© Libro N° 4036. Billar A Las Nueve Y Media. Böll, Heinrich. Colección E.O. Agosto 5 de 2017.
Título
original: © Billard am Halb Zehn
Versión Original: © Billar A Las Nueve Y Media. Heinrich
Böll
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© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
BILLAR A LAS NUEVE Y MEDIA
Heinrich Böll
Annotation
Billar a las nueve y media es una obra ambiciosa y escrita
con gran rigor literario, en la que, partiendo de la historia de tres
generaciones de arquitectos, el primero de los cuales erige la soberbia abadia
de Sankt Anton, a principios de siglo, el segundo la arrasa por orden de su
general en 1942, y el tercero la reconstruye, se ofrece una visión aceradamente
crítica de esa Alemania del siglo XX que, en aras de la gloria militar y de la
prosperidad material, simbólicamente designadas como el "sacramento del
búfalo", ha sacrificado y escarnecido tantas veces los principios de la
moral y el respeto a la libertad de los hombres, simbolizados en el
"sacramento del cordero"
Heinrich Böll
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Aquella mañana, por primera vez, Fähmel estuvo descortés
con ella, casi grosero. La telefoneó a eso de las once y media, y ya el timbre
de su voz le hizo presentir algo desagradable; no estaba acostumbrada a
aquellas modulaciones, y precisamente porque sus palabras se mantenían
perfectamente correctas, la asustó el tono de la voz: toda su cortesía quedaba
reducida a fórmulas, como si, en lugar de agua, le hubiese ofrecido H2O.
—Por favor —dijo—, ¿quiere buscar en su escritorio la
tarjeta encarnada que le di hace cuatro años? Con la mano derecha, Leonore tiró
del cajón de su escritorio, empujó a un lado una tableta de chocolate, el paño
de lana y el limpia-metales, y sacó la tarjeta encarnada. —Por favor, lea en
voz alta lo que dice la tarjeta—. Y ella leyó con voz temblorosa: «Estoy en
todo momento a disposición de mi madre, mi padre, mi hija, mi hijo y el señor
Schrella; no estoy para-nadie más».
—¿Quiere repetir la última frase, por favor? —y ella
repitió—: No estoy para nadie más—. Y además, ¿cómo sabía usted que el número
de teléfono que le di era el del hotel Prinz Heinrich? -Leonore no contestó—.
Perdone, pero insisto en que se atenga-usted a mis indicaciones aun que se las
diera hace cuatro años..., por favor.
Ella no contestó.
—Fue una tontería... —¿Se había olvidado de añadir esta
vez «por favor»?
Leonore oyó murmullos, luego una voz que gritaba «taxi,
taxi», el silbido del guardia de la circulación, dejó el auricular, puso la
tarjeta en el centro del escritorio y se sintió casi aliviada; aquella rudeza,
la primera en el transcurso de cuatro años, resultaba algo así como un gesto
cariñoso.
Cuando no podía fijar la atención o estaba cansada del
ritmo extremadamente preciso de su trabajo, salía fuera a limpiar la placa de
latón: «Dr. Robert Fähmel, Oficina de cálculos estáticos, cerrado por las
tardes». Los vapores del ferrocarril, los gases de escape, el polvo de la
calle, le daban cada día ocasión de sacar el paño de lana y el limpiametales
del cajón, y a Leonore la encantaba prolongar aquellos minutos de limpieza
hasta un cuarto de hora o incluso media hora. Al otro lado de Modestgasse, en el
número 8, detrás de las ventanas polvorientas, podía ver las prensas que,
incansables, imprimían cosas edificantes sobre papel blanco; las sentía
trepidar y creía hallarse transportada a bordo de un buque que navegaba o que
está a punto de zarpar. Camiones, aprendices, monjas; vida en la calle, cajas
en la puerta de la tienda de verduras: naranjas, tomates, coles. Y en la casa
contigua, ante la tienda de Gretz, dos aprendices colgaban, en aquel momento,
un jabalí: la sangre oscura goteaba sobre el asfalto. Leonore amaba el bullicio
y la suciedad de la calle. Un sentimiento de rebeldía le subía, por momentos, a
la cabeza y la hacía pensar en abandonar el empleo; trabajar en cualquier
tienda sucia, confinada en un patio interior, donde se vendieran cables eléctricos,
especias o cebollas, donde un dueño desaseado, con los tirantes de los
pantalones colgando, preocupado por los vencimientos, se permitiría franquezas
que, por lo menos, se podrían rehusar; donde habría que sostener una batalla
para obtener una hora de permiso para ir al dentista, donde se haría una
colecta para el regalo de boda de una compañera, para comprar un cuadrito de
bendición del hogar o un libro sobre el amor; donde:as bromas groseras de los
compañeros le recordarían a una que había permanecido intachable. Vida, y no
ese orden inmaculado, ese jefe, impecablemente vestido e impecablemente
correcto, pero que a ella le infundía miedo; Leonore sospechaba desprecio
detrás de aquella cortesía de la que participaban todos cuantos tenían tratos
con él. Pero ¿con quién tenía tratos, además de con ella? Hasta donde podía
recordar, jamás le había visto hablar con nadie, salvo con su padre, su hijo y
su hija. Jamás había visto a su madre, que vivía en otro sitio: en un sanatorio
para enfermos mentales; y ese señor Schrella, que figuraba también en la
tarjeta encarnada, jamás había preguntado por él. Fähmel no tenía hora de
visita; a los clientes que llamaban por teléfono, ella estaba encargada de
rogarles que se le dirigieran por carta.
Si descubría algún error en su trabajo, se limitaba a
hacer un ademán como si tirara algo a la papelera y decía: «Bueno, vuélvalo a
hacer, por favor». Eso no ocurría a me nudo, porque los escasos errores que se
le escapaban, los descubría ella misma. En todo caso, él no se olvidaba nunca
de decir «por favor». Cuando Leonore le pedía una hora, un día, se lo concedía;
cuando murió su madre, le dijo: «Cerraremos la oficina durante cuatro días...
si le conviene una semana, dígalo, por favor». Pero Leonore no quiso una
semana, ni siquiera cuatro días; sólo tres, e incluso éstos se le hicieron
demasiado largos en el piso vacío. Al entierro y a los funerales compareció él,
naturalmente, vestido de negro; asistieron también su padre, su hijo y su hija,
todos con enormes coronas que colocaron personal mente sobre la tumba;
escucharon el responso, y el padre, que la apreciaba, le dijo en voz baja:
«Nosotros los Fähmell sabemos lo que es la muerte, estamos familiarizados con
ella, hija mía».
Se mostraba tan comprensivo para todas sus peticiones que,
a medida que pasaban los años, cada día se le hacía más difícil pedirle un
favor. Fähmel había ido reduciendo las horas de trabajo; el primer año, Leonore
trabajaba de las ocho a las cuatro; pero desde hacia dos años, su trabajo
estaba racionalizado de tal manera que lo podía hacer perfectamente de ocho a
una e incluso le quedaba tiempo para Aburrirse y para prolongar hasta media
hora los minutos de limpieza. Ya no se veía ni siquiera la más leve nubecita en
la placa de latón. Leonore suspiró, enroscó el tapón de la botella de
limpiametales y dobló el paño; las máquinas de imprimir seguían martilleando,
imprimiendo incansable mente cosas edificantes sobre papel blanco; el jabalí
seguía sangrando. Aprendices, camiones, monjas: vida en la calle.
Encima del escritorio, la tarjeta encarnada; impecable
caligrafía de arquitecto: «...para nadie más». El número de teléfono, que ella,
con gran esfuerzo, en sus ratos de ocio, ruborizándose de su curiosidad, había
identificado: Hotel Prinz Heinrich. Este nombre había alimentado de nuevo sus
sospechas: ¿qué hacía por la mañana, entre las nueve y media y las once, en el
hotel Prinz Heinrich? Voz helada en el teléfono: «Fue una tontería... ¿Seguro
que no había añadido «por favor.? Esta infracción a las normas de estilo la
llenó de esperanza, la consoló de aquel trabajo que hubiera podido realizar
igualmente un autómata.
Dos modelos de carta que no habían sido alterados en
cuatro años, que Leonore había encontrado ya en las copias de su predecesora;
una para los clientes que hacían algún encargo: «Les agradecemos su confianza,
a la que procura remos corresponder con la más rápida y correcta ejecución de
su encargo. Atentamente le saluda.; la segunda era la que tenía que escribir
cuando enviaba las bases estáticas a los clientes: «Acompañamos los estudios
estáticos encargados por usted para el proyecto de la casa X. Le rogamos gire a
nuestra cuenta los honorarios, que ascienden a Y. Atentamente le saluda». Claro
que le estaban reserva das ciertas variaciones; debía sustituir X por: Casa
para un editor al pie del bosque, casa para un profesor a la orilla del río,
puente del tranvía de la calle Hölleben. Debía sustituir Y por los honorarios,
que podía calcular perfectamente sola por medio de una simple tabla.
Había además la correspondencia con sus tres
colaboradores: Kanders, Schrit y Hochbret, a los que tenía que enviar los
encargos sucesivamente por orden de antigüedad. «A fin de que —había dicho
Fähmel— la justicia siga su curso automático, y la suerte tenga unas
posibilidades equivalentes... Cuando le devolvían los estudios, tenía que
remitir lo que había calculado Kanders a Sara; lo que había calculado Hochbret,
a Kanders; lo que había calculado Schrit a Hochbret, para que lo revisaran.
Tenía que llevar el archivo, el libro de cuentas, tenía que sacar fotocopias de
los dibujos y, de cada proyecto, una doble fotocopia en tamaño postal para su
archivo particular; pero lo que más trabajo le daba era el franqueo de las
cartas: pasar cada vez el reverso de un presidente Heuss, verde, rojo, azul,
por encima de la esponjita, y colocar cuidadosamente el sello en el ángulo
derecho superior del sobre amarillo; consideraba como una variación el poder
pegar alguna vez un Heuss castaño, violeta o amarillo.
Fähmel tenia por principio no pasar más de una hora al día
en la oficina; escribía su nombre debajo del «Le saluda atentamente«y debajo de
las cifras de honorarios. Si llegaban más encargos de los que hubiera podido
liquidar en una hora, rehusaba aceptarlos. Para estos casos tenía unas tarjetas
ciclostiladas con el siguiente texto: «Por exceso de trabajo, nos vemos
obligados a rehusar su muy estimado encargo. Firmado F...
Ni una sola vez, cuando, por la mañana entre las ocho y
media y las nueve y media, estaba sentada frente a él, le había visto realizar
ningún acto humano íntimo; comer o beber; jamás le había visto acatarrado, y la
ruborizaba sólo pensar en cosas más íntimas que éstas; el hecho de que fumara
no compensaba la ausencia de las demás manifestaciones: el cigarrillo
blanquísimo era demasiado in maculado; sólo la ceniza, las colillas en el
cenicero la consolaban; esos eran por lo menos residuos, demostraciones de que
se había consumido algo. Leonore había trabajado con jefes poderosos, hombres
cuyas mesas de trabajo parecían puentes de mando, cuya fisonomía infundía
pavor, pero incluso aquellos hombres poderosos habían bebido alguna vez una
taza de té, un café, habían comido un bocadillo, y la visión de los poderosos
en trance de comer y de beber siempre la había excitado: caían migas de pan,
sobraban pieles de embutido y bordes grasientos de jamón; tenían que lavarse
las manos, sacar el pañuelo. Una chispa de solidaridad aparecía en frentes de
granito, que mandaban ejércitos enteros, se limpiaban bocas de rostros que, con
el tiempo, serían vaciados en bronce, y más tarde, sobre pedestales,
atestiguarían su grandeza a futuras generaciones. Fähmel, en cambio, cuando, a
las ocho y media, salía del cuerpo del edificio posterior de la casa, no
llevaba restos de desayuno y no estaba —como hubiera convenido a un jefe— ni
nervioso ni concentrado en sí mismo: su firma, aunque tuviera que escribir su
nombre cuarenta veces debajo del «Le saluda atentamente., se conservaba clara y
hermosa; Fähmel fumaba, firmaba, raras veces miraba algún dibujo, tomaba el
abrigo y el sombrero a las nueve y media en punto, decía: «Hasta mañana. y.
desaparecía. De nueve y media hasta las once se le podía llamar en el hotel
Prinz Heinrich, desde las once a las doce en el café Zons, disponible sólo para
«su madre, su padre, su hija y su hijo... y el señor Schrella», a partir de las
doce daba un paseo y a la una se reunía con su hija para tomar el almuerzo en
el Löwe. Leonore no sabía cómo pasaba las tardes, las veladas; sólo sabía que,
por la mañana, a las siete asistía a misa, de las siete y media hasta las ocho
desayunaba con su bija y de las ocho hasta las ocho y media estaba solo.
Leonore se sorprendía cada vez al ver la alegría que demostraba cuando su hijo
anunciaba su visita; cada vez abría la ventana, observaba la calle hasta el
Modesttor, hacía traer flores, contrataba a una ama de llaves durante los días
de la visita; la cicatriz que tenía encima del hueso de la nariz se le
enrojecía con la excitación, mujeres de limpieza invadían el sombrío cuerpo de
edificio posterior, sacaban botellas de vino y las dejaban preparadas en el
vestíbulo para cuando llegara el trapero: las botellas se acumulaban, primero
en filas de cinco, luego en filas de diez, porque el largo del vestíbulo era
insuficiente: rígido bosque de estacas de color verde oscuro, cuyas puntas
contaba Leonore ruborizándose de su curiosidad in debida: doscientas diez
botellas vaciadas entre primeros de mayo y primeros de septiembre, más de una
botella diaria.
Jamás Fähmel olía a vino, ni le temblaban las manos; el
bosque de color verde oscuro se convertía en algo irreal. ¿Lo había visto
efectivamente o existía sólo en sus ensueños? Jamás había visto a Schrit ni a
Hochbret ni a Kanders; vivían lejos uno de otro, cada uno en su pequeño nido.
Sólo dos veces se habían descubierto mutuamente un error: cuando Schrit calculó
mal las bases de la piscina municipal, lo cual fue descubierto por Hochbret.
Leonore se excitó sobremanera, pero Fähmel sólo le pidió que identificara,
entre las anotaciones en lápiz rojo el margen del dibujo, cuáles eran de Schrit
y cuáles de Hochbret; y por primera vez se dio cuenta de que el jefe también
era del oficio: durante media hora estuvo sentado a su escritorio manejando
reglas de cálculo, tablas y lápices afilados, y luego dijo: «Hochbret tiene
razón, la piscina se hubiera hundido antes de tres meses». Ni una sola palabra
de reproche para Schrit, ningún elogio para Hochbret, y cuan do —por única vez—
el jefe firmó personalmente el visto bueno, Leonore le vio reírse; su risa le
infundió tanto miedo como su cortesía.
El segundo error se le había escapado a Hochbret al
calcular las bases estáticas del puente del ferrocarril encima de la
Wilhelmskuhle, y esta vez fue Kanders quien des cubrió el error, y Leonore
volvió a ver a Fähmel —por segunda vez en el transcurso de cuatro años— sentado
a su escritorio calculando. Tuvo que identificar otra vez las anotaciones en
lápiz rojo de Hochbret de Kanders; este incidente sugirió a Fähmel la idead de
ordenar que los distintos colaboradores usaran colores distintos: Kanders rojo,
Hochbret verde, Schrit amarillo.
Lentamente, mientras se le fundía en la boca un trozo de
chocolate, Leonore escribió: «Casa fin de semana para una artista de cine»;
mientras se te fundía en la boca el segundo trozo de chocolate, escribió:
«Obras de ampliación de Societas, la más útil de todas las sociedades de
utilidad pública». Por lo menos, los clientes se distinguían por el nombre y
las señas, y los dibujos adjuntos le daban la impresión de que trabajaban en
algo real: piedras y bloques de granito artificial, vigas, ladrillos de vidrio,
sacos de cemento, todo eso se podía imaginar, mientras que Schrit, Kanders y
Hochbret, a pesar de que todos los días escribía su dirección, continuaban
siendo inimaginables. Jamás habían estado en la oficina, jamás llamaban por
teléfono, jamás escribían una —carta. Sin comentario alguno enviaban sus
cálculos y estudios. «¿Para qué las cartas? —había dicho Fähmel—. No se trata
de coleccionar confidencias, ¿verdad?»
A veces, Leonore tomaba la enciclopedia del estante y
buscaba el nombre de los lugares que escribía cada día en los sobres:
Schilgenauel, 87 habitantes, de los cuales 83 católicos, famosa iglesia
parroquial del siglo XII con un magnífico altar mayor. Allí vivía Kanders,
cuyos datos personales figuraban en la póliza de seguros: treinta y siete años,
soltero, católico... Schrit vivía más al norte aún, en Gludum: 1.988
habitantes, de los cuales 1.812 evangélicos. 176 católicos. Industria de
conservas de pescado. Escuela de misioneros. Schrit tenía cuarenta y ocho años,
casado, evangélico, 2 hijos, de los cuales 1 de más de dieciocho años. Leonore
no necesitaba mirar el lugar de residencia de Hochbert, ya que vivía en un
suburbio, en Blessenfeld, a sólo treinta y cinco-minutos de autobús, y muchas
veces se le había ocurrido la idea estúpida de ir en su busca, cerciorarse de
su existencia oyendo su voz, viéndole, sintiendo la presión de su mano, pero su
poca edad —sólo tenía treinta y dos años— y el hecho de que fuera soltero la
hacían retenerse ante tal intimidad. Aunque la enciclopedia describía los
lugares donde residían Kanders y Schrit, como se describe una persona en un
documento de identidad, y de que Blessenfeld le era familiar, aquellos tres
personajes seguían siendo inimaginables, pese a que cada mes llenaba sus
pólizas de seguro, les enviaba giros pos tales, revistas y estadísticas;
seguían siendo tan irreales como ese Schrella que figuraba en la tarjeta
encarnada, para quien Fähmel estaba siempre disponible, pero que durante cuatro
años no había intentado verle ni siquiera una vez.
Leonore dejó sobre el escritorio la tarjeta encarnada que
había dado motivo a su primera falta de cortesía. ¿Cómo se llamaba aquel
caballero, que había entrado en la oficina a eso de las diez y había pedido con
urgencia, con mucha, mucha urgencia, hablar con Fähmel? Era alto, con el
cabello gris, el rostro ligeramente sonrosado, olía a ágapes exquisitos y
caros, llevaba un traje que apestaba a inmejorable calidad; aquel caballero
reunía de tal manera los atributos de poder, prestancia y simpatía masculina. que
resultaba irresistible; su título, que él murmuró sonriendo, sonaba algo así
como ministro —consejero, di rector general, jefe de gabinete de un ministerio—
y cuan do ella negó saber el paradero de Fähmel, él le puso la mano sobre el
hombro y dijo sin pensarlo un instante: «Vamos, guapa, dígame francamente dónde
le puedo encontrar», y ella confesó, sin saber cómo, el secreto que tan a
menudo suscitaba sus conjeturas, aquel secreto que tanto la preocupaba: «Hotel
Prinz Heinrich. Entonces él murmuró algo acerca de que era condiscípulo suyo, y
se trataba de un asunto urgente, muy, muy urgente, algo acerca de resistencia,
de armas; al marcharse, dejó un aroma a cigarro puro, que una hora más tarde el
padre de Fähmel todavía husmeó con asombro.
—¡Dios mío, Dios mío, qué tabaco éste, qué tabaco! —El
viejo olfateó a lo largo de las paredes, acercó la nariz al escritorio; se puso
el sombrero, volvió a los pocos minutos con el encargado de la tienda de
tabacos, en la que compraba desde hacía cincuenta años, y ambos se detuvieron
un momento en el umbral para husmear, anduvieron de arriba a abajo de la
oficina como perros excitados; el encargado se metió debajo del escritorio,
donde, por lo visto, se había conservado toda una nube de humo de cigarro, se
levantó, se sacudió las manos, sonrió con aire de triunfo y dijo:
—Sí, señor consejero, era un Partagás Eminentes.
—¿Y usted me los puede facilitar?
—Claro que sí, tengo en el almacén.
—Ay de usted si el aroma no es el mismo que acabo de oler
aquí!
El encargado de la tienda volvió a fruncir la nariz y
dijo:
—Partagás Eminentes, me dejo cortar la cabeza, señor
consejero. Cuatro marcos cada puro. ¿Cuántos quiere usted?
Uno, querido Kolbe, uno. Cuatro mareos es lo que ganaba mi
abuelo a la semana, y yo respeto a los muertos, tengo mi sentimentalidad, como
usted sabe. Dios mío, este tabaco puede más que los veinte mil cigarrillos que
mi hijo ha fumado aquí.
Leonore consideró un gran honor que se fumara el cigarro
en su presencia; el anciano se arrellanó en el sillón de su hijo, que resultaba
demasiado grande para él, y ella le metió un almohadón detrás de la espalda y
le estuvo es cuchando mientras se dedicaba a la más intachable de todas las
ocupaciones: el franqueo. Despacio, pasar por encima de la esponjita un Heuss
verde, rojo o azul, pegarlo con cuidado en el ángulo superior derecho de los
sobres que se dirigirían a Schilgenauel. Gludum y Blessenfeld. Con precisión,
mientras el viejo se abandonaba a un placer que parecía haber estado buscando
en vano durante cincuenta años.
—Dios mío —decía—, por fin sé lo que es un cigarro, hija
mía. He tenido que esperar a que llegara el día de cumplir mis ochenta años...
pero, déjelo, criatura, no se excite de ese modo, claro que hoy cumplo ochenta
años... ¿De manera que no ha sido usted la que ha comprado las flores por
encargo de mi hijo? Está bien, gracias, ya hablaremos más tarde de mi
cumpleaños, ¿verdad? La invito a la fiesta de esta noche en el café Kroner...
pero dígame, querida Leonor, ¿por qué en los cincuenta años, dicho más exactamente
son cincuenta y uno que llevo comprando en esta casa, jamás me habían ofrecido
un cigarro como éste? ¿Acaso soy avaro? Nunca lo he sido, usted lo sabe. Cuan
do era joven, fumaba mis cigarros de diez pfennig, cuando tuve un poco más de
dinero los fumé de veinte y luego de sesenta durante muchos años. Dígame, hija
mía, ¿qué clase de gentes son esas que andan por la calle con un puro de cuatro
marcos en la boca, y entran y salen de una oficina, como si se tratara de un
cigarrillo de una perra gorda? ¿Qué clase de gentes son esas que entre el
desayuno y el almuerzo consumen tres veces el semanal de mi abuelo, y van
dejando por ahí un aroma que quita el aliento a un pobre viejo como yo y le
hace andar olfateando como un perro por la oficina de su hijo? ¿Cómo?
¿Compañero de escuela de Robert? ¿Consejero de Estado, director, subsecretario
o quizás ministro? Seguro que le conocería. ¿Resistencia? ¿Armas?
Y de pronto un destello en sus ojos como si se hubiese
abierto una ventanilla: el anciano se sintió transportado al segundo decenio de
su vida, al tercero o al sexto, se encontró enterrando uno de sus hijos. ¿Cuál?
¿Johanna o Heinrich? ¿Sobre qué ataúd blanco echó puñados de tierra, sembró
fiares? Las lágrimas que asomaron a sus ojos, ¿eran las lágrimas del año 1909,
en que enterró a Johanna, del año 1917, en que dio sepultura a Heinrich, o eran
las del año 1942, en que recibió la noticia de la muerte de Otto? ¿Lloraba a la
puerta del manicomio, donde había desaparecido su esposa? Lágrimas, mientras el
cigarro se esfumaba en suaves torbellinos, que procedían del año 1902; el viejo
Fähmel enterraba a su hermana Charlotte, para quien había ahorrado doblón sobre
doblón para que lo pasara mejor; el ataúd se deslizaba chirriando sobre las
sogas, mientras los niños de la escuela cantaban «Torres, ¿a dónde ha huido la
golondrina?»; agudas voces infantiles penetraban en aquella oficina
impecablemente organizada, y el oído del anciano las percibía a medio siglo de
distancia; sólo aquella mañana de octubre del año 1902 era real. Niebla sobre
el Bajo Rin, nubes de vaho dibujaban cintas sobre los campos de remolacha, por
los vergeles de árboles frutales graznaban las cornejas como matracas de semana
santa, mientras Leonore pasaba un Heuss encarnado por encima de la esponjita
mojada. Treinta años antes de que ella naciera, unos niños campesinos cantaban:
«Torres, ¿a dónde ha huido la golondrina?» Un Heuss ver de por encima de la
esponjita. Cuidado, las cartas a Hochbret llevaban franqueo de interior.
Cuando le sucedía eso, el anciano parecía ciego; Leonore
hubiera querido ir rápidamente a la tienda de flores para comprarle un hermoso
ramo, pero tenía miedo a dejarlo solo: el viejo Fähmel tendió las manos, ella
le acercó cuidadosamente el cenicero, y él tomó el cigarro, se lo metió en la
boca, miró a Leonore y dijo en voz baja:
—No vayas a creer que estoy loco, hija mía.
Leonore le apreciaba; solía ir regularmente a la oficina y
se la llevaba para que, en sus tardes libres, se compadeciera de los libros
guardados con tan poco esmero, al otro lado de la calle, arriba, encima de la
imprenta, donde el anciano vivía en el «estudio de su juventud»; allí
conservaba documentos revisados por inspectores fiscales, cuyas tumbas anónimas
ya hacía tiempo que estaban en ruinas, desde antes de que ella aprendiera a
escribir; resguardos ingleses de depósitos de libras esterlinas, cantidades en
dólares, valores de propiedad de plantaciones en El Salvador; allá arriba
removía balances polvorientos, descifraba estados manuscritos de cuentas
bancarias que ya hacía tiempo que habían sido liquidadas, leía testamentos en
los que el anciano disponía legados para hijos a los que sobrevivía desde hacía
cuarenta años. «Lego a mi hijo Heinrich el usufructo de las dos fincas
Stehlingers Grotte y Görlingers Stuhl, porque he observado en él aquella
serenidad y aquella alegría en el crecimiento de las cosas que me parecen ser
las condiciones previas indispensables para la vida de un campesino...»
—Aquí —exclamó el anciano blandiendo el cigarro en el
aire—, aquí dicté mi testamento a mí suegro. La tarde antes de marcharme a la
guerra; se lo dicté mientras el muchacho dormía arriba; a la mañana siguiente
me acompañó a la estación, me besó la mejilla —boca de un niño de siete años—,
pero nadie, Leonore, nadie aceptó jamás mis regalos, todos volvieron a mis
manos: fincas y cuentas en el banco, rentas e intereses de alquileres. Yo no
pude regalar nunca nada, sólo mi esposa lo supo hacer, y sus regalos fueron
aceptados, y cuando, por la noche, estaba a su lado, a menudo la oía murmurar
largo y tendido, suave como el agua fluía de su boca, horas y horas: ¿para qué,
para qué, para qué...?
El anciano volvía a llorar, esta vez vestido de uniforme,
capitán de la reserva, consejero secreto de estado, Heinrich Fähmel, con
permiso especial para ir a enterrar a su hijo de siete años; la tumba de los
Kilb se apoderaba del ataúd blanco; muros oscuros, y húmedos; y
resplandecientes como los rayos del sol las cifras doradas que indicaban la
fecha de la muerte: 1917. Robert, vestido de terciopelo negro, esperaba allá
fuera en el coche...
Leonore dejó caer el sello, esta vez de color violeta; no
se atrevía a franquear la carta para Schrit; los caballos, a la puerta del
cementerio, resoplaban impacientes, mientras a Robert Fähmel, que sólo tenia
dos años, le dejaban sostener las riendas: cuero negro, quebradizo en los
bordes, y el resplandeciente oro de las cifras 1917 brillaba más que los rayos
del sol...
—¿Qué hace, en qué se ocupa, mi hijo, el único que me
queda, Leonore? ¿Qué hace por la mañana de nueve y media a once en el Prinz
Heinrich? Le permitieron que mirara cómo ponían la cebadera a los caballos.
¿Qué hace? Dígamelo, Leonore.
Tímidamente recogió el sello violeta y dijo en voz baja:
—No sé lo que hace allí, de verdad no lo sé.
El anciano se metió el cigarro en la boca y se retrepó
sonriente en el sillón, como si nada hubiese ocurrido.
—¿Qué le parecería si la contratara en firme todas las
tardes? Le pasaré a recoger; comeremos juntos y de dos a cuatro, o hasta las
cinco, si quiere, me ayudará a mí a poner orden allá arriba. ¿Qué le parece,
hija mía?
Leonore inclinó la cabeza y dijo: «Sí». Todavía no se
atrevía a pasar el Heuss violeta por encima de la esponjita, a pegarlo en el
sobre dirigido a Schrit: un empleado de correos sacaría la carta del buzón, la
máquina estampillaría: 6 de septiembre de 1958, 13 horas. El anciano es taba
sentado allí, volvía a estar al final de su octavo decenio, al principio del
noveno.
—Si, sí —dijo Leonore.
—¿Puedo considerarla contratada, pues?
—Sí, señor.
Leonore contempló aquella cara flaca, en la que en vano
había buscado durante años algún parecido con la del hijo; sólo la cortesía
parecía ser un rasgo familiar común a los Fähmel; en el anciano, era más
rebuscada, florida, era cortesía a la antigua usanza, casi señorío, no
matemática cortés como en el hijo, que cultivaba la sequedad y sólo en el
brillo de sus ojos grises dejaba sospechar que hubiera sido capaz de
afabilidades menos secas. El anciano utilizaba verdaderamente su pañuelo,
mascaba su cigarro, le hacía a veces algún cumplido acerca de su peinado, de su
tez; su traje, por lo menos, revelaba huellas de desgaste, la corbata siempre
estaba anudada algo torcida, llevaba manchas de tinta china en los dedos, migas
de goma de borrar en las solapas, lápices duros y blandos en el bolsillo de la
chaqueta y, a veces, tomaba una hoja de papel del escritorio de su hijo y
esbozaba rápidamente un ángel, un cordero de Dios, un árbol, el retrato de un
conciudadano que pasaba en aquel momento por la calle. A veces, incluso le daba
dinero para que fuera a buscar pasteles, le pedía que hiciera una segunda taza
de café y la hacia feliz porque, por fin, podía enchufar el hornillo eléctrico
para alguien que no fuera ella misma. Aquello era vida de oficina tal como ella
estaba acostumbrada a vivirla: hacer café, comprar pasteles y oír contar algo
verdaderamente consecuente: de las vidas que habían transcurrido allá detrás,
en el otro cuerpo de edificio, de la gente que había muerto allí. Durante
siglos, los Kilb habían buscado allí atrás vicios y luz, pecados y salvación,
habían sido chambelanes del imperio, notarios, burgomaestres y canónigos; allí
atrás se conservaba todavía algo de las austeras oraciones de los últimos
prelados, de los turbios deseos de solteronas Kilb, de las penitencias de
fervorosos jóvenes, en aquella oscura casa de atrás, donde ahora, en las tardes
tranquilas, una muchacha pálida y de cabello oscuro hacía sus deberes es
colares mientras aguardaba a su padre. ¿Quién sabe?, tal vez estaba él también
en casa por la tarde. Doscientas diez botellas de vino vaciadas entre
principios de mayo y principios de septiembre. ¿Se las bebía solo, con su hija
o con fantasmas? ¿Acaso con ese Schrella que jamás había preguntado por él?
Todo eso era irreal, menos real que el cabello rubio ceniza de la joven
escribiente que, cincuenta años atrás, había estado sentada en ese mismo sitio
y había guardado secretos notariales.
—Si, se sentaba aquí, querida Leonore, exactamente en el
mismo sitio en que está sentada usted ahora, se llamaba Josephine.
¿Acaso le había hecho también cumplidos acerca de su
peinado, de su tez?
El anciano señaló sonriendo el lema que colgaba sobre el
escritorio de su hijo, único superviviente de tiempos pasados, pintado en
caracteres blancos sobre caoba: Llena está su diestra de dones. Lema de la
incorruptibilidad, tanto de los Kilb como de los Fähmel.
—Ninguno de mis dos cuñados, los dos últimos varones de la
familia, tuvo afición al Derecho; el uno se sintió atraído por los ulanos, el
otro por la ociosidad, pero los dos, el ulano y el ocioso cayeron el mismo día,
en el mismo regimiento, en el mismo ataque, junto a Erby-la-Huette; los dos
cargaron a caballo contra el fuego de las ametralladoras, borraron el nombre de
Kilb, se llevaron con sigo a la tumba, a la nada, junto a Erby-la-Huette,
vicios tan virulentos como la escarlatina.
El anciano se sentía feliz cuando llevaba argamasa en las
perneras del pantalón y le podía pedir que le limpiase aquellas huellas. A
menudo llevaba gruesos rollos de dibujos debajo del brazo, de los cuales
Leonore nunca podía saber si los había sacado sencillamente de su archivo o si
respondían a verdaderos encargos. El viejo sorbió el café, lo elogió, le acercó
el plato de los pasteles y dio otra chupada a su cigarro. Su rostro volvió a
iluminarse devota mente.
—¿Condiscípulo de Robert? En realidad, tendría que
conocerle. ¿Seguro que no se llamaba Schrella? ¿Está usted segura...? ¡No, no,
ése no fumaría jamás esos cigarros, qué tontería! ¿Y usted le ha enviado al
Prinz Heinrich? Ya verá qué escándalo, querida Leonore, habrá sermón. No le
gusta que le interrumpan las oraciones, a mi hijo Robert. Ya era así cuando
niño: cariñoso, cortés, inteligente, correcto, pero si se pasaba de
determinados límites, no perdonaba a nadie. No le hubiera importado cometer un
asesinato. Siempre me dio un poco de miedo. ¿A usted también? Pero, hija mía,
no le va a hacer nada por eso, sea razonable. Ande, vamos a comer, a celebrar
un poco su nuevo empleo y mi cumpleaños. No haga tonterías. Si ya la ha reñido
por teléfono, ya está liquidado. Lástima que no se acuerde del nombre. No tenía
la menor idea de que siguiera tratándose con antiguos condiscípulos. Ande,
vamos. Hoy es sábado, y a él no le importa que se marche más pronto. Yo me hago
responsable de todo.
Dieron las doce en Sankt Severin. Leonore contó
rápidamente los sobres, veintitrés, los recogió, dispuesta a no soltarlos.
¿Había estado verdaderamente sólo media hora con ella? Acababa de sonar la
décima de las doce campa nadas previstas.
—No, gracias —dijo—, no me pongo el abrigo y, por favor,
no vayamos al Löwe.
Sólo media hora; las prensas ya habían cesado de trepidar,
pero el jabalí continuaba sangrando.
2
Para el portero, aquel ademán se había convertido ya en
ceremonia, casi en liturgia, había entrado a formar par te de su carne y de su
sangre: todas las mañanas, a las nueve y media en punto, descolgar la llave del
tablero, sentir el contacto de la mano seca y cuidada que recogía la llave; una
mirada al rostro severo, pálido, con la cicatriz rojiza sobre el hueso de la
nariz; luego, pensativo, con una tenue sonrisa, que sólo una mujer hubiera sido
capaz de advertir, seguir con la mirada a Fähmel, que, sin hacer caso del
ademán de invitación del chico del ascensor, emprendía la subida por la
escalera, y, con la llave del salón de billar, iba golpeando suavemente los
barrotes de latón de la barandilla: cinco, seis, siete veces se oía sonar, como
si fuera un xilófono de nota única. Medio minuto más tarde llegaba Hugo, el
mayor de los botones, preguntaba: «¿Como siempre?», y el portero asentía con la
cabeza, sabía que Hugo iría al restaurante, pediría un coñac doble y una jarra
de agua y desaparecería hasta las once, arriba en el salón de billar.
El portero presentía un drama tras aquella costumbre de
jugar al billar, por la mañana entre las nueve y media y las once, siempre en
compañía del mismo botones; un drama o un vicio; contra el vicio había un
remedio: discreción; ésta tenía un precio, una curva; discreción y dinero
estaban en estrecha relación, como la abcisa y la ordenada; quien tomaba aquí
una habitación, compraba conciencias discretas, ojos que veían sin ver, orejas
que oían sin oír; contra el drama, en cambio, no había protección; el portero
no podía poner a la puerta a todo presunto suicida, porque todos eran suicidas
en potencia; llegaban tostados por el sol, con cara de artista de cine, siete
maletas, sonreían al serles indicada la habitación, y en cuanto estaban
estibadas las maletas y el botones se había marchado, se sacaban del bolsillo
del abrigo la pis tola cargada, con el seguro levantado de antemano, y se
pegaban un tiro en la cabeza; o llegaban escurridizas como si salieran de la
tumba, con dientes de oro, cabellos de oro, zapatos de oro, sonrientes como
calaveras, fantasmas que buscaban en vano el placer, encargaban un desayuno en
la habitación para las diez y media, colgaban en el pomo exterior de la puerta
un cartelito: «no estorbar, por favor«, amontonaban, por dentro, todas sus
maletas contra la puerta, y se tragaban la cápsula de veneno. Y mucho antes de
que las camareras asustadas dejaran caer las bandejas de los desayunos, se
murmuraba por toda la casa: «En el número 12 hay una mujer muerta», se
murmuraba ya por la noche, cuando los últimos clientes del bar se dirigían
cautelosamente a sus habitaciones y se estremecían ante el silencio que había
tras de la puerta de la habitación número 12; los había que sabían distinguir
el silencio del sueño del silencio de la muerte. El drama: el portero lo
presentía cada vez que veía a Hugo subir al salón de billar, un minuto después
de las nueve y media, con el coñac doble y la jarra de agua.
A aquella hora le era difícil prescindir del botones:
sobre la mesa de recepción se crispaban manos que pedían la cuenta, que
recogían prospectos, y él descubría siempre que a aquella hora —pocos minutos
después de las nueve y media— empezaba a estar descortés; como precisamente
ahora, con aquella maestra, la octava o novena que preguntaba el camino de la
necrópolis infantil romana; su tez colorada denotaba un origen campesino, y ni
sus guantes ni su abrigo correspondía a los ingresos que cabía suponer disfrutaban
los clientes del Prinz Heinrich. El portero se preguntaba cómo habría ido a
perderse entre aquel rebaño de cabras alborotadas, ninguna de las cuales
juzgaba necesario preguntar por el precio de la habitación; a menos que aquella
mujer que ahora se mordía intimidada los guantes, hiciera el milagro alemán por
el que Jochen había ofrecido un premio de diez marcos: «Doy diez marcos a quien
me nombre a un alemán que haya preguntado el precio de algo.» No, ella tampoco
le haría ganar el premio; haciendo un esfuerzo por dominarse, el portero le
indicó amablemente el camino de la necrópolis infantil romana.
La mayoría reclamaban precisamente los servicios del
botones que por una hora y media habría de permanecer en el salón de billar;
todos querían que les llevara las maletas al vestíbulo, al autobús de la
compañía de aviación. a la parada de taxis, a la estación; turistas
malhumorados, que esperaban la cuenta en el hall, que hablaban de horarios de
salida y de llegada de aviones, querían que Hugo les sirviera hielo para sus
whiskys o les diera fuego para sus cigarrillos, que dejaban pender apagados de
sus bocas para poner a prueba el estilo de Hugo; sólo Hugo podía esperar que le
dieran las gracias con un cansino ademán, sólo cuando estaba Hugo sus rostros
se contraían en misteriosos espasmos; rostros impacientes, cuyos propietarios
apenas contenían su afán de llevar su mal humor a lejanos continentes, estaban
a punto de salir para ir a comprobar lo bronceado de su tez en los espejos de
algún hotel persa o de los Alpes bávaros; chillonas voces femeninas reclamaban
objetos olvidados: «Hugo, mi anillo...», «Hugo, mi bolso...», «Hugo, mi lápiz
de labios»; todas esperaban que Hugo corriera al ascensor y subiera
silenciosamente a buscar en la habitación 19, la 32, o la 46, el anillo, el
bolso o el lápiz de labios. Y llegaba la vieja solterona con su perrito, que acababa
de lamer leche; de comer miel o de desperdiciar unos huevos al plato y
necesitaba ser sacado a la calle a aliviar sus necesidades perrunas y renovar
su decadente olfato en los postes de las paradas de venta ambulante, en los
autos estacionados y en los tranvías parados; por lo visto, sólo Hugo sabía
comprender la situación moral del perrito. Y la abuela Bleesiek, que todos los
años venía a pasar cuatro semanas en el hotel, para visitar a sus hijos y a sus
nietos cada vez más numerosos, no más llegaba y preguntaba ya por Hugo:
«¿Todavía está aquí aquel muchachito con cara de monaguillo, tan delgaducho y
pálido, aquel pelirrojo que tiene la mirada tan seria?. Hugo tenía que leerle
el periódico local a la hora del desayuno, mientras ella lamía miel, bebía leche
y no desperdiciaba los huevos al plato; la anciana parecía estar en la gloria
cuando el muchacho pronunciaba nombres de calles que le eran familiares desde
niña: accidente en el Ehren-feldgürtel. Atraco en la Friesenstrasse. «Así tenía
yo de largas las trenzas, cuando patinaba por allí —así de largas, hijo mío».
La anciana era delicada, pero tenaz, quién sabe si atravesaba a vuelo el océano
sólo para ver a Hugo: «¿Cómo? —decía desilusionada—. ¿Hugo no estará libre
hasta después de las once?»
El chófer del autobús de la compañía de aviación, plantado
en la puerta giratoria, levantaba la mano para avisar que era hora de salir,
mientras, en la caja, estaba todavía calculando los precios de desayunos
complicados; un individuo que había pedido medio huevo al plato devolvía in
dignado la cuenta porque se le facturaba uno entero, pero rechazaba más
indignado aún la oferta del gerente, dispuesto a regalarle el medio huevo, y
exigía una nueva cuenta, en la que se le facturara sólo medio. «Insisto en que
se me haga.» Era evidente que aquel individuo daba la vuelta al mundo
únicamente para poder enseñar comprobantes de que se le habían facturado medios
huevos al plato.
—Si —decía el portero—, la primera calle a la izquierda,
luego la segunda a la derecha después la tercera otra vez a la izquierda, y la
señora verá el letrero indicador: «A la necrópolis infantil romana».
Finalmente, el coger del autobús podía reunir a sus pasajeros; por fin, todas
las maestras parecían haber encontrado el buen camino, todos los perritos
gordos parecían haber sido llevados a mear. Pero el señor del 11 continuaba
durmiendo y, en la puerta, colgaba el letrerito: «No estorbar, por favor». Un drama
en la habitación número once o en el salón de billar; la ceremonia en medio del
estúpido barullo de la salida del autobús: descolgar la llave del tablero,
contacto con la mano, mirada al pálido rostro a la cicatriz rojiza sobre el
hueso de la nariz, el «¿cómo siempre?» de Hugo, el gesto de asentimiento del
otro: billar desde las nueve y media hasta las once. Pero el servicio de
información in terno del hotel todavía no había podido anunciar ningún drama ni
ningún vicio: efectivamente, desde las nueve y media hasta las once, aquel
caballero jugaba al billar, tomaba pequeños sorbos de coñac y sorbos de agua,
fumaba, se hacía contar por Hugo la historia de su infancia, le contaba cosas
de la suya propia, permitía incluso que las camareras o las mujeres de la
limpieza, a su paso hacia el montacargas, se pararan en la puerta abierta, le
contemplaran y él levantaba los ojos del juego y les sonreía. No, no, aquel
hombre no hacía ningún mal.
Jochen salió cojeando del ascensor; llevaba una carta en
la mano, que ahora levantó sacudiendo la cabeza. Jochen vivía arriba de todo,
debajo del palomar, disfrutando de la compañía de sus emplumados amigos que le
traían noticias de París, de Roma. de Varsovia y de Copenhague; Jochen, con su
uniforme de fantasía, que figuraba algo así entre príncipe heredero y
suboficial, era difícil de clasificar: un poco factótum y otro poco eminencia
gris, todo el mundo confiaba en él y él trataba con confianza a todo el mundo;
ni portero, ni camarero, ni gerente ni criado, sin embargo, sabía de todo,
incluso de cocina; suya era la ingeniosa frase, pronunciada siempre que
circulaban murmuraciones sobre la inmoralidad de algún huésped: «¿De qué nos
serviría nuestra fama de discretos, si la moral se respetase, y de qué vale la
discreción si no queda nada que deba ser tratado discretamente?». Un poco
confesor, otro poco secretario particular, otro poco alcahuete, Jochen, con los
dedos deformados por el reuma, abrió la carta son riendo maliciosamente.
—Te habrías podido ahorrar los diez marcos; yo hubiera
podido darte —y de balde— mil veces más informaciones que ese farsante.
«Agencia de información Argos. Acompañamos los informes solicitados acerca del
doctor Robert Fähmel, arquitecto, residente en la Modestgasse, número 7. El
doctor Fähmel tiene 42 años y es viudo, con dos hijos. El hijo: 22 años,
arquitecto, reside fuera de aquí. La hija: 19, es estudiante. La fortuna del
doctor Fähmel es considerable. Emparentado con los Kilb por el lado materno.
Ningún informe desfavorable.» Jochen se rió entre dientes:
—Ningún informe desfavorable. Como sí del chico Fähmel se
hubiese sabido alguna vez algo desfavorable, ni se sabrá nunca. Es una de las
pocas personas por las que pondría en cualquier momento la mano en el fuego,
¿me oyes?, esa mano tan vieja, tan estropeada y reumática. Con ése puedes dejar
tranquilamente solo al chico, no es de esta calaña —y si lo fuera—, no veo por
qué no se le tendría que permitir lo que se permite a esos maricas de los
ministros. Pero él no es de esa calaña; a los veinte años ya tuvo un crío con
la hija de un compañero nuestro, quizás le recuerdes, aquel Schrella que
trabajó un año aquí con nosotros. ¿No? A lo mejor todavía no estabas tú aquí.
Yo sólo te digo una cosa y es que dejes al joven Fähmel que juegue
tranquilamente a billar. Gran familia. Verdaderamente. A eso se llama raza. Yo
conocí todavía a su abuela, a su abuelo, a su madre y a sus tíos; hace
cincuenta años que ya jugaban aquí a billar. Los Kilb, eso todavía no lo sabes,
vivían en la Modestgasse desde hace trescientos años. Ya no queda ninguno. Su
madre está chiflada, perdió dos hermanos y se le murieron tres hijos. No lo
pudo resistir. Pero era toda una señora. Una de aquellas que no hablan, ¿sabes?
En su vida comió ni una miga de pan más de lo que le correspondía en el racionamiento
ni una alubia, ni se lo dio a sus hijos. Decían que estaba loca. Todo lo que le
daban de más, lo regalaba: y hay que ver cuánto le enviaban: tenían fincas, y
el abad de Sankt Anton, allá abajo en el valle del Kissa, le mandaba botes de
mantequilla, jarras de miel, pan; pero ella jamás lo probó ni se lo dio a sus
hijos o a sus nietos; tenían que comer el pan de serrín con mermelada pintada
encima, mientras su madre lo regalaba todo; incluso repartía monedas de oro; yo
la vi con mis propios ojos —sería allá por el año dieciséis o diecisiete—, la
vi salir por la puerta de su casa con los panes y una jarra de miel. ¡Miel en
1917! ¿Te lo imaginas? Pero no tenéis memoria y no os podéis figurar lo que eso
representaba: miel en 1917 y miel en el invierno del 41 o 42, y aquella mujer
corriendo a la estación de mercancías, empeñada en irse con los judíos. Decían
que estaba loca. La encerraron en un manicomio, pero yo no creo que esté loca.
Esta clase de mujeres ya sólo las podrás encontrar en el museo, en algún cuadro
antiguo. Por su hijo me dejaría cortar a pedazos y si no se le sirve
divinamente, verás tú qué escándalo armaré yo aquí en esta casa, y aunque
hubiera noventa y cinco viejas preguntando por Hugo, si él quiere que el chico
esté con él, con él estará. ¡Agencia de información-Argos! ¡Pagar diez marcos a
esos idiotas! A lo mejor te atreves a decirme que no conoces a su padre, al
viejo Fähmel. ¿No? Menos mal, te felicito; le conoces y no se te había ocurrido
la idea de que podía ser el padre de ese, que está arriba jugando al billar.
Supongo que al viejo Fähmel le conocen hasta los niños. Llegó aquí hace
cincuenta años, con un traje de su tío vuelto al revés y una o dos monedas de
oro en el bolsillo... y ya jugaba a billar aquí, aquí, en el hotel Prinz
Heinrich, cuando tú todavía no sabías lo que era un hotel. ¡A eso le llaman
porteros! Deja en paz a ése de arriba. No tengas miedo, no hará ninguna
tontería, ningún mal, lo más que le puede ocurrir es volverse tarumba, pero a
la quieta. Era el mejor jugador de béisbol, el mejor corredor de los cien
metros que hemos tenido nunca en la ciudad; era un muchacho íntegro y, si era
necesario, duro; no podía soportar las injusticias, y si no puedes soportar las
injusticias, pronto te ves enredado en política; empezó ya a los diecinueve
años. Y le hubieran cortado la cabeza tan guapamente o le hubieran condenado a
veinte años si no logra escapar. Sí, ya puedes mirarme cuanto quieras; se largó
y se pasó tres o cuatro años en el extranjero; qué pasó exactamente no lo he
sabido nunca; lo único que sé es que el viejo Schrella también estaba enredado
en el asunto, así como la mucha cha con la que tuvo luego el hijo; él volvió y
no le hicieron nada; fue soldado de zapadores; todavía me parece que le veo,
cuando venía de permiso con su uniforme con galones negros. No me mires con esa
cara de estúpido. ¿Quieres saber si fue comunista alguna vez? No te lo puedo
decir, pero aunque lo hubiera sido, ¿qué? Anda, vete a desayunar, ya me
entenderé yo con esos vejestorios.
Drama o vicio; la cosa se mascaba en el aire; pero Jochen
siempre había sido demasiado inocente, jamás había sospechado ningún suicidio
ni había hecho caso a los huéspedes trastornados que detrás de las puertas
cerradas de las habitaciones habían sabido distinguir el silencio de la muerte
del silencio del sueño; por mucho que se las diera de listo y de baqueteado,
aquel viejo seguía creyendo en los hombres.
—Bueno, como quieras —dijo el portero—, voy a desayunar.
No dejes subir a nadie, eso es lo que recomienda por encima de todo. Toma —y
dejó la tarjeta encarnada sobre la mesa de recepción—: «Estoy en todo momento a
disposición de mi madre, mi padre, mi hijo y el señor Schrella; no estoy para
nadie más.»
—¿Schrella? —pensó Jochen alarmado—, ¿vive aún? Yo diría
que le mataron... pero, a lo mejor, tenía un hijo...
Aquel aroma mataba todo lo que se había estado fuman do en
el hall durante los últimos quince días, aquel aroma le precedía a uno como un
estandarte: ahí voy yo, el importante, el vencedor, el hombre a quien nadie
resiste; metro ochenta y nueve, cabello gris, cuarenta y tantos años, traje de
primerísima calidad, de hombre de gobierno; así no visten ni los comerciantes,
ni los industriales, ni los artistas; aquello era elegancia de alto funcionario
Jochen lo olía, aquel hombre era un ministro, un diplomático, alguien cuya
firma tenía fuerza de ley; aquel hombre atravesaba sin dificultad las puertas
acolchadas, las puertas de acero, las puertas de hojalata de las salas de
espera, con sus hombros de locomotora rompehielos se quitaba de delante todos
los obstáculos, irradiaba cortesía amable, que toda vía revelaba su reciente
aprendizaje, dejaba pasar a la anciana, que en aquel momento volvía a tomar su
asqueroso perrito de manos de Erich, el segundo botones, ayudaba incluso al
esqueleto salido de la tumba a llegar hasta la baranda de la escalera.
—De nada, señora.
—Nettlinger.
—¿En qué puedo servirle, doctor?
—Necesito ver al doctor Fähmel. Urgentemente. En seguida.
Asunto oficial.
Movimiento de cabeza, suave negativa, sin dejar de jugar
con la tarjeta encarnada. Madre, padre, hija, Schrella. Ningún deseo de ver a
Nettlinger.
—Pero yo sé que está aquí.
¿Nettlinger? ¿No había yo oído este nombre antes de ahora?
Esta cara tendría que recordarme algo, algo que me había propuesto no olvidar.
Este nombre ya lo había oído hace muchos años y me había dicho: fíjate bien, no
lo olvides, pero ahora ya no sé lo que tenía que recordar. De todas maneras:
cuidado. Seguramente te daría mareo si supieras todo lo que ha hecho este
individuo, estarías vomitando sin poder parar hasta el fin de tus días si
tuvieras que contemplar la película que le pasarán a éste el día del juicio
final: la película de su vida; éste es de los que arrancan muelas de oro a los
cadáveres, de los que trasquilan a los niños. ¿Drama o vicio? No, lo que flota
en el aire es asesinato.
Y esta clase de gente no sabía nunca cuándo era oportuna
una propina; sólo esto ya delataba su raza; ahora quizás hubiera sido el
momento de un cigarro, pero no de una propina, y menos aún, elevada: el billete
verde dé veinte marcos que dejó sonriendo sobre la mesa de recepción. ¡Qué
tonta es la gente! No conocen siquiera los principios más elementales del trato
humano, ni siquiera las leyes más sencillas del trato con conserjes; como si en
el Prinz Heinrich se vendiera un secreto; como si a un cliente que paga
cuarenta o cincuenta marcas por una habitación se le vendiera por un billete
verde; veinte marcos de un desconocido, cuya única presentación era un cigarro
y la tela de su traje. Y a esa clase de individuos los hacían ministros o
diplomáticos, sin conocer siquiera el abecé del arte más difícil de todos, el
del soborno. Jochen meneó la cabeza entristecido, sin tocar el billete. Llena
está su diestra de dones.
Increíble: al billete verde fue añadido otro azul, la
oferta fue elevada a treinta marcos, una espesa nube de aroma
Partagás-Eminentes fue proyectada a la cara a Jochen.
Ya puedes ir soplando, ya puedes ir echándome a la cara tu
humo de cigarro de cuatro marcos; y dejar otro billete violeta. A Jochen no se
le compra. No es para ti ni por tres mil; no he apreciado a mucha gente en mi
vida, pero a ese muchacho le aprecio. Has tenido mala suerte, amigo de aspecto
importante, de mano avezada a firmar, llegaste un minuto y medio tarde.
Deberías adivinar que eso de los billetes de banco es lo menos adecuado para
tratar conmigo. Tengo incluso un contrato en el bolsillo, firmado ante notario,
que acredita que tengo el derecho de ocupar, mientras viva, mi habitacioncita
en el tejado, que puedo criar mis palomas; puedo escoger lo que más me guste
para desayunar y comer y me dan además ciento cincuenta marcos al mes, limpios,
tres veces más de lo que necesito para fumar; tengo amigos en Copenhague, en
París, Varsovia y Roma... y si tú supieras cómo se ayudan entre sí los
criadores de palomas mensajeras..., pero tú no sabes nada, sólo crees saber que
con dinero se puede alcanzar todo; esta clase de enseñanzas os las dais
vosotros mimos. Y claro, hay conserjes de hotel que hacen cualquier cosa por
dinero, venden a su propia abuela por un billete violeta de cincuenta marcos.
Sólo hay una cosa que no puedo hacer, amigo mío, mi libertad tiene una sola
excepción: mientras estoy de servicio de portería aquí abajo, no puedo fumar mi
pipa, y esta excepción la lamento por primera vez hoy, porque si la tuviera,
enfrentaría mi picadura negra con tu Partagás Eminentes. Hablando claro: puedes
lamerme el culo doscientas mil veces si quieres pero no esperes que te venda a
Fähmel. Éste jugará en paz al billar desde las nueve y media hasta las once,
aunque yo sabría darle una ocupación mejor: por ejemplo, estar sentado en el
ministerio en tu lugar. O hacer lo que hacía de joven: poner bombas, para
calentar los fondillos de los pantalones a los cochinos como tú. Pero descuida,
si quiere jugar al billar desde las nueve y media hasta las once, que lo haga,
para eso estoy yo aquí, para cuidar que nadie le estorbe. Y ahora puedes
guardarte los billetes en el bolsillo y dejar limpia la mesa, y si vuelves a
añadir uno solo, no respondo de lo que puede pasar. Me he tragado toneladas de
faltas de tacto, he soportado con paciencia un sinfín de actos de mal gusto, he
inscrito adúlteros y maricas aquí en mi lista, he cerrado el paso a esposas
furiosas y a maridos cornudos...; y no creas que no me haya costado lo mío
aprenderlo. Yo fui siempre un muchacho decente, era monaguillo como lo eras tú
seguramente también y cantaba las canciones del padre Kolping y de San Aloisio,
en el coro; cuando tenía veinte años ya hacía seis que trabajaba en esta casa.
Y si todavía no he perdido la fe en la humanidad, se lo debo a un par de
personas como el joven Fähmel y su madre. ¡Quita de ahí tu dinero, sácate el
cigarro de la boca, inclínate ante un viejo como yo que ha visto más vicios de
los que tú puedas soñar en tu vida, hazte abrir la puerta por el botones de
allí atrás y desaparece!
—¿Lo he oído bien? ¿Quieres hablar con el director?
Se ha puesto encarnado y luego lívido de rabia.
¡Maldita sea!, ya he vuelto a pensar en voz alta y a lo
mejor te he tuteado; eso sería molesto, sería una imperdonable equivocación; a
la gente como usted no la tuteo.
¿Qué franquezas me permito? Soy un pobre viejo, de casi
setenta años, y he pensado en voz alta; estoy un poco esclerótica, atontado y
me acojo al párrafo cincuenta y uno, como quien dice la sopa boba.
¿Resistencia y armas? Esa me faltaba. El despacho del
director está a la izquierda, por favor, la segunda puerta a la derecha, el
libro de reclamaciones está encuadernado en tafilete. Y si se te ocurriera
alguna vez pedir un par de huevos al plato y yo estuviera por casualidad en la
cocina, si pasara la bandeja por mi lado, consideraría un honor para mí poder
escupir personalmente en la fuente. Entonces recibirías mi declaración de amor
al natural, mezclada con mantequilla fundida. De nada, señor.
—Ya se lo dije, señor; la dirección está por aquí a la
izquierda, segunda puerta a la derecha. El libro de reclamaciones está
encuadernado en tafilete. ¿Desea el señor que le anuncie? A sus órdenes.
Telefonista. Haga el favor de ponerme con el señor director. Señor director, un
caballero... ¿Cómo dice que se llama? Nettlinger, perdone, el doctor Nettlinger
desea hablar urgentemente con usted. ¿A propósito de qué? Una reclamación
contra mí. Sí, gracias. El señor director le espera. Ya lo creo, señora, esta noche
fuegos artificiales y desfile, la primera calle a la izquierda, luego la
segunda a la derecha, otra vez la tercera a la izquierda y verá el cartel: A la
necrópolis infantil romana. No hay de qué, señora. Gracias. Un marco no hay que
despreciarlo, viniendo de una mano de maestra tan honrada. Sí, fíjate, como
acepto sonriendo la pequeña propina y rehúso la grande. Las necrópolis
infantiles romanas son una cosa clara. Aquí no se derrocha el óbolo de la
viuda. Y las propinas son el alma de la profesión.
—Sí, por allí, eso es.
Antes de que bajen del taxi ya sé si son adúlteros. Los
huelo desde lejos, conozco los más despreocupados de todos los gestos
despreocupados posibles. Hay los tímidos, se les ve tan claramente que le
entran a uno ganas de decirles: no hay para tanto, hijos míos, a otros les ha
pasado lo mismo; hace cincuenta Años que estoy en el oficio y as ahorraré lo
más desagradable. Cincuenta y nueve marcos con ochenta pfennig, incluida la
propina, por una habitación doble; a cambio de eso podéis exigir un poco de comprensión,
y aunque la pasión os atormente demasiado, no empecéis, por favor, en el
ascensor. En el hotel Prinz Heinrich se hace el amor detrás de puertas
dobles... No estén tan intimidados, los señores, no tengan tanto miedo; ¡si
supierais cuántos han liquidado sus necesidades sexuales en estas habitaciones,
santificadas por sus altos precios! Los hubo piadosos y descreídos, malos y
buenos. Una habitación doble con baño, una botella de champán servida en la
habitación. Cigarrillos. Desayuno a las diez y media. Está bien. ¿Quiere usted
firmar aquí, por favor, caballero? No, aquí no... y espero que no seas tan
necio que firmes con tu nombre auténtico. Estas listas van a la policía, se
archivan selladas, son documento y tienen valor de testimonio. No te fíes de la
discreción de los burócratas, hijo mío; cuantos más hay, más comida necesitan.
A lo mejor fuiste también alguna vez comunista, entonces ándate doble mente con
cuidado. Yo también lo fui, y católico, además. Eso son cosas que no se van con
la colada. Todavía hay gente que no permito que nadie toque, y, quien delante
de mí diga alguna burrada sobre la Virgen María, o se burle del padre Kolping,
verá lo que le ocurre. Botones, habitación 42. El ascensor está allí, señor.
Estos son precisamente los que yo esperaba, son los
adúlteros descarados, que no tienen nada que esconder, que se disponen a
demostrar a todo el mundo lo libres que son. Pero si no tenéis nada que
esconder, ¿por qué ponéis esa cara tan arrogante y hacéis alarde de no tener
nada que esconder? Si verdaderamente no tenéis nada que ocultar, no hay por qué
ocultarlo. ¿Quiere usted firmar aquí, por favor, caballero? No, aquí no... La
verdad, con esa majadera no quisiera yo tener nada que ocultar. No, con esa sí
que no. Con el amor ocurre lo mismo que con las propinas. Pura cuestión de
instinto. Eso se le ve ya en la cara a una mujer, si vale la pena de tener algo
que esconder con ella. Con ésta te digo que no la vale, puedes creerme,
muchacho. Los sesenta marcos de la habitación, más el champán y la propina y el
desayuno y todo lo que tendrás que regalarle aún: no vale la pena. Mejor te
valdría una muchacha de la calle, una puta decente, que supiera bien su oficio,
y que por lo menos te daría por lo que pagas. Botones, la habitación 43 para
los señores. ¡Dios mío, y qué estúpida es la gente!
—Si, señor director, voy en seguida, sí, señor director.
Claro que la gente como tú parecen hechos ex profeso para
director del hotel; eso es como las mujeres que se hacer extirpar ciertos
órganos; ya no hay más problemas, pero ¿qué sería el amor sin problemas? Y
cuando uno se hace extirpar la conciencia, ya no puede ser ni siquiera cínico.
Un hombre sin penas, ya no es un hombre. A ti te enseña de botones, estuviste
cuatro años bajo mi férula, luego fuiste a conocer mundo, estudiaste en
escuelas, aprendiste idiomas, asististe, en casinos de oficiales aliados y no
aliados, a las bromas bárbaras de vencedores y vencidos borrachos, luego
volviste aquí, y tu primera pregunta cuan do llegaste reluciente, gordo y sin
conciencia fue: ¿Toda vía está aquí el viejo Jochen?». Pues sí, muchacho,
todavía estoy aquí.
—Kuhlgamme, ha ofendido usted a este caballero.
—No fue mi intención, señor director, y, en realidad, no
fue una ofensa. Yo le podría nombrar a centenares de personas que considerarían
un honor el hecho de que yo les tuteara.
El colmo de la desfachatez. Era increíble.
—Se me ha escapado, sencillamente, doctor Nettlinger. Soy
un viejo y hasta cierto punto estoy acogido a los beneficios del párrafo
cincuenta y uno.
—El señor exige una reparación...
—¡Ahora mismo! Si usted me lo permite, le diré que no
considero un honor ser tuteado por un portero de hotel. —Pida perdón al señor.
—Pido perdón al señor.
—No en ese tono.
—¿En qué tono quiere que lo pida? Pido perdón al señor,
pido perdón al señor, pido perdón al señor. Estos son los tres tonos de que
dispongo: por favor, elija usted el que más le guste. Ve usted, a mí no me
importa una humillación más o menos. Soy capaz de arrodillarme en esta
alfombra, de golpearme el pecho, con lo viejo que soy. Aunque en realidad a mí
también se me debe una reparación: intento de soborno, señor director. El honor
de nuestra distinguida casa ha estado en peligro. ¿Un secreto profesional por
treinta cochinos marcos? Me siento herido en mi honor y en el honor de esta
casa, a la que hace más de cincuenta años que sirvo, exactamente, cincuenta y
seis años.
—Basta ya, por favor, con esa escena deplorable y
ridícula.
—Acompañe usted inmediatamente al señor al salón de
billar, Kuhlgamme.
—No.
—Usted acompañará al señor al salón de billar.
—No.
—Sentiría mucho, Kuhlgamme, después de los años que lleva
usted trabajando en esta casa, tener que prescindir de usted por negarse a
cumplir una orden tan sencilla.
—En esta casa, señor director, ni una sola vez ha dejado
de tenerse en cuenta el deseo de un cliente de que no se le molestara, excepto,
claro está, en los casos de fuerza mayor, Policía secreta. Entonces no teníamos
más remedio.
—Considere mi caso como un caso de fuerza mayor.
—¿Viene usted en nombre de la policía secreta del estado?
—No tolero esta clase de preguntas.
—Kuhlgamme, acompañe inmediatamente al señor al salón de
billar.
—¿Quiere ser usted el primero, señor director, que manche
el pabellón de la discreción?
—Entonces le acompañaré yo mismo al salón de billar,
doctor.
—Antes pasará sobre mi cadáver, señor director.
