© Libro N° 4038. La Evolución Creadora. Bergson, Henri. Colección E.O. Agosto 5 de 2017.
Título
original: © La Evolución Creadora.
Henri Bergson
Versión Original: © La Evolución Creadora. Henri
Bergson
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© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LA EVOLUCIÓN CREADORA
Henri Bergson
INTRODUCCIÓN
CAPITULO I
CAPITULO II
CAPÍTULO III
CAPÍTULO IV
Henri Bergson
Premio Nobel 1927
La versión al castellano de las obras contenidas en el
presente volumen se ha realizado sobre los textos franceses publicados por Les
Presses Universitaires de France, de París, en la colección Bibliothéque de
Philosophie Contemporaine, cuyos títulos originales son los siguientes:
L'EVOLUTION CRÉATRICE (La evolución creadora)
La traducción ha sido hecha sobre el texto de la edición
N° 77, de la Bibliothéque de Philosophie contemporaine, Presses Universitaires
de France, París, 1948. (N. del T.)
INTRODUCCIÓN
la historia de la evolución de la vida, por incompleta que
todavía sea, nos deja entrever cómo se ha constituido la inteligencia por un
progreso ininterrumpido, a lo largo de una línea que asciende, a través de la
serie de los vertebrados, hasta el hombre. Ella nos muestra, en la facultad de
comprender, un anexo de la facultad de actuar, una adaptación cada vez más
precisa, cada vez más compleja y flexible, de la conciencia de los seres vivos
a las condiciones de existencia que les son dadas. De ahí debería resultar esta
consecuencia: que nuestra inteligencia, en el sentido restringido de la
palabra, está destinada a asegurar la inserción perfecta de nuestro cuerpo en
su medio, a representarse las relaciones de las cosas exteriores entre sí; en
fin, a pensar la materia. Tal será, en efecto, una de las conclusiones del
presente ensayo. Veremos que la inteligencia humana se siente en sí en tanto se
la deja entre los objetos inertes, más especialmente entre los sólidos, donde nuestra
acción encuentra su punto de apoyo y nuestra industria sus instrumentos de
trabajo; que nuestros conceptos han sido formados a imagen de los sólidos, que
nuestra lógica es sobre todo la lógica de los sólidos, que, por esto mismo,
nuestra inteligencia triunfa en la geometría, donde se revela el parentesco del
pensamiento lógico con la materia inerte, y donde la inteligencia no tiene más
que seguir su movimiento natural, después del contacto más ligero posible con
la experiencia, para ir de hallazgo en hallazgo con la certidumbre de que la
experiencia marcha detrás de ella y de que le dará invariablemente la razón.
Pero de ahí debería resultar también que nuestro
pen-samiento, en su forma puramente lógica, es incapaz de representarse la
verdadera naturaleza de la vida, la significación profunda del movimiento
evolutivo. Creado por la vida en circunstancias determinadas, para actuar sobre
cosas determinadas, ¿ cómo abrazaría él la vida, si no es más que una emanación
o aspecto suyo? Depositado, en el curso de su ruta, por el movimiento
evolutivo, ¿cómo podría aplicarse a lo largo del movimiento evolutivo mismo?
Otro tanto valdría pretender que la parte iguala al todo, que el efecto puede
reabsorber en él su causa, o que el canto rodado abandonado en la playa dibuja
la forma de la ola que le ha traído hasta ella. De hecho, nos damos perfecta
cuenta que ninguna de las categorías de nuestro pensamiento -unidad,
multiplicidad, causalidad mecánica, finalidad inteligente, etc.-, se aplica
exactamente a las cosas de la vida: ¿quién podrá decir dónde comienza y dónde
termina la individualidad, si el ser vivo es uno o varios, si son las células
las que se asocian en organismo o si es el organismo el que se disocia en
células? En vano llevaremos el ser vivo a uno de estos cuadros. Todos los
cuadros crujen. Son demasiado estrechos, sobre todo demasiado rígidos para lo
que querríamos colocar en ellos. Nuestro razonamiento, tan seguro de sí cuando
circula a través de las cosas inertes, se siente a disgusto sobre este nuevo
terreno. Nos encontraríamos grandemente embarazados para citar un hallazgo
biológico debido al razonamiento puro. Y, con más frecuencia, cuando la
experiencia ha terminado por mostrarnos cómo la vida se las ingenia para
obtener un cierto resultado, hallamos que su manera de operar es precisamente
aquella en la que nunca habíamos pensado.
Sin embargo, la filosofía evolucionista extiende sin duda
a las cosas de la vida los procedimientos de explicación que han tenido éxito
para la materia bruta. Había comenzado por mostrarnos en la inteligencia un
efecto local de la evolución, una luz, quizás accidental, que ilumina el vaivén
de los seres vivos en el estrecho paso abierto a su acción: y he aquí que de
pronto, olvidando lo que acaba de decirnos, hace de esta linterna manejada en
el fondo de un subterráneo un sol que iluminará el mundo. Atrevidamente,
procede con sólo las fuerzas del pensamiento conceptual a la reconstrucción
ideal de todas las cosas, incluso de la vida. Es verdad que se encuentra en
ruta con tan formidables dificultades, ve su lógica abocar aquí a tan extrañas
contradicciones, que bien pronto renuncia a su ambición primera. Ya no es la
realidad misma, dice, la que ella recompondrá, sino solamente una imitación de
lo real, o mejor una imagen simbólica; la esencia de las cosas se nos escapa y
se nos escapará siempre; nos movemos entre relaciones, de tal modo que lo
absoluto no es nuestro resorte y nos detenemos ante lo incognoscible. Se trata
verdaderamente, después de un insensato orgullo por parte de la inteligencia,
de un exceso de humildad. Si la forma intelectual del ser vivo se ha modelado
poco a poco sobre las acciones y reacciones recíprocas de ciertos cuerpos y de
su contorno material, ¿cómo no iba a entregarnos algo de la esencia misma de la
que están hechos los cuerpos? La acción no sabría moverse en lo irreal. De un espíritu
nacido para especular o para soñar podría admitir que permanece exterior a la
realidad, que la deforma y que la transforma, quizás incluso que la ha creado,
como creamos las figuras de hombres y de animales que recorta nuestra
imaginación en la nube que pasa. Pero una inteligencia tendida hacia la acción
que se realizará y hacia la reacción que se seguirá de ella, que palpa su
objeto para recibir de él en todo momento la impresión móvil, es una
inteligencia que toca algo de lo absoluto. ¿Habríamos tenido jamás la idea de
poner en duda este valor absoluto de nuestro conocimiento, si la filosofía no
nos hubiese mostrado con qué contradicciones se encuentra, a qué dificultades
aboca? Pero estas dificultades, estas contradicciones nacen de que aplicamos las
formas habituales de nuestro pensamiento a objetos sobre los cuales no puede
ejercerse nuestra habilidad, y para los cuales, por consiguiente, no están
hechos nuestros cuadros. El conocimiento intelectual, en tanto se refiere a un
cierto aspecto de la materia inerte, debe por el contrario presentarnos su
impronta fiel, obtenida sobre este objeto particular. No se hace relativo más
que si pretende representarnos la vida tal como ella es, es decir el clisador
que ha tomado la impronta.
¿Es preciso, pues, renunciar a profundizar en la
naturaleza de la vida? ¿Es preciso atenerse a la representación mecanicista que
el entendimiento nos dará siempre, representación necesariamente artificial y
simbólica, ya que estrecha la actividad total de la vida en forma de una cierta
actividad humana, la cual no es más que una manifestación parcial y local de la
vida, un efecto o un residuo de la operación vital?
Lo sería si la vida hubiese empleado todo lo que ella
encierra de virtualidades psíquicas para hacer puros entendimientos, es decir,
para preparar geómetras. Pero la línea de evolución que aboca en el hombre no
es la única. Sobre otras rutas, divergentes, se han desarrollado otras formas
de la conciencia, que no han sabido liberarse de las presiones exteriores ni
concentrarse sobre sí mismas, como lo ha hecho la inteligencia humana, pero que
no expresan menos, ellas también, algo de inmanente y de esencial en el
movimiento evolutivo. Al aproximarlas unas a otras, al hacerlas fusionar en
seguida con la inteligencia, no se obtendría esta vez una conciencia
coextensiva a la vida, y capaz, al volverse bruscamente contra el impulso vital
que siente detrás de sí, de obtener de él una visión íntegra, aunque sin duda
evanescente?
Se dirá que, incluso así, no sobrepasamos nuestra
inteligencia, ya que es con nuestra inteligencia, a través de nuestra
inteligencia, como miramos todavía las demás formas de la conciencia. Y habría
razón para decirlo, si fuésemos puras inteligencias, si no hubiese quedado
alrededor de nuestro pensamiento conceptual y lógico una nebulosidad vaga,
hecha de la sustancia misma a expensas de la cual se ha formado el núcleo
luminoso al que denominamos inteligencia. Ahí residen ciertas potencias
complementarias del entendimiento, potencias de las que no tenemos más que un
sentimiento confuso cuando permanecemos encerrados en nosotros, pero que se
iluminarán y se distinguirán cuando ellas mismas pongan manos a la obra, por
decirlo así, en la evolución de la naturaleza. Aprenderán de esta manera qué
esfuerzo tienen que hacer para intensificarse y para dilatarse en el
sentimiento mismo de la vida.
Es decir, que la teoría del conocimiento y la teoría de la
vida nos parecen inseparables una de otra. Una teoría de la vida que no se
acompañe de una crítica del conocimiento está obligada a aceptar, al pie de la
letra, los conceptos que el entendimiento pone a su disposición: no puede sino
encerrar los hechos, de grado o por fuerza, en cuadros preexistentes que
considera como definitivos. Obtiene así un simbolismo fácil, necesario incluso
quizás a la ciencia positiva, pero no una visión directa de su objeto. Por otra
parte, una teoría del conocimiento, que coloca de nuevo a la inteligencia en la
evolución general de la vida, no nos enseñará ni cómo están constituidos los
cuadros de la inteligencia, ni cómo podemos ampliarlos o sobrepasarlos.
Es preciso que estas dos investigaciones, teoría del
conocimiento y teoría de la vida, se reúnan, y, por un proceso circular, se
empujen una a otra indefinidamente.
Así podrán resolver por un método más seguro, más cercano
a la experiencia, los grandes problemas que presenta la filosofía. Porque, si
tuviesen éxito en su empresa común, nos harían asistir a la formación de la
inteligen- cia y, por ende, a la génesis de esta materia cuya configuración
general dibuja nuestra inteligencia. Ahondarían hasta la raíz misma de la
naturaleza y del espíritu. Sustituirían el falso evolucionismo de Spencer -que
consiste en recortar la realidad actual, ya evolucionada, en pequeños trozos no
menos evolucionados, luego en recomponerla con estos fragmentos y en darse así,
de antemano, todo lo que se trata de explicar- por un evolucionismo verdadero,
en el que la realidad sería seguida en su generación y su crecimiento.
Pero una filosofía de este género no se hará en un día. A
diferencia de los sistemas propiamente dicho?, cada uno de los cuales fue obra
de un hombre genial y se presentó como un bloque, que puede tomarse o dejarse,
no podrá constituirse más que por el esfuerzo colectivo y progresivo de muchos
pensadores, de muchos observadores también, completándose, corrigiéndose,
enderezándose unos a otros. Pero tampoco el presente ensayo trata de resolver
de una vez los problemas más importantes.
Querría simplemente definir el método y hacer entrever,
sobre algunos puntos esenciales, la posibilidad de aplicarlo.
El plan ha sido trazado por el objeto mismo. En un primer
capítulo, ensayamos para el progreso evolutivo las dos prendas de confección de
que dispone nuestro entendimiento: mecanicismo y finalidad
[1]; mostramos que no nos valen ni la una ni la otra, pero
que una de las dos podría ser recortada, recosida, y, bajo esta nueva forma,
sentar menos mal que la otra. Para sobrepasar el punto de vista del
entendimiento, tratamos de reconstruir, en nuestro segundo capítulo, las
grandes líneas de evolución que ha recorrido la vida al lado de la que llevaba
a la inteligencia humana. La inteligencia se encuentra así colocada,
nuevamente, en su causa generatriz, que trataría entonces de aprehender en sí
misma y de seguir en su movimiento. Un esfuerzo de este género es el que
intentamos -aunque de manera incompleta- en nuestro tercer capítulo. Una cuarta
y última parte está destinada a mostrar cómo nuestro entendimiento mismo,
sometiéndose a una cierta disciplina, podría preparar una filosofía que le
sobrepase. Para esto, se haría necesaria una ojeada a la historia de los
sistemas, al mismo tiempo que un análisis de las dos grandes ilusiones a las
que se expone, desde que especula sobre la realidad en general el entendimiento
humano.
CAPITULO I
DE LA EVOLUCIÓN DE LA VIDA. MECANICISMO Y FINALIDAD
La existencia de que estamos más seguros y que mejor
conocemos es indiscutiblemente la nuestra, porque de todos los demás objetos
tenemos nociones que pueden considerarse como exteriores y superficiales, en
tanto que nosotros nos percibimos a nosotros mismos interiormente,
profundamente. ¿ Qué constatamos entonces? ¿Cuál es, en este caso privilegiado,
el sentido preciso de la palabra "existir"? Recordemos aquí, en dos
palabras, las conclusiones de un trabajo anterior.
Me doy cuenta primero de que paso de un estado a otro.
Tenga calor o frío, esté alegre o esté triste, trabaje o no haga nada, miro a
lo que me rodea o pienso en otra cosa. Sensaciones, sentimientos, voliciones,
representaciones, he aquí las modificaciones entre las que se reparte mi
existencia y que la colorean alternativamente. Cambio, pues, sin cesar. Pero
con esto no digo bastante. El cambio es más radical de lo que en primer lugar
se creería.
Hablo, en efecto, de cada uno de mis estados como si
formase un bloque. Digo ciertamente que cambio, pero el cambio me parece
residir en el paso de un estado al siguiente: de cada estado, tomado aparte,
deseo creer que permanece lo que es durante el tiempo que se produce. Sin
embargo, un ligero esfuerzo de atención me revelaría que no hay afección,
representación ni volición que no se modifique en todo momento; si un estado de
alma cesase de variar, su duración cesaría de transcurrir. Tomemos el más estable
de los estados internos, la percepción visual de un objeto exterior inmóvil.
Aunque el objeto permanezca el mismo y yo lo mire del mismo lado, bajo el mismo
ángulo, en el mismo día, la visión que tengo de él difiere de la que acabo de
tener, pues se dará el caso de haber envejecido un instante. Mi memoria está
ahí, introduciendo algo de este pasado en este presente. Mi es - tado de alma,
al avanzar en la ruta del tiempo, se infla continuamente con la duración que lo
engrosa y hace, por decirlo así una bola de nieve consigo mismo. Con más razón
ocurre así con los estados más profundamente interiores -sensaciones,
afecciones, deseos, etc.-, que no se corresponden, como una simple percepción
visual, con un objeto exterior invariable. Pero es fácil no prestar atención a
este cambio ininterrumpido, y no notarlo más que cuando engrosa lo bastante
para imprimir al cuerpo una nueva actitud, y a la atención una dirección nueva.
En este momento preciso nos encontramos con que hemos cambiado de estado. La
verdad es que cambiamos sin cesar y que el estado mismo es ya un cambio.
Es decir que no hay diferencia esencial entre pasar de un
estado a otro y persistir en el mismo estado. Si el estado que "permanece
lo mismo" es más variado de lo que se cree, inversamente el paso de un
estado a otro semeja más de lo que se imagina a un mismo estado que se
prolonga; la transición es continua. Pero, precisamente porque cerramos los
ojos a la incesante variación de cada estado psicológico, estamos obligados,
cuando la variación llega a ser tan considerable que se impone a nuestra
atención, a hablar como si un nuevo estado se hubiese yuxtapuesto al
precedente. De éste suponemos que permanece invariable a su vez, y así
consecutiva e indefinidamente. La aparente discontinuidad de la vida
psicológica estriba, pues, en que nuestra atención se fija sobre ella por una
serie de actos discontinuos: donde no hay más que una pendiente dulce, creemos
percibir, siguiendo la línea rota de nuestros actos de atención, los peldaños
de una escalera. Es verdad que nuestra vida psicológica está llena de imprevistos.
Surgen mil incidentes que parecen dar un tajo sobre lo que precede y no
referirse ya a lo que les sigue. Pero la discontinuidad de sus apariciones se
destaca sobre la continuidad de un fondo en el cual se dibujan y al que dan la
sinfonía los golpes de tambor que suenan de cuando en cuando. Nuestra atención
se fija en ellos porque le interesan más, pero cada uno de ellos es llevado por
la masa fluida de nuestra existencia psicológica entera. Cada uno de ellos no
es más que el punto mejor iluminado de una zona móvil que comprende todo lo que
sentimos, pensamos, queremos, todo lo que somos, en fin, en un momento dado. Es
esta zona entera la que constituye, en realidad, nuestro estado. Ahora bien, de
los estados así definidos puede decirse que no son elementos distintos. Se
continúan unos a otros en un transcurso sin fin.
Pero como nuestra atención los ha distinguido y separado
artificialmente, está obligada a reunirlos en seguida por un lazo artificial.
Imagina así un yo amorfo, indiferente, inmutable, sobre el que desfilarían o se
enhebrarían los estados psicológicos que ella ha erigido en entidades
independientes.
Donde hay una fluidez de matices fugaces que montan unos
sobre otros, ella percibe colores vivos y, por decirlo así, sólidos, que se
yuxtaponen como las perlas variadas de un collar: es forzoso suponer entonces
un hilo, no menos sólido, que retendría conjuntamente las perlas. Pero si este
sustrato incoloro es coloreado sin cesar por lo que le recubre, resulta para
nosotros, en su indeterminación, como si no existiese. Ahora bien, no
percibimos precisamente más que lo coloreado, es decir, estados psicológicos.
A decir verdad, este "sustrato" no es una
realidad; es, para nuestra conciencia, un simple signo destinado a recordarle
sin cesar el carácter artificial de la operación por la que la atención
yuxtapone un estado a un estado, allí donde hay una continuidad que se
desarrolla. Si nuestra existencia se compusiese de estados separados de los que
un "yo" impasible tuviese que realizar la síntesis, no habría para
nosotros duración. Porque un yo que no cambia no dura, y un estado psicológico
que permanece idéntico a sí mismo, en tanto no es reemplazado por el estado
siguiente, no dura ya. Por más que, desde entonces, se alineen estos estados
unos al lado de otros sobre el "yo" que los sostiene, jamás estos
sólidos enfilados sobre lo sólido producirán esa duración que transcurre. La
verdad es que se obtiene así una imitación artificial de la vida interior, un
equivalente estático que se prestará mejor a las exigencias de la lógica y del
lenguaje, precisamente porque se habrá eliminado de él el tiempo real.
Pero en cuanto a la vida psicológica, tal como ella se
desarrolla en los símbolos que la recubren, se percibe sin dificultad que es su
trama misma.
No hay por lo demás trama más resistente ni más
sustancial. Porque nuestra duración no es un instante que reemplaza a un
instante: entonces, no habría nunca otra cosa que el presente, no habría
prolongación del pasado en lo actual, ni evolución, ni duración concreta. La
duración es el progreso continuo del pasado que corroe el porvenir y que se
dilata al avanzar. Desde el momento en que el pasado aumenta sin cesar, se
conserva también indefinidamente. La memoria, como hemos tratado de probar, no
es una facultad de clasificar recuerdos en el cajón de un armario o de
inscribirlos en un registro. No hay registro ni cajón; no hay incluso aquí,
hablando con propiedad, una facultad, porque una facultad se ejercita
intermitentemente, cuando quiere o cuando puede, en tanto que el amontonamiento
del pasado sobre el pasado se prosigue sin tregua.
En realidad, el pasado se conserva por sí mismo,
automáticamente. Todo entero, sin duda, nos sigue a cada instante: lo que hemos
sentido, pensado, querido desde nuestra primera infancia, está ahí, pendiendo
sobre el presente con el que va a unirse, ejercien- do presión contra la puerta
de la conciencia que querría dejarlo fuera. El mecanismo cerebral está hecho
precisamente para hacer refluir su casi totalidad en lo inconsciente y para no
introducir en la conciencia más que lo que por naturaleza está destinado a
iluminar la situación presente, a ayudar a la acción que se prepara, a dar, en
fin, un trabajo útil. A lo más, recuerdos de lujo alcanzan a pasar de
contrabando por la puerta entreabierta. Y ellos, mensajeros de lo inconsciente,
nos advierten de lo que arrastramos detrás de nosotros sin saberlo. Pero
incluso aunque no tuviésemos la idea distinta, sentiríamos vagamente que
nuestro pasado nos permanece como presente. ¿Qué somos, en efecto, qué es
nuestro carácter, sino la condensación de la historia que hemos vivido a partir
de nuestro nacimiento, antes incluso de nacer, ya que traemos con nosotros
disposiciones prenatales? Sin duda, no pensamos más que con una pequeña parte
de nuestro pasado; pero es con nuestro pasado entero, comprendida en él nuestra
curvatura original del alma, con el que deseamos, queremos y actuamos. Nuestro
pasado se manifiesta pues íntegramente a nosotros por su impulso y en forma de
tendencia, aunque solamente una débil parte se convierta en representación.
De esta supervivencia del pasado resulta la imposibilidad,
para una conciencia, de atravesar dos veces el mismo estado. Aunque las
circunstancias sean las mismas, ya no actúan sobre la misma persona, puesto que
la toman en un nuevo momento de su historia. Nuestra personalidad, que se
construye a cada momento con la experiencia acumulada, cambia sin cesar. Al
cambiar, impide que un estado, aún idéntico a sí mismo en superficie, se repita
en profundidad. Y por ello nuestra duración resulta irreversible. No podríamos
revivir una parcela suya, porque sería preciso comenzar por borrar el recuerdo
de todo lo que ha seguido. Podríamos, en rigor, borrar este recuerdo de nuestra
inteligencia, pero no de nuestra voluntad.
Así, nuestra personalidad se desarrolla, crece, madura
incesantemente. Cada uno de sus momentos es algo nuevo que se añade a lo
anterior. Vayamos más lejos: no se trata solamente de algo nuevo, sino de algo
imprevisible. Sin duda, mi estado actual se explica por lo que había en mí y
por lo que actuaba sobre mí hace un poco. No encontraría otros elementos en el
análisis. Pero una inteligencia, incluso sobrehumana, no hubiese podido prever
la forma simple, indivisible, que da a estos elementos completamente abstractos
su organización concreta. Porque prever consiste en proyectar en el porvenir lo
que se ha percibido en el pasado, o en representarse para más tarde una nueva
ensambladura, en otro orden, de los elementos ya percibidos. Pero lo que no se
ha percibido nunca y lo que es al mismo tiempo simple, resulta necesariamente
imprevisible. Ahora bien, tal es el caso de cada uno de nuestros estados,
considerado como un momento de una historia que se desarrolla: es simple, y no
puede haber sido percibido ya, puesto que concentra en su indivisibilidad todo
lo percibido junto con lo que, además, le añade el presente. Es un momento
original de una no menos original historia.
El retrato terminado se explica por la fisonomía del
modelo, por la naturaleza del artista, por los colores disueltos sobre la
paleta; pero, incluso con el conocimiento de lo que lo explica, nadie, ni aun
el artista, hubiese podido prever con exactitud lo que sería el retrato, porque
el predecirlo hubiese sido producirlo antes de haber sido hecho, hipótesis
absurda que se destruye a sí misma. Otro tanto ocurre con los momentos de
nuestra vida, de la que somos sus artesanos. Cada uno de ellos es una especie de
creación. Y lo mismo que el talento del pintor se forma o se deforma, y en todo
caso se modifica, bajo la influen-cia misma de las obras que produce, así cada
uno de nuestros estados, al mismo tiempo que sale de nosotros, mo-difica
nuestra persona, siendo como la forma nueva que acabamos de darnos. Hay, pues,
razón para decir que lo que hacemos depende de lo que somos; pero debe
aña-dirse que somos, en cierta medida, lo que hacemos y que nos creamos
continuamente a nosotros mismos. Esta crea-ción de sí por sí es tanto más
completa, por lo demás, cuanto mejor se razona sobre lo que se hace. Porque la
razón no procede aquí como en geometría, en donde las premisas son dadas una
vez por todas, impersonales, y donde se impone una conclusión impersonal. Aquí,
por el contrario, las mismas razones podrán inspirar, a personas diferentes o a
la misma persona en momentos diferentes, actos profundamente diferentes, aunque
igualmente razonables. A decir verdad, no se trata de las mismas razones,
puesto que no son las de la misma persona ni las del mismo momento. Por lo cual
no se puede operar sobre ellas in abstracto, desde fuera, como en geometría, ni
resolver a otro los problemas que la vida le impone. Cada uno habrá de
resolverlos desde su interioridad, por su cuenta. Pero no tenemos por qué
profundizar en este punto. Buscamos tan sólo qué sentido preciso da nuestra
conciencia a la palabra "existir", y encontramos que, para un ser
consciente, existir consiste en cambiar, cambiar madurando, madurar creándose
indefinidamente a sí mismo. ¿Di-ríase otro tanto de la existencia en general?
Un objeto material, tomado al azar, presenta caracteres
inversos a los que acabamos de enumerar. O permanece tal cual es, o, si cambia
bajo la influencia de una fuerza exterior, nos representamos este cambio como
un desplazamiento de partes que no cambian. Si estas partes cambiasen, las
fragmentaríamos a su vez. Descenderemos así hasta las moléculas de que están
hechos los fragmentos, hasta los átomos constitutivos de las moléculas, hasta
los corpúsculos generadores de los átomos, hasta lo "imponderable" en
el seno del cual se formaría el corpúsculo por un simple torbellino.
Llevaremos, en fin, la división o el análisis tan lejos
como sea preciso. Pero no nos detendremos sino ante lo inmutable.
Ahora bien, decimos que el objeto compuesto cambia por el
desplazamiento de sus partes. Pero cuando una parte ha dejado su posición, nada
le impide volver a recobrarla. Un grupo de elementos que ha pasado por un
estado, puede pues, en todo momento, volver a él, si no por sí mismo, al menos
por el efecto de una causa exterior que vuelve a ponerlo todo en su lugar. Esto
equivale a decir que un estado del grupo podrá repetirse tan frecuentemente
como se quiera y que, por consiguiente, el grupo no envejece, no tiene
historia.
Así, nada se crea en él, ni forma ni materia. Lo que el
grupo será está ya presente en lo que es, con tal que se comprenda en lo que es
todos los puntos del universo con los que se le supone en relación.
Una inteligencia sobrehumana calcularía, para no importa
qué momento del tiempo, la posición de no importa qué punto del sistema en el
espacio. Y como no hay nada más en la forma del todo que la disposición de las
partes, las formas futuras del sistema son teóricamente visibles en su
configuración presente.
Toda nuestra creencia en los objetos, todas nuestras
operaciones con los sistemas que la ciencia aísla, descansan en efecto sobre la
idea de que el tiempo no actúa sobre ellos. Hemos tocado algo de esto en un
trabajo anterior. Volveremos de nuevo en el curso del presente estudio. Por el
momento limitémonos a hacer notar que el tiempo abstracto t atribuido por la
ciencia a un objeto material o a un sistema aislado, no consiste más que en un
número determinado de simultaneidades, o más generalmente de correspondencias,
y que este número permanece el mismo, sea cual sea la naturaleza de los
intervalos que separan unas correspondencias de otras. Jamás se presenta la
cuestión de estos intervalos cuando se habla de la materia bruta; o si se les
toma en consideración, es para contar ahí con correspondencias nuevas, entre
las cuales podrá pasar todavía todo lo que se quiera. El sentido común, que
sólo se ocupa de los objetos separados, como también la ciencia, que no
considera más que sistemas aislados, se coloca en los extremos de los
intervalos y no a lo largo de los intervalos mismos. Por lo cual podríamos
suponer que el flujo del tiempo tomó una rapidez infinita, que todo el pasado,
el presente y el porvenir de los objetos materiales o de los sistemas aislados
se hizo patente de una vez en el espacio: nada habría que cambiar ni en las
fórmulas del sabio ni incluso en el lenguaje del sentido común. El número t
significaría siempre lo mismo. Contaría todavía con el mismo número de
correspondencias entre los estados de los objetos o de los sistemas y los
puntos de la línea plenamente trazada que sería ahora "el curso del
tiempo".
Sin embargo, la sucesión es un hecho indiscutible, incluso
en el mundo material. Nuestros razonamientos sobre los sistemas aislados en
vano implicarán que la historia pasada, presente y futura de cada uno de ellos
sea explicable toda de una vez, como desplegada en abanico; esta historia se
desenvuelve poco a poco, como si ocupase una duración análoga a la nuestra. Si
deseo prepararme un vaso de agua azucarada, por más que haga, debo esperar a
que el azúcar se disuelva. Este hecho sin importancia está lleno de enseñanzas.
Pues el tiempo que tengo que esperar no es ya ese tiempo matemático que se
aplicaría también a lo largo de la historia entera del mundo material, aun
cuando se nos mostrase toda de una vez en el espacio. Coincide con mi
impaciencia, es decir, con una cierta porción de mi duración, que no es
prolongable ni reducible a voluntad. No se trata ya de algo pensado, sino de
algo vivido, esto es, de una relación, de lo absoluto. ¿Y no equivale a decir
que el vaso de agua, el azúcar, y el proceso de disolución del azúcar en el
agua son sin duda abstracciones, y que el Todo en el que están recortados por
mis sentidos y mi entendimiento progresa quizás a la manera de una conciencia?
Ciertamente, la operación por la cual la ciencia aísla y
cierra un sistema no es una operación completamente artificial. Si no tuviese
un fundamento objetivo, no se explicaría que estuviese indicada en ciertos
casos, pero no en otros. Veremos que la materia tiene una tendencia a construir
sistemas aislables, que pueden tratarse geométricamente. Incluso la definiremos
por esta tendencia. Pero no se trata más que de una tendencia. La materia no va
hasta el fin, y el aislamiento no es nunca completo. Si la ciencia va hasta el
fin y aísla por completo, es para facilidad del estudio. Ella sobreentiende que
el sistema, aislado, permanece sometido a ciertas influencias exteriores. Las
da simplemente de lado, ya porque las encuentre demasiado débiles para despreciarlas,
ya porque se reserve tenerlas en cuenta más tarde. No es menos verdad que estas
influencias son como otros tantos hilos que enlazan el sistema a otro más
amplio, éste a un tercero que engloba a los dos, y así en sucesión hasta llegar
al sistema más objetivamente aislado y más independiente de todos: el sistema
solar en su conjunto. Pero, aun aquí, el aislamiento no es absoluto.
Nuestro sol irradia su calor y su luz más allá del planeta
más lejano. Y, por otra parte, se mueve, y arrastra consigo los planetas y sus
satélites, en una dirección determinada. El hilo que le ata al resto del
universo es sin duda muy tenue. Sin embargo, a lo largo de este hilo se
transmite, hasta la más pequeña parcela del mundo en que vivimos, la duración
inmanente al todo del universo.
El universo dura. Cuanto más profundicemos en la
naturaleza del tiempo, más comprenderemos que duración significa invención,
creación de formas, elaboración continua de lo absolutamente nuevo. Los
sistemas delimitados por la ciencia no duran sino porque están indisolublemente
ligados al resto del universo. Es verdad que en el universo mismo debemos
distinguir, como diremos más adelante, dos movimientos opuestos, el uno de
"descenso", el otro de "subida". El primero no hace más que
desenvolver un rollo ya preparado. Podría, en principio, realizarse de una
manera casi instantánea, como ocurre a un resorte que se afloja. Pero el
segundo, que corresponde a un trabajo interior de maduración o de creación,
dura esencialmente, e impone su ritmo al primero, que es inseparable de él.
Nada impide, pues, atribuir a los sistemas que la ciencia
aísla una duración y, por ello, una forma de existencia análoga a la nuestra,
si se les reintegra al Todo. Pero es preciso efectuar esta reintegración. Y
otro tanto diríamos, a fortiori, de los objetos delimitados por nuestra
percepción. Los contornos distintos que atribuimos a un objeto, y que le
confieren su individualidad, no son más que el dibujo de un cierto género de
influencia que podríamos ejercer en un cierto punto del espacio: es el plano de
nuestras acciones eventuales el devuelto a nuestros ojos, como por un espejo,
cuando percibimos las superficies y las aristas de las cosas. Suprimid esta
acción y por consiguiente las grandes rutas que ella frecuenta de antemano, por
medio de la percepción, en la confusión de lo real, y la individualidad del
cuerpo se reabsorbe en la universal interacción que es sin duda la realidad
misma.
Ahora bien, hemos considerado objetos materiales tomados
al azar. ¿Pero no hay objetos privilegiados? Decíamos que los cuerpos brutos
son tallados en la trama de la naturaleza por una percepción cuyos cinceles
siguen, en cierto modo, el punteado de las líneas sobre las que pasaría la
acción. Pero el cuerpo que ejerce esta acción, el cuerpo que, antes de realizar
acciones reales, proyecta ya sobre la materia el dibujo de sus acciones
virtuales, el cuerpo que no tiene más que dirigir sus órganos sensoriales sobre
el flujo de lo real para hacerlo cristalizar en formas definidas y crear así
todos los demás cuerpos, el cuerpo vivo, en fin, ¿es un cuerpo como los demás?
Sin duda, consiste, él también, en una porción de
extensión enlazada al resto de la extensión, solidaria del Todo, sometida a las
mismas leyes físicas y químicas que gobiernan no importa qué porción de la
materia. Pero en tanto que la subdivisión de la materia en cuerpos aislados es
relativa a nuestra percepción; en tanto que la constitución de sistemas
cerrados de puntos materiales es relativa a nuestra ciencia, el cuerpo vivo ha
sido aislado y cerrado por la naturaleza misma. Se compone de partes heterogéneas
que se completan unas a otras. Realiza funciones diversas que se implican unas
a otras. Es un individuo, y de ningún otro objeto, incluso del cristal, puede
decirse otro tanto, ya que un cristal no tiene ni heterogeneidad de partes ni
diversidad de funciones. Sin duda, resulta difícil determinar, incluso en el
mundo organizado, lo que es individuo y lo que no lo es. La dificultad ya es
grande en el reino animal; se hace casi insuperable, cuando se trata de los
vegetales. Esta dificultad reside, por lo demás, en causas profundas, sobre las
que insistiremos más adelante. Se verá que la individualidad encierra una
infinidad de grados y que en ninguna parte, ni siquiera en el hombre, se
realiza plenamente. Pero esta no es una razón para rehusar ver ahí una
propiedad característica de la vida. El biólogo que procede como geómetra,
triunfa demasiado fácilmente sobre nuestra impotencia para dar de la
individualidad una definición precisa y general. Una definición perfecta no se
aplica más que a una realidad hecha; ahora bien, las propiedades vitales no
están nunca enteramente realizadas, sino siempre en vía de realización: son
menos estados que tendencias. Y una tendencia no obtiene todo lo que ella trata
de alcanzar más que si no es contrariada por ninguna otra tendencia: ¿cómo
podría presentarse este caso en el dominio de la vida, donde hay siempre, como
mostraremos, implicación recíproca de tendencias antagónicas? En particular, en
el caso de la individualidad, puede decirse que, si la tendencia a individualizarse
está presente en todas partes en el mundo organizado, es combatida también en
todas partes por la tendencia a reproducirse. Para que la individualidad fuese
perfecta, sería preciso que no pudiese vivir separadamente ninguna parte
aislada del organismo. Pero la reproducción se haría entonces imposible. ¿Qué
es ésta, en efecto, sino la reconstrucción de un organismo nuevo con un
fragmento separado del antiguo? La individualidad aloja su enemigo en ella. La
necesidad misma que ella experimenta de perpetuarse en el tiempo la condena a
no estar jamás completa en el espacio. Corresponde al biólogo hacer, en cada
uno de los casos, la partición de las dos tendencias. En vano, pues, le
pediremos una definición de la individualidad for-mulable una vez por todas y
aplicable automáticamente. Pero con demasiada frecuencia se razona sobre las
cosas de la vida como sobre las modalidades de la materia bruta. En ninguna
parte la confusión es tan visible como en las discusiones sobre la
individualidad. Se nos muestran los trozos de un Lumbriculus regenerando cada
uno su cabeza y viviendo en adelante corno otros tantos individuos
independientes, o una Hydra cuyos pedazos se convierten en otras tantas Hydras
nuevas, o un huevo de erizo, cuyos fragmentos desarrollan embriones completos:
¿dónde estaba, pues, se nos preguntará, la individualidad del huevo, de la
Hydra o del gusano? Pero de que ahora haya varias individualidades no se sigue
que no haya habido antes una individualidad única. Reconozco que después de ver
caer varios cajones de un mueble, no tenía derecho a decir que el mueble era
todo de una pieza. Pero lo que no puede haber en el presente de este mueble más
que en su pasado es que, si está hecho ahora de varias piezas heterogéneas,
también lo estaba desde el momento de su fabricación. Más generalmente, los
cuerpos no organizados, que son aquellos de los que tenemos necesidad para
actuar y sobre los que hemos modelado nuestra manera de pensar, son regidos por
esta ley simple: "el presente no contiene nada más que el pasado, y lo que
se encuentra en el efecto estaba ya en su causa". Pero supongamos que el
cuerpo organizado tenga por rasgo distintivo crecer y modificarse sin cesar,
como testimonia por lo demás la observación más superficial; no habría nada
sorprendente en que fuese uno primero y varios después. La reproducción de los
organismos unicelulares consiste en esto mismo, en que el ser vivo se divide en
dos mitades cada una de las cuales es un individuo completo. Es verdad que en
los animales más complejos la naturaleza localiza en células llamadas sexuales,
casi independientes, el poder de producir de nuevo el todo. Pero algo de este
poder puede permanecer difuso en el resto del organismo, como lo prueban los
hechos de regeneración, y se concibe que, en ciertos casos privilegiados, la
facultad subsiste íntegra en estado latente y se manifiesta en la primera
ocasión. A decir verdad, para que yo pueda hablar de individualidad, no es
necesario que el organismo no pueda escindirse en fragmentos viables. Basta que
este organismo haya presentado una cierta sistematización de partes antes de la
fragmentación y que la misma sistematización tienda a reproducirse en los
fragmentos una vez separados. Ahora bien, esto es justamente lo que observamos
en el mundo organizado.
Concluyamos, pues, diciendo que la individualidad no es
nunca perfecta, que resulta difícil y a veces casi imposible precisar lo que es
individuo y lo que no lo es, pero que la vida no deja de manifestar por ello
una búsqueda de la individualidad y que tiende a constituir sistemas
naturalmente aislados, naturalmente cerrados. Por ello, un ser vivo se
distingue de todo lo que nuestra percepción o nuestra ciencia aísla o cierra
artificialmente. Nos equivocaríamos si le comparásemos con un objeto. Si quisiéramos
buscar en lo no organizado un término de comparación, deberíamos asimilar el
organismo vivo antes bien a la totalidad del universo material y no a un objeto
determinado. Es verdad que la comparación no nos servirla gran cosa, porque un
ser vivo es un ser observable, en tanto que el todo del universo es construido
o reconstruido por el pensamiento. Al menos nuestra atención sería solicitada
en cuanto al carácter esencial de la organización. Como el universo en su
conjunto, como cada ser consciente tomado aparte, el organismo que vive es algo
que dura. Su pasado se prolonga todo entero en su presente, y ahí permanece
actual y actuando. ¿Podría comprenderse de otro modo que atravesase fases bien
reguladas, que cambiase de edad, en fin, que tuviese una historia? Si considero
mi cuerpo en particular, encuentro que, semejante a mi conciencia, madura poco
a poco desde la infancia a la vejez; como yo, envejece. Incluso madurez y vejez
no son, hablando con propiedad, más que atributos de mi cuerpo; sólo metafóricamente
doy el mismo nombre a los cambios correspondientes de mi persona consciente.
Ahora, si paso de arriba abajo la escala de los seres vivos; si paso de uno de
los más diferenciados a uno de los menos diferenciados; si paso del organismo
pluricelular al organismo unicelular del infusorio, encuentro de nuevo, en esta
simple célula, el mismo proceso de envejecimiento. El infusorio se agota al
cabo de un cierto número de divisiones, y si se puede, modificando el medio,
retardar el momento en que se hace necesario un rejuvenecimiento por
conjugación, no sabríamos retrotraerlo indefinidamente. Es verdad que entre
estos dos extremos, en que el organismo está plenamente individualizado,
encontraríamos una multitud de otros en que se marca menos la individualidad, y
en los cuales, aunque haya sin duda envejecimiento en alguna parte, no
sabríamos decir justamente lo que envejece. Una vez más, no existe ley
biológica universal que se aplique enteramente, automáticamente, a no importa
qué ser vivo. No hay más que direcciones en las que la vida lanza a las
especies en general. Cada especie particular, en el acto mismo por el cual se
constituye, afirma su independencia, sigue su capricho, se desvía más o menos
de la línea, a veces incluso remonta la pendiente y parece volver la espalda a
la dirección original. No habrá, dificultad en mostrarnos que un árbol no
envejece, ya que sus ramas terminales son siempre jóvenes, siempre también
capaces de engendrar, por trasplante, árboles nuevos. Pero en un organismo
parecido -que es por lo demás una sociedad antes que un individuo-, algo
envejece, aunque no sean más que las hojas y el interior del tronco. Y cada
célula, considerada aparte, evoluciona de una manera determinada. Dondequiera
que algo vive, hay, abierto en alguna parte, un registro en el que se inscribe
el tiempo.
Esto no es otra cosa, se dirá, que una metáfora. Pero es
esencial al mecanicismo, en efecto, tener por metafórica toda expresión que
atribuye al tiempo una acción eficaz y una realidad propia. La observación
inmediata nos muestra que el fondo mismo de nuestra existencia consciente es
memoria, es decir, prolongación del pasado en el presente, es decir todavía,
duración que actúa e irreversible. El razonamiento nos prueba que cuanto más
nos alejamos de los objetos recortados y de los sistemas aislados por el sentido
común y la ciencia, más nos las habernos con una realidad que cambia en bloque
en sus disposiciones interiores, como si una memoria acumuladora del pasado
hiciese imposible ahí la vuelta atrás. El instinto mecanicista del espíritu es
más fuerte que el razonamiento, más fuerte que la observación inmediata. El
metafísico que llevamos inconscientemente en nosotros, y cuya presencia se
explica, como veremos más adelante, por el lugar mismo que ocupa el hombre en
el conjunto de los seres vivos, tiene sus exigencias detenidas, sus
explicaciones hechas, sus tesis irreductibles: todas se refieren a la negación
de la duración concreta. Es preciso que el cambio se reduzca a un arreglo o
desarreglo de las partes, que la irreversibilidad del tiempo sea una apariencia
relativa a nuestra ignorancia, que la imposibilidad de la vuelta atrás no sea
otra cosa que la impotencia del hombre para volver a poner las cosas en su
lugar. Desde entonces, el envejecimiento no puede ser ya más que la adquisición
progresiva o la pérdida gradual de ciertas sustancias, quizá las dos cosas a la
vez. El tiempo tiene justamente tanta realidad para un ser vivo como para un
reloj de arena, en el que el depósito de arriba se vacía en tanto que el de
abajo se llena, y donde pueden ponerse las cosas en su punto dando vuelta al
aparato.
Es verdad que no se está de acuerdo sobre lo que se gana
ni sobre lo que se pierde entre el día del nacimiento y el de la muerte. Hay
quienes piensan en el aumento continuo del volumen del protoplasma, a partir
del nacimiento de la célula hasta su muerte
[2]. Más verosímil y más profunda es la teoría que hace
descansar la disminución en la cantidad de sustancia nutritiva encerrada en el
"medio interior" donde se renueva el organismo, y el aumento en la
cantidad de sustancias residuales no excretadas que, al acumularse en el
cuerpo, terminan por "encostrarlo
[3] ". ¿Es preciso, no obstante, con un microbiólogo
eminente, declarar insuficiente toda explicación del envejecimiento que no
tiene en cuenta la fagocitosis
[4]? No estamos calificados para zanjar la cuestión. Pero
el hecho de que las dos teorías estén de acuerdo en afirmar la constante
acumulación o la pérdida constante de una cierta especie de materia, cuando, en
la determinación de lo que se gana y de lo que se pierde, no tienen gran cosa
de común, muestra suficientemente que el cuadro de la explicación ha sido
suministrado a priori.
Lo veremos mejor a medida que avancemos en nuestro
estudio: no es fácil, cuando se piensa en el tiempo, escapar a la imagen del
reloj de arena.
La causa del envejecimiento debe ser más profunda.
Estimamos que hay continuidad ininterrumpida entre la evolución del embrión y
la del organismo completo. El impulso en virtud del cual el ser vivo crece, se
desarrolla y envejece, es el mismo que le ha hecho atravesar las fases de la
vida embrionaria.
El desarrollo del embrión es un perpetuo cambio de forma.
El que quisiera tomar nota de todos sus aspectos sucesivos se perdería en un
infinito, como ocurre cuando nos las habernos con una continuidad. De esta
evolución prenatal es la vida la prolongación. Prueba de ello, que
frecuentemente es imposible decir si nos encontramos ante un organismo que
envejece o ante un embrión que continúa su evolución: tal es el caso de las
larvas de insectos y de crustáceos, por ejemplo. Por otra parte, en un
organismo como el nuestro, crisis del tipo de la pubertad o la menopausia, que
entrañan la transformación completa del individuo, son de hecho comparables a
los cambios que se realizan en el curso de la vida de las larvas o embrionaria;
sin embargo, forman parte integrante de nuestro envejecimiento. Si se producen
en una edad determinada, y en un tiempo que puede ser bastante corto, nadie
sostendrá que sobrevienen entonces ex abrupto, desde fuera, simplemente porque
se ha alcanzado una cierta edad, como la llamada a filas espera a quien ha
cumplido los veinte años. Es evidente que un cambio como el de la pubertad se
prepara en todo momento desde el nacimiento e incluso antes del nacimiento, y
que el envejecimiento del ser vivo hasta esta crisis consiste, en parte al menos,
en esta preparación gradual. En suma, lo que hay de propiamente vital en el
envejecimiento es la continuación insensible, infinitamente dividida, del
cambio de forma. Lo acompañan por lo demás, sin duda alguna, fenómenos de
destrucción orgánica. A ellos se referirá una explicación mecanicista del
envejecimiento. Observará los hechos de esclerosis, la acumulación gradual de
las sustancias residuales, la hipertrofia creciente del protoplasma de la
célula.
Pero bajo estos efectos visibles se disimula una causa
interior. La evolución del ser vivo, como la del embrión, implica un registro
continuo de la duración, una persistencia del pasado en el presente y, por
consiguiente, una apariencia al menos de memoria orgánica.
El estado presente de un cuerpo bruto depende
exclusivamente de lo que le ocurría en el instante anterior. La posición de los
puntos materiales de un sistema definido y aislado por la ciencia está
determinada por la posición de estos mismos puntos en el momento inmediatamente
anterior. En otros términos: las leyes que rigen la materia inorgánica se
expresan, en principio, por ecuaciones diferenciales en las que el tiempo (en
el sentido en que el matemático toma esta palabra) representaría el papel de variable
independiente. ¿Ocurre lo mismo con las leyes de la vida? ¿El estado de un
cuerpo vivo encuentra su explicación completa en e! estado inmediatamente
anterior? Sí, si convenimos a priori en asimilar el cuerpo vivo a los otros
cuerpos de la naturaleza, y en identificarle, para las necesidades de la causa,
con los sistemas artificiales sobre los que operan el químico, el físico y el
astrónomo. Pero en astronomía, en física y en química, la proposición tiene un
sentido bien determinado: significa que ciertos aspectos del presente,
importantes para la ciencia, son calculables en función del pasado inmediato.
Nada semejante en el dominio de la vida. Aquí el cálculo afecta, todo lo más, a
ciertos fenómenos de destrucción orgánica. Por el contrario, de la creación
orgánica, de los fenómenos evolutivos que constituyen propiamente la vida, no
entrevemos incluso cómo podríamos someterlos a un tratamiento matemático. Se
dirá que esta impotencia apoya en nuestra ignorancia. Pero puede también
expresar que el momento actual de un cuerpo vivo no encuentra su razón de ser
en el momento inmediatamente anterior y que es preciso unir a él todo el pasado
del organismo, su herencia, en fin, el conjunto de una historia muy larga. En
realidad, es la segunda de estas hipótesis la que traduce el estado actual de
las ciencias biológicas, e incluso su di-reccón. En cuanto a la idea de que el
cuerpo vivo podría ser sometido por algún calculador sobrehumano al mismo
tratamiento matemático que nuestro sistema solar, ha salido poco a poco de una
cierta metafísica que ha tomado una forma más precisa a partir de los
descubrimientos físicos de Galileo, pero que -como mostraremos- fue siempre la
metafísica natural del espíritu humano. Su claridad aparente, nuestro
impaciente deseo de encontrarla verdadera, la solicitud con que la aceptan sin
prueba tantos excelentes espíritus, todas las seducciones en fin que ejerce
sobre nuestro pensamiento, deberían ponernos en guardia contra ella. El
atractivo que tiene para nosotros prueba lo suficiente que da satisfacción a
una inclinación innata. Pero, como se verá más adelante, las tendencias
intelectuales, hoy innatas, que la vida ha debido crear en el curso de su
evolución, están hechas para otra cosa que para darnos una explicación de la
vida.
Venimos a estrellarnos en la oposición a esta tendencia,
queriendo distinguir entre un sistema artificial y un sistema natural, entre lo
muerto y lo vivo. Hace que se experimente una análoga dificultad en pensar que
lo orgánico dura y que lo inorgánico no dura. Pues qué, se dirá, al afirmar que
el estado de un sistema artificial depende exclusivamente de su estado en el
momento precedente, ¿no hacéis intervenir el tiempo, no ponéis el sistema en la
duración? Y por otra parte, este pasado que, según vosotros, forma cuerpo con
el momento actual del ser vivo, ¿no lo contrae todo entero la memoria orgánica
en el momento inmediatamente anterior, que, desde entonces, se convierte en la
causa única del estado presente? Hablar así es desconocer la diferencia capital
que separa el tiempo concreto, a lo largo del cual se desarrolla un sistema
real, y el tiempo abstracto que interviene en nuestras especulaciones sobre los
sistemas artificiales. Cuando decimos que el estado de un sistema artificial
depende de lo que él era en el momento inmediatamente anterior, ¿ qué
entendemos por ello? No hay, no puede haber ahí instante inmediatamente
anterior a un instante, como no hay punto matemático contiguo a un punto
matemático. El instante "inmediatamente anterior" es, en realidad, el
enlazado al instante presente por el intervalo dt.
Todo lo que queremos decir es, pues, que el estado
presente del sistema es definido por ecuaciones en las que entran coeficientes
tales como:
de dv
- , -,
dt dt
es decir, en el fondo, velocidades presentes y
aceleraciones presentes. Solamente hay pues cuestión del presente, de un
presente que se toma, es verdad, con su tendencia. Y, de hecho, los sistemas
sobre los que opera la ciencia están en un presente instantáneo que se renueva
sin cesar, jamás en la duración real, concreta, en la que el pasado forma
cuerpo con el presente. Cuando el matemático calcula el estado futuro de un
sistema al cabo del tiempo t, nada le impide suponer que, de aquí ahí, el
universo material se desvanece para reaparecer de pronto. Es sólo el momento t
el que cuenta, algo que será un puro instante. Lo que ocurra en el intervalo,
es decir, el tiempo real, no cuenta y no puede entrar en el cálculo. Y si el
matemático declara colocarse en este intervalo, es siempre a un cierto punto, a
un cierto momento, quiero decir, al extremo de un tiempo t' al que se
transporta, por lo cual ya no se cuestiona entonces del intervalo que va hasta
T'. Si divide el intervalo en partes infinitamente pequeñas por la
consideración de la diferencial dt, expresa simplemente por ello que
considerará aceleraciones y velocidad, es decir, números que anotan tendencias
y que permiten calcular el estado de un sistema en un momento dado; pero
siempre se trata de un momento dado, quiero decir, detenido, y no del tiempo
que transcurre. En suma: el mundo sobre el que opera el matemático es un mundo
que muere y renace a cada instante, el mismo en el que pensaba Descartes cuando
hablaba de creación continuada. Pero, en el tiempo así concebido, ¿cómo
representarse una evolución, es decir, el rasgo característico de la vida? La
evolución implica una continuación real del pasado por el presente, una
duración que es un lazo de unión. En otros términos: el conocimiento de un ser
vivo o sistema natural es un conocimiento que apoya sobre el intervalo mismo de
duración, en tanto que el conocimiento de un sistema artificial o matemático no
apoya más que sobre su extremo. Continuidad del cambio, conservación del pasado
en el presente, duración verdadera, he aquí los atributos que parece compartir
el ser vivo con la conciencia. ¿Podemos ir más lejos y decir que la vida es
invención como la actividad consciente, creación incesante como ella?
No entra en nuestro propósito enumerar aquí las pruebas
del transformismo. Queremos solamente explicar en dos palabras por qué lo
aceptaremos, en el presente trabajo, como una traducción suficientemente exacta
y precisa de los hechos conocidos. La idea del transformismo está ya en germen
en la clasificación natural de los seres organizados. El naturalista, en
efecto, aproxima unos a otros los organismos que se parecen; luego, divide el
grupo en subgrupos en el interior de los cuales la semejanza es todavía mayor,
y así sucesivamente: todo a lo largo de la operación, los caracteres del grupo
aparecen como temas generales sobre los cuales cada uno de los subgrupos
ejecutaría sus variaciones particulares. Ahora bien, tal es precisamente la
relación que encontramos, en el mundo animal y en el mundo vegetal, entre lo
que engendra y lo que es engendrado: sobre el cañamazo que el antepasado
transmite a sus descendientes, y que éstos poseen en común, cada uno pone su
bordado original. Es verdad que las diferencias entre el descendiente y el
ascendiente son ligeras, y que podemos preguntarnos si una misma materia viva
presenta bastante plasticidad para revestir sucesivamente formas tan diferentes
como las de un pez, de un reptil y de un pájaro. Pero a esta pregunta la
observación responde de una manera perentoria. Nos muestra que, hasta un cierto
período de su desarrollo, el embrión del pájaro apenas se distingue del embrión
del reptil, y que el individuo desarrolla a través de la vida embrionaria en
general una serie de transformaciones comparables a aquellas por las que se
pasaría según el evolucionismo, de una especie a otra especie. Una sola célula,
obtenida por la combinación de dos células macho y hembra, realiza este trabajo
dividiéndose. Todos los días, a nuestros ojos, las formas más altas de la vida
salen de una forma muy elemental. La experiencia establece, pues, que lo más
complejo ha podido salir de lo más simple por vía de evolución. Pero ¿ha salido
efectivamente? La paleontología, a pesar de la insuficiencia de sus documentos,
nos invita a creerlo, porque ahí donde ella vuelve a encontrar con alguna
precisión el orden de sucesión de las especies, este orden es justamente el que
habrían hecho suponer consideraciones sacadas de la embriología y de la anatomía
comparada, y cada nuevo descubrimiento paleontológico aporta al transformismo
una nueva confirmación. Así, la prueba sacada de la observación pura y simple
va siempre reforzándose, en tanto que, por otra parte, la experiencia descarta
una a una las objeciones: de este modo, las curiosas experiencias de H. de
Vries, por ejemplo, al mostrar que pueden producirse bruscamente y
transformarse regularmente variaciones importantes, han hecho caer algunas de
las más importantes dificultades que promovía la tesis. Ellas nos permiten
abreviar mucho el tiempo que la evolución biológica parecía reclamar. Nos hacen
también menos exigentes frente a la paleontología. De suerte que, en resumen,
la hipótesis transformista aparece cada vez más como una expresión al menos aproximada
de la verdad. No es demostrable rigurosamente; pero, por debajo de la
certidumbre que da la demostración teórica o experimental, hay esta
probabilidad indefinidamente creciente que suple la evidencia y que tiende a
ella como a su límite: tal es el género de probabilidad que presenta el
transformismo.
Admitamos, sin embargo, que el transformismo esté convicto
de error. Supongamos que se llega a establecer, por inferencia o por
experiencia, que las especies han nacido por un proceso discontinuo, del que no
tenemos hoy idea alguna. ¿Se habría alcanzado la doctrina en lo que tiene de
más interesante y, para nosotros, de más importante? La clasificación
subsistiría sin duda en sus grandes líneas. Los datos actuales de la
embriología subsistirían igualmente. La correspondencia entre la embriogenia y
la anatomía comparada subsistiría también. Desde ese momento la biología podría
y debería continuar estableciendo entre las formas vivas las mismas relaciones
que supone hoy el transformismo, el mismo parentesco. Se trataría, es verdad,
de un parentesco ideal y no ya de una filiación material. Pero, como los datos
actuales de la paleontología subsistirían también, forzoso sería admitir
todavía que es sucesivamente, y no simultáneamente, como han aparecido las
formas entre las que se revela un parentesco ideal. Ahora bien, la teoría
evolucionista, en lo que tiene de importante a los ojos del filósofo, no se
pregunta más. Consiste sobre todo en constatar relaciones de parentesco ideal y
en sostener que, allí donde hay esta relación de filiación, por así decir,
lógica, entre las formas, hay también una relación de sucesión cronológica
entre las especies en que estas formas se materializan. Esta doble tesis
subsistiría en todo estado de causa. Y a partir de entonces sería preciso
suponer también una evolución en alguna otra parte, ya en un Pensamiento
creador en el que las ideas de las diversas especies se engendrarían unas a
otras exactamente como quiere el transformismo que se hayan engendrado sobre la
tierra las especies mismas, ya en un plano de organización vital inmanente a la
naturaleza, que se explicitaría poco a poco, en el que las relaciones de
filiación lógica y cronológica entre las formas puras serían precisamente las
que el transformismo nos presenta corno relaciones de filiación real entre
individuos vivos, ya en fin en alguna causa desconocida de la vida, que
desenvolvería sus efectos como si los unos engendrasen a los otros.
Simplemente, habríamos traspuesto la evolución. Se la
habría hecho pasar de lo visible a lo invisible.
Casi todo lo que el transformismo nos dice hoy se
conservaría, a reserva de interpretarse de otra manera. ¿No es mejor, pues,
atenerse a la letra del transformismo, tal como lo profesa la casi unanimidad
de los sabios? Si se reserva la cuestión de saber en qué medida este
evolucionismo describe los hechos y en qué medida los simboliza, no hay nada de
inconciliable con las doctrinas que ha pretendido reemplazar, incluso con la de
las creaciones separadas, a la que se le opone generalmente.
Por lo cual estimamos que el lenguaje del transformismo se
impone ahora a toda filosofía, como la afirmación dogmática del transformismo
se impone a la ciencia.
Pero entonces no será preciso hablar ya de la vida en
general como de una abstracción, o como de una simple rúbrica bajo la cual se
inscribe a todos los seres vivos. En un cierto momento, en ciertos puntos del
espacio, se engendró una corriente bien visible: corriente de vida que
atravesando los cuerpos que ella ha organizado alternativamente, pasando de
generación en generación, se ha dividido entre las especies y dispersado entre
los individuos sin perder nada de su fuerza, intensificándose más a medida que
avanzaba. Se sabe que, en la tesis de la "continuidad del plasma
germinativo", sostenida por Weismann, los elementos sexuales del organismo
generador transmitían directamente sus propiedades a los elementos sexuales del
organismo engendrado. En esta forma extrema, la tesis ha parecido discutible,
porque solamente en casos excepcionales se ven esbozarse las glándulas sexuales
desde la segmentación del óvulo fecundado. Pero, si las células generatrices de
los elementos sexuales no aparecen, en general, desde el comienzo de la vida
embrionaria, no es menos verdad que ellas se forman siempre a expensas del
tejido del embrión que no ha sufrido todavía diferenciación alguna funcional
particular y cuyos células se componen de protoplasma no modificado
[5]. En otros términos:
el poder genético del óvulo fecundado se debilita a medida
que se reparte sobre la masa creciente de los tejidos del embrión; pero
mientras se diluye así, concentra de nuevo algo de sí mismo sobre un cierto
punto especial, sobre las células de donde nacerán los óvulos y los
espermatozoides. Podría decirse pues que, si el plasma germinativo no es
continuo, hay al menos continuidad de energía genética, que no se gasta más que
durante algunos instantes, justo el tiempo de dar impulso a la vida embrionaria
para recobrarse lo antes posible en nuevos elementos sexuales en los que, una
vez más, esperará su momento. Considerada desde este punto de vista, la vida,
aparece como una corriente que va de un germen a otro por intermedio de un
organismo desarrollado. Todo pasa como si el organismo mismo no fuese más que
una excrecencia, un brote que hace surgir el germen antiguo tratando de
continuarse en un germen nuevo. Lo esencial es la continuidad del progreso que
se prosigue indefinidamente, progreso invisible sobre el cual cada organismo
visible cabalga durante el corto intervalo de tiempo que le es dado vivir.
Ahora bien, cuanto más fijemos la atención en esta
continuidad de la vida, más veremos semejarse la evolución orgánica a la de una
conciencia, en la que el pasado empuja contra el presente y hace brotar de él
una forma nueva, inconmensurable con sus antecedentes. Que la aparición de una
especie vegetal o animal sea debida a causas precisas, nadie lo pondrá en duda.
Pero debemos entender por ello que, si se conociese después el detalle de sus
causas, se llegaría a explicar por ellas la forma producida: preverla, en
cambio, no estaría a nuestro alcance
[6]. ¿Diríase que podríamos preverla si se conociesen en
todos sus detalles, las condiciones en que se producirá? Pero estas condiciones
forman cuerpo con ella y no forman incluso más que una unidad con ella, siendo
características del momento de su historia en que se encuentra entonces la
vida: ¿cómo suponer conocida de antemano una situación que es única en su
género, que no se ha producido todavía y que no se reproducirá jamás? No se
prevé del porvenir más que lo que tiene semejanza con el pasado o lo que puede
recomponerse con elementos semejantes a los del pasado. Tal es el caso de los
hechos astronómicos, físicos, químicos, de todos los que forman parte de un
sistema en el que se yuxtaponen simplemente elementos juzgados como inmutables,
donde no se producen más que cambios de posición, donde no hay absurdo teórico
en imaginar que las cosas sean restablecidas en su lugar, donde, por
consiguiente, el mismo fenómeno total o al menos los mismos fenómenos
elementales pueden repetirse. Pero de una situación original, que comunica algo
de su originalidad a sus elementos, es decir, a las vistas parciales que
tenemos de ella, ¿cómo podría figurársela dada antes de producirse
[7]? Todo lo que puede decirse es que se explica, una vez
producida, por los elementos que descubre en ella el análisis. Pero lo que es
verdad de la producción de una nueva especie lo es también de la de un nuevo
individuo, y más generalmente de no importa qué fenómeno o forma viva. Porque
si es preciso que la variación alcance una cierta importancia y una cierta
generalidad para dar na- cimiento a una especie nueva, ha de producirse en todo
momento, continua, insensible, en cada ser vivo. Y las mismas mutaciones
bruscas de que se nos habla hoy, no son posibles evidentemente más que si se ha
realizado un trabajo de incubación, o, mejor, de maduración, a través de una
serie de generaciones que parecían no cambiar. En este sentido podría decirse
de la vida, como de la conciencia, que a cada instante crea alguna cosa
[8].
Pero contra esta idea de la originalidad y de la
impre-visibilidad absoluta de las formas se subleva nuestra inteligencia.
Porque precisamente nuestra inteligencia, tal como la ha modelado la evolución
de la vida, tiene por función esencial iluminar nuestra conducta, preparar
nuestra acción sobre las cosas, prever para una situación dada los sucesos
favorables o desfavorables que podrán seguirse de ella, Aísla pues
instintivamente, en una situación, lo que se parece a lo ya conocido; busca lo
mismo, a fin de poder aplicar su principio de que "lo mismo produce lo
mismo". En esto consiste la previsión del porvenir para el sentido común.
La ciencia lleva esta operación al más alto grado posible de exactitud y de
precisión, pero no altera su carácter esencial. Como el conocimiento usual, la
ciencia no retiene de las cosas más que el aspecto repetición. Si el todo es
original, se las arregla para analizarlo en elementos o en aspectos que sean
poco más o menos la reproducción del pasado. Ella no puede operar más que sobre
lo que se considera ha de repetirse, es decir, sobre lo que se sustrae, por
hipótesis, a la acción de la duración. Lo que hay de irreductible y de
irreversible en los momentos sucesivos de una historia, eso se le escapa. Es
preciso, para representarse esta irreductibilidad y esta irre-versibilidad,
romper con hábitos científicos que responden a las exigencias fundamentales del
pensamiento, hacer violencia al espíritu, remontar la pendiente natural de la
inteligencia. Pero éste es precisamente el papel de la filosofía.
La vida evoluciona a nuestros ojos como una creación
continua de imprevisible forma: siempre subsiste la idea de que forma,
imprevisibilidad y continuidad, son puras apariencias, donde se reflejan otras
tantas ignorancias. Lo que se presenta a los sentidos como una historia
continua se descompondría, se nos dirá, en estados sucesivos. Lo que os da la
impresión de un estado original se resuelve, en el análisis, en hechos
elementales, cada uno de los cuales es la repetición de un hecho conocido. Lo
que llamáis una forma imprevisible no es más que un arreglo nuevo de elementos
antiguos. Las causas elementales cuyo conjunto ha determinado este arreglo son
ellas mismas causas antiguas que se repiten adoptando un orden nuevo. El
conocimiento de los elementos y de las causas elementales hubiese permitido
dibujar de antemano la forma viva que es su suma y resultado. Después de haber
resuelto el aspecto biológico de los fenómenos en factores fisico-quími-cos,
saltaremos, en caso de necesidad, por encima de la física y de la química
mismas: iremos de las masas a las moléculas, de las moléculas a los átomos, de
los átomos a los corpúsculos, y será preciso que lleguemos, en fin, a algo que
se puede tratar como una especie de sistema solar, astronómicamente. Si lo
negáis, ponéis en duda el principio mismo del mecanicismo científico y
declaráis arbitrariamente que la materia viva no está hecha de los mismos
elementos que la otra.
Responderemos que no ponemos en duda la identidad
fundamental de la materia bruta y de la materia organizada. La única cuestión
consiste en saber si los sistemas naturales que llamamos seres vivos deben ser
asimilados a los sistemas artificiales que la ciencia recorta en la materia
bruta, o si no deberían mejor ser comparados a este sistema natural que es el
todo del universo. Acepto que la vida sea una especie de mecanismo. ¿Pero se
trata del mecanismo de las partes artificialmente aislables en el todo del
universo, o del mecanismo del todo real? El todo real podría ser muy bien,
decíamos, una continuidad indivisible: los sistemas que recortamos en él no
serían entonces, hablando con propiedad, partes; serían consideraciones
parciales tomadas sobre el todo. Y con estas consideraciones parciales reunidas
no obtendríais ni siquiera un comienzo de recomposición del conjunto, como
tampoco multiplicando las fotografías de un objeto, bajo mil aspectos diversos,
no podríais reproducir su materialidad. Así, en cuanto a la vida y a los
fenómenos físico-químicos en los que se pretendiese resolverla. El análisis
descubrirá sin duda en los procesos de creación orgánica un número creciente de
fenómenos fisico-quími-cos. Y a ellos se atendrán los químicos y los físicos. Pero
no se sigue de ahí que la química y la física deban darnos la clave de la vida.
Un elemento muy pequeño de una curva es casi una línea
recta. Tanto más semejará a una línea recta cuanto más pequeño se le tome. En
el límite, se dirá, según se quiera, que forma parte de una recta o de una
curva. En cada uno de sus puntos, en efecto, la curva se confunde con su
tangente. Así la "vitalidad" es tangente en no importa qué punto a
las fuerzas físicas y químicas; pero estos puntos no son, en suma, más que las
consideraciones de un espíritu que imagina detenciones en tales o cuales
mo-mentos del movimiento generador de la curva. En realidad, la vida no está
hecha de elementos físico-químicos, como una curva no está compuesta de líneas
rectas.
De una manera general, el progreso más radical que una
ciencia puede realizar consiste en hacer entrar los resultados ya adquiridos en
un conjunto nuevo, con relación al cual se convierten en consideraciones
instantáneas e inmóviles tomadas de tarde en tarde sobre la continuidad de un
movimiento. Tal es, por ejemplo, la relación de la geometría de los modernos
con la de los antiguos.
Esta, puramente estática, operaba sobre las figuras una
vez descritas; aquélla estudia la variación de una función, es decir, la
continuidad del movimiento que describe la figura. Se puede, sin duda, con más
rigor, eliminar de nuestros procedimientos matemáticos toda consideración de
movimiento; no es menos verdad que la introducción del movimiento en la génesis
de las figuras está en el origen de la matemática moderna. Estimamos que si la
biología pudiese en alguna ocasión estrechar su objeto tan de cerca como
estrecha la matemática el suyo, se convertiría, con relación a la
físico-química de los cuerpos organizados, en lo que encontramos que es la
matemática de los modernos con relación a la geometría antigua. Los
desplazamientos completamente superficiales de masas y de moléculas, que la
física y la química estudian, se convertirían, con relación a este movimiento
vital que se produce en profundidad, que es transformación y no ya traslación,
en lo que viene a ser la detención de un móvil con respecto al movimiento de
este móvil en el espacio. Y, tanto como podamos presentirlo, el procedimiento
por el cual se pasaría de la definición de una cierta acción vital al sistema
de hechos fisico-químicos que implica, no ocurriría sin analogía con la
operación por la que se va de la función a su derivada, de la ecuación de la
curva (es decir de la ley del movimiento continuo por el cual la curva es
engendrada) a la ecuación de la tangente que da su dirección instantánea. Una
ciencia parecida sería una mecánica de la transformación, de la cual resultaría
un caso particular nuestra mecánica de la traslación, como una simplificación,
una proyección sobre el plano de la cantidad pura. Y lo mismo que existen una
infinidad de funciones que tienen la misma diferencial, que difieren las unas
de las otras por una constante, así, quizá, la integración de los elementos
físicoquímicos de una acción propiamente vital no determinaría esta acción más
que en parte: otra parte se dejaría a la indeterminación Pero una tal
integración puede todo lo más soñarse, y no pretendemos que el ensueño se
convierta alguna vez en realidad. Solamente hemos querido, al desarrollar tanto
como es posible determinada comparación, mostrar por donde se aproxima nuestra
tesis al puro mecanicismo, y cómo se distingue de él.
Por lo demás, podrá llevarse bastante lejos la imitación
de lo vivo por lo no organizado. No solamente la química opera síntesis
orgánicas, sino que se llega a reproducir artificialmente el dibujo exterior de
ciertos hechos de organización, tales como la división indirecta de la célula y
la circulación protoplasmática. Se sabe que el protoplasma de la célula efectúa
movimientos variados en el interior de su envoltura. Por otra parte, la
división llamada indirecta de la célula se hace por operaciones de una complicación
extrema, algunas de las cuales interesan el núcleo y otras el citoplasma. Estas
últimas comienzan por el desdoblamiento del centrosoma, pequeño cuerpo esférico
situado al lado del núcleo.
Los dos centrosomas así obtenidos se alejan el uno del
otro, atraen hacia ellos los trozos cortados y también desdoblados del
filamento que componía esencialmente el núcleo primitivo y abocan a formar dos
nuevos núcleos alrededor de los cuales se constituyen las dos nuevas células
que sucederán a la primera. Ahora bien, se ha alcanzado a imitar, en sus
grandes líneas y en su apariencia exterior al menos, algunas de estas
operaciones. Si se pulveriza azúcar o sal de cocina y se añade aceite para
observar al microscopio una gota de la mezcla, se percibe un magma de
estructura alveolar cuya configuración semeja, según ciertos teóricos, al del
protoplasma, y en el que se realizan en todo caso movimientos que recuerdan
mucho los de la circulación protoplasmática
[9]. Si en un magma del mismo género se extrae el aire de
un alvéolo, se ve dibujarse un cono de atracción análogo a los que se forman
alrededor de los centrosomas para abocar a la división de un núcleo
[10]. Hasta los movimientos exteriores de un organismo
unicelular, o al menos de una amiba, se cree poder explicarlos mecánicamente.
Los desplazamientos de la amiba en una gota de agua serían comparables al
vaivén de una areni- lla en una habitación en la que, abiertas puertas y
ventanas, se hacen circular corrientes de aire. Su masa absorbe sin cesar
ciertas materias solubles contenidas en el agua ambiente y devuelve otras;
estos cambios continuos, semejantes a los que se efectúan entre dos recipientes
separados por un tabique poroso, crearían alrededor del pequeño organismo un
torbellino sin cesar cambiante. En cuanto a las prolongaciones temporales o
pseudópodos que parece producir la amiba, serían menos enviados por ella que
atraídos fuera de ella por una especie de aspiración o de succión del medio
ambiente
[11]. Gradualmente, se extenderá este modo de explicación
a los movimientos más complejos que ejecuta el infusorio mismo con sus pestañas
vibrátiles, las cuales, por lo demás, no son otra cosa que pseudópodos
consolidados.
Sin embargo, estamos lejos de que los sabios se pongan de
acuerdo entre sí sobre el valor de las explicaciones y de los esquemas de este
género. Los químicos han hecho notar que no considerando incluso más que lo
orgánico, y sin ir hasta lo organizado, la ciencia sólo ha reconstruido hasta
aquí los residuos de la actividad vital; las sustancias propiamente activas,
plásticas, permanecen refractarias a la síntesis. Uno de los más notables
naturalistas de nuestro tiempo ha insistido sobre la oposición de los dos
órdenes de fenómenos que se constata en los tejidos vivos, anagénesis de un
lado y catagénesis del otro. El papel de las energías anagenéticas es el de
elevar las energías inferiores a su propio nivel por la asimilación de las
sustancias inorgánicas. Ellas construyen los tejidos. Por el contrario, el
funcionamiento mismo de la vida (a excepción, sin embargo, de la asimilación,
del crecimiento y de la reproducción) es de orden catagenético, descenso y no
ascenso de energía. Solamente en estos hechos de orden catagenético se fija la
físico-química, es decir, en suma, en lo muerto y no en lo vivo
[12]. Y es cierto que los hechos del primer género parecen
refractarios al análisis físico-químico, incluso si no son, en el sentido
propio de la palabra, anagenéticos. En cuanto a la imitación artificial del
aspecto exterior del protoplasma, ¿debe concedérsele una real importancia
teórica, cuando aún no se la ha fijado sobre la configuración física de esta
sustancia? Todavía menos puede ponerse en cuestión recomponerlo químicamente.
En fin, una explicación físico-química de los movimientos de la amiba, y con
más razón de los movimientos de un infusorio, parece imposible a muchos de los
que han observado de cerca estos organismos rudimentarios. Hasta en estas
manifestaciones más humildes de la vida, perciben la huella de una actividad
psicológica eficaz
[13]. Pero lo que resulta instructivo por encima de todo,
es ver cómo el estudio profundo de los fenómenos histológicos nos echa por
tierra, en lugar de afirmarla, la tendencia a explicarlo todo por la física y
la química. Tal es la conclusión del libro verdaderamente admirable que el
histólogo E. B. Wilson ha consagrado al desarrollo de la célula: "El
estudio de la célula parece, en suma, más bien haber ensanchado que reducido la
enorme laguna que separa del mundo inorgánico las formas, aun las más inferiores,
de la vida
[14]."
En resumen, los que no se ocupan más que de la actividad
funcional del ser vivo son llevados a creer que la física y la química nos
duran la clave de los procesos biológicos
[15]. Tienen que vérselas, en efecto, con fenómenos que se
repiten sin cesar en el ser vivo, como en una retorta. Por ahí se explican en
parte las tendencias mecanicistas de la fisiología. Por el contrario, aquellos
cuya atención se concentra sobre la fina estructura de los tejidos vivos, sobre
su génesis y su evolución, histólogos y embriólogos de una parte, naturalistas
de otra, están en presencia de la retorta misma y no ya solamente de su
contenido.
Encuentran que esta retorta crea su propia forma a lo
largo de una serie única de actos que constituyen una verdadera historia. En
cambio, histólogos, embriólogos o naturalistas, están lejos de creer de tan
buen grado como los fisiólogos en el carácter fisico-químico de las acciones
vitales.
A decir verdad, ni una ni otra de las dos tesis, ni la que
afirma ni la que niega la posibilidad de que se produzca alguna vez
químicamente un organismo elemental, pueden invocar la autoridad de la
experiencia. Ambas son inverificables: la primera, porque la ciencia no ha dado
todavía un paso hacia la síntesis química de una sustancia viva; la segunda,
porque no existe ningún medio concebible de probar experimentalmente la
imposibilidad de un hecho. Pero hemos expuesto las razones teóricas que nos
impiden asimilar el ser vivo, sistema cerrado por la naturaleza, a los sistemas
que nuestra ciencia aísla. Estas razones tienen menos fuerza -lo reconocemos-
cuando se trata de un organismo rudimentario como la amiba, que apenas
evoluciona. Pero la adquieren en mayor grado si se considera un organismo más
complejo, que realiza un ciclo regulado de transformaciones. Cuanto más le
marca la duración su impronta al ser vivo, con más evidencia se distingue el
organismo de un mecanismo puro y simple, sobre el cual resbala la duración sin
penetrar en él. Y la demostración cobra más fuerza cuando recae sobre la
evolución íntegra de la vida desde sus más humildes orígenes hasta sus formas
actuales más altas, en tanto que esta evolución constituye, por la unidad y la
continuidad de la materia animada que la soporta, una sola indivisible
historia. Tampoco comprendemos que la hipótesis evolucionista pase, en general,
por ser emparentada a la concepción mecanicista de la vida. De esta concepción
mecanicista no pretendemos, sin duda, aportar una refutación matemática y
definitiva. Pero la refutación que obtenemos de las consideraciones de la
duración, y que es, a nuestro parecer, la única refutación posible, adquiere
tanto más rigor y se hace tanto más probable cuanto más francamente nos
coloquemos en la hipótesis evolucionista. Es preciso que insistamos sobre este
punto. Pero indiquemos primero, en términos más claros, la concepción de la
vida a la que nos encaminamos.
Las explicaciones mecanicistas, decíamos, son válidas para
los sistemas que nuestro pensamiento separa artificialmente del todo. Pero del
todo mismo y de los sistemas que, en este todo, se constituyen naturalmente a
su imagen, no puede admitirse a priori que sean explicables mecánicamente,
porque entonces el tiempo sería inútil e incluso irreal. La esencia de las
explicaciones mecanicistas viene a consistir, en efecto, en considerar el
porvenir y el pasado como calculables en función del presente, y pretender así
que todo esté dado. En esta hipótesis, pasado, presente y porvenir serían
visibles de una sola vez, para una inteligencia sobrehumana capaz de efectuar
el cálculo. También los sabios que han creído en la universalidad y en la
perfecta objetividad de las explicaciones mecánicas han hecho, consciente o
inconscientemente, una hipótesis de este género. Laplace la formulaba ya con la
mayor precisión: "Una inteligencia que, en un instante dado, conociese
todas las fuerzas de que está animada la naturaleza y la situación respectiva
de los seres que la componen, y fuese por lo demás lo suficientemente amplia
corno para someter estos datos al análisis, abrazaría en la misma fórmula los
movimientos de los mayores cuerpos del universo y los del más ligero átomo:
nada sería incierto para ella, y tanto el porvenir como el pasado estarían
presentes a sus ojos
[16]." Y Du Bois-Reymond:
"Podemos imaginar el conocimiento de la naturaleza
llegado a un punto en el que el proceso universal del mundo fuese representado
por una fórmula matemática única, por un solo inmenso sistema de ecuaciones
diferenciales simultáneas, de donde se extrajesen, en cada momento, la
posición, la dirección y la velocidad de cada átomo del mundo
[17]." Huxley, por su parte, ha expresado, en una
forma más concreta, la misma idea: "Si la proposición fundamental de la
evolución es verdadera, a saber: que el mundo entero, animado e inanimado, es
el resultado de la interacción mutua, según leyes definidas y fuerzas poseídas
por las moléculas de que estaba compuesta la nebulosidad primitiva del
universo, entonces no es menos cierto que el mundo actual descansa
potencialmente en el vapor cósmico y que una inteligencia suficiente hubiese
podido, conociendo las propiedades de las moléculas de este vapor, predecir,
por ejemplo, el estado de la fauna de la Gran Bretaña en 1868, con tanta
certidumbre como cuando se dice lo que ocurrirá al vapor de la respiración
durante un frío día de invierno." En una doctrina tal, se habla aún del
tiempo, se pronuncia esta palabra, pero apenas se piensa en ella. Porque el
tiempo está ahí desprovisto de eficacia y, desde el momento que no hace nada,
no es nada. El mecanicismo radical implica una metafísica en la que la totalidad
de lo real es poseída en bloque, en la eternidad, y en la que la duración
aparente de las cosas expresa simplemente la debilidad de un es-píritu que no
puede conocerlo todo a la vez. Pero la duración es para nuestra conciencia cosa
muy distinta, es decir, para lo que hay de más indiscutible en nuestra
experiencia. Percibimos la duración como una corriente que no sabríamos
remontar. Es el fondo de nuestro ser y, de ello nos damos perfecta cuenta, la
sustancia misma de las cosas con las que estamos en comunicación. En vano se
hace brillar ante nuestros ojos la perspectiva de una matemática universal; no
podemos sacrificar la experiencia a las exigencias de un sistema. Por lo cual
rechazamos el mecanicismo radical.
Pero el finalismo radical nos parece también inaceptable,
y por la misma razón. La doctrina de la finalidad, en su forma extrema, tal
como la encontramos en Leibniz por ejemplo, implica que las cosas y los seres
no hacen más que realizar un programa ya trazado.
Pero si no hay nada de imprevisto, ni invención ni
creación en el universo, el tiempo se convierte en algo inútil. Como en la
hipótesis mecanicista, se supone también aquí que todo está dado. El finalismo
así entendido no es más que un mecanicismo al revés. Se inspira en el mismo
postulado, con la sola diferencia de que, en la carrera de nuestras
inteligencias finitas a lo largo de la sucesión completamente aparente de las
cosas, pone delante de nosotros la luz con la que pretende guiarnos, en lugar
de colocarla detrás. La atracción del futuro sustituye al impulso del pasado.
Pero la sucesión no queda menos como una pura apariencia, como, por lo demás,
la carrera misma. En la doctrina de Leibniz, el tiempo se reduce a una
percepción confusa, relativa al punto de vista humano, y que se desvanecería,
semejante a la niebla, para un espíritu colocado en el centro de las cosas.
Sin embargo, el finalismo no es, como el mecanicismo, una
doctrina de líneas cerradas. Es tan flexible como se quiera. La filosofía
mecanicista hay que tomarla o dejarla: hay que dejarla, si el más pequeño grano
de arena manifiesta el más ligero rasgo de espontaneidad. Por el contrario, la
doctrina de las causas finales jamás será refutada definitivamente. Si se aleja
de ella una forma, tomará otra. Su principio, que es esencialmente psicológico,
resulta ser muy flexible. Es tan vasto y ampliable, que cualquier cosa puede
aceptarse de él desde el momento que se rechaza el mecanicismo puro. La tesis
que expondremos en este libro participará, pues, necesariamente del finalismo
en cierta medida. Por lo cual importa indicar con precisión lo que vamos a
tomar y lo que vamos a dejar de él.
Digamos, por lo pronto, que nos parece que caminamos mal
cuando atenuamos el finalismo leibniziano fraccionándolo hasta el infinito. Tal
es, sin embargo, la dirección que ha tomado la doctrina de la finalidad. Nos
damos perfecta cuenta que, aun siendo el universo en su conjunto la realización
de un plan, no podremos mostrar esto de modo empírico. Nos damos cuenta también
que, incluso ateniéndonos al mundo organizado, apenas es más fácil probar que
todo sea en él armonía. Los hechos, interrogados, dirían asimismo lo contrario.
La naturaleza pone a los seres vivos en lucha unos con otros.
Nos presenta por todas partes el desorden al lado del
orden, la regresión al lado del progreso. Pero lo que no puede afir- marse ni
del conjunto de la materia ni del conjunto de la vida, ¿podría ser verdad de
cada organismo tomado aparte? ¿No se señala ahí una admirable división del
trabajo, una maravillosa solidaridad entre las partes, el orden perfecto en la
complicación infinita? En este sentido, ¿no realiza cada ser vivo un plan
inmanente a su sustancia? Esta tesis consiste, en el fondo, en romper en pedazos
la antigua concepción de la finalidad. No se acepta, se pone incluso de buena
gana en ridículo la idea de una finalidad externa., en virtud de la cual los
seres vivos estarían coordinados unos a otros: es absurdo, se dice, suponer que
la hierba haya sido hecha para la vaca, y el cordero para el lobo. Pero hay una
finalidad interna: cada ser está hecho para sí mismo; todas sus partes se ponen
de acuerdo para el mayor bien del conjunto y se organizan con inteligencia en
vista de este fin. Tal es la concepción de la finalidad que ha sido clásica
durante largo tiempo. El finalismo se ha reducido hasta el punto de no abrazar
más de un ser vivo a la vez. Haciéndose más pequeño, pensaba sin duda ofrecer
menos superficie a los golpes.
La verdad es que se exponía más. Por radical que pueda
parecer nuestra tesis, la finalidad es externa o no es nada.
Consideremos en efecto el organismo más complejo y más
armonioso. Todos los elementos, se nos dice, conspiran para el mayor bien del
conjunto. Bien; pero no olvidemos que cada uno de los elementos puede ser él
mismo, en ciertos casos, un organismo, y que al subordinar la existencia de
este pequeño organismo a la vida del grande, aceptamos el principio de una
finalidad externa. La concepción de una finalidad siempre interna se destruye
de esta forma a sí misma. Un organismo está compuesto de tejidos cada uno de
los cuales vive por su cuenta. Las células de que están hechos los tejidos
tienen también una cierta independencia. En rigor, si la subordinación de todos
los elementos del individuo mismo fuese completa, podría rehusarse ver en ellos
organismos, reservar este nombre para el individuo y no hablar de finalidad
interna. Pero todos sabemos que estos elementos pueden poseer una verdadera
autonomía.
Sin hablar de los fagocitos, que llevan su independencia
hasta atacar al organismo que los alimenta, y sin hablar de las células
germinales, que tienen su vida propia al lado de las células somáticas, basta
mencionar los hechos de regeneración: aquí un elemento o un grupo de elementos
manifiesta de pronto que, si en tiempo normal, se sujetase a no ocupar más que
un pequeño lugar y a no realizar más que una función especial, podría hacer
mucho más, podría incluso, en algún caso, considerarse como el equivalente del
todo.
Ahí se encuentra la dificultad imprevista de las teorías
vitalistas. No les reprocharemos, como se hace de ordinario, responder a la
pregunta con la pregunta misma. Sin duda, el "principio vital" no
explica gran cosa; pero al menos tiene la ventaja de ser una especie de
cartelón puesto sobre nuestra ignorancia y que podrá recordárnosla en caso
necesario
[18], en tanto que el mecanicismo nos invita a olvidarla.
Pero la verdad es que la posición del vitalismo se ha vuelto muy difícil por el
hecho de que en la naturaleza no hay ni finalidad puramente interna ni
individualidad absolutamente tajante. Los elementos organizados que entran en
la composición del individuo tienen ellos mismos una cierta individualidad y
reivindicarán cada uno su principio vital, si el individuo debe tener el suyo.
Pero, por otra parte, el individuo mismo no es bastante independiente, no está
bastante aislado del resto para que podamos concederle un "principio
vital" propio.
