© Libro N° 4041. Washington Square. James, Henry. Colección E.O. Agosto 5 de 2017.
Título original: © Washington Square. Henry James
Versión Original: © Washington Square. Henry James
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WASHINGTON SQUARE
Henry James
Publicada por entregas casi simultáneamente en Inglaterra y Estados Unidos, y en forma de libro a fines de 1880 en Nueva York, Washington Square fue la primera gran novela de Henry James (1843-1916). En este relato, protagonizado por una mujer dividida entre el amor a un padre distante y severo y la atracción que despierta en ella un pretendiente desaprensivo, se revelan los valores de una obra fuera de lo corriente. Llevada al cine por William Wyler en 1949 con el título de «La heredera», la obra es para Graham Greene «quizá la única novela en que un hombre ha conseguido invadir el campo femenino produciendo una obra comparable a las de Jane Austen».
Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Capítulo V
Capítulo VI
Capítulo VII
Capítulo VIII
Capítulo IX
Capítulo X
Capítulo XI
Capítulo XII
Capítulo XIII
Capítulo XIV
Capítulo XV
Capítulo XVI
Capítulo XVII
Capítulo XVIII
Capítulo XIX
Capítulo XX
Capítulo XXI
Capítulo XXII
Capítulo XXIII
Capítulo XXIV
Capítulo XXV
Capítulo XXVI
Capítulo XXVII
Capítulo XXVIII
Capítulo XXIX
Capítulo XXX
Capítulo XXXI
Capítulo XXXII
Capítulo XXXIII
Capítulo XXXIV
Capítulo XXXV
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Capítulo I
Durante buena parte de la primera mitad de este siglo y, sobre todo, en su última mitad, floreció en Nueva York, en el ejercicio de su profesión, un doctor que gozó de una excelente posición dentro de la consideración general que se concede en los Estados Unidos a los miembros distinguidos del cuerpo médico. La profesión de médico ha sido allí siempre muy honrada y ha pugnado con más tenacidad que en cualquier otra parte para merecer el calificativo de «liberal». En un país donde, para obtener una posición en sociedad resulta indispensable que uno se gane sus ingresos, o haga creer que se los gana, el arte de curar parece combinar en alto grado las dos fuentes de crédito reconocidas. Pertenece al terreno de lo práctico, lo que en sí ya es una gran recomendación en los Estados Unidos, y está iluminada por la luz de la ciencia, mérito éste muy apreciado en una comunidad en la que el amor al conocimiento no siempre ha estado acompañado del ocio y de oportunidades propicias.
El hecho de que la sabiduría y la habilidad práctica del doctor Sloper estuvieran perfectamente equilibradas era uno de los elementos que más influía en su reputación. Puede decirse que era un médico eminente, pero en sus recetas no había nada abstracto, pues siempre ordenaba que el enfermo tomara algo. A pesar de que producía la impresión de ser en extremo competente no era un teórico molesto, y, aunque en ocasiones ofrecía explicaciones más minuciosas de las que el paciente necesitaba, nunca llegaba al extremo de confiar únicamente en esa explicación (como hacen algunos profesionales de que uno ha oído hablar), sino que dejaba siempre una receta tras él. Había otros médicos que dejaban la receta sin ofrecer ninguna explicación. Tampoco pertenecía a esa clase que es, después de todo, la más común. Como se verá estoy describiendo a un hombre hábil. Esta es, en realidad, la razón de que el doctor Sloper se convirtiera en una celebridad local.
En la época en que nos interesamos por él especialmente tenía alrededor de cincuenta años y se hallaba en la cúspide de su popularidad. Era muy ingenioso, y en el seno de la mejor sociedad neoyorquina se le consideraba como un hombre de mundo, lo que, desde luego, era cierto. Me apresuro a añadir, adelantándome a cualquier posible error, que no era de ninguna manera un charlatán. Era absolutamente honrado, hasta un grado cuya medida quizás no había tenido ocasión de demostrar, y haciendo a un lado la buena opinión de que gozaba en el círculo en que se movía, círculo que a menudo alardeaba de poseer «el médico más brillante del país», justificaba diariamente el talento que la opinión pública le atribuía; era un observador agudo, incluso un filósofo, y le resultaba tan natural y fácil ser brillante (como aseguraba la opinión pública) que jamás buscaba producir simplemente un efecto determinado, ni recurría a los pequeños trucos y pretensiones de quienes tienen una reputación de segunda categoría. Hemos de confesar que la fortuna lo había favorecido, y que había hallado el camino hacia la prosperidad muy fácilmente. Se había casado, a los veintisiete años, por amor, con una muchacha encantadora, la señorita Catherine Harrington, de Nueva York, quien, junto con sus muchos encantos aportó al matrimonio una sólida dote. La señora Sloper era agradable, educada, graciosa y elegante, y en el 1820 era una de las muchachas más bellas de la pequeña pero prometedora capital que se iba formando alrededor de la Battery, dominando la Bahía, y cuyos límites superiores estaban marcados por los ribazos de Canal Street. Ya a los veintisiete años, Austin Sloper se había destacado lo suficiente como para suavizar la anomalía de ser elegido, entre una docena de pretendientes, por una joven del alto mundo, que tenía unos ingresos anuales de diez mil dólares y los ojos más hermosos de toda la isla de Manhattan. Aquellos ojos, y algunos de sus aditamentos, fueron durante cinco años fuente de inmensa satisfacción para el joven médico, que era un marido a la vez devoto y feliz.
El hecho de haberse casado con una mujer rica no modificó la línea de conducta que se había trazado y continuó ejerciendo su profesión con el mismo tesón, como si no dispusiera de más recursos, quitando su parte en el modesto patrimonio que, a la muerte de su padre, había compartido con sus hermanos y hermanas. Su objetivo principal no era el de enriquecerse, sino el de aprender y poder hacer algo. Aprender algo interesante y hacer algo útil, esto era, en términos generales el programa que se había trazado y que no se afectó por el hecho de que su mujer tuviera cuantiosos bienes. Amaba su profesión, amaba ejercerla y estaba tan consciente de que si no fuera médico no sería ninguna otra cosa, que persistió en serio, en las mejores condiciones posibles. Por supuesto, su holgada situación familiar le evitó muchos sinsabores, y el hecho de que su mujer perteneciera a «los mejores círculos» le aportó muchos de esos pacientes cuyos síntomas, sino más interesantes por sí mismos que los de las clases humildes, por lo menos eran más aparatosamente exhibidos. Él deseaba tener experiencia, y en el curso de veinte años la adquirió ampliamente. Debe añadirse que le llegó de varias maneras que, aparte de su valor intrínseco, no fueron recibidas con beneplácito. Todo lo contrario. Su primer hijo, un niño que prometía muchísimo, como el doctor, nada afecto a los fáciles entusiasmos, firmemente creía, murió a los tres años de edad, a despecho de todo lo que la ternura de la madre y la ciencia del padre pudieron idear para salvarlo. Dos años después, la señora Sloper dio a luz a su segundo hijo, de un sexo que convertía al pobre bebé en opinión del doctor, en un substituto inadecuado para su llorado primogénito, a quien se había jurado convertir en un hombre admirable. La niña fue una desilusión; pero eso no fue lo peor. Una semana después del parto la joven madre, quien, como se suele decir, había salido bien librada, manifestó de pronto síntomas alarmantes, y antes de que pasara otra semana, Austin Sloper era viudo.
Tratándose de un hombre cuyo oficio era el de mantener con vida a la gente, se podía decir que los resultados obtenidos en su propia casa eran bastante pobres; y un médico brillante que en un lapso de tres años pierde a su mujer y a su hijo debería tal vez prepararse para ver puesta en entredicho su competencia profesional o sus afectos. Nuestro amigo, no obstante, escapó a la crítica; es decir, escapó a todas las críticas menos a la suya propia, que era mucho más aguda y demoledora. Caminó bajo el peso de su propia censura durante el resto de sus días, y llevó para siempre las cicatrices de un castigo infligido por la mano más fuerte que él conocía la noche que siguió a la muerte de su esposa. El mundo que, como he dicho, lo apreciaba, lo compadeció tanto que no pudo permitirse ironías; sus desdichas lo convirtieron en una persona más interesante, y hasta lo ayudaron para estar a la moda. Se observó que ni siquiera las familias de los médicos pueden escapar a las formas más insidiosas de enfermedad, y que, después de todo, el doctor Sloper había perdido ya a otros familiares antes de los dos que he mencionado, lo que constituía un precedente honorable. Le quedaba su hijita; y aunque no era lo que hubiese deseado, se propuso sacar el mejor partido posible de ella. Guardaba una amplia reserva de autoridad, de la que la niña, en sus primeros años, se benefició ampliamente. Llevaba el nombre, como es costumbre, de su pobre madre, e incluso en su infancia el doctor la llamó siempre Catherine, sin emplear nunca un diminutivo cariñoso. Creció como una niña robusta y saludable, y su padre, cuando la veía, solía decirse que tal como era no tenía miedo de perderla. Digo «tal como era», porque a decir verdad... Pero de esto hablaré más adelante.
Capítulo II
Cuando la niña tenía diez años, el doctor invitó a su hermana, la señora Penniman, para que fuese a vivir con ellos. Las señoritas Sloper eran dos, y ambas se habían casado muy jóvenes. La más joven, la señora Almond, era la esposa de un próspero comerciante y madre de una floreciente familia. Ella misma parecía florecer; era una mujer atractiva, tranquila y razonable, y la favorita de su hermano mayor, que en cuestión de mujeres, aún en las que estaban estrechamente emparentadas con él, era un hombre de marcadas preferencias. Prefería la señora Almond a su hermana Lavinia, que se había casado con un pobre clérigo de constitución enfermiza y exuberante estilo oratorio, que a la edad de treinta y tres años había dejado una viuda —sin hijos y sin fortuna—, sólo con el recuerdo del señor Penniman y sus barrocas piezas oratorias, de las que se podía apercibir en su conversación, cierto vago aroma. No obstante, le ofreció un hogar que Lavinia aceptó con el júbilo de una mujer que ha pasado sus diez años de casada en el pueblo de Poughkeepsie. El doctor no le propuso que se instalara a vivir con ellos indefinidamente; le sugirió que considerara su casa como un cobijo mientras buscaba algunas habitaciones de alquiler. No es seguro que la señora Penniman se hubiera lanzado en busca de esas habitaciones, pero lo que no admite duda es que jamás las encontró. Se instaló en casa de su hermano y nunca se marchó de allí, de manera que cuando Catherine cumplió veinte años, su tía Lavinia era uno de los personajes más estables de su entourage inmediato. La versión del asunto de la señora Penniman consistía en que si había permanecido allí era para hacerse cargo de la educación de su sobrina. Había dado esta explicación a todo el mundo menos al doctor que nunca pedía explicaciones que él mismo podía entretenerse en inventar. Es más, la señora Penniman, aunque tenía una buena dosis de cierta clase de seguridad artificial, se abstenía, por razones indefinidas, de presentarse ante su hermano como fuente posible de instrucción. No tenía un sentido del humor muy desarrollado, pero sí el necesario como para evitar cometer ese error; y su hermano, por su parte, tenía el suficiente para disculparla, dada su situación, y el tenerla a su lado durante buena parte de su vida. Por consiguiente asintió tácitamente a la propuesta que la señora Penniman le planteaba de igual manera, es decir, que era importante que la pobre niña huérfana tuviera a su lado a una mujer brillante. Su asentimiento no podía ser sino tácito, ya que nunca había advertido el brillo intelectual de su hermana. A decir verdad, salvo cuando estuvo enamorado de Catherine Harrington, nunca se había sentido impresionado por ningún rasgo de inteligencia femenino, y aunque en cierto modo era lo que se da en llamar un médico de señoras, su opinión sobre el sexo más complicado no era exaltada. Consideraba que sus complicaciones eran más curiosas que edificantes, y tenía una idea de la belleza de la razón, que en general se veía pobremente gratificada con lo que observaba en sus pacientes del sexo femenino. Su esposa había sido una mujer razonable, pero era una excepción brillante; entre las varias cosas de las que estaba seguro, ésta era tal vez la principal. Tal convicción, por supuesto, contribuyó muy poco a mitigar o a abreviar su viudez, y constituyó una barrera al reconocimiento de las posibilidades de Catherine y los servicios de la señora Penniman. Sin embargo, pasados seis meses, aceptó como un hecho cumplido la presencia permanente de su hermana, y como Catherine estaba creciendo, no pudo dejar de advertir que en efecto existían buenas razones para que tuviera una compañía de su propio imperfecto sexo. El doctor era extremadamente cortés con Lavinia, escrupuloso, formalmente cortés; y ella nunca lo había visto enfurecido salvo en una ocasión en que perdió la paciencia durante una discusión teológica con su difunto marido. Con ella no discutía nunca de teología, mejor dicho, con ella no discutía de nada; se limitaba a hacerla saber, muy claramente, en forma de un lúcido ultimátum, sus deseos en lo referente a Catherine.
En una ocasión, cuando la niña tenía cerca de doce años, el doctor le dijo a su hermana.
—Trata de hacer de ella una mujer brillante, Lavinia: me gustaría que fuese una mujer inteligente.
La señora Penniman permaneció pensativa durante un momento. Luego respondió:
—Mi querido Austin, ¿qué crees que sea mejor, que sea inteligente o buena?
—¿Buena para qué? —preguntó el doctor—. Uno no es bueno para nada a menos que sea inteligente.
Ante esta respuesta, la señora Penniman no vio razones para disentir; ella posiblemente pensaba que su buena fortuna en el mundo se debía a su capacidad en muchos terrenos.
—Por supuesto, deseo que Catherine sea buena —le dijo el doctor al día siguiente—, pero no dejará de ser virtuosa por no ser tonta. No temo que sea mala; no hay un grano de maldad en su carácter, y no lo habrá. Es buena como el pan, como dicen los franceses. Pero dentro de seis años no me gustaría tener que compararla con un buen trozo de pan con mantequilla.
—¿Temes que vaya a ser insípida? Querido hermano, soy yo quien le va a proporcionar la mantequilla, así que no debes preocuparte —respondió la señora Penniman que había tomado a su cargo la «realización» de la niña, vigilándola al piano, por el que Catherine había demostrado algún talento, y acompañándola a su clase de danza, donde debemos confesar que hacía una figura muy modesta.
La señora Penniman era alta, delgada, rubia, algo ajada, de un temperamento propicio a la amistad, un alto grado de sociabilidad, un gusto especial por la literatura ligera y cierta absurda tendencia a las formas indirectas y oblicuas en su actuación. Era romántica; era sentimental; tenía verdadera pasión por los pequeños secretos y misterios, una pasión muy inocente, pues sus secretos habían sido siempre tan inservibles como huevos vacíos. No era del todo veraz, aunque ese defecto no tenía demasiada importancia porque nunca había tenido nada que ocultar. Le hubiese gustado tener un amante, y mantener correspondencia con él bajo un nombre falso, por medio de cartas dirigidas a una tienda. Me atrevería a decir que su imaginación nunca llevaba más allá la intimidad. La señora Penniman no había tenido nunca un amante, pero su hermano, que era muy sagaz, comprendía sus resortes mentales. «Cuando Catherine tenga diecisiete años», se decía, «Lavinia tratará de convencerla de que hay algún joven de bigote enamorado de ella. Será absolutamente falso, ningún joven, con bigote o sin él, se enamorará de Catherine. Pero Lavinia lo dará por hecho y le hablará de eso; tal vez llegue, si su gusto por las operaciones clandestinas no prevalece en ella, hasta hablarme del asunto. Catherine no se dará por enterada; por fortuna para la tranquilidad de su mente, no la creerá; la pobre Catherine no es romántica.»
Catherine era una joven saludable, robusta, sin uno solo de los rasgos de la belleza de la madre. No era fea; sencillamente tenía una expresión dura y cortés. Lo más que se podía decir era que poseía una cara «agradable», y, aunque era una heredera, nadie la consideraba una belleza. La opinión que tenía su padre sobre su pureza moral estaba abundantemente justificada; era perfecta e imperturbablemente buena; cariñosa, dócil, obediente, e incapaz de decir una mentira. En años anteriores había sido algo brusca en sus juegos, y, aunque sea una confesión desdichada sobre la propia heroína, debo añadir que era un poco glotona. Nunca, que yo sepa, robó pasas de la despensa; pero gastaba su dinero en la compra de pasteles de crema. En este punto debo señalar que una actitud crítica sería inconsistente con las cándidas referencias a la niñez de cualquier biografiado. Catherine, decididamente, no era una mujer brillante. Nunca se distinguió en sus estudios ni, la verdad sea dicha, en ninguna otra cosa. Tampoco era anormalmente deficiente, y había llegado a aprender lo suficiente como para poder sostener una conversación normal con las personas de su edad, entre las cuales, sin embargo, debe señalarse que ocupaba un lugar de segunda categoría. Es bien sabido que en Nueva York es posible que una joven ocupe uno de primera. Catherine, que era en extremo modesta, no deseaba brillar, y en la mayor parte de las reuniones sociales, se la podía ver oculta en el fondo del salón. Amaba apasionadamente a su padre y le tenía mucho miedo. Lo consideraba el más brillante, apuesto y célebre de todos los hombres. La pobre niña se entregaba tan completamente al ejercicio de su afecto que el pequeño miedo que se mezclaba con su pasión filial le daba al conjunto un relieve mayor más que desgastar su filo. Su más profundo deseo era agradarle, y su concepto de la felicidad era saber que había logrado hacerlo. Aunque nunca lo conseguía sino hasta cierto punto. A pesar de que en términos generales el doctor se mostraba muy bondadoso con ella, Catherine era consciente de sus limitaciones y el lograr superarlas era algo por lo que merecía la pena vivir. Lo que no podía saber, por supuesto, era que para su padre ella era una desilusión, aunque en tres o cuatro ocasiones el doctor había sido bastante franco al respecto. Creció tranquilamente en medio de la prosperidad, pero a los dieciocho años todavía la señora Penniman no había logrado convertirla en una mujer brillante. Al doctor Sloper le hubiera gustado poder sentirse orgulloso de su hija; pero no había nada en la pobre Catherine de que poder enorgullecerse. Tampoco había nada, por supuesto, de que avergonzarse; pero esto no era suficiente para el doctor, que era un hombre orgulloso y que hubiera disfrutado pensando que su hija era una mujer poco común. Lo correcto hubiera sido que fuera bella y graciosa, inteligente y distinguida, ya que su madre había sido la mujer más encantadora durante su breve vida, y por lo que respecta a su padre por supuesto él conocía su propio valor. En algunos momentos le irritaba haber producido una hija tan vulgar, y hasta llegaba a sentir cierta satisfacción de que su esposa no viviera para comprobarlo. Como es natural este descubrimiento lo fue haciendo poco a poco, y no fue sino hasta que Catherine fue una joven de cierta edad cuando lo dio por una verdad establecida. Le dio a la joven el beneficio de la duda; no se apresuró a sacar conclusiones. La señora Penniman con frecuencia le aseguró que su hija tenía una naturaleza deliciosa; pero él sabía cómo interpretar tales afirmaciones. Significaba, según su punto de vista, que Catherine no era lo suficientemente inteligente para darse cuenta de que su tía era una gansa, limitación mental que por supuesto tenía que agradarle a la señora Penniman. Tanto ella como su hermano, sin embargo, exageraban las limitaciones de la joven; pues Catherine, aunque sentía afecto por su tía, y era consciente de la gratitud que le debía, la miraba sin una partícula de la admiración que sentía hacia su padre. Desde su punto de vista, la señora Penniman carecía de cualidades superlativas; Catherine la podía ver de una sola pieza, tal como era, y nada en ella le resultaba deslumbrante; mientras que las notables facultades de su padre se expandían hasta perderse en una vaga luminosidad, que indicaba no que ellas dejaran de existir, sino que la mente de Catherine dejara de seguirlas.
No debe suponerse que el doctor Sloper le diera a entender su desilusión a la pobre joven, ni siquiera que la dejara sospechar que le había jugado una mala pasada. Por el contrario, el temor a ser injusto con ella le hacía cumplir sus deberes con celo ejemplar, y le llevaba a reconocer que era una muchacha leal y afectuosa. Por otra parte, él era un filósofo; se fumó muchos cigarros pensando en su desilusión, y al pasar el tiempo llegó a acostumbrarse a ella. Se conformaba pensando que nada había esperado, aunque, con cierta incoherencia de razonamiento se decía: «No espero nada de ella de modo que si me da una sorpresa será pura ganancia. Si no me la da no habré perdido nada». Esto ocurría en la época en que Catherine había cumplido los dieciocho años; por lo que se desprende que su padre no se había precipitado. A esa edad Catherine parecía ser del todo incapaz de producir sorpresas; era casi un problema el saber si podía recibirlas, tan tranquila y sin problemas se deslizaba su vida. Algunas personas de juicio rudo la consideraban tonta. Pero carecía de problemas porque era incómoda y penosamente tímida. Esto no siempre era bien comprendido, y algunas veces daba la impresión de que era insensible. En realidad era la criatura más tierna del mundo.
Capítulo III
De niña prometía ser alta; pero cuando llegó a los dieciséis años había dejado de crecer, y su estatura, como casi todos los aspectos de su constitución, no era extraordinaria. Sin embargo, era fuerte y bien hecha, y por fortuna, su salud era excelente. Ya se ha observado que el doctor era un filósofo, pero yo no respondería de su serenidad si la muchacha hubiera sido enfermiza y quejumbrosa. Su aspecto saludable constituía su principal aproximación a la belleza; su cutis claro y fresco donde el blanco y el rojo estaban distribuidos por igual, resultaban, en efecto, muy agradables de contemplar. Sus ojos eran pequeños y tranquilos, las facciones estaban muy bien trazadas, el cabello era castaño y sedoso. Los críticos rigurosos la calificaban de una muchacha simple y poco armoniosa, los de mayor imaginación como una joven tranquila de apariencia señorial, pero ninguna de las dos categorías discutía de ella con demasiada atención. Cuando quedó lo suficientemente convencida de que era ya una señorita —y pasó bastante tiempo antes de que pudiera creerlo— desarrolló rápidamente una viva afición por los vestidos; una viva afición creo que es el término con que se le debe llamar. Creo, aunque escriba muy someramente al respecto, que su gusto no era de ninguna manera infalible; estaba expuesto a confusiones y a embarazos. Su gran afición a la ropa era realmente el deseo de una naturaleza bastante inexpresiva a manifestarse de algún modo. Trataba de expresarse por medio de su forma de vestir, y compensar la falta de seguridad en la conversación por la elocuencia del vestuario. Pero si trataba de expresarse por medio de su manera de vestir no hay, pues, que censurar demasiado a las personas que la consideraban poco aguda. Hay que añadir que a pesar de que debía heredar una gran fortuna —el doctor Sloper desde hacía algún tiempo percibía veinte mil dólares al año por su profesión y ahorraba la mitad de esa cantidad— la suma de dinero de que disponía no era mayor que la que se concedía a muchas jóvenes mucho más pobres que ella. En aquella época había en Nueva York varios fuegos de altar que se consumían en el templo de la sencillez republicana. Al doctor Sloper le hubiera agradado ver a su hija presentarse, con gracia clásica, como una sacerdotisa de esta dulce fe. Le parecía una verdadera mofa que su hija fuera a la vez fea y pretenciosa en el vestir. En cuanto a él, le satisfacían las buenas cosas de la vida y hacía un uso considerable de ellas; pero tenía horror a la vulgaridad, y le parecía que ésta iba en aumento en la sociedad que lo rodeaba. Además, la clase de lujo imperante hace treinta años en los Estados Unidos era diferente, y desde luego no tan elevado como lo es en la actualidad, y el brillante padre de Catherine adoptaba un punto de vista anticuado en lo referente a la educación de los jóvenes. No tenía una teoría particular sobre el tema. Sencillamente le parecía apropiado y razonable que una joven bien educada no debería llevar encima la mitad de su fortuna. Los hombros de Catherine eran bastante anchos, y hubieran soportado mucho más que eso; pero al peso del desagrado paternal nunca se atrevió a exponerse, y nuestra heroína había ya cumplido los veintiún años cuando por primera vez se atrevió a vestir un vestido de raso rojo bordado con una cinta dorada, a pesar de que desde hacía varios años lo había deseado en secreto. Cuando se lo puso pareció una dama de treinta años; pero, aunque parezca extraño, a pesar de su gusto por los vestidos hermosos no tenía un ápice de coquetería, y su preocupación, cuando se los ponía, era si le quedaban bien o no. Es este un punto en que la historia no es explícita sino solamente se puede deducir. Con aquel real atavío se presentó a una pequeña fiesta ofrecida por su tía, la señora Almond. La joven había cumplido en esa época veintiún años, y la fiesta de la señora Almond marcó el inicio de algo de extraordinaria importancia.
Unos tres o cuatro años antes, el doctor Sloper se había mudado a la parte superior de la ciudad. Desde su matrimonio había estado viviendo en un edificio de ladrillo rojo con pórtico de granito y un enorme farol sobre la puerta, en una calle, a cinco minutos a pie, del palacio municipal, que conoció sus mejores días (desde el punto de vista social) hacia 1820. Después de esto el flujo de la moda comenzó a desplazarse hacia el norte, como tenía que suceder en Nueva York, debido al angosto canal en el que fluye, y el gran influjo del tráfico a izquierda y derecha de Broadway. En la época en que el doctor cambió de residencia el murmullo del comercio se había convertido en un violento estrépito, que era música en los oídos de todos los buenos ciudadanos interesados en el desarrollo mercantil, como les encantaba llamarlo, de su isla afortunada. El interés del doctor Sloper en este fenómeno era sólo indirecto —aunque si bien se ve, a medida que los años transcurrieron la mitad de sus pacientes llegó a estar formada por exhaustos hombres de negocios, se podría decir que fue más inmediato— y cuando la mayor parte de los departamentos de sus vecinos se convirtieron en oficinas, bodegas y agencias marítimas o locales destinados de alguna manera a los usos del comercio, se decidió a buscar un hogar más tranquilo. El ideal de tranquilidad y de retiro podía encontrarse en 1835 en la Plaza Washington, donde el doctor construyó una casa amplia, elegante y moderna con un gran balcón al que daban los ventanales del salón, y una escalinata de mármol blanco que ascendía a un alto pórtico cuyos pilares eran también de mármol blanco. Hace cuarenta años se suponía que esa estructura, así como muchas otras semejantes en el vecindario, resumían las últimas aportaciones de la ciencia arquitectónica, y siguen siendo hasta hoy día residencias muy sólidas y honorables. En frente quedaba la plaza, con una cantidad considerable de plantas y árboles comunes y corrientes, circundada por una empalizada que contribuía a reforzar su apariencia rural; y a la vuelta estaba el augusto comienzo de la Quinta Avenida, con un aire espacioso y seguro de sí que hacía presentir sus altos destinos. No sé si es debido al tierno recuerdo de los primeros años, pero esta zona resulta para algunas personas el sitio más delicioso de Nueva York. Tiene una especie de reposo definitivo que no ocurre con frecuencia en las otras partes de la amplia y estridente ciudad; tiene un aspecto de madurez, riqueza y honorabilidad mayor que el que se encuentra en las ramificaciones superiores de la gran diagonal, es el aspecto que ofrecen los lugares que han tenido historia social. Fue aquí, como ya le habrán informado otras fuentes autorizadas, que usted vino a un mundo que parecía ofrecer una variedad de fuentes de interés; fue aquí donde vivió su abuela, en venerable soledad, y dispensó una hospitalidad que despertaba a la vez la imaginación y el paladar infantiles; aquí fue donde dio los primeros pasos callejeros, siguiendo a la joven nodriza y percibiendo el raro olor de los ciclamores que en aquella época formaban el principal follaje de la plaza y difundían un aroma que no le disgustaba a usted por no tener entonces un espíritu crítico suficientemente desarrollado; fue aquí, finalmente, donde la primera escuela dirigida por una anciana robusta de busto prominente, que bebía infatigablemente té en una taza azul con un plato que no combinaba con ella, amplió el círculo de sus observaciones y sus sensaciones. Fue aquí, de cualquier manera, donde mi heroína pasó muchos años de su vida; lo que puede excusar este paréntesis topográfico.
La señora Almond vivía todavía más al norte, en una calle en embrión, con la numeración muy alta, una región donde la extensión de la ciudad comienza a asumir un aire abstracto, donde los álamos crecían al borde de la acera (cuando la había), y mezclaban sus sombras con los escarpados tejados de casas holandesas, y donde los cerdos y las gallinas ramoneaban a su gusto en el arroyo. Estos elementos de pintoresquismo local no han desaparecido del todo del escenario urbano de Nueva York; y se pueden encontrar en la memoria de muchas personas de media edad que ahora se ruborizarían si les recordaran esos detalles. Catherine tenía muchos primos, y con los hijos de su tía Almond, nueve en total, mantenía relaciones de bastante intimidad. Cuando ella era más joven los niños le habían tenido bastante miedo; la consideraban demasiado bien educada y una persona que vivía al lado de la tía Penniman se beneficiaba en algo, aunque fuera por reflejo, de su grandeza. La señora Penniman, entre los pequeños Almond, era un objeto más de admiración que de simpatía. Sus maneras eran extrañas y formidables, y sus vestidos de luto —siguió vestida de negro aún veinte años después de la muerte de su marido, hasta que una mañana apareció de pronto con una capa blanca con rosas estampadas— eran en extremo complicados, con una serie de hebillas, de abalorios y de alfileres ensartados en los lugares más inconcebibles, que abatían cualquier familiaridad. Trataba a los niños con excesiva dureza tanto para elogiarlos como para reprenderlos, y tenía el aire opresivo de esperar algo muy sutil de parte de ellos. Por lo tanto hacerle una visita resultaba algo semejante a ir a la iglesia y estar arrodillado en uno de los primeros reclinatorios. Sin embargo, después de algún tiempo descubrieron que la tía Penniman no era sino un accidente en la vida de Catherine, y no una parte de su esencia, y así cuando la niña iba a pasar con sus primos algún domingo podía acompañarlos en sus juegos. Sobre este terreno pronto se estableció una común comprensión y durante varios años Catherine mantuvo relaciones fraternales con ellos. Siete de los pequeños Almond eran varones, y Catherine mostró una preferencia por aquellos juegos que habitualmente se juegan mejor con pantalones. Poco a poco los pantalones de los pequeños Almond comenzaron a alargarse y sus propietarios a ir asentándose en la vida. Los mayores tenían más edad que Catherine, y fueron enviados a colegios o colocados en oficinas. De las muchachas, una se casó puntualmente y la otra se comprometió con igual puntualidad. Fue para celebrar este último acontecimiento que la señora Almond ofreció la pequeña fiesta que he mencionado. Su hija iba a casarse con un robusto corredor de Bolsa, un muchacho de veinte años cuyo porvenir se preveía muy halagüeño.
Capítulo IV
La señora Penniman, con más hebillas y abalorios que nunca, asistió, por supuesto, a la reunión acompañada de su sobrina; el doctor había prometido asomarse más tarde, por la noche. Se iba a bailar bastante, y antes de que la fiesta hubiera avanzado demasiado, Marian Almond se acercó a Catherine en compañía de un joven alto. Presentó al joven como una persona que tenía grandes deseos de conocer a nuestra heroína y como primo de Arthur Townsend, su prometido.
Marian Almond era una linda criatura de diecisiete años, muy menudita y desenvuelta y a cuya elegancia de modales nada podía añadir el matrimonio. Tenía ya el aire de una anfitriona que recibe a sus invitados; movía el abanico, decía que con tanta gente a quien atender le iba a ser imposible el bailar. Pronunció un largo discurso sobre el primo del joven Townsend, a quien dio un golpecito con el abanico antes de apartarse para atender a otros invitados. Catherine no entendió todo lo que había dicho; su atención estaba concentrada en observar la facilidad de maneras de Marian y su flujo de ideas, y en la contemplación del joven, notablemente bien parecido. Había conseguido, sin embargo, a diferencia de lo que a menudo le ocurría cuando era presentada con otras personas, aprehender el apellido del joven que resultó ser el mismo del corredor de bolsa con quien se casaría Marian. A Catherine las presentaciones la ponían nerviosa; ese momento le parecía siempre difícil y le extrañaba que hubiera personas —su nuevo compañero, por ejemplo— que las tomaban con tanta naturalidad. Se preguntaba qué debía decir, y cuáles podían ser las consecuencias si no decía nada. Las consecuencias en ese momento eran agradables. El señor Townsend sin darle tiempo para que se desconcertara, comenzó a hablarle con una sonrisa cordial, como si la hubiera conocido durante un año.
—¡Qué fiesta tan deliciosa! La casa es muy agradable y la familia muy interesante. ¡Qué bella es su prima!
El señor Townsend parecía ofrecer aquellas observaciones, que en sí carecían de profundidad, por lo que valían, mirando a Catherine abiertamente a los ojos. Ella no respondía nada; se limitaba a oírle y a mirarle. Y él, como si no esperara ninguna respuesta, continuó diciendo muchas otras cosas con igual naturalidad. A pesar de que Catherine sentía la lengua agarrotada, era consciente de que no se sentía incómoda; le parecía natural que él hablara y que ella se conformara con mirarlo, sobre todo por el hecho de ser él tan apuesto, o como ella se dijo mentalmente tan bello. La música había permanecido silenciosa por un rato, pero de pronto volvió a sonar; y entonces él le preguntó, con una sonrisa amplia e intensa, si le hacía el honor de bailar con él. Tampoco a esta pregunta dio una respuesta audible, se limitó a dejar que le rodeara la cintura con el brazo —y en ese momento se le ocurrió más vivamente que nunca lo singular que era ese sitio para que un caballero tuviera puesto el brazo— y un momento después él la guiaba alrededor de la habitación en el armonioso movimiento giratorio de la polka. Cuando se detuvieron, Catherine tenía la sensación de tener la cara enrojecida; y entonces, durante unos momentos, dejó de mirarlo. Se abanicó y contempló las flores pintadas en su abanico. Le preguntó si podían comenzar y ella vaciló en responder, mirando aún las flores.
—¿Se siente usted mareada? —le preguntó él con amabilidad.
Entonces Catherine volvió a mirarlo; era indudablemente bello, y no tenía el rostro enrojecido.
—Sí —respondió, y no supo por qué, pues el baile jamás la había hecho sentir mareos.
—Ah, bueno, en ese caso —dijo el señor Townsend—, nos sentaremos y conversaremos. Encontraré un buen sitio.
Y encontró un buen lugar, un sitio encantador. Un pequeño sofá que parecía hecho sólo para dos personas. Las habitaciones en ese momento estaban muy concurridas; el numero de danzadores había aumentado y la gente se colocaba frente a ellos, dándoles la espalda, así que Catherine y su acompañante parecían aislados e inobservados. «Conversaremos» había dicho el joven; pero fue él quien llevó toda la conversación. Catherine se recostó en su asiento, con los ojos fijos en él, sonriendo y considerándole muy brillante. Sus rasgos eran como los de los jóvenes que se ven en los cuadros; Catherine nunca había visto rasgos semejantes, tan delicados, tan cincelados y pulidos, entre los jóvenes que había visto en Nueva York en la calle o en reuniones sociales. Era alto y esbelto, pero parecía extraordinariamente fuerte. Catherine pensó que parecía una estatua. Pero una estatua no hablaba así y, sobre todo, no tenía los ojos de ese color tan extraño. Nunca antes había estado en casa de la señora Almond. Se sentía allí como un extraño. Había sido muy amable de su parte compadecerse de él. Era primo de Arthur Townsend; en realidad era un pariente lejano, y Arthur lo había llevado para presentarlo a la familia. Lo cierto es que era un extranjero en Nueva York. A pesar de ser su ciudad natal había estado ausente durante muchos años. Había salido a conocer el mundo y vivió en los lugares más extraños; había llegado sólo uno o dos meses atrás. Nueva York era muy agradable, sólo que se sentía muy solitario.
—Usted ve, la gente se olvida de uno —dijo sonriéndole a Catherine con su mirada deliciosa, y volviéndose hacia ella con los codos sobre las rodillas.
Le parecía a Catherine que nadie que lo viera una vez podría olvidarlo, pero guardó para sí esta reflexión, como si guardara un objeto precioso.
Permanecieron sentados durante algún tiempo. Era muy entretenido. Le preguntó sobre algunas de las personas que estaban cerca de ellos. A su vez trató de adivinar quiénes eran algunos y cometió las equivocaciones más cómicas. Criticó a algunos con la mayor libertad, en forma notablemente despreocupada. Catherine nunca había oído a nadie —especialmente a ningún joven— hablar de esa manera. Hablaba como los jóvenes de las novelas; o mejor aún como los protagonistas de un drama, en escena, frente a las candilejas, contemplando al público, y a su vez admirado por ese mismo público. Sin embargo, el señor Townsend no se comportaba como un actor; parecía tan sincero, tan natural. Esto era lo más interesante de todo. Pero en cierto momento se acercó Marian Almond abriéndose paso entre la multitud, con un pequeño grito irónico, al encontrar a la pareja aún reunida, que hizo que todo el mundo se volviera a mirarlos. Catherine se ruborizó intensamente. Marian interrumpió la conversación y le dijo al señor Townsend —a quien trataba como si ya estuviera casada, y él fuera por eso su primo— que su madre desde hacía media hora trataba de localizarlo para presentarlo al señor Almond.
—Nos volveremos a ver —le dijo a Catherine al alejarse y ella pensó que su modo de hablar era muy original.
Su prima la tomó del brazo y la hizo caminar. En cierto momento exclamó:
—No necesito preguntarte qué piensas de Morris.
—¿Así se llama?
—No te pregunto qué piensas de su nombre sino de él —dijo Marian.
—Oh, nada en especial —respondió Catherine, disimulando por primera vez en su vida.
—¡Casi me dan ganas de decírselo! —exclamó Marian—. Le hará mucho bien. Es tan terriblemente vanidoso...
—¿Vanidoso? —preguntó Catherine, asombrada.
—Eso dice Arthur. Y Arthur lo conoce muy bien.
—¡Oh, no se lo digas! —murmuró Catherine, implorante.
—¿Que no le diga que es vanidoso? Se lo he dicho ya una docena de veces.
Ante semejante audacia, Catherine miró asombrada a su pequeña acompañante. Suponía que se debía al hecho de que estuviera a punto de casarse el que Marian fuera tan segura de sí misma; pero se preguntó también si se esperaban tales proezas de ella cuando también se comprometiera.
Media hora más tarde vio a su tía Penniman sentada en el alféizar de una ventana, con la cabeza un poco ladeada y con los impertinentes de oro ante los ojos recorriendo el salón. Frente a ella estaba un caballero inclinado hacia adelante y de espaldas. Reconoció inmediatamente esas espaldas, aunque nunca las había visto, porque cuando Marian lo había llamado él se retiró como un caballero sin dar media vuelta. Morris Townsend —el nombre se le había vuelto familiar, como si alguien se lo hubiese estado repitiendo al oído durante la última media hora—, Morris Townsend le daba a su tía sus impresiones de la concurrencia, igual que se las había dado a ella; decía cosas agudas y su tía sonreía en tono aprobatorio. Tan pronto como Catherine los vio se apresuró a alejarse, pues no le hubiera gustado que de pronto él se volviera y la viera allí. Pero todo aquello le produjo placer. Que él estuviera hablando con la señora Penniman con quien ella vivía y a quien veía todos los días, le parecía que lo acercaba, y que lo convertía en un objeto de más fácil contemplación que si hubiera sido ella a quien el joven cumplimentara en esos momentos; y también el hecho de que le gustara a su tía Lavinia, de que no se molestara ni censurara lo que él decía, también esto le pareció a la joven una ganancia personal, ya que el modelo de la tía Lavinia era muy alto, pues estaba plantado en la tumba de su marido, con quien habían sepultado, según le comentaba a todo el mundo, al genio mismo de la conversación. Uno de los muchachos Almond, como Catherine los llamaba, invitó a nuestra heroína a bailar una cuadrilla, y durante un cuarto de hora por lo menos sus pies estuvieron ocupados. Esta vez no sintió ningún mareo; tenía la mente muy despejada. Cuando la danza terminó, se encontró en medio de la multitud, cara a cara con su padre. El doctor Sloper sonreía por lo general con una sonrisa parca, nunca abiertamente, y con esa sonrisa que se manifestaba tanto en sus ojos claros como en sus labios pulcramente afeitados, miró el vestido carmesí de su hija y exclamó:
—¿Será posible que esta magnífica persona sea mi hija?
Le hubiera sorprendido, en el caso de que alguien se lo hiciera notar, que el tono con que casi siempre se dirigía a su hija era irónico. Cada vez que se dirigía a su hija le producía placer; pero ese placer se enfriaba en un momento. Porque había ciertos comentarios agudos, ciertos dejos de ironía ante los que ella nunca sabía reaccionar, que le parecían demasiado sutiles para poder ser comprendidos; y sin embargo Catherine, que lamentaba sus propias limitaciones de comprensión, sentía que eran demasiado valiosos como para ser desperdiciados, y tenía la convicción de que a pesar de que su mente no pudiera aprehenderlos, contribuían a la suma general de la sabiduría humana.
—No soy magnífica —dijo Catherine, deseando haberse puesto otro vestido.
—Eres suntuosa, opulenta, costosa —añadió su padre—. Parece como si tuvieras una renta de ochenta mil dólares al año.
—Bueno, mientras no la tenga —dijo Catherine sin ninguna lógica. La idea que tenía de la riqueza que debía heredar era muy imprecisa.
—Mientras no la tengas no debería parecer que la tienes... ¿Has disfrutado de la fiesta?
Catherine dudó por un momento; luego mirando hacia otra parte murmuró:
—Estoy muy cansada.
Ya he dicho que aquella reunión fue el comienzo de algo muy importante para Catherine. Por segunda vez en su vida dio una respuesta indirecta; y el inicio de un período de disimulo es sin lugar a dudas una fecha significativa. Catherine no se cansaba tan fácilmente.
De cualquier modo, en el coche, mientras regresaban a la casa, permanecía tan quieta como si se hubiese fatigado en exceso. La manera en que el doctor Sloper se dirigía a su hermana Lavinia era en cierta forma semejante a la que adoptaba cuando se dirigía a Catherine.
—¿Quién era el joven que te estaba haciendo la corte? —le preguntó abruptamente.
—¡Ay, hermano! —murmuró la señora Penniman, en son de protesta.
—Parecía extraordinariamente tierno. Durante media hora, cada vez que volví a verte, su expresión era de lo más devota.
—La devoción no era para mí —dijo la señora Penniman—, sino para Catherine; me estuvo hablando de ella.
Catherine era todo oídos.
—¡Oh, tía Penniman! —exclamó lánguidamente.
—Es muy guapo y muy brillante; se expresa de una manera muy... muy feliz —continuó la tía.
—¿Así que está enamorado de esta regia criatura?
—preguntó el doctor de buen humor.
—¡Papá! —imploró la muchacha con mayor languidez aún, fervientemente agradecida a que estuviesen a oscuras.
—No lo sé; pero admiraba su vestido.
Catherine no se preguntó en la oscuridad «¿sólo mi vestido?», porque aquel comentario la impresionó por su riqueza, no por sus carencias.
—Lo ves —dijo el padre—, debe pensar que recibes ochenta mil dólares al año.
—No creo que piense eso —dijo la señora Penniman—, es demasiado refinado.
—¡Debe ser excesivamente refinado para no pensar en eso!
—Pues lo es —exclamó Catherine antes de que se diera cuenta de lo que hacía.
—Creí que te habías dormido —comentó su padre.
El doctor pensaba «ha llegado la hora. Lavinia va a montar toda una historia romántica en beneficio de Catherine. Es una vergüenza jugarle tales bromas a esta muchacha».
Luego preguntó en voz alta:
—¿Cómo se llama ese joven?
—No pude captar su nombre y no quise preguntárselo. Pidió serme presentado —añadió con cierta grandeza—, pero ya sabes lo confuso que es Jefferson cuando habla —Jefferson era el señor Almond—. Catherine querida, ¿cuál era el nombre del caballero?
Hubo un minuto en que de no haber sido por el traqueteo del carruaje se hubiera podido oír hasta el ruido de un alfiler al caer.
—No lo sé, tía Lavinia —dijo Catherine suavemente. Y a pesar de toda su ironía, su padre se lo creyó.
Capítulo V
Supo lo que había preguntado, unos tres o cuatro días más tarde, cuando Morris Townsend, con su primo, hizo una visita a la casa de la Plaza Washington. La señora Penniman no le dijo a su hermano, cuando regresaban de la fiesta, que le había manifestado a aquel agradable joven cuyo nombre desconocía que tanto ella como su sobrina tendrían sumo placer en verle; pero se sintió muy complacida, e incluso halagada, cuando un domingo por la tarde los dos caballeros hicieron su aparición. El hecho de presentarse acompañado por Arthur Townsend hizo más natural y fácil la visita, ya que este último estaba a punto de emparentar con la familia. Estos acontecimientos ocurrieron a finales de otoño y Catherine y su tía estaban sentadas junto a la chimenea encendida, en el salón trasero de la casa. La señora Penniman le manifestó después a su sobrina que había sido muy cortés por parte de Arthur Townsend hacerles una visita ya que estaba a punto de casarse con Marian.