Hay que haberse dejado sobornar tantas veces como yo, hay
que ser tan viejo como yo para saber que hay cosas que no se compran; el vicio
deja de ser vicio si no existe la virtud y tú no puedes saber qué es la virtud
si ignoras que incluso hay rameras que no aceptan a ciertos clientes. Pero yo
debería saberlo, que eres un cochino. Semanas enteras estuviste ensayando
conmigo, arriba en mi cuarto, cómo hay que aceptar una propina con discreción,
con piezas de cobre, con marcos de plata y con billetes de banco; eso hay que
saberlo hacer: aceptar dinero con discreción, porque las propinas son el alma
del oficio. Yo te lo hacía ensayar, fue un trabajo de perros, metértelo en la
cabeza, y además quisiste engañarme, quisiste hacerme creer que sólo habíamos
ensayado con tres monedas de un.marco cuando en realidad eran cuatro: quisiste
estafarme. Siempre fuiste un cochino, jamás supiste que hay algo que se llama:
«esto no se hace», y ahora vuelves a hacer algo que no se hace. Entretanto has
aprendido a aceptar propinas y seguro que esta vez no han sido treinta piezas
de plata.
—Vuelva a la mesa de recepción, Kuhlgamme; yo me encargo
de este asunto. Apártese, se lo advierto.
Sólo por encima de mi cadáver y eso que son ya las once
menos diez, y dentro de diez minutos bajará la es calera. Sí hubieseis
reflexionado un poco, nos habríamos ahorrado toda esta comedia, pero ni que sea
por diez minutos: sólo por encima de mi cadáver. No sabéis lo que es el honor,
porque tampoco sabéis lo que es el deshonor. Aquí me tenéis, factótum del
hotel, bregado en toda clase de sobornos, conocedor del vicio en todas sus
variedades, pero sólo por encima de mi cadáver podéis penetrar en el salón de
billar.
3
Ya hacía tiempo que no jugaba según las reglas del juego,
que no hacía series, ni acumulaba puntos; le daba a una bola, unas veces
ligeramente, otras veces con fuerza, aparentemente sin motivo ni finalidad, y
la bola, al rozar las otras dos, construía para él una nueva figura geométrica
sobre el vacío verde: un cielo estrellado, en el que sólo algunos puntos eran
móviles como,órbitas de cometas; blanco sobre verde, rojo sobre verde, estelas
que se iluminaban para apagarse enseguida; débiles ruidos indicaban el ritmo de
la figura construida: cinco o seis veces, cuan do la bola impulsada rozaba las
bandas o las otras bolas; sólo unas pocas notas se destacaban de la monotonía,
cristalinas o sordas; las líneas del torbellino estaban todas unidas a ángulos,
estaban sometidas a leyes geométricas, a leyes físicas: la energía del golpe
que Fähmel comunicaba a la bola por medio del taco y un poco de energía de
frotación; todo obedecía a medida; se grababa en el cerebro; impulsos que se
dejaban transformar en figuras; ningún cuerpo, nada duradero, sólo elementos fluctuantes
que se borraban con el rodar de las bolas; a me nudo, Fähmel se pasaba media
hora jugando con una sola bola: blanco sobre verde, estrella única en el
firmamento; suave, queda, música sin melodía, pintura sin imagen; apenas color,
sólo fórmula.
El muchacho pálido vigilaba la puerta, apoyado contra la
madera esmaltada de blanco, las manos a la espalda, las piernas cruzadas,
vestido con el uniforme violeta del Prinz Heinrich.
—¿No me cuenta nada hoy, doctor?
Fähmel levantó la mirada, dejó el taco, sacó un
cigarrillo, lo encendió, miró a la calle, que estaba a la sombra de Sankt
Severin. Aprendices, camiones, monjas: vida en la calle luz grisácea de otoño
que la cortina de terciopelo color violeta reflejaba en tonalidades casi
argentinas; en marcados por cortinas de terciopelo, unos huéspedes reza gados
desayunaban; en aquella luz, incluso los huevos pasados por agua tenían un
aspecto vicioso; con aquella iluminación, incluso los rostros de decentísimas
amas de casa parecían depravados. Los camareros vestidos de frac, con mirada de
comprensión, parecían belzebús, enviados directos de Asmodeo; y sin embargo,
eran sólo inocentes afiliados al sindicato de la hotelería, que una vez termina
do su trabajo leían ávidamente los artículos de fondo del periódico de su
partido; pero aquí parecían esconder sus pezuñas de caballo bajo hábiles
construcciones ortopédicas; ¿no asomaba un par de pequeños y elegantes cuernos
en sus frentes blancas, encarnadas y amarillas? En los azucareros dorados, el
azúcar no parecía azúcar; aquí se producían transformaciones, el vino no era
vino, el pan no era pan, todo recibía una luz que lo convertía en el
ingrediente de misteriosos vicios; aquí se celebraba un culto; y el nombre de
la divinidad no se podía pronunciar, sólo se podía pensar.
—¿Contar, dices? ¿Qué quieres que te cuente, muchacho?
Su recuerdo jamás se había apoyado en palabras ni en
imágenes, sólo en movimientos. Su padre era una manera de andar, aquella
elegante curva que describía la pierna derecha del pantalón a cada paso que
daba, rápidamente, de tal manera que la prominencia azul marino sólo era
visible durante un instante, cuando, por la mañana, el padre pasaba frente a la
tienda de Gretz, hacia el café Kroner para ir a desayunar; la madre era la
figura complicada y humillada que describían sus manos cuando las cruzaba sobre
el pecho, cada vez que iba a decir una tontería: que el mundo era muy malo, que
había muy pocos corazones limpios; sus manos lo dibujaban en el aire antes de
que sus labios lo pronunciaran; Otto era sus piernas al andar cuando atravesaba
el vestíbulo de la casa, calzado con sus botas, cuando caminaba calle abajo;
enemistad, enemistad, decía el ritmo de su andar por la calle, aquel mismo
andar que años antes marcaba otro compás; hermano, herma no. La abuela era
aquel gesto que había estado haciendo durante setenta años y que él veía ahora
hacer tantas veces al día a su hija; gesto que duraba desde hacía siglos, se
transmitía de generación a generación y a él cada vez le daba un sobresalto;
Ruth no había conocido a su bisabuela; ¿dónde, pues, había aprendido aquel
ademán? In conscientemente se apartaba el cabello de la frente como lo hacía su
bisabuela.
Y se veía a si mismo agachándose sobre el montón de palas
de beisbol para escoger la suya; se veía dando vueltas a la pelota en la mano
izquierda hasta tenerla segura y poderla lanzar en el momento decisivo
exactamente allí donde quería que fuera a parar; tan alto que el tiempo de
caída de la pelota correspondiera exactamente al tiempo que él necesitaba para
agarrar fuerte la pala, aunque fuera con la mano izquierda, tomar impulso y
darle a la pelota con toda su fuerza y hacerla volar hasta más allá de la meta.
Se veía de pie en los prados de la orilla del río, en el
parque, el— el jardín, agachándose; levantándose, dándole a la pelota. Todo era
cuestión de medida; aquellos imbéciles no sabían que se podía calcular el
tiempo de caída, que con los mismos cronómetros se puede medir también el
tiempo que se necesita para cambiar la manera de empuñar la pala; y que todo
ello respondía a una cuestión de coordinación y de entrenamiento; tardes
enteras en los prados, en el parque, en el jardín, entrenándose; los demás no
sabían que se podían aplicar unas fórmulas, que existían balanzas en las que se
podían pesar las pelotas. Todo era cuestión de un poco de física, un poco de
matemáticas y entrenamiento; pero los demás despreciaban aquellas dos
asignaturas esenciales y despreciaban el entrenamiento, pro curaban hacer—
trampa, se pasaban semanas enteras discutiendo sobre fórmulas sin pies ni
cabeza, navegando por nebulosas de estupidez, navegando incluso sobre
Hölderlin; una palabra como «sonda» se convertía, cuando ellos la pronunciaban,
en una absurda pasta: algo tan claro como una sonda: una cuerda, un pedazo de
plomo, que se echa al agua, y cuando se siente que el plomo ha llegado al fondo
se vuelve a sacar la cuerda y se mide en ella la profundidad del agua; pero
cuando ellos decían sondear parecía que se oyeran las notas de un órgano
estropeado; no sabían jugar a beisbol ni leer a Hölderlin. El corazón eterno se
compadece, pero no se ablanda.
Saltaban junto a la base para estorbarle el golpe y
gritaban: «¡ Anda, Fähmel, dale ya!»; otro grupo correteaba inquieto alrededor
de la meta, otros dos jugadores se apostaban mucho más allá del campo, donde
solían ir a parar sus pelotas; eran pelotas temibles que generalmente salían a
la calle, a la que precisamente aquel momento, aquel sábado de verano de 1935,
acababan de salir los briosos caballos bayos por la puerta de la fábrica de
cerveza; más allá, en el terraplén de la vía, una locomotora de maniobras
echaba pueriles nubecitas blancas al cielo de la tarde; a la derecha, junto al
puente, se oía el zumbido de los sopletes de cortar en las atarazanas, se veía
sudar a los obreros que hacían horas extraordinarias para terminar un vaporcito
para la organización «Kraft durch Freude»; se oía el chisporroteo azulado y de
plata sobre el ritmo que Marcaban las remachadoras, en los huertos obreros, los
espantajos nuevos luchaban en vano contra los gorriones y pálidos obreros
jubilados, con sus pipas apagadas, esperaban ansiosos el día primero de mes...
El recuerdo de los gestos que había hecho entonces eran lo único que podía
evocar imágenes, palabras y colores; estaba escondido detrás de fórmulas aquel
«¡Anda, Fähmel, dale ya!», y él agarraba la pelota exactamente como quería, sin
apretar la, entre los dedos y la palma carnosa de la mano; la pelota
encontraría la mínima resistencia; tenía ya la pala en la mano, la más larga de
todas (nadie se preocupaba por las leyes de la palanca), con el mango envuelto
en esparadrapo. Una rápida ojeada al reloj de pulsera: faltaban tres minutos y
treinta segundos para que el profesor de gimnasia diera el silbido final y él
no había podido encontrar aún la respuesta: ¿cómo era posible que los muchachos
del instituto Prinz Otto no hubiesen protestado de que les arbitrara en el
partido decisivo su propio profesor de gimnasia? Se llamaba Bernhard Wakiera,
pero ellos le llamaban sólo Ben Wackes, y tenía un aspecto melancólico, era
regordete, se rumoreaba que amaba platónicamente a los muchachos, le gustaban
los pasteles de nata y las películas dulzonas y románticas en que muchachos
rubios y fuertes atravesaban ríos a nado y luego se tendían en los prados en
espera de aventuras, con una brizna de hierba en la boca y mirando fijamente al
cielo azul; a ese Ben Wackes le gustaba sobre todo una reproducción de la
cabeza de Antinoo, que solía acariciar en su casa, entre árboles de la goma y
estantes llenos de libros de gimnasia, aunque figuraba que sólo le quitaba el
polvo; Ben Wackes, que llamaba «muchachitos a sus preferidos y «chicos» a los
demás.
—Dale ya, chico —dijo siseando, temblándole la barriga y
con el pito en la boca.
Pero todavía faltaban tres minutos y tres segundos hasta
la señal de final de partido, trece segundos demasiado pronto; si tiraba ahora,
daría tiempo a que tirara todavía el otro, y Schrella, que esperaba que le
relevaran allí arriba en la meta, tendría que correr otra vez, y los otros
tendrían una nueva ocasión de echarle la pelota, con toda su fuerza, a la cara,
contra las piernas, contra los riñones; Fähmel se lo había visto hacer tres
veces: alguno de los muchachos del equipo contrario tocaba a Shrella con, la
pelota y entonces Nettlinger, que jugaba en su bando, igual que Schrella,
recogía la pelota, tocaba al adversario, devolviéndole sencillamente la pelota,
y éste arremetía de nuevo contra Schrella, que se retorcía de dolor; Nettlinger
volvía a tomar la pelota y se la pasaba directamente al adversario, el cual se
la tiraba a Schrella a la cara... y Ben Wackes es taba allí, silbaba cuando
tocaban a Schrella, silbaba cuan do Nettlinger pasaba la pelota al adversario,
silbaba mientras Schrella intentaba escaparse; todo había pasado como una
exhalación: la pelota volaba de aquí para allá. ¿Fue él el único que se dio
cuenta? Entre todos aquellos espectado res que esperaban ansiosos el final del
partido, con sus banderitas y sus gorras de colores, ¿ni uno solo lo había
visto? Dos minutos y cincuenta segundos antes del final, estaban 34 a 29 a
favor del Prinz Otto: ¿acaso era por eso, que sólo él había visto, que habían
aceptado por árbitro a Ben Wackes, su propio profesor de gimnasia?
—Pero tira ya de una vez, chico; faltan sólo dos minutos
para que pite el final.
—Dos minutos y cincuenta segundos faltan —replicó él; y
echó la pelota al aire, empuñó rápidamente la pala y pegó. Se dio cuenta de que
había logrado uno de sus tiros fantásticos, se lo dijo el ímpetu del golpe, la
vibración de la pala; siguió la pelota con la mirada, pero la perdió de vista,
oyó el «¡ ah!», del gentío, un ¡ah!, inmenso que se extendió y dilató como una
nube; vio a Schrella que se acercaba renqueando, venía despacio, tenía el
rostro cubierto de manchas amarillas y huellas de sangre alrededor de la nariz;
los listeros contaron: siete, ocho, nueve; resto del equipo pasó con lentitud
provocadora junto a Ben Wackes, enfurecido; habían ganado el partido, el
triunfo era indiscutible, y él se había olvidado de echar a correr y ganar
todavía un punto más; los del Prinz Otto seguían buscando la pelota, se metían
por entre las hierbas, más allá de la carretera, junto a la pared de la fábrica
de cerveza: el silbido final de Ben Wackes delataba su ira. «37 a 34 a favor
del Ludwigsgymnasium», anunciaron los listeros. El ¡ ah! se hinchó hasta
convertirse en ¡Hurra!, Haciendo temblar el campo, mientras él recogía su pala,
la hundía en la hierba, levantaba un poco el mango y luego lo bajaba hasta
alcanzar el ángulo —deseado; entonces apoyó el pie sobre la parte más débil de
la pala, donde la madera se estrechaba al terminar el mango; algunos escolares
le rodeaban asombrados, mudos de estupor; se daban cuenta de que aquello era un
acto simbólico, de que se rompía la famosa pala de Fähmel; la rotura hacía saltar
astillas blancas como la muerte; los chiquillos se peleaban por tener una
reliquia, se pegaban por las astillas, se arrancaban de las manos los trozos de
esparadrapo; Fähmel miró con horror aquellos rostros acalorados y estúpidos,
aquellos ojos que brillaban excitados y llenos de admiración y sintió la barata
amargura de la fama, allí, aquella tarde de verano, el 14 de julio de 1935,
aquel sábado, en el suburbio, sobre la hierba pisoteada, en la que precisa
mente en aquel momento Ben Wackes obligaba a los pequeños del Lvdwig a recoger
las banderitas que jalonaban el campo. Allá abajo, detrás de la carretera,
junto a la pared de la fábrica de cerveza, se veían aún las camisetas
azul-amarillo; los del Prinz Otto seguían buscando la pelota; luego atravesaron
indecisos la carretera y se reunieron en el centro del campo, formaron en fila,
esperándole a él, el capitón del equipo, esperando que gritara el
¡hipp-hipp-hurra! ritual. Fähmel se acercó pausadamente a las filas, Schrella y
Nettlinger estaban en la misma, uno al lado del otro, no parecía que hubiese
ocurrido nada, nada, mientras, detrás de él, los alumnos de los primeros cursos
seguían peleándose por un recuerdo; Fähmel siguió avanzando; la admiración de
los espectadores le producía una especie de repugnancia física. Por tres veces
gritó: ¡hipp-hipp-hurra!; los del Prinz Otto se retiraron como perros apalea
dos para ir a buscar la pelota; no encontrarla era considerado como una afrenta
para toda la vida.
—No obstante, Hugo, yo sabía el valor que daba Nettlinger
al triunfo: hay que ganar cueste lo que cueste, había dicho; pero había sido
él, precisamente, quien había puesto en peligro nuestro triunfo únicamente para
dar oportunidad a un adversario a que tirara varias veces contra Schrella; y yo
estaba seguro de que Ben Wackes estaba de acuerdo con ellos; yo era el único
que lo había visto.
Al acercarse a los vestuarios tenía miedo, miedo de
Schrella y de lo que le diría. De pronto, el tiempo habla refrescado, la niebla
se había levantado en los prados y, avanzando desde el río, envolvía como una
capa de algodón la casa donde estaban los vestuarios. ¿Por qué, por qué le
hacían estas cosas a Schrella? Cuando bajaba la es calera para ir al recreo, le
habían hecho la zancadilla y él había dado con la cabeza en el borde metálico
de los peldaños, y uno de los brazos de níquel de sus gafas se le había clavado
en la perilla de la oreja; Wackes había tardado la mar en llegar con el
botiquín que se guardaba en la sala de profesores. Nettlinger, con cara de
sarcasmo, le sostenía tirante la cinta de esparadrapo para que pudiera cortar
un trozo. Y cuando regresaba a casa, le atacaron por sorpresa, le metieron.a
empellones en un por tal, le apalizaron entre cubos de basura y coches de
bebés, y luego le empujaron escaleras abajo hacia la oscuridad del sótano,
donde se quedó largo rato con el brazo roto, envuelto en olor a carbón, a
patatas grilladas, contemplan do unos polvorientos botes de conservas, hasta
que un muchacho, al que habían mandado a buscar manzanas, le encontró y llamó a
los vecinos. Sólo había unos cuantos que no colaboraban: Enders, Drischka,
Schweugel y Holten.
En otro tiempo había sido amigo de Schrella; juntos iban a
visitar a Trischler, que vivía en el puerto bajo, don de el padre de Schrella
hacía de camarero en la taberna del padre de Trischler; jugaban en las viejas
barcazas, en los pontones desguazados, pescaban desde las barcas.
Fähmel se quedó plantado delante de los vestuarios oyendo
las voces desordenadas y roncas, que, en mítica ex citación, comentaban la
fantástica trayectoria de la pelota, como si hubiese desaparecido a distancias
sobrehumanas.
—Yo la he visto volar, he visto como volaba, volaba...
como una piedra salida de la honda de un gigante.
Yo la he visto, la pelota que ha tirado Robert.
Yo la he oído, la pelota que ha tirado Robert.
No la encontrarán, la pelota que ha tirado Robert.
Todos se callaron al verle entrar; en aquel súbito
silencio se adivinaba el miedo; tenían un respeto casi supersticioso por aquel
que había hecho lo que nadie creería, lo que a nadie se podría comunicar;
¿quién sería capaz de presentarse como testigo del curso que había seguido la
pelota?
Rápidamente, descalzos, con las toallas sobre los hombros,
se precipitaron hacia las duchas; sólo Schrella se quedó, y hasta aquel momento
Robert no se dio cuenta de que Schrella no se duchaba nunca después de haber
jugado un partido; jamás se quitaba la camiseta; estaba allí sentado en el
taburete, con una mancha amarilla y otra azul en el rostro, todavía se veía
húmeda la región de la boca, don de se había lavado las huellas de sangre; y le
había cambiado de color la piel del brazo, allí donde le había tocado la
pelota, aquella pelota que los del Prinz Otto aún se guían buscando; estaba
sentado allí, se bajó las mangas de la camisa desgastada de tanto lavarla, se
puso la chaqueta, se sacó un libro del bolsillo y leyó: Al anochecer cuando las
campanas tocan a paz.
Era incómodo estar solo con Schrella, aceptar las gracias
de aquellos ojos fríos, incluso demasiado fríos para poder expresar odio: un
solo movimiento de los párpados, una leve sonrisa para indicar el
agradecimiento al salvador que había tirado la pelota; y él le devolvió la
sonrisa, con la misma levedad; se proponía desaparecer rápidamente, sin
ducharse; alguien había grabado en el revoque de la pared, encima de su cajón:
«Pelota de Fähmel, 14 de julio de 1935».
Olía a cuero de aparatos de gimnasia, a tierra seca,
pegada a pelotas de fútbol, pelotas de balonmano, pelotas de beisbol: seca y
caída luego en las rendijas del suelo de cemento; en los rincones, había sucias
banderitas blanco-verdes, redes de pelotas estaban colgadas a secar; un remo
astillado, un enorme diploma detrás de un cristal roto: «A los pioneros del
deporte del fútbol, a la Unterprima del Ludwig-Gymnasium, 1903 — El Presidente
del gobierno regional». El grupo fotográfico estaba enmarcado por una orla de
laurel impresa y aquellos muchachos musculosos de dieciocho años, nacidos en
1885, bigotudos, con un optimismo animal, parecían contemplar el futuro que les
reservaba el destino: pudrirse en Verdún, desangrarse en los pantanos del Somme
o, enterrados en un cementerio de héroes junto a Château-Thierry, ser,
cincuenta años más tarde, pretexto a frases de reconciliación que unos
turistas, a su paso hacia París, emocionados por los recuerdos que evoca el
lugar, escribirían en un libro de visitantes ilustres, descolorido por la
lluvia. Olía a hierro, olía a virilidad naciente; de fuera entraba la niebla
húmeda que subía en suaves flecos por los prados de la orilla; arriba, de la
taberna, llegaba un confuso rumor de sonoras voces de hombres en su fin de semana,
risas estridentes de camareras, tintineo de vasos de cerveza, mientras al otro
extremo del pasillo empezaba ya la actividad de los jugadores de bolos, rodaban
bolas, caían bolos,y resonaban ¡ah! de triunfo, y ¡oh! de desilusión pasillo
acá hasta los vestuarios.
Parpadeando en la penumbra, con los hombros encogidos por
el frío, Schrella estaba sentado allí, sin poder retrasar ya por más tiempo el
momento de marcharse; comprobó una vez más la posición de su corbata, se alisó
las últimas arrugas del cuello de la camisa de deporte —correcto, siempre
correcto— volvió a esconder los cordones de los zapatos y contó el dinero que
llevaba en el monedero para el viaje de regreso; los primeros salían ya de las
cabinas de las duchas hablando de da pelota que había tirado Robert».
—¿Vienes?
—Vamos.
Subieron los desgastados peldaños de cemento, en los que
todavía quedaban residuos de la primavera, papeles de caramelos, cajetillas
vacías de cigarrillos; subieron hasta el muelle, donde unos remeros sudorosos
izaban una barca sobre el paseo de cemento, y echaron a andar en silencio por
el dique, que corría por encima de bajas capas de niebla que formaban como un
río; sirenas de barco, luces encarnadas o verdes en los puentes de señales de
los buques; en las atarazanas se veían brotar chispas rojas que dibujaban
figuras sobre el fondo gris; caminaron en silencio hasta llegar al puente,
subieron por el paso cubierto y oscuro, en el que los muchachos que volvían de
los baños habían testimoniado sus ansias con grabados sobre la arenisca roja;
el estruendo de un tren de carga que pasaba por el puente de arriba les ahorró,
durante algunos minutos, la obligación de hablar; toneladas de escoria eran
transportadas a la orilla occidental del río, oscilaban linternas de maniobra;
obedeciendo a los silbidos, el tren hacía marcha atrás por la vía conveniente;
abajo, por entre la niebla, se deslizaban hacia el norte buques cuyas sirenas
advertían quejumbrosamente peligro de muerte, y su mugido corría nostálgico a
lo largo del agua: ruidos que, por fortuna, impedían hablar.
—Y me paré, Hugo, me asomé al parapeto, cara al río, saqué
unos cigarrillos del bolsillo, ofrecí uno a Schrella, él me dio fuego, y
fumamos en silencio, mientras, detrás de nosotros, el tren salía del puente a
sacudidas; a nuestros pies, unas barcas de transporte se deslizaban silenciosa
mente hacia el norte, su marcha suave se oía a través de la capa de niebla;
sólo de vez en cuando se veían un par de chispas que salían de la chimenea de
una cocina de barco; todo se quedaba callado por algunos minutos, hasta que la
próxima barca se deslizaba quedamente debajo del puente, hacia el norte, hacia
el norte, hacia las nieblas del mar del Norte... y yo tenía miedo, Hugo, porque
ahora le tendría que preguntar, y si hacía la pregunta, me enredaba, estaba
enredado y jamás podría ya salirme; debía ser un secreto terrible aquel por el
cual Nettlinger había puesto en peligro el triunfo y los muchachos del Prinz
Otto habían aceptado a Ben Wackes como árbitro: el silencio era casi completo
en aquel momento, daba a aquella inevitable pregunta un peso extraordinario, un
carácter de eternidad, y yo ya me disponía a despedirme de todo, Hugo, aunque
todavía no sabía hacia dónde ni por qué, me despedía del sombrío campanario de
Sankt Severin que sobresalía de la estrecha capa de niebla, me despedía de la
casa de mis padres, que no estaba lejos de aquel campanario, donde, en aquel
momento, mi madre daba los últimos retoques a la mesa de la cena, disponía los
cubiertos de plata, arreglaba con manos cuidadosas las llores del jarrito,
cataba el vino: ¿estaba, bastante fresco, el blanco?, ¿no lo estaba demasiado,
el tinto? Sábado, celebrado con sabática solemnidad: abría el misal, en el que
leía el comentario a la liturgia del domingo para explicárnosla con voz suave,
que evocaba un perpetuo adviento: voz de apacienta mis ovejas; me despedía de
mi habitación, que daba al jardín de atrás, donde los árboles viejos lucían
todo el esplendor de su follaje, donde yo me hundía apasionadamente en las
fórmulas matemáticas, en las severas curvas de las figuras geométricas, en el
ramaje claro e invernal de las líneas esféricas, salidas de mi compás, de mi
pluma de tinta china; allí dibujaba yo las iglesias que más tarde construiría.
Schrella tiró la colilla en la capa de niebla que había debajo de nosotros: en
ligeras espirales, el fuego rojo se perdió en el vacío; Schrella se volvió
hacia mí son riendo, esperando la pregunta que yo todavía no le había hecho y
sin dejar de menear la cabeza.
La cadena de faroles se dibujaba con precisión sobre la
capa de niebla, a lo largo de la orilla opuesta.
—Ven —dijo Schrella—, están allí, ¿no los oyes?
Yo los oía perfectamente, la acera trepidaba bajo sus
pasos; hablaban de lugares de vacaciones, donde irían dentro de poco: Allgäu,
Westerwald, Bad Gastein, mar del Norte, hablaban de la pelota que había tirado
Robert. Caminando, la pregunta no resultaba tan difícil.
—¿Por qué? —le dije—, ¿por qué? ¿Eres judío?
—No.
—¿Pues qué eres?
—Somos corderos —dijo Schrella—, hemos jurado no comer
nunca del sacramento del búfalo.
—Corderos —la palabra me daba miedo—. ¿Sois una secta? —le
pregunté.
—Quizás.
—¿Un partido político?
—No.
—Yo no podré —le dije—, yo no puedo ser cordero. —¿Quieres
comer del sacramento del búfalo?
—No —contesté.
—Hay pastores —dijo Schrella—, hay pastores que no
abandonan a sus rebaños.
—Corre —le dije yo—, corre están muy cerca ya.
Bajamos por el oscuro paso cubierto del lado de occidente,
y yo dudé todavía un instante cuando llegamos a la carretera; el camino de mi
casa era el de la derecha, el camino de Schrella era el de la izquierda, pero
yo le seguí hacía la izquierda, donde el camino torcía hacia la ciudad, pasando
entre almacenes de maderas, montones de carbón y jardines obreros. Nos paramos
después de la primera vuelta. profundamente hundidos en la estrecha faja de
niebla, observamos las sombras de los compañeros de escuela que, arriba en el
puente, se movían como sombras chinescas, oímos el ruido de sus pasos, de sus
voces cuando bajaban por el paso cubierto, ceo amenazador de zapa tos
claveteados, y una voz gritó: «Nettlinger, Nettlinger, espérame». La voz
estentórea de Nettlinger —proyectó un eco brutal a lo largo del río y volvió a
nosotros, devuelta por los pilares del puente y, detrás de nosotros, se perdió
en jardines y tinglados, la voz de Nettlinger que gritaba: «¿Dónde está nuestro
corderito y su pastor? ¿Dónde se han metido?» Risas, reflejadas de múltiples
formas, cayeron como tiestos rotos sobre nosotros.
—¿Has oído? —preguntó Schrella.
—Sí —le contesté—. Cordero y pastor.
Contemplamos las sombras de los rezagados, que pasaban por
la acera; sus voces, roncas en el paso cubierto, se volvieron más claras al
salir a la calle, repercutieron en los pilares del puente, «la pelota que ha
tirado Robert».
—Dame más detalles —le dije a Schrella—, necesito saber
más detalles.
—Te lo voy a enseñar —dijo Schrella—, ven. —Anduvimos a
tientas entre la niebla, seguimos unas alambradas; llegamos a una empalizada
que olía todavía a madera fresca y brillaba con reflejos amarillentos; una
bombilla colgada sobre una puerta cerrada iluminaba una placa esmaltada:
«Michaelis, Carbones. Coques, Aglomerados».
—¿Recuerdas el camino? —me preguntó Schrella.
—Sí —contesté yo—, hace siete años lo hacíamos jun tos
muchas veces para ir a jugar a casa de Trischler. ¿Qué ha sido de Alois?
—Es marinero como su padre.
—¿Y tu padre sigue de camarero allá abajo en la taberna de
los marineros?
No, ahora trabaja en el puerto alto.
—Has dicho que me enseñarías más detalles.
Schrella se sacó el cigarrillo de la boca, se quitó la
chaqueta, se bajó los tirantes del pantalón, se levantó la camisa y volvió la
espalda hacía la tenue luz de la bombilla: su espalda estaba cubierta de
cicatrices diminutas, rojizas y azuladas, del tamaño de una alubia...,
sembrada, pensé yo, eso sería más exacto.
—¡Dios mío! —exclamé—, ¿qué es esto?
—Esto es Nettlinger —contestó él—, lo hacen allá abajo en
el viejo cuartel de la Wilhelmskuhle. Ben Wackes y Nettlinger. Lo llaman
policía auxiliar; me cogieron en una razzia que hicieron por el barrio del
puerto en busca de mendigos: detuvieron treinta y ocho mendigos en un día, uno
de ellos fui yo. Nos interrogaron con el látigo de alambre espinoso. Me
gritaban: «confiesa que eres un mendigo», y yo dije: «sí, lo soy».
Algunos huéspedes rezagados estaban todavía desayunando,
bebían jugo de naranja, chupaban como si fuera una bebida viciosa: el pálido
muchacho estaba apoyado a la puerta como una estatua, el terciopelo violeta de
su uniforme ponía reflejos casi verdes sobre la tez de su rostro.
—Hugo, Hugo, ¿oyes lo que te estoy contando?
—Sí, doctor, palabra por palabra.
—Tráeme un coñac, por favor, un coñac doble. —Sí, doctor.
El tiempo se enfrentó duramente con él al bajar la
escalera hacia el restaurante: el calendario de grandes dimensiones que debía
arreglar cada mañana: dar la vuelta al enorme número de cartón, meterlo debajo
del mes, del año: 6 de septiembre de 1958. La cabeza le daba mellas, todo
aquello había ocurrido mucho tiempo antes de que él naciera, le llevaba a
varios decenios, a medio siglo atrás: 1885, 1903 y 1935; todo eso estaba oculto
detrás del tiempo y, sin embargo, presente; sonaba con la voz de Fähmel, que se
apoyaba en la mesa de billar y miraba a la plaza de Sankt Severin. Hugo se
agarró al pasamano, respiró pro fundamente como alguien que sale a flote, abrió
los ojos y dio un salto para esconderse detrás de la gran columna.
Ella bajaba la escalera, descalza, vestida como una
pastora, con olor a estiércol de oveja en el andrajoso ropón que le colgaba del
cuello y le caía sobre las caderas. Ahora comería sopas de cebada, pan negro y
un puñado de nueces, bebería leche de oveja, que le conservaban fresca en fa
nevera: ella misma se traía la leche en termos, traía estiércol de oveja en una
cajita, y luego lo utilizaba como perfume de su áspera ropa interior, tejida de
lana natural; después del desayuno permanecía durante horas en el vestíbulo
haciendo calceta, iba de vez en cuando al bar a buscarse un vaso de agua,
fumaba tabaco negro en su pipa, y estaba sentada en el sofá con las piernas
cruzadas, de manera que se le veían las sucias callosidades de los pies,
recibía a sus apóstoles, que, vestidos como ella, oliendo como ella, la
rodeaban, sentados con las piernas cruzadas sobre la alfombra, haciendo
calceta, abriendo, de vez en cuando, unas cajitas, que les había dado la
maestra, husmeando estiércol de oveja como si fueran preciosos aro mas; a
intervalos, carraspeaba, y su voz de niña preguntaba desde lo alto del sofá:
«¿Cómo salvaremos al mundo?» Y los discípulos y discípulos contestaban: «Por me
dio de lana de oveja, piel de oveja, leche de oveja... y haciendo calceta.
Ruido de agujas, silencio, un joven se precipitaba al bar y traía agua fresca a
la maestra, y aquella voz de niña volvía a preguntar desde lo alto del sofá:
¿Dónde se esconde la salvación de mundo?», y todos
contestaban: «En la oveja». Y se abrían cajitas y se husmeaba con éxtasis el
estiércol, mientras se disparaban «flashes» y lápices periodísticos
garrapateaban en blocs.
Hugo se retiró lentamente más aún, mientras ella, dan do
la vuelta a la columna, se dirigía al comedor; le tenía miedo, había visto
demasiadas veces como sus tiernos ojos se endurecían cuando se quedaba sola con
él. Cuando lo pillaba por la escalera o se hacía llevar leche a la habita ción,
donde él la encontraba con el cigarrillo en la boca, y ella le arrancaba el
vaso de leche de la mano, lo vaciaba. Riendo por el desagüe, se escanciaba un
coñac y se le acercaba con la copa en la mano, mientras él iba retirándose poco
a poco hacia la puerta. «¿No te ha dicho todavía nadie que tienes una cara que
vale más que el oro, que el puro oro, muchachito? ¿Por qué no quieres ser el
corderito de Dios de mi nueva religión? Haré de ti un gran hombre rico, ante
quien se arrodillará la gente en hoteles más lujosos aún que éste. ¿Aún no
llevas bastante tiempo aquí para saber que su aburrimiento sólo puede colmarse
con una nueva religión, una religión que cuando más necia sea, mejor...? ¡Vete,
eres demasiado idiota!».
Hugo la siguió con la mirada mientras ella, con rostro
impertérrito, se hacía abrir la puerta del comedor por el camarero; todavía le
latía el corazón cuando salió de detrás de la columna y bajó lentamente al
restaurante.
—Un coñac para el doctor, un coñac doble.
—Ha habido bronca en la casa por culpa de tu doctor.
—¿Cómo bronca?
—No sé, me parece que le andan buscando con urgencia, a tu
doctor. Aquí tienes tu coñac, y márchate cuanto antes, porque hay por lo menos
diecisiete mujeres, jóvenes y viejas, que han preguntado por ti; lárgate ya,
que por allí baja otra.
Ella tenía el aspecto de haber bebido hiel pura para
desayunar; vestía un traje dorado, zapatos dorados, gorro y manguito de piel de
león. Su aparición emanaba repugnancia, y había supersticiosos entre los
huéspedes que se tapaban la cara al verla aparecer. Había camareras que se
marchaban por ella, había camareros que se negaban a servirla, pero él, en
cuanto In pillaba tenía que quedarse horas enteras jugando con ella a la
canasta; sus dedos eran como garras de gallina; lo único que había de humano en
ella era el cigarrillo en la boca. «El amor, hijo mío, jamás he sabido lo que
era; no hay nadie que no me deje sentir que le doy asco; mi madre me maldecía
siete veces al día me gritaba su asco a la cara; mi madre era guapa y joven, y
también eran jóvenes y guapos mi padre y mis hermanos;.me habrían envenenado si
hubiesen tenido el valor de hacerlo; decían: no deberían nacer cosas así.
Vivíamos arriba en la torre amarilla que hay sobre la fábrica de acero; por la
noche, miles de obreros salían de la fábrica, les esperaban muchachas y mujeres
y, riendo, bajaban por la calle sucia; yo soy capaz de ver, oír, sentir y oler
como las demás personas, sé escribir, leer, contar y paladear... tú eres la
primera persona que ha resistido más de media hora de estar conmigo, ¿me oyes?,
la primera.
Arrastrando consigo el horror, el hálito de la desgracia,
echó la llave de su cuarto sobre la mesa de recepción y gritó a la cara del
botones que en aquel momento sustituía a Jochen: «¿Y Hugo?, ¿dónde está Hugo?».
Y al ver que el botones se encogía de hombros, se dirigió a la puerta
giratoria, y el conserje que ponía en marcha la puerta bajó la mirada, y ella,
en cuanto hubo salido, se cubrió el rostro con un velo.
«Dentro no lo llevo, muchacho, quiero que vean algo por el
dinero que pagan, quiero que me miren a la cara por el dinero que pago yo, pero
ésos de ahí fuera no se lo merecen.
—El coñac, doctor.
—Gracias, Hugo.
Hugo apreciaba a Fähmel que iba todas las mañanas a las
nueve y media, le permitía dejar el trabajo hasta las once y le había dado ya
una impresión de eternidad. ¿No había sido siempre así, no había estado él ya siglos
antes en el marco de la puerta esmaltada de blanco, con las manos cruzadas a la
espalda, mirando jugar, escuchando las palabras que le transportaban sesenta
años atrás, veinte años adelante, otra vez diez años atrás y, de pronto, le
lanzaban a la realidad de la hoja de calendario que había fuera en la escalera?
Blanco sobre verde, rojo sobre verde, rojo-blanco sobre verde, siempre dentro
de aquel mareo que sólo encerraba dos metros cuadrados de paño verde; aquello
era limpio, seco, y exacto: entre las nueve y media y las once, bajar dos
veces, tres veces, la escalera para ir a buscar un coñac doble; aquí el tiempo
no era una magnitud en la que se pudiera leer algo; quedaba absorbido por aquel
rectángulo verde de papel secante; los relojes daban en vano, las manecillas se
movían en vano, huían con absurda prisa de sí mismas para no ir a ninguna
parte; cuando llegaba Fähmel había que dejarlo todo como estaba, abandonarla
todo, precisamente en el momento en que hubiera habido más trabajo: se van unos
huéspedes, llegan otros; él tenía que estar allí hasta que dieran las once en
el campanario de Sankt Severin, pero ¿cuándo, cuándo daban las once? Espacios
sin aire, relojes sin tiempo. Hugo se había hundido aquí, viajaba por el fondo
de océanos, la realidad no podía penetrar, se quedaba fuera aplastada como
contra un acuario, o contra el cristal de un escaparate, perdía sus
dimensiones, sólo le quedaba una: era plana, como recortada en un libro de
dibujos para niños; todos llevaban sus vestidos como si fueran provisionales,
como aquellos muñecos de cartón recortado, zapateaban inútilmente contra
paredes más gruesas que siglos de vidrio; a lo lejos, las sombras de Sankt
Severin, más lejos aún, la estación, y los trenes, todo era irreal: los D y los
F y los E, los FD y los TEE y los FT llevaban maletas a las oficinas de
aduanas; lo único real eran las tres bolas de billar que rodaban sobre el papel
secante verde formando constantemente nuevas figuras: infinitud, contenida en
mil fórmulas sobre dos metros cuadrados
Fähmel la creaba con su taco, mientras su voz se perdía en
los tiempos.
—¿Tiene continuación, esa historia, doctor?
—¿Quieres oírla?
—Sí, señor.
Fähmel sonrió, bebió un sorbo de coñac, encendió el
cigarrillo, tomó el taco en la mano y le dio a la bola roja: rojo y blanco
rodaban sobre verde.
—Una semana después,
—¿Después de qué?
Fähmel volvió a sonreír.
—Después de aquel partido de béisbol, después de aquel 14
de julio de 1935, que habían grabado en el revoque en cima del cajón de zinc,
una semana después me alegré de que Schrella me hubiese hecho recordar el
camino que conducía a casa de Trischler. Yo estaba apoyado en fa barandilla de
la vieja casilla de la báscula, en el puerto bajo; desde allí podía ver
perfectamente el camino que corría junto a barracas de madera y depósitos de
carbón, bajaba hacia un almacén de materiales de construcción y des de allí se
dirigía al puerto, cerrado por una reja de hierro oxidado y que servía ya salo
de cementerio de embarcaciones. Hacía siete años que había estado allí por
primera vez, pero también hubieran podido ser cincuenta; cuando con Schrella
íbamos todavía a ver a Trischler, tenía trece años; largos remolcadores
anclaban por la noche en la escarpa, mujeres de pescadores, con sus cestas de
la compra, bajaban a tierra por inseguras pasarelas; mujeres de cara fresca y
ojos esperanzados; detrás de las mujeres venían hombres deseosos de cerveza y
de periódicos; la madre de Trischler, excitada, pasaba revista a su mercancía:
coles y tomates, cebollas plateadas, colgadas en manojos en la pared, y más
allá, los pastores azuzaban a sus perros con gritos de mando breves y concisos,
para que llevaran las ovejas al corral; al otro lado —en esta orilla, Hugo—
brillaban los faroles de gas, una luz amarillenta llenaba los globos blancos,
cuya serie se extendía por el norte hasta el infinito; el padre de Trischler
encendía las luces del jardín de la taberna, y el padre de Schrella, con la ser
villeta doblada sobre el antebrazo, se dirigía a la casa de la sirga, donde
nosotros los muchachos, Trischler, Schrella y yo, picábamos hielo y lo poníamos
sobre las cajas de cerveza.
Ahora —hacía siete años de aquello, Hugo, aquel día 21 de
julio de 1935— la pintura de todas las empalizadas se había descascarillado, y
vi que en el almacén de carbón de Michaelis sólo habían renovado la puerta;
detrás de la verja se estaba desmoronando un gran montón de aglomerados. Volví
a reseguir con la mirada todas las curvas del camino para asegurarme de que
nadie me había seguido; estaba cansado, sentía las heridas en mi espalda,
punzadas de dolor como latidos; durante diez minutos, la calle había estado
desierta; yo contemplaba la franja de agua limpia y movida que unía el puerto
alto con el bajo; no se veía ninguna barca; miré al cielo, no vi ningún avión y
pensé: parece que te tomas muy en serio si te figuras que enviarán aviones en
tu busca.
Lo había hecho, Hugo, había ido con Schrella al pequeño
café Zons, en la Boissereéstrasse, donde se reunían los corderos, había dado al
tabernero el santo y seña: Apacienta mis corderos, y había jurado a una
muchacha que se llamaba Edith, le había jurado a la cara, que jamás come ría
del sacramento del búfalo; luego había pronunciado un discurso, en la oscura
trastienda, había pronunciado palabras que. no sonaban a cordero, sino más bien
a sangre, a revolución y a venganza, venganza por Ferdi Progulske, a quien
habían ejecutado aquella mañana; los que estaban sentados escuchándome
alrededor de la mesa parecían decapitados; tenían miedo y sabían ahora que la
seriedad de los niños no es menos seria que la de las personas mayo res; miedo
y la certidumbre de que Ferdi estaba efectivamente muerto; tenía diecisiete
años, corredor de los cien metros, aprendiz de carpintero, yo sólo le había
visto cuatro veces y no le había de olvidar en toda la vida: dos veces en el
café Zons y dos veces en mi casa; Ferdi se había metido secretamente en casa de
Ben Wackes y le había tirado una bomba a los pies, en el momento en que salía
de su dormitorio; Ben Wackes sólo tenía algunas quemaduras en los pies, se
había roto un espejo del ropero, olía a pólvora negra, a necedad, Hugo, a
arrogancia infantil, ¿oyes?, ¿me oyes de verdad?
—Sí, le oigo.
—Yo había leído a Hölderin: El corazón eterno se
compadece, pero no se ablanda y Ferdi sólo había leído predicar la misma
arrogancia: a Karl May, que parecía necedad, pagada bajo el hacha del verdugo;
al amanecer, mientras las campanas tocaban a misa primera, mientras los
aprendices de panadero contaban panecillos y los metían en bolsas de tejido,
mientras aquí en el hotel Prinz Heinrich se servía el desayuno a los primeros
huéspedes, mientras gorjeaban los pájaros, mientras las muchachas zapatos con
calzadas, leche la de patos de suela de crépe, se deslizaban silenciosamente en
los portales para dejar las botellas de la leche sobre las limpias alfombrillas
de coco, unos ordenanzas motorizados recorrían la ciudad, de una columna de
anuncios a otra, pegando carteles con orla encarnada: «Condena a muerte. El
aprendiz Ferdinand Progulske» Y lo leían madrugadores y tranviarios, escolares
y maestros, todos aquellos que, por la mañana, con su bocadillo en el bolsillo,
corren a pillar el tranvía, sin haber tenido tiempo de abrir el periódico
local, que lo anunciaba en forma de gacetilla: «A modo de escarmiento», y lo
había leído yo, yo, Hugo, cuando iba a subir al 7 allí delante, en la esquina.
La voz de Ferdi por teléfono, ¿había sido ayer o ante
ayer?: Quedamos que vienes, ¿no?, al café Zons». Pausa. «¿Vendrás o no
vendrás?». «Sí, iré».
Enders intentó todavía agarrarme por la manga y obligarme
a subir al tranvía, pero yo me solté de un tirón, esperé a que el tranvía
hubiese desaparecido por la esquina Y corrí a la parada de dirección contraria,
donde pasa hoy todavía el 16; el tranvía atravesó unos pacíficos suburbios en
dirección al Rin, luego abandonó el Rin y, entre cante ras y barracas, llegó
finalmente a desvío de la estación término. Debería ser invierno, pensaba yo
entonces, invierno, frío y lluvioso, el cielo debería estar cubierto, entonces
resultaría más soportable, pero allí donde estuve deambulando horas y horas por
entre jardines y huertos, veía albaricoques y guisantes, tomates y coles, oía
el fin-tinco de las botellas de cerveza, la campanilla del vendedor de helados,
parado en una encrucijada y llenando de helado de vainilla unos barquillos
quebradizos; no era posible hacer aquello, pensaba yo, no era posible comer
helados, beber cerveza, mirar si los albaricoques estaban maduros, mientras
Ferdi...
Hacia mediodía, eché mi bocadillo a unas tristes gallinas,
que, en el patio de un trapero, trazaban imprecisas figuras geométricas en el
estercolero; por una ventana oí una voz femenina que decía: «Este muchacho, ¿lo
has leído?, le han...», y una voz masculina contestó: «Maldita sea, cállate, ya
lo sé...» Yo arrojé mi pan a las gallinas y eché a correr, me perdí entre
terraplenes y zanjas de drenaje y, quién sabe dónde, volví a encontrar una
estación término, subí al tranvía, atravesé suburbios, que me eran
desconocidos, me apeé, volví los bolsillos de mi pantalón del revés: un poco de
pólvora negra se esparció sobre un pavimento gris; eché a correr, encontré
nuevos tinglados, nuevos terraplenes, fábricas, jardincillos, casas, un cine,
cuya taquilla se abría en aquel momento. ¿Las tres? Exactamente las tres.
Cincuenta pfenning. Yo era el único espectador de la sesión; el calor pesaba
sobre el techo de hojalata: amor, sangre, un amante engañado sacaba el puñal:
quedé dormido, no desperté hasta que unos espectadores ruidosos penetraron en
la sala para la sesión de las seis: salí tambaleándome. ¿Dónde estaba mi
cartera de colegial? ¿Había quedado en el cine? ¿O en las afueras, junto a
aquel montón de grava donde había estado sentado tanto rato contemplando los camiones
que goteaban? ¿La habría olvidado, allí donde eché mi bocadillo a aquellas i
pobres gallinas? La voz de Ferdi por teléfono ¿había sido ayer o anteayer?:
«Quedamos que vienes, ¿no?, al café Zons?» Pausa. «¿Vendrás o no vendrás?» «Sí,
iré»
Cita con un decapitado. Necedad que en aquel momento ya se
me hacía valiosa porque el precio había sido tan elevado; Nettlinger me
esperaba delante del café Zons; me llevaron a la Wilhelmskuhle, me azotaron con
el látigo de alambre espinoso; unos surcos diminutos se abrían en mi espalda; a
través de los barrotes oxidados de la reja de la ventana, podía ver la escarpa
donde había jugado cuan do era niño; la pelota nos caía siempre hacia aquel
lado y mil veces había bajado por la escarpa para ir a buscarla; una tímida
ojeada a la reja oxidada y detrás de los cristales sucios, presentimiento de
alguna desgracia: Nettlinger siguió azotándome.
En el calabozo, traté de quitarme la camisa, pero camisa y
piel estaban desgarradas por igual, compenetrados; cuando tiraba del cuello o
de las mangas, era como si in tentara sacarme la piel por la cabeza.
Momentos como aquél eran graves; allí, cansado, junto a la
barandilla de la casilla de la báscula, mi orgullo por los estigmas era menor
que mi dolor; apoyé la cabeza en la barandilla, mi boca rozó el hierro oxidado
y su amargura penetró en mí como un bálsamo; sólo faltaba un minuto hasta la
casa de Trischler, y sabría si me esperaban ya allí; me asusté: un obrero, con
su fiambrera debajo del brazo, subía por el camino y desapareció en el almacén
de material de construcción. Al bajar la escalera, me agarré tan fuerte a la
barandilla, que mi mano fue haciendo saltar la herrumbre en escamas.
El alegre ritmo de las remachadoras, que había oído siete
años antes, sólo se repetía como un eco cansado, en forma de martillo sobre un
pontón, donde un anciano desguazaba una barcaza; caían tuercas revueltas en una
caja de cartón, caían tablas haciendo un ruido que delataba el grado de su
putrefacción, y el anciano daba martillazos al motor, escuchaba el golpe como
si fueran latidos del corazón de un ser querido, se inclinaba profundamente
hasta llegar al fondo del casco de la barca, sacaba algunas Piezas, tornillos,
válvulas, tubos, cilindros, que miraba a contraluz, examinándolos antes de
echarlos a la caja de cartón con las tuercas; detrás de la barca había un viejo
cabestrante, del que pendían restos de cable, informes corno una media podrida.
Los recuerdos de personas y de acontecimientos siempre
iban unidos a recuerdos de movimientos que mi memoria guardaba en forma de
figuras. Al asomarme a la barandilla del parapeto, levantando la cabeza,
bajándola, volviéndola a levantar y a bajar, para observar el camino... el
recuerdo de este movimiento volvió a despertar en mi conciencia unas palabras y
unos colores, unas imágenes y unos estados de ánimo. No recordaba el aspecto de
Ferdi, sino su manera de encender una cerilla, de levantar un poco la cabeza,
para decir sí, sí... no, no, la manera que Schrella tenía de fruncir la frente,
el movimiento de sus hombros, el andar de mi padre, los gestos de mi madre, el
ademán de mi abuela cuando se apartaba el cabello de la frente... y el anciano
allá abajo, que yo podía ver desde la escarpa, que en aquel preciso momento
daba de martillazos a un resto de madera podrida para desprenderlo de un enorme
tornillo, era el padre de Trischler; aquella mano hacía movimientos que sólo
ella podía hacer; yo la había contemplado cuando abría cajas y luego las volvía
a cerrar: contrabando que pasaba la frontera escondido en oscuras bodegas de
barco: ron y pasas, cigarrillos y chocolate; en la casilla de la sirga, aquella
mano había hecho movimientos que sólo ella podía hacer; el anciano levantó la
mirada, me guiñó el ojo y me dijo:
—Hijo mío, este camino de aquí arriba no lleva a ninguna
parte.
—Lleva a casa de usted —le repliqué.
—Los que vienen a verme, vienen por el lado del agua,
incluso la policía... mi hijo viene en la barca, y raras veces viene, muy raras
veces.
—¿Está la policía allí?
—¿Por qué lo preguntas, hijo mío?
—Porque andan buscándome.
—¿Has robado?
—No —contesté yo—, sólo me he negado a comer del
sacramento del búfalo.
Buques, pensé yo, buques con bodegas oscuras y capitanes
acostumbrados a engañar a los aduaneros; no necesitaré mucho sitio, no más que
una alfombra enrollada; en vuelto en una vela enrollada voy a pasar la
frontera.
—Baja —dijo Trischler—, ahí arriba te pueden ver desde la
orilla.
Me volví y agarrándome a las hierbas, me deslicé hasta
Trischler.
—Ah... —dijo el anciano—, eres... ya sé quién eres, pero
he olvidado tu nombre.
Fähmel —contesté yo.
—Claro, te andan buscando; venía esta mañana con las
noticias de madrugada; debí figurármelo por la descripción que hacían: una
cicatriz rojiza encima del hueso de la nariz; fue entonces que cruzamos el río
a remo, cuando había marea alta, y chocamos con la pilastra del puente: yo
había calculado mal la corriente, y tú pegaste con la cabeza contra el borde de
hierro de la barca.
—Sí, y ya no me dejaron volver más aquí.
—Pero volviste.
—No mucho tiempo más... hasta que nos peleamos con Alois.
—Ven, pero agáchate cuando pasemos por debajo del puente
móvil: si no te harás un chichón en la cabeza y no te dejarán volver más por
aquí. ¿Cómo pudiste escapar?
—Nettlinger vino de madrugada a mi celda y me guió hacia
la salida de atrás, donde los pasadizos subterráneos llegan hasta el terraplén
del tren, en la Wilhelmskuhle. Me dijo: Anda, desaparece... pero sólo puedo
darte una hora de ventaja dentro de una hora tengo que denunciarlo a la
policía..., he dado la vuelta a la ciudad para llegar hasta aquí.
—Ya, ya —dijo el anciano—, conque habéis puesto bombas...
Os habéis confabulado y... ayer tuve que empaquetar ya a uno de vosotros y
ponerle al otro lado de la frontera.
—¿Ayer? —pregunté yo—. ¿A quién?
—A Schrella —dijo Trischer; se escondió aquí y tuve que
obligarle a marcharse en el Anna Katharina.
—Del Anna Katharina quería ser siempre timonero Alois.
—Y lo es. Ahora ven.
Mientras seguíamos la inclinada pared del muelle, de bajo
de la escarpa, en dirección a casa de Trischler, tropecé, me levanté y volví a
tropezar; estos movimientos bruscos me separaban la camisa de la piel, la
volvían a pegar, la arrancaban de nuevo, y el dolor nuevamente exacerbado me
arrebató hasta un estado de inconciencia en el cual los movimientos, los
colores y los olores de mil recuerdos distintos se mezclaban y se superponían
en entrelazos de matices, sensaciones y direcciones cambiantes.
El río en crecida, pensé, el río en crecida, siempre que
lo veía, sentía el deseo de echarme al agua y dejarme llevar hacia el horizonte
gris.
En sueños me planteé la pregunta de si era posible
esconder en una fiambrera un látigo de alambre espinoso; recuerdos de
movimientos se transformaron en líneas, que componían figuras, verdes, negras y
rojas, figuras como cardiogramas, que representaban el latir del corazón de una
determinada persona: el tirón con que Alois Trischler había sacado el anzuelo,
cuando pescábamos en el puerto viejo, su manera de lanzar el hilo con el cebo,
su brazo ondulante que seguía la velocidad del agua; figuraba verde sobre gris,
dibujada con precisión: la manera como Nettlinger levantó el brazo para tirar
la pelota a la cara de Schrella, el temblor de sus labios, el, movimiento de
las aletas de su nariz, se transformaban en una figura gris parecida a la tela
de una araña; las personas quedaban estigmatizadas en mi memoria como por obra
de escritores lejanos que yo no podía localizar: Edith, la noche después del
partido de béisbol, cuando volvía a casa con Schrella; el rostro de Edith
debajo del mío, en el parque, allá fuera en Blessenfeld; estábamos echados en
el césped y lo mojó un chaparrón de verano, quedaron gotas brillando en su
cabello rubio, escurriéndose por sus pestañas; una corona de gotas de plata,
que la cara jadeante de Edith hacía subir y bajar y una corona que se grabó en
mi memoria como el esqueleto de un animal marino, hallado sobre la arena
tostada y multiplicado hasta infinitas nubecitas de igual tamaño: la línea de
su boca cuando me dijo: «Te matarán«. Edith...
La pérdida de la cartera de colegial me atormentaba en
buenos —siempre he sido ordenado—, arrancaba del pico de una gallina escuálida
el volumen grisáceo de Ovidio; discutía con la acomodadora del cine sobre el
poema de Hölderlin que ella había arrancado de mí libro de lectura porque lo
había encontrado tan hermoso: El corazón eterno se compadece, pero no se
ablanda.
La señora Trischer me dio de cenar: leche, un huevo, pan y
una manzana; sus manos se rejuvenecieron cuando me lavó la espalda herida con
vino; recrudecía el dolor cuando escurría la esponja y el vino penetraba en los
sur cos de mi espalda; luego me puso aceite, y yo le pregunté:
—¿Dónde aprendió usted a curar de ese modo?
—En la Biblia puedes leerlo, cómo hay que hacer —me
contestó—, y ya lo hice otra vez con tu amigo Schrella. Alois vendrá pasado
mañana, y el domingo saldrá del Ruhr hacia Rotterdam. No tengas miedo —me
dijo—, lo harán bien: saben ir por el río como otro va por una calle. ¿Un poco
más de leche, muchacho?
—No, gracias.
—No te apures, el lunes o el martes estarás en Rotterdam.
¿Qué tienes, qué te pasa?
Nada. Nada. Todavía corrían las órdenes de busca v
captura: cicatriz rojiza sobre el hueso de la nariz. Mi padre, mi madre,
Edith... no quería calcular el diferencial de ternura, no quería rezar la
letanía del dolor; el río era alegre, vapores de recreo con gallardetes de
colores; ale gres eran también las barcazas, pintadas de rojo. de verde, de
azul, llevaban carbón y madera de aquí para allá, de allá para aquí; al otro
lado del río, el paseo verde, la terraza blanquísima del café Bellevue: deltas,
el campana río de Sankt Severin, la esquina aguda, roja e iluminada del hotel
Prinz Heinrich; sólo cien pasos desde allí a la casa de mis padres; ahora
estaban sentados para la cena, un ágape solemne que mí padre presidía como un
patriarca: sábado, con solemnidad sabática; ¿no estaría el vino tinto demasiado
fresco? Y el blanco, ¿lo estaría bastante?
—¿No quieres un poco más de leche, muchacho?
—No, gracias Trischler, de verdad, gracias.
Ordenanzas motorizados recorrían la ciudad, con carteles
enmascarados de rojo, iban de una columna de anuncios a otra: «Condena a
muerte. El estudiante Robert Fähmel...» Mi padre rezaba a la hora de la cena:
«El que por nosotros fue azotado»; mi madre juntaba las manos sobre el pecho en
un ademán humilde antes de decir: el mundo es malo, hay muy pocos corazones
limpios, y los zapatos de Otto todavía marcaban el ritmo de hermano, hermano,
sobre el suelo, sobre las baldosas, calle abajo hasta el Modesttor.
Era la Stilte la que silbaba, sus notas estridentes des
garraban el cielo vespertino, surcaban el azul oscuro como rayos blancos. Yo
estaba tendido sobre la lona, como alguien que ha muerto en alta mar y va a ser
entregado a las olas; Alois levantó la punta de la lona para enrollarme; tejido
en blanco sobre gris, pude leer claramente: «Morrien. Ijmuiden» La señora
Trischler se inclinó sobre mí, llorando, y me besó, Alois me envolvió
lentamente y, como si mi cadáver fuera especialmente valioso, me tomó en sus
brazos.
—Hijo mío —gritó el anciano—; hijo mío, no te olvides de
nosotros.
Brisa nocturna, la Stilte volvió a silbar como en amistosa
advertencia; balaban las ovejas en su redil, el vendedor de helados gritaba:
«el rico helado»; luego se calló para poner helado de vainilla en unos
barquillos quebradizos. La pasarela que Alois franqueó conmigo en brazos,
oscilaba ligeramente, y una voz preguntó bajito: «¿Está ahí?», y Alois dijo sin
levantar tampoco la voz: «Aquí lo tienes.» A mí me dijo como despedida:
«Acuérdate, el martes por la noche, en el puerto de Rotterdam.» Otros brazos me
llevaron escaleras abajo; olía a aceite, a carbón, luego a madera, lejos se
oían las sirenas, la Suite se estremeció, el oscuro retumbo aumentó de pronto y
sentí que nos poníamos en marcha. Rin abajo, cada vez más lejos de Sankt
Severin.
La sombra de Sankt Severin se había acercado, llenaba ya
la ventana de la izquierda del salón de billar y llegaba ya a la de la derecha;
el tiempo, empujado por el sol, se acercaba como una amenaza, llenaba el gran
reloj que muy pronto vomitaría las terribles campanadas; blanco sobre verde,
rojo sobre verde, rodaban las bolas; años cortados, decenios amontonados unos
sobre otros, y segundos. segundos como eternidades, servicios con voz
tranquila; Hugo sólo deseaba que no le mandaran ahora a buscar coñac, no tener
que enfrentarse con la hoja del calendario y el reloj, con la sacerdotisa con
los corderos y con No deberían nacer cosas así; volver a escuchar aunque sólo
fuera una vez la consigna Apacienta mis corderos, y oír hablar de aquella
mujer, tumbada en el césped bajo la lluvia de verano; embarcaciones que
atracaban, mujeres que subían por escarpas, y la pelota que Robert había
tirado. Robert que no había comido nunca del sacramento del búfalo, que seguía
jugando en silencio y trazaba cada vez figuras nuevas con el taco, sobre dos
metros cuadrados.
—Y tú, Hugo —dijo en voz baja—, ¿no quieres contarme nada,
hoy?
—No sé cuanto tiempo duró, pero me parece que fue una
eternidad: todos los días, al salir de la escuela, me azoraban. A veces,
esperaba hasta estar seguro de que todos se habían ido a comer, y la mujer que
hacía la limpieza de la escuela estaba ya abajo en el vestíbulo y me
preguntaba: a ¿Qué haces aquí todavía, muchacho? Tu madre debe estar
aguardándote.»
Pero yo tenía miedo, esperaba hasta que se hubiese
marchado también la mujer de la limpieza, y me dejaba encerrar en la escuela;
no siempre lo conseguía, porque generalmente la mujer me echaba a la calle
antes de cerrar. Pero cuando lograba quedar encerrado, me sentía feliz, siempre
encontraba algo para comer en los pupitres y en los cubos de la basura, que la
mujer dejaba preparados en el vestíbulo para que se los llevara el basurero:
encontraba suficientes bocadillos, manzanas y restos de pasteles. Así me
quedaba solo en la escuela y no me podían hacer nada. Me acurrucaba en el
ropero de los profesores, junto a la entrada al sótano, porque tenía miedo a
que me vieran por la ventana y me descubrieran, pero tardaron mucho tiempo en
darse cuenta de que me escondía en la escuela. A menudo permanecía allí horas y
horas agachado, esperando a que se hiciera de noche, hasta que podía abrir la
ventana y salir. A veces me quedaba largo rato mirando el patio vacío; ¿hay
algo más vacío que un patio de escuela a última hora de la tarde? Aquellos eran
tiempos felices, antes de que descubrieran que me hacían encerrar en la
escuela. Estaba allí, agachado en el ropero de los profesores o debajo del
banco junto a la ventana y esperaba algo que sólo conocía de nombre: esperaba
venganza. Me hubiera gustado odiarles, pero no podía, doctor. Sólo tenía miedo.
Algunos días esperaba sólo hasta las tres o las cuatro y me figuraba que todos
estarían ya en sus casas y que yo podría cruzar rápidamente la calle, pasar
junto a la cuadra de Meid, dar la vuelta al cementerio, llegar corriendo a casa
y encerrarme allí. Pero se habían ido turnado, habían ido a comer uno después
de otro —porque lo que no podían era renunciar a la comida—, y cuando corrían
hacia mí olía ya desde lejos lo que habían comido: patatas en salsa, carne
asada o col con tocino, y mientras me azotaban, pensaba: ¿Por qué murió Jesús?,
¿de qué me sirve su muerte, de qué me sirve que éstos recen todas las mañanas,
comulguen todos los domingos y cuelguen grandes crucifijos en sus cocinas,
encima de sus mesas, esas mesas en las que comen patatas en salsa, carne asada
o col con tocino? No me sirve de nada. ¿Qué significa que me acechen cada día y
me azoten? Hacía quinientos o seis cientos años —incluso estaban orgullosos de
la antigüedad de su iglesia— hacía quizá mil años que enterraban a sus
antepasados en el cementerio, hacía mil años que rezaban y que, debajo del
crucifijo, comían patatas en salsa y tocino con col. ¿Para qué? Y ¿sabe usted
lo que me gritaban mientras me azotaban? Cordero de Dios. Este era mi apodo.
Rojo sobre verde, blanco sobre verde, nuevas figuras que
surgían como símbolos; desaparecían rápidamente, no quedaba nada; mágica sin
melodía, pintura sin imagen; sólo cuadros, rectángulos, rombos en número
infinito; bolas que sonaban al chocar con el borde.