El organismo de un vertebrado superior es el más
individualizado de todos los organismos; sin embargo, si se observa que no es
otra cosa que el desarrollo de un óvulo que formaba parte del cuerpo de la
madre y de un espermatozoide que pertenecía al cuerpo del padre, que el huevo
(es decir, el óvulo fecundado) es un verdadero lazo de unión entre los dos
progenitores ya que es común a sus dos sustancias, llegamos a darnos cuenta que
todo organismo individual, aun el del hombre, es un simple brote que ha crecido
sobre el cuerpo combinado de sus padres. ¿Dónde comienza, dónde termina
entonces el principio vital del individuo? Gradualmente, retrocederemos hasta
los más lejanos antepasados; lo encontraremos solidario de cada uno de ellos,
solidario de esta pequeña masa de gelatina protoplasmática que está sin duda en
la raíz del árbol genealógico de la vida. Formando cuerpo, en cierta medida,
con este antepasado primitivo, es igualmente solidario de todo lo que se ha
separado de él por vía de descendencia divergente: en este sentido, puede
decirse que permanece unido a la totalidad de los seres vivos por invisibles
lazos. En vano pretenderemos reducir la finalidad a la individualidad del ser
vivo. Si hay finalidad en el mundo de la vida, ella abraza la vida entera en
una sola individualidad comprimida. Esta vida común a todos los seres vivos
presenta, sin duda alguna, muchas incoherencias y muchas lagunas, y por otra
parte no es tan matemáticamente una que no pueda dejar que cada ser vivo se
individualice en cierta medida. No forma menos un solo todo; y es preciso optar
entre la negación pura y simple de la finalidad y la hipótesis que coordina, no
solamente las partes de un organismo al organismo mismo, sino también cada ser
vivo al conjunto de los demás.
Por tanto, aun triturándola no haremos pasar más
fácilmente la finalidad. Y, o la hipótesis de una finalidad inmanente a la vida
debe ser rechazada en bloque, o debemos modificarla, creemos, en sentido muy
distinto.
El error del finalismo radical, como por lo demás el del
mecanicismo radical, consiste en llevar demasiado lejos la aplicación de
ciertos conceptos naturales a nuestra inteligencia. Originalmente no pensamos
más que para actuar. Y es en el molde de la acción donde se ha fundido nuestra
inteligencia. La especulación es un lujo, en tanto que la acción es una
necesidad. Ahora bien, para actuar, comenzamos por proponernos un fin; hacemos
un plan, luego pasamos al detalle del mecanismo que lo realizará. Esta última
operación sólo es posible si sabemos con qué podemos contar.
Es preciso que hayamos extraído, de la naturaleza,
similitudes que permiten anticipar el porvenir. Es preciso, pues, que hayamos
aplicado, consciente o inconscientemente, la ley de causalidad. Por lo demás,
cuanto mejor se dibuja en nuestro espíritu la idea de la causalidad eficiente,
más toma ésta la forma de una causalidad mecánica. Esta última relación, a su
vez, es tanto más matemática cuanto que expresa una más rigurosa necesidad. Por
lo cual, no tenemos sino que seguir la pendiente de nuestro espíritu para
devenir matemáticos. Pero, por otra parte, esta matemática natural no es más
que el apoyo inconsciente de nuestro hábito consciente de encadenar las mismas
causas a los mismos efectos; y este hábito mismo tiene por objeto
ordinariamente guiar acciones inspiradas por intenciones o, lo que equivale a
lo mismo, dirigir movimientos combinados a la vista de la ejecución de un
modelo: nacemos artesanos lo mismo que podemos nacer geómetras, e incluso no
somos geómetras porque somos artesanos. Así, la inteligencia humana, en tanto
que habituada a las exigencias de la acción humana, es una inteligencia que
procede a la vez por intención y por cálculo, por la coordinación de medios a
un fin y por la representación de mecanismos en formas cada vez más geométricas.
Ya nos figuremos la naturaleza como una inmensa máquina regida por leyes
matemáticas, ya se vea en ella la realización de un plan, no se hace, en los
dos casos, más que seguir hasta el fin dos tendencias del espíritu que se
complementan la una a la otra y que tienen su origen en las mismas necesidades
vitales.
Por ello, el finalismo radical está muy cerca del
mecanicismo radical en la mayor parte de los puntos. A ambas doctrinas repugna
ver en el curso de las cosas, o incluso simplemente en el desarrollo de la
vida, una imprevisible creación de forma. El mecanicismo no toma en
consideración de la realidad más que el aspecto semejanza o repetición. Está
pues dominado por la ley de que no hay en la naturaleza otra cosa que lo mismo
reproduciendo lo mismo. Cuanto más se desprende la geometría que contiene,
menos puede admitir que algo se crea, como no se trate de la forma. Mientras
somos geómetras, rechazamos pues lo imprevisible. Podríamos aceptarlo,
seguramente, como artistas que somos, porque el arte vive de la creación e
implica una creencia latente en la espontaneidad de la naturaleza. Pero el arte
desinteresado es un lujo, como la pura especulación. Mucho antes de ser
artistas, somos artesanos. Y toda fabricación, por rudimentaria que sea,
descansa en similitudes y repeticiones, como la geometría natural que le sirve
de punto de apoyo. Trabaja sobre modelos que se propone reproducir. Y cuando
inventa, procede o se imagina proceder por un arreglo nuevo de elementos
conocidos. Su principio consiste en que "es preciso lo mismo, para obtener
lo mismo". En suma, la aplicación rigurosa del principio de causalidad,
como la del principio de causalidad mecánica, conduce a la conclusión de que
"todo está dado". Los dos principios dicen la misma cosa en sus dos
lenguas, porque responden a la misma necesidad.
Por lo cual están de acuerdo también en hacer tabla rasa
del tiempo. La duración real muerde las cosas y deja en ellas la señal de sus
dientes. Si todo está en el tiempo, todo cambia interiormente, y la misma
realidad concreta no se repite jamás. La repetición no es pues posible más que
en lo abstracto: lo que se repite, es tal o cual aspecto que nuestros sentidos
y sobre todo nuestra inteligencia han separado de la realidad, precisamente
porque nuestra acción, sobre la cual está tendido todo el esfuerzo de nuestra
inteligencia, no puede moverse más que entre repeticiones. Así, concentrada
sobre lo que se repite, únicamente preocupada de soldar lo mismo a lo mismo, la
inteligencia se aparta de la visión del tiempo.
Siente repugnancia por lo que fluye y solidifica todo lo
que ella toca. No pensamos el tiempo real. Pero lo vivimos, porque la vida
desborda la inteligencia. El sentimiento que tenemos de nuestra evolución y de
la evolución de todas las cosas en la pura duración está ahí, dibujando
alrededor de la representación intelectual propiamente dicha una franja
indecisa que va a perderse en la noche. Mecanicismo y finalismo están de
acuerdo en no tener en cuenta más que el núcleo luminoso que brilla en el
centro.
Olvidan que este núcleo se ha formado a expensas del resto
por vía de condensación y que sería preciso servirse del todo, de lo fluido
tanto o más que de lo condensado, para aprehender el movimiento interior de la
vida.
A decir verdad, si la franja existe, incluso indistinta y
descolorida, debe tener todavía más importancia para el filósofo que el núcleo
luminoso que ella envuelve. Porque su presencia es la que nos permite afirmar
que el núcleo es un núcleo, que la inteligencia completamente pura es una
reducción, por condensación, de un poder más amplio. Y justamente porque esta
vaga intuición no nos presta ayuda alguna para dirigir nuestra acción sobre las
cosas -acción enteramente localizada en la superficie de lo real- puede
presumirse que ella no se ejerce ya simplemente en superficie, sino en
profundidad.
Desde el momento que salimos de los cuadros en que el
mecanicismo y el finalismo radical encierran nuestro pensamiento, la realidad
se nos aparece como un chorro ininterrumpido de novedades, cada una de las
cuales tan pronto ha surgido para formar el presente como ha retrocedido ya al
pasado: en este instante preciso cae bajo la mirada de la inteligencia, cuyos
ojos están eternamente vueltos atrás. Tal es ya el caso de nuestra vida
interior. Para cada uno de nuestros actos se encontrarán fácilmente antecedentes
de los que aquél sería, en cierto modo, la resultante mecánica. Y se dirá
también que cada acción es el cumplimiento de una intención. En este sentido,
el mecanicismo y la finalidad se encuentran en todas partes, en la evolución de
nuestra conducta. Pero, por poco que la acción interese el conjunto de nuestra
persona y sea verdaderamente nuestra, no podrá ser prevista, aunque sus
antecedentes la expliquen una vez realizada. Y una intención realizada, ella,
realidad presente y nueva, difiere de la intención, que no podría ser más que
un pro-yecto de comienzo o reajuste del pasado. Mecanicismo y finalismo no son
pues, en este caso, más que consideraciones exteriores tomadas sobre nuestra
conducta. Extraen de ella la intelectualidad. Pero nuestra conducta se desliza
entre los dos y se extiende mucho más lejos. Esto no quiere decir, una vez más,
que la acción libre sea una acción caprichosa, irrazonable. Conducirse por
capricho consiste en oscilar mecánicamente entre dos o varios partidos ya
hechos, y en fijarse, no obstante, en uno de los dos: esto no es haber madurado
una situación interior, no es haber evolucionado; es, por paradójica que esta
aserción pueda parecer, haber plegado la voluntad en la imitación del mecanismo
de la inteligencia. Por el contrario, una conducta verdaderamente nuestra es la
de una voluntad que no trata de remedar la inteligencia y que, permaneciendo
ella misma en evolución, aboca por vía de maduración gradual a actos que la
inteligencia podrá resolver indefinidamente en elementos inteligibles sin que
los alcance jamás por completo: el acto libre es inconmensurable con la idea, y
su "racionalidad" debe definirse por esta inconmensurabilidad misma,
que permite encontrar en ella tanta inteligibilidad como se quiera. Tal es el
carácter de nuestra evolución interior. Y tal es también, sin duda, el de la
evolución de la vida.
Nuestra razón, incurablemente presuntuosa, se imagina
poseer por derecho de nacimiento o por derecho de conquista, innatos o
aprendidos, todos los elementos esenciales del conocimiento de la verdad.
Incluso cuando declara no conocer el objeto que se le presenta, cree que su
ignorancia afecta solamente a la cuestión de saber cuál es la categoría antigua
que conviene al objeto nuevo. ¿En qué cajón presto a abrirse le haremos entrar?
¿Con qué prenda ya cortada vamos a vestirle? ¿Es esto, o aquello, u otra cosa?
Y "esto", "aquello" y "otra cosa" son siempre
para nosotros lo ya concebido, lo ya conocido. La idea que podríamos tener de
crear de una vez, para un objeto nuevo, un nuevo concepto, quizás un nuevo
método de pensar, nos repugna profundamente. La historia de la filosofía está
sin embargo a nuestra disposición y nos muestra el eterno conflicto de los
sistemas, la imposibilidad de hacer entrar definitivamente lo real en estas
prendas de confección que son nuestros conceptos ya hechos, la necesidad de
trabajar a medida. Antes que llegar a este extremo, nuestra razón desea mejor
anunciar una vez por todas, con orgullosa modestia, que no conocerá más que lo
relativo y que lo absoluto no es su móvil: esta declaración preliminar le
permite aplicar sin escrúpulo su método habitual de pensar y, bajo el pretexto
de que no toca a lo absoluto, zanjar en absoluto sobre todas las cosas.
Platón fue el primero que erigió la teoría de que conocer
lo real consiste en encontrar su Idea, es decir, hacerle entrar en un cuadro
preexistente que estaría ya a nuestra disposición, como si poseyésemos implícitamente
la ciencia universal. Pero esta creencia es natural a la inteligencia humana,
siempre preocupada por saber bajo qué antigua rúbrica catalogará no importa qué
objeto nuevo, y podría decirse, en cierto sentido, que nacemos ya platónicos.
En ninguna parte se hace tan patente y manifiesta la
impotencia de este método como en las teorías de la vida. Si, al evolucionar en
la dirección de los vertebrados en general, del hombre y de la inteligencia en
particular, la vida ha tenido que abandonar en su camino muchos elementos
incompatibles con este modo particular de organización y confiarlos, como
mostraremos, a otras líneas de desarrollo, deberemos volver a buscar y fundir
con la inteligencia propiamente dicha la totalidad de estos elementos, para
aprehender la verdadera naturaleza de la actividad vital. Nos veremos ayudados
entonces, sin duda, por la franja de representación confusa que envuelve
nuestra representación distinta, quiero decir, intelectual: ¿qué puede ser esta
franja inútil, en efecto, sino la parte del principio que evoluciona, que no se
ha amoldado a la forma especial de nuestra organización y que ha pasado de
contrabando? Ahí, pues, deberemos ir a buscar indicaciones para dilatar la
forma intelectual de nuestro pensamiento; hasta ahí llevaremos el impulso
necesario para alzarnos sobre nosotros mismos.
Representarse el conjunto de la vida no puede consistir en
combinar entre sí ideas simples depositadas en nosotros por la vida misma en el
curso de su evolución: ¿cómo podría equivaler la parte al todo, el contenido al
continente, un residuo de la operación vital a la operación misma? Tal es, sin
embargo, nuestra ilusión cuando definimos la evolución de la vida por "el
paso de lo homogéneo a lo heterogéneo" o por cualquier otro concepto
obtenido al componer entre sí fragmentos de inteligencia.
Nos colocamos en uno de los puntos de conclusión de la
evolución, el principal sin duda, pero no el único; en este punto incluso no
tomamos todo lo que se encuentra ahí, porque no retenemos de la inteligencia
más que uno o dos de los conceptos en que ella se expresa: ¡Y es esta parte de
una parte la que declaramos representativa del todo, de algo incluso que
desborda el todo consolidado, quiero decir, del movimiento evolutivo del que
este "todo" no es más que la fase actual! La verdad es que esto no
sería demasiado, no sería bastante aquí tomar la inteligencia entera. Sería
preciso todavía aproximar a ella lo que encontramos en cada uno de los otros
puntos término de la evolución. Y sería preciso considerar estos elementos
diversos y divergentes como otros tantos resúmenes que son, o al menos fueron,
en la forma más humilde, complementos unos de otros. Solamente entonces
presentiríamos la naturaleza real del movimiento evolutivo; no haríamos más que
presentirla, porque no tendríamos que habérnoslas más que con lo evolucionado,
que es un resultado, y no con la evolución misma, es decir, con el acto por el
cual se obtiene el resultado.
Tal es la filosofía de la vida a la que nos encaminamos.
Pretende sobrepasar a la vez el mecanicismo y el finalismo; pero, como
anunciamos al principio, se aproxima a la segunda doctrina más que a la
primera. No será inútil insistir sobre este punto, y mostrar en términos más
precisos por donde tiene semejanza con el finalismo y por donde difiere de él.
Como el finalismo radical, aunque en una forma más vaga,
ella nos representará el mundo organizado como un conjunto armonioso. Pero esta
armonía está lejos de ser tan perfecta como se dice. Admite disonancias, porque
cada especie, cada individuo incluso, no retiene del impulso global de la vida
más que una parte y tiende a utilizar esta energía en su interés propio; en
esto consiste la adaptación. La especie y el individuo no piensan más que en sí
mismos, de donde surge un conflicto posible con las demás formas de la vida. La
armonía no existe, pues, de hecho; existe, antes bien, en derecho: quiero decir
con ello que el impulso original es un impulso común y que, cuanto más alto
remonta, más aparecen las tendencias diversas como complementarias unas de otras.
Así ocurre con el viento, que al precipitarse en una encrucijada se divide en
corrientes de aire divergentes, que no son todas más que un solo y mismo soplo.
La armonía, o mejor el "complemento", no se revela sino grosso modo
en las tendencias antes que en los estados. Sobre todo (y en este punto el
finalismo se ha equivocado gravemente), la ar- monía se encontrará mejor hacia
atrás que hacia adelante. Descansa en una identidad de impulso y no en una
aspiración común. En vano querríamos asignar a la vida un fin, en el sentido
humano de la palabra. Hablar de un fin es pensar en un modelo preexistente al
que sólo falta realizarse. Es, pues, suponer, en el fondo, que todo está dado,
que el porvenir podría leerse en el presente. Es creer que la vida, en su movimiento
y en su integridad, procede como nuestra inteligencia, que no es más que una
consideración inmóvil y fragmentaria tomada sobre ella, y que se coloca siempre
naturalmente fuera del tiempo. La vida progresa y dura. Sin duda, se podrá
siempre, echando una ojeada sobre el camino recorrido, señalar la dirección,
anotarla en términos psicológicos y hablar como si hubiese habido prosecución
de un fin. Así hablaremos nosotros.
Pero en cuanto al camino por recorrer, el espíritu humano
nada tiene que decir, porque el camino será creado a medida del acto que lo
recorra, no siendo más que la dirección de este acto mismo. La evolución debe,
pues, implicar en todo momento una interpretación psicológica, que es, desde
nuestro punto de vista, la mejor explicación, aunque esta explicación no tiene
valor ni incluso significación más que en el sentido retroactivo. Jamás la
interpretación finalista, tal como nosotros la expondremos, deberá ser tomada
por una anticipación del futuro. Es una cierta visión del pasado a la luz del
presente.
En suma, la concepción clásica de la finalidad postula, a
la vez, demasiado y demasiado poco. Es demasiado amplia y demasiado estrecha.
Al explicar la vida por la inteligencia, restringe excesivamente la
significación de la vida; la inteligencia, al menos como lo encontramos en
nosotros, ha sido formada por la evolución en el curso de su trayectoria; está
recortada en algo más amplio, o mejor: no es más que la proyección
necesariamente plana de una realidad que tiene relieve y profundidad. Esta
realidad más comprensiva es la que el finalismo verdadero debería reconstruir,
o mejor abrazar, tanto como fuese posible, en una visión simple. Pero, por otra
parte, justamente porque desborda la inteligencia, facultad de enlazar lo mismo
a lo mismo, de percibir y también de producir repeticiones, esta realidad es
sin duda creadora, es decir, productora de efectos en los que se dilata y se
sobrepasa a sí misma: estos efectos no estaban dados en ella de antemano, y por
consiguiente no podía tomarlos por fines, aunque una vez producidos encierren
una interpretación racional, como la del objeto fabricado que ha realizado un
modelo. Esto es, la teoría de las causas finales no va lo bastante lejos cuando
se limita a poner la inteligencia en la naturaleza, y va demasiado lejos cuando
supone una preexistencia del futuro en el presente, en forma de idea. La
segunda tesis, que peca por exceso, es, por lo demás, la consecuencia de la
primera, que peca por defecto. Es preciso sustituir la inteligencia propiamente
dicha por la realidad más comprensiva, de la cual la inteligencia no es más que
su reducción. El futuro se aparecerá entonces como dilatando el presente. No
estaba, pues, contenido en el presente en forma de fin representado. Y sin
embargo, una vez realizado, explicará el presente tanto como el presente le
explica, e incluso más; deberá ser considerado como un fin tanto o más que como
un resultado. Nuestra inteligencia tiene derecho a considerarlo abstractamente
desde su punto de vista habitual, al ser ella misma una abstracción operada
sobre la causa de donde él emana.
Es verdad que la causa parece entonces inaprensible. Ya la
teoría finalista de la vida escapa a toda verificación precisa. ¿Qué será,
diremos, si vamos más lejos que ella en una de sus direcciones? Henos aquí
vueltos, en efecto, después de una digresión necesaria, a la pregunta que
tenemos por esencial: ¿ puede probarse por los hechos la insuficiencia del
mecanicismo? Anunciábamos que si esta demostración es posible, lo es a
condición de que nos coloquemos francamente en la hipótesis evolucionista. Ha llegado
el momento de establecer que si el mecanicismo no basta para darnos cuenta de
la evolución, el medio de probar esta insuficiencia no consiste en detenerse en
la concepción clásica de la finalidad, y todavía menos en reducirla o
atenuarla, sino, por el contrario, en ir más lejos que ella.
Indiquemos por lo pronto el principio de nuestra
demostración. Decíamos que la vida, desde sus orígenes, es la continuación de
un solo y mismo impulso que se ha repartido entre líneas de evolución
divergentes. Algo se ha agrandado, algo se ha desarrollado por una serie de
adiciones que han sido otras tantas creaciones. Es este mismo desarrollo el que
ha llevado a disociarse tendencias que no podían aumentar más allá de un cierto
punto sin devenir incompatibles entre sí. En rigor, nada impediría imaginar un individuo
único, en el cual, como consecuencia de transformaciones repartidas en miles de
siglos, se hubiese efectuado la evolución de la vida. O también, a falta de un
individuo único, podría suponerse una pluralidad de individuos sucediéndose en
una serie unilineal. En los dos casos la evolución no habría tenido, si podemos
expresarnos así, más que una sola dimensión. Pero la evolución se ha producido
en realidad por intermedio de mi-llones de individuos sobre líneas divergentes,
cada una de las cuales abocaba a una encrucijada de donde partían nuevos
caminos, y así sucesiva e indefinidamente. Si nuestra hipótesis tiene algún
fundamento, si las causas esenciales que trabajan a lo largo de estos diversos
caminos son de naturaleza psicológica, deben conservar algo de común a despecho
de la divergencia de sus efectos, como camaradas separados durante largo tiempo
guardan también los mismos recuerdos de la infancia. Han debido de producirse
bifurcaciones, abrirse vías laterales en las que los elementos disociados se
desarrollaban de una manera independiente; y no menos se continúa el movimiento
de las partes por el impulso primitivo del todo.
Algo del todo debe, pues, subsistir en las partes. Y este
elemento común podrá hacerse sensible a los ojos de una cierta manera, quizá
por la presencia de órganos idénticos en organismos muy diferentes.
Supongamos, por un instante, que el mecanicismo sea la
verdad: la evolución se habrá producido por una serie de accidentes que se
añaden unos a otros, conservándose cada accidente nuevo por selección si es
ventajoso a esta suma de accidentes ventajosos anteriores que representa la
forma actual del ser vivo. ¿Y qué casualidad no ha debido darse para que, por
dos series completamente diferentes de accidentes que se adicionan, dos
evoluciones completamente diferentes aboquen a resultados similares?
Cuanto más diverjan dos líneas de evolución, menos
probabilidades habrá para que influencias accidentales exteriores o variaciones
accidentales internas hayan determinado consigo la construcción de aparatos
idénticos, sobre todo si no había indicación alguna de estos aparatos en el
momento en que se ha producido la bifurcación. Esta similitud sería natural,
por el contrario, en una hipótesis como la nuestra: deberíamos volver a
encontrar, hasta en los últimos arroyuelos, algo del impulso recibido en la fuente.
El puro mecanicismo sería pues refutable, y la finalidad, en el sentido
especial que nosotros le damos, demostrable por cierto lado, si se pudiese
establecer que la vida fabrica ciertos aparatos idénticos por medios
diferentes, sobre líneas de evolución divergentes. La fuerza de la prueba sería
por lo demás proporcional al grado de alejamiento de las líneas de evolución
escogidas y al grado de complejidad de las estructuras similares que se
encontrase en ellas.
Se alegará que la similitud de estructura es debida a la
identidad de las condiciones generales en que ha evolucionado la vida. Estas
condiciones exteriores durables habrían impreso la misma dirección a las
fuerzas constructoras de tal o cual aparato, no obstante la diversidad de las
influencias exteriores pasajeras y de las variaciones accidentales internas. No
ignoramos, en efecto, el papel que juega el concepto de adaptación en la
ciencia contemporánea. Ciertamente, los biólogos no han hecho de él el mismo
uso. Para algunos, las condiciones exteriores son capaces de causar
directamente la variación de los organismos en un sentido definido, por las
modificaciones físico-químicas que ellas determinan en la sustancia viva: tal
es la hipótesis de Eimer, por ejemplo. Para otros, más fieles al espíritu del
darwinismo, la influencia de las condiciones no se ejerce más que de una manera
indirecta, favoreciendo, en la concurrencia vital, a aquellos representantes de
una especie que el azar del nacimiento ha adaptado mejor al medio. En otros
términos, unos atribuyen a las condiciones exteriores una influencia positiva y
otros una acción negativa: en la primera hipótesis, esta causa suscitaría
variaciones; en la segunda, no haría sino eliminarlas. Pero en los dos casos
está encargada de determinar un ajuste preciso del organismo a sus condiciones
de existencia. Por esta adaptación común se intentará explicar sin duda
mecánicamente las similitudes de estructura de las que creemos podría extraerse
el argumento más indiscutible contra el mecanicismo. Por lo cual debemos
indicar a continuación grosso modo, antes de pasar al detalle, por qué nos
parecen insuficientes las explicaciones que se obtuviesen aquí de la
"adaptación".
Señalemos, en primer lugar, que de las dos hipótesis que
acabamos de formular, la segunda es la única que no se presta al equívoco. La
idea darwiniana de una adaptación que se efectuase por la eliminación
automática de los inadaptados, es una idea simple y clara. En cambio, y
justamente porque atribuye a la causa exterior, directora de la evolución, una
influencia completamente negativa, deja ya de mostrarnos el desarrollo
progresivo y rectilíneo de aparatos complejos como los que vamos a examinar.
¿Qué será, cuando ella quiera explicar la identidad de estructura de órganos
extraordinariamente complicada sobre líneas de evolución divergentes? Una
variación accidental, por mínima que sea, implica la acción de una multitud de
pequeñas causas físicas y químicas. Una acumulación de variaciones
accidentales, como la que es necesaria para producir una estructura complicada,
exige el concurso de un número por decirlo así infinito de causas
infinitesimales. ¿Cómo estas causas, completamente accidentales, podrían reaparecer
ellas mismas, y en el mismo orden, sobre puntos diferentes del espacio y del
tiempo? Nadie lo sostendrá, y el darwinista mismo se limitará sin duda a decir
que de efectos idénticos pueden salir causas diferentes, y que más de un camino
conduce al mismo lugar. Pero no seamos víctimas de una metáfora. El lugar al
que se llega no dibuja la forma del camino que se ha tomado para llegar a él,
mientras que una estructura orgánica es la acumulación misma de las pequeñas
diferencias que la evolución ha debido atravesar para alcanzarla. Concurrencia
vital y selección natural no pueden prestarnos ayuda para resolver esta parte
del problema, porque no nos ocupamos aquí de lo que ha desaparecido, sino que
miramos simplemente a lo que se ha conservado. Ahora bien, vemos que, sobre
líneas de evolución independientes, se han dibujado estructuras idénticas por
una acumulación gradual de efectos que se han añadido unos a otros. ¿Cómo
suponer que causas accidentales, que se presentan en un orden accidental, hayan
abocado varias veces al mismo resultado, siendo las causas infinitamente
numerosas y el efecto infinitamente complicado?
El principio del mecanicismo es que "las mismas
causas producen los mismos efectos". Este principio no implica siempre, es
verdad, que los mismos efectos tengan las mismas causas; entraña, sin embargo,
esta consecuencia en el caso particular en que las causas permanecen visibles
en el efecto que producen y son sus elementos constitutivos. Que dos caminantes
que han partido de puntos diferentes y han divagado por el campo según su
capricho terminen por encontrarse, esto no tiene nada de extraordinario. Pero que
al caminar así dibujen curvas idénticas, que pueden superponerse exactamente
las unas a las otras, esto es de hecho inverosímil. La inverosimilitud será por
lo demás tanto mayor cuantos más complicados rodeos presenten los caminos
recorridos por una y otra parte. Y se convertirá en imposibilidad, si los
zigzags de los dos caminantes son de una complejidad infinita. Ahora bien, ¿
qué es esta complicación de zigzags al lado de la de un órgano en el que están
dispuestas en un cierto orden millares de células diferentes, cada una de las
cuales es una especie de organismo?
Pasemos pues a la segunda hipótesis, y veamos cómo
resolvería el problema. La adaptación no consistirá ya simplemente en la
eliminación de los inadaptados. Será debida a la influencia positiva de las
condiciones exterior res que han modelado el organismo en su forma propia.
Justamente por la similitud de la causa se explicará esta vez la similitud de
los efectos. Estaremos, en apariencia, en el puro mecanicismo. Pero observemos
más de cerca. Vamos a ver que la explicación es completamente verbal, que somos
todavía víctimas de las palabras, y que el artificio de la solución consiste en
tomar el término "adaptación", al mismo tiempo, en dos sentidos
plenamente diferentes.
Si vierto en un mismo vaso, alternativamente, agua y vino,
los dos líquidos tomarán en él la misma forma y la similitud de forma residirá
en la identidad de adaptación del contenido al continente.
Adaptación significa entonces inserción mecánica. Y es que
la forma a!a que se adapta la materia estaba ya completamente hecha y ha
impuesto a la materia su propia configuración. Pero cuando se habla de la
adaptación de un organismo a las condiciones en las que debe vivir, ¿dónde está
la forma preexistente que espera su materia? Las condiciones no son un molde en
el que se insertará la vida y donde recibirá su forma: cuando se razona así,
somos víctimas de una metáfora. No hay todavía forma, y es a la vida a la que
corresponde crearse por sí misma una forma apropiada a las condiciones que le
son dadas. Será preciso que saque partido de estas condiciones, que neutralice
sus inconvenientes y que uti-lice sus ventajas, en fin, que responda a las
acciones ex-teriores por la construcción de una máquina que no tiene semejanza
alguna con ellas. Adaptarse no consistirá aquí en repetir, sino en replicar, lo
cual es muy diferente. Si todavía hay adaptación, será en el sentido en que
podría decirse de la solución de un problema de geometría, por ejemplo, que se
adapta a las condiciones del enunciado. Deseo ciertamente que la adaptación así
entendida expli-que el por qué procesos evolutivos diferentes abocan a formas
semejantes; el mismo problema llama en efecto a la misma solución. Pero será
preciso entonces hacer in-tervenir, como para la solución de un problema de
geometría, una actividad inteligente o al menos una causa que se conduzca de la
misma manera. Volveremos a introducir la finalidad, y una finalidad demasiado cargada
esta vez de elementos antropomórficos. En una palabra, si la adaptación de que
se habla es pasiva, simple repetición en relieve de lo que las condiciones dan
en profundidad, no construirá nada de lo que se quiere que construya; y si se
la declara activa, capaz de responder por una solución calculada al problema
que le plantean las condiciones, se va más lejos que nosotros, demasiado lejos
según nosotros, en la dirección que primeramente indicábamos. Pero la verdad es
que se pasa subrepticiamente de uno de estos dos sentidos al otro, y que nos
refugiamos en el primero cuantas veces vamos a ser cogidos en flagrante delito
de finalismo con el empleo del segundo.
El segundo sirve verdaderamente a la práctica corriente de
la ciencia, pero es el primero el que le suministra con frecuencia su
filosofía. Nos expresamos en cada caso particular corno si el proceso de
adaptación fuese un esfuerzo del organismo para construir una máquina capaz de
obtener de las condiciones exteriores el mejor partido posible: luego hablamos
de la adaptación en general como si fuese la impronta misma de las
circunstancias, recibida pasivamente por una materia indiferente.
Pero lleguemos a los ejemplos. Sería desde luego
interesante instituir aquí una comparación general entre las plantas y los
animales. ¿Cómo no han de impresionarnos los progresos paralelos que se han
realizado, de una y otra parte, en el sentido de la sexualidad? No solamente la
fecundación misma es idéntica en las plantas superiores a la de los animales
-ya que consiste, en uno y otro caso, en la unión de dos semi-núcleos que
diferían por sus propiedades y su estructura antes de su aproximación, y que se
convierten, poco después, en equivalentes el uno del otro-, sino que la
preparación de los elementos sexuales se prosigue por las dos partes en
condiciones semejantes: consiste esencialmente en la reducción del número de
los cromosomas y en la repulsa de una cierta cantidad de sustancia cromática
[19]. Sin embargo, vegetales y animales han evolucionado
sobre líneas independientes, favorecidos por circunstancias desemejantes,
contrariados por obstáculos diferentes. He aquí dos grandes series que han
caminado de manera divergente. A lo largo de cada una de ellas, millares de
millares de causas se han reunido conjuntamente para determinar la evolución
morfológica y funcional. Y sin embargo, estas causas infinitamente complicadas
se han sumado, de una y otra parte, en un mismo efecto. De este efecto apenas
osaremos decir, por lo demás, que sea un fenómeno de "adaptación":
¿cómo hablar de adaptación, cómo hacer un llamamiento a la presión de las
circunstancias exteriores, cuando la utilidad misma de la generación sexual no
es más que aparente, ya que se ha podido interpretarla en los sentidos más
diversos, y espíritus excelsos ven en la sexualidad de la planta, cuando menos,
un lujo del que habría podido privarse la naturaleza?
[20]
Pero no queremos hacer hincapié en hechos tan discutidos.
La ambigüedad del término "adaptación", la necesidad de sobrepasar a
la vez el punto de vista de la causalidad mecánica y el de la finalidad
antropomórfica, aparecerán más claramente con ejemplos más simples. En todo
tiempo, la doctrina de la finalidad ha sacado partido de la estructura
maravillosa de los órganos de los sentidos para asimilar el trabajo de la
naturaleza al de un obrero inteligente. Como, por lo demás, estos órganos se encuentran,
en estado rudimentario, en los animales inferiores, y como la naturaleza nos
ofrece todos los intermedios entre la mancha pigmentaria de los organismos más
simples y el ojo infinitamente complicado de los vertebrados, se podrá también
hacer intervenir aquí el juego completamente mecánico de la selección natural
que determina una perfección creciente. En fin, si hay un caso en el que nos
parece que tenemos derecho a invocar la adaptación, ese caso es éste. Porque
sobre el papel y la significación de la generación sexual, sobre la relación
que la enlaza a las condiciones en que ella se realiza, puede discutirse; pero
la relación del ojo a la luz es manifiesta, y cuando se habla aquí de
adaptación debe saberse lo que se quiere decir. Si, pues, pudiésemos mostrar,
en este caso privilegiado, la insuficiencia de los principios invocados de una
y otra parte, nuestra demostración alcanzaría en seguida un grado bastante alto
de generalidad.
Consideremos el ejemplo sobre el cual han insistido
siempre los abogados de la finalidad: la estructura de un ojo como el del ser
humano. No han tenido dificultad en mostrar que, en este aparato tan
complicado, todos los elementos están maravillosamente coordinados unos a
otros. Para que la visión se produzca, dice el autor de un libro muy conocido
sobre las "Causas finales", es preciso "que la esclerótica se
haga transparente en un punto de su superficie, a fin de permitir que la
atraviesen los rayos luminosos…; es preciso que la córnea se corresponda
precisamente con la abertura misma de la órbita del ojo…; es preciso que detrás
de esta abertura transparente se encuentren medios convergentes…; es preciso
que en el extremo de la cámara negra se encuentre la retina…
[21]; es preciso que, perpendicularmente a la retina, una
cantidad innumerable de conos transparentes que no dejan llegar a la membrana
nerviosa más que la luz dirigida sigan el sentido de su eje
[22], etc., etc." A lo cual se ha respondido
invitando al defensor de las causas finales a colocarse en la hipótesis
evolucionista. Todo parece maravilloso, en efecto, si se considera un ojo como
el nuestro, en el que millares de elementos están coordinados a la unidad de la
función. Pero sería preciso tomar la función en su origen, en el infusorio,
cuando se reduce a la simple impresionabilidad (casi puramente química) de una
mancha pigmentaria a la luz. Esta función, que no era más que un hecho accidental
al principio, ha podido -ya directamente, por un mecanismo desconocido, ya
indirectamente, por el solo efecto de las ventajas que procuraba al ser vivo y
de la presa que ofrecía así a la selección natural-, ocasionar una complicación
ligera del órgano, la cual habrá arrastrado consigo un perfeccionamiento de la
función. De este modo, por una serie indefinida de acciones y de reacciones
entre la función y el órgano, y sin hacer intervenir una causa extra-mecánica,
se explicaría la formación progresiva de un ojo tan bien combinado como el
nuestro.
La cuestión es difícil de zanjar, en efecto, si se la
presenta de pronto entre la función y el órgano, como lo hacía la doctrina de
la finalidad, como lo hace el mecanicismo mismo. Porque órgano y función son
dos términos heterogéneos entre sí, que se condicionan tan bien el uno al otro
que es imposible decir a priori si, en el enunciado de su relación, es mejor
comenzar por el primero, como lo quiere el mecanicismo, o por el segundo, como
lo exi-giría la tesis de la finalidad. Mas la discusión tomaría otro giro,
creemos, si se comparase primero entre sí dos términos de la misma naturaleza,
un órgano a un órgano y no ya un órgano a su función. Esta vez, podríamos
encaminarnos poco a poco a una solución cada vez más plausible. Y tendríamos
más probabilidades de alcanzarla cuanto más resueltamente nos colocásemos en la
hipótesis evolucionista.
He aquí, al lado del ojo de un vertebrado, el de un
molusco como la venera. Hay en uno y otro las mismas partes esenciales,
compuestas de elementos análogos. El ojo de la venera presenta una retina, una
córnea, un cristalino de estructura celular como el nuestro. Se señala en ella
hasta esta inversión particular de los elementos re-tinianos, que no se
encuentra, en general, en la retina de los invertebrados. Ahora bien, se
discute sin duda sobre el origen de los moluscos; pero, sea cual sea la opinión
a la que nos adhiramos, estaremos de acuerdo en que moluscos y vertebrados se
han separado de su tronco común antes de la aparición de un ojo tan complejo
como el de la venera. ¿De dónde proviene entonces la analogía de estructura?
Interroguemos sobre este punto, alternativamente, los dos
sistemas opuestos de explicación evolucionista, la hipótesis de variaciones
puramente accidentales, y la de una variación dirigida en un sentido definido
bajo la influencia de las condiciones exteriores.
En cuanto a la primera, se sabe que se presenta hoy bajo
dos formas bastante diferentes. Darwin hablaba de variaciones muy ligeras, que
se adicionarían entre sí por efecto de la selección natural. No ignoraba los
hechos de variación brusca; pero estos "sports", como él los llamaba,
no daban, según él, más que monstruosidades incapaces de perpetuarse, por lo
cual nos presentaba la génesis de las especies por medio de una acumulación de
variaciones insensibles
[23]. Tal es también la opinión de muchos naturalistas.
Pero tiende, sin embargo, a ceder el lugar a la idea opuesta: es de una vez,
por la aparición simultánea de varios caracteres nuevos, bastante diferentes de
los antiguos, como se constituiría una especie nueva. Esta última hipótesis, ya
lanzada por diversos autores, sobre todo por Bateson en un libro notable
[24], ha tomado una significación profunda y adquirido
gran fuerza a partir de las bellas experiencias de Hugo de Vries. Este
botánico, operando sobre la Oenothera lamarckiana, ha obtenido, al cabo de
algunas generaciones, un cierto número de nuevas especies. La teoría que él
concluye de sus experiencias es del más alto interés. Las especies pasarían por
períodos alternativos de estabilidad y de transformación. Cuando llega el
período de "mutabilidad", producirán formas inesperadas
[25]. No nos atreveremos a tomar partido entre esta
hipótesis y la de las variaciones insensibles.
Queremos mostrar simplemente que, pequeñas o grandes, las
variaciones invocadas son incapaces, si son accidentales, de darnos a conocer
una similitud de estructura como la que señalábamos.
Aceptemos, en efecto, la tesis darwinista de las
variaciones insensibles. Supongamos pequeñas diferencias debidas al azar y que
van siempre adicionándose. No debe olvidarse que todas las partes de un
organismo están necesariamente coordinadas unas a otras. Poco me importa que la
función sea el efecto o la causa del órgano: hay, de todos modos, un punto
indiscutible, y es que el órgano no prestará servicio y no ofrecerá campo a la
selección más que en el caso de que funcione. En el caso de que la fina estructura
de la retina se desarrolle y se complique, este progreso, en lugar de favorecer
la visión, sin duda la trastornará, si los centros visuales no se desarrollan
al mismo tiempo, al igual que las diversas partes del órgano visual mismo. Si
las variaciones son accidentales, es bien evidente que no se entenderán entre
sí para producirse en todas las partes del órgano a la vez, de tal manera que
éste continúe cumpliendo su función. Darwin lo ha comprendido bien, y ésta es
una de las razones por la que supone la variación insensible
[26]. La diferencia que surge accidentalmente sobre un
punto del aparato visual, si es muy ligera no producirá el funcionamiento del
órgano; y, desde entonces, esta primera variación accidental puede esperar, en
cierto modo, que variaciones complementarias vengan a añadirse y llevar la
visión a un grado de perfección superior. Bien; pero si la variación insensible
no obstaculiza el funcionamiento del ojo, no le presta servicio en tanto que
las variaciones complementarias no se hayan producido: entonces ¿cómo se
conservaría por efecto de la selección? De grado o por fuerza, razonaremos como
si la pequeña variación fuese un compás de espera impuesto por el organismo y
reservado para una construcción ulterior. Esta hipótesis, tan poco conforme con
los principios de Darwin, parece ya difícil de evitar cuando se considera un
órgano que se ha desarrollado sobre una sola gran línea de evolución, el ojo de
los vertebrados por ejemplo. Pero se impondrá de modo absoluto si se señala la
similitud de estructura del ojo de los vertebrados y el de los moluscos. ¿Cómo
suponer, en efecto, que las mis- mas pequeñas variaciones, en número
incalculable, se hayan producido en el mismo orden sobre dos líneas de
evolución independientes, si eran puramente accidentales? ¿Y cómo se han
conservado por selección y acumuladas por una y otra parte, las mismas en el
mismo orden, cuando cada una de ellas, tornada separadamente, no prestaba
ninguna utilidad?
Pasemos, pues, a la hipótesis de las variaciones bruscas y
veamos si podrá resolver el problema.
Atenúa, sin duda, la dificultad sobre este punto. En
cambio, la agrava mucho en otro. Si por medio de un número relativamente débil
de saltos bruscos, el ojo de los moluscos se ha elevado, como el de los
vertebrados, hasta su forma actual, tengo menos dificultad para comprender la
similitud de los dos órganos que si se compusiese de un número incalculable de
semejanzas infinitesimales sucesivamente adquiridas: en los dos casos es el
azar el que opera; pero no se le pide, en el segundo, el milagro que debería
realizar en el primero. No solamente el número de semejanzas que tengo que
adicionar se restringe, sino que comprendo mejor que cada una de ellas se haya
conservado para añadirse a las otras, porque la variación elemental es bastante
considerable, esta vez, para asegurar una ventaja al ser vivo y prestarse así
al juego de la selección. Aunque he aquí que entonces se presenta otro problema
no menos importante: ¿cómo todas las partes del aparato visual al modificarse
de pronto quedan tan bien coordinadas entre sí que el ojo continúa ejerciendo
su función? Porque la variación aislada de una parte va a volver la visión
imposible, desde el momento en que esta variación no es ya infinitesimal. Es
preciso ahora que todas cambien a la vez y que cada una consulte a las otras.
Deseo ciertamente que una multitud de variaciones no coordinadas entre sí hayan
surgido en individuos menos felices, que la selección natural los haya
eliminado, y que, únicamente la combinación viable, es decir, capaz de
conservar y de mejorar la visión, haya sobrevivido. También es preciso que esta
combinación se haya producido. Y suponiendo que el azar haya concedido por una
vez este favor, ¿cómo admitir que lo repita en el curso de la historia de una
especie, de manera que suscite, cada vez, complicaciones nuevas,
maravillosamente reguladas unas sobre otras, situadas en la prolongación de las
com-plicaciones anteriores? ¿Cómo suponer sobre todo que, por una serie de
simples "accidentes", estas variaciones bruscas se hayan producido de
la misma manera, en el mismo orden, implicando cada vez un acuerdo perfecto de
elementos cada vez más numerosos y complejos, a lo largo de dos líneas de
evolución independientes?
Se invocará, es verdad, la ley de correlación, como hacía
ya el mismo Darwin
[27]. Se alegará que un cambio no está localizado en un
punto único del organismo, que se da sobre otros puntos su repercusión
necesaria. Los ejemplos citados por Darwin han quedado como clásicos: los gatos
blancos que tienen los ojos azules son generalmente sordos, los perros
desprovistos de pelo tienen la dentición imperfecta, etc.
Bien; pero no juguemos ahora con el sentido de la palabra
"correlación". Una cosa es un conjunto de cambios solidarios, y otra
muy distinta un sistema de cambios complementarios, es decir, coordinados unos
a otros de manera que mantengan e incluso perfeccionen el funcionamiento de un
órgano en condiciones más complicadas. Que una anomalía del sistema capilar se
acompañe de una anomalía de la dentición, no exige aquí un principio de
explicación especial: pelos y dientes son formaciones similares
[28], y la misma alteración química del germen que
dificulta la formación de los pelos debe sin duda obstaculizar la de los
dientes. Probablemente a causas del mismo género es preciso atribuir la sordera
de los gatos blancos con ojos azules. En estos diversos ejemplos, los cambios
"correlativos" no son más que cambios solidarios (sin contar que se
trata en realidad de lesiones, quiero decir, de disminuciones o supresiones de
algo y no de adiciones, lo que es muy diferente). Pero cuando se nos habla de
cambios "correlativos" que sobrevienen de una vez en las diversas
partes del ojo, la palabra está tomada en un sentido completamente nuevo: se
trata esta vez de un conjunto de cambios, no solamente simultáneos, no
solamente enlazados entre sí por una comunidad de origen, sino también
coordinados entre sí de tal manera que el órgano continúa cumpliendo la misma
función simple, e incluso la cum-plirá mejor. Que una modificación del germen
que influye en la formación de la retina obre al mismo tiempo también sobre la
de la córnea, iris, cristalino, centros visuales, etc., lo concedo, aunque se
trate aquí de formaciones heterogéneas en tal grado como no lo son sin duda los
pelos y los dientes. Pero que todas estas variaciones simultáneas se produzcan
en el sentido de un perfeccionamiento o incluso simplemente de una conservación
de la visión, esto es lo que no puedo admitir en la hipótesis de la variación
brusca, a menos que se haga intervenir un principio misterioso cuyo papel sería
el de velar por los intereses de la función: pero esto equivaldría a renunciar
a la idea de una variación "accidental". En realidad, estos dos
sentidos de la palabra "correlación" se interfieren con frecuencia
conjuntamente en el espíritu del biólogo, como los del término
"adaptación".
Y la confusión es casi legítima en botánica, ahí
precisamente donde la teoría de la formación de las especies por variación
brusca descansa en la base experimental más sólida. En los vegetales, en
efecto, la función está lejos de encontrarse ligada a la forma tan
estrechamente como en el animal. Diferencias morfológicas profundas, como un
cambio en la forma de las hojas, no ejercen influencia apreciable en el
ejercicio de la función, y no exigen, por consiguiente, todo un sistema de
modificaciones complementarias para que la planta permanezca viable. Pero no
ocurre lo mismo en el animal, sobre todo si se considera un órgano como el ojo,
de una estructura muy compleja a la vez que de un funcionamiento muy delicado.
En vano trataríamos aquí de identificar juntamente variaciones simplemente
solidarias y variaciones que son, por otra parte, complementarias. Los dos
sentidos de la palabra "correlación" deben ser distinguidos con
cuidado: se cometería un verdadero paralogismo adoptando uno de los dos en las
premisas del razonamiento y el otro en la conclusión. Y, sin embargo, es lo que
se hace cuando se invoca el principio de correlación en las explicaciones de
detalle para dar cuenta de las variaciones complementarias, para hablar
seguidamente de la correlación en general como si no fuese más que un conjunto
cualquiera de variaciones provocado por una variación cualquiera del germen. Se
comienza por utilizar la idea de correlación en la ciencia corriente como
podría hacerlo un defensor de la finalidad; se dice que se trata simplemente de
una manera fácil de expresarse, que habrá que corregir y que se volverá al
mecanicismo puro cuando se explique la naturaleza de los principios y se pase
de la ciencia a la filosofía. En efecto, se vuelve entonces al mecanicismo; pero
es a condición de tomar la palabra "correlación" en un sentido nuevo,
esta vez impropia para el detalle de las explicaciones.
En resumen, si las variaciones accidentales que determinan
la evolución son variaciones insensibles, será preciso acudir a un buen genio
-el genio de la especie futura- para conservar y adicionar estas variaciones,
porque no es la selección la que se encargará de ello. Si, por otra parte, las
variaciones accidentales son bruscas, la antigua función no continuará
ejerciéndose, o una función nueva no la reemplazará, más que si todos los
cambios sobrevenidos conjuntamente se completan para el cumplimiento de un
mismo acto: será preciso también recurrir al buen genio, esta vez para obtener
la convergencia de los cambios simultáneos, como hace un momento para asegurar
la continuidad de dirección de las variaciones sucesivas. Ni en un caso ni en
otro, el desarrollo paralelo de estructuras complejas idénticas sobre líneas de
evolución independientes podrá residir en una simple acumulación de variaciones
accidentales. Llegamos pues a la segunda de las dos grandes hipótesis que
debíamos examinar. Supongamos que las variaciones sean debidas, no ya a causas
accidentales e internas, sino a la influencia directa de las condiciones
exteriores. Veamos cómo nos las arreglaríamos para dar cuenta de la similitud
de estructura del ojo en series independientes desde el punto de vista
filo-genético.
Si moluscos y vertebrados han evolucionado separadamente,
unos y otros han quedado expuestos a la influencia de la luz. Y la luz es una
causa física que engendra efectos determinados. Actuando de una manera
continua, ha podido producir una variación continua en una dirección constante.
Sin duda, es inverosímil que el ojo de los vertebrados y el de los moluscos se
hayan constituido por una serie de variaciones debidas al simple azar.
Admitiendo que la luz intervenga entonces como instrumento de selección, para
no dejar subsistir más que las variaciones útiles, no hay ninguna probabilidad
para que este juego de azar, incluso así vigilado desde fuera, aboque, en los
dos casos, a la misma yuxtaposición de elementos coordinados de la misma
manera. Pero no ocurriría lo mismo, en la hipótesis de que la luz actuase
directamente sobre la materia organizada para modificar su estructura y
adaptarla, en cierto modo, a su propia forma. La similitud de los dos efectos
se explicaría esta vez simplemente por la identidad de la causa. El ojo cada
vez más complicado sería algo así como la impronta cada vez más profunda de la
luz sobre una materia que, al estar organizada, posee una aptitud sui genera
para recibirla. ¿Pero puede compararse una estructura orgánica a una impronta?
Hemos señalado ya la ambigüedad del término "adaptación". Una cosa es
la complicación gradual de una forma que se inserta cada vez mejor en el molde
de las condiciones exteriores, y otra cosa también la estructura cada vez más
complicada de un instrumento que obtiene de estas condiciones un partido cada
vez más ventajoso.
En el primer caso, la materia se limita a recibir una
impronta; pero en el segundo reacciona activamente y resuelve un problema. De
estos dos sentidos de la palabra, es el segundo evidentemente el que se utiliza
cuando se dice que el ojo se ha adaptado cada vez mejor a la influencia de la
luz. Pero se pasa más o menos inconscientemente del segundo sentido al primero,
y una biología puramente mecanicista se esforzará en llevar a coincidir
juntamente la adaptación pasiva de una materia inerte, que sufre la influencia
del medio, y la adaptación activa de un organismo, que obtiene de esta
influencia un partido apropiado. Reconocemos, por lo demás, que la naturaleza
misma parece invitar a nuestro espíritu a confundir los dos géneros de
adaptación, porque ella comienza de ordinario por una adaptación pasiva allí
donde debe construir más tarde un mecanismo que reaccionará activamente. Así,
en el caso que nos ocupa, es indiscutible que el primer rudimento del ojo se
encuentra en la mancha pigmentaria de los organismos inferiores: esta mancha ha
podido producirse muy bien físicamente por la acción misma de la luz, y se
observa una multitud de intermediarios entre la simple mancha pigmentaria y un
ojo complicado como el de los vertebrados. Pero de que se pase gradualmente de
una cosa a otra, no se sigue que las dos cosas sean de la misma naturaleza. De
que un orador adopte primero las pasiones de su auditorio para llegar en
seguida a hacerse dueño de ellas, no se concluirá que seguir sea lo mismo que
dirigir. Ahora bien, la materia viva parece no tener otro medio de sacar
partido de las circunstancias que adaptarse primero pasivamente a ellas: allí
donde debe tomar la dirección de un movimiento, comienza por adoptarlo. La vida
procede por insinuación. Bien se hará en mostrarnos todos los intermediarios
entre una mancha pigmentaria y un ojo; con todo, habrá entre ambos la misma
distancia que entre una fotografía y un aparato fotográfico. La fotografía se
ha flexionado sin duda, poco a poco, en el sentido de un aparato fotográfico;
¿pero es la luz tan sólo, como fuerza física, la que hubiese podido provocar
esta flexión y convertir una impresión dejada por ella en una máquina capaz de
utilizarla?
Se alegará que hacemos intervenir equivocadamente
consideraciones de utilidad, que el ojo no está hecho para ver pero que vemos
porque tenemos ojos, que el órgano es lo que es y que la "utilidad"
es una palabra con la cual designamos los efectos funcionales de la estructura.
Pero cuando digo que el ojo "saca partido" de la luz, no entiendo
solamente por ello que el ojo es capaz de ver; hago alusión a las relaciones
muy precisas que existen entre este órgano y el aparato de locomoción. La
retina de los vertebrados se prolonga en un nervio óptico que se continúa él
mismo por centros cerebrales enlazados a mecanismos motores. Nuestro ojo saca
partido de la luz porque nos permite utilizar por movimientos de reacción los
objetos que vemos como ventajosos, evitando los que vemos como perjudiciales.
Ahora bien, no habrá dificultad en mostrarme que si la luz ha producido
físicamente una mancha pigmentaria, puede determinar físicamente también los
movimientos de ciertos organismos: los infusorios pestañosos, por ejemplo,
reaccionan a la luz. Nadie sostendrá, sin embargo, que la influencia de la luz
haya causado físicamente la formación de un sistema nervioso, de un sistema
muscular, de un sistema óseo, cosas todas que están en continuidad con el
aparato de la visión en los vertebrados. A decir verdad, ya cuando se habla de
la formación gradual del ojo, y con más razón cuando se refiere el ojo a lo que
es inseparable de él, se hace intervenir algo más que la acción directa de la
luz. Se atribuye implícitamente a la materia organizada una cierta capacidad
sui generis, el misterioso poder de montar máquinas muy complicadas para sacar
partido de la excitación simple cuya influencia recibe.
De esto es precisamente de lo que se desea prescindir.
Quiérese que la física y la química nos den la clave de todo. La obra capital
de Eimer es instructiva a este respecto. Se sabe qué penetrante esfuerzo ha
hecho este biólogo para demostrar que la transformación se opera, por efecto de
una influencia continua del exterior sobre el interior, en un sentido bien
definido, y no, como quería Darwin, por variaciones accidentales. Su tesis
descansa en observaciones del más alto interés, cuyo punto de partida ha sido
e! estudio de la marcha seguida por la variación de la coloración de la piel en
ciertos lagartos.
Por otra parte, las experiencias ya antiguas de
Dorfmeister muestran que una misma crisálida, según que se la someta al frío o
al calor, da nacimiento a mariposas bastante diferentes, consideradas durante
largo tiempo como especies diferentes, Vanessa levana, y Vanessa prorsa: una
temperatura intermedia produce una forma intermedia. Podrían aproximarse a
estos hechos las transformaciones importantes que se observan en un pequeño
crustáceo, Anemia salina, cuando aumenta o disminuye la salinidad del agua en que
vive
[29]. En estas diversas experiencias, el agente exterior
parece comportarse como una causa de transformación. Pero ¿en qué sentido es
preciso entender aquí la palabra causa? Sin emprender un análisis exhaustivo de
la idea de causalidad, haremos notar simplemente que se confunden de ordinario
tres sentidos de este término que son completamente diferentes. Una causa puede
obrar por impulso, por desarticulación o por desenvolvimiento. La bola de
billar que se lanza contra otra bola determina su movimiento por impulso.
La chispa que provoca la explosión de la pólvora, obra por
desarticulación. La acción gradual del resorte que hace dar vueltas al
fonógrafo desenvuelve la melodía inscrita en el cilindro: si tengo la melodía
que se toca por un efecto y la acción del resorte por su causa, diré que la
causa procede aquí por desenvolvimiento. Lo que distingue es- tos tres casos el
uno del otro, es la mayor o menor solidaridad entre la causa y el efecto. En el
primero, la cantidad y la cualidad del efecto varían con la cantidad y la
cualidad de la causa. En el segundo, ni la cualidad ni la cantidad del efecto
varían con la cualidad y la cantidad de la causa: el efecto es invariable. En
el tercero, en fin, la cantidad del efecto depende de la cantidad de la causa,
pero!a causa no influye en la cualidad del efecto; es más, por la acción del
resorte, el cilindro dará vueltas durante tanto más tiempo, cuanto más larga
sea la porción que yo oiga de la melodía, pero la naturaleza de la melodía oída
o de la porción que no oigo, no depende de la acción del resorte. En realidad,
sólo en el primer caso la causa explica su efecto; en los otros dos, el efecto
es dado más o menos de antemano y el antecedente que se invoca es -en grados
diversos, es verdad- la ocasión antes que la causa. Ahora bien, ¿se toma en el
primer sentido la palabra causa cuando se dice que la salinidad del agua es
causa de las transformaciones de la Anemia, o que el grado de temperatura
determina el color y los dibujos de las alas que tomará una crisálida al
convertirse en mariposa? Evidentemente, no: la causalidad tiene aquí un sentido
intermedio entre los de desenvolvimiento y desarticulación. Así lo ha
entendido, por lo demás, Eimer mismo, cuando habla del carácter
"caleidoscópico" de la variación
[30], o cuando dice que la variación de la materia
organizada se opera en un sentido definido como, en direcciones definidas,
cristaliza la materia inorgánica
[31]. Que éste sea un proceso puramente fisico-químico es
lo que podemos conceder, en rigor, cuando se trata de cambios en la coloración
de la piel. Pero si se extiende este modo de explicación al caso de la
formación gradual del ojo de los vertebrados, por ejemplo, será preciso suponer
que la físico-química del organismo es tal, aquí, que la influencia de la luz
le ha hecho construir una serie progresiva de aparatos visuales, todos en
extremo complejos, todos no obstante capaces de ver, y de ver cada vez mejor
[32] . ¿Qué más podría decir, para caracterizar esta
físico-química especial, el partidario más resuelto de la doctrina de la
finalidad? ¿Y no se hará todavía más difícil la posición de una filosofía
mecanicista cuando se le señale que el ojo de un molusco no puede tener la
misma composición química que el de un vertebrado, que la sustancia orgánica
que ha evolucionado hacia la primera de las dos formas no ha podido ser
químicamente idéntica a la que ha tomado la otra dirección, y que, sin embargo,
bajo la influencia de la luz es el mismo órgano el que se ha construido en los
dos casos?
Cuanto más se reflexione en esto, más se verá cuán
contraria es a los principios invocados por la filosofía mecanicista esta
producción del mismo efecto por dos acumulaciones diversas de un número enorme
de pequeñas causas. Hemos concentrado todo el esfuerzo de nuestra discusión en
un ejemplo sacado de la filogénesis. Pero la ontogénesis nos habría
suministrado hechos no menos probatorios. En todo momento, a nuestros ojos, la
naturaleza aboca a resultados idénticos, en especies algunas veces vecinas unas
de otras, por procesos embriogénicos completamente diferentes.
Las observaciones de hetero-blastia se han multiplicado en
estos últimos años
[33], y ha sido preciso renunciar a la teoría casi clásica
de la especificidad de las hojas embrionarias. Para atenernos una vez más a
nuestra comparación entre el ojo de los vertebrados y el de los moluscos,
haremos señalar que la retina de los vertebrados se ha producido por una
expansión que emite el esbozo de cerebro en el joven embrión. Es un verdadero
centro nervioso el que seria llevado hacia la periferia. Por el contrario, en
los moluscos la retina deriva del ectodermo directamente, y no indirectamente
por intermedio del encéfalo embrionario. Son pues procesos evolutivos
diferentes los que abocan, en el hombre y en la venera, al desenvolvimiento de
una misma retina. Pero, sin llegar incluso a comparar entre sí dos organismos
tan alejados uno de otro, se alcanzaría una conclusión idéntica estudiando, en
un solo y mismo organismo, ciertos hechos muy curiosos de regeneración. Si se
extirpa el cristalino de un tritón, se asiste a la regeneración del cristalino
por el iris
[34]. Ahora bien, el cristalino primitivo se había
constituido a expensas del ectodermo, mientras el iris es de origen
mesodérmico. Aún más: si a la Salamandra maculata se la priva del cristalino
respetando el iris, por la parte superior del iris se produce también la
regeneración del cristalino; pero si se suprime esta parte superior del iris,
la regeneración se esboza en la capa interior o retiniana de la región restante
[35]. Así, partes diferentemente situadas, diferentemente
constituidas, que realizan en tiempo normal funciones diferentes, son capaces
de cumplir los mismos fines y de fabricar, cuando es necesario, las mismas
piezas de la máquina. Tenemos aquí ciertamente un mismo efecto obtenido por
combinaciones diversas de causas.
De grado o por fuerza, debemos referirnos a un prin-cipio
interno de dirección para obtener esta convergencia de efectos. La posibilidad
de tal convergencia no aparece ni en la tesis darwinista, y sobre todo
neo-darwinista, de las variaciones accidentales insensibles, ni en la hipótesis
de las variaciones accidentales bruscas, ni aun en la teoría que asigna
direcciones definidas a la evolución de los diversos órganos por una especie de
composición mecánica entre las fuerzas exteriores y las fuerzas internas.
Vayamos, pues, a la única de las formas actuales del
evolucionismo que nos queda todavía por explicar, el neo-lamarckismo.
Se sabe que Lamarck atribuía al ser vivo la facultad de
variar por el uso o no uso de sus órganos, y también de transmitir la variación
así adquirida a sus descendientes. A una doctrina del mismo género se adhieren
hoy cierto número de biólogos. La variación que aboca a producir una especie
nueva no sería una variación accidental inherente al germen mismo. No estaría
tampoco regulada por un determinismo sui generis, que desenvolvería caracteres
determinados en un sentido determinado, independientemente de toda preocupación
de utilidad. Nacería del esfuerzo mismo del ser vivo por adaptarse a las
condiciones en que debe vivir. Este esfuerzo podría, por lo demás, no ser más
que el ejercicio mecánico de ciertos órganos, mecánicamente provocado por la
presión de las circunstancias exteriores. Pero podría también implicar
conciencia y voluntad, y es en este último sentido como parece entenderlo uno
de los representantes más eminentes de la doctrina, el naturalista americano
Cope
[36]. El neo-lamarckismo es, pues, de todas las formas
actuales del evolucionismo, la única capaz de admitir un principio interno y
psicológico de desenvolvimiento, aunque no recurra necesariamente a él. Y es
también únicamente el evolucionismo el que parece darnos cuenta de la formación
de órganos complicados idénticos sobre líneas independientes de
desenvolvimiento. Se concibe, en efecto, que el mismo esfuerzo por sacar
partido de las mismas circunstancias aboque al mismo resultado, sobre todo si
el problema planteado por las circunstancias exteriores es de los que no
admiten más que una solución. Queda por saber si el término
"esfuerzo" no debe tomarse entonces en un sentido más profundo, más
psicológico todavía de lo que lo supone ningún neo-lamarckiano.
Una cosa es, en efecto, una simple variación de magnitud,
y otra cosa un cambio de forma. Que un órgano pueda robustecerse y crecer por
el ejercicio, nadie lo pondrá en duda. Pero hay mucha distancia de esto al
desenvolvimiento progresivo de un ojo como el de los moluscos y el de los
vertebrados. Si se atribuye este efecto a la prolongación de la influencia de
la luz pasivamente recibida, se recae en la tesis que acabamos de criticar. Si,
por el contrario, es una actividad interna la que se invoca, entonces se trata
de cosa muy distinta de lo que de ordinario llamamos un esfuerzo, porque el
esfuerzo nunca ha producido ante nosotros la menor complicación de un órgano,
y, no obstante, ha sido preciso un número enorme de estas complicaciones,
admirablemente coordinadas entre sí, para pasar de la mancha pigmentaria del
infusorio al ojo del vertebrado. Admitamos, sin embargo, esta concepción del
proceso evolutivo para los animales: ¿cómo extenderla al mundo de las plantas?
Aquí las va-riaciones de forma no parecen implicar ni entrañar siempre cambios
funcionales y, si la causa de la variación es de orden psicológico, resulta
difícil llamarla todavía esfuerzo, a menos de ampliar singularmente el sentido
de la palabra. La verdad es que debe ahondarse en el esfuerzo mismo y buscar
una causa más profunda.
Sobre todo, si deseamos llegar a una causa de variaciones
regularmente hereditarias. No entraremos aquí en el detalle de las
controversias relativas a la transmisibilidad de los caracteres adquiridos;
todavía menos querríamos tomar partido claramente en una cuestión que no es de
nuestra competencia.
Pero no podemos, sin embargo, desinteresarnos
completamente de ella. En ninguna parte se hace sentir mejor la imposibilidad
para los filósofos de atenerse hoy a vagas generalidades, la obligación para
ellos de seguir a los sabios en el detalle de las experiencias y de discutir
con éstos sus resultados. Si Spencer hubiese comenzado por plantearse la
cuestión de la herencia de los caracteres adquiridos, su evolucionismo habría
tomado sin duda otra forma. Si (como nos parece más probable) un hábito contraído
por el individuo no se transmitiese a sus descendientes más que en casos muy
excepcionales, toda la psicología de Spencer tendría que rehacerse y se vendría
abajo una buena parte de su filosofía. Digamos por tanto cómo nos parece
plantearse el problema y en qué sentido nos parece también que debería tratarse
de resolverlo.
Después de haber sido afirmada como un dogma la
transmisibilidad de los caracteres adquiridos, ha sido negada no menos
dogmáticamente, por razones obtenidas a priori de la supuesta naturaleza de las
células germinales. Se sabe cómo ha sido llevado Weissman, por su hipótesis de
la continuidad del plasma germinativo, a considerar las células germinales
-óvulos y espermatozoides- poco menos que independientes de las células
somáticas. Par-tiendo de ahí, se ha pretendido, y muchos pretenden aún, que la
transmisión hereditaria de un carácter adquirido sería una cosa inconcebible.
Pero si por azar la experiencia mostrase que los caracteres adquiridos son
transmisibles, probaría, por esto mismo, que el plasma germinativo no es tan
independiente como se dice del medio somático, y la transmisibilidad de los
caracteres adquiridos se convertiría ipso facto en concebible: lo que equivale
a decir que lo concebible e inconcebible nada tienen que ver en tal asunto y
que la cuestión asienta únicamente en la experiencia. Pero aquí comienza
precisamente la dificultad. Los caracteres adquiridos de que se habla son, con
frecuencia, hábitos o efectos del hábito. Y es raro que en la base de un hábito
contraído no haya una aptitud natural. De suerte que podemos preguntarnos
siempre si lo que se transmite es el hábito adquirido por el soma del individuo
o es antes bien una aptitud natural anterior al hábito contraído: esta aptitud
habría quedado como inherente al germen que el individuo lleva en sí, como era
ya inherente al individuo y, por consiguiente, a su germen. Así, nada prueba
que el topo se haya vuelto ciego por hacer contraído el hábito de vivir bajo
tierra: quizá porque sus ojos estaban en camino de atrofiarse es por lo que el
topo ha tenido que condenarse a la vida subterránea
[37]. En este caso, la tendencia a perder la vista se
habría transmitido de germen en germen sin que nada se hubiese adquirido ni
perdido por el soma del topo mismo. Del hecho de que el hijo de un maestro de
esgrima se haya convertido, mucho más rápidamente que su padre, en un
esgrimidor excelente, no puede obtenerse la conclusión de que el hábito del
padre se haya transmitido al hijo, porque ciertas disposiciones naturales en
vía de aumento han podido pasar del germen productor del padre al germen productor
del hijo, agrandarse en ruta por efecto del impulso primitivo y asegurar al
hijo una agilidad mayor que la del padre, sin que éste se preocupase, por
decirlo así, de lo que el padre hacía. Lo mismo ocurre en muchos ejemplos
sacados de la domesticación progresiva de los animales. Resulta difícil saber
si es el hábito contraído el que se transmite o si no se tratará, antes bien,
de una cierta tendencia natural, la misma que ha hecho elegir para la
domesticación tal o cual especie particular o determinados representantes
suyos. A decir verdad, cuando eliminamos todos los casos dudosos, todos los
hechos susceptibles de varias interpretaciones, apenas quedan, como ejemplos
absolutamente indiscutibles de particularidades adquiridas y transmitidas, más
que las famosas experiencias de Brown-Séquard, repetidas y confirmadas por lo
demás por diversos fisiólogos
[38]. Seccionando en cobayas la médula espinal o el nervio
ciático, Brown-Séquard determinaba un estado epiléptico que las cobayas
transmitían a sus descendientes. Lesiones de este mismo nervio ciático, del
cuerpo restiforme, etc., provocaban en la cobaya trastornos variados, que su
progenie podía heredar, a veces en una forma bastante diferente: exoftalmia,
pérdida de los dedos del pie, etc. Mas no está demostrado que en estos diversos
casos de transmisión hereditaria haya habido influencia verdadera del soma del
animal sobre su germen. Ya Weissman objetaba que la operación de Brown-Séquard
había podido introducir en el cuerpo de la cobaya ciertos microbios especiales,
que encontrarían su medio de nutrición en los tejidos nerviosos y que
transmitirían la enfermedad al penetrar en los elementos sexuales
[39]. Esta operación ha sido desechada por el mismo
Brown-Séquard
[40], pero podría hacerse otra, más plausible. Resulta, en
efecto, de las experiencias de Voisin y Peron, que los accesos de epilepsia son
seguidos de la eliminación de un cuerpo tóxico, capaz de producir en los
animales, por inyección, accidentes convulsivos
[41]. Quizá los trastornos tróficos, consecutivos a las
lesiones nerviosas que Brown-Séquard provocaba, se traducen precisamente por la
formación de este veneno convulsivo. En este caso, la toxina pasaría de la
cobaya a su espermatozoide o a su óvulo, y determinaría en el desenvolvimiento
del embrión un trastorno general que, sin embargo, podría no dar efectos
visibles más que sobre tal o cual punto particular del organismo una vez
evolucionado. Las cosas pasarían aquí como en las experiencias de Charrin, Delamare
y Moussu. Cobayas en gestación, a las que se lesionaba el hígado o el riñón,
transmitían esta lesión a su progenie, simplemente porque el destrozo del
órgano de la madre había engendrado "citotoxinas" específicas, las
cuales actuaban sobre el órgano homólogo del feto
[42]. Es verdad que en estas experiencias, como por lo
demás en una observación anterior de los mismos fisiólogos
[43], es el feto ya formado el influido por las toxinas.
Pero otras investigaciones de Charrin han abocado a mostrar que el mismo efecto
puede ser producido, por un mecanismo análogo, sobre los espermatozoides y los
óvulos
[44]. En suma, la herencia de una particularidad adquirida
podría explicarse, en las experiencias de Brown-Séquard, por una intoxicación
del germen.
La lesión, por muy localizada que parezca, se transmitiría
por el mismo proceso que la tara alcohólica, por ejemplo. ¿Pero no ocurriría lo
mismo con toda particularidad adquirida que se hace hereditaria?
Hay un punto, en efecto, en el cual están de acuerdo los
que afirman y los que niegan la transmisibilidad de los caracteres adquiridos:
en que ciertas influencias, como la del alcohol, pueden ejercerse a la vez
sobre el ser vivo y sobre el plasma germinativo que hay en él. En caso
parecido, hay una tara, y todo pasa como si el soma del padre hubiese actuado
sobre su germen, aunque en realidad germen y soma hayan sufrido simplemente,
uno y otro, la acción de una misma causa. Con este planteamiento, admitimos que
el soma pueda influir el germen, como se cree cuando se tienen los caracteres
adquiridos por transmisibles. La hipótesis más natural ¿no es la de suponer que
las cosas pasarán en este segundo caso como en el primero, y que el efecto
directo de esta in-fluencia del soma será una alteración general del plasma
germinativo? Si ocurriese así, sería por excepción, y en cierto modo por
accidente, como la modificación del descendiente vendría a ser la misma que la
del padre. Igual que en la herencia de la tara alcohólica: pues ésta pasa sin
duda del padre a los hijos, pero puede adoptar en cada uno de éstos una forma
diferente y no semejar en modo alguno a la del padre. Llamemos C al cambio
sobrevenido en el plasma, que puede ser positivo o negativo, es decir,
representar o la ganancia o la pérdida de ciertas sustancias. El efecto no
reproducirá exactamente su causa, la modificación del germen provocada por una
cierta modificación de una cierta parte del soma no determinará la misma
modificación de la misma parte del nuevo organismo en vía de formación, más que
si todas las otras partes nacientes de éste gozan con relación a C de una
especie de inmunidad: la misma parte será entonces modificada en el nuevo
organismo, porque la formación de esta parte será la única que se encuentra
sensible a la nueva influencia; aun podrá ser modificada en otro sentido como
no lo era la parte correspondiente del organismo generador.
Propondríamos, pues, introducir una distinción entre la
herencia de separación y la del carácter. Un individuo que adquiere un carácter
nuevo se aleja, por ello de la forma que tenía y que habrían reproducido, al
desarrollarse, los gérmenes o, con más frecuencia, los semigér-menes que hay en
él. Si esta modificación no entraña la producción de sustancias capaces de
modificar el germen, o una alteración general de la nutrición susceptible de
privarle de algunos de sus elementos, no tendrá ningún efecto sobre la
descendencia del individuo. Es lo que ocurre frecuentemente. Pero si, por el
contrario, produce algún efecto, lo es por intermedio de un cambio químico que
habrá determinado en el plasma germinativo: este cambio químico podrá, por
excepción, traer la modificación original al organismo que el germen va a
desarrollar, pero hay tantas o más probabilidades de que ocurra otra cosa. En
este último caso, el organismo engendrado quizá se alejará del tipo normal
tanto como el organismo generador, pero se alejará de manera diferente. Habrá
heredado la separación y no el carácter. En general, pues, los hábitos
contraídos por un individuo no tienen ninguna repercusión sobre su
descendencia; y cuando la tienen, la modificación sobrevenida en los
descendientes puede no tener ninguna semejanza visible con la modificación
original. Tal es al menos la hipótesis que nos parece más verosímil. En todo
caso, hasta que se pruebe lo contrario, y en tanto no se hayan verificado las
experiencias decisivas reclamadas por un biólogo eminente
[45], debemos atenernos a los resultados actuales de la
observación.
Ahora bien, poniendo las cosas en el mejor de los casos
para la tesis de la transmisibilidad de los caracteres adquiridos, suponiendo
que el pretendido carácter adquirido no sea, en la mayor parte de las
ocasiones, el desarrollo más o menos tardío de un carácter innato, los hechos
nos muestran que la transmisión hereditaria es la excepción y no la regla.
¿Cómo esperar de ella que desarrolle un órgano como el ojo? Cuando se piensa en
el número enorme de variaciones, todas dirigidas en el mismo sentido, que es
preciso suponer acumuladas unas sobre otras para pasar de la mancha pigmentaria
del infusorio al ojo del molusco y del vertebrado, se pregunta uno cómo la
herencia, tal como la observamos, ha podido determinar este gran número de
diferencias, suponiendo que los esfuerzos individuales hubiesen podido producir
a cada una de ellas en particular. Es decir, que el neolamarckismo, al igual
que las otras formas del evolucionismo, no nos parece capaz de resolver el
problema.
Al someter así las diversas formas actuales del
evolucionismo a una prueba común, al mostrar que vienen todas a encontrarse con
una misma irremontable dificultad, no tenemos la intención, en absoluto, de
echárnoslas a la espalda. Cada una de ellas, por el contrario, apoyada sobre un
número considerable de hechos, debe ser verdadera a su manera. Cada una de
ellas debe corresponder a un cierto punto de vista sobre el proceso de
evolución. Quizá sea necesario, por lo demás, que una teoría se mantenga exclusivamente
en un punto de vista particular para que sea científica, es decir, para que dé
a las investigaciones de detalle una dirección precisa. Pero la realidad sobre
la que cada una de estas teorías toma una visión parcial debe sobrepasarlas a
todas. Y esta realidad es el objeto propio de la filosofía, la cual no está
sujeta a la precisión de la ciencia, puesto que ella no apunta hacia ninguna
aplicación. Indiquemos pues, en dos palabras, lo que cada una de las tres
grandes formas actuales del evolucionismo nos parece aportar de positivo a la
solución del problema, lo que cada una de ellas da de lado, y sobre qué punto,
a nuestro entender, sería preciso hacer converger este triple esfuerzo para
obtener una idea más comprensiva, aunque por lo mismo más vaga, del proceso
evolutivo.
Los neo-darwinistas tienen razón probablemente, creemos,
cuando enseñan que las causas esenciales de variación son las diferencias
inherentes al germen de que el individuo es portador, y no las marchas de este
individuo en el curso de su carrera. Donde encontramos dificultad en segur a
estos biólogos es cuando tienen las diferencias inherentes al germen por
puramente accidentales e individuales. Podemos pensar mejor que son el
desarrollo de un impulso que pasa de germen a germen a través de los individuos,
que no son por consiguiente puros accidentes, y que podrían muy bien aparecer
al mismo tiempo, en la misma forma, en todos los representantes de una misma
especie o al menos en un cierto número de ellos. Ya, por lo demás, la teoría de
las mutaciones modifica profundamente el darwinismo en este punto. Dice que en
un momento dado, después de transcurrido un largo período, la especie entera es
presa de una tendencia al cambio. Por tanto, la tendencia a cambiar no es
accidental. Accidental, es verdad, sería el cambio mismo, si la mutación actúa,
como lo quiere De Vries, en sentidos diferentes en los diferentes
representantes de la especie. Pero, primeramente, será preciso ver si la teoría
se confirma en muchas otras especies vegetales (De Vries no la ha verificado
más que sobre la Oenothera lamarckiana
[46]), y entonces no es imposible, como explicaremos más
adelante, que la parte de azar sea mayor en la variación de las plantas que en
la de los animales, porque, en el mundo vegetal, la función no depende tan
estrechamente de la forma. Sea lo que sea, los neo-darwinianos se encuentran en
camino de admitir que los períodos de mutación están determinados. El sentido
de la mutación podría pues darse también, al menos en los animales, y en la
medida que tendremos que indicar.
Se abocaría así a una hipótesis como la de Eimer, según la
cual las variaciones de los diferentes caracteres deberían proseguirse, de
generación en generación, en sentidos definidos.
Esta hipótesis nos parece plausible, en los límites en que
la encierra el mismo Eimer. Ciertamente, la evolución del mundo orgánico no
debe ser predeterminada en su conjunto. Pretendemos, por el contrario, que la
espontaneidad de la vida se manifiesta ahí por una continua creación de formas
que se suceden a otras formas. Pero esta indeterminación no puede ser completa:
debe dejar a la determinación una cierta parte.
Un órgano como el ojo, por ejemplo, se habría constituido
precisamente por una variación continua en un sentido definido. Incluso, no
vemos cómo podría explicarse de otro modo la similitud de estructura del ojo en
especies que no tienen la misma historia. Pero nos separamos de Eimer allí
donde pretende que combinaciones de causas físicas y químicas basten para
asegurar el resultado. Hemos tratado por el contrario de establecer, con el
ejemplo preciso del ojo, que, si hay aquí "ortogénesis", es que
interviene una causa psicológica.
Y precisamente a una causa de orden psicológico han
recurrido ciertos neo-lamarckianos. Ahí se encuentra, a nuestro juicio, uno de
los puntos más sólidos del neo-lamarckismo. Pero si esta causa no es más que el
esfuerzo consciente del individuo, no podrá operar más que en un número
bastante reducido de casos; intervendrá todo lo más en el animal y no en el
mundo vegetal. En el animal mismo no actuará más que sobre los puntos directa o
indirectamente sometidos a la influencia de la voluntad.
Incluso donde actúe, no se ve cómo podría obtener un
cambio tan profundo cual es un aumento de complicación: a lo sumo sería
concebible si los caracteres adquiridos se transmitiesen regularmente, de
manera que se adicionasen entre sí; pero esta transmisión parece ser la
excepción antes que la regla. Un cambio hereditario es de sentido definido, y
va acumulándose y componiéndose consigo mismo de manera que construye una
máquina cada vez más complicada, debiendo sin duda referirse a una especie de
esfuerzo, pero a un esfuerzo de profundidad distinta a la del esfuerzo
individual, con otra independencia de las circunstancias, común a la mayor
parte de los representantes de una misma especie, inherente a los gérmenes que
llevan consigo antes que a su sola sustancia, asegurado con esto para
transmitirse a sus descendientes.
Volvemos así, por un largo rodeo, a la idea de la que
partíamos, la de un impulso original de la vida, que pasa de una generación de
gérmenes a la generación siguiente por intermedio de los organismos
desarrollados que forman el lazo de unión entre los gérmenes. Este impulso, al
conservarse en las líneas de evolución entre las que se divide, es la causa
profunda de las variaciones, al menos de las que se transmiten regularmente y
se adicionan y crean especies nuevas. En general, cuando las especies han comenzado
a divergir a partir de un tronco común, acentúan su divergencia a medida que
progresan en su evolución. Sin embargo, en puntos definidos, podrán y deberán
incluso evolucionar idénticamente si se acepta la hipótesis de un impulso
común. Es lo que nos queda por mostrar de una manera más precisa con respecto
al ejemplo mismo que hemos escogido, la formación del ojo en los moluscos y en
los vertebrados. La idea de un "impulso original" podrá por lo demás
hacerse así más clara.
Dos puntos son igualmente sorprendentes en un órgano como
el ojo: la complicación de la estructura y la simplicidad del funcionamiento.
El ojo se compone de partes distintas, tales como la esclerótica, la córnea, la
retina, el cristalino, etc. El detalle de cada una de estas partes llegaría
hasta el infinito. Para no hablar más que de la retina, sabemos que comprende
tres capas superpuestas de elementos nerviosos -células multipolares, células
bipolares, células visuales-, cada una de las cuales tiene su individualidad y
constituye sin duda un organismo muy complicado: y eso que no se trata aquí más
que de un esquema simplificado de la fina estructura de esta membrana. La
máquina que es el ojo está pues compuesta de una infinidad de máquinas, todas
de una complicación extrema. Sin embargo, la visión es un hecho simple. La
visión tiene lugar desde el momento que se abre el ojo.
Precisamente porque el funcionamiento es simple, la más
ligera distracción de la naturaleza en la construcción de la máquina
infinitamente complicada hubiese hecho imposible la visión. Este contraste
entre la complicación del órgano y la unidad de la función desconcierta el
espíritu.
Una teoría mecanicista será aquella que nos haga asistir a
la construcción gradual de la máquina bajo la influencia de las circunstancias
exteriores, interviniendo directamente por una acción sobre los tejidos o
indirectamente por la selección de los mejor adaptados. Pero cualquier forma
que tome esta tesis, suponiendo que tenga algún valor para el detalle de las
partes, no arroja luz alguna sobre su correlación.
Surge entonces la doctrina de la finalidad. Dice que las
partes han sido reunidas con arreglo a un plan pre- concebido, en vista de un
fin. En este sentido asimila el trabajo de la naturaleza al del obrero, que
procede también por reunión de partes para la realización de una idea o para la
imitación de un modelo. El mecanicismo reprochará por tanto, y con razón, al
finalismo su carácter antropomórfico.
Pero no se da cuenta que él mismo procede según este
método, simplemente desfigurándolo. Sin duda, ha hecho tabla rasa del fin
perseguido o del modelo ideal. Pero él también quiere que la naturaleza trabaje
como el obrero humano, reuniendo partes. Una simple ojeada que hubiese echado
sobre el desenvolvimiento de un embrión le mostraría, sin embargo, que la vida
obra de manera muy diferente.
No procede por asociación y adición de elementos, sino por
disociación y desdobla-miento.
Es preciso, pues, superar uno y otro puntos de vista, el
del mecanicismo y el del finalismo, los cuales no son, en el fondo, más que
puntos de vista a que ha sido conducido el espíritu humano por el espectáculo
del trabajo del hombre. ¿Pero en qué sentido superarlos? Decíamos que de
descomposición en descomposición, cuando se analiza la estructura de un órgano,
se va hasta el infinito, aunque el funcionamiento del todo sea cosa simple.
Este contraste entre la complicación infinita del órgano y la simplicidad
extrema de la función es precisamente lo que debería abrirnos los ojos.
En general, cuando un mismo objeto aparece de un lado como
simple y de otro como indefinidamente compuesto, los dos aspectos están lejos
de tener la misma importancia, o mejor, el mismo grado de realidad. La
simplicidad pertenece entonces al objeto mismo, y la complicación infinita se
debe a las vistas parciales que tomamos del objeto dando vueltas alrededor de
él, a los símbolos yuxtapuestos por medio de los cuales nuestros sentidos o
nuestra inteligencia nos lo representan, más generalmente a los elementos de
orden diferente con los cuales tratamos de imitarlo artificialmente, pero con
los cuales también permanece inconmensurable al ser de distinta naturaleza que
ellos. Un artista genial ha pintado una figura en la tela. Podremos imitar su
cuadro con mosaicos multicolores. Y reproduciremos tanto mejor las curvas y los
matices del modelo cuanto más pequeños sean esos mosaicos, más numerosos y más
variados de tono. Pero sería necesaria una infinidad de elementos infinitamente
pequeños, que presentasen una infinidad de matices, para obtener la exacta
equivalencia de esta fi- gura que el artista ha concebido como una cosa simple,
que ha querido transportar totalmente a la tela y que está tanto más acabada
cuanto mejor aparece como la proyección de una intuición indivisible. Ahora,
supongamos que nuestros ojos están hechos de tal manera que tengan que ver en
la obra del maestro un efecto del mosaico. O supongamos que nuestra
inteligencia no pueda explicarse la aparición de la figura sobre la tela de
otro modo que por un trabajo de mosaico.
Podríamos entonces hablar simplemente de una reunión de
pequeños mosaicos y nos encontraríamos en la hipótesis mecanicista. Pero
podríamos añadir que ha sido preciso, además de esa materialidad reunida, un
plan sobre el cual trabajase el obrero: entonces nos expresaríamos en el
lenguaje del finalismo. Pero ni en uno ni en otro caso alcanzaríamos el proceso
real, porque no ha habido mosaicos reunidos. Es el cuadro, quiero decir el acto
simple proyectado en la tela, el que, por el solo hecho de entrar en nuestra
percepción, se ha descompuesto él mismo a nuestros ojos en mil pequeños
mosaicos que presentan, en tanto que recompuestos, un admirable arreglo. Así el
ojo, con su maravillosa complicación de estructura, podría no ser más que el
acto simple de la visión, en tanto que se divide para nosotros en un mosaico de
células, cuyo orden nos parece maravilloso una vez que nos hemos representado
el todo como una reunión.
Si levanto la mano de A a B, este movimiento se me aparece
a la vez bajo dos aspecto?. Sentido desde dentro, es un acto simple,
indivisible. Percibido desde fuera, es el recorrido de una determinada curva
AB. En esta línea distinguiré tantas posiciones como quiera, y la línea misma
podrá ser definida como una cierta coordinación de estas posiciones entre sí.
Pero las posiciones en número infinito, y el orden que enlaza las posiciones
unas a otras, han salido automáticamente del acto indivisible por el cual mi
mano ha ido de A a B. El mecanicismo consistirá aquí en no ver más que las
posiciones. El finalismo tendría en cuenta su orden. Pero tanto el mecanicismo
como el finalismo pasarían, uno y otro, al lado del movimiento, que es la
realidad misma. En cierto sentido, el movimiento es más que las posiciones y su
orden, porque basta que se dé, en su simplicidad indivisible, para que la
infinidad de las posiciones sucesivas así como su orden sean dados a la vez,
con algo además que no es ni orden ni posición sino lo esencial: la movilidad.