Arthur Townsend se dedicó a atender a Catherine mientras que su acompañante se colocó en el sofá junto a la señora Penniman. Hasta entonces Catherine había sido una joven con poco sentido crítico; fácil siempre de contentar en su conversación con los jóvenes. Pero esa tarde el prometido de Marian la hizo sentir vagamente aburrida; él permanecía sentado a su lado mirando el fuego y frotándose las rodillas con las manos. En cuanto a Catherine casi no pudo ocultar que no le interesaba sostener la conversación; su interés se hallaba fijo en el otro extremo del salón; escuchaba lo que se decían el señor Townsend y su tía. De vez en cuando él se volvía hacia Catherine y sonreía, como para mostrarle que lo que decía iba también dirigido a ella. A Catherine le hubiera gustado cambiar de asiento, levantarse e ir cerca de ellos donde pudiera oírle y verle mejor. Pero temía parecer audaz o ansiosa, y por otra parte, no hubiera sido cortés con el pretendiente de Marian. Se preguntaba por qué el otro caballero había elegido a su tía, qué tanto tenía que decirle a la señora Penniman, de quien, por lo general, los jóvenes no se ocupaban nunca. No es que estuviera celosa de su tía Lavinia, pero sí la tenía envidia, y, sobre todo, estaba sorprendida. Pues Morris Townsend era un joven sobre el cual su imaginación podía trabajar indefinidamente. Su primo le describía una casa que había tomado con vistas a su unión con Marian, y las comodidades domésticas que pensaba introducir en ella. Marian deseaba una más grande, la señora Almond opinaba que debían vivir en una más pequeña y él personalmente estaba convencido de que había conseguido la casa más agradable de todo Nueva York.
—De cualquier manera —dijo—, eso no tiene importancia. Es sólo para tres o cuatro años. Después nos mudaremos. En Nueva York no hay otro remedio; tiene uno que mudarse cada tres o cuatro años. Así dispondrá uno siempre de las últimas comodidades. Eso se debe al rápido crecimiento de la ciudad, que se va extendiendo hacia el norte. Si no temiera que Marian se sintiera demasiado sola me iría hasta el último extremo, a la punta de la isla, y allí me dedicaría a esperar. Será sólo cosa de unos diez años. Pero a Marian le gusta tener vecinos... no le atrae el papel de pionera. Dice que si va a ser la primera que se instale preferiría irse a vivir a Minnesota. Me imagino que nos iremos mudando poco a poco; cuando nos cansemos de una casa nos iremos más arriba. Así cada vez tendremos casa nueva. Tener una casa nueva resulta siempre muy ventajoso. A mí por lo general me gusta estar al día en todo. ¿No cree que para un matrimonio joven es un buen lema el de «Siempre más arriba»? ¿Cómo se llama ese poema? ¡Ah, sí! ¡Excelsior!
—Catherine escuchaba a su joven visitante sólo con la atención necesaria para corroborar que no era de esa manera como se había expresado el señor Morris Townsend la otra noche, mientras pensaba qué le estaría diciendo ahora a su afortunada tía. Pero de pronto su casi pariente se hizo más interesante. Pareció advertir que a Catherine le intrigaba la presencia de su compañero, y pensó que lo apropiado era dar una explicación.
—Mi primo me pidió que lo trajera, de otra manera no me hubiera tomado esta libertad. Parecía desear mucho venir; ya lo ve, es extremadamente sociable. Le dije que primero quería preguntarles a ustedes, pero me respondió que la señora Penniman lo había invitado. No es que me fíe mucho de lo que dice cuando desea ir a alguna parte. Pero me parece que le ha resultado simpático a la señora Penniman.
—Nos agrada mucho que haya venido —dijo Catherine. Y deseó poder hablar más sobre él, pero difícilmente sabía qué decir—. Nunca antes lo había visto —añadió.
Arthur Townsend se sorprendió.
—¿Cómo? Me dijo que había estado hablando con usted durante media hora la otra noche.
—Quiero decir que no lo había visto antes de esa noche. Esa vez fue la primera.
—¡Ah! Eso se debe a que ha estado fuera de Nueva York... Ha estado en todas las partes del mundo. No conoce a mucha gente aquí, pero es muy sociable, y quiere conocer a todo el mundo.
—¿A todo el mundo? —preguntó Catherine.
—Bueno, quiero decir a la gente que cuenta. A todas las jóvenes hermosas... como la señora Penniman.
Y Arthur Townsend soltó una carcajada.
—A mi tía le gusta mucho —dijo Catherine.
—A casi toda la gente le gusta... es muy brillante.
—Parece un extranjero —dijo Catherine.
—Bueno, jamás he visto a un extranjero —dijo el joven Townsend, en un tono que parecía indicar que esa ignorancia había sido voluntaria.
—Yo tampoco —confesó Catherine con humildad—. Dicen que por lo general son muy brillantes —añadió vagamente.
—Bueno, para mí la gente de esta ciudad es bastante inteligente. Sé que algunos piensan que son demasiado inteligentes para mí, pero no lo son.
—Me imagino que no se puede ser demasiado inteligente —dijo Catherine, humildemente.
—No lo sé. Algunas gentes piensan que mi primo es demasiado listo.
Catherine escuchó esto con extremo interés y el sentimiento de que si Morris Townsend tenía alguna falla ésa sería naturalmente la suya. Pero no quería comprometerse demasiado. Luego preguntó:
—¿Y ahora que ha vuelto, se va a quedar aquí para siempre?
—Sí, en el caso de que encuentre algo que hacer.
—¿Algo que hacer?
—Algún empleo, un puesto.
—¿No tiene empleo? —dijo Catherine, que nunca había oído decir que ningún joven de buena familia se encontrara en esa situación.
—No, lo está buscando. Pero no ha podido encontrar nada.
—Lo siento mucho —se permitió observar Catherine.
—¡Oh! A él eso no le preocupa demasiado —dijo el joven Townsend—. Toma el asunto con mucha tranquilidad. Es muy especial.
Catherine pensó que efectivamente lo era, y se dedicó durante unos momentos a estudiar los diversos significados de esta idea.
—¿Y su padre no le hace ingresar en su despacho..., en sus negocios? —preguntó al fin.
—No tiene padre, sólo le queda una hermana. Y una hermana no es demasiado ayuda.
A Catherine le pareció que si ella fuera su hermana se disgustaría ante esta declaración.
—¿Es agradable ella?
—No lo sé... Tengo entendido que es muy respetable —dijo el joven Townsend. Y luego se volvió hacia su primo y comenzó a reírse—. Oye —le dijo—, estamos hablando de ti.
Morris Townsend hizo una pausa en su conversación con la señora Penniman y miró fijamente a Catherine. Luego se levantó, como si se dispusiera a marcharse, y le dijo a su primo:
—En lo que a ti respecta, no puedo devolverte el cumplido. Pero en lo que se refiere a Catherine es otro asunto.
Catherine pensó que había respondido admirablemente; sin embargo, se sentía un poco embarazada, y también se levantó. Morris Townsend se la quedó mirando y sonrió. Le dio la mano para despedirse. Se iba sin que hubiesen hablado, pero aún así ella estaba feliz por haberle visto.
—Le diré lo que me ha dicho usted... cuando se haya marchado —dijo la señora Penniman con una risita maliciosa.
Catherine se sonrojó, pues le pareció que estaban haciendo bromas a su costa. ¿Qué cosas había podido decirle a su tía aquel apuesto joven? Él la seguía mirando, a pesar de su sonrojo, pero muy amable y respetuosamente.
—No he podido hablar con usted aunque a eso venía —le dijo—. Pero ésa será una buena razón para venir en otra ocasión; un buen pretexto, si me veo obligado a dar uno. No temo lo que su tía le va a decir cuando me haya marchado.
Con esto los dos jóvenes emprendieron la salida; después de lo cual Catherine, con las mejillas aún arreboladas, dirigió una mirada seria e interrogante a su tía. Incapaz de todo artificio elaborado, y aunque estaba segura de que no habían hablado mal de ella, quiso saber lo que deseaba.
—¿Qué es lo que me ibas a decir? —le preguntó a su tía.
La señora Penniman se le acercó sonriendo y gesticulando, la miró de arriba a abajo y le ajustó el nudo de la cinta que llevaba en torno al cuello:
—Es un gran secreto, querida. ¡Morris viene en calidad de pretendiente!
Catherine estaba muy seria:
—¿Te dijo eso?
—No lo dijo exactamente, pero lo ha dado a entender. Yo lo he comprendido muy bien.
—¿Quieres decir que viene a pretenderme?
—No a mí, eso tenlo por seguro, jovencita; aunque debo decir que es cien veces más educado con una persona que ya no goza de una plena juventud, que la mayoría de los jóvenes. Pero él piensa en otra persona. —Y la señora Penniman besó a su sobrina—. Tienes que mostrarte muy amable con él.
Catherine miró fijamente a su tía; estaba asombrada.
—No te entiendo —le dijo—; él no me conoce.
—Oh, por supuesto que te conoce; más de lo que piensas. Le he hablado mucho de ti.
—¡Oh, tía Penniman! —murmuró Catherine, como si aquello hubiera sido un abuso de confianza—. Es un total extraño... nosotras no lo conocemos.
En aquel «nosotras» había una modestia absoluta.
La tía Penniman pareció no advertirla. Habló incluso con un dejo de acidez:
—¡Querida Catherine, sabes perfectamente que le admiras!
—¡Oh, tía Penniman! —Catherine sólo pudo volver a murmurar. Era posible que lo admirase, aunque no le parecía que debía hablar de ello. Pero que aquel brillante extranjero, aquella súbita aparición, al que escasamente había oído el sonido de su voz, se interesara en ella del modo expresado en las frases de la señora Penniman, eso sólo podía ser producto del cerebro inquieto de su tía, quien, como todo el mundo sabía, era una persona de imaginación exaltada.
Capítulo VI
La señora Penniman daba por sentado que las demás personas tenían tanta imaginación como ella; así que cuando, una media hora después, llegó su hermano, le habló partiendo de aquella premisa.
—Acaba de estar aquí, Austin. ¡Qué lástima que no lo hayas encontrado!
—¿Y a quién tenía yo que encontrar? —preguntó el doctor.
—Al señor Morris Townsend. Nos ha hecho una visita deliciosa.
—¿Y se puede saber quién es Morris Townsend?
—La tía Penniman se refiere al caballero cuyo nombre no podía recordar el otro día —dijo Catherine.
—El caballero que estuvo en la fiesta de Elizabeth y que se quedó tan impresionado con Catherine —añadió la señora Penniman.
—¿Así que se llama Morris Townsend? ¿Y vino a proponerte matrimonio?
—¡Oh, papá! —murmuró Catherine, dirigiéndose hacia la ventana, donde la penumbra se había convertido ya en oscuridad.
—Espero que no hará eso sin tu permiso —dijo la señora Penniman afablemente.
—Después de todo, querida, parece que ya tiene el tuyo —respondió su hermano.
Lavinia sonrió, como si esto no fuera suficiente, y Catherine con la cabeza apoyada sobre los cristales, escuchó este cambio de epigramas con tanta reserva como si cada uno fuera un pinchazo en su propio destino.
—La próxima vez que venga —añadió el doctor— será mejor que me avises. Es posible que quiera verme.
Morris Townsend volvió a presentarse cinco días después, pero el doctor Sloper no fue llamado porque no estaba en casa en esa ocasión. Catherine estaba con su tía cuando el joven fue anunciado y la señora Penniman insistió en que la joven lo recibiera sola en el salón.
—Esta vez es para ti, sólo para ti. La vez anterior fue sólo una visita preliminar para adquirir confianza. Te lo juro, querida, esta vez no tendría valor para presentarme.
Lo cual era perfectamente cierto. La señora Penniman no era una mujer valiente, y Morris Townsend la había impresionado como un joven de gran fuerza de carácter, y con un poder notable para la sátira, una naturaleza aguda, resuelta, brillante con la que era necesario tener grandes recursos de tacto. Se dijo que era «imperioso» y le gustaron la palabra y la idea. De ninguna manera estaba celosa de su sobrina. Había sido absolutamente feliz con el señor Penniman, aunque en el fondo de su corazón se permitió la observación de que aquél era el tipo de marido que ella debió haber tenido. Era, con toda seguridad, mucho más imperioso —terminó por llamarle imperial— que el señor Penniman.
Así, pues, Catherine vio a solas al señor Townsend, y su tía no se presentó ni siquiera al final de la visita. La visita fue larga; el joven permaneció sentado en el más amplio sillón por lo menos una hora. Esta vez parecía sentirse más a sus anchas, más en casa, recostado ligeramente en su asiento, dando golpecitos con su bastón a un almohadón que tenía a la mano, observando con cuidado el salón, así como los objetos que contenía, lo mismo que a Catherine. Había una sonrisa de respetuosa devoción en sus hermosos ojos, que Catherine encontraba solemnemente bellos; le hacían pensar en el joven noble de un poema. Su conversación no tenía, sin embargo, la solemnidad de un joven par noble; era ligera, fácil y amistosa. Asumió un giro práctico, y le hizo una serie de preguntas sobre sus gustos —¿le gustaba esto o aquello?— y sobre sus costumbres. Le dijo con su sonrisa encantadora:
—Por favor, hábleme de usted; hágame un pequeño esbozo de su persona.
Catherine tenía muy poco que decir, y no tenía ningún talento para bosquejar; pero antes de que él se marchara ya le había contado que tenía una pasión secreta por el teatro, que había sido muy poco recompensada, y un gusto especial por la ópera, peculiarmente por las de Bellini y Donizetti (debe recordarse, para excusar a esta joven primitiva, que estas opiniones eran expresadas en una época de oscuridad general), que muy raras veces había tenido ocasión de oír, excepto en un organillo. Confesó que no era especialmente adicta a la literatura. Morris Townsend convino con ella en que los libros eran por lo general algo tedioso; aunque sólo fuera por la razón de que había necesidad de leer demasiados antes de descubrirlo. Había estado en muchos lugares sobre los que se habían escrito libros, y aquéllos no eran en nada semejantes a las descripciones hechas. Ver por uno mismo, ésa era la gran cosa; él siempre había tratado de verlo todo por sí mismo. Había visto a todos los actores importantes, había estado en los mejores teatros de Londres y París. Pero los actores eran como los escritores, exageraban siempre. Le gustaba que todo fuera natural. De pronto se calló y miró a Catherine, sonriendo:
—Por eso me gusta usted; es usted tan natural. Excúseme —añadió—. Pero usted ve, yo también soy natural.
Y antes de que la muchacha tuviera tiempo para pensar si lo perdonaba o no, empezó a hablar de música, que, según dijo, constituía su mayor placer en la vida. En París y en Londres había oído a todos los grandes cantantes —Pasta, Rubini y Lablache— y después de haberlos oído creía estar en condiciones de poder decir lo que era cantar.
—También yo canto un poco —concluyó—. Algún día se lo demostraré; no hoy, sino en otra ocasión.
Y se levantó para retirarse. Había omitido, por descuido, decir que cantaría para Catherine si ella lo acompañaba al piano. Pensó en esto cuando estaba ya en la calle; pero podía haberse ahorrado la preocupación, pues Catherine no había advertido el lapsus. Ella sólo pensaba en aquella «otra ocasión» y en el delicioso sonido de esas dos palabras; ella misma parecía derramarse hacia el futuro.
Pero, por esta misma razón se sentía avergonzada y molesta de tener que decirle a su padre que el señor Morris Townsend había vuelto a visitarla. Anunció el hecho de un modo abrupto, casi violentamente, tan pronto como el doctor llegó a su casa; y una vez que lo hizo, como era su obligación, se apresuró a salir de la habitación. Pero no pudo hacerlo con la suficiente rapidez; su padre la detuvo cuando estaba llegando a la puerta.
—Bueno, querida, ¿y ya se te ha declarado? —preguntó el doctor.
Era esto precisamente lo que ella temía que dijera; y sin embargo no tenía ninguna respuesta preparada. Por supuesto le hubiera gustado tomarlo como una broma ya que en broma lo preguntaba su padre; pero también le hubiera gustado al negarlo, ser afirmativa, un poco aguda, como para que él no volviera a plantearle la misma pregunta. Estas cosas no le gustaban... la hacían sentir desdichada. Pero Catherine no lograba nunca ser tajante, y por un momento sólo permaneció con la mano en el pestillo, mirando a su satírico padre y sonriendo un poco.
«Decididamente, se dijo el doctor, mi hija no será nunca brillante.»
Pero apenas había formulado esta reflexión cuando Catherine encontró algo que replicar; había decidido tomar el asunto en broma.
—Tal vez lo haga la próxima vez —exclamó, volviendo a reír; y salió rápidamente de la habitación.
El doctor se quedó asombrado. Se preguntaba si su hija estaría hablando en serio. Catherine se dirigió inmediatamente a su cuarto y al llegar pensó que hubiera sido mejor —bastante mejor— haber respondido: «Por supuesto que el señor Townsend se me declaró, pero yo lo he rechazado.»
El doctor, sin embargo, comenzó a hacer sus preguntas en otra parte; desde luego se le ocurrió que debía informarse debidamente sobre aquel apuesto joven, que había tomado la costumbre de visitar su casa. Se dirigió a la mayor de sus hermanas, la señora Almond; aunque no fue expresamente a eso; no le corría tanta prisa. El doctor nunca se mostraba ansioso, impaciente ni nervioso; pero tomaba nota de todo y regularmente consultaba sus notas. La información que obtuvo de la señora Almond sobre Morris Townsend entró a formar parte de sus notas.
—Ya Lavinia ha venido a preguntarme lo mismo —dijo su hermana—. Lavinia está realmente excitada. No la comprendo. Después de todo se supone que no es a Lavinia a quien ese joven pretende cortejar. ¡Oh, Lavinia es muy peculiar!
—Ah, querida —respondió el doctor—. ¿Crees que en los doce años que lleva viviendo a mi lado no lo he advertido?
—Tiene la mente llena de fantasía —dijo la señora Almond, que aprovechaba siempre la oportunidad para comentar las peculiaridades de Lavinia con su hermano—. No quería que te dijese que había venido a preguntarme sobre el señor Townsend; pero le dije que lo haría. Siempre trata de ocultar algo.
—Y sin embargo nadie es capaz de soltar las cosas con igual crudeza que ella. Es como un faro giratorio... oscuridad profunda alternando con luz deslumbrante. Bueno, ¿y qué le dijiste? —preguntó el doctor.
—Lo que te puedo decir a ti. Sé muy poco sobre ese joven.
—Lavinia debe haberse sentido muy desilusionada con esos informes; hubiera preferido que él fuera culpable de algún crimen romántico. Sin embargo, es preciso que veamos a la gente en su mejor aspecto. Me dicen que nuestro caballero es primo del muchacho a quien vas a confiar el futuro de tu hijita.
—Arthur no es un muchacho. Es un hombre muy viejo. Ni tú ni yo seremos nunca tan viejos. Es un pariente lejano del protegido de Lavinia. El apellido es el mismo, pero me han dado a entender que hay Townsends y Townsends. Por lo menos eso dice la madre de Arthur; habla de ramas: nuevas ramas, viejas ramas, ramas inferiores, como si se tratara de una familia real. Arthur, según parece, pertenece a la rama reinante, no así el joven de nuestra pobre Lavinia. Además, la madre de Arthur sabe muy poco sobre él; recuerda vagamente que ha sido «alocado». Pero conozco un poco a su hermana que es una mujer muy agradable. Es la señora Montgomery, una viuda, con muy pocos bienes y cinco niños. Vive en la segunda Avenida.
—¿Y la señora Montgomery qué dice de él?
—Dice que posee un gran talento que le permitirá distinguirse.
—Sólo que es perezoso, ¿no?
—De eso no habla.
—Por orgullo familiar —dijo el doctor—. ¿Cuál es su profesión?
—No tiene ninguna; anda buscando algo qué hacer. Creo que estuvo antes en la Marina.
—¿Antes? ¿Pues qué edad tiene?
—Supongo que más de treinta años. Debe haber ingresado en la Marina muy joven. Creo que Arthur me dijo que heredó algunas propiedades, tal vez por eso dejó la Marina, y que se los gastó en unos cuantos años. Ha viajado por todo el mundo, vivió en el extranjero, se ha divertido mucho. Creo que eso se proponía. Ahora, según le ha dicho a Arthur, ha regresado al país con la intención de empezar seriamente su vida.
—¿Crees que piensa seriamente en Catherine?
—No veo por qué tienes que ser tan incrédulo —dijo la señora Almond—. Según me parece nunca le has hecho justicia a Catherine. Debes recordar que tiene en perspectiva una renta de treinta mil dólares al año.
El doctor miró a su hermana por un momento, y luego, comentó con un ligero dejo de amargura:
—Por lo visto tú sí sabes apreciarla.
La señora Almond se ruborizó.
—No quiero decir que sea ése su único mérito. Simplemente te quiero hacer notar que es muy importante. Muchos jóvenes lo consideran así; y tengo la impresión de que nunca has sido realmente consciente de eso. Siempre que te refieres a ella lo haces como si no fuera a casarse nunca.
—Mis alusiones son tan amables como las tuyas, Elizabeth —dijo el doctor—. ¿Cuántos pretendientes ha tenido Catherine, a pesar de que es bien sabido que va a heredar?, ¿cuántas atenciones ha recibido? No es que Catherine sea incasable, lo que pasa es que carece de cualquier atractivo. ¿Por qué otra razón está Lavinia tan entusiasmada con la idea de que haya un enamorado en casa? Porque nunca antes había habido otro, y Lavinia con toda su sensibilidad y su simpatía no logra acostumbrarse a la idea. Esto afecta su imaginación. Debo hacer justicia a los jóvenes de Nueva York y declarar que son muy desinteresados. Prefieren casarse con muchachas hermosas, muchachas ingeniosas, muchachas como tus hijas. Catherine no es ni hermosa ni ingeniosa.
—Catherine está muy bien; tiene un estilo muy personal, que vale mucho más que lo que posee mi pobre Manan, que no tiene ninguno —dijo la señora Almond—. La razón por la que Catherine ha recibido tan pocas atenciones es que a todos los jóvenes les parece más adulta que ellos. Es muy alta, viste ricamente. Más bien les asusta un poco, me temo; da la impresión de que ya antes hubiera estado casada, y tú sabes que a los jóvenes no les gustan las mujeres casadas. Y si nuestros jóvenes te parecen tan desinteresados —continuó diciendo la hermana sabia del doctor— es porque por regla general se casan demasiado jóvenes, antes de los veinticinco años, en la edad de la inocencia y la sinceridad, antes de llegar a la edad del cálculo. Si esperaran un poco, Catherine tendría mayores oportunidades.
—¿Por interés? Muchísimas gracias —dijo el doctor.
—Espera hasta que aparezca un hombre inteligente de unos cuarenta años; se encantará con Catherine —continuó la señora Almond.
—¿El señor Townsend no es lo suficientemente adulto, entonces? Sus motivos pueden ser puros.
—Es muy posible que sus motivos sean puros. Me entristecería tener que dar por sentado lo contrario. Lavinia está segura de sus intenciones; y, como se trata de un joven muy atractivo, debes darle el beneficio de la duda.
El doctor Sloper reflexionó durante un momento.
—¿Cuáles son en el presente sus medios de subsistencia?
—No tengo idea. Por ahora, según sé, vive con su hermana.
—¿Una viuda con cinco niños? ¿Quieres decir que vive de ella?
La señora Almond se levantó con cierta impaciencia.
—¿No sería mejor que se lo preguntaras a la señora Montgomery? —le dijo.
—Tal vez tenga que llegar a eso —dijo el doctor—. ¿Dices que vive en la Segunda Avenida?
E hizo una anotación referente a la Segunda Avenida.
Capítulo VII
Pero, de cualquier manera, el doctor no estaba tan preocupado como podía suponerse; y, en efecto, más que nada le divertía la situación. No se encontraba de ninguna manera en un estado de tensión o de vigilancia en lo que respecta a las perspectivas de Catherine; más bien se mantenía en guardia contra el ridículo que pudiera producirse ante el espectáculo de una casa conmocionada porque su hija y heredera recibiera atenciones sin precedentes en sus anales. Más aún, llegó hasta a prometerse algún entretenimiento con el pequeño drama si es que se trataba de un drama— en el que la señora Penniman deseaba que el ingenioso señor Townsend representara el papel de héroe. No tenía intenciones, por el momento, de intervenir en su desarrollo. Estaba perfectamente dispuesto, como había sugerido Elizabeth, a darle al joven el beneficio de la duda. No había en ello un gran peligro. En cuanto a Catherine, a la edad de veintidós años, era ya un capullo bastante maduro como para que pudiera ser arrancada de la rama por un viento que no fuera demasiado vigoroso. El hecho de que Morris Townsend fuera pobre por fuerza no lo condenaba. El doctor nunca se había propuesto que su hija tuviera que casarse con un hombre rico. Pensaba que la fortuna que iba a heredar era suficiente como para mantener muy bien a dos personas razonables, y si un enamorado sin un centavo pero con otras prendas que lo recomendaran se acercaba, podía muy bien entrar en la lista, y sería juzgado sólo por sus méritos personales. Aparte de eso había otras cosas. El doctor pensaba que era muy vulgar precipitarse a acusar a la gente de motivos mercenarios, ya que hasta ese momento sus puertas no habían estado de ninguna manera asediadas por los cazadores de fortunas; y, finalmente, tenía mucha curiosidad por ver si Catherine podía realmente ser amada por sus virtudes morales. Sonrió al reflexionar que el pobre señor Townsend había estado apenas dos veces en su casa, y le dijo a la señora Penniman que la próxima vez que fuera debía hacerle una invitación para cenar.
Volvió muy pronto, y, por supuesto, la señora Penniman tuvo una gran satisfacción en el desempeño de esa misión. Morris Townsend aceptó la invitación con idéntica satisfacción, y la cena tuvo lugar unos cuantos días más tarde. El doctor se había dicho, con bastante justicia, que el joven no debía ser invitado solo; esto contribuiría a darle demasiados ánimos. Así que fueron invitadas otras dos o tres personas más; pero, aunque de ningún modo en forma ostensible, el verdadero motivo de la fiesta era la persona de Morris Townsend. Tenemos todas las razones para suponer que él deseaba causar una buena impresión; y si no lo logró debidamente, no fue por falta de esfuerzo. El doctor habló con él muy poco durante la cena; pero lo observó con suma atención, y una vez que las damas se retiraron le ofreció vino y le formuló algunas preguntas. Morris no era un joven al que fuera preciso empujar, y encontró estímulos suficientes en la excelente claridad del clarete. El vino del doctor era admirable, y podemos comunicarle al lector que mientras lo paladeaba Morris pensaba en que una bodega llena de buenos licores —y allí evidentemente debía haber una magnífica bodega— era una de las características más atractivas que podía ofrecer un suegro. El doctor estaba impresionado con su invitado; vio que de ningún modo era un joven vulgar. «Es muy hábil —se dijo el padre de Catherine—, decididamente es muy hábil; tiene una cabeza excelente cuando se lo propone. Y está excepcionalmente bien constituido; es el tipo de persona que agrada a las damas; pero me parece que no me gusta». El doctor, sin embargo, se reservó sus impresiones y habló a sus huéspedes sobre países extranjeros, esperando que Morris ofreciera mayor información de la que él disponía. El doctor Sloper había viajado poco, y se tomó la libertad de no creer todo lo que su comunicativo invitado narraba. Se enorgullecía de ser un buen fisonomista; y mientras el joven charlaba, con fácil seguridad, fumaba su cigarro y llenaba de cuando en cuando su copa, el doctor mantenía fijos los ojos en su cara brillante y expresiva. «¡Tiene la propia seguridad del diablo!», se decía el anfitrión. «Creo que nunca antes había visto tanta seguridad. Y su poder de inventiva es admirable. Sabe mucho. En mis tiempos uno no sabía tanto. Y una cabeza muy firme, ya lo creo... ¡después de una botella de Madeira y de botella y media de clarete!»
Terminada la cena Morris Townsend se apresuró a reunirse con Catherine, que estaba de pie ante el fuego, con su vestido de raso rojo.
—No le gusto —dijo el joven—. No le gusto nada.
—¿A quién no le gusta? —preguntó Catherine.
—A su padre. ¡Qué hombre extraordinario!
—No entiendo cómo lo sabe —dijo Catherine, ruborizándose.
—Lo siento; estas cosas las intuyo inmediatamente.
—Tal vez se equivoca.
—Bueno; pregúnteselo y verá.
—Será mejor que no se lo pregunte si es que existe el peligro de que me diga lo que usted cree.
Morris la miró con un aire de burlona melancolía.
—¿No le produciría ningún placer contradecirlo?
—Nunca le contradigo —dijo Catherine.
—¿Dejará que me injurie sin abrir los labios en mi defensa?
—Mi padre no le injuriará. No lo conoce lo suficiente, eso es todo.
Morris Townsend se rió y Catherine volvió a ruborizarse.
—Nunca lo mencionaré delante de él —dijo la joven, tratando de salir de su confusión.
—Eso está muy bien, pero no es precisamente lo que me hubiera gustado oírle decir. Me hubiera gustado oírle decir: «Si mi padre no tiene una buena opinión de usted eso a mí no me importa.»
—Oh, pero sí me importaría. No podría decir eso —exclamó la joven.
Él la observó por un momento, sonriendo un poco; y el doctor, si lo hubiera visto en aquel momento, habría descubierto un brillo de aguda impaciencia en la, por lo general, tersa mirada. Pero en su respuesta no se transparentó ni la más mínima impaciencia, a no ser la expresada en un leve suspiro.
—Muy bien —dijo—. En tal caso no debo desechar la esperanza de hacerle cambiar de opinión.
Más tarde, esa misma noche, se expresó con mayor franqueza con la señora Penniman. Pero antes de eso cantó dos o tres canciones obedeciendo la tímida petición de Catherine; de ninguna manera se hacía ilusiones en que esto ayudaría a modificar la opinión del doctor. Tenía una dulce voz de tenor, y cuando terminó todos los presentes dejaron escapar alguna exclamación de encomio, todos, menos Catherine, que permaneció intensamente silenciosa. La señora Penniman declaró que su estilo al cantar era «de lo más artístico» y el doctor Sloper dijo que lo hacía muy bien, realmente muy bien; lo manifestó en voz alta y convincente aunque también con cierta sequedad.
—Le disgusto, le disgusto por completo —dijo Morris Townsend, dirigiéndose a la tía del mismo modo que lo había hecho con la sobrina—. Piensa lo peor de mí.
Por el contrario de su sobrina, la señora Penniman no pidió más explicaciones. Sólo sonrió con dulzura, como si lo comprendiera todo; y, también, por el contrario de su sobrina, no hizo ningún esfuerzo por contradecirlo.
—¡Vamos!, ¿qué importa eso? —murmuró suavemente.
—¡Ah! Ha dicho usted la frase exacta —dijo Morris con gran satisfacción de la señora Penniman, que se vanagloriaba de decir siempre la frase precisa.
Cuando el doctor vio nuevamente a su hermana Elizabeth, le comunicó que había conocido ya al protegido de Lavinia.
—Físicamente —dijo— está excepcionalmente bien formado. Para mí, como anatomista, es un placer contemplar una estructura tan hermosa; aunque, si todo el mundo fuera como él, supongo que habría muy poca necesidad de médicos.
—¿No ves en las personas otra cosa que no sean sus huesos? —replicó la señora Almond—. ¿Qué opinas de él como padre?
—¿Como padre? Gracias al cielo que no soy su padre.
—Claro que no. Pero lo eres de Catherine. Lavinia dice que está enamorada.
—Pues tendrá que dominarse. Él no es un caballero.
—¡Mucho cuidado! No debes olvidar que pertenece a una de las ramas de los Townsend.
—No es lo que yo podría llamar un caballero; ni tiene espíritu de tal. Es excesivamente insinuante; su naturaleza es vulgar. Lo pude ver desde el primer momento. Trata de ser demasiado familiar, detesto la familiaridad. Es demasiado fatuo.
—Bueno, es demasiado fácil sacar conclusiones con tanta rapidez —comentó la señora Almond.
—No saco conclusiones rápidas. Lo que te estoy diciendo es el resultado de treinta años de observación; y para poder formarme ese juicio en una sola noche ha sido necesaria toda una vida de estudio.
—Es posible que tengas razón. Pero se trata de que Catherine pueda verlo así.
—Le regalaré un par de lentes —dijo el doctor.
Capítulo VIII
Si era cierto que estaba enamorada lo tomaba de la manera más tranquila posible; pero el doctor estaba por supuesto preparado para admitir que su tranquilidad podía significar profundidad. Le había anunciado a Morris Townsend que no mencionaría su nombre delante de su padre, y no veía razón para romper ese voto de discreción. Entraba dentro de las reglas de urbanidad más estrictas que después de haber sido invitado a cenar en la Plaza Washington hiciera una nueva visita; y era del todo natural que, habiendo sido recibido amablemente en esta ocasión continuara presentándose. Tenía todo el tiempo que quería en las manos; y hace treinta años, en Nueva York, un joven con tiempo disponible tenía que estar agradecido ante la oportunidad de poder emplearlo en algo. Catherine no le dijo nada a su padre sobre estas visitas, aunque muy pronto se convirtieron en la cosa más importante, más absorbente de su vida. La muchacha era muy feliz. Ignoraba aún hacia dónde iba todo aquello, pero el presente se había vuelto de pronto rico y solemne. Si alguien le hubiera dicho que estaba enamorada se hubiese sorprendido; la idea que tenía del amor era el de una pasión ansiosa y exigente; su corazón en esos días abrigaba impulsos de sacrificio y de olvido de sí misma. Cada vez que Morris Townsend se marchaba, su imaginación se proyectaba con toda su fuerza hacia el próximo retorno, pero si alguien le hubiese dicho entonces que no volvería durante un año o tal vez nunca, no se hubiera lamentado ni rebelado, sino que habría aceptado su suerte humildemente buscando consuelo en el recuerdo de las veces en que lo había visto, las palabras que él había dicho, el sonido de su voz, su manera de andar, la expresión de su rostro. El amor exige ciertas cosas como un derecho; pero Catherine no tenía conocimiento de sus derechos, tenía únicamente conciencia de un favor inmenso e inesperado. Su gratitud ante tales dones se expresaba en silencio; porque le parecía impúdico convertir su secreto en tema de conversación. Su padre sospechaba las visitas de Morris Townsend y advertía su reserva. Catherine parecía implorar perdón por ella; ella lo contemplaba constantemente en silencio, como si quisiera darle a entender que no decía nada por temor a irritarlo. Pero la muda elocuencia de la pobre muchacha lo irritaba más que, cualquier otra actitud que hubiera podido tomar, y en ocasiones se descubrió murmurando que era una desgracia que su única hija fuera una idiota. Sus murmullos, sin embargo, eran inaudibles; y durante algún tiempo no comentó con nadie el asunto. Le habría gustado saber exactamente con qué frecuencia se presentaba en su casa el joven Townsend; pero se había propuesto no hacerle preguntas a la muchacha, no decir nada que pudiera indicarle que la estaba vigilando. El doctor tenía la idea de que era un hombre eminentemente justo; deseaba que su hija tuviera libertad y sólo interferir cuando hubiera muestras de algún peligro. No entraba en su naturaleza el recabar informes por medios indirectos y jamás se le hubiera ocurrido preguntar a los sirvientes. En cuanto a Lavinia, detestaba tener que hablar con ella sobre el tema; le fastidiaba el absurdo romanticismo de la señora Penniman. Pero tuvo que recurrir a ella. Las convicciones de la señora Penniman en lo que se refiere a las relaciones de su sobrina con el inteligente joven que la visitaba, quien salvaba las apariencias, visitando ostensiblemente a ambas damas... las convicciones de la señora Penniman habían alcanzado una fase más madura y rica. La señora Penniman se había vuelto de pronto discreta; se mantenía tan poco comunicativa como la misma Catherine. Estaba paladeando las dulzuras del ocultamiento; había adoptado la línea del misterio, a Estaría encantada si pudiera demostrarse a sí misma que la persiguen», pensaba el doctor; y cuando al final la interrogó estaba seguro de que ella trataría de encontrar en sus palabras un pretexto para justificar esa creencia.
—¿Tendrías la bondad de comunicarme qué está pasando en casa? —le dijo un día, en un tono, que, dadas las circunstancias, le pareció el más apropiado.
—¿Lo que está pasando, Austin? —exclamó la señora Penniman—. Bueno, no tengo la menor idea. Creo que anoche la vieja gata gris tuvo gatitos.
—¿A su edad? —dijo el doctor—. Es algo sorprendente, casi enojoso. Ten la bondad de hacer que los ahoguen. ¿Pero qué más ha pasado?
—Ah, no —gritó la señora Penniman—; no permitiré por nada del mundo que ahoguen a los gatitos.
Su hermano dio unas cuantas chupadas a su cigarro en silencio.
—Tu simpatía por los gatitos, Lavinia —resumió al fin— nace de ese elemento felino que hay en tu carácter.
—Los gatos son muy graciosos y muy limpios —dijo la señora Penniman, sonriendo.
—Y también son arteros. Tú eres la encarnación tanto de la gracia como de la limpieza; pero te falta franqueza.
—Y a ti con seguridad te sobra, querido hermano.
—No pretendo hacer bromas, sino que trato de ser claro. ¿Por qué no me has comunicado que el señor Morris Townsend viene a la casa cuatro veces por semana?
La señora Penniman enarcó las cejas.
—¡Cuatro veces por semana! —exclamó.
—Tres veces, entonces, o cinco, las que tú prefieras. Yo estoy ausente durante todo el día y no puedo ver nada. Pero cuando estas cosas ocurran deberías comunicármelas.
La señora Penniman, con las cejas aún en alto, reflexionó intensamente:
—Querido Austin —dijo al fin—. Soy incapaz de traicionar una confidencia. Antes que eso lo sufriría todo.
—No temas; no vas a sufrir. ¿A qué confidencia aludes? ¿Te ha exigido Catherine un voto de secreto eterno?
—De ninguna manera. Catherine no me ha dicho todo lo que debiera. Se ha mostrado muy desconfiada.
—¿Es entonces el joven el que te ha tomado por confidente? Permíteme decirte que es poco discreto de tu parte el formar alianzas secretas con los hombres. No sabes a dónde te podrán llevar.
—No sé qué entiendes tú por una alianza —dijo la señora Penniman—. Me he tomado un gran interés en el señor Townsend, no voy a ocultarlo. Pero eso es todo.
—Dadas las circunstancias, es más que suficiente. ¿Por qué ha nacido ese interés tuyo por el señor Townsend?
—¿Por qué? —la señora Penniman respondió con una sonrisa encantadora—. Porque es muy interesante.
El doctor comprendió que necesitaría de toda su paciencia.
—¿Y por qué es tan interesante? ¿Por su aspecto?
—Por sus desdichas, Austin.
—¡Ah!, ¿así que ha sido desdichado? Esto por supuesto es interesante. ¿Estás en libertad de revelarme algunos de los infortunios del señor Townsend?
—No sé si a él le agradaría —dijo la señora Penniman—. Me ha hablado mucho de él; me ha contado, en efecto, toda su historia. Pero no creo que pueda repetir estas cosas. Él te las contaría, estoy segura, si pensara que lo escucharías con bondad. Con bondad puedes obtener todo de él.
El doctor se rió.
—Entonces le pediré muy bondadosamente que deje en paz a Catherine.
—¡Ah! —exclamó la señora Penniman amenazando a su hermano con el dedo índice extendido—. Probablemente Catherine le ha dicho algo más generoso que eso.
—¿Qué quieres decir? ¿Crees que le ha dicho que lo ama?
La señora Penniman clavó los ojos en el suelo.
—Te vuelvo a repetir, Austin, que tu hija no me tiene confianza.
—De cualquier manera me imagino que tú te habrás formado una opinión. Eso es lo que te pregunto; aunque debo advertirte que no tomaré lo que digas como definitivo.
La mirada de la señora Penniman continuaba fija en la alfombra; finalmente levantó los ojos, que a su hermano le parecieron muy expresivos.
—Creo que Catherine es muy feliz; es todo lo que puedo decir.
—Townsend tratará de casarse con ella... ¿es eso lo que quieres decir?
—Está muy interesado en Catherine.
—¿Encuentra que es una muchacha muy atractiva?
—Catherine tiene un temperamento encantador, Austin —dijo la señora Penniman—, y el señor Townsend ha tenido la inteligencia de descubrirlo.
—Con un poco de ayuda de tu parte, supongo. ¡Mi querida Lavinia —exclamó el doctor alzando la voz—, eres una tía admirable!
—Eso mismo dice el señor Townsend —observó Lavinia, con una amplia sonrisa.
—¿Crees que es sincero? —preguntó su hermano.
—¿Al decir eso?
—No; por supuesto. Pero ¿en su admiración por Catherine?
—Profundamente sincero. Me ha dicho las cosas más agradables, más inteligentes sobre ella. Te las diría a ti si estuviera seguro de que le oirías con amabilidad.
—Dudo que lo pudiera soportar. Por lo visto requiere una gran dosis de amabilidad.
—Es un joven simpático y sensitivo —dijo la señora Penniman.
Su hermano siguió fumando su cigarro en silencio. Luego añadió:
—¿Así que esas delicadas cualidades han sobrevivido a sus vicisitudes? A todo esto no me has dicho cuáles han sido sus infortunios.
—Es una larga historia, y yo la considero como una confidencia sagrada. Sin embargo supongo en que no hay objeciones para que diga que llevó una vida sin sosiego; él mismo lo confiesa francamente. Pero ya lo ha pagado.
—Eso lo empobreció, ¿no es así?
—No me refiero simplemente al dinero. Está muy solo en el mundo.
—¿Quieres decir que se ha portado tan mal con sus amigos que éstos lo han marginado?
—Tenía falsos amigos que lo han engañado y traicionado.
—Parece sin embargo que tiene algunos muy buenos también. Tiene una hermana devota, y media docena de sobrinos y sobrinas.
La señora Penniman permaneció unos minutos en silencio.
—Los sobrinos y sobrinas son niños aún, y la hermana no es una persona demasiado atractiva.
—Espero que no habrá hablado mal de ella contigo —dijo el doctor—; porque según me han informado vive de ella.
—¿Vive de ella?
—Vive con ella y no trabaja en nada; lo que viene a ser exactamente lo mismo.
—Está buscando un empleo con la mayor seriedad —dijo la señora Penniman—. Espera encontrarlo de un día a otro.
—Precisamente aquí es donde lo está buscando; allí en el salón. El empleo de marido de una débil mental, con una gran fortuna le resultaría a la perfección.
La señora Penniman era por lo general muy paciente, pero en ese momento dio señales de perder la paciencia. Se levantó con furia y permaneció durante un instante mirando a su hermano.
—Mi querido Austin —comentó—, si consideras a Catherine una débil mental estás totalmente equivocado.
Y una vez dicho esto se alejó majestuosamente.
Capítulo IX
La familia de la Plaza Washington tenía la costumbre de ir a pasar los domingos por la tarde en casa de los Almond. El domingo, después de la conversación que he narrado, este hábito no se interrumpió; y en esta ocasión, en un momento determinado el doctor Sloper se vio precisado a retirarse a la biblioteca con su cuñado para conversar sobre un asunto de negocios. Estuvo ausente unos veinte minutos y cuando volvió al salón, vio que el círculo se había ampliado con la presencia de algunos amigos de la familia, entre ellos Morris Townsend; éste había perdido el menor tiempo posible y se había sentado en un pequeño sofá junto a Catherine. En el salón grande donde se habían formado varios grupos diferentes, y el ambiente estaba lleno de ruido de voces y de risas, aquellas dos personas parecían estar confabuladas, como se dijo el doctor, en no atraer la atención. En un momento vio que su hija era dolorosamente consciente de que la observaba. Estaba sentada, inmóvil, con la mirada baja, contemplando su abanico abierto, profundamente ruborizada, encogida, como para restarle importancia a la indiscreción de que se confesaba culpable.
El doctor casi sintió lástima de ella. La pobre Catherine no tenía un carácter propicio a los desafíos, y cuando vio que su padre contemplaba las atenciones de su compañero con poca simpatía la invadió un sentimiento de desazón por el hecho de que pudiera parecer rebelde. Y el doctor se sintió en verdad tan apenado por ella que dio media vuelta, para evitarle el sentimiento de ser observada. Era un hombre inteligente y mentalmente realizó una especie de justicia poética para juzgar la situación de su hija.
«Sin duda debe ser de lo más agradable para una muchacha fea y carente de animación como ella que llegue un joven atractivo y se siente a su lado y le susurre que es su esclavo» —si es que éste es capaz de susurrarle eso. «No me extraña que le guste, y que piense que soy un cruel tirano; por supuesto me juzga como tal aunque no tiene el valor suficiente para reconocerlo. ¡Mi pobre Catherine! Hasta estoy seguro de que es capaz de tomar mi defensa cuando Townsend se expresa mal de mí», pensaba el doctor.
Aquellas reflexiones le hicieron comprender la oposición lógica entre su punto de vista y el de la muchacha enamorada, tanto que se dijo que tal vez estaba considerando el asunto con demasiada dureza y que se deshacía en lamentos antes de haber sido herido. No debía condenar a Morris Townsend sin haberlo oído antes. Tenía aversión a tomar las cosas con rigor excesivo; sabía que la mitad de los inconvenientes y de las desilusiones de esta vida provienen de esa actitud; y por un momento se preguntó si, posiblemente, no parecería un hombre ridículo a los ojos de aquel joven inteligente del que sospechaba que poseía una habilidad especial para captar los defectos e incongruencias de los demás. Un cuarto de hora más tarde Catherine se había separado de él y Townsend estaba ahora de pie conversando frente a la chimenea con la señora Almond.
«Le daremos una nueva oportunidad», se dijo el doctor. Y atravesó la habitación y se reunió con su hermana y el joven, haciéndole a Elizabeth una señal para que lo dejara a solas con su invitado. Así lo hizo ella, mientras Morris lo observaba con la sonrisa en los labios y sin ningún signo de rehuirle en sus ojos afables.