—Y más tarde, probé a defenderme de otra manera cerré fa
puerta de mi casa, puse los muebles delante, amontoné hasta cuanto pude
encontrar, cajas, trastos viejos y colchones, hasta que lo denunciaron a la
policía y ésta me fue a buscar porque estando en edad escolar no iba a la
escuela. Rodeó la casa y gritó: ¡Sal de ahí, holgazán!, pero yo no salí, y
hundieron la puerta, apartaron los muebles y me detuvieron; me llevaron a la
escuela para que continuaran azotándome, empujándome a las cunetas y llamándome
cordero de Dios para insultarme. Él había dicho, sin embargo, apacienta mis
corderos», pero ellos no apacentaban sus corderos, suponiendo que hubiese
corderos suyos. Todo es inútil, doctor, en vano sopla el viento, en vano cae la
nieve, en vano florecen los árboles y caen las hojas... ellos siguen comiendo
patatas con salsa o tocino con col.
A veces incluso estaba mi madre en casa, borracha y sucia;
olía a muerte, exhalaba podredumbre y gritaba: paraqué paraqué paraqué... lo
gritaba más a menudo aún que el miserere nobis en la letanía; Me volvía loco
oírla gritar horas y horas paraqué paraqué paraqué, y echaba a correr. cordero
de Dios mojado, corría bajo la lluvia, hambriento, el barro se pegaba a mis
zapatos, a mi cuerpo, es taba todo envuelto de barro húmedo, me acurrucaba allí
en sus campos de remolachas, pero prefería echarme en los surcos de barro,
dejaba que la lluvia cayera sobre mí antes que escuchar aquel terrible paraqué,
y alguien se apiadaba de mí, en algún momento me llevaba a casa, me llevaba de
nuevo a la escuela, regresaba al lugar aquel llamado Den-Ungen, y me volvían a
azotar, me llamaban cordero de Dios, y mi madre rezaba su eterna y terrible
letanía: para-qué, y volvieron a apiadarse de mí y esta vez me llevaron a!
hospicio. Allí nadie me conocía, ningún niño, ninguna persona mayor, pero no
hacía ni siquiera dos días que estaba en el hospicio cuando empezaron también a
llamar me cordero de Dios, y me entró miedo a pesar de que no me pegaban; sólo
se burlaban de mí porque había tantas palabras que yo no conocía: la palabra
desayuno: yo sólo conocía «comer», a cualquier hora, cuando había comida o
cuando encontraba algo; pero cuando leí en la pizarra; desayuno, 30 gramos de
mantequilla. 200 gramos de pan, 50 gramos de mermelada, café con leche,
pregunté a uno: «¿Qué quiere decir, desayuno?» Y todos me rodearon, incluso
vinieron los mayores y, riéndose, me preguntaron: «Desayuno, ¿no sabes lo que
es, no has desayunado nunca?». «No», dije yo. «¿Y no has leído nunca la palabra
desayuno en la Biblia?», dijo uno de los mayores, y otro le preguntó: «¿Está
usted tan seguro de que en la Biblia aparece la palabra desayuno?». «No», dijo
él, «pero en algún trozo de lectura o en casa tiene que haber oído alguna vez
la palabra desayuno, va a cumplir trece años, eso es peor que si fuera un
salvaje: ahora puede darse uno cuenta hasta qué punto ha decaído la lengua». Y
yo no sabía que había habido la guerra, hacía poco, y me preguntaron si no
había estado nunca en un cementerio, donde se leía en las lápidas: «Caído». Y
yo dije que sí, que esto lo había visto. Me preguntaron qué entendía por caído,
y yo les dije que me había figurado que los que allí estaban enterrados habían
caído muertos; eso les hizo reír más aún que lo del desayuno, y nos dieron
clase de historia, desde el inicio de los tiempos, pero pronto cumplí catorce
años, doctor, y el director del hotel vino al hospicio, y los muchachos que
teníamos catorce años tuvimos que formar en el patio delante del despacho del
rector, y el rector salió con el director del hotel. Y pasaron junto a
nosotros, mirándonos a los ojos y ambos dijeron simultáneamente: «Servir,
buscamos muchachos para servir, pero sólo me eligieron a mí. Tuve que
empaquetar inmediatamente mis cosas en una caja de cartón y me vine aquí con el
director del hotel, y él sólo me dijo, en el coche: «Espero que no llegues
nunca a saber lo que vale tu cara. Eres el verdadero cordero de Dios», y tuve
miedo, doctor, sigo teniéndolo y siempre estoy esperando que me azoten.
—¿Te pegan?
—No, nunca. Sólo me gustaría mucho saber qué fue la
guerra: tuve que dejar la escuela antes de que me lo pudieran explicar. ¿Usted
sabe qué fue?
—Sí.
—¿Estuvo en ella?
—Sí.
—¿Qué decía?
—Era especialista en voladuras, Hugo. ¿Sabes lo que
significa hacer volar con dinamita?
—Sí, señor, vi cómo hacían volar una cantera, más allá de
Denkligen.
—Exactamente eso hacía yo, Hugo, sólo que no volaba rocas,
sino casas e iglesias. Esto todavía no se lo había dicho a nadie, excepto a mi
esposa, pero ella hace ya mucho tiempo que murió, de manera que no lo sabe
nadie más que tú, ni siquiera mis padres ni mis hijos. Ya sabes que soy
arquitecto y que, en realidad, tendría que construir casas, pero no he
construido ninguna, sólo las he volado, como las iglesias que dibujaba en
papeles muy finos cuan do era niño, porque soñaba que las construiría: no las construí
nunca. Cuando entré en el ejército, encontraron en mí documentación la
indicación de que yo había escrito una tesis doctoral sobre problemas de
estática. La esta-tica, Hugo, es la ciencia del equilibrio de las fuerzas, la
ciencia que estudia las tensiones y los empujes de los elementos constructivos;
sin la estática no puedes construir si quiera una choza de negros. Y lo
contrario de la estática es la dinámica, que suena a algo así como dinamita,
esa dinamita que sirve para las voladuras, y, en efecto, tiene que ver con
ella. Durante toda la guerra sólo me ocupé de dinamita. Entendía un poco de
estática, sabía también un poco de dinámica, y sabía muchas cosas acerca de la
dinamita, me había tragado todos los libros que tratan de ella. Cuando se
quiere volar un edificio, sólo hay que saber dónde hay que poner la carga y qué
volumen debe tener. Esto es lo que yo sabía, muchacho, y empecé a volar, a
volar puentes y bloques de viviendas, iglesias y pasos a nivel, hoteles y
cruces de carreteras; me condecoraron por ello y ascendí: de alférez a
teniente, de teniente a capitán, y me dieron permisos especiales y fui citado
en la orden del día, porque sabía tan bien cómo hay que volar un edificio. Y al
final de la guerra,— estaba a las órdenes de un general, que sólo sabía
pronunciar una palabra: campo de tiro libre. ¿Sabes qué et tener el campo de
tiro libre? ¿No lo sabes?
Fähmel levantó el taco como si fuera un fusil, se lo apoyó
al hombro, apuntó al campanario de Sankt Severin,
—¿Ves? —dijo—, si ahora quisiera disparar contra el puente
situado detrás de Sankt Severin, la iglesia estaría en mi campo de tiro y. por
lo tanto, habría que volar la iglesia para tener el campo libre, rápidamente,
en seguida y sin pensarlo más, para que yo pudiera disparar contra el puente, y
te aseguro, Hugo, que yo habría volado Sankt Severin, a pesar de que sabía que
mi general estaba loco, y a pesar de que sabía que tener el campo libre para
disparar es algo que no tiene sentido, porque desde arriba, ¿comprendes?, no
necesitas tener el campo libre, y al fin y al cabo, no el más bobo de todos los
generales podía ignorar que hace ya tiempo se inventaron los aviones; pero mi
general estaba loco y no había aprendido nada: campo de tiro libre, y yo: se lo
facilitaba. Tenía un buen equipo: físicos y arquitectos, y volábamos todo
cuanto se cruzaba en nuestro camino: lo último que volamos fue algo enorme,
imponente, todo un conjunto arquitectónico, una serie de edificios muy sólidos:
una iglesia, unos establos, unas celdas monacales, un edificio administrativo,
una aparcería, un monasterio; entero, Hugo, situado exactamente entre dos
ejércitos, uno alemán y otro americano, y procuré el campo de tiro libre al
ejército alemán, un campo de tiro que ya no necesitaba; unos muros se
derrumbaron allí ante mí; en los establos; bramaba el ganado, y los monjes me
maldijeron, pero no pudieron detenerme, volé toda la abadía de Sankt Antonil en
el valle del Kissa, tres días antes de que terminara la guerra. Y siempre con la
misma corrección, muchacho. Ya me conoces.
Bajó el taco de billar, que continuaba dirigido a Un
objetivo imaginario, volvió a colocárselo entre el pulgar y el índice e impulsó
la bala; el blanco rodó sobre el verde, y describió un rápido zig-zag, de una
banda a otra.
Las campanas de Sankt Severin dieron la hora con su voz
profunda, pero, ¿cuándo, cuándo darían las once?
—Muchacho, ve a ver qué es ese alboroto en la puerta.
Volvió a tirar: la bola rodó, roja sobre verde. Muna dejó
el taco.
—El director le ruega que reciba al doctor Nettlinger.
—¿Recibirías tú a uno que se llamara Nettlinger?
—No.
—Enséñame cómo puedo salir de aquí sin pasar por la puerta
principal.
—Puede ir por el comedor, doctor, y saldrá a la
Modestgasse.
—Adiós, Hugo, hasta mañana.
—Hasta mañana, doctor.
Ballet de camareros, ballet de botones: estaban poniendo
la mesa para el almuerzo, empujaban en el más estricto orden prescrito los
carritos, de una mesa a otra, ponían los cubiertos de plata, cambiaban las
flores de los floreros: en lugar de claveles blancos en floreros esbeltos,
ponían humildes violetas en floreros redondos; retiraban de las mesas los botes
de mermelada y ponían vasos de vino, redondos para el vino tinto, más altos
para el blanco; con una sola excepción para la sacerdotisa de los corderos:
leche, que se veía gris en la jarra de cristal.
Fähmel avanzó con paso ligero entre las filas de mesas,
apartó la cortina de color violeta, bajó los peldaños y se halló frente al
campanario de Sankt Severin.
4
Los pasos de Leonore le tranquilizaban; andaba con cuidado
de un lado al otro del estudio, abría puertas de armarios, levantaba tapas de
arcas, desataba paquetes, desenrollaba planos; raras veces se acercaba a la
ventana para importunarle; sólo cuando un documento no llevaba fecha o un plano
no llevaba título. A él siempre le había gustado el orden, pero nunca había
sabido mantenerlo. Leonore lo lograba, ordenaba en el suelo del estudio,
clasificados por años, documentos y dibujos, cartas y cuentas; hacía cincuenta
años que el suelo vibraba con el golpeteo de las máquinas.de imprimir; 1907,
1908, 1909, 1910; ya antes de que Leonore hiciera el montón, se veía que eran
mayores a medida que avanzaba el siglo; 1909 era mayor que 1908, 1910 mayor que
1909. Leonore haría una gráfica de su actividad: era una muchacha acostumbrada
a la precisión.
—Sí —dijo Fähmel—, no tema usted interrumpirme, hija mía.
¿Eso? Eso es el hospital de Wiedenhammer; lo construí en 1924, fue inaugurado
en el mes de septiembre.
Y ella escribió con su pulcra caligrafía, en el margen del
plano: 1924 — 9.
Los años de guerra, de 1914 a 1918, daban montoncitos
insignificantes: tres o cuatro planos; una casa de campo para el general, un
pabellón de caza para el alcalde, una capilla de San Sebastián para la cofradía
de cazadores. Encargos de días de permiso, pagados con aquellos mismos días tan
valiosos; para poder ver a sus hijos habría construido palacios a todos los
generales sin cobrar un céntimo.
—No, Leonore, eso fue en 1935. Convento de franciscanas.
¿Moderno? Claro que si, también he construido edificios modernos.
El marco de la ventana de su taller siempre le había
parecido un calidoscopio: los colores del cielo cambiaban, los árboles de los
patios interiores se volvían grises, negros, verdes; las macetas florecían en
los terrados y luego se ajaban. En lo tejados de zinc jugaban los niños, luego
crecían y se convertían en padres de familia, y sus padres en abuelos; en los
tejados de zinc jugaban otros niños; lo único que quedaba era el perfil de los
tejados, quedaba el puente, quedaban las montañas, que en los días claros se
dibujaban sobre el horizonte... hasta que la segunda guerra alteró el perfil de
los tejados, se abrieron boquetes, en los que, en los días de sol, se veía el
Rin de color de plata, y en los días nubosos, de color gris plomo, y el puente
giratorio del puerto viejo; los boquetes ya hacía días que habían sido tapados,
los niños jugaban en los tejados de zinc, su nieta iba arriba y abajo del
tejado de zinc de los Kilb, con los libros de colegio en la mano, como
cincuenta años antes había ido arriba v abajo su esposa..., pero ¿no era acaso
la misma Johanna, su esposa, la que en las tardes de sol leía allí Kabale und
Liebe?
Sonó el teléfono; era agradable que Leonore descolgara el
auricular y su voz contestara al desconocido.
—¿Café Kroner? Preguntaré al señor consejero.
—¿Cuántas personas están invitadas esta noche a la fiesta
de cumpleaños? Se pueden contar con los dedos de una mano. Dos nietos, un hijo,
yo... y usted. Leonore, ¿quiere darme esta alegría?
—De manera que cinco. Se pueden contar con los dedos de
una mano.
—No, sin champaña. Todo tal como lo he encargado. Gracias,
Leonore.
Probablemente me tiene por loco, pero si lo estoy, lo he
estado siempre; siempre lo he previsto todo, siempre supe lo que quería, y supe
que lo alcanzaría; sólo hay una cosa que no sabía y que todavía no sé: ¿por qué
lo hice? ¿Por el dinero, por la fama, o sencillamente porque me divertía? ¿Qué
me proponía cuando aquella mañana del viernes 6 de septiembre de 1907, hace
cincuenta y un años, salí de la estación? Me había hecho el programa de unos
actos, unos movimientos, del curso exacto del día, desde el momento en que puse
el pie en esta ciudad; había concebido una complicada coreografía en la que yo
era, al mismo tiempo, solista y director de escena; los comparsas y los
decorados estaban a mi disposición.
Sólo me quedaban diez minutos hasta el momento de realizar
el primer paso de la danza: atravesar la plaza de la estación, pasar frente al
hotel Prinz Heinrich, cruzar la Modestgasse hasta penetrar en el café Kroner.
Pisé por primera vez la ciudad el día en que cumplía veintinueve años. Era una
mañana de septiembre. Los caballos de los coches de punto vigilaban a sus amos
medio dormidos; mozos de hotel, vestidos con el uniforme color violeta del
Prinz Heinrich, llevaban las maletas de los huéspedes que se dirigían a la
estación; en los bancos, se levantaban las puertas de hierro enrollable que
desaparecían con sólido estrépito en sus cajas, en lo alto; palomas; vendedores
de periódicos; ulanos; un escuadrón pasaba a caballo frente al Prinz Heinrich,
el jefe del escuadrón saludaba a una dama que llevaba un sombrero de color de
rosa y que, desde el balcón, le contestaba echándole un beso; golpear de
herraduras sobre los adoquines; revoloteo en la brisa matutina; notas de órgano
que salían de la puerta abierta de Sankt Severin.
Yo estaba excitado; del bolsillo de la levita saqué el
plano de la ciudad, lo desdoblé y examiné el semicírculo rojo que yo mismo
había trazado alrededor de la estación; cinco cruces negras indicaban la
iglesia principal y las cuatro iglesias secundarias; levanté la mirada, busqué
en la neblina las cuatro puntas de los campanarios; la quinta, la de Sankt
Severin, no necesitaba buscarla, la tenía delante, su enorme sombra me hizo
estremecer ligeramente; volví a bajar la mirada al plano; todo estaba conforme;
una cruz amarilla indicaba la casa donde había alquilado y pagado por
adelantado vivienda y estudio para medio año: Modestgasse. 7. entre Sankt
Severin y el Modesttor; tenía que estar allí enfrente, a la derecha, allí por
donde cruzaban precisamente en aquel momento un grupo de sacerdotes. El radio
del semicírculo comprendía un kilómetro: dentro de aquella línea vivía la mujer
que se casaría conmigo; todavía no la conocía, no sabía su nombre, sólo sabía
que la sacaría de una de aquellas casas patricias de que me había hablado mi
padre: él había servido tres años aquí en el regimiento de ulanos, había
acumulado odio en su corazón, odio a!os caballos y a los oficiales, odio que yo
respetaba sin compartirlo; me alegré de que mi padre ya no pudiera ver que yo a
mi vez era oficial: alterca de zapadores de la reserva: me reía, me reía
repetidamente aquella mañana de hace cincuenta y un años; y sabía que sacaría a
mi esposa de una de aquellas casas, que se llamaría Brodem o Cusenius, Kilb o
Ferve; tendría veinte años; salía ahora, precisamente ahora, en aquel mismo
instante, de misa primera, dejaba su devocionario en el mueblecito del
recibidor, llegaba a punto para recibir en la frente un beso de su padre, antes
de que su estentórea voz de bajo resonara a través del patio y desapareciera en
la oficina; para desayunar, tomaba pan con miel, bebía una taza de café; «No,
no, mamá, por favor, no quiero huevo»; leía a su madre el programa de bailes.
¿La dejarían ir al baile de los universitarios? Sí, la dejaban.
A lo más tardar, sabría, el día 6 de enero, en el baile de
los universitarios, cuál era la que iba a elegir; bailaría con ella; sería
bueno con ella, la amaría y ella me daría hijos, cinco, seis, siete; éstos se
casarían y me darían nietos, cinco, seis, siete veces siete, y mientras
escuchaba el resonar de las herraduras que se alejaban, veía el grupo de mis
nietos, me veía a mí mismo como patriarca de ochenta años presidiendo aquella
familia que pensaba fundar: fiestas de cumpleaños, entierros, bodas de plata y
bodas de oro, bautizos, niños recién nacidos colocados en mis manos de anciano,
biznietos a los que querría como a mis bellas nietas, a las que invitarla a
almorzar, a las que regalaría flores y bombones, perfumes y cuadros; yo lo
sabía mientras estaba allí dispuesto a empezar la danza.
Seguí con la mirada al mozo de cuerda que llevaba mi
equipaje en su carretón a la casa número siete de la Modestgasse: la cesta de
la ropa interior y los planos, el maletín de cuero, que contenía los papeles,
los documentos y toda mi fortuna: cuatrocientas monedas de oro, los ahorros de
doce al os de trabajo pasados en los talleres de construcción de empresarios
rurales, en los estudios de arquitectos mediocres; había dibujado, planeado y
construido viviendas para obreros, almacenes industriales, iglesias, escuelas Y
edificios gremiales; había calculado presupuestos, había navegado por el áspero
alemán de las distintas clases sociales: «y el arrimadero de la sacristía será
de la mejor madera de nogal, libre de nudos, y para los herrajes se elegirá el
mejor material.»
Sé que me reía, allí plantado, pero todavía no sé hoy de
qué ni por qué me reía; sólo hay una cosa de la que estoy seguro: mi risa no
era de pura alegría: había en ella burla, sarcasmo, quizás maldad, pero jamás
he sabido en qué proporciones; pensaba en los duros bancos en que me había
sentado por la noche en los cursos de perfecciona miento profesional; había
aprendido matemáticas y dibujo: había estudiado mi carrera; había aprendido a
bailar y d nadar; era alférez de la reserva del batallón de zapadores número 8
de Coblenza; allí había pasado las tardes de verano sentado contemplando la
confluencia del Rin y del Mosela y unas y otras aguas me habían parecido igual
mente pútridas; había vivido en veintitrés habitaciones amuebladas distintas:
hijas de patronas a las que yo había seducido y que me habían seducido a mí; me
había deslizado descalzo por pasillos que olían a moho en mi afán de dar y
recibir caricias, incluso la última de todas, que siempre resultaba un engaño.
Agua de colonia y cabelleras sueltas. Y aquellos terribles saloncitos, donde
unas frutas que nadie iba a comer nunca se pasaban en fruteros de vidrio
verdoso; allí caían palabras como bribón, honor, inocencia, y por allí no olía
a agua de colonia. Yo, estremecido, leía el porvenir, no en el rostro de las
deshonradas, sino en el rostro de las madres, donde estaba escrito lo que el
destino me tenía reservado. Yo no era ningún bribón, no había prometido casarme
con nadie y no quería pasar la vida en saloncitos donde unas frutas que nadie
iba a comer nunca se pasaban en fruteros de vidrio verdoso.
Continuaba dibujando, cuando por la noche regresaba de los
cursos, calculaba y dibujaba desde las nueve y media hasta las doce; ángeles y
árboles, nubes e iglesias, capillas góticas, románicas, barrocas, rococó,
Biedermeier... y también modernas, sí señor; mujeres de largas cabelleras,
cuyos rostros espiritualísimos se cernían sobre los portales, mientras sus
largos cabellos caían a derecha e izquierda de la puerta como una cortina;
exactamente en el centro sobre la puerta había la raya del peinado; no hay que
olvidar los detalles; allí, en las fatigosas horas de trabajo, al anochecer,
lánguidas hijas de patrona me traían un té o una limonada flojita, me obligaban
a caricias que juzgaban atrevidas; y yo continuaba dibujando, sobre todo
detalles, porque sabía que a ellos —¿quienes eran ellos, esos famosos ellos?—
éstos son los que más les llaman la atención: picaportes, verjas con adornos,
corderos de Dios, pelícanos, áncoras y cruces por las que se enrollan unas
serpientes, con la lengua fuera, pero sin lograr alcanzarles.
Conservaba vivo en la memoria el recuerdo del truco
empleado a menudo por mi último jefe, Domgreve, que consistía en dejar caer en
el momento decisivo el rosario; cuando, visitando un pueblo, algún campesino
piadoso señalaba con orgullo el solar destinado a la construcción de la
iglesia, cuando algún miembro de la junta directiva de la parroquia, lleno de
honrada timidez, en la trastienda de una taberna provinciana, anunciaba el
deseo de erigir un nuevo templo, entonces era oportuno sacar el rosario con la calderilla,
el reloj o la pitillera, dejarlo caer al suelo y recogerlo enseguida,
precipitadamente. Jamás logré encontrar que eso resultara divertido.
—No, Leonore, la letra A que figura en la tapa de las
carpetas, en los rollos de planos y en las facturas no significa otra cosa que
Sankt Anton. Abadía de Sankt Anton.
Con mano cuidadosa y suaves movimientos, Leonore
establecía el orden que él siempre había apreciado, pero que nunca había sabido
mantener. Se había visto desbordado: demasiados encargos, demasiado dinero.
Si ahora estoy loco, lo estaba también aquel día en que,
en la plaza de la estación, examiné el dinero suelto que llevaba en el bolsillo
de la levita, el bloc de dibujo, la caja verde donde guardaba mis lápices de
colores, el estado de mi corbata de terciopelo, en el momento en que reseguí
con la mano el borde de mi sombrero negro de artista y luego los faldones de la
levita, la única buena que poseía, herencia de mi tío Marfil, un maestro
todavía muy joven que había muerto tísico; la lápida de su tumba en el
cementerio de Mees estaba ya cubierta de musgo Mees, donde aquel muchacho de
veinte años había blandido la batuta en la tarima del órgano, donde había
enseñado la regla de tres a los hijos de los campesinos, donde, por las tardes,
al anochecer, había paseado por la orilla de los pantanos, soñando con labios
femeninos, con el pan, el vino y la gloria que esperaba alcanzar con el éxito
de sus poemas; ensueños a lo largo de los caminos que bordeaban los pantanos,
durante dos años, hasta que una hemoptisis le inundó y se le llevó a las
orillas oscuras; dejaba una libreta de páginas cuadriculadas, llena de versos,
un traje negro, que heredé yo, su ahijado, dos monedas de oro, y, en la cortina
verde oscura de la casa del maestro, una mancha de sangre, que la mujer de su
sucesor no logró hacer desaparecer; una canción, cantada por labios infantiles
al pie de la tumba del maestro hambriento: «Torres, ¿a dónde ha huido la
golondrina?».
Volví a mirar atrás, hacia la estación, volví a contemplar
el anuncio, colgado junto a la taquilla, destinado a que los reclutas que
llegaban lo vieran bien: «Recomiendo a los militares mis prendas interiores
normales, acreditadas desde hace muchos años, sistema del profesor Gustav
Jäger, mis auténticas prendas interiores Pallas, patentadas en todos los países
civilizados y mis auténticas prendas interiores correctivas, sistema del Dr.
Lahmann.» Había llegado el momento de empezar la danza:
Crucé los raíles del tranvía, pasé junto al hotel Prinz
Heinrich, penetré en la Modestgasse, titubeé un instante antes de entrar en el
café Kroner: la puerta de cristales, forrada de seda verde por dentro, reflejé
mi imagen: un hombre delgaducho y de poca estatura, de aspecto entre de joven
rabino y de bohemio, con el cabello negro y el traje negro, y ese no sé qué que
denota el origen provinciano; volví a reírme y abrí la puerta; en aquel
momento, los camareros empezaban a colocar jarritos con claveles blancos sobre
las mesas, distribuían las minutas encuadernadas en cuero verde: camareros con
delantal verde y chaqueta negra, camisa y corbata blancas; dos muchachas,
rosada y rubia una, pálida y de cabellos negros otra, amontonaban pasteles en
el aparador, en el fondo del comedor, repasaban adornos de nata, bruñían unas
palas de dulces. No se veía ningún cliente; dentro, todo estaba limpio como en
el hospital antes de la visita del médico jefe: ballet de camareros atravesado
por mí, único solista, con paso ligero; los comparsas y los decorados estaban a
mi disposición; todo seguía un orden perfecto y me gustaba ver cómo los tres
camareros iban de una mesa a otra con movimientos que parecían trazados con
compás: el salero en el lugar preciso, el florero, un pequeño retoque a la
minuta, que, por lo visto, debía guardar un determinado ángulo respecto al
salero; cenicero, porcelana blanca como la nieve y con una orla dorada;
perfecto: me gustaba; me sentía agradablemente sorprendido; eso era ciudad, no
lo había visto todavía nunca en ninguno de los pueblos en que había vivido.
Fui hasta el ángulo extremo izquierdo, eché el sombrero
encima de una silla, y el bloc de dibujo y el estuche de lápices al lado, y me
senté; los camareros volvieron, pro cedentes de la cocina, empujando
silenciosamente los carritos, distribuyeron salseras, colgaron periódicos; yo
abrí mi bloc de dibujo y leí —¿cuántas veces lo había leído ya?— el recorte de
periódico, que había pegado en el interior de la cubierta: «Concurso público
para la construcción de una abadía benedictina, en el valle del Kissa, entre
las fincas de Stehlingers Grotte y Górlinger Salid, a unos dos kilómetros del
pueblo de Kisslingen; cualquier arquitecto que se crea capacitado, puede tomar
parte en el con curso. Las bases se facilitan mediante fianza de 50 (cincuenta)
marcos en la notaría del Dr. Kilb, Modestgasse, 8. El plazo de entrega de los
proyectos termina el lunes, 30 de septiembre de 1907, a mediodía.
Subí por entre montones de argamasa, entre pilas de
piedras recién talladas, cuya calidad examinaba, caminé junto a verdaderas
montañas de basalto, que había previsto para el marco de las puertas y
ventanas; me ensucié el borde de los pantalones, me manché la levita de
salpicones de cal; pronuncié palabras violentas en las barracas de los
albañiles: ¿todavía no habían llegado los bloques de mármol que yo necesitaba
para la figura del cordero de Dios que coronaría la puerta principal?
Explosiones de ira, es cándalo; se cerraban los créditos para volver a fluir:
colas de capataces el jueves por la tarde ante mi despacho; el dinero de los
jornales que tenían que pagarse el viernes estaba a punto; y el sábado subía
agotado al tren excesivamente caldeado, que pasaba por Kisslingen, me
desplomaba en el asiento tapizado del departamento de segunda clase y
atravesaba a oscuras aquellos míseros pueblos de cultivadores de remolacha,
mientras la voz soñolienta del revisor iba anunciando los nombres de las
estaciones: Denklingen, Docleringen, Kohlbingen, Schaklingen; montañas de
remolachas, en la oscuridad, grises como montañas de cabezas de muertos,
estaban junto a los andenes, a punto de ser cargadas en vagones. Más pueblos
remolacheros; al llegar a la estación me dejaba caer en un coche de punto. Y al
llegar a casa, en brazos de mi esposa, que me besaba, me acariciaba tiernamente
los cansados ojos, y cepillaba orgullosa las huellas de argamasa que manchaban
las mangas de mi levita; a la hora del café, con la cabeza en su regazo, fumaba
el tan ansiado cigarro, un puro de sesenta pfennig, y le hablaba de albañiles
que estaban continuamente blasfemando; había que conocerlos, no eran malos
quizá un poco bruscos, un poco ariscos, pero yo sabía tratarlos: al uno había
que regalarle de vez en cuando una caja de cerveza, al otro soltarle un par de
bromas en tono de camaradería; sobre todo no refunfuñar, porque entonces le
vertían a un todo un barril de cemento sobre los pies como lo habían hecho con
el empresario de obras del arzobispo, o dejaban caer una viga desde un andamio
situado en lo alto, como lo habían hecho con el arquitecto oficial: la enorme
viga se partió exactamente a sus pies.» ¿Crees, cariño, que no sé perfectamente
que dependo de ellos y no ellos de mí, ahora que se construye tanto en todas
partes? Claro que son exigentes; necios serían si no lo fueran. Lo importante
es que sepan su oficio y me ayuden a cumplir el contrato; un guiño oportuno a
los encargados cuando subo a los andamios, hace milagros».
—Buenos días, ¿el señor desea desayunar?
—Si —contesté yo; sacudí la cabeza cuando el camarero me
presentó la minuta, levanté el lápiz y fijé los distintos puntos del programa
de mi desayuno en el aire, como si toda mi vida no hubiese desayunado otra
cosa—: Una jarrita de café, pero con tres tazas de café, por favor pan tostado,
dos rebanadas de pan moreno, mantequilla, mermelada de naranja, un huevo duro y
queso con pimienta.
—¿Queso con pimienta?
—Sí, crema de queso sazonada con pimienta.
—Muy bien, señor.
El fantasma verde del camarero se deslizó silenciosa mente
por la alfombra verde, por entre mesas con manteles verdes, y se dirigió al
mostrador de la cocina; la primera réplica no se hizo esperar; los comparsas
estaban bien adiestrados y yo era un buen director de escena.
—¿Queso con pimienta? —preguntó el cocinero detrás del
mostrador.
—Sí —contestó el camarero—, crema de queso con pimienta.
—Pregunta al señor cuánta pimienta quiere que le ponga en
el queso.
Yo había empezado a dibujar la fachada del edificio de la
estación, trazaba con seguridad la línea de contorno de las ventanas sobre
inocente papel blanco, cuando el camarero volvió a mi lado; se paró sin decir
nada hasta que yo levanté la cabeza y, sorprendido, separé el lápiz del papel
—Perdone la pregunta, ¿cuánta pimienta y cuánto queso
desea el señor?
—Cuarenta y cinco gramos de queso con un dedal de
pimienta, bien mezclado... y oiga., camarero, mañana también desayunaré aquí,
pasado mañana y el otro, durante tres semanas, tres meses o tres años,
¿entendido? Y siempre a la misma hora, a eso de las nueve.
—Muy bien, señor.
Esto es lo que yo quería, y sucedió exactamente. Más tarde
me asusté alguna vez porque mis programa se cumplían con tanta precisión y
jamás ocurría nada imprevisto: al cabo de dos días ya era «el señor del queso
con pimienta», al cabo de una semana, «el joven artista que viene a desayunar
cada día a las nueve», y a las tres semanas, «el señor Fähmel, ese joven
arquitecto, que trabaja una obra muy importante».
—Sí, sí, hija mía, todo esto se refiere a la abadía de
Sankt Anton; la cosa duró muchos años, Leonore, llega hasta el presente;
reparaciones, obras de ampliación y. después de 1945, la reconstrucción según
los antiguos planos; Sankt Anton solo llenará todo un estante. Sí, tiene usted
razón, convendría un ventilador aquí, hace calor, hoy; no, gracias, no quiero
sentarme.
En el calidoscopio del cielo de tarde del día 6 de
septiembre de 1958, aparecía el perfil de los tejados, ahora sin boquetes;
teteras colocadas sobre mesas de colores en los terrados; mujeres tendidas en
sofás, tomando plácidamente el sol; en la estación el bullicio de los
veraneantes que regresaban... ¿Sería esa la razón de que esperara en vano a
Ruth, su nieta? ¿Habría acaso salido de viaje, dejando a un lado Kabaite und
Liebe? El anciano se pasó el pañuelo por la frente; ni el calor ni el frío
habían podido jamás con él; en el ángulo derecho del calidoscopio de la
ventana, reyes de la casa de Hohenzollern seguían cabalgando en sus corceles de
bronce en dirección a Occidente, inalterables desde hacía cuarenta y ocho
arios; también estaba aquel que había nido su generalísimo; todavía se podía
adivinar su fatal orgullo en el porte de la cabeza; riendo dibujaba yo
entonces, mientras desayunaba en el café Kroner, y en espera de que el camarero
me trajera el queso con pimienta, el pedestal que todavía no sostenía ninguna
estatua: siempre estaba tan seguro del futuro que el presente me parecía la
culminación del pasado. ¿Era aquél mi primer desayuno en el café Kroner o era
ya el que hacía tres mil? Ir cada mañana a desayunar al café Kroner, a las
nueve, sólo hubo una cosa que me lo pudo impedir, una fuerza mayor; cuando mi
generalísimo me llamó afilas, aquel loco, que seguiría montado en su corcel de
bronce en dirección a Occidente. ¿Queso con pimienta? ¿En aquella la primera
vez que comía aquella masa extraña, rojo-blanquecina, que no tenía ningún mal
sabor especial? ¿La había inventado hacía una hora en el tren que desde el
Norte me había llevado a la ciudad, para dar a mi desayuno permanente la
indispensable nota personal, o me ponía aquella mezcla por treintava vez sobre
el pan moreno, mientras el camarero retiraba la huevera y empujaba la merme
lada al fondo de la mesa?
Atención T. Saqué del bolsillo de mi chaqueta el
instrumento, único del cual podía fiarme para corregir «las rápidas y precisas
visiones: el calendario de bolsillo, encargado de volverme al sitio, día y
hora, cuando me perdía por el jardín de la fantasía; era viernes, 6 de
septiembre de 1907, y aquel desayuno era el primero que tomaba allí; hasta
entonces jamás había tomado café para desayunar, sino sólo malta, jamás había
comido un huevo, sino sólo papilla de cebada, pan negro con mantequilla y una
rebanada de pepino, pero el mito que me proponía fundar es taba ya empezando a
nacer; se había puesto en camino con la réplica del cocinero: ¿queso con
pimienta?», para llegar allí donde debía llegar al público. No me cabía sino
esperar, estar presente hasta las diez, las diez y media, mientras el café se
iba llenando poco a poco, beber una botella de agua mineral, además de un
coñac; con el bloc de dibujo sobre las rodillas, el cigarro en la boca y el
lápiz en la mano, dibujar. dibujar, mientras pasaban por mi lado los banqueros
con importantes clientes y se dirigían a los reservados, seguidos por camareros
con botellas de vino en bandejas verdes; venían sacerdotes con colegas
extranjeros que acababan de visitar Sankt Severin, y en latín chapurra do, en
inglés o en italiano hacían elogios de la belleza de la ciudad: mientras
funcionarios de la cancillería del gobierno alardeaban de su categoría, que les
permitía tomar allí, hacia las diez y media, un café y una copa de kirsch;
damas que regresaban del mercado con verduras, coles y zanahorias, guisantes y
ciruelas en bolsas de cuero trenzado, demostraban su excelente educación como
amas de casa, por cuanto habían sabido regatear y apoderarse a buen precio de
los bienes de las fatigadas campesinas, para luego derrochar en café y pasteles
cien veces más de lo que habían ahorrado. Y se indignaban, blandiendo las
cucharillas como espadas contra el jefe de escuadrón que «estando de servicio;
sí señora, había echado un beso a cierta «cocotte» que estaba en un balcón: a aquella
mujer a la que «según pruebas» no había abandonado hasta las cinco y media de
la madrugada, Oliendo por la puerta de servicio. ¡Un jefe de escuadrón saliendo
por la puerta de ser vicio!, ¡qué vergüenza!
Y los contemplaba a todos y escuchaba lo que decían mis
comparsas; dibujaba filas de sillas., filas de mesas con aquel ballet de
camareros, pedía la cuenta a las once menos veinte; había decidido mostrarme
«espléndido, pero no derrochador»; lo había leído en alguna parte y me parecía
una excelente fórmula. Pero me sentía cansado cuando, acompañado por el maitre
y sus ayudantes, salí del café, después de llenar la-boca de aquél, creadora de
mitos, con una propina especial de cincuenta pfennigs. Todo el mundo me miró
detalladamente cuando abandoné el café; no sospechaban que era el solista.
Porque erguido, elástico, atravesé el vestíbulo y les hice ver lo que tenían
que ver; un artista con un gran sombrero negro, pequeño, delicado, con aspecto
de tener veinticinco años, con un aire impreciso de origen campesino, pero
seguro en su modo de presentarse. Di todavía otra moneda de cobre al botones
que me sostuvo la puerta.
Sólo necesité un minuto y medio para llegar hasta aquí,
hasta la casa de la Modestgasse, 7. Aprendices, camiones, monjas: vida en la
calle; la puerta del almacén de la casa número 7 ¿olía efectivamente a tinta de
imprenta? Máquinas parecidas a motores marinos movían sus bielas de aquí para
allá, de allá para aquí; cosas edificantes quedaban impresas sobre papel
blanco; el portero se quitó la gorra:
—¿El señor arquitecto? El equipaje está arriba.
Propina en una mano rojiza.
—Estoy a, su disposición para todo lo que quiera mandarme,
mi alférez.
Sonrisa.
—Sí, señor, han venido des caballeros que tendrían mucho
gusto en llevar a mi alférez al club de oficiales de la reserva de esta ciudad.
Volví a ver más claro el futuro que el presente, que se
hundía en ámbitos oscuros en el momento en que se cumplía; vi al mugriento
portero rodeado de periodistas, vi los titulares: «Joven arquitecto gana el
concurso contra los corifeos de la profesión» El portero se brindaba a dar
información a los periodistas:
—¿Ese? Trabaja como un negro. Por la mañana a las ocho va
a misa a Sankt Severid, luego desayuna en el Café Kroner; de diez y media a
cinco no se le ve el pelo, está encerrado arriba... ni que se rían... de sopas
de puré que él mismo se hace; su madre le envía los guisantes y el tocino,
incluso las cebollas. De cinco a seis da un paseo por la ciudad; de seis y
media a siete y media juega al billar en el hotel Prinz Heinrich, en el club de
oficiales de la reserva. ¿Mujeres? No, que yo sepa. El viernes por la noche,
señores, de ocho a diez ensaya en la Agrupación coral de gargantas alemanas.
Incluso los camareros del café Kroner embolsaron pro pinas
a cambio de informes. ¿Queso con pimienta? ¡Muy interesante! ¿Conque durante el
desayuno dibujaba como un loco?
Más tarde pensé a menudo en el momento de mi llegada; ola
las herraduras de los caballos sobre los adoquines, veía a los mozos del hotel
llevar maletas, a la dama del balcón con su sombrero color de rosa, leía el
anuncio: «Recomiendo a los militares mil prendas interiores...», es cuchaba mi
risa; ¿a quién iba dirigida, de qué estaba constituida? Yo los veía cada mañana
cuando, al salir de misa, cruzaban la calle para ir a recoger la
correspondencia y el periódico; ulanos que se dirigían a caballo al campo de
ejercicio situado al norte de la ciudad; pensaba cada mañana en el odio de mi
padre por los caballos y los oficiales, mientras se alejaba el golpear de las
herraduras, para ir a simular ataques y levantar torbellinos de polvo sobre
patrullas de inspección; los toques de trompeta hacían asomar lágrimas en los
ojos de los antiguos combatientes, que se detenían en la calle, pero yo pensaba
en mi padre; los corazones de los que habían servido en el arma de caballería,
y entre ellos el del portero, latían aceleradamente; las muchachas con el paño
de quitar el polvo en la mano, se convertían en estáticos cuadros vivientes, y
el viento matutino refrescaba su pecho dispuesto a prodigar consuelos, mientras
el portero me entregaba el paquete de mi madre; guisantes, tocino, cebollas y
deseos de prosperidad; mi corazón no aceleraba sus latidos al contemplar el
escuadrón que se alejaba.
En las cartas que escribía a mi madre, insistía siempre en
que no viniera a verme; no quería que entrara a formas parte de los comparsas;
más tarde, más tarde, cuando la función estuviera en marcha, entonces podría
venir; mi madre era pequeña, delicada y morena como yo, vivía entre el
cementerio y la iglesia, y su rostro, su figura hubiera armonizado demasiado
con aquel juego; jamás quería que le enviara dinero, una moneda de oro al mes
le bastaba para sopa y pan, para los diez pfennig que echaba los domingos en el
cepillo, y el pfennig de los días de entre semana; «Ven más adelante», le
escribía... pero no hubo tiempo: su timba, al lado de la de mi padre, junto a
la de Charlotte, a la de Mauritius... no volvió a ver jamás a aquel cuyas señas
escribía semanalmente: Modestgasse, 7, Heinrich Fähmel; yo temía la comprensión
de su mirada, las palabras inesperadas que saldrían de su boca: ¿Para qué?
¿Dinero u honores, para servir a Dios o a los hombres? Temía el catecismo de
sus preguntas, que exigían como respuestas únicamente la pregunta transformada
en predicado, en cuyo final debía figurar un punto y no un signo de
interrogación. Yo no sabía para qué. No iba a la iglesia por hipocresía: eso no
formaba parte del papel aunque a ella se lo pareciera; mi entrada en escena no
empezaba hasta el momento de penetrar en el café Kroner, terminaba a las diez y
media, volvía a empezar a las cinco de la tarde y terminaba a las diez de la
noche. Pensar en mi padre era más fácil, mientras los ulanos desaparecían
finalmente detrás del Modesttor, y los organilleros se dirigían con paso
inseguro hacía los arrabales; querían llegar allí lo bastante pronto para dar
consuelo a amas de casa solitarias y a corazones de criadas: ¡Aurora, Aurora!,
y volverían tambaleándose a última hora de la tarde para cambiar en calderilla
la melancolía del anochecer de víspera de fiesta: ¡Annemarie, Rosemarie! Al
otro lado de la calle, Gretz colgaba en aquel momento un jabalí junto a su
puerta: sangre de caza mayor goteaba oscura sobre el asfalto; alrededor del
jabalí pendían faisanes y perdices y liebres; finos plumajes y peletería
modesta enmarcaban al monstruo. Todas las mañanas colgaba Gretz su caza, de
modo que el público pudiera ver las heridas; vientres de liebre, pechos de
paloma, el flanco desgarrado del jabalí; la sangre tenía que ser visible; las
rosadas manos de la señora Gretz alineaban hígados entre montones de setas;
caviar ordenadamente dispuesto sobre cubitos de hielo brillaba junto a enormes
jamones; langostas, oscuras como ladrillos requemados, se movían ciegamente en
acuarios de poco fondo, esperan do las manos de las clientes, esperando el día
siete, el día nueve, el día diez, el día once de septiembre de 1907. Sólo los
días ocho, quince y veintidós de septiembre, que caían en domingo, la fachada
de Gretz permanecía libre de sangre y yo veía los animales muertos del año
1908, 1909... sólo dejé de verlos durante los años en que reinó una fuerza
superior; eso aparte, los estuve viendo continuamente durante cincuenta y un
años, y todavía ahora mismo sigo viéndolos, mientras las manos de una cliente
buscan, el sábado por la tarde, los últimos requisitos para la comida del
domingo.
—Sí, Leonore, lo ha leído bien; el primer cobro de
honorarios fue de ciento cincuenta mil marcos. ¿No lleva fecha? Eso debió de
ser en agosto de 1908. Sí, estoy seguro, en agosto de 1908. ¿No ha comido usted
jabalí alguna vez? No se ha perdido gran cosa, si quiere creerme a mí. Jamás me
ha gustado. Caliente un poco de café, sacúdase el polvo y vaya a comprar
pasteles si le apetecen. No diga tonterías, eso no engorda, no haga caso de lo
que dicen. Sí, eso fue en 1913: una casita para el señor Kolger, camarero del
café Kroner. No, no cobré honorarios.
¿Cuántos desayunos en el café Kroner? ¿Diez mil, veinte
mil? Nunca lo calculé, iba allí todos los días, excepto aquellos en que me lo
impidió una fuerza mayor.
Esa fuerza mayor, por cierto, la vi nacer: yo estaba al
otro lado de la calle, en el terrado de la casa número II; oculto detrás de la
pérgola, miraba a la calle y les vi dirigirse a la estación; muchos de ellos
cantaban una canción patriótica, proferían el nombre de ese loco que todavía
sigue montado en su corcel de bronce, cabalgando hacia Occidente; llevaban
flores en sus gorras de obrero, en sus sombreros de copa, en sus bombines;
flores en los ojales de sus chaquetas; llevaban prendas interiores normales
sistema profesor Gustav Jäger envueltas en pequeños paquetes debajo del brazo;
sus gritos llegaban hasta mí, e incluso las rameras de allá abajo en la
Krámerzcile habían enviado a sus rufianes a la caja de reclutas, llevando
debajo del brazo unas prendas interiores especialmente buenas y de abrigo..., y
yo esperaba en vano unos sentimientos que pudiera compartir con la gente que
había en la calle: me sentía vacío y solo, envilecido, incapaz de entusiasmo y
no comprendía por qué era incapaz; jamás había reflexionado acerca de ello;
pensaba en mi uniforme de zapador, que olía a naftalina, que seguía cayéndome a
la medida a pesar de que me lo había hecho cuando tenía veinte años y ahora
había cumplido ya los treinta y seis; sólo esperaba que no me vería obligado a
ponérmelo; quería seguir sien do solista, no convertirme en comparsa; aquellos
que se dirigían cantando a la estación estaban locos; los que no podían
desfilar eran considerados con compasión y ellos se tenían por unas víctimas
porque no podían participar; yo, en cambio, estaba dispuesto a contarme de
buena gana entre esas víctimas. En el piso de abajo, mi suegra lloraba porque
sus dos hijos habían tenido que marcharme con la primera quinta movilizada, a
la estación de mercancías donde se cargaban los caballos; gloriosos alanos por
los que mi suegra derramaba gloriosas lágrimas; yo estaba detrás de la pérgola;
todavía florecían las glicinas; y oía de boca de mi hijo de cuatro años, que
estaba en la calle... quiero un fusil, quiero un fusil... y hubiera tenido que
bajar a azotarle en presencia de mi gloriosa suegra; dejé que cantara, dejé que
jugara con el chacó de alano que le habían regalado sus tíos, dejé que
arrastrara m sable, dejé que gritara: Francés muerto, inglés muerto, ruso
muerto. Y permití que el comandante de la plaza me dijera con voz conmovida,
casi entrecortada por un sollozo: Lo siento muchísimo, Fähmel, siento muchísimo
que todavía no podamos dejarle marchar, que todavía no pueda ir al frente, pero
también en la retaguardia se necesita gente como usted.»
Construcción de cuarteles, de fortificaciones, de
hospitales por la noche, vestido de uniforme, controlaba la guardia del puente;
comerciantes de mediana edad con grado de sargento, banqueros que no eran más
que soldados rasos, me saludaban precipitadamente cuando subía por el paso
cubierto, cuando a la luz de mi lámpara de mano veía los dibujos obscenos que
los jóvenes habían grabado a cuchillo en la piedra arenisca al volver de los
baños. El paso cubierto olía a virilidad incipiente. Más allá colgaba un cartel:
a Michaelis, Carbones, Coques, Aglomerados», y una mano indicaba la dirección
donde se podían adquirir las mercancías de Michaelis: y yo disfrutaba de mi
ironía, de mi superioridad, cuando el suboficial Gretz me comunicaba: «Guardia
del puente; un suboficial y seis hombres; sin novedad», daba mi conformidad con
un ademán que creía haber aprendido en alguna comedia; decía «rompan filas»,
escribía mi nombre en el libro de guardia, me iba a casa, colgaba el casco y el
sable en la entrada, me reunía con Johanna en el salón, ponla la cabeza en su
regazo, fumaba mi cigarrillo y no decía nada; y ella tampoco decía nada; sólo
devolvía a Gretz el foie-gras de ganso, y cuando el abad de Sankt Anton nos
enviaba pan, miel y mantequilla, lo daba; yo no protestaba, seguía desayunando
en el café Kroner, tomaba mi queso con pimienta por la dos mil cuatrocentésima
vez, y seguía dando cincuenta pfennig de propina al camarero, a pesar de que no
quena aceptarlos e insistía en pagarme los honorarios por la casa que le había
proyectado.
Johanna expresó lo que yo pensaba: no bebió ni una gota de
champaña el día en que estuvimos invitados en casa del comandante de la plaza,
no probó el pastel de liebre y no quiso bailar con nadie; lo dijo en voz alta:
«Ese loco del Kaiser...» y pareció como si el casino, allí en la Wilhelmskuhle,
entrase de pronto en el período glacial; Johanna lo repitió en medio del
silencio: «Ese loco del Kaiser». Estaban allí el general, el coronel, varios
comandantes con sus esposas, yo, recién ascendido a teniente, encargado de la
construcción de fortificaciones. Período glacial en el casino de la
Wilhelmskuhle. Un joven alférez tuvo la buena idea de pedir un vals a la orquesta;
yo tomé a Johanna del brazo y la llevé al coche: magnífica noche de otoño;
columnas grises desfilaban hacia estaciones de suburbio; sin novedad.
Tribunal de honor. Nadie se atrevió a repetir lo que había
dicho Johanna; blasfemias como aquélla ni siquiera se registraban en las actas:
«Su Majestad... ese loco del Kaiser»; nadie se hubiera atrevido a escribirlo;
se limitaban a decir: «Aquello que dijo su esposa, y yo, a mi vez: «Aquello que
dijo mi esposa», y no decía lo que, en realidad, hubiera tenido que decir: que
estaba de acuerdo con ella; decía, en cambio: a Está embarazada, caballeros, le
faltan sólo dos meses para el parto; ha perdido a dos hermanos, el jefe de
escuadrón Kilb, el alférez abanderado Kilb, ambos caídos el mismo día; se murió
nuestra hijita, en el año 1909...», y, no obstante, sabía que hubiera debido
decir: estoy de acuerdo con mi esposa; sabía que la ironía no basta y no bastaría
nunca.
—No, Leonore, no abra ese paquete; sólo contiene cosas de
valor sentimental; no pesa y, sin embargo, para mí es precioso. El tapón de una
botella. Gracias por el café; ponga la taza en el alféizar de la ventana, por
favor; espero en vano a mi nieta, que suele hacer sus deberes de colegio arriba
en el terrado; me olvidaba de que todavía no han terminado las vacaciones; ve
usted, desde aquí arriba se puede ver hasta el centro-de su oficina, la veo a
usted cuando está sentada en su escritorio, veo sus lindos cabellos.
¿Por qué empezaba, de pronto, a vibrar la taza, a
tintinear, al compás de las máquinas de imprimir? ¿Había terminado el
paréntesis de mediodía, se hacían horas extraordinarias, incluso el sábado por
la tarde, para imprimir cosas edificantes sobre papel blanco?
Infinidad de mañanas había sentido aquella misma vibración
cuando, con los codos apoyados en la ventana, miraba a la calle, miraba
aquellos cabellos rubios, cuyo aroma conocía de misa primera; unos jabones
demasiado ásperos habrían de matar aquella hermosa cabellera; la austeridad era
lo único que ella empleaba como perfume. Yo la seguía cuando, al salir de misa,
a las nueve menos cuarto, pasaba junto a la tienda de Greta y se dirigía a la
casa número 8. La puerta amarilla, en la que sobre madera negra figuraba la
inscripción algo despintada: «Dr. Kilb. Notario.» Yo la contemplaba mientras
esperaba en el quiosco del portero a que trajeran el periódico; un rayo de luz
caía sobre ella, caía sobre su rostro consagrado al servicio de la justicia,
cuando abría la puerta del despacho, subía las persianas, luego ponía la
combinación de la caja de caudales, abría las puertas de acero que parecían
aplastarla: examinaba el contenido de la caja, y yo podía ver perfectamente el
interior de la caja de caudales, a través de la estrecha Modestgasse podía leer
en el compartimiento superior la etiqueta de cartón, pulcramente escrita
«Proyecto Sankt Anton... Había tres grandes paquetes, con sellos de lacre como
heridas. Sólo había tres y todo el mundo sabía el nombre de los concursantes:
Brehmockel, Grumpeter y Wollerscin. Brehmockel era el constructor de treinta y
siete iglesias neogóticas, diecisiete capillas y veintiún conventos y
hospitales: Grumpeter, el constructor de sólo treinta y tres iglesias
neorrománicas, sólo doce capillas y dieciocho hospitales; el tercer paquete
procedía de Wollersein, que sólo había construido diecinueve iglesias, sólo dos
capillas, sólo cuatro hospitales, pero que en cambio tenía en su haber una
auténtica catedral.
—¿Ya ha leído, mi alférez, lo que pone la «Wacht»? —me
preguntó el portero, y yo leí por encima de su calloso pulgar la línea que me
indicaba: «Hoy último día del plazo para el proyecto de Sankt Anton, ¿Les
faltará osadía a nuestros jóvenes arquitectos?». Yo sonreía, doblé el
periódico, me fui a desayunar al café Kroner; sonaba ya a liturgia antiquísima,
cantada durante siglos, cuando el camarero decía, al abrir la puerta de la
cocina: «Desayuno para el señor arquitecto Fähmel, como siempre». Amas de casa,
sacerdotes, banqueros... vocerío de las diez y inedia. Bloc de dibujo con
corderos de Dios, serpientes, pelícanos cincuenta pfennig de propina para el
camarero, diez para el botones, sonrisa del portero cuando le ponía un cigarro
en la mano y recogía mi correspondencia. Yo estaba aquí, sentía el trepidar de
las máquinas de imprimir debajo de mis codos, veía como, en el despacho de
Kilb, el meritorio blandía la plegadera blanca junto a la ventana. Abrí la
carta que me había dado el portero: «...estarlos dispuestos a ofrecerle
inmediatamente el cargo de delineante jefe; le acogeremos-en familia, si así lo
desea, y le garantizamos que podrá entrar en relación con la mejor sociedad. No
tendrá que quejarse por la falta de atenciones...» Así le atraían a uno con el
cebo de bellas hijas de arquitectos, le ofrecían participar en alegres
excursiones campestres, en las que, vos apuestos caballeros, tocarlas con
sombreros de anchas alas, destapaban botellas de cerveza en el lindero del
bosque, mientras bellas damas sacaban bocadillos y los ofrecían; en los prados
recién segados, se podían intentar algunos pasos de danza, mientras las madres,
que contaban ansiosas los años de sus hijas, aplaudían encantadas ante tanta
gracia, y cuando se iniciaba el paseo por el bosque, cogiditos del brazo,
porque las damas solían tropezar con las raíces, se presentaba la ocasión, ya
que las distancias aumentaban insensiblemente bajo la oscuridad de la arboleda,
de atreverse a un beso, en el antebrazo, en la mejilla, en el hombro, y cuando
luego se volvía a casa en coche, atravesando tupidos prados al anochecer, en
cuyos bordes había incluso gamos, como si sólo estuvieran en el bosque para
asomarse a mirarnos, cuando se iniciaban canciones; que se propagaban de coche
en coche. Entonces había llegado la hora de murmurarse al oído que Cupido nos
había flechado. Y los coches llevaban a casa corazones melancólicos, almas
doloridas.
Y yo contesté cortésmente: «...estoy dispuesto a acepta:
su amable oferta en cuanto haya terminado los estudios particulares que. de
momento, me retendrán todavía una temporada en la ciudad...»; cerré el sobre,
puse el sello, volví a la ventana y contemplé la Modestgasse la plegadera
brillaba como un puñal cuando el muchacho la blandía; dos criados del hotel
cargaban el jabalí en un carretón de mano; por la noche comería jabalí, en la
cena de la Coral-de gargantas alemanas, tendría que escuchar sus bromas, y
ellos no se darían cuenta de mi risa, no. verían que no me reía de sus chistes,
sino de ellos: sus bromas me eran tal; repulsivas como las salsas, y yo me reía
aquí arriba en la ventana y todavía no sabía si era odio o desprecio. Sólo
sabía una cosa: mi risa no era únicamente de alegría.
La aprendiza de Gretz colocaba unas cestas de setas al
lado del jabalí: en el hotel Prinz Heinrich, el cocinero ya pesaba las
especias, los pinches afilaban los cuchillos; ayudantes de camarero se
arreglaban precipitadamente las corbatas ante el espejo de su casa y
preguntaban a sus es posas que estaban planchando (el vapor de pantalones
vueltos al revés llenaba la cocina): «¿Tengo que besar el anillo del obispo si
por desgracia me toca servirle?›. El meritorio seguía blandiendo la plegadera.
Las once y quince minutos; cepillé mi traje negro, examiné
mi corbata de terciopelo, me puse el sombrero, saqué mi calendario de bolsillo,
no mayor que una caja de cerillas, lo abrí y leí en él: 30 de septiembre de
1907, a las 11,50: entregar el proyecto en casa de Kilb. Exigir recibo.
¡Atención! Mil veces había realizado aquel acto en mi
imaginación: Bajar la escalera, cruzar la calle, la entrada, la sala de espera.
«Desearía hablar personalmente con el señor notario». «¿De qué asunto?». Deseo
entregar al señor notario un proyecto para el Concurso de Sankt Anton.
Sólo el meritorio manifestaría asombro, dejaría de blandir
la plegadera, se volvería a mirarme, pero luego, avergonzado, dirigiría de
nuevo el rostro hacia la calle, a los formularios, recordando la advertencia:
¡discreción, discreción! En aquel lugar, donde la austeridad era elegancia,
donde los retratos de los antepasados jurisconsultos colgaban de las paredes,
donde los tinteros alcanzaban los ochenta años de edad y las plegaderas ciento
cincuenta, se realizaban importantísimas transacciones en silencio; allí
cambiaban de propietario barrios enteros, se firmaban contratos de matrimonio,
en los que se estipulaban consignaciones anuales «para alfileres» mucho mayores
que todo cuanto pudiera cobrar como salario un escribiente en cinco años; pero
allí se registraba también notarialmente la hipoteca de dos mil marcos del
pobre zapatero, se guardaba el testamento del tembloroso rentista, en el cual
legaba su mesita de noche a su nieto favorito; los asuntos legales de las
viudas y huérfanos, de los obreros y millonarios se liquidaban allí en
silencio, frente al lema que colgaba de la pared: Llena está su diestra de
dones. No había motivo para levantar la mirada cuando un joven artista, en su
traje negro, heredado del tío y vuelto al revés, entregaba un paquete envuelto
en papel de barba, unos rollos de dibujos, y creía tener derecho a molestar
personalmente al señor notario para ello. El oficial mayor sellaba el paquete,
los rollos de dibujos, y estampaba el escudo de los Kilo, un cordero, de cuyo
pecho manaba un chorro de sangre, en la laca del sello caliente, mientras la
muchacha rubia, la bien parecida, escribía el recibo: «Lunes, 30 de septiembre
de 1907, 11,35 de la mañana, el arquitecto señor Heinrich Fähmel entrega...»
¿No apareció en su rostro pálido y amable una ligera señal de que no le era
desconocido? Aquel acontecimiento imprevisto me hizo feliz, porque me
demostraba que el tiempo era algo real; aquel día existía efectivamente, aquel
minuto; no quedaba demostrado por mí, que había bajado efectivamente la
escalera, había cruzado la calle, la entrada y la sala de espera; no quedaba
demostrado por el meritorio que levantó la mirada y que luego, avergonzado,
consciente de su deber de discreción, volvió de nuevo el rostro a la calle; no
quedaba demostrado por las heridas rojas de los sellos de lacre, quedaba
demostrado también por la sonrisa imprevista y amable de la secretaría, que
examinó mi traje vuelto al revés y que luego, al tomar yo el recibo de su mano,
me susurró: «Le deseo mucha suerte, señor Mime!». Aquellas palabras eran las
primeras, en el transcurso de las primeras cuatro semanas y media, que hirieron
el tiempo y que me recordaron que en aquel juego que yo había desencadenado
había vestigios de realidad; el tiempo no estaba pues ordenado únicamente en
imaginarios compartimientos donde lo futuro se me antojaba presente y lo
presente me parecía tener varios siglos de antigüedad, donde lo pasado se
convertía en futuro, como una infancia a la que corría como corría a mi padre
cuando era niño. Mi padre era un hombre silencioso; a su alrededor se
acumulaban los años como capas de plomo hechas de silencio; había manejado los
registros del órgano. había cantado en la misa mayor, cantado mucho en los
entierros de primera, poco en los de segunda, nada en los de tercera; era tan
callado que, ahora que pensaba en él, me sentía deprimido; había ordeñado
vacas, había corlado hierba, trillado grano hasta que su rostro sudoroso
quedaba cubierto de glumas corno insectos; había dirigido el coro de los
aprendices, el de los oficiales, el de los cazadores y el de Santa Cecilia;
jamás hablaba, jamás blasfemaba, sólo cantaba, cortaba remolachas, cocía
patatas para el cerdo, tocaba el órgano, se ponía una sotana negra y el roquete
blanco encima; a nadie en el pueblo le llamaba la atención que no hablara
nunca, porque todos le conocían sólo trabajando; de cuatro hijos se le murieron
dos tuberculosos y quedaron sólo otros dos: Charlotte y yo... Mi madre era
enfermiza, una de aquellas mujeres que les gustan las flores, las cortinas
bonitas, que cantan mientras planchan y, por la noche, cuentan cuentos junto a
la lumbre; mi padre trabajaba, hacía camas de madera, llenaba sacos de paja,
mataba gallinas, hasta que Charlotte murió: oficio de ángeles, iglesia adornada
de blanco; el párroco cantó, pero el sacristán no contestó ni manejó los
registros; no se oyó el órgano, no se cantó ningún responso en el coro; sólo el
párroco cantó. Silencio, cuando en la puerta de la iglesia se formó la comitiva
para ir al cementerio; el párroco preguntó, inquieto: «Pero Fähmel, querido
Fähmel, ¿por qué no ha cantado usted?» y yo oí por primera vez la voz de mi
padre pronunciar algo y me quedé asombrado de lo áspera que era aquella voz que
sabía cantar tan suave, en el coro; lo dijo aprisa, con acento ronco: «En los
entierros de tercera no se canta«. La niebla cubría el Bajo Rin, jirones de
vapor dibujaban cintas sobre los campos de remolachas entre los árboles; las
cornejas parecían matracas de Semana Santa, mientras el párroco, trastornado,
recitaba el responso; mi padre dejó de llevar la batuta en el coro de los
Aprendices, el de los oficiales, el de los cazadores y el de Santa Cecilia, y
pareció como si con aquella frase, la primera que le oí pronunciar —tenía
dieciséis años cuando mi hermana Charlotte murió a los doce— como si con
aquella primera frase hubiese descubierto la voz; empezó a hablar más; hablaba
de su odio por los caballos y los oficiales; decía con tono amenazador: • ¡ Ay
de vosotros, si me hacéis un entierro de primera!
—Sí —repitió la muchacha rubia— le deseo mucha suerte.
Quizás hubiese sido mejor que le hubiese devuelto el
recibo y que hubiese reclamado el paquete sellado y los rollos de dibujos; que
hubiese regresado a casa, a casarme con la hija del alcalde, que era empresario
de construcciones, y construir cuarteles de bomberos, pequeñas escuelas,
iglesias, capillas; hubiese sido mejor bailar con la dueña de la casa en las
fiestas de cobertura, mientras mi mujer bailaba con el dueño. ¿Para qué
desafiar a Brehmockel, a Grumpeter y a Wollersein, los grandes corifeos de la arquitectura
sacra? ¿Para qué? Me sentía libre de orgullo. el dinero no me atraía; jamás
habría de sufrir hambre; podría jugar al ajedrez con el párroco, el boticario,
el hotelero y el alcalde, podría tomar parte en cacerías, construir «algo
moderno» para los campesinos enriquecidos... pero el meritorio ya había
abandonado rápidamente la ventana y me abría la puerta; yo dije «gracias»,
salí, crucé la entrada, la calle, subí la escalera de mi estudio y apoyé el
codo en el alféizar de mi ventana, que vibraba al compás de las máquinas de
imprimir. Era el día 30 de septiembre de 1907, hacia las doce menos cuarto...
—Sí. Leonore, es una verdadera pesadilla eso de las
máquinas de imprimir. —No sé cuántas tazas se me han roto ya, por poco que me
distraiga. Tómeselo con calma, hija mía, no corra tanto. Si sigue trabajando de
ese modo, dejará ordenado antes de una semana todo lo que no he sido capaz de
ordenar en cincuenta y un años. No, gracias, yo no tomo pasteles. ¿No la
molesta que la llame hija mía?