Pero, en otro sentido, el movimiento es menos que la serie de las posiciones
con el orden que las enlaza; porque para disponer puntos en un cierto orden es
preciso primero representarse el orden y luego realizarlo con puntos, es
preciso un trabajo de reunión y se necesita también inteligencia, en tanto que
el movimiento simple de la mano no contiene nada de todo esto. No es
inteligente, en el sentido humano de la palabra, y no es una reunión, porque no
está hecho de elementos. Lo mismo, en lo que respecta a la relación del ojo con
la visión. Hay, en la visión, más que las células componentes del ojo y que su
coordinación recíproca: en este sentido, ni el mecanicismo ni el finalismo van
tan lejos como sería preciso. Pero, en otro sentido, mecanicismo y finalismo
van demasiado lejos uno y otro, puesto que atribuyen a la naturaleza el más
formidable de los trabajos de Hércules al pretender que ella ha alzado hasta el
acto simple de la visión una infinidad de elementos infinitamente complicados,
cuando la naturaleza ha tenido tanta facilidad en hacer un ojo como yo en
levantar la mano. Su acto simple se ha dividido automáticamente en una
infinidad de elementos que encontraremos coordinados a una misma idea, al igual
que el movimiento de mi mano ha dejado caer fuera de sí una infinidad de puntos
que satisfacen una misma ecuación.
Pero esto es lo que nos resulta muy difícil comprender,
porque acostumbramos a representarnos la organización como una fabricación. Una
cosa es, sin embargo, fabricar, y otra organizar. La primera operación es
propia del hombre. Consiste en reunir partes de materia talladas de tal manera
que se las puede insertar unas en otras y obtener de ellas una acción común. Se
las dispone, por decirlo así, alrededor de la acción que es ya su centro ideal.
La fabricación va pues de la periferia al centro o, como dirían los filósofos,
de lo múltiple a lo uno. Por el contrario, el trabajo de organización va del
centro a la periferia. Comienza en un punto que es casi un punto matemático, y
se propaga alrededor de este punto por ondas concéntricas que van siempre
ampliándose. El trabajo de fabricación es tanto más eficaz cuanto mayor sea la
cantidad de materia de que disponga. Procede por concentración y compresión.
Por el contrario, el acto de organización tiene algo de explosivo: en el
momento de partir tiene un mínimo de materia, como si las fuerzas organizadoras
no entrasen en el espacio sino a disgusto. El espermatozoide, que pone en
movimiento el proceso evolutivo de la vida embrionaria, es una de las más
pequeñas células del organismo; y, sin embargo, no es más que una débil porción
del espermatozoide la que realmente toma parte en la operación.
No se trata aquí sino de diferencias superficiales.
Creemos que al ahondar en ellas se encontrarían diferencias más profundas.
La obra fabricada dibuja la forma del trabajo de
fabricación. Entiendo por ello que el fabricante encuentra exactamente en su
producto lo que él ha puesto. Si quiere hacer una máquina, recortará las piezas
una a una y luego las reunirá: la máquina hecha dejará ver las piezas y su
reunión. El conjunto que resulta representa aquí el conjunto del trabajo, y a
cada parte del trabajo corresponde una parte del resultado.
Ahora bien, reconozco que la ciencia positiva puede y debe
proceder como si la organización fuese un trabajo del mismo género. Sólo con
esta condición tendrá poder sobre los cuerpos organizados. Su objeto no es, en
efecto, revelarnos el fondo de las cosas, sino suministrarnos el mejor medio de
actuar sobre ellas. Sin embargo, la física y la química son ciencias ya
avanzadas, y la materia viva no se presta a nuestra acción sino en la medida en
que podemos tratarla por los procedimientos de nuestra física y de nuestra
química. La organización no podrá pues estudiarse científicamente más que si el
cuerpo organizado ha sido asimilado primero a una máquina. Las células serán
las piezas de la máquina, el organismo será su reunión. Y los trabajos
elementales que han organizado las partes estarán considerados como los
elementos reales del trabajo que ha organizado el todo. He ahí el punto de
vista de la ciencia. Muy distinto, a nuestro entender, es el de la filosofía.
Para nosotros, el todo de una máquina organizada
representa, en rigor, el todo del trabajo organizador (aunque no sea más que
aproximadamente), pero las partes de la máquina no corresponden a partes del trabajo,
porque la materialidad de esta máquina no representa ya un conjunto de medios
empleados, sino un conjunto de obstáculos vencidos: es una negación antes que
una realidad positiva.
Así, como hemos mostrado en un estudio anterior, la visión
es una potencia que alcanzaría, en derecho, una infinidad de cosas inaccesibles
a nuestra mirada. Pero una visión tal no se prolongaría en acción; convendría a
un fantasma, mas no a un ser vivo. La visión de un ser vivo es una visión
eficaz, limitada a los objetos sobre los que puede actuar: es una visión
canalizada, y el aparato visual simboliza simplemente el trabajo de
canalización. Desde ese momento la creación del aparato visual no se explica ya
por la reunión de sus elementos anatómicos, como la perforación de un canal no
se explicaría por la tierra que se ha amontonado en sus márgenes. La tesis
mecanicista consistiría en decir que la tierra ha sido traída carreta a
carreta; el finalismo añadiría que la tierra no ha sido depositada al azar y
que los carreteros han seguido un plan. Pero mecanicismo y finalismo se
equivocarían por completo, puesto que el canal ha sido hecho de otra manera.
Precisamente, comparábamos el procedimiento por el cual la
naturaleza construye un ojo al acto simple por el cual levantamos la mano. Pero
hemos supuesto que la mano no encontraba ninguna resistencia. Imaginemos que en
lugar de moverse en el aire, mi mano tenga que atravesar limaduras de hierro
que se comprimen y resisten a medida que avanzo. Al llegar a un determinado
momento, mi mano habrá consumido su esfuerzo y, justamente entonces, las
limaduras se habrán yuxtapuesto y coordinado en una forma determinada, la misma
de la mano y de la parte del brazo que se detiene.
Ahora supongamos que la mano y el brazo permanecen
invisibles. Los espectadores tratarán de encontrar en las limaduras mismas y en
fuerzas interiores la razón de su forma. Unos referirán la posición a
interacciones que se ejercen por esas mismas limaduras: los mecanicistas por
ejemplo. Otros querrán que un plan de conjunto haya presidido el detalle de
estas acciones elementales: serán los finalistas. Pero la verdad es que hay,
simplemente, un acto indivisible, el de la mano que atraviesa la limadura: el
inagotable detalle del movimiento, así como el orden de su disposición final,
expresa de manera negativa, en cierto modo, este movimiento indivisible, que es
la forma global de una resistencia y no una síntesis de acciones positivas
elementales. Por ello, si se da el nombre de "efecto" a esa
disposición y el de "causa" al movimiento de la mano, podrá decirse,
en rigor, que el todo del efecto se explica por el todo de la causa, pero hay
partes de la causa que no corresponderán de ningún modo a partes del efecto. En
otros términos: ni el mecanicismo ni el finalismo tendrán aquí su verdadero
lugar, y deberemos recurrir a un modo de explicación sui generis. Ahora bien,
en la hipótesis que proponemos, la relación de la visión al aparato visual
sería poco más o menos la de la mano a la limadura de hierro que la dibuja,
canaliza y limita su movimiento.
Cuanto más considerable es el esfuerzo de la mano, más se
introduce en el interior de la limadura.
Pero cualquiera que sea el punto en el que se detenga,
instantánea y automáticamente se equilibran esas limaduras y se coordinan entre
sí. Lo mismo ocurre con la visión y su órgano. A medida que el acto indivisible
que constituye la visión avanza más o menos, la materialidad del órgano quedará
formada de un número más o menos considerable de elementos coordinados entre
sí, pero el orden será necesariamente completo y perfecto. No podría ser
parcial, porque, por esta vez, el proceso real que lo origina no tiene partes.
De lo cual no se ocupan ni el mecanicismo ni el finalismo, y nosotros tampoco
tomamos en consideración cuando nos sorprendemos de la maravillosa estructura
de un instrumento como el ojo. En el fondo de nuestra sorpresa hay siempre la
idea de que solamente una parte de este orden habría podido realizarse, y que
su realización completa es una especie de gracia. Esta gracia los finalistas la
dispensan de una vez por la causa final; los mecanicistas, en cambio, pretenden
obtenerla poco a poco por efecto de la selección natural; pero unos y otros ven
en este orden algo positivo, y en su causa, por consiguiente, algo
fraccionable, que exige todos los grados posibles de acabamiento.
En realidad, la causa es más o menos intensa, pero no
puede producir su efecto sino en conjunto y de una manera acabada. Según vaya
más o menos lejos en el sentido de la visión, nos dará las simples manchas
pigmentarias de un organismo inferior o el ojo rudimentario de una sérpula, o
el ojo ya diferen-ciado del alciope, o el ojo maravillosamente perfeccionado de
un pájaro; pero todos estos órganos, de complicación muy desigual, presentarán
necesariamente igual coordinación. Por ello, dos especies animales podrán estar
muy alejadas una de otra; pero, por lejos que haya ido en una y otra la marcha
de la visión, ambas tendrán el mismo órgano visual, ya que la forma del órgano
no hace más que expresar la medida en la que ha sido obtenido el ejercicio de
la función.
Pero, hablando de una marcha de la visión, ¿no volvemos a
la antigua concepción de la finalidad?
Ocurriría así, sin duda, si esta marcha exigiese la
representación, consciente o inconsciente, de un fin que alcanzar. Pero la
verdad es que se efectúa en virtud del impulso original de la vida, y está
implicada en este movimiento mismo, por lo cual se la encuentra en líneas de
evolución independientes.
Si ahora se nos preguntase por qué y cómo está implicada,
responderíamos que la vida es, ante todo, una tendencia a actuar sobre la
materia bruta. El sentido de esta acción no está sin duda predeterminado: de
ahí la imprevisible variedad de las formas que la vida, al evolucionar, siembra
en su camino. Pero esta acción presenta siempre, en un grado más o menos
elevado, el carácter de la contingencia; implica al menos un rudimento de
elección. Ahora bien, una elección supone la representación anticipada de varias
acciones posibles. Es preciso, pues, que haya posibilidades de acción que se
dibujen para el ser vivo antes de la acción misma. La percepción visual no es
otra cosa
[47]: los contornos visibles del cuerpo son el dibujo de
nuestra acción eventual sobre ellos. La visión se encontrará, pues, en grados
diferentes, en los animales más diversos, y se manifestará con la misma
complejidad de estructura dondequiera que haya alcanzado el mismo grado de
intensidad.
Hemos insistido en estas similitudes de estructura en
general, con el ejemplo del ojo en particular, porque teníamos que definir
nuestra actitud frente al mecanicismo de una parte y el finalismo de otra.
Nos queda ahora describirla en sí misma con más precisión.
Y es lo que vamos a hacer considerando los resultados divergentes de la
evolución, no ya en lo que presentan de análogo, sino en lo que tienen de
mutuamente complementario.
CAPITULO II
LAS DIRECCIONES DIVERGENTES DE LA EVOLUCIÓN DE LA VIDA.
EMBOTAMIENTO, INTELIGENCIA, INSTINTO
EL movimiento evolutivo sería una cosa sencilla y
podríamos fácilmente determinar su dirección, si la vida describiese una
trayectoria única, comparable a la de la bala maciza lanzada por un cañón. Pero
tenemos que habérnoslas aquí con una granada que ha estallado inmediatamente en
fragmentos, los cuales se han dividido a su vez en nuevas granadas destinadas a
estallar, y así sucesivamente. No percibimos más que lo que está cercano a
nosotros, los movimientos dispersos de los trozos pulverizados. Partiendo de
ellos hemos de remontarnos, gradualmente, hasta el movimiento original.
Cuando la granada estalla, su particular fragmentación se
explica a la vez por la fuerza explosiva de la pólvora que encierra y por la
resistencia que le opone la materia bruta. Esto mismo ocurre en cuanto a la
fragmentación de la vida en individuos y en especies. Reside, según nosotros,
en dos series de causas: la resistencia que la vida experimenta de parte de la
materia bruta, y la fuerza explosiva -debida a un equilibrio inestable de
tendencias- que la vida lleva en sí.
La resistencia de la materia bruta es el obstáculo que
primero hemos de bordear. La vida parece haber alcanzado éxito a fuerza de
humildad, insinuándose débilmente, plegándose a las fuerzas físicoquímicas,
consintiendo incluso en recorrer con ellas una parte del camino, como la aguja
de la vía férrea cuando adopta durante unos momento la dirección del carril del
que va a separarse. De algunos fenómenos observados en las formas más
elementales de la vida no puede decirse con exactitud si son aún físicos y químicos
o si son ya vitales. Fue preciso que la vida entrase así en los hábitos de la
materia bruta, para arrastrar poco a poco a otra vía esta materia magnetizada.
Las formas animadas que parecieron primeramente fueron, pues, de una
simplicidad extrema. Eran sin duda pequeñas masas de protoplasma apenas
diferenciado, comparables por fuera a las amibas que observamos hoy, pero con
el formidable impulso interior que debía elevarlas hasta las formas superiores
de la vida. Nos parece probable que en virtud de este impulso los primeros
organismos hayan tratado de aumentar lo más posible, aunque la materia
organizada tenga un límite de expansión fácilmente alcanzable. Esta se desdobla
antes de crecer más allá de un cierto punto.
Fueron precisos, sin duda, siglos de esfuerzo y de
prodigios de sutileza para que la vida remontase este nuevo obstáculo.
Consiguió que un número creciente de elementos, prestos a desdoblarse,
permaneciesen unidos. Por la división del trabajo los anudó entre sí con un
indisoluble lazo. El organismo complicado y casi discontinuo funciona así como
lo hubiese hecho una masa viva continua, que simplemente se hubiese agrandado.
Pero las causas verdaderas y profundas de la división se
encontraban en la vida misma. Porque la vida es tendencia, y la esencia de una
tendencia consiste en desarrollarse en forma de surtidor, creando, por el solo
hecho de su crecimiento, direcciones divergentes entre las que se repartirá su
impulso. Esto es lo que observamos en nosotros mismos en la evolución de esta
tendencia especial que llamamos nuestro carácter. Cada uno de nosotros, al
echar una ojeada retrospectiva a su historia, comprobará que su personalidad
infantil, aunque indivisible, reunía en sí personas diversas que podían
permanecer fundidas juntamente porque se encontraban en estado naciente: esta
indecisión plena de promesas resulta incluso uno de los mayores encantos de la
infancia. Pero las personalidades que se penetran mutuamente se hacen
incompatibles con el crecimiento, y, como cada uno de nosotros no vive más que
una sola vida, es forzoso que se produzca la elección.
Escogemos en realidad incesantemente, y sin cesar también
abandonamos muchas cosas. La ruta que re-corremos en el tiempo está jalonada de
trozos de lo que comenzábamos a ser, de todo lo que habríamos podido devenir.
Pero la naturaleza, que dispone de un número incalculable de vidas, no está
obligada a tales sacrificios. Conserva las diversas tendencias que se han
bifurcado al agrandarse. Crea, con ellas, series divergentes de especies que
evolucionarán separadamente.
Estas series, por otra parte, podrán ser de importancia
desigual. El autor que comienza una novela pone en su héroe una multitud de
cosas a las que está obligado a renunciar a medida que avanza. Quizá las
recogerá más tarde en otros libros, para componer con ellas personajes nuevos
que aparecerán corno extractos, o mejor, corno complementos del primero; pero
casi siempre éstos semejarán algo exiguo en comparación con el personaje
original. Así, en cuanto a la evolución de la vida. Las bifurcaciones en el curso
del trayecto han sido numerosas, pero ha habido muchos callejones sin salida a!
lado de las dos o tres grandes rutas seguidas; y de estas rutas, sólo una, la
que pasa por los vertebrados y llega hasta el hombre, ha sido lo bastante larga
para dejar que se continuase libremente el gran soplo de la vida.
Tenemos esta impresión cuando comparamos las sociedades de
abejas o de hormigas, por ejemplo, a las sociedades humanas. Las primeras están
admirablemente disciplinadas y unidas, pero como congeladas; las otras están
abiertas a todos los progresos, pero divididas y en lucha incesante consigo
mismas. El ideal sería una sociedad siempre en marcha y siempre en equilibrio,
pero este ideal no es quizá realizable: los dos caracteres que podrían completarse
el uno al otro, que se completan incluso en el estado embrionario, se hacen
incompatibles al acentuarse. Si se pudiese hablar, pero no metafóricamente, de
un impulso hacia la vida social, deberíamos decir que la parte más importante
de este impulso se ha manifestado a lo largo de la línea de evolución que
termina en el hombre, en tanto que el resto se ha recogido en la vía que
conduce a los himenópteros: las sociedades de hormigas y de abejas presentarían
así el aspecto complementario de las nuestras. No ha habido impulso particular
en la vida social. Hay simplemente el movimiento general de la vida, el cual
crea, sobre líneas divergentes, formas siempre nuevas. Si las sociedades deben
aparecer sobre dos de estas líneas, deberán manifestar la divergencia de las
vías al mismo tiempo que la comunidad del impulso. Desarrollarán así dos series
de caracteres, que encontraremos como vagamente complementarias la una de la
otra.
El estudio del movimiento evolutivo consistirá, pues, en
discernir un cierto número de direcciones divergentes, en apreciar la
importancia de lo que ha pasado en cada una de ellas, en una palabra, en
determinar la naturaleza de las tendencias disociadas y en hacer su
dosificación. Combinando entonces estas tendencias entre sí, se obtendrá una
aproximación o, mejor, una imitación del indivisible principio motor de donde
procedía su impulso. Es decir, que se verá en la evolución algo muy distinto a
una serie de adaptaciones a las circunstancias, como pretende el mecanicismo;
algo muy distinto también a la realización de un plan de conjunto, como querría
la doctrina de la finalidad.
Que la condición necesaria de la evolución sea la
adaptación al medio, no lo ponemos en duda de ninguna manera. Es ciertamente
evidente que una especie desaparece cuando no se adapta a las condiciones de
existencia que le son impuestas. Pero una cosa es reconocer que las
circunstancias exteriores son fuerzas con las que la evolución debe contar, y
otra cosa sostener que son las causas directrices de la evolución. Esta última
tesis es la del mecanicismo. Ella excluye absolutamente la hipótesis de un impulso
original, quiero decir, de un empuje interior que llevaría la vida, por formas
cada vez más complicadas, a destinos cada vez más altos. Este impulso es, sin
embargo, visible, y una simple ojeada que se eche sobre las especies fósiles
nos muestra que la vida habría podido prescindir de la evolución, o no
evolucionar más que en límites muy restringidos, si hubiese tomado el partido,
mucho más fácil para ella, de anquilosarse en sus formas primitivas. Ciertas
foraminíferas no han variado desde la época silúrica. Impasible testimonio de
las innumerables revoluciones que han transformado nuestro planeta, las
língulas son hoy lo que eran en los tiempos más remotos de la era paleozoica.
La verdad es que la adaptación explica las sinuosidades
del movimiento evolutivo, pero no las direcciones generales del movimiento, y,
todavía menos, el movimiento mismo
[48]. La ruta que lleva a la ciudad está obligada a subir
las cotas y a descender las pendientes, se adapta a los accidentes del terreno;
pero los accidentes del terreno no son causa de la ruta y no le han impreso su
dirección. A cada momento le suministran lo indispensable, el suelo mismo sobre
el que asienta; pero si se considera el todo de la ruta y no ya cada una de sus
partes, los accidentes del terreno no se aparecen como impedimentos o causas de
retraso, porque apuntaba simplemente a la ciudad y hubiera querido ser una
línea recta. Así ocurre en cuanto a la evolución de la vida y a las
circunstancias por las que atraviesa, con la diferencia, no obstante, de que la
evolución no dibuja una ruta única, sino que se compromete en varias
direcciones sin mirar a fin alguno, inventando, en fin, de continuo, hasta en
sus adaptaciones.
Pero si la evolución de la vida es cosa distinta a una
serie de adaptaciones a circunstancias accidentales, no implica ya la
realización de un plan. Un plan es dado de antemano. Es representado, o al
menos representable, antes que el detalle de su realización. La ejecución
completa puede ser rechazada hasta un porvenir lejano, incluso indefinidamente:
la idea no es menos formulable, desde ahora, en términos actualmente dados. Por
el contrario, si la evolución es una creación renovada incesantemente, crea poco
a poco no solamente las formas de la vida, sino las ideas que permitirían a una
inteligencia comprenderla y los términos que servirían para expresarla. Es
decir, que su porvenir desborda su presente y no podría dibujarse en él en una
idea.
Ahí se encuentra el primer error del finalismo. Pero
entraña otro todavía más grave.
Si la vida realiza un plan, deberá manifestar una armonía
más alta a medida que avance más lejos.
Así, la casa dibuja cada vez mejor la idea del arquitecto
a medida que las piedras se superponen unas a otras. Por el contrario, si la
unidad de la vida está toda entera en el impulso que la empuja en la ruta del
tiempo, la armonía no se encuentra hacia adelante, sino hacia atrás. La unidad
proviene de una vis a tergo: es dada al principio como un impulso, pero no se
presenta al fin como un atractivo. El impulso se divide cada vez más al
comunicarse. La vida, a medida de su progreso, se dispersa en manifestaciones
que deberán sin duda en la comunidad de su origen ser complementarias unas de
otras en ciertos aspectos, pero que no serán en menor grado antagónicas e
incompatibles entre sí. De este modo, la falta de armonía entre las especies
irá acentuándose. No hemos señalado hasta aquí más que la causa esencial. Hemos
supuesto, para simplificar, que cada especie aceptaba el impulso recibido para
transmitirlo a otras, y que, en todos los sentidos en que evoluciona la vida,
la propagación se efectuaba en línea recta. De hecho, hay especies que se
detienen, y las hay también que vuelven hacia atrás. La evolución no es
solamente un movimiento de avance; en muchos casos se observa un atasco, y con
más frecuencia todavía una desviación o una vuelta atrás. Es preciso que ocurra
así, como mostraremos más adelante, y las mismas causas, que escinden el
movimiento evolutivo, hacen que la vida, al evolucionar, se aparte de sí misma,
hipnotizada por la forma que acaba de producir. Pero resulta de ahí un desorden
creciente. Sin duda, hay progreso, si se entiende por progreso una marcha
continua en la dirección general que determina un impulso primero; pero este
progreso no se realiza más que sobre las dos o tres grandes líneas de evolución
en que se dibujan formas cada vez más complicadas, cada vez más altas: entre
estas líneas corren muchas vías secundarias en las que se multiplican, por el
contrario, las desviaciones, las detenciones y las marchas atrás. El filósofo,
que había comenzado por proponer como principio que cada detalle se refiere a
un plan de conjunto, va de decepción en decepción desde el día en que aborda el
examen de los hechos; y como había puesto todo a la misma altura, ocurre ahora,
por no haber querido tener en cuenta el accidente, que creemos que todo es accidental.
Es preciso comenzar, por el contrario, por formar en el accidente su parte, que
es muy grande. Es preciso reconocer que no todo es coherente en la naturaleza.
Con ello nos veremos conducidos a determinar los centros
alrededor de los cuales cristaliza la incoherencia. Y esta cristalización
incluso clarificará el resto: aparecerán las grandes direcciones en que se
mueve la vida al desarrollar el impulso original. No se asistirá, es verdad, al
cumplimiento detallado de un plan. Aquí hay algo más y mejor que un plan que se
realiza. Un plan es término asignado a un trabajo: cierra el porvenir del que
dibuja la forma. Ante la evolución de la vida, por el contrario, las puertas
del futuro permanecen abiertas. Es una creación, sin fin, que se prosigue en
virtud de un movimiento inicial. Este movimiento procura la unidad del mundo
organizado; unidad fecunda, de una riqueza infinita, superior a lo que ninguna
inteligencia podría soñar, ya que la inteligencia no es más que uno de sus
aspectos o de sus productos.
Pero resulta más fácil definir el método que aplicarlo. La
interpretación completa del movimiento evolutivo en el pasado, tal como la
concebimos, no sería posible de no estar hecha la historia del mundo
organizado. Y estamos muy lejos de ello. Las genealogías que se proponen para
las diversas especies son, con gran frecuencia, problemáticas. Varían con los
autores, con las consideraciones teóricas en las que ellas se inspiran, y
promueven debates que el estado actual de la ciencia no permite zanjar. Pero al
comparar las diversas soluciones entre sí, se verá que la controversia se
refiere antes al detalle que a las grandes líneas. Siguiendo estas grandes
líneas tanto como nos sea posible, estaremos seguros de no extraviarnos. Son
ellas únicamente las que nos interesan, porque no tratamos, como hace el
naturalista, de encontrar el orden de sucesión de las diversas especies, sino
tan sólo de definir las direcciones principales de su evolución. Aunque estas
direcciones no tienen todas para nosotros el mismo interés: es la vía que
conduce al hombre la que debe ocuparnos más particularmente. No perderemos pues
de vista, siguiéndolas unas a otras, que se trata sobre todo de determinar la
relación del hombre con el con-junto del reino animal, y el lugar del reino animal
mismo en el conjunto del mundo organizado.
Para comenzar por el segundo punto, digamos que ningún
carácter preciso distingue a la planta del animal. Los ensayos que se han
intentado para definir con todo rigor los dos reinos han fracasado siempre. No
hay una sola propiedad de la vida vegetal que no se haya encontrado, en algún
grado, en ciertos animales, ni un solo rasgo característico del animal que no
haya podido observarse en ciertas especies, o en ciertos momentos, en el mundo
vegetal. Se comprende, pues, que biólogos apasionados del rigor hayan tenido
por artificial la distinción entre los dos reinos.
Tendrían razón, si la definición debiese hacerse aquí como
en las ciencias matemáticas y físicas, por ciertos atributos estáticos que
posee el objeto definido y que los demás no poseen. Muy diferente, a nuestro
entender, es el género de definición que conviene a las ciencias de la vida. No
hay apenas manifestación de la vida que no contenga en estado rudimentario, o
latente, o virtual, los caracteres esenciales de la mayor parte de las
restantes manifestaciones. La diferencia está en las proporciones.
Pero esta diferencia de proporción bastará para definir el
grupo en que se encuentra, si se puede establecer que no es accidental y que el
grupo, a medida que evoluciona, tiende cada vez más a poner su acento en
caracteres particulares. En una palabra: el grupo no se definirá ya por la
posesión de ciertos caracteres, sino por su tendencia a acentuarlos. Si nos
colocamos en este punto de vista, si tenemos en cuenta en menor grado los
estados que las tendencias, encontramos que vegetales y animales pueden definirse
y distinguirse de una manera precisa, y que corresponden a dos desarrollos
divergentes de la vida.
Esta divergencia se acusa primeramente en el modo de
alimentación. Se sabe que el vegetal toma directamente del aire, del agua y de
la tierra los elementos necesarios para su sustento, en particular el carbono y
el nitrógeno: los toma en forma mineral. Por el contrario, el animal no puede
apoderarse de estos mismos elementos más que si han sido ya fijados por él en
las sustancias orgánicas, por las plantas o por animales que, directa o
indirectamente, los deben a las plantas, de suerte que en definitiva es el
vegetal el que alimenta al animal. Es verdad que esta ley sufre muchas
excepciones en los vegetales. No dudamos en clasificar como vegetales la
drosera, la dionea, la pingüícula, que son plantas insectívoras. Por otra
parte, los hongos, que ocupan un lugar tan considerable en el mundo vegetal, se
alimentan como los animales: trátese ya de fermentos, saprofitos o parásitos,
toman su alimento de sustancias orgánicas ya formadas. No sabríamos, pues,
sacar de esta diferencia una definición estática que zanje automáticamente, en
no importa qué caso, la cuestión de saber si tenemos que habérnoslas con una
planta o con un animal. Pero esta diferencia puede suministrar un comienzo de
definición dinámica de los dos reinos, ya que marca las dos direcciones divergentes
que han tomado, en su impulso, vegetales y animales. Es un hecho digno de hacer
notar que los hongos, que están tan extendidos en la naturaleza y en tanta
abundancia, no hayan podido evolucionar. No se elevan orgánicamente por encima
de los tejidos, que en los vegetales superiores se forman en el saco
embrionario del óvulo y preceden al desarrollo germinativo del nuevo individuo
[49]. Son, podríamos decir, los abortos del mundo vegetal.
Sus diversas especies constituyen otros tantos callejones sin salida, como si,
al renunciar al modo de alimentación ordinaria de los vegetales, se detuviesen
en la gran ruta de la evolución vegetal. En cuanto a las droseras y a las
dioneas, a las plantas insectívoras en general, se alimentan, como las demás
plantas, por sus raíces, y fijan también, por medio de sus partes verdes, el
carbono del ácido carbónico contenido en la atmósfera. La facultad de capturar
insectos, de absorberlos y de digerirlos es una facultad que ha debido de
surgir en ellas tardíamente, en casos verdaderamente excepcionales, allí donde
el suelo, demasiado pobre, no les suministraba un alimento suficiente. De una
manera general, si nos referimos más que a la presencia de los caracteres a su
tendencia a desarrollarse, y si tenemos por esencial la tendencia a lo largo de
la cual la evolución ha podido continuarse indefinidamente, diremos que los
vegetales se distinguen de los animales por el poder de crear materia orgánica
a expensas de elementos minerales que extraen directamente de la atmósfera, de
la tierra y del agua. Pero a esta diferencia se refiere otra, ya más profunda.
El animal, al no poder fijar directamente el carbono y el
nitrógeno que se encuentran a su alcance, viene obligado, para procurarse el
sustento, a buscarlos en los vegetales que han fijado ya estos elementos o en
los animales que los han tomado por sí mismos al reino vegetal. El animal es
pues necesariamente móvil. Desde la amiba, que lanza al azar sus pseudópodos
para aprehender las materias orgánicas esparcidas en una gota de agua, hasta
los animales superiores que poseen órganos sensoriales para reconocer su presa,
órganos locomotores para ir a cogerla y un sistema nervioso para coordinar sus
movimientos a sus sensaciones, la vida está caracterizada, en su dirección
general, por la movilidad en el espacio. En su forma más rudimentaria, el
animal se presenta como una pequeña masa de protoplasma envuelta a lo sumo en
una ligera película albuminoidea que le deja plena libertad para sus
movimientos. Por el contrario, la célula vegetal está rodeada de una membrana
de celulosa que la condena a la inmovilidad. Y de abajo arriba del reino
vegetal encontramos los mismos hábitos cada vez más sedentarios, sin que la
planta tenga necesidad de molestarse puesto que tiene a su alrededor, en la
atmósfera, en el agua y en la tierra donde está situada, los elementos minerales
de que se apropia directamente. Ciertamente, se observan también fenómenos de
movimiento en las plantas. Darwin ha escrito un hermoso libro sobre los
movimientos de las plantas trepadoras. Ha estudiado las maniobras de ciertas
plantas insectívoras, como la drosera y la dionea, para alcanzar su presa.
Conocemos los movimientos de las hojas de la acacia, de la sensitiva, etc. Por
otra parte, el vaivén del protoplasma vegetal en el interior de su envoltura
está ahí para testimoniarnos su parentesco con el protoplasma de los animales.
Inversamente, podemos observar en muchas especies animales (generalmente
parásitos) fenómenos de fijación análogos a los de los vegetales
[50]. Pero nos equivocaríamos también si pretendiésemos
hacer de la fijeza y de la movilidad dos caracteres que permiten decidir, a
simple vista, si estamos en presencia de una planta o de un animal. La fijeza,
en el animal, aparece con frecuencia como un embotamiento en el que hubiese
caído la especie, como una negativa a evolucionar más en un cierto sentido: es
pariente próxima del parasitismo y viene acompañada de caracteres que recuerdan
los de la vida vegetal. Por otra parte, los movimientos de los vegetales no
tienen ni la frecuencia ni la variedad de los movimientos de los animales. No
interesan de ordinario más que una parte del organismo, y no se extienden casi
nunca al organismo entero. En los casos excepcionales en que se manifiesta en
ellos una vaga espontaneidad, parece que se asiste al despertar accidental de
una actividad normalmente adormecida. En resumen, que si la movilidad y la
fijeza coexisten en el mundo vegetal al igual que en el mundo animal, la
balanza está manifiestamente inclinada en favor de la fijeza en un caso y de la
movilidad en otro. Estas dos tendencias opuestas son tan evidentemente
directoras de las dos evoluciones, que podríamos definir ya por ellas los dos
reinos. Pero fijeza y movilidad, a su vez, no son más que los signos
superficiales de tendencias todavía más profundas.
Entre la movilidad y la conciencia hay una evidente
relación. Ciertamente, la conciencia de los organismos superiores parece
solidaria de ciertos dispositivos cerebrales. Cuanto más se desarrolla el
sistema nervioso, más numerosos y precisos se hacen los movimientos entre los
que hay que elegir, y más luminosa es también la conciencia que los acompaña.
Pero ni esta movilidad ni esta elección, ni por consiguiente esta conciencia,
tienen por condición necesaria la presencia de un sistema nervioso: éste no ha hecho
más que canalizar en sentidos determinados, y llevar a un grado más alto de
intensidad, una actividad rudimentaria y vaga, difusa en la masa de la
sustancia organizada. Cuanto más se desciende en la serie animal, más se
simplifican y se separan también unos de otros los centros nerviosos;
finalmente, los elementos nerviosos desaparecen, sumergidos en el conjunto de
un organismo menos diferenciado. Así ocurre con todos los demás aparatos, con
todos los demás elementos anatómicos; y sería tan absurdo negarle la conciencia
a un animal porque no tuviese cerebro, como declararle incapaz de alimentarse
por carecer de estómago. La verdad es que el sistema nervioso ha nacido, como
los demás sistemas, de una división del trabajo. No crea la función, la lleva solamente
al más alto grado de intensidad y de precisión dándole la doble forma de la
actividad refleja y de la actividad voluntaria. Para realizar un verdadero
movimiento reflejo, es preciso todo un mecanismo montado en la médula o en el
bulbo. Para escoger voluntariamente entre caminos determinados, es preciso
centros cerebrales, es decir, encrucijadas de las que parten las rutas que nos
conducen a mecanismos motores de configuración diversa y de igual precisión.
Pero allí donde no se ha producido todavía una canalización en elementos
nerviosos y, aún menos, una concentración de los elementos nerviosos en un
sistema, hay algo de donde saldrán, por vía de desdoblamiento, tanto el
movimiento reflejo como el voluntario, algo que no tiene ni la precisión mecánica
del primero ni las dudas inteligentes del segundo, pero que, por participar en
dosis infinitesimal de uno y de otro, viene a ser una reacción simplemente
indecisa y por consiguiente ya vagamente consciente. Es decir, que el organismo
más humilde es consciente en la medida en que se mueve libremente. ¿Qué es aquí
la conciencia con relación al movimiento: el efecto o la causa? En un sentido
es la causa, puesto que su papel consiste en dirigir la locomoción. Pero en
otro sentido es el efecto, porque es la actividad motora la que la alimenta, y,
en cuanto desaparece esta actividad, la conciencia se atrofia o se adormece.
En los crustáceos, por ejemplo en los rizocéfa-los, que
debieron de presentar en otro tiempo una estructura más diferenciada, la fijeza
y el parasitismo acompañan la degeneración y casi desaparición del sistema
nervioso: así como, en caso parecido, el progreso de la organización había
localizado en centros nerviosos toda la actividad consciente, así puede
conjeturarse también que la conciencia es más débil todavía en los animales de
este género que en los organismos mucho menos diferenciados, que no han tenido
jamás centros nerviosos y que han permanecido inmóviles. ¿Cómo entonces la
planta, que está fija en la tierra y que encuentra en ella su alimento, habría
podido desarrollarse en el sentido de la actividad consciente? La membrana de
celulosa con la que se envuelve el protoplasma, al mismo tiempo que inmoviliza
el organismo vegetal más simple, lo sustrae, en gran parte, a las excitaciones
exteriores que actúan sobre el animal como irritantes de la sensibilidad y que
le impiden adormecerse
[51]. La planta es pues generalmente inconsciente. Pero
aun aquí debemos guardarnos muy bien de establecer distinciones radicales.
Inconsciencia y conciencia no son dos etiquetas que
podamos pegar maquinalmente, una sobre la célula vegetal, otra sobre los
animales. Si la conciencia se adormece en el animal que ha degenerado en
parásito inmóvil, inversamente se despierta, sin duda, en el vegetal que ha
reconquistado la libertad de sus movimientos, y se despierta en la exacta
medida en que el vegetal ha reconquistado esta libertad.
Conciencia e inconsciencia señalan, además, las
direcciones en que se han desarrollado los dos reinos, en el sentido de que
para encontrar las mejores muestras de la conciencia en el animal es preciso
ascender hasta los representantes más elevados de la serie, en tanto que para
descubrir casos probables de conciencia vegetal es necesario descender tan
abajo como sea posible en la escala de las plantas, llegar a las zoosporas de
las algas, por ejemplo, y más generalmente a estos organismos unicelulares de
los que puede decirse que dudan entre la forma vegetal y la animal. Desde este
punto de vista, y en esta medida, definiríamos el animal por la sensibilidad y
la conciencia despierta; el vegetal, por la conciencia adormecida y la
insensibilidad.
En resumen, el vegetal fabrica directamente sustancias
orgánicas con sustancias minerales: esta aptitud le releva en general de
moverse y, por lo mismo, de sentir. Los animales, obligados a ir en busca de su
alimento, han evolucionado en el sentido de la actividad locomotriz y por
consiguiente de una conciencia cada vez más amplia, cada vez más distinta.
Ahora bien, que la célula animal y la célula vegetal
deriven de un tronco común, que los primeros organismos vivos hayan oscilado
entre la forma vegetal y la forma animal, participando de una y de otra a la
vez, esto es lo que nos parece dudoso. Acabamos de ver, en efecto, que las
tendencias características de la evolución de los dos reinos, aunque
divergentes, coexisten todavía hoy, tanto en la planta como en el animal. Sólo
difiere la proporción. De ordinario, una de las dos tendencias recubre o aplasta
a la otra; pero, en circunstancias excepcionales, ésta se separa y reconquista
el lugar perdido. La movilidad y la conciencia de la célula vegetal no están
adormecidas hasta tal punto que no puedan despertarse cuando las circunstancias
lo permiten o lo exigen. Y, por otra parte, la evolución del reino animal se ha
visto sin cesar retardada, o detenida, o vuelta atrás, por la tendencia que ha
conservado a la vida vegetativa. Por plena y desbordante que pueda parecer, en
efecto, la actividad de una especie animal, el embotamiento y la inconsciencia
la acechan. No mantiene su papel sino por un esfuerzo, al precio de un
cansancio. A lo largo de la ruta sobre la que el animal ha evolucionado, se han
producido desfallecimientos sin número, decaimientos que se refieren en la
mayor parte a hábitos parasitarios y que son otros tantos retrocesos hacia la
vida vegetativa. Así, todo nos hace suponer que el vegetal y el animal
descienden de un tronco común que reunía, en su primer estado, las tendencias
de uno y otro.
Pero las dos tendencias que se implicaban recíprocamente
en esta forma rudimentaria se disociaron al agrandarse. De ahí el mundo de las
plantas con su fijeza y su insensibilidad, y de ahí también los animales con su
movilidad y su conciencia. No hay necesidad, por lo demás, de hacer intervenir
una fuerza misteriosa para explicar este desdoblamiento. Basta señalar que el
ser vivo apunta naturalmente a lo que le es más fácil, y que vegetales y
animales han optado, cada uno por su parte, por dos ge- neros diferentes de
facilidad en la manera de procurarse el carbono y el nitrógeno que les es
indispensable.
Los primeros, continua y maquinalmente, extraen estos
elementos de un medio que se los suministra sin cesar. Los segundos, por una
acción discontinua, concentrada en algunos instantes, consciente, quieren
encontrar estos cuerpos en organismos que ya los han fijado. Son dos soluciones
diferentes en la comprensión del trabajo, o, si se quiere, de la pereza.
También nos parece dudoso que se descubran en la planta elementos nerviosos,
por rudimentarios que se los suponga. Lo que se corresponde en ella a la voluntad
directriz del animal es, a nuestro entender, la dirección en que desvía la
energía de la radiación solar cuando se sirve de ella para romper la
vinculación del carbono con el oxígeno en el ácido carbónico. La sensibilidad
del animal está sustituida aquí por la impresionabilidad especialísima de la
clorofila de la planta a la luz. Ahora bien, como un sistema nervioso es, ante
todo, un mecanismo que sirve de intermediario entre sensaciones y voliciones,
el verdadero "sistema nervioso" de la planta nos parece ser el
mecanismo o, mejor, la combinación química sui generis que sirve de
intermediario entre la impresionabilidad de su clorofila a la luz y la
producción del almidón. Lo que equivale a decir que la planta no debe tener
elementos nerviosos, y que el mismo impulso que llevó al animal a producirse
nervios y centros nerviosos, condujo, en la planta, a la función clorofílica
[52]. Esta primera ojeada sobre el mundo organizado va a
permitirnos determinar en términos más precisos lo que une a los dos reinos y
también lo que les separa.
Supongamos, como hacíamos entrever en el capítulo
precedente, que hay en el fondo de la vida un esfuerzo por injertar en la
necesidad de las fuerzas físicas la mayor suma posible de indeterminación.
Este esfuerzo no puede conducir a crear energía, o si la
crea, la cantidad creada no pertenece al orden de magnitud sobre el cual tienen
poder nuestros sentidos y nuestros instrumentos de medida, nuestra experiencia
y nuestra ciencia. Todo pasará, pues, como si el esfuerzo apuntase simplemente
a utilizar lo mejor posible una energía preexistente, que encuentra a su
disposición. No hay más que un medio para alcanzar éxito: es obtener de la
materia una acumulación tal de energía potencial que pueda, en un momento dado,
haciendo mover un resorte, obtener el trabajo de que se tiene necesidad para
actuar. Él mismo no posee más que este poder de soltar el resorte.
Pero este trabajo, aunque siempre el mismo y siempre más
débil que cualquier cantidad dada, será tanto más eficaz en cuanto que haga
caer de lo más alto un peso mayor, o, en otros términos, que la suma de energía
potencial acumulada y disponible será más considerable. De hecho, la fuente
principal de la energía utilizable en la superficie de nuestro planeta es el
so!. El problema era pues éste: obtener del sol que aquí y allí, en la
superficie de la tierra, suspendiese parcial y provisionalmente su gasto incesante
de energía utilizable, que almacenase una cierta cantidad, en forma de energía
no utilizada todavía, en depósitos apropiados, de donde se la pudiera hacer
salir en el momento querido, al lugar querido y en la dirección querida. Las
sustancias de que se alimenta el animal son precisamente depósitos de este
género. Formadas de moléculas muy complicadas que encierran en estado potencial
una suma considerable de energía química, constituyen una especie de explosivos
que no esperan más que la chispa para poner en libertad la fuerza almacenada.
Ahora que es probable que la vida tendiese en primer lugar a obtener, a la vez,
la fabricación del explosivo y la explosión que lo utiliza. En este caso, el
mismo organismo que hubiese almacenado directamente la energía de la radiación
solar la habría gastado en movimientos libres en el espacio. Por lo cual
debemos presumir que los primeros seres vivos trataron, por una parte, de
acumular sin descanso la energía tomada del sol, y de otra, de gastarla de una
manera discontinua y explosiva por movimientos de locomoción: los infusorios de
clorofila simbolizan quizá todavía hoy, pero en una forma rudimentaria e
incapaz de evolucionar, esta tendencia primordial de la vida. ¿Corresponde el
desarrollo divergente de los dos reinos a lo que podría llamarse
metafóricamente el olvido, por cada reino, de una de las dos mitades del
programa? O bien, lo que es más verosímil, ¿la naturaleza misma de la materia
que la vida encontraba ante sí en nuestro planeta se oponía a que las dos tendencias
pudiesen evolucionar juntas y por mucho tiempo en un mismo organismo? Lo que
resulta cierto es que el vegetal se apoyó sobre todo en el primer sentido y el
animal en el segundo. Pero si, desde el principio, la fabricación del explosivo
tuviese por objeto la explosión, sería entonces la evolución del animal, mucho
más que la del vegetal, la que indicase, en suma, la dirección fundamental de
la vida.
La "armonía" de los dos reinos, los caracteres
complementarios que presentan, provendrían, en fin, de que desarrollan dos
tendencias primeramente fundidas en una sola. Cuanto más aumenta la tendencia
original y única, más difícil le resulta mantener unidos en el mismo ser vivo
los dos elementos que, en estado rudimentario, están implicados el uno en el
otro. De ahí un des-doblamiento, de ahí dos evoluciones divergentes; de ahí
también dos series de caracteres que se oponen en ciertos puntos, completándose
en otros, pero que, ya se completen ya se opongan, conservan siempre entre sí
un aire de parentesco. Mientras el animal evolucionaba, no sin accidentes, a lo
largo de la ruta hacia un gasto cada vez más libre de energía discontinua, la
planta perfeccionaba su sistema de acumulación en el mismo lugar. No
insistiremos sobre este segundo punto. Bástenos decir que la planta debió
servirse grandemente, a su vez, de un nuevo desdoblamiento, análogo al que se
había producido entre plantas y animales. Si la célula vegetal primitiva
debiese por sí misma fijar su carbono y su nitrógeno, hubiese podido casi
renunciar a la segunda de estas dos funciones el día en que vegetales
microscópicos apoyasen exclusivamente en este sentido y no se especializasen
por otra parte diversamente en este trabajo tan complicado. Los microbios que
fijan el nitrógeno de la atmósfera y los que, alternativamente, convierten los
compuestos amoniacales en compuestos nitrosos y éstos en nitratos, prestaron al
conjunto del mundo vegetal, por la misma disociación de una tendencia
primitivamente única, el mismo género de servicio que prestan en general los
vegetales a los animales. Si se crease para estos vegetales microscópicos un
reino especial, podría decirse que los microbios del suelo, los vegetales y los
animales nos presentan el análisis, operado por la materia que la vida tenía a
su disposición sobre nuestro planeta, de todo lo que vida contenía primero en
estado de implicación recíproca. ¿Es esto, hablando con propiedad, una
"división del trabajo"? Estas palabras no darían una idea exacta de
la evolución, talcomo nosotros nos la representamos. Donde hay división del
trabajo, hay asociación y hay también convergencia del esfuerzo. Por el
contrario, la evolución de que hablamos no se cumple nunca en el sentido de una
asociación, sino de una disociación; nunca hacia la convergencia, sino hacia la
divergencia de los esfuerzos. La armonía entre términos que se completan en
ciertos puntos no se produce, según nosotros, en el curso de la ruta por una adaptación
recíproca; por el contrario, no se encuentra completa más que en el punto de
partida. Deriva de una identidad original. Proviene de que el proceso
evolutivo, que se produce en forma explosiva, separa unos de otros, y a medida
de su crecimiento simultáneo, términos tan complementarios primeramente que
justamente se confundían.
Es preciso, por otra parte, que los elementos en los que
una tendencia se disocia tengan todos la misma importancia y, sobre todo, el
mismo poder de evolucionar. Acabamos de distinguir tres reinos diferentes, si
es que podemos expresarnos así, en el mundo organizado. Mientras que el primero
no comprende más que microorganismos que permanecen en estado rudimentario,
animales y vegetales han tomado impulso hacia más altos destinos. Ahora bien,
éste es un hecho que se produce de ordinario cuando se analiza una tendencia.
Entre los desarrollos divergentes a los que da nacimiento, unos continúan
indefinidamente, otros llegan más o menos pronto al término de su desarrollo.
Estos últimos no provienen directamente de la tendencia primitiva, sino de uno
de los elementos en los que ella se ha dividido: son desarrollos residuales,
efectuados y depositados en el curso del camino por alguna tendencia
verdaderamente elemental que continúa evolucionando. Creemos ciertamente que
las tendencias verdaderamente elementales llevan una señal por la cual se las
reconoce.
Esta señal es como la huella, todavía visible en cada una
de ellas, de lo que encerraba la tendencia original que representan las
direcciones elementales. Los elemen-tos de una tendencia no son comparables, en
efecto, a objetos yuxtapuestos en el espacio y que se excluyen unos a otros,
sino mejor a estados psicológicos, cada uno de los cuales, aunque sea primero
él mismo, participa, sin embargo, de los demás y encierra así virtualmente toda
la personalidad a la que pertenece. No hay manifestación esencial de la vida,
decíamos, que no nos présente, en estado rudimentario o virtual, los caracteres
de las demás manifestaciones.
Recíprocamente, cuando encontramos de nuevo en una línea
de evolución el recuerdo, por decirlo así, de lo que se desarrolla a lo largo
de las demás líneas, debemos concluir que nos las habernos con elementos
disociados de una misma tendencia original. En este sentido, vegetales y
animales representan los dos grandes desarrollos divergentes de la vida. Si la
planta se distingue del animal por la fijeza y la insensibilidad, movimiento y
conciencia dormitan en ella como recuerdos que pueden despertarse. Por lo
demás, al lado de estos recuerdos normalmente adormecidos, los hay también
despiertos y actuantes. Son aquellos cuya actividad no estorba el desarrollo de
la tendencia elemental misma. Podríamos enunciar la siguiente ley: Cuando una
tendencia se divide en el proceso de su desarrollo, cada una de las tendencias
particulares que nacen querría conservar y desarrollar, de la tendencia
primitiva, todo lo que no es incompatible con el trabajo en que ella se ha
especializado. Por ahí se explicaría precisamente el fenómeno sobre el que
hemos hecho hincapié en el capítulo precedente: la formación de mecanismos
complicados idénticos sobre líneas de evolución independientes. Ciertas
analogías profundas entre el vegetal y el animal no tienen probablemente otra
causa: la generación sexual sería quizá un lujo para la planta, pero fue
preciso que el animal llegase a ella, y la planta debió ser llevada hasta ahí
por el mismo impulso que empujaba al animal, impulso primitivo original,
anterior al desdoblamiento de los dos reinos. Diremos otro tanto de la
tendencia del vegetal a una complicación creciente. Esta tendencia es esencial
al reino animal, que siente la necesidad de una acción cada vez más extensa,
cada vez más eficaz. Pero los vegetales, que están condenados a la insensibilidad
y a la inmovilidad, no presentan la misma tendencia sino en razón a que han
recibido al principio el mismo impulso. Experiencias recientes nos los muestran
variando en no importa qué sentido cuando llega el período de la "mutación";
en tanto, el animal ha tenido que evolucionar en sentidos mucho más definidos.
Pero no insistiremos más en este desdoblamiento original de la vida.
Llegamos a la evolución de los animales, que nos interesa
de una manera más particular.
Lo que constituye la animalidad es la facultad de utilizar
un mecanismo de desarticulación para convertir en acciones
"explosivas" una suma tan grande como sea posible de energía
potencial acumulada. Al principio, la explosión ocurre al azar, sin poder
escoger su dirección: así lanza la amiba, por ejemplo, en todos los sentidos a
la vez sus prolongaciones pseudópodas. Pero, a medida que nos elevamos en la
serie animal, vemos que la forma misma del cuerpo dibuja un cierto número de
direcciones determinadas, a lo largo de las cuales caminará la energía. Estas
direcciones están señaladas por otras tantas cadenas de elementos nerviosos
colocados de un extremo al otro. Ahora bien, el elemento nervioso se ha
desprendido poco a poco de la masa apenas diferenciada del tejido organizado.
Puede pues conjeturarse que es en él y en sus anejos donde se concentra, desde
que aparece, la facultad de liberar bruscamente la energía acumulada. A decir
verdad, toda célula viva gasta sin cesar energía para mantenerse en equilibrio.
La célula vegetal, adormecida desde el principio, queda absorbida por entero en
este trabajo de conservación, como si tuviese por fin lo que no debiera ser más
que un medio. Pero en el animal todo converge en la acción, es decir en la
utilización de la energía para movimientos de traslación. Sin duda, cada célula
animal gasta para vivir una buena parte de la energía de que dispone, incluso
con frecuencia toda esta energía; pero el conjunto del organismo querría
atraerla lo más posible a los puntos en que se realizan los movimientos de
locomoción. De suerte que, allí donde existe un sistema nervioso con los
órganos sensoriales y los aparatos motores que le sirven de apéndices, todo
debe pasar como si el resto del cuerpo tuviese por función esencial preparar
para ellos, a fin de transmitírsela en el momento querido, la fuerza que
pondrán en libertad por una especie de explosión.
El papel del alimento en los animales superiores resulta,
en efecto, extremadamente complicado.
Sirve, en primer lugar, para reparar los tejidos.
Suministra en seguida al animal el calor de que tiene necesidad para hacerse
tan independiente como sea posible de las variaciones de la temperatura
exterior. De ahí que conserve, alimente y sostenga el organismo en el que el
sistema nervioso está inserto y en el cual los elementos nerviosos deben vivir.
Pero estos elementos nerviosos no tendrían razón alguna de ser si este
organismo no les transmitiese a ellos mismos y, sobre todo, a los músculos que
accionan, una cierta energía para gastar, y puede incluso conjeturarse que éste
es, en suma, el destino esencial y último del alimento. Ello no quiere decir
que la parte más considerable del alimento se emplee en este trabajo. Un estado
puede tener que hacer gastos enormes para asegurarse el pago de los impuestos;
la suma de que dispondrá, excepción hecha de esos gastos contraídos con la
percepción, será quizá mínima; con todo, no deja de haber una razón de ser del
impuesto y de todos los gastos que lleva aparejados. Eso ocurre en cuanto a la
energía que exige el animal a las sustancias alimenticias.
Muchos hechos nos parecen indicar que los elementos
nerviosos y musculares ocupan este lugar frente al resto del organismo. Echemos
primero una ojeada al reparto de las sustancias alimenticias entre los diversos
elementos del cuerpo vivo. Estas sustancias se dividen en dos categorías, unas
cuaternarias o albuminoideas, otras ternarias, que comprenden los hidratos de
carbono y las grasas Las primeras son propiamente plásticas, destinadas a
rehacer los tejidos, aunque puedan, en razón del carbono que contienen, hacerse
ocasionalmente energéticas. Pero la función energética corresponde más
especialmente a las segundas: éstas, al depositarse en la célula, más que al
incorporarse a su sustancia, le suministran, en forma de potencial químico, una
energía de poder que se convertirá directamente en movimiento o en calor. En
suma: las primeras tienen por papel principal rehacer la máquina; las segundas
le suministran la energía. Es natural que las primeras no puedan elegir, puesto
que todas las piezas de la máquina tienen necesidad de ser alimentadas. Los
hidratos de carbono se distribuyen muy desigualmente, y esta desigualdad de
distribución nos parece instructiva en el más alto grado.
Arrastradas por la sangre arterial en forma de glucosa,
estas sustancias se depositan, en efecto, en forma de glucógeno, en las
diversas células que componen los tejidos. Se sabe que una de las principales
funciones del hígado es mantener constante la proporción de glucosa en la
sangre, gracias a las reservas de glucógeno que la célula hepática elabora.
Ahora bien, en esta circulación de la glucosa y en esta acumulación del
glucógeno, es fácil ver que todo pasa como si el esfuerzo entero del organismo
se emplease para aprovisionar energía potencia! en los elementos del tejido
muscular y también en los del tejido nervioso. Procede diversamente en los dos
casos, pero conduce al mismo resultado. En el primero, asegura a la célula una
reserva considerable, depositada en ella de antemano; la cantidad de glucógeno
que los músculos encierran es enorme, en efecto, en comparación con e! que se
encuentra en los demás tejidos. Por el contrario, en el tejido nervioso, la
reserva es débil (los elementos nerviosos, cuyo papel consiste simplemente en
liberar la energía potencial almacenada en el músculo, no tienen por lo demás
necesidad de suministrar mucho trabajo a la vez); pero, cosa notable, esta
reserva es reconstruida por la sangre en el momento mismo en que se consume, de
suerte que el nervio se vuelve a cargar de energía potencial instantáneamente.
El tejido muscular y el tejido nervioso son pues los privilegiados, en el
sentido de que el uno se encuentra provisto de una reserva considerable de
energía potencial, y el otro en que siempre y al instante está servido de ella
en la exacta medida de sus necesidades.
Precisamente es el sistema sensorio-motor el que pide de
manera insistente el glucógeno, es decir, la energía potencial, como si el
resto del organismo tuviese por misión transmitir fuerza al sistema nervioso y
a los músculos que los nervios accionan. Ciertamente, cuando se piensa en el
papel que juega el sistema nervioso (incluso el sensorio-motor) como regulador
de la vida orgánica, podemos preguntarnos si, en este cambio de buenos
procedimientos entre él y el resto del cuerpo, es él, verdaderamente, un señor
al que el cuerpo sirve. Nos inclinaremos a esta hipótesis si consideramos, en
estado estático por decirlo así, el reparto de la energía potencial entre los
tejidos; y la rechazaremos por entero si reflexionamos en las condiciones en
las que se consume y reconstruye. Supongamos, en efecto, que el sistema
sensorio-motor sea un sistema como los demás y con el mismo rango.
Empujado por el conjunto del organismo, esperará a que se
le suministre un excedente de potencial químico para realizar su trabajo. En
otros términos, la producción de glucógeno regulará el consumo que hacen de él
los nervios y los músculos. Supongamos, por el contrario, que el sistema
sensoriomotor sea verdaderamente el dominante. La duración y la extensión de su
acción serán independientes, en cierta medida al menos, de la reserva de
glucógeno que encierra e incluso de la que el conjunto del organismo contiene.
Suministrará trabajo, y los demás deberán arreglárselas corno puedan para
suministrarle energía potencial. Ahora bien, las cosas ocurren precisamente de
esta manera, como lo muestran en particular las experiencias de Morat y
Dufourt. Si la función glucogénica del hígado depende de la acción de los
nervios excitadores que la gobiernan, la acción de estos últimos nervios está
subordinada a la de los nervios que trastornan los músculos locomotores, en el
sentido de que éstos comienzan por gastar sin tasa, consumiendo así glucógeno,
empobreciendo de glucosa la sangre y determinando finalmente al hígado, que ha
tenido que vaciar en la sangre empobrecida una parte de su reserva de
glucógeno, a fabricarlo de nuevo. En suma, pues, todo parte del sistema sensorio-motor,
y todo converge en él, pudiendo decirse sin metáfora que el resto del organismo
está a su servicio.
Reflexionemos también en lo que ocurre en el ayuno
prolongado. Es un hecho notable que en los animales muertos de hambre el
cerebro se encuentre casi intacto, en tanto que los demás órganos han perdido
una parte más o menos grande de su peso y que sus células han sufrido
alteraciones profundas
[53]. Parece como si el resto del cuerpo hubiese sostenido
al sistema nervioso hasta el último extremo, tratándose él mismo como un simple
medio del que aquél sería el fin.
En resumen, si convenimos, para abreviar, en llamar
"sistema sensorio-motor" al sistema nervioso cerebro-espinal con los
aparatos sensoriales en los que se prolonga y los músculos locomotores que
gobierna, podrá decirse que un organismo superior está esencialmente
constituido por un sistema sensorio-motor instalado sobre aparatos de
digestión, de respiración, de circulación, de secreción, etcétera, que tienen
por misión repararlo, limpiarlo, protegerlo, crearle un medio interior
constante y, en fin y sobre todo, transmitirle energía potencial para
convertirla en movimiento de locomoción
[54]. Es verdad que, cuanto más se perfecciona la función
nerviosa, las funciones destinadas a sostenerla tienen que desarrollarse más y
hacerse por consiguiente exigentes consigo mismas. A medida que la actividad
nerviosa emerge de la masa protoplasmática en que estaba sumergida, tiene que
llamar alrededor de ella actividades de todo género en que apoyarse: éstas no
podían desarrollarse más que sobre otras actividades, que implicaban a su vez
otras, y así indefinidamente. Es así como se sigue hasta e! infinito la
complicación de funcionamiento de los organismos superiores. El estudio de uno
de estos organismos nos hace dar vueltas en un círculo, como si todo sirviese
ahí de medio a todo. Este círculo tiene un centro, que es el sistema de
elementos nerviosos tendidos entre los órganos sensoriales y el aparato de
locomoción.
No nos haremos pesados en este punto que ya hemos tratado
largamente en un trabajo anterior.
Recordemos tan sólo que el progreso del sistema nervioso
se ha efectuado, a la vez, en el sentido de una adaptación más precisa de los
movimientos y en el de una mayor amplitud dejada al ser vivo para escoger entre
ellos.
Estas dos tendencias pueden parecer antagónicas y lo son
en efecto. Una cadena nerviosa, incluso en su forma más rudimentaria, llega sin
embargo a reconciliarlas. Por una parte, efectivamente, dibuja una línea
determinada entre uno y otro punto de la periferia, el primero sensorial y el
se- gundo motor.
Canaliza, pues, una actividad primero difusa en la masa
protoplasmática. Pero, por otra parte, los elementos que la componen son
probablemente discontinuos; en todo caso, suponiendo que no se unan por
anastomosis, presentan una discontinuidad funcional, porque cada uno de ellos
se termina por una especie de encrucijada donde, sin duda, el influjo nervioso
puede escoger su ruta. De la más humilde mónera hasta los insectos mejor
dotados, hasta los vertebrados más inteligentes, el progreso realizado fue sobre
todo un progreso del sistema nervioso, en cada grado con todas las creaciones y
complicaciones de piezas que este progreso exigía. Como hacíamos presentir
desde el comienzo de este trabajo, el papel de la vida consiste en insertar la
indeterminación en la materia. Indeterminadas, quiero decir, imprevisibles, son
las formas que ella crea a medida de su evolución. Cada vez también más
indeterminada, esto es, cada vez más libre, es la actividad a la cual deben
servir de vehículo estas formas. Un sistema nervioso, con neuronas colocadas
punta a punta de tal manera que en el extremo de cada una se abren vías
múltiples donde se plantean otras tantas cuestiones, es un verdadero depósito
de indeterminación. Que lo esencial del impulso vital ha pasado a la creación
de aparatos de este género, es lo que nos parece que muestra una simple ojeada
sobre el conjunto del mundo organizado. Pero sobre este impulso mismo de la
vida juzgamos indispensables algunos esclarecimientos.
No debe olvidarse que la fuerza que evoluciona a través
del mundo organizado es una fuerza limitada, que siempre trata de sobrepasarse
a sí misma y siempre permanece inadecuada a la obra que tiende a producir. Del
desconocimiento de este punto han nacido los errores y las puerilidades del
finalismo radical. Se ha representado el conjunto del mundo vivo como una
construcción, y como una construcción análoga a las nuestras. Todas sus piezas
estarían dispuestas para el mejor funcionamiento posible de la máquina.
Cada especie tendría su razón de ser, su función, su
destino. Y en conjunto darían un gran concierto, en el que las disonancias
aparentes no harían más que hacer resaltar la armonía fundamental. En suma,
todo pasaría en la naturaleza como en las obras del ingenio humano, donde el
resultado obtenido puede ser mínimo, pero donde hay también menos adecuación
perfecta entre el objeto fabricado y el trabajo de fabricación.
Nada semejante ocurre en la evolución de la vida. La
desproporción aquí es notoriamente sorprendente entre el trabajo y el
resultado. De abajo arriba del mundo organizado hay siempre un único gran
esfuerzo; pero con demasiada frecuencia este esfuerzo es corto, unas veces
paralizado por fuerzas contrarias, otras distraído de lo que debe hacer por lo
que ya ha hecho, absorbido por la forma que viene obligado a tener, hipnotizado
ante ella como ante un espejo. Hasta en sus obras más perfectas, incluso cuando
parece haber triunfado de las resistencias exteriores y también de la suya
propia, está a merced de la materialidad que ha debido darse. Es lo que cada
uno de nosotros puede experimentar en sí mismo. Nuestra libertad, en los
movimientos mismos por los que ella se afirma, crea los hábitos nacientes que
la ahogarían si no se renovase por un esfuerzo constante: el automatismo la
acecha. El pensamiento más vivo se congelará en la fórmula que lo expresa. La
palabra se vuelve contra la idea. La letra mata el espíritu. Y nuestro más
ardiente entusiasmo, cuando se exterioriza en acción, queda a veces tan
naturalmente convertido en frío cálculo de interés o de vanidad, el uno adopta
tan fácilmente la forma de la otra, que podríamos confundirlos, dudar de
nuestra propia sinceridad, negar la bondad y el amor, si no supiésemos que la
muerte guarda todavía por algún tiempo los rasgos del ser vivo.
La causa profunda de estas disonancias consiste en una
irremediable diferencia de ritmo. La vida en general es la movilidad misma; las
manifestaciones particulares de la vida no aceptan esta movilidad, sino contra
su gusto, y la retardan constantemente. Aquélla siempre va delante; éstas no
salen de! atolladero. La evolución en general se haría, en la medida de lo
posible, en línea recta; cada evolución especial es un proceso circular. Como
torbellinos de arena levantados por el viento que pasa, los seres vivos dan
vueltas sobre sí mismos, suspendidos por el gran soplo de la vida.
Son, pues, relativamente estables e imitan incluso tan
bien la inmovilidad, que los tratamos como cosas antes que como progresos,
olvidando que la misma permanencia de su forma no es más que el diseño de su
movimiento. Sin embargo, a veces se materializa a nuestros ojos, en una
fugitiva aparición, el soplo invisible que los empuja. Tenemos esta iluminación
repentina ante ciertas formas del amor maternal, tan sorprendente, tan
impresionante también en la mayor parte de los animales, observable hasta en la
solicitud de la planta por su simiente. Este amor, en el que algunos han visto
el gran misterio de la vida, nos entregaría quizá su secreto. Nos muestra a
cada generación inclinada hacia la que le sigue. Nos deja entrever que el ser
vivo es sobre todo un lugar de paso y que lo esencial de la vida reside en el
movimiento que la transmite.
Este contraste entre la vida en general y las formas en
que ella se manifiesta, presenta en todas partes el mis-mo carácter. Podría
decirse que la vida tiende a actuar lo más posible, pero que cada especie
prefiere dar la suma más pequeña posible de esfuerzo. Considerada en lo que es
su esencia misma, es decir, como una transición de especie a especie, la vida
es una acción siempre en aumento.
Por cada una de las especies a través de las cuales pasa,
la vida no apunta más que a su comodidad. Se dirige a lo que exige menos
trabajo. Absorbiéndose en la forma que va a tomar, entra en un semisueño en el
que ignora casi el resto de la vida; se perfecciona a sí misma para la más
fácil explotación posible de su contorno inmediato. Así, el acto por el que la
vida se encamina a la creación de una forma nueva, y el acto por el que se
dibuja esta forma, son dos movimientos diferentes y con frecuencia antagónicos.
El primero se prolonga en el segundo, pero no puede
prolongarse en él sin distraerse de su dirección, como ocurriría a un saltarín
que para franquear un obstáculo se viese obligado a volver la cabeza y mirarse
a sí mismo.
Las formas vivas son, incluso por definición, formas
viables. De cualquier manera que se explique la adaptación del organismo a sus
condiciones de existencia, esta adaptación resulta necesariamente suficiente
desde el momento que la especie subsiste. En este sentido, cada una de las
especies sucesivas que describen la paleontología y la zoología fue un éxito
alcanzado por la vida. Pero las cosas toman otro aspecto cuando se compara cada
especie con el movimiento que la ha depositado en su camino, y no ya con las
condiciones en que está inserta. Con frecuencia este movimiento se ha desviado,
y con frecuencia también ha sido claramente detenido; lo que no debía ser más
que un lugar de paso, se ha convertido en el término. Bajo este nuevo punto de
vista, el fracaso se aparece como la regla; el éxito, como excepcional y
siempre imperfecto. Vamos a ver que, de las cuatro direcciones que ha escogido
la vida animal, dos han conducido a callejones sin salida, y que, en otras dos,
el esfuerzo ha sido generalmente desproporcionado al resultado.
Nos faltan documentos para reconstruir esta historia con
detalle. Sin embargo, podemos desentrañarla en grandes líneas. Decíamos que
animales y vegetales han debido separarse rápidamente de su tronco común: el
vegetal adormeciéndose en la inmovilidad, el animal despertándose por el
contrario cada vez más y marchando a la conquista de un sistema nervioso. Es
probable que el esfuerzo del reino animal aboque a crear organismos todavía
simples, pero dotados de cierta movilidad, y sobre todo bastante indecisos de
forma para prestarse a todas las determinaciones futuras. Estos animales
podrían semejarse a determinados gusanos, con la diferencia, no obstante, de
que los gusanos vivos a los que se les compare son los ejemplares vacíos y
congelados de las formas infinitamente plásticas, plenas de un porvenir
indefinido, que constituyeron el tronco común de los equinodermos, de los
moluscos, de los artrópodos y de los vertebrados.
Un peligro les acechaba, un obstáculo que sin duda estuvo
a punto de detener el impulso de la vida animal. Hay una particularidad que no
puede dejar de sorprendernos cuando echamos una ojeada a la fauna de los
tiempos primarios. Era el encarcelamiento del animal en una envoltura más o
menos dura el que debía obstaculizar y con frecuencia incluso paralizar sus
movimientos. Los moluscos de antaño tenían una concha mayor que la que tienen
los moluscos de nuestros días. Los artrópodos, en general, estaban provistos de
una caparazón; eran crustáceos. Los peces más remotos tuvieron una envoltura
ósea, de una dureza extrema
[55]. La explicación de este hecho general debe buscarse,
a nuestro entender, en una tendencia de los organismos blandos a defenderse
unos contra otros, haciéndose así, en la medida de lo posible, incapaces de ser
devorados. Cada especie, en el acto por el que se constituye, se dirige a lo
que le es más cómodo. Lo mismo que entre los organismos primitivos algunos se
habían orientado hacia la animalidad renunciando a fabricar lo orgánico con lo
inorgánico y tomando las sustancias orgánicas completamente hechas a los
organismos ya inclinados a la vida vegetal, así entre las especies animales
mismas muchas se las arreglaron para vivir a expensas de los demás animales. Un
organismo animal, es decir, móvil, podrá en efecto aprovechar su movilidad para
ir a buscar animales sin defensa y para alimentarse de ellos, como podría
hacerlo con los vegetales. Así, cuan-to más móviles se hacían unas especies,
más voraces y peligrosas se volvían respecto a las otras. De ahí debió resultar
una brusca detención del mundo animal entero en el progreso que le llevaba a
una movilidad cada vez más alta; porque la piel dura y calcárea del
equinodermo, la concha del molusco, el caparazón del crustáceo y la coraza
ganoide de los antiguos peces han tenido probablemente por origen común un
esfuerzo de las especies animales para protegerse contra las especies enemigas.
Pero esta coraza, detrás de la cual se ponía a resguardo el animal,
obstaculizaba sus movimientos y a veces le inmovilizaba. Si el vegetal renunció
a la conciencia al envolverse en una membrana de celulosa, el animal que se
encerró en una especie de ciudadela o en una armadura se condenaba a un
semisueño. En este embotamiento viven todavía hoy los equinodermos e incluso
los moluscos. Artrópodos y vertebrados se vieron igualmente amenazados, pero
escaparon a esta amenaza contribuyendo así felizmente al despliegue actual de
las formas más altas de la vida.
En dos direcciones, en efecto, vemos el impulso de la vida
para ganar terreno. Los peces cambiaron su coraza ganoide por escamas. Mucho
tiempo antes, aparecieron los insectos, libres, ellos también, de la coraza que
había protegido a sus antepasados. La insuficiencia de su envoltura protectora
la suplieron, unos y otros, por una agilidad que les permitía escapar a sus
enemigos y también tomar la ofensiva, escoger el lugar y el momento del
encuentro. Un progreso del mismo género es el que observamos en la evolución de
la armadura humana. El primer movimiento consiste en ponerse a resguardo; el
segundo, que es el mejor, en volverse tan ágil como sea posible para emprender
la huida y sobre todo para el ataque, pues atacar es también el medio más
eficaz de defenderse. De este modo, el pesado hoplita fue suplantado por el
legionario, el caballero revestido de coraza de hierro ha tenido que ceder su
lugar al soldado de infantería más libre de movimientos, y, de una manera
general, en la evolución del conjunto de la vida, tanto como en la de las
sociedades humanas o en la de los destinos individuales, los mayores éxitos
fueron alcanzados por quienes aceptaron también los mayores riesgos.
El interés bien entendido del animal era, pues, el de
hacerse más móvil. Como decíamos a propósito de la adaptación en general, podrá
siempre explicarse por su interés particular la transformación de las especies.
Presentaremos así la causa inmediata de la variación. Pero no tendremos de este
modo, frecuentemente, sino la causa más superficial. La causa profundo es el
impulso que lanzó a la vida en el mundo, que la hizo escindirse entre vegetales
y animales, que condujo a la animalidad a la flexibilidad de la forma, y que,
en cierto momento, en el reino animal amenazado de adormecimiento, obtuvo,
sobre algunos puntos al menos, que se despertase y que marchase hacia adelante.
Sobre los dos caminos en que evolucionaron separadamente
los vertebrados y los artrópodos, el desarrollo (abstracción hecha de los
retrocesos ligados al parasitismo o a cualquier otra causa) consistió ante todo
en un progreso del sistema nervioso sensorio-motor. Se busca la movilidad, se
busca la flexibilidad, se busca -a través de muchos tanteos, y no sin haber
caído primero en una exageración de la masa y de la fuerza bruta- la variedad
de los movimientos. Pero esta búsqueda misma se ha producido en direcciones
divergentes. Una ojeada sobre el sistema nervioso de los artrópodos y sobre el
de los vertebrados nos deja ver estas diferencias. En los primeros, el cuerpo
está formado de una serie más o menos larga de anillos yuxtapuestos; la
actividad motriz se reparte entonces entre un número variable, a veces
considerable, de apéndices cada uno de los cuales tiene su especialidad. En los
otros, la actividad se concentra tan sólo en dos pares de miembros, y estos
órganos cumplen funciones que dependen mucho menos estrechamente de su forma
[56]. La independencia llega a ser completa en el hombre,
en el que la mano puede ejecutar cualquier trabajo.
He aquí al menos lo que se ve. Detrás de lo que se ve hay
ahora lo que se adivina: dos potencias inmanentes a la vida, juntas al
principio, y que han debido disociarse en el proceso de su desarrollo.
Para definir estas potencias es preciso considerar, en la
evolución de los artrópodos y en la de los vertebrados, las especies que
señalan de una y otra parte el punto culminante. ¿Cómo determinar este punto?
Iremos por mal camino si apuntamos a la precisión geométrica. No existe signo
único y simple por el cual pueda reconocerse que una especie ha avanzado más
que otra sobre una misma línea de evolución. Hay caracteres múltiples, que es
preciso comparar entre sí y sopesar en cada caso particular, para saber hasta
qué punto son esenciales o accidentales, y en qué medida conviene tenerlos en
cuenta.
No es dudoso, por ejemplo, que el éxito sea el criterio
más general de la superioridad, al ser también los dos términos, hasta cierto
punto, sinónimos el uno del otro. Por éxito es preciso entender, cuando se
trata de! ser vivo, una aptitud para desenvolverse en los medios más diversos,
a través de la mayor variedad posible de obstáculos, de manera que cubra
también la mayor extensión posible de tierra. Una especie que reivindica por
dominio la tierra entera es verdaderamente una especie domina-dora y, por consiguiente,
superior. Tal es la especie humana, que representa el punto culminante de la
evolución de los vertebrados. Pero este lugar ocupan también, en la serie de
los articulados, los insectos y en particular ciertos himenópteros. Se ha dicho
que las hormigas son las dueñas del subsuelo de la tierra, como el hombre es
dueño del suelo.
Por otra parte, un grupo de especies aparecido más tarde
puede ser un grupo de degenerados; pero es preciso para esto que haya
intervenido una causa especial de regresión. En derecho, este grupo debería ser
superior al grupo del que deriva, puesto que correspondería a un estado más
avanzado de la evolución. Ahora bien, el hombre es probablemente el último de
los vertebrados
[57]. Y en la serie de los insectos no hay posterior a los
himenópteros sino los lepidópteros, es decir, sin duda, una especie degenerada,
cuyos individuos son verdaderos parásitos de las flores.
Así, por caminos diferentes, hemos llegado a la misma
conclusión. La evolución de los artrópodos alcanza su punto culminante con el
insecto, y en particular con los himenópteros; en la de los vertebrados, con el
hombre. Ahora bien, si echamos de ver que en el mundo de los insectos es donde
más desarrollado se encuentra el instinto, y que en ningún grupo de insectos es
tan maravilloso como en los himenópteros, podrá decirse que toda la evolución
del reino animal, abstracción hecha de los retrocesos hacia la vida vegetativa,
se ha realizado por dos caminos divergentes, uno de los cuales conduce al
instinto y otro a la inteligencia.
Embotamiento vegetal, instinto e inteligencia, he aquí
pues, en fin, los elementos que coincidían en el impulso vital común a las
plantas y a los animales, y que, en el curso de un desarrollo en el que se
manifestaron en las formas más imprevistas, se disociaron por el solo hecho de
su evolución. El error capital, el que, transmitiéndose desde Aristóteles,
vició la mayoría de las filosofías de la naturaleza, es ver en la vida
vegetativa, en la vida instintiva y en la vida razonable tres grados sucesivos
de una misma tendencia que se desarrolla, cuando son tres direcciones
divergentes de una actividad que se escindió al desarrollarse. La diferencia
entre ellas no es una diferencia de intensidad, ni más generalmente de grado,
sino de naturaleza.
Interesa profundizar en este punto. Hemos visto cómo se
completan y cómo se oponen la vida vegetal y la vida animal. Se trata de
mostrar ahora que también la inteligencia y el instinto se oponen y se
completan.
Pero digamos primero por qué nos vemos tentados a
considerar la inteligencia superior al instinto, cuando en realidad no son
cosas del mismo orden, ni que se han sucedido la una a la otra, por lo cual no
puede asignárseles jerarquía.
Y es que inteligencia e instinto, que comenzaron por
penetrarse entre sí, conservan algo de su origen común. Ni uno ni otra se
encuentran jamás en estado puro. Decíamos que en la planta pueden despertarse
la conciencia y la movilidad del animal que se han adormecido en ella, y que el
animal vive bajo la amenaza constante de una inclinación a la vida vegetativa.
Las dos tendencias de la planta y del animal se penetraban tan bien
primeramente que no hubo nunca ruptura completa entre ellas: la una continúa
preocupando a la otra; en todas partes las encontramos mezcladas; sólo difiere
la proporción. Así ocurre en cuanto a la inteligencia y al instinto. No hay
inteligencia donde no se descubra huellas de instinto, ni instinto que no esté
rodeado de una franja de inteligencia. Pero esta franja de inteligencia ha sido
causa de muchos menosprecios. Del hecho de que el instinto es siempre más o
menos inteligente, se ha concluido que inteligencia e instinto son cosas del
mismo orden, que no hay entre ellos más que una diferencia de complicación o de
perfección, y sobre todo que uno de los dos puede expresarse en los términos
del otro. En realidad, se acompañan porque se completan, y no se completan más
que porque son diferentes, siendo lo que hay de instintivo en el instinto de
sentido opuesto a lo que hay de inteligente en la inteligencia.
Que nadie se sorprenda si insistimos en este punto. Lo
tenemos por capital.
Digamos primero que las distinciones que vamos a hacer
serán demasiado tajantes, precisamente porque queremos definir del instinto lo
que tiene de instintivo y de la inteligencia lo que tiene de inteligente,
cuando todo instinto concreto está mezclado de inteligencia lo mismo que toda
inteligencia real está penetrada de instinto. Además, ni la inteligencia ni el
instinto se prestan a definiciones rígidas; son tendencias y no cosas hechas.
En fin, no deberá olvidarse que en el presente capítulo consideramos a la
inteligencia y al instinto saliendo de la vida que los deposita a lo largo de
su recorrido. Ahora bien, la vida manifestada por un organismo es, a nuestros
ojos, un cierto esfuerzo para obtener ciertas cosas de la materia bruta. No nos
sorprendamos si es la diversidad de este esfuerzo la que nos impresiona en el
instinto y en la inteligencia, y si vemos en estas dos formas de la actividad
psíquica, ante todo, dos métodos diferentes de acción sobre la materia inerte.
Esta manera un poco estrecha de considerarlas tendrá la ventaja de
suministrarnos un medio objetivo de distinguirlas. En cambio, no nos dará de la
inteligencia en general, y del instinto en general, más que la posición media
por debajo y por encima de la cual oscilan ambos constantemente. Por lo cual no
deberá verse en lo que va a seguir más que un dibujo esquemático, en el que los
contornos respectivos de la inteligencia y del instinto estarán más acusados de
lo necesario y en el que habremos desdeñado el esfumado que proviene, a la vez,
de la indecisión de cada uno de ellos y del avance recíproco del uno sobre el
otro. En algo tan oscuro no sabríamos hacer un gran esfuerzo hacia la luz. Será
siempre fácil restituir a su ser las formas más turbias, corregir lo que tenga
el dibujo de demasiado geométrico, sustituir en fin la rigidez de un esquema
por la flexibilidad de la vida.
¿A qué tiempo hacemos remontar la aparición del hombre
sobre la tierra? Indudablemente, a aquel en que se fabricaron las primeras
armas, los primeros útiles. No hemos olvidado la disputa memorable ocasionada
con motivo del descubrimiento de Boucher de Perthes en la cantera de
Moulin-Quignon. La cuestión consistía en saber si estábamos en presencia de
verdaderas hachas o de fragmentos de sílex accidentalmente rotos. Si se tratase
de hachuelas, nadie dudaría un instante que nos encontrábamos en presencia de una
inteligencia, y más particularmente de la inteligencia humana. Hagamos, por
otra parte, un recuento de anécdotas sobre la inteligencia de los animales.
Veremos que al lado de muchos actos explicables por la imitación, o por la
asociación automática de imágenes, los hay que no dudamos en declarar
inteligentes; figuran en primera línea los que testimonian un pensamiento de
fabricación, ya porque el animal llegue a fabricar él mismo un basto
instrumento, ya porque utilice en su provecho un objeto fabricado por el
hombre. Los animales que clasificamos a continuación del hombre desde el punto
de vista de la inteligencia, los monos y los elefantes, saben emplear,
ocasionalmente, un instrumento artificial. Debajo de ellos, pero no muy lejos,
pondremos a los que reconocen un objeto fabricado: por ejemplo el zorro, que
sabe perfectamente que una trampa es una trampa. Sin duda, hay inteligencia
allí donde hay también inferencia; pero la inferencia, que consiste en una
flexión de la experiencia pasada en el sentido de la experiencia presente, es
ya un comienzo de invención. La invención se hace completa cuando se
materializa en un instrumento fabricado. A esto tiende la inteligencia de los
animales, como a un ideal. Y si, de ordinario, no alcanza a fabricar objetos artificiales
y a servirse de ellos, se prepara en este sentido por las variaciones mismas
que ejecuta sobre los instintos que le son suministrados por la naturaleza. En
lo que se refiere a la inteligencia humana, no se ha hecho notar lo bastante
que la invención mecánica ha sido su paso esencial y que todavía hoy nuestra
vida social gravita en torno a la fabricación y utilización de instrumentos
artificiales, que las invenciones que jalonan la ruta del progreso han trazado
también su dirección. Tenemos dificultad en darnos cuenta de ello, porque las
modificaciones de la humanidad retrasan de ordinario las transformaciones de
sus útiles. Nuestros hábitos individuales e incluso sociales sobreviven mucho
tiempo a las circunstancias para las que estaban hechos, de suerte que los
efectos profundos de una invención se dejan ver cuando hemos perdido ya de
vista la novedad. Ha pasado un siglo desde la invención de la máquina de vapor
y aún comenzamos a experimentar la sacudida que nos ha producido. La revolución
que ha operado en la industria ha alterado las relaciones entre los hombres.
Surgen nuevas ideas, y sentimientos nuevos están a punto de nacer. Dentro de
miles de años, cuando la perspectiva del pasado no se perciba sino en grandes
líneas, nuestras guerras y nuestras revoluciones contarán poco, suponiendo que
exista el recuerdo de ellas; pero de la máquina de vapor, con su cortejo de
invenciones de todo género, se hablará quizá como se habla del bronce o de la
piedra tallada; servirá para definir una edad
[58]. Si pudiésemos prescindir de nuestro orgullo, si para
definir nuestra especie nos atuviésemos estrictamente a lo que la historia y la
prehistoria nos presentan como característica constante del hombre y de la
inteligencia, no hablaríamos del hombre como homo sapiens, sino como homo
faber. En definitiva, la inteligencia, considerada en lo que parece ser su
marcha original, es la facultad de fabricar objetos artificiales, en particular
útiles para hacer útiles, y variar indefinidamente su fabricación.
Ahora bien, ¿posee también un animal inteligente útiles o
máquinas? Sí, ciertamente; pero aquí el instrumento forma parte del cuerpo que
lo utiliza. Y correspondiendo a este instrumento hay un instinto que sabe
servirse de él. Sin duda, lejos se está de que todos los instintos consistan en
una facultad natural de utilizar un mecanismo innato. Tal definición no se
aplicaría a los instintos que Romanes ha llamado "secundarios", y más
de un instinto "primario" no se incluiría en ella. Pero esta
definición del instinto, como la que damos provisionalmente de la inteligencia,
determina al menos el límite ideal hacia el cual se encaminan las formas muy
numerosas del objeto definido. Se ha hecho notar con frecuencia que la mayoría
de los instintos son la prolongación, o mejor, el término del mismo trabajo de
organización. ¿Dónde comienza la actividad del instinto? ¿Dónde termina la de
la naturaleza? No sabríamos responder. En las metamorfosis de la larva en ninfa
y en insecto perfecto, metamorfosis que exigen por parte de la larva actos
apropiados y una especie de iniciativa, no hay línea de demarcación precisa
entre el instinto del animal y el trabajo organizador de la materia viva. Podrá
decirse, a gusto de cada cual, que el instinto organiza los instrumentos de que
va a servirse, o que la organización se prolonga en el instinto que debe
utilizar el órgano. Los más maravillosos instintos del insecto no hacen más que
desarrollar en movimientos su estructura especial, hasta tal punto que, allí
donde la vida social divide el trabajo entre los individuos y les impone así
instintos diferentes, se observa una diferencia correspondiente de estructura:
se conoce el polimorfismo de las hormigas, de las abejas, de las avispas y de
ciertos pseudoneurópteros. Así, no considerando más que los casos límite en que
se asiste al triunfo completo de la inteligencia y del instinto, se encuentra
entre ellos una diferencia esencial: el instinto es la facultad de utilizar e
incluso de construir instrumentos organizados; la inteligencia es la facultad
de fabricar y de emplear instrumentos no organizados.
Las ventajas y los inconvenientes de estos dos modos de
actividad saltan a la vista. El instinto encuentra a su alcance el instrumento
apropiado: este instrumento, fabricado y reparado por sí mismo, que presenta,
como todas las obras de la naturaleza, una complicación de detalle infinita y
una simplicidad de funcionamiento maravillosa, hace en seguida, en el momento
deseado, sin dificultad, con una perfección frecuentemente admirable, todo lo
que debe hacer. En cambio, conserva una estructura poco menos que invariable,
ya que su modificación no se produce sin una modificación de la especie. El
instinto está, pues, necesariamente especializado, no siendo más que la
utilización, para un objeto determinado, de un instrumento determinado. Por el
contrario, el instrumento fabricado inteligentemente es un instrumento
imperfecto. No se obtiene sino al precio de un esfuerzo. Casi siempre de una
manera penosa. Pero como está hecho de una materia no organizada, puede tomar
una forma cualquiera, servir a cualquier uso, sacar al ser vivo de una
dificultad nueva que aparece y conferirle un número ilimitado de poderes.
Inferior al instrumento natural para la satisfacción de las necesidades
inmediatas, tiene sobre éste ventajas que están en razón de la menor urgencia
de las necesidades. Sobre todo, reacciona sobre la naturaleza del ser que lo ha
fabricado, porque, al llamarlo a ejercer una nueva función, le confiere, por
decirlo así, una organización más rica, siendo un órgano artificial que
prolonga el organismo natural. Por cada necesidad que satisface, crea una
necesidad nueva, y así, en lugar de cerrar, como el instinto, el círculo de
acción en el que el animal va a moverse automáticamente, abre a esta actividad
un campo indefinido en el que la empuja cada vez más lejos y la hace cada vez
más libre.
