirando estú­pidamente la puerta, y luego lentamente dio media vuelta descendiendo los escalones.

A la mañana siguiente Lizzie se levantó con los pri­meros rayos de la aurora y bajó las escaleras. Se enca­minó a la habitación donde yacía Jack, y suavemente abrió la puerta. En una butaca dormitaba la señorita Cooper. Lizzie traspuso el umbral, y de puntillas se lle­gó hasta la cama. El pobre Ford dormía apaciblemen­te. Allí estaba su antiguo rostro, después de todo: sus recias y honradas facciones, afiladas, pero no debilita­das, por el dolor. Quedamente Lizzie arrimó una silla baja y se sentó junto al lecho. Le contempló el rostro, el querido rostro que tantas veces ella había contem­plado lleno de salud. Extrañamente era más hermoso; el cuerpo se mantenía menos firme. A Lizzie le pareció que, como la estructura del alma de su enamorado es­taba más claramente a la vista -el velo del templo esta­ba poco menos que rasgado por la mitad-, ella podía ver la justificación de toda su antigua adoración por él. Sobre la colcha reposaba una de las manos de Jack: aquellos fuertes dedos flexibles, en otro tiempo tan ha­bilidosos en el trabajo, tan francos en la amistad, aho­ra más delgados y pálidos que los de ella misma. Tras contemplarle la mano algún rato, Lizzie se la cogió suavemente. Con lentitud Jack abrió los ojos. El cora­zón de Lizzie palpitó con fuerza: era como si el silencio del santuario hubiese dado alguna señal. Al principio la mirada del joven no traslució ningún reconoci­miento. Luego las vagas e indecisas pupilas comenza­ron a iluminarse patentemente. A sus labios asomó el esbozo de esa extraña sonrisa agonizante que parece tan inefablemente satírica hacia las cosas de este mun­do. ¡Oh el grandioso espectáculo de la muerte! ¡Oh bendita alma, próxima a ascender! ¿Qué privilegio te­rrenal es equiparable al tuyo? Lizzie se dejó caer de ro­dillas y, sin desasir la mano de John, se inclinó hacia él.

Jack..., querido, querido Jack -susurró-, ¿me re­conoces?

La sonrisa se intensificó. El pobre muchacho sacó su otra mano de bajo las sábanas y lentamente, débil­mente, la posó sobre la cabeza de Lizzie, acariciándole el pelo con sus dedos.

-Sí, sí -murmuró ella-; me reconoces, ¿verdad? Soy Lizzie, Jack. ¿Te acuerdas de Lizzie?

De un modo inaudible Ford movió los labios, y prosiguió acariciándole la cabeza.

-Estás en casa, ¿sabes? -dijo Lizzie-; estás en Glen­ham. ¿Te acuerdas de Glenham? Estás con tu madre y conmigo y con tus amigos. ¡Querido, amado Jack!

Todavía continuó acariciándola; y sus débiles la­bios intentaron articular algún sonido. Lizzie apoyó su propia cabeza en la almohada, junto a la cabeza de él, pero la mano masculina no dejó de demorarse tierna­mente sobre sus cabellos.

-Sí, me reconoces -insistió ella-; ahora estás para siempre con tus amigos... ¡con quienes para siempre, ah, te amarán y te cuidarán!

-Estoy gravemente herido -se lamentó Jack, mur­murando al oído femenino.

-Sí, sí, amor mío, pero tus heridas están curándo­se. Te querré y te atenderé siempre, siempre.

-Sí, Lizzie, nuestra antigua promesa -dijo Jack; y deslizó la mano hasta el cuello de ella, y con su débil presión la acercó más hacia sí, y ella le humedeció el rostro con sus lágrimas.

Entonces la señorita Cooper, despertándose, se le­vantó y obligó a Lizzie a abandonar la habitación:

-Estoy segura de que lo excitas, querida. Es mejor que no tenga cerca de él a nadie de su familia, personas que le traen recuerdos, ¿entiendes?