No tiene por qué ruborizarse de los piropos de un viejo,
soy un monumento, Leonore, y los monumentos no pueden hacer nada a nadie. Yo,
necio de mí, sigo yendo todas las mañanas al café Kroner y como allí mi queso
con pimienta, aunque ya hace tiempo que no me gusta; me debo a mis
contemporáneos, no tengo derecho a destruir mi leyenda; fundaré un asilo de
huérfanos, quizás también una escuela, instituiré becas y algún día en algún
lugar me fundirán en bronce y descubrirán mi monumento; quiero que usted lo vea
y se ría, Leonore; tiene una manera muy linda de reírse, ¿lo sabía? Yo ya no
puedo reírme, ya no sé, y, no obstante, creía que la risa era un arma; no lo
era; era sólo un engaño. Si quiere, la llevaré al baile de los universitarios,
la presentaré como mi sobrina, allí beberá usted champaña, bailará y conocerá a
un joven que será bueno con usted y la querrá; la daré una dote... sí, piénselo
con calma: dos metros por tres, la vista general de Sankt Anton; lleva ya
cincuenta y un años colgada aquí en el estudio; y aquí continuó incluso cuando
se derrumbó el techo; de entonces datan estas dos manchas de moho que se ven
allí; éste fue mi primer gran encargo, un encargo gigantesco y yo apenas tenía
treinta años, apenas estaba formado.
Y en el año 1917 no tuve el valor de hacer lo que Johanna
hizo en mi lugar: arrancó de las manos a Heinrich, que estaba arriba en el
terrado junto a la pérgola, la poesía que se disponía a aprender de memoria,
recitándola con toda la seriedad de su voz infantil:
Dijo san Pedro, portero del cielo:
Lo comunicaré a la superioridad,
Y al cabo de poco rato, regresó:
Su excelencia, mariscal Blücher, ha tenido suerte:
Permiso por tiempo indefinido.
(Así habló y abrió la puerta del cielo.)
Anda, viejo fusilero, y no temas,
Que Dios está con vosotros,
Robert todavía no tenía dos años y Otto no había nacido
aún; yo estaba de permiso y hacía tiempo que vela claramente aquello que había
sentido de un modo impreciso, a saber. que la ironía no basta ni bastará nunca,
que sólo es un narcótico para algunos privilegiados, y hubiera tenido que hacer
lo que Johanna hizo; vestido con mi uniforme de capitán, hubiera tenido que
hablar con el niño: pero me limité a escuchar cómo seguía recitando:
Blücher fue el que bajó a la tierra,
Para conducirnos de victoria en victoria.
¡Adelante, hurra, Hindenburg,
Salvador y baluarte invencible de la Prusia oriental!
Mientras haya bosques alemanes,
Mientras ondeen banderas alemanas,
Mientras viva una palabra alemana,
Su nombre será inmortal.
Esculpido en piedra, fundido en bronce.
Por ti, nuestro héroe, late nuestro corazón.
¡Hindenburg! ¡Adelante!
Johanna arrancó el papel de manos del muchacho, lo hizo
pedazos y los echó a la calle; como copos de nieve cayeron ante la tienda de
Gretz, donde aquel día no había colgado ningún jabalí; la fuerza mayor se había
impuesto.
La risa no será suficiente, Leonore, cuando inauguren mi
monumento; escupe en él, hija mía... en nombre de mi hijo Heinrich, en nombre
de Otto, que era un muchacho tan cariñoso y bueno, y porque era tan cariñoso y
tan bueno, tan obediente... se me hizo extraño como ningún otro ser en este
mundo, y en nombre de Edith, del único cordero que jamás he visto: yo la
quería, a la madre de mis nietos, pero no pude ayudarla, como no Dude ayudar a
aquel aprendiz de carpintero al que sólo había visto dos veces, ni a aquel
muchacho que no vi jamás, el muchacho que nos traía noticias de Robert, que
echaba notitas no mayores que envoltorios de caramelo en el buzón y que por
este motivo desapareció en el campo de concentración.
Robert fue siempre listo y desapasionado, jamás irónico;
Otto era distinto, demostraba tener corazón y, sin embargo, comió, de pronto,
del sacramento del búfalo, y se nos hizo extraño; escupe sobre mi monumento,
Leonora, diles que yo mismo te lo pedí; también puedo dártelo por escrito y
hacer legalizar mi firma por un notario; hubiera tenido que ver a aquel
muchacho que me hizo comprender esta frase: Unos ángeles bajaron del cielo y le
sirvieron. Era aprendiz de carpintero; le decapitaron; hubieras tenido que ver
a Edith y a su hermano, al que no vi más que una vez, cuando atravesaba el
patio de casa y subía a ver a Robert; yo estaba en la ventana de mi dormitorio
y le vi sólo durante medio minuto, y sentí miedo; llevaba la salvación y la
desgracia sobre sus hombros; Schrella se llamaba, jamás supe su nombre de pila;
era algo así como un ejecutor, de la ley de Dios, que por deudas no pagadas,
pegaba citaciones invisibles en las casas; yo sabía que exigiría a mi hijo y,
no obstante, le dejé atravesar el patio de casa; el mayor de los hijos que me
quedaban, que valía tanto, el hermano de Edith «se lo llevó». Edith era
distinta, su seriedad bíblica pesaba tanto, que se podía permitir un humor
bíblico; se reía con sus hijos en pleno bombardeo; les puso nombres bíblicos:
Joseph y Ruth: y la muerte no encerraba para ella ningún terror; no comprendió
nunca que yo llorara tanto a los hijos que había perdido, a Johanna y a
Heinrich... no llegó a saber que Otto también murió, aquel extraño, el que más
cerca había estado de mí: le gustaba mi estudio, mis dibujos, iba conmigo a las
obras, bebía cerveza cuando celebrábamos la cobertura de un edificio, era el
favorito de los albañiles.; esta noche no tomará parte en la fiesta de mi
cumpleaños; ¿cuántos vamos a ser? Se pueden contar con los dedos de una mano
los miembros de mi familia: Robert, Joseph, Ruth, Johanna y yo; el lugar de
Johanna estará ocupado por Leonore y ¿qué le diré a Joseph cuando con
entusiasmo juvenil me cuente los progresos de la restauración de Sankt Anton?
Cobertura para fines de octubre; los monjes quieren cantar la liturgia de
adviento en la nueva iglesia. Tiemblan los huesos carcomidos, Leonore, y no han
cuidado de mis corderos.
Mejor hubiera valido devolver el recibo, romper los sellos
de lacre rojos y destruirlo todo. Ahora no tendría que estar aquí esperando a
mi nieta, hermosa, morena, de diecinueve años, de la misma edad que tenía
Johanna cuando, hace cincuenta y un años, estaba yo aquí arriba y ella al otro
lado de la calle, en el terrado; yo podía leer perfectamente el título del
libro: Kabale und Liebe... ¿Acaso no es la propia Johanna la que lee Kabale und
Liebe en este momento al otro lado de la calle? ¿Es verdad que todavía no ha
regresado, que está comiendo con Robert en el Löwe? ¿No acabo de dejar, en el
quiosco del portero, el cigarro de costumbre? ¿No he esquivado su familiaridad
(«entre hombres, mi alférez»), para esconderme aquí arriba desde las diez y
media hasta las cinco, por el mero placer de estar aquí? He pasado junto a
rimeros de libros, pilas de hojas del obispado recién impresas; ¿qué se imprime
todavía el sábado por la tarde sobre papel blanco? ¿Cosas edificantes o
carteles electorales para todos aquellos que han probado del sacramento del
búfalo? Vibran las paredes, tiemblan los peldaños, las operarias van apilando
las hojas hasta llegar a la puerta de mi estudio. Yo estaba aquí arriba, me
ejercitaba en estar meramente aquí; me sentí arrastrado, atraído por un chorro
de viento que acabaría arrojándome fuera: ¿hacia dónde? Fui absorbido por un
torbellino de amargura primigenia, bebí la eterna inutilidad de todas las
cosas, vi los hijos que tendría, los vinos que bebería, los hospitales e
iglesias que construiría... y al mismo tiempo oía caer las glebas de tierra
sobre mi ataúd, sordo retumbar de tambores que me perseguía; oía cantar a las
plegadoras, a las cortadoras, a las empaquetadoras voces claras unas veces,
graves, dulces y ásperas otras; cantaban sencillamente la alegría elemental de
la víspera de fiesta llegaba hasta mí como un canto fúnebre: amor en la sala de
baile, felicidad dolorosa junto al muro del cementerio, en la hierba que olía a
otoño; lágrimas de madre anciana como presagio de alegrías de madre joven,
melancolía del orfanato, donde una joven valiente decidió permanecer pura; pero
el amor se apoderó también de ella, la hirió en la sala de baile; felicidad
dolorosa junto al muro del cementerio, en la hierba que olía a otoño... las
voces de las operarias volvían a empezar como cangilones en la misma agua;
entonaban mi cántico funeral, mientras las glebas caían cuidadosamente sobre mi
ataúd Con los párpados entreabiertos miré las paredes de mi estudio, que había
empapelado con dibujos: presidía como un soberano, en el centro, el calco
rojizo, a 1 por 200, de la abadía de Sankt Anton; en primer término la finca
Stehkin er Grotte, vacas que pacían, un campo de patatas recién arrancadas, del
que se elevaba el humo de un fuego; luego la abadía, imponente, de planta de
basílica (había plagiado sin miramientos las catedrales románicas), el claustro
severo, bajo y oscuro; clausura, refectorio, biblioteca; en el centro del
claustro, la imagen de San Antonio; el gran cuadrado con los locales de la
explotación agrícola: graneros, establos, cuadras, un molino propio con horno
de pan, una bonita vivienda para el mayordomo, encargado también de cuidar de
los peregrinos; bajo grandes árboles, había mesas y sillas sencillas, donde
podían comer sus provisiones de viaje acompañadas de vino áspero, de mosto o de
cerveza; en el horizonte aparecía indicada la otra finca: Gorlingers Sthul;
capilla, cementerio, cuatro casas campesinas, vacas que pacían; unas filas de
chopos limitaban por la derecha la tierra de cultivo, donde los monjes
plantaban viñedos, donde crecían coles y patatas, verduras y trigo y se recogía
de las colmenas una miel riquísima.
Entregado hacía veinte minutos, contra recibo; proyecto
con dibujos detallados y cálculos completos; cifras y estados nítidamente
escritos a pluma; con los ojos entornados, como si estuvieran efectivamente
allí, miraba el proyecto a través de la ventana; Veía a los monjes que se
agachaban, a los peregrinos que bebían mosto, mientras las operarias, abajo,
con voces que ansiaban la víspera de fiesta, claras las unas, graves las otras,
entonaban su canto funerario que llegaba hasta mí; cerré los ojos y sentí el
frío que no habría de volver a sentir basta cincuenta años más tarde, cuando
fuera un hombre maduro, rodeado de vida tumultuosa.
Aquellas cuatro semanas y media hablan sido interminables;
todo cuanto hacía, lo había calculado antes en gabinetes de ensueño; lo único
que no quedaba comprendido en aquel programa era la misa de la mañana, las
horas entre las diez y media y las cinco de la tarde: anhelaba lo imprevisto,
que sólo me había regalado una ligera sonrisa y por dos veces un «Le deseo
mucha suerte, señor Fähmel». Cuando volvía a cerrar los ojos el tiempo se
descomponía como un espectro: pasado, presente, futuro; dentro de cincuenta
años, mis nietos mayores tendrían ya veinticinco, mis hijos tendrían ya la
misma edad que los respetables señores en cuyas manos acababa de ponerme al
entregar mí; proyecto. Busqué con la mano para cerciorarme de que tenía el
recibo: en efecto, mañana por la mañana se reuniría el jurado y se daría cuenta
del cambio operado: un. cuarto proyecto; los bandos ya formados, dos en favor
de Grumpeter, dos en favor de Brehmockel, y uno, el más; importante, más joven
y más pequeño de los cinco, el abad, en favor de Wollersein; al abad le gustaba
el arte románico; la discusión sería encarnizada, porque los dos miembros del
jurado susceptibles de ser sobornados tendrían que argumentar sobre todo desde
el punto de vista artístico; aplazamiento; este joven recién llegado nos ha
estropeado el programa; inquietos, se habían dado cuenta, no sin inquietud, de
que al abad le gustaba mi proyecto; mientras bebía a pequeños sorbos su copa de
vino, había contemplado repetidamente mis dibujos; el conjunto estaba
orgánicamente adaptado al paisaje, el aspecto utilitario del cuadro de
edificios de la explotación agrícola contrastaba claramente con la severidad de
la parte de claustro y clausura; el pozo, la hospedería para los peregrinos,
todo les gustaba; el abad incluso esbozó una sonrisa: allí sería primus inter
pares; penetraba ya en el proyecto como si fuera propiedad suya, presidía las
comidas en el refectorio, se sentaba en el coro, visitaba a los hermanos
enfermos, iba a ver al mayordomo, cataba el vino, dejaba caer entre sus dedos
el grano; pan para sus hermanos y para los pobres, grano de la cosecha de sus
campos; el joven arquitecto había ideado incluso una cuadra para los mendigos,
junto al portal, con, en el exterior, bancos para el verano y, dentro, unas
sillas, una mesa, una chimenea para el invierno. «Señores, para mí no cabe
duda; yo voto sin vacilar por éste... ¿cómo se llama?, por el proyecto de
Fähmel; además, fíjense en el presupuesto: trescientos mil marcos menos que el
más barato de los otros tres»; el lacre seco caído de las heridas abiertas,
cubría la mesa, que ahora unos especialistas golpeaban con el puño, dispuestos
a empezar la gran discusión: «Créanos, Reverendo Padre, ¡cuántas veces no se ha
presentado uno que ha hecho una oferta más provechosa, pero que al final,
cuando sólo faltaban cuatro semanas para la cobertura, ha declarado que no
podía más! no es raro que esta clase de proyectos cuesten luego medio millón
más de lo que se había presupuestado. Haga caso de la experiencia. ¿Qué banco
avalará a un hombre tan joven, totalmente desconocido? ¿Quién arriesgará la
cantidad necesaria para la fianza? ¿Tiene fortuna propia?» Una risotada general
cayó sobre el joven abad: «Su fortuna asciende, según su propia declaración, a
ocho mil marcos... Discursos, discusiones. Aquellos caballeros se separaron
disgustados. Ninguno de ellos había secundado al abad. La decisión se aplazó
cuatro semanas. ¿Por qué aquel campesino de cabeza rapada, que apenas llegaba a
los treinta años, había obtenido el voto que según los estatutos era decisivo,
de tal modo que nada se podía decidir de un modo inmediato contra él y sí a su
favor?
Repiquetearon teléfonos, emisarios sudorosos corrieron
llevando cartas Urgentes del presidente del consejo provincial al arzobispo,
del arzobispo al seminario, donde el hombre de confianza del arzobispado
cantaba precisamente las excelencias del estilo neogótico. Con el rostro
encendido, el hombre se apresuró a subir al coche que le esperaba, los cascos
de los caballos se alejaron martilleando el empedrado, chirriaron las ruedas al
tomar audaces curvas; ¡de prisa, prisa!, ¡informe, informe! ¿Fähmel? No sé quién
es. ¿El proyecto? Técnicamente magnífico, los cálculos... hay que reconocerlo,
Excelencia, hasta dónde se puede juzgar, convincentes, pero ¿y el estilo?
Espantoso; sólo por encima de mi cadáver. ¿Su cadáver? El arzobispo sonrió;
temperamento de artista, ese profesor, fogoso, demasiada pasión, demasiados
mechones blancos flotando al viento; cadáver, bueno, bueno; empezaron a
circular billetes cifrados de Grumpeter a Brehmockel, de Brehmockel a
Wollersein; los corifeos enemistados a muerte se unieron por algunos días, se
preguntaron mutuamente por cartas cifradas y por teléfono: «¿Pueden
estropearse, las coliflores?», lo cual significaba: «¿Se puede destituir a los
abades?» Y la respuesta era descorazonadora: «Las coliflores no se estropean».
Cuatro semanas y media bajo tierra; qué tranquila era mi
tumbal, la tierra se desmoronaba poco a poco, se escurría suavemente a mi lado
y sobre mí; mientras me aturdía el canto de las operarias, era mejor no hacer
nada, pero ahora entraría en acción, no tendría otro remedio; si abrían mi
tumba, si levantaban la tapa, me vería de nuevo proyectado en el tiempo, en el
que cada día tiene un nombre, —cada hora encierra una obligación; el juego se
transformaría en algo serio; ya no podría ir, a eso de las dos, a buscarme la
sopa de guisantes a la cocina; ya ni siquiera la recalentaba, la comía fría; la
comida no me interesaba, no me interesaba el dinero ni la fama; me gustaba el
juego, me interesaba un poco el cigarro que fumaba cada día y echaba de menos
una mujer, a mi mujer.¿Sería aquella que veía en el terrado, al otro lado de la
calle, con el cabello negro, esbelta y hermosa, Johanna Kilo? Mañana sabría mi
nombre; ¿echaba de menos a una mujer, fuera quien fuese, o precisamente a ella?
No podría soportar más el estar siempre entre hombres, todos me parecían
ridículos: los piadosos y los no piadosos, los que contaban chistes y los que
se los dejaban contar, los jugadores de billar, los oficiales de la reserva,
los cantores del coro, el portero.y los camareros; estaba harto de ellos,
esperaba las horas de la tarde, de cinco a seis, me gustaba ver los rostros de
las operarias, a cuyo río me juntaba en el portal; me gustaba la sensualidad de
sus rostros que pagaban serenamente su atributo a la caducidad, y hubiera querido
ir con una de ellas a bailar, a tumbarme con ella en la hierba que olía a
otoño, junto al muro del cementerio. Hubiera roto el recibo y renunciado a la
partida decisiva. Aquellas muchachas se reían, cantaban, comían y bebían con
gana, lloraban, y no eran como aquellas falsas estúpidas que, porque tenía una
habitación en su casa, me incitaban a caricias que ellas juzgaban atrevidas.
Todavía me pertenecían las figuras y el escenario, todavía me obedecían los
comparsas, en aquel último día, en que la sopa de guisantes fría no me apetecía
en absoluto, pero tenía demasiada pereza para calentármela; quería seguir el
juego hasta el final, el juego ideado en el tedio de unas tardes en ciudades
provincianas, cuando había comprobado hasta la saciedad el espesor de la
argamasa, la calidad de los sillares y el aplomo de los muros y prefería el
tedio de sórdidos tabernuchos al tedio del despacho y empezaba a idear la
abadía en minúsculos trozos de papel.
El juego se había apoderado de mí; los dibujos crecieron,
las imágenes fantásticas se precisaron y. casi sin darme cuenta. me encontré,
de pronto, en pleno cálculo; había aprendido a calcular, a dibujar; envié
treinta marcos a Kilo y recibí las bases del concurso; visité Kisslingen, un
domingo por la tarde: trigales floridos, campos de remolacha de color verde
oscuro, bosque donde un día estaría situada la abadía; seguí jugando, estudié a
mis contrincantes, cuyo nombre pronunciaban los colegas con respetuoso odio:
Brehmockel, Grumpeter, Wollersein; estudié sus edificios, iglesias, hospitales,
capillas, la catedral de Wollersein lo sentía perfectamente, lo olía al
contemplar aquellos tristes edificios: el porvenir estaba al alcance de la
mano, como un país por conquistar, como una tierra incógnita, en la que había
enterradas pepitas de oro, que podía desenterrar cualquiera que tuviera cierto
sentido de la estrategia; tenía el porvenir en mis manos; sólo era cuestión de
agarrarlo. El tiempo se convirtió, de pronto, en una fuerza que nadie había
apreciado ni sabido utilizar, mientras yo vendía la habilidad de mis manos y
las matemáticas de mi cerebro a unos ignorantes santurrones por unas cuantas
monedas de oro. Compré papel, tablas, lápices y manuales; ese juego sólo había
de costarme una cosa: tiempo. Y el tiempo estaba a mi disposición, de balde;
los domingos fueron días de exploración; examiné el terreno, recorrí calles: en
la Modestgasse número 8 había un estudio por alquilar; en la casa de enfrente,
en el número 7, vivía el notario, que sellaba los proyectos; las fronteras
estaban abiertas, sólo tenía que echar a andar; y hasta aquel momento, cuando
ya había penetrado profundamente en el país por conquistar, cuando ya era casi
su dueño, hasta aquel momento, mientras el enemigo dormía aún, no había hecho
mi declaración de guerra; volví a buscar con la mano el recibo; allí estaba.
Pasado mañana mi primer cliente franquearía el umbral del
estudio: el abad, joven, de ojos pardos, sereno; a pesar de que todavía no
había ejercido el poder, estaba acostumbrado a mandar. «¿Cómo sabía usted que
la separación entre hermanos legos y monjes en el refectorio no estaba prevista
por nuestro fundador San Benito?, Se paseó de arriba a abajo, volvió a mirar
repetidamente el proyecto y preguntó «¿Aguantará usted, no fracasará, no dará
la razón a esos pesimistas?» Y tuve miedo ante aquel gran juego que saldría del
papel y me arrollaría; yo había jugado la partida, pero jamás previsto que
pudiera ganarla; la fama de haber vencido a Brehmockel, Grumpeter y Wollersein
me hubiera bastado, pero ¿vencerles de verdad? Tuve miedo, pero contesté: «Sí,
Reverendo Padre, aguantaré». Meneó la cabeza en señal da aprobación y se
marchó.
A las cinco me sumé al río de las operarias que salían por
el portal; di mi paseo de víspera de fiesta tal como estaba previsto; vi
bellezas envueltas en velos, que, en coche, se dirigían a sus citas, tenientes
que, en el café Fuhl, bebían bebidas fuertes mientras escuchaban música
dulzona; y caminaba todos los días cuatro kilómetros, durante una hora, siempre
por el mismo camino y a la misma hora; quería que me vieran siempre a la misma
hora en los mismos lugares: tenderas, banqueros y joyeros; prostitutas y
cobradores; dependientes, camareros y amas de casa; quería que me vieran y me
veían, de cinco a seis con el cigarro en la boca; no estaba correcto, ya lo sé,
pero soy un artista. obligado al inconformismo; incluso puedo pararme junto a
los organilleros, que cambian en calderilla la melancolía de la víspera de
fiesta: calle de ensueño a través del gabinete de ensueño; mis comparsas tenían
las articulaciones bien engrasadas, movidas por hilos invisibles; sus bocas se
abrían para pronunciar las réplicas que yo les permitía: melodía fría de las
bolas de billar en el hotel Prinz Heinrich; blanco sobre verde, rojo sobre
verde; unos maniquíes doblaban los brazos para impulsar las bolas con el taco,
para llevarse los vasos de cerveza a la boca, sumaban puntos; me golpeaban
amistosamente la espalda oh, sí, oh, no, magnífico, mala suerte!—, mientras yo
día caer las glebas sobre mi ataúd, esperaba ya el grito de muerte de Edith, y
estaba prevista la última mirada del aprendiz de carpintero a la pared de la
cárcel, un día al amanecer.
Fui con mi esposa y mis hijos al valle del Kissa, les
enseñé orgulloso mi obra de juventud, visité al abad, que había envejecido y
leí en su rostro tos años que no descubría en el mío propio; café en la sala de
recepción, pasteles, hechos con la propia harina, con ciruelas de la propia
cosecha y con mantequilla de las propias vacas; mis hijos pudieron visitar la
clausura, mi esposa y mis hijas, que se sonreían por lo bajo, tuvieron que
aguardar fuera: cuatro hijos y tres hijas, siete descendientes que me darían
siete veces siete nietos, y el abad me sonreía: «Ahora casi somos vecinos... En
efecto, yo había comprado las dos fincas: Stehlinger Grotte y Grolingers Stuhl.
—¿Qué, Leonora, otra vez el café Kroner? No, ya les he
dicho terminantemente que no quiero champaña. Le tengo odio. Y ahora no trabaje
más, hija mía. ¿Quiere encargarme un taxi para las dos? Que espere en el
portal; si quiere la puedo acompañar un trecho. No, no paso por Blessenfeld. Si
quiere se lo explicaré.
El anciano alejó la mirada del caleidoscópico marco de la
ventana y la dirigió al estudio, donde seguía en la pared el gran proyecto de
Sankt Anton, donde la atmósfera estaba llena de polvo, que las laboriosas manos
de la muchacha habían levantado a pesar de todas sus precauciones; sin
alterarse, vació luego el arca de acero, le tendió un fajo de billetes de banco
que hacía treinta y cinco años que habían perdido su valor, sacó otro fajo de
billetes que habían perdido su valor hacía diez años, meneó dubitativamente la
cabeza y contó cuidadosamente, luego, sobre el tablero de dibujo los billetes
pasados de moda: diez, veinte, ochenta, cien... mil doscientos veinte marcos.
—Échelos al fuego, Leonore, o déselos a los niños de la
calle, esos rimbombantes recibos de la estafa empezada hace treinta y cinco
años y confirmada hace diez año. Jamás me ha hecho ilusión el dinero y, sin
embargo, todo el mundo me creía ambicioso: se equivocaban, yo no quería dinero
cuando empecé el juego: y cuando lo gané y me hice popular. me di cuenta de que
reunía todas las condiciones indispensables para alcanzar la popularidad: era
activo, amable, sencillo, era un artista; era oficial de la reserva, había
logrado algo, era rico y, no obstante, seguía siendo «el hijo del pueblo» y
jamás lo negué; no fue por dinero ni por la fama ni por las mujeres que
convertí en fórmulas el álgebra del futuro, que convertí la x, y y z en
magnitudes visibles: en fincas rústicas, cuentas bancarias y poder, de los que
siempre hacía donación, pero que siempre volvían duplicados a mis manos. Como
un David sonriente y delgaducho, no aumentaba ni un kilo; no perdía ni un kilo
de peso; todavía hoy podría ponerme el uniforme de alférez que me hice en 1897
y me caería a la medida. Lo imprevisto que tanto había anhelado, me sobrecogió:
el amor de mi esposa y la muerte de mi hija Johanna, una auténtica Kilo de año
y medio, pero yo leía en aquellos ojos infantiles, como en los ojos de mi
silencioso padre; veía una milenaria sabiduría en el fondo de aquellos ojos que
parecían conocer ya la muerte; la escarlatina floreció como la mala hierba en
aquel cuerpo de niña, subió por las caderas, bajó hasta los pies, la fiebre la
abrasó y blanca como la nieve creció la muerte, creció corno las setas blancas
bajo aquella floración escarlata, hasta abrirse paso y salir negra por las
aberturas de la nariz Lo imprevisto, que tanto había anhelado, vino como una
maldición y se apoderó de esta terrible casa; hubo lucha, violento altercado
con el párroco de Sankt Severin, con los suegros, con los cuñados, porque
prohibí que se cantara en la misa de difuntos; resistí y me salí con la mía;
pero me asusté cuando durante la misa de difuntos oí a Johanna murmurar
«Jesús».
Yo no pronunciaba nunca este nombre, no me atrevía casi a
pensarlo, y sin embargo, sabía que me poseía; ni el rosario de Domgreve, ni las
agrias virtudes de las hijas de patrona a caza de maridos, ni los negocios
hechos con confesonarios del siglo XVI, que Domgreve vendía a peso de oro en
subastas secretas para convertirlos luego en Locarno en pecados veniales; ni
los torpes pecados de algunos sacerdotes hipócritas, que pude ver con mis
propios ojos: míseras seducciones de muchachas caídas; ni la dureza nunca
expresada de mi padre habían podido matar en mí aquel nombre que Johanna
murmuró a mi lado: «Jesús»; ni los.interminables viajes por tempestuosos mares
de amargura...e inutilidad primigenias y cuando, en el helado océano del
futuro, rodeado de soledad como por un enorme salvavidas, me fortalecía con mi
propia risa, aquel nombre no había muerto; yo era David, el muchacho de la
honda, y Daniel, el muchacho del foso de los leones, y estaba dispuesto a.
aceptar lo imprevisto que tanto había anhelado: la muerte de Johanna, el 3 de
septiembre de 1910. También aquella mañana cabalgaron los ufanos sobre el
adoquinado, las repartidoras de la leche, los aprendices de panadero, los
sacerdotes con sus manteos flotando al.viento; mañana de otoño; el jabalí en la
puerta de la tienda de Gretz; la sucia melancolía del médico de cabecera de los
Kilo, que desde hacía cuarenta años certificaba los nacimientos y las
defunciones de la familia: en su usada cartera de cuero, el instrumental inútil
con que una y otra vez-disimulaba; lo inútil de sus esfuerzos; cubrió el cuerpo
desfigurado, pero yo volví descubrir; quería ver el cuerpo de Lázaro, los ojos
de mi padre, que aquella criatura no había podido mantener abiertos más que un
año y medio; y en la habitación contigua sollozaba Heinrich; las campanas de
Sankt Severin rompían el tiempo en añicos; a las nueve tocaron a misa; Johanna
tendría ahora cincuenta años.
—¿Empréstitos de guerra, Leonore? No los suscribí Yo:
forman parte de la herencia de mi suegro, Tírelos al fuego lo mismo que los
billetes. ¿Dos condecoraciones? Claro, excavé trincheras, abrí galerías,
fortifiqué posiciones de artillería, resistí lluvias de balas, saqué heridos
del fuego; cruz de segunda clase, de primera clase, déme esos chismes, Leonore,
ande, démelos ya: los echaremos en la gotera para que el lodo los cubra; Otto
las sacó una vez del armario mientras yo estaba ante el tablero de dibujo;
cuando vi brillar sus ojos ya era tarde: los había descubierto, y el respeto
que me demostró fue enorme; pero ya era demasiado tarde. Ande, tírelos por lo
menos ahora, no vaya a descubrirlos Joseph algún día entre las cosas que herede
de mí.
Apenas se oyó cuando dejó resbalar las condecoraciones por
la gotera, a lo largo del tejado en pendiente. Al caer en la gotera se
volvieron y la cara mate quedó encima.
—¿Por qué asombrarse tanto, hija mía? Son mías y puedo
hacer con ellas lo que me parezca; demasiado tarde, pero quizá todavía a
tiempo. Confiemos en que pronto lloverá y el agua se llevará toda esa basura
del tejado; por tarde que sea, las sacrifico a la memoria de mi padre. ¡Abajo
el honor de los padres, de los abuelos y de los bisabuelos...!
- Me sentía bastante fuerte pero no lo era; leía el
álgebra del porvenir en mis fórmulas, que se convertían en figuras: abades y
arzobispos, generales y camareros, todos formaban parte de mis comparsas sólo
yo era solista, incluso cuando los viernes por la tarde abría la boca y cantaba
con el coro de «las gargantas alemanas): ¿Qué es aquello que brilla al sol en
la linde del bosque? Lo cantaba bien; había aprendido aquella canción con mi
padre; y ejercitaba mi voz de barítono con risa contenida; el director, el que
llevaba la batuta, no sospechaba que era él quien obedecía a mi batuta; y me
invitaban a fiestas de sociedad; me facilitaban encargos, me daban palmadas
amistosas en el hombro: «El compañerismo, muchacho, es la verdadera salde la
vidas. Colegas de cabellos canosos se preguntaban amargamente de dónde venía y
adónde pero yo me limitaba a cantar Tom, der Reimer, de siete y media a diez,
ni un minuto más. El mito tenía que estar completo antes no llegara el
escándalo. Las coliflores no se estropean.
Me paseaba con mi esposa y mis hijos por el valle del
Kissa; los muchachos intentaban pescar truchas; atravesábamos viñedos y
trigales, campos de remolacha y trozos de bosque, bebíamos cerveza y limonada
en la estación de Denklingen, y, no obstante, sabía que sólo hacía una hora que
había entregado el proyecto y había obtenido el recibo; la soledad me rodeaba
todavía como un enorme salvavidas, todavía nadaba sobre el tiempo, me hundía en
las olas, cruzaba los océanos del pasado y del presente y penetraba —la soledad
impedía que me hundiera— profundamente en el frío terrible del futuro, sin más
provisiones que mi risa, a la que sólo recurría avaramente; al salir a flote me
frotaba los ojos, bebía un vaso de agua, comía un bocado de pan y me acercaba a
la ventana con el cigarro en la boca: allá enfrente, ella se paseaba por la
terraza, aparecía de vez en cuando por una abertura de la pérgola, se asomaba a
la baranda para mirar a la calle, en la que veía lo mismo que yo: aprendices,
camiones, monjas, vida callejera; tema veinte años, se llamaba Johanna, leía
Kabale und Liebe; yo conocía a su padre, patente voz de bajo en el coro, cuya
sonoridad no me parecía adaptarse a la seriedad del despacho; carecía de
discreción cuando regañaba al meritorio; era una voz a propósito para dar
escalofríos, evocaba pecados secretos. ¿Sabía acaso que yo me casaría con su
única hija? ¿Que en las tardes tranquilas intercambiábamos, de vez en cuando,
una sonrisa? ¿Que yo pensaba en ella con toda la fuerza de un verdadero
prometido? Ella tenía el cabello negro, era pálida, y yo le prohibiría llevar
vestidos amarillos; el verde le sentaría bien; y ya había elegido los vestidos
y los sombreros que llevaría para salir conmigo de paseo por la tarde, los
había elegido en los escaparates de Hermine Horuschka, frente a los cuales
pasaba todos los días a las cinco menos veinte, lo mismo si novia que si hacía
viento o sol. Yo la sacaría de aquella austeridad que iba mar se avenía con fa
voz de su padre y le compraría magníficos sombreros, grandes como ruedas de
carro, de áspera paja teñida de verde; no me proponía ser su señor: la quería
amar y no tardaría mucho en hacerlo: un domingo por la mañana me armaría con un
ramo de flores y mandaría parar mi coche frente a su puerta, a eso de las once y
media, cuando se ha terminado de desayunar al salir de misa mayor y se bebe una
copita en el saloncito: «Le pido la mano de su hija». Cada tarde, cuando salía
del océano de mi soledad, procuraba que ella me viera allí, en la ventana del
estudio, hacía una reverencia, intercambiábamos una sonrisa, y volvía a
retirarme en la oscuridad; si me dejara ver, era para que ella no creyera que
no era observada; no podía quedarme quieto como una araña en su tela; no podía
soportar verla sin ser visto por ella; son cosas que no se hacen,
Mañana sabría quién era yo. Habría escándalo, Ella se
reiría, pero un año más tarde me cepillaría los restos de argamasa de los
pantalones; y seguiría haciéndolo cuando yo tuviera cuarenta, cincuenta o
sesenta años: y se convertiría en una anciana encantadora a mi lado; así lo
decidí definitivamente el día 30 de septiembre de 1907, a las tres y media de
la tarde.
—Sí, Leonore, páguelo en mi nombre; en aquella cajita
encontrará dinero, déle dos marcos de propina a la chica: sí, dos marcos; un
jersey y una falda de Herrnine Horuschke para mi nieta Ruth, que he encargado
para hoy: el verde le sienta bien; lástima que las muchachas de hoy en día no
lleven sombrero; siempre me había gustado comprar sombreros. ¿Ha encargado el
taxi? Gracias, Leonore. ¿Todavía no quiere dejar de trabajar? Como quiera;
claro que, en parte, es también curiosidad, ¿verdad? No hay por qué ruborizarse.
Sí, gracias, con mucho gusto tomaré otra taza de café, En realidad, debería de
haberme enterado de cuándo terminan las vacaciones; pero ¿Ruth está de regreso?
¿Mi hijo no le ha dicho nada? Espero que no se habrá olvidado de que está
invitado a la cena de mi cumpleaños He dado orden de que el portero reciba
abajo las flores y los telegramas, los regalos y. las postales que lleguen, y
que dé dos marcos de propina a los portadores y que les diga que he salido de
Viaje; elija el ramo que más le guste, o dos si quiere, y lléveselos a casa; y
si le agrada, quédese tranquilamente toda la tarde aquí.
La taza recién llenada de café ya no vibraba; por lo
visto, han dejado de imprimir cosas edificantes o carteles electorales sobre
papel blanco; en el caleidoscópico marco de la ventana, la imagen permanecía
invariable: enfrente, la terraza de la casa de los Kilo, vacía; a lo largo de
la pérgola, unas capuchinas perezosas; el perfil de los tejados; en el fondo,
las montañas bajo un cielo radiante: en aquel marco caleidoscópico vi a mi
esposa, vi más tarde a mis hijos, vi a mis suegros cada vez que subía al estudio
para echar una ojeada a los jóvenes y diligentes arquitectos que me ayudaban,
para comprobar cálculos, fijar plazos de entrega; el trabajo me resultaba tan
indiferente como la palabra «arte»; otros lo podían hacer igual que yo; yo les
pagaba bien; jamás he comprendido a los fanáticos que se sacrifican a la
palabra arte; yo les ayudaba, me burlaba de ellos, les daba trabajo, pero nunca
les comprendí; lo Único que comprendía era lo que representa un oficio, a pesar
de que pasaba por artista y se me admiraba como tal. ¿Acaso no era audaz y
moderno el hotelito que construí para Gralduke? Sí, lo era e incluso lo
admiraban mis colegas artistas; y yo lo había concebido y construido, y seguía
sin saber lo que era el arte; tal vez ellos se lo tomaban demasiado en serio;
tal vez porque eran tan sabios y entendían tanto en arte, construían unas cajas
horripilantes, que yo entonces ya sabía que al cabo de diez años darían asco;
y, no obstante, a veces sabía subirme las mangas de la camisa, sentarme al
tablero de dibujo y crear: el edificio administrativo para la «Societas, la más
útil de la comunidad»; se quedaban con un palmo de boca abierta, aquellos
necios que me tenían por un provinciano ambicioso de dinero y fama, y hoy
todavía no me avergüenzo de aquel edificio construido hace cuarenta y seis
años. ¿Es eso el arte? Quizás sí. Yo jamás supe lo que era; tal vez lo hice sin
saberlo; nunca logré tomarme en serio esa palabra, como tampoco pude comprender
la ira de los corifeos contra mí. ¡Díos mío! ¿No se permitía la menor broma?
¿Era indispensable que los Goliats tuvieran tan poco sentido del humor? Ellos
Creían en el arte, yo no; se sentían ofendidos en su honor por un advenedizo
Pero, ¿había alguien que no fuera advenedizo de alguna parte? Yo enseñaba
abiertamente mi risa, les había obligado a entrar en una situación en la que
incluso mi derrota sería una victoria y mi victoria un triunfo.
Casi me daban lástima cuando subimos la escalera del
museo; me costó trabajo dar a mi paso aquel ritmo pausado y solemne al que
estaban ya acostumbrados los ofendidos: el paso con que se suben las escaleras
de la catedral, detrás de reyes y obispos; paso de inauguración de monumentos:
excitación contenida, ni demasiado lento, ni demasiado rápido; hay que saber lo
que es la dignidad; yo; no lo sabía, hubiera preferido subir la escalera
corriendo; como un perro joven, subir corriendo los peldaños de piedra, junto a
las estatuas de legionarios romanos, cuyas espadas rotas, lanzas o haces se
hubieran podido tomar por antorchas; junto a bustos de emperadores y
reproducciones de sarcófagos infantiles, hasta el primer piso, donde estaba la
sala de sesiones, entre los flamencos y los nazarenos; seriedad burguesa; en
algún lugar del fondo, hubieran debido redoblar tambores; así se suben las
gradas del altar o los peldaños del patíbulo, así se sube a un estrado para
recibir una condecoración o la sentencia de muerte; así representan los cómicos
aficionados la solemnidad, pero los que caminaban a mi lado no eran
aficionados: Brehmockel, Grumpeter y Wolersein.
Conserjes de museo vestidos de gala montaban la guardia
ante los Rembrandts, los van Dycks y los Overbecks junto a la balaustrada de
mármol, a media luz antes de entrar en la sala de sesiones, estaba Meeser con
la bandeja de plata y las copas de coñac que se disponía a servirnos antes de
que fuera anunciado el veredicto; Meeser me dedicó una sonrisa; no habíamos
convenido ninguna seña, pero ¿no habría sido posible hacerme una ahora? Asentir
o negar con la cabeza: sí o no. Nada. Brehmockel cuchicheaba con Wollerseín,
Grumpeter inició un diálogo con Meeser, le deslizó una moneda de plata en
aquellas bastas manos, que yo ya odiaba cuando era niño; durante todo un año
había ayudado con él la primera misa; murmullo de ancianas campesinas, en el
fondo, que se empeñaban en rezar su rosario a despecho de la liturgia. Olor a
heno, a leche, calor de establo, mientras yo y Meeser nos inclinábamos hacia
delante para decir mea culpa, mea culpa, mea maxima culpa, para golpeamos el
pecho por nuestros pecados no confesados, y cuando el sacerdote subía las
gradas del altar, las manos de Meeser, esas manos que ahora escondían la moneda
de plata de Wollersein, hacían ademanes obscenos; esas manos a las que se
habían confiado ahora las llaves del museo municipal, las llaves de acceso a
Holbein, Hals, Lochner y Leíb.
Conmigo no hablaba nadie; a mí sólo me quedaba la
balaustrada de frío mármol en que me apoyaba; eché un vistazo al fondo del
patio interior, donde un alcalde de bronce mostraba, con imperturbable
seriedad, su barriga a los siglos venideros, o un mecenas de mármol, en un vano
esfuerzo de concentración, bajaba los párpados sobre sus ojos de rana; los ojos
de las estatuas estaban vacíos como los de las matronas de mármol romanas,
testigos de los sufrimientos de una cultura decadente. Meeser se escabulló para
ir a reunirse con sus compañeros; Brehmockel, Grumpeter y Wollersein estaban
muy juntos; frío y transparente aparecía el cielo de diciembre sobre la
claraboya del patio interior; en la calle, cantaban los primeros borrachos,
rodaban los coches de caballos hacia el teatro delicados rostros femeninos bajo
velos color de reseda se iluminaban con la ilusión de ver La Traviata. Entre
Meeser y los tres ofendidos me hallaba yo, como un leproso al que no se puede
tocar sin peligro de muerte; echaba de menos la severa liturgia de mi vida
cotidiana, cuando todavía tenía en la mano los hilos del juego, cuando ser y no
ser todavía seguía unas reglas cuando podía dosificar el mito; ahora ya no era
dueño del juego; escándalo, rumores; pasos de abad en mi estudio: contratistas
de obras dejaban en la portería de casa cestas con manjares, relojes de oro en
estuches de terciopelo encarnado; y una me escribía: «...y puede estar seguro
de que no le negaría la mano de mi hija...»; Llena está su diestra de dones.
No iba a aceptar nada, ni siquiera un ladrillo; tenía
simpatía por el abad. ¿De veras había pensado, por un breve instante, en
emplear con El los trucos de Domgreve? Me avergoncé al recordar que, en efecto,
por un breve instante me había pasado por la mente: había ocurrido In
imprevisto: quería a Johanna, la hija de Kilo, y quería al abad; había podido
presentarme en coche a las once y media, entregar el ramo de flores y decir:
«Le pido la mana de su hija... y Johanna había entrado poco después parpadeando,
y no había susurrado simplemente el «sí», sine que lo había pronunciado
claramente. Yo seguía dando mi paseo de cinco a seis de la tarde, seguía
jugando al billar en el club de los oficiales de la reserva, y mi risa, de la
que tomaba ahora abundantes raciones, se había intensificado gracias al
parpadeo de Johanna; les viernes seguía cantando en el coro «Tom, der Reimer»
Lentamente, me deslicé a lo largo de la fría balaustra da
de mármol hacia los tres ofendidos, dejé mi copa de coñac vacía en la bandeja;
¿iban a hacerse atrás anta el leproso? No se movieron; ¿esperaban de mí una
actitud humilde? «Permitan que me presente: Fähmel». Dios mío, ¿no éramos todos
advenedizos de alguna parte? ¿Acta, so Grumpeter no había ordeñado de joven,
cuando era suizo, las vacas del conde von Telm? ¿No había acarreado estiércol
de vaca para abonar con él la tierra olorosa, antes de darse cuenta de su
vocación de arquitecto? ¿Acaso no se cura la lepra en las orillas del Lago
Mayor o en loa jardines de Minusio, incluso la lepra de austeros contratistas
de obras que compraron iglesias románicas para derribo, con todo su contenido,
con las antiguas imágenes de la Virgen y los bancos de la iglesia, y que luego
adornaron con el tal contenido los salones de los nuevos y viejos ricos o
vendieron confesonarios, en los que durante trescientos años unos humildes
campesinos habían murmurado sus pecados, con destino a los salones de alguna
cortesana. La lepra se cura en lea, pabellones de caza y en Bad Ems.
Los rostros profundamente serios de los ofendidos se
envararon al abrirse la puerta del salón de sesiones: se dibujó una silueta
negra, que adquirió precisión y color; el primer miembro del jurado apareció en
el marco de la puerta: Hubrich, profesor de historia del arte de la facultad de
teología; sólo por encima de mi cadáver; su sotana de paño negro recordaba, en
aquella luz, el traje de paño negro de algún síndico pintado por Rembrandt;
Hubrich se dirigió a la bandeja, tomó una copa de coñac, y le oí proferir un
hondo suspiro; pasó frente a los tres ofendidos, que intentaron acercársele, y
se alejó por el otro extremo del vestíbulo; la severidad de sus hábitos
sacerdotales quedaba mitigada por el pechero blanco y por los rizos claros,
casi infantiles, que le caían sobre el cuello y que subrayaban la impresión
guíe Hubrich se esforzaba en dar; tenía el aspecto de un artista. No hubiera
sido difícil imaginarle con el buril de escultor junto a un bloque de madera o
con el delicado pincel empapado en oro, humildemente entregado a su trabajo de
pintar los cabellos de la Virgen, las barbas de los profetas o colgando con
humor una viruta en la cola del perrito de Tobías. Los pies de Hubrich se
deslizaron quedamente sobre el linóleo, hizo un ademán. cansino para alejar a
los ofendidos y se dirigió a la oscuridad del vestíbulo, en dirección a
Rembrandt y van Dyk; sobre aquellos estrechos hombros pesaba, pues, la
responsabilidad de las iglesias, hospitales y asilos en los que todavía dentro
de cien años monjas, viudas, huérfanos y enfermos del Seguro, muchachos y
muchachas descarriados, tendrían que soportar los olores de cocina de
generaciones desaparecidas; oscuros pasillos, tristes pabellones posteriores,
que unos grises mosaicos hacían.parecen toda,. vía más desoladores de lo
previsto en los planos del arquitecto; allí iba el praeceptor y arbiter
architecturae ecclesiasticae, que desde hacía cuarenta años, con ese fervor
patético y esa ciega afectación —del convencido,, abogaba por el estilo
neogótico;: seguro que cuando era niño y andaba por los suburbios industriales
de su ciudad natal, satisfecho de llevar a casa las mejores::notas de la
escuela, decidió, ante el espectáculo de tantas chimeneas humeantes y fachadas
negras, hacer la.felicidad de los hombres y dejar un rastro en este mundo: en
efecto, dejaría uno: aquellas rojizas fachadas de ladrillo, cada vez más
oscuras con el correr de los años, con sus hornacinas desde donde unos santos
apesadumbrados contemplarían el futuro con imperturbable melancolía.
Fiel a su cometido, Meeser presentó la bandeja al segundo
miembro del jurado: coñac para Krohl; gran fumador de puros, gran carnívoro, de
rostro color de vino, Krohl, se había conservado esbelto; insustituible maestro
de obras de Sankt Severin: palomina y humo de locomotoras, nubes envenenadas
por las industrias químicas de los suburbios del este, vientos fuertes y
húmedos procedentes de los del oeste, sol del sur, frío del norte, todos los
elementos meteorológicos: industriales y naturales le garantizaban a él y a sus
sucesores un cargo por la vida; tenía cuarenta y cinco años, de manera que
todavía le quedaban otros veinte para aquellas cosas que verdaderamente le
gustaban: comer, beber, fumar puros, los caballos y ese tipo especial de
muchachas que suelen encontrarse en las cercanías de las cuadras de caballos,
que se conocen en las cacerías de zorros, amazonas de miembros duros y aroma
masculino. Yo había estudiado a mis contrincantes; Krohl ocultaba su absoluta
indiferencia por los problemas de la arquitectura detrás de una cortesía
rebuscada, casi china, detrás de una actitud piadosa imitada de los obispos:
sus movimientos eran auténticos ademanes de inauguración de monumento; además,
sabía unas cuantas historietas muy buenas que alternaba constantemente en un
orden determinado, y como, a los veintidós años, se había aprendido ya de
memoria el Manual de— arquitectura de Handke y ya desde entonces había decidido
sacar partido de este esfuerzo durante todos los años de su vida, cada vez que
necesitaba términos técnicos de arquitectura, citaba al «inmortal Handke».
Cuando actuaba de jurado, defendía. sin el menor rubor, el proyecto cuyo autor
le había ofrecido una cantidad más elevada, pero cambiaba de rumbo cuando veía
que aquel proyecto no tenía probabilidades de ganar y apoyaba el favorito;
prefería decir sí a decir no, porque «sí» le parecía más fácil de pronunciar y
«no» exigía una expresión y una mímica más decididas. Krohl, pues, también
suspiró también meneó la cabeza, evitó a los tres ofendidos y se dirigió hacia
el otro extremo del pasillo, hacia los nazarenos.
Durante algunos segundos, en el rectángulo iluminado de la
puerta, sólo quedaron visibles la mesa con el tapete verde, la botella del
agua, los ceniceros y las nubes azules del cigarro de Krohl; dentro, silencio,
no se oía ni un murmullo; sentencias de muerte flotaban en la atmósfera; nacían
enemistades eternas; para Hubrich, era una cuestión de honor o deshonor, ese
deshonor que él se había jurado evitar desde que empezó afanosamente sus
estudios de bachillerato; se trataba de la terrible humillación de tener que
confesar al arzobispo que había sido vencido. «Qué hay de su cadáver,
Hubrich?», le diría su Eminencia con ironía; para Krohl, estaba en juego un
hotelito a orillas del lago de Como, que Brehmockel le había prometido.
Entre los conserjes se elevó un murmullo; Meeser les hizo
una seña ordenándoles silencio: Schwebringer apareció en la puerta; era de baja
estatura, delgaducho como yo y no sólo tenía fama de incorruptible, sino que lo
era; llevaba unos pantalones de golf raídos y unos calcetines largos
remendados; su cabeza rapada era negruzca y sus ojos de color de pasa sonreían;
Schwebringer representaba el dinero, administraba los fondos suscritos por la
nación; representaba a los industriales y al rey, pero representaba también al
empleado de comercio que había dado diez pfennig y a la anciana que había dado
treinta; Schwebringer debía soltar el dinero, firmar cheques, revisar cuentas,
conceder de mala gana anticipos. Católico reciente, su secreta pasión, en
arquitectura, era el barroco; le gustaban los angelitos flotantes, las
sillerías de coro doradas, los púlpitos revestidos de estuco; le agradaba el
incienso y los coros de monaguillos. Schwebringer representaba el poder; los
consorcios bancarios le obedecían como los raíles al guardagujas; regulaba las
cotizaciones y daba órdenes a las fábricas de acero; con sus negros y duros
ojos de color de pasa tenía el aspecto de haber probado en vano todos los
laxantes existentes en el mercado y estar esperando todavía la aparición del
remedio verdaderamente eficaz. Tomó la copa de coñac sin dejar ninguna propina
en día por allí los hijos de Joseph y los de Ruth, leerían Kabak und Liebe?
¿Acaso había visto alguna vez a Robert en aquel terrado? No, nunca; Robert
estaba siempre metido en su habitación, se entrenaba en el jardín, los terrados
eran demasiado pequeños para los deportes que él practicaba: béisbol y carrera
de los cien metros.
Siempre me dio un poco de miedo, esperaba algo
extraordinario, ni siquiera me asombré cuando le reclamó el de los hombros
caídos; si pudiera saber cómo se llamaba aquel muchacho que metía los
billetitos con los mensajes de Robert en nuestro buzón de cartas: jamás lo supe
y Johanna tampoco pudo sonsacarlo a Dröscher; aquel muchacho merece el
monumento que me harán a mí; yo no fui capaz de poner en la puerta a Nettlinger
ni de prohibir a ese Wakiera que pusiera los pies en la habitación de Otto:
ellos fueron quienes trajeron el sacramento del búfalo a mi casa y
transformaron en un extraño a mi hijo, a aquel a quien yo más quería, al
muchacho que me llevaba conmigo a las obras. ¿Taxi? ¿Taxi? ¿Fue el taxi del año
1936, en el que fui con Johanna al «Anker», en el puerto alto? ¿El taxi del año
1942, en el que la llevé al sanatorio de Denklingen? ¿O el del año 1956, en el
que fui con Joseph a Kisslingen para enseñarle el lugar de las obras, aquellas
obras en que él, mi nieto, el hijo de Robert y Edith, trabajaría en mi lugar?
La abadía estaba destruida; un montón desolador de piedras, polvo y cemento:
seguro que Brehmockel, Grumpeter y Wollersein hubieran gozado ante aquel
espectáculo; pero yo no gocé en absoluto cuando, en 1945, vi por primera vez
aquel montón de escombros; me paseé pensativo por entre las ruinas, aunque más
sereno de lo que hubiera cabido esperar de mi: ¿habían esperado verme llorar,
indignarme? «Encontraremos al culpable.» «¿Por qué?», pregunté yo, «déjenle en
paz». Hubiera dado doscientas abadías por poder recuperar a Edith, a Otto o al
muchacho desconocido que echaba los billetitos en nuestro buzón de cartas y lo
tuvo que pagar tan caro; y aunque nadie aceptaba el cambio, yo me alegraba de
haber pagado por lo menos con aquello: un montón de piedras, mi obra de
juventud. Era mi ofrenda a Otto y a Edith, a aquel muchacho y al aprendiz de
carpintero, a pesar de que sabía que no había de servirles de nada; estaban
muertos; ¿aquel montón de ruinas formaba parte de las cosas imprevistas que
tanto había anhelado? Los monjes se asombraron de mi sonrisa, y yo me asombré
de su indignación.
—¿El taxi? Ya voy, Leonore. Recuerde mi invitación: a las
nueve en el café Kroner para celebrar mi cumpleaños. No habrá champaña, lo
odio. Llévese las flores que haya en el quiosco del portero, las cajas de
cigarros y los telegramas de felicitación y no lo olvide, hija mía: escupa
sobre mi monumento.
Eran carteles electorales lo que se imprimía en horas
extraordinarias sobre papel blanco; las pilas llenaban la entrada, el primer
tramo, de la escalera y llegaban hasta la puerta; cada paquete llevaba una
muestra pegada encima; todos le sonreían, personajes de muestra en cuyos trajes
se distinguían los hilos de cheviot incluso en los carteles: seriedad burguesa
y sonrisa burguesa que solicitaban su confianza; jóvenes y viejos, aunque los
jóvenes le parecieron más terribles aún que los viejos; con un ademán Fähmel se
libró del portero que quería atraerle a su quiosco y hacerle contemplar la
abundancia de flores, hacerle abrir telegramas y admirar regalos; subió al
taxi, cuya puerta le mantenía abierta el chófer, y dijo en voz baja:
—A Denklingen, por favor, al sanatorio.
5
Cielo azul, pared enjalbegada, cuál suben los chopos, como
travesaños de una escala de mano, para descender luego hasta la plazuela, donde
un conserje echa paladas de hojarasca en el carro de la basura; la pared era
demasiado alta y demasiado grandes los intervalos entre los travesaños; cuatro
o cinco pasos eran menester para salvar la distancia: ¡Cuidado! ¿Por qué pasa
tan cerca del muro el autobús amarillo, por qué se arrastra como un escarabajo
hoy que sólo trae a una sola persona: él? ¿Quién es? ¿Quién? ¡Si se encarama
agarrándose de travesaño en travesaño! Pero, no: siempre enhiesto y rígida, sin
humillarse; sólo cuando se arrodillaba en los bancos de la iglesia o en el
momento de empezar la carrera abandonaba la actitud erguida. ¿Era él? ¿Quién?
En los troncos de los árboles del jardín, como en el
parque de Blessenfeld, los cartelitos bien dibujados: 25; 50, 75, 100. Él se
arrodillaba en. el círculo que señalaba el punto de partida, y murmurándose a
sí mismo «¡A la meta, mar!», echaba a correr, disminuía la velocidad, volvía al
punto de partida; miraba en su cronómetro el tiempo transcurrido, lo apuntaba
en la libreta de cubierta jaspeada colocada sobre la mesa de piedra; volvía a
arrodillarse en el punto de partida, se murmuraba a sí mismo la voz de mando,
echaba a correr, aumentaba la velocidad sólo en una proporción mínima; a menudo
tardaba mucho rato antes de rebasar los 25 metros, tardaba más tiempo aún en
alcanzar los 50 y, sólo una vez, al final, alcanzaba los 100 y anotaba en su
libreta el tiempo empleado; 11,2. Ese ejercicio era como una fuga, preciso,
excitante y, sin embargo, había momentos de gran aburrimiento: soñolienta
eternidad en tardes de verano, en el jardín o en el parque de Blessenfeld;
partida, regreso, parada, ligero aumento de velocidad, regreso; las
explicaciones; cuando se sentaba a su lado, estudiaba y comentaba las cifras
escritas en su libreta, hacía el elogió de su sistema, eran ambas cosas a la
ver: excitantes y aburridas. Sus ejercicios olían a fanatismo; aquel cuerpo
joven, fuerte y esbelto olía al austero sudor de aquellos que todavía no
conocen el' amor; los hermanos de ella, Bruno y Friedrich olían igual cuando se
apeaban de sus bicicletas, con la cabeza llena de cifras de kilómetros y de
tiempos; fanáticas musculaturas de las piernas, a las que procuraban dar
soltura por medio de fanáticos ejercicios de compensación realizados en el
jardín; también su padre olía así cuando en sus ejercicios de canto hinchaba
enérgicamente el pecho, cuando el respirar era un deporte, cuando el cantar no
era un placer, sino una seria ocupación ciudadana, enmarcada por bigotes;
cantaban en serio, pedaleaban en serio; la musculatura de las piernas, del
pecho, de la boca, era una cosa seria; los calambres dibujaban asquerosos
rasgos violáceos en la piel de las piernas y de las mejillas. Durante horas y
horas, estaban apostados, en frías noches de otoño, para cazar las liebres que
se escondían detrás de un tronco de col, hasta que finalmente, al amanecer, se
compadecían de aquellos músculos cansados, se decidían a dejarlos rebajar y
echaban a correr en zigzag bajo una lluvia de perdigones; ¿para que para qué
para qué? ¿Dónde estaba el que llevaba consigo la misteriosa risa, el escondido
resorte en el escondido mecanismo de relojería, que moderaba aquella
insoportable tensión y traía el relajamiento? ¿Dónde estaba él, él único que no
había comido del sacramento del búfalo? Johanna se asomó a la balaustrada, le
vio salir del portal de la imprenta; con paso ligero, se dirigía al café
Kroner; llevaba consigo la misteriosa risa como un muelle; ¿era su presa o ella
la de él?
¡Cuidado! ¡Cuidado! ¿Por qué siempre tan rígido, tan
erguido? Bastaría un paso en falso para que te cayeras en el azul infinito y te
estrellaras contra la pared de cemento armado del depósito de basura; las hojas
secas no amortiguarán el golpe, la baranda de granito de la escalinata no será
cojín suficiente. ¿Era él? ¿Quién? Huperts, el guardián, estaba en la puerta
con aire humilde: ¿té, café, cerveza, vino o coñac para el visitante? Un
momento, por favor; Friedrich hubiera venido a caballo, jamás hubiera subido al
autobús amarillo, que allá arriba, junto al muro, se arrastraba como un
escarabajo; y Bruno jamás hubiera venido sin bastón; con él mataba a palos el
tiempo, lo hacía añicos; lo desmenuzaba con el bastón o lo cortaba a rajas con
los naipes que le arrojaba a la cara como si fueran cuchillas, durante noches
enteras, días enteros; Friedrich hubiera venido a caballo y Bruno no hubiera
venido sin bastón; ni coñac para Friedrich, ni vino para Bruno; estaban
muertos; insensatos ulanos que en Herby-la-Huette se lanzaron contra el fuego
de las ametralladoras; habían creído poder redimirse de las virtudes burguesas
por medio de vicios burgueses, poder borrar prácticas piadosas por medio de
obscenidades; unas cuantas bailarinas desnudas sobre una mesa de club no
ofendían a los venerables antepasados, pues éstos tampoco habían sido tan
venerables como parecían en la galería de retratos; coñac y vino suprimidos
para siempre de la lista de bebidas, querido Huperts. ¿Cerveza quizás? El paso
de Otto no era tan elástico, era un paso de marcha, un paso que ritmaba
«enemistad, enemistad» sobre las baldosas del vestíbulo, sobre el adoquinado
todo a lo largo de la Modestgasse; aquél había comido muy pronto del sacramento
del búfalo; o quizás su hermano moribundo le había transmitido el nombre: ¿Hindenburg?
Quince días después de la muerte de Heinrich nació Otto; caído junto a Kiev; no
quiero hacerme ilusiones, Huperts; Bruno y Friedrich Otto y Edith, Johanna y
Heinrich: todos están muertos.
Ni siquiera café; no viene, aquel cuya risa misteriosa, yo
adivinaba en cada uno de sus pasos; ahora está viejo: para éste, traiga té,
Huperts, recién hecho, fuerte, con leche, pero sin azúcar; para mi hijo Robert,
erguido e inflexible, que siempre se alimentó de secretos; sigue llevando uno
en el pecho; le azotaron, le dejaron la espalda hecha una llaga, pero él no
cedió, no entregó su secreto, no delató 8 mi primo Georg, que había mezclado
para él la pólvora en la «botica de los hunos»; allí está colgando entre las
dos escalas de mano, planeando como Ícaro con los brazos abiertos sobre la
entrada; no caerá en la basura, no se estrellará contra el granito. Traiga té.
querido Huperts, recién hecho y fuerte, con leche, pero sin azúcar; y traiga
también cigarrillos, por favor, para mi arcángel: me trae noticias oscuras que
saben a sangre, a rebelión y a venganza: han asesinado al muchacho rubio, que
corría los cien metros en 10,9 segundos; siempre que le veía, sonreía, y sólo
le vi tres veces; con sus hábiles manos arregló el minúsculo cerrojo de mi
joyero, en el que carpinteros y cerrajeros habían fracasado durante cuarenta
años; no hizo más que tocarlo y quedó arreglado; no era un arcángel, sino sólo
un ángel: se llamaba Ferdi y era rubio: un necio, que creía poder vencer con
petardos a los que habían comido del sacramento del búfalo; no bebía té ni
vino, ni cerveza, ni café, ni coñac; lo único que hacía era abrir la boca bajo
la espita de agua y reírse; si todavía viviera me facilitaría un fusil; o tal
vez lo haría aquel otro, el moreno, aquel ángel que tenía prohibido reírse, el
hermano de Edith; le llamaban Schrella; era uno de esos a quien todo el mundo
llama por el apellido; Ferdi lo haría, pagaría el precio de mi rescate; me
sacaría del castillo donde estoy encantada, me daría un fusil; pero ahora no
tengo más remedio que seguir encantada; necesitaría gigantescas escalas para
llegar al mundo; pero mi hijo desciende hasta mí.
—Buenos días, Robert, tomarás una taza de té, ¿no? No te
estremezcas cuando te beso en la mejilla; pareces un hombre hecho, un hombre
que ha cumplido ya los cuarenta, tienes las sienes grises, llevas unos
pantalones ceñidos y una chaqueta azul celeste; ¿no resulta demasiado
llamativo? Quizás hagas bien en disfrazarte de hombre de media edad; pareces un
jefe al que todo el mundo quisiera oír toser, pero que es demasiado fino para
permitirse nada parecido a la tos; perdóname si me río; ¡qué hábiles son hoy en
día los peluqueros!, los cabellos grises parecen auténticos, la sombra de la
barba parece la de un hombre que debería afeitarse dos veces al día, pero que
sólo lo hace una; lo único que no ha cambiado es la cicatriz rojiza; por eso te
reconocerán; ¿crees que no habría también una manera de disimularla?
No, no tienes por qué tener miedo; no me han tocado, ni
siquiera descolgaron el látigo de la pared; y sólo me han preguntado: «¿Cuándo
le vio por última vez?», y yo dije la verdad: «Esta mañana, cuando iba a tomar
el tranvía para ir a la escuela.»
—Pero no llegó a la escuela.
—No contesté.
—¿No ha tenido contacto con usted?
Otra vez la verdad: —No.
Habías dejado una pista demasiado clara, Robert; una mujer
del barrio de barracas del Gaggerloch me trajo un libro con tu nombre y
nuestras señas: un Ovidio encuadernado en cartón gris —verdoso, manchado de
estiércol de gallinas..., cinco kilómetros más allá encontraron un libro de
lectura en el que faltaba una página; la taquillera de un cine me lo trajo; fue
a la oficina, se presentó como cliente y Joseph la hizo subir.
Al cabo de una semana volvieron a interrogarme: «¿Ha
establecido contacto con usted?». Y yo contesté Que no; más tarde vino también
Nettlinger, a quien tantas veces había tenido en casa; me dijo: «En su propio
interés, le aconsejo que diga la verdad.» Pero yo ya la había dicho; lo único
que sabía ahora es que te habías escapado.
Durante meses enteros, nada, hijo mío luego vino Edith y
dijo: «Espero un hijo.» Y cuando añadió: «El Señor me ha bendecido», su voz me
asustó; perdona, pero jamás me gustaron los sectarios; ella estaba encinta y
sola, su padre detenido, su hermano desaparecido, tú lejos...; la habían tenido
quince días detenida y la habían interrogado; no, no la tocaron; ¡con qué
facilidad se habían dispersado los corderos! Sólo quedaba uno: Edith; y ya la
recogí en casa. Hijos míos, vuestra imprudencia fue probablemente del agrado-de
Dios, pero hubierais debido matar a ese hombre, por lo menos; ahora es jefe de
policía — ¡Dios nos guarde de los mártires supervivientes!—, profesor de
gimnasia y jefe de policía; anda montado a caballo por la ciudad, dirige
personalmente las razzias de mendigos. ¿Por qué no le matasteis, por lo menos?
