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Libro N° 4042. La Leyenda De Ciertas Ropas Antiguas. James, Henry.

Libro N° 4042. La Leyenda De Ciertas Ropas Antiguas. James, Henry.

 


© Libro N° 4042. La Leyenda De Ciertas Ropas Antiguas. James, Henry. Colección E.O. Agosto 5 de 2017.

Título original: ©  La Leyenda De Ciertas Ropas Antiguas. Henry James

 

Versión Original: © La Leyenda De Ciertas Ropas Antiguas. Henry James

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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LA LEYENDA DE CIERTAS ROPAS ANTIGUAS

Henry James

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

HENRY JAMES

 

(Nueva York, 1843 - Londres, 1916) Narrador, crítico y dramaturgo estadounidense de obra psicológica y estructuralmente compleja, considerado uno de los grandes maestros de la ficción moderna. Era hermano del filósofo y psicólogo W. James. Estudió en Nueva York, Londres, París y Ginebra, y en 1875 se estableció en Inglaterra. A los veinte años comenzó a publicar cuentos y artículos en revistas de su país.

 

Henry James

 

En sus primeras obras manifestó la influencia de la cultura europea, como en las escritas entre 1875 y 1881: Roderick Hudson (1876), El americano (1877), Daisy Miller (1879) y Retrato de una dama (1881). Esta última, sin duda una de sus obras maestras, es un análisis de los norteamericanos expatriados en Europa. En sus primeros tiempos mostró gran pericia en la escritura de relatos breves, aunque algunos críticos le adjudicaron cierto intelectualismo que lo alejaba de la prosa de argumento o de acción.

 

Su narrativa en general se caracteriza por el ritmo lento y la descripción sutil de los personajes, más que por los propios acontecimientos; las tramas, aunque no suelen ser complicadas en extremo, cobran densidad por los repliegues de la estructura y el estilo indirecto, como en Los papeles de Aspern (1888) y Otra vuelta de tuerca (1898), que es para muchos la culminación de su obra.

 

En esta última, por ejemplo, una muchacha es contratada por una familia adinerada para que se encargue de cuidar a sus sobrinos, pues los padres de los niños han muerto. Cuando llega a la casa conoce a Flora, la niña, y a los pocos días llega Miles, el niño, y poco a poco la chica descubre que pasan cosas extrañas en la casa, pues Flora parece estar poseída por Jessel, el fantasma de la antigua niñera que había fallecido, y Miles también parece estarlo por el señor Quint, otro servidor que trabajaba allí años atrás.

 

En la novela los hechos nunca asumen la gravedad esperada, rasgo propio del autor, que va dilatando la verdad por medio de una prosa morosa, revelando oblicuamente los motivos y conductas de sus personajes, con diálogos y observaciones minuciosas, técnica que siguió empleando en sus últimas creaciones: Las alas de la paloma (1902), Los embajadores (1903) y La copa dorada (1904).

 

 

La forma en que narra los procesos mentales de sus personajes lo convierte en uno de los precursores indiscutibles del llamado "monólogo interior", en lo que se anticipó a maestros como J. Joyce o W. Faulkner; otro de sus avanzados descubrimientos estilísticos fue el empleo de narradores múltiples. Autor prolífico, escribió una veintena de novelas, más de un centenar de relatos, varias obras teatrales e innumerables críticas, además de lúcidos ensayos como El arte de la novela, La imaginación literaria y los Cuadernos de apuntes, que ejercieron un indudable magisterio en muchos autores posteriores.

 

 

Fuente: https://www.biografiasyvidas.com/biografia/j/james_henry.htm

 

LIBROS DE HENRY JAMES

 

La bestia en la jungla

2016 

Lo real

2014 

El comienzo de la madurez

2014 

Pandora

2014 

La locura del arte

2014 

Los matrimonios

2013 

Novelistas

2012 

La tercera persona

2012 

Gabrielle de Bergerac

2012 

Relatos

2012 

Daisy Miller

2011 

La confesión de Guest

2011 

Confianza

2011 

Nueva York

2010 

Adina

2010 

13 cuentos de fantasmas

2010 

El fondo Coxon

2010 

Eugene Pickering

2010 

Compañeros de viaje

2010 

Historia de una obra maestra

2010 

Cuadernos de notas 1878-1911

2009 

La madona del futuro

2006 

Lo más selecto: Cuentos y nouvelles

2005 

Sir Dominick Ferrand

2000 

El último de los Valerios y otros cuentos

1997 

El mejor de los lugares

1993 (2013) 

La tercera persona y otros relatos fantásticos

1993 (2014) 

La venganza de Osborne

1991 

La torre de marfil

1917 (2003) 

El arte de la novela

1914 (2001) 

La protesta

1910 (2010) 

Julia Bride

1909 (2016) 

La copa dorada

1904 (2010) 

La vida privada y otros relatos

1903 (2007) 

Los embajadores

1903 (2008) 

Los periódicos

1903 (1998) 

Las alas de la paloma

1902 (2004) 

El alumno

1900 (1991) 

La fontana sagrada

1900 (2005) 

En la Jaula

1898 (1995) 

Otra vuelta de tuerca

1898 (2010) 

El expolio de Poynton

1897 (2007) 

Lo que Maisie sabía

1897 (1995) 

La figura de la alfombra

1896 (2008) 

La otra casa

1896 (2007) 

Los amigos de los amigos

1896 (2007) 

El altar de los muertos y otros relatos

1895 (1999) 

La muerte del León

1894 (2008) 

Nona Vincent

1893 (2012) 

Londres

1893 (2008) 

La lección del maestro

1891 (2008) 

El eco

1888 (2001) 

El mentiroso

1888 (2005) 

El sitio de Londres

1888 

Los papeles de Aspern

1888 (2009) 

La princesa Casamassima

1886 (1999) 

Las bostonianas

1886 (2007) 

Pobre Richard

1885 (2009) 

El autor de Beltraffio

1884 (2008) 

El retrato de una dama

1881 (2009) 

Washington Square

1880 (2010) 

Diario de un hombre de cincuenta años

1878 (2004) 

Los europeos

1878 (1999) 

Cuatro encuentros

1877 (2007) 

El americano

1877 (2003) 

Roderick Hudson

1875 (2009) 

Madame de Mauves

1874 (2007) 

El protector

1871 (2010) 

Guarda y tutela

1871 (2008) 

Un peregrino apasionado y otros cuentos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Leyenda De Ciertas Ropas Antiguas

