© Libro N° 4039. Papillon. Charrière, Henri. Colección E.O. Agosto 5 de
2017.
Título
original: © Papillon. Henri Charrière
Versión Original: © Papillon. Henri Charrière
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© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
PAPILLON
Henri Charrière
PRESENTACIÓN
Este libro, sin duda,
nunca habría existido si, en julio de 1967, en los periódicos de Caracas, un
año después del terremoto que la había asolado, un joven de sesenta años no
hubiese oído hablar de Albertine Sarrazin. Ese pequeño diamante negro, todo
fulgor, risa y coraje, acababa de morir. Había adquirido celebridad en el mundo
entero por haber publicado, en poco más de un año, tres libros, dos de ellos
sobre sus fugas y sus prisiones.
Aquel hombre se llamaba
Henri Charriere y regresaba de lejos. Del presidio, para ser exactos, de
Cayena, donde "subiera" en 1933; un hombre del hampa, sí, pero por un
crimen que no había cometido y condenado a cadena perpetua, es decir, hasta su
muerte. Henri Charriére, alias Papillon en otro tiempo entre el hampa, nacido
francés de una familia de maestros de escuela de Ardite, en 1906, es
venezolano. Porque este pueblo ha preferido su mirada y su palabra a sus
antecedentes penales, y porque trece años de evasiones y de lucha por escapar
del infierno del presidio perfilan más un porvenir que un pasado.
Así, pues, en julio de
1967, Charriére va a la librería francesa de Caracas y compra El astrágalo. En
la faja del libro, una cifra: 123 000 ejemplares. Lo lee y, después, se dice
sencillamente: "Es bueno, pero si la chavala, con su hueso roto, yendo de
escondite en escondite, ha vendido 123.000 ejemplares, yo, con mis treinta años
de aventuras, venderé tres veces más.
Razonamiento lógico,
pero de lo más peligroso y qué, después del éxito de Albertine, abarrota las
mesas de los editores de miles de manuscritos sin esperanzas. Pues la aventura,
la desgracia, la injusticia más extremosas no hacen forzosamente un buen libro.
Es necesario también saberlos escribir, es decir, tener ese don injusto que
hace que un lector vea, sienta, viva, como si estuviera allí, todo cuanto ha
visto, sentido y vivido el escritor.
Y, en eso, Charriére
tiene una gran suerte. Ni una sola vez ha pensado en escribir una línea de sus
aventuras: es un hombre de acción, de vida, de celo, una generosa tempestad de
mirada maliciosa, de voz meridional, cálida y ligeramente ronca, que puede ser
escuchada durante horas, pues narra como nadie, es decir, como todos los
grandes narradores. Y el milagro se produce: ahorro de todo contacto y de toda
ambición literarios (me escribirá: "Le mando mis aventuras, hágalas
escribir por alguien del oficio"), lo que escribe es "tal como os lo
cuenta se ve, se siente, se vive, y si por casualidad se quiere parar al final
de una página, cuando él está contando que va al retrete (lugar de múltiple y
considerable papel en el presidio), se siente uno obligado a volver la página,
porque ya no es él quien va allí, sino uno mismo.
Tres días después de
haber leído El astrágalo, escribe los dos primeros cuadernos de un tirón,
cuadernos de colegial, con espiral. Tras haber recogido dos o tres opiniones
sobre esa nueva aventura, quizá más asombrosa que todas las demás, emprende la
continuación a principios de 1968. En dos meses termina los trece cuadernos.
Y al igual que pasó con
Albertine, su manuscrito me llega por correo, en septiembre. Tres semanas
después, Charriére estaba en París. Con Jean-Jacques Pauvert, yo había lanzado
a Albertine: Charriére me confía su libro.
Este libro, escrito al
filo aún candente del recuerdo, copiado por entusiastas, versátiles y no
siempre muy francesas mecanógrafas, como quien dice no lo he tocado. No he
hecho más que enmendar la puntuación, transformar ciertos hispanismos demasiado
oscuros, corregir ciertas confusiones de sentido y ciertas inversiones debidas
a la práctica cotidiana, en Caracas, de tres o cuatro lenguas aprendidas de
oído.
En cuanto a la
autenticidad, doy fe sobre el fondo. Por dos veces, ha venido Charriére París y
hemos hablado extensamente. Durante días, y algunas noches también. Es evidente
que, treinta años después, ciertos detalles pueden haberse difuminado, modificado
por la memoria. Carecen de importancia. En cuanto al fondo, basta con remitirse
a la obra del profesor Devize, Cayenne (Julliard, col. Archives, 1965), para
comprobar en seguida que Charriére no ha exagerado un ápice sobre las
costumbres del presidio ni sobre su horror. Muy al contrario.
Por principio, hemos
cambiado todos los nombres de los presidiarios, vigilantes y comandantes de la
Administración penitenciaria, pues el propósito de este libro no es atacar a
personas, sino fijar tipos y un mundo. Lo mismo vale respecto a las fechas: algunas
son exactas, otras indican épocas. Es suficiente. Pues Charriére no ha querido
escribir un libro de historiador, sino relatar, tal como lo ha vivido
directamente, con dureza, con fe, lo que se antoja como la extraordinaria
epopeya de un hombre que no acepta lo que puede haber de desmesurado hasta el
exceso, entre la comprensiva defensa de una sociedad contra sus hampones y una
represión indigna, hablando con propiedad, de una nación civilizada.
Quiero dar las gracias
a Jean-François Revel quien, entusiasmado por este texto del que fue uno de los
primeros lectores, se ha dignado decir el porqué de la relación que, según él,
guarda con la literatura de ayer y de hoy.
PRIMER CUADERNO. EL
CAMINO DE LA PODREDUMBRE
Audiencia de lo criminal
La bofetada fue tan
fuerte, que sólo he podido recobrarme de ella al cabo de trece años. En efecto,
no era un guantazo corriente, y, para sacudírmelo, se habían juntado muchas,
personas.
Estamos a 26 de octubre
de 1931. A las ocho de la mañana, me sacan de la celda que ocupo en la
Conciergerie desde hace un año. Voy recién afeitado, bien vestido; mi traje
impecablemente cortado me da un aspecto elegante; camisa blanca y corbata de
lazo de color azul claro, que da la última pincelada al conjunto.
Tengo veinticinco años
y aparento veinte. Los gendarmes, un poco frenados por mi aspecto de gentleman,
me tratan con cortesía. Hasta me han quitado las esposas. Estamos los seis,
cinco gendarmes y yo, sentados en dos bancos en una sala desmantelada. Fuera,
la luz es gris. Frente a nosotros, una puerta que debe comunicar, seguramente,
con la sala de audiencia, pues estamos en el Palacio de Justicia del Sena, en
París.
Dentro de unos
instantes, seré acusado de asesinato. Mi defensor, Raymond Hubert, ha venido a
saludarme: "No existe ninguna prueba seria contra usted, tengo confianza,
nos absolverán." Me sonrío de este "nos". Diríase que también
él, el abogado Hubert, comparece en la Audiencia como inculpado, y que si hay
condena, también él habrá de cumplirla.
Un ujier abre la puerta
y nos invita a pasar. Por las dos grandes hojas abiertas de par en par,
encuadrado por cuatro gendarmes y el brigada al lado, hago mi entrada en una
sala inmensa. Para sacudírmela, la bofetada, lo han revestido todo de rojo
sangre: alfombra, cortinas de los ventanales y hasta las togas de los
magistrados que, dentro de poco, me juzgarán.
—¡El Tribunal!
Por una puerta, a la
derecha, aparecen uno detrás de otro seis hombres. El presidente y, luego cinco
magistrados, tocados con el birrete. El presidente se para frente a la silla
del centro; a derecha e izquierda, se sitúan sus asesores.
Un silencio
impresionante reina en la sala, donde todo el mundo se ha puesto en pie,
incluso yo. El Tribunal se sienta, y con él todo el mundo.
El Presidente, de
mofletes rosados y aspecto austero, me mira en los ojos sin expresar ningún
sentimiento. Se llama Bevin. Más adelante, dirigirá los informes con
imparcialidad y, con su actitud, hará comprender a todo el mundo que,
magistrado de carrera, él no está muy convencido de la sinceridad de testigos y
policías. No, él no tendrá ninguna responsabilidad en la bofetada, él se
limitará a servírmela.
El fiscal es el
magistrado Pradel. Es muy temido por todos los abogados colegiados. Tiene la
triste reputación de ser el principal proveedor de la guillotina y de las
penitenciarías de Francia y de ultramar.
Pradel representa a la
vindicta pública. Es el acusador oficial, no tiene nada de humano. Representa a
la Ley, la Balanza; él es quien la maneja y hará todo lo que pueda para que se
incline de su lado. Tiene ojos de gavilán, baja un poco los párpados y me mira
intensamente, desde toda su altura. En primer lugar, desde la altura de la
tarima que le sitúa más arriba que yo y, luego, la de su propia estatura, metro
ochenta al menos, que lleva con arrogancia. No se quita la muceta colorada,
pero deja el birrete delante de él. Se apoya con sus dos manos grandes como
palas. Una sortija de oro indica que está casado y, en el meñique, por anillo,
lleva un clavo de herradura muy pulimentado.
Se inclina un poco
hacia mí, como para dominarme mejor. Parece que quiere decirme: "Muchacho,
si crees que vas a escaparte de mí, estás equivocado. No se nota que mis manos
sean garras, pero los zarpazos que te despedazarán están prestos dentro de mí.
Y si soy temido por todos los abogados, y cotizado en la magistratura como un
fiscal peligroso, es porque jamás dejo escapar a mi presa.
"No tengo por qué
saber si eres culpable o inocente, tan sólo debo hacer uso de todo cuanto tengo
en contra de ti: tu vida bohemia en Montmartre, los testimonios provocados por
la Policía y las declaraciones de los propios policías. Con esa balumba asquerosa
acumulada por el juez de instrucción, debo transformarte en un hombre
suficientemente repelente para que el jurado te haga desaparecer de la
sociedad.
En verdad, me parece
oírle decir, con mucha claridad, a menos que esté soñando, pues me ha
impresionado muy de veras ese "devorador de hombres:
"Ríndete, acusado;
sobre todo, no trates de defenderte: te conduciré al "camino de la
podredumbre". ¿Supongo que no esperarás nada del jurado, verdad? No te
hagas ilusiones. Esos doce hombres no saben nada de la vida.
"Míralos,
alineados frente a ti. ¿Los ves bien, a esos doce enchufados, traídos a París
de un lejano pueblo de provincias? Son pequeños burgueses, jubilados,
comerciantes. No es necesario que te los describa. Supongo que tampoco tendrás
la pretensión de que comprendan tus veinticinco años y la vida que llevas en
Montmartre… Para ellos, Pigalle y la plaza Blanche es el Infierno, y todas las
gentes que llevan una vida nocturna son enemigos de la sociedad. Todos están
más que orgullosos de pertenecer al jurado de la Audiencia del Sena. Además,
sufren, te lo aseguro, de su postura de pequeño burgués envarado.
"Y llegas tú,
joven y guapo. Comprenderás que no me andaré con chiquitas para describirte
como un donjuán de las noches de Montmartre. Así, de salida, convertiré a ese
jurado en un enemigo tuyo. Vistes demasiado bien, hubieses debido venir con
ropas humildes. En eso, te has equivocado grandemente de táctica. ¿No ves que
envidian tu traje? Ellos se visten en "La Samaritaine" y nunca, ni en
sueños, les ha vestido un sastre.
Son las diez y ya
estamos listos para abrir la sesión. Ante mí, están seis magistrados, entre
ellos un fiscal agresivo que pondrá a contribución todo su poder maquiavélico,
toda su inteligencia, en convencer a esos doce tipos de que, ante todo, soy
culpable, y de que tan sólo el presidio o la guillotina pueden ser el veredicto
del día.
Van a juzgarme por el
asesinato de un chulo, chivato del hampa de Montmartre. No hay ninguna prueba,
pero la bofia —que gana galones cada vez que descubre al autor de un delito—
sostendrá que el culpable soy yo. A falta de pruebas, dirá que posee informaciones
"confidenciales" que no dejan lugar a dudas. Un testigo preparado por
ellos, verdadero disco registrado en el 36 del Quai des Orfévres, llamado
Polein, será la pieza de convicción más eficaz de la acusación. Como sigo
manteniendo que no le conozco, llega un momento en que el presidente, con mucha
imparcialidad, me pregunta:
—Dice usted que ese
testigo miente. Bien. Pero, ¿por qué habría de mentir?
—Señor presidente, si
paso noches en blanco desde que me detuvieron, no es por el remordimiento de
haber asesinado a Roland le Petit, puesto que no fui yo. Precisamente lo que
busco es el motivo que ha impulsado a ese testigo a ensañarse conmigo de semejante
modo y a aportar, cada vez que la acusación se debilita, nuevos elementos para
fortalecerla. He llegado a la conclusión, señor presidente, de que los policías
le han pillado cometiendo un delito importante y han hecho un trato con él:
haremos la vista gorda, a condición de que declares contra Papillon.
No creí haber atinado
tanto. El Polein, presentado en la Audiencia como un hombre honrado y sin
antecedentes penales, fue detenido algunos años después y condenado por tráfico
de cocaína.
El abogado Hubert
intenta defenderme, pero no tiene la talla del fiscal. Sólo el abogado Botiffay
logra, con su vehemente indignación, poner en dificultad algunos instantes al
fiscal. Mas, ¡ay!, por poco rato, y la habilidad de Pradel no tarda en ganar ese
duelo. Por si esto fuera poco, lisonjea a los miembros del jurado, orondos de
orgullo al verse tratados como iguales y colaboradores por tan impresionante
personaje.
A las once de la noche,
la partida de ajedrez ha terminado. Mis defensores han quedado en posición de
jaque mate. Y yo, que soy inocente, condenado. La sociedad francesa,
representada por el fiscal Pradel, acaba de eliminar para toda la vida a un
joven de veinticinco años. ¡Y nada de rebajas, por favor! El plato fuerte me es
servido por la voz sin timbre del presidente Bevin.
—Levántese el acusado.
Me levanto. En la sala
reina un silencio total, se han cortado las respiraciones, mi corazón late
ligeramente más de prisa. Los miembros del jurado me miran o bajan la cabeza;
parecen avergonzados.
—Acusado, el jurado ha
contestado "sí" a todas las preguntas salvo a una, la de
premeditación; por lo tanto, es usted condenado a cumplir una condena de
trabajos forzados a perpetuidad. ¿Tiene algo que alegar?
No he rechistado, mi
actitud es normal, tan sólo aprieto un poco más la barandilla del box en la que
me apoyo.
—Sí, señor presidente;
debo decir que soy inocente y víctima de una maquínación policíaca.
Del rincón de las
mujeres elegantes, invitadas de postín que están sentadas detrás del Tribunal,
me llega un murmullo. Sin gritar, les digo:
—Silencio, mujeres con
perlas que venís aquí a gustar de emociones insanas. La farsa ha terminado. Un
asesinato ha sido solucionado felizmente por vuestra Policía y vuestra
Justicia, ¡Podéis estar satisfechas!
—Guardias dice el
presidente—, llévense al condenado.
Antes de desaparecer,
oigo una voz que grita:
—No te apures, querido,
iré a buscarte allí.
Es mi buena y noble
Nénette que grita su amor. Los hombres del hampa que están en la sala aplauden.
Ellos saben a qué atenerse sobre aquel homicidio, y de este modo me manifiestan
que están orgullosos de que no haya cantado de plano ni denunciado a nadie.
De vuelta a la salita
donde estuvimos antes de abrirse la sesión los gendarmes me ponen las esposas y
uno de ellos se sujeta a mí con una cadenilla, mi muñeca derecha unida a su
muñeca izquierda. Ni una palabra. Pido un cigarrillo. El brigada me alarga uno
y lo enciende. Cada vez que me lo quito o me lo llevo a la boca, el gendarme
tiene que levantar el brazo o bajarlo para acompañar mi movimiento.
Fumo de pie casi tres
cuartos del cigarrillo. Nadie dice nada. Soy yo quien, mirando al brigada, le
digo:
—Andando.
Tras haber bajado las
escaleras, escoltado por una docena de gendarmes, llego al patio interior del
Palacio de Justicia. El coche celular que nos espera está ahí. No es celular,
nos sentamos en bancos, somos unos diez, aproximadamente. El brigada dice:
—A la Conciergerie.
La Conciergerie
Cuando llegamos al
último castillo de María Antonieta, los gendarmes me entregan al oficial de
prisiones, quien firma un papel, el comprobante. Se van sin decir palabra,
pero, antes, asombrosamente, el brigada me estrecha las dos manos esposadas. El
oficial de prisiones me pregunta: —¿Cuánto te han endilgado? —Cadena perpetua.
—¿De veras? Mira a los gendarmes y comprende que es la pura verdad. Este
carcelero de cincuenta años que ha visto tantas cosas y conoce muy bien mi
caso, tiene para mí estas reconfortantes palabras:
—¡Ah, los muy canallas!
¡Están chalados!
Me quita las esposas
con suavidad y tiene la gentileza de acompañarme Personalmente a una celda
acolchada, habilitada ex profeso para los condenados a muerte, los locos, los
muy peligrosos o los destinados a trabajos forzados.
—Animo, Papillon —me
dice al cerrarme la puerta—. Ahora, te traerán algunas prendas tuyas y la
comida que tienes en la otra celda. ¡Animo!
—Gracias, jefe. Puede
creerme, estoy animado y espero que la cadena perpetua se les atragante.
Unos minutos después,
rascan en la puerta.
—¿Qué pasa?
Una voz me contesta:
—Nada. Soy yo, que
clavo un letrero.
—¿Para qué? ¿Qué dice?
—"Trabajos
forzados a perpetuidad. Vigilancia estrecha."
Pienso: "Están
majaretas perdidos. ¿Acaso creen que la montaña que me ha caído encima puede
trastornarme hasta el punto de inducirme al suicidio? Soy y seré valiente.
Lucharé con y contra todos. A partir de mañana, actuaré."
Por la mañana, tomando
café, me pregunté: "¿Voy a apelar? ¿Para qué? ¿Tendré más suerte ante otro
tribunal? ¿Cuánto tiempo perderé en ello? Un año, quizá dieciocho meses… Y,
para qué: ¿Para tener veinte años en vez de la perpetua?"
Como he tomado la
decisión de evadirme, la cantidad no cuenta y me viene a la mente la frase de
un condenado que pregunta al presidente de la Audiencia: "Señor, ¿cuánto
duran los trabajos forzados a perpetuidad en Francia?
Doy vueltas en torno a
mi celda. He mandado un telegrama a mi mujer para consolarla y otro a mi
hermana, quien ha tratado de defender a su hermano, sola contra todos.
Se acabó, el telón ha
bajado. Los míos deben sufrir más que yo, y a mi pobre padre, en el corazón de
su provincia, debe hacérsele muy cuesta arriba llevar una cruz tan pesada.
Me sobresalto: pero,
¡si soy inocente! Lo soy, pero, ¿para quién? Sí, ¿para quién lo soy? Me digo:
"Sobre todo, no pierdas el tiempo diciendo que eres inocente, se reirían
demasiado de ti. Pagarla a perpetuidad por un chulo de putas y encima decir que
fue otro quien se lo cargó, sería demasiado gracioso. Lo mejor es
achantarse."
Como nunca, durante mi
detención previa, tanto en la Santé como en la Conciergerie, había pensado en
la eventualidad de recibir una condena tan grave, nunca tampoco me había
preocupado, antes, de saber lo que podía ser el "camino de la podredumbre".
Bien. Primera cosa que
hay que hacer: tomar contacto con hombres condenados ya, susceptibles en lo
porvenir de ser compañeros de evasión.
Escojo a un marsellés,
Dega. En la barbería, seguramente, le veré. Va todos los días a que le afeiten.
Pido ir. En efecto, cuando llego, le veo arrimado a la pared. Le percibo en el
momento justo en que hace pasar subrepticiamente a otro antes que él para poder
esperar más tiempo su turno. Me pongo directamente e a su lado apartando a
otro. Le suelto de sopetón:
—Hola, Dega, ¿qué tal
te va?
—Bien, Papi. Tengo
quince años, ¿y tú? Me han dicho que te habían cascado.
—Sí, a perpetuidad.
—¿Apelarás?
—No. Lo que hace falta
es comer bien y hacer cultura física.
Procura estar fuerte,
Dega, pues, seguramente, necesitaremos tener buenos músculos. ¿Vas cargado?
—Sí, tengo diez
"sacos"1en libras esterlinas. ¿Y tú?
—No.
—Un buen consejo:
cárgate pronto. ¿Es Hubert tu abogado?
Es un bobo, nunca te
traerá el estuche. Manda a tu mujer con el estuche cargado a casa de Dante. Que
se lo entregue a Domini— que el Rico y te garantizo que te llegará.
—Chitón, el guardián
nos mira.
—¿Qué? ¿Se aprovecha la
ocasión para charlar?
—¡Oh! De nada
importante —responde Dega . Me dice que está enfermo.
—¿Qué tiene? ¿Una
indigestión de tribunal?
Y aquel memo de
guardián suelta una carcajada.
Es así la vida. El
"camino de la podredumbre", ya estoy en el. Se ríen a carcajadas,
guaseándose de un chaval de veinticinco años condenado para toda su existencia.
He recibido el estuche.
Es un tubo de aluminio, maravillosamente pulido, que se abre desenroscándolo
por la mitad. Tiene una parte macho y una parte hembra. Contiene cinco mil
quinientos francos en billetes nuevos. Cuando me lo entregan, beso ese trozo de
tubo de seis centímetros de longitud, grueso como el pulgar; sí, lo beso antes
de metérmelo en el ano. Respiro hondo para que me suba hasta el colon. Es mi
caja de caudales. Pueden dejarme en pelotas, hacerme separar las piernas,
hacerme toser, doblarme, que no podrán saber si tengo algo. Ha subido muy
arriba en el intestino grueso. Forma parte de mí mismo. Es mi vida, mi libertad
lo que llevo dentro de mí… el camino de la venganza. ¡Porque pienso vengarme!
Es más, sólo pienso en eso.
Afuera, es de noche.
Estoy solo en esta celda. Una gran bombilla en el techo permite al guardián
verme por la mirilla de la puerta. Esa luz potente me deslumbra. Me pongo el
pañuelo doblado sobre los ojos, pues la verdad es que me los lastima., Estoy
tumbado sobre un colchón, en una cama de hierro, sin, almohada, y paso revista
a todos los detalles del horrible proceso.
Llegado a este punto,
para que pueda comprenderse la continuación de este largo relato, para que se
comprendan las bases que me servirán para perseverar en mi lucha, quizás es
menester que sea un poco prolijo y cuente todo lo que me vino y realmente vi en
mi mente los primeros días que estuve enterrado vivo:
¿Cómo me las apañaré,
una vez me haya evadido? Pues ahora que tengo el estuche, no dudo ni un
instante que me evadiré.
En primer lugar, vuelvo
cuanto antes a París. Mi primera víctima: ese falso testigo de Polein. Luego,
los dos polizontes que llevaron el asunto. Pero con dos polizontes no basta, es
con todos los polizontes que debo habérmelas. Al menos, con cuantos más mejor.
¡Ah!, ya sé. Una vez en libertad, vuelvo a París. En un baúl meteré todos los
explosivos que pueda. No sé cuántos, exactamente: diez, quince, veinte kilos. Y
trato de calcular qué cantidad de explosivos serían necesarios para hacer
muchas víctimas.
¿Dinamita? No, la
chedita es mejor. ¿Y por qué no nitroglicerina? Bueno, conforme, pediré consejo
a los que, allá, saben más que yo. Pero lo que es la bofia, pueden creerme,
echaré el resto e irán servidos.
Sigo con los ojos
cerrados y el pañuelo sobre los párpados para comprimirlos. Veo claramente el
baúl, de apariencia inofensiva, repleto de explosivos, y el despertador, puesto
en hora, que accionará el fulminante. Cuidado, tiene que estallar a las diez de
la mañana, en la sala de información de la Policía Judicial, Quai des Orfévres,
36, primer piso. A esta hora, hay por lo menos ciento cincuenta polis reunidos
para recibir órdenes y escuchar el parte. ¿Cuántos peldaños hay que subir? No
debo equivocarme.
Habrá que cronometrar
el tiempo exacto para que el baúl llegue desde la calle a su destino en el
mismo segundo que debe hacer explosión. ¿Y quién llevará el baúl? Veamos, hago
gala de mi mejor tupé. Llego en taxi y me detengo frente a la puerta de la Policía
judicial, y a los dos polizontes de guardia les digo con voz autoritaria:
"Súbanme este baúl a la sala de información; yo les seguiré. Digan al
comisario Dupont que esto lo manda el inspector-jefe Dubois y que en seguida
subo."
Pero, ¿obedecerán? ¿Y
si, por casualidad, en aquella caterva de imbéciles, topo con los dos únicos Ú
s inteligentes de la corporación? Entonces, fallaría el golpe. Tendré que dar
con otra cosa. Y busco, busco. En mi mente, no puedo admitir que no logre encontrar
un medio seguro al ciento por ciento. Me levanto para beber un poco de agua. De
tanto pensar, la cabeza me duele.
Me acuesto de nuevo,
sin la venda. Los minutos transcurren lentamente. Y esa luz, esa luz, ¡Dios de
Dios! Mojo el pañuelo y me lo pongo otra vez. El agua fresca me hace bien y,
debido al peso del agua, el pañuelo se pega mejor a mis párpados. En adelante,
siempre usaré ese medio.
Estas largas horas en
que bosquejo mi futura venganza son tan penetrantes que me veo obrando
exactamente como si el proyecto estuviese en vías de ejecución. Cada noche y
hasta parte del día, viajo por París, como si mi evasión fuese cosa hecha. Es
seguro, me evadiré y volveré a París. Y, por supuesto, antes que nada, lo
primero que haré será presentar la cuenta a Poleín y, luego, a los polis. ¿Y
los del jurado? Esos memos, ¿seguirán viviendo tranquilos? Deben de estar ya en
sus casas, esos carcamales, muy satisfechos de haber cumplido con su Deber, con
mayúscula. Llenos de importancia, henchidos de orgullo ante sus vecinos y la
parienta que les espera, desgreñada, para comer la sopa.
Bien. Los jurados, ¿qué
he de hacer con ellos? Nada. Son unos pobres memos. No están preparados para
ser jueces. Si es un gendarme jubilado o un aduanero, reacciona como un
gendarme o como un aduanero. Y si es lechero, como un carbonero cualquiera. Han
seguido la tesis del fiscal, quien no ha tenido dificultad para metérselos en
el bolsillo. Verdaderamente, no son responsables. Así, pues, está decidido,
juzgado y arreglado: no les haré ningún daño.
Al escribir todos estos
pensamientos que tuve hace ya muchos años y que acuden agolpados, asaltándome
con tremenda claridad, me pregunto hasta qué punto el silencio absoluto, el
aislamiento completo, total, infligido a un hombre joven, encerrado en una celda,
puede provocar, antes de convertirse en locura, una verdadera vida imaginativa.
Tan intensa, tan viva, que el hombre, literalmente, se desdobla. Echa a volar
y, en verdad, vagabundea donde le viene en gana. Su casa, su padre, su madre,
su familia, su infancia, las diferentes etapas de su vida. Además, y sobre
todo, los castillos en el aire que su fecundo cerebro inventa, que él inventa
con una imaginación tan increíblemente viva que, en ese formidable
desdoblamiento, llega a creer que está viviendo todo lo que está soñando.
Han pasado treinta y
seis años y, sin embargo, mi pluma corre para describir lo que realmente pensé
en aquella época de mi vida sin el menor esfuerzo de memoria.
No, no les haré ningún
daño a los jurados. Pero, ¿y al fiscal? ¡Ah! Ese no debe escapárseme. Para él,
además, tengo una receta a—punto, dada por Alejandro Dumas. Obrar exactamente
como en El conde de Montecristo, con el tipo al que metieron en la cueva y al
que hacían morir de hambre.
Ese magistrado sí es
responsable. Ese buitre entarascado de rojo se merece una muerte de las más
horribles. Sí, eso es, después de Polein y sus polizontes, me ocuparé
exclusivamente de esa ave de rapiña. Alquilaré un chalet. Deberá tener una
cueva muy profunda, con muros gruesos y una puerta muy pesada. Si la puerta no
es lo bastante gruesa, yo mismo la cerraré herméticamente con un colchón y
estopa. Cuando tenga el chalet, le localizo y le rapto. Como previamente ya
habré fijado unas anillas en la pared, le encadeno en seguida nada más llegar.
Entonces, ¡vaya panzada me voy a dar!
Estoy delante de él. Lo
veo con una extraña precisión bajo mis párpados cerrados. Sí, le miro del mismo
modo que me miraba él en la Audiencia. La escena es clara y nítida, hasta tal
punto que noto el calor de su aliento en mi rostro, pues estoy muy cerca de él,
cara a cara, casi nos tocamos.
Sus ojos de gavilán,
están deslumbrados y asustados por la luz de una lámpara muy potente que dirijo
hacia él. Suda gordas gotas que resbalan sobre su rostro congestionado. Sí,
oigo mis preguntas, escucho sus respuestas. Vivo intensamente ese momento.
—Canalla, ¿me
reconoces? Soy yo, Papillon, a quien mandaste tan alegremente, para siempre, a
trabajos forzados. ¿Crees que merecía la pena haber empollado tantos años para
llegar a ser un hombre superiormente instruido, haberte pasado las noches en
blanco sobre los códigos romanos y demás; haber aprendido latín y griego,
sacrificado años de juventud para ser un gran orador? ¿Para llegar a qué, so
memo? ¿Para crear una nueva y buena ley social? ¿Para convencer a las gentes
que la paz es lo mejor del mundo? ¿Para predicar una filosofía de una
maravillosa religión? ¿O, sencillamente, para influir en los demás con la
superioridad de tu preparación universitaria, para que sean mejores o dejen de
ser malvados? Dime, ¿has empleado tu saber en salvar hombres o en ahogarlos?
"Nada de eso. Sólo
te mueve una aspiración. Subir y subir. Subir los peldaños de tu asquerosa
carrera. La gloria, para ti, es ser el mejor proveedor del presidio, el
abastecedor desenfrenado del verdugo y de la guillotina.
"Si Deibler fuese
un poco agradecido, debería mandarte cada fin de año una caja del mejor
champaña. ¿Acaso no es gracias a ti, so cerdo, que ha podido cortar cinco o
seis cabezas más, este año? De todas formas, ahora soy yo quien te tiene aquí,
encadenado a esa pared, muy sólidamente. Vuelvo a ver tu sonrisa, sí, veo la
expresión triunfal que tuviste cuando leyeron mi sentencia tras tus
conclusiones definitivas. Me hace el efecto de que fue tan sólo ayer y, sin
embargo, hace años. ¿Cuántos años? ¿Diez años? ¿Veinte años?
Pero, ¿qué me pasa?
¿Por qué diez años? ¿Por qué veinte años? Pálpate, Papillon, estás fuerte, eres
joven y en tu vientre tienes cinco mil quinientos francos. Dos años, sí,
cumpliré dos años de la cadena perpetua, no más, lo juro.
¡Vaya, hombre! ¡Te
estás volviendo tonto, Papillon! Esta celda, este silencio te llevan a la
locura. No tengo cigarrillos. Me fumé el último ayer. Voy a caminar un poco. Al
fin y al cabo, no necesito tener los ojos cerrados ni el pañuelo sobre los ojos
para seguir viendo lo que ocurrirá. Así, pues, me levanto. La celda tiene
cuatro metros de largo, es decir, cinco pasitos, desde la puerta hasta la
pared. Empiezo —a andar, con las manos a la espalda. Y prosigo:
—Bueno. Como te iba
diciendo, veo de nuevo muy claramente tu sonrisa triunfal. Pues bien, ¡te la
voy a transformar en rictus! Tú tienes una ventaja sobre mí: yo no podía
gritar, pero tú sí. Grita, grita todo lo que quieras, tan fuerte como puedas.
¿Que qué voy a hacerte? ¿La receta de Dumas? No, no es suficiente. En primer
lugar, te arranco los ojos. ¿Eh? Parece que vuelves a creerte victorioso,
piensas que si te arranco los ojos por lo menos tendrás la ventaja de no verme
y, por otro lado, también yo me veré privado del placer de leer tus reacciones
en tus pupilas. Sí, tienes razón, no debo arrancártelos, por lo menos en
seguida. Lo dejaremos para más tarde.
"Te voy a cortar
la lengua, esa lengua tan terrible, cortante como un cuchillo, no, más que un
cuchillo, ¡como una navaja de afeitar! Esa lengua prostituida para tu gloriosa
carrera. La misma lengua que dice palabras tiernas a tu mujer, a tus chicos y a
tu amante. ¿Una amante, tú? Un amante, más bien, eso es. No puedes ser sino un
pederasta pasivo y abúlico. En efecto, he de empezar por eliminarte la lengua,
pues, después de tu cerebro, es la principal ejecutora. Gracias a ella, como
sabes manejarla tan bien, has convencido al jurado de que conteste
"sí" a las preguntas que se le han hecho.
"Gracias a ella,
has presentado a la bofia como gente honesta, sacrificada a su deber; gracias a
ella, se aguantaba la fulastre historia del testigo. Gracias a ella, a los ojos
de los doce enchufados, yo era el hombre más peligroso de París. Si no hubieses
tenido esa lengua tan astuta, tan hábil, tan convincente, tan adiestrada en
deformar a las personas, los hechos y las cosas, yo aún estaría sentado en la
terraza del "Grand Café" de la plaza Blanche, de donde no hubiese
debido moverme nunca. Así es que, seguro, te voy a arrancar la lengua. Pero,
¿con qué instrumento?
Camino, camino, la
cabeza me da vueltas, pero sigo cara a cara con él… cuando, de pronto, la luz
se apaga y un resplandor muy débil consigue infiltrarse en mi celda a través de
las tablas de la ventana.
¿Cómo? ¿Ya es de día?
¿He pasado la noche vengándome? ¡Qué hermosas horas acabo de pasar! Esa noche
tan larga, ¡qué corta ha sido!
Escucho, sentado en la
cama. Nada. El más absoluto silencio. De vez en cuando, un leve "tic"
en la puerta. Es el vigilante que, calzado con zapatillas para no hacer ruido,
viene a pegar el ojo en la mirilla que le permite verme sin que yo le perciba.
La máquina concebida
por la República francesa ha llegado a su segunda etapa. Funciona de maravilla
puesto que, durante la primera, ha eliminado a un hombre que podía causarle
molestias. Pero no basta. Ese hombre no debe morir demasiado de prisa, no debe
escapársele por un suicidio. Se tiene necesidad de él. ¿Qué harían en la
Administración penitenciaria si no hubiese presos? El ridículo. Así, pues,
vigilémosle. Es menester que vaya a presidio, donde servirá para hacer que
vivan otros funcionarios. El "tic" se oye de nuevo. Me sonrío.
No te hagas mala
sangre, cascaciruelas, que no me escaparé de ti. Por lo menos, no de la forma
que temes: el suicidio.
Sólo pido una cosa,
seguir viviendo con la mayor salud posible y salir cuanto antes hacia esa
Guayana francesa donde, gracias a Dios, cometéis la imbecilidad de enviarme.
Sé que tus colegas,
amigo vigilante de prisión que produces ese "tic" a cada instante, no
son unos monaguillos. Tú eres un abuelito, al lado de los guardianes de allá.
Lo sé desde hace mucho tiempo, pues Napoleón, cuando fundó el presidio y le preguntaron:
"¿Por quién haréis vigilar a esos bandidos?", respondió: "Por
quienes son más bandidos que ellos." Posteriormente, pude comprobar que el
fundador del presidio no había mentido.
Tris, tras, una
ventanilla de veinte por veinte centímetros se abre en la mitad de mi puerta.
Me alargan el café y un pan de setecientos cincuenta gramos. Como estoy
condenado, ya no tengo derecho al restaurante, pero, pagando, puedo comprar
cigarrillos y algunos víveres en una modesta cantina. Unos cuantos días más y,
luego, ya no habrá nada: La Conciergerie es la antesala de la reclusión. Fumo
con deleite un "Lucky Strike", a seis francos sesenta el paquete. He
comprado dos. Me gasto el peculio porque me lo van a requisar para pagar los
gastos de la justicia.
Dega, por medio de una
nota que he encontrado metida en el pan, me dice que vaya a desinsectación:
"En una caja de fósforos hay tres piojos." Saco los fósforos y
encuentro los piojos, gordos y sanos. Sé lo que eso significa. Los enseñaré al
vigilante, y así, mañana, me enviará con todos mis trastos, colchón incluido, a
una sala de vapor para matar a todos los parásitos (salvo a nosotros, por
supuesto). En efecto, el día siguiente, encuentro a Dega allí. Ningún vigilante
en la sala de vapor. Estamos solos.
—Gracias, Dega. Merced
a ti, he recibido el estuche.
—¿No te causa
molestias?
—No.
—Cada vez que vayas al
retrete, lávalo bien antes de volver a metértelo.
—Sí. Es hermético,
creo, pues los billetes doblados en acordeón están en perfecto estado. Sin
embargo, hace ya siete días que lo llevo.
—Entonces, señal de que
es bueno.
—¿Qué piensas hacer,
Dega?
—Me voy a hacer el
loco. No quiero ir a presidio. Aquí, en Francia, quizá cumpla ocho o diez años.
Tengo relaciones y, por lo menos, podré conseguir cinco años de indulto.
—¿Qué edad tienes?
—Cuarenta y dos años.
—¡Estás loco! Si te
tragas diez años de los quince, saldrás viejo. ¿Te da miedo estar con los
forzados?
—Sí, el presidio me da
miedo, no me avergüenza decírtelo, Papillon. La vida es terrible en la Guayana.
Cada año hay una pérdida del ochenta por ciento. Una cadena de presos sustituye
a otra y las cadenas son de mil ochocientos a dos mil hombres. Si no coges la
lepra, te da la fiebre amarilla o unas disenterías que no perdonan, o
tuberculosis, paludismo, malaria. Si te salvas de todo eso, tienes mucha suerte
si no te asesinan para robarte el estuche o no la espichas en la fuga. Créeme,
Papillon, no te lo digo para desanimarte, sino porque he conocido a muchos
presidiarios que han vuelto a Francia tras haber cumplido penas cortas, de
cinco o siete años, y sé a qué atenerme. Son verdaderas piltrafas humanas. Se
pasan nueve meses del año en el hospital, y en cuanto a eso de la fuga, dicen
que no es tan fácil como cree mucha gente.
—Te creo, Dega, pero
confío mucho en mí. No duraré mucho allí, puedes estar seguro. Soy marinero,
conozco el mar y puedes tener la certeza de que no tardaré en darme el piro. Y
tú, ¿te ves cumpliendo diez años de reclusión? Si te quitan cinco, lo cual no
es seguro, ¿crees que podrás aguantarlos, no volverte loco por el completo
aislamiento? Yo, ahora, en esa celda donde estoy solo, sin libros, sin salir,
sin poder hablar con nadie, no es por sesenta minutos que deben multiplicarse
las veinticuatro horas del día, sino por seiscientos, y aún te quedarías corto.
—Es posible, pero tú
eres joven y yo tengo cuarenta y dos años.
—Oye, Dega,
francamente, ¿qué es lo que más temes? ¿No será a los otros presidiarios?
—Sí, francamente, Papi.
Todo el mundo sabe que soy millonario, y de ahí a asesinarme porque puede
creerse que llevo encima cincuenta o cien mil francos, hay poco trecho.
—Oye, ¿quieres que
hagamos un pacto? Tú me prometes no irte a la loquera y yo me comprometo a
estar siempre a tu lado. Nos arrimaremos el uno al otro. Soy fuerte y rápido,
aprendí a pelearme de muy joven y sé manejar muy bien la faca. Así que, en lo
referente a los otros presidiarios, está tranquilo: seremos más que respetados,
seremos temidos. Y, para darnos el piro, no necesitamos a nadie. Tú tienes
pasta, yo tengo pasta, sé servirme de la brújula y conducir una embarcación.
¿Qué más quieres?
Me mira fijamente a los
ojos… Nos abrazamos. El pacto queda firmado.
Algunos instantes
después, se abre la puerta. El se va por su lado, con su impedimenta, y yo, con
la mía. No estamos muy lejos uno de otro y, de vez en cuando, podremos vernos
en la barbería, en la enfermería o en la capilla, los domingos.
Dega se metió en el
asunto de falsificación de bonos de la Defensa Nacional. Un falsificador los
había hecho de modo muy original. Decoloraba los bonos de 500 francos y volvía
a imprimir encima, perfectamente, títulos de 10 000 francos. Como el papel era
igual, Bancos y comerciantes los aceptaban con toda confianza. Aquello duraba
hacía muchos años y la Sección financiera del Ministerio Fiscal no sabía a qué
atenerse hasta el día en que detuvieron a un tal Brioulet en flagrante delito.
Louis Dega estaba muy tranquilo al frente de su bar de Marsella, donde cada
noche se reunía la flor y nata del hampa del Sur y donde, como a una cita
internacional, acudían los grandes depravados del mundo.
En 1929, era
millonario. Una noche, una mujer bien vestida, guapa y joven se presenta en el
bar. Pregunta por Monsieur Louis Dega.
—Soy yo, señora, ¿qué
desea usted? Haga el favor de pasar al otro salón.
—Soy la mujer de
Brioulet. Está encarcelado en París, por haber vendido bonos del Tesoro falsos.
He conseguido verle en el locutorio de la Santé, me ha dado las señas de este
bar y me ha dicho que venga a pedirle a usted veinte mil francos para pagar al abogado.
Entonces, Dega, uno de
los mayores depravados de Francia, ante el peligro de una mujer enterada de su
papel en el asunto de los bonos, encuentra tan sólo la única respuesta que no
debía dar:
—Señora, no conozco en
absoluto a su marido, y si necesita usted dinero, vaya a hacer de puta. Con su
palmito, ganará más del que necesita.
La pobre chica,
ultrajada, se va corriendo, hecha un mar de lágrimas. Le cuenta la escena a su
marido. Brioulet, indignado, al día siguiente le contó al juez de instrucción
todo cuanto sabía, acusando formalmente a Dega de ser el individuo que
facilitaba los bonos falsos. Un equipo de los más listos policías de Francia se
puso tras la pista de Dega. Un mes después, Dega, el falsificador, el grabador
y once cómplices eran detenidos a la misma hora en diferentes sitios y
encarcelados. Comparecieron ante el Tribunal del Sena y el proceso duró catorce
días. Cada acusado era defendido por un gran abogado. Resultado, que por veinte
mil míseros francos y unas palabras propias de un idiota, el hombre más
depravado de Francia, arruinado, envejecido diez años, cargaba con quince de
trabajos forzados. Aquel hombre era el hombre con quien yo acababa de firmar un
pacto de vida y de muerte.
El abogado Raymond
Hubert ha venido a verme. No estaba muy inspirado. No se lo echo en cara.
… Un, dos, tres,
cuatro, cinco, media vuelta… Un, dos, tres, cuatro, cinco, media vuelta. Llevo
ya varias horas dando vueltas, desde la ventana a la puerta de la celda. Fumo,
me siento consciente, equilibrado y apto para soportar lo que sea. Me prometo
no pensar, por el momento, en la venganza.
El fiscal, dejémoslo en
el punto donde lo dejé, atado a las anillas de la pared, frente a mí, sin que
yo haya decidido aún cómo mandarle al otro mundo.
De golpe, un grito, un
grito de desesperación, agudo, horriblemente angustioso, logra atravesar la
puerta de mi celda. ¿Qué pasa? Diríase que un hombre es torturado y grita. Sin
embargo, aquí no estamos en la Policía judicial. No hay medio de saber qué ocurre.
Esos gritos en la noche me han sobrecogido. ¡Y qué potencia deben tener para
atravesar esta puerta acolchada! Quizá se trate de un loco. Es tan fácil
volverse loco en estas celdas donde a uno no le llega nunca nada. Hablo solo,
en voz alta. Me pregunto: "¿Qué puede importarme eso? Piensa en ti, sólo
en ti y en tu nuevo socio, en Dega." Me agacho, luego me levanto, después
me doy un puñetazo en el pecho. Me he hecho mucho daño, señal de que todo
marcha bien: los músculos de mis brazos funcionan perfectamente. ¿Y mis
piernas? Felicítalas, pues llevas más de dieciséis horas caminando y ni
siquiera te sientes fatigado.
Los chinos inventaron
la gota de agua que te va cayendo, una a una, sobre la cabeza. En cuanto a los
franceses, han inventado el silencio. Suprimen todo medio de divertirse. Ni
libros, ni papel, ni lápiz; la ventana de gruesos barrotes está tapada con tablas,
y sólo unos cuantos agujeritos dejan pasar un poco de luz muy tamizada.
Muy impresionado por
aquel grito desgarrador, doy vueltas vueltas como una fiera enjaulada. En
verdad tengo la plena sensación de estar literalmente enterrado vivo.
Sí, estoy muy solo,
todo lo que me llegue no será nunca más que un grito.
Abren la puerta.
Aparece un viejo cura. No estás solo, hay un cura, ahí, delante de ti.
—Buenas noches, hijo
mío. Perdóname que no haya venido antes, pero estaba de vacaciones. ¿Cómo te
encuentras?
Y el bueno del viejo
cura entra a la pata llana en la celda y se sienta, sin más preámbulos, en mi
catre.
—¿De dónde eres?
—De Ardéche.
—¿Qué hacen tus padres?
—Mamá murió cuando yo
tenía once años. Mi padre me quiso mucho.
—¿Qué era?
—Maestro de escuela.
—¿Vive?
—Sí.
—¿Porqué hablas de él
en pasado, si aún vive?
—Porque si él vive, yo
he muerto.
—¡Oh! No digas eso.
¿Qué has hecho?
En un relámpago pienso
en lo ridículo que resultaría decir que soy inocente, y contesto de un tirón:
—La Policía dice que
maté a un hombre, y cuando lo dice debe de ser verdad.
—¿Era un comerciante?
—No, un chulo.
—¿Y por una cuestión
entre hampones te han condenado a trabajos forzados de por vida? No lo
comprendo. ¿Fue un asesinato?
—No, un homicidio.
—Increíble, hijo mío.
¿Qué puedo hacer por ti? ¿Quieres rezar conmigo?
—Señor cura, perdóneme,
no he recibido ninguna educación religiosa, no sé rezar.
—Eso no importa, hijo
mío, rezaré yo por ti. Dios ama a todos sus hijos, estén bautizados o no.
Repetirás cada palabra. que yo diga, ¿te parece bien?
Sus ojos son tan
dulces, su cara redonda muestra tal luminosa bondad, que me da vergüenza
negarme y, como él se arrodilla, yo también lo hago. "Padre nuestro que
estás en los Cielos." Se me llenan los ojos de lágrimas y el buen cura que
las ve, recoge de mi mejilla, con uno de sus dedos rollizos, una lágrima
gordota, se la lleva a los labios y la sorbe.
—Tu llanto, hijo mío,
es para mí la mayor recompensa que Dios podía otorgarme hoy a través de ti.
Gracias.
Y, levantándose, me
besa en la frente.
Estamos nuevamente
sentados en la cama, uno al lado del otro.
—¿Cuánto tiempo hacía
que no llorabas?
—Catorce años.
—¿Catorce años? ¿Desde
cuándo?
—Desde el día en que
murió mamá.
Me coge la mano y me
dice:
—Perdona a quienes te
han hecho sufrir.
Me suelto de él y, de
un brinco, me encuentro sin querer en medio de la celda.
—¡Ah, no, eso no! jamás
perdonaré. Y, ¿quiere que le confiese una cosa, padre? Pues bien, cada día,
cada noche, cada hora, cada minuto lo paso meditando cuándo, cómo, de qué forma
podré hacer que mueran todas las personas que me han mandado aquí.
—Dices y crees eso,
hijo mío. Eres joven, muy joven. Con los años, renunciarás a castigar y a la
venganza.
Al cabo de treinta
años, pienso como él.
—¿Qué puedo hacer por
ti? —repite el cura.
—Un delito, padre.
—¿Cuál?
—Ir a la celda 37 y
decirle a Dega que mande hacer por su abogado una solicitud para ser enviado a
la central de Caen y que yo la he hecho ya hoy. Hay que irse pronto de la
Conciergeríe a una de las centrales donde forman las cadenas de penados para la
Guayana. Pues si se pierde el primer barco, hay que esperar dos años más,
encerrado, antes de que haya otro. Después de haberle visto, señor cura, tiene
que volver aquí.
—¿Con qué motivo?
—Por ejemplo, diga que
se le ha olvidado el breviario. Aguardo la respuesta.
—¿Y por qué tienes
tanta prisa por ir a ese horrendo sitio que es el presidio?
Miro a este cura,
verdadero viajante de comercio de Dios y, seguro de que no me delatará, le
digo:
—Para fugarme más
pronto, padre.
—Dios te ayudará, hijo
mío, estoy seguro, y reharás tu vida, lo presiento. Ves, tienes ojos de buen
chico y tu alma es noble. Voy a la 37. Espera la respuesta.
Ha vuelto muy pronto.
Dega está de acuerdo. El cura me ha dejado su breviario hasta mañana.
¡Qué rayo de sol he
tenido hoy! Mi celda ha sido iluminada toda ella por él. Gracias a ese santo
varón.
¿Por qué, si Dios
existe, permite que en la tierra hayas seres humanos tan diferentes? ¿El
fiscal, los policías, tipos como Polein y, en cambio, el cura, el cura de la
Conciergerie?
Me ha hecho mucho bien
la visita de este santo varón, y también me ha hecho favor.
El resultado de las
solicitudes no se demoró. Una semana después, a las cuatro de la mañana,
alineados en el pasillo de la Conciergerie, nos reunimos siete hombres. Los
celadores están presentes, en pleno.
—¡En cueros!
Nos desnudamos
despacio. Hace frío y se me pone la piel de gallina.
Dejad las ropas delante
de vosotros. ¡Media vuelta, un paso atrás!
Y cada uno se encuentra
delante de un paquete.
—¡Vestíos!
La camisa de hilo que
llevaba unos momentos antes es sustituida por una gran camisa de tela cruda,
tiesa, y mi hermoso traje por un blusón y un pantalón de sayal. Mis zapatos
desaparecen y en su lugar pongo los pies en un par de zuecos. Hasta entonces, habíamos
tenido aspecto de hombre normal. Miro a los otros seis: ¡qué horror! Se acabó
la personalidad de cada uno: en dos minutos nos transforman en presidiarios.
—¡Derecha, de frente,
marchen!
Escoltados por una
veintena de vigilantes llegamos al patio donde, uno detrás de otro, nos meten a
cada cual en un compartimiento angosto del coche celular. En marcha hacia
Beauheu, nombre de la central de Caen.
La central de Caen
Apenas llegamos, nos
hacen pasar al despacho del director quien alardea de su superioridad desde
detrás de un mueble "Imperio". sobre un estrado de un metro de alto.
—¡Firmes! El director
os va a hablar.
—Condenados, estáis
aquí en calidad de depósito en espera de vuestra salida para el presidio. Esto
es una cárcel. Silencio obligatorio en todo momento, ninguna visita que
esperar, ni carta de nadie. O se obedece o se revienta. Hay dos puertas a
vuestra disposición: una para conduciros al presidio si os portáis bien; otra
para el cementerio. En caso de mala conducta, sabed que la más pequeña falta
será castigada con sesenta días de calabozo a pan y agua. Nadie ha aguantado
dos penas de calabozo consecutivas. A buen entendedor, pocas palabras bastan.
Se dirige a Pierrot el
Loco, cuya extradición había sido pedida, y concedida, de España:
—¿Cuál era su profesión
en la vida?
—Torero, señor
director.
Furioso por la
respuesta, el director grita:
—¡Llevaos a ese hombre,
militarmente!
En un abrir y cerrar de
ojos, el torero es golpeado, aporreado por cuatro o cinco guardianes y llevado
rápidamente lejos de nosotros. Se le oye gritar:
—So maricas, os
atrevéis cinco contra uno y, además, con porras. ¡Canallas!
Un "¡ay!" de
bestia mortalmente herida y, luego, nada más Sólo el roce sobre el cemento de
algo que es arrastrado por e suelo.
Después de esta escena,
si no se ha comprendido, nunca se comprenderá. Dega está a mi lado. Mueve un
dedo, sólo uno para tocarme el pantalón. Comprendo lo que quiere decirme:
"Aguanta firme, si quieres llegar al presidio con vida." Diez minutos
después, cada uno de nosotros (salvo Pierrot el Loco, quien ha sido encerrado
en un infame calabozo de los sótanos) se encuentra en una celda del pabellón
disciplinario de la Central.
La suerte ha querido
que Dega ocupe la celda lindante con la mía. Antes, hemos sido presentados a
una especie de monstruo pelirrojo de un metro noventa o más, tuerto, que lleva
un vergajo nuevo, flamante, en la mano derecha. Es el cabo de vara, un preso que
ejerce la función de verdugo a las órdenes de los vigilantes. Es el terror de
los condenados. Los vigilantes, con él tienen la ventaja de poder apalear y
flagelar a los hombres, de una parte sin cansarse y, si hay muertes, eximiendo
de responsabilidades a la Administración.
Posteriormente, durante
una breve estancia en la enfermería conocí la historia de esa bestia humana.
Felicitemos al director de la Central por haber sabido escoger tan bien a su
verdugo. El individuo en cuestión era cantero de oficio. Un buen día, en la pequeña
ciudad del Norte donde vivía, decidió suicidarse suprimiendo al mismo tiempo a
su mujer. Para ello, utilizó un cartucho de dinamita bastante grande. Se
acuesta al lado de su mujer, que está descansando en el segundo piso de un
edificio de seis. Su mujer duerme. El enciende un cigarrillo y, con éste,
prende fuego a la mecha del cartucho de dinamita que sostiene en la mano
izquierda, entre su cabeza y la de su mujer. La explosión fue espantosa.
Resultado: su mujer queda hecha papilla y casi hay que recogerla con cuchara.
Una parte del edificio se derrumba y tres niños perecen aplastados por los
escombros, así como una anciana de setenta años. Los demás quedan, más o menos,
gravemente heridos.
En cuanto a
Tribouillard, ha perdido parte de la mano izquierda, de la que sólo le queda el
dedo meñique y medio pulgar, y el ojo y la oreja izquierdos. Tiene una herida
en la cabeza lo suficientemente grave para necesitar que se la trepanen. Desde
su condena, es cabo de vara de las celdas disciplinarias de la Central. Ese
semiloco puede disponer como le venga en gana de los desventurados que van a
parar a sus dominios. Un, dos, tres, cuatro, cinco.. ., media vuelta… Un, dos,
tres, cuatro, cinco, media vuelta… y comienza el incesante ir y venir de la
pared a la puerta de la celda.
No tenemos derecho a
acostarnos durante el día. A las cinco de la mañana, un toque de silbato
estridente despierta a todo el mundo. Hay que levantarse, hacer la cama,
lavarse, y o bien andar o sentarse en un taburete fijado a la pared. No tenemos
derecho a acostarnos durante el día. Como colmo del refinamiento del sistema
penitenciario, la cama se levanta contra la pared y queda colgada. Así, el
preso no puede tumbarse y puede ser vigilado mejor.
* * Un, dos, tres,
cuatro, cinco… Catorce horas de caminata. Para adquirir el automatismo de ese
movimiento continuo, hay que aprender a bajar la cabeza, poner las manos a la
espalda, no andar ni demasiado de prisa ni demasiado despacio, dar los pasos exactamente
iguales y girar automáticamente, en un extremo de la celda, sobre el pie
izquierdo, y en el otro extremo, sobre el pie derecho.
Un, dos, tres, cuatro,
cinco… Las celdas están mejor alumbradas que en la Conciergerie y se oyen los
ruidos exteriores, los del pabellón disciplinario y también algunos procedentes
del campo. Por la noche, se perciben los silbidos o las canciones de los labradores
que vuelven a sus casas contentos de haber bebido un buen trago de sidra.
He recibido mi regalo
de Navidad: por un resquicio de las tablas que tapan las ventanas, percibo el
campo, todo nevado y algunos árboles altos, negros, iluminados por la luna
llena. Diríase una de esas postales típicas de Navidad. Agitados por el viento,
los árboles se han despojado de su manto de nieve y, gracias a esto, se les
distingue bien. Se recortan en grandes manchas oscuras sobre todo lo demás. Es
Navidad para todo el mundo, hasta es Navidad en una parte de la prisión. Para
los presidiarios en depósito, la Administración ha hecho un esfuerzo: hemos
tenido derecho a comprar dos tabletas de chocolate. Digo dos tabletas, no dos
barras. Estos dos pedazos de chocolate de Aiguebelle han sido mi cena de
Nochebuena de 1931.
… Un, dos, tres,
cuatro, cinco… La represión de la justicia me ha convertido en péndola, el ir y
venir en una celda es todo mi universo. Todo está matemáticamente calculado. En
la celda no debe haber nada, absolutamente nada. Sobre todo, es menester que el
condenado no pueda distraerse. Si me sorprendieran mirando por esa hendidura de
los maderos de la ventana, recibiría un severo castigo. Sin embargo, ¿acaso no
tienen razón, puesto que para ellos no soy más que un muerto en vida? ¿Con qué
derecho podría permitirme gozar de la contemplación de la naturaleza?
Vuela una mariposa;
tiene un color azul claro, con una pequeña lista negra; una abeja zumba no
lejos de ella, junto a la ventana. ¿Qué vienen a buscar esos bichos en este
lugar? Parece como si estuviesen locas por ese sol de invierno, a menos que
tengan frío y quieran entrar en la prisión. Una mariposa en invierno es una
resucitada. ¿Cómo no ha muerto todavía? Y esa abeja, ¿por qué ha abandonado su
colmena? ¡Qué inconsciente atrevimiento acercarse aquí! Afortunadamente, el
cabo de vara no tiene alas, de lo contrario no vivirían mucho tiempo.
Ese Tribouillard es un
horrible sádico y presiento que algo me ocurrirá con él. Por desgracia, no me
había equivocado. El día siguiente de la visita de los dos encantadores
insectos, me declaro enfermo. No puedo más, me ahoga la soledad, necesito ver
una cara, oír una voz, aunque sea desagradable, pero en suma una voz, oír
alguna cosa.
Completamente desnudo
en el frío glacial del pasillo, cara a la pared, con la nariz a cuatro dedos de
ésta, era el penúltimo de una fila de ocho, en espera de mi turno de pasar ante
el doctor. ¿Quería ver gente? ¡Pues ya lo he conseguido! El cabo de vara nos
sorprende en el momento en que le murmuraba unas palabras a Julot, conocido
como el hombre del martillo. La reacción de aquel salvaje pelirrojo fue
terrible. De un puñetazo en la nuca, me dejó casi sin sentido y, como no había
visto venir el golpe, me di de narices contra la pared. Empecé a manar sangre
y, tras haberme incorporado, pues me había caído, me rehago y trato de
comprender lo ocurrido. Cuando hago un ademán de protesta, el coloso, que no
esperaba otra cosa, de una patada en el vientre me tumba otra vez en el suelo y
comienza a golpearme con su vergajo. Julot ya no puede aguantarse. Se echa
encima de él, se entabla una terrible pelea y, como Julot lleva todas las de
perder, los vigilantes asisten, impasibles, a la batalla. Nadie se fija en mí,
que acabo de ponerme en pie. Miro a mi alrededor, tratando de descubrir algún
arma. De golpe, percibo al doctor, inclinado sobre su sillón, que trata de ver
desde la sala de visita lo que ocurre en el pasillo y, al mismo tiempo, la
tapadera de una marmita que brinca empujada por el vapor. Esa gran marmita
esmaltada está encima de la estufa de carbón que calienta la sala del doctor.
Su vapor debe purificar el aire.
Entonces, con un rápido
reflejo, agarro la marmita por las asas, me quemo, pero no la suelto y, de una
sola vez, arrojo el agua hirviendo a la cara del cabo de vara, quien no me
había visto, ocupado como estaba con Julot. De su garganta sale un grito espantoso.
Ha cobrado lo suyo. Se revuelca en el suelo y, como lleva tres jerseys de lana,
se los quita con dificultad, uno después de otro. Cuando llega al tercero, la
piel salta con éste. El cuello del jersey es estrecho y, en su esfuerzo por
hacerlo pasar, la piel del pecho, parte de la del cuello y toda la de la
mejilla siguen pegadas al jersey. También tiene quemado su único ojo y, ahora
está ciego. Por fin, se pone en pie, repelente, sanguinolento, en carne viva, y
Julot aprovecha el momento para asestarle una terrible patada en los
testículos. El gigante se derrumba y empieza a vomitar y a babear. Ha recibido
su merecido Nosotros nada perdemos con esperar.
Los dos vigilantes que
han asistido a la escena no tienen suficientes arrestos para atacarnos. Tocan
la alarma para pedir refuerzos. Llegan de todos lados. Los porrazos llueven
sobre nosotros como una fuerte granizada. Tengo la suerte de perder pronto el
sentido, lo cual no me impide recibir más golpes.
Despierto dos pisos más
abajo, completamente desnudo, en un calabozo inundado de agua. Lentamente
recobro los sentidos. Recorro con la mano mi cuerpo dolorido. En la cabeza
tengo por lo menos doce o quince chichones. ¿Qué hora será? No lo sé. Aquí no
es de día ni de noche, no hay luz. Oigo golpes en la pared, vienen de lejos.
Pam, pam, pam, pam,
pam, pam. Estos golpes son la llamada del "teléfono". Debo dar dos
golpes en la pared si quiero recibir la comunicación. Golpear, pero, ¿con qué?
En la oscuridad, no distingo nada que pueda servirme. Con los puños es inútil,
los golpes no repercuten bastante. Me acerco al lado donde supongo que está la
puerta, pues hay un poco menos de oscuridad. Topo con barrotes que no había
visto. Tanteando, me doy cuenta de que el calabozo está cerrado por una puerta
que dista más de un metro de mí, a la cual la reja que toco me impide llegar.
Así, cuando alguien entra donde hay un preso peligroso, éste no puede tocarle,
pues está enjaulado. Pueden hablarle, escupirle, tirarle comida e insultarle
sin el menor peligro. Pero hay una ventaja: no pueden pegarle sin correr
peligro, pues, para pegarle, hay que abrir la reja.
Los golpes se repiten
de vez en cuando. ¿Quién puede llamarme? Quien sea merece que le conteste, pues
arriesga mucho, si le pillan. Al caminar, por poco me rompo la crisma. He
puesto el pie sobre algo duro y redondo. Palpo, es una cuchara de palo. En seguida,
la agarro y me dispongo a contestar. Con la oreja pegada a la pared, aguardo.
Pam, pam, pam, pam, pam—stop, pam, pam. Contesto: pam, pam. Estos dos golpes
quieren decir a quien llama: "Adelante, tomo la comunicación."
Empiezan los golpes: pam, pam, pam… las letras del alfabeto desfilan
rápidamente… abcchdefghijklmnñop, stop. Se para en la letra p. Doy un golpe
fuerte: pam. Así, él sabe que he registrado la letra p, luego viene una a, otra
p, una i, etc. Me dice: "Papi, ¿qué tal? Tú has recibido lo tuyo, yo tengo
un brazo roto." Es Julot.
Nos
"telefoneamos" durante dos horas sin preocuparnos de si pueden
sorprendernos. Estamos literalmente rabiosos por cruzarnos frases. Le digo que
no tengo nada roto, que mi cabeza está llena de chichones, pero que no tengo
heridas.
Me ha visto bajar,
tirado por un pie, y me dice que a cada peldaño mi cabeza caía del anterior y
rebotaba. El no perdió el conocimiento en ningún momento. Cree que el Tribo ha
quedado gravemente quemado y que, con la lana de los jerseys, las heridas son profundas:
tiene para rato.
Tres golpes dados muy
rápidamente y repetidos me anuncian que hay follón. Me paro. En efecto, algunos
instantes después, la puerta se abre. Gritan:
—¡Al fondo, canalla!
¡Ponte al fondo del calabozo en posición de firmes!
Es el nuevo cabo de
vara quien habla.
—Me llamo Batton.2 Como
ves, tengo el apellido de mi menester.
Con una gran linterna
sorda, alumbra el calabozo y mi cuerpo desnudo.
—Toma, para que te
vistas. No te muevas de donde estás. Ahí tienes agua y pan3. No te lo comas
todo de una vez, pues no recibirás nada más antes de veinticuatro horas.
Chilla como un salvaje
y, luego, levanta la linterna hasta su cara. Veo que sonríe, pero no
malévolamente. Se lleva un dedo a la boca y me señala las cosas que me ha
dejado. En el pasillo debe de estar un vigilante y él, de este modo, ha querido
hacerme comprender que no es un enemigo.
En efecto, en el chusco
encuentro un gran pedazo de carne hervida y, en el bolsillo del pantalón, ¡qué
maravilla, un paquete de cigarrillos y un encendedor de yesca. Aquí esos
regalos valen un Perú. Dos camisas en vez de una y unos calzoncillos de lana que
me llegan hasta las rodillas. Siempre me acordaré de ese Batton. Todo eso
significa que ha querido recompensarme por haber eliminado a Tribouíllard.
Antes del incidente, él sólo era ayudante de cabo de vara. Ahora, gracias a mí,
es el titular. En suma, que me debe el ascenso y me ha testimoniado su
agradecimiento.
Como hace falta una
paciencia de sioux para localizar de dónde proceden los "telefonazos"
y sólo el cabo de vara puede hacerlo, pues los vigilantes son demasiado
gandules, nos damos unas panzadas con Julot, tranquilos en lo que atañe a
Batton. Todo el día nos mandamos telegramas. Por él me entero de que la salida
para el presidio es inminente: tres o cuatro meses.
Dos días después, nos
sacan del calabozo y, a cada uno de nosotros encuadrado por dos vigilantes, nos
llevan al despacho del director. Frente a la entrada, detrás de un mueble,
están sentadas tres personas. Es una especie de tribunal. El director hace las
veces de presidente; el subdirector y el jefe de vigilantes, de asesores.
—¡Ah! ¡Ah! ¡Sois
vosotros, mis buenos mozos! ¿Qué tenéis que decir?
Julot está muy pálido,
con los ojos hinchados, seguramente tiene fiebre. Con el brazo roto desde hace
tres días, debe sufrir horrores.
Quedamente, Julot
responde:
—Tengo un brazo roto.
—Bueno, usted quiso que
se lo rompieran, ¿no? Eso le enseñará a no agredir a la gente. Cuando venga el
doctor, le visitará. Confío que sea dentro de una semana. Esa espera será
saludable, pues tal vez el dolor le sirva a usted de algo. No esperará que haga
venir a un médico especialmente para un individuo de su calaña, ¿verdad?
Espere, pues, a que el doctor de la Central tenga tiempo de venir y le cure.
Eso no impide que os condene a los dos a seguir en el calabozo hasta nueva
orden.
Julot me mira a la
cara, en los ojos: "Ese caballero bien vestido dispone muy fácilmente de
la vida de los seres humanos", parece querer decirme.
Vuelvo la cabeza de
nuevo hacia el director y le miro. Cree que quiero hablarle. Me pregunta:
—Y a usted, ¿no le
gusta esa decisión? ¿Qué tiene que oponer a ella?
—Absolutamente nada,
señor director. Sólo siento la necesidad de escupirle, pero no lo hago, pues me
daría miedo de ensuciarme la saliva.
Se queda tan
estupefacto que se pone colorado y, de momento, no comprende. Pero el jefe de
vigilantes, sí. Grita a sus subordinados:
—¡Lleváoslo y cuidadle
bien! Dentro de una hora espero verle pedir perdón, arrastrándose por el suelo.
¡Vamos a domarle! Haré que limpie mis zapatos con la lengua, por arriba y por
abajo. No gastéis cumplidos, os lo confío.
Dos vigilantes me
agarran del brazo derecho y otros dos del izquierdo. Estoy de bruces en el
suelo, con las manos alzadas a la altura de los omoplatos. Me ponen las esposas
con empulgueras que me atan el índice izquierdo con el pulgar derecho y el jefe
de vigilantes me levanta como a un animal tirándome de los pelos.
Huelga que os cuente lo
que me hicieron. Baste saber que estuve esposado así once días. Debo la vida a
Batton. Cada día echaba en mi calabozo el chusco reglamentario, pero, privado
de mis manos yo no podía comerlo. Ni siquiera conseguía, apretándolo con la
cabeza en las rejas, mordisquearlo. Pero Batton también me echaba, en cantidad
suficiente para mantenerme vivo, trozos de pan del tamaño de un bocado. Con mi
pie hacía montoncitos, luego me ponía de bruces y los comía como un perro.
Masticaba bien cada pedazo, para no desperdiciar nada.
El duodécimo día,
cuando me quitaron las esposas, el acero se había hincado en las carnes y el
hierro, en algunos sitios, estaba cubierto de piel tumefacta. El jefe de
vigilantes se asustó, tanto más cuanto me desmayé de dolor. Tras haberme hecho
volver en mí, me llevaron a la enfermería, donde me lavaron con agua oxigenada—
El enfermero exigió que me pusiesen una inyección antitetánica. Tenía los
brazos anquilosados y no podían recobrar su posición normal. Al cabo de más de
media hora de friccionarlos con aceite alcanforado, pude bajarlos a lo largo
del cuerpo.
Bajo de nuevo al
calabozo y el jefe de vigilantes, al ver los doce chuscos, me dice:
—¡Vaya festín te vas a
dar! Aunque no has enflaquecido mucho tras once días de ayuno. Es raro…
—He bebido mucha agua,
jefe.
_¡Ah!, será eso. Ahora,
come mucho para reanimarte.
Y se va.
¡Pobre idiota! Me lo ha
dicho convencido de que no he comido nada en once días y de que si ahora como
demasiado. de golpe moriré de indigestión. Tendrá una decepción. Al anochecer,
Batton me pasa tabaco y papel. Fumo, fumo, soplando el humo en el agujero de la
calefacción que no funciona nunca, por supuesto. Por lo menos, tiene esa
utilidad.
Más tarde, llamo a
Julot. Cree que no he comido desde hace once días y me aconseja que vaya con
cuidado. Me da miedo decirle la verdad, por temor de que algún canalla pueda
descifrar el telegrama al mandarlo. El tiene el brazo escayolado, la moral
elevada y me felicita por haber aguantado.
Según él, el convoy se
avecina. El enfermero le ha dicho que las ampollas de vacunas destinadas a los
presidiarios antes de la marcha han llegado. Por lo general, suelen estar aquí
un mes antes de la salida. Es imprudente, Julot, pues también me pregunta si he
salvado mi estuche.
Sí, lo he salvado, pero
lo que he debido hacer para guardar esa fortuna no puede describirse. Tengo
crueles heridas en el ano.
Tres semanas después,
nos sacan de los calabozos. ¿Qué va a pasar? Nos hacen tomar una ducha
sensacional con jabón y agua caliente. Me siento revivir. Julot se ríe como un
chiquillo y Pierrot el Loco irradia alegría de vivir.
Como salimos del
calabozo, no sabemos nada de lo que ocurre. El barbero no ha querido contestar
a mi breve pregunta, murmurada entre dientes:
—¿Qué pasa?
Un desconocido de mala
pinta me dice:
—Creo que estamos
amnistiados del calabozo. Quizá temen la llegada de algún inspector. Lo
esencial es seguir con vida.
Cada uno de nosotros es
conducido a una celda normal. A mediodía, en mí primer rancho caliente desde
hace cuarenta y tres días, encuentro un trozo de madera. En él, leo:
"Salida ocho días. Mañana vacuna."
¿Quién me lo manda?
Nunca lo he sabido. Sin
duda, un recluso que ha tenido la amabilidad de avisarnos. El mensaje,
seguramente, me ha llegado a mí por pura casualidad.
En seguida, aviso por
teléfono a Julot: "Transmítelo". Durante toda la noche he oído
telefonear. Yo, una vez mandado mi mensaje, he callado.
Me encuentro demasiado
bien en la cama. No quiero líos. Volver al calabozo no me hace ninguna gracia.
Y hoy, menos que nunca.
SEGUNDO CUADERNO. EN
MARCHA HACIA EL PRESIDIO
Saint-Martin-de-Ré
Por la noche, Batton me
pasa tres "Gauloises" y un papel en el que leo: Papillon, sé que te
irás llevándote un buen recuerdo de mí. Soy cabo de vara, pero trato de hacer
el menor daño posible a los castigados. He tomado el puesto porque tengo nueve
hijos y me apremia que me indulten. Trataré, sin hacer demasiado daño, de
ganarme el indulto. Adiós. Buena suerte. El convoy sale pasado mañana.
En efecto, al día
siguiente nos reúnen por grupos de treinta en el pasillo del pabellón
disciplinario. Enfermeros venidos de Caen nos vacunan contra las enfermedades
tropicales. Para cada uno, tres vacunas y dos litros de leche. Dega está a mi
lado, pensativo. Ya no se respeta ninguna regla de silencio, pues sabemos que
no pueden meternos en el calabozo recién vacunados. Charlamos en voz baja ante
las narices de los guardianes, quienes no se atreven a decir nada a causa de
los enfermeros de la ciudad. Dega me pregunta:
—¿Tendrán bastantes
coches celulares para llevarnos a todos de una vez?
—Creo que no queda
lejos, Saint-Martin-de-Ré, y si llevan a sesenta cada día, la cosa durará diez
días, pues sólo aquí somos casi seiscientos.
—Lo esencial es que nos
vacunen. Eso quiere decir que estamos en lista y que pronto nos encontraremos
en los duros. Animo, Dega, está a punto de empezar otra etapa. Cuenta conmigo
como yo cuento contigo.
Me mira con sus ojos
brillantes de satisfacción, me pone una mano en el brazo y repite:
—En la vida y en la
muerte, Papi.
En el convoy, pocos
incidentes dignos de mención, a no ser que nos ahogábamos, cada uno en su
angosto compartimento del furgón celular. Los vigilantes se negaron a que
pasase el aire, ni siquiera entreabriendo un poco las portezuelas. Al llegar a
la Rochelle, dos de nuestros compañeros de furgón fueron encontrados muertos
por asfixia.
Los curiosos que
estaban apiñados en el muelle, pues Saint Martin-de-Ré es una isla y debíamos
embarcarnos para cruzar el brazo de mar, presenciaron el descubrimiento de los
dos pobre diablos. Pero no dijeron nada respecto a nosotros. Y como los
gendarmes debían entregarnos en la Ciudadela, muertos o vivos cargaron los
cadáveres con nosotros en el barco.
La travesía no fue
larga, pero pudimos respirar un rato el aire marino. Le digo a Dega:
—Esto huele a fuga.
Se sonríe. Y Julot, que
estaba a nuestro lado, nos dijo:
—Sí. Esto huele a
pirárselas. Yo vuelvo allá, de donde me fugué hace cinco años. Me hice prender
como un idiota cuando estaba a punto de cargarme al chivato que me había
delatado hace diez años. Procuremos quedarnos juntos, pues en Saint-Martin nos
meten a bulto en grupos de diez en cada celda.
Se equivocaba, el
Julot. Al llegar allí, le llamaron, con otros dos, y les pusieron aparte. Eran
tres evadidos del presidio, vueltos a prender en Francia, y que iban allá por
segunda vez.
En celdas por grupos de
a diez, comienza para nosotros una vida de espera. Tenemos derecho a hablar, a
fumar, estamos muy bien alimentados. Este período sólo es peligroso para el
estuche. Sin que se sepa por qué, de repente te llaman, te ponen en cueros y te
registran minuciosamente. Primero, los recovecos del cuerpo hasta la planta de
los pies; luego las ropas y enseres.
—¡Vestíos!
Y nos vamos por donde
hemos venido.
La celda, el
refectorio, el patio donde pasamos largas horas caminando en fila. ¡Un, dos!
¡Un, dos! ¡Un, dos! Caminamos por grupos de ciento cincuenta presos. La fila es
larga, los zuecos restallan. Silencio absoluto obligatorio. Luego viene el
"¡Rompan filas!". Todos nos sentamos en el suelo, formamos grupos,
por categorías sociales. Primero, los verdaderos hombres del hampa, para
quienes el origen importa poco: corsos, marselleses, tolosanos, bretones,
parisienses, etcétera. Hasta hay un ardechés, que soy yo. Y debo decir, a favor
de Ardéche, que sólo hay dos en este convoy de mil novecientos hombres: un
guarda rural que mató a su mujer, y yo. Conclusión, los ardecheses son buenas
personas. Los otros grupos se forman de cualquier modo, pues al presidio suben
más cabritos que chulos. Estos días de espera se denominan días de observación.
Y, verdaderamente, nos observan desde todos los rincones.
Una tarde, estoy
sentado tomando el sol cuando un hombre se me acerca. Lleva gafas, es bajito,
flaco. Intento hacerme una idea de quién es, pero con nuestra ropa de uniforme
resulta muy difícil.
—¿Eres tú Papillon?
Tiene un acusado acento
corso.
—Sí, yo soy. ¿Qué
quieres de mí?
—Vente a los retretes
—me dice.
Y se va.
—Ese es un cabrito
corso —me dice Dega—. Seguramente, un bandido de las montañas. ¿Qué querrá de
ti?
—Voy a enterarme.
Me dirijo a los
retretes que están instalados en medio del patio y, una vez allí, finjo orinar.
El hombre está a mi lado, en igual postura. Me dice, sin mirarme:
—Soy cuñado de Pascal
Matra. En el locutorio, me dijo que si necesitaba ayuda, me dirigiese a ti de
su parte.
—Sí, Pascal es amigo
mío. ¿Qué quieres?
—Ya no puedo llevar el
estuche: tengo disentería. No sé en quién confiar y tengo miedo de que me lo
roben o que los guardianes lo encuentren. Te lo ruego, Papi, llévalo algunos
días por mí.
Y me enseña un estuche
mucho más; grande que el mío. Temo que me tienda un lazo y que me pida eso para
saber si llevo alguno: si digo que no estoy seguro de poder llevar dos, se
enterará.
Entonces, fríamente, le
pregunto:
—¿Cuánto hay dentro?
—Veinticinco mil
francos.
Sin más, tomo el
estuche, por otra parte muy limpio y delante de él, me lo introduzco en el ano,
preguntándome si un hombre puede llevar dos. No lo sé. Me incorporo, me abrocho
el pantalón… Todo va bien, no siento ninguna molestia.
—Me llamo Ignace
Galgani —me dice antes de irse Gracias, Papillon.
Vuelvo al lado de Dega
y, aparte, le cuento el asunto.
—¿No te cuesta
demasiado llevarlo?
—No.
—Entonces, no hablemos
más.
Intentamos entrar en
contacto con los exfugados, de ser posible Julot o el Guittou. Estamos
sedientos de informaciones: cómo es aquello; cómo le tratan a uno; qué se puede
hacer para estar junto con un amigo, etc. La casualidad hace que topemos con un
tipo curioso, un caso raro. Es un corso nacido en presidio. Su padre era
vigilante allí y vivía con su madre en las Islas de la Salvación. El nació en
la isla Royale, una de las tres islas; las otras dos son San José y del Diablo
e, ironías del destino, volvía allá no como hijo de vigilante, sino como
presidiario.
Le esperaban diez años
de trabajos forzados por un robo con fractura. Contaba diecinueve años y tenía
un semblante abierto, de ojos claros y límpidos. Con Dega, no tardamos en ver
que se trataba de un aficionado. Apenas sabe nada del hampa, pero nos será útil
facilitándonos todos los informes posibles sobre lo que nos espera. Nos cuenta
la vida en las Islas, donde él ha vivido catorce años. Nos enteramos, por
ejemplo, de que su nodriza, en las Islas, era un presidiario, un famoso duro
implicado en el caso de riña a navajazos en la Butte por los ojos bonitos de
Casque d'Or.
Nos da valiosos
consejos: hay que darse el piro desde Tierra Firme, pues desde las Islas es
imposible; además, procurar no ser catalogado como peligroso, pues con esa
calificación, tan pronto desembarcado en Saint-Laurent-du-Maroni, puerto de
arribada, le internan a uno por un tiempo o de por vida, según el grado de su
calificación. Por lo general, menos del cinco por ciento de los transportados
son internados en las Islas. Los demás se quedan en Tierra Firme. Las Islas son
sanas, pero Tierra Firme, como ya me contara Dega, es una —porquería que chupa
poco a poco al presidiario con toda clase de enfermedades, muertes diversas,
asesinatos, etcétera.
Con Dega, esperamos no
ser internados en las Islas. Pero se me hace un nudo en la garganta: ¿y si me
califican de peligroso? Con mí perpetua, la historia de Tribouillard y la del
director, estoy aviado.
Cierto día, cunde un
rumor: no ir a la enfermería bajo ningún pretexto, pues, allí, los que están
demasiado débiles o demasiado enfermos para soportar el viaje son envenenados.
Debe tratarse de un bulo. En efecto, un parisiense, Frands la Passe, nos confirma
que es un cuento. Sí, ha habido un envenenado, pero un hermano suyo, empleado
en la enfermería, le ha explicado lo que pasó.
El individuo que se
suicidó, gran especialista en cajas de caudales, al parecer había robado en la
Embajada de Alemania, en Ginebra o Lausana, durante la guerra, por cuenta de
los servicios franceses de espionaje. Se llevó documentos muy importantes que entregó
a los agentes franceses. Para aquella operación, la bofia le sacó de la cárcel,
donde purgaba una pena de cinco años. Y desde 1920, a razón de una o dos
operaciones por año, vivía tranquilo. Cada vez que le prendían, hacía su
pequeño chantaje al Deuxiéme Bureau4, que se apresuraba a intervenir. Pero,
aquella vez, la cosa no funcionó. Le cayeron veinte años y tenía que irse con
nosotros. Para perder el convoy, fingió estar enfermo e ingresó en la
enfermería. Una pastilla de cianuro —siempre según el hermano de Francis la
Passe— acabó con el asunto. Las cajas de caudales y el Deuxiéme Bureau podían
dormir tranquilos.
Por este patio corren
multitud de historias, unas ciertas, otras falsas. De todas formas, las
escuchamos; ayudan a pasar el tiempo.
Cuando voy al retrete,
en el patio o en la celda, es menester que me acompañe Dega, a causa de los
estuches. Mientras opero, se pone delante de mí, y me hurta a las miradas
demasiado curiosas. Un estuche ya es toda una complicación, pero sigo llevando
dos, pues Galgani está cada vez más enfermo. Y respecto a eso, un enigma: el
estuche que introduzco en último lugar es siempre el último en salir, y el
primero, siempre el primero. Cómo daban la vuelta en mi vientre no lo sé, pero
así era.
Ayer, en la barbería,
han intentado matar a Clousiot mientras le afeitaban. Dos cuchilladas en torno
del corazón. Milagrosamente, no ha muerto. He sabido su historia por un amigo
suyo. Es curiosa, y algún día la narraré. Aquel intento de homicidio era un
ajuste de cuentas. Quien falló el golpe morirá seis años después, en Cayena, al
engullir bicromato de potasa en sus lentejas. Murió en medio de espantosos
dolores. El enfermero que ayudó al doctor en la autopsia nos trajo un trozo de
intestino de unos diez centímetros. Tenía diecisiete perforaciones. Dos meses
más tarde, su asesino fue encontrado estrangulado en su lecho de enfermo. Nunca
se supo por quién.
Hace ya doce días que
estamos en Saint-Martin-de-Ré La fortaleza está llena a rebosar. Día y noche,
los centinelas montan guardia en el camino de ronda.
En las duchas ha
estallado una reyerta entre dos hermanos. Se han peleado como perros, y a uno
de ellos lo meten en nuestra celda. Se llama André Baillard. Me dice que no
pueden castigarle porque la culpa es de la Administración: los vigilantes
tienen orden de no permitir que los dos hermanos se junten, bajo ningún
pretexto. Cuando se sabe su historia, se comprende por qué.
André había asesinado a
una rentista, y su hermano, Emile, escondía la pasta. Emile es detenido por
robo y le caen tres años. Un día, estando en el calabozo con otros castigados,
encalabrinado contra su hermano porque no le ha mandado dinero para cigarrillos,
desembucha y dice que André se las pagará: pues André es quien, explica, mató a
la vieja, y el Emile, quien escondió el dinero. Por lo que, cuando salga, no le
dará nada. Un preso corre a contar lo que ha oído al director de la prisión. El
asunto no se demora. André es detenido y ambos hermanos condenados a muerte. En
el pabellón de los condenados a muerte de la Santé, ocupan celdas contiguas.
Cada uno ha presentado petición de indulto. El de Emile es aceptado a los
cuarenta y tres días, pero el de André es rechazado. Entretanto, por una medida
de humanidad para con André, Emile sigue en el pabellón de los condenados a
muerte, y los dos hermanos dan cada día su paseo, uno detrás de otro, con los
grilletes puestos.
A los cuarenta y seis
días, a las cuatro y media, se abre la puerta de André. Todos están reunidos:
el director, el escribano, el fiscal que ha pedido su cabeza. Es la ejecución.
Pero cuando el director se dispone a hablar, llega corriendo el abogado defensor,
seguido por otra persona que entrega un papel al fiscal. Todo el mundo se
retira por el pasillo. A André se le ha hecho tal nudo en la garganta, que no
puede tragar saliva. No es posible, jamás se suspende una ejecución en curso.
Y, sin embargo, así es. Hasta el día siguiente, tras horas de angustia y de
interrogación, no se enterará de que, la víspera de su ejecución, el presidente
Doumer fue asesinado por Gorgulov. Pero Doumer no murió en el acto. Toda la
noche, el abogado había montado guardia ante la clínica tras haber informado al
ministro de justicia que si el presidente moría antes de la hora de la
ejecución (de cuatro y media a cinco), solicitaba un aplazamiento por vacante
de jefe de poder ejecutivo. Dotimer murió a las cuatro y dos minutos. El tiempo
necesario para avisar a la Cancillería, de tomar un taxi acompañado por el
portador de la orden de sobreseimiento. Aun así, llegó tres minutos demasiado
tarde para impedir que abriesen la puerta de la celda de André. La pena de
ambos hermanos fue conmutada por la de trabajos forzados a perpetuidad. Pues,
en efecto, el día de la elección del nuevo presidente, el abogado fue a
Versalles, y tan pronto fue elegido Albert Lebrun, el abogado le presentó su
petición de indulto. Ningún presidente ha rechazado jamás el primer indulto que
le es solicitado. "Lebrun firmó —terminó André—, y aquí me tienes, macho,
vivito y coleando, camino de la Guayana." Contemplo a este superviviente
de la guillotina y me digo que, realmente, todo lo que yo he sufrido no puede
compararse con el calvario por el que ha pasado él.
Sin embargo, no tengo
tratos con él. Saber que ha matado a una pobre vieja para robarle me da
náuseas. Por lo demás, tendrá toda la suerte del mundo. Más tarde, en la isla
de San José, asesinará a su hermano. Varios presidiarios lo vieron. Emile
pescaba con caña, de pie sobre una roca, pensando solamente en su pesca. El
ruido del oleaje, muy fuerte, amortiguaba todos los demás ruidos. André se
acercó a su hermano por detrás, con una gruesa caña de bambú de tres metros de
largo en la mano y, de un empujón en la espalda, le hizo perder el equilibrio.
El paraje estaba infestado de tiburones. Emile no tardó en servirles de plato
del día. Ausente a la lista de la noche, fue dado por desaparecido en un
intento de evasión. No se habló más de él. Sólo cuatro o cinco presidiarios que
recogían cocos en las alturas de la isla habían presenciado la escena. Desde
luego, todos los hombres se enteraron, salvo los guardianes. André Bainard
nunca fue molestado.
Le sacaron del
internamiento por "buena conducta" y, en Saint-Laurent-du-Maroni,
gozaba de un régimen de favor. Tenía una celdita para él solo. Un día, tras una
riña con otro presidiario, invitó solapadamente a éste a entrar en su celda y
le mató de una cuchillada en medio del corazón. Considerando que lo había hecho
en legítima defensa, fue absuelto. Cuando fue suprimido el presidio, siempre
por su "buena conducta" le indultaron.
Saint-Martin-de-Ré está
abarrotado de presos. Hay dos categorías muy diferentes: ochocientos o mil
presidiarios y novecientos relegados. Para ser presidiario, hay que haber hecho
algo grave o, por lo menos, haber sido acusado de haber cometido un delito importante.
La pena menos fuerte es de siete años de trabajos forzados; el resto está
escalonado hasta la cadena perpetua. Un indultado de la pena de muerte es
condenado automáticamente a cadena perpetua. Con los relegados, es diferente.
Con tres o más condenas, un hombre puede ser relegado. Es cierto que todos son
ladrones incorregibles y se comprende que la sociedad deba defenderse de ellos.
Sin embargo, es vergonzoso para un pueblo civilizado tener la pena accesoria de
relegación. Hay ladronzuelos, bastante torpes, puesto que se hacen prender a
menudo, que son relegados —lo cual equivalía, en mis tiempos, a ser condenado a
perpetuidad— y que en toda su vida de ladrones no han robado diez mil francos.
Ahí está el mayor contrasentido de la civilización francesa. Un pueblo no tiene
derecho a vengarse ni a eliminar de una forma demasiado rápida a las personas
que causan molestias a la sociedad. Estas personas son más merecedoras de
cuidados que de un castigo inhumano. Hace ya diecisiete días que estamos en Saint-Martin-de-Ré.
Sabemos el nombre del barco que nos llevará a presidio, es La Martinilre.
Transportará a mil ochocientos setenta condenados. Esta mañana, los ochocientos
o novecientos presidiarios están reunidos en el patio de la fortaleza. Hace
casi una hora que estamos en pie en filas de a diez, ocupando el rectángulo del
patio. Se abre una puerta y vemos aparecer a unos hombres vestidos de modo
distinto a los vigilantes que hemos conocido. Llevan un traje de corte militar
azul celeste, muy elegante. Es diferente de un gendarme y también de un
soldado. Todos llevan su ancho cinto, del que pende una funda de pistola. Se ve
la culata del arma. Aproximadamente, son ochenta. Algunos lucen galones. Todos
tienen la piel tostada por el sol, son de varias edades, de treinta y cinco a
cincuenta años. Los más viejos son más simpáticos que los jóvenes, que abomban
el pecho con aire de superioridad e importancia. El estado mayor de esos
hombres va acompañado por el director de Saint-Martín-de-Ré, un coronel de
gendarmería, tres o cuatro galenos con ropas coloniales y dos curas con sotana
blanca. El coronel de gendarmería coge un megáfono y se lo acerca a los labios.
Esperamos que diga: "¡Firmes!", pero no hay tal. Grita:
—Escuchad todos con
atención. A partir de este momento, pasáis a depender de las autoridades del
ministerio de justicia que representa a la Administración penitenciaria de la
Guayana francesa cuyo centro administrativo es la ciudad de Cayena. Comandante Barrot,
le hago entrega de los ochocientos dieciséis condenados aquí presentes, cuya
lista es ésta. Le ruego que compruebe si están todos.
Inmediatamente, pasan
lista: "Fulano, presente; Zutano, etc." dura dos horas y todo está
conforme. Luego asistimos al cambio de firmas entre las dos administraciones en
una mesita traída ex profeso.
El comandante Barrot,
que tiene tantos galones como el coronel, pero dorados y no plateados como en
la gendarmería, toma, a su vez, el megáfono:
—Deportados, en
adelante ésa es la palabra con la que seréis designados: deportado —Fulano de
tal o deportado Zutano con el número correspondiente. A partir de ahora, estáis
sujetos a las leyes especiales del presidio, a sus reglamentos, a sus
tribunales internos, que tomarán, cuando sea necesario, las decisiones
pertinentes. Esos tribunales autónomos pueden condenaros, por los diferentes
delitos cometidos en el presidio, desde la simple prisión a la pena de muerte.
Por supuesto, dichas penas disciplinarias, prisión y reclusión, se cumplen en
diferentes locales que pertenecen a la Administración. Los agentes que tenéis
delante son denominados vigilantes. Cuando os dirijáis a uno de ellos, diréis:
"Señor vigilante." Después del rancho, cada uno de vosotros recibirá
un saco marinero con las ropas del presidio. Todo está previsto, no
necesitaréis otras prendas. Mañana, embarcaréis a bordo de La Martiniére.
Viajaremos juntos. No os desespere marcharos, estaréis mejor en el presidio que
recluidos en Francia. Podréis hablar, jugar, cantar y fumar, no temáis ser
maltratados si os portáis bien. Os pido que esperéis a estar en el presidio
para solventar vuestras diferencias personales. La disciplina durante el viaje
debe ser muy severa. Espero que lo comprendáis. Si entre vosotros hay hombres
que no se sienten en condiciones físicas para hacer el viaje, que se presenten
en la enfermería, donde serán visitados por los capitanes médicos que acompañan
al convoy. Os deseo buen viaje.
Ha terminado la
ceremonia.
—Dega,¿qué te parece
eso?
—Papillon, amigo mío,
veo que tenía razón cuando te dije que el mayor peligro son los otros
presidiarios. Esa frase en la que ha dicho: "Esperad a estar en el
presidio para solventar vuestras diferencias", tiene mucho meollo. ¡La de
homicidios y asesinatos que debe de haber allí!
—No te preocupes por
eso, confía en mí.
Busco a Francis la
Passe y le digo:
—¿Tu hermano sigue
siendo enfermero?
—Sí, el no es un duro,
es un relegado.
—Ponte en contacto con
él cuanto antes y pídele que te dé un bisturí. Si quiere cobrar por eso, dime
cuánto. Pagaré lo que haga falta.
Dos horas después,
estuve en posesión de un bisturí con mango, de acero muy fuerte. Su único
defecto era su excesivo grosor, pero resultaba un arma temible.
Me he sentado muy cerca
de los retretes del centro del patio y he mandado a buscar a Galgani para
devolverle su estuche, pero debe costar encontrarle en ese tropel movedizo que
es el inmenso patio lleno de ochocientos hombres. Ni Julot, ni el Guittou, ni
Suzini han sido vistos desde nuestra llegada.
La ventaja de la vida
en común es que se vive, se habla, se pertenece a una nueva sociedad, si es que
a eso se le puede llamar sociedad. Hay tantas cosas que decir, que escuchar y
que hacer, que no queda tiempo para pensar. Al comprobar cómo el tiempo se
difumina y pasa a segundo término con relación a la vida cotidiana, pienso que
una vez llegado a los duros casi debe olvidarse quién se ha sido, por qué se ha
ido a parar allí y cómo, para pensar tan sólo en una cosa: evadirse. Me
equivocaba, pues lo más absorbente e importante es, sobre todo, mantenerse con
vida. ¿Dónde están la bofia, el jurado, la Audiencia, los magistrados, mi
mujer, mi padre, mis amigos? Están todos aquí, muy vivos, cada uno ocupando su
lugar en mi corazón, pero diríase que a causa de la fiebre de la marcha, del
gran salto a lo desconocido, de esas nuevas amistades y de esos diferentes
tratos, diríase que no tiene tanta importancia como antes. Pero eso no es más
que una simple impresión. Cuando quiera, en el momento que mi cerebro se digne
abrir el cajón que a cada uno le corresponde, están de nuevo todos presentes.
Ahí viene Galgani, me
lo traen, pues ni siquiera con sus enormes lentes puede ver bien. Parece que
está mejor de salud. Se acerca y, sin decirme palabra, me estrecha la mano. Le
digo:
—Me gustaría devolverte
tu estuche. Ahora, te encuentras mejor, puedes llevarlo y guardarlo. Es una
responsabilidad demasiado grande para mí durante el viaje, y, además, ¿quién
sabe sí estaremos cerca el uno del otro y si nos veremos en el presidio? Así,
pues, vale más que te lo quedes.
Galgani me mira con
expresión entristecida.
—Anda, vente al retrete
y te devolveré tu estuche.
—No, no lo quiero,
quédate con él, te lo regalo, es tuyo.
—¿Por qué dices eso?
—No quiero que me maten
por el estuche. Prefiero vivir sin dinero que espicharla por culpa de él. Te lo
doy, pues, al fin y al cabo, no hay razón de que arriesgues la vida por
guardarme la pasta. En todo caso, si la arriesgas, que sea en tu provecho.
—Tienes miedo, Galgani.
¿Te han amenazado ya? ¿Sospechan que vas cargado?
—Sí, tres árabes
acechan constantemente. Por eso nunca he venido a verte, para que no sospechen
que estamos en contacto. Cada vez que voy al retrete, tanto si es de noche como
de día, uno de los tres chivos viene a ponerse a mi lado. Ostensiblemente les he
hecho ver, como quien no quiere la cosa, que no voy cargado, pero ni aun así
dejan de vigilarme. Piensan que el estuche debe tenerlo otro, pero no saben
quién, y van detrás de mí para ver cuándo me es devuelto.
Miro a Galgani y me
percato de que está aterrado, verdaderamente acosado. Le pregunto:
—¿En qué lado del patio
suelen estar?
—Hacia la cocina y los
lavaderos —me dice.
—Está bien, quédate
aquí, ahora vuelvo. Es decir, no, vente conmigo.
Me dirijo con él donde
están los chivos. He sacado el bisturí del gorro y lo sostengo con la hoja
metida en la manga derecha y el mango empuñado. En efecto, al llegar adonde él
me había dicho los veo. Son cuatro: tres árabes y un corso, un tal Girando. He
comprendido en seguida: es el corso quien, dejado de lado por los hombres del
hampa, ha soplado el caso a los chivos. Debe saber que Galgani es cuñado de
Pascal Matra y que es imposible que no tenga estuche.
—¿Qué tal, Mokrane?
—Bien, Papillon. Y tú,
¿qué tal?
—Cabreado, porque esto
no va como debiera. Vengo a veros para deciros que Galgani es amigo mío. Si le
pasa algo, el primero en diñarla serás tú, Girando; los otros vendrán luego.
Tomadlo como queráis.
Mokrane se levanta. Es
tan alto como yo, metro setenta y cinco aproximadamente, y fornido por igual.
La provocación le ha afectado y hace ademán de comenzar la pelea cuando,
rápidamente, saco el bisturí, flamante, y empuñándolo bien, le digo:
—Si te mueves, te mato
como a un perro.
Desorientado al verme
armado en un sitio donde le cachean a uno constantemente, impresionado por mi
actitud y por la longitud del arma, dice:
—Me he puesto en pie
para discutir, no para pelearme.
Sé que no es verdad,
pero me conviene hacerle quedar bien delante de sus amigos. Le hago un quite
elegante:
—Está bien. Puesto que
te has levantado para discutir…
—No sabía que Galgani
fuese amigo tuyo. Creí que era un cabrito, y debes comprender, Papillon, que
como estamos sin blanca, tendremos que hacernos con parné si queremos darnos el
piro.
—Está bien, es normal.
Tienes derecho, Mokrane, de luchar por tu vida. Pero ahora que ya sabes que
aquí es lugar sagrado, busca en otro sitio.
Él me tiende la mano,
se la estrecho. ¡Uf! La jugada me ha salido bien, pues, en el fondo, si mataba
a ese individuo, mañana me quedaba en tierra. Aunque un poco tarde, me he dado
cuenta de que había cometido un error. Galgani se va conmigo. Le digo. "No
hables a nadie de ese incidente. No quiero que el viejo Dega me meta una
bronca." Trato de convencer a Galgani de que se quede con el estuche, pero
me dice: "Mañana, antes de la salida." El día siguiente se ocultó tan
bien, que embarqué hacia los duros con los dos estuches.
Por la noche en esta
celda donde estamos once hombres aproximadamente, nadie habla. Es porque todos,
más o menos, piensan que éste es el último día que pasan en tierras de Francia.
Cada uno de nosotros está más o menos conmovido por la nostalgia de dejar
Francia para siempre por una tierra desconocida en un régimen desconocido por
destino.
Dega no habla. Está
sentado junto a mí, cerca de la puerta enrejada que da al pasillo y donde sopla
un poco más de aire que en los otros sitios. Me siento literalmente
desorientado. Tenemos informaciones tan contradictorias sobre lo que nos
espera, que no sé si debo estar contento, triste o desesperado.
Los hombres que me
rodean en esta celda son todos gente del hampa. Sólo el pequeño corso nacido en
el presidio no es verdaderamente del hampa. Todos esos hombres se encuentran en
un estado amorfo. La gravedad e importancia del momento les ha vuelto casi mudos.
El humo de los cigarrillos sale de esta celda como una nube atraída por el aire
del pasillo, y si uno no quiere que los ojos le piquen, hay que sentarse por
debajo de los nubarrones de humo. Nadie duerme, salvo André Baifiard, lo cual
se justifica porque él había perdido la vida. Para él, todo lo demás no puede
ser sino un paraíso inesperado.
La película de mi vida
se proyecta rápidamente ante mis ojos: mi infancia al lado de la familia llena
de cariño, de educación, de buenas maneras y de nobleza; las flores de los
campos, el murmullo de los arroyos, el sabor de las nueces, los melocotones y
las ciruelas que nuestro huerto nos daba copiosamente; el perfume de la mimosa
que, cada primavera, florecía delante de nuestra puerta; la fachada de nuestra
casa y el interior con las actitudes de los míos; todo eso desfila rápidamente
ante mis ojos. Esta película sonora en la que oigo la voz de mi pobre madre que
tanto me quiso, y, luego la de mi padre, siempre tierno y acariciador, y los
ladridos de Clara, la perra de caza de papá, que me llama desde el jardín para
juguetear; las chicas, los chicos de mi infancia, compañeros de juegos de los
mejores momentos de mi vida; esta película que veo sin haber decidido verla,
esa proyección de una linterna mágica encendida contra mi voluntad por mi
subconsciente, llena de una dulce emoción esta noche de espera para el salto
hacia la gran incógnita de lo por venir.
Es hora de puntualizar.
Vamos a ver: Tengo veintiséis años, me siento muy bien, en mi vientre llevo
cinco mil quinientos francos míos y veinticinco mil de Galgani— Dega, que está
a mi lado, tiene diez mil— Creo que puedo contar con cuarenta mil francos, pues
si Galgani no es capaz de defender esa suma aquí, menos lo será a bordo del
barco y en la Guayana. Por lo demás, él lo sabe, por eso no ha venido a buscar
su estuche. Por lo tanto, puedo contar con ese dinero, claro está que
llevándome conmigo a Galgani; él debe aprovecharlo, pues suyo es y no mío. Lo
emplearé para su bien, pero, al mismo tiempo, también me aprovecharé yo.
Cuarenta mil francos es mucho dinero, así es que podré comprar fácilmente
cómplices, presidiarios que estén cumpliendo pena, liberados y vigilantes.
La puntualización
resulta positiva. Nada más llegar, debo fugarme en compañía de Dega y Galgani:
sólo eso debe preocuparme. Palpo el bisturí, satisfecho de sentir el frío de su
mango de acero. Tener un arma tan temible conmigo me da aplomo. Ya he probado
su utilidad en el incidente de los árabes. Sobre las tres de la mañana, unos
reclusos han alineado delante de la reja de la celda once sacos de marinero de
lona gruesa, llenos a rebosar, cada uno con una gran etiqueta. Puedo ver una
que cuelga dentro de la reja. Leo "C… Pierre, treinta años, metro setenta
y tres, talla 42, calzado 41, número X …" Ese Pierre C… es Pierrot el
Loco, un bordelés condenado por homicidio en París a veinte años de trabajos
forzados.
Es un buen chico, un
hombre del hampa recto y correcto, le conozco bien. La ficha, sin embargo, me
muestra lo minuciosa y bien organizada que es la Administración que dirige el
presidio. Es mejor que en el cuartel, donde te hacen probar las prendas a bulto.
Aquí, todo está registrado y cada uno recibirá prendas de su talla. Por un
trozo de traje de faena que asoma del saco, veo que es blanco, con listas
verticales rosas. Con ese traje no se debe pasar inadvertido.
Deliberadamente, trato
que mi mente recomponga las imágenes de la Audiencia, del jurado, del fiscal,
etc. Pero se niega a obedecerme y sólo logro obtener de ella imágenes normales.
Comprendo que para vivir intensamente, como las he vivido, las escenas de la
Conciergerie o de Beaulieu, hay que estar solo, completamente solo. Siento
alivio al comprobarlo, y comprendo que la vida en común que me espera provocará
otras necesidades, otras reacciones, otros proyectos.
Pierot el Loco se
acerca a la reja y me dice:
—¿Qué tal, Pápi?
—¿Y tú?
—Pues yo siempre he
soñado con irme a las Américas; pero, como soy jugador, nunca he podido ahorrar
lo necesario para pagarme el viaje. La bofia ha pensado en ofrecerme ese viaje
gratuito. Está bien, no hay ningún mal en ello, ¿verdad, Papillon?
Habla con naturalidad,
no hay ninguna baladronada en sus palabras. Se le nota verdaderamente seguro de
sí mismo.
—Este viaje gratuito
que me ha ofrecido la bofia para ir a las Américas tiene sus ventajas. Prefiero
ir a presidio que tirarme quince años de reclusión en Francia.
Queda por saber el
resultado final, Pierrot. ¿No crees? Volverse majareta en la celda, o morir de
descomposición en el calabozo de una cárcel cualquiera de Francia, aún es peor
que espicharla por culpa de la lepra o de la fiebre amarilla, me parece a mí.
—También a mí, dice el.
—Mira, Pierrot, esa
ficha es la tuya.
Se asoma, la mira muy
atentamente para leerla, la deletrea.
—Quisiera ponerme ese
traje. Tengo ganas de abrir el saco y vestirme. No me dirán nada. Al fin y al
cabo, esas prendas Me Pertenecen.
—No, aguarda la hora.
Este no es el momento de buscarse líos, Pierre. Necesito tranquilidad.
Comprende y se aparta
de la reja.
Louis Dega me mira y
dice:
—Hijo, ésta es la
última noche. Mañana, nos alejaremos de nuestro hermoso país.
—Nuestro hermosísimo
país no tiene una hermosa justicia, Dega. Quizá conozcamos otros países que no
serán tan bellos como el nuestro, pero que tendrán una manera más humana de
tratar a los que han cometido una falta.
No creía hablar tan
atinadamente, pero el futuro me enseñará que llevaba razón. De nuevo, el
silencio.
Salida para el presidio
A las seis,
zafarrancho. Unos presos nos traen el café y, luego, se presentan cuatro
vigilantes. Van de blanco, hoy, siempre llevan la pistola al cinto. Los botones
de sus guerreras impecablemente blancas son dorados. Uno de ellos luce tres
galones de oro en forma de V en la bocamanga izquierda, pero nada en los
hombros.
—Deportados, saldréis
al pasillo de dos en dos. Cada cual buscará el saco que le corresponda, vuestro
nombre figura en la etiqueta. Coged el saco y retiraos junto a la pared, de
cara al pasillo, con vuestro saco delante de vosotros.
Tardamos unos veinte
minutos en alinearnos todos con el saco delante.
—Desnudaos, haced un
paquete con vuestras prendas y atadlas en la guerrera por las mangas… Muy bien.
Tú, recoge los paquetes y mételos en la celda… Vestíos, poneos calzoncillos,
camiseta, pantalón rayado de dril, blusa de dril, zapatos y calcetines… ¿Estáis
todos vestidos?
—Sí, señor vigilante.
—Está bien. Guardad la
guerrera de lana fuera del saco por si acaso llueve y para resguardaros del
frío. ¡Saco al hombro derecho! En fila de a dos, seguidme.
Con el de los galones
delante, dos vigilantes a un lado y el cuarto a la cola, nuestra pequeña
columna se dirige hacia el patio. En menos de dos horas, ochocientos
presidiarios están alineados. Llaman a cuarenta hombres, entre ellos yo, Louis
Dega y los tres exfugados: Julot, Galgani y Santini. Esos cuarenta hombres
forman de diez en diez. Al frente de la columna, cada fila tiene un vigilante
al lado. Ni grilletes ni esposas. Delante de nosotros, a tres metros, diez
gendarmes caminan de espaldas. Nos encaran empuñando el mosquetón y así
recorren todo el trayecto, guiado cada uno por otro gendarme que le tira del
tahalí.
La gran puerta de la
Ciudadela se abre y la columna se pone en marcha lentamente. A medida que
salimos de la fortaleza, más gendarmes, empuñando fusiles o metralletas, se
agregan al convoy, aproximadamente a dos metros de éste, y lo siguen a esta
distancia. Una gran multitud de curiosos es mantenida apartada por los
gendarmes: han venido a presenciar la salida para el presidio. A la mitad del
recorrido, en las ventanas de una casa, silban quedamente entre dientes.
Levanto la cabeza y veo a mi mujer Nénette y a Antoine D… en una ventana;
Paula, la mujer de Dega, y su amigo Antoine Giletti en la otra ventana. Dega
también les ha visto, y caminamos con los ojos fijos en esa ventana todo el
tiempo que podemos. Será la última vez que habré visto a mi mujer, y también a
mi amigo Antoine, quien más tarde morirá durante un bombardeo en Marsella. Como
nadie habla, el silencio es absoluto. Ni un preso, ni un vigilante, ni un
gendarme, ni nadie entre el público turba este momento verdaderamente
conmovedor en que todo el mundo comprende que esos ochocientos hombres van a
desaparecer de la vida normal.
Subimos a bordo. Los
cuarenta primeros somos conducidos a la bodega, a una jaula de gruesos
barrotes. Hay un letrero. Leo: "Sala N.º1, 40 hombres categoría muy
especial. Vigilancia continua y estricta." Cada uno de nosotros recibe un
coy enrollado. Hay ganchos en cantidad para colgarlos. Alguien me abraza, es
Julot. El ya conoce esto, pues este viaje ya lo había hecho diez años atrás.
Sabe a qué atenerse. Me dice:
—Pronto, ven por aquí.
Cuelga tu saco en el gancho del que colgarás el coy. Este sitio está cerca de
dos ojos de buey cerrados, pero en alta mar los abrirán y siempre respiraremos
mejor aquí que en cualquier otro sitio de la jaula.
Le presento a Dega.
Estamos hablando, cuando se acerca un hombre. Julot le corta el paso con el
brazo y le dice:
—No vengas nunca a este
lado si quieres llegar vivo a los duros. ¿Has comprendido?
El otro responde:
—Sí.
—¿Sabes por qué?
—Sí.
—Entonces, largo de
aquí.
El tipo aquel se va.
Dega se alegra de esta demostración de fuerza y no lo disimula:
—Con vosotros dos,
podré dormir tranquilo dice.
Y Julot responde:
—Con nosotros, estás
más seguro que en un chalet de la costa con la ventana abierta.
El viaje ha durado
dieciocho días. Un solo incidente: una noche, un fuerte grito despierta a todo
el mundo. Encuentran a un individuo con un gran cuchillo clavado entre los
hombros. El cuchillo había sido hincado de abajo arriba y atravesado el coy
antes de ensartarle a él. El cuchillo, arma temible, tenía más de veinte
centímetros de hoja. Inmediatamente, veinticinco o treinta vigilantes nos
apuntan con sus pistolas y sus mosquetones, gritando:
—¡Todo el mundo en
cueros, rápido!
Todo el mundo se pone
en cueros. Comprendo que van a cachearnos. Me pongo el bisturí bajo el pie
derecho descalzo, >, apoyándome más en la pierna izquierda que en la
derecha, pues el hierro me lastima. Pero mi pie tapa el bisturí. Entran cuatro
vigilantes y se ponen a registrar calzado y ropas. Antes de entrar han dejado
sus armas y cerrado tras de sí la puerta de la jaula,¡, pero desde fuera siguen
vigilándonos, con las armas apuntadas sobre nosotros.
—El primero que se
mueva es hombre muerto dice la voz de un jefe.
En el registro,
descubren tres cuchillos, dos clavos afilados, un sacacorchos y un estuche de
oro. Seis hombres salen de la [a jaula, desnudos aún. El jefe del convoy,
comandante Barrot, llega acompañado de dos doctores de la infantería colonial y
del comandante del barco. Cuando los guardianes han salido de nuestra jaula,
todo el mundo se ha vuelto a vestir sin esperar la orden. He recuperado mi
bisturí.
Los vigilantes se han
retirado hasta el fondo de la bodega. En el centro, Barrot, los otros junto a
la escalera. Frente a ellos alineados, los seis hombres en cueros, en posición
de firmes.
—Esto es de ése dice el
guardián que ha cacheado, cogiendo un cuchillo y designando al propietario.
—Es verdad, es mío.
—Muy bien —dice
Barrot—. Hará el viaje en una celda sobre las máquinas.
Cada uno es designado,
sea por los clavos, sea por el saca corchos, sea por los cuchillos, y cada uno
reconoce ser el propietario de los objetos hallados. Cada uno de ellos, siempre
en cueros, sube las escaleras, acompañado por dos guardianes. En el suelo queda
un cuchillo y el estuche de oro; un hombre solo para los dos objetos. Es joven,
de veintitrés o veinticinco años, bien proporcionado, metro ochenta por lo
menos, de cuerpo atlético, ojos azules.
—Es tuyo eso, ¿verdad?
—dice el guardián, señalándole el estuche de oro.
—Sí, es mío.
—¿Qué contiene?
—pregunta el comandante Barrot, que lo ha cogido.
—Trescientas libras
inglesas, doscientos dólares y dos diamantes de cinco quilates.
—Bien, veámoslo.
Lo abre. Como el
comandante está rodeado por los otros, no se ve nada, pero se le oye decir:
—Exacto. ¿Tu nombre?
—Salvidia Romeo.
—¿Eres italiano?
—Sí, señor.
—No serás castigado por
el estuche, pero sí por el cuchillo.
—Perdón, el cuchillo no
es mío.
—Vamos, no digas eso,
lo he encontrado en tus zapatos —dice el guardián.
—El cuchillo no es mío.
—¿Así que soy un
embustero?
—No, pero se equivoca
usted.
—Entonces, ¿de quién es
este cuchillo? —pregunta el comandante Barrot—. Si no es tuyo, de alguien será.
—No es mío, eso es
todo.
—Si no quieres que te
metamos en un calabozo, donde te cocerás, pues está situado sobre las calderas,
di de quién es el cuchillo.
—No lo sé.
—¿Me estás tomando el
pelo? ¿Encuentran un cuchillo en tus zapatos y no sabes de quién es? ¿Crees que
soy un imbécil? O es tuyo, o sabes quién lo ha puesto ahí. Contesta.
—No es mío, y no me
toca a mí decir de quién es. No soy ningún chivato. ¿Acaso me ve usted con cara
de cabo de vara, por casualidad?
—Vigilante, póngale las
esposas a ese tipo. Pagarás cara esta manifestación de indisciplina.
Los dos comandantes, el
del barco y el del convoy, hablan entre sí. El comandante del barco, da una
orden a un contramaestre, que sube a cubierta. Algunos instantes después, llega
un marino bretón, un verdadero coloso, con un cubo de madera seguramente lleno
de agua de mar y una soga del grosor de un puño. Atan al hombre al último
peldaño de la escalera, de rodillas. El marino moja la soga en el cubo y,
luego, golpea despacio, con todas sus fuerzas, las nalgas, los riñones y la
espalda del pobre diablo. Ni un grito sale de sus labios, pero la sangre le
mana de nalgas y costillas. En este silencio sepulcral, se eleva un grito de
protesta de nuestra jaula:
—¡Hatajo de canallas!
Era todo lo que hacía
falta para desencadenar los gritos de todo el mundo: "¡Asesinos!
¡Asquerosos! ¡Podridos!" Cuanto más nos amenazan con dispararnos si no
callamos, más chiflamos, hasta que, de pronto, el comandante grita:
—¡Dad el vapor!
Unos marineros giran
unas ruedas y caen sobre nosotros unos chorros de vapor con tal potencia, que
en un abrir y cerrar de ojos todo el mundo está cuerpo a tierra. Los chorros de
vapor eran lanzados a la altura del pecho. Un miedo colectivo se apoderó de
nosotros. Los quemados no se atrevían a quejarse. Aquello no duró ni siquiera
un minuto, pero aterrorizó a todo el mundo.
—Espero que habréis
comprendido, los que tenéis tantos arrestos. Al más pequeño incidente, haré que
os echen vapor. ¿Entendido? ¡Levantaos!
Sólo tres hombres
resultaron verdaderamente quemados. Los llevaron a la enfermería. El que había
sido azotado volvió con nosotros. Seis años después, moriría en una fuga
conmigo.
Durante los dieciocho
días que dura el viaje, tenemos tiempo de informarnos o tratar de tener una
idea del presidio. Nada será como lo habíamos creído y, sin embargo, Julot
habrá hecho todo lo posible para informarnos. Por ejemplo, sabemos que
Saint-Laurent-du-Maroni es una población que está a ciento veinte kilómetros
del mar, junto al río Maroni. Julot nos explica:
—En esa población se
encuentra la penitenciaría, el centro del presidio. En ese centro se efectúa la
clasificación por categorías. Los relegados van directamente a ciento cincuenta
kilómetros de allí, a una penitenciaría llamada Saint-Jean. Los presidiarios
son clasificados inmediatamente en tres grupos:
"Los muy
peligrosos, que serán llamados tan pronto lleguen y encerrados en celdas del
cuartel disciplinario mientras esperan su traslado a las Islas de la Salvación.
Son internados por un tiempo o de por vida. Estas islas están a quinientos
kilómetros de Saint-Laurent y a cien kilómetros de Cayena. Se llaman: Royale;
la mayor, San José, donde está la cárcel del presidio; y del Diablo, la más
pequeña de todas. Los presidiarios no van a la isla del Diablo, salvo muy raras
excepciones. Los hombres que están en la del Diablo son presidiarios políticos.
"Luego, los
peligrosos de segunda categoría: se quedarán en el campo de Saint-Laurent y
serán obligados a hacer trabajos de jardinería y a cultivar la tierra. Cada vez
que se les necesita, son enviados a campos muy duros: Camp Forestier, Charvin,
Cascade, Crique Rouge, Kílonikitre 42, llamado "Campo de la Muerte".
"Después, la
categoría normal: son empleados en la Administración, las cocinas, limpieza de
la población o del campo, o en diferentes trabajos: taller, carpintería,
pintura, herrería, electricidad, colchonería, sastrería, lavaderos, etcétera.
"Así, pues, la
hora H es la de arribada: si uno es llamado y conducido a una celda, significa
que será internado en las Islas, lo cual echa por tierra toda esperanza de
evadirse. En todo caso, hay una sola posibilidad: herirse inmediatamente,
rajarse las rodillas o el vientre para ir al hospital y, desde allí, fugarse.
Es menester a toda costa procurar no ir a las Islas. Y una esperanza: si el
barco que debe transportar a los internados a las Islas no está listo para
zarpar, entonces hay que sacar dinero y ofrecérselo al enfermero. Este os
pondrá una inyección de aguarrás en una articulación, o pasará un pelo empapado
de orina por la carne para que se infecte. O te hará respirar azufre y luego
dirá al doctor que tienes cuarenta de fiebre. Durante esos días de espera, es
menester ir al hospital a toda costa.
"Si no se es
llamado y dejado con los otros en barracones del campamento, se tiene tiempo de
actuar. En tal caso no debe buscarse empleo dentro del campamento. Hay que dar
dinero al contable para obtener un puesto de pocero, barrendero, o ser empleado
en la serrería de un contratista civil. Al salir a trabajar fuera de la
penitenciaría y volver cada noche al campamento, se tiene tiempo para
establecer contacto con presidiarios liberados que viven en la población o con
chinos, para que le preparen a uno la fuga. Evitad los campamentos que están en
torno de la población: allí todo el mundo la espicha muy pronto; hay
campamentos donde ningún hombre ha resistido tres meses. En plena selva, los
hombres se ven obligados a cortar un metro cúbico de leña por día.
Todas estas
informaciones son valiosas. Julot nos las ha remachado durante todo el viaje.
El está preparado. Sabe que irá directamente al calabozo por ser un exfugado.
Por lo cual lleva un cuchillo pequeño, más bien un cortaplumas, en su estuche.
A la llegada, lo sacará y se abrirá una rodilla. Al bajar del barco, caerá de
la escalerilla delante de todo el mundo. Piensa que, entonces, será llevado
directamente del muelle al hospital. Por lo demás, es exactamente lo que
pasará.
Saint-Laurent-du-Maroni
Los vigilantes se
relevan para ir a cambiarse de ropa. Vuelven todos por turno vestidos de blanco
con un casco colonial en vez de quepis. Julot dice: "Estamos
llegando." Hace un calor espantoso, pues los ojos de buey están cerrados.
A través de ellos, se ve la selva. Estamos, pues, en el Maroni. El agua es
cenagosa. La selva es verde e impresionante. Turbados por la sirena del barco,
los pájaros echan a volar. Avanzamos muy despacio, lo cual permite fijarse
holgadamente en la vegetación verde oscuro, exuberante y tupida. Se perciben
las primeras casas de madera con sus tejados de chapa ondulada. Negros y negras
están a sus puertas y contemplan el paso del barco. Están acostumbrados a verle
descargar su alijo humano y por eso no hacen ningún ademán de bienvenida cuando
pasa. Tres toques de sirena y ruidos de hélice nos indican que arribamos y,
luego, todo ruido de maquinaria cesa. Podría oírse volar una mosca.
Nadie habla. Julot ha
abierto su cuchillo y se. corta el pantalón en la rodilla, destrozando los
bordes de las costuras. Hasta que esté en cubierta no debe rajársela, para no
dejar rastros de sangre. Los vigilantes abren la puerta de la jaula y nos hacen
formar de tres en tres. Estamos en la cuarta fila, Julot entre Dega y yo.
Subimos a cubierta. Son las dos de la tarde y un sol de fuego me lastima la
cabeza pelada y los ojos. Alineados en cubierta, nos conducen hacia la
escalerilla. Aprovechando un titubeo de la columna, provocado por la entrada de
los primeros en la escalerilla, sostengo el saco de Julot sobre su hombro y él,
con ambas manos, arranca su rodillera, hinca el cuchillo y corta de un golpe
siete u ocho centímetros de carne. Me pasa el cuchillo y aguanta solo el seco.
En el, momento que bajamos la escalerilla, se deja caer y rueda hasta abajo. Le
recogen y, al verle herido, llaman a los camilleros. Todo se ha realizado
conforme lo había previsto: se lo llevan dos hombres en una camilla.
Un gentío abigarrado
nos mira, curioso. Negros, mulatos, indios, chinos, guiñopos blancos (esos
blancos deben de ser presidiarios liberados) examinan a cada uno de los que
ponen pie en tierra y se alinean detrás de los demás. Al otro lado de los
vigilantes, civiles bien vestidos, mujeres con ropas veraniegas, chiquillos,
todos con el casco colonial en la cabeza. También ellos miran a los recién
llegados. Cuando somos doscientos, el convoy arranca. Caminamos aproximadamente
diez minutos y llegamos ante una puerta de tablones, muy alta, donde está
escrito: "Penitenciería" de Saint-Laurent-du-Maroni. Capacidad 3000
hombres." Abren la puerta y entramos por filas de a diez. "Un, dos;
un, dos, ¡marchen!" Numerosos presidiarios nos miran llegar, encaramados a
las ventanas o de pie sobre grandes pedruscos, para vernos mejor.
Cuando llegamos al
centro del patio, alguien grita:
—¡Alto! Dejad los sacos
delante de vosotros. Y vosotros, distribuid los sombreros!
Nos dan un sombrero de
paja a cada uno, lo necesitábamos: dos o tres, ya han caído a consecuencia de
la insolación. Dega y yo nos miramos, pues un guardián con galones tiene una
lista en la mano. Pensamos en lo que nos había dicho Julot. llaman al Guittou:
"¡Por aquí!". Encuadrado por dos vigilantes, se va. Con Suzini ocurre
igual, y lo mismo con Girasol.
—Jules Pignard!
Jules Pignard —Julat—
se ha herido, está en el hospital.
—Bien.
Son los internados en
Las Islas. Luego, el vigilante continúa:
—Escuchad con atención.
Cada hombre que sea nombrado saldrá de filas con, su saco al hombro e irá a
alinearse frente a ese barracón amarillo, el N.
Fulano, presente, etc.
Dega, Carrier y yo nos encontramos entre los otros que forman ante el barracón.
Nos abren la puerta y entramos en una sala rectangular de veinte metros
aproximadamente. En medio, un pasillo de dos metros de ancho; a derecha e izquierda,
una barra de hierro que va de un extremo a otro de la sala. Lonas que sirven de
coys están tendidas entre la barra y la pared, cada uno con su manta. Cada cual
se instala donde quiere. Dega, Pierrot el Loco, Santori, Grandet y yo nos
ponemos juntos e, inmediatamente, se forman las chabolas. Voy al fondo de la
sala: a la derecha, las duchas; a la izquierda, los retretes, sin agua
corriente. Agarrados a los barrotes de las ventanas, presenciamos la
distribución de los que han llegado después de nosotros. Louis Dega, Pierrot el
Loco y yo estamos radiantes; no nos han internado, puesto que nos encontramos
juntos en un barracón. Si no, ya estaríamos en una celda, según explicara
Julot. Todo el mundo está contento, hasta que, cuando la distribución ha finalizado,
sobre las cinco de la tarde, Grandet dice:
—¡Qué raro que en ese
convoy no hayan llamado a ningún internado! Es extraño. Tanto mejor a fe mía.
Grandet es el hombre
que robó la caja de caudales de una central, un caso que hizo reír a toda
Francia.
En los trópicos, la
noche y el día llegan sin crepúsculo ni amanecer. Se pasa de una cosa a otra de
golpe, todo el año a la misma hora. Y, a las seis y media, dos viejos
presidiarios traen dos linternas de petróleo que cuelgan de un garfio del techo
y alumbran poco. Tres cuartos de la sala están en plena oscuridad. A las nueve,
todo el mundo duerme, pues, una vez pasada la excitación de la llegada, se está
muerto de calor. Ni un soplo de aire, todo el mundo va en calzoncillos. Tumbado
entre Dega y Pierrot el Loco, charlo quedamente con ellos y, luego, nos
quedamos dormidos.
A la mañana siguiente,
es oscuro aún cuando suena la corneta. Todos nos levantamos, lavamos, vestimos.
Nos dan café y un chusco. En la pared, hay una tabla para poner el pan, la
escudilla y demás trastos. A las nueve, entran dos vigilantes y un presidiario,
joven él, vestido de blanco, sin listas. Los dos guardianes son corsos y hablan
en corso con presidiarios de su tierra. Mientras tanto, el enfermero se pasea
por la sala. Al llegar a mi altura, me dice:
—¿Qué tal, Papi? ¿No me
conoces?
—No.
—Soy Sierra el
Argelino, te conocí en casa de Dante, en París.
—Ah, sí, ahora te
reconozco. Pero tú subiste en el 29, y estamos en el 33. ¿Y sigues aquí?
—Sí, uno no se va tan
de prisa como quiere. Hazte dar de baja por enfermo. Y ése, ¿quién es?
—Dega, un amigo.
—Le inscribo también
para la visita. Tú, Papi, tienes disentería. Y tú, viejo, crisis de asma. Os
veré en la visita de las once, tengo que hablaros.
Prosigue su camino y
dice en voz alta:
—¿Quién está enfermo
aquí?
Va hacia los que
levantan el dedo y los inscribe. Cuando pasa de nuevo ante nosotros, le
acompaña uno de los vigilantes, un hombre curtido por el sol y muy viejo:
—Papillon, te presento
a mi jefe, el vigilante enfermero Bartiloni. Monsieur Bartiloni, éstos son los
amigos de quienes le he hablado.
—Está bien, Sierra, ya
lo arreglaremos en la visita, contad conmigo.
A las once, vienen a
buscarme. Somos nueve enfermos. Cruzamos el campamento a pie entre los
barracones. Llegamos ante un barracón más nuevo, el único que está pintado de
blanco y con una cruz roja, entramos y pasamos a una sala de espera donde
aguardan unos sesenta hombres. En cada rincón de la sala, dos vigilantes.
Aparece Sierra, vistiendo una inmaculada bata de médico. Dice: "Usted,
usted y usted, pasen." Entramos en una estancia que en seguida reconocemos
como el despacho del doctor. Se dirige a uno de nosotros en español. A ese
español, le reconozco en seguida: es Fernández, el que mató a tres argentinos
en el "Café de Madrid", en París. Una vez han cruzado algunas
palabras, Sierra le hace pasar a un retrete que da a la sala, y, luego, viene
hacia nosotros:
—Papi, deja que te
abrace. Estoy muy contento de poder hacerte un favor a ti y a tu amigo: los dos
estáis internados… ¡Oh! ¡Dejadme hablar! Tú, Papillon, de por vida, y tú, Dega,
por cinco años. ¿Tenéis pasta?
—Sí.
—Entonces, dadme
quinientos francos cada uno y, mañana por la mañana, estaréis hospitalizados.
Tú por disentería. Y tú, Dega, esta noche llama a la puerta o, mejor, que
cualquiera de vosotros llame al guardián y reclame al enfermero diciendo que
Dega se está asfixiando. Del resto me encargo yo. Papillon, sólo te pido una
cosa: si te das el piro, avísame con tiempo, que estaré en la cita. En el
hospital, por cien francos cada uno a la semana, podrán teneros un mes. Hay que
darse prisa.
Fernández sale del
retrete y entrega delante de nosotros quinientos francos a Sierra. Luego, soy
yo quien entra en el retrete y, cuando salgo, le entrego no mil, sino mil
quinientos francos. Rehúsa los quinientos francos. No quiero insistir. Me dice:
—Esa pasta que me das
es para el guardián. Para mí, no quiero nada. ¿Somos amigos, o qué?
El día siguiente, Dega,
yo y Fernández estamos en una vasta celda del hospital. Dega ha sido
hospitalizado en plena noche. El enfermero de la sala es un hombre de treinta y
cinco años, le llaman Chatal. Tiene todas las instrucciones de Sierra para
nosotros tres. Cuando pase el doctor, presentará un análisis de deposiciones en
el que yo apareceré podrido de amibas. Para Dega, diez minutos antes de la
visita, quema un poco de azufre que le han facilitado y le hace respirar los
gases con una toalla en la cabeza. Fernández tiene una mejilla enorme: se ha
pinchado la piel en el interior de la mejilla y ha soplado todo cuanto ha
podido durante una hora. Lo ha hecho tan concienzudamente, se le ha hinchado
tanto la mejilla, que le cierra un ojo. La celda está en el primer piso de un
edificio, hay unos setenta enfermos muchos de disentería. Pregunto al enfermero
dónde está Julot. él dice:
—En el barracón de
enfrente mismo. ¿Quieres que le diga algo?
—Sí. Dile que Papillon
y Dega están aquí, que se asome a la ventana.
El enfermero entra y
sale cuando quiere de la sala. Para esto no tiene más que llamar a la puerta.
Un marroquí le abre. Es un "llavero", un presidiario que sirve de
auxiliar a los vigilantes. En sillas, a ambos lados de la puerta, se sientan tres
vigilantes, con el mosquetón sobre las rodillas. Los barrotes de las ventanas
están hechos de carriles de ferrocarril, me pregunto cómo se las apañan para
cortarlos. Me siento en la ventana.
Entre nuestro barracón
y el de Julot hay un jardín repleto de bonitas flores. Julot se asoma a su
ventana, con una pizarra en la mano en la que ha escrito con tiza: BRAVO. Una
hora después, el enfermero me trae la carta de Julot. Me dice: Procuraré ir a tu
sala. Si fracaso, tratad de venir a la mía. El motivo es que tenéis enemigos en
la vuestra. Así, pues, ¿estáis internados? Animo, les podremos. El incidente de
la Central de Beaulieu que sufrimos juntos nos ha unido mucho el uno al otro.
Julot era especialista en el mazo de madera, por eso le apodaban el hombre del
martillo. Llegaba en coche ante una joyería, en pleno día, cuando las alhajas
más hermosas estaban en el escaparate dentro de sus estuches. El coche,
conducido por otro, se paraba con el motor en marcha. El bajaba rápidamente,
provisto de un gran mazo de madera, rompía el escaparate de un golpazo, cogía
todos los estuches que podía y se subía de nuevo al coche, que arrancaba como
una exhalación. Tras haber tenido éxitos en Lyon, Angers, Tours, El Havre,
asaltó una gran joyería de París, a las tres de la tarde y se llevó casi un
millón en joyas. Nunca me contó cómo ni por qué fue identificado. Le condenaron
a veinte años y se fugó al cabo de cuatro. Y fue de vuelta en París, según nos
contó, cuando lo detuvieron: buscaba a su encubridor para matarlo, pues éste
nunca entregó a su hermana una fuerte suma de dinero que le adeudaba. El
encubridor le vio merodear por la calle donde vivía y avisó a la Policía: Julot
fue prendido y regresó al presidio con nosotros.
Hace casi una semana
que estamos en el hospital. Ayer entregué doscientos francos a Chatal, es el
precio por semana para seguir los dos en el hospital. Para granjearnos
amistades, damos tabaco a todos los que no lo tienen. Un duro de sesenta años,
un marsellés apellidado Carora. se ha hecho amigo de Dega. Es su consejero. Le
dice varias veces al día que si tiene mucho dinero y lo saben en el pueblo (por
los diarios que llegan de Francia se conocen los grandes casos), vale más que
no se fugue, porque los liberados le matarán para robarle el estuche. El viejo
Dega me pone al corriente de sus conversaciones con el viejo Carora. Por mucho
que le diga que el viejo, seguramente, es un cascaciruelas, puesto que lleva
veinte años aquí, no me hace caso. Dega está muy impresionado por las historias
del viejo y me cuesta animarle lo mejor que puedo y con toda mi buena fe. He
hecho pasar una nota a Sierra para que me mande a Galgani— No tarda. El día
siguiente, Galgani está en el hospital, pero en una sala sin rejas. ¿Cómo
entregarle su estuche? Pongo al corriente a Chatal de la imperiosa necesidad
que tengo de hablar con Galgani, le doy a entender que se trata de una
preparación de fuga. Me dice que puede traérmelo durante cinco minutos a las
doce en punto. A la hora del cambio de guardia, le hará subir a la terraza y
hablar conmigo por la ventana, sin que me cueste nada. Galgani me es traído a
la ventana a mediodía. Le pongo inmediatamente el estuche en las manos. Se
levanta, llora. Dos días después, recibía de él una revista ilustrada, con
cinco billetes de mil francos y una sola palabra: Gracias.
Chatal, que me ha
entregado la revista, ha visto el dinero. No dice nada, pero quiero regalarle
algo, lo rehúsa. Le digo:
—Queremos irnos.
¿Quieres marcharte con nosotros?
—No, Papillon, tengo
otro compromiso, no quiero intentar la evasión hasta dentro de cinco meses,
cuando mi socio esté en libertad. La fuga estará mejor preparada y será más
segura. Tú, como estás internado, comprendo que tengas prisa, pero desde aquí,
con estas rejas, va a resultar difícil. No cuentes conmigo para ayudarte, no
quiero arriesgar mí puesto. Aquí, aguardo tranquilo a que mi amigo salga.
—Muy bien, Chatal. Hay
que ser franco en la vida, ya no te hablaré de nada.
—Pero, de todos modos
—Dijo, te traeré las misivas y te haré los recados.
—Gracias, Chatal.
Por la noche, se han
oído ráfagas de metralleta. Eran, lo supimos el día siguiente, a causa de el
hombre del martillo, que se fugaba. Dios le ayude, era un buen amigo. Debió de
habérsele presentado una ocasión y la aprovechó. Tanto mejor para él.
Quince años después, en
1948, estoy en Haití, donde, acompañado por un millonario venezolano, vengo a
tratar con el presidente del Casino un contrato para regentar el juego. Una
noche, cuando salgo de un cabaret donde se ha bebido champaña, una de las chicas
que nos acompaña, negra como el carbón, pero educada como una provinciana de
buena familia francesa, me dice:
—Mi abuela, que es
sacerdotisa vudú, vive con un viejo francés, un evadido de Cayena. Hace quince
años que está con ella, siempre anda borracho y se llama Jules Marteau.
Se me pasa la
borrachera de golpe.
—Pequeña, llévame a
casa de tu abuela en seguida.
Ella habla en dialecto
haitiano con el chófer del taxi, quien va a toda velocidad. Pasamos frente a un
bar nocturno resplandeciente:
—Para —digo.
Entro en el bar para
comprar una botella de "Pernod", dos botellas de champaña y dos
botellas de ron del país.
—En marcha.
Llegamos a orillas del
mar, ante una linda casita blanca con tejas rojas. El agua del mar llega casi a
las escaleras. La chica llama, llama y, primero, sale una mujer negra alta, de
pelo blanquísimo. Lleva un camisón que le llega hasta los tobillos. Las dos
mujeres hablan en dialecto y la vieja me dice:
—Entre, señor, está
usted en su casa.
Una lámpara de
acetileno alumbra una sala muy limpia, llena de pájaros y de peces.
—¿Quiere usted ver a
Julot? Espere, ahora viene. ¡Jules, Jules! Hay alguien que quiere verte.
Vestido con un pijama a
rayas azules que me recuerda el uniforme del presidio, llega descalzo un hombre
viejo.
—Y bien, Bola de Nieve,
¿quién viene a verme a estas horas? ¡Papillon! ¡No, no es posible!
Me abraza, luego dice:
—Acerca la lámpara,
Bola de Nieve, para que pueda ver bien la cara a mi amigo. ¡Claro que eres tú,
macho! ¡Eres mismamente tú! ¡Bien venido! La barraca, la poca pasta que tengo,
la nieta de mi mujer, todo es tuyo. Sólo tienes que pedirlo.
Nos bebemos el
"Pernod", el champaña, el ron y, de vez en cuando, Julot canta.
—Hemos podido con
ellos, ¿verdad, amigo? Ves tú, no hay nada como la aventura. Yo he pasado por
Colombia, Panamá, Costa Rica, Jamaica y, luego, hace quince años más o menos,
me vine aquí, donde soy feliz con Bola de Nieve, que es la mejor mujer que
puede encontrar un hombre. ¿Cuándo te vas? ¿Estarás aquí mucho tiempo?
—No, una semana.
—¿Qué vienes a hacer?
—Quedarme con el juego
del Casino por contrata, si me pongo de acuerdo con el presidente.
—Amigo mío, me gustaría
que te quedases toda la vida a mi lado en esta tierra de carboneros, pero si
has establecido contacto con el presidente, te aconsejo que no hagas nada con
ese individuo, te hará asesinar si ve que tu negocio marcha.
—Gracias por el
consejo.
—Y tú, Bola de Nieve,
prepara el baile del vudú "no para turistas". ¡Uno de verdad para mi
amigo!
En otra ocasión, ya
contaré ese famoso baile del vudú "no para turistas".
Así, pues Julot se ha
fugado y yo, Dega y Fernández seguimos en espera. De vez en cuando miro,
disimuladamente, los barrotes de las ventanas. Son auténticos carriles de tren,
no hay nada que hacer. Ahora, queda la puerta… Noche y día, la guardan tres vigilantes.
Desde la evasión de Julot, la vigilancia se ha extremado. Las rondas se suceden
menos espaciadamente, el doctor es menos amable. Chatal sólo viene dos veces al
día a la sala, para poner inyecciones y tomar la temperatura. Pasa otra semana,
vuelvo a pagar doscientos francos. Dega habla de todo, salvo de evasión. Ayer,
vio mi bisturí y dijo:
—¿Todavía lo tienes?
¿Para qué?
—Para defender mi
pellejo, y el tuyo si es necesario.
Fernández no es español
sino argentino. Es muy hombre, un auténtico aventurero, pero también ha quedado
impresionado por las charlatanerías del viejo Carora. Un día, le oigo decir a
Dega:
—Las Islas, al parecer,
son muy saludables, no como aquí, y no hace calor. En esta sala se puede pillar
la disentería, pues sólo con ir al retrete pueden pillarse los microbios.
Todos los días, uno o
dos hombres, en esta sala de setenta, mueren de disentería. Cosa digna de
destacar: todos mueren con la marea baja de la tarde o de la *noche. Por la
mañana, nunca muere ningún enfermo. ¿Por qué? Enigmas de la naturaleza.
Esta noche, he tenido
una discusión con Dega. Le he dicho que, a veces, por la noche, el llavero
árabe comete la imprudencia de entrar en la sala y levantar las sábanas de los
enfermos graves que tienen la cara tapada. Se le podría dejar sin sentido y ponerse
sus ropas (todos vamos con camisa y sandalias, nada más). Una vez vestido,
salgo y le quito por sorpresa el mosquetón a uno de los guardianes, les apunto
a todos y les hago entrar en la celda, cuya puerta cierro. Después, salvamos el
muro del hospital, por la parte del Maroni, nos arrojamos al agua y nos dejamos
llevar por la corriente, a la deriva. Luego, ya veremos. Como tenemos dinero,
compraremos una embarcación y víveres para hacernos a la mar. Los dos rechazan
categóricamente este proyecto y hasta lo critican. Entonces, me doy cuenta de
que están acoquinados, me siento muy decepcionado y los días pasan.
Hace tres semanas menos
dos días que estamos aquí. Sólo quedan diez o quince días, a lo sumo, para
probar suerte. Hoy, día memorable, 21 de noviembre de 1933, entra en la sala
Joanes Clousiot, el hombre a quien intentaron asesinar en Saint—Martin, en la barbería.
Tiene los ojos cerrados y está casi ciego, pues sus ojos están llenos de pus.
Una vez se ha ido Chatal, voy a su lado. Rápidamente me dice que los otros
internados salieron hacia las Islas hace más de quince días, pero que se
olvidaron de él. Hace tres días, un responsable dio el aviso. Entonces se puso
un grano de ricino en los ojos y los ojos purulentos han hecho que pudiese
venir aquí. Está en plena forma para largarse. Me dice que está dispuesto a
todo, hasta a matar si hace falta, pero quiere largarse. Tiene tres mil
francos. Los ojos lavados con agua caliente le permiten ver en seguida con
mucha claridad. Le explico mi proyecto de plan para evadirme. Le parece bueno,
pero me dice que, para sorprender a los vigilantes, hay que ser dos, o mejor tres.
Podríamos desmontar las patas de la cama y, cada uno con un hierro en la mano,
dejarlos sin sentido. Pues, según él, ni siquiera empuñando sus mosquetones,
pensarían que nos atreveríamos a disparar, y podrían llamar a los vigilantes de
guardia en el otro pabellón, de donde se escapó Julot, y que se halla a menos
de veinte metros del nuestro.
TERCER CUADERNO.
PRIMERA FUGA
Evasión del hospital
Esta noche, le he
metido una bronca a Dega y, después, a Fernández. Dega me dice que no tiene
confianza en ese proyecto, que, si es necesario, pagará una fuerte cantidad
para salir de su internamiento. Me pide que le escriba a Sierra diciéndole que
se le ha ocurrido esa proposición y que nos diga si es aceptable. Chatal, el
mismo día, lleva la nota y nos trae la respuesta. "No pagues a nadie para
que quiten el intemamiento, es una medida que viene de Francia y nadie, ni
siquiera el director de la penitenciaría, puede quitárnoslo. Si estáis
desesperados en el hospital, podéis tratar de salir a la mañana siguiente misma
del día en que el barco que va a las islas y que se llama Mana haya
zarpado."
Seguiremos ocho días
más en los cuarteles celulares antes de que nos lleven a las Islas, y quizá sea
mejor para evadirse que la sala donde hemos ido a recalar en el hospital. En la
misma misiva, Sierra me dice que, si quiero, me mandará un presidiario liberado
a hablar conmigo para prepararme el barco detrás del hospital. Es un tolosense
que se llama Jésus, el mismo que preparó la evasión del doctor Bougrat hace
ahora dos años. Para verle, he de hacerme radiografiar en un pabellón
especialmente equipado para ello. Ese pabellón está dentro del hospital, pero
los liberados tienen acceso a él mediante una falsa orden para ser
radiografiados. Me dice que antes de que vaya a hacerme la radiografía me quite
el estuche, pues el doctor podría verlo si mira más abajo de los pulmones.
Envío unas letras a Sierra, diciéndole que mande a Jésus a hacerse la
radiografía y que se ponga de acuerdo con Chatal para que me manden también
allí. Será pasado mañana a las nueve, me advierte Sierra aquella misma noche.
El día siguiente, Dega
pide salir del hospital, así como Fernández. El Mana ha zarpado esta mañana.
Ellos esperan fugarse de las celdas del campamento, les deseo buena suerte yo
no varío mis proyectos.
He visto a Jésus. Es un
viejo Presidiario liberado, flaco como una sardina, de rostro curtido, cruzado
por dos tremendas cicatrices. Tiene un ojo que llora constantemente cuando te
mira. Mala pinta, mala mirada. No me inspira mucha confianza, el futuro me dará
la razón. Hablamos rápidamente:
—Puedo facilitarte una
embarcación para cuatro hombres, a lo sumo cinco. Un barrilito de agua, víveres
café, y tabaco; tres palas de canoa india, sacos de harina vacíos, aguja e hilo
para que te hagas la vela y un foque tú mismo; una brújula, un hacha, un
cuchillo, cinco litros de tafia —ron de Guayana—, por dos mil quinientos
francos. La luna se pone dentro de tres días. De aquí a cuatro días, si
aceptas, te esperaré en la lancha botada todas las noches, desde las once hasta
las tres de la madrugada, durante ocho días. Al primer cuarto creciente de la
luna, ya no te espero. La embarcación estará exactamente frente al ángulo de
abajo de la tapia del hospital. Dirígete por la tapia, pues hasta que no estés
junto a la embarcación, no la verás ni a dos metros.
No me fío, pero de
todos modos digo que sí.
—¿La pasta? —me dice
Jésus.
—Te la mandaré por
Sierra.
Y nos separamos sin
estrecharnos la mano. No lo veo claro.
A las tres, Chatal se
va al campamento a llevar la pasta, dos Mil quinientos francos, a Sierra. Me he
dicho: "Me juego esa pasta gracias a Galgani, pues resulta arriesgado.
¡Con tal de que no se las sople en tafia, esas dos mil quinientas leandras!"
Clousiot está radiante,
confía en sí mismo, en mí y en el proyecto. Sólo una cosa le preocupa: no todas
las noches, aunque a menudo, el árabe llavero entra en la sala y, sobre todo,
raras veces muy tarde. Otro problema: ¿a quién se podría escoger como tercero
para hacerle la proposición? Hay un corso del hampa de Niza, llamado Biaggi.
Está en el presidio desde 1929, habiendo matado a un tipo después, sujeto a
estricta vigilancia en esta sala y en estado preventivo por ese homicidio.
Clousíot y yo discutimos sobre si debemos hablarle y cuándo. Mientras estamos
conversando en voz baja, se acerca a nosotros un efebo de dieciocho años, lindo
como una mujer. Se llama Maturette y fue condenado a muerte e indultado
después, dada su temprana edad diecisiete años—, por el asesinato de un
taxista. Eran dos, de dieciséis y de diecisiete años, y aquellos dos niños, en
la Audiencia, en vez de acusarse recíprocamente, declararon cada uno haber
matado al taxista. Ahora bien, el taxista sólo recibió un balazo. Aquella actitud
de cuando su proceso les hizo simpáticos a todos los presidiarios, a los dos
chavales.
Maturette, muy
afeminado, se acerca, pues, a nosotros y, con voz de mujer, nos pide lumbre. Se
la damos y, además, le regalo cuatro cigarrillos y una caja de fósforos. Me da
las gracias con una incitante sonrisa. Dejamos que se vaya. De golpe, me dice
Clousiot:
—Papi, estamos
salvados. El chivo vendrá aquí tantas veces como queramos y en el momento que
queramos, lo tenemos en el bolsillo.
—¿Cómo?
—Es muy sencillo:
diremos al pequeño Maturette que enamore al chivo. Ya sabes, a los árabes les
gustan los jóvenes. De ahí a hacerle venir por la noche para cepillarse al
chaval, no hay más que un paso. A éste le toca hacerse el melindroso diciendo
que tiene miedo de ser visto, para que el árabe entre a las horas que nos
convienen.
—Yo me encargo de ello.
Voy adonde está
Maturette, quien me recibe con una sonrisa alentadora. Cree que me ha
impresionado con su primera sonrisa incitante. Pero le digo en seguida:
—Te equivocas, vete al
retrete.
Va al retrete y, una
vez allí, le advierto:
—Si repites una sola
palabra de lo que voy a decirte, eres hombre muerto. Mira, ¿quieres hacer eso,
eso y eso por dinero ¿Cuánto? ¿Para hacernos un favor? ¿¿O quieres irte con nos
otros?
—Quiero irme con
vosotros, ¿conforme?
Prometido, prometido.
Nos estrechamos la mano.
Va a acostarse y yo,
tras decirle unas cuantas palabras a Clousiot, me acuesto también. Por la
noche, a las ocho, Maturette está sentado en la ventana. No tiene que llamar al
árabe, pues éste viene por su propia voluntad. La conversación se entabla entre
ellos en voz baja. A las diez, Maturette se acuesta. Nosotros estamos
acostados, sin pegar ojo, desde las nueve. El chivo entra en la sala, da dos
vueltas, encuentra un hombre muerto Llama a la puerta y, poco después, entran
dos camilleros que se llevan el cadáver. Esa muerte nos será útil, pues
justificará las rondas del árabe a cualquier hora de la noche. Por consejo
nuestro, Maturette le da cita a las once de la noche. El llavero llega a esa
hora, pasa delante de la cama del chico, le tira de los pies para despertarle
y, luego, se dirige a los retretes. Maturette le sigue. Un cuarto de hora
después, el llavero sale, va directamente a la puerta y desaparece. Al cabo de
un minuto, Maturette se acuesta sin hablarnos. En fin, el día siguiente, lo
mismo, pero
A medianoche. Todo va
al pelo, el chivo acudirá a la hora que le indique el pequeño.
El 27 de noviembre de
1933, con dos patas de camastro a punto de ser quitadas para servir de mazas,
espero, a las cuatro de la tarde, unas letras de Sierra. Chatal, el enfermero,
llega sin traer ningún papel. Me dice tan sólo:
—François Sierra me
encarga decirte que Jésus te espera en el sitio convenido. Buena suerte.
A las ocho de la noche,
Maturette le dice al árabe:
—Ven después de
medianoche, pues a esa hora podremos estar más tiempo juntos.
El árabe dice que
vendrá después de medianoche. A las doce en punto, estamos preparados. El árabe
entra alrededor de las doce y cuarto, va directamente a la cama de Maturette,
le tira de los pies y continúa hacia el retrete. Maturette entra con él. Arranco
la pata de mi cama, que hace un leve ruido al venirse abajo. De Clousiot, no se
oye nada. Debo situarme detrás de la puerta de los retretes y Clousiot
acercarse a él para llamarle la atención. Tras una espera de veinte minutos,
todo sucede muy de prisa. El árabe sale del retrete y, sorprendido al ver a
Clousiot, pregunta:
—¿Qué haces ahí, en
medio de la sala, a estas horas? Ve a acostarte.
En el mismo momento,
recibe el golpe del conejo en pleno cerebelo y se desploma sin hacer ruido. Sin
perder un segundo, me pongo su ropa y me calzo sus zapatos, le arrastramos bajo
una cama y, antes de meterlo completamente dentro, le asesto otro golpe en la
nuca. Tiene su merecido.
Ninguno de los ochenta
hombres de la sala se ha movido. Rápidamente, me voy hacia la puerta, seguido
por Clousiot y Maturette, ambos en camisa, y llamo. El vigilante abre, levanto
mi barra y le doy en la cabeza. El otro, enfrente, deja caer su mosquetón.
Seguramente, estaba dormido. Antes de que reaccione, le dejo sin sentido. Los
míos no han gritado, el de Clousiot ha exclamado: "¡Ah!", antes de
desplomarse. Los dos míos han quedado sin sentido en sus sillas; el tercero
está tumbado, tieso. Contenemos la respiración. Para nosotros, ese
"¡Ah!" lo ha oído todo el mundo. Es verdad que ha sido bastante
fuerte, pero nadie se mueve. No los metemos en la sala, nos vamos con los tres
mosquetones. Con Clousiot delante, el chaval en medio y yo detrás, bajamos las
escaleras mal alumbradas por una linterna. Clousiot ha soltado su pata, yo
sostengo la mía con la izquierda y el mosquetón con la derecha. Abajo, nadie.
Alrededor de nosotros, la noche es como tinta. Hay que mirar muy fijamente para
ver la tapia detrás de la cual está el río, a la que en seguida nos dirigimos.
Al llegar a la tapia, hago estribo con las manos. Clousíot sube, se sienta a
horcajadas, aúpa a Maturette y, luego, a mí. Saltamos en la oscuridad al otro
lado de la tapia. Clousiot cae mal en un hoyo y se lastima un pie. A Maturette
y a mí no nos pasa nada. Nos incorporamos; los mosquetones los hemos soltado
antes de saltar. Cuando Clousiot intenta levantarse, no puede, dice que tiene
la pierna rota. Dejo a Maturette con Clousiot y corro hacia la esquina, rozando
la tapia con una mano. La noche es tan oscura que no me doy cuenta de que he
llegado al extremo de la tapia y, al quedar mi mano en el aire, me doy de
narices. Oigo una voz que, desde la parte del río, pregunta:
—¿Sois vosotros?
—Sí. ¿Eres Jésus?
—Sí.
Enciende un fósforo
durante una fracción de segundo. He localizado dónde está, me meto en el agua y
voy hacia él. Va acompañado.
—Suba el primero.
¿Quién es?
—¿Papillon?
—Está bien.
—Jésus, hay que volver
atrás, mi amigo se ha roto una pierna al saltar desde la tapia.
—Entonces, toma esa
pala y rema.
Las tres pagayas se
hunden en el agua y la ligera canoa recorre rápidamente los cien metros que nos
separan del sitio donde deben estar los otros, pues no se ve nada. Llamo.
—¡Clousiot!
—¡No hables, por Dios!
dice Jésus . Hinchado, dale a la ruedecilla de tu mechero.
Saltan chispas, ellos
las ven. Clousiot silba a la lyonesa entre dientes. Es un silbido que no hace
ruido, pero que se oye bien. Parece el silbido de una serpiente. Silba sin
parar, lo que permite guiarnos hasta él. El Hinchado baja, coge en brazos a Clousiot
y le mete en la canoa. Maturette sube a su vez, seguido de El Hinchado. Somos
cinco y el agua llega a dos dedos del borde de la canoa.
—No hagáis ni un gesto
sin antes avisar ,dice Jésus— Papillon, deja de remar y ponte la pagaya sobre
las rodillas. ¡Arranca, Hinchado!
Y, rápidamente, a favor
de la corriente, la embarcación se sume en las tinieblas.
Cuando, al cabo de un
kilómetro, pasamos por delante de la penitenciaría, débilmente alumbrada por la
luz de una mísera linterna, estamos en medio del río y vamos a una velocidad
increíble, arrastrados por la corriente. El Hinchado ha sacado su pagaya. Sólo
Jésus, con el extremo de la suya pegado al muslo, mantiene en equilibrio la
embarcación. No la impulsa, sólo la dirige.
Jésus dice:
—Ahora, podemos hablar
y fumar. Creo que nos ha salido bien. ¿Estás seguro de que no habéis matado a
nadie?
—Creo que no.
—¡Maldita sea! ¡Me has
engañado, Jésus? —dice El Hinchado— Me dijiste que se trataba de una fuga sin
complicaciones y, por lo que creo comprender, resulta que es una fuga de
internados.
—Sí, son internados,
Hinchado. No he querido decírtelo, porque no me habrías ayudado y necesitaba un
hombre. No pases cuidado. Si la pifiamos, yo cargaré con toda la
responsabilidad.
—Eso es lo correcto,
Jésus. Por las cien leandras que me has pagado, no quiero arriesgar la cabeza
si ha habido una muerte, ni que me enchironen si ha habido un herido.
—Hinchado —intervengo
yo—, os regalaré mil francos a los dos.
—Entonces vale, macho.
Es de justicia. Gracias. En la aldea, pasamos hambre; resulta peor ser liberado
que cumplir condena. Al menos, de condenado, se come todos los días y tienes
ropa que ponerte.
—Macho —le dice Jésus a
Clousiot, ¿te duele mucho?
—Puede aguantarse —dice
Clousiot—. Pero, ¿cómo nos las arreglaremos, Papillon, con mi pierna rota?
—Ya veremos. ¿Adónde
vamos, Jésus?
—Os esconderé en una
caleta, a treinta kilómetros de la desembocadura. Allí, os quedaréis ocho días
para dejar que pase el arrebato de la caza de los guardianes y de los cazadores
de hombres. Hay que dar la impresión de que esta misma noche habéis salido del
Maroni y os habéis hecho a la mar. Los cazadores de hombres van en canoas sin
motor, son los más peligrosos Hacer una fogata, hablar, toser, puede ceros
fatal si os acosan de cerca. En cambio, los guardianes van en motoras demasiado
grandes para entrar en la caleta, encallarían.
La noche se aclara. Son
casi las cuatro de la mañana cuando, tras haber buscado mucho, damos por fin
con el punto de referencia que sólo Jésus conoce y entramos literalmente en la
selva. La canoa aplasta la vegetación, que cuando hemos pasado, se yergue detrás
de nosotros, levantando una cortina, protectora muy tupida. Habría que ser un
brujo para saber que allí hay bastante agua para sostener una embarcación.
Entramos, penetramos en la selva durante más de una hora, apartando las ramas
que obstruyen el paso. De repente, nos encontramos en una especie de canal y
paramos. Las márgenes son verdes, herbosas, limpias; los árboles, inmensos, y
la luz del día —son las seis—, no consigue atravesar el follaje. Bajo esta
bóveda imponente, impenetrable, gritos de miles de bichos que no conocemos.
Jésus dice:
—Aquí es donde habréis
de esperar ocho días. El séptimo, vendré y os traeré víveres.
De debajo de un espeso
matorral, saca una piragua diminuta de dos metros aproximadamente. Dentro de
ella, dos palas. Cuando suba la marea, volverá en esta embarcación a
Saint-Laurent.
Ahora, ocupémonos de
Clousiot, quien está tendido en la orilla. Como sigue en camisa, lleva las
piernas desnudas. Con el hacha, hacemos una especie de tablillas de ramas
secas. El Hinchado le tira del pie, Clousiot suda la gota gorda, hasta que
llega un momento en que grita:
—¡Para! En esta
posición, me duele menos; el hueso debe de estar en su sitio.
Le ponemos las
tablillas y las atamos con soga de cáñamo nueva que hay en la canoa. Clousiot
se siente más aliviado. Jésus había comprado cuatro pantalones, cuatro camisas
y cuatro blusas de marinero de lana de relegados. Maturette y Clousiot se
visten con ellas, yo me quedo con las ropas del árabe. Bebemos ron. Es la
segunda botella que nos soplamos desde la salida y, afortunadamente, nos
reanima. Los mosquitos no nos dejan ni un segundo: hay que sacrificar un
paquete de tabaco. Lo ponemos a remojar en una calabaza y nos pasamos el jugo
de la nicotina por la cara, las manos, los pies. Las blusas, formidables, son
de lana, y nos protegen de la humedad que cala.
El Hinchado dice:
—Nos vamos. ¿Y las mil
leandras prometidas?
Me aparto, No tardo en
regresar con un billete de mil nuevecito.