¿Sólo con cartón y pólvora? Los petardos no matan, hijo mío; hubieras debido
preguntármelo a mí; la muerte es de metal; un cartucho de cobre, relleno de
plomo y hierro colado; los cascos de metal traen la muerte, vuelan y silban,
llueven por la noche sobre el tejado, estallan contra la pérgola; revolotean
como pájaros salvajes: se precipitan sobre los corderos; Edith está muerta; yo
la había hecho declarar loca; tres eminencias así lo firmaron con letra
elegante e indescifrable en páginas blancas con membretes ilustres; eso salvó a
Edith. Perdóname que me ría: ¡qué cordero era! A los diecisiete años tuvo su
primer hijo y a los diecinueve el segundo, y siempre salía con una de estas
frases: el Señor ha hecho esto, el Señor ha hecho aquello, el Señor lo ha dado,
el Señor lo ha quitado; ¡el Señor, el Señor! Edith— no sabía que el Señor es
nuestro hermano: con los hermanos puedes reírte tranquila, con los señores no
siempre; yo no sabía que los gansos salvajes se llevan a los corderos; siempre
los había tenido por pacíficos herbívoros. Edith estaba ahí, como si nuestro
escudo hubiese cobrado vida: un cordero brotándole la sangre del pecho; pero no
había mártires ni cardenales, ermitaños ni caballeros ni santos a su alrededor
para adorarla; sólo estaba yo; muerta. Hijo mío, trata de sonreír; yo también
lo intenté, pero no lo conseguí, y menos aún.delante de Heinrich; él jugaba
contigo, te colgaba un sable, te ponía un casco, te convertía en francés, en ruso
o en inglés, y aquel muchacho silencioso cantaba: quiero un fusil, quiero un
fusil; y cuando murió, me murmuró el santo y seña más terrible de cuantos
existen, el nombre del búfalo sagrado: «Hindenburg». Era tan bien educado y
tenía tanto sentido de la responsabilidad que quería aprender de memoria la
poesía, pero yo rompí el papel y tiré los trozos como si fueran copos de nieve
sobre la Modestgasse.
Anda bebe, Robert, el té se está enfriando; aquí están los
cigarrillos, y acércate, tengo que hablar en voz muy baja; no quiero que nadie
nos oiga; el que menos tu padre; es como un niño, no sabe que el mundo es muy
malo y que hay muy pocos corazones limpios; oye, tú puedes salvarme: quiero un
fusil, quiero un fusil y tú tienes que facilitármelo; desde el terrado podría
matarle muy bien; la balaustrada tiene trescientos cincuenta huecos; desde que
se acerque sobre su caballo blanco hasta que llegue al hotel Prinz Heinrich y
vaya a volver la esquina, puedo apuntar tranquilamente; hay que respirar muy
hondo al apuntar, lo he leído, buscar un punto de apoyo; yo lo he ensayado con
el bastón de Bruno: cuando vuelva la esquina, tengo dos minutos y medio de
tiempo, pero no sé si podré matar también al otro; habrá un momento de
confusión cuando caiga del caballo y yo no podré volver a respirar hondo,
apuntar y buscar un punto de apoyo; tengo que decidirme: el profesor de
gimnasia o ese Nettlinger; éste ha comido mi pan, ha bebido mi té y tu padre le
llamaba siempre «un muchacho despierto... Mira si es despierto: nos arrebató
los corderos, a ti y a Schrella os azotó con el látigo de púas de acero, y
Ferdi tuvo que pagar carísimo algo que valía bien poco: unos pies de profesor
de gimnasia ligeramente chamuscados y un espejo de armario roto; nada de cartón
y pólvora, hijo mío; pólvora y metal...
Anda. Robert, bébete el té de una vez; ¿no te gusta?
¿Encuentras los cigarrillos demasiado secos? Perdóname, nunca entendí en
cigarrillos; estás guapo disfrazado de cuarentón con las sienes canosas,
pareces haber nacido para notario; no puedo contener la risa cuando pienso que
algún día podrías tener ese aspecto; ¡qué hábiles son hoy en día los
peluqueros!
No pongas esa cara tan seria; todo pasará, volveremos a ir
de excursión a Kisslingen: abuelos, hijos y nietos: toda la familia; tu hijo
intentará pescar truchas con las manos; comeremos el delicioso pan de los
monjes, beberemos su vino y oiremos vísperas: Rorate coeli desuper et nubes
pluant justum: Adviento; nieve en las montañas, hielo en los arroyos —elige la
estación del año que más te guste, hijo mío—. Adviento es lo que más le gustará
a Edith; ella huele a Adviento, todavía no ha comprendido que desde entonces el
Señor ha llegado para ser nuestro hermano; el canto de los monjes alegrará su
corazón adventista y la oscura iglesia que construyó tu padre: Sankt Anton en
el valle del Kissa, entre las fincas de Stehlingers Grotte y Görlingers Stuhl.
Yo todavía no había cumplido los veintidós años cuando
inauguraron la abadía, todavía hacía poco que había terminado de leer Kabale
und Liebe, todavía me quedaba en la garganta algo de mi risa de muchacha; con
mi traje verde, comprado en casa de Hermine Horuschke, parecía una jovencita
que apenas ha terminado de aprender a bailar; ya no era una niña, pero todavía
no era una mujer; no parecía una casada sino más bien una chica que se ha
dejado engañar; cuello blanco, sombrero negro; ya estaba encinta y siempre a
punto de llorar. El cardenal me murmuró al oído: «No debería de haber salido de
casa, señora; espero que no se canse... No me cansé, quería asistir a la
fiesta; cuando abrieron la puerta de la iglesia, cuando empezó la ceremonia de
bendición, tuve miedo; él, mi pequeño David, palideció, y yo pensé: ahora se
acabaron sus risas; las van a matar con tanta ceremonia; es demasiado pequeño y
demasiado joven, le falta todavía la seriedad de los hombres en los músculos.
Yo sabía que estaba hermosa con mi vestido verde, mis ojos oscuros y mi cuello
blanco como la nieve; me había propuesto no olvidar nunca que todo aquello no
era más que un juego. Me daba risa recordar que el profesor de alemán me había
dicho: «La examinaré para darle sobresaliente», y que no logré sobresaliente,
sólo estuve pensando todo el rato en él, llamándole David, el pequeño de la
honda, con los ojos tristes y la risa escondida en el fondo de su ser; yo le
quería, todos los días esperaba el instante en que aparecía en la gran ventana
del estudio, le seguía con la mirada cuando salía por la puerta de la imprenta;
me deslizaba a hurtadillas en los ensayos del coro de hombres, le observaba
para ver si su pecho también se hinchaba y deshinchaba con aquel serio deporte
masculino y leía en su cara que no era igual que los demás; me hacía introducir
secretamente por Bruno en el hotel Prinz Heinrich cuando se reunía el club de
los oficiales de la reserva para jugar al billar, y le contemplaba cuando
cruzaba los brazos, cuando les daba a las bolas, blanco sobre verde, rojo sobre
verde, y descubría la risa escondida en el fondo de su ser; no, él no había
comido nunca del sacramento del búfalo, y yo tenía miedo porque no sabía si
resistiría la última, la más difícil de las pruebas: la prueba del uniforme, el
día del cumpleaños del loco, en enero, el desfile militar ante el monumento
junto al puente, la revista delante del hotel donde el general estaba en el
balcón. ¿Qué aspecto tendría cuando desfilara por allá abajo, repleto de
historia y destino en gestación, mientras redoblaban tambores y bombos y las
trompetas llamaban al ataque? Tenía miedo y temía que resultara ridículo; no le
quería ridículo; no quería que nadie pudiera reírse de él, en cambio él siempre
se reía de los demás. Pues sí, le vi andando al paso de desfile; Dios mío,
habrías tenido que verle: parecía que a cada paso que daba pisara la cabeza de
un emperador.
Más tarde le vi muy a menudo de uniforme; el tiempo se
medía por ascensos; dos años teniente, dos años capitán; me apoderé de su sable
para envilecerlo rasqué con él la suciedad de los desagües, el orín de los
bancos de hierro del jardín, excavé hoyos para mis plantas; para pelar patatas
no era bastante manejable.
Hay que tirar los sables y pisotearlos como todos los
privilegios, hijo mío; sólo sirven para eso, modos de sobornar. Llena está su
diestra de dones. Come lo que coma todo el mundo, lee lo que todo el mundo lea;
vístete igual que los demás y entonces te acercarás a la verdad; nobleza
obliga, te obliga a comer serrín cuando todos los demás lo comen, te obliga a
leer la basura patriótica en los periódicos locales y no en las revistas para
gente culta: Dehmel y todo eso; no, Robert, no lo aceptes, ni el foie-gras de
Gretz, ni la mantequilla del abad, ni la miel, ni las monedas de oro ni el
civet de liebre: ¿para que, para qué, para qué, si no lo tienen los demás? Los
no privilegiados pueden comer tranquilamente la miel y la mantequilla, no les
estropea el estómago ni el cerebro, pero tú no, Robert: tú tienes que comer
esta cochinería de pan: los ojos se te llenarán de lágrimas de tanta verdad;
tienes que vestir estas telas miserables: así te sentirás libre.
Yo sólo una vez me aproveché de un privilegio, una sola
vez, tienes que perdonármelo; no podía resistirlo más; tuve que ir a ver a
Dröscher y pedirle tu amnistía; ya no podíamos más, tu padre, yo y Edith; tu
hijo ya había nacido; encontrábamos tus billetes en el buzón de las cartas,
eran diminutos, no mayores que papeles de envolver caramelos de la tos; el
primero no llegó hasta los cuatro meses de haber desaparecido tú: «No os
preocupéis, estudio mucho en Ámsterdam. Besos a mamá, Robert,» A los siete días
llegó el segundo: «Necesito dinero; dádselo, envuelto en papel de periódico, a
un hombre llamado Groll, camarero del Anker, en el puerto alto. Besos a mamá.
Robert.»
Llevamos el dinero al Anker; el camarero llamado Groll nos
sirvió en silencio cerveza y limonada, tomó el paquete sin decir palabra,
rehusó la propina sin abrir la boca: parecía no vernos, ni oír nuestras
preguntas.
Pegamos tus minúsculos billetes en un cuaderno de notas:
pasó largo tiempo sin que llegara ninguno, luego llegaron más a menudo: «Sigo
recibiendo el dinero: el día 2, el 4 y el 6. Besos a mamá. Robert». Y. de
pronto, Otto dejó de ser Otto: se había producido una transformación espantosa:
era Otto y ya no lo era; traía a casa a Nettlinger y al profesor de gimnasia;
Otto, ahora comprendo lo que significa cuando dicen que de una persona sólo
queda el envoltorio; Otto sólo era el envoltorio de Otto que rápidamente
adquirió otro contenido,: no sólo había comido del sacramento del búfalo, sino
que se lo habían inoculado; le habían «sacado la sangre y le habían inyectado
otra distinta: su mirada contenía la muerte; yo, asustada, escondí tus
esquelas.
Durante meses, no llegó ninguna esquela tuya; yo me
arrastraba por las baldosas de la entrada, buscaba en las rendijas, examinaba
cada rincón del frío suelo, levanté los tubos de desagüe y rasqué la suciedad
porque temía que las bolitas pudieran haberse escurrido por allí; podía
habérselas llevado el viento; desmonté el buzón de las cartas, y estaba
examinándolo pieza por pieza, por la noche, cuando Otto entró; me quedé cogida
entre la puerta y la pared; me pisó los dedos y se echó a reír; meses enteros
sin encontrar nada; me pasaba la noche entera detrás de la cortina del
dormitorio, esperando a que se hiciera de día, vigilaba la calle y la puerta de
la casa, corría a abrir en cuanto veía llegar el repartidor de periódicos;
nada; registraba las bolsas de los panecillos, vertía con cuidado la leche en
la cacerola, despegaba la etiqueta; nada. Y por la tarde, íbamos al Anker, y
nos metíamos por entre los uniformes, hasta llegar al rincón más apartado donde
servía Groll, pero éste no decía palabra, no daba señales de conocernos; sólo
cuando llevábamos ya varias semanas yendo allí todas las tardes y esperando,
escribió en el borde del cartón de debajo el vaso de cerveza: «Cuidado. No sé
nada,»; luego derramó la cerveza, lo convirtió todo en una gran mancha de lápiz
tinta, y trajo otra cerveza, que no quiso cobrar; Groll, el camarero del Anker,
era joven, tenía la cara enjuta.
Y nosotros no sabíamos, naturalmente, que el muchacho que
echaba tus esquelas en el buzón de las cartas estaba detenido desde hacía mucho
tiempo; que nosotros estábamos vigilados y que a Groll no le habían detenido
aún porque esperaban a que se decidiera a hablar con nosotros; ¿quién conoce
esas matemáticas superiores de los asesinos? Groll, el muchacho de las
esquelas, los dos desaparecieron, Robert... y tú no me das un fusil, no me
liberas de este castillo encantado.
Dejamos de ir al Anker; hacía cinco-meses que no sabíamos
nada de ti. y yo ya no podía más; por primera vez acepté los privilegios y fui
a ver a Dröscher, doctor Emil, que era gobernador; había ido al colegio con su
hermana y con él a clase de baile; habíamos salido juntos de excursión,
habíamos cargado cajas de cerveza en coches, desenvuelto bocadillos de jamón en
los claros del bosque, habíamos bailado danzas populares en prados recién
segados y mi padre había procurado que el suyo entrara en la asociación de
universitarios a pesar de que no lo era; tonterías, Robert... no creas en esas
cosas cuando se trata de asuntos serios; yo había llamado «Em» a Dröscher: era
una abreviatura de Emili, que en aquel tiempo se consideraba elegante; y al
cabo de treinta años le hice pasar mi tarjeta; llevaba mi vestido de chaqueta
gris, el velo de color violeta sobre el cabello gris y zapatos a la inglesa
negros; salió en persona a recibirme a la sala de espera, me besó la mano y
dijo: «Oh, Johanna, llámame Em, y yo le dijo: «Em, necesito saber dónde está mi
hijo. Vosotros lo sabéis.» Pareció como si hubiésemos entrado en el período
glacial, Robert, Me di cuenta en seguida de que lo sabía todo, vi también cómo
se ponía ceremonioso y precavido; sus gruesos labios de bebedor de vino tinto
se estrecharon de miedo; miró a su alrededor, sacudió la cabeza y me dijo en
voz baja: «Lo que hizo tu hijo no sólo fue muy reprobable, sino también, desde
el punto de vista político, muy imprudente... Y yo contesté: «Hasta dónde puede
conducir la prudencia política, lo veo en ti.» Me disponía a marcharme, pero él
me retuvo y dijo: «Dios mío, ¿pero es que vamos a ahorcarnos todos?» y yo
contesté: «Sí, vosotros sí.» «Sé razonable —me dijo—, esa clase de asuntos son
de la incumbencia del jefe de policía, y tú ya sabes lo que tu hijo le hizo.»
«Sí —dije yo—, ya sé lo que le hizo: nada. Desgraciadamente, nada. Sólo le
estuvo ganando durante cinco años en los partidos de béisbol.» Entonces el muy
cobarde se mordió los labios y dijo: «Deporte..., con el deporte siempre hay
algo que hacer...
Entonces todavía no teníamos ni idea, Robert, de que un
ademán puede costar la vida; Wakiera hizo condenar a muerte a un prisionero de
guerra polaco porque había levantado la mano contra él; sólo había levantado la
mano, pero no le había pegado, el prisionero.
Y luego, una mañana, encontré en el plato de mi desayuno
un billete de Otto: «Yo también necesito dinero —12—, me lo podéis entregar a
mano.» Y fui al estudio, saqué doce mil marcos de la caja —estaban preparados
allí para el caso de que llegaran más billetes tuyos— y eché a Otto el fajo de
billetes sobre la mesa del desayuno; yo quería ir a Ámsterdam y decirte que no
enviaras más esquelas porque habían costado la vida de alguien. Pero ahora ya
estás aquí; me hubiera vuelto loca si no te hubiesen amnistiado; quédate aquí;
¿no da lo mismo vivir en un sitio que en otro, en este mundo en el que un
ademán puede costar la vida? Ya sabes qué condiciones te impuso Dröscher: nada
de actividades políticas, y, después del examen, inmediatamente al servicio
militar; para que puedas recuperar los estudios ya lo he arreglado todo: Klähm,
el profesor de estática, te examinará y te perdonará tantos semestres como
pueda. ¿Es indispensable que estudies una carrera? Bueno, como quieras... ¿Y
precisamente estática? ¿Por qué? Bueno, como quieras: Edith estará contenta.
Anda, sube a verla. Sube de una vez. Corre. ¿No quieres ver a tu hijo? Le he
dado tu habitación; te está aguardando arriba; anda, sube, corre.
Robert subió las escaleras; rozando armarios de color
oscuro, avanzó por silenciosos pasillos, subió hasta debajo del tejado, donde
un rellano servía de antecámara al desván; aquello olía a cigarrillos baratos
fumados a escondidas, a sábanas húmedas, puestas a secar en el desván; el
silencio, que subía por la caja de la escalera como por una chimenea, le
abrumaba. Por la ventana, del tejado, miró al paseo de chopos que llevaba a la
parada del autobús; limpios parterres, el invernadero, el surtidor de mármol, a
la derecha, siguiendo la pared, la capilla; todo aquello tenía un aspecto y un
olor bucólicos; unas vacas pacían detrás de unas alambradas electrizadas, en
unos escombros hurgaban unos cerdos, que, a su vez, serían algún día escombros;
un guardián vertía en una artesa cubos de un líquido grasiento y espumoso; la
carretera, más allá del muro del sanatorio, parecía perderse en el silencio
infinito.
¿Cuántas veces se había detenido ya en aquella etapa del
relato, a la que ella le remitía para precisar sus recuerdos? Allí se detuvo
cuando era el Robert de veintidós años, recién regresado y decidido a guardar
silencio; tuvo que saludar a Edith y a su hijo Joseph; Edith y Joseph eran las
palabras claves de aquella situación; ambos le eran extraños, la madre y el
hijo; y cuando él penetró en la habitación los dos estaban intimidados. Edith
todavía más que él. ¿Habían llegado a tutearse, en realidad?
Cuando, después del partido de béisbol, se fueron a casa
de Schrella, ella sirvió la comida: patatas con una salsa indefinible y
lechuga; luego hizo un té claro. Él, entonces, no podía sufrir el té claro,
sobre eso tenía sus ideas: la mujer con quien se casaría tendría que saber
hacer el té; por lo visto, ella no lo sabía hacer y, sin embargo, él sabía
cuando ella puso las patatas en la mesa, que se la llevaría entre los arbustos
cuando, al regresar del café Zons, pasaran por el parque de Blessenfeld. Era rubia,
parecía tener dieciséis años, pero la risa en su garganta no era una risa de
muchacha; en sus ojos, que me aceptaron inmediatamente, no brillaba ninguna
falsa ilusión de felicidad. Rezó el Benedicite, «¡Señor, Señor!», y él pensó:
deberíamos comer con los dedos; el tenedor, en las manos de ella, le pareció
absurdo; la cuchara, extraña, y comprendió por primera vez lo que significa
comer: bendecido por Dios, calmar el hambre, nada más: sólo los reyes y los
pobres comen con los dedos. Mientras por la Gruffelstrasse, por Blessenfeld,
por el parque, iban hacia el café Zons, no se dirigieron la palabra, y él tuvo
miedo cuando, poniendo su mano en la de ella, le juró que no comería jamás del
Sacramento del búfalo; era insensato; tenía miedo como si fuera a recibir
órdenes sagradas; y cuando regresaban a través del parque, tomó la mano de
Edith, la retuvo, dejó que Schrella pasara delante hasta que vio desaparecer en
el cielo del atardecer su silueta gris, y se llevó a Edith entre los arbustos;
ella no se resistió ni se rió, y una atávica sabiduría subió hasta sus manos y
llenó sus brazos y su boca; él sólo conservó el recuerdo de su cabello rubio,
que brillaba bajo la lluvia de verano, la corona de gotas argentinas de sus
cejas, como el esqueleto de un delicado animal marino hallado en una playa
dorada, las líneas de su boca multiplicadas en infinitas nubecitas de igual
tamaño, mientras ella murmuraba contra su pecho: ¡Te matarán, te matarán! s. De
manera que sí que se habían tuteado entre los arbustos, allí en el parque, y la
tarde siguiente en aquella miserable habitación de hotel; Robert mantenía a.
Edith junto a sí agarrándola por la muñeca, caminaba como un ciego por la
ciudad, como si siguiera una varita mágica; encontró instintivamente la casa;
en un paquete bajo el brazo, llevaba la pólvora para Ferdi, al que quería
encontrar a última hora de la tarde. Descubrió que ella también sabía sonreír,
mirándose al espejo, el más barato que la alcahueta había podido encontrar en
unos almacenes a precios únicos; se sonrió cuando descubrió a su vez su atávica
sabiduría; y él ya sabía que aquel paquetito de pólvora, allí, encima del
alféizar de la ventana, contenía una insensatez que había que cometer; la
sensatez no llevaba a ninguna parte en este mundo, en el que un ademán podía
costar la vida. En su rostro no acostumbrado a sonreír, la sonrisa de Edith
obró como un milagro, y cuando al bajar la escalera, entraron en el cuarto de
la patrona, Robert se asombró de lo barato que le había costado la habitación;
dio un marco cincuenta, pero la mujer rehusó los cincuenta pfennigs que él
quería añadir. «No, señor, no acepto propinas; soy una mujer independiente,
yo».
De modo que sí, la había tuteado, a aquella joven que
ahora estaba sentada en su habitación con el niño en el regazo; Robert tomó a
Joseph y lo tuvo un momento, torpemente, en los brazos; luego lo dejó encima de
la cama y aquella atávica sabiduría volvió a guiarle y le llenó las manos, la
boca y los brazos. Ella no aprendió jamás a hacer el té, ni siquiera más tarde,
cuando vivían en casa propia, muebles de muñecas, cuando regresaba de la
universidad o venía de permiso: suboficial de zapadores, especializado en
voladuras, instruyó equipos de voladura, sembró fórmulas que contenían
exactamente lo que él quería: polvo y ruinas, venganza por Ferdi Pordulske, por
el camarero que se llamaba Groll, por el muchacho que echaba sus esquelas en el
buzón de las cartas. Edith con la cesta de la compra, con la libreta de los
cupones de descuento, Edith hojeando el libro de cocina daba el biberón al
niño, se ponía al, pecho la pequeña Ruth; joven padre, joven madre; ella iba a
buscarle con el coche de los bebés a la puerta del cuartel; paseaban por la
orilla del río, por los prados donde había jugado al béisbol, en horas de marea
alta y de marea baja, se sentaban sobre unos barriles, mientras Joseph jugaba
con la arena del río y Ruth probaba a dar sus primeros pasos; durante dos años
estuvo representando aquella comedia: matrimonio; jamás se sintió un hombre
casado a pesar de que más de setecientas veces colgó su gorra y su tabardo en
el perchero del recibidor, se quitó la guerrera, se sentó a la mesa; Joseph
sobre las rodillas mientras Edith rezaba el Benedicite:
¡Señor, Señor! Por favor, nada de privilegios, nada de
extravagancias; sargento primera de zapadores, doctor Robert Fähmel, muy dotado
para las matemáticas; comer sopa de guisantes, mientras los vecinos recibían
por la radio el sacramento del búfalo; permiso hasta el toque de diana; con el
primer tranvía, regreso al cuartel, beso de Edith junto ala puerta, y aquella
extraña impresión de haberla vuelto a desflorar, a aquella criatura rubia en
bata encarnada; Joseph de la mano, Ruth en el cochecito; ninguna actividad
política; ¿acaso la había tenido alguna vez? Su arrebato juvenil había sido
amnistiado, perdonado; era uno de los aspirantes a oficial mejor dotados,
fascinado por la estupidez porque contenía fórmulas; sembraba polvo y ruinas y
elaboraba fórmulas de voladura en su cerebro. ¿No hay noticias de Alfred?
Robert no sabía a quién se refería, se olvidaba de que ella también se había
llamado Schrella. El tiempo se medía por los ascensos: medio año cabo, medio
año cabo primera, medio año sargento y medio año más alférez; luego la masa
gris marchó tristemente a la estación: ni flores ni risas a su paso, ni la
sonrisa del emperador, ni la conciencia de una paz demasiado tiempo acumulada;
masa excitada y, sin embargo, insensible y dócil; adiós al dormitorio de
muñecas, en el que habían estado jugando a marido y mujer y, en la estación,
renovación del juramento: no comer nunca del sacramento del búfalo.
¿Eran las sábanas húmedas o la humedad de las paredes lo
que le— hacía sentir frío? Pudo abandonar el lugar donde le habían mandado
apostarse. Palabras clave: Edith, Joseph. Apagó con el pie el cigarrillo,
volvió a bajar la escalera, abrió tímidamente la puerta, vio a su madre junto
al teléfono; ella le sonrió y le hizo señas de que no hiciera ruido mientras
decía, dirigiéndose al micrófono: «Estoy tan contenta, señor párroco, de que
los pueda casar el domingo; ya tenemos todos los papeles, el matrimonio civil
se celebrará mañana.» ¿Robert oyó efectivamente la voz del párroco o fue sólo
un sueño?: «Sí, querida señora Fähmel, yo también me alegro de que por fin
pueda acabarse con esa situación tan desagradable».
Edith r o se vistió de blanco, y se— negó a dejar a Joseph
en casa, lo tuvo en brazos mientras, a los acordes del órgano, el párroco
exigía que le dieran los dos síes. Y él no se vistió de negro; ¿para qué
cambiar de ropa? No; nada de champaña; su padre odiaba el champaña, y el padre
de la novia, al que sólo había visto una sola vez, había desaparecido sin dejar
rastro, y el cuñado tampoco dio señales de vida; se le buscaba por homicidio
frustrado, a pesar de que había rechazado la pólvora y procurado evitar el
atentado.
Colgó el auricular y se dirigió a él; le puso las manos
sobre los hombros y le preguntó: • ¿Verdad que es lindo, tu hijo? Tienes que
adoptarlo inmediatamente después de la boda; yo ya he hecho testamento en su
favor. Toma un poco más de té; en Holanda beben buen té, seguramente; no tengas
miedo: Edith será una buena esposa, tú te revalidarás pronto; yo os arreglaré
una casa, y no se te olvide reírte secretamente cuando tengas que ir al
servicio; no digas nada y recuerda que en un mundo en que un ademán puede
costar la vida, esta clase de sentimientos ya no tienen valor os arreglaré una
casa; tu padre estará contento; se ha ido a Sankt Anton... como si allí pudiera
encontrar consuelo. Tiemblan los huesos carcomidos, hijo mío... mataron la risa
secreta de tu padre, el resorte saltó; no estaba pensado para resistir tanta
presión; ya de nada sirve la bella palabra «tiranos»; tu padre ya no puede
resistir estar sentado en su estudio, y el envoltorio de Otto le aterra;
deberías procurar reconciliarte con Otto; inténtalo, por favor, anda, ve.
Intento de reconciliación con Otto; Robert ya lo habla
probado varias veces: había subido escaleras, había llamado a muchas puertas;
aquel muchacho robusto no le era extraño, aquellos ojos no le miraban como a un
extraño; detrás de aquella frente ancha y pálida, el poder actuaba en su
fórmula más sencilla: poder sobre tímidos compañeros de escuela, sobre
transeúntes que no saludaban la bandera; poder que hubiera podido ser
conmovedor si sólo hubiese ejercido en campos de deporte o en esquinas, si se
hubiese tratado de tres marcos por un partido de boxeo ganado o de muchachas
vestidas de abigarrados colores, que el vencedor lleva al cine y besa en el
portal de su casa; pero Otto no tenía nada de encantador, aquel poder no se
interesaba por los partidos de boxeo ni por las muchachas vestidas de
abigarrados colores; en aquel cerebro el poder se había transformado en
fórmulas, se había despojado de utilidad, se había liberado de instintos,
apenas comportaba odio; se ejercía automáticamente: golpe sobre golpe.
Hermano: una gran palabra, una palabra de Hölderlin, una
palabra inmensa, pero que no parecía siquiera llenar la muerte si la muerte era
la de Otto; ni siquiera la noticia de su muerte había traído consigo
reconciliación. ¡Caído en el frente de Kiew! Eso hubiera podido sonar á
tragedia, a grandeza, a hermandad; en combinación con su edad, hubiera podido
resultar conmovedor como una lápida funeraria: A los veinticinco años, caído en
el frente de Kiew; pero no tenía resonancia, y Robert intentó en vano una reconciliación
póstuma. Sois hermanos. Sí, lo eran según el registro civil, según el
testimonio de la comadrona; quizá hubiese podido sentir emoción y grandeza si
hubiesen sido verdaderamente extraños uno al otro; pero no lo eran; Robert le
veía comer, beber: té, café, cerveza; pero Otto no comía el pan que él comía,
no bebía la leche y el café que él bebía; y las palabras que cambiaban eran
terribles: cuando Otto decía pan, resultaba menos familiar al oído que la
palabra «pain», que, cuando la oyó por primera vez, no sabía que significaba
pan; hijos de una misma madre y un mismo padre, nacidos en una misma casa y
educados juntos, habían comido, bebido o llorado juntos, habían respirado el
mismo aire, hecho el mismo camino a la escuela; juntos habían reído y jugado, y
Robert había llamado «hermanito. a Otto y había sentido el brazo del hermano
alrededor de su cuello; como sabía el horror que tenía a las matemáticas, le
había ayudado, se había pasado días enteros estudiando con el «hermanito» para
hacerle superar ese horror... y, de pronto, después de haber estado dos años
fuera, sólo encontró el envoltorio de Otto; ni siquiera le era extraño, ni
siquiera le quedaba el patetismo de aquella palabra; cuando pensaba en Otto no
sentía ni atracción ni verdad ni armonía, y por primera vez comprendió lo que
significaba en realidad aquello que decía Edith: comer del sacramento del
búfalo. Era uno de esos que entregarían su propia madre al verdugo, si los
verdugos se la quisieran llevar. Y una vez que, verdaderamente, había intentado
una reconciliación, había abierto la puerta de la habitación de Otto, y había
entrado, Otto se volvió y le preguntó: «¿A qué viene eso?». Otto tenía razón:
¿a qué venía? Ni siquiera nos éramos extraños, nos conocíamos perfectamente,
sabíamos uno de otro que al uno no le gustaban las naranjas y que el otro
prefería la cerveza a la leche, que en lugar de cigarrillos prefería puros y de
qué manera el uno planchaba el punto del libro en la rendija de la puerta.
Robert no se asombró de ver subir a Ben Wackes y a
Nettlinger a la habitación de Otto, ni de encontrarlos por el pasillo, pero sí
se asustó al reconocer que aquellos dos le eran menos incomprensibles que su
propio hermano; ni siquiera los asesinos eran siempre asesinos: no lo eran a
todas horas del día y de la noche; había días de fiesta para los asesinos como
los había para el conductor del tranvía: los dos estuvieron simpáticos; le
dieron palmadas en el hombro; Nettlinger —dijo: «¿No fui yo, el que te dejé
escapar?». Habían entregado a la muerte a Ferdi, a Groll, al padre de Schrella
y al muchacho que llevaba las noticias, los habían enviado allí donde se
desaparece sin dejar rastro; pero ahora, borrón y cuenta nueva. No somos
rencorosos. No hay mal que por bien no venga. Sargento de zapadores,
especialista en voladuras, casado, con casa propia, libreta de cupones de
descuento y dos hijos. «No temas por tu mujer, no le pasará nada mientras esté
yo aquí».
—¿Qué? ¿Ya has hablado con Otto? ¿No has tenido éxito? Ya
me lo figuraba, pero hay que probarlo siempre, hay que volverlo a intentar;
acércate, no hagas ruido, quiero decirte una cosa. Me parece que está
condenado, embrujado, si lo prefieres así, y sólo hay un remedio: liberarlo;
quiero un fusil, quiero un fusil; el Señor dice: Mía es la venganzas, pero,
¿por qué no tengo que ser yo el instrumento del Señor?
Se dirigió a la ventana; del rincón entre la ventana y la
cortina tomó el bastón de su hermano, que había muerto hacía cuarenta y tres
años, se lo llevó a la cara como si fuera un fusil y apuntó, apuntó a Ben
Wackes y a Nettlinger; pasaban por la calle montados a caballo, el uno en un
corcel blanco, el otro en uno bayo; el bastón seguía el ritmo del paso de los
caballos en la calle, como si lo midiera con un cronómetro; volvían la esquina,
pasaban frente al hotel, tomaban por la Modestgasse, y seguían hasta el
Modesttor, que cerraba la perspectiva; y Johanna bajó el bastón. «Tengo dos
minutos y medio de tiempo», una inspiración honda, apuntar, buscar un punto de
apoyo; las costuras de su ensueño eran perfectas, la mentira estaba tan bien
tejida que no se deshilachaba por ningún lado; volvió a dejar el bastón en el
rincón.
—Lo haré, Robert, seré el instrumento del Señor, tengo
paciencia, el tiempo no me apremia; no hay que tomar pólvora y cartón, sino
pólvora y plomo; venganza por aquella palabra que pronunciaron en el último
momento los labios inocentes de mi hijo: «Hindenburg»; la palabra que quedó de
él en este mundo; tengo que borrarla, ¿acaso traemos hijos al mundo para que se
mueran cuando sólo tienen siete años y mueran pronunciando la palabra
«Hindenburg»? Yo había tirado a la calle la poesía, hecha pedazos; y él era un
muchacho tan bien educado, que me pidió que le diera otra copia, pero yo me
negué, no quería que aquella estupidez saliera de sus labios; en su delirio
intentaba reconstruir los versos, y yo, por más que me tapara los oídos, seguía
oyéndolo a través de mis manos: «Dios estará con vosotros»; intentaba
arrancarle de la fiebre, despertarle, quería que me mirara a los ojos, que
sintiera el contacto de mis manos, que oyera mi voz, pero él seguía recitando:
«Mientras haya bosques alemanes, mientras queden banderas alemanas, mientras
viva una palabra alemana, este nombre será inmortal»; temo morirme cuando
recuerdo cómo en su delirio subrayaba este nombre; reuní todos sus juguetes, te
quité uno a ti, que te quedaste llorando, los amontoné todos sobre la cama, pero
él ya no volvió en sí, ya no me dirigió más la mirada: i Heinrich, Heinrich! Yo
gritaba, rezaba y le suplicaba al oído, pero él tenía los ojos fijos en el
reino de la fiebre y sólo veía un verso: «Adelante, hurra, Hindenburg»; sólo
este único verso vivía en él, y la última palabra que oí de sus labios fue:
Hindenburg.
Tengo que vengar la boca de mi hijo de siete años, Robert,
¿no lo comprendes? Vengarme en aquellos que pasan frente a nuestra casa y se
dirigen a caballo al monumento de Hindenburg; detrás de ellos, van brillantes
coronas con cintas doradas, negras y moradas; siempre estoy pensando: ¿no se va
a morir nunca? ¿Nos lo servirán hasta la eternidad en forma de sello de
correos, a ese viejo búfalo, cuyo nombre me gritará mi hijo como santo y seña?
¿No quieres darme un fusil, por fin?
Cuento con tu palabra; no es necesario que sea hoy, ni
mañana, pero sí pronto; me he armado de paciencia. ¿No te acuerdas de tu
hermano Heinrich? Tenías casi dos años cuando murió. Entonces teníamos un perro
que se llamaba Brom, ¿no te acuerdas?; era tan viejo y tenía tanto conocimiento
que, los vituperios que le hacíais, no os los devolvía haciéndoos daño, sino
quejándose; le agarrabais por la cola y os hacíais arrastrar por toda la
habitación, ¿no te acuerdas? Echaste por la ventana del coche las flores que
tenías que echar sobre la tumba de Heinrich; te dejamos a la puerta del
cementerio; el cochero te subió al pescante y te dejó sostener las riendas;
eran de cuero negro muy agrietado. ¿Lo ves, Robert, como te acuerdas? Perro,
riendas, hermano... y soldados, soldados, muchos soldados, ¿recuerdas?, que
subían por la Modestgasse, y doblaron la esquina del hotel hacia la estación,
Iban arrastrando los cañones tras de sí, tu padre te llevaba en brazos y dijo:
«La guerra ha terminado.»
Mil millones de marcos por una tableta de chocolate, luego
dos mil millones por un caramelo, un cañón por medio pan, un caballo por una
manzana; cada vez más; y luego, ni... un céntimo para comprar un trozo de
jabón; aquello no podía acabar bien, Robert, ni querían que acabara bien. Los
soldados seguían pasando por el Modesttor, y se dirigían cansados a la
estación, ordenadamente, eso sí, y llevando delante, como un estandarte, el
nombre del gran búfalo: Hindenburg. El se encargaba de que hubiera orden hasta
el último suspiro; ¿está verdaderamente muerto, Robert? No lo puedo creer:
«¡Esculpido en piedra, fundido en bronce, Hindenburg!» ¡Adelante!». Te aseguro
yo que sus mofletes de búfalo, tal como se veían en los sellos, me daban la
impresión de indestructibles; te digo que todavía nos dará mucho que hacer, nos
demostrará a dónde va a parar la sensatez política y la sensatez del dinero: un
caballo por una manzana, y mil millones de marcos por un caramelo y luego, ni
un céntimo para comprar un trozo de jabón, pero eso sí, siempre en orden; yo vi
y oí cómo llevaban aquel nombre delante de sí: duro de mollera como una piedra,
sordo como una tapia, procuraba que hubiese orden; dignidad, dignidad, honor y
fidelidad, hierro y acero, dinero y agricultura empobrecida. Vete con cuidado,
hijo mío, cuando veas que los campos echan humo y los bosques murmuran; vete
con cuidado: allí se consagra el sacramento del búfalo.
No creas que estoy loca, sé perfectamente dónde estamos:
en Denklingen, ¿ves?, aquel camino por entre los árboles sigue el muro azul y
llega al lugar donde los autobuses amarillos se arrastran como escarabajos; me
han traído aquí porque hacía pasar hambre a tus hijos, después que el último
cordero había sido destrozado por los pajarracos que revolotean; estamos en
guerra, el tiempo se mide por los ascensos; cuando marchaste eras alférez, a
los dos años, teniente. ¿No eres capitán aún? Esta vez no te ascenderán antes
de cuatro años, quizás esperen seis, entonces te harán comandante; perdóname
que me ría; no vayas demasiado allá con tus fórmulas; no se te vayan a subir a
la cabeza y no pierdas la paciencia y, sobre todo, no aceptes privilegios;
nosotros no comemos ni una migaja más de lo que nos dan con las cartillas de
racionamiento; Edith está de acuerdo conmigo; come lo que coma todo el mundo,
vístete con lo que se vistan todos, lee lo que lean todos; no aceptes la
mantequilla de privilegio, el traje de privilegio ni el poema de privilegio que
tan delicadamente te ofrece el búfalo. Llena está su diestra de dones: sobornos
en monedas variadas. Yo tampoco quería que tus hijos disfrutaran de
privilegios, quería que probaran la verdad con los labios, pero me separaron de
los niños; a eso lo llaman sanatorio, aquí puedes estar loco sin que te peguen,
aquí no te duchan con agua fría y, sin el consentimiento de los parientes, no
te ponen la camisa de fuerza; espero que no consentiréis que me la pongan;
incluso puedo salir cuando quiero, porque soy inofensiva, completamente
inofensiva, hijo mío; pero yo no quiero salir, no quiero ver el tiempo ni
quiero tener que sentir cada día que aquella risa secreta fue sofocada, que el
resorte escondido en el mecanismo de relojería se rompió; de pronto, empezó a
tomarse en serio y a adquirir empaque; montañas enteras se convirtieron en
sillares, bosques enteros en material de construcción y cemento, cemento, te
digo que hubieras podido llenar con él todo el lago de Constanza; buscaba
olvido en la construcción, como si fuera opio; no puedes imaginarte la cantidad
de cosas que llega a construir un arquitecto en cuarenta años... yo le
cepillaba los salpicones de argamasa del borde de los pantalones, las manchas
de yeso del sombrero, él fumaba su cigarro con la cabeza en mi regazo y juntos
rezábamos la letanía del ¿te acuerdas?: te acuerdas del año 1907, 1914, 1921,
1928, 1935... y la respuesta era siempre una obra... o una muerte ¿te acuerdas
de cuando murió mamá, de cuando murió papá, o Johanna o Heinrich? ¿Te acuerdas
de cuando construías Sankt Anton, Sankt Servatius, Sankt Bonifatius o Sankt
Modestus, o el dique entre Heiligenfeld y Plessenfeld, o el convento de los
monjes blancos o del de los franciscanos, o de las casas de convalecencia para
las hermanas de la caridad? Y cada respuesta sonaba a mis oídos corno: Miserere
nobis. Edificio sobre edificio, muerte sobre muerte; empezaba a correr tras su
propia leyenda, y sus propios ritos se apoderaron de él; todas las mañanas,
desayunaba en el café Kroner, cuando en realidad, le hubiera gustado más
desayunar con nosotros; hubiera tomado café con leche y un panecillo; no le
importaba el huevo pasado por agua, el pan tostado ni aquel repugnante queso
con pimienta, pero empezó a creer que sí le importaba; yo tenía miedo; empezó a
enfurecerse cuando no le hacían ningún encargo importante, siendo así que hasta
entonces bastaba que le hicieran alguno para que se alegrase; ¿me entiendes?
Los cálculos se complican mucho cuando te acercas a los cincuenta o a los
sesenta y te dan a escoger entre aliviar la vejiga en tu propio monumento o
contemplarlo de abajo arriba con profundo respeto; se acabaron los guiños; tú
tenías dieciocho años, Otto dieciséis... y yo tenía miedo; como un pájaro que
vigila con ojos penetrantes, había estado allá arriba en la pérgola, os había
llevado en brazos cuando erais niños, os había llevado de la mano o habíais
estado a mi lado cuando fuisteis más altos que yo, y yo observaba cómo pasaba
el tiempo allá abajo en la calle; la gente rebullía, se pegaba, pagaba mil
millones de marcos por un caramelo y luego no tenía tres pfennig para un
panecillo; yo no quería oír el nombre del salvador, pero ellos levantaron al
búfalo en hombros, le pegaban en forma de sello en sus cartas y rezaban sus
letanías: dignidad, dignidad, honor, fidelidad; vencido y, no obstante, no
vencido; orden; duro de mollera como una piedra, sordo como una tapia; abajo,
en la oficina de mi padre, Josephine lo pasaba por encima de la esponja húmeda
y lo pegaba... en las cartas en todos los colores; y él, mi David, dormía; no
se despertó hasta que tú hubiste desaparecido; cuando vio que puede costar la
vida hacer pasar de una mano a otra un paquetito de dinero, el propio dinero
envuelto en papel de periódico; cuando su hijo no fue sino el envoltorio de su
hijo: honor, fidelidad, decencia... entonces lo vio; yo le advertí que no se
fiara de Gretz, pero él me dijo: «Gretz es inofensivo». «Claro —contesté yo—,
algún día verás lo que son capaces los inofensivos Gretz es capaz de denunciar
a su propia madre». Me entró miedo de mi propia clarividencia cuando, en
efecto, Gretz denunció a su propia madre a la policía, sólo porque la anciana
siempre decía: «Es un pecado y una vergüenza.» No decía nada más, sólo repetía
siempre esta frase hasta que un día su hijo declaró: «No lo puedo tolerar por
más tiempo, eso ofende mi honor.» Se llevaron a la anciana, la encerraron en un
hospicio, la declararon loca para salvarle la vida, pero eso fue precisamente
lo que la perdió: le pusieron una inyección. ¿No conocías a aquella-anciana?
Siempre os echaba las cestas de setas vacías, por encima de la pared, vosotros
las deshacíais y luego os construíais cabañas de mimbre; cuando llovía mucho se
volvían oscuras y sucias, entonces las poníais a secar y yo os las dejaba
quemar. ¿Ya no te acuerdas de aquella anciana a quien Gretz denunció? Era su
propia madre... él, naturalmente, sigue detrás del mostrador y acaricia los
trozos de hígado. También vinieron a buscar a Edith, pero yo no la quise entregar,
enseñé los dientes, los insulté y se retiraron; yo guarde a Edith hasta que
aquel pájaro revoloteador la mató; procuré detenerle también, lo oí zumbar, oí
como descendía; sabía que traía consigo la muerte; penetró triunfalmente por la
ventana de la entrada; yo tendía las manos para agarrarle pero él se escapó
entre mis brazos; perdóname, no pude salvar al cordero, y acuérdate, Robert, de
que prometiste darme un fusil. No lo olvides. Ten cuidado cuando tengas que
subir escalas de mano; ven, déjame darte un beso y perdóname que me ría: ¡qué
hábiles son hoy día los peluqueros!
Muy erguido, subió por la escala de mano y penetró en el
infinito gris que se abría entre los travesaños, mientras David, desde arriba,
se acercaba a él; pequeño; toda la vida hubiera podido ponerse los trajes que
se hizo cuando era joven; ¡Cuidado! ¿Por qué os quedáis de pie en los
travesaños? ¿Por qué no os sentáis por lo menos en ellos si queréis conversar?
¿Se abrazaron verdaderamente? ¿Puso el hijo el brazo sobre el hombro del padre
y éste su brazo sobre el hombro del hijo?
Traiga café, Huperts, cargado, muy caliente y con mucho
azúcar; a mi marido le gusta el café cargado y muy dulce, por la tarde, y claro
por la mañana; viene del infinito gris, donde ese hombre erguido e inflexible
se adentra con paso rápido; los dos son valientes, mi marido y mi hijo, vienen
a verme en el castillo encantado; mi hijo dos veces por semana, mi marido sólo
una; trae consigo el sábado, lleva el calendario en los ojos y no me deja la
esperanza de atribuir su aspecto exterior a la habilidad de los peluqueros;
tiene ochenta años, hoy es su cumpleaños, lo celebrará en el café Kroner; sin
champaña; odia el champaña, y yo no supe jamás por qué.
Algún día soñaste en organizar una gran fiesta con esta
ocasión: siete veces siete nietos, además de los biznietos, las nueras, los
nietos sobrevenidos; siempre te sentiste un poco como Abraham, fundador de una
gran tribu; te veías en tus sueños del futuro con el biznieto que hacía
veintinueve en brazos. Perpetuarse, perpetuarse; será una fiesta muy triste:
sólo un hijo, el nieto rubio, la nieta de cabellos negros que te regaló Edith,
y la madre de la familia en el castillo encantado al que sólo se puede llegar a
través de infinitas escalas de mano de enormes travesaños.
—Entra, tráeme felicidad, viejo David, el de la cintura de
joven; excúsame de mirar el calendario en tus ojos; yo viajo en la minúscula
hoja de calendario que lleva fecha del 31 de mayo de 1942; no destruyas mi
barca; compadécete de mí, querido, no destruyas la barquita de papel hecha con
una hoja de calendario y no me hundas en el océano de los dieciséis años. ¿Te
acuerdas? La victoria hay que ganarla. no la regalan; ¡ay de aquellos que no
comen del sacramento del búfalo!: tú sabes también que los sacramentos tienen
la terrible propiedad de no estar sometidos al desgaste del tiempo; y tenían
hambre y no hubo multiplicación de panes para ellos, ni multiplicación de
peces: el sacramento del cordero no calmaba su hambre, el del búfalo les
brindaba abundante alimento; no habían aprendido a calcular: mil millones de
marcos por un caramelo, un caballo por una manzana y luego no había tres
pfennig para un panecillo; y siempre con orden, con decencia, honor, fidelidad;
vacunados con el sacramento del búfalo son inmortales; déjalo ya, David, ¿para
qué arrastrar consigo el tiempo?; ten compasión, apaga en tus ojos el
calendario; la historia la hacen los demás; tienes el café Kromer asegurado,
algún día te harán un monumento, uno pequeñito de bronce en el que aparecerás
con el rollo de dibujos en la mano; pequeño, delgaducho, sonriente, algo así
entre un joven rabino y un bohemio, con ese aire indefinido que da el origen
campesino; tú mismo has visto adónde va a parar la sensatez política...
¿quieres robarme la insensatez política? Desde la ventana de tu estudio me
gritaste: «no te atormentes, yo te querré y te ahorraré esas terribles cosas de
que te han hablado tus compañeras de colegio, esas cosas que dicen que suceden
en las noches de boda; no creas las murmuraciones de esas necias; nosotros nos
reiremos cuando llegue el momento, seguro, yo te lo prometo; pero todavía
tienes que esperar un par de semanas, a lo sumo un mes, hasta que yo compre el
ramo de flores, —alquile el coche y llegue a la puerta de tu casa. Viajaremos,
conoceremos el mundo, tú me darás hijos, cinco, seis, siete estos hijos me
darán nietos, cinco veces, seis veces, siete veces siete; tú no notarás nunca
que yo trabajo, yo te ahorraré el sudor de mi frente, la seriedad de los
músculos y del uniforme; las cosas me resultan fáciles, he aprendido a
hacerlas, he estudiado un poco, he pagado el sudor por adelantado; no soy un
artista; no te hagas ilusiones; no podré ofrecerte demonios falsos ni
verdaderos y aquello de lo cual te han contado tus amigos historias de miedo,
no lo haremos en la alcoba, sino al aire libre: verás al cielo encima de ti,
hojas y briznas de hierba te caerán sobre el rostro, quiero que saborees el
aroma de una tarde de otoño y no tengas la impresión de participar por
obligación en un desagradable ejercicio gimnástico; quiero que sientas el olor
de la hierba otoñal; nos echaremos sobre la arena, allá abajo en la orilla del
río, entre las rosas silvestres, un poco más arriba de la huella que dejó la
riada; cañas, tapones, cajas de crema de zapatos, un grano de rosario que
perdió la mujer de un marinero y, en una botella de limonada, una carta; en el
aire el humo amargo de las chimeneas de los barcos; chirriar de cadenas de
anclas; y no lo convertiremos en seriedad sangrienta, por muy serio y
sangriento que sea en realidad.
¿Y el corcho que recogí con los dedos del pie y te ofrecí
corno recuerdo? Yo lo guardé, te lo regalé porque me habías ahorrado la alcoba,
la oscura cámara de torturas de las novelas, murmuraciones de amigas con
advertencias de monja; ramas de rosal silvestre se inclinaban sobre mi frente,
hojas de un verde plateado se inclinaban sobre mis ojos oscuros que brillaban;
los vapores dejaron oír las sirenas para celebrar mi fiesta, me gritaban que ya
no era virgen; crepúsculo, tarde de otoño, todas las cadenas de las anclas
habían caído hacía rato, los marineros y sus mujeres subían a tierra, por una
pasarela insegura, y yo ya añoraba lo que horas antes había temido; no
obstante, asomaron a mis ojos unas lágrimas, porque no me sentía digna de mis
antepasadas, que se hubieran avergonzado de hacer de una obligación un placer;
y tú.pegaste hojas de rosal silvestre sobre mi frente y en la huella de las
lágrimas, allá abajo en la orilla del río, donde mis pies tocaban cañas y
botellas con saludos de veraneantes a los habitantes de la ciudad; ¿de dónde
venían todas aquellas cajas de crema de lustre?; ¿estaban destinadas a las
relucientes botas de los marineros a punto de zarpar, a las negras bolsas de la
compra de las mujeres de los marineros o a las brillantes viseras de las gorras
que centelleaban a la luz del crepúsculo cuando, más tarde, nos sentamos en las
sillas rojas del café Trischler? Yo admiré las hermosas manos de aquella mujer
joven que nos trajo pescado frito y una ensalada tan verde que me dolían los
ojos, y vino; las manos de aquella mujer joven, que veintiocho años más tarde
lavaron con vino la espalda de mi hijo herido; no hubieras debido gritarle a
Trischler cuando llamó para decirnos la desgracia que había ocurrido a Robert;
riada, riada, siempre he sentido deseos de echarme al agua y dejarme arrastrar
hacía el horizonte gris. Entra, tráeme felicidad, pero no me beses; no
destruyas mi barquita; aquí tienes café, dulce y muy caliente, café de la
tarde, cargado y sin leche; aquí tienes cigarros; son de sesenta pfennig;
Huperts me los ha proporcionado. Cambia la óptica de tus ojos, viejo mío, no
soy ciega, sólo estoy loca y puedo leer perfectamente la fecha que hay abajo en
el calendario del vestíbulo: 6 de septiembre de 1958; no soy ciega y sé que no
debo atribuir tu aspecto a la habilidad de los peluqueros; sigue mi juego,
retira la óptica de tus ojos y no me hables otra vez de tu brillante nieto de
cabellos rubios, que tiene el corazón de su madre y la inteligencia de su padre
y que actúa de sustituto tuyo en la reconstrucción de la abadía; ¿ha terminado
ya el bachillerato? ¿Estudiará estática? ¿Hace ahora las prácticas? Perdóname
que me ría; jamás he podido tomar en serio las obras; polvo amasado,
concentrado, polvo convertido en estructura; ilusión óptica, Fatamorgana,
destinada a convertirse en ruinas; la victoria se obtiene luchando, no se la
regalan a uno; esta mañana lo he leído en el periódico antes de que se me
llevaran: «Olas de entusiasmo crecían por momentos... llenos de ciega confianza
escuchaban las palabras— el júbilo y el entusiasmo iban en aumento». ¿Quieres
que te lo lea en el periódico local?
El grupo de tus nietos que no consta de siete veces siete,
sino de dos veces uno, no gozará de privilegios; se lo prometí a Edith, el
cordero; no comerán del sacramento del búfalo, y el muchacho no aprenderá para
la escuela aquella poesía que dice:
Agradece cada golpe que el destino nos quiera infligir,
porque la necesidad acuña las almas hermanas de manera parecida...
Tú lees demasiados periódicos forasteros, te dejas servir
el búfalo, dulce o agrio, empanado o sabe Dios con qué salsas; lees demasiados
periódicos sabios... aquí, en el folletín de la hoja local, puedes tragarte
cada día la verdadera basura, sin mezcla y sin falsificación, tan bien
intencionada como puedas querer; los otros no tienen buenas intenciones, sólo
son cobardes tus periódicos forasteros; en cambio aquí, todo son buenas
intenciones; nada de privilegios, por favor, nada de andar con guantes blancos;
toma esto está dirigido a mí: a Madres de los caídos. Aunque seáis las santas
del pueblo, al igual que vuestros hijos, vuestras almas claman...». Sí, soy una
santa del pueblo y mi alma clama; mi hijo murió en la guerra: Otto Fähmel;
decencia, decencia, honor, fidelidad; nos denunció a la policía; de pronto,
sólo fue el envoltorio de sí mismo; nada de guantes blancos, nada de
privilegios; claro que con el abad hicieron una excepción; él había comido del
sacramento del bátalo, con decencia, con orden, con honor; se celebró la
fiesta, monjes llevaban antorchas encendidas, allá arriba en la colina, con
vista sobre el valle del Kissa, empezó la nueva era. la era del sacrificio, la
era del dolor, y ellos volvieron a tener sus pfennig para comprar panecillos y su
medio gróschen para comprar un trozo de jabón; el abad se extrañó de que Robert
se negara a tornar parte en la fiesta; subieron por la colina montados en
briosos corceles y, arriba, encendieron una hoguera: solsticio de verano; Otto
encendió la hoguera, hundió la antorcha entre los sarmientos, y aquellos mismos
labios que tan maravillosamente sabían cantar el rorate coeli entonaron aquello
que siempre quisiera mantener alejado de los labios de mi nieto: Tiemblan los
huesos carcomidos. ¿No tiemblan los tuyos todavía, viejo?
Ven, pon la cabeza en mi regazo, enciende un cigarro aquí
tienes la taza del café, al alcance de la mano; cierra los ojos, baja la
ventanilla, anda, borra el calendario, vamos a rezar otra vez la letanía del
«¿te acuerdas?», vamos a recordar los años de cuando vivíamos en Blessenfeld,
cuando cada día olía a víspera de fiesta, a pueblo que se hartaba de pescado
frito, de churros y de helados; felices los que pueden comer con los dedos; yo
no pude hacer nunca mientras estuve en casa; tú no me lo dejaste hacer; tocaban
los organillos, chirriaban los tiovivos y yo olía, oía, percibía con todos mis
sentidos que sólo lo transitorio es duradero; tú me habías sacado de aquella
terrible casa, donde hacía cuatrocientos años que estaban metidos sin saber
cómo liberarse en las tardes de verano, me sentaba arriba en el terrado,
mientras los demás estaban sentados abajo en el jardín bebiendo vino: tardes de
señores, tardes de señoras, y lo mismo en las risas chillonas de las mujeres
que en las risas graves de los hombres oía siempre una cosa; desesperación;
cuando el vino desataba las lenguas y suprimía los tabúes, cuando el aroma de
las tardes estivales los liberaba de la cárcel del disimulo, la verdad se
imponía: no eran ni bastante ricos ni bastante pobres para descubrir lo único
verdaderamente duradero: la caducidad. Yo tenía anhelo de caducidad, y en
cambio me habían educado para lo perenne; matrimonio, fidelidad, dormitorio
donde sólo existía el deber, pero no el derecho de elegir; edificios, polvo
convertido en estructuras y, en mi oído, sonaba como la llamaba del agua en día
de riada: paraqué, paraqué, paraqué; yo no quería compartir su desesperación,
no quería probar la oscura herencia que pasaba de generación en generación
ansiaba comer del sacramento del cordero, blanco y ligero, e intentaba
arrancarme del pecho la antigua herencia de tinieblas y de violencia con el mea
culpa, mea culpa, mea maxima culpa; cuando llegaba de misa y dejaba mi
devocionario en la entrada, tenía el tiempo justo para recibir el beso de adiós
de mi padre; su voz estentórea de bajo se alejaba por el patio hacia la
oficina; cumplí quince años, dieciséis, diecisiete, dieciocho y veía en los
ojos de mi madre una tremenda angustia: a ella la habían echado a los lobos;
¿me libraría yo de ello? Los lobos iban creciendo en derredor, bebedores de
cerveza, con sus gorras de estudiante, unos más elegantes, otros menos; yo veía
sus manos, sus ojos y sentía pesar sobre mí la maldición de saber cómo serían
cuando tuvieran cuarenta o sesenta años; con la piel surcada de venas moradas,
no olerían jamás a víspera de fiesta: seriedad, virilidad, responsabilidad;
salvaguardar las leyes, enseñar historia a los niños; contar monedas; decididos
a obrar con sensatez política, todos estaban condenados a comer del sacramento
del búfalo, como lo estaban mis hermanos; sólo eran jóvenes por sus años, y a
todos ellos sólo una cosa que podía darles grandeza y prometerles gloria,
envolviéndolos en una nube mítica: la muerte; el tiempo sólo era un medio de
acercarlos a ella; husmeaban ávidamente y todo lo que olía a muerte les era
grato; incluso ellos olían a muerte, a putrefacción; ésta reinaba en casa, en
los ojos de aquellos a quienes yo sería echada: estudiantes con gorra,
guardadores de las leyes; sólo había una cosa prohibida: querer vivir y jugar.
¿Me comprendes, viejo? El juego era considerado como un pecado mortal; no el
deporte, eso lo hubieran tolerado: eso mantiene vivo, da soltura, embellece y
aumenta el apetito de los lobos; casas de muñecas, bueno: eso estimula los
instintos de ama de casa y de madre; el baile, también está bien: eso forma
parte del comercio; pero si bailaba para mí sola, en camisa, arriba en mi
habitación, era pecado, porque no era obligación; en los bailes; podía dejarme
tocar tranquilamente por los universitarios, en la oscuridad del pasillo: podía
incluso tolerar caricias no demasiado atrevidas en el bosque después de un
excursión; ¡tampoco éramos tan santurrones!; y rezaba para que viniera quien me
salvase de la muerte en la arena de los lobos, yo rezaba y recibía luego el
sacramento blanco y te veía en la ventana de tu estudio al otro lado de la
calle; si supieras cómo te quería; si lo pudieras sospechar, no abrirías los
ojos, no me presentarías el calendario ni te empeñarías en contarme cuánto han
crecido entretanto mis nietos, que preguntan por mí, que no me han olvidado.
No, no quiero verlos; me quieren, ya lo sé, y también sé que hubo una
posibilidad de escapar a los asesinos: ser declarada loca; pero si me hubiese
ocurrido lo mismo que a la madre de Grez ¿qué? He tenido suerte, una gran
suerte en este mundo en el que un ademán puede costar la vida, donde el ser
declarado loco puede salvarte o matarte; yo no quiero devolver los años que he
engullido, no quiero ver a Joseph de veintidós años, con huellas de argamase en
los pantalones y manchas de yeso en la chaqueta: un joven estupendo, que maneja
el metro plegable y lleva rollos de dibujos debajo del brazo; no quiero ver a
Edith de diecinueve años, leyendo Kabale und Liebe; cierra los ojos, querido
David, cierra el calendario, tómate el café.
Verdaderamente, tengo miedo, créeme; deja que mi barquita
vaya navegando, no seas el muchacho travieso que la destruye; el mundo es malo,
hay muy pocos corazones limpios; también Roben sigue el juego, y se queda
dócilmente en las etapas que le indico: desde 1917 hasta 1942. ni un paso más;
lo hace erguido, sin curvarse, muy alemán; sé que sentía nostalgia, que el
juego de billar y el estudio de fórmulas en el extranjero no le hacían feliz;
que no regresó únicamente por Edith; Robert es alemán, lee a Holderlin, no ha
comido nunca del sacramenta del búfalo, es de los nobles, no es un cordero,
sino un pastor. Me gustaría saber qué hizo durante la guerra, pero él nunca
habla de aquella época; un arquitecto que no ha construido nunca una casa, que
no ha llevado nunca huellas de argamasa en los pantalones, no; él es
inmaculado, correcto, un arquitecto de máquina de escribir al que no le gustan
las fiestas de cobertura. Pero, ¿dónde está el otro hijo? ¿Otto? Cayó delante
de Kiew; carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre; ¿de dónde vino,
adonde se fue? ¿Se parecía de veras a tu padre? ¿Viste a Otto alguna vez con
una muchacha? Me gustaría saber algo de él; sólo sé que le gustaba la cerveza,
que no le gustaban los pepinos y conozco sus ademanes cuando se peinaba, cuando
se ponía el abrigo; nos denunció a la policía, entró en el ejército... antes de
haber terminado sus estudios, y nos escribía postales de una ironía feroz:
«Estoy bien; lo mismo espero de vosotros; necesito 3». Otto ni siquiera venía a
casa cuando tenía permiso: ¿dónde iba? ¿Qué detective nos podría informar? Sé
el número de su regimiento, el número de la estafeta postal, el grado que
tenía: teniente, comandante, teniente coronel Fähmel, y lo último volvieron a
ser cifras, una fecha: caído el 12 del 1 del 42. Yo lo vi con mis propios ojos,
cómo pagaba a la gente de la calle porque no saludaban la bandera; levantó la
mano y los golpeó; me hubiera pegado a mí también si no hubiese vuelto
rápidamente la esquina ¿cómo vino a parar a casa? Ni siquiera tengo el recurso
de suponer que me lo cambiaron al nacer; nació en casa, quince días después de
la muerte de Heinrich, arriba en la alcoba, un día lluvioso de octubre de 1917;
se parecía a tu padre.
Pst, no digas nada—, viejo, no abras los ojos, no me
enseñes tus ochenta años. Memento quia pulvis es et in pulverem reverteris. Lo
dicen bien claro; polvo, cuya herencia es argamasa, títulos hipotecarios,
casas, fincas rústicas y un monumento en un suburbio tranquilo, donde unos
niños, interrumpiendo sus juegos, se preguntarán: ¿quién era ése?
Cuando era una madre joven, alegre y lozana, paseaba por
el parque de Blessenfeld y sabía que los rentistas gruñones que reñían a los
niños revoltosos sólo reñían a aquellos que algún día se sentarían allí,
convertidos en rentistas gruñones a su vez, y reñirían a los niños revoltosos
que algún día serían también rentistas gruñones; yo tenía dos hijos, llevaba
uno de cada mano; tenían cuatro y seis años, luego seis y ocho, ocho y diez, y
en el jardín colgaban los cartelitos bien pintados: 25. 50, 75, 100, cifras ;
negras sobre hojalata esmaltada de blanco, me recordaban siempre los cartelitos
de las paradas de los tranvías; al atardecer, tu cabeza en mi regazo, la taza
del café al alcance de la mano, esperábamos en vano la felicidad: no la
encontrábamos en los compartimientos de tren ni en los hoteles; un extraño
andaba por casa, llevaba nuestro nombre, bebía nuestra leche, comía nuestro
pan, y con nuestro dinero se compraba, en el parvulario, cacao y. más tarde,
cuadernos.
Llévame otra vez a la orilla del río, donde mis pies
descalzos puedan pisar las huellas de la riada, donde suenen las sirenas de los
vapores, donde huela a humo, llévame al café donde sirve la mujer de las manos
hermosas; no llores, viejo: yo vivía emigrada dentro de mí misma y tú tienes un
hijo, dos nietos, tal vez le darán pronto biznietos. No está en mi mano volver
a ti. hacerme cada día una barquita nueva con una hoja de calendario y navegar
alegremente hasta medianoche: 6 de septiembre de 1958: esto es futuro, futuro
alemán, yo misma lo he leído en el periódico local: «Un cuadro del futuro
alemán; en el año 1958; el suboficial Morgner de veintiún años se ha
transformado en el campesino Morgner, de treinta y seis: vive a orillas del
Volga: es sábado por la tarde, fuma su bien merecida pipa, tiene en sus brazos
a uno de sus rubios hijos, mira extasiado a su mujer, que en este momento está
ordeñando la última vaca dé su rebaño; leche alemana a orillas del Volga...»