«Es sorprendentemente vanidoso», pensó el doctor; y luego dijo en voz alta:
—Me han dicho que busca usted empleo.
—Bueno, eso suena demasiado elegante. Más bien diría que busco trabajo, algo donde ganarme honradamente unos centavos.
—¿Qué preferiría usted hacer?
—¿Quiere usted decir que para qué estoy preparado? Para muy pocas cosas, según me temo. No poseo sino mi buen brazo derecho, como dicen en los melodramas.
—Es usted demasiado modesto —respondió el doctor—. Además de su buen brazo derecho posee usted una mente sutil. No sé nada de usted más que lo que veo; pero por su fisonomía puedo deducir que es extremadamente inteligente.
—¡Oh! —murmuró Townsend—, no sé qué responderle. ¿Me aconseja, entonces, que no desespere?
Y miró a su interlocutor como si la pregunta ocultara un doble sentido. El médico captó aquella mirada y la sopesó por un instante antes de responder:
—Sentiría mucho tener que admitir que un joven robusto y bien dispuesto pueda desesperar. Si no triunfa en una cosa puede intentar otra. Sólo que me atrevería a decir que debe elegir su campo de actividad con discreción.
—Por supuesto, con prudencia —repitió Morris Townsend, cordialmente—. Bueno, he cometido muchas imprudencias en el pasado; pero pienso que he dejado atrás esa etapa. Me siento ahora muy firme —y por un momento contempló las puntas de sus zapatos impecablemente limpios. Luego añadió—: ¿Me está usted ofreciendo algún puesto ventajoso?
«¡Maldita sea su impertinencia!», exclamó interiormente el doctor. Pero un momento después recordó que a fin de cuentas él había sido el primero en abordar aquel asunto tan delicado, y que sus palabras habían podido muy bien interpretarse como una oferta de ayuda.
—No tengo ninguna proposición en especial que hacerle —dijo al fin—, pero quiero que sepa que lo tendré en mente. Algunas veces oye uno hablar de oportunidades. Por ejemplo, ¿aceptaría algo fuera de Nueva York... lejos de aquí?
—Me temo que no por el momento. Debo buscar mi fortuna aquí y no en otra parte. Ve usted —añadió Morris Townsend—, tengo ciertos compromisos aquí. Tengo una hermana, viuda, de quien he estado separado durante mucho tiempo, y para quien lo soy casi todo. No me gustaría tener que decirle que debo abandonarla. Ella, en cierta forma, depende de mí.
—¡Ah!, eso está muy bien; respeto mucho los sentimientos familiares —dijo el doctor Sloper—. A menudo pienso que en nuestra ciudad se han perdido bastante. Creo que he oído hablar de su hermana.
—Es posible, pero lo dudo; vive muy retirada y tranquila.
—Todo lo tranquila —dijo el doctor, emitiendo una breve risita— que puede estar una dama con varios hijos pequeños.
—Mis queridos sobrinos y sobrinas... ése es el problema. La estoy ayudando a educarlos —dijo Morris Townsend—. Soy una especie de tutor de ellos. Les doy lecciones.
—Lo cual está muy bien. Pero difícilmente puede llamarse a eso una carrera.
—No voy a hacer con ellos mi fortuna —confesó el joven.
—No debe empecinarse en hacer una fortuna —le recomendó el doctor—. Pero le aseguro que lo tendré en mente; no me olvidaré de usted.
Antes de abandonar la casa el doctor cambió unas cuantas palabras con la señora Almond.
—Me gustaría conocer a su hermana —dijo—. ¿Cómo dices que se llama? ¿Montgomery? Me gustaría conversar un poco con ella.
—Trataré de arreglarlo —respondió la señora Almond—. La invitaré en la primera oportunidad, y tú vendrás y la conocerás; a menos —añadió la señora Almond—, que ella decida enfermarse antes y te pida que vayas a verla.
—Oh, no; eso no; debe tener ya demasiados problemas la pobre. Pero por supuesto que tendría sus ventajas, pues entonces podría conocer a los niños. Me gustaría mucho ver a los niños.
—Eres muy testarudo. ¿Quieres ir a darles un sermón sobre su tío?
—Precisamente. Su tío me ha dicho que ha tomado en sus manos la educación de esos niños, para ahorrarle a la madre los gastos de la escuela. Me gustaría hacerles unas cuantas preguntas elementales.
«No tiene para nada el aspecto de un maestro de escuela», se dijo después la señora Almond al ver a Morris Townsend en un rincón reclinado sobre su sobrina, que estaba sentada.
Y en efecto, no había nada en el discurso del joven en ese momento que se refiriera a la pedagogía.
—¿Quiere encontrarse conmigo mañana o pasado mañana? —le decía en voz baja a Catherine.
—¿Encontrarme con usted? —preguntó ella, levantando hacia él sus asustados ojos.
—Tengo algo especial que decirle... algo especial.
—¿Y no puede ir a la casa? ¿No me lo puede decir allí?
Townsend negó esa posibilidad con un movimiento lúgubre de cabeza:
—No puedo volver a pisar su casa.
—¡Oh, señor Townsend! —murmuró Catherine. Temblaba, mientras trataba de adivinar qué podía haber ocurrido; si su padre se lo habría prohibido.
—No puedo, por dignidad —dijo el joven—. Su padre me ha insultado.
—¿Cómo? ¿Lo ha insultado?
—Me ha echado en cara mi pobreza.
—¡Oh, se equivoca usted! ¡Lo ha malinterpretado! —Catherine habló con energía mientras se levantaba de su silla.
—Tal vez soy demasiado orgulloso, demasiado susceptible. ¿Pero le gustaría acaso que fuera de otra manera? —preguntó tiernamente.
—Por lo que se refiere a mi padre —dijo Catherine—, no debe usted preocuparse. Es un hombre muy bondadoso.
—Se burló de mí porque no tengo una posición. Lo tomé con calma, pero sólo por estar relacionado con usted.
—No sé —dijo Catherine— ...no sé qué piensa él. Pero tengo la seguridad de que trató de ser amable. No debe ser usted demasiado orgulloso.
—Sólo me enorgulleceré de usted —respondió Morris—. ¿Se encontrará usted conmigo en la Plaza?
El intenso rubor de Catherine fue la respuesta. Luego trató de alejarse. El joven insistió:
—¿Irá usted? —volvió a preguntar—. Hay mucha tranquilidad allá, nadie nos verá al anochecer.
—Es usted el que no es amable, es usted quien se burla, al decir esas cosas.
—¡Mi querida muchacha! —murmuró el joven.
—Usted sabe de qué poco puedo enorgullecerme. Soy fea y tonta.
Morris recibió este comentario con un ardiente murmullo, en el que ella no percibió nada articulado fuera de la afirmación de que la quería.
Pero ella continuó:
—Ni siquiera soy... Ni siquiera soy... —y no pudo continuar.
—¿Ni siquiera es qué?
—Ni siquiera soy valiente.
—¡Ah! Si tiene usted miedo, ¿qué vamos a hacer?
Permaneció un momento en silencio. Luego dijo:
—Debe usted ir a mi casa; eso no me da miedo.
—Preferiría que fuera en la Plaza —insistió él—. Usted sabe que a menudo suele estar solitaria. Nadie nos verá.
—No es eso lo que me importa. Pero déjeme ahora, por favor.
La dejó con resignación; había obtenido lo que deseaba. Por fortuna, él ignoraba que media hora más tarde, de regreso a casa en compañía de su padre, al sentirlo a su lado, la pobre muchacha comenzó a temblar. Su padre no dijo nada; pero Catherine imaginaba que tenía los ojos clavados en ella en medio de la oscuridad. También la señora Penniman iba en silencio; Morris Townsend le había dicho que su sobrina prefería, con su falta de romanticismo, una entrevista en un salón empapelado a una cita sentimental junto a una fuente cubierta con hojas muertas, y ella estaba perdida en el estupor ante la rareza —casi la perversidad— de semejante elección.
Capítulo X
Al día siguiente Catherine recibió al joven en el terreno que ella había señalado, en el casto recinto de una salita de Nueva York amueblada a la moda de hace cincuenta años. Morris se había tragado su orgullo e hizo el esfuerzo necesario para trasponer el umbral de la puerta de la casa de su demasiado autoritario padre, un acto de magnanimidad que tendía a hacerlo aparecer doblemente interesante.
—Es preciso establecer algo, es necesario tomar una actitud determinada —dijo mientras se pasaba la mano por entre el cabello y se contemplaba ante un espejo alto y estrecho colocado entre dos ventanas, que tenía en la base una pequeña repisa cubierta por una losa de mármol blanco, que a su vez sostenía un tablero de chaquete plegado en forma de dos volúmenes, con el título impreso en letras verduscas, «Historia de Inglaterra». Si Morris se había permitido describir al dueño de la casa como un burlón despiadado era porque pensaba que estaba demasiado en guardia y este era el modo más fácil de mostrar su propia insatisfacción, una insatisfacción que debía ocultar ante el médico a toda costa. Sin embargo probablemente le parecerá al lector que la vigilancia del doctor de ninguna manera era excesiva, y que los dos jóvenes tenían el campo abierto. Su intimidad era ahora considerable, y puede aparecer que, para ser una persona tan tímida y reservada, nuestra heroína había sido demasiado liberal en sus favores. El joven en unos cuantos días la había hecho oír cosas ante las cuales ella no había supuesto estar debidamente preparada; previendo serias dificultades en el futuro él había procedido a ganar todo el terreno posible en el presente. Recordó que la fortuna favorece a los audaces, y aunque lo hubiese olvidado, la señora Penniman se hubiera apresurado a recordárselo. La señora Penniman amaba todos los elementos del drama y se mostraba feliz al advertir que estaba a punto de desarrollarse uno. Combinando como lo hacía el celo del empresario con la impaciencia del espectador, había hecho todo lo que estaba en sus manos para que se alzara el telón. Esperaba figurar también en la representación, sería la confidente, el coro, leería el epílogo. Puede decirse que incluso en ciertos momentos se olvidaba de la modesta heroína de la obra e imaginaba algunas grandes escenas que naturalmente ocurrirían entre el héroe y ella.
Lo que Morris le había dicho a Catherine era sencillamente que la amaba, o, mejor dicho, que la adoraba. Virtualmente se lo había ya hecho saber, sus visitas habían sido bastante elocuentes en ese sentido. Pero ahora se lo había afirmado en términos de enamorado, y, como un signo memorable de ello, le había pasado el brazo por el talle y la había besado. Este feliz acontecimiento tuvo lugar mucho antes de lo que Catherine esperaba, y ella lo consideró, naturalmente, como un tesoro inapreciable. Hasta puede dudarse que lo hubiera esperado ya que nunca se había dicho que debía ocurrir en un determinado momento. Como he tratado de explicar, Catherine no tenía prisas ni ansiedades de ninguna especie; tomaba lo que le ofrecían día tras día, y si las deliciosas visitas diarias de su enamorado, que la colmaban de una felicidad en que se mezclaban por igual la confianza y la timidez, hubiesen cesado repentinamente, no sólo no se hubiera considerado una abandonada, sino que ni siquiera hubiera sufrido una gran desilusión. Después de que Morris la besó, la ultima vez que habían estado juntos, como una madura confirmación de su devoción, ella le pidió que se retirara, que la dejara sola porque necesitaba pensar. Morris se marchó, pero volvió a besarla antes de salir. Las meditaciones de Catherine no tuvieron ninguna coherencia. Sintió los besos aún en los labios y en las mejillas durante largo rato; esa sensación era más un obstáculo que una ayuda para la reflexión. Le habría gustado ver su situación claramente ante ella para saber qué debía hacer si, como temía, su padre le dijera que desaprobaba sus relaciones con Morris Townsend. Pero todo lo que acertaba a pensar lo terriblemente extraño que resultaba que alguien pudiera desaprobarlo; debía por fuerza haber allí un error, algún misterio que muy pronto tendría que aclararse. Renunció a seguir pensando en eso. Ante la posibilidad de un conflicto con su padre cerró los ojos y permaneció inmóvil, suspendido el aliento. Su corazón latió aceleradamente y la embargó un intenso dolor. Cuando Morris la había besado y dicho aquellas cosas también su corazón había latido; pero esto era mucho peor; se sentía asustada. Sin embargo hoy, cuando el joven habló de la necesidad de establecer algo y de adoptar una línea de conducta, sintió que era la verdad, y respondió sencillamente, sin vacilar:
—Debemos cumplir con nuestro deber; es decir, hablar con mi padre. Lo haré esta noche. Tú puedes verlo mañana.
—Es muy amable de tu parte que desees ser la primera —respondió Morris—; por lo general es el enamorado quien lo hace. Pero haz lo que te parezca mejor.
Le agradaba a Catherine pensar que sería valiente en ese asunto, y sonrió con cierta satisfacción.
—Las mujeres tenemos más tacto —dijo—. Deberíamos ser siempre las primeras en hablar. Nuestra disposición es más conciliatoria, más persuasiva.
—Necesitarás echar mano de todas tus facultades de persuasión. Pero, después de todo —añadió—, tú eres irresistible.
—Por favor, no hables así... y prométeme que mañana, cuando hables con mi padre, serás amable y respetuoso.
—Haré todo lo posible —prometió Morris—. No me servirá de mucho, pero trataré. Desde luego preferiría no tener que luchar por ti.
—No hables de luchar. No se trata de eso.
—Debemos estar preparados —replicó Morris—; especialmente tú, porque te tocará la parte más difícil. ¿Sabes qué es lo primero que va a decirte tu padre?
—No, Morris; dímelo.
—Te dirá que soy un mercenario.
—¿Mercenario?
—Es una gran palabra, pero significa algo bajo. Significa que estoy interesado en tu dinero.
—¡Oh! —murmuró Catherine, apagadamente.
La exclamación fue tan suplicante y conmovedora que Morris se permitió otra pequeña demostración de afecto.
—Es casi seguro que te lo va a decir —añadió.
—Será fácil estar en guardia contra eso —dijo Catherine—; sencillamente le diré que está equivocado; que otros hombres pueden hacer eso, pero no tú.
—Tendrás que ponerte en eso muy firme, pues él también lo será en sus puntos de vista.
Catherine contempló a su enamorado durante un minuto, luego añadió:
—Yo lo convenceré. Pero me alegra pensar que vamos a ser ricos.
Morris desvió la mirada y la fijó en la copa del sombrero que tenía entre las manos.
—No —dijo—; más bien es una desgracia. De ahí vendrán todos nuestros problemas.
—Bueno, si esos son los peores problemas, no somos tan desdichados. Muchas personas no lo considerarían tan mal. Yo lo convenceré, y después de eso seremos muy felices de tener dinero.
Morris Townsend escuchó en silencio ese argumento de sana lógica.
—Dejo mi defensa en tus manos —dijo Morris—. Esto es un cargo que un hombre no puede discutir sin humillarse.
Catherine permaneció a su lado, en silencio; lo contemplaba, mientras él tenía la mirada perdida en la ventana.
—Morris —exclamó, abruptamente—. ¿Estás seguro del todo de que me amas?
Él se volvió hacia ella y exclamó:
—¿Pero es que puedes dudarlo, querida?
—Lo sé únicamente desde hace quince días —dijo Catherine—. Pero ahora me parece que ya no podría vivir sin ti.
—Nunca te verás en esa situación —afirmó Morris, sonriendo. Después de un momento, añadió—: Hay algo que también debes decirle —ella mantenía los ojos cerrados después de las últimas palabras que había exclamado; movió la cabeza en señal de afirmación, pero sin abrir los ojos—. Debes prometerme que si tu padre se mantiene obcecado en este asunto, si prohíbe absolutamente nuestro matrimonio, me seguirás siendo fiel.
Catherine abrió los ojos, lo contempló y no pudo dar una mejor promesa que la que él leyó allí.
—¿Te aferrarás a mí? —dijo Morris—. Sabes que eres dueña de tus actos; tienes ya la edad necesaria.
—¡Ay, Morris! —murmuró por toda respuesta, y puso su mano sobre la del joven. Él la mantuvo allí por unos momentos y luego volvió a besarla. Esto es todo lo que necesitamos referir de esa conversación; pero si la señora Penniman hubiera estado presente habría posiblemente admitido que había sido mejor que no tuviera lugar junto a la fuente de la Plaza Washington.
Capítulo XI
Catherine esperó esa noche a que su padre llegara a la casa y lo oyó entrar en su estudio. Permaneció tranquilamente sentada, aunque su corazón latía aceleradamente, por espacio de una media hora; después se levantó y fue a tocar en la puerta del estudio, ceremonia sin la cual nunca entraba en aquel recinto. Al entrar lo encontró en su silla junto al fuego, entretenido en fumar un cigarro y en leer el periódico de la tarde.
—Tengo algo que decirte —comenzó muy suavemente, mientras se sentaba en el asiento que tenía más a mano.
—Te escucho con placer, querida —le dijo su padre y esperó, esperó mirándola mientras ella contemplaba, sumida en silencio, el fuego. El doctor mostraba curiosidad e impaciencia, pues estaba seguro de que iba a hablarle de Morris Townsend; pero dejó que se tomara el tiempo que considerara necesario; se había propuesto tratarla con ternura.
—¡Me he comprometido en matrimonio! —anunció al fin Catherine, sin apartar la mirada del fuego.
El doctor se sobresaltó; un hecho consumado era más de lo que hubiera esperado; pero no dejó traslucir su sorpresa.
—Haces bien en decírmelo —comentó sencillamente—. ¿Y quién es el feliz mortal al que has honrado con tu elección?
—El señor Morris Townsend.
Y al pronunciar el nombre de su galán Catherine miró a su padre. Lo que vio fueron los ojos grises y tranquilos y la sonrisa bien marcada. Apartó los ojos y los volvió a fijar en el fuego; era más reconfortante.
—¿Cuándo se decidió este compromiso? —preguntó el doctor.
—Esta tarde... hace dos horas.
—¿Estuvo aquí el señor Townsend?
—Sí, padre; en el salón —se sintió feliz de no haber tenido que verse obligada a decir que la ceremonia de su compromiso había ocurrido afuera, bajo los desnudos ciclamores de la plaza.
—¿Se trata, pues, de algo serio? —preguntó el doctor.
—Muy serio, padre.
El padre permaneció callado durante un momento.
—El señor Townsend debía habérmelo comunicado.
—Piensa hacerlo mañana.
—¿Después de haberlo sabido por ti? Me lo debió haber dicho antes. ¿Piensa que el asunto no me preocupa debido a que te he dado demasiada libertad?
—¡Oh, no! —dijo Catherine—. Sabe que te preocupas. Y ambos te estamos agradecidos por... por esa libertad.
El doctor soltó una seca risa.
—Pudiste haber hecho mejor uso de ella, Catherine.
—Por favor, no digas eso, papá —imploró tristemente la muchacha, mirándolo con sus ojos resueltos y amables.
El doctor dio una chupada a su cigarro.
—Has ido demasiado de prisa —dijo al fin.
—Sí —respondió sencillamente Catherine—. Me parece que así ha sido.
Su padre la observó por un instante, apartando los ojos del fuego.
—No me extraña que le gustes al señor Townsend; eres tan sencilla y tan buena...
—No sé a qué se deba. Pero estoy segura de que me quiere.
—Y tú, ¿le quieres mucho?
—Lo quiero mucho, por supuesto, de otra manera no hubiese consentido en casarme con él.
—Pero lo conoces desde hace muy poco, querida.
—Oh —dijo Catherine, apresuradamente—. No lleva tanto tiempo conocer a una persona, una vez que se ha comenzado.
—Tú debes haber comenzado muy rápidamente. ¿Empezó la primera vez que lo viste... aquella noche en la fiesta de tu tía?
—No lo sé, papá —respondió la joven—. No puedo hablarte de estas cosas.
—Por supuesto, son asuntos tuyos. Habrás observado que todo el tiempo he actuado según ese principio. No he interferido; te he dejado en total libertad; he tenido en cuenta que no eres una niña... que has llegado a una edad en que se debe ser responsable.
—Me siento muy vieja y muy sabia —dijo Catherine, sonriendo débilmente.
—Me temo que no tardarás mucho en sentirte más vieja y más sabia. No me gusta tu compromiso.
—¡Oh! —exclamó Catherine, levantándose de su silla.
—No, querida. Siento tener que causarte pena, pero no me gusta. Me parece que debiste consultar conmigo antes de establecerlo. Creo que me he portado débilmente contigo y que tú te has aprovechado de mi indulgencia. Decididamente debiste haberme hablado antes.
Catherine dudó por un momento y luego confesó:
—No lo hice porque temí que no fuera a gustarte.
—¡Ah! ¿Lo ves? No tenías la conciencia tranquila.
—¡No, papá, no era eso! —exclamó la muchacha con considerable energía—. ¡No me acuses de algo tan terrible! —en efecto, aquellas palabras representaban en su imaginación algo terrible, algo vil y cruel, que ella asociaba con malhechores y prisioneros—. Era porque temía... porque temía... —prosiguió.
—Si temías algo era porque reconocías que actuabas tontamente.
—Temía que no te gustara el señor Townsend.
—Tenías razón. No me gusta.
—Pero, papá, no lo conoces —dijo Catherine con voz tan triste que pudo haberlo conmovido.
—Tienes razón; no lo conozco íntimamente. Pero lo que sé de él me es suficiente; ya he sacado mis conclusiones. Tú tampoco lo conoces.
Ella permanecía ante el fuego con las manos extendidas hacia adelante, ligeramente crispadas; y su padre, arrellanado en su sillón y observándola, hizo este comentario con una satisfacción que podía parecer irritante.
Dudo, sin embargo, que Catherine se hubiera irritado, aunque prorrumpió en una vehemente protesta:
—¿Que no lo conozco? ¡Ah, no! Lo conozco mejor de lo que he conocido en toda mi vida a alguien.
—Conoces una parte solamente... la que él ha preferido mostrarte. Pero no conoces el resto.
—¿El resto? ¿Y qué es el resto?
—Lo que sea, seguramente habrá mucho.
—Ya sé lo que quieres decir —dijo Catherine, recordando las prevenciones de Morris—. Quieres decir que es mercenario.
Su padre la miró con ojos fríos, tranquilos, razonables.
—Si quisiera decir eso, querida, lo diría. Pero es un error que precisamente deseo evitar: el de hacer más interesante al señor Townsend diciéndote cosas desagradables sobre él.
—No pensaría que son desagradables si son ciertas —dijo Catherine.
—Si es así, demostrarás ser una joven extraordinariamente sensata.
—Me gustaría conocer tus razones.
El doctor sonrió un poco.
—Es muy cierto. Tienes perfecto derecho a exigirlas —aspiró durante un instante el humo de su cigarro—. Muy bien, entonces. Sin acusar al joven Townsend de estar sólo enamorado de tu fortuna, y de la fortuna que fundadamente esperas, diré que existen todas las razones para suponer que estas buenas cosas han entrado en sus cálculos más de lo que requiere una tierna solicitud por tu felicidad. Desde luego no es imposible que un joven inteligente sienta un afecto desinteresado por ti. Eres una muchacha honesta y agradable, y un joven inteligente puede sentirse atraído por estas cualidades. Pero ocurre que lo que sabemos de este joven, que en efecto es muy inteligente, nos lleva a suponer que, por mucho que valúe tus méritos personales, considera más tu dinero. Todo lo que sabemos es que ha llevado una vida disipada, y que ha gastado su fortuna haciéndolo. Eso para mí es suficiente, querida. Desearía que te casaras con un joven con otros antecedentes, un joven que pudiera ofrecer garantías seguras. Si el señor Townsend se ha gastado su fortuna divirtiéndose, no hay razón para creer que no va a gastar la tuya.
El doctor expresó estas opiniones en tono lento y deliberado, haciendo algunas pausas y enfatizando ciertas frases, que mantuvieron a la pobre Catherine en un estado de ansiedad hasta el final. Ésta volvió a sentarse, con la cabeza inclinada y los ojos clavados aún en él; y aunque parezca extraño, tanto que es difícil explicarlo, a pesar de sentir que las frases del doctor eran terribles, admiraba su claridad y la nobleza de su expresión. Había algo desalentador y opresivo en el hecho de tener que discutir con su padre; pero ella también, por su parte, trataba de expresarse con claridad. El doctor Sloper mantenía la calma y no manifestaba ningún enojo; ella, por lo mismo, debía también mantenerse tranquila. Pero el simple esfuerzo por mantener la calma la hacía temblar.
—No es eso lo esencial que sabemos sobre él —dijo; y en la voz se manifestaba un dejo de ese temblor—. Hay otras cosas, muchas otras cosas. Es extraordinariamente inteligente; y quiere hacer algo. Es amable, generoso y veraz —dijo Catherine, que hasta entonces nunca había sospechado sus recursos de elocuencia—. Y esa fortuna, la fortuna que él gastó, era muy pequeña.
—Razón de más para que no la hubiera gastado —replicó el doctor, levantándose con una sonrisa. Luego, como Catherine, que también se había levantado, permanecía allí en una especie de absoluta sinceridad, deseando tanto y expresando tan poco, se acercó a ella y le dio un beso—. ¿No irás a creer que soy cruel? —le dijo, abrazándola por un momento.
Esta pregunta no la confortó, por el contrario le sugirió a Catherine posibilidades que la hicieron sentir enferma. Pero respondió con la necesaria coherencia:
—No, papá; pero si supieras lo que siento, y tú debes saberlo, ya que lo sabes todo, serías más cariñoso, más amable.
—Sí, creo que sé lo que sientes —dijo el doctor—. Seré afectuoso, ten la seguridad. Y veré mañana al señor Townsend. Mientras tanto, ten la bondad de no comentar con nadie que estás comprometida.
Capítulo XII
Durante la mañana y la tarde del siguiente día el doctor permaneció en casa, esperando la visita del señor Townsend, actitud con la que le pareció (y con justicia tal vez, porque era un hombre muy ocupado) que pagaba un gran honor al pretendiente de Catherine, y que daría a ambos jóvenes menos motivos de queja. Morris se presentó con un semblante bastante sereno, como si hubiera olvidado el «insulto» con el que se había ganado la simpatía de Catherine dos noches antes, y el doctor Sloper no perdió tiempo en hacerle saber que estaba preparado para la entrevista.
—Catherine me dijo anoche lo que sucede entre ustedes dos —le dijo—. Permítame decirle que hubiese sido más correcto que usted me hubiera advertido sus intenciones antes de llevarlas tan lejos.
—Lo hubiera hecho así —respondió Morris— de no haber tenido la impresión de que dejaba a su hija en libertad. Me parece una persona muy dueña de sus actos.
—Así lo es en efecto. Pero confío en que no se haya emancipado moralmente hasta el grado de elegir marido sin consultarme. La he dejado disfrutar de su libertad, pero no he sido de ninguna manera indiferente. La verdad es que este asunto se ha desarrollado con una rapidez que me sorprende. Hace apenas unos cuantos días que Catherine lo conoció a usted.
—En efecto, no hace mucho —dijo Morris, gravemente—. Admito que no hemos sido lentos para llegar a entendemos. Pero eso era natural, ya que estamos seguros de nosotros... uno del otro. Mi interés por la señorita Sloper surgió desde el primer día que la vi.
—¿No habrá nacido por casualidad antes de ese primer encuentro? —preguntó el doctor.
Morris se le quedó mirando por un instante.
—Por supuesto había oído decir ya que era una joven encantadora.
—Una joven encantadora... ¿Eso es lo que piensa usted de ella?
—Absolutamente. De otra manera no estaría sentado aquí.
El doctor meditó por un momento.
—Mi querido joven —dijo al fin—; debe de ser usted muy impresionable. Como padre de Catherine tengo, estoy seguro de ello, una apreciación justa y cariñosa de sus muchas virtudes; pero no tengo inconveniente en manifestarle que nunca pensé en ella como una joven encantadora y nunca esperé que alguien lo hiciera.
Morris Townsend recibió esta declaración con una sonrisa que no estaba del todo carente de deferencia—. No sé qué podría yo pensar de ella si fuera su padre. No puedo ponerme en esa situación. Hablo desde mi propio punto de vista.
—Habla usted muy bien —dijo el doctor—, pero hay otras cosas que también son necesarias. Le dije ayer a Catherine que desaprobaba su compromiso.
—Ya me lo ha hecho saber, y me produjo un gran pesar enterarme de ello. Me siento muy desilusionado.
Y Morris permaneció en silencio, contemplando el suelo.
—¿Esperaba usted realmente que estuviera encantado y que arrojara a mi hija en sus brazos?
—¡Oh, no! Ya había advertido que yo no le gustaba.
—¿Qué le dio esa idea?
—El hecho de que soy pobre.
—Eso suena muy ásperamente —dijo el doctor—, pero no está lejos de la verdad; hablo de usted estrictamente como posible yerno. Su falta de medios, de profesión, de recursos o proyectos visibles, lo coloca a usted en una posición que me parecería imprudente elegir como ideal para buscarle marido a mi hija, que es una joven débil con una gran fortuna. En cualquier otro terreno estoy dispuesto a otorgarle mi simpatía. Como yerno me resulta abominable.
Morris Townsend lo escuchó respetuosamente. Luego dijo:
—No creo que la señorita Sloper sea una mujer débil.
—Por supuesto tiene usted que defenderla... es lo menos que podría hacer. Pero he conocido a mi hija durante veinte años y usted sólo la conoce desde hace seis semanas. Y aunque no fuera débil, usted seguiría siendo un hombre sin recursos.
—¡Ah, sí! ¡Esa es mi debilidad! Y por consiguiente piensa usted que soy un hombre mercenario que sólo se interesa en el dinero de su hija.
—No he dicho eso. No podría decirlo; y decirlo, a menos que fuera por una razón de fuerza mayor, me resultaría de muy mal gusto. Digo sencillamente que no lo considero en la categoría adecuada.
—Pero su hija no se va a casar con una categoría —replicó Townsend con su seductora sonrisa—. Se va a casar con un individuo, un individuo a quien le ha entregado su amor.
—Un individuo que ofrece muy poco a cambio.
—¿Es posible ofrecer más que un profundo afecto y una devoción para toda la vida? —preguntó el joven.
—Eso depende de cómo se considera. Es posible ofrecer además algunas otras cosas; y no sólo es posible sino que es lo mandado. Una devoción para toda la vida, eso se sabe después, gracias a los hechos; mientras tanto lo usual es ofrecer ciertas seguridades materiales. ¿Cuáles son las suyas? Una cara, una figura atractiva, y excelentes modales. Son cualidades magníficas, pero no suficientes.
—Hay otra cosa que podría usted añadir —dijo Morris—, la palabra de un caballero.
—¿La palabra de que va a amar siempre a Catherine? Debe ser usted un caballero especial para poder asegurar eso.
—La palabra de un caballero de que no me guían fines mercenarios; que mi afecto por la señorita Sloper es un sentimiento tan puro y desinteresado como los que puede albergar un pecho humano. Me interesa tanto su fortuna como las cenizas de esa chimenea.
—Tomo nota, tomo nota —dijo el doctor—, pero aún así vuelvo a tratar el asunto de la categoría. A pesar del solemne voto que me ha hecho sigue usted dentro de esa categoría de la que hablaba. No tengo nada en contra de usted fuera de eso que podría considerarse accidental; pero, en mis treinta años de experiencia médica, he visto que los accidentes pueden tener consecuencias imprevisibles.
Morris sacudió su sombrero, de un brillo impecable, y continuó dando muestras de un absoluto dominio de sí mismo, cosa que el doctor supo reconocer como una cualidad, pero su desencanto era evidente.
—¿No hay nada que pueda hacer para que usted crea en mí?
—Si lo hubiera no sería yo quien se lo sugiriera —dijo el doctor sonriendo—. No quiero creer en usted.
—Me iré a cultivar los campos.
—Eso sería una tontería.
—Aceptaré mañana el primer trabajo que me ofrezcan.
—Hágalo, pero no por mí sino por usted.
—Comprendo. Piensa usted que soy un vago —dijo Morris, en el tono de quien hace un descubrimiento. Pero inmediatamente comprendió su error y se ruborizó.
—No importa que es lo que piense, una vez que le he manifestado que no me interesa usted como yerno.
Pero Morris insistió:
—¿Cree usted que voy a dilapidar el dinero de su hija? El doctor volvió a sonreír.
—Ya le he dicho que no tiene importancia lo que yo piense; pero en ese punto me declaro culpable.
—Supongo que eso se debe a que gasté el mío —dijo Morris—. He sido un tonto, y francamente debo confesarlo. Si usted quiere puedo contarle todas las tonterías que he cometido. Algunas fueron verdaderas locuras, no tengo por qué ocultarlo. Pero he vencido todas mis debilidades. ¿No habla la Biblia de un libertino redimido? Yo era un libertino pero le aseguro que me he reformado. Es mejor haberse divertido durante un tiempo y haber terminado con eso. Su hija jamás se hubiera interesado por un atolondrado, y me tomaré la libertad de decirle que usted tampoco. Por otra parte entre mi dinero y el de ella hay una gran diferencia. Yo gasté el mío; lo gasté porque era mío; y no contraje deudas; cuando se me acabó me detuve. No le debo a nadie un penique.
—Permítame entonces preguntarle de qué vive ahora. Aunque debo admitir —añadió el doctor— que esta pregunta es impertinente.
—Vivo de los restos de mi fortuna —dijo Morris Townsend.
—Gracias —replicó el doctor con gravedad.
Sí, efectivamente el dominio de Townsend era encomiable.
—Aun admitiendo que concediera una desproporcionada importancia a la fortuna de la señorita Sloper —continuó—, ¿no constituye eso en sí mismo una seguridad de que la cuidaría bien?
—Sería tan malo que la cuidara como que se despreocupara del asunto. Catherine sufriría tanto por su avaricia como por su dispendiosidad.
—¡Es usted muy injusto!
El joven Townsend hizo esta declaración con entera decencia, correctamente, sin violencia.
—Admito que tiene derecho a pensar de ese modo, y dejo mi reputación en sus manos. Por supuesto que no roe hago ilusiones sobre sus opiniones.
—¿No le interesa acaso la opinión de su hija? ¿Le agrada la idea de hacerla sufrir?
—Estoy perfectamente resignado a que ella piense durante un año que soy un tirano.
—¡Durante un año! —exclamó riendo Morris.
—Durante toda la vida, entonces. Es igual que sufra de una manera como de la otra.
Aquí, por fin, Morris perdió la calma.
—¡Es usted descortés, señor! —exclamó.
—Usted me obliga a hacerlo. Discute demasiado.
—Me interesa mucho el asunto.
—Sea como sea, ha perdido usted —dijo el doctor.
—¿Está usted seguro? —preguntó Morris—. ¿Está usted seguro de que su hija renunciará a mí?
—Lo que quiero decir es que ha perdido usted en lo que a mí respecta. En cuanto a la actitud de Catherine, no sé cuál va a ser. Pero yo le recomendaré, dado que tengo un fuerte ascendiente sobre mi hija que lo olvide, y como ella tiene desarrollado en el más alto grado el sentido del deber, creo que es muy posible que renuncie a usted.
Morris volvió a acariciar el sombrero.
—También yo tengo algún ascendiente sobre sus sentimientos —observó al fin.
En ese momento el doctor dio muestras de los primeros síntomas de irritación.
—¿Trata usted de desafiarme?
—Llámelo como usted quiera, señor. Lo que quiero decirle es que no renuncio a su hija.
El doctor meneó la cabeza.
—No tengo el menor temor de que se pase la vida esperando, usted nació para disfrutar de la vida.
Morris se echó a reír.
—Entonces su oposición a mi matrimonio es todavía más cruel. ¿Va usted a prohibirle a su hija que me vuelva a ver?
—Ya ha pasado la edad en que se lo hubiera podido prohibir, y no soy el padre en una novela pasada de moda. Pero sí insistiré por todos los medios en que rompa con usted.
—No creo que lo haga —dijo Morris Townsend.
—Tal vez no. Pero yo habré hecho lo que es debido.
—Ella ha ido demasiado lejos —prosiguió Morris.
—¿Como para hacerla regresar? Muy bien; entonces la detendremos donde está.
—Está demasiado lejos para poder detenerse.
El doctor lo observó durante unos instantes; Morris tenía la mano en el picaporte.
—Sus palabras son de lo más impertinentes —dijo el médico.
—No diré más, señor —respondió Morris. Y, haciendo una ligera reverencia salió del salón.
Capítulo XIII
Puede pensarse que el doctor se mostró demasiado seguro, y así se lo dijo la señora Almond. Pero, como él dijo, estaba convencido de sus impresiones, le parecían suficientes, y no tenía ningún deseo de modificarlas. Se había pasado la vida estudiando a las personas (era parte de su profesión) y en diecinueve de cada veinte casos tenía razón.
—Tal vez el señor Townsend es el caso número veinte —dijo la señora Almond.
—Tal vez lo sea, aunque no me da esa impresión. Pero le concederé el beneficio de la duda, y, para estar seguro, tendré una conversación con la señora Montgomery. Estoy casi seguro de que me va a decir que he obrado bien; pero también es posible que me pruebe que he cometido el mayor error de mi vida. Si es así, le pediré perdón al señor Townsend. No es necesario que la invites para que se encuentre conmigo, como amablemente sugeriste. Le escribiré una carta, hablándole francamente de la situación y pidiéndole permiso para ir a visitarla.
—Me temo que la franqueza esté sobre todo de tu parte. La pobre mujer tratará de defender a su hermano, sea lo que sea él.
—¡Sea él lo que sea! Lo dudo. No siempre se quiere a un hermano hasta ese extremo.
—¡Ah! —suspiró la señora Almond—, ¡cuando se trata de que llegue a la familia treinta mil dólares al año!
—Si le defiende por cuestiones económicas será una farsante. Y si es una farsante yo sabré advertirlo. En ese caso no perderé tiempo con ella.
—No es una farsante... Se trata de una mujer ejemplar. No va a querer jugarle a su hermano una mala pasada sólo por el hecho de que él sea un egoísta.
—Si es una mujer decente será capaz de jugarle una mala pasada antes de que él se la juegue a Catherine. Por cierto, ¿ha visto a Catherine? ¿La conoce?
—No, que yo sepa. El señor Townsend debe tener especial interés en no reunirías.
—Ya veremos hasta qué punto responde a tu descripción de mujer ejemplar.
—Tengo curiosidad por saber qué te parece —dijo la señora Almond, sonriendo—. A propósito, ¿cómo ha tomado Catherine la situación?
—Como toma todas las cosas, como algo normal.
—¿No lo ha tomado demasiado a pecho? ¿No ha hecho ninguna escena?
—Ella no es de ese tipo.
—Pensé que una joven enamorada era siempre propensa a las escenas.
—Una viuda ridícula lo es más. Lavinia me ha soltado un discurso acusándome de arbitrariedad.
—Tiene un verdadero talento para equivocarse —dijo la señora Almond—. Pero de cualquier manera lo siento mucho por Catherine.
—También yo. Pero ya se le pasará.
—¿Lo crees así?
—Lo doy por descontado. Siente por mí verdadera adoración.
—Oh, eso ya lo sabemos. Pero eso sólo hace que me inspire más lástima. Hace más doloroso su dilema, y el esfuerzo de elegir entre su padre y su enamorado debe ser terrible.
—Si no puede elegir, será mejor.
—Sí, pero él estará a su lado exigiéndole que elija, y Lavinia se pondrá de su parte.
—Me alegra que no esté de la mía; es capaz de arruinar la causa más excelente. El día que Lavinia aborde tu nave ese día &e hunde. Pero deberá procurar tener mucho cuidado —dijo el doctor—. No permitiré que la traición anide en mi casa.
—Supongo que lo tendrá porque en el fondo te tiene mucho miedo.
—Ambas me tienen miedo, a pesar de que soy inofensivo —respondió el doctor—. Y es ahí donde yo edifico, sobre el saludable terror que les inspiro.
Capítulo XIV
Le escribió una carta muy franca a la señora Montgomery, quien respondió con toda puntualidad, mencionando la hora en que él podía presentarse en la Segunda Avenida. Vivía en una casa pequeña y limpia de ladrillo rojo, recién pintada, con los bordes de los ladrillos pintados de blanco. Ahora ha desaparecido, con sus compañeras, a fin de dejar sitio a una hilera de edificios más majestuosos. Los postigos sobre las ventanas eran verdes; frente a la casa había un pequeño patio, adornado con un arbusto de especie desconocida, rodeado de una empalizada pequeña del mismo color de las persianas. El lugar parecía una casa de muñecas amplificada, podía haber sido extraída del aparador de una juguetería. Cuando el doctor Sloper se disponía a llamar se dijo, contemplando los objetos que he enumerado, que por lo visto la señora Montgomery era una mujer bien organizada y respetable, las modestas dimensiones de su habitación parecían indicar que era de baja estatura, que tenía amor por la pulcritud y que había resuelto que si no podía permitirse ser espléndida, al menos podía ser inmaculada. Lo recibió en un pequeño salón, que era precisamente como él se lo esperaba: un inmaculado comedor, adornado con un follaje de papel de seda, con racimos de uvas de cristal, en el que, para continuar con la analogía, se mantenía una temperatura estival por medio de una estufa de hierro, que emitía una llama azul. Olía a barniz. Las paredes estaban embellecidas con grabados bordeados de gasa color de rosa y en la mesa había algunos volúmenes de poesía encuadernados en tela negra estampada con floridos dibujos de oro viejo. El doctor tuvo tiempo para advertir todos estos detalles, porque la señora Montgomery, cuya conducta le pareció, dadas las circunstancias, de buen tono, lo mantuvo esperando unos diez minutos antes de aparecer. Al fin, sin embargo, apareció, ataviada con un sencillo vestido de popelina almidonada, con un leve rubor en sus graciosas mejillas redondeadas.
Era una mujer pequeña, regordeta y vivaz, con ojos claros, brillantes y un aire extraordinario de limpieza y efectividad. Pero estas cualidades se combinaban evidentemente con una humildad sin pretensiones, y obtuvo el beneplácito del doctor desde el primer momento. Una persona valiente, con una inteligencia despejada, y sin embargo una desconfianza en su propio talento para las relaciones sociales así como muy competente para los asuntos prácticos. Tal fue el breve resumen mental que hizo el doctor. Por su parte la señora Montgomery se sentía muy honrada por la visita, pues para ella, en su casita roja de la Segunda Avenida, el doctor Sloper era uno de los grandes hombres, uno de los caballeros más distinguidos de todo Nueva York, y mientras fijaba en él sus ojos vivaces y juntaba sus manos en el regazo de lustrosa popelina, parecía decirse que su visitante respondía muy bien a la idea que tenía de un hombre distinguido. Se excusó por el retraso; pero él la interrumpió:
—No tiene importancia; porque así he tenido tiempo de pensar en lo que tengo que decirle y en la manera de empezar.
—Por favor, comience —murmuró la señora Montgomery.
—No es tan fácil —dijo el doctor, sonriendo—. Habrá usted deducido por mi carta que deseo hacerle unas cuantas preguntas y que puede resultar incómodo contestarlas.
—Sí; he pensado en lo que debo decir. No será muy fácil.
—Pero debe usted entender mi situación, mis preocupaciones. Su hermano desea casarse con mi hija, y yo deseo saber qué clase de joven es él. Un buen modo de hacerlo me pareció venir y preguntárselo a usted.
La señora Montgomery evidentemente tomó la situación muy seriamente; estaba en un estado de extrema concentración moral. Mantenía sus bellos ojos, iluminados por una especie de brillante modestia, en el rostro del doctor, y por lo visto ponía toda la atención de que era capaz en cada una de sus palabras. Su expresión daba a entender que consideraba un honor el que la hubiese ido a ver, pero que estaba realmente asustada de tener opiniones sobre temas extraños.
—Me da mucho gusto que haya venido —le dijo en un tono que parecía admitir, que más que el objeto de la visita, era la presencia de él lo que la satisfacía.
El doctor tomó ventaja de esta posición.
—No he venido a verla por gusto; he venido a verla para que me diga cosas desagradables, y eso no puede gustarle. ¿Qué clase de caballero es su hermano?
La mirada brillante de la señora Montgomery se volvió vaga y comenzó a divagar. Sonrió un poco, y durante algún tiempo no respondió nada, así que el doctor acabó por impacientarse. Y su respuesta, cuando la dio, no fue satisfactoria.
—Es difícil hablar de un hermano.
—No cuando uno lo quiere y tiene muchas cosas buenas que decir de él.
—Sí, aun entonces, cuando dependen muchas cosas de lo que uno puede decir —replicó la señora Montgomery.
—Para usted no depende nada.
—Me refería a... a... —y dudó en seguir hablando.
—A su hermano. Lo comprendo muy bien.
—No, me refiero a la señorita Sloper —dijo la señora Montgomery.
Al doctor le gustaron aquellas palabras; tenían el sonido de la sinceridad.
—Exactamente, esa es la cuestión. Si mi hija se casara con su hermano, todo, en lo que a su felicidad respecta, dependería de que él fuera un buen hombre. Ella es la mejor criatura del mundo, y nunca le causaría el más mínimo daño. Él, por su parte, si no es todo lo bueno que sería deseable podría hacerla muy desgraciada. Por eso quisiera que me diera usted alguna luz sobre su carácter. Por supuesto no está usted obligada a hacerlo. Mi hija, a quien usted no conoce, no significa nada para usted; y, posiblemente yo sólo sea un viejo impertinente e indiscreto. Tiene usted perfecta libertad para decirme que mi visita es de mal gusto y que me meta yo en mis propios asuntos. Pero no creo que lo haga, porque me parece que se interesará por nosotros, por mi pobre hija y por mí. Tengo la seguridad de que si conociera a Catherine no le sería indiferente su destino. No porque sea interesante en el sentido habitual del término, sino porque se apiadaría usted de ella. Es tan dulce, tan sencilla, ¡puede ser muy fácilmente víctima de quien se lo proponga! Un mal marido tendría facilidades notables para hacerla sufrir, porque ella carece tanto de la inteligencia como de la decisión necesarias para imponerse a él. En cambio su capacidad de sufrimiento es exagerada. Me doy cuenta —añadió el doctor, con su risa más insinuante, más profesional— de que ya se ha interesado usted en nosotros.