Pero esta ventaja de la inteligencia sobre el instinto
aparece tarde y cuando la inteligencia, que ha llevado la fabricación a su
grado superior de poder, fabrica ya máquinas que sirven también para fabricar.
Al principio, las ventajas y los inconvenientes del instrumento fabricado y del
instrumento natural se equilibran tan bien que es difícil decir cuál de los dos
asegurará al ser vivo un mayor poder sobre la naturaleza.
Puede conjeturarse que comenzaron por estar implicados el
uno en el otro, que la actividad psíquica original participó de los dos a la
vez, y que, si nos remontásemos bastante atrás en el pasado, encontraríamos
instintos más próximos a la inteligencia que los de nuestros insectos, una
inteligencia más vecina del instinto que la de nuestros vertebrados:
inteligencia e instinto elementales, prisioneros de una materia que no alcanzan
a dominar. Si la fuerza inmanente a la vida fuese una fuerza ilimitada, hubiese
desarrollado quizá indefinidamente en los mismos organismos el instinto y la
inteligencia. Pero todo parece indicar que esta fuerza es limitada y que se
consume rápidamente al hacerse manifiesta. Le es difícil ir lejos en varias
direcciones a la vez. Es preciso que escoja. Ahora bien, tiene que escoger
entre dos maneras de actuar sobre la materia bruta. Puede suministrar esta
acción inmediatamente, creando un instrumento organizado con el que trabaje; o
bien puede darla mediatamente a un organismo que, en lugar de poseer
naturalmente el instrumento requerido, lo fabrique él mismo trabajando la
materia inorgánica. De ahí la inteligencia y el instinto, que divergen cada vez
más al desarrollarse, pero que jamás se separan por completo. De un lado, en
efecto, el instinto más perfecto del insecto se acompaña de algunas luces de
inteligencia, aunque no sea más que la elección del lugar, del momento y de los
materiales de la construcción; cuando, corno caso excepcional, las abejas
anidan al aire libre, inventan dispositivos nuevos y verdaderamente
inteligentes para adaptarse a estas condiciones nuevas
[59]. Pero, por otra parte, la inteligencia necesita
todavía más del instinto que el instinto de la inteligencia, porque dar forma a
la materia bruta supone ya en el animal un grado superior de organización, al
que no ha podido elevarse más que con las alas del instinto. También, en tanto
que la naturaleza ha evolucionado francamente hacia el instinto en los
artrópodos, asistimos, en casi todos los vertebrados, a la búsqueda antes que
al desvanecimiento de la inteligencia. Es el instinto todavía el que forma el
sustrato de su actividad psíquica, pero la inteligencia está ahí, aspirando a
suplantarlo. No llega a inventar instrumentos; pero al menos ensaya la
ejecución del mayor número posible de variaciones sobre el instinto, del que
ella querría prescindir. No toma por completo posesión de sí misma más que en
el hombre, y este triunfo se afirma por la insuficiencia misma de los medios
naturales de que el hombre dispone para defenderse contra sus enemigos, contra
el frío y el hambre. Cuando se trata de descifrar el sentido de esta
insuficiencia, adquiere el valor de un documento prehistórico: es como la
despedida definitiva que el instinto recibe de la inteligencia. Pero no es
menos verdad que la naturaleza ha debido dudar entre dos modos de actividad
psíquica, el uno seguro del éxito inmediato, pero limitado en sus efectos; el
otro, aleatorio, pero cuyas conquistas, caso de alcanzar la independencia,
podían extenderse indefinidamente. El mayor éxito se inclinó también aquí del
lado en que el riesgo era mayor, instinto e inteligencia representan, pues, dos
soluciones divergentes, igualmente elegantes, de un solo y mismo problema.
De ahí, es verdad, las diferencias profundas de estructura
interna entre el instinto y la inteligencia.
No insistiremos más que sobre las que interesan para
nuestro estudio. Digamos, por tanto, que la inteligencia y el instinto implican
dos especies de conocimiento radicalmente diferentes. Pero, ante todo, son
necesarios algunos esclarecimientos con respecto a la conciencia en general.
Nos hemos preguntado hasta qué punto el instinto es
consciente. Responderemos que hay aquí una multitud de diferencias y de grados,
que el instinto es más o menos consciente en ciertos casos, inconsciente en
otros. La planta, como veremos, tiene instintos: es dudoso que estos instintos
se acompañen en ella de sentimiento. Incluso en el animal, apenas se encuentra
instinto complejo que no sea inconsciente en una parte al menos de sus pasos.
Pero debemos señalar aquí una diferencia, que se ha hecho notar muy poco, entre
dos especies de inconsciencia: la que consiste en una conciencia nula y la que
proviene de una conciencia anulada. Conciencia nula y conciencia anulada son
ambas iguales a cero; pero el primer cero expresa que no hay nada; el segundo,
que se trata de dos cantidades iguales y de sentido contrario que se compensan
y se neutralizan. La inconsciencia de una piedra que cae es una conciencia
nula: la piedra no tiene sentimiento alguno de su caída. ¿Ocurre lo mismo con
la inconsciencia del instinto en los casos extremos en que el instinto es
inconsciente? Cuando realizamos maquinalmente una acción habitual, cuando el
sonámbulo ejecuta automáticamente su ensueño, la inconsciencia puede ser
absoluta; pero es que, esta vez, la representación del acto es ya algo así como
la ejecución del mismo, está tan perfectamente semejante a la representación e
inserta tan exactamente en ella que ya no hay margen para la conciencia. La
representación es tapada por la acción. Prueba de ello es que si el
cumplimiento del acto es detenido u obstaculizado, puede surgir la conciencia.
Estaba, pues, ahí, mas neutralizada por la acción que llenaba la
representación. El obstáculo no ha creado nada positivo; simplemente ha
producido un vacío, ha practicado una especie de descorche. Esta falta de
adecuación del acto con la representación es precisamente lo que llamamos
conciencia.
Profundizando en este punto, se encontraría que la
conciencia es la luz inmanente a la zona de acciones posibles o de actividad
virtual que rodea la acción efectivamente realizada por el ser vivo.
Significa duda o elección. Allí donde se dibujan muchas
acciones igualmente posibles sin ninguna acción real (como en una deliberación
que no concluye), la conciencia es intensa. Allí donde la acción real es la
única acción posible (como en la actividad propia de los sonámbulos o más
generalmente automática), la conciencia se vuelve nula. Representación y
conocimiento no dejan de existir en este último caso, si está probado que se
encuentra ahí un conjunto de movimientos sistematizados, el último de los cuales
está pre-formado en el primero, y que la conciencia puede surgir al choque con
un obstáculo. Desde este punto de vista, se definiría la conciencia del ser
vivo como una diferencia aritmética entre la actividad virtual y la actividad
real. Mide la distancia entre la representación y la acción.
Desde este momento, podemos presumir que la inteligencia
está orientada hacia la conciencia; el instinto, hacia la inconsciencia.
Porque, donde el instrumento que se tiene que manejar es organizado por la
naturaleza, el punto de aplicación suministrado por la naturaleza, el resultado
que se ha de obtener querido por la naturaleza, se deja a la elección en una
pequeña parte: la conciencia inherente a la representación quedará compensada,
a medida que tiende a desprenderse, por el cumplimiento del acto, idéntico a la
representación, que le hace contrapeso. Donde la conciencia aparece, ilumina
más las contradicciones a las que el instinto está sujeto que el instinto
mismo: es el déficit del instinto, la distancia del acto a la idea, la que se
convertirá en conciencia; y la conciencia no será entonces más que un
accidente. No subraya esencialmente más que la marcha inicial del instinto, la
que desarticula toda la serie de los movimientos automáticos. Por el contrario,
el déficit es el estado normal de la inteligencia. Sufrir contrariedades es su
esencia misma. Al tener por función primitiva fabricar instru-mentos no
organizados, debe, a través de mil dificultades, escoger para este trabajo el
lugar y el momento, la forma y la materia. Y no puede satisfacerse por entero,
porque toda satisfacción nueva crea nuevas necesidades. En suma, si el instinto
y la inteligencia envuelven, uno y otra, conocimientos, el conocimiento es
antes ejecutado e inconsciente, en el caso del instinto; antes pensado y
consciente, en el caso de la inteligencia. Pero se da aquí una diferencia de
grado antes bien que de naturaleza. Mientras no se refiere más que a la
conciencia, cerramos los ojos sobre la diferencia capita!, desde el punto de
vista psicológico, entre la inteligencia y el instinto.
Para llegar a la diferencia esencial, es preciso, sin
detenerse a la luz más o menos viva que ilumina estas dos formas de la
actividad interior, ir directamente a los dos objetos, profundamente distintos
uno de otro, que son sus puntos de aplicación.
Cuando el moscardón del caballo deposita sus huevos en las
patas o en el lomo del animal, obra como si supiese que su larva debe
desarrollarse en el estómago del caballo, y que el caballo, al lamerla, habrá
de transportarla, en estado naciente, a su tubo digestivo. Cuando un
himenóptero paralizador ataca a su víctima en los puntos precisos en que se
encuentran los centros nerviosos, de manera que la inmoviliza sin matarla,
procede como haría un sabio entomólogo convertido en un hábil operador. ¿Y qué
es lo que no deberá saber el pequeño escarabajo cuya historia se ha narrado con
tanta frecuencia, el sitaris? Este coleóptero deposita sus huevos a la entrada
de una galería subterránea que cava una especie de abeja, la antófora. La larva
del sitaris, después de una larga espera, acecha a la antófora macho a!a salida
de la galería, se pega a ella y ahí permanece hasta el "vuelo
nupcial"; entonces aprovecha la ocasión para pasar del macho a la hembra,
y espera tranquilamente que ésta ponga sus huevos. Salta entonces al huevo, que
va a servirle de apoyo en la miel, devora el huevo en algunos días e, instalada
en la cascara, sufre su primera metamorfosis. Organizada ahora para flotar en
la miel, consume esta provisión de alimento y se vuelve ninfa, luego insecto perfecto.
Todo pasa como si la larva del sitaris, desde su nacimiento, supiese que la
antófora macho saldrá primeramente de la galería, que el vuelo nupcial le
sumi-nistrará el medio de unirse a la hembra, que ésta la conducirá a un
almacén de miel capaz de alimentarla cuando se transforme, y que, hasta el
momento de esta transformación, tendrá que devorar poco a poco el huevo de la
antófora, para alimentarse y sostenerse en la superficie de la miel, y también
para suprimir el rival que podría salir del huevo. Y todo pasa igualmente como
si el sitaris mismo supiese que su larva tendrá que saber todo esto.
El conocimiento, si es que lo hay, no está sino implícito.
Se exterioriza en pases precisos en lugar de interiorizarse en conciencia. No
es menos verdad que la conducta del insecto dibuja la representación de cosas
determinadas, que existen o se producen en puntos precisos del espacio y del
tiempo, y que el insecto conoce sin haberlas aprendido. Ahora, si consideramos
la inteligencia desde el mismo punto de vista, encontramos que ella también
conoce ciertas cosas sin haberlas aprendido. Pero se trata de conocimientos muy
diferentes. No querríamos reavivar aquí la vieja disputa de los filósofos con
respecto al in-natismo. Limitémonos, pues, a señalar el punto en el que todo el
mundo está de acuerdo, a saber, que el niño comprende inmediatamente cosas que
el animal no comprenderá jamás y que en este sentido la inteligencia, como el
instinto, es una función hereditaria, y por tanto innata. Pero esta
inteligencia innata, aunque sea una facultad de conocer, no conoce ningún
objeto en particular. Cuando el recién nacido busca por primera vez el pecho de
su madre, testimoniando así que tiene el conocimiento (inconsciente, sin duda)
de una cosa que nunca ha visto, se dirá: precisamente porque el conocimiento
innato es aquí el de un objeto determinado, se trata del instinto y no de la
inteligencia. La inteligencia no nos proporciona, pues, el conocimiento innato
de ningún objeto. Y sin embargo, si no conociese nada naturalmente, nada
tendría de innata. ¿Qué puede por tanto conocer, ella que lo ignora todo? Al
lado de las cosas, hay las relaciones. El niño que acaba de nacer no conoce ni
objetos determinados ni una propiedad determinada de ningún objeto; pero el día
en que se aplique ante él una propiedad a un objeto, un epíteto a un
sustantivo, comprenderá en seguida lo que esto quiere decir. La relación del
atributo al sujeto es, pues, aprehendida por él de modo natural. Y otro tanto
se dirá de la relación general que expresa el verbo, relación tan
inmediatamente concebida por el espíritu que el lenguaje puede sobrentenderla,
como ocurre en las lenguas rudimentarias que no tienen verbo. La inteligencia
hace uso, por consiguiente, de las relaciones de equivalencia, de contenido a
continente, de causa a efecto, etc., que implica toda frase en la que hay un
sujeto, un atributo, un verbo expreso o sobrentendido. ¿Puede decirse que tenga
el conocimiento innato de cada una de estas relaciones en particular? Es a los
lógicos a quienes corresponde decidir si se trata de relaciones irreductibles o
si no se podría resolverlas también en relaciones más generales. Pero, de
cualquier manera que se efectúe el análisis del pensamiento, abocaremos siempre
a uno o a varios cuadros generales, de los cuales el espíritu posee el
conocimiento innato puesto que hace un empleo natural de ellos. Digamos, pues,
que si se considera en el instinto y en la inteligencia lo que encierran de
conocimiento innato, se encuentra que este conocimiento innato se refiere en el
primer caso a cosas y en el segundo a relaciones.
Los filósofos distinguen entre la materia de nuestro
conocimiento y su forma. La materia es lo dado por las facultades de
percepción, tomadas en estado bruto. La forma es el conjunto de las relaciones
que se establecen entre estos materiales para constituir un conocimiento
sistemático. La forma, sin materia, ¿puede ser ya el objeto de un conocimiento?
Sí, sin duda, a condición de que este conocimiento semeje menos una cosa
poseída que un hábito contraído, menos un estado que una dirección; será, si se
quiere, como un cierto pliegue natural de la atención. El alumno, que sabe que
se le va a dictar una fracción, traza una raya, antes de conocer el numerador y
el denominador; tiene pues presente al espíritu la relación general entre los
dos términos, aunque no conozca ninguno de ellos; conoce la forma sin la
materia. Así ocurre en lo que se refiere a los cuadros, anteriores a toda
experiencia, y en los que viene a insertarse nuestra experiencia. Adoptemos
pues aquí las palabras consagradas por el uso. Daremos de la distinción entre
la inteligencia y el instinto esta fórmula más precisa: la inteligencia, en lo
que tiene de innato, es el conocimiento de una forma, el instinto implica el de
una materia.
Desde este segundo punto de vista, que es el del
conocimiento y no ya el de la acción, la fuerza inmanente a la vida en general
se nos aparece todavía como un principio limitado, en el cual coexisten y se
penetran recíprocamente, al principio, dos maneras diferentes, e incluso
divergentes, de conocer.
La primera alcanza inmediatamente, en su materialidad
misma, objetos determinados. Dice: "he aquí lo que es". La segunda no
alcanza ningún objeto en particular; no es más que una potencia natural de
referir un objeto a un objeto, o una parte a una parte, o un aspecto a un
aspecto, en fin, de obtener conclusiones cuando se poseen premisas y de ir de
lo que se ha aprendido a lo que se ignora. Ella no dice ya "esto es";
dice solamente que si las condiciones son tales, tal será lo condicionado. En
suma, el primer conocimiento, de naturaleza instintiva, se formularía en lo que
los filósofos llaman proposiciones categóricas, en tanto que el segundo, de
naturaleza intelectual, se expresa siempre hipotéticamente. De estas dos
facultades, la primera parece de antemano preferible a la otra. Y lo sería, en
efecto, si se extendiese a un número indefinido de objetos. Pero, de hecho, no
se aplica nunca más que a un objeto espacial, e incluso a una parte restringida
de este objeto. Al menos tiene de él el conocimiento interior y pleno, no
explícito, sino implicado en la acción realizada. La segunda, por el contrario,
no posee naturalmente más que un conocimiento exterior y vacío; pero, por esto
mismo, tiene la ventaja de proporcionar un cuadro en el que podrán encontrar lugar
alternativamente una infinidad de objetos. Todo pasa como si la fuerza que
evoluciona a través de las formas vivas, que es una fuerza limitada, tuviese
que escoger, en el dominio del conocimiento natural o innato, entre dos
especies de limitación, la una referente a la extensión del conocimiento, la
otra a su comprensión. En el primer caso, el conocimiento podrá ser amplio y
pleno, pero se restringirá entonces a un objeto determinado; en el segundo, no
limita ya su objeto, debido a que no contiene nada y a que no es más que una
forma sin materia. Las dos tendencias, primeramente implicadas la una en la
otra, han tenido que separarse para su desarrollo. Han ido, cada una por su
parte, a buscar fortuna en el mundo. Y han concluido en el instinto y en la inteligencia.
Tales son, pues, los dos modos divergentes de conocimiento
por medio de los cuales deberán definirse la inteligencia y el instinto, si nos
colocamos en el punto de vista del conocimiento y no en el de la acción. Pero
conocimiento y acción no son aquí más que dos aspectos de una sola y misma
facultad. Es fácil ver, en efecto, que la segunda definición no es más que una
nueva forma de la primera.
Si el instinto es, por excelencia, la facultad de utilizar
un instrumento natural organizado, debe abarcar el conocimiento innato (virtual
o inconsciente, es verdad), no sólo de este instrumento sino del objeto al cual
se aplica. El instinto es, pues, el conocimiento innato de una cosa. Pero la
inteligencia es la facultad de fabricar instrumentos no organizados, es decir,
artificiales. Si, por ella, la naturaleza renuncia a dotar al ser vivo del
instrumento que ha de servirle, es para que el ser vivo pueda, según las
circunstancias, variar su fabricación. La función esencial de la inteligencia
será pues discernir, en cualesquiera circunstancias, el medio de salir
adelante. Buscará lo que mejor puede servir, es decir, tratará de insertarse en
el cuadro propuesto. Se referirá esencialmente a las relaciones entre la
situación dada y los medios para utilizarla. Lo que, por tanto, tendrá de
innato, es la tendencia a establecer relaciones, y esta tendencia implica el
conocimiento natural de ciertas relaciones muy generales, verdadero tejido que
la actividad propia de cada inteligencia cortará en relaciones más
particulares. Allí donde la actividad está orientada hacia la fabricación, el
conocimiento atiende pues, necesariamente, a relaciones. Pero este conocimiento
completamente formal de la inteligencia tiene sobre el conocimiento material
del instinto una incalculable ventaja. Una forma, justamente porque está vacía,
puede ser llenada alternativamente, a voluntad, por un número indefinido de
cosas, incluso por las que no sirven para nada. De suerte que un conocimiento
formal no se limita a lo que es prácticamente útil, aunque se realice en vista
de la utilidad práctica que ha hecho su aparición en el mundo. Un ser
inteligente lleva en sí con qué superarse a sí mismo.
Sin embargo, se superará menos de lo que él quiera, menos
también de lo que él se imagina. El carácter puramente formal de la
inteligencia la priva del lastre que necesitaría para referirse a objetos que
serían del más alto interés para la especulación. El instinto, por el
contrario, tendría la materialidad querida, pero es incapaz de ir a buscar su
objeto demasiado lejos: no especula. Llegamos al punto que interesa más a
nuestra presente investigación. La diferencia que vamos a señalar entre el
instinto y la inteligencia es la que todo nuestro análisis tendía a despejar.
La formularíamos así: Hay cosas que sólo la inteligencia es capaz de buscar,
pero que, por sí misma, no encontrará jamás. Estas cosas sólo las encontraría
el instinto; pero él no las buscará jamás.
Es necesario entrar aquí en algunos detalles provisionales
sobre el mecanismo de la inteligencia.
Hemos dicho que la inteligencia tenía por función
establecer relaciones. Determinemos con más precisión la naturaleza de las
relaciones que establece la inteligencia. En este punto, permanecemos en lo
vago y en lo arbitrario si queremos ver en la inteligencia una facultad
destinada a la especulación pura. Nos reducimos entonces a tomar los cuadros
generales del entendimiento por algo absoluto, irreductible e inexplicable. El
entendimiento habría caído del cielo con su forma, como nacemos cada uno de nosotros
con nuestro rostro. Sin duda, definimos esta forma, pero es todo lo que podemos
hacer y no hay lugar a buscar por qué ella es lo que es antes que cualquier
otra cosa. Así, enseñaremos que la inteligencia es esencialmente unificación,
que todas sus operaciones tienen por objeto común introducir una cierta unidad
en la diversidad de los fenómenos, etc. Pero, ante todo,
"unificación" es un término vago, menos claro que el de
"relación" o incluso que el de "pensamiento", y que no nos
dice nada más.
Por otra parte, podríamos preguntar si la inteligencia no
tiene por función dividir, más aún que unir. En fin, si la inteligencia procede
como lo hace porque quiere unir, y si busca la unificación simplemente porque
tiene necesidad de ella, nuestro conocimiento se vuelve relativo a ciertas
exigencias del espíritu que habrían podido, sin duda, ser muy diferentes a lo
que son. Para una inteligencia con otra conformación, otro también habría sido
el conocimiento. La inteligencia no depende, pues, de nada, sino que todo
depende de ella. Y así, por haber colocado el entendimiento demasiado alto,
concluimos poniendo demasiado bajo el conocimiento que él nos da. Este
conocimiento se hace relativo, desde el momento que la inteligencia es una
especie de absoluto. Por el contrario, tenemos la inteligencia humana como
relativa a las necesidades de la acción. Colocáis la acción, y la forma misma
de la inteligencia se deduce de ella. Esta forma no es por tanto ni
irreductible ni inexplicable. Y, precisamente porque no es independiente, no se
puede decir que el conocimiento depende de ella. El conocimiento deja de ser un
producto de la inteligencia para devenir, en cierto sentido, parte integrante
de la realidad.
Los filósofos contestarán que la acción se realiza en un
mundo ordenado, que este orden es ya un orden del pensamiento y que cometemos
una petición de principio explicando la inteligencia por la acción, que la
presupone. En lo cual tendrían razón si el punto de vista en el que nos
colocamos en el presente capítulo fuese nuestro punto de vista definitivo. Pero
entonces seríamos víctimas de una ilusión como la de Spencer, que creyó que la
inteligencia estaba suficientemente explicada cuando se la refería a la impronta
dejada en nosotros por los caracteres generales de la materia: ¡Como si el
orden inherente a la materia no fuese la inteligencia misma! Pero reservamos
para el próximo capítulo la cuestión de saber hasta qué punto, y con qué
método, podría intentar la filosofía una génesis verdadera de la inteligencia
al mismo tiempo que de la materia. Por el momento, el problema que nos preocupa
es de orden psicológico. Nos preguntamos cuál es la proporción del mundo
material a la cual está especialmente adaptada nuestra inteligencia. Ahora
bien, para responder a esto no hay necesidad de optar por un sistema
determinado de filosofía.
Basta colocarse en el punto de vista del sentido común.
Partamos, pues, de la acción y pongamos como principio que
la inteligencia apunta en primer lugar a fabricar. La fabricación se ejerce
exclusivamente sobre la materia bruta, en el sentido de que, incluso si emplea
materiales organizados, los trata como objetos inertes, sin preocuparse de la
vida que los ha informado. De la materia bruta misma no retiene apenas más que
el sólido: el resto se le sustrae por su fluidez. Si, pues, la inteligencia
tiende a fabricar, puede preverse que lo que hay de fluido en lo real se le
escapará en parte, y que lo que hay de propiamente vital en el ser vivo se le
escapará del todo. Nuestra inteligencia, tal como sale de las manos de la
naturaleza, tiene por objeto principal el sólido no organizado.
Si se pasase revista a las facultades intelectuales, se
vería que la inteligencia no se siente a gusto, que no es de hecho ella misma
más que cuando opera sobre la materia bruta, en particular sobre sólidos. ¿Cuál
es la propiedad más general de la materia bruta? Es extensa, nos presenta
objetos exteriores a otros objetos y, en estos objetos, partes exteriores a
otras partes. Sin duda, nos resulta útil, a la vista de nuestras manipulaciones
ulteriores, considerar cada objeto como divisible en partes arbitrariamente
recortadas, siendo cada parte divisible todavía a nuestro antojo, y así
sucesivamente hasta el infinito. Pero nos es necesario, ante todo, para la
manipulación presente, tener el objeto real con el cual hemos de habérnoslas, o
los elementos reales en los cuales lo hemos resuelto, por provisionalmente
definitivos y tratarlos como otras tantas unidades. A la posibilidad de
descomponer la materia tanto como nos plazca, y como nos plazca, hacemos
alusión cuando hablamos de la continuidad de la extensión material; pero esta
continuidad, como se ve, se reduce para nosotros a la facultad que nos deja la
materia de escoger el modo de discontinuidad que le encontremos: es siempre, en
suma, el modo de discontinuidad, una vez escogido, el que se nos aparece como
efectivamente real y el que fija nuestra atención, porque sobre él se regula
nuestra acción presente. Así, la discontinuidad es pensada por sí misma, puede
pensarse en sí misma, nos la representamos por un acto positivo de nuestro
espíritu, en tanto que la representación intelectual de la continuidad es más
bien negativa, no siendo, en el fondo, otra cosa que la repulsa de nuestro
espíritu, ante no importa qué sistema de descomposición actualmente dado, a
tenerle por el único posible. La inteligencia no se representa claramente más
que lo discontinuo.
Por otra parte, los objetos sobre los que se ejerce
nuestra acción son, sin duda alguna, objetos móviles. Pero lo que nos importa
es saber a dónde va el móvil, dónde está en un momento cualquiera de su
trayecto. En otros términos, nos referimos ante todo a sus posiciones actuales
o futuras, y no al progreso por el cual pasa de una posición a otra, progreso
que es el movimiento mismo. En las acciones que realizamos, y que son
movimientos sistematizados, fijamos nuestro espíritu sobre el fin o la significación
del movimiento, sobre su diseño de conjunto, en una palabra sobre el plano de
ejecución inmóvil. Lo que hay de móvil en la acción no nos interesa más que en
la medida en que el todo puede ser anticipado, retardado o impedido por tal o
cual incidente sobrevenido en el camino. De la movilidad misma se aleja nuestra
inteligencia, porque no tiene interés alguno en ocuparse de ella. Si estuviese
destinada a la teoría pura, se instalaría en el movimiento, porque el
movimiento es sin duda la realidad misma, y la inmovilidad no es nunca más que
aparente o relativa. Pero la inteligencia está destinada a otra cosa. A menos
que se haga violencia a sí misma, sigue la marcha inversa: parte siempre de la
inmovilidad, como si fuese la realidad o el elemento últimos; cuando quiere
representarse el movimiento, lo reconstruye con inmovilidades que yuxtapone.
Esta operación, cuya ilegitimidad y peligro mostraremos en el orden
especulativo (conduce a callejones sin salida y crea artificialmente problemas
filosóficos insolubles), se justifica fácilmente cuando nos referimos a su
destino. La inteligencia, en estado natural, apunta a un fin prácticamente
útil. Cuando sustituye el movimiento por inmovilidades yuxtapuestas, no
pretende reconstruir el movimiento tal como es; lo reemplaza simplemente por un
equivalente práctico. Son los filósofos los que se equivocan cuando transfieren
al dominio de la especulación un método de pensar que está hecho para la
acción. Pero volveremos sobre este punto. Limitémonos a decir que nuestra inteligencia
se refiere a lo estable y a lo inmutable en virtud de su disposición natural.
Nuestra inteligencia no se representa claramente más que la inmovilidad.
Ahora bien, fabricar consiste en recortar en una materia
la forma de un objeto. Lo que importa ante todo es la forma que ha de
obtenerse. En cuanto a la materia, se escoge la que conviene más; pero, para
escogerla, es decir, para ir a buscarla entre muchas otras, es preciso haber
tratado, al menos imaginativamente, de dotar toda especie de materia de la
forma del objeto concebido. En otros términos, una inteligencia que apunta a
fabricar es una inteligencia que no se detiene nunca en la forma actual de las cosas,
que no la considera como definitiva, que tiene toda materia, por el contrario,
por recortable a voluntad. Platón compara al buen dialéctico con el hábil
cocinero, que descuartiza el animal sin partirle los huesos, siguiendo las
articulaciones establecidas por la naturaleza
[60]. Una inteligencia que procediese así siempre, sería,
en efecto, una inteligencia vuelta hacia la especulación. Pero la acción, y en
particular la fabricación, exige la tendencia de espíritu inversa. Quiere que
consideremos toda forma actual de las cosas, incluso las naturales, como
artificial y provisional, que nuestro pensamiento borre del objeto percibido,
organizado y vivo, las líneas que señalan al exterior su estructura interna, en
fin, que tengamos su materia por indiferente a su forma. El conjunto de la
materia deberá, pues, aparecer a nuestro pensamiento como un inmenso tejido en
el que podemos cortar lo que queramos para recoserlo como nos plazca. Notemos
de paso que afirmamos este poder cuando decimos que hay un espacio, es decir,
un medio homogéneo y vacío, infinito e infinitamente divisible, que se presta
indiferentemente a cualquier modo de descomposición. Un medio de este género
jamás es percibido; sólo concebido. Lo que se percibe es la extensión
coloreada, resistente, dividida según las líneas que dibujan los contornos de
los cuerpos reales o de sus partes reales elementales. Pero cuando nos
representamos nuestro poder sobre esta materia, es decir, nuestra facultad de
descomponerla y recomponerla como nos plazca, proyectamos en conjunto todas
estas descomposiciones y recomposiciones posibles detrás de la extensión real,
en forma de un espacio homogéneo, vacío e indiferente, que la sostendría. Este
espacio es, pues, ante todo, el esquema de nuestra acción posible sobre las
cosas, aunque las cosas tengan una tendencia natural, como explicaremos más
adelante, a entrar en un esquema de este género: es como una consideración del
espíritu. El animal no tiene probablemente ninguna idea, incluso cuando percibe
como nosotros las cosas extensas. Es una representación el símbolo de la
tendencia fabricadora de la inteligencia humana. Pero este punto no nos
detendrá por el momento. Bástenos decir que la inteligencia está caracterizada
por el poder indefinido de descomponer según cualquier ley y de recomponer en
cualquier sistema.
Hemos enumerado algunos de los rasgos esenciales de la
inteligencia humana. Pero hemos tomado al individuo en estado aislado, sin
tener en cuenta la vida social. En realidad, el hombre es un ser que vive en
sociedad. Si es verdad que la inteligencia humana apunta a la fabrica-ción, es
preciso añadir que se asocia, para esto y para lo demás, a otras inteligencias.
Ahora bien, es difícil imaginar una sociedad cuyos miembros no se comuniquen
entre sí por signos. Las sociedades de insectos tienen sin duda alguna un
lenguaje, y este lenguaje debe adaptarse, como el del hombre, a las necesidades
de la vida en común. Es preciso que resulte posible una acción común. Pero las
necesidades de la acción común no son del todo las mismas para una sociedad de
hormigas que para una sociedad humana. En las sociedades de insectos hay
generalmente polimorfismo, la división del trabajo es natural, y cada individuo
está determinado por su estructura para la función que cumple. En todo caso,
estas sociedades descansan en el instinto, y por consiguiente en ciertas
acciones o fabricaciones que están más o menos ligadas a la forma de los
órganos. Si, pues, las hormigas, por ejemplo, tienen un lenguaje, los signos
que componen este lenguaje deben ser en número determinado, y cada uno de ellos
debe quedar invariablemente referido, una vez constituida la especie, a un
cierto objeto o a una cierta operación. Por el contrario, en una sociedad
humana, la fabricación y la acción son de forma variable, y, además, cada
individuo debe aprender su papel, no estando predestinado a él por su
estructura. Es preciso, pues, un lenguaje que permita, en todo momento, pasar
de lo que se sabe a lo que se ignora. Es preciso un lenguaje cuyos signos -que
no pueden existir en número infinito- sean aplicables a una infinidad de cosas.
Esta tendencia del signo a referirse a uno y otro objeto es característica del
lenguaje humano. Se la observa en el niño desde el día en que comienza a
hablar. En seguida, y naturalmente, extiende el sentido de las palabras que aprende,
aprovechándose del acercamiento más accidental o de la más lejana analogía para
separar y referir a otra cosa el signo que delante de él se había aplicado a un
objeto. "No importa lo que pueda designar", tal es el principio
latente del lenguaje infantil. Nos equivocaríamos si confundiésemos esta
tendencia con la facultad de generalizar. Los animales mismos generalizan, y,
por otra parte, un signo, aunque sea instintivo, representa siempre, más o
menos, un género. Lo que caracteriza los signos del lenguaje humano no es tanto
su generalidad cuanto su movilidad. El signo instintivo es un signo adhérente,
el signo inteligente es un signo móvil.
Ahora bien, esta movilidad de las palabras, hecha para que
vayan de una cosa a otra, les ha permitido extenderse de las cosas a las ideas.
Ciertamente, el lenguaje no hubiese dado la facultad de reflexionar a una
inteligencia completamente exteriorizada, incapaz de volverse sobre sí misma.
Una inteligencia que reflexiona es una inteligencia que tenía, además del
esfuerzo prácticamente útil, un exceso de fuerza para gastar. Es una conciencia
que ya, virtualmente, se ha reconquistado a sí misma.
Pero aún es preciso que la virtualidad pase al acto. Es
presumible que, sin el lenguaje, la inteligencia hubiese sido empujada a los
objetos materiales que tenía interés en considerar. Hubiese vivido en un estado
de sonambulismo, exteriormente a sí misma, hipnotizada en su trabajo. El
lenguaje ha contribuido mucho a liberarla. La palabra, hecha para ir de una
cosa a otra, es, en efecto, esencialmente, desplazable y libre. Podrá pues
pasar, no solamente de una cosa percibida a otra cosa percibida, sino también
de la cosa percibida al recuerdo de esta cosa; del recuerdo preciso, a una
imagen más fugaz; de una imagen fugaz, pero, sin embargo, todavía representada,
a la representación del acto por el cual se la representa, es decir, a la idea.
Así va a abrirse a los ojos de la inteligencia, que miraba hacia afuera, todo
un mundo interior, el espectáculo de sus propias operaciones. Esta no esperaba
más que la ocasión propicia. Se aprovecha de que la palabra misma es una cosa
para penetrar, llevada por ella, en el interior de su propio trabajo. Su primer
cometido consiste en fabricar instrumentos; esta fabricación no es posible más
que por el empleo de ciertos medios que no están cortados a la medida exacta de
su objeto, sino que lo sobrepasan y permiten así a la inteligencia un trabajo
suplementario, es decir, desinteresado. Desde el día en que la inteligencia,
reflexionando sobre su propia marcha, se percibe ella misma como creadora de
ideas, como facultad de representación en general, no hay objeto del que no quiera
tener la idea, aunque no esté en relación directa con la acción práctica. He
aquí por qué decíamos que hay cosas que sólo la inteligencia pue-de buscar.
Sólo ella, en efecto, se inquieta por la teoría. Y su teoría querría abarcarlo
todo, no solamente la materia bruta, sobre la cual tiene poder, sino también la
vida y el pensamiento.
Podemos adivinar con qué medios, con qué instru-mentos,
con qué método, en fin, abordará estos problemas. Originalmente, está adaptada
a la forma de la materia bruta. El lenguaje mismo, que le ha permitido extender
su campo de operaciones, está hecho para designar cosas y nada más que cosas:
pero como la palabra es móvil, como pasa de una cosa a otra, la inteligencia
tenía, tarde o temprano, que alcanzarla en su camino, cuando todavía no se
había aplicado a ningún objeto, para hacerla caer en algo que no fuese una cosa
y que. disimulado hasta entonces, esperase la ayuda de la palabra para pasar de
la sombra a la luz. Mas la palabra, al recubrir este objeto, lo convierte
también en cosa. De este modo, la inteligencia, incluso cuando no opera «obre
la materia bruta, sigue los hábitos que ha contraído en esta operación: aplica
formas que son las mismas de la materia no organizada. Está hecha para este
género de trabajo, y sólo este género de trabajo la satisface plenamente. Lo
que ella expresa, al decir que únicamente así llega a la distinción y a la
claridad.
Deberá, por consiguiente, para pensarse clara y
distintamente a sí misma, percibirse en forma de discontinuidad. Los conceptos
son, efectivamente, exteriores unos a otros, como los objetos en el espacio.
Tienen la misma estabilidad que los objetos, sobre cuyo modelo han sido
creados.
Constituyen, reunidos, un "mundo inteligible",
que tiene semejanza por sus caracteres esenciales con el mundo de los sólidos,
pero cuyos elementos son más ligeros, más diáfanos, más fáciles de manejar por
la inteligencia que la imagen pura y simple de las cosas concretas; no son ya,
en efecto, la percepción misma de las cosas, sino la representación del acto
por el cual la inteligencia se fija en ellas. No se trata ya, pues, de
imágenes, sino de símbolos. Nuestra lógica es el conjunto de las reglas que es
preciso seguir en la manipulación de los símbolos. Como estos símbolos derivan
de la consideración de los sólidos, como las reglas de la composición de estos
símbolos entre sí no hacen otra cosa que traducir las relaciones más generales
entre los sólidos, nuestra lógica triunfa en la ciencia que se ocupa de los
sólidos, es decir, en la geometría. Lógica y geometría se engendran
recíprocamente una a otra, como veremos un poco más adelante. La lógica natural
ha surgido de la extensión de una cierta geometría natural, sugerida por las
propiedades generales e inmediatamente percibidas de los sólidos. De esta
lógica natural, a su vez, ha salido la geometría científica, que extiende
indefinidamente el conocimiento de las propiedades exteriores de los sólidos
[61]. Geometría y lógica son rigurosamente aplicables a la
materia. Ahí están en sí mismas y pueden caminar completamente solas. Pero,
fuera de este dominio, el razonamiento puro tiene necesidad de ser vigilado por
el buen sentido, que es otra cosa muy distinta.
Así, todas las fuerzas elementales de la inteligencia
tienden a transformar la materia en instrumento de acción, es decir, de acuerdo
con el sentido etimológico de la palabra, en órgano.
La vida, no contenta con producir organismos, querría
darles como apéndice la materia inorgánica misma, convertida en un inmenso
órgano por el trabajo del ser vivo. Tal es la tarea que asigna en primer lugar
a la inteligencia. Y es por ello por lo que la inteligencia se comporta
invariablemente también como si estuviese fascinada por la contemplación de la
materia inerte. Es la vida que mira hacia afuera, que se exterioriza con
relación a sí misma, adoptando en principio, para dirigirlos de hecho, los pasos
de la naturaleza no organizada. De ahí su sorpresa cuando se vuelve hacia el
ser vivo y se encuentra de cara a la organización. Haga lo que haga entonces,
resuelve lo organizado en no organizado, porque no sabría, sin invertir su
dirección natural y sin extorsionarse a sí misma, pensar la continuidad
verdadera, la movilidad real, la compenetración recíproca y, para decirlo todo,
esta evolución creadora que es la vida. ¿Trátase de la continuidad? El aspecto
de la vida accesible a nuestra inteligencia, como por lo demás a los sentidos
que nuestra inteligencia prolonga, es el que ofrece su presa a nuestra acción.
Es preciso, para que podamos modificar un objeto, que lo percibamos divisible y
discontinuo. Desde el punto de vista de la ciencia positiva, se realizó un
progreso incomparable el día que se resolvió en células los tejidos
organizados. El estudio de la célula, a su vez, ha revelado un organismo cuya
complejidad parece aumentar a medida que profundizamos más en ella. Cuanto más
avanza la ciencia, más ve crecer el número de elementos heterogéneos que se
yuxtaponen, exteriores unos a otros, para formar un ser vivo. ¿Estrecha así
cada vez más la vida, o, por el contrario, lo que hay de propiamente vital en
el ser vivo retrocede a medida que se lleva más lejos el detalle de las partes
yuxtapuestas? Se manifiesta ya entre los sabios una tendencia a considerar la
sustancia del organismo como continua, y la célula como una entidad artificial
[62]. Pero, suponiendo que esta consideración termine por
prevalecer, no podrá concluir, por más que profundice en sí misma, sino en otro
modo de análisis del ser vivo, y por consiguiente en una discontinuidad nueva,
aunque menos alejada, quizá, de la continuidad real de la vida. La verdad es
que esta continuidad no podría ser pensada por una inteligencia que se
abandonase a su movimiento natural. Implica, a la vez, la multiplicidad de los
elementos y la penetración recíproca de todos por todos, dos propiedades que
apenas pueden reconciliarse sobre el terreno en que se ejerce nuestro trabajo,
y también, por consiguiente, nuestra inteligencia.
Lo mismo que separamos en el espacio, fijamos en el
tiempo. La inteligencia no está hecha para pensar la evolución, en el sentido
propio de la palabra, es decir, la continuidad de un cambio que sería movilidad
pura. No insistiremos aquí sobre este punto, en el que nos proponemos
profundizar en un capítulo especial. Digamos solamente que la inteligencia se
representa el devenir como una serie de estados, cada uno de los cuales es
homogéneo consigo mismo y por consiguiente no cambia. ¿Se llama nuestra atención
por el cambio interno de uno de estos estados? En seguida lo descomponemos en
otra sucesión de estados que constituirán, reunidos, su modificación interior.
Estos nuevos estados serán invariables, o bien, caso de que su cambio interno
nos afecte, se resolverá prontamente en una serie nueva de estados invariables,
y así de manera indefinida. Aquí también, pensar consiste en reconstruir y,
naturalmente, reconstruimos con elementos dados, por consiguiente con elementos
estables. De suerte que por más que tratemos de imitar, por el progreso
indefinido de nuestra adición, la movilidad del devenir, el devenir mismo se
nos escurrirá por entre los dedos cuando creamos tenerlo en nuestras manos.
Justamente porque trata siempre de reconstruir, y de
reconstruir con lo dado, la inteligencia deja escapar lo que hay de nuevo en
cada momento de una historia. No admite lo imprevisible. Rechaza toda creación.
Que antecedentes determinados concluyan en un consiguiente determinado,
calculable en función de ellos, he aquí lo que satisface a nuestra
inteligencia. Que un fin determinado suscite medios determinados para
alcanzarlo, todavía lo comprendemos. En los dos casos nos las habernos con lo
conocido que se compone con lo conocido y, en suma, con lo antiguo que se
repite. Nuestra inteligencia se encuentra ahí a su gusto. Y, cualquiera que sea
su objeto, abstraerá, separará, eliminará, de manera que sustituya e! objeto
mismo, si es preciso, por un equivalente aproximado en el que las cosas pasarán
de esta manera. Pero que cada instante nos traiga algo nuevo, que lo nuevo
surja sin cesar, que nazca una forma de la que se dirá, indudablemente, una vez
producida, que es un efecto determinado por sus causas, pero que era imposible
suponer lo que llegaría a ser, teniendo en cuenta que aquí las causas, únicas
en su género, forman parte del efecto, que han tomado cuerpo al mismo tiempo
que él y que están determinadas por él tanto como ellas lo determinan, he aquí
algo Que no podemos sentir en nosotros y adivinar por simpatía fuera de
nosotros, ni expresar en términos de puro entendimiento ni, en el sentido
restringido de la palabra, pensar. No nos sorprenderemos si se piensa en el
destino de nuestro entendimiento. La causalidad que busca y encuentra en todas
partes expresa el mecanismo mismo de nuestra habilidad, por la que recomponemos
indefinidamente el mismo todo con los mismos elementos, y repetimos los mismos
movimientos para obtener el mismo resultado. La finalidad por excelencia, para
nuestro entendimiento, es la de nuestra habilidad, que trabaja con un modelo
dado de antemano, es decir, antiguo o compuesto de elementos conocidos. En
cuanto a la invención propiamente dicha, que es, sin embargo, el punto de partida
de la habilidad misma, nuestra inteligencia no alcanza a aprehenderla en su
brote, es decir, en lo que tiene de indivisible, ni en su genialidad, es decir,
en lo que tiene de creadora. Explicarla consiste siempre en resolverla, ella
imprevisible y nueva, en elementos conocidos o antiguos, dispuestos en un orden
diferente. La inteligencia no admite la novedad completa, como no admite el
devenir radical. Es decir, que aquí también deja escapar un aspecto esencial de
la vida, como si no estuviese hecha para pensar un objeto tal.
Todos nuestros análisis nos llevan a esta conclusión. Pero
no había necesidad de entrar en tan largos detalles sobre el mecanismo del
trabajo intelectual: bastaría considerar sus resultados. Se vería que la
inteligencia, tan hábil en manipular lo inerte, muestra su torpeza en el
momento que trata con lo vivo.
Trátese de la vida del cuerpo o de la del espíritu,
procede con el rigor, la rigidez y la brutalidad de un instrumento que no
estaba destinado a semejante uso. La historia de la higiene y de la pedagogía
mucho nos diría a este respecto. Cuando se piensa en el interés capital,
apremiante y constante, que tenemos en conservar nuestros cuerpos y en elevar
nuestras almas, en las facilidades especiales que son dadas aquí a cada uno
para experimentar sin cesar en sí mismo y en otro, con el daño palpable por el
cual se manifiesta y se paga la defectuosidad de una práctica médica o
pedagógica, quedamos confundidos con nuestros errores persistentes y groseros.
Fácilmente se descubriría su origen en nuestra obstinación en tratar lo vivo
del mismo modo que lo inerte, y en pensar toda realidad, por fluida que sea, en
forma de sólido definitivamente detenido. No nos encontramos a gusto más que en
lo discontinuo, en lo inmóvil, en lo muerto. La inteligencia está caracterizada
por una incomprensión natural de la vida.
Pero en la forma misma de la vida, por el contrario, se ha
moldeado el instinto. En tanto que la inteligencia lo trata todo mecánicamente,
el instinto procede, si se puede hablar así, orgánicamente. Si la conciencia
que duerme en él se despertara, si se interiorizara en conocimiento en lugar de
exteriorizarse en acción, si supiéramos interrogarlo y si pudiera responder,
nos entregaría los secretos más íntimos de la vida. Porque no hace más que
continuar el trabajo por el cual la vida organiza la materia, hasta tal punto
que no sabríamos decir, como se ha mostrado frecuentemente, dónde termina la
organización y dónde comienza el instinto. Cuando el pollue-lo rompe el
cascarón con su pico, obra instintivamente y, sin embargo, se limita a seguir
el movimiento que le ha llevado a través de la vida embrionaria. Inversamente,
en el curso de la vida embrionaria misma (sobre todo cuando el embrión vive
libremente en forma de larva) se cumplen muchas facetas que es preciso referir
al instinto. Los más esenciales de entre los instintos primarios son, pues,
realmente, procesos vitales. La conciencia virtual que los acompaña no se
actualiza con frecuencia más que en la fase inicial del acto y deja que el
resto del proceso se realice solo. No tendría sino que abrirse más ampliamente
y luego profundizarse por completo para coincidir con la fuerza generatriz de
la vida.
Cuando se ve en un cuerpo vivo que millares de células
trabajan conjuntamente en orden a un fin común, que se reparten la tarea, que
vive cada una para sí al mismo tiempo que para las demás, que se conservan, se
alimentan y se reproducen, que responden a las amenazas de peligro por
reacciones defensivas apropiadas, ¿cómo no pensar en otros tantos instintos? Y
sin embargo, se trata en este caso de funciones naturales de la célula, de los
elementos constitutivos de su vitalidad. Recíprocamente, cuando se ve que las
abejas de una colmena forman un sistema tan estrechamente organizado que ningún
individuo puede vivir aislado más allá de un cierto tiempo, incluso si se le
suministra morada y alimento, ¿cómo no reconocer que la colmena es realmente, y
no metafóricamente, un organismo único, del que cada abeja es una célula unida
a las demás por lazos invisibles? El instinto que anima a la abeja se confunde,
pues, con la fuerza de que está animada la célula, o no hace más que
prolongarla. En cases extremos como éste, coincide con el trabajo de
organización.
Ciertamente, hay muchos grados de perfección en el mismo
instinto. Entre el zángano y la abeja, por ejemplo, la distancia es grande, y
se pasaría de uno a otra por una multitud de intermediarios, que corresponden a
otras tantas complicaciones de la vida social. Pero la misma diversidad se
encontraría en el funcionamiento de elementos histológicos que pertenecen a
tejidos diferentes, más o menos emparentados unos con otros. En los dos casos,
hay variaciones múltiples ejecutadas sobre un mismo tema. La constancia del
tema no es por ello menos manifiesta y las variaciones no hacen más que
adaptarlo a la diversidad de las circunstancias.
Ahora bien, tanto en un caso como en otro, trátese de los
instintos del animal o de las propiedades vitales de la célula, se manifiestan
la misma ciencia y la misma ignorancia. Las cosas pasan como si la célula
conociese lo que le interesa de las otras células, el animal lo que puede
utilizar de los otros animales, permaneciendo todo lo demás en la sombra.
Parece que la vida, desde el momento que se contrae en una especie determinada,
pierde contacto con el resto de ella misma, excepto, sin embargo, con uno o dos
puntos que interesan a la especie que acaba de nacer. ¿Cómo no darse cuenta que
la vida procede aquí como la conciencia en general, como la memoria?
Arrastramos con nosotros, sin enterarnos de ello, la totalidad de nuestro
pasado; pero nuestra memoria no vuelca en el presente más que los dos o tres
recuerdos que completarán por algún lado nuestra situación actual. El
conocimiento instintivo que una especie posee de otra especie sobre un cierto
punto particular tiene pues su raíz en la unidad misma de la vida, que es, para
emplear la expresión de un filósofo antiguo, un todo que simpatiza consigo
mismo. Es imposible considerar ciertos instintos especiales del animal y de la
planta, nacidos evidentemente en circunstancias extraordinarias, sin acercarlos
a estos recuerdos, en apariencia olvidados, que surgen de pronto bajo la
presión de una necesidad urgente.
Sin duda, muchos instintos secundarios y muchas
modalidades del instinto primario, requieren una explicación científica. Sin
embargo, es dudoso que la ciencia, con sus procedimientos de explicación
actuales, llegue jamás a analizar el instinto completamente. Podemos dar como
razón de ello que instinto e inteligencia son dos desarrollos divergentes de un
mismo principio que, en un caso, permanece interior a sí mismo, en el otro se
exterioriza y se absorbe en la utilización de la materia bruta: esta divergencia
continua testimonia una incompatibilidad radical y la imposibilidad para la
inteligencia de reabsorber el instinto. Lo esencial del instinto no podría
expresarse en términos intelectuales, ni, por consiguiente, analizarse. Un
ciego de nacimiento, que hubiese vivido entre ciegos de nacimiento, no
admitiría que es posible percibir un objeto distante sin haber pasado por la
percepción de todos los objetos intermedios. Sin embargo, la visión procura
este milagro. Se podrá, es verdad, dar la razón al ciego de nacimiento y decir
que la visión, que tiene su origen en la excitación de la retina por las
vibraciones de la luz, no es otra cosa, en suma, que un tacto reti-niano. Esta
es, ciertamente, la explicación científica, porque el papel de la conciencia
consiste precisamente en traducir toda percepción en términos de tacto; pero
hemos mostrado en otra parte que la explicación filosófica de la percepción
debía ser de otra naturaleza, suponiendo que pueda todavía hablarse aquí de
explicación. Porque también el instinto es un conocimiento a distancia. Es a la
inteligencia lo que la visión al tacto. La ciencia no podrá hacer otra cosa que
traducirlo en términos de inteligencia; pero ella construirá así una imitación
del instinto antes que penetrar en el instinto mismo.
Nos convenceremos de ello estudiando aquí las ingeniosas
teorías de la biología evolucionista. Se reducen a dos tipos, que con
frecuencia se interfieren. Unas veces, según los principios del neodarwinismo,
se ve en el instinto una suma de diferencias accidentales, conservadas por la
selección: tal o cual marcha útil, realizada naturalmente por el individuo en
virtud de una predisposición accidental del germen, se habría transmitido de
germen a germen en espera de que el azar viniese a añadirle, por el mismo
procedimiento, nuevos perfeccionamientos. Otras veces se hace del instinto una
inteligencia degradada: la acción que se juzga útil para la especie o para
algunos de sus representantes habría engendrado un hábito, y el hábito,
hereditariamente transmitido, se convertiría en instinto. De estos dos
sistemas, el primero tiene la ventaja de poder hablar de transmisión
hereditaria, sin provocar una grave objeción, porque la modificación accidental
que coloca en el origen del instinto no la habría adquirido el individuo sino
que sería inherente al germen. En cambio, es incapaz de explicar instintos tan
sabios como los de la mayor parte de los insectos. Sin duda, estos instintos no
han debido alcanzar de una vez el grado de complejidad que tienen hoy;
probablemente han evolucionado. Pero, en una hipótesis como la de los
neo-darwinistas, la evolución del instinto no podría efectuarse más que por la
adición progresiva de piezas nuevas que, en cierto modo, felices accidentes
vendrían a engranar en las antiguas.
Ahora bien, es evidente que, en la mayor parte de los
casos, el instinto no ha podido perfeccionarse por vía de simple desarrollo:
cada pieza nueva exigía, en efecto, so pena de echarlo todo a perder, una
modificación completa del conjunto. ¿Cómo esperar del azar parecida
modificación? Estoy de acuerdo en que una modificación accidental del germen se
transmitirá hereditariamente y podrá esperar, en cierto modo, que vengan a
complicarla nuevas modificaciones accidentales. Estoy de acuerdo también en que
la selección natural eliminará todas aquellas formas más complicadas que no
sean viables. Pero todavía será preciso, para que la vida del instinto
evolucione, que se produzcan complicaciones viables. Ahora bien, no se
producirán, a no ser que, en ciertos casos, la adición de un elemento nuevo
produzca el cambio correlativo de todos los elementos antiguos. Nadie sostendrá
que tal milagro pueda realizarlo el azar. En una u otra forma haremos un
llamamiento a la inteligencia. Supondremos que por medio de un esfuerzo más o
menos consciente el ser vivo desarrolla en sí un instinto superior. Pero será
preciso admitir entonces que un hábito contraído puede llegar a ser
hereditario, y que llega a serlo de manera lo bastante regular para asegurar
una evolución. La cosa es dudosa, por no insistir más en ella.
Incluso si se pudiese referir a un hábito hereditario
transmitido e inteligentemente adquirido los instintos de los animales, no se
ve cómo se extendería este modo de explicación al mundo vegetal, donde el
esfuerzo no es nunca inteligente, suponiendo que sea alguna vez consciente. Y
sin embargo, viendo con qué seguridad y precisión utilizan sus zarcillos las
plantas trepadoras, qué maniobras maravillosamente combinadas ejecutan las
orquídeas para hacerse fecundar por los insectos
[63], ¿cómo no pensar en otros tantos instintos?
Esto no quiere decir que sea preciso renunciar por
completo a la tesis de los neo-darwinistas, como a la de los neo-lamarckianos.
Los primeros tienen sin duda razón cuando quieren que la evolución se haga de
germen a germen mejor que de individuo a individuo; los segundos, cuando dicen
que en el origen del instinto hay un esfuerzo (aunque sea muy distinto, a
nuestro entender, a un esfuerzo inteligente). Pero aquéllos probablemente se
equivocan cuando hacen de la evolución del instinto una evolución accidental, y
éstos, cuando ven en el esfuerzo de donde procede el instinto un esfuerzo
individual. El esfuerzo por el que una especie modifica sus instintos y se
modifica también a sí misma debe ser cosa mucho más profunda y que no depende
únicamente de las circunstancias ni de los individuos. No depende únicamente de
la iniciativa de los individuos, aunque los individuos colaboren con ella, y no
es puramente accidental, aunque el accidente tenga ahí un buen lugar.
Comparemos entre sí, en efecto, las diversas formas del
mismo instinto en diversas especies de himenópteros. La impresión que tenemos
no es siempre la que nos daría una complejidad creciente obtenida por elementos
añadidos sucesivamente unos a otros, o una serie ascendente de dispositivos
ordenados, por decirlo así, a lo largo de una escala. Pensamos más bien, en
muchos casos al menos, en una circunferencia, de los diversos puntos de la cual
habrían salido estas diversas variedades, todas ellas mirando hacia el mismo
centro, todas esforzándose en esta dirección, pero sin aproximarse más que en
la medida de sus medios, en la medida en que se ilumina para ella el punto
central. En otros términos, el instinto se encuentra completo en todas partes,
pero más o menos simplificado y, sobre todo, simplificado diversamente. Por
otra parte, allí donde se observa una gradación regular, que el instinto se
complica en un solo y mismo sentido, como si subiese los tramos de una escala,
las especies que su instinto clasifica de este modo en serie lineal están lejos
de tener siempre entre sí relaciones de parentesco. Así, el estudio comparativo
que se ha hecho, en estos últimos años, del instinto social en los ápidos
establece que el instinto de las meliponas es intermedio, en cuanto a su
complejidad, entre la tendencia todavía rudimentaria de los abejorros y la
ciencia perfecta de nuestras abejas: sin embargo, entre las abejas y las
meli-ponas no puede haber una relación de filiación
[64]. Verosímilmente, la complicación mayor o menor de
estas di-versas sociedades no reside en un número más o menos considerable de
elementos adicionados. Nos encontramos más bien ante un cierto tema, musical
que se habría traspuesto él mismo, todo entero, en un cierto número de tonos, y
sobre el cual, todo entero también, se habrían ejecutado en seguida variaciones
diversas, unas muy simples, otras infinitamente sabias. En cuanto al tema
original está en todas partes y no está en ninguna. En vano querríamos anotarlo
en términos de representación: en su origen fue, sin duda, antes sentido que
pensado. Se tiene la misma impresión ante el instinto paralizador de ciertas
avispas. Se sabe que las diversas especies de hi-menópteros paralizadores
depositan sus huevos en arañas, escarabajos y orugas que continuarán viviendo
inmóviles durante un cierto número de días y que servirán así de alimento
fresco a las larvas, después de haber sido sometidas por la avispa a una sabia
operación quirúrgica. En el pinchazo que dan en los centros nerviosos de su
víctima para inmovilizarla sin matarla, estas diversas especies de himenópteros
se regulan sobre las diversas especies de presa con las cuales tienen que
habérselas respectivamente. La scolla, que ataca a una larva de cetonia, no lo
hace sino en un punto, pero en este punto están concentrados los ganglios
motores, y solamente estos ganglios, de tal modo que al pinchar otros podría
originarse la muerte y la putrefacción, que es lo que se trata de evitar
[65]. El sphex de alas amarillas, que ha escogido por
víctima al grillo, sabe que el grillo tiene tres centros nerviosos que mueven
sus tres pares de patas, o al menos actúa como si lo supiese. Pincha al insecto
primero en el cuello, luego detrás del prototórax, y, en fin, hacia el
nacimiento del abdomen
[66]. La amófila erizada da nueve aguijonazos sucesivos en
los nueve centros nerviosos de la oruga, le atrapa la cabeza y la mascuja, pero
sólo para determinar la parálisis y no la muerte
[67]. El tema general es "la necesidad de paralizar
sin matar": las variaciones están subordinadas a la estructura del sujeto
en el que se opera. Sin duda, no siempre la operación se ejecuta a la
perfección. Se ha demostrado, en estos últimos tiempos, que a veces el sphex
amófila mata a la oruga en vez de paralizarla, y que a veces también no la
paraliza más que a medias
[68]. Pero, de que el instinto sea falible al igual que la
inteligencia, de que sea susceptible de presentar desvíos individuales, no se
sigue del todo que el instinto del sphex haya sido adquirido, como se ha
pretendido, por tanteos inteligentes.
Suponiendo que, en el correr del tiempo, el sphex haya
llegado a reconocer uno a uno, por tanteo, los puntos de su víctima que es
preciso pinchar para inmovilizarla, y el trato especial que es preciso infligir
al cerebro para que sobrevenga la parálisis sin la muerte, ¿cómo habremos de
suponer que los elementos tan especiales de un conocimiento tan preciso se
hayan transmitido regularmente, uno a uno, por herencia? Si hubiese en toda
nuestra experiencia actual un solo ejemplo indiscutible de una transmisión de
este género, la herencia de los caracteres adquiridos no sería puesta en duda
por nadie.
En realidad, la transmisión hereditaria del hábito
contraído se efectúa de manera imprecisa e irregular, esto suponiendo que
verdaderamente se produzca.
Pero toda la dificultad proviene de que queremos traducir
la ciencia del himenóptero en términos de inteligencia. Por fuerza, haríamos al
sphex semejante a un entomólogo, que conoce la oruga, como conoce el resto de
las cosas, es decir, desde fuera, sin tener por este lado un interés especial y
vital.
Entonces el sphex tendría que aprenderse una por una, como
el entomólogo, las posiciones de los centros nerviosos de la oruga, tendría que
adquirir al menos el conocimiento práctico de estas posiciones experimentando
los efectos de su pinchazo. Pero no ocurre lo mismo si se supone entre el sphex
y su víctima una simpatía (en el sentido etimológico de la palabra) que le
adoctrinase interiormente, por decirlo así, acerca de la vulnerabilidad de la
oruga. Este sentimiento de vulnerabilidad podría no deber nada a la percepción
exterior, y resultar sólo de poner en presencia el sphex y la oruga,
considerados ya no como dos organismos, sino como dos actividades. Expresaría
en una forma concreta la relación de uno a otra. Ciertamente, una teoría
científica no puede tener en cuenta consideraciones de este género.
No debe colocar la acción antes que la organización. Pero,
aún debemos recalcarlo una vez más, o la filosofía nada tiene que ver aquí, o
su papel comienza donde ter-mina el de la ciencia.
Ya haga del instinto un "reflejo compuesto", o
un hábito inteligentemente contraído y vuelto automatismo, o una suma de
pequeñas ventajas accidentales acumuladas y fijadas por la selección, en todos
los casos la ciencia pretende resolver por completo el instinto, bien en
marchas inteligentes, bien en mecanismos construidos pieza a pieza, como los
que combina nuestra inteligencia. Deseo ciertamente que la ciencia se encuentre
aquí en su papel. Nos dará, a falta de un análisis real del objeto, una
traducción de este objeto en términos de inteligencia. ¿Pero cómo no hacer
notar que la ciencia misma invita a la filosofía a tomar las cosas bajo otro
sesgo? Si nuestra biología se atuviese todavía a Aristóteles, si considerase la
serie de los seres vivos como unilineal, si nos mostrase la vida toda entera
evolucionando hacia la inteligencia y pasando, para ello, por la sensibilidad y
el instinto, nosotros, seres inteligentes, tendríamos derecho a volvernos hacia
las manifestaciones anteriores y, por consiguiente, inferiores de la vida y
pretender retenerlas, sin deformarlas, en los cuadros de nuestra inteligencia.
Pero uno de los resultados más claros de la biología ha consistido en mostrar
que la evolución se ha producido según líneas divergentes. En el extremo de dos
de estas líneas -las dos principales-, encontramos la inteligencia y el
instinto en formas casi puras. ¿Por qué debería resolverse entonces el instinto
en elementos inteligentes? ¿Por qué incluso en términos completamente
inteligibles? ¿No se aprecia que pensar aquí en lo inteligente, o en lo
absolutamente inteligible, es volver a la teoría aristotélica de la naturaleza?
Sin duda, mejor sería volver aquí que detenerse ante el instinto como ante un
insondable misterio. Pero, aunque no pertenezca al dominio de la inteligencia,
el instinto no está situado fuera de los límites del espíritu. En los fenómenos
de sentimiento, en las simpatías y antipatías irreflexivas, experimentamos en
nosotros mismos, en una forma más bien vaga y demasiado penetrada también de
inteligencia, algo de lo que debe de pasar en la conciencia de un insecto que
actúa por instinto. La evolución no hace más que alejar uno de otro, para
desarrollarlos hasta el límite, elementos que se compenetraban en su origen.
Con más precisión, la inteligencia es, ante todo, la facultad de referir un
punto del espacio a otro punto del espacio, un objeto material a otro objeto
material; se aplica a todas las cosas, pero permaneciendo fuera de ellas, y no
percibe jamás de una causa profunda más que su difusión en efectos
yuxtapuestos. Sea cual sea la fuerza que se traduce en la génesis del sistema
nervioso de la oruga, no la conocemos, con nuestros ojos y nuestra
inteligencia, más que como una yuxtaposición de nervios y de centros nerviosos.
Es verdad que alcanzamos así todo su efecto exterior. El sphex sabe sin duda
sólo muy poco, justamente lo que le interesa; pero al menos lo aprehende desde
dentro, de manera muy distinta a un proceso de conocimiento, por una intuición
(vivida más que representada) semejante indudablemente a lo que en nosotros se
llama simpatía adivinatoria.
Es un hecho digno de hacerse notar el vaivén de las
teorías científicas del instinto entre lo inteligente y lo simplemente
inteligible, quiero decir, entre la asimilación del instinto a una inteligencia
"caída" y la reducción del instinto a un puro mecanismo
[69]. Cada uno de estos dos sistemas de explicación
triunfa en la crítica que hace del otro: el primero, cuando nos muestra que el
instinto no puede ser un puro reflejo; el segundo, cuando dice que es cosa
distinta a la inteligencia, incluso caída en la inconsciencia. ¿Qué se dice con
esto, sino que se trata de dos simbolismos igualmente aceptables por ciertos
lados y, por otros, igualmente inadecuados a su objeto? La explicación
concreta, no ya científica sino metafísica, debe ser buscada por otra vía, no en
la dirección de la inteligencia, sino en la de la "simpatía".
El instinto es simpatía. Si esta simpatía pudiese ampliar
su objeto y también reflexionar sobre sí misma, nos daría la clave de las
operaciones vitales, lo mismo que la inteligencia, desarrollada y enderezada,
nos introduce en la materia. Porque, no deberíamos ya repetirlo, la
inteligencia y el instinto están vueltos en dos sentidos opuestos: aquélla
hacia la materia inerte, éste hacia la vida.
La inteligencia, por intermedio de la ciencia que es su
obra, nos entregará cada vez más el secreto de las operaciones físicas; de la
vida no nos da, ni por otra parte pretende darnos, más que una traducción en
términos de inercia. Da vueltas alrededor, tomando, desde fuera, el mayor
número posible de consideraciones sobre este objeto que atrae hacia ella, en
lugar de entrar en él. Pero al interior mismo de la vida nos conduciría la
intuición, quiero decir, el instinto ya desinteresado, consciente de sí mismo,
capaz de reflexionar sobre su objeto y de ampliarlo indefinidamente.
Que un esfuerzo de este género no es imposible, lo
demuestra ya la existencia, en el hombre, de una facultad estética al lado de
la percepción normal. Nuestro ojo percibe los rasgos del ser vivo, pero
yuxtapuestos unos a otros y no organizados entre sí. La intención de la vida,
el movimiento simple que corre entre líneas, que las enlaza unas a otras y les
da una significación, esto se le escapa. Dicha intención es lo que el artista
trata de aprehender colocándose en el interior del objeto por una especie de
simpatía, abatiendo, por un esfuerzo de intuición, la barrera que interpone el
espacio entre él y su modelo. Es verdad que esta intuición estética, como por
lo demás la percepción exterior, no alcanza más que lo individual. Pero puede
concebirse una investigación orientada en el mismo sentido que el arte y que
tuviese por objeto la vida en general, lo mismo que la ciencia física,
siguiendo hasta el fin la dirección señalada por la percepción exterior,
prolonga en leyes generales los hechos individuales. Sin duda, esta filosofía
no obtendrá nunca de su objeto un conocimiento comparable al que la ciencia
tiene del suyo. La inteligencia permanece como el núcleo luminoso alrededor del
cual el instinto, incluso ampliado y depurado en intuición, no forma otra cosa
que una vaga nebulosidad. Pero, a falta del conocimiento propiamente dicho,
reservado a la pura inteligencia, la intuición podrá hacernos aprehender lo que
los datos de la inteligencia tienen aquí de insuficiente y dejarnos entrever el
medio de completarlos. De un lado, en efecto, utilizará el mecanismo de la
inteligencia para mostrar cómo los cuadros intelectuales no encuentran aquí su
exacta aplicación, y, de otro, por su trabajo propio, nos sugerirá al menos el
sentimiento vago de lo que es preciso poner en lugar de los cuadros
intelectuales. Así, podrá llevar a la inteligencia a reconocer que la vida no
entra por completo ni en la categoría de lo múltiple ni en la de lo uno, que ni
la causalidad mecánica ni la finalidad dan del proceso vital una traducción
suficiente. Luego, por la comunicación simpática que establece entre nosotros y
el resto de los seres vivos, por la dilatación que obtiene de nuestra
conciencia, nos introduce en el dominio propio de la vida, que es
compenetración recíproca, creación indefinidamente continuada. Pero si entonces
sobrepasa a la inteligencia, de la inteligencia misma tendrá que venir la
sacudida que la haga ascender al punto donde se encuentra. Sin la inteligencia,
habría permanecido, en forma de instinto, atada al objeto especial que
prácticamente le interesa, y exteriorizada por él en movimientos de locomoción.
De qué modo la teoría del conocimiento debe tener en
cuenta estas dos facultades, inteligencia e intuición, y cómo, también, por no
establecer entre la intuición y la inteligencia una distinción suficientemente
clara, tiene que habérselas con inextricables dificultades, creando fantasmas
de ideas a los que se unirán fantasmas de problemas, esto es lo que trataremos
de mostrar un poco más adelante.
Se verá que el problema del conocimiento, desde este punto
de vista, es uno con el problema metafísico, y que ambos reemplazan a la
experiencia. Por una parte, en efecto, si la inteligencia está de acuerdo con
la materia y la intuición con la vida, será preciso estrujar una y otra para
extraer de ellas la quintaesencia de su objeto; la metafísica quedará pues
subordinada a la teoría del conocimiento. Pero, por otra parte, si la
conciencia se ha escindido de ese modo en intuición e inteligencia, es debido a
la necesidad de aplicarse a la materia y seguir, al mismo tiempo, la corriente
de la vida. El desdoblamiento de la conciencia se atendría así a la doble forma
de lo real, y la teoría del conocimiento debería subordinarse a la metafísica.
En verdad, cada una de estas dos investigaciones conduce a la otra; forman un
círculo, y el círculo no puede tener por centro más que el estudio empírico de
la evolución. Solamente viendo a la conciencia correr a través de la materia,
perderse y en - contrarse en ella, dividirse y reconstruirse, nos formaremos
una idea de la oposición de los dos términos entre sí, como también, quizá, de
su origen común. Pero, por otra parte, apoyándonos en esta oposición de los dos
elementos y en esta comunidad de origen, desenvolveremos sin duda más
claramente el sentido de la evolución misma.
Este será el objeto de nuestro próximo capítulo. Mas ya
los hechos a los que acabamos de pasar revista nos sugerirían la idea de
referir la vida, bien a la conciencia misma, bien a algo que se le semeje.
En toda la extensión del reino animal, decíamos, la
conciencia se aparece como proporcional al poder de elección de que dispone el
ser vivo. Ilumina la zona de virtualidades que rodea el acto. Mide la distancia
entre lo que se hace y lo que se podría hacer. Considerándola desde fuera,
podríamos tomarla por un simple auxiliar de la acción, por una luz que enciende
la acción, chispa fugaz que surgiría del roce de la acción real con las
acciones posibles. Pero debemos señalar que las cosas ocurrirían exactamente lo
mismo si la conciencia, en lugar de ser efecto, fuese causa. Podríamos suponer
que, incluso en el animal más rudimentario, la conciencia cubre, por derecho
propio, un campo enorme, pero que está constreñida, de hecho, en una especie de
torno: cada progreso de los centros nerviosos, al dar al organismo la
posibilidad de elección entre un mayor número de acciones, lanzaría un
llamamiento a las virtualidades capaces de envolver lo real, aflojaría sus
ligaduras y dejaría pasar la conciencia con más libertad. Tanto en esta
hipótesis como en la primera, la conciencia sería el instrumento de la acción;
pero más cierto resultará decir que la acción es el instrumento de la
conciencia, porque la complicación de la acción consigo misma y su posible
encuentro serían, para una conciencia en prisión, el único medio posible de
liberarse. ¿Cómo escoger entre las dos hipótesis? Si la primera fuese
verdadera, la conciencia dibujaría exactamente, a cada instante, el estado del
cerebro; habría un paralelismo riguroso (en la medida de su inteligibilidad)
entre el estado psicológico y el estado cerebral. Por el contrario, en la
segunda hipótesis habría solidaridad e interdependencia entre el cerebro y la
conciencia, pero no paralelismo: cuanto más se complique el cerebro, aumentando
así el número de acciones posibles entre las que tiene que escoger el
organismo, más deberá la conciencia desbordar su concomitante físico. Así, el
recuerdo de un mismo espectáculo al que ambos hayan asistido, modificará de la
misma manera el cerebro de un perro y el cerebro de un hombre, caso de que la
percepción haya sido la misma; no obstante, el recuerdo será completamente
distinto en el hombre que en el perro. En el perro, el recuerdo permanecerá
como cautivo de la percepción; no se despertará más que cuando venga a
reavivarlo una percepción análoga que reproduce el mismo espectáculo, y se
manifestará entonces por el reconocimiento, mejor ejecutado que pensado, de la
percepción actual antes que por un renacer verdadero del recuerdo mismo. El hombre,
por el contrario, es capaz de evocar el recuerdo a su gusto, en no importa qué
momento, independientemente de la percepción actual. No se limita a actualizar
su vida pasada, sino que se la representa y la sueña. Al ser la misma la
modificación local del cerebro a la cual está ligado el recuerdo, la diferencia
psicológica entre los dos recuerdos no podrá tener su razón en tal o cual
diferencia de detalle entre los dos mecanismos cerebrales, sino en la
diferencia entre los dos cerebros tomados globalmente: al poner en contacto
entre sí un mayor número de mecanismos, el más complicado de los dos ha
permitido a la conciencia libertarse de unos y otros y alcanzar así la
independencia. Que todo ocurre así, que la segunda de las dos hipótesis exige
nuestra opción por ella, es lo que hemos tratado de probar, en un trabajo
anterior, por medio del estudio de los hechos que ponen más de relieve la
relación del estado consciente con el estado cerebral, los hechos de
reconocimiento normal y patológico y en particular las afasias
[70]. Ya lo hacía prever nuestro razonamiento. Hemos
mostrado en qué postulado contradictorio consigo mismo, en qué confusión de los
dos simbolismos incompatibles entre sí, descansa la hipótesis de una
equivalencia entre el estado cerebral y el estado psicológico
[71]
La evolución de la vida, así considerada, toma un sentido
más clara aunque no pueda subsumírsela en una verdadera idea. Todo ocurre como
si una gran corriente de conciencia hubiese penetrado en la materia, cargada,
como toda conciencia, de una multiplicidad enorme de virtualidades que se
interpenetraban. Ha arrastrado la materia a la organización, pero su movimiento
ha sido infinitamente retardado y dividido. Por una parte, en efecto, la
conciencia ha tenido que adormecerse, como la crisálida dentro de la envoltura
en la que se prepara las alas, y por otra parte las tendencias múltiples que
ella encerraba se han repartido entre series divergentes de organismos, que
exteriorizaban por lo demás estas mismas tendencias en movimientos antes que
interiorizarlas en representaciones. En el curso de esta evolución, mientras
unos se adormecían cada vez más profundamente, otros se despertaban más y más,
sirviendo el embotamiento de aquéllos a la actividad de éstos. Pero el
despertar podía hacerse de dos maneras diferentes. La vida, es decir la
conciencia lanzada a través de la materia, fijaba su atención o sobre su propio
movimiento o sobre la materia que atravesaba. Se orientaba así ya en el sentido
de la intuición, ya en el de la inteligencia. La intuición, de buenas a
primeras, parece preferible a la inteligencia, puesto que entonces la vida y la
conciencia permanecen como interiores a sí mismas. Pero el espectáculo de la
evolución de los seres vivos nos muestra que no se podía ir demasiado lejos.
Del lado de la intuición, la conciencia se ha encontrado hasta tal punto
comprimida por su envoltura que ha tenido que reducir la intuición a instinto,
es decir, abrazando sólo la pequeña porción de vida que le interesaba; pero
también la abraza en la sombra, tocándola casi sin verla. Por este lado, el
horizonte se ha cerrado de pronto. Por el contrario, la conciencia que se
determina en inteligencia, es decir, que se concentra primero sobre la materia,
parece exteriorizarse con relación a sí misma; pero, justamente porque se adapta
a los objetos de fuera, alcanza a circular en medio de ellos, a derribar los
obstáculos que se le oponen y a ampliar indefinidamente sus dominios. Una vez
liberada, puede replegarse en su interior y despertar las virtualidades de
intuición que todavía dormitan en ella.
Desde este punto de vista, no sólo aparece la con-ciencia
como el principio motor de la evolución, sino que también, entre los seres
conscientes mismos, el hombre viene a ocupar un lugar privilegiado. Entre los
animales y él no hay ya una diferencia de grado, sino de de naturaleza.
Esperando que esta conclusión se desprenda de nuestro próximo capítulo,
mostramos ahora cómo la sugieren nuestros análisis precedentes.
Es un hecho digno de señalarse la extraordinaria
desproporción entre las consecuencias de una invención y la invención misma.
Decíamos que la inteligencia está modelada sobre la materia y que apunta
primero a la fabricación. Pero, ¿fabrica por fabricar, o no persigue en
realidad otra cosa, involuntaria e incluso inconscientemente? Fabricar consiste
en informar la materia, en hacerla flexible, en someterla, en convertirla, en
fin, en instrumento para hacerse dueño de ella. Este dominio es el que aprovecha
a la humanidad, todavía más que el resultado material de la invención misma. La
ventaja inmediata que obtenemos del objeto fabricado, que podría obtenerla
también un animal inteligente, incluso siendo esta ventaja todo lo que el
inventor busca, es poca cosa en comparación con las ideas nuevas, con los
sentimientos nuevos que la invención puede hacer surgir por todas partes, como
si tuviese por efecto esencial elevarnos por encima de nosotros mismos y
ampliar así nuestro horizonte. Entre el efecto y la causa la desproporción es
aquí tan grande que resulta difícil tener a la causa como productora de su
efecto. Ella lo dispara, asignándole, ciertamente, su dirección. Todo ocurre,
en fin, como si al apoderarse de la materia, la inteligencia tuviese como
principal objeto dejar pasar algo que la materia detiene.
La misma impresión se desprende de una comparación entre
el cerebro del hombre y el de los animales. La diferencia parece, en primer
lugar, no ser otra cosa que una diferencia de volumen y de complejidad. Pero
debe haber algo más, a juzgar por su funcionamiento. En el animal, los
mecanismos motores que llega a montar el cerebro, o, en otros términos, los
hábitos que su voluntad contrae, no tienen otro objeto y otro efecto que
realizar los movimientos dibujados en estos hábitos, almacenados en estos mecanismos.
Pero, en el hombre, el hábito motriz puede tener un segundo resultado,
inconmensurable con el primero. Puede entorpecer otros hábitos motrices y, con
ello, reprimiendo el automatismo, puede también poner en libertad la
conciencia. Se sabe qué amplios territorios ocupa el lenguaje en el cerebro
humano. Los mecanismos cerebrales que corresponden a las palabras tienen de
particular que pueden ser puestos en contacto con otros mecanismos -por
ejemplo, los que corresponden a las cosas mismas-, o también ser puestos en
contacto unos con otros: durante este tiempo, la conciencia, que ha sido
arrastrada y sumergida para el cumplimiento del acto, se rehace y se libera
[72]. La diferencia debe ser, pues, más radical de lo que
haría creer un examen superficial. Es, sin duda, la que se encontraría entre un
mecanismo que absorbe la atención y un mecanismo del que podemos apartarnos. La
máquina de vapor primitiva, tal como la había concebido Newton, exigía la
presencia de una persona exclusivamente encargada de las llaves de paso, bien
para introducir el vapor en el cilindro, bien para llevar a él la lluvia fría
destinada a la condensación. Se cuenta que un niño empleado en este trabajo, y
muy fatigado de él, tuvo la idea de enlazar las manivelas de las llaves de
paso, por medio de cordones, al volante de la máquina. Desde entonces la
máquina abría y cerraba sus llaves de paso por sí misma; funcionaba sola.
Ahora bien, un observador que comparase la estructura de
esta segunda máquina a la de la primera, sin ocuparse de los dos niños
encargados de su vigilancia, no encontraría entre ellas más que una ligera
diferencia de complicación. Es todo lo que puede percibirse, efectivamente,
cuando sólo se mira a las máquinas. Pero si se lanza una mirada a los niños, se
ve que el uno está empleado en su vigilancia, en tanto que el otro es libre de
divertirse a su antojo, y que, por este lado, la diferencia entre las dos máquinas
es radical: la primera retiene cautiva la atención; la segunda prescinde de
ella. Es, a nuestro entender, una diferencia análoga a la que se encontraría
entre el cerebro del animal y el cerebro humano.
En resumen, si quisiéramos expresarnos en términos de
finalidad, deberíamos decir que la conciencia, después de haber sido obligada,
para liberarse a sí misma, a escindir la organización en dos partes
complementarias -vegetales de una parte y animales de otra-, ha buscado una
salida en la doble dirección del instinto y de la inteligencia: no la ha
encontrado con el instinto, y no la ha obtenido, por el lado de la
inteligencia, más que por un salto brusco del animal al hombre. De suerte que,
en último análisis, el hombre sería la razón de ser de la organización entera
de la vida sobre nuestro planeta. Pero esto vendría a ser también una manera de
hablar. No hay en realidad más que una determinada corriente de existencia y la
corriente antagónica, de donde nace toda la evolución de la vida. Pero ahora es
preciso que estrechemos más la oposición de estas dos corrientes. Quizá les
descubramos así una fuente común, y por ahí penetraremos también, sin duda, en
las más oscuras regiones de la metafísica. Pero, como las dos direcciones que
tenemos que seguir se encuentran señaladas, por una parte en la inteligencia y
por otra en el instinto y en la intuición, no tememos extraviarnos. El
espectáculo de la evolución de la vida nos sugiere una cierta concepción del
conocimiento y también una cierta metafísica que se impliquen recíprocamente.
Una vez separadas, esta metafísica y esta crítica podrán arrojar alguna luz, a
su vez, sobre el conjunto de la evolución.
CAPÍTULO III
DE LA SIGNIFICACIÓN DE LA VIDA. EL ORDEN DE LA NATURALEZA
Y LA FORMA DE LA INTELIGENCIA
EN el capítulo primero hemos trazado una línea de
demarcación entre lo inorgánico y lo organizado, pero indicábamos que el
seccionamiento de la materia en cuerpos no organizados es relativo a nuestros
sentidos y a nuestra inteligencia, y que la materia, considerada como un todo
indiviso, debe ser un flujo antes que una cosa. Por ahí preparábamos los
caminos para un acercamiento entre lo inerte y lo vivo.
Por otra parte, hemos mostrado en nuestro segundo capítulo
que se encuentra la misma oposición entre la inteligencia y el instinto, éste
puesto de acuerdo con ciertas determinaciones de la vida, aquélla modelada en
la configuración de la materia bruta. Pero instinto e inteligencia se destacan
el uno de la otra, añadíamos, sobre un fondo único que podría llamarse, a falta
de una palabra mejor, la Conciencia en general y que debe ser co-extensivo a la
vida universal. Por ahí hacíamos entrever la posibilidad de engendrar la
inteligencia, partiendo de la conciencia que la envuelve.
Ha llegado, pues, el momento de intentar una génesis de la
inteligencia al mismo tiempo que una génesis de los cuerpos, dos empresas
evidentemente correlativas la una de la otra, si es verdad que las grandes
líneas de nuestra inteligencia dibujan la forma general de nuestra acción sobre
la materia y que el detalle de la materia se regula por las exigencias de
nuestra acción. Intelectualidad y materialidad se habrían constituido, en
detalle, por adaptación recíproca. Una y otra derivarían de una forma de existencia
más amplia y más alta. Ahí habría que volver a colocarlas para verlas surgir de
nuevo.
Una tentativa parecida semejará, de buenas a primeras, que
sobrepasa temerariamente las especulaciones más atrevidas de los metafísicos.
Pretendería ir más lejos que la psicología, más lejos que las cosmogonías, más
lejos que la metafísica tradicional, porque psicología, cosmología y metafísica
comienzan por poner la inteligencia en lo que tiene de esencial, en el lugar en
que se trata aquí de engendrarla, en su forma y en su materia. La empresa es en
realidad mucho más modesta, como vamos a hacer ver. Pero digamos primeramente
en qué se distingue de las otras.
Comenzando por la psicología, no debe creerse que engendra
la inteligencia cuando sigue su desenvolvimiento progresivo a través de la
serie animal. La psicología comparada nos enseña que, cuanto más inteligente es
un animal, más tiende a reflexionar sobre las acciones por las que utiliza las
cosas y a aproximarse así al hombre; pero sus acciones adoptaban ya, por sí
mismas, las principales líneas de la acción humana, discernían en el mundo
material las mismas direcciones generales que nosotros separábamos, se apoyaban
en los mismos objetos enlazados entre sí por las mismas relaciones, de suerte
que la inteligencia animal, aunque no forma conceptos propiamente dichos, se
mueve ya en una atmósfera conceptual. Absorbida en todo instante por los actos
y actitudes que salen de ella, atraída por ellos hacia afuera, exteriorizándose
así con relación a sí misma, sin duda ejecuta las representaciones antes que
las piensa; al menos esto dibuja ya globalmente el esquema de la inteligencia
humana
[73]. Explicar la inteligencia del hombre por la del
animal consiste pues simplemente en desarrollar en lo humano un embrión de
humanidad.
Muéstrase cómo una cierta dirección ha sido seguida cada
vez más lejos por seres cada vez más inteligentes. Pero desde el momento que
ponemos la dirección, ponemos también la inteligencia.
Aparece ciertamente de una vez, al modo como se presenta
la materia en la cosmogonía de Spencer. Y se nos muestra la materia como
obedeciendo a leyes, enlazándose los objetos a los objetos y los hechos a los
hechos por relaciones constantes, recibiendo la conciencia la impronta de estas
relaciones y de estas leyes, y adoptando así la configuración general de la
naturaleza para determinarse en inteligencia. ¿Pero cómo no ver que se supone
la inteligencia desde el momento que se ponen los objetos y los hechos? A
priori, fuera de toda hipótesis sobre la esencia de la materia, es evidente que
la materialidad de un cuerpo no se detiene en el punto en que lo tocamos. Está
presente en todas partes donde se deja sentir su influencia. Ahora bien, su
fuerza atractiva, para no hablar más que de ella, se ejerce sobre el sol, sobre
los planetas, quizá sobre el universo entero. Cuanto más avanza la física, más
borra la individualidad de los cuerpos e incluso la de las partículas en las
que comenzaba por descomponerlos la imaginación científica; cuerpos y
corpúsculos tienden a fundirse en una interacción universal. Nuestras
percepciones nos dan el dibujo de nuestra acción posible sobre las cosas más
que el de las cosas mismas. Los contornos que encontramos a los objetos señalan
simplemente lo que podemos alcanzar y modificar de ellos. Las líneas que vemos
trazadas a través de la materia son las mismas sobre las que estamos llamados a
circular. Contornos y caminos se han acusado a medida que se preparaba la
acción de la conciencia sobre la materia, es decir, en suma, a medida que se
constituía la inteligencia. Es dudoso que animales que responden a otro plano
distinto al nuestro, como por ejemplo moluscos e insectos, recorten la materia
según las mismas articulaciones. Ni siquiera es necesario que la recorten en
cuerpos. Para seguir las indicaciones del instinto, no se necesita percibir
objetos, basta distinguir propiedades. La inteligencia, por el contrario,
incluso en su forma más baja, aspira ya a hacer que la materia actúe sobre la
materia. Si, por algún lado, la materia se presta a una división en agentes y
pacientes, o simplemente en fragmentos coexistentes y distintos, por este lado
la mirará la inteligencia. Y, cuanto más se ocupe de dividir, más desplegará en
el espacio, en forma de extensión yuxtapuesta a la extensión, una materia que
tiende sin duda a la espa-cialidad, pero cuyas partes están todavía, sin
embargo, en estado de implicación y de compenetración recíprocas.