Henry James

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hacia mediados del siglo XVIII vivía en la provin­cia de Massachusetts una dama viuda, madre de tres hijos. Su nombre es lo de menos; me tomaré la liber­tad de llamarla señora Willoughby: un apellido, como el suyo auténtico, de sonido altamente respeta­ble. Había perdido a su marido tras unos seis años de matrimonio y se había consagrado al cuidado de su progenie. Su progenie se desarrolló de un modo que recompensó su tierno cariño y cumplió sus más eleva­das esperanzas. El primogénito era un varón, a quien había puesto el nombre de Bernard, el mismo del pa­dre. Los otros dos eran niñas, entre cuyos respectivos nacimientos había mediado un intervalo de tres años. La buena apariencia era tradicional en la familia, y no parecía probable que estas infantiles personas fueran a permitir que la tradición pereciera. El muchacho era de esa tez rubia y sonrosada y de esa complexión atlética que en aquel tiempo (al igual que en éste) era marchamo de genuina sangre inglesa: un afectuoso jovencito sincero, estupendo hijo y hermano, y ami­go leal. Listo, empero, no era: la inteligencia de la fa­milia había recaído principalmente en sus hermanas. El señor Willoughby había sido un gran lector de Shakespeare, en un tiempo en que semejante afición implicaba mayor penetración espiritual que en nues­tros días y en una comunidad donde hacía falta mu­cho valor para patrocinar el teatro incluso en privado; y había querido dejar constancia de su admiración por el gran poeta poniéndoles a sus hijas nombres sa­cados de sus obras favoritas. A la mayor le dio el en­cantador nombre de Viola;[1] y a la menor, el más serio de Perdita,[2] en recuerdo de otra niña nacida entre las dos pero que sólo vivió unas semanas.

Cuando Bernard Willoughby cumplió los dieciséis años, su madre se armó de valor y se dispuso a ejecutar la postrera voluntad de su marido. Había consistido en un apasionado ruego de que, al llegar a la edad apropia­da, su hijo fuese enviado a Inglaterra para completar su educación en la universidad de Oxford, que había sido el escenario de sus propios estudios. A la señora Wi­lloughby su hijo le importaba el triple que sus dos hijas juntas; pero le importaban más los deseos de su mari­do. Conque reprimió sus sollozos, y preparó el baúl de su hijo y su sencilla vestimenta provinciana, y lo envió al otro lado del océano. Bernard fue inscrito en la facul­tad de su padre y pasó cinco años en Inglaterra, sin grandes honores, la verdad sea dicha, pero con una am­plia ración de diversiones y ningún descrédito. Al dejar la universidad realizó un viaje por Francia. En su vigési­motercer aniversario embarcó de regreso a casa, dis­puesto a valorar la pobre pequeña Nueva Inglaterra (en aquel tiempo Nueva Inglaterra era muy pequeña) como un lugar de residencia enteramente insoportable. Pero en casa se habían producido cambios, no menos que en las opiniones del señorito Bernard. Halló bas­tante habitable la casa de su madre, y a sus dos herma­nas convertidas en dos guapísimas señoritas, con los mismos talentos y gracias que las jóvenes británicas su­mados acierta agradable brusqueriey originalidad pro­pia que, aunque no era un talento, desde luego las hacía aún más graciosas. Confidencialmente Bernard le ase­guró a su madre que sus hermanas no tenían nada que envidiar a las más distinguidas muchachas de Inglate­rra; a consecuencia de lo cual la pobre señora Wi­lloughby se envaneció bastante de sus hijas. Tal era la opinión de Bernard, y tal, multiplicada por diez, era la opinión del señor Arthur Lloyd. Este caballero, me apresuro a agregar, era un compañero de estudios del señorito Bernard: un joven de reputada familia, de buen natural y de cuantiosa fortuna; este último acce­sorio se proponía invertirlo en negocios en este país. Él y Bernard eran íntimos amigos; habían cruzado el océano juntos y el joven norteamericano no había du­dado en presentarlo en casa de su madre, donde había causado una impresión tan buena como la que él mis­mo había recibido y de la cual acabo de suministrar un indicio.

En aquella época las dos hermanas estaban en plena lozanía de su juvenil floración; cada una de ellas, por supuesto, manifestaba esta natural brillantez de la ma­nera que más le cuadraba. Eran disímiles tanto en apa­riencia como en carácter. Viola, la mayor -de veintidós años recién cumplidos-, era alta y clara, de calmosos ojos grises y cabellos de color castaño rojizo: un muy remoto parecido con la Viola de la comedia de Shakes­peare, a la cual imagino como una criatura morena (con permiso de ustedes), pero delgada, briosa, plena de las más tiernas y elevadas emociones. La señorita Willoughby, con su intensa blancura de piel, sus bien torneados brazos, su majestuosa estatura y su pausado hablar, no estaba hecha para la aventura. Nunca se ha­bría puesto unas calzas y una camisa masculinas; y, a decir verdad, siendo una belleza muy corpulenta, acaso es una suerte que no lo hiciera. También Perdita habría debido cambiar la dulce melancolía de su nombre por algo más en consonancia con su aspecto y tempera­mento. Era morena a ultranza, baja de estatura, ligera de pies, con ojos oscuros plenos de fuego y animación. Desde niña había sido una criatura de sonrisas y ale­gría; y, cuando uno hablaba con ella, lejos de hacerlo esperar como era costumbre en su bella hermana (quien lo estudiaba a uno con sus más bien fríos ojos grises), le daba a escoger entre media docena de res­puestas antes de que uno hubiera terminado de pro­nunciar sus frases.

Las jóvenes se alegraron muchísimo de volver a ver a su hermano; mas se descubrieron bastante capaces de reservar cierta porción de entusiasmo para desti­narla al amigo de su hermano. Entre sus propios ami­gos y vecinos, la belle jeunesse de la colonia, había mu­chos jóvenes excelentes, varios admiradores devotos, y unos dos o tres que gozaban de la reputación de irre­sistibles galanes y conquistadores. Pero los lugareños ardides y la algo ruda galantería de estos honrados co­lonos incipientes quedaron completamente eclipsados ante la buena apariencia, las elegantes ropas, el respe­tuoso empressement, la perfecta cortesía, la inmensa cultura, del señor Arthur Lloyd. En realidad no era ningún dechado: era un franco, resuelto, instruido jo­ven, rico en libras esterlinas, en salud y anodinas espe­ranzas, y en un pequeño capital de afectos por invertir. Pero era un caballero; poseía un hermoso rostro; había estudiado y viajado; hablaba francés, tocaba la flauta y declamaba versos con muy buen gusto. Había una do­cena de razones para que de sopetón la señorita Wi­lloughby y su hermana menor se volvieran sobrema­nera exigentes en su elección de amistades masculinas. La imaginación de la mujer está particularmente adaptada a las diversas pequeñas convenciones y mis­terios de la buena sociedad. La conversación del señor Lloyd les reveló a nuestras jóvenes doncellas de Nueva Inglaterra muchísimo más de lo que él creyó sobre las personas de alcurnia de las capitales europeas. Era fas­cinante sentarse a oír charlar a él y Bernard sobre las personas extraordinarias y las cosas extraordinarias que ambos habían visto. Tras el té toda la familia solía reunirse alrededor de la chimenea, en el saloncito re­vestido de madera -por entonces inocente de cual­quier propósito de resultar pintoresco o de resultar cualquier otra cosa, a decir verdad, salvo económico, de tal modo que se habían ahorrado los gastos de pa­peles pintados y colgaduras-, y los dos jóvenes aludían discretamente el uno para el otro, desde los extremos opuestos de la alfombra, esta, esa y aquella aventura. Muchas veces Viola y Perdita habrían dado cualquier cosa por saber exactamente de qué aventura se trataba, y dónde ocurrió, y quién participó, y qué llevaban puesto las mujeres; mas en aquel tiempo no se consi­deraba correcto que una joven bien educada intervi­niese en la conversación por iniciativa propia o formu­lase excesivas preguntas; y por lo tanto las pobres muchachas se parapetaban ansiosas detrás de la curio­sidad, más lánguida -o más discreta-, de su madre.