¡No quieres escucharme más! Está bien, pero déjame en paz con el futuro; no
quiero saber qué aspecto tiene cuando es presente; ¿no están a orillas del
Volga? No llores, viejo; paga mi rescate y yo saldré del castillo encantado:
quiero un fusil, quiero un fusil.
Anda con cuidado cuando subas por la escalera de mano;
quítate el cigarro de la boca; ya no tienes treinta años y podrías perder el
equilibrio; ¿esta noche se celebrará la fiesta de familia en el café Kroner?
Quizás vaya. Te deseo muchas felicidades en el día de tu cumpleaños; perdóname
que me ría; Johanna tendría cuarenta y ocho años y Heinrich cuarenta y siete;
se llevaron su futuro consigo; no llores, viejo, tú fuiste quien quiso ese
juego. Anda con cuidado cuando subas la escala.
6
EL autobús amarillo y negro se detuvo a la entrada del
pueblo, abandonó la carretera principal, en dirección a Doderingen, y Robert
vio aparecer a su padre en la nube de polvo que dejó el autobús; como surgiendo
de la niebla apareció el anciano a la luz, todavía flexible, apenas abatido por
el bochorno de la tarde; emprendió por la calle mayor, pasó junto a Sckwan;
unos muchachos del pueblo le contemplaron con aire de aburridos desde la
escalinata; tenían unos quince o dieciséis años; probablemente habían sido
ellos los que habían espiado a Hugo cuando regresaba de la escuela; en sórdidas
travesías, en oscuros corrales le habían azotado y le habían llamado cordero de
Dios.
El anciano pasó frente al ayuntamiento, junto al monumento
a los caídos, donde un raquítico bojedal ofrecía a los muertos de tres guerras
sus hojas nacidas de la amarga tierra, al llegar al muro del cementerio, el
anciano se detuvo, sacó un pañuelo, se secó la frente, volvió a doblar el
pañuelo, se estiró la chaqueta y continuó su camino; y a cada paso, Robert veía
la graciosa curva que describía la! pierda derecha de su pantalón; sólo un
instante quedaba, visible la vuelta azul marino del pantalón antes de que el
pie volviera a pisar la tierra y luego se levantara de nuevo para describir
otra graciosa curva; Robert echó una mirada al reloj de la estación: las cuatro
menos veinte, y el tren no llegaría hasta las cuatro y diez; media hora, nunca
había estado tanto tiempo con su padre a solas, si no recordaba mal; había
esperado que la visita duraría más y que se ahorraría aquel diálogo padre-hijo.
La cantina de la estación de Denklingen era el lugar menos apropiado para; ese
encuentro, que el padre había estado esperando quizá durante veinte o treinta
años; diálogo con el hijo ya mayor, que había dejado de ser un niño, a quien ya
no se llevaba de la mano, a quien ya no se le compraban pasteles o helados
cuando se le llevaba a los baños de mar; beso de buenas noches, beso de buenos
días, preguntas por los deberes de colegio, un par de consejos para la vida: la
honradez prevalece tarde o temprano; Dios no engaña; dinero para ir al cine;
sonriente satisfacción por sus triunfos deportivos o al firmar un libro escolar
con buenas notas; tímidos diálogos sobre arquitectura, excursiones a Sankt
Anión; ni una palabra cuando Robert desapareció, ni una cuando regresó;
angustiosas comidas en presencia de Otto, que incluso hacía imposible hablar
del tiempo; carne cortada con cuchillos de plata, salsa servida con cuchara de
plata; la madre con la mirada fija, como un conejo frente a una serpiente, el
padre mirando por la ventana mientras iba haciendo migas con el pan o se
llevaba distraído la cuchara a la boca; a Edith le temblaban las manos,
mientras Otto se servía desdeñosamente un gran pedazo de carne: era el único
que hacía honor a la calidad de la comida; había sido el favorito del padre;
siempre estaba dispuesto a salir de excursión o de viaje o a hacer cualquier
extravagancia; muchacho alegre de risueño porvenir, el que en las fiestas
populares daba a su padre la impresión de una vida más llena. Ahora decía
alegremente de vez en cuando: «Podéis echarme a la calle, si queréis». Nadie le
contestaba. Después de la cernida, Robert iba con su padre al estudio, se
sentaba allí, dibujaba, jugaba con fórmulas en la gran sala vacía, donde había
todavía los tableros de cinco arquitectos; la sala estaba vacía; entretanto, el
anciano, cansadamente, se ponía su blusa de trabajo, revolvía les rollos de
dibujos, se detenía a cada memento delante del plano de Sankt Antón; luego se
marchaba, iba a dar un paseo, a tomar café, a visitar a antiguos colegas, a
antiguos enemigos, en casas donde durante cuarenta años había sido siempre bien
acogido y ahora parecía que con él llegara la era glacial, unas veces a causa
de uno de sus hijos, otras a causa del otro; y, no obstante, el anciano tenía
un temperamento alegre, había nacido para llevar una vida alegre, para beber
vino y café, para viajar y para considerar como futuras nueras a todas las
muchachas hermosas que viera por la calle o en el tranvía. A veces sus paseos
duraban horas; caminaba acompañado de Edith, que empujaba el cochecito del
bebé; el viejo Fähmel tenía poco trabajo y se sentía feliz cuando tenía que
planear o vigilar alguna reforma en los hospitales que había construido, o
cuando podía ir a Sankt Antón y aconsejar que se reparase algún muro; creía que
Robert le tenía antipatía, y Robert creía lo mismo de él.
Pero ahora Robert ya era un hombre maduro, era padre de
hijos mayores, era un hombre abrumado por el destino con la muerte de su
esposa; había tenido que emigrar, había regresado; había estado en la guerra;
había sido denunciado y había sufrido tortura; ahora era independiente y tenia
una situación clara: «Dr. Robert Fähmel, oficina de cálculos estáticos, cerrado
por las tardes». Finalmente era el interlocutor que el padre había esperado. —
—¿Desea otra cerveza, el señor? —preguntó el camarero
desde el bar. Limpió de espuma de cerveza la barra de níquel, sacó de la nevera
dos platos de albóndigas con mostaza y las sirvió a la pareja que estaba
sentada en el rincón, cansada y feliz después de! paseo por el campo.;
—Sí, por favor, otra cerveza— contestó Robert y apartó el
visillo. Su padre volvía a la derecha, pasó frente a la puerta del cementerio,
cruzó la carretera, se paró al llegar al jardín del jefe de la estación y
contempló los ámelos morados recién abiertos; era evidente que titubeaba.
—No —dijo Robert dirigiéndose al bar—, traiga dos cervezas
y un paquete de cigarrillos rubios.
Donde estaba sentada ahora la pareja, se había sentado, el
oficial americano; su cabello rubio y cortado muy corto acentuaba la impresión
de juventud; sus ojos azules irradiaban confianza, confianza en el futuro, en
el que todo hallaría su explicación; el futuro estaba comprendido dentro de
unas coordenadas; lo único que faltaba aclarar era la cuestión de la escala:
¿uno por uno, o uno por tres millones? Encima de la mesa, donde los dedos del
oficial jugaban con un afilado lápiz, había el plano topográfico del municipio
de Kisslingen.
En trece años, la mesa no había cambiado; en la pata de la
derecha, donde ahora las polvorientas sandalias del joven buscaban apoyo, se
leían todavía las iniciales que había gravado, en su ocio, un aprendiz de
maquinista: J. D.; quizás se llamaba Joseph Dodringer; los manteles tampoco
habían cambiado: cuadros blancos y encarnados; las sillas habían resistido dos
guerras mundiales: de madera de haya sin nudos, convertida en sólido asiento,
llevaban sesenta años al servicio de los culos de campesinos en espera de algo;
lo único nuevo era la vitrina nevera, donde unas albóndigas refritas, unas
chuletas frías y unos huevos a la rusa esperaban la llegada de algún cliente
hambriento o aburrido.
—Aquí tiene el señor sus dos cervezas y su paquete de
cigarrillos.
—Gracias.
Ni siquiera los cuadros de las paredes habían cambiado;
una vista aérea de la abadía de Sankt Antón, fotografiada seguramente desde la
colina de los cosacos, con un venerable aparato de los de placa y paño negro;
el claustro y el refectorio, la enorme iglesia, los cuerpos de edificio
administrativos; más allá, un cromo descolorido: una pareja de enamorados en un
campo; espigas, amapolas, un camino de tierra amarillenta secado por el sol;
con una brizna de hierba, la belleza campesina hacía cosquillas detrás de la
oreja a su enamorado, cuya cabeza descansaba en su regazo.
—Usted me ha comprendido mal, capitán; lo que quisiéramos
saber es por qué lo hizo usted; ¿me oye? Conocemos, naturalmente, las órdenes:
«tierra quemada» —no dejéis más que ruinas y cadáveres al enemigo, ¿verdad?
Pero yo no creo que usted lo hiciera obedeciendo a esta orden. Usted es
—perdóneme la franqueza—, demasiado inteligente para hacerlo. Pero entonces nos
preguntamos: ¿por qué, por qué voló usted la abadía? Era, en su estilo, un
monumento artístico de primer oren; ahora que han terminado aquí las acciones
bélicas y usted es nuestro prisionero, que no creo que tenga ocasión de
informar al adversario acerca de nuestros escrúpulos, puedo confesarle que el
jefe de nuestra unidad hubiera preferido retrasar dos o tres días el avance que
atacar la abadía. ¿Por qué la voló usted, si la cosa no tenía ningún sentido
táctico ni estratégico? Con ello no dificultó nuestro avance, sino que lo
precipitó. ¿Fuma?
—Sí, gracias.
El cigarrillo le supo a gloria. Virginia, aromático y
fuerte.
—Espero que comprenda lo que quiero decir. Por favor, diga
algo; veo que somos casi de la misma edad; usted tiene veintinueve años, yo
veintisiete. ¿Se hace usted cargo de que me gustaría comprenderle? ¿Teme las
consecuencias de su declaración... ante nosotros o ante sus propios
compatriotas?
Pero si lo dijera, dejaría de ser verdad; y en forma de
declaración todavía menos: que había estado esperando aquel momento durante
cinco años y medio de guerra, el momento en que la abadía se le ofrecería como
una presa puesta en sus manos por Dios. Quería erigir un monumento de polvo y
escombros a aquellos que, porque no eran monumentos artísticos, no habían sido
respetados: a Edith, muerta por un casco de bomba; a Ferdi, autor de un
atentado, igualmente condenado; al muchacho que echaba en el buzón de las
cartas los minúsculos papeles con sus noticias; al padre de Schrella, que había
desaparecido; al propio Schrella, que tenía que vivir lejos del país donde
había vivido Holderlin; a Groll, el camarero del Anker, y a todos aquellos que
habían ido al campo de batalla, cantando: Tiemblan los huesos carcomidos; a
nadie le pedirían cuentas por ellos, nadie les había enseñado nada mejor.
Dinamita, un par de fórmulas, ésta era su única posibilidad de erigir
monumentos; y disponía de un equipo de voladura que era famoso por la precisión
de su trabajo: Schrit, Hochbret, Kanders.
—Sabemos perfectamente que usted no podía tomar en serio a
su superior, el general Otto Kósters; nuestros psiquiatras militares,
unánimemente —y usted no sabe lo difícil que es llegar a la unanimidad entre
los psiquiatras americanos— le han declarado loco e irresponsable de sus actos,
de manera que la responsabilidad cae sobre usted, capitán, puesto que se le
considera unánimemente cuerdo y —no quiero ocultárselo— las declaraciones de
sus compañeros no le son nada favorables. No pretendo preguntarle acerca de sus
ideas políticas: las demostraciones de inocencia son muy frecuentes y, hablando
con franqueza, estoy harto de ellas. Y se lo 'dije a mis compañeros: «en este
bello país, no encontraremos más allá de cinco o seis, o a lo sumo nueve,
culpables y, al final, nos tendremos que preguntar contra quién hemos hecho
esta guerra: contra una serie de hombres comprensivos, simpáticos, inteligentes
e incluso cultos». Por favor, conteste a mi pregunta: ¿por qué lo hizo?
En el lugar del joven oficial americano estaba sentada
ahora la muchacha: comía albóndigas, bebía cerveza y reía entre dientes; en el
horizonte, Robert podía ver el campanario oscuro y esbelto de Sankt Severin
intacto.
¿Tenía que decir que el respeto por los monumentos
artísticos le parecía tan conmovedor como el error de esperar que encontrarían
bestias en lugar de hombres comprensivos y humanos? Un monumento para Edith y
Ferdi, para Schrella y su padre, para Groll y el muchacho que había echado sus
papelitos en el buzón de las cartas, para el polaco Antón que había levantado
la mano contra Wakiera y había sido asesinado por ello, y para todos aquellos
que habían cantado Tiemblan les huesos carcomidos y a los que nadie les había
enseñado nada mejor; un monumento para los corderos que nadie había apacentado.
Si quería pillar el tren, su hija Ruth tenía que pasar
corriendo ahora por delante del portal de Sankt Severin en dirección a la
estación; con su boina verde sobre el cabello oscuro, con su jersey color de
rosa, sofocada, feliz de ir a reunirse con su padre, su hermano y su abuelo a
tomar café en Sankt Antón antes de la gran fiesta de cumpleaños por la noche.
El padre se había detenido fuera en la sombra, ante la
pizarra, y examinaba el horario de salidas; con el rostro delgaducho encendido,
el anciano tenía un aspecto amable, espléndido y cariñoso, no había comido
nunca del sacramento del búfalo, no se había vuelto amargo con los años; ¿lo
sabía todo? ¿O se enteraría más adelante? Y a su hijo Joseph, ¿cómo hacérselo
comprender? Era preferible callarse que dejar que ideas y sentimientos se
consignasen en actas de declaración y fueran entregados a los psicólogos.
Tampoco había podido explicárselo al joven oficial que le
miraba a la cara, meneando la cabeza, y le ofrecía por encima de la mesa el
paquete de cigarrillos empezado. Tomó el paquete de tabaco, dijo gracias, se lo
guardó en el bolsillo, se quitó la Cruz de hierro que llevaba colgada en el
pecho y la tendió al joven oficial americano; el mantel de cuadros blancos y
encarnados se arrugó, y él volvió a estirarlo, mientras el americano se
ruborizaba.
—No, no —dijo Robert—, perdone mi falta de tacto; no he
querido ofenderle, pero tengo necesidad de regalarle esto como recuerdo,
recuerdo del hombre que voló la abadía de San Antón, y con ello se ganó esta
condecoración; que la voló a pesar de que sabía que el general estaba loco, a
pesar de que sabía que aquella voladura era una estupidez tanto desde el punto
de vista táctico como estratégico. Me quedaré de buen grado con sus
cigarrillos... ¿Puedo rogarle que considere eso como un intercambio de regalos
entre hombres de una misma edad?
Tal vez lo había hecho porque, en la fiesta del solsticio,
media docena de monjes habían subido a la colina de los cosacos y arriba,
cuando se elevaron las llanuras, entonaron Tiemblan los huesos carcomidos. Oteo
encendió el fuego y él estuvo presente, con su hijo en brazos, Joseph, el de
los cabellos rubios y rizados, que daba palmadas de alegría al ver crepitar el
fuego; Edith, que estaba a su lado, le apretaba la mano derecha; también quizás
porque Otto ni siquiera le había sido extraño en un mundo en que un ademán
puede costar la vida; alrededor de aquella hoguera, los muchachos de los
pueblos de Doderingen, Schlackringen. Kisslingen y Denklingen; los rostros
encendidos de los jóvenes y muchachas tenían un aspecto feroz a la luz de la
hoguera del solsticio, encendida por Otto, y todos cantaban lo mismo que el
bueno del monje que clavaba las espaldas en los flancos de su austero caballo
de labranza: Tiemblan los huesos carcomidos; con voz ronca seguían cantando aún
al bajar de la colina, con las antorchas en la mano; ¿podía declarar al joven
oficial americano que lo había hecho porque no habían obedecido la orden de
apacienta mis corderos, y que no sentía ni pizca de remordimiento? Dijo en voz
alta:
—Tal vez fue sólo una broma, un juego.
—Vaya bromas, vaya juegos gastan la gente de aquí. ¿Usted
es arquitecto, ¿verdad?
—No; especialista en estática.
—Bueno, ¿qué más da?, son oficios que apenas se distinguen
uno de otro.
—La voladura —dijo Robert—, es sólo la estática vuelta al
revés. Como si dijéramos su recíproca.
—Perdóneme —dijo el joven oficial—, siempre he estado muy
flojo en matemáticas.
—A mí, en cambio, siempre me apasionaron.
—Su caso empieza a interesarme desde un punto de vista
personal. Esa declaración de su pasión por las matemáticas, ¿significa acaso
que la voladura respondió a cierto interés profesional?
—Tal vez sea así. Para un especialista en estática tiene
naturalmente mucho interés saber cuáles son las fuerzas necesarias para
contrarrestar las leyes estáticas. Hay que reconocer que fue una voladura
perfecta.
—Pero ¿quiere sostenerme en serio que este interés que
podríamos llamar abstracto tuvo en ello el menor papel?
—No.
—Me temo que no podré ahorrarle a usted un interrogatorio
político. Le advierto que de nada ha de servirle hacer declaraciones falsas;
poseemos todos los datos necesarios para la comprobación de sus declaraciones.
Hasta aquel momento no se le había ocurrido pensar en que
su padre había construido la abadía treinta y cinco años antes; lo habían oído
decir tantas veces, habían podido comprobarlo tantas veces, que ya había dejado
de ser verdad, y, de pronto, temió que el joven oficial se enterase de ello y
creyese haber encontrado la explicación: complejo de hijo; quizás fuera mejor
decirle al joven americano: porque no apacentaron los corderos, y darle así una
prueba irrefutable de que estaba loco; pero se limitó a mirar por la ventana
hacia el campanario de Sankt Severin, como si mirara una presa que se le había
escapado, mientras el joven oficial le hacía preguntas que él pudo contestar,
sin excepción y sin tener que reflexionar, con un no.
La muchacha apartó el plato vacío; tomó el de su
compañero, levantó durante un momento los dos tenedores con la mano derecha,
mientras con la izquierda ponía el plato del joven encima del suyo, dejó luego,
los tenedores en el plato de encima, colocó la mano derecha, ahora libre, sobre
el antebrazo de su compañero y le miró sonriente a los ojos.
—¿De manera que no pertenecía usted a ninguna
organización? ¿Lee a Hölderlin? Está bien. Tal vez tenga que llamarle a
declarar otra vez mañana.
El corazón eterno se compadecí, pero no se ablanda.
Cuando su padre entró en la cantina, Robert se sonrojó,
fue a su encuentro, le quitó de la mano el sombrero y dijo:
—Padre, se me ha olvidado felicitarte para tu cumpleaños.
Perdóname. He encargado una cerveza para ti; espero que no se haya calentado
demasiado, si no...
—Gracias —contestó el padre—, gracias por su felicitación
y no te preocupes por la cerveza; no me gusta fría.
El padre le puso la mano sobre el antebrazo, Robert se
sonrojó y pensó en los ademanes de íntimo afecto que habían intercambiado en la
avenida del sanatorio; de pronto, había sentido necesidad de pasar el brazo
alrededor del cuello de su padre y éste había replicado con el mismo gesto,
mientras se ponían de acuerdo para reunirse en la estación de Denklingen.
—Ven —dijo Robert—, sentémonos, todavía tenemos
veinticinco minutos.
Levantaron los vasos, brindaron con un gesto de cabeza y
bebieron.
—¿Quieres un cigarro, padre?
—No, gracias. ¿Sabes que los horarios apenas han cambiado
en cincuenta años? Incluso los letreros de porcelana que indican las horas de
salida son los mismos; lo único que ha ocurrido es que algunos se han
desportillado.
—Las sillas, las mesas y los cuadros de la pared —dijo
Roben— todo está igual que antes, cuando veníamos aquí en las tardes de verano
desde Kisslingen y esperábamos el tren.
—Sí —replicó el padre—, no ha cambiado nada. ¿Has
telefoneado a Ruth? ¿Ha dicho si vendría? ¡Hace tanto tiempo que no la he
visto!
—Sí, vendrá. Supongo que a estas horas ya debe de estar en
el tren.
—Podemos estar en Kisslingen poco después de las cuatro y
media, tomamos un café y antes de las siete podemos estar tranquilamente en
casa. ¿Vendréis a la fiesta?
—Claro que sí, padre, ¿lo has dudado ni un instante?
—No, pero se me ocurrió que quizás valdría mejor dejarlo,
decir a los del café Kroner que no vamos... quizás sea mejor no hacerlo, por
los chicos, y había preparado tantas cosas para este día...
El anciano bajó los ojos sobre el mantel de cuadros
blancos y encamados y empezó a trazar círculos con su vaso de cerveza. Robert
admiraba la piel tensa de sus manos; manos de niño que habían conservado su
inocencia; el padre levantó la mirada y la fijó en el rostro de Robert.
—Pensaba en Ruth y Joseph; ¿sabes que Joseph tiene novia?
—No.
EJ anciano volvió a bajar los ojos y a describir círculos
con el vaso de cerveza.
—Siempre había confiado en que mis dos fincas aquí en las
afueras serían algo así como vuestra segunda casa, pero vosotros siempre habéis
preferido vivir en la ciudad, incluso Edith; sólo en Joseph parece realizarse
mi sueño, es curioso que todos estéis convencidos de que se parece a Edith y no
tiene nada de nosotros... y no obstante, se parece tanto a Heinrich, que a
veces me asusto cuando veo a tu hijo; Heinrich, tal como hubiera sido... ¿te
acuerdas de él?
Brom se llamaba nuestro perro; yo, en el pescante,
sostenía las riendas del coche, que eran de cuero negro y quebradizo: quiero un
fusil, yo quiero un fusil; Hindenburg.
Sí que me acuerdo.
—Me devolvió la finca que le había regalado; ¿a quién se
la voy a dar ahora? ¿A Joseph o a Ruth? ¿O a ti? ¿Te gustaría que te la diera?
¿Te gustaría ser propietario de vacas y prados, de centrifugadoras y máquinas
de cortar remolachas, de tractores y secadoras de heno? ¿Prefieres que se la
regale al convento? Con mis primeros honorarios compré las dos fincas. Tenía
veintinueve años cuando construí la abadía y no os podéis imaginar lo que
representa para un joven arquitecto poder tener semejante encargo. Fue un
verdadero escándalo; produjo sensación. Si voy tan a menudo allí no es sólo
para hacer resucitar un futuro que entre tanto ya se ha convertido en pasado:
siempre pensé que cuando fuera viejo sería campesino. Y no lo soy: sólo soy un
pobre viejo loco que juega a la gallina ciega con su mujer; nos tapamos
alternativamente los ojos, cambiamos las épocas como las diapositivas en una
linterna mágica para proyectar imágenes sobre la pared: anda, pon ahora el año
1928: dos hermosos hijos de la mano de la madre; uno tiene trece años, el otro
once; junto a ellos el padre con el cigarro en la boca, sonriente; en el fondo
la torre Eiffel... quizás el Castillo de Sant’Angelo, o la puerta de
Brandeburgo. Puedes elegir el decorado que quieras: puede que sea también la
playa de Ostende o el campanario de Sankt Severin o el quiosco de bebidas del
parque de Blessenfeld. No, se trata naturalmente de la abadía de Sankt Antón:
la encontrarás en el álbum de fotografías en todas las épocas del año; sólo la
moda de nuestros vestidos es la que cambia: tu madre con sombrero grande o
pequeño, con el cabello corto o largo, con la falda ancha o estrecha, y
vosotros, los niños, de tres, cinco y siete años; luego aparece un personaje
nuevo: una muchacha rubia, joven, que lleva 'un niño en brazos y otro de la
mano; los niños tienen un año, tres años; ¿sabes que quise a Edith como no
hubiera podido querer a una hija? Nunca pude convencerme de que había tenido
padre y madre propios... un hermano. Edith era una mensajera del Rey; mientras
ella vivió con nosotros, pude volver a pronunciar Su nombre sin sonrojarme,
pude rezar Su nombre... ¿Cuál fue el mensaje que te trajo, qué misión te
confió? ¿Que vengaras a los corderos? Espero que habrás cumplido fielmente el
encargo, que no habrás guardado falsos respetos, como hice yo siempre, que no
habrás conservado fresco en la nevera de la ironía el sentimiento de
superioridad, como hice yo siempre. ¿Tenía verdaderamente un hermano, Edith?
¿Vive aún? ¿Existe?
El anciano dibujaba círculos con el vaso de cerveza,
miraba fijamente el mantel de cuadros blancos y encamados, y sólo de vez en
cuando levantaba ligeramente la cabeza.
—Dime. ¿Existe verdaderamente? Era amigo tuyo, una vez le
vi; estaba en la ventana de mi dormitorio y vi que cruzaba el patio y se
dirigía a tu habitación; jamás le he olvidado, he pensado muchas veces en él, a
pesar de que sólo pude verle durante diez o doce segundos. Me dio miedo, como
si fuera un ángel de las tinieblas. ¿Existe verdaderamente?
—Sí.
—¿Y vive?
—Sí. ¿Dices que te dio miedo?
—Sí. También tú me dabas miedo. ¿No te dabas cuenta? No
quiero saber cuál fue la misión que te confió Edith; sólo te pido que me digas
si la has cumplido.
—Sí.
—Está bien. Te asombra que me dieras miedo, que todavía te
tema un poco. Me reía de vuestras conspiraciones infantiles, pero la risa se me
heló en la garganta cuando leí que habían matado a aquel muchacho; hubiera
podido ser el hermano de Edith, pero más tarde me enteré de que casi había sido
una acción humanitaria matar a un muchacho que, de todas maneras, había echado
una bomba y había chamuscado los pies de un profesor de gimnasia. El muchacho
que echaba tus esquelas en el buzón de las cartas, el polaco que levantó la
mano contra el profesor de gimnasia... un parpadeo inadecuado, una manera de
llevar cortado el pelo o la forma de la nariz bastaban, o ni siquiera esto les
era necesario: sólo la partida de nacimiento del padre o de la abuela. Durante
muchos años, me estuve alimentando con mi risa, pero este alimento desapareció
del mercado, no hubo repuestos, Robert; y yo abrí la nevera, dejé que la ironía
se agriase y la tiré como el resto repugnante de algo que algún día había
tenido su valor; yo había creído amar y comprender a tu madre... pero hasta
entonces no empecé a quererla y a comprenderla de veras, a comprenderos y
quereros a vosotros; no me di cuenta de ello hasta más tarde. Cuando terminó la
guerra, yo estaba «n la cumbre de mi carrera: me nombraron director general de
construcciones de toda la región. Paz, pensé, yo, todo ha terminado, vamos a
empezar una vida nueva... cuando, un buen día, el comandante inglés vino a mi
casa, a disculparse, por decirlo así, de haber bombardeado la iglesia de Sankt
Honorius y destruido un Descendimiento del siglo XII; no se disculpó por haber
muerto a Edith, sino sólo por un Descendimiento del siglo XII; sorry; yo me
volví a reír por primera vez desde hacía diez años, pero no fue una risa de
satisfacción, Robert... y dimití de mi cargo. ¿Director general de
construcciones? ¿Para qué, si hubiera dado todos los Descendimientos de todos
los siglos posibles para volver a contemplar la sonrisa de Edith, para volver a
sentir su mano sobre mi brazo? ¿Qué valor tenían para mí las imágenes del Señor
comparadas con la risa de su mensajera? Y por et muchacho que traía tus
noticias —jamás vi su cara, jamás supe cómo se llamaba— hubiera dado Sankt
Severin, a sabiendas, además, de que era un precio irrisorio, como cuando se da
una medalla a quien ha salvado una vida. ¿Has vuelto a ver la sonrisa de Edith
o la del aprendiz de carpintero? ¿Nada que se pareciera a ello? ¡Ay, Robert,
Robert!
El anciano dejó el vaso de cerveza y apoyó los brazos
sobre la mesa.
—¿Has vuelto a ver nunca aquella sonrisa? —murmuró entre
sus brazos.
—Sí, la he visto —dijo Robert— en el rostro de un botones
de hotel, que se llama Hugo... ya te lo enseñaré.
—Regalaré a este muchacho la finca que Heinrich no quiso
aceptar; escríbeme su nombre y señas en el platillo de cartón de la cerveza; en
esos platillos de cerveza se escriben las noticias más importantes; no te
olvides de comunicarme cuando sepas algo del hermano de Edith. ¿Vive aún?
—Sí. ¿Todavía le tienes miedo?
—Sí. Lo más terrible en él era que no conocía la ternura;
cuando le vi cruzar el patio comprendí que era fuerte, y que todo lo que hacía,
no lo hacía por los mismos motivos que mueven a los demás: porque fuera rico o
pobre, guapo o feo, porque su madre le hubiese o no le hubiese pegado; todo eso
son motivos que determinan las acciones de las demás personas: por eso
construyen iglesias o asesinan a mujeres, son buenos maestros o malos
organistas; pero de aquel muchacho sabía que ninguno de estos motivos me explicaría
nada; en aquella época sabía reírme, pero en él no encontré ninguna rendija por
la que poder meter mi risa; eso me dio miedo como si un ángel oscuro hubiese
cruzado el patio de mi casa, un ángel que venía a cumplir la justicia de Dios,
que nos venía a embargar; y, en efecto, nos embargó; no conocía la ternura ni
la inspiraba; ni siquiera cuando me enteré de que le habían azotado y le
querían matar, me enternecí...
—Señor consejero, hasta ahora no le be reconocido. ¡Cuánto
me alegro de volverle a ver! Debe hacer muchos años que no estuvo usted por
aquí.
—Ah, Mull, ¿es usted? ¿Y su madre, vive todavía?
—No, señor consejero, ya hace días que la enterramos. Fue
un entierro fantástico. Mi madre tuvo una vida muy llena: siete hijos y treinta
y seis nietos, once biznietos; una vida muy llena. ¿Los señores quieren hacerme
el honor de beber a la memoria de mi difunta madre?
—Con mucho gusto, querido Mull; su madre fue una gran
mujer.
El anciano se levantó y Robert también, mientras Mull se
dirigía al mostrador para llenar de nuevo los vasos; el reloj de la estación
marcaba las cuatro y diez; dos campesinos esperaban junto al mostrador; mataban
la espera comiendo albóndigas con mostaza y bebiendo, con sus suspiros de
satisfacción, un vaso de cerveza. Mull volvió a la mesa con el rostro
enrojecido y los ojos húmedos; dejó los vasos de cerveza sobre la mesa y tomó
uno en la mano.
—A la memoria de su madre. Mull —dijo el anciano Fähmel.
Levantaron los vasos, brindaron antes de beber y luego los
volvieron a dejar sobre la mesa.
—A lo mejor no sabe usted —dijo el anciano— que. hace
ahora cincuenta años, su madre a veces me fiaba, cuando llegaba de Kisslingen
cansado y muerto de sed; entonces estaban reparando la vía del tren y no me
importaba andar cuatro kilómetros. A su salud y a la memoria de su madre. Éste
es mi hijo ¿no le conocía?
—Fähmel, tanto gusto.
.-Mull, tanto gusto.
—A usted le conoce aquí todo el mundo, señor consejero,
todo el mundo sabe que construyó usted nuestra abadía, y todavía viven algunas
abuelas que cuentan alguna anécdota de usted: que encargaba carros enteros de
cajas de cerveza para los albañiles y que bailó un solo el día de la cobertura.
A su salud, señor consejero.
Apuraron los vasos de pie; Robert, con el vaso vacío en la
mano, se quedó mirando a Mull, que se dirigió al mostrador, recogió los platos
de la pareja, los dejó sobre el torno y arregló cuentas con el muchacho. Su
padre le tiró de la chaqueta.
—Ven —dijo—, siéntate, todavía tenemos diez minutos. Son
gente magnífica, que tienen el corazón donde se debe tener.
—Y no te dan miedo, ¿verdad, padre?
El anciano miró a su hijo a los ojos; su rostro delgaducho
y sin arrugas no sonreía.
—Esta gente —dijo Robert— fue la que martirizó a Hugo...
tal vez uno de ellos fue el verdugo de Ferdi.
—Mientras estuviste fuera y nosotros esperábamos noticias
tuyas, tenía miedo de todo el mundo... ¿pero de Mull?¿Ahora? ¿Te da miedo, a
ti?
—Cada vez que veo a una persona me pregunto si me gustaría
que me pusieran en sus manos, y hay muy pocos de quienes me atreva a decir que
sí.
—¿Y el hermano de Edith? ¿Te pusieron en sus manos?
—No. En Holanda, vivíamos en una misma habitación,
compartíamos cuanto teníamos, jugábamos medio día al billar, y medio día
estudiábamos: él, alemán; yo matemáticas; no me pusieron en sus manos, pero no
tendría inconveniente en que me pusieran en cualquier momento... o te
entregaría incluso a ti, padre.
Roben se sacó el cigarrillo de la boca.
—Me gustaría regalarte algo para tu cumpleaños, padre...,
demostrarte, quizás sabes ya lo que te quisiera demostrar.
—Ya lo sé —dijo el anciano y puso la mano sobre el brazo
de su hijo—, no necesitas decirlo.
Me gustaría regalarte un par de lágrimas de
arrepentimiento, pero no las puedo forzar; sigo considerando el campanario de
Sankt Severin como una presa que se me ha escapado. Lástima que tuviera que ser
tu obra de juventud, tu gran oportunidad, tu gran primera jugada; y bien'
construida, además: muros sólidos; algo estáticamente magnífico; tuve que
emplear dos camiones de explosivo, di la vuelta por el edificio, dibujé con
tiza mis fórmulas y señales en las paredes, en las columnas, en los puntos de
apoyo de las bóvedas, las dibujé en la gran imagen de la Santa Cena, entre los
pies de San Juan y San Pedro; ¡conocía tan bien la abadía!, ¡me la habías
explicado tantas veces, cuando era niño, cuando era adolescente, cuando era
joven...! Dibujé mis señales en la pared, mientras el abad, que era el único
que se había quedado, corría a mi lado, apelando a mi sentido común, a mi
religión; por suerte, era un abad nuevo, que no me conocía. Apeló a mí
conciencia, pero todo fue en vano; no me conocía como visitante de los fines de
semana que va a comer truchas, que va a comer miel en bruto; no me conocía como
hijo del arquitecto que se pone mantequilla sobre el pan. Y mientras me miraba
como si me hubiese vuelto loco, yo le murmuré al oído: Temblarán los huesos
carcomidos; tenía entonces veintinueve años, exactamente los mismos que tú
cuando construiste la abadía, y espiaba ya la presa que, en el horizonte, se
dibujaba gris y esbelta: Sankt Severin. Pero caí prisionero, y el joven oficial
me interrogó, en esta misma estación de Denklingen, allí, sentado en aquella
mesa, que ahora está vacía.
—¿En' qué piensas? —preguntó el anciano.
—En Sankt Antón; hace tanto tiempo que no he estado allí.
—¿Te alegra volver a Sankt Antón?
—Me alegro por Joseph; hace mucho tiempo que no le he
visto.
—Estoy orgulloso de él —dijo el anciano—. Es un muchacho
decidido y animoso, y algún día será un gran arquitecto; quizás demasiado
severo con los obreros, demasiado impaciente, pero a sus veintidós años no se
le puede pedir paciencia... y ahora se halla apurado por la expiración del
plazo fijado: a los monjes les gustaría poder cantar la liturgia de Adviento en
la iglesia nueva; naturalmente, estamos todos invitados a la inauguración.
—¿El abad sigue allí?
—¿Cuál?
—Gregor.
—No, murió en 1947; no pudo reponerse de la destrucción de
su abadía.
—¿Y tú, pudiste reponerte?
—Cuando recibí la noticia de que había sido destruida, me
quedé anonadado; pero cuando luego fui allí y vi las ruinas y vi que los monjes
estaban tan excitados y querían crear una comisión que se encargara de buscar
al culpable, traté de disuadirlos; no quería que hubiese venganza por un
edificio, y tenía miedo de que encontraran al culpable y que éste tuviera que
disculparse ante mí; el sorry del inglés continuaba sonando como un eco
terrible en mi oído; y. en último término, los edificios pueden volver a construirse.
Sí, Robert, me repuse. Tú quizás no me creerás, pero jamás me he sentido unido
a los edificios cuyas obras yo había dirigido o que yo había planeado; sobre el
papel, me gustaban, trabajaba con cierta pasión pero jamás me sentí un artista,
¿me comprendes?, y sabía que no lo era; todavía tenía mis planos cuando me
encargaron la reconstrucción; para tu hijo ésta es una gran ocasión de
ejercitarse prácticamente, de aprender a coordinar el trabajo y a frenar un
poco su impaciencia... ¿No tenemos que tomar el tren?
—Faltan cuatro minutos, padre. Podemos salir al andén.
Roben se levantó, hizo una señal al dueño y sacó la
cartera, pero Mull salió de detrás del mostrador, pasó junto a Robert, y
sonriendo, puso la mano sobre el hombro del anciano y dijo:
—No, no, señor consejero, hoy han sido ustedes mis
invitados; no quiero que sea de otra manera, por la memoria de mi madre.
Fuera hacía todavía calor; encima de Dodringen se veían ya
las banderas de humo blanco del tren.
—¿Tienes los billetes? —preguntó el anciano.
—Sí —contestó Robert.
Miró el tren que salía del cambio de rasante, más allá de
Dodringen, como si surgiera directamente del cielo azul; era un tren negro,
viejo y romántico; el jefe de la estación salió de su despacho con la sonrisa
de fin de semana en el rostro.
—Aquí, padre, aquí —gritó Ruth. Boina verde, brazos en
movimiento, jersey de lana rosa. Tendió las manos a su abuelo, le ayudó a subir
a la plataforma, le abrazó, le empujó cariñosamente hacia la puerta abierta del
compartimiento, ayudó a subir a su padre, le besó en la mejilla.
—Me hace una ilusión loca, pero loca —dijo—, pensar en
Sankt Antón v en esta noche.
El jefe de la estación silbó y dio la señal de partida.
7
Al llegar a la ventanilla, Nettlinger se sacó el cigarro
de la boca e hizo una seña a Schrella para animarle; la ventanilla se abrió
desde dentro, un guardián con una lista se inclinó hacia fuera y preguntó:
—¿Es usted el preso Schrella?
—Sí —contestó Schrella.
El guardián enumeró los objetos a medida que los iba
sacando de una caja de cartón y los dejó encima del tablero de la taquilla.
—Un reloj de bolsillo níquel, sin cadena.
—Un monedero, cuero negro, con: cinco chelines ingleses,
treinta francos belgas, diez marcos alemanes y ochenta pfennigs.
—Una corbata, color verde.
—Un bolígrafo, sin marca, color gris.
—Dos pañuelos blancos.
—Un abrigo trinchera.
- Un sombrero, color negro.
—Una máquina de afeitar, marca Gilette.
—Seis cigarrillos, marca Belga.
—Camisa, ropa interior, jabón y cepillo de los dientes los
tenía usted, ¿verdad? Haga el favor de firmar aquí como que no le falta nada
que fuera de su propiedad.
Schrella se puso el abrigo, se guardó los efectos
personales en el bolsillo y firmó la lista: 6 de septiembre de 1958, a las
16.10 horas.
—Buenas tardes —dijo el guarda y bajó el cristal de la
ventanilla.
Nettlinger volvió a meterse el cigarro en la boca, tocó el
hombro a Schrella y le dijo:
—Ven, se sale por aquí, a menos que quieras volver a la
jaula. Quizá sea más prudente que te pongas ya la corbata.
Schrella se puso un cigarrillo en la boca, se arregló las
gafas, se subió el cuello de la camisa y se anudó la corbata; cuando,
súbitamente, Nettlinger le puso el encendedor delante de la nariz, se
sobresaltó.
—Sí —dijo Nettlinger—, eso ocurre con todos los presos:
personajes o pordioseros, culpables o no, ricos o pobres, políticos o de
derecho común; lo primero es el cigarrillo.
Schrella aspiró profundamente el humo del cigarrillo y
miró a Nettlinger por encima de los cristales de las gafas, mientras terminaba
de anudarse la corbata y volvía a bajarse el cuello de la camisa.
—Parece que tienes experiencia en estas cosas, ¿verdad?
—¿Y tú no? —preguntó Nettlinger—. Ven, siento no poderte
ahorrar despedirte del director.
Schrella se puso el sombrero, se sacó el cigarrillo de la
boca y siguió a Nettlinger, que fe abrió la puerta del patio; el director
estaba junto a la ventanilla donde empezaba la cola de personas que iban a
buscar el permiso de visita para el domingo; era un hombre alto, no
excesivamente elegante, pero bien vestido, y los movimientos de sus brazos y
piernas, cuando se acercó donde estaban Nettlinger y Schrella, eran
marcadamente corteses.
—Espero —dijo dirigiéndose a Nettlinger— que todo ha ido a
satisfacción tuya, con rapidez y corrección.
—Gracias —dijo Nettlinger—, ha ido efectivamente muy de
prisa.
—Lo celebro —dijo el director; y luego dirigiéndose a
Schrella, añadió: Permítame que le diga algunas palabras de despedida a pesar
de que sólo ha estado un día entre mis —sonrió— protegidos y a pesar de que,
por error, en lugar de ir a la sección de detenidos, le hayan llevado a la de
penados. Ve usted —dijo señalando la puerta interior de la cárcel—, más allá de
esta puerta le espera otra, y más allá de aquella segunda puerta le espera a
usted algo magnífico, algo que es nuestro bien más preciado: la libertad. Tanto
si la sospecha que pesa sobre usted era fundada como si no —volvió a sonreír—
entre nuestros muros hospitalarios ha conocido usted lo contrario de la
libertad. Disfrute de su libertad. Lo cierto es que todos estamos presos,
presos de nuestro cuerpo hasta el día en que nuestra alma se libera y puede
volar hacia su Creador, pero la prisión dentro de nuestros muros hospitalarios
no es únicamente simbólica. Le dejo en libertad, señor Schrella...
Schrella le tendió tímidamente la mano, pero volvió a
retirarla en seguida, al adivinar, por el rostro del director, que el apretón
de manos no figuraba entre las formalidades del momento; confuso, se quedó sin
saber qué decir; se pasó el cigarrillo de la mano derecha a la izquierda, y
miró a Nettlinger.
Los muros de aquel patio, el cielo que los cubría, habían
sido lo último que vieron los ojos de Ferdi; quizás la voz del director había
sido la última voz humana que oyó, en aquel patio lo bastante estrecho para ser
llenado por completo por el aroma del cigarro de Nettlinger. El husmear de la
nariz del director decía claramente: «Lo cierto es que siempre has entendido en
cigarros, eso no se te puede negar».
Nettlinger no se sacó el cigarro de la boca.
—Hubieras podido ahorrarte el discurso de despedida.
Gracias y hasta la vista.
Tomó a Schrella por los hombros y le empujó hacia la
puerta interior, que se abrió ante ellos; luego, lentamente, siguió empujándole
hacia la puerta exterior; Schrella se detuvo, entregó sus papeles al empleado;
éste los examinó con cuidado, dio su conformidad y abrió la puerta.
—Hela aquí, la libertad —dijo Nettlinger sonriendo— Allí
tengo el coche; dime a dónde quieres que te lleve.
Schrella cruzó la calle al lado de Nettlinger y titubeó
cuando el chófer le abrió la portezuela.
—Anda —dijo Nettlinger—, sube.
Schrella se quitó el sombrero, subió al coche, se sentó,
se reclinó y miró a Nettlinger, que subió tras él y se sentó a su lado.
—¿A dónde quieres que te lleve?
—A la estación —dijo Schrella.
—¿Tienes el equipaje allí?
—No.
—¿Acaso quieres volver a abandonar esta ciudad
hospitalaria? —preguntó Nettlinger. Se inclinó hacia delante y dijo al chófer—.
A la estación central.
—No —dijo Schrella—, no quiero abandonar esta ciudad
hospitalaria. ¿No has podido ponerte en contacto con Roben?
—No —contestó Nettlinger—, está muy retraído. Todo el día
he estado intentando verle, pero se me escapó, y cuando casi le había alcanzado
en el hotel Prinz Heinrich, se fugó por una puerta excusada; por su culpa he
tenido que soportar graves desaires.
—¿No le habías visto antes de ahora?
—No —dijo Nettlinger—, ni una sola vez; vive muy retirado.
El coche se detuvo ante un semáforo con luz roja. Schrella
se quitó las gafas, las limpió con un pañuelo y se inclinó hacia la ventanilla.
—Debe parecerte extraño —dijo Nettlinger— volverte a
encontrar en Alemania después de tanto tiempo y en circunstancias como éstas;
no la reconocerás.
—La reconozco aproximadamente como se reconoce a una mujer
a la que se ha amado cuando era niña y se vuelve a ver veinte años después;
debo confesar que ha engordado un poco; cuestión de glándulas sebáceas; es
evidente que se ha casado con un hombre que no sólo era rico, sino también muy
trabajador; hotelito junto al mar, coche, sortijas en los dedos; en estas
circunstancias, el antiguo amor se convierte inevitablemente en ironía.
—Claro que estas imágenes son completamente equivocadas
—dijo Nettlinger.
—Son imágenes —replicó Schrella—, y si tuvieras tres mil
de ellas, quizás verías una punta de verdad.
—También me parece dudoso que tu óptica sea la más
acertada: sólo llevas veinticuatro horas en el país, de las cuales veintitrés
en la cárcel.
—No te imaginas lo mucho que se puede aprender de un país
en una cárcel; el delito más corriente en vuestras cárceles es la estafa;
lástima que la estafa a sí mismo no se considere delito; a lo mejor no sabes
que de los últimos veintidós años he pasado cuatro en la cárcel.
El coche se puso lentamente en marcha, tras una larga
columna que se había formado a partir de la luz roja.
—No —dijo Nettlinger—, no lo sabía. ¿En Holanda?
—Sí —contestó Schrella—, y en Inglaterra.
—¿Por qué delito?
—Actos pasionales por penas de amor, pero de ningún modo
por idealismo; al contrario, luchaba contra algo verdadero.
—¿No puedo saber más detalles? —preguntó Nettlinger.
—No —dijo Schrella—, no lo comprenderías y lo tomarías por
un cumplido.
Amenacé a un político holandés porque había dicho que lo
mejor sería eliminar a todos los alemanes; era un político muy popular; luego,
los alemanes me dejaron en libertad cuando ocuparon Holanda y creyeron que yo
era una especie de mártir por Alemania, pero encontraron mi nombre en los
ficheros de la policía y escapé de su amor y pasé a Inglaterra; allí amenacé a
un político inglés porque dijo que lo mejor sería eliminar a todos los alemanes
y salvar sólo sus obras de arte; también era un político muy popular; pero poco
después me amnistiaron porque creyeron que debían respetar mis sentimientos
que, en realidad, yo no había tenido, cuando amenacé al político..., he aquí
cómo le enchironan a uno por equivocación y. por equivocación, le dejan en
libertad.
Nettlinger sonrió.
—Si te dedicas a coleccionar imágenes, permíteme que te
ofrezca una más para tu colección. ¿Qué me dices de la siguiente?: odio
político implacable entre compañeros de escuela; persecución, interrogatorios,
fuga, odio hasta llegar a la sangre... pero, veintidós años después, es
precisamente el perseguidor, el terrible, el que saca de la cárcel al emigrado
que vuelve a casa. ¿No te parece también una imagen digna de tu colección?
—No es una imagen —replicó Schrella— sino una historia que
además tiene el inconveniente de ser verdad... pero si quiero trasponer la
historia a lo abstracto y hago de ella una imagen para luego interpretarla, no
creo que resulte nada edificante para ti.
—No cabe duda de que resulta extraño —dijo Nettlinger en
voz baja quitándose el cigarro de la boca— que te pida comprensión, pero
créeme: cuando leí tu nombre en la lista de la policía y me enteré de que,
efectivamente, te habían detenido en la frontera, no dudé ni un instante en
hacer cuanto estuviera en mi mano para lograr que te dejaran en libertad.
—Sentiría —dijo Schrella— que creyeras que dudo de la
autenticidad de tus motivos y sentimientos. No dudo siquiera de tu
arrepentimiento, pero las imágenes —y lo mismo me has pedido que aceptara esta
historia como una imagen en mi colección—, las imágenes significan una
abstracción, y éste es el papel que tú representaste entonces y representas
hoy; los papeles son —perdóname que te lo diga— los mismos, porque entonces
dejarme fuera de combate equivalía a enchironarme, y hoy, dejarme fuera de
combate equivale a sacarme de la cárcel; mucho me temo que Robert, que piensa
de un modo mucho más abstracto que yo, no tenga ningún interés en verte, Espero
que me entiendas..., tampoco entonces dudé ni un instante de la autenticidad de
tus motivos y sentimientos personales; no me puedes comprender, no lo intentes,
porque no representaste los papeles a conciencia, de lo contrario serías un
cínico o un criminal... y no eres ninguna de las dos cosas.
—La verdad es que no sé si eso es un cumplido o todo lo
contrario.
—De todo un poco —dijo Schrella riendo.
—Quizá no sabes lo que hice por tu hermana.
—¿Protegiste a Edith?
—Sí. Wakiera quería hacerla detener; la incluyó
repetidamente en la lista, pero yo borré siempre su nombre.
—Vuestras buenas acciones —dijo Schrella en voz baja— son
casi peores que vuestras malas acciones.
—Y vosotros sois menos misericordiosos que Dios, que
perdona los pecados de los que se arrepienten.
—No somos Dios, de manera que no podemos compararnos con
Él ni por su omnisciencia, ni por su misericordia.
Nettlinger se reclinó en el respaldo del asiento; Schrella
sacó un cigarrillo del bolsillo, se lo metió en la boca y volvió a
sobresaltarse cuando, de pronto, el encendedor de Nettlinger se disparó junto a
su nariz y la llama nítida y azulada le obligó a cerrar los párpados. «Y tu
cortesía», pensó, «es peor de lo que fue nunca tu descortesía. Tu rapidez de
reflejos sigue siendo la misma, es aquella con la cual me echaste la pelota de
béisbol a la cara y ahora me das fuego en una forma sumamente molesta.
—¿Cuándo podré ver a Robert? —preguntó.
—Probablemente no antes del lunes; no pude sacar en claro
adonde se ha ido este fin de semana; también su padre, su hija, todos se han
marchado; quizás puedas intentarlo hoy por la noche en su casa o mañana por la
mañana a las nueve y media en el hotel Prinz Heinrich, donde todos los días
juega al billar, entre las nueve y media y las once. Espero que no te habrán
maltratado en la cárcel.
—No —contestó Schrella—, se portaron correctamente.
—Si necesitas dinero, dímelo. Con lo que tienes no podrás
ir muy lejos.
—Creo que hasta el lunes me bastará; a partir del lunes
tendré dinero.
A medida que se iban acercando a la estación, la columna
de coches se hacía más larga y más ancha. Schrella probó a abrir la ventana,
pero no supo cuál de las manivelas tenía que maniobrar, y Nettlinger se inclinó
por encima de él y bajó el cristal.
—Mucho me temo —dijo— que el aire que entra no es mejor
que el que tenemos dentro.
—Gracias —dijo Schrella; miró a Nettlinger, se pasó el
cigarrillo de la mano izquierda a la derecha. —Oye —dijo—, ¿sabes si por fin
encontraron la pelota que tiró Robert... te acuerdas?
—Sí —contestó Nettlinger—, claro que me acuerdo; ¡con lo
que se habló después de ello! Nunca, la pudieron encontrar; aquella noche la
estuvieron buscando hasta muy tarde, a pesar de que era domingo; no podían
resignarse; posteriormente, alguien sostuvo que todo había sido un truco de
Robert, que no había tal pelota, que sólo había imitado el ruido del golpe de
la pala y luego había hecho desaparecer la pelota.
—Pero si todo el mundo la vio volar... ¿verdad?
—Claro, nadie creyó este rumor; otros dijeron que había
ido a parar al patio de la fábrica de cervezas y que había caído en un carro
que estaba parado allí; tal vez recuerdas todavía que. poco después, salió un
carro de la fábrica de cervezas.
—Eso fue antes, mucho antes de que Robert tirara la pelota
—dijo Schrella.
—Me parece que te equivocas —dijo Nettlinger.
—No, no —replicó Schrella—, yo estaba allí esperando y me
fijé muy bien; el carro salió antes de que Robert tirara la pelota.
—Bueno, como quieras... —dijo Nettlinger—, la cuestión es
que la.pelota no se ha encontrado. Hemos llegado a la estación..., ¿de veras no
quieres que te ayude?
—No, gracias, no necesito nada.
—¿Me permites, por lo menos, que te invite a comer?
—De acuerdo —dijo Schrella—, vamos a comer.
El chófer abrió la portezuela, Schrella se apeó el primero
y esperó con la mano en el bolsillo a que se apeara Nettlinger, el cual tomó su
cartera del asiento, se abotonó el abrigo y dijo al chófer:
—Pase a recogerme a eso de las cinco y media en el hotel
Prinz Heinrich.
El chófer se llevó la mano a la gorra, subió al coche y
tomó el volante.
Con Sus gafas, sus hombros caídos, su boca de extraña
sonrisa, su cabello rubio, mate con un ligero brillo argentino, peinado todavía
hacia atrás, el ademán con que se secó el sudor y luego volvió a guardarse el
pañuelo en el bolsillo, Schrella no parecía haber cambiado, se hubiera dicho
que apenas había envejecido un par de años.
—¿Por qué has regresado? —preguntó Nettlinger en voz baja.
Schrella le miró a la cara, parpadeando, como había hecho
siempre, y mordiéndose el labio inferior; en la mano derecha, el cigarrillo, en
la izquierda, el sombrero; miró largamente a Nettlinger esperando, esperando
todavía en vano algo que desde hacía veinte años anhelaba ardientemente. Odio;
algo concreto que había estado deseando siempre: abofetear a alguien o darle un
puntapié en el trasero y gritar: «¡Cochino, miserable cochino!»; siempre había
envidiado a la gente capaz de esta clase de sentimientos sencillos, pero no
podía abofetear aquel rostro rubicundo, de sonrisa tímida, no podía dar un
puntapié en aquel trasero; a pesar de que aquel hombre, en la escalera del
colegio, le había hecho la zancadilla para que cayera escaleras abajo y se
clavara la varilla de las gafas en el lóbulo de la oreja; le había atacado por
sorpresa cuando regresaba a casa, le había empujado bajo un portal y le había
azotado; les había pegado con el látigo de púas de hierro, a Roben y a él; les
había interrogado; era culpable de la muerte de Ferdi... Pero había protegido a
Edith, había dejado en libertad a Robert.
Desvió la mirada de Nettlinger a la plaza de la estación,
llena de gente; sol, fin de semana, taxis esperando y vendedores de helados;
botones de hotel, con uniforme color violeta, llevaban maletas, caminando
detrás de los clientes; la fachada majestuosa y gris de Sankt Severin, el hotel
Prinz Heinrich, el café Kroner; Schrella tuvo un sobresalto cuando, de pronto,
Nettlinger echó a correr y se metió entre el gentío, gesticulando y gritando:
—¡Eh, eh, señorita Ruth...!
Luego volvió junto a Schrella con aire de decepción.
—¿Has visto a la muchacha? —preguntó—, aquella de la boina
verde y el jersey color de rosa; es extraordinariamente llamativa... es la hija
de Robert. No he podido alcanzarla; tal vez nos hubiera podido decir dónde le
podíamos encontrar. Lástima... ¿La has visto?
—No —dijo Schrella—, la hija de Edith.
—Claro, tu sobrina. ¡Qué mala pata!... En fin, vamos a
comer.
Cruzó la plaza de la estación; luego, la calle; Schrella
le siguió hasta el hotel Prinz Heinrich; un botones, vestido con uniforme de
color violeta, les abrió la puerta, que luego volvió a caer suavemente sobre
los silenciadores de fieltro.
—¿Una mesa junto a la ventana? —preguntó Jochen—.
Enseguida. ¿Que no haya demasiado sol? Tendrá que ser en el lado del este.
Hugo, cuida de que los señores tengan una mesa junto a una ventana del lado del
este. No hay de qué, señor.
No hay inconveniente en aceptar propinas. Un marco es una
moneda redonda y franca, y la propina es el alma del oficio, y ya sabes que
gané yo, buen mozo; no lograste verle. ¿Cómo dice, por favor? ¿Si el Dr. Fähmel
también juega al billar los domingos? ¿Schrella? ¡Por el amor de Dios! Ni
siquiera necesito consultar la tarjeta encamada.
—Dios mío, señor Schrella, le ruego que perdone a un
anciano si a tales horas le hace una pregunta que no tiene que ver con el
servicio. Yo conocía a su padre, le conocía mucho; trabajó un año con
nosotros... aquel año en que se celebró el festival del deporte alemán; ¿se
acuerda? Claro, entonces debía de tener usted diez u once años; aquí va mi
mano, me sentiría muy honrado si la quisiera estrechar; Dios mío, espero que me
perdonará estos sentimientos que no forman parte del servicio; tengo bastantes
años para podérmelo permitir; su padre era un hombre serio y digno. Dios mío,
no permitía los abusos, pero con los que no abusaban era manso como un cordero;
he pensado muchas veces en su padre... perdóneme si renuevo antiguas heridas;
por el amor de Dios, se me había olvidado por completo. Dios mío, ¡qué suerte
que esos cochinos ya no estén en el poder! Pero ande con cuidado, señor
Schrella, ande con mucho cuidado; a veces me digo: de todas maneras, ellos han
sido los que han ganado. Cuidado. No se fíe de la paz... y perdone a un anciano
estos sentimientos y esos comentarios que no tienen que ver con el servicio.
Hugo, el mejor sitio del lado del este para los señores, el mejor de todos. No,
señor Schrella, los domingos, el Dr. Fähmel no viene a jugar al billar; no, los
domingos, no; estoy seguro de que se alegrará, ¿eran amigos de juventud y
correligionarios, verdad? No crea que todo el mundo tenga mala memoria. Si por
algún motivo viniera le avisaré, si me deja su dirección; le mandaré recado, un
telegrama; le llamaré por teléfono, si lo prefiere. Ya sabe que estamos al
servicio de los clientes.
Hugo permaneció impasible; sólo se reconoce, a los
clientes que así lo desean. ¿Había gritado en la sala de billar? Discreción.
¿Látigo de púas de hierro? No, hay que evitar familiaridades y combinaciones
inadecuadas; la discreción es la base del oficio. ¿La minuta? Si, señor. ¿El
sitio es tal como lo deseaban los señores? Junto a la ventana del lado este,
sin demasiado sol. Vista sobre el coro de Sankt Severin: románico primitivo,
siglo XI o XII; construido por el santo duque Enrique el Salvaje. Sí, señor, la
cocina funciona todo el día; todos los platos que figuran en la minuta pueden
servirse desde las doce hasta las veinticuatro. ¿Cuál es el menú más adecuado?
Celebran un reencuentro; ligera sonrisa de complicidad, como corresponde a
semejante manifestación de confianza; lo importante es no pensar: Schrella,
Nettlinger, Fähmel; nada de combinaciones: ¿cicatrices en la espalda? Sí, el
camarero vendrá inmediatamente y tomará el encargo.
—¿Quieres tomar también un martini? —preguntó Nettlinger.
—Sí, gracias —dijo Schrella.
Entregó el abrigo y el sombrero al botones, se alisó el
cabello y se sentó; había pocos comensales en la sala, allí, en el otro rincón;
hablaban en voz baja; una risa discreta, subrayada por el suave tintineo de
unas copas: champaña.
Schrella tomó el martini de la bandeja que le tendía el
camarero, esperó a que Nettlinger hubiese tomado también el suyo, hizo una
ligera inclinación dé cabeza y bebió; Nettlinger parecía haber envejecido
exageradamente; Schrella recordaba a aquel muchacho rubio y radiante, cuya boca
brutal había conservado siempre un resto de bondad; a aquel muchacho que
saltaba con facilidad un metro sesenta y siete, que corría los cien metros en
11,5 segundos; vencedor, brutal, bondadoso, pero es evidente, pensó Schrella,
que ni siquiera están satisfechos de sus victorias; mala educación, mala
alimentación y ni sombra de estilo; seguramente come demasiado; está ya medio
calvo, y en sus ojos húmedos asoma ya una sentimentalidad senil. Nettlinger se
inclinó sobre la minuta con la boca torcida como hacen los expertos, el puño
blanco de la camisa se le subió un poco y apareció un reloj de pulsera de oro,
el anillo de casado en el dedo adecuado; Dios mío, pensó Schrella, ni aun
suponiendo que no hubiese hecho nada de todo eso, comprendo que Roben no
tuviera ganas de beber una cerveza con él ni de llevar a sus hijos, para
estrechar lazos, a jugar en la piscina del hotelito que Nettlinger tenía en las
afueras de la ciudad.
—¿Puedo aconsejarte? —preguntó Nettlinger.
—Bueno, aconséjame —dijo Schrella.
—Pues mira —dijo Nettlinger—, podríamos empezar con salmón
ahumado, es excelente; luego pollo con patatas fritas y ensalada, y opino que
podríamos dejar para después el decidir lo que queremos tomar para postre; a
mí, ¿sabes?, no se me despierta el apetito por tal o cual postre hasta que
estoy comiendo, en eso me fío de mi instinto... el instinto me dice si debo
tomar queso, pastelería, helado o una tortilla con mermelada; sólo hay una cosa
que tenga decidida de antemano: el café.
Nettlinger hablaba como si estuviese dando una lección
sobre: «Cómo llegar a ser un gourmet» no parecía dispuesto a interrumpir su
estudiada letanía, de la que parecía estar tan orgulloso, y murmuraba
dirigiéndose a Schrella:
- Entrecote a deux... truite au bleu... teurnedos...
Schrella observaba el dedo de Nettlinger que reseguía
atentamente la lista de los platos, se paraba al llegar a determinados
intervalos —chasquido con la lengua, meneo de cabeza, indecisión.
—Cuando leo la palabra poularde, me siento desfallecer.
Schrella encendió un cigarrillo, encantado de poder
escapar por esta vez al encendedor de Nettlinger; tomó un sorbo de martini,
siguió con la mirada el dedo de Nettlinger, que entre tanto había llegado a los
postres; su maldita precisión, pensó, le estropea a uno incluso el apetito de
algo tan honrado y bueno como es un pollo asado; no están tranquilos hasta que
se complican la vida y es evidente que van por el camino de ganar incluso a los
franceses e italianos en eso de convertir el comer en una solemnidad.
—Yo me quedo con el pollo —dijo.
—¿Y salmón ahumado?
—No gracias.
—Te pierdes algo muy sabroso; estoy seguro de que tienes
un hambre atroz.
—Sí. la tengo —contestó Schrella—, pero pienso desquitarme
con el postre.
—Como quieras.
El camarero les llevó otros dos martinis en una bandeja
que seguramente había costado más dinero que un dormitorio; Nettlinger tomó una
copa de la bandeja, la ofreció a Schrella. tomó la suya, se inclinó hacia
delante y dijo:
—Esta la beberemos a tu salud, muy especialmente a la
tuya.
—Gracias —dijo Schrella, saludó y bebió.
—Hay una cosa que todavía no he comprendido bien —dijo—:
¿cómo fue que me detuvieron ya en la frontera?
—Ha sido una casualidad que tu nombre figurara todavía en
el fichero de la policía; el asesinato frustrado prescribe a los veinte años,
y, en realidad, tu nombre debería hacer dos años que ya no figura en las
listas.
—¿Asesinato frustrado? —preguntó Schrella.
—Sí, así se calificó lo que hicisteis entonces con
Wakiera.
—A lo mejor ignoras que yo no intervine para nada en aquel
asunto; ni siquiera estaba de acuerdo.
—Pues, tanto mejor —dijo Nettlinger—, así no habrá ninguna
dificultad para hacer desaparecer definitivamente tu nombre del fichero de la
policía; yo sólo he podido avalarte y lograr tu libertad provisional; no he
podido anular tu ficha: ahora sólo será cuestión de trámite. ¿Permites que
empiece a servirme la sopa?
—Naturalmente —dijo Schrella.
Se puso a mirar por la ventana, hacia la estación,
mientras Nettlinger se servía la sopa de la sopera de plata; seguro que las
albóndigas que nadaban en la sopa estaban hechas con el tuétano de los bueyes
más nobles que jamás habían pacido en los prados alemanes; el salmón ahumado
brillaba con reflejos dorados en la bandeja, enmarcado por frescas y verdes
hojas de lechuga; el pan tostado era de aterciopelada entonación y las gotas de
agua que cubrían los rizos de mantequilla lucían como la plata; al ver como
comía Nettlinger, Schrella tuvo que luchar contra una triste tendencia a
enternecerse; había considerado siempre el acto de comer como un acto de
fraternidad, un ágape de amor, tanto en los hoteles miserables como en los
lujosos; siempre le había parecido un castigo tener que comer solo, y el
espectáculo de hombres comiendo solos en las salas de espera o en los
saloncitos de desayuno de las innumerables pensiones donde había vivido,
siempre le había hecho pensar en una maldición; siempre había procurado comer
en compañía, sobre todo en la de alguna mujer; se cambiaban palabras mientras
se desintegraba el pan en migas, se esbozaba una sonrisa por encima del plato
de sopa; el mero ademán de ofrecerse algo hacía soportable y convertía en
placer un proceso biológico. Los hombres como Nettlinger, de los que había
visto a millares, le hacían pensar en reos que comieran por última vez antes de
su ejecución: por mucho que dominaran y observaran las reglas de la mesa,
comían sin ceremonia, con una seriedad mortal que aniquilaba la sopa de
guisantes y el pollo; por otra parte, a cada bocado que se llevaba a la boca,
estaban obligados a hacer honor al precio. Apartó la mirada de Nettlinger,
volvió a dirigirla a la estación y leyó el gran cartel transparente que había
encima de la entrada: Bienvenidos los repatriados.