—Me he interesado desde el momento en que él me dijo que se había comprometido —dijo la señora Montgomery.
—¡Ah!, ¿dijo eso?, ¿dijo que estaba comprometido?
—Sí, y me dijo que a usted no le había gustado.
—¿Le dijo que a mí no me gusta él?
—Sí, también me lo dijo, y le contesté que esas cosas no dependen de uno.
—Desde luego. Pero lo que usted me puede decir es si tengo razón en mi actitud —y el doctor la dirigió otra de sus sonrisas profesionales.
La señora Montgomery, sin embargo, no sonrió. Era evidente que no podía tomar humorísticamente la solicitud del médico.
—Es mucho lo que usted me pide —dijo al fin.
—No me cabe la menor duda de ello; y debo, porque es mi deber, recordarle las ventajas de que puede disfrutar el joven que se case con mi hija. Ella tiene una renta anual de diez mil dólares por propio derecho; la heredó de su madre; si ella se casa con un marido que reciba mi aprobación tendrá casi dos veces más que eso cuando yo muera.
La señora Montgomery escuchó con gran seriedad aquella espléndida información económica; jamás había oído hablar familiarmente de tantos miles de dólares. Se ruborizó un poco por la excitación.
—Su hija será inmensamente rica —dijo suavemente.
—Precisamente, eso es lo que me preocupa.
—Y si Morris se casa con ella él... él...
—¿Se adueñará de todo ese dinero? De ninguna manera. Podrá disponer de los diez mil anuales que Catherine recibió de su madre; pero yo dejaré cada centavo de mi propia fortuna, ganada en el laborioso ejercicio de mi profesión, a mis sobrinos y sobrinas.
La señora Montgomery bajó la mirada y durante unos minutos permaneció contemplando la estera de paja que cubría el suelo.
—Supongo que le ha de parecer —dijo el doctor, riendo— que al hacer esto le juego a su hermano una mala pasada.
—De ninguna manera. Es demasiado dinero para entrar en posesión de él de un modo tan fácil, sólo con casarse. No me parece correcto.
—Es correcto obtener todo el que uno puede. Pero en este caso su hermano no podrá hacerlo. Si Catherine se casa sin mi consentimiento, no recibirá un solo penique de mi propio bolsillo.
—¿Está usted decidido? —preguntó la señora Montgomery, mirándole a la cara.
—Tan seguro como que estoy sentado aquí.
—¿Aunque su hija enfermara de pena?
—Aunque enfermara al grado de convertirse en una sombra, lo que no es probable.
—¿Sabe Morris esto?
—Tendré la satisfacción de informárselo —exclamó el doctor.
La señora Montgomery resumió sus meditaciones; y su visitante, que estaba preparado para que ella se tomara todo el tiempo que fuera necesario, se preguntó si, a fin de cuentas, no sería un juguete en manos de su hermano. Al mismo tiempo se sentía casi avergonzado de haberla sometido a semejante prueba, y conmovido por la delicadeza con que ella tomaba el asunto.
«Si fuera una farsante —pensó—, se enfurecería, a menos que fuera terriblemente hábil, y no la creo capaz de ello.»
—¿Por qué le desagrada tanto Morris? —preguntó ella al fin, saliendo de sus reflexiones.
—No me desagrada en lo más mínimo como amigo, como compañero. Me resulta un joven encantador, y creo que sería una excelente compañía. Únicamente me disgusta como posible hijo político. Si el único oficio de un yerno fuera ir a comer en la mesa paterna, le daría a su hermano un gran valor: es un invitado estupendo. Pero ésa es una parte reducida de sus funciones, que, en términos generales, consiste en proteger a mi hija, que está muy mal dotada para cuidarse por sí misma. Es ahí donde él no me satisface. Confieso que no conozco nada que confirme mis impresiones; pero tengo la costumbre de confiar en ellas. Por supuesto usted está en libertad de contradecirme del todo. Me parece que él es egoísta y vano.
Los ojos de la señora Montgomery parecieron crecer un poco, y el doctor se imaginó que veía una luz de admiración en ellos.
—Me maravilla que haya usted descubierto que es egoísta —exclamó ella.
—¿Cree usted que lo oculta tan bien?
—Muy bien, en efecto —dijo la señora Montgomery, y luego añadió, rápidamente—. Pienso que todos somos egoístas.
—También yo lo pienso; pero he visto a otras personas que lo ocultan mejor que él. Mire, yo me guío por la costumbre que tengo de dividir a las personas en clases, en tipos. Puedo engañarme en el caso de su hermano como individuo, pero su tipo está inscrito en toda su persona.
—Es muy bien parecido —dijo la señora Montgomery.
El doctor la contempló por un momento.
—¡Las mujeres son todas iguales! El tipo al que su hermano pertenece está hecho para ser la ruina de ustedes y ustedes han sido hechas para ser sus víctimas. La señal de ese tipo en cuestión es la determinación, algunas veces terrible en su intensidad, de no aceptar nada de la vida sino los placeres y asegurarse esos placeres sobre todo con la ayuda de los miembros complacientes del otro sexo. Los jóvenes de esta categoría no hacen nunca nada por sí mismos si pueden conseguir que otras personas lo hagan por ellos, y es la devoción, el amor, el apasionamiento de los demás lo que los mantiene en pie. Estos otros son en un noventa y nueve por ciento mujeres. Este tipo de jóvenes necesita que haya una persona que sufra por ellos; y las mujeres, como usted sabe, hacen ese tipo de cosas maravillosamente —el doctor hizo una pausa, luego añadió abruptamente—. ¡Usted ha sufrido intensamente por su hermano!
Esta exclamación, inesperada como he dicho, era, sin embargo perfectamente calculada. El doctor se había comenzado a sentir desilusionado de no encontrar a su robusta y amable pequeña anfitriona asediada, en un grado más visible, por la inmoralidad de Morris Townsend; pero se dijo a sí mismo que eso se debía no a que aquélla no existiera sino a la capacidad de la hermana para ocultar sus heridas. Las llagas dolían ocultas tras la estufa barnizada, los grabados de las paredes, bajo su pequeño regazo envuelto en popelina; y si él sólo pudiera tocar el sitio vulnerable, ella haría un movimiento que la traicionaría. Las palabras que he citado fueron un intento de poner súbitamente el dedo en la llaga, y tuvieron algo del éxito que él esperaba. Durante un momento los ojos de la señora Montgomery se cubrieron de lágrimas.
—¡No sé cómo lo ha descubierto! —exclamó.
—Por medio de un recurso filosófico... eso que llaman inducción. Usted sabe que está siempre en libertad de contradecirse. Pero respóndame, por favor, a esta pregunta: ¿No le da usted dinero a su hermano? Creo que debe usted contestarme.
—Sí, le he dado dinero —dijo la señora Montgomery.
—¿Y seguramente usted no tiene mucho que poder darle?
Permaneció silenciosa durante unos instantes.
—Si lo que me pide es una confesión de pobreza puedo dársela. Soy muy pobre.
—Nunca lo podría uno suponer por esta casa encantadora —dijo el doctor—. Algo me había dicho mi hermana de que sus ingresos son modestos y su familia numerosa.
—Tengo cinco hijos —observó la señora Montgomery—; pero me siento feliz de poder decir que los estoy educando decentemente.
—Por supuesto que lo creo. Veo que es usted una mujer con grandes cualidades. Supongo que su hermano los habrá contado.
—¿Qué ha contado?
—A sus niños. Quiero decir que sabe que son cinco. Él me dijo que colabora en su educación.
La señora Montgomery volvió a permanecer callada un momento, y después añadió:
—Oh, sí; les enseña... español.
El doctor se echó a reír.
—Sí que le ahorra gastos con ello. ¿Por supuesto también su hermano estará enterado de que sus ingresos son pequeños?
—Se lo he dicho a menudo —respondió la señora Montgomery con mayor soltura de la que hasta en ese momento había mostrado. Aparentemente la clarividencia del doctor hacía más fácil su situación.
—Lo que significa que esas ocasiones se producen a menudo y que él la explota a menudo. Disculpe la crudeza de mi lenguaje; sencillamente expreso un hecho. No quiero preguntarle cuánto dinero le ha sacado, ni es un asunto que me incumba. He comprobado lo que me sospechaba, que era lo que yo deseaba —continuó el doctor, mientras acariciaba su sombrero—. Su hermano vive de usted —dijo y se levantó.
La señora Montgomery se levantó de su silla siguiendo los movimientos de su huésped con una mirada de fascinación. Pero entonces, con cierta inconsecuencia, añadió—:
—Nunca me he quejado de él.
—No necesita protestar... usted no lo ha traicionado. Pero le aconsejo que no le dé más dinero.
—¿No se da cuenta de que me interesa que Morris se case con una mujer rica? —le preguntó—. Si, como usted dice, vive a mi costa, lo único que puedo hacer es desear librarme de él; y poner obstáculos a su matrimonio será aumentar mis propias dificultades.
—Me gustaría que me hablara usted de esas dificultades —dijo el doctor—. Por supuesto que si le vuelvo a poner en las manos a su hermano lo menos que puedo hacer es ayudarla a soportar la carga. Si me lo permite, pues, me tomaré la libertad de poner en sus manos cierta cantidad para la manutención de su hermano.
La señora Montgomery lo miró durante unos instantes en silencio convencida de que se trataba de una broma; pero cuando se dio cuenta de que hablaba en serio la confusión de sentimientos le resultó casi dolorosa.
—Me parece —murmuró— que debería ofenderme con usted.
—¿Porque le he ofrecido dinero? Esas son supersticiones —dijo el doctor—. Me debe permitir volver otra vez para hablar de este asunto. Supongo que algunos de sus hijos serán niñas.
—Tengo dos niñitas —dijo la señora Montgomery.
—Bueno, cuando crezcan y comiencen a pensar en casarse verá usted cuan ansioso puede uno estar sobre la moral de esos maridos. Entonces podrá comprender esta visita que hoy le hago.
—Ah, pero usted no debe creer que el carácter moral de Morris sea malo.
El doctor la miró un poco, con los brazos cruzados.
—Hay algo que me gustaría enormemente como satisfacción moral. Me gustaría oírle decir que él es abominablemente egoísta.
Las palabras salieron de sus labios con una grave claridad, y parecieron crear durante un instante, ante la acongojada visión de la pobre señora Montgomery una imagen material. La contempló por un instante, luego reaccionó:
—Usted me confunde, señor —exclamó—. Después de todo se trata de mi hermano; y su talento, su talento...
Después su voz se quebró y antes de que el doctor pudiera preverlo, estaba bañada en lágrimas.
—Su talento es de primer orden —dijo el doctor—. Sería necesario encontrar el campo propicio para que lo desarrolle —luego le aseguró de la manera más respetuosa su pesar por haberla perturbado—. Todo esto lo hago por mi pobre Catherine. Debería usted conocerla y ya me entendería.
La señora Montgomery secó sus lágrimas y se sonrojó por haberlas derramado.
—Me gustaría conocer a su hija —respondió, y después de un instante, añadió—: ¡No deje que se case con él!
El doctor Sloper se retiró con aquellas palabras zumbándole en los oídos: «¡No deje que se case con él!» Le producían la satisfacción moral de que había hablado antes y las apreciaba mucho más por haber surgido a costa del orgullo familiar de la pobre señora Montgomery.
Capítulo XV
Le intrigaba el modo en que Catherine se comportaba; su actitud en esta crisis sentimental le parecía demasiado pasiva. No había vuelto a hablar con él después de la escena en la biblioteca, el día anterior a su entrevista con Morris: y había pasado una semana sin que se registrara ningún cambio en su conducta. No había en ella nada que apelara clemencia, y el doctor se llegó hasta a sentir un poco desilusionado de que su hija no le diera oportunidad de compensar su aspereza con algún gesto de liberalidad. Estuvo pensando en ofrecerle un viaje a Europa, pero estaba determinado a hacer esto sólo en el caso de que ella pareciera reprocharle mudamente su conducta. Tenía la impresión de que desarrollaría habilidad para hacerle reproches mudos, y se sorprendía de no verse enfrentado a aquellas silenciosas armas. Ella no decía nada, ni tácita ni explícitamente, y como nunca había sido demasiado comunicativa, no había ahora ninguna elocuencia especial en su reserva. Y la pobre muchacha no se mostraba hosca —una forma de conducta para la cual tema muy poco talento histriónico—, sencillamente se comportaba de un modo muy paciente. Por supuesto pensaba en su situación, y lo hacía en un modo deliberado, carente de pasión, con el fin de arreglar las cosas de la mejor manera posible.
«Se comportará como lo había previsto», se decía el doctor y añadía la reflexión de que su hija no era una mujer de temperamento fuerte.
No sé si él había esperado un poco más de resistencia a fin de obtener un entretenimiento mayor; pero, se dijo, como ya lo había hecho antes, que aunque podían presentarse algunas alarmas momentáneas, la paternidad, después de todo, no era una vocación excitante.
Mientras tanto Catherine había hecho un descubrimiento muy diferente. Tuvo la sensación muy viva de que era muy emocionante tratar de ser una buena hija. Era una sensación enteramente nueva que puede ser descrita como un estado de vaga expectación sobre sus propios actos. Se observaba como hubiera podido observar a otra persona, y se preguntaba qué haría ahora. Era como si esa persona que era ella misma y a la vez no lo era, hubiese cobrado de pronto existencia, inspirándole una curiosidad natural así como la ejecución de actos nunca vistos.
—Me alegra tener una hija tan buena —le dijo su padre, besándola, después de un lapso de varios días.
—Estoy tratando de ser buena —respondió, haciéndose a un lado, con la conciencia no del todo tranquila.
—Si hay algo que quisieras decirme, sabes que no debes dudar, no necesitas sentirte obligada a estar tan callada. No me importaría que el señor Townsend fuero un tópico frecuente de conversación, así que si tienes algo especial que decir sobre él me dará mucho gusto oírte.
—Gracias —dijo Catherine—, pero por el momento no tengo nada especial que decir.
No le preguntó si seguía viendo a Morris, porque estaba seguro de que si tal fuera el caso se lo hubiera dicho. En efecto ella no lo había visto; sólo le había escrito una larga carta. La carta era larga por lo menos para ella; y, puede añadirse, que también para Morris resultó muy larga. Constaba de cinco páginas, escritas con una caligrafía limpia y elegante. La letra de Catherine era hermosa y ella se sentía orgullosa de ella; era muy aficionada a copiar, y poseía volúmenes de extractos que testimoniaban esta afición; volúmenes que le había mostrado un día a su enamorado, cuando la felicidad de sentir que ella tenía importancia a los ojos de Morris era excepcionalmente aguda. Le dijo a Morris, por escrito, que su padre había expresado el deseo de que no volviera a la casa hasta que ella no «hubiera tomado una decisión». Morris respondió con una epístola apasionada, en la que le preguntaba qué, en el nombre del cielo, deseaba decidir. ¿Es que no había tomado una decisión dos semanas antes? ¿Sería posible que abrigara la idea de desembarazarse de él? ¿Estaba pensando en romper su compromiso ante las primeras dificultades, después de todas las promesas de fidelidad que le había hecho y que, a su vez, le había exigido? Y le hizo un informe de la entrevista sostenida con su padre, un informe no acorde exactamente con el que hemos presentado en estas páginas. «Se mostró terriblemente violento pero ya sabes el dominio que logro ejercer sobre mí mismo. Me es preciso todo este dominio cuando recuerdo que en mi poder está el romper tu cruel cautiverio.» Catherine le envió en respuesta a esto una nota de dos o tres líneas: «Estoy muy turbada; no dudes de mi cariño; pero déjame esperar un poco y pensar.» La idea de una pelea con su padre, de afirmar su voluntad contra la de él, pesaba mucho en su ánimo y la mantenía inmóvil, igual que si soportara un enorme peso físico. Nunca se le ocurrió la idea de romper con su prometido; pero desde el principio trató de buscar un medio pacífico para resolver aquella situación. No tenía ninguna seguridad de que se pudiera lograr, pues no tenía elementos positivos de convicción de que su padre cambiara de ideas. Sólo tenía la idea de que si era muy buena, la situación mejoraría de alguna manera misteriosa. Ser buena significaba ser paciente, enteramente sumisa, abstenerse de juzgar a su padre con rudeza, y de no incurrir en ningún acto de franco desafío. Tal vez su padre tenía razón, después de todo, en actuar como lo hacía, con lo cual Catherine de ninguna manera quería decir que el juicio que el médico hacía de los móviles de Morris para tratar de casarse con ella fuera justo, pero que probablemente era natural y correcto que los padres muy escrupulosos se comportaran de esa manera suspicaz y basta injusta Posiblemente había en este mundo gente tan mala como su padre suponía que era Morris, y si existía la más mínima sospecha de que Morris fuera una de aquellas siniestras criaturas, el doctor hacía bien en tenerlo en consideración. Por supuesto él no conocía todo lo que ella sabía, es decir: cómo el más puro de los amores y la verdad se reflejaban en los ojos del joven; pero el cielo, a su debido tiempo, podía mostrarle la forma de hacerle saber eso. Catherine esperaba mucho del cielo, y en aquel dilema, dejaba al cielo, como dicen los franceses, la iniciativa. No podía imaginarse enseñándole a su padre algún género de conocimientos; aún en las injusticias debidas a él había algo superior; algo absoluto en sus errores. Pero al menos podía ser buena, ya que si era lo suficientemente buena, el cielo encontraría alguna forma de reconciliar todas las cosas: la dignidad de los errores de su padre y la dulzura de su propia confianza, el cumplimiento estricto de sus deberes filiales y el goce del cariño de Morris Townsend.
A la pobre Catherine no le hubiera agradado considerar a la señora Penniman como un agente iluminador, papel que esta dama, en realidad, se encontraba incapacitada para asumir. La señora Penniman estaba disfrutando tanto de las tinieblas de este pequeño drama como para que, por el momento, tuviera ningún interés en disiparlas. Deseaba que el conflicto se hiciera más intenso, y los consejos que le impartía a su sobrina iban encaminados, en su propia imaginación, a producir este resultado. Eran consejos muy incoherentes y se contradecían de la noche a la mañana; pero estaban encaminados por entero a que Catherine hiciera algo llamativo.
—Debes actuar, querida; en esta situación lo único que es posible es actuar —aconsejaba la señora Penniman que encontraba a su sobrina muy por abajo de las oportunidades que se le brindaban. La señora Penniman abrigaba la esperanza de que la muchacha realizara un matrimonio en secreto, en el cual ella desempeñaría el papel de mujer de confianza o dueña de la novia. Se imaginaba esta ceremonia celebrada en una capilla subterránea; las capillas subterráneas no abundan en Nueva York, pero la imaginación de la señora Penniman no se detenía ante semejantes minucias; y la pareja culpable —le gustaba pensar en Catherine y en su pretendiente como una pareja culpable—, sería conducida inmediatamente después en un rápido vehículo a algún oscuro alojamiento de los suburbios, al que ella haría, cubierta por un espeso velo, algunas visitas clandestinas; allí conocerían por un breve período románticas privaciones, hasta que al fin, gracias a ella que sería su providencia en este mundo, su intercesora, su abogado, y su medio de comunicación con los demás, se reconciliaran con su hermano en una especie de cuadro artístico donde ella sería de algún modo la figura central. Dudaba en recomendar aquel recurso a Catherine, pero se esforzaba en planteárselo de la manera más atractiva a Morris Townsend. Vivía en diaria comunicación con el joven, a quien mantenía informado por medio de cartas sobre la situación de sus asuntos en la Plaza Washington. Como había sido desterrado, según su expresión, de la casa, ya no podía verlo; pero terminó por pedirle por escrito una entrevista. Esta debía efectuarse en un terreno neutral, y lo pensó con mucho cuidado antes de decidir el sitio de reunión. Se sentía atraída por el cementerio de Greenwood, pero renunció porque quedaba demasiado lejos, y no podía ausentarse demasiado tiempo, pensaba, sin despertar sospechas. Luego pensó en Battery, pero era un lugar frío y ventoso, además de exponerse a la irrupción de los inmigrantes irlandeses, que desembarcan en aquel punto del Nuevo Mundo con sus desorbitados apetitos; y al fin se decidió por un salón de la Séptima Avenida, atendido por un negro; un establecimiento del que no sabía nada, salvo que lo había observado al pasar. Hizo una cita para encontrarse allí con Morris Townsend, y se lanzó a su aventura al anochecer, envuelta en un velo impenetrable. Él la hizo esperar durante media hora —pues tenía que atravesar casi toda la ciudad; pero a ella le agradó esa espera, pues le parecía que intensificaba la situación. Pidió una taza de té que resultó excesivamente malo, lo que también le dio la sensación de sufrir por una causa romántica. Cuando Morris llegó al local, se sentaron durante media hora en el rincón más oscuro de la trastienda. No creo que sea exagerado decir que fue la media hora más feliz que la señora Penniman había pasado desde hacía muchos años. La situación era en verdad apasionante, y apenas si le pareció que su compañero daba una nota en falso cuando pidió una ración de ostras y comenzó a comérselas ante sus propios ojos. Morris necesitaba, en efecto, toda la satisfacción que le pudiera proporcionar aquel plato de ostras ya que el lector debe saber que consideraba a la señora Penniman como la quinta rueda de su coche. Se sentía en un estado de irritación especial, como un caballero de la más alta distinción que se hubiera visto rechazado en su bondadoso intento de distinguir a una joven de características inferiores, y la impertinente simpatía de aquella matrona disecada no le ofrecía ningún consuelo. Aquella mujer le parecía una farsante y sabía tratar a tales gentes como se lo merecían. Al principio la había escuchado, y procurado hacérsela agradable, para facilitar su ingreso en la casa de la plaza Washington; ahora necesitaba de todo su dominio para portarse con ella aceptablemente cortés. Le hubiera encantado poder decirle que era una vieja fantasiosa y que le gustaría poder subirla en el ómnibus y despacharla a casa. Pero sabemos que Morris poseía la virtud del dominio de sí mismo, y que tenía, además, el hábito constante de procurar ser agradable; así que, a pesar de que la conducta de la señora Penniman no hacía sino exasperar sus nervios ya inquietos, la escuchó con sombría deferencia que a ella le pareció admirable.
Capítulo XVI
Por supuesto hablaron inmediatamente de Catherine.
—¿Me trae usted algún mensaje de ella, o alguna otra cosa? —preguntó Morris. Parecía pensar que ella podía haberle enviado una joya o un rizo de sus cabellos.
La señora Penniman se sintió ligeramente embarazada, porque no le había comunicado a su sobrina que proyectaba hacer esa expedición.
—Un mensaje, precisamente, no —respondió—. No se lo pedí porque tuve miedo de que fuera... que fuera a emocionarse.
—Me temo que no se emociona fácilmente —y Morris sonrió amargamente.
—Es mucho mejor que eso; es firme y sincera.
—¿Cree usted, entonces, que se mantendrá firme?
—¡Hasta la muerte!
—¡Oh, espero que no tengamos que llegar a tanto! —dijo Morris.
—Debemos prepararnos para lo peor y de eso es lo que deseo hablar con usted.
—¿A qué llama usted lo peor?
—Bueno, la naturaleza de mi hermano es dura, es un intelectual —declaró la señora Penniman.
—¡Oh, al diablo!
—Es impermeable a la piedad —añadió la señora Penniman a manera de explicación.
—¿Quiere usted decir que él no reconsiderará su decisión?
—Nunca se dejará vencer por argumentos. Lo he estudiado bien. Únicamente lo hará cambiar de decisión un hecho consumado.
—¿Un hecho consumado?
—Eso lo hará reconsiderar la cuestión —dijo la señora Penniman con un gesto expresivo—. A él sólo le interesan los hechos y no se inclina ante los mismos.
—Bueno —replicó Morris—, es un hecho que deseo casarme con su hija. Se lo presenté el otro día, pero él no se dio por vencido.
La señora Penniman permaneció silenciosa durante unos instantes, y su sonrisa bajo el enorme sombrero, en cuyo ala pendía el velo negro, se detuvo sobre la cara de Morris con un tierno brillo.
—Cásese primero con Catherine y después vaya a verlo.
—¿Me recomienda usted eso? —preguntó el joven, frunciendo el ceño.
Ella estaba ligeramente asustada, pero de cualquier manera prosiguió con considerable audacia:
—Así es como yo veo las cosas: una boda secreta... una boda secreta —y repitió la frase porque le agradaba.
—¿Quiere decir que debería raptar a Catherine... fugarme con ella?
—No es un crimen, ya que les han obligado a tomar esas medidas —dijo la señora Penniman—. Mi esposo, como ya le he dicho, era un distinguido clérigo, uno de los hombres más elocuentes de su época. En una ocasión casó a una pareja que se había escapado de la casa del padre de la joven; se interesó mucho por su historia. No tuvo la menor duda en hacer lo que hizo y todo marchó a las mil maravillas. Más tarde el padre se reconcilió con ellos, y le tomó al joven mucho afecto. El señor Penniman los casó al anochecer, a eso de las siete. La iglesia estaba tan oscura que apenas se veía, y mi marido se hallaba muy emocionado. Era muy simpático. No creo que se hubiese atrevido a repetir el acto.
—Desafortunadamente, Catherine y yo no tenemos a ningún Penniman que nos case —dijo Morris.
—¡No, pero me tienen a mí! —respondió la señora Penniman, expresivamente—. No puedo efectuar la ceremonia, pero sí ayudarles. Puedo vigilar.
«¡Esta mujer es una idiota!», se dijo Morris, pero se vio obligado a expresar algo diferente. Sin embargo, tampoco lo que dijo fue demasiado cortés.
—¿Fue para decirme esto para lo que me pidió la entrevista?
La señora Penniman había tomado conciencia de que había cierta vaguedad en su oferta de ayuda, y que no era capaz de ofrecer al joven nada tangible que lo recompensara de su larga caminata, por eso respondió:
—Pensé que tal vez le gustaría ver a alguien que está tan cerca de Catherine —observó con considerable majestuosidad—, y que usted aprovecharía la oportunidad para poder mandarle algo.
Morris extendió sus manos vacías con una sonrisa melancólica:
—Se lo agradezco mucho, pero no tengo nada que mandarle.
—¿Ni siquiera una frase? —sugirió la señora Penniman con una sonrisa expresiva.
Morris volvió a fruncir el ceño.
—Dígale que se mantenga firme —le dijo con bastante sequedad.
—Es una hermosa frase... una noble frase; la hará feliz durante varios días. Ella es muy sentimental, muy valiente —continuó la señora Penniman mientras arreglaba su manto para disponerse a salir. Mientras hacía eso tuvo una inspiración, y encontró la frase que podía ofrecer audazmente como reivindicación al paso que había dado—: Si usted se casa con Catherine a todo riesgo, le dará a mi hermano pruebas de que no es usted lo que él pretende creer.
—¿Qué pretende creer?
—¿Lo ignora usted acaso? —preguntó la señora Penniman, casi teatralmente.
—No es cuestión mía saberlo —respondió arrogantemente Monis Townsend.
—Por supuesto le enoja a usted.
—Lo desprecio —declaró Morris.
—Ah, ¿entonces sabe de qué se trata? —dijo la señora Penniman, amenazándolo con un dedo—. Él parece creer que usted va... que usted va tras la renta.
Morris vaciló por un instante y luego dijo en tono deliberado:
—En efecto, me gusta el dinero.
—¡Oh! ¡Pero no, pero no en el modo que él pretende! No prefiere el dinero a Catherine.
Él apoyó los codos en la mesa y sepultó la cabeza entre las manos, murmurando:
—Me tortura usted...
Y, en efecto, tal había sido casi el efecto del inoportuno interés de aquella pobre mujer en sus asuntos.
No obstante, la señora Penniman insistió en salirse con la suya:
—Si usted se casa con Catherine a pesar de la prohibición de su padre y está dispuesto a prescindir de la renta, mi hermano tendrá que admitir que actúa usted desinteresadamente.
Morris levantó la cabeza, siguiendo este argumento:
—¿Y qué ganaré con eso? —dijo.
—Bueno, él verá que se ha equivocado al pensar que usted deseaba su dinero.
—Y al ver que no me importa nada lo dejará a un hospital. ¿Es eso lo que quiere usted decir? —preguntó Morris.
—No, no es eso; aunque eso sería excelente. Me refiero —se apresuró a explicar la señora Penniman— que al ver que ha sido tan injusto con usted, considerará que es su deber hacer, al final, algunas reparaciones.
Morris sacudió la cabeza, aunque es preciso reconocer que esta idea le había interesado.
—¿Cree usted que es un sentimental?
—No, no es un sentimental —dijo la señora Penniman—, pero para hacerle justicia, creo que tiene, en medio de su estrecha concepción de la vida, cierto sentido del deber.
La mente de Morris Townsend pasó rápidamente revista a lo que podría, en el caso de que aquella remota contingencia tuviera lugar, ser acreedor en relación a los sentimientos del doctor Sloper. Tal pregunta se agotó instantáneamente en sí misma.
—Su hermano no tiene ninguna obligación para conmigo —dijo al fin—, ni yo tampoco con él.
—¡Ah!, pero las tiene con su hija.
—De acuerdo, pero sobre esa base también Catherine las tiene con él.
La señora Penniman emitió un suspiro lleno de melancolía, como si lo considerara muy limitado de imaginación.
—Catherine ha cumplido siempre fielmente sus obligaciones; y ahora, ¿no piensa que tiene obligaciones con usted? —La señora Penniman cuando conversaba solía acentuar los pronombres personales.
—Me parecería rudo de mi parte decirlo. Yo le estoy muy agradecido por su amor —dijo Morris.
—Le diré que usted ha dicho esto. Y ahora recuerde que si me necesita yo estoy allí.
Y la señora Penniman, que no tenía más que decir, movió vagamente la cabeza en dirección a la Plaza Washington.
Morris permaneció durante un momento mirando el suelo cubierto de serrín del local. Luego preguntó bruscamente:
—¿Cree usted que si ella se casa conmigo él la desheredará?
La señora Penniman lo contempló, sonriendo.
—Ya le he explicado mis puntos de vista. En mi opinión todo se arreglaría al final.
—Es decir que haga Catherine lo que haga a la larga recibirá el dinero.
—Eso no dependerá de ella sino de usted. Arriésguese a mostrarse tan desinteresado como lo es en realidad —dijo la señora Penniman ingeniosamente. Morris volvió a mirar el suelo cubierto de serrín, reflexionando; ella continuó—: El señor Penniman y yo no teníamos nada y fuimos muy felices. Por otra parte, Catherine tiene la fortuna de su madre que en la época en que mi hermano se casó con ella no era nada despreciable...
—¡Oh, no hable de eso! —dijo Morris; y en efecto era del todo superfluo, pues había contemplado el hecho en todas sus luces.
—Austin se casó con una mujer de fortuna, ¿por qué no podía hacerlo usted?
—Pero su hermano era un doctor —objetó Morris.
—Bueno, todos los jóvenes pueden serlo.
—Yo la considero una profesión detestable —dijo Morris, con un aire de independencia intelectual; un momento después añadió incongruentemente—: ¿Cree usted que ya hizo testamento a favor de Catherine?
—Me imagino que sí... también los médicos deben morir; tal vez me deje algo —añadió con franqueza la señora Penniman.
—¿Y cree usted que él vaya a cambiarlo, en lo que se refiere a Catherine?
—Sí, y luego volverá a cambiarlo una vez más.
—Pero uno no puede dar eso por seguro —dijo Morris.
—¿Acaso necesita usted esa seguridad? —preguntó la señora Penniman.
Morris se ruborizó ligeramente.
—Lo que temo es que por mi culpa Catherine sufra algún perjuicio...
—No debe temer. No tema nada y todo saldrá bien.
Y entonces la señora Penniman pagó su taza de té, y Morris su plato de ostras y se fueron caminando por la sórdida y mal iluminada Séptima Avenida. La oscuridad había caído y los faroles de la calle estaban separados por amplios tramos de pavimento lleno de hoyos y de grietas. Un ómnibus que lucía unas extrañas pinturas pasó cerca de ellos, traqueteando entre los adoquines mal alineados de la calle.
—¿Cómo regresa usted a su casa? —preguntó Morris echando una mirada de interés a aquel vehículo. La señora Penniman le había cogido del brazo. Tras una leve vacilación dijo:
—Creo que a pie resultaría más agradable —dijo y continuó haciéndole sentir el valor de su apoyo.
Caminaron a través de tortuosas callejuelas de la parte occidental de la ciudad, y por otras ruidosas y atestadas de transeúntes, hasta el tranquilo recinto de la Plaza Washington. Permanecieron unos minutos al pie de la blanca escalinata de mármol de la casa del doctor Sloper, sobre la cual una puerta impecablemente blanca, adornada con una placa plateada parecía figurar para Morris el pórtico cerrado de la felicidad; y luego el acompañante de la señora Penniman dirigió una mirada melancólica a una ventana iluminada en la parte superior de la casa.
—Esa es mi habitación... mi querida pequeña habitación —comentó la señora Penniman.
Morris la observó, sobresaltado.
—Entonces no es necesario que dé la vuelta a la plaza para mirarla.
—Como quiera. La de Catherine está detrás; dos amplias ventanas en el segundo piso. Pueden verse desde la otra calle.
—No quiero verlas, señora.
Y Morris dio la espalda a la casa.
—De cualquier manera le diré que estuvo usted aquí —dijo la señora Penniman, señalando el lugar donde estaban parados—, y le daré su mensaje: tiene que mantenerse firme.
—Por supuesto. Ya sabe usted que yo le he escrito eso.
—Estas cosas tienen más fuerza cuando se dicen de viva voz. Y recuerde, si usted me necesita, estoy aquí. —Y la señora Penniman miró hacia el tercer piso.
Con esto se separaron. Morris, abandonado a sí mismo, permaneció mirando la casa por un momento; después se retiró; y dio un paseo triste por la plaza, junto a la empalizada. Luego volvió y se detuvo un minuto frente a la residencia del doctor Sloper. Sus ojos la recorrieron de lado a lado, deteniéndose hasta en la ventana iluminada del cuarto de la señora Penniman. Pensó que era una casa endemoniadamente confortable.
Capítulo XVII
La señora Penniman informó a Catherine esa noche mientras las dos damas estaban sentadas en el salón posterior de la casa, que había tenido una entrevista con Morris Townsend. Al recibir la noticia la muchacha experimentó un sentimiento doloroso. Por un momento se enojó; era casi la primera vez que sentía enojo. Le parecía que su tía era una entrometida; y sintió el vago temor de que acabara por estropearlo todo.
—No sé por qué tenías que verlo. No creo que haya sido correcto —dijo Catherine.
—Sentí lástima por él, me pareció que alguien debía verlo.
—Nadie sino yo —dijo Catherine, que sintió que estaba haciendo el discurso más presuntuoso de su vida, y sin embargo sabía instintivamente que tenía razón en lo que decía.
—Pero tú no lo hubieras hecho, querida —respondió su tía Lavinia—. Y yo no sabía qué podía ser de él.
—No lo he visto porque mi padre me lo ha prohibido —dijo Catherine, con entera sencillez.
Y tal sencillez le parecía a la señora Penniman insultante.
—¡Si tu padre te prohibiera dormir me imagino que permanecerías despierta! —comentó.
Catherine la miró:
—No te comprendo. Me pareces muy extraña.
—Bueno, querida, algún día me entenderás —y la señora Penniman, que estaba leyendo el periódico vespertino, que devoraba desde la primera hasta la última línea, reanudó su lectura. Se sumió en el silencio; estaba segura de que Catherine se mantuvo silenciosa durante tanto tiempo que casi perdió la paciencia; y estaba a punto de hacerle notar que era una muchacha sin corazón, cuando la joven habló por fin.
—¿Qué es lo que dijo? —preguntó.
—Dice que está dispuesto a casarse contigo algún día, a despecho de todas las dificultades.
Catherine no hizo ningún comentario, y la señora Penniman volvió casi a perder la paciencia. Finalmente, sin que su sobrina la interrogara, comenzó a informarle que Morris estaba tan guapo como siempre pero terriblemente preocupado.
—¿Estaba triste? —preguntó la sobrina.
—Tenía profundas ojeras —dijo la señora Penniman—. Era muy diferente de la primera vez que lo vi; aunque no estoy segura de que si lo hubiera visto así en aquella primera ocasión no me hubiera impresionado más. Hay algo radiante en su dolor.
A Catherine le conmovió aquella visión, y aunque seguía desaprobando la entrevista, sintió como si lo hubiera visto ella misma.
—¿Dónde se encontraron? —preguntó.
—En... en el Bowery; en una pastelería —dijo la señora Penniman, que sabía que tenía que disimular un poco.
—¿Dónde queda ese sitio? —preguntó Catherine después de otra pausa.
—¿Quieres ir allá, querida? —preguntó su tía.
—¡Oh, no! —y Catherine se levantó y se dirigió a la chimenea, donde por un buen rato permaneció contemplando arder los leños.
—¿Por qué eres tan seca, Catherine? —preguntó al fin su tía.
—¿Tan seca?
—Tan fría... tan insensible.
La joven se volvió inmediatamente.
—¿Ha dicho él eso?
La señora Penniman vaciló un momento.
—Voy a decirte lo que me dijo. Dijo que sólo temía una cosa... que fueras a tener miedo.
—¿De qué puedo tener miedo?
—De tu padre.
Catherine hizo una pausa; luego dijo:
—Sí, tengo miedo de mi padre.
La señora Penniman se levantó inmediatamente y se acercó a su sobrina:
—¿Tienes entonces el propósito de renunciar a él?
Por un rato Catherine no se movió; mantuvo los ojos fijos en las brasas. Al final levantó la cabeza y miró a su tía.
—¿Por qué me acosas? —le preguntó.
—No te estoy acosando. ¿Cuándo antes te había yo hablado de este asunto?
—Muchas veces.
—Sólo cuando lo he considerado necesario, Catherine —dijo la señora Penniman, en tono solemne—. Temo que tú no adviertas la importancia... —hizo una pausa, Catherine la miraba— ...la importancia de no desilusionar el corazón de un gallardo enamorado —y la señora Penniman volvió a su asiento, al lado de la lámpara, y con un ligero estremecimiento, volvió a tomar el periódico.
Catherine permaneció parada junto al fuego, con las manos unidas tras la espalda, mirando a su tía, quien advirtió que nunca había visto semejante intensidad en la mirada de su sobrina.
—Pienso que no me comprendes, que no me conoces —dijo por fin la joven.
—No me extrañaría que fuera así. Confías tan poco en mí.
Catherine no intentó negar ese cargo, y durante algún tiempo no dijo nada. Pero la imaginación de la señora Penniman estaba moviéndose sin sosiego y no logró concentrarse esa noche en el periódico.
—Si sucumbes al terror que te inspira tu padre —dijo—, no sé que va a ser de todos nosotros.
—¿Te pidió él que me dijeras estas cosas?
—Me pidió que usara mi influencia.
—Debes haberte equivocado —dijo Catherine—. Él confía en mí.
—¡Espero que nunca se arrepienta de haberlo hecho!
La señora Penniman dio un vigoroso golpe al periódico. No sabía cómo debía considerar a su sobrina que se había vuelto de pronto terca y contradictoria.
Esta tendencia de Catherine era más bien aparente.
—Sería mejor que no hicieras nuevas citas con el señor Townsend—. No me parece que sea correcto.
La señora Penniman se levantó con imponente majestuosidad.
—Mi pobre niña, ¿tienes celos de mí? —preguntó.
—¡Oh, tía Lavinia! —murmuró Catherine, ruborizándose.
—No creo que te corresponda darme lecciones sobre lo que es correcto o no.
En este punto Catherine no hizo concesiones.
—No puede ser correcto engañar.
—¡No puedes decir que te esté engañando!
—Ya lo sé; pero le prometí a mi padre...
—No tengo duda que le has hecho promesas a tu padre. Pero yo no le he prometido nada.
Catherine tuvo que admitir esto, y lo hizo en silencio. Luego dijo:
—No creo que tampoco al señor Townsend le agrade.
—¿Encontrarse conmigo?
—No le agradará hacerlo en secreto.
—No fue en secreto; el lugar estaba lleno de gente.
—Pero era un lugar secreto. Lejos de aquí... en el Bowery.
La señora Penniman pareció desconcertarse un poco.
—A los caballeros les gustan esas cosas —comentó—, yo sé lo que a ellos les gusta.
—Si mi padre lo supiera, no le gustaría.
—¿Te propones informarle? —preguntó la señora Penniman.
—No, tía Lavinia, pero por favor, no vuelvas a hacerlo.
—Si vuelvo a hacerlo, tú lo pondrás al tanto... ¿es eso lo que me quieres decir? Yo no comparto el miedo que te inspira mi hermano. Siempre he sabido defender mi posición. Pero ten la seguridad de que nunca volveré a dar otro paso en beneficio tuyo; eres demasiado desagradecida. Sabía que no poseías un temperamento espontáneo, pero creía que por lo menos serías firme, y le dije a tu padre que siempre serías así. Estoy muy desilusionada, pero tu padre no lo va a estar.
Y una vez dicho esto, la señora Penniman dio secamente las buenas noches y se retiró a sus habitaciones.
Capítulo XVIII
Catherine se quedó sola frente a la chimenea de la sala; durante más de una hora permaneció allí, perdida en sus meditaciones. Su tía le había parecido agresiva y estúpida; y el ver eso con tanta claridad, el poder juzgar tan definitivamente a la señora Penniman, le hizo sentirse vieja y seria. No le dolió que la acusaran de debilidad; ni le produjo la menor impresión, ya que no se sentía débil, y tampoco se sintió herida porque los demás no se dieran cuenta. Tenía un inmenso respeto por su padre, y sentía que causarle un disgusto constituía una falta semejante a un acto de profanación en un templo: pero sus propósitos habían madurado poco a poco y creía que sus plegarias habían eliminado toda violencia. La noche avanzaba, y la lámpara se extinguió sin que ella se hubiese dado cuenta; estaba concentrada en su terrible plan. Sabía que su padre estaba en su estudio y que había estado allí toda la noche; de cuando en cuando le parecía oírlo moverse. Pensó que tal vez acudiría a la sala como había hecho en otras ocasiones. Al final el reloj dio las once y la casa se sumergió en el silencio; los sirvientes se habían retirado a sus habitaciones. Catherine se levantó y se dirigió lentamente a la puerta de la biblioteca, donde esperó, inmóvil, un momento. Luego llamó y volvió a esperar. Su padre le había respondido pero no se atrevía a dar vuelta al picaporte. Cuando ella decía no ser débil quería decir que no tenía miedo de sus sentimientos. Pero era cierto lo que le había dicho a su tía; le tenía miedo a su padre. Lo oyó caminar, llegar hasta la puerta y abrirla.
—¿Qué ocurre? —preguntó el doctor—. Estás parada aquí como un fantasma.
Entró en el cuarto, pero transcurrió algún tiempo antes de que acertara a decir a qué había ido. Su padre, que estaba en bata de casa y zapatillas, había estado ocupado en su escritorio, y después de mirarla por un buen rato y de esperar sus palabras se había sentado nuevamente ante sus papales. Se sentó de espaldas a Catherine; ésta podía oír el chirrido de la pluma. Ella permanecía cerca de la puerta; el corazón le latía desaforadamente; y estaba muy contenta de que le diera la espalda, ya que le era más fácil dirigirse a él en esta posición que cara a cara. Al fin comenzó:
—Me dijiste que si tenía algo más que decir sobre el señor Townsend te agradaría oírlo.
—Así es, querida —dijo el doctor sin volverse, pero dejando de escribir.
Catherine hubiera preferido que él siguiera trabajando; de cualquier manera prosiguió:
—Pensé que debería decirte que no he vuelto a verlo, pero que me gustaría hacerlo.
—¿Para despedirte? —preguntó el doctor.
La joven vaciló por un momento, luego dijo:
—No se marcha a ninguna parte.
El doctor hizo girar lentamente su asiento, con una sonrisa que parecía acusarla de «literaria». Pero Catherine no había pretendido hacer frases.
—¿Así que no es para decirle adiós, entonces? —dijo su padre.
—No, padre, no es para eso; al menos no para siempre. No lo he vuelto a ver, pero me gustaría hacerlo —repitió.
El doctor se frotó despaciosamente el mentón con el mango de la pluma.
—¿Le has escrito?
—Sí. Cuatro veces.
—Entonces no has renunciado a él. Para eso con una hubiera bastado.
—No —dijo Catherine—, le he pedido... le he pedido que espere.
El doctor la miró fijamente y Catherine temió un estallido de cólera. Sus ojos eran fríos y cortantes.
—Eres una muchacha buena y cariñosa —le dijo—. Ven, acércate a tu padre.
Él se puso de pie y le tendió los brazos.
Esas palabras fueron para ella una sorpresa, y le produjeron una dicha inmensa. Ella se le acercó y él rodeó tiernamente con el brazo y la besó. Luego le dijo:
—¿Quieres hacerme muy feliz?
—Me gustaría... pero temo que no voy a poder —respondió Catherine.
—Podrías si quisieras. Depende de tu voluntad.
—¿Renunciar a él? —preguntó Catherine.
—Sí, terminar con él.
Y continuó abrazándola, con la misma ternura, mirando su rostro, con los ojos fijos en los ojos de su hija. Se produjo un largo silencio; ella deseó liberarse de él.