Que las dos eran muy atractivas fue algo que Arthur Lloyd no tardó en descubrir; pero necesitó más tiem­po para decidir cuál poseía mayores encantos. Tuvo un fuerte presagio -una sensación de una naturaleza demasiado enteramente alegre para aplicarle el califi­cativo de ominosa- de que estaba destinado a llevar al altar a una de ellas; sin embargo era incapaz de lle­gar a una preferencia, y para tal ceremonia cierta­mente era indispensable una preferencia, por cuanto Lloyd tenía demasiada sangre joven como para ave­nirse a la idea de elegir echándolo a suertes y verse desposeído del celestial deleite de enamorarse. Resol­vió tomarse las cosas con calma y aguardar hasta que hablara su corazón. Mientras tanto, llevaba una exis­tencia muy agradable. La señora Willoughby hacía gala de una digna indiferencia ante sus “intencio­nes”, tan lejana de despreocuparse de la honra de sus hijas como de mostrar esa insoportable alacridad por hacerlo comprometerse que tantísimas veces él, en su calidad de joven con posibles, había notado en las ve­nerables damas de sus islas natales. En cuanto a Ber­nard, lo único que él pedía era que su amigo tratara a sus hermanas como si fueran suyas; y en cuanto a las propias lindas criaturas, por mucho que cada una an­helara secretamente el monopolio de las atenciones del señor Lloyd, se ciñeron a un proceder muy deco­roso y humilde y discreto.

En su trato mutuo, empero, ellas estaban algo más a la ofensiva. Eran buenas amigas fraternas, entre las cuales habría hecho falta más de un día para que ger­minara y fructificara la semilla de los celos; pero am­bas pensaban que esa semilla había quedado sembra­da el día en que el señor Lloyd llegó a la casa. Cada una determinó que, de no cumplirse sus esperanzas, soportaría la decepción en silencio, y que nadie llega­ría a sospechar nada; pues, aunque sentían un fuerte amor, asimismo sentían una fuerte soberbia. Pero cada una rezaba en secreto, pese a todo, para que so­bre ella recayera la gloria. Tuvieron necesidad de una gran cantidad de paciencia, de autodominio y de disi­mulo. En aquel tiempo, una joven que se preciara no podía permitirse hacer ninguna insinuación, ni casi responder, de hecho, a las que se le hacían. Lo correc­to era que permaneciera inmóvil en su asiento con la mirada en la alfombra, contemplando el lugar donde caería el mágico pañuelo. El pobre Arthur Lloyd esta­ba obligado a llevar a cabo su cortejo en el saloncito revestido de madera, bajo la mirada de la señora Wi­lloughby, de Bernard y de su futura cuñada. Pero la juventud y el amor son tan astutos que era posible in­tercambiar un centenar de minúsculas señas y prome­sas sin que las detectara ninguno de aquellos tres pa­res de ojos. Las dos muchachas compartían la misma habitación y el mismo lecho, conque durante largas horas estaban juntas cada una bajo la observación di­recta de la otra. Empero, el saberse recíprocamente espiadas no introdujo ni un ápice de diferencia en los pequeños servicios que se prestaban mutuamente, ni en las diversas tareas domésticas que desempeñaban en común. Ninguna desertó ni titubeó ante las silen­ciosas baterías de la mirada de su hermana. El solo cambio notable que se verificó en sus costumbres fue que ahora tenían menos cosas que contarse una a otra. Era imposible hablar sobre el señor Lloyd y era ridículo hablar sobre cualquier otra cosa. Por tácito acuerdo empezaron a lucir sus mejores ropas y a emplear pequeños instrumentos de coquetería, en forma de cintas y moños y volantes, permitidos por la más incorruptible modestia. De esa misma guisa muda es­tablecieron un pequeño pacto de sinceridad sobre es­tos delicados menesteres. “¿Quedo mejor así?”, pre­guntaba Viola, prendiéndose al corpiño un conjunto de cintas y apartando del espejo la mirada para diri­gírsela a su hermana. Solemnemente Perdita alzaba la vista de su propia labor y examinaba el ornato. “Creo que sería preferible que añadieras una lazada más”, decía, con gran gravedad, mirando intensamente a su hermana con ojos que agregaban: “Palabra de honor.” Así estaban continuamente cosiendo y modificando sus faldas, y planchando sus muselinas, y urdiendo lociones y pomadas y cosméticos, como las mujeres del hogar del vicario de Wakefield.[3] Transcurrieron unos tres o cuatro meses; ya era pleno invierno y Vio­la continuaba diciéndose que si Perdita todavía no era capaz de vanagloriarse de algo más que ella, no había mucho que temer de su rivalidad. Pero a estas alturas Perdita, la encantadora Perdita, tenía la impresión de que su secretismo se había vuelto diez veces más pre­cioso que el de su hermana.

Una tarde la mayor de las señoritas Willoughby es­taba sentada a solas ante el espejo de su tocador, desen­redándose los luengos cabellos. Había empezado a anochecer y cada vez había menos luz; encendió las dos velas a ambos lados del marco del espejo y después se acercó a la ventana para cerrar las cortinas. Era un gris atardecer decembrino: el panorama se veía vacío y de­solado y el cielo estaba cubierto de nubes nivosas. Al extremo del amplio jardín al cual daba la ventana había una tapia con una puertecita trasera, que comunicaba con un callejón. Dicha puertecita estaba entreabierta, como borrosamente vio en la creciente oscuridad, y morosamente oscilaba en sus goznes, como si alguien la moviera desde el lado del callejón. Sin duda se trataba de una de las criadas. Pero, cuando se disponía a echar la cortina, Viola vio a su hermana entrar en el jardín y echar a andar apresuradamente por el caminito que conducía hasta la casa. Corrió la cortina, aunque de­jando una pequeña rendija para espiar. Mientras Perdi­ta recorría el caminito, parecía examinar un objeto que llevaba en la mano, acercándolo mucho a los ojos. Cuando llegó junto a la casa se detuvo un instante, contempló intensamente el objeto y se lo oprimió con­tra los labios.

La pobre Viola regresó lentamente a su silla y se sentó ante el espejo, en el cual, de haberlo mirado me­nos abstraídamente, habría visto sus bellas facciones tristemente desfiguradas por los celos. Un instante después, la puerta se abrió a su espalda y su hermana entró en la habitación sin resuello y con las mejillas encendidas por el aire glacial.

Perdita se sobresaltó:

-Qué susto -dijo-. Creía que estabas con mamá. -Las tres mujeres iban a asistir a una merienda, y en tales ocasiones su costumbre era que una de las hijas ayudara a la madre a vestirse. En vez de penetrar, Per­dita se quedó junto a la puerta.