—Hasta la vista, no os
mováis de aquí durante ocho días —dice Jésus—. El séptimo, vendremos. El
octavo, os hacéis a la mar. Entretanto, haced la vela, el foque y poned orden
en la embarcación, cada cosa en su sitio; sujetad los goznes del timón, que no
está montado. En caso de que pasen diez días sin que hayamos vuelto, es que nos
han prendido en la aldea. Como el asunto se ha complicado con el ataque a los
vigilantes, debe de haber un follón de mil demonios.
Por otra parte,
Clousiot nos informa de que no dejó el mosquetón junto a la tapia, sino que lo
tiró encima de ella, y como el río está tan cerca de ésta, cosa que él
ignoraba, seguramente fue a parar al agua. Jésus dice que esto es estupendo,
pues si no lo han encontrado, los cazadores de hombres creerán que vamos
armados. Y como ellos son los más peligrosos, gracias a eso no habrá nada que
temer: armados tan sólo de una pistola y un machete, y creyéndonos armados de
mosquetones, ya no se aventurarán. Hasta la vista, hasta la vista. En caso de
que fuésemos descubiertos y hubiésemos de abandonar la canoa, deberíamos
remontar el arroyo hasta la selva sin agua y, con la brújula, dirigirnos
siempre hacia el Norte. Existen muchas posibilidades de que, al cabo de dos o
tres días de marcha, nos encontrásemos en el campo de la muerte llamado
"Charvein". Allí, habría que pagar algo para que avisasen a Jésus.
Finalmente, los dos viejos presidiarios se van. Unos minutos más tarde, su
piragua ha desaparecido, no se ve nada y no se oye nada.
El día penetra en la
selva de forma muy particular. Diríase que estamos bajo arcadas que reciben el
sol encima y no dejan filtrar ningún rayo debajo. Empieza a hacer calor.
Entonces, nos encontramos, Maturette, Clousiot y yo, solos. Primer reflejo, nos
reímos: todo ha ido sobre ruedas. El único inconveniente es la pierna de
Clousíot. Pero éste dice que, como ahora la lleva sujeta con las dos tablillas,
se encuentra mejor. Podríamos calentar café en seguida. Rápidamente, hacemos
fuego y nos tomamos cada uno un vaso lleno de café muy cargado, endulzado con
azúcar terciado. Es delicioso. Hemos gastado tantas energías desde anoche, que
no tenemos fuerzas para examinar los víveres ni inspeccionar la embarcación. Lo
haremos después. Somos libres, libres, libres. Hace exactamente treinta y siete
días que llegamos a los duros. Si conseguimos darnos el piro, mi cadena
perpetua no habrá durado mucho. Digo:
—Señor presidente,
¿cuánto duran los trabajos forzados a perpetuidad en Francia?
Y me echo a reír. Y
también Maturette, que está en las mismas condiciones que yo. Clousiot dice:
—No cantemos victoria
todavía. Colombia queda lejos de nosotros, y esa embarcación, hecha con un
árbol ahuecado al fuego, me parece bien poca cosa para hacerse a la mar.
No contesto porque,
hablando con franqueza, hasta entonces había creído que la embarcación era una
piragua destinada a llevarnos donde estaba el verdadero barco que debía hacerse
a la mar. Al descubrir que andaba errado, no me atrevo a decir nada a mis compañeros
para, en primer lugar, no desanimarles. Y en segundo lugar, como Jésus parecía
encontrar eso muy natural, no quise dar la impresión de que no conocía las
embarcaciones que suelen utilizarse para la evasión.
Hemos pasado este
primer día hablando y tomando contacto con esa desconocida que es la selva. Los
monos y una especie de pequeñas ardillas hacen terribles cabriolas sobre
nuestras cabezas. Una manada de báquiras —pequeños puercos monteses—, ha venido
a beber y bañarse. Había lo menos dos mil. Entran en la caleta y nadan,
arrancando las raíces que cuelgan. Un caimán sale de no sé dónde y atrapa la
pata de un puerco, que se pone a chillar como un loco, y, entonces, los puercos
atacan al caimán, se suben encima de él, tratan de morderlo en la comisura de
su enorme boca. A cada coletazo que da el cocodrilo, manda un puerco a paseo, a
derecha o izquierda. Uno de ellos queda sin sentido, flotando, patas arriba.
Inmediatamente, sus compañeros se lo comen. La caleta está llena de sangre. El
espectáculo ha durado veinte minutos. El caimán se ha sumergido en el agua. No
se le ha vuelto a ver.
Hemos dormido bien y,
por la mañana, calentamos café. Me había quitado la blusa de marinero para
lavarme con un pedazo de jabón que hemos hallado en la canoa. Con mi bisturí,
Maturette me afeita muy por encima y, luego, afeita a Clousiot. Maturette es barbilampiño.
Cuando cojo mi blusa para ponérmela, una araña enorme, peluda, de un color
negro morado, cae de ella. Tiene los pelos muy largos, rematados por algo así
como una bolita plateada. Debe pesar unos quinientos gramos, es enorme. La
aplasto con repugnancia. Hemos sacado todos los trastos de la canoa, incluido
el barrilito de agua. El agua es morada; creo que Jésus le ha echado demasiado
permanganato para evitar que se corrompa. En botellas bien cerradas, hay
fósforos y rascadores. La brújula es una brújula de colegial; sólo indica el
Norte, el Sur, el Este y el Oeste; no tiene graduaciones. Como el mástil sólo
mide dos metros y medio, cosemos los sacos de harina en forma de trapecio, con
una soga para reforzar la vela en el borde. Hago un pequeño foque en forma de
triángulo isósceles: ayudará a levantar la proa de la canoa ante el oleaje.
Cuando colocamos el
mástil, noto que el fondo de la canoa no es sólido: el agujero donde entra el
mástil está desgastado. Al meter los tirafondos para sujetar los goznes de
puertas que servirán de soporte del timón, los tirafondos entran como si de
mantequilla se tratase. Esta canoa está podrida. El sinvergüenza de Jésus nos
manda a la muerte. A desgana, se lo hago notar a los otros dos, pues no tengo
derecho a ocultárselo. ¿Qué haremos? Cuando venga Jésus, le obligaremos a que
nos consiga una canoa más segura. Para eso, le desarmaremos, y yo, armado del
cuchillo y el hacha, iré con él a la aldea en busca de otra embarcación.
Correré un gran riesgo, pero siempre será un riesgo mucho menor que hacerse a
la mar con un féretro. Los víveres están bien: hay una bombona de aceite y
latas llenas de harina de mandioca. Con eso, puede irse lejos.
Esta mañana, hemos
presenciado un curioso espectáculo: una pandilla de monos de cara gris se ha
peleado con una pandilla de monos de cara negra y peluda. A Maturette, durante
la reyerta, le ha caído un trozo de rama en la cabeza y tiene un chichón como una
nuez.
Hace ya cinco días y
cuatro noches que estamos aquí. Esta noche, ha llovido a mares. Nos hemos
resguardado con hojas de bananos silvestres. El agua resbalaba sobre el barniz
de las hojas, pero no nos hemos mojado nada, salvo los pies. Por la mañana,
tomando café, pienso en lo criminal que es Jesús. ¡Haberse aprovechado de
nuestra inexperiencia para endilgarnos esa canoa podrida! Por ahorrarse
quinientos o mil francos, manda a tres hombres a una muerte segura. Me pregunto
si después de que le haya obligado a proporcionarnos otra embarcación, no le
mataré.
Chillidos de grajos
amotinan a todo nuestro pequeño mundo chillidos tan agudos e irritantes que le
digo a Maturette que coja el machete y vaya a ver qué pasa. Vuelve a los cinco
minutos y me hace signo de que le siga. Llegamos a un paraje donde, aproximadamente
a ciento cincuenta metros de la canoa, veo, suspendido en el aire, un
maravilloso faisán o ave acuática, dos veces más grande que un gallo. Ha
quedado atrapado en un nudo corredizo y cuelga agarrado con una pata a la rama.
De un machetazo, le corto el cuello para poner fin a sus horripilantes
chillidos. Lo sopeso, hace cinco kilos por lo menos. Tiene espolones como los
gallos. Decidimos comérnoslo, pero pensándolo bien, barruntamos que alguien
habrá puesto la trampa y que debe de haber más. Vamos a verlo. Nos adentramos
en aquellos parajes y encontramos una cosa curiosa: una verdadera barrera de
treinta centímetros de alto, hecha de hojas de bejucos trenzados, a diez metros
poco más o menos de la caleta. La barrera corre paralelamente al agua. De trecho
en trecho, una abertura y, en la abertura, disimulado con ramitas, un nudo
corredizo de alambre, sujeto por un extremo a una rama de arbusto doblada. En
seguida, comprendo que el animal debe topar con la barrera y bordearla para
hallar un paso. Cuando encuentra la abertura, la traspone, pero su pata queda
enganchada en el alambre y dispara la rama. Entonces, el animal queda colgado
del aire hasta que el propietario de las trampas viene a recogerlo.
Este descubrimiento nos
preocupa. La barrera parece bien cuidada; por lo tanto no es vieja. Estamos en
peligro de ser descubiertos. No hay que hacer fuego de día, pero, por la noche,
el cazador no debe venir. Decidimos turnarnos para vigilar en dirección de las
trampas. La canoa está oculta bajo ramas y todo el material en la maleza.
El día siguiente, a las
diez, estoy de guardia. Anoche, comimos faisán o gallo, no lo sabemos con
certeza. El caldo nos ha sentado muy bien, y la carne, aunque hervida, estaba
deliciosa. Cada uno ha comido dos escudillas. Así, pues, estoy de guardia, pero
intrigado por la presencia de hormigas mandioca muy grandes, negras y que
llevan cada una grandes trozos de hojas a un enorme hormiguero, me olvido de la
guardia. Esas hormigas miden casi medio centímetro y tienen las patas largas.
Cada una lleva enormes trozos de hojas. Las sigo hasta la planta que están
desmenuzando y veo toda una organización. Primero, hay las cortadoras, que no
hacen más que preparar trozos. Rápidamente, cizallan una enorme hoja tipo
banano, la cortan a trozos, todos del mismo tamaño, con una habilidad
increíble, y los trozos caen al suelo. Abajo, hay una hilera de hormigas de la
misma raza, pero un poco diferentes. A un lado de la mandíbula, tienen una raya
gris. Esas hormigas están en semicírculo y vigilan a las porteadoras. Las
porteadoras llegan por la derecha, en fila, y se van por la izquierda hacia el
hormiguero. Rápidas, cargan antes de ponerse en fila, pero, de vez en cuando,
en su precipitación por cargar y ponerse en fila se produce un atasco.
Entonces, las hormigas policías intervienen y empujan a cada una de las obreras
hacia el sitio que deben ocupar. No pude comprender qué grave falta había
cometido una obrera, pero fue sacada de las filas y dos hormigas gendarmes le
cortaron, una la cabeza, la otra el cuerpo, por el medio, a la altura del
corsé. Dos obreras fueron paradas por las policías, dejaron su trozo de hoja,
hicieron un hoyo con las patas, y las tres partes de la hormiga, cabeza, pecho
y abdomen, fueron sepultadas y, luego, cubiertas de tierra.
La Isla de las Palomas
Estaba tan absorto
contemplando aquel pequeño mundo y siguiendo a los soldados para ver si su
vigilancia llegaba hasta la entrada del hormiguero, que me quedé completamente
sorprendido cuando una voz me ordenó:
—No te muevas o eres
hombre muerto. Vuélvete.
Es un hombre de torso
desnudo, con pantalón corto de color caqui, que calza botas de cuero marrón.
Empuña una escopeta de dos cañones. Es de estatura mediana y fornido, y tiene
la piel curtida por el sol. Es calvo y su nariz y sus ojos están cubiertos por
una máscara muy azul, tatuada. En el mismo centro de la frente, lleva tatuada
también una cucaracha.
—¿Vas armado?
—No.
—¿Estás solo?
—No.
—¿Cuántos sois?
—Tres.
—Llévame con tus
amigos.
—No puedo, porque uno
de ellos tiene un mosquetón y no quiero hacerte matar antes de saber tus
intenciones.
—¡Ah! Entonces, no te
muevas y habla en voz baja. ¿Sois vosotros los tres tipos que se han fugado del
hospital?
—Sí.
—¿Quién es Papillon?
—Soy yo.
—¡Vaya, buena
revolución armaste en la aldea con tu evasión! La mitad de los liberados están
presos en la gendarmería.
Se acerca y, bajando el
cañón de la escopeta hacia el suelo, me tiende la mano y me dice:
—Soy el bretón de la
máscara. ¿Has oído hablar de mí?
—No, pero veo que no
eres un cazador de hombres.
—Tienes razón, coloco
trampas aquí para cazar guacos. El tigre debe haberse comido uno, a menos que
hayáis sido vosotros.
—Hemos sido nosotros.
—¿Quieres café?
En un saco que cuelga
de la espalda lleva un termo, me da un POCO de café y él toma también. Le digo:
—Ven a ver a mis
amigos.
Viene y se sienta con
nosotros. Se ríe suavemente de mi cuento del mosquetón. Me dice:
—Me lo creí, tanto más
por cuanto ningún cazador de hombres ha querido salir a buscaros, pues todo el
mundo sabe que os fuisteis con un mosquetón.
Nos explica que lleva
veinte años en la Guayana y está liberado desde hace cinco. Tiene cuarenta y
cinco años. La vida en Francia no le interesa por la tontería que cometió de
tatuarse esa máscara en la cara. Adora la selva y vive exclusivamente de ella:
pieles de serpiente, pieles de tigre, colecciones de mariposas Y. sobre todo,
la caza del guaco, el ave que nos hemos comido. Lo vende a doscientos o
doscientos cincuenta francos la presa. Le ofrezco pagárselo, pero rechaza el
dinero, indignado. He aquí lo que nos cuenta:
—Ese pájaro salvaje es
un gallo de la jungla. Desde luego nunca ha visto ni gallina, ni gallo, ni
hombres. Bien, pues atrapo uno, lo llevo a la aldea y lo vendo a alguien que
tenga gallinero, pues es muy buscado. Bien. Sin necesidad de cortarle las alas,
sin hacer nada, a la caída de la noche, lo dejas en el gallinero y, por la
mañana, cuando abres la puerta, está plantado delante y parece que esté
contando las gallinas y gallos que salen, los sigue y, mientras come como
ellos, mira con los ojos muy abiertos a todos lados, abajo, arriba, en los
matorrales de alrededor. Es un perro pastor sin igual. Por la noche, se sitúa
—a la puerta y, no se comprende como sabe que faltan una o dos gallinas, pero
lo sabe y va a buscarlas. Y. gallo o gallina, los trae a picotazos para
enseñarles a ser puntuales. Mata ratas, serpientes, musarañas, arañas, ciempiés
y, tan pronto aparece un ave de rapiña en el cielo, hace que todo el mundo se
esconda en las hierbas, mientras él le planta cara. Nunca más se va del
gallinero.
Aquel ave
extraordinaria nos la habíamos comido como si de un vulgar gallo se tratase.
El bretón de la máscara
nos dice que Jésus, El Hinchado y unos treinta liberados más están encarcelados
en la gendarmería de Saint-Laurent, adonde acuden los demás liberados para ver
si entre ellos reconocen a alguno que hubiese merodeado en torno del edificio
del que nosotros salimos. El árabe está en el calabozo de la gendarmería,
incomunicado, acusado de complicidad. Los dos golpes que le tumbaron no le
hicieron ninguna herida, en tanto que los guardianes tienen chichones en la
cabeza.
—A mí no me han
molestado porque todo el mundo sabe que nunca me lío en ninguna fuga.
Nos dice que Jésus es
un sinvergüenza. Cuando le hablo de la canoa, me pide que se la enseñe. Tan
pronto la ha visto, exclama:
—¡Pero si os mandaba a
la muerte, el tipo ese! Esta piragua nunca podría flotar más de una hora en el
mar. A la primera ola un poco fuerte, cuando recayera, la embarcación se
partiría en dos. No os vayáis nunca ahí dentro, sería un suicidio.
—Entonces, ¿qué podemos
hacer?
—¿Tienes pasta?
—Sí.
—Te diré lo que debes
hacer, es más, voy a ayudarte, te lo mereces. Te ayudaré por nada, para que
triunfes, tú y tus amigos. Primero, en ningún caso debéis acercaros a la aldea.
Para tener una buena embarcación, hay que ir a la isla de las Palomas. En esa
isla hay casi doscientos leprosos. Allí no hay vigilante, y nadie que esté sano
va, ni siquiera el médico. Todos los días, a las ocho, una lancha les lleva el
suministro, en crudo. El enfermero del hospital entrega una caja de
medicamentos a los dos enfermeros, a su vez leprosos, que cuidan de los
enfermos. Nadie, ni guardián, ni cazador de hombres, ni cura, recala en la
isla. Los leprosos viven en chozas muy pequeñas que ellos mismos se han
construido. Tienen una sala común donde se reúnen. Crían gallinas y patos que
les sirven para mejorar su comida habitual. Oficialmente, no pueden vender nada
fuera de la isla y trafican clandestinamente con Saint-Laurent, Saint—Jean y
los chinos de la Guayana holandesa de Albina. Todos son asesinos peligrosos.
Raras veces se matan entre sí, pero cometen numerosos delitos tras haber salido
clandestinamente de la isla, adonde retornan para esconderse una vez han
realizado sus fechorías. Para esas excursiones, poseen algunas embarcaciones
que han robado en la aldea vecina. El mayor delito es poseer una embarcación.
Los guardianes disparan contra toda piragua que entre o salga de la isla de las
Palomas. Por eso, los leprosos hunden sus embarcaciones cargándolas con
piedras; cuando necesitan una, se zambullen, quitan las piedras y la
embarcación sube a flote. Hay de todo, en la isla, de todas las razas y todas
las regiones de Francia. Conclusión: tu piragua sólo te puede servir en el
Maroni y, aún, sin demasiada carga. Para hacerse a la mar, es necesario
encontrar otra embarcación y, para eso, no hay nada como la isla de las
Palomas.
—¿Cómo podemos hacerlo?
—Veamos. Yo te
acompañaré por el río hasta avistar la isla. Tú no la encontrarías o podrías
equivocarte. Está a casi ciento cincuenta kilómetros de la desembocadura; así,
pues, hay que volver atrás. Esa isla queda a cincuenta kilómetros más lejos que
Saint-Laurent. Te acercaré todo lo posible y, luego, me iré con mi piragua, que
habremos remolcado; a ti te toca actuar en la isla.
—¿Por qué no vienes a
la isla con nosotros?
—Ma Doué —dice el
bretón—, sólo un día he puesto el pie en el embarcadero donde oficialmente
atraca el buque de la Administración. Era en pleno día y, sin embargo, lo que
vi me bastó. Perdóname, Papi, pero nunca pondré los pies en esa isla. Por otra
parte, sería incapaz de reprimir mi repulsión al estar cerca de ellos,
tratarles, hablarles. Te causaría más molestias que utilidad.
—¿Cuándo nos vamos?
—A la caída de la
noche.
—¿Qué hora es, bretón?
—Las tres.
—Bien, entonces dormiré
un poco.
—No, es necesario que
lo cargues todo y lo dispongas en tu piragua.
—Nada de eso, me iré
con la piragua vacía y volveré para buscar a Clousiot, que se quedará aquí
guardando los trastos.
—Imposible, nunca
podrías encontrar el sitio, ni siquiera en pleno día. Y, de día, en ningún caso
debes estar en el río. La caza contra vosotros no se ha suspendido. El río es
aún muy peligroso.
Llega la noche. El
hombre de la máscara va en busca de su piragua, que amarramos a la nuestra.
Clousiot está al lado del bretón, quien coge la barra del gobernalle, Maturette
en medio y yo a proa. Salimos con dificultad de la caleta y, cuando desembocamos
en el río, la noche está ya próxima a caer. Un sol inmenso, de un rojo pardo,
incendia el horizonte por la parte del mar. Mil luces de un enorme fuego de
artificio luchan unas contra otras, para ser más intensas, más rojas en las
rojas, más amarillas en las amarillas, más abigarradas en las partes donde los
colores se mezclan. A veinte kilómetros delante de nosotros se ve, con toda
claridad, el estuario de ese río majestuoso que se precipita, centelleante de
lentejuelas rosa plateadas, en el mar.
El bretón dice:
—Es el final del ocaso.
Dentro de una hora, la marea ascendente se hará sentir, la aprovecharemos para
remontar el Maroní y así, sin esfuerzo, impulsados por ella, llegaremos con
bastante rapidez a la isla.
La noche cae de golpe.
—Adelante —dice el
bretón—. Boga fuerte para ganar el centro del río. Y deja de fumar.
Las pagayas entran en
el agua y avanzamos bastante de prisa a través de la corriente. Chap, chap,
chap. Manteniendo el ritmo, yo y el bretón movemos las pagayas
sincronizadamente. Maturette hace lo que puede. Cuanto más avanzamos hacia el
centro del río, más se nota el empuje de la marea. Nos deslizamos rápidamente.
Cada media hora, se nota el cambio. La marea aumenta de fuerza y cada vez nos
arrastra más de prisa. Seis horas después, estamos muy cerca de la isla; vamos
recto hacia ella: una gran mancha, casi en medio del río, ligeramente a la
derecha.
—Ahí está dice en voz
baja el bretón.
La noche no es muy
oscura, pero debe resultar difícil vernos desde un poco lejos a causa de la
niebla al ras del río. Nos acercamos en silencio. Cuando distinguimos mejor el
perfil de las rocas, el bretón sube a su piragua, la desamarra en unos segundos
de la nuestra y dice, sencillamente, en voz baja:
—¡Buena suerte, machos!
—No hay de qué.
Como la embarcación ya
no es guiada por el bretón, se ve arrastrada en línea recta hacia la isla, de
través. Trato de enderezar la posición y hacer que dé una vuelta completa, pero
apenas lo consigo y, empujados por la corriente, llegamos sesgados a la vegetación
que cuelga sobre el agua. Hemos arribado tan impetuosamente, a pesar de que yo
frenaba la embarcación con la pagaya, que si en vez de ramas y hojarasca
hubiésemos encontrado un peñasco, la piragua se habría partido y, entonces,
todo se hubiese ido al garete, víveres, material, etc. Maturette se arroja al
agua, tira de la canoa y nos encontramos de bruces bajo una enorme espesura de
plantas. Maturette tira, tira y amarramos la canoa. Nos tomamos un trago de ron
y subo solo la margen del río, dejando a mis dos amigos con la canoa.
Con la brújula en la
mano, doy algunos pasos tras haber roto varias ramas y dejado prendidos en
diferentes sitios trozos de saco de harina que había preparado antes de salir.
Veo un resplandor y de pronto distingo voces y tres chozas. Avanzo y, como no sé
de qué modo voy a presentarme, decido hacer que me descubran. Enciendo un
cigarrillo. En el mismo momento que brota la luz, un perrito se abalanza
ladrando sobre mí y, brincando, pretende morderme las piernas. "Con tal de
que el perro no sea leproso —pienso—. Idiota, si los perros no tienen
lepra."
—¿Quién va? ¿Quién es?
¿Eres tú, Marcel?
—Soy un fugado.
—¿Qué vienes a hacer
aquí? ¿A robarnos? ¿Crees que nos sobra algo?
—No, necesito ayuda.
—¿De gratis o pagando?
—¡Cierra el pico,
Lechuza!
Cuatro sombras salen de
las chozas.
—Avanza despacio,
amigo, apuesto a que tú eres el hombre del mosquetón. Si lo llevas contigo,
déjalo en el suelo, aquí no tienes nada que temer.
—Sí, soy yo, pero no
traigo mosquetón.
Avanzo, estoy junto a
ellos, es de noche y no puedo distinguir sus rasgos. Tontamente, tiendo la
mano, pero nadie me la toca. Comprendo demasiado tarde que es un gesto que aquí
no se hace: no quieren contagiarme.
—Entremos en la choza
—dice El Lechuza.
El chamizo está
alumbrado por un candil de aceite puesto sobre la mesa.
—Siéntate.
Me siento en una silla
sin respaldo, de paja. El Lechuza enciende tres candiles de aceite más y deja
uno sobre una mesa, frente a mí. El humo que desprende la mecha de ese candil
de aceite de coco huele que apesta. Yo estoy sentado, ellos cinco de pie. No
distingo sus rostros. El mío queda iluminado, pues estoy a la altura del
candil, que es lo que ellos querían. La voz que ordenara a El Lechuza que
cerrase el pico dice:
—Anguila, vete a la
casa comunal y pregunta si quieren que lo llevemos allí. Trae en seguida la
respuesta y, sobre todo, si Toussaint está de acuerdo. Aquí no podemos darte
nada de beber, amiguito, a menos que quieras engullir unos huevos.
Pone una cesta llena de
huevos delante de mí.
—No, gracias.
A mi derecha, muy
cerca, se sienta uno de ellos, y entonces, por primera vez, veo el rostro de un
leproso. Es horrible. Hago esfuerzos para no desviar la mirada de él ni
exteriorizar mi impresión. Tiene la nariz completamente roída, hueso y carne:
un verdadero agujero en mitad de la cara. Digo bien: no dos agujeros, sino uno
solo, grande como una moneda de dos francos. El labio inferior, a la derecha,
está roído también y muestra, descarnados, tres dientes muy largos y amarillos
que se ven entrar en el hueso del maxilar superior, al desnudo. Sólo tiene una
oreja. Pone una mano vendada sobre la mesa. Es la derecha. Con los dos dedos
que le quedan en la mano izquierda, sostiene un grueso y largo cigarro,
seguramente hecho por él mismo con una hoja de tabaco a medio madurar, pues el
cigarro es verdoso. Sólo le quedan párpados en el ojo izquierdo, el derecho ya
no tiene, y una llaga profunda sale del ojo hacia lo alto de la frente para
perderse entre sus cabellos grises, tupidos.
Con voz ronca me dice:
—Te ayudaremos, macho,
porque desearía que no te volvieses como yo, no, eso no lo querría.
—Me llamo Juan sin
Miedo, soy del arrabal. Cuando llegué al presidio, era más guapo, mas sano y
más fuerte que tú. En diez años, ya ves lo que me he vuelto.
—¿No te curan?
—Sí. Y estoy mejor
desde que me pongo inyecciones de aceite de chumogra. Mira. Vuelve la cabeza y
me enseña el lado izquierdo.
—De ese lado, se seca.
Me invade una inmensa
compasión y hago ademán de tocar su mejilla izquierda en prueba de amistad. Se
echa hacia atrás y me dice:
—Gracias por haber
querido tocarme, pero no toques nunca a un enfermo ni bebas en su escudilla.
Todavía no he visto más
que un rostro de leproso, el de ese que ha tenido valor para afrontar mi
mirada.
—¿Dónde está el fugado?
En el umbral de la
puerta, la sombra de un hombre apenas más alto que un enano.
—Toussaint y los otros
quieren verlo. llévalo al centro.
Juan sin Miedo se
levanta y dice:
—Sígueme.
Nos vamos todos en la
oscuridad, cuatro o cinco delante, yo al lado de Juan sin Miedo, otros detrás.
Cuando, al cabo de tres minutos, llegamos a una explanada, un débil rayo de
luna ilumina esa especie de plaza. Es la cima más alta de la isla. En el centro,
una casa. De dos ventanas sale luz. Ante la puerta, nos aguardan una veintena
de hombres; caminamos hacia ellos. Cuando llegamos frente a la puerta se
apartan para dejarnos pasar.
Es una sala rectangular
de diez metros por cuatro aproximadamente, con una especie de chimenea donde
arde un fuego de leña, rodeada de cuatro enormes piedras, todas de la misma
altura. La sala es alumbrada por dos grandes linternas sordas de petróleo. Sentado
en un taburete, un hombre de edad indefinida y cara descolorida. Detrás de él,
sentados en un banco, cinco o seis hombres. El hombre de la cara descolorida
tiene los ojos negros y me dice:
—Soy Toussaint El Corso
y tú debes ser Papillon.
—Sí.
—Las noticias vuelan de
prisa en el presidio, tan de prisa como tú actúas. ¿Dónde dejaste el mosquetón?
—Lo tiramos al río.
—¿En qué sitio?
—Frente a la tapia del
hospital, exactamente donde la saltamos.
—Entonces, ¿puede
recuperarse?
—Eso supongo, pues el
agua no es profunda allí.
—¿Cómo lo sabes?
—Nos vimos obligados a
meternos en el agua para transportar a nuestro amigo herido y dejarlo en la
canoa.
—¿Qué tiene?
—Se ha roto una pierna.
—¿Qué has hecho de él?
—He juntado ramas
partidas en dos por la mitad y le he colocado una especie de collar de sujeción
en la pierna.
—¿Le duele?
—Sí.
—¿Dónde está?
—En la piragua.
—Has dicho que vienes a
buscar ayuda. ¿Qué clase de ayuda? —Una embarcación.
—¿Quieres que te demos
una embarcación?
—Sí, tengo dinero para
pagarla.
—Bien. Te venderé la
mía, es formidable y completamente nueva, la robé la semana pasada en Albina.
No es una embarcación, es un trasatlántico. Sólo le falta una cosa, una quilla.
No está quillada, pero en dos horas te pondremos una buena quilla. Tiene todo
lo que hace falta: un gobernalle con su barra completa, un mástil de cuatro
metros de quiebrahacha y una vela completamente nueva de lona de lino. ¿Cuánto
me das?
—Dime tú el precio, no
sé qué valor tienen las cosas aquí.
—Tres mil francos, si
puedes pagar. Si no puedes, vete a buscar el mosquetón mañana por la noche y, a
cambio, te doy la embarcación.
—No, prefiero pagar.
—Conforme, trato hecho.
¡Pulga, trae café!
El Pulga, que es el
semienano que viniera a buscarme se dirige a una repisa que hay sobre la
lumbre, toma una escudilla reluciente, nueva y limpia, vierte en ella café de
una botella y la pone al fuego. Al cabo de un momento, retira la escudilla y
sirve el café en algunos vasos metálicos que hay junto a las piedras. Toussaint
se inclina y reparte los vasos a los hombres que están detrás de él. El Pulga
me alarga la escudilla, diciéndome:
—Bebe sin temor, pues
esa escudilla sólo es para los que vienen de paso. Ningún enfermo bebe en ella.
Cojo la escudilla, bebo
y, luego, me la pongo sobre la rodilla. En este momento, descubro que, pegado a
la escudilla, hay un dedo. Estoy tratando de comprender, cuando El Pulga dice:
—Toma, ¡ya he perdido
otro dedo! ¿Dónde diablos habrá caído?
—Aquí está —le digo,
mostrándole la escudilla.
Lo despega y, luego, lo
tira al fuego. Me devuelve la escudilla y dice:
—Puedes beber, porque
yo tengo la lepra seca. Me deshago a trocitos, pero no me pudro. No soy
contagioso.
Un olor a carne asada
llega hasta mí. Pienso: "Debe ser el dedo."
Toussaínt dice:
—Tendrás que quedarte
todo el día hasta por la tarde, cuando baje la marea. Es necesario que vayas a
avisar a tus amigos. Deja al herido en una choza, recoged todo lo que hay en la
canoa, y echadla a pique. Nadie puede ayudaros, ya comprendes por que.
Rápidamente, me reúno
con mis dos compañeros. Transportamos a Clousiot a una choza. Una hora después,
lo hemos quitado todo y el material de la piragua está cuidadosamente guardado.
El Pulga pide que le regalemos la piragua y una pagaya. Se la doy. Irá a
hundirla en un sitio que conoce. La noche ha pasado de prisa. Los tres estamos
en la choza, echados sobre mantas nuevas que nos ha hecho enviar Toussaint. Nos
han llegado empaquetadas en papel fuerte de embalaje. Tendido sobre una de esas
mantas, doy detalles a Clousiot y Maturette de lo ocurrido desde mi llegada a
la isla y del trato hecho con Toussaint. Clousiot dice una tontería, sin
reflexionar:
—Darse el piro cuesta
entonces seis mil quinientos francos. Te daré la mitad, Papillon, es decir, los
tres mil francos que tengo.
—No estamos aquí para
echar cuentas de armenio. Mientras tenga pasta, pago yo. Después ya veremos.
Ningún leproso entra en
la choza. Despunta el día. Llega Toussaint:
—Buenos días. Podéis
salir tranquilos. Aquí, nadie puede venir a molestaros. Subido a un cocotero,
en lo alto de la isla, está uno para ver si hay embarcaciones de la bofia en el
río. No se ven. Mientras ondee el trapo blanco, significa que no hay moros en
la costa. Sí el vigía ve algo, bajará a decirlo. Podéis coger papayas vosotros
mismos y comerlas si queréis.
—Toussaint, ¿y la
quilla? —le digo.
—La haremos con una
tabla de la puerta de la enfermería. Es de madera dura sin desbastar. Con dos
tablas haremos la quilla. Hemos subido ya la canoa a la explanada aprovechando
la noche. Ven a verla.
Vamos allá. Es una
magnífica lancha de cinco metros de largo, completamente nueva, con dos bancos,
uno horadado para colocar el mástil. Es pesado y a Maturette y a mí nos cuesta
mucho darle la vuelta. Vela y cordaje son nuevos, flamantes. A los lados hay
anillas para sujetar la carga, incluso el barril de agua. Ponemos manos a la
obra. A mediodía, una quilla ahusada de popa a proa queda sólidamente sujeta
con largos tornillos y los cuatro tirafondos que yo tenía.
En corro, alrededor de
nosotros, los leprosos nos contemplan trabajar sin decir palabra. Toussaint nos
explica lo que hay que hacer y obedecemos. Ninguna llaga en la cara de
Toussaint, que parece normal, pero cuando habla, se nota que sólo mueve un lado
del rostro, el izquierdo. Me lo dice, y también me dice que está aquejado de
lepra seca. El torso y el brazo derecho los tiene igualmente paralizados y
espera que la pierna derecha se le paralice también a no tardar. El ojo derecho
aparece fijo como un ojo de cristal. Ve con él, pero no puede moverlo. No doy
ningún nombre de los leprosos. Quizá quienes les quisieron o conocieron nunca
han sabido de qué horrible manera se han podrido en vida.
Mientras trabajo,
charlo con Toussaint. Nadie más habla. Salvo una vez en que, cuando me disponía
a coger algunas bisagras arrancadas de un mueble de la enfermería, para
reforzar la sujeción de la quilla, uno de ellos dice:
—No las cojas todavía,
déjalas ahí. Me he hecho un rasguño al arrancar una y hay sangre, aunque la he
limpiado.
Un leproso las rocía
con ron y prende fuego por dos veces:
—Ahora —dice aquel
hombre— ya puedes usarlas.
Mientras trabajamos,
Toussaint dice a un leproso:
—Tú que te has fugado
varias veces, explícale bien a Papillon cómo debe actuar, puesto que ninguno de
los tres se ha fugado antes.
El hombre nos explica:
—Esta tarde, la marea
baja muy temprano. La bajamar comienza a las tres. A la caída de la noche,
hacia las seis, tienes a favor una corriente que te llevará en menos de tres
horas a cien kilómetros aproximadamente de la desembocadura. A las nueve,
tendrás que pararte. Has de esperar bien amarrado a un árbol de la selva, las
seis horas de marea alta, hasta las tres de la madrugada. Pero no salgas a esa
hora, pues la corriente no se retira lo bastante de prisa. A las cuatro y media
de la mañana, ponte en medio del río. Tienes una hora y media antes de que
despunte el día, para hacer cincuenta kilómetros. En esa hora y media están
todas tus posibilidades. Es necesario que a las seis, cuando salga el sol, te
hagas a la mar. Aunque la bofia te vea, no puede perseguirte, pues llegaría al
alfaque en el mismo momento que sube la marea. No podrán pasar y tú ya habrás
cruzado el banco de arena. En ese kilómetro de ventaja que debes tener cuando
ellos te perciban va tu vida. Ahí no hay más que una vela, ¿qué tenías en la
piragua?
—Una vela y un foque.
—Esa embarcación es
pesada, puede aguantar dos foques, uno en trinquetes desde la punta de la
embarcación hasta el pie del mástil, y el otro inflado saliendo fuera de la
punta de la lancha para levantar bien la proa. Sal a todo trapo, recto sobre
las olas del mar, que siempre es gruesa en el estuario. Haz tumbar a tus amigos
en el fondo de la canoa para estabilizarla mejor, y tú sujeta bien el
gobernalle. No ates la soga que sujeta la vela a tu pierna, hazla pasar por la
anilla que hay para eso en la embarcación y sujétala con una sola vuelta a tu
muñeca. Si ves que la fuerza del viento aumenta el desplazamiento de una ola
fuerte y que vas a escorar en el agua con peligro de zozobrar, suéltalo todo y,
acto seguido, verás cómo tu embarcación recobra el equilibrio. Si ocurriese
eso, no te pares, deja suelta la vela y sigue adelante, al viento, con el
trinquete y el foque. Sólo hasta que llegues a las aguas azules tendrás tiempo
de hacer arriar la vela por el pequeño, bajarla a bordo y seguir adelante tras
haberla vuelto a izar. ¿Conoces la derrota?
—No. Sólo sé que
Venezuela y Colombia están al Noroeste.
—Así es, pero procura
que las corrientes no te arrastren hacia la costa. La Guayana holandesa entrega
a los evadidos; la Guayana inglesa, también. Trinidad no te entrega, pero te
obliga a marchar al cabo de quince días. Venezuela te entrega, pero tras haberte
puesto a trabajar en las carreteras un año o dos.
Escucho con toda
atención. Me dice que, de vez en cuando, se va pero como es leproso, lo
devuelven en seguida. Confiesa no haber llegado nunca más allá de Georgetown,
en la Guayana inglesa. Sólo tiene lepra visible en los pies, que se le han
quedado sin dedos. Va descalzo. Toussaint me pide que repita todos los consejos
que el hombre me ha dado y lo hago sin equivocarme.
En este momento, Juan
sin Miedo pregunta:
—¿Cuánto tiempo se
necesitará para llegar a alta mar?
Contesto:
—Durante tres días,
pondré rumbo a Nornordeste. Con la deriva, resultará Nornorte, y al cuarto día
pondré rumbo Noroeste que equivaldría a pleno Oeste.
—Bravo—dice el
leproso—. Yo, la última vez, sólo hice dos días de Nordeste, así que fui a
parar a la Guayana inglesa. Con tres días rumbo al Norte, pasarás al norte de
Trinidad o de Barbados, y, de golpe, habrás pasado por Venezuela sin darte
cuenta, para topar con Curasao o Colombia.
Juan sin Miedo dice:
—Toussaint, ¿por cuánto
le has vendido la embarcación?
—Por tres mil —dice
Toussaint—. ¿Es caro?
—No, no lo digo por
eso. Sólo quería saberlo, nada más. ¿Puedes pagar, Papillon?
—Sí.
—¿Te quedará dinero?
—No, es todo cuanto
tenemos, exactamente tres mil francos que lleva mi amigo Clousiot.
—Toussaint, te doy mi
pistola dice Juan sin Miedo—. Quiero ayudar a esos tipos. ¿Cuánto me das por
ella?
—Mil francos dice
Toussaint—. Yo también quiero ayudarles.
—Gracias por todo —dice
Maturette, mirando a Juan sin, Miedo.
—Gracias dice también
Clousiot.
Y yo, en este momento,
me avergüenzo de haber mentido:
—No, no puedo aceptar
eso de ti, no hay motivo.
Me mira y dice:
—Sí, hay una razón.
Tres mil francos es mucho dinero y, sin embargo, a ese precio, Toussaint pierde
al menos dos mil, pues os da una embarcación magnífica. No hay razón para que
yo no haga también lo mismo por vosotros.
Entonces, ocurre algo
conmovedor: El Lechuza deja un sombrero en el suelo, y he aquí que los leprosos
echan billetes o monedas dentro. Salen leprosos de todas partes y todos ponen
algo. Estoy sumamente avergonzado. ¡Pero no puedo decirles que todavía me queda
dinero! ¿qué puedo hacer, Dios mío? Es una infamia lo que estoy cometiendo ante
tanta nobleza:
—¡Os lo ruego, no
hagáis ese sacrificio!
Un negro de Tombuctú,
completamente mutilado —tiene dos muñones en vez de manos, ni un solo dedo—,
dice:
—El dinero no nos sirve
para vivir. Acéptalo sin sonrojo. El dinero sólo nos sirve para jugar o
acostarnos con leprosas que, de vez en cuando, vienen de Albina.
Estas palabras me
alivian y me impiden confesar que tengo dinero.
Los leprosos han cocido
doscientos huevos. Los traen en una caja marcada con una cruz roja. Es la caja
recibida por la mañana con los medicamentos del día. Traen también dos tortugas
vivas de por lo menos treinta kilos cada una, bien atadas, tabaco en hojas y
dos botellas llenas de fósforos y rascadores, un saco de por lo menos cincuenta
kilos de arroz, dos sacos de carbón de leña, un "primus", el de la
enfermería, y una bombona de gasolina. Toda esta mísera comunidad está
conmovida por nuestro caso y todos quieren contribuir a nuestro éxito. Diríase
que en esta fuga va la de ellos. Arrastramos la canoa hasta cerca del sitio
donde llegamos. Ellos han contado el dinero del sombrero: ochocientos diez
francos. Sólo debo dar mil doscientos francos a Toussaint. Clousiot me entrega
su estuche, lo abro delante de todo el mundo. Contiene un billete de mil y
cuatro billetes de quinientos francos. Entrego a Toussaint mil quinientos
francos, me devuelve trescientos y, luego dice:
—Toma, quédate con la
pistola, te la regalo. Os habéis jugado el todo por el todo, no vaya a ser que,
en el último momento por falta de un arma, se estropee el asunto. Espero que no
tengas que usarla.
No sé como
agradecérselo, a él en primer lugar, y a todos los demás después. El enfermero
ha preparado una cajita con algodón, alcohol, aspirinas, vendas, yodo, unas
tijeras y esparadrapo. Un leproso trae tablitas bien cepilladas y finas y dos
vendas "Velpeau" en su embalaje, completamente nuevas. Me las ofrece
con sencillez para que cambie las tablillas de Clousiot.
Sobre las cinco, se
pone a llover. Juan sin Miedo me dice:
—Estáis de suerte. No
hay peligro de que os vean, podéis marcharos en seguida y ganar una media hora
larga. Así, estaréis más cerca de la desembocadura para seguir adelante a las
cuatro y media de la mañana.
—¿Cómo sabré la hora
que es? —le pregunto.
—La marea te lo dirá
según suba o baje.
Botamos la canoa. No es
como la piragua. Emerge del agua más de cuarenta centímetros, cargada con todo
el material y nosotros tres. El mástil, envuelto en la vela, queda tumbado pues
no debemos ponerlo hasta la salida. Colocamos el gobernalle con su vástago de
seguridad y la barra, más un cojín de bejucos para sentarme. Con las mantas,
hemos habilitado un nido en el fondo de la canoa para Clousiot, quien no ha
querido cambiarse el ventaje. Está a mis pies, entre el barril de agua y yo.
Maturette se mete en el fondo, pero a proa. En seguida, tengo una impresión de
seguridad que nunca tuve con la piragua.
Sigue lloviendo. Tengo
que bajar el río por el centro, pero un POCO a la izquierda, del lado de la
costa holandesa. Juan sin Miedo dice:
—¡Adiós, largaos
pronto!
—¡Buena suerte! —dice
Toussaint.
Y da un fuerte patadón
a la canoa.
—Gracias, Toussaint,
gracias, Juan. ¡Mil veces gracias a todos!
Y desaparecemos muy
rápidamente, arrastrados por la corriente de la bajamar que hace dos horas que
empezó y va a una velocidad increíble.
Sigue lloviendo, no
vemos a diez metros de nosotros. Como hay dos islitas más abajo, Maturette se
asoma a proa y mantiene fija la mirada ante nosotros para evitar que
encallemos. Ha caído la noche. Un grueso árbol que desciende el río con
nosotros, por suerte demasiado despacio, nos obstaculiza un momento con sus
ramas. Nos desprendemos en seguida de él y continuamos bajando a treinta por
hora por lo menos. Fumamos, bebemos ron. Los leprosos nos han dado seis
botellas de chianti de ésas que van envueltas en paja, pero llenas de ron. Cosa
rara, ninguno de nosotros habla de las horrendas lesiones que hemos visto en
los leprosos. Un tema único de conversación: su bondad, su generosidad, su
rectitud; la suerte que tuvimos de encontrar al bretón de la máscara, que nos
llevó a la isla de las Palomas. La lluvia cada vez arrecia más, estoy calado
hasta los huesos, pero estas blusas de lana son tan buenas que, aun estando
empapadas, abrigan. No tenemos frío. Sólo la mano que maneja el gobernalle se
anquilosa bajo la lluvia.
—En estos momentos
—,dice Maturette—, bajamos a más de cuarenta por hora. ¿Cuánto tiempo crees que
hace que hemos salido?
—Te lo diré —dice
Clousiot—. Aguarda un poco. Tres horas y quince minutos.
—¿Estás loco? ¿Cómo lo
sabes?
—Desde que salimos he
contado trescientos segundos y cada vez he cortado un trocito de cartón. Tengo
treinta y nueve cartoncitos. A cinco minutos cada uno, hacen tres horas y un
cuarto que bajamos el río. Si no me he equivocado, dentro de quince o veinte
minutos ya no bajaremos, nos iremos por donde hemos venido.
Empujo la barra del
gobernalle a la derecha para coger el río al sesgo y acercarme a la margen del
lado de la Guayana holandesa. Antes de chocar con la maleza, la corriente ha
cesado. Ya no bajamos ni subimos. Sigue lloviendo. Ya no fumamos, ya no hablamos.
Murmuro:
—Coge la pagaya y rema.
Yo remo también,
sujetando la barra bajo mi muslo izquierdo. Despacio, avanzamos por la maleza,
tiramos de las ramas y nos resguardamos debajo. Estamos en la oscuridad
producida por la vegetación. El río es gris, cubierto de niebla. Resultaría
imposible decir, de no fiarse del flujo y el reflujo, dónde está el mar y dónde
el interior del río.
La gran marcha
La marea alta durará
seis horas. Añadiéndole una hora y media que se debe esperar de bajamar, puedo
dormir siete horas, a pesar de que estoy muy excitado. Tengo que dormir, pues
una vez en la mar, ¿cuándo podré hacerlo? Me echo entre el barril y el mástil,
Maturette pone una manta como techo entre el banco y el barril y, bien
resguardado, duermo. Nada en absoluto viene a perturbar este sueño de plomo, ni
pesadillas, ni lluvia, ni mala postura alguna. Duermo, duermo hasta que
Maturette me despierta:
—Papi, creemos que ya
es hora, o casi. Hace rato que ha comenzado la bajamar.
La embarcación está
vuelta hacia el mar y la corriente discurre muy de prisa bajo mis dedos. Ya no
llueve. Un cuarto de luna nos permite ver con toda claridad, a cien metros
delante de nosotros, el río que arrastra hierbas, árboles, formas oscuras.
Intento distinguir la demarcación entre río y mar. Donde estamos no hace
viento. ¿Lo hará en medio del río? ¿Será fuerte? Salimos de la maleza, pero con
la canoa todavía amarrada a una gruesa raíz por un nudo corredizo. Mirando al
cielo, consigo percibir la costa, el final del río, el comienzo del mar. Hemos
bajado más de lo que creíamos y tengo la impresión de que estamos a menos de
diez kilómetros de la desembocadura. Nos bebemos un buen trago de ron.
Consulto: ¿ponemos el mástil aquí? Sí, lo alzamos y queda bien calado en el
fondo de la quilla y en el agujero del banco. Izo la vela sin desplegarla,
enrollada en torno del mástil. El trinquete y el foque están listos para ser
izados por Maturette cuando yo lo crea necesario. Para hacer funcionar la vela,
sólo hay que aflojar la soga que la sujeta al mástil, maniobra que realizaré
desde mi puesto. A proa, Maturette con una pagaya, yo a popa con la otra. Hay
que apartarse bruscamente y muy deprisa de la orilla adonde nos empuja la
corriente.
—Atención. ¡Adelante y
que Dios nos ampare! Dios nos ampare —repite Clousiot.
—En tus manos me confío
dice Maturette.
Y arrancamos, Bien
conjuntados, hendimos el agua con las pagayas. Yo la muevo bien, con fuerza, y
Maturette no me anda a la zaga. Despegamos fácilmente. Apenas nos hemos
apartado veinte metros con relación a la orilla, cuando ya hemos bajado cien
con la corriente. De golpe, el viento se hace sentir y nos empuja hacia el
centro del río.
—¡Iza el trinquete y el
foque, bien amarrados los dos!
El viento se precipita
en ellos y la embarcación, como un caballo, se encabrita, deslizándose como una
flecha. Debe ser más tarde de la hora prevista, pues, de pronto, el río se
ilumina como en pleno día. A nuestra derecha, la costa francesa se distingue
fácilmente a casi dos kilómetros y, a nuestra izquierda, a un kilómetro, la
costa holandesa. Frente a nosotros, muy visibles, las blancas cabrillas del
oleaje.
—¡Maldita sea! Nos
hemos equivocado de hora dice Clousiot—. ¿Crees que tendremos tiempo de salir?
—No lo sé.
—¡Fíjate qué altas son
las olas y blancas las crestas! ¿Habrá empezado ya la pleamar?
—Imposible, yo veo
cosas que bajan.
—No vamos a poder
salir, no llegaremos a tiempo —dice Maturette.
—Cierra el pico y
quédate sentado al lado de las jarcias del foque y del trinquete. ¡Tú también,
Clousiot, cállate!
Pa-cum… Pa-cum… Nos
tiran con carabina. El segundo disparo lo localizo claramente. No son en
absoluto de los guardianes, proceden de la Guayana holandesa. Izo la vela, que
se infla tan fuerte que por poco me arrastra tirándome de la muñeca. La
embarcación se inclina más de cuarenta y cinco grados. Recojo todo el viento
posible, no es difícil, hay de sobra. Pa-cum, pa-cum, y luego nada más. La
corriente nos lleva más hacia el lado francés que el holandés, y seguramente
por eso los tiros han cesado.
Navegamos a una
velocidad vertiginosa con un viento a todo meter. Vamos tan de prisa que me veo
lanzado en medio del estuario, de tal manera que dentro de pocos minutos
tocaremos la orilla francesa, Se ve con toda claridad hombres que corren hacia
la orilla. Viro suavemente, lo más despacio posible, tirando con todas mis
fuerzas de la soga de la vela. Queda recta frente a mí, el foque vira solo y el
trinquete también. La embarcación gira de tres cuartos, suelto la vela y
salimos del estuario viento en popa. ¡Uf! ¡Ya está! Diez minutos después, la
primera ola de mar trata de cortarnos el paso, la remontamos fácilmente, y el
chap-chap que hacía la embarcación en el río se transforma en tac-tac-tac.
Salvamos esas olas, altas sin embargo, con la facilidad de un chiquillo que
juega a la piola. Tac-tac-tac, la embarcación sube y baja las olas sin
vibraciones ni sacudidas. Sólo el tac de su quilla que golpea el mar al recaer
de la ola.
—¡Hurra! ¡Hurra! ¡Hemos
salido! —grita a voz en cuello Clousiot.
Y para iluminar esa
victoria de nuestra energía sobre los elementos, Dios nos envía una
deslumbrante salida de sol. Las olas se suceden todas con igual ritmo. Menguan
de altura a medida que nos adentramos en el mar. El agua es sucia, cenagosa.
Enfrente, al Norte, se la ve negra; más tarde, será azul. No necesito mirar la
brújula: con el sol a mi hombro derecho, avanzo en línea recta, viento en popa,
pero con la embarcación menos escorada, pues he largado soga a la vela que está
medio inflada, pero sin quedar tensa. Comienza la gran aventura.
Clousiot se incorpora.
Quiere sacar la cabeza y el cuerpo para ver mejor. Maturette le ayuda a
sentarse frente a mí, adosado al barril, me lía un cigarrillo, lo enciende, me
lo pasa y fumamos los tres.
—Pásame la tafia para
mojar esta salida —dice Clousiot.
Maturette echa una
buena ración en tres vasos de metal y brindamos. Maturette está sentado a mi
lado, a la izquierda; nos miramos. Las caras de mis dos compañeros resplandecen
de dicha, la mía debe estar igual.
Entonces, Clousiot me
dice:
—Capitán, ¿adónde se
dirige, por favor?
—A Colombia, si Dios
quiere.
—Dios lo querrá, ¡por
todos los santos! dice Clousiot.
El sol se eleva
rápidamente y las ropas no tardan en secarse. La camisa del hospital es
transformada en un albornoz de estilo árabe. Mojada, mantiene fresca la cabeza
y evita que pillemos una insolación. El mar es de un azul de ópalo, las olas
tienen tres metros y son muy largas, lo cual ayuda a viajar con comodidad. El
viento se mantiene fuerte y nos alejamos rápidamente de la costa que, de vez en
cuando, veo difuminarse en el horizonte. Esa masa verde, cuanto más nos
alejamos de ella, tanto más nos revela los secretos de su ornamentación.
Mientras miro detrás de mí, una ola mal tomada me llama al orden y también a mi
responsabilidad respecto a la vida de mis camaradas y de la mía.
—Voy a cocer arroz
—dice Maturette.
—Yo sostendré el
hornillo dice Clousiot—, y tú, la olla.
La bombona de gasolina
está bien calzada, en la proa, donde está prohibido fumar. El arroz con tocino
huele muy bien. Lo comemos calentito, acompañado de dos latas de sardinas. A
eso, añadimos un buen café.
—¿Un traguito de ron?
Rehúso, hace demasiado
calor. Por lo demás, no soy muy bebedor. Clousiot, a cada momento, me lía
pitillos y me los enciende. la primera comida a bordo ha ido bien. Por la
posición del sol, suponemos que son las diez de la mañana. Llevamos solamente
cinco horas en alta mar y, sin embargo, se siente que debajo de nosotros el
agua es muy profunda. Las olas han menguado de altura y avanzamos cortándolas
sin que la canoa golpee. Hace un día maravilloso. Me doy cuenta de que, de día,
no se necesita tanto la brújula. De vez en cuando, sitúo el sol con relación a
la aguja y me guío por él, resulta muy fácil. La reverberación del sol me
lastima los ojos. Siento no haber pensado en hacerme con unas gafas oscuras.
De repente, me dice
Clousiot:
—¡Qué suerte he tenido
de encontrarte en el hospital!
—No eres el único;
también yo he tenido suerte de que hayas venido.
Pienso en Dega, en
Fernández… Si hubiesen dicho "sí", estarían aquí con nosotros.
—No creas —dice
Clousiot—. Hubieses tenido complicaciones para tener al árabe a la hora
conveniente a tu disposición en la sala.
—Sí, Maturette nos ha
sido muy útil y me felicito de haberle traído, porque es muy fiel, animoso y
diestro.
—Gracias—dice
Maturette—, y gracias a vosotros dos por haber tenido, pese a mi poca edad y a
lo que soy, confianza en mí. Haré lo necesario para estar siempre a la altura.
Luego, digo:
—Y FranVois Sierra, a
quien tanto me habría gustado tener aquí, así como a Galgani…
—Tal como se pusieron
las cosas, Papillon, no era posible. Si Jésus hubiese sido un hombre correcto y
nos hubiese proporcionado una buena embarcación, habríamos podido esperarles en
el escondite, Jésus hacerles evadir y traérnoslos. En fin, te conocen y saben
perfectamente que, si no les hiciste buscar, es porque era imposible.
—A propósito,
Maturette, ¿cómo es que estabas en aquella sala de gente tan peligrosa en el
hospital?
—No sabía que era
internado. Fui a la visita porque me dolía la garganta y para pasearme, y el
doctor, cuando me vio, me dijo: "Veo en tu ficha que vas internado a las
Islas. ¿Por qué?" "No lo sé, doctor. ¿Qué es eso de internado?" "Bueno,
nada. Al hospital." Y me encontré hospitalizado, esto es todo.
—Quiso hacerte un favor
—dice Clousiot.
—Vete a saber por qué
lo hizo. Ahora, debe decirse: "Mi protegido, con su pinta de monaguillo,
no era tan bobo, puesto que se ha dado el piro."
Hablamos de tonterías.
Digo:
—¡Quién sabe si
encontraremos a Julot, el hombre del martillo! Debe de estar lejos, a menos que
siga escondido en la selva.
—Yo, al marcharme —dice
Clousiot—, dejé una nota en la almohada: "Se fue sin dejar señas."
Todos nos echamos a
reír.
Navegamos durante cinco
días sin novedad. De día, el sol por su trayectoria Este—Oeste me sirve de
brújula. De noche, uso la brújula. El sexto día, por la mañana, nos saluda un
sol resplandeciente, el mar se ha encalmado de repente, peces voladores pasan
cerca de nosotros. Estoy exhausto. Esta noche, para impedir que me durmiese,
Maturette me pasaba por la cara un trapo empapado en agua de mar y, a pesar de
ello, me adormilaba. Entonces, Clousiot me quemaba con su cigarrillo. Como hay
calma chicha, he decidido dormir. Arriamos la vela y el foque, dejando tan sólo
el trinquete, y duermo como un tronco en el fondo de la canoa, bien resguardado
del sol por la vela, tendida sobre mí. Me despierto zarandeado por Maturette,
quien me dice:
—Es mediodía o la una,
pero te despierto porque el viento refresca y el horizonte, de donde sopla el
viento, está oscuro.
Me levanto y ocupo mí
puesto. Sólo está izado el foque y nos hace deslizar sobre el mar terso. Detrás
de mí, al Este, todo es oscuro y el viento refresca cada vez más. El trinquete
y el foque bastan para impeler la embarcación muy rápidamente. Hago sujetar
bien la vela enrollada en el palo.
—Agarraos bien, pues,
por lo visto, se acerca un temporal.
Gordas gotas empiezan a
caer encima de nosotros. Esa oscuridad que se aproxima a una velocidad
vertiginosa, en menos de un cuarto de hora llega de! horizonte hasta muy cerca
de nosotros. Ya está, ya llega, un viento de violencia inaudita nos embiste.
Las olas, como por arte de encantamiento, se forman a una velocidad increíble,
crestadas de espuma. El sol está tapado por completo, llueve a torrentes, no se
ve nada y las olas, al romper en la embarcación, me mandan rociadas que me
azotan la cara. Es la tempestad, mi primera tempestad, con toda la charanga de
la Naturaleza desatada, truenos, relámpagos, lluvia, oleaje, el ulular del
viento que ruge sobre y en torno a nosotros.
La canoa, llevada como
una brizna de paja, sube y baja a alturas increíbles y a abismos tan profundos
que tenemos la impresión de que no saldremos del trance. Sin embargo, pese a
esas zambullidas fantásticas, la embarcación trepa, salva otra cresta de ola y
pasa, pasa siempre. Sostengo la barra con ambas manos y, creyendo que conviene
resistir un poco una ola más alta que veo acercarse, cuando apunto para
cortarla, embarco una gran cantidad de agua. Toda la canoa queda inundada. Debe
de haber más de setenta y cinco centímetros de agua. Nerviosamente, sin querer,
me atravieso a una ola, lo cual es sumamente peligroso, y la canoa queda tan
escorada, a punto de volcar, que por sí sola echa gran parte del agua que había
embarcado.
—¡Bravo! —grita
Clousiot—. ¡Sabes lo que te haces, Papillon! Pronto has achicado la canoa.
—¡Sí, ya lo has visto!
digo.
¡Si supiese que por mi
falta de experiencia hemos estado a punto de irnos a pique zozobrando en alta
mar! Decido no volver a luchar contra el curso de las olas, ya no me preocupo
de la dirección, trato simplemente de mantener la canoa en el máximo equilibrio
posible. Tomo la olas al sesgo, bajo deliberadamente al fondo con ellas y subo
con el mismo mar. No tardo en percatarme de la importancia de mi
descubrimiento, pues así he suprimido el noventa por ciento de posibilidades de
peligro.
La lluvia cesa, el
viento sigue soplando rabiosamente, puedo ver delante y detrás de mí. Detrás,
hay claridad, te,
oscuridad, estamos en
medio de ambos extremos.
Hacia las cinco, todo
ha terminado. El sol brilla de nuevo sobre nosotros, el viento es normal, las
olas, menos altas. Izo la vela y seguimos navegando, contentos de nosotros
mismos. Con cazuelas, mis dos compañeros han achicado el agua que quedaba en la
canoa. Sacamos las mantas: atadas al palo, el viento no tardará en secarlas.
Arroz, harina, aceite, café doble y un buen trago de ron. El sol está a punto
de ponerse, iluminando con todas sus luces este mar azul en un cuadro
inolvidable: el cielo es todo rojo oscuro, el sol, sumido en parte en el mar,
proyecta grandes lenguas amarillas, tanto hacia el cielo y sus pocas nubes
blancas, como hacia el mar; las olas, cuando suben, son azules en el fondo,
verdes después, y la cresta, roja, rosa o amarilla según el color del rayo que
bate en ella. Me invade una paz de una dulzura poco común, y con la paz, la
sensación de que puedo tener confianza en mí. He salido airoso y la breve
tempestad me ha sido muy útil. Solo, he aprendido a maniobrar en esos casos.
Afrontaré la noche con completa serenidad.
—Entonces, Clousiot,
¿te has fijado en mi truco para achicar la embarcación?
—Amigo mío, si no
llegas a hacer eso y se nos hubiese echado encima otra ola de través, nos
habríamos ido a pique. Eres un campeón.
—¿Has aprendido todo
eso en la Armada? —pregunta Maturette.
—Sí; como ves, sirven
de algo las lecciones de la Marina de Guerra.
Debemos haber derivado
mucho. Vaya uno a saber, con un viento y oleaje así, cuánto hemos derivado en
cuatro horas. Decido dirigirme al Noroeste para rectificar, sí, eso es. La
noche cae de repente tan pronto el sol ha desaparecido en el mar lanzando los últimos
destellos, esta vez morados, de su fuego de artificio.
Durante seis días más,
navegamos sin novedad, aparte de algunos atisbos de tempestad y de lluvia que
nunca han rebasado tres horas de duración ni la eternidad de la primera
tormenta. Son las diez de la mañana. Ni pizca de viento, una calma chicha.
Duermo casi cuatro horas. Cuando despierto, los labios me abrasan. Ya no tienen
piel, como tampoco la nariz. También mi mano derecha está despellejada, en
carne viva. A Maturette le pasa igual, así como a Clousiot. Nos ponemos aceite
dos veces al día en la cara y las manos, pero no basta: el sol de los trópicos
en seguida lo seca.
Por la posición del
sol, deben ser las dos de la tarde. Como y, luego, como hay calma chicha, nos
hacemos sombra con la vela. Acuden peces en torno de la embarcación en el sitio
donde Maturette ha lavado los cacharros. Cojo el machete y digo a Maturette que
eche algunos granos de arroz que, por lo demás, desde que se mojó, empieza a
fermentar. Los peces se agrupan donde cae el arroz hasta flor de agua y, cuando
uno de ellos tiene la cabeza casi fuera, le doy un machetazo y se queda tieso
panza arriba. Lo limpiamos y lo hervimos con agua y sal. Por la noche, nos lo
comemos con harina de mandioca.
Hace once días que nos
hicimos a la mar. Durante todo ese tiempo sólo hemos visto un barco muy lejos
en el horizonte. Empiezo a preguntarme dónde demonios estamos. En alta mar, sin
duda, pero ¿en qué posición con respecto a Trinidad o cualesquiera de las islas
inglesas? Cuando se habla de] lobo… En efecto, delante de nosotros, un punto
negro que, poco a poco, aumenta de tamaño— ¿Será un barco o una chulapa de alta
mar? Es un error, no venía hacia nosotros. Es un barco, se le distingue bien,
ahora. Se acerca, es cierto, pero sesgado, su derrota no le conduce hacia
nosotros. Como no hace viento, nuestro velamen cuelga lastimosamente, y el
barco, con seguridad, no nos ha visto. De repente, el aullido de una sirena;
luego, tres toques; después, cambia de rumbo y, entonces, viene recto sobre
nosotros.
—Con tal de que no se
acerque demasiado dice Clousiot.
—No hay peligro, el mar
es una balsa de aceite.
Es un petrolero. Cuanto
más se acerca, tanta más gente se distingue en cubierta. Deberán preguntarse
qué demonios están haciendo esos tipos en su cascarón de nuez, en alta mar. Se
aproxima despacio, ahora distinguimos perfectamente a los oficiales de a bordo
y a otros tripulantes, como al cocinero. Luego, vemos llegar a cubierta mujeres
con vestidos abigarrados y hombres con camisas de colores. Debe tratarse de
pasajeros. Pasajeros en un petrolero, me parece raro. El petrolero se acerca
despacio y el capitán nos habla en inglés.
—Where are you coming
from?. Guyane5
—¿Habla usted francés?
—pregunta una mujer.
—Sí,señora.
—¿Qué hacen en alta
mar?
—Vamos hacia donde Dios
nos lleva.
La señora habla con el
capitán y dice:
—El capitán les pide
que suban a bordo, mandará izar su pequeña embarcación.
—Dígale que se lo
agradecemos, pero que estamos muy bien en nuestra embarcación.
—¿Por qué no quieren
ayuda?
—Porque somos fugitivos
y no vamos en su dirección.
—¿Adónde van?
—A la Martinica y más
allá. ¿Dónde estamos?
—En alta mar.
—¿Cuál es la ruta para
arribar a las Antillas?
—¿Sabe usted leer una
carta marina inglesa?
—Sí.
Un momento después, con
una soga, nos bajan una carta inglesa, cartones de cigarrillos, pan y una
pierna de carnero asada.
—¡Fíjese en la carta!
Miro y digo:
—Debo hacer Oeste un
cuarto Sur para encontrar las Antillas inglesas, ¿no es así?
—Sí.
—¿Cuántas millas,
aproximadamente?
—Dentro de dos días
estarán allí —dice el capitán..
—¡Hasta la vista,
gracias a todos!
—¡El comandante de a
bordo le felicita por su valor de marino!
—¡Gracias, adiós!
Y el petrolero se va
despacio, casi rozándonos. Me aparto de él por temor al remolino de las hélices
y, en este momento, un marino me echa una gorra de marino. Cae en el centro
mismo de la canoa, y será tocado con esta gorra, que tiene un galón dorado y un
ancla, como dos días después, arribaremos a Trinidad sin novedad.
Trinidad
Las aves nos han
anunciado la proximidad de la tierra mucho antes de haberla avistado. Son las
siete y media de la mañana cuando acuden a girar a nuestro alrededor.
¡Llegamos, macho! ¡Llegamos! ¡Hemos salido bien de la primera parte de la fuga,
la más difícil! ¡Viva la libertad!
Cada uno de nosotros
exterioriza su alegría con exclamaciones pueriles. Tenemos las caras
embadurnadas de manteca de cacao que, para aliviar nuestras quemaduras, nos
regalaron en el barco que encontramos. Alrededor de las nueve, avistamos
tierra. Un viento fresco, aunque suave, nos lleva a buena velocidad por una mar
poco agitada. Hasta las cuatro de la tarde aproximadamente, no percibimos los
detalles de una isla alargada, bordeada por pequeñas aglomeraciones de casitas
blancas, cuya cima está llena de cocoteros. Todavía no se puede distinguir si
verdaderamente es una isla o una península, como tampoco si las casas están
habitadas o no. Habrá de pasar más de una hora aún para que distingamos gentes
que corren hacia la playa en dirección de la cual nos dirigimos. En menos de
veinte minutos, se ha reunido una abigarrada multitud. Los habitantes de esta
aldea han acudido como un solo hombre a la playa para recibirnos. Más tarde,
sabremos que se llama San Fernando.
A trescientos metros de
la costa, echo el ancla, que en seguida se engancha. Por una parte, lo hago
para ver la reacción de esas gentes, y también para no romper mi embarcación
cuando vaya a varar, si el fondo es de coral. Arriamos las velas y esperamos.
Un pequeño bote viene hacia nosotros. A bordo, dos negros que reman y un blanco
tocado con casco colonial.
—Bien venidos a
Trinidad dice en puro francés el blanco— Los negros se ríen enseñando todos los
dientes.
señor, por sus amables
palabras. ¿El fondo de la playa es de coral o de arena?
—Es de arena, puede
usted ir sin peligro hasta la playa.
Levamos el ancla y,
despacio, el oleaje nos empuja hasta la playa. Apenas arribamos, cuando diez
hombres entran en el agua y, de un tirón, varan la canoa. Nos miran, nos tocan
con ademanes acariciadores, las mujeres negras o coolíes, o hindúes nos invitan
con gestos. Todo el mundo quiere tenernos en casa, según me explica en francés
el blanco. Maturette recoge un puñado de arena y se la lleva a la boca para
besarla. Es el delirio. El blanco, a quien he hablado del estado de Clousiot,
le hace llevar a su casa, muy próxima a la playa. Nos dice que podemos dejarlo
todo hasta mañana en la canoa, que nadie tocará nada. Todo el mundo me llama
captain, me río de este bautismo. Todos me dicen: "Good captain, long ride
on smatl boatl."6
Anochece y, tras haber
pedido que pongan la embarcación un poco más lejos y haberla amarrado a otra
mucho mayor que está varada en la playa, sigo al inglés hasta su casa. Es un
bungalow como pueden verse en toda tierra inglesa; unos cuantos peldaños de madera,
una puerta metálica. Entro detrás del inglés, Maturette me sigue. Al entrar,
sentado en un sillón, con su pierna herida sobre una silla, veo a Clousiot,
quien se pavonea rodeado por una señora y una chica.
—Mi mujer y mi hija —me
dice el caballero—. Tengo un hijo que estudia en Inglaterra.
—Sean bien venidos a
esta casa —dice la señora, en francés.
—Siéntense, caballeros
—dice la muchacha, acercándonos dos sillones de mimbre.
—Gracias, señoras, no
se molesten tanto por nosotros.
—¿Por qué? Sabemos de
dónde vienen ustedes, pueden estar tranquilos y, se lo repito: sean bien
venidos a esta casa.
El señor es abogado, se
llama Master Bowerí, tiene su bufete en la capital, a cuarenta kilómetros, en
Port of Spain, capital de Trinidad. Nos traen té con leche, tostadas,
mantequilla, confitura. Fue nuestra primera velada de hombres libres, nunca la
olvidaré. Ni una palabra del pasado, ninguna pregunta indiscreta, solamente
cuántos días hemos pasado en el mar y cómo nos ha ido el viaje; si Clousiot
padecía mucho y si deseábamos que avisasen a la Policía al día siguiente o
esperar un día antes de avisarla; si vivían nuestros padres, o si teníamos
mujer e hijos. Si deseábamos escribirles, ellos echarían las cartas a Correos.
¿Cómo decirlo?: un recibimiento excepcional, tanto del pueblo en la playa como
de aquella familia llena de indescriptibles atenciones para con tres fugitivos.
Master Bowen consulta
por teléfono a un médico, quien le dice que le mande el enfermo a su clínica
mañana por la tarde para hacerle una radiografía y demás. Master Bowen
telefonea a Port of Spain, al comandante del Ejército de Salvación. Este dice
que nos preparará una habitación en el hotel del Ejército de Salvación, que
vayamos cuando queramos, que guardemos bien nuestra embarcación si es buena,
pues la necesitaremos para seguir el viaje. Pregunta si somos presidiarios o
relegados, le contestan que somos presidiarios. Al abogado parece gustarle que
seamos presidiarios.
—¿Quieren ustedes tomar
un baño y afeitarse? —me pregunta la muchacha . Sobre todo, no digan que no, no
nos molesta en absoluto. En el cuarto de baño encontrarán ropas que, por lo
menos así lo espero, les irán bien.
Paso al cuarto de baño,
me baño, me afeito y salgo bien peinado, con un pantalón gris, camisa blanca,
zapatos de tenis y calcetines blancos.
Un hindú llama a la
puerta, trae un paquete bajo el brazo y se lo entrega a Maturette diciéndole
que el letrado ha notado que yo era más o menos de la misma talla que el
abogado y que no costaba nada vestirme, pero que para el pequeño Maturette no
podía encontrar prendas adecuadas, pues nadie, en casa del abogado, tenía su
corta estatura. Se inclina, como hacen los musulmanes, ante nosotros, y se
retira. Ante tanta bondad, ¿qué puedo decir? La emoción que me henchía el pecho
es indescriptible. Clousiot fue el primero en acostarse. Luego, nosotros cinco
cambiamos abundantes impresiones sobre diferentes cosas. Lo que más intrigaba a
aquellas encantadoras mujeres era qué pensábamos hacer para reconstruirnos una
existencia. Nada del pasado, todo sobre el presente y el futuro. Master Bowen
lamentaba que en la isla de Trinidad no se acepte el afincamiento de evadidos.
Me explicó que él había solicitado repetidas veces la derogación de esa medida,
pero que jamás le hicieron caso.
La muchacha habla un
francés muy puro, como el padre, sin acento ni defecto de pronunciación alguno.
Es rubia, pecosa, y tiene de diecisiete a veinte años, no me he atrevido a
preguntarle la edad. Dice:
—Son ustedes muy
jóvenes y la vida les espera, no sé lo que habrán hecho para ser condenados ni
quiero saberlo, pero haber tenido el valor de hacerse a la mar en una
embarcación tan pequeña para un viaje tan largo y peligroso, denota que están
dispuestos a jugárselo todo para ser libres y eso es digno de mérito.
Hemos dormido hasta las
ocho de la mañana. Al levantarnos encontramos la mesa puesta. Las dos damas nos
dicen con toda naturalidad que Master Bowen se ha ido a Port of Spain y que no
volverá hasta la tarde con las informaciones necesarias para actuar en favor
nuestro.
Ese hombre que abandona
su casa con tres presidiarios evadidos dentro nos da una lección sin par, como
queriendo decirnos: "Sois seres normales; fijaos si tengo confianza en
vosotros, que os dejo solos en mi casa al lado de mi mujer y de mi hija."
Esta manera tácita de decirnos: "He visto, tras haber conversado con
vosotros tres, a seres perfectamente dignos de confianza, hasta el punto de
que, no dudando que no podréis ni de hecho, ni de gesto, ni de palabra
comportaros mal en mi casa, os dejo en mi hogar como si fueseis viejos
amigos", esta manifestación, digo, nos ha conmovido mucho.
No soy ningún
intelectual que pueda describir, lector —si algún día este libro tiene lectores
, con la intensidad necesaria, con suficiente inspiración, la emoción, la
formidable impresión de respeto de nosotros mismos, no de una rehabilitación,
sino de una nueva vida. Ese bautismo imaginario, ese baño de pureza, esa
elevación de mi ser por encima del fango en el que me encontraba encenagado,
esa manera de ponerme frente a una responsabilidad real así de pronto, acaban
de hacer, de una manera tan simple, otro hombre de mí, hasta el punto de que
ese complejo de presidiario que incluso cuando uno está libre oye sus grilletes
y cree en todo instante que alguien le vigila, que todo cuanto he visto, pasado
y aguantado, todo lo que he sufrido, todo lo que me conducía a ser un hombre
corrompido, peligroso en todos los momentos, pasivamente obediente en la
superficie y tremendamente peligroso en su rebeldía, todo eso ha desaparecido
como por ensalmo. ¡Gracias, Master Bowen, abogado de Su Majestad, gracias por
haber hecho de mí otro hombre en tan poco tiempo!
La rubísima muchacha de
ojos tan azules como el mar que nos rodea está sentada conmigo bajo los
cocoteros de la casa de su padre. Buganvillas rojas, amarillas y malva en flor
dan a este jardín la pincelada de poesía que este instante requiere.
—Monsieur Henri —me
llama señor. ¡Cuánto tiempo hace que no me han llamado señor—, como papá le
dijo ayer, una incomprensión injusta de las autoridades inglesas hace que,
desgraciadamente, no puedan —ustedes quedarse aquí. Sólo les conceden quince
días para que descansen y vuelvan a hacerse a la mar. Por la mañana temprano,
he ido a ver su embarcación; es muy ligera y muy pequeña para el viaje tan
largo que les aguarda. Esperemos que lleguen ustedes a una nación más
hospitalaria y más comprensiva que la nuestra. Todas las islas inglesas tienen
la misma forma de obrar en esos casos. Le pido, si en ese futuro viaje sufren
ustedes mucho, que no guarden rencor al pueblo que habita en estas islas; no es
responsable de esa forma de ver las cosas, son órdenes de Inglaterra, que
emanan de personas que no les conocen a ustedes. La dirección de papá es 101,
Queen Street, Port of Spain, Trinidad. Le pido, si Dios quiere que pueda
hacerlo, que nos escriba unas letras para que sepamos qué ha sido de ustedes.
Estoy tan emocionado
que no sé qué responder. Mrs. Bowen se acerca a nosotros. Es una hermosísima
mujer de unos cuarenta años, rubia castaño, ojos verdes. lleva un vestido
blanco muy sencillo, ceñido por un cordón blanco, y calza sandalias verde dato.
—Señor, mi marido no
vendrá hasta las cinco. Está tratando de conseguir que vayan ustedes sin
escolta policíaca, en su coche, a la capital. También pretende evitarles que
tengan que pasar la primera noche en la Comisaría de Policía de Port of Spain.
Su amigo herido irá directamente a la clínica de un médico a amigo, y ustedes
dos, al hotel del Ejército de Salvación.
Maturette viene a
reunirse con nosotros en el jardín. Ha ido a ver la embarcación que está
rodeada, nos dice, de curiosos. No ha sido tocado nada. Examinando la canoa,
los curiosos han encontrado una bala incrustada sobre el gobernalle, y alguien
le ha pedido permiso para quitarla como recuerdo. Ha respondido: "Captain,
captain." El hindú ha comprendido que era necesario pedírselo al capitán,
y le ha dicho: "¿Por qué no dejan en libertad a las tortugas?"
—¿Tiene usted tortugas?
—pregunta la muchacha . Vamos, a verlas.
Nos vamos hacia la
embarcación. En el camino, una encantadora pequeña hindú me ha cogido de la
mano sin más. "Good alternoon (buenas tardes)", dice todo ese gentío
abigarrado. Saco las dos tortugas.
—¿Qué hacemos? ¿Las
echamos al mar? ¿O bien las quiere usted para su jardín?
—El estanque del fondo
es de agua de mar. Las meteremos en ese estanque, así tendré un recuerdo de
ustedes.
Reparto entre las
personas que están aquí todo cuanto hay en la canoa, salvo la brújula, el
tabaco, el barril, el cuchillo, el machete, el hacha, las mantas y la pistola
que oculto entre las mantas y que nadie ha visto.
A las cinco, llega
Master Bowen:
—Señores, todo está
arreglado. Les llevaré personalmente a la ciudad. Primero, dejaremos al herido
en la clínica y, luego, iremos al hotel.
Acomodamos a Clousiot
en el asiento trasero del coche. Yo le estoy dando las gracias a la muchacha,
cuando llega su madre con una maleta en la mano y nos dice:
—Le ruego que acepte
unas ropas de mi marido.
¿Qué cabe decir ante
tanta humana bondad?
—Gracias, infinitas
gracias.
Y nos vamos en el
coche, que tiene el volante a la derecha. A las seis menos cuarto, llegamos a
la clínica. Se llama "San Jorge". Unos enfermeros ponen a Clousiot
sobre una camilla en una sala donde un hindú está sentado en su cama. Llega el
doctor, da la mano a Bowen y, después, a nosotros. No habla francés, pero nos
hace decir que Clousiot será bien atendido y que podemos venir a verle siempre
que queramos. Con el coche de Bowen cruzamos la ciudad. Estamos maravillados de
verla iluminada, con sus automóviles, sus bicicletas. Blancos, negros,
amarillos, hindúes, coolíes caminan juntos por las aceras de esta ciudad
totalmente de madera que es Port of Spain. Cuando llegamos al hotel del
Ejército de Salvación, un edificio cuya planta baja es de piedra y el resto de
madera, bien situado en una plaza iluminada donde leo Fish Market (Mercado del
Pescado), el capitán del Ejército de Salvación nos recibe en compañía de todo
su estado mayor, mujeres y hombres. Habla un poco de francés, todo el mundo nos
dirige palabras en inglés, que no comprendemos, pero los semblantes son tan
risueños, las miradas tan acogedoras, que sabemos que nos dicen cosas amables.
Nos conducen a una
habitación del segundo piso, de tres camas —la tercera, prevista para
Clousíot—, un cuarto de baño contiguo a la habitación con jabón y toallas a
nuestra disposición. Tras habernos indicado nuestra habitación, el capitán nos
dice:
—Si quieren ustedes
comer, se cena en común a las siete, es decir, dentro de media hora.
—No, no tenemos
apetito.
—Si quieren pasearse
por la ciudad, tomen estos dos dólares antillanos para toma café o té, o un
helado. Sobre todo, no se extravíen. Cuando quieran volver, les bastará con
preguntar el camino con estas palabras tan sólo: Salvation Army, please?"
Diez minutos después,
estamos en la calle, andamos por las aceras, nos codeamos con personas, nadie
nos mira, nadie se fija en nosotros, respiramos profundamente, saboreando con
emoción esos primeros pasos de hombre libre en una ciudad— Esa continua confianza
de dejarnos libres en una ciudad bastante grande nos reconforta y no sólo nos
da confianza en nosotros mismos, sino también la perfecta conciencia de que es
imposible que traicionemos esa fe que ha sido puesta en nosotros. Maturette y
yo caminamos despacio en medio del gentío. Necesitamos estar entre personas,
ser empujados, asimilarnos a ellos para formar parte de ellas. Entramos en un
bar y pedimos cerveza. Parece poca cosa decir: "Two beers, please de tan
natural que es. Pues bien, a pesar de eso, nos parece fantástico que una coolíe
hindú, con su concha de oro en la nariz, nos pregunte tras habernos servido:
"Half a dollar, sir." Su sonrisa de dientes de perla, sus grandes
ojos un poco almendrados de un negro violáceo, sus cabellos de azabache que le
caen sobre los hombros, su corpiño medio desabrochado sobre el inicio de los
senos cuya gran belleza deja entrever, esas cosas fútiles, tan naturales para
todo el mundo, a nosotros nos parecen de cuento de hadas. ¡Vamos, Papi, no es
verdad, no puede ser verdad que, tan de prisa, de muerto en vida, de
presidiario perpetuo, estés en vías de transformarte en hombre libre!
Ha pagado Maturete,
sólo le queda medio dólar. La cerveza está deliciosamente fría y el me dice:
—¿Nos tomamos otra?
La segunda ronda que él
querría tomar me parece una cosa que no debe hacerse.
—Pero, hombre, hace
apenas una hora que estás en verdadera libertad, y ¿ya piensas en
emborracharte?
—¡Oh! Por favor, Papi,
¡no exageres! De tomarse dos cervezas a emborracharse, hay mucha distancia.
—Quizá tengas razón,
pero encuentro que, decorosamente, no debemos arrojarnos sobre los placeres que
nos brinda el momento. Creo que debemos saborearlos poco a poco, no como
glotones. En primer lugar, ese dinero no es nuestro.
—Sí, es verdad, tienes
razón. Aprenderemos a ser libres con cuentagotas, será mucho mejor.
Salimos y bajamos la
gran calle de Watters Street, bulevar principal que cruza la ciudad de un
extremo a otro y, sin darnos cuenta, tan asombrados estamos por los tranvías
que pasan, por los borricos con su carrito, los automóviles, los anuncios
llameantes de cines y de bares-boires, los ojos de las jóvenes negras o hindúes
que nos miran riendo, nos encontramos en el puerto sin querer. Ante nosotros,
los barcos muy iluminados, barcos de turistas con nombres embrujadores: Los
Ángeles, Boston, Québec, barcos: Hamburgo, Amsterdam, Londres, etc., y,
alineados a lo largo del muelle, pegados unos a otros, bares, cabarets,
restaurantes abarrotados de hombres y de mujeres que beben, cantan, discuten a
grandes voces. De golpe, una irresistible necesidad me impulsa a mezclarme con
esa multitud, vulgar quizá, pero ¡tan llena de vida.! En la terraza de un bar,
puestos en hielo, erizos de mar y ostras, gambas, navajas. mejillones, toda una
exhibición de frutos del mar que provocan al transeúnte. Las mesas con mantel de
cuadros blancos y rojos, la mayoría ocupadas, invitan a sentarse. Chicas de
piel morena clara, perfil fino, mulatas que no tienen ningún rasgo negroide,
ceñidas en corpiños multicolores generosamente escotados, convidan aún más a
disfrutar de todo eso. Me acerco a una de ellas y le digo: "French money
good?", mostrándole un billete de mil francos.
—Yes, I change for You.
OK.
Toma el billete y
desaparece en la sala repleta de gente. Vuelve.
—Come here —dice.
Y me lleva a la caja,
donde está un chino. —¿Usted francés?
—Sí.
—¿Cambiar mil francos?
—¿Todo dólares
antillanos? —Sí.
—¿Pasaporte? —No tengo.
—¿Tarjeta de marinero?
—No tengo.
—¿Documentos de
inmigración? —No tengo.
—Bien.
Dice dos palabras a la
chica, ésta mira hacia la sala, se acerca a un tipo que tiene pinta de marinero
y que lleva una gorra como la mía, con un galón dorado y un ancla, y le lleva
hacia la caja. El chino dice:
—Tu tarjeta de
identidad. —Ahí va.
Y, fríamente, el chino
rellena una ficha de cambio de mil francos a nombre del desconocido, se la hace
firmar, la mujer le coge del brazo y se lo lleva. El otro, seguramente, no sabe
lo que pasa, yo cobro doscientos cincuenta dólares antillanos, cincuenta
dólares en billetes de uno y dos dólares. Doy un dólar a la chica, salimos a la
calle y, sentados a una mesa, nos damos un atracón de mariscos, acompañados de
un vino blanco, seco, que está delicioso.
CUARTO CUADERNO.
PRIMERA FUGA (CONTINUACIÓN)
Trinidad
Veo de nuevo, como si
fuese ayer, aquella primera noche de libertad pasada en esa ciudad inglesa.
Íbamos a todas partes, borrachos de luz, de calor en nuestros corazones,
palpando a cada momento el alma de aquella multitud dichosa y risueña que
rebosaba felicidad. Un bar lleno de marineros y de esas chicas de los trópicos
que les aguardan para desplumarlos. Pero esas chicas no tienen en absoluto la
sordidez de las mujeres de los bajos fondos de París, El Havre o Marsella. Es
una cosa diferente. En vez de aquellas caras demasiado maquilladas, marcadas
por el vicio, iluminadas por ojos febriles llenos de astucia, hay chicas de
todos los colores de piel, de la china a la negra africana, pasando por el
chocolate claro de pelo liso, a la hindú o a la javanesa cuyos padres se
conocieron en las plantaciones de cacao o de azúcar, o la coolí mestiza de
chino e hindú con la concha de oro en la nariz, la llapana de perfil romano,
con su rostro cobrizo iluminado por dos ojos enormes, negros, brillantes, de
pestañas larguísimas, que abomba un pecho generosamente descubierto como
diciendo: "Mira mis senos, qué perfectos son"; todas esas chicas,
cada una con flores multicolores en el pelo, exteriorizan el amor, provocan el
gusto del sexo, sin nada de sucio, de comercial; no dan la impresión de hacer
un trabajo, se divierten de veras con él y es que el dinero, para ellas, no es
lo principal en sus vidas.
Como dos abejorros que,
atraídos por la luz, topan con las bombillas, Maturette y yo vamos tropezando
de bar en bar. Al desembocar en una placita inundada de luz, veo la hora en el
reloj de una iglesia o templo. Las dos. ¡Las dos de la mañana! De prisa, volvamos
de prisa al hotel. Hemos abusado de la situación. El capitán del Ejército de
Salvación debe haber sacado una extraña opinión de nosotros. Pronto,
volvámonos. Paro un taxi que nos lleva, two dollars. Pago y entramos muy
avergonzados en el hotel. En el vestíbulo, una mujer soldado del Ejército de
Salvación, rubia> muy joven, de veinticinco o treinta años, nos recibe
amablemente. No parece sorprendida ni irritada de que regresemos tan tarde.
Tras decirnos unas cuantas palabras en inglés que nos parecen amables y
acogedoras, nos da la llave de la habitación y nos desea buenas noches. Nos
acostamos. En la maleta, he encontrado un pijama. Cuando voy a apagar la luz,
Maturette me dice:
—Deberíamos dar gracias
a Dios por habernos dado tantas cosas en tan poco tiempo. ¿Qué te parece, Papi?
—Dale las gracias por
mí, a tu Dios; es un gran tipo. Y, como muy bien dices, ha sido la mar de
generoso con nosotros. Buenas noches.
Y apago la luz.
Esa resurrección, ese
retorno de la tumba, esa salida del cementerio donde estaba enterrado, todas
las emociones sucesivas y el baño de esta noche que me ha reincorporado a la
vida entre otros seres, me han excitado tanto que no consigo dormir. En el caleidoscopio
de mis ojos cerrados, las imágenes, las cosas, toda esa mezcla de sensaciones
que llegan sin orden cronológico y se presentan con precisión, pero de una
manera completamente deshilvanada: la Audiencia, la Conciergerie, luego los
leprosos, después Saint-Martin-de-Ré, Tribouillard, Jésus, la tempestad… Es una
danza fantasmagórica, diríase que todo cuanto he vivido desde hace un año
quiere presentarse al mismo tiempo en la galería de mis recuerdos. Por mucho
que intente alejar esas imágenes, no lo consigo. Y lo más raro es que van
mezcladas con los chillidos de puercos, de guacos, con el ulular del viento, el
ruido de las olas, todo ello envuelto en la música de los violines de una
cuerda que los hindúes tocaban hace unos instantes en los diversos bares por
los que hemos pasado.
Por fin, cuando ya
despunta el día, me duermo. Sobre las diez, llaman a la puerta. Es Master
Bowen, sonriente.
—Buenos días, amigos
míos. ¿Acostados todavía? Han vuelto tarde. ¿Se han divertido mucho?
—Buenos días. Sí, hemos
vuelto tarde, dispénsenos.
—¡Nada de eso, hombre!
Es normal, después de todo lo que han sufrido. Hacía falta aprovechar bien su
primera noche de hombres libres. Vengo para acompañarles al puesto de Policía.
Deben ustedes presentarse a la Policía para declarar de modo oficial que han
entrado clandestinamente en el país. Después de esa formalidad, iremos a ver a
su amigo, Le han hecho radiografías muy temprano. El resultado se sabrá más
tarde.
Tras un rápido aseo,
bajamos a la sala donde, en compañía del capitán, nos ha estado esperando
Bowen.
—Buenos días, amigos
míos —dice en mal francés el capitán —Buenos días a todos ustedes. ¿Qué tal?
Una mujer del Ejército
de Salvación con graduación, nos dice: —¿Les ha parecido simpático, Port of
Spain?
—¡Oh, sí, señora! Nos
ha gustado.
Una tacita de café y
nos vamos al puesto de Policía. A pie, queda a doscientos metros
aproximadamente. Todos los policías nos saludan y nos miran sin especial
curiosidad. Tras haber pasado ante dos centinelas de ébano con uniforme caqui,
entramos en un despacho severo e imponente. Un oficial cincuentón, con camisa y
corbata caqui, cuajado de insignias y medallas, se pone en pie. Lleva pantalón
corto y nos dice en francés:
—Buenos días.
Siéntense. Antes de tomar oficialmente su declaración, deseo hablar un poco con
ustedes. ¿Qué edad tienen?
—Veintiséis y
diecinueve años.
—¿Por qué han sido
condenados?
—Por homicidio.
—¿Cuál es su pena?
—Trabajos forzados a
perpetuidad.
—Entonces, no es por
homicidio. ¿Es por asesinato?
—No, señor, en mi caso
es por homicidio.
—En el mío, por
asesinato dice Maturette—. Tenía diecisiete años.
—A los diecisiete años,
uno sabe lo que se hace, dice el oficial. En Inglaterra, si el hecho hubiese
sido probado, le habrían ahorcado a usted. Bien, las autoridades inglesas no
tienen por qué juzgar a la justicia francesa. Pero en lo que no estamos de acuerdo
es en que manden a la Guayana francesa a los condenados. Sabemos que es un
castigo infrahumano y poco digno de una nación civilizada como Francia. Pero,
por desgracia, no pueden ustedes quedarse en Trinidad ni en ninguna otra isla
inglesa. Es imposible. Por lo cual, les pido que se jueguen la partida
honradamente y no busquen escapatoria, enfermedad u otro pretexto, a fin de
retrasar la marcha. Podrán ustedes descansar libremente en Port of Spain de
quince a dieciocho días. Su canoa es buena, al parecer. Haré que se la traigan
aquí, al puerto. Si hay que hacer reparaciones, los carpinteros de la Marina
Real se encargarán de ello. Para irse recibirán ustedes todos los víveres
necesarios, así como una buena brújula y una carta marina. Espero que los países
sudamericanos les acepten. No vayan a Venezuela, pues serán detenidos y
obligados a trabajar en las carreteras hasta el día en que les entregarán a las
autoridades francesas. Después de una grave falta, un hombre no está obligado a
ser un perdido toda la vida. Son ustedes jóvenes y sanos, parecen simpáticos.
Por eso, espero que, después de lo que han debido soportar, no querrán ser
vencidos para siempre. El mero hecho de haber venido aquí demuestra lo
contrario. Me alegro de ser uno de los elementos que les ayudarán a convertirse
en hombres buenos y responsables. Buena suerte. Si tienen algún problema,
telefoneen a este número; les contestarán en francés.
Llama y un paisano
viene a buscarnos. En una sala donde varios policías y paisanos escriben a
máquina, un paisano toma nuestra declaración.
—¿Por qué han venido a
Trinidad?
—Para descansar.
—¿De dónde vienen?
—De la Guayana
francesa.
—Para evadirse, ¿han
cometido ustedes un delito, causando lesiones o la muerte de otras personas?
—No hemos herido
gravemente a nadie.
—¿Cómo lo saben?
—Lo supimos antes de
marcharnos.
—Suedad, su situación
penal con respecto a Francia… Señores, tienen ustedes de quince a dieciocho
días para descansar aquí. Son completamente libres de hacer lo que quieran
durante ese tiempo. Si cambian de hotel, avisen. Soy el sargento Willy. Aquí,
en mi tarjeta, hay dos teléfonos: éste es mi número oficial de la Policía; ése,
mi número particular. Sea lo que sea, si les pasa algo y necesitan ayuda,
llámenme inmediatamente. Sabemos que la confianza que les otorgamos está en
buenas manos. Estoy seguro de que se portarán bien.
Unos instantes más
tarde, Mr. Boweri nos acompaña a la clínica. Clousiot está contento de vernos.
No le contamos nada de la noche pasada en la ciudad. Le decimos tan sólo que
somos libres de ir adonde nos venga en gana. Se queda tan sorprendido que dice:
—¿Sin escolta?
—Sí, sin escolta.
—Pues ¡mira que son
raros los rosbifs!.
Bowen, que había salido
en busca del doctor, regresa con éste. El doctor pregunta a Clousiot:
—¿Quién le redujo la
fractura, antes de atarle las tablillas?
—Yo mismo y otro que no
está aquí.
—Lo hicieron tan bien
que no hay necesidad de refracturar la pierna. El peroné fracturado ha quedado
bien encajado. Nos limitaremos a escayolar y poner un hierro para que pueda
usted andar un poco. ¿Prefiere quedarse aquí o ir con sus compañeros?
—Irme con ellos.
—Bien, mañana podrá
usted reunirse con ellos.
Nos deshacemos en
palabras de agradecimiento. Mr. Boweri y el doctor se retiran y pasamos el fin
de la mañana y parte de la tarde con nuestro amigo. Estamos radiantes cuando,
al día siguiente, nos encontramos reunidos los tres en nuestra habitación de hotel,
con la ventana abierta de par en par y los ventiladores en marcha para
refrescar el ambiente. Nos felicitamos recíprocamente por el buen semblante que
tenemos y el excelente aspecto que nos dan nuestros nuevos trajes, Cuando veo
que la conversación se reanuda acerca del pasado, les digo:
—Ahora, esforcémonos en
olvidar el pasado y fijémonos más bien en el presente y el futuro. ¿Adónde
iremos? ¿Colombia? ¿Panamá? ¿Costa Rica? Habría que consultar a Bowen sobre los
países donde tenemos posibilidades de ser admitidos.
Llamo a Bowen a su
bufete, no está. Llamo a su casa, en San Fernando. Su hija se pone al aparato.
Tras cruzarnos varias frases amables, me dice:
—Monsieur Henri, cerca
del hotel, en el Frencb Market, hay autobuses que vienen a San Fernando. ¿Por
qué no vienen a pasar la tarde en casa? Vengan, les espero.
Y hétenos aquí a los
tres camino de San Fernando. Clousiot está magnífico con su traje semimilitar
de color regaliz.
Ese retorno a la casa
que con tanta bondad nos acogiera nos emociona a los tres. Parece como si esas
mujeres comprendiesen nuestra emoción, pues dicen al unísono:
—Ya están de regreso en
su casa, queridos amigos. Siéntense cómodamente.
Y en vez de decirnos
"señor", cada vez que se dirigen a nosotros nos llaman por el nombre
de pila:
—Henri, páseme el
azúcar.
André —Maturette se
llama André—, ¿un poco más pudding?
Mrs. y Miss Bowen,
espero que Dios las haya recompensado por tanta bondad como tuvieron para con
nosotros y que sus elevadas almas, que tantas finas alegrías nos prodigaron,
hayan gozado de inefables dichas.
Discutimos con ellas y
desplegamos el mapa sobre una mesa. Las distancias son grandes: mil doscientos
kilómetros para llegar al primer puerto colombiano: Santa Marta; dos mil cien
kilómetros, para Panamá; dos mil quinientos para Costa Rica. Llega Master Bowen:
—He telefoneado a todos
los Consulados y traigo una buena noticia: pueden recalar, algunos días en
Curasao para descansar. Colombia no tiene establecido ningún compromiso a
propósito de los evadidos. Que sepa el cónsul, nunca han llegado evadidos por
mar a Colombia. En Panamá y otras partes, tampoco.
—Conozco un sitio
seguro para ustedes —dice Margaret, la hija de Mr. Bowen—. Pero queda muy
lejos, a tres mil kilómetros por lo menos.
—¿Dónde es? —pregunta
su padre.
—En Honduras británica.
El gobernador es mi padrino.
Miro a mis amigos y les
digo:
—Destino: Honduras
británica.
Es una posesión
inglesa, que, al Sur, linda con la República de Honduras y, al Norte, con
México.
Pasamos la tarde,
ayudados por Margaret y su madre, trazando la ruta. Primera etapa:
Trinidad—Curasao, mil kilómetros. Segunda etapa: de Curasao a una isla
cualquiera en nuestra derrota. Tercera etapa: Honduras británica.
Como nunca se sabe lo
que puede pasar en el mar, además de víveres que nos dará la Policía, decidimos
que en una caja especial, cargaremos conservas de reserva: carne, legumbres,
mermelada, pescado, etc. Margaret nos dice que el supermercado "Salvattori"
estará encantado de regalarnos esas conservas.
—En caso de negativa
—añade con sencillez—, se las compraremos mamá y yo.
—No, señorita.
Cállese usted, Henri.
—No, no es posible,
pues tenemos dinero y no estaría bien que nos aprovecháramos de la bondad de
ustedes, cuando podemos comprar perfectamente esos víveres.
La canoa está en Port
of Spain, botada, bajo un refugio de la Marina de Guerra. Nos separamos
prometiendo una visita antes de la gran marcha. Todas las noches, salimos
religiosamente a las once. Clousiot se sienta en un banco del square más
animado y, por turno, Maturette o yo le hacemos compañía, mientras el otro
vagabundea por la ciudad.
Hace ocho días que
estamos aquí. Clousiot camina sin demasiada dificultad gracias al hierro fijado
bajo la escayola. Hemos aprendido a ir hasta el puerto en tranvía. Solemos ir
por la tarde y todas las noches. Somos conocidos y adoptados en algunos bares
del puerto. Los policías de servicio nos saludan, todo el mundo sabe quiénes
somos y de dónde venimos, nadie hace nunca alusión a nada. Pero hemos notado
que en los bares donde somos conocidos nos hacen pagar lo que comemos o bebemos
menos caro que a los marineros. Igual ocurre con las chicas. Por, lo general,
cuando se sientan a las mesas de marineros, oficiales o turistas, beben sin
parar y procuran hacerles gastar lo más posible. En los bares donde se baila,
nunca lo hacen con nadie sin que antes les hayan invitado a varias copas. Pero,
con nosotros, todas se comportan de diferente modo. Se sientan largos ratos y
hay que insistir para que se tomen un drink— Si aceptan, no es para soplarse su
famoso minúsculo vaso, sino una cerveza o un auténtico whisky con soda. Todo
eso nos produce mucha alegría, pues es una manera indirecta de decirnos que
conocen nuestra situación y que, sentimentalmente, están a nuestro lado.
La embarcación ha sido
repintada y le han añadido una borda de diez centímetros de alto. La quilla ha
sido afianzada, ninguna nervadura interior ha sufrido daños, la embarcación
está intacta. El mástil ha sido sustituido por otro más alto, pero más ligero,
que el anterior: el foque y el trinquete hechos con sacos de harina, por buena
lona de color ocre. En la Marina, un capitán de navío me ha entregado una
brújula con rosa de los vientos (ellos la llama compás) y me han explicado,
cómo con ayuda de la carta, puedo saber aproximadamente dónde me encuentro. La
derrota está trazada Oeste un cuarto Norte para llegar a Curasao.
El capitán de navío me
ha presentado a un oficial de Marina, comandante del buque Esnaela Tarpon,
quien me ha preguntado si me apetecería hacerme a la mar sobre las ocho de la
mañana del día siguiente y salir un poco de puerto. No comprendo el porqué, pero
se lo prometo. Al día siguiente, estoy en la Marina a la hora antedicha con
Maturette. Un marinero sube con nosotros y salgo de puerto con buen viento. Dos
horas después, cuando estamos dando bandazos entrando y saliendo de puerto, un
buque de guerra viene sobre nosotros. En cubierta, alineados, la tripulación y
los oficiales todos de blanco. Pasan cerca de nuestra embarcación y gritan
"¡Hurra!", dan la vuelta alrededor de nosotros e izan y arrían dos
veces el pabellón. Es un saludo oficial cuyo significado no comprendo. Volvemos
a la Marina, donde el buque de guerra ha atracado ya en el desembarcadero.
Nosotros amarramos en
el muelle. El marinero nos indica que le sigamos y subimos a bordo, donde el
comandante del buque nos recibe en el puente de mando. Un toque de silbato
modulado saluda nuestra llegada y, tras habernos presentado a los oficiales,
nos hacen pasar ante los cadetes y suboficiales, que están formados en posición
de firmes. El comandante les dice unas palabras y, luego, rompen filas. Un
joven oficial me explica que el comandante acaba de decir a los cadetes de la
dotación que merecíamos el respeto de los marinos por haber hecho, en una
embarcación tan pequeña, un trayecto tan largo, y que nos disponíamos a
efectuar otro más largo aún y más peligroso. Damos las gracias al oficial por
tanto honor. Nos regala tres impermeables de mar que luego nos habrán de ser
muy útiles. Son impermeables negros con una gran cremallera de cierre.
Dos días antes de
partir, Master Bowen viene a vernos y nos pide, de parte del superintendente de
Policía, que nos llevemos con nosotros a tres relegados que fueron detenidos
hace una semana. Esos relegados fueron desembarcados en la isla mientras sus compañeros
proseguían el viaje hacia Venezuela, según contaron. Esto no me gusta, pero
hemos sido tratados con demasiada nobleza para negarnos a acoger a esos tres
hombres a bordo. Pido verles antes de dar mi respuesta. Un coche de la Policía
viene a buscarme. Paso a hablar con el superintendente, el oficial lleno de
galones que nos interrogó cuando llegamos. El sargento Willy hace de
intérprete.
—¿Qué tal les va?
—Bien, gracias.
Necesitamos que nos haga usted un favor.
—Si es posible, con
mucho gusto.
—En la prisión hay tres
franceses relegados. Han vivido algunas semanas clandestinamente en la isla y
pretenden que sus compañeros les abandonaron aquí y se fueron. Creemos que han
hundido su canoa, pero cada uno de ellos dice que no sabe conducir una
embarcación. Creemos que es una maniobra para que les facilitemos una. Tenemos
que hacerles marchar: sería lamentable que me viese obligado a entregarlos al
comisario del primer buque francés que pase.
—Señor superintendente,
haré lo imposible, pero antes quiero hablar con ellos. Comprenda que es
peligroso embarcar a bordo a tres desconocidos.
Comprendo. Willy,
ordene que hagan salir a los tres franceses al patio.
Quiero verles a solas y
pido al sargento que se retire.
—¿Sois relegados?
—No, somos duros.
—¿Por qué habéis dicho
que erais relegados?
—Pensamos que
preferirían a un hombre que ha cometido un delito pequeño que uno grave. Ahora
vemos que nos hemos equivocado. ¿Y tú quién eres?
—Un duro.
—No te conocemos.
—Soy del último convoy.
¿Y vosotros?
—Del convoy de 1929.
—Yo del de 1927 —dice
el tercero.
—Bien: el
superintendente me ha mandado llamar para pedirme que os acoja a bordo.
Nosotros ya somos tres. Dice que si no acepto, como ninguno de vosotros sabe
manejar una embarcación, se verá en la obligación de entregaros al primer buque
francés que pase. ¿Qué decís a eso?
—Por razones que nos
atañen, no queremos hacernos de nuevo a la mar. Podríamos fingir que nos vamos
con vosotros, tú nos dejas en la punta de la isla y, luego, te vas.
—No puedo hacer eso.
—¿Por qué?
—Porque no quiero pagar
las buenas atenciones que los ingleses han tenido con nosotros con una
canallada.
—Mira, macho, creo que
antes que los rosbifs, importan los duros.
—¿Por qué?
—Porque tú eres un
duro.
—Sí, pero existen
tantas clases de duros, que quizás haya más diferencia entre vosotros y yo que
entre yo y los rosbifs, depende de cómo se mire.
—Entonces, ¿vas a dejar
que nos entreguen a las autoridades francesas?
—No, pero tampoco os
desembarcaré hasta Curasao.
—No me siento con valor
para volver a empezar —dice uno.
—Escuchadme, primero
ved la canoa. Quizá la embarcación con que vinisteis era mala.
—Bien, vamos a probar
—dicen los otros dos.
—De acuerdo. Pediré al
superintendente que os deje ver la canoa.
Acompañados por el
sargento Willy, vamos al puerto. Aquellos tres tipos parecen tener más
confianza tras haber visto la canoa.
Nueva lucha
Dos días después, nos
vamos (nosotros tres y los tres desconocidos). No sé como lo han sabido, pero
una docena de chicas de los bares asisten a la partida, así como la familia
Bowen y el capitán del Ejército de Salvación. Cuando una de las chicas me besa,
Margaret dice, riendo:
—Henri, ¿tan de prisa
ha encontrado usted novia? ¡Eso no es serio!
—Hasta la vista a
todos. ¡No, adiós! Pero sepan que en nuestros corazones han ocupado un lugar
considerable que nunca se borrará.
Y, a las cuatro de la
tarde, salimos, arrastrados por un remolcador. No tardamos mucho en estar fuera
de puerto, no sin habernos enjugado una lágrima y contemplado hasta el último
momento el grupo que ha acudido a despedirnos y que agita grandes pañuelos
blancos. Tan pronto sueltan el cable que nos amarra al remolcador, a todo trapo
y viento en popa afrontamos la primera de los millones de olas que deberemos
salvar antes de llegar a destino.
A bordo hay dos
cuchillos, uno lo llevo yo, el otro, Maturette.
El hacha está junto a
Clousiot, así como el machete. Estamos seguros de que ninguno de los otros tres
va armado. Hemos tomado medidas para que sólo duerma uno de nosotros durante la
travesía. Al ocaso, el buque—escuela viene a acompañarnos durante casi media
hora. Después, saluda y se va.
—¿Cómo te llamas?
—Leblond.
—¿De qué convoy?
—El 27.
—¿Pena?
—Veinte años.
—¿Y tú?
—Kargueret. Convoy 29,
quince años, soy bretón.
—¿Eres bretón y no
sabes manejar una embarcación?
—No.
—Yo me llamo Dufils,
soy de Angers. Tengo la perpetua por una frase tonta que dije en la Audiencia,
de lo contrario Sólo tendría diez años a lo sumo. Convoy 29.
—¿Qué frase?
—Pues, mira, maté a mi
mujer con una plancha. Cuando me procesaron, uno del jurado me preguntó por qué
había usado una plancha para golpearla— No sé por qué, pero la cuestión es que
contesté que la había matado con una plancha porque Mi mujer hacía malas
arrugas. Y fue por aquella frase idiota por la que, según mi abogado, me
cascaron tanto.
—¿De dónde salisteis?
—De un campo de trabajo
forestal llamado Cascade, a ochenta kilómetros de Saint-Laurent. No fue difícil
largarnos porque teníamos mucha libertad. Nos las piramos cinco, y con toda
facilidad.
—¿Cómo que cinco? ¿Y
dónde están los otros dos?
Un silencio embarazoso.
Clousiot dice:
—Oye, aquí sólo hay
hombres y, como estamos juntos, se puede hablar libremente. Así, pues…
—Os lo diré todo —dice
el bretón—. En efecto, nos fuimos, cinco, pero los dos de Cannois que faltan
nos dijeron que eran pescadores de la costa. No habían pagado nada para darse
el piro y decían que su trabajo a bordo valía más que el dinero. Ahora bien, ya
en ruta nos dimos cuenta de que ni uno ni otro sabían nada de navegación.
Estuvimos a punto de ahogarnos veinte veces. Íbamos rasando las costas, primero
la Guayana holandesa, luego la inglesa y, por fin, Trinidad. Entre Georgetown y
Trinidad maté al que decía poder ser el capitán de la fuga. Aquel tipo se
merecía la muerte, pues, para salir sin apoquinar ni un chavo, había engañado a
todo el mundo sobre sus conocimientos de marino. El otro creyó que también
íbamos a matarle y, con el mar embravecido, se arrojó voluntariamente al agua,
abandonando el gobernalle de la canoa. Nos las arreglamos como, pudimos.
Embarcamos agua varias veces, chocamos con una roca y nos salvamos de milagro.
Doy mi palabra de hombre que todo lo que digo es la pura verdad.
—Es cierto —dicen los
otros dos—. Así fue, y los tres estábamos de acuerdo para matar a aquel tipo.
¿Qué dices a eso, Papillon?
—Me faltan elementos de
juicio para opinar.
—Pero —insiste el
bretón—, ¿qué habrías hecho tú en nuestro caso?
—Habría que pensarlo.
Para hablar con justicia, hay que haber vivido el momento, de lo contrario no
se sabe dónde está la verdad.
—Yo le habría matado
—dice Clousiot—, pues una mentira como ésa podía haberles costado la vida a
todos.
—Bien, no hablemos más
de este asunto. Pero tengo la impresión de que habéis pasado mucho miedo, que
el miedo no os ha dejado aún y que estáis en el mar por fuerza, ¿no es verdad?
—¡Oh, sí! contestaron a
coro.
—En cualquier caso,
aquí, pase lo que pase, no quiero muestras de pánico. Nadie debe, en absoluto,
exteriorizar su miedo. El que tenga miedo, que se calle. Esta embarcación ha
demostrado ser buena. Ahora, llevamos más carga que antes, pero también tiene diez
centímetros más de borda. Eso compensa holgadamente la sobrecarga.
Fumamos, tomamos café.
Comimos bien antes de salir y decidimos no comer más hasta mañana por la
mañana.
Estamos a 9 de
diciembre de 1933, hace cuarenta y dos días que la fuga empezó a prepararse en
la sala blindada del hospital de Saint-Laurent. Es Clousiot, el contable de la
sociedad, quien nos informa. Tengo tres cosas inapreciables más que al
principio: un reloj hermético de acero comprado en Trinidad, una brújula de
verdad con su doble caja de suspensión, y muy precisa y con rosa de los
vientos, y unas gafas negras de celuloide. Clousiot y Maturette, una gorra cada
uno.
Pasan tres días sin
novedad, de no ser que, por dos veces, hemos topado con manadas de delfines.
Nos han hecho sudar tinta, pues un equipo de ocho se puso a jugar con la canoa.
Pasaban por debajo, en longitud. y emergían delante mismo de la canoa. A veces
chocábamos con alguno. Pero lo que más nos impresiona es el juego siguiente:
tres delfines en triángulo, uno delante y dos paralelamente detrás, nos
embisten de proa, a una velocidad de locura. En el momento en que,
virtualmente, están encima de nosotros, se sumergen y, luego, surgen de nuevo a
derecha e izquierda de la canoa. Pese a que el viento es fuerte y navegamos a
todo trapo, aún corren más que nosotros. Ese juego dura horas y horas, es
alucinante. ¡El menor error en sus cálculos y zozobramos, Los tres nuevos no
han dicho nada, pero ¡había que ver la cara que ponían!
En plena noche del
cuarto día se desata una abominable tempestad. Fue, en verdad algo espantoso.
Lo peor era que las olas no seguían el mismo sentido. A menudo, chocaban entre
sí unas contra otras. Algunas eran profundas, otras breves, era como para no entenderlo.
Nadie ha dicho ni una palabra, a excepción de Clousiot, quien me gritaba de vez
en cuando:
—¡Dale, mi amigo! ¡A
ésa también le podrás!
—¡Cuidado con esa que
viene detrás!
Cosa rara: a veces, el
oleaje llegaba sesgado, rugiendo y levantando espuma. Entonces, yo estimaba su
velocidad y preveía muy bien de antemano el ángulo de ataque. E, ilógicamente,
de golpe, batía la popa de la embarcación, completamente enderezada. Esas olas
rompían varias veces sobre mis hombros y, desde luego, buena parte de ellas
entraba en la embarcación. Los cinco hombres, empuñando cacerolas y latas,
achicaban el agua sin parar. Pese a todo, nunca se llenó más de un cuarto de
canoa, así que nunca corrimos peligro de irnos a pique. Aquella juerga duró
toda la mitad de la noche, casi siete horas. A causa de la lluvia, no vimos el
sol hasta las ocho aproximadamente.
Calmada la tempestad,
aquel sol nuevo, flamante del comienzo de la jornada, que resplandecía con todo
su fulgor, fue saludado por todos, incluido yo, con alegría. Antes que nada,
café. Un café con leche "Nestlé caliente, galletas de marinero, duras como
el hierro, pero que, una vez mojadas en el café son deliciosas. La lucha que he
sostenido durante toda la noche con la tempestad me ha reventado, ya no puedo
más, y aunque el viento sea todavía fuerte y las olas, altas e indisciplinadas,
pido a Maturette que me sustituya un rato. Quiero dormir. No hace ni diez
minutos que estoy echado, cuando Maturette se deja pillar de través y la canoa
queda en sus tres cuartas partes anegada. Todo flota: latas, hornillo, mantas…
Con el agua hasta el vientre, llego al gobernalle y tengo el tiempo justo de
cogerlo para evitar una ola rota que pica recto sobre nosotros. Giro el
gobernalle y me pongo de popa a la ola, que no ha podido meterse en la canoa y
nos empuja muy fuerte a más de diez metros del lugar del impacto.
Todos nos ponemos a
achicar agua. La marmita grande, manejada por Maturette, arroja quince litros
cada vez. Nadie se preocupa de recuperar cualquier cosa, todos tienen una sola
idea fija: achicar, achicar lo más de prisa posible el agua que hace tan pesada
la embarcación y le impide defenderse bien del oleaje. Debo reconocer que los
tres nuevos se han portado bien. El bretón, al ver que todo se iba al garete,
toma la decisión, él solo, para deslastrar la canoa, de tirar el barril de
agua, empujándolo fuera de la canoa. Dos horas después, todo está seco, pero
hemos perdido las mantas, el "primus", el hornillo, los sacos de
carbón de leña, la bombona de gasolina y el barril de agua, éste
deliberadamente.
Es mediodía cuando al
querer ponerme otros pantalones me percato de que mi maletita también se ha ido
con la ola, así como dos impermeables de los tres que teníamos. En el fondo de
la canoa, hemos encontrado dos botellas de ron, todo el tabaco se ha perdido o
está mojado, las hojas han desaparecido con su caja de hojalata que cerraba
herméticamente. Digo:
—Machos, de momento un
buen trago de ron, y, luego abrid la caja de reserva para ver con qué podemos
contar. Hay zumos de fruta. Nos racionaremos la bebida. Hay cajas de bizcochos
con mantequilla, vaciad una y haremos lumbre con las tablas de la caja. Todos
hemos tenido miedo hace un rato, pero ahora, el peligro ha pasado ya. Todos
debemos recobrarnos para estar a la altura de las circunstancias. A partir de
este momento, nadie debe decir: Tengo sed; nadie debe decir: Tengo hambre; y
nadie debe decir: Tengo ganas de fumar. ¿De acuerdo?
—Sí, Papi, de acuerdo.
Todos se han portado
bien y la Providencia ha hecho que el viento remita para permitirnos preparar
un rancho a base de corned-beef. Con una escudilla colmada de esa sopa, en la
que mojamos las galletas de marino, nos hemos metido un buen y caliente emplasto
en el vientre, en todo caso lo bastante copioso para poder esperar a mañana.
Hemos calentado un poco de té verde para cada uno. En la caja intacta, hemos
encontrado un cartón de cigarrillos. Son paquetillos de ocho cigarrillos y hay
veinticuatro. Los otros cinco deciden que sólo yo debo fumar para ayudarme a
permanecer en vela y, para que no haya envidias, Clousiot se niega a encenderme
los cigarrillos, sólo me da lumbre. Gracias a esta comprensión, no se produce
ningún incidente desagradable entre nosotros.
Hace seis días que
hemos salido y aún no he podido dormir. como esta noche el mar es una balsa de
aceite, duermo, duermo a pierna suelta durante casi cinco horas. Cuando
despierto son las diez de la noche. Sigue la calma chicha. Ellos han comido sin
mí y encuentro una especie de polenta muy bien hecha con harina de maíz, de
lata, naturalmente, que como con algunas salchichas ahumadas. Es delicioso. El
té está casi frío, pero no importa. Fumo y espero que el viento se digne a
levantarse.
La noche está
maravillosamente estrellada. La estrella Polar brilla con todo su fulgor y sólo
la Cruz del Sur la gana en luminosidad. Se percibe claramente la Osa Mayor y la
Menor. Ni una nube. La luna llena está bien instalada ya en el cielo
estrellado. El bretón tirita. Ha perdido su guerrera y va en mangas de camisa.
Le presto el impermeable. Iniciamos el séptimo día.
—Machos, no podemos
estar lejos de Curasao. Tengo la impresión de que me he ido un poco demasiado
hacia el norte. En adelante, voy a hacer pleno Oeste, Pues no debemos dejarnos
atrás las Antillas holandesas. Sería grave, pues ya no tenemos agua potable y
hemos perdido todos los víveres salvo los de reserva.
—En ti confiamos,
Papillon —dice el bretón.
—Sí, en ti confiamos
—repiten todos a coro—. Haz lo que te parezca.
—Gracias.
Creo que el acierto ha
acompañado mis palabras. El viento se hace de rogar toda la noche y sólo hacia
las cuatro de la mañana una buena brisa nos permite seguir adelante. Esta
brisa, que aumentará de fuerza durante la mañana, seguirá durante más de treinta
y seis horas con una potencia suficiente para que la embarcación navegue a buen
ritmo, pero con olas tan pequeñas que ya no baten la quilla.
Curasao
Gaviotas. Primero los
chillidos, pues es de noche. Luego, ellas, girando en torno de la embarcación.
Una se posa en el mástil, se va, vuelve a posarse. Ese ajetreo dura más de tres
horas, hasta que despunta el día con un sol radiante. Nada en el horizonte que
nos indique tierra. ¿De dónde diablos vienen esas gaviotas? Durante todo el
día, nuestros ojos escrutan en vano el horizonte Ni el menor indicio de tierra
próxima. La luna llena sale cuando el sol se pone y esa luna tropical es tan
brillante que su reverberación me lastima los ojos. Ya no tengo mis gafas
ahumadas, se fueron con la famosa ola, así como todas mis gorras. Sobre las
ocho de la noche, en el horizonte, lejísimos en esa luz lunar, percibimos una
línea negra.
—Eso es tierra,
¡seguro! —exclamo, antes que nadie.
—Sí, en efecto.
En suma, todos están de
acuerdo y dicen que ven una línea oscura que debe ser tierra. Durante todo el
resto de la noche sigo con la proa puesta hacia esa sombra que poco a poco se
hace precisa. Llegamos. Con fuerte viento, sin nubes y olas altas, pero largas
y disciplinadas, nos acercamos a todo trapo. Esa masa negra no se eleva mucho
sobre el agua y nada indica si la costa es de acantilados, escollos o arena. La
luna, que se está poniendo al otro lado de esa tierra, hace una sombra que sólo
me permite ver, a ras del agua, una cadena de luz, primero lisa y, luego,
fragmentada. Me acerco, me acerco y, a un kilómetro aproximadamente echo el
ancla. El viento es fuerte, la embarcación gira sobre sí misma y se encara con
la ola, que la levanta cada vez que pasa. Es muy inquieto, o sea, muy incómodo.
Por supuesto, las velas están arriadas y enrolladas. Hubiésemos podido esperar
el día en esta desagradable pero segura posición, mas desgraciadamente de
repente, el ancla se suelta. Para poder dirigir la embarcación, es necesario
que se desplace, de lo contrario no se puede gobernar. Izamos el foque y el
trinquete pero,—cosa rara, el ancla no engancha con facilidad. Mis compañeros
tiran de la soga hacia bordo, pero el extremo final nos llega sin ancla, la
hemos perdido. Pese a todos mis esfuerzos, las olas nos acercan tan
peligrosamente a las rocas de esta tierra, que decido izar la vela e ir sin
reservar hacia ella, con ímpetu. Hago tan bien la maniobra que nos encontramos
encallados entre dos rocas con la canoa completamente desencajada. Nadie grita
el "sálvese el que pueda", pero cuando viene la ola siguiente, todos
nos arrojamos a ella para llegar a tierra, arrollados, magullados, pero vivos.
Sólo Clousiot, con su escayolado, ha sido más maltratado que nosotros por las
olas. Tienen brazos, cara y manos ensangrentados, llenos de rasguños. Nosotros,
algunos golpes en las rodillas, manos y tobillos. A mí me sangra una oreja que
ha rozado con demasiada dureza con una roca.
Sea lo que sea, todos
estamos vivos y a resguardo de las olas en tierra seca. Cuando sale el sol,
recuperamos el impermeable y yo vuelvo a la embarcación, que empieza a
desmontarse. Consigo arrancar el compás, clavado en el banco de popa. Nadie en
las proximidades ni en los alrededores. Viramos hacia el sitio de las famosas
luces, es una hilera de linternas que sirven para indicar a los pescadores —más
adelante nos enteraremos de ello— que el paraje es peligroso. Nos vamos a pie
tierra adentro. No hay más que cactos, enormes cactos y borricos. Llegamos a un
pozo, muy cansados, pues, por turno, dos de nosotros hemos de llevar a Clousiot
haciendo silla con los brazos. En torno del pozo, esqueletos de asnos y cabras.
El pozo está seco, las aspas del molino que antaño lo hacían funcionar giran
inútilmente sin subir agua. Ni un alma viviente, sólo asnos y cabras.
Nos acercamos a una
casita cuyas puertas abiertas nos invitan a entrar. Gritamos:
—¡Ah de la casa!
Nadie. Sobre la
chimenea, un talego de lona atado con un cordón, lo cojo y lo abro. Al abrirlo,
el cordón se rompe: está lleno de florines, moneda holandesa. Así, pues,
estamos en territorio holandés: Bonaire, Curasao o Aruba. Dejamos el talego sin
llevarnos nada, encontramos agua y cada uno de nosotros bebe un cazo. Nadie en
la casa, nadie en los alrededores. Nos vamos y caminamos muy despacio, a causa
de Clousiot, cuando un viejo "Ford" nos corta el paso.
—¿Son ustedes
franceses?
—Sí, señor.
—Hagan el favor de
subir al coche.
Acomodamos a Clousiot
sobre las rodillas de los tres que van atrás. Yo me siento al lado del
conductor y Maturette en el mío.
—¿Han naufragado?
—Sí.
—¿Se ha ahogado
alguien?
—No.
—¿De dónde vienen?
—De Trinidad.
—¿Y antes?
—De la Guayana
francesa.
—¿Presidiarios o
relegados?
—Presidiarios.
—Soy el doctor Naal,
propietario de esta lengua de terreno, que es una península de Curasao. Esta
península es denominada la isla de los Asnos. Asnos y cabras viven aquí
comiendo cactos espinosos. A las espinas el pueblo las llama "señoritas de
Curasao".
—No es muy lisonjero
para las verdaderas señoritas de Curasao —le digo.
El gordo y alto
caballero ríe estrepitosamente. El "Ford" jadeante, con un resoplido
de asmático, se para solo. Señalando las manadas de asnos, digo:
—Si el coche ya no va,
podemos hacernos arrastrar.
—Tengo una especie de
arnés en el portaequipajes, pero todo estriba en que se pueda atrapar a un par
de ellos y enjaezarlos. No es fácil, no.
El gordo señor levanta
el capó y en seguida ve que un traqueteo demasiado fuerte ha desconectado un
hilo que va a las bujías. Antes de subir al coche, mira a todos los lados,
parece preocupado. Arrancamos y, tras haber cruzado por senderos abarrancados, desembocamos
en un cercado pintado de blanco que nos corta el paso. Hay una casita blanca
también. El señor habla en holandés a un negro muy claro y pulcramente vestido,
que dice a cada momento: "Ya master, ya master." Tras lo cual, él nos
dice:
—He ordenado a ese
hombre que les haga compañía y les dé de beber, si tienen sed, hasta que yo
vuelva. Hagan el favor de apearse.
Nos apeamos y nos
sentamos junto a la camioneta, en la hierba, a la sombra. El "Ford"
destartalado se va. Apenas ha recorrido cincuenta metros, cuando el negro nos
dice en papiamento, dialecto holandés de las Antillas, compuesto de palabras
inglesas, holandesas, francesas y españolas, que su amo, el doctor Naal, ha ido
a buscar a la Policía, pues tiene mucho miedo de nosotros, que le ha dicho que
vaya con cuidado, pues nosotros éramos ladrones fugados. Y el pobre diablo de
mulato no sabe qué hacer para sernos agradable. Prepara un café muy flojo pero
que, con el calor, nos sienta bien. Aguardamos más de una hora hasta que llega
un camión tipo coche celular, con seis policías vestidos a la alemana, y un
coche descapotable con el conductor vestido con uniforme de la Policía y tres
caballeros, uno de los cuales es el doctor Naal, atrás.
Bajan, y uno de ellos,
el más bajito, con cara de cura recién afeitado, nos dice:
—Soy el jefe de la
seguridad de la isla de Curasao. Por esa responsabilidad, me veo obligado a
hacerles detener. ¿Han cometido ustedes algún delito desde que han llegado a la
isla? Y si lo han cometido, ¿cuál es? ¿Y quién de ustedes?
—Señor, somos
Presidiarios evadidos. Venimos de Trinidad y hace pocas horas que hemos
estrellado nuestra embarcación en sus rocas. Soy el capitán de este pequeño
grupo y puedo afirmar que ninguno de nosotros ha cometido el más leve delito.
El comisario se vuelve
hacia el gordo doctor Naal y le habla en holandés. Ambos discuten todavía,
cuando llega un individuo en bicicleta. Tanto al doctor Naal como al comisario
les habla rápida y ruidosamente.
—Señor Naal, ¿por qué
dijo usted a ese hombre que somos ladrones?
—Porque ese hombre que
usted ve ahí me informó antes de que les encontrase a ustedes, que, escondido
detrás de un cacto, les vio entrar y salir de su casa. Ese hombre es un
empleado mío que cuida parte de los asnos.
—¿Y porque hemos
entrado en la casa somos ladrones? Lo que dice usted es una tontería,
caballero. Sólo hemos tomado agua, ¿le parece eso un robo?
—¿Y el talego de
florines?
—El talego lo he
abierto, en efecto, y hasta he roto el cordón al abrirlo. Pero sólo me he
limitado a ver qué moneda contenía para saber en qué país estábamos.
Escrupulosamente, he repuesto el dinero y el talego en el mismo sitio donde
estaban, en la repisa de una chimenea.
El comisario me mira en
los ojos y, volviéndose bruscamente hacia el hombre de la bicicleta, le habla
con mucha dureza. El doctor Naal. hace un ademán y quiere hablar. Muy
secamente, a la alemana, el comisario le impide que intervenga. El comisario
hace subir al hombre de la bicicleta junto al chófer de su coche, sube a su vez
y, acompañado de dos policías, se va. Naal y el otro hombre que ha llegado con
él entran en la casa junto a nosotros.
—Les debo una
explicación —nos dice—. Ese hombre me dijo que el talego había desaparecido.
Antes de hacerles cachear a ustedes, el comisario le interrogó por suponer que
mentía. Si son ustedes inocentes, lamento el incidente, pero no ha sido por mi
culpa.
Antes de un cuarto de
hora, vuelve el coche y el comisario me dice:
—Ha dicho usted la
verdad, ese hombre es un infame embustero. Será castigado por haber pretendido
causarle un grave perjuicio.
Entretanto, el tipo
aquel es obligado a subir en el coche celular, los otros cinco suben también y
yo iba a hacerlo, cuando el comisario me retiene y me dice:
—Siéntese en mi coche,
al lado del chófer.
Salimos antes que el
camión y, muy pronto, lo perdemos de vista. Vamos por carreteras bien
asfaltadas y, luego, entramos en la ciudad, cuyas casas son de estilo holandés.
Todo es muy limpio y la mayoría de la gente va en bicicleta. Cientos de
personas sobre dos ruedas van y vienen así por la ciudad. Entramos en el puesto
de Policía. De un gran despacho donde hay varios oficiales de Policía, todos de
blanco, cada uno en su escritorio, pasamos a otra pieza que tiene aire
acondicionado. Hace fresco. Un hombre alto y fuerte, rubio, de unos cuarenta
años aproximadamente, está sentado en un sillón. Se levanta y habla en
holandés. Terminada la conversación, el comisario dice en francés:
—Le presento al primer
comandante de Policía de Curasao. Mi comandante, este hombre es un francés,
jefe del grupo de seis hombres que hemos detenido.
—Bien, comisario. Sean
ustedes bien venidos a Curasao a título de náufragos. ¿Cuál es su nombre de
pila?
—Henri.
—Bien, Henri, ha debido
usted pasar un mal rato con el incidente del talego, pero ese incidente le
favorece también, pues demuestra sin lugar a dudas que es usted un hombre
honrado. Voy a hacer que le den una sala bien alumbrada con litera para que
descanse. Su caso será sometido al gobernador, quien dará las órdenes
pertinentes. Tanto el comisario como yo intervendremos en favor de ustedes.
Me tiende la mano y
salimos. En el patio, el doctor Naal se disculpa de nuevo y me promete
intervenir también en favor de nosotros. Dos horas después, estamos todos
encerrados en una sala muy grande, rectangular, con una docena de camas y una
larga mesa de madera con bancos en medio. Con los dólares de Trinidad pedimos a
un policía, por la puerta enrejada, que nos compre tabaco, papel y fósforos. No
toma el dinero y no comprendemos lo que ha contestado.
—Ese negro de ébano
dice Clousiot— tiene aspecto de ser muy servicial. Pero el tabaco no llega.
Voy a llamar a la
puerta, cuando, en el mismo instante ésta se abre. Un hombrecillo, tipo coolí,
con un traje gris de preso y un número en el pecho para que no haya dudas nos
dice:
—El dinero cigarrillos.
—No. Tabaco, fósforos y
papel.
Pocos minutos después
vuelve con todo ello, y un gran puchero humeante que contiene chocolate o
cacao. Cada cual bebe uno de los tazones que ha traído el preso.
Por la tarde vienen a
buscarme. Voy otra vez al despacho del comandante de Policía.
—El gobernador me ha
dado orden de dejarles libres en el patio de la prisión. Diga a sus compañeros
que no intenten evadirse, pues las consecuencias serían graves para todos.
Usted, en tanto que capitán, puede salir a la ciudad cada mañana durante dos horas,
de diez a doce, y cada tarde de tres a cinco. ¿Tiene usted dinero?
—Sí. Inglés y francés.
—Un policía de paisano
le acompañará adonde usted quiera en sus paseos.
—¿Qué van a hacer de
nosotros?
—Creo que intentaremos
embarcarles uno a uno en petroleros de diferentes naciones. Como Curasao tiene
una de las mayores refinerías del mundo que trata el petróleo de Venezuela cada
día entran y salen de veinte a veinticinco petroleros de todos los países. Para
ustedes sería la solución ideal, pues llegarían a esos Estados sin ningún
problema.
—¿Qué países, por
ejemplo? ¿Panamá, Costa Rica, Guatemala, Nicaragua, México, Canadá, Cuba,
Estados Unidos y los países de leyes inglesas?
—Imposible, y Europa
tampoco es posible. Sin embargo, estén tranquilos, tengan confianza, déjennos
hacer algo para ayudarles a poner el pie en el estribo del camino de una vida
nueva.
—Gracias, comandante.
Lo cuento todo
fielmente a mis camaradas. Clousiot, el más marrullero de la pandilla, me dice:
—¿Qué piensas tú de
eso, Papillon?
—Todavía no lo sé, me
temo que se trate de un camelo para que nos estemos quietos, para que no nos
fuguemos.
—Me temo que tengas
razón dice él.
El bretón cree en ese
plan maravilloso. El tipo de la plancha está exultante. Dice:
—Si no hay canoa, no
hay aventura, eso es seguro. Cada uno llega a un país cualquiera en un gran
petrolero y entra oficialmente en territorio amigo.
Leblond es del mismo
parecer.
—¿Y tú, Maturette? ¿Qué
opinas?
Y ese chaval de
diecinueve años, ese cabrito transformado accidentalmente en presidiario, ese
chiquillo de rasgos más finos que una mujer, dice con su dulce voz:
—¿Creéis que esos
cabezas cuadradas de policías amañarán o falsificarán documentos de identidad
para nosotros? No lo creo. Todo lo más, podrían hacer la vista gorda para que,
uno a uno, embarcásemos clandestinamente a bordo de un petrolero cuando zarpase.
Más, no. Y aún lo harían para desembarazarse de nosotros sin quebraderos de
cabeza. Esta es mi opinión. El cuento ese no me lo trago.
Salgo muy raramente, un
poco por la mañana, para hacer algunas compras. Hace una semana que estamos
aquí y no hay novedad. Empezamos a ponernos nerviosos. Una tarde, vemos a tres
curas rodeados de policías que visitan celdas y salas sucesivamente. Se paran
largo rato en la celda más próxima a nosotros, donde está un negro acusado de
violación. Suponiendo que vendrán donde nosotros estamos, entramos todos en la
sala y nos sentamos en nuestras respectivas camas. En efecto, al poco rato,
entran los tres, acompañados por el doctor Naal, el comandante de Policía y un
graduado vestido de blanco que debe ser oficial de Marina.
—Monseñor, he aquí a
los franceses ,dice en francés el comandante de Policía—. Llevan una conducta
ejemplar.
—Les felicito, hijos
míos. Sentémonos en los bancos en torno de esa mesa, estaremos mejor para
conversar.
Todo el mundo se
sienta, incluidos los que acompañan al obispo. Traen un taburete que estaba
delante de la puerta, en el patio, y lo ponen junto al extremo de la mesa. Así,
el obispo ve bien a todo el mundo.
—Los franceses son casi
todos católicos, ¿quién de vosotros no lo es?
Nadie levanta la mano.
Pienso que el cura de la Conciergerie casi me bautizó y yo también debo
considerarme católico.
—Amigos míos, desciendo
de franceses, me llamo Iréneé de Bruyne. Mis antepasados eran protestantes
hugonotes que se refugiaron en Holanda cuando Catalina de Médicís les perseguía
a muerte. Soy, pues, de sangre francesa, obispo de Curasao, ciudad donde hay
más protestantes que católicos pero donde los católicos son plenamente
creyentes y practicantes. ¿Cuál es vuestra situación?
—Esperamos ser
embarcados uno después de otro en petroleros.
—¿Cuántos se han ido de
esa manera?
—Ninguno, todavía.
—¡Vaya! ¿Qué dice usted
a eso, comandante? Contésteme, por favor, en francés, lo habla usted muy bien.
—Monseñor, el
gobernador ha tenido sinceramente la idea de ayudar a esos hombres empleando
dicha fórmula, pero debo decir, sinceramente también, que, hasta la fecha, ni
un solo capitán de barco ha querido aceptar encargarse de uno solo de ellos,
sobre todo porque no tienen pasaporte,
—Por ahí debe
empezarse. ¿No podría el gobernador darles a cada uno un pasaporte excepcional?
—No lo sé. Nunca me ha
hablado de eso.
—Pasado mañana, diré
una misa por vosotros. ¿Queréis venir, mañana por la tarde, a confesaros? Os
confesaré personalmente, a fin de ayudaros para que Dios perdone vuestros
pecados. ¿Puede mandármelos usted a la catedral a las tres?
—Sí.
—Me gustaría que
viniesen en taxi o en coche particular.
—Les acompañaré yo
mismo, monseñor —dice el doctor Naal.
—Gracias, hijo mío.
Hijos míos, no os prometo nada. Sólo os diré una cosa: a partir de este
momento, me esforzaré por seros lo más útil posible.
Al ver que Naal le besa
el anillo y tras él el bretón, rozamos con nuestros labios el anillo episcopal
y le acompañamos hasta su coche, que está aparcado en el patio.
El día siguiente, todos
nos confesamos con el obispo. Yo soy el último.
—Anda, hijo, empieza
por el pecado más grave.
—Padre, en primer
lugar, no estoy bautizado, pero un cura, en la prisión de Francia, me dijo que,
bautizado o no, todos somos hijos de Dios.
—Tenía razón. Bien.
Salgamos del confesionario y cuéntamelo todo.
Le cuento mi vida
detalladamente. Durante mucho rato, con paciencia, muy atentamente, ese
príncipe de la Iglesia me escucha sin interrumpirme. Ha tomado mis manos en las
suyas y, a menudo, me mira en los ojos y, algunas veces, en los pasajes
difíciles de declarar, baja los ojos para ayudarme en mi confesión. Ese
sacerdote de sesenta años tiene los ojos y el semblante tan puros, que refleja
un no sé qué infantil. Su alma límpida y seguramente henchida de infinita
bondad irradia en todos sus rasgos, y su mirada color gris claro penetra en mí
como un bálsamo en una herida. Quedamente, muy quedamente, siempre con mis
manos en las suyas, me habla con tanta suavidad que parece un murmullo:
—A veces, Dios hace que
sus hijos soporten la maldad humana para que aquel que ha escogido como víctima
salga de ello más fuerte y más noble que nunca. Ves tú, hijo mío, si no
hubieses tenido que subir ese calvario, nunca habrías podido elevar te tan arriba
y acercarte tan intensamente a la verdad de Dios. Diré más: las gentes, los
sistemas, los engranajes de esa horrible máquina que te ha triturado, los seres
fundamentalmente malos que te han torturado y perjudicado de diferentes maneras
te han hecho el mayor favor que podían hacerte. Han provocado en ti un nuevo
ser, superior al primero y, hoy, si tienes el sentido del honor, de la bondad,
de la caridad y la energía necesaria para superar todos los obstáculos y
volverte superior, a ellos se lo debes. Esas ideas de venganza, de castigar a
cada cual en razón de la importancia del daño que te haya hecho, no pueden
prosperar en un ser como tú. Debes ser un salvador de hombres y no vivir para
hacer daño, aunque creas que este daño sea justificado. Dios ha sido generoso
contigo. Te ha dicho: "Ayúdate, que yo te ayudaré." Te ha ayudado en
todo y hasta te ha permitido salvar a otros hombres y llevarles hacia la
libertad. Sobre todo, no creas que todos esos pecados que has cometido sean muy
graves. Hay muchas personas de elevada posición social que se han hecho
culpables de hechos mucho más graves que los tuyos. Sólo que ellas no han
tenido, en el castigo infligido por la justicia de los hombres, la ocasión de
elevarse como la has tenido tú.
—Gracias, padre. Me ha
hecho usted un bien enorme, para toda mi vida. No lo olvidaré jamás.
Y le beso las manos.
—Vas a irte de nuevo,
hijo mío, y arrostrarás otros peligros. Quisiera bautizarte antes de tu marcha.
¿Qué te parece?
—Padre mío, déjeme así
por el momento. Mi papá me crió sin religión. Tiene un corazón de oro. Cuando
mamá murió, supo hallar, para quererme más aún, gestos, palabras, atenciones de
madre. Creo que si me dejo bautizar cometería una especie de traición hacia él.
Déjeme tiempo de ser completamente libre con una identidad establecida, una
forma de vida normal, para que, cuando le escriba, le pregunte si puedo, sin
causarle pena, abandonar su filosofía y hacerme bautizar.
—Te comprendo, hijo
mío, y estoy seguro de que Dios está contigo. Te bendigo y pido a Dios que te
proteja.
—He aquí cómo monseñor
Iréneé de Bruyne se describe enteramente en ese sermón —me dice el doctor Naal.
—Es verdad, señor. Y
ahora, ¿qué piensa usted hacer?
—Pediré al gobernador
que dé orden a la aduana de que me concedan prioridad en la primera venta de
embarcaciones secuestradas a los contrabandistas. Irá usted conmigo para dar su
opinión y escoger la que le convenga. Para todo lo demás, alimentos y ropas, no
habrá problemas.
Desde el día del sermón
del obispo, tenemos visitas constantemente sobre todo por la tarde hacia las
seis. Esas personas quieren conocernos. Se sientan en los bancos de la mesa y
cada una trae algo que deja sobre una cama, pero lo deja sin tan siquiera decir:
Le he traído esto. Sobre las dos de la tarde, acuden siempre hermanitas de los
pobres acompañadas por la superiora que hablan muy bien francés. Su capazo
siempre está lleno de cosas buenas cocinadas por ellas. La superiora es muy
joven, menos de cuarenta años. No se le ve el cabello, recogido en una toca
blanca, pero sus ojos son azules y sus cejas rubias. Pertenece a una importante
familia holandesa (información del doctor Naal) y ha escrito a Holanda para que
se busque otro medio que el de mandarnos fuera por mar. Pasamos buenos momentos
juntos y, repetidas veces me hace relatar nuestra evasión.
En ocasiones, me pide
que le cuente directamente a las hermanas que la acompañan y que hablan
francés. Y si me olvido o paso por alto un detalle, me llama suavemente al
orden:
—Henri, no corra tanto.
Se salta usted la historia del guaco… ¿Por qué se olvida de las hormigas, hoy?
¡Es muy importante lo de las hormigas, pues gracias a ellas fue usted
sorprendido por el bretón de la máscara!
Lo cuento todo porque
aquellos son momentos tan dulces, tan completamente opuestos a todo cuanto
hemos vivido, que una luz celestial ilumina de un modo irreal ese camino de la
podredumbre en vías de desaparecer.
He visto la
embarcación, un magnífico batel de ocho metros de largo, con muy buena quilla,
mástil muy alto y velas inmensas. Está construido especialmente para pasar
contrabando. El equipo está completo, pero hay sellos lacrados de la aduana por
todas partes. Un caballero inicia la subasta con seis mil florines,
aproximadamente mil dólares. Total, que nos lo dan por seis mil un florines,
después de que el doctor Naal haya musitado unas palabras a ese caballero.
En cinco días, estamos
preparados. Recién pintada, atiborrada de vituallas bien guardadas en la
bodega, esta embarcación con media cubierta es un regalo regio. Seis maletas,
una para cada uno, con ropas nuevas, zapatos, todo lo necesario para vestirse,
son envueltas en una lona impermeable, y, luego, colocadas en el rool de la
embarcación.
La prisión de Río Hacha
Al despuntar el día,
zarpamos. El doctor y las hermanitas han venido a decirnos adiós. Desatracamos
con facilidad del muelle, el viento nos toma en seguida y navegamos
normalmente. Sale el sol, radiante. Una jornada sin tropiezos nos aguarda.
Enseguida me percato de que la embarcación tiene demasiado velamen y no está lo
suficientemente lastrada. Decido ser prudente. Avanzamos a toda velocidad. Este
batel es un pura sangre en cuanto a rapidez se refiere, pero envidioso e
irritable. Hago pleno Oeste. Hemos tomado el acuerdo de desembarcar
clandestinamente en la costa colombiana a los tres hombres que se nos unieron
en Trinidad. No quieren saber nada de una larga travesía, dicen que confían en
mí, pero en el tiempo ya no. En efecto, según los boletines meteorológicos de
los diarios que leímos en la prisión, se espera mal tiempo y hasta huracanes.
Reconozco su derecho y queda convenido que les desembarcaré en una península
solitaria y deshabitada, llamada la Guajira. Nosotros tres proseguiremos hasta
Honduras británica. El tiempo es espléndido y la noche estrellada que sigue a
esta jornada radiante nos facilita, gracias a una media luna potente, ese
proyecto de desembarco. Vamos recto hacia la costa colombiana, echo el ancla y,
poco a poco, sondeamos para ver si pueden desembarcar. Por desgracia, el agua
es muy profunda y hemos de acercarnos peligrosamente a una costa rocosa para
llegar a tener menos de un metro cincuenta de agua. Nos estrechamos la mano,
todos ellos bajan, ponen pie y, luego, con la maleta a la cabeza, avanzan hacia
tierra. Observamos la maniobra con interés y un poco de tristeza. Esos
camaradas se han portado bien con nosotros, han estado a la altura de las
circunstancias. Es una lástima que abandonen el batel. Mientras se acercan a la
costa, el viento remite completamente. ¡Mierda! ¡Con tal de que no sean vistos
desde la población señalada en el mapa que se llama Río Hacha! Es el primer
puerto donde hay autoridades policíacas. Esperemos que no. Me parece que nos
encontramos bastante más arriba del punto indicado por razón del pequeño faro
que está en la punta que acabamos de rebasar.
Esperar, esperar… Los
tres han desaparecido tras habernos dicho adiós con sus pañuelos blancos. ¡El
viento, maldita sea! ¡Viento para despegar de esta tierra colombiana que es un
signo de interrogación para nosotros! En efecto, no sabemos si entregan a los
presos evadidos o no. Nosotros tres preferimos la certidumbre de Honduras
Británica a la incógnita de Colombia. El viento no se levanta hasta las tres de
la tarde. Podemos irnos. Izo todo el velamen e, inclinado quizá un poco
demasiado, navego despacio durante más de dos horas cuando, de pronto, una
lancha rápida se dirige recto sobre nosotros y dispara tiros de fusil al aire
para hacernos parar. Sigo adelante sin obedecer, tratando de ganar alta mar
fuera de las aguas jurisdiccionales. Imposible. Esta poderosa lancha nos
alcanza en menos de hora y media de caza y, apuntados por diez hombres, fusil
en mano, nos vemos obligados a rendirnos.
Esos soldados o
policías que nos han detenido tienen todos unas pintas muy particulares:
pantalón sucio que en un principio fue —blanco, jerseys de lana que,
seguramente, jamás han sido lavados, con rotos, todos descalzos, salvo el
"comandante", mejor vestido y más limpio. Van mal vestidos, pero
armados hasta los dientes: cartuchera llena de balas al cinto, fusiles de
guerra bien cuidado! y, por si esto fuese poco, una funda con un gran puñal y
el mango al alcance de la mano. El que ellos llaman "comandante"
tiene cara de mestizo asesino. Lleva una gran pistola que pende, a su vez, de
un cinto lleno de balas. Como sólo hablan español, no comprendemos lo que
dicen, pero ni su mirada, ni sus gestos, ni el tono de su voz son simpáticos,
todo es hostil.
Vamos a pie desde el
puerto a la cárcel, cruzando la aldea que, en efecto, es Río Hacha, encuadrados
por seis ganapanes, tres que caminan a dos metros, con el arma dirigida contra
nosotros. La llegada no resulta, pues, demasiado simpática.
Llegamos al patio de
una prisión rodeada por un pequeño muro. Una veintena de presos barbudos y
sucios están sentados o de pie, y también nos miran con ojos hostiles.
—Vamos, vamos.
Comprendemos lo que
quieren decir. Lo cual nos resulta difícil, pues Clousiot, aunque vaya mucho
mejor sigue caminando sobre el hierro de su pierna escayolada y no puede ir de
prisa. El "comandante", que se ha quedado atrás, nos alcanza llevando
bajo el brazo la brújula y el impermeable. Come nuestras galletas con nuestro
chocolate, y en seguida comprendemos que se nos despojará de todo. No nos hemos
engañado. Estamos encerrados en una sala cochambrosa con una ventana de gruesos
barrotes. En el suelo, tablas con una especie de almohada de madera a un lado:
son camas. "Franceses, franceses", viene a decirnos en la ventana un
preso, cuando los policías se han ido tras habernos encerrado.
—¿Qué quieres?
—¡Franceses, no bueno,
no bueno!
—¿No bueno, qué?
—Policía.
—¿Policía?
—Sí, policía no bueno.
Y se va. Ha caído la
noche, la sala está alumbrada por una bombilla eléctrica que debe ser de poca
potencia, pues apenas ilumina. Los mosquitos zumban en nuestros oídos y se
meten en nuestras narices.
—¡Vaya, estamos
frescos! Nos costará caro haber desembarcado a aquellos tipos.
—¡Qué se le va a hacer!
No lo sabíamos. De todos modos, si hubiésemos tenido viento…
1. En castellano en el
original, así como todas las palabras españolas que aparezcan en cursiva.
—Te has acercado
demasiado —dice Clousiot.
—Cállate ya. No es el
momento de acusarse o de acusar a los demás, es el momento de juntar los codos.
Debemos estar más unidos que nunca.
—Perdón, tienes razón,
Papi. No es culpa de nadie.
¡Oh! Sería injusto
haber luchado tanto para que la fuga terminase aquí de manera lamentable. No
nos han registrado. Llevo mi estuche en el bolsillo y me apresuro a colocármelo
en su escondrijo. Clousiot se mete también el suyo. Hemos hecho bien no deshaciéndonos
de ellos. Por lo demás, es un portamonedas hermético y poco voluminoso, fácil
de guardar en el interior de nosotros. Mi reloj marca las ocho de la noche. Nos
traen azúcar sin refinar, color marrón, un pedazo como el puño para cada uno, y
tres paquetes de pasta de arroz hervida con sal.
—¡Buenas noches!
—Eso debe significar:
bonne nuit —dice Maturette.
El día siguiente, a las
siete, nos sirven en el patio un excelente café en vasos de madera. Sobre las
ocho, pasa el "comandante". Le pido que me deje ir al barco para
recoger nuestros trastos. O no lo ha entendido, o lo hace ver. Cuanto más le miro,
más pinta de asesino le encuentro. En el costado izquierdo lleva una botellita
en una funda de cuero, la saca, bebe un trago, escupe y me alarga el frasco.
Ante ese primer gesto de amabilidad, lo tomo y bebo. Afortunadamente, he
tragado poco, es fuego con sabor a alcohol de quemar. Lo engullo rápidamente y
me pongo a toser y él se ríe a carcajadas. ¡Maldito indio mestizo de negro!
A las diez, llegan
varios paisanos vestidos de blanco y encorbatados. Son seis o siete y entran en
un edificio que parece ser la dirección de la cárcel..Nos mandan llamar. Todos
están sentados en sillas, formando semicírculo en una sala donde campea un gran
cuadro de un oficial blanco muy condecorado, el presidente Alfonso López de
Colombia. Uno de los caballeros manda sentar a Clousiot y le habla en francés,
nosotros seguimos de pie. El individuo del centro, flaco, nariz picuda de
águila y gafas ahumadas, comienza a interrogarme. El intérprete no traduce nada
y me dice:
—El señor que acaba de
hablar y va a interrogarle es el juez de la ciudad de Río Hacha, los otros son
notables, amigos suyos. Yo, que hago de traductor, soy un haitiano que dirige
los trabajos de electricidad de este departamento. Creo que entre esa gente,
pese a que no lo digan, algunos comprenden un poco de francés, quizás incluso
el mismo juez.
El juez se impacienta
con ese preámbulo y empieza su interrogatorio en español. El haitiano traduce
sucesivamente preguntas, y respuestas.
—¿Son franceses?
—Sí.
—¿De dónde vienen?
—De Curasao.
—¿Y antes?
—De Trinidad.
—¿Y antes?
—De Martinica.
—Miente usted. Nuestro
cónsul en Curasao, hace más de una semana, fue avisado para que mandase vigilar
las costas porque seis evadidos de la penitenciaría de Francia iban a tratar de
desembarcar aquí.
—Está bien. Somos
fugados de la penitenciaría.
—¿Cayenero, entonces?
—Sí.
—Cuando un país tan
noble como Francia les ha mandado tan lejos y castigado tan severamente, ¿es
porque son bandidos muy peligrosos?
—Quizá.
—¿Ladrones o asesinos?
—Homicidas.
—Matador, que viene a
ser lo mismo. Entonces, ¿son matadores? ¿Dónde están los otros tres?
—Se quedaron en
Curasao.
—Miente usted otra vez.
Los han desembarcado a sesenta kilómetros de aquí en un pueblo que se llama
Castillete. Afortunadamente, han sido detenidos, y estarán aquí dentro de unas
horas. ¿Han robado esa embarcación?
—No, nos la regaló el
obispo de Curasao.
—Bien. Se quedarán
presos aquí hasta que el gobernador decida lo que debe hacerse con ustedes. Por
haber cometido el delito de desembarcar a tres de sus cómplices en territorio
colombiano e intentar luego, hacerse de nuevo a la mar, condeno a tres meses de
prisión al capitán del barco, usted, y a un mes a los otros. Pórtense bien, si
no quieren ser castigados corporalmente por los policías, que son hombres muy
duros. ¿Tiene usted algo que objetar?
—No. Sólo deseo recoger
mis efectos y los víveres que están a bordo de la embarcación.
—Todo eso queda
confiscado por la aduana, salvo un pantalón, una camisa, una chaqueta y un par
de zapatos para cada uno de ustedes. El resto está confiscado y no insista: no
hay nada que hacer, es la ley.
Nos retiramos al patio.
El juez es asaltado por los míseros presos del país:
—¡Doctor, doctor!
Pasa entre ellos,
pagado de su importancia, sin responder y sin pararse. Sale de la prisión con
sus acompañantes y todos desaparecen.
A la una, llegan los
otros tres en un camión con siete u ocho hombres armados. Bajan muy corridos
con su maleta. Entramos con ellos en la sala.
—¡Qué monstruoso error
hemos cometido y os hemos hecho cometer! —dice el bretón—. No tenemos perdón,
Papillon. Si quieres matarme, puedes hacerlo, no me defenderé. No somos
hombres, somos unos mariquitas. Hemos hecho eso por miedo del mar. Pues bien,
según la impresión que tengo de Colombia y de los colombianos, los peligros del
mar eran de risa comparados con los peligros de estar en manos de individuos
como ésos. ¿Os trincaron por culpa del viento?
—Sí, bretón. No tengo
por qué matar a nadie. Todos nos hemos equivocado. Yo no tenía más que negarme
a desembarcaros y no habría pasado nada.
—Eres muy bueno, Papi.
—No, soy justo. —Les
cuento el interrogatorio—. En fin, quizás el gobernador nos deje en libertad.
—¡Hombre! Como se dice:
esperemos, pues la esperanza es lo último que se pierde.
A mi parecer, las
autoridades de este terruño medio civilizado no pueden tomar una decisión sobre
nuestro caso. Sólo en las elevadas esferas decidirán si podemos quedarnos en
Colombia, si debemos ser entregados a Francia, o devueltos a nuestra embarcación
para ir más lejos. Me extrañaría mucho que esas gentes a quienes no hemos
causado ningún perjuicio tomasen la decisión más grave, al fin y al cabo, no
hemos cometido ningún delito en su territorio.
Hace ya una semana que
estamos aquí. No hay variación, de no ser que se habla de trasladarnos bien
custodiados a una ciudad más importante, a doscientos kilómetros de distancia,
Santa Marta. Esos policías con pinta de bucaneros o de corsarios no han cambiado
de actitud para con nosotros. Ayer mismo, uno de ellos casi me hiere al
disparar su fusil porque le cogí mi jabón en el lavadero. Seguimos en esta sala
plagada de mosquitos, afortunadamente un poco más limpia que cuando vinimos,
gracias a Maturette y al bretón, que la friegan cada día. Comienzo a
desesperarme, pierdo la confianza. Esa raza de colombianos, mezcla de indios y
de negros, mestizos de indios y de españoles que en otros tiempos fueron los
dueños de este país, me hace perder la confianza. Un preso colombiano me presta
un periódico atrasado de Santa Marta. En primera plana, nuestras seis fotos y,
abajo, el "comandante" de la Policía, con su enorme sombrero de
fieltro, un puro en la boca y la fotografía de una decena de policías armados
con sus trabucos. Comprendo que la captura ha sido novelada, aumentando el
papel desempeñado por ellos, Diríase que Colombia entera se ha salvado de un
terrible peligro con nuestra detención. Y, sin embargo, la foto de los bandidos
es más simpática de mirar que la de los policías. Los bandidos tienen más bien
aspecto de gente honrada, en tanto que los policías, con perdón, empezando por
el "comandante", quedan retratados. ¿Qué hacer? Empiezo a saber
algunas palabras de español: jugarse; preso; matar; cadena; esposas; hombre;
mujer.
Nos las piramos de Río
Hacha
En el patio hay un tipo
que lleva esposas constantemente. Me hago amigo de él. Fumamos del mismo
cigarro, un cigarro largo y fino, muy fuerte, pero fumamos. He comprendido que
él hace contrabando entre Venezuela y la isla de Aruba. Está acusado de haber dado
muerte a unos guardacostas y espera a que le procesen. Algunos días, está
extraordinariamente sosegado, y otros, nervioso y excitado. Consigo observar
que está sosegado cuando han venido a verle y ha masticado unas hojas que le
traen. Un día, me da media hoja, en seguida comprendo. Lengua, paladar y labios
se me quedan insensibles. Las hojas son hojas de coca. Ese hombre de treinta y
cinco años, de brazos vellosos y pecho cubierto de pelos rizados, muy negros,
debe tener una fuerza poco común. Sus pies descalzos tienen una planta tan
callosa, que muchas veces se quita astillas de vidrio o un clavo, que se han
hincado en ella, pero sin alcanzar la carne.
Una vez que me visitó
el haitiano, le había pedido un diccionario francés—español.
—Fuga, tú y yo —le digo
una noche al contrabandista.
El tipo aquel ha
comprendido, y me hace signo de que él querría evadirse también, pero, con
esposas… Son esposas americanas de seguridad. Tienen una hendidura para la
llave que, seguramente, debe ser una llave plana. Con un alambre doblado en el
extremo, el bretón me fabrica una ganzúa. Tras algunas pruebas, abro las
esposas de mi nuevo amigo cuando quiero. Por la noche, está solo en el calabozo
de barrotes bastante gruesos. En nuestra sala, los barrotes son finos,
seguramente pueden separarse. No habrá que cortar, pues, más que una reja, la
de Antonio (se llama Antonio, el colombiano).