Así, el mismo movimiento que lleva al espíritu a
determinarse en inteligencia, es decir en conceptos distintos, lleva a la
materia a dividirse en objetos claramente exteriores unos a otros. Cuanto más
se intelectualiza la conciencia, más se espacializa la materia. Es decir, que
cuando la filosofía evolucionista se representa en el espacio una materia
recortada según las líneas mismas que seguirá nuestra acción, se da de
antemano, ya hecha, la inteligencia que pretendía engendrar.
La metafísica se entrega a un trabajo del mismo género,
pero más sutil y más consciente de sí mismo, cuando deduce a priori las
categorías del pensamiento. Comprime la inteligencia, la reduce a su
quintaesencia y la hace residir en un principio tan simple que se podría
creerla vacía: de este principio obtiene en seguida lo que ha encerrado en él
en potencia. Por ahí, muéstrase sin duda la coherencia de la inteligencia
consigo misma, se define la inteligencia, se da la fórmula, pero no se traza
del todo su génesis. Una empresa como la de Fichte, aunque más filosófica que
la de Spencer en cuanto que respeta más el orden verdadero de las cosas, apenas
nos conduce más lejos que ella. Fichte torna el pensamiento en estado de
concentración y lo dilata en realidad. Spencer parte de la realidad exterior y
la condensa en inteligencia, o contraída o explícita, aprehendida en sí misma
por una visión directa o percibida por reflexión en la naturaleza, como en un
espejo.
La coincidencia de la mayor parte de los filósofos sobre
este punto proviene de que están de acuerdo en afirmar la unidad de la
naturaleza y en representarse esta unidad en una forma abstracta y geométrica.
Entre lo organizado y lo no organizado no ven o no quieren ver la fisura. Unos
parten de lo inorgánico y pretenden, complicándolo consigo mismo, reconstruir
el ser vivo; otros colocan primero la vida y se encaminan hacia la materia
bruta por un decrescendo hábilmente economizado; pero, para unos y para otros,
no hay en la naturaleza más que diferencias de grado: grados de complejidad en
la primera hipótesis, grados intensidad en la segunda. Una vez admitido este
principio, la inteligencia se hace también tan amplia como lo real, porque es
indudable que lo que hay de geométrico en las cosas es enteramente accesible a
la inteligencia humana; y si la continuidad es perfecta entre la geometría y el
resto, todo el resto vuélvese igualmente inteligible, igualmente inteligente.
Tal es el postulado de la mayor parte de los sistemas. Nos convenceremos
fácilmente comparando entre sí doctrinas que parecen no tener ningún punto de
contacto entre sí, ninguna medida común, las de un Fichte y de un Spencer, por
ejemplo, dos nombres que aproximamos al azar uno a otro.
En el fondo de estas especulaciones hay, pues, las dos
convicciones, correlativas y complementarias, de que la naturaleza es una y de
que la inteligencia tiene por función abarcarla por entero. La facultad de
conocer se supone no obstante coextensiva a la totalidad de la experiencia, con
lo cual no puede cuestionarse que la engendre. Se da y nos servimos de ella,
como nos servimos de la vista para abarcar el horizonte. Es verdad que diferirá
nuestra opinión sobre el valor del resultado: para unos, es la realidad misma
lo que la inteligencia aprehende, para otros no es más que su fantasma. Pero,
fantasma o realidad, lo que la inteligencia aprehende se considera como la
totalidad de lo aprehensible.
Con ello se explica la confianza exagerada de la filosofía
en las fuerzas del espíritu individual. Sea dogmática o crítica, acepte la
relatividad de nuestro conocimiento o pretenda instalarse en lo absoluto, una
filosofía es generalmente la obra de un filósofo, una visión única y global del
todo. Podemos tomarla o dejarla.
La filosofía que reclamamos es más modesta, aunque capaz
también de completarse y de perfeccionarse. La inteligencia humana, tal como
nos la representamos, no es del todo la que nos mostraba Platón en la alegoría
de la caverna. No tiene ya por función ver pasar sombras vanas, sino
contemplar, volviendo tras sí, el astro que nos deslumbra. Y tiene todavía algo
más que hacer. Uncidos, como bueyes de labor, a una ruda tarea, sentimos el
juego de nuestros músculos y de nuestras articulaciones, el peso de la carreta
y la resistencia del suelo: actuar y saber que actuamos, entrar en contacto con
la realidad e incluso vivirla, pero sólo en la medida en que interesa la obra
que se cumple y el surco que se ahonda, he aquí la función de la inteligencia
humana. Sin embargo, nos baña un fluido bienhechor del que recibimos la fuerza
misma para trabajar y vivir. De este océano de vida, en el que estamos
inmersos, aspiramos sin cesar alguna cosa y sentimos que nuestro ser, o al
menos la inteligencia que lo guía, se ha formado ahí por una especie de
solidificación local. La filosofía no puede ser otra cosa que un esfuerzo para
fundirse en el todo. La inteligencia revivirá al revés su propia génesis al
reabsorberse en su principio. Pero la empresa no podrá cumplirse de una vez;
será necesariamente colectiva y progresiva. Consistirá en un cambio de
impresiones que, corrigiéndose entre sí y superponiéndose también unas a otras,
terminarán por dilatar en nosotros la humanidad y por obtener que se trascienda
a sí misma.
Pero este método tiene en contra los hábitos más
inveterados del espíritu. Sugiere al instante la idea de un círculo vicioso. En
vano, se nos dirá, pretendéis ir más lejos que la inteligencia: ¿cómo podríais
hacerlo, sino con la inteligencia misma? Todo lo que hay de esclarecido en
vuestra conciencia es inteligencia. Sois interiores a vuestro pensamiento y no
saldréis de él. Decid, si queréis, que la inteligencia es capaz de progreso,
que verá cada vez más claro en un número también cada vez mayor de cosas. Pero
no habléis de su génesis, porque ésta la realizaríais con vuestra inteligencia.
La objeción se presenta naturalmente al espíritu. Pero se
probaría también, con un razonamiento parecido, la imposibilidad de adquirir
cualquier hábito nuevo. Es esencial al razonamiento encerrarnos en el círculo
de lo dado. Pero la acción rompe el círculo. Si nunca hubieseis visto nadar a
un hombre, me diríais quizá que nadar es algo imposible, teniendo en cuenta
que, para aprender a nadar, sería preciso comenzar por mantenerse en el agua, y
por consiguiente saber ya nadar. El razonamiento me sujetará siempre, en
efecto, a tierra firme. Pero si, ingenuamente, me lanzo al agua sin miedo
alguno, me sostendré inicialmente mal que bien debatiéndome en ella, y poco a
poco me adaptaré a este medio hasta aprender a nadar. Así, en teoría, hay una
especie de absurdo en querer conocer sin hacer uso de la inteligencia; pero, si
se acepta francamente el riesgo, la acción cortará quizá el nudo que ha
enlazado el razonamiento y que él no desatará.
El riesgo parecerá, por lo demás, mucho menor a medida que
adoptemos el punto de vista en que nos colocamos. Hemos mostrado que la
inteligencia se ha separado de una realidad más amplia, pero que no ha habido
jamás fisura clara entre las dos: alrededor del pensamiento conceptual subsiste
una franja indistinta que recuerda su origen. Además, comparábamos la
inteligencia a un núcleo sólido que se habría formado por vía de condensación.
Este núcleo no difiere radicalmente del fluido que lo envuelve. Y se reabsorberá
en él porque está hecho de la misma sustancia. El que se lanza al agua no
habiendo conocido jamás otra cosa que la resistencia de tierra firme, se
ahogaría al instante si no se debatiese contra la fluidez del nuevo medio;
forzosamente habrá de asirse a lo que el agua presente todavía, por decirlo
así, de solidez. Tan sólo con esta condición termina por acomodarse al fluido
en lo que tiene de inconsistente. Así ocurre con nuestro pensamiento cuando se
decide a dar el salto.
Pero es necesario que salte, es decir que salga de su
medio. Jamás la razón, por sí misma, podrá extender su poder, aunque esta
extensión no aparezca del todo como irrazonable una vez realizada. Por más que
ejecutéis mil variaciones sobre el tema de la marcha, no obtendréis de ahí una
regla para nadar. Entrad en el agua, y, cuando sepáis nadar, comprenderéis que
el mecanismo de la natación se refiere al de la marcha. El primero prolonga el
segundo, pero el segundo no os habría introducido en el primero. Así, podréis
especular tan inteligentemente como queráis sobre el mecanismo de la
inteligencia, que no llegaréis nunca, por este método, a sobrepasarlo.
Obtendréis más complicación, pero no algo superior o incluso simplemente
diferente. Es preciso forzar las cosas y, por un acto de voluntad, llevar a la
inteligencia fuera de sí misma.
El círculo vicioso no es, pues, más que aparente. Es, por
el contrario, real, a nuestro entender, con cualquier otra manera de filosofar.
Lo que querríamos mostrar en pocas palabras, aunque no fuese más que para
probar que la filosofía no puede ni debe aceptar la relación establecida por el
puro intelectualismo entre la teoría del conocimiento y la teoría de lo
conocido, entre la metafísica y la ciencia.
A primera vista, puede parecer prudente abandonar a la
ciencia positiva la consideración de los hechos. La física y la química se
ocuparán de la materia bruta, las ciencias biológicas y psicológicas estudiarán
las manifestaciones de la vida. La tarea del filósofo queda entonces claramente
circunscrita.
Recibe, de las manos del sabio, los hechos y las leyes y,
ya trate de sobrepasarlos para alcanzar las causas profundas, ya crea imposible
ir más lejos y probarlo por el análisis mismo del conocimiento científico, en
los dos casos tiene para los hechos y para las relaciones, tal como la ciencia
se los transmite, el respeto debido a la cosa juzgada. A este conocimiento
superpondrá una crítica de la facultad de conocer, y también, de no tener
éxito, una metafísica: en cuanto al conocimiento mismo, en su materialidad, lo
tiene por asunto de ciencia y no de filosofía. ¿Pero cómo no ver que esta
pretendida división del trabajo viene a embrollarlo y a confundirlo todo? La
metafísica o la crítica que se reserva el filósofo, va a recibirlas
completamente hechas de la ciencia positiva, ya contenidas en las descripciones
y en los análisis cuyo cuidado ha abandonado al sabio. Por no haber querido
intervenir, desde el principio, en las cuestiones de hecho, el filósofo se
encuentra reducido, en las cuestiones de principio, a formular pura y
simplemente en términos más precisos la metafísica y la crítica inconscientes,
y por tanto inconsistentes, que dibuja la actitud misma de la ciencia frente a
la realidad. No nos dejemos engañar por una aparente analogía entre las cosas
de la naturaleza y las cosas humanas. No estamos aquí en el dominio judicial,
donde la descripción del hecho y el juicio sobre él son dos cosas distintas,
por la razón muy simple de que hay todavía por encima del hecho, e
independiente de él, una ley dictada por el legislador. Aquí las leyes son
interiores a los hechos y relativas a la líneas que se ha seguido para recortar
lo real en hechos distintos. No se puede describir el aspecto del objeto sin
prejuzgar acerca de su naturaleza íntima y su organización. La forma no es
completamente aislable de la materia, y quien haya comenzado por reservar a la
filosofía las cuestiones de principio y haya querido, por ello, poner a la
filosofía por encima de las ciencias como un Tribunal Supremo al que se
subordinan las Audiencias y los tribunales de apelación, se verá llevado,
gradualmente, a no hacer de ella más que una oficina de registro, encargada
todo lo más de redactar en términos más precisos sentencias que le llegan ya
irrevocablemente falladas.
La ciencia positiva, en efecto, es obra de la pura
inteligencia. Ahora bien, acéptese o rechácese nuestra concepción de la
inteligencia, hay un punto que todo el mundo nos concederá y es que la
inteligencia se siente especialmente a gusto en presencia de la materia no
organizada. De esta materia extrae mejor partido por medio de invenciones
mecánicas, y las invenciones mecánicas le resultan tanto más fáciles cuanto que
piensa la materia más mecánicamente. Lleva en sí, en forma de lógica natural,
un geometrismo latente del que se separa a medida que penetra más en la
intimidad de la materia inerte.
Se aplica precisamente a esta materia, y por ello están
cerca una de otra la física y la metafísica de la materia bruta. Ahora bien,
cuando la inteligencia aborda el estudio de la vida, necesariamente trata lo
vivo como inerte, aplicando a este nuevo objeto las mismas formas,
transportando a este nuevo dominio los mismos hábitos que tanto éxito le
proporcionaron anteriormente. Y tiene razón para obrar así, porque sólo bajo
esta condición ofrecerá lo vivo a nuestra acción la misma presa que la materia
inerte.
Pero la verdad en que así se concluye se vuelve relativa a
nuestra facultad de actuar. No es más que una verdad simbólica. No puede tener
el mismo valor que la verdad física, al no ser más que una extensión de la
física a un objeto que convenimos a priori no considerar más que en su aspecto
exterior. El deber de la filosofía consistiría pues en intervenir aquí
activamente, en examinar lo vivo sin segunda intención de utilización práctica,
liberándose de las formas y de los hábitos propiamente intelectuales.
Su objeto es especular, es decir, ver; su actitud frente a
lo vivo no podría ser la de la ciencia, que sólo apunta a la acción y que, no
pudiendo obrar más que por intermedio de la materia inerte, considéra el resto
de la realidad bajo este único aspecto. ¿Qué ocurrirá por tanto, si abandona a
la ciencia positiva los hechos biológicos y los hechos psicológicos, del mismo
modo que le ha dejado, y con razón, los hechos físicos? A priori aceptará una
concepción mecanicista de la naturaleza entera, concepción irreflexiva e
incluso in-: consciente, salida de la necesidad material. Y a priori aceptará
también la doctrina de la unidad simple del conocimiento, y de la unidad
abstracta de la naturaleza.
Desde ese momento queda ya formada la filosofía. El
filósofo tiene que escoger entonces entre un dogmatismo y un esceptismo
metafísicos, que descansan, en el fondo, en el mismo postulado y que no añaden
nada a la ciencia positiva. Podrá "hipostasiar" la unidad de la
naturaleza o, lo que equivale a lo mismo, la unidad de la ciencia, en un ser
que no será nada puesto que no hará nada, en un Dios ineficaz que resumirá
simplemente en sí todo lo dado, o en una Materia eterna del seno de la cual provendrían
las propiedades de las cosas y las leyes de la naturaleza, o también en una
Forma pura que trataría de aprehender una multiplicidad inaprensible y que
será, según se desee, forma de la naturaleza o forma del pensamiento. Todas
estas filosofías dirán, en lenguajes variados, que la ciencia tiene razón al
tratar lo vivo como inerte, y que no hay diferencia alguna de valor, distinción
alguna que hacer entre los resultados a que aboca la inteligencia aplicando sus
categorías, ya descanse en la materia inerte, ya se entregue a la vida.
No obstante, en muchos casos nos damos cuenta que el
cuadro cruje. Pero, como no hemos comenzado por distinguir entre lo inerte y lo
vivo, lo primero adaptado de antemano al cuadro en que se inserta, lo segundo
incapaz de mantenerse de otro modo que por una convención que elimina de él lo
esencial, nos vemos reducidos a tratar con igual sospecha todo lo que el cuadro
contiene. A un dogmatismo metafísico, que erigiría en absoluto la unidad
facticia de la ciencia, sucederá ahora un esceptismo o un relativismo que
universalizará y extenderá a todos los resultados de la ciencia el carácter
artificial de algunos de ellos. De este modo, la filosofía oscilará en adelante
entre la doctrina que tiene a la realidad absoluta por incognoscible y la que,
en la idea que nos da de esta realidad, no dice nada más que lo que decía ya la
ciencia. Por haber querido prevenir todo conflicto entre la ciencia y la
filosofía, se ha sacrificado la filosofía sin que la ciencia haya ganado gran
cosa. Y por haber pretendido evitar el círculo vicioso aparente que consistiría
en usar de la inteligencia para sobrepasar la inteligencia, nos moveremos en un
círculo real, que consiste en encontrar, laboriosa y metafísicamente, una
unidad que hemos comenzado por presentar a priori, una unidad que hemos
admitido ciegamente, inconscientemente, por el hecho de abandonar toda la
experiencia a la ciencia y todo lo real al entendimiento puro.
Pero comencemos, por el contrario, trazando una línea de
demarcación entre lo inerte y lo vivo.
Veremos que lo primero entra naturalmente en los cuadros
de la inteligencia, que lo segundo no se presta a ello sino artificialmente y
que es necesario adoptar frente a lo vivo una actitud especial y examinarlo con
ojos que no son los de la ciencia positiva. La filosofía invade así el dominio
de la experiencia. Se ocupa de muchas cosas que, hasta aquí, no eran de su
incumbencia. Ciencia, teoría del conocimiento y metafísica van a encontrarse en
el mismo terreno. Resultará de esto una cierta confusión entre ellas. Las tres
creerán haber perdido algo, pero terminarán por sacar provecho de su encuentro.
El conocimiento científico, en efecto, podía
enorgullecerse de que se le atribuyese un valor uniforme a sus afirmaciones en
el dominio entero de la experiencia. Pero, precisamente porque todas se
encontraban colocadas a la misma altura, todas terminaban por ser afectadas de
la misma relatividad.
Ocurrirá lo mismo cuando se comience por hacer la
distinción que, según nosotros, se impone. El entendimiento está en sí en el
dominio de la materia inerte. Sobre esta materia se ejerce esencialmente la
acción humana, y la acción, como decíamos anteriormente, no podría moverse en
lo irreal. Así, con tal que no se considere de la física más que su forma
general y no el detalle de su realización, puede decirse que toca a lo
absoluto. Por el contrario, es por accidente -suerte o convención, según se
desee- como obtiene la ciencia sobre lo vivo un poder análogo al que tiene
sobre la materia bruta.
Aquí no es natural la aplicación de los cuadros del
entendimiento. No queremos decir que no sea legítima, en el sentido científico
de la palabra. Si la ciencia debe extender nuestra acción sobre las cosas, y si
no podemos actuar más que teniendo a la materia inerte por instrumento, la
ciencia puede y debe continuar tratando lo vivo como trataba lo inerte. Pero
bien entendido que cuanto más se hunda en las profundidades de la vida, más
simbólico se vuelve el conocimiento que nos suministra y relativo a las contingencias
de la acción. En este nuevo terreno la filosofía deberá seguir a la ciencia
para superponer a la verdad científica un conocimiento de otro género, que
podrá llamarse metafísico. Desde entonces se realza todo nuestro conocimiento,
científico o metafísico. En lo absoluto somos, nos movemos y vivimos. El
conocimiento que tenemos de él es incompleto, sin duda, pero no exterior o
relativo. Es el ser mismo, en sus profundidades, lo que alcanzamos por el
desarrollo combinado y progresivo de la ciencia y de la filosofía. Al renunciar
de este modo a la unidad facticia que impone desde fuera el entendimiento a la
naturaleza, volveremos a encontrar quizá la unidad verdadera, interior y viva.
Porque el esfuerzo que nos imponemos para sobrepasar el puro entendimiento nos
introduce en algo más amplio, donde se recorta nuestro entendimiento y de lo
que no puede separarse. Y, como la materia se regula sobre la inteligencia,
como hay entre ellas un acuerdo evidente, no puede engendrarse la una sin
determinar la génesis de la otra. Un proceso idéntico ha debido recortar al
mismo tiempo materia e inteligencia en un tejido que las contenía a ambas En
esta realidad nos colocaremos de nuevo, a medida que nos esforcemos con más
empeño por trascender la inteligencia pura.
Concentrémonos, pues, sobre lo que tenemos, a la vez, más
separado de lo exterior y menos penetrado de intelectualidad. Busquemos, en lo
más profundo de nosotros mismos, el punto en que nos sentimos más interiores a
nuestra propia vida. Y entonces nos sumiremos en la pura duración, una duración
en la que el pasado, siempre en marcha, se nutre sin cesar de un presente
absolutamente nuevo. Pero, al mismo tiempo, sentimos que se alarga, hasta su
límite extremo, el resorte de núestra voluntad. Es preciso que, por una
contracción violenta de nuestra personalidad sobre sí misma, reunamos nuestro
pasado que se oculta, para empujarlo, compacto e indiviso, hacia un presente
que creará con su misma introducción en él. Muy raros son los momentos en que
nos dominamos de nuevo a nosotros mismos en este punto: forman una unidad con
nuestras acciones verdaderamente libres. E incluso entonces no nos mantenemos
nunca completamente enteros. Nuestro sentimiento de la duración, quiero decir,
la coincidencia de nuestro yo consigo mismo, admite grados. Pero cuanto más
profundo es el sentimiento y la coincidencia completa, más absorberá la vida la
intelectualidad y más la sobrepasará. Porque la inteligencia tiene por función
esencial enlazar lo mismo a lo mismo, y no hay enteramente adaptables al cuadro
de la inteligencia más que los hechos que se repiten. Ahora bien, en los
momentos reales de la duración real la inteligencia encuentra sin duda su
presa, reconstruyendo el nuevo estado con una serie de vistas tomadas desde
fuera sobre él y que semejan en la medida de lo posible lo ya conocido: en este
sentido, el estado contiene intelectualidad "en potencia", por
decirlo así.
Sin embargo, la desborda, permanece inconmensurable con
ella, indivisible y nuevo.
Detengámonos ahora, interrumpamos el esfuerzo que empuja
al presente la mayor parte posible del pasado. Si la relación fuese completa,
no habría ya memoria ni voluntad: es decir, que nosotros no caemos nunca en
esta pasividad absoluta, como tampoco podemos llegar a ser nunca absolutamente
libres. Pero, en el límite, entrevemos una existencia hecha de un presente que
se comienza sin cesar, no ya duración real, sólo lo instantáneo que muere y
renace indefinidamente. ¿Es ésta la existencia de la materia? No, sin duda,
porque el análisis la resuelve en conmociones elementales, las más cortas de
las cuales son de una duración muy débil, casi evanescente, pero no nula. Puede
presumirse, sin embargo, que la existencia física se inclina en este segundo
sentido y la existencia psíquica en el primero.
En el fondo de la "espiritualidad" de una parte,
de la "materialidad" con la intelectualidad de otra, habría pues dos
procesos de dirección opuesta, y se pasaría del primero al segundo por vía de
inversión, quizás incluso de simple interrupción, si es verdad que inversión e
interrupción son dos términos que deben ser tenidos aquí por sinónimos, como
mostraremos detalladamente un poco más adelante. Esta presunción se confirmará
si se consideran las cosas desde el punto de vista de la extensión, y no ya
solamente de la duración.
Cuanto más tomamos conciencia de nuestro progreso en la
pura duración, más nos damos cuenta que las diversas partes de nuestro ser
entran unas en otras y que nuestra personalidad entera se concentra en un
punto, o mejor en un punta que se inserta en el futuro pene-trándolo sin cesar.
En esto consisten la vida y la acción libres. Dejémonos ir, por el contrario;
en lugar de actuar, soñemos. A la vez, nuestro yo se disemina y nuestro pasado,
que hasta entonces se reunía en sí mismo en el impulso indivisible que nos
comunicaba, se descompone en mil recuerdos que se exteriorizan los unos con
relación a los otros. Renuncian a interpenetrarse a medida que se congelan más.
Nuestra personalidad desciende así en la dirección del espacio. Lo bordea
incesantemente, por lo demás, en la sensación. No nos haremos pesados en este
punto en el que ya hemos profundizado bastan-te. Limitémonos a recordar que la
extensión admite grados, que toda sensación es extensiva en cierta medida, y
que la idea de sensaciones inextensas, artificialmente localizadas en el
espacio, es una simple consideración del espíritu, sugerida por una metafísica
inconsciente antes que por la observación psicológica.
Sin duda, no damos más que los primeros pasos en la
dirección de la extensión, incluso cuando nos dejamos llevar lo más posible.
Pero supongamos, por un instante, que la materia consiste en este mismo
movimiento llevado más lejos, y que lo físico sea simplemente lo psíquico
invertido. Se comprendería entonces que el espíritu se sienta tan a su gusto y
que se mueva tan naturalmente en el espacio, puesto que la materia le sugiere
la representación más distinta. Este espacio tenía su representación implícita
en el sentimiento mismo que tomaba de su relajación eventual, es decir, de su
extensión posible. Lo encuentra en las cosas, pero lo hubiese obtenido sin
ellas si hubiese tenido una imaginación bastante poderosa para empujar hasta el
fin la inversión de su movimiento natural. Por otra parte, nos explicaríamos
así que la materia acentúe también su materialidad bajo la mirada del espíritu.
Ha comenzado por ayudar a éste a descender su pendiente hasta ella, le ha dado
el impulso. Pero el espíritu no se detiene, una vez lanzado. La representación
que forma del espacio puro no es más que el esquema del término en el que
concluiría este movimiento. Una vez en posesión de la forma de espacio, se
sirve de ella como de una red de mallas que puede hacerse y deshacerse a
voluntad, y que, arrojada sobre la materia, la divide según lo exigen las
necesidades de nuestra acción. Así, el espacio de nuestra geometría y la
espacialidad de las cosas se engendran mutuamente por la acción y la reacción
recíprocas de los dos términos que son de la misma esencia, pero que marchan en
sentido inverso el uno del otro. Ni el espacio es tan extraño a nuestra
naturaleza como nos lo figuramos, ni la materia es tan completamente extensa en
el espacio como nuestra inteligencia y nuestros sentidos se la representan.
Hemos tratado en otra parte del primer punto. En lo que
concierne al segundo, nos limitaremos a hacer observar que la espacialidad
perfecta consistiría en una perfecta exterioridad de unas partes con relación a
las otras, es decir, en una independencia recíproca completa. Ahora bien, no
hay punto material que no actúe sobre cualquier otro punto material. Si se echa
de ver que una cosa está verdaderamente allí donde actúa, nos veremos llevados
a decir (como hacía Faraday
[74]) que todos los átomos se interpenetran y que cada uno
de ellos llena el mundo. En una hipótesis tal, el átomo o, más generalmente, el
punto material se convierte en una simple consideración del espíritu, a la que
se llega continuando por bastante tiempo el trabajo (plenamente relativo a
nuestra facultad de actuar) por el cual subdividimos la materia en cuerpos Sin
embargo, es indiscutible que la materia se presta a esta subdivisión, y que al
suponerla repartida en partes exteriores unas a otras, construimos una ciencia
suficientemente representativa de lo real. Es indudable que, aunque no haya
sistema completamente aislado, la ciencia encuentra medio de recortar el
universo en sistemas relativamente independientes unos de otros, y que no
comete así error sensible. ¿ No se dice con esto que la materia se extiende en
el espacio sin ser absolutamente extensa, y que al considerarla descomponible
en sistemas aislados y al atribuirla elementos distintos que cambian con
relación a otros sin cambiar ellos mismos (que "se desplazan",
decimos, sin alterarse), y, en fin, al conferirla las propiedades del espacio
puro, se la transporta al término del movimiento del que ella dibuja
simplemente la dirección?
Lo que nos parece que la Estética trascendental de Kant ha
establecido de manera definitiva es que la extensión no resulta ser un atributo
material comparable a los demás. Sobre la noción de calor, sobre la de color o
de peso, el razonamiento no trabajará indefinidamente: para conocer las
modalidades de peso, o de calor, será preciso volver a tomar contacto con la
experiencia. No ocurre lo mismo con la noción de espacio. Suponiendo que nos
sea dada empíricamente por la vista y por el tacto (y Kant jamás lo ha puesto
en duda), tiene de notable que el espíritu, especulando sobre ella con sus
solas fuerzas, recorta ahí figuras a priori cuyas propiedades también
determinará a priori: la experiencia, con la que no ha guardado contacto, le
sigue, a pesar de todo, a través de las complicaciones infinitas de sus
razonamientos y le da invariablemente la razón. Kant ha puesto el hecho a plena
luz Pero su explicación debe ser buscada, a nuestro entender, por otro camino
que el seguido por Kant.
La inteligencia, tal como se la representa Kant, se baña
en una atmósfera de espacialidad a la cual está tan inseparablemente unida como
el cuerpo vivo al aire que respira. Nuestras percepciones llegan a nosotros
después de haber atravesado esta atmósfera. Se han impregnado ahí de antemano
de nuestra geometría, de suerte que nuestra facultad de pensar no hace otra
cosa que volver a encontrar, en la materia, las propiedades matemáticas que ha
depositado en ella inicialmente nuestra facultad de percibir. De este modo,
estamos seguros de que vemos a la materia plegarse con docilidad a nuestros
razonamientos; pero esta materia, en lo que tiene de inteligible, es obra
nuestra: de la realidad "en sí" nada sabemos ni sabremos jamás,
puesto que no aprehendemos de ella más que su refracción a través de las formas
de nuestra facultad de percibir. Si algo pretendemos afirmar sobre esta
realidad, en seguida surge la afirmación contraria, igualmente demostrable,
igualmente plausible: la idealidad del espacio, probada directamente por el
análisis del conocimiento, lo es indirectamente por las antinomias a que
conduce la tesis opuesta. Tal es la idea directriz de la crítica kantiana. Ha
inspirado a Kant una refutación perentoria de las teorías
"empiristas" del conocimiento. A nuestro juicio es definitiva en lo
que niega. ¿Pero nos da, en lo que afirma, la solución del problema? Se
representa el espacio como una forma ya hecha de nuestra facultad de percibir,
verdadero deus ex machina que no vemos ni cómo surge, ni por qué es lo que es
antes que cualquier otra cosa. Se da "cosas en sí" de las que
pretende que no podemos conocer nada: ¿con qué derecho afirma entonces su
existencia, incluso como "problemática"? Si la incognoscible realidad
proyecta en nuestra facultad de percibir una diversidad sensible, capaz de
insertarse en ella, ¿no es ella, por esto mismo, conocida en parte? Y, al
profundizar en esta inserción, ¿no seremos llevados, al menos en un punto, a
suponer entre las cosas y nuestro espíritu un acuerdo preestablecido, hipótesis
perezosa, de la que, con razón, Kant quería prescindir? En el fondo, y por no
haber distinguido grados en la espacialidad, Kant ha tenido que darse hecho el
espacio, de donde la cuestión de saber cómo se adapta a él la "diversidad
sensible". Por la misma razón ha juzgado la materia desarrollada en partes
absolutamente exteriores unos a otras: de ahí las antinomias, cuyas tesis y
antítesis suponen la coincidencia perfecta de la materia con el espacio
geométrico, pero se desvanecen desde el momento que se deja de extender a la
materia lo que es propio del espacio puro. De ahí, en fin, la conclusión de que
hay tres alternativas, y solamente tres, entre las que optar respecto a la
teoría del conocimiento: o el espíritu se regula por las cosas, o las cosas se
regulan por el espíritu, o es preciso suponer entre las cosas y el espíritu una
concordancia misteriosa.
Pero la verdad es que hay una cuarta, en la que no parece
haber pensado Kant. Y no ha pensado, en primer lugar porque tampoco suponía que
el espíritu desbordaba la inteligencia; en segundo lugar (que viene a ser, en
el fondo, lo mismo), porque no atribuía a la duración una existencia absoluta,
al poner a priori el tiempo en la misma línea que el espacio. Esta solución
consistiría inicialmente en considerar la inteligencia como una función
especial del espíritu, esencialmente vuelta hacia la materia inerte.
Consistiría luego en decir que ni la materia determina la
forma de la inteligencia, ni la inteligencia impone su forma a la materia, ni
la materia y la inteligencia han sido reguladas la una por la otra a medio de
armonía preestablecida alguna, sino que progresivamente la inteligencia y la
materia se han adaptado la una a la otra para detenerse, en fin, en una forma
común. Esta adaptación se habría efectuado por lo demás naturalmente, porque es
la misma inversión del mismo movimiento la que crea a la vez la intelectualidad
del espíritu y la materialidad de las cosas.
Desde este punto de vista, el conocimiento que nos dan de
la materia, de un lado nuestra percepción, y de otro la ciencia, se nos aparece
como aproximativo, pero no como relativo. Nuestra percepción, cuyo papel
consiste en iluminar nuestras acciones, opera un secciona-miento de la materia
que estará siempre bastante claro, siempre subordinado a las exigencias
prácticas, siempre también sujeto a revisión. Nuestra ciencia, que aspira a
tomar la forma matemática, acentúa más de lo que es preciso la espacialidad de
la materia; sus esquemas serán, pues, en general, demasiado precisos y siempre
podrán rehacerse. Sería necesario, para que una teoría científica fuese
definitiva, que el espíritu pudiese abarcar en conjunto la totalidad de las
cosas y situarlas exactamente, en relación unas con otras; pero, en realidad,
nos vemos obligados a plantear los problemas uno a uno, en términos que son,
por esto mismo, términos provisionales, de suerte que la solución de cada
problema deberá ser indefinidamente corregida por la solución que se dé a los
problemas siguientes, ya que la ciencia, en su conjunto, es relativa al orden
contingente en el que se han planteado sucesivamente los problemas En este
sentido, y en esta medida, la ciencia habrá de ser considerada conven-cionalmente;
pero la convencionalidad lo será de hecho, por decirlo así, y no de derecho En
principio, la ciencia positiva versa sobre la realidad misma, con tal que no
salga de su dominio propio, que es la materia inerte.
El conocimiento científico, así considerado, se eleva. En
cambio, la teoría del conocimiento se convierte en una empresa infinitamente
difícil y que sobrepasa las fuerzas de la pura inteligencia. No basta ya, en
efecto, determinar por un análisis llevado con prudencia, las categorías del
pensamiento, se trata de engendrarlas. En lo que concierne al espacio, sería
preciso, por un esfuerzo sui generis del espíritu, seguir la progresión o,
mejor, la regresión de lo extraespacial, degradándose en espaciali-dad.
Al colocarnos, en principio, tan altos como nos es posible
en nuestra conciencia para dejarnos caer en seguida poco a poco, tenemos
ciertamente el sentimiento de que nuestro yo se extiende en recuerdos inertes
exteriorizados unos con relación a otros, en lugar de manifestarse en un querer
indivisible y actuante. Pero esto no es más que un comienzo. Nuestra
conciencia, al esbozar el movimiento, nos muestra su dirección y nos hace
entrever la posibilidad de que se continúe hasta el fin; pero ella no va tan lejos.
Por el contrario, si consideramos la materia que nos parece de buenas a
primeras coincidir con el espacio, encontramos que, cuanto más se fija nuestra
atención en ella, más entran unas en otras las partes que estimábamos
yuxtapuestas, subsistiendo en cada una de ellas la acción del todo que le es,
por consiguiente, presente de algún modo. Así, aunque se despliega en el
sentido del espacio, la materia no concluye en él por completo: de lo cual
puede deducirse que no hace más que continuar mucho más lejos el movimiento que
la conciencia podía esbozar en nosotros en estado naciente. Tenemos pues en
nuestras manos los dos extremos de la cadena, aunque no alcancemos a aprehender
los restantes anillos. ¿Se nos escaparán siempre? Debemos considerar que la filosofía,
tal como la definimos, no ha tomado todavía conciencia de sí misma. La física
comprende su papel cuando empuja la materia en el sentido de la es-pacialidad;
¿pero ha comprendido la metafísica el suyo cuando sigue pura y simplemente los
pasos de la física, con la quimérica esperanza de ir más lejos en la misma
dirección? ¿No debería ser, por el contrario, privativa tarea suya remontar la
pendiente que desciende la física, llevar la materia a sus orígenes y
constituir progresivamente una cosmología que sería, si pudiese hablarse así,
una psicología al revés? Todo lo que se aparece como positivo al físico y al
geómetra se convertiría, desde este nuevo punto de vista, en interrupción o
inversión de la positividad verdadera, que habría que definir en términos
psicológicos Ciertamente, si se considera el orden admirable de las
matemáticas, el acuerdo perfecto de los objetos de que se ocupan, la lógica
inmanente a los números y a las figuras, la certidumbre que nos dan, sean
cuales sean la diversidad y la complejidad de nuestros razonamientos, respecto
a la seguridad de obtener siempre la misma conclusión, nos costará trabajo ver
en propiedades de apariencia tan positiva un sistema de negaciones, la ausencia
mejor que la presencia de una realidad verdadera. Pero no debemos olvidar que
nuestra inteligencia, que com-prueba este orden y que lo admira, se ve dirigida
en el sentido mismo del movimiento que aboca a la materialidad y a la
espacialidad de su objeto. Aún más, al analizar su objeto, pone en él la complicación
y más complicado es el orden que encuentra. Y este orden y esta complicación le
producen necesariamente el efecto de una realidad positiva, aun siendo del
mismo sentido que ella.
Cuando un poeta me recita sus versos, puedo interesarme
tanto en ellos que penetre en su pensamiento, me introduzca en sus sentimientos
y reviva el estado simple que ha esparcido en frases y en palabras. Simpatizo
entonces con su inspiración, la sigo con un movimiento continuo que es, como la
inspiración misma, un acto indivisible. Ahora bien, basta que se relaje mi
atención, que yo afloje lo que había en mí de tenso, para que los sonidos,
hasta entonces sumergidos en el sentido, se me aparezcan distintamente, uno a
uno, en su materialidad. No tengo nada que añadir a esto; basta que suprima
alguna cosa. A medida que me deje ir, los sonidos sucesivos se individualizarán
más: del mismo modo que las frases se habían descompuesto en palabras, así
también las palabras se dividirán en sílabas que percibiré de manera sucesiva.
Vayamos más lejos todavía en el sentido del ensueño: distinguiré ahora las
letras unas de otras, y las veré desfilar, entrelazadas, sobre una hoja de
papel imaginario. Admiraré entonces la precisión de los entrelaza-mientos, el
orden maravilloso del cortejo, la inserción exacta de las letras en las
sílabas, de las sílabas en las palabras y de las palabras en las frases. Cuanto
más avance en el sentido completamente negativo del relajamiento, más extensión
y complicación habré creado; y cuanto más aumente a su vez la complicación, más
admirable me parecerá el orden que continúa reinando, inquebrantable, entre los
elementos. Sin embargo, esta complicación y esta extensión no representan nada
positivo: expresan una deficiencia del querer. Y, por otra parte, es preciso
que el orden crezca con la complicación, ya que no es más que un aspecto suyo:
cuantas más partes se perciben simbólicamente en un todo indivisible, más
aumenta, necesariamente, el número de las relaciones que tienen las partes
entre sí, puesto que la misma indivisión del todo real continúa cerniéndose
sobre la multiplicidad creciente de los elementos simbólicos en la que lo ha
descompuesto el aflojamiento de la atención. Una comparación de este género
hará comprender, en cierta medida, cómo la misma supresión de realidad
positiva, la misma inversión de un cierto movimiento original, puede crear a la
vez la extensión en el espacio y el orden admirable que nuestra matemática
descubre en él. Hay, sin duda, esta diferencia en los dos casos: que las
palabras y las letras han sido inventadas por un esfuerzo positivo de la
humanidad, en tanto que el espacio surge automáticamente, como surge, una vez
puestos los dos términos, el resto de una sustracción
[75]. Pero, lo mismo en un caso que en otro, la
complicación hasta el infinito de las partes y su perfecta coordinación entre
sí se han originado a la vez por una inversión que es, en el fondo, una
interrupción, es decir una disminución de realidad positiva.
Todas las operaciones de nuestra inteligencia tienden a la
geometría, como al término en el que encuentran su perfecto acabamiento. Pero,
como la geometría les es necesariamente anterior (puesto que estas operaciones
no abocarán jamás a reconstruir el espacio y no pueden hacer otra cosa que
dárselo), es evidente que se trata de una geometría latente, inmanente a
nuestra representación del espacio, que es el gran resorte de nuestra
inteli-gencia y el que la hace marchar Nos convenceremos de ello considerando
las dos funciones esenciales de la inteligencia: la facultad de deducir y la de
inducir.
Comencemos por la deducción. El mismo movimiento por el
que trazo una figura en el espacio engendra sus propiedades; son visibles y
tangibles en este movimiento mismo; siento y vivo en el espacio la relación de
la definición a sus consecuencias, de las premisas a la conclusión. Todos los
demás conceptos de los que me sugiere la idea la experiencia, sólo en parte
pueden reconstruirse a priori; la definición de ellos será pues imperfecta y
las deducciones en que entren estos conceptos, por rigurosamente que se
encadene la conclusión a las premisas, participarán de esta imperfección. Pero
cuando trazo grosso modo en la arena la base de un triángulo y comienzo a
formar los dos ángulos en la base, sé de una manera cierta y comprendo
absolutamente que, si estos dos ángulos son iguales, los lados lo serán
también, pudiendo entonces la figura volverse sobre sí misma sin que nada
cambie en ella Lo sé, en verdad, antes de haber aprendido geometría Así,
anterior a la geometría científica hay una geometría natural cuya claridad y
evidencia sobrepasan a las de las demás deducciones.
Porque éstas versan sobre cualidades y no ya sobre
magnitudes. Se forman, pues, sin duda, sobre el modelo de las primeras y
reciben su fuerza de lo que, bajo la cualidad, transparenta confusamente la
magnitud. Señalemos que las cuestiones de situación y de magnitud son las
primeras que se presentan a nuestra actividad, las que la inteligencia
exteriorizada en acción resuelve antes incluso de que haya aparecido la
inteligencia reflexiva: el salvaje se las arregla mejor que el civilizado para
calcular distancias, para determinar una dirección, para rehacer de memoria el
esquema frecuentemente complejo del camino que ha recorrido, y poder volver
así, en línea recta, a su punto de partida
[76]. Si el animal no deduce explícitamente, si no forma
conceptos explícitamente, no puede representarse un espacio homogéneo. No hay
lugar a que os representéis este espacio sin introducir, a la vez, una
geometría virtual que se degradará, por sí misma, en lógica. Toda la
repugnancia de los filósofos a considerar las cosas bajo este punto de vista,
proviene de que el trabajo lógico de la inteligencia representa a sus ojos un
esfuerzo positivo del espíritu. Pero, si se entiende por espiritualidad una marcha
adelante hacia creaciones siempre nuevas, hacia conclusiones inconmensurables
con las premisas e indeterminables con relación a ellas, deberá decirse de una
representación que se mueve entre relaciones de determinación necesaria, a
través de premisas que contienen de antemano su conclusión, y que ella sigue la
dirección inversa, la de la materialidad. Lo que se nos aparece, desde el punto
de vista de la inteligencia, como un esfuerzo, es en sí un abandono. Y en tanto
que, desde el punto de vista de la inteligencia, hay una petición de principio
al hacer salir automáticamente del espacio la geometría, de la geometría misma
la lógica, por el contrario, si el espacio es el término último del movimiento
de relajación del espíritu, no puede darse el espacio sin presentar así la
lógica y la geometría, que están en el trayecto que tiene como término la pura
intuición espacial. No se ha señalado bastante cuán débil es el alcance de la
deducción en las ciencias psicológicas y morales. De una proposición verificada
por los hechos no se pueden extraer aquí consecuencias verificables sino hasta
cierto punto y en cierta medida.
Bien pronto es preciso hacer un llamamiento al buen
sentido, es decir, a la experiencia continua de lo real, para desviar las
consecuencias deducidas y adaptarlas a las sinuosidades de la vida. La
deducción sólo tiene éxito metafóricamente en las cosas morales, por decirlo
así, y en la exacta medida en que lo moral puede trasponerse en físico, quiero
decir, traducirse en símbolos espaciales. La metáfora no va jamás demasiado
lejos, lo mismo que la curva no se deja confundir mucho tiempo con su tangente.
¿ Cómo no sorprenderse de lo que hay de extraño, e incluso de paradójico, en
esta debilidad de la deducción? He aquí una pura operación del espíritu que se
cumple únicamente por la fuerza del espíritu. Parece que si en alguna parte
debería sentirse en sí y evolucionar a su gusto, es entre las cosas del
espíritu, es en el dominio del espíritu. Y nada de eso, pues ahí precisamente
no sabe qué hacer ni qué decir. Por el contrario, en geometría, en astronomía,
en física, cuando nos las habernos con cosas exteriores a nosotros, la
deducción es muy poderosa. La observación y la experiencia son aquí sin duda
necesarias para llegar al principio, es decir, para descubrir el aspecto bajo
el cual sería preciso considerar las cosas; pero, en rigor, sólo con mucha
suerte se le podría encontrar en seguida; aunque, desde que se posee este
principio, se extraen de él consecuencias que la experiencia verificará
siempre. ¿Qué concluir de ello sino que la deducción es una operación regulada
sobre las marchas de la materia, calcada sobre las articulaciones móviles de la
materia, implícitamente dada, en fin, con el espacio que sostiene la materia?
En tanto se desenvuelve en el espacio o en el tiempo espacializado, no tiene
más que dejarse ir. Es la duración la que plantea las dificultades.
La deducción no se produce, pues, sin una segunda
intención de intuición espacial. Pero otro tanto podría decirse de la
inducción. Ciertamente, no es necesario pensar en geómetra, ni incluso pensar,
para esperar de las mismas condiciones la repetición del mismo hecho. La
conciencia del animal hace ya este trabajo e, independientemente de toda
conciencia, el cuerpo vivo mismo está ya construido para extraer de las
situaciones sucesivas en que se encuentra las similitudes que le interesan y
para responder así a las excitaciones por reacciones apropiadas. Pero nos
encontramos lejos de una espera y de una reacción maquinales del cuerpo a la
inducción propiamente dicha, que es una operación intelectual. Esta descansa en
la creencia de que hay causas y efectos, y de que los mismos efectos siguen a
las mismas causas. Ahora bien, si se profundiza en esta doble creencia, he aquí
lo que se encuentra. Implica primero que es factible descomponer la realidad en
grupos que pueden prácticamente mantenerse aislados e independientes. Si hago
hervir agua en una cacerola colocada sobre un infiernillo, la operación y los
objetos que la sostienen son, en realidad, solidarios de una multitud de
objetos y de una multitud de operaciones: gradualmente, encontraríamos que todo
nuestro sistema solar está interesado en lo que se realiza en este punto del
espacio. Pero, en cierta medida y por el fin especial que persigo, puedo
admitir que las cosas pasan como si el grupo aguacacerola-infiernillo encendido
fuese un microcosmos independiente. Esta es mi primera afirmación. Ahora,
cuando digo que este microcosmos se conducirá siempre de la misma manera, que
el calor provocará necesariamente, al cabo de cierto tiempo, la ebullición del
agua, admito que, si me doy un cierto número de elementos del sistema, esto
basta para que el sistema esté completo: se completa automáticamente, no soy
libre de completarlo a mi antojo con el pensamiento. Una vez dados el
infiernillo encendido, la cacerola y el agua, así como un cierto intervalo de
duración, la ebullición, que la experiencia me ha mostrado ayer ser lo que
faltaba al sistema para estar completo, lo completará mañana o no importa
cuándo, pero sí alguna vez. ¿Qué hay en el fondo de esta creencia? Puede
afirmarse que es más o menos segura, según los casos, y que toma el carácter de
certidumbre absoluta cuando el microcosmos considerado no contiene más que
magnitudes. Si propongo dos números, en efecto, no soy libre de escoger su
diferencia. Y dados dos lados de un triángulo y el ángulo comprendido, el tercer
lado surge por sí mismo y el triángulo se completa automáticamente.
Puedo, no importa dónde y no importa cuándo, trazar los
dos mismos lados que comprenden el mismo ángulo; es evidente que los nuevos
triángulos así formados podrán superponerse al primero y que, por consiguiente,
el mismo tercer lado habrá venido a completar el sistema. Ahora bien, si mi
certidumbre es perfecta en el caso en que razono sobre puras determinaciones
espaciales, ¿no debo suponer que, en los otros casos, lo es tanto más cuanto
más se aproxime también a este caso límite? ¿ No sería incluso el caso límite
el que se trasparentase a través de todos los demás
[77], el que los colorease según su mayor o menor
trasparencia de un matiz más o menos acusado de necesidad geométrica? De hecho,
cuando digo que el agua colocada en el infiernillo va a hervir hoy como lo ha
hecho ayer, y que esto es de una absoluta necesidad, me doy cuenta confusamente
que mi imaginación transporta el infiernillo de hoy al de ayer, la cacerola
sobre la cacerola, el agua sobre el agua, la duración que transcurre sobre otra
duración que también transcurre, y que todo lo demás parece igualmente
coincidir desde ese momento, por la misma razón que hace que los terceros lados
de dos triángulos que se superponen coincidan, si los dos primeros coinciden ya
totalmente. Pero mi imaginación no procede así, a no ser que cierre los ojos
sobre dos puntos esenciales. Para que el sistema de hoy pueda superponerse al
de ayer, sería preciso que éste hubiera esperado a aquél, que el tiempo se
hubiese detenido y que todo fuera simultáneo con todo: esto es lo que ocurre en
geometría, pero sólo en geometría.
La inducción implica, pues, ante todo, que en el mundo del
físico, al igual que en el del geómetra, el tiempo no cuenta. Pero implica
también que las cualidades pueden superponerse las unas a las otras como
magnitudes. Si transporto idealmente el infiernillo encendido de hoy sobre el
de ayer, compruebo sin duda que la forma permanece la misma; basta, para esto,
que las superficies y las aristas coincidan; pero ¿en qué consiste la
coincidencia de dos cualidades y cómo superponerlas una a otra para asegurar que
son idénticas? Sin embargo, extiendo al segundo orden de realidad todo lo que
se aplica al primero. El físico legitimará más tarde esta operación reduciendo,
tanto como sea posible, las diferencias de cualidad a diferencias de magnitud;
pero, aun antes de proceder científicamente, me inclino a asimilar las
cualidades a las cantidades, como si percibiese detrás de aquellas, por
trasparencia, un mecanismo geométrico
[78]. Cuanto más completa es esta trasparencia, más
necesaria me parece, en las mismas condiciones, la repetición del mismo hecho.
Las inducciones son ciertas, a nuestros ojos, en la exacta medida en que
fundimos las diferencias cualitativas en la homogeneidad del espacio que las
sostiene, de suerte que la geometría es el límite ideal de nuestras inducciones
tanto como el de nuestras deducciones. El movimiento a cuyo término se
encuentra la es-pacialidad decanta en su curso la facultad de inducir y deducir
o, lo que es igual, toda la intelectualidad.
Las crea en el espíritu. Pero crea también, en las cosas,
el "orden" que encuentra nuestra inducción, ayudada por la deducción.
Este orden, en el cual se apoya nuestra acción y se reconoce nuestra
inteligencia, nos parece maravilloso. No solamente las mismas causas producen
los mismos efectos de conjunto, sino que, en las causas y en los efectos
visibles, nuestra ciencia descubre una infinidad de cambios infinitesimales que
se insertan cada vez más exactamente unos en otros a medida que se lleva el
análisis más lejos: si bien al término de este análisis la materia sería, a
nuestro parecer, la geometría misma. Ciertamente, la inteligencia admira aquí,
con razón, el orden creciente en la complejidad creciente: uno y otra tienen
para ella una realidad positiva, que es del mismo sentido que ella. Pero las
cosas cambian de aspecto cuando se considera el todo de la realidad como una
marcha hacia adelante, indivisible, en creaciones que se suceden. Se adivina
entonces que la complicación de los elementos materiales, y el orden matemático
que los enlaza entre sí, deben surgir automáticamente, desde que se produce, en
el seno del todo, una interrupción o una inversión parciales. Como por lo demás
la inteligencia se recorta en el espíritu por un proceso del mismo género,
concuerda con este orden y esta complicación, y los admira porque se reconoce
en ellos. Pero lo que es admirable en sí, lo que merecería provocar el asombro,
es la creación sin cesar renovada que el todo de lo real, indivisible, cumple
en su marcha, porque ninguna complicación del orden matemático consigo mismo,
por sabia que se la suponga, introducirá jamás un átomo de novedad en el mundo,
mientras que, una vez puesto este poder de creación (y existe, ya que tomamos
conciencia de él en nosotros, al menos, cuando obramos libremente), no tiene
más que distraerse de sí mismo para debilitarse, debilitarse para extenderse, y
extenderse para que el orden matemático que preside la disposición de los
elementos así distinguidos, y el determinismo inflexible que los enlaza,
manifiesten la interrupción del acto creador; no forman, por lo demás, sino una
unidad con esta interrupción misma.
Esta tendencia completamente negativa es la que expresan
las leyes particulares del mundo físico. Ninguna de ellas, tomada aparte, tiene
realidad objetiva: es la obra de un sabio que ha considerado las cosas desde un
cierto punto de vista, aislado ciertas variables, aplicado ciertas unidades
convencionales de medida. Y, sin embargo, hay un orden casi matemático
inmanente a la materia, orden objetivo, al que nuestra ciencia se aproxima a
medida de su progreso. Porque si la materia es un relajamiento de lo inextensivo
en extensivo y, por ello, de la libertad en necesidad, aunque no coincida con
el puro espacio homogéneo, ella se ha constituido por el movimiento que conduce
a él, y desde entonces se encuentra en el camino de la geometría. Es verdad que
nunca se aplicarán por completo aquí las leyes de forma matemáticas, pues sería
preciso para esto que la materia fuese puro espacio y que saliese de la
duración.
No insistiremos jamás lo bastante en lo que hay de
artificial en la forma matemática de una ley física y, por consiguiente, en
nuestro conocimiento científico de las cosas
[79]. Nuestras unidades de medida son convencionales y, si
se puede hablar así, extrañas a las intenciones de la naturaleza: ¿cómo suponer
que ésta haya referido todas las modalidades del calor a las dilataciones de
una misma masa de mercurio o a los cambios de presión de una misma masa de aire
mantenida en un volumen constante? Pero esto no es decir bastante. De una
manera general, medir es una operación muy humana, que implica que se superpone
real o idealmente dos objetos un cierto número de veces. La naturaleza no ha
pensado en esta superposición. No mide, no cuenta. Sin embargo, la física
cuenta, mide, refiere unas a otras variaciones "cuantitativas" para
obtener leyes y alcanza éxito con ello. Su éxito sería inexplicable si el
movimiento constitutivo de la materialidad no fuese el movimiento mismo que,
prolongado por nosotros hasta su término, es decir hasta el espacio homogéneo,
aboca a hacernos contar, medir, seguir en sus variaciones respectivas términos
que son función unos de otros. Para efectuar esta prolongación, nuestra
inteligencia no tiene, por lo demás, que prolongarse ella misma, pues va
naturalmente al espacio y a las matemáticas, al ser intelectualidad y
materialidad de la misma naturaleza y producirse de la misma manera.
Si el orden matemático fuese cosa positiva, si hubiese,
inmanentes a la materia, leyes comparables a las de nuestros códigos, el éxito
de nuestra ciencia resultaría milagroso. ¿Qué gran suerte no sería la nuestra,
en efecto, si encontrásemos el patrón de la naturaleza y pudiésemos aislar
precisamente, para determinar sus relaciones recíprocas, las variables que ésta
hubiese escogido? Pero el éxito de una ciencia de forma matemática sería no
menos incomprensible si la materia no tuviese todo lo que es preciso para
entrar en nuestros cuadros. Una sola hipótesis queda, pues, como plausible: que
el orden matemático no tenga nada de positivo, que sea la forma a que tiende,
por sí misma, una cierta interrupción, y que la materialidad consista
precisamente en una interrupción de este género. Se comprenderá así que nuestra
ciencia sea contingente, relativa a las variables que ha escogido, relativa al
orden en que ha colocado sucesivamente los problemas, y que, no obstante,
obtenga éxito. Hubiese podido, en su conjunto, ser completamente diferente y, a
pesar de todo, tener también éxito. Y es, justamente, porque ningún sistema
definido de leyes matemáticas se encuentra en la base de la naturaleza, y
porque la matemática en general representa simplemente el sentido en e! cual
cae la materia. Poned en no importa qué postura uno de estos pequeños maniquíes
de corcho cuyos pies son de plomo, acostadlo de espaldas, colocadlo cabeza
abajo, echadlo al aire; siempre, automáticamente, volverá a ponerse de pie. Así
en cuanto a la materia: podemos tomarla por no importa qué lado y manipularla
como queramos, que ella caerá siempre en alguno de nuestros cuadros
matemáticos, porque está lastrada de geometría. Pero el filósofo rehusará quizá
fundamentar una teoría del conocimiento en parecidas consideraciones. Y sentirá
repugnancia a ello porque el orden matemático, como tal orden, le parecerá
encerrar algo positivo. En vano decimos que este orden se produce
automáticamente por la interrupción del orden inverso, que es esta interrupción
misma. No deja de subsistir, no obstante, la idea de que podría no haber orden
del todo, y que el orden matemático de las cosas, por ser una conquista sobre
el desorden, posee una realidad positiva. Profundizando en este punto se vería
qué papel capital juega la idea de desorden en los problemas relativos a la
teoría del conocimiento. No aparece ahí de manera explícita, por lo cual no nos
hemos ocupado de ella. Sin embargo, una teoría del conocimiento debería
comenzar por la crítica de esta idea, porque si el gran problema consiste en
saber por qué y cómo la realidad se somete a un orden, es debido a que la
ausencia de toda especie de orden parece posible o concebible. En esta ausencia
de orden creen pensar el realista y el idealista; el realista, cuando habla de
la reglamentación que las leyes "objetivas" imponen efectivamente a
un desorden posible de la naturaleza; el idealista, cuando supone una
"diversidad sensible" que se coordinaría -estando por consiguiente
sin orden- bajo la influencia organizadora de nuestro entendimiento. La idea
del desorden, entendido en el sentido de una ausencia de orden, es pues la que
convendría analizar primero. La filosofía la toma de la vida corriente. Y es
indudable que, corrientemente, cuando hablamos de desorden, pensamos en alguna
cosa. ¿Pero en qué pensamos? Se verá, en el próximo capítulo, cuán difícil
resulta determinar el contenido de una idea negativa, y a qué ilusiones se
expone, en qué inextricables dificultades cae la filosofía por no haber
emprendido este trabajo. Dificultades e ilusiones que residen de ordinario en
que se acepta como definitiva una manera de expresarse esencialmente
provisional. Residen en que se transporta al dominio de la especulación un
procedimiento hecho para la práctica. Si escojo, al azar, un volumen en mi
biblioteca, puedo, después de haberle echado una ojeada, volver a ponerlo en
los estantes diciendo: "no es un libro de versos". ¿Pero es esto lo
que yo he percibido al hojear el libro?
No, evidentemente. No he visto, no veré nunca una ausencia
de versos. He visto la prosa. Pero como lo que yo deseo es la poesía, expreso
lo que encuentro en función de lo que busco, y en lugar de decir "he aquí
la prosa" digo que "no son versos". Inversamente, si deseo leer
prosa y cae en mis manos un libro de versos, diré que "no es prosa",
traduciendo así los datos de mi percepción, que me muestra versos, en la lengua
de mi espera y de mi atención, que están fijas en la idea de prosa y no quieren
oír hablar más que de ella. Ahora bien, si Jourdain me escuchase, inferiría sin
duda de mi doble exclamación que prosa y poesía son dos formas de lenguaje
reservadas a los libros, y que estas formas sabias se han superpuesto a un
lenguaje bruto, el cual no era ni prosa ni verso. Al hablar de lo que no es ni
verso ni prosa, podría creer pensar, por otra parte, que no se trata más que de
una pseudorrepresenta-ción.
Vayamos más lejos: la pseudorrepresentación podría crear
un pseudoproblema, si Jourdain preguntara a su profesor de filosofía cómo la
forma prosa y la forma poesía se han añadido a lo que no poseía ni la una ni la
otra, y que quisiera que se le explicase la teoría, en cierto modo, de la
imposición de estas dos formas a esta simple materia. Su pregunta resultaría
absurda, y el absurdo provendría de que habría hipostasiado en sustrato común
de la prosa y de la poesía la negación simultánea de las dos, olvidando que la
negación de la una consiste en la posición de la otra.
Ahora bien, supongamos que hay dos especies de orden y que
estos dos órdenes son dos contrarios en el seno de un mismo género. Supongamos
también que la idea de desorden surge en nuestro espíritu cada vez que,
buscando una de las dos especies de orden, encontramos la otra. La idea de
desorden tendría entonces una significación clara en la práctica corriente de
la vida; objetivaría, por comodidad del lenguaje, la decepción de un espíritu
que encuentra ante sí un orden diferente del que tiene necesidad, orden con el
que nada tiene que hacer por el momento y que, en este sentido, no existe para
él. Pero ella no entrañaría ningún empleo teórico. Aunque si pretendemos, a
pesar de todo, introducirla en filosofía, infaliblemente perderemos de vista su
significación verdadera. Observaría la ausencia de un cierto orden, pero en
provecho de otro (del que no tenía por qué ocuparse); no obstante, como se
aplica a cada uno de los dos alternativamente, e incluso va y viene sin cesar
entre los dos, la tomaremos en ruta, o mejor en el aire, y la trataremos como
si representase, no ya la ausencia de uno y otro orden indiferentemente, sino
la ausencia de los dos, cosa que no es ni percibida ni concebida sino simple
entidad verbal. Así nacería el problema de saber cómo se impone el orden al
desorden, la forma a la materia. Analizando la idea de desorden así sutilizada,
se vería que no representa nada del todo, y a la vez se desvanecerían los
problemas que se promovían alrededor de ella.
Es verdad que sería preciso comenzar por distinguir, para
oponer incluso uno a otro, dos especies de orden que de ordinario se confunden.
Como esta confusión ha creado las principales dificultades del problema del
conocimiento, no será inútil apoyarse también en los rasgos por los que se
distinguen los dos órdenes.
De una manera general, la realidad está ordenada en la
exacta medida en que satisface nuestro pensamiento. El orden es, pues, un
cierto acuerdo entre el sujeto y el objeto. Es el espíritu que se encuentra de
nuevo en las cosas. Pero el espíritu, decíamos, puede caminar en dos sentidos
opuestos.
Unas veces sigue su dirección natural: entonces se da el
progreso en forma de tensión, la creación continua, la actividad libre. Otras
veces marcha en dirección inversa, y esta inversión, llevada hasta el extremo,
nos conduciría a la extensión, a la determinación recíproca necesaria de unos
elementos exteriorizados con relación a otros, en fin, al mecanismo geométrico.
Ahora bien, ya la experiencia nos parezca adoptar la primera dirección, ya se
oriente en el sentido de la segunda, en los dos casos decimos que hay orden,
porque en los dos procesos el espíritu se encuentra a sí mismo. La confusión
entre ellos es pues natural. Sería preciso, para escapar a ella, poner a las
dos especies de orden nombres diferentes, y esto no es fácil a causa de la
variedad y de la variabilidad de las formas que toman. El orden del segundo
género podría definirse por la geometría, que es su límite extremo: más
generalmente, tratamos de él cada vez que se encuentra una relación de
determinación necesaria entre causas y efectos. Evoca ideas de inercia, de
pasividad, de automatismo.
En cuanto al orden del primer género, oscila sin duda
alrededor de la finalidad: sin embargo, no sabríamos definirlo por ella, porque
unas veces está por encima y otras por debajo. En sus formas más altas es más
que finalidad, pues de una acción libre o de una obra de arte podrá decirse que
manifiestan un orden perfecto y, sin embargo, no son expresables en términos de
ideas sino más tarde y aún así aproximadamente. La vida en su conjunto,
considerada como una evolución creadora, es algo análogo: trasciende la
finalidad, si se entiende por finalidad la realización de una idea concebida o
concebible de antemano. El cuadro de la finalidad es, pues, demasiado estrecho
para la vida en su integridad. Por el contrario, es con frecuencia demasiado
amplio para tal o cual manifestación de la vida, tomada en particular. Sea lo
que sea, siempre tenemos que habérnoslas con lo vital y todo el presente
estudio tiende a establecer que lo vital está en la dirección de lo voluntario.
Podría pues decirse que este primer género de orden es el de lo vital o
querido, por oposición al segundo, que es el de lo inerte y automático. El
sentido común hace instintivamente la distinción entre las dos especies de
orden, por lo menos en los casos extremos: instintivamente también, los aproxima.
Y efectivamente, de los fenómenos astronómicos se dirá que manifiestan un orden
admirable, entendiendo por ello que puede prevérselos matemáticamente. Un orden
no menos admirable se encontrará en una sinfonía de Beethoven, que es la
genialidad, la originalidad y, por consiguiente, la imprevisibilidad misma.
Pero sólo por excepción el orden del primer género reviste
una forma también distinta. En general, se presenta con caracteres que tenemos
pleno interés en confundir con los del orden opuesto. Es muy cierto, por
ejemplo, que si considerásemos la evolución de la vida en su conjunto, la
espontaneidad de su movimiento y la imprevisibilidad de sus marchas se
impondrían a nuestra atención. Pero lo que encontramos en nuestra experiencia
corriente es tal o cual ser vivo determinado, tales o cuales manifestaciones especiales
de la vida, que repiten poco más o menos formas y hechos ya conocidos: incluso,
la similitud de estructura que comprobamos por todas partes entre lo que
engendra y lo que es engendrado, similitud que nos permite encerrar un número
indefinido de individuos vivos en el mismo grupo, es a nuestros ojos el tipo
mismo de lo genérico, pareciéndonos que los géneros inorgánicos toman a los
géneros vivos como modelo. Resulta así que el orden vital, tal como se nos
ofrece en la experiencia que lo divide, presenta el mismo carácter y realiza la
misma función que el orden físico; uno y otro hacen que nuestra experiencia se
repita, uno y otro permiten que nuestro espíritu generalice.
En realidad, este carácter tiene orígenes completamente
diferentes en los dos casos, e incluso significaciones opuestas. En el segundo,
tiene por tipo, por límite ideal, y también por fundamento, la necesidad
geométrica en virtud de la cual los mismos componentes dan una resultante
idéntica. En el primero, implica, por el contrario, la intervención de algo que
se las arregla de manera que obtiene el mismo efecto, aun cuando las causas
elementales, infinitamente complejas, puedan ser completamente diferentes.
Hemos insistido sobre este último punto en nuestro primer capítulo, al mostrar
cómo estructuras idénticas se encuentran sobre líneas de evolución
independientes. Pero, sin ir tan lejos, puede presumirse que ya sólo la
reproducción del tipo del ascendiente por sus descendientes es cosa muy
diferente a la repetición de una misma composición de fuerzas que se resumirían
en una resultante idéntica. Cuando se piensa en la infinidad de elementos
infinitesimales y de causas infinitesimales que concurren en la génesis de un
ser vivo, cuando se piensa que bastaría la ausencia o la desviación de uno de
los dos para que nada marchase, el primer movimiento del espíritu consiste en
hacer vigilar este ejército de pequeños obreros por medio de un capataz
avisado, el "principio vital", que repararía en todo momento las
faltas cometidas, corregiría el efecto de las distracciones y pondría las cosas
en su lugar: con ello se trata de traducir la diferencia entre el orden físico
y el orden vital, aquél haciendo que la misma combinación de causas produzca el
mismo efecto de conjunto, éste asegurando la estabilidad del efecto incluso
cuando hay vacilación en las causas. Pero esto no es más que una traducción:
reflexionando en ello encontramos que no puede haber ahí capataz, por la razón
muy simple de que tampoco hay obreros. Las causas y los elementos que descubre
el análisis físico-químico son causas y elementos reales, sin duda, para los
hechos de destrucción orgánica; y lo son en número limitado.
Pero los fenómenos vitales propiamente dichos, o hechos de
creación orgánica, nos abren, cuando los analizamos, la perspectiva de un
progreso hasta el infinito: de donde puede inferirse que causas y elementos
múltiples no son aquí más que consideraciones del espíritu que ensaya una
imitación indefinidamente aproximada de la operación de la naturaleza, en tanto
que la operación imitada es un acto indivisible. La semejanza entre individuos
de una misma especie tendría así otro sentido, otro origen distinto a la
semejanza entre efectos complejos obtenidos por la misma composición de las
mismas causas. Pero tanto en un caso como en otro, hay semejanza y, por
consiguiente, generalización posible. Y como esto es lo que en la práctica nos
interesa, ya que nuestra vida cotidiana es necesariamente una espera de las
mismas cosas y de las mismas situaciones, era natural que este carácter común,
esencial desde el punto de vista de nuestra acción, aproximase los dos órdenes
el uno al otro, a despecho de una diversidad interna que no interesa más que a
la especulación. De ahí la idea de un orden general de la naturaleza, el mismo
por todas partes, cerniéndose a la vez sobre la vida y sobre la materia. De ahí
nuestro hábito de designar por la misma palabra, y de representarnos de la
misma manera, la existencia de leyes en los dominios de la materia inerte y la
de géneros en los dominios de la vida.
Nos parece dudoso que esta confusión esté en el origen de
la mayor parte de las dificultades que promueve el problema del conocimiento,
tanto en los antiguos como en los modernos. En efecto, la generalidad de las
leyes y la de los géneros se designan por la misma palabra y quedan subsumidas
en la misma idea, con lo cual el orden geométrico y el orden vital vienen a
confundirse. Según el punto de vista en que nos coloquemos, la generalidad de
las leyes se explica por la de los géneros o la de los géneros por la de las
leyes. De las dos tesis así definidas, la primera es característica del
pensamiento antiguo; la segunda pertenece a la filosofía moderna. Pero, tanto
en una como en otra filosofía, la idea de "generalidad" es una idea
equívoca, que reúne en su extensión y en su comprensión objetos y elementos
incompatibles entre sí. En una y en otra, se agrupa bajo el mismo concepto dos
especies de orden que se parecen simplemente por la facilidad que prestan a
nuestra acción sobre las cosas. Se aproxima dos términos en virtud de una
similitud exterior, que justifica sin duda su designación en la práctica por la
misma palabra, pero que no nos autoriza del todo, en el dominio especulativo, a
confundirlos en la misma definición.
Los antiguos, en efecto, no se preguntaron por qué la
naturaleza se somete a leyes, sino por qué se ordena según géneros. La idea de
género corresponde sobre todo a una realidad objetiva en el dominio de la vida,
donde traduce un hecho indiscutible: la herencia. No puede, por lo demás, haber
géneros sino allí donde hay objetos individuales. Ahora bien, si el ser
organizado es recortado en el conjunto de la materia por su organización misma,
quiero decir, por la naturaleza, es nuestra percepción la que divide la materia
inerte en cuerpos distintos, guiada por los intereses de la acción, guiada por
las reacciones nacientes que nuestro cuerpo dibuja, es decir, como se ha
mostrado en otra parte
[80], por los géneros virtuales que aspiran a
constituirse: géneros e individuos que se determinan aquí uno a otro por una
operación semi-artificial, plenamente relativa a nuestra acción futura sobre
las cosas. Sin embargo, los antiguos no dudaron en poner todos los géneros en
el mismo rango, en atribuirles la misma existencia absoluta. Al convertirse así
la realidad en un sistema de géneros, es a la generalidad de los géneros (es
decir, en suma, a la generalidad expresiva del orden vital) a la que debía reducirse
la generalidad de las leyes. Sería interesante, a este respecto, comparar la
teoría aristotélica de la caída de los cuerpos con la explicación dada por
Galileo. Aristóteles está únicamente preocupado por los conceptos
"alto" y "bajo", de "lugar propio" y de
"lugar prestado", de "movimiento natural" y de
"movimiento forzado
[81]": la ley física, en virtud de la cual la piedra
cae, expresa para él que la piedra recupera el "lugar natural" de
todas las piedras, a saber la tierra. La piedra, a sus ojos, no es de hecho
piedra en tanto que no está en su lugar normal; al volver a su lugar trata de
completarse, como un ser vivo que se desarrolla, y de realizar así plenamente
la esencia del género piedra
[82]. Si esta concepción de la ley física fuese exacta, la
ley no sería ya una simple relación establecida por el espíritu y la
subdivisión de la materia en cuerpos tampoco sería relativa a nuestra facultad
de percibir: todos los cuerpos tendrían la misma individualidad que los cuerpos
vivos, y las leyes del universo físico expresarían relaciones de parentesco
real entre géneros reales. Se sabe qué física sale de ahí y cómo, por haber
creído en la posibilidad de una ciencia una y definitiva, que abarca la totalidad
de lo real y que coincide con lo absoluto, los antiguos debieron atenerse, de
hecho, a una traducción más o menos burda de lo físico en vital.
Pero la misma confusión se encuentra en los modernos, con
la diferencia de que la relación entre los dos términos se ha invertido y que
las leyes ya no se reducen a géneros, sino los géneros a leyes, y que la
ciencia, supuesta también una, se vuelve toda ella relativa, en lugar de estar,
toda entera, como lo querían los antiguos, en coincidencia con lo absoluto. Es
un hecho digno de hacer notar el eclipse del problema de los géneros en la
filosofía moderna. Nuestra teoría del conocimiento gira casi exclusivamente
sobre la cuestión de las leyes; los géneros deberán encontrar medio de ponerse
de acuerdo con las leyes, poco importa cómo.
La razón de ello es que nuestra filosofía tiene su punto
de partida en los grandes descubrimientos astronómicos y físicos de los tiempos
modernos. Las leyes de Kepler y de Galileo han quedado, para ella, como el tipo
ideal y único de todo conocimiento. Ahora bien, una ley es una relación entre
cosas o entre hechos. Con más precisión, una ley de forma matemática expresa
que una cierta magnitud es función de una o de muchas variaciones,
convenientemente escogidas. Ahora bien, la elección de las magnitudes variables,
el reparto de la naturaleza en objetos y en hechos, tiene ya algo de
contingente y convencional. Pero admitamos que la elección esté plenamente
indicada, impuesta incluso por la experiencia: la ley subsistirá como una
relación, y una relación consiste esencialmente en una comparación; no tiene
realidad objetiva más que para una inteligencia que se representa al mismo
tiempo varios términos. Esta inteligencia puede no ser la mía ni la vuestra;
una ciencia que versa sobre leyes puede, pues, ser una ciencia objetiva, que la
experiencia contenía de antemano y que, simplemente, le hacemos dar salida: no
es menos verdad que la comparación, si no es la obra de nadie en particular, se
efectúa al menos impersonalmente, y que una experiencia hecha de leyes, es
decir de términos referidos a otros términos, es una experiencia hecha de
comparaciones, que ha debido atravesar ya, cuando la recogemos, una atmósfera
de intelectualidad. La idea de una ciencia y de una experiencia plenamente
relativas al entendimiento humano está pues implícitamente contenida en la
concepción de una ciencia una e íntegra que se compondría de leyes: Kant no ha
hecho otra cosa que separarla. Pero esta concepción resulta de una confusión
arbitraria entre la generalidad de las leyes y la de los géneros. Si se precisa
una inteligencia para condicionar unos términos a otros, se concibe que, en
ciertos casos, los términos mismos puedan existir de una manera independiente.
Y si, al lado de las relaciones de término a término, la experiencia nos presentase
también términos independientes, al ser los géneros vivos cosa muy distinta a
los sistemas de leyes, una mitad al menos de nuestro conocimiento versaría
sobre la "cosa en sí", sobre la realidad misma. Este conocimiento
sería muy difícil, justamente porque no construiría ya su objeto y quedaría
obligado, por el contrario, a soportarlo; pero, por poco que lo alcanzase,
mordería en lo absoluto mismo. Vayamos más lejos: la otra mitad del
conocimiento no sería tan radicalmente, tan definitivamente relativa como la
califican ciertos filósofos, si pudiese establecerse que se refiere a una
realidad de orden inverso, realidad que expresamos siempre en leyes
matemáticas, es decir, en relaciones que implican comparaciones, pero que no se
presta a este trabajo sino en razón a encontrarse lastrada de espacialidad y,
por consiguiente, de geometría. Sea lo que sea, lo que se nos presenta detrás
del relativismo de los modernos es la confusión de las dos especies, como
ocurría también en el dogmatismo de los antiguos.
Nos hemos extendido bastante para señalar el origen de
esta confusión. Radica en que el orden "vital", que es esencialmente
creación, se nos manifiesta menos en su esencia que en algunos de sus
accidentes: éstos imitan el orden físico y geométrico; nos presentan, como él,
repeticiones que hacen posible la generalización y esto es lo que nos interesa.
No resulta dudoso que la vida, en su conjunto, sea una evolución, es decir, una
transformación incesante. Pero la vida no puede progresar más que por intermedio
de los seres vivos, que son sus depositarios. Es preciso que miles y miles de
entre ellos, casi semejantes, se repitan unos y otros en el espacio y en el
tiempo para que aumente y madure la novedad que elaboran. Como un libro que se
refundiese a través de miles de tiradas con miles de ejemplares.
Aunque, no obstante, hay esta diferencia en los dos casos:
que las tiradas sucesivas son idénticas, idénticos también los ejemplares
simultáneos de la misma tirada, en tanto que, ni en los diversos puntos del
espacio ni en los diversos momentos del tiempo, se parecen por completo los
representantes de una misma especie. La herencia no transmite solamente los
caracteres; transmite asimismo el impulso en virtud del cual los caracteres se
modifican, y este impulso es la vitalidad misma. Y es por ello por lo que
decimos que la repetición que sirve de base a nuestras generalizaciones es
esencial en el orden físico, accidental en el orden vital, Aquél es un orden
"automático"; éste es, no diré voluntario, sino análogo al orden
"querido".
Ahora bien, desde que nos representamos claramente la
distinción entre el orden "querido" y el orden
"automático", se disipa el equívoco del que vive la idea de desorden
y, con ella, una de las principales dificultades del problema del conocimiento.
El problema capital de la teoría del conocimiento consiste
en efecto en saber cómo es posible la ciencia, es decir, por qué hay orden y no
desorden en las cosas. El orden existe, es un hecho. Pero, por otra parte, el
desorden, que nos parece ser menos que el orden, sería, al parecer, algo de
derecho. La existencia del orden resultaría, pues, un misterio que deberíamos
esclarecer, en todo caso un problema a plantear. Más simplemente, desde el
momento que nos comprometemos a fundamentar el orden, se le tiene por
contingente, si no en las cosas, al menos a los ojos del espíritu: de una cosa
que no se juzgase contingente no pediríamos explicación alguna. Si el orden no
se nos apareciese como una conquista sobre algo, o como una adición a algo (que
sería la "ausencia de orden"), ni el realismo antiguo habría hablado
de una "materia" a la que se añadiría la Idea, ni el idealismo
moderno habría propuesto una "diversidad sensible" que el
entendimiento organizaría en naturaleza. Es indiscutible, en efecto, que todo
orden es contingente y concebido como tal. Pero como contingente, ¿a qué hemos
de referirlo?
La respuesta, a nuestro entender, no es dudosa. Un orden
es contingente y se nos aparece como contingente con relación al orden inverso,
como los versos son contingentes con relación a la prosa y la prosa con
relación a los versos. Pero lo mismo que se dice que lo que no es prosa es
verso y necesariamente concebido como verso, lo mismo que se afirma que lo que
no es verso es prosa y necesariamente concebido como prosa, así toda manera de
ser que no es uno de los dos órdenes es el otro, y necesariamente concebido
como el otro. Pero podemos no darnos cuenta de lo que concebimos, y no percibir
la idea realmente presente a nuestro espíritu más que a través de una bruma de
estados afectivos. Nos convenceremos de ello considerando el empleo que hacemos
de la idea de desorden en la vida corriente. Cuando entro en una habitación y
la considero en desorden, ¿qué es lo que entiendo por esto?
La posición de cada objeto se explica por los movimientos
automáticos de la persona que se acuesta en la habitación, o por las causas
eficientes, sean las que sean, que han colocado cada mueble, cada vestido,
etc., en el lugar donde están: el orden, en el segundo sentido de la palabra,
es perfecto. Pero lo que yo espero es el orden del primer género, el orden que
pone conscientemente en su vida una persona ordenada, en fin, el orden querido
y no el automático. Llamo entonces desorden a la ausencia de este orden. En el
fondo, todo lo que hay de real, de percibido e incluso de concebido en esta
ausencia de uno de los dos órdenes, es la presencia del otro. Pero el segundo
me es aquí indiferente, no me intereso más que por el primero, y expresa la
presencia del segundo en función del primero, en lugar de expresarla, por
decirlo así, en función de sí misma, diciendo que es un desorden. Inversamente,
cuando declaramos que nos representamos un caos, es decir un estado de cosas en
el que el mundo físico no obedece ya a leyes, ¿en qué pensamos? Imaginamos
hechos que aparecerían y desaparecerían caprichosamente. Comenzamos por pensar
en el universo físico tal como lo conocemos, con efectos y causas
proporcionados unos a otros: luego, por una serie de decretos arbitrarios,
aumentamos, disminuimos, suprimimos, de manera que obtenemos lo que llamamos el
desorden. En realidad, hemos sustituido por el querer al mecanismo de la
naturaleza; hemos reemplazado el "orden automático" por una multitud
de voluntades elementales, del mismo modo que nos imaginamos apariciones y
desapariciones de fenómenos. Sin duda, para que todas estas pequeñas voluntades
constituyesen un "orden querido", sería preciso que hubiesen aceptado
la dirección de una voluntad superior. Pero mirando esto más de cerca se verá
que está bien lo que hacen: nuestra voluntad está ahí y se objetiva ella misma
alternativamente en cada una de estas voluntades caprichosas, teniendo buen
cuidado de no enlazar lo mismo a lo mismo. de no dejar el efecto proporcional a
la causa, en fin, de hacer planear sobre el conjunto de las voliciones
elementales una intención simple. Así, la ausencia de uno de los dos órdenes
consiste también aquí en la presencia del otro. Analizando la idea de azar,
próxima pariente de la idea de desorden, se encontrarían los mismos elementos.
Bien que el juego completamente mecánico de las causas que detienen la ruleta
en un número me haga ganar, y por consiguiente que opere como hubiese hecho un
buen genio cuidadoso de mis intereses, bien que la fuerza completamente
mecánica del viento arranque del tejado una teja y me la lance sobre la cabeza,
es decir, que actúe como hubiese hecho un mal genio conspirando contra mi
persona, en los dos casos encuentro un mecanismo allí donde habría buscado,
donde habría debido encontrar, sin duda alguna, una intención; esto es lo que
expreso al hablar del azar. Y de un mundo anárquico, en el que los fenómenos se
sucederían a medida de su capricho, diré también que es el reino del azar,
entendiendo por ello que encuentro delante de mí voluntades, o mejor decretos,
cuando es el mecanismo lo que yo esperaba. Así se explica el singular vaivén
del espíritu cuando intenta definir el azar. Ni la causa eficiente ni la causa
final pueden suministrarle la definición buscada. Oscila, incapaz de fijarse,
entre la idea de una ausencia de causa final y la de una ausencia de causa
eficiente, enviándole cada una de estas dos definiciones a la otra. El problema
permanece insoluble, en efecto, en tanto se tiene la idea de azar por una pura
idea, sin mezcla de afección. Pero, en realidad, el azar no hace más que
objetivar el estado de alma de quien espera una de las dos especies de orden y
encuentra la otra. Azar y desorden son, pues, concebidos necesariamente como
relativos. Si se quiere representarlos com absolutos, se percibe que
involuntariamente oscilamos entre las dos especies de orden, pasando a uno de
ellos en el momento preciso en que nos encontrásemos extraños en el otro, ya
que la pretendida ausencia de todo orden es en realidad la presencia de los dos
y, además, el vaivén de un espíritu que no asienta definitivamente ni sobre el
uno ni sobre el otro.
Tanto en las cosas como en nuestra representación de
ellas, no puede tratarse de presentar este desorden como sustrato del orden, ya
que implica las dos especies de orden y está hecho de su combinación.
Pero nuestra inteligencia va más lejos. Por un simple sic
jubeo, presenta un desorden que sería una "ausencia de orden". Piensa
así una palabra o una yuxtaposición de palabras, pero nada más. Si trata de
adecuar a la palabra una idea encontrará que el desorden puede ser muy bien la
negación de un orden, pero que esta negación es entonces la constatación
implícita de la presencia del orden opuesto, constatación sobre la cual
cerramos los ojos porque no nos interesa, o a la que escapamos negando a la vez
el segundo orden, es decir, en el fondo, restableciendo el primero. ¿Cómo
hablar por tanto de una diversidad incoherente que organizaría un
entendi-miento? Deberemos decir que se supone esta incoherencia como realizada
o realizable: desde el momento que se habla de ella, es porque se cree pensar
en ella; ahora bien, analizando la idea efectivamente presente, no se
encontrará ahí más que la decepción del espíritu ante un orden que no le
interesa, o una oscilación del espíritu entre dos especies de orden, o, en fin,
la representación pura y simple de la palabra vacía que hemos creado uniendo el
prefijo negativo a una palabra que significaba algo. Este análisis es
precisamente lo que rehusamos hacer. Lo omitimos, justamente porque no pensamos
en distinguir dos especies de orden irreductibles la una a la otra.
Decíamos, en efecto, que todo orden aparece necesariamente
como contingente. Si hay dos especies de orden, esta contingencia del orden se
explica: una de las formas es contingente con relación a la otra.
Donde encuentro lo geométrico, lo vital es posible; donde
el orden es vital, habría podido ser geométrico. Pero supongamos que el orden
sea en todas partes de la misma especie y presente grados que vayan de lo
geométrico a lo vital. Si un orden determinado continúa apareciéndoseme como
contingente, y no puede serlo ya con relación a un orden de otro género, creeré
necesariamente que el orden es contingente con relación a una ausencia de sí
mismo, es decir, con relación a un estado de cosas "donde no habría orden
del todo". Y este orden de cosas en el que creo pensar, como está
implicado al parecer en la contingencia misma del orden, resulta un hecho
indiscutible. Colocaré, pues, en lo alto de la jerarquía, el orden vital;
luego, como una disminución o una menor complicación de él, el orden
geométrico, y, en fin, por debajo, la ausencia de orden, la incoherencia misma,
a las cuales se superpondría el orden. Por ello, la incoherencia me producirá
el efecto de una palabra detrás de la cual debe haber algo, si no realizado, al
menos pensado. Pero si observo que el estado de cosas implicado por la
contingencia de un orden determinado es simplemente la presencia del orden
contrario, y si, por esto mismo, coloco dos especies de orden inversas la una a
la otra, me doy cuenta que entre los dos órdenes no podríamos imaginar grados
intermedios ni descender de estos órdenes hacia lo "incoherente". O
lo incoherente no es otra cosa que una palabra sin sentido o, si le doy una
significación, será a condición de poner la incoherencia a mitad de camino
entre los dos órdenes, y no por debajo el uno del otro. No hay primero lo
incoherente, luego lo geométrico y a continuación lo vital: hay simplemente lo
geométrico y lo vital; luego, por un vaivén del espíritu entre uno y otro, la
idea de lo incoherente. Hablar de una diversidad in-coordinada a la que se
sobreañade el orden es, pues, cometer una verdadera petición de principio,
porque al imaginar lo incoordinado se coloca realmente un orden, o, mejor, se
colocan dos.
Era necesario este largo análisis para mostrar cómo lo
real podría pasar de la tensión a la extensión y de la libertad a la necesidad
mecánica por vía de inversión. No bastaba establecer que esta relación entre
los dos términos nos es sugerida, a la vez, por la conciencia y por la
experiencia sensible. Era preciso probar que el orden geométrico no tiene
necesidad de explicación, al ser pura y simplemente la supresión del orden
inverso. Y para esto era indispensable establecer que la supresión es siempre
una sustitución, e incluso que es necesariamente concebida como tal: únicamente
las exigencias de la vida práctica nos sugieren aquí una manera de hablar que
nos engaña a la vez sobre lo que ocurre en las cosas y sobre lo que está
presente en nuestro pensamiento. Resulta necesario ahora que examinemos más de
cerca la inversión cuyas consecuencias acabamos de describir. ¿Cuál es, pues,
el principio que no tiene más que aflojarse para extenderse, de tal manera que
la interrupción de la causa equivale aquí a una inversión del efecto?