-Pasa, pasa -dijo Viola-. Aún nos queda más de una hora. Me gustaría mucho que le hicieras unos cuantos retoques a mi peinado. -Sabía que su hermana quería retirarse y que ella podía ver en el espejo to­dos sus movimientos en la habitación-. Vamos, ayú­dame a peinarme -dijo-, y después yo iré a ayudar a mamá.

De mala gana Perdita acudió a empuñar el cepillo. Vio la mirada de su hermana, en el espejo, firmemente clavada en sus manos. Aún no se lo había pasado tres ve­ces por el cabello cuando Viola aferró su propia mano derecha a la izquierda de su hermana y se levantó de un salto.

-¿De quién es este anillo? -gritó pasionalmente, arrastrándola hacia una luz.

En el dedo corazón de la joven refulgía un anillito dorado, adornado con un par de pequeños rubíes. Per­dita decidió que ya no servía de nada guardar secreto, pero que debía efectuar su confesión con audacia.

-Es mío -dijo con orgullo.

¿Quién te lo ha regalado? -gritó la otra.

Perdita vaciló un instante.

-El señor Lloyd.

-De golpe y porrazo el señor Lloyd se ha vuelto rumboso.

-¡Huy, no -exclamó Perdita, con arrojo-: no de golpe y porrazo! Ha estado ofreciéndomelo desde hace un mes.

-¿Es que necesitas un mes de ruegos para acep­tarlo? -dijo Viola, contemplando la pequeña sortija, que en realidad no era extraordinariamente elegante aunque sí la mejor que el joyero de la provincia po­día suministrar-. Yo no lo habría aceptado en menos de dos.

-¡No es tanto el anillo -dijo Perdita- cuanto lo que significa!

-Significa que no eres una muchacha decente -gritó Viola-. A ver, ¿mamá está enterada de tu intriga?; ¿y Bernard?

-Mamá ha aprobado mi “intriga”, como tú la lla­mas. El señor Lloyd ha pedido mi mano, y mamá se la ha concedido. ¿Habrías preferido que te solicitara a ti, hermana?

Viola le dedicó a su hermana una larga mirada, lle­na de pesadumbre y envidia apasionadas. Después bajó las pestañas sobre las pálidas mejillas y se dio la vuelta. Perdita se hizo cargo de que no había sido una escena agradable; mas la culpa era de su hermana. Pero raudamente la joven de más edad hizo acopio de amor propio, y tornó a encararla:

-Acepta mis felicitaciones -dijo con una débil cor­tesía-. Te deseo toda la felicidad del mundo, y una muy larga vida.

Perdita se rió amargamente.

-¡No lo digas con ese tono! -exclamó-. Una mal­dición sería más entusiasta. Vamos, hermana -agre­gó-, él no puede casarse con las dos.

-Te deseo muchísimas alegrías -reiteró maquinal­mente Viola, tornando a sentarse frente al espejo-, y una muy larga vida, e innumerables hijos.

En el sonido de estas palabras hubo algo que no fue del entero agrado de Perdita.

-¿Me concederás un año, al menos? -dijo-. En un año puedo tener un hijo... o cuando menos una hija. Si me dejas el cepillo, te arreglaré el cabello.

-Gracias -dijo Viola-. Será mejor que vayas con mamá. No es correcto que una joven prometida en matrimonio atienda a una muchacha que no lo está.

-De eso nada -dijo Perdita, bienhumoradamente-. Yo ya tengo a Arthur para atenderme. Tú necesi­tas mis servicios más de lo que yo necesito los tuyos.

Pero su hermana le hizo ademanes para que se fue­ra, conque ella abandonó la habitación. En cuanto hubo salido, la pobre Viola cayó de rodillas ante el to­cador, ocultó la cabeza entre los brazos y derramó un torrente de lágrimas y sollozos. Se sintió muchísimo mejor gracias a esta efusión de pesadumbre. Cuando regresó su hermana, ella insistió en ayudarla a vestirse y en que se pusiera sus mejores galas. La obligó a acep­tar un hermoso encaje de su propiedad, declarando que ahora que iba a casarse debía hacer todo cuanto estuviera a su alcance para aparecer digna de la elec­ción de su novio. Ejecutó esas tareas en severo silencio; pero, aun así, hubieron de servir como disculpa y ex­piación; no se excusó de ninguna otra forma.

Ahora que Lloyd era recibido por la familia en cali­dad de pretendiente aceptado, únicamente restaba fi­jar la fecha de la boda. Se concertó para el cercano mes de abril, y durante el intervalo se realizaron diligentes preparativos para la ceremonia. Lloyd, por su parte, estaba ocupado realizando acuerdos comerciales y es­tableciendo correspondencia con la gran empresa mercantil a la cual estaba vinculado en Inglaterra. Por consiguiente no fue un tan asiduo visitante de la casa de la señora Willoughby como durante los meses de su timidez e irresolución, y la pobre Viola hubo de sufrir menos de lo que había temido a causa del espectáculo de los mutuos arrumacos de los jóvenes novios. En lo tocante a su futura cuñada Lloyd tenía perfectamente tranquila la conciencia. Entre ellos no había sido pro­nunciada una sola palabra de sentimiento, y no tenía ni la más remota sospecha de que ella codiciara algo más que un fraternal afecto por parte de él. Se sentía muy feliz: la vida se anunciaba plena de venturas, tan­to domésticas como financieras. A la sazón las cárde­nas nubes de la revuelta de las colonias todavía estaban veinte años por debajo del horizonte, y era absurdo, era blasfemo, temer que su dicha conyugal tomara de­rroteros trágicos. Mientras tanto, en casa de la señora Willoughby había un mayor rumor de sedas, un más rápido manejo de tijeras y vuelo de agujas que nunca anteriormente. La señora Willoughby se había pro­puesto que su hija tuviera el ajuar más espléndido que su dinero pudiera comprar o que el país pudiera sumi­nistrar. Fueron convocadas todas las mujeres sabias del condado, y sus gustos aunados fueron inducidos a concentrarse en el vestuario de Perdita. Desde luego no era para ser envidiada la situación de Viola en aquellos momentos. La pobre tenía un irrefrenable amor por los vestidos, y el mejor de los gustos, como sobradamente sabía su hermana. Viola era alta, era exuberante y majestuosa, estaba hecha para portar rí­gidos brocados y masas de pesados encajes, tales como los propios del atavío de la esposa de un hombre rico. Pero Viola se mantenía apartada, cruzados los hermo­sos brazos y ausente la mirada, mientras su madre y su hermana y las venerables mujeres antedichas discu­rrían y cavilaban acerca de sus materiales, abrumadas por la multitud de sus recursos. Un día llegó un her­moso rollo de seda blanca, con brocados de color azul celeste y plata, enviado por el mismísimo novio: en aquel tiempo no se consideraba impropio que el futu­ro marido contribuyera al trousseau de la novia. A Per­dita no se le ocurría ninguna confección y disposición que estuviera a la altura del esplendor de aquella tela:

-El azul es tu color, hermana, más bien que el mío -dijo, con ojos zalameros-. Es una lástima que la tela no sea para ti. Tú sabrías qué hacer con ella.