—¿Cómo se puede
conseguir una lima?
—Plata.
—¿Cuánto?
—Cien pesos.
—¿Dólares?
—Diez.
Total, que por diez
dólares que le doy se encuentra en posesión de dos limas. Dibujando en la
tierra del patio, le explico que cada vez que haya limado un poco, debe mezclar
las limaduras con la pasta de las albóndigas de arroz que nos dan y tapar bien
la hendidura. A última hora, antes de recogerse, le abro una esposa. En caso de
que se las examinasen, basta con apretarla para que se cierre sola. Tarda tres
noches en cortar el barrote. Me explica que en menos de un minuto terminará de
cortarlo y que está seguro de poderlo doblar con las manos. Debe venir a
buscarnos.
Llueve a menudo, por lo
que dice que acudirá la primera noche de lluvia. Esta noche llueve
torrencialmente. Mis camaradas están al corriente de mis proyectos, ninguno
quiere seguirme, pues creen que la región a la que pienso ir queda demasiado
lejos. Quiero ir a la punta de la península colombiana, en la frontera con
Venezuela. El mapa que poseemos señala que ese territorio se llama Guajira y
que es un territorio disputado, ni colombiano ni venezolano. El colombiano dice
que eso es la tierra de los indios y que no hay Policía allá, ni colombiana ni
venezolana. Algunos contrabandistas pasan por allí. Es peligroso, porque los
indios guajiros no toleran que un hombre civilizado penetre en su territorio.
En el interior de las tierras, cada vez son más peligrosos. En la costa, hay
indios pescadores que, a través de otros indios un poco más civilizados,
trafican con la población de Castillete y una aldea, La Vela. El, Antonio, no
quiere ir allá. Sus compañeros o él mismo tuvieron que dar muerte a algunos
indios durante una refriega que tuvieron con ellos, un día que su embarcación
cargada de contrabando zozobró en aquel territorio. Antonio se compromete a
llevarme muy cerca de Guajira, pero luego deberé continuar solo. Todo eso,
huelga decirlo, ha sido muy laborioso de entre ambos, porque él emplea palabras
que no están en el diccionario. Así pues, esta noche llueve torrencialmente.
Estoy junto a la ventana. Hace tiempo que está desprendida una tabla del
zócalo. Haremos palanca con ella para separar los barrotes. Tras una prueba que
hicimos dos noches antes, hemos visto que cedían fácilmente.
—Listo.
Pegada a los barrotes,
asoma la jeta de Antonio. De un golpe, ayudado por Maturette y el bretón, el
barrote no sólo se separa, sino que se desprende de abajo. Me aúpan y recibo
unas nalgadas, antes de desaparecer. Esas nalgadas son el apretón de manos de
mis amigos. Ya estamos en el patio. La lluvia torrencial hace un ruido de mil
diablos al caer en los techos de chapa ondulada. Antonio me coge de la mano y
me arrastra hasta la tapia. Saltarla es cosa de niños, pues sólo tiene dos
metros. Sin embargo me corto la mano con un trozo de vidrio del borde. No
importa, en marcha. El condenado de Antonio consigue encontrar el camino en
medio de esta lluvia que nos impide ver a tres metros Aprovecha la inclemencia
del tiempo para cruzar a pecho descubierto toda la población, y, luego,
seguimos por un sendero que discurre entre la selva y la costa. Muy avanzada la
noche, una luz. Debemos dar un gran rodeo en la selva, por suerte poco tupida,
y volvemos al sendero. Caminamos bajo la lluvia hasta el alba. Al salir, Antonio
me había dado una hoja de coca que masco de la misma manera que se lo he visto
hacer a él en la cárcel. No estoy cansado en absoluto cuando sale el sol. ¿Será
la hoja? Seguramente. Pese a la luz, seguimos andando. De vez en cuando, él
echa cuerpo a tierra y pega el oído a aquel suelo empapado de agua. Y
proseguimos.
Tiene una manera
curiosa de andar. No corre ni camina; lo hace a pequeños brincos, todos de la
misma longitud, balanceando los brazos como si remase en el aire. Debe de haber
oído algo, pues me conduce a la selva. Sigue lloviendo. En efecto, ante nuestros
ojos pasa un rodillo tirado por un tractor, seguramente para apisonar la tierra
de la carretera.
Las diez y media de la
mañana. La lluvia ha cesado, el sol ha salido. Tras haber caminado más de un
kilómetro por la hierba y no por el sendero, hemos penetrado en la selva.
Tumbados bajo una planta muy tupida, rodeados por una vegetación espesa y llena
de pinchos, creo que no tenemos nada que temer y, sin embargo, Antonio no me
deja fumar, ni siquiera hablar bajo. Antonio no para de tragar el zumo de las
hojas. Yo hago lo mismo que él, pero con un poco de moderación. Lleva una
bolsita con más de veinte hojas dentro, me la enseña. Sus magníficos dientes
brillan en la oscuridad cuando se ríe silenciosamente. Como los mosquitos no
nos dejan en paz, ha mascado un cigarro y, con la saliva llena de nicotina, nos
pringamos la cara y las manos. Después, quedamos tranquilos. Son las siete. Ha
caído la noche, pero la luna alumbra demasiado el sendero. Antonio pone el dedo
sobre las nueve y dice: lluvia. Comprendo que a las nueve lloverá. En efecto, a
las nueve y veinte minutos llueve. Reanudamos la marcha. Para estar a su
altura, he aprendido a saltar caminando y a remar con los brazos. No es
difícil, se avanza con más rapidez que caminando de prisa y, sin embargo, no se
corre. En la oscuridad, hemos debido meternos tres veces en la selva para dejar
que pase un coche, un camión y una carreta tirada por dos asnos. Gracias a esas
hojas, no me siento cansado cuando amanece. La lluvia cesa a las ocho y,
entonces otra vez, caminamos despacio por la hierba durante más de un
kilómetro. Luego, nos escondemos en la selva. Lo malo de esas hojas es que no
dejan dormir. No hemos pegado ojo desde que nos fuimos. Las pupilas de Antonio
están tan dilatadas, que ya carecen de iris. Las mías deben de estar igual.
Las nueve de la noche.
Llueve. Parece como si la lluvia esperase esa hora para empezar a caer. Más
adelante, me enteraré de que en los trópicos, cuando la lluvia comienza a caer
a una hora determinada, durante todo el cuarto de luna caerá a la misma hora
cada día y cesará a la misma hora también. Esta noche, al principio de la
andadura, oímos gritos y luego vemos luces.
—Castillete —,dice
Antonio.
Ese demonio de hombre
me coge de la mano sin vacilar, nos metemos en la selva y, tras una marcha
fatigosa de más de dos horas, volvemos a estar en la carretera. Caminamos, o
más bien brincamos, durante todo el resto de la noche y buena parte de la
mañana. El sol nos ha secado la ropa puesta. Hace tres días que andamos
empapados, tres días en que sólo hemos comido un pedazo de azúcar cande, el
primer día. Antonio parece estar casi seguro de que no toparemos con malas
personas. Camina despreocupadamente y hace ya varias horas que no ha pegado el
oído al suelo. El camino bordea la playa. Antonio corta una vara. Ahora,
andamos por la arena húmeda. Hemos dejado el camino. Antonio se detiene para
examinar un amplio rastro de arena hollada, de cincuenta centímetros, que sale
del mar y llega a la arena seca. Seguimos el rastro y llegamos a un sitio donde
la raya se ensancha en forma de círculo. Antonio hinca su palo. Cuando lo
retira, tiene pegado en la punta un líquido amarillo, como yema de huevo.
Efectivamente, le ayudo a hacer un hoyo 1 cavando en la arena con las manos y,
al poco rato, aparecen huevos, trescientos o cuatrocientos aproximadamente, no
sé. Son huevos de tortuga de mar. Esos huevos no tienen cáscara, solamente
piel. Recogemos todos los que caben en la camisa que Antonio se ha quitado,
quizás un centenar. Salimos de la playa y cruzamos el camino para meternos en
la selva. A resguardo de toda mirada, nos ponemos a comer; pero sólo la yema,
me indica Antonio. De un mordisco de su dentadura de lobo corta la piel que
envuelve el huevo, deja escurrir la clara y, luego chupa la yema. Un huevo el,
otro yo. Abre muchos. Sorbe mientras me pasa otro. Hartos a reventar, nos
tumbamos, usando la chaqueta como almohada. Antonio dice:
—Mañana, tú sigues solo
dos días más. De mañana en adelante, no hay policías.
Ultimo puesto
fronterizo en esta noche a las diez. Lo reconocemos por algunos ladridos de
perros y una casita resplandeciente de luz. Todo eso es evitado de forma
magistral por Antonio. Entonces, caminamos toda la noche sin tomar
precauciones. El camino no es muy ancho, es un sendero que, de todos modos,
debe ser muy transitado, pues está limpio de hierbas. Tiene casi cincuenta
centímetros de anchura y bordea la selva, dominando la playa desde una altura
de dos metros aproximadamente. Se ven también, marcadas de trecho en trecho,
huellas de herraduras de caballos y de asnos. Antonio se sienta en una gruesa
rama de árbol y me hace signo de que yo me siente también. El sol pega fuerte.
En mi reloj, son las once, pero por el sol debe de ser mediodía: una—varita
hincada en el suelo no da ninguna sombra, así que es mediodía. Pongo mi reloj
en las doce. Antonio vacía su bolsa de hojas de coca: hay siete. Me da cuatro y
se guarda tres. Me alejo un poco, entro en la selva, vuelvo con cincuenta
dólares de Trinidad y sesenta florines y se los tiendo. Me mira muy asombrado,
palpa los billetes, no comprende por qué están tan nuevos y cómo no se han
mojado nunca, puesto que jamás me ha visto secarlos. Me da las gracias, con
todos los billetes en la mano, reflexiona un rato y, luego, separa seis
billetes de cinco florines, es decir, treinta florines, y me devuelve el resto.
Pese a mi insistencia, se niega a aceptar más. En este momento, algo cambia en
él. Habíamos decidido que nos separaríamos aquí, pero parece que ahora quiere
acompañarme un día más. Después, me da a entender que dará media vuelta. Bueno,
nos vamos tras haber tragado algunas yemas de huevo y encendido un buen cigarro
con mucha dificultad golpeando durante más de media hora dos piedras una con
otra para prender fuego a un poco de musgo Seco.
Hace tres horas que
andamos cuando viene hacia nosotros, en línea recta, un hombre a caballo. Ese
hombre lleva un sombrero de paja inmenso, botas; va sin pantalón, pero con una
especie de slip de cuero, una camisa verde y una guerrera descolorida, verde también,
de tipo militar. Por arma, una hermosa carabina y un enorme revólver al cinto.
—¡Caramba! Antonio,
hijo mío.
Antonio había
reconocido al jinete desde muy lejos. No me dijo nada, pero sabía que
toparíamos con él, eso saltaba a— la vista. Aquel hombretón cobrizo de unos
cuarenta años descabalga y los dos se dan grandes palmadas en los hombros. Esa
manera de abrazarse, la veré luego en todas partes.
—¿Y ése quién es?
—Un compañero de fuga,
un francés.
—¿Adónde vas?
—Lo más cerca que pueda
de los pescadores indios.
Quiere pasar por el
territorio indio, entrar en Venezuela y, allí, buscar un medio para volver a
Aruba o a Curasao.
—Indio guajiro malo
—,dice el hombre—. No vas armado, toma.
Me da un puñal con su
vaina de cuero y su mango de asta brillante. Nos sentamos en el borde del
sendero. Me quito los zapatos, tengo los pies ensangrentados. Antonio y el
jinete hablan muy de prisa, se ve claramente que mi proyecto de cruzar Guajira
no les gusta. Antonio me hace signo de que monte a caballo: con los zapatos
colgados del hombro, me quedaré descalzo para que se me sequen las llagas. Eso
lo entiendo por gestos. El jinete monta, Antonio me da la mano y, sin
comprender, soy llevado a galope a horcajadas detrás del amigo de Antonio.
Galopamos todo el día y toda la noche. De cuando en cuando nos paramos y el
hombretón me alarga una botella de anís, de la que bebo un buen trago cada vez.
Al alba, se para. Sale el sol, me da un queso duro como el hierro y dos
galletas, seis hojas de coca, Y. además, me regala una bolsa especial para
llevarlas, hermética, que se ata al cinturón. Me estrecha en sus brazos
palmeándome los hombros como le he visto hacer a Antonio, monta de nuevo en su
caballo y se va a galope tendido.
Los indios
Camino hasta la una de
la tarde. Ya no hay maleza ni árboles en el horizonte. El mar brilla, plateado,
bajo el sol abrasador. Ando descalzo, con los zapatos colgando del hombro
izquierdo. Cuando decido acostarme, a lo lejos me parece percibir cinco o seis
árboles, o rocas, a mucha distancia de la playa. Intento determinar esa
distancia: diez kilómetros, quizá. Saco una gran hoja y, mascándola, reanudo la
marcha con paso bastante rápido. Una hora después, identifico aquellas cinco o
seis cosas: son chozas con techo de paja, o de hojarasca color castaño claro.
De una de ellas sale humo. Luego, veo gente. Me han visto. Percibo los gritos y
los gestos que hace un grupo en dirección del mar. Entonces, veo cuatro lanchas
que se acercan rápidamente y que desembarcan a unas diez personas. Todo el
mundo está reunido delante de las casas y mira hacia mí. Veo claramente que
hombres y mujeres van desnudos, sólo llevan algo que cuelga tapándoles el sexo.
Camino despacio hacia ellos. Tres se apoyan en arcos y empuñan flechas. Ningún
ademán, ni de hostilidad ni de amistad. Un perro ladra y rabiosamente, se
abalanza sobre mí. Me muerde en la pantorrilla, llevándose un trozo de
pantalón. Cuando vuelve a la carga, recibe en el trasero una flechita salida de
no sé dónde, (lo supe después: de una cerbatana), huye aullando y parece que se
mete en una casa. Me acerco cojeando, pues me ha mordido seriamente. Sólo estoy
a diez metros del grupo. Nadie se ha movido ni ha hablado, los niños están
detrás de sus madres. Tienen los cuerpos cobrizos, desnudos, musculosos,
espléndidos. Las mujeres tienen los pechos enhiestos, duros y firmes, con
enormes pezones. Sólo una tiene un pecho enorme, fláccido.
Uno de los indios es
tan noble en su actitud, sus rasgos son tan finos, su raza de una nobleza
incontestable se manifiesta tan claramente, que voy recto hacia él. No lleva
arco ni flechas. Es. tan alto como yo, lleva el pelo bien cortado con un gran
flequillo que le llega hasta las cejas. Sus orejas están tapadas por los
cabellos que, detrás, llegan a la altura del lóbulo de las orejas, negros como
el azabache, casi violáceos. Tiene los ojos de un gris de hierro. Nada de
vello, ni en el pecho, ni en los brazos.. ni en las piernas. Sus muslos
cobrizos son musculosos, así como sus piernas torneadas y finas. Va descalzo.
Me paro a tres metros de él. Entonces, da dos pasos y me mira directamente a
los ojos. El examen dura dos minutos. Ese rostro del que ni un rasgo se mueve,
parece una estatua de cobre de ojos oblicuos.
Luego, me sonríe y me
toca el hombro. Entonces, todo el mundo viene a tocarme y una joven india me
coge de la mano y me lleva a la sombra de una de las chozas. Una vez allí,
arremanga la pernera de mi pantalón. Todo el mundo está en torno de nosotros,
sentados en círculo. Un hombre me tiende un cigarro encendido, lo tomo y me
pongo a fumar. Todo el mundo se ríe de mi modo de fumar, pues ellos, mujeres y
hombres, fuman con la lumbre en la boca. La mordedura ya no sangra, pero un
pedazo de casi la mitad de una moneda de cinco francos ha sido arrancado. La
mujer quita los pelos y luego, cuando todo queda bien depilado, lava la herida
con agua de mar que una pequeña india ha ido a buscar. Con el agua, aprieta
para hacer que la herida sangre. Insatisfecha, rasca cada incisión que ella ha
ensanchado con un trozo de hierro aguzado. Me esfuerzo para no rechistar, pues
todo el mundo me observa. Otra joven india quiere ayudarla, pero ella la
rechaza duramente. Ante ese ademán, todos se echan a reír. Comprendo que ella ha
querido indicar a la otra que le pertenezco exclusivamente y que todos se ríen
por eso. Luego, corta las dos perneras de mis pantalones muy por encima de las
rodillas. Sobre unas piedras prepara algas marinas que le han traído, las pone
sobre la herida y las sujeta con tiras sacadas de mí pantalón. Satisfecha de su
obra, me hace signo de levantarme.
Me pongo en pie y me
quito la chaqueta. En este momento, en la abertura de mi camisa, ella ve una
mariposa que tengo tatuada bajo el cuello. Mira, y luego, al descubrir más
tatuajes, me quita la camisa para verlos mejor. Todos, hombres y mujeres, están
muy interesados por los tatuajes de mi pecho: a la derecha, un disciplinario de
Calvi; a la izquierda, la cara de una mujer; sobre el estómago, unas fauces de
tigre; en la columna vertebral, un gran marino crucificado, y, en toda la
anchura de los riñones, una cacería de tigres con cazadores, palmeras,
elefantes y tigres. Cuando han visto estos tatuajes, los hombres apartan a las
mujeres y, detenida, minuciosamente, tocan, miran cada tatuaje. Después del
jefe, cada cual da su opinión. A partir de este momento, soy adoptado
definitivamente por los hombres. Las mujeres me habían adoptado ya desde el
primer momento, cuando el jefe me sonrió y me tocó el hombro.
Entramos en la choza
más grande y, allí, me quedo completamente desconcertado. La choza es de tierra
apisonada color ladrillo rojo. Tiene ocho puertas, es redonda y, en el
interior, el maderaje sostiene en un rincón hamacas multicolores de pura lana.
En medio, una piedra redonda y plana, y, en torno de esa piedra parda y lisa,
piedras planas para sentarse. En la pared, varias escopetas de dos cañones un
sable militar y, colgados en todas partes, arcos de todos los tamaños. Noto
también un caparazón de tortuga enorme en el que podría acostarse un hombre,
una chimenea hecha con piedras toscas bien colocadas unas sobre otras en un
conjunto homogéneo, sin argamasa. Sobre la mesa, media calabaza con dos o tres
puñados de perlas en el fondo. En una vasija de madera me dan de beber un
brebaje de fruta fermentada, agridulce, muy bueno y, luego, en una hoja de
Plátano, me traen un gran pescado de casi dos kilos, asado a la brasa. Me
invitan a comer y como lentamente. Cuando he terminado el delicioso pescado, la
mujer me coge de la mano y me lleva a la playa, donde me lavo las manos y la
boca con agua del mar. Luego, regresamos. Sentados en corro, con la joven india
a mi lado y su mano sobre mi muslo, intentamos, por gestos y palabras, cambiar
algunos datos sobre nosotros.
De repente, el jefe se
levanta, va hacia el fondo de la choza, vuelve con un trozo de piedra blanca y
hace unos dibujos sobre la mesa. Primero, indios desnudos y su poblado; luego,
el mar. A la derecha del poblado indio, casas con ventanas, hombres y mujeres
vestidos. Los hombres empuñan un fusil o un garrote. A la izquierda, otra
aldea: los hombres, de cara hosca, con fusiles y sombreros, las mujeres
vestidas. Cuando he mirado bien los dibujos, él se percata de que ha olvidado
algo y traza un camino que va del poblado indio al pueblecito de la derecha, y
otro camino a la izquierda, hacia la otra aldea. Para indicarme cuál es su
situación con relación a su poblado, dibuja, del lado venezolano, a la derecha,
un sol representado por un círculo y rayas que salen de todos lados y, del lado
de la aldea colombiana, un sol cortado en el horizonte por una línea sinuosa.
No es posible equivocarse: a un lado, sale el sol; en el otro, se pone. El
joven jefe contempla su obra con orgullo y todo el mundo mira sucesivamente.
Cuando ve que he comprendido bien lo que quería decir, coge la tiza y cubre de
trazos las dos aldeas, sólo su poblado queda intacto. Comprendo que quiere
decir que las gentes de las aldeas son malas, que él no quiere saber nada de
ellas y que sólo su poblado es bueno. ¡A quién se lo dice!
Limpian la mesa con un
trapo de lana mojado. Cuando está seca, me pone en la mano el trozo de tiza,
entonces, me toca a mí contar mi historia en dibujos. Resulta más complicado
que la suya. Dibujo un hombre con las manos atadas junto a dos hombres armados
que le miran; luego, el mismo hombre que corre y los dos hombres que le
persiguen apuntándole con el fusil.
Dibujo tres veces la
misma escena, pero cada vez me pongo más lejos de los perseguidores y, en la
última, los policías están parados mientras yo sigo corriendo hacia su aldea,
que dibujo con los indios y el perro y, delante de todos, al jefe con los brazos
tendidos hacia mí.
Mi dibujo no debía ser
malo, pues, tras extensos parloteos entre los hombres, el jefe abrió los brazos
como en mi dibujo. Había comprendido.
Aquella misma noche, la
india me llevó a su choza, donde vivían seis indias y cuatro indios. Dispuso
una magnífica hamaca de lana multicolor, muy amplia, y en la que podían
acostarse holgadamente dos personas de través. Me había acostado en la hamaca,
pero en sentido longitudinal, cuando ella se acomodó en otra hamaca y se acostó
a lo ancho. Yo hice lo mismo y, entonces, ella vino a acostarse a mi lado. Me
tocó el cuerpo, las orejas, los ojos, la boca con sus dedos largos y delgados,
pero muy rugosos, llenos de heridas cicatrizadas, pequeñas, pero estriadas.
Eran los cortes que se hacen con el coral cuando se zambullen para capturar
ostras perlíferas. Cuando, a mi vez, le acaricio el rostro, me coge la mano,
muy extrañada de encontrarla fina, sin callosidades. Tras pasar una hora en la
hamaca, nos levantamos para ir a la gran choza del jefe. Me dan a examinar las
escopetas, calibres 12 y 16 de Saint-Etienne. Poseen también seis cajas llenas
de cartuchos de perdigones doble cero.
La india es de estatura
media, tiene los ojos color gris hierro como el jefe, su perfil es muy puro, el
pelo, trenzado, con raya en medio, le llega hasta las caderas. Tiene los senos
admirablemente bien formados, altos y en forma de pera. Los pezones son más
oscuros que la piel y muy largos. Para besar, mordisquea; no sabe besar. No
tardo mucho en enseñarle a besar a la civilizada. Cuando caminamos, no quiere
hacerlo a mi lado; por mucho que insista es inútil, camina detrás de mí. Una de
las chozas está deshabitada y en mal estado. Ayudada por las otras mujeres,
arregla el techo de hojas de cocotero y remienda la pared con emplastos de
tierra roja muy arcillosa. Los indios poseen toda suerte de herramientas
cortantes. cuchillos, puñales, machetes, hachas, escardillos y una horca con
púas de hierro. Hay marmitas de cobre, de aluminio, regaderas, cacerolas, una
muela de afilar, un horno, toneles de hierro y de madera. Hamacas
desmesuradamente grandes y de dibujos coloreados muy chillones, color rojo
sangre, azul de prusia, negro betún, amarillo canario. La casa no tarda en
estar terminada y la muchacha empieza a traer cosas que recibe de los otros
indios (hasta un arnés de burro), un trébede para el fuego, una hamaca en la
que podrían acostarse cuatro adultos de través, vasos, botes de hojalata,
cacerolas, etc…
Nos acariciamos
recíprocamente desde los quince días que hace que estoy aquí, pero ella se ha
negado violentamente a llegar hasta el fin. No lo comprendo, pues ella ha sido
quien me provocó y, a la hora de la verdad, dice que no. Nunca se pone ni un
pedazo de tela encima, de no ser el taparrabo, atado en torno de su fino talle
con un cordelito muy delgado, con las nalgas al aire. Sin ceremonia alguna, nos
hemos instalado en la casita, que tiene tres puertas, una en el centro del
círculo, la principal, las otras dos, frente por frente. Esas tres puertas, en
el círculo de la casa redonda, forman un triángulo isósceles. Todas tienen su
razón de ser: yo, debo salir y entrar siempre por la puerta Norte. Ella, debe
salir y volver siempre por la puerta Sur. Yo no debo entrar ni salir por la
suya, ella no debe usar la mía. Por la puerta grande entran los amigos y, yo o
ella, sólo podemos entrar por la puerta grande si recibimos visitas.
Sólo cuando nos hemos
instalado en la casa ha sido mía. No quiero entrar en detalles, pero fue una
amante ardiente y consumada por intuición que se enroscó a mí como un bejuco. A
hurtadillas de todos, sin hacer excepciones, la peino y le trenzo el cabello.
Es muy feliz cuando la peino, una dicha inefable se percibe en su semblante y,
al mismo tiempo, temor de que nos sorprendan, pues comprende que un hombre no
debe peinar a su mujer, ni frotarle las manos con piedra pómez, ni besarle de
cierta manera boca y senos.
Lali, así se llama
ella, y yo estamos, pues, instalados en la casa. Una cosa me asombra, y es que
jamás usa sartenes o cacerolas de hierro o de aluminio, nunca bebe en vaso,
todo lo hace en cazuelas o vasijas de barro cocido hechas por ellos mismos.
La regadera sirve para
lavarse la cara. Para hacer las necesidades, vamos al mar.
Presencio la abertura
de las ostras para buscar perlas. Ese trabajo lo hacen las mujeres mayores.
Cada mujer joven pescadora de perlas tiene su bolsa. Las perlas halladas en las
ostras son repartidas de la manera siguiente: una parte para el jefe que representa
a la comunidad, una parte para el pescador, media parte para la abridora de
ostras y parte y media para la que se zambulle. Cuando vive con su familia, da
las perlas a su tío, el hermano de su padre. Nunca he comprendido por qué es
también el tío el primero que entra en la casa de los novios que van a casarse,
toma el brazo de la mujer, lo pasa en torno del talle del hombre y pone el
brazo derecho del hombre en torno del talle de la mujer, con el índice en el
ombligo de la novia. Una vez hecho eso, se va.
Así es que presencio la
abertura de las ostras, pero no la pesca, pues no me han invitado a subir en
una canoa. Pescan bastante lejos de la costa, casi a quinientos metros. Algunos
días, Lali regresa llena de rasguños en los muslos o en los costillares producidos
por el coral. A veces, de los cortes mana sangre. Entonces, chafa algas marinas
y se frota las heridas con ellas. No hago nada sin que me inviten por signos a
hacerlo. Nunca entro en la casa del jefe si alguien o él mismo no me lleva allí
de la mano. Lali sospecha que tres jóvenes indias de su edad vienen a tumbarse
en la hierba lo más cerca posible de la puerta de casa, para tratar de ver u
oír lo que hacemos cuando estamos solos.
Ayer, vi al indígena
que sirve de enlace entre el poblado de los indios y la primera aglomeración
colombiana, a dos kilómetros del puesto fronterizo. Esa aldea se llama La Vela.
El indio tiene dos borricos y lleva una carabina "Winchester" de repetición;
sin embargo, no lleva ninguna prenda encima, de no ser, como todos, el
taparrabo. No habla ni una palabra de español, así, pues, ¿cómo hace sus
trueques? Con ayuda del diccionario pongo en un papel: Agujas, tinta china azul
y roja e hilo de coser, porque el jefe me pide a menudo que le haga un tatuaje.
Ese indio de enlace es bajito y enjuto. Tiene una tremenda herida en el torso
que empieza en la costilla que está bajo el bulto, atraviesa todo el cuerpo y
termina en el hombro derecho. Esa herida se ha cicatrizado formando una
protuberancia de un dedo de gordo. Meten las perlas en una caja de cigarros. La
caja está dividida en compartimentos y las perlas van en los compartimientos
según el tamaño. Cuando el indio se va, recibo la autorización del jefe para
acompañarle un trecho. De esta forma simplista. para obligarme a regresar, el
jefe me ha prestado una escopeta de dos cañones y seis cartuchos. Está seguro
de que así me veré obligado a volver, convencido de que no me llevaré algo que
no me pertenece. Los asnos van sin carga, por lo que el indio monta en uno y yo
en el otro. Viajamos todo el día por la misma carretera que tomé para venir,
pero, a unos tres o cuatro kilómetros del puesto fronterizo, el indio se pone
de espaldas al mar y se adentra en aquellos parajes.
Sobre las cinco,
llegamos a orillas de un riachuelo donde hay cinco casas de indios. Todos
vienen a verme. El indio habla, habla y habla hasta que llega un tipo a quien
todo ojos, pelo, nariz, etc.— delata como un indio, salvo el color. Es blanco y
descolorido y tiene ojos rojos de albino. Lleva pantalón caqui. Entonces, allí,
comprendo que el indio de mi poblado no irá más lejos. El indio blanco dice:
—Buenos días. ¿Tú eres
el matador que se fue con Antonio? Antonio es compadre mío de sangre.
Para ser compadres de
sangre, dos hombres hacen lo siguiente: se atan los brazos uno al otro y,
luego, cada cual hace una incisión en el brazo del otro. Luego, embadurnan el
brazo del otro con la propia sangre de uno y se lamen recíprocamente la mano
empapada en su sangre.
—¿Qué quieres?
—Agujas, tinta china
roja y azul. Nada más.
—Lo tendrás de aquí a
un cuarto de luna.
Habla el español mejor
que yo y se nota que sabe establecer contacto con los civilizados y realizar
los trueques defendiendo encarnizadamente los intereses de su raza. En el
momento de marcharse, me da un collar hecho con monedas de plata colombiana
montadas, en plata muy blanca. Me dice que es para Lali.
—Vuelve a verme —me
dice el indio blanco.
Para estar seguro de
que volveré, me da un arco.
Me marcho solo, y no he
hecho aún la mitad del camino de regreso, cuando veo a Lali acompañada por una
de sus hermanas, muy joven ella, quizá de doce o trece años. Lali, seguramente,
tendrá dieciséis o diecisiete. Se abalanza sobre mí como una loca me araña el
pecho, pues me tapo la cara con las manos, luego me muerde cruelmente en el
cuello. Me cuesta contenerla aun empleando todas mis fuerzas. Súbitamente, se
calma. Subo a la chiquilla en el asno y yo sigo detrás, abrazado a Lali.
Regresamos despacio al poblado. En el camino, mato una lechuza. Le he disparado
sin saber lo que era, sólo porque he visto unos ojos que brillaban en la
oscuridad. Lali quiere llevársela a toda costa y la cuelga de la silla del
borrico. Llegamos al amanecer. Estoy tan cansado que quiero lavarme. Pero es
Lali quien me lava, y luego, delante de mí, quita el taparrabo a su hermana, la
lava Y. después, se lava ella.
Cuando ambas regresan,
estoy sentado, esperando que hierva el agua que he puesto a calentar para
beberla con limón y azúcar. Entonces, ocurre algo que sólo comprendí mucho más
tarde. Lali empuja a su hermana entre mis piernas y me coge los brazos para que
rodee su talle. Entonces me doy cuenta de que la hermana de Lali no lleva
taparrabo y luce el collar que he dado a ésta. No sé cómo salir de esta
situación tan particular. Suavemente, aparto a la pequeña de mis piernas, la
tomo en brazos y la acuesto en la hamaca. Le quito el collar y se lo pongo a
Lali.
Mucho más tarde,
comprendí que Lali había creído que me estaba informando para irme porque quizá
no era feliz con ella y tal vez su hermanita sabría retenerme. A la mañana
siguiente, despierto con los ojos tapados por la mano de Lali. Es muy tarde,
las once de la mañana. La pequeña ya no está y Lali me mira amorosamente con
sus grandes ojos grises y me muerde dulcemente la comisura de los labios. Es
feliz de hacerme ver que ha comprendido que la quiero y que no me he ido porque
ella no sabía retenerme.
Delante de la casa,
está sentado el indio que suele conducir la canoa de Lali. Comprendo que la
espera. Me sonríe y cierra los ojos en una expresión muy bonita con la que me
dice que sabe que Lali está durmiendo. Me siento a su lado, habla de cosas que
no comprendo. Es extraordinariamente musculoso, joven, fornido como un atleta.
Mira detenidamente mis tatuajes, los examina y, luego, me indica con gestos y
ademanes que le gustaría que le tatuase. Hago un signo afirmativo con la
cabeza, pero se diría que él no cree que sepa hacerlo. Llega Lali. Se ha untado
el cuerpo con aceite. Sabe que eso no me agrada, pero me hace comprender que el
agua, con ese tiempo nuboso, debe de estar muy fría. Esas mímicas, hechas medio
en broma y medio en serio, son tan bonitas, que se las hago repetir varias
veces, simulando que no comprendo. Cuando le hago signo de que vuelva a
hacerlo, ella hace un mohín que significa claramente: "¿Es que eres tonto
o me he vuelto torpe porque me he puesto aceite?"
El jefe pasa delante de
nosotros con dos indias. Estas llevan un enorme lagarto verde de unos cuatro o
cinco kilos, y él, arco y flechas. Acaba de cazarlo y me invita a ir a comerlo
más tarde. Lali le habla y él me toca el hombro y me indica el mar. Comprendo
que puedo ir con Lali si quiero. Nos vamos los tres, Lali, su compañero de
pesca habitual y yo. Una pequeña embarcación muy ligera, hecha con una madera
que parece corcho, es botada al agua con facilidad. Se meten en el agua
llevando la canoa sobre los hombros y avanzan. La botadura es curiosa: el indio
es el primero en subir a popa, con una enorme pagaya en la mano. Lali, con el
agua hasta el busto, aguanta la canoa en equilibrio e impide que retroceda
hacia la playa, yo subo y me sitúo en medio y, luego, de repente, Lali ya está
a bordo, en el momento mismo que, con una estrepada, el indio nos hace avanzar
mar adentro. Las olas se levantan en forma de rodillos, rodillos cada vez más
altos a medida que nos adentramos en la mar. A quinientos o seiscientos metros
de la orilla, encontramos una especie de canal donde ya están pescando dos
embarcaciones. Lali se ha recogido el pelo con cinco tiras de cuero rojo, tres
de través, dos a lo largo, que se ha atado al cuello. Empuñando un gran
cuchillo, Lali sigue la gruesa barra de hierro de unos quince kilos que sirve
de ancla, mandada al fondo por el hombre. La embarcación permanece ancorada,
pero no quieta; a cada embate, sube y baja.
Durante más de tres
horas, Lali se sumerge y remonta del fondo de la mar. El fondo no se ve, pero
por el tiempo que invierte en ello, debe de haber de quince a dieciocho metros.
Cada vez sube ostras en el saco y el indio las vuelca en la canoa. Durante esas
tres horas Lali nunca sube a la canoa. Para descansar, se está de cinco a diez
minutos agarrada a la borda. Hemos cambiado dos veces de sitio sin que Lali
suba. En el segundo sitio el saco vuelve con más ostras, mayores aún. Volvemos
a tierra Lali ha subido a la canoa y la marejada no tarda en empujarnos hacia
la orilla. La vieja india aguarda. Lali y yo dejamos que el indio transporte
las ostras hasta la arena seca. Cuando todas las ostras están allí, Lali impide
que la vieja las abra, pues quiere empezar ella. Con la punta de su cuchillo,
abre rápidamente unas treinta antes de encontrar una perla. Huelga decir que me
zampé por lo menos dos docenas. El agua del fondo debe ser muy fría, pues
aquella carne es fresca. Despacio, Lali saca la perla, gorda como un garbanzo.
Esta perla es más bien de las de gran tamaño que de las medianas. ¡Cómo brilla
esa perla! La Naturaleza le ha dado los tonos más cambiantes sin por eso ser
demasiado chillones. Lali coge la perla con los dedos, se la mete en la boca,
la guarda un momento y, luego, se la quita y la pone en la mía. Con una serie
de gestos de la mandíbula me da a entender que quiere que la triture con los
dientes, y me la trague. Su súplica ante mi primera negativa es tan hermosa que
paso por donde ella quiere: trituro la perla con los dientes y engullo los
restos. Ella abre cuatro o cinco ostras más y me las hace comer, para que la
perla penetre bien dentro de mí. Como un chiquillo, tras haberme tumbado en la
arena, me abre la boca y mira si me han quedado granitos entre los dientes. Nos
vamos, dejando que los otros continúen con el trabajo.
Hace un mes que estoy
aquí. No puedo equivocarme, pues cada día marco en un papel día y fecha. Las
agujas hace tiempo que han llegado, con la tinta china roja, azul y morada. En
la casa del jefe, he descubierto tres navajas de afeitar "Solingen".
Nunca las usa para la barba, pues los indios son barbilampiños. Una de las
navajas sirve para cortar el pelo bien gradualmente. He tatuado a Zato, el
jefe, en el brazo. Le he hecho un indio tocado con plumas multicolores. Está
encantado y me ha dado a entender que no haga tatuajes a nadie antes de hacerle
uno grande a él en el pecho. Quiere la misma cabeza de tigre que llevo yo, con
sus grandes dientes. Me río, no sé dibujar lo suficiente para hacer unas
hermosas fauces. Lali me ha depilado todo el cuerpo. Tan pronto ve un pelo, lo
arranca y me frota con algas marinas previamente machacadas, mezcladas con
ceniza. Después, me parece que los pelos crecen con más dificultad.
Esta comunidad india se
llama guajira. Viven en la costa y en el interior de la llanura, hasta la falda
de las montañas. En las montañas, viven otras comunidades que se denominan
motilones. Años después, tendré tratos con ellos. Los guajiros tienen contacto,
indirectamente, como he explicado, con la civilización, por medio de trueques.
Los indios de la costa entregan al indio blanco sus perlas y también tortugas.
Las tortugas las llevan vivas y llegan a pesar aproximadamente ciento cincuenta
kilos. Nunca alcanzan el peso ni el tamaño de las tortugas del Orinoco o del
Maroni, que llegan a pesar cuatrocientos kilos y cuyo caparazón, a veces tiene
dos metros de largo por uno en su máxima anchura. Puestas patas arriba, las
tortugas no consiguen dar la vuelta. He visto cómo se las llevaban al cabo de
tres semanas de estar de espaldas, sin comer ni beber, pero bien vivas. Los
grandes lagartos verdes son muy buenos para comer. Su carne es deliciosa,
blanca y tierna, y los huevos cocidos en la arena al sol resultan también
sabrosísimos. Sólo su aspecto los hace poco apetitosos.
Cada vez que Lali
pesca, trae a casa las perlas que le corresponden y me las da. Las meto en una
vasija de madera sin escogerlas, grandes, medianas y pequeñas todas juntas.
Aparte, en una caja de fósforos vacía, sólo tengo dos perlas rosas, tres negras
y siete de un gris metálico, extraordinariamente hermosas. También tengo una
perla estrambótica en forma de alubia, casi del tamaño de una alubia blanca o
colorada de nuestro país, Esa perla tiene tres colores superpuestos y, según el
tiempo, uno resalta más que los otros, ora la capa negra, ora la capa acero
bruñido, ora la capa plateada de reflejos rosa. Gracias a las perlas y a
algunas tortugas, la tribu no carece de nada. Sólo que tienen cosas que no les
sirven en absoluto, en tanto que les faltan otras que sí podrían serles útiles.
Por ejemplo, en toda la tribu no hay ni un solo espejo. Ha sido menester que yo
recupere de una embarcación, que sin duda había zozobrado, una chapa cuadrada
de cuarenta centímetros de lado, niquelada en una cara, para que pueda
afeitarme y mirarme.
Mi política respecto a
mis amigos es fácil: no hago nada que pueda menoscabar la autoridad y la
sabiduría del jefe, y menos aún la de un indio muy anciano que vive solo a
cuatro kilómetros tierra adentro, rodeado de serpientes, dos cabras y una
docena de ovejas y carneros. Es el brujo de los diferentes poblados guajiros.
Esa actitud hace que nadie me tenga envidia ni ojeriza. Al cabo de dos meses,
me siento totalmente aceptado por todos. El brujo tiene también una veintena de
gallinas. Dado que en los dos poblados que conozco no hay cabras, ni gallinas,
ni ovejas, ni carneros, tener animales domésticos debe ser privilegio del
brujo. Todas las mañanas, por turno, una india le lleva sobre la cabeza una
canasta llena de pescado y mariscos recién capturados. También le llevan tortas
de maíz hechas por la mañana y tostadas sobre piedras rodeadas de fuego.
Algunas veces, no siempre, regresan con huevos y leche cuajada. Cuando el brujo
quiere que vaya a verle, me manda personalmente tres huevos y un cuchillo de palo
bien pulimentado. Lali me acompaña a mitad de camino y me espera a la sombra de
enormes cactos. La primera vez, me puso el cuchillo de palo en la mano y me
hizo signo de ir en dirección de su brazo.
El viejo indio vive en
medio de una suciedad repugnante, bajo una tienda hecha con pieles de vaca
tensadas, con la parte peluda hacia dentro. En medio hay tres piedras rodeando
un fuego que, al parecer, debe estar siempre encendido. No duerme en hamaca, sino
en una especie de cama hecha con ramas de árboles y a más de un metro sobre el
suelo. La tienda es bastante grande, debe tener unos veinte metros cuadrados.
No tiene paredes, salvo algunas ramas del lado por donde sopla el viento. He
visto dos serpientes, una de casi tres metros, gruesa como el brazo; la otra,
de un metro aproximadamente con una V amarilla en la cabeza. Me digo: «¡La de
pollos y huevos que deben zamparse esas serpientes!» No comprendo cómo, bajo
esta tienda, pueden cobijarse cabras, gallinas, ovejas y hasta el asno. El
viejo indio me examina detenidamente, me hace quitar el pantalón transformado
en short por obra y gracia de Lali y, cuando estoy desnudo como un gusano, me
hace sentar en una piedra, junto al fuego. Sobre el fuego, pone unas hojas
verdes que hacen mucho humo y huelen a menta. El humo me envuelve,
asfixiante> pero apenas toso y espero a que termine la función durante casi
diez minutos. Después, quema mi pantalón y me da dos taparrabos de indio, uno
de piel de carnero y otro de piel de serpiente, suave como un, guante. Me pone
un brazalete de tiras trenzadas de piel de cabra, de carnero y de serpiente.
Tiene diez centímetros de anchura y se sujeta con una tira de cuero de
serpiente que se estira o distiende a voluntad.
En el tobillo
izquierdo, el brujo tiene una úlcera grande como una moneda de dos francos,
cubierta de moscones. De vez en vez los espanta, y cuando le atacan demasiado,
espolvorea la llaga con ceniza. Aceptado por el brujo, me dispongo a marchar
cuando me da un cuchillo de palo más pequeño que el que me manda cuando quiere
verme. Lali me explicará luego que, en caso de que quiera ver al brujo, debo
enviarle ese cuchillito, y que, si él no tiene inconveniente en verme, me
enviará el grande. Dejo al ancianísimo indio tras haber observado lo muy
arrugado que tiene el enjuto rostro y el cuello. En la boca sólo le quedan
cinco dientes, tres abajo y dos arriba, los de delante. Sus ojos, almendrados
como los de todos los indios, tienen los párpados tan cargados de piel que,
cuando los cierra, forman dos bolas redondas. Ni cejas ni pestañas, sólo
cabellos hirsutos y negrísimos que le penden sobre los hombros, bien cortados
en las puntas. Como todos los indios, lleva flequillo hasta las cejas.
Me voy, sintiéndome
cohibido con mis nalgas al aire. Me encuentro muy raro. Pero, ¡qué se le va a
hacer: es la fuga! No hay que gastar bromas con los indios y ser libre bien
vale algunos inconvenientes. Lali contempla el taparrabo y se ríe enseñando
todos los dientes, tan bellos como las perlas que pesca. Examina el brazalete y
el otro slip de serpiente. Para ver si he sido ahumado, me olisquea. El olfato
de los indios está, sea dicho entre paréntesis, muy desarrollado.
Me he acostumbrado a
esa vida y me percato de que no conviene seguir viviendo así mucho tiempo, pues
podría ser que se me fueran las ganas de marcharme. Lali me observa
constantemente, le gustaría verme tomar parte más activa en la vida común. Por
ejemplo, me ha visto salir a pescar peces, sabe que remo muy bien y que manejo
la pequeña y ligera canoa con destreza. De ahí a desear que sea yo quien
conduzca la canoa de pescar perlas no hay más que un paso. Ahora bien, a mí eso
no me conviene. Lali es la mejor buceadora de todas las chicas del poblado, su
embarcación siempre es la que trae las ostras más gordas y en mayor número, lo
que significa que las pesca a mayor profundidad que las otras. Sé también que
el joven pescador que conduce su canoa es hermano del jefe. Si me fuera solo
con Lali, le perjudicaría. Así, pues, no debo hacerlo. Cuando Lali me ve
pensativo, va de nuevo en busca de su hermana. Esta viene alegre, corriendo, y
entra en la casa por mi puerta. Eso debe tener un significado importante. Por ejemplo,
ambas llegan juntas frente a la gran puerta, del lado que da al mar. Allí, se
separan. Lali da una vuelta, entra por su puerta y Zoraima, la pequeña, pasa
por la mía. Los pechos de Zoraima apenas son mayores que mandarinas y sus
cabellos no son largos. Están cortados en ángulo recto a la altura de la
barbilla, el flequillo le cubre las cejas y llega casi al inicio de los
párpados. Cada vez que se presenta así, llamada por su hermana, ambas se bañan
y, al entrar, se despojan de sus taparrabos, que cuelgan en la hamaca. La
pequeña siempre se va de casa muy triste porque no la he tomado. El otro día,
mientras estábamos acostados los tres, con Lali en medio, ésta se levantó y, al
tenderse de nuevo, me dejó pegado AL cuerpo de Zoraima.
El indio asociado a
Lali para la pesca se ha herido en una rodilla, una cortadura profunda y ancha.
Los hombres le han llevado al brujo. Ha vuelto con un emplasto de arcilla
blanca. Esta mañana he ido a pescar, pues, con Lali. La botadura, hecha
exactamente de la misma forma que la otra, ha ido muy bien. La he llevado un
poco más lejos que de costumbre. Lali está radiante de contento al verme con
ella en la canoa. Antes de zambullirse, se unta con aceite. Pienso que en el
fondo, que veo muy negro, el agua debe de estar muy fría. Tres aletas de
tiburón pasan bastante cerca de nosotros, se lo indico, pero ella no les da
ninguna importancia. Son las diez de la mañana, el sol resplandece. Con el saco
enrollado en el brazo izquierdo, el cuchillo en la vaina, bien sujeto al cinto,
se zambulle sin apoyar los pies en la canoa," como haría una persona
corriente. Con inaudita rapidez, desaparece en el fondo del agua oscura. Su
primera zambullida debe"" haber sido de exploración, pues el saco
contiene pocas ostras. Se me ocurre una idea. A bordo, hay un grueso ovillo de
tiras de cuero. Ato el saco, lo doy a Lali y lo desenrollo mientras ella se,
sumerge. Arrastra la tira de cuero consigo. Ha debido comprender la maniobra,
pues, al cabo de un largo rato, sube sin el saco. Aferrada a la embarcación
para descansar de la prolongada inmersión, me hace signo de que tire del saco.
Tiro, tiro, pero el saco se queda enganchado, seguramente entre el coral. Se
zambulle y lo desprende, el saco llega medio lleno, lo vuelco en la canoa. Esta
mañana, en ocho zambullidas de quince metros casi hemos llenado la canoa.
Cuando ella sube a bordo, faltan dos dedos para que el agua penetre en la
embarcación. Cuando quiero levar el ancla, la canoa está tan cargada de ostras
que corremos el peligro de irnos a pique. Entonces, soltamos la soga del ancla
y la atamos a una pagaya que flotará hasta que volvamos. Saltamos a tierra sin
novedad.
La vieja nos espera y
su indio está en la arena seca en el sitio donde, cada vez que pescan, abren
las ostras. De momento, el indio se alegra de que hayamos recogido tantas
ostras. Lali parece explicarle lo que he hecho: atar el saco, lo cual la alivia
para subir y le permite también poner más ostras. El indio mira cómo he atado
el saco y examina detenidamente el nudo. Lo deshace y, al primer intento, lo
repite con toda perfección. Entonces, me mira muy orgulloso de sí mismo.
Al abrir las ostras, la
vieja encuentra trece perlas. Lali, que no suele quedarse nunca para esa
operación y aguarda en casa a que le lleven su parte, se ha quedado hasta que
han abierto la última ostra. Me zampo unas tres docenas, Lali cinco o seis. La vieja
hace las tres partes. Las perlas son más o menos de igual tamaño, como
guisantes. Hace un montoncito de tres perlas para el jefe, luego de tres perlas
para mí, de dos perlas para ella y de cinco perlas para Lali. Lali coge las
tres perlas y me las da. Las tomo y se las tiendo al indio herido. No quiere
aceptarlas, pero le abro la mano y vuelvo a cerrársela sobre las perlas.
Entonces, acepta. Su mujer y su hija observan la escena a distancia de nuestro
grupo, y ellas, que estaban silenciosas, se echan a reír y se reúnen con
nosotros. Ayudo a llevar al pescador a su choza.
Esta escena se ha
repetido durante casi dos semanas. Cada vez entrego las perlas al pescador.
Ayer, sin embargo, me guardé una perla de las seis que me correspondían. Al
llegar a casa, he obligado a Lali a comérsela. Estaba loca de alegría y cantó
toda la tarde. De vez en cuando, voy a ver al indio blanco. Me dice que le
llame Zorrillo, pues éste es su nombre en español. Me dice que el jefe le ha
encargado preguntarme por qué no le hago el tatuaje con las fauces del tigre,
le explico que es porque no sé dibujar bien. Con ayuda del diccionario, le pido
que me traiga un espejo rectangular del tamaño de mi pecho, papel transparente,
un pincel fino, una botella de tinta y papel carbón y, si no lo encuentra, un
lápiz graso. Le digo también que me traiga ropas de mi talla y que las deje en
su casa, junto con tres camisas caqui. Me entero de que la Policía le ha
interrogado acerca de mí y de Antonio. Les ha dicho que pasé a Venezuela por el
monte y que Antonio fue mordido por una serpiente y murió. También sabe que los
franceses están encarcelados en Santa Marta.
En la casa de Zorrillo
hay las mismas cosas heterogéneas que en la del jefe: un gran montón de vasijas
de barro decoradas con esos dibujos tan caros a los indios, cerámicas muy
artísticas tanto por sus formas como por sus dibujos y coloridos, magníficas hamacas
de lana pura, unas completamente blancas, otras de colores, con flecos; pieles
curtidas de serpientes, de lagartos, de sapos—búfalos enormes; cestas de
bejucos blancos y otras de bejucos coloreados. "Todos estos objetos —me
dice— están hechos por indios de la misma raza que la de mi tribu, sólo que
viven en los bosques de tierra adentro, a veinticinco días de marcha de
aquí." De ese mismo sitio proceden las hojas de coca, de las que me da más
de veinte. Cuando esté triste, mascaré una. Dejo a Zorrillo tras pedirle que,
si puede, me traiga todo lo que le he apuntado, más algunos diarios o revistas
en español, pues con mi diccionario lo he aprendido mucho en dos meses. No
tiene noticias de Antonio, sólo sabe que ha habido otro encuentro entre guardacostas
y contrabandistas. Cinco guardacostas y un contrabandista han muerto, la
embarcación no ha sido capturada. En el poblado nunca he visto una gota de
alcohol, de no ser ese mejunje fermentado hecho a base de frutas. Veo una
botella de anís y se la pido..Se niega. Si quiero, puedo bebérmela aquí mismo,
pero no llevármela. Ese albino es prudente.
Dejo a Zorrillo y me
voy con un asno que me ha prestado y que mañana volverá por sí solo a la casa.
Nada más me llevo un gran paquete de bombones de todos los colores, cada uno
envuelto en papel fino, y sesenta paquetes de cigarrillos. Lali me espera a más
de tres kilómetros del poblado, con su hermana, no me hace ninguna escena y
acepta caminar a mi lado, enlazada. De vez en cuando, se para y me besa a la
civilizada en la boca. Cuando llegamos, voy a ver al jefe y le ofrezco los
bombones y los cigarrillos. Estamos sentados ante la puerta, cara al mar.
Tomamos bebida fermentada conservada fresca en jarras de barro. Lali está a mi
derecha, rodeándome el muslo con los brazos, y su hermana a mi izquierda en
igual postura. Comen bombones. El paquete está abierto delante de nosotros y
las mujeres y los niños se sirven discretamente. El jefe empuja la cabeza de
Zoraima hacia la mía y me hace comprender que ella quiere ser mi mujer como
Lali. Lali hace ademanes sobre sus pechos Y. luego, indica que Zoraima tiene
los pechos pequeños y que por eso no la quiero. Me encojo de hombros y todos se
ríen. Zoraima parece muy desgraciada. Entonces, la tomo en brazos, rodeándole
el cuello y le acaricio los senos; ella está radiante de felicidad. Fumo
cigarrillos. Algunos indios los prueban, pero los tiran en seguida, para volver
a su cigarro, con el fuego en la boca. Cojo a Lali del brazo para irme tras
haber saludado a todo el mundo. Lali camina detrás de mí y Zoraima detrás de
ésta. Asamos grandes pescados, que siempre son suculentos. He puesto al fuego
una langosta de unos dos kilos. Comemos esa carne delicada con deleite.
He recibido el espejo,
el papel fino y el papel de calco, un tubo de pegamento que no había pedido,
pero que puede serme útil, varios lápices grasos semiduros, el tintero y el
pincel. Coloco el espejo colgado de un cordel a la altura de mi pecho cuando estoy
sentado. En el espejo se refleja netamente, con todos sus detalles y del mismo
tamaño, mi cabeza de tigre. Lali y Zoraima, curiosas e interesadas, me
contemplan. Sigo los trazos con el pincel, pero como la tinta resbala recurro
al pegamento: mezclo pegamento con tinta. A partir de ahora, todo va bien. En
tres sesiones de una hora, consigo tener en el espejo la réplica exacta de la
cabeza del tigre.
Lali ha ido a buscar al
jefe. Zoraima me coge las manos y me las pone sobre sus pechos. Parece tan
infeliz y enamorada, sus ojos están tan henchidos de deseo y de amor que, sin
saber muy bien lo que me hago, la poseo allí mismo, en el suelo, en medio de la
choza. Ha gemido un poco, pero su cuerpo, vibrante de placer, se enrosca al mío
y no quiere soltarme. Suavemente, me deshago y voy a bañarme en el mar, pues
estoy manchado de tierra. Ella viene detrás de mí y nos bañamos juntos. Le
froto la espalda, ella me frota piernas y brazos. Después, volvemos hacia la
casa. Lali está sentada en el sitio donde yo y su hermana nos habíamos tendido.
Cuando entramos, ella ha comprendido. Se levanta, me rodea el cuello con los
brazos y me besa tiernamente. Luego, coge a su hermana del brazo y la hace
salir por mi puerta, vuelve y sale por la suya. Oigo golpes afuera, salgo y veo
a Lali, Zoraima y otras dos mujeres que intentan horadar el muro con un hierro.
Comprendo que quieren hacer una cuarta puerta. Para que el muro se abra sin
resquebrajar el resto, lo mojan con la regadera. En poco tiempo, la puerta está
hecha. Zoraima empuja los escombros hacia fuera. En adelante, sólo ella saldrá
y entrará por esa abertura, nunca más usará la mía.
Ha venido el jefe
acompañado de tres indios y de su hermano, cuya pierna casi ya está
cicatrizada. Ve el dibujo en el espejo y se mira. Está maravillado de ver el
tigre tan bien dibujado y de ver también su propio rostro. No comprende lo que
quiero hacer. Como todo está seco pongo el espejo sobre la mesa, el papel
transparente encima y empiezo a copiar. Es rápido, resulta fácil. El lápiz
semiduro sigue fielmente todos los trazos. En menos de media hora, ante las
miradas interesadas de todos, logro un dibujo tan perfecto como el original.
Uno tras otro, todos cogen el papel y lo examinan, comparando el tigre de mi
pecho con el del dibujo. Hago tender a Lali sobre la mesa, la mojo muy
ligeramente con un trapo humedecido, le pongo una hoja de calco sobre el vientre
y, encima, la hoja que acabo de dibujar. Hago algunos trazos y el asombro de
todos llega al colmo cuando ven trazado en el vientre de Lali una pequeña parte
del dibujo. Tan sólo entonces comprende el jefe que todo ese trabajo que me doy
es para él.
Los seres que carecen
de la hipocresía que da la educación del mundo civilizado reaccionan con
naturalidad, tal como perciben las cosas. Es en lo inmediato que están
contentos o descontentos, alegres o tristes, interesados o indiferentes. La
superioridad de indios puros como esos guajiros es impresionante. Nos superan
en todo, pues si aceptan a alguien, todo cuanto tiene es de el y, a su vez,
cuando reciben la más pequeña atención de esa persona, en su ser hipersensible,
se conmueven profundamente. He decidido hacer los grandes rasgos con navaja, de
modo que a la primera sesión los contornos del dibujo queden fijados
definitivamente por un primer tatuaje. Después, repicaré encima con tres agujas
sujetas a una varita. El día siguiente, me pongo al trabajo.
Zato está tumbado sobre
la mesa. Tras haber calcado el dibujo del papel fino sobre otro papel blanco
más resistente, con un lápiz duro lo calco sobre su piel, preparada ya con una
leche de arcilla blanca que he dejado secar. El calco sale al pelo, y dejo que
se seque bien. El jefe está tendido en la mesa, tieso, sin rechistar ni mover
la cabeza por el mucho miedo que tiene de estropear el dibujo que le hago ver
en el espejo. Hago todos los trazos con navaja. Cada vez que brota sangre,
aunque ligeramente, enjugo. Cuando todo está bien repasado y finas líneas rojas
han sustituido el dibujo, embadurno todo el pecho con tinta china. La tinta
prende difícilmente, rechazada por la sangre, en los sitios donde he hincado
demasiado, pero casi todo el dibujo resalta maravillosamente. Ocho días
después, Zato tiene sus fauces de tígre bien abiertas con su lengua rosa, sus
dientes blancos, su nariz y sus bigotes negros, así como sus ojos. Estoy
contento de mi obra: es más bonita que mi tatuaje y sus tonos, más vivos. Cuando
se desprenden las costras, repico algunos sitios con las agujas. Zato está tan
contento, que ha pedido seis espejos a Zorrillo, uno para cada choza, y dos
para la suya.
Pasan los días, las
semanas, los meses. Estamos en el mes de abril, hace cuatro meses que estoy
aquí. Mi salud es excelente. Estoy fuerte y mis pies, acostumbrados a caminar
descalzos, me permiten hacer largas marchas sin cansarme cuando cazo grandes
lagartos. He olvidado decir que, después de mi primera visita al brujo, pedí a
Zorrillo que me trajese tintura de yodo, agua oxigenada, algodón, hilas,
tabletas de quinina y "Stovarsol". En el hospital había visto a un
presidiario con una úlcera tan grande como la del brujo. Chatal el enfermero,
chafaba una pastilla de "Stovarsol" y se la ponía encima. Tuve todo
lo que pedí más una pomada que por su cuenta y riesgo me trajo Zorrillo. Mandé
el cuchillito de palo al brujo, quien me respondió enviándome el suyo. Tardé
mucho en convencerle de que se dejase curar. Pero, al cabo de algunas visitas,
la úlcera estaba reducida a la mitad. Después, él continuó solo el tratamiento
y, un buen día, me mandó el gran cuchillo para que fuese a ver que estaba
completamente curado. Nadie supo nunca que le había curado yo.
Mis mujeres no me
sueltan. Cuando Lali está de pesca, Zoraima está conmigo. Si Zoraima va a
zambullirse, Lali me hace compañía.
Zato ha tenido un hijo.
Su mujer ha ido a la playa en el momento de los dolores, ha escogido un gran
peñasco que la pone a resguardo de las miradas de todos, otra mujer de Zato le
lleva una gran cesta con galletas, agua dulce y papelón (azúcar sin refinar
pardo, en panes de dos kilos). Debe de haber dado a luz sobre las cuatro de la
tarde, pues, al ponerse el sol, daba grandes gritos mientras se acercaba al
poblado con su crío en vilo. Zato sabe, antes de que ella llegue, que es varón.
Creo comprender que si es hembra, en vez de alzar al crío en el aire y gritar
gozosamente, llega sin gritar, con el crío en brazos, sin levantarlos. Lali me
lo explica con gestos y ademanes. La india avanza; luego, tras haber alzado al
crío, se para. Zato tiende los brazos, gritando, pero sin moverse. Entonces,
ella avanza unos cuantos metros más, levanta al crío en el aire, grita y vuelve
a pararse. Zato vuelve a gritar y tiende los brazos. Eso, cinco o seis veces
durante los treinta o cuarenta últimos metros. Zato sigue sin moverse del
umbral de su choza. Está delante de la gran puerta, con toda la gente a derecha
e izquierda. La madre se ha parado, está a cinco o seis pasos tan sólo, levanta
en vilo a su crío y grita. Entonces Zato avanza, coge al crío por los sobacos,
lo levanta a su vez en vilo, se vuelve hacia el Este y grita tres veces
levantándolo también tres veces. Luego, se sienta, con el crío en el brazo
derecho, lo inclina sobre el pecho y le mete la cabeza bajo su sobaco tapándolo
con su brazo izquierdo. Sin volverse, se mete en la choza por la puerta grande.
Todo el mundo le sigue, la madre es la última en entrar. Nos hemos bebido todo
el vino fermentado que había.
Durante toda la semana
riegan mañana y tarde frente a la choza de Zato. Luego, hombres y mujeres
apisonan la tierra golpeando con los talones o la planta de los pies. Así,
hacen un círculo muy grande de tierra arcillosa roja perfectamente apisonada.
El día siguiente, montan una gran tienda de pieles de buey y adivino que habrá
una fiesta. Bajo la tienda, grandes vasijas de barro cocido se llenan de su
bebida preferida, tal vez veinte enormes jarras. Colocan piedras y, en torno,
leña seca y verde cuya pila aumenta cada día. Mucha de esa leña ha sido traída
hace tiempo por mar, es seca, blanca y limpia. Hay troncos muy gruesos que a
saber cuándo han sido sacados del agua. Sobre las piedras, han plantado dos
horcas de madera de la misma altura: son las bases de un enorme espetón. Cuatro
tortugas patas arriba, más de treinta enormes lagartos, vivos, con las uñas de
sus patas entrelazadas, de tal manera que no pueden escaparse, dos carneros,
todas esas vituallas esperan ser sacrificadas y comidas. Hay quizá dos mil
huevos de tortuga.
Una mañana, llegan unos
quince jinetes, todos indios con collares en torno al cuello, sombreros de paja
muy anchos, taparrabos, muslos, pantorrillas, pies y nalgas al aire, y una
chaqueta de pieles de carnero vuelta, sin mangas. Todos llevan un enorme puñal
al cinto; dos, una escopeta de caza de dos cañones; el jefe, una carabina de
repetición y también una magnífica chaqueta con mangas de cuero negro y un
cinto lleno de balas. Los caballos son magníficos, pequeños, pero muy
nerviosos, todos tordos. Detrás, en la grupa, llevan un haz de hierbas secas.
Han anunciado su llegada desde muy lejos disparando sus armas, pero como iban a
galope tendido, se han encontrado en seguida junto a nos otros. El jefe se
parece extrañamente, si bien es algo más viejo, a Zato y a su hermano. Una vez
ha descabalgado de su pura sangre, se acerca a Zato y ambos se tocan el hombro
mutuamente. Entra solo en la casa y vuelve con el indio detrás y el crío en
brazos. Lo presenta levantado en vilo a todos, y, luego, hace el mismo gesto que
Zato: tras haberlo presentado al Este, donde sale el sol, lo oculta bajo su
sobaco y el antebrazo izquierdo y entra de nuevo en la casa. Entonces todos los
jinetes echan pie a tierra, traban un poco más lejos a los caballos con el haz
de hierba colgado al cuello de cada uno. Hacia mediodía, llegan unas indias en
un enorme carromato tirado por cuatro caballos. El carretero es Zorrillo. En el
carromato, hay tal vez veinte indias, todas jóvenes, y siete u ocho chiquillos.
Antes de que llegue
Zorrillo, he sido presentado a todos los jinetes, empezando por el jefe. Zato
me hace observar que su dedo pequeño del pie izquierdo está torcido y pasa por
encima del otro dedo. Su hermano tiene la misma particularidad y el jefe que acaba
de llegar, también. Después, me hace ver bajo el brazo de cada uno la misma
mancha negra, una especie de lunar. He comprendido que el recién llegado es
padre de ellos. Los tatuajes de Zato son muy admirados por todo el mundo, sobre
todo la cabeza de tigre. Todas las indias que acaban de llegar tienen dibujos
de todos los colores en sus cuerpos y caras. Lali pone algunos collares de
trozos de coral en torno del cuello de algunas, y a las otras, collares de
conchas. Hay una india admirable, más alta que las otras, de estatura mediana.
Tiene perfil de italiana, parece un camafeo. Su pelo es negro violáceo, sus
ojos, verde jade, inmensos, con pestañas muy largas y cejas arqueadas. Lleva el
pelo cortado a la india, con flequillo, y la raya en medio partiéndolo en dos,
de forma que cae a derecha e izquierda tapándole las orejas. En medio del
cuello están cortados a diez centímetros justos. Sus pechos de mármol arrancan
juntos y se abren armoniosamente.
Lali me la presenta y
la hace entrar en casa con Zoraima y otra india jovencísima que lleva vasijas y
una especie de pinceles. En efecto, las visitantes deben pintar a las indias de
mi poblado. Presencio la obra maestra que la guapa chica pinta sobre Lali y
Zoraima. Sus pinceles están hechos con una varita con un pedazo de lana en el
extremo. Para hacer sus dibujos los moja en diferentes colores. Entonces, tomo
mi pincel y, partiendo del ombligo de Lali, hago una planta con dos ramas cada
una de las cuales va a la base del pecho; luego pinto pétalos de color rosa, y
el pezón, de amarillo. Diríase una flor medio abierta, con su pistilo. Las
otras tres quieren que les haga lo mismo. Tengo que preguntárselo a Zorrillo.
Acude y me dice que puedo pintarlas como quiera desde el momento que ellas
están de acuerdo. ¡Lo que llego a hacer! Durante más de dos horas, he pintado
los pechos de las jóvenes visitantes y los de las demás. Zoraima exige tener
exactamente la misma pintura que Lali. Entretanto, los indios han asado los
carneros en el espetón, y dos tortugas cuecen a trozos sobre las brasas. Su
carne es roja y hermosa, parece de buey.
Estoy sentado al lado
de Zato y de su padre, bajo la tienda. Los hombres comen a un lado, las mujeres
en el otro, salvo las que nos sirven. La fiesta termina con una especie de
danza, muy avanzada la noche. Para bailar, un indio toca una flauta de madera
que emite tonos agudos poco variados y golpea dos tambores de piel de carnero.
Muchos indios e indias están borrachos, pero no se produce ningún incidente
desagradable. El brujo ha venido montado en su asno. Todo el mundo mira la
cicatriz rosa que hay en el sitio de la úlcera, esa úlcera que todo el mundo
conocía. Por lo que es una verdadera sorpresa verla cicatrizada. Sólo Zorrillo
y yo sabemos a qué atenernos. Zorrillo me explica que el jefe de la tribu que
ha venido es el padre de Zato y que le llaman Justo. El es quien juzga los
conflictos que surgen entre gente de su tribu y de las otras tribus de raza
guajira. Me dice también que cuando hay desavenencias con otra raza de indios,
los iapos, se reúnen para discutir si van a hacer la guerra o a arreglar las
cosas amigablemente. Cuando un indio es muerto por otro de la otra tribu, se
ponen de acuerdo, para evitar la guerra, en que el homicida pague el muerto de
la otra tribu. Algunas veces, se paga hasta doscientas cabezas de ganado, pues
en las montañas y en su falda todas las tribus poseen muchas vacas y bueyes.
Desgraciadamente, nunca las vacunan contra la fiebre aftosa y las epidemias
matan cantidades considerables de reses. Por una parte es bueno, dice Zorrillo,
pues sin esas enfermedades tendrían demasiadas. Ese ganado no puede ser vendido
oficialmente en Colombia o en Venezuela, tiene que quedarse siempre en
territorio indio por miedo que lleve la fiebre aftosa a ambos países. Pero,
dice Zorrillo, por los montes hay un gran contrabando de manadas.
El jefe visitante,
justo, me hace decir por Zorrillo que vaya a verle en su poblado, donde tiene,
al parecer, casi cien chozas. Me dice que vaya con Lali y Zoraima, que me dará
una choza para nosotros y que no nos llevemos nada, pues tendré todo lo necesario.
Me dice que me lleve solamente mi material de tatuaje para hacerle también un
tigre a él. Se quita su muñequera de cuero negro y me la da. Según Zorrillo, es
un gesto importante que significa que él es mi amigo y que no tendrá fuerza
para negarse a mis deseos. Me pregunta si quiero un caballo, le digo que sí,
pero que no puedo aceptarlo, pues aquí apenas hay hierba. Dice que Lali o
Zoraima pueden, cada vez que sea necesario, ir a media jornada de caballo.
Explica dónde es y que allí hay hierba alta y buena. Acepto el caballo, que me
mandará, dice, pronto.
Aprovecho esta larga
visita de Zorrillo para decirle que tengo confianza en él, que espero que no me
traicione delatando mi idea de ir a Venezuela o a Colombia. Me describe los
peligros de los treinta primeros kilómetros fronterizos. Según los informes de
los contrabandistas, el lado venezolano es más peligroso que el lado
colombiano. Por otra parte, él mismo podría acompañarme al lado de Colombia
casi hasta Santa Marta, y añade que ya he hecho el camino y que, en su opinión,
Colombia es más indicada. Estaría de acuerdo en que comprase otro diccionario,
o más bien libros de lecciones de español donde hay frases
"standard". Según el, si aprendiese a tartamudear muy fuerte, sería
una gran ventaja, pues la gente se pondría nerviosa escuchándome y ella misma
acabaría las frases sin prestar demasiada atención al acento y a la dicción.
Quedó decidido, me traerá libros y un mapa lo más detallado posible, y, cuando
haga falta, también se encargará de vender mis perlas contra dinero colombiano.
Zorrillo me explica que los indios, empezando por el jefe, no pueden menos que
estar de mi parte en mi decisión de irme, puesto que lo deseo. Sentirán mi
marcha, pero comprenderán que es normal que trate de volver con los míos. Lo
difícil será Zoraima y, sobre todo Lali. Tanto una como otra, pero sobre todo
Lali, son muy capaces de matarme de un tiro. Por otra parte, también por
Zorrillo, me entero de algo que ignoraba: Zoraima está encinta. No he notado
nada, por lo que me he quedado estupefacto.
La fiesta ha terminado,
todo el mundo se ha ido, la tienda de pieles es desmontada, todo vuelve a
quedar como antes, al menos en apariencia. He recibido el caballo, un magnífico
tordo de larga cola que casi llega al suelo y una crin de un gris platinado maravilloso.
Lali y Zoraima no están nada contentas y el brujo me manda llamar para decirme
que Lali y Zoraima le han preguntado si podían darle sin peligro vidrio
machacado al caballo para que así se muera. Les ha dicho que no hicieran tal
cosa porque yo estaba protegido por no sé qué santo indio y que, entonces, el
vidrio iría a parar al vientre de ellas. Añade que, a su parecer, ya no hay
peligro, pero que no está seguro. Tengo que andar con cuidado. ¿Y en lo que se
refiere a mí personalmente? No, dice él. Si ven que me dispongo en serio a
marcharme, todo lo más que pueden hacer, sobre todo Lali, es matarme de un tiro
de escopeta. ¿Puedo intentar convencerlas de que me dejen ir diciendo que
volveré? Eso sí que no, nunca dar a entender que quiero marcharme.
El brujo ha podido
decirme todo eso porque, el mismo día, ha hecho venir a Zorrillo, que ha hecho
de intérprete. Las cosas son demasiado graves para no tomar todas las
precauciones, concluye diciendo Zorrillo. Vuelvo a casa. Zorrillo ha ido a la
del brujo y se ha marchado por un camino distinto del mío. Nadie en el poblado
sabe que el brujo me ha mandado llamar al mismo tiempo que a Zorrillo.
Ya han pasado seis
meses y tengo prisa por irme. Un día, vuelvo a casa y encuentro a Lali y
Zoraima inclinadas sobre el mapa. Tratan de entender qué representan esos
dibujos. Lo que les preocupa es el dibujo con las flechas que indican los
cuatro puntos cardinales. Están desconcertadas, pero adivinan que ese papel
tiene algo muy importante que ver con nuestra vida.
El vientre de Zoraima
ha empezado a hacerse muy voluminoso. Lali está un poco celosa y me obliga a
hacer el amor a no importa qué hora del día o de la noche y en cualquier sitio
propicio, Zoraima también reclama hacer el amor, pero, afortunadamente, sólo de
noche. He ido a ver a justo, el padre de Zato. Lali y Zoraima me han
acompañado. Me he valido del dibujo, que por suerte había guardado, para calcar
las fauces del tigre en su pecho. En seis días ha quedado listo, pues la
primera costra cayó pronto gracias a un lavado que él mismo se hizo con agua
mezclada con trozos de cal viva. justo está tan contento que se contempla en el
espejo varias veces al día. Durante mi estancia, ha venido Zorrillo. Con mi
autorización ha hablado a Justo de mi proyecto, pues yo quisiera que me
cambiase el caballo. Los caballos de, los guajiros, tordos, no existen en
Colombia, pero justo tiene tres caballos alazanes colombianos. Tan pronto justo
conoce mis proyectos, manda a buscar los caballos. Escojo el que me parece más
manso, y justo lo hace ensillar, poner estribos y un freno de hierro, pues los
suyos carecen de silla y, por freno, llevan un hueso. Tras haberme equipado a
la colombiana, justo me pone en las manos las bridas de cuero marrón y luego,
delante de mí, le cuenta a Zorrillo treinta y nueve monedas de oro de cien
pesos cada una. Zorrillo debe guardarlas y entregármelas el día que me vaya.
Quiere darme su carabina de repetición "Manchester", rehúso y,
además, Zorrillo dice que no puedo entrar armado en Colombia. Entonces, Justo
me da dos flechas de un dedo de largo, envueltas en lana y encerradas en una
pequeña funda, de cuero. Zorrillo me dice que son flechas emponzoñadas, con
veneno muy violento y muy raro.
Zorrillo nunca había
visto ni tenido flechas envenenadas. Tiene que guardarlas hasta mi marcha. No
sé como hacer para expresar lo agradecido que estoy de tanta magnificencia por
parte de Justo. Este me dice que, a través de Zorrillo, sabe algo de mí vida, y
que la parte que ignora debe ser pródiga, pues soy un hombre entero; que es la
primera vez que ha conocido a un hombre blanco, que antes les tenía a todos por
enemigos, pero que ahora les querrá y tratará de conocer a otro hombre como yo.
—Reflexiona dice—,
antes de irte a otra tierra donde tienes muchos enemigos, cuando en esta tierra
en que estamos sólo tienes amigos.
Me dice que Zato y él
cuidarán de Lali y Zoraima, que el hijo de Zoraima siempre tendrá un lugar de
honor, sí es chico, naturalmente, en la tribu.
—No quisiera que te
fueses. Quédate y te daré la bella india que conociste en la fiesta. Es hija
mía y te ama. Podrás quedarte aquí conmigo. Tendrás una gran choza y las vacas
y bueyes que quieras.
Dejo a ese hombre
magnífico y vuelvo a mi poblado. Durante el trayecto, Lali no ha dicho palabra.
Está sentada detrás de mí en el caballo alazán. La silla le lastima los muslos,
pero no ha dicho nada durante todo el viaje. Zorrillo se ha ido a su poblado
por otro camino. Por la noche, hace un poco de frío. Pongo a Lali una chaqueta
de piel de camero que justo me ha dado. Ella se deja vestir sin decir palabra
ni expresar nada. Ni un gesto. Acepta la chaqueta, sin más. Aunque el trote del
caballo es un poco fuerte, no me coge del talle para sostenerse. Cuando
llegamos al poblado y voy a saludar a Zato, ella se va con el caballo, lo ata a
la casa, con un manojo de hierba delante, sin quitarle la silla ni el freno.
Tras haber pasado una hora larga con Zato, vuelvo a casa.
Cuando están tristes,
los indios, y sobre todo las indias, tienen un rostro hermético, ni un músculo
de su rostro se mueve, sus ojos están anegados de tristeza. Jamás lloran.
Pueden gemir, pero no lloran. Al moverme, he lastimado el vientre de Zoraima, el
dolor le hace soltar un grito. Entonces, me levanto, temeroso de que suceda
otra vez, y voy a acostarme en otra hamaca. Esta hamaca cuelga muy baja, me
tiendo, pues, y noto que alguien la toca. Finjo dormir. Lali se sienta en un
tronco de árbol y me mira sin moverse. Un momento después, siento la presencia
de Zoraima: tiene la costumbre de perfumarse chafando flores de naranjo y
frotándose la piel con ellas. Esas flores las compra, mediante trueques, en
bolsitas a una india que, de vez en cuando, viene al poblado. Cuando despierto
ambas siguen ahí, quietas. Ya ha salido el sol, son casi las ocho. Las llevo a
la playa y me tumbo en la arena seca. Lali está sentada, así como Zoraima.
Acaricio los pechos y el vientre de Zoraima, que sigue de mármol. Tumbo a Lali
y la beso, ella aprieta los labios. El pescador ha venido a esperar a Lali. Le
ha bastado ver su cara para comprender, se ha retirado. Estoy verdaderamente
apesadumbrado y no sé qué hacer, sino acariciarlas y besarlas para demostrarles
que las quiero. Ni una palabra sale de sus bocas.
Estoy en verdad turbado
por tanto dolor ante la simple idea de lo que será la vida de ellas cuando me
haya marchado. Lali quiere hacer el amor a la fuerza. Se me entrega con una
especie de desesperación. ¿Cuál es el motivo? Sólo puede haber uno: intenta
quedar encinta de mí.
Por primera vez,. esta
mañana, he visto un gesto de celos hacia Zoraima. Acariciaba el vientre y los
senos de Zoraima y ella me mordisqueaba el lóbulo de las orejas. Estábamos
tumbados en la playa, en una hondonada bien resguardada, sobre la fina arena. Lali
ha llegado, ha cogido a su hermana del brazo, le ha pasado la mano sobre su
vientre hinchado y, luego, sobre el suyo, liso y aplastado. Zoraima se ha
levantado y, como queriendo decir: tienes razón, le ha dejado el sitio a mi
lado.
Las mujeres me hacen la
comida todos los días, pero ellas no comen nada. Hace tres días que no han
comido nada. He tomado el caballo y he estado a punto de cometer una falta
grave, la primera en más de cinco meses: me he ido sin permiso a visitar al
brujo. En el camino, he reflexionado y, en vez de ir directamente a su casa, he
pasado varias veces a unos doscientos metros de su tienda. Me ha visto y me ha
hecho signo de que me acercase. Como he podido, le he hecho comprender que Lali
y Zoraima no querían comer. Me da una especie de nuez que debo poner en el agua
potable de la casa. Vuelvo y pongo la nuez en la gran jarra. Han bebido varias
veces, pero ni aun así comen. Lali ya no va a pescar. Hoy, después de cuatro
días de completo ayuno, ha hecho una verdadera locura: ha ido, sin embarcación,
a nado, a casi doscientos metros de la orilla, y ha vuelto con treinta ostras
para que me las coma. Su desesperación me turba hasta el punto de que yo casi
tampoco como. Hace seis días que dura esta situación. Lali está acostada, con
fiebre. En seis días, sólo se ha tomado el zumo de algunos limones. Zoraima
come sólo una vez al día, hacia las doce. Yo no sé qué hacer. Estoy sentado al
lado de Lali. Ella está tendida en el suelo sobre una hamaca que he doblado
para hacerle una especie de colchón; contempla el techo de la casa sin moverse.
La miro, miro a Zoraima con su vientre hinchado y, no sé exactamente por qué,
rompo a llorar. ¿Por mí? ¿Por ellas? ¡Vete a saber! Lloro, gruesas —lágrimas me
resbalan por las mejillas. Zoraima, al verlas, se pone a gemir y, entonces,
Lali vuelve la cabeza y me ve llorando. Bruscamente, se levanta, se sienta
entre mis piernas, gimiendo quedamente. Me besa y me acaricia. Zoraima me ha
rodeado los hombros con el brazo y Lali se pone a hablar, habla mientras gime y
Zoraima le contesta. Parece hacerle reproches a Lali. Lali toma un trozo de
azúcar del tamaño de un puño, me muestra que lo diluye en agua y se la traga en
dos sorbos. Luego, sale con Zoraima, oigo que tiran del caballo que encuentro
ensillado cuando salgo, con el freno puesto y las bridas atadas al pomo de la
silla. Pongo la chaqueta de camero para Zoraima y, en la silla, Lali pone,
doblada, una hamaca. Zoraima monta delante, casi sobre el cuello del caballo,
yo en medio y Lali detrás. Estoy tan desorientado que me voy sin saludar a
nadie ni avisar al jefe.
Lali tira de la brida
pues, creyendo que íbamos a casa del brujo, yo había tomado esa dirección. No,
Lali tira de la brida y dice: "Zorrillo." Durante el camino, bien
aferrada a mi cintura, me besa varias veces en el cuello. Yo sostengo las bridas
con la izquierda y con la derecha acaricio a mi Zoraima. Llegamos al poblado de
Zorrillo cuando él acaba de regresar de Colombia con tres asnos y un caballo
cargado hasta los topes. Entramos en la casa. Lali es la primera en hablar,
luego Zoraima.
Y he aquí lo que me
explica Zorrillo: hasta el momento que lloré, Lali creía que yo era un blanco
que no le concedía ninguna importancia. Que iba a marcharme, eso Lali lo sabía,
pero que yo era falso como la serpiente, puesto que nunca se lo había dicho ni
dado a entender. Dice que estaba profundamente decepcionada, pues sabía que una
india como ella podía hacer feliz a un hombre, que un hombre satisfecho no se
va, que pensaba que no había razón para seguir viviendo tras un fracaso tan
grave. Zoraima dice lo mismo, y además que tenía miedo de que su hijo saliese
al padre: un hombre sin palabra, falso, que pediría a sus mujeres cosas tan
difíciles de hacer, que ellas, que darían su vida por él, no podrían
comprender. ¿Por qué huía de ella como si fuese el perro que me mordió el día
de mi llegada? Contesté:
—¿Qué harías, Lali, si
tu padre estuviese enfermo?
—Caminaría sobre
espinas para ir a cuidarle.
—¿Qué harías, si te
hubiesen cazado como a una bestia para matarte, el día que no pudieras
defenderte?
—Buscaría a mi enemigo
en todas partes, para enterrarle tan hondo que ni siquiera pudiera revolverse
en su hoyo.
—Una vez cumplidas
todas esas cosas, ¿qué harías si tuvieses dos maravillosas mujeres que te
esperan?
—Regresaría a caballo.
—Es lo que haré, puedes
estar segura.
—¿Y, si cuando vuelvas,
soy vieja y fea?
—Volveré mucho antes de
que seas fea y vieja.
—Sí, has dejado que
brote agua de tus ojos, Nunca podrás hacer eso adrede. Puedes irte cuando
quieras, pero debes irte a la luz del día, delante de todo el mundo y no como
un ladrón. Debes irte como viniste, a la misma hora de la tarde, enteramente
vestido. Debes decir quién ha de velar por nosotras día y noche.. Zato es el
jefe, pero tiene que haber otro hombre que vele por nosotras. Debes decir que
la casa sigue siendo tu casa, que ningún hombre salvo tu hijo, si es un hombre
lo que haya en el vientre de Zoraima, ningún hombre, pues, debe entrar en tu
casa. Para eso, Zorrillo debe venir el día que te vayas. Para que diga todo lo
que tú tengas que decir.
Hemos dormido en casa
de Zorrillo. Ha sido una noche deliciosamente tierna y dulce. Los murmullos,
los ruidos de las bocas de esas dos hijas de la naturaleza tenían sonidos de
amor tan turbadores, que estaba conmovido. Hemos vuelto a caballo los tres, despacio
a causa del vientre de Zoraima. Debo irme ocho días después de la primera luna,
pues Lady quiere decirme si es seguro que está encinta. La luna pasada, no tuvo
la regla. Tiene miedo de equivocarse, pero si esta luna sigue sin ver sangre,
entonces es que un hijo está germinando. Zorrillo debe traer todas las ropas
que he de ponerme: tengo que vestirme allí tras haber hablado como guajiro, es
decir, desnudo. La víspera, deberemos ir a ver al brujo los tres. El nos dirá
si en la casa deben cerrar mi puerta o dejarla abierta. Ese regreso lento, a
causa del vientre de Zoraima, no ha sido empañado por ninguna tristeza. Ellas
dos prefieren saberlo, que quedar abandonadas y en ridículo ante las mujeres y
los hombres del poblado. Cuando Zoraima tenga su hijo, tomará un pescador para
sacar muchas perlas que me guardará. Lali pescará más tiempo todos los días
para estar ocupada también. Siento no haber aprendido a decir más de una docena
de palabras en guajiro. ¡Les diría tantas cosas que no pueden ser dichas a través
de un intérprete! llegamos. Lo primero que debemos hacer es ver a Zato para
darle a entender que siento haberme ido sin decir nada. Zato es tan noble como
su hermano. Antes de que hable, ya me ha puesto la mano en el cuello y dice:
"Gil (cállate)." La luna nueva será dentro de unos doce días. Con los
ocho que debo aguardar después, dentro de veinte días estaré en camino.
Mientras vuelvo a mirar
el mapa, cambiando ciertos detalles en la forma de pasar los poblados, pienso
de nuevo en lo que me ha dicho Justo. ¿Dónde seré más feliz que aquí, donde
todo el mundo me quiere? ¿No voy a labrarme mi propia desgracia volviendo a la
civilización? El futuro lo dirá.
Estas tres semanas han
pasado como un soplo. Lali ha tenido la prueba de que está encinta. Van a ser
dos o tres hijos los que esperen mi regreso. ¿Por qué tres? Ella me dice que su
madre ha tenido gemelos dos veces. Hemos ido a casa del brujo. No, no deben
cerrar la puerta. Sólo deben poner una rama de árbol atravesada. La hamaca en
la que dormíamos los tres debe ser tendida del techo de la choza. Ellas dos
deben dormir siempre juntas, pues no son más que una. Luego, nos hace sentar
junto a la lumbre, le echa hojas verdes y nos envuelve en humo durante más de
diez minutos. Nos hemos vuelto a casa, a esperar a Zorrillo, quien, en efecto,
llega aquella misma noche. En torno de la lumbre, delante de mi choza, hemos
pasado toda la velada hablando. A cada uno de los indios les he dicho, a través
de Zorrillo, una palabra amable y cada uno, a su vez, contestaba también algo.
Al salir el sol, me he retirado con Lali y Zoraima. Hemos hecho el amor durante
todo el día. Zoraima se pone encima de mí para sentirme mejor dentro de ella y
Lali se enrosca como una hiedra clavada en su sexo que late como un corazón.
Por la tarde, me marcho. Traducido por Zorrillo, digo:
—Zato, gran jefe de
esta tribu que me ha acogido, que me lo ha dado todo, debo decirte que es
necesario que me permitas que os deje para muchas lunas.
—¿Por qué quieres dejar
a tus amigos?
—Porque es necesario
que vaya a castigar a quienes me persiguieron como a una fiera. Gracias a ti,
he podido, en tu poblado, estar a resguardo, he podido vivir dichoso, comer
bien, tener amigos nobles, mujeres que han puesto sol en mi pecho. Pero eso no debe
transformar a un hombre como yo en un animal que, por haber hallado refugio
cálido y bueno, se queda en el toda la vida por miedo de tener que sufrir
luchando. Voy a afrontar a mis enemigos, voy a ver a mi padre, que me necesita.
Aquí dejo mi alma, en mis mujeres Lali y Zoraima, en los hijos fruto de nuestra
unión. Mi choza es de ellas y de mis hijos que nacerán. Espero que tú, Zato, si
alguien lo olvidara, se lo recuerdes. Pido que, además de tu vigilancia
personal, un hombre que se llama Usli proteja día y noche a mi familia. Os he
querido mucho a todos y siempre os querré. Voy a hacer todo lo que pueda para
regresar muy pronto. Si muero en el cumplimiento de mi deber, mi pensamiento
irá hacia vosotros, Lali, Zoraima y mis hijos, y a vosotros, indios guajiros,
que sois mi familia.
Entro en mi choza
seguido por Lali y Zoraima. Me visto: camisa y pantalón caqui, calcetines,
botas hasta media pierna.
Durante mucho rato he
vuelto la cabeza para ver trozo a trozo ese poblado idílico en el que he pasado
seis meses. Esta tribu guajira tan temida, tanto por las otras tribus como por
los blancos, ha sido para mí un puerto donde respirar, un refugio sin igual
contra la maldad de los hombres. En él he encontrado amor, paz, tranquilidad y
nobleza. Adiós, guajiros, indios salvajes de la península colombo—venezolana.
Por suerte, tu vasto territorio es disputado y libre de toda injerencia de las
dos civilizaciones que te rodean. Tu salvaje forma de vivir y de defenderte me
ha enseñado una cosa muy importante para el futuro: que vale más ser un indio
salvaje que un magistrado licenciado en Letras.
Adiós, Lali y Zoraima,
mujeres incomparables, de reacciones tan próximas a la naturaleza, sin cálculo,
espontáneas y que, en el momento de irme, con toda sencillez, han puesto en un
talego de lona todas las perlas que había en la choza. Volveré, estoy seguro,
de ello. ¿Cuándo? ¿Cómo? No lo sé, pero me prometo regresar.
Hacia el final de la
tarde, Zorrillo monta a caballo y salimos en dirección de Colombia. Llevo un
sombrero de paja. Camino tirando a mi caballo de la brida. Todos los indios de
la tribu, sin excepción, se tapan la "cara con el brazo izquierdo y extienden
hacia mí el brazo derecho. De este modo, me significan que no quieren verme
partir, que eso les causa demasiada pena y levantan la mano como haciendo
ademán de retenerme. Lali y Zoraima me acompañan casi cien metros. Creí que
iban a besarme cuando, bruscamente, lanzando alaridos, se han ido corriendo
hacia nuestra casa, sin volverse.
QUINTO CUADERNO.
RETORNO A LA CIVILIZACIÓN
Prisión de Santa Marta
Salir del territorio de
la Guajira india no resulta difícil y cruzamos sin novedad los puestos
fronterizos de La Vela. A caballo, podemos recorrer en dos días lo que yo
necesité tanto tiempo para hacer con Antonio. Pero no sólo hay peligro en esos
puestos fronterizos, también existe una faja de más de ciento veinte kilómetros
hasta Río Hacha, la aldea de donde me evadí.
Con Zorrillo a mi lado,
he hecho mi primera experiencia de conversación en una especie de posada donde
venden bebidas y comida, con un paisano colombiano. No he salido mal del paso
y, tal como me había dicho Zorrillo, tartamudear fuerte ayuda mucho a disimular
el acento y la forma de hablar.
Hemos reanudado la
marcha hasta Santa Marta. Zorrillo debe dejarme a mitad de camino y, esta misma
mañana, se volverá atrás.
Zorrillo me ha dejado.
Hemos decidido que él se llevaría el caballo. En efecto, poseer un caballo es
tener un domicilio, pertenecer a un poblado determinado y, entonces, correr el
riesgo de verse obligado a contestar preguntas embarazosas: ¿Conoce usted a
Fulano? ¿Cómo se llama el alcalde? ¿Qué es de la señora? ¿Quién es el amo de la
fonda?
No, vale más que siga a
pie, viajar en camión o autocar y, después de Santa Marta, en tren. En esta
región debo ser un forastero para todo el mundo, un forastero que trabaja en
cualquier sitio o hace cualquier cosa.
Zorrillo me ha cambiado
tres monedas de oro de cien pesos. Me ha dado mil pesos. Un buen obrero gana de
ocho a diez pesos diarios, así pues, tengo con qué mantenerme bastante tiempo.
Me he subido a un camión que va hasta muy cerca de Santa Marta, puerto de
bastante importancia, a ciento veinte kilómetros aproximadamente de donde me ha
dejado Zorrillo. Ese camión va a buscar cabras o chotos, no lo sé muy bien.
Cada seis o diez
kilómetros, siempre hay una taberna. El chófer se apea y me invita. Me invita,
pero pago yo. Y cada vez se toma cinco o seis copas de un alcohol de fuego. Yo
finjo que me tomo una. Cuando hemos recorrido unos cincuenta kilómetros, está borracho
como una cuba. Está tan ebrio, que se equivoca de carretera y se mete en un
camino fangoso donde el camión se atasca y del que no podemos salir. El
colombiano no se preocupa: se tumba en el camión, atrás, y me dice que yo
duerma en la cabina. No sé qué hacer. Faltan todavía cuarenta kilómetros para
Santa Marta. Estar con él no impedirá que sea interrogado por quienes
encontremos, y pese a las numerosas paradas, voy más de prisa que a pie.
Por lo que, al
amanecer, decido dormir. Sale el sol, son casi las siete. De pronto, se acerca
una carreta tirada por dos caballos. El camión le impide pasar. Me despiertan,
creyendo que soy el chófer, puesto que estoy en la cabina. Tartajeando, me hago
el adormilado que, al despertar bruscamente, no sabe bien dónde está.
El chófer despierta y
discute con el carretero. Tras varios intentos no consiguen sacar el camión.
Tiene barro hasta los ejes, no hay nada que hacer. En la carreta van dos monjas
vestidas de negro, con sus tocas, y tres niñas. Después de bastantes discusiones,
los dos hombres se ponen de acuerdo para desbrozar un espacio de maleza a fin
de que la carreta, con una rueda sobre la carretera y la otra en la parte
desbrozada, salve ese espacio de veinte metros aproximadamente.
Cada cual con un
machete, cortan todo lo que molestaba y yo lo coloco en el camino con el fin de
disminuir la altura y también para proteger el carro, que peligra hundirse en
el barro. Al cabo de dos horas aproximadamente, el paso está hecho. Entonces, las
monjas, tras haberme dado las gracias, me preguntan adónde voy. Digo:
—A Santa Marta.
—Pero, no va usted por
el buen camino, tiene que volver atrás con nosotros. Le llevaremos muy cerca de
Santa Marta, a ocho kilómetros.
No puedo rehusar,
parecería anormal. Por otro lado, hubiese querido decir que me quedo con el
camionero para ayudarle, pero ante la dificultad de tener que hablar tanto,
prefiero decir:
—Gracias, gracias.
Y heme aquí en la
trasera de la carreta con las tres niñas; las dos monjas están sentadas en el
banco, al lado del carretero.
Nos vamos, bastante de
prisa para recorrer los cinco o seis kilómetros que por error hicimos con el
camión. Una vez en la buena carretera, vamos a bastante velocidad y hacia
mediodía,
nos paramos en una
posada para comer. Las tres niñas y el carretero en una mesa, y las dos monjas
y yo en la mesa contigua. Las monjas son jóvenes, de veinticinco a treinta
años. De piel muy blanca. Una es española, la otra, irlandesa. Dulcemente, la
irlandesa me pregunta:
—¿Usted no es de aquí,
verdad?
—Sí, soy de
Barranquilla.
—No, no es usted
colombiano, sus cabellos son demasiado claros y su tez es oscura porque está
tostado por el sol. ¿De dónde viene usted?
—De Río Hacha.
—¿Qué hacía allí?
—De electricista.
—¡Ah! Tengo un amigo en
la Compañía de electricidad, se llama Pérez, es español. ¿Lo conoce usted?
—Sí.
—Me alegro.
Al terminar el
almuerzo, se levantan para ir a lavarse las manos y la irlandesa vuelve sola.
Me mira y luego, en francés, dice:
—No le delataré, pero
mi compañera dice que ha visto su fotografía en un periódico. ¿Es usted el
francés que se fugó de la prisión de Río Hacha, verdad?
Negar sería aún más
grave.
—Sí, hermana. Se lo
ruego, no me denuncie. No soy la mala persona que dicen. Quiero a Dios y le
respeto.
Llega la española y la
otra le dice:
—Sí.
Ella contesta muy
rápidamente algo que no entiendo— Ambas parecen reflexionar, se levantan y van
otra vez a los lavabos. Durante los cinco minutos que dura su ausencia,
reacciono rápidamente. ¿Debo irme antes de que vuelvan, debo quedarme? Si
piensan denunciarme lo mismo da, pues si me voy, no tardarán en dar conmigo.
Esta región no tiene ninguna selva demasiado espesa y los accesos a los caminos
que llevan a las ciudades seguramente pronto estarían vigilados. Voy a confiar
en el destino que, hasta hoy, no me ha sido contrario.
Vuelven muy sonrientes.
La irlandesa me pregunta cómo me llamo.
—Enrique.
—Bien, Enrique, irá
usted con nosotras hasta el convento al que nos dirigimos, que está a ocho
kilómetros de Santa Marta. Con nosotras en la carreta no tiene nada que temer
durante el trayecto. No hable, todo el mundo creerá que es usted un trabajador
del convento.
Las hermanas pagan la
comida de todos. Compro un cartón de doce paquetes de cigarrillos y un
encendedor de yesca. Nos vamos. Durante todo el trayecto, las hermanas no me
dirigen la palabra y se lo agradezco. Así, el carretero no nota que hablo mal.
Al final de la tarde, nos paramos delante de una gran posada. Hay un coche de
línea en el que leo: "Río Hacha - Santa Marta." Me dan ganas de
tomarlo. Me acerco a la monja irlandesa y le comunico mi intención de utilizar
ese autocar.
—Es muy peligroso dice
ella—, pues antes de llegar a Santa Marta hay por lo menos dos puestos de
Policía donde piden a los pasajeros su cédula, lo cual no pasará en la carreta.
Le doy las gracias
vivamente y, entonces, la angustia que tenía desde que ellas me descubrieron
desaparece por completo. Era, por el contrario, una suerte inaudita para mí
haber encontrado a las buenas hermanitas. En efecto, a la caída de la noche,
llegamos a un puesto de Policía [en español alcabala (sic)]. Un coche de línea,
procedente de Santa Marta con destino a Río Hacha, era registrado por la
Policía. Estoy tumbado de espaldas en la carreta, con el sombrero de paja sobre
la cara, fingiendo, dormir. Una niña de unos ocho años tiene reclinada su
cabeza en mi hombro y duerme de veras. Cuando la carreta pasa, el carretero
para sus caballos entre el auto y el puesto.
—¿Cómo están por aquí?
—dice la hermana española.
—Muy bien, hermana.
—Me alegro, vámonos,
muchachos. Nos vamos tranquilamente.
A las diez de la noche,
otro puesto, muy iluminado. Dos filas de vehículos de todas clases esperan,
parados. Una viene de derecha; la nuestra, de la izquierda. Abren los
portaequipajes los automóviles y miran dentro. Veo a una mujer, obligada a
apearse, que hurga en su bolso. Es llevada al puesto de Policía. Probablemente,
no tiene cédula. En tal caso, no hay nada que hacer, los vehículos pasan uno
tras otro. Como hay dos filas, no puede haber un paso de favor. Por falta de
espacio, hay que resignarse a aguardar. Me veo perdido. Delante de nosotros,
hay un microbús atestado de pasajeros. Arriba, en el techo, maletas y grandes
paquetes. Atrás, también una especie de gran red llena de paquetes. Cuatro
policías hacen bajar a los pasajeros. Ese autocar sólo tiene una portezuela
delantera. Hombres y mujeres se apean. Algunas mujeres con sus críos en brazos.
Uno a uno, vuelven a subir.
—¡Cédula! ¡Cédula!
Y todos salen y enseñan
una tarjeta con su foto.
Zorrillo nunca me había
hablado de eso. De haberlo sabido, quizás habría podido tratar de procurarme
una cédula falsa. Pienso que si paso este puesto, pagaré lo que sea, pero me
haré con una cédula antes de viajar desde Santa Marta a Barranquilla, ciudad
muy importante en la costa atlántica.
¡Dios mío, cuánto tarda
la operación de este autocar! La irlandesa se vuelve hacia mí:
—Esté tranquilo,
Enrique.
Inmediatamente, le
guardo rencor por esa frase imprudente, pues el carretero la habrá oído.
Nuestra carreta avanza
a su vez en la luz deslumbrante. He decidido sentarme. Pienso que, tumbado,
puedo dar la impresión que me escondo. Estoy adosado a las tablas de la carreta
y miro hacia las espaldas de las hermanas. Sólo pueden verme de perfil y llevo
el sombrero bastante calado, pero sin exagerar:
—¿Cómo están todos por
aquí? —repite la hermanita española.
—Muy bien, hermanas. ¿Y
cómo viajan tan tarde?
—Por una urgencia, por
eso no me detengo. Somos muy apuradas. (sic)
—Vayan con Dios,
hermanas.
—Gracias, hijos. Que
Dios les proteja.
—Amén —dicen los
policías.
Y pasamos
tranquilamente sin que nadie nos pregunte nada. Las emociones de los minutos
pasados deben haberles revuelto las tripas a las hermanitas, pues, cien metros
más allá, hacen parar el vehículo para bajar y perderse un momento en la
maleza. Reemprendemos la marcha. Me pongo a fumar. Estoy tan emocionado que,
cuando la irlandesa sube, le digo:
—Gracias, hermana.
Ella me dice:
—No hay de qué, pero
hemos pasado tanto miedo que se nos ha descompuesto el vientre.
Hacia medianoche,
llegamos al convento. Una gran tapia, un gran portón. El carretero lleva los
caballos y la carreta a la cuadra y las tres niñas son conducidas al interior
del convento. En la escalinata del patio, se entabla una acalorada discusión
entre la hermana portera y las dos hermanas. La irlandesa me dice que no quiere
despertar a la madre superiora para pedirle autorización DE que yo duerma en el
convento. En este momento, me falta decisión. Hubiese debido aprovechar el
incidente para retirarme y salir hacia Santa Marta, puesto que sabía que sólo
distaba ocho kilómetros.
Aquel error me costó
más tarde siete años de presidio.
Por fin, despertada la
madre superiora, me han dado una habitación en el segundo piso. Desde la
ventana veo las luces de la ciudad. Distingo el faro y las luces de posición.
Del puerto sale un gran buque.
Me duermo, y el sol ha
salido ya cuando llaman a mi puerta. He tenido una pesadilla atroz. Lali se
abría el vientre delante de mí y nuestro hijo salía de su vientre a pedazos.
Me afeito y me aseo
rápidamente. Bajo. Al pie de la escalera, está la hermana irlandesa, que me
recibe con una leve sonrisa:
—Buenos días, Henri.
¿Ha dormido usted bien?
—Sí, hermana.
—Venga, por favor, al
despacho de nuestra madre. Quiere verle.
Entramos. Una mujer
está sentada detrás de su escritorio. Tiene el semblante sumamente severo, es
una persona de unos cincuenta años, tal vez más. Me mira con ojos oscuros, sin
amenidad.
—Señor, ¿sabe usted
hablar español?
—Muy poco.
—Entonces, la hermana
nos servirá de intérprete.
—Me han dicho que es
usted francés.
—Sí madre.
—¿Se ha evadido de la
prisión de Río Hacha?
—Sí madre.
—¿Cuánto tiempo hace de
esto?
—Siete meses,
aproximadamente.
—¿Qué ha hecho usted
durante ese tiempo?
—He estado con los
indios.
—¿Cómo? ¿Usted, con los
guajiros? No es admisible. Esos salvajes jamás han admitido a nadie en su
territorio. Ni un solo misionero ha podido penetrar en él, figúrese. No acepto
esa respuesta. ¿Dónde estaba usted? Diga la verdad.
—Madre, estaba con los
indios y puedo probárselo.
—¿Cómo?
—Con perlas pescadas
por ellos.
Desprendo mi bolsa, que
está prendida en medio de la espalda de la chaqueta, y se la entrego. La abre y
saca un puñado de perlas.
—¿Cuántas hay?
—No lo sé, quinientas o
seiscientas, tal vez. Más o menos.
—Eso no prueba nada.
Puede usted haberlas robado en otro sitio.
—Madre, para
tranquilidad de su conciencia, si usted lo desea, me quedaré aquí el tiempo
necesario para que pueda informarse de si de verdad robé esas perlas. Tengo
dinero. Podría pagar mi pensión. Le prometo no moverme de mi habitación hasta
el día que usted decida lo contrario.
Me mira muy fijamente.
Pienso que debe decirse: "¿Y si te fugas? Te has fugado de la cárcel,
figúrate cuánto más fácil te será de aquí."
—Le dejaré la bolsa de
perlas, que es toda mi fortuna. Sé que estará en buenas manos.
—Bien, conforme. No, no
tiene por qué quedarse encerrado en su habitación. Mañana y tarde, puede bajar
al jardín cuando mis hijas estén en la capilla. Comerá en la cocina con la
servidumbre.
Salgo de esta
entrevista medio tranquilizado. Cuando me dispongo a subir a mi cuarto, la
hermana irlandesa me lleva a la cocina. Un gran bol de café con leche, pan
moreno muy tierno y mantequilla. La hermana asiste a mi desayuno sin decir
palabra y sin sentarse, de pie ante mí. Pone expresión preocupada.
Digo:
—Gracias, hermana por
todo lo que ha hecho por mí.
—Me gustaría hacer más,
pero ya no puedo, amigo Henri.
Y, tras estas palabras,
sale de la cocina.
Sentado junto a la
ventana, contemplo la ciudad, el puerto, el mar. La campiña, en torno, está
bien cultivada. No puedo quitarme la impresión de que estoy en peligro. Hasta
tal punto que decido fugarme por la noche. ¡Tanto peor para las perlas! ¡Que la
madre superiora se las quede para el convento o para sí misma! No confía en mí
y, por lo demás, no debo engañarme, pues, ¿cómo es posible que no hable
francés, una catalana, madre superiora de un convento y, por lo tanto,
instruida? Es muy extraño. Conclusión: esta noche me iré.
Sí, esta tarde bajaré
al patio para ver el sitio por donde puedo saltar la tapia. Sobre la una llaman
a mi puerta.
—Haga el favor de bajar
a comer, Henri.
—VOY en seguida,
gracias.
Sentado en la mesa de
la cocina, apenas empiezo a servirme carne con patatas hervidas, cuando la
puerta se abre de golpe y aparecen, armados de fusiles, cuatro policías con
uniformes blancos y uno con galones empuñando una pistola.
—¡No te muevas o te
mato!
Me ponen las esposas.
La hermana irlandesa suelta un grito y se desmaya. Dos hermanas de la cocina la
incorporan.
—Vamos dice el jefe.
Suben al cuarto
conmigo. Me registran el hatillo y enseguida encuentran las treinta y seis
monedas de oro de cien pesos que aún me quedan, pero no se fijan en el
alfiletero con las dos flechas. Han debido creer que eran lápices. Con
indisimulada satisfacción, el jefe se mete en el bolsillo las monedas de oro.
Nos vamos. En el patio, un coche.
Los cinco policías y yo
nos hacinamos en el cacharro y salimos a toda velocidad, conducidos por un
chófer vestido de policía, negro como el carbón. Estoy aniquilado y no
protesto; trato de mantenerme digno. No hay por qué pedir compasión ni perdón.
Sé hombre y piensa que nunca debes perder la esperanza. Todo eso pasa
rápidamente por mi cabeza. Y cuando bajo del coche, estoy tan decidido a
parecer un hombre y no una piltrafa y lo consigo de tal modo que la primera
frase del oficial que me examina es para decir:
—Ese francés tiene
temple, no parece afectarle mucho estar en nuestras manos.
Entro en su despacho.
Me quito el sombrero y, sin que me lo digan, me siento, con mi hatillo entre
los pies.
—¿Sabes hablar español?
—No.
—Llame al zapatero.
Unos instantes después,
llega un hombrecillo con mandil azul y un martillo de zapatero en la mano.
—Tú eres el francés que
se evadió de Río Hacha hace un año, ¿verdad?
—No.
—Mientes.
—No miento. No soy el
francés que se evadió de Río Hacha hace un año.
—Quitadle las esposas.
Quítate la chaqueta y la camisa.
Toma un papel y mira.
Todos los tatuajes están anotados.
—Te falta el pulgar de
la mano derecha. Sí. Entonces, eres tú.
—No, no soy yo, pues no
me fui hace un año. Me fui hace siete meses.
—Da lo mismo.
—Para ti, sí, pero no
para mí.
—Ya veo: eres el
matador modelo. No importa ser francés o colombiano, todos los matadores son
iguales: indomables. Yo sólo soy el segundo comandante de esta prisión. No sé
qué van a hacer contigo. Por el momento, te pondré con tus antiguos compañeros.
—¿Qué compañeros?
—Los franceses que
trajiste a Colombia.
Sigo a los policías que
me conducen a un calabozo cuyas rejas dan al patio. Encuentro a mis cinco
camaradas. Nos abrazamos.
—Te creíamos a salvo,
amigo —dice Clousiot.
Maturette llora como el
chiquillo que es. Los otros tres también están consternados. Verles de nuevo me
infunde ánimos.
—Cuéntanos—me dicen.
—Más tarde. ¿Y
vosotros?
—Nosotros estamos aquí
desde hace tres meses.
—¿Os tratan bien?
—Ni bien ni mal.
Esperamos que nos trasladen a Barranquilla donde, al parecer, nos entregarán a
las autoridades francesas.
—¡Hatajo de canallas!
¿Posibilidades de fugarse?
—¡Acabas de llegar y ya
piensas en evadirte!
—¡Pues no faltaba más!
¿Crees que abandono la partida así como así? ¿Sois vigilados?
—De día no mucho pero
por la noche tenemos una guardia especial.
—¿Cuántos?
—Tres vigilantes.
—¿Y tu pierna?
—Va bien, ni siquiera
cojeo.
—¿Siempre estáis
encerrados?
—No, nos paseamos por
el patio al sol, dos horas por la mañana y tres horas por la tarde.
—¿Qué tal son los otros
presos colombianos?
—Al parecer, hay tipos
muy peligrosos, tanto entre los ladrones como entre los matadores.
Por la tarde, estoy en
el patio, hablando aparte con Clousiot, cuando me llaman. Sigo al policía y
entro en el mismo despacho de la mañana. Encuentro al comandante de la prisión
acompañado por el que ya me había interrogado. La silla de honor está ocupada
por un hombre muy oscuro, casi negro. Su piel es más propia de un negro que de
un indio. Su pelo corto, rizado, es pelo de negro. Tiene casi cincuenta años,
ojos oscuros y malévolos. Un bigote muy recortado domina un abultado labio en
una boca colérica. Lleva la camisa desabrochada, sin corbata. A la izquierda,
la cinta verde y blanca de una condecoración cualquiera. El zapatero también
está presente.
—Francés, has sido
detenido otra vez al cabo de siete meses de evasión. ¿Qué has hecho durante ese
tiempo?
—He estado con los
guajiros.
—No me tomes el pelo o
voy a hacer que te castiguen.
—He dicho la verdad.
—Nadie ha vivido nunca
con los indios. Sólo este año, han matado a más de veinticinco guardacostas.
—No señor, a los
guardacostas los han matado los contrabandistas.
—¿Cómo lo sabes?
—He vivido siete meses
allí. Los guajiros nunca salen de su territorio.
—Bien, quizá sea
verdad. ¿Dónde robaste las treinta y seis monedas de cien pesos?
—Son mías. El jefe de
una tribu de la montaña, llamado Justo, me las dio.
—¿Cómo puede un indio
haber conseguido esa fortuna y habértela dado?
Oiga, jefe, ¿acaso ha
habido algún robo de cien pesos en oro?
—No, es verdad. En los partes
no figura tal robo. Sin embargo, nos informaremos.
—Háganlo, será en mi
favor.
—Francés, cometiste una
grave falta al evadirte de la prisión de Río Hacha, y una falta más grave aún
haciendo evadir a un hombre como Antonio, quien iba a ser fusilado por haber
matado a varios guardacostas. Ahora sabemos que también eres buscado por Francia,
donde debes cumplir cadena perpetua. Eres un matador peligroso. Por lo tanto,
no voy a correr el riesgo de que te fugues de aquí, alojándote con los otros
franceses. Estarás encerrado en un calabozo hasta tu marcha hacia Barranquilla.
Las monedas de oro te serán devueltas si alguien no ha denunciado su robo.
Salgo y me llevan a una
escalera que conduce al sótano. Tras haber bajado más de veinticinco peldaños,
llegamos a un pasillo muy poco alumbrado donde, a derecha e izquierda, hay
jaulas. Abren un calabozo y me empujan dentro. Cuando la puerta que da al pasillo
se cierra, un hedor a podrido sube de un piso de tierra viscosa. Me llaman de
todos lados. Cada agujero enrejado contiene uno, dos o tres presos.
—¡Francés, francés!
¿Qué has hecho? ¿Por qué estás aquí? ¿Sabes que estos calabozos son los
calabozos de la muerte?
—¡Callaos! Dejad que
hable! —grita una voz.
—Sí, soy francés. Estoy
aquí porque me fugué de la prisión de Río Hacha.
MI galimatías español
es comprendido perfectamente por ellos.
—Pon atención a eso,
francés, escucha: al fondo de tu calabozo hay una tabla. Es para dormir. A la
derecha, tienes una lata con agua. No la malgastes, pues te dan muy poca cada
mañana y no puedes pedir más. A la izquierda, tienes un cubo para hacer tus necesidades.
Tápalo con tu chaqueta. Aquí no necesitas chaqueta, hace mucho calor, pero tapa
el cubo para que apeste menos. Todos nosotros tapamos nuestros cubos con las
ropas.
Me acerco a la reja
tratando de distinguir las caras. Sólo puedo percibir a los dos de enfrente,
pegados a las rejas, con las piernas fuera. Uno es de tipo indo español, se
parece a los primeros policías que me detuvieron en Río Hacha; el otro un negro
muy claro, bien parecido y joven. El negro me advierte que, a cada marea, el
agua sube hasta los calabozos. No debo asustarme porque nunca sube más arriba
del vientre. No debo atrapar las ratas que puedan subirse encima de mí, sino
darles un golpe. No debo atraparlas nunca si no quiero que me muerdan. Le
pregunto:
—¿Cuánto tiempo llevas
en ese calabozo?
—Dos meses.
—¿Y los demás?
—Nunca más de tres
meses. El que pasa tres meses y no sale, es que ha de morir aquí.
—¿Cuánto hace que está
aquí el que lleva más tiempo?
—Ocho meses, pero no le
queda mucho tiempo de vida. Hace ya un mes que sólo puede ponerse de rodillas.
No puede levantarse. El día que haya una marea fuerte, morirá ahogado.
—Pero, ¿es que tu país
es un país de salvajes?
—Yo no te he dicho que
fuésemos civilizados. El tuyo tampoco es civilizado, puesto que estás condenado
a perpetuidad. Aquí, en Colombia, o veinte años, o la muerte. Pero nunca a
perpetuidad.
—Vaya, en todas partes
ocurre igual.
—¿Has matado a muchos?
—No, sólo a uno.
—No es posible. No se
condena tanto tiempo por un solo hombre.
—Te aseguro que es
verdad.
—Entonces, ya ves cómo
tu país es tan salvaje como el mío.
—Bien, no vamos a
discutir por nuestros países. Tienes razón. La Policía en todas partes es una
mierda. Y tú, ¿qué hiciste?
—Maté a un hombre, a su
hijo y a su mujer.
—¿Por qué?
—Habían dado a comer a
mi hermanito a una marrana.
—No es posible. ¡Qué
horror!
—Mi hermanito, que
tenía cinco años, todos los días le tiraba piedras al hijo de ellos y el
pequeño resultó herido varias veces en la cabeza.
—No es ninguna razón.
—Eso dije yo cuando lo
supe.
—¿Cómo lo supiste?
—Mi hermanito hacía
tres días que había desaparecido y, al buscarle, encontré una sandalia suya en
un estercolero. Aquel estercolero procedía del establo donde estaba la marrana.
Hurgando en el estercolero, encontré un calcetín blanco ensangrentado. Comprendí.
La mujer confesó antes de que les matase a todos. Hice que rezasen antes de
dispararles. Al primer escopetazo, le rompí las piernas al padre.
—Hiciste bien en
matarle. ¿Qué harán contigo?
—Veinte años, todo lo
más.
—¿Por qué estás en el
calabozo?
—Le pegué a un oficial
que era de su familia. Estaba aquí, en la cárcel. Le trasladaron. Se fue.
Ahora, estoy tranquilo.
Abren la puerta del
pasillo. Un guardia entra con dos presos que llevan, colgado de dos palos, un
tonel de madera. Detrás de ellos, al fondo, se ve a otros guardias que empuñan
fusiles. Calabozo por calabozo, sacan los cubos en donde hacemos las necesidades
y los vacían en el tonel. Un hedor a orina, a mierda, emponzoña el aire hasta
el punto de que me ahogo. Nadie habla.
Cuando llegan a mi
calabozo, el que toma mi cubo deja caer un paquetito en el suelo. Rápidamente,
lo empujo más lejos, en la oscuridad, con el pie. Cuando se han ido, en el
paquete encuentro dos cajetillas de cigarrillos, un encendedor de yesca y un
papel escrito en francés. Primero, enciendo dos cigarrillos y los tiro a los
dos tipos de enfrente. Luego, llamo a mi vecino, quien alargando el brazo,
atrapa los cigarrillos para hacerlos pasar a los demás presos. Tras la
distribución, enciendo el mío y trato de, leer a la luz del pasillo. Pero no lo
consigo. Entonces, con el papel que envolvía el paquete, hago un rollo delgado
y, después de repetidos esfuerzos, mi yesca logra encenderlo. Rápidamente, leo:
"Animo, Papillon, cuenta con nosotros. Anda con cuidado. Mañana te
mandaremos papel y lápiz para que nos escribas. Estamos contigo hasta la
muerte." Eso me reconforta el corazón.
¡Esa nota es tan
consoladora para mí! No estoy solo y puedo contar con mis amigos.
Nadie habla. Todo el
mundo fuma. Por el reparto de cigarrillos me entero de que somos diecinueve en
estos calabozos de la muerte. Bien, ya vuelvo a estar en el camino de la
podredumbre y, esta vez, hasta el cuello. Esas hermanitas… Sin embargo,
seguramente, no me denunciaron, ni la irlandesa ni la española ¡Ah! ¡Qué
imbecilidad haber confiado en esas hermanitas! No ellas no. ¿Quizás el
carretero? Dos o tres veces cometieron la imprudencia de hablar francés. ¿Lo
habría oído él? ¡Qué más da! Esa vez te han jodido, pero jodido de verdad.
Hermanas, carretero, o madre superiora, el resultado es el mismo.
La he pringado, en este
calabozo lleno de cochambre que. al parecer, se inunda dos veces al día. El
calor es tan asfixiante que primero me quito la camisa y, luego, el pantalón.
También me quito los zapatos y lo cuelgo todo de las rejas.
¡Pensar que he
recorrido mil quinientos kilómetros para venir a parar aquí! ¡Ha sido un
verdadero éxito! ¡Dios mío! Tú que has sido tan generoso conmigo, ¿vas a
abandonarme, ahora? Tal vez estás enfadado, pues, en realidad, me habías dado
la libertad la más segura, la más hermosa de todas. Lali.
Una comunidad que me
aceptó por entero. Me habías dado no una, sino dos mujeres admirables. Y el
sol, y el mar. Y una choza donde fui el jefe incontestable. ¡Esa vida en la
Naturaleza, esa vida primitiva, pero tan dulce y tranquila! ¡Ese regalo único
que me hiciste de ser libre, sin policías, sin magistrados, sin envidiosos ni
malvados, a mi alrededor! Y yo no he sabido justipreciarlo. Ese mar tan azul
que casi parecía verde y negro, esos amaneceres, esos ocasos que bañaban la
tierra de una paz tan serenamente suave, esa manera de vivir sin dinero, sin
carecer de nada esencial para la vida de un hombre, todo eso lo he pisoteado,
lo he despreciado. ¿Y para ir adónde? Hacia sociedades que no quieren fijarse
en mí. Hacia seres que ni siquiera se toman la molestia de saber qué hay en mí
de recuperable. Hacia un mundo que me rechaza, que me aleja de toda esperanza.
Hacia colectividades que sólo piensan en una cosa: anularse por todos los
medios.
Cuando reciban la
noticia de mi captura, ¡cómo van a reírse los doce enchufados del jurado, el
podrido de Polein, la bofia y el fiscal! Pues, seguramente, habrá un periodista
que se encargará de transmitir la noticia a Francia.
¿Y los míos? ¡Ellos
que, cuando debieron recibir la visita de los gendarmes para notificarles mi
evasión, debían de estar tan contentos de que su hijo o su hermano hubiese
escapado de sus verdugos! Ahora, al enterarse de que vuelvo a estar preso,
sufrirán otra vez.
Hice mal en renegar de
mi tribu. Sí, puedo decir "mi tribu", puesto que todos me habían
aceptado. Hice mal y merezco lo que ocurre. Y, sin embargo—. No me fugué para
aumentar la población de los indios de América del Sur. Dios mío, has de comprender
que debo revivir en una sociedad normalmente civilizada y demostrar que puedo
formar parte de ella sin representar un peligro. Es mi auténtico destino, con o
sin Tu ayuda.
He de demostrar que
puedo, que soy —y lo seré— un ser normal, si no mejor que los demás individuos
de una colectividad
cualquiera o de un país cualquiera.
Fumo. El agua empieza a
subir. Me llega casi a los tobillos. Llamo:
—Negro, ¿cuánto tiempo
se queda el agua en la celda?
—Depende de la fuerza
de la marea. Una hora, todo lo más dos horas.
Oigo a varios presos
que gritan:
—¡Está llegando!
Despacio, muy despacio,
el agua sube. El mestizo y el negro se han encaramado a los barrotes. Las
piernas les cuelgan en el pasillo y, con los brazos, se aferran a los barrotes.
Oigo ruidos en el agua: es una rata de alcantarilla del tamaño de un gato que
chapotea. Trata de trepar por la reja. Agarro uno de mis zapatos y, cuando se
me acerca, le arreo un fuerte golpe en la cabeza. Se va hacia el pasillo,
chillando.
El negro me dice:
—Francés, has empezado
la caza. Pero, si quieres matarlas a todas, no has terminado. Súbete a la reja,
agárrate a los barrotes y estate quieto.
Sigo su consejo, pero
los barrotes me lastiman los muslos, no puedo resistir mucho en esta postura.
Destapo mi cubo—mingitorio, cojo la chaqueta, la ato a los barrotes y me
deslizo sobre ella. Me parece una especie de silla que me permite soportar
mejor la postura, pues, ahora, estoy casi sentado.
Esta invasión de agua,
ratas, ciempiés y minúsculos cangrejos traídos por el agua es lo más
repugnante, lo más deprimente que un ser humano pueda aguantar. Cuando el agua
se retira, hora y pico después, queda un fango viscoso de más de un centímetro
de espesor. Me pongo los zapatos para no chapotear en el fango. El negro me
tira una tablilla de diez centímetros de largo y me dice que aparte el barro
hacia el pasillo empezando por la tabla en la que debo dormir y, luego, desde
el fondo del calabozo hasta el pasillo. Esta ocupación me toma una media hora
larga y me obliga a no pensar en nada más. Ya es algo. Antes de la marea
siguiente, no tendrá agua, es decir, durante doce horas exactamente, puesto que
la última hora es la de la inundación. Hasta que vuelva el agua, hay que contar
las seis horas en que el mar se retira y las cinco horas en que vuelve a subir.
Me hago esta reflexión un poco ridícula: "Papillon, estás destinado a
habértelas con las mareas del mar. La luna, quieras o no, tiene mucha importancia,
para ti y para tu vida. Gracias a las mareas, altas o bajas, pudiste salir del
Maroni cuando te fugaste del presidio. Calculando la hora de la marea saliste
de Trinidad y de Curasao. Si te detuvieron en Río Hacha, fue porque la marea no
era bastante fuerte para alejarte más deprisa. Y ahora, estás a merced de esa
marea."
Entre quienes lean
estas páginas, si un día son publicadas, algunos quizá me tengan, por el relato
de lo que debo soportar en estos calabozos colombianos, un poco de compasión.
Son los buenos. Los otros, los primos hermanos de los doce enchufados que me condenaron,
o los hermanos del fiscal, dirán: "Se lo merece, si se hubiera quedado en
el presidio, eso no le habría pasado."
Pues bien, ¿queréis que
os diga una cosa, tanto a vosotros, los buenos, como a vosotros, los
enchufados? No estoy desesperado, en absoluto, y os diré más aún: prefiero
estar en estos calabozos de la antigua fortaleza colombiana, edificada por la
inquisición española, que en las Islas de la Salvación donde debería
encontrarme a estas horas. Aquí, me queda mucho campo que correr para
"darme el piro" y estoy, aún en este rincón podrido y pese a todo, a
dos mil quinientos kilómetros del presidio. La verdad es que deberán tomar
muchas precauciones para conseguir que vuelva a recorrerlo en sentido
contrario. Sólo lamento una cosa: mi tribu guajira, Lali y Zoraima y esa
libertad en la Naturaleza, sin las comodidades de un hombre civilizado, es
cierto, pero, en cambio, sin Policía ni cárcel y menos aún calabozos. Pienso
que a mis salvajes nunca se les ocurriría la idea de aplicar un suplicio
semejante a un enemigo, y menos todavía a un hombre como yo, que no he cometido
ningún delito contra el Estado colombiano.
Me tumbo en la tabla y
fumo dos o tres cigarrillos al fondo de mi celda para que los otros no me vean
fumar. Al devolverle la tablilla al negro, le he tirado un cigarrillo encendido
y él, por pudor respecto a los demás, ha hecho como yo. Estos detalles que
parecen naderías, a mi juicio tienen mucho valor. Eso prueba que nosotros, los
parias de la sociedad, tenemos, por lo menos, un resto de humanidad y de
delicado pudor.
Aquí no es como en la
Conciergerie. Aquí puedo meditar y vagabundear en el espacio sin tener que
ponerme un pañuelo para resguardar mis ojos de una luz demasiado cruda.
¿Quién debió ser el que
puso sobre aviso a la Policía de que yo estaba en el convento? Ah, si algún día
lo sé, me las pagará. Además, me digo: "¡No desbarres, Papillon! ¡Con lo
que te queda por hacer en Francia para vengarte, no has venido a este país
perdido para causar daño! A esa persona, seguramente, la castigará la misma
vida, y si un día has de volver, no será para vengarte, sino para hacer felices
a Lali y a Zoraima y, quizás, a los hijos que ellas habrán tenido de ti. Si has
de volver a esta tierra, será por ellas y por todos los guajiros que te han
hecho el honor de aceptarte entre ellos como uno de los suyos. Todavía estoy en
el camino de la podredumbre, pero, aunque en el fondo del calabozo submarino,
estoy también, quieran o no, en vías de pirármelas y en el camino de la
libertad. En eso, no hay vuelta de hoja."
He recibido papel,
lápiz, dos paquetes de cigarrillos. Hace tres días que estoy aquí. Debiera
decir tres noches, pues aquí siempre es de noche. Mientras enciendo un
cigarrillo "Piel Roja", no puedo menos que admirar la adhesión de que
hacen gala los presos entre sí. Corre un gran riesgo el colombiano que me pasa
el paquete. Si le descubren, seguramente deberá pasar una temporada en estos
calabozos. No lo ignora, y aceptar ayudarme en mi calvario no es sólo de
valientes, sino también de una nobleza poco común. Siempre por el sistema del
papel encendido, leo:
"Papillon, sabemos
que aguantas de firme. ¡Bravo! Danos noticias tuyas. Nosotros, como siempre.
Una hermanita que habla francés ha ido a verte, no la han dejado hablar con
nosotros, pero un colombiano nos ha dicho que tuvo tiempo de decirle que el francés
está en los calabozos de la muerte. Al parecer, dijo:
Volveré. Eso es todo.
Te abrazamos, tus amigos."
Contestar no ha sido
fácil, pero aun así he conseguido escribir: "Gracias por todo. No me va
muy mal, aguanto. Escribid al cónsul francés. Nunca se sabe. Que siempre sea el
mismo en dar los recados para que, en caso de accidente, sólo sea castigado uno.
No toquéis las puntas de las flechas. ¡Viva el piro!"
Proyecto de fuga en
Santa Marta
Sólo veintiocho días
después, por mediación del cónsul belga en Santa Marta, llamado Klausen, salgo
de este antro inmundo. El negro, que se llama Palacios y salió tres semanas
después de mi llegada, tuvo la idea de decirle a su madre, durante su visita, que
avisase al cónsul belga que un belga estaba en estos calabozos. Se le ocurrió
la idea un domingo al ver que un preso belga recibía la visita de su cónsul.
Un día, pues, me
llevaron al despacho del comandante, quien me dijo:
—Usted es francés. ¿Por
qué hace reclamaciones al cónsul belga?
En el despacho, un
caballero vestido de blanco, de unos cincuenta años, pelo rubio casi blanco y
cara redonda, fresca y rosada, estaba sentado en un sillón, con una cartera de
piel sobre las rodillas. En seguida me doy cuenta de la situación.
—Usted es quien dice
que soy francés. Me he escapado, eso lo reconozco, de la justicia francesa,
pero soy belga.
—¡Ah! ¿Lo ve usted?
dice el hombrecillo con cara de cura.
—¿Por qué no lo dijo
antes?
—Para mí, eso no tenía
ninguna importancia respecto a usted, pues, en verdad no he cometido ningún
delito grave en su tierra salvo haberme fugado, lo cual es normal en cualquier
preso.
—Bueno, le pondré con
sus compañeros. Pero señor cónsul, le advierto que a la primera tentativa de
evasión le meto otra vez donde estaba. Llévenle al barbero, y, luego, déjenle
con sus cómplices.
—Gracias, señor cónsul,
digo en francés—; muchas gracias por haberse molestado por mí.
—¡Dios mío! ¡Cómo ha
debido usted sufrir en esos horribles calabozos! Pronto, váyase, no sea que ese
bestia cambie de parecer. Volveré a verle. Hasta la vista.
El barbero no estaba y
me metieron directamente con mis amigos. Debía de tener una cara rara, pues, no
paraban de decirme:
—Pero, ¿eres tú?
¡Imposible! ¿Qué te han hecho esos canallas para ponerte como estás? Habla,
dinos algo. ¿Estás ciego? ¿Qué tienes en los ojos? ¿Por qué los abres y los
cierras constantemente?
—Es que no consigo
acostumbrarme a esa luz. Ese resplandor es demasiado fuerte para mí, me lastima
los ojos, habituados a la oscuridad.
Me siento mirando hacia
el interior de la celda:
—Así es mejor.
—Hueles a. podrido. ¡Es
increíble! ¡Hasta tu cuerpo huele a podrido:
Me había puesto en
cueros y ellos dejaron mis ropas junto a la puerta. Tenía brazos, espalda,
muslos, pantorrillas plagados de picaduras rojas, como las de nuestros
chinches, y de mordeduras de los cangrejos liliputienses que flotaban con la
marea. Estaba horroroso, no necesitaba de espejo para darme cuenta de ello.
Aquellos cinco presidiarios que tanto habían visto dejaron de hablar, turbados
de verme en tal estado. Clousiot llama a un policía y le dice que si no hay
barbero, hay agua en el patio. El otro le dice que espere la hora del paseo.
Salgo completamente
desnudo. Clousiot trae las ropas limpias que voy a ponerme. Ayudado por
Maturette, me lavo y vuelvo a lavarme con jabón negro del país. Cuanto más me
lavo más mugre sale. Por fin, tras varios jabonados y enjuagues, me siento
limpio. Me seco en cinco minutos al sol y me visto. Llega el barbero. Quiere
raparme. Le digo:
—No. Córtame el pelo
normalmente y aféitame. Te pagaré.
—¿Cuánto?
—Un peso.
—Hazlo bien —dice
Clousiot, yo te daré dos.
Bañado, afeitado, con
el pelo bien cortado, vestido con ropas limpias, me siento revivir. Mis amigos
no paran de hacerme preguntas:
—¿Y el agua a qué
altura llegaba? ¿Y las ratas? ¿Y los ciempiés? ¿Y el barro? ¿Y los cangrejos?
¿Y la mierda de los cubos? ¿Y los muertos que sacaban? ¿Eran por muerte natural
o suicidas que se habían ahorcado? ¿O, tal vez "suicidados" por los policías?
Las preguntas no
paraban y tanto hablar me dio sed. En el patio había un vendedor de café.
Durante las tres horas que estuvimos en el patio, me tomé tal vez diez cafés
cargados, endulzados con papelón. Ese café me parecía la mejor bebida del
mundo. El negro del calabozo de enfrente ha venido a saludarme. En voz baja, me
explica la historia del cónsul belga con su madre. Le estrecho la mano. Está.
muy orgulloso de haber sido el causante de mi salida. Se va muy contento,
diciéndome:
—Ya hablaremos mañana.
Por hoy, basta.
La celda de mis amigos
me parece un palacio. Clousiot tiene una hamaca de su propiedad, comprada con
su dinero. Me obliga a dormir en ella. Me acuesto de través. Se extraña y le
explico que si se pone a lo largo, es que no sabe servirse de una hamaca.
Comer, beber, dormir,
jugar a damas, a cartas con naipes españoles, hablar español entre nosotros y
con los policías y presos colombianos para aprender bien la lengua, todas esas
actividades ocupaban nuestra jornada y buena parte de la noche. Resulta duro
estar acostado desde las nueve de la noche. Entonces, acuden en tropel los
detalles de la fuga del hospital de Saint-Laurent a Santa Marta, acuden,
desfilan ante mis ojos y reclaman una continuación. El filme no puede pararse
ahí, debe continuar, continuará, macho. ¡Déjame recuperar fuerzas y puedes
estar seguro de que habrá nuevos episodios, confía en mí! He encontrado mis
flechitas y dos hojas de coca, una completamente seca, la otra todavía un poco
verde. Masco la verde. Todos me miran, estupefactos. Explico a mis amigos que
se trata de las hojas de las que se extrae la cocaína.
—¡Nos estás tomando el
pelo!
—Prueba.
—Sí, en efecto, esto
insensibiliza la lengua y los labios.
—¿Venden aquí?
—No lo sé. ¿Cómo te las
apañas, Clousiot, para sacar a relucir la pasta de vez en cuando?
—Cambié en Río Hacha y,
desde entonces, siempre he tenido dinero a la vista de todo el mundo.
—Yo —digo— tengo
treinta y seis monedas de oro de cien pesos que me guarda el comandante y cada
moneda vale trescientos pesos. Un día voy a plantearle el problema.
—Son unos muertos de
hambre, será mejor que hagas un trato con él.
—Es una buena idea.
El domingo he hablado
con el cónsul belga y el preso belga. Ese preso cometió un abuso de confianza
en una Compañía bananera americana. El cónsul se ha puesto a mi disposición
para Protegernos. Ha rellenado una ficha en la que declaro haber nacido en
Bruselas de padres belgas. Le he hablado de las monjas y de las perlas. Pero
él, protestante, no conoce ni hermanas ni curas. Sólo conoce un poco al obispo.
En cuanto a las monedas, me aconseja que no las reclame. Es demasiado
arriesgado. Convendría que le avisase con veinticuatro horas de antelación
nuestra salida para Barranquilla "y entonces podrá usted reclamarlas en mi
presencia dice, puesto que, si no me equivoco, hay testigos".
—Sí.
—Pero, en este momento,
no reclame nada. El comandante sería capaz de volver a encerrarle en esos
horribles calabozos y quizás, incluso, de hacerle matar. Esas monedas de cien
pesos en oro constituyen una verdadera pequeña fortuna. No valen trescientos pesos,
como usted cree, sino quinientos cincuenta cada una. Es, pues, una fuerte suma.
No hay que tentar al diablo. En cuanto a las perlas, es otra cosa. Déme tiempo
para reflexionar.
Pregunto al negro si
querría evadirse conmigo y cómo, en su opinión, deberíamos actuar. Su piel
clara se vuelve gris al oír hablar de fuga.
—Te lo suplico, macho.
Ni lo pienses. Si fracasas, te espera una muerte lenta, de lo más horrendo. Ya
has tenido un atisbo de eso. Aguarda a estar en otro sitio, en Barranquilla.
Pero, aquí, sería un suicidio. ¿Quieres morir? Entonces, estate quieto. En todo
Colombia no hay un calabozo como el que tú has conocido. Entonces, ¿por qué
correr el riesgo aquí?
—Sí, pero aquí la tapia
no es demasiado alta, debe resultar relativamente fácil.
—Hombre, fácil, no;
conmigo no cuentes. Ni para irme y ni siquiera para ayudarte. Ni tampoco para
hablar de ello. —Y me deja, aterrorizado, con estas palabras—: Francés, no eres
hombre normal, hay que estar loco para pensar cosas semejantes aquí, en Santa
Marta.
Todas las mañanas y
todas las tardes, contemplo a los presos colombianos que están aquí por delitos
importantes. Todos tienen pinta de asesinos, pero se ve en seguida que están
acoquinados. El terror de ser enviados a los calabozos les paraliza por completo.
Hace cuatro o cinco
días, vimos salir del calabozo a— un gran diablo que me lleva una cabeza,
llamado El Caimán. Goza de reputación de ser un hombre en extremo peligroso.
Hablo con él y, luego, tras tres o cuatro paseos, le digo:
—Caimán, ¿quieres
jugarte conmigo?
Me mira como si fuese
el mismísimo demonio y me dice:
—¿Para volver a donde
estuve si fracasamos? No, gracias. Preferiría matar a mi madre antes que volver
allá.
Fue mi último intento.
Nunca más hablaré a nadie de evasión.
Por la tarde, veo pasar
al comandante de la prisión. Se para, me mira y, luego, dice:
—¿Cómo va eso?
—Bien, pero iría mejor
si tuviese mis monedas de oro.
—¿Por qué?
—Porque podría pagarme
un abogado.
—Ven conmigo.
Y me lleva a su
despacho. Estamos solos. Me tiende un cigarro (no está mal), me lo enciende
(mejor que mejor).
¿Sabes bastante español
para comprender y contestar claramente hablando despacio?
—Sí.
—Bien. Me has dicho que
quisieras vender tus veintiséis monedas.
—No, mis treinta y seis
monedas.
—¡Ah! ¡Sí, sí! ¿Y con
ese dinero pagar a un abogado? Lo que ocurre es que sólo nosotros dos sabemos
que tienes esas monedas.
—No, también lo saben
el sargento y los cinco hombres que me detuvieron y el comandante que las
recibió antes de entregárselas a usted. Además, está mi cónsul.
—¡Ah! ¡Ah! Bueno.
Incluso es mejor que lo sepa mucha gente, así obraremos a la luz del día.
¿Sabes?, te he hecho un gran favor. He callado, no he solicitado informes a las
diversas Policías de los países por donde pasaste para saber si tenían
conocimiento de un robo de monedas.
—Pero debió usted
haberlo hecho.
—No, por tu bien valía
más no hacerlo.
—Se lo agradezco,
comandante.
—¿Quieres que te las
venda?
—¿A cuánto?
—Bueno, al precio que
me dijiste que te habían pagado tres: trescientos pesos. Me darías cien pesos
por moneda por haberte hecho ese favor. ¿Qué te parece?
—No. Entrégame las
monedas de diez en diez y te daré no cien, sino doscientos pesos por moneda.
Eso equivale a lo que has hecho por mí.
—Francés, eres
demasiado astuto. Yo soy un pobre oficial colombiano demasiado confiado y un
poco tonto, pero tú eres inteligente y, ya te lo he dicho, demasiado astuto.
—Bien, entonces, ¿cuál
es tu oferta?
—Mañana hago venir al
comprador, aquí, en mi despacho. Ve las monedas, hace una oferta y la mitad
para cada uno. Eso o nada. Te mando a Barranquilla con las monedas o las guardo
mientras prosigo la indagación.
—No, ahí va mi última
proposición: el hombre viene aquí, mira las monedas y todo lo que pase de
trescientos cincuenta pesos por pieza es tuyo.
—Está bien, tienes mi
palabra. Pero, ¿dónde meterás una cantidad tan grande?
—En el momento de
cobrar el dinero, mandas llamar al cónsul belga. Se lo daré para pagar al
abogado.
—No, no quiero
testigos.
—No corres ningún
riesgo, firmaré que me has devuelto las treinta y seis monedas. Acepta, y si te
portas correctamente conmigo, te propondré otro asunto.
—¿Cuál?
—Confía en mí. Es tan
bueno como el otro y, en el segundo, iremos al cincuenta por ciento.
_¿Cuál es? Dime.
—Date prisa mañana y,
por la tarde, a las cinco, cuando mi dinero esté seguro en el Consulado, te
diré el otro asunto.
La entrevista ha sido
larga. Cuando vuelvo muy contento al patio, mis amigos ya se han ido a la
celda.
—Bien, ¿qué pasa?
Les cuento, toda
nuestra conversación. Pese a nuestra situación, se parten de risa.
—¡Vaya zorro, el tipo
ese! Pero tú has sido más listo que él. ¿Crees que se tragará el anzuelo?
—Me apuesto cien pesos
contra doscientos a que está en el bote. ¿Nadie acepta la apuesta?
—No, yo también creo
que tragará el anzuelo.
Reflexiono durante toda
la noche. El primer asunto, ya está. El segundo el comandante estará más que
contento de ir a recuperar las perlas , también. Queda el tercero. El tercero…
sería que le ofreciese todo lo que se me devuelva para que me deje robar una
embarcación en el puerto. Esa embarcación podría comprarla con el dinero que
llevo en el estuche. Vamos a ver si resistirá la tentación. ¿Qué arriesgo?
Después de los dos primeros asuntos, ni siquiera puede castigarme. Veremos a
ver. No vendas la piel del oso, etc. Podrías esperar para a hacerlo en
Barranquilla. ¿Por qué? A ciudad más importante, prisión más importante
también, por lo tanto, mejor vigilada y con tapias más altas. Debería volver a
vivir con Lali y Zoraima: me fugo cuanto antes, espero allá durante años, voy a
la montaña con la tribu que posee bueyes y, entonces, establezco contacto con
los venezolanos. Esa fuga debo lograrla a toda costa. Así, pues, durante toda
la noche sólo pienso en cómo podría hacerlo para llevar a buen término el
tercer asunto.
El día siguiente, la
cosa no se demora. A las nueve de la mañana, vienen a buscarme para ver a un
señor que me espera en el despacho del comandante. Cuando llego, el policía se
queda fuera y me encuentro ante una persona de unos sesenta años, vestido de color
gris claro, con corbata gris. Sobre la mesa, un gran sombrero de fieltro tipo
cowboy. Una gran perla gris azul plata destella como en un estuche prendido en
la corbata. Ese hombre flaco o enjuto no carece de cierta elegancia.
—Bonjour, Monsieur.
—¿Habla usted francés?
—sí, señor, soy libanés
de origen. Creo que tiene usted monedas de oro de cien pesos, me interesan.
¿Quiere usted quinientos por cada una?
—No, seiscientos
cincuenta.
—¡Está usted mal
informado, señor! Su precio máximo por moneda es de quinientos cincuenta.
—Mire, como se queda
con todas, se las dejo en seiscientos.
—No, quinientos
cincuenta.
Total, que nos ponemos
de acuerdo en quinientos ochenta. Trato hecho.
—¿Qué han dicho?
—Trato hecho,
comandante, a quinientos ochenta. la venta se hará mañana a mediodía.
Se va. El comandante se
levanta y me dice:
—Muy bien. Entonces,
¿cuánto me toca?
—Doscientos cincuenta
por moneda. Ve usted, le doy dos veces y media más de lo que quería usted
ganar, cien pesos por moneda.
Sonríe y dice:
—¿Y el otro asunto?
—Primero, que venga el
cónsul después de mediodía para cobrar el dinero. Cuando se haya marchado, te
diré el segundo asunto.
—¿Así, pues, es verdad
que hay otro?
—Tienes mi palabra.
—Bueno, ojalá.
A las dos, el cónsul y
el libanés están ahí. Este me da veinte mil ochocientos pesos. Entrego doce mil
seiscientos al cónsul y ocho mil doscientos ochenta al comandante. Firmo un
recibo al comandante certificando que me ha entregado las treinta y seis monedas
de oro. Nos quedamos solos, el comandante y yo. Le cuento la escena de la
superiora.
—¿Cuántas perlas?
—Quinientas o
seiscientas.
—Hubiese debido
traértelas o mandártelas, o entregarlas a la Policía. Voy a denunciarla.
—No, irás a verla y le
entregarás una carta de mi parte, en francés. Antes de hablar de la carta, le
pedirás que haga venir a la irlandesa.
la irlandesa es quien
debe leer la carta escrita en francés y traducirla. Muy bien. Voy allá.
—¡Espera a que escriba
la carta!
—¡Ah, es verdad! José,
¡prepara el coche con dos policías! —grita por la puerta entreabierta.
Me siento al escritorio
del comandante y, en papel con membrete de la prisión, escribo la carta siguiente:
Madre Superiora del
convento: Para entregar a la buena y caritativa hermana irlandesa.
Cuando Dios me condujo
a su casa, donde creí recibir la ayuda a la que todo perseguido tiene derecho
según la ley cristiana, tuve el gesto de confiarle un talego de perlas de mi
propiedad para garantizarle que no me iría clandestinamente de su techo que alberga
una casa de Dios. Un ser vil ha creído que era su deber denunciarme a la
Policía que, rápidamente, me detuvo en su casa. Espero que el… alma abyecta que
cometió aquella acción no sea un alma que pertenezca a una de las hijas de
Dios, de su casa. No puedo decirle que le la perdono, a esa alma putrefacta,
pues sería mentir. Por el contrario, pediré con fervor que Dios o uno de sus
santos castigue sin misericordia a la o al culpable de un pecado tan
monstruoso. Le ruego, madre superiora, que entregue al comandante Cesario el
talego de perlas que le confié. El me las entregará religiosamente, estoy
seguro. Esta carta le servirá a usted de recibo.
Le ruego, etc…
Como el convento dista
ocho kilómetros de Santa Marta, el coche no regresa hasta hora y media después.
El comandante, entonces, me envía a buscar.
—Ya está. Cuéntalas por
si falta alguna.
Las cuento. No por
saber si falta alguna, pues no sé exactamente su número, sino para saber
cuántas perlas están ahora en manos de ese rufián: quinientas sesenta y dos.
—¿Es eso?
—Sí.
—¿No falta ninguna?
—No. Ahora, cuéntame.
—Cuando he llegado al
convento, la superiora estaba en el patio. Encuadrado por los dos policías, he
dicho: "Señora, para un asunto muy grave que usted adivinará, es necesario
que hable con la hermana irlandesa en presencia de usted."
—¿Y entonces?
—La hermana ha leído
temblorosa esa carta a la superiora. Esta no ha dicho nada. Ha bajado la
cabeza, ha abierto el cajón de su escritorio y me ha dicho: "Ahí está el
talego, con sus perlas. Que Dios perdone a la culpable de un crimen semejante
hacia ese hombre. Dígale que rezamos por él." ¡Y ya está, hombre! —termina
diciendo, radiante, el comandante.
—¿Cuándo vendemos las
perlas?
—Mañana. No te pregunto
de dónde proceden, ahora sé que eres un matador peligroso, pero sé también que
eres un hombre de palabra y persona honrada. Toma, llévate este jamón y esta
botella de vino y este pan francés para que celebres con tus amigos este día
memorable.
—Buenas noches..
Y llego con una botella
de dos litros de chianti, un jamón ahumado de casi tres kilos y cuatro panes
largos franceses. Es una cena de fiesta. El jamón, el pan y el vino menguan
rápidamente. Todo el mundo come y bebe con buen apetito.
—¿Crees que un abogado
podría hacer algo por nosotros?
Me echo a reír.
¡Pobrecitos, también ellos han creído en el cuento del abogado!
—No lo sé. Hay que
estudiar y consultar antes de pagar.
—Lo mejor —dice
Clousiot— sería pagar sólo en caso de éxito.
—Sí, hay que encontrar
un abogado que acepte esa proposición.
Y no hablo más del
asunto. Estoy un poco avergonzado.
El día siguiente,
vuelve el libanés:
—Resulta muy complicado
dice—. Primero, hay que clasificar las perlas por tamaños; luego, por oriente;
después según la forma; ver si son bien redondas o raras.
En suma, no sólo es
complicado, sino que, además, el libanés dice que debe traer a otro posible
comprador, más competente que él. En cuatro días, terminamos. Paga treinta mil
pesos. En el último momento he retirado una perla rosa y dos perlas negras para
regalárselas a la mujer del cónsul belga. Como buenos comerciantes, ellos lo
han aprovechado para decir que esas tres perlas valen cinco mil pesos. De todos
modos, me quedo con las perlas.
El cónsul belga pone
dificultades para aceptar las perlas. Me guardará los quince mil pesos. Por lo
tanto, poseo veintisiete mil pesos. Ahora, el problema estriba en llevar a buen
término el tercer asunto.
¿Cómo y de qué manera
lo emprenderé? Un buen obrero ganaba en Colombia de ocho a diez pesos diarios.
Así pues, veintisiete mil pesos son una fuerte suma. Al hierro candente, batir
de repente. Es lo que haré. El comandante ha cobrado veintitrés mil pesos. Con
esos otros veintisiete mil, tendrá cincuenta mil francos.
¿cuánto vale una tienda
que hiciese vivir a alguien mejor de lo que vive usted?
—Un buen comercio vale,
al contado, de cuarenta a sesenta mil pesos.
—¿Y qué renta? ¿Tres
veces más de lo que usted gana? ¿Cuatro veces?
—Más. Produce cinco o
seis veces más de lo que gano.
—¿Por qué no se hace
usted comerciante?
—Necesitaría el doble
de lo que tengo.
—Escucha, comandante,
tengo un tercer asunto que proponer.
—No juegues conmigo.
—No, te lo aseguro.
¿Quieres los veintisiete mil pesos que tengo? Serán tuyos cuando quieras.
—¿Cómo?
—Déjame marchar.
—Escucha, francés, sé
que no confías en mí. Antes, quizá, tenías razón. Pero ahora que, gracias a ti,
he salido de la miseria o casi, cuando puedo comprarme una casa y mandar a mis
hijos a un colegio de pago, sabe que soy tu amigo. No quiero robarte y que te
maten; aquí no puedo hacer nada por ti, ni siquiera por una fortuna. No puedo
hacerte evadir con posibilidades de éxito.
—¿Y si te demuestro lo
contrario?
—Entonces ya veremos,
pero antes piénsalo bien.
¿Tienes algún amigo
pescador?
—Sí.
—¿Puede ser capaz de
sacarme al mar y venderme su embarcación?
—No lo sé.
—¿Cuánto vale, más o
menos, su barca?
—Dos mil pesos.
—Si le doy siete mil a
él y veinte mil a ti, ¿qué tal?
—Francés, con diez mil
me basta, guárdate algo para ti.
—Arregla las cosas.
—¿Te irás solo?
—No.
—¿Cuántos?
—Tres en total.
—Deja que hable con mi
amigo pescador.
El cambio de ese tipo
respecto a mí me deja estupefacto. Con su pinta de asesino, en el fondo de su corazón
oculta hermosos sentimientos.
En el patio, he hablado
con Clousiot y Maturette. Me dicen que obre según me venga en gana, que están
dispuestos a seguirme. Ese abandono de sus vidas en mis manos me produce una
satisfacción muy grande. No abusaré de ellos, seré prudente hasta el máximo,
pues he cargado con una gran responsabilidad. Pero debo advertir a nuestros
otros compañeros. Acabamos de terminar un torneo de dominó. Son casi las nueve
de la noche. Es el último momento que nos queda para tomar café. Llamo:
—¡Caletero!
Y nos hacemos servir
seis cafés bien calientes.
—Tengo que hablaros.
Escuchad. Creo que voy a poder fugarme otra vez. Desgraciadamente, sólo podemos
irnos tres. Es normal que me vaya con Clousiot y Maturette, pues con ellos me
evadí de los duros. Si uno de vosotros tiene algo en contra, que lo diga francamente,
le escucharé.
—No —dice el bretón—,
es justo desde todos los puntos de vista. Primero, porque os fuisteis juntos de
los duros. Luego, porque si estáis en esta situación es por culpa nuestra, que
quisimos desembarcar en Colombia. Papillon, gracias de todos modos por habernos
preguntado nuestro parecer. Pero tienes perfecto derecho a obrar así. Dios
quiera que tengáis suerte, pues si os cogen, la muerte es segura y en
condiciones tremendas.
—Lo sabemos, dicen a la
par Clousiot y Maturette.
El comandante me ha
hablado por la tarde. Su amigo está conforme. Pregunta qué queremos llevarnos
en la barca.
—Un barril de cincuenta
litros de agua dulce, veinticinco kilos de harina de maíz y seis litros de
aceite. Nada más.
—¡Carajo! —exclama el
comandante—. ¿Con tan pocas cosas quieres hacerte a la mar?
—Sí.
—Eres valiente,
francés.
Muy bien. Está decidido
a hacer la tercera operación. Fríamente, añade:
—Hago eso, lo creas o
no, por mis hijos, y, después, por ti. Lo mereces por tu valentía.
Sé que es verdad y le
doy las gracias.
—¿Cómo harás para que
no se note demasiado que yo estaba de acuerdo contigo?
—Tu responsabilidad no
quedará en entredicho. Me iré por la noche, cuando esté de guardia el segundo
comandante.
—¿Cuál es tu plan?
—Mañana empiezas por
quitar un policía de la guardia nocturna. Dentro de tres días, quitas otro.
Cuando sólo quede uno, haces poner una garita frente a la puerta de la celda.
La primera noche de lluvia, el centinela irá a resguardarse en la garita y yo saltaré
por la ventana trasera. Contra la luz que alumbra los alrededores de la tapia,
es menester que encuentres el medio de provocar tú mismo un cortocircuito. Es
todo lo que te pido. Puedes hacer el cortocircuito lanzando tú mismo un hilo de
cobre de un metro, atado a dos piedras, contra los dos hilos que van al poste,
en la hilera de bombillas que alumbran la parte alta de la tapia. En cuanto al
pescador, la barca debe estar amarrada con una cadena cuyo candado habría
forzado él personalmente, de forma que yo no tenga que perder tiempo, con las
velas a punto de ser izadas y tres grandes pagayas para tomar el viento.
—Pero, ¡si tiene un
motorcito! —dice el comandante.
—¡Ah! Entonces, mejor
aún: que ponga el motor en punto muerto como si lo recalentase y que se vaya al
primer café a tomar unas copas. Cuando nos vea llegar, debe apostarse al pie de
la barca con un impermeable negro.
—¿Y el dinero?
—Cortaré por la mitad
tus veinte mil pesos, cada billete quedará partido. Los siete mil pesos los
pagaré por adelantado al pescador. Primero, te daré la mitad de los medios
billetes y, la otra mitad, te será entregada por uno de los franceses que se
quedan, ya te diré cual.
—¿No te fías de mí?
Haces mal.
—No, no es que no me
fíe de ti, pero puedes cometer un error en el cortocircuito y, entonces, no
pagaré, pues si no hay cortocircuito no puedo irme.
—Bien.
Todo está listo. Por
mediación del comandante, he dado los siete mil pesos al pescador. Hace ya
cinco días que sólo hay un centinela. La garita está colocada y esperamos la
lluvia que no viene. El barrote ha sido aserrado con limas facilitadas por el
comandante, la muesca bien rellena y, por si fuese poco, disimulada por una
jaula donde vive un loro que— ya empieza a decir mierda en francés. Estamos
sobre ascuas. El comandante tiene una mitad de los medios billetes. Cada noche,
esperamos. No llueve. El comandante debe provocar, una hora después de la
lluvia, el cortocircuito en la tapia, por el lado exterior. Nada nada, no hay
lluvia en esta estación, es increíble. La más pequeña nube que aparece temprano
a través de nuestras rejas nos llena de esperanza y, luego, nada. Es como para
volverse majareta perdido. Hace ya dieciséis días que todo está a punto,
dieciséis días de vela, con el corazón en un puño. Un domingo, por la mañana el
comandante viene personalmente a buscarme en el patio y me lleva a su despacho.
Me devuelve el paquete de los medios billetes y tres mil pesos en billetes
enteros.
—¿Qué pasa?
—Francés, amigo mío,
sólo te queda esta noche. Mañana a las seis os vais todos a Barranquilla. Sólo
te devuelvo tres mil pesos del pescador, porque él se ha gastado el resto. Si
Dios quiere que llueva esta noche, el pescador te esperará y, cuando tomes la
barca, le darás el dinero. Confío en ti, sé que no tengo nada que temer.
Intentos de fuga en
Barranquilla
A las seis de la
mañana, ocho soldados y dos cabos acompañados por un teniente nos ponen las
esposas y marchamos hacia Barranquilla en un camión militar. Hacemos los ciento
ochenta kilómetros en tres horas y media. A las diez de la mañana, estamos en
la prisión llamada la "80", en la calle de Medellín, Barranquilla.
¡Tantos esfuerzos para no ir a Barranquilla y, pese a todo, estar aquí! Es una
ciudad importante. El primer puerto colombiano del Atlántico, pero situado en
el interior del estuario de un río, el río Magdalena. En cuanto a su prisión,
hay que decir que es importante: cuatrocientos presos y casi cien vigilantes.
Ha sido organizada como cualquier prisión de Europa. Dos muros de ronda, de más
de ocho metros de altura.
Nos recibe el estado
mayor de la prisión con don Gregorio, el director, al frente. La prisión se
compone de cuatro patios. Dos a un lado, dos en el otro. Están separados por
una larga capilla donde se celebra misa y que también sirve de locutorio. Nos
ponen en el patio de los más peligrosos. Durante el registro, han encontrado
los veintitrés mil pesos y las flechitas. Considero mi deber advertir al
director que están emponzoñadas, lo cual no es como para hacernos pasar por
buenos chicos.
—¡Hasta tienen flechas
envenenadas esos franceses!
Encontrarnos en esta
prisión de Barranquilla es, para nosotros, el momento más peligroso de nuestra
aventura. Pues aquí, en efecto, es donde seremos entregados a las autoridades
francesas. Sí, Barranquilla, que para nosotros se reduce a su enorme prisión,
representa el punto crucial. Hay que evadirse a costa de cualquier sacrificio.
Debo jugarme el todo por el todo.
Nuestra celda está en
medio del patio. Por lo demás, no es una celda, sino una jaula: un techo de
cemento que descansa sobre gruesos barrotes de hierro con los retretes y los
lavabos en uno de los ángulos. Los otros presos, un centenar, están repartidos en
celdas abiertas en los cuatro muros de ese patio de veinte por cuarenta, por
una reja que da al patio. Cada reja está rematada por una especie de sobradillo
de chapa para impedir que la lluvia penetre en la celda. En esa jaula central
sólo estamos nosotros, los franceses, expuestos día y noche a las miradas de
los presos, pero, sobre todo, de los guardianes. Pasamos el día en el patio, de
las seis de la mañana hasta las seis de la tarde. Entramos y salimos como
queremos. Podemos hablar, pasear y hasta comer en el patio.