—Tú eres más feliz que yo, padre —dijo al fin.
—No me cabe duda de que estás siendo muy desgraciada. Pero es mejor sufrir durante tres meses y sobreponerse, que serlo toda la vida, sin poder escapar.
—Sí, si fuera así... —comenzó Catherine.
—Así sería, tengo la absoluta seguridad —ella no respondió nada y él añadió—: ¿No tienes fe en mi sabiduría, en mi ternura, en mi preocupación por tu futuro?
—¡Oh, padre! —murmuró la muchacha.
—¿No crees que puedo saber algo sobre los hombres, sobre sus vicios, sus locuras, sus falsedades?
Ella se liberó de su abrazo y respondió:
—¡Él no es vicioso, tampoco es falso!
Su padre se le quedó observando con mirada aguda.
—¿Así que no crees en mi juicio?
—¡No puedo creer eso!
—No te pido que lo creas, sino que lo des por garantizado.
Catherine estaba muy lejos de decir que este era un sofisma ingenioso, pero de cualquier manera aquel razonamiento no la convenció.
—¿Qué ha hecho? ¿Qué es lo que sabes?
—No ha hecho nunca nada en la vida; es un vago y un egoísta.
—Oh, padre, no lo insultes —exclamó Catherine, implorante.
—No pretendo insultarlo; eso sería un grave error. En fin, puedes hacer lo que quieras —añadió, mirando hacia otra parte.
—¿Puedo volver a verlo?
—Haz lo que quieras.
—¿Me perdonarás si lo hago?
—De ningún modo.
—Será sólo una vez.
—No sé qué quieres decir con una vez. Puedes igualmente continuar su trato.
—Quiero explicarle; decirle que espere.
—¿Qué debe esperar?
—Tu consentimiento... cuando lo conozcas mejor.
—No le digas semejante tontería. Lo conozco lo suficientemente bien como para no dar nunca mi consentimiento.
—Pero podremos esperar mucho tiempo —dijo la pobre Catherine, en un tono que quería expresar su más humilde deseo de conciliación, pero que hizo el efecto sobre los nervios de su padre de una terquedad desprovista de tacto.
El doctor respondió, sin embargo, con bastante calma:
—Por supuesto puedes esperar hasta mi muerte, si así te parece.
Catherine gritó horrorizada.
—Tu compromiso tendrá ese delicioso efecto en ti; te hará esperar con extremada impaciencia ese acontecimiento —añadió el doctor.
Catherine se quedó atónita, y el doctor gozó del efecto obtenido. Aquel razonamiento se fijó en la mente de la hija con la fuerza, o, mejor dicho, con la vaga rotundez, de un axioma lógico que no estaba en sus manos controvertir; y sin embargo, a pesar de ser una verdad científica, se sintió totalmente incapaz de admitirla.
—Si eso fuera cierto, preferiría no casarme —dijo.
—Dame entonces una prueba de ello; porque no me queda ninguna duda de que al comprometerte con Morris Townsend no harás sino esperar mi muerte.
Ella se sintió perdida, enferma, a punto de desvanecerse. Y el doctor continuó:
—Y si tú la esperas con impaciencia, juzga, entonces, la que él manifestará.
Catherine se quedó meditabunda; las palabras de su padre tenían tal peso de autoridad sobre ella que hasta su pensamiento era capaz de obedecerle. Había una terrible fealdad en todo, que parecía irradiar y reflejarse en su débil razón. Sin embargo, de pronto, tuvo una inspiración; supo que era una inspiración.
—Si no me caso antes de que tú mueras, no me casaré nunca después —dijo.
Debemos admitir que a su padre esto le resultó sólo un epigrama más; y como la obstinación, en mentes poco desarrolladas, por lo general no elige ese modo de expresión, se quedó aún más sorprendido.
—¿Dices eso por impertinencia? —preguntó; una pregunta que él mismo tuvo que reconocer, cuando la hacía, se caracterizaba por su grosería.
—¿Por impertinencia? ¡Ay, padre, qué cosas terribles dices!
—Si no esperas mi muerte igual da que te cases ahora mismo; no hay nada que te lo impida.
Por algún tiempo Catherine no respondió; al fin dijo:
—Creo que Monis, poco a poco, te persuadirá.
—No le permitiré nunca volver a hablarme. Me disgusta demasiado.
Catherine suspiró profundamente; trató de disimular ese suspiro, porque estaba convencida de que era un error mostrar su aflicción, y permitirse influir en su padre por los medios innobles de la emoción. En efecto, llegó hasta pensar que era incorrecto, mejor dicho, desconsiderado, tratar de influir sobre sus sentimientos en general; la parte que a ella le correspondía era la de efectuar algún cambio gradual en la percepción intelectual del carácter de Morris. Pero los medios para efectuar tal cambio estaban en el presente sumidos en el misterio, y se sintió miserablemente impotente y desencantada. Había agotado todos sus argumentos, todas sus respuestas. Su padre podía compadecerla, y en efecto así lo hacía, pero él continuaba en la seguridad de que tenía la razón.
—Hay algo que quiero que le digas al señor Townsend cuando vuelvas a verlo —dijo— y es que si te casas sin mi consentimiento no recibirás de mí un solo centavo. Eso le interesará mucho más de lo que puedes figurarte.
—Sería muy justo —respondió Catherine—; en tal caso yo no debo recibir un centavo de tu fortuna.
—Mi querida hija —observó el doctor, riendo—, tu simplicidad es conmovedora. Haz ese comentario en el mismo tono y con la misma expresión de aceptación ante el señor Townsend y observa su respuesta. No va a ser cordial; expresará irritación, y me alegraré de eso, ya que me confirmará en mis razones; a menos, y eso también es perfectamente posible, que tú lo ames más si se muestra rudo contigo.
—Nunca se mostrará rudo conmigo —dijo Catherine, tranquilamente.
—De cualquier manera dile lo que te he dicho.
Ella miró a su padre y sus ojos tranquilos se llenaron de lágrimas.
—Creo, entonces, que me veré con él —murmuró con su tímida voz.
—Haz como quieras —y se dirigió a la puerta y la abrió para que saliera su hija. Estos ademanes le produjeron el terrible sentimiento de que estaba siendo expulsada.
—Lo veré sólo una vez, por ahora —añadió, deteniéndose un momento.
—Haz lo que quieras —repitió, de pie con una mano en la puerta—. Ya te he dicho lo que pienso. Si lo ves serás una hija ingrata y cruel; vas a darle a tu padre el mayor disgusto de su vida.
Aquello era más de lo que la pobre muchacha podía soportar; sus lágrimas contenidas se derramaron, y avanzó hacia su padre, sollozando. Sus manos se levantaron en una súplica, pero él fríamente evadió esa súplica. En vez de dejarla que sollozara en su hombro, la tomó sencillamente por un brazo y la dirigió hasta ponerla en el umbral de la puerta, cerrándola tras ella, suavemente, pero con firmeza. Después de hacerlo, permaneció tratando de escuchar. Durante un buen rato no percibió ningún sonido; sabía que ella permanecía en pie del otro lado de la puerta. Sentía, como ya he dicho, pesar por ella; pero estaba convencido de que hacia lo indicado. Al final la oyó moverse, y luego escuchó los débiles crujidos de pasos en la escalera.
El doctor dio varias vueltas en torno a su estudio, con las manos en los bolsillos, y un destello, posiblemente de irritación, pero que también era de algo parecido al humor, en los ojos.
«Por Júpiter —exclamó—, creo que la niña se aferrará a su idea.» Y el pensamiento de Catherine aferrada a algo le pareció tan cómico, tan promisorio de entretenimientos que se decidió a continuar observándola hasta el final.
Capítulo XIX
Por motivos relacionados con aquella decisión el doctor sostuvo a la mañana siguiente unas cuantas palabras de conversación privada con la señora Penniman. La hizo acudir a la biblioteca y allí le informó que alimentaba grandes esperanzas de que en el asunto de Catherine, ella no fuera a perder la cabeza.
—No sé qué quieres decir con esa expresión —dijo la señora Penniman—. Me hablas como si no conociera yo ni el alfabeto.
—El alfabeto del sentido común es algo que nunca aprenderás —se permitió responder el doctor.
—¿Me has hecho llamar para insultarme? —preguntó la señora Penniman.
—De ninguna manera. Simplemente para aconsejarte. Has tomado bajo tu protección al joven Townsend; eso es cuenta tuya. Yo no tengo nada que ver con tus sentimientos, tus fantasías, tus afectos y tus ilusiones; pero lo que te exijo es que mantengas estas cosas para ti misma. Ya le he expuesto a Catherine mis puntos de vista; ella los comprende perfectamente, y cualquier cosa que contribuya a alentar las pretensiones del señor Townsend estará en deliberada oposición a mis deseos. Cualquier cosa que hagas para ayudarlo y confortarlo será, permíteme la expresión, considerada por mí como una traición. Sabes que la alta traición es un crimen capital; ten mucho cuidado para no incurrir en el castigo.
La señora Penniman echó hacia atrás la cabeza, abriendo mucho los ojos y exclamó:
—Me parece que hablas como un autócrata.
—Hablo como el padre de mi hija.
—No como el hermano de tu hermana —exclamó Lavinia.
—Mi querida Lavinia —dijo el doctor—, algunas veces me pregunto si en verdad soy tu hermano; somos tan absolutamente diferentes. Sin embargo, a pesar de nuestras diferencias, podemos entendernos perfectamente, y eso es lo que ahora me parece esencial. Ten mucho cuidado en lo que se refiere al joven Townsend, eso es todo lo que te pido. Es enteramente posible que hayas sostenido correspondencia con él en estas tres semanas; tal vez hasta lo hayas visto. No te lo pregunto... ni tú necesitas decírmelo —tenía la convicción de que inventaría una falsedad acerca del asunto, y que ahora me parece esencial. Ten mucho cuidado en lo que hayas hecho, no vuelvas a repetirlo. Es todo lo que deseo.
—¿No querrás también, por casualidad, asesinar a tu hija? —preguntó la señora Penniman.
—Todo lo contrario; deseo que viva y que sea feliz.
—Pues la matarás; pasó una noche terrible.
—No va a morirse por haber pasado una noche terrible, ni una docena. Recuerda que soy un médico distinguido.
La señora Penniman vaciló unos instantes, luego se arriesgó a replicar:
—El que seas un médico distinguido no ha impedido que hayas perdido ya a dos miembros de tu familia.
Se había arriesgado, pero su hermano le dirigió una mirada tan terriblemente incisiva, una mirada tan semejante al bisturí de un cirujano, que la señora Penniman se asustó de su propio valor.
En un tono que correspondía a su mirada, el doctor le respondió:
—Y no me impedirá tampoco perder la compañía de un tercero.
La señora Penniman se retiró con toda la dignidad que le fue posible mantener, y se dirigió al cuarto de Catherine, donde la pobre muchacha se había encerrado. Sabía todo sobre la escena espantosa de la noche anterior, pues las dos se habían vuelto a encontrar después de que Catherine salió de la biblioteca. La señora Penniman estaba en el rellano del segundo piso cuando su sobrina subía las escaleras; no era de extrañar que una persona tan curiosa como ella se diese cuenta de que Catherine acababa de tener una conversación con su padre. Menos de extrañar es que sintiera una profunda curiosidad por saber el resultado de la entrevista, y que este sentimiento, combinado con su gran generosidad y amabilidad la hicieran olvidar las ásperas palabras que había cruzado con su sobrina. Cuando la desgraciada joven llegó al corredor oscuro ella le hizo una gran demostración de simpatía. El corazón de Catherine, a punto de estallar, resultó igualmente olvidadizo; lo único que sabía es que su tía la tenía entre sus brazos. La señora Penniman la acompañó a su habitación y allí las dos mujeres sentadas una junto a otra pasaron en blanco la noche, la joven sollozando apoyada en el regazo de su tía. La señora Penniman sintió conscientemente que esta escena virtualmente desvanecía la prohibición que Catherine le había impuesto de volver a comunicarse con Morris Townsend. Pero no le agradó, a la mañana siguiente, al pasar por la habitación de su sobrina antes de ir a desayunar, encontrar que la joven se estaba arreglando, dispuesta a bajar.
—No deberías bajar a desayunar— le dijo—. No debes sentirte bien después de esa noche espantosa.
—Me siento muy bien; lo único que me aflige es que voy a llegar tarde.
—No puedo entenderte —gritó la señora Penniman—. Deberías quedarte en cama por lo menos tres días.
—¡Oh!, no podría hacerlo —dijo Catherine, a quien esta idea no le resultaba nada atractiva.
La señora Penniman estaba desesperada; además, observó con desagrado que de los ojos de Catherine habían desaparecido toda la evidencia del llanto de la noche anterior. La constitución física de su sobrina era un desastre.
—¿Qué efecto esperas producir en tu padre —preguntó—, si bajas tan oronda y sin ningún vestigio de sentimiento, como si no hubiera ocurrido absolutamente nada?
—A él le disgustaría que me quedara en cama —dijo Catherine, con sencillez.
—Razón de más para hacerlo. ¿De qué otra manera esperas conmoverlo?
Catherine se quedó pensativa.
—No sé cómo, pero no de esta manera. Deseo comportarme como siempre —y siguió vistiéndose, y luego bajó tan oronda, según la expresión de su tía, a encontrarse con su padre. Era efectivamente demasiado modesta para concebir una escena patética.
Y sin embargo era perfectamente cierto que había pasado una noche terrible. Aun después de que la señora Penniman la dejó no pudo dormir; pasó la noche tendida en la incómoda oscuridad, con los ojos y los oídos llenos del ademán con que su padre la había hecho salir de la biblioteca y las palabras que le había dirigido sobre su cruel comportamiento. El corazón se le desgarraba; no estaba preparada para aquellos golpes. A momentos le parecía que en efecto su padre tenía razón, y que portarse como lo estaba haciendo era propio de una mala hija. Era mala; pero no podía remediarlo. Trataría de aparecer como buena aunque su corazón estuviera pervertido. De cuando en cuando se sentía asaltada por extrañas fantasías: la de que podría obtener algo, por ejemplo, mediante ingeniosas concesiones a la forma, aunque persistiera en su pasión por Morris. Las ingenuidades de Catherine eran indefinidas y no nos compete exponer aquí su vacuidad. La mejor de ellas se manifestaba en la frescura de aspecto que tanto había desconcertado a la señora Penniman, atónita al comprobar que una joven que había pasado toda la noche temblando bajo la maldición paterna no mostrara un aspecto más trágico. La pobre Catherine era consciente de la frescura de su aspecto y al relacionarlo con el futuro experimentaba una sensación que contribuía a aumentar el peso que llevaba en el alma. Le parecía una prueba de que era fuerte, sólida y resistente y que viviría hasta edad avanzada, más allá de lo conveniente; y aquella idea la oprimía porque parecía imponerle una pretensión más, precisamente cuando el cultivo de cualquier pretensión era incoherente con la conducta correcta que deseaba seguir. Ese día le escribió a Morris Townsend, pidiéndole que fuera a verla al día siguiente, usando muy pocas palabras y sin explicarle nada. Le explicaría todo cara a cara.
Capítulo XX
Al día siguiente, por la tarde, oyó su voz en la puerta, y sus pasos en el vestíbulo. Lo recibió en el amplio y brillante salón principal, y le dio instrucciones al sirviente para que, si alguien llamaba, no la molestaran. No temía que su padre se presentara, pues a esa hora estaba siempre en el centro de la ciudad. Cuando Morris se detuvo frente a ella, la primera cosa de la que fue consciente, fue que era más apuesto de lo que le decía la memoria; la segunda fue que estaba en sus brazos. Cuando se liberó del abrazo le pareció que ahora en efecto se había arrojado al golfo del desafío, y aun, por un instante, tuvo la sensación de que estaba casada con él.
Morris empezó a decirle que había sido muy cruel, y que lo había hecho muy desgraciado; y Catherine sintió de modo muy agudo las dificultades de su destino, que la obligaba a producir dolor en dos direcciones opuestas. Pero ella deseaba que en vez de reproches, aunque estuvieran expresados con ternura, él la prestara apoyo; era sin duda alguna lo suficientemente inteligente y hábil como para encontrar alguna solución a sus dificultades. Ella le expresó esta seguridad, y Morris la recibió como si fuera lo más natural; pero en un principio se limitó a interrogar, como era lógico, en vez de comprometerse a trazar un camino a seguir.
—No debiste haberme hecho esperar tanto —dijo—. No sé cómo he podido vivir; cada hora me parecía un año. Debiste haberte decidido antes.
—¿Decidido? —preguntó Catherine.
—Sí, a seguir conmigo o a terminar nuestras relaciones.
—¡Oh, Morris! —exclamó tiernamente Catherine —. Nunca he pensado terminar nuestras relaciones.
—¿Qué era entonces lo que esperabas? —El joven era apasionado, pero lógico.
—Creí que mi padre podía... podía... —y vaciló antes de seguir adelante.
—¿Podía comprender lo desdichada que te hacía?
—No. Pensé que podía cambiar de opinión.
—¿Y ahora me has hecho venir para decirme que lo has logrado? ¿Es eso?
Aquel inmotivado optimismo desconcertó dolorosamente a la joven, quien tímidamente dijo:
—No, Morris; sigue pensando de la misma manera.
—Entonces, ¿para qué me has llamado?
—Porque deseaba verte —dijo Catherine en tono lastimero.
—Esa es con toda seguridad una excelente razón. ¿Pero sólo porque querías verme? ¿No tienes ninguna otra cosa que comunicarme?
Los hermosos y convincentes ojos de Morris se clavaron en los de Catherine, quien se preguntó qué respuesta podía ser lo suficientemente noble para una mirada como aquella. Por un instante sus ojos la resistieron. Luego musitó:
—Quería verte... —dijo amablemente.
Y después de decirlo, ocultó la cara con la mayor inconsecuencia.
Morris la observó por un momento con suma atención.
—¿Te casarías mañana conmigo? —le preguntó de pronto.
—¿Mañana?
—¿La semana próxima? En fin, en este mes...
—¿No es preferible esperar? —dijo Catherine.
—¿Qué debemos esperar?
Difícilmente podía saber qué tenía que esperar; pero aquel paso tremendo la espantaba.
—A que lo hayamos pensado un poco más.
Morris sacudió la cabeza tristemente y con aire de reproche.
—Pensé que durante estas tres semanas habías pensado en ello. ¿Quieres darle vueltas en el cerebro por espacio de cinco años? Has tenido bastante tiempo para meditarlo. Mi querida muchacha —añadió—, no eres sincera.
Catherine enrojeció hasta la raíz de los cabellos. Y sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Cómo puedes decir eso? —murmuró.
—¿Cómo? Tienes que tomarme o dejarme —dijo Morris, muy razonablemente—. No puedes complacer a tu padre y a mí a la vez; debes elegir entre ambos.
—Ya te he elegido —dijo ella con pasión.
—¡Casémonos entonces la semana próxima!
Ella se le quedó mirando.
—¿No hay otra salida?
—No conozco ninguna para llegar al mismo resultado. Si la hay me gustaría saberla...
Catherine no podía pensar en nada y la luminosidad de Morris le parecía inmisericorde. Lo único que se le ocurría era que su padre pudiera, después de todo, cambiar de opinión; y expresó, con un desvaído sentimiento de impotencia, el deseo de que aquel milagro se realizara.
—¿Crees que exista una mínima posibilidad de que ello ocurra? —le preguntó Morris.
—Sería posible si mi padre pudiera conocerte mejor.
—Puede hacerlo, si quiere. ¿Qué se lo impide?
—Sus ideas, sus razones —dijo Catherine— son tan... tan terriblemente fuertes —tembló ante el recuerdo de su última conversación.
—¡Fuertes! —exclamó Morris—. Preferiría que te parecieran débiles.
—¡Oh, no hay nada débil en mi padre! —dijo la muchacha.
Morris se puso en pie y se acercó a la ventana. Pegó la frente al cristal, y permaneció allí pensativo.
—Le tienes un miedo terrible —comentó al fin.
Catherine no sintió impulsos de negarlo, porque ese sentimiento no la avergonzaba; pues, si bien no era un honor para ella, lo era en cambio para él.
—Creo que es mi deber —dijo simplemente.
—Entonces no me amas..., al menos no como yo te amo a ti. Si temes a tu padre más de lo que me amas, entonces tu amor no es lo que yo esperaba que pudiera ser.
—¡Oh, Morris! —dijo ella, dirigiéndose hacia él.
—¿Siento yo miedo de algo? —le preguntó, mirándola de frente—. ¿Acaso no estoy dispuesto a enfrentarme a todo por ti?
—¡Tú eres noble, tú eres valiente! —respondió ella, deteniéndose a una distancia que era casi respetuosa.
—¿De qué sirve eso si tú eres tan tímida?
—Creo que en realidad no lo soy tanto —dijo Catherine.
—No sé qué es lo que quieres decir con ese «en realidad». En realidad es lo suficiente como para hacernos desgraciados.
—Yo sería lo suficientemente fuerte como para esperar..., para esperar durante largo tiempo.
—¿Y supongamos que después de todo ese tiempo tu padre me odiara más que nunca?
—No lo haría..., no podría...
—¿Se sentiría conmovido ante mi fidelidad? ¿Es eso lo que quieres decir? Si se conmueve tan fácilmente, entonces no entiendo por qué debes tenerle miedo.
La pregunta era tan lógica que Catherine se quedó impresionada.
—Trataré de no temerle —respondió. Y permaneció allí sumisamente, convertida por anticipado en la imagen de una esposa cumplida y responsable. Una imagen que no podía dejar de agradar a Morris Townsend, quien continuó dándole pruebas de la alta estimación en que la tenía. Y apremiado por ese sentimiento le mencionó que el paso que la señora Penniman recomendaba era una unión inmediata, sin preocuparse de las consecuencias.
—Sí, a mi tía Penniman le gustaría eso —dijo sencillamente Catherine, aunque con cierta timidez. Con la misma sencillez, surgiendo de motivos que nada tenían que ver con el sarcasmo, le dijo, unos minutos después, que su padre le había encomendado le transmitiera un mensaje. Era consciente de que debía transmitir ese mensaje, y lo habría hecho aunque le resultara diez veces más doloroso.
—Me encargó que te dijera... que te dijera claramente de su parte, que si me caso sin su consentimiento no heredaré un solo centavo de su fortuna. Insistió mucho en eso. Parece que piensa..., parece que piensa...
Morris se sonrojó, como se sonrojaría cualquier joven de espíritu ante una imputación de vileza.
—¿Qué es lo que parece que piensa?
—Que eso haría las cosas diferentes.
—Por supuesto que las cosas serán diferentes, en muchos aspectos. Seremos miles de dólares más pobres; y ésa es una gran diferencia. Pero no afectará en nada mi cariño.
—No necesitaremos ese dinero —dijo Catherine—; tú sabes que yo también tengo bastante.
—Sí, querida, sé que tienes algo y que tu padre no puede tocarlo.
—Nunca lo haría —dijo Catherine—. Mi madre me lo dejó a mí.
Morris permaneció en silencio por un buen rato. Finalmente preguntó:
—Lo dijo de un modo terminante, ¿no es cierto? Debe haber pensado que un mensaje de ese tipo me molestaría terriblemente y me desenmascararía, ¿verdad?
—No sé que haya pensado —dijo Catherine, tristemente.
—Pues bien, hazme el favor de decirle que su mensaje me importa sólo esto —e hizo un sonido con los dedos.
—No creo que pueda decírselo.
—Sabes que algunas veces me desilusionas —dijo Morris.
—Me lo puedo imaginar. Desilusiono a todo el mundo, a mi padre, a la tía Penniman...
—Conmigo la cosa es menos importante, porque te quiero más que ellos.
—Sí, Morris —dijo la muchacha, mientras su imaginación, la poca imaginación de que estaba dotada, se sumergía en aquella verdad que, después de todo, no le producía envidia a nadie.
—¿Crees sinceramente que él se aferrará para siempre a esta idea de desheredarte? ¿que tu bondad y paciencia nunca logren desvanecer su crueldad?
—El problema es que si me caso contigo pensará que no soy buena. Considerará eso como una prueba.
—¡Ah, entonces, no te perdonará nunca!
Esta idea, agudamente expresada por los bellos labios de Morris renovó por un momento en la mente, momentáneamente tranquilizada, de la muchacha, todo su terrible martirio.
—Debes amarme mucho, Morris —exclamó.
—Eso no lo dudes, querida —respondió su enamorado—. No te gusta la palabra «desheredada», añadió un momento después.
—No se trata del dinero, sino el hecho de que mi padre me considere como tal.
—¿Por lo visto supone para ti una especie de maldición? —dijo Morris—. Debe de ser muy triste. ¿Pero no crees que si trataras de ser inteligente y tomar las cosas como es debido al final lograríamos conjurarla? ¿No crees —continuó en un tono de simpática especulación— que una mujer realmente inteligente, en tu lugar, lograría hacerle volver atrás en sus propósitos? ¿No crees...?
Al llegar a este punto Morris fue interrumpido. Sus ingeniosas frases no habían llegado a los oídos de Catherine. La terrible palabra «desheredada» con todo lo que significaba como reprobación moral resonaba aún en ellos, cobrando un peso mayor a cada momento que pasaba. Su corazón de niña sintió con violencia el frío mortal de su situación, y se sintió abrumada por una sensación de soledad y de peligro. Pero su refugio estaba allí, a su lado, y ella alargó las manos para alcanzarlo.
—¡Oh, Morris! —dijo con un estremecimiento—. Me casaré contigo cuando tú quieras. —Y se rindió ante él, apoyando la cabeza en su hombro.
—¡Mi buena niña! ¡Mi querida niña! —exclamó, contemplando su premio. Y luego volvió a contemplarla de nuevo, aunque con vaguedad, con los labios entreabiertos y las cejas enarcadas.
Capítulo XXI
El doctor Sloper le comunicó muy pronto sus convicciones a la señora Almond, en los mismos términos en que se lo había anunciado a sí mismo: «¡Por Júpiter, creo que la niña se aferrará a su idea! ¡Se va a aferrar a ella!».
—¿Quieres decir que se va a casar con él? —preguntó la señora Almond.
—Eso no lo sé; pero no va a romper su compromiso, lo irá alargando con la esperanza de que yo me conmueva.
—¿Y no vas a conmoverte?
—¿Se conmueve acaso una proposición geométrica? Yo no soy un hombre superficial.
—¿No trata la geometría precisamente de superficies? —preguntó la señora Almond, que como ya sabemos era una mujer brillante, con una sonrisa.
—Sí, pero trata de ellas profundamente. Catherine y ese joven son mis superficies; ya les he tomado las medidas.
—Hablas como si te sorprendieran.
—Son superficies inmensas; es mucho lo que habrá que observar.
—Me disgusta tu sangre fría —dijo la señora Almond.
—Es necesario que la tenga, con tanta sangre cálida a mi alrededor. Sin embargo el joven Townsend es frío; tengo que reconocerle ese mérito.
—No puedo juzgarle —respondió la señora Almond—. Pero lo que no me sorprende es la actitud de Catherine.
—Confieso que a mí sí, un poco; debe estar sintiéndose terriblemente perturbada y confusa.
—Di más bien que todo esto te divierte enormemente. No comprendo cómo puedes tomar a broma el hecho de que tu hija te adore.
—Me interesa precisar el punto en que cesa esa adoración.
—Termina donde el otro sentimiento comienza.
—No, eso sería demasiado simple. Las dos cosas están extremadamente mezcladas, y la mezcla es también sumamente extraña. Tendrá que producir un tercer elemento, y eso es lo que estoy esperando. Espero con ansiedad, con positiva excitación; y esta es una emoción que nunca imaginé que me podía proporcionar Catherine. Le estoy de veras muy agradecido.
—Se va a clavar —dijo la señora Almond—. Se va a clavar.
—Sí, como digo, va a aferrarse.
—Clavarse es más expresivo. Eso es lo que hacen siempre las naturalezas sencillas, y nada puede ser más sencillo que Catherine. No recibe muchas impresiones, pero cuando recibe una la conserva. Es igual que una cafetera de cobre que sufre una magulladura, por mucho que se pula, la abolladura no desaparece.
—Vamos a tratar de pulir a Catherine —dijo el doctor—. Me la llevaré a Europa.
—No va a olvidarlo porque esté en Europa.
—Entonces él la olvidará.
La señora Almond preguntó muy seria:
—¿Realmente te gustaría eso?
—Extraordinariamente —respondió el doctor.
Entretanto la señora Penniman no había perdido el tiempo y se puso nuevamente en contacto con Morris Townsend. Le pidió que la favoreciera con otra entrevista, pero en esa ocasión no eligió un salón de ostras como en su encuentro anterior. Propuso que se reuniera con ella en el pórtico de cierta iglesia después del servicio vespertino dominical. Y tuvo la precaución de no indicarle la iglesia que frecuentaba habitualmente, pues, como decía, se sentía vigilada por la congregación. Eligió un templo menos elegante, y a la hora señalada vio al joven parado a cierta distancia del portón. Simuló no reconocerlo hasta cruzar la calle, y él la siguió a cierta distancia. Al fin ella se detuvo y se dejó alcanzar.
—Disculpe mi aparente falta de cordialidad —le dijo—. Pero usted sabe a qué se debe. ¡Ante todo, prudencia! —Y cuando él le preguntó hacia dónde debían dirigirse, ella respondió—. Vayamos en la dirección en que seamos menos observados.
Morris no estaba de buen humor y su respuesta no fue precisamente galante:
—No me hago ilusiones de que llamemos la atención en ninguna parte —y dio vuelta con su acompañante en dirección al centro de la ciudad—. Espero que me traiga la noticia de que al fin él ha cedido —dijo.
—Temo no ser en absoluto mensajera de buenas noticias; y, sin embargo, en cierto sentido soy una mensajera de paz. He estado pensando mucho, señor Townsend.
—Usted piensa siempre demasiado.
—Me parece que sí, pero no puedo evitarlo. Mi mente es terriblemente activa. Cuando me entrego lo hago por completo. Pago el precio con mis jaquecas, mis famosas jaquecas, una tortura absoluta. Pero las soporto como una reina soporta la corona. ¿Me creerá usted si le digo que ahora tengo una? Sin embargo, por nada del mundo, hubiera dejado de acudir a esta cita. Tengo algo muy importante que comunicarle.
—Bueno, veamos qué es.
—Tal vez el otro día me precipité al aconsejarle una boda inmediata. He estado pensando en eso todo el tiempo y ahora veo el asunto de un modo distinto.
—Parece que tiene usted muchos modos distintos de ver el mismo asunto.
—¡Un número infinito! —dijo la señora Penniman en un tono que parecía sugerir que esta virtud era uno de sus más descollantes atributos.
—Yo le recomendaría elegir uno y aferrarse a él —replicó Morris.
—¡Ah! Pero no es tan fácil elegir. Mi imaginación nunca permanece inactiva. Puede que eso me haga ser una mala consejera, pero me convierte en una amiga inapreciable.
—Sí, en una amiga inapreciable que da malos consejos —dijo Morris.
—Pero sin mala intención... y que se apresura, corriendo todos los riesgos, a dar sus más cumplidas excusas.
—Bueno, ¿qué me aconseja ahora?
—Tener paciencia; observar y esperar.
—¿Y se trata de un buen o un mal consejo?
—No depende de mí decirlo —respondió la señora Penniman, con dignidad—. Sólo puedo decir que es sincero.
—¿Y vendrá usted la semana próxima a recomendarme otra cosa diferente aunque igualmente sincera?
—La semana próxima vendré a comunicarle seguramente que me encuentro en la calle.
—¿En la calle?
—He tenido una escena terrible con mi hermano, y me amenaza con echarme a la calle si sucede algo. Usted sabe que soy una mujer pobre.
Morris tenía una idea aproximada de que ella poseía alguna pequeña propiedad; pero, por supuesto, no tocó el asunto.
—Sentiría mucho que sufriera usted este martirio por mi culpa —dijo—. Pero me presenta usted a su hermano como un verdadero turco.
La señora Penniman vaciló por un momento.
—Lo cierto es que no considero a Austin como un cristiano ortodoxo.
—¿Y debo esperar hasta que se convierta?
—Espere hasta que se le haya pasado algo de su actual violencia. No precipite las cosas, señor Townsend; recuerde que la recompensa es grande.
Morris caminó durante algún tiempo en silencio, golpeando los postes y las rejas con la contera de su bastón.
—¡La verdad es que usted es endemoniadamente incongruente! —exclamó al fin—. Ya le he pedido a Catherine que consienta en un matrimonio secreto.
La señora Penniman era en efecto incongruente, pues ante esta noticia dio casi un salto de alegría.
—¡Oh!, ¿cuándo y dónde? —gritó. Y luego se detuvo.
Morris fue bastante vago al respecto.
—Todavía no hay nada fijado; pero ella ha dado su consentimiento. Sería sumamente embarazoso dar un paso atrás.
La señora Penniman lo miró con ojos brillantes.
—Señor Townsend —dijo—. No tengo más remedio que decirle esto. Catherine le quiere tanto, que usted podría hacer lo que le pareciera.
Aquella declaración resultaba ligeramente ambigua, y Morris enarcó las cejas.
—Me siento muy feliz de oírle decir esto. ¿Pero qué quiere decir precisamente?
—Usted puede posponer la fecha; puede cambiar de planes; no va a pensar mal de usted por eso.
Morris se detuvo, con las cejas en alto; luego dijo, simple y secamente:
—¡Ah, es eso!
Después de este seco comentario le hizo notar a la señora Penniman que si caminaba tan lentamente atraería la atención de los demás, y logró llevarla a toda prisa al domicilio donde hasta la permanencia se había vuelto para ella tan inseguro.
Capítulo XXII
Morris Townsend había tergiversado ligeramente los hechos al decir que Catherine había consentido dar el gran paso. Nosotros la hemos dejado cuando declaraba que estaba dispuesta a quemar sus naves, pero Morris, una vez que le hubo arrancado aquella declaración, había tenido buenos motivos para no aceptársela. Había eludido, con bastante donaire, el señalar una fecha, aunque la dejó bajo la impresión de que tenía la vista puesta en una. Catherine pudo haber tenido sus dificultades; pero también las de su circunspecto enamorado eran dignas de ser tenidas en cuenta. El premio sin duda alguna era grande; pero se podía lograr sólo oprimiendo un registro que se encontraba entre la precipitación y la cautela. La providencia suele estar de lado de las personas hábiles; y las personas hábiles se distinguen porque carecen de deseos de arriesgar el pellejo.
La recompensa final de una unión con una joven que era poco atractiva y a la vez pobre debía relacionarse con una serie de desventajas inmediatas unidas por una cadena muy visible. Entre el temor de perder a Catherine y junto con ella su posible fortuna y el temor de tomarla demasiado pronto y encontrar que esa posible fortuna era tan carente de contenido como una colección de botellas vacías, no era fácil para Morris Townsend la elección. Esto debe ser recordado por los lectores severos dispuestos a juzgar con demasiada dureza a un joven que, según ellos, hacía un empleo erróneo de sus dotes naturales. No había olvidado, en todo caso, que Catherine poseía sus propios diez mil dólares anuales; había pensado mucho en esta circunstancia. Pero apreciando en mucho sus dotes físicas, le parecían representadas inadecuadamente por la suma que he mencionado. A la vez se decía que ésa era una suma considerable, que todo es relativo en esta vida, y que si bien un pequeño ingreso es menos deseable que uno grande, la ausencia completa de ingresos en ninguna parte se considera una ventaja.
Estas reflexiones le tuvieron muy ocupado, obligándole a arriar las velas. La oposición del doctor Sloper constituía la cifra desconocida en el problema al que se enfrentaba. El modo natural de resolverlo era casándose con Catherine; pero en matemáticas hay muchos recursos, y Morris no perdía la esperanza de descubrir alguno. Cuando Catherine le tomó la palabra y consintió en renunciar al intento de ablandar a su padre, él se echó para atrás con habilidad suficiente, como ya hemos visto, y mantuvo en blanco la fecha de la boda. La fe de Catherine era tan absoluta que fue incapaz de darse cuenta que él estaba jugando con ella; sus problemas eran ahora de otra clase. La pobre muchacha tenía un sentido del honor profundamente arraigado, desde el momento en que había consentido violar la decisión de su padre, le parecía que no tenía el derecho de gozar de su protección. La conciencia le indicaba que sólo podía permanecer bajo el techo paterno mientras se plegara a los deseos del doctor. La posición de hija del doctor Sloper implicaba en sí cierta gloria, pero la pobre sentía que debía renunciar a ella por haber tomado una decisión personal. Había resuelto unir su suerte a la de un joven contra quien solemnemente él la había advertido, y roto el contrato bajo el cual le proporcionaba un hogar agradable. No iba a renunciar a aquel joven, así que debía abandonar el hogar; y cuanto antes el objeto de su preferencia le ofreciera otro, tanto mejor terminaría aquella enojosa situación. Estos eran a grandes rasgos sus razonamientos, pero iban mezclados con una infinita cantidad de castigos. Los días de Catherine, durante esa época, fueron muy difíciles, y el peso de algunas horas resultó ser más fuerte de lo que podía soportar. Su padre no la miraba, ni le hablaba. El doctor Sloper sabía lo que quería y actuaba de acuerdo a un plan. Ella lo observaba cuando se atrevía a hacerlo (pues temía que él considerara que estaba tratando de llamar su atención) y lo compadecía por el dolor que le había producido. Trataba de mantenerse ocupada mental y físicamente, y proseguía sus ocupaciones cotidianas. Cuando la situación en la casa de la Plaza Washington le parecía intolerable, cerraba los ojos y se concedía pensar en el hombre por cuyo amor había roto una ley sagrada.
De las tres personas que vivían en aquella casa, la única que tenía los modales correspondientes a una gran crisis era la señora Penniman. Si Catherine estaba tranquila, calmosamente tranquila, como podría decirse, y sus efectos patéticos, que nadie advertía, eran absolutamente impremeditados e involuntarios. Si el doctor, por su parte, manifestaba una seca indiferencia a la presencia de sus compañeras, lo hacía de una manera ligera, natural, que no era fácil descubrir, sólo conociéndolo mucho, que estaba disfrutando con el hecho de ser tan desagradable. La señora Penniman, en cambio, se mostraba elaboradamente reservada y significativamente silenciosa; incluso sus acciones habituales parecían ocultar algo, y cuando ocasionalmente hablaba, en relación con algún tema trivial, adoptaba el aire de querer decir algo más profundo de lo que decía. Entre Catherine y su padre no había ocurrido nada nuevo después de la noche en que ella había hablado con él en el estudio. Tenía que decirle algo; le parecía que debía hacerlo; pero se mantenía callada por temor a molestarlo. Él también tenía algo que decirle, pero estaba decidido a no ser el primero en hablar. Estaba interesado, como sabemos, en ver cómo, dejada a sus medios, ella iba a «aferrarse». Al fin ella le dijo que había vuelto a ver a Morris Townsend y que sus relaciones seguían siendo las mismas.
—Creo que nos casaremos dentro de poco. Y posiblemente, entretanto, lo veré con cierta frecuencia; una vez a la semana..., no más.
El doctor la miró fríamente de la cabeza a los pies, como si fuera una extraña. Era la primera vez en una semana que sus ojos se detenían en ella, lo cual era una fortuna, si ésa era la manera en que ahora iba a mirarla.
—¿Por qué no tres veces al día? —preguntó—. ¿Qué te impide verlo cuando quieras?
Catherine respondió, con los ojos cuajados de lágrimas.
—Creo que es mejor una vez por semana.
—No veo por qué ha de ser mejor. Peor no podía ser. Estás muy equivocada si crees que puede contentarme una pequeña modificación como esa. Me parece tan mal que lo veas una vez a la semana como si pasaras con él el día entero. De cualquier manera ese asunto me tiene sin cuidado.
Catherine trató de seguir esas palabras, pero le parecía intuir en ellas un vago horror. Por eso se limitó a repetir:
—Creo que nos casaremos dentro de poco.
Su padre le volvió a dirigir aquella mirada amenazante, una vez más, como si fuera una extraña.
—¿Para qué me lo dices? No es asunto mío.
—¡Oh, papá! —exclamó—. ¿De veras no te importa?
—¡En lo más mínimo! Una vez que has decidido casarte me da lo mismo el cuándo, el dónde y el por qué lo haces. Y si eres que enmiendas tu locura con estas conversaciones estás muy equivocada; podrías ahorrarte la molestia.
Ante estas palabras ella se retiró. Pero al día siguiente él le habló por su propio impulso; su tono y maneras habían cambiado un poco.
—¿Piensas casarte dentro de los próximos cuatro o cinco meses? —le preguntó.
—No lo sé, papá —respondió Catherine—. No es fácil para nosotros tomar una decisión.
—Posponía entonces por seis meses. Entretanto te llevaré a Europa. Me gustaría mucho que vinieras conmigo.
Aquello le produjo un inmenso placer, sobre todo después de las palabras del día anterior. El hecho de que dijera que «le gustaría» que ella hiciera algo, y ver que su padre abrigaba aún en su corazón algo de la ternura que siempre le había manifestado, la hizo prorrumpir en una exclamación de dicha. Pero entonces advirtió que Morris no estaba incluido en este proyecto, y que, prefería quedarse en casa con el joven. Pero de cualquier manera sonrojándose intensamente exclamó:
—¡Será una delicia ir a Europa!
Y, al decirlo, experimentó la sensación de que el comentario no era nada original, y que su tono de voz no era el que correspondía.
—Muy bien, iremos entonces. Debes ir preparando tu equipaje.
—Debo decírselo antes al señor Townsend —dijo Catherine.
Su padre fijó en ella una mirada helada.
—Si quieres dar a entender que tienes que pedirle permiso, lo único que me queda por hacer es tener la esperanza de que te lo conceda.
La muchacha se conmovió profundamente por el dejo patético con que su padre pronunció aquellas palabras; era el más calculado, el más dramático de los parlamentos que el doctor había pronunciado en su vida. Catherine creyó que esa circunstancia era una gran oportunidad para mostrarle el respeto que le debía; pero había también otra cosa que la preocupaba y la expresó diciendo:
—A veces pienso que si lo que hago te desagrada tanto no debía permanecer contigo.
—¿Permanecer conmigo?
—Si vivo contigo debía ser para obedecerte.
—Si esa es tu teoría, es también la mía —replicó el doctor, riendo.
—Pero si no te obedezco no debo vivir contigo, ni gozar de tu bondad y de tu protección.
Este contundente argumento le dio al doctor de pronto el sentimiento de que había venido subestimando a su hija; le parecía más valioso aún que si fuera de una joven que había revelado la cualidad de obstinación no agresiva. Pero le desagradó... le desagradó profundamente.
—Es una idea de muy mal gusto —comentó—. ¿La has aprendido del señor Townsend?
—No, es mía —dijo Catherine apresuradamente.
—Guárdala para ti, entonces —dijo su padre, más que nunca determinado a llevársela a Europa.
Capítulo XXIII
Si Morris Townsend no fue incluido en ese viaje, tampoco lo fue la señora Penniman que hubiera agradecido la invitación, y quien, para hacerle justicia, soportó su desilusión como una verdadera dama.
—Hubiera disfrutado viendo las obras de Rafael y las ruinas..., las ruinas del Panteón —le dijo a la señora Almond—, pero por otra parte no me disgusta la idea de poder disfrutar de un poco de soledad y paz durante unos meses en la plaza Washington. Tengo necesidad de calma; he pasado por tantas cosas en los últimos meses...
La señora Almond pensó que era una crueldad de su hermano no llevar a Lavinia al extranjero; pero entendió también que si el propósito era hacer que Catherine se olvidará de su galán, le interesaba no darle a su hija por compañera a la mejor amiga de Townsend. «Si Lavinia no se hubiera comportado tan estúpidamente podría visitar las ruinas del Panteón», se dijo; y continuó lamentando las locuras de su hermana, aunque ésta le aseguró que había oído perfectamente la descripción de aquellas reliquias por su difunto marido. La señora Penniman era absolutamente consciente de que el motivo del viaje era tender una trampa a la constancia de Catherine; y le manifestó muy francamente esta convicción a su sobrina.
—Tu padre cree que esto te hará olvidar a Morris (ya ahora le llamaba siempre Morris). Lo que no se ve no se desea, ya sabes. Piensa que todo lo que verás allá te lo arrancará del pensamiento.
Catherine pareció alarmarse mucho.
—Si lo cree así, será mejor que hable antes con él.
La señora Penniman movió la cabeza negativamente.
—Díselo después querida..., después de que se haya tomado todas las molestias y hecho el gasto. Eso le servirá de lección —y añadió en voz baja lo delicioso que debe ser amar a alguien a quien sabemos al lado de las ruinas del Panteón.
El enojo del padre le había costado a la joven, como ya sabemos, una cuantiosa suma de profundo dolor..., dolor de la más pura y generosa especie, sin un toque ni de resentimiento ni de rencor; pero por primera vez, después de que él rechazó con tan desdeñosa rapidez su disculpa de ser una carga para él, hubo en su pena un destello de cólera. Había sentido su desprecio; y le había dolido; aquellas palabras sobre su mal gusto habían hecho que las orejas le ardieran durante tres días. Durante este período fue menos considerada; tenía la idea —era aún muy vaga pero muy agradable para sus sentimientos ofendidos— de que ahora estaba absuelta de toda culpa y podía hacer lo que le pareciera. Decidió escribirle a Morris Townsend y citarlo en la plaza y dar un paseo con él por la ciudad. Si iba a ir a Europa por respeto a su padre, podía tomarse también esa satisfacción. Se sentía, en todos los sentidos más libre y resuelta; había una fuerza en ella que era como un motor. Ahora por fin, completamente, sin reservas, la pasión la poseía.