Viola se levantó de su asiento y se acercó a exami­nar el gran rollo reluciente, extendido sobre el respal­do de una silla. Después lo tomó en sus manos y lo palpó -amorosamente, como observó Perdita- y se plantó ante el espejo con él. Dejó caer hasta sus pies uno de los extremos y colgó de sus hombros el otro, ciñéndoselo alrededor del talle y dejando su blanco brazo desnudo hasta el codo. Echó hacia atrás la ca­beza y contempló su propia imagen, y una trenza de su pelo castaño rojizo cayó sobre la lustrosa superfi­cie de la seda. El efecto era sorprendente. Las mujeres que la rodeaban profirieron un pequeño “¡Oh!” de admiración. “Sí, en efecto -dijo Viola en su fuero in­terno-, el azul es mi color.” Mas Perdita se dio cuenta de que su imaginación se había disparado y de que ahora se volcaría en la tarea y les resolvería todos sus enigmas modisteriles. Y de hecho lo hizo requete­bién, tal como estuvo muy dispuesta a declarar Perdi­ta, sabedora del insaciable amor de su hermana por la mercería. Metros y metros de preciosas sedas y sate­nes, de muselinas, terciopelos y encajes, pasaron por sus hábiles manos, sin que de sus labios brotara una sola palabra de envidia. Gracias a su laboriosidad, el día de la boda Perdita estaba preparada para lucir ma­yor número de vanidades de este mundo que cual­quier otra temblorosa joven novia que hasta entonces hubiese solicitado la bendición sacramental de un cura de Nueva Inglaterra.

Hablase convenido que la joven pareja viajaría de luna de miel al extranjero para pasar unos días en la mansión campestre de un caballero inglés: un hombre de rango y un muy gentil amigo para con Lloyd. Se trataba de un soltero: se declaró encantado de esfu­marse para dejarlos entregados durante una semana a sus caricias y arrullos. Tras la ceremonia en la iglesia -había sido oficiada por un clérigo inglés- la joven se­ñora Lloyd se aprontó a dirigirse a casa de su madre para cambiarse sus galas nupciales por un traje de montar. Viola la ayudó a hacerlo, en la antigua habita­cioncita que durante tantos años habían compartido como buenas hermanas. Luego Perdita fue sin pérdida de tiempo a decir adiós a su madre, dejando que Viola la siguiera. La despedida fue breve: los caballos aguar­daban a la puerta y Arthur estaba impaciente por em­prender viaje. Mas Viola no la había seguido, conque Perdita regresó a su habitación, abriendo la puerta bruscamente. Como de costumbre, Viola estaba fren­te al espejo, pero en una situación que hizo que la otra se detuviera paralizada por el asombro. Se había pues­to el velo y la guirnalda nupciales de Perdita, y en su cuello tenía el oneroso collar de perlas que la joven ha­bía recibido de su marido como regalo de bodas. Estos objetos habían sido dejados de lado apresuradamente, para esperar hasta que su dueña dispusiera de ellos a su regreso de la campiña inglesa. Adornada con estas ga­las ilegítimas, Viola estaba de pie ante el espejo, hun­diendo una prolongada mirada en sus profundidades y teniendo Dios sabe qué audaces visiones. Perdita se sintió escandalizada y dolida. Era una espantosa ima­gen que resucitaba su antigua rivalidad mutua. Avan­zó un paso hacia su hermana, como para arrancarle el velo y las flores. Mas, habiendo percibido la mirada de Viola en el espejo, se detuvo.

Adiós, Viola -dijo- Por lo menos habrías podido esperar a que me hubiera marchado. -Y apresurada­mente salió de la habitación.

El señor Lloyd había comprado una casa en Boston que, según el gusto de aquel tiempo, era considerada un prodigio de elegancia y comodidad; y aquí muy pronto se estableció con su joven esposa. De esta guisa quedó separado de la residencia de su suegra por una distancia de treinta kilómetros. En aquella era de pri­mitivos caminos y transportes treinta kilómetros eran como ciento cincuenta de los actuales, conque la seño­ra Willoughby vio escasamente a su hija durante su primer año de matrimonio. Sufrió no poco por su au­sencia; y su pesar no se vio aminorado por la actitud de Viola, quien había caído en un estado de apatía y lan­guidez, que hacía imprescindible para su recuperación un cambio de escenario y ambiente. La verdadera cau­sa del decaimiento de la muchacha será adivinada sin dificultad por el lector. Sin embargo, la señora Wi­lloughby y sus compañeras de cotilleo consideraron que su mal era puramente físico y no dudaron de que obtendría alivio del remedio precitado. En consecuen­cia su madre gestionó en su nombre una visita a unos parientes de su difunto esposo, residentes en Nueva York, que siempre estaban quejándose de lo poco que veían a sus primos de Nueva Inglaterra. Viola les fue enviada a estas buenas personas, con una escolta apro­piada, y permaneció con ellas varios meses. En el in­tervalo su hermano Bernard, que había empezado a ejercer como abogado, se resolvió a tomar esposa. Vio­la retornó a casa para la boda, aparentemente curada de su melancolía, con encendidos colores en las meji­llas y una orgullosa sonrisa en los labios. Arthur Lloyd se vino desde Boston para asistir a la boda de su cuña­do, pero sin su esposa, quien en breve esperaba dar a luz. Hacía casi un año que Viola no lo veía. Se alegró -sin saber muy bien por qué- de que Perdita se hubie­ra quedado en su casa. Arthur parecía feliz, pero estaba más serio y solemne que antes del matrimonio. A ella se le antojó que tenía un aspecto “interesante”... pues aunque este vocablo en su sentido moderno todavía no había sido inventado, podemos estar seguros de que la idea sí. La verdad es que sencillamente estaba preocupado por el inminente trance de su esposa. Pese a ello, de ningún modo dejó de observar la belleza y es­plendor de Viola y cómo casi borraba del mapa a la pobre novia. La asignación que antaño Perdita recibía para comprar ropa le había sido transferida ahora a su hermana, quien ciertamente le sacaba el máximo par­tido. La mañana inmediatamente posterior a la boda, Lloyd hizo colocar una silla de montar femenina en el caballo del criado que con él se había venido desde la ciudad y salió a dar un paseo ecuestre con Viola. Era una clara mañana contagiosa de enero: el suelo estaba limpio y firme, y los caballos en buenas condiciones..., por no hablar de Viola, que estaba preciosa con su em­penachado sombrero y su chaqueta azul de montar fo­rrada con pieles. Cabalgaron toda la mañana, se extra­viaron y se vieron obligados a detenerse a almorzar en una alquería. Ya había caído la temprana noche inver­nal cuando lograron regresar. La señora Willoughby los recibió con cara larga. A mediodía había llegado un mensajero despachado por la señora Lloyd: había em­pezado a sentirse enferma y anhelaba el inmediato re­greso de su marido. El joven profirió una blasfemia al pensar que había perdido varias horas y que cabalgando sin descanso ya habría podido estar junto a su espo­sa. No accedió a quedarse a tomar un bocado de cenar, sino que montó en el caballo del mensajero y partió al galope.