Dos días después de
nuestra llegada, nos reúnen a los seis en la capilla en presencia del director,
de algunos policías y de siete u ocho periodistas gráficos.
—¿Son ustedes los
evadidos del presidio francés de la Guayana?
—No lo hemos negado
nunca.
—¿Por qué delitos
habéis sido condenados tan severamente cada uno de vosotros?
—Eso no tiene ninguna
importancia. Lo importante es que no hemos cometido ningún delito en tierra
colombiana y que su nación no sólo nos niega el derecho a rehacer nuestra vida,
sino que también sirve de cazador de hombres, de gendarme, al Gobierno francés.
—Colombia cree que no
debe aceptaros en su territorio.
—Pero yo,
personalmente, y otros dos camaradas estábamos y estamos muy decididos a no
vivir en este país. Nos detuvieron a los tres en alta mar y no en vías de
desembarcar en esta tierra. Por el contrario, hacíamos todos los esfuerzos
posibles para alejarnos de ella.
—Los franceses, —dice
un periodista de un diario católico— son casi todos católicos, como nosotros
los colombianos.
—Es posible que ustedes
se digan católicos, pero su forma de obrar es muy poco cristiana.
—¿Qué nos echa usted en
cara?
—El ser colaboradores
de los esbirros que nos persiguen. Es más, el hacer la labor de éstos. De
habernos despojado de nuestra embarcación con todo lo que nos pertenecía y que
era muy nuestro, donación de los católicos de la isla de Curasao, tan notablemente
representados por el obispo Irénée de Bruyne. No podemos encontrar admisible
que no queráis correr el riesgo de la experiencia de nuestra problemática
regeneración y que, por si fuese poco, nos impidáis ir más lejos, por nuestros
propios medios, hasta un país donde, quizás, aceptarían correr ese riesgo. Eso
es inaceptable.
—¿Nos guardáis rencor a
los colombianos?
—No a los colombianos
en sí, sino a su sistema policiaco y judicial.
—¿Qué quiere usted
decir?
—Que cualquier error
puede ser rectificado cuando se quiere. Déjennos ir por mar a otro país.
—Intentaremos conseguir
eso.
Cuando de nuevo estamos
en el patio, Maturette me dice:
—¡Vaya! ¿Has
comprendido? Esta vez no hay que hacerse ilusiones, macho. Estamos en la
fritada y no nos va a ser nada fácil saltar de la sartén.
—Queridos amigos, no sé
si, unidos, seríamos más fuertes. Yo sólo os digo que cada uno puede hacer lo
que mejor le parezca. En cuanto a mí, es preciso que me fugue de esta famosa
"80".
El jueves me llaman al
locutorio y veo a un hombre bien vestido, de unos cuarenta y cinco años. Le
miro. Se parece asombrosamente a Louis Dega.
—¿Eres tú Papillon?
—sí.
—Soy Joseph, hermano de
Louis Dega. He leído los periódicos y vengo a verte.
—¿Viste a mi hermano
allí? ¿Le conoces?
Le cuento exactamente
la odisea de Dega hasta el día en que nos separamos en el hospital. Me hace
saber que su hermano está en las Islas de la Salvación, noticia que le ha
llegado desde Marsella. Las visitas tienen lugar en la capilla, 207 los jueves
Y dice que, en Barranquilla, viven una docena de franceses venidos a buscar
fortuna con sus mujeres. Todos son chulos de putas. En un barrio especial de la
ciudad, una docena y media de prostitutas mantienen la alta tradición francesa
de la prostitución distinguida y hábil. Siempre los mismos tipos de hombres,
los mismos tipos de mujer que, desde El Cairo al Líbano, de Inglaterra a
Australia, de Buenos Aires a Caracas, de Saigón a Brazzaville, pasean por la
tierra su especialidad, vieja como el mundo, la prostitución y la forma de
vivir de ella.
Joseph Dega me comunica
algo sensacional: los chulos franceses de Barranquilla están preocupados.
Tienen miedo de que nuestra llegada a la prisión turbe su tranquilidad y cause
perjuicio a su floreciente comercio. En efecto, si uno o varios de nosotros se
fugan, la Policía irá a buscarles en las casetas de las francesas, aunque al
evadido nunca se le ocurra pedir asistencia allí. De ahí, indirectamente, la
Policía puede descubrir muchas cosas: documentación falsa, autorizaciones de
residencia caducadas o irregulares. Buscarnos provocaría verificaciones de
identidad y de residencia. Y hay mujeres y hasta hombres que, si son
descubiertos, podrían sufrir graves molestias.
Ya estoy bien
informado. Añade que él está a mi disposición para lo que sea y que vendrá a
verme los jueves y domingos. Le doy las gracias a ese buen chico, quien después
me demostró que sus promesas eran sinceras. Me informa asimismo de que, según
los periódicos, nuestra extradición ha sido concedida a Francia. ¡Bien!
Señores, tengo muchas cosas que decirles.
—¿Qué? —exclaman los
cinco a coro.
—En primer lugar, que
no debemos hacernos ilusiones. La extradición es cosa hecha. Un barco especial
de la Guayana francesa vendrá a buscarnos para devolvernos allí de donde
vinimos. Luego, que nuestra presencia es causa de preocupación para nuestros
chulos, bien afincados en esta ciudad. No para el que me ha visitado. Este se
ríe de las consecuencias, pero sus colegas de corporación temen que, si uno de
nosotros se evade, les ocasionemos molestias.
Todo el mundo suelta la
carcajada. Creen que me guaseo. Clousiot dice:
—Señor chulo Fulano de
tal, ¿me da usted permiso para evadirme?
—Basta de bromas. Si
vienen a vernos putas, hay que decirles que no vuelvan. ¿Entendido?
—Entendido.
En nuestro patio hay,
como dije, un centenar de presos colombianos. Distan de ser unos imbéciles. Los
hay auténticos, buenos ladrones, falsificadores distinguidos, estafadores de
mente ingeniosa, especialistas del atraco a mano armada, traficantes de estupefacientes
y algunos pistoleros especialmente preparados en esa profesión, tan trivial en
América, para numerosos ejercicios. Allí, los ricos, los políticos y los
aventureros que han tenido éxito alquilan los servicios de esos pistoleros, que
actúan por ellos.
Las pieles de esos
hombres son de colores varios. Van del negro africano de los senegaleses a la
piel de té de nuestros criollos de la Martinica; del ladrillo indio mongólico
de cabellos lisos negro violáceo, al blanco puro. Establezco contactos, trato de
darme cuenta de la capacidad y del espíritu de evasión de algunos individuos
escogidos. La mayoría de ellos son como yo: porque temen o han cumplido ya una
larga pena, viven en permanente esperanza de evasión.
Por los cuatro muros de
este patio rectangular discurre un camino de ronda muy alumbrado por la noche,
con una torreta donde se cobija un centinela en cada ángulo del muro. Así, día
y noche, cuatro centinelas están de servicio, más uno en el patio, delante de
la puerta de la capilla. Este, sin armas. La comida es satisfactoria y varios
presos venden comida y bebida, café o zumos de fruta del país: naranja, piña,
papaya, etc., que les traen del exterior. De vez en cuando, esos pequeños
comerciantes son víctimas de un atraco a mano armada ejecutado con sorprendente
rapidez. Sin haber tenido tiempo de sospechar nada, se encuentran con una gran
toalla que les aprieta la cara para impedirles gritar, y un cuchillo en los
riñones o el cuello que penetraría profundamente al menor movimiento. La
víctima es despojada de la recaudación antes de poder decir esta boca es mía.
Un puñetazo en la nuca acompaña el ademán de quitar la toalla. Nunca, pase lo
que pase, habla nadie. A veces, el comerciante guarda lo que vende como quien
cierra la tienda— y trata de averiguar quién ha podido hacerle esa mala jugada.
Si le descubre, hay pelea, siempre a navaja.
Dos ladrones
colombianos vienen a hacerme una proposición. Les escucho con mucha atención.
En la ciudad, al parecer, hay policías ladrones. Cuando están de vigilancia en
un sector, avisan a cómplices para que puedan acudir allí a robar
Mis dos visitantes les
conocen a todos y me explican que sería muy mala pata si, durante la semana,
alguno de esos policías no viniese a montar guardia delante de la puerta de la
capilla. Sería conveniente que yo me hiciese entregar una pistola a la hora de
visita. El policía ladrón aceptaría sin dificultad ser obligado, aparentemente,
a llamar a la puerta de salida de la capilla que da a un pequeño puesto de
guardia de cuatro o cinco hombres a lo sumo. Sorprendidos por nosotros, pistola
en mano, éstos no podrán impedirnos ganar la calle. Y, entonces sólo restaría
perdernos en el tránsito, que es muy intenso en ella.
El plan no me gusta
mucho. La pistola, para poder ocultarla, sólo puede ser de pequeño calibre, a
lo sumo una "6.35". Aun con eso, hay el peligro de no intimidar lo
suficiente a los guardias. O uno de ellos puede reaccionar mal y vernos obligados
a matar. Digo que no.
El deseo de acción no
sólo me atormenta a mí, sino también a mis amigos. Con la diferencia de que,
tras algunos días de abatimiento, ellos llegan a aceptar la idea de que el
barco que venga a buscarnos nos encuentre en la prisión. De eso a considerarse
derrotados no hay más que un paso. Incluso discuten sobre el, modo como nos
castigarán allí y del trato que nos aguarda.
—¡No quiero ni oír
vuestras memeces! Cuando queráis hablar de tamaño porvenir, hacedlo lejos de
mí, id a discutirlo a un rincón donde yo no esté. La fatalidad de la que
habláis sólo es aceptable cuando se es impotente. ¿Sois impotentes? ¿Han capado
a uno de vosotros? Si ha sido así, avisadme. Pues, os diré una cosa, machos:
cuando pienso en pirármelas, pienso en que nos las piraremos todos. Cuando mi
cerebro estalla a fuerza de pensar cómo hacer para evadirse, doy por sentado de
que nos fugaremos todos. Y no resulta fácil, seis hombres. Porque, os diré una
cosa, si veo que la fecha se avecina demasiado sin haber hecho nada, no me lo
pensaré: mato a un policía colombiano para ganar tiempo. No van a entregarme a
Francia si les he matado un policía. Y, entonces, tendré tiempo por delante. Y
como estaré solo para evadirme, resultará más fácil.
Los colombianos
preparan otro plan, no mal pensado. El día de la misa, domingo por la mañana,
la capilla siempre está llena de visitas y de presos. Primero oyen misa todos
juntos y, luego, terminado el oficio, en la capilla se quedan los presos que
tienen visita. Los colombianos me piden que vaya el domingo a misa para
enterarme bien de cómo va eso, a fin de poder coordinar la acción para el
domingo que viene. Me proponen que sea el jefe de la revuelta. Pero rehúso ese
honor: no conozco bastante a los hombres que van a actuar.
Respondo de cuatro
franceses, pues el bretón y el hombre de la plancha no quieren participar. No
hay problema, sólo tienen que dejar de ir a la capilla. El domingo, nosotros,
los cuatro que estaremos en el ajo, asistimos a misa. Esa capilla es rectangular.
Al fondo, el coro; en medio, a ambos lados, dos puertas que dan a los patios.
La puerta principal da al puesto de guardia. La cierra una reja detrás de la
cual están los guardianes, unos veinte. Por último, detrás de éstos, la puerta
de la calle. Como la capilla está llena a rebosar, los guardias dejan la reja
abierta y, durante el oficio, permanecen de pie en fila apretada. Entre las
visitas deben venir dos hombres y armas. Las armas serán traídas por mujeres
bajo las faldas. Las distribuirán una vez haya entrado todo el mundo. Serán de
gran calibre, "38" o "45". El jefe del complot recibirá un
revólver de gran calibre de una mujer que se retirará acto seguido. A la señal
del segundo campanillazo del monaguillo, debemos atacar todos. Yo debo poner un
enorme cuchillo bajo la garganta del director, don Gregorio, diciendo:
—Da la orden de
dejarnos pasar, si no, te mato.
Otro debe de hacer lo
mismo con el cura. Los otros tres, desde tres ángulos distintos, apuntarán sus
armas contra los policías que están de pie en la reja de la entrada principal
de la capilla. Orden de cargarse al primero que no tire su arma. Los que no
vayan armados, deben ser los primeros en salir. El cura y el director servirán
de escudo a la retaguardia. Si todo sucede normalmente, los policías tendrán
sus fusiles en el suelo. Los hombres armados de pistolas deben hacerles entrar
en la capilla. Saldremos cerrando primero la reja, después la puerta de madera.
El puesto de guardia estará desierto, puesto que todos los policías asisten
obligatoriamente, de pie, a la misa. Fuera, a cincuenta metros, estará un
camión con una escalerita colgada atrás para que podamos subir más de prisa. El
camión no arrancará hasta que el jefe de la revuelta haya subido. Debe ser el
último en subir. Tras haber asistido a la celebración de la misa, doy mi
conformidad. Todo ocurre como me lo ha descrito Fernando.
Joseph Dega no. acudirá
a la visita este domingo. Sabe por qué. Hará preparar un falso taxi para que
nosotros no subamos al camión y nos llevará a un escondrijo que también él se
encargará de disponer. Estoy muy excitado toda la semana y espero la acción con
impaciencia. Fernando ha podido agenciarse un revólver por otros medios. Es un
"45" de la Guardia Civil colombiana, un arma de veras temible. El
jueves, una de las mujeres de Joseph ha venido a verme. Es muy simpática y me
dice que el taxi será de color amarillo, no podemos equivocarnos.
—O.K. Gracias.
—Buena suerte.
Me besa gentilmente en
ambas mejillas y hasta me parece que está un poco emocionada.
—Entra, entra. Que esta
capilla se llene para escuchar la voz de Dios —dice el cura.
Clousiot está en su
puesto, preparado. A Maturette le brillan los ojos y el otro no se despega de
mí. Muy sereno, ocupo mi sitio. Don Gregorio, el director, está sentado en una
silla, al lado de una mujer gorda. Estoy de pie junto al muro. A mi derecha, Clousiot,
a mí izquierda, los otros dos, vestidos decorosamente para no llamar la
atención del público si logramos ganar la calle. Llevo el cuchillo abierto
sobre el antebrazo derecho. Está sujeto por un grueso elástico y tapado por la
manga de la camisa caqui, bien abrochada en el puño. Es el momento de la
elevación, cuando todos los asistentes bajan la cabeza como si buscasen algo,
cuando el monaguillo, tras haber agitado muy de prisa su campanilla, debe hacer
tres toques separados. El segundo es nuestra señal. Cada cual sabe lo que debe
hacer entonces.
Primer toque, segundo…
Me abalanzo sobre don Gregorio y le pongo el cuchillo bajo su grueso cuello
arrugado. El cura grita:
—Misericordia, no me
mate.
Y, sin verles, oigo a
los otros tres ordenar a los guardias que tiren el fusil. Todo va bien. Agarro
a don Gregorio por el cuello de su bonito traje y le digo:
—Siga y no tengas
miedo, no te haré daño.
El cura está quieto con
una navaja de afeitar bajo la garganta, cerca de mi grupo. Fernando dice:
—Vamos, francés, vamos
a la salida.
Con la alegría del
triunfo, del éxito, empujo a toda mi gente hacia la puerta que da a la calle,
cuando restallan dos tiros de fusil al mismo tiempo. Fernando se desploma y uno
de los que van armados, también. De todos modos, avanzo un metro más, pero los
guardias se han rehecho y nos cortan el paso con sus fusiles. Afortunadamente,
entre ellos y nosotros hay mujeres. Eso les impide disparar. Dos tiros de fusil
más, seguidos de un pistoletazo. Nuestro tercer compañero armado acaba de ser
derribado tras haber tenido tiempo de disparar un poco a bulto, pues ha herido
a una muchacha. Don Gregorio, pálido como un muerto, me dice:
—Dame el cuchillo.
Se lo entrego. De nada
hubiese servido continuar la lucha. En menos de treinta segundos, la situación
ha cambiado.
Más de una semana
después, he sabido que la revuelta fracasó a causa de un preso de otro patio
que presenciaba la misa desde el exterior de la capilla. Ya a los primeros
segundos de la acción, avisó a los centinelas del muro de ronda. Estos saltaron
del muro de más de seis metros al patio, uno a un lado de la capilla y el otro,
en el otro y, a través de los barrotes de las puertas laterales, dispararon
primero a los presos que, subidos en un banco, amenazaban con sus armas a los
policías. El tercero fue derribado algunos segundos después, al pasar por su
campo de tiro. La continuación fue una hermosa corrida. Yo me quedé al lado del
director que gritaba órdenes. Dieciséis de los nuestros, entre ellos los cuatro
franceses, nos hemos encontrado con grilletes en un calabozo, a pan y agua.
Don Gregorio ha
recibido la visita de Joseph. Me hace llamar y me explica que, en atención a
él, me hará volver al patio con mis camaradas. Gracias a Joseph, diez días
después de la revuelta todos estábamos de nuevo en el patio, incluso los
colombianos y en la misma celda de antes. Al llegar a ella, pido que dediquemos
a Fernando y a sus dos amigos muertos en la acción unos minutos de recuerdo.
Durante la visita, Joseph me explicó que había hecho una colecta y que entre
todos los chulos había reunido cinco mil pesos con los cuales pudo convencer a
don Gregorio. Aquel gesto hizo aumentar nuestra estima por los chulos.
¿Qué hacer, ahora? ¿Qué
inventar de nuevo? ¡Pese a todo no voy a darme por vencido y esperar a la
bartola la llegada del barco!
Tendido en el lavadero
común, al resguardo de un sol de justicia, puedo examinar, sin que nadie se
fije en mí, el ir y venir de los centinelas en el muro de ronda. Por la noche,
cada diez minutos, cada uno grita por turno: "¡Centinela, alerta!"
Así, el jefe puede comprobar que ninguno de los cuatro duerme. Si uno no
contesta, el otro repite su llamamiento hasta que conteste.
Creo haber dado con un
fallo. En efecto, de cada garita, en las cuatro esquinas del camino de ronda,
cuelga un bote atado a una cuerda. Cuando el centinela quiere café, llama al
cafetero, quien le vierte uno o dos cafés en el bote. El otro, no tiene más que
tirar de la cuerda. Ahora bien, la garita del fondo de la derecha tiene una
especie de torreta que sobresale un poco sobre el patio. Y me digo que si
fabrico un grueso gancho atado al extremo de una cuerda trenzada, conseguir que
quede sujeto a la garita será cosa de coser y cantar. En pocos segundos, he de
poder salvar el muro que da a la calle. Sólo hay un problema: neutralizar al
centinela. ¿Cómo?
Veo que se levanta y da
unos cuantos pasos por el muro de ronda. Me da la impresión de que el calor le
agobia y lucha por no quedarse dormido. ¡Eso es, maldita sea! ¡Es menester que
se duerma! Primero, confeccionaré la cuerda y, si encuentro un gancho seguro,
le dormiré y probaré suerte. En dos días, queda trenzada una cuerda de casi
siete metros con todas las camisas de tela fuerte que hemos podido encontrar,
sobre todo las de color caqui— El gancho ha sido fácil de encontrar. Es el
soporte de uno de los sobradillos fijados en las puertas de las celdas para
protegerlas de la lluvia. Joseph Dega me ha traído una botella de somnífero muy
potente. Según las indicaciones, sólo puede tomarse diez gotas de él. La
botella contiene aproximadamente seis cucharadas soperas colmadas. Acostumbro
al centinela a aceptar que le convide a café. El me manda el bote y yo cada
vez, le mando tres cafés. Como todos los colombianos gustan del alcohol y el
somnífero sabe un poco a anís, me procuro una botella de anís. Digo al centinela:
—¿Quieres café a la
francesa?
—¿Cómo es?
—Conanís.
—Primero, probaré.
Varios centinelas han
probado mi café con anís y, ahora, cuando convido a café, me dicen:
—¡A la francesa!
—Como quieras.
—Y, ¡zas!, les echo
anís.
La hora H ha llegado.
Sábado al mediodía. Hace un calor espantoso. Mis amigos saben que es imposible
que tengamos tiempo de pasar dos, pero un colombiano de nombre árabe, Alí, me
dice que subirá detrás de mí. Acepto. Eso evitará que un francés pase por cómplice
y sea castigado en consecuencia. Por otra parte, no puedo llevar encima la
cuerda y el gancho, pues el centinela tendrá tiempo de sobra para observarme
cuando le dé el café. En nuestra opinión, a los cinco minutos estará K.O.
Son "menos
cinco". Llamo al centinela.
—Bien.
—¿Quieres tomarte un
café?
—Sí, a la francesa,
sabe mejor.
—Espera, te lo traigo.
Voy al cafetero:
"Dos cafés." En mi bote he echado ya todo el somnífero. ¡Si con eso
no se desploma como una piedra…
Llego bajo él y me ve
echar anís ostensiblemente.
—¿Lo quieres cargado?
—Si.
Echo un poco más, lo
vierto en su bote y él lo sube en seguida. Cinco minutos, diez, quince. ¡Veinte
minutos! Sigue sin dormirse. Más aún, en lugar de sentarse, da algunos pasos,
fusil en mano, ida y vuelta. Sin embargo, se lo ha bebido todo. Y el cambio de
guardia es a la una.
Como sobre ascuas,
observo sus movimientos. Nada indica que esté drogado. ¡Ah! Acaba de
tambalearse. Se sienta delante de la garita, con el fusil entre las piernas.
Ladea la cabeza. Mis amigos y dos o tres colombianos que están en el secreto
siguen tan apasionadamente como yo sus reacciones.
—¡Rápido! —digo al
colombiano—. ¡la cuerda!
Se dispone a arrojarla,
cuando el guardia se levanta, deja caer su fusil en el suelo, se despereza y
mueve las piernas como si quisiera marcar el paso. El colombiano se para a
tiempo. Quedan dieciocho minutos antes del relevo. Entonces, me pongo a llamar
mentalmente a Dios en mi auxilio: "¡Te lo ruego, ayúdame otra vez! ¡Te lo
suplico, no me abandones!" Pero es inútil que invoque a ese Dios de los
cristianos, tan poco comprensivo a veces, sobre todo para mí, un ateo.
—¡Parece mentira!—dice
Clousiot, acercándose a mí—. ¡Es extraordinario que no se duerma el memo ese!
El centinela se agacha
para recoger su fusil y, en el momento mismo que va a hacerlo, cae cuan largo
es en el camino de ronda, como fulminado. El colombiano lanza el gancho, pero
el gancho no queda prendido y cae. Lo tira otra vez. Ya está enganchado. Tira
un poco de él para ver si está bien sujeto. Lo compruebo y, en el momento que
pongo el pie contra el muro para hacer la primera flexión y empezar a subir,
Clousiot me dice:
—¡Lárgate, que viene el
relevo!
Tengo el tiempo justo
de retirarme antes de ser visto. Movidos por ese instinto de defensa y de
camaradería de los presos, una docena de colombianos me rodean rápidamente y me
mezclan a su grupo. Un guardia del relevo nota a la primera ojeada el gancho y
el centinela desplomado con su fusil. Corre dos o tres metros y aprieta el
timbre de alarma, convencido de que ha habido una evasión.
Vienen a buscar al
dormido con una camilla. Hay más de veinte policías en el camino de ronda. Don
Gregorio, está con ellos y hace subir la cuerda. Tiene el gancho en la mano.
Algunos instantes después, fusil en ristre, los policías rodean el patio. Pasan
lista. A cada nombre, el interpelado debe meterse en su celda. ¡Sorpresa: no
falta nadie! Encierran a todo el mundo bajo llave, cada cual en su celda.
Segunda lista y
control, celda por celda. No, no ha desaparecido nadie. Hacia las tres, nos
dejan ir de nuevo al patio. Nos enteramos de que el centinela está durmiendo a
pierna suelta y de que todos los medios empleados para despertarle no han dado
resultado. Mi cómplice colombiano está tan desesperado como yo. ¡Estaba tan
convencido de que nos iba a salir bien! Dice pestes de los productos
americanos, pues el somnífero era americano.
—¿Qué vamos a hacer?
—¡Hombre, pues volver a
empezar!
Es todo lo que se me
ocurre decirle. Cree que quiero decir: volver a dormir a un centinela; pero yo
pensaba: encontrar otra cosa. Me dice:
—¿Crees que esos
guardias son lo bastante imbéciles como para que encontremos a otro que quiera
tomarse un café a la francesa.
Pese a lo trágico del
momento, no puedo menos que reírme.
—¡Seguro, macho!
El policía ha dormido
tres días y cuatro noches seguidos. Cuando, por fin, despierta, desde luego
dice que, seguramente, fui yo quien le durmió con el café a la francesa. Don
Gregorio me manda llamar y me carea con él. El jefe del cuerpo de guardia quiere
golpearme con su sable. Pego un bote hasta el rincón de la pieza y le provoco.
El otro levanta el sable, don Gregorio se interpone, recibe el sablazo en pleno
hombro y se desploma. Tiene la clavícula fracturada. Grita tan fuerte que el
oficial sólo se ocupa de él. Le recoge. Don Gregorio pide socorro. De los
despachos contiguos acuden todos los empleados civiles. El oficial, otros dos
policías y el centinela que yo dormí se pelean con una docena de paisanos que
quieren vengar al director. En esta tangana, varios quedan levemente heridos.
El único que no tiene nada soy yo. Lo importante no es ya mi caso, sino el del
director y el del oficial. El sustituto del director, mientras a éste le
transportan al hospital, me lleva de nuevo al patio:
Más tarde nos
ocuparemos de ti, francés.
El día siguiente, el
director, con el hombro escayolado me pide una declaración escrita contra el
oficial. Declaro de buena gana todo lo que quiere. Se han olvidado por completo
de la historia del somnífero. Eso no les interesa, afortunadamente para mí.
Han pasado unos cuantos
días, cuando Joseph Dega se ofrece a organizar una acción desde fuera. Como le
he dicho que la evasión, de noche, es imposible a causa del alumbrado del
camino de ronda, busca el medio de cortar la corriente. Gracias a un electricista,
lo encuentra: bajando el interruptor de un transformador situado fuera de la
cárcel. A mí me toca sobornar al centinela de guardia del lado de la calle, así
como al del patio, en la puerta de la capilla. Fue más complicado de lo que
creíamos Primero, tuve que convencer a don Gregorio de que me entregase diez
mil pesos so pretexto de mandarlos a mi familia por mediación de Joseph,
"obligándole", desde luego, a aceptar dos mil pesos para comprarle un
regalo a su mujer. Luego, tras haber localizado al que establecía los turnos y
las horas de guardia, tuve que sobornarle a su vez. Recibirá tres mil pesos,
pero no quiere intervenir en las negociaciones con los otros dos centinelas. A
mí me toca encontrarlos y hacer tratos con ellos. Después, le da los nombres y
él les asignará el turno de guardia que yo le indique.
La preparación de ese
nuevo intento de fuga me costó más de un mes. Por fin, todo está cronometrado.
Como no habrá que gastar cumplidos con la policía del patio, cortaremos el
barrote con una sierra para metales con montura y todo. Tengo tres limas. El colombiano
del gancho está sobre aviso. El cortará su barrote en varias etapas. La noche
de la acción, uno de sus amigos, que se hace el loco desde tiempo atrás,
golpeará un trozo de chapa de cinc y cantará a voz en cuello. El colombiano
sabe que el centinela sólo ha querido hacer tratos para la evasión de dos
franceses y ha dicho que si subía un tercer hombre, le dispararía De todos
modos, quiere probar suerte y me dice que si trepamos bien pegados uno a otro
en la oscuridad, el centinela no podrá distinguir cuántos hay. Clousiot y
Maturette han echado a suerte quién se iría conmigo. Ha ganado Clousiot.
La noche sin luna
llega. El sargento y los dos policías han cobrado la mitad de los billetes que
les corresponden a cada uno. Esta vez, no he tenido que cortarlos, ya lo
estaban. Deben ir a buscar las otras mitades al Barrio Chino, en casa de la
mujer de Joseph Dega.
La luz se apaga.
Atacamos el barrote. En menos de diez minutos, está aserrado. En pantalón y
camisa oscuros, salimos de la celda. El colombiano se nos reúne de paso. Va
completamente desnudo, aparte un slip negro. Trepo la reja del calabozo que
está en el muro, rodeo el sobradillo y lanzo el gancho, que tiene tres metros
de cuerda. Llego al camino de ronda en menos de tres minutos sin haber hecho
ningún ruido. Tendido de bruces, aguardo a Clousiot. La noche es muy oscura. De
repente, veo, o más bien adivino, una mano que se tiende, la agarro y tiro de
ella
Entonces, se produce un
ruido espantoso. Clousiot se ha pasado entre el sobradillo y el muro y se ha
quedado enganchado a la chapa por el reborde de su pantalón. El cinc calla.
Tiro otra vez de Clousiot, pensando que se ha desenganchado ya, y, en medio del
estruendo que hace la chapa de cinc, le arranco por fuera y le aúpo hasta el
camino de ronda.
Disparan de los otros
puestos, pero no del mío. Asustados por los tiros, saltamos hacia el lado malo,
a la calle que está a nueve metros, en tanto que, a la derecha, hay otra calle
que está sólo a cinco metros. Resultado: Clousiot vuelve a romperse la pierna
derecha. Yo tampoco puedo incorporarme: me he roto los dos pies. Más tarde,
sabré que se trataba de los calcáneos. En cuanto al colombiano, se descoyunta
una rodilla. Los disparos de fusil hacen salir a la guardia a la calle. Nos
rodean con la luz de una potente linterna eléctrica, apuntándonos con los
fusiles. Lloro de rabia. Por si fuese poco los policías no quieren admitir que
no pueda incorporarme. Así, pues, de rodillas, arrastrándome bajo cientos de
bayonetazos, vuelvo a la prisión. Clousiot, por su parte, anda a la pata coja y
el colombiano, igual. Sangro horriblemente de una herida en la cabeza producida
por un culatazo.
Los tiros han
despertado a don Gregorio quien, por suerte, estaba de guardia aquella noche y
dormía en su despacho. De no ser por él, nos hubiesen rematado a culatazos y
bayonetazos. El que más se ensaña conmigo es, precisamente, el sargento a quien
había pagado para que pusiese a los dos guardias cómplices. Don Gregorio
detiene esa cruel brutalidad. Les amenaza con entregarles a los tribunales si
nos hieren gravemente. Esta palabra mágica les paraliza a todos.
Al día siguiente, la
pierna de Clousiot es escayolada en el hospital. Al colombiano le ha encajado
la rodilla un preso ensalmador y lleva un vendaje "Velpeau". Durante
la noche, como mis pies se han inflamado hasta el punto de que son tan gordos
como mi cabeza, rojos y negros de sangre, tumefactos en los talones, el doctor
me hace meter los pies en agua tibia salada y, luego, me aplican sanguijuelas
tres veces diarias— Cuando están repletas de sangre, las sanguijuelas se
desprenden por sí mismas y hay que ponerlas a vaciarse en vinagre. Seis puntos
de sutura han cerrado la herida de la cabeza.
Un periodista falto de
informaciones publica un artículo sobre, mí. Cuenta que yo era el jefe de la
revuelta de la iglesia, que "envenené" a un centinela y que, en
última instancia, organicé una evasión colectiva en complicidad con el
exterior, puesto que cortaron la luz del barrio causando desperfectos en el
transformador. "Esperemos que Francia venga lo antes posible a
desembarazarnos de su gángster número Uno", concluye diciendo.
Joseph ha venido a
verme acompañado de su mujer, Annie. El sargento y los tres policías se han
presentado por separado para cobrar la mitad de los billetes. Annie viene a
preguntarme qué debe hacer. Le digo que pague, porque ellos han cumplido su
compromiso. Si hemos fracasado, ellos no tuvieron la culpa.
Hace una semana que me
paseo por el patio en una carretilla que me sirve de cama. Estoy tendido, con
los pies en alto, descansándolos sobre una tira de lona tendida entre dos palos
colocados verticalmente en los brazos de la carretilla. Es la única postura
posible para no sufrir demasiado. Mis pies enormes, inflados y congestionados
de sangre coagulada no pueden apoyarse en nada, ni siquiera en posición
horizontal. En cambio, de este modo, sufro un poco menos. Casi quince días
después de haberme roto los pies, se han desinflado a medias y me hacen una
radiografía. Los dos calcáneos están rotos. Tendré los pies planos toda mi
vida.
El diario de hoy
anuncia para fin de mes la llegada del barco que viene a buscarnos con una
escolta de policías franceses. Es el Mana, dice el periódico. Estamos a 12 de
octubre. Nos quedan dieciocho días, hay que jugar, pues, la última carta. ¿Pero
cuál, con mis pies rotos?
Joseph está
desesperado. En la visita, me cuenta que todos los franceses y todas las
mujeres del Barrio Chino están consternados de haberme visto luchar tanto por
mi libertad y de saberme a sólo algunos días de ser devuelto a las autoridades
francesas. Mi caso conmueve a toda la colonia. Me consuela saber que esos
hombres y sus mujeres están moralmente conmigo.
He abandonado el
proyecto de matar a un policía colombiano. En efecto, no puedo decidirme a
quitarle la vida a un hombre que no me ha hecho nada. Pienso que puede tener un
padre o una madre que dependen de él, la mujer, hijos. Sonrío pensando que me
haría falta —encontrar un policía malvado y sin familia. Por ejemplo, podría
preguntarle: "Si te asesino, ¿de verdad que no te echará nadie de
menos?" Esa mañana del 13 de octubre estoy triste. Contemplo un trozo de
piedra de ácido pícrico que debe, tras habérmela comido, provocarme ictericia.
Si me hospitalizan, quizá pueda hacerme sacar del hospital por gente pagada por
Joseph. El día siguiente, 14, estoy más amarillo que un limón. Don Gregorio
viene a verme en el patio. Estoy a la sombra, medio tendido en mi carretilla,
patas arriba. Rápidamente, sin ambages, sin prudencia, ataco:
—Diez mil pesos para
usted si me hace hospitalizar.
—Francés, lo intentaré.
No tanto por los diez mil pesos como porque me da pena verte luchar en vano por
tu libertad. Sin embargo, no creo que te guarden en el hospital, a causa de ese
artículo aparecido en el periódico. Tendrán miedo.
Una hora después, el
doctor me manda al hospital. Pero ni siquiera lo he pisado. Bajado de la
ambulancia en una camilla, volvía a la cárcel dos horas después de una visita
minuciosa y un análisis de orina sin haberme movido de la camilla.
Estamos a 19, jueves.
La mujer de Joseph, Annie, ha venido acompañada por la mujer de un corso. Me
han traído cigarrillos y algunos pasteles. Esas dos mujeres, con sus palabras
afectuosas, me han causado un bien inmenso. Las cosas más bonitas, la
manifestación de su pura amistad, han transformado, en verdad, este día
"amargo" en una tarde soleada. Nunca podré expresar hasta qué punto
la solidaridad de las gentes del hampa me ha hecho bien durante mi estancia en
la prisión "80". Ni cuánto debo a Joseph Dega, quien ha llegado hasta
arriesgar su libertad y su posición por ayudarme a fugarme.
Pero una palabra de
Anníe me ha dado una idea. Charlando, me dice.
—Mi querido Papillon,
ha hecho usted todo lo humanamente posible para conquistar su libertad. El
destino ha sido muy cruel con usted. ¡Sólo le queda volar la "80"!
—Y, ¿por qué no? ¿Por
qué no habría de volar esta vieja. prisión? Les haría un magnífico favor a los
colombianos. Si la hago volar, quizá se decidan a construir otra nueva, más
higiénica.
Al abrazar a esas dos
encantadoras muchachas a quienes digo adiós para siempre, murmuro a Annie:
—Diga a Joseph que
venga a verme el domingo.
El domingo, día 22,
Joseph está aquí.
—Escucha, haz lo
imposible para que alguien me traiga el jueves un cartucho de dinamita, un
detonador y una mecha "Bickford". Por mi parte, haré lo necesario
para conseguir un berbiquí y tres taladros.
—¿Qué vas a hacer?
—Volaré la tapia de la
prisión en pleno día. Promete cinco mil pesos al taxi de marras. Que esté
detrás de la calle de Medellín todos los días de las ocho de la mañana a las
seis de la tarde. Cobrará quinientos pesos diarios si no ocurre nada y cinco
mil si pasa algo. Por el agujero que abrirá la dinamita, saldré a hombros de un
forzudo colombiano hasta el taxi, lo demás es cosa tuya. Si el falso taxista
está conforme, manda el cartucho. Si no, todo se habrá perdido y adiós
esperanzas.
—Cuenta conmigo —dice
Joseph.
A las cinco, me hago
llevar en brazos a la capilla. Digo que quiero rezar a solas. Me llevan allí.
Pido que don Gregorio venga a verme. Viene.
—Hombre, ya sólo faltan
ocho días para que me dejes.
—Por eso le he hecho
venir. Tiene usted quince mil pesos míos. Quiero entregarlos a un amigo antes
de irme para que los mande a mi familia. Le ruego que acepte usted tres mil
pesos que le ofrezco de corazón por haberme protegido siempre de los malos tratos
de los soldados. Me haría un favor si me los entregase hoy con rollo de papel
de goma a fin de que, de aquí al jueves, los arregle para dárselos preparados a
mi amigo.
—Conforme.
—Vuelve y me entrega,
partidos por la mitad, doce mil pesos. Se queda tres mil.
De nuevo en mi
carretilla, llamo al colombiano que salió conmigo la última vez a un rincón
solitario. Le digo mi proyecto y le pregunto si se siente capaz de llevarme a
cuestas durante veinte o treinta metros hasta— el taxi. Se compromete
formalmente a hacerlo. Por este lado, la cosa marcha. Actúo como si estuviese
seguro de que Joseph se saldrá con la suya. El lunes por la mañana temprano me
sitúo bajo el lavadero, y Maturette que, con Clousiot, sigue siendo el
"chófer" de mi carretilla, va a buscar al sargento a quien di tres
mil pesos y que tan salvajemente me pegó cuando la última evasión.
—Sargento López, tengo
que hablarle.
—¿Qué quiere usted?
—Por dos mil pesos
quiero un berbiquí muy fuerte de tres marchas y seis taladros. Dos de medio
centímetro, dos de un centímetro y dos de un centímetro y medio de espesor.
—No tengo dinero para
comprarlo.
—Ahí van quinientos
pesos.
—Mañana los tendrás al
cambio de guardia, a la una. Prepara los dos mil pesos.
El martes, a la una, lo
tengo todo en el cubo vacío del patio, una especie de papelera que vacían
cuando se cambia de guardia. Pablo, el forzudo colombiano, lo recoge todo y lo
esconde,
El jueves 26, en la
visita, Joseph no está. A la terminación de la visita, me llaman. Es un viejo
francés, muy arrugado, que viene de parte de Joseph.
—En esta hogaza está lo
que pediste.
—Ahí van dos mil pesos
para el taxi. Cada día, quinientos.
—El taxista es un viejo
peruano en buena forma. Por ese lado, no te preocupes. Ciao.
—Ciao.
En una gran bolsa de
papel, para que la hogaza no llame la atención, han puesto cigarrillos,
fósforos, salchichas ahumadas, un salchichón, un paquete de mantequilla y un
frasco de aceite negro. Mientras registra mi paquete, le doy al guardia de la
puerta un paquete de cigarrillos, fósforos y dos salchichas. Me dice:
—Dame un pedazo de pan
.
—¡Lo que faltaba!
—No, el pan te lo
compras, ahí tienes cinco pesos. ¡Apenas habrá bastante para nosotros seis!
¡Uf! De buena me he
librado. ¡Qué idea ofrecer salchichas al tipo ese! La carretilla se aleja
rápidamente de ese patoso Policía. He quedado tan sorprendido por semejante
petición que todavía sudo.
—Los fuegos
artificiales serán mañana. Todo está aquí, Pablo. Hay que hacer el agujero
exactamente bajo el saliente de la torreta. El guardián de arriba no podrá
verte.
—Pero podrá oírlo.
—Lo tengo previsto. Por
la mañana, a las diez, ese lado del patio está en sombra. Es necesario que uno
de los caldereros se ponga a aplanar una hoja de cobre contra la pared, a
algunos metros de nosotros, al descubierto. Si son dos, tanto mejor. Les daré
quinientos pesos a cada uno. Busca a los dos hombres.
Los encuentra.
—Dos amigos míos
martillearán el cobre sin parar. El centinela no podrá distinguir el ruido del
taladro. Pero tú, con tu carretilla, tendrás que estar un poco apartado del
saledizo y discutir con los franceses. Eso distraerá un poco al centinela del
otro ángulo.
En una hora, el agujero
está hecho. Gracias a los martillazos sobre el cobre y el aceite que un
ayudante vierte en el taladro, el centinela no sospecha nada. El cartucho es
metido en el agujero y el detonador colocado, así como veinte centímetros de
mecha. El cartucho está calzado con arcilla. Nos apartamos. Si todo va bien, la
explosión abrirá una brecha. El centinela caerá con la garita y yo, a través
del agujero, a caballo sobre Pablo, llegaré al taxi. Los otros se espabilarán
como puedan. Lógicamente. Clousiot y Maturette, aunque salgan después que
nosotros, estarán en el taxi antes que yo.
Antes de prender fuego,
Pablo advierte a un grupo de colombianos:
—Si queréis evadiros,
dentro de unos instantes habrá un agujero en el muro.
Prendemos fuego. Una
explosión de todos los diablos hace retemblar el barrio. La torreta se ha
venido abajo con el policía. El muro tiene grandes resquebrajaduras en todas
partes, tan anchas que se ve la calle al otro lado, pero ninguna de esas
aberturas es lo bastante espaciosa para que se pueda pasar por ella. Ninguna
brecha suficientemente grande se ha producido y sólo en este momento admito que
estoy perdido. Mi destino, es, sin duda, volver allá, a Cayena.
El zafarrancho que
sigue a la explosión es indescriptible. Hay más de cincuenta policías en el
patio. Don Gregorio sabe a qué atenerse.
—Bueno, francés. Esta
vez es la última, ¿no?
El jefe de la
guarnición está loco de rabia. No puede dar orden de pegar a un hombre herido,
tendido en una carretilla y yo, para evitar que la tomen con los otros, declaro
en voz alta que todo lo he hecho yo y sólo yo. Seis guardias delante del muro
rejado, seis más en el muro de la cárcel y otros seis fuera, en la calle,
montarán guardia permanentemente hasta que los albañiles hayan reparado los
desperfectos. Por fortuna el centinela que cayó del muro de ronda no se hizo el
menor daño.
Regreso al presidio
Tres días después, el
30 de octubre, a las once de la mañana, los doce vigilantes del presidio,
vestidos de blanco, se hacen cargo de nosotros. Antes de salir, pequeña
ceremonia oficial: cada uno de nosotros debe ser identificado y reconocido. Han
traído nuestras fichas antropométricas, fotos, huellas dactilares y toda la
pesca. Una vez comprobada nuestra identidad, el cónsul francés le firma un
documento al juez del distrito, que es la persona encargada de entregarnos
oficialmente a Francia. Todos los presentes están asombrados de la amistosa
manera con que nos tratan los vigilantes. Ninguna animosidad, ninguna palabra
dura. Los tres que estuvieron allá más tiempo que nosotros conocen varias fugas
y bromean con los vigilantes como viejos amigos. El jefe de la escolta,
comandante Boural, se preocupa por mi estado, me mira los pies y dice que, a
bordo, me curarán, que hay un buen enfermero en el grupo que ha venido a
buscarnos.
El viaje en la bodega
de aquel barco asmático fue penoso sobre todo por el calor asfixiante y el
tormento de estar atados de dos en dos a esas barras de justicia que datan del
presidio de Tolón. Sólo un incidente que destacar: el barco se vio obligado a repostar
carbón en Trinidad. Una vez en el puerto, un oficial de Marina inglés exigió
que nos quitasen los grilletes. Al parecer está prohibido encadenar hombres a
bordo de un barco. He aprovechado este incidente para abofetear a otro oficial
inspector, inglés. Con esto, trataba de hacerme detener y bajar a tierra. El
oficial me dice:
—No le detendré y no le
bajaré a tierra por el grave delito que acaba de cometer. Será más castigado
volviendo allá.
He perdido el tiempo.
No, no hay duda, estoy destinado a volver al presidio. He tenido mala suerte,
pero en cualquier caso, esos once meses de evasión, de intensas y diversas
luchas tan terminado lamentablemente. Y, aun así, pese al estruendoso fracaso de
esas múltiples aventuras, el regreso al presidio, con todas sus amargas
consecuencias, no puede borrar los inolvidables momentos que acabo de vivir.
Cerca de ese puerto de
Trinidad que hemos dejado hace un momento, a pocos kilómetros, se encuentra la
incomparable familia Bowen. No hemos pasado lejos de Curasao, tierra del gran
hombre que es el obispo de este país, Irénée de Bruy Seguramente, hemos rozado
también el territorio de los indios guajiros, donde conocí el amor más
apasionado y puro en su forma más espontánea y natural. Toda la claridad de que
son capaces los niños, la forma pura de ver las cosas que distingue a esa edad
privilegiada, las he encontrado en esas indias llenas de voluntad, ricas de
comprensión, de amor ingenuo y de pureza.
¡Y esos leprosos de la
Isla de las Palomas! Esos miserables presidiarios aquejados de tan horrible
enfermedad y que, sin embargo, tuvieron la fuerza de hallar en su corazón la
nobleza necesaria para ayudarnos!
¡Hasta el cónsul belga,
hombre de una bondad espontánea hasta Joseph Dega, quien, sin conocerme, tanto
se expuso por mí! Todas esas personas, todos esos seres que he conocido en esa
fuga, hacen que ésta haya valido la pena de haberla hecho. Incluso fallida, mi
evasión es una victoria sólo porque he tenido ocasión de enriquecer mi alma con
el conocimiento de esas personas excepcionales. No, no me arrepiento de haberla
hecho.
Ya está, he aquí el
Maroni y sus aguas cenagosas. Estamos en la cubierta del Mana. El sol de los
trópicos ha comenzado ya a abrasar esta tierra. Son las nueve de la mañana,
vuelvo a ver el estuario y entramos despacio por donde salí tan de prisa. Mis
camaradas no hablan. Los vigilantes están contentos de arribar. La mar se ha
embravecido durante el viaje y muchos de ellos respiran, por fin, con alivio.
16 de noviembre de 1934
En el atracadero, un
gentío enorme. Se nota que esperan con curiosidad a los hombres que no temieron
ir tan lejos. Como llegamos en domingo, el evento representa también una
distracción para esa sociedad que no tiene muchas. Oigo a personas que dicen:
—El herido es Papillon.
Ese, Clousiot. Aquél, Maturette…
Y así sucesivamente.
En el campamento de la
penitenciaría, seiscientos hombres están agrupados delante de su barracón.
junto a cada grupo, vigilantes. El primero a quien reconozco es François
Sierra. Llora sin recato, sin ocultarse de los demás. Está encaramado en una
ventana en la enfermería y me mira. Se nota que su pesadumbre es sincera. Nos
paramos en medio del campo. El comandante de la penitenciaría toma un megáfono:
—Deportados, podéis
comprobar la inutilidad de evadirse. Todos los países os encarcelan para
entregaros a Francia. Nadie quiere saber nada de vosotros. Vale más, pues, que
permanezcáis tranquilos y os portéis bien. ¿Qué les espera a esos seis hombres?
Una dura condena que deberán cumplir en la Reclusión de la isla de San José y,
para el resto de su pena, el internamiento en las Islas de la Salvación. Esto
es lo que han ganado con fugarse. Espero que lo habréis comprendido.
Vigilantes, llevad a esos hombres al pabellón disciplinario.
Algunos minutos
después, nos encontramos en una celda especial del pabellón de extrema
vigilancia. Tan pronto llego, pido que me curen los pies, todavía muy
tumefactos e inflados. Clousiot dice que el escayolado de la pierna le duele.
Intentamos el golpe… ¡Si nos mandasen al hospital! Llega François Sierra con su
vigilante.
—Este es el enfermero
—dice este último.
—¿Cómo estás, Papi?
—Estoy enfermo, quiero
ir al hospital.
—Trataré de
conseguirlo, pero, después de lo que hiciste, creo que será casi imposible, y
Clousiot, igual.
Me fricciona los pies,
me pone pomada, comprueba el escayolado de Clousiot y se va. No hemos podido
decirnos nada, pues los vigilantes estaban allí, pero sus ojos expresaban tanta
dulzura que me he quedado conmovido.
No, no hay nada que
hacer —me dice al día siguiente mientras me da otro masaje—. ¿Quieres que te
haga pasar a una sala común? ¿Te ponen la barra por la noche?
—Sí.
—Entonces, es mejor que
vayas a la sala común. Seguirás llevando los grilletes, pero no estarás solo.
Y, en este momento, estar aislado debe resultarte horrible.
Sí, el aislamiento, en
este momento, es más difícil aún de soportar que antes. Estoy en un estado de
ánimo tal, que ni siquiera necesito cerrar los ojos para vagabundear tanto en
el pasado como en el presente. Y como no puedo andar, para mí el calabozo es
aún peor de lo que era.
¡Ah! Ahora sí que estoy
verdaderamente de vuelta en el "camino de la podredumbre". Sin
embargo, había podido salirme de el muy pronto y volaba por el mar hacia la
libertad, hacia el gozo de poder ser de nuevo un hombre, hacia la venganza,
también. La deuda que tiene conmigo Polein, la bofia y el fiscal no debo
olvidarla. En lo que se refiere al baúl, no es necesario entregarlo a los
polizontes de la puerta de la Policía judicial. Llegaré vestido de empleado de
los coches—cama "Cook", con una hermosa gorra de la Compañía en la
cabeza. En el baúl, una gran etiqueta: "Comisario Divisionario Benolt, 36,
Quai des Orfévres, París (Sena)." Subiré personalmente el baúl a la sala
de informaciones, y como habré calculado que el despertador no funcionará hasta
que me haya retirado, todo saldrá a pedir de boca. Haber encontrado la solución
me ha quitado un gran peso de encima. En cuanto al fiscal, ya tendré ocasión de
arrancarle la lengua. la manera como lo haré todavía no está establecida, pero…
sí, se la arrancaré a trocitos, esa lengua prostituida.
En lo inmediato, primer
objetivo: curarme los pies. Es menester que camine lo antes posible. No me
presentaré ante el tribunal antes de tres meses, y en tres meses pueden pasar
muchas cosas. Un mes para andar, un mes para poner las cosas a punto, y buenas
noches, señores. Dirección: Honduras británica. Pero, esta vez, nadie podrá
echarme el guante.
Ayer, tres días después
de nuestro regreso, me han llevado a la sala común. Cuarenta hombres esperan en
ella el consejo de guerra. Unos acusados de robo, otros, de saqueo, de incendio
deliberado, de homicidio, de homicidio frustrado, de asesinato, de tentativa de
evasión, de evasión y hasta de antropofagia. A cada lado del zócalo de madera
somos veinte, todos atados a la misma barra, el pie izquierdo de cada hombre
queda sujeto a la barra común por una argolla de hierro. A las seis de la
mañana, nos quitan esos gruesos grilletes y, durante todo el día, podemos
sentarnos, pasear, jugar a damas, discutir en lo que llaman el coursier, una
especie de pasillo de dos metros de anchura que atraviesa la sala. Durante el
día, no tengo tiempo de aburrirme. Todo el mundo viene a verme, por pequeños
grupos, para que les cuente la fuga. Todos me llaman loco, cuando les digo que
abandoné voluntariamente mi tribu de guajiros, a Lali y a Zoraima.
—Pero, ¿qué buscabas,
compañero? —dijo un parisiense al oír el relato—. ¿Tranvías? ¿Ascensores?
¿Cines? ¿La luz eléctrica con su corriente de alta tensión para accionar las
sillas eléctricas? ¿O querías ir a tomarte un baño en el estanque de la plaza
Pigalle? ¡Qué has hecho, compañero! —continúa diciendo el golfillo—. Tienes dos
chavalas a cuál más estupenda, vives en cueros en plena Naturaleza con una
panda de desnuditas fetén, comes, bebes, cazas; tienes mar, sol, arena caliente
y hasta ostras perlíferas, y no encuentras nada mejor que abandonar todo eso y,
¿para ir adónde? ¿Dime? ¿Para tener que cruzar las calles corriendo si no
quieres que te aplasten los coches, para verte obligado a pagar alquiler,
sastre, factura de electricidad y teléfono y, si me apuras, un cacharro, para
hacer el vago o trabajar como un imbécil para un patrono y ganar lo justo para
no morirte de hambre? ¡No lo comprendo, macho! ¡Estabas en el cielo y,
voluntariamente, vuelves al infierno, donde además de los afanes de la vida, tienes
el de huir de todos los policías del mundo que van detrás de ti! Bien es verdad
que tienes sangre fresca de Francia y no has tenido tiempo de ver menguar tus
facultades físicas y mentales. Pero ni siquiera así puedo comprenderte, a pesar
de mis diez años de presidio. En fin, de todas formas, bien venido seas, y,
como seguramente tienes intención de volver a empezar, cuenta con todos
nosotros para ayudarte. ¿Verdad, compañeros? ¿Estáis de acuerdo?
Todos están de acuerdo
y les doy las gracias.
Son, de eso no hay
duda, hombres temibles. Dada nuestra promiscuidad, resulta fácil percatarse de
si alguien lleva estuche o no. Por la noche, como todo el mundo está en la
barra de justicia común, no es difícil matar impunemente a alguien. Basta con
que durante el día, por determinada cantidad de parné, el llavero árabe quiera
no cerrar bien la argolla. Así, por la noche, el hombre interesado se suelta,
hace lo que ha maquinado hacer y vuelve tranquilamente a acostarse en su sitio,
cuidando de cerrar bien su argolla. Como el árabe es indirectamente cómplice,
cierra el pico.
Hace ya tres semanas
que he vuelto. Han pasado bastante de prisa. Comienzo a andar un poco
apoyándome en la barra del pasillo que separa las dos hileras de mamparas. Hago
las primeras pruebas. La semana pasada, en la instrucción, vi a los tres
guardianes del hospital que zurramos y desarmamos. Están muy contentos de que
hayamos vuelto y esperan que un día de esos vayamos a parar a algún sitio donde
ellos estén de servicio. Pues después de nuestra fuga, los tres sufrieron
graves sanciones: suspensión de sus seis meses de permiso en Europa; suspensión
del suplemento colonial de sus haberes durante un año. En resumen, que nuestro
encuentro no ha sido muy cordial. Relatamos esas amenazas en la instrucción a
fin de que todos tomen nota de ellas.
El árabe se ha
comportado mejor. Se ha limitado a decir verdad, sin exagerar y olvidando el
papel desempeñado por Maturette. El capitán-juez de instrucción ha insistido
mucho por saber quién nos había facilitado la embarcación. Hemos hecho mal
contándoles historias inverosímiles, como la confección almadías por nosotros
mismos, etcétera.
Por haber agredido a
los vigilantes, nos dice que hará todo posible para conseguir cinco años para
mí y Clousiot, y tres para Maturette.
—Ya que es usted el
llamado Papillon, confíe en mí, que le cortaré las alas y le costará levantar
el vuelo.
Me da miedo de que
tenga razón.
Sólo dos meses de
espera para comparecer ante el tribunal. Me arrepiento mucho de no haber metido
en mi estuche una o dos puntas de flecha envenenada. Si las hubiese tenido,
habría podido, tal vez, jugarme el todo por el todo en el pabellón
disciplinario. Ahora, cada día hago progresos. Camino mucho mejor. François
Sierra nunca deja, mañana y tarde, de venir a friccionarme, con aceite
alcanforado. Esos masajes—visita me causan un bien enorme, tanto en los pies
como en la moral. ¡Es tan bueno tener un amigo en la vida!
He observado que esa
fuga tan prolongada nos ha dado un prestigio indiscutible entre todos los
presidiarios. Estoy seguro de que estamos completamente a cubierto en medio de
esos hombres. No corremos ningún peligro de ser asesinados para robarnos. La
inmensa mayoría no admitiría el hecho y. seguramente, los culpables perderían
la vida. Todos, sin excepción, nos respetan y hasta nos admiran más o menos
veladamente. Y el hecho de habernos atrevido a atacar a los guardianes nos hace
catalogar como hombres dispuestos a todo. Es muy interesante sentirse seguro.
Cada día camino mejor,
y muy a menudo, gracias a una botella que me deja Sierra, hay hombres que se
brindan a darme masaje no sólo en los pies, sino también en los músculos de las
piernas atrofiadas por esa prolongada inmovilidad.
Un árabe a las hormigas
En esta sala hay dos
hombres taciturnos que no se comunican con nadie. Siempre pegados uno al otro,
sólo hablan entre sí, en voz tan baja que nadie puede oír nada. Un día, ofrezco
a uno de ellos un cigarro americano de un paquete que me ha traído Sierra. Me
da las gracias y, luego dice:
—¿Es amigo tuyo,
Francois Sierra?
—Sí, es mi mejor amigo.
—Tal vez, algún día, si
todo va mal, te mandaremos nuestra herencia por mediación suya.
—¿Qué herencia?
—Mi amigo y yo hemos
decidido que si nos guillotinan, te cederemos nuestro estuche para que puedas
evadirte otra vez. Entonces, se lo daremos a Sierra y él te lo entregará.
—¿Pensáis ser
condenados a muerte?
—Es casi seguro, hay
pocas posibilidades de que nos salvemos.
—Si tan seguro es que
vais a ser condenados a muerte, ¿por qué estáis en esta sala común?—Creo que
tienen miedo de que nos suicidemos, si estamos solos en una celda.
—¡Ah! Claro, es
posible. ¿Y qué habéis hecho?
—Hemos dado a comer un
moro a las hormigas carnívoras. Te lo digo porque, desgraciadamente, tienen
pruebas indiscutibles. Nos pillaron con las manos en la masa.
—¿Y dónde ocurrió eso?
—En el Kilométre 42, en
el "Campo de la Muerte", junto a la caleta Sparouine.
Su compañero se acerca
a nosotros, es de Toulouse. Le ofrezco un cigarrillo americano. Se sienta al
lado de su amigo, frente a mí.
—Nunca hemos preguntado
la opinión de nadie —dice el recién llegado—, pero tengo curiosidad por saber
qué piensas tú de nosotros.
—¿Cómo quieres que te
diga, sin saber nada, si tuviste razón o no de dar a comer vivo un hombre,
aunque sea un chivo, a las hormigas? Para darte mi opinión, sería necesario que
conociese todo el asunto de pe a pa.
—Te lo voy a contar
dice el de Toulouse. El campo del Kilométre 42, a cuarenta y dos kilómetros de
Saint-Laurent, es un campamento forestal. Allí, los presidiarios están
obligados a cortar cada día un metro cúbico de leña dura. Cada tarde, tienes
que estar en la selva, junto a la leña que has cortado, bien apilada— Los
vigilantes, acompañados por llaveros árabes, acuden a comprobar si has cumplido
tu tarea. En el momento de la recepción, cada estéreo de leña es marcado con
pintura roja, verde o amarilla. Depende de los días. Sólo aceptan el trabajo si
cada trozo es de leña dura. Para que salga mejor, se forman equipos de dos. Muy
a menudo, no podíamos terminar la tarea encomendada— Entonces, por la noche,
nos encerraban en el calabozo sin comer, y, por la mañana, nos ponían a
trabajar de nuevo con la obligación de hacer lo que faltaba de la víspera, más
el estéreo del día— Íbamos a morir como perros.
"Cada día
estábamos más débiles y éramos menos capaces de efectuar el trabajo. Por si
fuese poco, nos pusieron un guardián especial que no era un vigilante, sino un
árabe. Llegaba con nosotros al tajo, se sentaba cómodamente, con su vergajo
entre las piernas, y no paraba de insultarnos. Comía haciendo ruido con sus
mandíbulas para darnos dentera. Total, un tormento continuo. Teníamos dos
estuches que contenían tres mil francos cada uno, para evadirnos. Un día,
decidimos comprar al árabe. La situación se volvió peor. Afortunadamente, el
siempre creyó que sólo poseíamos un estuche. Su sistema era fácil: por
cincuenta francos, por ejemplo, nos dejaba ir a robar a los estéreos que ya
habían sido entregados la víspera, trozos de leña que habían escapado a la pintura,
y así hacíamos nuestro estéreo de la jornada. De este modo, de cincuenta y cien
francos, en cincuenta y cien francos, nos sonsacó casi dos mil francos.
"Cuando nos
hubimos puesto al día con nuestro trabajo, quitaron al árabe. Y, entonces,
pensando que no nos denunciaría, puesto que él nos había despojado de tanto
dinero, buscábamos en la selva estéreos registrados para hacer la misma
operación que con el árabe. Un día, éste nos siguió paso a paso, a hurtadillas,
para ver si robábamos la leña. De pronto, se presentó:
" ¡Ah! Ah! ¡Tú
robar la leña todavía y no pagar! Si tu no dar quinientos francos a mí, te
denuncio.
"Creyendo que sólo
se trataba de una amenaza, nos negamos. El día siguiente, vuelve.
"—Tú pagas o esta
noche tú estás en calabozo.
"Volvemos a
negarnos. Por la tarde, vuelve acompañado de guardianes. ¡Fue horrible,
Papillon! Tras habernos puesto en cueros vivos, nos llevan a los estéreos donde
habíamos cogido leña y, perseguidos por aquellos salvajes, golpeados a
vergajazos por el árabe, nos obligaron, corriendo, a deshacer nuestros estéreos
y a completar cada uno de los que habíamos robado. Aquella corrida duró dos
días, sin comer ni beber. Nos caíamos con frecuencia. El árabe nos hacía
levantar a patadas o a vergajazos. Al final, nos tumbamos en el suelo, no
podíamos más. ¿Y sabes cómo logró hacernos poner de pie? Cogió uno de esos
nidos, parecidos a los de avispas, en que viven moscas de fuego. Cortó la rama
de la que pendía el nido y nos la aplastó encima. Locos de dolor, no sólo nos
incorporamos, sino que corrimos como locos. Es inútil decirte lo que sufrimos.
Ya sabes lo dolorosa que es una picadura de avispa. Figúrate, cincuenta o
sesenta picaduras. Y esas moscas de fuego abrasan aún más atrozmente que las
avispas.
"Nos dejaron a pan
y agua en un calabozo durante diez días, sin curarnos. Pese a que nos poníamos
orina encima, las picaduras nos abrasaron diez días sin parar. Yo perdí el ojo
derecho con el que se habían ensañado una docena de moscas de fuego. Cuando nos
reintegraron al campamento, los otros condenados tomaron la decisión de
ayudarnos. Decidieron entregar cada uno un trozo de leña dura cortada al mismo
tamaño. Aquello nos representaba casi un estéreo y nos ayudaba mucho, pues sólo
nos quedaba un estéreo que hacer entre los dos. Nos costó Dios y ayuda
conseguirlo, pero lo conseguimos. Poco a poco— recobramos fuerzas. Comíamos
mucho. Y por casualidad se nos ocurrió la idea de vengarnos del chivo con las
hormigas. Buscando leña dura, encontramos un enorme nido de hormigas carnívoras
en un soto, que estaban devorando una cierva grande como una cabra.
"El chivo seguía
haciendo sus rondas en el tajo y, un buen día, de un golpe con el mango del
hacha, lo dejamos tieso y, luego, lo arrastramos junto al nido de hormigas. Le
pusimos en cueros y le atamos a un árbol, tumbado en el suelo en arco, con pies
y manos ligadas con gruesas cuerdas de las que sirven para atar la leña.
"Con el hacha, le
hicimos algunas heridas en diferentes partes del cuerpo. Le llenamos la boca de
hierba para que no pudiese gritar, además de amordazarlo y aguardamos. Las
hormigas no atacaron hasta que, tras haber hecho subir algunas en una vara metida
en el hormiguero, las esparcimos sobre su cuerpo.
"No hubo que
esperar mucho. Media hora después, las hormigas atacaban a millares. ¿Has visto
hormigas carnívoras, Papillon?
—No, nunca. He visto
grandes hormigas negras.
—Esas son diminutas y
rojas como la sangre. Arrancan pedazos microscópicos de carne y los llevan al
nido. Si nosotros sufrimos con las avispas, figúrate lo que debió de sufrir él,
despedazado vivo por aquellos millares de hormigas. Su agonía duró dos días
completos y una mañana. Al cabo de veinticuatro horas, ya no tenía ojos.
"Reconozco que
nuestra venganza fue despiadada, pero hay que fijarse en lo que él nos había
hecho No habíamos muerto de milagro. Naturalmente, buscaron al chivo por todas
partes, y los otros llaveros árabes, así como los guardianes, sospechaban que nosotros
no éramos ajenos a aquella desaparición.
"En otro soto,
cada día cavábamos un poco para hacer un hoyo donde meter sus restos. Aún no se
había descubierto nada del árabe, cuando un guardián vio que estábamos cavando.
Cuando salíamos para el trabajo, él nos seguía para ver lo que hacíamos. Fue lo
que nos perdió.
"Una mañana, nada
más llegar al tajo, desatamos al árabe todavía lleno de hormigas, pero ya casi
hecho un esqueleto, y cuando lo arrastrábamos hacia la fosa (no podíamos
hacerlo sin que las hormigas nos mordiesen con saña), fuimos sorprendidos por tres
árabes llaveros y dos vigilantes. Aguardaban pacientemente, bien escondidos, a
que hiciésemos aquello: enterrarle.
"¡Y ya está!
Nosotros dijimos que primero lo matamos y que luego lo dimos a las hormigas. La
acusación respaldada por el médico forense, dice que en su cuerpo no hay
ninguna herida mortal: sostiene que lo hicimos devorar vivo.
"Nuestro guardián
defensor (pues, allí los vigilantes se erigen en abogados), nos dice que si
nuestra tesis es aceptada, podemos salvar la cabeza. Si no, tienen derecho a
ella. Francamente, no nos hacemos muchas ilusiones. Por eso, mi amigo y yo te hemos
escogido como heredero.
—Esperemos que no tenga
que heredaros, lo deseo de corazón.
Encendemos un
cigarrillo y veo que me miran como queriendo decir: "Bueno, ¿qué
opinas?"
—Escuchadme, machos,
veo que esperáis que os conteste a lo que me habéis preguntado antes de
contarme vuestra historia: cómo juzgo vuestro caso como hombre. Una última
pregunta que no tendrá ninguna influencia en mi decisión: ¿Qué piensan la
mayoría de los que están en esta sala y por qué no habláis con nadie?
—La mayoría piensa que
hubiésemos debido matarle, pero no hacer que las hormigas se lo comiesen vivo.
En cuanto a nuestrc silencio, no hablamos con nadie porque hubo una ocasión de
fuga sublevándose y la desecharon.
—Voy a deciros mi
opinión. Habéis hecho bien devolviéndole centuplicado lo que os hizo él: lo del
nido de avispas o moscas de fuego es imperdonable. Si os guillotinan, en el
último momento pensad muy intensamente en una sola cosa: "Me cortan la
cabeza, eso durará más o menos treinta segundos, entre el tiempo de atarme,
empujarme bajo la cuchilla y hacerla caer. Su agonía duró sesenta horas, salgo
ganando." Pero en lo que se refiere a los hombres de la sala, no sé si
tenéis razón, pues habéis podido creer que una revuelta, aquel día, podía
permitir una fuga en común, y los otros podían no ser de la misma opinión. Por
otra parte, en una revuelta siempre cabe la posibilidad de tener que matar sin
haberlo querido de antemano. Ahora bien, de todos los que están aquí, los
únicos, creo yo, que tienen la cabeza en peligro sois vosotros y los hermanos
Graville. Machos, cada situación particular entraña obligatoriamente reacciones
distintas.
Satisfechos de nuestra
conversación, aquellos dos desgraciados se retiran y empiezan a vivir de nuevo
en el silencio que acaban de romper por mí.
La fuga de los
antropófagos.
—¡Se lo han zampado, al
patapalo!
—¡Un estofado de
patapalo!
O una voz imitando una
voz de mujer:
—¡Camarero, un pedazo
de macho bien asado sin pimienta, por favor!
Era muy raro, avanzada
la noche, que no se oyese gritar una u otra de esas frases, cuando no las tres.
Clousiot y yo nos
preguntábamos el porqué y por quién eran proferidas esas frases durante la
noche.
Esta tarde he sabido la
clave del misterio. Es uno de los protagonistas quien me lo cuenta, se llama
Marius de La Ciotat, especialista en cajas de caudales. Cuando supo que había
conocido a su padre, Titin, no tuvo miedo de hablar conmigo.
Tras haberle contado
parte de mi fuga, le pregunto, lo cual es normal entre nosotros:
—¿Y tú?
—Oh —me dice—, yo estoy
metido en un feo asunto. Me temo mucho que por una simple evasión me endiñarán
cinco años. Soy del piro llamado "piro de los antropófagos". Lo que a
veces oyes gritar por la noche: "Se lo han zampado, etcétera", *
"Un estofado, etcétera", es por los hermanos Gravine.
"Nos largamos seis
del Kilométre 42. En el piro estaban Dédé y Jean Graville, dos hermanos de
treinta y treinta y cinco años, lyoneses, un napolitano de Marsella y yo, de La
Ciotat, más un macho de Angers que tenía una pata de palo y un joven de veintitrés
años que le hacía de mujer. Salimos con bien de Maroni, pero, en el mar, no
pudimos orientarnos y, en unas horas, fuimos rechazados a la costa de la
Guayana holandesa.
"No pudo salvarse
nada del naufragio, ni víveres ni nada. Y nos vimos, afortunadamente vestidos,
en la selva. Debo decirte que, en ese paraje, no hay playa y el mar penetra en
la selva virgen. Es inextricable, infranqueable a causa de los árboles derribados,
sea rotos en su base, sea desarraigados por el mar, enmarañados unos con otros.
"Tras haber
caminado un día entero, llegamos a tierra seca. Nos dividimos en tres grupos,
los Graville yo, y Guesepi, y el patapalo por direcciones diferentes, doce días
después volvemos a encontrarnos casi en el sitio donde nos habíamos separado, los
Graville, Guesepi y yo. Era un lugar que estaba rodeado de lodo viscoso y no
habíamos encontrado ningún paso. No hace falta que te describa la pinta que
teníamos. Habíamos vivido trece días sin comer nada más que raíces de árboles o
brotes tiernos. Muertos de hambre y de fatiga, completamente exhaustos,
decidimos que yo y Guesepi, con el resto de nuestras fuerzas, volveríamos a
orillas del mar y ataríamos una camisa lo más alto posible en un árbol para
rendirnos al primer barco guardacostas holandés que, seguramente, no dejaría de
pasar por allí. Los Graville debían, tras haber descansado unas horas, buscar
el rastro de los otros dos.
"Debía ser fácil,
pues al salir, habíamos convenido que cada grupo dejaría rastro de su paso con
ramas rotas.
"Ahora bien, he
aquí que horas después, ven llegar al patapalo, solo.
"—¿Dónde está el
pequeño?
"—Lo he dejado muy
lejos, porque no podía andar.
"—Hay que ser muy
asqueroso para atreverse a dejarlo.
"—El ha sido quien
ha querido que me volviese atrás.
"En este momento
Dédé observa que en su único pie lleva un zapato del chaval.
" ¿Y encima le has
dejado descalzo para ponerte un zapato suyo? ¡Te felicito! Y pareces estar en
forma, no como nosotros. Has comido, se nota.
"—Sí, he
encontrado un mono herido.
"—Mejor para ti.
"Pero, entonces,
Dédé se levanta, empuñando el cuchillo, pues cree comprender al ver que el
patapalo también lleva el macuto lleno.
"Abre tu macuto.
¿Qué hay dentro?
"Abre el macuto y
aparece un trozo de carne.
" ¿Eso qué es?
"Un pedazo de
mono.
¡Canalla, has matado al
chaval para comértelo!
—
"—No, Dédé, te lo
juro. lba muerto de fatiga, y sólo he comido un poquitín de él. Perdona.
"Apenas ha
terminado de hablar, cuando ya tiene el cuchillo hincado en el vientre. Y
entonces, lo registra, encuentra una bolsita de cuero con fósforos y un
rascador.
"Rabmws porque
antes de separarse el patapalo no haya querido compartir los fósforos y también
por el hambre, encienden fuego y se disponen a comérselo.
"Cue" llega
en pleno festín. Le invitan. Guesepi rehúsa. A la orilla del mar, había comido
cangrejos y pescado crudo. Y wi, sin reparar en él, al espectáculo de Graville
colocando sobre Im brww más trozos de carne y hasta valiéndose de la pata de
palo para alimentar la lumbre. Así es que Guesepi vio aquel día y el siguiente
a los Gravifie comerse al hombre.
"Yo —confirma
diciendo Marnis todavía estaba del mar cuando Guesepi fue a buscarme. Llenamos
el sombrero de pececitos y de cangrejos y fuimos a asarlos en el fuego de los
Graville. No vi el cadáver, seguramente lo arrastraron lejos de allí. Pero sí vi
todavía varios trozos de carne apartados del fuego, sobre la ceniza.
"Tres días
después, un guardacosta nos recogía y nos entregaba a la penitenciaría de
Saint-Laurent-du-Maroni.
"Guesepi se fue de
la lengua. Todo el mundo, en esta sala, conoce el caso, hasta los guardianes.
Te lo cuento porque es sabido de todos: y como los Gravílle son tipos de mal
carácter, eso explica la guasa que oyes por la noche.
"Oficialmente,
estamos acusados de evasión con el agravante de antropofagia. Lo malo es que,
para defenderme, tendría que acusar y eso no se hace. Guesepi incluido, todo el
mundo niega en el sumario. Decimos que desaparecieron en la selva. Esta es mi
situación, Papillon.
—Te compadezco, macho,
pues, en efecto, sólo puedes defenderte acusando a los demás.
Un mes después, Guesepi
era asesinado de una cuchillada en pleno corazón durante la noche. No hizo
falta siquiera preguntarse quién había sido el culpable.
Esta es la auténtica
historia de los antropófagos que se comieron a un hombre ayudándolo a asarse
con su propia pata de palo, un hombre que, a su vez, se había zampado al chaval
que le acompañaba.
Esta noche estoy
acostado en otro sitio de la barra de justicia. Ocupo el de un hombre que se ha
ido y, pidiendo a cada uno que se corra un puesto, tengo a Clousiot a mí lado.
Desde donde estoy
acostado, aunque con el pie izquierdo sujeto a la barra por una argolla, puedo,
sentándome, ver lo que pasa en el patio.
La vigilancia es
estrecha, hasta el punto de que las rondas no tienen cadencia. Se suceden sin
parar y otras llegan en sentido contrario en cualquier momento.
Los pies me responden
muy bien y es necesario que llueva para que sienta dolores. Así es que estoy en
condiciones de emprender otra vez la acción, pero, ¿cómo? Esta sala carece de
ventanas, sólo tiene una inmensa reja continua que cubre toda la anchura y
llega al techo. Está situada de forma que el viento del Nordeste penetre
libremente. Pese a una semana de observación, no logro encontrar un fallo en la
vigilancia de los guardianes. Por primera vez, casi llego a admitir que
conseguirán encerrarme en la Reclusión de la isla de San José.
Me han dicho que es
terrible. La llaman la "comedora de hombres". Otra información:
ningún hombre, desde hace ochenta años que existe, ha podido evadirse de ella.
Naturalmente, esa
semiaceptación de haber perdido la partida me impulsa a contemplar el futuro.
Tengo veintiocho años y el capitán instructor pide cinco años de reclusión.
Será difícil que salga del paso con menos. Tendré, pues, treinta y tres años
cuando salga de la Reclusión.
Todavía queda mucho
dinero en mi estuche. Por lo tanto, si no me fugo, lo cual es probable por
razón de lo que sé, cuando menos será menester que me mantenga en buena salud.
Cinco años de aislamiento completo son difíciles de aguantar sin volverse loco.
Por lo que cuento, bien alimentado, con disciplinar, desde el primer día de
cumplir pena, mi cerebro según un programa bien establecido y variado. Evitar
todo lo posible los castillos de arena y; sobre todo, los sueños relativos a la
venganza.
Me dispongo, pues,
desde ahora, a cruzar en plan de vencedor el terrible castigo que me espera.
Sí, habrán perdido el tiempo.
Saldré de la Reclusión
fuerte físicamente y todavía en plena Posesión de mis facultades físicas y
mentales.
Trazar ese plan de
conducta y aceptar serenamente lo que me espera me ha hecho bien. La brisa que
penetra en la sala me acaricia antes que a todos los demás Y. en verdad, me
causa bienestar.
Clousiot sabe cuándo no
quiero hablar. Por lo que no ha turbado mi silencio. Fuma mucho, nada más. Se
perciben algunas estrellas y le digo:
—¿Ves las estrellas
desde tu sitio?
—Sí —dice él asomándose
un poco—. Pero prefiero no mirarlas, pues me recuerdan demasiado a las
estrellas de cuando nos las piramos.
—No te preocupes,
volveremos a verlas a millares otra vez.
—¿Cuándo? ¿Dentro de
cinco años?
—Clousiot, el año que
acabamos de vivir, todas esas aventuras que hemos pasado, las personas que
hemos conocido, ¿acaso no valen cinco años de reclusión? ¿Preferirías no
habértelas pirado a estar en las Islas desde tu llegada? Por razón de lo que
nos espera, y que no es moco de pavo, ¿te arrepientes de habértelas pirado?
Contéstame sinceramente, ¿te arrepientes, sí o no?
—Papi, olvidas una cosa
que yo nunca tuve: los siete meses que pasaste con los indios. Si hubiese
estado contigo, pensaría igual, pero yo estaba en la cárcel.
—Perdona, lo había
olvidado, estoy divagando.
—No, no divagas y, a
pesar de todo, estoy contento de habérmelas pirado, porque también yo pasé
momentos inolvidables. Sólo que me da cierta angustia lo que me espera en la
"comedora de hombres". Cinco años casi resulta imposible hacerlos.
Entonces, le explico lo
que he decidido hacer y siento que reacciona muy positivamente. Me satisface
ver a mi amigo reanimado a mi lado. Según ciertos rumores, el comandante que
vendrá a presidir el Consejo de Guerra tiene fama de ser un hombre severo, pero,
al parecer, muy recto. No acepta así como así las patrañas de la
Administración. Es, pues, dentro—de lo que cabe, una buena noticia.
Clousiot y yo, pues
Maturette está en celda desde nuestra llegada, hemos rechazado tener un
vigilante por abogado. Decidimos que yo hablaría por los tres y expondré
personalmente nuestra defensa.
El juicio
Esta mañana, recién
afeitados y rapados, con uniforme nuevo a listas rojas, calzando zapatos,
esperamos en el patio el momento de comparecer ante el Tribunal. Hace quince
días que a Clousiot le quitaron el escayolado. Camina normalmente, no ha
quedado cojo.
El Consejo de Guerra
empezó el lunes y estamos a sábado por la mañana. Se llevan, pues, cinco días
de procesos diversos: el proceso de los hombres de las hormigas ha requerido un
día entero. Condenados a muerte los dos, no he vuelto a verles. A los hermanos
Graville les endiñan cuatro años tan sólo (por falta de pruebas del acto de
antropofagia). Su proceso ha requerido más de un día y medio. El resto de
homicidios, de cuatro a cinco años.
Por lo general, de los
catorce inculpados comparecidos, las penas infligidas han sido más bien
severas, pero aceptables, sin exageración.
El Tribunal comienza a
las siete y media. Estamos en la sala cuando un comandante, con uniforme de
meharista, entra acompañado de un viejo capitán de Infantería y un teniente que
actuarán de asesores.
A la derecha del
Tribunal, un vigilante con galones, un capitán, representa a la Administración,
a la acusación.
—Caso Charriére,
Clousiot, Maturette.
Estamos a cuatro metros
aproximadamente del Tribunal. Tengo tiempo de observar la cara curtida por el
desierto de ese comandante de cuarenta o cuarenta y cinco años, de sienes
canosas. Pobladas cejas coronan unos ojos negros, magníficos, que nos miran directamente
a los ojos. Es un auténtico militar. En su mirada no hay asomo de maldad. Nos
escruta, nos sopesa en unos segundos. Mis ojos se clavan en los suyos y luego,
deliberadamente, los bajo.
El capitán de la
Administración ataca exageradamente, lo que le hará perder la partida. Califica
de intento de asesinato la eliminación momentánea de los vigilantes. En cuanto
al árabe, afirma que fue un milagro que no muriese de los múltiples golpes que
le dimos. Comete otro error diciendo que somos los presidiarios que, desde que
existe el presidio, han ido a llevar más lejos el deshonor de Francia:
—¡Hasta Colombia! Dos
mil quinientos kilómetros, señor presidente, han recorrido esos hombres,
Trinidad, Curasao, Colombia, todas esas naciones han escuchado seguramente los
comentarios más falaces sobre la Administración penal francesa.
"Pido dos condenas
con acumulación de pena, o sea, en total, ocho años: cinco años por tentativa
de homicidio, por una parte, y tres años por evasión, por otra. Eso para
Charriére y Clousiot. Para Maturette, pido tan sólo tres años por evasión, pues
se desprende de la indagación que no participó en la tentativa de asesinato.
El presidente:
—El Tribunal tendría
interés en oír el relato más breve Posible de esa larguísima odisea.
Cuento, olvidando en
parte Maroni, nuestro viaje por mar hasta Trinidad. Describo a la familia Bowen
y sus bondades. Cito la frase del jefe de Policía de Trinidad: "No tenemos
por qué juzgar a la justicia francesa, pero en lo que no estamos de acuerdo es
en que manden a la Guayana a sus condenados, por esto les ayudamos";
Curasao, el padre Irénée de Bruyne, el incidente del talego de florines; luego
Colombia, por qué y cómo fuimos a Colombia. Muy rápidamente, una breve
explicación de mi vida entre los indios. El comandante escucha sin
interrumpirme. Me pide tan sólo unos cuantos detalles más sobre mi vida con los
indios, episodio que le interesa enormemente. Después, las prisiones
colombianas, en particular el calabozo submarino de Santa Marta.
—Gracias, su relato ha
ilustrado al Tribunal y, a la par le ha interesado. Vamos a hacer una pausa de
quince minutos. No veo a sus defensores, ¿dónde están?
—No tenemos. Le ruego
que me permita llevar la defensa de mis compañeros y la mía propia.
—Puede usted hacerlo,
los reglamentos lo admiten.
Un cuarto de hora
después, se reanuda la sesión.
El presidente:
—Charriére, el Tribunal
le autoriza a llevar la defensa de sus compañeros y la suya propia. Sin
embargo, le advertimos que este Tribunal le quitará la palabra si falta usted
al respeto al representante de la Administración. Puede defenderse con entera
libertad, pero con expresiones decorosas. Tiene usted la palabra.
—Pido al Tribunal que
descarte pura y simplemente el delito de tentativa de asesinato. Es inverosímil
y voy a demostrarlo. Yo tenía veintisiete años el año pasado, y Clousiot,
treinta. Nos encontrábamos en plena forma, recién llegados de Francia. Medíamos
metro setenta y cuatro y metro setenta y cinco. Golpeamos al árabe y a los
vigilantes con las patas de hierro de nuestro catre. Ninguno de los cuatro
quedó gravemente herido. Fueron golpeados, pues, con mucha precaución con
objeto, que logramos. de dejarles sin sentido haciéndoles el menor daño
posible. El vigilante acusador ha olvidado decir, o ignora, que los trozos de
hierro estaban envueltos en trapos para evitar el riesgo de matar a nadie. El
Tribunal, compuesto por hombres de carrera, sabe perfectamente lo que un hombre
forzudo puede hacer golpeando a alguien en la cabeza de plano con una bayoneta.
Entonces, puede figurarse también lo que puede hacerse con una pata de cama de
hierro. Hago observar al Tribunal que ninguna de las cuatro personas atacadas
fue hospitalizada.
"Por tener cadena
perpetua, creo que el delito de evasión es menos grave que para un hombre
condenado a una pena menor. Es muy difícil aceptar, a nuestra edad, no volver a
la vida nunca más. Pido para los tres la indulgencia del Tribunal.
El comandante musita
con los dos asesores y, luego, golpea la mesa con el mazo.
—¡Acusados, en pie!
Los tres, tiesos como
estacas, esperamos.
El presidente:
—El Tribunal descarta
la tentativa de asesinato; no tiene por qué dictar sentencia, ni siquiera de
absolución, por ese hecho.
"En cuanto al
delito de evasión, son ustedes reconocidos culpables en segundo grado. Por ese
delito, el Tribunal les condena a dos años de reclusión:
A coro, decimos:
—Gracias, mi
comandante.
Y yo añado:
—Gracias al Tribunal.
En la sala, los
guardianes que asistían al proceso no daban crédito a sus oídos.
Cuando volvemos al
edificio donde están nuestros compañeros, todo el mundo se alegra de la
noticia, nadie tiene envidia. Al contrario. Hasta los que la han pringado nos
felicitan sinceramente por nuestra suerte.
François Sierra ha
venido a abrazarme. Está loco de contento.
SEXTO CUADERNO. LAS
ISLAS DE LA SALVACION
Llegada a las islas
Mañana debemos embarcar
para las Islas de la Salvación. Pese a todo lo que he luchado, esta vez estoy a
casi unas horas de ser internado de por vida. Primero, tendré que cumplir dos
años de reclusión en la isla de San José. Espero que haré falso el sobrenombre
que le han dado los presidiarios: "la comedora de hombres".
He perdido otra vez la
partida, pero mi ánimo no es el de un vencido.
Debo alegrarme de no
tener que cumplir más que dos años en esa cárcel de otra cárcel. Como me he
prometido, no me dejaré llevar fácilmente por las divagaciones que crea el
aislamiento completo. Para escapar a ellas, tengo el remedio. Debo, de
antemano, verme libre, sano y fuerte, como un presidiario normal de las Islas.
Cuando salga, tendré treinta años.
En las Islas, las
evasiones son rarísimas, lo sé. Pero, aunque contadas con los dedos, las ha
habido. Pues bien, yo me evadiré, seguro. Dentro de dos años, me evadiré de las
Islas, se lo repito a Clousiot, quien está sentado a mi lado.
—Mi buen Papillon, es
muy difícil desanimarte y envidio la fe que tienes de ser libre un día. Hace un
año que no paras de pirártelas y ni una sola vez has renunciado a ello. Tan
pronto acaba de salirte mal una fuga, cuando ya preparas otra. Me extraña que
aquí no hayas intentado nada.
—Aquí, compañero, sólo
hay un modo: fomentar una revuelta. Pero para eso se necesita tiempo, y no lo
tengo suficiente para convencer a todos esos seres difíciles. He estado a punto
de provocarla, pero he tenido miedo de que me devorase. Esos cuarenta hombres
que están aquí son todos antiguos presidiarios. El camino de la podredumbre les
ha absorbido, reaccionan de otra forma que nosotros. Por ejemplo: los
"antropófagos", los "tipos de las hormigas", el que echó
veneno en la sopa y, para matar a un hombre, no titubeó en envenenar a otros
siete que nunca le habían hecho nada.
—Pero en las Islas
habrá el mismo tipo de hombres.
—Sí, pero de las Islas
me evadiré sin la ayuda de nadie. Me iré solo o, a lo sumo, con un compañero. T
¿sonríes, Clousiot, ¿por qué?
—Sonrío porque nunca abandonas
la partida. El fuego que te abrasa las entrañas de verte en París presentando
la cuenta a tus tres amigos, te sostiene con una fuerza tal que no admites que
lo que tanto anhelas no pueda realizarse.
—Buenas noches,
Clousiot, hasta mañana. Sí, las veremos, esas malditas Islas de la Salvación.
Lo primero que tenemos que preguntar es por qué a esas islas de perdición las
llaman de la Salvación.
Y, volviendo la espalda
a Clousiot, asomo un poco el rostro hacia la brisa nocturna.
El día siguiente, muy
temprano, embarcamos para las Islas. Veintiséis hombres a bordo de una carraca
de cuatrocientas toneladas, el Tamon, barco de cabotaje que hace el viaje
Cayena-Las Islas Saint-Laurent ida y vuelta. De dos en dos, nos encadenan los pies
y nos esposan. Dos grupos de ocho hombres delante vigilados por cuatro
guardianes armados de mosquetones. Más un grupo de diez detrás con seis
guardianes y los dos jefes de escolta. Todo el mundo está en la cubierta de
esta carraca que amenaza zozobrar a cualquier momento de mar gruesa.
Decidido a no pensar
durante el viaje, quiero distraerme. Por lo que, sólo para contrariarles, digo
en voz alta al vigilante que tengo más próximo y que pone cara de funeral:
—Con las cadenas que
nos habéis puesto, no hay de que nos salvemos si este barco podrido se fuese a
pique, lo cual podría muy bien ocurrir con mar gruesa en el estado en que se
encuentra.
Medio adormilado, el
guardián reacciona como yo había previsto.
—Que os ahoguéis
vosotros nos importa un bledo. Tenemos orden de encadenaros y ya está. La
responsabilidad la tienen los que dan las órdenes. Nosotros, de todas formas,
quedamos cubiertos.
—De todas formas, tiene
usted razón, señor vigilante, con cadenas o sin cadenas, si este féretro se
parte en el camino nos vamos todos a pique.
Ola! Sabe usted, hace
mucho tiempo —dice el muy imbécil, que este barco hace ese trayecto y nunca le
ha pasado nada.
—Sí, pero precisamente
porque hace demasiado tiempo que existe este barco, ahora debe estar a punto de
que le pase algo importante en el momento menos pensado.
He conseguido lo que
quería: cortar ese silencio general que me ponía nervioso.
—Sí, esta carraca es
peligrosa y, encima nos encadenan. Si cadenas, de todos modos, queda alguna
posibilidad.
—¡Oh! Lo mismo da.
Nosotros, con el uniforme, las botas el mosquetón tampoco andamos ligeros.
—El mosquetón no
cuenta, porque en caso de naufragio no cuesta echarlo por la borda dice otro.
Viendo que tragan el
primer anzuelo, les tiro el segundo:
—¿Dónde están los botes
de salvamento? Sólo veo uno muy pequeño, para ocho hombres todo lo más. Entre
el comandante y la dotación, se llenaría en seguida. Los demás, que se pudran.
Entonces, la cosa se
dispara, en alto diapasón.
—Es verdad, no hay nada
y este barco está tan deteriorado que me parece una irresponsabilidad
inaceptable que padres de familia deban correr tanto peligro por acompañar a
esos tunantes.
Como estoy en el grupo
que se encuentra en el puente trasero los dos jefes de convoy viajan con
nosotros. Uno de ellos mira y dice:
—¿Eres tú, Papillon, el
que viene de Colombia?
—Sí.
—No me extraña que
hayas ido tan lejos, parece que entiendes de navegación.
Pretenciosamente,
respondo:
—Sí, mucho.
Eso provoca una
situación molesta. Por si fuese poco, el comandante baja de su puesto de mando,
pues acabamos de salir del estuario del Maroni y, como es el sitio más
peligroso, ha debido llevar personalmente el timón. Ahora, lo ha pasado a otro.
Así, pues, ese comandante de un color negro Tombuctú, pequeño y gordo, de
semblante bastante joven, pregunta dónde están los tipos que han ido en una
tabla hasta Colombia.
—Este, ése y aquél, el
de al lado dice el jefe del convoy.
—¿Quién era el capitán?
—pregunta el enano.
—Yo, señor.
—Bueno, pues, muchacho,
como marino te felicito. No eres un hombre corriente. ¡Toma! —Se mete la mano
en el bolsillo de la chaqueta—: Acepta este paquete de tabaco bleu con papel de
fumar. Fúmatelo a mi salud.
—Gracias, mi
comandante. Pero yo también debo felicitarlo a usted por atreverse a navegar en
este coche fúnebre, una o dos veces por semana, según creo.
Se ríe a carcajadas,
para colmar la medida a las personas que quise contrariar.
Dice:
—¡Ah! ¡Tienes razón!
Hace mucho tiempo que hubiesen debido mandarla al cementerio esta carraca, pero
la Compañía espera que se hunda para cobrar el seguro.
Entonces, termino
diciendo con una estocada:
—Afortunadamente, para
usted y la tripulación tiene un bote de salvamento.
—Afortunadamente, sí
—dice el comandante sin reflexionar, antes de desaparecer por la escalerilla.
Aquel tema de
conversación deliberadamente provocado por mí, llenó mi viaje más de cuatro
horas. Cada cual tenía algo que decir, y la discusión, no sé cómo, llegó hasta
la proa del barco.
La mar; hoy, hacia las
diez de la mañana, no es gruesa, pero el viento no favorece el viaje. Hacemos
Nordeste, es decir, que vamos contra viento y marea, lo cual, naturalmente,
hace cabecear y balancear más de lo normal el barco. Varios vigilantes y presidiarios
están mareados. Por suerte para mí, el que está encadenado conmigo tiene
espíritu de lobo de mar, pues nada es más desagradable que ver vomitar al lado
de uno. Ese chico es un verdadero titi7. Subió a presidio en 1927. Hace, pues
siete años que está en las Islas. Es relativamente joven, treinta y ocho años.
—Me llaman Titi la
Belote, pues debo decirte, amigo mío, que la belote8 es mi fuerte. Por lo
demás, en las Islas, vivo de eso. Belote todas las noches a dos francos el
tanto. Y, cancando las cartas, la apuesta sube. Si ganas por un doscientos de
sota, el tío te paga cuatrocientos francos y algunas plumas de los otros
puntos.
—Pero, entonces, ¿hay
mucho dinero en las Islas?
—¡Ah, sí, mi buen
Papillon! Las Islas están llenas de estuches abarrotados de parné. Unos suben
con ellos; otros, pagando un cincuenta por ciento, reciben dinero a través de
los vigilantes trapisondas. Se nota que eres nuevo, amigo. ¿No sabes nada de
eso?
—No, nada
absolutamente. Sólo sé que es muy difícil fugarse.
—¿Fugarse? —dice Titi—.
No vale la pena hablar siquiera de ello. Va para siete años que estoy en las
Islas y ha habido dos evasiones con el resultado de tres muertos y dos
capturados. Nadie lo ha logrado. Por eso, hay pocos candidatos a probar suerte.
—¿Por qué has ido a
Tierra Grande?
—A que me
radiografiasen para ver si tengo úlcera.
—¿Y no intentaste
evadirte del hospital?
—¡Quién habla! Tú,
Papillon, lo echaste todo a perder. Y, encima, tuve la mala suerte de ir a
parar a la misma sala de donde te evadiste. ¡Qué vigilancia! Cada vez que nos
acercábamos a una ventana para respirar un poco, te obligaban a apartarte de
ella. Y cuando preguntabas el porqué, te contestaban: "Por si acaso se te
ocurría hacer como Papillon."
—Dime, Tifi, ¿quién es
ese tipo alto que está sentado al lado del jefe del convoy? ¿Es un chivato?
—¿Estás loco? Ese tipo
es muy apreciado por todos. Es un cabrito, pero sabe portarse como un verdadero
hampón: nada de frecuentar a los guardianes, nada de sitio de favor, su rango
de presidiario, bien mantenido. Capaz de dar un buen consejo, buen camarada y
distante con la poli. Ni siquiera el cura y el doctor han podido emplearle. Ese
cabrito que se porta como todo un hombre, como puedes ver, es un descendiente
de Luis VX. Sí, amigo mío, es conde, pero conde de verdad, se llama Jean de
Bérac. No obstante, cuando llegó, le costó trabajo granjearse la estima de los
hombres, pues había cometido algo muy asqueroso para subir a los duros.
—¿Qué hizo?
—Pues tiró a su propio
hijo al río desde un puente, y como el chaval cayó en un sitio donde había poca
agua, tuvo el valor de bajar, recogerlo y arrojarlo a una sima más profunda.
—¡Cómo! ¡Es como si
hubiese asesinado dos veces a su propio chico! —dice un amigo mío, que es
contable y vio su expediente, ese macho estaba aterrorizado por el ambiente de
nobleza que le rodeaba. Y su madre había echado a la calle, como a una perra, a
la madre del chico, que era una joven sirvienta de su castillo. Según mi amigo,
ese muchacho estaba dominado por una madre orgullosa, pedante, que le humilló
tanto por haber tenido el, un conde, relaciones con una chacha, que ya no sabía
lo que se hacía cuando fue a tirar al agua al chico tras decir a su madre que
lo había llevado a la Asistencia pública.
—¿A cuánto le han
condenado?
—Diez años solamente.
Puedes imaginar, Papillon, que no es un tipo como nosotros. La condesa, jefe de
honor de la casa, debió explicar a los magistrados que matar al chaval de una
criada no es un delito tan grave, cuando ha sido cometido por un conde que
quiere salvar la reputación de su familia.
—¿Conclusión?
—Bien, mi conclusión
personal, de humilde golfo parisiense, es la siguiente: libre y sin
preocupaciones a la vista, ese conde Jean de Bérac era un hidalgo educado de
tal manera que, contando tan sólo la sangre azul, todo lo demás era
insignificante y no valía la pena de preocuparse por ello. Quizá no eran
siervos propiamente dichos, pero cuando menos seres desdeñables. Aquel monstruo
de egoísmo y de pretensiones que era su madre le había triturado y aterrorizado
hasta tal punto que ya era como ellos. Pero en el presidio, ese señor que antes
creía tener derecho de pernada se ha vuelto un verdadero noble en toda la
acepción de la palabra. Eso parece paradójico, pero sólo ahora es de verdad el
conde Jean de Bérac.
Las Islas de la
Salvación, ese "desconocido" para mí, ya no lo será dentro de unas
horas. Sé que es muy difícil evadirse de ellas, pero no imposible. Y, aspirando
con deleite el viento de alta mar, pienso: "¿Cuándo ese viento en contra
se volverá viento en popa en una evasión?"
Llegamos. ¡Ahí están
las Islas! Forman un triángulo. Royale y San José son la base. La del Diablo,
la altura. El sol, que ya ha declinado, las ilumina con todas sus luces, pero
no tienen tanta intensidad como en los trópicos, por lo que pueden contemplarse
detalladamente. Primero, la Royale, con una cornisa llana en torno de su cerro
de doscientos metros de altura. La cima, plana. El conjunto produce la
impresión de un sombrero mexicano puesto sobre el mar, cuya punta hubiese sido
desmochada. En todas partes, cocoteros muy altos, y muy verdes, también.
Casitas de tejados rojos dan a esa isla un atractivo poco común y quien no sepa
lo que hay más arriba desearía vivir en ella toda la vida. Un faro, en la
meseta, debe alumbrar de noche, a fin de que, con mala mar, los barcos no se
estrellen en las rocas. Ahora que estamos más cerca, distingo cinco edificios
grandes y largos. Por Titi me entero de que primero hay dos inmensas salas
donde viven cuatrocientos presidiarios. Después, el pabellón de represión, con
sus celdas y sus calabozos, rodeado por una alta muralla blanca. El cuarto
edificio es el hospital de los presidiarios, y el quinto, el de los vigilantes.
Y en todas partes, diseminadas en las laderas, casitas de tejados rojos donde
viven los vigilantes. Más lejos de nosotros, pero más cerca de la punta de
Royale, San José; menos cocoteros, menos follaje y, en la meseta, un inmenso
caserón que se ve muy distintamente desde el mar. En seguida comprendo: es la
Reclusión. Titi la Belote me lo confirma. Me muestra, más abajo, las
edificaciones del campamento donde viven los presidiarios que cumplen pena
normal. Esas edificaciones están junto al mar. Las torretas de vigilancia se
destacan muy netamente con sus troneras. Y, luego, más casitas muy monas, con
sus paredes pintadas de blanco y su tejado rojo.
Como el barco toma por
el sur la entrada de la isla Royale, ahora ya no vemos la pequeña isla del
Diablo. Por la impresión que me ha dado vista desde proa, es un enorme peñón,
cubierto de cocoteros, sin construcciones importantes. Algunas casas a orillas
del mar, pintadas de amarillo con tejados de color oscuro. Más tarde, sabré que
son las casas donde viven los deportados políticos.
Estamos entrando en el
puerto de Royale, bien resguardado por un inmenso malecón hecho de grandes
bloques. Obra que, para ser llevada a cabo, ha debido costar muchas vidas de
presidiarios.
Tras tres toques de
sirena, el Tanon ancla a unos doscientos metros del muelle. Ese muelle, bien
construido con cemento y grandes cantos rodados, es muy largo y tiene más de
tres metros de alto. Edificaciones pintadas de blanco, más atrás, se alinean a
lo largo de él. Pintado en negro sobre fondo blanco leo: "Puesto de
Guardia", "Servicio de canoas", "Panadería",
"Administración del Puerto".
Se ven presidiarios que
contemplan el barco. No llevan el uniforme listado, sino pantalones y una
especie de blusón blancos. Titi la Belote me dice que, en las Islas, quienes
tienen dinero se lo hacen cortar "a medida" por los sastres, con sacos
de harina de los que se han quitado los letreros, trajes muy flexibles y que
hasta resultan ligeramente elegantes. Casi nadie, dice, lleva el uniforme de
presidiario.
Una lancha se acerca al
Tanon. Un vigilante al timón, dos vigilantes armados de mosquetones a derecha e
izquierda: a popa, junto a aquél, seis presidiarios de pie, con el torso
desnudo, pantalones blancos, bogan con inmensos remos. Pronto cubren la distancia.
Detrás de ellos, remolcada, sigue una gran canoa parecida a las de salvamento,
vacía. Acostan. Primero, bajan los jefes del convoy, que se sitúan a popa.
Luego, dos vigilantes con mosquetones van hacia proa. Con los pies destrabados,
pero con las esposas puestas, bajamos de dos en dos a la canoa; los diez de mi
grupo y, luego, los ocho del grupo de proa. Los remeros arrancan. Harán otro
viaje para los demás. Desembarcamos en el muelle y, alineados frente al
edificio de la "Administración del Puerto", esperamos. Ninguno de
nosotros lleva paquetes. Sin hacer caso de los guardias, los deportados nos
hablan en voz alta, desde una distancia prudente de cinco a seis metros. Varios
deportados de mi convoy me saludan amistosamente. Cesari y Essari, dos bandidos
corsos que conocí en Saint-Martin, me dicen que son barqueros en el servicio
del puerto. En este momento, llega Chapar, el del asunto de la Bolsa de
Marsella a quien conocí en libertad en Francia. Sin cumplidos, delante de los
guardianes, me dice:
—¡No te preocupes,
Papillon! Cuenta con tus amigos, no te faltará nada en la reclusión. ¿Cuánto te
han endiñado?
—Dos años.
—Bueno, eso pasa pronto
y, además, estarás con nosotros. Ya verás, no se está mal aquí.
—Gracias, Chapar. ¿Y
Dega?
—Es contable, está
arriba, me extraña que no esté aquí. Sentirá no haberte visto.
En este momento, llega
Galgani. Viene hacia mí, el vigilante quiere impedirle que pase, pero logra
pasar de todos modos, diciendo:
—¡No va usted a
impedirme que abrace a mí hermano, vaya, hombre! —Y me abraza diciendo—: Cuenta
conmigo.
Luego, hace ademán de
retirarse.
—¿Qué haces?
—Soy cartero.
—¿Qué tal?
—Estoy tranquilo.
Los últimos han
desembarcado ya y se reúnen con nosotros. Nos quitan las esposas a todos. Titi
la Belote, De Bérac y unos desconocidos son apartados de nuestro grupo. Un
vigilante les dice:
—Vamos, en marcha para
subir al campamento.
Ellos tienen su macuto
del presidio. Cada cual se lo echa al hombro y todos se van hacia un camino que
sube hasta la cima de la isla. El comandante dé las Islas llega acompañado de
seis vigilantes. Pasan lista. Están todos. Nuestra escolta se retira.
—¿Dónde está el
contable? —pregunta el comandante.
—Ahora viene, jefe.
Veo llegar a Dega, bien
vestido de blanco con una chaqueta con botones, acompañado por un vigilante:
ambos llevan un gran libro bajo el brazo. Entre los dos hacen salir a los
hombres de las filas, uno por uno, con su nueva clasificación:
—Usted, recluso Fulano
de Tal, número de deportado número X, será numerado recluso Z.
—¿Cuánto?
—X años.
Cuando llega mi turno,
Dega me abraza varias veces. El comandante se acerca.
—¿Es ése Papillon?
—Sí, mi comandante
—,dice Dega.
—Pórtese bien en la
Reclusión. Dos años pasan pronto.
La Reclusión
Una lancha está a
punto. De los diecinueve reclusos diez se van en la primera lancha. Soy llamado
para salir. Fríamente, Dega dice:
—No, ése saldrá en el
último viaje.
Desde que llegué, estoy
asombrado de ver la manera como hablan los presidiarios. No se nota disciplina
alguna y ellos parecen reírse de los guardianes. Hablo con Dega, que se ha
puesto a mí lado. Ya sabe toda mi historia y la de mi evasión. Hombres que estaban
conmigo en Saint-Laurent vinieron a las Islas y se lo contaron todo. No me
compadece, es demasiado sutil para hacerlo. Una sola frase, de corazón:
—Merecías tener éxito,
hijo. ¡Será la próxima vez!
Ni siquiera me dice:
ánimo. Sabe que lo tengo.
—Soy contable general y
estoy a partir un piñón con el comandante. Pórtate bien en la Reclusión. Te
mandaré tabaco y comida. No carecerás de nada.
—¡Papillon, en marcha!
Es mi turno.
—Hasta la vista a
todos. Gracias por vuestras buenas palabras.
Y embarco en la canoa.
Veinte minutos después, arribamos a San José. He tenido tiempo de notar que
sólo hay tres vigilantes armados a bordo para seis presidiarios remeros y diez
condenados a reclusión. Hacernos con esta embarcación sería cosa de risa. En
San José, comité de recepción. Dos comandantes se presentan a nosotros: el
comandante de la penitenciaría de la isla y el comandante de la Reclusión. A
pie, custodiados, nos hacen subir el camino que va a la Reclusión. Ningún
presidiario en nuestro recorrido. Al entrar por la gran puerta de hierro sobre
la que está escrito: RECLUSIÓN DISCIPLINARIA, se comprende en seguida la
seriedad de esta cárcel. Esta puerta y las cuatro altas tapias que la rodean
ocultan, primero, un pequeño edificio en el que se lee: "Administración-Dirección",
y tres edificios más, A, B, C. Nos hacen entrar en el edificio de la Dirección.
Una sala fría. Cuando los diecinueve estamos formados en dos filas, el
comandante de la Reclusión nos dice:
—Reclusos, esta casa
es, ya lo sabéis, una casa de castigo para los delitos cometidos por hombres ya
condenados a presidio. Aquí, no se trata de regeneraros. Sabemos que es inútil.
Pero se procura meteros en cintura. Aquí hay un solo reglamento: cerrar el
pico. Silencio absoluto— Telefonear resulta arriesgado, podéis ser sorprendidos
y el castigo es muy duro. Si no estáis gravemente enfermos, no os apuntéis para
la visita. Pues una visita injustificada. entraña un castigo. Eso es todo lo
que debo deciros. ¡Ah!, queda rigurosamente prohibido fumar. Vamos, vigilantes,
cacheadlos a fondo y ponedlos a cada uno en una celda. Charriére, Clousiot y
Maturette no deben de estar en el mismo edificio. Ocúpese usted de eso,
Monsieur Santori.
Diez minutos después,
me encierran en una celda, la 234 del edificio A. Clousiot está en el B y
Maturette. en el C. Nos decimos adiós con la mirada. Al entrar aquí, todos
hemos comprendido inmediatamente que si queremos salir vivos, hay que obedecer
ese reglamento inhumano. Les veo irse, a mis compañeros de tan larga fuga,
camaradas altivos y esforzados que me acompañaron con valentía y nunca se
quejaron ni se arrepienten ahora de lo que hicieron. Se me encoge el corazón,
pues al cabo de catorce meses de lucha codo con codo para conquistar nuestra
libertad, hemos trabado para siempre entre nosotros una amistad sin límites.
Examino la celda donde
me han hecho entrar. Nunca hubiese Podido suponer ni imaginar que un país como
el mío, Francia, madre de la libertad en el mundo entero, tierra que dio a luz
Derechos del hombre y del ciudadano, pueda tener, incluso en la Guayana francesa,
en una isla perdida del Atlántico, del tamaño de un pañuelo, una instalación
tan bárbaramente represiva como la Reclusión de San José. Figuraos doscientas
cincuenta celdas una al lado de otra, cada cual adosada a otra celda, con sus
cuatro gruesas paredes únicamente horadadas por una puertecita de hierro con su
ventanilla. Sobre cada ventanilla. pintado a la Puerta: "Prohibido abrir
esta puerta sin orden superior. A la izquierda una tabla con una almohada de
madera, el mismo sistema que en Beaulieu: la tabla se alza y se sujeta en la
pared;
una manta; por
taburete, un bloque de cemento, al fondo, en un rincón; una escobilla; un vaso
de soldado, una cuchara de palo, una plancha de hierro vertical que oculta un
cubo metálico al que está sujeta por una cadena. (Puede sacarse desde fuera
para vaciarlo y de dentro para usarlo.) Tres metros de alto. Por techo, enormes
barrotes de hierro, gruesos como un raíl de tranvía, cruzados de tal forma que
por ellos no puede pasar nada que sea ligeramente voluminoso. Luego, más
arriba, el verdadero techo del edificio, a unos siete metros del suelo
aproximadamente. Pasando por encima de las celdas adosadas unas a otras, un
camino de ronda de un metro de ancho más o menos, con una barandilla de hierro.
Dos vigilantes van continuamente desde un extremo hasta la mitad del recorrido
donde se encuentran y dan media vuelta. La impresión es horrible. Hasta la
pasarela llega una luz bastante clara. Pero, en el fondo de la celda, hasta en
pleno día, apenas se ve nada. En seguida, me pongo a andar, esperando que
toquen el silbato, o no sé qué, para bajar las tablas. Para no hacer ningún
ruido, presos y guardianes van en zapatillas. Pienso en seguida: «Aquí, en la
234, va a tratar de vivir sin volverse loco Charriére, alias Papillon, para
cumplir una pena de dos años, o sea, setecientos treinta días. A él le toca
desmentir el apodo «comedora de hombres" que tiene esta Reclusión.»
Un, dos, tres, cuatro,
cinco, media vuelta. Un, dos, tres, cuatro, cinco, media vuelta. El guardián
acaba de pasar frente a mi techo. No le he oído venir, le he visto. ¡Zas! Se
enciende la luz, pero muy arriba, colgada en el techo superior, a más de seis
metros. La pasarela está alumbrada, las celdas quedan en penumbra. Camino, la
péndola vuelve a estar en movimiento. Dormid tranquilos, enchufados del jurado
que me habéis condenado, dormid tranquilos, pues creo que si supieseis adónde
me mandasteis, os negaríais, asqueados, a ser cómplices de la aplicación de
semejante castigo. Resultará harto difícil escapar a los vagabundeos de la
imaginación. —Casi imposible. Vale más, creo yo, encarrilarlos hacia temas que
no sean demasiado deprimentes más bien que suprimirlos por completo.
En efecto, un toque de
silbato anuncia que puede bajarse la tabla. Oigo un vozarrón que dice:
—Para los nuevos, sabed
que, a partir de este instante, si queréis, podéis bajar las tablas y
acostaros.
Sólo presto atención a
esas palabras: «Si queréis.» Entonces, sigo andando, el momento es demasiado
crucial para dormir. Es menester que me acostumbre a esta jaula abierta por el
techo. Un, dos, tres, cuatro, cinco, en seguida he cogido el ritmo de la péndola;
con la cabeza gacha, ambas manos a la espalda, la distancia de los pasos
exactamente medida, como un péndulo que oscila, voy y vuelvo interminablemente,
como un sonámbulo. Cuando llego al final de cada cinco pasos, ni siquiera veo
la pared, la rozo al dar media vuelta, incansablemente, en este maratón que no
tiene llegada ni tiempo determinado para terminar.
—Sí, Papi, la verdad,
no es ninguna broma esta «comedora de hombres». Y produce un efecto raro ver la
sombra del guardián proyectarse contra la pared. Si se le mira levantando la
cabeza, aún es más deprimente: como si uno fuese un leopardo caído en la trampa,
observado desde arriba por el cazador que viene a capturarlo. La impresión es
horrible y necesitaré meses para acostumbrarme.
Cada año, trescientos
sesenta y cinco días; dos años: setecientos treinta días, si no hay ningún año
bisiesto. Me sonrío al pensarlo. Mira, que sean setecientos treinta días o
setecientos treinta y uno da igual. ¿Por qué da igual? No, no es lo mismo. Un día
más son veinticuatro horas más. Y veinticuatro horas tardan en pasar. Más
tardan setecientos treinta días de veinticuatro horas. ¿Cuántas horas sumarán?
¿Sería capaz de calcularlo mentalmente? ¿Cómo hacerlo? Es imposible. ¿Por qué
no? Sí, se puede hacer. Vamos a ver. Cien días son dos mil cuatrocientas horas.
Multiplicado por siete, es más difícil, suma dieciséis mil ochocientas horas
por una parte, más treinta días que quedan a veinticuatro que suman setecientas
veinte horas. Total: dieciséis mil ochocientas más setecientas veinte deben
arrojar, si no me he equivocado, diecisiete mil quinientas veinte horas.
Querido señor Papillon, tiene usted que matar diecisiete mil quinientas veinte
horas en esta jaula especialmente fabricada, con sus paredes lisas, para
contener fieras. ¿Cuántos minutos he de pasar aquí? Eso carece en absoluto de
interés, hombre, las horas bueno, pero los minutos… No exageremos. ¿Por qué no
los segundos? Que tenga importancia o no no me interesa. ¡De algo hay que
llenar esos días, esas horas, esos minutos, a solas consigo mismo! ¿Quién
estará a mi derecha? ¿Y a mi izquierda? ¿Y detrás de mí? Esos tres hombres, si
las celdas están ocupadas, deben, a su vez, preguntarse quién acaba de ingresar
en la 234.
Un ruido sordo de algo
que acaba de caer detrás de mí, en mi celda. ¿Qué puede ser? ¿Habrá tenido mi
vecino la habilidad de echarme algo por la reja? Trato de distinguir qué es.
Veo con dificultad una cosa larga y estrecha. Cuando voy a recogerla, la cosa
que adivino más que veo en la oscuridad se mueve y se desliza rápidamente hacia
la pared. Cuando esta cosa se ha movido, yo he retrocedido. llegada a la pared,
comienza a trepar un poco y, luego, resbala hacia el suelo. La pared es tan
lisa que esta cosa no puede agarrarse suficientemente para subir. Dejo que
intente tres veces la escalada de la pared y, luego, a la cuarta, cuando ha
caído, la aplasto de una patada. Es blanda, bajo la zapatilla. ¿Qué puede ser?
Me arrodillo y la miro lo más cerca posible y, por fin, consigo distinguir qué
es: un enorme ciempiés, de más de veinticinco centímetros de largo y de dos
dedos pulgares de ancho. Me invade tal asco que no lo recojo para echarlo al
cubo. Lo empujo con el pie bajo la tabla. Mañana, con luz, ya veremos. Tendré
tiempo de ver muchos ciempiés; caen del techo. Aprenderé a dejar que se paseen
sobre mi cuerpo sin intentar atraparlos ni molestarlos si estoy acostado.
Asimismo, tendré ocasión de saber que un error de táctica, cuando están encima
de uno, puede costar caro en sufrimientos. Una picadura de ese bicho asqueroso
provoca una fiebre de caballo durante más de doce horas y abrasa horrorosamente
durante casi seis.
De todas formas, será
una distracción, un derivativo para mis pensamientos. Cuando caiga un ciempiés
y me despierte, con la escobilla lo atormentaré el mayor tiempo posible o me
divertiré con el dejando que se esconda para luego, algunos instantes después,
tratar de descubrirlo.
Un, dos, tres, cuatro,
cinco… Silencio total. Pero, ¿aquí nadie ronca? ¿Nadie tose? Claro que hace un
calor asfixiante. ¡Y es de noche! ¡Qué será de día! Estoy destinado a vivir con
ciempiés. Cuando el agua subía en el calabozo submarino de Santa Marta, venían
en grandes cantidades, aunque eran más pequeños, pero, de todos modos, de la
misma familia que éstos. En Santa Marta, había la inundación diaria, es verdad,
pero se hablaba, se gritaba, se oía cantar o se escuchaban los gritos y las
divagaciones de los locos temporales o definitivos. Es ilógico lo que estás
diciendo, Papillon. Allá, la opinión unánime era que lo más que podía resistir
un hombre eran seis meses. Ahora bien, aquí, hay muchos que deben quedarse
cuatro o cinco años y hasta más. Que les condenen a cumplirlos, es una cosa;
pero que los cumplan, ya es otro cantar— ¿Cuántos se suicidan? No veo como
podría uno suicidarse. Sí, es posible. No resulta fácil, pero puedes ahorcarte.
Te haces una cuerda con los pantalones, la atas a un extremo de la escobilla y,
subiendo en la tabla, puedes pasar la cuerda a través de un barrote. Si haces
esa operación a ras de la del camino de ronda, es probable que el guardián no
vea la cuerda. Y cuando acabe de pasar, te balanceas en el vacío. Cuando el
guardián vuelve, ya estás listo. Por lo demás, el no se deberá dar prisa por
bajar, abrir tu calabozo y descolgarte. ¿Abrir el calabozo? No Puede hacerlo.
Está escrito en la puerta: "Prohibido abrir esta puerta sin orden
superior." Entonces, no temas nada, el que quiera suicidarse tendrá todo
el tiempo necesario antes de que le descuelguen "por orden superior".
Describo todo esto que
quizá no sea muy animado e interesante para las personas que gustan de la
acción y la pelea. Estas podrán saltarse las páginas, si les aburren. Sin
embargo, las primeras impresiones, los primeros pensamientos que me asaltaban
al tomar contacto con mi nueva celda, las reacciones de las primeras horas de
entierro en vida, creo que debo pintarlas con la máxima fidelidad.
Hace ya mucho rato que
camino. Percibo un murmullo en la noche, el cambio de guardia. El primero era
alto y flaco, éste es bajo y gordo. Arrastra sus zapatillas. Su roce se percibe
dos celdas antes y dos celdas después. No es ciento por ciento silencioso como
su camarada. Sigo caminando. Debe de ser tarde. ¿Qué hora será? Mañana no me
faltará con qué medir el tiempo. Gracias a las cuatro veces que cada día debe
de abrirse la ventanilla, sabré aproximadamente las horas. En cuanto a la
noche, sabiendo la hora de la primera guardia y su duración, podré vivir con
una medida bien establecida: primera, segunda, tercera guardia, etcétera.
Un, dos, tres cuatro,
cinco. Automáticamente, reanudo esta interminable paseata y, con ayuda de la
fatiga, despliego fácilmente las alas de mi fantasía para ir a hurgar en el
pasado. Por contraste, tal vez, con la oscuridad de la celda, estoy a pleno sol.
sentado en la playa de mi tribu. La embarcación con la que pesca Lali se
balancea a doscientos metros de mí en ese mar verde ópalo, incomparable.
Escarbo la arena con los pies. Zoraima me trae un gran pescado asado a la
lumbre, bien envuelto en una hoja de banano para que se mantenga caliente. Como
con los dedos, naturalmente, y ella, con las piernas cruzadas, me contempla
sentada frente a mí. Está muy contenta de ver cómo los grandes pedazos de
pescado se desprenden fácilmente y lee en mi cara la satisfacción que me
embarga de saborear un manjar tan delicioso.
Ya no estoy en la
celda. Ni siquiera conozco la Reclusión, ni San José, ni las Islas. Me revuelvo
en la arena, y me limpio las manos frotándolas contra ese coral tan fino que
parece harina. Luego, voy al mar a enjuagarme la boca con esa agua tan clara y también
tan salada. Recojo agua con el cuenco de las manos y me rocío la cara. Al
frotarme el cuello, me doy cuenta de que llevo el pelo largo. Cuando Lali
regrese, haré que me lo afeite. Toda la noche la paso con mi tribu. Quito el
taparrabo a Zoraima y sobre la arena, allí a pleno sol, acariciado por la brisa
marina, la hago mía. Ella gime amorosamente como suele hacer cuando goza. El
viento, quizá, lleva hasta Lali esa música amorosa. De todas formas, Lali no
puede menos que vernos y distinguir que estamos abrazados, está demasiado cerca
para no ver claramente que hacemos el amor. Es verdad, debe de habernos visto,
pues la embarcación vuelve hacia la costa. Lali desembarca, sonriente., Durante
el regreso, se ha soltado las trenzas y alisado con sus largos dedos los
mojados cabellos que el viento y el sol de este día maravilloso empiezan ya a
secar. Voy hacia ella. Me rodea el talle con su brazo derecho y me empuja para
subir la playa hacia nuestra Choza. Durante todo el recorrido, no para de darme
a entender: "Y yo, y yo." Una vez en la choza, me derriba sobre una
hamaca doblada en el suelo en forma de manta y olvido en Lali que el mundo
existe. Zoraima es muy inteligente, no ha querido entrar hasta haber calculado
que nuestro retozo había terminado. Ha llegado cuando, saciados de amor,
todavía estamos tendidos completamente desnudos sobre la hamaca. Se sienta a
nuestro lado, da unas palmaditas en las mejillas de su hermana y le repite una
palabra que, seguramente, debe significar algo así como: Glotona. Luego,
castamente, ajusta mi taparrabo y el de Lali, con ademanes henchidos de púdica
ternura. Toda la noche, la he pasado en la Guajira. No he dormido en absoluto,
Ni siquiera me he acostado para, con los ojos cerrados, ver a través de mis
párpados esas escenas que he vivido realmente. Ha sido caminando sin parar en
una especie de hipnosis, sin esfuerzo de mi voluntad, como me he vuelto a
trasportar a aquella jornada tan deliciosamente hermosa, vivida hace ya seis
meses.
La luz se apaga y puede
distinguirse que sale el sol, invadiendo la penumbra de la celda, expulsando
esa especie de niebla vaporosa que envuelve todo lo que hay abajo, a mi
alrededor. Un toque de silbato. Oigo las tablas que golpean la pared y hasta el
gancho del vecino de la derecha cuando lo pasa en la anilla fijada en la pared.
Mi vecino tose y oigo un poco de agua que cae ¿Cómo se lava uno aquí?
—Señor vigilante, ¿cómo
se lava uno aquí?
—Recluso, esta vez le
perdono porque no lo sabe. Pero no está permitido hablar con el vigilante de
guardia sin sufrir un grave castigo. Para lavarse, sitúese usted sobre el cubo
y vierta el agua de la jarra con una mano. Lávese con la otra. ¿No ha desenrollado
su manta?
—No.
—Dentro, seguramente,
hay una toalla de lona.
¡Esa sí que es buena!
¿No se puede hablar al centinela de guardia? ¿Por ningún motivo? ¿Y si te
asalta, vete a saber qué enfermedad? ¿O si te estás muriendo? ¿Una angina de
pecho, una apendicitis, un ataque de asma demasiado fuerte? ¿Está prohibido,
entonces, pedir auxilio, hasta en peligro de muerte? ¡Eso es el colmo! Pero no,
es normal. Sería demasiado fácil armar un escándalo cuando, llegado al límite
de la resistencia, los nervios se te rompen. Sólo para oír voces, sólo para que
te hablen, incluso sólo para que te digan: "¡Revienta, pero
cállate!", quizá veinte veces al día una veintena de los doscientos
cincuenta tipos que debe de haber aquí provocarían cualquier discusión para
deshacerse, como a través de una válvula de escape, de ese exceso de presión de
gas que les rompe el cerebro.
No puede haber sido
ningún psiquiatra quien tuvo la idea de construir estas leoneras: un médico no
se deshonraría hasta ese extremo. Tampoco ha sido un doctor quien ha
establecido el reglamento. Pero los dos hombres que han realizado este
conjunto, tanto el arquitecto como el funcionario, que han cronometrado los
menores detalles de la ejecución de la pena, son, tanto uno como otro, dos
monstruos repugnantes, dos psicólogos viciosos y malignos, llenos de odio
sádico hacia los condenados.
De los calabozos de la
central de Beaulieu, en Caen, por muy profundos que sean, dos pisos bajo
tierra, podía filtrarse, llegar al público algún día, el eco de las torturas o
malos tratos infligidos a uno u otro preso castigado.
Prueba de ello es que
cuando me quitaron las esposas y las empulgueras, vi verdadero miedo en las
caras de los guardianes, miedo de tener dificultades, sin duda alguna.
Pero aquí, en esta
Reclusión del presidio, donde solamente pueden entrar los funcionarios de la
Administración, están muy tranquilos, no puede pasarles nada.
Clac, clac, clac, clac:
se abren todas las ventanillas. Me acerco a la mía, me arriesgo a dar una
ojeada, y, luego, saco un poco la cabeza, después toda, al pasillo, y veo, a
derecha e izquierda, multitud de cabezas. En seguida comprendo que tan pronto abren
las ventanillas, las caras de todos se asoman precipitadamente. El de la
derecha me mira con ojos vacuos. Sin duda, está embrutecido por la
masturbación. Descolorido y grasiento, en su pobre rostro de idiota no hay
asomo de luz. El de la izquierda me dice rápidamente:
—¿Cuánto?
—Yo, cuatro. He
cumplido uno. ¿Nombre?
—Papillon.
—Yo, Georges, Jojo el
Auvernés. ¿Dónde caíste?
—En París, ¿y tú?
No tiene tiempo de
contestar: el café, seguido del chusco, llega a la segunda celda anterior a la
suya. Mete la cabeza y yo hago lo mismo. Tiendo mi cazo, lo llenan de café y,
luego, me dan el chusco. Como no me apresuro a coger el pan, al cerrarse la
ventanilla el chusco rueda por el suelo. En menos de un cuarto de hora, ha
vuelto el silencio. Debe de haber dos repartos, uno por pasillo, pues se
termina en seguida. A medio día, una sopa con un trozo de carne hervida. Por la
noche, un plato de lentejas., Este menú, durante dos años, sólo cambia por la noche:
lentejas, alubias coloradas, guisantes, garbanzos, judías blancas y arroz con
tocino. El de mediodía siempre es el mismo.
Cada quince días,
también, sacamos todos la cabeza por la ventanilla y un presidiario, con una
máquina de barbero nos corta la barba.
Hace tres días que
estoy aquí. Una cosa me preocupa sobre todas. En Royale, mis amigos me dijeron
que me mandarían comida y tabaco. No he recibido nada todavía y me pregunto,
por lo demás, cómo podrían hacer un milagro semejante. Por lo que no me extraña
demasiado no haber recibido nada. Fumar debe de ser muy peligroso y, de todos
modos, es un lujo. Comer, sí, debe de ser vital, pues la sopa, a mediodía, es
agua caliente y un pedacito de carne hervida de cien gramos aproximadamente.
Por la noche, un cazo de agua en la que flotan algunas judías y otras legumbres
secas. Francamente, echo menos la culpa a la Administración de que no nos den
una ración decorosa, que a los reclusos que distribuyen y preparan la comida.
Esta idea se me ocurre porque, por la noche, es un marsellés el que reparte las
legumbres. Su cazo va hasta el fondo del perol y, cuando es él, tengo más
legumbres que agua. Con los otros ocurre lo contrario, no hunden el cazo y
cogen por arriba tras haber revuelto un poco. Resultado: mucha agua y pocas
legumbres. Esa subalimentación es sumamente peligrosa. Para tener voluntad
moral, hace falta cierta fuerza física.
Barren en el pasillo.
Me parece que barren mucho rato frente a mi celda. La escoba chirría con
insistencia contra mi puerta Miro con atención y veo asomar un pedacito de
papel blanco. Comprendo en seguida que me han deslizado algo bajo la puerta,
pero que no han podido introducir más. Esperan a que lo retire antes de ir a
barrer más lejos. Tiro del papel, lo despliego Son unas palabras escritas con
tinta fosforescente. Espero que haya pasado el guardián y, rápidamente, leo:
Papi, todos los días en
el cubo a partir de mañana habrá cinco cigarrillos y un coco. Masca bien el
coco cuando lo comas si quieres que te aproveche. Traga la pulpa. Fuma por la
mañana cuando vacían los cubos. Nunca después del café de la mañana, sino de la
sopa del mediodía inmediatamente después de haber comido y, por la noche, de
las legumbres. Adjunto un trocito de mina de lápiz. Cada vez que necesites
algo, pídelo en un pedacito de papel adjunto. Cuando el barrendero frote la
puerta con su escoba, rasca con los dedos. Si él rasca también, empuja tu nota.
No la pases nunca antes de que él conteste. Ponte el trocito de papel en el
oído para que no tengas que sacar el estuche, y el pedazo de mina en cualquier
sitio o en un resquicio de la pared de tu celda. Animo. Un abrazo.
Ignace-Louis.
Son Galgani y Dega
quienes me mandan el mensaje. Algo me oprime la garganta: tener amigos tan
fieles, tan abnegados, me reconforta. Y todavía con más fe en el porvenir,
seguro de salir vivo de esta tumba, empiezo de nuevo a andar con paso alegre y
ágil: un, dos, tres, cuatro, cinco, media vuelta, etc. Y mientras camino,
pienso: "¡Qué nobleza! ¡Qué deseos de hacer el bien hay en esos dos
hombres! Seguramente, corren un grave riesgo, quizá sus puestos de contable y
de cartero. Es en verdad grandioso lo que hacen por mí, sin contar con que les
debe costar muy caro. ¡A cuántas personas deben tener que comprar para llegar
de Royale hasta mí en mi calabozo de la "comedora de hombres"I"
Lector, debes
comprender que un coco seco está lleno de aceite. Su pulpa dura y blanca está
tan cargada de él que, rallando seis cocos y con sólo poner la pulpa en agua
caliente, el día siguiente se recoge en la superficie un litro de aceite. Este
aceite,.cuerpo graso de cuya falta es de lo que más sufrimos con nuestro
régimen, también tiene muchas vitaminas. Con un coco cada día, tienes casi
asegurada la salud. Por lo menos, no te deshidratas ni mueres de
descomposición.
Hasta la fecha, hace ya
más de dos meses que he recibido sin ningún tropiezo comida y tabaco. Cuando
fumo, tomo precauciones de sioux, tragando hondamente el humo y luego
echándolo, poco a poco, agitando el aire con la mano abierta en abanico, para
que desaparezca.
Ayer, pasó una cosa
curiosa. No sé si obré bien o mal. Un vigilante de guardia en la pasarela se
apoyó en la barandilla, miró hacia mi celda. Encendió un cigarrillo, dio unas
cuantas chupadas y, luego, lo dejó caer en mi celda. Después, se fue. Esperé a que
volviese para pisar ostensiblemente el cigarrillo. El breve ademán de detenerse
que hizo no duró mucho: tan pronto se dio cuenta de mi gesto, se fue otra vez.
¿Tuvo compasión d mí, o vergüenza de la Administración a la que pertenece? ¿O
sería una trampa? No lo sé, y eso me tiene preocupado. Cuando sufrimos, nos
volvemos hipersensibles.
No quisiera, si ese
vigilante quiso, durante unos segundos ser un hombre bueno, haberle apenado con
mi gesto de desprecio.
Ya hace dos meses que
estoy aquí. Esta Reclusión es la única a mi juicio, donde no hay nada que
aprender. Porque no hay ninguna combina. Me he adiestrado perfectamente a
desdoblarme. Tengo una táctica infalible. Para vagabundear en las estrellas con
intensidad, para ver aparecer sin dificultades diferentes etapas pasadas de mi
vida de aventurero o de mi infancia, o para construir castillos de arena con
una realidad sorprendente, primero tengo que cansarme mucho. Necesito andar sin
sentarme durante horas, sin parar, pensando en cualquier cosa. Después, cuando
literalmente rendido me tumbo en mi tabla, reclino la cabeza sobre la mitad de
la manta y doblo la otra mitad sobre mi cara y la boca. Entonces, el aire
enrarecido ya de la celda me llega a la nariz con dificultad, filtrado por la
manta. Eso debe provocarme en los pulmones una especie de asfixia, y la cabeza
empieza arderme. Me ahogo de calor y de falta de aire y entonces, de repente,
despliego las alas de mi fantasía. ¡Ah! Esas galopadas del alma, ¡qué indescriptibles
sensaciones han producido en mí! He tenido noches de amor en verdad más
intensas que cuando era libre, más turbadoras, con más sensaciones aún que las
auténticas, que las que de verdad experimenté. Sí, esa facultad de viajar en el
espacio me permite sentarme con mi madre, que murió hace diecisiete años. juego
con su vestido y ella me acaricia los rizos del cabello, que me dejaba muy
largo, como si fuese una niña, a los cinco años. Acaricio sus dedos largos y
finos, de piel suave como la seda. Se ríe conmigo de mi intrépido deseo de
querer zambullirme en el río como he visto hacer a los chicos más grandes, un
día de paseo. Los menores detalles de su peinado, la mimosa ternura de sus ojos
claros y brillantes, de sus dulces e inefables palabras: "Mi pequeño Riri,
sé bueno, muy bueno, para que tu mamá pueda quererte mucho. Más adelante,
cuando seas un poco mayor, también te zambullirás desde muy alto en el río. De
momento, eres demasiado pequeño, tesoro mío. Anda, pronto llegará, demasiado
pronto incluso, el día en que ya serás un grandullón."
Y, cogidos de la mano,
bordeando el río, volvíamos a casa. Porque estoy de veras en la casa de mi
infancia. Lo estoy de tal modo que tapo los ojos de mamá con las manos para que
no pueda leer la partitura y, sin embargo, continúe tocando el piano. Estoy allí,
pero de verdad, no con la imaginación. Estoy allí con ella, subido en una
silla, detrás del taburete donde se sienta, y aprieto fuertemente con mis
manitas para cerrar sus grandes ojos. Sus dedos ágiles continúan rozando las
notas del piano para que yo oiga La viuda alegre hasta el fin.
Ni tú, inhumano fiscal,
ni vosotros, policías de dudosa honestidad, ni tú, miserable Polein, que
negociaste tu libertad a costa de un falso testimonio, ni vosotros, los doce
enchufados que fuisteis lo bastante cretinos para haber seguido la tesis de la
acusación y su manera de interpretar las cosas, ni tampoco vosotros, guardianes
de la Reclusión, dignos socios de la "comedora de hombres", ni nadie,
absolutamente nadie, ni siquiera las gruesas paredes ni la distancia de esta
isla perdida en el Atlántico, nada absolutamente, nada psíquico o material
impedirá mis viajes deliciosamente teñidos del rosa de la felicidad cuando
despliego las alas hacia las estrellas.
Cuando al contar el
tiempo que he de quedarme solo conmigo mismo sólo hablé de
"horas—tiempo", me equivoqué. Es un error. Hay momentos en que debe
medirse por "minutos tiempo". Por ejemplo, después de la distribución
del café y el pan, cuando viene el vaciado de los cubos aproximadamente una
hora después. Cuando me devuelvan el cubo vacío encontraré el coco, los cinco
cigarrillos y, a veces, una nota fosforescente. No siempre, pero a menudo,
cuento entonces los minutos. Es bastante fácil, pues ajusto el paso a un
segundo y, poniendo el cuerpo en péndulo, cada cinco pasos, en el momento de la
media vuelta, digo mentalmente: uno. A los doce, suma un minuto. No vayáis a
creer, sobre todo, que tenga ansia de saber si podré comer de ese coco que, en
resumidas cuentas, es mi vida, si tendré cigarrillos, placer inefable el poder
fumar en esta tumba diez veces en veinticuatro horas, pues cada cigarrillo lo
fumo en dos veces. No, de cuando en cuando, me sobrecoge una especie de
angustia en el momento de la entrega del café y, entonces, tengo miedo, sin
razón particular, de que les haya pasado algo a las personas que, con peligro
de su tranquilidad, me ayudan tan generosamente. Así es que espero y sólo
respiro cuando veo el coco. Está ahí; entonces, todo va bien…, para ellos.
Despacio, muy despacio, van pasando las horas, los días, las semanas, los
meses. Hace ya casi un año que estoy aquí. Exactamente once meses y veinte días
que no he conversado con alguien más de cuarenta segundos, y aún a base de
palabras entrecortadas y más murmuradas que articuladas. He cambiado, sin
embargo, algunas palabras en voz alta. Me había resfriado y tosía mucho.
Pensando que aquello justificaría el salir para ir a la visita, me apunté de
"pálido". Y He aquí al doctor. Con gran extrañeza de mi parte, la
ventanilla se abre. A través de la abertura, asoma una cabeza.
—¿Qué tiene usted? ¿Qué
le duele? ¿Los bronquios? Vuélvase. Tosa.
¡Pero, hombre! ¿Es una
broma> Sin embargo, es rigurosamente cierto. Ha venido un médico de la
Infantería colonial para examinarme a través de la ventanilla, hacerme volver a
un metro de la puerta y auscultarme pegando el oído a la abertura., Luego, me
dice:
—Saque el brazo.
Iba a sacarlo
maquinalmente cuando, por una especie de respeto para conmigo mismo, le digo al
extraño médico:
—Gracias, doctor, no se
moleste tanto. No merece la pena.
Por lo menos, he tenido
la fuerza de ánimo de darle a entender con toda claridad que no me tomaba en
serio su examen.
—Como quieras —tuvo el
cinismo de responder.
Y se fue.
Afortunadamente, pues estuve a punto de estallar de indignación.
Un, dos, tres, cuatro,
cinco, media vuelta. Un, dos, tres, cuatro, cinco, media vuelta. Camino, camino
infatigablemente, sin pararme, hoy camino con rabia, mis piernas están tensas,
y no,, como de costumbre, relajadas. Diríase que después de lo que acaba de
pasar, necesito pisotear algo. ¿Qué puedo pisotear con mis pies? Debajo de
ellos, hay cemento. No, pisoteo muchas cosas caminando así. Pisoteo la apatía
de ese matasanos que., por congraciarse con la Administración, se presta a
cosas tan asquerosas. Pisoteo la indiferencia por el sufrimiento y el dolor de
una clase de hombres por otra clase de hombres. Pisoteo la ignorancia del
pueblo francés, su falta de interés o de curiosidad por saber a dónde van y
cómo son tratados los cargamentos humanos que cada dos años salen de
Saint-Martin-de-Ré. Pisoteo a los periodistas de las crónicas negras que, tras
haber escrito escandalosos artículos sobre un hombre, por un crimen
determinado, algunos meses después ni siquiera se acuerdan de que haya
existido. Pisoteo a los que han recibido confesiones y que saben lo que pasa en
el presidio francés y se callan. Pisoteo el sistema de un proceso que se
transforma en un torneo oratorio entre quien acusa y quien defiende. Pisoteo la
organización de la Liga de los Derechos del Hombre y del Ciudadano que no eleva
la voz para decir: Poned fin a vuestra guillotina seca, suprimid el sadismo
colectivo que existe en los empleados de la Administración. Pisoteo el hecho de
que ningún organismo o asociación interrogue nunca a los responsables de ese
sistema para preguntarles cómo y por qué en el camino de la podredumbre
desaparece, cada dos años, el ochenta por ciento de su población. Pisoteo los
partes de fallecimiento de la medicina oficial: suicidios, descomposición,
muerte por subalimentación continua, escorbuto, tuberculosis, locura furiosa,
chochez. ¿Qué sé yo lo que pisoteo? Pero, en cualquier caso, después de lo que
acaba de pasar, ya no camino normalmente, a cada paso que doy, aplasto algo.
Un, dos, tres, cuatro,
cinco… y las horas que discurren despacio calman por cansancio mi muda
rebelión.
Diez días más y habré
cumplido la mitad de mi pena de reclusión. Es en verdad un hermoso aniversario
que festejar, pues aparte de esa fuerte gripe, gozo de buena salud. No estoy
loco, ni en vías de estarlo. Estoy seguro, hasta ciento por ciento seguro, de
salir vivo y equilibrado a fines del año que va a empezar.
Me despiertan unas
voces veladas. Oigo:
—Está completamente
tieso, Monsieur Durand. ¿Cómo no lo ha notado usted antes?
—No lo sé, jefe. Como
se ha ahorcado en el rincón del lado de la pasarela, he pasado varias veces sin
verle.
—No tiene importancia,
pero confiese que es ilógico que no lo haya visto antes.
Mi vecino de la
izquierda se ha suicidado. Por lo menos, eso comprendo. Se lo llevan. La puerta
se cierra. El reglamento ha sido rigurosamente respetado, puesto que la puerta
ha sido abierta y cerrada en presencia de una "autoridad superior", el
jefe de la Reclusión, cuya voz he reconocido. Es el quinto que desaparece cerca
de mí en diez semanas.
El día del aniversario
ha llegado. En el cubo he encontrado un bote de leche condensada
"Nestlé". Es una locura de mis amigos. Un precio de locura para
procurársela y graves riesgos para pasarla. He tenido, pues, un día de triunfo
sobre la adversidad. Por lo que he decidido no desplegar las alas hacia otros
parajes. Estoy en la Reclusión. Ha pasado un año desde que llegué y me siento
capaz de pirármelas mañana mismo, si tuviese la oportunidad. Es una
puntualización positiva y estoy orgulloso de ella.
Por el barrendero de la
tarde, cosa insólita, he tenido unas letras de mis amigos: Animo. Sólo te falta
un año. Sabemos que gozas de buena salud. Nosotros estamos bien. Te abrazamos.
Louis—Ignace. Si puedes, manda en seguida unas letras por el Mismo conducto que
te entrega éstas.
En el papelito en
blanco adjunto a la carta, escribo: Gracias por todo. Estoy fuerte y espero
estar igual gracias a vosotros dentro de un año. ¿Podéis dar noticias Clousiot,
Maturette? En efecto, el barrendero vuelve, rasca en mi puerta. Raudo, le paso
el papel, que desaparece inmediatamente. Toda esta jornada y parte de la noche
he pisado tierra firme y en el estado como me había prometido encontrarme
repetidas veces. Un año, y estaré en una de las islas. ¿Royale? ¿San José? Me
hartaré de hablar, fumar y combinar la próxima evasión.
El día siguiente inicio
con confianza en mi destino el primer día de esos trescientos sesenta y cinco
que me quedan por pasar. Tenía razón respecto a los ocho meses siguientes. Pero
al noveno, las cosas se echaron a perder. Esta mañana, en el momento de vaciar
el cubo, el portador del coco ha sido pillado con las manos en la masa cuando
empujaba el cubo, después de haber metido ya dentro el coco y los cinco
cigarrillos.
El incidente era tan
grave que durante unos minutos han olvidado el reglamento del silencio. Los
golpes que recibía aquel pobre desgraciado se oían muy claramente. Luego, el
estertor de un hombre herido de muerte. Se abre mi ventanilla y una cara
congestionada de guardián me grita:
—¡Tú no pierdes nada
por esperar!
—¡A tu disposición, so
imbécil! —le respondo, encorajinado por haber oído el trato infligido a aquel
pobre sujeto.
Eso pasó a las siete.
Hasta las once no vino una delegación encabezada por el segundo comandante de
la Reclusión. Abrieron aquella puerta que desde hacía veinte meses estaba
cerrada sobre mí y que nunca había sido abierta. Me encontraba al fondo de la
celda, con mi vaso de soldado en la mano, en actitud de defensa, con el
propósito incontrovertible de atizar todos los golpes posibles, por dos
razones: primero, para que algunos guardianes no me pegasen impunemente, Y.
segundo, para que me dejasen sin sentido más pronto. Pero no ocurrió nada de
eso:
—Recluso, salga.
—Si es para pegarme,
esperad a que me defienda, pues no tengo por qué salir para ser atacado por
todos los lados. Estoy A mejor aquí para dejar tieso al primero que me ponga
las manos encima.
—Charriére, no van a
pegarle.
—¿Quién me lo
garantiza?
—Yo, el segundo
comandante de la Reclusión.
—¿Es usted hombre de
palabra?
—No me insulte, es
inútil. Por mi honor, le prometo que no será usted golpeado. Vamos, salga.
Contemplo el vaso que
tengo en la mano.
—Puede usted dejarlo,
no tendrá que usarlo.
—De acuerdo, está bien.
Salgo y, rodeado por
diez vigilantes y el segundo comandante, recorro todo el pasillo. Cuando llego
al patio, la cabeza me da vueltas y mis ojos, lastimados por la luz, no pueden
permanecer abiertos. Por fin, percibo la casita donde fuimos recibidos. Hay una
docena de vigilantes. Sin empujarme, me hacen entrar en la Administración. En
el suelo, ensangrentado, gime un hombre. Al ver un reloj de pared que señala
las once, pienso: "Hace cuatro horas que están torturando a ese pobre
tipo." El comandante está sentado tras su escritorio y el segundo
comandante se sienta a su lado.
—Charriére, ¿cuánto
tiempo hace que recibe usted comida y cigarrillos?
—Ya se lo habrá dicho
él.
—Se lo pregunto a
usted.
—Padezco de amnesia, ni
siquiera puedo saber lo que ha pasado la víspera.
—¿Se burla usted de mí?
—No, me extraña que eso
no conste en mi expediente. Soy amnésico a consecuencia de un golpe que recibí
en la cabeza.
El comandante se queda
tan asombrado de mi respuesta que dice:
—Preguntad a Royale si
hay alguna mención al respecto sobre él.
Mientras telefonean,
continúan preguntándome:
—¿Se acuerda usted bien
de que se llama Charriére?
—De eso sí. —Y, rápido,
para desconcertarle más, digo como un autómata—: Me llamo Charriére, nací en
1906 en el departamento de Ardéche y me condenaron a cadena perpetua en París,
Sena.
Pone unos ojos como
naranjas, noto que he conseguido desconcertarlo.
—¿Ha recibido su café y
su pan esta mañana?
—Sí.
—¿Qué legumbre le
sirvieron anoche?
—No lo sé.
—Entonces, si hemos de
creerle, ¿no tiene usted memoria en absoluto?
—De lo que pasa, en
efecto. De las caras, sí. Por ejemplo,, sé que usted me recibió un día.
¿Cuándo? No lo sé.
—Entonces, ¿no sabe
cuánto tiempo le queda por cumplir?
—¿De la condena
perpetua? Hasta que me muera, creo.
—No me refiero a eso,
sino a su pena de reclusión.
—Tengo una pena de
reclusión? ¿Por qué?
—¡Ah! ¡Esto ya es el
colmo! ¡Por Dios! No conseguirás sacarme de mis casillas. ¡No irás a decirme
que no te acuerdas de que estás purgando dos años por evasión!
Entonces, le aplano
completamente:
—¿Por evasión, yo?
Comandante, soy un hombre serio y capaz de adquirir responsabilidades. Venga
conmigo a visitar mi celda y verá usted si me he evadido.
En este momento, un
guardián le dice:
—Le llaman de Royale,
mi comandante.
El comandante coge el
aparato:
—¿No hay nada? Es raro,
él pretende estar aquejado de amnesia… ¿La causa? Un golpe en la cabeza…
Comprendido, es un simulador. Vaya a saber… Bien, dispense, mi comandante, lo
comprobaré. Hasta la vista. Sí, le tendré al corriente.
—So comediante, deja
que vea tu cabeza. ¡Ah, sí! Hay una herida bastante larga. ¿Cómo es posible que
recuerdes que ya no tienes memoria después de recibir ese golpe? ¿Eh? ¿Dime?
—No me lo explico, sólo
sé que me acuerdo del golpe, que me llamo Charriére y alguna que otra cosa más.
—En resumen, ¿qué
quiere usted decir o hacer?
—Es lo que se discute
aquí. ¿Usted me pregunta desde cuándo me mandan comida y tabaco? He aquí mi
respuesta definitiva: no sé si ésta es la primera vez, o la que hace mil. En
razón de mi amnesia, no puedo contestarle. Eso es todo, haga lo que quiera.
—Lo que quiero es muy
sencillo. Has comido demasiado durante todo ese tiempo: bien, pues, a partir de
ahora, vas a adelgazar un poco. Que se le suprima la cena hasta el fin de su
pena.
El mismo día, con el
segundo barrido tengo una nota. Desgraciadamente no puedo leerla, no es
fosforescente. Por la noche, enciendo un cigarrillo que me queda de la víspera
y que ha escapado al registro, por estar muy bien escondido en la tabla. Entre
chupada y chupada, consigo descifrar con su lumbre: El limpiador no ha cantado.
Ha dicho que sólo era la segunda vez que te mandaba comida, por iniciativa
propia. Que lo hizo porque te conoció en Francia. Nadie será molestado en
Royale. Animo.
Así, pues, estoy
privado de coco, de cigarrillos y de noticias de mis amigos de Royale. Por si
fuese poco, me han suprimido la cena. Me había acostumbrado a no padecer hambre
y, además, las diez sesiones de cigarrillo me llenaban el día y parte de la noche.
No sólo pienso en mí, sino también en el pobre diablo que han molido a golpes
por mi culpa. Esperemos que no le castiguen cruelmente.
Un, dos, tres, cuatro,
cinco—, media vuelta… Un, dos, tres, cuatro, cinco, media vuelta. No aguantarás
así como así ese régimen de hambre y, quizá, dado que comerás poco, haya que
cambiar de táctica. Por ejemplo, quedarse acostado todo el tiempo posible para
no gastar energías. Cuanto. menos me mueva, menos calorías quemaré. Estar
sentado muchas horas a lo largo del día. Es una forma muy diferente de vida la
que debo aprender. Cuatro meses, son ciento veinte días que pasar. Con el
régimen que me han impuesto, ¿cuánto tiempo será necesario para que empiece a
estar anémico? Por lo menos dos meses. Por lo tanto, tengo por delante dos
meses cruciales. Cuando me encuentre demasiado débil, las enfermedades tendrán
terreno maravillosamente abonado para atacarme. Decido quedarme tumbado desde
las seis de la tarde a las seis de la mañana. Caminaré desde el café hasta
después de la recogida de los cubos, más o menos dos horas. A mediodía, después
de la sopa, dos horas aproximadamente. Total, cuatro horas de marcha. El resto
del día, estaré sentado o acostado.
Será difícil desplegar
las alas sin que esté fatigado. De todos modos, intentaré hacerlo.
Hoy, tras haber pasado
largo rato pensando en mis amigos y en el desdichado que ha sido maltratado tan
duramente, comienzo a adiestrarme en esa nueva disciplina. Lo consigo bastante
bien, aunque las horas me parecen más largas y mis piernas, que no funcionan
durante horas enteras, me parecen estar llenas de hormigas.
Hace diez días que dura
este régimen. Ahora, siempre tengo hambre. Empiezo a sentir una especie de
dejadez permanente que se ha apoderado endémicamente de mí. Sufro un horror la
falta de ese coco, y un poco por los cigarrillos. Me acuesto muy temprano y,
con bastante rapidez, me evado virtualmente de mi celda. Ayer, estuve en París,
en el "Rat Mort", bebiendo champaña con amigos: Antonio de Londres
(oriundo de las Baleares, pero que habla francés como un parisiense e inglés
como un auténtico rosbil de Inglaterra). El día siguiente, en el
"Marronnier", bulevar de Clichy, mataba de cinco tiros de pistola a
uno de sus amigos. Entre la gente del hampa, los cambios de amistad en odio
mortal son tan rápidos como frecuentes. Sí, ayer estuve en París, bailando a
los sones de un acordeón en el salón del "Peti Jardin", avenida de
Saint-Ouen, cuya clientela está compuesta por entero de corsos y marselleses.
Todos los amigos desfilan en ese viaje imaginario con un verismo tal, que no
dudo de su presencia, ni de mi presencia en todos esos lugares donde he pasado
tan hermosas noches.
Así, pues, sin andar
demasiado, con ese régimen alimenticio tan reducido consigo el mismo resultado
que buscando el cansancio. Las imágenes del pasado me sacan de la celda con un
poder tal que, verdaderamente, vivo más horas de libertad que de reclusión.
Sólo me falta cumplir
un mes. Hace ya tres que sólo ingiero un chusco y una sopa caliente sin
feculentos a mediodía con un pedazo de carne hervida. El hambre continua hace
que me ponga a examinar el trozo de carne tan pronto me lo sirven, para ver si
no es, como suele ocurrir, sólo un pellejo.
He adelgazado mucho y
me percato de cómo aquel coco que tuve la suerte de recibir durante veinte
meses ha sido esencial para el mantenimiento de mi buena salud y de mi
equilibrio en esta terrible exclusión de la vida.
Esta mañana, tras
haberme tomado el café, estoy muy nervioso. Me he abandonado a comerme la mitad
del pan, cosa que nunca hago. Habitualmente, lo parto en cuatro trozos más o
menos iguales y los como a las seis, a mediodía, a las seis de la tarde y por la
noche." ¿Por qué lo has hecho? —Me riño a mi mismo.
¿Ahora que todo termina
tienes flaquezas tan graves? Tengo hambre y me siento tan sin fuerzas. No seas
tan pretencioso ¿Cómo vas a estar fuerte, comiendo lo que comes? Lo esencial, y
en esto puedes considerarte vencedor, es que estás débil, es verdad, pero no
enfermo. La "comedora de hombres", lógicamente esto con un poco de
suerte, debe perder la partida contigo." Me) sentado, tras mis dos horas
de marcha, en el bloque de cemento que me sirve de taburete. Treinta días más,
o sea, setecientas veinte horas, y después se abrirá la puerta y me dirán:
"Recluso Charriére, salga. Ha terminado sus dos años de reclusión."
¿Qué diré? Esto: "Sí, por fin he terminado esos dos años de
calvario." ¡Nada de eso, hombre! Si es el comandante al que le fuiste con
el cuento de la amnesia, debes continuar con él, fríamente. Le dices:
"¿Cómo, estoy indultado, me voy a Francia ¿Ha terminado mi cadena
perpetua?" Sólo para ver la cara que pone y convencerle de que el ayuno al
que te condenó es una injusticia. Pero, ¿qué te pasa? Injusticia o no, al
comandante le importa un pito haberse equivocado. ¿Qué importancia puede tener
eso para su retorcida mentalidad? ¡No tendrás la pretensión de que el
comandante tenga remordimientos por haberte infligido una pena injustamente! Te
prohíbo suponer, tanto mañana como más adelante, que un esbirro sea un ser
normal. Ningún hombre digno de este nombre puede pertenecer a esa corporación.
Nos acostumbramos a todo en la vida, hasta a ser un canalla durante toda
nuestra existencia. Quizá sólo cuando esté cerca de la tumba, el temor de Dios,
si es religioso, le asuste y le haga arrepentirse. Desde luego, no será por
verdadero remordimiento de las cochinadas que haya cometido, sino por miedo de
que, en el juicio de su Dios, sea él el condenado.
Así, cuando vayas a la
isla, sea la que sea a donde te destinen, ya desde ahora, sabed que ningún
compromiso deberá ligarte a esa raza. Cada cual se encuentra a un lado de una
barrera claramente trazada. A un lado, la abulia, la pedante autoridad desalmada,
el sadismo intuitivo, automático en sus reacciones; y en el otro, yo con los
hombres de mi categoría, que, seguramente, han cometido delitos graves, pero en
quienes el sufrimiento ha sabido crear cualidades incomparables: piedad,
bondad, sacrificio, nobleza, coraje.
Con toda sinceridad,
prefiero ser un presidiario que un esbirro.
Sólo veinte días. Me
siento, en verdad, muy débil. He notado que mi chusco siempre es de los más
pequeños. ¿Quién puede rebajarse tanto hasta escoger sañudamente mi chusco? En
mi sopa, desde hace varios días, no hay más que agua caliente, y el trozo de carne
siempre es un hueso con muy poca carne o un poco de pellejo. Tengo miedo de
caer enfermo. Es una obsesión. Estoy tan débil que no he de esforzarme nada
para soñar, despierto, cualquier cosa. Esa profunda fatiga acompañada de una
depresión en verdad grave me preocupa. Trato de reaccionar y, con penas y
fatigas, logro pasar las veinticuatro horas de cada día. Rascan en mi puerta.
Atrapo rápidamente un papel. Es fosforescente. Lo envían Dega y Galgani. Leo:
Manda unas letras. Muy preocupados por tu estado de salud. 19 días más, ánimo.
Louis—Ignace.
Hay un pedazo de papel
en blanco y una punta de mina de lápiz negra. Escribo: Aguanto, estoy muy
débil. Gracias, Papi.
Y como la escoba vuelve
a frotar de nuevo, mando el papel. Estas letras sin cigarrillos, sin coco,
significan para mí más que todo eso. Esta manifestación de amistad, tan
maravillosa y constante, me da el fustazo que necesitaba. En el exterior, saben
cómo estoy, y si cayese enfermo, el doctor seguramente recibiría la visita de
mis amigos para impulsarle a cuidarme correctamente. Tienen razón, sólo
diecinueve días, estoy a punto de terminar esa carrera agotadora contra la
muerte y la locura. No caeré enfermo. De mí depende hacer cuanto menos
movimiento posible para no gastar más que las calorías indispensables. Voy a
suprimir las dos horas de marcha de la mañana y las dos de la tarde. Es el
único medio de aguantar. Por lo que, toda la noche, durante doce horas, estoy
acostado, y las otras doce horas, sentado sin moverme en mi banco de piedra. De
vez en cuanto, me levanto y hago algunas flexiones y movimientos de brazos.
Luego, me siento de nuevo.
Sólo diez días.
Me estoy paseando por
Trinidad, los violines javaneses de una sola cuerda me acunan con sus melodías
quejumbrosas, cuando un grito horrible, inhumano, me devuelve a la realidad.
Ese grito procede de una celda que está detrás de la mía o, en todo caso, muy
cerca. Oigo:
—Canalla, baja aquí, a
mi fosa. ¿No estás cansado de vigilar desde arriba? ¿No ves que te pierdes la
mitad del espectáculo por culpa de la poca luz que hay en este hoyo?
—¡Cállese, o será
castigado severamente! —dice el guardián.
—Ja, ja! ¡Deja que me
ría, so imbécil! ¿Cómo puedes encontrar algo más cruel que este silencio?
Castígame todo cuanto quieras, pégame, si te apetece, horrible verdugo, pero
nunca encontrarás nada comparable con el silencio en el que me obligas a estar.
¡No, no, no! ¡No quiero, no puedo seguir sin hablar! Cochino imbécil, hace ya
tres años que debía de haberte dicho: ¡mierda! ¡Y he sido lo bastante estúpido
para esperar treinta y seis meses en gritarte mi asco por miedo de un castigo!
¡Mi asco por ti y todos los de tu calaña, podridos esbirros!
Algunos instantes
después, la puerta se abre y oigo:
—¡No, así no!
¡Ponédsela al revés, es mucho más eficaz!
Y el pobre tipo que
chilla:
—¡Ponla como quieras,
tu camisa de fuerza, podrido! Al revés, si quieres, estréchala hasta ahogarme,
tira fuerte con tus rodillas de los cordones. ¡Eso no me impedirá decirte que
tu madre es una marrana y que por eso no puedes ser más que un montón de basura!
Deben de haberle
amordazado, pues ya no oigo nada más. La puerta ha sido cerrada de nuevo. Esa
escena, al parecer, ha conmovido al joven guardián, puesto que, al cabo de
algunos minutos, se para delante de mi celda y dice:
—Debe de haberse vuelto
loco.
—¿Usted cree? Sin
embargo, todo lo que ha dicho es muy sensato.