En este momento se oyó al doctor llamar queda­mente con los nudillos, conque Lizzie se encaminó a la puerta de la casa a dejarlo entrar.

En todo el día ella no pudo volver a ver a Jack. Dos o tres veces trató de entrar en la habitación, pero fue despedida mediante un fruncimiento de ceño o un dedo llevado a los labios. En los pasillos sometió a fre­cuentes interrogatorios al doctor. Este se mostró opti­mista y animado, convencido de que se produciría la completa sanación de Jack. El buen hombre exhibía tantísimo regocijo espiritual ante la perspectiva de una cura como un creyente ortodoxo ante la de una nueva conversión: sería otro cuerpo rescatado del Diablo. Le aseguró a Lizzie que el cambio de escenario y clima ya había empezado a surtir efecto: la fiebre remitía, los peores síntomas desaparecían. Ante las reiteradas sú­plicas de Lizzie de que la dejaran hacer algo útil, le dio instrucciones para mantener silenciosa la casa e infre­cuentada la habitación del enfermo.

Poco después del desayuno se presentó la señorita Dawes, una vecina, a relevar a la señorita Cooper, pero esta infatigable mujer pasó a consagrar sus cui­dados a la señora Ford. Le prohibió cualquier activi­dad. La señorita Cooper estaba encantada de tener por una vez la oportunidad de hablarle autoritaria­mente a su vigorosa amiga, cuyo excelente juicio siempre la había amedrentado. Habiendo ya obligado a la señora Ford a tomar el desayuno en la salita de es­tar, cerró la puerta y se aprestó a “una larga charla en­tretenida”. Lizzie se guardó de interrumpir esta entre­vista. Le había dado los buenos días a su protectora, la había preguntado por su salud y había recibido uno de sus adustos ósculos. Cuando pasaba ante la puerta del enfermo, salió el doctor Cooper y le solicitó que fuera en busca de determinado rollo de vendas que estaba en el baúl del señor John, baúl que había sido colocado en otro cuarto. Lizzie se aprontó a cumplir este encargo. Revolviendo el contenido del baúl, dio con un fajo de cartas cuya caligrafía femenina le era harto familiar. Se las guardó en el bolsillo y, después de entregar las vendas, se fue a su propio cuarto, se encerró con llave y se sentó a releerlas. Entre leer y pensar y suspirar y (a despecho de sí misma) sonreír, aquella dedicación le ocupó la mañana entera. Cuan­do bajaba a almorzar, se topó con la señora Ford y la señorita Cooper que emergían de la sala de estar, re­cién terminada la larga charla entretenida.

-¿Qué tal se siente, señora? -le preguntó a la mujer de más edad-. ¿Descansada?

Por toda respuesta la señora Ford le clavó una mi­rada -casi digo un entrecejo- tan dura, tan fría, tan reprobadora, que Lizzie quedó petrificada. Pero súbi­tamente se le apareció claro su condenatorio signifi­cado. Se volvió hacia la señorita Cooper, que estaba pálida y temblorosa junto a la dueña de la casa, con su sempiterna sonrisa recubierta de un lastimoso aspec­to acongojado; y mucho me temo que sus ojos le diri­gieron el mismo mensaje de iracundo desprecio que acababan de recibir. Estas transmisiones telegráficas suelen ser muy rápidas. Las mujeres apenas se habían detenido: el siguiente instante las halló sentadas a la mesa del comedor, la señorita Cooper mirando fija­mente hacia su servilleta y la señora Ford bendicien­do la mesa.