—Óyeme —dijo—, ¿me considerarías un repatriado?
Con un esfuerzo, como si se remontara desde los abismos
del dolor, Nettlinger levantó los ojos de la tostada que estaba cubriendo de
mantequilla.
—Eso depende —dijo—, ¿continúas siendo súbdito alemán?
—No —contestó Schrella, soy apátrida.
—Lástima —dijo Nettlinger, y volvió a dedicarse a su
tostada, ensartó un trozo de salmón de la fuente y lo cortó—, si consiguieras
demostrar que no huiste por razones criminales, sino políticas, podrías cobrar
una indemnización nada despreciable. ¿Tienes algún inconveniente en que aclare
tu situación legal?
—No lo hagas —repuso Schrella.
Cuando Nettlinger empujó la fuente del salmón, se inclinó
hacia delante y prosiguió:
—¿Piensas dejar que se lleven este precioso salmón?
—Claro —dijo Nettlinger—... ¿pero no vas a...?
—Miró asustado a su alrededor cuando Schrella tomó una
rebanada de pan tostado del plato y. con los dedos, un trozo de salmón de la
fuente y lo puso encima de la tostada.
—...¿pero no puedes...?
—No te imaginas la de cosas que se puede uno permitir en
un hotel tan distinguido; mi padre era camarero, incluso lo fue en esta
sacrosanta sala; no harían ni la más mínima mueca si te vieran comer la sopa de
guisantes con los dedos, a pesar de que resultaría antinatural y poco práctico;
pero precisamente las cosas antinaturales y poco prácticas son las que menos
llaman aquí la atención; por eso los precios son tan elevados; pero comer pan
con los dedos y ponerle encima el pescado con los de la otra mano, eso no es
antinatural y en cambio muy práctico.
Sin dejar de sonreír, tomó el último trozo de salmón de la
fuente, abrió las rebanadas de pan y metió el pescado entre ellas. Nettlinger
le miró indignado.
—Seguramente —dijo Schrella— te mueres de ganas de
matarme, pero por motivos diferentes de antes, hay que reconocerlo, aunque la
finalidad sería la misma; escucha lo que va a decirte el hijo de un camarero:
un hombre verdaderamente distinguido no se somete nunca a la tiranía de los
camareros, entre los cuales hay, naturalmente, algunos que piensan como señores
distinguidos.
Se cernió el salmón, mientras el camarero, asistido por un
botones, preparaba fa mesa para el plato principal l en las mesitas auxiliares
se amontonaron aparatos de mantener caliente el guiso, se distribuyeron
cubiertos y platos, se quitaron los usados; para Nettlinger, trajeron vino,
para Schrella, cerveza, Nettlinger cató el vino.
—Habrá que enfriarlo un poquito, muy poco —dijo.
Schrella se dejó servir el pollo, las patatas y la
lechuga, hizo ademán de brindar a Nettlinger con el vaso de cerveza y observo
como el camarero fe vertía una salsa espesa y oscura sobre el filete.
—¿Sabes si vive todavía Wakiera?
—Claro que sí —dijo Nettlinger—; tiene ahora cincuenta y
ocho años... quizás la palabra, en mis labios, te parezca ridícula: es uno de
los incorregibles.
—Ah —exclamó Schrella—; no sé cómo debo interpretar esa
palabra; ¿acaso hay alemanes incorregibles?
—Quiero decir que cultiva las mismas tradiciones que solía
cultivar en 1935.
—¿Hindenburg y todo eso? Decencia, decencia, fidelidad,
honor... ¿eso quieres decir?
—Exactamente; Hindenburg sería la palabra que lo
definiría.
—¿Y te define también a ti?
Nettlinger levantó la mirada del plato y apoyó el tenedor
en un trozo de carne que acababa de cortar.
—Quisiera que me comprendieras —dijo—; soy demócrata, lo
soy por convicción.
Volvió a bajar la cabeza sobre el filete, levantó el
tenedor con un trozo de carne, se lo metió en la boca, se la limpió con la
servilleta y tendió la mano hacia el vaso de vino mientras sacudía la cabeza.
—¿Qué se hizo de Trischler? —preguntó Schrella.
—¿Trischler? No me acuerdo.
—El viejo Trischler, que vivía en el puerto bajo, donde
más tarde hubo el cementerio de buques. ¿No te acuerdas tampoco de Alois, que
iba a nuestra clase?
—¡Ah! —dijo Nettlinger, y se sirvió un poco de ensalada—,
ahora me acuerdo; a Alois le estuvimos buscando durante varias semanas y no le
pudimos encontrar, y al viejo Trischler le interrogó el propio Wakiera, pero no
le pudo sacar nada, nada, ni a su mujer tampoco.
—¿No sabes si viven todavía?
—No. Pero aquel barrio fue muy bombardeado. Si quieres, te
haré acompañar allí. Dios mío —dijo en voz baja—, ¿qué te pasa?, ¿qué te
propones ahora?
—Tengo que marcharme... perdóname..., pero tengo que salir
de aquí.
Se levantó; ya de pie, bebió la cerveza que le quedaba,
hizo una seña al camarero y cuando éste se acercó discretamente, Schrella le
señaló la fuente de plata donde quedaban tres trozos de pollo asado friendo
bajito en la grasa, encima del calentador.
—Haga el favor —dijo Schrella— de envolvérmelo de manera
que no manche de grasa.
—Con mucho gusto —contestó el camarero. Tomó la fuente, se
inclinó ya dispuesto a retirarse, pero se volvió de nuevo y preguntó:
—¿El señor desea que le envuelva también las patatas y
quizás también un poco de lechuga?
—No, gracias —dijo Schrella sonriendo—, las patatas fritas
se ablandan y la lechuga, después, no vale nada.
Buscó en vano un indicio de ironía en el rostro cuidado
del canoso camalero.
Nettlinger, indignado, levantó la mirada del plato.
—Está bien —dijo—; quieres vengarte, lo comprendo, pero no
debías hacerlo de esta manera.
—¿Preferirías que te asesinara?
Nettlinger no contestó. —Y por otro lado, no es una
venganza —dijo Schrella—; tengo necesidad de salir de aquí, no lo puedo
resistir más, y si hubiese dejado que se llevaran el pollo, toda la vida me lo
hubiera echado en cara. Quizás puedas atribuir este acto a mi modo de ser
económico; si estuviera seguro de que permiten a los camareros y ayudantes
comerse los restos, lo dejaría, pero sé perfectamente que aquí no se lo
permiten.
Dio gracias al botones que le trajo el abrigo y le ayudó a
ponérselo, tomó el sombrero, volvió a sentarse y preguntó:
—¿Conoces al señor Fähmel?
—Sí, señor —contestó Hugo.
—¿Sabes el número de su teléfono?
—Sí, señor.
—¿Quieres hacerme el favor de llamarle cada media hora?
Cuando conteste le dices que un tal señor Schrella le quiere ver.
—Sí', señor.
—No estoy seguro de que allí donde tengo que ir haya
cabinas telefónicas; de lo contrario lo haría yo mismo. ¿Has entendido bien mi
nombre?
—Schrella —dijo Hugo.
—Eso. A eso de las seis y media llamaré yo y preguntaré
por ti. ¿Cómo te llamas?
—Hugo, para servirle.
—Gracias, Hugo.
Se levantó y miró a Nettlinger, que se servía otro filete
de la fuente.
—Siento mucho —dijo— que hayas tomado por vénganla un acto
tan inofensivo. Ni por un momento he pensado en vengarme, pero quizás
comprendas que ahora tenga ganas de marcharme; no voy a quedarme mucho tiempo
en esta hospitalaria ciudad y todavía tengo muchos asuntos por liquidar. Me
permito recordarte lo de la lista de la policía.
—Naturalmente estoy siempre a tu disposición, tanto
particular como oficialmente, como prefieras.
Schrella tomó el paquete bien envuelto y limpio, y dio una
propina al camarero.
—No le manchará de grasa, señor —dijo éste—; está envuelto
«n celofana y puesto dentro de una de nuestras cajas especiales para excursión.
—Adiós —dijo Schrella.
Nettlinger levantó ligeramente la cabeza y contestó:
—Adiós.
—Sí —estaba diciendo Jochen en aquel mismo momento—, con
mucho gusto, y luego verá usted el cartel: A la necrópolis infantil romana;
está abierto hasta las ocho e iluminado en cuanto se hace de noche, señora. De
nada. Gracias.
Salió de detrás de la mesa de recepción y se acercó a
Schrella, al que el botones abría ya la puerta.
—Señor Schrella —dijo en voz baja—, haré cuanto pueda por
saber dónde se puede encontrar al Dr. Fähmel. Entretanto, he podido enterarme
de una cosa: a las siete se celebra una fiesta de familia en café Kröner, en
honor del señor Fähmel padre; de manera que a aquella hora le encontrará
seguramente allí.
—Gracias —dijo Schrella—, muchas gracias. —Sabía que en
aquella ocasión no había que dar propina; sonrió cariñosamente al anciano,
salió a la calle y dejó que la puerta se cerrara cayendo suavemente sobre los
silenciadores de fieltro.
8
La autopista aparecía barrada en toda su anchura por
enormes carteles; el puente, que. en aquel lugar, cruzaba antiguamente el río, estaba
destruido, había sido volado con toda precisión desde sus puntos de arranque;
unos cables oxidados colgaban deshilachados de las pilastras; unos carteles de
tres metros de altura anunciaban lo que esperaba tras ellos: Peligro de muerte;
fémures cruzados, cráneos diez veces mayores que al natural, blanco brillante
sobre negro profundo, lo anunciaban gráficamente a aquellos a quienes no
bastasen las palabras.
En aquel tramo muerto, unos aplicados alumnos de escuelas
de conducción se ejercitaban en frenar, se acostumbraban a la velocidad,
martirizaban el cambio de marchas para virar en marcha atrás hacia la
izquierda, hacia la derecha y aprender a dominar el volante; por aquel
terraplén, que bordeaba el campo de golf, entre jardines obreros, pasaban
también hombres y mujeres vestidos pulcramente, con sus rostros de víspera de
fiesta se dirigían al puente destruido, caminaban hacia los carteles
amenazadores, detrás de los cuales se escondían míseras barracas, como si
desafiaran a la muerte, detrás del Peligro de muerte un humo azulado se elevaba
de las fogatas en que los vigilantes de noche calentaban sus fiambreras,
tostaban pan y encendían sus pipas con ayuda de tiras de papel. Solemnes
escalinatas que no habían sucumbido bajo el peso de la destrucción servían
ahora, en el calor del atardecer, de asiento a cansados paseantes; desde veinte
metros de altura podían seguir desde allí e! proceso de las obras: buzos de escafandras
amarillas se deslizaban en la corriente, guiaban las pinzas de las grúas hasta
algún trozo de hierro o algún resto de cemento armado, y las guías subían las
presas chorreantes y las depositaban en barcazas de carga. En elevados andamios
y pasarelas movedizas, en cofas situadas en lo alto de los postes, unos
operarios, con sopletes que lanzaban destellos azulados, arrancaban trozos de
acero, chatarra, cables torcidos; unas sirenas daban las señales: paso libre,
paso prohibido; luces rojas, verdes; trenes de carga que llevaban carbón y
madera de aquí para allá, de allá para acá.
Río verde, alegría, suaves orillas cubiertas de arbustos,
buques abigarrados, relámpagos azulados de sopletes; hombres como alambres,
mujeres como alambres, de serio rostro, con sus clubs al hombro, caminaban
sobre un césped inmaculado tras pelotas de golf; dieciocho hoyos; humo que se
elevaba de huertecitos: follaje de alubias, follaje de guisantes; ardían viejas
empalizadas recién sustituidas, se convertían en humo, formaban graciosas nubes
en el cielo, parecidas a sílfides modernistas, que se arremolinaban
barrocamente para luego desvanecerse en el cielo de la tarde como figuras
torturadas, antes de que una corriente de aire las disolviera o las empujara
hacia el horizonte: niños montados en bicicletas se herían brazos y piernas al
caer en la calzada de tosco empedrado, enseñaban a sus madres asustadas las
ensangrentadas heridas y les arrancaban promesas de limonadas, de helados;
parejas de enamorados cogidos de las manos se dirigían hacia el bosquecillo,
donde las huellas de la riada habían palidecido hacía tiempo: cañas, corchos,,
botellas y cajas de lustre para zapatos; marineros que subían a tierra por
inseguras pasarelas, mujeres con cestas de la compra y confianza en los ojos;
en barcazas limpias como la plata, la brisa del atardecer agitaba la ropa
puesta a secar: pantalones verdes, blusas encarnadas, sábanas blanquísimas que
destacaban sobre el negro del alquitrán fresco, brillante como laca japonesa;
cubiertos de iodo, cubiertos de algas, unos restos de puente emergían del agua;
en el fondo, la esbelta silueta de Sankt Severin, y, en el café Bellevue, la
fatigada camarera anunciaba:
—Se ha terminado el pastel de nata —se limpiaba el sudor
de su rostro de bastas facciones, buscaba en el monedero de cuero la calderilla
para el cambio y añadía—: sólo queda pastel de hojaldre...; no. el helado
también se ha terminado.
Joseph tendió la mano para recibir el cambio, se guardó
las monedas en el bolsillo del pantalón, el billete en el bolsillo de la
camisa, se volvió hacia Marianne y, con la mano abierta, le alisó el cabello
negro para quitarle los restos de cañas; luego sacudió la arena que había
quedado adherida a su jersey verde.
—Tanta ilusión como te hacía esa fiesta —dijo la
muchacha—. ¿qué te pasa ahora?
—No me pasa nada —dijo él,
—Se te nota. ¿Han cambiado las cosas?
—Sí.
—¿No me lo quieres decir?
—Más adelante —dijo él—, tal vez dentro de algunos años,
tal vez muy pronto. No lo sé.
—¿Tiene que ver con nosotros dos?
—No.
—¿Seguro que no?
—No.
—¿Contigo?
—Sí.
—Pues entonces tiene que ver con los dos.
Joseph sonrió y dijo:
—Claro, lo mismo que yo tengo que ver contigo.
—¿Es algo grave?
—Sí.
—¿Es cosa de tu trabajo?
—Sí. Dame tu peine, pero no te vuelvas; no logro quitarme
los granos de arena con los dedos.
Ella sacó el peine del bolso y se lo dio por encima del hombro;
él te retuvo un ínstame la mano.
—Todos los días me he fijado en que, por la noche, cuando
los obreros se habían marchado, reseguías los montones de sillares nuevos y los
tocabas, sólo les pasabas la mano por encima... y vi que ayer y anteayer no lo
hiciste; conozco muy bien tus manos; y esta mañana te has marchado tan
pronto...
—He ido a comprar un regalo para mi abuelo.
—No es por el regalo que te marchaste; ¿adonde has ido?
—He ido a la ciudad —dijo Joseph—; e! marco de la
fotografía todavía no estaba listo y he tenido que esperar; tú ya conoces ese
retrato en que mi madre me lleva de la mano, en el otro brazo sostiene a Ruth y
mi abuelo está detrás de nosotros. Lo he hecho ampliar y estoy seguro de que se
alegrará.
Y luego he ido a la Modestgasse y he esperado a que mi
padre saliera de la oficina, alto y erguido; y le he seguido hasta e¡ hotel; he
esperado media hora delante del hotel pero él no ha vuelto a salir y yo no he
querido entrar y preguntar por él; sólo quería verle y le he visto; un
caballero muy distinguido en la flor de la vida.
Soltó a Marianne, se guardó el peine en el bolsillo del
pantalón, puso las manos sobre los hombros de la muchacha y dijo:
—Haz el favor de no volverte, así se habla mejor.
—Así se puede mentir mejor.
—Tai vez sí —dijo él—, o. mejor dicho, callar mejor.
Más allá de la oreja de Marianne podía ver, por encima de
la barandilla de la terraza del café, el centro del río; tuvo envidia a aquel
operario, que a sesenta metros sobre el agua, colgado en su cofa, dibujaba
relámpagos azulados en el aire; las sirenas ululaban, un vendedor de helados
que caminaba a lo largo de la orilla debajo de! café, gritó por dos veces:
«¡Helado, el rico helado!», y luego se calló para llenar de helado un cucurucho
quebradizo; en el fondo, la silueta gris de Sankt Severin.
Por lo visto, es algo terrible.
—Sí —dijo él—, es bastante terrible... quizás no; todavía
no lo puedo decir.
—¿Es cosa de dentro O de fuera? —preguntó ella
—De dentro. De todas maneras, este mediodía he presentado
mi dimisión a Klubringer; no te vuelvas, si no, me callo.
Levantó las manos de sus hombros, le cogió la cabeza y la
mantuvo fija en dirección al puente.
—¿Qué dirá tu abuelo de que hayas presentado la dimisión?
Estaba tan orgulloso de ti, cada palabra elogiosa que Klubringer decía de ti le
sabía a miel; y además quiere tanto la abadía; hoy no se lo puedes decir aún.
—Ya se lo habrán dicho antes de que nos vea; tú ya sabes
que irá con mi padre a Sankt Anton a merendar ames de la gran fiesta de
cumpleaños.
—Sí.
—Lo siento por el abuelo; ya sabes que le quiero; seguro
que irá esta tarde a la abadía, al salir de visitar a su abuela Pero, de
momento, no puedo ver más piedras ni sentir olor de argamasa.
—Sólo de momento.
—Sí.
—¿Y qué dirá tu padre?
—Oh —replicó él rápidamente—, él sólo lo sentirá a causa
del abuelo; jamás se ha interesado por el lado creador de la arquitectura, sólo
por las fórmulas. Pero no quiero que te vuelvas.
—Es evidente que se traía de algo relacionado con tu
padre, lo adivino; estoy impaciente por conocerle; ya he hablado un par de
veces con él por teléfono, me parece que me gustará.
—Seguro que te gustará. Esta noche le conocerás.
—¿Tengo que asistir a!a fiesta de cumpleaños?
—Ya!o creo. No puedes imaginarte lo contento que estará el
abuelo... y, además, te ha invitado especialmente.
Marianne intentó escapar de entre sus manos; él se echó a
reír, la retuvo y dijo:
—No te muevas, así se puede hablar mejor.
—Y mentir.
—Callar —dijo Joseph.
—¿Le quieres, a tu padre'.'
—Sí. Sobre todo desde que sé lo joven que es aún.
—¿No sabías la edad que tenía?
—No. Siempre había creído que tenía cincuenta o cincuenta
y cinco años... es curioso, ¿verdad?, jamás me había interesado por saber la
edad que tenía y cuando anteayer vi mi partida de nacimiento me quedé asombrado
al enterarme de que mi padre sólo tiene cuarenta y tres años; ¿es joven,
verdad?
—Sí —dijo ella—, y tú tienes veintidós años.
—Sí, y hasta los dos años no me llamé Fähmel, sino
Schrella, qué nombre tan raro, ¿verdad?
—¿Le guardas rencor por eso?
—No le guardo rencor.
¿Qué te ha hecho para que de pronto hayas perdido las
ganas de trabajar en la abadía?
—No comprendo lo que quieres decir.
—Bueno... pero ¿por qué no ha ido a verte nunca a Sankt
Antón?
—Por lo visto no le gustan las obras y quizás estuvo
demasiadas veces en Sankt Antón cuando era niño, ¿comprendes?; los lugares
donde se ha ido los domingos de paseo con los padres... no suelen guitar
cuando.se es mayor, sólo se vuelve a ellos si se quieren revivir a toda costa
los primeros años de melancolía.
—¿Has hecho algunas veces paseos domingueros con tus
padres'?
—No muchos, generalmente iba con mi madre y mis abuelos,
pero cuando mi padre venía de permiso, nos acompañaba en los paseos.
—¿A Sankt Antón?
—Sí, también allí.
—Pues no comprendo que no haya ido nunca a verte.'
—No le gustan las obras; tal vez sea un poco extraño; a
veces, cuando llego a casa de improviso, le encuentro sentado en la sala, en su
escritorio, trazando fórmulas al margen de algún dibujo fotocopiado... tiene
una gran colección de estas fotocopias..., pero me parece que te gustará.
—Nunca me has enseñado ninguna fotografía suya.
—No tengo ninguna reciente; tiene un aire pasado de moda
muy encantador, en su manera de vestir y en su manera de comportarse; siempre correcto,
amable... es mucho más pasado de moda que el abuelo.
—Estoy impaciente por conocerle. ¿Puedo volverme ahora?
—Sí.
Le soltó la cabeza, e intentó una sonrisa al ver que se
volvía rápidamente, pero los ojazos grises de ella apagaron su sonrisa forzada.
—¿Por qué no me lo dices?
—Porque yo mismo todavía no lo comprendo. En cuanto lo
haya comprendido, te lo diré; pero eso puede tardar mucho tiempo; ¿te parece
que nos vayamos?
—Sí —dijo ella—, veámonos; tu abuelo llegará pronto; no le
hagas esperar; si se lo dicen antes de que te vea... será un golpe desagradable
para él, y por favor, prométeme que no te lanzarás con el coche contra aquel
terrible cartel sin frenar hasta el último momento.
—Hace un momento —dijo él—, imaginé que lo atravesaba,
arrasaba las barracas, y por encima de la rampa desnuda, como si fuera un
trampolín, saltaba al agua con el coche...
—Ya veo que no me quieres.
—Dios mío —dijo él—, se trata sólo de un juego.
Ayudó a Marianne a levantarse y juntos bajaron la escalera
que conducía a la orilla del río.
—Confieso que siento de veras —dijo Joseph, mientras
bajaba la escalera— que el abuelo tenga que enterarse precisamente hoy, en el
día de su cumpleaños.
—¿No se lo podrías ahorrar?
—El hecho no...pero la noticia sí, si no se la han dicho
ya.
Abrió la puerta del coche, subió, abrió desde dentro la
puerta para Marianne, cuando ella se sentó a su lado, le pasó un brazo
alrededor de los hombros.
—Ahora fíjate bien —le dijo—, es muy sencillo; e! tramo
tiene exactamente cuatro kilómetros y medio de largo; necesito trescientos
metros para alcanzar los ciento veinte... otros trescientos para frenar,
calculándolo con mucho margen; quedan pues escasamente cuatro kilómetros, para
los que necesito exactamente dos minutos; no tienes que hacer más que observar
el reloj y decirme cuando hayan transcurrido los dos minutos; entonces será el
momento en que tendré que frenar. ¿No me entiendes? Sólo me gustaría saber
hasta qué punto me puedo fiar del coche.
—Es un juego espantoso —dijo ella.
—Si realmente pudiera llegar a los ciento ochenta, sólo
necesitaría veinte segundos... pero entonces también seria más largo el trecho
para frenar.
—No sigas, por favor.
—¿Tienes miedo?
—Sí.
—Bien, si es así, no!o haré. ¿Me dejas correr por lo menos
a ochenta?
—Bueno, si tanto te empeñas...
—No hay necesidad de que mires el reloj, puedo correr a
vista y descontar luego el trecho del frenazo, ¿comprendes?, sólo quisiera
saber si no nos engañan con el taquímetro.
Joseph dio el contacto, circuló lentamente por los
estrechos caminos del pueblo, luego más de prisa a lo largo de te empalizada
del campo de golf y se detuvo al llegar al cruce con la autopista.
—Oye —dijo—, si voy a ochenta necesito exactamente tres
minutos, no hay ningún peligro; si tienes miedo, apéate aquí y espérame.
—No, solo no te lo dejo hacer de ninguna manera.
—Es la última vez —replicó él—, a lo mejor, mañana ya no
estoy aquí y en otro sitio no encontraré esta oportunidad.
—Pero en un tramo libre lo podrías probar mucho mejor.
—No. precisamente lo que me atrae es la necesidad de tener
que parar antes del cartel.
La besó en la mejilla.
—¿Sabes lo que voy a hacer?
—No.
—Iré únicamente a cuarenta.
Ella sonrió cuando el coche se puso en marcha, pero miró
e! taquímetro. Al llegar al kilómetro 5, Joseph le dijo:
—Atención, mira e! reloj y mide el tiempo que estamos
hasta el kilómetro 9; voy exactamente a cuarenta.
Allá a lo lejos, como pestillos que cerraban gigantescas
puertas, vio los carteles, primero sólo los caballetes, que fueron creciendo,
creciendo con insistencia sobrecogedora: lo que, de momento, había parecido una
araña negra, se convirtió en unos huesos cruzados, lo que había parecido un
botón extraño, se transformó en una calavera, fue en aumento, como iba
aumentando la palabra que se precipitaba sobre ellos, que tocaba casi el
radiador: Peligro de muerte; la aguja del taquímetro oscilaba entre 90 y 100.
Los niños montados en bicicletas, los hombres y las mujeres, cuyos rostros ya
no expresaban alegría de víspera de fiesta, pasaban rápidamente por su lado,
con los brazos en alto, gritando para advertirles, como oscuras aves de mal
agüero.
—Oye —dijo ella—, ¿estás todavía a mi lado?
—Claro —contestó Joseph sonriendo, y sé perfectamente lo
que hago y siguió mirando fijamente el cartel Peligro de muerte—; no te
alarmes.
Poco antes de terminar la jornada del viernes, el
encargado de la empresa de derribos le había pedido que le acompañara al
refectorio, donde, en un rincón, una montaña de escombros era echada a paladas
sobre una cinta continua, que luego los depositaba en unos camiones; la humedad
que se había acumulado en los escombros, mezclada con restos de sillares,
restos de argamasa y suciedad indefinible, había formado unas glebas pegajosas;
la humedad aparecía en las paredes a medida que iba disminuyendo la montaña de
escombros, primero como un moho oscuro, luego más claro; detrás del moho, unas
tonalidades azules y doradas, huellas de pinturas murales, que el encargado
juzgó preciosas: una Santa Cena, cubierta de moho: el oro del cáliz, el blanco
de la hostia, el rostro de Jesús, tez clara y barba oscura; el cabello castaño
de San Juan y:
—Vea aquí, señor Fähmel, el cuero oscuro de la bolsa de
Judas.
El encargado limpió cuidadosamente con un paño seco el
moho blanco y descubrió con respeto la pintura: mantel adamascado, doce
apóstoles; aparecieron pies, bordes de mantel, el suelo embaldosado de la sala
de la Cena; sonriente, puso la mano sobre el hombro del encargado y dijo:
—Ha hecho bien en llamarme; claro que hay que conservar
este fresco. Diga que limpien la sala de escombros y lo dejaremos secar antes
de hacer nada más.
Se disponía a marcharse; encima de la mesa, le esperaba ya
el té. el pan, la mantequilla y los arenques: noche de viernes, día de
abstinencia; Marianne ya había salido de Stehlingers Grotte para ir a recogerle
y dar un paseo; en aquel momento, poco antes de decidirse a salir, vio, en el
ángulo inferior de la pintura, las letras XYZX; millares de veces, cuando su
padre le ayudaba a hacer los problemas de matemáticas, había visto su X, su Y y
su Z, y ahora las veía de nuevo, inmediatamente encima del boquete abierto por
la explosión en el techo del sótano, entre los pies de San Juan y de San Pedro:
las columnas del refectorio estaban destruidas, la bóveda hundida, sólo quedaba
la pared con la Santa Cena: XYZX.
—¿Ocurre algo, señor Fähmel? —preguntó el encargado,
poniéndole la mano sobre el hombro—, está pálido... ¿será la emoción?
—Sólo la emoción —dijo Joseph—, sólo la emoción, no se
alarme, y muchas gracias por haberme avisado.
Ni el té, ni el pan, ni la mantequilla ni el arenque le
supieron a nada; viernes, día de pescado; ni siquiera le supo a nada el
cigarrillo; recorrió todas las dependencias y dio la vuelta a la iglesia de la
abadía, visitó el cuerpo de edificio destinado a los peregrinos; buscó por
todos los sitios donde tuvo que haber puntos estáticamente importantes, pero
sólo encontró una pequeña X en la bodega de la hospedería; su caligrafía era
tan inconfundible como su rostro, como eran inconfundibles su porte, su risa y
la severa amabilidad de sus ademanes cuando escanciaba vino u ofrecía pan de un
lado a otro de la mesa; su pequeña X, Dr. Robert Fähmel: oficina de cálculos
estáticos.
—Por favor —dijo Marianne—, vuelve en ti.
—Estoy perfectamente sereno —dijo Joseph; soltó el pedal
del gas, puso el pie izquierdo en el pedal del embrague y el derecho en el del
freno, y apretó; chirriando y resbalando de un lado a otro, el coche se
precipitó sobre el cartel de Peligro de muerte, levantó polvo, los frenos
rechinaron, paseantes alarmados se acercaron gesticulando, un guardián de noche
apareció con una cafetera en la mano, debajo de!a calavera y los fémures
cruzados.
—Dios mío —exclamó Marianne—. ¿Por qué te gusta asustarme
de ese modo?
—Perdona —dijo él en voz baja— perdóname, es más fuerte
que yo.
Dio rápidamente la vuelta y se puso en marcha antes de que
los paseantes hubiesen podido reunirse alrededor del coche, por cuatro
kilómetros condujo con la mano izquierda, abrazando con la derecha a Marianne,
a una velocidad moderada, junto al campo de golf, donde unas mujeres como
alambres al lado de unos hombres como alambres iban en pos del hoyo diecisiete,
del oyó dieciocho.
—Perdóname —dijo Joseph—. te prometo que no lo volveré a
hacer.
Salió de la autopista, atravesó apacibles campos de
cultivo, al borde de bosques silenciosos.
XYZ eran los mismos signos que descubría en las fotocopias
de tamaño posta!, con las que por la noche su padre jugaba como con un juego de
naipes; una casa para un editor, al pie del bosque —XxX; obras de ampliación de
la «Societas, la más útil para la sociedad» — YxY; casa para un maestro, a
orillas del río — sólo Y. Entre los pies de San Juan y los de San Pedro.
El coche iba lentamente entre campos, en tos que las
gruesas remolachas trataban de salir de la tierra empujando las enormes hojas
verdes; rastrojos, prados, tras los cuales se veía ya la colina de los Cosacos.
—¿Por qué no me lo quieres decir? —insistió Marianne.
—Porque yo mismo todavía no lo comprendo, porque todavía
no estoy seguro; tal vez sea sólo un sueño absurdo; tal vez te lo pueda
explicar más adelante, tal vez nunca.
—¿Pero no quieres ser arquitecto?
—No —contestó él.
—¿Por eso te lanzaste de aquel modo contra el cartel?
—Quizás.
—Siempre he odiado a esa gente que no saben apreciar el
dinero —dijo Marianne—, que se lanzan con sus coches a velocidades temerarias
contra carteles que indican peligro, que, sin razón alguna, alarman a los que
disfrutan de un merecido descanso al llegar un día de fiesta.
—Yo tenía una razón para lanzarme a gran velocidad contra
el cartel.
Disminuyó la velocidad, se detuvo junto a un caminito
arenoso al pie de la colina de los Cosacos, aparcó el coche debajo de unas
ramas bajas de abeto.
—¿Qué quieres hacer aquí? —preguntó ella.
—Ven, vamos a caminar un poco.
—Se hará tarde —dijo ella—, tu abuelo llegará seguramente
en el tren de las cuatro y media; sólo faltan diez minutos para la media.
Joseph se apeó, anduvo unos cuantos pasos por el camino
que subía a la colina, se hizo pantalla con la mano y miró en dirección a
Denklingen.
—Sí —exclamó—, el tren ha salido ya de Doderingen; es el
mismo tren juguete de cuando yo era niño, y pasa a la misma hora. Ven, que
aguarden un cuarto de hora.
Volvió corriendo al coche, sacó a Marianne del asiento y
luego la obligó a subir por el camino arenoso; se sentaron en un claro del
bosque; Joseph señaló el llano, siguió con el dedo el trayecto del tren, que
corría entre campos de remolacha, entre prados y rastrojos, en dirección a
Kisslingen.
—No puedes imaginarte —dijo— lo bien que conozco yo estos
pueblos; cuántas veces hemos ido en ese tren. Después de la muerte de mi madre,
vivimos casi siempre en Stehlingen o en Gorlingen, y yo iba a la escuela en
Kisslingen; por la noche corríamos a recibir el tren en que llegaba de la
ciudad el abuelo; aquel tren de allí, ¿lo ves?, ahora sale de la estación de
Denklingen. Es curioso, yo tenía siempre la impresión de que éramos pobres;
mientras vivió mi madre y mi abuela estuvo con nosotros, nos daban menos de
comer que a los demás niños que conocíamos, y no podía llevar nunca ningún
traje nuevo, sólo cosas remendadas... y teníamos que contemplar como daban lo
bueno a los demás: pan, mantequilla y miel que nos regalaban del convento o que
nos mandaban de las fincas; en cambio, nosotros teníamos que comer miel
artificial.
—¿No la odiabas, a tu abuela?
—No, y la verdad es que yo mismo no sé por qué no la
odiaba por esa tontería; tal vez porque el abuelo nos llevaba a su estudio, y
nos daba de comer a escondidas; nos llevaba también al café Kroner y nos
hartábamos; siempre nos decía: «Lo que hacen vuestra madre y vuestra abuela es
muy grande, muy grande... pero no sé si vosotros sois bastante mayores para
tanta grandeza».
—¿De verdad, lo decía?
—Sí —contestó Joseph riendo—. Cuando murió mi madre y se
llevaron a la abuela, nos quedamos con el abuelo y nos dieron bastante de
comer; durante los últimos años de guerra estuvimos casi siempre en Stehlingen;
una noche, oí cómo volaron la abadía; estábamos sentados en la cocina, en
Stehlingen, y los campesinos de los alrededores maldecían al general alemán que
había dado la orden de volarla y murmuraban para sí mismos: ¿para qué, para
qué, para qué?; a! cabo de un par de días, mi padre vino a verme, vino en un
coche americano, acompañado de un oficial americano, y pudo quedarse tres horas
con nosotros; nos trajo chocolate y nosotros nos asustamos ante aquella cosa
tan oscura y pegajosa, que todavía no habíamos comido nunca, y no lo probamos
hasta que la señora Kloschgrabe, la mujer del administrador, comió también. un
trozo; mi padre le trajo café para ella y ella le dijo: «No pase usted cuidado,
doctor, vigilamos a sus hijos como si fueran los nuestros propios», y luego
añadió: «¿No es una vergüenza que hayan volado la abadía estando tan a punto de
terminar la guerra?». Y él le contestó: «Sí, es una vergüenza, pero quizás haya
sido la voluntad de Dios», y la señora Kloschgrabe dijo: «Los hay que cumplen
la voluntad del demonio». Mi padre se echó a reír y el oficial americano
también se rió; mi padre estuvo muy cariñoso con nosotros y yo le vi llorar por
primera vez, cuando tuvo que dejarnos; yo no me figuraba que supiera llorar;
siempre se había mantenido sereno y no había demostrado sus sentimientos, ni
siquiera cuando tenía que marcharse una vez terminado el permiso y nosotros le
acompañábamos a la estación, nunca había llorado; nosotros sí llorábamos todos;
mi madre, mi abuela, mi abuelo y nosotros dos, pero él no..., mira —dijo Joseph
señalando el penacho de humo—, en este momento llegan a Kisslingen.
—Ahora irá al convento y se enterará de lo que, en
realidad, hubieras tenido que decirle tú mismo.
Yo borré las señales de tiza entre los pies de San Juan y
San Pedro y la X pequeña de la bodega de la hospedería; no lo descubrirá, no lo
encontrará, por mí no lo sabrá nunca.
—Durante tres días —dijo—, el frente estuvo entre
Denklingen y la ciudad; por la noche, rezábamos con la señora Kloschgrabe para
que no le sucediera nada al abuelo; luego llegó una tarde de la ciudad; estaba
pálido y triste, como no le había visto nunca; recorrió con nosotros las ruinas
de la abadía, murmuró lo mismo que habían murmurado los campesinos, lo que
murmuraba siempre la abuela cuando estábamos en el refugio: ¿para qué, para
qué, para qué?
—¡Qué contento debe estar de que tú trabajes en la
reconstrucción!
—Sí —contestó Joseph—, pero no puedo darle esta felicidad;
no me preguntes por qué; no puedo.
Joseph la besó, le acarició los cabellos y le quitó las
agujas de abeto y los granos de arena que llevaba presos en ellos.
—Mi padre regresó muy pronto del campo de prisioneros y
nos vino a buscar para que fuéramos a vivir a la ciudad, a pesar de que el
abuelo protestaba y decía que feria mejor para nosotros no crecer entre ruinas.
Pero le dijo: «Yo no puedo vivir en el campo y quiero tener ahora a los niños
conmigo: apenas los conozco.» Nosotros tampoco le conocíamos y, de momento, nos
daba miedo y sentíamos que el abuelo también se lo tenía. Entonces vivíamos en
el estudio del abuelo, porque nuestra casa no estaba habitable, y en la pared
del estudio había colgado un enorme plano de la ciudad; todo lo que había sido
destruido estaba marcado con tiza negra y escuchábamos a menudo, mientras
hacíamos los deberes sobre, el tablero de dibujo del abuelo, como mi padre
discutía con mi abuelo y otros hombres delante del plano Muchas veces se
peleaban, porque mi padre decía siempre: «Fuera, hay que volarlo» y dibujaba
una X al lado de la mancha negra; y los otros decían siempre: «Por el amor de
Dios, eso no lo podemos hacer», y mi padre decía: «Háganlo, antes de que la
gente regrese a la ciudad. Ahora está todavía deshabitado y podrán hacerlo
libremente; hay que arrasarlo». Y los otros decían: «Pero si aquí queda todavía
el marco de una ventana del siglo XVI. y allí todavía los restos de una capilla
del siglo XII»; y mi padre tiraba la tiza negra y decía: «Bueno, hagan lo que
quieran, pero les aseguro que se arrepentirán; hagan lo que quieran, pero no
cuenten conmigo»; y ellos decían: «Pero, querido señor Fähmel, usted es nuestro
mejor especialista en voladuras, no nos puede abandonar»; y mi padre replicaba:
«Pues les abandonaré si tengo que enternecerme por cada gallinero romano que
encuentre; para mí, las paredes son paredes, y créanme, hay paredes buenas y
paredes malas; las malas tienen que desaparecer; vuélenlas y que quede espacio
libre». Mi abuelo se reía cuando los otros se habían marchado y decía: «Dios
mío, tienes que hacerte cargo de sus sentimientos», y mi padre también se reía
y replicaba: «Ya los comprendo, pero no los respeto»; y luego añadía: «Vamos,
niños, vamos a comprar chocolate», y nos íbamos al mercado negro; allí compraba
cigarrillos para él y chocolate para nosotros; y le acompañábamos cuando se
metía por unos portales oscuros y medio destruidos, subíamos escaleras sórdidas.
porque mi padre quería comprar también cigarros para el abuelo; siempre
compraba, pero no vendía nunca: cuando nos enviaban pan y mantequilla de
Slehfingen o de Górlingen, quería que lleváramos su ración a la escuela y nos
dejaba elegir a quién la queríamos regalar, y una vez volvimos a comprar en el
mercado negro un kilo de mantequilla que habíamos regalado: todavía llevaba la
tarjeta de la señora Kloschgrabe que decía: «Esta semana sólo puedo mandarle un
kilo». Mi padre se limitó a sonreír y dijo: «Qué le vamos a hacer, la gente
necesita también dinero para comprar cigarrillos». El alcalde vino otra vez a
ver a mi padre y él le dijo: «En las ruinas del convento de franciscanos he
encontrado raeduras de uñas del siglo XIV: no se ría; puedo demostrar que son
auténticas del siglo XIV porque están mezcladas con unas fibras, con restos de
un tejido de lana que sólo se fabricaba en nuestra ciudad en el siglo XIV; se
trata de una curiosidad histórica de primer orden, señor alcalde», y éste dijo:
«Me parece que lleva usted las cosas demasiado lejos, señor Fähmel», y mi padre
replicó: «Más lejos las he de llevar todavía, señor alcalde». A Ruth, que
estaba sentada a mi lado, garabateando deberes de matemáticas en su cuaderno de
colegio, se le escapó una carcajada, y mi padre se acercó a ella, la besó en la
frente y dijo: «Sí, verdaderamente, la cosa tiene gracia, hija mía», y yo tuve
envidia porque no me había besado nunca en la frente; le queríamos mucho,
Marianne, pero seguía dándonos un poco de miedo, cuando le veíamos allí delante
del plano con la tiza negra en la mano y diciendo: «Fuera, hay que volar todo
eso». Pero era muy severo cuando se trataba de mis deberes de colegio; siempre
me decía: «No hay más que dos posibilidades, saberlo todo o no saber nada; tu
madre no sabía nada, me parece que ni siquiera había cursado los grados
elementales de la escuela y, a pesar de todo, no me hubiera casado con nadie
más; decide qué es lo que más te conviene». Le queríamos mucho, Marianne, y
cuando pienso que por entonces no podía tener mucho más de treinta años, apenas
puedo creerlo, porque yo siempre le consideré mucho mayor, aunque no tenía
aspecto de viejo; a veces se mostraba tan alegre... cosa que ahora no hace
nunca; cuando, por la mañana, saltábamos de nuestras camas, él ya estaba junto
a la ventana afeitándose y nos decía a gritos: «La guerra ha terminado, hijos
míos»... a pesar de que ya hacía cuatro o cinco años que había terminado.
—Tenemos que irnos —dijo Marianne—, no vayamos a hacerles
esperar demasiado.
—Déjales que esperen —replicó él—. Todavía me falta saber
todo lo que te hicieron a ti, corderito. Apenas sé nada de ti.
—¿Corderito? —dijo ella—. ¿Por qué me llamas así?
—Una ocurrencia que he tenido —dijo Joseph—, pero dime qué
te hicieron; siempre me hace reír oírte el acento de Doderingen cuando hablas;
no te sienta bien; sólo sé de ti que fuiste a la escuela en Doderingen, pero
que no naciste allí y que ayudas a la señora Kloschgrabe a amasar el pan, a
hacer la comida y a planchar.
Ella le obligó a apoyar!a cabeza sobre su regazo, le tapó
los ojos y dijo:
—¿A mí? ¿Lo que me hicieron a mí, quieres saber? Me
echaron bombas y no me dieron a pesar de que las bombas eran muy grandes y yo
muy pequeña; la gente que había en el refugio me metieron golosinas en la boca;
y las bombas cayeron y no me tocaron, yo sólo oí cómo estallaban' y los
cascotes volaban en la noche como pájaros asustados, y alguien, en el refugio,
cantó: «Gansos salvajes vuelan de noche». Mi padre era alto, muy moreno y
guapo, llevaba un uniforme pardo con mucho oro encima y una especie de sable en
el cinto que brillaba como la plata; se pegó un tiro en la boca; no sé si has
visto alguna vez a alguien que se haya pegado un tiro en la boca. ¿No, verdad?
Pues da gracias a Dios de que te haya ahorrado ese espectáculo. Él quedó
tendido sobre la alfombra, la sangre corría sobre los colores orientales, sobre
la muestra de Esmirna... Esmirna auténtica, amigo mío; en cambio mi madre era
rubia y alta y llevaba un uniforme azul y un gorro muy gracioso, nada de
espadas al cinto; y yo tenía un hermanito. mucho más ¡oven que yo, y era rubio,
y mi hermanito colgaba de la puerta con una soga de cáñamo alrededor del
cuello, se balanceaba, y yo me reía, me reía todavía cuando mi madre me ató
también una soga de cáñamo al cuello y murmuró: «El lo ha ordenado», pero
entonces entró un hombre, sin uniforme, sin entorchados de oro y sin sable;
sólo llevaba una pistola en la mano, que encaró a mi madre, me arrancó de sus
manos, y yo me eché a llorar, porque yo llevaba la soga alrededor del cuello y
quería jugar a aquel juego que jugaba mi hermanito allá arriba, el juego de «É¿
lo ha ordenado», pero el hombre me tapó la boca, me llevó de un brazado
escaleras abajo, me quitó la soga del cuello y me subió a un camión...
Joseph trató de retirar las manos de Marianne de encima de
sus ojos, pero ella se resistió y dijo:
—¿No quieres oír lo que sigue?
—Sí —contestó él.
—Entonces tienes que dejar que te cierre los ojos y darme
un cigarrillo.
—¿Aquí en el bosque?
—Sí, aquí en el bosque.
—Sácalo del bolsillo de mi camisa.
Joseph sintió cómo ella le desabrochaba el bolsillo de la
camisa, como sacaba los cigarrillos y las cerillas, mientras con la otra mano
le mantenía cerrados los ojos.
—Encenderé también uno para ti —dijo ella—, aquí, en el
bosque. En aquella época tenía exactamente cinco años, y era tan cariñosa que
incluso me mimaban en el camión, me metían golosinas en la boca, me lavaban con
jabón, cuando el camión se detenía; y dispararon contra nosotros con cañones y
con ametralladoras, pero no nos tocaron; viajamos durante mucho tiempo, no
sabría decirte cuánto, pero seguramente fueron dos semanas, y cuando nos
paramos, el hombre que había impedido el juego de Él lo ha ordenado me tomó
consigo, me envolvió en una manta, me tendió a su lado, en la paja, en el heno,
y a veces en la cama y me decía: «Llámame padre», y yo no le podía llamar
padre, porque al hombre del hermoso uniforme sólo le había llamado siempre
papá; pero al final, aprendí a decir padre y así llamé durante trece anos al
hombre que había impedido aquel juego; me dieron una cama, una manta y una
madre, que era muy seria y me quería, y viví durante nueve años en una casa
limpia; cuando fui a la escuela, dijo el párroco: «Ved aquí lo que tenemos;
tenemos entre nosotros a una criatura pagana, una auténtica pagana», y los
demás niños que no eran paganos se echaron a reír; el párroco añadió: «Vamos
rápidamente a convertir a nuestra criatura pagana, a nuestro dócil corderito.
en una niña cristiana»; y me convirtieron en una cristiana. Y el corderito era
dócil y feliz, jugaba a corro y a saltar con los demás, y luego jugó a pelota y
a saltar a la comba y quería mucho a sus padres; y llegó un día en que en la
escuela se derramaron un par de lágrimas, se pronunciaron un par de discursos,
se habló un par de veces de una etapa de la vida, y el corderito entró de
aprendiza en casa de una modista, aprendió a manejar bien la aguja y el dedal,
aprendió de su madre a limpiar la casa, a amasar el pan y a cocinar, y toda la
gente del pueblo decía: «Esa se casará algún día con un príncipe; si no es un
príncipe no se conformará...» Pero un día llegó un coche muy grande y muy negro
a! pueblo con un hombre barbudo que lo conducía, se paró en la plaza mayor y
preguntó sin apearse de! auto a la gente: «Por favor, ¿podrían decirme dónde
viven los Schmitz?» Y la gente dijo: «Hay muchos Schmitz en el pueblo, ¿a cuál
se refiere usted?» Y el hombre dijo: «A los que han adoptado una niña», y la
gente contestó: «Sí, estos Schmitz son los Eduard Schmitz. que viven allí,
detrás del herrero, ¿ve usted?, aquella casa con el boj delante.» Y el hombre
dijo «Gracias.» y el hombre continuó, pero toda la gente le siguió, porque
desde la plaza a la casa de Eduard Schmitz sólo había unos cincuenta pasos; yo
estaba en la cocina limpiando lechuga, me gustaba mucho hacerlo: cortar las
hojas, lo malo a la basura, lo bueno en la jofaina, donde queda nadando, verde
y limpio; en aquel instante, mi madre me decía: «No tienes que entristecerte
por eso, Marianne, los muchachos no tienen la culpa... cuando llegan a los
trece o catorce años, y algunos empiezan ya a los doce, hacen estas cosas; es
la naturaleza y no es fácil dominar la naturaleza». Y yo dije: «No estoy triste
por eso.» «Pues, ¿por qué», preguntó mi madre. Yo le dije: «Pienso en mi
hermanito, le veo colgado de la puerta, y yo me reía sin saber lo terrible que
era aquello... y no estaba bautizado». Y antes de que mi madre me pudiera
contestar, se abrió la puerta —no habíamos oído llamar— y yo la reconocí en
seguida: seguía siendo rubia y alta y llevaba un sombrero muy gracioso, pero ya
no llevaba el uniforme azul; se me acercó inmediatamente, abrió los brazos y
dijo: «Seguro que eres mi Marianne, ¿no habla en ti la voz de la sangre?». Yo
detuve un instante el cuchillo, luego limpió una hoja de lechuga y dije: «No,
la voz de la sangre no me dice nada.» «Soy tu madre», dijo ella. «No», contesté
yo, «mi madre es aquélla. Yo me llamo Marianne Schmitz», callé un momento y luego
añadí: «Él lo ha ordenado... y usted me puso la soga alrededor del cuello,
señora.» La modista me había enseñado a terminar las frases con «señora».
Ella gritaba y lloraba e intentaba abrazarme, pero yo
sostenía el cuchillo con la punta hacia adelante, junto a mi pecho; ella me
habló de colegios y de estudiar, gritó y lloró, pero me escapé por la puerta
del jardín, atravesé el campo y fui a casa del párroco y se lo conté todo. Él
me dijo: «Es tu madre, nada se puede contra el derecho natural, hasta que seas
mayor de edad, ella tiene derecho sobre ti; es un mal asunto.» Y yo le dije:
«¿No perdió este derecho cuando intentó jugar el juego de El lo ha ordenado». Y
el párroco dijo: «Eres una chica muy lista: no olvides este argumento». Yo no
lo olvidé y lo esgrimía siempre que me hablaban de la voz de la sangre y
repetía sin cesar: «No oigo la voz de la sangre.» Ellos me decían: «Eso no
puede ser, ese cinismo es contra la naturaleza». «Sí», decía yo, «Él lo ha
ordenado sí que era contra la naturaleza». Ellos decían: «Pero de eso hace ya
más de diez años, y ella se arrepiente»; y yo contestaba: «Hay cosas de las que
uno no se puede arrepentir». «¿Quieres ser más severa que Dios en su juicio?»,
me preguntó ella y yo le contesté: «No, yo no soy Dios y por eso no puedo ser
tan misericordiosa». Y seguí viviendo con mis padres, pero hubo una cosa que no
pude impedir; dejé de llamarme Marianne Schmitz y me llamé Marianne Draste,
tenía la sensación de que-me habían amputado algo... Todavía sigo pensando en
mi hermanito que tuvo que jugar a Él lo ha ordenado... y ¿sigues creyendo que
hay algo más terrible, tan terrible que no me lo puedas contar?
—No, no —dijo Joseph—, Marianne Schmitz, voy a contártelo.
Ella dejó de cubrirle los ojos con la mano, él se
incorporó y la miró a la cara; Marianne no trató de sonreír.
—Tu padre no puede haber cometido nada tan terrible —dijo.
—No, no fue tan terrible, peri sí muy grave.
—Ven —dijo ella—, me lo contarás en el coche; van a dar
las cinco y nos estarán esperando; si yo tuviera un abuelo no le haría esperar,
y si tuviera uno como el tuyo haría cualquier cosa por él.
—¿Y por mi padre?
—Todavía no le conozco —dijo Marianne—; ven. Y no te
esquives, díselo en cuanto se presente la ocasión. Ven.
Le ayudó a levantarse y él le puso el brazo sobre el
hombro cuando se dirigían de nuevo al coche.
9
El joven empleado del banco levantó la mirada con aire de
conmiseración cuando Schrella puso sus cinco chelines ingleses y sus treinta
francos belgas sobre la taquilla de mármol.
—¿Eso es todo?
—Sí —contestó Schrella—, eso es todo.
El joven empleado puso en marcha su máquina de calcular,
dio la vuelta a la manivela —el escaso número de vueltas expresaba ya
desprecio— escribió rápidamente un par de cifras en un papel, y puso sobre la
mesa, frente a Schrella. una pieza de cinco marcos, cuatro piezas de diez
pfennig y tres pfennig sueltos.
—El siguiente.
—¿Podría decirme, por favor —preguntó Schrella— si para ir
a Blessenfeld hay que tomar todavía el tranvía once?
—¿Si el once va a Blessenfeld? No soy el servicio de
información de los tranvías —dijo el joven empleado— y además, de veras no lo
sé.
—Gracias —dijo Schrella, guardándose el dinero en el
bolsillo. Dejó libre el sitio junto a la ventanilla para un hombre que dejó
sobre el mármol un fajo de billetes de francos suizos; Schrella tuvo tiempo de
oír cómo la manivela de la máquina de calcular efectuaba respetuosamente un
gran número de vueltas.
—La cortesía es la forma más segura del desprecio —pensó.
Vestíbulo de la estación. Verano. Sol. Alegría. Fin de
semana. Mozos de hotel arrastraban maletas hacia el andén; una joven levantó un
cartel en el aire: «Peregrinos para Lourdes, reunirse aquí.» Vendedores de
periódicos, puestos de flores. Jóvenes con toallas de colores debajo del brazo.
Schrella atravesó la plaza, se detuvo en el burladero y
examinó el horario de salida; el once continuaba yendo a Blessenfeld; estaba
allí, debajo de la luz roja del semáforo, entre el hotel Prinz Heinrich y el
coro de Sankt Severin; llegó, paró, se vació, y Schrella se puso a la cola de
los que lo esperaban, que tenían que pagar al subir; se sentó, se quitó el
sombrero, se secó el sudor de las cejas, se Limpió los cristales de las gafas,
y cuando el tranvía se. puso en marcha, esperó en vano sentir alguna emoción;
nada; cuando era niño había ido y venido cuatro mil veces con el once; dedos
manchados de unta; tontas conversaciones de los compañeros de escuela, que
siempre le habían producido cierto malestar; segmentos de esfera,
pluscuamperfecto, la barba de Barbarroja, que seguía creciendo a través
encuadernados en cartón gris verdoso, y a medida que el tranvía se alejaba de
la ciudad en dirección a Blessenfeld, el alboroto iba disminuyendo; al salir de
la ciudad antigua de la mesa de mármol; Kabale und Liebe, Livio, Ovidio, se
apeaban aquellos que sabían dar a sus voces un timbre más característico de
distinción, se esparcían por anchas y oscuras calles, en las que las casas eran
sólidas; al llegar a la ciudad nueva se apeaban aquellos cuyas voces eran sólo
un poco menos distinguidas, se esparcían por calles estrechas, donde las casas
eran menos sólidas; quedaban sólo dos o tres que seguían hasta. Blessenfeld,
donde había las casas menos sólidas; las conversaciones se normalizaban
mientras el tranvía se dirigía traqueteando hacia Blessenfeld, a través de
huertos obreros y canteras de grava. «¿También está en huelga tu padre? En casa
de Gressigmann ya hacen una rebaja del cuatro y medio por ciento; la margarina
ha bajado cinco pfennig.» El parque, donde el césped del verano ya hacía tiempo
que había sido pisoteado, donde, alrededor del lago, la arena había sido
barrida por miles de pies de niños, mezclada con desperdicios, papeles y trozos
de botellas rotas; la Gruffelstrasse, donde los solares de los traperos estaban
siempre llenos de latas y trapos viejos, papeles y botellas; la mísera parada
de limonadas, en la que un famélico obrero sin trabajo intentaba hacer de
comerciante: al cabo de poco engordaba, montaba su parada con cristales y
cromados y ponía brillantes aparatos automáticos; engordaba de pfennig en
pfennig y se daba importancia, él, que un par de meses antes le rebajaba
humildemente el precio de una limonada en un par de pfennig, murmurando,
temeroso: «No se lo digas a nadie.»
Pero la emoción no se produjo mientras el once le
traqueteaba a través de la ciudad antigua, de la ciudad moderna, a través de
jardines obreros y canteras de grava en dirección a Blessenfeld; los nombres de
la parada —Boisseréestrasse. Parque del Norte. Estación de Blessen, Innerer
Ring— le parecían algo extraño, como procedentes de ensueños que otros hubieran
soñado y trataran en vano de comunicárselos, sonaban a sus oídos como gritos de
socorro procedentes de profundas capas de niebla, mientras el tranvía, casi
vacío, corría, en la soleada tarde veraniega, hacia la estación término.
Allí, en la Parklinie, esquina Innerer Ring, estaba el
puesto donde su madre probó a ganarse la vida como vendedora de pescado frito,
pero había fracasado por tener el corazón demasiado compasivo. «¿Cómo puedo
negarles un trozo de pescado a los niños hambrientos que han estado mirando
cómo lo freía? ¿Cómo podría?» Y el padre contestaba: «Claro que no podrías,
pero tenemos que cerrar expuesto; ya no nos fían, los comerciantes se niegan a
servirnos más pescado.» Filetes de pescado empanados freían en aceite caliente,
mientras la madre amontonaba dos o tres cucharadas de ensalada de patatas en un
plato de cartón; el corazón de la madre no había podido corrí' padecerse sin
ablandarse; de sus ojos azules fluían las lágrimas. Las vecinas se decían al
oído: «Ésta se va a consumir el alma llorando». No comía ni bebía, su cuerpo
rubicundo y rosado se quedó flaco y anémico; ni rastro de aquella hermosa moza
que tanto había gustado a todos los que se acercaban a la cantina de la
estación; ya sólo sabía murmurar: Señor, Señor, y hojear desgastados
devocionarios de sectas que anunciaban el fin del mundo, mientras en la calle
ondeaban banderas rojas al viento y otros llevaban la cabeza de Hindenburg
pintada en pancartas por las calles; griterío, contiendas, tiros, trompetas y
tambores. Cuando murió, la madre parecía una niña, anémica, delgaducha; tumba
de serie con unos cuantos ámelos, una pequeña cruz de madera: Edith Schrella
1896-1932; el alma consumida de tanto llorar, el cuerpo mezclado con tierra del
cementerio del Norte.
—Final de trayecto, señor —anunció el tranviario; y salió
de su garita, encendió la colilla de su cigarrillo, pasó a la parte delantera y
añadió: —lo siento, pero no vamos más allá.
—Gracias.
Cuatro mil veces había subido y se había apeado allí;
final de trayecto del once; entre zanjas y barracas se perdían los oxidados
raíles, que treinta años atrás habían estado tendidos para continuar la línea
del tranvía; puesto de limonadas: metales cromados, globos de cristal, máquinas
automáticas; tabletas de chocolate de variadas clases.
—Una limonada, por favor.
El líquido verdoso escanciado en un vaso inmaculado sabía
a asperilla.
—Si no le importa; tire el papel sucio en la papelera.
Buen provecho.
—Gracias.
Los dos muslos de pollo estaban todavía tibios, la pechuga
muy tierna, asada en la mejor manteca, la bolsa de celofana cerrada con unas
pinzas especiales para mantener calientes los paquetes destinados a los
excursionistas.
—¡Qué bien huele! ¿Desea otra limonada, el señor?
—No, gracias, pero déme seis cigarrillos.
En aquella tendera regordeta se podía adivinar todavía la
muchacha hermosa y esbelta que había sido en otro tiempo: aquellos ojos
infantiles, azules como los de una muñeca, que habían sugerido al capellán
entusiasta que preparaba a los niños para la primera comunión adjetivos como
«angelical» e «inocente», se había petrificado ahora en dureza comercial.
—Noventa pfennig, señor.
—Gracias.
En aquel momento se oyó la campanilla del tranvía once, en
el cual había venido, dispuesto a marcharse de nuevo; titubeó un rato y se
quedó prisionero en Blessenfeld durante doce minutos; fumó un cigarrillo, bebió
lentamente la limonada que le quedaba y buscó detrás del rosado rostro pétreo
el nombre de la niña que había sido en otro tiempo; rubia, corriendo por el
parque con el cabello suelto, gritando, cantando y, cuando ya hacía tiempo que
había perdido el aire angelical, atrayendo a los muchachos a los rincones
oscuros; exigía roncas promesas de amor de excitadas gargantas de muchachos,
mientras su hermano, rubio como ella, como ella angelical, intentaba en vano
reclutar a los chicos de la calle para una noble actividad, aprendiz de
carpintero, corredor de los cien metros, decapitado al amanecer por una
insensatez.
—Por favor —dijo Schrella—, sí, quiero otra limonada.
Miró la raya inmaculada de la mujer, que inclinaba hacia
adelante para poner el vaso debajo del globo de cristal; su hermano había sido
Ferdi, el angelical; el nombre de ella fue pasando más tarde de boca en boca,
pronunciado en voz queda por ásperas gargantas-juveniles, como un santo y seña
que da entrada al paraíso: Erika Progulske, liberadora de oscuros tormentos,
que no cobra nada porque lo hace a gusto.
—¿Verdad que nos conocemos? —dijo sonriendo mientras ponía
el vaso de limonada sobre el mostrador.
—No —contestó Schrella también sonriente—, no creo.
Por nada del mundo quería hacer brotar el recuerdo de
aquel cuerpo helado: las flores de escarcha se derretirían en agua turbia y
opaca; por nada del mundo quería que reviviera la seriedad de sentimientos
infantiles en un alma de persona mayor enternecida, enterarse de que ahora sí
que cobraba algo; ¡cuidado con poner el lenguaje en movimiento!
—Sí, treinta pfennig, gracias.
La hermana de Ferdi Progulske le miró con amabilidad
rutinaria. También a mí me libraste de mis torturas sin cobrar nada, sin
aceptar siquiera una pastilla de chocolate, que se había ablandado en mi
bolsillo, y no estaba pensada como paga sino como regalo, pero tú no la
quisiste; me liberó la compasión de tu boca y de tus manos; espero que no se lo
contaste a Ferdi, la discreción forma parte de la caridad; los misterios
convertidos en lenguaje pueden llegar a ser mortales; espero que no se enteró,
que no lo sabía cuando en aquella mañana de julio vio por última vez el cielo
azul; yo era el único de la Gruffelstrasse a quien pudo conquistar para una
noble actividad; Edith no contaba aún, sólo tenía doce años, la sabiduría de su
corazón todavía no podía sospecharse.
—¿De verdad no nos conocemos?
—No, estoy seguro de que no.
Hoy aceptarías mi regalo, tu corazón está endurecido, no
se compadece; pocas semanas después habías perdido ya la inocencia de los
vicios infantiles, habías decidido que era mejor desechar la compasión y sabías
perfectamente que no llegarías nunca a consumirte el alma de tanto llorar; no,
no nos conocemos, seguro que no; no había que dejar que las flores de escarcha
se derritieran en agua turbia. Gracias, adiós.
Enfrente estaba todavía la taberna Blesseneck, donde su
padre había sido camarero; cerveza, aguardiente, albóndigas, cerveza,
aguardiente, albóndigas; lo había servido todo con aquella expresión de cara en
la que se mezclaban la serenidad y el sufrimiento para formar algo único;
rostro de un soñador, a quien le daba igual servir cerveza, aguardiente y
albóndigas en el Blesseneck que langosta y champaña en el Prinz Heinrich o, en
el puerto alto, servir el desayuno a prostitutas trasnochadoras: cerveza, chuletas,
chocolate y Cherry Brandy. Su padre traía restos de aquellos suculentos
desayunos pegados a los puños de la camisa, pero también traía buenas propinas,
chocolate y cigarrillos, pero no traía consigo a casa lo que otros padres:
alegría de víspera de fiesta que se podía trocar luego en gritos y riñas, en
disputas amorosas y lágrimas de reconciliación; siempre aquella severidad
sufrida en el rostro, ángel descarriado, que escondió a Ferdi debajo del
mostrador, de donde la policía le sacó de entre los tubos de conducción de la
cerveza; Ferdi, que aun sabiendo que iba a morir, sonreía; su madre lavaba los
restos de suculentos desayunos en los puños, preparaba el almidón para que la
blanca camisa de camarero quedara tiesa y reluciente; no le fueron a buscar
hasta la mañana siguiente cuando, con su almuerzo y sus zapatos de charol
debajo del brazo, se disponía a ir a! trabajo; subió al coche y desapareció
para siempre; ni cruz blanca ni amelo para el camarero Alfred Schrella. Ni
siquiera muerto por la ley de jugos... desapareció pura siempre.
Edith preparaba el almidón, limpiaba los zapatos de
charol, lavaba las corbatas blancas, mientras yo estudiaba, estudiaba sin
esfuerzo, Ovidio y las secciones cónicas, la política y hazañas de Enrique I,
de Enrique II, la política de Tácito y de Guillermo I, de Guillermo II; Kleist
y la trigonometría esférica; dotado, dotado, extraordinariamente dotado; hijo
de obrero, tenía que aprender lo mismo con miles de dificultades más, y por
otra parte, me había juramentado a llevar a cabo la noble actividad e incluso
me permitía un placer particular: leer a Hólderlin.
Faltaban todavía siete minutos para la salida del próximo
tranvía once. Gruffelstrasse 17: en la casa habían hecho reformas, delante
había un coche parado: verde una bicicleta: roja; dos patinetes: sucios.