El guardián se queda de
piedra, y me suelta, marchándose:
—Vaya, ¡ésta me la
apunto!
Este incidente me ha
apartado de la isla de las buenas personas, los violines, las tetas de las
hindúes, el puerto de Port of Spain, para devolverme a la triste realidad de la
Reclusión.
Diez días más, o sea,
doscientas cuarenta horas que aguantar.
La táctica de no
moverme da sus frutos, a menos que sea porque los días transcurren despacio, o
a causa de las pequeñas cartas de mis amigos. Creo más bien que me siento más
fuerte a causa de una comparación que se impone en mí. Estoy a doscientas
cuarenta horas de ser liberado de la Reclusión, me encuentro débil, pero mi
mente sigue intacta, mi energía sólo pide un poco más de fuerza física para
volver a funcionar perfectamente. En tanto que ahí, detrás de mí, a dos metros,
separado por la pared, un pobre sujeto entra en la primera fase de la locura,
quizá por la puerta peor, la de la violencia. No vivirá mucho, pues su rebeldía
da ocasión a que puedan atiborrarle a saciedad de tratamientos rigurosamente
estudiados para matarle lo más científicamente posible. Me reprocho sentirme
más fuerte porque el otro está vencido. Me pregunto si soy también uno de esos
egoístas que, en invierno, bien calzados, bien enguantados, con abrigos de
pieles, ven desfilar ante sí las masas que van a trabajar, heladas de frío, mal
vestidas o, cuando menos, con las manos amoratadas por la helada matutina, y
que comparando ese rebaño que corre para atrapar el primer "Metro" o
autobús, se sienten mucho más abrigados que antes y disfrutan de su pelliza con
más intensidad que nunca. Muy a menudo, todo está hecho de comparaciones, en la
vida. Es verdad, tengo diez años, pero Papillon tiene la perpetua. Es verdad,
tengo la perpetua, pero también tengo veintiocho años, mientras que él tiene
quince años, pero ha cumplido los cincuenta.
Vamos, ya llego al
final y, antes de seis meses, espero estar bien en todos los aspectos— salud,
moral, energía—, en buena disposición para una fuga espectacular. Se ha hablado
de la primera, pero la segunda quedará grabada en las piedras de uno de los muros
del presidio. No me cabe la menor duda, me iré, estoy seguro, antes de seis
meses.
Esta es la última noche
que paso en la Reclusión. Hace diecisiete mil quinientas ocho horas que he
ingresado en la celda 234. Han abierto mi puerta una vez, para conducirme ante
el comandante con el solo fin de que me castigase. Aparte de mí vecino, con quien,
algunos segundos al día, cambio unos cuantos monosílabos, me han hablado cuatro
veces. Una vez, el primer día, para decirme que al toque de silbato había que
bajar la tabla. Otra vez el doctor: "Vuélvase, tosa." Una
conversación más larga y agitada con el comandante. Y, el otro día, cuatro
palabras con el vigilante conmovido por el pobre loco. ¡No es como para
divertirse! Me duermo tranquilamente sin pensar en otra cosa que mañana abrirán
definitivamente esta puerta. Mañana veré el sol y, si me mandan a Royale,
respiraré el aire del mar. Mañana seré libre. Me echo a reír. ¿Cómo que libre?
Mañana comienzas oficialmente a purgar tu pena de trabajos forzados a
perpetuidad. ¿A eso llamas ser libre? Ya sé que esa vida no es comparable con
la que acabo de soportar. ¿Cómo encontraré a Clousiot y a Maturette?
A las seis, me dan el
café y el pan. Tengo ganas de decir.— "¡Pero si hoy salgo! ¡Os
equivocáis!" En seguida pienso que soy "amnésico" y ¡quién sabe
si el comandante, al darse cuenta de que le había tomado el pelo, no sería
capaz de infligirme treinta días de calabozo! Pues, de todas formas, según la
ley, he de salir de la Reclusión Celular de San José, hoy, 26 de junio de 1936.
Dentro de cuatro meses, cumpliré treinta años.
Las ocho. Me he comido
todo el chusco. Encontraré comida en el campamento. Abren la puerta. El segundo
comandante Y. dos vigilantes están ahí.
—Charriére, ha cumplido
usted su pena, estamos a 26 de junio de 1936. Síganos.
Salgo. Al llegar al
patio, el sol brilla ya bastante para deslumbrarme. Tengo una especie de
desfallecimiento. Las piernas me flojean y manchas negras bailan ante mis ojos.
Sin embargo, no he recorrido más que unos cincuenta metros, treinta de ellos al
sol.
Cuando llegamos ante el
pabellón de la Administración, veo a Maturette y a Clousiot. Maturette está
hecho un verdadero esqueleto, con las mejillas chupadas y los ojos hundidos.
Clousiot está tendido en una camilla, lívido y huele a muerto. Pienso: "No
tienen buen aspecto mis compañeros. ¿Estaré yo en igual estado?" Ardo en
deseos de verme en un espejo. Les digo:
—¿Qué tal?
No contestan. Repito:
—¿Qué tal?
—Bien dice quedamente
Maturette.
Me dan ganas de decirle
que, una vez terminada la pena de reclusión, tenemos derecho a hablar. Beso a
Clousiot en la mejilla. Me mira con ojos brillantes y sonríe.
—Adiós, Papillon —me
dice.
—No, hombre, no.
—Ya está, eso se acabó.
Algunos días más tarde,
morirá en el hospital de Royale. Tenía treinta y dos años y había sido
encarcelado a los veinte por el robo de una bicicleta que no cometió. Llega el
comandante:
—Hacedles pasar.
Maturette y usted, Clousiot, se han portado bien. Por lo tanto, en sus fichas
pongo: "Buena conducta." Usted, Charriére, como ha cometido una falta
grave, le pongo lo que se ha merecido: "Mala conducta."
_Perdón, mi comandante,
¿qué falta he cometido?
—¿De verdad que no se
acuerda usted del hallazgo de los cigarrillos y el coco?
—No, sinceramente.
—Vamos a ver, ¿qué
régimen ha seguido durante cuatro meses?
—¿Desde qué punto de
vista? ¿Desde el punto de vista de la comida? Siempre el mismo desde que
llegué.
—¡Ah! ¡Esto es el
colmo! ¿Qué comió anoche?
—Como de costumbre, lo
que me dieron. ¡Yo qué sé! No me acuerdo. Quizá judías o arroz con tocino, u
otra legumbre.
—Entonces, ¿por la
noche come?
—¡Caray! ¿Cree usted
que tiro mi escudilla?
—No, no es eso,
renuncio. Bien, retiro lo de "mala conducta". Hágale otra ficha de
salida, Monsieur X… Te pongo "buena conducta", ¿te vale?
—Es lo justo. No he
hecho nada para desmerecerla.
Y con esta frase nos
vamos de la oficina.
La gran puerta de la
Reclusión se abre para darnos paso. Escoltados por un solo vigilante, bajamos
despacio el camino que va al campamento. Desde lo alto, se domina el mar
brillante de reflejos plateados y de espuma. La isla de Royale, enfrente, llena
de verdor y de tejados rojos. La del Diablo, austera y salvaje. Pido permiso al
vigilante para sentarme unos minutos. Me lo concede. Nos sentamos, uno a la
derecha y otro a la izquierda de Clousiot, y nos cogemos de las manos, sin
siquiera darnos cuenta. Este contacto nos produce una extraña emoción y, sin
decir nada, nos abrazamos. El vigilante dice:
—Venga, muchachos. Hay
que bajar.
Y despacio, muy
despacio, bajamos hasta el campamento, en el que yo y Maturette entramos de
frente, cogidos todavía de la mano, seguidos de los dos camilleros que llevan a
nuestro amigo agonizante.
La vida en Royale
Apenas entramos en el
patio del campamento, nos rodea la benévola atención de todos los presidiarios.
Encuentro a Pierroo el Loco, Jean Sartrou, Colondini, Chissilia. Hemos de ir a
1 enfermería los tres, nos dice el vigilante. Y, escoltados por una veintena de
hombres, cruzamos el patio para entrar en la enfermería. En unos minutos,
Maturette y yo tenemos delante una docena de paquetes de cigarrillos y de
tabaco, café con leche muy caliente, chocolate hecho con cacao puro. Todo el
mundo quiere darnos algo. A Clousiot, el enfermero le pone una inyección de
aceite alcanforado y otra de adrenalina para el corazón. Un negro muy flaco
dice:
—Enfermero, dale mis
vitaminas, las necesita más que yo.
—Es en verdad
conmovedora esa prueba de solidaridad.
—¿Quieres parné? Antes
de que vayas a Royale, tengo tiempo de hacer una colecta.
—No, muchas gracias, ya
tengo. Pero, ¿cómo sabes que a Royale?
—Nos lo ha dicho el
contable. Los tres. Creo, incluso que iréis al hospital.
El enfermero es un
bandido corso del maquis. Se llama Essari Posteriormente, habría de conocerlo
mucho, ya contaré su historia completa, es interesante de veras. Las dos horas
en la enfermería han pasado muy de prisa. Hemos comido y bebido bien Saciados y
contentos, nos vamos hacia Royale. Clousiot ha mantenido casi todo el rato los
ojos cerrados, salvo cuando me acercaba a él y le ponía la mano sobre la
frente. Entonces, abría los ojos, velados ya, y me decía:
—Papi, somos amigos de
verdad.
—Más que eso, somos
hermanos —le respondía.
Todavía con un solo
vigilante, bajamos. En medio, la camilla de Clousiot y, a ambos lados,
Maturette y yo, En la puerta del campo, todos los presidiarios nos dicen adiós
y nos desean buena suerte. Les damos las gracias, pese a sus protestas. Pierrot
el Loco me ha pasado al cuello un macuto lleno de tabaco, cigarrillos,
chocolate y botes de leche "Nestlé". Maturette también ha recibido
uno. No sabe quién se lo ha dado. Tan sólo el enfermero Fernández y un
vigilante nos acompañan al muelle. Nos entrega una ficha para el hospital de
Royale a cada uno. Comprendo que son los presidiarios enfermeros Essarí y
Fernández quienes, sin consultar al galeno, nos hospitalizan. Ya está ahí la
lancha. Seis remeros, dos vigilantes a popa armados de mosquetones y otro al timón.
Uno de los remeros es Chapar, el del caso de la Bolsa de Marsella. Bueno, en
marcha. Los remos se hunden en el mar y, mientras boga, Chapar me dice:
—¿Qué tal, Papi?
¿Recibiste siempre el coco?
—No, los últimos cuatro
meses, no.
—Ya sé, hubo un
percance. El hombre se portó bien. Sólo me conocía a mí, pero no se chivó.
—¿Qué ha sido de él?
—Murió.
—No es posible. ¿De
qué?
—Al parecer, según un
enfermero, le reventaron el hígado de tuna patada.
Desembarcamos en el
muelle de Royale, la más importante de las tres islas. En el reloj de la
panadería, son las tres. Este sol de la tarde es verdaderamente fuerte, me
deslumbra y me calienta demasiado. Un vigilante pide dos camilleros. Dos
presidiarios, forzudos ellos, impecablemente vestidos de blanco, cada cual con
una muñequera de cuero negro, levantan como una pluma a Clousiot. Maturette y
yo seguimos a éste. Un vigilante, con unos papeles en la mano, camina detrás de
nosotros.
El camino, de más de
cuatro metros de anchura, está hecho de cantos rodados. La subida es dura.
Afortunadamente, los dos camilleros se paran de vez en cuando y esperan que les
alcancemos. Entonces, me siento en el brazo de la camilla, junto a la cabeza de
Clousiot, y le paso suavemente la mano por la frente y la cabeza. Cada vez que
lo hago, me sonríe, abre los ojos y dice:
—¡Mi, amigo Papi!
Maturette le coge la
mano.
—¿Eres tú, pequeño?
—murmura Clousiot.
Parece inefablemente
feliz de sentirnos a su lado. Durante un alto, cerca de la llegada, encontramos
un grupo que va al trabajo. Casi todos son presidiarios de mi convoy. Todos, al
pasar, nos dicen una palabra amable. Al llegar arriba, frente a un edificio
cuadrado y blanco, vemos, sentadas a la sombra, a las más altas autoridades de
las Islas. Nos acercamos al comandante Barrot, apodado Coco seco, y a otros
jefes del penal. Sin levantarse y sin ceremonias, el comandante nos dice:
—Así, pues, ¿no ha sido
demasiado dura la Reclusión? Y ese de la camilla, ¿quién es?
—Es Clousiot.
Le mira y, luego dice:
—Llevadles al hospital.
Cuando salgan, haced el favor de avisarme para que me sean presentados antes de
ingresar en el campamento.
En el hospital, en una
gran sala muy bien iluminada, nos acomodan en camas muy limpias, con sábanas y
almohadas. El primer enfermero que veo es Chatal, el enfermero de la sala de
alta vigilancia de Saint-Laurent-du-Maroni. Se ocupa en seguida de Clousiot y
da orden a un vigilante de llamar al doctor. Este llega sobre las cinco. Tras
un examen largo y minucioso, le veo mover la cabeza, con expresión descontenta.
Extiende su receta y luego se dirige hacia mí.
—No somos buenos
amigos, Papillon y yo —le dice a Chatal.
—Me extraña, pues es un
buen chico, doctor.
—Quizá, pero es reacio.
—¿Por qué motivo?
—Por una visita que le
hice en la Reclusión.
—Doctor —le digo—,
¿llama usted una visita a eso de auscultarme a través de una ventanilla?
—Está prescrito por la
Administración que no se abra la puerta de un condenado.
—De acuerdo, doctor,
pero en bien de usted espero que sólo colabore en la Administración y que no
forme parte de ella.
—De eso hablaremos en
otra ocasión. Voy a tratar de reanimarles, tanto a su amigo como a usted. En
cuanto al otro, temo que sea demasiado tarde.
Chatal me cuenta que el
doctor, sospechoso de preparar una evasión, fue internado en las Islas. Me
informa también de que Jésus, aquel que me engañó en mi fuga, ha sido asesinado
por un leproso. No sabe el nombre del leproso y me pregunto si no será uno de
los que tan generosamente nos ayudaron.
La vida de los
presidiarios en las islas de la Salvación es completamente distinta de lo que
pueda imaginarse. La mayor parte de los hombres son muy peligrosos, por varias
razones. Principalmente, porque todo el mundo come bien, pues se trafica con
todo: alcohol, cigarrillos, café, chocolate, azúcar, carne, legumbres frescas,
pescado, langostinos, cocos, etc. Así es que todos gozan de perfecta salud, en
un clima muy sano. Sólo los condenados temporales tienen la esperanza de ser
liberados, pero los condenados a perpetuidad —¡perdido por perdido!— son
peligrosos sin excepción. Todo el mundo está comprometido en el tráfico
cotidiano, presidiarios y vigilantes. Es una mezcolanza fácil de comprender.
Mujeres de vigilantes buscan jóvenes presidiarios para las faenas caseras (y,
muy a menudo, los toman por amantes). Los llaman "mozos de familia".
Algunos son jardineros, otros cocineros. Esta categoría de deportados es la que
sirve de enlace entre el campamento y las casas de los guardianes. Los
"mozos de familia" no son mal vistos por los demás presidiarios, pues
gracias a ellos puede traficarse con todo. Pero no son considerados como puros.
Ningún hombre del auténtico hampa acepta rebajarse a desempeñar esas tareas. Ni
ser llavero, ni trabajar en el comedor de los vigilantes. Por el contrario,
pagan muy caro los empleos que no tienen ninguna relación con los guardianes:
poceros, barrenderos, conductores de búfalos, enfermeros, jardineros del penal,
carniceros, panaderos, barqueros, carteros, guardas del faro. Todos estos empleos
son desempeñados por los verdaderos duros. Un verdadero duro nunca trabaja en
las faenas de mantenimiento de muros de contención, carreteras, escaleras,
plantación de cocos; es decir, en las faenas a pleno sol o bajo la vigilancia
de los guardianes. Se trabaja de siete a doce y de dos a seis. Esto da una idea
del ambiente de esa mezcla de gentes tan diferentes que viven en común, presos
y guardianes, verdadera aldea donde todo se comenta, todo se enjuicia, donde
todo el mundo se ve vivir y se observa.
Dega y Galgani han
venido a pasar el domingo conmigo en el hospital. Hemos comido pescado con
ajiaceite, patatas, queso, café, vino blanco. Este yantar lo hemos hecho en la
habitación de Chatal; estaban presentes él, Dega y Galgani, Maturette, Grandet
y yo. Me han pedido que les contase toda mí fuga en sus más pequeños detalles.
Dega ha decidido no volver a intentar nada para evadirse. Espera que le llegue
de Francia un indulto de cinco años. Con los tres años cumplidos en Francia y
los tres de aquí, sólo le quedarían cuatro años. Está resignado a cumplirlos.
En cuanto a Galgani, pretende que un senador corso se ocupe de su caso.
Luego, llega mi turno.
Les pregunto por los sitios más propicios, aquí, para una evasión. Se produce
una algarabía general. Para Dega, es una cuestión que ni siquiera se le ha
ocurrido, como tampoco a Galgani. Por su parte, Chatal supone que un huerto debe
tener sus ventajas para preparar una balsa. En cuanto a Grandet, me informa que
es herrero en las "Obras". Es un taller donde, me dice, hay de todo:
pintores, carpinteros, herreros, albañiles, fontaneros (casi ciento veinte
hombres). Sirve para el mantenimiento de los edificios de la Administración.
Dega, que es contable general, me conseguirá el puesto que quiera. A mí me toca
escogerlo. Grandet me ofrece la mitad de su empleo de director de juegos, de
forma que con lo que gane, sobre los jugadores, podré vivir bien sin gastar el
dinero de mi estuche. Más adelante, comprobaré que es un empleo muy
interesante, pero sumamente peligroso.
El domingo ha pasado
con una rapidez asombrosa.
—Las cinco ya dice
Dega, que luce un hermoso reloj—, hay que volver al campamento.
Al irnos, Dega me da
quinientos francos para jugar al póquer pues, a veces, se hacen buenas partidas
en nuestra sala. Grandet me da una magnífica navaja con muelle, cuyo acero ha
templado él mismo. Es un arma temible.
—Anda armado siempre,
noche y día.
—¿Y los cacheos?
—La mayoría de
vigilantes que los hacen son llaveros árabes. Cuando un hombre es considerado
peligroso, nunca le encuentran arma alguna, aunque la palpen.
—Nos volveremos a ver
en el campamento —me dice Grandet.
Antes de irnos, Galgani
me dice que ya me ha reservado un sitio en su rincón y que haremos chabola
juntos (los miembros, de una chabola comen juntos y el dinero de uno es de
todos). En cuanto a Dega, no duerme en el campamento, sino en un cuarto del
edificio de la Administración.
Hace ya tres días que
estamos aquí, pero como me paso las noches al lado de Clousiot, no me he dado
perfecta cuenta de la vida en esta sala del hospital donde somos casi sesenta.
Además,, como Clousiot está muy mal, le aíslan en una pieza donde ya hay un
enfermo grave. Chatal le ha atiborrado de morfina. Teme, que no pase de esta
noche.
En la sala, treinta
camas a cada lado de un pasillo de tres metros de ancho, casi todas ocupadas.
Dos lámparas de petróleo, alumbran el conjunto. Maturette me dice:
—Allí juegan al póquer.
Voy a ver a los
jugadores. Son cuatro.
—¿Puedo hacer el
quinto?
—Sí. Siéntate. Cada
cartulina vale un mínimo de cien francos. Para jugar, son precisas tres
cartulinas, o sea, trescientos francos. Ahí tienes trescientos francos en
fichas.
Doy a guardar
doscientos a Maturette. Un parisiense, llamado Dupont, me dice:
—Jugamos a la inglesa,
sin comodín. ¿Lo sabes?
—Sí.
—Entonces, te
concedemos el honor de dar las cartas.
La velocidad con que
juegan esos hombres es increíble, El envite debe ser muy rápido, de lo
contrario el director de juegos dice: "Envite tardío", y hay que
joderse. En eso, descubro una nueva clase de presidiarios: los jugadores. Viven
del juego, para el juego, en el juego. Sólo les interesa jugar. Entonces, se
olvidan de todo: lo que han sido, su condena, lo que podrían hacer para
modificar su vida. El compañero de juego puede ser un buen tipo o no, pero sólo
le interesa una cosa: jugar.
Hemos jugado toda la
noche. A la hora del café, nos paramos He ganado mil trescientos francos. Me
voy hacia la cama cuando Paulo se me acerca y me pide que le preste doscientos
francos para jugar a la belote de Cos. Necesita trescientos francos y sólo tiene
cien.
—Toma, ahí tienes
trescientos. Vamos a medias —le digo.
—Gracias, Papillon,
eres de veras el tipo del que he oído hablar. Seremos amigos.
Me tiende la mano, se
la estrecho y se va muy contento.
Clousiot ha muerto esta
mañana. En un momento de lucidez, la víspera había dicho a Chatal que no le
pusiese más morfina:
Quiero morir consciente
del trance, sentado en mi cama con mis amigos al lado.
Está rigurosamente
prohibido entrar en las habitaciones de aislamiento, pero Chatal ha cargado con
la responsabilidad y nuestro amigo ha podido morir en nuestros brazos. Le he
cerrado los ojos. Maturette estaba descompuesto por el dolor.
—Se ha ido el compañero
de nuestra hermosa aventura. Lo han arrojado a los tiburones.
Cuando he oído estas
palabras: "Lo han arrojado a los tiburones", me he quedado helado. En
efecto, en las Islas no hay cementerio para los presidiarios. Cuando un
condenado muere, es arrojado al mar a las seis, a la puesta del sol, entre San
José y Royale, en un paraje infestado de tiburones.
La muerte de mi amigo
me hace insoportable el hospital. Mando decir a Dega que voy a salir pasado
mañana. Me envía unas letras: "Pide a Chatal que te haga conceder quince
días de reposo en el campamento, así tendrás tiempo de escoger el empleo que te
guste." Maturette se quedará algún tiempo más. Chatal quizá lo tome como
ayudante de enfermero.
En cuanto salgo del
hospital, me conducen al edificio de la Administración, ante el comandante
Barrot, llamado Coco seco.
—Papillon —me dice—,
antes de ingresarle en el campamento, he tenido interés en charlar un poco con
usted. Aquí, tiene un amigo valioso, mi contable general, Louis Dega. Pretende
que usted no es merecedor de las notas que nos vienen de Francia, y que, al
considerarse usted como un condenado inocente, es normal que esté en permanente
rebeldía. Le diré que no estoy muy de acuerdo con él al respecto. Lo que me
gustaría saber es en qué estado de ánimo se halla usted actualmente.
—En primer lugar, mi
comandante, para poder contestarle, ¿puede usted decirme cuáles son las notas
de mi expediente?
—Véalas usted mismo.
Y me tiende una
cartulina amarilla en la que leo, más o menos, lo siguiente:
Henri Charriére alias
Papillon, nacido el 16 de noviembre de 1906, en… Ardéche, condenado por
homicidio premeditado a trabajos forzados a perpetuidad por los Tribunales del
Sena. Peligroso desde todos los puntos de vista. Vigilar estrechamente. No
podrá disfrutar de empleos de favor.
Central de Caen:
Condenado incorregible. Susceptible de fomentar y dirigir una revuelta.
Mantener en constante observación.
Saint-Martin-de-Ré:
Individuo disciplinado, pero muy influyente en sus camaradas. Intentará
evadirse en cualquier sitio.
Saint-Laurent-du-Maroni:
Ha cometido una salvaje agresión contra tres vigilantes y un llavero para
evadirse del hospital. Regresa de Colombia. Buen comportamiento en su
prevención. Condenado a una pena leve de dos años de reclusión.
Reclusión de San José:
Buena conducta hasta su liberación.
—Con eso, amigo
Papillon —dice el director, cuando le devuelvo la ficha—, no estamos tranquilos
de tenerle como pensionado. ¿Quiere usted hacer un pacto conmigo?
_¿Por qué no? Depende
del pacto.
—Es usted un hombre
que, sin duda, hará todo lo posible para evadirse de las Islas, pese a las
grandes dificultades que ello entraña. Quizás incluso lo consiga. Ahora bien,
yo todavía estaré cinco meses en la dirección de las Islas. ¿Sabe usted cuánto
cuesta una evasión a un comandante de las Islas? Un año de sueldo normal. Es
decir, la pérdida completa de los haberes coloniales, retraso del permiso
durante seis meses y su reducción a tres. Y, según las conclusiones de la
indagación, si se reconoce negligencia por parte del comandante, posible
pérdida de galón. Ya ve usted que es serio. Ahora bien, si quiero hacer mi
labor honradamente, no porque sea usted capaz de evadirse tengo derecho a
encerrarle en una celda o un calabozo. A menos que invente faltas imaginarias.
Y eso no quiero hacerlo. Entonces, me gustaría que me diese usted su palabra de
que no intentará la evasión hasta que me haya marchado de las Islas. Cinco
meses.
—Comandante, le doy mí
palabra de honor de que no me iré mientras esté usted aquí, si no tarda más de
seis meses.
—Me voy dentro de menos
de cinco meses, es absolutamente seguro.
—Muy bien, pregunte a
Dega, le dirá que tengo palabra.
—Le creo.
—Pero, en compensación,
pido otra cosa.
—¿Qué?
—Que durante los cinco
meses que debo pasar aquí, pueda tener ya los empleos de los que podría
beneficiarme más tarde y, quizás, incluso, cambiar de isla.
—Bien, conforme. Pero
que eso quede entre nosotros.
—Sí, mí comandante.
Manda llamar a Dega,
quien le convence de que mi sitio no está con los hombres de buena conducta,
sino con los del hampa, en el edificio de los peligrosos, donde se encuentran
todos mis amigos. Me entregan mi saco completo de efectos de presidiario y el
comandante hace añadir algunos pantalones y chaquetas blancas incautadas a los
sastres.
Y con dos pantalones
impecablemente blancos, nuevos, flamantes, tres guerreras y un sombrero de paja
de arroz, me encamino, acompañado por un guardián, hacia el campamento central.
Para ir del pequeño edificio de la Administración al campamento, hay que cruzar
toda la explanada. Pasamos por delante del hospital de los vigilantes,
bordeando una tapia de cuatro metros que rodea toda la penitenciaría. Tras
haber dado casi la vuelta a ese inmenso rectángulo, llegamos a la puerta
principal. "Penitenciaría de las Islas - Sección Royale." La inmensa
puerta es de madera y está abierta de par en par. Debe medir casi seis metros
de alto. Dos puestos de guardia con cuatro vigilantes en cada una. Sentado en
una silla, un oficial. Nada de mosquetones; todos llevan pistola. Veo también
cuatro o cinco llaveros árabes.
Cuando llego debajo del
pórtico, salen todos los guardianes. El jefe, un corso, dice:
—Ahí viene un novato, y
de categoría.
Los llaveros se
disponen a cachearme, pero él les detiene:
—No le fastidiéis
haciéndole sacar toda su impedimenta. Hala y pasa, Papillon. En el edificio
especial, seguramente, te esperan muchos amigos. Me llamo Sofrani. Buena suerte
en las Islas.
—Gracias, jefe.
Y entro en un inmenso
patio donde se alzan tres grandes edificaciones. Sigo al vigilante que me
conduce a una de ellas. Sobre la puerta, una inscripción: "Edificio A -
Grupo especial." Frente a la puerta abierta, el vigilante grita:
—¡Guardián de cabaña!
—Entonces, aparece un viejo presidiario—. Aquí tienes un novato —dice el jefe,
y se va.
Penetro en una sala
rectangular muy grande donde viven ciento veinte hombres. Como en el primer
barracón, en Saint-Laurent-du-Maroni, una barra de hierro discurre por uno de
sus lados más largos, interrumpida tan sólo por el emplazamiento de la puerta,
una reja que se cierra durante la noche. Entre la pared y esa barra, están
tendidas, muy rígidas, lonas que sirven de cama y que se llaman hamacas aunque
no lo sean. Esas "hamacas* son muy cómodas e higiénicas. Encima de cada
una hay dos tablas donde se puede dejar los trastos: una para la ropa blanca,
otra, para los víveres, la escudilla, etc. Entre las hileras de hamacas, un
pasadizo de tres metros de ancho, el coursier. Los hombres viven aquí también
en pequeñas comunidades, las chabolas. Las hay que son sólo de dos hombres,
pero también las hay de diez.
Apenas hemos entrado,
cuando de todos lados llegan presidiarios vestidos de blanco:
—Papi, ven por aquí.
—No, vente con
nosotros.
Grandet coge mi saco y
dice:
—Hará chabola conmigo.
Le sigo. Colocamos la
lona, bien estirada, que me servirá de cama.
—Toma, ahí tienes una
almohada de plumas de gallinas, macho dice Grandet.
Encuentro un montón de
amigos. Muchos corsos y marselleses, algunos parisienses, todos amigos de
Francia o sujetos que conocí en la Santé, la Conciergerie o en el convoy. Pero,
extrañado de verles aquí, les pregunto:
—¿No estáis en el
trabajo, a estas horas?
Entonces, todos se
guasean.
—¡Ah! ¡Esta sí que es
buena! En este edificio, el que trabaja no lo hace más de una hora diaria.
Después, vuelve a la chabola.
Este recibimiento es
caluroso de veras. Esperemos que dure.
Pero no tardo en
percatarme de algo que no había previsto: después de los varios días pasados en
el hospital, debo aprender a vivir de nuevo en comunidad.
Presencio algo que
nunca hubiese imaginado. Entra un tío, vestido de blanco, que trae una bandeja
cubierta con un trapo blanco impecable, y grita:
—Bistec, bistec, ¿quién
quiere bistecs?
Poco a poco, llega a
nuestra altura, se para, levanta el trapo blanco y aparece, bien apilados, como
en una carnicería de Francia, toda una bandeja llena de bistecs. Se ve que
Grandet es un cliente habitual, pues no le pregunta si quiere bistecs, sino cuántos
quiere que le ponga.
—Cinco.
—¿Solomillo o lomo?
—Solomillo. ¿Qué te
debo? Dame la cuenta, porque, ahora que somos uno—más, no subirá lo mismo.
El vendedor de bistecs
saca una agenda y se pone a calcular:
—Son ciento treinta y
cinco francos, todo incluido.
—Cóbrate y empezamos de
nuevo a cero.
Cuando el hombre se va,
Grandet me dice:
—Aquí, si no tienes
pasta, la espichas. Pero hay un sistema para tenerla siempre: la apañadura.
Entre los duros,
"la apañadura" es la manera que cada uno tiene de apañárselas para
hacerse con dinero. El cocinero del campo vende en bistecs la misma carne
destinada a los presos. Cuando la recibe en la cocina, corta aproximadamente la
mitad. Según los trozos, prepara bistecs, carne para estofado o para hervir.
Una parte es vendida a los vigilantes a través de sus mujeres, y otra parte a
los presidiarios que tienen medios para comprarla. Desde luego, el cocinero da
una parte de lo que gana así al vigilante encargado de la cocina. El primer
edificio donde se presenta con su mercancía siempre es el del grupo Especial,
edificio A, el nuestro.
Así, pues, la apañadura
es lo que hace el cocinero que vende la carne y la grasa; el panadero que vende
pan de lujo y pan blanco en barritas destinado a los vigilantes; el carnicero
de la carnicería que vende la carne; el enfermero que vende inyecciones; el
contable que acepta dinero para hacer que te den tal o cual puesto, o,
sencillamente, para eximirte de un trabajo; el horticultor que vende legumbres
frescas y fruta; el presidiario empleado en el laboratorio que vende resultados
de análisis y llega hasta a fabricar falsos tuberculosos, falsos leprosos,
enteritis, etcétera; los especialistas de robo en el corral de las casas de los
vigilantes que venden huevos, gallinas, jabón; los "mozos de familia"
que trafican con el ama de la casa donde trabajan y traen lo que se les pide:
mantequilla, leche condensada, leche en polvo, latas de atún, de sardinas,
quesos y, por supuesto, vinos y licores (así, en mi chabola, siempre hay una
botella de "Ricard" y cigarrillos ingleses o americanos); igualmente,
los que tienen derecho a pescar y vender su pescado y sus langostinos.
Pero la mejor
"apañadura", la más peligrosa también, es ser director de juegos. La
regla es que nunca pueda haber más de tres o cuatro directores de juegos por
edificio de ciento veinte hombres. El que se decide a encargarse de los juegos,
se presenta una noche, en el momento de la partida, y dice:
—Quiero un puesto de
director de juego.
Le contestan:
—No.
—¿Todos decís no?
—Todos.
—Entonces, escojo a
Fulano, para tomar su puesto.
El designado ha
comprendido. Se levanta, va al centro de la sala y ambos se desafían a navaja.
El que gana, se queda con los juegos. Los directores de juegos se quedan con el
cinco por ciento de cada jugada ganadora.
Los juegos dan pie a
otras pequeñas apañaduras. Hay el que, prepara las mantas bien tendidas en el
suelo, el que alquila banquetas a los jugadores que no pueden sentarse a la
moruna, el vendedor de cigarrillos. Este coloca sobre la manta varias cajas de cigarros
vacías, llenas de cigarrillos franceses, ingleses, americanos y hasta liados a
mano. Cada uno tiene un precio y el jugador se sirve él mismo y echa
escrupulosamente en la caja el) precio fijado. Hay también el que prepara las
lámparas de petróleo y cuida de que no humeen demasiado. Son lámparas hechas
con botes de leche cuya tapa superior ha sido horadada para pasar una mecha que
se empapa de petróleo y que, a menudo, hay que despabilar. Para los que no
fuman, hay bombones y pasteles hechos mediante apañadura especial. Cada
edificio posee uno o dos cafeteros. En su puesto, cubierto por dos sacos de
yute y confeccionado a la manera árabe, toda la noche hay café caliente. De vez
en cuando, el cafetero pasa a la sala y ofrece café o cacao mantenido caliente
en una especie de marmita noruega de fabricación casera.
Por último, hay la
pacotilla. Es una especie de apañadura artesana. Algunos trabajan el carey de
las tortugas capturadas por los pescadores. Una tortuga de carey tiene trece
placas que pueden pesar hasta dos kilos. El artista hace con ellas brazaletes,
zarcillos, collares, boquillas, peines y armazones de cepillos. Hasta he visto
un cofrecito de carey rubio, una verdadera maravilla. Otros esculpen cocos,
astas de buey, de búfalo, ébano y madera de las Islas, en forma de serpientes.
Otros hacen trabajos de marquetería de alta precisión, sin un clavo, todo a
base de entalladuras. Los más hábiles trabajan el bronce. Sin olvidar los
artistas pintores.
A veces, se asocian
varios talentos para realizar un solo objeto. Por ejemplo, un pescador captura
un tiburón. Prepara su mandíbula abierta, con todos sus dientes bien pulidos y
bien rectos. Un ebanista confecciona un modelo reducido de ancla, con madera
lisa y grano apretado, bastante ancha en medio para que se pueda pintar. Se
fija la mandíbula abierta a esta ancla en la cual un pintor pinta las Islas de
la Salvación rodeadas por el mar. El tema más a menudo utilizado es el
siguiente: se ve la punta de la isla Royale, el canal y la isla de San José.
Sobre el mar azul, el sol poniente lanza todas sus luces. En el agua, una
embarcación con seis presidiarios de pie, con el torso desnudo, los remos
alzados verticalmente y tres guardianes, empuñando metralletas, a popa. A proa,
dos hombres levantan un féretro del que se desliza, envuelto en un saco de
harina, el cadáver de un presidiario. En la superficie del agua, se ven
tiburones que esperan el cadáver con las fauces abiertas. Abajo, a la derecha
del cuadro, está escrito: "Entierro en Royale", y la fecha.
Todas esas diversas
"pacotillas" se venden en las casas de los vigilantes. Las mejores
piezas se pagan a menudo por adelantado o son hechas por encargo. El resto se
vende a bordo de los barcos que recalan en las Islas. Es el feudo de los barqueros.
Hay también los guasones, los que cogen un vaso de metal abollado y graban en
él: "Este vaso perteneció a Dreyfus —isla del Diablo— fecha." Lo
mismo hacen con cucharas o escudillas. Los marinos bretones tienen un truco
infalible: grabar en cualquier objeto el nombre de "Sezertec".
Ese tráfico permanente
hace entrar mucho dinero en las Islas y, por tanto, los vigilantes tienen
interés en que se haga. Entregados a sus combinas, los hombres resultan más
fáciles de manejar y se hacen a su nueva vida.
La pederastia cobra
carácter oficial. Hasta el comandante, todo el mundo sabe que Fulano es la
mujer de Zutano y, cuando se manda a uno de ellos a otra isla, se procura que
el otro se reúna pronto con él, si no se pensó en trasladarles juntos.
De todos esos hombres,
no hay tres de cada cien que traten de fugarse de las Islas. Ni siquiera los
que sufren cadena perpetua. La única manera es tratar por todos los medios de
ser desinternado y enviado a Tierra Grande, Saint-Laurent, Kourou o Cayena, lo
que sólo es posible para los internados temporales. Para los internados de por
vida es imposible, aparte del homicidio. En efecto, cuando se ha matado a
alguien, se es enviado a Saint-Laurent para comparecer ante el tribunal. Pero
como para ir allí antes hay que confesar, se arriesgan cinco años de reclusión
homicidio, sin saber si se podrá aprovechar la breve estancia en el cuartel
disciplinario de Saint-Laurent —tres meses a lo sumo para tratar de evadirse.
También se puede probar
el desinternamiento por razones médicas. Si se es reconocido tuberculoso, se es
enviado al campamento para tuberculosos llamado "Nouveau Camp", a
ochenta kilómetros de Saint-Laurent.
Está también la lepra o
la enteritis disentérica crónica. Es relativamente fácil llegar a ese
resultado, pero entraña un terrible peligro: la cohabitación en un pabellón
especial, aislado, durante casi dos años, con los enfermos de verdad. De ahí a
pretenderse leproso y pillar la lepra, a tener pulmones estupendos y salir
tuberculoso, a menudo no hay más que un paso. En cuanto a 1 disentería, es más
difícil aún escapar al contagio. eme aquí, pues, instalado en el edificio A,
con mis ciento veinte camaradas. Hay que aprender a vivir en esta comunidad
donde no se tarda en ser catalogado. Primero, es menester que todo el mundo
sepa que no se os puede atacar sin peligro. Una vez has conseguido hacerte
temer hay que ser respetado por la manera de comportarse con los guardianes, no
aceptar determinados puestos, rehusar determinadas faenas, no reconocer ninguna
autoridad a los llaveros, no obedecer, ni siquiera a costa de un incidente, a
un vigilante. Si se ha jugado toda la noche, ni siquiera se sale a pasar lista.
El guardián de cabaña, (a este edificio le llaman "la cabaña"),
grita: "Enfermo acostado." En las otras dos "cabañas", los
vigilantes, a veces, van a buscar al, "enfermo" llamado y le obligan
a pasar lista. Pero nunca en el edificio de los destacados. En conclusión, lo
que buscan ante todo, del pez más grande al más pequeño, es la tranquilidad de
presidio.
Mi amigo Grandet, con
quien hago chabola, es un marsellés de treinta y cinco años. Muy alto y flaco
como un clavo, pero muy fuerte. Somos amigos desde Francia. Nos frecuentábamos
en Tolón, en Marsella y en París.
Es un célebre
reventador de cajas de caudales. Es bueno, pero, quizá muy peligroso. Hoy estoy
casi solo en esta sala inmensa. El jefe de cabaña barre y pasa el rastrillo por
el suelo de cemento. Veo a un hombre que está arreglando un reloj, con un
chirimbolo de madera en el ojo izquierdo. Sobre su hamaca, una tabla con unos
treinta relojes colgados. Ese tipo, que tiene los rasgos de un hombre de
treinta años, tiene el pelo completamente blanco. Me acerco a él y le miro
trabajar. Luego, intento entablar conversación con él. No levanta siquiera la
cabeza y sigue callado. Me aparto, un poco molesto, y salgo al patio para
sentarme en el lavadero. Encuentro a Titi la Belote, quien se está adiestrando
con unos naipes nuevos. Sus dedos ágiles barajan y vuelven a barajar las
treinta y ocho cartas con una rapidez inaudita. Sin dejar de mover sus manos
como un prestidigitador, me dice:
—Hola, compañero, ¿qué
tal te va? ¿Estás bien en Royale?
—Sí, pero hoy me
aburro. Voy a trabajar un poco, así saldré del campamento. He querido charlar
un momento con un tipo que hace de relojero, pero ni siquiera me ha contestado.
—Ya sé, Papi, ese tipo
se ríe de todo el mundo. Sólo vive para sus relojes. Todo lo demás le importa
un bledo. Claro que, después de lo que le pasó, tiene derecho a estar majareta.
Por menos nos hubiésemos trastornado nosotros. Figúrate que ese joven (se le
puede llamar joven, pues no tiene treinta años) fue condenado a muerte, el año
pasado, por haber violado, al parecer, a la mujer de un guardián. Pura mentira.
Hacía tiempo que se cepillaba a su patrona, la legítima de un jefe de
vigilantes bretón. Como trabajaba en casa de ellos como "mozo, de
familia", cada vez que el bretón estaba de servicio diurno, el relojero se
tiraba a la mujer. Sólo que cometieron un error: la tía ya no le dejaba lavar y
planchar la ropa. Lo hacía ella misma, y el cornudo de su marido, que la sabía
holgazana, encontró el hecho curioso y empezó a sospechar. Pero no tenía
pruebas de su infortunio. Entonces, combinó un golpe para sorprenderles en
flagrante delito y matarles a los dos. No contaba con la reacción de la parienta.
Un día, abandonó la guardia dos horas después de haber entrado y pidió a un
vigilante que le acompañase a su casa, so pretexto de regalarle un jamón que
había recibido de su tierra. Sigilosamente, traspone la entrada, pero apenas
abre la puerta de la casita, cuando un loro se pone a berrear: "¡Ahí viene
el amo!", como solía hacer cuando el guardián volvía a casa. Acto seguido,
la mujer grita: "¡Que me violan! ¡Socorro!" Los dos guardianes entran
en la habitación en el momento que la mujer se escapa de los brazos del
presidiario, quien sorprendido, salta por la ventana, mientras el cornudo le
dispara. El relojero atrapa un balazo en el hombro, en tanto que, por su lado,
la parienta se araña tetas y mejillas y se rasga la bata. El relojero cae, y
cuando el bretón va a rematarle, el otro guardián lo desarma. Debo decirte que
el otro guardián era corso y que en seguida había comprendido que su jefe le
había contado un cuento y que ni había violación ni niño muerto. Pero el corso
no podía decirle lo que pensaba al bretón e hizo como si creyese en el cuento
de la violación. El relojero fue condenado a muerte. Hasta aquí, compañero, no
hay nada extraordinario. Es después cuando el asunto se pone interesante.
"En la Royale, en
el cuartel de los castigados, hay una guillotina. Cada pieza está bien guardada
en un local especial. En el patio, las cinco losas sobre las que la levantan,
bien juntas y niveladas. Cada semana, el verdugo y sus ayudantes, dos presidiarios,
montan la guillotina con la cuchilla y toda la pesca y cortan uno o dos troncos
de banano. Así, están seguros de que siempre está en buen estado su
funcionamiento.
"El relojero
saboyano se encontraba, pues, en una celda de condenado a muerte con otros
cuatro condenados, tres árabes y un siciliano. Los cinco esperaban la respuesta
a su petición de indulto hecha por los vigilantes que les habían defendido.
"Una mañana,
montan la guillotina y abren bruscamente la puerta del saboyano. Los verdugos
se echan sobre él, le traban los pies con una cuerda y le atan las muñecas con
la misma cuerda que queda atada al nudo de los pies. Le ensanchan el cuello de la
camisa con sus tijeras y, luego, despacito, recorren en la penumbra del
amanecer una veintena de metros. Has de saber, Papillon, que cuando llegas ante
la guillotina, te encuentras de cara con una tabla perpendicular sobre la que
te atan con correas sujetas encima. Así, pues, le atan y, cuando se disponen a
hacer bascular la tabla de la que sobresale su cabeza, llega el actual
comandante Coco seco, quien, obligatoriamente, debe asistir a la ejecución. En
la mano lleva una gran linterna sorda y, en el momento que alumbra la escena,
se da cuenta de que los imbéciles de guardianes se han equivocado: iban a
cortar la cabeza del relojero quien, aquel día, nada tenía que ver con la
ceremonia.
"—¡Alto! ¡Alto!
—grita Barrot.
"Está tan
emocionado que, al parecer, ha perdido el habla Deja caer su linterna sorda,
atropella a todo el mundo, guardianes y verdugos, y personalmente, desata al
saboyano. Por fin, logra ordenar:
"—Acompáñale a su
calabozo, enfermero. Ocúpese de él, quédese con él, déle ron. Y vosotros, so
cretinos, id a buscar a Rencasseu. ¡Es a él a quien se ejecuta hoy y no a otro!
"El día siguiente,
el saboyano tenía el pelo completamente blanco, tal como lo has visto hoy. Su
abogado, un guardián de Calvi, escribió una nueva solicitud de indulto al
ministro de justicia contándole el incidente. El relojero fue indultado y condenado
a cadena perpetua. Desde entonces, se pasa el tiempo componiendo los relojes de
los guardianes. Es su pasión. Los observa mucho tiempo, de ahí esos relojes
colgados de su tabla. Ahora, seguramente, comprenderás que el tipo ese tenga
derecho a estar un poco orate, ¿o no?
—Claro que sí, Titi,
después de un choque semejante, tiene perfecto derecho a no ser demasiado
sociable. Le compadezco sinceramente.
Cada día sé algo más
acerca de esa nueva vida. La "cabaña A" es, en verdad, una
concentración de hombres temibles tanto por su pasado como por su modo de
reaccionar en la vida cotidiana. Sigo sin trabajar: espero un puesto de pocero
que, después de tres cuartos de hora de trabajo, me dejará libre en la isla con
derecho a ir de pesca.
Esta mañana, al pasar
lista para ir a la plantación de cocoteros, designan a Jean Castelli. Este sale
de la fila y pregunta:
—¿Pero eso qué es? ¿Me
mandan a trabajar a mí?
—Sí, a usted dice el
guardián de servicio— Tome, coja este pico.
Fríamente, Castelli le
mira y dice:
—Oye tú, auvernés, ¿no
ves que hace falta venir de tu tierra para saber manejar ese extraño
instrumento? Yo soy corso marsellés. En Córcega, tiramos muy lejos los
utensilios de trabajo, y en Marsella, ni siquiera se sabe que existan. Guarda
tu pico y déjame en paz.
El joven guardián, que
todavía no está muy al corriente, según supe más tarde, levanta el pico sobre
Castelli, con el mango para arriba. Al unísono, los ciento veinte hombres
berrean:
—¡Carroña, no lo toques
o eres hombre muerto!
—¡Rompan filas! —grita
Grandet y, sin preocuparse de las posiciones de ataque que han tomado todos los
guardianes, entramos en la cabaña.
La "cabaña B"
desfila para ir al trabajo. La "cabaña C", también. Una docena de
guardianes se presentan y, cosa rara, cierran la puerta enrejada. Una hora
después, cuarenta guardianes están a ambos lados de la puerta, empuñando metralletas.
Segundo comandante, jefe de guardianes, jefe de vigilantes, vigilantes, todos
están ahí, salvo el comandante, que ha salido a las seis, antes del incidente,
de inspección en la isla del Diablo.
El segundo comandante
dice:
—Dacelli, haga el favor
de llamar a los hombres, uno a uno.
—Grandet.
—Presente.
—Salga.
Sale, entre los
cuarenta guardianes. Dacelli le dice:
—Vaya a su trabajo.
—No puedo.
—¿Se niega usted?
—No, no me niego, estoy
enfermo.
—¿Desde cuándo? No se
ha declarado usted enfermo, cuando se pasó lista por primera vez.
—Esta mañana no estaba
enfermo, pero ahora sí lo estoy.
Los primeros sesenta
llamados responden exactamente lo mismo, uno detrás de otro. Sólo uno
desobedece francamente. Sin duda, tenía intención de hacerse mandar a
Saint-Laurent para comparecer ante el Consejo de Guerra. Cuando le dicen:
"¿Se niega usted?", contesta:
—Sí, me niego, por tres
veces.
—Por tres veces, ¿por
qué?
—Porque me da usted
asco. Me niego categóricamente a trabajar para tipos tan imbéciles como usted.
La tensión era alta.
Los guardianes, sobre todo los jóvenes, no soportaban que los presidiarios les
humillasen de tal modo. Sólo esperaban una cosa: un gesto de amenaza que les
permitiese entrar en acción con sus mosquetones, por lo demás apuntados al suelo.
—¡Todos los llamados en
cueros! Y en marcha para las celdas.
A medida que las ropas
caían, de vez en cuando se oía el ruido de un cuchillo que resonaba sobre el
macadán del patio. En este momento, llega el doctor.
—¡Bien, alto! Ahí viene
el médico. ¿Quiere usted, doctor, reconocer a esos hombres? Los que no sean
declarados enfermos, irán a los calabozos. Los demás, se quedarán en la cabaña.
—¿Hay sesenta enfermos?
—Sí, doctor, salvo ése,
que se ha negado a trabajar.
—Que venga el primero
dice el doctor—. Grandet, ¿qué tiene?
—Una indigestión de
cabo de vara, doctor. Todos somos hombres condenados a largas penas y la
mayoría a perpetuidad, doctor. En las Islas, no hay esperanza de evadirse. No
podemos aguantar esta vida si no hay cierta elasticidad y comprensión en el
reglamento. Ahora bien, esta mañana, un vigilante se ha permitido, delante de
nosotros, querer desnucar de un porrazo con el mango de un pico a un camarada
apreciado por todos. No era un gesto de defensa, pues ese hombre no había
amenazado a nadie. Sólo dijo que no quería trabajar a pico y pala. Esta es la
verdadera causa de nuestra epidemia colectiva. juzgue usted mismo.
El doctor baja la
cabeza, reflexiona un largo minuto, y luego, dice:
—Enfermero, anote:
"Por razón de una intoxicación alimenticia colectiva, el enfermero
vigilante Fulano tomará las medidas necesarias para purgar con veinte gramos de
sulfato sódico a todos los deportados que se han declarado enfermos en el día
de hoy. En cuanto al deportado, X ruego le pongan en observación en el hospital
para que sepamos si su negativa a trabajar ha sido expuesta en plena posesión
de sus facultades."
Vuelve la espalda y se
va.
—¡Todo el mundo
adentro! —grita el segundo comandante—. Recoged vuestras ropas y no os olvidéis
de los cuchillos.
Aquel día, todos se
quedaron en la cabaña. Nadie pudo salir, ni siquiera el repartidor de pan.
hacia mediodía, en vez de sopa, el vigilante enfermero, acompañado de dos
presidiarios—enfermeros, se presentó con un cubo de madera, lleno de purgante
de sulfato sódico. Sólo tres pudieron ser obligados a tragar la purga. El
cuarto se cayó encima del cubo simulando una ataque epiléptico perfectamente
remedado, y echó purga, cubo y cazo por los suelos.
He pasado la tarde
charlando con Jean Castelli. Ha venido a comer con nosotros. Hace chabola con
un tolonés, Louis Gravon, condenado por un robo de pieles. Cuando le he hablado
de pirarse, sus ojos han brillado. Me dice:
—El año pasado estuve a
punto de evadirme, pero la operación se fue al traste. Ya me sospechaba que no
eras tú hombre para quedarte tranquilo aquí. Sólo que hablar de pirárselas en
las Islas es hablar en chino. Por otra parte, me doy cuenta de que aún no has
comprendido a los presidiarios de las Islas. Así como los ves, el noventa por
ciento se encuentran relativamente felices aquí. Nadie te denunciará nunca,
hagas lo que hagas. Si se mata a alguien, nunca hay testigos; si se roba, ídem.
Haga lo que haga quien sea, todos se juntan para defenderle. Los presidiarios
de las Islas sólo temen una cosa, que una evasión tenga éxito. Pues, entonces,
toda su relativa tranquilidad queda trastornada: registros continuos, se
acabaron los juegos de cartas, la música (los instrumentos son destruidos
durante los registros), se acabaron los juegos de ajedrez y de damas, ¡todo
sanseacabó, vaya! Nada de pacotilla, tampoco. Todo, absolutamente todo queda
suprimido. Registran sin parar. Azúcar, aceite, bistecs, mantequilla, todo
desaparece. Cada vez, los fugados que han logrado dejar las Islas son detenidos
en Tierra Grande, en los alrededores de Kourou. Pero para las Islas, la fuga ha
tenido éxito: los audaces han conseguido salir de la isla. De ahí que se
sancione a los guardianes, quienes luego se vengan con todo el mundo.
Escucho con toda mi
atención. Estoy asombrado. Nunca había visto la cuestión bajo ese aspecto.
—Conclusión—dice
Castelli—, el día que te metas en la mollera preparar una fuga, anda con pies
de plomo. Antes de tratar con un tipo, si no es un íntimo amigo tuyo, piénsalo
diez veces.
Jean Castelli, ladrón
profesional, tiene una voluntad y una inteligencia poco comunes. Detesta la
violencia. Le apodan El Antiguo. Por ejemplo, sólo se lava con jabón de
Marsella, y si me lavo con "Palmolive", me dice:
—¡Pero si hueles a
marica, palabra! Te has lavado con jabón de mujer!
Desgraciadamente, tiene
cincuenta y dos años, pero su energía férrea da gusto de ver. Me dice:
—Tú, Papillon, diríase
que eres mi hijo. La vida de las Islas no te interesa. Comes bien porque es
necesario para estar en forma, pero nunca te acomodarás para vivir tu vida en
las Islas. Te felicito. De todos los presidiarios, no llegamos a media docena
los que pensamos así. Sobre todo, en evadirse. Hay, es verdad, muchos hombres
que pagan fortunas para hacerse desinternar y, así, ir a Tierra Grande para
tratar de evadirse. Pero, aquí, nadie cree en eso de darse el piro.
El viejo Casteíli me da
consejos: aprender el inglés y, cada vez que pueda, hablar español con un
español. Me ha prestado un libro para aprender el español en veinticuatro
lecciones. Un diccionario francés—inglés. Es muy amigo de un marsellés, Gardés,
que sabe mucho de fugas. Se ha evadido dos veces. La primera, del presidio
portugués; la segunda, de Tierra Grande. Tiene su punto de vista sobre la
evasión de las Islas; Jean Castelli, también. Gravon, el tolonés, también tiene
su manera de ver las cosas. Ninguna de esas opiniones concuerda. A partir de
hoy, tomo la decisión de darme cuenta por mí mismo y de no hablar más de
pirármelas.
Es duro, pero así es.
El único punto sobre el cual están todos de acuerdo es que el juego sólo
interesa para ganar dinero, y que resulta muy peligroso. En cualquier momento
puedes verte obligado a liarte a navajazos con el primer matasiete que llegue.
Los tres son hombres de acción y están en verdad formidables, teniendo en
cuenta su edad: Louis Gravon tiene cuarenta y cinco años y Gardés, casi
cincuenta.
Anoche, tuve ocasión de
dar a conocer mi modo de ver y de actuar a casi toda nuestra sala. Un cabrito
de Toulouse es desafiado a navajazos por uno de Nimes. El cabrito de Toulouse
es apodado Sardina y el matasiete de Nimes, Carnero. Carnero, con el torso
desnudo, está en medio del coursier, empuñando la navaja:
—O me pagas veinticinco
francos por partida de póquer o no juegas más.
Sardina responde:
—Nunca se ha pagado
nada a nadie por jugar al póquer. ¿Por qué te metes conmigo y no con los
directores de juego de la marsellesa?
—No tienes por qué
saberlo. O pagas, o no juegas más, o te peleas.
—No, no me pelearé.
—¿Te rajas?
—Sí. Porque corro el
riesgo de ganarme un navajazo o hacerme matar por un matón como tú que nunca se
ha dado el piro. Yo soy hombre de evasión, no estoy aquí para matar o hacer que
me maten.
Todos, sin excepción,
estamos a la espera de lo que va a pasar. Grandet me dice:
—En verdad que es
bravo, el cabrito, y, además, hombre de fuga. Lástima que no se pueda decir
nada.
Abro mi navaja y me la
pongo bajo el muslo. Estoy sentado en la hamaca de Grandet.
—Así, pues, rajado,
¿pagas o dejas de jugar? Contesta.
Y da un paso hacia el
Sardina. Entonces grito:
—¡Cierra el pico,
Carnero, y deja tranquilo a ese tipo!
—¿Estás loco, Papillon?
—me dice Grandet.
Sin moverme del sitio,
sentado con mi cuchillo abierto bajo la pierna izquierda, y la mano sobre el
mango, digo:
—No, no estoy loco, y
escuchad todos lo que voy a deciros. Carnero, antes de pelearme contigo, lo
cual haré si así lo exiges, aun después de haber hablado, deja que te diga a ti
y a todos que, desde mi llegada a esta cabaña donde somos más de cien, todos
del hampa, me he percatado con sonrojo de que la cosa más hermosa, la más
meritoria, la única que de verdad importa, la fuga , no es respetada. Ahora
bien, todo hombre que haya demostrado ser hombre de fuga, que tiene suficientes
redaños para arriesgar su vida en una evasión debe ser respetado por todos al
margen de cualquier otra cuestión. ¿Quién dice lo contrario? Silencio—. En
todas vuestras leyes, falta una, por lo demás primordial: la obligación válida
para todos de no sólo respetar, sino de ayudar y apoyar a los hombres de fuga.
Nadie está obligado a irse y admito que casi todos hayáis decidido pasar la
vida aquí. Pero si no tenéis el valor de intentar revivir, tened al menos el
respeto que merecen los hombres de fuga. Y quien olvide esa ley de hombre, que
se disponga a sufrir graves consecuencias. Ahora, Carnero, si sigues queriendo
pelearte, en guardia.
Y, de un salto, me
pongo en medio de la sala, empuñando la navaja. Carnero tira la suya y dice:
—Tienes razón,
Papillon. No quiero desafiarme a navaja contigo pero sí a puñetazos, para que
veas que no soy un rajado.
Entrego mi navaja a
Grandet. Nos hemos pegado como perros durante casi veinte minutos. Al final,
con un cabezazo afortunado, he conseguido tumbarle. Juntos, en los retretes,
nos lavamos la sangre que nos brota de la cara. Carnero me dice:
—Es verdad, en estas
Islas nos embrutecemos. Llevo quince años aquí y no he gastado siquiera mil
francos para tratar de hacerme desinternar. Es una vergüenza.
Cuando vuelvo a la
chabola, Grandet y Galgani me pegan bronca.
—¿Te has vuelto loco?
¿A qué viene eso de provocar e instar a todo el mundo? No sé por qué milagro
nadie ha saltado al coursier para pelear a navajazos contigo.
—No, amigos míos, nada
tiene de extraño. Todo hombre en nuestro ambiente, cuando alguien tiene de
veras razón reacciona dándole precisamente, la razón.
—Está bien —dice
Galgani—. Pero, ¿sabes?, no te diviertas demasiado jugando con ese volcán.
Durante toda la velada
han venido hombres a hablar conmigo. Se acercan como por azar, hablan de
cualquier cosa y luego, antes de irse, añaden:
—Estoy de acuerdo con
lo que dijiste, Papi.
Este incidente de la
navaja me ha situado bien con los hombres.
A partir de ahora,
seguramente estoy considerado por mis camaradas como un hombre de su ambiente,
pero que no se doblega ante las cosas admitidas sin analizarlas y discutirlas.
Me doy cuenta de que cuando soy yo quien lleva el juego, hay menos disputas y
que, si doy una orden, obedecen en seguida.
El director de juegos,
como ya he dicho, se lleva el cinco por ciento de cada apuesta ganadora. Está
sentado en su banqueta, adosado a la pared para resguardarse de un asesino
siempre Posible. Una manta sobre las rodillas tapa una navaja abierta. Alrededor
de él, en círculo, treinta, cuarenta y a veces hasta cincuenta jugadores de
todas las regiones de Francia, muchos extranjeros, árabes incluidos. El juego
es muy fácil. Hay el que tiene la banca y el que talla. Cada vez que el que
tiene la banca pierde, pasa las cartas a su vecino. Se juega con cincuenta y
dos cartas. El que talla, reparte la baraja y se guarda un naipe tapado. El que
tiene la banca saca una carta y la pone boca arriba sobre la manta. Entonces,
se hacen las apuestas. Se juega sea por la talla, sea por la banca. Cuando las
apuestas están colocadas en montoncitos, se empiezan a echar cartas una por
una. La carta que es de igual valor que una de las dos que están en el tapete
pierde. Por ejemplo, el que talla ha tapado una dama y el que tiene la banca
pone boca arriba un cinco. Si saca una dama antes que un cinco, la talla
pierde. Si es el contrario, o sea, si sale un cinco, pierde la banca. El
director de juegos debe saber la cuantía de cada apuesta y recordar quién talla
o quién tiene la banca para saber a quién corresponde el dinero. No es fácil.
Hay que defender a los débiles contra los fuertes, que siempre tratan de abusar
de su prestigio. Cuando el director de juegos toma una decisión en un caso
dudoso, esa decisión debe ser aceptada sin rechistar.
Esta noche, han
asesinado a un italiano llamado Carlino. Vivía con un joven que le servía de
mujer. Los dos trabajaban en un huerto. Debía saber que su vida corría peligro,
pues cuando dormía, el joven velaba, y viceversa. Bajo su lona—hamaca, habían
puesto latas vacías para que nadie pudiese deslizarse hasta ellos sin hacer
ruido. Y, sin embargo, ha sido asesinado por debajo. Su grito fue seguido
inmediatamente de un espantoso estrépito de latas vacías derribadas por el
asesino.
Grandet estaba
dirigiendo una partida de marsellesa con más de treinta jugadores a su
alrededor. Yo charlaba de pie cerca del fuego. El grito y el ruido de las latas
vacías detuvieron la partida. Cada cual se levanta y pregunta qué ha pasado. El
chico de Carlino no ha visto nada y Carlino ya no respira. El jefe de la cabaña
pregunta si debe llamar a los vigilantes. No. Mañana, al pasar lista, será el
momento de avisarles; dado que ha muerto, no se puede hacer nada por él.
Grandet toma la palabra.
—Nadie ha oído nada. Tú
tampoco, pequeño dice al amiguito de Carlino—. Mañana, al despertar, ya te
darás cuenta de que ha muerto.
Y sanseacabó, el juego
vuelve a empezar. Y los jugadores, como si nada hubiese ocurrido, gritan de
nuevo: —Talla! ¡No, banca!
Etcétera.
Espero con impaciencia
ver lo que pasará cuando los guardianes descubran el homicidio. A las cinco y
media, primer toque de campana. A las seis, segundo toque y café. A las seis y
media, tercer toque y salida para pasar lista, como todos los días. Pero hoy es
diferente. Al segundo toque, el jefe de cabaña dice al guardián que acompaña al
repartidor de café:
—Jefe, han matado a un
hombre.
—¿A quién?
—A Carlino.
—Está bien.
Diez minutos más tarde,
llegan seis gendarmes.
—¿Dónde está el muerto?
—preguntan.
—Ahí.
Ven el puñal hincado en
la espalda de Carlino a través de 1 lona. Se lo sacan.
—¡Camilleros,
llévenselo!
Dos hombres se lo
llevan en una camilla. Sale el sol. Suena la tercera campanada. Con el cuchillo
ensangrentado en la mano el jefe de vigilantes ordena:
—Todo el mundo fuera en
formación para pasar lista. No se admiten enfermos.
Todos salimos. Al pase
de la lista de la mañana están siempre presentes los comandantes y los jefes de
guardianes. Pasan lista., Al llegar a Carlino, el jefe de cabaña contesta:
—Muerto esta noche. Ha
sido llevado al depósito de cadáveres.
—Bien —dice el guardián
que pasa lista.
Cuando todo el mundo ha
contestado presente, el jefe del campamento levanta el cuchillo y pregunta:
—¿Alguien conoce este
cuchillo? —No contesta nadie— ¿Alguien ha visto al asesino? —Silencio
absoluto—. Entonces nadie sabe nada, como de costumbre. Pasad con las manos
tendidas, uno después de otro, delante de mí, y luego, que cada cual vaya a su
trabajo. Siempre ocurre lo mismo, mi comandante. nada permite saber quién lo ha
hecho.
—Asunto archivado —dice
el comandante—. Guarde el cuchillo. Hágale tan sólo una ficha indicando que ha
servido para matar a Carlino.
Esto es todo. Vuelvo a
la cabaña y me acuesto, pues no he pegado ojo en toda la noche. A punto de
quedarme dormido, me digo que un presidiario no es nada. Aunque sea
cobardemente asesinado, rehúsan molestarse en intentar saber quién fue el que
lo mató. Para la Administración, un presidiario no es, en verdad, nada en
absoluto. Menos que un perro.
He decidido empezar mi
trabajo de pocero el lunes. A las cuatro y media, saldré con otro para vaciar
los cubos del edificio A, los nuestros. El reglamento exige que para vaciarlos,
se bajen hasta el mar. Pero pagando al conductor de búfalos, éste nos espera en
un sitio de la meseta donde un angosto canal de cemento baja hasta el mar.
Entonces, rápidamente, en menos de veinte minutos, se vacían todos los baldes
en ese canal y, para empujarlo todo, se echan tres mil litros de agua de mar,
traídos en un enorme tonel. El acarreo de agua se paga a veinte francos por día
al boyero, un simpático negro martiniqués. Se ayuda a que todo baje con una
escoba muy dura. Como es mi primer día de trabajo, acarrear los baldes con dos
varas me ha entumecido las muñecas. Pero no tardaré en acostumbrarme.
Mi nuevo camarada es
muy servicial y, sin embargo, Galgani me dijo que era un hombre sumamente
peligroso. Al parecer había cometido siete homicidios en la isla. Su apañadura
personal es vender mierda. En efecto, cada horticultor debe hacer su
estercolero. Para ello, cava un foso, mete dentro hojas secas y hierba y mi
martiniqués lleva clandestinamente uno o dos baldes de detritus al huerto
indicado. Por supuesto, eso no puede hacerlo solo y estoy obligado a ayudarle.
Pero sé que es una falta muy grave, pues tal cosa puede, por la contaminación
de las legumbres, extender la disentería tanto entre los vigilantes como entre
los deportados. Decido que un día, cuando le conozca mejor, le impediré que lo
haga. Desde luego, le pagaré lo que pierda para paralizar su comercio. Por lo
demás, graba cuernos de buey. En cuanto a la pesca, me dice que no puede
enseñarme nada, pero que en el muelle, Chapar u otro pueden ayudarme.
He aquí, pues, que soy
pocero. Una vez terminado el trabajo, me tomo una buena ducha, me pongo el
short y me voy a pasear todos los días libremente donde me viene en gana. Sólo
tengo una obligación: estar a mediodía en el campo. Gracias a Chapar, no me faltan
ni cañas ni anzuelos. Cuando vuelvo con un espetón de salmonetes ensartados por
las agallas a un alambre, es raro que no me llamen desde las casitas algunas
mujeres de vigilantes. Todas saben cómo me llamo.
—Papillon, véndame dos
kilos de salmonetes.
—¿Está usted enferma?
—No.
—¿Tiene algún chico
enfermo?
—No.
—Entonces, no le vendo
mi pescado.
Capturo cantidades
bastante grandes que doy a los amigos del campamento. Los trueco por barras de
pan, legumbres o fruta. En mi chabola, comemos pescado por lo menos una vez al
día. Un día que subía con una docena de grandes langostinos y siete u ocho kilos
de salmonetes, pasé por delante de la casa del comandante Barrot. Una mujer
bastante gorda me dijo:
—Buena pesca ha hecho
hoy, Papillon. Sin embargo, hace mala mar y nadie sale a pescar. Hace por lo
menos quince días que no pruebo el pescado. Lástima que no venda usted el suyo.
Sé por mi marido que se niega usted a venderlo a las mujeres de los vigilantes.
—Es verdad, señora.
Pero con usted tal vez pueda hacer una excepción.
—¿Por qué?
—Porque usted está
gorda, y la carne puede hacerle daño.
—Es verdad, me han
dicho que sólo debería comer legumbres y pescado hervido. Pero aquí no es
posible.
—Tome, señora, quédese
con estos langostinos y esos salmonetes.
Desde aquel. día, cada
vez que hago una buena pesca, le doy con qué seguir un buen régimen. Ella, que
sabe que en las Islas todo se vende, nunca me ha dicho más que
"gracias". Hace bien, pues se habrá dado cuenta de que si me ofrecía
dinero, me lo tomaría a mal. Pero a menudo me invita a entrar en su casa. Me
sirve personalmente un pastís o un vaso de vino blanco. Si recibe figatelli de
Córcega, me da. Madame Barrot nunca me ha preguntado nada sobre mi pasado. Sólo
un día se le escapó una frase:
—Es cierto que resulta
imposible fugarse de las Islas, pero vale más estar aquí, en un clima sano, que
pudrirse como un animal en Tierra Grande.
Ella es quien me ha
explicado el origen del nombre de las Islas. Durante una epidemia de fiebre
amarilla de Cayena, los Padres Blancos y las hermanas de un convento se
refugiaron en ellas y se salvaron todos. De ahí el nombre de Islas de la
Salvación.
Gracias a la pesca, voy
a todas partes. Hace tres meses que soy pocero y conozco la isla mejor que
nadie. Voy a fisgar en los huertos so pretexto de ofrecer mi pescado a cambio
de legumbres y frutas. El horticultor de un huerto situado junto el cementerio
de los vigilantes es Matthieu Carbonieri, quien hace chabola conmigo. Trabaja
solo allí y me ha dicho que, más adelante, se podría enterrar o preparar una
balsa en su huerto. Dentro de dos meses, el comandante se va. Entonces tendré
libertad de acción.
Me he organizado;
pocero titular, salgo como para vaciar los cubos, pero es el martiniqués quien
lo hace en mi lugar, a cambio de dinero, claro está. He entablado amistad con
dos cuñados condenados a perpetuidad, Naric y Quenier. Les llaman los cuñados de
la Carretilla. Se cuenta que fueron acusados de haber transformado en bloque de
cemento a un cobrador que habían asesinado. Al parecer, hubo testigos que les
vieron transportar en una carretilla un bloque de cemento que arrojaron al Mame
o al Sena. La indagación determinó que el cobrador se había personado en su
casa para liquidar una letra y que, desde entonces, no se había vuelto a ver.
Ellos negaron siempre. Hasta en el presidio, decían que eran inocentes. Sin
embargo, si bien nunca encontraron el cuerpo, sí la cabeza, envuelta en un
pañuelo. Ahora bien, en casa de ellos había pañuelos de igual dibujo e igual
hilo "los expertos". Pero los abogados y ellos mismos demostraron que
miles de metros de aquel tejido habían sido transformados en pañuelos. Todo el
mundo tenía. Finalmente, a los dos cuñados les endilgaron cadena perpetua y a
la mujer de uno, hermana del otro, veinte años de reclusión.
He logrado intimar con
ellos. Como son albañiles, pueden entrar y salir del taller de obras. Podrían,
quizá, pieza tras pieza, sacarme material para hacer una balsa. Sólo es
necesario convencerlos.
Ayer, encontré al
doctor. Yo llevaba un pescado de, por lo menos, veinte kilos, muy fino, un
mero. Subimos juntos hacia la meseta. A media cuesta, nos sentamos en un
murete. Me dice que con la cabeza de ese pescado se puede hacer una sopa
deliciosa.
Se la ofrezco, con un
buen pedazo del pescado. Se queda extrañado de mi rasgo y dice:
—No es usted rencoroso,
Papillon.
—Sepa, doctor, que eso
no lo hago solamente por mí. Se lo debo porque usted hizo lo imposible por
salvar a mi amigo Clousiot.
Hablamos un poco y,
luego me dice:
—Te gustaría evadirte,
¿verdad? Tú no eres un presidiario. Das la impresión de ser otra cosa.
—Tiene usted razón,
doctor, no pertenezco al presidio, tan sólo estoy de visita, aquí.
Se echa a reír.
Entonces, ataco:
—Doctor, ¿cree usted
que un hombre puede regenerarse?
—Sí.
—¿Aceptaría usted
suponer que puedo servir en la sociedad sin ser un peligro para ella y
convertirme en un honrado ciudadano?
—Creo, sinceramente,
que sí.
—Entonces, ¿por qué no
me ayuda usted a conseguirlo?
—¿Cómo?
—Desinternándome por
tuberculoso.
Entonces, él me
confirma algo de lo que yo ya había oído hablar.
—No es posible, y te
aconsejo que no hagas nunca eso. Es demasiado peligroso. La Administración sólo
desinterna a un hombre por enfermedad después de una estancia de un año en un
pabellón destinado a su enfermedad, por lo menos.
—¿Por qué?
—Me da un poco de
vergüenza decírtelo. Creo que es para que el hombre en cuestión, si es un
simulador, sepa que tiene todas las probabilidades de ser contaminado por la
cohabitación con los otros enfermos y que eso ocurra. No puedo, pues, hacer
nada por ti.
A partir de entonces
fuimos bastante amigos, el galeno y yo. Hasta un día en que estuvo a punto de
hacer matar a mi amigo Carbonieri. En efecto Matrhieu Carbonieri, de común
acuerdo conmigo, había aceptado ser el ranchero de los jefes de vigilantes. Era
para estudiar si había posibilidad, entre el vino, el aceite y el vinagre, de
robar tres toneles y encontrar el medio de ¡untarlos y hacerse a la mar.
Naturalmente, cuando se hubiese marchado Barrot. Las dificultades eran grandes,
pues la misma noche, hacía falta robar los toneles, llevarlos hasta el mar sin
ser vistos ni oídos y juntarlos con cables. Sólo sería factible en una noche de
tempestad, con viento y lluvia. Pero con viento y lluvia, lo más difícil sería
poner la balsa en el mar, que, necesariamente, sería muy mala.
Así, pues, Carbonieri
es cocinero. El jefe ranchero le da tres conejos para preparar para el día
siguiente, domingo. Carbonieri manda, afortunadamente despellejados, un conejo
a su hermano, > que está en el muelle, y dos a nosotros. Después, mata tres
grandes gatos y hace con ellos un filete estupendo.
Desgraciadamente para
él, el día siguiente, invitan al doctor a compartir la comida y, cuando éste
saborea el conejo, dice:
—Monsieur Filidori, le
felicito por su yantar. Este gato es delicioso.
—No se burle usted de
mí, doctor, nos estamos comiendo tres hermosos conejos.
—No —dice el doctor,
terco como una mula—. Es gato. ¿Ve usted las costillas que me estoy comiendo?
Son aplastadas, y los conejos las tienen redondas. Así, pues, no cabe duda:
estamos comiendo gato.
—¡Maldita sea,
Cristacho! dijo el corso—. ¡Llevo gato en la barriga!
Y sale corriendo hacia
la cocina, pone su pistola bajo la nariz de Matthieu y le dice:
—Por muy napoleonista
que seas como yo, te mataré por haberme hecho comer gato.
Tenía los ojos de loco
y Carbonieri, sin comprender cómo había podido saberse aquello, le dijo:
—Si llama usted gatos a
lo que me ha dado, no es culpa mía.
—Te di conejos.
—Bueno, pues es lo que
he guisado. Fíjese, las pieles y las cabezas todavía están ahí.
Desconcertado, el
guardián ve las pieles y las cabezas de los conejos.
—Entonces, ¿el doctor
no sabe lo que se dice?
¿El doctor ha dicho
eso? —pregunta Carbonieri, respirando—. Le está tomando el pelo. Dígale que no
le venga con bromas de mal gusto.
Calmado, convencido,
Filidori vuelve al comedor y dice:
—Hable, diga usted lo
que quiera, doctor. Pero el vino se le ha subido a la cabeza. Sean aplastadas o
redondas sus costillas yo sé que lo que he comido es conejo. Acabo de ver sus
tres pieles y sus tres cabezas
De buena se había
librado Matthieu. Pero prefirió presentar la dimisión de cocinero algunos días
después.
Se avecina el día en
que podré actuar libremente. Sólo algunas semanas y Barrot se va. Ayer, fui a
ver a su mujer quien, dicho sea de paso, ha adelgazado mucho gracias al régimen
de pescado hervido y legumbres frescas. Esa mujer me hizo entrar en su casa
para ofrecerme una botella de quina. En la sala están los baúles que van siendo
llenados. Preparan la marcha. La comandanta como la llama todo el mundo, me
dice:
—Papillon, no sé cómo
agradecerle las atenciones que ha tenido para conmigo todos estos meses. Sé
que, algunos días de mala pesca, me ha dado usted todo lo que había capturado.
Se lo agradezco mucho. Gracias a usted me siento mucho mejor, he adelgazado catorce
kilos. ¿Qué podría hacer para testimoniarle mi agradecimiento?
—Una cosa muy difícil
para usted, señora. Facilitarme una buena brújula. Precisa, pero pequeña.
—No es gran cosa, y al
mismo tiempo, mucho lo que me pide, Papillon. Y en tres semanas, me va a ser
difícil.
Ocho días antes de su
marcha, esa noble mujer, contrariada por no haber logrado procurarse una buena
brújula, tuvo el rasgo de tomar el barco de cabotaje e ir a Cayena. Cuatro días
después, volvía con una magnífica brújula antimagnética.
El comandante y la
comandanta Barrot se han ido esta mañana. Ayer, él transfirió el mando a un
vigilante de igual graduación, oriundo de Túnez, llamado Prouiflet. Una buena
noticia: el nuevo comandante ha confirmado a Dega en su puesto de contable
general. Es algo muy interesante para todo el mundo, sobre todo para mí. En el
discurso que dirigió a los presidiarios reunidos en cuadro en el patio grande
el nuevo comandante ha dado la impresión de ser un hombre muy enérgico, pero
inteligente. Entre otras cosas, nos dice.
—A partir de hoy, tomo
el mando de las Islas de la Salvación. Habiendo comprobado que los métodos de
mi antecesor han dado resultados positivos, no veo razón para cambiarlos. Si
por vuestra conducta no me obligáis a ello, no veo, pues, la necesidad de modificar
vuestra forma de vida.
He visto marchar a la
comandanta y a su marido con alegría muy explicable, aunque estos meses de
espera forzosa se hayan pasado con una rapidez inaudita. Esta falsa libertad de
que gozan casi todos los presidiarios de las Islas, los juegos, la pesca, las
conversaciones, las nuevas relaciones, las disputas, las peleas son derivativos
poderosos y no se tiene tiempo de aburrirse.
Sin embargo, no me he
dejado absorber por el ambiente. Cada vez que me hago un nuevo amigo, me
pregunto: "¿Podría ser un candidato a la evasión? ¿Es acertado ayudar a
otro a preparar una fuga si éste no quiere irse?"
Sólo vivo para esto:
evadirme, evadirme sólo o acompañado, pero, como sea, darme el piro. Es una
idea fija, de la cual no hablo a nadie, como me lo aconsejó Jean Castelli, pero
que me tiene obsesionado. Y, sin desfallecer, llevaré a cabo mi ideal: pirármelas
de aquí.
SÉPTIMO CUADERNO. LAS
ISLAS DE LA SALVACIÓN
Una balsa en una tumba
En cinco meses, he
aprendido a conocer los más escondidos rincones de las Islas. Por el momento,
mi conclusión es que el jardín que está cerca del cementerio donde trabajaba mí
amigo Carbonieri —ya no está allí— es el lugar más seguro para preparar una
balsa. Así que le pido a Carbonieri que reanude su trabajo en el jardín sin
ayuda. Acepta. Gracias a Dega, se le envía allí de nuevo.
Esta mañana, al pasar
frente a la casa del nuevo comandante, con un gran montón de salmonetes
ensartados en un alambre, oigo al joven presidiario que oficia de asistente
decirle.
—Comandanta, éste es el
que le traía pescado todos los días a Madame Barrot.
Y oigo a la joven y
hermosa muchacha morena, de tipo argelino demasiado bronceada, preguntar:
—Entonces, ¿él es
Papillon?
Y, dirigiéndose a mí,
me dice:
—Invitada por Madame
Barrot, he comido deliciosos langostinos pescados por usted. Entre en la casa.
Beberá un vaso de vino y comerá un trozo de queso de cabra que acabo de recibir
de Francia.
—No, gracias, señora.
—¿Por qué? Usted bien
entraba cuando estaba Madame Barrot, ¿por qué no estando yo?
—Es que el marido de
Madame Barrot me autorizaba a entrar en su casa.
—Papillon, mi marido
manda en el campamento y yo mando en la casa. Entre sin temor.
Siento que esta linda
morena tan decidida puede ser útil y peligrosa.
Entro.
En la mesa del comedor,
me sirve un plato de jamón ahumado y queso.
Sin ceremonias, se
sienta frente a mí y me ofrece vino, y después café y un delicioso ron de
Jamaica.
—Papillon —me dice—,
Madame Barrot, pese a los ajetreos de su marcha y a los de nuestra llegada,
tuvo tiempo de hablarme de usted. Sé que era la única mujer de la Isla a la que
le ofrecía pescado. Espero que a mí me haga el mismo favor.
—Es que ella estaba
enferma, pero usted, por lo que veo, se encuentra bien.
—Yo no sé mentir,
Papillon. Sí, me encuentro bien, pero me crié en un puerto de mar y adoro el
pescado. Soy orantsa. Sólo hay una cosa que me molesta, y es que sé que usted
no vende su pescado. Eso me fastidia.
En suma, que al final
quedó decidido que yo le llevaría pescado.
Estaba fumándome un
cigarrillo después de haberle dado tres buenos kilos de salmonetes y seis
langostinos, cuando llega el comandante.
Me ve y dice:
—Te he dicho, Juliette,
que aparte del asistente, ningún deportado puede entrar en la casa.
Me levanto, pero ella
dice:
—Quédese donde está.
Este deportado es el hombre que me recomendó Madame Barrot antes de marcharse.
Así que no tienes nada que decir. Nadie entrará aquí más que él. Por otra
parte, me traerá pescado cuando me haga falta.
—De acuerdo dice el
comandante—. ¿Cómo se llama usted?
Voy a levantarme para
responder, cuando Juliette me apoya la mano en el hombro y me obliga a
permanecer sentado:
—Aquí dice—, estamos en
mi casa. El comandante ya no es el comandante, sino mi marido. Monsieur
Prouillet.
—Gracias, señora. Me
llamo Papillon.
—¡Ah! He oído hablar de
usted y de su evasión hace más de tres años, del hospital de
Saint-Laurent-du-Maroni. Por cierto, que uno de los vigilantes a quienes dejó
usted fuera de combate a raíz de esa evasión era mi sobrino y el de su
protectora. —Entonces, Juliette se echa a reír con una risa fresca y jovial, y
añade—: ¿Así que es usted el que se cargó a Gaston? Bien, sepa que eso no
cambiará en nada nuestras relaciones.
El comandante, siempre
de pie, me dice:
—Es increíble la
cantidad de homicidios y asesinatos que se cometen cada año en las Islas.
Muchos más que en Tierra Grande. ¿A qué atribuye usted eso, Papillon?
—Aquí, mi comandante,
como los hombres no pueden evadirse, son ariscos. Viven, uno tras otro, largos
años, y es normal que se susciten odios y amistades indestructibles. Por otra
parte, apenas se descubre el cinco por ciento de los homicidas, lo que determina
que el asesino o el homicida esté casi seguro de su impunidad.
—Su explicación es
lógica. ¿Cuánto tiempo hace que pesca y qué trabajo realiza para tener ese
derecho?
—Soy pocero. A las seis
de la mañana, he terminado mi trabajo, lo que me permite ir a pescar.
—¿El resto del día?
—pregunta Juliette.
—No; debo regresar al
campamento a mediodía, y puedo volver a salir a las tres, hasta las seis de la
tarde. Es muy molesto, porque, según las horas de la marea, a veces pierdo la
pesca.
—Le darás un permiso
especial, ¿verdad, querido?—dice Juliette, volviéndose hacia su marido—. Desde
las seis de la mañana hasta las seis de la tarde; así, podrá pescar a su
comodidad.
—De acuerdo dice él.
Abandono la casa,
felicitándome por haber procedido como lo he hecho, pues esas tres horas, desde
el mediodía hasta las tres de la tarde, son preciosas. Es la hora de la siesta,
y casi todos los centinelas duermen, con lo que la vigilancia disminuye.
Juliette,
prácticamente, nos ha acaparado a mí y a mi pesca. Llega hasta el extremo de
enviar al joven asistente para ver dónde estoy pescando, para recoger mis
pescados. A menudo, éste llega y me dice: "La comandanta me manda a buscar
todo lo que hayas pescado, porque tiene invitados y quiere hacer una
bullabesa", o esto, o lo de más allá. En una palabra, que dispone de mi
pesca e incluso me pide que vaya a pescar tal o cual pez, o que me sumerja para
atrapar langostinos. Esto me causa serias molestias, pero, por otra parte, mi
persona está más que protegida. También tiene atenciones para conmigo:
—Papillon, ¿es la hora
de la marea?
—Sí, señora.
—Venga a comer a casa,
así no tendrá que volver al campamento.
Y como en su casa,
nunca en la cocina, sino siempre en el comedor. Sentada frente a mí, me sirve y
me da de beber. No es tan discreta como Madame Barrot. A menudo, me interroga
un poco socarronamente sobre mi pasado. Yo evito siempre el tema que le interesa
más, mi vida en Montmartre, para explicarle mi juventud y mi infancia.
Mientras, el comandante duerme en su habitación.
Una mañana temprano,
después de haber tenido una buena pesca, y de haber atrapado casi sesenta
langostinos, voy a casa de Juliette a las diez. Está sentada, lleva una bata
blanca y una mujer, detrás de ella, se ocupa en marcarle ricitos. Digo buenos
días y, luego, le ofrezco una docena de langostinos.
—No; dámelos todos
¿Cuántos hay?
—Perfecto. Déjalos ahí,
por favor. ¿Cuántos te hacen falta para ti y tus amigos?
—Ocho.
—Entonces, toma los
ocho y dale los demás al chico, que los pondrá en fresco.
No sé qué decir. jamás
me ha tuteado, sobre todo delante de otra mujer que, seguramente, no va a dejar
de—contarlo. Voy a marcharme, muy molesto, cuando ella dice:
—Quédate
tranquilamente, siéntate y bébete un pastís. Debes de tener calor.
Esta mujer autoritaria
me desconcierta tanto que me siento. Saboreo lentamente un pastís mientras fumo
un cigarrillo y miro a la joven que peina a la comandanta y que, de vez en
cuando, me echa una ojeada. La comandanta, que tiene un espejo en la mano, lo
advierte y le dice:
—Es lindo mi galán,
¿eh, Simone? Estáis todas celosas de mí, ¿verdad?
Y se echa a reír. Yo no
sé qué cara poner. Y, estúpidamente, digo:
—Por suerte, su galán,
como usted dice, no es muy peligroso, y en su situación no puede ser galán de
nadie.
—No irás a decirme que
no eres mi galán —dice la argelina—. Nadie ha podido domesticar a un león
como—tú, y yo hago de ti lo que quiero. Seguramente hay una razón para eso, ¿no
es así, Simone?
—Si la hay no la
conozco —,dice Simone—, pero lo cierto es que usted, Papillon, es un salvaje
para todo el mundo, salvo para la comandanta. Hasta el punto de que, la semana
pasada, llevaba más de quince kilos de pescado, según me ha contado la mujer
del jefe de vigilantes, y no quiso venderle dos miserables pescados que deseaba
extraordinariamente, porque no había carne en la carnicería.
—¡Ah, y yo soy la
última en enterarme, Simone!
—¿No sabes lo que le
dijo a Madame Kargueret el otro día? continúa diciendo Simone— Ella lo ve pasar
con langostinos y una gran murena: "Véndame esa murena o la mitad,
Papillon.
Usted sabe que
nosotros, los bretones, sabemos prepararla muy bien." "No sólo los
bretones la aprecian en su justo valor, señora. Muchas gentes, incluidos los
archedenses, saben desde tiempo de los romanos que es un manjar
exquisito." Y continuó su camino sin venderle nada.
Se retuercen de risa.
Regreso al campamento
furioso y, por la noche, les cuento toda la historia a los hombres del
barracón.
—El asunto es muy
serio—dice Carbonieri—. Esa pájara te pone en peligro. Ve a su casa lo menos
posible, y sólo cuando sepas que está el comandante.
Todo el mundo es de la
misma opinión. Estoy decidido a hacerlo.
He descubierto a un
carpintero de Valence. Es casi paisano mío. Mató a un guarda forestal. Es un
jugador empedernido, siempre cargado de deudas. Durante el día se mata haciendo
chapuzas y, por la noche, pierde todo lo que ha ganado. A menudo, tiene que hacer
tal o cual cosa para compensar al prestamista. Entonces, abusan de él, y por un
baúl de madera de palo de rosa de trescientos francos, le pagan ciento
cincuenta o doscientos. He decidido abordarlo.
Un día, en el lavadero,
le digo:
—Esta noche quiero
hablarte; te espero en las letrinas. Te haré una señal.
Por la noche, nos
encontramos solos para hablar con tranquilidad. Le digo:
—Bourset, somos
paisanos, ¿sabes?
—¡No! ¿Cómo?
—¿No eres de Valence?
—Sí.
—Pues yo soy de
Ardéche, así que somos paisanos.
—Y eso, ¿qué significa?
—Significa que no
quiero que te exploten cuando debes dinero, y que te paguen la mitad del valor
de un objeto que has construido. Tráemelo a mí y yo te lo pagaré a su justo
valor. Eso es todo.
—Gracias dice Bourset.
No paro de intervenir
para ayudarle, y él no para de andar discutiendo con sus acreedores. Todo va
bien hasta el día en que tiene una deuda con Vidoli, bandido corso del maquis,
uno de mis mejores compañeros. Lo sé por Bourset, quien viene a decirme que Vidoli
lo amenaza si no le paga los setecientos francos que le debe, y que, en este
momento, tiene un pequeño escritorio casi terminado, pero que no puede decir
cuándo estará listo porque trabaja a escondidas. En efecto, no estamos
autorizados para hacer muebles demasiado valiosos a causa de la gran cantidad
de madera que precisan. Le contesto que veré lo que puedo hacer por él. Y, de
acuerdo con Vicioli, monto una pequeña comedia.
Debe presionar a
Bourset e incluso amenazarlo seriamente. Yo llegaré en plan de salvador. Y así
sucede. Después de este asunto, digamos arreglado por mí, Bourset me convierte
en su ojito derecho y me tiene una confianza absoluta. Por vez primera en su vida
de presidiario, puede respirar tranquilo. Ahora, estoy decidido a arriesgarme.
Una noche, le digo:
—Te doy dos mil francos
si haces lo que te pido: una balsa para dos hombres, construida con piezas
sueltas.
—Escucha, Papillon:
para nadie haría una cosa así, pero para ti estoy dispuesto a arriesgar dos
años de reclusión si me pescan. Sólo hay un problema; no puedo sacar trozos de
madera demasiado grandes del taller.
—Tengo a alguien que sí
puede..
—¿Quién?
—Los tipos de la
Carretilla, Naric y Quenier. ¿Cómo piensas hacerlo?
—Primero, hay que hacer
un plano a escala. Luego, construir las piezas una por una, con muescas, para
que todo encaje perfectamente. Lo difícil es encontrar madera que flote bien,
pues en la isla sólo hay madera dura, que no flota.
—¿Cuándo me
contestarás?
—Dentro de tres días.
—¿Quieres irte conmigo?
—No.
—¿Por qué?
—Tengo miedo de los
tiburones y de ahogarme.
—¿Me prometes ayudarme
a fondo?
—Te lo juro por mis
hijos. Pero, te lo advierto, eso va para largo.
—Escúchame bien: voy a
prepararte una coartada desde ahora por si las cosas salen mal. Copiaré el
plano de la balsa en una hoja de cuaderno. Debajo, escribiré: "Bourset, si
no quieres ser asesinado, construye la balsa que está dibujada aquí." Más
tarde, te daré por escrito las órdenes para la ejecución de cada pieza. Una vez
concluida cada pieza, la dejarás en el lugar que te indique. No trates de saber
por quién ni cuándo se recogerá. —Esta idea parece aliviarlo—. Así, si te
cogen, evito que te torturen, y no arriesgas más que un mínimo de seis meses.
—¿Y si te agarran a ti?
—Entonces, será lo
contrario. Reconoceré ser el autor de las notas. Por supuesto, tú debes
conservar las órdenes escritas. ¿Me lo prometes?
—¿No tienes miedo?
—No. ya se me ha pasado
el susto, y, además, me complace ayudarte.
Aún no he dicho nada a
nadie. Primero, aguardo la respuesta de Bourset. Al cabo de una larga e
interminable semana, puedo hablar con él a solas en la biblioteca. No hay nadie
más. Es un domingo por la mañana. Bajo el lavadero, en el patio, el juego está en
su apogeo. Más de ochenta jugadores y otros tantos curiosos.
En seguida, me da
esperanzas:
—Lo más difícil era
estar seguro de tener madera ligera y seca en cantidad suficiente. Y me he
ocupado de esto. Bastará una especie de armazón de madera que irá relleno de
cocos secos con su cáscara de fibra, por supuesto. No hay nada más ligero que
esa fibra, y el agua no puede penetrar en ella. Cuando la balsa esté dispuesta,
será cuestión tuya procurarte los cocos suficientes para meterlos dentro.
Mañana, haré la primera pieza. Me llevará tres días. A partir del jueves, podrá
hacerse cargo de ella uno de los cuñados a la primera ocasión favorable. En
ningún caso empezaré otra pieza antes de que la anterior haya salido del
taller. Aquí está el plano que he hecho; cópialo Y escríbeme la carta
prometida: ¿Has hablado con los de la Carretilla?
—Aún no; esperaba tu respuesta.
—Pues bien; ya la
tienes: sí.
Bourset, no sé cómo
agradecértelo. Toma, aquí tienes quinientos francos.
Entonces, mirándome
fijamente, me dice:
—No, guárdate tu
dinero. Si llegas a Tierra Grande, lo necesitarás para reorganizarte. A partir
de hoy, no jugaré hasta que te hayas marchado. Con algunos trabajos, siempre
ganaré algo con que pagarme los cigarrillos y el bistec.
—¿Por qué te niegas a
cobrar?
—Porque no haría esto
ni por diez mil francos. Me arriesgo demasiado, incluso con las precauciones
que hemos tomado. Sólo puede hacerse gratis. Me has ayudado; eres el único que
me ha tendido la mano. Aunque tenga miedo, me siento feliz por ayudarte a recobrar
la libertad.
Mientras copio el plano
en una hoja de cuaderno, siento vergüenza ante la ingenuidad de tanta nobleza.
Ni siquiera se le ha ocurrido la idea de que mi actitud hacia él era calculada
e interesada. Para rehabilitarme un poco ante mis propios ojos, me digo a mí
mismo que debo evadirme a toda costa, incluso, si es preciso, a riesgo de
situaciones difíciles y no siempre agradables. Por la noche, he hablado a
Naric, llamado Bonne Bouille, quien, luego, se encargará de poner al corriente
a su cuñado. Me dice, sin dudar:
—Cuenta conmigo para
sacar las piezas del taller. Pero no tengas prisa, pues sólo se podrá sacarlas
con un importante envío de material para hacer un trabajo de albañilería en la
isla. En todo caso, te prometo no dejar escapar la primera ocasión.
Bien. Me falta hablar
con Matthieu Carbonieri, porque quiero largarme con él. Está de acuerdo en
todo.
—Matthieu, he
encontrado quien me fabrique la balsa, y también el que sacará las piezas del
taller. A ti te corresponde hallar un lugar en tu jardín para enterrar la
balsa.
—No; en un plantío de
legumbres es peligroso. Por la noche, hay guardianes que van a robarlas; y si
caminan por encima y se dan cuenta de que debajo está hueco, estamos listos.
Será mejor que haga un escondrijo en un muro de sustentación. Quitaré una piedra
grande y excavaré una especie de pequeña gruta. Así, cuando me llegue una
pieza, no tendrá más que levantar la piedra y volverla a poner en su sitio
después de haber escondido la madera.
—¿Hay que llevar
directamente las piezas a tu jardín?
—No; sería demasiado
peligroso. Los de la Carretilla no pueden justificar su presencia en mi jardín.
Lo mejor será que depositen la pieza en un sitio distinto cada vez, no
demasiado lejos de mi jardín.
—Entendido.
Todo parece estar a
punto. Faltan los cocos. Ya veré cómo puedo preparar una cantidad suficiente de
ellos sin atraer la atención.
Entonces, me siento
revivir. Ya sólo me queda hablar a Galgani y a Grandet. No tengo derecho a
callarme, puesto que pueden ser acusados de complicidad. Lo normal sería
separarme oficialmente de ellos e irme a vivir solo. Cuando les digo que voy a
preparar una fuga y que, por tanto, debo separarme de ellos, me insultan y se
niegan en redondo.
—Lárgate lo más de
prisa que puedas —me dicen—. Nosotros ya nos las arreglaremos. Mientras tanto,
quédate con nosotros. al fin y al cabo, ya nos hemos encontrado con otros casos
parecidos al tuyo.
Hace ya más de un mes
que la evasión está en marcha. He recibido siete piezas, dos de ellas grandes.
He ido a ver el muro de contención donde Matthieu ha excavado el escondrijo. No
se nota que la piedra haya sido movida, pues él toma la precaución de pegar
musgo alrededor. El escondite es perfecto, pero la cavidad me parece demasiado
pequeña para contenerlo todo. No importa; por el momento basta.
El hecho de estar
preparándome para pirármelas me confiere una moral formidable. Como con mucho
apetito, y la pesca me mantiene en un estado físico perfecto. Además, todas las
mañanas hago más de dos horas de cultura física en las rocas. Sobre todo hago trabajar
las piernas, pues la pesca ya se encarga de los brazos. He encontrado un truco
para las piernas: me adentro más para pescar, y las olas van a romperse contra
mis muslos. Para encajarlas y mantener el equilibrio, pongo en tensión los
músculos. El resultado es excelente.
Juliette, la comandanta
continúa mostrándose muy amable conmigo, pero ha advertido que sólo entro en su
casa cuando está su marido. Me lo ha dicho francamente y, para tranquilizarme,
me ha explicado que el día que la peinaban bromeaba. Sin embargo, la joven que
le sirve de peluquera me espía muy a menudo, cuando regreso de la pesca.
Siempre tiene alguna palabra amable que decirme sobre mi salud y mi moral. Así,
pues, todo marcha a las mil maravillas. Bourset no pierde ocasión para hacer
una pieza. Hace ya dos meses y medio que hemos empezado.
El escondite está
lleno, como ya había previsto. Sólo faltan dos piezas, las más largas. Una de
dos metros, la otra de uno cincuenta. Estas piezas no podrán entrar en la
cavidad.
Mirando hacia el
cementerio, advierto una tumba reciente; es la tumba de la mujer de un
vigilante, muerta la semana anterior.
Un mísero ramo de
flores marchitas está colocado sobre ella.
El guarda del
cementerio es un viejo forzado medio ciego a quien llaman Papa. Se pasa todo el
día sentado a la sombra de un cocotero. En el extremo opuesto del cementerio,
y, desde donde está, no puede ver la tumba y si alguien se acerca a ella.
Entonces, se me ocurre la idea de servirme de esta tumba para montar la balsa y
colocar en la especie de armazón que ha hecho el carpintero la mayor cantidad
posible de cocos. Entre unos treinta y treinta y cuatro, muchos menos de los
que se había previsto. He dejado más de cincuenta en diferentes sitios. Sólo en
el patio de Juliette hay una docena. El asistente cree que los he puesto allí
en espera del día de hacer aceite.
Cuando me entero de que
el marido de la muerta ha partido para Tierra Grande, tomo la decisión de
vaciar una parte de la tierra de la tumba, hasta el ataúd.
Matthieu Carbonieri,
sentado sobre el muro, vigila. En la cabeza, un pañuelo blanco recogido en las
cuatro puntas. Cerca de él, hay otro pañuelo, éste rojo, también con cuatro
nudos. Mientras no haya peligro, conservará el blanco. Si aparece alguien, sea
quien sea, se pondrá el rojo.
Este trabajo tan
arriesgado sólo me ocupa una tarde y una noche. No me hace falta sacar la
tierra hasta el ataúd, pues me he propuesto ensanchar el hoyo para que tenga la
anchura de la balsa: un metro veinte poco más o menos. Las horas me han
parecido interminables, y el pañuelo rojo ha aparecido muchas veces. Al fin,
esta mañana he terminado. El hoyo está cubierto de hojas de cocotero trenzadas,
formando una especie de superficie bastante resistente. Encima, una pequeña
capa de tierra. Casi no se ve. Mis nervios están a punto de estallar.
Hace ya tres meses que
dura esta preparación de fuga. Ensambladas y numeradas, hemos sacado todas las
maderas del escondrijo. Reposan sobre el ataúd de la buena mujer, bien
disimuladas por la tierra que recubre el trenzado. En la cavidad del muro,
hemos metido tres sacos de harina y una cuerda de dos metros para hacer la
vela, una botella llena de cerillas y raspadores, una docena de botes de leche
y nada más por el momento.
Bourset está cada día
más excitado. Diríase que es él quien debe partir en mi lugar. Naric se lamenta
de no haber dicho que sí al principio. Habríamos calculado una balsa para tres
en vez de dos.
Estamos en la estación
de las lluvias. Llueve todos los días, lo que me ayuda en mis visitas a la
tumba, donde casi he concluido de montar la balsa. No faltan más que los dos
bordes del bastidor. Poco a poco, he reunido los cocos en el jardín de mi amigo.
Se pueden coger fácilmente y sin peligro del establo abierto de los búfalos.
Mis amigos nunca me preguntan dónde trabajo. Simplemente, de vez en cuando, me
dicen:
—¿Qué tal?
—Todo va bien.
—Es un poco largo, ¿no
crees?
—No se puede ir más de
prisa sin correr un gran riesgo. Eso es todo. Pero, una vez, cuando me llevaba
los cocos depositados en casa de Juliette, ésta me vio y me dio un susto
terrible.
—Dime, Papillon, ¿haces
aceite de coco? ¿Por qué no aquí, en el patio? Tienes una maza para abrirlos y
yo te prestaría una marmita grande para guardar la pulpa.
—Prefiero hacerlo en el
campamento.
—Es extraño, porque en
el campamento no debe de ser cómodo. —Luego, tras un momento de reflexión,
añade—: ¿Quieres que te diga una cosa? No me creo que tú vayas a hacer aceite
de coco. —Me quedo helado, y ella prosigue diciendo—: En primer lugar, ¿para qué
habrías de hacerlo, cuando, a través de mí, tienes todo el aceite de oliva que
deseas? Esos cocos son para otra cosa, ¿verdad?
Sudo la gota gorda.
Espero, desde el principio, que suelte la palabra "evasión". Tengo la
respiración entrecortada. Le digo.
—Señora, es un secreto,
pero la veo tan intrigada y curiosa, que me va a estropear la sorpresa que le
tenía preparada. Sin embargo, sólo le diré que esos grandes cocos han sido
escogidos para hacer algo muy lindo, una vez vaciadas sus cáscaras, que tengo
intención de ofrecerle. Esa es la verdad.
He ganado, porque
responde:
—Papillon, no te
molestes por mí, y, sobre todo, te prohíbo que gastes el dinero para hacerme
algo excepcional. Te lo agradezco sinceramente, pero no lo hagas, te lo ruego.
—Bien; ya veré.
¡Uf! De pronto, le pido
que me invite a un pastís, cosa que no hago nunca. Ella, por suerte, no
advierte mi confusión. El buen Dios está conmigo.
Llueve todos los días,
sobre todo por la tarde y de noche. Temo que el agua, al infiltrarse a través
de la poca tierra, descubra el entramado de coco. Matthieu repone continuamente
la tierra que se va. Debajo, debe de estar inundado. Ayudado por Matthieu,
retiro el entramado: el agua recubre casi por completo el ataúd. El momento es
crítico. No lejos, se halla la tumba de dos niños que murieron hace mucho
tiempo. Un día, fuerzo la losa, me meto dentro y, con una barra corta, ataco el
cemento, lo más abajo posible, del lado de la tumba que guarda la balsa. Una
vez roto el cemento, apenas hundo la barra en la tierra, se precipita un gran
chorro de agua. El agua se vacía en la otra tumba y entra en la de los dos
niños. Salgo cuando me llega a las rodillas. Colocamos de nuevo la lápida y la
fijamos con masilla blanca que Naric me había procurado. Esta operación ha
hecho disminuir la mitad del agua en nuestra tumba—escondrijo. Por la noche,
Carbonieri me dice:
—Nunca terminaremos de
tener problemas por culpa de esta fuga.
—Ya casi lo hemos
conseguido, Matthieu.
—Casi. Esperémoslo.
Estamos, en verdad,
encima de carbones ardientes.
Por la mañana, he
bajado al muelle. Le he pedido a Chapar que me compre dos kilos de pescado, que
iré por ellos a mediodía. De acuerdo. Subo de nuevo al jardín de Carbonieri.
Cuando me aproximo, veo tres cascos blancos. ¿Por qué hay tres vigilantes en el
jardín? ¿Están efectuando un registro? Es algo inusitado. Nunca he visto a tres
vigilantes juntos en el jardín de Carbonieri. Espero más de una. hora, hasta
que no puedo aguantarme más. Decido acercarme para ver qué pasa. Avanzo
resueltamente por el camino que conduce al jardín. Los vigilantes me ven
llegar. Estoy intrigado, casi a veinte metros de ellos, cuando Matthieu se
coloca en la cabeza su pañuelo blanco. Al fin, respiro, y tengo tiempo de
reponerme antes de llegar hasta el grupo.
—Buenos días, señores
vigilantes. Buenos días, Matthieu. Vengo a buscar la papaya que me has
prometido.
—Lo siento, Papillon,
pero me la han robado esta mañana, cuando he ido a buscar las pértigas para mis
alubias trepadoras. Pero, dentro de cuatro o cinco días, las habrá maduras; ya
están un poco amarillas. Así, pues, vigilantes, ¿no quieren ustedes algunas
ensaladas, tomates y rábanos para sus mujeres?
—Tu jardín está bien
cuidado, Carbonieri. Te felicito —,dice uno de ellos.
Aceptan los tomates,
ensaladas y rábanos, y se van. Por mi parte, me marcho ostensiblemente un poco
antes que ellos con dos ensaladas.
Paso por el cementerio.
La tumba está medio descubierta por la lluvia, que ha corrido la tierra. A diez
pasos, distingo el entramado. El buen Dios habrá estado de veras con nosotros
si no nos descubren. El viento sopla cada noche como el diablo, barriendo la
meseta de la isla con rabiosos rugidos y, a menudo, va acompañado de lluvia.
Esperemos que dure. Es un tiempo ideal para salir, pero no para la tumba.
El fragmento mayor de
madera, el de dos metros, ha llegado a destino sin novedad. Ha ido a reunirse
con las otras piezas de la balsa. Yo mismo lo he montado: ha encajado con toda
precisión, sin esfuerzo, en las muescas. Bourset ha llegado al campamento corriendo,
para saber si había recibido esa pieza, de una importancia primordial, pero
embarazosa. Se siente muy feliz de saber que todo ha ido bien. Se diría que
dudaba de que llegara.
Lo interrogo:
—¿Tienes dudas? ¿Crees
que alguien está al corriente de lo que hacemos? ¿Has hecho alguna confidencia?
Responde.
—No, no y no.
—Sin embargo, me parece
que te inquieta algo. Habla.
—Se trata de una
impresión desagradable producida por la mirada demasiado curiosa e interesada
de un tal Bébert Celier. Tengo la sospecha de que ha visto a Naric tomar la
pieza de madera del taller, meterla en un tonel de cal y, luego, llevársela. Ha
seguido a Naric con la mirada hasta la puerta del taller. Los dos cuñados iban
a encalar un edificio. Por eso estoy angustiado.
—¿Ese Bébert Celier
está en nuestra división, no? Así, pues, no es un confidente —le digo a
Grandet.
—Ese hombre, antes,
estaba en Obras Públicas —me dice— Imagínate: batallón de África, uno de los
soldados de cabeza dura, que ha recorrido todas las prisiones militares de
Marruecos y Argelia, pendenciero, peligroso con el cuchillo, pederasta
apasionado y jugador. jamás ha sido civil. Conclusión: no sirve para nada bueno
y es peligrosísimo. Su vida es el presidio. Si tienes grandes dudas, tómale la
delantera y asesínalo esta noche; así no tendrá tiempo de denunciarte, caso de
que tenga esa intención.
—Nada prueba que sea un
confidente.
—Es verdad—dice
Galgani—, pero nada prueba tampoco que sea un buen chico. Tú sabes que a este
tipo de presidiarios no les gustan las fugas porque perturban demasiado sus
vidas tranquilas y organizadas. Para todo lo demás, no son chivatos, pero por
una evasión, ¿quién sabe?
Consulto a Matthieu
Carbonieri. Es de la opinión de matarlo esta noche. Quiere hacerlo él mismo.
Cometo el error de impedírselo. Me repugna asesinar o dejar que alguien mate
por simples apariencias. ¿Y si todo son imaginaciones de Bourset? El miedo
puede hacerle ver las cosas al revés.
—Bonne Bouille, ¿has
advertido algo de particular en Bébert Celier? —pregunto a Naric.
—Yo, no. He sacado el
tonel a cuestas, para que el guardián de la puerta no pudiera ver dentro. Según
habíamos convenido, yo debía pararme delante del vigilante sin bajar el tonel,
en espera de que llegara mi cuñado. Era para que el árabe viese bien que no
tenía ninguna prisa por salir y darle así confianza para que no registrara el
tonel. Pero, después, mi cuñado me advirtió que creyó ver que Bébert Celier nos
observaba atentamente.
—¿Cuál es tu opinión?
—Que dada la
importancia de esta pieza, que a primera vista denota que es para una balsa, mi
cuñado estaba preocupado y tenía miedo. Ha creído ver más de lo que ha visto.
—También es ésa mi
opinión. No hablemos más. Para la última pieza, averiguad antes de actuar dónde
se encuentra Bébert Celíer. Tomad, respecto a él, las mismas precauciones que
para un vigilante.
—Toda la noche la he
pasado jugando de un modo disparatado a la marsellesa. He ganado siete mil
francos. Cuanto más incoherentemente jugaba, más ganaba. A las cuatro y media,
salgo a hacer lo que pudiéramos llamar mi servicio. Dejo al martiniqués que haga
mi trabajo. La lluvia ha cesado y, aún de noche cerrada, voy al cementerio.
Arreglo la tierra con los pies, pues no he conseguido encontrar la pala, pero
mis zapatos hacen el mismo efecto. A las siete, cuando bajo a pescar, luce ya
un sol maravilloso. Me dirijo hacia la punta sur de Royale, donde tengo la
intención de botar la balsa. El mar está alto y terso. No sé nada, pero tengo
la impresión de que no será fácil apartarse de la isla sin ser lanzados por una
ola contra las rocas. Me pongo a pescar y, en seguida, capturo una gran
cantidad de salmonetes de roca. En poquísimo tiempo, cobro más de cinco kilos.
Termino, después de haberlos limpiado con agua de mar. Estoy muy preocupado y
fatigado a causa de la noche pasada en aquella loca partida. Sentado a la sombra,
me recupero diciéndome que esta tensión en que vivo desde hace más de tres
meses toca a su fin, y, pensando en el caso de Celier, llego de nuevo a la
conclusión de que no tengo derecho a asesinarlo.
Voy a ver a Matthieu.
Desde el muro de su jardín, se ve bien la tumba. En la avenida, hay tierra. A
mediodía, Carbonieri irá a barrerla. Paso por casa de Juliette y le doy la
mitad del pescado. Me dice:
—Papillon, he soñado
cosas malas de ti; te he visto lleno de sangre y, luego, encadenado. No cometas
estupideces; sufriría demasiado si te pasase algo. Ese sueño me ha trastornado
tanto, que ni siquiera me he lavado ni peinado. Con el catalejo buscaba dónde
pescabas y no te he visto. ¿De dónde has sacado este pescado?
—Del otro lado de la
isla. Por eso no me ha visto.
—¿Por qué vas a pescar
tan lejos, donde no puedo verte con el catalejo? ¿Y si se te lleva una ola?
Nadie te verá para ayudarte a salir vivo de los tiburones.
—¡Oh, no exagere!
—¿Tú crees? Te prohíbo
pescar detrás de la isla y, si no me obedeces, haré que te retiren el permiso
de pesca.
—Vamos, sea razonable,
señora. Para darle satisfacción, le diré a su asistente a dónde voy a pescar.
—Bien. Pero tienes
aspecto de cansancio.
—Sí, señora. Subiré al
campamento a acostarme.
—Bien, pero te espero a
las cuatro para tomar café. ¿Vendrás?
—Sí, señora. Hasta
luego.
Sólo me faltaba eso, el
sueño de Juliette, para tranquilizarme. Como si no tuviera ya bastantes
problemas reales había que añadir los sueños.
Bourset dice que se
siente observado de veras. Hace quince días que esperamos la última pieza de un
metro cincuenta. Nari, y Quenier opinan que no ven nada anormal. Sin embargo,
Bourset persiste en no construir la tabla. Si no fuera porque tiene cinco muescas
que deben coincidir al milímetro, Matthíeu la hubiera construido en el jardín.
En efecto, en ella encajan las otras cinco nervaduras de la balsa. Naric y
Quenier, que tienen que reparar la capilla, meten y sacan fácilmente material
del taller. Más aún; a veces, se sirven de un carretón tirado por un pequeño
búfalo. Hay que aprovechar esta circunstancia.
Bourset, acosado por
nosotros hace la pieza a regañadientes. Un día, dice estar seguro de que cuando
se marcha, alguien coge la pieza y la devuelve a su sitio. Falta practicar una
muesca en el extremo. Se decide que la hará y que, luego, esconderá la madera
bajo el banco de su taller. Debe colocar un cabello encima para ver si la
tocan. Hace la muesca y, a las seis, es el último en abandonar el taller
después de haber comprobado que no queda nadie más que el vigilante. La pieza
es colocada en su sitio con el cabello. A mediodía, estoy en el campamento
aguardando la llegada de los operarios del taller, ochenta hombres. Naric y
Quenier están presentes, pero no Bourset. Un alemán se me acerca y me deja un
billete bien cerrado y doblado. Veo que no lo han abierto. Leo: "El pelo
ya no está. Así, pues, han tocado la pieza. Le he pedido al vigilante que me
deje quedarme a trabajar durante la siesta, a fin de terminar un cofrecillo de
palo de rosa en el que me ocupo. Me ha dado la autorización. Sacaré la pieza y
la pondré donde Naric guarda sus útiles. Adviérteselo. Convendría que a las
tres salieran inmediatamente con la tabla. Tal vez podamos adelantarnos al tipo
que vigila la pieza."
Naric y Quenier están
de acuerdo. Se colocarán en la primera fila de todos los obreros del taller.
Antes que entre todo el mundo, dos hombres se pelearán un poco ante la puerta.
Se solicita este favor a dos paisanos de Carbonieri, dos corsos de Montmartre:
Massani y Santini. No preguntan el porqué, lo que está muy bien. Naric y
Quenier tienen que aprovechar la situación para salir a toda velocidad con
cualquier material, como si tuvieran prisa por ir a su trabajo y el incidente
no les interesara. Todos estamos de acuerdo en que aún nos queda una
oportunidad. Si sale bien, deberé estar un mes o dos sin mover ni un dedo,
pues, seguramente, hay más de uno que sabe que se prepara una balsa, y luego…
Encontrar quién y el escondrijo es cosa de los demás.
Por fin, a las dos y
media, los hombres se preparan. Entre que se pasa lista y el desfile hacia los
trabajos, se necesitan treinta minutos. Parten. Bébert Celier está casi en la
mitad de la columna de las veinte filas de cuatro en fondo.
Naric y Quenier se
encuentran en primera fila; Massani y Santini, en la duodécima; Bébert Celier,
en la décima. Pienso que está bien así, pues, en el momento en que Naric agarre
las maderas, las barras y la pieza, los otros aún no habrán terminado de entrar.
Bébert estará casi en la puerta del taller o, en todo caso, un poco adelante.
En el momento en que estalló la reyerta, como gritaban como condenados, todo el
mundo, automáticamente, y Bébert también, se volvieron para mirar. Son las
cuatro, todo se ha desarrollado como esperábamos y la pieza está bajo un montón
de material, en la iglesia. No han podido sacarla de la capilla, pero en ese
lugar está a las mil maravillas.
Voy a ver a Juliette,
pero no está en casa. Cuando regreso, paso por la plaza donde se encuentra la
Administración. A la sombra, en pie, veo a Massani y a Jean Santini que
aguardan para entrar en el calabozo, cosa que ya se sabía desde el principio.
Paso por su lado y les pregunto:
—¿Cuánto?
Santini respondió:
—Ocho días.
Un vigilante corso
dice:
—¿No es lamentable ver
a dos paisanos pelearse?
Regreso al campamento.
A las seis llega Bourset, radiante:
—Parece —me dice— como
si me hubieran dicho que tenía un cáncer y luego el doctor me dijera que se
había equivocado, que no tengo nada.
Carbonieri y mis amigos
hacen alharacas y me felicitan por la manera como he organizado la operación.
Naric y Quenier también están satisfechos. Todo marcha bien. Duermo toda la
noche, aunque los jugadores han venido a invitarme para la partida. Finjo tener
un fuerte dolor de cabeza. Lo que pasa, en realidad, es que estoy muerto de
sueño, pero contento y feliz de hallarme al borde del éxito. Lo más difícil
está hecho.
Esta mañana, Matthieu
ha alojado provisionalmente la pieza en el agujero del muro. En efecto. el
guardián del cementerio limpia los senderos por el lado de la tumba—escondrijo.
No sería prudente aproximarse ahora. Todas las mañanas, al alba, me apresuro a
ir con una pala de madera a arreglar la tierra de la tumba. Después, con una
escoba, limpio el caminito y luego, siempre a toda prisa, regreso a mi labor de
limpieza, dejando en un rincón de las letrinas escoba y pala.
Hace exactamente cuatro
meses que está en marcha la preparación de la fuga, y nueve días que, al fin,
hemos recibido el último fragmento de la balsa. La lluvia ha dejado de caer
cada día y, a veces, incluso durante la noche. Todas mis facultades están alerta
para las dos horas H: primero, sacar del jardín de Matthieu la famosa pieza y
colocarla en su sitio, en la balsa, con todas las nervaduras bien encastradas.
Esa operación sólo puede hacerse de día. A continuación, la fuga, que no podrá
ser inmediata porque, una vez sacada la balsa, será preciso introducir en ella
los cocos y los víveres.
Ayer se lo conté todo a
Jean Castelli, y también cuál es mi situación. Se siente feliz al ver que estoy
llegando al final.
—La luna —me dice— está
en su primer cuarto.
—Lo sé, y a medianoche
no molesta. La marea baja a las diez, así que la mejor hora para la botadura
sería de una a dos de la madrugada.
Carbonieri y yo hemos
decidido precipitar los acontecimientos. Mañana, a las nueve, colocación de la
pieza. Y, por la noche, la evasión.
A la mañana siguiente,
con nuestras acciones bien coordinadas, paso por el jardín al cementerio y
salto el muro con una pala. Mientras quito la tierra de encima del entramado,
Matthieu aparta su piedra y acude a reunirse conmigo con la pieza. Juntos, levantamos
el entramado y lo dejamos al lado. La balsa aparece en su lugar, en perfecto
estado. Manchada de tierra adherida, pero sin un rasguño. La sacamos, pues para
colocar la pieza se necesita espacio por el lado. Las cinco nervaduras quedan
bien encajadas, cada una fija en su lugar. Para meterlas, nos vemos obligados a
golpear con una piedra. Cuando por fin hemos terminado y estamos a punto de
devolver la balsa a su sitio, aparece un vigilante empuñando un mosquetón.
—¡Ni un gesto o sois
hombres muertos!
Dejamos caer la balsa y
levantamos las manos. A este guardián le reconozco, es el jefe de vigilantes
del taller.
—No cometáis la
estupidez de oponer resistencia; estáis cogidos. Reconocedlo y salvad, por lo
menos, vuestra piel, que sólo se aguanta por un hilo, tantas son las ganas que
tengo de ametrallaros. Vamos, en marcha, y siempre manos arriba. ¡Caminad hacia
la comandancia!
Al pasar por la puerta
del cementerio, encontramos a un celador árabe. El vigilante le dice:
—Gracias, Mohamed, por
el servicio que me has prestado. Pasa por mi casa mañana por la mañana y te
daré lo que te he prometido.
—Gracias dice el
chivo—. Iré sin falta, pero, jefe, Bébert Celier también tiene que pagarme,
¿verdad?
—Arréglate con él dice
el guardián.
Entonces pregunto:
—¿Ha sido Bébert Celier
quien ha dado el chivatazo, jefe?
—Yo no soy quien os lo
ha dicho.
—Da lo mismo. Bueno es
saberlo.
Apuntándonos siempre
con el mosquetón, el guardián ordena:
—Mohamed, regístralos.
El árabe me saca el
cuchillo que tenía en el cinturón, y también el de Matthieu.
Le digo:
—Mohamed, eres astuto.
¿Cómo nos has descubierto?
—Trepaba a lo alto de
un cocotero cada día para ver dónde habíais escondido la balsa.
—¿Quién te dijo que
hicieras eso?
—Primero, Bébert
Celier; después, el vigilante Bruet.
—En marcha —dice el
guardián—. Aquí ya se ha hablado demasiado. Podéis bajar ya las manos y caminar
más de prisa.
Los cuatrocientos
metros que debíamos recorrer para llegar a la comandancia me parecieron el
camino más largo de mí vida. Me sentía anonadado. Tanta lucha para, al final,
dejarse cazar como verdaderos estúpidos. ¡Oh, Dios, qué cruel eres conmigo!
Nuestra llegada a la comandancia fue un hermoso escándalo, pues, en nuestro
camino, encontrábamos más vigilantes que se añadían al que continuaba
apuntándonos con su mosquetón. Al llegar, teníamos detrás a siete u ocho
guardianes.
El comandante,
advertido por el árabe, quien había corrido delante de nosotros, está en el
quicio de la puerta del edificio de la Administración, así como Dega y cinco
jefes de vigilantes.
—¿Qué sucede, Monsieur
Bruet? —Preguntó el comandante.
—Sucede que he
sorprendido en flagrante delito a estos dos hombres cuando escondían una balsa
que, según creo, está terminada.
—¿Qué tiene usted que
decir, Papillon?
—Nada. Hablaré en la
instrucción. en el calabozo.
Se me encierra en un
calabozo que, por su ventana cegada, da hacia el lado de la entrada de la
comandancia. El calabozo está oscuro pero oigo a la gente que habla en la
calle, frente al edificio.
Los acontecimientos
discurren con rapidez. A las tres, se nos saca y se nos esposa.
En la sala, una especie
de Tribunal: comandante, comandante segundo jefe, jefe de vigilantes. Un
guardián actúa de escribano., Sentado aparte a una mesita, Dega, con un lápiz
en la mano; seguramente, debe tomar al vuelo las declaraciones.
—Charriére y
Carbonieri, escuchen el informe que Monsieur Brúet ha redactado contra ustedes:
"Yo, Brúet, Auguste, jefe de vigilantes, director del taller de las Islas
de la Salvación, acuso de robo y apropiación indebida de material del Estado a
los dos presidiarios Charriére y Carbonieri. Acuso de complicidad al carpintero
Bourset. Asimismo, creo poder demostrar la responsabilidad como cómplices de
Naric y Quenier. A esto he de añadir que he sorprendido en flagrante delito a
Charriére y Carbonieri mientras violaban la tumba de Madame Privat, que les
servía de escondite para disimular su balsa."
—¿Qué tiene usted que
decir? —pregunta el comandante.
—En primer lugar, que
Carbonieri no tiene nada que ver con el asunto. La balsa está calculada para
transportar a un solo hombre: yo. Tan sólo lo he obligado a ayudarme a apartar
el entramado de debajo de la tumba, operación que no podía hacer yo solo. Así,
pues, Carbonieri no es culpable de robo y apropiación indebida de material del
Estado, ni de complicidad de evasión, puesto que la evasión no se ha consumado.
Bourset es un pobre diablo que ha actuado bajo amenaza de muerte. En cuanto a
Naric y Quenier, apenas si los conozco. Afirmo que nada tienen que ver con el
asunto.
—No es eso lo que dice
mi informador —dice el guardián.
—Ese Beert Celier que
le ha informado puede muy bien servirse de ese asunto para vengarse de alguien
comprometiéndolo falsamente. ¿Quién puede confiar en lo que diga un soplón? —En
resumen —dice el comandante: está usted acusado oficialmente de robo y apropiación
indebida de material del Estado, de profanación de sepultura y de tentativa de
evasión. Haga el favor de firmar el acta.
—No firmaré a menos que
se añada a mi declaración lo referente a Carbonieri, Bourset y los cuñados
Naric y Quenier.
—Acepto. Redacte el
documento.
Firmo. No puedo
expresar claramente todo lo que pasa por mí tras este fracaso en el último
momento. En el calabozo estoy como loco; apenas como y no ando, pero fumo, fumo
sin parar un cigarrillo tras otro. Por suerte, estoy bien provisto de tabaco
gracias a Dega. Todos los días, doy un paseo de una hora por la mañana al sol,
en el patio de las celdas disciplinarias.
Esta mañana, el
comandante ha acudido a hablar conmigo. Cosa curiosa, él, que hubiera sufrido
el perjuicio más grave si la evasión hubiera tenido éxito, es quien menos
encolerizado está conmigo.
Me comunica sonriendo
que su mujer le ha dicho que era normal que un hombre, si no está podrido,
trate de evadirse. Con mucha habilidad, trata de que le confirme la complicidad
de Carbonieri. Tengo la impresión de haberlo convencido explicándole que le era
prácticamente imposible a Carbonieri rehusar ayudarme unos instantes a retirar
el entramado.
Bourset ha mostrado la
nota amenazadora y el plano trazado por mí. En lo que a él concierne, el
comandante está convencido por completo de que todo ha sucedido así. Le
pregunto cuánto puede costarme, en su opinión, la acusación de robo de
material.
Me dice:
—No más de dieciocho
meses.
En una palabra, poco a
poco asciendo la pendiente de la sima en la que me he sumido. He recibido una
nota de Chatal, el enfermero. Me advierte de que Bevert Celier está en una sala
aparte, en el_ hospital, a punto para ser trasladado, con un diagnóstico raro:
absceso en el hígado. Debe de ser una combina tramada entre la Administración y
el doctor para ponerlo al abrigo de represalias.
jamás se registra el
calabozo ni mi persona. Me aprovecho de esta circunstancia para conseguir que
me manden un cuchillo. Les digo a Naric y Quenier que soliciten una
confrontación entre el vigilante del taller, Bébert Celier, el carpintero y yo,
con la petición al comandante de que, después de esa confrontación,
decida lo que considere
justo: prevención, castigo disciplinario i o puesta en libertad en el
campamento.
En el paseo de hoy,
Naric me ha dicho que el comandante ha aceptado mi propuesta. La confrontación
tendrá lugar mañana a las diez. A esta audiencia asistirá un jefe de vigilantes
que actuará como instructor. Tengo toda la noche para tratar de entrar en razón,
pues mi intención es matar a Bébert Celier. No lo consigo. No, sería demasiado
injusto que ese hombre fuera trasladado por lo que ha hecho y luego, desde
Tierra Grande, se fugara, como recompensa por haber impedido otra fuga. Sí,
pero, tú puedes ser condenado a muerte, porque se te puede imputar
premeditación. No me importa. Mi decisión está tomada, tan desesperado estoy.
Cuatro meses de esperanza, de gozo, de temor de ser sorprendido, de ingenio,
para terminar, cuando ya estaba a punto de conseguirlo, tan lamentablemente por
culpa de la lengua de un soplón. Pase lo que pase ¡mañana intentaré matar a
Celier!
El único medio de no
ser condenado a muerte es hacer que` él saque su cuchillo. Para eso, es preciso
que yo le haga ver ostensiblemente que tengo el mío abierto. Entonces, de
seguro que sacará el suyo. Convendría poder hacer eso un poco antes o inmediatamente
después de la confrontación. No puedo matarlo durante ella, pues corro el
riesgo de que un vigilante me dispare un tiro de revólver. Cuento con la
negligencia crónica de los guardianes.
Durante toda la noche,
lucho contra esta idea. No puedo vencerla. Verdaderamente, en la vida hay cosas
imperdonables. Sé que no está bien tomarse la justicia por su propia mano, pero
eso es para gentes de otra clase social. ¿Cómo admitir que se pueda, dejar de
pensar en castigar inexorablemente a un individuo tan abyecto? Yo no le había
hecho ningún daño a esta rata de alcantarilla; ni siquiera me conoce. Sin
embargo, me ha condenado a x años de reclusión sin tener nada que reprocharme.
Él ha tratado de enterrarme para poder revivir. ¡No, no y no! Es imposible que
le permita aprovecharse de su chivatazo. Imposible. Me siento perdido. Perdido
por perdido, que también lo esté él, y más aún que yo. ¿Y si te condenan a
muerte? Sería estúpido morir por culpa de una persona tan deleznable. Al fin,
me prometo una sola cosa: si no saca su cuchillo, no le mataré.
No he dormido en toda
la noche, y he fumado un paquete entero de tabaco gris. Me quedan dos
cigarrillos cuando me traen el café a las seis de la mañana. Estoy en tal
tensión, que ante el guardián, y aunque esté prohibido, le digo al repartidor
de café:
—¿Puedes darme algunos
cigarrillos o un poco de tabaco, con permiso del jefe? Estoy en las últimas,
Monsieur Antartaglia.
—Sí, dáselos si tienes.
Yo no fumo. Te compadezco sinceramente, Papillon. Yo, como corso, amo a los
hombres y detesto las cochinadas.
A las diez menos
cuarto, estoy en el patio esperando entrar en la sala. Naric, Quenier, Bourset
y Carbonieri están también allí. El guardián que nos vigila es Antartaglia, el
del café. Habla en corso con Carbonieri. Comprendo que le dice que es una lástima
lo que le sucede, y que se juega tres años de reclusión. En ese momento, se
abre la puerta y entran en el patio el árabe del cocotero, el árabe guardián de
la puerta del taller y Bébert Celier. Cuando me ve, hace un ademán de
retroceso, pero el guardián que los acompaña le dice:
—Adelántese y
manténgase apartado, aquí, a la derecha. Antartaglia, no les permita usted que
se comuniquen entre sí.
Estamos a menos de dos
metros uno de otro. Antartaglia dice:
—Prohibido hablar entre
los dos grupos.
Carbonieri continúa
hablando en corso con su paisano, quien vigila ambos grupos. El guardián se ata
el lazo de su zapato y yo hago un signo a Matthieu para que se ponga un poco
más adelante. Comprende en seguida, mira hacia Bébert Celier y escupe en su dirección.
Cuando el vigilante está de pie, Carbonieri continúa hablándole sin cesar y
distrae su atención hasta el punto de que doy un paso sin que él lo note. Dejo
resbalar el cuchillo hasta la mano. Tan sólo Celier puede verlo y, con una
rapidez inesperada, pues tenía un cuchillo abierto en el pantalón, me asesta
una puñalada que me hiere el músculo del brazo derecho. Yo soy zurdo y, de un
golpe, hundo mi cuchillo hasta el mango en su pecho. Un grito bestial:
"¡Aaah!" Cae como un fardo. Antartaglia, revólver en mano, me dice:
—Apártate, pequeño,
apártate. No lo golpees en el suelo, pues me vería obligado a disparar contra
ti, y no quiero hacerlo.
Carbonieri se aproxima
a Celier y mueve su cabeza con el pie. Dice dos palabras en corso. Las
entiendo. Celier está muerto. El guardián me ordena.
—Dame tu cuchillo,
pequeño.
Se lo doy. Devuelve su
revólver a la funda, se dirige a la puerta de hierro y llama. Un guardián abre.
Le dice:
—Manda a los camilleros
para que recojan a un muerto.
—¿Quién ha muerto?
—pregunta el guardián.
Bebert Celier.
—¡Ah! Creí que había
sido Papillon.
Se nos devuelve a
nuestro calabozo. La confrontación queda suspendida. Carbonieri, antes de
entrar en el corredor, me dice:
—Pobre Papi; esta vez,
vas listo.
—Sí, pero yo estoy vivo
y él la ha espichado.
El guardián regresa
solo, abre la puerta con mucha suavidad y me dice, aún muy trastornado:
—Llama a la puerta y di
que estás herido. El ha sido el primero en atacarte; lo he visto yo.
Y vuelve a cerrar la
puerta.
Estos guardianes corsos
son formidables: o totalmente malos, o totalmente buenos. llamo a la puerta y
exclamo:
—Estoy herido y quiero
que me manden al hospital para que me curen.
El guardián regresa con
el jefe de vigilantes del pabellón disciplinario.
—¿Qué te pasa? ¿Por qué
armas tanto ruido?
—Estoy herido, jefe.
—¡Ah! ¿Estás herido?
Creía que no te había tocado cuando te atacó.
—Tengo un corte en el
músculo del brazo derecho.
—Abra dice el otro
guardián.
La puerta se abre y,
entonces, salgo. En efecto, tengo un buen corte en el músculo.
—Póngale las esposas y
llévelo al hospital. No lo deje allí bajo ningún pretexto. Una vez lo hayan
curado, devuélvalo a su celda.
Cuando salimos, hay más
de diez guardianes con el comandante. El vigilante del taller me dice:
—¡Asesino!
Antes de que yo pueda
responderle, el comandante le dice:
—Cállese, vigilante
Bruet. Papillon ha sido atacado.
—No es verosímil —dice
Bruet.
—Lo he visto yo y soy
testigo de ello —interviene Antartaglia . Y sepa, Monsieur Bruet, que un corso
nunca miente.
En el hospital, Chatal
llama al doctor. Me aplica unos puntos de sutura sin dormirme ni ponerme una
inyección de anestesia local. Luego, me coloca ocho grapas sin dirigirme
palabra. Yo le dejo sin quejarme. Al final, dice:
—No he podido
administrarte anestesia local porque ya no me quedan más inyecciones. —Luego,
añade—: No está bien lo que has hecho.
—¡Vaya! De todas
maneras, no iba a vivir mucho, con su absceso en el hígado.
Mi inesperada respuesta
lo deja pasmado.
La instrucción continúa
su curso. La responsabilidad de Bourset es desechada totalmente. Se admite que
estaba atemorizado, lo que yo contribuyo a hacer creer. Contra Naric y Quenier
faltan pruebas. Quedamos Carbonieri y yo. Para Carbonieri se descarta el robo y
la apropiación indebida de material del Estado. Le queda la complicidad por
tentativa de evasión. No le pueden caer más de seis meses. Para mí, en cambio,
las cosas se complican. En efecto, pese a todos los testimonios favorables, el
encargado de la instrucción no quiere admitir la legítima defensa. Dega, que ha
visto todo el sumario, me dice que, pese al encarnizamiento del instructor, es
imposible que se me condene a muerte, puesto que he sido herido. Un elemento
sobre el que se apoya la acusación para hundirme es que los dos árabes declaran
que fui el primero en sacar el cuchillo.
La instrucción ha
terminado. Espero que me lleven a Saint-Laurent para sufrir el Consejo de
Guerra. No hago más que fumar; casi no camino. Se me ha concedido un segundo
paseo de una hora por la tarde. Ni el comandante ni los vigilantes, salvo el
del taller y el de la instrucción, me han manifestado jamás hostilidad. Todos
me hablan sin animosidad y me dejan pasar el tabaco que quiero.
Debo partir el viernes
y estamos a martes. El miércoles por la mañana, a las diez, estoy en el patio
desde hace dos horas, cuando el comandante me llama y me dice:
—Ven conmigo.
Salgo sin escolta con
él. Le pregunto a dónde vamos. Desciende por el camino que conduce a su casa.
Mientras andamos, me dice:
—Mi mujer quiere verte
antes de que partas. No he querido impresionarla haciéndote acompañar por un
vigilante armado. Espero que te portes bien.
—Sí, mí comandante.
Llegamos a su casa:
—Juliette, te traigo a
tu protegido, tal como te prometí. Ya sabes que es preciso que lo devuelva
antes de mediodía. Tienes casi una hora para conversar con él.
Y se retira
discretamente.
Juliette se me acerca y
me pone la mano en el hombro, mientras me mira fijamente a los ojos. Los suyos,
negros, brillan más porque están inundados de lágrimas que, por fortuna,
contiene.
—Estás loco, amigo mío.
Si me hubieras dicho que querías marcharte, creo que hubiera sido capaz de
facilitarte las cosas.
Le he pedido a mi
marido que te ayude todo cuanto pueda, y me ha dicho que, por desgracia, eso no
depende de él. Te he hecho venir, en primer lugar, para ver cómo estabas. Te
felicito por tu valor y te encuentro mejor de lo que pensaba. Y también, te he llamado
para decirte que quiero pagarte el pescado que tan generosamente me has
regalado durante tantos meses. Toma, aquí tienes mil francos, es todo cuanto
puedo darte. Lamento no poder hacer otra cosa.
—Escuche, señora, yo no
necesito dinero. Le ruego que comprenda que no debo aceptar, pues eso sería, en
mi opinión, manchar nuestra amistad. —Y rechazo los dos billetes de quinientos
francos que tan generosamente me ofrece—. No insista, se lo ruego.
—Como quieras dice—.
¿Un pastís ligero?
Y, durante más de una
hora, esta admirable mujer no hace más que pronunciar palabras encantadoras.
Supone que, seguramente, seré absuelto del homicidio de aquel cochino, y que
todo lo demás me significará, tal vez, de dieciocho meses a dos años.
En el momento de
partir, me estrecha largamente la mano entre las suyas y me dice:
—Hasta la vista y buena
suerte.
Y estalla en sollozos.
El comandante me
conduce de nuevo al cuartel celular. Por el camino, le digo:
—Comandante, tiene
usted la mujer más noble del mundo.
—Ya lo sé, Papillon. No
está hecha para vivir aquí; es demasiado cruel para ella. Y, sin embargo, ¿qué
puedo hacer? De todos modos, dentro de cuatro años puedo pedir el retiro.
—Aprovecho esta ocasión
en que estamos a solas, comandante, para agradecerle el haber hecho que me
traten lo mejor posible, pese a las graves complicaciones que hubiera podido
crearle a usted si me hubiera salido con la mía.
—Sí, hubieses podido
ocasionarme grandes quebraderos de cabeza. A pesar de todo, ¿quieres que te
diga una cosa? Merecías conseguirlo.
Y ya en la puerta del
pabellón disciplinario, añade:
—Adiós, Papillon. Que
Dios te proteja; tendrás necesidad de su ayuda.
—Adiós, comandante.
¡Sí! Tendré necesidad
de que Dios me ayude, pues el Consejo de Guerra presidido por un comandante de
Gendarmería de cuatro galones fue inexorable. Tres años por robo y apropiación
indebida de material del Estado, profanación de sepultura y tentativa de evasión,
más cinco años por acumulación de pena por la muerte de Celier. Total, ocho
años de reclusión. De no haber resultado herido, seguramente me hubiese
condenado a muerte.
Este tribunal tan
severo para mí fue más comprensivo para un polaco llamado Dandosky, el cual
había matado a dos hombres. Sólo le condenó a cinco años y, sin embargo, sin
lugar a dudas, en su caso había premeditación.
Dandosky era un
panadero que sólo hacía la levadura. Nada más trabajaba de tres a cuatro de la
madrugada. Como la panadería estaba en el muelle, frente al mar, todas sus
horas libres las pasaba pescando. De carácter tranquilo, hablaba mal el francés
y no frecuentaba a nadie. Este hombre, condenado a trabajos forzados, dedicaba
toda su ternura a un magnífico gato negro de ojos verdes que vivía con él.
Dormían juntos, y el animal lo seguía como un perro al trabajo. En una palabra,
entre el bicho y el polaco existía un gran cariño. El gato le acompañaba
también cuando el polaco iba de pesca, pero si hacía demasiado calor, y no
había un rincón sombreado, regresaba solo a la panadería y se acostaba en la
hamaca de su amigo. A mediodía, cuando sonaba la campana, iba al encuentro del
polaco y saltaba tras el pescadito que aquél hacía danzar ante sus narices,
hasta que lo atrapaba.
Los panaderos viven
todos juntos en una sala contigua a la panadería. Un día, dos presidiarios
llamados Corrazi y Angelo invitaron a Dandosky a comer un conejo que Corrazi
preparó con cebolla, plato que confeccionaba al menos una vez por semana.
Dandosky se sienta y come con ellos, ofreciéndoles una botella de vino para
acompañar la comida. Por la noche, el gato no regresa. El polaco lo busca
inútilmente por todas partes. Pasa una semana, y ni rastro del gato. Triste por
haber perdido a su compañero, Dandosky ya no tiene humor para nada. Está triste
de veras de que el único ser que amaba y que tanto bien le hacía haya
desaparecido misteriosamente. Enterada de su inmenso dolor, la mujer de un
vigilante le ofrece un gatito. Dandosky lo rehúsa, e indignado, pregunta a la
mujer cómo puede suponer que podrá amar a otro gato que no sea el suyo; eso
sería, dice, una ofensa grave a la memoria de su querido desaparecido.
Un día, Corrazi pega a
un aprendiz de panadero que es, también, repartidor de pan. No duerme con los
panaderos, pero pertenece al campamento. Rencoroso, el aprendiz busca a
Dandosky, lo encuentra y le dice:
—¿Sabes? El conejo que
te invitaron a comer Corrazi y Angelo era tu gato.
—¡La prueba! exclama el
polaco, agarrando al aprendiz por la garganta.
—Vi a Corrazi cuando
enterraba la piel de tu gato bajo el mango, un poco retirado, que está detrás
de las canoas.
Como un loco, el polaco
va a comprobarlo y, en efecto, encuentra la piel. La coge, está ya medio
podrida, con la cabeza en descomposición. La lava en el agua del mar, la expone
al sol para que se seque, luego la envuelve en un lienzo bien limpio y la entierra
en un sitio seco, bien profundo, para que las hormigas no se la coman. Por lo
menos, eso es lo que me cuenta.
Por la noche, al
resplandor de una lámpara de petróleo, sentados en un banco muy pesado de la
sala de los panaderos, Corrazi y Angelo, uno al lado del otro juegan a los
naipes. Dandosky es un hombre de unos cuarenta años, de estatura media,
fornido, de espalda ancha, muy fuerte. Ha preparado un grueso bastón de madera
de hierro, tan pesado como pueda serlo este metal, y, llegando por detrás, sin
una palabra, asesta un formidable bastonazo en la cabeza de cada uno de los
jugadores. Los cráneos se abren como dos granadas y los sesos se esparcen por
el suelo. Loco, furioso, lleno de rabia, no se contenta con haberlos matado,
sino que agarra los cerebros y los estampa contra la pared de la sala. Todo
queda salpicado de sangre y sesos.
Si yo no he sido
comprendido por el comandante de Gendarmería, presidente del Consejo de Guerra,
en cambio Dandosky, por dos asesinatos con premeditación, sí lo ha sido, por
suerte para él, hasta el punto de ser condenado sólo a cinco años.
Segunda reclusión
Atado al polaco,
abandono las Islas. ¡Apenas hemos probado los calabozos de Saint-Laurent!
Llegamos un lunes, sufrimos el Consejo de Guerra el jueves y, el viernes por la
mañana, nos reembarcaron para las Islas.
Arribamos a éstas,
dieciséis hombres, doce de los cuales somos reclusos. El viaje se efectúa con
una mar muy gruesa, y, muy a menudo el puente es barrido por una ola mayor que
las otras. En mi desesperación, llego a desear que este cascarón se vaya a pique.
No hablo con nadie, concentrado en mí mismo, en medio de este viento húmedo que
me abofetea el rostro. No me protejo; al contrario. He dejado voluntariamente
que saliera expelido por los aires el sombrero, que no necesitaré para nada
durante los ocho años de reclusión. Cara al viento, respiro hasta sofocarme
este aire que me azota. Tras haber deseado el naufragio, me recupero:
"Celier ha sido comido por los tiburones, y tú tienes treinta años y ocho
más por delante." Pero, ¿pueden pasarse ocho años tras los muros de la
"comedora de hombres"?
Según mi experiencia,
creo que es imposible. Cuatro o cinco años deben ser el límite extremo de la
resistencia. Si no hubiese matado a Celier sólo me quedarían tres años, tal vez
dos, pero el homicidio lo ha agravado todo, incluida la evasión. No debía haber
matado a aquella carroña. ¿Cómo pude cometer semejante error? Sin contar con
que estuve a punto de que me matase, aquella basura. Vivir, vivir y vivir; ésa
hubiera tenido que ser y tiene que ser mí única religión.
Entre los vigilantes
que acompañan el convoy, hay un guardián a quien conocí en la Reclusión. No sé
cómo se llama, pero me muero de ganas de hacerle una pregunta.
—Jefe, quisiera
preguntarle algo.
Sorprendido, se acerca
y me dice:
—¿Qué?
—¿Ha conocido usted a
hombres que hayan podido resistir ocho —años de reclusión?
Reflexiona y me dice:
—No, pero he conocido a
muchos que han pasado cinco años, e incluso a uno, me acuerdo muy bien, que
salió bastante bien parado y equilibrado al cabo de seis años. Estaba en la
Reclusión cuando lo liberaron.
—De nada —dice el
guardián—. Creo que tú tienes que cumplir ocho años…
—Sí, jefe.
—_Sólo conseguirás
salir con bien si no te castigan nunca.
Y se retira.
Esta frase es muy
importante. Sí, sólo puedo salir vivo si jamás soy castigado. En efecto, la
base de los castigos es la supresión de una parte o de toda la comida durante
cierto tiempo, de manera que incluso al volver al régimen normal, nunca puede
uno recuperarse. Algunos castigos un poco fuertes te impiden resistir hasta el
final, y la espichas antes. Conclusión: no debo aceptar cocos o cigarrillos,
incluso no debo escribir o recibir notas.
Durante el resto del
viaje, rumio sin cesar esta decisión. Nada, absolutamente nada con el exterior
ni con el interior. Se me ocurre una idea: la única manera de conseguir que me
ayuden sin riesgos para la comida es que alguien pague desde el exterior a los
repartidores de sopa, para que me den uno de los mayores y mejores trozos de
carne al mediodía. Es fácil, porque uno echa el caldo, y el otro, que le sigue
con una bandeja, echa a la gamella un trozo de carne. Es preciso que rasque en
el fondo del perol y me dé mi cucharonada con la mayor cantidad posible de
legumbres. Me reconforta haber dado con esta idea. De este modo, podré comer
según el hambre que tenga y casi suficientemente si la combinación se organiza
bien. De mi cuenta corre soñar y elevarme lo más posible, eligiendo temas
agradables para no volverme loco.
Llegamos a las Islas.
Son las tres de la tarde. Apenas he desembarcado, veo el vestido amarillo claro
de Juliette, quien está junto a su marido. El comandante se aproxima con
rapidez, antes, incluso, de que hayamos tenido tiempo de alinearnos, y me pregunta:
—¿Cuánto?
—Ocho años.
Vuelve junto a su mujer
y le habla. Ésta, emocionada, se sienta en una piedra. Está virtualmente
postrada. Su marido la toma del brazo, ella se levanta y, después de haberme
lanzado una mirada llena de tristeza con sus ojos inmensos, se van, marido y
mujer, sin volverse.
—Papillon —pregunta
Dega—, ¿cuánto?
—Ocho años de
reclusión.
No dice nada y no se
atreve a mirarme. Galgani se acerca, y antes de que me hable, le digo:
—No me mandes nada ni
me escribas en absoluto. Con una pena tan larga, no puedo correr el riesgo de
un castigo.
—Comprendo.
En voz baja, añado
rápidamente:
—Arréglatelas para que
me sirvan de comer lo mejor posible al mediodía y por la noche. Si consigues
arreglar eso, acaso nos veamos algún día. Adiós.
Voluntariamente, me
dirijo hacia la primera canoa que debe llevarnos a San José. Todo el mundo me
mira como se mira un féretro que se baja a una fosa. Nadie habla. Durante el
corto viaje, repito a Chapar lo que le he dicho a Galgani. Me responde:
—Eso debe ser factible.
Animo, Papi. —Luego, me dice—: ¿Y Matthieu Carbonieri?
—Perdóname por haberlo
olvidado. El presidente del Consejo de Guerra ha pedido que se redacte un
suplemento de informaciones sobre su caso antes de tomar una decisión. ¿Eso es
bueno o malo?
—Creo que es bueno.
Estoy en la primera
fila de la pequeña columna de doce hombres que se encarama por la costa para
llegar a la Reclusión. Subo aprisa, pues estoy impaciente —es curioso— por
encontrarme solo en mi celda. Aprieto tanto el paso que el guardián me dice:
—Más despacio,
Papillon. Se diría que tiene usted prisa por volver a la casa que ha abandonado
hace tan poco tiempo.
Por fin, llegamos.
—¡Vaya! Le presento al
comandante de la Reclusión.
—Lamento que haya
vuelto, Papillon —dice. Después—: Reclusos, aquí, etc. —Su discurso habitual—.
Edificio A, celda 127. Es la mejor, Papillon, porque está frente a la puerta
del pasillo, y así tienes más luz y el aire no te falta nunca. Espero que te
portes bien. Es mucho tiempo ocho años, pero, ¿quién sabe?, acaso con una
excelente conducta puedas conseguir una reducción de uno o dos años. Te lo
deseo, porque eres un hombre animoso.
Heme, pues, en la 127.
En efecto, la celda está justo enfrente de una gran puerta enrejada que da al
pasillo. Aunque son casi las seis, todavía se ve bastante claridad. La celda ya
no tiene ese regusto y ese olor a podrido que tenía la primera que ocupé. Eso
me anima un poco: "Mi estimado Papillon, he aquí cuatro paredes que tienen
que contemplar cómo vives durante ocho años. Niégate a contar los meses y las
horas; es inútil. Sí quieres tomar una medida aceptable, debes contar por
períodos de seis meses. Dieciséis veces seis meses y estarás libre de nuevo. De
todas formas cuentas con una ventaja. Si la espichas aquí, al menos tendrás, si
es de día, la satisfacción de morir a la luz. Eso es muy importante. No debe de
ser muy alegre morirse a oscuras. Si estás enfermo, al menos aquí el doctor te
verá el gaznate. No tienes por qué recriminarte por haber querido revivir
evadiéndote y, a fe mía, tampoco por haber matado a Celier. Figúrate lo que
sufrirías de pensar que mientras tú estás aquí, él ha tomado el portante. El
tiempo dirá. Tal vez haya una amnistía, una guerra, un temblor de tierra, un
tifón capaces de destruir la fortaleza. ¿Por qué no? Un hombre honrado que, de
regreso en Francia, consigue conmover a los franceses y éstos logran obligar a
la Administración penitenciaria a suprimir esta forma de guillotinar a la gente
sin guillotina. Tal vez un doctor, asqueado, le cuente todo esto a un
periodista, a un cura, ¿qué sé yo? De todas formas, Celier hace ya tiempo que
ha sido digerido por los tiburones. Yo estoy ahí y, si soy digno de mí mismo,
tengo que salir vivo de este sepulcro."
Un, dos, tres, cuatro,
cinco, media vuelta… Un, dos, tres, cuatro, cinco, otra media vuelta. Empiezo a
andar, y de un golpe, vuelvo a encontrar la posición de la cabeza, de los
brazos y la longitud precisa que debe tener el paso para que la péndola funcione
perfectamente bien. Decido no caminar más que dos horas por la mañana y dos por
la tarde, hasta que sepa con certeza si puedo contar con una alimentación
privilegiada en cantidad. No empecemos, en este nerviosismo de los primeros
días a gastar energía inútilmente.
Sí, es lamentable haber
fracasado al final. Es verdad que sólo se trataba de la primera parte de la
fuga, y que aún era preciso efectuar una travesía feliz de más de ciento
cincuenta kilómetros sobre aquella frágil balsa. Y según el sitio adonde
llegáramos de Tierra Grande, organizar una vez más otra huida. Si la botadura
hubiera marchado bien y la vela de tres sacos de harina hubiera empujado la
balsa a más de diez kilómetros por hora, en menos de quince horas, tal vez en
doce, hubiéramos tocado tierra. Esto siempre contando con que lloviese, pues
sólo con lluvia podíamos arriesgarnos a hacernos a la * mar. Creo recordar que
el día después de que me encerraran en el calabozo, llovió. No estoy seguro.
Trato de encontrar qué faltas o qué errores cometimos.
Sólo encuentro dos. En
primer lugar, el carpintero quiso hacer una balsa demasiado perfecta, demasiado
segura, y, entonces para meter los cocos, tuvo que construir una armadura que
valía casi por dos balsas, una incluida en la otra. De ahí que hubiera demasiadas
piezas que confeccionar y que exigiera demasiado tiempo para construirlas con
precaución.
En segundo lugar, lo
más grave: a la primera duda sería sobre Celier, la misma noche, hubiera debido
matarle. Si lo hubiera hecho, ¡vete a saber dónde estaría yo, ahora! Incluso si
las cosas hubiesen salido mal en Tierra Grande o hubiese sido arrestado en el
momento de la botadura, no me hubieran caído más de tres años y no ocho, y
hubiera tenido la satisfacción de la acción emprendida. Sí, si todo se hubiera
desarrollado bien, ahora estaría en las Islas o en Tierra Grande. ¡Cualquiera
sabe! Tal vez charlando con Bowen en Trinidad, o en Curasao, protegido por el
obispo Irénée de Bruyne. Y de allí no nos marcharíamos hasta estar seguros de
que tal o cual nación nos aceptaría. En el caso contrario, me sería fácil
regresar solo, directamente en un vaporcito, a la Guajira, a mi tribu.
Me he dormido muy
tarde, pero he conseguido conciliar un sueño normal. Esta primera noche, no ha
sido tan deprimente como pensaba. Vivir, vivir, vivir. Debo repetir en cada
ocasión que esté a punto de abandonarme a la desesperación, tres veces, esta
frase: "Mientras hay vida, hay esperanza."
Ha pasado una semana.
Desde ayer, he advertido el cambio de las raciones de mi alimento. Un magnífico
trozo de carne cocida a mediodía y, por la noche, una gamella de lentejas
solas, casi sin agua. Como un niño, digo en voz alta:
—Las lentejas contienen
hierro; eso es muy bueno para la salud.
Si esto dura, podré
andar de diez a doce horas por día, y entonces: por la noche, fatigado, me
hallaré en estado de viajar a las estrellas. No, no desbarro; estoy con los
pies en el suelo, bien en el suelo, y pienso en todos los casos de presidiarios
que he conocido en las Islas. Cada cual tiene su historia, antes y mientras.
Pienso también en las leyendas que se cuentan en las Islas. Una de ellas, que
me prometo verificar si un día vuelvo a la isla, es la de la campana.
Como ya he dicho, los
presidiarios no son enterrados, sino arrojados al mar entre San José y Royale,
en un lugar infestado de tiburones. El muerto está envuelto en sacos de harina,
con una cuerda atada a los pies, de la que pende una pesada piedra. Una caja
rectangular, siempre la misma, está instalada horizontalmente en la proa de la
embarcación. Llegados al sitio indicado, los seis remeros forzados levantan sus
remos en posición horizontal a la altura de la borda. Un hombre inclina la caja
y otro abre una especie de trampa. Entonces, el cuerpo se desliza al agua. Es
seguro, de eso no cabe la menor duda, que los tiburones cortan inmediatamente
la cuerda. El muerto nunca tiene tiempo de hundirse mucho. Remonta a la
superficie, y los tiburones comienzan a disputarse ese manjar exquisito para
ellos. Ver comerse a un hombre, según los que lo han visto, es muy
impresionante pues, además, cuando los tiburones son muy numerosos, llegan a
levantar el lienzo con su contenido fuera del agua y, arrancando los sacos de harina,
agarran grandes pedazos del cadáver.
Esto sucede exactamente
como lo he descrito, pero hay una cosa que no he podido comprobar. Todos los
condenados, sin excepción, dicen que lo que atrae a los tiburones a ese lugar
es el sonido de la campana que se tañe en la capilla cuando ha muerto alguien.
Al parecer, si uno está en el extremo de la escollera de Royale a las seis de
la tarde, hay días en que no se ve ni un tiburón. Cuando suena la campana en la
iglesia, en menos que canta un gallo, el lugar se llena de tiburones que
esperan el muerto, pues nada más justifica que acudan allí a esa hora precisa.
Deseemos que yo no sirva de plato del día a los tiburones de Royale en
semejantes condiciones. Que me devoren vivo en una fuga, tanto me da; al menos,
habrá sido mientras iba en busca de mi libertad. Pero después de una muerte por
enfermedad en una celda, no, eso no debe suceder.
Comiendo según mi
apetito gracias a la organización montada por mis amigos, me hallo en perfecto
estado de salud. Camino desde las siete de la mañana hasta las seis de la tarde
sin parar Por otra parte, la escudilla de la noche, llena de legumbres secas,
alubias, lentejas, guisantes o arroz con tocino, la despacho pronto. Me la como
siempre toda sin esforzarme. Caminar me hace bien; la fatiga que me procura es
sana y he llegado a desdoblarme mientras camino. Ayer, por ejemplo, he pasado
toda la jornada en los prados de una aldehuela del Ardéche que se llama Favras.
Cuando mamá murió, iba allí a menudo a pasar algunas semanas a casa de mi tía,
la hermana de mi madre, que era maestra en aquel pueblo. Pues bien; ayer yo
estaba virtualmente en los bosques de castaños, recogiendo setas, y luego oía a
mi amiguito, el zagal, gritar al perro pastor las órdenes que éste ejecutaba a
la perfección, para devolver una oveja perdida o para castigar a una cabra
demasiado corredora. Más aún, incluso el frescor de la fuente ferruginosa
acudía a mi boca, y degustaba el cosquilleo de las minúsculas burbujas que se
me subían a la nariz. Esta percepción tan auténtica de momentos pasados hace
más de quince años, esta facultad de revivirlos de verdad con tanta intensidad,
no puede realizarse más que en la celda, lejos de todo ruido, en el silencio
más absoluto.
Veo, incluso, el color
amarillo del vestido de tata Outine. Oigo el murmullo del viento en los
castaños, el ruido seco que produce una castaña cuando cae sobre la tierra
seca, y apagado cuando la recibe un manto de hojas. Un enorme jabalí ha salido
de las altas retamas y me ha causado tanto miedo, que he echado a correr,
perdiendo, en mi trastorno, una gran parte de las setas que había recogido. Sí,
he pasado (mientras caminaba toda la jornada en Fravas, con la tata y mi
amiguito, el zagal de la Asistencia Pública, Julien. En estos recuerdos
revividos, tan tiernos, tan claros, tan nítidos, nadie puede impedirme que me
sumerja, que busque en ellos la paz que tanto necesita mi alma mortecina.