A medianoche llegó a su hogar. Su esposa había pa­rido una niña.

-Ah, ¿por qué no has estado conmigo? -dijo ella, al llegarse él a la vera de su lecho.

-Había salido cuando se presentó el mensajero. Estaba con Viola -dijo él, inocentemente.

La señora Lloyd articuló un pequeño gemido y volvió la cabeza. Pero la convalecencia iba muy bien, y durante una semana fue ininterrumpida su mejoría. Finalmente, empero, a causa de alguna imprudencia en la dieta o de su afán por abandonar el lecho, se pre­sentaron complicaciones y la pobre mujer empeoró velozmente. Lloyd estaba desesperado. Bien pronto se hizo obvio que la recaída era fatal. La señora Lloyd co­bró conciencia de que su fin estaba próximo y declaró que se había resignado a morir. La tercera noche desde que se iniciara el empeoramiento le dijo a su marido que estaba convencida de que no pasaría de esa noche. Hizo salir a los criados, y asimismo le pidió a su madre que abandonara la habitación (la señora Willoughby había llegado el día anterior). Había hecho que traje­ran a su hijita a su lecho, y ahora estaba tumbada de costado, con la niña contra su seno, mientras asía las manos de su marido. La lamparilla de noche estaba oculta tras las pesadas cortinas de la cama, pero la es­tancia era iluminada por un rojizo resplandor proce­dente del inmenso fuego de leños de la chimenea.

-Resulta extraño morir cerca de un fuego como ése -dijo la joven, débilmente tratando de sonreír-. ¡Ojalá tuviese siquiera una pizca de él en mis venas! Pero se lo he dado todo a esta chispita de humanidad. -Y posó la mirada sobre su hija. Luego alzó los ojos para dedicar­le a su marido una larga mirada penetrante. El postrer sentimiento que anidaba en su corazón era de descon­fianza. No se había recobrado de la conmoción que Arthur le había producido al enterarla de que en el ins­tante de su tormento él había estado con Viola. Con­fiaba en su marido casi tanto como lo amaba; pero ahora que iba a abandonar este mundo para siempre, su hermana le inspiraba un escalofriante horror. En el fondo sabía que Viola nunca había dejado de envidiar­le su buena suerte; y un año de feliz seguridad no ha­bía borrado la imagen de la joven ataviada con sus ga­las nupciales y sonriendo con imaginado triunfo. Ahora que Arthur iba a quedar solo, ¿qué no haría Viola? Era hermosa, era insinuante; ¿qué artificios no utilizaría, qué impresión no causaría en el melancólico corazón del joven? En silencio la señora Lloyd miró a su marido. Resultaba difícil, pensándolo bien, dudar de su fidelidad. Sus hermosos ojos rebosaban de lágri­mas; su rostro se convulsionaba por los sollozos; el asi­miento de sus manos era cálido y apasionado. ¡Cuán noble parecía, cuán tierno, cuán fiel y devoto! “No -pensó Perdita-, no está hecho para una mujer como Viola. Jamás me olvidará. Ni realmente Viola lo ama: lo único que ama es el lujo y los vestidos y las joyas.” Y posó la mirada sobre sus pálidas manos propias, que la generosidad de su marido había cubierto de anillos, y sobre los fruncidos de encaje que formaban el reborde de su camisón. “Viola me envidia más los anillos y los encajes que a mi marido.”

En aquel momento el pensar en la rapacidad de su hermana semejó proyectar una negra sombra entre ella y la indefensa figura de su hijita.

-Arthur -dijo-, tienes que quitarme todos los ani­llos. No deseo ser enterrada con ellos puestos. Algún día mi hija los llevará: mis anillos y mis encajes y sedas. Hoy he hecho que los sacaran y me los mostraran. Es un magnífico vestuario, no hay ninguno comparable en toda la provincia; puedo decirlo sin vanidad ahora que ya no será mío. Será un magnífico legado para mi hija cuando se haga mayor. En él hay cosas que un hombre no puede comprar dos veces, y si se pierden no hay medio de volver a tenerlas. Conque guárdalas bien. Una docena de ellas se las lego a Viola: ya se las he especificado a mi madre. Le doy aquel vestido de seda recamado de azul y plata; es perfecto para ella; yo sólo lo llevé una vez, no me sentaba nada bien. Pero lo demás debe ser guardado como oro en paño para esta pequeña inocente. Es providencial que su color sea el mismo que el mío; podrá llevar mis vestidos; tiene los ojos de su madre. Ya sabes que las modas se repiten cada veinte años. Podrá llevar mis vestidos sin retocar­los. Hasta que crezca lo suficiente, reposarán envuel­tos en alcanfor y pétalos de rosa, y conservarán sus co­lores en la dulcemente perfumada oscuridad. Tendrá el pelo negro, se vestirá con mi satén granate. ¿Me lo prometes, Arthur?

-¿Qué he de prometerte, cariño?

-Prométeme que preservarás los vestidos de tu po­bre esposa.

-¿Acaso temes que los venda?

-No, sino que se pierdan. Mi madre los envolve­rá adecuadamente y tú los guardarás con doble cerra­dura. ¿Te acuerdas del gran baúl que hay en el ático, reforzado con hierro? Es enorme e inviolable. Ahí podrás meterlos todos. Mi madre y el ama de llaves lo harán y te entregarán la llave. Y tú guardarás la lla­ve en tu secreter y jamás se la entregarás a nadie que no sea tu hija. ¿Me lo prometes?

-Oh, sí, te lo prometo -dijo Lloyd, desconcertado ante la intensidad con que su esposa parecía aferrada a aquel plan.

-¿Lo juras? -insistió Perdita.

-Sí, lo juro.

-Bien..., confío en ti.... confío en ti -dijo la pobre mujer, mirándolo a los ojos con una mirada en que él, si hubiera intuido las vagas aprensiones de ella, habría podido leer una advertencia no menos que una súplica.

Lloyd sobrellevó su pérdida con entereza y hom­bría. Un mes después de la muerte de su esposa, en el decurso de sus negocios, surgieron circunstancias que le ofrecieron la oportunidad de viajar a Inglaterra. Abrazó tal oportunidad como un remedio contra la tristeza. Estuvo ausente casi un año, durante el cual su hijita quedó bajo los tiernos cuidados y mimos de la abuela. A su regreso volvió a abrir de par en par las puertas de su casa y proclamó su intención de reincor­porarse a la vida social como en la época de su esposa. Muy pronto oyéronse predicciones de que no tardaría en casarse de nuevo, y hubo por lo menos una docena de muchachas de quienes se puede decir que no fue por culpa de ellas si, durante seis meses tras su regreso, la predicción se incumplió. Durante este intervalo su hijita siguió en manos de la señora Willoughby, pues ésta le aseveró a su yerno que un cambio de residencia a tan temprana edad era arriesgado para la salud. Fi­nalmente, empero, él declaró que su corazón ansiaba la presencia de la pequeña y que debía serle reintegra­da. Mandó su carruaje y su ama de llaves para recoger­la. A la señora Willoughby le entró terror de que a su nietecita le ocurriera algún percance por el camino; y, ante la manifestación de tal sentimiento, Viola se ofre­ció a acompañarla durante el viaje. Podría regresar al día siguiente. Así es que marchó a Boston con su so­brinita, y el señor Lloyd se la encontró ante el umbral de su casa, emocionado de gratitud ante su amabili­dad. En vez de regresar al día siguiente, Viola se quedó allí toda la semana; y cuando por fin volvió a su casa, sólo lo hizo para llevarse algunas de sus cosas. Arthur y la niña no querían ni oír hablar de su marcha. La pe­queña lloraba y gemía si Viola la dejaba; y ante la vi­sión de su decaimiento Arthur enloquecía y juraba que también ella iba a morir. En definitiva, nada los tranquilizaba excepto que Viola se quedara hasta que la criaturita se hubiere acostumbrado a las caras desco­nocidas.