Morris se reunió con ella y dieron un largo paseo. Catherine le dijo inmediatamente lo que había sucedido; que su padre quería llevársela lejos, es decir emprender un viaje de seis meses a Europa. Ella baria desde luego lo que Morris sugiriera. Ella esperaba, aunque era una esperanza inexpresada, que Morris pensara que lo mejor sería quedarse en Nueva York. Pasó algún tiempo antes de que él le diera a conocer sus puntos de vista. Lo hizo, mientras caminaban, muchas preguntas. Hubo una que le llamó la atención de un modo especial por su incongruencia.
—¿Te gustaría ver todas las cosas célebres que hay por allá?
—¡Oh, no, Morris! —dijo Catherine, casi despectivamente.
«¡Santo cielo! ¡Qué mujer más necia!», exclamó Morris en su interior.
—Papá cree que voy a olvidarte —dijo Catherine—; que todas esas cosas te expulsarán de mi mente.
—Bueno, querida, tal vez así sea.
—Por favor no digas eso —respondió Catherine, dulcemente, mientras caminaban—. Pobre de mi padre, va a sufrir una desilusión.
Morris soltó una risita.
—Sí, yo también creo que tu pobre padre se va a sentir desilusionado. Y tú, en cambio habrás visto Europa —añadió en tono humorístico—. ¡Qué lección!
—A mí no me importa ver Europa —dijo Catherine.
—Debería importarte, querida; y eso puede ablandar a tu padre.
Catherine, consciente de su obstinación, esperaba muy poco que esto resultara. Y no podía librarse de la idea de que al ir al extranjero y permanecer firme, le estaba jugando una broma a su padre.
—¿No te parece que es una especie de engaño? —le preguntó.
—¿Y acaso no quiere él engañarte? —exclamó Morris—. Le sentará muy bien. Creo que lo mejor es que vayas.
—¿Y no casarnos en todo ese tiempo?
—Nos casaremos a tu regreso. Puedes comprar el vestido de boda en París.
Y entonces Morris, con tono muy afable, le explicó su punto de vista sobre el asunto. Estaría muy bien que ella emprendiera ese viaje porque los pondría en una situación muy ventajosa. Demostraría que eran razonables y que estaban dispuestos a ceder. Una vez que estaban tan seguros el uno del otro qué más daba esperar un poco... ¿Qué podían temer? Si existía la más leve posibilidad de que el viaje de Catherine influyera en el ánimo de su padre debía ser razón más que suficiente para hacerlo. Pues, después de todo, Morris no estaba dispuesto a ser la causa por la que la desheredaran. No es que a él le importara, pero sí se preocupaba por ella y por sus hijos. Él estaba dispuesto a esperar; sería muy duro, pero lo haría. Y allá, entre bellos paisajes y nobles monumentos, tal vez el viejo caballero pudiera ablandarse; se supone que esas cosas ejercen una influencia humanizadora. Posiblemente él se conmoviera por su amabilidad, su paciencia, su buena voluntad para hacer cualquier sacrificio, menos uno. Y si en algún lugar célebre, en Italia, por ejemplo, una noche en Venecia, en una góndola a la luz de la luna, Catherine sabía manejar el asunto hábilmente, y pulsar la cuerda correcta, tal vez él la abrazaría y le dijera que todo estaba perdonado. Catherine se quedó enormemente impresionada ante esta concepción del asunto, que le pareció digna del brillante talento de su enamorado, aunque la consideraba casi irrealizable por tener que depender de su propio poder de persuasión. La idea de ser «hábil» en una góndola una noche de luna le parecía contener elementos que no estaba en sus posibilidades utilizar. Pero quedó acordado entre ellos que le diría a su padre que estaba dispuesta a seguirlo obedientemente a donde él quisiera, haciendo la reserva mental de que amaba a Morris Townsend más que nunca.
Así, pues, le informó al doctor que estaba lista para embarcar, y él hizo rápidamente los arreglos para este acontecimiento. Catherine tuvo que despedirse de muchas personas, pero solamente estamos interesados, para los efectos de la historia, en dos de ellas. La señora Penniman aceptó con muy buen criterio el viaje de su sobrina; le pareció muy adecuado que la futura esposa del señor Townsend deseara embellecer su mente con un viaje por el extranjero.
—Lo dejas en buenas manos —le dijo, apretando los labios sobre la frente de Catherine (era muy aficionada a besar a las personas en la frente. Era una manifestación de simpatía hacia la parte intelectual del individuo). Lo veré muy a menudo. Me sentiré como una de las vestales de los viejos tiempos manteniendo la llama sagrada.
—Haces muy bien entonces en no venir con nosotros —dijo Catherine, sin detenerse a examinar la comparación de su tía.
—Es el orgullo lo que me mantiene erguida —dijo dando un golpe a su vestido, que tenía siempre una especie de sonido metálico.
La despedida entre Catherine y su enamorado fue breve, y en ella cambiaron muy pocas palabras.
—¿Serás el mismo cuando regrese? —inquirió; aunque la pregunta no era fruto del escepticismo.
—El mismo... pero mejor —respondió Morris, sonriendo.
No entra en nuestros proyectos relatar con detalle el viaje del doctor Sloper al hemisferio occidental. Realizó la gran jira por Europa, viajó con considerable esplendor y encontró (como era de esperarse en un hombre de su cultura) tanto en el arte y en la historia en qué interesarse que permaneció en el extranjero no seis, sino doce meses. En la Plaza Washington la señora Penniman disfrutó de su ausencia. Gozó de su indiscutido dominio en la casa vacía, y se jactaba de que la hacía más atractiva para sus amigos que cuando su hermano estaba ahí. Para Morris Townsend, en efecto, parecía especialmente atractiva. Era sin duda el visitante más asiduo, y a la señora Penniman le encantaba tenerlo a la hora del té. Tenía su asiento permanente, muy cómodo, al lado de la chimenea en el salón de atrás (cuando las grandes puertas corredizas de caoba, con pestillos y cerraduras de plata, que dividían esta habitación de la más elegante y solemne de al lado, estaban cerradas) y acostumbraba fumar sus cigarros en el estudio del doctor, donde a menudo pasaba horas enteras examinando las colecciones de objetos extraños, en ausencia del propietario. Consideraba que la señora Penniman era una gansa, como ya hemos visto; pero él no lo era, y, como se trataba de un joven de gustos lujosos y de escasos recursos, encontró que la casa era un castillo perfecto para su indolencia. Para él se convirtió en un club del cual era el único miembro. La señora Penniman frecuentó mucho menos a su hermana que cuando el doctor estaba en casa; porque la señora Almond se había visto obligada a decirle que desaprobaba sus relaciones con Morris Townsend. Le reprochaba su estrecha amistad con un joven de quien su hermano tenía un concepto tan bajo, y le sorprendía su ligereza al alentar en él su deplorable compromiso con Catherine.
—¿Deplorable? —gritaba Lavinia—. Pero si será para ella un marido encantador.
—Yo no creo en los maridos encantadores —le dijo la señora Almond—; sólo creo en los buenos. Si se casa con Catherine y ella recibe el dinero de Austin tal vez pueda sostenerse el matrimonio. Él será un sujeto perezoso, amable, egoísta y sin duda alguna tolerablemente bonachón. Pero si ella no hereda el dinero, y él se ve atado a mi sobrina, ¡que el cielo tenga piedad de ella! Él no tendrá ninguna. La odiará por haberle desilusionado y se vengará; será implacable y cruel. ¡Pobre Catherine! Te aconsejo que hables un poco con su hermana. ¡Es una lástima que Catherine no pueda casarse con ella!
La señora Penniman no sentía el menor apetito de conversar con la señora Montgomery, cuya amistad no se tomó la molestia de cultivar; y el efecto de aquellas alarmantes previsiones hacia el porvenir de su sobrina le hicieron pensar que sería una pena que la generosa naturaleza del señor Townsend pudiera amargarse. Su elemento natural se encontraba en ambientes alegres y brillantes, ¿y cómo podría sentirse a gusto si resultaba que no podía disfrutar de nada? Se convirtió en una idea fija de la señora Penniman que Morris llegara a poseer la fortuna de su hermano, sobre la cual, tenía la inteligencia suficiente para advertir que sus perspectivas personales no eran muy amplias.
«Si no se la va a dejar a Catherine, mucho menos me la va a dejar a mí», se decía.
Capítulo XXIV
El doctor, durante los seis primeros meses que pasó en el extranjero no habló nunca con su hija de sus pequeñas diferencias, en parte por cálculo y en parte porque tenía muchas otras cosas en que pensar. Era perder el tiempo tratar de conocer la situación sentimental de su hija sin preguntárselo directamente, ya que si bien nunca se había mostrado comunicativa en el ambiente familiar del hogar, menos lo fue en las montañas de Suiza o frente a los monumentos de Italia. Era siempre la compañera dócil y obediente de su padre, yendo de un lado a otro en deferente silencio, sin alegar nunca fatiga, dispuesta siempre a salir a la hora que él señalaba cuando se despedían por la noche, sin hacer comentarios tontos, ni mostrar ningún refinamiento de apreciación. «Es tan inteligente como el paquete de mantas», se decía el doctor; la única superioridad estribaba en que el paquete de mantas algunas veces se perdía o se caía del vehículo y en cambio Catherine permanecía siempre en su puesto y disponía de un asiento firme y amplio. Pero su padre había previsto esto y no atribuyó sus limitaciones intelectuales como turista a una depresión sentimental; se había despojado por completo de las características de una víctima y desde que estaban en el extranjero no había emitido un solo suspiro frente a los demás. El doctor suponía que su hija mantenía correspondencia con Morris Townsend, pero no se preocupó demasiado porque nunca vio las cartas del joven pretendiente y las misivas de Catherine eran siempre entregadas a un camarero para que las depositara en el correo. Ella tenía noticias de su prometido con considerable regularidad; sus cartas venían en los sobres de la señora Penniman; así que cada vez que el doctor le pasaba un paquete membretado con la letra de su hermana, se convertía en un instrumento involuntario de la pasión que condenaba. Catherine se hizo esta reflexión; seis meses antes se hubiera sentido en la obligación de advertírselo; pero ahora encontraba argumentos para no hacerlo. Había un punto llagado en su corazón que él había causado con sus palabras en la ocasión en que ella trató de hablarle como se lo exigía el honor; trataría de serie agradable siempre que pudiera, pero nunca volvería a hablarle de esa manera. Leía en secreto las cartas de Morris.
Un día, a finales del verano, los dos viajeros se encontraron solos en un valle de los Alpes. Cruzaron uno de los pasos, y en su larga ascensión se habían bajado del coche y se habían adelantado mucho caminando. Después de un rato, el doctor descubrió un sendero, que los conduciría, a través de un valle transversal, como justamente suponía, a un lugar más alto de la montaña. Siguieron aquella tortuosa vereda; finalmente perdieron el camino. El valle era pedregoso, difícil de transitar y el paso se hizo difícil. Ambos eran buenos caminantes y aceptaron alegremente aquella aventura; de vez en cuando se detenían para que Catherine pudiera descansar; y entonces se sentaba sobre una roca y miraba a su alrededor, las laderas pedregosas y el cielo radiante. Comenzó a caer la tarde; era a finales de agosto; la noche estaba aproximándose, y como habían alcanzado una gran altura, el aire era frío y cortante. Durante una de esas pausas su padre la dejó y se dirigió hacia un lugar más alto, a la distancia, para poder orientarse. Catherine lo perdió de vista; se sentó sola en medio de un silencio apenas perturbado por el vago murmullo de un arroyo de montaña. Pensó entonces en Morris Townsend; el lugar parecía tan desolado y solitario que le pareció que su prometido se hallaba a una inmensa distancia. Su padre permaneció ausente mucho rato y ella comenzó a preguntarse qué habría sido de él. Pero al fin reapareció, encaminándose hacia ella en la claridad del crepúsculo; ella se levantó para proseguir el camino. Él no hizo ningún intento por reanudar la marcha, sino que se le acercó como si tuviera algo que decirle. Se detuvo frente a ella, y se le quedó mirando con ojos que habían conservado algo de las cimas nevadas que habían estado contemplando. Luego, intempestivamente, en voz baja, le hizo una pregunta que a ella le resultó inesperada.
—¿Has terminado con él?
Aunque la pregunta no era esperada no le resultó de sorpresa a Catherine.
—No, padre —respondió.
Se le quedó mirando unos cuantos momentos sin responder.
—¿Te ha escrito? —preguntó.
—Sí, dos veces al mes.
El doctor miró hacia un lado y otro del valle, balanceando su bastón, sin decir una palabra.
—Estoy muy enojado —dijo después en el mismo tono grave.
Catherine se preguntó qué querría decir con eso; pensó que se proponía asustarla. Si era así, el lugar estaba perfectamente bien elegido: aquella cañada abrupta y melancólica, abandonada por la luz del verano, la hacía sentir con mayor intensidad su soledad. Miró a su derredor y sintió que el corazón se le helaba; pero no se le ocurrió decir nada, se limitó a murmurar:
—Lo siento.
—Estás poniendo a prueba mi paciencia —continuó su padre— y es necesario que sepas como soy. No soy un hombre bueno. Aunque por fuera sea una persona de apariencia tranquila, mi interior es muy apasionado. Te aseguro que puedo ser muy duro.
No podía explicarse por qué le decía esas cosas. ¿La había conducido a ese lugar a propósito, y era parte de un plan? ¿Cuál podía ser el plan?, se preguntaba Catherine. ¿Trataría de pronto de exigirle una retractación? ¿Pretendería aprovecharse de su miedo? ¿Miedo de qué? El lugar era feo y solitario, pero el sitio no podía hacerla daño. Había una especie de fría intensidad en su padre que podía convertirlo en un ser peligroso, pero Catherine no llegó a imaginar que era parte de su plan apretar con sus manos —sus manos delicadas, precisas y firmes de cirujano— su garganta. Sin embargo, dio un paso atrás.
—Estoy segura de que puedas ser todo lo que te plazca —dijo y estaba convencida de ello.
—Estoy muy enojado —repitió él, más tajantemente.
—¿Por qué así, de repente?
—No ha sido de repente. He estado luchando internamente durante los últimos seis meses. Pero ahora este lugar me ha parecido a propósito para desahogarme. Es tan tranquilo, y estamos completamente solos.
—Sí, es muy tranquilo —dijo Catherine vagamente, mirando en torno suyo—. ¿Regresamos al carruaje?
—Dentro de un momento. ¿Quiere decir que en todo este tiempo no has cedido una sola pulgada?
—Lo haría si pudiera, padre, pero no puedo.
El doctor miró también a su alrededor.
—¿Te gustaría quedarte en un lugar como éste y morirte de hambre?
—¿Qué quieres decir? —exclamó la muchacha.
—Ese será tu destino... así es como él te abandonará.
Él no la tocaba, pero había tocado a Morris. El calor volvió a su corazón.
—Eso no es verdad, padre —prorrumpió— y no deberías decirlo. No es justo y tampoco es verdad.
El doctor movió lentamente la cabeza.
—No, no es justo porque tú no lo creerías. Pero sí es cierto. Ven, volvamos al coche.
Dio media vuelta, y ella lo siguió; su padre apresuró el paso y se adelantó mucho. Pero de cuando en cuando se detenía, sin volver a mirarla, para permitirla que se pusiera a la par. Catherine caminaba con dificultad, el corazón le batía con excitación; era la primera vez que se dirigía a su padre con violencia. La noche había caído y ella terminó por perderlo de vista, pero continuó caminando, y después de un rato, en una curva del valle, apareció de pronto el camino, donde los esperaba el carruaje. Su padre estaba ya sentado en él, rígido y silencioso; en silencio también ocupó ella su asiento al lado de él.
Más tarde, al volver a pensar en lo ocurrido, recordó que en los días siguientes no volvieron a cambiar ella y su padre una sola palabra. La escena había sido extraña, pero no había afectado de un modo permanente sus sentimientos hacia su padre porque, a fin de cuentas nada de raro tenía que se hubiera permitido una escena después de dejarla en paz durante seis meses. La parte más extraña era su afirmación de que él no era un buen hombre: Catherine se preguntaba constantemente qué era lo que habría querido decir. No podía creer en aquella declaración, ni siquiera a pesar del resentimiento que podía albergar. Ni siquiera en los momentos más amargos que él pudiera proporcionarle le habría dado satisfacción pensar que él no era perfecto. Una frase como aquella debía ser producto de su gran sutileza. Los hombres de la inteligencia del doctor podían decirlo todo y significarlo todo; y en cuanto a ser duro, ella consideraba que en un hombre, eso, era una virtud.
La dejó tranquila durante seis meses más, seis meses durante los cuales ella aceptó sin una protesta la prolongación de la jira. Pero volvió a hablar con ella al final de ese lapso: fue realmente al final, la noche antes de embarcar rumbo a Nueva York, en un hotel de Liverpool. Habían cenado juntos en un salón grande, oscuro y lúgubre; luego quitaron el mantel; el doctor caminaba de un lado a otro. Catherine tomó su palmatoria para dirigirse a su habitación, pero su padre le ordenó permanecer allí.
—¿Qué piensas hacer cuando regreses a casa? —le preguntó mientras ella permanecía de pie, con la vela en la mano.
—¿En relación con el señor Townsend, quieres decir?
—Sí, en relación con el señor Townsend.
—Probablemente nos casaremos.
El doctor dio varias vueltas por el salón mientras ella esperaba sus palabras.
—¿Sigues recibiendo sus cartas como antes?
—Sí, dos veces por mes —respondió Catherine.
—¿Y habla siempre de matrimonio?
—¡Oh, sí! es decir, habla también de otras cosas. Pero siempre hay alguna alusión a eso.
—Me alegra saber que sus temas son variados; de otra manera sus cartas resultarían muy monótonas.
—Escribe cartas muy bellas —dijo Catherine, satisfecha de tener la ocasión de decirlo.
—Esos tipos escriben siempre bellas cartas. Sin embargo, eso no disminuye el mérito en todo caso. ¿Así que tan pronto regreses te largarás con él?
Era un modo muy grosero de plantear la situación, y lo que había de dignidad en Catherine se resintió.
—No puedo decirlo hasta que haya llegado —dijo.
—Eso es bastante razonable —respondió su padre—. Lo único que te pido es que me lo digas, que me avises con anticipación. Cuando un pobre hombre va a perder a su única hija le gustaría saberlo de antemano.
—¡Pero, padre, no vas a perderme! —dijo Catherine, derramando en el suelo la cera de su vela.
—Tres días antes será suficiente —dijo el doctor— si es que ya para entonces lo sabes. Él me debería quedar agradecido, sabes. Le he hecho un gran favor al traerte en este viaje; tu valor es ahora el doble, con todos los conocimientos y el gusto que has adquirido. Hace un año eras tal vez un poco limitada, un poco rústica; ahora lo has visto todo, lo has apreciado todo, y resultarás una compañía más agradable. Le hemos engordado el carnero antes de que él lo degüelle. —Catherine se dirigió hacia la puerta y se quedó mirando al vacío—. Vete a dormir —dijo su padre— y como no embarcaremos sino hasta el mediodía mañana puedes levantarte tarde. Es probable que tengamos un viaje muy incómodo.
Capítulo XXV
El viaje fue en verdad muy incómodo, y al llegar a Nueva York, Catherine no tuvo la compensación de «largarse» según la expresión de su padre, con Morris Townsend. La muchacha se encontró con él al día siguiente de su llegada; entretanto él fue el tema de conversación entre nuestra heroína y su tía Lavinia, con quien, la noche que desembarcaron, se encerró la muchacha antes de retirarse a descansar.
—Lo he visto con mucha frecuencia —dijo la señora Penniman—. No resulta fácil de conocer. Me imagino que tú piensas que lo conoces; no es así, querida. Algún día lo lograrás; pero eso sólo será después de que hayas vivido un tiempo con él. Yo casi puedo decir que he vivido con él —continuó la señora Penniman mientras Catherine la observaba con asombro—. Creo que ahora lo conozco; tuve tantas excelentes oportunidades. Tú tendrás las mismas, mejor dicho, las tendrás mejores —y la tía Lavinia sonrió—. Entonces comprenderás lo que te quiero decir. Es un carácter espléndido, lleno de pasión y energía, y tan sincero.
Catherine la escuchaba con una mezcla de interés y de aprensión. La tía Lavinia podía ser extremadamente simpática; durante el año transcurrido en recorrer templos y galerías de arte extranjeros, pensando cosas que nunca salían de sus labios, Catherine había deseado con frecuencia la compañía de una persona inteligente de su propio sexo. Contarle a alguna mujer cariñosa su historia; le parecía que eso la tranquilizaría, y en más de una ocasión había estado a punto de hacerle confidencias a la administradora del hotel, o a la simpática empleada de la modista. Si una mujer hubiera estado a su lado la habría obsequiado con un acceso de llanto, y temía que al llegar respondiera de esa manera al primer abrazo de su tía Lavinia. Pero ocurrió que las dos damas se vieron en la plaza Washington sin efluvios de lágrimas; y cuando estuvieron a solas la joven sintió que una cierta sequedad contenía su emoción. Advirtió de pronto que durante un año la señora Penniman había disfrutado de la compañía de su prometido, y no constituyó para ella ningún placer oír a su tía explicar e interpretar el carácter del joven, y hablar de él como si sus conocimientos fueran absolutos. No es que Catherine fuera celosa, pero su sentimiento de la inocente falsedad de la señora Penniman, que yacía dormido, comenzó a molestarla de nuevo, y se sintió feliz de haber vuelto a casa a poner las cosas en orden. A pesar de todo era una bendición poder hablar de Morris, pronunciar su nombre, estar con una persona que no le menospreciaba.
—Ha sido usted muy amable con él —dijo Catherine—. Me lo ha escrito a menudo. Jamás olvidaré eso, tía Lavinia.
—Hice lo que pude; ha sido muy poco. Dejar que viniera a conversar, darle su taza de té, eso fue todo. Tu tía Almond opinaba que era demasiado y me reñía terriblemente, aunque me prometió no traicionarme.
—¿Traicionarte?
—No decírselo a tu padre. Morris acostumbraba a sentarse en el estudio de tu padre —dijo la señora Penniman con un siseo.
Catherine permaneció silenciosa por un momento. Esta idea le desagradaba, y le trajo a la memoria, con fastidio, el hábito de ocultar de su tía. Morris, el lector debe saberlo, había tenido el tacto de no decirle que se sentaba en el estudio de su padre. Él la conocía apenas desde hacía unos cuantos meses, y su tía la conocía desde hacía quince años; sin embargo él no hubiese cometido el error de considerar que la muchacha tomaría la cosa a broma.
—Siento que lo hayas llevado al estudio de papá —dijo después de una larga pausa.
—Yo no lo llevé; fue él por su cuenta. Le gustaba mirar los libros y todas esas cosas que hay en las cajas de cristal. Sabe todo lo que hay que saber sobre ellas.
Catherine guardó silencio de nuevo. Luego dijo:
—Me gustaría que haya encontrado algún empleo.
—Ha encontrado un buen puesto. Es una noticia magnífica, y me pidió que te la comunicara tan pronto como llegaras. Ha formado sociedad en una empresa mercantil. Todo se arregló, de pronto, la semana pasada.
Esta le pareció en efecto a Catherine una espléndida noticia; contribuía a crear una atmósfera de prosperidad.
—¡Cuánto me alegro! —exclamó y por un momento estuvo a punto de abrazar a su tía.
—Es mucho mejor que trabajar a las órdenes de otros; nunca se ha visto en tal situación —continuó la señora Penniman—. Tiene los mismos derechos que su socio; están en igualdad de condiciones. ¿Ves cómo tenía razón en esperar? Me gustaría saber qué va a decir ahora tu padre. Han instalado una oficina en la calle Duane, y han hecho imprimir tarjetas; me trajo una para que la viera. La tengo en mi habitación, mañana te la mostraré. La última vez que estuvo aquí me dijo: «¿Ve usted cómo tenía razón en esperar?». En vez de ser un subordinado tiene a otras personas a sus órdenes. No podría ser nunca un simple empleado; a menudo le he dicho que no podía imaginarlo como empleado en alguna empresa.
Catherine estuvo de acuerdo en esto, y se sintió muy feliz al saber que Morris era su propio jefe. Pero se sintió privada de la satisfacción de poder comunicarle estas noticias triunfales a su padre. A su padre le hubiera parecido igual que Morris se hubiera establecido en un buen trabajo o que lo hubiesen deportado de por vida. En aquel momento subieron a su habitación el equipaje y la conversación sobre Morris quedó suspendida, pues Catherine comenzó a mostrarle a su tía los objetos adquiridos durante el viaje. Eran ricos y abundantes. Catherine traía un regalo para cada uno, excepción hecha de Morris a quien sólo le traía su corazón inconmovible. Con la señora Penniman se había mostrado enormemente generosa, y la tía Lavinia pasó media hora desenvolviendo y envolviendo nuevamente los regalos con exclamaciones de gratitud y aprecio. Se paseó durante un rato por la habitación con un espléndido chal de cashmere, que Catherine le había suplicado aceptar, colocándolo sobre sus hombros e inclinando la cabeza para ver hasta dónde caían sus puntas.
—Lo consideraré sólo como un préstamo —dijo—. Te lo volveré a dejar cuando me muera, o, mejor dicho —agregó, besando a su sobrina—, se lo dejaré a tu primera niña —y sonrió, envuelta en el chal.
—Lo mejor será esperar a que nazca.
—No me gusta el modo en que dices estas cosas —dijo la tía Penniman—. ¿Has cambiado de ideas, Catherine?
—No, pienso de la misma manera.
—¿Sigues manteniendo la misma línea?
—Soy exactamente la misma —repitió Catherine, deseando que su tía fuese menos inquisitiva.
—Pues me alegro —y la señora Penniman se contempló en el espejo cubierta con el chal de cashmere. Luego dijo:
—¿Y tu padre? Tus cartas eran tan lacónicas que no pude saber nada al respecto.
—Papá está muy bien.
—Ya sabes a lo que me refiero —dijo la señora Penniman con una dignidad realzada por el cashmere—. ¿Continúa en su posición implacable?
—¡Oh, sí!
—¿No ha cambiado en nada?
—En nada. Si es posible, está más firme aún.
La señora Penniman se despojó de su gran chal y comenzó a doblarlo lentamente.
—Eso está muy mal. ¿No tuviste ningún éxito con tu pequeño proyecto?
—¿Qué pequeño proyecto?
—Morris me lo contó todo. La idea de aprovechar cualquier oportunidad en Europa para hacerlo cambiar de opinión; el proyecto de atraparlo cuando estuviera muy impresionado por alguna obra de arte célebre, tú ya sabes que él pretende ser tan amante de las artes, y hacerlo entonces cambiar de opinión.
—Nunca lo intenté. Esa fue una idea de Morris; pero si él hubiese venido con nosotros a Europa, se hubiera dado cuenta de que papá nunca se dejaba impresionar de ese modo. Ama las artes, sí, enormemente; pero cuanto más célebres eran los lugares que visitábamos, y mientras más los admiraba, menos hubiesen valido mis súplicas. Aquellos lugares parecían afianzarlo en su determinación, hacerlo más... más terrible —dijo Catherine—. Nunca conseguiré que cambie de opinión. Ya no me hago ninguna ilusión sobre eso.
—Bueno —dijo la señora Penniman—, debo decirte que nunca me imaginé que cederías.
—Pues lo he hecho. Y ya no me preocupa nada.
—Te has vuelto muy valiente —respondió la señora Penniman, sonriendo—. Nunca te he aconsejado que sacrificaras tu patrimonio.
—Sí, me he vuelto más valiente de lo que acostumbraba ser. Me preguntaste si había cambiado. Pues sí, he cambiado en ese sentido. Sí —continuó la joven—; he cambiado mucho. Y aquél no es mi patrimonio. ¿Si él no se preocupa por eso, por qué voy a hacerlo yo?
La señora Penniman vaciló.
—Tal vez sí se preocupa.
—Se preocupa por mí, porque no quiere causarme perjuicios. Pero él sabrá, ya ahora debe saberlo, que no necesita tener miedo de eso. Además —dijo Catherine—, tengo mucho dinero propio. Será más que suficiente para nosotros. ¿Y no tiene ahora un negocio? Esto del negocio me encanta.
Continuó hablando, mostrando una gran animación. Su tía nunca la había visto así, y al observarla pensó que el viaje por Europa la había hecho más segura, más madura. También advirtió que Catherine había mejorado de aspecto. La señora Penniman se preguntó si Morris Townsend repararía en aquella mejora. Mientras ella estaba ensimismada en aquel pensamiento, Catherine dijo con cierta aspereza.
—¿Por qué eres tan contradictoria, tía Penniman? Pareces pensar una cosa e inmediatamente después otra. Hace un año, antes de marcharme, deseabas que no me importara desagradar a mi padre, y ahora parece que quieres recomendarme otra actitud. ¡Cómo cambia usted!
Aquel ataque resultó inesperado, porque la señora Penniman no estaba acostumbrada en ninguna discusión a que llevaran la guerra a sus propios cuarteles, posiblemente porque el enemigo dudaba, por lo general, de encontrar algo allí que valiera la pena. Según recordaba los floridos campos de su razón se habían visto muy rara vez hollados por una fuerza hostil. Quizás por eso se mostró más majestuosa que ágil al defenderlos.
—No sé de qué me acusas, salvo de interesarme demasiado a fondo en tu felicidad. Es la primera vez que he sido calificada de caprichosa. No es el defecto que se me puede echar normalmente en cara.
—El año pasado te mostrabas impaciente porque no me casaba de inmediato, y ahora hablas de que debo convencer a mi padre. Entonces me dijiste que le estaría bien empleado que me llevara a Europa sin obtener nada. Pues bien, me ha llevado, no ha obtenido nada, y eso debía satisfacerte. Nada ha cambiado... Nada excepto los sentimientos que me inspira mi padre. Ahora ya no me preocupa tanto. He sido todo lo buena que he podido, pero a él mi conducta no le importa. Pues a mí ahora tampoco me importa él. No sé si me he vuelto mala, tal vez eso sea. Pero no me interesa. He vuelto para casarme..., eso es todo lo que sé. Y eso debía alegrarte a menos que ahora tengas una nueva idea; eres tan rara. En fin, puedes obrar como te plazca, pero no vuelvas a decirme que tengo que suplicarle a mi padre. Nunca le pediré nada. Nunca; eso es definitivo. Él me ha rechazado. He vuelto a casa sólo para contraer matrimonio.
Era el discurso más afirmativo que la señora Penniman había oído en labios de su sobrina, y se quedó relativamente desconcertada. La fuerza que había en la emoción de la joven y su resolución le impidieron replicar nada. Se asustaba fácilmente, y en esos casos siempre optaba por ceder ante el adversario, cesión que se manifestaba, como en el caso presente, con una risita nerviosa.
Capítulo XXVI
Si había turbado el genio de su sobrina —a partir de aquel momento la señora Penniman comenzó a hablar bastante del temperamento de Catherine, artículo hasta la fecha nunca mencionado en relación con nuestra heroína—, a la mañana siguiente Catherine tuvo ocasión de recobrar la serenidad. La señora Penniman le transmitió un mensaje de Morris Townsend en el sentido que iría a visitarla a su casa al día siguiente de su llegada. Se presentó esa tarde; pero, como el lector podrá imaginar, no se le abrió en esa ocasión el estudio del doctor Sloper. Durante un año se había paseado por la casa tan libre y despreocupadamente que tuvo la sensación de que era castigado cuando se le hizo ver que tenía que limitar desde ahora sus horizontes al salón de la parte posterior, que era la provincia privada de Catherine.
—Me alegro mucho de que hayas vuelto —le dijo—; estoy feliz de verte nuevamente.
Y la miró sonriendo, de la cabeza a los pies, aunque al parecer no estuvo muy de acuerdo con la señora Penniman (quien, como mujer, entró más en detalles) en que se hubiera embellecido.
A Catherine, en cambio, Morris le pareció resplandeciente; tuvo que pasar algún tiempo antes de que pudiera creer una vez más que aquel hermoso joven era de su exclusiva propiedad. Sostuvieron una larga charla, típica de enamorados, un dulce intercambio de preguntas y afirmaciones. En esos asuntos Morris tenía una gracia especial, que lograba despertar el interés hasta sobre el tema de su ingreso en el negocio de comisiones, tema sobre el cual su compañera le preguntó con mucha seriedad De vez en cuando se levantaba del sofá donde estaban sentados y caminaba por el salón; luego regresaba a su asiento, sonriendo y pasándose la mano por entre el cabello. Estaba nervioso, como era natural en un joven que se reúne, después de una larga ausencia, con su amada, y Catherine llegó a la conclusión de que nunca lo había visto tan nervioso. De cualquier manera le produjo placer este hecho. Él le hacía preguntas sobre el viaje, algunas de las cuales ella se veía en incapacidad de responder, porque había olvidado el nombre de los lugares que había visitado, y el itinerario trazado por su padre. Pero se sentía tan feliz, tan dichosa por la creencia de que sus dificultades habían llegado a término, que ni siquiera se avergonzó de sus pobres respuestas. Le parecía que ahora podía casarse con él sin la sombra de un escrúpulo, sin ningún estremecimiento, a menos que no fuera de alegría. Sin esperar a que Morris se lo preguntara le dijo que su padre había vuelto exactamente con la misma determinación, que no había cedido una sola pulgada.
—No debemos esperar que cambie —dijo—; tendremos que casarnos sin su consentimiento.
Morris la miró, sonriendo:
—¡Mi muchacha querida! —exclamó.
—No tienes por qué compadecerme —dijo Catherine—. Ya no me importa esa oposición, me he acostumbrado.
Morris continuó sonriendo, y luego volvió a caminar de un lado a otro.
—Permíteme que lo intente yo.
—¿Intentar hacerlo entrar en razón? Sólo lograrías empeorar las cosas —respondió Catherine, resueltamente.
—¿Lo dices porque la primera vez no tuve éxito? Ahora puedo manejar la situación de manera diferente. Sé más. He tenido un año para pensar en nuestra situación. Tengo más tacto.
—¿Has estado pensando en eso durante un año?
—Una gran parte del tiempo. Esa idea se ha convertido para mí en una especie de obsesión. No me gusta ser derrotado.
—¿Cómo puedes hablar de derrota si vamos a casarnos?
—Por supuesto que no me refiero a eso. Pero me ha derrotado, ¿no te das cuenta?, en todos los demás terrenos, en mi reputación, las relaciones con tu padre, las relaciones con mis hijos, si llegamos a tenerlos...
—Tendremos lo suficiente para nuestros hijos; tendremos lo suficiente para todo. ¿No esperas triunfar en tus negocios?
—Desde luego, y viviremos con la mayor comodidad material. Pero no me refiero sólo a ese aspecto; sino a una satisfacción moral —dijo Morris—, a una satisfacción intelectual.
—Yo tengo ahora una gran tranquilidad moral —dijo Catherine, abiertamente.
—Por supuesto que la tienes. Pero mi caso es diferente. Yo he comprometido mi orgullo en demostrarle a tu padre que está equivocado y ahora que dirijo un negocio floreciente puedo tratar con él en términos de igualdad. Tengo un plan magnífico... permíteme intentarlo.
Morris permanecía de pie ante ella, con su cara brillante, su aire apasionado, las manos en los bolsillos; ella se levantó, mirándole a los ojos.
—Por favor, Morris, no lo hagas. No debemos pedirle ningún favor —y había una triste firmeza en su tono que él nunca le había conocido—. No debemos pedirle nada. Él no cedería; nada bueno podría salir de esa entrevista. Ahora lo sé. Estoy convencida de eso.
—¿Cómo lo sabes?
Ella vaciló por un momento, luego dijo:
—Mi padre no me quiere.
—¡Oh, vamos! —exclamó Morris, enojado.
—No diría tal cosa si no estuviese segura. Lo vi, lo sentí, en Inglaterra, la noche antes de embarcarnos. Esa noche me habló, y entonces me di cuenta. Tú puedes saber cuando una persona no te quiere. No lo acusaría si no me hubiera hecho sentirlo. No, no lo acuso; sólo expongo la verdad. Él no puede remediarlo; nadie puede gobernar sus sentimientos. ¿Acaso gobierno yo los míos? Él amaba mucho a mi madre, a quien perdimos hace muchos años. Era una mujer muy bella, y muy, muy brillante; no ha podido olvidarla. Yo no me parezco a ella; la tía Penniman me lo ha dicho. Por supuesto no es culpa mía, pero tampoco es suya. Pero los hechos existen; y esta razón es más fuerte para que no apruebe nuestro matrimonio que el simple disgusto que siente por ti.
—¿El simple disgusto? —exclamó Morris, con una risa—. Muchas gracias.
—Ahora no me importa que le desagrades. Todo me importa mucho menos. Siento de otra manera, al margen de mi padre.
—Sois una extraña familia —comentó Monis.
—No digas eso, no digas nada desagradable —le pidió la muchacha—. Tienes que ser ahora muy bueno conmigo, Morris, porque... —y dudó por un instante— porque he hecho mucho por ti.
—¡Oh, querida! Lo sé.
Catherine había hablado hasta aquel momento sin vehemencia, razonablemente, sin señales externas de emoción, tratando sólo de explicar. Pero su emoción había sido sofocada de modo poco efectivo, y al final la traicionó en el temblor de su voz.
—Es terrible verse separada así de un padre a quien siempre se había venerado. He sido muy infeliz; lo sería más si no te amara. Uno puede saber cuándo alguien le habla como si... como si...
—¿Como si qué?
—¡Como si lo despreciaran! —dijo Catherine, apasionadamente—. Así me habló la noche antes de que nos embarcáramos. Fue suficiente. Durante todo el viaje de regreso he pensado en eso. Finalmente me di cuenta de que debía tomar una decisión. Jamás volveré a pedirle nada ni a esperar nada de él. No sería natural que lo hiciera. Nosotros debemos ser muy felices juntos, sin que le demos nunca la impresión de que dependemos de su perdón. ¡Morris, Morris, no debes despreciarme jamás!
Era una promesa muy fácil de hacer, y Morris la hizo logrando un efecto magnífico. Pero por el momento no se comprometió a nada más.
Capítulo XXVII
Por supuesto el doctor, al regresar, conversó ampliamente con sus hermanas. No se tomó el esfuerzo de narrarle sus viajes ni comunicar sus impresiones de aquellos países lejanos a la señora Penniman, sino que se limitó a recordarle su envidiable experiencia con el regalo de un vestido de terciopelo. Pero sí conversó con ella extensamente sobre asuntos relacionados más de cerca con su casa, y no perdió el tiempo en asegurarle que seguía siendo un padre inflexible.
—No me cabe la menor duda de que has visto con frecuencia al señor Townsend, y que has hecho todo lo que has podido para consolarlo en ausencia de Catherine —dijo—. Ni te lo pregunto, ni necesitas negármelo. Por nada del mundo te haría estas preguntas para exponerme a que... inventes una respuesta. Nadie te ha traicionado, ni he puesto espías para que te vigilen. Elizabeth no me ha contado nada, y si ha hablado de ti ha sido sólo para elogiar tu buen aspecto y tu alegre estado de ánimo. Se trata sólo de una interferencia mía, una inducción como le llaman los filósofos. Me parece que has ofrecido asilo a un amante desconsolado. El señor Townsend ha estado muchas veces aquí. Hay algo en la casa que me lo dice. Sabes que nosotros los médicos terminamos por adquirir facultades de percepción especiales, y todo lo que hay en mí de sensible me indica que ha estado sentado en estas sillas, muy holgadamente, y que se ha calentado ante ese fuego. No quiero regatearle esas comodidades, son las únicas que va a obtener de mí. No sé qué es lo que hayas podido haberle dicho, o que puedas decirle de ahora en adelante; pero quiero hacerte saber que si lo has animado a creer que puede ganar algo rondando por aquí, o que yo me he apartado un milímetro, el grosor de un pelo, de la posición que adopté hace un año, le has jugado una mala pasada por la que puede exigirte reparaciones. No estoy seguro de que no se anime a llevarte a los tribunales. Desde luego lo has hecho con absoluta convicción; has creído que puedo desistir de mis puntos de vista. Esa es la alucinación con menos fundamento que puede visitar el cerebro de un optimista genial. No pienso darme por vencido; no estoy fatigado; me siento tan fresco como cuando empecé. Y podría mantenerme así por otros cincuenta años. Catherine parece que tampoco ha cedido un ápice. De modo que estamos en el mismo punto donde estábamos. Lo sabes tan bien como yo. Simplemente quiero hacerte saber mis puntos de vista. Ten mucho cuidado, querida Lavinia. Prevente contra el justo resentimiento de un cazador de fortunas chasqueado.
—No puedo decir que me lo esperaba —dijo la señora Penniman—. Tenía una especie de loca esperanza de que regresaras a casa sin ese odioso tono irónico con el que tratas los temas más sagrados.
—No menosprecies la ironía; a menudo es de gran utilidad. Sin embargo no siempre es necesaria, y te mostraré como voluntariamente puedo dejarla de lado. Me gustaría saber si crees que Morris Townsend perseverará.
—Te responderé con tus propias armas —dijo la señora Penniman—. Lo mejor será que esperes y veas.
—¿Y a eso le llamas expresarte con mis propias armas? Jamás he dicho nada tan vulgar.
—Perseveraré lo suficiente como para hacerte sentir muy incómodo.
—Mi querida Lavinia, ¿ya eso llamas ironía? Yo, más bien, le llamaría pugilismo.
La señora Penniman, a pesar de su pugilismo, se sintió acometida por un gran temor. Su hermano, entretanto, con muchas reservas, pidió consejo a la señora Almond, con quien se mostró no menos generoso que con Lavinia y mucho más comunicativo.
—Supongo que lo ha tenido en casa todo este tiempo —dijo—. Será preciso que haga un recuento en la bodega. No te importe decírmelo; ya he hablado con Lavinia todo lo que tenía que hablar a este respecto.
—Creo que iba por tu casa con frecuencia —respondió la señora Almond—, pero debes convenir que al dejar a Lavinia sola suponía para ella un gran cambio, y que era natural que necesitara cierta compañía.
—Lo admito y por ello no voy a protestar sobre mis vinos; dejaré eso por la paz, para no perturbar a Lavinia. Sería capaz de decirme que ella se ha bebido sola todo el que falta. Piensa ahora, dadas las circunstancias, en el inconcebible mal gusto de ese tipo, que dispone a su antojo de mi casa. ¡Si eso no lo pinta de cuerpo entero...!
—Su plan consiste en conseguir todo lo que pueda. Lavinia debe haberlo mantenido durante este año —dijo la señora Almond—. Eso ya ha ganado.
—Ella tendrá que mantenerlo por el resto de su vida, entonces —exclamó el doctor—; pero sin vino, como decían las tables de hôte.
—Catherine me ha dicho que él ha montado un negocio, y que le va muy bien.
El doctor la miró con sorpresa.
—A mí no me ha dicho nada... tampoco Lavinia se dignó hacerlo. ¡Ah! —exclamó el doctor—, mi hija ha renunciado a mí. No es que me importe; este asunto del negocio me tiene sin cuidado.
—Catherine no ha renunciado al señor Townsend —dijo la señora Almond—. Lo vi desde el primer minuto. Ha regresado exactamente igual que cuando partió.
—Exactamente igual; ni un ápice más inteligente. No se fijó ni en un palo ni en una piedra mientras estuvimos viajando; tampoco vio un cuadro, ni un paisaje, ni una estatua, ni una catedral.
—¿Cómo iba a fijarse? Tenía otras cosas en que pensar; por lo visto no las apartó nunca de su mente. Me conmueve mucho.
—A mí me conmovería si no me irritase. Ese es el efecto que ahora me produce. He intentado todo con ella; realmente a veces he sido implacable. Pero nada ha surtido efecto; está absolutamente empecinada. He pasado por eso a la etapa de la exasperación. Al principio tenía yo una especie de curiosidad; quería ver si realmente era capaz de ligarse a algo. Pero, ¡Dios mío!, mi curiosidad ha quedado más que satisfecha. Veo que sí es capaz, y ahora ya puede desligarse.
—Nunca lo hará.
—Ten cuidado o acabarás por exasperarme tú también. Si no se desliga, si no se suelta, la harán caer a la fuerza, y caerá en el suelo. ¡Bonita posición para mi hija! Tendrá que darse cuenta de que si uno no quiere ser empujado, tiene que saltar. Y entonces se quejará de los golpes recibidos.
—Nunca se quejará —dijo la señora Almond.
—Eso me parece peor. Pero el colmo es que no puedo hacer nada para impedirlo.
—Si tiene que caer —dijo la señora Almond, con una risa cordial— lo mejor es que pongamos abajo todas las alfombras que podamos.
Y puso en práctica esta idea, demostrándole a Catherine un cariño maternal.