Para la sociedad, estoy
en uno de los múltiples calabozos de la "comedora de hombres". En
realidad, les he robado una jornada entera, que he pasado en Favras, en los
prados, en los castañares; incluso he bebido agua mineral en la fuente llamada
du Pécher.
He aquí que han pasado
los primeros seis meses. Me he prometido contar de seis en seis meses, así que
he mantenido mi promesa. Sólo que, esta mañana, he reducido los dieciséis a
quince… Ya no quedan más que quince veces seis meses.
Puntualicemos. No ha
habido ningún incidente personal en estos seis meses. Siempre la misma comida,
pero siempre, también, una ración muy decente y gracias a la cual mi salud no
tiene por qué sufrir. A mi alrededor, muchos suicidas y locos furiosos a los
que, por suerte, no tardan en llevarse. Es deprimente oír gritar, lamentarse o
gemir durante horas y días enteros. He encontrado un truco bastante bueno, pero
malo para los oídos. Corto un pedazo de jabón y me lo meto en los oídos para no
escuchar esos gritos horripilantes. Por desgracia, el jabón me hace daño y se
derrite al cabo de uno o dos días.
Por vez primera desde
que estoy en presidio, he descendido a pedirle algo a un guardián. En efecto,
un vigilante que reparte la sopa es de Montélimar, un pueblo cercano al mío. Lo
conocí en Royale, y le he pedido que me traiga una bola de cera para ayudarme a
soportar los clamores de los locos antes de que se los lleven. Al día
siguiente, me ha traído una bola de cera del tamaño de una nuez. Es increíble
el alivio que significa no oír ya a esos desdichados.
Estoy muy familiarizado
con los grandes ciempiés. En seis meses, sólo me han picado una vez. Resisto
muy bien cuando me despierto y siento que uno de ellos se pasea por mi cuerpo
desnudo. Uno se acostumbra a todo, y, en este caso, se trata de una cuestión de
autocontrol, pues los cosquilleos que producen esas patas y esas antenas son
muy desagradables. Pero si no lo agarras bien, te pica. Es mejor esperar a que
se baje él solo y, luego, eso sí, buscarlo y aplastarlo. Sobre mi banco de
cemento siempre hay dos o tres pedacitos de pan del día. Por fuerza, el olor
del pan lo atrae y lo obliga a acudir. Entonces voy y lo mato.
Debo echar de mí una
idea fija que me persigue. ¿Por qué no maté a Bébert Celier el día mismo que
tuvimos dudas acerca de su nefasto papel? Luego, llego a la conclusión de que
el fin justifica los medios. El fin era conseguir la fuga. Había tenido la suerte
de terminar una balsa bien hecha y de esconderla en un lugar seguro. Partir era
cuestión de días. Puesto que sabía el peligro que representaba Celier en la
penúltima pieza que, por milagro, llegó a buen puerto, hubiera tenido que
liquidarlo sin más. ¿Y si me hubiera equivocado y las apariencias fueran
falsas? Hubiera matado a un inocente. ¡Qué horror! Pero es lógico que te
plantees un problema de conciencia, tú, un condenado a perpetuidad; o, peor
aún, un condenado a ocho años de reclusión incluidos en una pena a perpetuidad.
¿Que crees ser,
desperdicio, tratado como una inmundicia de la sociedad? Quisiera saber si los
doce enchufados del jurado que te condenaron se han interrogado una sola vez
para saber si, evidentemente, en conciencia, habían hecho bien condenándote con
tanta severidad. Y si el fiscal, para quien aún no he decidido con qué voy a
arrancarle la lengua, también se ha preguntado si no fue demasiado duro en su
requisitoria. Incluso mis abogados no se acuerdan de mí, seguro. Deben de
hablar, en términos generales, de ese "desgraciado caso de Papillon"
allá por 1932: "Pues verán, mis queridos colegas, ese día no estaba yo muy
en forma y, por añadidura, el fiscal Pradel tenía uno de sus mejores días.
Resolvió el caso en favor de la acusación de una manera magistral. Es, en
verdad, un adversario de gran clase."
Escucho todo esto como
si estuviera junto al ahogado Raymond Hubert, en una conversación entre colegas
o en una reunión mundana o, más bien, en uno de los pasillos del Palacio de
Justicia.
Sólo uno, seguramente,
puede mantener una postura de magistrado probo y honrado: el presidente Bévin.
Ese hombre imparcial puede muy bien discutir entre colegas o en una reunión
mundana sobre el peligro de hacer que juzgue a un hombre un jurado cualquiera.
Ciertamente, debe decir con palabras escogidas, por supuesto, que los doce
enchufados del jurado no están preparados para semejante responsabilidad, que
están demasiado impresionados por el encanto del ministerio público o de la
defensa, según quien prevalezca en esa rivalidad oratoria; que están de acuerdo
con demasiada rapidez o condenan sin saber demasiado cómo, según una atmósfera
positiva o negativa que llega a crear la más fuerte de las dos partes.
El presidente y también
mi familia, sí, pero mi familia tal vez esté un poco en contra de mí por las
molestias que, indudablemente, le he causado. Sólo mi papá, mi pobre padre, no
ha debido de lamentarse de la cruz que su hijo le ha cargado sobre las espaldas;
estoy seguro. Esta pesada cruz la arrastra sin acusar a su chico, y eso que,
como maestro, es respetuoso con las leyes e incluso enseña a comprenderlas y
aceptarlas. Estoy seguro de que, en el fondo, su corazón exclama:
"¡Puercos, habéis matado a mi hijo o, peor, lo habéis condenado a morir a
fuego lento, a los veinticinco años!" Si supiera dónde está su retoño, lo
que han hecho con él, sería capaz de volverse anarquista.
Esta noche, la
"comedora de hombres" ha merecido su nombre más que nunca. He
comprendido que dos hombres se han ahorcado y otro se ha ahogado metiéndose
trapos en la boca y en las narices. La celda 127 está cerca del sitio donde los
vigilantes relevan la guardia, y, a veces, oigo algunos fragmentos de sus
conversaciones.
Esta mañana, por
ejemplo, no han hablado lo bastante bajo como para que yo no oyera lo que
decían sobre los incidentes de la noche.
Han pasado otros seis
meses. Hago una señal y grabo en la madera un hermoso "M". Tengo un
clavo que me sirve sólo cada seis meses. Sí, hago la señal. La salud sigue siendo
buena y la moral es muy elevada.
Gracias a mis viajes a
las estrellas, es muy raro que sufra largas crisis de desesperación. Cuando las
tengo, no tardo en superarlas, y me organizo, sin que falte nada, un viaje real
o imaginario que aparta las malas ideas. La muerte de Celier me ayuda en mucho
a vencer estos momentos de crisis agudas. Digo: yo vivo, vivo, estoy vivo y
debo vivir, vivir, vivir para volver a vivir libre un día. El, que me ha
impedido evadirme, está muerto y nunca será libre como yo lo seré un día; de
eso no tengo la menor duda. De todas formas, si salgo a los treinta y ocho
años, no seré viejo aún y, la próxima fuga, será la buena, estoy seguro.
Un, dos, tres, cuatro,
cinco, media vuelta… Un, dos, tres cuatro, cinco, otra media vuelta. Desde hace
algunos días mis piernas están negras y me sale sangre de las encías.
¿Conseguiré que me trasladen por enfermo? Presiono con mi pulgar la parte baja
de mi pierna y la señal queda impresa. Parece como si estuviera lleno de agua.
Desde hace una semana, no puedo ya caminar diez o doce horas por día. Después
de andar sólo seis horas, en dos etapas, estoy muy cansado. Cuando me lavo los
dientes ya no puedo frotármelos con la toalla rugosa empapada de jabón sin
sufrir y sangrar mucho. Incluso ayer, se me cayó un diente: un incisivo de la
mandíbula superior.
Estos nuevos seis meses
terminan con una verdadera revolución. En efecto, ayer nos han hecho sacar la
cabeza a todos, y ha pasado un doctor que levantaba los labios de cada uno. Y
esta mañana, después de dieciocho meses justos de estar en esta celda, la puerta
se ha abierto y me han dicho:
—Salga, sitúese contra
la pared y aguarde.
Yo estaba en primera
posición junto a la puerta y, poco después, han salido setenta hombres.
—Media vuelta a la
izquierda.
Ahora, me encuentro en
última posición de una fila que se dirige hacia el otro extremo del edificio y
sale al patio.
Son las nueve. Un joven
matasanos, con camisa caqui de manga corta, está sentado en medio del patio,
tras una mesita de madera. Cerca de él, dos enfermeros forzados y un enfermero
vigilante. Todos, comprendido el matasanos, son desconocidos para mí. Diez
guardianes, con el mosquetón empuñado, montan guardia en la ceremonia. El
comandante y los jefes de vigilantes, en pie, miran sin decir una palabra.
—Todo el mundo en
cueros —grita el jefe de vigilantes—. Vuestros efectos, bajo el brazo. El
primero. ¿Tu nombre?
—X…
—Abre la boca y las
piernas. Arrancadle estos tres dientes. Alcohol yodado primero, después azul de
metileno y jarabe de coclearia dos veces al día antes de las comidas.
Paso el último.
—¿Tu nombre?
—Vaya, tú eres el único
que tienes un cuerpo presentable. ¿Acabas de llegar?
—No.
—¿Cuánto tiempo llevas
aquí?
—Hoy se cumplen
dieciocho meses.
—¿Por qué no estás tan
delgado como los otros?
—Lo ignoro.
—Bien, pues voy a
decírtelo. Porque comes mejor que ellos, a menos que sea que te masturbas
menos. La boca; las piernas. Dos limones al día: uno por la mañana y otro por
la noche. Chupa los limones y pásate el jugo por las encías; tienes el
escorbuto.
Me limpian las encías
con alcohol yodado, luego me las embadurnan con azul de metileno y me dan un
limón. Media vuelta.
Soy el último de la
fila y regreso a mi celda.
Lo que acaba de suceder
es una verdadera revolución: sacar a los enfermos hasta el patio, dejarles ver
el sol, presentarlos al médico, cerca de él. jamás se había visto en la
Reclusión. ¿Qué sucede? ¿Es que, al fin, por casualidad, un médico se ha negado
a ser cómplice mudo de ese criminal reglamento? Este matasanos, que más tarde
será mi amigo, se llama Germain Guibert. Murió en Indochina. Su mujer me
notificó la noticia por carta cuando yo estaba en Maracaibo, Venezuela, muchos
años después de esa mañana.
Cada diez días, visita
médica al sol. Siempre la misma receta: alcohol yodado, azul de metileno y dos
limones. Mi estado no se agrava, pero tampoco mejora. Dos veces he pedido
jarabe de coclearia y dos veces no me lo ha dado el doctor, lo que comienza a fastidiarme,
porque continúo sin poder caminar más de seis horas diarias y la parte baja de
mis piernas está aún hinchada y negra.
Un día, esperando mi
turno para pasar la visita, me doy cuenta de que el raquítico arbolito bajo el
que me abrigo un poco al sol es un limonero sin limones. Arranco una hoja y la
masco y, luego, maquinalmente, corto una pequeñísima punta de rama con algunas
hojas, sin ninguna idea preconcebida. Cuando el médico me llama, me meto la
rama en el trasero y le digo:
—Doctor, no sé si es
por culpa de sus limones, pero mire lo que me crece por detrás.
Y me vuelvo con mi
ramita y sus hojas en el trasero.
Los guardianes, al
principio, se echan a reír y, luego, el jefe de vigilantes dice:
—Será usted castigado,
Papillon, por faltarle al respeto al doctor.
—Nada de eso —dice el
médico—. No deben ustedes castigar a este hombre, dado que yo no me he quejado.
¿No quieres más limones? ¿Es eso lo que has querido decir>
—Sí, doctor; ya estoy
harto de limones, que no me curan Quiero probar el jarabe de coclearia.
—No te he dado porque
me queda muy poco y lo reservo para los enfermos graves. De todas formas, te
recetaré una cucharada diaria, pero continuando con los limones.
—Doctor, yo he visto a
los indios comer algas del mar, y he visto las mismas algas en Royale. Debe
haberlas también en San José.
—Me das una gran idea.
Mandaré que os distribuyan cada día cierta alga que, en efecto, yo mismo he
visto a la orilla del mar. Los indios ¿se la comen cruda o cocida?
—Cruda.
—De acuerdo, gracias.
Y, sobre todo, mi comandante, que este hombre no sea castigado; cuento con
ello.
—Sí, capitán.
Se ha obrado un
milagro. Salir dos horas cada ocho días al sol en espera o durante el turno
para el reconocimiento, o que los otros puedan pasar, ver caras, murmurar
algunas palabras. ¿Quién hubiera pensado que pudiera suceder una cosa tan
maravillosa? Es un cambio fantástico para todos: los muertos se levantan y
caminan al sol; al fin, estos enterrados en vida pueden decir algunas palabras.
Es una botella de oxígeno que nos insufla vida a cada uno de nosotros.
Un jueves, a las nueve
de la mañana, clac, clac, infinidad de clacs abren todas las puertas de las
celdas. Todos debemos colocarnos de pie en el quicio de la puerta de nuestra
celda.
—Reclusos exclama una
voz—, inspección del gobernador. Acompañado por cinco oficiales de la
Infantería colonial, ciertamente todos ellos médicos, un hombre alto, elegante,
de cabellos grises, plateados, pasa lentamente a lo largo del pasillo ante cada
celda. Oigo que se le señalan las largas penas y el motivo de ellas. Antes de
llegar a mi altura hacen levantar a un hombre que no ha tenido fuerzas para
aguardar tanto rato de pie. Es uno de los hermanos antropófagos Graville. Uno
de los militares dice:
—¡Pero éste es un
cadáver ambulante!
El gobernador responde:
—Están todos en un
estado deplorable.
La comisión llega hasta
mí. El comandante dice:
—Este es el que tiene
la pena más larga de la Reclusión.
—¿Cómo se llama usted?
—pregunta el gobernador.
—¿Cuál es su condena?
—Ocho años por robo de
material del Estado, etcétera y asesinato; tres y cinco años, con acumulación
de pena.
—¿Cuánto has cumplido?
—Dieciocho meses.
—¿Su conducta?
—Buena —dice el
comandante.
—¿Tu salud?
—Pasable —dice el
médico.
—¿Qué tiene usted que
decir?
—Que este régimen es
inhumano y poco digno de un pueblo como Francia.
—¿Las causas?
—Silencio absoluto,
nada de paseos y, hasta hace unos días, ninguna clase de cuidados.
—Pórtese bien y tal vez
consiga una gracia para usted si todavía soy gobernador.
—Gracias.
A partir de ese día,
por orden del gobernador y del médico jefe llegados de la Martinica y de
Cayena, todos los días hay una hora de paseo con baño en el mar, en una especie
de falsa piscina en la que los bañistas están protegidos de los tiburones por
grandes bloques de piedra.
Cada mañana, a las
nueve, por grupos de cien, bajamos de la Reclusión, completamente desnudos, al
baño. Las mujeres y los críos de los vigilantes deben quedarse en sus casas
para que podamos bajar en cueros.
Hace ya un mes que dura
eso. Los rostros de los hombres han cambiado por completo. Esta hora de sol,
este baño en el agua salada y el hecho de poder hablar durante una hora cada
día han transformado radicalmente este rebaño de reclusos, moral y físicamente
enfermos.
Un día, al regresar del
baño a la Reclusión, me encuentro entre los últimos cuando se oyen gritos de
mujer, desesperados, y dos disparos de revólver. Escucho.
—¡Socorro! ¡Mi hija se
ahoga!
Los gritos proceden del
muelle, que no es sino una pendiente de cemento que penetra en el mar y en la
cual atracan las canoas. Otros gritos:
—Los tiburones.
Y otros dos disparos de
revólver. Como todo el mundo se ha vuelto hacia esos gritos de socorro y esos
tiros, sin reflexionar aparto a un guardián y echo a correr completamente
desnudo hacia el muelle. Al llegar, veo a dos mujeres que gritan como condenadas
a tres vigilantes y a unos árabes.
—¡Tírese al agua!
—grita la mujer—. ¡No está lejos! ¡Yo no sé nadar, si no, iría! ¡Hatajo de
cobardes!
—¡Los tiburones! —dice
un guardián.
Y les dispara de nuevo.
Una niñita, con su
vestido azul y blanco, flota en el mar, arrastrada poco a poco por una débil
corriente. Va derecha hacia la confluencia de las corrientes que sirven de
cementerio a los presidiarios, pero aún está muy lejos. Los guardianes no dejan
de disparar y, ciertamente, han tocado a muchos tiburones, pues hay remolinos
cerca de la pequeña.
—¡No tiren más! —grito.
Y, sin reflexionar, me
lanzo al agua. Ayudado por la corriente, me dirijo muy rápido hacia la pequeña,
que continúa flotando a causa de su vestido, batiendo los pies lo más fuerte
posible para alejar a los tiburones.
Estoy sólo a treinta o
cuarenta metros de ella, cuando llega una canoa salida de Royale, que ha visto
la escena desde lejos. Llega hasta la pequeña antes que yo, la agarran y la
ponen a salvo. Lloro de rabia, sin pensar siquiera en los tiburones, cuando, a
mi vez, soy izado a bordo. He arriesgado mi vida para nada.
Al menos, así lo creía
yo, pero, un mes más tarde, como una especie de recompensa, el doctor Germain
Guibert consigue una suspensión de mi condena por razones de salud.
OCTAVO CUADERNO.
REGRESO A ROYALE
Los búfalos
Es, pues, un verdadero
milagro que regrese a cumplir condena normal en Royale. La abandoné con una
pena de ocho años, y, a causa de aquella tentativa de salvamento, estoy de
regreso diecinueve meses después.
He vuelto a encontrar a
mis amigos: Dega continúa contable, Galgani sigue de cartero, Carbonieri, que
fue absuelto en mi asunto de evasión, Grandet, el carpintero Bourset y los
hombres de la Carretilla: Naric y Quenier; Chatal está en la enfermería, y Maturette,
mi cómplice de la primera vez que me las piré, quien aún sigue en Royale, es
ayudante de enfermero.
Los miembros del maquis
corso aún están todos aquí, Essari, Vicioli, César¡, Razori, Fosco, Maucuer y
Chapar, quien hizo guillotinar a La Garra por el asunto de la Bolsa de
Marsella. Todos los protagonistas de la crónica sangrienta de los años que van
de 1927 a 1935 están aquí.
Marsino, el asesino de
Dufréne, murió la semana pasada de descomposición. Ese día, los tiburones
tuvieron un plato exquisito: les fue servido uno de los expertos en piedras
preciosas más cotizados de París.
Barrat, apodado La
Comediante, el campeón de tenis millonario de Limoges, quien asesinó a un
chófer y a su amiguito íntimo, demasiado íntimo. Barrat es jefe del laboratorio
y farmacéutico del Hospital de Royale. En las Islas se es tuberculoso por
derecho de pernada, según pretende un doctor chistoso.
En una palabra, mi
llegada a Royale es un cañonazo. Cuando entro de nuevo en el edificio de los
duros de pelar, estamos a sábado por la mañana. Casi todo el mundo se halla
presente y todos, sin excepción, me festejan y me testimonian su amistad.
Incluso el tipo de los relojes que no habla nunca desde la famosa mañana que
iban a guillotinarlo por error, se molesta y viene a decirme buenos días.
—Entonces, amigos,
¿esto es cosa de todos?
—Sí, Papi, sé bien
venido.
—Continúas teniendo tu
sitio dice Grandet—. Ha permanecido vacío desde el día que te fuiste.
—Gracias a todos. ¿Qué
hay de nuevo?
—Una buena noticia.
—¿Cuál?
—Esta noche, en la
sala, frente a los buenos en conducta, han encontrado asesinado al chivato que
te denunció y que te espiaba desde lo alto del cocotero. Seguro que ha sido un
amigo tuyo que no ha querido que lo encontraras vivo y te ha ahorrado el trabajo.
—Desde luego; quisiera
saber quién es para darle las gracias.
—Tal vez un día te lo
diga. Han encontrado el cadáver esta mañana, a la hora de pasar lista, con un
cuchillo clavado en el corazón. Nadie ha visto ni oído nada.
—Mejor así. ¿Y el
juego?
—Bien. Guardamos tu
sitio.
—Perfecto. Entonces,
empezamos a vivir en trabajos forzados a perpetuidad. A saber cómo y cuándo
acabará esta historia.
—Papi, quedamos todos
muy impresionados cuando supimos que tenías que cumplir ocho años. No creo que
haya en las Islas un solo hombre, ahora que estás aquí, capaz de negarte ayuda
para lo que sea, incluso al precio más arriesgado.
—El comandante lo llama
—dice un vigilante.
Salgo con el. En el
puesto de guardia, muchos guardianes me dicen algunas palabras amables. Sigo al
vigilante y encuentro al comandante Prouillet.
—¿Qué tal, Papillon?
—Bien, comandante.
—Me alegro de que te
hayan indultado, y te felicito por el valeroso acto que tuviste para con la
hijita de mi colega.
—Gracias.
—Te voy a destinar como
boyero, en espera de que vuelvas a ser pocero, con derecho a pescar.
—Si eso no le
compromete a usted demasiado, me gustaría.
—Esto es asunto mío. El
vigilante del taller ya no está aquí, y yo, dentro de tres semanas, me voy a
Francia. Bien; así, pues, ocuparás tu destino a partir de ahora.
—No sé como
agradecérselo, mi comandante.
—Aguardando un mes
antes de intentar otra fuga dice, riendo, Prouifflet.
En la sala, me
encuentro con los mismos hombres y el mismo género de vida de antes de mi
partida. Los jugadores, clase aparte, sólo piensan y viven para el juego. Los
hombres que tienen jóvenes viven, comen y duermen con ellos. Son verdaderos
matrimonios, en que la pasión y el amor entre hombres absorben, día y noche,
todos sus pensamientos. Escenas de celos y pasiones sin freno en que la
"mujer" y el "hombre" se espían mutuamente y provocan
muertes inevitables si uno de ellos se cansa del otro y vuela en derechura
hacia nuevos amores.
La semana pasada por la
hermosa Charlie (Barrat), un negro que tiene por nombre Simplon mató a un tipo
que se llamaba Sidero. Es el tercero que mata Simplon a causa de Charlie.
Apenas hace unas horas
que estoy en el campamento, cuando dos sujetos ya vienen a verme.
—Oye, Papillon,
quisiera saber si Maturette es tu chico.
—¿Por qué?
—Por razones que sólo
me conciernen a mí.
—Escucha bien.
Maturette se las piró conmigo a lo largo de dos mil quinientos kilómetros y se
comportó como un hombre. Es todo cuanto tengo que decirte.
—Pero quiero saber si
va contigo.
—No, no conozco a
Maturette en el aspecto sexual. Lo aprecio como a un amigo, y todo lo demás no
me afecta en absoluto, salvo si le hacen daño.
—Pero, ¿y si un día
fuera mi mujer?
—En ese caso, si él
consiente, no me mezclaré en nada. Pero si para conseguir que sea tu chico lo
amenazas entonces, tendrás que vértelos conmigo.
Con los pederastas
activos o pasivos pasa lo mismo, pues tanto unos como otros se encastillan en
una pasión y no piensan en otra cosa.
He encontrado al
italiano del estuche de oro del convoy. Ha venido a saludarme. Le digo:
—¿Aún estás aquí?
—Lo he hecho todo. Mi
madre me ha enviado doce mil francos, el guardián me ha cogido seis mil de
comisión, he gastado cuatro mil para conseguir que me dieran la baja, he
logrado que me mandaran a hacerme una radiografía a Cayena y no he podido
obtener nada. Luego, he hecho que me acusen de haber herido a un amigo. Tú ya
lo conoces: Razari, el bandido corso.
—Si, ¿y entonces?
—De acuerdo con él, se
hizo una herida en el vientre, y entonces, bajamos los dos al Consejo de
Guerra, él como acusador y yo como culpable. Allí, no tocamos tierra. En quince
días, habíamos terminado. Condenado a seis meses, los he cumplido en la Reclusión,
el año pasado. Tú ni siquiera supiste que estaba allí. Papi, no puedo más; me
dan ganas de suicidarme.
—Es mejor que la
espiches en el mar mientras te las piras; al menos, así morirás libre.
—Tienes razón, estoy
dispuesto a todo. Si preparas algo, dímelo.
—Entendido.
Y la vida en Royale
vuelve a empezar. Heme aquí de boyero. Tengo un búfalo al que llaman Brutus.
Pesa dos mil kilos y es un asesino de otros búfalos. Ha matado ya a otros dos
machos.
—Es su última
oportunidad —me dice el vigilante Angosti, quien se ocupa de este servicio—. Si
mata a otro búfalo, será sacrificado.
Esta mañana, he
conocido a Brutus. El negro martiniqués que lo conduce debe quedarse una semana
conmigo para adiestrarme. En seguida me he hecho amigo de Brutus meándome en su
hocico: su gran lengua adora lamer cosas saladas. Luego, le he dado algunas hojas
de mango tiernas que cogí en el jardín del hospital. Bajo con Brutus,
enganchado como un buey al pértigo de una carreta digna del tiempo de los reyes
holgazanes, tan rústicamente construida está; sobre ella, se encuentra un tonel
de tres mil litros de agua. Mi trabajo y el de mí amigo Brutus consiste en ir
al mar a llenar el tonel de agua, y volver a subir esta empinada cuesta hasta
el llano. Una vez allí, abro el grifo del barril y el agua fluye por los
vertederos, llevándose todos los residuos de la limpieza de la mañana. Empiezo
a las seis y he terminado alrededor de las nueve.
Al cabo de cuatro días,
el martiniqués declara que puedo desenvolvérmelas solo. No hay más que un
inconveniente: por la mañana a las cinco, debo nadar por la charca en busca de
Brutus, que se esconde porque no quiere trabajar. Como tiene la nariz muy
sensible, un anillo de hierro la atraviesa y un trozo de cadena de cincuenta
centímetros pende permanentemente de él. Cuando lo descubro, se aparta, se
sumerge y va a salir más lejos. A veces, invierto más de una hora en atraparlo,
en esta agua estancada y vomitada de la charca, llena de bichos y de nenúfares.
Agarro rabietas yo solo:
—¡Imbécil! ¡Cabeza de
chorlito! ¡Eres testarudo como un bretón! ¿Vas a salir, sí o no ¡Mierda!
Sólo es sensible a la
cadena, pero para tirar de ella tengo que atraparlo primero. De los insultos no
hace el menor caso. Pero cuando, al fin, ha salido de la charca, entonces se
vuelve manso.
Tengo dos bidones de
grasa vacíos, llenos de agua dulce.
Empiezo por tomar una
ducha, limpiándome bien del agua viscosa de la charca. Cuando estoy bien
enjabonado y enjuagado, por lo general me queda más de la mitad de un bidón de
agua dulce, y, entonces, lavo a Brutus con fibra de cáscara de coco. Le froto
bien las partes sensibles y le echo agua mientras lo limpio. Brutus, entonces,
se restriega la cabeza contra mis manos, y luego, va a colocarse él solo ante
el larguero de la carreta. Nunca lo atosigo con el pincho como lo hacía el
martiniqués. Me lo agradece, porque conmigo camina más deprisa.
Una hermosa bufalita
está enamorada de Brutus y nos acompaña caminando a nuestro lado. Yo no la
aparto, como hacía el otro boyero; al contrario. La dejo que se acople con
Brutus y que nos acompañe a todas partes adonde vamos. Por ejemplo, no los
molesto cuando se aparean y Brutus me lo agradece, pues sube sus tres mil
litros a una velocidad increíble. Da la impresión de que quiere recuperar el
tiempo que me ha hecho perder en sus sesiones con Marguerite, porque ella, la
búfala, se llama Marguerite.
Ayer, en la lista de
las seis, hubo un pequeño escándalo a causa de Marguerite. El negro
martiniqués, al parecer, se subía a un pequeño muro y, desde allí, poseía
carnalmente cada día al animal. Sorprendido por un guardián, le habían endiñado
treinta días de calabozo. "Coito con un animal", fue la razón
oficial. Pues bien; ayer, a la hora de pasar lista, Marguerite fue llevada al
campamento, pasó por delante de más de sesenta hombres y, cuando llegó a la
altura del negro, se volvió a él presentándole las nalgas. Todo el mundo soltó
la carcajada, y el negro estaba rojo de confusión.
Debo hacer tres viajes
de agua por día. Lo que me lleva más tiempo es llenar el tonel por los dos
cargadores de abajo, pero, a fin de cuentas, todo resulta bastante rápido. A
las nueve, he terminado y voy de pesca.
Me he aliado con
Marguerite para sacar a Briutus de la charca. Rascándole en la oreja, emite un
sonido casi de yegua en celo. Entonces Brutus sale solo. Aunque yo ya no tenga
necesidad de lavarme, a él continúo bañándolo mejor que antes. Limpio y sin el olor
nauseabundo del agua vomitiva donde pasa la noche, aún le gusta más a
Marguerite, y él se muestra más vivaz.
Al regresar del mar, a
mitad de la costa, se encuentra un lugar un poco llano donde tengo una piedra
grande. Allí Brutus tiene la costumbre de resoplar cinco minutos. Entonces,
calzo la carreta y, así el animal reposa mejor. Pero esta mañana, otro búfalo,
Danton, tan grande como él, nos esperaba escondido detrás de los pequeños
cocoteros que sólo tienen hojas, pues se trata de un plantel. Danton aparece y
ataca a Brutus. Éste se aparta y va el golpe, y el otro choca contra la
carreta. Uno de sus cuernos ha penetrado en el tonel— Danton hace esfuerzos
enormes para soltarse, y yo aprovecho la ocasión para liberar a Brutus de sus
arneses. Entonces, Brutus toma carrerilla por la parte de arriba, al menos
treinta metros, y se precipita a galope contra Danton. El miedo o la
desesperación hacen que éste, antes de que mi búfalo se abalance sobre el, se
suelte del tonel, astillándose un cuerno, pero Brutus no puede frenar a tiempo
y carga contra la carreta, volcándola.
Entonces, asisto a un
curioso espectáculo. Brutus y Danton se tocan los cuernos sin empujarse; no
hacen más que frotarse mutuamente sus inmensos cuernos. Parece que se hablan y,
sin embargo, no mugen; sólo resoplan. Luego, la búfala asciende lentamente por
la costa, seguida por los dos machos que, de vez en cuando, se detienen y
comienzan a frotarse y entrelazar los cuernos. Cuando se entretienen demasiado,
Marguerite gime lánguidamente y prosigue avanzando hacia el llano. Los dos
mastodontes, siempre en las mismas, la siguen. Después de tres paradas en las
que se repite la misma ceremonia, llegamos al llano. Esta parte en la que
desembocamos está delante del faro y forma una plaza desnuda de trescientos
metros de largo, más o menos. En un extremo, el campamento de los presidiarios;
a la derecha y a la izquierda, los edificios de los dos hospitales: deportados
y militares.
Danton y Brutus siguen
a la joven búfala a veinte pasos. Marguerite, por su parte, va tranquilamente
al centro de la plaza y se detiene. Los dos enemigos llegan a su altura. Ella,
de vez en cuando, lanza su mugido de lamento, largo y positivamente sexual. Los
dos machos se tocan de nuevo los cuernos, pero esta vez tengo la impresión de
que se hablan en serio, pues con su resoplido se mezclan sonidos que deben
significar algo.
Después de esta
conversación, uno parte hacia la derecha, lentamente, y el otro hacia la
izquierda. Van a situarse en los extremos de la plaza. Hay, pues, trescientos
metros entre ellos. Margueríte, siempre en el centro, espera. He comprendido:
es un duelo con todas las de la ley, aceptado por ambas partes, con la joven
búfala como trofeo. Esta está de acuerdo, por supuesto, y también orgullosa de
que dos galanes se batan por ella.
A un bramido de
Marguerite, se lanzan uno hacia el otro. En la trayectoria que cada uno puede
recorrer, unos ciento cincuenta metros, inútil es decir que sus dos mil kilos
se multiplican por la velocidad que van adquiriendo. El choque de esas dos
cabezas es tan formidable, que ambos quedan nockout más de diez minutos. Los
dos han doblado las patas. El primero en recuperarse, Brutus, esta vez va al
galope a tomar posición.
La batalla ha durado
dos horas. Unos guardianes querían matar a Brutus, pero yo me he opuesto y, en
un momento dado en un choque, Danton se ha partido el cuerno que se había
astillado contra el tonel. Huye, perseguido por Brutus. La batalla persecución
ha durado hasta el día siguiente. Por allí donde han pasado, jardines,
cementerio, lavandería, todo ha quedado destruido.
Sólo después de haberse
batido durante toda la noche, a la mañana siguiente, hacia las siete, Brutus ha
podido acorralar a Danton contra la pared de la carnicería, que está en la
orilla del mar, y allí le ha metido un cuerno entero en el vientre. A fin de
rematarlo bien, Brutus ha girado sobre sí mismo dos veces para que el cuerno
barrene en el vientre de Danton que, en medio de un río de sangre y de tripas,
está derribado, vencido de muerte.
Esta batalla colosal ha
debilitado tanto a Brutus, que ha sido preciso que yo le libere su cuerno para
que pueda reincorporarse. Tambaleándose, se aleja, por el camino que bordea el
mar, y allí, Marguerite se ha puesto a caminar junto a el, levantando el grueso
cuello que sustenta una cabeza sin cuernos.
No he asistido a su
noche de bodas, pues el guardián responsable de los búfalos me acusó de haber
desatado a Brutus y perdí mi destino de boyero.
He pedido hablar con el
comandante acerca de Brutus.
—Papillon, ¿qué ha
pasado? Brutus debe ser sacrificado; es demasiado peligroso. Ya ha matado a
tres hermosos ejemplares.
—Precisamente he venido
a pedirle que salve a Brutus. El guardián encargado de los búfalos no comprende
nada. Permítame que le cuente por qué Brutus ha actuado en legítima defensa.
El comandante sonríe.
—Escucho…
—…Así, pues, comprenda
usted, mi comandante, que mi búfalo fue el agredido —concluí yo, después de
haber contado todos los detalles—. De no soltar a Brutus, Danton lo hubiese
matado enganchado al pértigo, y, por lo tanto, sin posibilidades de defenderse,
uncido al yugo y atado a la carreta como estaba.
—Es verdad dice el
comandante.
Entonces, se presenta
el encargado de los búfalos.
—Buenos días,
comandante. Lo busco a usted, Papillon, porque esta mañana ha salido a la isla
como si fuera al trabajo y, sin embargo, no tenía nada que hacer.
—He salido, Monsieur
Angosti, para ver si podía detener aquella batalla; pero, por desgracia,
estaban demasiado furiosos.
—Sí, es posible, pero
ahora ya no tendrá usted que conducir al búfalo, ya se lo he dicho. Por otra
parte, el domingo por la mañana pensamos matarlo y obtener de él carne para los
reclusos.
—Usted no hará eso.
—No será usted quien me
lo impida.
—No, pero sí el
comandante. Y si no basta, el doctor Germain Guibert, a quien le pediré que
intervenga para salvar a Brutus.
—¿Por qué se mezcla
usted en esto?
—Porque me afecta. Al
búfalo lo conduzco yo; es mi compañero.
—¿Su compañero? ¿Un
búfalo? ¿Me toma usted el pelo?
—Escuche, Monsieur
Angosti, ¿quiere usted dejarme hablar un momento?
—Déjele que haga la
defensa de su búfalo —dice el comandante.
—Bien, hable.
—¿Cree usted, Monsieur
Angosti, que las bestias hablan entre sí?
—¿Por qué no, si se
comunican?
—Entonces, Brutus y
Danton, de común acuerdo, se han batido en duelo.
Y, de nuevo, lo explico
todo, de cabo a rabo.
—¡Cristacho! —exclama
el corso—. Es usted un tipo raro, Papillon. Arrégleselas con Brutus, pero si
mata a otro, no lo salvará nadie, ni siquiera el comandante. Le pongo de nuevo
como boyero. Arrégleselas para que Brutus trabaje.
Dos días después, con
la carreta reparada por los obreros del taller, Brutus, acompañado por su
legítima Marguerite, reanudaba los acarreos cotidianos de agua de mar. Y yo,
cuando llegábamos al llano donde descansaba con la carreta bien calzada con
piedras, le decía:
—¿Dónde está Danton,
Brutus?
Y aquel mastodonte, de
un solo tirón, ponía en marcha la carreta y, con paso alegre, como el vencedor,
terminaba el trayecto de una tirada.
Revuelta en San José
Las Islas son en
extremo peligrosas a causa de esta falsa libertad de que se goza. Sufro al ver
a todo el mundo asentado cómodamente para vivir sin historia. Unos esperan el
fin de su condena y otros, simplemente, se revuelcan en sus vicios.
Esta noche, estoy
tendido en mi hamaca. Al fondo de la sala se ha organizado una timba infernal,
hasta el punto de que mis dos amigos, Carbonieri y Grandet, se han visto
obligados a ponerse de acuerdo para dirigir el juego. Uno solo no habría
bastado. Yo trato de evocar mis recuerdos del pretérito. Se me resisten. Parece
como si los juicios no hubiesen existido jamás. Debo esforzarme en esclarecer
las imágenes brumosas de aquella jornada fatal, y no alcanzo a ver con nitidez
a ningún personaje. Tan sólo el fiscal se presenta en toda su cruel realidad.
¡Maldita sea! Creía haberte ganado definitivamente cuando me vi en Trinidad, en
casa de los Bowen. ¿Qué maleficio me echaste, so cerdo, para que seis fugas no
hayan conseguido darme la libertad? La primera vez, cuando recibiste noticia de
ello, ¿pudiste dormir tranquilo? Quisiera saber si tuviste miedo o sólo rabia
al saber que tu presa se te había escapado, en el camino de la podredumbre a la
que la habías arrojado, cuarenta y tres días después. Yo había roto la jaula.
¿Qué fatalidad me ha perseguido para volver a presidio al cabo de once meses?
¿Acaso me ha castigado Dios por haber despreciado la vida primitiva pero tan
hermosa que hubiera podido continuar viviendo tanto tiempo como hubiera
querido?
Lali y Zoraima, mis dos
amores, aquella tribu sin gendarmes, sin otra ley que la mayor comprensión
entre los seres que la constituyen… Sí; estoy aquí por mi culpa, pero sólo debo
pensar en una cosa: evadirme, evadirme o morir. Sí, cuando supiste que habían
vuelto a capturarme para devolverme a presidio, recuperaste tu sonrisa de
vencedor del juicio y pensaste: "Todo está bien así, con él de nuevo en el
camino de la podredumbre donde yo lo había puesto." Te equivocas. Mi alma,
mi espíritu jamás pertenecerán a ese camino degradante. Tan sólo tienes mi
cuerpo; tus vigilantes, tu sistema penitenciario comprueban por dos veces todos
los días que no me he ido y, con eso, os basta. A las seis de la mañana:
—¿Papillon?
—Presente.
A las seis de la tarde:
—¿Papillon?
—Presente.
Entonces,. todo va
bien. Hace casi seis años que lo tenemos; debe empezar a pudrirse y, con un
poco de suerte, uno de estos días, la campana llamará a los tiburones para
recibirlo con todos los honores en el banquete cotidiano que les ofrece
gratuitamente tu sistema de eliminación por desgaste.
Te equivocas; tus
cálculos no son exactos. Mi presencia física nada tiene que ver con mi
presencia moral. ¿Quieres que te diga una cosa? No pertenezco al presidio; no
estoy asimilado en absoluto a las costumbres de mis compañeros de cautiverio,
ni siquiera a las de mis amigos más íntimos. Soy candidato permanente a la
fuga. Estoy conversando con mi acusador en el juicio, cuando dos hombres se
acercan a mi hamaca.
—¿Duermes, Papillon?
—No .
—Quisiéramos hablar
contigo.
—Hablad. Aquí no hay
nadie que pueda oíros si habláis bajo.
—Bien, ahí va: estamos
preparando una revuelta.
—¿Qué plan tenéis?
—Primero, matamos a
todos los árabes, a todos los guardianes, a todas las mujeres y a todos los
críos, que son de la raza de los podridos. Para eso, yo, Amaud, y mi amigo
Hautin, ayudados por cuatro hombres que están de acuerdo, atacaremos el
depósito de armas de la comandancia. Trabajo allí para conservar las armas en
buen estado. Hay veintitrés metralletas y más de ochenta fusiles, mosquetones y
«Lebel». El golpe se dará…
—Detente, no sigas. Me
niego a participar. Agradezco tu confianza, pero no estoy de acuerdo.
—Pensábamos que
aceptarías ser el jefe de la revuelta. Deja que te dé los detalles que hemos
estudiado, y verás que no puede fracasar. Hace cinco meses que preparamos el
asunto. Están de acuerdo más de cincuenta hombres.
—No me des ningún
nombre; me niego a ser el jefe e incluso a participar en este golpe.
—¿Por qué? Después de
la confianza que hemos tenido de decírtelo, nos debes una explicación.
—Yo no te he pedido que
me contaras tus proyectos. Por otra parte, en la vida, sólo hago lo que quiero
yo, no lo que quieren los demás. Sabes que no soy asesino consumado. Puedo
matar a alguien que me haya hecho una cochinada, pero no a mujeres y a críos
inocentes. Pero lo peor no es eso, lo peor, y me extraña que no lo veáis, es
otra cosa, y voy a decírosla: aunque triunféis en la revuelta, fracasaréis.
—¿Por qué?
—Porque lo principal,
evadiros, es imposible. Admitamos que cien hombres sigan la revuelta. ¿Cómo
partirán? Sólo hay dos lanchas en las Islas. Como mucho, entre las dos, no
pueden llevar a más de cuarenta hombres. ¿Qué haréis con los sesenta restantes?
—Nosotros estaremos
entre los cuarenta que partan en las lanchas.
—Eso es lo que tú te
crees, pero los otros no son tan idiotas. Estarán armados como vosotros, y si
cada uno de ellos tiene un poco de cerebro, cuando todos los que has dicho
vayan a ser eliminados, acabaréis a tiros entre vosotros para conseguir un
sitio en una de, las embarcaciones. Pero lo peor de todo es que ningún país
querrá admitir esas dos lanchas, y los telegramas llegarán antes que vosotros a
todos los posibles países adonde podáis ir, sobre todo habiendo dejado una
legión de muertos tan numerosa a vuestras espaldas. En todas partes seréis
detenidos y devueltos a Francia. Ya sabéis que vengo de Colombia, así que sé lo
que me digo. Os aseguro que, después de semejante golpe, os devolverán en todas
partes.
—Bien. Entonces, ¿no
aceptas?
—No.
—¿Es tu última palabra?
—Es mi decisión
irrevocable.
—No nos queda más que
marcharnos.
—Un momento. Os pido
que no habléis de este proyecto a ninguno de mis amigos.
—¿Por qué?
—Porque, ya por
adelantado, os digo que se negarán, así que no vale la pena perder tiempo.
—Muy bien.
—¿Creéis que no habrá
algún medio de abandonar ese proyecto?
—Francamente, Papillon,
no.
—No comprendo vuestro
ideal, puesto que, os lo advierto muy seriamente, aunque la revuelta triunfe,
no alcanzaréis la libertad.
—Sobretodo, lo que
queremos es vengarnos. Y ahora que nos has puesto al corriente de la
imposibilidad de que un país nos admita, ¡pues bien! cogeremos los trastos y
formaremos una banda en la selva virgen.
—Tenéis mi palabra de
que no hablaré de esto ni siquiera a mi mejor amigo.
—De eso, estamos
seguros.
—Bien. Una cosa:
advertidme con ocho días de antelación, para irme a San José y no estar en
Royale cuando estalle la revuelta.
—Serás advertido a
tiempo para que puedas cambiar de isla.
—¿No puedo hacer nada
para conseguir que cambiéis de idea? ¿Queréis planear otra cosa conmigo? Por
ejemplo, robar cuatro mosquetones y, una noche, atacar el puesto de guardia de
las lanchas, sin matar a nadie, tomar una embarcación y marcharnos juntos.
—No. Hemos sufrido
demasiado. Lo principal, para nosotros, es la venganza, incluso al precio de
nuestra vida.
—¿Y los críos? ¿Y las
mujeres?
—Todos son de la misma
raza, de la misma sangre; es preciso que la espichen todos.
—No hablemos más.
—¿No nos deseas buena
suerte?
—No. Os digo que
renunciéis, hay mejores planes que esa cochinada.
—¿No admites nuestro
derecho a vengarnos?
—Sí, pero no a costa de
los inocentes.
—Buenas noches.
—Buenas noches. No
hemos dicho nada, ¿de acuerdo, Papi?
—¡De acuerdo, machos!
Y Hautin y Arnaud se
retiran. ¡Qué historia más rara! ¡Qué imbéciles son, esos dos, aparte de otros
cincuenta o sesenta que, a la hora H, serán más de cien! ¡Qué historia de
locos! Ninguno de mis amigos me ha dicho una palabra; así, pues, esos dos tipos
no han debido hablar más que a los lechuzos. Es imposible que hombres
destacados estén mezclados en este golpe. Lo que es más grave, pues los
asesinos de esa especie son los peores; los otros son homicidas que no es lo
mismo.
Esta semana me he
informado muy discretamente sobre Arnaud y Hautin. Arnaud ha sido condenado,
injustamente al parecer, a perpetuidad por un asunto que no merecía ni diez
años.
El jurado lo condenó
con tanta severidad porque, el año anterior, su hermano había sido guillotinado
por haber matado a un sujeto. Arnaud, debido a que el fiscal habló más de su
hermano que de él para crear una atmósfera hostil, fue condenado a aquella terrible
pena. También fue horriblemente torturado a raíz de su detención, siempre
debido a lo que había hecho su hermano.
Por su parte, Hautin no
ha sabido nunca qué es la libertad. Está en prisión desde la edad de nueve
años. Antes de salir de un correccional, a los diecinueve, mató a un individuo
la víspera de su liberación para unirse a la Marina, en la que se había enrolado
para salir del correccional. Debía de estar un poco loco, pues sus proyectos
eran, al parecer, llegar a Venezuela, trabajar en una mina de oro y cargarse la
pierna para percibir una fuerte indemnización. Esta pierna está un poco tiesa
debido a una inyección de no sé qué producto que se dio voluntariamente en
Saint-Martin-de-Ré.
Un golpe de teatro.
Esta mañana, al pasar lista, han llamado a Hautin y al hermano de Matthieu
Carboníerí, mi amigo. Su hermano Jean es panadero y, por lo tanto, está en el
muelle, cerca de las embarcaciones.
Han sido enviados a San
José sin explicación ni razón aparentes. Trato de enterarme de ello. Nada
trasciende y, sin embargo, Arnaud estaba destinado desde hacía cuatro años al
cuidado de las armas, y Jean Carbonieri era panadero desde hacía cinco años. No
puede tratarse de una simple casualidad. Ha debido de haber un soplo, pero ¿qué
clase de soplo y hasta dónde?
Decido hablar con mis
tres amigos íntimos: Matthieu Carbonieri, Grandet y Galgani. Ninguno de los
tres sabe nada. Así que ese Hautin y ese Arnaud no habían hablado más que a
unos presidiarios vulgares, no a los destacados.
—¿Por qué me han
hablado a mí, entonces?
—Porque todo el mundo
sabe que quieres evadirte a cualquier precio.
—Pero no a ése.
—Ellos no han sabido
ver la diferencia.
—¿Y tu hermano Jean?
—Cualquiera sabe cómo
ha cometido la majadería de meterse en ese asunto.
—Quizá se haya metido
sin comerlo ni beberlo, engatusado por alguien.
Los acontecimientos se
precipitan. Esta noche han asesinado a Girasolo cuando entraba en las letrinas.
Han encontrado sangre en la camisa del boyero martiniqués. Quince días más
tarde, tras una instrucción demasiado rápida y la declaración de otro negro a
quien han incomunicado, el antiguo boyero es condenado a muerte por un tribunal
de excepción.
Un viejo presidiario,
llamado Garvel o El Saboyano, viene a hablarme en el lavadero, en el patio.
—Papi, estoy en un
aprieto, porque he sido yo quien ha matado a Girasolo. Quisiera salvar al
negro, pero me asusta la idea de que puedan guillotinarme. A ese precio, no
hablo. Pero si encontrara un truco para que no me cayeran más de tres o cinco
años, me denunciaría.
—¿Cuál es tu condena a
trabajos forzados?
—Veinte años.
—¿Cuántos has cumplido?
—Doce.
—Encuentra la manera de
que te condenen a perpetuidad; así, no te envían a la Reclusión.
—¿Y qué hacer?
—Déjame tiempo para
reflexionar; te lo diré esta noche.
Llega la noche. Le digo
a Garvel:
—No puedes hacerte
denunciar y reconocer los hechos.
—¿Por qué?
—Te arriesgas a ser
condenado a muerte. La única manera de evitar la Reclusión es que te endiñen la
perpetua. Denúnciate tú mismo. Motivo: que no puedes, en conciencia, dejar que
guillotinen a un inocente. Búscate un guardián corso como defensor. Te diré su
nombre después de haberle consultado. Es preciso actuar con rapidez. No creo
que le rebanen el pescuezo, en seguida. Espera dos o tres días.
He hablado con el
vigilante Collona, que me da una idea fantástica: lo llevo al comandante y digo
que Garvel me ha pedido que lo defienda y que le acompañe a confesar, y yo le
he garantizado que, por este aspecto de nobleza era imposible que lo condenaran
a muerte, pero que, ¡dada la gravedad de su caso, debía esperar una condena a
perpetuidad!
Todo ha ido bien.
Garvel ha salvado al moreno, que ha sido puesto en seguida en libertad. Al
falso testigo acusador le ha caído un año de prisión. A Robert Garvel, la
perpetua.
Hace ya dos meses que
esto sucedió. Garvel me da el resto de la explicación sólo ahora, cuando todo
ha terminado. Girasolo era el hombre que, después de haberse enterado de los
detalles del complot de la revuelta en la que había aceptado tomar parte, denunció
a Arnaud, Hautin y Jean Carbonieri. Por suerte no conocía ningún nombre más.
Ante la enormidad de la
denuncia, los guardianes no le creyeron. Sin embargo, por precaución, enviaron
a San José a los tres presidiarios conjurados, sin decirles nada, ni tan
siquiera interrogarles.
—¿Qué razón diste,
Garvel, para explicar el asesinato?
—Que me había robado el
estuche. Que yo dormía frente a él, lo que era exacto, y que, por la noche, me
sacaba el estuche y lo escondía bajo la manta que me sirve de almohada. Una
noche, fui a las letrinas y, cuando regresé, el estuche había desaparecido. Y
por mis alrededores, sólo un hombre no dormía: Girasolo. Los guardianes
creyeron mí explicación, y ni siquiera me hablaron de que había denunciado una
revuelta verosímil.
—¡Papillon! ¡Papillon!
—gritan en el patio—. ¡Se le busca!
—Presente.
—Recoja sus efectos
personales. Le han destinado a San José.
—¡Mierda!
En Francia, acaba de
estallar la guerra. Con ella, ha venido un nuevo reglamento: los jefes de
servicio responsables de una evasión serán destituidos. Los deportados que sean
detenidos en intento de evasión, serán condenados a muerte. Se considerará que la
evasión está motivada por el deseo de unirse a las Fuerzas francesas libres que
traicionan a la Patria. Se tolera todo, menos la evasión.
El comandante Prouillet
hace ya más de dos meses que partió. A este nuevo no lo conozco. No hay nada
que hacer. He dicho adiós a mis amigos. A las ocho, tomo la embarcación que
debe conducirme a San José.
El papá de Lísette ya
no está en el campamento de San José. Partió hacia Cayena con su familia la
semana anterior. El comandante de San José se llama Dutain y es de El Havre. Me
recibe. Llego solo, por supuesto, y soy entregado en el muelle al guardián de
servicio por el jefe de vigilantes de la chalupa, con algunos papeles que me
acompañan.
—¿Es usted Papillon?
—Sí, comandante.
—Es usted un personaje
curioso —me dice, hojeando mis papeles.
—¿Por qué soy tan
curioso?
—Porque, por un lado,
está usted clasificado como peligroso desde todos los puntos de vista, sobre
todo por una nota escrita con tinta roja: "En constante estado de
preparación de fuga", pero, luego, una adición: "Intentó salvar a la
hija del comandante de San José en medio de los tiburones." Yo tengo dos
hijitas, Papillon; ¿quiere usted verlas?
Llama a las crías, de
tres a cinco años, muy rubias ellas, que entran en su despacho acompañadas por
un joven árabe vestido de blanco, y por una mujer morena, muy hermosa.
—Querida,¿ves a este
hombre? Es el que trató de salvar a tu ahijada, Lisette.
—¡Oh! Déjeme
estrecharle la mano —,dice la joven.
Estrecharle la mano a
un presidiario es el mayor honor que puede hacérsele. jamás se da la mano a un
condenado a trabajos forzados. Me conmueven su espontaneidad y su gesto.
—Sí, yo soy la madrina
de Lisette. Estamos muy vinculados con los Grandoit. ¿Qué vas a hacer por él,
querido?
—Primero, va al
campamento. Después, tú me dirás qué destino quieres que le dé.
—Gracias, comandante;
gracias, señora. ¿Pueden decirme el motivo de que me hayan enviado a San José?
Es casi un castigo.
—En mi opinión, no hay
ningún motivo. Simplemente, el nuevo comandante teme que te evadas.
—No anda equivocado.
—Además, han aumentado
los castigos contra los responsables de una evasión. Antes de la guerra, había
la posibilidad de perder un galón, pero, ahora, esto es seguro, aparte de otros
problemas. Por eso te ha mandado aquí. Prefiere que te vayas de San José, de
donde no es responsable, que de Royale, de donde sí lo es.
—¿Cuánto tiempo tiene
usted que quedarse aquí, comandante?
—Dieciocho meses.
—No puedo esperar tanto
tiempo, pero hallaré el medio de volver a Royale, para no ocasionarle en
absoluto ningún perjuicio.
—Gracias —dice la
mujer—. Me alegra saberle tan noble., Para cualquier cosa que necesite, venga
aquí con toda confianza. Tú, papá, da orden al puesto de guardia del campamento
para que se deje venir a Papillon a verme cuando lo pida.
—Sí, querida. Mohamed,
acompaña a Papillon al campamento, y tú escoge el barracón al que quieras
quedar afecto.
—Oh, para mí es fácil:
el de los peligrosos.
—No hay ninguna
dificultad en eso —dice, riendo el comandante.
Y llena un papel, que
extiende a Mohamed.
Abandono la casa, al
borde del muelle, que sirve de vivienda y de despacho al comandante, la antigua
casa de Lisette y, acompañado por el joven árabe, llego al campamento.
El jefe del puesto de
guardia es un viejo corso muy violento,! y asesino reconocido. Lo llaman
Filissari.
—Vaya, Papillon, de
manera que vienes aquí, ¿eh? Ya sabes que yo soy muy bueno o muy malo. Conmigo
no trates de evadirte, porque si fracasas, te mataré como a un conejo. Dentro
de dos años me retiro, así que éste no es el momento para que me ocurra un percance.
—Usted sabe bien que yo
soy amigo de todos los corsos. No voy a decirle que no pienso evadirme, pero,
si me evado, me las arreglaré para que sea a las horas en que no esté usted de
servicio.
—Así está bien,
Papillon. Entonces, no seremos enemigos. Los jóvenes, ya sabes, pueden soportar
mejor las complicaciones que ocasiona una evasión, en tanto que yo, ¡figúrate!
A mi edad y en vísperas del retiro. Bien, ¿has comprendido? Vete al barracón que
te han designado.
Ya estoy en el
campamento, en una sala exactamente igual que la de Royale, con cien o ciento
veinte detenidos. Allí están Pierrot el Loco, Hautin, Arnaud y Jean Carbonieri.
Lógicamente, debería colocarme junto a Jean, puesto que es el hermano de
Matthieu, pero Jean no tiene la clase de su hermano y, además, no me conviene,
a causa de su amistad con Hautin y Arnaud. Así, pues, me aparto de él, y me
instalo al lado de Carrier, el bordelés, llamado Pierrot el Loco.
La isla de San José es
más salvaje que Royale, y un poco más pequeña, aunque parece mayor porque es
más larga. El campamento se encuentra a media altura de la isla, que está
formada por dos mesetas superpuestas. En la primera, el campamento, y en la
meseta de arriba, la temible Reclusión. Entre paréntesis, los reclusos
continúan yendo a bañarse cada día una hora al mar. Esperemos que eso dure.
Cada mediodía, el árabe
que trabaja en casa del comandante me trae tres escudillas superpuestas
sostenidas por un hierro plano que termina en un puño de madera. Deja las tres
escudillas y se lleva las de la víspera. La madrina de Lisette me envía cada día
exactamente la misma comida que ha preparado para su familia.
El domingo he ido a
verla para darle las gracias. He pasado la tarde hablando con ella y jugando
con sus hijas. Al acariciar aquellas cabezas rubias, me digo que, algunas
veces, es difícil saber donde está nuestro deber. El peligro que pesa sobre la
cabeza de esta familia en el caso de que aquellos dos majaderos continúen con
las mismas ideas, es terrible. Tras la denuncia de Girasolo, en la que los
guardianes no creyeron, hasta el punto de que no los separaron, sino que tan
sólo se limitaron a enviarles a San José, si digo una palabra para que los
separen, confirmo la veracidad y la gravedad del primer chivatazo. Y entonces,
¿cuál sería la reacción de los guardianes? Será mejor que me calle.
Arnaud y Hautin casi no
me dirigen la palabra en el barracón.
Mejor, desde luego; nos
tratamos cortésmente, pero sin familiaridad. Jean Carbonieri no me habla; está
enfadado porque no me he puesto con él. Por mi parte, estoy en un grupo de
cuatro: Pierrot el Loco, Marquetti, segundo premio de Roma de violín, Y que a
Menudo toca horas enteras, lo que me produce melancolía, y Marsori, un corso de
Séte.
No he dicho nada a
nadie, y tengo la sensación de que aquí nadie está al corriente de la
preparación abortada de la revuelta de Royale. ¿Continúan con las mismas ideas?
Los tres trabajan en una penosa tarea. Es preciso arrastrar o, mejor, izar
grandes piedras con una correa. Estas piedras sirven para hacer una piscina en
el mar. A una gran piedra, bien rodeada de cadenas, se le ata otra cadena muy
larga, de quince a veinte metros, y, a derecha e izquierda, cada forzado, con
su correa pasada alrededor del busto y de los hombros, agarra con un gancho un
eslabón de la cadena. Entonces, a tirones, exactamente como las bestias,
arrastran la piedra hasta su destino. A pleno sol, es un trabajo muy penoso y,
sobre todo, deprimente.
Disparos de fusil,
disparos de mosquetón y disparos de revólver procedentes de la parte del
muelle. He comprendido que los locos han actuado. ¿Qué sucede? ¿Quién es el
vencedor? Sentado en la sala, no me muevo. Todos los presidiarios dicen:
—¡Es la revuelta!
—La revuelta? ¿Qué
revuelta?
Ostensiblemente,
procuro dar a entender que no sé nada.
Jean Carbonieri, quien
ese día no ha ido al trabajo, se me acerca, blanco como un muerto pese a que
tiene el rostro quemado por el sol. En voz baja, le oigo decir:
—Es la revuelta, Papi.
Fríamente, le digo:
—¿Qué revuelta? No
estoy al corriente.
Los disparos de
mosquetón continúan. Pierrot el Loco regresa corriendo a la sala.
—Es la revuelta, pero
creo que han fracasado. ¡Qué hatajo de cretinos! Papillon, saca tu cuchillo.
¡Al menos, matemos al mayor número posible antes de espicharla!
—¡Sí —repite
Carbonieri—, matemos al mayor número posible! Chissilia, saca una navaja de
afeitar. Todos tienen un cuchillo abierto en la mano. Les digo.
—No seáis estúpidos.
¿Cuántos somos?
—Nueve.
—Que siete arrojen sus
armas. El primero que amenace a un guardián, lo mato. No tengo interés en
dejarme matar a tiros en esta habitación, como un conejo. ¿Tú estás en el
golpe?
—No.
—¿Y tú?
—Tampoco.
—¿Y tú?
—Yo no sabía nada.
—Bien. Aquí, todos
somos hombres destacados, y nadie sabía nada de esta revuelta de lechuzos, ¿de
acuerdo?
sí.
—El que esté de acuerdo
debe comprender que, en cuanto reconozca haber sabido algo, será pasado por las
armas. Así, pues, el que sea lo bastante imbécil como para hablar, sepa que no
tiene nada que ganar. Echad vuestras armas a las letrinas, no tardarán en
llegar.
_¿Y si han ganado los
otros?
—Si han ganado los
otros, que se las arreglen para rematar su victoria con una fuga. Yo, a ese
precio, no quiero. ¿Y vosotros?
—Nosotros tampoco
—dicen, a la vez, los ocho, incluido Jean r Carbonieri.
Yo no he soplado
palabra de lo que sé, es decir, que desde el momento que los disparos cesaron,
los presidiarios habían perdido. En efecto, la matanza prevista no podría haber
concluido ya.
Los guardianes llegan
como locos empujando a garrotazos, a bastonazos, a puntapiés a los trabajadores
del acarreo de piedras. Les hacen entrar en el edificio de al lado,
apelotonados. Las guitarras, las mandolinas, los juegos de ajedrez y de damas,
las 15 lámparas, los banquillos, las botellas de aceite, el azúcar, el café, la
ropa blanca, todo es rabiosamente pisoteado, destruido y arrojado al exterior.
Se vengan con todo lo que no es reglamentario. .
Se oyen dos disparos,
seguramente de revólver.
Hay ocho barracones en
el campamento. En todos ocurre lo mismo y, de vez en cuando, llueven grandes
garrotazos. Un hombre sale en cueros corriendo hacia las celdas disciplinarias,
revolcándose literalmente a causa de los golpes de los guardianes encargados de
llevarlo al calabozo.
Han ido delante y a
nuestra derecha. En este momento se encuentran en el séptimo barracón. Sólo
queda el nuestro. Estamos los nueve, cada uno en su sitio. Ninguno de los que
trabajaban fuera ha regresado. Todos están quietos en su sitio correspondiente.
Nadie habla. Yo tengo la boca seca y pienso: "¡Con tal de que no haya
alguno que quiera aprovecharse de esta historia para cargárseme
impunemente!"
—Aquí están —dice
Carbonieri, muerto de miedo.
Más de veinte
guardianes se precipitan dentro, todos con mosquetones y revólveres dispuestos
para disparar.
—¡Cómo! —grita
Filissari—, ¿aún no estáis en cueros? ¿A qué esperáis, hatajo de carroñas? Os
fusilaremos a todos. Vamos, en cueros, que no tengamos que desnudaros cuando
seáis cadáveres.
—Monsieur Filissari…
—¡Cierra el pico,
Papillon! Aquí no hay perdón que valga. Lo que habéis maquinado es demasiado
grave. ¡Y en esta sala de peligrosos, seguramente que estabais todos metidos en
el ajo!
Los ojos se le salen de
las órbitas, están inyectados en sangre, tienen un resplandor mortífero que no
ofrece lugar a dudas.
—Tenemos derecho —dice
Pierrot.
Decido jugarme el todo
por el todo.
—Me sorprende que un
napoleonista como usted vaya a asesinar, no retiro la palabra, a unos
inocentes. ¿Quiere usted disparar? Pues bien, basta de discursos, no los
necesitamos para nada. ¡Tire, pero tire rápido, maldita sea! Te creía un
hombre, amigo Filissari, un verdadero napoleonista, pero me he equivocado.
Tanto peor. Mira, ni siquiera deseo verte cuando vayas a disparar, te vuelvo la
espalda. Volvedles todos la espalda, a estos sabuesos, para que no digan que
íbamos a atacarlos.
Y todo el mundo, como
un solo hombre, les presenta la espalda. Los guardianes quedan sorprendidos de
mi actitud, tanto más cuanto que (después se ha sabido) Filissari ha abatido a
dos desdichados en los otros barracones.
—¿Que más tienes que
decir, Papillon?
Siempre vuelto de
espalda, respondo:
—Este cuento de la
revuelta no me lo creo. ¿Una revuelta? ¿Para qué? ¿Para matar guardianes? ¿Y,
luego, huir? ¿Pero adónde? Yo tengo experiencia en evasiones, y vengo de muy
lejos, de Colombia. Por eso pregunto, ¿qué país concedería asilo a tales
asesinos? ¿Cómo se llama ese país? No seáis imbéciles; ningún hombre que se
respete puede estar mezclado en el golpe.
—Tú, quizá no. Pero, ¿y
Carbonieri? El sí lo está, seguro, porque, esta mañana, a Arnaud y Hautín les
ha sorprendido que se hiciera el enfermo para no acudir al trabajo.
—Puras suposiciones, se
lo aseguro. —Y me encaro con él. Enseguida lo comprenderá. Carbonieri es amigo
mío, conoce todos los detalles de mi evasión y no puede hacerse ilusiones;
sabe a qué atenerse
sobre el resultado final de una fuga tras una revuelta.
En este momento, llega
el comandante. Se queda fuera. Filissari sale y el comandante dice:
—¡Carbonieri!
—Presente.
al calabozo, sin
cebarse con él. Vigilante fulano de Tal, acompáñele. Salgan todos; que sólo se
queden aquí los jefes de vigilantes. Ocúpense de que regresen todos los de
portados que se hayan dispersado por la isla. No maten a nadie llévenlos a
todos, sin excepción, al campamento.
Entran en la sala el
comandante, el segundo comandante y Filissari, que regresa con cuatro
guardianes.
—Papillon, acaba de
suceder algo muy grave —dice el comandante—. Como comandante de la
penitenciaría, tengo una gran responsabilidad. Antes de tomar las disposiciones
oportunas, desearía recibir algunas informaciones. Sé que en un momento tan
crucial te hubieras negado a hablar conmigo en privado, por eso he venido aquí.
Han asesinado al vigilante Duclos. Después, han querido apoderarse de las armas
depositadas en mi casa, con lo que no hay duda de que se trataba de una
revuelta. Sólo tengo unos minutos. Confío en ti, Papillon. Quiero saber cuál es
tu opinión.
—Si hubiera habido una
revuelta, ¿por qué no íbamos a estar todos al corriente de ella? ¿Por qué no se
nos habría dicho nada? ¿Cuánta gente estaría comprometida? Estas tres preguntas
que le formulo, comandante, se las voy a contestar, pero, antes, es preciso que
diga usted cuántos hombres, después de haber matado al guardián, y de haberse
apoderado, como supongo, del arma de éste, se han movido.
—Tres.
—¿Quiénes son?
—Arnaud, Hautin y
Marceau.
—Comprendo. Entonces,
quiéralo o no, no ha habido revuelta.
—Mientes, Papillon
—dice Filissari—. Esta revuelta debía de hacerse en Royale, Girasolo la
denunció y nosotros no le creímos. Hoy, vemos que todo lo que dijo es verdad.
Así, pues, ¡juegas con dos barajas, Papillon!
—Pero, entonces, si
usted tiene razón yo soy un cerdo, y Pierrot el Loco también, y Carbonieri y
Galgani y todos los bandidos corsos de Royale y los hombres destacados. A pesar
de lo que ha sucedido no lo creo. Si hubiera habido una revuelta, los jefes seríamos
nosotros y no ellos.
—¿Qué quiere hacerme
creer? ¿Que nadie está comprometido aquí? Imposible.
—¿Qué acción han
emprendido los demás? ¿Alguno, aparte de esos tres locos, ha movido un dedo?
¿Se ha intentado siquiera tomar el puesto de guardia en el que se encuentran
cuatro vigilantes más el jefe, Monsieur Filissari, armados con mosquetones?
¿Cuántas embarcaciones hay en San José? Una sola chalupa. ¿Una chalupa para
seiscientos hombres? No somos imbéciles ¿verdad? Y, luego, matar para evadirse.
Aun admitiendo que veinte se marchen, es tanto como dejarse cazar y devolver en
el primer sitio de arribada. Comandante, yo no sé aún cuántos hombres han
matado sus subordinados o usted mismo, pero tengo casi la certidumbre de que
eran inocentes. Y ¿qué significa eso de rompernos las pocas cosas que tenemos?
Su cólera parece justificada, pero no olviden que el día que no permitan ya un
mínimo de vida agradable a los presidiarios, ese día sí puede estallar una
revuelta, la revuelta de los desesperados, la revuelta de un suicidio
colectivo; espicharla por espicharla, espichémosla todos juntos: guardianes y
condenados. Monsieur llutain, le he hablado con el corazón en la mano, porque
creo que se lo merece simplemente por haber venido a informarse antes de tomar
sus decisiones. Déjennos tranquilos.
—¿Y los que están
conjurados? —interviene de nuevo Filissari.
—Cuenta de ustedes es
descubrirlos. Nosotros no sabemos nada; a ese respecto, no podemos serles
útiles. Se lo repito: esta historia es una locura de lechuzos, y nosotros no
tenemos nada que ver con ella.
—Monsieur Filissari,
cuando los hombres entren en el barracón de los peligrosos, mande cerrar la
puerta hasta nueva orden. Dos vigilantes en la puerta, nada de cebarse en los
hombres y no destruir sus pertenencias. En marcha.
Y se va con los demás
guardianes.
¡Uf! ¡Qué peso nos
quitamos de encima! Al cerrar la puerta, Filissari me espeta:
—¡Has tenido suerte de
que yo sea napoleonista!
En menos de una hora,
casi todos los hombres que pertenecen a nuestro barracón han regresado. Faltan
dieciocho, y los guardianes advierten que, en su precipitación, los han
encerrado en otros barracones. Cuando se reúnen con nosotros, nos enteramos de
todo lo que ha pasado, pues estos hombres estaban trabajando cuando estalló la
revuelta.. Un ladrón estebanés me cuenta a media voz:
—Figúrate, Papi, que
habíamos arrastrado una piedra de casi una tonelada cerca de cuatrocientos
metros. El camino por el que Izamos la piedra no es demasiado acentuado y,
llegamos a un pozo que está, más o menos, a unos cincuenta metros de la casa
del comandante. Este pozo ha servido siempre para pararse y descansar. Está a
la sombra de los cocoteros, y a mitad de camino del trayecto que debe
recorrerse. Así, pues, nos detenemos como de costumbre, sacamos un gran cubo de
agua fresca del pozo y bebemos; otros mojan su pañuelo, para ponérselo en la
cabeza. Como la pausa es de unos diez minutos, el guardián se sienta, a su vez,
en el brocal del pozo. Se quita el casco, y está enjugándose la frente y el
cráneo con un pañuelo, cuando Arnaud se le acerca por detrás con un azadón en
la mano, sin levantarlo, lo que hace que nadie pueda advertir con un grito al
guardián. Levantar el azadón y golpear con el filo, justo en la mitad del
cráneo, no ha requerido más de un segundo. Con la cabeza partida en dos, el
guardián se ha desplomado sin un grito. En cuanto cae, Hautin, que está
colocado ante él con toda naturalidad, le arrebata el mosquetón y Marceau le
quita el cinto con su pistola. Con el arma en la mano, Marceau se vuelve hacia
todos los forzados y dice: "Es una revuelta. Los que estén con nosotros
que nos sigan." Ni uno solo de los llaveros se ha movido ni gritado, y ni
uno solo de los trabajadores ha manifestado la intención de seguirlos. Arnaud
nos ha mirado a todos continúa diciendo el estebanés— y nos ha dicho:
"¡Hatajo de cobardes! ¡Ya os enseñaremos lo que es ser hombres!"
Amaud toma de las manos de Hautin el mosquetón y ambos corren hacia la casa del
comandante. Marceau, tras haberse retirado un poco, se queda en el sitio.
Conserva la pistola en la mano y ordena: "No os mováis, no habléis, no
gritéis. ¡Vosotros, los llaveros, acostaos boca abajo." Desde donde yo
estaba, vi todo lo que pasó.
"Cuando Amaud sube
la escalera para entrar en casa del comandante, el árabe que trabaja allí abre
la puerta llevando a las dos niñitas, una de la mano y la otra en brazos.
Sorprendidos los dos, el árabe, con la niña en brazos, le larga un puntapié a
Arnaud. Este quiere matar al árabe, pero el chivo levanta en alto a la
criatura. Nadie grita. Ni el chivo ni los demás. Cuatro o cinco veces, el
mosquetón apunta desde diferentes ángulos al árabe. Cada vez, la niña es
colocada delante del cañón. Hautin agarra por el lado, sin subir la escalera,
el bajo del pantalón del árabe. Este va a caerse y, entonces, de un solo golpe,
lanza contra el mosquetón que sostiene Amaud, a la niña. Sorprendidos en
precario equilibrio en la escalera, Amaud, la niña y el árabe, empujado por la
pierna por Hautin, caen todos en un revoltillo. En este momento, se profieren
los primeros gritos, primero de las criaturas, después los del árabe, seguidos
por los insultos de Arnaud y Hautin. El árabe toma del suelo, más rápido que
éstos, el arma que había caído, pero la agarra sólo con la mano izquierda y por
el cañón. Hautin ha vuelto a sujetarle la pierna con las manos. Arnaud lo coge
del brazo derecho y le aplica una llave." El árabe arroja el mosquetón a
más de diez metros.
"En el momento en
que los tres echan a correr para apoderarse del arma, parte el primer disparo
del fusil, hecho por un guardián de un grupo de forzados que transporta hojas
secas. El comandante aparece en su ventana, y se pone a disparar, pero por miedo
de herir al chivo, tira hacia el lugar donde se halla el mosquetón. Hautin y
Arnaud escapan hacia el campamento por la carretera que bordea el mar,
perseguidos por los disparos de fusil. Hautin, con su pierna rígida, corre con
menos rapidez y es abatido antes de llegar al mar. Arnaud, por su parte, entra
en el agua, imagínate entre el sitio de bañarse que se está construyendo y la
piscina de los guardianes. Aquello está siempre infestado de tiburones. A
Arnaud le llueven los disparos, pues otro guardián ha acudido en ayuda del
comandante y de su compañero de las hojas secas. Está apostado tras una gran
piedra.
"—¡Ríndete
exclaman los guardianes— y salvarás la vida!
"—Jamás —responde
Arnaud—, prefiero que se me zampen los tiburones, así dejaré de ver vuestras
sucias jetas.
"Y se ha internado
en el mar, derecho hacia los tiburones. Debió de darle una bala, pues, por un
momento, se detiene. Pese a ello, los guardianes continúan disparando. Ha
proseguido caminando, sin nadar. Aún no había sumergido el torso, cuando lo han
atacado los tiburones. Se ha visto muy claramente cómo asestaba un puñetazo a
uno de ellos— que, medio salido del agua, se lanzaba sobre él. Luego, ha sido
literalmente descuartizado, pues los tiburones tiraban de todas partes sin
cortar los brazos ni las piernas. En menos de cinco minutos, había
desaparecido.
"Los guardianes
han hecho lo menos cien disparos de fusil sobre la masa que componían Arnaud y
los tiburones. Sólo uno de éstos ha sido muerto, pues ha ido a varar en la
playa con el vientre al aire. Como habían llegado guardianes de todos lados, Marceau
creyó salvar la piel arrojando la pistola al pozo, pero los árabes se han
levantado y, a bastonazos, a puntapiés y a puñadas, lo han empujado hacia los
guardianes, diciendo que estaba comprometido en el golpe. A pesar de que
sangraba por todas partes y tenía las manos en alto, los guardianes lo han
matado a tiros de pistola y de mosquetón y, para terminar, uno de ellos le ha
machacado la cabeza de un culatazo de mosquetón, del que se ha servido como si
fuera una maza, agarrándolo por el cañón.
"Sobre Hautin,
cada guardián ha vaciado el cargador. Eran treinta, a seis disparos cada uno.
Le han metido, muerto o vivo, casi ciento cincuenta balas. Los tipos a quienes
ha matado Filissari son hombres que, según los llaveros, en un principio se habían
movido para seguir a Arnaud y que luego se habían rajado. Pura mentira porque,
si tenía cómplices, nadie se ha movido.
Hace ya dos días que
estamos encerrados todos en las salas correspondientes a cada categoría. Nadie
sale al trabajo. A la puerta, los centinelas se relevan cada dos horas. Entre
los barracones, otros centinelas. Prohibido hablar de un barracón a otro. Prohibido
asomarse a las ventanas. Desde el pasillo que forman las dos hileras de
hamacas, puede verse, manteniéndose apartado, por la puerta enrejada, el patio.
Han venido guardianes de Royale como refuerzo. Ni un deportado está fuera, ni
un árabe llavero. Todo el mundo está encerrado. De vez en cuando, sin gritos y
sin golpes, se ve pasar a un hombre en cueros que, seguido de un guardián, se
dirige hacia las celdas disciplinarias. Desde las ventanas laterales, los
guardianes miran a menudo al interior de la sala. En la puerta, uno a la
derecha y otro a la izquierda, los dos centinelas. Su tiempo de guardia es
corto, dos horas, pero nunca se sientan y ni siquiera se colocan el arma en
bandolera: el mosquetón está apoyado en su brazo izquierdo, pronto para disparar.
Hemos decidido jugar al
póquer en grupos de cinco. Nada de marsellesa ni de grandes juegos en común,
porque eso hace demasiado ruido. Marquetti, que interpretaba al violín una
sonata de Beethoven, ha sido obligado a dejarlo.
—Para esa música;
nosotros, los guardianes, estamos de luto.
Una tensión poco común
reina no sólo en el barracón, sino en todo el campamento. Nada de café ni de
sopa. Un bollo de pan por la mañana, cornedbeel a mediodía, cornedbeel por la
noche: una lata por cada cuatro hombres. Como no nos han destruido nada, tenemos
café y víveres: mantequilla, aceite, harina, etcétera. Los otros barracones
carecen de todo. Cuando de las letrinas ha salido la humareda del fuego para
hacer el café, un guardián ha mandado apagarlo. Un viejo marsellés, presidiario
veterano a quien llaman Niston, es quien hace el café para venderlo. He tenido
los redaños de contestar al guardián:
—Si quieres que
apaguemos el fuego, entra a apagarlo tú mismo.
Entonces, el guardián
ha disparado varios tiros por la ventana. Café y fuego han sido dispersados
rápidamente.
Niston ha recibido un
balazo en la pierna. Todo el mundo está tan excitado, que ha habido quienes han
creído que empezaban a fusilarnos, y todos nos hemos echado al suelo, boca
abajo.
El jefe del puesto de
guardia, a esta hora, continúa siendo Filissari. Acude como un loco, acompañado
de sus cuatro guardianes. El que ha disparado se explica; es de Auvernia.
Filissari lo insulta en corso, y el otro, que no comprende nada, no sabe qué decir.
—No le entiendo.
Nos hemos echado en
nuestras hamacas. Niston sangra por la pierna.
—No digáis que estoy
herido; son capaces de acabar conmigo afuera.
Filissari se aproxima a
la reja. Marquetti le habla en corso.
—Haced vuestro café; lo
que acaba de suceder no se repetirá.
Y se va.
Niston ha tenido la
suerte de que la bala no le haya quedado en el interior: habiendo entrado por
la parte baja del músculo, ha vuelto a salir por la mitad de la pierna. Le
aplicamos un torniquete, la sangre cesa de manar y le ponemos una compresa de
vinagre.
—Papillon, salga.
Son las ocho, ya es de
noche.
No conozco al guardián
que me llama; debe de ser un bretón.
—¿Para qué habría de
salir, a estas horas? No tengo nada que hacer fuera.
—El comandante quiere
verle.
—Dígale que venga aquí.
Yo no salgo.
—¿Entonces, se niega?
—Sí, me niego.
Mis amigos me rodean.
Forman un círculo a mi alrededor. El guardián habla desde la puerta cerrada.
Marquetti se dirige a ella y dice:
—No dejaremos salir a
Papillon si no es en presencia del comandante.
—Pero él es
precisamente quien lo envía a buscar.
—Dígale que venga en
persona.
Una hora después, dos
jóvenes guardianes se presentan en la puerta. Van acompañados por el árabe que
trabaja en casa del comandante, la persona que lo ha salvado de una muerte
cierta y ha impedido la revuelta.
—Papillon, soy YO,
Mohamed. Vengo a buscarte; el comandante quiere verte; él no puede venir aquí.
Marquetti me dice:
—Papi, ese tipo está
armado con un mosquetón.
Entonces, salgo del
círculo de mis amigos y me aproximo a la puerta. En efecto, Mohamed lleva un
mosquetón bajo el brazo. Vivir Para ver: ¡Un Presidiario oficialmente armado de
un mosquetón!
—Ven —me dice el
árabe—, Estoy aquí para protegerte y defenderte si es necesario.
Pero yo no lo creo.
—¡Vamos, ven con
nosotros!
Salgo— Mohamed se
coloca a mi lado y los dos guardianes detrás. Voy a la comandancia. Al pasar
por el puesto de guardia, la salida del campamento, Filissari me dice:
—Papillon, espero que
no vayas a quejarte de mí.
—Yo Personalmente, no,
ni nadie del barracón de los peligrosos. De otro sitio, no lo sé.
Bajamos a la
comandancia. La casa y el muelle están iluminados por lámparas de carburo que
intentan expandir luz alrededor sin conseguirlo. Por el. camino, Mohamed me ha
dado un Paquete de "Gauloises". Al entrar en la sala fuertemente
iluminada por dos lámparas de carburo, encuentro sentado al comandante de
Royale, al segundo comandante, al comandante de san José, al de la Reclusión y
al segundo comandante de San José.
Afuera, he advertido,
vigilados por guardianes, a cuatro árabes. He reconocido a dos que pertenecían
al grupo de trabajo en cuestión.
—Aquí está Papillon,
—dice el árabe.
—Buenas noches,
Papillon —dice el comandante de San José.
—Buenas noches.
—Siéntate ahí, en esa
silla.
Estoy de cara a todos.
La puerta de la sala está abierta a la cocina, desde donde la madrina de
Lisette me hace un signo amistoso.
—Papillon, —dice el
comandante de Royale—, el comandante Dutain le considera a usted un hombre
digno de confianza, enaltecido por la tentativa de salvamento de la ahijada de
su esposa. YO sólo le conozco por sus notas oficiales, que lo presentan como
muy peligroso desde todos los puntos de vista. Debes olvidar esas notas y creer
a mi colega Dutain. Veamos. Seguramente, vendrá una comisión para investigar, y
todos los deportados de todas las categorías van a tener que declarar cuanto
saben. Es cierto que usted y algunos otros tienen gran influencia sobre todos
los condenados, y que éstos seguirán al pie de la letra sus instrucciones.
Hemos querido saber la opinión de usted sobre la revuelta y también si, más o
menos, prevé lo que, en este momento, y en primer lugar su barracón y después
los otros, podrían declarar.
—Yo no tengo nada que
decir ni que influir en lo que digan los demás. Pero si la comisión viene para
realizar de veras una investigación, con la atmósfera actual, puedo asegurarles
que todos ustedes están destituidos.
—¿Qué dices, Papillon?
Mis colegas de San José y yo hemos contenido la revuelta.
—Tal vez usted pudiera
salvarse, pero no los jefes de Royale.
—¡Explíquese!
Y los dos comandantes
de Royale se levantan y, luego, se sientan de nuevo.
—Si continúan hablando
oficialmente de revuelta, todos ustedes están perdidos. Si quieren aceptar mis
condiciones los salvo a todos, menos a Filissari.
—¿Qué condiciones?
—En primer lugar, que
la vida vuelva a su curso habitual, inmediatamente, a partir de mañana por la
mañana. Sólo si podemos hablar entre nosotros podemos influir en todo el mundo
acerca de lo que debe declararse ante la comisión. ¿Está claro?
—Sí —,dice Dutain—.
Pero, ¿por qué debemos ser salvados?
—Ustedes, los de
Royale, no son sólo los jefes de Royale, sino de las tres islas.
—Sí.
—Pues bien; ustedes
recibieron una denuncia de Girasolo chivándoles que preparaban una revuelta.
Los jefes eran Hautin y Arnaud.
—También Carbonieri
—añade el guardián.
—No, eso no es verdad.
Carbonieri era enemigo personal de Girasolo desde Marsella, y lo añadió
arbitrariamente al golpe. Como fuere, ustedes no creyeron en la revuelta. ¿Por
qué? Porque les dijo que esa revuelta tenía como objetivo matar a mujeres y
niños, a árabes y a guardianes, cosa que parecía inverosímil. Por otra parte,
había la cuestión de dos chalupas para ochocientos hombres en Royale, y una
para seiscientos en San José. Ningún hombre sensato podía aceptar participar en
semejante golpe.
—¿Cómo sabes todo eso?
—Es cuenta mía, pero si
continúan ustedes hablando de revuelta, aunque me hicieran desaparecer, y aún
más si lo hacen, todo esto se dirá y se probará. La responsabilidad, pues,
corresponde a Royale, que envió a esos hombres a San José, pero sin separarlos.
La decisión lógica, que hace que si la investigación lo descubre, no puedan
ustedes escapar de recibir graves sanciones, era enviar a uno a la isla del
Diablo y al otro, a San José, aunque reconozco que era difícil admitir esa
historia de locos. Si hablan de revuelta, lo repito de nuevo, se pierden
ustedes mismos. En cambio, si aceptan mis condiciones, yo me las arreglaré para
que todo el mundo declare que Arnaud, Hautin y Marceau han actuado para causar
el mayor daño posible antes de morir. He aquí las condiciones: primero, como ya
les he dicho, que, desde mañana, la vida recupere su normalidad; segundo, que
todos los hombres confinados en celdas bajo sospecha de estar conjurados salgan
en seguida, y que no sean sometidos a un interrogatorio acerca de su posible
complicidad en la revuelta, puesto que ésta no existe; tercero que, cuanto
antes, se envíe a Filissari a Royale, en primer lugar, por su seguridad
personal, porque, si no ha habido revuelta, ¿cómo justificar el asesinato de
tres hombres?, y, luego, porque ese vigilante es un abyecto asesino, y cuando
actuó en el momento del incidente, tenía un miedo horrible, quería matar a todo
el mundo, comprendidos nosotros, en el barracón. Lo que han hecho Arnaud y los
otros era imprevisible. No tenían cómplices ni confidentes. Según opinan todos,
eran unos botarates que habían decidido suicidarse de esa manera: matar al
mayor número posible de personas antes de ser muertos ellos mismos, que es lo
que debían buscar. Si ustedes quieren, me retiraré a la cocina y, así, podrán
deliberar para darme su respuesta.
Entro en la cocina y
cierro la puerta. Madame Dutain me estrecha la mano y me da café y coñac.
Mohamed dice:
—¿Has dicho algo en mi
favor?
—Eso concierne al
comandante. Desde el momento que te ha armado, es que tiene la intención de
eximirte.
La madrina de Lisette
me dice bajito:
—¡Vaya! Esos de Royale
ya tienen lo suyo.
—¡Pardiez! Para ellos
era demasiado fácil admitir una revuelta en San José, donde todo el mundo debía
saberlo menos su marido.
—Papillon, lo he oído
todo y en seguida he comprendido que quería usted favorecernos.
—Es verdad, Madame
Dutain.
Se abre la puerta.
—Papillon, pasa —dice
un guardián.
—Siéntese, Papillon
dice el comandante de Royale—. Después de haber discutido el asunto, hemos
concluido por unanimidad que usted, ciertamente, tenía razón. No ha habido
revuelta. Esos tres deportados habían decidido suicidarse matando antes a la
mayor cantidad posible de personas. Así, pues, mañana la vida volverá a empezar
como antes. Monsieur Filissari será trasladado esta misma noche a Royale. Su
caso nos incumbe, y sobre él no le pido ninguna colaboración. Contamos con que
usted mantenga su palabra.
—Cuenten con ella.
Hasta la vista.
—Mohamed y ustedes dos,
señores vigilantes, devuelvan a Papillon a su barracón. Hagan venir a Monsieur
Filissari; parte con nosotros hacia Royale.
Por el camino, le digo
a Mohamed que deseo que salga en libertad. Me da las gracias.
—Así, pues, ¿qué
querían de ti los guardianes?
En un silencio
absoluto, cuento en voz alta, exactamente, palabra por palabra, todo lo que ha
pasado.
—Si hay alguien que no
esté de acuerdo o crea poder criticar el arreglo al que he llegado con los
guardianes en nombre de todos, que lo diga.
Unánimemente, están
todos de acuerdo.
—¿Piensas que te han
creído eso de que nadie más estaba comprometido?
—No, pero si no quieren
saltar, deben creerlo. Y nosotros, si no queremos meternos en líos, también
debemos creerlo.
Esta mañana, a las
siete, se han vaciado todas las celdas del cuartel disciplinario. Había más de
ciento veinte detenidos. Nadie ha salido al trabajo, pero todos los barracones
se han abierto, y el patio está lleno de presidiarios que, con toda libertad,
hablan, fuman y toman el sol o descansan a la sombra a su antojo. Niston ha
sido trasladado al hospital. Carbonieri me dice que habían puesto un letrero
—"Sospechoso de estar comprometido en la revuelta" en no menos de
cien puertas de las celdas.
Ahora que estamos todos
reunidos, nos enteramos de la verdad. Filissari no ha matado más que a un
hombre; los otros dos han sido muertos por dos guardianes jóvenes amenazados
por individuos que, acorralados y creyendo que iban a eliminarlos, cargaban con
sus cuchillos tratando de liquidar, al menos, a un vigilante antes de morir. He
aquí como una verdadera revuelta que, por suerte, ha fracasado en su inicio, se
ha transformado en un original suicidio de tres presos, tesis oficialmente
aceptada por todo el mundo: Administración y condenados. De ello ha quedado una
leyenda o una historia verdadera, no lo sé demasiado, comprendida entre esas
dos palabras.
Al parecer, el entierro
de los tres muertos en el campamento más Hautin y Marceau, se ha efectuado de
la forma siguiente: como sólo hay una caja—ataúd con trampilla para arrojar los
cadáveres al mar, los guardianes los han echado todos al fondo de una canoa, y
los cinco a la vez, han sido lanzados a los tiburones. Se calculó la operación
pensando que los últimos tendrían, así, tiempo de hundirse con sus piedras
atadas a los pies, mientras sus amigos eran devorados por los escualos. Me han
contado que ninguno de los cadáveres ha podido desaparecer en el mar, y que los
cinco, a la caída de la noche, han danzado un ballet de lienzo blanco, como
verdaderas marionetas animadas por el hocico o las colas de los tiburones en
este festín, digno de Nabucodonosor. Los guardianes y los barqueros huyeron
ante tanto horror.
Ha venido una comisión
y ha permanecido casi cinco días en San José y dos en Royale. No he sido
interrogado de manera especial, sino que he pasado ante ella como los otros.
Por el comandante Dutain, he sabido que todo se ha desarrollado muy bien. A
Filissari se le ha dado permiso hasta su retiro, así que no regresará ya más.
Mohamed, como recompensa, ha sido redimido de toda su condena. El comandante
Dutain ha conseguido un galón más.
Como siempre hay
descontentos, un bordelés me preguntó ayer:
—¿Y qué hemos ganado
nosotros, sacándoles las castañas del fuego a los guardianes?
Miro al tipo que ha
dicho esto y le contesto:
—No gran cosa:
cincuenta o sesenta hombres no cumplirán cinco años de reclusión por
complicidad. ¿Te parece poco?
Esta tempestad se ha
calmado felizmente. Una especie de tácita complicidad entre vigilantes y
presidiarios ha desconcertado por completo a la famosa comisión de
investigación que, tal vez, no pretendía más que eso: que todo se arreglara de
la mejor manera posible.
Yo, personalmente, no
he ganado ni perdido nada, aparte de que mis camaradas me están agradecidos por
no haber tenido que sufrir una disciplina más dura. Al contrario, incluso se ha
suprimido el acarreo de piedras. Esta horrible tarea ha sido abolida. Los
búfalos son ahora los encargados de arrastrarlas, los presidiarios sólo deben
colocarlas en su sitio.
Carbonieri ha regresado
a la panadería. Yo trato de regresar a Royale. En efecto, aquí no hay taller,
es imposible, pues, hacer una balsa.
La subida de Pétain al
Gobierno ha agravado las relaciones entre deportados y vigilantes. Todo el
personal de la Administración declara muy alto que es "pétainista",
hasta el punto de que un guardián normando me decía:
—¿Quiere que le diga
una cosa, Papillon? Yo nunca he sido republicano.
En las Islas, nadie
tiene radio y no llegan las noticias. Por otra parte, se dice que, en la
Martinica y en Guadalupe aprovisionamos a los submarinos alemanes. Es como para
no entender nada. Las controversias son continuas.
—¡Mierda! ¿Quieres que
te lo diga, Papi? Ahora es cuando hay que hacer la revuelta, para entregar las
Islas a los franceses de De Gaulle.
—¿Tú crees que el Gran
Charlot necesita el presidio? ¿Para hacer qué?
—¡Ah, para conseguir de
dos mil a tres mil hombres!
—¿Leprosos, chochos,
tuberculosos, enfermos de disentería? ¡Estás de broma! No es ningún tonto ese
tipo, para complicarse la vida con presidiarios.
—¿Y los dos mil sanos
que quedan?
—Eso Ya es otro cantar.
Pero por el hecho de ser hombres, no significa que sirvan para pegar tiros.
<!Te crees que la guerra es como un atraco a mano armada? Un golpe dura diez
minutos; la guerra, años. Para ser un buen soldado, es preciso tener la fe del
patriota. Os guste o no, yo no veo aquí a un solo tipo capaz de dar su vida por
Francia.
—¿Y por qué habríamos
de dársela, después de todo lo que nos ha hecho?
—Entonces, ya veis que
tengo razón. Por suerte, ese charlatán de Charlot cuenta con otros hombres,
para hacer la guerra.
Y, sin embargo, ¡decir
que esos cochinos de alemanes están en nuestra casa! Todos los guardianes de
aquí, sin excepción, declaran estar con Pétain.
El conde De Bérac dice:
—Sería una manera de
redimirse.
Y, entonces, ocurre el
fenómeno siguiente: nunca, antes, un preso hablaba de redimirse. Y he aquí que
ahora, todo el mundo, hombres del hampa y cabritos, todos esos pobres
condenados, ven brillar un rayo de esperanza.
—¿Hacemos esa revuelta
para incorporarnos a las órdenes De Gaulle, Papillon?
—Lo siento mucho, pero
yo no tengo por qué redimirme a los ojos de nadie. La justicia francesa y su
capítulo "rehabilitación" me los paso por el culo. YO mismo me
"rehabilitaré". Mi deber es fugarme y, una vez libre, ser un hombre
normal que viva en una sociedad sin ser un peligro para ella. No creo que un
presidiario pueda probar otra cosa de otro modo. Estoy dispuesto a cualquier
acción con tal de darme el piro. No me interesa entregarle las Islas al Gran
Charlot, y estoy seguro de que tampoco a él le interesa. Por otra parte, si
empleáis esta artimaña, ¿sabéis lo que dirán los peces más gordos? Que os
habéis apoderado de las Islas para ser libres vosotros, no para hacer un gesto
a favor de la Francia libre. Y, luego, ¿sabéis acaso quién tiene razón? ¿De
Gaulle o Pétain? Yo no sé absolutamente nada. Sufro como un pobre porque mi
país está invadido, pienso en los míos, en mis padres— en mis hermanas, en mis
sobrinas.
—Desde luego, hace
falta ser idiotas para preocuparnos tanto por una sociedad que no ha tenido
ninguna piedad de nosotros.
—Sin embargo, es
normal, porque la bofia y el aparato judicial francés, y esos gendarmes y estos
guardianes no son Francia. Es una clase aparte, compuesta por personas de
mentalidad completamente distorsionada. ¿Cuántas de esas personas están hoy
dispuestas a convertirse en servidores de los alemanes? ¿Qué te apuestas a que
la Policía francesa detiene a compatriotas y los entrega a las autoridades
alemanas? Bien. Yo digo y repito que no intervendré en una revuelta, cualquiera
que sea el motivo. Sólo correré el riesgo de una fuga, pero ¿qué fuga?
Se producen discusiones
muy serias entre diversos clanes.
Unos están en favor de
De Gaulle, y los otros, de Pétain. En el fondo, no se sabe nada, pues, como he
dicho, no hay un receptor de radio ni entre los vigilantes ni entre los
deportados. Las noticias llegan por las embarcaciones que pasan y nos traen un
poco de harina, de legumbres secas y de arroz. Para nosotros, la guerra, vista
desde tan lejos, es difícil de comprender.
Al parecer, ha llegado
a Saint-Laurent-du-Maroni un reclutador para las Fuerzas libres. Los presos no
saben nada, excepto que los alemanes ocupan toda Francia.
Un incidente divertido:
un cura ha venido a Royale y ha predicado después de la misa. Ha dicho:
—Si las Islas son
atacadas, se os darán armas para ayudar a los vigilantes a defender el
territorio de Francia.
Tal como lo digo. Tenía
gracia, ese cura. ¡Y en verdad que debía tener una pobre opinión de nosotros!
¡Ir a pedir a los prisioneros que defiendan su celda! ¡Lo que nos quedaba por
ver a los duros!
La guerra, para
nosotros, se traduce en eso: doble efectivo de sabuesos, desde el simple
guardián al comandante y al jefe de vigilantes; muchos inspectores, algunos de
los cuales tienen un acento alemán o alsaciano muy pronunciado; muy poco pan;
toca a cuatrocientos gramos por cabeza; muy poca carne.
En una palabra, —lo
único que ha aumentado es el precio de una evasión fallida: condena a muerte y
ejecución inmediata. Porque a la acusación de evasión se añade: "Ha
intentado pasar a las órdenes de los enemigos de Francia."
Hace casi cuatro meses
que estoy en Royale. Me he ganado un gran amigo: el doctor Germain Guibert. Su
esposa, una dama excepcional, me ha pedido que le haga un huertecillo para
ayudarla a vivir en este régimen de escasez. Le he plantado un huerto con ensaladas,
rábanos, alubias verdes, tomates y berenjenas. Está encantada y me trata como a
un buen amigo.
Ese doctor nunca ha
estrechado la mano a un vigilante, cualquiera que sea su grado, pero sí, y muy
a menudo, a mí y a ciertos presidiarios a quienes había aprendido a conocer y a
estimar.
Una vez recobrada la
libertad, he tomado contacto de nuevo con el doctor Germain Guibert, a través
del doctor Rosemberg. Me ha enviado una foto de él y de su esposa en la
Canebiére, Marsella. Regresaba de Marruecos y me felicitaba al saberme libre y
feliz. Murió en Indochina al tratar de salvar a un herido que se había
rezagado. Era un ser excepcional, y su mujer era digna de él. Cuando fui a
Francia, en 1967, tuve deseos de ir a verla. Renuncié, porque había cesado de
escribirme después de que yo le pidiera una declaración en mí favor, cosa que
hizo. Pero, desde entonces, no volvió a enviarme noticias. No conozco la causa
de este silencio, pero conservo en mi alma, por ambos cónyuges, el más alto
reconocimiento por la manera como me trataron en su hogar, en Royale.
Algunos meses después,
he podido regresar a Royale.
NOVENO CUADERNO. SAN
JOSÉ
Muerte de Carbonieri
Ayer, mi amigo Matthieu
Carbonieri recibió una cuchillada en pleno corazón. Este crimen va a
desencadenar una serie de asesinatos. Carbonieri estaba en el lavadero,
completamente desnudo, y recibió la cuchillada cuando tenía la cara llena de
jabón. Siempre que nos duchamos, tenemos la costumbre de abrir la navaja y
dejarla bajo la ropa, a fin de tener tiempo de echar mano de ella si se acerca
algún supuesto enemigo. No haber tenido esa precaución, a Carbonieri le ha
costado la vida. A mi compañero lo ha matado un armenio, un verdadero rufián.
Con la autorización del
comandante, y ayudado por otro compañero, yo mismo he bajado a mi amigo hasta
el muelle. Como el cuerpo pesaba, al descender por la costa, he tenido que
pararme tres veces a descansar. He hecho que le atasen los pies con una gran piedra
y, en vez de cuerda, he usado alambre. Así, los tiburones, no podrán cortarlo y
el cadáver se sumergirá en el mar sin que hayan podido devorarlo.
Suena la campana y
llegamos al muelle. Son las seis de la tarde. El sol se pone en el horizonte.
Montamos en la canoa. En la famosa caja, que sirve para todo el mundo, con la
tapadera echada, Matthieu duerme el sueño eterno. Para él todo se acabó.
—¡Prepárate para
tirarlo! —grita el guardián que va al timón.
En menos de diez
minutos hemos llegado a la corriente que forma el canal entre Royale y San
José. Y, entonces, de súbito, se me hace un nudo en la garganta. Decenas de
aletas de tiburones sobresalen del agua, evolucionando velozmente en un espacio
restringido de menos de cuatrocientos metros. Ya están aquí los devoradores de
presidiarios; han acudido a la cita a su hora y en el lugar exacto.
Que el buen Dios haga
que los escualos no tengan tiempo de atrapar a mi amigo. Levantamos los remos
en señal de despedida. Alzamos la caja. Enrollado en sacos de harina el cuerpo
de Matthieu resbala, arrastrado por el peso de la gran piedra, y en seguida
toca agua.
¡Horror! Apenas se ha
sumergido en el mar, cuando creo que ya ha desaparecido para siempre, vuelve a
la superficie echado por los aires por, ¡yo qué sé!, siete, diez o veinte
tiburones, ¿quién puede saberlo? Antes de que la canoa se retire, los sacos de harina
que envuelven el cuerpo han sido arrancados y, entonces, sucede una cosa
inexplicable. Matthieu aparece unos dos o tres segundos de pie sobre el agua.
Le ha sido amputado ya la mitad del antebrazo derecho. Con la mitad del cuerpo
fuera del agua, avanza en derechura hacia la canoa y, luego, en medio de un
remolino más fuerte, desaparece definitivamente. Los tiburones han pasado por
debajo de nuestra canoa, y un hombre ha estado a punto de perder el equilibrio
y caerse al agua.
Todos, incluidos los
guardianes, están petrificados. Por primera vez he tenido deseos de morir. Ha
faltado poco para que me arrojara a los tiburones con el fin de desaparecer
para siempre de este infierno.
Lentamente, subo del
muelle al campamento. No me acompaña nadie. Me he echado las parihuelas al
hombro y llego al rellano donde mi búfalo Brutus atacó a Danton. Me detengo y
me siento. Ha caído la noche, aunque son sólo las siete. Al oeste, el cielo
aparece ligeramente aclarado por algunas lenguas de sol; éste ha desaparecido
por el horizonte. El resto está negro, agujereado a intervalos por el pincel
del faro de la isla. Estoy muy afligido.
¡Mierda! ¿No has
querido ver un entierro y, por añadidura, el de tu compañero? Pues bien; lo has
visto. ¡Y de qué modo! ¡La campana y todo lo demás! ¿Estás contento? Tu maldita
curiosidad ha quedado saciada.
Queda por despachar al
tipo que ha matado a tu amigo. ¿Cuándo? ¿Esta noche? ¿Por qué esta noche? Es
demasiado pronto, y ese tipo estará a la expectativa. En su chabola son diez.
No conviene precipitarse. Veamos. ¿Con cuántos hombres puedo contar? Cuatro y
yo: cinco. Está bien. Liquidaremos a ese tipo. Sí, y si es posible, me marcharé
a la isla del Diablo. Allá, no se necesita balsa, ni hay que preparar nada. Dos
sacos de cocos y me echo al mar. La distancia hasta la costa es relativamente
corta: cuarenta kilómetros en línea recta. Con las olas, los vientos y las
mareas deben convertirse en ciento veinte kilómetros. Será simple cuestión de
resistencia. Soy fuerte, y dos días en el mar, a caballo de mis sacos, debo
poder aguantarlos.
Tomo las parihuelas y
subo al campamento. Cuando llego a la puerta, me registran, cosa
extraordinaria, pues no sucede nunca. El guardián en persona me quita la
navaja.
—¿Quiere usted que me
maten? ¿Por qué me desarma? ¿Sabe que, haciendo eso, me envía a la muerte? Si
me matan será por su culpa.
Nadie contesta, ni los
guardianes, ni los llaveros árabes. Se abre la puerta y entro en la cabaña.
"Aquí no se ve nada. ¿Por qué hay una lámpara en vez de tres?"
—Papi, ven por aquí.
Grandet me tira de la
manga. En la sala no hay demasiado ruido. Se nota que algo grave va a suceder o
ha sucedido ya.
—No tengo mi navaja. Me
la han quitado en el registro.
—Esta noche no la
necesitarás.
—¿Por qué?
—El armenio y su amigo
están en las letrinas.
—¿Y qué hacen allí?
—Están muertos.
—¿Quién se los ha cargado?
—Yo.
—¡Qué rapidez! ¿Y los
otros?
—Quedan cuatro de su
chabola. Paulo me ha dado su palabra de honor de que no se moverían y te
esperarían para saber si estás de acuerdo en que el asunto se detenga ahí.
—Dame una navaja.
—Toma la mía. Me quedo
en este rincón; ve a hablar con ellos.
Avanzo hacia su
chabola. Mis ojos se han acostumbrado ya a la poca luz. Al fin, alcanzo a
distinguir el grupo. En efecto, los cuatro están de pie delante de su hamaca,
apretujados.
—Paulo, ¿quieres
hablarme?
—Sí.
—¿A solas o delante de
tus amigos? ¿Qué quieres de mí? Dejo prudentemente un metro cincuenta entre
ellos y yo. Mi navaja está abierta dentro de mi manga derecha, y el mango bien
situado en el hueco de mi mano.
—Quería decirte que tu
amigo, creo yo, ha sido suficientemente vengado. Tú has perdido a tu mejor
amigo, y nosotros, a dos. En mi opinión, esto debería detenerse aquí. ¿Qué
opinas tú?
—Paulo, tomo nota de tu
oferta. Lo que podríamos hacer si estáis de acuerdo, es que las dos chabolas se
comprometan a no hacer nada durante ocho días. De aquí a entonces, ya se verá
lo que debe hacerse. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
Y me retiro.
—¿Qué han dicho?
—Que creían que
Mathieu, con la muerte del armenio y de Sans Soud, había sido suficientemente
vengado.
—No —dice Galgani.
Grandet no dice nada.
Jean Castellí y Louis Gravon están de acuerdo en hacer un pacto de paz.
—¿Y tú, Papi?
—En primer lugar,
¿quién ha matado a Matthieu? El armenio. Bien. Yo he propuesto un acuerdo. He
dado mi palabra, y ellos, la suya, de que durante ocho días nadie se moverá.
—¿No quieres vengar a
Matthieu? —pregunta Galgani.
—Muchacho, Matthieu ya
está vengado. Han muerto dos por el. ¿Para qué matar a los otros?
—¿Se limitaban a estar
al corriente? Eso es lo que hay que saber.
—Buenas noches a todos.
Perdonadme. Voy a dormir, si puedo.
Al menos, tengo
necesidad de estar solo y me tiendo en mi hamaca. Siento una mano que se
desliza sobre mí y me quita suavemente la navaja. Una voz cuchichea en la
noche:
—Duerme, si puedes,
Papi, duerme tranquilo. Nosotros, de todas formas, por turno, montaremos
guardia.
La muerte de mi amigo,
tan brutal y repugnante, carece de motivo serio. El armenio lo ha matado
porque, por la noche, jugando, le había obligado a pagar un envite de ciento
setenta francos. Ese so cretino se sintió disminuido porque le habían obligado
a humillarse delante de treinta o cuarenta jugadores. Cogido en sandwich entre
Matthieu y Grandet, no había más remedio que obedecer.
Cobardemente, mata a un
hombre que, en su ambiente, era el prototipo del aventurero auténtico. Este
golpe me ha afectado mucho, y no tengo más satisfacción que la de que los
asesinos sólo hayan sobrevivido a su crimen unas horas. Es bien poca cosa.
Grandet, como un tigre,
con una velocidad digna de un campeón de esgrima, ha atravesado el cuello de
cada uno de ellos. antes de que tuvieran tiempo de ponerse en guardia, Me
imagino que el lugar donde han caído debe de estar inundado de sangre. Estúpidamente,
pienso: "Tengo ganas de preguntar quién los ha tirado en las
letrinas." Pero no quiero hablar. Con los párpados cerrados, veo ponerse
el sol trágicamente rojo y violeta, iluminando con sus últimos fulgores aquella
escena dantesca: los tiburones disputándose a mi amigo… ¡Y aquel cuerpo de pie,
con el antebrazo ya amputado, avanzando hacia la canoa … ! Era verdad, pues,
que la campana llama a los tiburones y que los muy asquerosos saben que se les
va a servir la pitanza cuando aquélla suena… Aún veo aquellas decenas de
aletas, con lúgubres reflejos argentados, deslizarse como submarinos, virando
en redondo… De veras que eran más de cien… Para él, para mi amigo, todo se
acabó: el camino de la podredumbre ha concluido su trabajo hasta el fin.
¡Espicharla de una
cuchillada por una bagatela a los cuarenta años! ¡Pobre amigo mío! Yo ya no
puedo más. No. No. No. Deseo que los tiburones me digieran, pero vivo, mientras
arriesgo mí libertad, sin sacos de harina, sin piedra, sin cuerda. Sin espectadores,
ni forzados, ni guardianes. Sin campana. Si igualmente tienen que zamparme,
¡pues bien!, que me zampen vivo, luchando contra los elementos para tratar de
alcanzar Tierra Grande.
Se acabó. Basta ya de
fugas bien planeadas. Isla del Diablo, dos sacos de cocos y ahuecas el ala, sin
más, a la buena de Dios.
Después de todo, será
sólo cuestión de resistencia física. ¿Cuarenta y ocho o sesenta horas? ¿Acaso
un tiempo tan largo de inmersión en el agua del mar, unido al esfuerzo de los
músculos de los muslos contraídos entre los sacos de cocos, no me paralizará
las piernas en un momento dado? Si tengo la suerte de poder ir a la isla del
Diablo, haré probaturas. Lo primero es salir de Royale e ir a la isla del
Diablo. Luego, ya veremos.
—¿Duermes, Papi?
—No.
—¿Quieres un poco de
café?
—Está bien.
Y me siento en mi
hamaca y acepto el cuartillo de café caliente que me tiende Grandet, con un
"Gouloise" encendido.
—¿Qué hora es?
—La una de la
madrugada. He relevado la guardia a medianoche, pero como veía que seguías
moviéndote, he pensado que no dormías.
—Tienes razón. La
muerte de Matthieu me ha trastornado, pero su entierro en donde están los
tiburones me ha afectado más aún. Ha sido horrible, ¿sabes?
—No me digas nada,
Papi; ya me supongo lo que ha podido ser. Nunca debiste ir.
—Creía que la historia
de la campana era un cuento. Y, además, con un alambre atado al pedrusco, jamás
hubiera creído que los tiburones tuvieran tiempo de agarrarlo al vuelo. ¡Pobre
Matthieu! Toda mi vida recordaré aquella horrible escena. Y tú ¿cómo te las has
arreglado para eliminar tan de prisa al armenio y a Sans Souci?
—Estaba en el otro
extremo de la isla, colocando una puerta de hierro en la carnicería, cuando me
he enterado de que habían matado a nuestro amigo. Era mediodía. En vez de subir
al campamento, he ido al trabajo, como quien va a arreglar la cerradura. En un
tubo de un metro he podido encajar un puñal afilado por los dos lados. El mango
estaba vaciado, y también el tubo. He regresado al campamento a las cinco con
el tubo en la mano. El guardián me ha preguntado de qué se trataba, y yo le he
contestado que la barra de madera de mi hamaca se había roto y que, por esta
noche, iba a utilizar el tubo. Aún era de día cuando he entrado en el
dormitorio, pero había dejado el tubo en el lavadero. Antes de pasar lista, lo
he recuperado. Empezaba a caer la noche. Rodeado por nuestros amigos, he
encajado rápidamente el puñal en el tubo. El armenio y Sans Souci estaban de
pie en su sitio, delante de su hamaca; Paulo, un poco atrás. Ya sabes que Jean
Casteli y Louis Gravon son muy valientes, pero están viejos y les falta agilidad
para pelear en una reyerta en toda regla.
"Yo quería actuar
antes de que llegaras, para evitar que te vieras mezclado en eso. Con tus
antecedentes, si nos agarraban, arriesgabas el máximo. Jean se ha quedado al
fondo de la sala y ha apagado una de las lámparas; Gravon, en el otro extremo,
ha hecho lo mismo. La sala estaba casi a oscuras, con una sola lámpara de
petróleo en medio. Yo tenía una linterna grande de bolsillo que me había dado
Dega. Jean ha salido delante, y yo detrás. Al llegar a su altura, ha levantado
el brazo y les ha puesto la lámpara encima. El armenio, deslumbrado, se ha
cubierto los ojos con el brazo izquierdo, y yo he tenido tiempo de atravesarle
el cuello con mi lanza. SansSouci, deslumbrado a su vez, ha asestado una
cuchillada hacia delante, a ciegas, en el vacío. Le he golpeado con tanta
fuerza con mi lanza, que lo he atravesado de parte a parte. Paulo se ha tirado
al suelo y ha rodado bajo las hamacas. Como Jean había apagado las lámparas,
renuncié a perseguir a Paulo bajo las hamacas, y eso le ha salvado.
—¿Y quién ha arrojado
los cadáveres a las letrinas?
—No lo sé. Creo que los
mismos de su chabola, para quitarles los estuches que llevaban en el vientre.
—Pero ¡debe de haber
todo un charco de sangre!
—Así es. Literalmente
degollados, han debido de vaciarse de toda su resina. La idea de la linterna
eléctrica se me ha ocurrido mientras preparaba la lanza. Un guardián, en el
taller, cambiaba las pilas de la suya. Eso me ha dado una idea, y en seguida me
he puesto en contacto con Dega para que me procurara una. Pueden hacer un
registro en regla. La lámpara eléctrica ha salido de aquí y se ha devuelto a
Dega a través de un llavero árabe, y también el puñal— Por ese lado no hay
problemas. No tengo nada que censurarme. Ellos han matado a nuestro amigo con
los ojos llenos de jabón, y yo los he despachado con los ojos llenos de luz.
Estamos en paz. ¿Qué dices a eso, Papi?
—Has hecho bien, y no
sé cómo agradecerte que hayas actuado con tanta rapidez para vengar a nuestro
amigo y, por añadidura, que hayas tenido la idea de mantenerme al margen de
esta historia.
—No hablemos de eso. He
cumplido con mi deber. Tú has sufrido tanto y deseas tan vivamente ser libre,
que yo tenía que hacerlo por fuerza.
—Gracias, Grandet. Sí,
quiero irme, ahora más que nunca. Ayúdame, pues, para que este asunto se
detenga aquí. Con toda franqueza, me sorprendería mucho que el armenio hubiera
puesto al corriente a su chabola antes de actuar. Paulo no hubiera aceptado nunca
un asesinato tan cobarde. Conocía las consecuencias.
—Yo opino igual. Tan
sólo Galgani dice que son todos culpables.
—Veremos lo que pasa a
las seis. No saldré a hacer la limpieza. Me fingiré enfermo para asistir a los
acontecimientos.
Son las cinco de la
mañana. El guardián de cabaña se aproxima a nosotros:
—Chicos,¿creéis que
debo avisar al puesto de guardia? Acabo de descubrir dos fiambres en las
letrinas.
Este hombre es un viejo
presidiario de setenta años que nos quiere hacer creer, precisamente a
nosotros, que desde las seis y media de la tarde, hora en que aquellos tipos
fueron liquidados, no sabía nada. El recinto debe de estar lleno de sangre, así
que, por fuerza, los hombres se han empapado los pies en el charco que hay en
medio del pasillo.
Grandet responde con el
mismo tono que el viejo:
—Cómo,¿hay dos difuntos
en las letrinas? ¿Desde qué hora?
—¡Vete a saber! dice el
viejo—. Yo duermo desde las seis. Ahora, al ir a mear, he resbalado,
rompiéndome la crisma en una charca viscosa. Al encender mi mechero, he visto
que era sangre y, en las letrinas, he encontrado a los tipos.
—Llama, ya veremos qué
pasa.
—¡Vigilantes!
¡Vigilantes!
—¿Por qué gritas tan
fuerte, viejo gruñón? ¿Se ha pegado fuego en tu choza?
—No, jefe. Hay dos
fiambres en los cagaderos.
—¿Y qué quieres que le
haga? ¿Que los resucite? Son las cinco y cuarto; a las seis, ya veremos. Impide
que se acerque alguien a las letrinas.
—Lo que usted dice es
imposible. A esta hora, próxima a levantarse, todo el mundo va a mear o a
cagar.
—Tienes razón. Espera,
voy a informar al jefe de guardia.
Vienen tres sabuesos,
un jefe de vigilantes y dos vigilantes. Creemos que van a entrar, pero no, se
quedan en la puerta enrejada.
—¿Dices que hay dos
muertos en las letrinas?
—Sí, jefe.
—¿Desde qué hora?
—No lo sé; acabo de
encontrarlos cuando he ido a mear.
—¿Quiénes son?
—No lo sé.
—¡Vaya! Pues yo te lo
diré, viejo retorcido. Uno es el armenio. Ve a ver.
—En efecto, son el
armenio y SansSouci.
—Bien; esperemos a la
hora de pasar lista.
Y se van.
A las seis, suena la
primera campana. Se abre la puerta. Los dos repartidores de café pasan de cama
en cama; detrás de ellos, los repartidores de pan.
A las seis y media, la
segunda campana. El día ha despuntado ya, y el coursier aparece lleno de
pisadas de los que, esta noche han caminado sobre la sangre.
Llegan los dos
comandantes. Es ya completamente de día. Les acompañan ocho vigilantes y el
doctor.
—¡Todo el mundo en
cueros y firmes junto a la hamaca de cada cual! ¡Pero esto es una verdadera
carnicería! ¡Hay sangre por todas partes!
El segundo comandante
es el primero en entrar en las letrinas. Cuando sale, está blanco como un
lienzo.
—Han sido literalmente
degollados dice— y, por supuesto, nadie ha visto ni oído nada.
Silencio absoluto.
—Tú, viejo, eres el
guardián de la cabaña. Estos hombres están secos. Doctor, ¿cuánto tiempo llevan
muertos, aproximadamente?
—De ocho a diez horas
—dice el galeno.
—¿Y tú no los has
descubierto hasta las cinco? ¿No has visto ni oído nada?
—No. Soy duro de oído,
señor, y casi no veo, y, por añadidura, tengo setenta años, de los que he
pasado cuarenta en presidio. Así que, compréndalo usted, duermo mucho. Me
acuesto a las seis de la tarde, y sólo las ganas de mear me han despertado a
las cinco. Ha sido una casualidad, porque por lo general, no me despierto hasta
que suena la campana.
—Tienes razón, es una
casualidad —dice irónicamente el comandante . Incluso nosotros, —todo el mundo
ha dormido—tranquilo durante la noche, vigilantes y condenados. Camilleros,
llévense a los dos cadáveres al anfiteatro. Quiero que les haga la a autopsia,
doctor. Y vosotros, salid de uno en uno al patio, en cueros.
Todos pasamos ante los
comandantes y el doctor. Se examina minuciosamente a los hombres. Nadie tiene
heridas, pero muchos presentan salpicaduras de sangre. Explican que han
resbalado al ir a las letrinas. Grandet, Galgani y yo somos examinados con más
minuciosidad que los otros.
—Papillon, ¿dónde está
tu sitio?
Registran mis
pertenencias.
—¿Y tu navaja?
—Mi navaja me la ha
quitado a las siete de la tarde, en la puerta, el vigilante.
—Es verdad —dice éste—.
Ha armado un gran escándalo diciendo si queríamos que lo asesinaran.
—Grandet, ¿es de usted
este cuchillo?
—Pues claro. Si está en
mi sitio, es que es mío.
El comandante examina
escrupulosamente el cuchillo, limpio[como una moneda recién salida de la
acuñación, sin una mancha.
El galeno regresa de
las letrinas y dice:
—A esos hombres los han
degollado con un puñal de doble filo. Han sido muertos de pie. Es como para no
entender nada. Un presidiario no se deja degollar como un conejo, así, sin
defenderse. Debería haber alguien herido.
—Usted mismo lo ve,
doctor; nadie tiene siquiera un rasguño.
—¿Eran peligrosos esos
dos hombres?
—Excesivamente, doctor.
El armenio debía ser, con toda seguridad, el asesino de Carbonieri, que fue
muerto ayer en el lavadero a las nueve de la mañana.
—Asunto liquidado
!—dice el comandante—. Sin embargo conserve el cuchillo de Grandet. Al trabajo
todo el mundo, salvo los enfermos. Papillon, ¿consta usted actualmente como
enfermo?
—Sí, comandante.
—No ha perdido usted el
tiempo para vengar a su amigo. Yo no me chupo el dedo, ¿sabe? Por desgracia, no
tengo pruebas y sé que no las encontraremos. Por última vez, ¿nadie tiene nada
que declarar? Si uno de vosotros puede arrojar luz sobre este doble crimen, le
doy mi palabra de que será trasladado, a Tierra Grande.
Silencio absoluto.
Toda la chabola del
armenio se ha declarado enferma, En vista de ello, Grandet, Galgani, Jean
Castellí y Louis Gravon también se han hecho rebajar, en el último momento.
Quedamos cinco de mi chabola y cuatro de la del armenio, más el relojero, el
guardián de cabaña, que gruñe sin cesar por el trabajo de limpieza que le
espera, y dos o tres tipos más, entre ellos un alsaciano, el gran Sylvain.
Este hombre vive solo
en los duros, y todo el mundo es amigo suyo. Autor de un acto poco común que lo
ha mandado veinte años a los duros, es un hombre de acción muy respetado. El
sólo atracó un vagón postal del rápido París—Bruselas, dio muerte a los dos
guardianes y arrojó sobre el balastro los sacos postales que, recogidos por
cómplices a lo largo de la vía, totalizaron una suma importante.
Sylvain, al ver las dos
chabolas cuchichear cada una en su rincón, e ignorando que nos hemos
comprometido a no actuar en seguida, se permite tomar la palabra:
—Espero que no vayáis a
batiros en toda regla, al estilo de los tres mosqueteros.
—Hoy, no —dice
Galgani—. Lo dejaremos para más tarde.
—¿Por qué más tarde? No
dejes para mañana lo que puedas hacer hoy —dice Paulo—. Pero no veo la razón de
que nos matemos mutuamente. ¡Qué dices tú, Papillon?
—Una sola pregunta:
¿Estabais al corriente de lo que iba a hacer el armenio?
—Te doy mi palabra de
honor, Papi, de que no sabíamos nada, y, ¿quieres que te diga una cosa? De no
haber muerto el armenio, no sé cómo hubiera encajado yo el golpe.
—Entonces, si es así,
¿por qué no concluir esta historia para siempre? dice Grandet.
—Nosotros estamos de
acuerdo. Estrechémonos la mano y no hablemos más de este triste episodio.
—Conformes.
—Yo soy testigo —dice
Sylvain_. Me complace que esto se haya terminado.
—No hablemos más.
Por la tarde, a las
seis, suena la campana. Al escucharla, no puedo impedir evocar la escena de la
víspera, y a mi amigo con medio cuerpo erguido, avanzando hacia la canoa. La
imagen es tan impresionante, incluso veinticuatro horas después, que ni por un
segundo deseo que el armenio y Sans-Souci sean literalmente llevados por la
horda de tiburones.
Galgani no dice una
palabra. Sabe lo que pasé con Carbonieri. Mira al vacío balanceando las
piernas, que pende a derecha e izquierda de su hamaca. Grandet aún no ha
entrado. Hace ya más de diez minutos que el tañido de las campanas se ha
apagado, cuando Galgani, sin mirarme y siempre balanceando las piernas. dice a
media voz:
—Espero que ningún
trozo de ese asqueroso de armenio se lo zampe uno de los tiburones que dieron
cuenta de Matthieu. Sería demasiado estúpido que, separados en vida, se
encontraran en el vientre de un tiburón.
Va a ser de veras un
gran vacío para mí la pérdida de ese amigo noble y sincero. Lo mejor será que
me vaya de Royale y actúe lo más de prisa posible. Todos los días me repito lo
mismo.
Una fuga de locos.
—Como hay guerra y los
castigos han sido reforzados en caso de evasión fallida, no es el momento de
pensar en una fuga, ¿verdad, Salvidia?
El italiano del estuche
de oro del convoy y yo discutimos en el lavadero, tras haber releído el cartel
que nos da a conocer las nuevas disposiciones en caso de evasión. Le digo:
—Sin embargo, el riesgo
de ser condenado a muerte no me impedirá huir. ¿Y a ti?
—Yo, Papillon, no puedo
más, quiero darme el piro. Pase lo que pase. He solicitado que me destinen al
asilo de locos como enfermero. Sé que en la despensa del asilo se encuentran
dos toneles de doscientos veinticinco litros, o sea, más que suficientes para
construir una balsa. Uno está lleno de aceite de oliva y el otro, de vinagre.
Bien atados el uno al otro, de manera que no puedan separarse, me parece que
existiría una oportunidad de llegar a Tierra Grande. Bajo los muros que rodean
los edificios destinados a los locos, por el lado exterior, no hay vigilancia.
En el interior, sólo hay una guardia permanente de un vigilante enfermero que,
ayudado por unos presos, vigila sin cesar lo que hacen los enfermos. ¿Por qué
no vienes conmigo allí?
—¿Como enfermero?
—Esto es imposible,
Papillon. Sabes muy bien que jamás se te dará un destino en el asilo. Su
situación, alejada del campamento, su escasa vigilancia, reúne todas las
condiciones para que no te manden allá. Pero podrías ir como loco.
—Es difícil, Salvidia.
Cuando un doctor te clasifica como "Chalado", no te da ni más ni
menos que el derecho de hacer impunemente cualquier cosa. En efecto, se te
reconoce como irresponsable de tus actos. ¿Te das cuenta de la responsabilidad
que contrae el galeno cuando admite eso y firma un diagnóstico en tal sentido?
Puedes matar a un preso, incluso a un guardián o a la mujer de un guardián o a
un crío. Puedes evadirte, cometer cualquier delito y la justicia ya no puede
nada contra ti. Lo máximo que puede hacerte es meterte en una celda acolchada,
en cueros, con la camisa de fuerza. Este régimen sólo puede durar cierto
tiempo, y, un día, ellos tendrán que suavizar el tratamiento. Resultado: por
cualquier acto gravísimo, incluida la evasión, sales bien librado.
—Papillon, tengo
confianza en ti y quisiera pirármelas contigo. Haz lo imposible por ir a
reunirte conmigo, como loco. En mi calidad de enfermero, podré ayudarte a
encajar el golpe lo mejor posible y aliviarte en los momentos más duros.
Reconozco, que debe ser terrible encontrarse, sin estar enfermo, en medio de
seres tan peligrosos.
—Sube al asilo, Romeo.
Yo voy a estudiar la cuestión a fondo y, sobre todo, a informarme bien acerca
de los primeros síntomas de la locura para convencer al galeno. No es mala idea
hacer que el galeno—me declare irresponsable.
Comienzo a estudiar
seriamente el asunto. No hay ningún libro sobre la materia en la biblioteca del
penal. Siempre que puedo, discuto con hombres que han estado más o menos tiempo
enfermos. Poco a poco, me hago una idea bastante clara:
1. Todos los locos
sufren dolores atroces en el cerebelo.
2. A menudo, sienten
zumbidos en los oídos.
3. Como son muy
nerviosos, no pueden permanecer largo tiempo acostados en la misma postura sin
verse sacudidos por una verdadera descarga de los nervios que los despierta y
les hace sobresaltarse dolorosamente, con todo su cuerpo tenso y a punto de
estallar.
Es preciso, pues, dejar
que se descubran esos síntomas sin indicarlos directamente. Mi locura debe ser,
precisamente, lo bastante peligrosa como para obligar al doctor a tomar la
decisión de internarme en el asilo, pero no lo bastante violenta como para justificar
los malos tratos de los vigilantes, camisa de fuerza, golpes, supresión del
alimento, inyección de bromuro, baño frío o demasiado caliente, etc. Si
represento bien la comedia, conseguiré engatusar al galeno.
Hay una cosa en mi
favor: ¿por qué, por qué razón habría de ser yo un simulador? Al no encontrar
el galeno ninguna respuesta lógica a esta pregunta, es probable que pueda yo
ganar la partida. No tengo otra solución. Se han negado a enviarme a la isla
del Diablo. Ya no puedo soportar más el campamento desde que fue asesinado mi
amigo Matthieu. ¡Al demonio con las dudas! Está decidido. El lunes me
presentaré a reconocimiento. No, no debo hacerme el enfermo; es mejor que otro
se encargue de eso y que sea de buena fe. Debo realizar dos o tres actos
anormales en el dormitorio. Entonces, el guardián de cabaña hablará de ellos al
vigilante y éste me obligará a apuntarme a reconocimiento.
Hace tres días que no
duermo, no me lavo y no me afeito. Cada noche, me masturbo muchas veces y como
muy poco. Ayer, le pregunté a mi vecino por qué ha quitado de mi sitio una
fotografía que jamás ha existido. Ha jurado por lo más sagrado que no ha tocado
mis cosas. A menudo, la sopa permanece en una tina algunos minutos antes de ser
distribuida. Acabo de aproximarme a la tina y, delante de todos, me he meado
dentro. Un escalofrío ha recorrido toda la cabaña, pero mi pinta ha debido
impresionar a todo el mundo, pues nadie ha murmurado una palabra. Sólo Grandét
me ha dicho:
—Papillon, ¿por qué
haces eso?
—Porque se han olvidado
de echarle sal.
Y, sin hacer caso de
los demás, he ido en busca de mi escudilla y se la he tendido al guardián de
cabaña para que me sirviera.
En un silencio total,
todo el mundo me ha mirado mientras me comía la sopa.
Estos dos incidentes
han bastado para que, esta mañana, me encuentre ante el galeno sin haberlo
solicitado.
—Entonces, matasanos,
¿sí o no?
Repito mi pregunta. El
doctor, estupefacto, me mira. Lo con templo fijamente con ojos llenos de
naturalidad.
—Sí —contesta el
galeno—. Y tú, ¿estás enfermo?
—No.
—Entonces, ¿por qué has
venido a reconocimiento?
—Por nada. Me dijeron
que usted estaba enfermo. Me complace ver que no es verdad. Hasta la vista.
—Espera un poco
Papillon. Siéntate ahí, frente a mí. Mírame.
Y el galeno me examina
los ojos con una lámpara que arroja un pequeñísimo haz de luz.
—¿No has visto nada de
lo que creías descubrir, matasanos? Tu luz no es lo bastante fuerte, pero, al
menos, creo que has comprendido, ¿no es así? Dime, ¿los has visto?
—¿El qué? —pregunta el
galeno.
—No te hagas el tonto.
¿Eres un doctor o veterinario? No irás a decirme que no has tenido tiempo de
verlos antes de que se escondan. O no me lo quieres decir o me tomas por un
estúpido.
Tengo los ojos
brillantes de fatiga. Mi aspecto, sin afeitar y sin lavar, juega en mi favor.
Los guardianes escuchan, pasmados, pero yo no hago ningún gesto de violencia
que pueda justificar su intervención. Conciliador y entrando en mi juego para
no excitarme, el galeno se levanta y me coloca la mano sobre el hombro. Yo
continúo sentado.
—Sí. No quería
decírtelo, Papillon, pero he tenido tiempo de verlos.
—Mientes, matasanos,
con toda tu sangre fría colonial. ¡Porque no has visto nada en absoluto! Lo que
yo pensaba que buscabas son los tres puntos negros que tengo en el ojo
izquierdo. Los veo sólo cuando miro al vacío o cuando leo. Pero si tomo un
espejo, veo claramente mi ojo, pero ni rastro de los tres puntos. Se esconden
tan pronto como agarro el espejo para mirarlos.
—Hospitalícenlo dice el
galeno—. Llévenselo inmediatamente. Que no regrese al campamento. Papillon, ¿me
dices que no estás enfermo? Tal vez sea verdad, pero yo te encuentro muy
fatigado; así que te mandaré algunos días al hospital para que descanses.
¿Quieres?
—No me importa. En el
hospital o el campamento, siempre estoy en las Islas.
El primer paso está
dado. Una media hora después, me encuentro en el hospital, en una celda clara,
con una buena cama limpia, con sábanas blancas. En la puerta, un letrero:
"En observación." Poco a poco, autosugestionándome, me transformo en
un chalado. Es un juego peligroso el gesto de torcer la boca y morderme el
labio inferior, ese gesto estudiado en un trozo de espejo, lo he trabajado tan
bien, que a veces me sorprendo haciéndolo sin haber tenido la intención. No
conviene entretenerse mucho tiempo con ese jueguecito, Papi. A fuerza de
obligarte a sentirte virtualmente desequilibrado puedes salir malparado, si no
tarado. Sin embargo, debo emplearme a fondo si quiero llegar a la meta.
Ingresar en el asilo, ser clasificado como irresponsable y, después, pirármelas
con mi compañero. ¡Darme el piro! Esta frase mágica me transporta, y me veo ya
sentado encima de los dos toneles, empujado hacia Tierra Grande en compañía de
mi compañero, el enfermero italiano.
El galeno pasa visita
cada día. Me examina largo y tendido, y siempre nos hablamos educada y
gentilmente. El hombre está turbado, pero aún no convencido. Así, pues, voy a
decirle que siento punzadas en la nuca, primer síntoma.
—¿Qué tal, Papillon?
¿Has dormido bien?
—Sí, doctor. Gracias,
estoy casi bien. Gracias por el Match que me prestó. En cuanto a dormir, la
cosa cambia. En efecto, detrás de mi celda hay una bomba, seguramente para
regar algo, pero el pam-pam que produce el brazo de esa bomba, durante toda la
noche, me llega hasta la nuca y se diría que, en el interior, produce como un
eco: ¡pam-pam! Y eso, toda la noche. Es insoportable. Así que le agradecería
que me cambiara de celda.
El galeno se vuelve
hacia el guardián y, rápidamente, murmura:
—¿Hay una bomba?
El guardián hace con la
cabeza signo de que no.
—Vigilante, cámbielo de
celda. ¿Adónde quieres ir?
—Lo más lejos posible
de esta maldita bomba, en el extremo del corredor. Gracias, doctor.
La puerta se cierra y
me encuentro solo en mi celda. Un ruido casi imperceptible me alerta. Se me
observa por una rendija. Seguramente, es el galeno, pues no le he oído alejarse
cuando se han retirado. Así que, rápidamente, tiendo el puño hacia la puerta
que esconde la bomba imaginaria y grito, no demasiado fuerte:
—¡Párate, párate,
maldita asquerosa! ¿No acabarás de regar, jardinero del demonio?
Y me acuesto en mi
cama, con la cabeza escondida bajo la almohada.
No he oído cerrarse la
aldaba de la mirilla, pero sí unos pasos que se alejan. Conclusión: eran el
galeno y el guardián.
Por la tarde, me han
cambiado de celda. La impresión que he causado esta mañana ha debido de ser
buena porque, para acompañarme unos metros, hasta el fondo del corredor, había
dos guardianes y dos presos enfermeros. (Como ellos no me han dirigido la palabra,
yo tampoco lo he hecho. Me he limitado a seguirlos sin decir nada. Dos días
después, segundo síntoma: los zumbidos en los oídos.
—¿Qué tal, Papillon?
¿Has terminado de leer la revista que te mandé?
—No, no la he leído. Me
he pasado todo el día y parte de la noche tratando de ahogar un mosquito o
moscardón que ha anidado en mi oído. Me pongo un trozo de algodón, pero no hay
manera. El ruido de sus alas no se detiene, y zum, zum, zum… Aparte de cosquillearme
desagradablemente, el bordoneo es continuo. ¡Y eso acaba por fastidiar,
matasanos! ¿Qué piensas de ello? Quizá, si no he conseguido asfixiarlos,
podríamos tratar de ahogarlos. ¿Qué dices?
El gesto que hago con
la boca no se detiene, y veo que el doctor lo nota. Me toma la mano y me mira
fijamente a los ojos. Advierto que está turbado y apenado.
—Sí, amigo Papillon,
vamos a ahogarlos. Chatal, mande que le hagan lavados de oído.
Cada mañana, estas
escenas se repiten con variantes, pero el doctor no parece decidirse a enviarme
al asilo.
Chatal, en una ocasión
en que ha venido a ponerme una inyección de bromuro, me advierte:
—Por el momento, todo
va bien. El galeno está seriamente afectado, pero lo de mandarte al asilo puede
ir para largo. Demuéstrale que puedes ser peligroso si quieres, para que se
decida pronto.
—¿Qué tal, Papillon?
El galeno, acompañado
por los guardianes enfermeros y por Chatal, me saluda cortésmente al abrirse la
puerta de mi celda.
—Para el carro,
matasanos. —Mi actitud es agresiva—. Sabes muy bien que me va mal. Y me
pregunto quién de vosotros es cómplice del tipo que me tortura.
—¿Y quién te tortura?
¿Y cuándo? ¿Y cómo?
—En primer lugar,
matasanos, ¿conoces los trabajos del doctor D'Arsonval?
—Sí, supongo…
—Sabes que ha inventado
un oscilador de ondas múltiples para ionizar el aire alrededor de un enfermo
aquejado de úlceras duodenales. Con este oscilador, se envían corrientes
eléctricas. Pues bien; figúrate que un enemigo mío ha choriziado un aparato del
hospital de Cayena. Cada vez que estoy durmiendo tranquilamente, pulsa el botón
y la descarga me alcanza en pleno vientre y en los muslos. Me disparo de golpe,
y doy un salto en mi cama de más de diez centímetros de altura. ¿Cómo quieres
que así pueda resistir y dormir? Esta noche no ha parado. Apenas he comenzado a
cerrar los ojos, ipam!, cuando ha llegado la corriente. Todo mi cuerpo se
distiende como un resorte al ser liberado. ¡No puedo más, matasanos! Advierte a
todo el mundo que al primero que descubra que es cómplice de ese tipo, lo
desmonto. No tengo ninguna clase de armas, es cierto, pero sí bastante fuerza
como para estrangularlo, sea quien sea. ¡A buen entendedor, etcétera! Y déjame
en paz con tus buenos días de hipócrita y tus "¿qué tal, Papillon?".
Te lo repito, matasanos, ¡para el carro!
El incidente ha dado
sus frutos. Chatal me ha dicho que el médico ha advertido a los guardianes que
tengan mucho cuidado. Que no abran jamás la puerta de mi celda si no son dos o
tres, y que me hablen siempre cortésmente. El médico dice: "Sufre de manía
persecutoria, y hay que enviarlo al asilo lo antes posible."
—Creo que, acompañado
por un solo vigilante, puedo encargarme de conducirlo al asilo —ha propuesto
Chatal, para evitar que me pongan la camisa de fuerza.
—Papi, ¿has comido
bien?
—Sí, Chatal, la comida
está buena.
—¿Quieres venir conmigo
y con Monsieur Jeannus?
—¿Adónde vais?
—Vamos hasta el asilo a
llevar los medicamentos. Te sentará bien un paseo.
Y los tres salimos del
hospital, hacia el asilo. Mientras caminamos, Chatal habla y, luego, en un
momento dado, cuando estamos a punto de llegar, dice:
—¿Estás cansado del
campamento, Papillon?
—¡Oh, sí! Estoy harto,
sobre todo desde que mi amigo Carbonieri ya no está allí.
—¿Porqué no te quedas
unos días en el asilo? Así, el tipo del aparato acaso tarde más en enviarte la
corriente.
—Es una buena idea,
pero ¿tú crees que me admitirán? No estoy enfermo del cerebro.
—Déjame hacer. Hablaré
por ti —dice el guardián, muy contento de que caiga en la supuesta trampa de
Chatal.
Así, pues, estoy en el
asilo con un centenar de locos. ¡Y no es grano de anís vivir con unos
majaretas! En grupos de treinta a cuarenta, tomamos el aire en el patio
mientras los enfermeros limpian las celdas. Todo el mundo va completamente
desnudo, día y noche. Por fortuna, hace calor. A mí, me han dejado el calzado.
Acabo de recibir del
enfermero un cigarrillo encendido. Sentado al sol, pienso que hace ya cinco
días que estoy aquí y que aún no he podido ponerme en contacto con Salvidia.
Se me acerca un loco.
Conozco su historia. Se llama Fouchet. Su madre había vendido su casa para
enviarle quince mil francos a través de un vigilante, y así tratar de evadirse.
El guardián debía quedarse cinco mil y entregar diez mil. Ese guardián arrambló
con todo, y luego se marchó a Cayena. Cuando Fouchet supo por otro conducto que
su madre le había mandado la pasta, y que se había despojado de todo
inútilmente, se volvió loco furioso y, el mismo día, atacó a unos vigilantes.
Reducido, no tuvo tiempo de hacer daño. Desde aquel día, hace ya tres o cuatro
años de ello, está con los locos.
—¿Quién eres?
Miro a ese pobre
hombre, joven aún, de unos treinta años, plantado ante mí y que me interroga.
—¿Quién soy? Un hombre
como tú, ni más ni menos.
—Es una contestación
estúpida. Veo que eres un hombre puesto que tienes una verga y unos cojones; si
fueras una mujer, tendrías un agujero. Te pregunto quién eres, es decir, cómo
te llamas.
—Papillon.
—¿Papillon? ¿Eres una
mariposa? Pobre de ti. Una mariposa vuela y tiene alas. ¿Dónde están las tuyas?
—Las he perdido.
—Es preciso que las
encuentres, así podrás escaparte. Los guardianes no tienen alas. Los engañarás.
Dame tu cigarrillo.
Sin darme tiempo a
tendérselo, me lo saca de la boca. Luego, se sienta frente a mí y fuma con
delectación.
—Y tú, ¿quién eres? —le
pregunto.
—Yo soy un desdichado.
Cada vez que tienen que darme algo que me pertenece, me estafan.
—¿Por qué?
—Porque así son las
cosas. Así que mato la mayor cantidad posible de guardianes. Esta noche, he
colgado a dos. Sobre todo, no se lo digas a nadie.
—¿Por qué los has
colgado?
—Me han robado la casa
de mi madre. Figúrate que mi madre me ha enviado su casa, y ellos, como la han
encontrado bonita, se la han quedado y viven dentro. ¿Acaso no he hecho bien en
colgarles?
—Tienes razón. Así no
se aprovecharán de la casa de tu madre.
—El guardián gordo que
ves allí, detrás de la reja, ¿lo ves?, también vive en la casa. A ése, también
me lo cargaré, ya verás.
Se levanta y se va.
¡Uf! No es divertido
estar obligado a vivir entre locos, sino peligroso. Por la noche, gritan en
todas partes, y cuando hay luna llena, están más excitados que nunca. ¿Cómo
puede influir la luna en la agitación de los dementes? No puedo explicarlo,
pero he comprobado muchas veces que influye.
Los guardianes redactan
informes sobre los locos que están en observación. Conmigo, hacen experimentos.
Por ejemplo, olvidan voluntariamente sacarme al patio. Esperan a ver si lo
reclamo. O bien no me dan una comida. Tengo un bastón con un bramante y hago
ver que pesco. El jefe de vigilantes dice:
—¿Pican, Papillon?
—No pueden picar.
Imagínate que, cuando pesco, hay un pececito que me sigue a todas partes, y
cuando un pez grande va a picar, el pequeño le advierte: "No seas estúpido
y no piques; pesca Papillon." Por eso nunca atrapo nada. Sin embargo,
continúo pescando. Tal vez, un día, haya uno que no lo crea.
Oigo que el guardián le
dice al enfermero:
—¡Ese ya tiene lo suyo!
Cuando me siento en la
mesa común del refectorio, nunca puedo comerme un plato de lentejas. Hay un
gigante de un metro noventa por lo menos, de brazos, piernas y torso velludos
como un mono. Me ha elegido como chivo expiatorio. Para empezar, se sienta siempre
a mi lado. Las lentejas se sirven muy calientes, con lo que, para comerlas, es
preciso aguardar a que se enfríen. Con mi cuchara de palo, tomo un poco y,
soplando encima, llego a comer algunas cucharadas. Ivanhoe —pues cree ser
Ivanhoe toma su plato, lo agarra por los bordes y se lo traga todo de un tirón.
Luego, toma el mío y hace lo mismo. Una vez se lo ha zampado, lo pone delante
de mí ruidosamente y me mira con sus ojos enormes inyectados en sangre, como si
quisiera decir: "¿Has visto cómo me como las lentejas?" Empiezo a
estar harto de Ivanhoe y como aún no estoy clasificado como loco, he decidido
dar un golpe de teatro a sus costillas. Otra vez hay lentejas. Ivanhoe no me
mira. Se ha sentado a mi lado. Su rostro aparece radiante y saborea por adelantado
el gozo de soplarse sus lentejas y las mías. Coloco ante mí una gran jarra de
tierra cocida llena de agua, muy pesada. Apenas el gigante levanta mi plato y
comienza a dejar fluir las lentejas en su garganta, me pongo en pie, y con
todas mis fuerzas, le rompo la jarra de agua en la cabeza. El gigante se
derrumba con un grito de bestia. De forma igualmente repentina, todos los locos
empiezan a lanzarse los unos contra los otros, armados con los platos. Se
desencadena un zipizape espantoso. Además, la pelea colectiva está orquestada
por los gritos de todo el mundo.
Agarrado en vilo, me
encuentro de nuevo en mi celda, donde cuatro robustos enfermeros me han llevado
a toda velocidad y sin miramientos. Grito como un desesperado que Ivanhoe me ha
robado la cartera con mi tarjeta de identidad. ¡Esta vez, lo consigo! El médico
se ha decidido a declararme irresponsable de mis actos. Todos los guardianes
están de acuerdo en reconocer que soy un loco apacible, pero que, en algunos
momentos, puedo ser peligroso. Ivanhoe lleva un hermoso vendaje en la cabeza.
Se la he abierto, al parecer, en más de ocho centímetros. Por suerte, no se
pasea a las mismas horas que yo.
He podido hablar con
Salvidia. Tiene ya el duplicado de la llave de la despensa donde se guardan los
toneles. Trata de procurarse la cantidad suficiente de alambre para atarlos
juntos. Le he dicho que temo que los alambres se rompan a causa de los estirones
que van a dar los toneles en el mar, y que sería mejor tener cuerdas, que
serían más elásticas. Tratará de conseguirlas, y así habrá cuerdas y alambres.
También es preciso que haga tres llaves: una de mi celda, otra del pasillo que
conduce a ella y una tercera de la puerta principal del asilo. Las rondas son
poco frecuentes. Un solo guardián para cada turno de cuatro horas. De nueve de
la noche a una de la madrugada, y de una a cinco. Dos de los guardianes, cuando
están de centinela, duermen durante todo el tiempo y no efectúan ninguna ronda.
Cuentan con el preso enfermero, que está de guardia con ellos. Así, pues, todo
va bien, sólo es cuestión de paciencia. Un mes, todo lo más, y podremos dar el
golpe.
El jefe de vigilantes
me ha dado un cigarro malo encendido al salir al patio. Pero aun malo, me
parece delicioso.
Contemplo ese rebaño de
hombres desnudos que cantan, lloran, hacen gestos de idiota, hablan solos.
Todavía mojados por la ducha que todos toman antes de volver al patio, con sus
pobres cuerpos maltratados por los golpes recibidos o que ellos mismos se han
dado, y marcados por las huellas de los cordones de la camisa de fuerza
demasiado apretados. Es, precisamente, el espectáculo del fin del camino de la
podredumbre. ¿Cuántos de estos chalados han sido reconocidos responsables de
sus actos por los psiquiatras en Francia?
Titin —lo llaman así—
pertenece a mí convoy de 1933. Mató a un tipo en Marsella, luego tomó un
"simón", cargó a su víctima en él y se hizo conducir al hospital
donde, al llegar, dijo: "Aquí tienen. Cuídenlo. Creo que está
enfermo." Detenido allí mismo, el jurado no supo ver en él ningún grado,
por mínimo que fuese, de irresponsabilidad. Sin embargo, tenía que haber estado
ya mochales para haber hecho semejante cosa. El tipo más imbécil, normalmente,
se hubiera dado cuenta de que iba a hacerse sospechoso. Y ahí está Titin
sentado a mi lado. Tiene disentería crónica. Es un verdadero cadáver ambulante.
Me mira con sus ojos de color gris hierro, atontados. Me dice:
—Tengo monitos en el
vientre, paisano. Los hay que son malos, y me muerden en los intestinos, y por
eso hago sangre cuando están enfadados. Otros son de una raza velluda, llenos
de pelos, y tienen las manos suaves como plumas. Me acarician dulcemente e impiden
que los otros, los perversos, me muerdan. Cuando esos suaves monitos quieren
defenderme, no hago sangre.
—¿Te acuerdas de
Marsella, Titin?
—Caramba, si me acuerdo
de Marsella. Muy bien, me acuerdo. La plaza de la Bolsa, con sus estatuas…
—¿Recuerdas los nombres
de algunas?
—No, no me acuerdo de
los nombres; sólo de un estúpido "Simón" que me condujo al hospital
con mi amigo enfermo y que me dijo que yo era causa de su enfermedad. Eso es
todo.
—¿Y tus amigos?
—No lo sé.
Le doy mi colilla al
pobre Titin y me levanto con una inmensa piedad en el corazón por ese pobre ser
que morirá como un perro. Sí, es muy peligroso convivir con locos, pero ¿qué
hacer? En todo caso, es la única manera, creo yo, de planear una fuga sin que
se corra el riesgo de sufrir condena.
Salvidia está casi
dispuesto. Tiene ya dos de las tres llaves; sólo le falta la de mi celda. Yo
tengo que fingir, de vez en cuando, una crisis.
He organizado una tan
perfecta, que los guardianes enfermeros me han metido en una bañera con agua
muy caliente y me han puesto dos inyecciones de bromuro. Esa bañera está
cubierta por una tela muy fuerte, de manera que no pueda salir. Tan sólo mi
cabeza sobresale por un agujero. Hace ya más de dos horas que estoy en este
baño con esta especie de camisa de fuerza, cuando entra Ivanhoe. Estoy
aterrorizado al ver la manera como me mira ese bruto. Tengo un miedo espantoso
de que me estrangule. Ni siquiera puedo defenderme, pues mis brazos están bajo
la tela.
Se me aproxima, sus
grandes ojos me contemplan con atención y tiene el aspecto de cavilar dónde ha
visto antes esa cabeza que emerge como de un cepo. Su aliento y un olor a
podrido inundan mi rostro. Tengo deseos de pedir socorro a gritos, pero temo
ponerle más furioso aún con mis voces. Cierro los ojos y espero, convencido de
que va a estrangularme con sus manazas de gigante. Esos escasos segundos de
terror no los olvidaré fácilmente. Al fin, se aleja de mí, yerra por la sala y,
luego, va hacia los pequeños volantes que dan el agua. Cierra la fría y abre
del todo el agua hirviendo. Grito como un condenado, pues estoy a punto de ser
literalmente cocido. Ivanhoe ha salido. Hay vapor en toda la sala, me ahogo al
respirarlo y hago esfuerzos sobrehumanos, aunque en vano, para tratar de forzar
esta tela maldita. Al fin, me socorren. Los guardianes han visto el vapor que
salía por la ventana. Cuando me sacan de aquel hervidero, tengo horribles
quemaduras y sufro muchísimo. Sobre todo, en los muslos y en las partes donde
la piel se ha levantado. Pintado todo yo de ácido pícrico, me acuestan en la
salita de la enfermería del asilo. Mis quemaduras son tan graves, que llaman al
doctor. Algunas inyecciones de morfina me ayudan a pasar las primeras
veinticuatro horas. Cuando el galeno me pregunta qué ha sucedido, le digo, que
ha surgido un volcán en la bañera. Nadie comprende qué ha pasado. Y el guardián
enfermero acusa al que ha preparado el baño por haber regulado mal los grifos.
Salvidia acaba de salir
después de haberme untado de pomada pícrica. Está preparado, y me señala que es
una suerte que esté en la enfermería, ya que si fracasa la fuga, podemos volver
a esta parte del asilo sin ser vistos. Debe de hacerse rápidamente con una
llave de la enfermería. Acaba de imprimir la huella en un trozo de jabón.
Mañana tendremos la llave. De mi cuenta corre decir el día que me sienta lo
bastante curado como para aprovechar la primera guardia de uno de los
guardianes que no hacen ronda.
La hora H será esta
noche, durante la guardia de una a cinco de la madrugada. Salvidia no está de
servicio. Para ganar tiempo, vaciará el tonel de vinagre hacia las once de la
noche. El otro, el de aceite, lo haremos rodar lleno, pues el mar está muy embrabecido,
y el aceite acaso nos sirva para calmar las olas al botarlo.
Tengo un pantalón hecho
con sacos de harina, cortado por las rodillas, una blusa de marinero y un buen
cuchillo al cinto. También tengo un saquito impermeable que me colgaré del
cuello. Contiene cigarrillos y un encendedor de yesca. Salvidia, por su parte,
ha preparado una alforja estanca con harina de mandioca, que ha embebido de
aceite y azúcar. Casi tres kilos, me dice. Es tarde. Sentado en mi cama aguardo
a mi compañero. Mi corazón bate con grandes latidos. Dentro de unos instantes,
la fuga comenzará. Que la suerte y Dios me favorezcan, para que, ¡al fin!,
resulte para siempre vencedor del camino de la podredumbre.
Cosa extraña, no tengo
más que un pensamiento fugitivo sobre el pasado, y se dirige hacia mí padre y
mi familia. Ni una imagen de la Audiencia, del jurado o del fiscal.
En el momento en que se
abría la puerta, evocaba, a pesar mío, a Matthieu literalmente arrastrado de
pie por los tiburones.
—Papi, ¡en marcha!
Le sigo.
Rápidamente, cierra la
puerta y esconde la llave en un rincón del pasillo.
—Date prisa, date
prisa.
Llegamos a la despensa,
cuya puerta está abierta. Sacar el tonel vacío es cosa de niños. Salvidia se
rodea el cuerpo de cuerdas y yo, de alambres. Tomo la alforja de harina y
empiezo, en la noche negra como la tinta, a empujar rodando mí tonel hacia el mar.
Salvidia viene detrás, con el tonel de aceite. Por supuesto, es muy resistente,
y mi compañero consigue con bastante facilidad frenarlo lo suficiente en esta
bajada a pico.
—Con suavidad, con
suavidad; procura que no tome velocidad.
Lo espero, por si deja
escapar su tonel que, entonces, tropezaría con el mío. Desciendo de espaldas,
yo delante y mi tonel detrás. Sin ninguna dificultad llegamos a la parte baja
del camino. Hay un pequeño acceso al mar, pero las rocas son difíciles de franquear.
—Vacía el tonel. Nunca
podremos pasar estas rocas si está lleno.
El viento sopla con
fuerza y las olas rompen rabiosamente contra las rocas. Ya está vacío.
—Métele el corcho bien
adentro. Espera; ponle esa placa de hierro encima.
Los agujeros ya están
hechos.
—Hunde bien las puntas.
Con el fragor del
viento y de las olas, los golpes no pueden oírse.
Bien atados el uno al
otro, los dos toneles resultan difíciles de pasar por encima de las rocas. Cada
uno de ellos tiene una capacidad de doscientos veinticinco litros. Son
voluminosos y nada fáciles de manejar. El lugar escogido por mi compañero para
botar la improvisada balsa, no facilita las cosas.
—¡Empuja, maldita sea!
Levántalo un poco. ¡Cuidado con esta ola!
Los dos somos
levantados, junto con los toneles, y repelidos duramente contra la roca.
—¡Cuidado! ¡Van a
romperse, aparte de que también nosotros podemos rompernos una pata o un brazo!
—Cálmate, Salvidia. O
pasa adelante, hacia el mar, o ven aquí atrás. Aquí estás bien. Tira hacia ti
de un solo golpe cuando yo grite. Al mismo tiempo, yo empujaré, y seguramente
nos apartaremos de las rocas. Pero, para eso, es preciso, ante todo, aguantar y
mantenerse en el sitio, aunque seamos cubiertos por la primera ola.
Cuando grito estas
órdenes a mi compañero, en mitad de esta batahola de viento y de oleaje, creo
que las ha oído. Una gran ola cubre por completo el bloque compacto que
formamos el tonel, Salvidia y yo. Entonces, rabiosamente, con todas mis
fuerzas, empujo la balsa. El, seguramente, también estira, pues de un solo
golpe nos vemos libres y arrastrados por la ola. Salvidia ha sido el primero en
subirse encima de los toneles y, en el momento en que yo, a mi vez, me izo, una
ola enorme nos coge por debajo y nos lanza como una pluma contra una roca
puntiaguda y salediza. El espantoso golpe es tan fuerte, que los toneles se
parten y los fragmentos se dispersan. Cuando la ola se retira, me lleva a
veinte metros de la roca. Nado y me dejo arrastrar por otra ola que avanza
directamente hacia la costa. Aterrizo literalmente sentado entre dos rocas.
Tengo tiempo de agarrarme antes de ser arrastrado de nuevo. Con contusiones en
todas partes, consigo alejarme de allí, pero cuando salgo del agua, me doy
cuenta de que he sido llevado a más de cien metros del punto donde efectuamos
la botadura.
Sin tomar precauciones,
grito:
—¡Salvidia! ¡Romeo!
¿Dónde estás?
No me contesta nadie.
Anonadado, me echo en el camino, me despojo del pantalón y de mi blusa de
marinero de lana, y me encuentro completamente desnudo, sin más que mis botas.
¡Maldita sea! ¿Dónde está mi amigo? Y grito de nuevo hasta desgañitarme:
—¿Dónde estás?
Tan sólo el viento, el
mar y las olas me responden. Me quedo allí no sé cuánto tiempo, inmóvil,
Completamente agotado física y moralmente. Luego, lloro de rabia y arrojo el
saquito que llevo al cuello, con el tabaco y el encendedor, atención fraternal
de mi amigo hacia mí, pues él no fuma.
En pie, cara al viento,
cara a esas olas monstruosas que vienen a barrerlo todo, levanto el puño e
increpo al Cielo.
El viento amaina, y esa
calma aparente me hace bien y me devuelve a la realidad.
Subiré de nuevo al
asilo y, si puedo, volveré a la enfermería. Con un poco de suerte, será
posible.
Asciendo otra vez la
costa con una sola idea: regresar y acostarme en mi cama. Ni visto ni oído. Sin
dificultades, llego al corredor de la enfermería. He saltado el muro del asilo,
pues no sé dónde ha puesto Salvidia la llave de la puerta principal.
Sin necesidad de buscar
mucho, encuentro la llave de la enfermería. Entro de nuevo y cierro tras de mí
con dos vueltas. Me dirijo a la ventana y arrojo la llave muy lejos; cae al
otro lado de la pared. Y me acuesto. Lo único que podría delatarme es el hecho
de que mis botas estén mojadas. Me levanto y voy a sacudirlas a la letrina. Con
la sábana subida hasta la cara, poco a poco entro en calor. El viento y el agua
de mar me habían helado. ¿Acaso mi compañero se ha ahogado de veras? Tal vez ha
sido arrastrado mucho más lejos que yo, y ha podido ir a dar en el extremo de
la isla. ¿No he regresado demasiado. pronto? Hubiera debido esperar un poco
más. Me recrimino por haber admitido con demasiada rapidez que mi compañero
estaba perdido.