El almuerzo se desarrolló en silencio. A su término, Lizzie volvió a su propio cuarto. La señorita Cooper se marchó a su casa y la señora Ford se metió en la habita­ción de su hijo. Lizzie oyó el firme chasquido de la cerradura mientras aquélla cerraba la puerta. ¿Por qué echaría el pestillo? Hubo algo ominoso en el silencio que siguió. Se complicaba la trama de la pequeña tra­gedia. Que así fuera: ella estaba dispuesta a interpretar su papel con los demás. Por segunda vez en su expe­riencia, su espíritu se veía fortalecido a causa de la in­tervención de la señora Ford. Ante el desprecio de su propia conciencia (que no brotó), ante el más sentido de los reproches de Jack, consentiría en humillarse.:. pero no ante aquella cariacontecida Némesis vestida de seda negra. La levadura del rencor empezó a fer­mentar. Se retrepó en su asiento y se cruzó de brazos, presta a enfrentarse a las consecuencias. Mas no tardó en quedarse dormida. La despertó una llamada a la puerta de su habitación. Hacía rato que había caído la noche. Quien había llamado era la señorita Dawes.

-Elizabeth, el señor John desea muchísimo verla, y le envía cariñosos saludos. Baje sin hacer ruido: su ma­dre está acostada. ¿Le hará usted compañía mientras ceno? ¿Que si está mejor? Sí, muchísimo mejor.

Con temblorosa prisa Lizzie se trasladó a la vera del lecho de Jack.

Estaba recostado sobre varias almohadas. Sus páli­das mejillas estaban ligeramente arreboladas. Su mira­da era brillante. Se semiincorporó y, pese a la debili­dad de sus brazos, le dio a Lizzie un fuerte abrazo prolongado.

-No te he visto en todo el día, Lizzie -dijo-. ¿Dón­de has estado?

-Querido Jack, no han querido permitirme estar a tu lado. He rogado y suplicado. Y deseé tanto ir a verte al frente; pero no pude. ¡Ojalá, ojalá hubiese ido!

-No te habría gustado, Lizzie. Celebro que no vi­nieras. Es un mal, mal lugar.

Yacía inmóvil, asiéndole las manos y mirándola.

-¿Puedo hacer algo por ti, cariño? -preguntó la jo­ven-. Estoy dispuesta a dejarme la vida. ¡Cuánto me alegro de que estés mejor!

Transcurrió algún rato antes de que Jack respon­diera.

-Lizzie -dijo, al fin-, he mandado que te llamaran para mirarte. Estás mas maravillosamente hermosa que nunca. Tu pelo es castaño... como... como ninguna otra cosa; tus ojos son azules; tu cuello es blanco. ¡Bien, bien!

Yacía completamente quieto, exceptuando sus ojos. Éstos vagaban sobre ella con una especie de apa­cible brillo, cual rayos de sol recreándose sobre una es­tatua. El pobre Ford no dejaba de asemejarse, en ver­dad, a un antiguo griego herido que al anochecer se hubiera arrastrado hasta el interior de un templo para morir consumiendo su último intervalo inútil en ad­miración espiritual de una esculpida Artemisa.

-¡Ah, Lizzie, esto es ya el cielo! -murmuró.

-Será el cielo cuando te pongas bien del todo -su­surró Lizzie.

Jack les dirigió una sonrisa a sus ojos:

-Dices lo que no crees. Entre nosotros debe haber una sinceridad absoluta. Querida Lizzie, no voy a po­nerme bien. Todos están equivocadísimos. Vmy a mo­rirme. He cumplido mi tarea. La muerte resarce de todo. Mi gran pena es dejarte. Pero también tú mori­rás cualquier día; recuérdalo. En todas tus angustias y pesares, recuérdalo.

Lizzie sólo fue capaz de reaccionar estrechándole más fuertemente las manos.

-Pero aún hay algo más -siguió Jack-. La vida es tan buena como la muerte. Tu corazón ha encontrado su verdadero destinatario; conque los tres seremos feli­ces. Dile que lo bendigo y hónralo. Dile que también Dios lo bendice. Dale un apretón de manos de mi par­te -dijo Jack, moviendo débilmente los pálidos de­dos-. En cuanto a mi madre -continuó-, sé muy comprensiva con ella. Sentirá una gran aflicción, pero no morirá de ella. Vivirá hasta muy avanzada edad. Lizzie, ya no puedo hablar más: quería despedirme de ti. Te quedarás conmigo hasta el final, te quedarás conmigo un ratito, ¿verdad? Te miraré hasta el fin. Durante un ratito serás mía, estrechándome las ma­nos..., así..., hasta que la muerte nos separe.