El acostumbramiento tardó dos meses en produ­cirse; pues no fue sino hasta que hubo transcurrido este plazo cuando Viola se despidió de su cuñado. La señora Willoughby se había incomodado e irritado ante la prolongada ausencia de su hija: había declara­do que no era decorosa y que estaba siendo la comidi­lla de toda la región. Había transigido únicamente porque, sin la presencia de la joven, su hogar gozó de un inusitado período de paz. Bernard Willoughby continuaba viviendo en casa de su madre, junto con su esposa, y entre ésta y su cuñada existía una amarga hostilidad. Puede que Viola no fuese ningún ángel; pero en los asuntos cotidianos de la vida era una mu­chacha de suficiente buen talante, y aunque se peleaba con la mujer de Bernard no era sin mediar provoca­ción. Que se peleaba, sin embargo, era algo sobre lo cual no cabía duda, para gran enojo no sólo de su anta­gonista, sino también de los dos espectadores de estos continuos altercados. Por consiguiente, el vivir en el hogar de su cuñado habría sido delicioso aunque sólo fuera porque así podía apartarse del objeto de sus anti­patías en el hogar materno. Lo era doblemente -lo era diez veces más- por cuanto la mantenía cerca del obje­to de su antigua pasión. Las reflexiones de la señora Lloyd se habían quedado lejísimos de la verdad, en lo tocante a lo que por su marido sentía Viola. Había sido una pasión al principio y una pasión seguía sien­do: una pasión los efluvios de cuyo radiante calor no tardó en notar el señor Lloyd, atemperados para aco­modarse al delicado estado de los sentimientos de éste. Como ya he dicho, Lloyd no era ningún dechado; no entraba en su naturaleza guardar una fidelidad eterna. Aún no había compartido muchos días su hogar con su cuñada cuando comenzó a aseverarse para sus aden­tros que ésta era, como se solía decir en aquel tiempo, diabólicamente atractiva. No es preciso investigar si realmente Viola puso en práctica aquellos insidiosos artificios que su hermana se había sentido tentada de atribuirle. Baste decir que siempre hallaba el modo de aparecerse en su aspecto más favorecedor. Todas las mañanas se sentaba junto a la gran chimenea del co­medor, con una labor de ganchillo, mientras a sus pies su sobrinita retozaba sobre la alfombra, o sobre la cola de su vestido, y jugaba con sus ovillos de lana. Muy in­sensible habría sido Lloyd si hubiese permanecido in­diferente a las ricas sugerencias de aquel cuadro encan­tador. Adoraba portentosamente a su hijita, y nunca se cansaba de cogerla en brazos y de lanzarla al aire para volver a recogerla, haciéndola gorjear de alegría. No pocas veces, sin embargo, se permitía mayores liberta­des de lo que por ahora la pequeña estaba dispuesta a tolerar, y ésta vociferaba súbitamente su desagrado. Entonces Viola depositaba la labor y tendía sus bellas manos con la grave sonrisa de una joven cuya virginal imaginación le hubiera revelado todas las artes apaci­guadoras de una madre. Lloyd le entregaba la niña, sus miradas se encontraban, sus manos se rozaban, y Viola apagaba los infantiles sollozos sobre los níveos plie­gues del tocado que cruzaba su pechera. Su dignidad era perfecta, y nada podía ser menos intrusivo que el modo en que hacía uso de la hospitalidad de su cuña­do. Casi se habría podido decir, quizá, que en su reser­va había algo de hosquedad. Lloyd experimentaba la provocativa sensación de que ella estaba en la casa y sin embargo era inabordable. Media hora después de la cena, al mismísimo inicio de las largas veladas inver­nales, ella encendía su vela, le hacía una asaz respetuo­sa reverencia al joven y marchaba a acostarse. Si esto eran artificios, Viola era una gran artífice. Pero el efec­to de los mismos era tan suave, tan paulatino, estaban calculados para influir sobre el alma del joven viudo con un crescendo tan exquisitamente matizado, que, como ya ha visto el lector, hicieron falta varias sema­nas para que Viola principiara a sentirse segura de que sus ganancias habrían de compensar su desembolso. Una vez que adquirió esta convicción interior, hizo el equipaje y regresó a casa de su madre. Allí esperó du­rante tres días; al cuarto, el señor Lloyd hizo su apari­ción: un respetuoso pero apasionado pretendiente. Viola lo escuchó hasta el final con gran humildad y lo aceptó con infinito recato. Es difícil creer que la seño­ra Lloyd le habría perdonado esto a su marido; mas si algo habría podido desarmar su resentimiento habría sido la ceremoniosa continencia de aquella entrevista. Viola le impuso a su novio un brevísimo periodo de noviazgo. Se casaron, como convenía, en la más estric­ta intimidad, casi en secreto... con la esperanza, tal vez, como a la sazón alguien sugirió maliciosamente, de que la anterior señora Lloyd no llegara a enterarse.

Según toda apariencia el casamiento era venturoso, y cada una de las partes obtenía lo que había deseado: Lloyd una mujer “diabólicamente atractiva”, y Viola... pero hasta ahora los deseos de Viola, como habrá ad­vertido el lector, tienen mucho de misteriosos. En su mutua felicidad hubo, a la hora de la verdad, dos som­bras; pero el tiempo podría, acaso, desvanecerlas. Du­rante los primeros tres años de su matrimonio la seño­ra Lloyd no consiguió ser madre, y por su parte su marido sufrió grandes descalabros económicos. Esta última circunstancia motivó una drástica reducción de gastos, y por fuerza Viola no pudo llevar la vida de una gran dama en la misma medida que su hermana. Se las industrió, no obstante, para representar con ininterrumpida constancia el papel de mujer elegante, aunque hay que confesar que ello requería el desplie­gue de un ingenio mayor de lo que corresponde a un auténtico sosiego aristocrático. Desde hacía mucho tiempo había comprobado que el suntuoso vestuario de su hermana había sido secuestrado en beneficio de su hija y estaba languideciendo en la desagradecida os­curidad del polvoriento ático. Era indignante pensar que aquellas gloriosas telas esperarían hasta que las re­clamase una niña que se sentaba en una sillita y tomaba leche con migas en una cuchara de madera. Viola tuvo el buen gusto, empero, de no hablar del asunto hasta que hubieron expirado varios meses. Entonces, por fin, tímidamente abordó a su marido. ¿No era una lás­tima que se estropearan tantos vestidos tan hermosos? Pues se estropearían, sin duda, comidos por la polilla, descoloridos por el tiempo y devaluados por los cam­bios de las modas. Pero Lloyd le ofrendó una negativa tan abrupta y perentoria que ella comprendió que por el momento su aspiración era vana. Transcurrieron seis meses, sin embargo, que trajeron consigo nuevas necesidades y nuevas ocurrencias. Los pensamientos de Viola se cernían ávidamente sobre las reliquias de su hermana. Subió a examinar el baúl del cual eran prisioneras. En sus tres grandes candados y sus refuer­zos de hierro hubo un hosco desafío, que no logró sino acrecentar sus ansias. Había algo exasperante en su in­corruptible inviolabilidad. El baúl era como un viejo sirviente canoso y severo que se obstinara en no revelar un secreto de familia. Y además sus vastas dimensiones sugerían un copioso contenido, y cuando Viola gol­peó su costado con la punta de la zapatilla se produjo un sonido de estar lleno a rebosar, que la hizo sofocar­se de impotentes anhelos.