La señora Penniman le escribió inmediatamente a Morris Townsend. La intimidad que existía entre ellos era para entonces un hecho consumado, yo me conformaré sólo con señalar algunos de sus rasgos. En lo que se refiere a la señora Penniman experimentaba un sentimiento singular que podía, fácilmente, ser malinterpretado, pero que en sí no resultaba deshonroso para la pobre señora. Era un interés romántico por aquel atractivo y desdichado joven, y, sin embargo, no era un interés por el que Catherine pudiera sentirse celosa. Tampoco la señora Penniman tenía una partícula de celos de su sobrina. Se sentía como si fuera la madre o la hermana de Morris —una madre o hermana de temperamento muy emotivo— y tenía un deseo absorbente de hacerle la vida cómoda y feliz. Se había esforzado en hacerlo durante el año en que su hermano le dejó el campo abierto, y sus esfuerzos habían sido premiados con el éxito que ya hemos señalado. Nunca había tenido un hijo propio, y Catherine, en quien había puesto todos sus esfuerzos para imbuirle la importancia que debía, por fuerza, tener una Penniman joven, había sólo parcialmente respondido a su celo. Catherine, como objeto de su afecto y solicitud, no había tenido nunca ese encanto pintoresco que (según su opinión) debió haber tenido su propia progenie. Aun la pasión maternal era en la señora Penniman de carácter romántico y novelesco, y Catherine la quería tanto como siempre, pero se había llegado a convencer de que Catherine no le daba muchas oportunidades. Hablando en términos puramente sentimentales había (aunque sin desheredar a su sobrina) adoptado a Morris Townsend, quien le dio oportunidades en abundancia. Hubiera sido enormemente feliz en el caso de tener un hijo apuesto y tiránico y se habría interesado hasta el máximo en sus asuntos amorosos. Bajo esta luz había llegado a considerar a Morris, quien la había conquistado por medio de sus delicadas y calculadas deferencias, a las que la señora Penniman se había mostrado especialmente sensible. Después había rebajado enormemente el tono, porque quería economizar sus recursos, pero la impresión ya estaba hecha y hasta la brutalidad del joven llegó a tener una especie de valor filial. Si la señora Penniman hubiera tenido un hijo, probablemente le hubiera tenido miedo, y en esta etapa de nuestro relato tenía, sin lugar a duda, miedo de Morris Townsend. Este era uno de los efectos de la acogida que había recibido en la plaza Washington. Morris se tomaba con ella las libertades que seguramente se hubiera tomado con su propia madre.
Capítulo XXVIII
La carta era en tono de advertencia; en ella le informaba que el doctor había vuelto más intratable que nunca. Podía haber reflexionado en que Catherine le había comunicado ya toda la información necesaria al respecto; pero ya sabemos que las reflexiones de la señora Penniman muy rara vez eran acertadas; además tenía la impresión de que ella no debía depender de lo que hiciera Catherine. Ella debía cumplir con sus deberes, al margen de su sobrina. Ya he dicho que su joven amigo se tomaba algunas libertades con ella, y como una ilustración de este hecho no contestó a su carta. La leyó de cabo a rabo y luego encendió con ella un cigarro; esperaba con tranquila confianza recibir otra. «Su estado de ánimo realmente me hiela la sangre», había escrito la señora Penniman refiriéndose a su hermano, y cualquiera hubiese dicho que era imposible superar esta afirmación. Sin embargo, volvió a escribir expresándose con la ayuda de una figura distinta: «El odio que siente por usted arde como una llama cárdena... una llama que no se extingue nunca» —escribió—. Pero esa llama no ilumina la oscuridad de su futuro. Si mi cariño pudiera hacerlo, todos los años de su vida serían una perenne aurora. No puedo obtener nada de C.. Es tan absolutamente misteriosa como su padre. Parece que espera casarse pronto, y por lo visto ha hecho sus preparativos en Europa, una gran cantidad de vestidos, diez pares de zapatos, etc. Mi querido amigo, uno no puede lanzarse a la vida matrimonial con unos cuantos pares de zapatos, ¿no cree usted? Dígame lo que piensa de esto. Tengo verdadera ansiedad por verle, tengo mucho que decirle. Le echo espantosamente de menos; la casa parece vacía sin usted. ¿Cómo van sus asuntos? ¿El negocio prospera?... ese querido negocito: ¡qué valiente ha sido usted! ¿No podría yo ir a su oficina?, ¿sólo por tres minutos? Podría ir a comprar algo... unas acciones o bonos del ferrocarril. Dígame qué piensa de este plan. Podría llevar un pequeño bolso, como una mujer del pueblo.
A pesar de la sugestión sobre el bolso, a Morris no le entusiasmó demasiado aquel plan, pues no animó en modo alguno a la señora Penniman para que lo visitara en su oficina, la que le había descrito como situada en un lugar de muy difícil localización y acceso. Pero como ella persistió en desear una entrevista, accedió a que dieran juntos un paseo. Hasta el final, después de meses de íntimo coloquio ella siguió llamando «entrevistas» a esos encuentros— y fue lo suficientemente amable como para abandonar su oficina en las horas en que se supone son las más efectivas para los negocios. No le sorprendió, cuando se encontraron en una esquina, en una zona de lotes baldíos y calles no pavimentadas (la señora Penniman iba ataviada, hasta donde le fue posible, como «una mujer del pueblo») descubrir que, a despecho de su urgencia, lo que ella tenía que expresarle era fundamentalmente la seguridad de su simpatía. Morris tenía una abundante colección de tales seguridades, y pensó que no valía la pena malgastar su precioso tiempo sólo para escuchar por milésima vez que ella consideraba su causa como suya propia. Morris tenía algo que decir, aunque no era fácil exponerlo y, mientras le daba vueltas al asunto, la dificultad de expresarlo le puso de mal humor.
—Oh, sí, ya sé que en él se combinan las propiedades de un trozo de hielo y de un carbón encendido —observó Morris—. Catherine me lo ha expuesto con toda claridad, y usted me lo ha repetido hasta la saciedad. No es necesario que me lo vuelva a decir. Estoy perfectamente satisfecho. Nunca nos dará un centavo. Eso lo considero como matemáticamente demostrado.
La señora Penniman tuvo en ese instante una de sus inspiraciones.
—¿Y no se podría iniciar un juicio en su contra? —se sorprendió de que nunca antes se le hubiera ocurrido este simple recurso.
—Voy a iniciar un juicio contra usted —replicó Morris— si me vuelve a plantear preguntas tan impertinentes. Un hombre debe saber cuándo ha sido derrotado —añadió—. Yo me doy por vencido.
La señora Penniman recibió esta declaración en silencio, aunque hizo que su corazón batiera aceleradamente. De cualquier manera no la tomó desprevenida, ya que se había acostumbrado al pensamiento de que si Morris no iba a recibir el dinero de su hermano no le convenía casarse con Catherine. «Eso no marcharía», se decía planteándose vagamente aquella perspectiva; pero el afecto de la señora Penniman completaba esa idea, y aunque nunca había sido expresada con la crudeza que Morris acababa de emplear, había sido sugerida frecuentemente en algunas conversaciones, cuando él se arrellanaba, con las piernas en alto, en alguno de los mullidos sillones del despacho del doctor, hasta el punto de que ella se había acostumbrado a la idea con una emoción que se jactaba en calificar de filosófica, y además con cierta ternura. El hecho de que mantuviera esta ternura en secreto demuestra, por supuesto, que se avergonzaba de ella; pero se las arreglaba al fin para eludir su vergüenza, recordando que era la protectora oficial del matrimonio de su sobrina. Esa lógica hubiera sido, sin lugar a dudas, escarnecida por el doctor. En primer lugar, Morris debía obtener el dinero, y ella lo ayudaría a conseguirlo. En segundo, era claro que nunca recibiría ese dinero, y sería una lástima que fuera a casarse sin él, siendo como era un joven que podría encontrar fácilmente algo mejor. Después de que su hermano le había manifestado lo que pensaba en ese incisivo estilo de conversación que ya hemos hecho constar en este relato, la causa de Morris Townsend le pareció tan desesperada a la señora Penniman que toda su atención se centró en la segunda de las posibilidades. Si Morris hubiera sido su hijo no hubiese dudado en sacrificar a Catherine a una concepción superior del futuro del joven; y el encontrarse dispuesta a hacerlo, en las circunstancias reales era todavía un grado más alto de devoción. Sin embargo, la hizo contener el aliento por un instante el tener en las manos el cuchillo de los sacrificios.
Morris caminó unos instantes y luego repitió ásperamente:
—Debo renunciar a ella.
—Creo que lo comprendo —dijo la señora Penniman, amablemente.
—Creo que lo he dicho con suficiente claridad... con la suficiente brutalidad y vulgaridad.
Estaba avergonzado de sí mismo y su vergüenza le resultaba incómoda; y como la incomodidad le resultaba intolerable se comportaba malvada y cruelmente. Quería insultar a alguien, y comenzó a hacerlo cautamente —pues la cautela nunca le abandonaba— consigo mismo.
—¿No podría hacerla descender un poco? —preguntó.
—¿Hacerla descender?
—Sí, prepararla... Tratar de suavizar la ruptura.
La señora Penniman se detuvo; lo miró solemnemente.
—Mi pobre Morris, ¿sabe hasta qué punto le ama ella?
—No, no lo sé. No quiero saberlo. Siempre he tratado de no enterarme. Sería demasiado doloroso.
—Va a sufrir mucho —dijo la señora Penniman.
—Usted la consolará. Si es usted tan buena amiga mía como pretende, lo hará.
La señora Penniman movió tristemente la cabeza.
—Habla usted de que yo «pretendo» ser su amiga; pero no puedo pretender odiarlo. Lo único que puedo decirle a ella es que le tengo a usted en gran aprecio. ¿Cómo le va a consolar eso cuando lo pierda a usted?
—El doctor la ayudará. Le encantará que el compromiso se haya roto. Y como es un hombre con conocimientos, inventará algo para consolarla.
—Inventará una nueva tortura —gritó la señora Penniman—. ¡Que el cielo la libre de los consuelos de su padre! Estará graznándole todo el tiempo: «Te lo había advertido.»
Morris se ruborizó por el malestar.
—Si no la consuela usted mejor de lo que me está consolando a mí no servirá para nada. Es una necesidad condenadamente desagradable; lo siento terriblemente, y usted debía hacerme las cosas más fáciles.
—Seré su amiga toda la vida —declaró la señora Penniman.
—¡Sea mi amiga ahora! —y Morris continuó caminando.
Ella siguió a su lado; iba casi temblando.
—¿Quiere usted que se lo diga yo?
—No se lo debe decir usted, pero puede, puede... —y él dudó qué podría hacer la señora Penniman—. Puede explicarle a Catherine algunas cosas, por ejemplo que yo no puedo interferir entre ella y su padre, darle a él el pretexto que busca con tanta avidez para privar a Catherine de sus derechos.
La señora Penniman sintió con notable rapidez el encanto de aquella fórmula.
—Es tan propio de usted —murmuró—; está tan bellamente dicho.
Morris balanceó el bastón con fastidio.
—¡Maldita sea! —exclamó perversamente.
La señora Penniman no se desanimó.
—Va a resultar todo mejor de lo que usted supone. Después de todo Catherine es una muchacha muy extraña...
Y juzgó que podía garantizarle que ocurriera lo que ocurriera la muchacha tomaría el asunto con mucha calma, sin hacer el menor ruido. Continuaron su paseo y la señora Penniman se comprometió a muchas otras cosas, de modo que terminó cargada con un peso considerable; Morris estaba dispuesto, como es fácil imaginar, a dejar todo en sus manos. Pero ni por un instante se dejó engañar el joven por las promesas de la señora Penniman; sabía que, de todo lo que prometía, sólo llevaría a cabo una fracción insignificante, y cuanto más dispuesta se declaraba ella a servirle, más estúpida la consideraba él.
—¿Y qué hará usted si no se casa con ella? —se atrevió a preguntar en el curso de la conversación.
—Algo brillante —respondió Morris—. ¿No le gustaría a usted que hiciera algo brillante?
La idea le produjo a la señora Penniman un placer inmenso.
—Me sentiré muy triste si no lo hace.
—Tendré que hacerlo, para compensarme de esto. Usted sabe que esto no ha sido nada brillante.
La señora Penniman meditó en silencio unos instantes, tratando de sacar alguna conclusión que le probara al joven que sí lo era; pero tuvo que renunciar; y para quitarse de encima la sensación de fracaso, aventuró una nueva pregunta:
—¿Quiere usted decir... quiere usted decir otro matrimonio?
Morris recibió esta pregunta con una reflexión que no era menos impúdica por el hecho de no ser expresada en voz alta: «Por lo visto las mujeres ven las cosas más crudamente que los hombres». Y en voz alta expresó:
—¡Eso jamás!
La señora Penniman se sintió desilusionada y desairada, y se consoló con alguna expresión ligeramente sarcástica. No cabía duda que él era perverso.
—Si he renunciado a ella no es por otra mujer, sino por una carrera más amplia.
Esto era hermoso. Pero la señora Penniman, que sentía que se había descubierto, alimentaba aún cierto rencor.
—¿Se propone usted no volver a verla? —preguntó con cierta brusquedad.
—¡Oh, no! Volveré aún. ¿Pero de qué sirve continuar arrastrando esta relación? He estado cuatro veces en su casa desde que volvió de Europa, y es un trabajo verdaderamente ingrato. No puedo continuar así indefinidamente; Catherine no puede esperar eso de mí. Una mujer no debe mantener a un hombre en la cuerda —añadió finalmente.
—¡Ah!, pero deben tener ustedes una última entrevista —insistió su compañera, en cuya imaginación la idea de las despedidas ocupaba un lugar sólo inferior en dignidad a la de los primeros encuentros.
Capítulo XXIX
Volvió otra vez sin que ocurriera la despedida, y otra y otra sin descubrir que la señora Penniman hubiese hecho nada para cubrir con flores el camino de salida. Era una situación extremadamente difícil, y sentía una viva animosidad contra la tía de Catherine, quien, según él se había ahora formado el hábito de decirse, lo había metido en ese enredo y tenía ahora la obligación de sacarlo de él. La señora Penniman, a decir verdad, en el retiro de sus habitaciones, y, debo añadir, sorprendida por las sugerencias de Catherine, que en esos días tenía toda la apariencia de una joven que prepara su trousseau, la señora Penniman había medido sus responsabilidades y se había asustado de su magnitud. La tarea de preparar a Catherine y de facilitar el retiro de Morris presentaban dificultades que eran mayores en la práctica, y que incluso llevaron a la pobre Lavinia a pensar que la modificación del proyecto original del joven no había sido concebida inteligentemente. Un futuro brillante, una amplia carrera, una conciencia libre del reproche de haberse interpuesto entre una joven y sus derechos naturales... le parecía que todas esas cosas excelentes iban a ser compradas a un precio demasiado molesto. Catherine no le daba la menor oportunidad para tratar el asunto. La pobre muchacha parecía completamente ajena al peligro. Contemplaba a su enamorado con ojos de absoluta confianza, y a pesar de que tenía menos confianza en su tía que en el joven con quien había cambiado tantas tiernas promesas, no le daba ninguna oportunidad para explicar o para confesar. La señora Penniman tuvo que confesarse que Catherine era muy estúpida, y que retrasaba la gran escena, como ella la llamaba, de un día al otro, y se paseaba de un salón al otro con la bomba a punto de explotar en las manos. Hasta ese momento las escenas de Morris eran muy pequeñas, pero aún así estaban por encima de sus fuerzas. Hizo sus visitas lo más breves que le fue posible, y mientras permanecía sentado al lado de su dama, encontraba terriblemente poco de qué hablar. Ella no hacía sino esperar que Morris fijara el día de la boda; y como él no se decidía a ser explícito sobre ese punto le parecía absurdo que hablaran de cosas más abstractas. Ella no recurría a ningún artificio; nunca trató de disimular su expectación. Esperaba el buen parecer de su novio, con paciencia y con modestia. Quizás podía parecerle extraño que en este momento supremo él no diera señales de premura, pero, por supuesto, él debía tener buenas razones para que fuera así. Catherine hubiese hecho una esposa modelo amable y anticuada... de las que consideraban cualquier acción como un favor o un don inesperado, pero no esperaba uno cada día del mismo modo que no esperaba recibir diariamente un ramo de camelias. Sin embargo en el período de su compromiso, aun la joven con menos pretensiones podía esperar más amor que nunca y había una carencia de perfume en el aire en ese momento que hizo que la alarma de Catherine comenzara a surgir.
—¿Estás enfermo? —le preguntó a Morris—. Pareces intranquilo, te ves muy pálido.
—En efecto no me siento muy bien —respondió Morris, y tuvo la idea de que si lograba que ella lo compadeciera bastante podría lograr la retirada.
—Temo que estés trabajando demasiado, no deberías trabajar tanto.
—Debo hacerlo —y añadió con una especie de brutalidad calculada—. No quiero debértelo todo.
—¿Cómo puedes decir eso?
—Soy demasiado orgulloso —dijo Morris.
—Sí... eres demasiado orgulloso.
—Bueno, debes tomarme tal cual soy —continuó—, nunca lograrías cambiarme.
—No quiero cambiarte —dijo amablemente—. Te tomo tal cual eres —y se le quedó mirando fijamente.
—Sabes que la gente habla de un modo tremendo cuando un hombre se casa con una muchacha rica —comentó Morris—. Es algo sumamente desagradable.
—Pero yo no soy rica —dijo Catherine.
—Eres lo suficientemente rica como para que hablen mal de mí.
—Por supuesto que se habla de ti. Pero eso es un honor.
—Es un honor del que podría prescindir perfectamente.
Estuvo a punto de preguntarle si no era una compensación a tales molestias el que la pobre muchacha que había hecho que hablaran de él lo amase con tanto cariño y creyera en él tan firmemente, pero vaciló en hacerlo, pensando que él podía creer que estaba tratando de pesar sobre él, y mientras estaba sumida en esa duda, él se despidió de pronto.
Sin embargo, durante la siguiente visita ella volvió a hablar del tema y le volvió a repetir que era demasiado orgulloso. Él insistió en que no podría cambiar, y esta vez ella sintió el impulso de decirle que podía cambiar si hacía un pequeño esfuerzo.
Él había pensado algunas veces que tener una riña con ella podía ayudarlo; pero el problema era cómo pelear con una joven que estaba siempre dispuesta a concederle la razón.
—Me parece que crees que eres la única que hace un esfuerzo. ¿No se te ocurre pensar que yo también estoy haciendo un esfuerzo?
—El esfuerzo es ahora todo tuyo —le contestó ella—. El mío ha terminado ya.
—El mío no.
—Deberíamos compartirlo todo —dijo Catherine—. Eso es lo que deberíamos hacer.
Morris intentó sonreír.
—Hay ciertas cosas que no podemos compartir. Por ejemplo la separación.
—¿Por qué hablas de separación?
—¡Ah! Te disgusta... Ya me lo imaginaba.
—¿A dónde vas, Morris? —preguntó ella de pronto.
Él la miró por un momento, y en una fracción de ese momento Catherine llegó a sentir miedo de él.
—¿Me prometes que no harás una escena?
—¡Una escena! ¿Pero es que acaso hago escenas?
—Todas las mujeres acostumbran hacerlas —dijo Morris en el tono de quien tiene una gran experiencia.
—Yo no. ¿Adónde vas?
—Si te dijera que voy a salir por razón de negocios... ¿te parecería muy extraño?
Ella vaciló por un momento, luego respondió:
—Sí... no. No, si me llevas contigo.
—¿Llevarte conmigo? ¿A un viaje de negocios?
—¿Pero de qué negocios se trata? Tu negocio es permanecer aquí conmigo.
—No me gano la vida contigo —dijo Morris. Pero luego con una súbita inspiración añadió—: O más bien eso es lo que hago, lo que dice la gente que hago.
Pensó que éste sería un gran golpe. Pero no acertó a dar en el blanco.
—¿Adónde vas? —preguntó sencillamente Catherine.
—A Nueva Orleáns... Para una compra de algodón.
—Estoy perfectamente dispuesta a ir a Nueva Orleáns —dijo Catherine.
—¿Te imaginas que voy a llevarte a un nido de fiebre amarilla? —gritó Morris—. ¿Supones que voy a exponerte en un momento como éste?
—¿Si hay fiebre amarilla por qué has de ir tú?, Morris: no debes ir.
—De ello depende un negocio de seis mil dólares —dijo Morris—. ¿Puedes negarme esa satisfacción?
—No tenemos necesidad de esos seis mil dólares. Piensas demasiado en el dinero.
—Tú puedes permitirte decir eso. Pero para mí es una gran oportunidad. Anoche nos dieron la noticia.
Y le explicó en qué consistía la oportunidad; le refirió una larga historia, entrando varias veces en los detalles de aquel magnífico negocio que él y su socio habían proyectado.
Pero la imaginación de Catherine, por razones mejor conocidas, se negó en absoluto a que prescindieran de ella.
—Si tú puedes ir a Nueva Orleáns yo también iré —dijo—. Te puedes enfermar de fiebre amarilla igual que yo. Soy tan fuerte como tú, y no tengo ningún miedo a las fiebres. Cuando estuvimos en Europa visitamos algunos lugares muy insalubres; mi padre me hizo tomar algunas píldoras. Pero nunca me enfermé ni me puse nerviosa. ¿De qué van a servirte esos seis mil dólares si mueres de una fiebre? Cuando dos personas están a punto de contraer matrimonio no deben pensar tanto en los negocios. No debes pensar en ese algodón. Deberías pensar más bien en mí. Puedes ir a Nueva Orleáns en otra ocasión; siempre hay allí mucho algodón... Este no es el momento más indicado; ya hemos esperado demasiado tiempo.
Había hablado con más energía que nunca, y le tenía cogido el brazo con las dos manos.
—Dijiste que no me harías una escena —exclamó Morris—. Yo a esto le llamo una escena.
—Eres tú quien la está haciendo. Nunca te pedí nada antes. Ya hemos esperado demasiado tiempo.
Era un consuelo para ella pensar que hasta entonces había pedido tan poco; le parecía que eso le daba derecho para exigir ahora con energía.
Morris también pensaba.
—Muy bien, entonces. No hablemos más de este asunto. Haré mis negocios por correspondencia. Y comenzó a acariciar su sombrero, como disponiéndose a salir.
—¿No irás entonces? —y se le quedó mirando.
Él no podía renunciar a su idea de provocar una riña; era el modo más sencillo para terminar. Levantó hacia ella los ojos y frunció el ceño todo lo posible.
—No tienes discreción; no deberías de presionarme.
Pero, como siempre, ella cedió en todo:
—Tienes razón. No tengo discreción. Sé que te estoy presionando. ¿Pero no es natural? Ha sido sólo un momento.
—En un momento tú puedes hacer mucho daño. Trata de estar más tranquila la próxima vez.
—¿Cuándo volverás?
—¿Pretendes imponerme condiciones? —preguntó Morris—. Vendré el sábado próximo.
—Ven mañana —le rogó Catherine—. Quiero que vengas mañana. Estaré muy tranquila —añadió, y su agitación era en este momento muy grande. Un miedo súbito se había apoderado de ella; era como la sólida conjunción de una docena de dudas vagas e inconexas, y su imaginación, en un instante, atravesó una gran distancia. Todo su ser, por un momento, se centró en el deseo de hacerlo permanecer en el salón.
Morris inclinó la cabeza y la besó en la frente.
—Cuando estás tranquila eres la mujer perfecta —dijo—; pero cuando te vuelves violenta no estás en carácter.
Catherine deseaba que cesara en ella toda la violencia, pero no podía impedir el violento latir del corazón; por eso prosiguió con toda la tersura de que era capaz:
—¿Me prometes que vendrás mañana?
—Te he dicho que el sábado —contestó Morris, sonriendo. Intentó fruncir el ceño, luego volvió a sonreír; se sentía al final de sus recursos.
—Sí, también el sábado —contestó ella, tratando de sonreír—, pero primero mañana.
Morris se dirigió hacia la puerta, y ella se le acercó rápidamente. Se apoyó en su hombro; le parecía que era capaz de todo con tal de que él permaneciera allí.
—Si no me es posible venir mañana, dirás que te he engañado —dijo él.
—¿Cómo no vas a poder? Por supuesto que si quisieras podrías.
—Yo soy un hombre muy ocupado; no soy un vago —exclamó Morris severamente.
Su voz era tan dura, tan poco natural que ella le lanzó una mirada desesperanzada y se retiró; él puso inmediatamente la mano en el picaporte de la puerta. Sintió como si estuviera huyendo de ella. Pero en ese instante ella volvió a acercarse a él y le murmuró en un tono que no era menos penetrante por ser bajo:
—Morris, me vas a abandonar.
—Sí, por un tiempo.
—¿Por cuánto?
—Hasta que vuelvas a entrar en razón.
—De esa manera nunca seré razonable —y trató de retenerlo por más tiempo; estaba casi luchando—. ¡Piensa en todo lo que he hecho! —exclamó—. ¡Morris, he renunciado a todo!
—Todo te será devuelto.
—No dirías eso si no tuvieras algo en mente. ¿De qué se trata? ¿Qué ha ocurrido? ¿Qué he hecho? ¿Qué es lo que te ha hecho cambiar?
—Te escribiré..., eso será mejor —balbuceó Morris.
—¡Ah, no volverás! —gritó, estallando en sollozos.
—Querida Catherine —dijo él—, no creas eso. Te prometo que me volverás a ver.
Y logró salir, cerrando tras él la puerta.
Capítulo XXX
Fue casi el último estallido de pasión en su vida; al menos nunca volvió a incurrir en otro de que el mundo tuviera noticias. Pero éste fue largo y terrible; se derrumbó en el sofá y se entregó a su dolor. Apenas lograba comprender lo que había ocurrido; exteriormente sólo había tenido un disgusto con su prometido como lo habían tenido otras jóvenes antes que ella, y no solamente no había tenido características de ruptura, sino que ni siquiera lo podía considerar como una amenaza. No obstante, sintió una herida, aunque Morris no se la había producido; de pronto le pareció que había caído la máscara con que Morris se cubría la cara. Había deseado apartarse de ella; había sido desdeñoso y cruel y le había dicho cosas extrañas, acompañándolas con miradas desacostumbradas. Se sentía deshecha y desconcertada; ocultó la cabeza entre los almohadones, sollozando y hablando consigo misma. Pero al final se levantó, con el miedo de que su padre o la señora Penniman pudieran presentarse; permaneció sentada, perdida la mirada, en tanto que la habitación se ensombrecía. Pensaba que tal vez volviera para disculparse y decirle que no había querido decir lo que había dicho. Estuvo todo el tiempo pendiente del timbre de la puerta, tratando de creer que aquello era probable. Pasó mucho tiempo, pero Morris no regresó. Las sombras se hicieron más densas en la fina elegancia del salón. El fuego se apagó. Cuando se hizo de noche, Catherine se dirigió a la ventana y miró hacia el exterior. Permaneció allí durante media hora, con la esperanza de que él subiera la escalera. Al final se dio media vuelta porque vio entrar a su padre. El doctor la había visto en la ventana, y se detuvo un momento en los escalones blancos, y con grave y exagerada cortesía la saludó quitándose el sombrero. El gesto resultaba tan incongruente con la situación en que ella se encontraba, ese solemne tributo de respeto a una pobre muchacha despreciada y abandonada estaba tan fuera de lugar, que acabó por producirle una especie de horror, y se apresuró a encerrarse en su habitación. Le pareció que acababa de terminar con Morris.
Tuvo que presentarse media hora después, y sólo se pudo sostener en la mesa debido a la inmensidad de su deseo de que su padre no advirtiera lo que había ocurrido. Esto la ayudó mucho después, y, aunque ni siquiera sospechaba cuánto, le sirvió desde el primer momento. En esta ocasión el doctor se hallaba en un estado de ánimo bastante comunicativo. Contó algunas historias asombrosas sobre un perro poodle que había visto en casa de una vieja paciente. Catherine se esforzó por parecer que escuchaba las anécdotas sobre el perro, y hasta llegó a interesarse en ellas, a fin de no pensar en la escena con Morris. Quizás se trataba de una alucinación; él estaba equivocado; ella era celosa; las personas no cambian de la noche a la mañana. Entonces advirtió que ya antes había tenido dudas extrañas, sospechas vagas y agudas a la vez— y que él había sido diferente desde su regreso de Europa. Trató de escuchar nuevamente a su padre que contaba en ese momento una anécdota extraordinariamente bien narrada. Más tarde se dirigió a su habitación; estaba muy por encima de sus fuerzas tratar de pasar el resto de la velada con su tía. Durante toda la noche, a solas, se estuvo interrogando. Sus problemas eran terribles. ¿Pero era todo un producto de su imaginación, de su extravagante sensibilidad, o representaba una auténtica realidad que presagiaba lo peor que le podía ocurrir? La señora Penniman con una dosis de tacto que era en ella muy poco habitual, tomó la determinación de dejarla sola. La verdad es que deseaba, lo que era natural en una persona cobarde, que la explosión quedara localizada en todo lo posible. Mientras hubiera vibraciones en el aire ella prefería mantenerse al margen.
Pasó frecuentemente ante la puerta de Catherine en el transcurso de la noche, como esperando oír algún doloroso lamento en el interior. Pero en el cuarto, según parecía, reinaba un absoluto silencio; y, en vista de ello, antes de retirarse a su lecho, solicitó ser recibida. Catherine estaba sentada, pretendía leer un libro. No se había acostado, pues estaba segura de que no podría dormir. Una vez que se retiró la señora Penniman siguió sentada la mitad de la noche, sin pedirle a su visitante que se quedara a hacerle compañía. Su tía se le acercó con mucha amabilidad, y se aproximó a ella con un despliegue de solemnidad.
—Temo que te encuentras en dificultades, querida. ¿Puedo hacer algo por ti?
—No me encuentro en dificultades, y no necesito ninguna ayuda —le respondió Catherine, mintiendo.
—¿No te ha pasado nada?
—Nada, en absoluto.
—¿Estás segura, querida?
—Perfectamente segura.
—¿De verdad no puedo ayudarte en algo?
—En nada, tía; ten la amabilidad de dejarme sola —dijo Catherine.
Aunque la señora Penniman había temido al principio una acogida demasiado emotiva, ahora se sentía desencantada por ese recibimiento tan frío; y cuando más tarde relató en muchas ocasiones, con considerables variaciones de detalles, la historia de la terminación del compromiso de su sobrina, tenía el cuidado de mencionar que la joven, en cierta ocasión, la había «echado» de su cuarto. Era característico de la señora Penniman relatar este hecho no por malignidad hacia Catherine, a quien compadecía bastante, sino sencillamente por su natural disposición de embellecer todos los temas que ella tocaba.
Como ya he dicho, Catherine permaneció sentada la mitad de la noche, como si aún esperara que Morris Townsend tocara a la puerta. Al día siguiente esa expectación era más razonable; pero no se vio satisfecha con la aparición del joven. Tampoco por una carta; no hubo una sola palabra ni de explicación ni de disculpa. Por suerte para la muchacha podía buscar refugio a su excitación en el esfuerzo que le costaba ocultar dicha emoción a su padre. De lo bien que engañó a su padre tendremos después algunas pruebas; pero sus artes de disimulo fueron de poca utilidad ante una persona de la perspicacia de la señora Penniman. Esta dama vio que su sobrina estaba agitada; y como la agitación iba en aumento y ella no era persona como para renunciar a su cuota de participación en dicho asunto, a la noche siguiente volvió a la carga y le pidió a su sobrina que se confiase a ella..., que descargara su corazón. Tal vez ella estaba en posibilidad de explicar ciertos puntos que podían parecerle oscuros, y le insinuó que sabía más de lo que Catherine suponía. Si la noche anterior Catherine se había mostrado glacial, ahora se mostró altanera.
—Estás completamente equivocada, y no tengo la menor idea de lo que quieres decir. No sé qué estás tratando de sacarme, y además no estoy acostumbrada a que me den explicaciones sobre mi propia vida.
Así se expresó la muchacha, y mantuvo a su tía de hora en hora a la expectativa. De hora en hora creció la curiosidad de la señora Penniman. Habría dado su dedo meñique por saber lo que Morris había hecho y dicho, qué tono había empleado, qué pretexto había hallado. Por supuesto le escribió solicitándole una entrevista y, por supuesto, no obtuvo respuesta. Morris no se sentía de humor para escribir. Catherine le había enviado dos notas breves a las que tampoco contestó. Aquellas cartas eran tan breves que puedo reproducirlas aquí:
«¿Querrás darme una prueba de que no quisiste ser tan cruel como me lo pareciste el martes?»
La otra era un poco más larga:
«Si el martes me mostré irrazonable y recelosa, si te molesté en algo, te ruego que me perdones, y te prometo no volver a ser tan estúpida. Estoy suficientemente castigada, y no entiendo nada. Querido Morris, me estás matando.»
Estas cartas fueron cursadas el viernes y el sábado respectivamente; pero el sábado y el domingo pasaron sin que le llegara a la pobre joven la respuesta deseada. Su castigo se acumuló; pero continuó sobrellevándolo con aparente entereza. El sábado por la mañana el doctor, que había estado observando en silencio, se dirigió a su hermana Lavinia.
—¡La cosa ha ocurrido al fin! ¡El canalla se ha echado atrás!
—¡Eso nunca! —gritó la señora Penniman que se había estado preparando sobre lo que tenía que responderle a Catherine, pero que carecía de argumentos defensivos frente a su hermano;— de modo que una negativa indignada fue la única arma que halló en las manos.
—¿Ha pedido entonces un aplazamiento? Esa fórmula te ha de parecer mejor.
—Parece que te hace muy feliz el que se juegue con los sentimientos de tu hija.
—¡Así es! —respondió el doctor—; porque ya lo había previsto. Estar en lo correcto me hace sentir siempre feliz.
—¡Tus satisfacciones me producen escalofríos! —exclamó su hermana.
Catherine continuó rígidamente dedicada a sus ocupaciones habituales; hasta el punto de ir el domingo a la iglesia con su tía. Por lo general iba también al servicio de la tarde; pero en esa ocasión le faltó valor, y le pidió a la señora Penniman que fuera sin ella.
—Estoy segura de que tienes un secreto —dijo la señora Penniman en tono significativo.
—Si lo tengo me lo guardaré —respondió Catherine, desviando la mirada.
La señora Penniman salió en dirección a la iglesia; pero antes de llegar a ella se detuvo y volvió, y en menos de veinte minutos volvía a la casa; buscó en las salas vacías, subió al piso superior y llamó a la puerta de Catherine. No obtuvo respuesta; Catherine no estaba en su habitación, y la señora Penniman descubrió a continuación que no estaba en la casa.
—¡Se ha ido con él, se ha escapado! —exclamó la señora Penniman, juntando las manos con admiración y envidia, Pero pronto advirtió que Catherine no había llevado nada consigo —todos los objetos de su propiedad seguían estando en el cuarto—, y entonces saltó a la hipótesis de que la muchacha había ido a verlo no para manifestarle su ternura sino su resentimiento. «Lo ha seguido hasta su propia puerta. Ha irrumpido en su propio departamento.» En estos términos la señora Penniman imaginaba las andanzas de su sobrina. Aquella escena correspondía a su sentido de lo pintoresco, sólo un poco menos que un matrimonio clandestino. Visitar al enamorado con los ojos llenos de lágrimas y reproches, en su propia residencia, era una imagen tan agradable a la mente de la señora Penniman que sintió como una especie de desilusión estética porque faltaran en esa tarde la oscuridad y la tormenta, Una tranquila tarde de domingo le parecía un marco inapropiado. La señora Penniman estaba en completo desacuerdo con las condiciones del tiempo, el cual, además, pasó muy lentamente mientras ella permanecía sentada en el salón principal envuelta en su chal de cashmere, esperando el retorno de Catherine.
Al fin ocurrió este hecho. La vio desde la ventana entrar en la casa, y bajó al vestíbulo, donde literalmente cayó sobre ella. Luego la llevó al saloncito, cuya puerta cerró con solemnidad. Catherine tenía el rostro arrebolado y la mirada brillante. La señora Penniman difícilmente sabía qué pensar.
—¿Puedo atreverme a preguntar dónde has estado? —demandó.
—Salí a dar un paseo —dijo Catherine—; pensé que estarías en la iglesia.
—Fui a la iglesia. Pero el servicio hoy fue muy breve. Y dime, ¿por dónde paseaste?
—No lo sé —dijo Catherine.
—¡Tu ignorancia es extraordinaria! Querida Catherine, puedes confiar en mí.
—¿Qué es lo que debo confiarte?
—Tu secreto... Tu aflicción.
—No tengo ninguna aflicción —dijo Catherine, ferozmente.
—Mi pobre niña —insistió la señora Penniman—; no puedes engañarme. Lo sé todo. A mí me habían cedido tener una... una conversación contigo.
—¡No quiero conversar!
—Eso te produciría algún alivio. No conoces el verso de Shakespeare: «el dolor que no se expresa». Querida niña, es mejor que hables.
—¿Qué es mejor? —preguntó Catherine.
Era en verdad demasiado perversa. Pero se debía conceder una cierta dosis de perversidad a una joven cuyo pretendiente la ha abandonado; pero no en tal cantidad que ni siquiera hiciera posible tomar su defensa.
—Lo mejor es que seas razonable —dijo la señora Penniman con cierta dureza—, que tomes consejo de la prudencia mundana y te sometas a consideraciones prácticas; es decir, que aceptes la ruptura.
Catherine había sido gélida hasta este momento. Pero ante esta palabra pareció inflamarse.
—¿Ruptura? ¿Qué sabes tú de esto?
La señora Penniman movió la cabeza con una tristeza en que mostraba también su condición de ofendida.
—Tu orgullo es mi orgullo y tu susceptibilidad es también la mía. Comprendo tu posición perfectamente —y sonrió con melancolía—, pero también puedo ver la situación en su conjunto.
Catherine no hizo caso de esto y volvió a repetir su pregunta, ahora ya con violencia:
—¿Por qué hablas de ruptura? ¿Qué sabes al respecto?
—Es necesario que aprendamos a resignamos —dijo la señora Penniman, dudando, pero sentenciosa a la vez.
—¿Resignarnos a qué?
—A un cambio en nuestros planes.
—Mis planes no han cambiado —dijo Catherine, emitiendo una risita.
—Pero los del señor Townsend sí —respondió su tía muy amablemente.
—¿Qué quieres decir?
El tono tajante e imperioso de la pregunta indignó a la señora Penniman. Después de todo, la información que se había propuesto suministrar a su sobrina constituía un favor. Había tratado de hacerla entender por todos los medios, pero estaba fastidiada con la obstinación de la muchacha:
—Bueno —dijo después de una pausa—; si él no te lo ha dicho... —y se dio media vuelta.
Catherine la observó durante un momento en silencio; luego corrió apresuradamente tras ella, deteniéndola antes de que llegara a la puerta:
—¿Qué debía decirme? ¿Qué quieres decir? ¿Qué has estado tratando de insinuar?
—¿No ha quedado roto? —preguntó la señora Penniman.
—¿Mi compromiso? En lo más mínimo.
—Te pido perdón en ese caso. He hablado demasiado pronto.
—¡Demasiado pronto! ¡Qué más da pronto o tarde! Has hablado estúpida y cruelmente.
—¿Qué ha pasado entonces entre vosotros dos? —preguntó la tía, conmovida por la sinceridad de ese grito—, porque algo con toda seguridad ha pasado.
—¡No ha pasado nada sino que lo amo más y más!
La señora Penniman permaneció silenciosa durante un instante.
—Me imagino que esa es la razón por la que fuiste a verlo esta tarde.
Catherine enrojeció, como si hubiera sido abofeteada.
—Sí, fui a verle. Pero ése es asunto mío.
—Muy bien, entonces; no hablemos más de esto —y la señora Penniman se dirigió nuevamente hacia la puerta; pero la detuvo de pronto un grito de imploración de la joven.
—Tía Lavinia, ¿a dónde se ha marchado?
—¡Ajá! Admites por lo menos que se ha marchado. ¿No te dijeron en su casa dónde fue?
—Me dijeron que había salido de la ciudad. Y no pregunté más. Me sentía muy avergonzada —dijo Catherine con sencillez.
—Pudiste no haber dado ese paso tan Comprometedor con sólo tener un poco más de confianza en mí —observó la señora Penniman con indudable grandiosidad.
—¿Se ha ido a Nueva Orleáns? —preguntó Catherine, sin hacer caso.
Era la primera vez que la señora Penniman oía mencionar el nombre de Nueva Orleáns en relación con este caso; pero no podía admitir que Catherine supiera que se encontraba a oscuras. Trató de obtener iluminación en las instrucciones recibidas de Morris.
—Mi querida Catherine —dijo—, cuando se ha convenido en una separación, cuanto más lejos se esté será mejor.
—¿Convenido? ¿Lo has convenido acaso con Morris? —La embargó un sentimiento de que la absurda locura de su tía había caído sobre ella en los cinco últimos minutos. Se sintió enferma ante la idea de que la señora Penniman hubiese intervenido en destrozar su felicidad.
—Por supuesto en algunas ocasiones me pidió consejo —dijo la señora Penniman.
—¿Fuiste entonces tú quien lo hiciste cambiar? —gritó Catherine—. ¿Has sido tú la que lo ha hecho apartarse de mí? Él no te pertenece, y no veo por qué has tenido que entrometerte entre nosotros dos. ¿Eres tú quien ha fraguado este plan y le pidió que se marchara? ¿Cómo puedes ser tan malvada, tan cruel? ¿Qué es lo que te he hecho? ¿Por qué no puedes dejarme en paz? Tenía miedo de que fueras a echarlo todo a perder. Porque todo lo que tocas se arruina. Tenía miedo de ti mientras estaba yo en el extranjero. Nunca me sentí tranquila al pensar que siempre le estarías hablando. —Catherine prosiguió con creciente vehemencia, expresando, en su amargura y en la clarividencia de su pasión (que de pronto, pasando por encima de todos los procesos, la hacía juzgar a su tía de una manera definitiva y sin apelación), la desdicha que yacía desde hacía tantos meses en su corazón.
La señora Penniman estaba alarmada y estupefacta; no veía la menor ocasión para introducir su pequeña historia sobre la pureza de los motivos de Morris.
—Eres una muchacha desagradecida —exclamó—. ¿Me reprochas que haya hablado con él? Nunca hablamos de otra cosa que no fueras tú.
—Sí, y por eso se aburrió. Hiciste que se cansara incluso de oír mi nombre. ¡Ojalá nunca le hubieras hablado de mí! Jamás solicité tu ayuda.
—Estoy segura de que de no haber sido por mí, nunca habría puesto los pies en esta casa, y nunca hubieras sabido lo qué pensaba de ti... —replicó la señora Penniman, tratando de hacerse justicia.
—Desearía que no hubiese venido a esta casa, y que nunca lo hubiese conocido. Hubiera sido mejor —dijo la pobre Catherine.
—Eres una muchacha desagradecida —volvió a repetirle su tía Lavinia.
El estallido de rabia de Catherine y el sentimiento de injusticia le dieron, mientras duraron, la satisfacción que deriva de toda demostración de fuerza; la llevaron hacia las alturas, y siempre se experimenta una especie de placer al hendir el aire. Pero en el fondo detestaba comportarse con violencia, y era consciente de que no tenía ninguna capacidad para el resentimiento. Se calmó con un gran esfuerzo, pero con rapidez, y caminó durante varios minutos por el salón, tratando de decirse que su tía había hecho todo tratando de ayudarla. Ella no logró decirlo con demasiada convicción, pero después de un rato podía hablar con suficiente tranquilidad.
—No soy desagradecida, sino que soy infeliz. Es difícil estar agradecida por eso —dijo—. ¿Me quieres decir por favor dónde se encuentra Morris?
—No tengo la menor idea. ¡No mantengo correspondencia secreta con él! —Y la señora Penniman hubiera deseado tenerla para hacerle saber cómo la había insultado Catherine, después de todo lo que había hecho por ella.
—¿Proyectaba, entonces, romper el compromiso? —Ya para ese momento Catherine estaba absolutamente tranquila.
La señora Penniman comenzó a ver un resquicio que le permitía posibilidades de explicarse, y dijo:
—A Morris le faltaba valor, pero era porque temía ofenderte. No podía soportar ver caer sobre ti la maldición de tu padre.
Catherine la escuchaba con los ojos fijos en los de su tía y continuó observándola todavía durante algún tiempo.
—¿Te pidió que me dijeras eso?
—Me pidió que te dijera muchas cosas, todas muy delicadas, muy bien pensadas; y me pidió que te dijera que esperaba que no fueras a despreciarlo.
—No lo hago —dijo Catherine; luego añadió—: ¿Y permanecerá lejos para siempre?
—¡Oh! Para siempre es mucho tiempo... Tu padre no vivirá eternamente.
—Tal vez no.
—Estoy segura de que sabrás apreciar, de que sabrás comprender, aunque tu corazón sangre —dijo la señora Penniman— ...desde luego has de pensar que es demasiado escrupuloso. Yo también lo pienso así, pero respeto sus temores. Lo que él pide es que hagas lo mismo.
Catherine contemplaba aún fijamente a su tía, pero al fin habló como si no la hubiera oído ni entendido.
—¿De modo que se trata de un plan premeditado? ¿Rompió deliberadamente? Me ha abandonado.
—Por el presente, querida Catherine; se ha limitado a darse un plazo.
—Me ha dejado sola —continuó Catherine.
—¿No me tienes a mí? —preguntó la señora Penniman, con cierta solemnidad.
Catherine movió la cabeza lentamente.
—¡No puedo creerlo! —dijo, y salió lentamente de la habitación.
Capítulo XXXI
Aunque se había obligado a permanecer tranquila, prefirió practicar esta virtud en privado, y prefirió no mostrarse a la hora del té, un refrigerio que tenía lugar los domingos a las seis de la tarde y que sustituía a la cena. El doctor Sloper y su hermana se sentaron uno frente al otro, pero la señora Penniman evadió la mirada de su hermano. Más tarde, esa noche, salió con él, sin Catherine, a visitar a su hermana. Y allá, las dos mujeres discutieron la desdichada situación de Catherine con una franqueza que sólo se vio reprimida por la gran cantidad de misteriosas reticencias de parte de la señora Penniman.
—Me encanta que ese hombre no se case con ella —dijo la señora Almond—; pero de cualquier manera se merecería una buena tanda de azotes.
La señora Penniman se sintió herida por la rudeza de su hermana y replicó que Townsend había actuado guiado por el más noble de los motivos... el deseo de no empobrecer a Catherine.