A falta de una palabra mejor, le hemos dado la
denominación de conciencia. Pero no se trata de esta conciencia disminuida que
funciona en cada uno de nosotros. Nuestra conciencia es la conciencia de un
cierto ser vivo, colocada en un cierto punto del espacio; y aunque marcha en la
misma dirección que su principio, se ve atraída sin cesar en sentido inverso,
obligada, aunque camine delante, a volver la mirada hacia atrás. Esta visión
retrospectiva es, como hemos mostrado, la función natural de la inteligencia y,
por consiguiente, de la conciencia distinta. Para que nuestra conciencia
coincidiese con algo de su principio, seria preciso que se separase del todo
hecho para unirse a lo que está haciéndose. Sería preciso que, al volverse
sobre sí misma, la facultad de ver fuese una misma cosa con el acto de querer.
Esfuerzo doloroso, que podemos realizar bruscamente violentando la naturaleza,
pero no sostener más allá de algunos ins-tantes. En la acción libre, cuando
contraemos todo nuestro ser para lanzarlo hacia adelante, tenemos la conciencia
más o menos clara de los motivos y de los móviles, e incluso, en rigor, del
devenir por el cual se organizan en acto; pero el puro querer, la corriente que
atraviesa esta materia comunicándole la vida, es cosa que apenas sentimos, que
todo lo más rozamos al pasar. Tratemos de instalarnos en ella, aunque no sea
más que por un momento: aun entonces se da un querer individual, fragmentario,
que nosotros aprehendemos. Para llegar al principio de toda vida, como también
de toda materialidad, sería necesario ir todavía más lejos. ¿Y es esto posible?
No, ciertamente; la historia de la filosofía está ahí para atestiguarlo. No hay
sistema durable que no sea, al menos en algunas de sus partes, vivificado por
la intuición. La dialéctica es necesaria para poner a prueba la intuición,
necesaria también para que la intuición se refracte en conceptos y se propague
a otros hombres; pero no hace, con frecuencia, más que desarrollar el resultado
de esta intuición que la sobrepasa.
A decir verdad, las dos marchas son de sentido contrario:
el mismo esfuerzo por el cual se enlaza unas ideas a otras hace desaparecer la
intuición que las ideas se proponían almacenar. El filósofo se ve obligado a
abandonar la intuición una vez que ha recibido su impulso, fiándose entonces en
sí mismo para continuar el movimiento y empujando ahora los conceptos unos
detrás de otros. Pero bien pronto se da cuenta de que no hace pie y que le es
necesario un nuevo contacto; deberá, pues, deshacer la mayor parte de lo que
había hecho. En resumen, la dialéctica asegura el acuerdo de nuestro
pensamiento consigo mismo. Pero por medio de la dialéctica -que no es más que
una relajación de la intuición- son posibles muchos acuerdos, y no hay, sin
embargo, más que una verdad. Si la intuición pudiese prolongarse más allá de
algunos instantes, no aseguraría solamente el acuerdo del filósofo con su
propio pensamiento, sino también el de todos los filósofos entre sí. Tal como
existe, fugaz e incompleta, es, en cada sistema, lo que vale más que el sistema
y lo que le sobrevive. El objeto de la filosofía se habría alcanzado si esta
intuición pudiera sostenerse, generalizarse y, sobre todo, asegurarse puntos de
orientación exteriores para no extraviarse. Para esto es necesario un vaivén
continuo entre la naturaleza y el espíritu.
Cuando colocamos de nuevo nuestro ser en nuestra voluntad,
y nuestro querer mismo en el impulso que él prolonga, comprendemos, nos damos
cuenta, que la realidad es un crecimiento perpetuo, una creación que se
prosigue sin fin. Nuestra voluntad cumple ya este milagro. Toda obra humana que
encierra una parte de invención, todo acto voluntario que encierra una parte de
libertad, todo movimiento de un organismo que mani-fiesta espontaneidad, trae
al mundo algo nuevo. No se trata, es verdad, más que de creaciones de forma; y
¿cómo ciertamente podría ser otra cosa? No somos la corriente vital misma;
somos esta corriente ya cargada de materia, es decir, de partes congeladas de
su sustancia que acarrea a lo largo de su trayecto. En la composición de una
obra genial, lo mismo que en una simple decisión libre, creemos oportuno
alargar hasta el máximo el resorte de nuestra actividad y crear así lo que no
habría podido darnos ninguna reunión pura y simple de materiales (¿qué
yuxtaposición de curvas conocidas equivaldrá jamás al trazo a lápiz de un gran
artista?), y no deja de haber aquí elementos que preexisten y sobreviven a su
organización. Pero si una simple detención de la acción generadora de la forma
pudiese constituir la materia (las líneas originales dibujadas por el artista,
¿no son ya, ellas mismas, la fijación y como la congelación de un movimiento?),
no seria ni incomprensible ni admisible una creación de materia. Porque
aprehendemos desde dentro, vivimos en todo instante una creación de forma, y se
daría precisamente ahí, en los casos en que la forma es pura y donde el
contacto creador se interrumpe momentáneamente, una creación de materia.
Consideremos todas las letras del alfabeto que entran en la composición de todo
lo que haya podido ser escrito: no concebimos que otras letras surjan ahora y
vengan a añadirse a aquéllas para componer un nuevo poema. Pero que el poeta
crea el poema y que el pensamiento humano se enriquece con él, esto lo
comprendemos perfectamente: esta creación es un acto simple del espíritu, y la
acción no tiene más que hacer una pausa, en lugar de continuarse, en una
creación nueva, para que, por sí misma, se desparrame en palabras que se
disocian en letras que se añadirán a todo lo que había ya de letras en el
mundo. Así, que aumente el número de átomos que componen el universo material
en un momento dado, esto contrasta con nuestros hábitos espirituales y
contradice nuestra experiencia. Pero que una realidad de orden diferente y que
decide sobre el átomo como el pensamiento del poeta sobre las letras del
alfabeto, aumente por adiciones bruscas, no resulta de ningún modo inadmisible;
el reverso de cada adición podría muy bien ser un mundo, lo que nosotros nos
repre-sentamos, simbólicamente por lo demás, como una yuxtaposición de átomos.
El misterio que se extiende sobre la existencia del
universo proviene en gran parte, en efecto, de que queremos que la génesis se
produzca de una vez, o bien que toda materia sea eterna. Ya se hable de
creación, ya se postule una materia increada, en los dos casos es la totalidad
del universo lo que se pone a discusión. Profundizando en este hábito del
espíritu, encontramos el prejuicio que analizaremos en nuestro próximo
capítulo, la idea, común a los materialistas y a sus adversarios, de que no hay
duración realmente actuante y que lo absoluto -materia o espíritu- no podría
ocupar lugar en el tiempo concreto, en el tiempo que viene a ser como el tejido
mismo de nuestra vida: de donde resultaría que todo es dado de una vez para
siempre y que es preciso postular de toda eternidad o la multiplicidad material
misma, o el acto creador de esta multiplicidad, dado en conjunto en la esencia
divina. Una vez desarraigado este prejuicio, la idea de creación se hace más
clara, porque se confunde con la de crecimiento. Pero entonces no es del
universo en su totalidad de lo que deberemos hablar. ¿Y por qué íbamos a
hablar? El universo es una reunión de sistemas solares que nosotros creemos
análogos al nuestro. Sin duda, estos sistemas no son absolutamente
independientes unos de otros.
Nuestro sol irradia calor y luz más allá del planeta más
lejano, y por otra parte nuestro sistema solar entero se mueve en una dirección
definida, como si fuese atraído por él. Hay pues un enlace entre los mundos.
Pero este enlace puede considerarse como bastante relajado en comparación con
la solidaridad que une las partes de un mismo mundo entre sí. De suerte que no
es artificialmente, por razones de simple comodidad, como aislamos nosotros
nuestro sistema solar; la naturaleza misma nos invita a aislarlo. Como tales
seres vivos, dependemos del planeta en el que nos encontramos y del sol que lo
alimenta, pero de nada más. En tanto que seres pensantes, podemos aplicar las
leyes de nuestra física a nuestro mundo y a nosotros, y sin duda también
extenderlas a cada uno de los mundos tomados aisladamente; pero nada nos indica
que se apliquen también al universo entero, ni incluso que tal afirmación tenga
un sentido, puesto que el universo no está hecho, sino que se hace sin cesar.
Aumenta sin duda alguna indefinidamente por la adición de mundos nuevos.
Extendamos entonces al conjunto de nuestro sistema solar,
pero limitemos a este sistema relativamente cerrado, como a los demás sistemas
relativamente cerrados, las dos leyes más generales de nuestra ciencia, el
principio de la conservación de la energía y el de la degradación. Veamos lo
que resultará de ello. Es preciso señalar primero que estos dos principios no
tienen la misma proyección metafísica. El primero es una ley cuantitativa, y
por consiguiente relativa, en parte, a nuestros procedimientos de medida. Dice
que, en un sistema que se supone cerrado, la energía total, es decir, la suma
de las energías cinética y potencial, permanece constante. Ahora bien, si no
hubiese más que energía cinética en el mundo, o incluso si no hubiese, además
de la energía cinética, más que una sola especie de energía potencial, el
artificio de la medida no bastaría para volver la ley artificial. La ley de
conservación de la energía expresaría que algo se conserva en cantidad
constante. Pero hay en realidad energías de naturaleza diversa
[83], y la medida de cada una de ellas ha sido escogida
evidentemente de manera que justifique el principio de la conservación de la
energía. La parte de convención inherente a este principio es, pues, bastante
grande, aunque haya sin duda, entre las variaciones de las diversas energías
que componen un mismo sistema, una solidaridad que ha hecho posible
precisamente la extensión del principio por medidas convenientemente escogidas.
Si pues la filosofía hace aplicación de este principio al conjunto del sistema
solar, deberá al menos difuminar sus contornos. La ley de conservación de la
energía no podrá expresar aquí la permanencia objetiva de una cierta cantidad
de una cierta cosa, sino más bien la necesidad para todo cambio que se produce
de ser contrapesado, en alguna parte, por un cambio de sentido contrario. Es
decir que, incluso si rige el conjunto de nuestro sistema solar, la ley de
conservación de la energía nos adoctrina sobre la relación de un fragmento de
este mundo con otro fragmento antes que sobre la naturaleza del todo.
Otra cosa ocurre con el segundo principio de la
termodinámica. La ley de degradación de la energía, en efecto, no se aplica
esencialmente a magnitudes. Sin duda la idea primera nació, en el pensamiento
de Carnot, de ciertas consideraciones cuantitativas sobre el rendimiento de las
máquinas térmicas. Sin duda también, es en términos matemáticos como la
generalizó Clausius, en la concepción de una magnitud calculable, la
"entropía", a la que aboca. Estas precisiones son necesarias para las
aplicaciones. Pero la ley quedaría formulada de manera vaga, y habría podido,
en rigor, ser formulada grosso modo, incluso sin haber pensado en medir las
diversas energías del mundo físico, incluso aun no habiendo creado el concepto
de energía. Expresa esencialmente, en efecto, que todos los cambios físicos
tienen una tendencia a degradarse en calor, y que el calor mismo tiende a
repartirse de una manera uniforme entre los cuerpos. En esta forma menos
precisa, se vuelve independiente de toda convención; es la más metafísica de
las leyes de la física, que nos muestra, sin símbolos interpuestos, sin
artificios de medida, la dirección en que marcha el mundo.
Dice que los cambios visibles y heterogéneos se diluirán
cada vez más en cambios invisibles y homogéneos, y que la inestabilidad a la
que debemos la riqueza y la variedad de los cambios que se cumplen en nuestro
sistema solar cederá poco a poco su lugar a la estabilidad relativa de
conmociones elementales que se repetirán indefinidamente. Así, un hombre que
conservase sus fuerzas, pero que las consagrase cada vez menos en actos,
terminaría por emplearlas enteramente en hacer respirar a sus pulmones y que palpitase
su corazón.
Considerado desde este punto de vista, un mundo como
nuestro sistema solar se nos aparece debilitando en todo instante algo de la
mutabilidad que contiene. Al principio se trataba del máximum de utilización
posible de energía; esta mutabilidad ha ido sin cesar disminuyendo. ¿De dónde
proviene?
Podríamos suponer en primer lugar que procede de algún
otro punto del espacio, pero no rechazaríamos la dificultad, que se plantearía
para esta fuente exterior de mutabilidad. Podría añadirse, es verdad, que el
número de los mundos capaces de prescindir de la mutabilidad es ilimitado, que
la suma de mutabilidad contenida en el universo es infinita y que. entonces, de
lo que se trata no es de buscar el origen sino de prever el fin. Una hipótesis
de este género es tan irrefutable como indemostrable; pero hablar de un
universo infinito consiste en admitir una coincidencia perfecta de la materia
con el espacio abstracto, y, por consiguiente, una exterioridad absoluta de
todas las partes de la materia, de unas con relación a otras. Hemos visto con
anterioridad lo que debe pensarse de esta última tesis y cuán difícil es
conciliarla con la idea de una influencia recíproca de todas las partes de la
materia, influencia a la que aquí se hace una llamada. Podría, en fin,
suponerse que la inestabilidad general ha salido de un estado general de
estabilidad, que el período en el que nos encontramos y durante el cual la
energía utilizable va disminuyendo ha sido precedido de un período en el que la
mutabilidad estaba en aumento, y que, por lo demás, las alternativas de aumento
y de disminución se suceden sin fin. Esta hipótesis es teóricamente concebible,
como se ha mostrado con precisión en estos últimos tiempos; pero, según los
cálculos de Boltzmann, es de una improbabilidad matemática que sobrepasa toda
imaginación y que equivale, prácticamente, a la imposibilidad absoluta
[84]. En realidad, el problema es insoluble si nos
mantenemos en el terreno de la física, porque el físico viene obligado a
referir la energía a las partículas extensas, e, incluso no viendo en las
partículas más que depósitos de energía, permanece en el espacio: traicionaría
su papel si buscase el origen de estas energías en un proceso extraespacial. Y
es ahí, sin embargo, donde, a nuestro entender, debe buscarlo. ¿Consideramos in
abstracto la extensión en general? La extensión aparece solamente, decíamos,
como una tensión que se interrumpe. ¿Nos referimos a la realidad concreta que
llena esta extensión? El orden que reina en ella, y que se manifiesta por las
leyes de la naturaleza, es un orden que debe nacer por sí mismo cuando se ha
suprimido el orden inverso: una relajación del querer produciría precisamente
esta supresión. En fin, he aquí que el sentido en que marcha esta realidad nos
sugiere ahora la idea de una cosa que se deshace; ahí está, sin duda alguna,
uno de los rasgos esenciales de la materialidad. ¿Qué concluir de ello sino que
el proceso por el cual esto se hace está dirigido en sentido contrario a los
procesos físicos y que es desde entonces, por definición incluso, inmaterial?
Nuestra visión del mundo material es la de un peso que cae; ninguna imagen
extraída de la materia propiamente dicha nos dará una idea de peso que se
eleva. Pero esta conclusión se impondrá a nosotros con más fuerza todavía si
estrechamos más de cerca la realidad concreta, si consideramos, no ya solamente
la materia en general, sino, en el interior de esta materia, los cuerpos vivos.
Todos nuestros análisis nos muestran, en efecto, un
esfuerzo en la vida para remontar la pendiente que desciende la materia. Por
ahí nos dejan entrever la posibilidad, la necesidad misma, de un proceso
inverso de la materialidad, creador de la materia por su sola interrupción.
Ciertamente, la vida que evoluciona en la superficie de nuestro planeta, está
ligada a la materia. Si fuese pura conciencia, y con más razón supraconciencia,
sería pura actividad creadora. De hecho, se encuentra fuertemente unida a un
organismo que la somete a las leyes generales de la materia inerte. Pero todo
pasa como si hiciese lo posible para liberarse de estas leyes. No tiene el
poder de invertir la dirección de los cambios físicos, tal como la determina el
principio de Carnot. Al menos procede absolutamente como haría una fuerza que,
abandonada a sí misma, trabajase en la dirección inversa. Incapaz de detener la
marcha de los cambios materiales, alcanza sin embargo a retardarla. La
evolución de la vida continúa en efecto, como hemos mostrado, un impulso
inicial; este impulso, que ha determinado el desarrollo de la función
clorofílica en la planta y del sistema sensoriomotor en el animal, lleva la
vida a actos cada vez más eficaces para la fabricación y empleo de explosivos
también cada vez más poderosos. Ahora bien, ¿qué representan estos explosivos
sino un almacenamiento de la energía solar, energía cuya degradación se
encuentra así provisionalmente suspendida en algunos de los puntos en que se
vaciaba? La energía utilizable que el explosivo oculta se consumirá, sin duda,
en el momento de la explosión; pero se hubiese consumido mucho antes si no
hubiese encontrado un organismo para detener su disipación, para retenerla y
adicionarla consigo misma. Tal como se presenta hoy a nuestros ojos, en el
punto a que la ha llevado una escisión de las tendencias, complementarias una
de otra, que ella encerraba en sí, la vida queda ligada enteramente a la
función clorofílica de la planta. Es decir, que considerada en su impulso
inicial, antes que toda escisión, era una tendencia a acumular en un depósito,
como hacen sobre todo las partes verdes de los vegetales, a la vista de un
gasto instantáneo eficaz, semejante al que efectúa el animal, algo que se
hubiese disipado sin ella. Es como un esfuerzo para elevar el peso que cae. No
tiene otro éxito, es verdad, que el de retardar la caída. Pero al menos puede
darnos una idea de lo que fue la elevación del peso
[85]. Imaginemos, pues, un recipiente lleno de vapor a
alta tensión, y, aquí y allá, en las paredes del vaso, una fisura por donde
escapa el vapor. El vapor lanzado al aire se condensa casi todo él en gotitas
que caen, y esta condensación y esta caída representan simplemente la pérdida
de algo, una interrupción, un déficit. Pero una débil parte del chorro de vapor
subsiste, no condensada, durante algunos instantes; se esfuerza en elevar las
gotas que caen y llega, todo lo más, a demorar su caída. De la misma manera, de
un inmenso depósito de vida deben salir sin cesar chorros, cada uno de los
cuales, al caer, es un mundo.
La evolución de las especies vivas en el interior de este
mundo representa lo que subsiste de la dirección primitiva del chorro original
y de un impulso que se continúa en sentido inverso de la materialidad. Pero no
nos adhiramos demasiado a esta comparación. No nos daría de la realidad más que
una imagen debilitada e incluso engañosa, porque la fisura, el chorro de vapor,
la agitación de las gotitas están determinados necesariamente, mientras que la
creación de un mundo es un acto libre, y la vida, en el interior del mundo
material, participa de esta libertad. Pensemos, pues, antes bien, en un gesto
como el del brazo que levantamos; supongamos luego que el brazo, abandonado a
sí mismo, vuelve a caer, y que, no obstante, subsiste en él, esforzándose por
levantarlo, algo del querer que lo animó: con esta imagen de un gesto creador
que se deshace tendremos ya una representación más exacta de la materia. Y
veremos entonces, en la actividad vital, lo que subsiste del movimiento directo
en el movimiento invertido, una realidad que se hace a través de la que se
deshace.
Todo es oscuro en la idea de creación si se piensa en
cosas que serían creadas y en una cosa que crea, como hacemos corrientemente,
como hace también por necesidad el entendimiento. Mostraremos, en nuestro
próximo capítulo, el origen de esta ilusión. Es natural a nuestra inteligencia,
función esencialmente práctica, hecha para representarnos cosas y estados antes
que cambios y actos. Pero cosas y estados no son más que consideraciones de
nuestro espíritu sobre el devenir. No hay cosas, no hay más que acciones. Más
particularmente, si considero el mundo en que vivimos, encuentro que la
evolución automática y rigurosamente determinada de este todo ligado es acción
que se deshace, y que las formas imprevistas que la vida recorta en ella,
formas capaces de prolongarse ellas mismas en movimientos imprevistos,
representan la acción que se hace. Ahora bien, tengo derecho a creer que los
demás mundos son análogos al nuestro, que las cosas pasan en ellos de la misma
manera. Y sé que no se han constituido al mismo tiempo, ya que la observación
me muestra, hoy incluso, nebulosas en vías de concentración. Si por todas
partes se cumple la misma especie de acción, sea que se deshaga, sea que trate
de rehacerse, expreso simplemente esta similitud probable cuando hablo de un
centro del que saldrían los mundos como de un inmenso ramillete, suponiendo,
sin embargo, que no considero este centro como una cosa, sino como una
continuidad en incesante surgimiento. Dios, así definido, no es algo
completamente hecho; es vida que no muere, acción, libertad. La creación, así
concebida, no es un misterio y la experimentamos en nosotros desde el momento
que obramos libremente. Es absurdo, sin duda alguna, que cosas nuevas puedan
añadirse a las cosas que existen, ya que la cosa resulta de una solidificación
operada por nuestro entendimiento y no hay jamás otras cosas que las que el
entendimiento ha constituido. Hablar de cosas que se crean equivaldría, pues, a
decir que el entendimiento da más de lo que en realidad da, afirmación contradictoria
consigo misma, representación vacía y vana.
Pero que la acción aumente en su avance, que cree a medida
de su progreso, esto es lo que cada uno de nosotros constata cuando contempla
su misma acción. Las cosas se constituyen por el corte instantáneo que practica
el entendimiento, en un momento dado, en un flujo de este género, y lo que es
misterioso cuando se compara entre sí se hace claro cuando se refiere al flujo.
Incluso las modalidades de la acción creadora, en tanto ésta se prosigue en la
organización de las formas vivas, se simplifican singularmente cuando se las
considera bajo este sesgo. Ante la complejidad de un organismo y la multitud
casi infinita de análisis y de síntesis entrelazadas que presupone, nuestro
entendimiento retrocede desconcertado. Nos resistimos a creer que el juego puro
y simple de las fuerzas físicas y químicas pueda producir esta maravilla. Y si
se trata de una ciencia profunda, ¿cómo comprender la influencia ejercida sobre
la materia sin forma por esta forma sin materia? Pero la dificultad nace de que
se representa, estáticamente, partículas materiales ya hechas, yuxtapuestas
unas a otras y, estáticamente también, una causa exterior que colocaría sobre
ellas una organización sabia. En realidad la vida es un movimiento, la
materialidad es el movimiento inverso, y cada uno de estos dos movimientos es
simple, siendo la materia que forma un mundo un flujo indiviso, y un flujo
también indiviso viene a ser la vida que la atraviesa y que recorta en ella los
seres vivos. De estas dos corrientes, la segunda es contraria a la primera,
pero la primera obtiene sin embargo algo de la segunda: se da así entre ellas
un modus vivendi, que es precisamente la organización. Esta organización toma
para nuestros sentidos y para nuestra inteligencia la forma de partes
enteramente exteriores a otras partes en el tiempo y en el espacio. No
solamente cerramos los ojos a la unidad del impulso que, atravesando las
generaciones, enlaza los individuos a los individuos, las especies a las
especies y hace de la serie entera de los seres vivos una única inmensa ola que
corre sobre la materia, sino que cada individuo mismo se nos aparece como un
agregado, agregado de moléculas y agregado de hechos.
La razón de esto se encontraría en la estructura de
nuestra inteligencia, que está hecha para obrar desde fuera sobre la materia y
que no llega a ella sino practicando, en el flujo de lo real, cortes
instantáneos cada uno de los cuales se vuelve, en su fijeza, indefinidamente
descomponible.
Al no percibir en un organismo más que partes exteriores a
otras partes, el entendimiento no puede elegir más que entre dos sistemas de
aplicación: o mantener la organización infinitamente complicada (y, por ello,
infinitamente sabia) para una reunión fortuita, o atenerse a la influencia
incomprensible de una fuerza exterior que habría agrupado sus elementos. Pero
esta complicación es obra del entendimiento, lo mismo que esta
incomprensibilidad. Tratemos de ver, no ya con los ojos de la inteligencia, que
no aprehende más que el todo hecho y que mira desde fuera, sino con el
espíritu, quiero decir, con esta facultad de ver que es inmanente a la facultad
de actuar y que brota, en cierto modo, de la torsión del querer sobre sí mismo.
Todo se confiará al movimiento y todo se resolverá en él. Allí donde el
entendimiento, que se ejerce sobre la imagen que suponemos fija de la acción en
marcha, nos muestre partes infinitamente múltiples y un orden infinitamente
sabio, adivinaremos un proceso simple, una acción que se hace a través de una
acción del mismo género que se deshace, algo así como el camino que se abre el
último cohete de un fuego de artificio entre las cenizas que caen de los
cohetes ya extintos.
Desde este punto de vista se aclararán y se completarán
las consideraciones generales que presentábamos sobre la evolución de la vida.
Se separará más claramente lo que hay de accidental, lo que hay de esencial en
esta evolución.
El impulso de vida de que hablamos consiste, en suma, en
una exigencia de creación. No puede crear en absoluto, porque encuentra ante él
la materia, es decir, el movimiento inverso al suyo. Pero se apodera de esta
materia, que es la necesidad misma, y tiende a introducir en ella la mayor suma
posible de indeterminación y de libertad. ¿Cómo lo consigue?
Un animal superior puede representarse grosso modo,
decíamos, por un sistema nervioso sensoriomotor montado sobre los sistemas
digestivo, respiratorio, circulatorio, etcétera. Estos últimos tienen por
misión limpiarle, repararle, protegerle, hacerle tan independiente como sea
posible de las circunstancias exteriores; pero, por encima de todo,
suministrarle energía que él consumirá en movimientos. La complejidad creciente
del organismo se relaciona, pues, teóricamente (a pesar de las innumerables
excepciones debidas a los accidentes de la evolución) con la necesidad de
complicar el sistema nervioso. Cada complicación de una parte cualquiera del
organismo entraña por lo demás muchas otras, porque es preciso que esta parte
misma viva y que todo cambio en un punto del cuerpo tenga su repercusión en los
demás. La complicación podrá, pues, llegar hasta el infinito en todos los
sentidos: pero es la complicación del sistema nervioso la que condiciona en
derecho a las demás, y aun pudiéramos decir que de hecho. Ahora bien, ¿en qué
consiste el progreso del sistema nervioso mismo?
En un desarrollo simultáneo de la actividad automática y
de la actividad voluntaria, suministrando la primera a la segunda un
instrumento apropiado. Así, en un organismo como el nuestro, un número
considerable de mecanismos motores asientan en la médula y en el bulbo y no
esperan más que una señal para liberar el acto correspondiente; la voluntad se
emplea, en ciertos casos, en montar el mecanismo mismo, y, en otros, en escoger
los mecanismos de desarticulación, la manera de combinarlos y el momento de aquélla.
La voluntad de un animal es tanto más eficaz e intensa cuanto que puede escoger
entre un número mayor de estos mecanismos, siendo más complicada la encrucijada
en la que se cruzan todas las vías motrices; o en otros términos: su cerebro
alcanza un desarrollo más considerable. Así, el progreso del sistema nervioso
asegura al acto una precisión creciente, una variedad creciente y una eficacia
y una independencia que también van en aumento. El organismo procede cada vez
más como una máquina actuante que se reconstruyese enteramente con cada acción
nueva, como si fuese de caucho y pudiese, en todo instante, cambiar la forma de
todas sus piezas. Pero antes de la aparición del sistema nervioso, antes
incluso de la formación de un organismo propiamente dicho, ya en la masa
indiferenciada de la amiba se manifestaba esta propiedad esencial de la vida
animal.
La amiba se deforma en direcciones variables; su masa
entera hace, pues, lo que la diferenciación de las partes localizará en un
sistema sensoriomotor en el animal desarrollado. Al no hacerlo más que de una
manera rudimentaria, queda dispensada de la complicación de los organismos
superiores; aquí no es necesario que los elementos auxiliares pasen a elementos
motores de la energía que hay que consumir; el animal indiviso se mueve, e
indiviso también se procura energía por intermedio de las sustancias orgánicas
que asimila. Así, ya la coloquemos arriba o abajo de la serie de los animales,
encontramos siempre que la vida animal consiste, 1° en procurarse una provisión
de energía, 2° en consumirla, por mediación de una materia tan flexible como
sea posible, en direcciones variables e imprevistas.
Ahora bien, ¿de dónde proviene la energía? Del alimento
ingerido, puesto que el alimento es una especie de explosivo, que no espera más
que la chispa para descargar la energía que almacena. ¿Quién ha fabricado este
explosivo? El alimento puede ser la carne de un animal que se haya alimentado
de animales, y así sucesivamente; pero, en fin de cuentas, concluiremos en el
vegetal. El es el único que recoge verdaderamente la energía solar. Los
animales no hacen otra cosa que recibirla de éste, bien directamente, bien
pasándosela unos a otros. ¿Cómo ha almacenado la planta esta energía? Sobre
todo por la función clorofílica, es decir, por un quimismo sui generis del que
no tenemos la clave y que no se parece probablemente al de nuestros
laboratorios. La operación consiste en servirse de la energía solar para fijar
el carbono del ácido carbónico y, por ello, en almacenar esta energía como se
almacenaría la de un aguador que se emplease en llenar un depósito elevado: el
agua, una vez subida, podrá poner en movimiento, como se quiera y cuando se
quiera, un molino o una turbina. Cada átomo de carbono fijado representa algo
así como la elevación de este peso de agua, o como la tensión de un hilo
elástico que habría unido el carbono al oxígeno en el ácido carbónico. Lo elástico
se aflojará, el peso caerá, la energía que queda en reserva volverá a
encontrarse, en fin, el día en que, por una simple relajación, se permita al
carbono ir a reunirse con su oxígeno.
De suerte que la vida entera, animal y vegetal, en lo que
tiene de esencial, se aparece como un esfuerzo para acumular energía y para
lanzarla en seguida por canales flexibles, deformables, en el extremo de los
cuales cumplirá trabajos infinitamente variados. He aquí lo que el impulso
vital, atravesando la materia, querría obtener de una vez. Tendría éxito, sin
duda, si su poder fuese ilimitado o si pudiese venirle alguna ayuda de fuera.
Pero el impulso se ha terminado, puesto que es dado de una vez por todas. No
puede remontar todos los obstáculos. El movimiento que imprime unas veces es
desviado, otras dividido, siempre contrariado, y la evolución del mundo
organizado no es más que el desarrollo de esta lucha. La primera gran escisión
que debió efectuarse fue la de los dos reinos vegetal y animal, que son así
complementarios uno de otro, sin que, no obstante, se haya establecido acuerdo
alguno entre ellos. La planta no acumula energía para el animal, sino para su
consumo propio; pero su gasto es menos discontinuo, menos recogido y menos
eficaz de lo que exige el impulso inicial de la vida, dirigido esencialmente
hacia los actos libres: el mismo organismo no podía sostener con igual fuerza
los dos papeles a la vez, acumular gradualmente y utilizar bruscamente. Por lo
cual, por sí mismos, sin ninguna intervención exterior, por el solo efecto de
la dualidad de tendencia implicada en el impulso original y de la resistencia
opuesta por la materia a este impulso, unos organismos apoyaron en la primera
dirección, otros en la segunda. A este desdoblamiento siguieron muchos otros.
De ahí las líneas divergentes de evolución, al menos en lo que tienen de
esencial. Pero es preciso tener en cuenta las regresiones, las detenciones, los
accidentes de todo género. Y es preciso recordar, sobre todo, que cada especie
procede como si el movimiento general de la vida se detuviese en ella en lugar
de atravesarla. No piensa más que en ella, no vive más que para ella. De ahí
las luchas sin número de que es teatro la naturaleza. De ahí una desarmonía
sorpréndente y chocante, pero de la que no debemos hacer responsable al
principio mismo de la vida.
La parte de la contingencia es, pues, grande en la
evolución. Contingentes, las más de las veces, son las formas adoptadas, o,
mejor, inventadas. Contingente, relativa a los obstáculos encontrados en
determinado lugar, en determinado momento, la disociación de la tendencia
primordial en tales y cuales tendencias complementarias que crean líneas
divergentes de evolución. Contingentes las detenciones y los retrocesos;
contingentes, en amplia medida, las adaptaciones. Únicamente dos cosas son
necesarias: 1°, una acumulación gradual de energía; 2°, una canalización
elástica de esta energía en direcciones variables e indeterminables, al cabo de
las cuales están los actos libres.
Este doble resultado ha sido obtenido de cierta manera en
nuestro planeta. Pero hubiese podido serlo por cualesquiera otros medios. No
era necesario que la vida pusiese la mira en el carbono del ácido carbónico
principalmente. Lo esencial para ella era almacenar energía solar; pero, en
lugar de pedir al sol que separase unos de otros, por ejemplo, los átomos de
oxígeno y de carbono, hubiese podido (teóricamente al menos y abstracción hecha
de dificultades de ejecución quizá insuperables) proponerle otros elementos
químicos, que le sería preciso entonces asociar o disociar por medios físicos
completamente diferentes. Y si el elemento característico de las sustancias
energéticas del organismo hubiese sido otro que no fuese el carbono, también el
elemento característico de las sustancias plásticas no sería probablemente el
nitrógeno. La química de los cuerpos vivos hubiese sido, pues, radicalmente
diferente de lo que es. Y habrían resultado de ello formas vivas sin analogía
con las que conocemos, cuya anatomía hubiese sido otra y otra también su
fisiología. Únicamente la función sen-soriomotriz se hubiese conservado, si no
en su mecanismo, al menos en sus efectos. Es pues verosímil que la vida se
desenvuelva en otros planetas, en otros sistemas solares también, en formas de
las que no tenemos idea, en condiciones físicas que, según nuestra fisiología,
nos parecen rechazables de modo absoluto. Si trata esencialmente de captar la
energía utilizable para gastarla en acciones explosivas, escoge sin duda en
cada sistema solar y en cada planeta, como lo hace sobre la tierra, los medios
más apropiados para obtener este resultado en las condiciones que le son dadas.
He aquí al menos lo que dice el razonamiento por analogía, y es servirse a
contrapelo de este razonamiento declarar la vida imposible allí donde son dadas
otras condiciones diferentes a las de la tierra. La verdad es que la vida es
posible dondequiera que la energía desciende la pendiente indicada por la ley
de Carnot y donde una causa, de dirección inversa, puede retardar el descenso,
es decir, sin duda, en todos los mundos de todas las estrellas. Vayamos más
lejos: no es incluso necesario que la vida se concentre y se precise en
organismos propiamente dichos, es decir en cuerpos definidos que presentan al
espace de la energía canales ya hechos, aunque también elásticos. Se concibe
(aunque apenas lleguemos a imaginarlo) que la energía pueda quedar en reserva y
luego consumirse en líneas variables que corren a través de una materia que aún
no está solidificada. Todo lo esencial de la vida se encontraría ahí, ya que
habría también acumulación lenta de energía y detención brusca. Entre esta
vitalidad, vaga y turbia, y la vitalidad definida que conocemos, no habría más
diferencia que la que hay, en nuestra vida psicológica, entre el estado de
ensueño y el estado de vigilia. Tal ha podido ser la condición de la vida en
nuestra nebulosa antes de que se hubiese terminado la condensación de la
materia, si es verdad que la vida toma su impulso en el momento mismo en que,
por efecto de un movimiento inverso, aparece la materia nebular.
Se concibe, pues, que la vida hubiese podido revestir otro
aspecto exterior y diseñar formas muy diferentes a las que conocemos. Con otro
sustrato químico, en otras condiciones física?, el impulso sería el mismo; pero
se hubiese escindido de manera diferente en el curso de su ruta y, en conjunto,
se hubiese recorrido otro camino, menor quizá o también mayor. En todo caso, de
la serie entera de los seres vivos ningún término hubiese sido lo que es. Ahora
bien, ¿era necesaria una serie y lo eran igualmente los términos? ¿Por qué el
impulso único no se habría impreso en un cuerpo único, que hubiese evolucionado
indefinidamente? Se plantea esta cuestión, sin duda, cuando se compara la vida
a un impulso. Y es preciso compararla a un impulso, porque no hay ninguna
imagen, de las tomadas al mundo físico, que pueda darnos su idea con más
aproximación. Pero no se trata más que de una imagen. La vida es, en realidad,
de orden psicológico, y la esencia de lo psíquico consiste en envolver una
pluralidad confusa de términos que se penetran mutuamente. En el espacio, y
sólo en el espacio, sin duda alguna es posible la multiplicidad distinta: un
punto es absolutamente exterior a otro punto. Pero la unidad pura y vacía no se
encuentra también más que en el espacio: es la unidad de un punto matemático.
Unidad y multiplicidad abstractas son, según se quiera, determinaciones del
espacio o categorías del entendimiento, estando la espacialidad y la
intelectualidad calcadas una sobre otra. Pero lo que es de naturaleza
psicológica no podría aplicarse exactamente al espacio ni entrar por completo
en los cuadros del entendimiento. Mi persona, en un momento dado, ¿es una o
múltiple? Si la declaro una, surgen voces interiores y protestan, las de las
sensaciones, sentimientos, representaciones, entre las cuales se reparte mi
individualidad. Pero si la hago distintamente múltiple, mi conciencia también
se subleva; afirma que mis sensaciones, mis sentimientos, mis pensamientos, son
abstracciones que opero sobre mí mismo y que cada uno de mis estados implica
todos los demás. Soy pues -es preciso adoptar el lenguaje del entendimiento, ya
que sólo el entendimiento tiene un lenguaje- unidad múltiple y multiplicidad
una
[86]; pero unidad y multiplicidad no son más que
consideraciones sobre mi personalidad hechas por un entendimiento que apunta
hacia mí sus categorías; no entro ni en una ni en otra, ni en las dos a la vez,
aunque las dos, reunidas, puedan dar una imitación aproximada de esta
interpenetración recíproca y de esta continuidad que encuentro en el fondo de
mí mismo. Tal es mi vida interior y tal es también la vida en general. Si en su
contacto con la materia la vida es comparable a un impulso, considerada en sí misma
es una inmensidad de virtualidad, una interpenetración de mil tendencias que no
serán sin embargo "mil" hasta que unas se exterioricen con respecto a
otras, es decir, hasta que se espacialicen. El contacto con la materia decide
esta disociación. La materia divide efectivamente lo que no era más que
virtualmente múltiple y, en este sentido, la individuación es en parte la obra
de la materia, en parte el efecto de lo que la vida lleva en sí. Así, de un
sentimiento poético que se explicita en estrofas distintas, en versos
distintos, en palabras distintas, podrá decirse que contenía esta multiplicidad
de elementos individuales y que, no obstante, es la materialidad del lenguaje
quien la crea.
Pero a través de las palabras, los versos y las estrofas,
corre la inspiración simple que es el todo del poema. Así, entre los individuos
disociados también circula la vida: por todas partes, la tendencia a la
individuación es combatida y al mismo tiempo concluida por una tendencia
antagónica y complementaria a asociarse, como si la unidad múltiple de la vida,
lanzada en el sentido de la multiplicidad, realizase tanto más esfuerzo para
contraerse en sí misma. De ahí, en todo el dominio de la vida, una oscilación
entre la individuación y la asociación. Los individuos se yuxtaponen en una
sociedad; pero la sociedad, apenas formada, querría fundir en un organismo
nuevo los individuos yuxtapuestos, de manera que se convirtiese ella misma en
un individuo que pueda, a su vez, ser parte integrante de una asociación nueva.
En el grado más bajo de la escala de los organismos encontramos ya verdaderas
asociaciones, las colonias microbianas, y, en estas asociaciones, si hemos de
prestar crédito a un trabajo reciente, la tendencia a individualizarse por la
constitución de un núcleo
[87]. La misma tendencia se encuentra en un escalón más
elevado, en los protofitos, que, una vez salidos de la célula-madre por vía de
división, permanecen unidos unos a otros por la sustancia gelatinosa que
envuelve su superficie, como también en los protozoos, que comienzan por
entremezclar sus pseudópodos y terminan por soldarse entre sí. Conocemos la
teoría llamada "colonial" de la génesis de los organismos superiores.
Los protozoos, constituidos por una célula única, habrían formado, al yuxtaponerse,
agregados, los cuales a su vez, al aproximarse, habrían dado agregados de
agregados: así, los organismos más complicados y también más diferenciados,
habrían nacido de la asociación de organismos apenas diferenciados y
elementales
[88]. En esta forma extrema, la tesis ha suscitado
objeciones graves; parece confirmar la idea de que el polizoísmo es un hecho
excepcional y anormal
[89]. Pero no es menos verdad que las cosas pasan como si
todo organismo superior hubiese nacido de una asociación de células que se
habrían repartido el trabajo. Con mucha probabilidad, no son las células las
que han hecho al individuo por vía de asociación; es, antes bien, el individuo
el que ha hecho a las células por vía de disociación
[90]. Pero esto mismo nos revela, en la génesis del
individuo, una obsesión por la forma social, como si no pudiese desarrollarse
sino a condición de escindir su sustancia en elementos que tienen una
apariencia de individualidad y que están unidos entre sí por una apariencia de
sociabilidad. Numerosos son los casos en que la naturaleza parece dudar entre
las dos formas y preguntarse si ha de constituir una sociedad o un individuo:
basta entonces el más ligero impulso para hacer inclinar la balanza de un lado
o de otro. Si tomamos un infusorio bastante voluminoso, como el estentor, y lo
cortamos en dos mitades cada una de las cuales contiene una parte del núcleo,
veremos que cada una de estas mitades regenera un estentor independiente; pero
si se efectúa la división de manera incompleta, dejando entre las dos mitades
una comunicación protoplasmática, se las ve ejecutar, cada una por su parte,
movimientos perfectamente sinérgicos, de suerte que es suficiente aquí un hilo
mantenido o cortado para que la vida afecte la forma social o la forma
individual. Así, en organismos rudimentarios hechos de una célula única,
constatamos ya que la individualidad aparente del todo es el compuesto de un
número no definido de individualidades virtuales, virtualmente asociadas. Pero,
de abajo arriba de la serie de los seres vivos, se manifiesta la misma ley. Y
es lo que nosotros expresamos diciendo que unidad y multiplicidad son
categorías de la materia inerte, que el impulso vital no es ni unidad ni
multiplicidad puras, y que si la materia a la que se comunica le pone en la
disyuntiva de optar por una de las dos, su opción no será nunca definitiva:
saltará indefinidamente de una a otra. La evolución de la vida en la doble
dirección de la individualidad y de la asociación no tiene, pues, nada de
accidental. Descansa en la esencia misma de la vida.
Esencial es también la marcha hacia la reflexión. Si
nuestros análisis son exactos, en el origen de la vida está la conciencia, o
mejor, la supraconciencia. Conciencia o supraconciencia son como el cohete
cuyas cenizas ya extintas se convierten en materia; conciencia es también lo
que subsiste del cohete mismo, que atraviesa las cenizas y las ilumina en
organismos. Pero esta conciencia, que es una exigencia de creación, no se
manifiesta a sí misma sino allí donde es posible la creación. Se duerme, cuando
la vida está condenada al automatismo; se despierta, cuando existe la
posibilidad de elección.
Por ello, en los organismos desprovistos de sistema
nervioso, varía en razón del poder de locomoción y de deformación de que
dispone el organismo. Y en los animales con sistema nervioso, es proporcional a
la complicación de la encrucijada en la que se cruzan las vías sensoriales y
las vías motrices, es decir, a la complicación del cerebro. ¿Cómo
comprenderemos esta solidaridad entre el organismo y la conciencia?
No insistiremos aquí sobre un punto en el que hemos
profundizado ya en trabajos anteriores.
Limitémonos a recordar que la teoría según la cual la
conciencia se habría unido a ciertas neuronas, por ejemplo, y separado de su
trabajo como una fosforescencia, puede ser aceptada por el sabio en cuanto al
detalle del análisis; resulta una manera fácil de expresarse. Pero no es otra
cosa. En realidad, un ser vivo es un centro de acción. Representa una cierta
suma de contingencia que se introduce en el mundo, es decir, una cierta
cantidad de acción posible, cantidad variable con los individuos y sobre todo
con las especies. El sistema nervioso de un animal dibuja las líneas flexibles
sobre las que correrá su acción (aunque la energía potencial por liberar esté
acumulada en los músculos antes que en el sistema nervioso mismo); sus centros
nerviosos indican, por su desarrollo y su configuración, la preferencia más o
menos extensa que deberá existir entre acciones más o menos numerosas y
complicadas. Ahora bien, siendo el despertar de la conciencia en un ser vivo
tanto más completo cuanto mayor es el margen de elección y más considerable
también la suma de acción que se le otorga, es claro que el desarrollo de la
conciencia parecerá regularse sobre el de los centros nerviosos. Por otra
parte, al ser todo estado de conciencia, por cierto lado, una cuestión que se
plantea a la actividad motriz e incluso un comienzo de respuesta, no hay hecho
psicológico que no implique la entrada en juego de los mecanismos corticales.
Todo parecerá pues ocurrir como si la conciencia brotase del cerebro y como si
el detalle de la actividad consciente se modelase sobre el de la actividad
cerebral. En realidad, la conciencia no brota del cerebro; pero cerebro y
conciencia se corresponden porque miden igualmente, el uno por la complejidad
de su estructura y la otra por la intensidad de su despertar, la cantidad de
elección de que dispone el ser vivo.
Precisamente porque un estado cerebral expresa simplemente
lo que hay de acción naciente en el estado psicológico correspondiente, el
estado psicológico es de más amplitud que el estado cerebral. La conciencia de
un ser vivo, como hemos tratado de mostrar en otra parte, es solidaria de su
cerebro en el mismo sentido en que un cuchillo puntiagudo es solidario de su
punta: el cerebro es la punta acerada por donde penetra la conciencia en el
tejido compacto de los sucesos, pero no es ya coextensive a la conciencia, como
la punta no lo es tampoco al cuchillo. Así, del hecho de que dos cerebros, el
del mono y el del hombre, se parezcan mucho, no se puede concluir que las
conciencias correspondientes sean comparables o conmensurables entre sí.
Pero se parecen quizá menos de lo que se supone. ¿Cómo no
ser afectado por el hecho de que el hombre es capaz de aprender no importa qué
ejercicio, fabricar no importa qué objeto, en fin, adquirir no importa qué
hábito motriz, cuando la facultad de combinar movimientos nuevos es
estrictamente limitada en el animal mejor dotado, incluso en el mono? La
característica cerebral del hombre está ahí. El cerebro humano está hecho, como
todo cerebro, para montar mecanismos motores y para dejarnos escoger entre ellos,
en un instante cualquiera, el que pondremos en movimiento por medio de un
resorte. Pero difiere de los demás cerebros en que el número de mecanismos que
puede montar, y por consiguiente el número de resortes entre los que escoge, es
indefinido. Ahora bien, de lo limitado a lo ilimitado hay la distancia de lo
cerrado a lo abierto. No es una diferencia de grado, sino de naturaleza.
Radical también, por consiguiente, es la diferencia entre
la conciencia del animal, incluso el más inteligente, y la conciencia humana.
Porque la conciencia se corresponde exactamente con el poder de elección de que
dispone el ser vivo; es coextensiva a la franja de acción posible que rodea la
acción real: conciencia es sinónimo de invención y de libertad. Ahora bien, en
el animal la invención no es nunca otra cosa que una variación sobre el tema de
la rutina. Encerrado en los hábitos de la especie, puede sin duda alargarlos
por su iniciativa individual; pero no escapa al automatismo más que por un
instante, justamente el tiempo necesario para crear un automatismo nuevo: las
puertas de su prisión vuelven a cerrarse poco después de abrirse; al tirar de
su cadena sólo consigue alargarla. Con el hombre la conciencia rompe la cadena.
En el hombre, y únicamente en el hombre, alcanza su liberación. Toda la
historia de la vida, hasta él, había sido la de un esfuerzo de la conciencia
para elevar la materia y de un aplastamiento más o menos completo de la
conciencia por la materia que volvía a caer sobre ella. La empresa resultaba
paradójica, si pudiese hablarse así, y no metafóricamente, de empresa y de
esfuerzo.
Se trataba de crear con la materia, que es la necesidad
misma, un instrumento de libertad, de fabricar una mecánica que triunfase del
mecanismo, y de emplear el determinismo de la naturaleza para pasar a través de
las mallas que él había tendido. Pero en todas partes, y a excepción del
hombre, la conciencia se ha dejado prender en las mallas que quería atravesar.
Ha quedado cautiva de los mecanismos que había montado. El automatismo, del que
pretendía hacer uso en el sentido de la libertad, se enrolla alrededor de ella
y la arrastra. No tiene fuerzas para sustraerse a él, porque la energía de que
había hecho provisión para los actos se emplea casi enteramente en mantener el
equilibrio infinitamente sutil, esencialmente inestable, al que ha llevado a la
materia. Pero el hombre no alimenta solamente su máquina; llega a servirse de
ella como le place. Lo debe sin duda a la superioridad de su cerebro, que le
permite construir un número ilimitado de mecanismos motores, oponer sin cesar
nuevos hábitos a los antiguos y, al dividir el automatismo contra sí mismo,
dominarlo. Lo debe a su lenguaje, que suministra a la conciencia un cuerpo
inmaterial en el que encarnarse y la dispensa así de posarse exclusivamente
sobre los cuerpos materiales que primero la arrastrarían y luego la
englutirían. Lo debe a la vida social, que almacena y conserva los esfuerzos
como el lenguaje almacena el pensamiento, fija con ello un nivel medio al que
los individuos deberán llegar sin esfuerzo y, por esta excitación inicial,
impide a los mediocres dormirse y lanza a los mejores hacia arriba. Pero
nuestro cerebro, nuestra sociedad y nuestro lenguaje no son más que los signos
exteriores y diversos de una sola y misma superioridad interna.
Dicen, cada uno a su manera, el éxito único, excepcional,
que ha alcanzado la vida en un momento dado de su evolución. Traducen la
diferencia de naturaleza, y no solamente de grado, que separa al hombre del
resto de la animalidad. Nos dejan adivinar que si, al término del trampolín
sobre el cual la vida ha tomado impulso, todos los demás seres se han detenido,
encontrando la cuerda demasiado alta, sólo el hombre en realidad ha salvado el
obstáculo.
En este sentido especial el hombre es el
"término" y el "fin" de la evolución. La vida, lo hemos
dicho, trasciende la finalidad al igual que las demás categorías. Es
esencialmente una corriente lanzada a través de la materia y que obtiene de
ella todo lo que puede. No ha habido pues, propiamente hablando, proyecto ni
plan. Por otra parte, es evidente que el resto de la naturaleza no ha sido
referido al hombre: luchamos como las demás especies, hemos luchado contra las
demás especies. En fin, si la evolución de la vida se hubiese visto contrariada
en su ruta por accidentes diferentes, y si, por ello, la corriente de la vida
se hubiese dividido de otra manera, habríamos sido, en lo físico y en lo moral,
bastante diferentes de lo que somos. Por estas diversas razones, nos
equivocaríamos si considerásemos a la humanidad, tal com la tenemos ante los
ojos, como preformada en el movimiento evolutivo. No se puede incluso decir que
sea el término de la evolución entera, porque la evolución se ha realizado
sobre varias líneas divergentes y, si la especie humana se encuentra en el
extremo de una de ellas, otras líneas han sido seguidas por otras especies
hasta el fin. En un sentido muy diferente tenemos a la humanidad por la razón
de ser de la evolución.
Desde nuestro punto de vista, la vida se nos aparece
globalmente como una onda inmensa que se propaga a partir de un centro y que,
en la casi totalidad de su circunferencia, se detiene y se convierte en
oscilación sobre el mismo sitio; sólo en un punto se ha forzado el obstáculo y
el impulso ha pasado libremente. Esta libertad es la que registra la forma
humana. Únicamente en el hombre la conciencia ha proseguido su camino. El
hombre continúa pues indefinidamente el movimiento vital, aunque no arrastre con
él todo lo que la vida llevaba en sí. Sobre otras líneas de evolución han
caminado otras tendencias que implicaba la vida, de las que el hombre ha
conservado algo, ya que todo se compenetra, pero en cantidad muy pequeña. Todo
pasa como si un ser indeciso y desdibujado, q ue se podría llamar, según se
quiera, hombre o superhombre, hubiera tratado de realizarse y no lo hubiera
logrado más que dejándose en el camino una parte de sí mismo. Estos estorbos se
encuentran representados por el resto de la animalidad, e incluso por el mundo
vegetal, al menos en lo que tienen de positivo y de superior con respecto a los
accidentes de la evolución.
Desde este punto de vista se atenúan singularmente las
discordancias cuyo espectáculo nos ofrece la naturaleza. El conjunto del mundo
organizado se convierte en el humus en el cual debía crecer o el hombre mismo o
un ser que, moralmente, se le semejase. Los animales, por alejados, por
enemigos incluso que sean de nuestra espe- cie, no han dejado de aparecérsenos
como útiles compañeros de camino, en los cuales la conciencia se ha descargado
de lo que de embarazoso llevaba consigo, elevándose así, con el hombre, a las
alturas desde las que ve abrirse ante ella un horizonte ilimitado.
Es verdad que no solamente abandonó en el camino un bagaje
embarazoso. Ha tenido que renunciar también a bienes preciosos. La conciencia,
en el hombre, es, sobre todo, inteligencia.
Hubiese podido, hubiese debido, al parecer, ser también
intuición. Intuición e inteligencia representan dos direcciones opuestas del
trabajo consciente: la intuición marcha en el mismo sentido que la vida; la
inteligencia marcha en sentido inverso y se encuentra así naturalmente regulada
sobre el movimiento de la materia. Una humanidad completa y perfecta sería
aquella en la que estas dos formas de la actividad consciente alcancen su pleno
desarrollo. Entre esta humanidad y la nuestra se conciben por lo demás muchos
intermedios posibles, que corresponden a todos los grados imaginables de la
inteligencia y de la intuición. Ahí precisamente, en la estructura mental de
nuestra especie, se encuentra la parte de la contingencia. Otro tipo de
evolución hubiese podido conducir a una humanidad o más inteligente todavía o
más intuitiva. De hecho, en la humanidad de que formamos parte, la intuición
está poco menos que sacrificada a la inteligencia. Parece como si en la
conquista de la materia la conciencia hubiese tenido que emplear lo mejor de
sus fuerzas. Esta conquista, en las condiciones particulares en que se ha
hecho, exigía que la conciencia se adaptase a los hábitos de la materia y
concentrase toda su atención en ellos, en fin, que se determinase más especialmente
en inteligencia. La intuición está ahí, sin embargo, pero vaga y sobre todo
discontinua. Es como una lámpara casi extinta, que sólo se reanima de tarde en
tarde y apenas por unos instantes. Pero se reanima, ciertamente, cuando un
interés vital está en juego. Sobre nuestra personalidad, sobre nuestra
libertad, sobre el lugar que ocupamos en el conjunto de la naturaleza, sobre
nuestro origen y quizá también sobre nuestro destino, proyecta una luz
vacilante y débil, pero que atraviesa la oscuridad de la noche en la que nos
deja la inteligencia.
De estas intuiciones fugaces, y que iluminan su objeto de
trecho en trecho, debe apoderarse la filosofía para sostenerlas, dilatarlas y,
en fin, para enlazarlas entre sí. Cuanto más avance en este trabajo, más se
dará cuenta que la intuición es el espíritu mismo y, en cierto sentido, la vida
misma; la inteligencia se recorta en ella por un proceso que imita el que ha
engendrado la materia. Así se aparece la unidad de la vida mental. La
reconocemos tan sólo colocándonos en la intuición para ir de ella a la
inteligencia, porque jamás se podrá pasar de la inteligencia a la intuición.
La filosofía nos introduce de este modo en la vida
espiritual. Y nos muestra, al mismo tiempo, la relación de la vida del espíritu
con la del cuerpo. El gran error de las doctrinas espiritualistas ha sido creer
que aislando la vida espiritual de todo lo demás, suspendiéndola en el espacio
lo más lejos posible de la tierra, la pondrían al abrigo de todo ataque: ¡como
si con ello no la expusiesen a que la considerásemos como un simple espejismo!
Ciertamente, tienen razón al escuchar la conciencia cuando la conciencia afirma
la libertad humana; pero ahí está también la inteligencia que dice que la causa
determina su efecto, que lo mismo condiciona lo mismo, que todo se repite y que
todo está dado.
Tienen razón al creer en la realidad absoluta de la
persona y en su independencia frente a la materia; pero la ciencia nos muestra
la solidaridad de la vida consciente y de la actividad cerebral. Tienen razón
cuando atribuyen al hombre un lugar privilegiado en la naturaleza y afirman que
hay infinita distancia entre el animal y el hombre; pero la historia de la
vida, a su vez, nos hace asistir a la génesis de las especies por vía de
transformación gradual que parece reintegrar al hombre en la animalidad. Cuando
un poderoso instinto proclama la supervivencia probable de la persona, tienen
razón en no cerrar sus oídos a esta voz; pero si es que existen
"almas" capaces de una vida independiente, ¿de dónde vienen? ¿Cuándo,
cómo, por qué entran en este cuerpo que vemos con nuestros ojos, salir con toda
naturalidad de una célula mixta que proviene de los cuerpos paternos? Todo esto
quedará sin respuesta, de tal modo que una filosofía de la intuición será la
negación de la ciencia y tarde o temprano será también barrida por ella, si no
se decide a ver la vida del cuerpo allí donde realmente se encuentra, en el
camino que lleva a la vida del espíritu. Pero entonces no tendrá que habérselas
con tales o cuales seres vivos determinados. La vida entera, desde el impulso
inicial que la lanzó al mundo, se aparecerá como una ola que asciende y que es
contraria al movimiento descendente de la materia. En la mayor parte de su
superficie, a alturas diversas, la corriente se convierte por la materia en un
torbellino que no cambia de lugar. Sólo en un punto pasa libremente,
arrastrando consigo el obstáculo, que entorpecerá su marcha pero que no la
detendrá. En este punto precisamente se encuentra la humanidad; de ahí nuestra
situación privilegiada. Por otra parte, esa ola que asciende es conciencia y,
como toda conciencia, envuelve virtualidades sin número que se compenetran, a
las que no convienen por consiguiente ni la categoría de la unidad ni la de la
multiplicidad, hechas para la materia inerte.
Únicamente la materia que acarrea consigo y en los
intersticios de la cual se inserta, puede dividirla en individualidades
distintas. La corriente pasa, por tanto, atravesando las generaciones humanas,
subdividiéndose en individuos: esta subdivisión estaba dibujada vagamente, pero
no se hubiese acusado de no existir la materia. Así se crean sin cesar almas
que, no obstante, en un cierto sentido preexistían.
No son otra cosa que los arroyuelos entre los que se
reparte el gran río de la vida que corre a través del cuerpo de la humanidad.
El movimiento de una corriente es algo muy distinto a lo que ella atraviesa,
aunque adopte necesariamente sus sinuosidades. La conciencia es distinta al
organismo que anima, aunque sufra ciertas vicisitudes. Al igual que las
acciones posibles, cuyo diseño contiene un estado de conciencia, reciben en
todo instante, en los centros nerviosos, un comienzo de ejecución, así el cerebro
subraya en todo momento las articulaciones motrices del estado de conciencia;
pero ahí tiene su límite la interdependencia de la conciencia y del cerebro; la
suerte de la conciencia no está ligada a la suerte de la materia cerebral. En
fin, la conciencia es esencialmente libre; es la libertad misma: pero no puede
atravesar la materia sin posarse en ella, sin adaptarse a ella: esta adaptación
es lo que se llama la intelectualidad; y la inteligencia, al volverse hacia la
conciencia que actúa, es decir libre, la hace entrar naturalmente en los
cuadros en los que tiene ya el hábito de ver insertarse la materia. Percibirá
pues siempre la libertad en forma de necesidad; siempre despreciará la parte de
novedad o de creación inherente al acto libre, siempre sustituirá la acción
misma por una imitación artificial, aproximada, obtenida componiendo lo antiguo
con lo antiguo y lo mismo con lo mismo. Así, se desvanecen o atenúan muchas
dificultades a los ojos de una filosofía que se esfuerza por reabsorber la
inteligencia en la intuición. Pero tal doctrina no facilita tan sólo la
especulación. Nos da también más fuerza para actuar y para vivir. Porque, con
ella, no nos sentimos ya aislados en la humanidad y la humanidad no nos parece
aislada a la vez en la naturaleza que ella domina.
Al modo como el más pequeño grano de polvo es solidario de
nuestro sistema solar, arrastrado por él en ese movimiento indiviso de descenso
que es la materialidad misma, así todos los seres organizados, desde el más
humilde al más elevado, desde los orígenes de la vida hasta los tiempos
actuales, en todos los lugares y en toda ocasión, no hacen más que presentar a
nuestros ojos un impulso único, inverso al movimiento de la materia y, en sí
mismo, indivisible. Todos los seres vivos se atienen a este impulso y todos
también ceden al mismo formidable empuje. El animal se apoya en la planta, el
hombre cabalga sobre la animalidad, y la humanidad entera, en el espacio y en
el tiempo, es un inmenso ejército que galopa al lado, delante y detrás de cada
uno de nosotros, en una carga arrolladora capaz de derribar todas las
resistencias y de franquear numerosos obstáculos, incluso quizá la muerte.
CAPÍTULO IV
EL MECANISMO CINEMATOGRÁFICO DEL PENSAMIENTO
[91] Y LA ILUSIÓN MECANICISTA. EXAMEN DE LA HISTORIA DE
LOS SISTEMAS. EL DEVENIR REAL Y EL FALSO EVOLUCIONISMO
Nos queda por examinar dos ilusiones teóricas que hemos
encontrado constantemente en nuestro camino, y cuyas consecuencias, más aún que
el principio, habíamos considerado hasta el momento. Ese será el objeto del
presente capítulo. Nos proporcionará la ocasión de descartar ciertas
objeciones, de disipar ciertos malentendidos y, sobre todo, de definir con más
claridad, oponiéndola a otras, una filosofía que ve en la duración el tejido
mismo de la realidad.
Materia o espíritu, la realidad se nos aparece como un
perpetuo devenir. Se hace o se deshace, pero de hecho no es jamás. Tal es la
intuición que tenemos del espíritu cuando separamos el velo que se interpone
entre nuestra conciencia y nosotros. He aquí también lo que la inteligencia y
los mismos sentidos nos mostrarían de la materia, si obtuviesen de ella una
representación inmediata y desinteresada. Pero, preocupados ante todo de las
necesidades de la acción, la inteligencia y los sentidos se limitan a tomar de
tarde en tarde, sobre el devenir de la materia, vistas instantáneas y, por esto
mismo, inmóviles. La conciencia, regulada a su vez sobre la inteligencia,
observa de la vida interior lo que ya está hecho y no se da cuenta de su
devenir sino confusamente. Así se separan de la duración los momentos que nos
interesan y que hemos recogido a lo largo de su ruta. Sólo a ellos retenemos y,
en efecto, tenemos razón para hacerlo en tanto sea la acción su causa. Pero
cuando especulando sobre la naturaleza de lo real lo miramos también como nos
pide nuestro interés práctico, nos volvemos incapaces de ver la evolución
verdadera, el devenir radical. No percibimos del devenir más que estados; de la
duración, instantes; incluso cuando hablamos de duración y de devenir, pensamos
realmente en otra cosa. Tal es la más sorprendente de las dos ilusiones que
queremos examinar.
Consiste en creer que podrá pensarse lo inestable por
intermedio de lo estable, lo móvil mediante lo inmóvil.
La otra ilusión es pariente próxima de la primera. Tiene
el mismo origen. Proviene, también, de que transportamos a la especulación un
procedimiento hecho para la práctica. Toda acción apunta a la obtención de un
objeto del que nos vemos privados, o a crear algo que todavía no existe. En
este sentido muy particular, llena un vacío y va de lo vacío a lo lleno, de una
ausencia a una presencia, de lo irreal a lo real. La irrealidad de que aquí
tratamos es, por lo demás, puramente relativa a la dirección en la que se ha
comprometido nuestra atención, porque estamos inmersos en realidades y no
podemos salir de ellas; únicamente, si la realidad presente no es la que
buscábamos, hablamos de la ausencia de la segunda allí donde constatamos la
presencia de la primera. Expresamos así lo que tenemos en función de lo que
querríamos obtener. Nada más legítimo en el dominio de la acción. Pero, de
grado o por fuerza, conservamos esta manera de hablar, y también de pensar,
cuando especulamos sobre la naturaleza de las cosas independientemente del
interés que ellas tienen para nosotros. Así nace la segunda de las ilusiones
que señalábamos, en la que vamos a profundizar en seguida. Descansa, como la
primera, en los hábitos estáticos que contrae nuestra inteligencia cuando prepara
nuestra acción sobre las cosas. Lo mismo que pasamos por lo inmóvil para ir a
lo móvil, así nos servimos de lo vacío para pensar en lo lleno.
Ya hemos encontrado esta ilusión en nuestro camino cuando
abordábamos el problema fundamental del conocimiento. La cuestión, decíamos,
consiste en saber por qué hay orden y no desorden en las cosas. Pero esta
cuestión que se plantea no tiene sentido sino suponiendo que e] desorden,
entendido como una ausencia de orden, es posible, o imaginable, o concebible.
Ahora bien, de lo real no hay más que orden; pero, como el orden puede tomar
dos formas, y como la presencia de la una consiste, si queremos, en la ausencia
de la otra, hablamos de desorden cuantas veces nos encontramos delante de aquel
de los dos órdenes que no buscábamos. La idea de desorden es pues completamente
práctica.
Corresponde a una cierta decepción de una cierta espera, y
no designa la ausencia de todo orden, sino solamente la presencia de un orden
que no ofrece interés actual. Si tratamos de negar completa y absolutamente el
orden, nos damos cuenta que saltamos indefinidamente de una especie de orden a
otra y que la pretendida supresión de una y otra implica la presencia de las
dos. En fin, si avanzamos más y si, decididamente, cerramos los ojos a este
movimiento del espíritu y a todo lo que él supone, no nos las habernos ya con
una idea y del desorden sólo queda la palabra. Así se ha complicado el problema
del conocimiento y quizá se le ha vuelto insoluble, por la idea de que el orden
llena un vacío y que su presencia efectiva está superpuesta a su ausencia
virtual. Vamos de la ausencia a la presencia, de lo vacío a lo lleno, en virtud
de la ilusión fundamental de nuestro entendimiento. He aquí el error cuya
consecuencia señalábamos en nuestro último capítulo. Como hacíamos presentir,
no obtendremos la razón de este error sino enfrentándonos con él. Es preciso
que lo consideremos cara a cara, en sí mismo, en la concepción radicalmente
falsa que implica de la negación, de lo vacío y de la nada
[92]. Los filósofos apenas se han ocupado de la idea de la
nada. Y ella es, sin embargo, el resorte oculto, el invisible motor del
pensamiento filosófico. Desde el primer despertar de la reflexión, empuja hacia
adelante, justamente bajo la mirada de la conciencia, los problemas
angustiosos, las cuestiones que no podemos fijar sin ser presas del vértigo. No
he hecho más que comenzar a filosofar y ya debo preguntarme por qué existo; y
cuando me doy cuenta de la solidaridad que me enlaza al resto del universo,
sólo hago soslayar la dificultad y quiero saber en seguida por qué existe el
universo. Si refiero el universo a un Principio inmanente o trascendente que le
soporta o que le crea, mi pensamiento no descansa en este principio más que
unos instantes; vuelve a plantearse el mismo problema, pero esta vez en toda su
amplitud y generalidad: ¿de dónde proviene, cómo comprender que algo existe?
Aquí mismo, en el presente trabajo, cuando la materia ha sido definida por una
especie de caída, esta caída por la interrupción de una subida, esta subida
misma por un crecimiento, cuando un Principio de creación, en fin, ha sido
puesto en el fondo de las cosas, surge la misma cuestión: ¿cómo, por qué existe
este principio en vez de nada?
Ahora bien, si prescindo de estas preguntas para ir a lo
que se disimula detrás de ellas, he aquí lo que encuentro. La existencia se me
aparece como una conquista sobre la nada. Me digo que podría, que debería
incluso no haber nada, y me sorprendo de que haya algo. O bien, me represento
toda realidad extendida sobre la nada, como sobre un tapiz: la nada era primero
y el ser ha aparecido después. O bien incluso, si algo ha existido siempre, es
preciso que la nada le haya servido de sustrato o de receptáculo, y le sea, por
consiguiente, eternamente anterior. Un vaso ha podido estar siempre lleno y el
líquido contenido en él llenar un vacío. Del mismo modo, el ser ha podido
existir siempre y la nada que él llena u ocupa no sólo preexistirle de hecho
sino justamente en derecho. En fin, no puedo sustraerme a la idea de que lo
lleno es como un bordado sobre el cañamazo de la vida, que el ser está
superpuesto a la nada y que en la representación de "nada" hay menos
que en la de "algo". Ahí está todo el misterio.
Pero es preciso que este misterio quede esclarecido. Y
quedará sin duda si se pone en el fondo de las cosas la duración y la libre
elección. Porque el desdén de la metafísica por toda realidad que dura proviene
precisamente de que ella no llega al ser sino pasando por la "nada",
y de que una existencia que dura no le parece bastante fuerte para vencer la
inexistencia y posarse sobre ella.
Especialmente por esta razón se inclina a dotar al ser
verdadero de una existencia lógica, y no psicológica o física. Pues tal es la
naturaleza de una existencia puramente lógica que parece bastarse a sí misma y
constituirse por el solo efecto de la fuerza inmanente a la verdad. Si yo me
pregunto por qué los cuerpos o los espíritus existen antes que la nada, no
encuentro respuesta.
Pero que un principio lógico como A = A tenga la virtud de
crearse a sí mismo, triunfando de la nada en la eternidad, esto me parece
natural. La aparición de un círculo trazado con la tiza en un encerado es cosa
que tiene necesidad de explicación: esta existencia plenamente física no tiene,
por sí misma, con qué vencer la inexistencia. Pero la "esencia
lógica" del círculo, es decir, la posibilidad de trazarlo según una cierta
ley o, lo que es lo mismo, su definición, es cosa que me parece eterna; no
tiene ni lugar ni fecha, porque en ninguna parte, en ningún momento, ha
comenzado a ser posible el trazado de un círculo. Demos por supuesto, por
tanto, el principio sobre el que descansan todas las cosas y que todas las
cosas manifiestan también una existencia de la misma naturaleza que la de la
definición del círculo, o que la del axioma A = A: el misterio de la existencia
se desvanece, porque el ser que está en el fondo de todo se asienta entonces en
lo eterno al igual que la lógica misma. Es verdad que esto nos costará un
sacrificio bastante grande: si el principio de todas las cosas existe a la
manera de un axioma lógico o de una definición matemática, las cosas mismas
deberán salir de este principio como las aplicaciones de un axioma o las
consecuencias de una definición y no habrá lugar, ni en las cosas ni en su
principio, para la causalidad eficaz entendida en el sentido de una libre
elección. Tales son precisamente las conclusiones de una doctrina como la de
Spinoza o incluso la de Leibniz, por ejemplo, y tal ha sido también su génesis.
Si pudiésemos establecer que la idea de la nada, en el
sentido en que la tomamos cuando la oponemos a la de existencia, es una
pseudo-idea, los problemas que suscita alrededor de sí se convertirían en
pseudo-proble-mas. La hipótesis de un absoluto que actuase libremente y que
durase de manera eminente, no tendría nada de chocante. Se habría abierto el
camino a una filosofía más próxima a la intuición y que no exigiese ya los
mismos sacrificios al sentido común.
Veamos, pues, en qué se piensa cuando se habla de la nada.
Representarse la nada consiste o en imaginarla o en concebirla. Examinemos lo
que puede ser esta imagen o esta idea. Comencemos por la imagen.
Cierro los ojos, tapono los oídos, extingo una a una las
sensaciones que me llegan del mundo exterior: he aquí entonces que todas mis
percepciones se desvanecen y que el universo material se hunde para mí en el
silen-cio y en la noche. Sin embargo, sigo existiendo y no puedo impedirme la
existencia. Estoy todavía ahí, con las sensaciones orgánicas que me llegan de
la periferia y del interior de mi cuerpo, con los recuerdos que me han dejado
mis percepciones pasadas, con la impresión misma, positiva y plena, del vacío
que acabo de producir en torno a mí. ¿Cómo suprimir todo esto? ¿Cómo eliminarse
a sí mismo? Puedo, en rigor, alejar mis recuerdos y olvidar incluso mi pasado
inmediato; conservo al menos la conciencia de mi presente reducido a su más
extrema pobreza, es decir, del estado actual de mi cuerpo. Trato, sin embargo,
de terminar con esta misma conciencia. Tendré que atenuar cada vez más las
sensaciones que me envía mi cuerpo: entonces, en ese trance, se extin-guen,
desaparecen en la noche en la que se han perdido ya todas las cosas. ¡Pero no!,
en el instante mismo en que mi conciencia se extingue, otra conciencia surge; o
mejor, estaba surgiendo ya o había surgido un momento antes para asistir a la
desaparición de la primera. Porque la primera no podía desaparecer sino para
otra, es decir suscitando la presencia de otra. De este modo, no me veo
destruido más que si, por un acto positivo, aunque involuntario e inconsciente,
me he resucitado ya a mí mismo. Así subsiste mi quehacer, percibo siempre algo,
bien sea de fuera o interno. Cuando no conozco nada más de los objetos
exteriores es porque me refugio en la conciencia que tengo de mí mismo; si
anulo esto, su anulación misma se convierte en un objeto para un yo imaginario
que, esta vez, percibe como un objeto exterior el yo que desaparece. Exterior o
interior, hay pues un objeto que mi imaginación se representa. Ella puede, es
verdad, ir de uno a otro y, alternativamente, imaginar una nada de percepción
externa o una nada de percepción interior, pero no las dos a la vez, porque la
ausencia de la una consiste, en el fondo, en la presencia exclusiva de la otra.
Pero del hecho de que dos nadas relativas sean imaginables alternativamente,
concluimos de manera errónea que son imaginables en conjunto: conclusión cuyo
absurdo debería saltarnos a la vista, ya que no podríamos imaginar una nada sin
percibir, al menos confusamente, que la imaginamos, es decir, que se actúa, que
se piensa, y que algo, por consiguiente, subsiste todavía.
La imagen propiamente dicha de una supresión de todo jamás
es formada por el pensamiento. El esfuerzo por el cual tendemos a crear esta
imagen aboca simplemente a hacernos oscilar entre la visión de una realidad
exterior y la de una realidad interna. En este vaivén de nuestro espíritu entre
lo externo y lo interno, hay un punto, situado a igual distancia de los dos, en
el que nos parece que percibimos más lo uno que lo otro: y es entonces cuando
formamos la imagen de la nada. En realidad, percibimos ambos pero en un punto
en el que los dos términos son intermedios, de tal modo que la imagen de la
nada, así definida, es una imagen plena de cosas, una imagen que encierra a la
vez la del sujeto y la del objeto, además, con un salto perpetuo de una a otra
y la negativa a asentarse definitivamente sobre una de ellas. Es evidente que
esta nada no podríamos oponerla al ser, ni colocarla ante él ni debajo de él,
puesto que encierra ya la existencia en general. Pero se nos dirá que si la
representación de la nada interviene, visible o latente, en los razonamientos
de los filósofos, no es en forma de imagen, sino de idea. Se estará de acuerdo
con nosotros en que no imaginamos una anulación de todo, pero se pretenderá que
podemos concebirla. Concebimos, decía Descartes, un polígono de mil lados,
aunque no lo veamos imaginativamente: basta que nos representemos claramente la
posibilidad de construirlo. Lo mismo ocurre en cuanto a la idea de una
anulación de todas las cosas. Nada más simple, se dirá, que el procedimiento por
el cual se construye su idea. La anulación de un objeto la entendemos en este
sentido: pasamos de la anulación de un primer objeto a la de un segundo, luego
a la de un tercero, y así sucesivamente tanto tiempo como queramos: la nada no
es otra cosa que el límite al que tiende la operación. Y la nada así definida
es entonces la anulación del todo. He aquí la tesis, y basta considerarla en
esta forma para darse cuenta del absurdo que encierra.
Una idea construida enteramente por el espíritu no es una
idea, en efecto, sino a condición de que las partes sean capaces de coexistir
conjuntamente: se reduciría a una simple palabra si los elementos que se
aproximan para componerla se rechazasen unos a otros a medida que se les reúne.
Cuando defino el círculo, me represento sin dificultad un círculo negro o un
círculo blanco, un círculo de cartón, de hierro o de cobre, un círculo
transparente o un círculo opaco; pero no un círculo cuadrado, porque la ley de
generación del círculo excluye la posibilidad de limitar esta figura con líneas
rectas.
Así, mi espíritu puede representarse anulada no importa
qué cosa existente; pero si la anulación de algo por el espíritu fuese una
operación cuyo mecanismo implica que se efectúa sobre una parte del Todo y no
sobre el Todo mismo, entonces la extensión de una operación tal a la totalidad
de las cosas podría devenir algo absurdo, contradictorio consigo mismo, y la
idea de una anulación de todo presentaría quizá los mismos caracteres que la de
un círculo cuadrado: no sería ya una idea, no sería más que una palabra.
Examinemos pues de cerca el mecanismo de la operación.
De hecho, el objeto que se suprime es o exterior o
interior: se trata de una cosa o de un estado de conciencia. Consideremos el
primer caso. Anulo por el pensamiento un objeto exterior: en el lugar en que se
encontraba "no hay ya nada". No algo de este objeto, sin duda alguna,
sino otro objeto es el que ha ocupado su lugar: no hay vacío absoluto en la
naturaleza. Admitamos, sin embargo, que el vacío absoluto sea posible: no es en
este vacío en el que pienso cuando digo que el objeto, una vez anulado, deja su
lugar, porque se trata por hipótesis de un lugar, es decir de un vacío limitado
por contornos precisos, esto es, por una especie de cosa. El vacío de que hablo
no es pues, en el fondo, más que la ausencia de tal objeto determinado, el cual
primero se encontraba aquí y ahora se encuentra en otra parte, y, mientras no
está en su antiguo lugar, deja tras sí, por decirlo así, el vacío de sí mismo.
Un ser que no estuviese dotado de memoria o de previsión no pronunciaría jamás
en este caso las palabras "vacío" o "nada"; expresaría
simplemente lo que es y lo que percibe; ahora bien, lo que es y lo que se
percibe, es la presencia de una cosa o de otra, jamás la ausencia de algo. No
hay ausencia más que para un ser capaz de recuerdo y de espera. Recordaba un
objeto y esperaba quizás encontrarlo; pero encuentra otro y expresa la
decepción de su espera, nacida ella misma del recuerdo, diciendo que no
encuentra objeto alguno sino la nada misma. Incluso no esperando encontrar el
objeto, es una espera posible de este objeto o también la decepción ante su
espera eventual lo que él traduce cuando dice que el objeto no está donde
estaba. Lo que percibe, en realidad, lo que él piensa efectivamente, es la
presencia del antiguo objeto en un nuevo lugar o la de un nuevo objeto en el
antiguo; el resto, todo lo que se expresa negativamente por palabras tales como
la nada o el vacío, no es tanto pensamiento como afección, o, para hablar más
exactamente, coloración afectiva del pensamiento. La idea de anulación o de la
nada parcial se forma pues aquí en el curso de la sustitución de una cosa por
otra, desde el momento en que esta sustitución es pensada por un espíritu que
preferiría mantener lo antiguo en el lugar de lo nuevo o que concibe al menos
esta preferencia como posible. Ella implica del lado subjetivo una preferencia,
del lado objetivo una sustitución, y no es otra cosa que una combinación o
mejor una interferencia, entre este sentimiento de preferencia y esta idea de
sustitución.
Tal es el mecanismo de la operación por la cual nuestro
espíritu anula un objeto y llega a representarse, en el mundo exterior, una
nada parcial. Veamos ahora cómo se la representa en el interior de sí mismo. Lo
que constatamos en nosotros, son también fenómenos que se producen y no,
evidentemente, fenómenos que no se producen. Experimento una sensación o una
emoción, concibo una idea, tomo una resolución: mi conciencia percibe estos
hechos que son otras tantas presencias, y no hay momento o hechos de este género
que no me sean presentes. Puedo sin duda interrumpir, por el pensamiento, el
curso de mi vida interior, suponer que duermo sin ensueño o que he cesado de
existir; pero, en el instante mismo en que hago esta suposición, me concibo, me
imagino en vigilia sobre mi sueño o sobreviviendo a mi aniquilamiento y no
renuncio a percibirme desde el interior más que para refugiarme en la
percepción exterior de mí mismo. Es decir, que también aquí lo lleno sucede
siempre a lo lleno, de tal modo que una inteligencia que no fuese más que
inteligencia, que no tuviese ni sentimiento de pesar ni de deseo, que regulase
su movimiento sobre el movimiento de su objeto, no concebiría incluso una
ausencia o un vacío. La concepción de un vacío nace aquí cuando la conciencia,
en retraso consigo misma, permanece ligada al recuerdo de un estado antiguo
siendo así que otro estado ya se hace presente. No es más que una comparación
entre lo que es y lo que podría o debería ser, entre lo lleno y lo lleno. En
una palabra, trátese de un vacío de materia o de un vacío de conciencia, la
representación del vacío es siempre una representación llena, que se resuelve
en el análisis en dos elementos positivos; la idea, distinta o confusa, de una
sustitución, y el sentimiento, experimentado o imaginado, de un deseo o de un
pesar.
Se sigue de este doble análisis que la idea de la nada
absoluta, entendida en el sentido de una anulación de todo, es una idea
destructiva de sí misma, una pseudo-idea, una simple palabra. Si suprimir una
cosa consiste en reemplazarla por otra; si no es posible pensar la ausencia de
una cosa sino por la representación más o menos explícita de la presencia de
alguna otra cosa; en fin, si anulación significa en primer lugar sustitución,
la idea de una "anulación de todo" es tan absurda como la de un
círculo cuadrado. El absurdo no salta a la vista, porque no existe objeto
particular que no se pueda suponer anulado: entonces, del hecho de que no
exista prohibición de suprimir por el pensamiento cada cosa alternativamente,
se concluye que es posible suprimirlas todas juntamente. No se ve que suprimir
cada cosa alternativamente, consiste precisamente en reemplazarla poco a poco
por otra y que desde ese momento la supresión de todo implica una verdadera
contradicción en los términos, ya que esta operación consistiría en destruir la
condición misma que le permite efectuarse.
Pero la ilusión es tenaz. De que suprimir una cosa
consista de hecho en sustituirla por otra, no se concluirá, no se querrá
concluir que la anulación de una cosa por el pensamiento implique sustituirla,
con el pensamiento, por una cosa nueva. Se estará de acuerdo con nosotros en
que una cosa es siempre reemplazada por otra e incluso que nuestro espíritu no
puede pensar la desaparición de un objeto exterior o interior, sin
representarse -en una forma indeterminada y confusa, es verdad- su sustitución
por otro objeto. Pero se añadirá que la representación de una desaparición es
la de un fenómeno que se produce en el espacio o al menos en el tiempo, que
implica también, por consiguiente, la evocación de una imagen y que se trataría
precisamente aquí de liberarse de la imaginación para hacer un llamamiento al
entendimiento puro. No hablemos ya, pues, se nos dirá, de desaparición o de
anulación; éstas son operaciones físicas. No nos representemos que el objeto A
es anulado o está ausente. Digamos simplemente que lo pensamos
"inexistente". Anularlo es actuar sobre él en el tiempo y quizá
también en el espacio; es aceptar, por consiguiente, las condiciones de la
existencia espacial y temporal, aceptar la solidaridad que enlaza un objeto a
todos los demás y le impide desaparecer sin ser reemplazado inmediatamente.
Pero podemos liberarnos de estas condiciones: basta que, por un esfuerzo de
abstracción, evoquemos la representación del objeto A solamente, que
convengamos primero en considerarlo como existente y que en seguida, por un
trazo de pluma intelectual, borremos esta cláusula. El objeto vendrá a ser
entonces, por nuestro decreto, inexistente.
Pues sea. Borremos pura y simplemente la cláusula. No debe
creerse que nuestro trazo de pluma se baste a sí mismo y que sea, él, aislable
del resto de las cosas. Se va a ver que lleva consigo, de grado o por fuerza,
todo aquello de lo que pretendíamos apartarnos. Comparemos, en efecto, entre sí
las dos ideas del objeto A que se supone real y del mismo objeto que se supone
"inexistente". La idea del objeto A que se supone existente no es más
que la representación pura y simple del objeto A, porque no se puede
representar un objeto sin atribuirle, por esto mismo, una cierta realidad.
Entre pensar un objeto y pensarlo existente, no hay absolutamente diferencia
alguna: Kant ha puesto a plena luz este punto en su crítica de la argumentación
ontológica. Desde entonces, ¿qué es pensar el objeto A como inexistente?
Representárselo inexistente no puede consistir en retirar
de la idea del objeto A la idea del atributo "existencia", puesto
que, una vez más, la representación de la existencia del objeto es inseparable
de la representación del objeto y forma una unidad con ella. Representarse el
objeto A como inexistente no puede pues consistir más que en añadir algo a la
idea de este objeto: se añade a ella, en efecto, la idea de una exclusión de
este objeto particular por la realidad actual en general. Pensar el objeto A
como inexistente es pensar el objeto primero, y por consiguiente pensarlo como
existente; es, en seguida, pensar que otra realidad, con la cual es
incompatible, lo suplanta. Ahora bien, es inútil que nos representemos
explícitamente esta última realidad; no tenemos por qué ocuparnos de lo que
ella es; nos basta saber que desplaza el objeto A, que es lo único que nos
interesa. Es por ello por lo que pensamos en la expulsión antes que en la causa
que expulsa. Pero esta causa no deja de estar presente al espíritu; está en él
en estado implícito, siendo inseparable lo que expulsa de la expulsión como la
mano que mueve la pluma es inseparable del trazo que tacha lo escrito. El acto
por el cual se declara un objeto irreal plantea pues la existencia de lo real en
general. En otros términos, representarse un objeto como irreal no puede
consistir en privarlo de toda especie de existencia, puesto que la
representación de un objeto es necesariamente la de este objeto existente. Un
acto parecido consiste simplemente en declarar que la existencia referida por
nuestro espíritu al objeto, e inseparable de su representación, es una
existencia completamente ideal, la de un simple posible. Pero idealidad de un
objeto, simple posibilidad de un objeto, no tienen sentido más que por relación
a una realidad que desplaza a la región del ideal o de lo simple posible este
objeto incompatible con ella. Supongamos anulada la existencia más fuerte y más
sustancial, esto es, la existencia atenuada y más débil de lo simple posible
que va a devenir la realidad misma, y os representaréis entonces todavía más el
objeto como inexistente. En otros términos, y por extraña que pueda parecer
nuestra afirmación, hay más, y no menos, en la idea de un objeto concebido como
"inexistente" que en la idea de este mismo objeto concebido como
"existente", porque la idea del objeto "inexistente" es
necesariamente la idea del objeto "existente" y, además, la
representación de una exclusión de este objeto por la realidad actual tomada en
bloque.
Pero se pretenderá que nuestra representación de lo
inexistente no está todavía bastante separada de todo elemento imaginativo, no
suficientemente negativo. "Poco importa, se nos dirá, que la irrealidad de
una cosa consista en su expulsión por otras. No queremos saber nada de ello.