-¡Es absurdo! -exclamó-. ¡Es una ridiculez, una iniquidad! -Y en el acto determinó llevar a cabo otra tentativa ante su marido. Al día siguiente, después del almuerzo, cuando él se hubo tomado su vino, osada­mente ella volvió a la carga. Pero él la interrumpió con gran sequedad:

-De una vez por todas, Viola -dijo-, no hay nada que discutir. Me sentiré gravemente disgustado si vuelves a hablarme de ese asunto.

-Qué bien -dijo Viola-. Me resulta muy agradable enterarme de la valía que se me atribuye. ¡Cielo santo -gritó-, qué mujer tan feliz soy! ¡Es maravilloso sen­tirse sacrificada a un capricho! -Y sus ojos se llenaron de lágrimas de rabia y decepción.

Lloyd sentía el natural horror de un hombre bueno a los sollozos de una mujer, y probó -puedo decir con­descendió- a explicarse:

-No es un capricho, cariño, es una promesa -dijo-, un juramento.

-¿Un juramento? ¡Bonito motivo de juramentos! Y ¿a quién, si puede saberse?

-A Perdita -dijo el joven, alzando la mirada un ins­tante, pero bajándola de inmediato.

-¡Perdita, ah, Perdita! -Y se desbordó el llanto de Viola. Su pecho se estremeció en tempestuosos sollo­zos: unos sollozos que eran la retardada reproducción del violento acceso de llanto que la invadiera la noche en que se enteró del compromiso de su hermana. Se había figurado, en sus mejores momentos, que sus ce­los habían desaparecido; mas he aquí que volvían a hervir tan fieros como siempre-. Y, si me haces el fa­vor, ¿qué derecho -gritó- tenía Perdita a disponer de mi futuro? ¿Qué derecho tenía a obligarte a la mez­quindad y la crueldad? ¡Ah, qué digno lugar ocupo y qué bonito papel represento! ¡Tengo que conformar­me con lo que Perdita dejó! Y ¿qué es lo que dejó? ¡Hasta ahora no lo había sabido! ¡Nada, nada, nada!

Esto fue un razonamiento muy endeble, pero un apasionamiento muy efectivo. Lloyd pasó el brazo al­rededor del talle de su esposa y trató de darle un beso, pero Viola lo rechazó con olímpico desdén. ¡Pobre hombre! Había ambicionado una mujer “diabólicamente atractiva”, y la había conseguido. Fue insopor­table aquel desdén. Salió de la estancia mientras le zumbaban los oídos, indeciso, turbado. Ante él estaba el secreter, y en éste la sagrada llave con que su propia mano había echado el triple cerrojo. Se acercó y lo abrió, y extrajo de un cajón secreto la llave, envuelta en un paquetito que él mismo había sellado con su propio noble blasón heráldico. Teneo, rezaba la divisa: “Yo guardo.” Pero no se atrevió a devolverla a su es­condite. La arrojó sobre la mesa ante su esposa.

-¡Quédatela! -gritó ella-. No la quiero. ¡La odio!

-Yo me lavo las manos de este asunto -dijo su ma­rido-. ¡Dios me perdone!

Despectivamente la señora Lloyd se encogió de hombros y se fue de la estancia, mientras el joven se re­tiraba por otra puerta. Diez minutos más tarde la se­ñora Lloyd volvió y encontró la estancia ocupada por su pequeña hijastra y la niñera. La llave no estaba so­bre la mesa. Miró a la niña. La niña estaba subida en una silla, con el paquetito en las manos. Había roto el sello con sus propios deditos. Prestamente la señora Lloyd se apoderó de la llave.

A la hora habitual de la cena Arthur Lloyd regresó de su contaduría. Era el mes de junio y mientras la cena se servía todavía duraba la luz diurna. La comida estaba sobre la mesa, pero la señora Lloyd no compa­recía. El criado a quien su señor envió en su busca, vol­vió diciendo que estaba vacía la habitación de su seño­ra y que las sirvientas lo habían informado de que no había sido vista desde el almuerzo. Lo cierto es que se habían apercibido de su rostro lloroso y, suponiendo que se habría encerrado en su habitación, no habían querido molestarla. Su marido la llamó por su nombre por diversas partes de la casa, pero sin obtener respues­ta. Por último se le ocurrió que tal vez la hallaría si se encaminaba al ático. La idea le produjo una extraña sensación de malestar, y les ordenó a los criados que permanecieran en la planta baja, no deseando ningún testigo de su búsqueda. Llegó al pie de las escaleras que conducían al piso superior y se detuvo con la mano en la barandilla, voceando el nombre de su esposa. Le tembló la voz. Llamó de nuevo, en tono más alto y fir­me. El único sonido que rompió el absoluto silencio fue un débil eco de su propia voz, que repetía su llama­da bajo el gran alero. Pese a todo se sintió irresistible­mente impulsado a subir las escaleras. Desembocaban en una amplia sala, flanqueada de armarios de madera y rematada por una ventana orientada a poniente, que dejaba pasar los últimos rayos solares. Ante la ventana estaba el enorme baúl. Ante el baúl, arrodillada, el jo­ven vio con asombro y horror la figura de su esposa. Al instante salvó la distancia que los separaba, privado del habla. La tapa del baúl estaba abierta, exhibiendo, entre perfumadas fundas, su tesoro de telas y joyas. Viola había caído hacia atrás mientras permanecía arrodillada, y había quedado con una mano apoyada en el suelo y la otra oprimida contra el corazón. En sus extremidades había la rigidez de la muerte, y en su ros­tro, a la moribunda luz del sol, el terror de algo más poderoso que la muerte. Sus labios estaban entreabier­tos en súplica, en consternación, en agonía; y en su exangüe cuello destacaban las horrendas huellas de los dedos de dos vengativas manos fantasmales.

 

 

 

 

 

[1] De Noche de Epifanía. (N. del T)

[2] De El cuento de invierno. (N. del T)

[3] Personaje protagonista de la novela homónima de Oliver Goldsmith. (N. del T)

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