Jack cumplió sus palabras. Sus ojos seguían con­templándola fijamente mucho después que la vida los había dejado.

Con las primeras luces del siguiente día, Lizzie se levantó de su insomne cama, abrió la ventana y con­templó el amplio paisaje, aún frío y tenue en la desva­neciente noche. El paisaje ofrecía frescor y paz para su acalorada mente y su inquieto corazón. Se atavió con presteza, descendió las escaleras sin hacer ruido, pasó ante la cámara mortuoria y salió de la silenciosa casa. Tomó la dirección opuesta a la del todavía dormido pueblo y marchó hacia campo abierto. Recorrió una considerable distancia sin darse cuenta. El sol ya esta­ba en lo alto cuando decidió dar media vuelta. Cuan­do retornaba por la reluciente carretera, y llegaba a la vista de su casa, vio una alta figura de pie bajo la som­bra de los florecientes árboles, dudando, al parecer, si abrir la puerta del jardín para pasar adentro. Lizzie se plantó ante él casi antes de que él la viera. El primer gesto de Bruce fue extender las manos hacia ella, como haría cualquier enamorado; pero, mientras Lizzie se alzaba el velo, él las dejó caer.

-Sí, señor Bruce -dijo Lizzie-, le daré la mano una vez más... a modo de adiós.

-¡Elizabeth! -exclamó Bruce, medio estupefacto-. En nombre de Dios, ¿qué significan esas absurdas pa­labras?

-Significan que quiero portarme amable y huma­namente con usted. Y significan que deseo permane­cer fiel a mi antiguo... antiguo amor.

Ella se le aproximó, le tomó la inerte mano, sin mi­rarle el ceñudo semblante abrumado, se la estrechó apasionadamente, y luego, sustrayendo la suya propia del asimiento masculino, abrió la puerta del jardín y la dejó balanceándose tras ella.

-¡No, no, no! -casi chilló, volviendo la cabeza mientras andaba-. ¡Le prohíbo seguirme!

Mas, pese a ello, él franqueó la puerta.

 

[1] Se refiere a la Guerra de la Independencia que libraron los Estados Unidos para emanciparse de la monarquía inglesa. Este cuento está ambientado durante la Guerra de Secesión del Norte contra el Sur. (N. del T)

[2] Personaje de Speed the Plough, pieza de Tom Morton (1798), que ha venido a quedar como el prototipo de persona rí­gida y puritana que condena la más mínima infracción de la de­cencia y la respetabilidad anglosajonas. Constantemente los personajes de la obra aluden a ella, preguntándose qué opinará la señora Grundy sobre esta o aquella cuestión; pero la señora Grundy nunca aparece en escena. (N. del T)

[3] Exitosa novela histórica de Jane Porter, publicada en 1810, basada en la heroica vida de Sir William Wallace, también recreada en la película Bráveheartde Mel Gibson. (N. del T)

[4] George Brinton McCIellan (1826-1885), “el joven Napo­león”, militar de la Unión que inicialmente cosechó fulminantes éxitos para finalmente ser postergado por el presidente Lincoln a causa de sus ulteriores fracasos. (N. del T)

[5] Henry Wager Halleck (1815-1872), general en jefe de las fuerzas de la Unión, era célebre por haber publicado un exhaustivo libro sobre el Arte de la Milicia. (N. del T)

[6] Baile de figuras, muy parecido al rigodón. (N. del T)

[7] Robert Bruce es el mismo nombre de otro de los persona­jes que aparecen en la precitada novela histórica de Jane Porter. (N. del T)

 

 [LT1]

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