—Me parece muy bien que Catherine no vaya a quedar empobrecida... Pero espero que él nunca tenga un centavo. ¿Y qué es lo que la pobre muchacha dice? —preguntó la señora Almond.
—Dice que soy un genio para consolarla —respondió la señora Penniman.
Esta fue la versión de los hechos que le dio a su hermana, y fue tal vez con la conciencia de que era un genio que esa noche, al regresar a la casa de la plaza Washington, se volvió a presentar ante la puerta de Catherine y llamó. La muchacha le abrió la puerta. Al parecer estaba muy tranquila.
—Sólo quería darte un pequeño consejo —dijo—. Si tu padre te pregunta dile que todo sigue igual.
Catherine permanecía con la mano en el tirador, mirando a su tía, pero no la invitó a entrar.
—¿Crees que me lo va a preguntar?
—Estoy segura. Me acaba de interrogar en el viaje de regreso de casa de tu tía Elizabeth. Le expliqué todo el asunto a tu tía Elizabeth. Pero a tu padre le dije que no sabía nada.
—¿Crees que va a preguntarme algo cuando vea... cuando vea...? —pero aquí Catherine se interrumpió.
—Mientras más cosas vea, más desagradable va a estar —dijo la tía.
—¡Verá lo menos que sea posible! —declaró Catherine.
—¡Dile que te vas a casar!
—Que es lo que voy a hacer —dijo Catherine, suavemente y cerró la puerta.
Dos días más tarde no hubiera podido decir lo mismo, por ejemplo, el martes, cuando por fin recibió una carta de Morris Townsend. Era una epístola de considerable extensión, que cubría cinco amplias páginas y estaba fechada en Filadelfia. Era un documento explicativo, y aclaraba muchas cosas, entre ellas las más importantes eran las consideraciones que el autor hacía, aprovechándose de una ausencia «profesional» urgente y le pedía que tratara de borrar de su memoria la imagen de un hombre cuyo camino había cruzado sólo para sembrarlo de ruinas. Se arriesgaba a pensar que sólo tendría un éxito parcial en aquel intento pero él podía prometerle que, después de su fracaso, nunca volvería a interponerse entre su generoso corazón y sus brillantes perspectivas y deberes filiales. Terminaba la carta insinuando que sus compromisos profesionales le obligarían a viajar por espacio de varios meses, y con la esperanza de que cuando cada uno de ellos se hubiese adaptado a lo que exigían sus respectivas circunstancias —aunque esa adaptación podía tardar años en producirse—, volvieran a encontrarse como buenos amigos, compañeros de sufrimiento, como inocentes aunque resignadas víctimas de una gran ley social. Que su vida fuera feliz y tranquila era el más ardiente deseo de quien se atrevía a subscribirse como su más obediente servidor. La carta estaba hermosamente escrita, y cuando el sentimiento de amargura por su significado fue menos agudo, Catherine, que la guardó durante muchos años, pudo llegar a admirar la gracia de su estilo. Por el momento, y aún bastante tiempo después de haberla recibido, lo único que pudo ayudarla fue su determinación, cada día más firme, de no despertar la compasión de su padre.
El doctor dejó pasar una semana, y luego, un día, por la mañana, a una hora en que raramente se le veía en casa, se presentó en el saloncito. Había calculado la hora y la encontró sola. Estaba sentada, haciendo un trabajo, y él llegó y se sentó frente a ella; llevaba puesto el sombrero y se estaba calzando los guantes.
—Me parece que no me estás tratando ahora con toda la consideración que me merezco —dijo en cierto momento.
—No sé qué he hecho —respondió Catherine, con los ojos puestos en su labor.
—Por lo visto se te ha borrado de la memoria la petición que te hice en Liverpool antes de embarcarnos..., la petición de que me notificaras con anticipación la fecha en que dejarías la casa.
—No me he ido de tu casa —dijo Catherine.
—Pero te propones hacerlo, y, según me diste a entender, tu marcha podría ser inminente. En efecto, aunque estás aquí en cuerpo, estás ausente en espíritu. Tu mente reside ahora junto a tu futuro marido, y, a juzgar por el beneficio que recibimos de tu compañía, daría lo mismo que te alojaras bajo el techo conyugal.
—Trataré de mostrarme más alegre —dijo Catherine.
—Tienes todas las razones para poder mostrarte más animada; si no es así, es que exiges demasiado. Al placer de casarte con un joven encantador añades el de hacer tu voluntad. ¡Eres una joven muy afortunada!
Catherine se levantó; sentía que se ahogaba. Pero dobló su labor deliberada y correctamente, inclinando sobre ella su rostro ardiente. Su padre seguía plantado en el mismo lugar. La joven esperaba que se marchara, pero el doctor abotonó sus guantes y luego apoyó las manos en las caderas.
—Por varias razones me resulta conveniente saber cuándo tendré la casa vacía —continuó—. Cuando te vayas, tu tía también se marchará.
Catherine lo miró fijamente, con una larga y silenciosa mirada que, a pesar de su orgullo y su resolución, mostraba en parte el sentimiento que estaba tratando de ocultar. Los ojos grises y fríos de su padre sondearon los suyos, mientras insistía en aquel punto.
—¿Será mañana? ¿La semana próxima o una semana después?
—No me marcharé —dijo Catherine.
El doctor enarcó las cejas:
—¿Se ha echado atrás?
—He roto mi compromiso.
—¿Lo has roto?
—Le pedí que abandonara Nueva York; se ha ausentado por una larga temporada.
El doctor estaba intrigado y desilusionado a la vez, pero resolvió su perplejidad diciéndose que su hija alteraba, justificadamente, si se quiere, pero de cualquier manera alteraba, los hechos; y ahogó un poco su decepción, que era la de un hombre que pierde la oportunidad de un pequeño triunfo, con unas cuantas palabras que pronunció en un tono muy alto.
—¿Y cómo ha tomado él la ruptura?
—No lo sé —dijo Catherine, con menos aplomo que el que había tenido hasta ese momento.
—¿Quieres decir que no te importa? ¡Eres realmente cruel, después de haberlo alentado y jugado con él durante todo ese tiempo!
El doctor se había tomado, después de todo, su venganza.
Capítulo XXXII
Nuestra historia se ha movido hasta ahora a pasos muy lentos, pero a medida que se acerca al final debe dar largas zancadas. A medida que fue pasando el tiempo, le pareció al doctor que el relato de su hija sobre la ruptura con Morris Townsend, que en aquel momento tomó como una pura bravata, se veía en cierta forma justificado por una secuela de hechos. Morris siguió absoluta e indefinidamente ausente, como si hubiera muerto con el corazón destrozado, y Catherine por lo visto había enterrado la memoria de este truncado episodio tan profundamente como si lo hubiera terminado por su propia decisión. Sabemos que había sido profunda e incurablemente herida, pero el doctor no tenía medios de saber eso. Indudablemente tenía mucha curiosidad al respecto, y hubiera dado mucho por descubrir la verdad exacta; pero fue su castigo el no conocerla, su castigo, quiero decir, por el abuso de sarcasmo en las relaciones con su hija. Había una buena dosis de sarcasmo efectivo en el hecho de que ella lo mantuviera en la oscuridad, y el resto del mundo conspiraba con ella en ese sentido. La señora Penniman nunca le dijo nada, en parte porque él no le hizo preguntas —la tenía en un concepto muy bajo— y en parte porque ella misma presumía de que una reserva atormentadora, una serena profesión de ignorancia, le serviría de venganza por haber sostenido el doctor que ella había estado demasiado inmersa en aquel asunto. Dos o tres veces acudió el doctor a la señora Montgomery, pero la señora Montgomery no tenía nada que declarar. Lo único que sabía era que el compromiso de su hermano estaba roto; y ahora que la señorita Sloper estaba fuera de peligro, preferiría no testimoniar de ninguna manera contra Morris. Antes, aunque en contra de su voluntad, lo había hecho porque la señorita Sloper le inspiraba lástima, pero ahora ya no era así. Morris nunca le habló de sus relaciones con ella, mientras duraron, ni tampoco después. Seguía estando ausente, y muy rara vez le escribía. Creía que podía estar en California. La señora Almond se había entregado, según expresión de su hermana «violentamente» a Catherine después de la reciente catástrofe; pero, aunque la muchacha le estaba muy agradecida por su bondad, no le reveló sus secretos y así la buena dama no podía dar satisfacción alguna al doctor. Y aunque hubiera sabido con todos los detalles la infeliz historia de amor de su hija, le hubiera producido cierto placer mantenerlo en la ignorancia, porque en esa ocasión difería de la actitud de su hermano. Había adivinado que Catherine había sido cruelmente burlada... Nada sabía de labios de la señora Penniman, pues ésta no se había atrevido a exponerle a la señora Almond su famosa explicación de los motivos de Morris, aunque la había considerado adecuada para Catherine, y le reprochaba al doctor su indiferencia ante los sufrimientos de la pobre criatura. El doctor Sloper tenía su teoría, y él muy rara vez modificaba sus teorías. La boda hubiera sido algo abominable, y la muchacha había escapado de ella como por una bendición. En consecuencia no había por qué compadecerla. Pretender consolarla equivaldría a hacer concesiones a la idea de que tenía derecho a pensar en Morris.
—Desde el primer momento me aferré a esta idea y la sigo manteniendo —dijo el doctor—. No veo nada de cruel en eso.
La señora Almond replicó que si Catherine se había librado de aquel pretendiente indigno, merecía todo el crédito, y que haber llegado por sí misma a iguales conclusiones que su padre, debió haberle costado un esfuerzo que él se negaba a apreciar.
—Ni siquiera estoy completamente seguro de que ella se haya librado de Morris Townsend —dijo el doctor—. No existe la menor probabilidad de que tras haberse mostrado más terca que una muía durante dos años, repentinamente haya entrado en razón. Es infinitamente más probable que él se haya librado de ella.
—Razón de más para que te muestres amable.
—Soy amable con ella. Pero no quiero caer en situaciones patéticas; no puedo derramar lágrimas, ni mostrarme contrito porque le haya ocurrido la cosa más feliz que podía sucederle en su vida.
—Careces de simpatía hacia los demás —afirmó la señora Almond—. Nunca ha sido ése tu fuerte. Basta con mirar a su hija para darse cuenta de que sea ella o él quien planteó la ruptura, su pobre corazón se ha hecho añicos.
—Recoger esos añicos y derramar lágrimas sobre ellos no mejorará las cosas. Mi deber consiste ahora en evitarle otros golpes y seré muy cuidadoso en eso. Pero no comparto tus puntos de vista sobre Catherine. No me parece en lo más mínimo una joven que está en busca de un cataplasma moral. Es más, me parece que está mucho mejor que cuando ese individuo la rondaba. La veo del todo satisfecha; come bien, duerme, hace sus ejercicios habituales, y se excede, como siempre, en el vestir. Siempre está tejiendo algún bolso o bordando un pañuelo. No es muy locuaz, ¿pero cuándo lo ha sido? Tuvo su pequeña danza y ahora se ha sentado a descansar. Sospecho que en el fondo disfruta de todo esto.
—Disfruta de la misma manera que una persona puede gozar porque le amputen una pierna aplastada. El estado de ánimo después de la amputación es sin duda de reposo.
—Si tu pierna es una forma metafórica de referirte al joven Townsend, puedo asegurarte que a él nadie lo ha aplastado. ¡No hay quien lo aplaste! Se encuentra perfectamente vivo e intacto; y es por eso que no estoy satisfecho.
—¿Te hubiera gustado matarlo? —preguntó la señora Almond.
—Sí, muchísimo. Pienso que es posible que todo esto no sea sino un engaño.
—¿Un engaño?
—Un arreglo entre ellos. Il fait le mort, como dicen los franceses, pero está mirando por el rabillo del ojo. Puedes estar segura de que él no ha quemado sus naves; ha mantenido una intacta en la que podrá volver. Cuando yo muera, izará las velas inmediatamente y entonces ella se casará con él.
—Me resulta interesante ver cómo eres capaz de acusar a tu única hija de ser la más vil de las hipócritas —dijo la señora Almond.
—No veo por qué el hecho de ser mi única hija deba hacerla diferente. Es mejor acusar a una que a una docena. Pero no estoy acusando a nadie. No hay en Catherine ninguna hipocresía, como tampoco creo que pretenda ser miserable.
La idea del doctor de que todo era un engaño tuvo sus intermitencias y sus resurrecciones; pero puede decirse que se fue afirmando a medida que envejecía, junto con su impresión de una Catherine floreciente y satisfecha. Naturalmente que si no encontró argumentos para considerarla como una joven destrozada por el amor en el año siguiente a la gran crisis, tampoco los encontró cuando se hubo recuperado del todo. El doctor se vio obligado a reconocer que si los dos jóvenes esperaban a que él desapareciera mostraban una paciencia extraordinaria. De cuando en cuando oía decir que Morris estaba en Nueva York, pero nunca permaneció mucho tiempo y según todos sus informes nunca se puso en contacto con Catherine. Estaba seguro de que no se veían y tenía motivos para suponer que no se escribían. Después de la carta que hemos mencionado él le escribió dos veces a largos intervalos, pero ella nunca le contestó. Por otra parte el doctor observó que su hija parecía haber renunciado a la idea de casarse con otro hombre. Las oportunidades que se le presentaron no fueron numerosas, pero sí lo bastante frecuentes como para que se hubiera sentido tentada. Rechazó a un viudo, hombre de carácter simpático, de fortuna saneada y con tres niñas (había oído decir que Catherine era muy cariñosa con los niños y estaba seguro que las suyas le gustarían). Hizo oídos sordos a las solicitudes de un brillante abogado joven, con perspectivas de un despejado porvenir, que había tenido la inteligencia, cuando buscó mujer, de creer que ella sería más adecuada que otras muchachas más jóvenes y bellas. El señor Macalister, el viudo, había deseado hacer un matrimonio sensato y había elegido a Catherine por las cualidades maternales que suponía latentes en ella; pero John Ludlow, que era un año menor que ella, y que estaba en las mejores condiciones para elegir, se había enamorado seriamente. Sin embargo Catherine nunca se interesó en él; le dijo claramente que pensaba que la estaba visitando con demasiada frecuencia. El más tarde se consoló al casarse con una persona muy distinta, la menuda joven Sturtevant, cuyos atractivos eran evidentes aún para el hombre más obtuso. Para esas fechas Catherine había ya cumplido los treinta años y había adoptado el papel de una solterona. Su padre hubiera preferido que se casara y en una ocasión le dijo que esperaba que no fuera demasiado exigente.
—Me gustaría verte casada con un hombre honesto antes de morir.
Aquello ocurrió después de que John Ludlow se vio obligado a renunciar, a pesar de que el doctor le pidió que perseverara. El doctor no ejerció ninguna presión y tuvo la virtud de no lamentarse por la soltería de su hija, aunque en realidad se lamentaba más de lo que parecía, y había largos períodos durante los cuales estaba seguro de que Morris Townsend estaba escondido detrás de una puerta. «De no ser así, ¿por qué no se casa?», se preguntaba. «Por muy limitada que sea su inteligencia, debe comprender que está hecha para llevar una vida normal.»
Catherine, sin embargo, se convirtió en una admirable solterona. Se formó determinados hábitos, reglamentó sus días sobre un sistema de compromisos personales, se interesó en algunas instituciones de beneficencia, asilos, hospitales, sociedades de ayuda a los pobres, y, en general, siguió el rígido curso de su vida con paso sosegado. Esta vida tenía, no obstante, una historia secreta, así como una pública; si se puede hablar de la historia pública de una solterona madura y desconfiada para quien la publicidad era siempre algo que agrupaba toda una serie de terrores. Desde su punto de vista los grandes acontecimientos de su vida habían sido la traición de Morris Townsend, quien jugó con sus sentimientos, y la acción de su padre al destrozar su primavera. Nada podía alterar ya esos hechos; estaban siempre ahí, igual que su nombre, su edad y su rostro poco expresivo. Nada pudo deshacer el daño ni curar la pena que le infligió la actitud de Morris, y nada pudo tampoco hacerle sentir por su padre los sentimientos que experimentó en su juventud. Había algo muerto en su vida, y tenía la obligación de tratar de llenar aquel vacío. Catherine no poseía la facultad de ahogar los recuerdos en la disipación, pero se mezclaba de buena gana en las alegrías habituales de la ciudad, y al final llegó a ser considerada como una figura imprescindible en todas las reuniones respetables. Era muy querida, y a medida que fue pasando el tiempo se convirtió en una especie de tía del sector más joven de la sociedad. Las jóvenes se sentían en confianza para confiarle sus problemas amorosos (lo que nunca hacían con la señora Penniman), y los jóvenes sentían afecto por ella sin saber por qué. Se le desarrollaron algunas inofensivas excentricidades; una vez formadas sus costumbres las seguía con estricta rigidez; sus opiniones, en todos los asuntos morales y sociales, eran extraordinariamente conservadoras; y antes de cumplir cuarenta años ya era considerada como una persona anticuada y como una autoridad en costumbres que habían pasado de moda. La señora Penniman en comparación, resultaba una figura juvenil; se fue volviendo cada vez más joven a medida que los años pasaban. No perdió nunca su interés por los misterios románticos aunque tenía muy pocas oportunidades para ejercitarlo. Con los posteriores pretendientes de Catherine no logró establecer relaciones tan íntimas como las que le produjeron tantas horas interesantes en compañía de Morris Townsend. Aquellos caballeros tenían una desconfianza exacerbada hacia sus buenos oficios. Sus rizos, bucles y brazaletes fueron haciéndose de año en año más brillantes, y siempre fue la misma oficiosa e imaginativa señora Penniman, esa extraña mezcla de impetuosidad y circunspección que hasta ahora hemos conocido. En un punto, sin embargo, su circunspección prevaleció. Durante diecisiete años no mencionó nunca el nombre de Morris Townsend delante de su sobrina. Catherine le estaba agradecida por esto, pero aquel silencio absoluto tan poco de acuerdo con el carácter de su tía, le producía cierta alarma y nunca se pudo librar por completo de la sospecha de que la señora Penniman recibía algunas veces noticias suyas.
Capítulo XXXIII
El doctor Sloper se había ido retirando poco a poco de su profesión; visitaba sólo a los pacientes en cuyos síntomas reconocía cierta originalidad. Volvió a ir a Europa, donde permaneció dos años. Catherine le acompañó y en esta ocasión la señora Penniman formó parte del grupo. Europa aparentemente tenía pocas sorpresas para la señora Penniman, la cual solía afirmar en los lugares más interesantes:
—Ustedes saben que para mí todo esto resulta muy familiar.
Debe añadirse que estos comentarios por lo general no se dirigían a su hermano o a su sobrina, sino a los turistas que estaban cerca de ella o aun a los guías o cicerones de tumo.
Un día, después de volver de Europa, el doctor le dijo algo a su hija que la hizo sobresaltar... Era algo que parecía venir desde muy lejos, del pasado.
—Quisiera que me prometieras algo antes de morir.
—¿Por qué hablas de morir? —preguntó.
—Porque tengo ya sesenta y ocho años.
—Espero que vivirás muchos más —dijo Catherine.
—También yo lo espero, pero un día cogeré un resfriado y de nada valdrán mis esperanzas. Esa va a ser mi manera de salir del escenario, verás si no es así. Prométeme que no te casarás con Morris Townsend después de que yo muera.
Catherine se sobresaltó y permaneció unos instantes en silencio. Después preguntó:
—¿Por qué me hablas de él? —preguntó al fin.
—Todo lo que digo lo tomas como un reto. Hablo de él porque es un tema de conversación igual que cualquier otro. Lo han visto aquí en Nueva York, y está buscando esposa... Ha tenido una pero se ha librado de ella no sé por qué medios. Últimamente ha estado en Nueva York, en casa de tu prima Marian. Tu tía Elizabeth lo vio allí.
—Ninguna de las dos me lo dijo —dijo Catherine.
—Fue por amabilidad a ti. Morris está gordo y calvo y no ha hecho fortuna. Pero no puedo confiar sólo en esos hechos para acorazar tu corazón contra él, y por eso te pido que me hagas esa promesa.
«Gordo y calvo»; esas palabras presentaban una extraña imagen en la mente de Catherine, de la cual nunca se había alejado el recuerdo del joven más bello del mundo.
—Creo que no me entiendes —dijo—. Muy rara vez pienso en el señor Townsend.
—Entonces será muy fácil para ti. Prométeme que después de mi muerte seguirás haciendo lo mismo.
Catherine volvió a permanecer en silencio durante unos instantes. La petición de su padre la había asombrado profundamente y volvía a abrir una vieja herida y hacerla doler nuevamente.
—No creo que pueda prometerte eso —respondió.
—Me darías una gran satisfacción —dijo su padre.
—No lo comprendes. Pero no puedo prometértelo.
El doctor permaneció un minuto silencioso.
—Te lo pido por una razón especial. Voy a modificar mi testamento.
Esta razón no impresionó en nada a Catherine; y en efecto apenas si la entendió. Todos sus sentimientos estaban pendientes del hecho de que su padre la estaba tratando igual que como la había tratado en otra época. Entonces había sufrido mucho; y ahora toda su experiencia, toda su tranquilidad adquirida y su rigidez protestaron. Había sido tan humilde en la juventud que ahora podía permitirse tener algún orgullo, y había algo en esta petición, y en el hecho de que su padre sintiera que podía permitirse aquello, que le parecieron una injuria a su dignidad. La dignidad de la pobre Catherine no era agresiva; pero si se la oprimía demasiado se la podía encontrar. Su padre había oprimido más allá de lo conveniente.
—No puedo prometerte eso —repitió sencillamente.
—Eres muy obstinada —dijo el doctor.
—No creo que puedas comprenderlo.
—Explícate, entonces.
—No puedo explicártelo —dijo Catherine, ni tampoco prometerte nada.
—Puedo jurar —exclamó su padre— que no tenía idea de lo obstinada que podías ser.
Ella sabía que era obstinada, y eso le produjo cierta satisfacción. Ahora era una mujer de edad madura.
Poco después de un año, aquel accidente al que se había referido el doctor tuvo lugar: contrajo un resfriado terrible. Dirigiéndose en coche a Bloomingdale un día de abril para ver a un paciente, víctima de una enfermedad mental, confinado en un asilo privado para enfermos de ese tipo, y cuya familia deseaba tener una opinión médica de una fuente tan eminente, lo sorprendió una lluvia de primavera, y como iba en un coche descubierto quedó empapado hasta los huesos. Volvió a casa resfriado, y a la mañana siguiente se hallaba gravemente enfermo. «Es una congestión pulmonar», le dijo a Catherine. «Necesitaré una buena enfermera. No servirá para nada, porque ya no me recuperaré; pero deseo que se haga todo, incluso en los menores detalles.»
Le dijo a cuál de sus compañeros médicos debía avisar, y le dio una cantidad de instrucciones precisas. Catherine lo atendió. Pero él no se equivocaba nunca en la vida, y tampoco se iba a equivocar ahora. Estaba rozando los setenta años, y aunque provisto de muy buena constitución, su organismo había comenzado a perder arraigo en la vida. Murió tres semanas después, durante las cuales la señora Penniman y Catherine habían hecho todo lo posible por atenderlo.
Cuando se abrió el testamento, después de un intervalo decente, se encontró que consistía de dos porciones. La primera estaba fechada diez años antes, e incluía una serie de disposiciones por las que dejaba la mayor parte de su fortuna a su hija, con legados decorosos para sus dos hermanas. La segunda era un codicilio bastante reciente, en el que ratificaba los legados de la señora Penniman y la señora Almond, pero reducía la parte de Elizabeth a una quinta parte de lo que anteriormente le había enviado.
El documento decía:
«Se encuentra ampliamente cubierta por la herencia de su madre, ya que no ha tocado más que una pequeña parte de las rentas de esa herencia; de tal manera que ahora su fortuna es más que suficiente para atraer a aventureros sin escrúpulos, a alguno de los cuales me ha dado motivos suficientes para pensar que persiste en considerar como un sujeto interesante.» El doctor Sloper había dividido el resto de su fortuna en siete partes desiguales, que dejó, como legados, a otros tantos hospitales y Facultades de Medicina de diversas ciudades del país.
A la señora Penniman le pareció monstruoso que un hombre pudiera hacer esas bromas con el dinero de otras personas; porque después de su muerte era evidente, decía ella, que ya pertenecía a otras personas.
—Por supuesto vas a romper inmediatamente ese testamento —le dijo a Catherine.
—Oh, no —respondió Catherine—. Me gusta mucho tal como está. Sólo que hubiera preferido que papá se expresara en otros términos.
Capítulo XXXIV
Catherine tenía por costumbre permanecer en la ciudad hasta muy entrado el verano; prefería su casa de la Plaza Washington a cualquier otro lugar; y sólo a regañadientes aceptaba ir a pasar a la costa el mes de agosto. Ese mes lo pasaba en un hotel. El año que murió su padre, interrumpió esta costumbre, pues no la consideraba compatible con el severo luto que llevaba; y el año siguiente demoró su partida al grado de que a mediados de agosto estaba aún en la caldeada soledad de la plaza Washington. La señora Penniman siempre amante de los cambios, y por consiguiente de la salida anual en verano, parecía estar ese año completamente satisfecha con las visiones rurales que obtenía desde su ventana del salón, el paisaje de ciclamores al otro lado de la empalizada. La fragancia peculiar de estos árboles se difundía en el aire nocturno, y la señora Penniman en las cálidas noches de julio, a menudo se sentaba ante la ventana abierta y lo aspiraba. Esta era una época feliz para la señora Penniman; después de la muerte de su hermano se sentía más libre para obedecer sus impulsos. Había desaparecido una vaga opresión de su vida, y disfrutaba del sentimiento de libertad que no había vuelto a conocer desde la época memorable, muchos años atrás cuando el doctor marchó al extranjero con Catherine y pudo disponer de la casa para atender a Morris Townsend. El año transcurrido desde la muerte de su hermano le traía el recuerdo de aquellos tiempos felices, porque, aunque Catherine estaba envejeciendo, se había convertido en una persona con la que se podía convivir, y estaba muy lejos de ser aquel tanque de agua helada que había sido en el pasado. La anciana dama apenas sabía qué empleo dar a todas sus energías; se sentaba en el salón como lo había hecho siempre, con la aguja en la mano, ante su aro de bordar. Tenía la esperanza de que sus ricos impulsos, su talento para enhebrar tramas, encontrarían todavía una aplicación, y esta confianza se justificó antes de que pasaran muchos meses.
Catherine continuaba viviendo en la casa de su padre, a pesar de que a menudo le sugerían que una señorita mayor de edad, de hábitos tranquilos podía encontrar una residencia más cómoda en los edificios más pequeños, con fachadas de piedra rojiza que en aquella época habían comenzado a surgir en las calles transversales de la parte alta de la ciudad. Pero a Catherine le gustaba su casa —ya en esos tiempos comenzaba a hablarse de ella como de un «edificio antiguo»— y se proponía terminar sus días en ella. Era en efecto demasiado grande para dos mujeres solas, pero esto lo consideraba más una virtud que un defecto; pues Catherine no deseaba hacer vida demasiado íntima con su tía. Esperaba, pues, pasar el resto de su vida en la plaza Washington y disfrutar de la compañía de la señora Penniman. Estaba convencida de que su tía viviría por lo menos tanto como ella, y que siempre mantendría su animación y su actividad. La señora Penniman le daba siempre la impresión de una rica vitalidad.
Uno de aquellos cálidos atardeceres de julio de que ya he hecho mención, las dos mujeres se hallaban sentadas ante la ventana abierta, contemplando la silenciosa plaza. Hacía demasiado calor para encender las lámparas, para leer o para trabajar; hasta para conversar parecía haber demasiada canícula. La señora Penniman, sentada en el alféizar de la ventana, se mantenía silenciosa desde hacía rato. Tarareaba una canción. Catherine estaba en el interior de la habitación, sentada en una cómoda mecedora; vestía de blanco y se abanicaba lentamente con un abanico de palma. Era de esta manera, como en esta estación la tía y la sobrina, después de tomar el té, pasaban por lo general las veladas.
—Catherine —dijo al fin la señora Penniman—. Voy a decirte algo que seguramente te sorprenderá.
—Dímelo —respondió Catherine—. Ya sabes que me gustan las sorpresas...
—He visto a Morris Townsend.
Si Catherine se sorprendió logró evitar toda señal de ello; ni se sobresaltó ni dejó escapar ninguna exclamación. Permaneció, sin embargo, por un instante, absolutamente tranquila, y esto podía haber sido un síntoma de emoción.
—Espero que esté bien —dijo al fin.
—No lo sé; ha cambiado mucho. Tiene muchas ganas de volver a verte.
—Será mejor que no lo vea —dijo Catherine rápidamente.
—Me temía que fueras a decir eso. ¿Pero no te produce ninguna sorpresa?
—¡Claro que sí! Mucha.
—Lo encontré en casa de Marian —dijo la señora Penniman—. Frecuenta la casa de Marian y ésta y su marido tienen mucho miedo de que lo vayas a encontrar allí. Yo creo que por eso va. Quiere verte —Catherine no respondió nada, y la señora Penniman continuó—: al principio no lo reconocí, tanto es lo que ha cambiado; pero él me reconoció inmediatamente. Dice que no he cambiado en lo más mínimo. Ya sabes que siempre ha sido muy galante. Estaba por salir cuando yo llegué, así que caminamos juntos un poco. Se mantiene todavía muy apuesto, sólo que ha envejecido un poco y no tiene la animación de los viejos tiempos; tiene un aire de tristeza, aunque si bien se piensa también antes tenía un aire similar, especialmente cuando se marchó. Me parece que no ha logrado triunfar en la vida, que no ha logrado establecerse como merecía. Tengo la impresión de que no es lo suficientemente constante y eso es lo que hace triunfar en los negocios. —Era la primera vez en veinte años que la señora Penniman pronunciaba el nombre de Morris Townsend delante de su sobrina; pero ahora que había roto las compuertas parecía buscar el modo de compensar tan largo silencio, como si el oírse hablar de él le produjera un efecto excitante. Procedía, sin embargo, con considerable cautela, haciendo ocasionales pausas para registrar las reacciones de Catherine. Pero la única reacción de Catherine fue dejar de abanicarse; permaneció inmóvil y silenciosa—. Eso ocurrió el martes por la noche —continuó la señora Penniman, y desde entonces me he estado preguntando si debía decírtelo. No sabía cómo ibas a tomarlo. Al fin pensé que todo ocurrió hace tantos años que lo más probable era que la noticia no te produjera ningún sentimiento especial. Lo volví a ver después de nuestro encuentro en casa de Marian. Me lo encontré en la calle y dio unos cuantos pasos conmigo. Lo primero que hizo fue hablarme de ti. Me hizo muchas preguntas. Marian no quería que te contara de él; no quería que supieras que lo reciben en su casa. Yo le dije que estaba segura de que después de todos estos años no te disgustaría que lo hiciera; no puede molestarte la hospitalidad que se le brinda en la casa de su primo. Marian tiene las ideas más extraordinarias sobre lo que ocurrió entre ustedes; parece creer que la conducta de Morris no fue la indicada. Me tomé la libertad de recordarle los hechos reales, y situar la historia bajo su verdadera luz. Él no está amargado, Catherine, te lo puedo asegurar; y si lo estuviera uno podría excusarlo porque las cosas no le han salido bien en la vida. Ha viajado por todo el mundo y se ha tratado de establecer en todas partes; pero su mala estrella no lo ha abandonado. Todo fracasó; todo, menos, tú lo conoces, ¿lo recuerdas?, su alto y orgulloso espíritu. Creo que se casó con una dama en alguna parte de Europa; tú sabes que allí se casan por móviles distintos a los nuestros; un matrimonio de conveniencia. Ella murió poco después; según me dijo no dejó ninguna huella en su vida. No ha estado en Nueva York desde hace diez años. Llegó hace unos cuantos días. Lo primero que hizo fue preguntarme por ti. Ha oído decir que no has querido casarte. Parece que ese punto le interesa especialmente. Dice que tú has sido el verdadero amor de su vida.
Catherine había sufrido el discurso de su tía frase tras frase, y pausa tras pausa, sin interrumpirla. Pero la última frase fue seguida por una pausa significativa, y entonces habló Catherine. Debe observarse que antes de hacerlo había oído ya bastante información sobre Morris Townsend.
—Por favor, no sigas, hazme el favor, tía, de cambiar de tema.
—¿No te interesa, acaso? —preguntó la señora Penniman con cierta travesura.
—Me produce dolor.
—Me temía que me fueras a decir esto. ¿Pero no crees que podrás acostumbrarte? Desea mucho verte.
—Por favor, tía Lavinia —dijo y se levantó de su mecedora. Se alejó rápidamente y marchó al otro balcón, que estaba abierto. Allí, oculta a las miradas de su tía por las cortinas blancas, permaneció durante largo rato, con la vista clavada en la caliente oscuridad. Había experimentado una impresión muy fuerte; era como si la grieta del pasado se hubiera vuelto a abrir, y una figura espectral surgiera por ella. Había algunas cosas que ella creía desaparecidas para siempre, ciertos sentimientos que había juzgado muertos; pero, al parecer, había en ellos todavía alguna vitalidad. La señora Penniman los había hecho revivir. «Se trata sólo de una momentánea agitación», se dijo Catherine; no tardaría en desvanecerse. Estaba temblando, y su corazón batía con tal violencia que podía oír sus latidos. De pronto, mientras esperaba que volviera la calma, estalló en lágrimas. Pero sus lágrimas fluían tan silenciosamente que la señora Penniman no logró observarlas. Pero, quizás porque las sospechaba, la señora Penniman no volvió a hablar esa noche de Morris Townsend.
Capítulo XXXV
La renovada atención por aquel caballero no se ceñía a los límites que Catherine deseaba; sólo bastó que hubiera transcurrido una semana para que volviera a hablar de él. Y fue en idénticas circunstancias cuando volvió a emprender el tema. Había estado sentada con su sobrina, pero esta vez, como la noche no era tan calurosa, habían encendido la lámpara y Catherine se había situado cerca de ella con su aro de bordar. La señora Penniman estuvo sentada durante una media hora en el balcón; luego dio una vuelta vagamente por el salón, al fin se sentó junto a Catherine, con las manos juntas, y una expresión de emoción en el rostro.
—¿Te enfadarás si vuelvo a hablarte de él? —le preguntó.
Catherine la miró tranquilamente.
—¿De quién?
—De aquél, al que una vez amaste.
—No me enojaré, pero no me gustará.
—Te envía un mensaje —dijo la señora Penniman—. Le prometí transmitírtelo, y debo mantener mi promesa.
En todos esos años Catherine había tenido tiempo para olvidar lo que debía a su tía en su desgracia; había perdonado desde hacía mucho tiempo a la señora Penniman por intervenir demasiado. Pero en aquel momento la actitud oficiosa y entrometida de su tía, todo ese acarreo de mensajes y cumplimiento de promesas, la recordó que era una mujer peligrosa. Había prometido no enfadarse, pero sintió por un momento un agudo malestar.
—¡No me importa lo que hagas con tus promesas! —dijo.
La señora Penniman, sin embargo, con la alta concepción que tenía de la santidad de sus votos, se salió con la suya.
—He llegado demasiado lejos para poder retroceder —dijo, aunque apenas pudo explicar lo qué quería decir con eso—. El señor Townsend desea fervientemente verte; él cree que si supieras cuánto y por qué lo desea consentirías en recibirlo.
—No hay para ello ninguna razón —dijo Catherine—; ninguna buena razón.
—Su felicidad depende de eso. ¿No es una buena razón? —preguntó la señora Penniman.
—Pero no la mía. Mi felicidad no depende de eso.
—Creo que serás más feliz después de haberlo visto. Pronto se volverá a marchar, volverá a emprender su vagabundeo. Su vida es muy solitaria, inquieta y desdichada. Pero antes de irse quiere hablar contigo; es una idea fija... No hace sino pensar en ella. Tiene algo muy importante que decirte. Cree que nunca lo has entendido..., que nunca lo juzgaste correctamente, y esa creencia ha pesado sobre él de un modo terrible. Desea justificarse; cree que lo podrá hacer en unas cuantas palabras. Desea un encuentro amistoso.
Catherine escuchaba aquel maravilloso monólogo sin hacer ninguna pausa en su trabajo; había tenido ya varios días para volver a acostumbrarse a la idea de Morris Townsend como una nueva realidad. Cuando su tía se calló, dijo simplemente:
—Hazme el favor de decirle al señor Townsend que me deje en paz.
No bien acababa de decir aquello cuando el timbre de la puerta sonó con un sonido agudo y vibrante en medio de la noche de verano. Catherine alzó la mirada hacia el reloj: eran las nueve y cuarto... una hora muy tardía para recibir visitas, especialmente ahora que la ciudad había quedado semidesierta. La señora Penniman dio un respingo al oír el timbre y entonces los ojos de Catherine se dirigieron rápidamente hacia su tía. Se encontraron con los de ella y por un instante la sondearon profunda y secamente. La señora Penniman se había ruborizado; su mirada era culpable; parecía querer confesar algo. Catherine adivinó su significado y se levantó inmediatamente de su asiento.
—Tía Penniman —dijo en un tono que asustó a su tía—, ¿te has tomado la libertad...?
—Mi querida Catherine —balbuceó la señora Penniman—, espera a que lo veas.
Catherine había asustado a su tía, pero también ella estaba asustada; estaba a punto de levantarse a dar órdenes al sirviente, pero vaciló. Estaba de espaldas a la puerta del salón, y durante algunos momentos se quedó en esa posición, sintiendo que él había ya entrado. Sin embargo él no habló, y al final ella tuvo que volver la cara. Entonces vio a un caballero de pie en medio de la habitación, de la cual su tía se había discretamente retirado.
Nunca le hubiera reconocido. Tenía cuarenta y cinco años y su figura no era la del joven esbelto que ella había amado. Pero tenía una presencia elegante, y una barba rubia y brillante, que se extendía sobre un chaleco muy bien cortado, que contribuía a aquel efecto. Después de un momento Catherine reconoció la parte superior de la cara, que, conservaba parte de su antiguo atractivo. Permanecía en una actitud profundamente deferente, con sus ojos fijos en el rostro de ella.
—Me he atrevido... Me he atrevido... —dijo, e hizo una pausa, mirándolo como si esperara que lo invitara a tomar asiento. Era la misma voz pero no tenía el viejo encanto. Catherine, sin saber exactamente por qué decidió no invitarlo a sentarse. ¿Por qué había ido? Había sido un error presentarse así. Morris se sentía embarazado, pero Catherine no le ayudaba. No era que ella estuviera disfrutando de aquel embarazo, por el contrario, le producía un gran dolor. ¿Pero cómo podía darle la bienvenida cuando de una manera tan viva sentía que él no debía haberse presentado?
—Sentía tantos deseos... —volvió a comenzar Morris, pero se interrumpió una vez más. Aquello no era nada fácil.
Catherine no pronunciaba una sola palabra y él pudo recordar con aprensión su antigua predilección por el silencio. Ella seguía observándolo, sin embargo, y al hacerlo tuvo una curiosísima impresión: él parecía ser el mismo y a la vez no serlo; era el hombre que había sido todo para ella y a la vez era nada. ¡Cuánto tiempo había pasado, cómo había envejecido ella, cuánto había vivido! Ella había vivido de algo que estaba relacionado con él, y se había consumido al hacerlo. Esta persona no parecía infeliz. Estaba muy bien presentado, perfectamente vestido, maduro y completo. Catherine pudo leer en sus ojos la historia de su vida: había vivido cómodamente a costa de los demás y nunca había sido atrapado. Pero el sentimiento que prevalecía en ella es que su presencia le resultaba dolorosa, y sólo deseaba que se marchara.
—¿No quiere usted sentarse? —preguntó él.
—Creo que es preferible no hacerlo —dijo Catherine.
—¿La ofende mi presencia? —preguntó gravemente; habló en un tono de profundo respeto.
—Creo que no debió haber venido.
—¿No le dijo la señora Penniman... No le transmitió mi mensaje?
—Algo me dijo, pero no le entendí.
—Desearía que me permitiera decirle... que me dejara hablar en favor mío...
—No lo considero necesario —dijo Catherine.
—Tal vez no para usted, pero sí para mí. Me produciría una gran satisfacción... y no tengo muchas —parecía que se acercaba, Catherine se retiró unos pasos—. ¿No podemos ser nuevamente amigos? —preguntó.
—No somos enemigos —dijo Catherine—. No tengo sino sentimientos amistosos hacia usted.
—¡Ah, no sabe lo feliz que me hace oírla decir eso! Usted no ha cambiado. Los años han transcurrido felizmente para usted.
—Han pasado muy tranquilamente —dijo Catherine.
—No han dejado huellas; usted se ve admirablemente joven —en ese momento él se acercó; estaba a su lado; ella vio su barba frondosa y perfumada, y sus ojos sobre ella, extraños y duros. Era muy diferente de su vieja —de su joven— cara. Si ella lo hubiera conocido así no le habría gustado. Le pareció que él sonreía o trataba de sonreír.
—Catherine —dijo bajando la voz—. Nunca he dejado de pensar en usted.
—Por favor, no diga esas cosas.
—¿Me odia usted?
—¡Oh, no! —dijo ella.
Algo en el tono de su voz, descorazonó a Morris Townsend; pero en un momento logró recuperarse.
—¿Siente usted por mí entonces alguna ternura?
—No sé por qué ha venido a hacerme esas preguntas —exclamó Catherine.
—Porque durante muchos años el mayor deseo de mi vida fue que volviésemos a ser amigos.
—¡Eso es imposible!
—¿Por qué? ¡No lo es si usted lo permite!
—No lo permitiré —dijo Catherine.
Él volvió a mirarla en silencio.
—Ya veo. Mi presencia la turba y confunde. Me marcho; pero debe usted permitirme volver a verla.
—Por favor no vuelva —dijo ella.
—¿Nunca?, ¿nunca?
Ella hizo un gran esfuerzo. Deseaba decirle algo que le hiciera imposible volver a trasponer el umbral de su puerta.
—No es correcto; y no hay razón para ello.
—¡Ah, querida amiga, usted es injusta conmigo! —exclamó Morris Townsend—. No hemos hecho sino esperar y ahora estamos libres.
—Usted me trató muy mal —dijo Catherine.
—No, si lo piensa usted bien. Usted vivía en paz con su padre y yo no podía decidirme a destruir esa paz.
—Sí, vivía yo en paz.
Morris lamentó no poder añadir que había tenido algo más; porque no hace falta decir que conocía el contenido del documento del doctor Sloper. Sin embargo no se dio por vencido.
—¡Hay suertes mucho peores que ésa! —exclamó, dando a entender que se refería a su situación personal. Luego añadió con una profunda ternura—: Catherine, ¿nunca me ha perdonado?
—Lo perdoné hace años, pero es inútil que tratemos de ser amigos.
—No, si olvidamos el pasado. A Dios gracias todavía podemos tener un futuro.
—No puedo olvidar, no olvido —dijo Catherine—, me trató usted muy mal. Lo siento mucho; lo he sentido durante años. Ahora no me sería posible volver a comenzar de nuevo. Todo está muerto y sepultado. Fue demasiado serio. Aquello me cambió la vida. Nunca pensé volverlo a ver aquí.
—Ah, está usted enojada —gritó Morris, que deseaba inmensamente poder despertar un relámpago de pasión en medio de aquella calma. En ese caso él tendría esperanzas.
—No, no estoy enojada. La ira no resiste el paso de los años. Pero hay otras cosas. Las impresiones duran, cuando han sido muy fuertes. Pero no voy a hablar de esto.
Morris estaba en pie, acariciándose la barba, con un ojo entrecerrado.
—¿Por qué no se casó nunca? —preguntó de pronto— Ha tenido usted varias oportunidades.
—No quise casarme.
—Sí, usted es rica, es usted libre, no tenía nada que ganar.
—No tenía nada que ganar —dijo Catherine. Morris miró vagamente en torno suyo y emitió un profundo suspiro.
—Bueno, tenía la esperanza de que siguiéramos siendo amigos.
—Yo pensaba decirle, por medio de mi tía, en respuesta a su mensaje, si es que esperaba usted una respuesta, que era innecesario que viniera usted con esa esperanza.
—Entonces, adiós —dijo Morris—. Perdone mi indiscreción.
Hizo una caravana y se dio la vuelta... ella permaneció allí, inmóvil, con los ojos en el suelo, todavía varios minutos después de haber oído cerrarse la puerta del salón.
En el vestíbulo, Townsend encontró a la señora Penniman, intranquila y ávida de noticias. Había estado rondando por allí, angustiada, por el eterno e irreconciliable duelo entre su curiosidad y su dignidad.
—¡Excelente este plan suyo! —dijo Morris, encasquetándose el sombrero.
—¿Se muestra muy dura?
—No le importo absolutamente nada... y hay que ver esa sequedad...
—¿Estuvo muy seca? —volvió a preguntar la señora Penniman, solícitamente.
Morris ni siquiera se molestó en responder a esa pregunta; permaneció inmóvil aún por un momento con el sombrero puesto.
—Pero, entonces, ¿por qué diablos no se ha casado? —preguntó como hablando consigo mismo.
—Sí, ¿por qué no se ha casado? —repitió la señora Penniman. Y luego añadió, como sostenida por la carencia de respuestas a esa pregunta—. Pero no debe desesperar... ¿Volverá usted?
—¿Volver? ¡Maldición! —Y Morris Townsend salió de la casa, dejando tras él a la señora Penniman, atónita.
Mientras tanto, en el salón, Catherine, había recogido su bordado, se había sentado con él nuevamente... para toda la vida, podríamos decir.
FIN


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