En el cajón de la
mesita de noche, se encuentran dos pastillas para dormir. Me las trago sin
agua. La saliva me basta para que se deslicen cuello abajo.
Duermo hasta que,
sacudido, veo al guardián enfermero ante mí. La habitación, está llena de sol y
la ventana, abierta. Tres enfermeros miran desde fuera.
—¿Qué pasa, Papillon?
Duermes como una marmota. Son las diez de la mañana. ¿No te has bebido el café?
Está frío. Mira, bébetelo.
No del todo despierto,
advierto al menos que, por lo que a mí respecta, nada parece anormal.
—¿Por qué me ha
despertado?
—Porque como tus
quemaduras están curadas, tenemos necesidad de la cama. Vas a volver a tu
celda.
—De acuerdo, jefe.
Y lo sigo. Al pasar, me
deja en el patio. Aprovecho la ocasión para dejar secar mi calzado.
Hace ya tres días que
la fuga ha fracasado. Ningún rumor ha llegado hasta mí. Voy de mi celda al
patio y del patio a mi celda. Salvidia no ha vuelto a aparecer, así que el
pobre ha muerto, sin duda aplastado contra las rocas. Yo mismo me he escapado
por los pelos y, con toda seguridad, me he salvado porque iba detrás en vez de
delante. ¿Cómo saber lo que ha pasado? Es preciso que salga del asilo. Va a ser
más difícil hacer creer que estoy curado o, al menos, apto para regresar al
campamento, que ingresar en el asilo. Ahora, es preciso que convenza al doctor
de que estoy mejor.
—Monsieur Rouviot es el
jefe de enfermeros—, tengo frío por la noche. Le prometo no ensuciar mi ropa.
¿Por qué no me da usted un pantalón y una camisa, por favor?
El guardián está
estupefacto. Me mira muy sorprendido y me dice:
—Siéntate conmigo,
Papillon. Dime, ¿qué te pasa?
—Jefe, estoy
sorprendido de encontrarme aquí. Esto es el asilo, de modo que estoy entre los
locos, ¿no? ¿Acaso, por azar, he perdido la chaveta? ¿Por qué estoy aquí? Tenga
la amabilidad de decírmelo, jefe.
—Querido Papillon, has
estado enfermo, pero veo que tienes mejor aspecto. ¿Quieres trabajar?
—Sí.
—¿Qué quieres hacer?
—Cualquier cosa.
Y heme aquí vestido,
ayudando a limpiar las celdas. Por la noche, me dejan la puerta abierta hasta
las nueve, y me encierran sólo cuando entra de turno el guardián de noche.
Un auvernés, preso
enfermero, me ha hablado por primera vez ayer por la noche. Estábamos solos en
el puesto de guardia. El guardián aún no había llegado. Yo no conocía a aquel
tipo, pero él, según dice, me conoce bien.
—No vale la pena que
continúes fingiendo ya, macho.
—¿Qué quieres decir?
—Pero, bueno, ¿acaso
crees que me la has dado con queso con tu comedia? Hace siete años que soy
enfermero con los majaretas, y desde la primera semana comprendí que eras un
tambor (simulador).
—¿Y qué más?
—Que lamento
sinceramente que fracasaras en tu fuga con Salvidia. A él le costó la vida. De
veras que lo siento, porque era un buen amigo, a pesar de que, antes, nunca se
franqueó conmigo, pero no se lo tomo en cuenta. Si tú tienes necesidad de lo
que sea, dímelo; me sentiré feliz de hacerte un favor. Sus ojos tienen una
mirada tan franca, que no dudo de su rectitud. Y si nunca oí hablar bien de él,
tampoco oí hablar mal, así que debe ser un buen chico.
¡Pobre Salvidia! Debió
de armarse una buena cuando se advirtió que se había marchado. Han encontrado
los fragmentos de tonel devueltos por el mar. Están seguros de que se lo han
zampado los tiburones. El galeno organiza un follón de mil demonios a causa del
aceite derramado. Dice que, con la guerra, tardaremos en volver a conseguirlo.
—¿Qué me aconsejas que
haga?
—Voy a hacer que te
nombren del grupo que sale del asilo todos los días a buscar víveres al
hospital. Te servirá de paseo. Comienza a portarte bien. Y de diez
conversaciones, mantén ocho sensatas, pero tampoco hay que curarse demasiado de
prisa.
—Gracias. ¿Cómo te
llamas?
—Dupont.
—Gracias, macho. No
olvidaré tus buenos consejos.
Hace ya casi un mes que
se me fastidió el piro. Seis días más tarde, han encontrado el cuerpo flotante
de mi compañero. —Por un azar inexplicable, los tiburones no se lo habían
zampado. Pero los demás peces, al parecer, habían devorado todas sus entrañas y
una parte de la pierna, según me cuenta Dupont. Su cráneo estaba roto. En razón
de su grado de descomposición, no se le ha hecho la autopsia. Pregunto a Dupont
si tiene la posibilidad de hacerme salir una carta para el Correo. Habría que
remitírsela a Galgani para que, en el momento de sellar la saca del Correo, la
deslice dentro.
Escribo a la madre de
Romeo Salvidia, en Italia:
Señora: Su hijo ha
muerto sin cadenas en los pies. Ha muerto en el mar, valientemente, lejos de
los guardias y de la prisión. Ha muerto libre y luchando audazmente para
conquistar su libertad. Nos habíamos prometido el uno al otro escribir a
nuestra familia si una desgracia nos sucedía a cualquiera de los dos. Cumplo
con este doloroso deber, besando a usted filialmente la mano.
El amigo de su hijo,
Papillon.
Una vez cumplido este
deber, decido no pensar más en esta pesadilla. Es la vida. Queda salir del
asilo, ir cueste lo que cueste a la isla del Diablo e intentar una nueva fuga.
El guardián me ha
nombrado jardinero de su jardín. Hace ya dos meses que me porto bien, y he
conseguido que me aprecien hasta el punto de que ese imbécil de guardián no
quiere soltar me. El auvernés me dice que, en la última visita el galeno quería
hacerme salir del asilo para enviarme al campamento en "salida de
prueba". El guardián se ha opuesto diciendo que su jardín nunca había sido
trabajado con tanto cuidado.
Así que, esta mañana,
he arrancado todas las fresas y las he arrojado a la basura. En el sitio de
cada fresa, he plantado una crucecita. Tantas fresas, tantas cruces. No vale la
pena describir el escándalo que se armó. Aquel animalote de guardián de presidio
ha llegado al grado máximo de la indignación. Babeaba y se ahogaba al querer
hablar, pero ningún sonido brotaba de su boca. Sentado en una carretilla, al
final ha llorado a moco tendido. Me he pasado un poco de rosca, pero ¿qué podía
hacer?
El galeno no se ha
tomado el asunto por lo trágico.
—Este enfermo —insiste—
debe ser sometido a una "salida de prueba" al campamento, para
readaptarse a la vida normal. Esa idea extravagante se le ha ocurrido por estar
solo en el jardín.
—Dime, Papillon, ¿por
qué has arrancado las fresas y has colocado cruces en su lugar?
—No puedo explicar esta
acción, doctor, y le pido perdón al vigilante. A él le gustaban tanto las
fresas, que estoy desolado de veras. Le pediré al buen Dios que le conceda
otras.
Heme aquí en el
campamento. Vuelvo a encontrar a mis amigos. El lugar de Carbonieri está vacío,
y yo coloco mi hamaca al lado de ese espacio vacío, como si Matthieu continuara
estando allí.
El doctor me ha hecho
coser en la blusa de marinero: "En tratamiento especial." Nadie más
que el galeno debe mandarme. Me ha dado orden de recoger las hojas desde las
ocho a las diez de la mañana, frente al hospital. He bebido el café y he fumado
algunos cigarrillos en compañía del galeno, en un sillón, ante su casa. Su
esposa está sentada con nosotros, y el galeno trata de que yo le hable de mi
pasado, ayudado por su mujer.
—¿Y qué más, Papillon?
¿Qué le sucedió después de haber dejado a los indios pescadores de perlas ..?
Todas las tardes las
paso con estas personas admirables.
—Venga a verme cada
día, Papillon —dice la esposa del doctor—. En primer lugar, quiero verlo y,
luego también escuchar las historias que le han sucedido.
Cada día, paso algunas
horas con el galeno y su mujer, y algunas veces, con ella sola. Al obligarme a
narrar mi vida pasada, están convencidos de que eso contribuye a equilibrarme
definitivamente. He decidido solicitar al galeno que me mande a la isla del
Diablo.
Es cosa hecha: debo
partir mañana. Este doctor y su esposa saben a qué voy a la isla del Diablo.
Han sido tan buenos conmigo, que no he querido engañarlos:
—Matasanos, ya no
soporto este presidio; haz que me envíen a la isla del Diablo, para que me las
pire o la espiche, pero que esto se acabe de una vez.
—Te comprendo,
Papillon. Este sistema de represión me disgusta, y la Administración está
podrida.
Así que ¡adiós y buena
suerte!
DÉCIMO CUADERNO. LA
ISLA DEL DIABLO
El banco de Dreyfus
Es la más pequeña de
las tres Islas de la Salvación. La más al Norte, también; y la más directamente
batida por el viento y las olas. Después de una estrecha planicie que bordea
toda la orilla del mar, asciende rápidamente hacia una elevada llanura en la
que están instalados el puesto de guardia de los vigilantes y una sola sala
para los presidiarios, alrededor de una docena. A la isla del Diablo,
oficialmente, no se debe enviar presos por delitos comunes, sino tan sólo a los
condenados y deportados políticos.
Cada uno vive en una
casita de techo de chapa. El lunes se les distribuye los víveres crudos para
toda la semana y, cada día, un bollo de pan. Son unos treinta. Como enfermero,
tienen al doctor Léger, quien envenenó a toda su familia en Lyon o sus alrededores.
Los políticos no se tratan con los presidiarios y, alguna vez, escriben a
Cayena protestando contra tal o cual presidiario de la isla. Entonces, agarran
al denunciado y lo devuelven a Royale.
Un cable une Royale con
la isla del Diablo, pues, muy a menudo, el mar está demasiado embravecido para
que la chalupa de Royale pueda atracar en una especie de pontón de cemento.
El guardián jefe del
campamento (hay tres de ellos) se llama Santori. Es un zangón sucio que, a
veces, lleva barba de ocho días.
—Papillon, espero que
se porte usted bien, aquí. No me toque usted los cojones y yo le dejaré
tranquilo. Suba al campamento. Le veré allá arriba.
En la sala me encuentro
a seis forzados: dos chinos, dos negros, un bordelés y un tipo de Lille. Uno de
los chinos me conoce bien; estaba conmigo en Saint-Laurent, en prevención por
asesinato. Es un indochino, un superviviente de la rebelión del presidio de
Poulo Condor, en Indochina.
Pirata profesional,
atacaba los sampanes y, alguna vez, asesinaba a toda la tripulación con su
familia. Excesivamente peligroso, tiene, sin embargo, una manera de vivir en
común que capta la confianza y la simpatía de todo el mundo.
—¿Qué tal, Papillon?
—¿Y tú, Chang?
—Vamos tirando. Aquí
estamos bien. Tú comer conmigo. Tú dormir allá, al lado de mí. Yo guisar dos
veces al día. Tú pescar peces. Aquí, muchos peces.
Llega Santori.
—¡Ah! ¿Ya está
instalado? Mañana por la mañana, irá usted con Chang a dar de comer a los
cerdos. El traerá los cocos y usted los partirá en dos con un hacha. Hay que
poner aparte los cocos cremosos para dárselos a los lechoncitos que aún no
tienen dientes. Por la tarde, a las cuatro, el mismo trabajo. Aparte de esas
dos horas, una por la mañana y otra por la tarde, es usted libre de hacer lo
que quiera en la isla. Todos los pescadores deben subirle un kilo de pescado
todos los días a mi cocinero, o bien langostinos. Así, todo el mundo está
contento, ¿conforme?
—Sí, Monsieur Santori.
—Sé que eres hombre de
fuga, pero como aquí es imposible fugarse, no voy a hacerme mala sangre. Por la
noche, estáis encerrados, pero sé que, aun así, hay quien sale. Cuidado con los
deportados políticos. Todos tienen un machete. Si te aproximas a sus viviendas,
creen que vas a robarles una gallina o huevos. De este modo, puedes conseguir
que te maten o te hieran, pues ellos te ven, y tú no.
Después de haber dado
de comer a más de doscientos cerdos, he recorrido la isla durante todo el día,
acompañado por Chang, quien la conoce a fondo. Un anciano, con una larga barba
blanca, se ha cruzado con nosotros en el camino que rodea a la isla por la
orilla del mar. Era un periodista de Nueva Caledonia que, durante la guerra de
1914, escribía contra Francia en favor de los alemanes. También he visto al
asqueroso que mandó fusilar a Edith Cavell, la enfermera inglesa o belga que
salvaba a los aviadores ingleses en 1917. Este repugnante personaje, gordo y
macizo, tenía un bastón en la mano y con él azotaba una murena enorme, de más
de un metro cincuenta de largo y gruesa como mi muslo.
El enfermero, por su
parte, vive también en una de esas casitas que sólo deberían ser para los
políticos.
El tal doctor Léger es
un hombre alto, de aspecto apacible, sucio y robusto. Tan sólo su cara está
limpia, coronada por cabellos grisáceos y muy largos en el cuello y las sienes.
Sus manos están llenas de heridas mal cicatrizadas que debe de inferirse al
agarrarse, en el mar, a las asperezas de las rocas.
—Si necesitas algo, ven
y te lo daré. Pero ven sólo si estás enfermo. No me gusta que me visiten y,
menos aún que me hablen. Vendo huevos y, alguna vez, un pollo o una gallina. Si
matas a escondidas un lechoncito, tráeme un jamón y yo te daré un pollo y seis
huevos. Ya que estás aquí, llévate este frasco de ciento veinte pastillas de
quinina. Como seguramente has venido aquí para escaparte, en el caso de que,
por milagro, lo consiguieras, la necesitarías mucho en la selva.
Pesco por la mañana y
por la tarde cantidades astronómicas de salmonetes de roca. Envío de tres a
cuatro kilos cada día a los guardianes.
Santori está radiante,
pues jamás le habían dado tanta variedad de pescado y langostinos.
Ayer, el galeno Germain
Guibert vino a la isla del Diablo. Como el mar estaba tranquilo, le acompañaba
el comandante de Royale y Madame Guibert. Esta admirable mujer era la primera
que ponía pie en la isla. Según el comandante, jamás un civil había estado en
ella. He podido hablar más de una hora con la esposa del galeno. Ha venido
conmigo hasta el banco donde Dreyfus se sentaba a mirar el horizonte, hacia la
Francia que lo había repudiado.
—Si esta piedra pudiera
transmitirnos los pensamientos de Dreyfus…dice, acariciando la piedra—.
Papillon, seguramente es ésta la última vez que nos vemos, ya que me dice que
dentro de poco intentará fugarse. Rogaré a Dios para que le haga triunfar. Le
pido que, antes de partir, venga a pasar un minuto en este banco que he
acariciado y que lo toque para decirme así adiós.
El comandante me ha
autorizado a enviar por el cable, cuando yo lo desee, langostinos y pescado
para el doctor. Santori está de acuerdo.
—Adiós, doctor; adiós,
señora.
Con la mayor
naturalidad posible, los saludo antes de que la chalupa se separe del pontón.
Los ojos de Madame Guibert me miran muy abiertos, como queriendo decirme:
"Acuérdate siempre de nosotros, que tampoco te olvidaremos nunca."
El banco de Dreyfus
está en lo más alto del extremo norte de la isla. Domina el mar desde más de
cuarenta metros.
Hoy no he ido a pescar.
En un vivero natural tengo más de cien kilos de salmonetes, y en un tonel de
hierro atado con una cadena, más de quinientos de langostinos. Puedo dejar,
pues, de ocuparme de pescar. Tengo de sobra para enviar al galeno, para Santori,
para el chino y para mí.
Estamos en 1941, y hace
once años que estoy preso. Tengo treinta y cinco años. Los más hermosos de mi
vida los he pasado o en una celda o en el calabozo. Sólo he tenido siete meses
de libertad completa en mi tribu india. Los críos que he debido tener con mis
dos mujeres indias tienen ahora ocho años. ¡Qué horror! ¡Qué de prisa ha pasado
el tiempo! Pero, mirando hacia atrás, contemplo esas horas, esos minutos, tan
largos de soportar, empero, incrustados cada uno de ellos en este vía crucis.
¡Treinta y cinco años!
¿Dónde están Montmartre, la place Blanche, Pigalle, el baile del "Petit
Jardin", el bulevar de Clichy? ¿Dónde está la Nénette, con su cara de
Madona, verdadero camafeo que, con sus ojazos negros devorándome de desesperación,
gritó en la Audiencia: "No te preocupes, querido, iré a buscarte
allí"? ¿Dónde está Raymond Hubert con sus "Nos absolverán"?
¿Dónde están los doce enchufados del jurado? ¿Y la bofia? ¿Y el fiscal? ¿Qué
hace mi papá y las familias que han fundado mis hermanas bajo el yugo alemán?
Y ¡tantas fugas! Veamos
¿cuántas fugas?
La primera, cuando salí
del hospital, después de haber noqueado a los guardianes.
La segunda, en
Colombia, en Río Hacha. La mejor. En ésa, triunfé por completo. ¿Por qué
abandoné mi tribu? Un estremecimiento amoroso recorre mi cuerpo. Me parece
sentir aún en mí las sensaciones de los actos de amor con las dos hermanas
indias.
Luego, la tercera, la
cuarta, la quinta, y la sexta, en Barranquilla. ¡Qué mala suerte en esas fugas!
¡Aquel golpe de la misa, tan desdichadamente fracasado! ¡Aquella dinamita del
demonio y, luego, Clousiot enganchándose los pantalones! ¡Y el retraso de aquel
somnífero!
La séptima en Royale,
donde aquel asqueroso de Bébert Celier me denunció. Aquélla hubiera resultado,
seguro, sin su maldita presencia. Y si hubiera cerrado el Pico, yo estaría
libre con mi pobre amigo Carbonieri.
La octava, la última,
la del asilo. Un error, un gran error por mi parte. Haber dejado al italiano
elegir el punto de la botadura. Doscientos metros más abajo, cerca de la
carnicería, y hubiéramos tenido, sin lugar a dudas, más facilidad para botar la
balsa.
Este banco donde
Dreyfus, condenado inocente, encontró el coraje de vivir a pesar de todo, tiene
que servirme de algo. No debo confesarme vencido. Hay que intentar otra fuga.
Sí, esta piedra pulida,
lisa, al borde de este abismo de rocas, donde las olas golpean rabiosamente,
sin pausa, debe ser para mí un sostén y un ejemplo. Dreyfus jamás se dejó
abatir, y siempre, hasta el fin, luchó por su rehabilitación. Es verdad que contó
con Emile Zola y su famoso Yo acuso para defenderlo. De todas formas, si él no
hubiera sido un hombre bien templado, ante tanta injusticia se hubiera
arrojado, ciertamente, desde este mismo banco al vacío. Aguantó el golpe. Yo no
debo ser menos que él, y no debo abandonar tampoco la idea de intentar otra
fuga teniendo como divisa vencer o morir. La palabra morir debo desecharla,
para pensar tan sólo que venceré y seré libre.
En las largas horas que
paso sentado en el banco de Dreyfus, mi cerebro vagabundea, sueña con el pasado
y recrea proyectos de color de rosa para el porvenir. A menudo, mis ojos son
deslumbrados por un exceso de luz, por los reflejos platinados de la cresta de
las olas. A fuerza de mirar ese mar sin realmente verlo, conozco todos los
caprichos posibles e imaginables de las olas impelidas por el viento. El mar,
inexorablemente, sin fatigarse jamás, ataca las rocas más avanzadas de la isla.
Las escarba, las descascarilla y parece que le dijera a la isla del Diablo:
"Vete, es preciso que desaparezcas; me estorbas cuando me lanzo hacia
Tierra Grande; me obstaculizas el camino. Por eso, cada día, sin descanso, me
llevo un trocito de ti." Cuando hay tempestad, el mar ataca a más y mejor,
y no sólo ahonda y trae al retirarse todo cuanto ha podido destruir, sino que,
además, trata por todos los medios de hacer llegar el agua a todos los rincones
e intersticios para minar, poco a poco, por debajo, esos gigantes de roca que
parecen decir: "Por aquí no se pasa."
Y entonces descubro un
hecho muy importante. justamente debajo del banco de Dreyfus, de cara a unas
rocas inmensas que tienen forma de lomo de asno, las olas atacan, se rompen y
se retiran con violencia. Sus toneladas de agua no pueden desparramarse porque
están encajonadas entre dos rocas que forman una herradura de unos cinco a seis
metros de ancho. Luego, está el acantilado, de tal modo que el agua de la ola
no tiene otra salida para volver al mar.
Mi descubrimiento es
muy importante, porque si en el momento en que la ola rompe y se precipita en
la cavidad me arrojo desde la peña con un saco de cocos sumergiéndome
directamente en dicha ola, sin duda alguna que me arrastraría consigo al
retirarse.
Sé de dónde puedo tomar
muchos sacos de yute, pues en la pocilga hay tantos como se quiera para guardar
los cocos.
Primero debo hacer una
prueba. En luna llena, las mareas son más altas y, por lo tanto, las olas son
más fuertes. Esperaré la luna llena. Un saco de yute bien cosido, lleno de
cocos secos con su envoltura de fibra, puede disimularse perfectamente en una especie
de gruta, para entrar en la cual es preciso ir por debajo del agua. La he
descubierto al sumergirme para atrapar langostinos. Estos se adhieren al techo
de la gruta, que recibe aire sólo cuando la marea está baja. En otro saco,
atado al de los cocos, he puesto una piedra que debe pesar de treinta y cinco a
cuarenta kilos. Como yo pienso partir con dos sacos en vez de uno y peso
setenta kilos, quedan salvadas las proporciones.
Me siento muy excitado
por esta experiencia. Este lado de la isla es tabú. Nadie podría imaginar jamás
que a alguien se le ocurriera elegir el lugar más batido por las olas y, por lo
tanto, el más peligroso, para evadirse.
Sin embargo, es el
único sitio donde, si consigo alejarme de la costa, sería arrastrado hacia mar
abierto y no podría, de ninguna manera, ir a estrellarme contra la isla de
Royale.
De ahí y sólo de ahí
debo partir.
El saco de cocos y la
piedra son muy pesados y nada fáciles de llevar. No he podido izarlos a lo alto
de la roca, que está resbaladiza y siempre mojada por las olas. Chang, a quien
he puesto al corriente de mis intenciones, vendrá a ayudarme. He cogido todo un
aparejo de pesca, de sedales de fondo, para que, si nos sorprenden, podamos
decir que hemos ido a poner trampas para los tiburones.
—Animo, Chang. Un poco
más y ya está.
La luna llena ilumina
la escena como si fuera pleno día. El fragor de las olas me anonada. Chang me
pregunta:
—¿Estás dispuesto,
Papillon? échaselo a aquélla.
La ola, de casi cinco
metros de alto, se precipita locamente contra la roca y rompe por debajo de
nosotros, pero el choque es tan violento que la cresta pasa por encima de la
peña y nos deja empapados. Ello no impide que lancemos el saco en el segundo mismo
en que la ola se arremolina antes de retirarse. Arrastrado como una paja, el
saco se interna en el mar.
—Ya está, Chang; va
bien.
—Espera para ver si
saco no volver.
Apenas cinco minutos
más tarde, consternado, veo llegar mi saco, subido a la cresta de una ola de
fondo inmensa, de más de siete u ocho metros de altura. La ola levanta como una
paja aquel saco de cocos con su piedra. Lo lleva en la cresta, un poco antes de
la espuma; con una fuerza increíble lo devuelve al punto de partida, un poco a
la izquierda, y se aplasta contra la roca de enfrente. El saco se abre, los
cocos se desparraman y la piedra se hunde al fondo de la cavidad.
Empapados hasta los
huesos, pues la ola nos ha mojado por entero y nos ha barrido literalmente —por
fortuna, del lado de tierra—, despellejados y contusos, Chang y yo, sin lanzar
una mirada más al mar, nos alejamos lo más rápidamente posible de este lugar
maldito.
—No buena, Papillon. No
buena esta idea de fuga de la isla del Diablo. Es mejor Royale. Del lado sur
puedes salir mejor que de aquí.
—Sí, pero en Royale la
evasión se descubriría en dos horas, como máximo. Al no estar impulsado el saco
de cocos más que por la ola, pueden cogerme en tenaza las tres canoas de la
isla, en tanto que aquí, en primer lugar, no hay embarcación alguna y, en segundo
lugar, tengo toda la noche por delante antes de que se den cuenta de la fuga.
Además, pueden creer que me he ahogado cuando pescaba. Aquí no hay teléfono. Si
me voy durante un temporal, no habrá chalupa capaz de llegar hasta esta isla.
Así, debo partir de aquí. Pero, ¿cómo?
A mediodía cae un sol
de plomo. Un sol tropical que casi hace hervir el cerebro, que calcina toda
planta que haya logrado nacer, pero que, en todo caso, no ha podido crecer
hasta el punto de ser lo bastante fuerte como para resistirlo. Un sol que hace
evaporarse en pocas horas los charcos de agua no demasiado profundos, dejando
una película blanca de sal. Un sol que hace danzar el aire. Sí, el aire se
mueve, literalmente se mueve ante mis ojos, y la reverberación de la luz solar
en el mar me quema las pupilas. Sin embargo, de nuevo en el banco de Dreyfus,
todo eso no me impide observar el mar. Y es entonces cuando me doy cuenta de
que soy —un perfecto imbécil.
La ola de fondo que,
dos veces más alta que las demás ha devuelto el saco a las rocas,
pulverizándolo, esta ola, digo, se repite sólo cada siete.
Desde mediodía hasta la
puesta del sol, he mirado si era algo automático, si no había un cambio de
tiempo y, por lo tanto, alguna irregularidad en la periodicidad y en la forma
de esa ola gigantesca.
No, ni una sola vez la
ola de fondo ha llegado antes o después. Seis olas de unos seis metros y,
luego, formándose a más de trescientos metros de la costa, la ola de fondo.
Llega derecha como una "I". A medida que se aproxima, aumenta de
volumen y de altura. Casi nada de espuma en su cresta, al contrario de las
otras seis. Muy poca. Hace un ruido peculiar, como un trueno que se aleja y se
extingue a lo lejos. Cuando rompe contra las dos rocas y se precipita en el
canal natural y va a chocar contra el acantilado, como su masa de agua es mucho
mayor que la de las otras olas, se sofoca, gira muchas veces en la cavidad y
precisa de diez a quince segundos para que esos remolinos, esas especies de
torbellinos encuentren la salida y se vayan, arrancando y llevándose consigo
grandes piedras que no hacen más que ir y venir con un fragor tal que se diría
que se trata de centenares de cargamentos de piedras que se vuelcan
brutalmente.
He metido una docena de
cocos en el mismo saco, junto con una piedra, de casi veinte kilos, y apenas
rompe la ola de fondo, arrojo el saco.
No puedo seguirlo con
la vista porque hay demasiada espuma blanca en la cavidad, pero tengo tiempo de
advertirlo por un segundo cuando el agua, como succionada, se precipita hacia
el mar. El saco no regresa. Las otras seis olas no habían tenido la suficiente
fuerza como para lanzarlo a la costa, y cuando se formó la séptima, a casi
trescientos metros, el saco había debido de pasar ya el punto en que nace esa
ola, pues no he vuelto a verlo.
Henchido de gozo y
esperanza, me dirijo al campamento. Ya está; he encontrado una botadura
perfecta. Nada de aventuras en este golpe. De todos modos, haré una prueba más
seria, exactamente con las mismas condiciones que para mí: dos sacos de cocos
bien atados el uno al otro y, encima, setenta kilos de peso repartidos en dos o
tres piedras. Se lo cuento a Chang. Y mi compañero el chino de Poulo Condor
escucha, todo oídos, mis explicaciones.
—Está bien, Papillon.
Creo que lo has encontrado. Yo ayudar tú para el verdadero intento. Esperar
marea alta ocho metros. Pronto equinoccio.
Ayudado por Chang,
aprovechando una marea equinoccial de más de ocho metros, lanzamos a la famosa
ola de fondo dos sacos de cocos cargados con tres piedras que deben pesar casi
ochenta kilos.
—¿Cómo tú llamar niña
salvada por ti en San José?
—Lisette.
—Nosotros llamar
Lisette a la ola que un día se te llevará. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
Lísette llega con el
mismo ruido que hace un tren al entrar en una estación. Se ha formado a más de
doscientos cincuenta metros y, en pie, como un acantilado, avanza aumentando a
cada segundo. Es, en verdad, muy impresionante. Rompe con tanta fuerza que
Chang y yo somos literalmente barridos de la roca y, ellos solos, los sacos
cargados, han caído en la cavidad. Nosotros, dado que en seguida hemos
advertido, a la décima de segundo, que no podríamos mantenernos en la roca, nos
hemos echado hacia atrás lo que no nos ha salvado de una manga de agua, pero
nos ha impedido caer en la cavidad. Hemos hecho la prueba a las diez de la
mañana. No corremos ningún riesgo, porque los tres guardianes están ocupados,
en el otro extremo de la isla, con un inventario general. El saco se ha
alejado, y lo distinguimos con toda claridad, muy lejos de la costa. ¿Ha sido
llevado más lejos del lugar de nacimiento de la ola de fondo? No tenemos ningún
punto de referencia para ver si está más lejos o más cerca. Las seis olas que
siguen a Liseite no han podido atraparlo en su avance. Lisette se forma una vez
más y parte de nuevo. Tampoco trae consigo los sacos. Así, pues, ha salido de
su zona de influencia.
Hemos subido
rápidamente al banco de Dreyfus para tratar de distinguir los sacos otra vez, y
tenemos la alegría, en cuatro ocasiones, de verlos surgir muy lejos encima de
la cresta de olas que no vuelven a la isla del Diablo, sino que se dirigen al
Oeste. Indiscutiblemente, la experiencia es positiva. Partiré hacia la gran
aventura a lomos de Lisette.
—Está allí, mira.
Una, dos, tres, cuatro,
cinco, seis… y he aquí que llega Lisette.
El mar continúa
enfurecido en la punta del banco de Dreyfus, pero hoy está particularmente de
mal humor. Lisette avanza con su ruido característico. Me parece más enorme
aún, y hoy desplaza, sobre todo en la base, todavía más agua que de costumbre.
Esta monstruosa masa líquida viene a atacar las dos rocas con más rapidez y más
directamente que nunca. Y cuando rompe y se precipita contra el espacio que hay
entre las enormes piedras, el golpe es aún más ensordecedor, si cabe, que las
otras veces.
—¿Es ahí donde dices
que hay que tirarse? Pues bien; compañero, has escogido el sitio a las mil
maravillas. Yo no voy. Quiero fugarme, es cierto, pero no suicidarme.
A Sylvain le ha
impresionado mucho Lísette, a quien acabo de presentarle. Está en la isla del
Diablo desde hace tres días y naturalmente, le he propuesto que partamos
juntos. Cada cual en una balsa. Así, si acepta, tendré un camarada en Tierra
Grande para organizar otra fuga. En la selva, uno solo no se lo pasa divertido.
—No te asustes por
adelantado. Reconozco que, a la primera impresión, cualquier hombre se echaría
atrás. Sin embargo, es la única ola capaz de arrastrarte lo bastante lejos como
para que las otras que la siguen no tengan suficiente fuerza para devolver te a
las rocas.
—Cálmate, mira, hemos
probado —dice Chang—. Es seguro jamás tú, una vez marchado, puedes volver a la
isla del Diablo ni ir a parar a Royale.
He necesitado una
semana para convencer a Sylvain. Es un tipo musculoso, de un metro ochenta,
cuerpo de atleta y bien proporcionado.
—Bien. Admito que nos
arrastre lo bastante lejos. Pero, luego ¿cuánto tiempo crees que tardaríamos en
llegar a tierra Grande empujados por las mareas?
—Francamente, Sylvain,
no lo sé. La deriva puede ser más o menos larga, eso dependerá del tiempo. El
viento no nos afectará; en el mar estaremos demasiado en calma. Pero si hace
mal tiempo, las olas serán más fuertes y nos empujarán más de prisa hasta la
selva. En siete, ocho o diez mareas todo lo más, tenemos que haber sido
arrojados a la costa. Así que, con los cambios, calcula de cuarenta y ocho a
sesenta horas.
—¿Cómo lo calculas?
—De las Islas, derecho
a la costa, no hay más que cuarenta kilómetros. A la deriva, eso representa que
es la hipotenusa de un triángulo rectángulo. Mira el sentido de las olas. Más o
menos. es preciso recorrer de ciento veinte a ciento cincuenta kilómetros como
máximo. Cuando más nos aproximemos a la costa, más directamente nos dirigirán
las olas y nos lanzarán a ella. A primera vista, ¿no crees que un pecio, a esa
distancia, no recorre cinco kilómetros por hora?
Me mira fijamente y
escucha con mucha atención mis explicaciones. Este chicarrón es muy
inteligente.
—No, sabes lo que te
dices, lo reconozco, y si hubiera mareas bajas que nos hicieran perder tiempo,
porque ellas serán las que nos atraigan hacia el mar abierto, estaríamos,
ciertamente, en la costa en menos de treinta horas. A causa de las mareas
bajas, creo que tienes razón: entre cuarenta y ocho y sesenta horas, llegaremos
a la costa.
—¿Estás convencido?
¿Partes conmigo?
—Casi. Supongamos que
estamos en Tierra Grande, en la selva. ¿Qué hacemos, entonces?
—Hay que aproximarse a
los alrededores de Kourou. Allí, hay una aldea de pescadores bastante
importante, y se encuentran buscadores de balata y de oro. Hay que aproximarse
con prudencia, pues también hay un campamento forestal de presidiarios.
Ciertamente, hay pistas de penetración en la selva para ir hacia Cayena y hacia
un campamento de chinos que se llama Inini. Será preciso amenazar a un preso o
a un civil negro, y obligarlo a que nos conduzca a Inini. Si el tipo se porta
bien, le daremos quinientos francos y que se largue. Si es un preso, le
obligaremos a huir con nosotros.
—¿Qué vamos a hacer en
Inini, en ese campamento especial para indochinos?
—Allí está el hermano
de Chang.
—Sí, está mi hermano.
El fugarse con vosotros, el seguro encontrar canoa y víveres. Cuando vosotros
encontrar Cuic-Cuic, vosotros tener todo para la fuga. Un chino nunca es
chivato. Así que cualquier anamita que encontréis en la selva, vosotros hablad
y él avisar Cuic-Cuic.
—¿Por qué llamáis
Cuic-Cuic a tu hermano? —pregunta Sylvain.
—No lo sé, son
franceses quienes le bautizaron Cuic-Cuic. —Y añade—: Atención. Cuando vosotros
casi llegados a Tierra Grande, encontrar arenas movedizas. Jamás andar por
orilla; no bueno; tragaros. Esperar que otra marea os empuje hasta la selva
para poder agarrar bejucos y ramas de árboles. Si no, vosotros jodidos.
—¡Ah, sí, Sylvain! No
hay que andar nunca por la arena, aunque sea muy cerca de la costa. Es preciso
esperar a que podamos agarrar ramas o bejucos.
—De acuerdo, Papillon.
Estoy decidido.
—Como las dos balsas
están hechas igual, poco más o menos, y como tenemos el mismo peso, seguro que
no nos separaremos demasiado el uno del otro. Pero nunca se sabe. En caso de
que nos perdamos, ¿cómo nos encontraremos? Desde aquí, no se ve Kourou. Pero tú
has advertido, cuando estabas en Royale, que a la derecha de Kourou,
aproximadamente a veinte kilómetros, hay una rocas blancas que se distinguen
bien cuando les da el sol.
—Sí.
—Son las únicas rocas
de toda la costa. A derecha e izquierda hasta el infinito, hay arenas
movedizas. Esas rocas son blancas a causa de la mierda de los pájaros. Los hay
a millares, y como jamás va un hombre allí, es un refugio para rehacerse antes
de internarse en la selva. Nos zamparemos huevos y los cocos que llevemos. No
encenderemos fuego. El primero que llegue esperará al otro.
—¿Cuántos días?
—Cinco. Es imposible
que en menos de cinco días el otro no acuda a la cita.
Las dos balsas están
hechas. Hemos forrado los sacos para que sean más resistentes. Le he pedido
diez días a Sylvain para poder entrenarme el mayor número de horas posibles en
cabalgar un saco. El hace lo mismo. Cada vez, nos damos cuenta de que cuando los
sacos están a punto de volcar, se requieren esfuerzos suplementarios para
mantenerse encima. Cada vez que se pueda, será preciso acostarse encima. Hay
que tener cuidado de no dormirse, pues puede perderse el saco al caer uno al
agua y no poderlo recobrar. Chang me ha confeccionado un saquito estanco que me
colgaré del cuello, con cigarrillos y un encendedor de yesca. Rallamos diez
cocos cada uno, para llevárnoslos. Su pulpa nos permitirá soportar el hambre y,
también, saciar la sed. Al parecer, Santori tiene una especie de bota de piel
para guardar vino, pero no la utiliza. Chang, que a veces va a casa del
guardián, tratará de choriziársela.
Es para el domingo a
las diez de la noche. La marea, debido al plenilunio, debe de ser de ocho
metros. Lisette tendrá, pues, toda su fuerza. Chang dará él solo de comer a los
cerdos el domingo por la mañana. Yo voy a dormir todo el día del sábado y todo el
domingo. Partida a las diez de la noche. El flujo habrá comenzado ya a las dos.
Es imposible que mis
dos sacos se desaten el uno del otro. Están atados con cuerdas de cáñamo
trenzado, con alambre de latón y—cosidos entre sí con un grueso hilo de vela.
Hemos encontrado unos sacos mayores, y la abertura de cada uno encaja en la del
otro. Los cocos no podrán escaparse de ningún modo.
Sylvain no para de
hacer gimnasia, y yo me hago dar masaje en los muslos por las pequeñas olas que
dejo romper contra ellos durante largas horas. Estos golpes repetidos del agua
en mis muslos y las tracciones que me veo obligado a hacer ante cada ola para
resistirla, me han dejado unas piernas y unos muslos de hierro.
En un pozo fuera de uso
de la isla, hay una cadena de casi tres metros. La he trenzado a las cuerdas
que atan mis sacos. Tengo un perno que pasa a través de los eslabones. En caso
de que no pudiera resistir más, me ataría a los sacos con la cadena. Tal vez,
así, pudiera dormir sin correr el riesgo de caer al agua y perder mi balsa. Si
los sacos vuelcan, el agua me despertará y los volveré a colocar.
—Bueno, Papillon, ya
sólo faltan tres días.
Sentados en el banco de
Dreyfus, contemplamos a Lisette.
—Sí, sólo tres días,
Sylvain. Yo creo que lo conseguiremos. ¿Y tú?
—Es verdad, Papillon.
El martes por la noche o el miércoles por la mañana, estaremos en la selva. Y,
entonces, ¡que nos echen un galgo!
Chang nos rallará los
diez cocos de cada uno. Además de los cuchillos, llevamos dos machetes robados
en la reserva de útiles.
El campamento de Inini
se halla al este de Kourou. Sólo caminando por la mañana, cara al sol,
estaremos seguros de seguir la dirección conveniente.
—El lunes por la
mañana, Santori volver majareta dice Chang—. Yo no decir que tú y Papillon
desaparecidos antes del lunes a las tres de la tarde, cuando guardián terminado
siesta.
—¿Y por qué no llegas
corriendo y dices que se nos ha llevado una ola mientras estábamos pescando?
—No, yo no
complicaciones. Yo decir: "Jefe, Papillon y Stephen no venidos a trabajar
hoy. Yo he dado de comer solo a los cerdos."
Ni más ni menos.
La fuga de la Isla del
Diablo
Domingo, siete de la
tarde. Acabo de despertarme. Voluntariamente, duermo desde el sábado por la
mañana. La luna no sale hasta las nueve, así que, afuera, es negra noche. Pocas
estrellas en el cielo. Gruesas nubes cargadas de lluvia pasan de prisa por encima
de nuestras cabezas. Acabamos de salir del barracón. Como a menudo vamos a
pescar clandestinamente de noche incluso a pasearnos por la isla, todos los
demás presidiarios encuentran la cosa muy natural.
Un muchachito entra con
su amante, un árabe fornido. Seguramente, vienen de hacer el amor en cualquier
rincón. Al verlos levantar la tabla para entrar en la sala, pienso que, para el
mayor, poder besar a su amigo dos o tres veces al día es el colmo de la
felicidad. Poder satisfacer hasta la saciedad sus necesidades eróticas,
transforma para él el presidio en un paraíso. En cuanto al chico, ni más ni
menos. Puede tener de veintitrés a veinticinco años. Su cuerpo no es ya el de
un efebo. Se ve obligado a vivir en la sombra para conservar su piel blanca
lechosa, y empieza a no ser ya un Adonis. Pero, en presidio, hay más amantes de
los que puede soñarse tener estando en libertad. Además de su amante de
corazón, o sea el chivo, hace clientes a veinticinco francos la sesión,
exactamente como una prostituta del bulevar Rochechouart, en Montmartre. Además
del placer que le proporcionan sus clientes, obtiene suficiente dinero para
vivir él y su "hombre" con comodidad. Estos, los clientes, se
revuelcan voluntariamente en el vicio y, desde el día que ponen los pies en
presidio, no tienen otro ideal que el sexo.
El fiscal que los hizo
condenar ha fracasado en su intención de castigarlos, haciéndoles ir por el
camino de la podredumbre. Porque en esa podredumbre han encontrado precisamente
la felicidad.
Ajustado el tablón tras
el homosexual, nos quedamos solos Chang, Sylvain y yo.
—En marcha.
Rápidamente, llegamos a
la parte norte de la isla.
Al sacar las balsas de
la gruta nos hemos quedado empapados los tres. El viento sopla con los aullidos
característicos del viento de mar desencadenado. Sylvain y Chang me ayudan a
empujar mi balsa a lo alto de la peña. En el último momento, decido atarme la
muñeca izquierda a la cuerda del saco. De repente, tengo miedo de perder mi
saco y de ser arrastrado sin él. Sylvain sube a la roca de enfrente, ayudado
por Chang. La luna está ya muy alta, y se ve muy bien.
Me he enrollado una
toalla alrededor de la cabeza. Debemos esperar seis olas. Más de treinta
minutos.
Chang ha regresado
junto a mí. Me rodea el cuello y, luego, me abraza. Acostado sobre la roca y
agazapado en una hendidura de la piedra, me agarrará las piernas para ayudarme
a soportar el choque de Lisette cuando ésta rompa.
—¡Sólo queda una —grita
Sylvain—, y la otra es la buena!
Está ante su balsa para
cubrirla con su cuerpo y protegerla de la manga de agua que, a no tardar,
pasará sobre él. Yo mantengo la misma posición, pero afianzado además por las
manos de Chang, quien, en su nerviosismo, me clava las uñas en los tobillos.
Llega Lisette que viene
a buscarnos. Llega derecha como la aguja de una iglesia. Con su ensordecedor
fragor de costumbre, rompe contra nuestras dos rocas y va a dar contra el
acantilado.
Me he lanzado una
fracción de segundo antes que mi compañero, quien cae también en seguida, y
Lisette absorbe las dos balsas, juntas la una a la otra, hacia el mar abierto,
con una velocidad vertiginosa. En menos de cinco minutos, nos hallamos a más de
trescientos metros de la costa. Sylvain aún no ha montado sobre su balsa. Yo ya
estaba encima de la mía al cabo de dos minutos. Con un trozo de paño blanco en
la mano, encaramado al banco de Dreyfus, a donde ha debido subir rápidamente,
Chang nos envía su último adiós. Hace ya más de cinco minutos que hemos salido
del sitio peligroso donde las olas se forman para embestir la isla del Diablo.
Las que nos empujan son mucho más largas, casi sin espuma, y tan regulares que
partimos a la deriva, formando cuerpo con ellas, sin sacudidas y sin que la
balsa amenace volcarse.
Ascendemos y
descendemos estas profundas y elevadas ondas, llevados suavemente hacia el mar
abierto, pues la marea baja.
Al remontar la cresta
de una de esas olas, puedo, una vez más, volviendo del todo la cabeza,
vislumbrar el trapo blanco de Chang. Sylvain no está muy lejos de mí, a unos
cincuenta metros hacia el mar abierto. En muchas ocasiones, levanta un brazo y
lo sacude en señal de alegría y de triunfo.
La noche no ha sido
dura, y hemos advertido poderosamente el cambio de atracción del mar. La marea
con la que partimos nos empujó a mar abierto, y ésta, ahora, nos empuja hacia
Tierra Grande.
El sol se levanta en el
horizonte, así que son las seis. Nos hallamos demasiado bajos en el agua para
ver la costa. Pero me doy cuenta de que estamos muy lejos de las islas, pues
apenas se las distingue (aunque el sol las ilumina en su altura), sin poder
adivinar que son tres. Veo una masa; eso es todo. Al no poder distinguirlas con
detalle, pienso que están a treinta kilómetros por lo menos.
Sonrío por el triunfo,
por el éxito de esta fuga.
¿Y si me sentara en mi
balsa? El viento, de este modo, me empujaría al golpearme en la espalda.
Ya estoy sentado.
Suelto la cadena y doy una vuelta alrededor de mi cintura. El perno, bien
engrasado, permite apretar fácilmente la tuerca. Levanto las manos en alto para
que el viento las seque. Voy a fumar un cigarrillo. Ya está. Larga,
profundamente, aspiro las primeras bocanadas y expulso el humo con suavidad. Ya
no tengo miedo, pues es inútil describiros los dolores de barriga que he pasado
después, antes y durante los primeros momentos de la acción. No; no tengo
miedo, hasta el punto de que, terminado el cigarrillo, decido comerme algunos
bocados de pulpa de coco. Me trago un gran puñado y, luego, fumo otro
cigarrillo. Sylvain está bastante lejos de mí. De vez en vez, cuando nos
encontramos en un mismo momento en la cresta de una ola, podemos vernos
furtivamente. El sol incide con fuerza diabólica sobre mi cráneo, que empieza a
hervir. Mojo mi toalla y me la enrollo a la cabeza. Me he quitado la marinera
de lana, pues, a pesar del viento, me sofocaba.
¡Maldita sea! Mi balsa
ha volcado y he estado a punto de ahogarme. Me he bebido dos buenos tragos de
agua de mar.
Pese a mis esfuerzos,
no conseguía enderezar los sacos y subirme encima de ellos. La culpa la tiene
la cadena. Mis movimientos no son lo bastante libres con ella. Al final,
haciéndola deslizarse por un lado, he podido nadar en línea recta junto a los
sacos y respirar profundamente. Empiezo a tratar de liberarme por completo de
la cadena, y mis dedos intentan inútilmente desenroscar la tuerca. Estoy
rabioso y, quizá, demasiado crispado, y no tengo bastante fuerza en los dedos
para soltarla.
¡Uf! ¡Por fin, ya está!
Acabo de pasar un mal rato. Estaba literalmente enloquecido al creer que no me
sería posible librarme de la cadena.
No me tomo la molestia
de enderezar la balsa. Agotado, no me siento con fuerzas para hacerlo. Me izo
sobre ella. Que la parte de abajo se haya convertido en la de arriba, ¿qué
importa? Nunca más me ataré, ni con la cadena ni con nada. Al partir, ya me di
cuenta de la estupidez que cometí atándome por la muñeca. Semejante experiencia
hubiera debido bastarme.
El sol,
inexorablemente, me quema los brazos y las piernas. La cara me arde. Si me la
mojo, es peor, pues el agua se evapora inmediatamente y me quema más aún.
El viento ha amainado
mucho, y aunque el viaje resulta más cómodo, pues las olas son ahora menos
altas, avanzo con menos rapidez. Así, pues, más vale mucho viento y mala mar
que calma.
Siento calambres tan
fuertes en la pierna derecha, que grito como si alguien pudiera oírme. Con el
dedo, hago cruces donde tengo el calambre, recordando que mi abuela me decía
que eso los quita. El remedio de comadre, sin embargo, fracasa. El sol ha descendido
mucho al Oeste. Aproximadamente son las cuatro de la tarde, y es la cuarta
marea desde la partida. Esta marea ascendente parece empujarme con mayor fuerza
que la otra hacia la costa.
Ahora veo sin
interrupción a Sylvain, y él también me ve muy bien. Desaparece muy raras
veces, pues las olas son poco profundas. Se ha quitado la camisa y está con el
torso desnudo. Sylvain me hace señales. Está a más de trescientos metros
delante de mí, pero hacia el mar abierto. A la vista de la ligera espuma que
hay alrededor de él, diríase que está frenando la balsa para que pueda
aproximarme a la suya. Me acuesto sobre mis sacos y, hundiendo los brazos en el
agua, remo yo también. Si él frena y yo impulso, tal vez acortemos la distancia
que nos separa.
He elegido bien a mi
compañero en esta evasión. Sabe estar a la altura que el momento requiere.
Ciento por ciento.
He dejado de remar con
las manos. Me siento fatigado. Debo ahorrar mis fuerzas. Comeré y, después,
trataré de enderezar la balsa. La bolsa de la comida está debajo, así como la
botella de cuero con agua dulce. Tengo sed y hambre. Mis labios están ya agrietados
y me arden. La mejor manera de volver los sacos es colgarme de ellos, de cara a
la ola, y luego empujar con los pies en el momento en que asciendan a lo alto
de la ola.
Tras cinco tentativas
fallidas, consigo enderezar la balsa de un solo golpe. Estoy extenuado por los
esfuerzos que acabo de hacer, y me cuesta Dios y ayuda enderezarme sobre los
sacos.
El sol está en el
horizonte y, dentro de poco, desaparecerá. Son, pues, cerca de las seis.
Esperemos que la noche no sea demasiado agitada, pues comprendo que son las
prolongadas inmersiones lo que me quita las fuerzas.
Bebo un buen trago de
agua de la bota de cuero de Santori, después de haber comido dos puñados de
pulpa de coco. Satisfecho, con las manos secas por el viento, extraigo un
cigarrillo y lo fumo con deleite. Antes de que caiga la noche, Sylvain ha
agitado su toalla y yo la mía, en señal de buenas noches. Continúa estando
igual de lejos de mí. Estoy sentado con las piernas extendidas. Acabo de
retorcer todo lo posible mi marinera de lana y me la pongo. Estas marineras,
incluso mojadas, conservan el calor, y tan pronto como ha desaparecido el sol,
he sentido frío.
El viento refresca.
Sólo las nubes, al Oeste, están bañadas de luz rosada en el horizonte. Todo el
resto está ahora en la penumbra, que se acentúa minuto a minuto. Al Este, de
donde viene el viento, no hay nubes. Así, pues, no hay peligro de lluvia, por el
momento.
No pienso absolutamente
en nada, como no sea en mantenerme bien, en no mojarme inútilmente y en
preguntarme si sería inteligente, en caso de que la fatiga me venciera, atarme
a los sacos, o si resultaría demasiado peligroso después de la experiencia que he
tenido con la cadena. Luego, me doy cuenta de que me he visto entorpecido en
mis movimientos porque la cadena era demasiado corta, pues un extremo estaba
inútilmente desaprovechado, entrelazado a las cuerdas y a los alambres del
saco. Este extremo es fácil de recuperar. Entonces, tendría más facilidad de
maniobra. Arreglo la cadena y me la ato de nuevo a la cintura. La tuerca, llena
de grasa, funciona sin dificultad. No hay que enroscarla demasiado, como la
primera vez. Así, me siento más tranquilo, pues tengo un miedo cerval de
dormirme y perder el saco.
Sí, el viento arrecia
y, con él, las olas. El tobogán funciona a las mil maravillas con diferencias
de nivel cada vez más acentuadas.
Es noche cerrada. El
cielo está constelado de millones de estrellas, y la Cruz del Sur brilla más
que todas las demás.
No veo a mi compañero.
Esta noche que comienza es muy importante, pues si la suerte quiere que el
viento sople toda la noche con la misma fuerza, ¡adelantaré camino hasta mañana
por la mañana!
Cuanto más avanza la
noche, más fuerte sopla el viento. La luna sale lentamente del mar y presenta
un color rojo oscuro. Cuando, liberada, surge al fin enorme, toda entera,
distingo con claridad sus manchas negras, que le dan el aspecto de un rostro.
Son, pues, más de las
diez. La noche se va haciendo cada vez más clara. A medida que se eleva la
luna, la claridad se vuelve muy intensa. Las olas están plateadas en la
superficie, y su extraña reverberación me quema los ojos. No es posible dejar
de mirar estos reflejos plateados, y, en verdad, hieren y achicharran mis ojos
ya irritados por el sol y el agua salada.
Prefiero decirme que
exagero, no tengo la voluntad de resistir y me fumo tres cigarrillos seguidos.
Nada anormal respecto a
la balsa que, en un mar fuertemente embravecido, sube y baja sin problemas. No
puedo dejar mucho tiempo las piernas alargadas sobre el saco, pues la posición
de sentado me produce en seguida calambres muy dolorosos. *
Estoy, por supuesto,
constantemente calado hasta los huesos. Tengo el pecho casi seco, porque el
viento me ha secado la marinera, sin que ninguna ola me moje, luego, más arriba
de la cintura. Los ojos me escuecen cada vez más. Los cierro. De vez en cuando,
me duermo. "No debes dormirte." Es fácil de decir, pero no puedo más.
Así, pues, ¡mierda! Lucho contra esos sopores. Y cada vez que recobro el
sentido de la realidad, siento un dolor agudo en el cerebro. Saco mi encendedor
de yesca. De vez en cuando, me produzco una quemadura colocando su mecha
encendida sobre el antebrazo o el cuello.
Soy presa de una
horrible angustia que trato de apartar con toda mi fuerza de voluntad. ¿Me
dormiré? Y, —al caer al agua, ¿me despertará el frío? He hecho bien atándome a
la cadena.
No puedo perder—estos
dos sacos porque son mi vida. Será cosa del diablo, si resbalando de la balsa,
no me despierto.
Desde hace unos
minutos, vuelvo a estar empapado. Una ola rebelde, que sin duda no quería el
camino regular de las demás, ha venido a chocar contra mí por el lado derecho.
No sólo me ha mojado ella, sino que, habiéndome colocado de través, otras dos
olas normales me han cubierto literalmente de la cabeza a los pies.
La segunda noche está
muy avanzada. ¿Qué hora puede ser? Por la posición de la luna, que comienza a
descender hacia el Oeste, deben de ser cerca de las dos o las tres de la
madrugada. Hace cinco mareas, o treinta horas, que estamos en el agua. Haber
quedado calado hasta los huesos me sirve de algo: el frío me ha despertado por
completo. Tiemblo, pero conservo sin esfuerzo, los ojos abiertos. Tengo las
piernas anquilosadas y decido colocarlas debajo de las nalgas. Alzando las
manos, cada una a su vez, consigo sentarme encima de las piernas. Tengo los
dedos de los pies helados, acaso se calienten bajo mi peso.
Sentado a la usanza
árabe, permanezco así largo rato. Haber cambiado de postura me hace bien. Trato
de ver a Silvain, pues la luna ilumina muy frecuentemente el mar. Sólo que ya
ha descendido, y como la tengo de cara, me impide distinguir bien. i No, no veo
nada. Sylvain no tenía nada con que atarse a los sacos.
¿Quién sabe si aún está
encima de ellos? Busco desesperadamente, pero es inútil. El viento es fuerte,
pero regular. No cambia de manera brusca, y eso es muy importante. Estoy
acostumbrado a su ritmo, y mi cuerpo forma literalmente un todo con mis sacos.
A fuerza de escrutar a
mi alrededor, tengo una sola idea fija en la cabeza: distinguir a mi compañero.
Seco mis dedos al viento y, luego, silbo con todas mis fuerzas con los dedos en
la boca. Escucho. Nadie responde. ¿Sabe Sylvain silbar con los dedos? No lo sé.
Hubiera debido preguntárselo antes de partir. ¡Hasta hubiéramos podido fabricar
fácilmente dos silbatos! Me recrimino por no haber pensado en eso. Luego, me
coloco las manos delante de la boca y grito: "iUh, uh!" Tan sólo el
ruido del viento me responde. Y el rumor de las olas.
Entonces, no pudiendo
aguardar más, me levanto y, derecho sobre mis sacos, levantando la cadena con
la mano izquierda, me mantengo en equilibrio el tiempo que cinco olas tardan en
montarme en su cresta. Cuando llego a lo alto, estoy completamente en pie y,
para el descenso y el ascenso, me agacho. Nada a la derecha, nada a la
izquierda, nada delante. ¿Estará detrás de mí?
No me atrevo a ponerme
en pie y mirar atrás. Lo único que creo haber distinguido sin sombra de duda,
es, a mi izquierda, una línea negra que resalta en esta claridad lunar. Seguro
que es la selva.
Cuando se haga de día,
veré los árboles, y eso me hace bien." ¡Cuando sea de día verás la selva,
Papi! ¡Oh, que el buen Dios haga que veas también a tu amigo!"
He estirado las
piernas, tras haberme frotado los dedos de los pies. Luego, decido secarme las
manos y fumar un cigarrillo. Fumo dos. ¿Qué hora puede ser? La luna está muy
baja. Ya no me acuerdo de cuánto tiempo, antes de la salida del sol,
desapareció la luna la noche pasada. Trato de recordarlo cerrando los ojos y
evocando las imágenes de la primera noche. En vano. ¡Ah, sí! De pronto, veo con
claridad levantarse el sol por el Este y, al mismo tiempo, una punta de luna
sobre la línea del horizonte, al Oeste. Así, pues, deben de ser casi las cinco.
La luna es bastante lenta para precipitarse al mar. La Cruz de Sur ha
desaparecido desde hace rato, y también las Osas Mayor y Menor. Tan sólo la
Estrella Polar brilla más que todas las otras. Desde que la Cruz del Sur se ha
retirado, la Polar es la reina del cielo.
El viento parece
arreciar. Al menos, es más espeso, como si dijéramos, que durante la noche. Por
ello, las olas son más fuertes y más profundas, y en sus crestas los borregos
blancos son más numerosos que al comienzo de la noche..
Hace ya treinta horas
que estoy en el mar. Es preciso reconocer que, por el momento, la cosa marcha
mejor que peor, y que la jornada más dura será la que va a comenzar.
Ayer, al estar expuesto
al sol desde las seis de la mañana a las seis de la tarde, me cocí y recocí
fuertemente. Hoy, cuando el sol me dé de nuevo encima, no será nada agradable.
Mis labios están ya agrietados y, sin embargo, aún estoy en la frescura—de la
noche. Me escuecen mucho, como también los ojos. Los antebrazos y las manos,
igual. Si puedo, no —dejaré los brazos al descubierto. Falta saber si podré
soportar la marinera. Lo que me escuece también terriblemente es la entrepierna
y el ano. Eso no es debido al sol, sino al agua salada y al frotamiento con los
sacos.
De todas formas,
muchacho, quemado o no quemado, la cuestión es que te fugas, y estar donde
estás bien vale soportar muchas cosas y más aún. Las perspectivas de llegar
vivo a Tierra Grande son positivas en un ochenta por ciento, y eso ya es algo,
¿sí o no? Incluso si llego literalmente escaldado y con medio cuerpo en carne
viva, no, es un precio caro por semejante viaje y semejante resultado. No has
visto un solo tiburón. ¿Están todos de vacaciones? No negarás que tu suerte es
bien rara. Esta vez, ya verás, es la buena. De todas tus fugas, demasiado bien
cronometradas, demasiado bien preparadas, al final, la del éxito será la más
idiota. Dos sacos de cocos y luego, a donde te empujen el viento y el mar. A
Tierra Grande. Confiesa que no hace falta salir de SaintCyr para saber que todo
lo que flota es rechazado hacia la costa.
Si el viento y el
oleaje se mantienen durante el día con la misma fuerza que esta noche, seguro
que por la tarde tocamos tierra.
El monstruo de los
trópicos surge detrás de mí. Tiene el aspecto de estar decidido a asar el
mundo, hoy, pues pone en juego todos sus fuegos. Aparta la claridad lunar de
golpe, y ni siquiera espera haber salido del todo de su cama para imponerse
como amo y señor indiscutido de los trópicos. Ya el viento, en poquísimo
tiempo, se ha hecho casi tibio. Dentro de una hora hará calor. Una primera
sensación de bienestar se desprende de todo mi cuerpo. Estos primeros rayos
apenas me han rozado, cuando un calor dulce recorre mi ser desde la cintura
hasta la cabeza. Me quito la toalla, que me había puesto a manera de albornoz,
y expongo mis mejillas a los rayos como lo haría si se tratara de un fuego de
leña. Este monstruo, antes de calcinarme, primero quiere hacerme sentir cómo él
es la vida antes de ser la muerte.
Mi sangre circula
fluida por mis venas, e incluso mis muslos mojados sienten la circulación de
esta sangre vivificada.
Veo la selva muy
nítidamente. La cima de los árboles, por supuesto. Tengo la impresión de que no
está lejos. Esperaré a que el sol ascienda un poco más para ponerme de pie
sobre mis sacos y ver si puedo divisar a Sylvain.
En menos de una hora,
el sol está ya alto. Sí, hará calor, ¡maldita sea! Mi ojo izquierdo está medio
cerrado y pegado. Tomo agua en el hueco de la mano y me lo froto. Pica. Me
quito la marinera. Me quedaré con el torso desnudo unos instantes, antes de que
el sol apriete demasiado.
. Una ola más fuerte
que las otras me agarra por debajo y me levanta muy alto. En el momento en que
se hincha, antes de volver a descender, veo a mi compañero medio segundo. Está
sentado, con el torso desnudo, en su balsa. No me ha visto. Está a menos de
doscientos metros de mí, ligeramente adelante, a la izquierda. El viento
continúa siendo fuerte, así que decido, para aproximarme a Sylvain, puesto que
está delante de mí, casi en la misma línea, pasarme la marinera sólo por los
brazos y mantenerlos en alto, sujetando el bajo con la boca. Esta especie de
vela seguramente me empujará más de prisa que a él.
Durante casi media
hora, mantengo la vela. Pero la marinera me hace daño en los dientes, y las
fuerzas que hay que emplear para resistir el viento me extenúan demasiado.
Cuando abandono mi idea, tengo, empero, la sensación de haber avanzado más
rápidamente que dejándome llevar por las olas.
¡Hurra! Acabo de ver al
grande. Está a menos de cien metros. Pero, ¿qué hace? No parece inquietarse por
saber dónde estoy. Cuando otra ola me levanta lo bastante, lo veo una, dos tres
veces. He notado con claridad que tenía puesta la mano derecha ante los ojos, o
sea, que escruta el mar. ¡Mira atrás, estúpido! Ha debido mirar, seguro, pero
no te ha visto.
Me pongo en pie y
silbo. Cuando asciendo desde el fondo de la ola, veo a Sylvain enfrente, de
cara a mí. Levanta la marinera al aire. Nos hemos dicho buenos días lo menos
veinte veces antes de volvernos a sentar. Cada vez que estamos en la cúspide de
una ola nos saludamos, y, por suerte, él asciende al mismo tiempo que yo. En
las dos últimas olas, tiendo el brazo hacia la selva, que ya se puede
distinguir con detalle. Estamos a menos de diez kilómetros de ella. Acabo de
perder el equilibrio, y he caído sentado en mí balsa. De haber visto a mi
compañero y la selva tan cerca, un gozo inmenso se apodera de mí, una emoción
tal, que lloro como un crío. En las lágrimas que me limpian los ojos
purulentos, veo mil cristalitos de todos los colores y, estúpidamente pienso
que parecen vidrieras de una iglesia. Dios está contigo, Papi. En medio de los
elementos monstruosos de la naturaleza, el viento, la inmensidad del mar, la
profundidad de las olas, el imponente techo verde de la selva, se siente uno
infinita mente pequeño, comparado con todo cuanto le rodea y, tal vez sin
proponérselo, se encuentra a Dios, se le toca con el dedo. De la misma manera
que lo palpé por la noche, en los millares de horas que he pasado en los
lúgubres calabozos donde fui enterrado en vida, sin un rayo de luz, lo toco hoy
en este sol que se levanta para devorar lo que no es bastante fuerte para
resistirlo; toco de veras a Dios, lo siento a mi alrededor, en mí. Incluso me
su surra en el oído: "Sufres y sufrirás más aún, pero esta vez he decidido
estar contigo. Serás libre y vencerás, te lo prometo."
No haber tenido jamás
instrucción religiosa; no saber el a be c de la religión cristiana; ser
ignorante hasta el punto de ignorar quién es el padre de Jesús y si su madre
era de veras la Virgen María, y su padre, un carpintero o un camellero; toda
esa ignorancia no impide encontrar a Dios cuando se le busca de verdad, y se le
llega a identificar con el viento, el mar, el sol, la selva, las estrellas;
hasta con los peces que ha debido de sembrar profusamente para que el hombre se
alimente.
El sol ha ascendido con
rapidez. Deben de ser casi las diez de la mañana. Estoy completamente seco de
la cintura a la cabeza. He empapado mi toalla y me la he colocado a manera de
albornoz en la cabeza. Acabo de ponerme la marinera, pues los hombros, la espalda
y los brazos me queman atrozmente. Incluso las piernas, que, sin embargo, muy a
menudo son bañadas por el agua, están rojas como cangrejos.
Como la costa está más
cerca, la atracción es más fuerte y las olas se dirigen casi perpendicularmente
hacia ella. Veo los detalles de la selva, lo que me hace suponer que sólo esta
mañana, en cuatro o cinco horas, nos hemos aproximado sobremanera. Gracias a mi
primera fuga, sé apreciar las distancias. Cuando se ven las cosas con detalle,
se está a menos de cinco kilómetros, y yo veo las diferencias de grosor entre
los troncos de árboles, incluso, desde la cresta de una ola más alta, distingo
con mucha nitidez un gran mastodonte echado de través, bañando su follaje en el
mar.
¡Toma! ¡Delfines y
pájaros! ¡Con tal de que los delfines no se diviertan empujando mi balsa! He
oído contar que tienen la costumbre de empujar hacia la costa todo lo que flota
o a los hombres, y que, por supuesto, los ahogan con sus golpes de hocico, aunque
con la mejor intención, que es la de ayudarlos. No, van y vienen; tres o cuatro
hasta han venido a husmear, a ver de qué se trata, pero se marchan sin tan
siquiera rozar mi balsa ¡Uf!
A mediodía, el sol está
vertical sobre mi cabeza. Sin duda alguna, tiene la intención de cocerme a
fuego lento, el maldito. Mis ojos supuran sin parar, y la piel de mis labios y
de mi nariz se ha agrietado. Las olas son más cortas y se precipitan rabiosamente
con un ruido ensordecedor hacia la costa.
Veo casi de continuo a
Sylvain. No desaparece casi nunca, pues las olas no son ya lo bastante
profundas. De vez en cuando, se vuelve y levanta el brazo. —Continúa con el
torso desnudo y la toalla en la cabeza.
Las olas nos arrastran
hacia la costa. Hay una especie de barra donde vienen a chocar con un ruido
espantoso y, luego, franqueada la barra llena de espuma, cargan al ataque de la
selva.
Estamos a menos de un
kilómetro de la costa, y distingo los pájaros blancos y rosados, con sus
penachos aristocráticos, que se pasean, picoteando en las arenas movedizas. Los
hay a millares. Casi ninguno de ellos se echa a volar a más de dos metros de altura.
Estos vuelecitos breves los hacen para evitar ser mojados por la espuma. Todo
está lleno de espuma, y el mar es de un amarillo de barro, como de vómitos.
Estamos tan cerca, que distingo en el tronco de los árboles la línea sucia que
deja el agua en su altura máxima.
El ruido de los
remolinos no consigue apagar los gritos agudos de esos millares de zancudas de
todos los colores. ¡Pam! ¡Pam! Luego, doscientos o trescientos metros más.
¡Pluf! He tocado fondo, estoy varado en la arena movediza. No hay bastante agua
para llevarme. Según el sol, son las dos de la tarde. Esto significa que hace
cuarenta horas que partí. Fue anteayer, a las diez de la noche, tras dos horas
de marea baja. Así, pues, es la séptima marea, y es normal que haya varado: es
la marea baja. Empezará a subir hacia las tres. Por la noche, estaré en la
selva. Conservemos la cadena para no ser arrancado de los sacos, pues el
momento más peligroso será aquel en que las olas empiecen a pasar sobre mí sin
arrastrarme, no obstante, por falta de calado. No voy a flotar, por lo menos,
hasta dos o tres horas después de la subida de la marea.
Sylvain está a mi
derecha, delante, a más de cien metros. Me mira y hace gestos. Pienso que
quiere gritar algo, pero su garganta no parece que pueda emitir ningún sonido,
pues yo debería oírle. Como han desaparecido los remolinos, nos encontramos en
la arena movediza, sin otro ruido que nos moleste que los gritos de las
zancudas. Yo estoy, más o menos, a quinientos metros de la selva, y Sylvain, a
cien o ciento cincuenta metros de mí, más arriba. Pero, ¿qué hace ese
grandísimo imbécil? Está de pie y ha dejado su balsa. ¿Se ha vuelto majareta?
No debe caminar, pues a cada paso que dé se hundirá un poco más y, tal vez, no
pueda regresar a la balsa. Quiero silbar, pero no puedo. Me queda un poco de
agua. Vacío la bota y, luego, trato de gritar para detenerlo. No puedo emitir
un solo sonido. De la arena movediza salen burbujas de gases, o sea que la
costa no es más que una ligera costra, bajo la cual hay fango, y el tipo que se
deja atrapar en él, está listo.
Sylvain. se vuelve
hacia mí, me mira y me hace señas que no comprendo. Yo le hago ademanes
exagerados con los que quiero decir: ¡No, no, no te muevas de tu balsa, no
llegarás nunca hasta la selva! Como está detrás de sus sacos de cocos, no me
doy cuenta de si se encuentra lejos o cerca de su balsa. Primero, pienso que
debe de estar muy cerca, y que en caso de que se hundiera, podría agarrarse a
ella.
De repente, comprendo
que se ha apartado bastante, y que se ha hundido en las arenas sin poder
librarse y regresar a la balsa. Me llega un grito. Entonces, me tiendo boca
abajo en mis sacos, y con las manos en las arenas movedizas empujo con todas
mis fuerzas. Mis sacos avanzan por debajo de mí y consigo deslizarme más de
veinte metros. Entonces, torciendo a la izquierda, me pongo en pie y veo, sin
ser estorbado ya por sus sacos, a mi compañero, a mi hermano, enterrado hasta
el vientre. Está a más de diez metros de su balsa. El terror me devuelve la voz
y grito:
—¡Sylvain! ¡Sylvain!
¡No te muevas! Acuéstate en la arena! ¡Si puedes, libérate de las piernas!
El viento ha llevado
mis palabras hasta él. Sacude la cabeza de arriba abajo para decirme que sí.
Vuelvo a colocarme boca abajo y arranco la arena, haciendo deslizar mi saco. La
rabia me da fuerzas sobrehumanas, y, con bastante rapidez, avanzo hacia Sylvain
más de treinta metros. Seguro que he invertido más de una hora en hacerlos,
pero estoy muy cerca de él; quizá a cincuenta o sesenta metros. Le distingo
mal.
Sentado, con las manos,
los brazos y el rostro llenos de barro, trato de secarme el ojo izquierdo, en
el que ha entrado fango salado que me lo quema y me impide ver no sólo con él,
sino también con el otro ojo, el derecho, que, para acabarlo de arreglar, se
pone a lagrimear. Al final, veo a Sylvain. No está acostado, sino de pie, y
sólo su torso emerge de las arenas movedizas.
La primera ola acaba de
pasar. Ha saltado por encima de mí, literalmente, sin despegarme del suelo, y
ha ido a extinguirse más lejos, cubriendo las arenas con su espuma. Ha pasado
también sobre Silvain, quien continúa con el busto fuera. Entonces, pienso:
"A medida que lleguen las olas, más mojada estará la arena. Es preciso que
llegue hasta él, cueste lo que cueste."
Una energía de animal
que va a perder su cría se apodera de mí y, como una madre que quiere sacar a
su pequeño de un peligro inminente, manoteo, manoteo, manoteo en esa arena para
avanzar hasta Sylvain. Me mira sin decir palabra, sin hacer un gesto, con sus
ojos grandes abiertos hacia los míos, que lo devoran literalmente. Mis ojos,
fijos en él, sólo se ocupan de no abandonar su mirada y se desinteresan por
completo de ver dónde hundo las manos. Me arrastro un poco, pero a causa de
otras dos olas que han pasado sobre mí, cubriéndome por completo, la arena se
ha vuelto menos consistente, y avanzo mucho menos de prisa que hace una hora.
La siguiente ola casi me ha asfixiado y me ha apartado de la balsa. Me siento
para ver mejor. A Silvain la arena le llega hasta las axilas. Estoy a menos de
cuarenta metros de él. Me mira intensamente. Veo que sabe que va a morir,
hundido allí, como un pobre infeliz, a trescientos metros de la tierra
prometida.
Vuelvo a tenderme y
continúo escarbando esta arena, que ahora es casi líquida. Mis ojos y los suyos
están fijos los unos en los otros. Me hace una señal para decir que no me
esfuerce más. De todas formas, continúo, y estoy a menos de treinta metros de
él cuando llega una gran ola que me cubre con su masa de agua y casi me arranca
de mis sacos que, sueltos, avanzan cinco o seis metros.
Cuando la ola ha
pasado, miro. Sylvain ha desaparecido. La arena, cubierta por una ligera capa
de agua espumante, está completamente lisa. Ni siquiera la mano de mi pobre
amigo aparece para darme un último adiós. Mi reacción es horriblemente bestial,
desagradable, y el instinto de conservación se sobrepone a todo sentimiento:
"Tú, tú estás vivo. Tú estás solo, y cuando estés en la selva, sin tu
amigo, no te será fácil salir con bien de la evasión."
Una ola que rompe sobre
mi espalda, pues me he sentado, me llama al orden. Me ha doblado, y el golpe ha
sido tan fuerte que, a causa de él, se me corta la respiración durante varios
segundos. La balsa ha vuelto a deslizarse algunos metros, y sólo entonces, al
ver cómo la ola va a morir cerca de los árboles, lloro a Sylvain:
"¡Estábamos tan cerca! ¡Si no te hubieras movido… ! ¡A menos de
trescientos metros de los árboles! ¿Por qué? Pero, dime: ¿por qué has cometido
esta estupidez? ¿Cómo pudiste suponer que esta costra seca era lo bastante
fuerte como para permitirte alcanzar a pie la costa? ¿El sol? ¿La
reverberación? ¡Qué sé yo! ¿No podías resistir ya este infierno? Dime: ¿por qué
un hombre como tú no ha podido soportar achicharrarse unas horas más?"
Las olas se suceden sin
cesar con un ruido de trueno. Llegan cada vez menos espaciadas, unas tras
otras, y cada vez mayores. En cada ocasión, me veo cubierto enteramente por
ellas y me deslizo algunos metros, siempre en contacto con la arena. Hacia las
cinco, las olas, de súbito, se transforman en un fuerte oleaje, me despego del
suelo y floto. Al tener fondo debajo de ellas, las olas ya casi no hacen ruido.
El tronar de las primeras olas ha cesado. El saco de Sylvain ha entrado ya en
la selva.
Yo no llego con
demasiada brutalidad, soy depositado a veinte metros apenas de la selva virgen.
Cuando la ola se retira, estoy varado de nuevo en la arena, decidido a no
moverme de mi saco hasta que tenga una rama o un bejuco entre las manos. Casi
veinte metros. He empleado más de una hora en conseguir tener bastante
profundidad para ser levantado de nuevo y llevado a la selva. La ola que me ha
empujado con un rugido me ha proyectado literalmente sobre los árboles. Suelto
el perno y me libero de la cadena. No la tiro, tal vez la necesite.
En la selva
Rápidamente, antes de
que el sol se ponga, penetro en la selva medio nadando, medio caminando, pues
también allí hay una ciénaga que te traga. El agua penetra muy adentro en la
espesura, y la noche ha caído cuando aún no me encuentro a pie enjuto. Un olor
a podrido me sube hasta la nariz, y hay tantos gases que los ojos me escuecen.
Tengo las piernas llenas de hierbas y hojas. Continúo empujando mi saco. Antes
de dar un paso, mis pies tantean el terreno bajo el agua, y sólo cuando aquél
no se hunde, avanzo.
Paso mi primera noche
sobre un gran árbol caído. Gran número de bichos me pasan por encima. Mi cuerpo
arde y me pica. Acabo de ponerme la marinera, después de haber atado bien mi
saco, que he izado sobre el tronco del árbol y cuyos dos extremos he asegurado.
En el saco se halla mi vida, pues los cocos, una vez abiertos, me permitirán
comer y resistir. Tengo el machete atado a mi muñeca derecha. Me tiendo,
extenuado, sobre el árbol, en la horquilla formada por dos ramas que me hacen
una especie de gran cavidad, y me duermo sin tener tiempo de pensar en nada.
Sí, tal vez he murmurado dos o tres veces: "¡Pobre Sylvain!", antes
de caer como un pesado fardo.
Me despiertan los
gritos de las aves. El sol penetra muy lejos en la selva; viene
horizontalmente, así que deben de ser las siete o las ocho de la mañana. A mi
alrededor, todo está lleno de agua,
Hace ya sesenta horas
que he partido de la isla del Diablo. No me doy cuenta de si estoy lejos del
mar. De todas formas, esperaré a que el agua se retire para ir hasta el borde
del mar a secarme y a tomar un poco el sol. Ya no tengo agua dulce. Sólo me quedan
tres puñados de pulpa de coco, que como con delectación. También me paso pulpa
por mis llagas. La pulpa, gracias al aceite que contiene, alivia mis
quemaduras. Luego, fumo dos cigarrillos. Pienso en Sylvain, esta vez sin
egoísmo. ¿No iba al principio, a evadirme sin amigo? Y era porque yo tenía la
pretensión de arreglármelas solo. Entonces, nada ha cambiado; pero una gran
tristeza atenaza mi corazón, y cierro los ojos como si eso pudiera impedirme
ver la escena del hundimiento de mi compañero. Para él, todo se acabó.
He aparejado bien mi
saco en la cavidad, y comienzo a extraer un coco de él. Llego a destrozar dos
golpeándolos, con todas mis fuerzas contra el árbol, entre mis piernas. Hay que
golpearlos de punta, de manera que la cáscara se abra. Es mejor hacerlo así que
con el machete. Me he comido un coco fresco y he bebido la poca agua, demasiado
azucarada, que contenía. El mar se retira con rapidez y entonces puedo caminar
fácilmente por el fango y alcanzar la playa.
El sol está hoy
radiante, y el mar, de una belleza sin igual. Durante largo tiempo, miro hacia
el lugar donde supongo que Sylvain ha desaparecido. Mis efectos se secan
pronto, así como mi cuerpo, que he lavado con agua salada que he sacado de un
hoyo. Fumo un cigarrillo. Una mirada más hacia la tumba de mi amigo, y penetro
en la selva, caminando sin demasiada dificultad. Con mi saco a la espalda, me
interno lentamente bajo la cubierta vegetal. En menos de dos horas, encuentro
al fin un terreno que no está inundado. Ninguna señal en la base de los árboles
indica que la marea llegue hasta allí. Me propongo acampar en este lugar y
descansar durante veinticuatro horas. Iré abriendo los cocos poco a poco y
extraeré el fruto para guardarlo todo en el saco, dispuesto para ser comido
cuando yo quiera. Podría encender fuego, pero no me parece prudente.
El resto de la jornada
y de la noche ha transcurrido sin nada de particular. El griterío de los
pájaros me despierta al levantarse el sol. Termino de sacar la pulpa de los
cocos y, con un pequeñísimo fardo a la espalda, me encamino hacia el Este.
Alrededor de las tres
de la tarde, encuentro un sendero. Es una pista o bien de los buscadores de
"balata" (goma natural), o de los prospectores de maderas o de los
proveedores de los buscadores de oro. El sendero es estrecho, pero limpio, sin atravesadas,
o sea que se frecuenta a menudo. De vez en cuando, algunas huellas de cascos de
asno o de mulo, sin herraduras. En agujeros de barro seco, advierto pisadas
humanas, con el dedo gordo del pie claramente moldeado en la arcilla. Camino
hasta que se hace de noche. Mastico coco, lo cual me nutre y, al mismo tiempo,
me quita la sed. Algunas veces, Con esta mixtura, bien masticada, llena de
aceite y de saliva, me froto la nariz, los labios y las mejillas. Los ojos se
me pegan con frecuencia y están llenos de pus. En cuanto pueda, me los lavaré
con agua dulce. En mi saco, con los cocos, tenía una caja estanca con un trozo
de jabón de Marsella, una maquinilla de afeitar "Gillette", doce
hojas y una brocha. La he recuperado intacta.
Camino con el machete
en la mano, pero no tengo que servirme de él, pues el camino está libre de
obstáculos. Incluso advierto, en el borde, cortes de rama casi frescos. Por
este sendero, pasa gente, así que debo ir con precaución.
La selva no es la misma
que conocí en mi primera huida en Saint-Laurent-du-Maroni. Esta tiene dos
estrados, y no es tan tupida como en Maroni. La primera vegetación asciende
hasta unos cinco o seis metros de altura y, más arriba, la bóveda de la selva,
a más de veinte metros. Sólo hay luz del día a la derecha del sendero. A su
izquierda, es casi de noche.
Avanzo con rapidez, a
veces por un calvero debido a un incendio provocado por el hombre o por un
rayo. Advierto rayos de sol. Su inclinación me demuestra que falta poco para
que se ponga. Le vuelvo la espalda y me dirijo hacia el Este, o sea, hacia la
aldea de los negros de Kourou, o hacia la penitenciaría del mismo nombre.
Se hará de noche de
pronto. No debo andar de noche. Decido internarme en la selva y tratar de
encontrar un rincón para acostarme.
A más de treinta metros
del sendero, bien abrigado bajo un montón de hojas lisas del tipo de las del
platanero, me he acostado sobre una capa de ese mismo follaje, que he cortado
con mi machete. Dormiré completamente seco, y cabe la posibilidad de que no
llueva. Me fumo dos cigarrillos.
No estoy demasiado
fatigado esta noche. La pulpa de coco me mantiene en forma por lo que al hambre
se refiere. ¡Lástima de sed, que me reseca la boca y no consigo insalivar con
facilidad!
La segunda parte de la
evasión ha comenzado, y he aquí la tercera noche que he pasado sin incidentes
desagradables en Tierra Grande.
¡Ah, si Sylvain
estuviera aquí conmigo! Pero no está aquí, macho, ¿qué le vas a hacer? Para
actuar, ¿has tenido necesidad, alguna vez, de alguien que te aconseje o te
apoye! ¿Eres un capitán o un soldado? No seas imbécil, Papillon; a no ser por
el disgusto normal de haber perdido a tu amigo, por el hecho de estar solo en
la selva no eres menos fuerte. Ya están lejos los tipos de Royale, San José y
Diablo; hace seis días que los has abandonado. Kourou debe estar alerta. En
primer lugar, los guardianes del campamento forestal, y, luego, los morenos de
la aldea. Debe de haber también un puesto de Gendarmería. ¿Es prudente caminar
hacia esa aldea? No conozco nada de sus alrededores. El campamento está
enclavado entre la aldea y el río. Es todo cuanto sé de Kourou.
En Royale, había
pensado amenazar al primer tipo que me tropezara y obligarle a conducirme a los
alrededores del campamento de Inini, donde se hallan los chinos, entre ellos
Cuic-Cuic, el hermano de Chang. ¿Por qué cambiar de plan? Si en Diablo han
creído que nos hemos ahogado, no habrá problemas. Pero si han pensado en la
fuga, Kourou es peligroso. Como es un campamento forestal, debe estar lleno de
chivatos, y, entre ellos, muchos cazadores de hombres. ¡Pon atención, Papi!
Nada de errores. No te dejes coger en sandwich. Es preciso que veas a los
tipos, sean quienes sean, antes de que ellos reparen en ti. Conclusión: no debo
caminar por el sendero, sino por la selva, paralelamente al camino. Hoy has
cometido un estúpido error al andar por esta pista sin otra arma que un
machete. Eso no es inconsciencia, sino locura. Así que, mañana, iré por la
selva.
Me he levantado temprano,
despertado por los gritos de las bestias y las aves que saludan al despuntar
del día. Me despierto al mismo tiempo que la selva. Para mí, también comienza
otra jornada. Me trago un puñado de coco bien mascado. Me paso otro por la
cara, y en marcha.
Muy cerca del sendero,
pero bajo cubierto, ando con bastante dificultad, pues aunque los bejucos y las
ramas no son muy densos, es preciso apartarlos para avanzar. De todas formas,
he hecho bien en abandonar el sendero, porque oigo silbar. Ante mí, el sendero
prosigue todo recto más de cincuenta metros. No veo al silbador. ¡Ah!, ahí
llega. Es un negro. Lleva un fardo a la espalda y un fusil en la mano derecha.
Viste una camisa caqui y un short, con las piernas y los pies desnudos. Con la
cabeza baja, no quita los ojos del suelo, y tiene la espalda inclinada bajo el
peso de la voluminosa carga.
Disimulado tras un
grueso árbol al borde mismo del sendero, espero que llegue a mi altura, con un
cuchillo grande abierto. En el instante en que pasa ante el árbol, me arrojo
sobre él. Mi mano derecha ha agarrado al vuelo el brazo que sostiene el fusil y,
torciéndoselo, le obligo a soltarlo.
—¡No me mates! ¡Piedad,
Dios mío!
Continúo de pie, con la
punta de mi cuchillo apoyada en la base izquierda de su cuello. Me agacho y
recojo el fusil, un viejo cacharro de un solo cañón, pero que debe de estar
atiborrado de pólvora y de plomo hasta la boca. He levantado el percutor y tras
apartarme dos metros, ordeno:
—Quítate el fardo,
déjalo caer. No se te ocurra salir corriendo, porque te mato como si nada.
El pobre negro,
aterrorizado, obedece. Luego, me mira.
—¿Es usted un evadido?
—Sí.
—¿Qué quiere usted?
Tome todo cuanto tengo, pero, se lo ruego, no me mate; tengo cinco hijos. Por
piedad, déjeme con vida.
—Cállate. ¿Cómo te
llamas?
—Jean.
—¿A dónde vas?
—A llevar víveres y
medicamentos a mis dos hermanos, que talan madera en la selva.
—¿De dónde vienes?
—De Kourou.
—¿Eres de esa aldea?
—He nacido en ella.
—¿Conoces Inini?
—Sí. A veces, trafico
con los chinos del campamento de prisioneros.
—¿Ves esto?
—¿Qué es?
—Es un billete de
quinientos francos. Puedes elegir: o haces lo que te digo, y te regalaré los
quinientos francos y te devolveré el fusil, o, si rehúsas o tratas de
engañarme, entonces te mato. Elige.
—¿Qué debo hacer? Haré
todo lo que usted quiera, incluso a cambio de nada.
—Es preciso que me
conduzcas, sin riesgo, a los alrededores del campamento de Inini. En cuanto yo
haya establecido contacto con un chino, podrás irte. ¿Lo has comprendido?
—De acuerdo.
—No me engañes, porque
eres hombre muerto.
—No, le juro que le
ayudaré lealmente.
Tiene leche condensada.
Saca seis botes y me los da, así como un bollo de pan de un kilo, y tocino
ahumado.
—Esconde tu saco en la
maleza, ya lo cogerás más tarde. Mira, aquí, en ese árbol, hago una marca con
mi machete.
Bebo un bote de leche.
También me da un pantalón largo completamente nuevo, de color azul, de
mecánico. Me lo pongo sin soltar el fusil.
—Adelante, Jean. Toma
precauciones para que nadie nos descubra, porque si nos sorprenden será por tu
culpa y, entonces, tanto peor para ti.
Jean sabe caminar por
la selva mejor que yo, y tengo dificultades para seguirlo, tanta es su
habilidad para evitar ramas y bejucos. Este buen hombre camina por la maleza
como pez en el agua.
—No sé si sabe que en
Kourou han sido advertidos de que dos condenados se han evadido de las Islas.
Así, que quiero ser franco con usted: habrá mucho peligro cuando pasemos cerca
del campamento de forzados de Kourou.
—Tienes aspecto
bondadoso y franco, Jean. Espero que no me equivoque. ¿Qué me aconsejas que
haga para ir a Inini? Piensa que mi seguridad es tu vida, porque si me
sorprenden los guardianes o los cazadores de hombres, me veré obligado a
matarte.
—¿Cómo debo llamarle a
usted?
—Papillon.
—Bien, Monsieur
Papillon. Es preciso adentrarse en la selva y pasar lejos de Kourou. Yo le
garantizo que lo llevaré a Inini por la selva.
—Me fío de ti. Toma el
camino que creas más seguro.
Por el interior de la
selva se camina más lentamente, pero, desde que hemos abandonado las
proximidades del sendero, noto que el negro está más calmado. Ya no suda con
tanta abundancia, y sus rasgos aparecen menos crispados; está como
tranquilizado.
—Me parece, Jean, que
ahora tienes menos miedo.
—Sí, Monsieur Papillon.
Estar al borde del sendero era muy peligroso para usted, y por lo tanto,
también para mí.
Avanzamos con rapidez.
Este moreno es
inteligente. Nunca se separa más de tres o cuatro metros de mí.
—Detente, quiero fumar
un cigarrillo.
—Tenga, un paquete de
"Gatiloises".
—Gracias, Jean; eres un
buen tipo.
—Es verdad que soy muy
bueno. Sepa que soy, católico y sufro al ver cómo tratan a los presos los
vigilantes blancos.
—¿Has tenido muchas
ocasiones de verlo? ¿Dónde?
—En el campamento
forestal de Kourou. Da pena verlos morir a fuego lento, devorados por ese
trabajo de talar madera, y por la fiebre y la disentería. En las Islas, están
ustedes mejor. Es la primera vez que veo a un condenado como usted, con
perfecta salud.
—Sí, se está mejor en
las Islas.
Nos hemos sentado en
una gruesa rama de árbol. Le ofrezco uno de sus botes de leche. Rehúsa y
prefiere mascar coco.
—¿Es joven tu mujer?
—Sí, tiene treinta y
dos años. Yo, cuarenta. Tenemos cinco hijos, tres niñas y dos niños.
—¿Te ganas bien la
vida?
—Con el palo de rosa no
nos defendemos mal, y mi mujer lava y repasa la ropa para los vigilantes. Eso
ayuda un poco. Somos muy pobres, pero todos comemos hasta hartarnos, y los
niños van todos a la escuela. Siempre tienen zapatos que ponerse.
¡Pobre negro, que
considera que, como sus niños tienen calzado que ponerse, todo va bien! Es casi
tan alto como yo, y su rostro negro no tiene nada de antipático. Al contrario,
sus ojos dicen con claridad que se trata de un hombre de sentimientos que lo honran,
trabajador, sano, buen padre de familia, buen esposo y buen cristiano.
—¿Y usted, Papillon?
—Yo, Jean, trato de
revivir. Enterrado en vida desde hace diez años, no dejo de escaparme para
llegar a ser un día como tú, libre, con una mujer y críos, sin inferir, ni de
pensamiento, daño a nadie. Tú mismo lo has dicho: este presidio está podrido, y
un hombre que se respete debe huir de ese fango.
—Yo le ayudaré
lealmente a conseguirlo. En marcha.
Con un sentido
maravilloso de la orientación, sin dudar jamás de su camino, Jean me conduce
directamente a los alrededores del campamento de los chinos, adonde llegamos
cuando la noche ha caído ya desde hace casi dos horas. Viniendo de lejos, se
oyen los golpes, pero no se ve la luz. Jean me explica que, para aproximarse de
veras al campamento, es preciso evitar uno o dos puestos avanzados. Decidimos
detenernos para pasar la noche.
Estoy muerto de fatiga
y tengo miedo de dormirme. ¿Y si me equivoco con el negro? ¿Y si es un
comediante y me quita el fusil durante el sueño y me mata? Matándome gana dos
cosas: se deshace del peligro que yo represento para él y gana una prima por
haber dado muerte a un evadido.
Sí, es muy inteligente.
Sin hablar, sin esperar más se acuesta para dormir. Conservo la cadena y el
perno. Tengo deseos de atarlo, pero luego pienso que puede soltar el perno tan
bien como YO, y que, actuando con precaución, si duermo a pierna suelta, no
oiré nada. Primero, trataré de no dormir. Tengo un paquete entero de
"Gauloises". Voy a hacer todo lo posible por no dormirme. No puedo
confiar en este hombre que, al fin y al cabo, es honrado y me cataloga como un
bandido.
La noche es
completamente negra. Jean está tendido a dos metros de mí, y yo no distingo más
que lo—blanco de la planta de sus pies desnudos. En la selva hay los ruidos
característicos de la noche: sin cesar, el chillido del mono de papada grande,
chillido ronco y potente que se oye a kilómetros de distancia. Es muy
importante, porque si es regular, eso significa que su manada puede comer o
dormir tranquila. No denota terror ni peligro, así que no hay fieras ni hombres
por los alrededores.
Excitado, aguanto sin
demasiados esfuerzos el sueño, ayudado por algunas quemaduras de cigarrillo y,
sobre todo, por una bandada de mosquitos bien decididos a chuparme toda la
sangre. Podría preservarme de ellos ensuciándome de saliva mezclada con tabaco.
Si me pongo ese jugo de nicotina, me preservaré de los mosquitos, pero sin
ellos creo que me dormiré. Sólo es de desear que esos mosquitos no sean
portadores de la malaria o de la fiebre amarilla.
Heme ya salido, acaso
provisionalmente, del camino de la podredumbre. Cuando entré en él, tenía
veinticinco años, era en 1931. Estamos en 1941, o sea que han pasado diez años.
En 1932, Pradel, el fiscal desalmado, pudo, mediante una requisitoria sin piedad
e inhumana, arrojarme, joven y fuerte, a este pozo que es la Administración
penitenciaria, fosa llena de líquido viscoso que debe disolverme poco a poco y
hacerme desaparecer. Acabo de conseguir, al fin, realizar la primera parte de
la fuga. He subido desde el fondo de ese pozo, y estoy en el brocal. Debo poner
a contribución toda mi energía e inteligencia para ganar la segunda partida.
La noche pasa
lentamente, pero transcurre y no me he dormido. Ni siquiera he soltado el
fusil. He permanecido tan despierto, ayudado por las quemaduras y las picaduras
de los mosquitos, que ni una sola vez se me ha caído el arma de las manos.
Puedo estar contento de mí pues no he arriesgado mi libertad capitulando ante
la fatiga. El espíritu ha sido más fuerte que la materia, y me felicito por
ello cuando escucho los primeros cantos de los pájaros, que anuncian el próximo
despuntar del día. Esos "más madrugadores que los demás" son el
preludio de lo que no se hace esperar mucho tiempo.
El negro, después de
haberse desperezado, se sienta y, ahora, está frotándose los pies.
—Buenos días. ¿No ha
dormido usted?
—No.
—Es una tontería,
porque le aseguro que no tiene nada que temer de mí. Estoy decidido a ayudarle
para que triunfe en su proyecto.
—Gracias, Jean.
¿Tardará el día en penetrar en la maleza?
—Más de una hora,
todavía. Sólo las bestias advierten tanto tiempo antes que todo el mundo que el
día va a despuntar. Veremos casi con claridad de aquí a una hora. Présteme su
cuchillo, Papillon.
Se lo tiendo sin dudar.
Da dos o tres pasos y corta una rama de una planta gruesa. Me da un pedazo
grande y se guarda el otro.
—Beba el agua que hay
dentro y pásesela por la cara.
Con esa extraña cubeta,
bebo y me lavo. Ya es de día. Jean me ha devuelto el cuchillo. Enciendo un
cigarrillo, y Jean fuma también. En marcha. Hacia la mitad de la jornada,
después de haber chapoteado muchas veces en grandes charcas de lodo muy
difíciles de franquear, sin haber tenido ningún encuentro, malo o bueno, hemos
llegado a los alrededores del campamento de Inini.
Nos hemos aproximado a
una carretera de acceso al campamento.
Una estrecha línea
férrea contornea un lado de este amplio espacio talado.
—Es —me dice Jean— una
vía férrea por la que sólo circulan carretillas empujadas por los chinos. Estas
carretillas hacen un ruido terrible, y se las oye desde lejos.
Asistimos al paso de
una de ellas, coronada por un banco en el que se sientan dos guardianes.
Detrás, dos chinos con largas varas de madera frenan el artilugio. Se
desprenden chispas de las ruedas. Jean me explica que las varas tienen un
extremo de acero, y que sirven para empujar o para frenar.
El camino está muy
frecuentado. Pasan chinos llevando a sus espaldas rollos de bejucos, otros un
jabalí, y algunos fardos de hojas de cocotero. Toda esta gente tiene aspecto de
dirigirse hacia el campamento. Jean me dice que hay muchas razones para salir a
la selva: cazar, buscar bejuco para fabricar muebles, hojas de coco para
confeccionar esteras que protejan las legumbres de los huertos del ardor del
sol, atrapar mariposas, moscas, serpientes, etc. Ciertos chinos están
autorizados a ir a la selva algunas horas, una vez concluida la tarea impuesta
por la Administración. Deben de estar todos de regreso antes de las cinco de la
tarde.
—Toma, Jean. Aquí
tienes tus quinientos francos y tu fusil. —Antes lo había descargado—. Tengo mi
cuchillo y mi machete. Puedes irte. Gracias. Que Dios te recompense mejor que
yo por haber ayudado a un desdichado a tratar de revivir. Has sido leal.
Gracias, una vez más. Espero que cuando cuentes esta historia a tus hijos, les
digas: "Ese presidiario tenía aspecto de ser un buen chico; no me
arrepiento de haberle ayudado."
—Monsieur Papillon, es
tarde y no podré caminar mucho tiempo antes de la noche. Tome el fusil; me
quedo con usted hasta mañana por la mañana. Quisiera, si usted me lo permite,
detener yo mismo al chino que usted elija para que vaya a avisar a Cuic-Cuic. Tendrá
menos miedo que si ve a un fugitivo blanco. Déjeme salir a la carretera. Ni
siquiera un guardián, si se presentara, consideraría insólita mi presencia. Le
diría que vengo a mirar palo de rosa para la empresa maderera
"Symphoren", de Cayena. Confíe en mí.
—Entonces, toma tu
fusil, porque —encontrarían extraño ver a un hombre desarmado en la selva.
—Es verdad.
Jean se ha plantado en
el camino. Debo emitir un ligero silbido cuando el chino que aparezca me guste.
—Buenos días, señor
—dice, en dialecto, un viejecillo chino que lleva al hombro un tronco de
platanero, seguramente un cogollo de palma, delicioso de comer.
Silbo, pues este viejo
cortés, que es el primero en saludar a Jean, me gusta.
—Buenos días, Chino.
Para, yo hablar contigo.
—¿Qué querer, señor?
Y se detiene.
Hace casi cinco minutos
que hablan. No oigo la conversación. Pasan dos chinos. Llevan una voluminosa
cierva colgada de un palo. Pendiente de los pies, su cabeza se arrastra por el
suelo. Se van sin saludar al negro, pero dicen algunas palabras en indochino a
su compatriota, quien les responde.
Jean hace entrar al
viejo en la selva. Llegan junto a mí. Me tiende la mano.
—¿Tú froufrou
(evadido)?
—Sí.
—¿De dónde?
—De la isla del Diablo.
—Bien —ríe y me mira
con sus ojos oblicuos, muy abiertos—, bien. ¿Cómo tú llamado?
—Papillon.
—Yo no conocer.
—Yo amigo Chang, Chang
Vauquien, hermano Cuic-Cuic..
—¡Ah, bien! —Y vuelve a
darme la mano—. ¿Qué tú querer?
—Advertir a Cuic-Cuic
que yo esperar aquí a él.
—No posible.
—¿Por qué?
Cuic-Cuic robó sesenta
patos jefe de campamento. jefe querer matar Cuic-Cuic. Cuic-Cuic froufrou.
—¿Desde cuándo?
—Dos meses.
—¿Se fue al mar?
—No sé. Yo ir al
campamento hablar otro chino amigo íntimo Cuic-Cuic. El decidir. Tú no moverte
de aquí. Yo volver esta noche.
—¿Qué hora?
—No sé. Pero yo volver
a traer comida para ti, y cigarrillos; tú no encender fuego, aquí. Yo silbar La
Madelon. Cuando tu oír, tú salir a la carretera, ¿comprendido?
Y se va.
—¿Qué piensas tú, Jean?
—Nada está perdido,
porque, si usted quiere, volveremos sobre nuestros pasos hasta Kourou y yo le
procuraré una piragua, víveres y una vela para hacerse a la mar.
—Jean, voy muy lejos, y
es imposible que parta solo. Gracias por tu ofrecimiento. En el peor de los
casos, tal vez acepte.
El chino nos ha dado un
grueso trozo de cogollo de palma. Nos lo comemos. Es fresco y delicioso, con un
fuerte gusto de nuez. Jean va a vigilar; tengo confianza en él. Me paso jugo de
tabaco por la cara y las manos, pues los mosquitos comienzan a atacar.
—Papillon, silban La
Madelon.
Jean acaba de
despertarme.
—¿Qué hora es?
—No es tarde; quizá las
nueve.
Salimos a la
carretera._La noche es negra. El silbador se aproxima. Respondo. Se acerca,
estamos muy cerca, lo oigo, pero no lo veo. Siempre silbando uno y otro, nos
encontramos. Son tres. Cada uno de ellos me da la mano. La luna no tardará en
aparecer.
—Sentémonos a orilla de
la carretera —,dice uno en perfecto francés—. En la sombra, no podrán vernos.
Jean ha venido a
reunirse con nosotros.
—Primero, come; luego,
hablarás ,dice el bien hablado del grupo.
Jean y yo comemos una
sopa de legumbres muy caliente. Eso) nos entona. Decidimos guardar el resto de
los alimentos para más tarde. Bebemos té azucarado con sabor a menta. Es
delicioso.
—¿Eres amigo íntimo de
Chang?
—Sí, y me ha dicho que
venga en busca de Cuic-Cuic para a evadirme con él. Yo, una vez, ya me escapé
muy lejos, hasta Colombia. Soy buen marino; por eso, Chang quería que condujera
a su hermano. Confía en mí.
—Muy bien. ¿Qué
tatuajes lleva Chang?
—Un dragón en el pecho
y tres puntos en la mano izquierda.
Me ha dicho que esos
tres puntos significan que ha sido uno de c. los jefes de la rebelión de Poulo
Condor. Su mejor amigo es otro jefe de la rebelión que se llama Van Hue. Tiene
el brazo cortado.
—Soy yo —dice el
intelectual—. Tú eres, con seguridad, el amigo de Chang, y, por lo tanto,
nuestro amigo. Escucha bien: : Cuic-Cuic no ha podido hacerse a la mar aún
porque no sabe manejar una embarcación. Está solo, en la selva, a unos diez
kilómetros de aquí. Hace carbón vegetal. Unos amigos se lo venden y le entregan
el dinero. Cuando tenga los ahorros suficientes, comprará una barca y buscará a
alguien que quiera evadirse por mar con él. Donde está no corre ningún riesgo.
Nadie puede llegar hasta la falsa isla donde se encuentra, porque está rodeada
de arenas movedizas. Todo hombre que se aventure sin conocer el terreno es
tragado por el cieno. Vendré a buscarte al despuntar el día para conducirte
hasta donde está Cuic-Cuic. Venid con nosotros.
Avanzamos sin salirnos
del borde de la carretera, pues la luna se ha levantado y difunde bastante
claridad como para distinguir figuras a cincuenta metros. Cuando llegamos a un
puente de madera, me dice:
—Desciende bajo el
puente. Dormirás ahí. Yo vendré a buscarte mañana por la mañana.
Nos damos la mano y
parten. Caminan sin esconderse. En caso de que fueran sorprendidos, dirían que
han ido a inspeccionar unas trampas que colocaron en la selva durante el día.
Jean me dice:
—Papillon, no duermas
aquí. Duerme en la selva, yo dormiré aquí. Cuando él venga, te llamaré.
—De acuerdo.
—Adiós, Jean, gracias y
buena suerte. Que Dios te bendiga, a ti y a tu familia.
Insisto para que tome
los quinientos francos. Me ha explicado, en caso de que fracasara con
Cuic-Cuic, cómo aproximarme a su aldea, cómo encontrarla y cómo volver al
sendero donde lo encontré. Se ve obligado a pasar por allí dos veces por
semana. Estrecho la mano de este noble negro guayano y él sale a la carretera.
—Adelante —dice Van
Hue, Penetrando en la selva.
Sin dudar, se orienta y
avanzamos bastante de prisa, pues la maleza no es impenetrable. Evita cortar
con su machete las ramas.
Me interno en la selva
y duermo feliz después de haber fumado algunos cigarrillos, con la tripa llena
de buena sopa.
Van Hue acude a la cita
antes de hacerse de día. Para ganar tiempo, iremos por la carretera hasta que
amanezca. Caminamos con rapidez durante más de cuarenta minutos. De golpe,
despunta el día y a lo lejos oímos el ruido de una carretilla que avanza por la
vía férrea. Nos metemos en la maleza. Los bejucos que dificultan el paso. Sólo
los aparta.
Cuic-Cuic
En menos de tres horas,
nos hallamos ante una ciénaga. Nenúfares en flor y grandes hojas verdes están
pegados al lodo. Seguimos la orilla del banco de cieno.
—Pon atención en no
resbalar, porque desaparecerías sin esperanza de volver a salir —me advierte
Van Hue, que acaba de verme tropezar.
—Ve delante. Yo te
seguiré, y así prestaré más atención.
Ante nosotros un
islote, a casi ciento cincuenta metros. De la mitad de la minúscula isla sale
humo. Deben de ser las carboneras. En el pantano advierto un caimán del que
sólo emergen los ojos. ¿De qué puede nutrirse en esta ciénaga este cocodrilo?
Después de haber
caminado más de un kilómetro a lo largo de la orilla de esta especie de
estanque de lodo, Van Hue se detiene y se pone a cantar en chino a voz en
grito. Un tipo se aproxima al borde de la isla. Es pequeño y va vestido tan
sólo con un short. Los dos indochinos hablan entre sí. La conversación es
larga, y ya empiezo a impacientarme cuando, al fin, paran de hablar.
—No vengas por aquí
—dice Van Hue.
Le sigo y volvemos
sobre nuestros pasos.
—Todo va bien; es un
amigo de Cuic-Cuic. Cuic-Cuic ha ido de caza y no tardará en regresar. Hay que
esperarlo ahí.
Nos sentamos. Menos de
una hora después, llega Cuic-Cuic. Es un tipillo muy seco, amarillo anamita,
con los dientes muy laqueados, casi negros, brillantes, con ojos inteligentes y
francos.
—¿Eres amigo de mi
hermano Chang?
—Sí.
—Bien. Puedes irte, Van
Hue.
—Gracias —dice Van Hue.
—Toma, llévate esta
codorniz.
—No, gracias.
Me estrecha la mano y
se va.
Cuic-Cuic me arrastra
tras un cerdo que camina ante el. Puede decirse que le sigue los pasos.
—Pon mucha atención,
Papillon. El menor paso en falso, un error, y te hundes. En caso de accidente,
no podría socorrerte, porque entonces no sólo desaparecerías tú, sino también
yo. El camino que debe atravesarse nunca es el mismo, pues el lodo se mueve,
pero el cerdo siempre encuentra un paso. Sólo una vez tuve que esperar dos días
para pasar.
En efecto, el cerdo
negro olisquea y rápidamente, se interna en el pantano. El chino le habla en su
lengua. Yo le sigo, desconcertado por el hecho de que ese animalito le obedezca
como un perro. Cuic-Cuic observa, y yo abro los ojos, pasmado. El cerdo se mete
en el pantano sin hundirse nunca más que unos centímetros. Rápidamente también,
mi nuevo amigo se interna a su vez y dice:
—Pon los pies en las
huellas de los míos. Es preciso darse mucha prisa, pues los agujeros que ha
hecho el cerdo se borran de inmediato.
Hemos hecho la travesía
sin dificultades. La arena movediza nunca me ha llegado más arriba de los
tobillos, y aun eso hada el final.
El cerdo había dado dos
largos rodeos, lo que nos obligó a caminar por esta costra firme durante más de
doscientos metros. El sudor me fluía por todos los poros. No puedo decir que
tuviera sólo miedo, porque en verdad, estaba aterrorizado.
Durante la primera
parte del trayecto, me preguntaba si mi destino quería que yo muriera como
Sylvain. Lo evocaba, al pobre, en su último instante y, aun estando muy
despierto, distinguía su cuerpo, pero su rostro parecía tener mis rasgos. ¡Qué
impresión me ha producido esta travesía! No puedo olvidarla.
—Dame la mano.
Y Cuic-Cuic, ese
tipillo todo él huesos y piel, me ayuda a brincar a la orilla,
—Bueno, compañero, te
aseguro que aquí no vendrán a buscarnos los cazadores de hombres.
—¡Ah, por ese lado,
estoy tranquilo!
Penetramos en el
islote. Un olor a gas carbónico se apodera de mi garganta. Toso. Es el humo de
dos carboneras que se consumen. Aquí, no corro el riesgo de tener mosquitos.
Bajo el viento, arropada por el humo, hay una barraquita de techo de hojas; las
paredes también son de hojas trenzadas. Una—puerta y, ante ella, el pequeño
indochino que vi antes que a Cuic-Cuic.
—Buenos días, señor.
—Háblale en francés y
no en dialecto; es un amigo de mi hermano.
El indochino, la mitad
de un hombre, me examina de pies a cabeza. Satisfecho de su inspección, me
tiende la mano sonriendo con una boca desdentada.
—Entra y siéntate.
La cocina está limpia.
Algo cuece al fuego en una gran marmita.
No hay más que una cama
hecha de ramas de árboles, a un metro del suelo por lo menos.
—Ayúdame a fabricar un
lugar para que duerma esta noche.
—Sí, Cuic-Cuic.
En menos de media hora,
mi yacija está hecha. Los dos chinos ponen la mesa y comemos una sopa deliciosa
y, luego, arroz blanco con carne y cebollas.
—El amigo de Cuic-Cuic
es quien vende el carbón vegetal. No vive en la isla, y por eso, al caer la
noche, nos encontramos solos Cuic-Cuic y yo.
—Sí, robé todos los
patos del jefe del campamento, por eso me he fugado.
Con nuestros rostros
iluminados a intervalos por las llamas de fuego estamos sentados uno frente a
otro. Nos examinamos y hablando,, cada uno de nosotros trata de conocer y
comprender al otro.
El rostro de Cuic-Cuic
casi no es amarillo. Con el sol, su amarillo natural se ha vuelto cobrizo. Sus
ojos, muy rasgados, negro brillante, me miran fijamente cuando hablo. Fuma
largos cigarros hechos por él mismo con hojas de tabaco negro.
Yo continúo fumando
cigarrillos que lío en papel de arroz que me proporcionó el manco.
—Así que me fugué
porque el jefe, el amo de los patos, quería matarme. De eso hace tres meses. Lo
malo es que he perdido en el juego no sólo el dinero de los patos, sino también
el del carbón de dos carboneras.
—¿Dónde juegas?
—En la selva. Cada
noche juegan los chinos del campamento de Inini y liberados que vienen de
Cascade.
—¿Has decidido hacerte
a la mar?
—No deseo otra cosa, y
cuando vendía mi carbón vegetal pensaba comprar una embarcación, y encontrar a
un tipo que supiera manejarla y quisiera partir conmigo. Pero en tres semanas,
con la venta del carbón, podremos comprar la canoa y hacernos a la mar, puesto
que tú sabes pilotar.
—Yo tengo dinero,
Cuic-Cuic. No habrá que esperar a vender el carbón para comprar la embarcación.
—Entonces, todo va
bien. Hay una buena chalupa en venta por dos mil quinientos francos. Quien la
vende es un negro, un talador de madera.
—Bien. ¿La has visto?
—Sí.
—Yo también quiero
verla.
—Mañana iré a ver a
Chocolate, como le llamo. Cuéntame toda fuga, Papillon. Yo creía que era
imposible evadirse de la isla del Diablo. ¿Por qué motivo no partió contigo mi
hermano Chang?
Le cuento la fuga, la
ola Liseette y la muerte de Silvain.
Comprendo que Chang no
quisiera partir contigo. Era arriesgado de veras. Tú eres un hombre afortunado,
por eso has podido llegar vivo hasta aquí. Estoy contento de que haya sido así.
Hace más de tres horas
que Cuic-Cuic y yo conversamos. Nos acostamos pronto, pues él al despuntar el
día, quiere ir a ver a Chocolate. Después de haber puesto una gruesa rama en la
rústica cocina para mantener el fuego toda la noche, nos echamos a dormir. La
humareda me hace toser y se apodera de mi garganta, pero tiene una ventaja: ni
un solo mosquito.
Echado en mi yacija,
cubierto con una buena manta, bien caliente, cierro los ojos. No puedo
dormirme. Estoy demasiado excitado. Sí, la fuga se desarrolla bien. Si la
embarcación es buena, antes de ocho días me haré a la mar. Cuic-Cuic es
pequeño, seco, pero debe de tener una fuerza poco común y una resistencia a
toda prueba. Es, ciertamente, leal y correcto con sus amigos, pero debe de ser
también muy cruel con sus enemigos. Es difícil leer en un rostro de asiático,
no expresa nada. Sin embargo, sus ojos hablan en su favor.
Me duermo y sueño con
un mar lleno de sol, con mi barca franqueando alegremente las olas, en marcha
hacia la libertad.
—¿Quieres café o té?
—¿Qué bebes tú?
—Té.
—Pues dame té.
El día apenas despunta.
El fuego ha quedado encendido desde ayer y en una cacerola hierve agua. Un
gallo lanza su alegre canto. No hay gritos de pájaros alrededor de nosotros;
seguramente, el humo de las carboneras los ahuyenta. El cerdo está acostado en
la cama de Cuic-Cuic. Debe de ser perezoso, porque continúa durmiendo. Galletas
hechas con harina de arroz se tuestan en la brasa. Después de haberme servido
té azucarado, mi compañero corta una galleta en dos, la unta de margarina y me
la da. Nos desayunamos copiosamente. Como tres galletas bien tostadas.
—Me voy, acompáñame. Si
gritan o silban, no respondas. No corres ningún riesgo porque nadie puede venir
aquí. Pero si te dejas ver al borde de la ciénaga, pueden matarte de un disparo
de fusil.
El cerdo se levanta a
los gritos de su dueño. Come, bebe y, después, sale. Lo seguimos. Va directo a
la ciénaga. Baja bastante lejos del lugar donde llegamos ayer. Después de haber
andado unos diez metros, regresa. El paso no le agrada. Al cabo de tres tentativas,
consigue cruzar. Cuic-Cuic, inmediatamente y sin aprensión, franquea la
distancia hasta tierra firme.
Cuic-Cuic no debe
regresar hasta la noche. He comido yo solo la sopa que había puesto al fuego.
Tras haber cogido ocho huevos del gallinero, me he hecho, con margarina, una
tortilla de tres huevos. El viento ha cambiado de dirección y la humareda de
las dos carboneras de frente a la choza se dirige a un lado. Al abrigo de la
lluvia que ha caído por la tarde, bien acostado en mi lecho de madera, no he
sido perturbado por el gas carbónico.
Por la mañana, he dado
la vuelta a la isla. Casi en su centro, se abre un calvero bastante grande.
Árboles caídos y leña cortada me indican que de allí saca Cuic-Cuic la madera
para sus carboneras. Veo también un gran agujero de arcilla blanca de donde saca,
seguramente, la tierra necesaria para cubrir la madera con el fin de que se
consuma sin llama. Las gallinas van a picotear al calvero. Una rata enorme huye
bajo mis pies y, algunos metros más allá, encuentro una serpiente muerta de
casi dos metros de largo. Sin duda, es la rata la que acaba de matarla. Toda
esta jornada que he pasado solo en el islote ha sido una serie de
descubrimientos. Por ejemplo, he encontrado una familia de osos hormigueros. La
madre y tres pequeños. Un enorme hormiguero bullía en torno a ellos. Una docena
de monos, muy pequeños, saltan de árbol en árbol en el claro. Ante mi llegada
los micos gritan hasta destrozarme los oídos.
Cuic-Cuic regresa por
la noche.
—No he visto a
Chocolate y tampoco la embarcación. Ha debido de ir en busca de víveres a
Cascade, la aldehuela donde tiene su casa. ¿Has comido bien?
—Sí.
—¿Quieres comer más?
—No.
—Te he traído dos
paquetes de tabaco gris, de ese que usan los soldados, pues no había otro.
—Gracias, da igual.
Cuando Chocolate se va, ¿cuánto tiempo se queda en la aldea?
—Dos o tres días, pero
aun así iré mañana y todos los días pues no sé cuándo ha partido.
Al día siguiente, cae
una lluvia torrencial. Ello no impide a Cuic-Cuic marcharse, completamente en
cueros. Lleva sus efectos bajo el brazo, envueltos en una tela encerada. No le
acompaño:
—No vale la pena de que
te mojes —me ha dicho.
La lluvia acaba de
cesar. Por el sol me parece que son, más o menos, de las diez a las once. Una
de las dos carboneras, la segunda, se ha derrumbado bajo el alud de agua. Me
aproximo para ver el desastre. El diluvio no ha conseguido apagar del todo la
madera. Continúa saliendo humo del montón informe. De repente, me froto los
ojos antes de mirar de nuevo, tan imprevisto es lo que veo: cinco zapatos salen
de la carbonera. En seguida se advierte que estos zapatos, puestos
perpendicularmente sobre el tacón, tienen cada uno un pie y una pierna en el
extremo. Así, pues, hay tres hombres cociéndose en la carbonera. No vale la
pena describir mi primera reacción: produce un escalofrío en la espalda
descubrir algo tan macabro. Me inclino y, empujando con el pie un poco de
carbón vegetal medio calcinado, descubro el sexto pie.
No se anda con
chiquitas, el tal Cuic-Cuic; transforma en cenizas, en serie, a los tipos que
despacha. Estoy tan impresionado que, primero, me aparto de la carbonera y voy
hasta el calvero a tomar el sol. Tengo necesidad de calor. Sí, pues en esta
temperatura asfixiante, de repente tengo frío y siento la necesidad de un rayo
del buen sol de los trópicos.
Al leer esto, se
pensará que es ilógico, que yo habría debido tener más bien sudores después de
semejante descubrimiento. Pues no. Estoy transido de frío, congelado moral y
físicamente. Mucho después, pasada una hora larga, gotas de sudor han empezado
a fluir de mi frente, pues cuanto más lo pienso, tanto más me digo que, después
de haberle confesado que tengo mucho dinero en el estuche, es un milagro que
aún esté vivo.
A menos que me reserve
para ponerme en la base de una tercera carbonera.
Recuerdo que su hermano
Chang me contó que había sido condenado por piratería y asesinato a bordo de un
junco. Cuando atacaban un barco para saquearlo, suprimían a toda la familia,
naturalmente por razones políticas. Así, pues, son tipos ya entrenados en los
asesinatos en serie. Por otra parte, aquí estoy prisionero. Me encuentro en una
posición extraña.
Puntualicemos. Si mato
a Cuic-Cuic en el islote y lo meto, a su vez, en la carbonera, ni visto ni
oído. Pero el cerdo, entonces, no me obedecería; ni siquiera entiende francés,
esta especie de cerdo amaestrado. Así que no hay manera de salir del islote. Si
amenazo al indochino, me obedecerá, pero entonces es preciso que, después de
haberlo obligado a sacarme de la isla, lo mate en tierra firme. Si lo arrojo a
la ciénaga, desaparecerá, pero debe haber una razón para que queme a los
individuos y no los tire al pantano, lo cual sería más fácil. Los guardianes no
me preocupan, pero si sus amigos chinos descubren que lo he matado, se
transformarán en cazadores de hombres y, con su conocimiento de la selva, no es
grano de anís tenerlos detrás de los talones.
Cuic-Cuic no tiene más
que un fusil de un cañón que se carga por la boca. No lo abandona nunca, ni
siquiera para hacer la sopa. Duerme con él y hasta se lo lleva cuando se aleja
de la choza para hacer sus necesidades. Debo tener mi cuchillo siempre abierto,
pero es preciso que duerma. ¡Pues sí que he elegido bien a mi socio para
escaparme!
No he comido en todo el
día. Y aún no he tomado ninguna determinación cuando oigo cantar. Es Cuic-Cuic,
que vuelve. Escondido detrás de las ramas, lo veo venir. Lleva un fardo en
equilibrio sobre la cabeza. Cuando está muy cerca de la orilla, me muestro.
Sonriendo, me pasa el paquete, envuelto en un saco de harina, brinca a mi lado
y, rápidamente, se dirige hacia la casita. Le sigo.
—Buenas noticias,
Papillon. Chocolate ha regresado. Sigue teniendo la embarcación. Dice que puede
llevar una carga de más de quinientos kilos sin hundirse. Lo que llevas son
sacos de harina para hacer una vela y un foque. Es el primer paquete. Mañana,
traeremos los otros, porque tú vendrás conmigo para ver si la canoa te
satisface.
Todo esto me lo explica
Cuic-Cuic sin volverse. Caminamos en fila. Primero, el cerdo; luego, él y,
después, yo. Pienso que no tiene aspecto de haber proyectado echarme a la
carbonera, puesto que mañana debe llevarme a ver la embarcación, y comienza a
hacer gastos para la fuga; incluso ha comprado sacos de harina.
—Vaya, se ha derrumbado
una carbonera. Es la lluvia, sin duda. Con semejante manga de agua que ha
caído, no me extraña.
Ni siquiera va a ver la
carbonera, y entra directamente en la barraca. Ya no sé qué decir ni qué
determinación tomar. Hacer como que no he visto nada es poco aceptable.
Parecería extraño que, en todo el día, no me hubiera acercado a la carbonera,
que está a veinticinco metros de la casita.
—¿Has dejado apagar el
fuego?
—Sí, no le he prestado
atención.
—Pero, ¿no has comido?
—No, no tenía hambre.
—¿Estás enfermo?
—No.
—Entonces, ¿por qué no
te has zampado la sopa?
Cuic-Cuic, siéntate.
Debo hablarte.
—Deja que encienda el
fuego.
—No. Quiero hablarte en
seguida, mientras aún sea de día —¿Qué sucede?
—Sucede que la
carbonera, al derrumbarse, ha dejado aparecer a tres hombres que tenías
cociéndose dentro. Dame una explicación.
—¡Ah, era por eso que
te encontraba raro! —Y, sin emocionarse en absoluto, me mira fijamente y me
dice—: Después de este descubrimiento no estabas tranquilo. Te comprendo; es
natural. Y hasta he tenido suerte de que no me apuñalaras por la espalda. Escucha,
Papillon: esos tres tipos eran tres cazadores de hombres. Hace una semana o,
más bien, diez días, había vendido una buena cantidad de carbón a Chocolate. El
chino a quien viste me había ayudado a sacar los sacos de la isla. Es una
historia complicada: con una cuerda de más de doscientos metros se arrastran
cadenas de sacos que se deslizan por la ciénaga. Bueno. De aquí a un pequeño
curso de agua donde estaba la piragua de Chocolate, habíamos dejado muchas
huellas. Sacos en mal estado habían dejado caer algunos fragmentos de carbón.
Entonces, empezó a rondar el primer cazador de hombres. Por los gritos de las
bestias, supe que había alguien en la selva. Vi al tipo sin que él lo
advirtiera. No fue difícil atravesar al lado opuesto donde él estaba y, describiendo
un semicírculo, sorprenderlo por detrás. Murió sin tan siquiera ver quién lo
había matado. Como había advertido que el pantano devuelve los cadáveres que,
tras haberse hundido al principio, vuelven a ascender a la superficie al cabo
de unos días, lo traje aquí y lo metí en la carbonera.
—¿Y los otros dos?
—Fue tres días antes de
tu llegada. La noche era muy negra y silenciosa, lo que es bastante raro en la
selva. Esos dos estaban alrededor del pantano desde la caída de la noche. Uno
de ellos, de vez en vez, cuando la humareda iba hacia donde estaban, fue presa
de acceso! de tos. A causa de ese ruido, fui advertido de su presencia. Antes
de despuntar el día, me aventuré a atravesar la ciénaga por el lado opuesto al
lugar donde había localizado la tos. Para resumir, te diré que al primer
cazador de hombres lo degollé. Ni siquiera un grito. En cuanto al otro, armado
de un fusil de caza, cometió el error de descubrirse, pues estaba demasiado
ocupado escrutando la maleza del islote para ver lo que pasaba allí. Lo abatí
de un disparo de fusil, y como no estaba muerto, le hundí mi cuchillo en el
corazón. He aquí, Papillon, quiénes son los tres tipos que has descubierto en
la carbonera. Se trata de dos árabes y un francés. Atravesar la ciénaga con
cada uno de ellos a cuestas no fue fácil. Tuve que hacer dos viajes, pues
pesaban mucho. Al fin, pude meterlos en la carbonera.
—¿Seguro que sucedió
así?
—Sí, Papillon, te lo
juro.
—¿Por qué no los
echaste a la ciénaga?
—Como te he dicho, la
ciénaga devuelve los cadáveres. Algunas veces caen ciervos grandes y, una
semana después, ascienden de nuevo a la superficie. Se huele a podrido hasta
que las aves de presa los devoran. El festín dura mucho tiempo, y sus gritos y
su vuelo atraen a los curiosos. Papillon, te lo juro, no temas nada de mí. Para
asegurarte, toma, toma el fusil, si quieres.
Tengo un deseo loco de
aceptar el arma, pero me domino y, de la manera más natural posible, digo:
—No, Cuic-Cuic. Si
estoy aquí es porque me siento con un amigo. Mañana debes volver a quemar a los
cazadores de hombres, porque vete a saber qué puede suceder cuando hayamos
partido de aquí. No tengo deseos de que me acusen, ni en rebeldía, de tres
asesinatos.
—Sí, volveré a
quemarlos mañana. Pero estate tranquilo; nunca pondrá nadie los pies en esta
isla. Es imposible pasar sin hundirse.
—¿Y con una canoa de
caucho?
—No había pensado en
eso.
—Si alguien trajera a
los gendarmes hasta, aquí y a ellos se les metiera en la cabeza la idea de
venir a la isla créeme que, con una canoa, pasarían; por eso, es preciso partir
lo antes posible.
—De acuerdo. Mañana
volveremos a encender la carbonera que, por otra parte, no se ha apagado. Sólo
hay que hacer dos chimeneas de aireación.
—Buenas noches,
Cuic-Cuic.
—Buenas noches,
Papillon. Y, te lo repito, duerme tranquilo, puedes confiar en mí.
Tapado con un cobertor
hasta la barbilla, gozo del calor que la prenda me proporciona. Enciendo un
cigarrillo. Menos de diez minutos después Cuic-Cuic ronca. Su cerdo, a su lado,
respira con fuerza. El fuego ya no despide llamas, pero el tronco de árbol, una
brasa que enrojece cuando la brisa penetra en la choza, produce una impresión
de paz y sosiego. Saboreo esta comodidad y me duermo con un pensamiento: o
mañana me despierto y, entonces, todo irá bien entre Cuic-Cuic y yo, o el chino
es un artista más consumado que Sacha Guitry para disimular sus intenciones y
contar historias y, en ese caso, ya no veré la luz del sol porque sé demasiado
sobre él, y eso puede molestarle.
Con un cuartillo de
café en la mano, el especialista en asesinatos en serie me despierta y, como si
nada hubiera pasado, me da los buenos días con una sonrisa magníficamente
cordial. El día se ha levantado.
—Toma, bébete el café.
Cómete una galleta: ya tiene margarina.
Después de haber comido
y bebido, me lavo afuera, tomando agua de un tonel que está siempre lleno.
—¿Quieres ayudarme,
Papillon?
—Sí —le digo sin
preguntarle a qué.
Tiramos de los pies de
los cadáveres medio quemados. Advierto, sin decir nada, que los tres tienen el
vientre abierto. El simpático Cuic-Cuic debió de buscar en sus intestinos si
llevaban un estuche. ¿Seguro que eran cazadores de hombres? ¿Por qué no cazadores
de mariposas o de bestias? ¿Los ha matado para defenderse o para robarles? En
fin, ya he pensado bastante en eso. Volvemos a colocarlos en un agujero de la
carbonera, bien cubiertos de madera y arcilla. Abrimos dos chimeneas de
aireación y la carbonera reanuda sus dos funciones: hacer carbón vegetal y
transformar en cenizas los tres fiambres.
—En marcha, Papillon.
El cochinillo encuentra
un paso en poco tiempo. En fila india, franqueamos la ciénaga. Siento una angustia
tremenda en el momento de arriesgarme por aquel lugar. El hundimiento de
Sylvain ha dejado en mí una impresión tan fuerte, que no puedo aventurarme con
serenidad. Al fin, con gotas de sudor frío, me lanzo tras Cuic-Cuic. Cada uno
de mis pies se encaja en la huella de los suyos. No hay vuelta de hoja: si él
pasa, yo debo pasar también.
Más de dos horas de
marcha nos conducen al lugar donde Chocolate corta madera. No hemos tenido
ningún encuentro en la selva y, por lo tanto, no hemos debido escondernos
nunca.
—Buenos días.
—Buenos días,
Cuic-Cuic.
—¿Qué tal?
—Bien.
—Enséñale la
embarcación a mi amigo.
La embarcación es muy
fuerte; se trata de una especie de chalupa de carga. Es muy pesada, pero
robusta. Tanteo con mi cuchillo por todas partes. No penetra en ningún sitio
más de medio centímetro. La base está también intacta. La madera con que la han
fabricado es de primera calidad.
—¿Por cuanto la vende
usted?
—Por dos mil quinientos
francos.
—Le doy dos mil.
—Trato hecho.
—Esta embarcación no
tiene quilla. Le pagaré quinientos francos más, pero es preciso que le ponga
una quilla, un gobernalle y un mástil. La quilla, de madera dura, como el
gobernalle. El mástil, de tres metros, de madera ligera y flexible. ¿Cuándo
estará listo?
—Dentro de ocho días.
—Aquí tiene dos
billetes de mil y uno de quinientos francos. Los cortaré en dos. Le daré la
otra mitad cuando me entregue la embarcación. Guarde los tres medios billetes
con usted. ¿Comprendido?
—De acuerdo.
—Quiero permanganato,
un barril de agua, cigarrillos y cerillas, víveres para cuatro hombres durante
un mes: harina, aceite, café y azúcar. Estas provisiones se las pagaré aparte.
Me lo entregará todo en el río, en el Kourou.
—Señor, no puedo
acompañarle a la desembocadura.
—No se lo he pedido, le
digo que me entregue la canoa en el río, y no en este recodo.
—Aquí tiene los sacos
de harina, una cuerda, agujas e hilo de vela.
Cuic-Cuic y yo
regresamos a nuestro escondite. Llegamos sin complicaciones mucho antes de la
noche. Durante el regreso, ha llevado al cerdo a cuestas, pues estaba fatigado.
Hoy también estoy solo,
empeñado en coser la vela, cuando oigo gritos. Escondido en la maleza, me
aproximo a la ciénaga y miro a la otra orilla: Cuic-Cuic discute y gesticula
con el chino intelectual. Creo comprender que quiere pasar al islote y que Cuic-Cuic
no le deja. Cada uno de ellos tiene un machete en la mano. El más excitado es
el manco. ¡Con tal de que no me mate a Cuic-Cuic! He decidido mostrarme. Silbo.
Se vuelven hacia mí.
—Quiero hablar contigo,
Papillon —grita el otro—. Cuic-Cuic no quiere dejarme pasar.
Al cabo de diez minutos
más de discusión en chino, llegan al islote precedidos por el cerdo. Sentados
en la cabaña, con un cuartillo de té cada uno en la mano, espero a que se
decidan a hablar.
—Quiere dice Cuic-Cuic—
fugarse a toda costa con nos otros. Yo le explico que no cuento para nada en
este asunto que eres tú quien paga y quien manda en todo. No quiere creer me.
—Papillon dice el
otro—, Cuic-Cuic está obligado a llevarme con él.
—¿Por qué?
—Fue él, hace dos años,
quien me cortó el brazo en una riña por una cuestión de juego. Me hizo jurar
que no le mataría. Yo lo juré, pero con una condición: que durante toda su vida
debe alimentarme, al menos mientras yo se lo exija. Así que, si se va, no lo veré
más en mi vida. Por eso, o te deja partir a ti solo, o me lleva consigo.
—¡Lo que me faltaba por
ver! Escucha: acepto llevarte. La embarcación es buena y grande, y podríamos
partir más, si quisiéramos. Si Cuic-Cuic está de acuerdo, te llevo.
—Gracias—dice el manco.
—¿Qué dices, tú,
Cuic-Cuic?
—De acuerdo, si tú lo
quieres.
—Una cosa importante.
¿Puedes salir del campamento sin ser declarado como desaparecido, y buscado por
prófugo, y llegar al río antes de la noche?
—No hay inconveniente.
Puedo salir a partir de las tres de la tarde, y en menos de dos horas estoy en
la orilla del río.
—Por la noche,
¿encontrarás el sitio, Cuic-Cuic, para que embarquemos a tu amigo sin perder
tiempo?
—Sí, sin ninguna duda.
—Ven dentro de una
semana para saber el día de la partida.
El manco se marcha
contento después de haberme estrechado la mano. Los veo a los dos cuando se
separan, en la otra orilla. Se dan la mano antes de separarse. Todo va bien.
Cuando Cuic-Cuic está de nuevo en la cabaña, digo:
—Has hecho un pacto muy
raro con tu enemigo: aceptar alimentarlo durante toda su vida no es una cosa
corriente. ¿Por qué le cortaste el brazo?
—Una riña de juego.
—Hubieras hecho mejor
matándolo.
—No, porque es muy buen
amigo. En el Consejo de Guerra ante el que comparecí por eso, me defendió a
fondo, diciendo que él me había atacado y que yo actué en legítima defensa. Yo
acepté el pacto libremente, y debo cumplirlo hasta el fin. Sólo que no me atreví
a decírtelo porque tú pagas toda la fuga.
—De acuerdo, Cuic-Cuic;
no hablemos más de eso. Es cosa tuya. Una vez libre, si Dios quiere, haz lo que
te parezca.
—Mantendré mi palabra.
—¿Qué piensas hacer, si
un día eres libre?
—Poner un restaurante.
Soy muy buen cocinero y él, un especialista en chowmeim, una especie de
spaghetti chinos.
Este incidente me ha
puesto de buen humor. La historia es tan divertida, que no puedo impedir hacer
rabiar a Cuic-Cuic.
Chocolate ha cumplido
su palabra: cinco días más tarde, todo está dispuesto. En medio de una lluvia
torrencial, hemos ido a ver la embarcación. Nada que añadir. Mástil, gobernalle
y quilla han sido adaptados perfectamente, con un material de primera calidad.
En una especie de recodo del río, nos espera la barca con su barril y los
víveres. Falta avisar al manco. Chocolate se encarga de ir al campamento a
hablar con él. Para evitar el peligro de aproximarse a la orilla con el fin de
recogerlo, él mismo lo llevará directamente al escondrijo.
La salida del río
Kourou está marcada por dos faros de posición. Si llueve, podemos salir sin
riesgo por el centro del río, sin izar velas, por supuesto, para no llamar la
atención. Chocolate nos ha dado pintura negra y un pincel. En la vela, pintamos
una gran K y el número 21. Esta K 21 es la matrícula de una embarcación de
pesca que, algunas veces, sale a pescar por la noche. En caso de que nos vieran
desplegar la vela a la salida al mar, nos tomarían por la otra embarcación.
Será mañana por la
noche a las siete, una hora después de que oscurezca. Cuic-Cuic afirma que
encontrará el camino, y está seguro de conducirme en derechura al escondite.
Abandonaremos la isla a las cinco, así tendremos una hora de día para caminar.
El regreso a la cabaña
es alegre. Cuic-Cuic, sin volverse, pues yo marcho detrás, lleva el cochinillo
a cuestas y no deja de hablar:
—Por fin, voy a
abandonar el presidio. Seré libre gracias a ti y a mi hermano Chang. Tal vez un
día, cuando los franceses se hayan ido de Indochina, pueda regresar a mi país.
En una palabra, confía
en mí, y saber que la embarcación me ha gustado le pone alegre como unas
pascuas. Duermo mi última noche en el islote, mi última noche —por lo menos eso
espero en tierra de la Guayana.
Si salgo del río y me
hago a la mar, seguro que eso significa la libertad. El único peligro es el
naufragio, pues, desde la guerra, ya no devuelven a los evadidos en ningún
país. En eso, al menos, la guerra nos sirve de algo. Si nos pescan, nos
condenan a muerte, es cierto, pero falta que nos cojan. Pienso en Sylvain:
debía de estar aquí, conmigo, a mi lado, si no hubiese cometido aquella
imprudencia. Me duermo mientras redacto un telegrama: "Señor fiscal
Pradel: Al fin, definitivamente, he superado el camino de la podredumbre al que
usted me arrojó. He necesitado nueve años."
El sol está bastante
alto cuando Cuic-Cuic me despierta. Té y galletas. Todo está lleno de cajas.
Advierto dos jaulas de mimbre.
—¿Qué quieres hacer con
esas jaulas?
—Meteré en ellas las
gallinas para comérnoslas por el camino.
—¡Estás chalado,
Cuic-Cuic! No te lleves las gallinas.
—Sí, quiero
llevármelas.
—¿Estás mal de la
cabeza? Si a causa de la marea salimos por la mañana y las gallinas y los
gallos cloquean y cantan en el río, ¿te das cuenta del peligro?
—Pues yo no tiro las
gallinas.
—Cuécelas y mételas en
grasa y aceite. Se conservarán y, los tres primeros días, nos las zamparemos.
Convencido al fin,
Cuic-Cuic parte en busca de las gallinas, pero los cacareos de las cuatro
primeras que ha atrapado han debido de amoscar a las otras, porque no hemos
podido agarrar ni una más, pues todas se han refugiado en la maleza. Misterio
de los animales que han presentido, no sé cómo, el peligro.
Cargados como mulos,
atravesamos la ciénaga detrás del cerdo. Cuic-Cuic me ha suplicado que lo
llevemos con nosotros.
—¿Me das tu palabra de
que a ese animal no se le ocurrirá chillar?
—Te juro que no. Se
calla cuando se lo ordeno. Incluso, cuando dos o tres veces hemos sido
perseguidos por un tigre que merodeaba para sorprendernos, no ha gritado. Y,
sin embargo tenía los pelos de punta en todo el cuerpo.
Convencido de la buena
fe de Cuic-Cuic, accedo a llevar su querido cerdo. Cuando llegamos al
escondite, es de noche. Chocolate está allí con el manco. Dos lámparas
eléctricas me permiten comprobarlo todo. No falta nada: los anillos de la vela
están pasados por el mástil, el foque, en su sitio, dispuesto para ser izado.
Cuic-Cuic hace dos o tres veces la maniobra que le indico. En seguida comprende
lo que espero de él. Pago al negro, que se ha mostrado muy correcto. Es tan
ingenuo, que ha traído papel de pegar y las mitades de los billetes. Me pide
que se los pegue. Ni por un momento ha pensado que yo podría quitarle el
dinero. Cuando las gentes no abrigan malos pensamientos hacia los demás es
porque ellas mismas son buenas y rectas. Chocolate era un hombre bueno y
honrado. Después de haber visto cómo se trata a los forzados, no tenía ningún
remordimiento de ayudar a tres de ellos a evadirse de este infierno.
—Adiós, Chocolate.
Buena suerte para ti y para tu familia.
—Muchas gracias.
UNDÉCIMO CUADERNO. EL
ADIÓS AL PRESIDIO
La Fuga de los chinos
Soy el último en subir
a bordo y, empujada por Chocolate, la embarcación avanza hacia el río. Nada de
pagayas, sino dos buenos remos, uno manejado por Cuic-Cuic a proa, y el otro
por mí. En menos de dos horas, atacamos el río.
Llueve desde hace más
de una hora. Un saco de harina pintado me sirve de toldo, Cuic-Cuic tiene otro,
y el manco igual.
El río es rápido y sus
aguas están llenas de torbellinos. Pese a la fuerza de la corriente, en menos
de una hora estamos en mitad del curso del agua. Ayudados por el flujo, tres
horas después pasamos entre dos faros. Sé que el mar está próximo, pues los faros
se hallan en las puntas extremas de la desembocadura. Con la vela y el foque al
viento, salimos del Kourou sin ningún inconveniente. El viento nos coge de lado
con tal fuerza que me veo obligado a hacer que se deslice sobre la vela.
Entramos en el mar con dureza y, como una flecha, cruzamos el estuario y nos
alejamos rápidamente de la costa. Ante nosotros, a cuarenta kilómetros, el faro
de Royale nos indica la ruta.
Hace pocos días, yo
estaba detrás de ese faro, en la isla del Diablo. Esta salida de noche al mar,
esta rápida separación de Tierra Grande no es saludada por una explosión de
gozo por mis dos compañeros chinos. Estos hijos del cielo no tienen la misma manera
que nosotros de exteriorizar sus sentimientos.
Una vez en el mar,
Cuic-Cuic se ha limitado a decir:
—Hemos salido muy bien.
El manco añade:
—Sí, hemos entrado en
el mar sin ninguna dificultad.
—Tengo sed, Cuic-Cuic. Pásame
un poco de tafia.
Después de haberme
servido, beben ellos también un buen trago de ron.
He partido sin brújula,
pero en mi primera fuga aprendí a dirigirme según el sol, la luna, las
estrellas y el viento. Así, pues, sin dudar, con el mástil apuntado a la Polar,
avanzo hacia mar abierto. La embarcación se porta bien: remonta las olas con suavidad
y apenas cabecea. Como el viento es muy fuerte, por la mañana estamos muy lejos
de la costa y de las Islas de la Salvación. Si no hubiera sido muy arriesgado,
me hubiera acercado a la del Diablo para contemplarla, al contornearla, a mis
anchas, desde alta mar.
Durante seis días,
hemos tenido un tiempo agitado, pero sin lluvia ni tempestad. El viento, muy
fuerte, nos ha empujado con bastante rapidez hacia el Oeste. Cuic-Cuic y Hue
son admirables compañeros. No se quejan nunca ni del mal tiempo, ni del sol, ni
del frío de la noche. Un solo inconveniente: ninguno de ellos quiere tocar la
barra y pilotar durante algunas horas la embarcación para que yo pueda dormir.
Tres o cuatro veces al día preparan de comer. Hemos acabado con todas las
gallinas y gallos. Ayer, bromeando, le dije a Cuic-Cuic:
—¿Cuándo nos comeremos
el cerdo?
Le ha sentado
pésimamente.
—Este animal es mi
amigo, y antes de matarlo para comer, habría que matarme a mi primero.
Mis camaradas se ocupan
de mí. No fuman para que yo pueda hacerlo tanto como quiera. Constantemente hay
té caliente. Lo hacen todo sin que haya que decirles nada.
Hace siete días que
hemos partido. Ya no puedo más. El sol golpea con tal fuerza, que hasta mis
indochinos están cocidos como cangrejos. Me voy a dormir. Ato el gobernalle y
dejo un pedacito muy pequeño de vela. La embarcación avanza según la empuja el
viento. Duermo a pierna suelta casi cuatro horas.
Me he despertado
sobresaltado a causa de una sacudida demasiado dura. Cuando me paso agua por la
cara, me veo agradablemente sorprendido al comprobar que, durante mi sueño,
Cuic-Cuic me ha afeitado sin que yo sintiera nada. Mi rostro está, asimismo,
bien aceitado gracias a sus cuidados.
Desde ayer por la
noche, sigo el rumbo Sur sudoeste, pues creo que he subido demasiado al Norte.
Esta pesada embarcación tiene la ventaja, además de aguantar bien el mar, de no
derivar con facilidad. Por eso, supongo que he subido demasiado, pues he contado
la deriva y, quizá, casi no la ha habido. ¡Caramba, un globo dirigible! Es la
primera vez en mi vida que veo uno. No parece que venga hacia nosotros, y está
demasiado lejos para que nos demos perfecta cuenta de su tamaño.
El sol que se refleja
en su metal de aluminio le da reflejos platinados y tan brillantes, que no se
puede fijar los ojos en él. Ha cambiado de ruta, y se diría que se dirige hacia
nosotros. En efecto, crece rápidamente y, en menos de veinte minutos está sobre
nosotros. Cuic-Cuic y el manco están tan sorprendidos de ver este ingenio, que
no cesan de parlotear en chino.
—¡Hablad en francés,
maldita sea, para que os entiendan.
—Salchicha inglesa dice
Cuic-Cuic.
—No, no es del todo una
salchicha; es un dirigible.
Ahora que está bajo y
gira por encima de nosotros en círculos estrechos, se ve con detalle el enorme
ingenio. Sacan unas banderas y nos hacen señales con ellas. Como no
comprendemos nada, no podemos responder. El dirigible insiste, pasando aún más
cerca de nosotros, hasta el punto de que se distingue a las personas en la
carlinga. Luego, se van derechos hacia tierra. Menos de una hora después, llega
un avión que da muchas pasadas encima de nosotros.
El mar se ha
embravecido, y el viento, de repente, se ha hecho más fuerte. El horizonte está
claro por todos lados. No hay peligro de lluvia.
—Mira dice el manco.
—¿Dónde?
—Allá lejos, ese punto
hacia donde debe de estar la tierra. Ese punto negro es un barco.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo supongo, e incluso
te diré que es una lancha rápida.
—¿Por qué?
—Porque no desprende
humo.
En efecto, no menos de
una hora después, se distingue con mucha claridad un barco de guerra gris que
parece dirigirse en derechura hacia nosotros. Aumenta, o sea que avanza a una
velocidad prodigiosa, con su proa dirigida hacia donde estamos, hasta el punto
de que tengo miedo de que pase demasiado cerca de nosotros. Sería peligroso,
pues el mar está embravecido y su estela, contraria a la ola, podría echarnos a
pique.
Es un torpedero de
bolsillo, El Tarpon, según podemos leer cuando trazando un semicírculo, se
muestra en toda su longitud. Con la bandera inglesa flotando a proa, esta
lancha, después de haber descrito el semicírculo, se nos viene encima
lentamente por la popa. Prudentemente, se mantiene a la misma altura y
velocidad que nosotros. Gran parte de la tripulación está sobre el puente,
vestida con el azul de la Marina inglesa. Desde la pasarela, con un megáfono
ante la boca, un oficial de blanco grita:
—Stop. You stop!
—¡Arríalas velas,
Cuic-Cuic!
En menos de dos
minutos, vela, trinquete y foque son retirados. Sin vela estamos casi
detenidos; sólo las olas nos arrastran de través. No podemos permanecer mucho
tiempo así sin peligro. —Una embarcación que carece de impulso propio, motor o
viento, no obedece al timón. Es muy peligroso cuando las olas son altas.
Sirviéndome de las dos manos como bocina, grito:
—¿Habla usted francés,
captain?
Otro oficial toma el
megáfono del primero.
—Sí, captain, comprendo
el francés.
—¿Qué quieren ustedes?
—Izar a bordo su
embarcación.
—No. Es demasiado
peligroso; no quiero que me la rompan. —Nosotros somos un buque de guerra que
vigila el mar, y ustedes deben obedecer.
—Me cisco en ello,
porque nosotros no hacemos la guerra.
—¿No son ustedes
náufragos de un buque torpedeado?
—No. Somos evadidos de
un presidio francés.
—¿Qué presidio? ¿Qué
es, qué quiere decir presidio?
—Prisión,
penitenciaría. Convia, en inglés, Hard labour.
—¡Ah! Sí, sí,
comprendo. ¿Cayena?
—Sí, Cayena.
—¿A dónde van ustedes?
—Brifish Honduras.
—No se puede. Deben
tomar la ruta Sursudoeste y dirigirse a Georgetown. Obedezca, es una orden.
—De acuerdo.
Le digo a Cuic-Cuic que
ice las velas y partimos en la dirección mandada por el torpedero.
Oímos un motor detrás
de nosotros. Es una chalupa que han botado del barco. No tarda en alcanzarnos.
Un marino, con el fusil en banderola, está en pie a proa. La chulapa viene por
la derecha y nos roza literalmente, sin detenerse ni pedir que nos paremos. De
un brinco, el marino salta a nuestra canoa. La chulapa continúa y va a reunirse
con la lancha.
—Good after noon9 —dice
el marino.
Avanza hacia mí, se
sienta a mi lado y, luego, coloca la mano en la barra y dirige la embarcación
más al Sur de lo que yo hacía. Le dejo la responsabilidad de gobernar,
observando su modo de hacer. Sabe maniobrar muy bien; sobre eso, no cabe
ninguna duda. Pese a todo, me quedo en mi sitio. Nunca se sabe.
—¿Cigarettes?
Saca tres paquetes de
cigarrillos ingleses y nos da uno a cada uno.
—Seguro dice Cuic-Cuic—
que le han dado los paquetes de cigarrillos justo cuando se ha embarcado, pues
no debe pasear se con tres paquetes encima.
Me río de la reflexión
de Cuic-Cuic y, luego, me ocupo del marino inglés, que sabe manejar la
embarcación mejor que yo. Puedo pensar con toda tranquilidad. Esta vez, la fuga
ha sido un éxito definitivo. Soy un hombre libre, libre. Un sofoco me atenaza
la garganta, y hasta creo que unas lágrimas asoman a mis ojos. Sí, estoy
definitivamente libre, puesto que, desde la guerra ningún país devuelve a los
fugados.
Antes de que termine la
guerra, tendré tiempo de conseguir que me estimen y me conozcan en cualquier
país donde me establezca. El único inconveniente es que, con la guerra, quizá
no pueda elegir el país donde quisiera quedarme. Me da lo mismo, pues, en cualquier
lugar donde viva, en poco tiempo me habré ganado la estima y la confianza de la
población y de las autoridades por mi manera de vivir, que debe de ser y será
irreprochable. Mejor aún: ejemplar.
La sensación de
seguridad de haber salido victorioso al fin del camino de la podredumbre es
tal, que no pienso en otra cosa. ¡Por fin has ganado, Papillon! Al cabo de
nueve años, has salido definitivamente victorioso. Gracias, buen Dios; quizás
hubieras podido hacerlo antes, pero tus caminos son misteriosos y no me quejo
de Ti, pues gracias a tu ayuda aún soy joven, sano y libre.
Al pensar en el camino
recorrido en estos nueve años de presidio, más los dos cumplidos antes en
Francia, once en total, sigo el brazo del marino que me dice:
—Tierra.
A las cuatro de la
tarde, tras haber contorneado un faro apagado, entramos en un río enorme,
Demerara Ríver. Reaparece la chalupa, el marino me devuelve la barra y va a
colocarse a proa. Agarra una gruesa cuerda al vuelo, que ata al banco de
delante. El mismo arría las velas y, suavemente arrastrado por la chalupa,
remontamos unos veinte kilómetros este río amarillo, seguidos a doscientos
metros por el torpedero. Después de un recodo, surge una gran ciudad:
—grita el marino
inglés.
En efecto, entramos en
la capital de la Guayana inglesa, suavemente remolcados por la chalupa. Muchos
buques de carga guardacostas y barcos de guerra. Al borde del río, están
emplazados cañones en torretas. Hay todo un arsenal, tanto en las unidades navales
como en tierra.
Es la guerra. Sin
embargo, están en guerra desde hace más de dos años y yo no lo había notado.
Georgetown, la capital de la Guayana inglesa, puerto importante sobre el
Demerara River, está ciento por ciento en pie de guerra. La impresión de una
ciudad en armas me causa extrañeza. Apenas atraca en un pontón militar, cuando
el torpedero que nos sigue se acerca lentamente y, a su vez, atraca. Cuic-Cuic
con su cerdo, Hue con un hatillo en la mano y yo sin nada subimos al muelle. En
este pontón, reservado a la Marina, no hay ningún civil. Sólo marinos y
militares. llega un oficial; le reconozco. Es el que me ha hablado en francés
desde el torpedero. Cortésmente, me tiende la mano, y me dice:
—¿Se encuentra usted
bien? —sí, capitán.
—Perfecto. Sin embargo,
tendrá que pasar por la enfermería, donde le pondrán varias inyecciones. Sus
dos amigos también.
DUODÉCIMO CUADERNO.
GEORGETOWN
La vida en Georgetown
Por la tarde, tras
haber recibido diferentes vacunas, somos trasladados al puesto de Policía de la
ciudad, una especie de Comisaría gigantesca donde centenares de policías entran
y salen sin cesar. El superintendente de la Policía de Georgetown, primera autoridad
policial responsable de la tranquilidad de este importante puerto, nos recibe
inmediatamente en su despacho. A su alrededor, oficiales ingleses vestidos de
caqui, impecables en sus shorts y sus calcetines blancos. El coronel nos hace
seña de que nos sentemos ante el y, en perfecto francés, nos pregunta:
—¿De dónde venían
ustedes cuando les localizaron en el mar? —Del presidio de la guayana francesa.
—Haga el favor de
decirme los puntos exactos de donde se han evadido ustedes.
—Yo, de la isla del
Diablo. Los otros, de un campo semipolítico de Inini, cerca de Kourou, Guayana
francesa.
—¿A cuánto le
condenaron?
—A perpetuidad.
—¿Motivo?
—Asesinato.
—¿Y los chinos?
—Asesinato también.
—¿Condena?
—Perpetuidad.
—¿Profesión?
—Electricista.
—¿Y ellos?
—¿Es usted partidario
de De Gaulle o de Pétain?
—Nosotros no sabemos
nada de eso. Somos prisioneros que tratamos de volver a vivir honradamente en
libertad.
—Les asignaremos una
celda que está abierta día y noche. Les pondremos en libertad cuando hayamos
examinado sus declaraciones. Si han dicho ustedes la verdad, no tienen nada que
temer. Comprendan que estamos en guerra y, por lo tanto, obligados a tomar aún
más precauciones que en tiempo normal.
En suma, que al cabo de
ocho días estamos en libertad. Nos hemos aprovechado de esos ocho días en el
puesto de Policía para procurarnos efectos decentes. Correctamente vestidos,
mis dos chinos y yo nos encontramos a las nueve de la mañana en la calle, provistos
de una tarjeta de identidad con nuestras fotografías.
La ciudad, de 250 000
habitantes, es casi toda de madera, edificada a la inglesa: la planta baja, de
cemento, y el resto, de madera. Las calles y avenidas bullen de público de
todas las razas: blancos, achocolatados, negros, hindúes, coolíes, marinos ingleses
y americanos y nórdicos. Estamos un poco abrumados por encontrarnos ante esta
muchedumbre abigarrada. Nos invade un gozo desbordante tan grande en nuestros
corazones, que hasta debe de verse en nuestras caras, incluso en las de los
indochinos, pues muchas personas nos miran y nos sonríen amablemente.
—¿Adónde vamos?
—pregunta Cuic.
—Tengo una dirección
aproximada. Un policía negro me ha dado las señas de dos franceses en Penitence
River's.
Una vez informados,
resulta ser un barrio donde viven exclusivamente hindúes. Me dirijo a un
policía vestido de blanco, impecable. Le muestro la dirección. Antes de
responder, nos pide nuestras tarjetas de identidad. Orgullosamente, se la doy.
—Muy bien; gracias.
Entonces, se toma la
molestia de meternos en un tranvía, después de haber hablado con el conductor.
Salimos del centro de la ciudad y, veinte minutos después, el conductor nos
hace bajar. Debe ser aquí. Por la calle, preguntamos:
—¿Frencbmen?
Un joven nos hace señal
de que le sigamos. Todo derecho, nos conduce a una casita baja. Apenas me
aproximo, cuando tres hombres salen de ella haciendo ademanes acogedores.
—¿Cómo? ¿Estás aquí,
Papi?
—¡No es posible! dice
el mayor, de cabellos completamente blancos—. Entra. Esta es mi casa. ¿Van
contigo los chinos?
—Sí.
—Entrad y sed bien
venidos.
Este viejo forzado se
llama Guittou Auguste, llamado el Guittou. Es un marsellés de pura cepa que
vino en el mismo convoy que yo, en el La Martiniére, en 1933, hace nueve años.
Tras una fuga malograda, fue liberado de su pena principal y, en calidad de liberado,
se evadió hace tres años, me dice. Los otros dos son Petit-Louis, un tipo de
Arlés, y un tolonés, Julot. También ellos partieron después de haber concluido
su condena, pero hubieran debido quedarse en la Guayana francesa el mismo
número de años a que habían sido condenados: diez y quince respectivamente
(esta segunda condena se llama doblaje).
La casa tiene cuatro
piezas: dos habitaciones, una cocina—comedor y un taller. Hacen calzado de
balata, especie de caucho natural que se recoge en la selva y que se puede, con
agua caliente, trabajar y modelar muy bien. El único inconveniente es que sí se
expone mucho al sol, se funde, pues ese caucho no está vulcanizado. Esto se
remedia intercalando láminas de tejido entre las capas de balata.
Maravillosamente
recibidos, con el corazón ennoblecido por el sufrimiento, Guittou nos prepara
una habitación para nosotros tres y nos instala en su casa sin dudarlo. Sólo
hay un problema: el cerdo de Cuic, pero Cuic pretende que no ensuciará la casa,
que es seguro que irá a hacer sus necesidades él solo afuera.
Guítou dice:
—Bueno, ya veremos; por
el momento, quédatelo.
Provisionalmente, hemos
preparado tres camas en el suelo con viejos capotes de soldado.
Sentados ante la
puerta, fumando los seis algunos cigarrillos, le cuento a Guittou todas mis
aventuras de nueve años. Sus dos amigos y él escuchan todo oídos, y viven con
intensidad mis aventuras, pues las sienten en su propia experiencia. Dos de
ellos conocieron a Sylvain y se lamentan sinceramente de su horrible muerte.
Ante nosotros, pasan y traspasan gentes de todas las razas. De vez en cuando,
entra alguien que compra zapatos o una escoba, pues Guittou y sus amigos
fabrican también escobas para ganarse la vida. Me entero por ellos de que,
entre presidiarios y relegados, hay una treintena de evadidos en Georgetown.
Por la noche se reúnen en un bar del centro, donde beben juntos ron o cerveza.
Todos trabajan para subvenir a sus necesidades, cuenta Julot, y en su mayoría
se portan bien.
Mientras tomamos el
fresco a la sombra, a la puerta de la casita, pasa un chino a quien Cuic
interpela. Sin decirme nada, Cuic se va con él, y también el manco. No deben de
ir lejos) pues el cerdo los sigue. Dos horas después, Cuic regresa con un asno
que tira de una pequeña carreta. Orgulloso como Artabánín detiene su borrico,
al que habla en chino. El asno parece comprender esa lengua. En la carreta, hay
tres camas de hierro desmontables, tres colchones, almohadas y tres maletas. La
que me da está llena de camisas, calzoncillos, jerséis de piel, más dos pares
de zapatos, corbatas, etcétera.
—¿Dónde has encontrado
esto, Cuíc?