¿No somos libres de dirigir nuestra atención hacia el lugar donde nos place y
como nos place? Pues bien, después de haber evocado la representación de un
objeto y de haberlo supuesto, por esto mismo, si queréis, existente, añadiremos
simplemente a nuestra afirmación un «no» y esto bastará para que lo pensemos
como inexistente. Es ésta una operación intelectual, independiente de lo que
pasa fuera del espíritu. Pensemos pues no importa qué o pensemos todo, pongamos
luego al margen de nuestro pensamiento el «no» que prescribe la repulsa de lo
que contiene: anulamos idealmente todas las cosas por el solo hecho de decretar
su anulación." En el fondo, todas las dificultades y todos los errores
provienen aquí de este pretendido poder inherente a la negación. Nos
representamos la negación como exactamente simétrica de la afirmación. Nos
imaginamos que la negación, como la afirmación, se basta a sí misma. Desde ese
momento la negación tendría, al igual que la afirmación, el poder de crear ideas,
con la sola diferencia de que se trataría de ideas negativas. Afirmando una
cosa, luego otra, y así de manera sucesiva e indefinida, formo la idea del
Todo; lo mismo, negando una cosa, luego otras y, en fin, negando Todo, se
llegaría a la idea de la Nada. Pero, justamente, esta asimilación nos parece
arbitraria.
No se echa de ver que, si la afirmación es un acto
completo del espíritu, que puede abocar a constituir una idea, la negación no
es nunca otra cosa que la mitad de un acto intelectual del que se sobreentiende
o mejor se aplaza para un futuro indeterminado la otra mitad. No se aprecia
asimismo que, si la afirmación es un acto de la inteligencia pura, entra en la
negación un elemento extraintelectual y que precisamente a la intrusión de un
elemento extraño debe la negación su carácter específico.
Para comenzar por el segundo punto, señalemos que negar
consiste siempre en descartar una afirmación posible
[93]. La negación no es más que una actitud tomada por el
espíritu frente a una afirmación eventual. Cuando digo: "esta mesa es
negra", hablo ciertamente de la mesa: he visto que es negra y mi juicio
traduce esta visión. Pero si digo: "esta mesa no es blanca", no
expreso seguramente nada que haya percibido, porque he visto algo negro y no
una ausencia de blanco. No llevo pues, en el fondo, este juicio sobre la mesa
misma, sino mejor sobre el juicio que la declaraba blanca. Juzgo un juicio, y
no la mesa. La proposición "esta mesa no es blanca" implica que
podríais creerla blanca, que la creíais así o que era yo el que podría creerla:
os prevengo, o me doy cuenta yo mismo, que este juicio debe reemplazarse por
otro (que yo dejo, es verdad, indeterminado). Así, en tanto que la afirmación
se refiere directamente a la cosa, la negación no la considera sino
indirectamente a través de una afirmación interpuesta. Una proposición
afirmativa traduce un juicio sobre un objeto; una proposición negativa traduce
un juicio sobre un juicio. La negación difiere, pues, de la afirmación
propiamente dicha en que es una afirmación de segundo grado: afirma algo de una
afirmación que, a su vez, afirma algo de un objeto. Pero se sigue de ahí que la
negación no es el hecho de un puro espíritu, quiero decir, de un espíritu
separado de todo lo móvil, colocado frente a los objetos y sin que-rer
habérselas más que con ellos.
Desde el momento que negamos, nos dirigimos en realidad a
un interlocutor, real o posible, que se engaña y al cual ponemos en guardia.
Afirmaba algo y le prevenimos que deberá afirmar otra cosa (sin especificar, no
obstante, la afirmación necesaria que habrá de sustituir a la primera). No hay
entonces simplemente una persona y un objeto en presencia una del otro; hay,
frente al objeto, una persona que habla a otra, que la combate y la ayuda a la
vez; hay un comienzo de sociedad. La negación mira hacia alguien, y no
solamente, como la pura operación intelectual, a algo. Es por esencia
pedagógica y social.
Corrige o, mejor, advierte, pudiendo ser la persona
advertida y corregida, por una especie de desdoblamiento, la misma que habla.
Vayamos al segundo punto. Decíamos que la negación no es
nunca más que la mitad de un acto intelectual cuya otra mitad se deja
indeterminada. Si enuncio la proposición negativa "esta mesa no es
blanca", entiendo por ello que debemos sustituir el juicio "la mesa
es blanca" por otro juicio. Es como un aviso que se refiere a la necesidad
de una sustitución. En cuanto a lo que debéis sustituir con vuestra afirmación,
no os digo nada, es verdad. Quizá porque ignoro el color de la mesa, pero quizá
también porque el color blanco es el único que nos interesa por el momento y os
anuncio simplemente que otro color deberá sustituir al blanco, sin que sepa
deciros cuál. Un juicio negativo es, pues, un juicio que indica la sustitución
de un juicio afirmativo por otro juicio afirmativo, sin especificar por lo
demás la naturaleza de este segundo juicio, unas veces porque se le ignora, con
más frecuencia porque no ofrece interés actual y la atención no recae más que
sobre la materia del primero.
Así, cuantas veces añado un "no" a una
afirmación, cuantas veces niego, realizo dos actos bien determinados: 1°, me
intereso en lo que afirma uno de mis semejantes, o en lo que iba a decir, o en
lo que habría podido decir otro yo al que prevengo; 2°, anuncio que una segunda
afirmación, de la que no especifico el contenido, deberá sustituir a la que
encuentro ante mí. Pero ni en uno ni en otro de estos dos actos se encontrará
otra cosa que la afirmación. El carácter sui géneris de la negación proviene de
la superposición del primero al segundo. En vano atribuiríamos a la negación el
poder de crear ideas sui géneris, simétricas de las que crea la afirmación y
dirigidas en sentido contrario. Ninguna idea saldrá de ella, porque ella no
tiene otro contenido que el del juicio afirmativo que juzga.
Con más precisión, consideremos un juicio existencial y no
ya un juicio atributivo. Si digo: "el objeto A no existe", entiendo
por ello, primero, que podría creerse que el objeto A existe: ¿cómo, por otra
parte, pensar el objeto A sin pensarlo existente, y qué diferencia puede haber,
una vez más, entre la idea del objeto A existente y la idea pura y simple del
objeto A? Pues al decir "el objeto A" le atribuyo una especie de
existencia, aunque sea si acaso la de un simple posible, es decir, de una pura
idea. Y por consiguiente en el juicio "el objeto A no existe" hay
primero una afirmación como ésta: "el objeto A ha existido", o
"el objeto A existirá", o más generalmente: "el objeto A existe
al menos como simple posible". Ahora bien, cuando yo añado las dos
palabras "no existe", ¿qué puedo entender por ello sino que, si se va
más lejos, si se erige el objeto posible en objeto real, en realidad nos
engañamos y el posible de que hablo queda excluido de la realidad actual como
incompatible con ella? Los juicios que postulan la inexistencia de una cosa
son, pues, juicios que formulan un contraste entre lo posible y lo actual (es
decir entre dos especies de existencia, la una pensada y la otra constatada) en
casos en que una persona, real o imaginaria, pudiese creer equivocadamente que
un cierto posible se había realizado.
En lugar de este posible hay una realidad que difiere de
él y que le aleja de sí: el juicio negativo expresa este contraste, pero lo
expresa en una forma voluntariamente incompleta, porque se dirige a una persona
que, por hipótesis, se interesa exclusivamente por un posible indicado y que no
se inquietará al saber por qué género de realidad es reemplazado el posible. La
expresión de la sustitución queda pues necesariamente mutilada. En lugar de
afirmar que un segundo término sustituye al primero, mantendrá en el primero, y
tan sólo en el primero, la atención que le dirigía inicialmente. Y, sin salir
del primero, afirmará implícitamente que un segundo término le reemplaza
diciendo que el primero "no existe". Se juzgará así un juicio en
lugar de juzgar una cosa.
Advertiremos a los demás o nos advertiremos a nosotros
mismos de un error posible, en lugar de aportar una información positiva.
Suprimid toda intención de este género, dad al conocimiento su carácter
exclusivamente científico o filosófico, suponed, en otros términos, que la
realidad acaba de inscribirse por sí misma en un espíritu que no se preocupa
más que de las cosas y no se interesa por las personas: afirmará que tal o cual
cosa existe, no afirmará en cambio jamás que una cosa no existe. ¿De dónde proviene,
pues, que nos obstinemos en poner la afirmación y la negación en la misma línea
y en dotarlas de igual objetividad? ¿De dónde proviene que se tenga tanta
dificultad para reconocer lo que la negación tiene de subjetivo, de
artificialmente truncado, de relativo al espíritu humano y sobre todo a la vida
social? La razón de ello es sin duda que negación y afirmación se expresan, una
y otra, por proposiciones, y que toda proposición, al estar formada de palabras
que simbolizan conceptos, es cosa relativa a la vida social y a la inteligencia
humana. Ya diga "el suelo está húmedo" o "el suelo no está
húmedo", en los dos casos los términos "suelo" y
"húmedo" son conceptos más o menos artificialmente creados por el
espíritu del hombre, quiero decir, extraídos por su libre iniciativa de la
continuidad de la experiencia. En los dos casos, estos conceptos son
representados por las mismas palabras convencionales. En los dos casos se puede
incluso decir, con rigor, que la proposición apunta hacia un fin social y pedagógico,
puesto que la primera propagaría una verdad del mismo modo que la segunda
prevendría un error. Si nos colocamos en este punto de vista, que es el de la
lógica formal, afirmar y negar son, en efecto, dos actos simétricos uno de
otro, el primero de los cuales establece una relación de conveniencia y el
segundo una relación de disconveniencia entre un sujeto y un atributo. Pero
¿cómo no ver que la simetría es completamente exterior y la semejanza
superficial? Suponed anulado el lenguaje, disuelta la sociedad, atrofiada en el
hombre toda iniciativa intelectual, toda facultad de desdoblarse y de juzgarse
a sí mismo: la humedad del suelo no dejará por ello de subsistir, capaz de
inscribirse automáticamente en la sensación y de enviar una vaga representación
a la inteligencia embrutecida. La inteligencia afirmará pues, todavía, en
términos implícitos. Y, por consiguiente, ni los conceptos distintos, ni las
palabras, ni el deseo de extender la verdad alrededor de sí, ni el de mejorarse
a sí mismo, pertenecían a la esencia misma de la afirmación. Pero esta
inteligencia pasiva, que sigue maquinalmente los pasos de la experiencia, que
no se adelanta ni se retrasa con respecto al curso de lo real, no tendría
ninguna veleidad por negar. No sabría recibir una impronta de negación, porque,
aún una vez más, lo que existe puede registrarse, pero la inexistencia de lo
inexistente no se registra. Para que una inteligencia tal llegue a negar, será
preciso que despierte de su embotamiento, que formule la decepción de una espera
real o posible, que corrija un error actual o eventual, en fin, que se proponga
enseñar la lección a los demás y a sí misma.
Más dificultad habrá en darse cuenta de ello con el
ejemplo que hemos escogido, pero el ejemplo no dejará de ser más instructivo y
el argumento más probatorio. Si la humedad es capaz de venir a registrarse
automáticamente, ocurrirá lo mismo, se dirá, con la no-humedad, porque lo seco
puede, tanto como lo húmedo, dar impresiones a la sensibilidad que las
transmitirá como representaciones más o menos distintas a la inteligencia. En
este sentido, la negación de la humedad sería cosa tan objetiva, tan puramente
intelectual, tan alejada de toda intención pedagógica como la afirmación. Pero
mirémoslo más de cerca: se verá que la proposición negativa "el suelo no
está húmedo" y la proposición afirmativa "el suelo está seco"
tienen contenidos completamente diferentes. La segunda implica que se conoce lo
seco, que se ha experimentado las sensaciones específicas, táctiles o visuales,
por ejemplo, que están en la base de esta representación. La primera no exige
nada semejante: podía igualmente ser formulada por un pez inteligente, que no
hubiese percibido nunca más que lo húmedo. Sería preciso, es verdad, que este
pez se hubiese elevado hasta la distinción de lo real y de lo posible y que
procurase salir al encuentro del error de sus congéneres, los cuales consideran
sin duda como únicamente posibles las condiciones de humedad en que ellos
efectivamente viven. Ateneos estrictamente a los términos de la proposición
"el suelo no está húmedo" y hallaréis que significa dos cosas: 1°,
que podría creerse que el suelo está húmedo; 2", que la humedad es
reemplazada de hecho por una cierta cualidad x. Esta cualidad la dejamos en la
indeterminación, sea porque no se tenga conocimiento positivo de ella, sea
porque no tenga ningún interés actual para la persona a la que se dirige la
negación. Negar consiste, pues, siempre en presentar en una forma mutilada un
sistema de dos afirmaciones, una determinada que se refiere a un cierto
posible, otra indeterminada, que afecta a la realidad desconocida o indiferente
que suplanta esta posibilidad: la segunda afirmación está virtualmente
contenida en el juicio que nosotros formulamos sobre la primera, juicio que es
la negación misma. Y lo que da a la negación su carácter subjetivo, es
precisamente que, en la constatación de una sustitución, no tiene en cuenta más
que al reemplazado y no se ocupa del reemplazante. Y el reemplazado no existe
sino como concepción del espíritu. Es preciso, para continuar viéndolo y por
consiguiente para hablar de él, volver la espalda a la realidad, que corre del pasado
al presente, de atrás hacia adelante. Es lo que se hace cuando se niega.
Se constata el cambio, o más generalmente la sustitución,
como vería el recorrido del tren un viajero que mirase desde atrás y no pudiese
conocer en cada instante más que el punto donde acaba de estar; no determinaría
jamás su posición actual sino por relación a la que acaba de dejar en lugar de
expresarla en función de sí misma.
En resumen, para un espíritu que siguiese pura y
simplemente el hilo de la experiencia, no habría vacío, nada, incluso relativa
o parcial, ni negación posible. Un espíritu así vería que los hechos suceden a
los hechos, los estados a los estados, las cosas a las cosas. Lo que observaría
en todo momento, son cosas que existen, estados que aparecen, hechos que se
producen. Viviría en lo actual y, si fuese capaz de juzgar, no afirmaría jamás
otra cosa que la existencia del presente.
Dotemos a este espíritu de memoria y, sobre todo, del
deseo de hacer hincapié sobre el pasado. Démosle la facultad de disociar y de
distinguir. No observará ya solamente el estado actual de la realidad que pasa.
Se representará el paso como un cambio, por consiguiente como un contraste
entre lo que ha sido y lo que es. Y como no hay diferencia esencial entre un
pasado que se recuerda y un pasado que se imagina, deberá elevarse en seguida a
la representación de lo posible en general.
Discurrirá así por la vía de la negación. Y sobre todo
estará a punto de representarse una desaparición, pero no llegará a ella. Para
representarse que una cosa ha desaparecido, no basta percibir un contraste
entre el pasado y el presente; es preciso también volver la espalda al
presente, hacer hincapié en el pasado y pensar el contraste del pasado con el
presente en términos de pasado solamente, sin hacer figurar ahí el presente.
La idea de anulación no es, pues, una pura idea; implica
que se deplora el pasado o que se le concibe como deplorable, que hay alguna
razón para echarle de menos. Nace cuando el fenómeno de la sustitución queda
partido en dos por un espíritu que no considera más que la primera mitad,
porque no se interesa más que por ella. Suprimid todo interés, toda afección:
no queda más que la realidad que transcurre y el conocimiento indefinidamente
renovado que imprime en nosotros de su estado presente.
De la anulación a la negación, que es una operación más
general, no hay ahora más que un paso.
Basta que nos representemos el contraste de lo que es, no
solamente con lo que ha sido, sino también con todo lo que hubiera podido ser.
Y es preciso que expresemos este contraste en función de lo que hubiera podido
ser y no de lo que es, que afirmemos la existencia de lo actual no mirando más
que a lo posible. La fórmula que así se obtiene no expresa ya simplemente una
decepción del individuo: está hecha para corregir o para prevenir un error, que
se supone ante todo ser el error de otro. En este sentido, la negación tiene un
carácter pedagógico y social.
Ahora bien, una vez formulada la negación, presenta un
aspecto simétrico al de la afirmación. Nos parece entonces que, si ésta
afirmaba una realidad objetiva, aquélla debe afirmar una no-realidad igualmente
objetiva y, por decirlo así, igualmente real. ¿En qué nos equivocamos y en qué
tenemos razón?: nos equivocamos, porque la negación no podría objetivarse en lo
que tiene de negativo; tenemos razón, sin embargo, en el sentido de que la
negación de una cosa implica la afirmación latente de su sustitución por otra
cosa, a la que se da de lado sistemáticamente. Pero la forma negativa de la
negación se beneficia de la afirmación que está en el fondo de ella: cabalgando
sobre el cuerpo de realidad positiva al cual está ligado, este fantasma se
objetiva.
Así se forma la idea de vacío o de nada parcial,
encontrándose una cosa reemplazada no ya por otra cosa sino por un vacío que
ella deja, es decir por la negación de sí misma. Como por lo demás esta
operación se practica sobre no importa qué cosa, la suponemos efectuándose
sobre cada cosa, una a una, y efectuada en fin sobre todas las cosas en bloque.
Obtenemos de esta manera la idea de la "nada absoluta". Y si ahora
analizamos esta idea de Nada, encontramos que es, en el fondo, la idea de Todo
y, además, un movimiento del espíritu que salta indefinidamente de una cosa a
otra, se niega a mantenerse en su lugar y concentra toda su atención sobre esta
negativa, no determinando jamás su posición actual más que por relación a la
que acaba de dejar. Es, pues, una representación eminentemente comprensiva y
plena, tan plena y comprensiva como la idea de Todo, con la cual tiene el más
estrecho parentesco. ¿Cómo oponer entonces la idea de Nada a la de Todo? ¿No se
ve que se trata de oponer lo lleno a lo lleno y que la cuestión de saber
"por qué algo existe" es por consiguiente una cuestión desprovista de
sentido, un pseu-do-problema promovido alrededor de una pseudo-idea? Es
preciso, sin embargo, que digamos una vez más por qué este fantasma del
problema obsesiona al espíritu con tal obstinación. En vano mostramos que en la
representación de una "anulación de lo real" no hay más que la imagen
de todas las realidades que se persiguen unas a otras, indefinidamente, en
círculo. En vano añadimos que la idea de inexistencia no es más que la de
expulsión de una existencia imponderable, o existencia "simplemente
posible", por una existencia más sustancial, que sería la verdadera
realidad. En vano encontramos en la forma sui generis de la negación algo
extraintelectual, siendo la negación el juicio de un juicio, una advertencia
dada a otro o a uno mismo, de suerte que resultaría absurdo atribuirle el poder
de crear representaciones de un nuevo género, ideas sin contenido. Siempre
persiste la convicción de que ante las cosas, o al menos bajo ellas, está la
nada. Si se busca la razón de este hecho, se la encuentra precisamente en el
elemento afectivo, social y, para decirlo todo, práctico, que da su forma
específica a la negación. Las mayores dificultades filosóficas nacen, decíamos,
de que las formas de la acción humana se aventuran fuera de su dominio propio.
Estamos hechos para actuar tanto o más que para pensar; o mejor, cuando
seguimos el movimiento de nuestra naturaleza, pensamos simplemente para actuar.
No debemos, pues, sorprendernos de que los hábitos de la
acción pierdan su color sobre los de la representación y que nuestro espíritu
perciba siempre las cosas en el orden mismo en que tenemos costumbre de
figurárnoslas cuando nos proponemos actuar sobre ellas. Ahora bien, es
indiscutible, como hacíamos notar anteriormente, que toda acción humana tiene
su punto de partida en una insatisfacción y, por esto mismo, en un sentimiento
de ausencia. No actuaríamos si no nos propusiésemos un fin, y no buscamos una
cosa de no experimentar su privación. Nuestra acción procede así de
"nada" a "algo", y tiene por esencia incluso bordar
"algo" sobre el cañamazo de la "nada". A decir verdad, la
nada que aquí se cuestiona no es tanto la ausencia de una cosa como la de una
utilidad. Si yo llevo a alguien a visitar una habitación que todavía no he
amueblado, le advierto que "no hay nada". Sé, no obstante, que la
habitación está llena de aire; pero, como no se asienta sobre el aire, la
habitación no contiene verdaderamente nada de lo que, en este momento, para el
visitante y para mí mismo, cuenta como algo. De una manera general, el trabajo
humano consiste en crear utilidad; y mientras el trabajo no está hecho, no hay
"nada", nada de lo que se querría obtener. Transcurre así nuestra
vida colmando vacíos, que nuestra inteligencia concibe bajo la influencia
extraintelectual del deseo y del recuerdo, bajo la presión de las necesidades
vitales: y, si se entiende por vacío una ausencia de utilidad y no de cosas,
puede decirse, en este sentido completamente re-lativo, que vamos
constantemente de lo vacío a lo lleno. Tal es la dirección en que marcha
nuestra acción. Nuestra especulación sigue esta misma ruta y, naturalmente,
pasa del sentido relativo al sentido absoluto, ya que se ejerce sobre las cosas
mismas y no sobre la utilidad que ellas tienen para nosotros. Así se implanta
en nosotros la idea de que la realidad llena un vacío, y que la nada, concebida
como una ausencia de todo, préexiste a todas las cosas en derecho, si no de hecho.
Es esta ilusión lo que hemos tratado de disipar, mostrando que la idea de Nada,
si se pretende ver en ella la de una anulación de todas las cosas, es una idea
destructiva de sí misma y se reduce a una simple palabra, y si, por el
contrario, es verdaderamente una idea, se encuentra ahí tanta materia como en
la idea de Todo.
Era necesario este largo análisis para mostrar que una
realidad que se basca a sí misma no es necesariamente una realidad extraña a la
duración. Si se pasa (consciente o inconscientemente) por la idea de la nada
para llegar a la del Ser, el Ser al que se aboca es una esencia lógica o
matemática, por tanto intemporal. Y, desde ese momento, se impone una
concepción estática de lo real: todo parece dado de una sola vez en la
eternidad. Pero es preciso habituarse a pensar el Ser directamente, sin dar un
rodeo, sin dirigirse primero al fantasma de la nada que se interpone entre él y
nosotros. Es preciso tratar aquí de ver para ver, y no ya de ver para actuar.
Entonces lo Absoluto se revela muy cerca de nosotros y, en cierta medida, en
nosotros. Es por esencia psicológico y no matemático o lógico. Vive con
nosotros. Como nosotros, pero, por ciertos lados, infinitamente más concentrado
y más recogido en sí mismo, dura también. ¿Pero pensamos alguna vez la
verdadera duración? Aquí será necesaria también una toma de posesión directa.
No alcanzaremos la duración por un rodeo: es preciso instalarse en ella de una
vez. Es lo que la inteligencia rehusa hacer con frecuencia, habituada como está
a pensar lo móvil por intermedio de lo inmóvil.
El papel de la inteligencia consiste, en efecto, en
presidir acciones. Ahora bien, en la acción, es el resultado el que nos
interesa; los medios importan poco con tal de que sea alcanzado el fin. De ahí
proviene que tendamos por entero a realizar el fin, confiando frecuentemente en
él para que, de idea, se convierta en acto. Y de ahí proviene también que el
término en que descansará nuestra actividad esté sólo representado
explícitamente en nuestro espíritu: los movimientos constitutivos de la acción
misma o escapan a nuestra conciencia o no llegan a ella sino confusamente.
Consideremos un acto tan simple como el de levantar el brazo. ¿A dónde
llegaríamos si tuviésemos que imaginar de antemano todas las contracciones y
tensiones elementales que implica, o incluso percibirlas, una a una, mientras
se realizan? El espíritu se ve transportado de una vez al fin, es decir, a la
visión esquemática y simplificada del acto que se supone realizado. Entonces,
si ninguna representación antagónica neutraliza el efecto de la primera, por sí
mismos los movimientos apropiados vienen a llenar el esquema, aspirados, de
algún modo, por el vacío de sus intersticios. La inteligencia no representa,
pues, de la actividad más que fines que alcanzar, es decir, puntos de reposo.
Y, de un fin alcanzado a otro fin alcanzado, de un reposo a otro reposo,
nuestra actividad se transporta por una serie de saltos, durante los cuales
nuestra conciencia se desvía lo más posible del movimiento que se realiza para
no mirar más que a la imagen anticipada del movimiento realizado.
Ahora bien, para que ella se represente, inmóvil, el
resultado del acto que se realiza, es preciso que la inteligencia perciba,
inmóvil también, el medio en que se encuadra este resultado. Nuestra actividad
está inserta en el mundo material. Si la materia se nos apareciese como un
perpetuo flujo, a ninguna de nuestras acciones asignaríamos un término. Nos
daríamos cuenta de que cada una de ellas se disuelve a medida que se realiza y
nos anticiparíamos a un futuro siempre huidizo. Para que nuestra actividad salte
de un acto a otro acto, es preciso que la materia pase de un estado a otro
estado, porque solamente en un estado del mundo material puede insertar la
acción un resultado y por consiguiente realizarse. ¿Pero es así como se
presenta la materia?
A priori puede presumirse que nuestra percepción se las
arregla para tomar la materia bajo este sesgo. Órganos sensoriales y órganos
motores están, en efecto, coordinados unos a otros. Ahora bien, los primeros
simbolizan nuestra facultad de percibir, como los segundos nuestra facultad de
actuar. El organismo nos revela así, en una forma visible y tangible, el
acuerdo perfecto de la percepción y de la acción. Si, pues, nuestra actividad
apunta siempre hacia un resultado en el que momentáneamente se inserta, nuestra
percepción no debe retener apenas del mundo material, en todo instante, más que
un estado en el que provisionalmente se asienta. Tal es la hipótesis que se
presenta al espíritu. Fácilmente comprobamos que la experiencia la confirma.
Desde la primera ojeada sobre el mundo, antes incluso de
que delimitemos cuerpos, distingamos cualidades. Un color sucede a un color, un
sonido a un sonido, una resistencia a una resistencia, etc.
Cada una de estas cualidades, tomada aparte, es un estado
que parece persistir tal cual es, inmóvil, esperando que otro le reemplace. Sin
embargo, cada una de estas cualidades se resuelve también, en el análisis, en
un número enorme de movimientos elementales. Ya se vean en ella vibraciones o
se la represente de cualquier otra manera, hay un hecho cierto y es que toda
cualidad es cambio. En vano buscaremos aquí, bajo el cambio, la cosa que
cambia; siempre de manera provisional, y para satisfacer nuestra imaginación,
referimos el movimiento a un móvil. El móvil estuvo sin cesar bajo la mirada de
la ciencia, y ésta jamás se ha ocupado de otra cosa que de la movilidad. En la
más pequeña fracción perceptible de segundo, en la percepción casi instantánea
de una cualidad sensible, puede haber trillones de oscilaciones que se repiten:
la permanencia de una cualidad sensible consiste en esta repetición de
movimientos, como de palpitaciones sucesivas está hecha la persistencia de la
vida. La primera función de la percepción es precisamente aprehender una serie
de cambios elementales en forma de cualidad o de estado simple, por un trabajo
de condensación. Cuanto mayor es la fuerza de actuar compartida por una especie
animal, más numerosos son, sin duda, los cambios elementales que su facultad de
percibir concentra en uno de sus instantes. Y el progreso debe ser continuo en
la naturaleza, desde los seres que vibran casi al unísono de las oscilaciones
etéreas hasta los que inmovilizan trillones de estas oscilaciones en la más
corta de sus percepciones simples. Los primeros apenas sienten más que
movimientos, los últimos perciben la cualidad. Los primeros están muy cerca de
dejarse enredar en el engranaje de las cosas; los otros reaccionan y la tensión
de su facultad de actuar es sin duda proporcional a la concentración de su
facultad de percibir. El progreso se continúa hasta en la misma humanidad. Se
es tanto más "hombre de acción" cuanto más se abarca de una ojeada un
mayor número de sucesos: es la misma razón la que hace que se perciban
acontecimientos sucesivos uno a uno y que nos dejemos conducir por ellos, o que
se les capte en bloque y que se les domine. En resumen, las cualidades de la
materia son otras tantas consideraciones estables que nosotros tomamos sobre su
inestabilidad.
Ahora bien, en la continuidad de las cualidades sensibles
delimitamos cuerpos. Cada uno de estos cuerpos cambia, en realidad, en todo
momento. Primeramente, se resuelve en un grupo de cualidades, y toda cualidad,
decíamos, consiste en una sucesión de movimientos elementales. Pero, incluso
considerando la cualidad como un estado estable, el cuerpo es todavía inestable
en cuanto que cambia de cualidades sin cesar. El cuerpo por excelencia, el que
estamos más autorizados a aislar en la continuidad de la materia porque
constituye un sistema relativamente cerrado, es el cuerpo vivo; por él
recortamos los demás en el todo. Ahora bien, la vida es una evolución.
Concentramos un período de esta evolución en una visión estable que llamamos
forma, y cuando el cambio se ha hecho lo bastante considerable como para vencer
la feliz inercia de nuestra percepción, decimos que el cuerpo ha cambiado de
forma. Pero, en realidad, el cuerpo cambia de forma en todo momento. O mejor,
no hay forma, puesto que la forma es lo inmóvil y la realidad es movimiento. Lo
que es real es el cambio continuo de forma: la forma no es más que una
instantánea tomada sobre una transición. Así, pues, también aquí nuestra
percepción se las arregla para solidificar en imágenes discontinuas la continuidad
fluida de lo real. Cuando las imágenes sucesivas no difieren demasiado unas de
otras, las consideramos todas como el aumento y la disminución de una sola
imagen media, o como la deformación de esta imagen en sentidos diferentes. Y en
esta imagen media pensamos cuando hablamos de la esencia de una cosa, o de la
cosa misma.
En fin, las cosas, una vez constituidas, manifiestan en su
superficie, por sus cambios de situación, las modificaciones profundas que se
cumplen en el seno del Todo. Decimos entonces que actúan unas sobre otras. Esta
acción se nos aparece sin duda en forma de movimiento. Pero de la movilidad del
movimiento apartamos lo más posible nuestra mirada: lo que nos interesa es,
como decíamos anteriormente, el diseño inmóvil del movimiento antes que el
movimiento. ¿Se trata de un movimiento simple? No nos preguntamos a dónde va.
Nos lo representamos por su dirección, es decir, por la posición de su fin
provisional. ¿Se trata de un movimiento complejo? Queremos saber, ante todo, lo
que pasa, ¿o que el movimiento hace, es decir el resultado obtenido o la
intención que preside.
Examinad de cerca lo que tenéis en el espíritu cuando
habláis de una acción en vía de cumplimiento. La idea del cambio está ahí, me
doy cuenta, pero se oculta en la penumbra. A plena luz está el diseño inmóvil
del acto supuestamente cumplido. Por ello, y solamente por ello, se distingue y
se define el acto complejo. Nos encontraríamos en gran embarazo para imaginar
los movimientos inherentes a las acciones de comer, de beber, de golpearse,
etc. Nos basta saber, de una manera general e indeterminada, que todos estos
actos son movimientos. Una vez en regla por este lado, tratamos simplemente de
representarnos el plan de conjunto de cada uno de estos movimientos complejos,
es decir, el diseño inmóvil que los sostiene. Aquí también el conocimiento
apoya sobre un estado antes que sobre un cambio. Ocurre lo mismo en este tercer
caso que en los otros dos. Trátese del movimiento cualitativo, o del movimiento
evolutivo, o del movimiento extensivo, el espíritu se las arregla para tomar
vistas estables sobre la inestabilidad. Y aboca así, como acabamos de mostrar,
a tres especies de representaciones: 1", las cualidades, 2°, las formas o
esencias, y 3°, los actos.
A estas tres maneras de ver corresponden tres categorías
de palabras: los adjetivos, los sustantivos y los verbos, que son los elementos
primordiales del lenguaje. Adjetivos y sustantivos simbolizan, pues, estados.
Pero el verbo mismo, si nos atenemos a la parte iluminada de la representación
que evoca, apenas expresa otra cosa.
Si ahora se tratase de caracterizar con más precisión
nuestra actitud natural frente al devenir, he aquí lo que se encontraría. El
devenir es infinitamente variado. El que va del amarillo al verde no se parece
al que va del verde al azul: son movimientos cualitativos diferentes. El que va
de la flor al fruto no semeja al que va de la larva a la ninfa y de la ninfa al
insecto perfecto: se trata aquí de movimientos evolutivos diferentes. La acción
de comer o de beber no se parece a la acción de golpearse: son movimientos
extensivos diferentes. Y estos tres géneros de movimientos, cualitativo,
evolutivo, extensivo, difieren profundamente. El artificio de nuestra
percepción, al igual que el de nuestra inteligencia o el de nuestro lenguaje,
consiste en extraer de aquí la representación única del devenir en general,
devenir indeterminado, simple abstracción que por sí misma no dice nada y en la
cual incluso es raro que pensemos. A esta idea persistentemente la misma, y por
lo demás oscura o inconsciente, añadimos entonces, en cada caso particular, una
o varias imágenes claras que representan estados y que sirven para distinguir
un devenir de otro devenir. Sustituimos, por esta composición de un estado
específico e indeterminado con el cambio en general e indeterminado, la
especificidad del cambio. Una multiplicidad indefinida de devenir diversamente
coloreado, por decirlo así, pasa ante nuestros ojos, y vemos simples
diferencias de color, es decir, de estado, bajo las cuales correría en la
oscuridad un devenir siempre y en todas partes el mismo, invariablemente
incoloro.
Supongamos que se quiera reproducir sobre una pantalla una
escena animada, el desfile de un regimiento por ejemplo. Habría una primera
manera de hacerlo. Sería recortando figuras articuladas que representasen a los
soldados, imprimiendo a cada una de ellas el movimiento de la marcha,
movimiento variable de individuo a individuo aunque común a la especie humana,
y proyectando el todo sobre la pantalla. Se gastaría en este pequeño juego una
suma de trabajo formidable y se obtendría, por lo demás, un resultado muy
mediocre: ¿cómo reproducir la agilidad y la variedad de la vida? Ahora bien,
hay una segunda manera de proceder, mucho más fácil y al mismo tiempo más
eficaz. Es tomar del regimiento que pasa una serie de instantáneas y
proyectarlas sobre la pantalla, de manera que se reemplacen rápidamente unas a
otras. Así hace el cinematógrafo. Con fotografías que representan el regimiento
en una actitud inmóvil, reconstruye la movilidad del regimiento que pasa. Es
verdad que si tuviésemos que habérnoslas solamente con fotografías, por más que
las mirásemos no las veríamos animarse: con la inmovilidad, incluso
indefinidamente yuxtapuesta a sí misma, no produciremos jamás movimiento. Para
que las imágenes se animen es preciso que haya movimiento en alguna parte. El movimiento
existe aquí, en efecto, y está en el aparato. Por el hecho de que la banda
cinematográfica se desenvuelva, de manera que las diversas fotografías de la
escena se continúen unas a otras, cada actor de esta escena reconquista su
movilidad: enfila todas sus actitudes sucesivas sobre el invisible movimiento
de la banda cinematográfica. El procedimiento ha consistido pues, en suma, en
extraer de todos los movimientos propios a todas las figuras un movimiento
impersonal, abstracto y simple, el movimiento en general por decirlo así, en
ponerlo en el aparato y en reconstruir la individualidad de cada movimiento
particular por la composición de este movimiento anónimo con las actitudes
impersonales. Tal es el artificio del cinematógrafo. Y tal es también el de
nuestro conocimiento. En lugar de ligarnos al devenir interior de las cosas,
nos colocamos fuera de ellas para recomponer su devenir artificialmente.
Tomamos vistas casi instantáneas de la realidad que pasa,
y, como ellas son características de esta realidad, nos basta enfilarlas a lo
largo de un devenir abstracto, uniforme, invisible, situado en el fondo del
aparato del conocimiento, para imitar lo que hay de característico en este
devenir mismo. Percepción, intelección, lenguaje proceden en general así.
Trátese de pensar el devenir, o de expresarlo, o incluso de percibirlo, apenas
hacemos otra cosa que accionar una especie de cinematógrafo interior. Se
resumiría, pues, todo lo que precede diciendo que el mecanismo de nuestro
conocimiento usual es de naturaleza cinematográfica.
Sobre el carácter eminentemente práctico de esta operación
no hay duda posible. Cada uno de nuestros actos apunta hacia una cierta
inserción de nuestra voluntad en la realidad. Es, entre nuestro cuerpo y los
demás cuerpos, un arreglo comparable al de los trozos de vidrio que componen
una figura caleidoscópica. Nuestra actividad va de un arreglo a un reajuste,
imprimiendo cada vez al caleidoscopio, sin duda, una nueva sacudida, pero sin
interesarse en ella y no viendo ahí más que la nueva figura. El conocimiento
que se da de la operación de la naturaleza debe ser, pues, exactamente
simétrico al interés que ella se toma por su propia operación. En este sentido
podría decirse, si no se considerase que abusamos de un cierto género de
comparación, que el carácter cinematográfico de nuestro conocimiento de las
cosas reside en el carácter caleidoscópico de nuestra adaptación a ellas.
El método cinematográfico es, pues, el único práctico, ya
que consiste en regular la marcha general del conocimiento sobre la de la
acción, esperando que el detalle de cada acto se regule a su vez sobre el del
conocimiento. Para que la acción esté siempre iluminada, es preciso que la
inteligencia esté asimismo siempre presente; pero la inteligencia, para
acompañar así la marcha de la actividad y asegurar su dirección, debe comenzar
por adoptar su ritmo. Discontinua es la acción, como toda pulsación de vida;
discontinuo será, pues, el conocimiento. El mecanismo de la facultad de conocer
ha sido construido con arreglo a este plan. Pero, siendo esencialmente
práctico, ¿puede servir a la especulación? Tratemos, con él, de seguir la
realidad en sus rodeos y veamos lo que va a pasar.
Sobre la continuidad de un cierto devenir he tomado una
serie de vistas que he enlazado entre sí por "el devenir" en general.
Pero quede entendido que no puedo permanecer aquí. Lo que no es determinable no
es representable: del "devenir en general" no tengo más que un
conocimiento verbal.
Al modo como la letra x designa una cierta incógnita,
cualquiera que sea, así mi "devenir en general", siempre el mismo,
simboliza aquí una cierta transición sobre la que he tomado instantáneas: de
esta transición misma no me enseña nada. Voy pues a concentrarme enteramente en
la transición y, entre dos instantáneas, inquirir lo que ocurre. Pero como
aplico el mismo método, llego al mismo resultado: una tercera vista se
intercala simplemente entre las otras dos. Volveré a comenzar indefinidamente e
indefinidamente yuxtapondré unas vistas a otras vistas, sin obtener otra cosa.
La aplicación del método cinematográfico abocará pues en este caso a un
perpetuo comienzo, en el que el espíritu, sin encontrar con qué satisfacerse y
no viendo dónde asentarse en ninguna parte, se persuade sin duda a sí mismo de
que imita por su inestabilidad el movimiento de lo real. Pero si, dejándose
arrastrar él mismo por el vértigo, termina por darse la ilusión de la
movilidad, su operación no le ha hecho avanzar un paso, puesto que le coloca
siempre lejos del término. Para avanzar con la realidad móvil, habría que
colocarse en ella. Instalaos en el cambio, aprehenderéis a la vez no sólo el
cambio mis-mo sino los estados sucesivos en los que podría en todo instante
inmovilizarse. Pero con estos estados sucesivos, percibidos desde fuera como
inmovilidades reales y no ya virtuales, no reconstruiréis jamás el movimiento.
Llamadles, según el caso, cualidades, formas, posiciones o intenciones; podréis
multiplicar su número tanto como os plazca y aproximar así indefinidamente uno
a otro los dos estados consecutivos: experimentaréis siempre ante el movimiento
intermedio la decepción del niño que quisiera, aproximando una a otra sus dos
manos abiertas, aplastar el humo. El movimiento se escurrirá en el intervalo,
porque toda tentativa para reconstruir el cambio con estados implica la
proposición absurda de que el movimiento está hecho de inmovilidades.
De ello se da cuenta la filosofía nada más al abrir los
ojos. Los argumentos de Zenón de Elea, aunque hayan sido formulados con una
intención muy diferente, no dicen otra cosa. ¿Consideramos el vuelo de la
flecha? En cada instante, dice Zenón, está inmóvil, porque no tiene tiempo de
moverse, es decir de ocupar al menos dos posiciones sucesivas a no ser que se
le concediesen al menos dos instantes. En un momento dado, está pues en reposo
en un punto dado. Inmóvil en cada punto de su trayecto, está también inmóvil
todo el tiempo que se mueve.
Sí, si suponemos que la flecha puede estar alguna vez en
un punto de su trayecto. Sí, si la flecha, que es lo móvil, coincide con una
posición, que es la inmovilidad. Pero la flecha no está jamás en ningún punto
de su trayecto. Todo lo más, debería decirse que podría estar, en el sentido de
que pasa por él y le sería lícito detenerse ahí. Es verdad que si se detuviese
permanecería en él, y en este punto no tendríamos que vérnoslas con el
movimiento. La verdad es que si la flecha parte del punto A para llegar al
punto B, su movimiento AB es tan simple, tan indescomponible, en tanto que
movimiento, como la tensión del arco que la lanza. Al igual que el proyectil de
cañón al estallar antes de tocar tierra recubre de un indivisible peligro la
zona de explosión, así la flecha que va de A a B despliega de una vez, aunque
sobre una cierta extensión de duración, su indivisible movilidad. Suponed que
tirareis una pelota de goma de A a B; ¿podríais dividir su extensión? El
recorrido de la flecha es esta extensión misma, tan simple como ella,
indivisible como ella. Es como un solo y único brinco. Fijáis un punto C en el
intervalo recorrido y decís que en un cierto momento la flecha estaba en C. Si
hubiese estado ahí es porque se había detenido en ese punto, y no tendríais ya
un recorrido de A a B sino dos recorridos, el uno de A a C y el otro de C a B,
con un intervalo de descanso. Un movimiento único es todo el, por hipótesis,
movimiento entre dos pausas: si las hay intermedias, entonces no se trata ya de
un movimiento único. En el fondo, la ilusión proviene de que el movimiento, una
vez. efectuado, ha depositado a lo largo de su trayecto una trayectoria inmóvil
sobre la cual pueden contarse tantas inmovilidades como se quiera. De ahí se
concluye que el movimiento, al efectuarse, depositó en cada instante por debajo
de él una posición con la cual coincidía. No se ve que la trayectoria se crea
de una vez, aunque para esto le sea preciso un cierto tiempo, y que si se puede
dividir a voluntad la trayectoria una vez creada, no sabríamos dividir su
creación, que es un acto en progreso y no una cosa. Suponer que el móvil está
en un punto del trayecto, es, por medio de un corte dado en este punto, dividir
el trayecto en dos, sustituyendo con dos trayectorias la trayectoria única que
se consideraba primeramente. Es distinguir dos actos sucesivos allí donde, por
hipótesis, no hay más que uno. En fin, es transportar al recorrido mismo de la
flecha todo lo que puede decirse del intervalo que ha recorrido, es decir,
admitir a priori el absurdo de que el movimiento coincide con lo inmóvil.
No insistiremos aquí en los otros tres argumentos de
Zenón. Los hemos examinado en otra parte. Limitémonos a recordar que consisten
también en aplicar el movimiento a lo largo de la línea recorrida y en suponer
que lo que es verdadero de la línea es verdadero del movimiento. Por ejemplo,
la línea puede ser dividida en tantas partes como se quiera, con la magnitud
que se quiera, y sigue siendo siempre la misma línea. De aquí se concluye que
tenemos derecho a suponer el movimiento articulado a nuestro antojo, el cual
será siempre el mismo movimiento.
Obtendremos así una serie de absurdos que expresarán todos
ellos el mismo absurdo fundamental.
Pero la posibilidad de aplicar el movimiento sobre la
línea recorrida no existe sino para un observador que, manteniéndose fuera del
movimiento y considerando en todo instante la posibilidad de una detención,
pretende recomponer el movimiento real con estas inmovilidades posibles. Ella
se desvanece desde el momento que adoptamos por medio del pensamiento la
continuidad del movimiento real, esa continuidad de la que cada uno de nosotros
tiene conciencia cuando levanta el brazo o avanza un paso. Nos damos cuenta
entonces de que la línea recorrida entre dos detenciones se describe de un solo
trazo indivisible y que vanamente trataríamos de practicar en el movimiento que
la describe divisiones que correspondan, cada una, a las divisiones
arbitrariamente escogidas de la línea una vez trazada. La línea recorrida por
el móvil se presta a un modo de descomposición cualquiera, porque no tiene
organización interna. Pero todo movimiento está articulado interiormente. Es o
un salto indivisible (que puede, por lo demás, abarcar una larga duración) o
una serie de saltos indivisibles. O tomáis pues en cuenta las articulaciones de
este movimiento, o no especuléis entonces sobre su naturaleza. Cuando Aquiles
persigue a la tortuga, cada uno de sus pasos debe ser tratado como un
indivisible, y cada paso de la tortuga, también. Después de un cierto número de
pasos, Aquiles habrá alcanzado a la tortuga. Nada más simple. Pero si tenéis
que dividir más los dos movimientos, distinguid de una y otra parte, en el
trayecto de Aquiles y en el de la tortuga, submúltiplos del paso de cada uno de
ellos; respetad, sin embargo, las articulaciones naturales de los dos
trayectos. En tanto los respetéis no surgirá dificultad alguna, porque
seguiréis las indicaciones de la experiencia. Pero el artificio de Zenón
consiste en recomponer el movimiento de Aquiles según una ley arbitrariamente
escogida, Aquiles llegaría de un primer salto al punto en que se encontraba la
tortuga, de un segundo salto al punto al que había pasado mientras verificaba
el primero y así sucesivamente. En este caso, Aquiles siempre tendría en efecto
que realizar un nuevo salto. Pero queda por decir que Aquiles, para alcanzar a
la tortuga, procede de otra manera.
El movimiento considerado por Zenón no sería el
equivalente del movimiento de Aquiles más que si se pudiese tratar el
movimiento como se trata el intervalo recorrido, descomponiéndolo y
recomponiéndolo a voluntad. Desde el momento que damos el consentimiento al
primer absurdo, todos los de-más se siguen de él
[94].
Nada más fácil, por otra parte, que extender la
argumentación de Zenón al devenir cualitativo y al devenir evolutivo. Se
encontrarían las mismas contradicciones. Que el niño llegue a adolescente,
luego a hombre maduro, en fin a viejo, esto se comprende cuando se considera
que la evolución vital es aquí la realidad misma. Infancia, adolescencia,
madurez, vejez son simples vistas del espíritu, detenciones posibles imaginadas
por nosotros, desde fuera, a lo largo de la continuidad de un progreso.
Consideremos, por el contrario, la infancia, la
adolescencia, la madurez y la vejez como partes integrantes de la evolución: se
convierten en detenciones reales, y no concebimos ya cómo es posible la
evolución, porque descansos yuxtapuestos no equivaldrán jamás a un movimiento.
¿Cómo reconstruir lo que se hace con lo que ya está hecho? ¿Cómo, por ejemplo,
pasar de la infancia, una vez puesta como cosa, a la adolescencia, si por
hipótesis nos hemos dado solamente la infancia? Mirémoslo más de cerca: se verá
que nuestra manera habitual de hablar, que se regula sobre nuestra manera
habitual de pensar, nos conduce a verdaderas dificultades lógicas, dificultades
en las que nos comprometemos sin inquietud porque nos damos cuenta confusamente
que nos sería siempre lícito salir de ellas; nos bastaría, en efecto, renunciar
a los hábitos cinematográficos de nuestra inteligencia. Cuando decimos que
"el niño se hace hombre", guardémonos de profundizar demasiado en el
sentido literal de la expresión. Encontraríamos que cuando colocamos al sujeto
"niño" el atributo "hombre", no le conviene todavía, y que
cuando enunciamos el atributo "hombre", no se aplica ya al sujeto
"niño".
La realidad que es la transición de la infancia a la edad
madura se nos ha escapado de las manos. No tenemos más que las detenciones
imaginarias "niño" y "hombre", y estamos prestos a decir
que una de las dos es la otra, lo mismo que la flecha de Zenón está, según este
filósofo, en todos los puntos del trayecto. La verdad es que si el lenguaje se
modelase aquí sobre lo real, no diríamos que "el niño se hace
hombre", sino que "hay devenir del niño al hombre". En la
primera proposición, "se hace" tiene sentido indeterminado, destinado
a ocultar el absurdo en que se cae atribuyendo el estado "hombre" al
sujeto "niño". Procede, poco más o menos, como el movimiento, siempre
el mismo, de la banda cinematográfica, movimiento oculto en el aparato y cuyo
papel consiste en superponer una a otra las imágenes sucesivas para imitar el
movimiento del objeto real. En la segunda, "devenir" es un sujeto.
Pasa al primer plano. Es la realidad misma: infancia y
edad humana no son ya entonces más que detenciones virtuales, simples vistas
del espíritu: tenemos que vérnoslas, esta vez, con el movimiento objetivo mismo
y no ya con su imitación cinematográfica. Pero la primera manera de expresarse
es la única conforme a nuestros hábitos de lenguaje. Sería preciso, para
adoptar la segunda, sustraerse al mecanismo cinematográfico del pensamiento.
Necesitaríamos hacer abstracción completa de él para
disipar de una vez los absurdos teóricos que plantea la cuestión del
movimiento. Todo es oscuridad, todo es contradicción cuando se pretende, con
estados, fabricar una transición. La oscuridad se disipa, la contradicción
desaparece, si nos colocamos a lo largo de la transición para distinguir en
ella estados que practica el pensamiento por medio de cortes transversales. Es
que hay más en la transición que la serie de estados, es decir, que cortes posibles,
y más en el movimiento que la serie de las posicio-nes, es decir, de las
detenciones posibles. Solamente la primera manera de ver es conforme a los
procedimientos del espíritu humano; la segunda exige, por el contrario, que
remontemos la pendiente de los hábitos intelectuales. ¿Debemos sorprendernos de
que la filosofía haya retrocedido ante un esfuerzo de tal naturaleza? Los
griegos tenían confianza en la naturaleza, confianza en el espíritu dejado a su
inclinación natural, confianza sobre todo en el lenguaje, en tanto exterioriza
el pensamiento naturalmente. Mejor que negar la razón ante el curso de las
cosas, al pensamiento y al lenguaje, prefirieron hacerlo al curso de las cosas.
Es lo que hicieron sin miramiento alguno los filósofos de
la escuela de Elea. Como el devenir choca con nuestros hábitos de pensamiento y
se inserta mal en los cuadros del lenguaje, lo declararon irreal.
En el movimiento espacial y en el cambio en general no
vieron más que ilusión pura. Podía atenuarse esta conclusión sin cambiar las
premisas, decir que la realidad cambia pero que no debería cambiar. La
experiencia nos pone en presencia del devenir, he ahí la realidad sensible.
Pero la realidad inteligible, la que debería ser, es todavía más real y,
ciertamente, se dirá, no cambia. Bajo el devenir cualitativo, bajo el devenir
evolutivo, bajo el devenir extensivo, el espíritu debe buscar lo que es refractario
al cambio: la cualidad definible, la forma o esencia, el fin. Tal es el
principio fundamental de la filosofía que se desarrolló en la antigüedad
clásica, la filosofía de las Formas o, para emplear un término más afín a lo
griego, la filosofía de las Ideas.
La palabra, que traducimos aquí por Idea, tiene en efecto
este triple sentido. Designa: 1°, la cualidad; 2°, la forma o esencia; 3°, el
fin o intención del acto que se realiza, es decir, en el fondo, la intención
del acto supuestamente cumplido. Estos tres puntos de vista son los del
adjetivo, del sustantivo y del verbo, y corresponden a ¿as tres categorías
esenciales del lenguaje.
Después de las explicaciones que hemos dado anteriormente,
podríamos y deberíamos quizá traducir por "vista" o, mejor, por
"momento". Porque es la vista estable tomada sobre la inestabilidad
de las cosas: la cualidad, que es un momento del devenir; la forma, que es un
momento de la evolución; la esencia, que es la forma media por encima y por
debajo de la cual se escalonan las demás formas como alteraciones de aquélla,
en fin, la intención inspiradora del acto que se realiza, que no es otra cosa,
decíamos, que la intención anticipada de la acción realizada.
Reducir las cosas a las Ideas consiste, pues, en resolver
el devenir en sus principales momentos, sustrayendo por lo demás estos mismos
momentos, por hipótesis, a la ley del tiempo y recogiéndolos en la eternidad.
Es decir, que venimos a parar a la filosofía de las Ideas cuando se aplica el
mecanismo cinematográfico de la inteligencia al análisis de lo real.
Pero desde el momento que se coloca las Ideas inmutables
en el fondo de la realidad móvil, se sigue de ello necesariamente toda una
física, toda una cosmología, incluso toda una teología. No entra en nuestro
pensamiento resumir en pocas páginas una filosofía tan compleja y tan
comprensiva como la de los griegos. Pero, puesto que acabamos de describir el
mecanismo cinematográfico de la inteligencia, importa que mostremos a qué
representación de lo real aboca el juego de este mecanismo. Esta representación
es precisamente, a nuestro entender, la que se encuentra en la filosofía
antigua. Las grandes líneas de la doctrina que se ha desenvuelto de Platón a
Plotino, pasando por Aristóteles (e incluso, en cierta medida, por los
estoicos), no tienen nada de accidental, nada de contingente, nada que deba
tenerse por una fantasía de filósofo.
Dibujan la visión que se dará del universal devenir una
inteligencia sistemática cuando lo vea a través de vistas tomadas de tarde en
tarde sobre su transcurso. De suerte que hoy todavía filosofaremos a la manera
de los griegos y encontraremos, sin tener necesidad de conocerlas, determinadas
conclusiones generales suyas, en la exacta medida en que confiemos en el
instinto cinematográfico de nuestro pensamiento.
Decíamos que hay más en un movimiento que en las
posiciones sucesivas atribuidas al móvil, más en un devenir que en las formas
atravesadas alternativamente, más en la evolución de la forma que las formas
realizadas de manera sucesiva. La filosofía podrá, pues, de los términos del
primer género sacar los del segundo, pero no del segundo el primero: es del
primero de donde deberá partir la especulación.
Pero la inteligencia invierte el orden de los dos términos
y, en este punto, la filosofía antigua procede como hace la inteligencia. Se
instala por tanto en lo inmutable, no se da más que Ideas. Sin embargo, hay
devenir, y esto es un hecho. ¿Cómo, habiendo puesto solamente la inmutabilidad,
se hará salir de ella el cambio? No puede ser por la adición de alguna cosa,
puesto que, por hipótesis, no existe nada positivo fuera de las Ideas. Será,
consiguientemente, por una disminución. En el fondo de la filosofía antigua nos
encontramos necesariamente con este postulado: hay más en lo inmóvil que en lo
móvil, y se pasa, por vía de disminución o de atenuación, de la inmutabilidad
al devenir.
Así, pues, será preciso añadir a las Ideas lo negativo, o
todo lo más el cero, para obtener el cambio.
En esto consiste el "no-ser" platónico, la
"materia" aristotélica, un cero metafísico que, unido a la Idea como
el cero matemático a la unidad, la multiplica en el espacio y en el tiempo.
Para él la Idea inmóvil y simple se refracta en un movimiento indefinidamente
propagado. Lógicamente, no debiera haber más que Ideas inmutables,
inmutablemente ajustadas unas a otras. De hecho, la materia viene a sobreañadir
ahí su vacío y descuelga con ello el devenir universal. Ella es la inasible
nada que, deslizándose entre las Ideas, crea la agitación sin fin y la eterna
inquietud, como una sospecha insinuada entre dos corazones que se aman.
Degradad las ideas inmutables: obtenéis con ello el flujo perpetuo de las
cosas. Las Ideas o Formas son sin duda el todo de la realidad inteligible, es
decir, de la verdad, en el que ellas representan, reunidas, el equilibrio
teórico del Ser. En cuanto a la realidad sensible, es una oscilación indefinida
de una y otra parte de este punto de equilibrio.
De ahí una cierta concepción de la duración, a través de
toda la filosofía de las Ideas, como también de la relación del tiempo a la
eternidad. A quien se instala en el devenir la duración se le aparece como la
vida misma de las cosas, como la realidad fundamental. Las Formas, que el
espíritu aísla y almacena en conceptos, no son entonces más que vistas tomadas
sobre la realidad cambiante. Son momentos reunidos a lo largo de la duración,
y, precisamente porque se ha cortado el hilo que las enlazaba al tiempo, no
duran ya. Tienden a confundirse con su propia definición, es decir, con la
reconstrucción artificial y la expresión simbólica que es su equivalente
intelectual. Entran en la eternidad, si se quiere; pero lo que tienen de eterno
forma una unidad con lo que tienen de irreal. Por el contrario, si se trata el
devenir por el método cinematográfico, las Formas no son ya vistas tomadas
sobre el cambio, son sus elementos constitutivos y representan todo lo que hay
de positivo en el devenir. La eternidad no se cierne entonces por encima del
tiempo como una abstracción, lo fundamenta como una realidad. Tal es
precisamente, sobre este punto, la actitud de la filosofía de las Formas o de
las Ideas. Establece entre la eternidad y el tiempo la misma relación que entre
la moneda de oro y el dinero suelto, dinero con el que el pago se prosigue
indefinidamente sin que la deuda se salde jamás: en cambio con la moneda de oro
nos liberaríamos de ella. Es lo que Platón expresa en su magnífico lenguaje
cuando dice que Dios, al no poder hacer el mundo eterno, le dio el Tiempo,
"imagen móvil de la eternidad
[95]".
De ahí también una cierta concepción de la extensión, que
está en la base de la filosofía de las Ideas, aunque no haya sido separada tan
explícitamente. Imaginemos asimismo un espíritu que se coloque a lo largo del
devenir y que adopte su movimiento. Cada estado sucesivo, cada cualidad, cada
Forma en fin, se le aparecerá como un simple corte practicado por el
pensamiento en el devenir universal. Encontrará que la forma es esencialmente
extensión, siendo inseparable del devenir extensivo que la ha materializado en
el curso de su desarrollo. Toda forma ocupa así espacio lo mismo que tiempo.
Pero la filosofía de las Ideas sigue la marcha inversa. Parte de la forma y ve
en ella la esencia misma de la realidad. No obtiene la forma por una vista
tomada sobre el devenir; se da formas en lo eterno; de esta eternidad inmóvil
la duración y el devenir no serían otra cosa que la degradación. La forma así
puesta, independiente del tiempo, no es entonces la que recogemos en una
percepción; es un concepto. Y, como una realidad de orden conceptual no ocupa
ya extensión del mismo modo que no tiene duración, es preciso que las Formas
ocupen lugar fuera del espacio y estén colocadas por encima del tiempo. Espacio
y tiempo tienen, pues, necesariamente, en la filosofía antigua, el mismo origen
y el mismo valor. Es la misma disminución del ser la que se expresa por una
distensión en el tiempo y por una extensión en el espacio.
Extensión y distensión manifiestan, pues, simplemente el
alejamiento entre lo que es y lo que debiera ser. Desde el punto de vista en
que se coloca la filosofía, el espacio y el tiempo no pueden ser otra cosa que
el campo que se da una realidad incompleta o, mejor, extraviada de sí misma,
para correr decididamente en su búsqueda. Únicamente habrá que admitir aquí que
el campo se crea a medida del recorrido y que éste le deja, en cierto modo, por
debajo de sí. Separad de su posición de equilibrio un péndulo ideal, simple
punto matemático: una oscilación sin fin acaba por producirse, a lo largo de la
cual se yuxtaponen unos puntos a otros puntos y los instantes suceden a los
instantes. El espacio y el tiempo que nacen así no tienen ya más
"positividad" que el movimiento mismo.
Representan el alejamiento entre la posición
artificialmente dada al péndulo y su posición normal, lo que le falta para
encontrar de nuevo su estabilidad natural. Llevadle a su posición normal:
espacio, tiempo y movimiento se contraen en un punto matemático. Lo mismo, los
razonamientos humanos se continúan en una cadena sin fin, pero se abismarían de
una vez en la verdad aprehendida por intuición, porque su extensión y su
distensión no son más que una separación, por decirlo así, entre nuestro
pensamiento y la verdad
[96] . Así ocurre en cuanto a la extensión y a la duración
frente a las Formas puras o Ideas. Las formas sensibles están ante nosotros,
siempre prestas a recobrar su idealidad, siempre embarazadas por la materia que
llevan consigo, es decir, por su vacío interior, por el intervalo que dejan
entre lo que ellas son y lo que deberían ser. Están sin cesar a punto de
recuperarse y ocupadas también sin cesar en perderse. Una ley ineluctable las
condena, como la roca de Sísifo, a volver a caer cuando quieren tocar la cima,
y esta ley, que las ha lanzado en el espacio y en el tiempo, no es otra cosa
que la constancia misma de su insuficiencia original. Las alternativas de
generación y aniquilamiento, las evoluciones sin cesar renacientes, el
movimiento circular indefinidamente repetido de las esferas celestes, todo esto
representa simplemente un cierto déficit fundamental en el cual consiste la
materialidad. Llenad este déficit: a la vez suprimís el espacio y el tiempo, es
decir, las oscilaciones indefinidamente renovadas alrededor de un equilibrio
estable siempre proseguido, jamás alcanzado.
Las cosas entran así unas en otras. Lo que estaba suelto
en el espacio pasa a ser retenido en forma pura.
Y pasado, presente y futuro se contraen en un momento
único, que es la eternidad.
Esto equivale a decir que lo físico es lo lógico ya
gastado. En esta proposición se resume toda la filosofía de las Ideas. Y ahí se
encuentra también el principio oculto de la filosofía innata a nuestro
entendimiento. Si la inmutabilidad es más que el devenir, la forma es más que
el cambio, y es por una verdadera caída por la que el sistema lógico de las
Ideas, racionalmente subordinadas y coordinadas entre sí, se disemina en una
serie física de objetos y de sucesos accidentalmente colocados los unos a renglón
seguido de los otros. La idea generatriz de un poema se desenvuelve en millares
de concepciones, las cuales se materializan en frases que se despliegan en
palabras. Y, cuanto más se desciende de la idea inmóvil, enrollada en sí misma,
a las palabras que la despliegan, más lugar se deja a la contingencia y a la
elección: otras metáforas, expresadas con otras palabras, hubiesen podido
surgir también; una imagen es evocada por otra imagen, una palabra por otra
palabra. Todas estas palabras corren ahora unas tras otras, tratando en vano,
por sí mismas, de darnos la simplicidad de la idea generatriz. Nuestro oído no
oye más que las palabras; no percibe pues más que accidentes. Pero nuestro
espíritu, por saltos sucesivos, pasa de las palabras a las imágenes, de las
imágenes a la idea original, y remonta así, de la percepción de las palabras,
accidentes provocados por accidentes, a la concepción de la Idea que se da por
supuesta.
Así procede la filosofía de cara al universo. La
experiencia hace pasar bajo sus ojos fenómenos que corren, ellos también, unos
tras otros en un orden accidental, determinado por las circunstancias de tiempo
y de lugar. Este orden físico, verdadero decaimiento del orden lógico, no es
otra cosa que la caída de lo lógico en el espacio y en el tiempo. Pero el
filósofo, que pasa de lo percibido al concepto, ve condensarse en lógica todo
lo que el físico consideraba como realidad positiva. Su inteligencia, haciendo
abstracción de la materialidad que distiende el ser, lo aprehende en sí mismo
en el inmutable sistema de las Ideas. Así se obtiene la Ciencia, que se nos
aparece, completa y ya hecha, desde el momento que colocamos nuestra
inteligencia en su verdadero lugar, corrigiendo el alejamiento que la separaba
de lo inteligible. La ciencia no es, pues, una construcción humana. Es anterior
a nuestra inteligencia, independiente de ella, verdaderamente generatriz de las
cosas.
Y, en efecto, si se considerase a las Formas como simples
vistas tomadas por el espíritu sobre la continuidad del devenir, serían
relativas al espíritu que se las representa y no tendrían existencia en sí.
Todo lo más podría decirse que cada una de estas Ideas es un ideal. Pero
nosotros nos hemos colocado en la hipótesis contraria. Es preciso, pues, que
las Ideas existan por sí mismas. La filosofía antigua no podía escapar a esta
conclusión. Platón la formuló y vanamente trató Aristóteles de sustraerse a ella.
Puesto que el movimiento nace de la degradación de lo inmutable, no habría
movimiento, ni por consiguiente mundo sensible, si no hubiese, en alguna parte,
la inmutabilidad realizada. Asimismo, al negar a las Ideas una existencia
independiente y no poder, sin embargo, privarlas de ella, Aristóteles las
comprimió unas en otras, las reunió y colocó por encima del mundo físico una
Forma que vino a ser así la Forma de las Formas, la Idea de las Ideas, o, en
fin, para emplear su expresión, el Pensamiento del Pensamiento. Tal es el Dios
de Aristóteles, necesariamente inmutable y extraño a lo que pasa en el mundo,
ya que no es más que la síntesis de todos los conceptos en un concepto único.
En verdad que ninguno de los conceptos múltiples podría existir aparte, tal
cual en la unidad divina: en vano buscaríamos las Ideas de Platón en el
interior del Dios de Aristóteles. Pero basta imaginar el Dios de Aristóteles
refractándose él mismo, o simplemente inclinándose hacia el mundo para que en
seguida parezca que se vacían de él las Ideas platónicas, implicadas en la
unidad de su esencia: así salen los rayos del Sol, que, sin embargo, no los
encerraba. Sin duda, esta posibilidad de un vaciamiento de las Ideas platónicas
fuera del Dios aristotélico se representa, en la filosofía de Aristóteles, por
el intelecto activo, el ‘nous’ que se ha llamado ‘poietikos’, es decir, por lo
que hay de esencial y, no obstante, de inconsciente, en la inteligencia humana.
El ‘nous poietikos’ es la Ciencia íntegra, poseída de una vez, y que la
inteligencia consciente, discursiva, está condenada a reconstruir con
dificultad, pieza a pieza. Hay, pues, en nosotros, o mejor tras nosotros, una
visión posible de Dios, como dirían los alejandrinos, visión siempre virtual,
jamás actualmente realizada por la inteligencia consciente. En esta intuición
veríamos a Dios abrirse en Ideas. Es ella la que "hace todo
[97]", representando con relación a la inteligencia
discursiva, en movimiento en el tiempo, el mismo papel que representa el Motor
inmóvil con relación al movimiento del cielo y al curso de las cosas.
Encontraríamos, pues, inmanente a la filosofía de las
Ideas, una concepción sui generis de la causalidad, concepción que importa
poner a plena luz, porque a ella llegará cada uno de nosotros cuando siga hasta
el fin, para remontar hasta el origen de las cosas, el movimiento natural de la
inteligencia. A decir verdad, los filósofos antiguos no la han formulado en
ningún momento explícitamente. Se han limitado a sacar de ahí sus consecuencias
y, en general, nos han señalado puntos de vista sobre ella antes de habérnosla
presentado. Unas veces, en efecto, se nos habla de una atracción, otras de un
impulso ejercido por el Primer motor sobre el conjunto del mundo. Las dos
consideraciones se encuentran en Aristóteles, que nos muestra en el movimiento
del universo una aspiración de las cosas a la perfección divina, y por
consiguiente una ascensión hacia Dios, a la vez que lo describe como el efecto
de un contacto de Dios con la primera esfera y como descendiendo, por
consiguiente, de Dios a las cosas. Los alejandrinos, a nuestro entender, no
hicieron otra cosa sino seguir esta doble indicación cuando hablan de procesión
y de conversión: todo deriva del primer principio y todo aspira a volver a él.
Pero estas dos concepciones de la causalidad divina no pueden identificarse más
que si se las refiere una y otra a una tercera que tenemos por fundamental y
que hará comprender, no sólo por qué, en qué sentido, las cosas se mueven en el
espacio y en el tiempo, sino también por qué hay espacio y tiempo, por qué hay
movimiento y por qué hay cosas.
Esta concepción, que se trasparenta cada vez más en los
razonamientos de los filósofos griegos a medida que se va de Platón a Plotino,
la formularíamos así: La posición de una realidad implica la posición
simultánea de todos los grados de realidad intermedios entre ella y la pura
nada. El principio es evidente cuando se trata del número: no podemos afirmar
la existencia del número 10, sin afirmar, por esto mismo, la existencia de los
números, 9, 8, 7…, etc…, en fin, de todo intervalo entre 10 y cero. Pero nuestro
espíritu pasa aquí, naturalmente, de la esfera de la cantidad a la de la
cualidad. Nos parece que al ser dada una cierta perfección, toda la
continui-dad de las degradaciones es dada también entre esta perfección, de una
parte, y la nada que nos imaginamos concebir, de otra. Afirmemos, pues, el Dios
de Aristóteles, pensamiento del pensamiento, es decir, pensamiento que forma un
círculo, que se transforma de sujeto en objeto y de objeto en sujeto por un
proceso circular instantáneo, o mejor, eterno. Como, por otra parte, la nada
parece ponerse a sí misma y, una vez dados estos extremos, lo es también el
intervalo entre ellos, se sigue de aquí que todos los grados descendentes del
ser, desde la perfección divina hasta la "nada absoluta", se realizarán,
por decirlo así, automáticamente en el momento en que se ponga a Dios.
Recorramos entonces este intervalo de arriba abajo. En
primer lugar, es suficiente la más ligera disminución del primer principio para
que el ser se precipite en el espacio y en el tiempo, mas la duración y la
extensión que representan esta primera disminución serán tan vecinas como sea
posible de la inextensión y de la eternidad divinas. Debemos, pues,
representarnos esta primera degradación del principio divino como una esfera
que da vueltas sobre sí misma, imitando por la perpetuidad de su movimiento circular
la eternidad del círculo del pensamiento divino y creando por lo demás su
propio lugar y, con ello, el lugar en general
[98], ya que nada la contiene y ella no cambia de lugar,
creando también su propia duración y, con ello, la duración en general, puesto
que su movimiento es la medida de todos los demás
[99]. Luego, de grado en grado, veremos cómo decrece la
perfección hasta llegar a nuestro mundo sublunar, donde el ciclo de la
generación, del crecimiento y de la muerte imita por última vez, aunque
imperfectamente, el círculo original. Así entendida, la relación causal entre
Dios y el mundo se nos aparece como una atracción y, si se mira desde abajo,
como un impulso, o una acción por contacto si se mira desde lo alto, ya que el
primer cielo, con su movimiento circular, es una imitación de Dios, y la imitación
es la recepción de una forma. Así, pues, según se mire en un sentido o en otro,
se percibe a Dios como causa eficiente o como causa final. Y, sin embargo,
ninguna de estas dos relaciones es la relación causal definitiva. La verdadera
relación es la que se encuentra entre los dos miembros de una ecuación, el
primero de los cuales es un término único y el segundo una suma total de un
número indefinido de términos. Es, si se quiere, la relación de la pieza de oro
a su moneda, suponiendo que la moneda se ofrece automáticamente desde el
momento que se presenta la pieza de oro. Solamente así se comprenderá que
Aristóteles haya demostrado la nece-sidad de un primer motor inmóvil, no
fundándose en que el movimiento de las cosas ha debido tener un comienzo, sino,
por el contrario, afirmando que este movimiento no ha podido comenzar y no debe
terminar jamás. Si el movimiento existe, o, en otros términos, si se cuenta la
moneda, es que está en alguna parte la pieza de oro. Y si se prosigue la suma
sin fin, suma que no ha comenzado nunca, es que el término único que le
equivale eminentemente es eterno. No es posible una perpetuidad de movilidad
sino adosada a una eternidad de inmutabilidad, que desenvuelve en una cadena
sin comienzo ni fin.
Tal es la última palabra de la filosofía griega. No hemos
tenido la pretensión de reconstruirla a priori.
Tiene orígenes múltiples. Se relaciona, por medio de hilos
invisibles, con todas las fibras del alma antigua.
En vano querríamos deducirla de un principio simple
[100]. Pero si se elimina todo lo que proviene de la
poesía, de la religión, de la vida social, como también de una física y de una
biología todavía rudimentarias, si se hace abstracción de los materiales
desmenuzables que entran en la construcción de este inmenso edificio, nos queda
una sólida armazón y esta armazón dibuja las grandes líneas de una metafísica
que es, a nuestro entender, la metafísica natural de la inteligencia humana. Se
aboca a una filosofía de este género, en efecto, siguiendo hasta el fin la
tendencia cinematográfica de la percepción y del pensamiento. Nuestra
percepción y nuestro pensamiento comienzan por sustituir la continuidad del
cambio evolutivo por una serie de formas estables que serían enhebradas al
pasar, como esos anillos que desenganchan los niños con su varilla, dando
vueltas en sus caballos de madera. ¿En qué consistirá entonces el paso y sobre
qué se enhebrarán las formas? Como se han obtenido las formas estables
extrayendo del cambio todo lo que en él se encuentra de definido, no queda ya,
para caracterizar la inestabilidad sobre la que se han puesto las formas, sino
un atributo negativo: será éste la indeterminación misma. Tal es la primera
marcha de nuestro pensamiento: disocia cada cambio en dos elementos; el uno,
estable, definible para cada caso en particular, a saber: la Forma; el otro,
indefinible, y siempre el mismo, que sería el cambio en general. Y tal es
también la operación esencial del lenguaje. Las formas son todo lo que él es
capaz de expresar.
Queda reducido a sobreentender o se limita a sugerir una
movilidad que, justamente porque permanece inexpresa, se considera que
permanece también la misma en todos los casos.
Sobreviene entonces una filosofía que tiene por legítima
la disociación así efectuada por el pensamiento y el lenguaje. ¿Qué hará sino
objetivar la distinción con más fuerza, llevarla hasta sus consecuencias
extremas, reducirla a sistema? Compondrá, pues, lo real con Formas definidas o
elementos inmutables, de una parte, y, por otra, con un principio de movilidad
que, al ser la negación de la forma, escapará por hipótesis a toda definición y
será lo indeterminado puro.
Cuanto más dirija su atención hacia estas formas que el
pensamiento delimita y que el lenguaje expresa, más las verá elevarse por
encima de lo sensible y sutilizarse en puros conceptos, capaces de entrar unos
en otros e incluso de reunirse, en fin, en un concepto único, síntesis de toda
realidad, acabamiento de toda perfección. Cuanto más, por el contrario,
descienda hacia la invisible fuente de la movilidad universal, más la sentirá
huir ante ella y, al mismo tiempo, vaciarse, abismarse en lo que llamará la
pura nada. Finalmente tendrá, de un lado, el sistema de las Ideas lógicamente
coordinadas entre sí o concentradas en una sola; del otro, una cuasi-nada, el
"no-ser" platónico o la "materia" aristotélica. Pero
después de haber cortado, es preciso coser. Se trata ahora de reconstruir el
mundo sensible con Ideas supra-sensibles y un no-ser infra-sensible. No podrá
hacerse esto más que postulando una especie de necesidad metafísica, en virtud
de la cual la puesta en presencia de este Todo y de este Cero equivale a la
posición de todos los grados de realidad que miden el intervalo entre los dos,
lo mismo que un número indivisible, al ser considerado como una diferencia
entre él mismo y el cero, se revela como una cierta suma de unidades y hace
aparecer a la vez todos los números inferiores. He aquí el postulado natural.
Es también el que percibimos en el fondo de la filosofía griega. No nos resta
otra cosa, para explicar los caracteres específicos de cada uno de estos grados
de realidad intermedios, que medir la distancia que lo separa de la realidad
íntegra: cada grado inferior consiste en una disminución del superior, y lo que
nosotros percibimos en él de novedad sensible se resolvería, desde el punto de
vista de lo inteligible, en una nueva cantidad de negación que se habría
sobreañadido. La más pequeña cantidad posible de negación, la que se encuentra
ya en las formas más altas de la realidad sensible y por consiguiente a
fortiori, en las formas inferiores, será la que expresarán los atributos más
generales de la realidad sensible, extensión y duración. Por degradaciones
crecientes se obtendrán atributos cada vez más especiales.
Aquí tendrá libre curso la fantasía del filósofo, porque
por un decreto arbitrario, o al menos discutible, se igualará tal aspecto del
mundo sensible a tal disminución de ser. No se abocará necesariamente, como
hace Aristóteles, a un mundo constituido por esferas concéntricas que giran
sobre sí mismas.
Pero nos veremos conducidos a una cosmología análoga,
quiero decir, a una construcción en la cual sus piezas, por ser todas
diferentes, no dejarán de tener entre sí las mismas relaciones. Y esta
cosmología estará siempre dominada por el mismo principio. Lo físico será
definido por lo lógico. Bajo los fenómenos cambiantes se nos mostrará, por
trasparencia, un sistema cerrado de conceptos subordinados y coordinados unos a
otros. La ciencia, entendida como el sistema de los conceptos, será más real
que la realidad sensible. Será anterior al saber humano, que no hace más que
deletrearla, anterior también a las cosas, que tratan torpemente de imitarla.
No le haría falta más que distraerse un instante de sí misma para salir de su
eternidad y, con ello, coincidir con todo este saber y con todas estas cosas.
Su inmutabilidad es, pues, la causa del universal devenir.
Tal fue el punto de vista de la filosofía antigua sobre el
cambio y la duración. Que la filosofía moderna haya tenido, en distintos
momentos, pero sobre todo en sus comienzos, la veleidad de cambiarlo, esto no
nos parece discutible. Pero un irresistible atractivo lleva a la inteligencia a
su movimiento natural, y a la metafísica de los modernos a las conclusiones
generales de la metafísica griega. Trataremos de poner en claro este último
punto, a fin de mostrar por qué hilos invisibles nuestra filosofía mecanicista
se refiere a la antigua filosofía de las Ideas y cómo también responde a las
exigencias, ante todo prácticas, de nuestra inteligencia.
La ciencia moderna, al igual que la ciencia antigua,
procede según el método cinematográfico.
No puede en realidad proceder de otro modo; toda ciencia
está sujeta a esta ley. Resulta esencial a la ciencia, en efecto, manipular
signos con los que sustituye a los objetos mismos. Estos signos difieren sin
duda de los del lenguaje por su precisión mayor y su eficacia más alta, pero no
dejan por ello de referirse a la condición general del signo, que denota en
forma resolutoria un aspecto fijo de la realidad. Para pensar el movimiento es
preciso un esfuerzo sin cesar renovado del espíritu. Los signos se han hecho
para dispensarnos de este esfuerzo, sustituyendo la continuidad móvil de las
cosas por una composición artificial que es su equivalente en la práctica y que
tiene la ventaja de que se manipula sin dificultad. Pero demos de lado los
procedimientos y no consideremos más que el resultado. ¿Cuál es el objeto
esencial de la ciencia? Indudablemente, aumentar nuestra influencia sobre las
cosas. La ciencia puede ser especulativa en su forma, desinteresada en sus
fines inmediatos; en otros términos: podemos prestarle crédito tanto tiempo
como ella desee. Pero aunque se retrotraiga el plazo, es preciso finalmente que
nos veamos compensados en nuestro esfuerzo. En suma, pues, la ciencia apuntará
a la utilidad práctica. Incluso cuando se lanza en los dominios de la teoría,
la ciencia tiene que adaptar su marcha a la configuración general de la
práctica. Por alta que se eleve, debe estar presta a caer de nuevo en el campo
de la acción y a encontrarse en seguida a sus pies. Esto no le sería posible si
su ritmo difiriese absolutamente del de la acción misma. Ahora bien, la acción,
ya lo hemos dicho, procede por saltos. Actuar es readaptarse. Saber, es decir,
prever para actuar, será pues ir de una situación a otra situación, de un
arreglo a otro arreglo. La ciencia podrá considerar reajustes cada vez más
próximos unos a otros; hará aumentar así el número de los momentos que aisle,
pero siempre aislará momentos. En cuanto a lo que ocurre en el intervalo, la
ciencia no se preocupa de ello, del mismo modo que no lo hacen la inteligencia
común, los sentidos y el lenguaje: no apoya en el intervalo, sino en los
extremos. El método cinematográfico se impone por tanto en nuestra ciencia,
como se imponía ya a la de los antiguos. ¿Dónde está, pues, la diferencia entre
estas dos ciencias? Lo hemos indicado al decir que los antiguos reducían el
orden físico al orden vital, es decir, las leyes a los géneros, en tanto que
los modernos quieren resolver los géneros en leyes. Pero importa considerarlo
bajo otro aspecto, que no es más que una trasposición del primero. ¿En qué
consiste la diferencia de actitud de estas dos ciencias frente al cambio? La
formularíamos diciendo que la ciencia antigua cree conocer suficientemente su
objeto cuando anota sus momentos privilegiados, mientras que la ciencia moderna
lo considera en no importa qué momento.
Las formas o ideas de un Platón o de un Aristóteles
corresponden a los momentos privilegiados o salientes de la historia de las
cosas; ellos mismos, en general, fueron fijados por el lenguaje. Están
encargadas, como la niñez o la vejez de un ser vivo, de caracterizar un período
del que expresarían su quintaesencia, quedando todo el resto del período lleno
por el paso, desprovisto de interés en sí mismo, de una forma a otra forma. ¿Se
trata de un cuerpo que cae? Creemos darnos perfecta cuenta del hecho cuando lo
caracterizamos globalmente: se trata de un movimiento hacia abajo, de la
tendencia hacia un centro, del movimiento natural de un cuerpo que, separado de
la tierra a la cual pertenecía, vuelve ahora a encontrar en ella su lugar. Se
observa por tanto el término final o el punto culminante ( #964; #949; #955;
#959; #962;, #945; #954; #965; #951;), se le erige en momento esencial, y este
momento, que el lenguaje ha retenido para expresar el conjunto del hecho, basta
también a la ciencia para caracterizarlo. En la física de Aristóteles se define
el movimiento de un cuerpo lanzado en el espacio o que cae libremente, por los
conceptos alto y bajo, de desplazamiento espontáneo y de desplazamiento
forzado, de lugar propio y de lugar extraño. Pero Galileo estimó que no había
momento esencial ni instante privilegiado: estudiar el cuerpo que cae equivale
a considerarlo en no importa qué momento de su carrera. La verdadera ciencia de
la gravedad será la que determine, en un instante cualquiera del tiempo, la
posición del cuerpo en el espacio.
Le será necesario para esto, es verdad, disponer de signos
más precisos que los del lenguaje. Podría decirse, pues, que nuestra física
difiere sobre todo de la de los antiguos por la descomposición indefinida que
opera en el tiempo. Para los antiguos, el tiempo comprende tantos períodos
indivisibles como hechos sucesivos que presentan una cierta individualidad
recortan en él nuestra percepción y nuestro lenguaje. Por ello, cada uno de
estos hechos no implica, a sus ojos, más que una definición o una descripción
globales. Si al describirlo nos hemos visto obligados a distinguir en él fases,
tendremos varios hechos en lugar de uno solo, varios períodos indivisibles en
lugar de un período único; pero siempre se dividirá el tiempo en períodos
determinados y siempre este modo de división se impondrá al espíritu por crisis
aparentes de lo real, comparables a la de la pubertad, por el desdoblamiento
aparente de una nueva forma. Para un Kepler o un Galileo, por el contrario, el
tiempo no es dividido objetivamente de una u otra manera por la materia que lo
llena. No hay articulaciones naturales.
Podemos, debemos dividirlo como nos plazca.
Todos los instantes tienen su importancia. Ninguno de
ellos tiene derecho a erigirse en instante representativo o dominador de los
demás. Y, por consiguiente, no conocemos un cambio más que cuando sabemos
determinar dónde se da en uno cualquiera de sus momentos.
La diferencia es profunda. Resulta incluso radical en
cierto aspecto. Pero, desde el punto de vista en que la consideramos, es una
diferencia de grado mejor que una diferencia de naturaleza.
El espíritu humano ha pasado del primer género de
conocimiento al segundo, por perfeccionamiento gradual, simplemente buscando
una precisión más alta. Hay entre estas dos ciencias la misma relación que
entre la observación de las fases de un movimiento a simple vista y el registro
mucho más completo de estas fases por medio de la fotografía instantánea. En
los dos casos se trata del mismo mecanismo cinematográfico, pero alcanza, en el
segundo, una precisión que no puede tener en el primero. Del galope de un
caballo percibimos visualmente una actitud característica, esencial o mejor
esquemática, una forma que parece resplandecer sobre todo un período y llenar
así un tiempo de ese galope: esta actitud es la que ha fijado la escultura en
los frisos del Partenón. Pero no nos importa el momento que aísla la fotografía
instantánea; ciertamente, los coloca todos en el mismo rango, de tal modo que
el galope de un caballo se presenta para ella en un número tan grande como se
quiera de actitudes sucesivas, en lugar de reunirse en una actitud única, que
brillaría en un instante privilegiado e iluminaría todo un período.
De esta diferencia original derivan todas las demás. Una
ciencia que considera alternativamente períodos indivisibles de duración no ve
más que fases que se suceden a otras fases, formas que reemplazan a otras
formas; se contenta con una descripción cualitativa de los objetos, que asimila
a los seres organizados. Pero cuando se busca lo que pasa en el interior de uno
de estos períodos en un momento cualquiera del tiempo, se apunta a otra cosa:
los cambios que se producen de un momento a otro no son ya, por hipótesis,
cambios de cualidad; son desde entonces variaciones cuantitativas, bien del
fenómeno mismo, bien de sus partes elementales. Hay razón, pues, para decir que
la ciencia moderna se separa de la de los antiguos en que apoya en magnitudes y
se propone, ante todo, medirlas. Los antiguos habían practicado ya la
experiencia, cosa que no hizo Kepler, en el sentido propio de esta palabra,
para descubrir una ley que es el tipo mismo del conocimiento científico tal
como nosotros lo entendemos. Lo que distingue nuestra ciencia no es ciertamente
el hecho de que ella experimente, sino que no lo haga y trabaje en general con
la vista puesta en la medición.
Por ello tenemos derecho a decir que la ciencia antigua
apoyaba en conceptos, en tanto que la ciencia moderna busca leyes, relaciones
constantes entre magnitudes variables. El concepto de círculo bastaba a
Aristóteles para definir el movimiento de los astros. Pero, incluso con el
concepto más exacto de forma elíptica, Kepler no hubiese creído poder dar
cuenta del movimiento de los planetas. Necesitaba una ley, es decir, una
relación constante entre las variaciones cuantitativas de dos o varios
elementos del movimiento planetario.
Sin embargo, estas son ya consecuencias, quiero decir,
diferencias que derivan de la diferencia fundamental. Pudo ocurrir,
accidentalmente, que los antiguos experimentasen queriendo medir, o que
descubriesen una ley que enuncia una relación constante entre magnitudes. El
principio de Arquímedes es una verdadera ley experimental. Tiene en cuenta tres
magnitudes variables: el volumen de un cuerpo, la densidad del líquido en el
que se le sumerge, el empuje de abajo arriba que él sufre. Y enuncia en suma que
uno de estos tres términos es función de los otros dos.
La diferencia esencial, original, debe pues buscarse en
otra parte. Es la misma que señalábamos primeramente. La ciencia de los
antiguos es estática. O considera en bloque el cambio que estudia, o, si lo
divide en períodos, hace a su vez de cada uno de estos períodos un bloque: lo
que equivale a decir que no se preocupa del tiempo. Pero la ciencia moderna se
ha constituido alrededor de los descubrimientos de Galileo y de Kepler, que le
han suministrado en seguida un modelo. Ahora bien, ¿qué dicen las leyes de
Kepler? Establecen una relación entre las áreas descritas por el rayo vector
heliocéntrico de un planeta y los tiempos empleados en describirlas, entre el
gran eje de la órbita y el tiempo que se tarda en recorrerla. ¿Cuál fue el
principal descubrimiento de Galileo? Una ley que enlazaba el espacio recorrido
por un cuerpo que cae con el tiempo empleado en la caída. Vayamos más lejos.
¿En qué consistió la primera de las grandes transformaciones de la geometría en
los tiempos modernos? En introducir, en forma velada, es verdad, el tiempo y el
movimiento hasta en la consideración de las figuras. Para los antiguos, la
geometría era una ciencia puramente estática. Sus figuras aparecían dadas de
una vez, en estado acabado, semejantes a las Ideas platónicas. Pero la esencia
de la geometría cartesiana (aunque Descartes no le haya dado esta forma)
descansa en la consideración de toda curva plana como descrita por el
movimiento de un punto sobre una recta móvil que se desplaza, paralelamente a
sí misma, a lo largo del eje de las abscisas, supuesto uniforme el
desplazamiento de la recta móvil y haciéndose así la abscisa representativa del
tiempo. La curva será entonces definida si se puede enunciar la relación que
enlaza el espacio recorrido sobre la recta móvil con el tiempo empleado en
recorrerlo, es decir, si se es capaz de indicar la posición del móvil sobre la
recta que recorre en un momento cualquiera de su trayecto. Esta relación no
será otra cosa que la ecuación de la curva.