—Me lo han dado mis
compatriotas. Mañana iremos a visitarlos, ¿quieres?
—De acuerdo.
Esperábamos que Cuíc
volviera a marcharse con el asno y la carreta, pero no ocurre nada de eso.
Desunce el asno y lo ata en el patio.
—También me han
regalado la carreta y el asno. Con esto, puedo ganarme la vida fácilmente.
Mañana por la mañana, un paisano mío vendrá a adiestrarme.
—Se dan prisa, los
chinos.
Guittou acepta que el
vehículo y el asno estén, provisionalmente, en el patio. Todo va bien en
nuestro primer día libre Por la noche, los seis, alrededor de la mesa de
trabajo, comemos una buena sopa de legumbres hecha por Julot, y un buen plato
de spaghetti.
—Cada cual, por turno,
se encargará de la vajilla y de la limpieza de la casa —dice Guíttou.
Esta comida en común es
el símbolo de una primera pequeña comunidad llena de calor. Esta sensación de
saberse ayudado en los primeros pasos en la vida libre es muy reconfortante.
Cuic, el manco y yo nos sentimos verdadera y plenamente felices. Tenemos un
techo, una cama y amigos generosos que, en su pobreza, nos han ayudado
noblemente.
—¿Qué querrías hacer
esta noche, Papillon? —me pregunta Guittou—. ¿Quieres que bajemos al centro, a
ese bar al que van todos los evadidos?
—Esta noche preferiría
quedarme aquí. Baja tú, si quieres; no te molestes por mí.
_Sí, voy a bajar porque
debo ver a alguien.
—Me quedaré con Cuíc y
el manco.
Petit—Louis y Guittou
se han vestido y puesto corbata y se han ido al centro. Tan sólo Julot se ha
quedado para terminar algunos pares de zapatos. Mis camaradas y yo nos damos
una vuelta por las calles adyacentes, para conocer el barrio. Todo aquí es hindú.
Muy pocos negros, casi ningún blanco y algunos raros restaurantes chinos.
Penítence River's, que
es el nombre del barrio, es un rincón de la India o de Java. Las mujeres
jóvenes son admirablemente bellas, y los ancianos llevan largas túnicas
blancas. Muchos caminan descalzos. Es un barrio pobre, pero todo el mundo va
vestido con pulcritud. Las calles están mal iluminadas, los bares donde se bebe
y se come están llenos de gente, y en todas partes suena música hindú.
Un negro betún vestido
de blanco y con corbata me para.
—¿Es usted francés,
señor?
—Sí.
—Me complace encontrar
a un compatriota. ¿Quiere usted aceptar un vaso?
—Comoquiera, pero estoy
con dos amigos.
—No importa. ¿Hablan
francés?
Henos aquí instalados,
los cuatro, en la mesa de un bar contiguo a la acera. Este negro de Martinica
habla un francés más selecto que el nuestro. Nos dice que tengamos cuidado con
los negros ingleses pues, dice, todos son unos embusteros.
—No son como nosotros,
los franceses; nosotros tenemos palabra, y ellos, no.
Sonrío para mis
adentros al oír a este negro de Tombuctú decir "nosotros, los
franceses" y, luego, quedo turbado de veras. Perfectamente, este señor es
un francés, más puro que yo, pienso, pues reivindica su nacionalidad con calor
y fe. El es capaz de dejarse matar por Francia; yo, no. Así, pues, él es más
francés que yo. Así, estoy al corriente.
—Me complace encontrar
a un compatriota y hablar mí lengua, pues hablo muy mal el inglés.
—Yo si me expreso
corriente y gramaticalmente en inglés. Si puedo serle útil, estoy a su
disposición. ¿Hace tiempo que está usted en Georgetown? —Ocho días nada más.
—¿De dónde viene?
—De la Guayana
francesa.
—No es posible. ¿Es
usted un evadido o un guardián del presidio que quiere pasarse a De Gaulle?
—No, soy un evadido.
—¿Y sus amigos?
—También.
—Monsieur Henri, no
quiero conocer su pasado, pero ahora es el momento de ayudar a Francia y de
redimirse. Yo estoy con De Gaulle y espero embarcarme para Inglaterra. Venga a
verme mañana al "Martíner Club"; aquí está la dirección. Me sentiría feliz
de que se uniera a nosotros. —¿Cómo se llama usted? —Homére.
—Monsieur Homére, no
puedo decidirme en seguida. Primero, debo informarme sobre mi familia y,
también, antes de tomar una decisión tan grave, analizarla. Fríamente, ya ve
usted, Monsieur Homére, Francia me ha hecho sufrir mucho, me ha tratado de un
modo inhumano.
El martiniqués, con su
apasionamiento y un calor admirable, trata de convencerme con todo su corazón.
Era en verdad emotivo escuchar los argumentos de este hombre en favor de
nuestra Francia martirizada.
Muy tarde, regresamos a
casa y, acostado, pienso en todo lo que me ha dicho ese gran francés. Debo
reflexionar seriamente su proposición. Después de todo, la bofia, los
magistrados y la Administración penitenciaria no son Francia. Dentro de mí
siento que no he dejado de amarla. ¡Y pensar que hay boches en toda Francia!
¡Dios mío, cuánto deben sufrir los míos y qué vergüenza para todos los
franceses!
Cuando me despierto, el
asno, la carreta, el cerdo, Cuic y el manco han desaparecido.
—¿Qué, macho, has
dormido bien? —me preguntan Guittou y sus amigos.
—Sí, gracias.
—¿Quieres café con
leche o té? ¿Café y rebanadas de pan con mantequilla, tal vez?
Como de todo mientras
les miro trabajar.
Julot prepara la masa
de balata a medida de sus necesidades, y añade fragmentos duros al agua
caliente, que mezcla con la masa blanda.
Petit—Louis prepara los
trozos de tela y Guíttou hace el zapato.
—¿Producís mucho?
—No. Trabajamos para
ganar veinte dólares al día. Con cinco, pagamos el alquiler y la comida. El
resto, a cinco cada uno, para gastos, el vestir y lavar la ropa.
—¿Lo vendéis todo?
—No. Algunas veces, es
preciso que uno de nosotros vaya a vender los zapatos por las calles de
Georgetown. La venta a pie, a pleno sol, es dura.
—Si es preciso, yo lo
haría con sumo gusto. No quiero ser un parásito. Debo contribuir también a
ganarme el pienso.
—Está bien, Papi.
Me he paseado todo el
día por el barrio hindú de Georgetown. Veo un gran anuncio de cine y siento un
deseo loco de ver y oír por vez primera en mi vida, una película hablada y en
color.
Le pediré a Guittou que
me lleve esta noche. He caminado por las calles de Penitence River's todo el
día. La cortesía de estas gentes me gusta enormemente. Poseen dos cualidades:
son pulcras y muy educadas. Esta jornada que he pasado solo por las calles de
este barrio de Georgetown es, para mí, más grandiosa que mi anterior llegada a
Trinidad.
En Trinidad, en medio
de todas aquellas maravillosas sensaciones que nacían de mezclarme con la
muchedumbre, me planteaba una pregunta constante: un día, antes de dos semanas,
máximo tres, tendré que hacerme de nuevo a la mar. ¿Qué país querrá aceptarme?
¿Habrá una nación que me dé asilo? ¿Cuál será mi porvenir? Aquí, es diferente.
Soy definitivamente libre. Puedo, incluso, irme a Inglaterra y alistarme en las
Fuerzas francesas libres. ¿Qué debo hacer? Si me decido a ir con De Gaulle, ¿no
dirán que lo he hecho porque no sabía dónde meterme? En medio de gente honesta,
¿no me tratarán como a un presidiario que no ha encontrado otro refugio y que,
por eso, está con ella? Dicen que Francia se ha dividido en dos, Pétain y De
Gaulle. ¿Cómo todo un mariscal de Francia no va a saber de qué parte están el
honor y el interés del país? ¿Si un día ingreso en las Fuerzas libres, no me
veré obligado más tarde a disparar contra franceses?
Aquí será duro, muy
duro, conseguir una situación aceptable. Guittou, Julot y Petit—Louis están
lejos de ser imbéciles, y trabajan por cinco dólares al día. En primer lugar,
debo aprender a vivir en libertad. Desde 1931 —y estamos en 1942— soy un
prisionero. No puedo, el primer día de mi libertad, resolver todas estas
incógnitas. Ni siquiera conozco los primeros problemas que se plantean a un
hombre para conseguir un puesto en la vida. Nunca he hecho trabajos manuales.
Quizás un poco, como electricista. Pero cualquier aprendiz de electricista sabe
más que yo. Debo prometerme una sola cosa: vivir con limpieza, al menos según
mi propia moral.
A las cuatro de la
tarde regreso a casa.
—¿Qué, Papi, es bueno
saborear las primeras bocanadas del aire de la libertad? ¿Te has paseado a
gusto?
—Sí, Guittou; he ido y
venido por todas las calles de este gran barrio.
—¿Has visto a tus
chinos?
—No.
—Están en el patio. Son
mañosos tus compañeros. Se han ganado ya cuarenta dólares, y querían a toda
costa que yo tomara veinte. Naturalmente, me he negado. Ve a verlos.
Cuic está cortando un
repollo para su cerdo. El manco lava el asno que, feliz, se deja hacer.
—¿Qué tal, Papillon?
—Bien, ¿y vosotros?
—Estamos muy contentos;
hemos ganado cuarenta dólares —¿Qué habéis hecho?
—Hemos ido a las tres
de la madrugada al campo, acompañados por un paisano nuestro, para que nos
adiestrara. Había traído doscientos dólares. Con eso, hemos comprado tomates,
ensaladas, berenjenas y, en fin, toda clase de legumbres verdes y frescas. También
algunas gallinas, huevos y leche de cabra. Nos hemos ido al mercado, cerca del
puerto de la ciudad, y lo hemos vendido todo, primero un poco a gentes del
país, y, luego, a marinos americanos. Han quedado tan contentos de los precios,
que mañana no debo entrar en el mercado: me han dicho que los espere frente a
la puerta del muelle. Me lo comprarán todo. Toma, aquí está el dinero. Tú, que
sigues siendo el jefe, debes guardar el dinero.
—Sabes muy bien, Cuic,
que tengo dinero y no preciso de él.
—Guarda el dinero o no
trabajamos.
—Escucha: los franceses
viven casi con cinco dólares. Nosotros vamos a tomar cinco dólares cada uno y a
dar otros cinco a la casa para la manutención. Los demás, los apartamos para
devolver a tus paisanos los doscientos dólares que te han prestado.
—Comprendido.
—Mañana quiero ir con
vosotros.
—No, no, tú duerme. Si
quieres, reúnete con nosotros a las siete ante la puerta del muelle.
—De acuerdo.
Todo el mundo es feliz.
En primer lugar, nosotros, por saber que podemos ganarnos la vida y no ser una
carga para nuestros amigos. Por lo demás, Guittou y los otros dos, pese a su
buen corazón, debían de preguntarse cuánto tiempo íbamos a tardar en ganarnos
la vida.
—Para festejar este
extraordinario esfuerzo de tus amigos, Papillon, vamos a por dos litros de
pastís.
Julot se va y regresa
con alcohol blanco de caña de azúcar y los productos necesarios. Una hora
después, bebemos el pastís como en Marsella. Con la ayuda del alcohol, las
voces suben de tono y las risas por la alegría de vivir son más fuertes que de
costumbre. Unos vecinos hindúes, tres hombres y dos muchachas, al oír que en
casa de los franceses hay fiesta, vienen sin cumplidos para que los invitemos.
Traen espetones de carne de pollo y de cerdo muy sazonados. Las dos muchachas
son de una belleza poco frecuente. Todas vestidas de blanco, descalzas, con
brazaletes de plata en el tobillo izquierdo. Guittou me dice:
—No te vayas a creer,
son verdaderas muchachas. Y que no se te escape ninguna palabra demasiado
atrevida porque lleven los pechos descubiertos bajo su velo transparente. Para
ellas, es algo natural. Yo soy demasiado viejo. Pero Julot y Petit—Louis probaron
al principio de estar aquí y fracasaron. Las muchachas estuvieron mucho tiempo
sin venir.
Estas dos hindúes son
de una belleza maravillosa. Un punto tatuado en mitad de la frente les da un
aspecto extraño. Nos hablan cortésmente, y el poco inglés que sé me permite
comprender que nos desean la bienvenida a Georgetown.
Esta noche, Guittou y
yo hemos ido al centro de la ciudad. Parece como si fuera otra civilización,
completamente distinta de aquella en la que vivimos. Esta ciudad bulle de
gentes. Blancos, negros, hindúes, chinos, soldados y marinos de uniforme, y
gran cantidad de marinos vestidos de civil. Numerosos bares, restaurantes,
cabarets y boites iluminan las calles con sus luces que brillan como en pleno
día.
Después de asistir por
primera vez en mi vida a la proyección de una película en color y hablada, aún
completamente anonadado por esta nueva experiencia, sigo a Guittou, que me
lleva a un bar enorme. Más de veinte franceses ocupan un rincón de la sala. La
bebida: cuba—libres.
Todos los hombres son
evadidos, duros. Unos partieron después de haber sido liberados, pues habían
terminado su condena y debían cumplir el "doblaje" en libertad.
Muertos de hambre, sin trabajo, mal vistos por la población oficial y también
por los civiles guayanos, prefirieron marcharse a un país donde creían que iban
a vivir mejor. Pero, según me cuentan, es duro.
—Yo corto madera en la
selva por dos dólares cincuenta al día, en casa de John Fernandes. Bajo cada
mes a Georgetown a pasar ocho días. Estoy desesperado.
—¿Y tú?
—Hago colecciones de
mariposas. Voy a cazar a la selva, y cuando tengo una buena cantidad de
mariposas diversas, las dispongo en una caja con tapa de cristal y vendo la
colección.
Otros hacen de descargadores
de muelle. Todos trabajan, pero ganan lo justo para vivir.
—Es duro, pero se es
libre —dicen—. ¡Y es algo tan bueno la libertad!
Esta noche, viene a
vernos un relegado, Faussard. Invita a todo el mundo. Estaba a bordo de un
barco canadiense que, cargado de bauxita, fue torpedeado a la salida del río
Demerara. Es survivor (superviviente) y ha recibido dinero por haber
naufragado. Casi toda la tripulación se ahogó. El tuvo la suerte de poder
embarcar en una chalupa de salvamento. Cuenta que el submarino alemán emergió y
alguien les habló. Les preguntó cuántos barcos había en el puerto en espera de
salir llenos de bauxita. Le contestaron que no lo sabían. El hombre que los
interrogaba se echó a reír: "Ayer —dijo—, estuve en el cine tal de
Georgetown. Mirad la mitad de mi entrada." Y, abriendo su chaqueta, les
dijo: "Este traje es de Georgetown." Los incrédulos dicen que es
mentira, pero Faussard insiste y, seguramente, es verdad. Desde el submarino se
les dijo, incluso, el barco que los iba a recoger. En efecto, fueron salvados
por el barco indicado.
Cada cual cuenta su
historia. Estoy sentado con Guittou al lado de un viejo parisiense de las
Halles. Petit-Louís, de la rue des Lombards, nos dice:
—Mi buen Papillon, yo
había encontrado una combina para vivir sin dar golpe. Cuando aparecía en el
periódico el nombre de un francés en la sección "muerto por el rey o la
reina", no lo sé a ciencia cierta, iba a casa de un marmolista y encargaba
la foto de una lápida en la que había pintado el nombre del barco, la fecha en
que había sido torpedeado y el nombre del francés. Luego, me presentaba en las
ricas villas de los ingleses y les decía que debían contribuir a comprar una
estela para el francés muerto por Inglaterra, a fin de que en el cementerio
hubiera un recuerdo suyo. Eso duró hasta la semana pasada, en que un cochino,
bretón que había sido dado por muerto en un torpedeamiento, apareció tan fresco
vivito y coleando. Visitó a algunas buenas mujeres a las que yo, precisamente,
había pedido cinco dólares a cada una para la tumba de este muerto, que
pregonaba por todas partes que estaba bien vivo y que nunca en mi vida había
comprado una tumba al marmolista. Será preciso encontrar otra cosa para vivir,
pues, a mi edad, ya no puedo trabajar.
Ayudado por los
cuba—libres, cada cual exteriorizaba en voz alta, convencido de que sólo
nosotros entendemos el francés, las más inesperadas historias.
—Yo hago muñecas de
balata —dice otro—, y puños de bicicleta. Por desgracia, cuando las niñas se
olvidan las muñecas al sol en el jardín, se funden o se deforman. Y no quieras
saber lo que pasa, cuando me olvido de que he hecho ventas en tal o cual calle.
Desde hace un mes, de día no puedo pasar por más de medio Georgetown. Con las
bicicletas ocurre lo mismo. Al que deja la suya al sol, cuando vuelve a por
ella, se le quedan pegadas las manos a los puños de balata que le he vendido.
—Yo —dice otro— hago
fustas de montar con cabeza de negra, también de balata. A los marinos les digo
que soy un evadido de Mers-elKébir y que están obligados a comprarme algo, pues
no es culpa suya si continúo viviendo. Ocho de cada diez caen en el lazo.
Esta "corte de los
milagros" moderna me divierte y, al mismo tiempo, me demuestra que, en
efecto, no es fácil ganarse el pan.
Un tipo enciende la
radio del bar. Se oye un llamamiento de De Gaulle. Todo el mundo escucha esa
voz francesa que, desde Londres, arenga a los franceses de las colonias y de
ultramar La llamada de De Gaulle es patética, y nadie en absoluto abre la boca.
De súbito, uno de los presidiarios, que ha bebido demasiados cuba—libres, se
levanta y dice:
—¡Mierda, compañeros!
¡No está mal. ¡De golpe, he aprendido inglés y comprendo todo lo que dice
Churchill!
Todo el mundo estalla
en risas, y nadie se toma la molestia de disuadirle de su error de borracho.
Sí, tengo que hacer los
primeros intentos de ganarme la vida y, según veo por los demás, no va a ser
fácil. No soy demasiado cuidadoso. De 1930 a 1942, he perdido por completo la
responsabilidad y el saber hacer para conducirme como es debido. Un ser que ha
estado preso tanto tiempo sin tener que ocuparse de comer, de un piso, de
vestirse; un hombre a quien han manejado, traído y llevado, a quien han
acostumbrado a no hacer nada por sí mismo y a ejecutar automáticamente las
órdenes más diversas sin analizarlas; ese hombre que, en unas semanas, se
encuentra de golpe en una gran ciudad, que tiene que volver a aprender a andar
por las aceras sin tropezar con nadie, a atravesar una calle sin que lo
atropellen, a encontrar natural que, si lo manda, le sirvan de beber o de
comer; ese hombre debe volver a aprender a vivir. Por ejemplo, hay reacciones
inesperadas. En medio de todos esos presidiarios, liberados, relegados o
fugados, que mezclan en su francés palabras inglesas o españolas, escucho todo
oídos sus historias, y he aquí que, de repente, en este rincón de un bar
inglés, tengo necesidad de ir al retrete. Pues bien, casi no se puede creer,
pero, durante un cuarto de segundo, he buscado al vigilante al que debía pedir
autorización. Ha sido un sentimiento muy fugaz, pero también muy extraño, hasta
que he tenido conciencia de la realidad. Papillon, ahora no tienes que pedir
autorización a nadie si quieres mear o hacer otra cosa.
También en el cine, en
el momento en que la acomodadora nos buscaba una butaca desocupada, he sentido,
como en un relámpago, deseos de decirle: "Por favor, no se moleste por mí,
no soy más que un pobre condenado que no merece ninguna atención."
Mientras camino por la
calle, me vuelvo muchas veces durante el trayecto del cine hasta el bar.
Guittou, que se da cuenta de esta tendencia, me dice:
—¿Por qué te vuelves
tan a menudo para mirar atrás? ¿Miras si te sigue el guardián? Aquí no hay
guardianes, amigo Papi, se los has dejado a los duros.
En el lenguaje rico en
imágenes de los duros, se dice que es preciso despojarse de la casaca de los
forzados. Pero es más que eso, pues el uniforme de un presidiario sólo es un
símbolo. Es preciso no sólo despojarse de la casaca, sino que también hay que
arrancarse del alma y del cerebro la marca a fuego de una señal infamante.
Una patrulla de
policías negros ingleses, impecables, acaba de entrar en el bar. Mesa por mesa,
va exigiendo las tarjetas de identidad. Cuando llegan a nuestro rincón, el jefe
escruta todos los rostros. Encuentra uno que no conoce, el mío.
—Su tarjeta de
identidad, por favor, señor.
Se la doy, me echa una
ojeada, me la devuelve y añade:
—Perdone, no le
conocía. Bienvenido a Georgetown. Y se retira.
Cuando el policía se ha
marchado, Paul el Saboyano observa:
—Estos rosbífs son
maravillosos. A los únicos extranjeros a quienes tienen total confianza es a
los presos evadidos. Poder demostrar a las autoridades inglesas que te has
escapado del penal es obtener inmediatamente tu libertad.
Aunque hemos regresado
tarde a casa, a las siete de la mañana estoy en la puerta principal del muelle.
Menos de media hora después, Cuic y el manco llegan con la carreta llena de
legumbres frescas, recogidas por la mañana, huevos y algunos pollos. Van solos.
Les pregunto dónde está su paisano, el que debía enseñarles como operar. Cuic
responde:
—Nos enseñó ayer. Ya es
suficiente. Ahora, ya no necesitamos a nadie.
—¿Has ido muy lejos a
buscar todo esto?
—Sí, a más de dos horas
y media de distancia. Hemos partido a las tres de la madrugada y llegamos
ahora.
Como si estuviera aquí
desde hace veinte años, Cuic encuentra té caliente y, luego, galletas.
Sentados en la acera,
cerca de la carretera, bebemos y comemos en espera de los clientes.
—¿Crees que vendrán los
americanos de ayer?
—Así lo espero, pero si
no vienen, ya venderemos a otros la mercancía.
—¿Y los precios? ¿Cómo
te las arreglas?
—Yo no les digo:
"esto vale tanto", sino: "¿Cuánto ofreces?"
—Pero tú no sabes
hablar inglés.
—Es verdad, pero sé
mover los dedos y las manos. Así, es fácil… —Y Cuic, después de una pequeña
pausa, añade sonriente—: Pero tú sí hablas lo bastante como para vender y
comprar.
—Sí, pero antes
quisiera verte hacerlo solo.
La espera no es larga,
pues llega una especie de jeep enorme llamado commandcar. El chófer, un
suboficial y dos marinos descienden de él. El suboficial monta en la carreta y
lo examina todo: ensaladas, berenjenas, etc. Cada bulto es inspeccionado.
También tienta los pollos.
—¿Cuánto es todo?
Y la discusión empieza.
El marino americano
habla con la nariz. No comprendo nada de lo que dice, y Cuic chapurrea en chino
y en francés. En vista de que no llegan a entenderse, llamo aparte a Cuic.
—¿Cuánto has gastado en
total?
Registra sus bolsillos
y encuentra diecisiete dólares.
—Ciento veinticuatro
dólares —me dice Cuic.
—¿Cuánto te ofrece?
—Creo que doscientos
diez. No es bastante.
Me adelanto hacia el
oficial. Me pregunta si hablo inglés. Un poquito.
—Hable despacio.
—O.K.
—¿Cuánto paga usted?
No, doscientos diez dólares es poco. Doscientos cuarenta.
No quiere.
Hace como que se va y,
luego, vuelve; se marcha de nuevo y monta en su jeep, pero me parece una
comedia. En el momento en que se apea otra vez, llegan mis dos bellas vecinas,
las hindúes, medio veladas. Sin duda, han observado la escena, pues hacen ver que
no nos conocen. Una de ellas monta en la carreta, examina la mercancía y se
dirige a nosotros:
—¿Cuánto es todo?
—Doscientos cuarenta
dólares —le respondo.
—De acuerdo —dice.
Pero el americano saca
doscientos cuarenta dólares y se los da a Cuic, diciéndoles a las hindúes que
él lo había comprado antes. Mis vecinas no se retiran y miran a los americanos
descargar la carreta y cargar, a continuación, el commandcar. En el último
momento, un marino toma el cerdo pensando que forma parte de la mercancía
adquirida. Por supuesto, Cuic no quiere que se lleven el cerdo, y empieza una
discusión en la que no conseguimos explicar que el animal no estaba incluido en
la operación.
Trato de hacer
comprender a las hindúes, pero es muy difícil. Ellas tampoco comprenden. Los
marinos americanos no quieren soltar el cerdo, Cuic no quiere devolver el
dinero, y la cosa va a degenerar en pelea. El manco ha agarrado ya una madera
de la carreta, cuando pasa un jeep de la Policía militar americana. El
suboficial silba. La Milítary Police se acerca. Le digo a Cuic que devuelva el
dinero, pero él no se atiene a razones. Los marinos tienen el cerdo y tampoco
quieren devolverlo. Cuic se ha plantado delante del jeep, impidiendo que se
vayan. Un grupo bastante numeroso de curiosos se ha formado alrededor de la
bulliciosa escena. La Policía Militar da la razón a los americanos y, por
supuesto, tampoco comprende nada nuestra jerga. Cree, sinceramente, que hemos
querido engañar a los marinos.
Yo no sé qué hacer,
cuando recuerdo que tengo un número de teléfono del "Mariner Club"
con el nombre del martiniqués. Se lo doy al oficial de Policía diciéndole:
—Intérprete.
Me lleva a un teléfono.
Llamo y tengo la suerte de encontrar a mi amigo gauWsta. Le digo que explique
al policía que el cochino no entraba en el negocio, que está amaestrado, que es
como un perro para Cuic y que nos habíamos olvidado de decir a los marinos que
no entraba en el trato. Luego, le paso el teléfono al policía. Tres minutos
bastan para que lo comprenda todo. El mismo toma el cerdo y se lo devuelve a
Cuic quien, muy feliz, lo coge en sus brazos y lo pone rápidamente en la
carreta. El incidente termina bien, y los yanquis se ríen como niños. Todo el
mundo se va y todo ha terminado bien.
Por la noche, en casa,
damos las gracias a las hindúes, que ríen a más y mejor con esa historia.
Hace ya tres meses que
estamos en Georgetown. Hoy, nos instalamos en la mitad de la casa de nuestros
amigos hindúes. Dos habitaciones claras y espaciosas, un comedor, una cocinita
de carbón vegetal y un patio inmenso con un rincón cubierto de chapa a guisa de
establo. La carreta y el asno están al abrigo. Voy a dormir solo en una gran
cama comprada de ocasión, con un buen colchón. En la habitación de al lado,
cada cual en su lecho, mis dos amigos chinos. También tenemos una mesa y seis
sillas, más cuatro taburetes. En la cocina, todos los utensilios necesarios
para guisar. Después de haber dado las gracias a Guittou y a sus amigos por su
hospitalidad, tomamos posesión de nuestra casa, como dice Cuic.
Delante de la ventana
del comedor, que da a la calle, hay un sillón de junco, en forma de trono,
regalo de las hindúes. En la mesa del comedor, en un recipiente de cristal,
algunas flores traídas por Cuic.
Esta impresión de mi
primer hogar, humilde, pero limpio, esta casa clara y pulcra que me rodea,
primer resultado de tres meses de trabajo en equipo, me da confianza en mí y en
el porvenir.
Mañana es domingo y no
hay mercado, así que tenemos todo el día libre. Los tres hemos decidido invitar
a comer en nuestra casa a Guitou y a sus amigos, así como a las hindúes y sus
hermanos. El invitado de honor será el chino que ayudó a Cuic y al manco, el
que les regaló el asno y la carreta y nos prestó los doscientos dólares para
poner en marcha nuestra primera operación. En su sitio, encontrará un
envoltorio con doscientos dólares y una nota dándole las gracias escrita en
chino.
Después del cochino, al
que adora, es a mí a quien Cuíc estima más. Me prodiga atenciones
constantemente, y, así soy el que va mejor vestido de los tres, y, a menudo,
llega a casa con una camisa, una corbata o un pantalón para mí. Todo eso lo
compra de su peculio. Cuic no fuma, casi no bebe y su único vicio es el juego.
Sólo sueña con tener los ahorros suficientes como para ir a jugar al club de
los chinos.
Para vender nuestros
productos comprados por la mañana, no tenemos ninguna seria dificultad. Hablo
ya suficientemente el inglés para comprar y vender. Cada día, ganamos de
veinticinco a treinta y cinco dólares entre los tres. Es poco, pero estamos muy
satisfechos de haber encontrado con tanta rapidez un medio de ganarnos la vida.
Yo no les acompaño todos los días a comprar, a pesar de que obtenga mejores
precios que ellos, pero ahora soy yo siempre quien vende. Muchos marinos
americanos e ingleses que han desembarcado para comprar provisiones para su
barco me conocen. Discutimos cortésmente la venta, sin poner en ello mucho
ardor. Hay un diablo de cantinero de un comedor de oficiales americano, un
italoamericano, que me habla siempre en italiano. Se siente muy feliz de que yo
le responda en su lengua, y sólo discute para divertirse. Al final, compra al
precio que le he pedido al principio de la discusión.
De las ocho y media a
las nueve de la mañana, estamos en casa. El manco y Cuic se acuestan después de
que hayamos comido los tres una ligera colación. Yo me voy a ver a Guittou,
cuando mis vecinas no vienen a casa. No hay gran trabajo doméstico que hacer:
barrer, lavar la ropa, hacer las camas, conservar limpia la casa. Las dos
hermanas nos hacen muy bien todo eso casi por nada: dos dólares diarios.
Aprecio plenamente lo que significa ser libre y no temer por el porvenir.
Mi familia hindú
El medio de locomoción
más empleado en esta ciudad es la bicicleta. Así, pues, me he comprado una para
ir a cualquier parte sin dificultades. Como la ciudad es llana, y también los
alrededores, pueden hacerse sin esfuerzo grandes distancias. En la bicicleta
hay dos portaequipajes muy sólidos, uno delante y otro detrás, así que puedo,
como muchos nativos, llevar fácilmente a dos personas.
Al menos dos veces por
semana, damos un paseo de una hora o dos con mis amigas hindúes. Están locas de
alegría y comienzo a comprender que una de ellas, la más joven, está a punto de
enamorarse de mí.
Su padre, a quien nunca
había visto, vino ayer. No vive lejos de mi casa, pero jamás había venido a
vernos, y yo sólo conocía a los hermanos. Es un anciano alto, con una barba muy
larga, blanca como la nieve. También sus cabellos están plateados y descubren
una frente inteligente y noble. Sólo habla hindú, y su hija traduce. Me invita
a ir a verle a su casa. En bicicleta no está lejos, me hace decir por medio de
la princesita, como llamo yo a su hija. Le prometo visitarle dentro de poco.
Después de haber comido
algunos pasteles con el té, se va, no sin que yo haya notado que ha examinado
los menores detalles de la casa. La princesita está muy feliz de ver a su padre
marcharse satisfecho por su vida y de nosotros.
Tengo treinta y seis
años y muy buena salud; me siento joven aún y todo el mundo, por suerte, me
considera así: no represento más de treinta años, me dicen todos mis amigos. Y
esta pequeña tiene diecinueve años y la belleza de su raza, serena y llena de fatalismo
en su manera de pensar. Sería para mí un regalo del cielo amar y ser amado por
esta espléndida criatura.
Cuando salimos los
tres, ella monta siempre en el portaequipajes de delante, y sabe muy bien que,
cuando se mantiene bien sentada, con el busto erguido y, para hacer fuerza en
los pedales, adelanto un poco la cabeza, estoy muy cerca de su cara. Si echa su
cabeza hacia atrás veo, mejor que si no estuvieran cubiertos de gasa, toda la
belleza de sus senos desnudos bajo el velo. Sus grandes ojos negros arden con
todos sus fuegos cuando se producen esos semicontactos, y su boca roja oscura,
en contraste con su piel de té, se abre de deseo de dejarse abrazar. Unos
dientes admirables y de una esplendorosa belleza adornan esa boca maravillosa.
Tiene una manera de pronunciar ciertas palabras y de hacer aparecer una puntita
de lengua rosada en su boca entreabierta, que convertiría en libertino al santo
más santo.
Esta noche, debemos ir
al cine los dos solos, pues su hermano sufre, al parecer, una jaqueca, jaqueca
que creo simulada para dejarnos solos. Se presenta con una túnica de muselina
blanca que le llega hasta los tobillos y que, cuando camina, aparecen desnudos,
rodeados por tres brazaletes de plata. Va calzada con sandalias cuyas tiras
doradas le pasan por el dedo gordo. Eso le hace un pie muy elegante. En la
aleta derecha de la nariz ha incrustado una pequeñísima concha de oro. El velo
de muselina que lleva en la cabeza es corto y le cae un poco más abajo de los
hombros. Una cinta dorada lo mantiene ajustado alrededor de la cabeza. Desde la
cinta hasta la mitad de la frente, penden tres hilos adornados de piedras de
todos los colores. Hermosa fantasía, por supuesto, que cuando se balancea deja
ver el tatuaje demasiado azul de su frente.
Toda la familia hindú y
la mía, representada por Cuic y el manco, nos contempla partir a los dos con
caras felices por vernos exteriorizar nuestra felicidad. Todos parecen saber
que volveremos del cine siendo novios.
Bien sentada en el
cojín del portaequipajes de mi bicicleta, rodamos hacia el centro. En un largo
trecho en que avanzo con el piñón libre, en un trecho de una avenida mal
iluminada, esta muchacha espléndida, por su propia iniciativa, me roza la boca
con un ligero y furtivo beso. Ha sido tan inesperado que tomara ella la
iniciativa, que he estado a punto de caerme de la bicicleta.
Con las manos
entrelazadas, sentados al fondo de la sala, le hablo con los dedos y ella me
responde. Nuestro primer dúo de amor en esta sala de cine, donde se proyectaba
una película que ni —siquiera hemos mirado, ha sido completamente mudo. Sus
dedos, sus uñas largas, tan bien cuidadas y barnizadas, las presiones de los
huecos de la mano cantan y me comunican mucho mejor que si hablara todo el amor
que siente por mí y su deseo de ser mía. Ha apoyado su cabeza en mi hombro, lo
que me permite besar su rostro.
Este amor tan tímido,
tan difícil de manifestarse plenamente, no tarda en convertirse en una
verdadera pasión. Antes de que sea mía, le he explicado que no podía casarme
con ella porque ya estaba casado en Francia. Eso apenas si la ha contrariado un
día. Una noche, se ha quedado en mi casa. Por sus hermanos, me dice, y por
ciertos vecinos y vecinas hindúes, preferiría que yo me fuera a vivir con ella
a casa de su padre. He aceptado, y nos hemos instalado en la casa de su padre,
quien vive solo con una joven hindú, pariente lejana, que le sirve y le hace
todos los trabajos domésticos. No está muy lejos de donde vive Cuic; unos
quinientos metros aproximadamente. Y, así, mis dos amigos vienen cada día a
verme por la noche y pasan no menos de una hora con nosotros. Muy a menudo,
comen en casa.
Continuamos vendiendo
legumbres en el puerto. Me voy a las seis y media y, casi siempre, me acompaña
mi pequeña hindú. Un gran termo lleno de té, un bote de confitura y pan tostado
en un gran saco de cuero aguardan a Cuic y al manco para que bebamos té juntos.
Ella misma prepara este desayuno, y observa minuciosamente el rito de tomar los
cuatro la primera comida del día. En su saco hay de todo cuanto hace falta: una
pequeñísima estera bordada de encaje que, muy ceremoniosamente, extiende sobre
la acera que ha barrido antes con una rama, y las cuatro tazas de porcelana con
sus platillos. Y, sentados en la acera, con gran seriedad, nos desayunamos.
Resulta chocante estar
en una acera bebiendo té como si estuviéramos en una sala, pero ella encuentra
esto natural y Cuic, también. Por otra parte, no hacen ningún caso de la gente
que pasa, y encuentran normal actuar así. Yo no quiero contrariarla. Está tan
contenta de servirnos y de extender la mermelada encima de las tostadas, que si
yo no quisiera, le produciría una gran pena.
El sábado pasado
sucedió una cosa que me ha dado la clave de un misterio. En efecto, hace dos
meses que vivimos juntos, y, muy a menudo, ella me entrega pequeñas cantidades
de oro.
Son siempre trozos de
joyas rotas: la mitad de un anillo de oro, un solo pendiente, un extremo de
cadena, un cuarto o la mitad de una medalla o de una moneda. Como no tengo
necesidad de ello para vivir, aunque ella me dice que lo venda, lo voy
guardando en una caja. Tengo casi cuatrocientos gramos cuando le pregunto de
dónde procede todo eso, me agarra, me abraza, se ríe, pero nunca me da ninguna
explicación.
Así, pues, el sábado,
hacia las diez de la mañana, mi pequeña hindú me pide que lleve a su padre en
mi bicicleta no sé dónde.
—Mi papá —me dice— te
indicará el camino. Yo me quedaré en casa cosiendo.
Intrigado, pienso que
el viejo quiere hacer una visita bastante lejos, y, de buen grado, acepto
llevarlo.
Con el viejo sentado en
el portaequipajes delantero, sin hablar, pues sólo conoce el hindú, tomo las
direcciones que él me indica con el brazo. Es lejos. Hace casi una hora que
pedaleo. Llegamos a un barrio rico, a orillas del mar. Tan sólo hay hermosas villas.
A una señal de mi "suegro", me detengo y observo. Saca una piedra
redonda y blanca de debajo de su túnica y se arrodilla en el primer peldaño de
una casa. Mientras hace rodar la piedra por el escalón, cuenta. Pasan algunos
minutos, y una mujer vestida de hindú sale de la villa, se le acerca y le
entrega algo sin decir palabra.
De casa en casa, repite
la escena hasta las cuatro de la tarde. La cosa es larga y yo no acabo de
entenderla. En la última villa, se le acerca un hombre vestido de blanco. Le
hace levantarse y, pasándole un brazo bajo el suyo, le conduce a su casa. Permanece
allí más de un cuarto de hora y sale, siempre acompañado del señor, quien,
antes de dejarlo, le besa la frente o, más bien, sus cabellos blancos.
Regresamos a casa. Pedaleo cuanto puedo para llegar pronto, pues son más de las
cuatro y media.
Antes de la noche, por
suerte, estamos de regreso. Mi linda hindú, Indara, acompaña primero a su padre
y, luego me salta al cuello y me cubre de besos mientras me arrastra hacia la
ducha para que me bañe. Me espera ropa limpia y fresca y, una vez lavado,
afeitado y mudado, me siento a la mesa. Ella misma me sirve, como de costumbre.
Deseo interrogarla, pero ella va y viene, haciendo como que está ocupada, para
eludir el mayor tiempo posible el momento de las preguntas. Ardo en curiosidad.
Lo único que sé es que nunca hay que forzar a un hindú o a un chino a que diga
algo. Se debe aguardar siempre un tiempo antes de interrogar. Entonces, hablan
solos porque adivinan y saben que se espera de ellos una confidencia y, si te
consideran digno de ella, te la hacen. Esto es, por supuesto, lo que ha
sucedido con Indara.
Una vez que, acostados,
hemos hecho el amor largo rato y ella, saciada, ha apoyado en el hueco de mi
axila desnuda su mejilla aún ardiente, me habla sin mirarme.
Cariño, cuando mi papá
va en busca de oro no hace ningún mal, al contrario. Invoca a los espíritus
para que protejan la casa por la que hace rodar su piedra. Para darle las
gracias, le dan un pedazo de oro. Es una costumbre muy antigua de nuestro país,
de Java.
Eso me cuenta mi
princesa. Pero, un día, una de sus amigas conversa conmigo en el mercado. Esta
mañana, ni ella ni los chinos han llegado aún. Así que la linda muchacha,
también de Java, me cuenta otra cosa.
—¿Por qué trabajas,
viviendo con la hija del hechicero? ¿No le da vergüenza hacerte levantar tan
temprano hasta cuando llueve? Con el oro que gana su padre, podrías vivir sin
trabajar. Ella no sabe amarte, pues no debería dejarte madrugar tanto.
—¿Y qué hace su padre?
Explícamelo, porque yo no sé nada.
—Su padre es un
hechicero de Java. Si quiere, atrae la muerte sobre ti o tu familia. La única
manera de escapar al sortilegio que te hace con su piedra mágica es darle el
oro suficiente para que la haga rodar en sentido contrario del que invoca la
muerte. Entonces, deshace todos los maleficios y por el contrario, invoca la
salud y la vida para ti y todos los tuyos que vivan en la casa.
—Eso no es lo mismo que
me ha contado Indara.
Me prometo estudiar la
cuestión a fondo para ver quién de las dos tiene razón. Algunos días después,
estaba yo con mi "suegro" de larga barba blanca al borde de un
riachuelo que atraviesa Penitence River's y desemboca en el Demerara. La
actitud de los pescadores hindúes me ilustró ampliamente. Cada uno de ellos le
ofrecía un pescado y se apartaba de la orilla lo más de prisa posible.
Comprendí. Ya no había necesidad de preguntarle nada a nadie más.
A mí, un suegro
hechicero no me molesta para nada. No me habla más que en hindú y supone que lo
comprendo un poco. Nunca llego a captar lo que quiere decir. Eso tiene su lado
bueno, porque no podemos dejar de estar de acuerdo. Pese a todo, me ha encontrado
trabajo: tatúo la frente de todas las muchachas de trece a quince años. Algunas
veces, él mismo me descubre los senos de las muchachas y yo los tatúo con hojas
o pétalos de flores de color verde, rosa o azul, dejando surgir el pezón como
el pistilo de una flor. Las valientes, pues es muy doloroso, se hacen tatuar de
amarillo canario la auréola y algunas, incluso, aunque más raramente, el pezón
de amarillo.
Delante de la casa, ha
colocado un letrero escrito en hindú en el que, al parecer, se anuncia:
"Artista tatuador —Precio moderado— Trabajo garantizado." Este
trabajo está bien pagado y, así pues, tengo dos satisfacciones: admirar los
hermosos pechos de las javanesas y ganar dinero.
Cuic ha encontrado
cerca del puerto un restaurante en venta. Me trae muy orgulloso la noticia y me
propone que lo compremos. El precio es aceptable: ochocientos dólares.
Vendiendo el oro del hechicero, más nuestros ahorros, podemos comprar el
restaurante. Voy a verlo. Está en una callejuela, pero muy cerca del puerto.
Hierve de gente a todas horas. Una sala bastante grande embaldosada de blanco y
negro, ocho mesas a la izquierda ocho a la derecha y, en medio, una mesa
redonda donde puede exponerse los entremeses y la fruta. La cocina es grande,
espaciosa, bien iluminada. Dos grandes hornos y dos fogones inmensos.
Restaurante y mariposas
Hemos cerrado el trato.
La misma Indara se ha encargado de vender todo el oro que poseíamos. El papá,
por otra parte, estaba sorprendido de que yo no hubiera tocado nunca los trozos
de oro que entregaba a su hija para nosotros dos. Ha dicho:
—Os los he dado para
que los disfrutarais. Son vuestros, no tenéis que preguntarme si podéis
disponer de ellos. Haced con ellos lo que queráis.
No está tan mal mi
"suegro hechicero". Y ella es algo fuera de serie como amante, como
mujer y como amiga. No corremos peligro de regañar, pues ella siempre responde
sí a todo cuanto yo digo. Sólo refunfuña un poco cuando les tatúo las tetas a
sus compatriotas.
Así pues, heme aquí
dueño del restaurante "Victory", en Water Street, en pleno centro del
puerto de la ciudad de Georgetown. Cuic hace de cocinero y le gusta, pues es su
oficio. El manco irá a la compra y guisará el Chow Mein, especie de spaghetti
chino. Se hacen de la manera siguiente: la flor de la harina se mezcla y se
amasa con varias yemas de huevo. Sin agua, esta masa se trabaja dura y
largamente. Esta pasta es muy dura de amasar, hasta el punto de que la trabaja
saltando encima de ella, con el muslo apoyado en un bastón muy pulimentado
fijado en el centro de la mesa. Con una pierna a caballo del bastón y
aguantándolo con su única mano, gira saltando con un pie alrededor de la mesa,
amasando así la pasta que, trabajada con semejante fuerza, no tarda en
convertirse en una masa ligera y deliciosa. Al final, un poco de manteca acaba
de darle un gusto exquisito.
Este restaurante, que
había quebrado, pronto alcanza gran nombradía. Ayudada por una hindú joven y
muy bonita, llamada Daya, Indara sirve a los numerosos clientes que acuden a
nuestra casa a saborear la cocina china. Todos los presos fugados vienen. Los que
tienen dinero pagan, y los otros comen gratuitamente.
—Proporciona felicidad
dar de comer a los que tienen hambre —dice Cuic.
Hay un solo
inconveniente: el atractivo de las dos camareras, una de las cuales es Indara.
Las dos exhiben sus tetas desnudas bajo el ligero velo de la túnica. Además,
las llevan abiertas por el costado desde el tobillo hasta la cadera. Al
efectuar ciertos movimientos, descubren toda la pierna y el muslo, hasta muy
arriba. Los marinos americanos, ingleses, suecos, canadienses y noruegos comen,
en ocasiones, dos veces al día para disfrutar del espectáculo. Mis amigos
llaman a mi establecimiento el restaurante de los mirones. Yo hago el papel de
dueño. Para todo el mundo, soy el boss. No hay caja registradora, y los
sirvientes me traen el dinero, que me meto en el bolsillo, y devuelvo el cambio
cuando es necesario.
El restaurante abre
desde las ocho de la noche hasta las seis de la madrugada. Ni que decir tiene
que, hacia las tres de la madrugada, todas las putas del barrio que han tenido
una buena noche vienen a comer con su macarra o un cliente un Pollo al curry o
una ensalada de germen de alubias. También toman cerveza, sobre todo inglesa, y
whisky, un ron de caña de azúcar del país, muy bueno, con soda o
"Coca—Cola". Como se ha convertido en el punto de cita de los
prófugos franceses, yo soy el refugio, el consejero, el juez y el confidente de
toda la colonia de duros y de relegados.
Por supuesto que esto,
algunas veces, me procura molestias. Un coleccionista de mariposas me explica
su manera de cazar en la selva. Recorta un cartón en forma de mariposa y,
luego, pega encima las alas de la mariposa que quiere cazar. Este cartón se fija
en la punta de un bastón de un metro. Cuando caza, sostiene el bastón en la
mano derecha y hace movimientos de manera que la falsa mariposa parezca que
vuela. Va siempre, en la selva, a los claros donde penetra el sol. Sabe las
horas de eclosión para cada especie. Hay especies que sólo viven cuarenta y
ocho horas Entonces, cuando el sol baña el claro, las mariposas que acaban de
salir del capullo se precipitan a esa luz, tratando de hacer lo antes posible
el amor. Cuando divisan el reclamo, acuden desde muy lejos a precipitarse
encima de él. Si la falsa mariposa es un macho, es un macho el que va a batirse
con ella. Con la mano izquierda, que sostiene la redecilla, el cazador lo
atrapa rápida mente.
La bolsa posee un
estrangulamiento, lo que hace que el cazador pueda continuar atrapando
mariposas sin temer que las otras se escapen.
Si el reclamo está
hecho con alas de hembra, los machos acuden para hacerle el amor, y el
resultado es el mismo.
Las mariposas más
bellas son las nocturnas, pero a menudo, como chocan contra obstáculos, es muy
difícil encontrar una cuyas alas estén intactas. Casi todas las tienen
destrozadas. Para estas mariposas nocturnas, el cazador se encarama a lo más
alto de un gran árbol y hace un cuadrado con un trapo blanco que ilumina por
detrás con una lámpara de carburo. Las grandes mariposas nocturnas, de quince a
veinte centímetros de envergadura, van a topar con el trapo blanco. No queda
sino asfixiarlas comprimiéndoles muy rápida y fuertemente el tórax sin
aplastarlas. No deben debatirse, porque de lo contrario se rompen las alas y
pierden valor.
En una vitrina tengo
siempre pequeñas colecciones de mariposas, de moscas, de pequeñas serpientes y
de vampiros. Hay más compradores que mercancía. Así que los precios son altos.
Un americano me ha
señalado una mariposa que tiene las alas traseras azul acero y las superiores
azul claro. Me ha ofrecido quinientos dólares si encontraba una mariposa de
esta especie que sea hermafrodita.
Hablando con el
cazador, me dice que, una vez, tuvo una en las manos, muy linda, que le pagaron
cincuenta dólares y que supo después, por un coleccionista honrado, que este
espécimen valía casi dos mil dólares.
—Quiere pegártela el
gringo, Papillon —me dice el cazador—. Te toma por un imbécil. Aunque la pieza
rara valiera mil quinientos dólares, se aprovecharía descaradamente de tu
ignorancia.
—Tienes razón, es un
cerdo. ¿Y si se la pegáramos nosotros a él?
—¿Cómo?
—Sería preciso fijar
sobre una mariposa hembra por ejemplo, dos alas de macho o viceversa. Lo
difícil es encontrar el medio de pegarlas sin que se vea.
Al cabo de muchos
intentos desdichados, hemos llegado a pegar a la perfección, sin que se note,
dos alas de un macho a un magnífico ejemplar de hembra. Hemos introducido las
puntas en una minúscula incisión y, luego, las hemos unido con leche de balata.
Aguantan bien, hasta el punto de que se puede agarrar la mariposa por las alas
pegadas. Se mete la mariposa bajo un vidrio junto con otras, en una colección
cualquiera de veinte dólares, como si yo no la hubiera visto. La cosa no falla.
Apenas la ve el americano, tiene el tupé de venir con un billete de veinte
dólares en la mano para comprarme la colección. Le digo que está comprometida,
que un sueco me ha pedido una caja, y que es para él.
En dos días, el
americano ha tomado lo menos diez veces en sus manos la caja. Al final, no
aguanta más y me llama.
—Compro la mariposa de
en medio por veinte dólares, y te quedas con las demás.
—¿Y qué tiene de
extraordinario esa mariposa? —Y me pongo a examinarla. Luego, exclamo—: Pero,
¡si es una hermafrodita!
—¿Qué dice? Sí, es
verdad. Antes, no estaba muy seguro —dice el gringo—. A través del cristal no
se veía muy bien. ¿Me permite? —Examina la mariposa de arriba a abajo y dice—:
¿Cuánto quiere usted por ella?
—¿No me dijo un día que
un espécimen tan raro valía quinientos dólares?
—Se lo he repetido a
muchos cazadores de mariposas; no quiero aprovecharme de la ignorancia de quien
ha atrapado ésta.
—Pues son quinientos
dólares o nada.
—La compro;
resérvemela. Tenga, aquí tiene sesenta dólares que llevo encima como señal de
que la venta está hecha. Déme un recibo y mañana traeré el resto. Y, sobre
todo, sáquela de esa caja.
—Muy bien; la llevaré a
otra parte. Aquí tiene su recibo.
Justo a la hora de
abrir, el descendiente de Lincoln está aquí. Vuelve a examinar la mariposa,
esta vez con una lupa pequeña. Siento un sobresalto terrible cuando la vuelve
del revés. Satisfecho, paga, coloca la mariposa en una caja que ha traído, me
pide otro recibo y se va.
Dos meses más tarde, me
agarra la bofia. Al llegar a la Comisaría, el superintendente de Policía me
explica en francés que he sido detenido por haber sido acusado de estafa por un
americano.
—Es sobre una mariposa
a la que usted pegó las alas —me dice el comisario—. Gracias a esa superchería,
usted la vendió por quinientos dólares.
Dos horas después, Cuic
e Indara están allí con un abogado. Habla muy bien francés. Le explico que yo
no sé nada de mariposas, que yo no soy cazador ni coleccionista. Vendo las
cajas para ayudar a los cazadores, que son mis clientes, que es el gringo quien
ofreció los quinientos dólares, y no yo quien se los pidió, y que, de haber
sido auténtico el ejemplar como él creía, el ladrón hubiera sido él, puesto que
entonces la mariposa hubiera tenido un valor de unos dos mil dólares.
Dos días después,
comparezco ante el Tribunal. El abogado me sirve también de intérprete. Repito
mi tesis. En su favor, mi abogado tiene un catálogo con los precios de las
mariposas. Semejante espécimen se cotiza en el libro por encima de los mil
quinientos dólares. El americano deberá pagar las costas del juicio y, por
añadidura, los honorarios de mi abogado más doscientos dólares.
Reunidos todos los
duros y los hindúes se festeja mi liberación con un pastís de la casa. Toda la
familia de Indara había acudido al juicio, muy orgullosos todos de tener entre
ellos después de la absolución— a un superhombre. Pues ellos no son tontos, y
dudaban de que no hubiera sido yo quien pegara las alas.
Ya ha sucedido. Nos
hemos visto obligados a vender el restaurante. Tenía que pasar. Indara y Daya
eran demasiado hermosas, y su especie de striptease, siempre ligeramente
insinuado, sin llegar nunca más lejos, incitaba más aún a aquellos marinos de
sangre ardiente, que si hubiera sido un desnudo completo. Al advertir que
cuando más ponía las tetas desnudas apenas veladas ante las narices de los
marineros, más propinas les caían, bien inclinadas sobre la mesa nunca acababan
de dar la cuenta o el cambio justo. Tras este tiempo de exposición bien
calculado, con el marino con los ojos fuera de las órbitas para ver mejor,
ellas se incorporaban y preguntaban: "¿Y mi propina?"
"¡Ah!" Aquellos pobres tipos eran generosos, y estos enamorados enardecidos,
pero nunca satisfechos, ya no sabían lo que se hacían.
Un día, sucedió lo que
yo imaginaba. Un tipo alto, lleno de pecas, no se ha contentado con ver todo el
muslo descubierto: a la aparición fugitiva del slip, se le fue la mano y, con
sus dedos de animal, atenazó fuertemente a mi Javanesa. Como ella tenía una
jarra de cristal llena de agua en la mano, no le ha costado mucho rompérsela en
la cabeza. Bajo el golpe, se cae al suelo. Me precipito para ayudarle a
levantarse, cuando unos amigos suyos creen que le voy a pegar y, antes de que
pueda decir uf, recibo un puñetazo magistral en pleno ojo. ¿Quizás este marino
boxeador ha querido de veras defender a su compañero o arrearle un porrazo al
marido de la bella hindú responsable de que no se pueda llegar a ella?
¡Cualquiera sabe! En todo caso, mi ojo ha recibido un directo de frente. Sin
embargo, el hombre aquel había contado demasiado de prisa con su victoria,
porque se pone en guardia de boxeo ante mí y me grita. Boxe, boxe, man! De un
gran puntapié en las partes, seguido de un cabezazo al estilo Papillon, el boxeador
cae en el suelo tan largo como es.
La pelea se hace
general. El manco ha salido en mi ayuda desde la cocina y distribuye golpes con
el bastón con el que hace su spaghetti especial. Cuic llega con un largo
tenedor de dos dientes y lo clava aquí y allá. Un granuja parisiense retirado
de los bailes con gaita de la rue de Lappe se sirve de una silla como maza.
Violentada, sin duda, por la pérdida de sus bragas, Indara se ha retirado de la
riña.
Conclusión: cinco
gringos han sido seriamente heridos en la cabeza, otros llevan dos agujeros
producidos por el tenedor de Cuic en diversas partes del cuerpo. Hay sangre por
todas partes. Un policía negro se ha puesto en la puerta para que nadie salga.
Afortunadamente, porque llega un jeep de la Military Police. Con polainas
blancas y la porra levantada, quieren entrar a la fuerza, y en vista de que
todos sus —marinos están llenos de sangre, seguramente tienen intención de
vengarlos. El policía negro los rechaza, luego pone el brazo con su porra a
través de la puerta y dice:
—Majesty Police
(Policía de Su Majestad).
Sólo cuando llegan los
policías ingleses se nos hace salir y montar en el camión. Nos conducen a la
Comisaría. Aparte de mi ojo tumefacto, ninguno de nosotros está herido, lo que
hace que no quieran creer en nuestra legítima defensa.
Ocho días después, en
el Tribunal, el presidente acepta nuestra tesis y nos pone en libertad a todos
excepto a Cuic, a quien le caen tres meses por golpes y heridas. Era difícil
encontrar una explicación a los múltiples dos agujeros repartidos profusamente
por Cuic.
Como a continuación, en
menos de quince días ha habido seis peleas, nos damos cuenta de que no podemos
seguir así. Los marinos han decidido no dar esta historia por terminada, y como
los que vienen tienen siempre pinta nueva, ¿cómo saber si son amigos o enemigos?
Así, pues, hemos
vendido el restaurante, pero no al precio que lo habíamos comprado. La verdad
es que, con la fama que había cobrado, los compradores no hacían cola.
—¿Qué vamos a hacer,
manco?
—Mientras esperamos a
que salga Cuic, descansaremos. No podemos volver a lo de la carreta y el asno,
pues los vendimos junto con la clientela. Lo mejor es no hacer nada, reposar.
Ya veremos después.
Cuic ha salido. Nos
dice que lo han tratado bien. El único inconveniente —cuenta— es que estaba
cerca de dos condenados a muerte. Los ingleses tienen una cochina costumbre:
advierten a un condenado cuarenta y cinco días antes de la ejecución de que
será colgado alto y corto tal día a tal hora, que la reina ha rechazado su
petición de clemencia. "Entonces —nos cuenta Cuic—, todas las mañanas, los
dos condenados a muerte se gritaban uno a otro: "Un día menos, Johnny, ¡no
quedan más que tantos días!" Y el otro no paraba de insultar a su cómplice
toda la mañana." Aparte de eso, Cuic estaba tranquilo y bien considerado.
La Cabaña de Bambú
Pascal Fosco ha bajado
de las minas de bauxita. Es uno de los hombres que habían intentado un atraco a
mano armada contra la oficina de Correos de Marsella. Su cómplice fue
guillotinado. Pascal es el mejor de todos nosotros. Buen mecánico, sólo gana
cuatro dólares diarios y, con eso, siempre encuentra el medio de alimentar a
uno o dos forzados en dificultades.
Esa mina de tierra de
aluminio está muy adentro de la selva. Se ha formado una aldea alrededor del
campamento, donde viven los obreros y los ingenieros. En el puerto, se carga
sin cesar el mineral en numerosos barcos de carga. Se me ocurre una idea: ¿por
qué no vamos a montar un cabaret en ese rincón perdido en la selva? La gente
debe de aburrirse mortalmente por la noche.
—Es verdad —me dice
Fosco—, aquello no es jauja en cuanto a distracciones. No hay nada.
Indara, Cuic, el manco
y yo ya estamos, algunos días después, a bordo de un cascarón que, en dos días
de navegación, nos lleva por el río a "Mackenzie", nombre de la Í*
El campamento de los
ingenieros, los jefes y los obreros especializados es limpio, claro, con
casitas confortables, todas provistas de tela metálica para protegerse de los
mosquitos. La aldea, por su parte, es un asco. No tiene ninguna casa de
ladrillo, piedra o cemento. Nada más que barracas hechas de arcilla y bambúes,
con los techos de hojas de palmera silvestre o, las más modernas, de chapas de
cinc. Cuatro bares—restaurantes llenos de clientes. Los marinos se dan de
bofetadas por una cerveza caliente. Ningún comercio posee un frigorífico.
Tenía razón Pascal, hay
mucho que hacer en este rincón. Al fin y al cabo, soy un fugado, y eso
significa la aventura, no puedo vivir normalmente como mis camaradas. Trabajar
para ganar justo con que vivir no me interesa.
Como las calles están
pegajosas de lodo cuando llueve, escojo, un poco apartado del centro de la
aldea, un lugar más elevado. Estoy seguro de que, incluso cuando nueva, no me
veré inundado ni en el interior ni en torno de la construcción que pienso
levantar.
En diez días, ayudados
por carpinteros negros que trabajan en la mina, edificamos una sala rectangular
de veinte metros de largo por ocho de ancho. Treinta mesas de cuatro sitios
permitirán a ciento veinte personas sentarse cómodamente. Un estrado por el que
pasarán las artistas, un bar de la anchura de la sala y una docena de taburetes
altos. Al lado del cabaret, otra construcción con ocho habitaciones donde
podrán vivir cómodamente dieciséis personas.
Cuando he bajado a
Georgetown a comprar el material, sillas, mesas, etc., he contratado a cuatro
jóvenes negras espléndidas para servir a los clientes. Daya, que trabajaba en
el restaurante, ha decidido venir con nosotros. Un coolí aporreará el viejo piano
que he alquilado. Falta el espectáculo.
Después de muchas
dificultades y mucho bla-bla-bla, he conseguido convencer a dos javanesas, una
portuguesa, una china y dos morenas para que abandonen la prostitución y se
conviertan en artistas del desnudo. Un viejo telón rojo comprado en casa de un
chamarilero servirá para abrir y cerrar el espectáculo.
Regreso con toda mi
gente en un viaje especial que me hace un pescador chino con su bongo. Una casa
de licores me ha proporcionado todas las bebidas imaginables a crédito. Tiene
confianza en que pagaré cada treinta días lo que haya vendido, previo inventario.
A medida que se vayan terminando, me proporcionará los licores que me sean
necesarios. Un viejo fonógrafo y discos gastados difundirán música cuando el
pianista cese de martirizar el piano. Toda clase de vestidos, enaguas, medias
negras y de color, ligas y sostenes aún en muy buen estado y que he escogido
por sus colores vistosos en casa de un hindú que había recogido los despojos de
un teatro ambulante, serán el "guardarropa" de mis futuras
"artistas".
Cuic ha comprado el
mobiliario y las camas. Indara, los vasos y todo lo necesario para un bar. Yo,
los licores, y también me ocupo de la cuestión artística. Para poner en marcha
todo eso en una semana, ha sido preciso trabajar duro. Al final, ya está, y material
y personal ocupan toda la embarcación.
Dos días después,
llegamos a la aldea. Las diez muchachas producen una verdadera revolución en
este lugar perdido en medio de la selva. Cada uno cargado con un paquete sube a
"La Cabaña de Bambú", nombre que hemos dado a nuestra boite de nuit. Los
ensayos han comenzado. Enseñar a mis "artistas" a quedarse en cueros
no es fácil. En primer lugar, porque hablo muy mal el inglés y no comprenden
muy bien mis explicaciones, y en segundo lugar porque, durante toda su vida, se
han desnudado a toda velocidad para despachar cuanto antes al cliente. Mientras
que, ahora, es todo lo contrario: cuanto más lentamente van, resulta más sexy.
Para cada chica hay que emplear una táctica diferente. Esta manera de hacer
debe armonizar con los vestidos.
La Marquesa de corsé
rosado y vestido de crinolina, de grandes pantalones de encaje blanco, se
desnuda lentamente, escondida tras un biombo ante un gran espejo por el que el
público puede admirar poco a poco cada porción de carne que descubre.
Luego, está la Rápida,
una muchacha de vientre liso, morena, de color café con leche muy claro,
magnífico ejemplar de sangre mezclada, seguramente de blanco con negra ya
clara. Su tono de grano de café apenas tostado hace resaltar sus formas
perfectamente bien equilibradas. Unos largos cabellos negros caen naturalmente
ondulados sobre sus hombros divinamente redondos. Unos senos henchidos,
erguidos y arrogantes aun siendo pesados, disparan sus pezones magníficos
apenas más oscuros que la carne. Ella es La Rápida. Todas las piezas de su
vestuario se abren con cremallera. Se presenta con pantalón de vaquero, un
sombrero muy ancho y una blusa blanca cuyos Puños terminan en franjas de cuero.
Al son de una marcha guerrera, aparece en escena y se descalza, tirando de un
puntapié cada zapato. El pantalón se abre por el costado de las dos piernas y
cae de un solo golpe a sus pies. El corsé se abre en dos piezas mediante un
cierre de cremallera en cada brazo.
Para el público, la
impresión es violenta, pues las tetas desnudas surgen como rabiosas por haber
estado encerradas tanto tiempo. Con los muslos y el busto desnudos, separadas
las piernas, y con las manos en las caderas, mira al público descaradamente de
frente, se quita el sombrero y lo tira a una de las primeras mesas, cerca del
escenario.
La Rápida tampoco se
anda con actitudes o gestos de pudor para despojarse del slip. Desabrocha los
dos lados de la piececita al mismo tiempo y, más que quitárselos, se los
arranca. Al instante, otra muchacha le pasa un enorme abanico de plumas blancas
con el cual, abierto del todo, se cubre.
El día de la
inauguración, "La Cabaña de Bambú" está llena a rebosar. El estado
mayor de la mina está allí en pleno. La noche termina bailando y el día ha
amanecido ya cuando los últimos clientes se van. Es un verdadero éxito, no
podía esperarse que fuera mejor. Hay gastos, pero los precios son muy elevados
y eso compensa, y este cabaret en plena selva, lo creo sinceramente, muchas
noches tendrá más clientes que espacio disponible.
Mis cuatro camareras
negras no dan abasto. Vestidas muy de corto, con el corpiño bien escotado y un
madrás en la cabeza, han impresionado grandemente a la clientela. Indara y Daya
vigilan, cada una, una parte de la sala. El manco y Cuic están en el bar, para
preparar los servidos de la sala. Y yo, en todas partes, poniendo arreglo a lo
que va mal o ayudando a quien está en un apuro.
—Éxito seguro —dice
Cuic, cuando camareras, artistas y patrón se hallan solos en la gran sala.
Comemos todos juntos,
en familia, amo y empleados, rendidos de fatiga, pero felices por el resultado.
Todo el mundo va a acostarse.
—Bien, Papillon, ¿no
vas a levantarte?
—¿Qué hora es?
—Las seis de la tarde,
—me dice Cuic—. Tu princesa nos ha ayudado. Se ha levantado a las dos. Todo
está en orden dispuesto para empezar de nuevo esta noche.
Indara llega con un
jarro de agua caliente. Afeitado, bañado, refrescado y dispuesto, la tomo por
la cintura y entramos en "La Cabaña de Bambú", donde soy acogido con
mil preguntas.
—¿Ha ido bien, boss?
—¿Me he desnudado bien?
¿Qué va mal, según usted?
—¿He cantado casi bien?
Claro que, por suerte, el público no es difícil.
Este nuevo equipo es
simpático de veras. Estas putas transformadas en artistas se toman el trabajo
en serio y parecen felices de haber abandonado su oficio anterior. El negocio
no puede ir mejor. Hay una sola dificultad: para tantos hombres solos, muy pocas
mujeres. Todos los clientes quisieran ser acompañados, si no toda la noche, sí
más tiempo por una muchacha, sobre todo por una artista. Eso les pone celosos.
De vez en cuando, si por casualidad hay. dos mujeres en la misma mesa, los
clientes protestan.
Las negritas también
están muy solicitadas, primero porque son hermosas y, sobre todo, porque en
esta selva no hay mujeres. Algunas veces, Daya sale de detrás de la barra para
servir y habla con todos. Casi una veintena de hombres disfrutan de la presencia
de la hindú, quien, en verdad, es una rara belleza.
Para evitar los celos y
las reclamaciones de los clientes por tener en su mesa a una artista, he
instituido una lotería. Después de cada número de desnudo o de canto, una gran
rueda numerada del 1 al 32, un número por mesa y dos números para el bar, decide
a dónde debe ir la chica. Para participar en la lotería, es preciso tomar un
billete que cuesta el precio de una botella de whisky o de champaña.
Esta idea (así lo creía
yo) tiene dos ventajas. En primer lugar, evita toda reclamación. El que gana
disfruta de su chavala en su mesa durante una hora por el precio de la botella,
y se le sirve de la manera siguiente: mientras que, completamente desnuda, la
artista está oculta por el inmenso abanico, se hace girar la rueda. Cuando sale
el número, la chica sube a un gran plato de madera pintado de plata, cuatro
mozos la levantan en vilo y la llevan a la feliz mesa ganadora. Ella misma
descorcha el champaña, hace un brindis, siempre en cueros, se excusa y, cinco
minutos después, regresa a sentarse vestida de nuevo.
Durante seis meses,
todo ha marchado bien, pero, pasada la estación de las lluvias, ha venido una
clientela nueva. Son los buscadores de oro y diamantes que hacen prospecciones
libremente por la selva, en esta tierra tan rica en aluviones. Buscar oro y brillantes
con medios arcaicos es excesivamente duro. Muy a menudo, los mineros se matan o
se roban entre sí. Así que toda esta gente va armada, y cuando tienen un
saquito de oro o un puñado de brillantes no resisten la tentación de gastarlo
locamente. Las chicas, por cada botella, reciben un crecido porcentaje. Y no
les cuesta nada, mientras abrazan al cliente, verter el champaña o el whisky en
el cubo de hielo, para que la botella se termine antes. Algunos, pese al
alcohol bebido, se dan cuenta, y sus reacciones son tan brutales que me he
visto obligado a clavar las mesas y las sillas.
Con esta nueva
clientela, lo que tenía que pasar pasó. La llamaban Flor de Canela. En efecto,
su piel tenía el color de la canela. Esta nueva chavala que había yo sacado de
los bajos fondos de Georgetown, volvía literalmente locos a los clientes por su
manera de desnudarse.
Como era muy
interesada, había exigido que, para participar en su lotería, los jugadores
deberían pagar el precio de dos botellas de champaña, y no una, como para las
otras. Después de haber corrido varias veces, aunque en vano, su suerte de
ganar a Flor de Canela, un minero corpulento, que lleva una barba negra muy
poblada, no encuentra otra cosa mejor, cuando pasa mi hindú vendiendo los
números del último desnudo de Flor de Canela, que comprar los treinta de la
sala. No quedan, pues, más que los dos números del bar.
Seguro de ganar después
de haber pagado las sesenta botellas de champaña, mi barbudo esperaba,
confiado, el desnudo de Flor de Canela y el sorteo de la lotería. Flor de
Canela estaba muy excitada por todo lo que había bebido aquella noche. Eran las
cuatro de la madrugada cuando comenzó su última representación. Ayudada por el
alcohol, estuvo más sexual que nunca, y sus gestos fueron más osados aún que de
costumbre. ¡Rrran! Se hace girar la ruleta que, con su pequeño indicador de
cuerno, va a señalar al ganador. El barbudo babea de excitación tras haber
presenciado la exhibición de Flor de Canela. Espera, está seguro de que se la
van a servir en cueros en su bandeja plateada, cubierta por el famoso abanico
de plumas y, entre sus dos magníficos muslos, las dos botellas de champaña.
¡Qué catástrofe! El tipo de los treinta números pierde. Gana el 31, o sea, el
bar. Al principio, sólo comprende a medias, y no se da cuenta por completo de
lo que ha sucedido hasta que ve que la artista es levantada y depositada en el
bar. Entonces, aquel estúpido se vuelve loco, aparta la mesa de sí y en tres
brincos se planta en el bar. No ha empleado más que tres segundos en sacar su
revólver y disparar tres tiros sobre la muchacha.
Flor de Canela ha
muerto en mis brazos. La recogí después de haberme cargado a aquel animal de un
golpe de black-jack de la Policía americana que siempre llevo conmigo. Por
haber tropezado yo con una camarera y su bandeja, lo que ha retrasado mi
intervención, ese bruto ha tenido tiempo de cometer semejante locura.
Resultado: la Policía ha cerrado "La Cabaña de Bambú" y nosotros
hemos vuelto a Georgetown.
Henos de nuevo en
nuestra casa. Indara, como una verdadera hindú fatalista, no cambia de
carácter. Para ella, esta ruina no tiene ninguna importancia. Nos dedicaremos a
otra cosa, eso es todo. Los chinos, igual. Nada cambia en nuestro armonioso
equipo. Ni un reproche por mi extravagante idea de echar a suertes a las
chicas, idea que, sin embargo, es la causa de nuestro fracaso. Con nuestros
ahorros, después de haber pagado escrupulosamente todas nuestras deudas, hemos
entregado una suma a la mamá de Flor de Canela. No nos hacemos mala sangre.
Todas las noches vamos al bar donde se reúnen los evadidos. Pasamos veladas
encantadoras, pero Georgetown, en razón de las restricciones de la guerra,
empieza a fatigarme. Además, mi princesa nunca había sido celosa y yo siempre
había conservado toda mi libertad. Ahora, no me deja ni a sol ni a sombra, y se
queda durante horas sentada a mi lado, cualquiera que sea el lugar donde me
encuentre.
Las probabilidades de
dedicarme al comercio en Georgetown se complican. Así, un buen día, me entran
ganas de irme de la Guayana inglesa y trasladarme a otro país. No corremos
ningún riesgo, es la guerra. Ningún país nos devolverá. Al menos, así lo supongo.
Fuga de Georgetown
Guittou está de
acuerdo. También él piensa que debe de haber países mejores y donde sea más
fácil vivir que en la Guayana inglesa. Comenzaremos a preparar una fuga. En
efecto, salir de la Guayana inglesa es un grave delito. Estamos en tiempo de
guerra y ninguno de nosotros tiene pasaporte.
Chapar, que se evadió
de Cayena después de haber sido desinternado, está aquí desde hace tres meses.
Trabaja por un dólar cincuenta diario haciendo hielo en una pastelería china.
También él quiere partir de Georgetown. Un prófugo de Dijon, Deplanque, y un
bordelés son también candidatos a la fuga. Cuic y el manco prefieren quedarse.
Se encuentran bien aquí.
Como la salida del
Demerara está muy vigilada y bajo el fuego de nidos de ametralladoras,
lanzatorpedos y cañones, copiaremos exactamente una embarcación de pesca
matriculada en Georgetown y saldremos haciéndonos pasar por ella. Me recrimino
por no guardarle agradecimiento a Indara y por no corresponder como debiera a
su amor total. Pero nada puedo hacer, se me pega tanto, que ahora me saca los
nervios de quicio, me exaspera. Los seres sencillos, puros, no retienen sus
deseos y no esperan que aquel a quien aman los solicite para hacer el amor.
Esta hindú reacciona exactamente como las hermanas indias de la Guajira. En el
momento en que sus sentidos tienen deseos de expansionarse, se ofrecen, y si no
se las toma, la cosa es muy grave. Un dolor verdadero y tenaz germina en lo más
profundo de su yo, y eso me irrita, pues como con las hermanas indias, no
quiero hacer sufrir a Indara y debo esforzarme para que, en mis brazos, goce lo
más posible.
Ayer, he asistido a la
cosa más linda que puede verse en materia de mímica para expresar lo que se
siente. En la Guayana inglesa, existe una especie de esclavitud moderna. Los
javaneses vienen a trabajar en las plantaciones de algodón, de caña de azúcar o
de cacao con contratos de cinco y diez años. Marido y mujer se ven obligados a
salir todos los días al trabajo salvo cuando están enfermos. Pero si el doctor
no los reconoce, tienen que efectuar como castigo un mes de trabajo
suplementario al final del contrato. Y se añaden otros meses por otros delitos
menores. Como todos son jugadores, contraen deudas con la plantación y, para
pagar sus deudas, firman, a fin de conseguir una prima, un enganche de uno o
varios años.
Prácticamente, no salen
nunca. Para ellos, que son capaces de jugarse a su mujer y mantener
escrupulosamente su palabra, una sola cosa es sagrada: sus hijos. Hacen todo
para conservarlos free (libres). Vencen las mayores dificultades y pasan
privaciones, pero muy raramente uno de sus niños firma un contrato con la
plantación.
Hoy, se celebra una
boda de una muchacha hindú. Todo el mundo va vestido con largas túnicas: las
mujeres con velo blanco y los hombres, con túnicas blancas que les llegan hasta
los pies. Muchas flores de azahar. La escena, después de muchas ceremonias religiosas,
se desarrolla en el momento en que el novio se va a llevar a su mujer. Los
invitados están a derecha e izquierda de la puerta de la casa. A un lado, las
mujeres; al otro, los hombres. Sentados en el umbral de la casa, con la puerta
abierta, el padre y la madre. Los recién casados abrazan a los miembros de la
familia y pasan entre las dos hileras de varios metros de largo. De súbito, la
novia se escapa de los brazos de su marido y corre hacia su madre. La madre se
tapa los ojos con una mano y, con la otra, se la devuelve al marido.
Este tiende los brazos
y la llama. Ella gesticula o expresa que no sabe qué hacer. Su madre le ha dado
la vida y, muy bien, hace ver como que del vientre de su mamá sale una cosita.
Luego su madre le ha dado el pecho. ¿Va a olvidarse de todo eso para seguir al
hombre que ama? Quizá, pero no tengas prisa, le dice mediante gestos y
ademanes; espera un poco todavía, déjame contemplar otra vez a estos padres tan
buenos que, hasta que te he encontrado, han sido la única razón de mi vida.
Entonces, también él
gesticula dando a entender que la vida exige de ella que también sea esposa y
madre. Todo esto al son de los cánticos de las muchachas y de los muchachos que
les responden. Al final, después de haberse vuelto a escapar de los brazos de
su marido, después de haber abrazado a sus padres, da unos pasos corriendo y
salta a los brazos de su marido, que se la lleva rápidamente hasta la carreta
adornada con guirnaldas de flores que los espera.
La fuga se prepara
minuciosamente. Una canoa ancha y larga, con una buena vela, un foque y un
gobernalle de primera calidad son preparados tomando precauciones para que la
Policía no se dé cuenta.
Escondemos la
embarcación en Penitence River, el riachuelo que desemboca en el gran río, el
Demerara, pero más abajo de nuestro barrio. Está pintada y numerada exactamente
como una barca de pesca de chinos matriculada en Georgetown. Iluminada por los
focos, sólo la tripulación es distinta. Para disimular mejor, no podremos estar
de pie, pues los chinos de la embarcación copiada son pequeños y enjutos, y
nosotros, altos y fuertes.
Todo transcurre sin
complicaciones y salimos flamantes del Demerara para hacernos a la mar. A pesar
de la alegría por haber salido y evitado el peligro de ser descubiertos, una
sola cosa me impide saborear por completo este éxito, y es el hecho de haber partido
como un ladrón, sin habérselo dicho a mi princesita hindú. No estoy contento de
mí. Ella, su padre y su raza no me han hecho más que bien y, en cambio, yo les
he pagado mal. No trato de buscar argumentos para justificar mi conducta.
Considero que es poco elegante lo que he hecho, y no estoy del todo contento de
mí. Sobre la mesa he dejado ostensiblemente seiscientos dólares, pero el dinero
no paga las atenciones recibidas.
Debíamos tomar rumbo
Norte durante cuarenta y ocho horas. Pensando de nuevo en mi antigua idea,
quiero ir a Honduras británica. Y para eso debemos estar más de dos días en
alta mar.
La expedición fugitiva
está formada por cinco hombres: Guittou, Chapar, Barriére, un bordelés,
Deplanque, un tipo de Dijon y yo, Papillon, capitán responsable de la
navegación.
Apenas llevamos treinta
horas en el mar, cuando nos vemos envueltos en una tempestad espantosa seguida
de una especie de tifón o ciclón. Relámpagos, truenos, lluvia, olas enormes y
desordenadas, viento huracanado que forma torbellinos en el mar nos arrastran,
sin que podamos resistirnos a una dramática carrera por un mar como nunca lo
había visto y ni siquiera lo había imaginado. Por primera vez, según mi
experiencia, los vientos soplan cambiando de dirección, hasta el punto de que
los alisos se han borrado completamente y la tormenta nos hace dar vueltas en
dirección opuesta. Si esto hubiera durado ocho días, nos devolvía a los duros.
Este tifón, por otra
parte, ha sido memorable, según he sabido después en Trinidad por Monsíeur
Agostini, el cónsul francés. Le costó más de seis mil cocoteros de su
plantación. Este tifón en forma de tijera ha aserrado literalmente todos esos
cocoteros a la altura de un hombre. Han sido arrancadas casas y llevadas por
los aires muy lejos, volviendo a caer en tierra o en el mar. Nosotros lo hemos
perdido todo: víveres y equipaje, así como los barriles de agua. El mástil se
ha partido a menos de dos metros, adiós vela y, lo que es más grave, el
gobernalle se ha roto. Por milagro, Chapar ha salvado una pequeña pagaya, y con
ella trato de conducir la canoa. Mientras todo el mundo se ha quedado en cueros
para confeccionar una especie de vela. Lo hemos utilizado todo, chaquetas,
pantalones y camisas. Los cinco vamos en stíp. Esta vela, fabricada con
nuestros vestidos y cosida con un canutillo de hilo que estaba a bordo, nos
permite casi navegar con nuestro mástil tronchado.
Los vientos alisos han
vuelto a soplar, y yo me aprovecho de ello para tratar de poner rumbo al Sur
para alcanzar cualquier tierra, aunque sea la Guayana inglesa. Mis camaradas se
han comportado todos dignamente durante y después de esta no diré tempestad,
porque no sería bastante sino de este cataclismo, de este diluvio, de este
ciclón más bien.
Tan sólo al cabo de
seis días, dos de ellos de calma absoluta, vemos tierra. Con este trozo de vela
que el viento empuja pese a sus agujeros no podemos navegar exactamente como
quisiéramos. La pequeña pagaya ya no basta para dirigir con firmeza y seguridad
la embarcación. Como estamos todos en cueros, tenemos vivas quemaduras en todo
el cuerpo, lo que disminuye nuestras fuerzas para luchar. Ninguno de nosotros
tiene ya piel en la nariz, está en carne viva. Los labios, los pies, la
entrepierna y los muslos están también en carne viva. La sed nos atormenta
hasta tal punto que Deplanque y Chapar han llegado a beber agua salada. Después
de esa experiencia, aún sufren más. Pese a la sed y al hambre que nos atenazan,
hay algo que sí marcha bien: nadie, absolutamente nadie se queja. El que quiere
beber agua salada, y el que se echa agua de mar por encima diciendo que
refresca, se da cuenta por sí solo de que el agua salada ahonda sus llagas y le
quema aún más a causa de la evaporación.
Soy el único que tiene
un ojo completamente abierto y sano, pues todos mis camaradas tienen los ojos
llenos de pus y se les pegan constantemente. Los ojos obligan a lavarse cueste
lo que cueste, pese al dolor, porque hay que abrir los ojos y ver claro. Un sol
de plomo ataca nuestras quemaduras con tan intensidad, que es casi
irresistible. Deplanque, medio loco, habla de arrojarse al agua.
Hace casi una hora me
parecía distinguir tierra por el horizonte. Por supuesto, me he dirigido en
seguida hacia ella sin decir nada, pues no estaba muy seguro. Unas aves llegan
y vuelan alrededor de nosotros, así pues no me he equivocado. Sus gritos
advierten a mis camaradas que, entontecidos por el sol y la fatiga, se han
acostado en el fondo de la canoa, protegiéndose el rostro del sol con sus
brazos.
Guittou, después de
haberse enjuagado la boca para poder emitir un sonido, me dice:
—¿Ves tierra, Papi?
—Sí.
—¿En cuánto tiempo
crees que podremos llegar?
—En cinco o siete
horas. Escuchad, amigos, yo ya no puedo más. Además de las mismas quemaduras
que vosotros, tengo las nalgas en carne viva por el roce con la madera de mi
banco y por el agua de mar. El viento no es muy fuerte, avanzamos lentamente y
mis brazos tienen constantes calambres, así como mis manos, que están cansadas
de agarrarse desde hace tanto tiempo a la pagaya que me sirve de gobernalle.
¿Queréis aceptar una cosa? Quitamos la vela y la tendemos sobre la canoa, como
un techo para abrigarnos de este sol de fuego, hasta la noche. La embarcación
irá a la deriva por sí sola hacia tierra. Esto es necesario, a menos que uno de
vosotros quiera ocupar mi puesto al gobernalle.
—No, no, Papi. Hagamos
eso y durmamos todos menos uno a la sombra de la vela.
Al sol, hacia la una de
la tarde, hago que se tome esta decisión.
Con una satisfacción
animal, me tiendo en el fondo de la canoa, por fin a la sombra. Mis camaradas
me han cedido el sitio mejor para que, desde la proa, pueda recibir aire del
exterior.
El que está de guardia
permanece sentado, pero abrigado a la sombra de la vela. Todo el mundo, hasta
el de guardia, cae en seguida en la inconsciencia. Rendidos de fatiga y gozando
de esta sombra que, al fin, nos permite escapar a este sol inexorable, nos
hemos quedado dormidos.
Un aullido de sirena
despierta de golpe a todo el mundo. Aparto la vela. Fuera, es de noche. ¿Qué
hora puede ser? Cuando me siento en mí sitio, al gobernalle, una brisa fresca
me acaricia todo mi pobre cuerpo, con su piel arrancada, e inmediatamente tengo
frío. Pero, ¡qué sensación de bienestar al no sentir quemaduras!
Quitamos la vela.
Después de haberme limpiado los ojos con agua de mar —por suerte sólo tengo uno
que escuece y supura—, veo tierra muy claramente a mi derecha y a mí izquierda.
¿Dónde estamos? ¿Hacia qué lado debo dirigirme? Se oye de nuevo el aullido de
la sirena. Comprendo que la señal viene de la tierra de la derecha. ¿Qué
diablos quieren decirnos?
—¿Dónde crees que
estamos, Papi? —pregunta Chapar.
—Francamente, no lo sé.
Si esta tierra no está aislada y es un golfo, quizá estemos en el extremo de la
punta de la Guayana inglesa, en la parte que va hasta el Orinoco (gran río de
Venezuela que hace frontera). Pero si la tierra de la derecha está separada de
la de la izquierda por un espacio bastante grande, entonces esta península es
una isla, y es Trinidad. A la izquierda, sería Venezuela, o sea, que nos
encontraríamos en el golfo de Paria.
Mis recuerdos de las
cartas marinas que he tenido ocasión de estudiar me brindan esta alternativa.
Si Trinidad está a la derecha y Venezuela a la izquierda, ¿qué escogeremos?
Esta decisión pone en juego nuestro destino. No será demasiado difícil, con esta
buena brisa, dirigirme a la costa. Por el momento, no vamos ni hacia una ni
hacia otra. En Trinidad están los rosbits, el mismo Gobierno que en la Guayana
inglesa.
—Estamos seguros de que
seremos bien tratados —, dice Guittou.
—Sí, pero ¿qué decisión
tomarán por haber abandonado en tiempo de guerra su territorio sin autorización
y clandestinamente?
_¿Y Venezuela?
—No se sabe qué tal se
pasa —dice Deplanque—. En la época del presidente Gómez, los duros eran
obligados a trabajar en las carreteras, en condiciones extremadamente penosas,
y luego devolvían a Francia a los cayeneses, como llaman allí a los duros.
—Sí, pero ahora no es
lo mismo, estamos en guerra.
—Ellos, por lo que he
oído en Georgetown, no están en guerra, son neutrales.
—¿Seguro?
—Seguro.
—Entonces, es peligrosa
para nosotros.
Se distinguen luces en
tierra, a la derecha, y también a la izquierda. Otra vez la sirena que, esta
vez, aúlla tres veces seguidas. Nos llegan señales luminosas de la derecha.
Acaba de salir la luna, está bastante lejos, pero en nuestra trayectoria. Delante,
dos inmensas rocas puntiagudas y negras emergen arriba del mar. Debe ser la
razón de la sirena: nos advierten que hay peligro.
—¡Toma, boyas
flotantes! Hay todo un rosario de ellas. ¿Por qué no esperamos que se haga de
día amarrados a una de ellas? Arría la vela, Chapar.
De un tirón descuelga
esos trozos de pantalones y de camisas que, pretenciosamente, llamo vela.
Frenando con mi pagaya, pongo proa a una de las "boyas". Por suerte,
la canoa ha conservado un gran trozo de cuerda tan bien atado a su anillo, que el
tifón no ha podido arrancarlo. Ya está, ya hemos amarrado. No directamente a
esa extraña boya, porque no hay nada en ella para atar la cuerda, sino al cable
que la une a otra boya. Estamos bien amarrados al cable de esta delimitación de
un canal, sin duda. Sin preocuparnos de los aullidos que continúa emitiendo la
costa de la derecha, nos acostamos todos en el fondo de la canoa, cubiertos por
la vela para protegernos del viento. Un calor dulce invade mi cuerpo, transido
por el viento y el fresco de la noche, y soy, ciertamente, uno de los primeros
en roncar a pierna suelta.
El día es limpio y
claro cuando me despierto. El sol está saliendo de su lecho, el mar está un
poco revuelto y su azul verdoso indica que el fondo es de coral.
—¿Qué hacemos? ¿Nos
decidimos a ir a tierra? Reviento de hambre y sed.
Es la primera vez que
alguien se queja tras estos días de ayuno, hoy hace exactamente siete días.
—Estamos tan cerca de
tierra, que no es un pecado grave hacerlo —,dice Chapar.
Sentado en mi puesto,
veo con claridad a lo lejos, delante de mí, más allá de las dos inmensas rocas
que emergen del mar, la ruptura de la tierra. A la derecha, pues, está
Trinidad, y a la izquierda, Venezuela. Sin ninguna duda, estamos en el golfo de
Paria, y si el agua es azul y no amarillenta a causa de los aluviones del
Orinoco, es que estamos en la corriente del canal que pasa entre los dos países
y se dirige hacia mar abierto.
—¿Qué hacemos? Mejor
votar, ¿no? Esto es demasiado grave para que yo tome solo la decisión. A la
derecha, la isla inglesa de Trinidad; a la izquierda, Venezuela. ¿Adónde
queréis ir? Dadas las condiciones de nuestra embarcación y nuestro estado
físico, debemos ir a tierra lo antes posible. Entre nosotros hay dos liberados:
Guitou y Corbiére. Nosotros tres: Chapar, Deplanque y yo corremos mayor
peligro. A nosotros nos toca decidir. ¿Qué decís vosotros?
—Lo más inteligente es
ir a Trinidad. Venezuela significa lo desconocido.
—No hay necesidad de
tomar una decisión. Esa canoa de vigilancia lo hará por nosotros —dice
Deplanque.
En efecto, una canoa de
vigilancia avanza con rapidez hacia nosotros. Se detiene a más de cincuenta
metros. Un hombre toma un megáfono. Diviso una bandera que no es inglesa. Llena
de estrellas, muy hermosa, nunca en mi vida la había visto. Debe ser venezolana.
Más tarde, será "mi bandera", la de mi nueva patria, el símbolo, para
mí, más emotivo, el de tener, como todo. hombre normal, reunidas en un trozo de
tela las cualidades más nobles de un gran pueblo: mi pueblo.
—¿Quién son vosotros?
(sic)?
—Somos franceses.
—¿Están locos?
—¿Por qué?
—Porque son amarrados a
minas (sic).
—¿Por eso no se acercan
ustedes?
—Sí. Desátense pronto.
—Ya está.
En tres segundos,
Chapar ha desatado la cuerda. Estamos, ni más ni menos, atados a una cadena de
minas flotantes. Es un milagro que no hayamos saltado, me explica el comandante
de la lancha guardacostas a la que nos hemos amarrado. Sin subir a bordo, la tripulación
nos pasa café, leche caliente bien azucarada y cigarrillos.
—Vayan a Venezuela,
serán bien tratados, se lo aseguro. No podemos remolcarlos a tierra porque
tenemos que ir a recoger un hombre gravemente herido al faro de Barinas. Sobre
todo, no traten de desembarcar en Trinidad, porque tienen nueve probabilidades
entre diez de chocar con una mina, entonces…
Después de un
"Adiós, buena suerte", la lancha se va. Nos ha dejado dos litros de
leche. Arreglamos la vela. A las diez de la mañana, con el estómago a punto de
restablecerse gracias al café y la leche, con un cigarrillo en la boca,
desembarco sin tomar ninguna precaución en la arena fina de una playa en la que
cincuenta personas esperaban para ver quién llegaba en una embarcación tan
extraña, rematada por un mástil tronchado y una vela hecha de camisas,
pantalones y chaquetas.
DECIMOTERCER CUADERNO.
VENEZUELA
Los pescadores de Irapa
Descubro un mundo, unas
gentes, una civilización completamente desconocidos para mí. Estos primeros
minutos en suelo venezolano son tan emotivos, que sería preciso un talento
superior al poco que yo tengo, para explicar, expresar pintar la atmósfera de la
acogida calurosa que nos hace esta población generosa. Los hombres, blancos o
negros, pero en su gran mayoría de color muy claro, de un tono blanco tras
muchos días de sol, llevan casi todos los pantalones arremangados hasta las
rodillas.
—¡Pobres hombres! ¡En
qué estado se encuentran!
La aldea de pescadores
a la que hemos llegado se llama Irapa, comunidad de un Estado llamado Sucre.
Las mujeres jóvenes, muy lindas, más bien pequeñas, pero muy graciosas, y las
más maduras, así como las más ancianas, se transforman todas sin excepción en
enfermeras, en hermanas de la caridad o en madres protectoras.
Reunidos bajo el
almacén de una casa en el que han instalado cinco hamacas de lana y han puesto
una mesa y sillas, nos han untado de manteca de cacao de pies a cabeza. No se
han olvidado de untar ni un centímetro de carne viva. Muertos de hambre y de
fatiga, pues nuestro prolongado ayuno ha provocado cierta deshidratación en
nosotros, estas gentes de la costa saben que debemos dormir, pero también comer
en pequeñas cantidades.
Cada uno bien acostado
en una hamaca recibe, mientras duerme, la ración que nos mete en la boca una de
nuestras improvisadas enfermeras. Me sentía tan rendido, me habían abandonado
tan por completo mis fuerzas cuando me extendieron en la hamaca, con mis llagas
en carne viva bien untadas de manteca de cacao, que me derrito literalmente
mientras duermo y como y bebo sin darme perfecta cuenta de lo que sucede.
Las primeras cucharadas
de una especie de tapioca no han podido ser aceptadas por mi estómago vacío.
Por supuesto que esto no me sucede a mí solo. Todos nosotros hemos vomitado
varias veces una parte o la totalidad de alimento que estas mujeres introducían
en nuestra boca.
Las gentes de esta
aldea son excesivamente pobres. Sin embargo, todos, sin excepción, contribuyen
a ayudarnos. Tres días después, gracias a los cuidados de esta colectividad y
gracias a nuestra juventud, estamos casi en pie. Nos levantamos muchas horas y,
sentados bajo el cobertizo de hojas de cocotero, que nos dan una sombra fresca,
mis camaradas y yo conversamos con estas gentes. No son lo bastante ricos para
vestirnos a todos de golpe. Se han formado grupitos. Uno se ocupa
principalmente de Guittou, otro de Deplanque, etc. Casi diez personas cuidan de
mí.
Los primeros días nos
han vestido con cualquier ropa usada, pero escrupulosamente limpia. Ahora, cada
vez que pueden, nos compran una camisa nueva, un pantalón, un cinturón, un par
de zapatillas. Entre las mujeres que se ocupan de mí las hay muy jóvenes, de
tipo indio, pero ya mezclado con sangre española o portuguesa. Una se llama
Tibisay; otra, Nenita. Me han comprado una camisa, un pantalón y un par de
alpargatas. Tienen la suela de cuero, sin talones, y para cubrir el pie llevan
un tejido trenzado. Sólo el empeine está cubierto, los dedos aparecen desnudos
y el tejido va a cogerse al talón.
—No hay necesidad de
preguntarles de dónde han venido. Por sus tatuajes sabemos que son ustedes
evadidos del penal francés.
Esto me emociona más
aún. ¡Cómo! ¿Sabiendo que somos hombres condenados por delitos graves, evadidos
de una prisión cuya severidad conocen por libros o artículos, estas gentes
humildes consideran natural socorrernos y ayudarnos? Vestir a uno cuando se es
rico o de posición desahogada, dar de comer a un extranjero que tiene hambre
cuando nada falta en casa para la familia y para uno mismo, demuestra, por lo
menos, que se es bueno. Pero cortar en dos un pedazo de torta de maíz o de
mandioca, cocida al horno por ellos mismos, cuando no —hay bastante para uno
mismo y los suyos, compartir la comida frugal que subalimenta más que nutre a
su propia comunidad, con un extranjero que, además, es un fugitivo de la
justicia, eso es admirable.
Por la mañana, todo el
mundo, hombres y mujeres, están silenciosos. Tienen aspecto contrariado y
preocupado. ¿Qué sucede? Tibisay y Nenita están junto a mí. He podido afeitarme
por vez primera desde hace quince días. Hace ocho que estamos entre estas gentes
que llevan su corazón en la mano. Como ha vuelto a formarse una piel muy fina
sobre mis quemaduras, he podido arriesgarme a afeitarme. A causa de mi barba,
las mujeres tenían sólo una idea vaga sobre mi edad. Están encantadas, y me lo
dicen ingenuamente, de saberme joven. Sin embargo, tengo treinta y cinco años,
pero represento veintiocho o treinta. Sí, todos estos hombres y mujeres
hospitalarios están preocupados por nosotros, lo presiento.
—¿Qué puede suceder?
Habla, Tibisay, ¿qué ocurre?
—Esperamos a las
autoridades de Güiria, un pueblo al lado de Irapa. Aquí no había jefe civil, y,
no se sabe cómo, pero la Policía está al corriente de que están aquí. Va a
venir.
Una negra alta y
hermosa se me acerca acompañada por un joven con el torso desnudo, con
pantalones arremangados hasta las rodillas. La negrita —es la manera cariñosa
de llamar a las mujeres de color, muy utilizada, en Venezuela, donde no hay en
absoluto discriminación racial o religiosa— me interpela.
—Señor Enrique, la
Policía va a venir. No sé si es para hacerle bien o mal. ¿Quieren ustedes
esconderse durante un tiempo en la montaña? Mi hermano puede conducirles a una
casita donde nadie podrá encontrarles. Entre Tibisay, Nenita y yo, todos los
días les llevaremos de comer y les informaremos sobre los acontecimientos.
Emocionado hasta lo
inimaginable, quiero besar la mano de esa noble muchacha, pero ella la retira
y, gentil y puramente, me da un beso en la mejilla.
Unos jinetes llegan a
escape. Todos llevan un machete, arma que sirve para cortar la caña de azúcar y
que pende como una espada del lado izquierdo, un ancho cinturón lleno de balas
y un enorme revólver en una funda a la derecha, en la cadera. Echan pie a
tierra. Un hombre de rasgos mongólicos, con los ojos rasgados de indio, piel
cobriza, alto y delgado, de unos cuarenta años, tocado con un inmenso sombrero
de paja de arroz, avanza hacia nosotros.
—Buenos días. Soy el
jefe civil, el prefecto de Policía.
—Buenos días, señor.
—¿Por qué no nos han
avisado de que tenían aquí a cinco cayeneses evadidos? Me han dicho que hace
ocho días que están aquí. Contesten.
—Es que esperábamos que
fueran capaces de caminar y estuvieran curados de sus quemaduras.
—Venimos a buscarlos
para llevarlos a Güiria. Un camión vendrá más tarde.
—¿Café?
—Sí, gracias.
Sentados en círculo,
todo el mundo bebe café. Miro al prefecto de Policía y a los agentes. No tienen
aspecto de malvados. Me dan la impresión de obedecer órdenes superiores, sin
que por eso estén de acuerdo con ellas.
—¿Se han evadido
ustedes de la isla del Diablo?
—No. Venimos de
Georgetown, de la Guayana inglesa.
—¿Por qué no se han
quedado?
—Resulta duro ganarse
la vida allí.
—¿Piensan ustedes que
aquí estarán mejor que con los ingleses? —pregunta sonriendo.
—Sí, porque somos
latinos como ustedes.
Un grupo de siete u
ocho hombres avanza hacia nuestro círculo. A su cabeza, uno de unos cincuenta
años, con los cabellos blancos, de más de un metro setenta y cinco, un color de
piel chocolate muy claro. Unos ojos inmensos, negros, que denotan una
inteligencia y una fuerza de ánimo poco comunes. Su mano derecha está apoyada
en el mango de un machete que pende a lo largo de su muslo.
—Prefecto, ¿qué va
usted a hacer con esos hombres?
—Voy a conducirlos a la
prisión de Güiria.
—¿Por qué no los deja
vivir con nosotros, con nuestras familias? Cada uno se encargará de uno de
ellos.
—No es posible, es
orden del gobernador.
—Pero ellos no han
cometido ningún delito en territorio venezolano.
—Lo reconozco. Pese a
todo, son hombres muy peligrosos, pues para haber sido condenados al presidio
francés, han tenido que cometer delitos muy graves. Además, se han evadido sin
documentos de identidad, y la Policía de su país seguramente los reclamará cuando
sepa que están en Venezuela.
—Queremos quedarnos con
ellos.
—No es posible, es
orden del gobernador.
—Todo es posible. ¿Qué
sabe el gobernador de los seres míseros? Un hombre jamás está perdido. Pese a
lo que haya podido cometer, en un momento dado de su vida, siempre hay una
oportunidad de recuperarlo y hacer de él un hombre bueno y útil a la comunidad.
¿No es así, vosotros?
—Sí dicen a coro
hombres y mujeres—. Dejádnoslos, les ayudaremos a rehacer su vida. En ocho días
los conocemos ya lo bastante, y son de veras buenas personas.
—Gentes más civilizadas
que nosotros los han encerrado en calabozos para que no hagan más daño —dice el
prefecto.
—¿A qué llama usted
civilización, jefe? —pregunto—. ¿Usted se cree que porque tenemos ascensores,
aviones y un tren que va bajo tierra, eso demuestra que los franceses son más
civilizados que estas gentes que nos han recibido y cuidado? Sepa que, en mi humilde
opinión, hay más civilización humana, mayor superioridad de alma, más
comprensión en cada ser de esta comunidad que vive sencillamente en la
Naturaleza, aunque le falten, es verdad, todos los beneficios de las ventajas
del progreso, su sentido de la caridad cristiana es mucho más elevado que todos
los que, en el mundo, se consideran civilizados. Prefiero a un iletrado de esta
aldea que a un licenciado en Letras de la Sorbona de París, si éste, un día, ha
de tener el alma del fiscal que hizo que me condenaran. El uno siempre es un
hombre, el otro se ha olvidado de serlo.
—Lo comprendo. Sin
embargo, yo no soy más que un instrumento. Ya llega el camión. Les ruego que me
ayuden, con su actitud, para que las cosas transcurran sin incidentes.
Cada grupo de mujeres
abraza a aquel de quien se han ocupado. Tíbisay, Nenita y la negrita lloran
ardientes lágrimas al abrazarme. Todos los hombres nos estrechan la mano
expresando así cuánto sufren al vernos partir hacia la prisión.
Hasta la vista, gente
de Irapa, raza extremadamente noble, por haber tenido la audacia de enfrentaros
y reprobar a las mismas autoridades de vuestro país para defender a unos pobres
diablos que ayer no conocíais. El pan que he comido en vuestras casas, ese pan
que habéis tenido fuerzas para quitarlo de vuestra propia boca para dármelo,
ese pan símbolo de la fraternidad humana ha sido, para mí, el sublime ejemplo
de los tiempos pasados: "No matarás, harás el bien a los que sufren aunque
tengas que sufrir privaciones por ello. Ayuda siempre al que es más desdichado
que tú." Y si alguna vez soy libre, un día, siempre que pueda, ayudaré a
los demás como me han enseñado a hacerlo los primeros hombres de Venezuela que
he encontrado.
Y encontraré a muchos
después.
El presidio de El
Dorado
Dos horas más tarde,
llegamos a un pueblo grande, puerto de mar que tiene la pretensión de ser una
ciudad, Güiria. El jefe civil nos lleva en persona a la Comandancia de Policía
del distrito. En esa Comisaría somos tratados más o menos bien, pero nos someten
a interrogatorio, y el instructor, tozudo, no quiere admitir en absoluto que
vengamos de la Guayana inglesa, donde éramos libres. Por añadidura, cuando nos
pide que le expliquemos la razón de nuestra llegada a Venezuela en semejante
estado de agotamiento y en el límite de nuestras fuerzas, tras un viaje tan
corto de Georgetown al golfo de Paria, dice que nos burlamos de él con eso de
la historia del tifón.
—Dos grandes plataneros
se han hundido con hombres y carga por culpa de ese tornado, un buque de carga
con mineral de bauxita se ha ido a pique con toda su tripulación, y ustedes,
con una embarcación de cinco metros abierta a la intemperie, ¿ustedes se han
salvado? ¿Quién puede creer semejante historia? Ni siquiera el mendigo del
mercado que pide limosna. Mienten, hay algo turbio en lo que cuentan.
—Infórmese en
Georgetown.
—No tengo ganas de que
los ingleses me tomen el pelo.
Este secretario
instructor, cretino y testarudo, incrédulo y pretencioso, envía no sé qué
informe, ni a quién. De todas maneras, una mañana, nos despiertan a las cinco,
nos encadenan y nos llevan en un camión a un destino desconocido.
El puerto de Güiria
está en el golfo de Paria, como ya he dicho, frente a Trinidad. Tiene también
la ventaja de aprovechar la desembocadura de un enorme río casi tan grande como
el Amazonas: el Orinoco.
Encadenados en un
camión, en el que somos cinco más diez policías, rodamos hacia Ciudad Bolívar,
la importante capital del Estado de Bolívar. El viaje, por carreteras de
tierra, fue muy fatigoso. Policías y prisioneros, zarandeados y traqueteados
como sacos de nueces en esta plataforma de camión que se movía a cada momento
más que una cabina en un tobogán, estuvimos cinco días de viaje. Por la noche,
dormíamos en el camión y, por la mañana, reanudábamos el camino en una carrera
loca hacia un destino desconocido.
Por fin, terminamos
este viaje agotador a más de mil kilómetros del mar, en una selva virgen
atravesada por una carretera de tierra, que va de Ciudad Bolívar hasta El
Dorado.
Soldados y prisioneros
nos hallamos en muy mal estado cuando llegamos a la ciudad de El Dorado.
Pero ¿qué es El Dorado?
Al principio, fue la esperanza de los conquistadores españoles que, viendo que
los indios que llegaban de esta región tenían oro, creían firmemente que había
una montaña de oro o, al menos, mitad tierra y mitad oro. Total, El Dorado es,
primero, una aldea a la orilla de un río lleno de caribes o pirañas, peces
carnívoros que en unos minutos devoran a un hombre o un animal, peces
eléctricos, los tembladores, que, girando alrededor de su presa, hombre o
bestia, lo electrocutan rápidamente y, luego, chupan a su víctima en
descomposición. En mitad del río, hay una isla, y en esta isla, un verdadero
campo de concentración. Es el presidio venezolano.
Esta colonia de
trabajos forzados es lo más duro que he visto en mi vida, y también lo más
salvaje e inhumano, *en razón de los golpes que reciben los prisioneros. Es un
cuadrado de ciento cincuenta metros de lado, al aire libre, rodeado de alambres
espinosos. Más de cuatrocientos hombres duermen fuera, expuestos a la
intemperie, pues no hay más que algunas chapas de cinc para abrigarse,
alrededor del campo.
Sin esperar una palabra
de explicación por nuestra parte, sin justificar esta decisión, nos incorporan
al presidio de El Dorado a las tres de la tarde, cuando llegamos muertos de
fatiga después del agotador viaje, encadenados en el camión. A las tres y media,
sin anotar nuestros nombres, nos llaman, y dos de nosotros reciben una pala y
los otros tres, un pico. Rodeados por cinco soldados, fusil y nervios de buey
en mano, mandados por un cabo, nos obligan, so pena de ser azotados a ir al
lugar de trabajo. No tardamos en comprender que se trata de una especie de
demostración de fuerza que quiere hacer la guardia de la penitenciaría. De
momento, sería peligroso en extremo no obedecer. Después, ya veremos.
Llegados al lugar donde
trabajan los prisioneros, nos ordenan abrir una trinchera al lado de la
carretera que están construyendo en plena selva virgen. Obedecemos sin decir
palabra y trabajamos cada cual según sus fuerzas, sin levantar la cabeza. Esto
no nos impide sentir los insultos y los golpes salvajes que, sin cesar, reciben
los prisioneros. Ninguno de nosotros recibe un solo golpe con el nervio de
buey. Esta sesión de trabajo, apenas llegados, estaba destinada, sobre todo, a
hacernos ver cómo se trataba a los prisioneros. Era un sábado. Después del
trabajo, llenos de sudor y polvo, se nos incorpora a ese campo de prisioneros,
siempre sin ninguna formalidad.
—cinco cayeneses, por
aquí.
Es el preso cabo (el
cabo de vara) quien habla.
Es un mestizo de un
metro noventa de estatura. Tiene un nervio de buey en la mano. Este inmundo
bruto está encargado de la disciplina en el interior del campo.
Se nos ha indicado el
lugar donde debemos instalar las hamacas, cerca de la puerta de entrada al
campamento, al aire libre. Pero allí hay una techumbre de planchas de cinc, lo
que significa que, al menos, estaremos al abrigo de la lluvia y del sol.
La gran mayoría de los
prisioneros son colombianos y el resto venezolanos. Ninguno de los campos
disciplinarios del presidio puede compararse con el horror de esta colonia de
trabajo. Un asno moriría si fuese tratado como se trata a estos hombres. Sin embargo,
casi todos se portan bien, pues resulta que la comida es muy abundante y
apetitosa.
Formamos un pequeño
Consejo de Guerra. Si un soldado cualquiera pega a uno de nosotros, lo mejor
que podemos hacer es detener el trabajo, tumbarnos al sol y, cualquiera que sea
el trato que nos inflijan, no nos levantamos. ¿Vendrá un jefe a quien podamos
preguntarle cómo y por qué estamos en este presidio de condenados a trabajos
forzados sin haber cometido un delito? Los dos liberados, Guittou y Barriére,
hablan de pedir que los devuelvan a Francia. Luego, decidimos llamar al preso
cabo. Yo soy el encargado de hablarle. Le dan el sobrenombre de Negro Blanco.
Guíttou debe ir en su busca. Llega ese verdugo, siempre con su nervio de buey
en la mano. Los cinco le rodeamos.
—¿Qué me queréis?
Soy yo quien habla:
—Queremos decirte una
sola cosa: nunca cometeremos una falta contra el reglamento, así que no tendrás
motivo para pegarle a ninguno de nosotros. Pero como hemos notado que pegas a
cualquiera sin la menor razón, te hemos llamado para decirte que el día que le
pegues a uno de nosotros, eres hombre muerto ¿Has comprendido bien?
—Sí—dice Negro Blanco.
—Un último aviso.
—¿Qué? —pregunta
sordamente.
—Si lo que acabo de
decirte debe ser repetido, que sea a un oficial, pero no a un soldado.
—Comprendido.
Y se va.
Esta escena se
desarrolla el domingo, día en que los prisioneros no trabajan. Llega un
oficial.
—¿Cómo te llamas?
—Papillon.
—¿Eres tú el jefe de
los cayeneses?
—Somos cinco y todos
son jefes.
—¿Porqué has sido tú
quien ha tomado la palabra para hablarle al cabo de vara?
—Porque yo soy quien
mejor habla español.
Me habla un capitán de
la guardia nacional. No es, Me dice, el comandante encargado de la vigilancia.
Hay dos jefes más importantes que él, pero que no están aquí. Desde nuestra
llegada, es él quien manda. Los dos comandantes llegarán el martes.
—Has amenazado en tu
nombre y en el de tus camaradas Con matar al cabo de vara si pegaba a
cualquiera de vosotros. ¿Es eso verdad?
—Sí, y la amenaza va
muy en serio. Ahora, le diré que he añadido que no daríamos ningún motivo que
justifique un castigo corporal. Usted sabe, capitán, que ningún tribunal nos ha
condenado, pues no hemos cometido ningún delito en Venezuela.
—Yo no sé nada.
Vosotros habéis llegado al campo sin ningún papel, sólo con una nota del
director, que está en el pueblo: "Hagan trabajar a estos hombres
inmediatamente después de su llegada."
—Pues bien, capitán,
sea justo, puesto que es usted militar, para que, en espera de que lleguen sus
jefes, sus soldados sean advertidos por usted de que nos traten de manera
distinta a los otros prisioneros. Le afirmo de nuevo que no somos ni podemos
ser unos condenados, dado que no hemos cometido ningún delito en Venezuela.
—Está bien, daré
órdenes en ese sentido. Espero que no me hayan engañado.
Tengo tiempo de
estudiar a los prisioneros toda la tarde de este primer domingo. Lo primero que
me llama la atención es que todos se encuentran bien físicamente. En segundo
lugar, los latigazos son tan corrientes` que han aprendido a soportarlos hasta
el punto de que, incluso el día de reposo, el domingo, en que podrían con
bastante facilidad evitarlos comportándose bien, se diría que encuentran un
sádico placer jugando con fuego. No dejan de hacer cosas prohibidas: jugar a
los dados, besar a un joven en las letrinas, robar a un camarada, decir
palabras obscenas a las mujeres que vienen del pueblo a traer dulces o
cigarrillos a los prisioneros. Estas mujeres también hacen cambios. Una cesta
trenzada o un objeto esculpido por algunas monedas o paquetes de cigarrillos.
Pues bien, hay prisioneros que encuentran la manera de atrapar, a través de los
alambres espinosos, lo que la mujer ofrece, y echar a correr sin entregarle el
objeto acordado, para perderse a continuación entre los demás. Conclusión: los
castigos corporales se aplican tan desigualmente y por cualquier cosa, y sus
carnes están tan señaladas por los látigos, que el terror reina en este
campamento sin ningún beneficio para la sociedad ni para el orden, y no corrige
en lo más mínimo a esos desdichados.
La Reclusión de San
José, por su silencio, es mucho más terrible que esto. Aquí, el miedo es
momentáneo, y el hecho de poder hablar por la noche, fuera de las horas de
trabajo, y el domingo, así como la comida, rica y abundante, hacen que un
hombre pueda muy bien cumplir su condena, que en ningún caso sobrepasa los
cinco años.
Pasamos el domingo
fumando y bebiendo café, hablando entre nosotros. Algunos colombianos se nos
han acercado y los hemos apartado cortés, pero firmemente. Es preciso que se
nos considere como prisioneros aparte, si no, la hemos jodido.
A la mañana siguiente,
lunes, a las seis, tras habernos desayunado copiosamente, desfilamos hacia el
trabajo con los otros. He aquí la manera de poner en marcha el trabajo: dos
filas de hombres, cara a cara: cincuenta prisioneros y cincuenta soldados. Un
soldado por Prisionero. Entre las dos filas, cincuenta útiles: picos, palas o
hachas. Las dos líneas de hombres se observan. La hilera de los prisioneros,
angustiados, y la hilera de los soldados, nerviosos y sádicos.
El sargento grita:
—Fulano de Tal, ¡pico!
El desdichado se
precipita y, en el momento que toma el pico para echárselo al hombro y salir
corriendo al trabajo el sargento grita: "Número", lo que equivale a
"Soldado uno, dos, etc". El soldado sale detrás del pobre tipo y le
pega con su nervio de buey. Esta terrible escena se repite dos veces al día. En
el recorrido que separa el campamento del lugar de trabajo, se tiene la
impresión de ver guardianes de asnos que fustigan a sus borricos corriendo tras
ellos.
Estábamos helados de
aprensión, esperando nuestro turno.
Por suerte, fue
distinto.
—¡Los cinco cayeneses,
por aquí! Los más jóvenes, tomad estos picos, y vosotros, los dos viejos, estas
dos palas.
Por el camino, sin
correr, pero a paso de cazador, vigilados por cuatro soldados y un cabo, nos
dirigimos a la cantera común.
Esta jornada fue más
larga y desesperante que la primera. Unos hombres particularmente maltratados,
al extremo de sus fuerzas, gritaban como locos e imploraban de rodillas que no
les pegaran más. Por la tarde, debían hacer de una multitud de montones de madera
que habían quemado mal, un solo montón grande. Otros debían limpiar atrás. Y,
asimismo, de ochenta a cien haces que estaban ya casi consumidos, debía quedar
sólo un gran brasero en medio del campo. A latigazos de nervio de buey, cada
soldado golpeaba a su prisionero para que recogiera los restos y los
transportara corriendo en medio del campamento. Esta carrera demoníaca
provocaba en algunos una verdadera crisis de locura, y en su precipitación, a
veces agarraban ramas del lado donde aún había brasas. Con las manos quemadas,
flagelados salvajemente, caminando descalzos sobre una brasa o sobre una rama
aún humeante en el suelo, esta fantástica escena duró tres horas.
Ni uno de nosotros fue
invitado a participar en la limpieza de este campo nuevamente desbrozado.
Afortunadamente, ya habíamos decidido, mediante cortas frases, sin levantar la
cabeza, mientras picábamos, saltar cada uno sobre uno de los cinco soldados, cabo
incluido, desarmarlos y disparar contra ese hatajo de salvajes.
Hoy martes, no hemos
salido a trabajar. Nos llaman al despacho de los dos comandantes de la guardia
nacional. Estos dos militares están muy sorprendidos por el hecho de que
estemos en El Dorado sin documentos que justifiquen que un tribunal nos haya
enviado aquí. De todas formas, nos prometen pedir mañana explicaciones al
director del penal.
No hemos debido esperar
mucho. Los dos comandantes encargados de la vigilancia de la penitenciaría son,
sin duda, muy severos, incluso puede decirse que exageradamente represivos,
pero son correctos, pues han exigido que el director de la colonia venga en
persona a darnos explicaciones. Ahora, está delante de nosotros, acompañado por
su cuñado, Russian, y por dos oficiales de la guardia nacional.
—Franceses, soy el
director de La Colonia de El Dorado. Habéis querido hablarme. ¿Qué deseáis?
—En primer lugar, saber
qué tribunal nos ha condenado sin escucharnos a una pena en esta colonia de
trabajos forzados. ¿Por cuánto tiempo y por qué delito? Hemos llegado por mar a
Irapa, Venezuela. No hemos cometido el menor delito. Entonces, ¿qué hacemos
aquí? ¿Y cómo justifica usted que se nos obligue a trabajar?
—En primer lugar,
estamos en guerra. Así que debemos saber quiénes sois exactamente.
—Muy bien, pero eso no justifica
nuestra incorporación a su presidio.
—Vosotros sois evadidos
de la justicia francesa, y debemos saber si estáis reclamados por ella.
—Admito eso, pero
vuelvo a insistir: ¿por qué tratarnos como si tuviéramos que purgar una
condena?
—Por el momento, estáis
aquí a causa de una ley de vagos y maleantes en espera de que haya
documentación sobre vosotros para procesaros.
Esta discusión habría
durado mucho rato si uno de los oficiales no hubiese zanjado la cuestión
exponiendo su opinión.
—Director, honradamente
no podemos tratar a estos hombres como a los otros prisioneros. Sugiero que, en
espera de que Caracas sea puesto al corriente de esta situación particular, se
encuentre el medio de emplearlos en otra cosa que no sea el trabajo de la
carretera.
—Son hombres
peligrosos, han amenazado con matar al preso cabo si les pegaba. ¿No es verdad?
—No sólo lo hemos
amenazado, señor director, sino que cualquiera que se divierta pegando a uno de
nosotros será asesinado.
—¿Y si es un soldado?
—Lo mismo. Nosotros no
hemos hecho nada para soportar un régimen semejante. Nuestras leyes y nuestros
regímenes penitenciarios son, tal vez, más horribles e inhumanos que los de
ustedes, pero no consentiremos que se nos golpee como animales.
El director,
volviéndose triunfante hacia los oficiales, dice:
—¡Ven lo muy peligrosos
que son esos hombres!
El comandante de más
edad duda unos instantes. Luego, con gran sorpresa de todos, concluye diciendo:
—Estos fugitivos
franceses tienen razón. Nada en Venezuela justifica que se les obligue a sufrir
una pena y las reglas de esta colonia. Les doy la razón. Así, dos cosas,
director: o usted les encuentra un trabajo aparte de los demás prisioneros, o
no saldrán al trabajo. Mezclados con todo el mundo, algún día serían golpeados
por un soldado.
—Ya lo veremos. Por el
momento, déjelos en el campamento. Mañana, os diré lo que debéis hacer.
Y el director,
acompañado por su cuñado, se retira.
Les doy las gracias a
los oficiales. Nos dan cigarrillos y nos prometen leer, en el informe de la
noche, una nota a los oficiales y soldados, en la que se les hará saber que no
deben pegarnos por ningún motivo. Hace ya ocho días que estamos aquí. No trabajamos.
Ayer domingo, sucedió una cosa terrible. Los colombianos se han echado a
suertes quién debía matar al cabo de vara Negro Blanco. Ha perdido un
colombiano de unos treinta años.
Le han dado una cuchara
de hierro con el mango afilado sobre el cemento, en forma de lanza muy
puntiaguda, cortante por los dos filos. Valientemente, el hombre ha cumplido su
pacto con sus amigos. Acaba de asestar tres puñaladas cerca del corazón de Negro
Blanco. El cabo de vara es llevado urgentemente al hospital, y el asesino,
atado a un poste en medio del campamento. Como locos, los soldados buscan por
todas partes otras armas. Los golpes llueven de todos lados. En su rabia loca,
uno de ellos, como yo no me daba demasiada prisa en quitarme los pantalones, me
ha dado un latigazo en el muslo con su nervio de buey. Barriére agarra un banco
y lo levanta por encima de la cabeza del soldado. Otro soldado le da un
bayonetazo que le atraviesa el brazo cuando, al mismo tiempo, yo le largo al
centinela que me ha golpeado un puntapié en el vientre. Ya he tomado el fusil
del suelo, cuando repentinamente una orden dada en voz alta llega hasta el
grupo:
—¡Deteneos! ¡No toquéis
a los franceses! ¡Francés, deja el fusil!
Es el capitán Flores,
el que nos recibió el primer día, quien acaba de gritar esa orden.
Su intervención ha
llegado en el segundo mismo en que iba a disparar. Sin él, quizá habríamos
matado a uno o dos, pero seguro que hubiéramos dejado la piel, perdida
estúpidamente en un rincón de Venezuela, en un rincón del mundo, en este
presidio donde nada teníamos que hacer.
Gracias a la enérgica
intervención del capitán, los soldados se retiran de nuestro grupo y se van
afuera a satisfacer su sed de sangre. Y es entonces cuando asistimos a la
escena más abyecta que pueda concebirse. El colombiano, atado al poste en el
centro del campamento, es molido a golpes sin cesar por tres hombres a la vez,
un preso cabo y dos soldados. El suplicio dura desde las cinco de la tarde
hasta la mañana siguiente a las seis, al hacerse de día. ¡Se tarda mucho en
matar a un hombre sin nada más que golpes dirigidos contra su cuerpo! Las tres
cortas pausas de esta carnicería se hacen para preguntarle quiénes eran sus
cómplices, quién le había dado la cuchara y quién la había afilado. Este hombre
no denuncia a nadie, ni siquiera ante la promesa de detener el suplicio si
habla. Pierde el conocimiento muchas veces. Lo reaniman arrojándole cubos de
agua. Se llega al colmo a las cuatro de la madrugada. Dándose cuenta de que,
bajo los golpes, la piel ya no reacciona, ni siquiera mediante contracciones,
los verdugos se detienen.
—¿Está muerto?
—pregunta un oficial.
—No lo sabemos.
—Desatadlo y ponedlo a
cuatro patas.
Sostenido por cuatro
hombres está, más o menos, a cuatro patas. Entonces, uno de los verdugos le
asesta un latigazo con el nervio de buey entre las nalgas, y la punta ha ido a
parar seguramente, mucho más adelante de las partes sexuales. Este golpe magistral
de un maestro de la tortura arranca al condenado, al fin, un grito de dolor.
—Continuad —dice el
oficial—, no está muerto.
Hasta que se hizo de
día, le siguieron pegando. Esta paliza, digna de la Edad Media, que hubiera
matado a un caballo, no había conseguido hacer expirar al condenado. Después de
haberlo dejado una hora sin pegarle, y tras haberle arrojado muchos cubos de
agua, tuvo fuerzas, ayudado por unos soldados, para levantarse. Llegó a sostenerse
un momento en pie, solo. Entonces, se presenta el enfermero con un vaso en la
mano.
—Bébete esta purga
—manda un oficial—, te reanimará.
El condenado duda y,
luego, se bebe la purga de un solo trago. Unos minutos después, se desploma
para siempre. Agonizante, sale una frase de su boca:
—Imbécil, te has dejado
envenenar.
Inútil será deciros que
ninguno de los prisioneros, incluidos nosotros, tenía intención de mover un
solo dedo. Todo el mundo, sin excepción, estaba aterrorizado. Es la segunda vez
en mi vida que he sentido deseos de morir. Durante muchos minutos, me sentía
atraído por el fusil que un soldado sostenía descuidadamente no lejos de mí. Lo
que me contuvo fue el pensamiento de que tal vez sería muerto antes de haber
tenido tiempo de maniobrar la culata y disparar. Un mes más tarde, Negro Blanco
estaba de nuevo entre nosotros y, más que nunca, era el terror del campo. Sin
embargo, su destino de espicharla en El Dorado estaba escrito. Un soldado de
guardia, una noche, le dio el alto cuando pasaba cerca de él.
—Ponte de rodillas
—ordena el soldado.
Negro Blanco obedece.
—Reza, que vas a morir.
Le dejó rezar una corta
oración y, luego, lo abatió de tres disparos de fusil. Los prisioneros decían
que el soldado lo había matado, indignado como estaba de ver a aquel verdugo
pegar como un salvaje a los pobres prisioneros. Otros contaban que Negro Blanco
había denunciado a ese soldado a sus superiores, diciéndoles que lo había
conocido en Caracas y que, antes de su servicio militar, era un ladrón. Ha
tenido que ser enterrado junto al condenado, ladrón seguramente, pero un hombre
de una audacia y de un valor poco comunes.
Todos estos
acontecimientos han impedido que se tome una decisión respecto a nosotros. Por
otra parte, los otros prisioneros han permanecido quince días sin salir a
trabajar. Barriére ha sido muy bien cuidado de su bayonetazo por un doctor del
pueblo.
Por el momento, somos
respetados. Chapar salió ayer como cocinero del director, en el pueblo. Guittou
y Barriére han sido liberados, pues han llegado de Francia los informes sobre
todos nosotros. Como de ellos resultaba que ya habían concluido su condena, se
les ha puesto en libertad. Yo había dado un nombre italiano. Pero remiten mi
verdadero nombre con mis huellas y mi condena a perpetuidad; lo mismo para
Deplanque, que tenía veinte años, y para Chapar. Muy orgulloso, el director nos
da la noticia recibida de Francia.
—Sin embargo —nos
dice—, en razón de que no habéis hecho nada malo en Venezuela, vamos a
reteneros durante cierto tiempo, y, luego, se os pondrá en libertad. Pero para
eso, es indispensable que trabajéis y os portéis bien. Estáis en período de
observación.
Hablando conmigo,
muchas veces los oficiales se han lamentado de la dificultad que hay de tener
legumbres frescas en el pueblo. La colonia tiene un campo de cultivo, pero no
legumbres. Se cultiva arroz, maíz, alubias negras y eso es todo. Me ofrezco a
plantarles un huerto de legumbres si me procuran semillas. De acuerdo.
Primera ventaja: nos
sacan del campamento, a Deplanque y a mí, y como han llegado dos relegados
detenidos en Ciudad Bolívar, son añadidos a nosotros. Uno es un parisiense,
Toto, y el otro, un corso. Nos construyen para los cuatro unas bonitas casitas
de madera y hojas de palmera. En una nos instalamos Deplanque y yo; en la otra,
nuestros dos camaradas.
Toto y yo hacemos unas
mesas altas cuyas patas están metidas en botes llenos de petróleo, para que las
hormigas no se coman las simientes. Muy pronto, tenemos matas robustas de
tomates, berenjenas, melones y alubias verdes. Comenzamos a trasplantarlas a cuadros
de huerto, pues los brotes ya son lo bastante fuertes como para resistir a las
hormigas. Para plantar los nuevos tomates, cavamos una especie de foso todo
alrededor, que a menudo estará lleno de agua. Eso los mantendrá siempre húmedos
e impedirá a los parásitos, numerosos en esta tierra virgen que puedan llegar
hasta nuestras matas.
—Caramba,¿qué es esto?
—me dice Toto . Mira ese pedrusco cómo brilla.
—Lávalo, macho.
Me lo pasa. Es un
cristalito del tamaño de un garbanzo. Una vez lavado, brilla aún más en la
parte donde su ganga se ha roto, pues está rodeado por una especie de corteza
de arenisca dura.
—¿No será un diamante?
—Cierra el pico, Toto.
No es el momento de pregonarlo, si es un brillante. ¿Te imaginas si hubiéramos
tenido la suerte de encontrar una mina de diamantes? Aguardemos la noche y
esconde eso.
Por la noche, le doy
lecciones de Matemáticas a un cabo (hoy coronel) que prepara unas oposiciones
para ascender a oficial. Este hombre, de una nobleza y una rectitud a toda
prueba (me lo ha demostrado durante más de veinticinco años de intimidad. es
ahora el coronel Francisco Bolagno Utrera.
—Francisco, ¿qué es
esto? ¿Cristal de roca?
—No dice tras haberlo
examinado minuciosamente—. Es un diamante. Escóndelo bien y no se lo dejes ver
a nadie. ¿Dónde lo has encontrado?
—Bajo mis matas de
tomates.
—Es extraño. ¿No lo
habrás traído cuando subías agua del río? ¿Arrastras el cubo por el fondo y,
con el agua, coges un poco de arena?
—Sí, suelo hacerlo.
—Entonces, seguramente
es eso. El brillante lo has subido del río, el río Caroní. Puedes buscar, pero
toma precauciones para ver si has traído otros, pues nunca se encuentra una
sola piedra preciosa. Donde se encuentra una, obligatoriamente hay otras.
Toto se pone a trabajar.
Nunca había trabajado
tanto en su vida, hasta el punto de que nuestros dos camaradas, a los que nada
habíamos contado, decían:
—Deja de matarte, Toto,
que vas a espicharla de tanto subir cubos de agua del río. ¡Y encima te traes
hasta arena!
—Es para aligerar la
tierra, compañero —respondía Toto—. Mezclándola con arena, filtra mejor el
agua.
Toto, a pesar de las
bromas de todos nosotros, continúa acarreando cubos sin parar. Un día, en pleno
mediodía, después de un viaje, se rompe la crisma ante nosotros, que estamos
sentados a la sombra. Y de la arena vertida surge un brillante grueso como dos
garbanzos. La ganga, otra vez, está rota, sin lo cual no se vería. Comete el
error de agarrarlo demasiado aprisa.
—Caramba,¿no será un
diamante? Unos soldados me han dicho que en el río hay diamantes y oro.
—Por eso acarreo tanta
agua. ¡No creeréis que soy tan idiota como todo eso! —dice, contento de
justificar, al fin, por qué trabaja tanto.
En resumen, que en seis
meses, para terminar la historia de los brillantes Toto, es poseedor de siete a
ocho quilates de brillantes. Yo tengo una docena además de treinta piedrecitas,
lo que los transforma en "comercial" en la jerga de los mineros.
Pero, un día, encuentro uno de más de seis quilates que, tallado más tarde en
Caracas, ha dado casi cuatro quilates. Lo conservo aún, y lo llevo día y noche
en el dedo. Deplanque y Antartaglia también han reunido algunas piedras
preciosas. Yo conservo aún el estuche del presidio y las he metido dentro.
Ellos, con unas puntas de cuerno de buey, se han fabricado una especie de
estuches que les sirven para guardar estos pequeños tesoros. Nadie sabe nada,
excepto el futuro coronel, el cabo Francisco Bolagno. Los tomates y las otras
plantas han crecido. Escrupulosamente, los oficiales nos pagan nuestras
legumbres, que llevamos todos los días al comedor de oficiales.
Tenemos una libertad
relativa. Trabajamos sin ningún guardia y dormimos en nuestras dos casitas.
jamás vamos al campamento. Somos respetados y nos tratan con consideración. Por
supuesto, insistimos cada vez que podemos cerca del director para que nos ponga
en libertad. Y cada vez nos responde: "Pronto", pero hace ocho meses
que estamos aquí y no pasa nada. Entonces, empiezo a hablar de fuga. Toto no
quiere saber nada. Los demás, tampoco. Para estudiar el río, me he procurado
cordel de pescar y un anzuelo. Así vendo pescado, en particular los famosos
caribes, peces carnívoros que llegan a pesar un kilo y que tienen dientes
dispuestos como los de los tiburones e igual de terribles.
Hoy, zafarrancho.
Gaston Duranton, llamado Torcido, se las ha pirado llevándose —setenta mil
bolívares de la caja fuerte del director. Este preso tiene una historia
original.
De niño estaba en el
correccional de la isla de Oléron, donde trabajaba como zapatero en el taller.
Un día, la correa de cuero que sujeta el zapato a su rodilla y pasa por debajo
del pie, se rompe. Se fractura la cadera. Mal atendido, la cadera sólo se suelda
a medias y, durante toda su vida de niño y una parte de su vida de hombre, va
torcido. Era penoso verle caminar: aquel muchacho delgado y deforme no podía
avanzar más que arrastrando aquella pierna que se negaba a obedecer. Sube al
presidio a los veinticinco años. No hay nada sorprendente en el hecho de que
tras las prolongadas estancias en el correccional haya salido ladrón.
Todo el mundo le llama
Torcido. Casi nadie conoce su nombre, Gaston Duranton. Torcido es, Torcido le
llaman. Pero, por muy deforme que sea, se evade del presidio y llega hasta
Venezuela. Era en tiempos del dictador Gómez. Pocos presidiarios han sobrevivido
a su represión. Salvo raras excepciones, entre ellas el doctor Bougrat, porque
salvó a toda la población de la isla de las perlas, Margarita, donde había una
epidemia de fiebre amarilla.
Torcido, detenido por
la sagrada Policía especial de Gómez fue enviado a trabajar en las carreteras
de Venezuela. Los prisioneros franceses y venezolanos eran encadenados a bolas
de hierro en las que estaba grabada la flor de lis de Tolón. Cuando los hombres
reclamaban, se les decía: "¡Pero si estas cadenas estas esposas y estas
bolas vienen de tu país! Mira la flor de lis." En resumen, que Torcido se
evade del campamento volante don de trabajaba en la carretera. Atrapado unos
días más tarde, lo devuelven a esa especie de presidio ambulante. Delante de
todo los presos, lo ponen boca abajo, en cueros, y lo condenan a recibir cien
latigazos de nervio de buey.
Es extremadamente raro
que un hombre resista más de ochenta golpes. La suerte que tiene es que es
delgado, porque, puesto boca abajo, los golpes no pueden alcanzarle el hígado,
parte que estalla si se le pega encima. Es costumbre, después de esta flagelación,
en que las nalgas quedan como machacadas, echar sal a las heridas y dejar al
hombre al sol. Sin embargo, le cubren la cabeza con una gruesa hoja de planta,
pues se acepta que muera por los golpes, pero no de una insolación.
Torcido sale con vida
de este suplicio de la Edad Media, y cuando se levanta por primera vez,
sorpresa, ya no está torcido. Los golpes le han roto la mala soldadura en falso
y le han puesto la cadera en su sitio. Soldados y prisioneros gritan milagro y
nadie comprende. En este país supersticioso, se cree que Dios ha querido
recompensarle así por haber resistido dignamente las torturas. Desde ese día,
le quitan los hierros y la bola. Se le protege y trabaja como aguador de los
forzados. Pronto se desarrolla, y comiendo mucho, se convierte en un muchacho
alto y atlético.
Francia supo que los
presos trabajaban en la construcción de carreteras en Venezuela. Pensando que
esas energías serían mejor empleadas en la Guayana francesa, el mariscal
Franchet d'Esperey fue comisionado para pedirle al director, feliz por aquella
mano de obra gratuita, que se aviniera a devolver a aquellos hombres a Francia.
Gómez acepta y un barco
acude a buscarlos a Puerto Cabello. Entonces, allí, se producen episodios
terribles, pues hay hombres que proceden de otros lugares y no conocen la
historia de Torcido.
—¡Eh! Marcel, ¿qué tal?
—¿Quién eres?
—El Torcido.
—Tú bromeas. ¿Me tomas
el pelo? —respondían todos los interpelados al ver a aquel buen mozo, alto y
hermoso, bien plantado sobre sus piernas bien rectas.
Torcido, que era joven
y bromista, no dejó durante todo el embarco de interpelar a todos cuantos
conocía. Y todos, por supuesto, no admitían que El Torcido se hubiera estirado.
De regreso al presidio, conocí esta historia por su propia boca y la de los demás,
en Royale. Evadido de nuevo en 1943, viene a parar a El Dorado. Como había
vivido en Venezuela, claro que sin decir que siempre había estado preso, le
habían empleado en seguida como cocinero en lugar de Chapar, convertido en
hortelano. Estaba en el pueblo, en casa del director, o sea, al otro lado del
río.
En el despacho del
director, se encontraba una caja fuerte y el dinero de la colonia. Así, pues,
ese día roba setenta mil bolívares que valían, en aquel tiempo, casi veinte mil
dólares. De ahí el zafarrancho en nuestro huerto: el director, el cuñado del director
y los dos comandantes encargados de la vigilancia. El director quiere
devolvernos al campamento. Los oficiales se niegan. Nos defienden tanto a
nosotros como a su aprovisionamiento de legumbres. Al final, conseguimos
convencer al director de que no tenemos ningún informe que darle, porque, de
saber algo, nos hubiéramos marchado con él, pero que nuestro objetivo es ser
libres en Venezuela y no en la Guayana inglesa, la única región a donde él ha
podido dirigirse. Guiados por las aves de presa que lo devoraban, encontraron a
Torcido muerto a más de setenta kilómetros, en la selva, muy cerca de la
frontera inglesa.
La primera versión, la
más cómoda, es que había sido asesinado por los indios. Mucho más tarde, un
hombre fue detenido en Ciudad Bolívar. Cambiaba billetes de quinientos
bolívares que eran demasiado nuevos. El Banco que los había entregado al
director de la colonia de El Dorado poseía la serie de los números y vio que se
trataba de billetes robados. El hombre confesó y denunció a otros dos que nunca
fueron arrestados. Esta es la vida y el fin de mi buen amigo Gaston Duranton,
llamado El Torcido.
Clandestinamente,
ciertos oficiales han puesto prisioneros a buscar oro y diamantes en el río
Caroni. Los resultados fueron positivos, sin descubrimientos fabulosos, pero
suficientes para estimular a los buscadores. Al fondo de mí huerto, dos hombres
trabajan todo el día con la "artesa", un sombrero chino vuelto del
revés, con la punta para abajo y el borde arriba. La llenan de tierra y la
lavan. Como el diamante es lo más pesado de todo se queda en el fondo del
"sombrero". Ha habido ya un muerto. Robaba a su "patrón".
Este pequeño escándalo ha puesto punto final a esa "mina"
clandestina.
En el campamento hay un
hombre que tiene el torso tatuado por completo. En el cuello lleva escrito:
"Mierda para el peluquero." Tiene paralizado el brazo derecho. Su
boca torcida y una lengua gruesa que a menudo le cuelga y babea, indican con meridiana
claridad que ha sufrido un ataque de hemiplejía. ¿Dónde? No se sabe. Estaba
aquí antes que nosotros. ¿De dónde viene? Lo que es seguro es que se trata de
un presidiario o un relegado evadido. En su pecho lleva tatuado "Bat
dAf": Eso y el "Mierda para el peluquero" detrás de su cuello
permiten, sin que quepa duda, reconocer en él a un duro.
Los guardianes y los
prisioneros le llaman Picolino. Le tratan bien y recibe escrupulosamente la
comida tres veces al día, y también cigarrillos. Sus ojos azules viven
intensamente y su mirada no siempre está triste. Cuando mira a alguien a quien
estima, sus pupilas brillan de alegría. Comprende todo cuanto le dicen, pero no
puede hablar ni escribir: su brazo derecho paralizado no se lo permite, y en la
mano izquierda le faltan el pulgar y otros dos dedos. Esa ruina humana
permanece horas pegada a los alambres de espino esperando que yo pase con
legumbres, pues éste es el camino que tomo para ir al comedor de oficiales.
Así, pues, cada mañana, cuando llevo mis legumbres, me paro a hablar con
Picolino. Apoyado en los alambres de espino, me mira con sus hermosos ojos
llenos de vida en su cuerpo casi muerto. Le digo palabras amables, y con su
cabeza o sus párpados me da a entender que ha captado toda mi conversación. Su
pobre rostro paralizado se ilumina un momento y sus ojos brillan queriendo
expresarme quién sabe cuántas cosas. Siempre le llevo alguna chuchería de
comer: una ensalada de tomates, lechuga, cohombro preparado con una salsa
vinagreta, o un meloncito, o un pescado a la brasa. No tiene hambre, pues la
comida es copiosa en el presidio venezolano, pero así cambia del menú oficial.
Algunos cigarrillos completan siempre mis pequeños regalos. Se ha convertido en
una costumbre fija esa corta visita a Picolino, hasta el punto de que los
soldados y los prisioneros le llaman el hijo de Papillon.
La libertad
Cosa extraordinaria,
los venezolanos son tan encantadores, tan cautivadores, que tomo la decisión de
confiar en ellos. No me fugaré. Como prisionero acepto esta situación anormal,
en espera de formar parte, algún día, de su pueblo. Eso parece paradójico. La
salvaje forma que tiene de tratar a los prisioneros no es como para animarme,
sin embargo, a vivir en su sociedad, pero comprendo que encuentran normales los
castigos corporales, tanto los prisioneros como los soldados. Si un soldado
comete una falta, también a él se le administran varios azotes con el nervio de
buey. Y, algunos días más tarde, ese mismo soldado habla con el mismo cabo,
sargento u oficial que le golpeó, como si no hubiese sucedido nada.
Ese bárbaro sistema les
ha sido transmitido por el dictador Gómez, quien los rigió así durante muchos
años. Y la costumbre ha quedado, hasta el punto de que un jefe civil castiga a
los habitantes que están bajo su jurisdicción de esa forma, con unos cuantos
azotes con el nervio de buey.
Gracias a una
revolución, me encuentro en vísperas de ser liberado. Un golpe de Estado medio
civil, medio militar, ha hecho caer al presidente de la república, el general
Angarita Medina, uno de los mayores liberales que ha conocido Venezuela. Era
tan bueno, tan demócrata, que no supo o no quiso resistir el golpe de Estado.
Al parecer, se negó categóricamente a hacer que corriera la sangre entre
venezolanos para mantenerse en su puesto. Ciertamente, este gran militar
demócrata no estaba al corriente de lo que sucedía en El Dorado.
De todas maneras, un
mes después de la revolución, destituyen a todos los oficiales. Se ha abierto
una encuesta sobre la muerte del colombiano a causa de la "purga".
El director y su cuñado
desaparecen para ser sustituidos por un antiguo diplomático y abogado.
—Sí, Papillon, mañana
le pondré en libertad, pero quisiera que se llevara con usted a ese pobre de
Picolino por quien se interesa. No tiene identidad, así que le buscaré una. En
cuanto a usted, aquí tiene su cédula perfectamente en regla, con su verdadero
nombre. Las condiciones son las siguientes: debe usted vivir en un pueblo
durante un año antes de poderse instalar en una gran ciudad. Será una especie
de libertad no vigilada, pero en la que se le podrá ver vivir y darse cuenta de
la manera como se defiende en la vida. Si, como creo, al cabo de un año el jefe
civil del pueblo le da un certificado de buena conducta, entonces él mismo
pondrá fin a su confinamiento. Creo que Caracas sería para usted una ciudad
ideal. De todas formas, está autorizado para vivir legalmente en el país. Su
pasado ya no cuenta para nosotros. Es cuenta suya demostrar que es digno de que
se le dé una oportunidad de ser otra vez un hombre respetable. Espero que antes
de cinco años sea usted mi compatriota mediante una nacionalización que le dará
una nueva patria. ¡Que Dios le acompañe! Gracias por quererse ocupar de esa
ruina de Picolino. No puedo ponerlo en libertad más que si alguien firma que se
encarga de él. Esperemos que en un hospital pueda curarse.
Mañana por la mañana, a
las siete, acompañado por Picolino, debo salir verdaderamente libre. Me embarga
una gran emoción porque, por fin, he vencido para siempre "el camino de la
podredumbre".
Es el 18 de octubre de
1945. Hace trece años que esperaba este día.
Me he retirado a mi
casita del huerto. Me he excusado con mis camaradas, pero tengo necesidad de
estar solo. La emoción es demasiado grande y demasiado hermosa para
exteriorizarla ante testigos. Doy vueltas y más vueltas a mi tarjeta de
identidad que me ha entregado el director: mi fotografía en el ángulo
izquierdo, y, arriba, el número 1728629, expedida el 3 de julio de 1944. En la
mitad, mi apellido; debajo, mi nombre. Detrás, la fecha de nacimiento: 16 de
noviembre de 1906. El documento de identidad está perfectamente en regla, y
hasta está firmado y sellado por el director de Identificación. Situación en
Venezuela: "residente". Es formidable que esta palabra,
"residente", quiera decir que estoy avecindado en Venezuela. Mi
corazón late fuertemente. Quisiera arrodillarme para rezar y dar las gracias a
Dios. No sabes rezar y no estás bautizado. ¿A qué Dios vas a dirigirte, puesto
que no perteneces a ninguna religión determinada? ¿Al buen Dios de los
católicos? ¿Al de los protestantes? ¿Al de los judíos? ¿Al de los mahometanos?
¿A cuál voy a elegir para dedicarle mi plegaria, que voy a tenerme que inventar
porque no sé ninguna oración? Pero, ¿por qué busco a que Dios dirigirme? ¿No he
pensado siempre, cuando lo he invocado en mi vida, o maldecido, en ese Dios del
niño Jesús en su cuna, con la mula y el buey alrededor de él? ¿Acaso en mi
subconsciente aún guardo rencor hacia las buenas hermanas de Colombia? ¿Y por
qué no pensar tan sólo en el único, en el sublime obispo de Curasao, monseñor
Irénée de Bruyne y, más lejos aún, en el buen sacerdote de la Conciergerie?
Mañana seré libre,
completamente libre. Dentro de cinco años, me nacionalizaré venezolano, pues
estoy seguro de que no cometeré ninguna falta en esta tierra que me ha dado
asilo y ha confiado en mí. Debo ser en la vida dos veces más honrado que todo
el mundo.
En efecto, soy inocente
de la muerte por la que un fiscal, unos polis y doce enchufados del jurado me
mandaron a los duros, pero eso sólo pudo suceder porque yo era un truhán. Se
pudo tejer fácilmente alrededor de mi personalidad ese fárrago de mentiras porque
YO era, de veras, un aventurero. Abrir las cajas fuertes ajenas no es una
profesión muy recomendable, y la sociedad tiene el derecho y el deber de
defenderse. Si pude ser lanzado al camino de la podredumbre fue porque, debo
reconocerlo honradamente, era candidato permanente a ser enviado a él un día.
Que ese castigo no sea digno de un pueblo como Francia, que una sociedad tenga
el deber de defenderse y no de vengarse con tanta bajeza, eso ya es otro
cantar. Mi pasado no puede borrarse de un plumazo; debo rehabilitarme ante mí
mismo, ante mis propios ojos en primer lugar, y ante los de los demás a
continuación. Así que dale las gracias a ese buen Dios de los católicos, Papi,
y prométele algo muy importante.
—Buen Dios, perdóname
si no sé rezar, pero mira en mí y leerás que no tengo palabras suficientes para
expresarte mi reconocimiento por haberme traído hasta aquí. La lucha ha sido
dura, subir el calvario que me han impuesto los hombres no ha sido muy fácil, y
bien es verdad que si he podido superar todos los obstáculos y continuar
viviendo con buena salud hasta ese día bendito, es porque Tú tenías puesta tu
mano sobre mí para ayudarme. ¿Qué podría hacer para demostrar que te estoy
sinceramente agradecido por tus bondades?
—Renunciar a tu
venganza.
¿He oído o he creído
oír esa frase? No lo sé, pero ha venido tan brutalmente a abofetearme en plena
mejilla, que casi admitiría haberla oído de veras.
—¡Oh, no, eso no! No me
pidas eso. Esa gente me ha hecho sufrir demasiado. ¿Cómo quieres que perdone a
los policías equívocos y al falso testigo de Polein? ¿Renunciar a arrancarle la
lengua al inhumano fiscal? Eso no es posible. Me pides demasiado. ¡No, no y no!
Lamento contrariarte, pero a ningún precio dejaré de consumar mi venganza.
Salgo, temo ceder, no
quiero abdicar. Doy algunos pasos por mi huerto. Toto apareja unas matas de
alubias trepadoras para que se enrollen alrededor de las cañas. Los tres se
acercan a mí: Toto, el parisiense lleno de esperanza de los bajos fondos de la
rue de Lappe, Antartaglia, el carterista nacido en Córcega, pero que despojó
durante muchos años a los parisienses de sus portamonedas, y Deplanque, el
dijonés que asesinó a un rufián como él. Me miran y sus rostros están llenos de
gozo por verme libre al fin. Sin duda, pronto les tocará el turno a ellos.
—¿No te has traído del
pueblo una botella de vino o de ron para festejar tu partida?
—Perdonadme, pero
estaba tan emocionado que ni siquiera he pensado en ello. Excusadme este
olvido.
—¿Qué dices? exclama
Toto—. No hay nada que perdonar, voy a hacer un buen café para todos.
—Estás contento, Papi,
porque al fin eres definitivamente libre después de tantos años de lucha. Nos
sentimos felices por ti.
—Pronto os tocará el
turno a vosotros, ya veréis.
—Seguro—dice Toto —. El
capitán me ha dicho que cada quince días saldrá libre uno de nosotros. ¿Qué vas
a hacer, una vez en libertad?
He dudado uno o dos
segundos, pero, audazmente, pese al temor de parecer un poco ridículo ante este
relegado y los dos duros, respondo:
—¿Qué voy a hacer? Pues
bien, no es complicado: me pondré a trabajar y seré siempre honrado. En este
país que ha confiado en mí, me daría vergüenza cometer un delito.
En lugar de una
respuesta irónica, me quedo sorprendido cuando los tres al mismo tiempo,
confiesan:
—Yo también he decidido
vivir decentemente. Tienes razón, Papillon, será duro, pero vale la pena, y
estos venezolanos— merecen que se les respete.
No doy crédito a mis
oídos. ¿Toto, el granuja de los bajos fondos de la Bastilla, tiene semejantes
ideas? ¡Es desconcertante! ¿Antartaglia, que durante toda su larga vida ha
vivido revolviendo en los bolsillos ajenos, reacciona así? Es maravilloso. ¿Y
es posible que Deplanque, chulo profesional, no tenga entre sus proyectos la
idea de encontrar a una mujer para explotarla? Aún es más sorprendente. Todos
nos echamos a reír al mismo tiempo.
—¡Ah! ¡Esta sí es
buena! Si mañana vuelves a Montmartre, a la place Blanche, y cuentas esto,
nadie va a creerte.
Los hombres de nuestro
ambiente, sí. Lo comprenderían, macho. Los que no querrían admitirlo serían los
cabritos. La gran mayoría de los franceses no admiten que un hombre, con el
pasado que nosotros tenemos, pueda convertirse en una persona decente en todos
los sentidos. Esta es la diferencia entre el pueblo venezolano y el nuestro. Os
he contado la tesis de aquel tipo de Irapa, un pobre pescador, cuando le
explicaba al prefecto que un hombre nunca está perdido, que es preciso darle
una oportunidad para que, ayudándole, se convierta en un hombre honrado. Esos
pescadores casi analfabetos del golfo de Paria, en un rincón del mundo,
perdidos en ese inmenso estuario del Orinoco, tienen una filosofía humanista de
la que carecen muchos de nuestros compatriotas. Demasiados progresos mecánicos,
una vida agitada, una sociedad que sólo tiene un ideal: nuevas invenciones
mecánicas, una vida cada vez más fácil y mejor. Saborear los descubrimientos de
la ciencia, como se lame un helado, engendra la sed de una comodidad mayor y la
lucha constante para llegar a ella. Todo eso mata el alma, la conmiseración, la
comprensión, la nobleza. No hay tiempo para ocuparse de los demás, y mucho
menos de los reincidentes. E incluso las autoridades de ese rincón de selva son
distintas de las nuestras, porque también son responsables de la tranquilidad
pública. Pese a todo, corren el riesgo de tener graves preocupaciones, pero
deben pensar que vale la pena arriesgarse un poco para salvar a un hombre. Y
eso…, eso es magnífico.
Tengo un hermoso traje
azul marino que me ha regalado mi alumno, el hoy coronel. Se fue a la escuela
de oficiales hace un mes, después de haber ingresado entre los tres primeros de
la oposición. Me siento feliz de haber contribuido un poco a su éxito mediante
las lecciones que le di. Antes de irse, me regaló unas ropas casi nuevas que me
sientan muy bien. Saldré vestido correctamente gracias a él, a Francisco
Bolagno, cabo de la guardia nacional, casado y padre de familia.
Este oficial superior,
actualmente coronel de la guardia nacional, me ha honrado durante veintiséis
años con su amistad, tan noble como indefectible. Representa, en verdad, la
rectitud, la nobleza y los sentimientos más elevados que pueda poseer un hombre.
jamás, a pesar de su elevada posición, en la jerarquía militar, ha cesado de
testimoniarme su fiel amistad, ni de ayudarme para lo que fuese. Le debo mucho
al coronel Francisco Bolagno Utrera.
Sí, haré lo imposible
para ser y seguir siendo honrado. El único inconveniente es que nunca he
trabajado y no sé hacer nada. Tendré que dedicarme a lo que sea para ganarme la
vida. Eso no me será fácil, pero lo conseguiré, estoy seguro. Mañana seré un hombre
como los demás. Has perdido la partida, fiscal: he salido definitivamente del
camino de la podredumbre.
Doy vueltas y más
vueltas en mi hamaca, con el nerviosismo de la última noche de mi odisea de
prisionero. Me levanto, atravieso mi huerto que tan bien he cuidado durante
estos meses pasados. La luna ilumina como en pleno día. El agua del río fluye
en silencio hacia la desembocadura. No hay cantos de aves, duermen. El cielo
está lleno de estrellas, pero la luna brilla tanto, que es preciso volverle la
espalda para distinguir las estrellas. Frente a mí, la selva, abierta tan sólo
por el calvero donde se ha edificado la aldea de El Dorado. Esta paz profunda
de la Naturaleza me serena. Mi agitación se calma poco a poco, y la serenidad
del momento me da la tranquilidad que necesito.
Llego a imaginar muy
bien el lugar donde, mañana, desembarcaré de la barcaza para poner pie en la
tierra de Simón Bolívar, el hombre que liberó a este país de la dominación
española y que legó a sus hijos los sentimientos de humanidad y comprensión que
hacen que hoy, gracias a ellos, pueda yo comenzar a vivir de nuevo.
Tengo treinta y siete
años; aún soy joven. Mi estado físico es perfecto. jamás he estado gravemente
enfermo y mi equilibrio mental es, creo, completamente normal. El camino de la
podredumbre no ha dejado marcas degradantes en mí. Sobre todo, creo, porque
nunca le pertenecí verdaderamente.
No sólo tendré que
encontrar la manera de ganarme la vida en las primeras semanas de mi libertad,
sino que deberé cuidar también, y hacer vivir, al pobre Picolino. Es una grave
responsabilidad que he contraído. Sin embargo, y pese a que va a ser una pesada
carga, cumpliré la promesa que le hice al director y no dejaré a este
desdichado hasta que haya podido ingresar en un hospital, en manos competentes.
¿Debo comunicar a mi
papá que estoy libre? No sabe nada de mí desde hace años. ¿Saber dónde está?
Las únicas noticias que ha tenido respecto a mí son las visitas de los
gendarmes con ocasión de mis fugas. No, no debo darme prisa. No tengo derecho a
poner en carne viva la llaga que quizá los años pasados hayan casi cicatrizado.
Escribiré cuando esté bien, cuando haya adquirido una situacioncita estable,
sin problemas, en la cual podré decir: "Padrecito, tu chico está libre, se
ha convertido en un hombre bueno y honrado. Vive así y así. Ya no tienes por
qué bajar la cabeza por él, y por eso te escribo diciéndote que continúo
amándote y venerándote."
Estamos en guerra, y
¿quién sabe si los boches se han instalado en mí pueblecito? El Ardéche no es
una parte muy importante de Francia. La ocupación no debe ser completa. ¿Qué
habrían de ir a buscar allí, excepto castañas? Sí, sólo cuando sea digno de hacerlo
escribiré o, más bien, trataré de escribir a mi casa.
¿Adónde voy a ir,
ahora? Me estableceré en las minas de oro de un pueblo que se llama El Callao.
Allí viviré el año que me han pedido que pase en una pequeña comunidad. ¿Qué
voy a hacer? ¡Cualquiera sabe! No empieces a plantearte problemas por
adelantado. Si tienes que picar la tierra para ganarte el pan, lo harás, y
sanseacabó. En primer lugar, debo aprender a vivir en libertad. Desde hace
trece años, aparte de los pocos meses en Georgetown, no he tenido que ocuparme
de ganarme el sustento. Sin embargo, en Georgetown no me defendí mal. La
aventura continúa, y corre de mi cuenta inventarme trucos para vivir, sin hacer
daño a nadie, por supuesto. Ya veré. Así, pues, mañana a El Callao.
Las siete de la mañana.
Un hermoso sol de los trópicos, un cielo azul sin nubes, los pájaros que cantan
su alegría de vivir, mis amigos reunidos a la puerta de nuestro huerto,
Picolino vestido pulcramente de civil y bien afeitado. Todo: Naturaleza, animales
y hombres respiran alegría y celebran mi libertad. Con el grupo de mis amigos
está también un teniente, que nos acompañará hasta el pueblo de El Dorado.
—Abracémonos dice
Toto—, y vete. Será mejor para todos.
—Adiós, queridos
compañeros; cuando paséis por El Callao, buscadme. Si tengo una casa mía, será
la vuestra.
—¡Adiós, Papi, buena
suerte!
Rápidamente, llegamos
al embarcadero y montamos en la barcaza. Picolino ha caminado muy bien. Sólo en
lo alto de la cadera está paralizado, pero las piernas le funcionan bien. En
menos de quince minutos, hemos vadeado el río.
—Aquí están los papeles
de Picolino. Buena suerte, franceses. En este momento, sois libres. ¡Adiós!
Simplemente. Y no es
más difícil, no, abandonar las cadenas que arrastramos desde hace trece años.
"Desde este momento, sois libres." Os vuelven la espalda, abandonando
así vuestra vigilancia. Y eso es todo. El camino de guijarros que asciende del
río lo escalamos en seguida. No tenemos más que un paquete pequeñísimo donde
van tres camisas y un pantalón de recambio. Llevo el traje azul marino, una
camisa blanca y una corbata azul que hace juego con el traje.
Pero la duda existe, no
se rehace una vida como quien cose un botón. Y si hoy en día, veinticinco años
después, estoy casado, con una hija, feliz en Caracas, como ciudadano
venezolano, es a través de muchas otras aventuras, éxitos y fracasos, pero como
hombre libre y ciudadano honrado. Tal vez las cuente un día, así como otras
historias más triviales que no he tenido sitio para incluirlas aquí.
FIN
NOTAS
1 10 000 francos de 1932, o sea, aproximadamente, 5000
francos de 1969.
2 Baron (con una "t") significa Palo.
3 Cuatrocientos cincuenta gramos de pan y un litro de
agua.
4 Servicio de espionaje. (Nota del traductor)
5 ¿De dónde vienen ustedes? —De la Guayana francesa.
6 Buen capitán, larga travesía en pequeña embarcación.
7 Golfillo de Paris.
8 Juego de naipes.
9 Buenas tardes.


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