Sustituir por una ecuación una figura consiste, en suma,
en ver dónde se encuentra el trazado de la curva en no importa qué momento, en
lugar de considerar este trazado de una vez, reunido en el movimiento único en
que está la curva en su estado último.
Tal fue, pues, la idea directriz de la reforma por la que
se renovaron no sólo la ciencia de la naturaleza sino la matemática que le
servía de instrumento. La ciencia moderna es hija de la astronomía; ha bajado
del cielo a la tierra a lo largo del plano inclinado de Galileo, porque por
Galileo se enlazan Newton y sus sucesores a Kepler. Ahora bien, ¿cómo se
planteaba para Kepler el problema astronómico? Se trataba, previo el
conocimiento de las posiciones respectivas de los planetas en un momento dado, de
calcular sus posiciones en cualquier otro momento. La misma cuestión se
planteó, en adelante, con respecto a todo sistema material. Cada punto material
se convirtió en un planeta rudimentario, y la cuestión por excelencia, el
problema ideal cuya solución debería entregarnos la llave de todos los demás,
consistió en determinar las posiciones relativas de estos elementos en un
momento cualquiera, una vez conocidas sus posiciones en un momento dado. Sin
duda, el problema no se plantea en estos términos precisos más que en casos muy
simples, para una realidad esquematizada, porque no conocemos nunca las
posiciones respectivas de los verdaderos elementos de la materia, suponiendo
que haya elementos reales, e, incluso si los conocemos en un momento dado, el
cálculo de sus posiciones para otro momento exigiría con frecuencia un esfuerzo
matemáti-co que sobrepasa las fuerzas humanas.
Pero nos basta saber que estos elementos podrían ser
conocidos, que sus posiciones actuales podrían ser realzadas y que una
inteligencia sobrehumana podría, sometiendo estos datos a operaciones
matemáticas, determinar las posiciones de los elementos en no importa qué otro
momento del tiempo.
Esta convicción está en el fondo de las cuestiones que
planteamos con respecto a la naturaleza y a los métodos que empleamos en
resolverlas. Por ello, toda ley de forma estática se nos aparece como un
anticipo provisional o como un punto de vista particular sobre una ley dinámica
que nos daría, ella sola, el conocimiento íntegro y definitivo. Concluyamos que
nuestra ciencia no se distingue únicamente de la ciencia antigua en que busque
leyes, ni incluso en que sus leyes enuncien relaciones entre magnitudes.
Es preciso añadir que la magnitud a la que querríamos
poder referir todas las demás es el tiempo, y que la ciencia moderna debe
definirse sobre todo por su aspiración a tomar el tiempo por variable
independiente. Pero ¿de qué tiempo se trata?
Lo hemos dicho ya y no convendría repetirlo demasiado: la
ciencia de la materia procede como el conocimiento usual. Perfecciona este
conocimiento y aumenta su precisión y alcance, pero trabaja en el mismo sentido
y pone en juego el mismo mecanismo. Si pues el conocimiento usual, en razón del
mecanismo cinematográfico al que se sujeta, renuncia a seguir el devenir en lo
que hay de móvil, la ciencia de la materia renuncia igualmente a ello. Sin
duda, distingue un número tan grande como se quiera de momentos en el intervalo
de tiempo que considera. Por pequeños que sean los intervalos en los que se ha
detenido, nos autoriza también a dividirlos, si tenemos necesidad. A diferencia
de la ciencia antigua, que se detenía en ciertos momentos considerados como
esenciales, se ocupa indiferentemente de cualquier momento. Pero siempre
considera los momentos, siempre las detenciones virtuales, siempre, en suma,
las inmovilidades. Es decir, que el tiempo real, considerado como un flujo o,
en otros términos, como la movilidad misma del ser, escapa aquí a la mirada del
conocimiento científico. Hemos tratado ya de establecer este punto en un
trabajo precedente. Y hemos tratado también de encontrar una palabra en el
primer capítulo de este libro. Pero nos interesa volver aquí, una vez más, para
disipar los malentendidos.
Cuando la ciencia positiva habla del tiempo, se refiere al
movimiento de un cierto móvil T sobre su trayectoria. Este movimiento ha sido
escogido por ella como representativo del tiempo y es uniforme por definición.
Llamamos t1, T2, T3…, etc., a los puntos que dividen la trayectoria del móvil
en partes iguales a partir de su origen T0. Se dirá que han transcurrido 1, 2,
3…, unidades de tiempo cuando el móvil esté en los puntos T1,T2,T3…, de la
línea que recorre. Entonces, considerar el estado del universo al cabo de un
cierto tiempo t es examinar dónde estará cuando el móvil T se encuentre en el
punto T t de su trayectoria. Pero no se plantea aquí la cuestión del flujo del
tiempo ni, con mayor motivo, la de su efecto sobre la conciencia; porque lo que
entra en cuenta son los puntos T 1;T2,T3…, tomados sobre el flujo y nunca el
flujo mismo. Puede reducirse tanto como se desee el tiempo considerado, es
decir, puede descomponerse a voluntad el intervalo entre dos divisiones
consecutivas T n y T n +1, pero siempre tendremos que habérnoslas con puntos y
solamente con puntos. Lo que retenemos del movimiento del móvil T son
posiciones tomadas sobre su trayectoria. Lo que retenemos del movimiento de
todos los demás puntos del universo son sus posiciones sobre sus trayectorias
respectivas.
A cada detención virtual del móvil T en puntos de división
t1,T2,T3…, hacemos corresponder una detención virtual de todos los demás
móviles por los puntos por donde pasan. Y cuando decimos que un movimiento o
cualquier otro cambio ha tenido lugar en el tiempo t, entendemos por ello que
se ha observado un número t de correspondencias de este género. Hemos tenido en
cuenta simultaneidades, pero no nos hemos ocupado del flujo que va de una a
otra. Y lo prueba que puedo, a voluntad, hacer variar la rapidez del flujo del
universo en relación con una conciencia que sería independiente y que se daría
cuenta de la variación por el sentimiento plenamente cualitativo que tendría de
ella: desde el momento en que el movimiento de T participase en esta variación,
no habría nada que cambiar en mis ecuaciones ni en los números que figuran en
ella.
Vayamos más lejos. Supongamos que esta rapidez de flujo se
hace infinita. Imaginemos, como decíamos en las primeras páginas de este libro,
que la trayectoria del móvil T sea dada de una vez y que toda la historia
pasada, presente y futura del universo material sea desplegada en el espacio.
Subsistirán las mismas correspondencias matemáticas entre
los momentos de la historia del mundo que se abren en abanico, por decirlo así,
y las divisiones t 1 , T 2 T 3 …, de la línea que se llamará, por definición,
"el curso del tiempo". En relación con la ciencia nada habrá
cambiado. Pero si, al desplegarse así el tiempo en espacio y al convertirse la
sucesión en yuxtaposición, la ciencia no cambia nada en lo que ella nos dice,
es que en lo que nos decía no tenía en cuenta ni la sucesión en lo que ofrece de
específico ni el tiempo en lo que ofrece de fluido. No tiene ningún signo con
el que expresar la sucesión y la duración, que es lo que sorprende nuestra
conciencia. No se aplica ya al devenir, en lo que tiene de móvil, desde el
momento que los puentes arrojados al río de tarde en tarde no siguen el agua
que corre bajo sus arcos.
Sin embargo, la sucesión existe y es un hecho que tengo
conciencia de ella. Cuando ante mis ojos se cumple un proceso físico, no
depende de mi percepción ni de mi inclinación acelerarlo o demorarlo. Lo que
importa al físico es el número de unidades de duración que llena el proceso: no
ha de inquietarse en cuanto a las unidades mismas, porque los estados sucesivos
del mundo podrían ser desplegados de una vez en el espacio sin que su ciencia
hubiese cambiado y sin que se cesase de hablar del tiempo. Pero para nosotros,
seres conscientes, son las unidades las que importan, porque no contamos
extremos de intervalo sino que sentimos y vivimos los intervalos mismos. Ahora
bien, tenemos conciencia de estos intervalos como de intervalos determinados.
Vuelvo siempre a mi vaso de agua azucarada: ¿por qué debo
esperar a que el azúcar se disuelva?
Si la duración del fenómeno es relativa para el físico, en
cuanto que se reduce a un cierto número de unidades de tiempo y que las
unidades mismas son lo que se quiera, esta duración es un absoluto para mi
conciencia porque coincide con un cierto grado de impaciencia que está
rigurosamente determinado. ¿De dónde proviene esta determinación? ¿Qué es lo
que me obliga a esperar y a esperar durante una cierta duración psicológica que
se impone, contra la cual nada puedo? Si la sucesión, distinta de la simple yuxtaposición,
no tiene eficacia real, si el tiempo no es una especie de fuerza, ¿por qué el
universo desenvuelve sus estados sucesivos con una prontitud que, con respecto
a mi conciencia, resulta un verdadero absoluto? ¿Por qué con esta prontitud
determinada mejor que con cualquier otra? ¿Por qué no ha de ser infinita? ¿De
dónde proviene, en otros términos, que todo no sea dado de una vez, como sobre
la banda cinematográfica? Cuanto más profundizo en este punto, más me parece
que, si el futuro está condenado a suceder al presente en lugar de ser dado al
lado de él, es que no está determinado por completo por el momento presente y
que, si el tiempo ocupado por esta sucesión es cosa distinta a un número, si
hay, para la conciencia instalada en él, un valor y una realidad absolutos, es
que continuamente se crea algo nuevo, no sin duda en tal o cual sistema
artificialmente aislado, como un vaso de agua azucarada, sino en el todo
concreto con el que forma cuerpo este sistema, imprevisible y nuevo.
Esta duración puede no ser el hecho de la materia misma,
sino el de la vida que remonta su curso: los dos movimientos no dejan de ser
por ello solidarios uno de otro. La duración del universo debe, pues, formar
unidad con la amplitud de creación, que en él puede encontrar lugar.
Cuando el niño, jugando, trata de reconstruir una imagen,
alcanza éxito cuanto más se ejercita en el juego. La operación no exige un
tiempo determinado, e incluso, teóricamente, no exige ningún tiempo.
El resultado viene ya dado. Y es que la imagen está ya
creada, y para obtenerla, basta un trabajo de recomposición y reajuste, trabajo
que se puede suponer que va cada vez más aprisa e incluso infinitamente aprisa
hasta el punto de ser instantáneo. Pero para el artista que crea una imagen
extrayéndola del fondo de su alma, el tiempo no es algo accesorio. No es un
intervalo que se pueda alargar o acortar sin modificar su contenido. La
duración de su trabajo forma parte integrante de su trabajo. Contraerla o dilatarla
sería modificar a la vez la evolución psicológica que la llena y la invención
que es su término. El tiempo de invención no forma sino una unidad con la
invención misma.
Es el progreso de un pensamiento que cambia a medida que
toma cuerpo. En fin, se trata de un proceso vital, algo así como la maduración
de una idea.
El pintor está ante su tela, los colores están también en
la paleta y el modelo posa; vemos todo esto y conocemos asimismo el estilo del
pintor: ¿podremos prever lo que va a aparecer sobre la tela?
Poseemos los elementos del problema; sabemos, con un
conocimiento abstracto, cómo será resuelto, porque el retrato se parecerá
seguramente al modelo y seguramente también al artista; pero la solución
concreta trae consigo esa imprevisible nada que es el todo de la obra de arte.
Esa nada es la que exige tiempo. Nada de materia; se crea ella misma como
forma. La germinación y la floración de esta forma se alargan en una
irreductible duración, que forma cuerpo con ellas. Lo mismo ocurre con las
obras de la naturaleza. Lo que en ella aparece como nuevo sale de algo interior
que es progreso o sucesión y que confiere a la sucesión una virtud propia o que
tiene de la sucesión toda su virtud, que, en todo caso, aboca a la sucesión, o
continuidad de interpenetración en el tiempo, irreductible a una simple
yuxtaposición instantánea en el espacio. Por ello, la idea de leer en un estado
presente del universo material el futuro de las formas vivas, y la de desplegar
de una vez su historia futura, debe encerrar un verdadero absurdo. Pero este
absurdo es difícil de alejar, porque nuestra memoria tiene costumbre de alinear
en un espacio ideal los términos que percibe alternativamente, porque se
representa siempre la sucesión pasada en forma de yuxtaposición. Y, por lo
demás, puede hacerlo, precisamente porque el pasado es lo ya inventado, lo
muerto y no ya creación y vida. Entonces, como la sucesión por venir terminará
por ser una sucesión pasada, nos persuadimos de que la sucesión por venir exige
el mismo trato que la duración pasada, que desde ahora puede desarrollarse, y
que el futuro está ahí, enrollado, ya pintado sobre la tela. ¡Ilusión, sin
duda, pero ilusión natural, tenaz, que durará tanto como el espíritu humano!
El tiempo es invención o no es absolutamente nada. Pero la
física no tiene en cuenta el tiempo-invención, sujeta como está al método
cinematográfico. Se limita a contar las simultaneidades entre los hechos
constitutivos de este tiempo y las posiciones del móvil T sobre su trayectoria.
Separa estos hechos del todo que reviste en cada momento una nueva forma y que
les comunica algo de su novedad. Los considera en estado abstracto, tal como
serían fuera del todo vivo, es decir, en un tiempo desenvuelto en espacio. No
retiene más que los sucesos o los sistemas de sucesos que se pueden aislar de
esta manera sin hacerles sufrir una deformación demasiado profunda, porque sólo
ellos se prestan a la aplicación de su método. Nuestra física data del día en
que se ha sabido aislar semejantes sistemas. En resumen, si la física moderna
se distingue de la antigua en que considera no importa qué momento del tiempo,
descansa toda ella en una sustitución del tiempo-invención por el
tiempo-lon-gitud.
Parece, pues, que paralelamente a esta física hubiese
debido constituirse un segundo género de conocimiento, que habría retenido lo
que la física dejaba escapar. Sobre el flujo mismo de la duración la ciencia no
quería ni podía tener su presa, ligada como estaba al método cinematográfico.
Si se la hubiese separado de este método exigiríamos con ello al espíritu que
renunciase a sus hábitos más queridos. Nos veríamos transportados al interior
del devenir por un esfuerzo de simpatía. No nos preguntaríamos ya dónde estará
un móvil, qué configuración tomará un sistema, por medio de qué estado un
cambio pasará a no importa qué momento: los momentos del tiempo, que no son más
que detenciones de nuestra atención, hubiesen sido anulados; el transcurso del
tiempo, el flujo mismo de lo real es lo que habríamos intentado seguir. El
primer género de conocimiento tiene la ventaja de hacernos prever el futuro y
de volvernos, en cierta medida, dueños de los hechos; por el contrario, no
retiene de la realidad móvil más que inmovilidades eventuales, es decir, vistas
tomadas sobre ella por nuestro espíritu: simboliza lo real y lo traspone en
humano mejor que expresarlo. El otro conocimiento, caso de ser posible,
resultará prácticamente inútil y no extenderá nuestro dominio sobre la
naturaleza sino que contrariará incluso ciertas aspiraciones naturales de la
inteligencia; pero, de tener éxito, abrazaría la realidad misma en un
definitivo abrazo. Con ello, no solamente se completaría la inteligencia y su
conocimiento de la materia, habituándola a instalarse en lo móvil:
desarrollando también otra facultad, complementaria de aquélla, se abriría una
perspectiva sobre la otra mitad de lo real.
Porque, desde el momento que nos encontramos en presencia
de la duración verda-dera, se ve que ella significa creación y que, si lo que
se deshace dura, esto ocurrirá por su solidaridad con lo que se hace. Así, se
nos aparecería la necesidad de un aumento continuo del universo, quiero decir,
de una vida de lo real. Y desde entonces consideraríamos bajo un nuevo aspecto
la vida que encontramos en la superficie de nuestro planeta, vida dirigida en
el mismo sentido que la del universo e inversa de la materialidad. A la
inteligencia, en fin, se añadiría la intuición.
Cuanto más reflexionemos, más encontraremos que esta
concepción de la metafísica es la que sugiere la ciencia moderna.
Para los antiguos, en efecto, el tiempo es teóricamente
despreciable, porque la duración de una cosa no manifiesta más que la
degradación de su esencia: de esta esencia inmóvil es de la que se ocupa la
ciencia. El cambio no es otra cosa que el esfuerzo de una Forma hacia su propia
realización, la realización es todo lo que nos interesa conocer. Sin duda, esta
realización no se completa jamás: es lo que expresa la filosofía antigua
diciendo que no percibimos forma sin materia. Pero si consideramos el objeto que
cambia en un cierto momento esencial, en su apogeo, podemos decir que roza su
forma inteligible. De esta forma inteligible, ideal y, por decirlo así, límite,
se apodera nuestra ciencia. Y cuando posee así la pieza de oro, tiene también
de manera eminente esta moneda menuda que es el cambio. Este es menos que ser.
El conocimiento que lo tomase como objeto, suponiéndolo
posible, sería menos que ciencia.
Pero para una ciencia que coloca todos los instantes del
tiempo en el mismo rango, que no admite momento esencial, ni punto culminante,
ni apogeo, el cambio no es ya una disminución de la esencia, ni la duración un
desleimiento de la eternidad. El flujo del tiempo se convierte aquí en la
realidad misma, y lo que se estudia son las cosas que transcurren. Es verdad
que sobre la realidad que transcurre nos limitamos a tomar instantáneas. Pero,
justamente por esta razón, el conocimiento científico debería hacer una llamada
a otro conocimiento que le completase. En tanto que la concepción antigua del
conocimiento científico abocaba a hacer del tiempo una degradación, del cambio
la disminución de una Forma dada por toda la eternidad, por el contrario,
siguiendo hasta el fin la concepción nueva hubiésemos llegado a ver en el
tiempo un aumento progresivo de lo absoluto y en la evolución de las cosas una
invención continua de formas nuevas.
Es verdad que así hubiésemos roto con la metafísica de los
antiguos. Estos no percibían más que una sola manera de saber definitiva. Su
ciencia consistía en una metafísica diseminada y fragmentaria, su metafísica en
una ciencia concentrada y sistemática: eran, todo lo más, dos especies de un
mismo género. Por el contrario, en la hipótesis en que nosotros nos colocamos,
ciencia y metafísica serían dos maneras opuestas, aunque complementarias, de
conocer, la primera encargada de retener los instantes, es decir lo que no
dura, la segunda apoyando sobre la duración misma. Era natural que se dudase
entre una concepción tan nueva de la metafísica y la concepción tradicional.
Debía haber incluso una tentación grande por volver a comenzar sobre la nueva
ciencia lo que se había ensayado en la antigua, suponiendo en seguida terminado
nuestro conocimiento científico de la naturaleza, unificándolo completamente y
dando a esta unificación, como habían hecho ya los griegos, el nombre de
metafísica. Así, al lado de la nueva vía que la filosofía podía abrir, la
antigua permanecía abierta. La misma por la que discurría la física. Y, como la
física no retenía del tiempo más que lo que podía mostrarse de una vez en el
espacio, la metafísica que se aventuraba en esta dirección debía necesariamente
proceder como si el tiempo no crease y no destruyese nada, como si la duración
no tuviese eficacia. Constreñida, como la física de los modernos y la
metafísica de los antiguos, al método cinematográfico, abocaba a esta
conclusión, implícitamente admitida en el punto de partida e inmanente al
método mismo: Todo está dado.
Que la filosofía haya dudado en principio entre las dos
vías, nos parece admisible. La oscilación se nos hace patente en el
cartesianismo. De un lado, Descartes afirma el mecanismo universal y desde este
punto de vista el movimiento sería relativo
[101], y como el tiempo tiene justamente tanta realidad
como el movimiento, pasado, presente y futuro deberían ser dados desde la
eternidad. Pero por otra parte (y he aquí por qué el filósofo no ha ido hasta
estas consecuencias extremas) Descartes cree en el libre albedrío del hombre.
Superpone al determinismo de los fenómenos físicos el indeterminismo de las
acciones humanas, y por consiguiente al tiempolongitud una duración en la que
hay invención, creación, sucesión verdadera. Esta duración la apoya en un Dios
que renueva sin cesar el acto creador y que, siendo de este modo tangente al
tiempo y al devenir, los sostiene, les comunica necesariamente algo de su
absoluta realidad.
Cuando se coloca en este segundo punto de vista, Descartes
habla del movimiento, incluso espacial, como de un absoluto
[102]. Se lanzó, pues, alternativamente por una y otra
vías, decidido a no seguir ninguna de las dos hasta el fin. La primera le
hubiese conducido a la negación del libre albedrío en el hombre y del verdadero
querer en Dios. Sería la supresión de toda duración eficaz, la asimilación del
universo a una cosa dada que una inteligencia sobrehumana abarcaría de una vez,
en el instante o en lo eterno. Siguiendo la segunda, por el contrario, abocaría
a todas las consecuencias que la intuición de la duración verdadera implica. La
creación no se aparecería ya simplemente como continuidad, sino como continua.
El universo, considerado en su conjunto, evolucionaría verdaderamente. El
futuro no sería ya determinable en función del presente; todo lo más, podría
decirse que una vez realizado volvía a encontrarse en sus antecedentes, como
los sonidos de una nueva lengua se expresan con las letras de un antiguo
alfabeto: se dilata entonces el valor de las letras, se les atribuye
retroactivamente sonoridades que ninguna combinación de los antiguos sonidos
hubiese podido hacer prever. En fin, la explicación mecanicista podía quedar
como universal en cuanto se hubiese extendido a tantos sistemas cuantos cortes
pudiesen hacerse en la continuidad del universo; pero el mecanicismo se
convertiría entonces mejor que en un método en una doctrina. Expresaría que la
ciencia debe proceder a la manera cinematográfica, que su papel consiste en
medir el ritmo de transcurso de las cosas y no en insertarse en ellas. Estas
eran las dos concepciones opuestas de la metafísica que se ofrecían a la
filosofía.
Y, ciertamente, se orientó hacia la primera. La razón de
esta elección estriba sin duda en la tendencia del espíritu a proceder según el
método cinematográfico, método tan natural a nuestra inteligencia, tan bien
ajustado a las exigencias de nuestra ciencia que es preciso estar seguro de su
impotencia especulativa para renunciar a él en metafísica. Pero la influencia
de la filosofía antigua lo fue también por alguna razón.
Artistas extraordinarios los griegos crearon un tipo de
verdad suprasensible y de belleza sensible, a cuyo atractivo resulta difícil
resistir. Desde el momento que nos inclinamos a hacer de la metafísica una
sistematización de la ciencia, nos deslizamos en la dirección de Platón y de
Aristóteles. Y, una vez entrados en esta zona de atracción por donde caminan
los filósofos griegos, nos vemos arrastrados a su órbita.
De este modo se constituyeron las doctrinas de Leibniz y
de Spinoza. No desconocemos los tesoros de originalidad que encierran. Spinoza
y Leibniz vertieron en ellas el contenido de su alma, enriquecida con las
invenciones de su genio y las adquisiciones del espíritu moderno. Y hay en uno
y otro, en Spinoza sobre todo, intuiciones a cuyo empuje crujió el sistema.
Pero si se elimina de las dos doctrinas lo que les da la animación y la vida,
si no se retiene más que la osamenta, tenemos delante de nosotros la imagen
misma que obtendríamos mirando al platonismo y al aristotelismo a través del
mecanicismo cartesiano. Estamos en presencia de una sistematización de la
física nueva, sistematización construida sobre el modelo de la antigua
metafísica. ¿Qué podía ser, en efecto, la unificación de la física? La idea
inspiradora de esta ciencia aislaba, en el seno del universo, sistemas de
puntos materiales tales que, al ser conocida la posición de cada uno de estos
puntos en un momento dado, podía calculársela para cualquier momento. Como por
lo demás los sistemas así definidos eran los únicos sobre los que hubiese
podido apoyarse la nueva ciencia, y como no se podía decir a priori si un
sistema satisfacía o no satisfacía la condición querida, era útil proceder
siempre y en todas partes como si la condición estuviese realizada. Había en
ello una regla metodológica plenamente indicada y tan evidente que no se
precisaba formularla. El simple buen sentido nos dice, en efecto, que cuando
estamos en posesión de un instrumento eficaz de búsqueda e ignoramos los
límites de su aplicación, debemos hacer como si esta aplicación fuese
ilimitada: siempre habrá tiempo de volver sobre ella. Pero la tentación debía
ser grande, para el filósofo, en cuanto a hipostasiar esta esperanza o, mejor,
este impulso de la nueva ciencia y convertir una regla general de método en ley
fundamental de las cosas. Nos transportaba entonces al límite; suponíamos a la
física acabada y abarcando ya la totalidad del mundo sensible. El universo se
convertía en un sistema de puntos cuya posición estaba rigurosamente
determinada en cada instante con relación al instante precedente y resulta
teóricamente calculable para no importa qué momento. Se abocaba, en una
palabra, al mecanicismo universal. Pero no bastaba formular este mecanicismo;
era preciso fundamentarlo, es decir, probar su necesidad, darle la razón. Y
siendo la afirmación esencial del mecanicismo la de una solidaridad matemática
de todos los puntos del universo entre sí, de todos los momentos del universo
entre sí, la razón del mecanicismo debía encontrarse en la unidad de un
principio en el que se reuniese todo lo que hay de yuxtapuesto en el espacio,
de sucesivo en el tiempo. A partir de entonces, suponíamos dada de una vez la
totalidad de lo real. La determinación recíproca de las apariencias
yuxtapuestas en el espacio asentaba en la indivisibilidad del ser verdadero.
Y el determinismo riguroso de los fenómenos sucesivos en
el tiempo expresaba simplemente que el todo del ser está dado en lo eterno.
La nueva filosofía iba pues a ser un nuevo comienzo, o,
mejor, una trasposición de la antigua. Esta había tomado cada uno de los
conceptos en los que se concentra un devenir o se señala su apogeo; los suponía
todos conocidos y los reunía en un concepto único, forma de las formas, idea de
las ideas, como el Dios de Aristóteles. Aquélla iba a tomar cada una de las
leyes que condicionan un devenir con relación a otros y que son como el
sustrato permanente de los fenómenos; las supondría todas conocidas y las reuniría
en una unidad que las expresase, también, eminentemente, pero que, como el Dios
de Aristóteles y por las mismas razones, debía permanecer inmutablemente
encerrada en sí misma.
Es verdad que este retorno a la filosofía antigua no
dejaba de encerrar graves dificultades. Cuando un Platón, un Aristóteles o un
Plotino reúnen todos los conceptos de su ciencia en uno solo, abarcan con ello
la totalidad de lo real, porque los conceptos representan las cosas mismas y
poseen al menos tanto contenido positivo como ellas. Pero una ley, en general,
no expresa más que una relación, y las leyes físicas en particular no traducen
más que relaciones cuantitativas entre las cosas concretas. De suerte que si un
filósofo moderno opera con las leyes de la nueva ciencia como la filosofía
antigua con los conceptos de la antigua, si hace converger en un solo punto
todas las conclusiones de una física que se supone omnisciente, da de lado lo
que hay de concreto en los fenómenos: las cualidades percibidas, las
percepciones mismas. Su síntesis no comprende, al parecer, más que una fracción
de la realidad. De hecho, el primer resultado de la nueva ciencia fue cortar lo
real en dos mitades, cantidad y cualidad, una de las cuales se cargó en la
cuenta de los cuerpos y la otra en la de las almas. Los antiguos no habían
construido parecidas barreras ni entre la cualidad y la cantidad, ni entre el
alma y el cuerpo. Para ellos, los conceptos matemáticos eran conceptos como los
demás, emparentados con los demás e insertos con toda naturalidad en la
jerarquía de las ideas. Ni el cuerpo se definía entonces por la extensión
geométrica, ni el alma por la conciencia. Si la psyché ( #968; #965; #967;
#951; ) de Aristóteles, entelequia de un cuerpo vivo, es menos espiritual que
nuestra "alma", es porque su soma, ya embebido de idea, es menos
corporal que nuestro "cuerpo". La escisión no resultaba pues
irremediable entre los dos términos. Pero llegó a serlo, y desde entonces una
metafísica que miraba hacia una unidad abstracta debía resignarse o a no
comprender en su síntesis más que una mitad de lo real, o a aprovechar por el
contrario la irreductibilidad absoluta de las dos mitades entre sí para considerar
la una como traducción de la otra. Frases diferentes dirán cosas diferentes si
pertenecen a un mismo lenguaje, es decir, si tienen un cierto parentesco de
sonido entre sí.
Por el contrario, si pertenecen a dos lenguas diferentes,
podrán, precisamente a causa de su diversidad radical de sonido, expresar lo
mismo. Así en cuanto a la cualidad y a la cantidad, en cuanto al alma y al
cuerpo. Por haber cortado todo enlace entre los dos términos, los filósofos se
vieron conducidos a establecer entre ellos un paralelismo riguroso, en el que
los. antiguos no habían pensado, teniéndolos por traducciones y no por
inversiones el uno del otro, dando como sustrato a su dualidad una identidad
fundamental. La síntesis a la que nos habíamos elevado llegaba así a ser capaz
de abarcarlo todo. Un mecanismo divino hacía corresponder, individualmente, los
fenómenos del pensamiento con los de la extensión, las cualidades con las
cantidades y las almas con los cuerpos.
Este paralelismo es el que encontramos no sólo en Leibniz
sino también en Spinoza, en formas diferentes, es verdad, a causa de la
desigual importancia que conceden a la extensión. En Spinoza, los dos términos
Pensamiento y Extensión tienen, al menos en principio, el mismo rango. Son,
pues, dos traducciones de un mismo original o, como dice Spinoza, dos atributos
de una misma sustancia, que es necesario llamar Dios. Y estas dos traducciones,
como también una infinidad de otras en lenguas que no conocemos, son llamadas e
incluso exigidas por el original, lo mismo que la esencia del círculo se
traduce automáticamente, por decirlo así, no sólo por una figura sino también
por una ecuación. Por el contrario, para Leibniz, la extensión es también una
traducción, pero su original es el pensamiento, que podría pasar sin traducción
al no ser hecha ésta más que para nosotros. Aceptando a Dios, se acepta
necesariamente también todas las vistas posibles sobre Dios, es decir, las
mónadas.
Pero podemos imaginar siempre que una vista ha sido tomada
desde un punto determinado, y es natural a un espíritu imperfecto como el
nuestro clasificar vistas, cualitativamente diferentes, según el orden y la
posición de los puntos de vista, cualitativamente idénticos, desde donde habrán
sido tomadas aquéllas. En realidad, los puntos de vista no existen, porque no
hay más que vistas, cada una dada en un conjunto indivisible y representando, a
su manera, el todo de la realidad que es Dios. Pero tenemos necesidad de
traducir por la multiplicidad de estos puntos de vista, exteriores unos a
otros, la pluralidad de las vistas diferentes entre sí, como también de
simbolizar por la situación relativa de estos puntos de vista entre sí, por su
vecindad o su separación, es decir, por su magnitud, el parentesco más o menos
estrecho de unas y otras vistas. Es lo que Leibniz expresa diciendo que el
espacio es el orden de coexistencia, que la percepción de la extensión es una
percepción confusa (es decir relativa a un espíritu imperfecto) y que no hay
más que mónadas, entendiendo por ello que el Todo real no tiene partes, pero
que se repite hasta el infinito, siempre íntegramente (aunque diversamente) en
el interior de sí mismo, y que todas estas repeticiones son complementarias
unas de otras. Es así como el relieve visible de un objeto equivale al conjunto
de vistas estereoscópicas que se tomen sobre él desde todos los puntos, y que
en lugar de ver en el relieve una yuxtaposición de partes sólidas podría
también considerársele como hecho de la complementaridad recíproca de estas
vistas, cada una dada en conjunto, cada una indivisible, cada una diferente de
las demás y, sin embargo, representativa de lo mismo. El Todo, es decir Dios,
es este relieve mismo para Leibniz, y las mónadas son estas vistas planas
complementarias unas de otras: por lo cual define a Dios como "la
sustancia que no tiene punto de vista", o también como "la armonía
universal", es decir, la complementaridad recíproca de las mónadas. En
suma, Leibniz difiere aquí de Spinoza en que considera el mecanicismo universal
como un aspecto que la realidad toma para nosotros, en tanto que Spinoza hace
de él un aspecto que la realidad toma para sí.
Es verdad que después de haber concentrado en Dios la
totalidad de lo real, les resultaba difícil a las cosas pasar sin Dios y sin la
eternidad a un tiempo. La dificultad era mucho mayor para estos filósofos que
para un Aristóteles o un Plotino. El Dios de Aristóteles, en efecto, había sido
obtenido por la compresión y la compenetración recíproca de las Ideas que
representan, en estado acabado o en su punto culminante, las cosas que cambian
en el mundo. Resultaba trascendente al mundo y la duración de las cosas se
yuxtaponía a su eternidad, de la que venía a ser un debilitamiento. Pero el
principio al cual nos vemos conducidos por la consideración del mecanicismo
universal, y que debe servirle de sustrato, no condensa ya en él conceptos o
cosas, sino leyes o relaciones. Ahora bien, una relación no existe
separadamente. Una ley enlaza entre sí términos que cambian; es inmanente a lo
que rige. El principio en el que vienen a condensarse todas estas relaciones, y
que fundamenta la unidad de la naturaleza, no puede pues ser trascendente a la
realidad sensible; le es inmanente y es preciso suponer a la vez que está en el
tiempo y fuera del tiempo, reunido en la unidad de su sustancia y, no obstante,
condenado a desenvolverla en una cadena sin convenzo ni fin. Antes que formular
una contradicción tan chocante, los filósofos debían haber sido llevados a
sacrificar el más débil de los dos términos y a tener el aspecto temporal de
las cosas por una pura ilusión. Leibniz lo dice en términos apropiados, porque
hace del tiempo, como del espacio, una percepción confusa. Si la mutiplicidad
de sus mónadas no expresa más que la diversidad de las vistas tomadas sobre el
conjunto, la historia de una mónada aislada no parece apenas ser otra cosa,
para este filósofo, que la pluralidad de las vistas que una mónada puede tomar
sobre su propia sustancia: de suerte que el tiempo consistiría en el conjunto
de los puntos de vista de cada mónada sobre sí misma, como el espacio en el
conjunto de los puntos de vista de todas las mónadas sobre Dios. Pero el
pensamiento de Spinoza es mucho menos claro, y parece que este filósofo trató
de establecer, entre la eternidad y lo que dura, la misma diferencia que
establecía Aristóteles entre la esencia y los accidentes: empresa difícil
ciertamente, porque la #965; #955; #951; de Aristóteles no se encontraba ahí
para medir la separación y explicar el paso de lo esencial a lo accidental, que
Descartes eliminó para siempre. Sea lo que sea, cuanto más se profundiza en la
concepción spinozista de lo "inadecuado" en sus relaciones con lo
"adecuado", más nos damos cuenta que marchamos en la dirección del
aristotelismo, lo mismo que las mónadas leibnizianas, a medida que se dibujan
más claramente, tienden más a aproximarse a los Inteligibles de Plotino
[103]. La inclinación natural de estos dos filósofos los
lleva a las conclusiones de la filosofía antigua… En resumen, las semejanzas de
esta nueva metafísica con la de los antiguos proviene de que una y otra suponen
todo hecho, la una por encima de lo sensible, la otra en el seno de lo sensible
mismo, una Ciencia una y completa, con la cual coincidiría todo lo que lo
sensible contiene de realidad. Para una y otra, la realidad, como la verdad,
sería íntegramente dada en la eternidad. Una y otra sienten repugnancia por la
idea de una realidad que se crearía poco a poco, es decir, en el fondo, de una
duración absoluta.
Por lo demás, se mostraría fácilmente que las conclusiones
de esta metafísica, salida de la ciencia, han rebotado en el interior de la
ciencia por una especie de carambola. Todo nuestro pretendido empirismo está
penetrado de ella. La física y la química no estudian más que la materia
inerte; la biología, cuando trata físicamente y químicamente el ser vivo, no
considera más que su lado inerte. Las explicaciones mecanicistas no engloban
pues, a despecho de su desarrollo, más que una pequeña parte de lo real. Suponer
a priori que la totalidad de lo real puede resolverse en elementos de este
género, o al menos que el mecanicismo podría dar una traducción íntegra de lo
que pasa en el mundo, es optar por una cierta metafísica, la misma a la que
Spinoza y Leibniz han puesto los principios y de la que han extraído las
consecuencias.
Ciertamente, un psicofisiologista que afirma la
equivalencia exacta del estado cerebral y del estado psicológico, que se
representa la posibilidad, para una inteligencia sobrehumana, de leer en el
cerebro lo que pasa en la conciencia, se cree muy lejos de los metafísicos del
siglo xvii y muy cerca de la experiencia. Sin embargo, la experiencia pura y
simple no nos dice nada semejante. Nos muestra la interdependencia de lo físico
y de lo moral, la necesidad de un cierto sustrato cerebral para el estado psicológico
y nada más. De que un término sea solidario de otro término no se sigue que
haya equivalencia entre los dos. Porque una determinada tuerca sea necesaria a
una determinada máquina, aunque la máquina funcione cuando se le deja la tuerca
y se detenga cuando se la priva de ella, no deberá decirse que la tuerca sea el
equivalente de la máquina. Sería necesario, para que la correspondencia se
convirtiese en equivalencia, que a una parte cualquiera de la máquina
correspondiese una parte determinada de la tuerca, como en una traducción
literal en la que cada capítulo nos da un capítulo, cada frase una frase y cada
palabra una palabra. Ahora bien, la relación del cerebro con la conciencia
parece ser muy diferente. No solamente la hipótesis de una equivalencia entre
el estado psicológico y el estado cerebral implica un verdadero absurdo, como
hemos tratado de probar en un trabajo anterior, sino que los hechos,
interrogados sin tomar partido por ellos, parecen indicar que la relación de
uno a otro es precisamente la de la máquina a la tuerca. Hablar de una
equivalencia entre los dos términos es simplemente mutilar -haciéndola poco
menos que ininteligible- la metafísica spinozista o leibniziana. Se acepta esta
filosofía, sin alteración, en cuanto a la Extensión, pero se la mutila por la
parte del Pensamiento. Con Spinoza, con Leibniz, se supone terminada la
síntesis unifi-cadora de los fenómenos de la materia: todo se explicaría en
ella mecánicamente. Pero para los hechos conscientes no se lleva la síntesis
hasta el fin.
Nos detenemos a mitad de camino. Suponemos la conciencia
coextensiva a tal o cual parte de la naturaleza, y no ya a la naturaleza
entera. Se aboca, así, unas veces, a un "epifenomenismo" que refiere
la conciencia a ciertas vibraciones partículares y la pone aquí y allá en el
mundo, en estado esporádico; otras veces, a un "monismo" que esparce
la conciencia en tantos granos como átomos. Pero tanto en un caso como en otro,
se llega a un spinozismo o a un leibnizianismo incompleto. Entre esta
concepción de la naturaleza y el cartesianismo encontraríamos, por lo demás,
los intermedios históricos. Los médicos filósofos del siglo XVIII, con su
cartesianismo restringido, han influido mucho en la génesis del
"epifenomenismo" y del "monismo" contemporáneos.
Estas doctrinas están en retraso con respecto a la crítica
kantiana. Ciertamente, la filosofía de Kant está imbuida de la creencia en una
ciencia una e íntegra, que abarca la totalidad de lo real. Incluso
considerándola en un cierto aspecto, no es más que una prolongación de la
metafísica de los modernos y una trasposición de la metafísica antigua. Spinoza
y Leibniz, siguiendo el ejemplo de Aristóteles, habían hipostasiado en Dios la
unidad del saber. La crítica kantiana, por uno de sus lados al menos, consiste
en preguntarse si la totalidad de esta hipótesis era necesaria a la ciencia
moderna como lo había sido a la ciencia antigua, o si no bastaría sólo con una
parte de la hipótesis. Para los antiguos, en efecto, la ciencia apoyaba en
conceptos, es decir, en especies de cosas. Reuniendo todos los conceptos en uno
solo, llegaban pues necesariamente a un ser, que podía llamarse Pensamiento,
sin duda; pero que era antes bien pensamiento-objeto que pensamiento-sujeto:
cuando Aristóteles definía a Dios como la #957; #959; #951; #963; #949; #969;
#962; #957; #959; #951; #963; #953; #962; ponía probablemente el acento sobre
#957; #959; #951; #963; #949; #969; #962; y no sobre #957; #959; #951; #963;
#953; #962;. Dios era aquí la síntesis de todos los conceptos, la idea de las
ideas. Pero la ciencia moderna rueda sobre leyes, es decir, sobre relaciones.
Ahora bien, una relación es un enlace establecido por un espíritu entre dos o
varios términos. Una relación no es nada fuera de \a inteligencia que
relaciona. El universo no puede, pues, ser un sistema de leyes, más que si los
fenómenos pasan a través del filtro de una inteligencia. Sin duda, esta
inteligencia podría ser la de un ser infinitamente superior al hombre, que
fundamentase la materialidad de las cosas al mismo tiempo que las enlazase
entre sí: tal era la hipótesis de Leibniz y de Spinoza. Pero no es necesario ir
tan lejos y, con relación al efecto que se trata de obtener aquí, basta con la
inteligencia humana: tal es precisamente la solución kantiana. Entre el
dogmatismo de un Spinoza o el de un Leibniz y la crítica de Kant, hay
justamente la misma distancia que entre el "es preciso que" y el
"basta que". Kant detiene este dogmatismo sobre la pendiente que le
hacía deslizarse demasiado hacia la metafísica griega, reduce al mínimo
estricto la hipótesis que es necesario formular para suponer indefinidamente
extensible la física de Galileo. Es verdad que cuando habla de la inteligencia
humana, no se refiere ni a la vuestra ni a la mía. La unidad de la naturaleza provendría
del entendimiento humano que unifica, pero la función unificadora que opera
aquí es impersonal. Se comunica a nuestras conciencias individuales, pero en
realidad las sobrepasa. Es mucho menos que un Dios sustancial; es un poco más,
sin embargo, que el trabajo aislado de un hombre o incluso que el trabajo
colectivo de la humanidad. No forma precisamente parte del hombre; antes bien,
es el hombre el que está en ella, como en una atmósfera de intelectualidad que
su conciencia respirara. Es, si se quiere, un Dios formal, algo no todavía
divino en Kant, pero que tiende a serlo. Con Fichte nos damos cuenta de ello.
Y, sea lo que sea, su papel principal, en Kant, consiste en dar al conjunto de
nuestra ciencia un carácter relativo y humano, aunque de una humanidad ya un
poco divinizada. La crítica de Kant, considerada desde este punto de vista,
limita sobre todo el dogmatismo de sus predecesores, aceptando su concepción de
la ciencia y reduciendo al mínimo lo que implicaba de metafísica.
De otro modo ocurre en lo que respecta a la distinción
kantiana entre la materia del conocimiento y su forma. Viendo en la
inteligencia, ante todo, una facultad de establecer relaciones, Kant atribuía a
los términos entre los que se establecen las relaciones un origen
extra-intelectual. Afirmaba, contra sus predecesores inmediatos, que el
conocimiento no puede resolverse enteramente en términos de inteligencia.
Reintegraba a la filosofía, pero modificándolo,
transportándolo a otro plano, este elemento esencial de la filosofía de
Descartes que había sido abandonado por los cartesianos.
Por ahí franqueaba el paso a una filosofía nueva,
instalada en la materia extra-intelectual del conocimiento por un esfuerzo
superior de intuición. Coincidiendo con esta materia, adoptando el mismo ritmo
y el mismo movimiento, ¿no podía la conciencia, por dos esfuerzos de dirección
inversa, elevándose y descendiendo alternativamente, aprehender desde dentro y
no ya percibir desde fuera las dos formas de la realidad, cuerpo y espíritu?
¿Este doble esfuerzo no nos haría, en la medida de lo posible, revivir lo
absoluto? Como, por otra parte, en el curso de esta operación veríamos a la
inteligencia surgir de sí misma, recortarse en el todo del espíritu, el
conocimiento intelectual se aparecería entonces tal como es, limitado, pero no
relativo.
Esta era la dirección que el kantismo podía mostrar a un
cartesianismo revivificado. Pero Kant mismo no se aventuró en esta dirección.
No quiso aventurarse porque, al asignar al conocimiento
una materia extra-intelectual, juzgaba esta materia o coextensiva a la
inteligencia o más estrecha que la inteligencia. Desde ese momento no podía ya
pensar en recortar la inteligencia en ella, ni por consiguiente volver a trazar
la génesis del entendimiento y de sus categorías. Los cuadros del entendimiento
y el entendimiento mismo debían ser aceptados como son, ya hechos. Entre la
materia presentada a nuestra inteligencia y esta inteligencia misma no había
parentesco alguno. El acuerdo entre ambas provenía de que la inteligencia
imponía su forma a la materia. De suerte que no solamente era preciso poner la
forma intelectual del conocimiento como una especie de absoluto y renunciar a
hacer su génesis, sino que la materia misma de este conocimiento parecía
demasiado triturada por la inteligencia para que pudiese esperarse alcanzarla
en su pureza original. No era la "cosa en sí", no era más que su
refracción a través de nuestra atmósfera.
Si ahora nos preguntamos por qué Kant no creyó que la
materia de nuestro conocimiento desbordase la forma, he aquí lo que
encontramos. La crítica que Kant hizo de nuestro conocimiento de la naturaleza
consistió en discernir lo que debe ser nuestro espíritu y lo que debe ser la
naturaleza, si las pretensiones de nuestra ciencia son justificadas; pero de
estas pretensiones mismas Kant no hizo la crítica. Quiero decir que aceptó sin
discusión la idea de una ciencia una, capaz de alcanzar con la misma fuerza todas
las partes de lo dado y de coordinarlas en un sistema que presenta igual
solidez en todas sus partes. No juzgó, en su Crítica de la razón pura, que la
ciencia se volvió menos objetiva y cada vez más simbólica, a medida que iba de
lo físico a lo vital, de lo vital a lo psíquico. La experiencia no se mueve, a
sus ojos, en dos sentidos diferentes y quizás opuestos, el uno conforme a la
dirección de la inteligencia, el otro contrario. No hay para él más que una
experiencia, y la inteligencia cubre toda su extensión. Es lo que Kant expresa
diciendo que todas nuestras intuiciones son sensibles, o, en otros términos,
infra-intelectuales. Y es lo que deberíamos admitir, en efecto, si nuestra
ciencia presentase en todas sus partes igual objetividad. Pero supongamos, por
el contrario, que la ciencia sea cada vez menos objetiva, cada vez más
simbólica, a medida que va de lo físico a lo psíquico pasando por lo vital.
Entonces, como es preciso percibir una cosa de cierta manera para llegar a
simbolizarla, habría una intuición de lo psíquico, y más generalmente de lo
vital, que la inteligencia traspondría y traduciría, sin duda alguna, pero que
no por ello dejaría de sobrepasarla. Habría, en otros términos, una intuición
supra-intelectual. Si esta intuición existe, es posible una toma de posesión
del espíritu por sí mismo y no ya solamente un conocimiento exterior y
fenoménico. Aún más: si tenemos una intuición de este género, quiero decir,
ultra-intelectual, la intuición sensible está sin duda en continuidad con ella
por ciertos intermediarios, como el infrarrojo con el ultravioleta. La
intuición sensible se realza ella misma.
No alcanzará ya simplemente el fantasma de una
inaprensible cosa en sí. Es en lo absoluto donde nos introducirá, siempre que
se introduzcan también en ella ciertas correcciones indispensables. Si se viese
en ella la única materia de nuestra ciencia, aquél reflejaría sobre toda la
ciencia algo de la relatividad que sorprende a un conocimiento científico del
espíritu; entonces, la percepción de los cuerpos, que es el comienzo de la
ciencia de los cuerpos, se nos aparecería ella misma como relativa. Relativa sería
pues la intuición sensible. Pero no ocurre lo mismo si se hacen distinciones
entre las diversas ciencias y si se ve en el conocimiento científico del
espíritu (así como de lo vital, por consiguiente) la extensión más o menos
artificial de una cierta manera de conocer que, aplicada a los cuerpos, no
resulta ya del todo simbólica.
Vayamos más lejos: si hay dos intuiciones de orden
di-ferente (la segunda obtenida por una inversión del sentido de la primera), y
si la inteligencia se coloca del lado de la segunda, no se da diferencia
esencial entre la inteligencia y esta misma intuición. Quedan abolidas las
barreras entre la materia del conocimiento y su forma, como también entre las
"formas puras" de la sensibilidad y las categorías del entendimiento.
Vemos que la materia y la forma del conocimiento intelectual (restringida a su
objeto propio) se engendran por una adaptación recíproca, modelándose la
inteligencia sobre la corporeidad y la corporeidad sobre la inteligencia.
Pero Kant no quería ni podía admitir esta dualidad de
intuición. Le hubiese sido preciso, para admitirla, ver en la duración el
tejido mismo de la realidad, y por tanto distinguir entre la duración
sustancial de las cosas y el tiempo espacializado. También debería ver, en el
espacio mismo y en la geometría que le es inmanente, un término ideal en la
dirección del cual se desenvuelven las cosas materiales, pero en el que no
están desenvueltas. Nada más contrario a la letra, y quizá también al espíritu,
de la Crítica de la razón pura. Sin duda, el conocimiento nos es presentado
aquí como una lista siempre abierta y la experiencia como una sucesión de
hechos que se continúa indefinidamente. Pero, según Kant, estos hechos se
esparcen sobre un plano; son exteriores unos a otros y exteriores al espíritu.
No se trata aquí de un conocimiento por dentro, que les captaría en su brote
mismo en lugar de aprehenderles una vez surgidos, que ahondaría así por debajo
del espacio y del tiempo espacializado.
Y, sin embargo, nuestra conciencia nos coloca sobre este
plano; ahí se encuentra la duración verdadera.
Por este lado también, Kant está bastante cerca de sus
antecesores. Entre lo intemporal y el tiempo esparcido en momentos distintos,
no admite término medio. Y como no hay intuición que nos transporte a lo
intemporal, toda intuición viene a ser sensible, por definición. Pero entre la
existencia física, espacializada, y una existencia intemporal, que no podría
ser más que una existencia conceptual y lógica como la del dogmatismo
metafísico ¿no hay lugar para la conciencia y para la vida? Sí, indudablemente.
Nos damos cuenta de ello en el momento que nos colocamos en la duración para ir
de ella a los momentos, en lugar de partir de los momentos para enlazarlos en
duración.
Sin embargo, los sucesores inmediatos de Kant se
orientaron del lado de una intuición temporal para escapar al relativismo
kantiano. Ciertamente, las ideas de devenir, de progreso, de evolución, parecen
ocupar un lugar importante en su filosofía. ¿Pero representa en ellos un
verdadero papel la duración? En la duración real cada forma deriva de las
formas anteriores añadiéndoles algo, y se explica por ellas en la medida en que
ella puede explicarse. Pero deducir esta forma directamente del Ser global que
se supone manifiesta, es volver al spinozismo. Con Leibniz y Spinoza se niega
de este modo a la duración toda su acción eficaz. La filosofía postkantiana,
por severa que haya podido ser con respecto a las teorías mecanicistas, acepta
del mecanicismo la idea de una ciencia una, la misma para toda especie de
realidad. Y está más cerca de esta doctrina de lo que nosotros mismos nos
imaginamos; porque, si en la consideración de la materia, de la vida y del
pensamiento, reemplaza los grados sucesivos de complicación, que suponía el
mecanicismo, por grados de realización de una Idea o por grados de objetivación
de una Voluntad, habla también de grados y estos grados son los de una escala
que el ser recorrería en un sentido único. En suma, discierne en la naturaleza
las mismas articulaciones que discernía en ella el mecanicismo; del mecanicismo
retiene todo el diseño y pone ahí simplemente otros colores. Pero es el diseño
mismo, o al menos una mitad de él, lo que debe rehacerse.
Sería preciso para esto, es verdad, renunciar al método de
construcción, que fue el de los sucesores de Kant. Sería preciso hacer un
llamamiento a la experiencia, a una experiencia purificada, quiero decir,
separada, hasta donde sea necesario, de los cuadros que ha constituido nuestra
inteligencia a medida del progreso de nuestra acción sobre las cosas. Una
experiencia de este género no es una experiencia intemporal. Busca solamente,
más allá del tiempo espacializado en el que creemos percibir reajustes continuos
entre las partes, la duración concreta en la que se opera sin cesar una
refundición radical del todo. Sigue lo real en todas sus sinuosidades. No nos
conduce, como el método de construcción, a generalidades cada vez más altas,
pisos superpuestos de un magnífico edificio. Al menos no nos sirve de mediadora
entre las explicaciones que nos sugiere y los objetos que se trata de explicar.
Pretende esclarecer el detalle de lo real y no solamente el conjunto.
No resulta dudoso que el pensamiento del siglo XIX haya
reclamado una filosofía de este género, sustraída a lo arbitrario, capaz de
descender al detalle de los hechos particulares.
Indiscutiblemente también, se ha dado cuenta que esta
filosofía debía instalarse en lo que llamamos la duración concreta. El
advenimiento de las ciencias morales, el progreso de la psicología, la
importancia creciente de la embriología entre las ciencias biológicas, todo
esto debía sugerir la idea de una realidad que dura interiormente, que es la
duración misma. También, cuando surgió un pensador que anunció una doctrina de
evolución en la que el progreso de la materia hacia la perceptibilidad sería
trazada al mismo tiempo que la marcha del espíritu hacia la racionalidad, en la
que se seguiría de grado en grado la complicación de las correspondencias entre
lo externo y lo interno, en que el cambio se convertiría en fin en la sustancia
misma de las cosas, hacia él se volvieron todas las miradas. La poderosa
atracción que ejerció el evolucionismo de Spencer sobre el pensamiento
contemporáneo proviene de esto. Por alejado que parezca estar Spencer de Kant,
por ignorante que sea del kantismo, al primer contacto que tomó con las
ciencias biológicas no ha podido por menos de darse cuenta en qué sentido, en
qué dirección podía ser llevada la filosofía encarrilada por la crítica
kantiana.
Pero he aquí que había prometido trazar una génesis y
hacía en realidad otra cosa. Su doctrina recibía adecuadamente el nombre de
evolucionismo; pretendía remontar y descender el curso del universal devenir.
Realmente no se trataba aquí ni del devenir ni de la evolución.
No vamos a entrar en un examen a fondo de esta fi-losofía.
Digamos simplemente que el artificio ordinario del método de Spencer consiste
en reconstruir la evolución con fragmentos de lo evolucionado. Si yo aplico una
imagen sobre un cartón y recorto en seguida el cartón en pedazos, podré,
agrupando debidamente los cartoncitos, reproducir la imagen. El niño que
trabaja de este modo con las piezas de su juego, que yuxtapone fragmentos de
imagen informes y termina por obtener un bello diseño coloreado, se imagina sin
duda haber producido el diseño y el color. Sin embargo, el acto de dibujar y de
pintar no tiene relación alguna con el de reunir los fragmentos de una imagen
ya dibujada, ya pintada. Lo mismo, cuando componéis entre sí los resultados más
simples de la evolución, imitáis bien o mal los efectos más complicados; pero
no recordáis su génesis, y esta adición de lo evolucionado a lo evolucionado no
se parecerá del todo al movimiento mismo de evolución.
Tal es, sin embargo, la ilusión de Spencer. Toma la
realidad en su forma actual; la rompe, la esparce en fragmentos que arroja al
aire; luego, "integra" estos fragmentos y "disipa el
movimiento". Habiendo imitado el Todo por un trabajo de mosaico, se
imagina haber trazado con ello el diseño y hecho la génesis. ¿Se trata de la
materia? Los elementos difusos que integra en cuerpos visibles y tangibles
tienen todo el aspecto de ser las partículas mismas de los cuerpos simples, que
supone primeramente diseminados a través del espacio. Son, en todo caso,
"puntos materiales" y por consiguiente puntos invariables, verdaderos
pequeños sólidos: ¡como si la solidez, que es lo que está más cerca de nosotros
y puede manipularse mejor, pudiese encontrarse en el origen mismo de la
materialidad! Cuanto más progresa la física, más nos muestra la imposibilidad
de representarse las propiedades del éter o de la electricidad, base probable
de todos los cuerpos, en el modelo de las propiedades de la materia que nosotros
percibimos. Pero la filosofía se remonta a más altura que el éter, simple
figuración esquemática de!as relaciones aprehendidas por nuestros sentidos
entre los fenómenos. Sabe perfectamente que lo que hay de visible y de tangible
en las cosas representa nuestra acción posible sobre ellas. Y no es dividiendo
lo evolucionado como alcanzaremos el principio de lo que evoluciona. Ni tampoco
recomponiendo lo evolucionado consigo mismo como reproduciremos la evolución de
la que él es el término. ¿Se trata del espíritu? Por la composición de lo
reflejo con lo reflejo, Spencer cree engendrar alternativamente el instinto y
la voluntad razonable. No ve que lo reflejo espacializado, al ser un punto
terminal de la evolución con el mismo título que la voluntad consolidada, no
podrá suponerse en el punto de partida. Es muy probable que el primero de los
dos términos haya alcanzado antes que el otro su forma definitiva; pero uno y
otro, con todo, son depósitos del movimiento evolutivo, y el movimiento
evolutivo mismo no puede ya expresarse en función del primer todo solamente
como tampoco en función del segundo.
Sería preciso comenzar por mezclar lo reflejo y lo
voluntario. Sería preciso luego ir a la búsqueda de la realidad fluida que se
precipita en esta doble forma y que, sin duda, participa de la una y de la otra
sin ser ninguna de las dos. En el grado más bajo de la escala animal, en los
seres vivos que se reducen a una masa protoplasmática indiferenciada, la
reacción a la excitación no pone todavía en ejercicio un mecanismo determinado,
como en el reflejo; no tiene que escoger entre varios mecanismos determinados,
como en el acto voluntario; no es, pues, ni voluntario ni reflejo, y, sin
embargo, anuncia uno y otro. Experimentamos en nosotros mismos algo de la
verdadera actividad original cuando ejecutamos movimientos semi-voluntarios y
semi-automáticos para escapar a un peligro que nos amenaza: pero esto no es
todavía más que una muy imperfecta imitación de la marcha primitiva, porque
tenemos que habérnoslas entonces con una mezcla de dos actividades ya
constituidas, ya localizadas en un cerebro y en una médula, mientras que la
actividad primera es cosa simple, que se diversifica por la producción misma de
mecanismos como los de la médula y del cerebro. Pero Spencer cierra los ojos a
todo esto, porque la esencia de su método consiste en recomponer lo consolidado
con lo consolidado, en lugar de tratar de encontrar el trabajo gradual de
consolidación, que es la evolución misma. ¿Se trata, en fin, de la
correspondencia entre el espíritu y la materia? Spencer tiene razón cuando
define la inteligencia por esta correspondencia. Tiene razón cuando ve en ella
el término de una evolución. Pero cuando pretende trazar esta evolución,
integra también lo evolucionado con lo evolucionado sin darse cuenta que se
toma así un trabajo inútil: al darse el fragmento menor de lo actualmente
evolucionado coloca el todo de lo evolucionado actual, y vanamente entonces
pretendería hacer su génesis.
Para Spencer, en efecto, los fenómenos que se suceden en
la naturaleza proyectan en el espíritu humano imágenes que los representan. A
las relaciones entre los fenómenos corresponden pues, simétricamente,
relaciones entre las representaciones. Y las leyes más generales de la
naturaleza, en las cuales se condensan las relaciones entre los fenómenos, se
nos aparecen aquí como habiendo engendrado los principios directores del
pensamiento, en los que se han integrado las relaciones entre las
representaciones. La naturaleza se refleja pues en el espíritu. La estructura
íntima de nuestro pensamiento se corresponde por tanto, toda ella, con la
armazón misma de las cosas. Así es, indudablemente; pero para que el espíritu
humano pueda representarse relaciones entre los fenómenos, es preciso también
que haya fenómenos, es decir hechos distintos, recortados en la continuidad del
devenir. Y desde el momento que se da este modo especial de descomposición, tal
como lo percibimos hoy, se nos da también la inteligencia, tal como es hoy,
porque con relación a ella, y solamente a ella, lo real se descompone de esta
manera. ¿Pensamos acaso que el mamífero y el insecto observan los mismos
aspectos de la naturaleza, trazan en ellas las mismas divisiones y desarticulan
el todo de la misma manera? No obstante, el insecto tiene ya algo de nuestra
inteligencia. Cada ser descompone el mundo material según las líneas mismas que
su acción debe seguir en él: son las líneas de acción posible que, al
entrecruzarse, dibujan la red de experiencia de la cual cada malla es un hecho.
Sin duda, una ciudad se compone exclusivamente de casas y las calles de la
ciudad no son otra cosa que los intervalos entre las casas: del mismo modo,
puede decirse que la naturaleza no contiene más que hechos y que, una vez
puestos los hechos, las relaciones vienen a ser simplemente las líneas que
corren entre los hechos. Pero en una ciudad es la distribución gradual del
terreno la que ha determinado a la vez el lugar de las casas, su configuración
y la dirección de las calles; es preciso referirse a esta distribución para
comprender el modo particular de subdivisión que hace que cada casa esté donde
está, y lo mismo cada calle. Ahora bien: el error fundamental de Spencer
consiste en presentarse la experiencia ya distribuida, cuando el verdadero
problema radica en saber cómo se ha operado la distribución.
Concedo que las leyes del pensamiento no sean otra cosa
que la integración de las relaciones entre los hechos. Pero, desde el momento
que pongo los hechos con la configuración que tienen hoy para mí, supongo mis
facultades de percepción y de intelección tal como son hoy en mí, porque son
ellas las que distribuyen lo real y las que recortan los hechos en el todo de
la realidad. A partir de entonces, en lugar de decir que las relaciones entre
los hechos engendraron las leyes del pensamiento, puedo pretender también que
es la forma del pensamiento la que ha determinado la configuración de los
hechos percibidos y, por consiguiente, sus relaciones entre sí. Las dos maneras
de expresarse tienen su valor. Dicen, en el fondo, lo mismo. Con la segunda, es
verdad, renunciamos a hablar de evolución. Pero, con la primera, nos limitamos
a hablar de ella, sin pensar ya en otra cosa. Porque un evolucionismo verdadero
se propondría buscar por qué modus vivendi gradualmente obtenido adoptó la
inteligencia su plan de estructura y la materia su modo de subdivisión. Esta
estructura y esta subdivisión están engranadas la una en la otra. La una ha
tenido que progresar a medida del progreso de la otra. Y ya se presente la
estructura actual del espíritu, ya se dé la subdivisión actual de la materia,
en los dos casos permanecemos en lo evolucionado: nada se nos dice de lo que
evoluciona, nada tampoco de la evolución.
Y es precisamente esta evolución lo que deberíamos
encontrar. Ya en el dominio de la física misma, los sabios que profundizan más
en su ciencia se inclinan a creer que no se puede razonar sobre las partes como
se razona para el todo, que los mismos principios no son aplicables al origen y
al término de un progreso, que ni la creación ni la aniquilación, por ejemplo,
son inadmisibles cuando se trata de los corpúsculos constitutivos del átomo.
Con ello tienden a colocarse en la duración concreta, la única en la que hay
generación, y no solamente composición de partes. Es verdad que la creación y
la aniquilación de que hablan conciernen al movimiento o a la energía, y no al
medio imponderable a través del cual circularían la energía y el movimiento.
¿Pero qué puede quedar de la materia cuando se suprime todo lo que la
determina, es decir, precisamente, la energía y el movimiento? El filósofo debe
ir más lejos que el sabio. Haciendo tabla rasa de lo que no es más que un
símbolo imaginativo, verá que el mundo material se resuelve en un simple flujo,
en una continuidad de fluencia, en un devenir. Y se preparará así a encontrar
la duración real allí donde es más útil encontrarla, en el dominio de la vida y
de la conciencia. Porque mientras se trate de la materia bruta, puede
desdeñarse la continuidad de fluencia sin cometer error grave: la materia, lo
hemos dicho ya, está lastrada de geometría y no dura, ella realidad que
desciende, más que por su solidaridad con lo que asciende. Pero la vida y la
conciencia son esta subida misma. Una vez que se las ha aprehendido en su
esencia adoptando su movimiento, se comprende cómo deriva de ellas la realidad.
Aparece la evolución y, en el seno de esta evolución, la determinación
progresiva de la materialidad y de la intelectualidad por la consolidación
gradual de una y otra. Pero entonces se inserta en el movimiento evolutivo,
para seguirlo hasta en sus resultados actuales, en lugar de recomponer
artificialmente estos resultados con sus propios fragmentos.
Esta nos parece ser la función característica de la
filosofía. Así comprendida, la filosofía no es solamente el retorno del
espíritu a sí mismo, la coincidencia de la conciencia humana con el principio
vivo de! que emana, una toma de contacto con el esfuerzo creador. Es la
profundización del devenir en general, el evolucionismo verdadero y, por
consiguiente, la verdadera prolongación de la ciencia, siempre que entendamos
por esta última palabra un conjunto de verdades comprobadas o demostradas y no
una cierta escolástica nueva que haya surgido durante la segunda mitad del
siglo XIX alrededor de la física de Galileo, como la antigua alrededor de
Aristóteles.
[1] La idea de considerar la vida como trascendente a la
finalidad tanto como al mecanicismo está, por lo demás, lejos de ser una idea
nueva. En particular, se la encontrará expuesta con profundidad en tres
artículos de ch. dunan sobre Le probléme de la vie (Revue philosophique, 1892).
En el desarrollo de esta idea hemos coincidi-do más de una vez con Dunan. Sin
embargo, las consideraciones que presentamos sobre este punto, como sobre las
cuestiones que a él se refieren, son las mismas que habíamos dado a conocer,
hace ya tiempo, en nuestro Ensayo sobre los datos inmediatos de la conciencia.
Uno de los principales objetos de este Ensayo era, en efecto, mostrar que la
vida psicológica no es ni unidad ni multiplicidad, que trasciende lo mecánico y
lo inteligente, no teniendo sentido mecanicismo y finalidad sino allí donde hay
"multiplicidad distinta", "espacialidad", y por
consiguiente conjunción de partes preexistentes: "duración real"
significa a la vez continuidad indivisible y creación. En el presente trabajo
aplicamos estas mismas ideas a la vida en general, considerada ella misma, por
otra parte, desde el punto de vista psicológico.
[2] sedgwick minot, On certain phenomena of growing old
(Proc. of the American Assoc, for the advancement of science, 39 asamblea,
Salem, 1891, págs. 271-288).
[3] le dantec, L'individualité et l'erreur individualiste,
París, 1905, pág. 84 y ss.
[4] metchnikoff, La dégénérescence sénile (Année
biologique, III, 1897, pág. 249 y ss.). Cf. del mismo autor: La nature humaine,
París, 1903, pág. 312 y ss.
[5] roule, L'embryologie genérale, París, 1893, pág. 319.
[6] La irreversibilidad de la serie de los seres vivos ha
sido puesta al descubierto por baldwin, Development and evolution. New York,
1902, en particular pág. 327.
[7] Hemos insistido sobre este punto en nuestro Ensayo
sobre los datos inmediatos de la conciencia.
[8] En su excelente libro sobre Le génie dans l'art,
Séailles desarrolla esta doble tesis de que el arte prolonga la naturaleza y de
que la vida es creación. Aceptamos de buen grado la segunda fórmula; ¿pero es
preciso entender por creación, como lo hace el autor, una síntesis de
elementos? Allí donde los elementos preexisten, la síntesis que se haga está
virtualmente dada, no siendo más que uno de los arreglos posibles: este arreglo
hubiera podido percibirlo de antemano, entre todos los posibles que lo rodeasen,
una inteligencia sobrehumana. Pero nosotros estimamos, por el contrario, que en
el dominio de la vida los elementos no tienen existencia real y separada. Son
como puntos de vista múltiples del espíritu sobre un proceso indivisible. Y por
ello hay contingencia radical en el progreso, inconmensurabilidad entre lo que
precede y lo que sigue, en fin, duración.
[9] bütschli, Untersuchungen über mikroskopische Schäume
und das Protoplasma, Leipzig, 1892, 1a parte.
[10] rhumbler, Versuch einer mechanischen Erklärung der
indirckten Zell-und Kerntheilung (Roux's Archiv., 1896).
[11] berthold, Studien über Protoplasmamechanik, Leipzig,
1886, pág. 102. Cf. la explicación propuesta por le dantec, Théorie nouvelle de
la vie, París, 1896, pág. 60.
[12] cope, The primary factors of organic evolución,
Chicago, 1896, págs. 475-484.
[13] maupas, Étude des Infusoires ciliés (Arch. de
zoologie expe riméntale, 1883), págs. 47, 491, 518, 549 en particular. P.
vignon, Recherches de cytologie genérale sur les épithéliums, París, 1902, pág.
655. Un estudio profundo de los movimientos del infusorio y una crítica muy
penetrante de la idea de tropismo, ha sido hecha en estos últimos tiempos por
jennings, Contributions to the study of the behaviour of lower organisms,
Washington, 19C4. El "tipo de conducta" de estos organismos inferiores,
tal como lo ha definido Jennings (págs. 237-252), es indiscutiblemente de orden
psicológico.
[14] "The study of the cell has on the whole seemed
to widen rather than to narrow the enormous gap that separates even the lowest
forms of life from the inorganic world." (E. B. wilson, The cell in
development and inheritance, New York, 1897, pág 330)
[15] dastre, La vie et la mort, pág. 43.
[16] laplace, Introduction a la théorie analytique des
probabilités (Oeuvres completes, vol. VII, París, 1886, pág. VI).
[17] Du bois-reymond, Ueber die Grenzen des
Naturerkennens. Leipzig, 1892.
[18] Dos partidos pueden tomarse en el neo-vitalismo
contemporáneo: de un lado, podemos adherirnos a la afirmación de que el
mecanicismo puro es insuficiente, afirmación que toma gran autoridad cuando
emana de un sabio como Driesch o Reinke, por ejemplo; y de otro, a las
hipótesis de que este vitalismo se superpone al mecanicismo
("entelequias" de Driesch, "dominantes" de Reinke,
etcétera). De estos dos partidos, el primero resulta indiscutiblemente el más
interesante. Véanse los hermosos estudios de driesch: Vis Lokalisation
morphogenetischer Vorgänge, Leipzig, 1889; Die orga- nischen Regulationen,
Leipzig, 1901; Narurbegriffe und Natururteile, Leipzig, 1904; Der Vitalismus
als Geschichte und als Lehre, Leipzig, 1905, y de reinke: Die Welt als That.
Berlín. 1899; Einleintung in die theoretische Biologie, Berlín, 1901;
Philosophie der Botanik, Leipzig, 1905.
[19] P. guérin, Les connaissances actuelles sur la
fécondation chez les Phanérogames, París, 1904, págs. 144-148. Cf. delaoe,
L'Hérédité, 2a edición, 1903, pág. 140 y ss.
[20] möbius, Beiträge zur Lehre von der Fortpflanzung der
Gewächse, Jena, 1897, págs. 203-206 en particular. Cf. hartog, Sur les
phénoménes de reproduction (Année biologique, 1895, págs. 707 709).
[21] canpaul janet, Les causes finales, París, 1876, pág.
83.
[22] Ibid., pág. 80.
[23] darwin, Origine des especes, trad. Barbier, París,
1887, página 46.
[24] bateson, Materials for the study of variation,
Londres, 1894, sobre todo pág. 567 y se. Cf. scott, Variations and mutations
(Amer-icnn Journal of Science, noviembre 1894).
[25] de vries, Die Mutationstheorie, Leipzic;, 1901-1903.
Cf. Species and varieties, Chicago, 1905. Se ha juzgado esta teoría bastante
estrecha, pero la idea de mutación o de variación brusca ha ocupado, sin
embargo, un lugar en la ciencia.
[26] darwin, Origine des especes, trad. Barbier, pág. 198.
[27] Origine des especes, págs. 11 y 12.
[28] Sobre esta homología de los pelos y los dientes,
véase brandt, u eber eine mutmassliche Homologie der Haare und Zähne (Biol.
Centralblatt, vol. XVIII, 1898), sobre todo pág. 262 y ss.
[29] Por otra parte, de las últimas observaciones parece
resultar que la transformación de la Artemia es un fenómeno más complicado de
lo que se había creído en un principio. Véanse, a este respecto, samter y
heymons, Die Variation bei Artemia salina (An-hang zu den Abhandlungen der k.
preussischen Akad. der Wissen- schaften, 1902).
[30] eimer. Orthogenesis der Schmetterlinge, Leipzig,
1897, pági na 24. Cf. Die Entstehung der Arten, pág. 53.
[31] eimer, Die Entstehung der Arten, Jena, 1888, pág. 25.
[32] eimer, ibid., pág. 165 y ss.
[33] salensky, Heteroblastie (Proc. of the fourth
international Congress of Zoology, Londres, 1899, págs. 111-118). Salensky ha
crea do esta palabra para designar los casos en que se forman en los mis mos
puntos, en animales emparentados, órganos equivalentes cuyo origen embriológico
es, sin embargo, diferente.
[34] wolff, Die Regeneration der Urodelenlinse (Arch. f.
Erttuiickeluntmcchanik, I, 1895. pág. 380 y ss.).
[35] fischel, Ueber die Regeneration der Linse (Anal.
Anzeiger, XIV, 1898, págs. 373-380).
[36] cope, The origin of the fittest, 1887; The primary
factors of organic evolution, 1896.
[37] cuénot, La nouvelle théorie transformiste (Revue
genérale des sciences, 1894). Cf. morgan, Evolution and adaptation, Londres,
1903, pág. 357.
[38] brown-séquard, Nouvelles recherches sur l'épilepsie
due á certaines lésions de la moelle épiniére et des nerfs rachidiens (Arch. de
physiologie, vol. II, 1869, págs. 211, 422 y 497).
[39] weissman, Aufsätze über Vererbung, Jena, 1892, págs.
376378, y también Vorträge über Descendenztheorie, Jena, 1902, t. II, pág. 76.
[40] browx-séquard, Hérédité d'une affection due a una
cause accidentelle (Arch. de Physiologie, 1892, pág. 686 y ss.).
[41] voisin y peron, Recherches sur la toxité urinaire
chez les épihptiques (Archives de neurologie, vol. XXIV, 1892, y XXV, 1893).
Cf. la obra de voisin, L'épilepsie, París, 1897, págs. 125-133.
[42] charrin, delamare y Moussu, Transmisión experiméntale
aux descendants de lésions développées chez les ascendants (C. R. de l'Ac. des
sciences, vol. CXXXV, pág. 191). Cf. morgan, Evolution and adaptation, pág.
257, y delage, L'hérédité, 2a edición, pág. 388.
[43] charrin y delamare, Hérédité cellulaire (C. R. de
l'Ac. des sciences, vol. CXXXIII, 1901, págs. 69-71).
[44] charrin, L'hérédité pathologique (Revue genérale des
scien-ces, 15 enero 1896).
[45] giard, Controverses transformistes, París, 1904, pág.
147.
[46] No obstante, algunos hechos análogos se han señalado
siempre en el mundo vegetal. Véase blarinohem, La notion d'espèces et la
théorie de la mutation (Année psychologique, vol. XII, 1906, página 95 y ss.),
y de vries, Species and Varieties, pág. 655.
[47] Véase, a este respecto, Materia y memoria, cap. I.
[48] Este punto de vista sobre la adaptación ha sido
señalado por F. marin en un notable articulo sobre L'Origine des espèces (Revue
scientifique, noviembre 1901, pág. 580).
[49] de saporta y marión, L'évolution des Cryptogames,
1881, página 37.
[50] Sobre la fijación y el parasitismo en general, véase
la obra de houssay, La forme et la vie, París, 1900, págs. 721-807
[51] cope, ob. cit., pág. 76.
[52] Lo mismo que la planta en ciertos casos encuentra la
facultad de mover activamente lo que dormita en ella, así el animal puede, en
circunstancias excepcionales, colocarse en las condiciones de la vida
vegetativa y desarrollar en él un equivalente de la función clorofílica. Parece
resultar, en efecto, de las recientes experiencias de María von Linden, que las
crisálidas y las larvas de diversos lepidópteros, bajo la influencia de la luz,
fijan el carbono del ácido carbónico contenido en la atmósfera. M. von linden,
L'assimilation de l'acide carbonique par les chrysalides de Lépidoptères (C. R.
de la Soc. de biologie, 1905, pág. 692 y ss.).
[53] de mamacéine, Quelques observations experimentales
sur I'in fluence de l'insomnie absolu (Arch. nal. de biologie, t. XXI, 1894,
pág. 322 y ss.). Recientemente se han hecho observaciones análogas sobre un
hombre muerto de hambre después de un ayuno de treinta y cinco dias. Véase a
este respecto, en Année biologique, 1898, pá gina 338, el resumen de un
trabajo, en ruso, de tarakevich y stchasny.
[54] cuvier decía: "El sistema nervioso es, en el
fondo, todo el animal; los demás sistemas no hacen más que servirle." Sur
un nouveau rapprochement à établir entre les classes qui composent le règne
animal (Archives du Muséum d'histoire naturelle, Paris, 1812, páginas 73-84).
Sería preciso naturalmente restringir esta fórmula y tener en cuenta, por
ejemplo, casos de degradación y de regresión en que el sistema nervioso pasa a
segundo plano. Y, sobre todo, hay que unir al sistema nervioso los aparatos
sensoriales de un lado, los motores de otro, entre los que sirve de
intermediario. Cf. foster, art. "Physiology" de l'Encyclopaedia Britannica,
Edimburgo, 1885, página 17.
[55] Véase, sobre estos diferentes puntos, la obra de
gaudry, Essai de paléontologie physique, París, 1896, págs. 14-16 y 78-79.
[56] Véase, a este respecto: shaler, The individual, Nueva
York, 1900, págs. 118-125.
[57] Este punto ha sido discutido por René Quinton, que
considera a los mamíferos carnívoros y rumiantes, as! como a ciertos pájaros,
posteriores al hombre (R. quinton, L'eau de mer milieu organique, Paris, 1904,
pág. 435). Digamos, de paso, que nuestras conclusiones generales, aunque muy
diferentes de las de Quinton, no tienen nada de inconciliable con ellas; porque
si la evolución ha ocurrido tal como nos la representamos, los vertebrados han
debido esforzarse por mantenerse en las condiciones de acción más favorables,
las mihmas en que en primer lugar se había colocado la vida.
[58] Paul Lacombe ha hecho resaltar la influencia capital
que han ejercido los grandes inventos sobre la evolución de la humanidad (P.
lacombe, De l'histoire considérée comme science, París, 1894. Véanse, en
particular, las páginas 168-247).
[59] bouvier, La nidification des Abeilles à l'air libre
(C. R. de l'Acad. des sciences, 7 de mayo 1906).
[60] 14 platón, Fedro, 265 e.
[61] Volveremos sobre todos estos puntos en el capítulo
siguiente.
[62] 16 También trataremos de esto en el capítulo III.
[63] Véanse las dos obras de darwin, Les plantes
grimpantes, trad. Gordon, París, 1890, y La fécondation des Orchidées par les
Insectes, trad. Rérolle, París, 1892.
[64] buttel-reepen, Die phylogenetische Enistehung des
Bienen- staates (Biol. Centralblatt, XXIII, 1903), pág. 108 en particular.
[65] fabre, Souvenirs entomologiques, 3a serie, París,
1890, páginas 1-69.
[66] fabre, Souvenirs entomologiques, 1a serie, 3a éd.,
París, 1894, pág. 93 y ss.
[67] fabre, Nouveaux souvenirs entomologíques, París,
1882, página 14 y ss.
[68] peckha.m, Wasps, solitary and social, Westminster,
1905, pág. 28 y ss.
[69] Véanse, en particular, entre los trabajos recientes:
bethe, Dürfen wir den Ameisen und Bienen psychischs Qualitäten zus-chreiben?
(Arch. f. d. ges. Physiologie, 1898), y forel, Un aperçu de psychologie
comparée (Année psychologique, 1895).
[70] Materia y memoria, caps. II y III.
[71] Le paralogisme psycho-physiologique (Revue de
métaphysique, noviembre 1904).
[72] 27 Un geólogo que ya tuvimos ocasión de citar, N. S.
Shaler, dice agudamente: "Cuando llegamos al hombre, parece que
encontramos anulada la antigua sujeción del espíritu al cuerpo y que las partes
intelectuales se desarrollan con una rapidez extraordinaria, permaneciendo
idéntica la estructura del cuerpo en lo que tiene de esencial." (shaler,
The interpretation of nature, Boston, 1889, pa-gina 187.)
[73] 1 Hemos desarrollado este punto en Materia y memoria,
capítulos II y III.
[74] faraday, A speculation concerning electric conduction
(Phil- os. Magazine, 3a serie, vol. XXIV).
[75] Nuestra comparación no hace otra cosa que desarrollar
el contenido del término, tal como lo entiende Plotino. Porque, por una parte
el de este filósofo es un poder generador e informador, un aspecto o un
fragmento de la, y por otra parte Plotino habla de él algunas veces como de un
discurso. Más generalmente, la relación que establecemos, en el presente
capitulo, entre la "extensión" y la "distensión", semeja
por ciertos lados a la que supone Plotino (en razonamientos que debieron
inspirar a Ravaison), cuando hace de la extensión, no sin duda una inversión
del Ser original sino un debilitamiento de su esencia, una de las últimas
etapas de la procesión. (Véase en particular: Enn., IV, III, 9-11 y III, VI,
17-18.) Sin embargo, la filosofía antigua no vio qué consecuencias resultaban
de esto para las matemáticas, porque Plotino, al igual que Platón, erigió las
esencias matemáticas en realidades absolutas. Sobre todo, se dejó engañar por
la analogía exterior de la duración con la extensión. Dio el mismo trato a
ambas, considerando el cambio como una degradación de la inmutabilidad, lo
sensible como una caída de lo inteligible. De ahí, como mostraremos en el
capítulo próximo, una filosofía que desconoce la función y el alcance reales de
la inteligencia.
[76] bastian, Le cerveau, Paris, 1882, vol. I, págs.
166-170.
[77] 5 Hemos desarrollado este punto en un trabajo
anterior. Véase el Ensayo sobre los datos inmediatos de la conciencia.
[78] 6 Ob. cit., capítulos I y III.
[79] 7 Hacemos alusión aquí', sobre todo, a los profundos
estudios de ed. le roy, aparecidos en la Revue de métaphysique et de morale.
[80] Materia y memoria, capítulos III y IV.
[81] 9 Véanse en particular: Phys., IV, 215 a 2; V, 230 b
12; VIII, 255 2: y De Coelo, IV, 1-5; II, 296 b 27; IV, 308 a34.
[82] De Coelo. IV. 310 a 34: ' o u uu
[83] Sobre estas diferencias de cualidad, véase la obra de
duhem, L'évolution de la mécanique, Paris, pág. 197 y ss.
[84] boltzmann, Vorlesungen über Gastheorie, Leipzig,
1898, página 253 y ss.
[85] En un libro rico de hechos y de ideas (La dissolution
opposée à l'évolution, Paris, 1899), André Lalande nos muestra cómo todo marcha
hacia la muerte, no obstante la resistencia momentánea que parecen oponer los
organismos.
Pero, incluso del lado de la materia no organizada,
¿tenemos derecho a extender al universo entero consideraciones sacadas del
estado presente de nuestro sistema solar? AI lado de los mundos que mueren, hay
sin duda mundos que nacen. Por otra parte, en el mundo organizado, la muerte de
los individuos no se aparece del todo como una disminución de la "vida en
general", o como una necesidad que ésta sufriría a disgusto. Como se ha
hecho notar más de una vez, la vida jamás se esfuerza por prolongar indefinidamente
la existencia del individuo, cuando sobre tantos otros puntos ha hecho felices
esfuerzos. Todo pasa como si esta muerte hubiese sido querida, o al menos
aceptada, para el mayor progreso de la vida en general.
[86] Hemos desenvuelto este punto en un trabajo titulado:
introduction à la métaphysique (Revue de métaphysique et de morale, enero 1903,
págs. 1 a la 25).
[87] serkovski, memoria (en ruso) analizada en Année
biologique, 1898, pág. 317.
[88] ed. perrier, Les colonies animales, Paris, 1897 (2a
edición).
[89] 17 delage, L'Hérédité, 2a edición, Paris, 1903, pág.
97. Cf. del mismo autor: La conception polyzoïque des êtres (Revue
scientifique, 1896, págs. 641-653).
[90] 18 Teoría sostenida por Kunstler, Delage, Sedgwick,
Labbé, etc. Se encontrará su desarrollo, con indicaciones bibliográficas, en la
obra de busquet, Les êtres vivants, París, 1899.
[91] La parte de este capítulo que trata de la historia de
los sistemas, y en particular de la filosofía griega, no es otra cosa que el
resumen muy sucinto de consideraciones desenvueltas con ampli-tud, de 1900 a
1904, en nuestras lecciones del Colegio de Francia, sobre todo en un curso
sobre la Historia de la idea de tiempo (1902-1903). Comparábamos allí el
mecanismo del pensamiento conceptual al del cinematógrafo. Creemos que puede
ser útil todavía esta comparación.
[92] 2 El análisis que ofrecemos aquí de la idea de la
nada apareció ya en la Revue philosophique (noviembre 1906).
[93] 3 kant, Crítica de la razón pura, 2a edición, pág.
737: "Desde el punto de vista del contenido de nuestro conocimiento en
general,… las proposiciones negativas tienen por función propia simplemente
impedir el error." Cf. sigwart, Logik, 2a ed., vol. I, página 150 y ss.
[94] * Es decir, que no consideramos el sofisma de Zenón
como refutado por el hecho de la progresión geométrica a. (1 + 1/n + 1/n + 1/n
+… etc.), donde a designa la separación inicial entre Aqui les y la tortuga y n
la relación de sus velocidades respectivas, a una suma limitada si n es
superior a la unidad. Sobre este punto remitimos a la argumentación de Evellin,
que tenemos por decisiva (véase evellin, Infini et quantité, París, 1880. págs.
63-97. Cf. Revue philosophique, vol. XI, 1881, págs. 564-568). La verdad es que
las matemáticas -como hemos tratado de probar en un trabajo precedente- no
operan y no pueden operar más que sobre longitudes. Han tenido, pues, que
buscar artificios para transportar primero al movimiento, que no es una
longitud, la divisibilidad de la línea que recorre, y en seguida para
restablecer el acuerdo entre la experiencia y la idea (contraria a la
experiencia y plena de absurdos) de un movimiento-longitud, es decir, de un
movimiento aplicado contra su trayectoria y arbitrariamente descomponible como
ella.
[95] platón, Timeo, 37 d.
[96] ' Hemos tratado de discernir lo que hay de verdadero
y lo que hay de falso en esta idea, en lo que concierne a la espacialidad
(véase el capítulo III). Nos parece radicalmente falsa en lo que respecta a la
duración.
[97] "' aristóteles, De Anima, 430 a 14.
[98] De Coelo, II, 287 a 12.
[99] De Coelo. I, 279 a 12.
[100] 10 Casi hemos dado de lado a estas intuiciones
admirables, pero un poco fugaces, que Plotino debía más tarde aprehender,
profundizar y fijar.
[101] 11 descartes, Príncipes, II, 29.
[102] 12 Ibid., II, 36 y ss.
[103] En un curso sobre Plotino, explicado en el Colegio
de Francia en 1897-1898, hemos tratado de delimitar estas semejanzas. Son
numerosas y sorprendentes. La analogía prosigue hasta en las fórmulas empleadas
por una y otra parte.


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