Dieciocho mil veces había oprimido el timbre, aquel botón de latón descolorido,
que todavía era familiar a su pulgar; allí donde antes ponía Schrella, ahora
ponía Tressel; donde antes ponía Schmitz, ponía ahora Humann; nombres nuevos,
sólo uno se había conservado: Fruhl... pedido prestada una taza de azúcar, una
taza de harina, una taza de vinagre, una huevera de aceite... ¡cuántas tazas y
cuántas hueveras y qué interés! La señora Fruhl sólo llenaba siempre las tazas
y las hueveras hasta la mitad, hacía uña raya en el marco de la puerta, donde
tenía escrito H. A. V. y Ac. y sólo borraba la raya con el pulgar cuando le
devolvían las tazas o las hueveras llenas. Y lo hacía saber a todo el mundo en
el patio, en tas tiendas, y cuando encontraba a las amigas, con las que, entre
licor de huevo y ensalada de patatas, solía cultivar la ginecología popular,
murmuraba: «¡Dios mío, qué burros son!» Desde muy temprano había comido del
sacramento del búfalo, y había obligado a su marido y a su hija a aceptarlo:
cantaba por el patio: Tiemblan los huesos carcomidos. Nada, ni siquiera la más
mínima emoción, sólo la piel del pulgar, a! ponerla sobre el botón de latón
descolorido, sintió algo parecido a la emoción.
—¿Busca usted a alguien?
—Sí —dijo Schrella—. ¿los Schrella ya no viven aquí?
—No —dijo la niña—. si vivieran aquí, lo sabría.
Tenía las mejillas coloradas, era graciosa y hacía
piruetas encima del patinete, apoyándose en la pared de la casa.
—No. no han vivido nunca aquí —dijo.
Echó a correr, atravesó rápidamente la acera y el canelón
de desagüe y gritó:
—¿Hay alguien que conozca a los Schrella?
Él se alarmó al pensar que alguien pudiera contestar que
sí y que se vería obligado a ir allí, a saludar, a intercambiar recuerdos; si,
a Ferdi lo... a tu padre lo... y Edith se casó muy bien... pero la niña de
mejillas coloradas iba de aquí para allá sin el menor éxito, describía audaces
curvas con el patinete sucio, iba de grupo en grupo, gritaba en las ventanas
abiertas:
—¿Hay alguien que conozca a los Schrella?
Regresó con el rostro sofocado, describió un elegante
bucle y se detuvo frente a Schrella:
—No señor, aquí no les conoce nadie.
—Gracias —dijo él sonriendo—, ¿quieres diez pfennig?
—Sí, señor.
Desapareció radiante en dirección al puesto de limonadas.
—He pecado, be pecado gravemente —murmuró Schrella
sonriente, mientras se dirigía a la parada del tranvía; he bebido limonada con
aroma de asperilla para acompañar el pollo del hotel Prinz Heinrich: he dejado
en paz los recuerdos, no he derretido las flores de escarcha; no he querido ver
brillar en los ojos de Erika Progulske la llama del rencuentro, no he querido
oír pronunciar a sus labios el nombre de Ferdi; sólo la piel de mi pulgar ha
celebrado un recuerdo, ha reconocido e! botón del timbre de latón descolorido.
Le pareció pasar por las baquetas, entre pares de ojos,
que desde la acera, desde ventanas y portales, disfrutando bajo el sol estival
la tarde de fiesta, le observaban cuidadosamente; ¿había acaso entre ellos
alguien que reconociera sus gafas, su manera de andar, su pestañear, alguien
que debajo del abrigo extranjero, reconociera al lector de Hólderlin del que
tantas veces se habían burlado gritándole al pasar: «El Schrella, el Schrella
lee versos».
Se secó angustiado la frente sudorosa, se quitó el
sombrero, se detuvo y, desde la esquina, volvió a mirar a la Gruffelstrasse;
nadie le había seguido; unos jóvenes, sentados en sus motos, medio inclinados
hacia adelante, hacían promesas de amor a unas muchachas; unas botellas de
cerveza colocadas en los alféizares de las ventanas absorbían el sol de la
tarde; más allá, la casa donde había nacido y había vivido el ángel; quizás se
conservaba aún el botón de latón sobre el que el pulgar de Ferdi se había apoyado
quince mil veces; fachada verde, flamante instalación de droguería, anuncios de
pasta dentífrica inmediatamente debajo de la ventana a la que Ferdi se había
asomado tan a menudo.
El camino del parque, del que Robert había apartado a
Edith para llevarla entre los arbustos aquel anochecer de julio de hacía
veintitrés años; ahora había rentistas sentados en los bancos, se contaban
chistes, husmeaban distintas clases de tabaco, se quejaban de lo mal educados
que eran los niños; madres excitadas pronosticaban destinos amargos a sus
desobedientes vástagos, conjuraban un futuro terrible: ¡Que el átomo te lleve!
Muchachos con el devocionario debajo del brazo venían de confesar, todavía indecisos
de si debían abandonar ya hoy el estado de gracia o esperar a mañana.
Todavía faltaba un minuto para la salida del once; hacía
ya treinta años que aquellos raíles oxidados se dirigían a un futuro vacío; la
hermana de Ferdi llenaba ahora unos vasos limpios con limonada verdosa; el
conductor del tranvía tocó la campanilla para retirar a los pasajeros; el
cobrador, cansado, apagó su cigarrillo, se arregló la cartera, subió a la
plataforma y tocó la señal de alarma, porque más allá, donde terminaban los
raíles oxidados, una anciana se había puesto a correr.
—A la estación —dijo Schrella— con correspondencia para el
puerto.
—Cuarenta y cinco.
Casas poco sólidas, casas más sólidas, casas muy sólidas.
Cambio de línea; sigue siendo el dieciséis el que lleva al puerto.
Almacén de material de construcción, depósito de carbón,
muelle de descarga. Desde la vieja garita de la báscula, podía leer:
«Michaelis, carbones, coques, aglomerados».
Sólo necesitaba dar la vuelta a la esquina, andar dos
minutos, y podría completar el recuerdo; las manos de la señora Trischler
seguro que habían resistido el paso del tiempo, lo mismo que los ojos del viejo
y el retrato de Alois colgado en la pared; botellas de cerveza, manojos de
cebollas y tomates, pan y tabaco; buques anclados, pasarelas inseguras, por las
que pasaba transportando fardos de velas: enormes crisálidas de mariposa que
viajarían Rin abajo, hacia las nieblas del mar del Norte.
Reinaba un gran silencio; montón reciente de carbón detrás
de la empalizada de Michaelis, montaña de ladrillos rojos en el almacén de
material de construcción; los pasos amortiguados de los vigilantes nocturnos
detrás de las vallas y tinglados hacían más patente el silencio.
Schrella sonrió, se asomó a la baranda oxidada, miró luego
hacia atrás y se asustó: no sabía que existiera el puente nuevo; Nettlinger
tampoco le había hablado de él; el puente cruzaba la dársena del puerto viejo,
las pilastras de color verde oscuro se levantaban exactamente en el lugar donde
antes estaba la casa de Trischler; la sombra del puente cubría la parte
anterior del muelle; donde había habido la casilla de los sirgadores, en el
río, unos enormes portales de acero enmarcaban la nada azul.
La taberna de Trischler era el lugar donde su padre
trabajaba más a gusto: servía a pescadores y a sus mujeres, sentados en las
sillas encarnadas del jardín, en las largas tardes de verano, mientras Alois,
Edith y él pescaban con sus cañas en el puerto viejo. Eternidad de los cálculos
infantiles del tiempo; infinitud como Schrella sólo la había encontrado en los
versos; al otro lado del, puerto sonaban las campanas de Sankt Severin,
lanzando un mensaje de paz y de esperanza en el anochecer, mientras Edith, con
sus manos inquietas, dibujaba en el aire el ritmo del pez al saltar; sus
caderas, sus brazos, todo su cuerpo bailaba al ritmo del pez al saltar y ni uno
solo mordía el anzuelo.
Su padre servía cerveza dorada con espuma blanca, su
rostro expresaba más mansedumbre que resignación y rehusaba las propinas
sonriendo, porque todos los hombres son hermanos; ¡hermanos!, lo decía en voz
alta en el atardecer de verano; rostros preocupados de pescadores sonreían;
mujeres hermosas, con esperanza en los ojos, sacudían la cabeza al ver tanta
exaltación infantil; y sin embargo, le aprobaban: hermanos y hermanas.
Schrella bajó lentamente la escalinata, siguió el muelle,
donde unos pontones oxidados y unas barcas viejas esperaban al desguazador que
las quisiera comprar; penetró en la sombra verde del puente, vio en el centro
del río las grúas en actividad, que cargaban restos de puente sobre barcazas en
las que la chatarra gemía con el peso de la que se le echaba encima; llegó a la
lujosa escalinata de subida y sintió como los anchos peldaños le obligaban a
andar solemnemente; con fantasmagórica esperanza se elevaba la autopista,
limpia y desierta, hasta el río, hacia el puente, donde unos carteles con unos
fémures cruzados y una enorme calavera, en negro sobre blanco, frenaban la
esperanza; carteles con Peligro de muerte frenaban la marcha hacia occidente,
mientras la carretera desierta se abría hacia oriente, hacia un infinito de
brillantes hojas de remolacha.
Schrella siguió andando, se metió entre Peligro de muerte
y fémures cruzados, pasó junto al barracón de las obras, alarmó a up vigilante,
que levantó excitado los brazos, pero luego los dejó caer de nuevo
tranquilizado por la sonrisa de Schrella; éste avanzó hasta la orilla;
armazones de hierro oxidado, de los que pendían trozos de cemento, demostraban
con su resistencia durante quince años la excelente calidad del acero alemán;
al otro lado del río, más allá de los portales vacíos del puente, la autopista bordeaba
el campo de golf y se perdía en el infinito de las brillantes hojas de
remolacha.
Café Bellevue. Paseo por la orilla del río. A la derecha,
los prados de deporte: béisbol, béisbol. La pelota que tiró Robert, y las bolas
que juntos impulsaron con el taco, en las tabernas holandesas, rojo sobre
verde, blanco sobre verde, la música monótona de las bolas sonaba casi como un
canto gregoriano; las figuras que formaban las bolas, como estrictos poemas,
ejercían su magia desde el fieltro verde; jamás había comido del sacramento del
búfalo, había aceptado las heridas a ojos cerrados, apacienta mis corderos en
los prados de suburbio, donde se juega a béisbol, en calles que se llaman
Gruffelstrasse y Modestgasse, en calles de suburbios ingleses, y detrás de
muros de presidies; apacienta mis corderos donde sea que los encuentres,
incluso si no saben hacer nada mejor que leer a Hólderin y a Trakl, nada mejor
que pasarse quince años escribiendo en una pizarra: «Yo soy, yo era, yo fui, yo
he sido, yo seré, yo había sido, yo habré sido», mientras los hijos de
Nettlinger jugaban al tenis en prados bien cuidados —los ingleses son los que
mejor lo hacen—, mientras su bella esposa, cuidada, cuidada, muy cuidada, le
decía desde la terraza a él, que estaba descansando en un diván: «¿Quieres un
poquito de ginebra en la limonada natural?», y él le contestaba: «Sí, pero no
demasiado poquito», y ella, muerta de risa, maravillada de tanta gracia, le
ponía un poquito, pero no demasiado poquito, de ginebra en la limonada, salía
al jardín, se sentaba a su lado, en otro diván, que era tan elegante como el
primero, y vigilaba los movimientos de su hija mayor; tal vez había perdido
algo el apetito, se le adivinaban un poco los huesos, quizás su hermoso rostro
tenía una expresión demasiado seria; en aquel momento, la muchacha abandonaba
agotada la raqueta, se sentaba a los pies de papá, a los pies de mamá, al borde
del campo. «Pero, hija mía, no te enfríes» y ella preguntaba, ¡ay!, siempre con
la misma seriedad: «Papá, ¿qué es exactamente eso de la democracia?», y aquél
era el momento adecuado para que papá tomara un aire solemne, dejara el vaso de
la limonada, se sacara el cigarro de la boca —ya es el quinto hoy, Ernst
Rudolf— y dijera: «La democracia...» No, no te pediré ni oficial ni
particularmente que aclares mi situación legal; no cobro nada por ello, hice mi
juramento de muchacho en el café Zons, juré mantener el honor de los
indefensos; mi situación legal quedará sin aclarar; quizás la aclaró también
Robert, con dinamita; me gustaría saber si, entretanto, ha aprendido a reine, o
por lo menos a sonreír, estaba siempre serio, no podía hacerse cargo de la
muerte de Ferdi, congelaba sus ideas de venganza en fórmulas, fórmulas que
llevaba en la mente como si fueran un bagaje muy ligero, fórmulas exactas, se
las llevó al cuartel como sargento y como oficial, durante seis años, sin reír,
mientras que Ferdi, cuando le detuvieron, había sonreído, aquel ángel de
suburbio, del montón de basura que era la Gruffelstrasse sólo los tres
centímetros cuadrados de piel del pulgar habían concretado su recuerdo; pies de
profesor de gimnasia ligeramente chamuscados y el último de los corderos muerto
por un casco de bomba; el padre desapareció definitivamente, ni siquiera murió
por la ley de fugas. Y nadie había encontrado ni rastro de la pelota que tiró
Robert.
Schrella arrojó la colilla al fondo del río, se levantó,
regresó lentamente, se metió entre Peligro de muerte y fémures cruzados, saludó
al vigilante alarmado, echó una última mirada al café Bellevue, Siguió la
autopista limpia y desierta que bajaba para dirigirse al horizonte a través de
brillantes hojas de remolacha; aquella carretera tenía que cruzarse en algún
sitio con el tranvía dieciséis. Billete de correspondencia con la estación,
cuarenta y cinco pfennig; sintió deseos de hallarse en una habitación de hotel;
le gustaban aquellos hogares casuales, lo anónimo de aquellas habitaciones
míseras perfectamente intercambiables; en ellas no se derretían las flores de
escarcha de los recuerdos; apátrida, sin hogar, y, por la mañana, un desayuno
indiferente, servido sin el menor cariño por un camarero medio dormido, cuyos
puños no estaban del todo limpios, cuya pechera no había sido almidonada con
devoción, como lo hacía su madre; quizás se podía aventurar una pregunta, en el
caso de que el camarero tuviera más de sesenta años: o ¿Conoció usted a un
compañero que se llamaba Schrella?».
Siguió por la carretera, limpia y desierta, hacia as
horizonte de brillantes hojas de remolacha; por todo equipaje, las manos en los
bolsillos, y la calderilla sembrada por el camino para Hánsel y Gretel. Las
postales eran el único contacto soportable con la vida que continuaba después
de la muerte de Edith, del padre y de Ferdi. «Yo estoy bien, querido Robert,
espero lo mismo de ti; saluda a mi sobrina, que no conozco, a mi sobrino y a tu
padre», veinticuatro palabras, demasiadas; se podía restringir el texto: «Estoy
bien, lo misma te deseo, saludos a tu padre, Ruth, Joseph», once palabras; con
la mitad se podía decir lo mismo; a qué haber venido hasta aquí, estrechar
manos, durante una semana no conjugar: yo soy, yo era, yo he sido; encontrar a
Nettlinger intacto, la Gruffelstrasse intacta; sólo faltaban las manos de la
señora Trischler.
Un cielo de hojas de remolacha, que parecían cubiertas de
un vello de plata verdosa; por allá abajo el tranvía dieciséis corría
traqueteando por un desvío. Cuarenta y cinco pfennig; todo ha subido. Seguro
que Nettlinger aún no había terminado su conferencia sobre la democracia; luz
de atardecer; su voz se hacía blanda; y su hija iba a buscar a la sala la manta
de viaje —yugoslava, danesa o finlandesa; en todo caso, los colores eran
preciosos— la echaba sobre los hombros de su padre y volvía a arrodillarse con
atención devota, mientras la madre, en la cocina... «quedaos en el jardín,
hijos míos, hace una tarde tan preciosa, tan plácida...», preparaba sabrosos
bocadillos y ensaladas de abigarrados colores.
La imagen que la fantasía daba de Nettlinger era más
precisa que el encuentro con él; la manera como se había embutido los filetes,
mientras bebía el mejor, el mejor de todos los vinos,.hundido en reflexiones
acerca de si la mejor manera de coronar aquel ágape sería el queso, el helado,
los pasteles o una tortilla de mermelada. «Hay una cosa, señores —había dicho
el antiguo consejero de embajada que daba un cursillo de: Cómo llegar a ser un
“gourmet”—, hay una Cosa, señores, que deben añadir a cuanto les he dicho, a
saber: una punta, sólo una punta de originalidad».
En Inglaterra, lo había escrito en la pizarra: «debería
haber sido fusilado»; durante quince años había servido al xilófono de la
lengua: yo vivo, yo vivía, yo he vivido, yo había vivido, yo viviré. ¿Viviré
yo? Jamás había comprendido que hubiera gente a quienes les aburriera la
gramática. Ha sido asesinado, fue asesinado; había sido asesinado, será
asesinado; ¿quién le asesinará? Mía es la venganza, había dicho el Señor.
—Final de trayecto, señor. Estación.
El barullo no había disminuido. ¿Quién era el que llegaba
y quién el que se marchaba? ¿Por qué no se quedaban todos en casa? ¿Cuándo
salía el tren para Ostende, o para Italia o Francia?; seguro que también allí
había gente que tenía ganas de aprender: yo vivo, yo vivía, yo he vivido; él
será asesinado; ¿quién le asesinará?
¿Habitación de hotel? ¿De qué categoría? ¿Barato? Vio que
la amabilidad de la joven que con su delicado dedo seguía la lista, iba
decreciendo; por lo visto era considerado como un pecado, en este país,
preguntar el precio de las cosas. Siempre lo mejor. Lo más caro es lo más
barato; error, linda criatura, lo barato es lo más barato, efectivamente,
continúa resiguiendo con tu delicado dedo la lista hasta que llegues abajo del
todo. «Pensión Moderna». Siete marcos. Sin desayuno. "No, gracias, ya conozco
el camino hasta la Modestgasse; sí. sí, lo conozco muy bien, el número
dieciséis, eso está al lado del Modestos.
Al volver la esquina, casi tropezó con el jabalí, se
asustó y retrocedió ante la masa grisácea del animal y, por poco, no pasó de
largo frente a la casa de Robert; allí, el recuerdo no estaba en peligro: sólo
había estado allí una vez; Modestgasse número ocho; se detuvo ante la
reluciente placa de latón y leyó: «Dr. Robert Fähmel. Oficina de cálculos
estáticos, cerrado por las tardes»; al pulsar el botón del timbre, empezó a
temblar: aquello de lo cual no había sido testigo, que no había ocurrido con detalles
que él conociera, le conmovía siempre más profundamente; detrás de aquella
puerta había muerto Edith en aquella casa habían nacido sus hijos, vivía
Robert; por el ruido que hizo el timbre, comprendió que no le abriría nadie: el
sonar del timbre se unió al del teléfono; el botones del hotel, pensó, ha
cumplido la palabra; le daré una buena propina cuando vayamos a jugar al billar
Sólo cuatro casas más allá, la «Pensión Moderna», Por fin,
en casa; afortunadamente, ningún olor a comida en el pequeño recibidor. Ropa de
cama limpia para una cabeza fatigada.
—Sí, gracias, ya lo encontraré.
—En el segundo piso, la tercera puerta a la izquierda,
vaya con cuidado al subir, señor, algunas de las varillas de la alfombra de la
escalera están sueltas; hay huéspedes tan brutos. ¿No desea que le llamen por
la mañana? Y otra cosa, por favor; ¿le importaría pagar por adelantado o
traerán el equipaje? ¿No? Pues entonces son ocho marcos y cinco pfennig,
incluida la propina; siento verme obligada a estas medidas de precaución,
señor, pero no se puede usted imaginar cuánta mala fe hay en el mundo; por eso
hay que recibir con desconfianza a la gente decente, así es; y los hay que
incluso así encuentran la manera de atarse la ropa de la cama al cuerpo y
cortarse pañuelos de las fundas de las almohadas; si usted supiera la de cosas
que llegan a ver; ¿no quiere recibo? Mejor que mejor, los impuestos se le comen
a uno vivo. Probablemente el señor espera visita, su esposa, ¿verdad? Le diré
que suba, no se preocupe...
10
Su temor había sido infundado: el recuerdo no se convirtió
en emoción, siguió siendo fórmula, no se desintegró en beatitud o dolor, ni
enturbió la serenidad de su corazón; éste no intervino: había estado allí, a la
luz del anochecer, entre la taberna y la abadía, donde ahora se veía el montón
de ladrillos violáceos y bien cocidos; a su lado, el genera! Otto Kosters, cuya
locura se había concretado en una sola fórmula: «Campo de tiro». El capitán
Fähmel, el teniente Schrit y los dos aspirantes Kanders y Hochbret; con
expresión de la más profunda seriedad, habían insistido ante Otto-Campo-de-tiro
en la necesidad de no mostrarse inconsecuente ni siquiera frente a edificios
tan respetables; otros oficiales protestaron, intervinieron asesinos lloricones
en favor de la cultura que había que salvar, alguien pronunció la terrible
palabra: alta traición; pero ninguno supo argumentar con tanta precisión, tanta
fluidez y tanta lógica como Schrit, que con palabras convincentes sugirió la
necesidad de volar la abadía al general que empezaba a titubear, diciendo: «Y
aunque no fuera más que para dar una prueba de que todavía creemos en la
victoria, mi general: un sacrificio tan doloroso haría comprender a la
población y a los soldados que seguimos creyendo en la victoria», y la
respuesta alada no se hizo esperar: «Estoy decidido; hay que volar el edificio,
caballeros. Cuando se trata de la victoria no podemos tener en cuenta ni
siquiera nuestros más sagrados tesoros artísticos: manos a la obra,
caballeros». Mano a la visera y taconazo.
¿Era verdad que había tenido alguna vez veintinueve años,
que había sido capitán? ¿Había estado alguna vez con Otto-Campo-de-tiro en este
lugar, en que el nuevo abad saludaba sonriente a su padre?
—Estamos muy contentos, señor consejero, de que se haya
dignado a volvernos a hacer una visita; muy contentos de conocer a su hijo;
Joseph es ya casi un viejo amigo, ¿verdad. Joseph? El destino de nuestra abadía
está íntimamente unido al destino de la familia Fähmel..., y Joseph, permítanme
que me refiera a estas cosas íntimas, Joseph ha sido alcanzado aquí por las
flechas de Cupido; ve usted, doctor Fähmel, los jóvenes de hoy en día ni
siquiera se sonrojan cuando se les dicen estas cosas; siento tener que excluir
a la señorita Ruth y a la señorita Marianne de la visita a la clausura.
Las muchachas reprimieron la risa; ¿no habían reprimido
también su risa en este lugar su madre, Josephine y la propia Edith al verse
excluidas de la comitiva de los hombres? Bastaba cambiar en el álbum de
fotografías las cabezas y las modas
—Sí —decía el abad—, la clausura ya está habitada: aquí
está nuestra joya más preciada, la biblioteca... por aquí, por favor, la
enfermería, afortunadamente desierta en este momento...
No, jamás había andado por aquí con la tiza en la mano de
un lado a otro, no había escrito sus misteriosas combinaciones de X Y Z en las
paredes, aquel código de la nada que sólo Schrit, Hochbret y Kanders sabían
descifrar; olor a argamasa, olor a pintura fresca, a madera recién cepillada.
—Sí, esto se salvó de la destrucción gracias al cuidado de
su nieto, de su hijo; esta pintura de la Santa Cena, aquí en el refectorio; ya
sabemos que no es ninguna maravilla artística —perdóneme este comentario, señor
consejero—, pero incluso los productos de esta escuela de pintura empiezan a
escasear, y nosotros siempre nos hemos sentido obligados a mantener la
tradición; tengo que confesar que a mí hoy todavía me encanta la fidelidad de
detalles de estos artistas. Vea usted aquí con qué afectuoso esmero están
pintados los pies de San Juan y de San Pedro, los pies de un joven y los de un
hombre entrado en años; eso es fidelidad en los detalles.
No, aquí no había cantado nunca nadie Tiemblan los huesos
carcomidos; no había ardido ninguna hoguera pagana; todo era un sueño. Un
caballero distinguido, de algo más de cuarenta años de edad, hijo de un padre
distinguido, padre de un hijo muy sano y muy inteligente, que les acompañaba
sonriente en la visita de la abadía, a pesar de que parecía aburrirse
profundamente; cada vez que se volvía a mirar a Joseph, veía sólo una sonrisa
amable, pero algo fatigada, en su rostro.
—Como ustedes saben, ni siquiera se salvaron las
dependencias; fue lo primero que reconstruimos, porque nos parecía que así
asegurábamos las premisas materiales indispensables para empezar de nuevo; aquí
ven el establo de las vacas; naturalmente, ordeñamos eléctricamente; le hace
sonreír... estoy seguro de que nuestro San Benito no hubiera tenido ninguna
objeción contra el ordeñar eléctricamente. ¿Me permiten que les ofrezca un
modesto piscolabis? Un saludo de bienvenida, nuestro famoso pan, nuestra famosa
mantequilla y nuestra miel; ustedes quizás no saben que cada abad al morirse o
a! ser trasladado deja el encargo a su sucesor de no olvidar a la familia
Fähmel; es verdad que ustedes forman parte de nuestra familia conventual. Ah,
allí vienen las señoritas; claro, esto está fuera de la clausura.
Pan y mantequilla, vino y miel sobre sencillas bandejas de
madera; Joseph pasaba un brazo alrededor de los hombros de su hermana y el otro
en torno a los de Marianne; rubio entre dos cabezas morenas.
—Espero que nos harán ustedes el honor de asistir a la
consagración. El canciller y los consejeros provinciales nos han prometido su
presencia, habrá también algunos príncipes extranjeros y consideraríamos un
gran honor poder saludar con esa ocasión a toda la familia Fähmel; mi discurso
no estará bajo el signo de la acusación sino bajo el signo de la
reconciliación, reconciliación incluso con las fuerzas que con ciego afán
destruyeron nuestro cenobio, aunque no con las fuerzas destructoras que vuelven
a amenazar nuestra cultura; quisiera que estas palabras sirvieran de invitación
y de ruego de que nos concedan el honor de su presencia.
«No, no vendré a la consagración —pensó Robert—, porque no
estoy reconciliado con las fuerzas responsables de la muerte de Ferdi, como
tampoco estoy reconciliado con las fuerzas que arrebataron la vida a Edith y
salvaron Sank Severin; no estoy reconciliado conmigo ni lo estoy con el
espíritu de la reconciliación que tú anunciarás en tu discurso inaugural; no
era ciego afán lo que destruyó tu cenobio, sino odio, un odio nada ciego y al
que no ha seguido ningún arrepentimiento. ¿Debo confesar que fui yo? ¿Debo
añadir más dolor al que siente ya mi padre, a pesar de que no es culpable, y
quizás también a mi hijo, a pesar de que tampoco es culpable, y a ti, reverendo
padre, a pesar de que tampoco tú eres culpable? ¿Quién es culpable? No estoy
reconciliado con el mundo en el que un ademán puede costar la vida.»
Eso pensó, pero dijo.
—Muchas gracias, reverendo padre, será para mí un placer
asistir a la fiesta de consagración.
«Yo no vendré, reverendo padre —pensó el anciano—, porque
sólo estaría aquí como un monumento de mí mismo, no como lo que, en realidad,
soy: un anciano que esta mañana dio a su secretaria la orden de escupir el día
que viera mi monumento; no te asustes, reverendo padre; no estoy reconciliado
con mi hijo Otto, que dejó de ser mi hijo para convertirse únicamente en el
envoltorio de mi hijo y tampoco estoy reconciliado con los edificios, aunque yo
mismo los haya construido. No nos echarán de menos en la fiesta: canciller,
consejeros provinciales, príncipes extranjeros y altos dignatarios de la
Iglesia llenarán seguramente bien nuestro hueco. ¿Fuiste tú, Robert, y has
tenido miedo de decírmelo? Tu manera de mirar, de andar, durante la visita me
lo han revelado. Pero no te preocupes, no me afecta... tal vez, pensaste
entretanto en aquel muchacho, cuyo nombre no llegué a saber, aquel que echaba
tus noticias en el buzón de las carias.. y en el camarero, que se llamaba
Groll, en los corderos que nadie apacentaba, ni siquiera nosotros. No
celebremos, pues, ninguna clase de reconciliación: sorry, reverendo padre,
tendrás que conformarte, pero no nos echarás de menos; que pongan una lápida
que diga: «Construido en 1908 por Heinrich Fähmel de veintinueve años de edad;
destruido en 1945 por Robert Fähmel, de veintinueve años de edad»... ¿Y qué
harás tú, Joseph, cuando tengas treinta años? ¿Heredarás la oficina de cálculos
estáticos de tu padre? Lo mismo para construir que para destruir, las fórmulas
son más eficaces que la argamasa.
Fortalece tu corazón con himnos corales, reverendo padre,
piénsalo bien antes de decidir si estás reconciliado con el espíritu que
destruyó el convento.»
—Muchas gracias, reverendo padre, será para nosotros un
gran placer asistir a la fiesta —dijo el anciano.
De los valles y prados subía el fresco de la noche, las
hojas de las remolachas que antes estaban secas se humedecían y se oscurecían
prometiendo riqueza; en el volante, a la izquierda, la cabeza rubia de Joseph;
a la derecha, las dos muchachas de los cabellos negros; el coche se deslizaba
suavemente hacia la ciudad. ¿Cantaba alguien: «Hemos terminado la siega»? No
era posible, como no lo podía ser tampoco el esbelto campanario de Sankt
Severin, en el horizonte; Marianne fue la primera que volvió a hablar:
—¿No pasamos por Doderingen?
—No, el abuelo quería pasar por Denklingen.
—Me figuraba que íbamos por el camino más corto.
—Si llegamos a las seis a la ciudad, basta —dijo Ruth—; no
necesitamos más de una hora para arreglarnos.
La conversación de los jóvenes sonaba como un murmullo
procedente de oscuras capas de la tierra, donde unos seres sepultados se dieran
mutuamente ánimos: veo luz; te equivocas; seguro que veo luz: dónde; no oyes
los golpes del pico del equipo de salvamento; no oigo nada: ¿habíamos hablado
en voz alta, en la sala de la hospedería?
No es bueno sacar las fórmulas de su congelación,
convertir secretos en palabras, traducir recuerdos en sentimientos, capaces de
matar incluso cosas tan buenas y severas como el amor y el odio. ¿Hubo alguna
vez un capitán llamado Robert Fähmel, que conociera tan bien la jerga del
casino, que se amoldara tan perfectamente a las costumbres, que supiera sacar a
bailar —como era su obligación— a la esposa del oficial de más graduación y
supiera hacer un brindis con voz segura? A la salud de nuestro querido pueblo
alemán; champaña, ordenanza; juego de billar, blanco sobre verde, rojo sobre
verde, blanco sobre verde. Y una noche alguien se plantó ante él con el taco en
la mano, sonrió y dijo: «Me llamo Schrit, soy teniente, como usted puede ver,
especialista en voladuras como usted, mi capitán, defiendo con dinamita la
cultura occidental.» Aquel era un hombre que no llevaba en el pecho un alma
llena de complejos, un hombre que sabía esperar y ahorrar, que no tenia
necesidad de movilizar cada vez el corazón y los sentimientos, que no se
emborrachaba de tragedias, que había prestado el juramento de volar
exclusivamente puentes y casa alemanas, de no romper ni un solo cristal de una
choza rusa; esperar, jugar al billar, no decir ni una palabra de más... y,
finalmente, la vimos frente a nosotros, bajo el sol de primavera, nuestra gran
presa que tanto habíamos estado esperando: Sankt Antón; y en el horizonte se
dibujaba la presa que se nos tenía que escapar: Sankt Severin.
—No corras tanto —dijo Marianne en voz baja.
—Perdóname —contestó Joseph.
—Dime, ¿qué vamos a hacer en Denklingen?
—El abuelo quiere que pasemos por allí —dijo Joseph.
—No, Joseph —dijo Ruth—, no te metas con el coche por la
avenida, ¿no ves el cartel: «Sólo para los habitantes de la casa»? ¿Acaso te
cuentas entre ellos?
La escala en todos sus grados: esposo, hijo, nieto y
futura nuera se dirigieron al castillo encantado.
—No, no —dijo Ruth—, yo os aguardaré aquí. Prefiero que me
dejéis, aquí.
Por las noches, cuando estoy con mi padre en el despacho,
la abuela podría estar perfectamente con nosotros; yo leo, él bebe vino,
remueve sus cajones, extiende las fotocopias del tamaño de una postal ante sí
como sí hiciera un solitario; siempre correcto, jamás la corbata suelta, jamás
la chaqueta desabrochada, sin dejarse llevar nunca por la familiaridad
paternal; siempre reservado y solícito: «¿Necesitas libros, trajes, dinero para
el viaje? ¿No te aburres, hija mía? ¿Preferirías salir? ¿Ir al teatro, al cine,
a bailar? Te acompañaré con mucho gusto. ¿Quizás te gustaría dar otra merienda
arriba en la terraza, ahora que el tiempo es tan hermoso? Paseo nocturno antes
de irnos a acostar, alrededor de la manzana, la Modestgasse hasta el Modesttor;
luego, avenida de la estación abajo, hasta la estación; «¿no hueles la lejanía,
hija mía?», por el paso subterráneo, junto a Sankt Severin, al hotel Prinz.
Heinrich; a Gretz se ha olvidado de fregar las manchas de sangre de la acera»;
sangre de jabalí dura y negra; «Hija mía, son las nueve y media, será mejor que
vayas a acostarte, buenas noches»; beso en la frente; siempre amable, siempre
correcto; «¿prefieres que tomemos una ama de llaves, si te cansa la comida de
restaurante?; a decir verdad, a mí no me gusta ver personas extrañas en casa»;
desayuno, té, panecillos, leche; beso en la frente, y a veces con voz muy
queda: «Hija mía, hija mía...» «¿Qué te pasa, papá?» «Mira, saldremos de
viaje.» «¿Ahora mismo?» «Sí. No vayas al colegio ni hoy ni mañana, y nos vamos;
sólo hasta Ámsterdam; una ciudad preciosa, hija mía; gente muy callada y muy
amable... sólo hace falta conocerlos. ¿Conoces a la gente de Ámsterdam?» «Sí,
la conozco. Son hermosos los paseos por la noche a lo largo de los muelles.» «¿
Has notado lo silenciosa que es allí la gente? No hay ningún lugar donde se
grite tanto como aquí, siempre se arma algarabía, se levanta la voz para
parecer importante. ¿Te aburrirás si voy otra vez a jugar al billar? Ven
conmigo si te apetece.»
Yo nunca comprendí la fascinación con que le miraban
jóvenes y viejos, mientras él estaba allí, jugando al billar, envuelto en el
humo del cigarrillo, con el vaso de cerveza al lado, encima del borde de la
mesa; ¿le tuteaban efectivamente o se trataba sólo de una particularidad de la
lengua holandesa que sonaba como si dijeran tú cuando le hablaban?; le llamaban
familiarmente Robert, haciendo rodar la R de Robert como si fuera un caramelo
duro que tuvieran en la boca. Silencio. Mucha quietud en los canales. Me llamo
Ruth, soy medio huérfana, mi madre tenía veinticuatro años cuando murió; yo
tenía tres, y cuando pienso en ella pienso en diecisiete o en dos mil años,
porque veinticuatro es un número que no le sienta; tiene que ser algo por
debajo de dieciocho o por encima de ochenta; a mí siempre me pareció la hermana
de mi abuela; yo sé el secreto, que todos guardan cuidadosamente, de la locura
de la abuela, y no quiero verla mientras esté loca; su locura es mentira, luto
detrás de espesos muros; yo lo sé muy bien; acudo a menudo a este recurso y me
evado con la mentira: me escondo en el edificio interior, Modestgasse número 8,
habitado por fantasmas. Kabale und Liebe, abuelo construyó la abadía, papá la
voló, Joseph la reconstruye. Me da igual; probablemente tendréis una desilusión
cuando veáis lo poco que eso me afecta; yo vi cómo sacaban los muertos de los
sótanos y Joseph trataba de convencerme de que estaban enfermos y que los
llevaban al hospital, pero ¿se podía echar a los enfermos como si fueran sacos
en los camiones? Y vi como el maestro, que se llamaba Krott, iba secretamente,
durante el recreo, a la clase y robaba el bocadillo que Konrad Gretz llevaba en
la cartera, vi el rostro de Krott y tuve un miedo atroz, y recé a Dios: «Te lo
suplico, haz que no me descubra aquí, te lo suplico, te lo suplico», porque
sabía que me mataría si me descubría; yo estaba detrás de la pizarra, buscando
mi pasador, y él hubiera podido verme las piernas, pero Dios se apiadó de mí y
Krott no me descubrió; vi su rostro y vi además cómo mordía en el pan y luego
salía de la clase; a quien ha visto una cara como aquella ya no le importa nada
una abadía destruida; y la comedia que siguió luego, cuando Konrad Gretz
descubrió que le habían robado, y Krott nos exhortó a la sinceridad; «Niños,
mostraos sinceros, os doy un cuarto de hora de tiempo; después, el culpable
tiene que decirlo, de lo contrario... sólo faltan ocho minutos, sólo faltan
siete, seis...», y yo le miré, él recogió la mirada, se precipitó sobre mí:
«Ruth, Ruth —gritó—, ¿tú?, ¿has sido tú?» Yo sacudí la cabeza y me eché a
llorar, porque volvía a estar muerta de miedo. Él me dijo: «Dios mío, Ruth,
tienes que ser sincera.» Yo hubiera querido decir que había sido yo, pero
entonces él hubiera visto que lo sabía; y seguí sacudiendo la cabeza y
llorando; sólo cuatro minutos, tres, dos, uno, ya está; «Sois una pandilla de
ladrones, de embusteros, como castigo vais a escribirme todos doscientas veces:
«No debo robar.» No me conmueven vuestras abadías; he tenido que guardar secretos
terribles, he pasado un miedo atroz; como sacos los echaban en los camiones.
¿Por qué habrán tratado con tanta frialdad a ese abad tan
simpático? ¿Qué habrá hecho? ¿Habrá asesinado a alguien, habrá robado a alguien
un bocadillo? Konrad Gretz tenía comida suficiente, pastel de foie-gras y
mantequilla con pan blanco; ¿qué diablo se apoderó de pronto del rostro de
aquel maestro tan bueno y serio? Entre su nariz y sus ojos, entre su nariz y su
boca, entre sus orejas apareció de pronto el asesino; como sacos echaban los
cadáveres en los camiones. Y a mí me divertía ver cómo mi padre se burlaba del
alcalde delante del gran plano de la pared; cuando trazaba sus señales negras y
decía: «Fuera, eso hay que volarlo». Le quiero, sigo queriéndole igual ahora
que lo sé; a ver si, por lo menos, Joseph ha dejado los cigarrillos en el
coche; vi a un hombre que daba su anillo de matrimonio por dos cigarrillos...
¿Cuánto hubiera pedido por su hija? ¿Cuánto por su esposa? En su rostro se leía
la lista de precios: diez, veinte, hubiera admitido el regateo; todos admiten
el regateo: lo siento, papá, pero la miel y el pan y la mantequilla todavía me
gustan, aun después de que sé quién lo hizo. Seguiremos jugando a padre e hija;
exactamente delimitados como si bailáramos en un concurso; después del
piscolabis hubiera sido adecuado dar un paseo hasta la Colina de los Cosacos,
Joseph con Marianne y yo delante, el abuelo detrás como todos los sábados:
—¿Sigues bien, abuelo?
—Sí, gracias, voy bien.
—¿No andamos demasiado de prisa?
—No os preocupéis, hijos míos. ¿Os parece que me siente un
poco o está el suelo demasiado húmedo?
—La arena está completamente seca, abuelo, y todavía
caliente, puedes sentarte tranquilo; ven, dame el brazo.
—Claro, abuelo, enciende tranquilamente un cigarro,
nosotros ya vigilaremos que no ocurra nada.
Afortunadamente, Joseph ha dejado los cigarrillos en el
coche, v el mechero funciona; el abuelo me ha regalado unos vestidos y un
jersey preciosos, mucho más bonitos que los que me compra papá, que tiene un
gusto pasado de moda; se nota que el abuelo entiende en muchachas y mujeres: yo
no quiero entender a la abuela, no quiero; su locura es mentira. no nos daba de
comer, y yo me alegré mucho cuando sé la llevaron y pudimos comer algo más;
quizás tengas razón cuando dices que la abuela era muy grande y que sigue
riéndolo, pero a mí no me interesa la grandeza; un bocadillo con pastel de
foie-gras, pan blanco y mantequilla estuvo a punto de costarme la vida; no
tengo inconveniente en que vuelva a casa y se siente por las noches con
nosotros, pero no!e deis la llave de la cocina, por favor no se la deis; yo vi
el hambre en el rostro del maestro y tengo miedo; dales siempre de comer. Dios
mío, siempre, a fin de que no vuelva a aparecer en sus rostros aquella terrible
expresión; ahora es un señor Krott inofensivo que los domingos toma el coche
para llevar a la familia a Sankt Antón a oír misa mayor —¿qué domingo después
de Pentecostés es hoy? ¿Qué domingo después de la Epifanía, después de Pascua
de Resurrección?—; un buen hombre con una buena mujer y dos hijitos: «Mira
Ruth, ¿verdad que está crecido nuestro Franzchen?» «Sí, señor Krott, su
Franzchen está muy crecido»; y ya no me acuerdo de que mi vida estuvo pendiente
de un hilo; no; escribí doscientas veces: «No debes robar», y naturalmente, no
digo que no cuando Konrad Gretz me invita a una fiesta; nos dan un pastel de
foie-gras de ganso riquísimo con mantequilla y pan blanco, y cuando uno pisa a
alguien o derrama un vaso de vino, no dice: «perdón» o «lo siento», sino sorry.
La hierba de la cuneta está tibia, e! cigarrillo de Joseph
delicioso, y a mí siguió gustándome el pan con miel aun después de que me
enteré de que había sido papá quien había volado la abadía; magnífico,
Denklingen allá lejos en la luz del ocaso; tendrían que darse prisa,
necesitaremos por lo menos media hora para arreglarnos.
11
—Acérquese, general, no hay motivo para sentirse
intimidado; todos los recién llegados me son presentados primero a mí, porque
soy la que llevo más tiempo en esta hermosa casa; ¿por qué da esos golpes con
el bastón contra la inocente tierra del jardín, por qué hace constantemente una
mueca, delante de cada pared, delante de la capilla, junto al invernadero y
murmura: «Campo de tiro»? Expresión muy bella, por otra parte: «Campo de tiro»;
vía libre a las balas y proyectiles; Otto, ¿verdad?, ¿Kósters?» No, nada de
familiaridades, no hay que decir nombres y además el hombre de Otto está
ocupado; ¿me permite que le llame «Campo de tiro»? Se lo veo en la cara, se lo
oigo en la voz, se lo huelo en el aliento; usted no sólo ha comido del
sacramento del búfalo, sino que ha vivido de él; hizo un régimen sistemático;
ahora escúcheme, novato, ¿es usted católico? Naturalmente, lo contrario me
hubiera sorprendido; ¿sabe ayudar a misa?; naturalmente, se educó en un colegio
de padres católicos; permítame que me ría; hace ya semanas que andamos buscando
a un acólito; a Ballosch le dieron de alta y se fue; ¿qué le parece si
procurara hacerse útil por aquí? No eres más que un loco inofensivo, no eres
peligroso, sólo tienes la manía de murmurar «Campo de tiro», tanto si la ocasión
lo requiere como si no; sabrás muy bien llevar el misal de la derecha a la
izquierda, de la izquierda a la derecha del altar; sabrás hacer una genuflexión
delante del sagrario, ¿verdad? Tienes una salud de hierro, eso forma parte de
tu profesión, sabes golpearte el pecho y recitar el mea culpa, mea culpa, mea
máxima culpa y contestar kyrie eleison; ya ves de qué puede servir aún un
general culto, educado en un colegio de padres católicos; te recomendaré al
consiliario de la casa para que te tome de acólito; estás conforme, ¿verdad?
Gracias, se ve en seguida que es un caballero; no, por
aquí, vamos al invernadero, quiero enseñarle una cosa que forma parte de su
profesión, y, por favor, nada de galanterías superfluas, nada de complejos' de
clase de baile, por favor; tengo setenta años, usted setenta y tres, nada de
besamanos, nada de galanteos de viejos; déjese de tonterías; oye lo que te voy
a decir: ¿ves lo que hay allí, detrás del cristal verde?, pues aquello son
armas, es el arsenal de nuestro buen jardinero mayor: con aquello se matan
liebres y perdices, cornejas y ciervos, porque has de saber que nuestro
jardinero mayor es un cazador entusiasta, y allí entre las escopetas hay un
objeto negro monísimo, muy manejable, una pistola; ahora escupe lo que
aprendiste cuando eras cadete o alférez y dime: ¿Ese cacharro es verdaderamente
peligroso, se puede matar a alguien con él? No te me pongas pálido, viejo
valiente, has comido toneladas de sacramento del búfalo y ahora pierdes el
ánimo cuando te hago un par de preguntas sencillas; no empieces a temblar; es
verdad que estoy un poco chiflada, pero no dispararé la pistola contra tu pecho
de setenta y tres años para ahorrar al estado la pensión que te paga; no es mi
intención ahorrar nada al estado; dame una respuesta militar a mis preguntas claras
y militares; ¿Se puede matar a alguien con ese cacharro? ¿Sí? Está bien. ¿A qué
distancia son mayores las probabilidades de dar en el blanco? A diez metros, a
doce, veinticinco como máximo. "No se excite usted de ese modo, ¡por el
amor de Dios! Me asombra ver lo cobarde que puede llegar a ser un viejo
general. ¿Dar parte? No hay que dar parte a nadie; se ve que os metieron en la
cabeza como un embudo todo eso de los partes, y no sabéis hablar de otra cosa.
Béseme la mano si quiere, pero calladito, nada de llevar recados, y mañana por
la mañana ayudará a misa, ¿comprendido? Un acólito tan guapo, de cabellos
blancos y tan apuesto, no lo han tenido aquí nunca; ¿no eres capaz de
comprender una broma? Resulta que a mí me interesan las armas como a ti te interesa
el campo de tiro; tienes que hacerte cargo de que en el reglamento tácito de
este establecimiento se da por sentado que cada cual debe dejar que el prójimo
se dé sus pequeños gustos; a ti se te respeta la manía del campo de tiro;
discreción, Campo-de-tiro, recuerda la educación que recibiste... A delante, y
hurra por Hindenburg; ¿ves?, eso te ha gustado, lo importante es encontrar las
palabras adecuadas... hay que volver por aquí, pasar junto a la capilla: ¿no
quieres entrar un momento y examinar el lugar de tus futuras funciones? sin
agitarse, viejo; se ve que todavía te acuerdas: hay que descubrirse, mojar los
dedos adecuados en la pila del agua bendita, y ahora hacer la señal de la cruz;
así está bien; ahora arrodíllate, mira a la luz eterna, reza un Ave Mana y un
Padrenuestro... ya está; hay que reconocer que no hay nada comparable a una
educación católica; levántate, moja los dedos en el agua bendita, haz la señal
de la cruz, deja pasar a la dama, ponte el sombrero; todo ha ido muy bien, ya
volveremos a estar aquí: tarde de verano, árboles magníficos en un parque
magnífico, un banco; Adelante y hurra por Hindenburg; eso te gusta, ¿verdad?
¿Te gusta también lo otro que dice: quiero un fusil, quiero un fusil? ¿Eso
también te gusta? Déjate de bromas; después de Verdun esa clase de bromas se
acabaron; allí murieron los últimos caballeros —cayeron demasiados caballeros,
demasiados novios de una vez—, demasiados jóvenes bien educados: has echado
alguna vez las cuentas acerca de la cantidad de sudor de pedagogos que se
malogró allí en unos cuantos, meses? Y tan en vano. ¿Cómo no se os ocurrió
nunca la idea de instalar una ametralladora en la entrada de la bolsa del
trabajo para los que acababan de aprobar el examen de madurez, o en los patios
dé los institutos de segunda enseñanza, y matar a todos los jóvenes que se
presentaran con la alegría de haber aprobado los exámenes en el rostro? ¿Lo
encuentras exagerado? Pues permíteme que te diga que la verdad es siempre una
exageración; yo todavía bailé con los bachilleres de 1905. 1906 y 1907, asistí
a sus fiestas de estudiantes y bebedores de cerveza, pero de aquellos tres
cursos más de la mitad cayeron en Verdun. ¿Qué te parece que quedó de los
bachilleres de 1935. 1936, 1937, o incluso de los de 1941 y 1942? Puedes elegir
el año que quieras. No empieces otra vez a temblar, nunca hubiera imaginado que
un general viejo fuera tan cobarde. Déjalo ya; no pongas tus manos sobre las
mías... ¿Cómo me llamo? Entiende bien que eso no se pregunta aquí, aquí no se
dan tarjetas de visita, aquí no se brinda antes de tutear a uno. se tutea a
todo el mundo sin pedir permiso, aquí se sabe que todos los hombres son
hermanos, aunque hermanos enemigos; unos han comido del sacramento del cordero:
son los menos, viejo; y los otros del sacramento del búfalo. Mi nombre es:
quiero un fusil, yo quiero un fusil, mi apellido: adelante y hurra por
Hindenburg; abandona definitivamente todos tus prejuicios burgueses, tus
hábitos de caballero distinguido, aquí reina una sociedad sin clases; y no te
lamentes de la pérdida de la guerra. Dios mío, ¿la habéis perdido,
efectivamente? ¿Dos veces, una tras otra? A la gente como tú les desearía que
perdieran siete guerras. Anda, no hagas más el lloricón, a mí lo mismo me da
que hayas perdido una guerra como tres: la pérdida de los hijos, eso sí que es
peor que la pérdida de las guerras: tú puedes ayudar a misa en el sanatorio de
Denklingen; es una ocupación sumamente digna, y no me hables del futuro de
Alemania; he leído en el periódico que el futuro de Alemania está perfectamente
trazado. Si no tienes más remedio que llorar, llora; pero al menos, hazlo de un
modo menos aparatoso. ¿Fueron injustos contigo? ¿Te hirieron en tu honor? ¿De
qué le sirve a uno el honor, al fin y al cabo, si cualquiera se lo puede
arañar, verdad? Pero puedes darte por contento, en este caserón estás bien
tratado, aquí se preocupan de todos los dolorcitos que pueda sentir el alma,
aquí se respetan todos los complejos; sólo es cuestión de precio r si fueras
pobre, habría palizas y duchas frías; pero aquí te siguen siempre el juego, se
te da incluso permiso para salir, podrás ir a beber una cerveza a Denklingen;
sólo tienes que gritar «Campo de tiro, campo de tiro para el primer ejército,
campo de tiro para el segundo», y alguien te contestará: «Sí, mi general»; el
tiempo no se entiende en conjunto, sino únicamente como detalle; aquí no
permiten que se convierta en historia, ¿me comprendes? No tengo inconveniente
en reconocer que has visto mis ojos en otra ocasión, en alguien que tenía una
cicatriz rojiza sobre el hueso de la nariz, ya te creo; pero esta clase de
datos y de relaciones no están permitidas en esta casa; aquí siempre es hoy,
hoy es Verdun. hoy ha muerto Heinrich, ha muerto Otto en el frente, hoy estamos
a 31 de mayo de 1942, hoy me dice Heinrich al oído: «Adelante y hurra por
Hindenburg». Tú le conociste, estrechaste su mano, o mejor dicho, él te la
estrechó a ti; está bien, pero ahora vamos a trabajar un poquito; todavía
recuerdo cuál es la oración que más les cuesta aprender a los acólitos: tuve
que aprenderla con mi hijo Otto: «Suscipiat Dominus sacrificium de manibus tuis
ad laudem el gloriam nominis sui» -ahora viene lo más difícil, viejo— «ad
utilitatem quoque nostram, totíusque Ecclesiae suae sanctae»; repítelo, viejo...
no: «ad utilitatem», no «tutilatem» -esta equivocación la hacen todos—; te lo
apuntaré en un papel, si quieres, o búscalo en tu devocionario... y ahora,
adiós, es la hora de la cena, Campo-de-tiro; que aproveche...
Por los anchos y negros caminos, junto a la capilla, de
nuevo hasta el invernadero; sólo las paredes fueron testigos cuando la anciana
abrió la puerta con la llave y se dirigió, sin hacer ruido, al despacho del
jardinero mayor, pasando junto a macetas vacías y a parterres malolientes; tomó
la pistola del estante; abrió el bolso negro y suave, el cuero se cerró
alrededor de la pistola, el cierre no prestó apenas resistencias a sus dedos;
lo cerró y, sin hacer ruido, sonriente, acariciando las macetas vacías, salió
del invernadero y volvió a cerrar la puerta tras de sí; sólo las oscuras
paredes fueron testigos cuando ella sacó la llave de la cerradura y volvió a
dirigirse lentamente a la casa, por lo» anchos y negros caminos.
Huperts estaba poniendo la mesa para la cena, en su
habitación; té, pan, mantequilla, queso y jamón; levantó sonriendo la mirada y
dijo:
—Tiene usted un aspecto magnífico, señora...
—¿De veras? —contestó ella—. Dejó el bolso encima de la
cómoda, se quitó el sombrero, descubriendo su cabello castaño, y dijo
sonriendo:
—Me gustaría que el jardinero me trajera unas cuantas
flores.
—Ha salido —dijo Huperts—, tiene libre hasta mañana por la
noche.
—¿Y aparte de él, nadie puede entrar en el invernadero?
—No, señora; en eso es terriblemente celoso.
—Entonces tendré que esperar a mañana por la noche, o
también puedo ir a buscármelas a Denklingen o a Doderingen.
—¿Se dispone a salir, la señora?
—Sí, probablemente sí, hace una tarde preciosa, ¿puedo
salir, verdad?
—Claro que sí, claro que sí que puede, pero si prefiere
puedo llamar al señor consejero, su esposo, o al doctor, su hijo.
—Ya lo haré yo misma, Huperts, póngame en comunicación con
el exterior, por favor, pero para una conferencia larga, ¿comprende?
—Naturalmente, señora.
Cuando Huperts hubo salido, ella abrió la ventana, tiró la
llave del invernadero al montón de la basura, volvió a cerrar la ventana, se
sirvió un poco de té y de leche en una taza, se sentó, atrajo hacia sí el
teléfono y murmuró en voz baja, tratando de dominar con la mano izquierda la
mano derecha que le temblaba al ir en busca del auricular.
—Vamos, vamos, me dispongo a volver a la vida con la
muerte en el bolso; nadie lo sabía, que este contacto con el frío metal sería
suficiente; tomaron la palabra fusil demasiado al pie de la letra; no necesito
ningún fusil; una pistola me basta; ven, dime qué hora es, dímelo tú, voz
suave, ¿sigues siendo la misma y vale marcar el mismo número de siempre para
llegar a ti?
Tomó el auricular con la mano izquierda y escuchó la señal
que hace la central telefónica:
«Basta que Huperts oprima un botoncito y, al instante,
llegan el tiempo, el mundo, el presente, el futuro de Alemania. Me gustará ver
qué aspecto tiene cuando salga yo del castillo encantado«.
Con la mano derecha, marcó: uno, uno, uno y oyó la voz
suave que decía: «Cuando suene la señal serán las diecisiete y cincuenta y ocho
minutos, treinta segundos», silencio agobiador. un golpe de gong; la voz suave:
«Cuando suene la señal serán las diecisiete y cincuenta y echo minutos,
cuarenta segundos». El tiempo fluyó a su rostro y lo llenó de mortal palidez,
mientras!a voz decía: «Diecisiete y cincuenta y nueve minutos, diez, veinte,
treinta, cuarenta, cincuenta segundos»; un golpe de gong: «Son las dieciocho
del día 6 de septiembre de 1958», dijo la voz suave... Heinrich tendría
cuarenta y ocho años. Johanna cuarenta y nueve y Otto cuarenta y uno; Joseph
tenía veintidós, Ruth diecinueve... y la voz dijo: «Cuando suene la señal,
serán las dieciocho y un minuto». Atención, de lo contrario, me volveré loca de
verdad, el juego se convertirá en algo serio y caeré de nuevo y definitivamente
en el eterno presente, no volveré a encontrar el peldaño, correré alrededor de
los muros cubiertos de hiedra sin hallar la entrada; no debo aceptar la tarjeta
de visita del tiempo como si fuera un reto para el duelo: 6 de septiembre de
1958. las dieciocho, un minuto y cuarenta segundos; el puño Heno de venganza ha
roto el espejo de mi bolso, sólo me quedan dos añicos que me muestran la
palidez mortal de mi cara; yo oí el retumbar de la voladura, duró varias horas,
yo oí el murmurar indignado de la gente: «han destruido nuestra abadía;
guardianes y porteros, jardineros y panaderos confirmaron la terrible noticia,
que no encuentro tan terrible; campo de tiro; cicatriz rojiza sobre el hueso de
la nariz; ojos azules oscuros; ¿quién podría ser? ¿Fue él? ¿Quién? Yo volaría
todas las abadías del mundo por recobrar a Heinrich, para que Johanna volviera
de entre los muertos, y Ferdi y el camarero que se llamaba Groll; por recobrar
a Edith... y por saber quién era Otto; caído en el frente de Kiew; es una frase
estúpida que huele a historia: caído en el frente de Kiew; ven, viejo,
dejémonos ya de jugar a la gallina ciega; ya no te taparé los ojos: hoy cumples
ochenta años, yo tengo setenta y uno, y a doce metros de distancia las
probabilidades de dar en el blanco son máximas; venid a mí, años, semanas y
días; horas, minutos y segundos... «las dieciocho, dos minutos y veinte
segundos». Abandono mi barquita de papel y me precipito en el océano; palidez
mortal; quizás lo resista; «las dieciocho, dos minutos y treinta segundos»...
la cosa es urgente: ven, no puedo perder tiempo, no puedo ceder ni un segundo,
de prisa, señorita, señorita, ¿por qué no me contesta? Señorita, señorita,
necesito un taxi, inmediatamente, es muy urgente, ayúdeme; los discos no
contestan, eso tendría que saberlo; hay que colgar el auricular, volverlo a
descolgar y marcar: uno, uno, dos... ¿se encargan todavía los taxis bajo este
número? «Y puede usted ver», dijo la voz suave, «en los cines de Doderíngen 19
película patriótica «Los hermanos de Moorhof»; horario: dieciocho horas y
veinte horas quince. El cine de Doderíngen les ofrece la extraordinaria
película «Lo que puede el amor»; silencio, silencio, mi barca está destruida,
pero ¿no aprendí a nadar, en los años de Blücher, en 1905? Llevaba un traje de
bailo negro con volantes alrededor del escote y faldas; palanca de un metro;
ánimo, respira a fondo: has aprendido a nadar. ¿Qué nos ofrecen bajo el número
uno, uno, tres? Por suave que dice: «Y si tiene invitados a cenar, le
aconsejamos una minuta tan sabrosa como económica: primer plato, pan tostado
con queso y jamón caliente, luego guisantes tiernos con leche agria, un pastel
de puré de patata, un filete a la plancha... —«Señorita, señorita»... Los
discos no contestan— «sus invitados sabrán apreciar sus excelentes dotes de ama
de casa»; se oprime la horquilla del auricular, uno, uno, cuatro... voz suave:
«una vez lo tenga todo preparado para salir de camping, cuando haya preparado
los bocadillos, no se olvide, si se estaciona en algún lugar en pendiente, de
frenar con el freno de mano; y finalmente: les deseo un domingo muy feliz en
compañía de la familia».
No lo conseguiré; tengo que recuperar demasiado tiempo; la
palidez sigue subiéndome a la cara cada vez más; si no logro deshacerme en
lágrimas, el tiempo negado y dejado a un lado se endurecerá en mí como una
mentira de piedra; espejito, espejito, añico de espejo... dime si se me han
vuelto los cabellos blancos en la cámara de tortura de las voces suaves; uno,
uno, cinco... una voz medio dormida: «Diga, aquí la central de Denklingen»...
—¿Me oye, señorita, me oye?
—Sí, oigo —risa.
—Necesito que me ponga rápidamente en comunicación con la
oficina del arquitecto Fähmel, Modestgasse 7 u 8, las dos direcciones
corresponden a Fähmel; sí, hija mía, no la molesta que la llame hija mía,
¿verdad?
—No, no, claro que no, señora.
—Es muy urgente.
Hojear de páginas de un libro.
—Tengo aquí a un tal señor Heinrich Fähmel y a un tal Dr.
Robert Fähmel, ¿con quién quiere que le ponga en comunicación?
—Con Heinrich Fähmel.
—No se retire, por favor.
¿Quién sabe si el aparato seguirá todavía sobre el
alféizar de la ventana, para que, mientras telefoneaba, pudiera mirar a la
calle o a la casa de la Modestgasse, número 8, donde sus hijos jugaban en el
terrado; o a la tienda donde Gretz colgaba el jabalí junto a la puerta; quién
sabe si el teléfono suena allí ahora? Oía la señal de llamada muy lejos, los
intervalos le parecían larguísimos.
—Lo siento, señora, no contestan.
—Haga el favor de intentar el otro número.
—En seguida, señora.
Nada, nadie contestó.
—Haga el favor de encargarme un taxi, hija mía.
—¿Dónde tiene que ir?
—Al sanatorio de Denklingen.
—En seguida, señora.
—Sí, Huperts; ya puede llevarse el té y también el pan, el
queso y el jamón; déjeme sola; ya veré llegar el taxi cuando suba por la
avenida; no, gracias, no necesito nada; ¿De veras no es usted un disco? Oh,
perdóneme, no quería ofenderle... era sólo una broma; gracias.
Tenía frío; se daba cuenta de que se le encogía el rostro,
rostro de abuela, arrugado, cansado; se podía ver en el cristal de la ventana:
ni una lágrima; ¿sería verdad que el tiempo se introducía en forma de plata en
el cabello negro? Aprendí a nadar, pero no sabía que el agua estuviera tan
fría; unas voces suaves me martirizaron, me embutieron violentamente el tiempo;
abuela con cabellos de plata, cólera transformada en sabiduría, ideas de
venganza trocadas en perdón; odio conservado en sensatez; unos dedos de anciana
«e agarrotaron en torno a un bolso; oro del castillo encantado, para pagar el
rescate.
Ven a buscarme, querido, volveré a casa. Seré tu esposa de
cabello blanco, tu esposa amable, seré una buena madre y una abuela cariñosa,
de las que se pueden describir elogiosamente a los amigos y amigas; ha estado
enferma, nuestra abuela, muchos años enferma, pero se ha curado, ha traído un
bolso lleno de oro.
¿Qué comeremos esta noche en el café Kroner? Pan tostado
con queso y jamón caliente, guisantes con leche agria y un filete a la plancha,
y exclamaremos: ¡Viva la esposa de David, que ha vuelto del castillo
encantado!. Gretz habrá servido los elementos de la cena; el asesino de su
madre; la voz de la sangre no le habló, como no habló a Otto; cuando el
profesor de gimnasia se acerque a la casa montado en su caballo blanco,
dispararé. Desde la pérgola hasta la calle no hay más de diez metros; la línea
en diagonal no puede tener muchos más de trece; pediré a Robert que me lo
calcule exactamente; de todas maneras, está dentro de los limites de las
máximas probabilidades de acierto; Campo-de-tiro me lo ha explicado, y él lo
debe saber, nuestro actual acólito de cabello blanco. Mañana por la mañana
entrará en funciones; me extrañaría que hasta entonces no hubiese aprendido que
hay que decir «utilitatem» y no «utitatem». Cicatriz rojiza sobre el hueso de
la nariz... de manera que llegó a capitán; ¡cuánto duró la guerra! Los
cristales de las ventanas temblaban cada vez que se producía una explosión, a
la mañana siguiente, había polvo en el alféizar de la ventana; yo escribía con
el dedo en la capa de polvo: «Edith, Edith», te quería más de lo que exigía la
voz de la sangre; ¿de dónde viniste, Edith? Dime, ¿de dónde?
Cada día me encojo más, que podrá llevar en brazos desde
el taxi al café Kroner; seré puntual; no creo que sean más de las dieciocho,
seis minutos y treinta segundos; el puño negro lleno de venganza ha estrujado
mi lápiz de labios; y mis carcomidos huesos tiemblan; tengo miedo al pensar qué
aspecto tendrán mis contemporáneos; ¿serán los mismos que antes, o sólo lo
parecerán? ¿Y cómo está, viejo, lo de las bodas de oro que vamos a celebrar?
Fue en septiembre de 1908..., ¿te acuerdas?, el 13 de septiembre... ¿Cómo
piensas celebrar las bodas de oro? La novia con el cabello de plata, el novio
con el cabello de plata, a su alrededor el grupo inmenso de sus nietos,
perdóname que me ría, David... no fuiste Abraham, pero yo siento en mí algo de
la risa de Raquel; sólo un poco, no cabe mucho, sólo traigo la risa que cabe en
una cáscara de nuez y un bolso lleno de oro; aunque mi risa sea pequeña
encierra poderosas energías, más que la dinamita de Robert...
Bajáis la avenida con demasiada solemnidad, demasiada
solemnidad; el hijo de Edith va delante, pero la que camina a su lado no es
Ruth; Ruth tenía tres años cuando marché, pero la reconocería aunque la
volviera a ver cuando tuviera ochenta años; ésa no es Ruth; los ademanes no se
olvidan; en la cáscara de nuez está contenido el árbol; ¡cuántas veces vi los
ademanes de Ruth en mi propia madre cuando se apartaba el cabello de la frente!
¿Dónde está Ruth? Le ruego que me perdone..., ésa es una extraña, una muchacha
muy hermosa, ah, será el vientre que te dará biznietos, viejo; ¿serán siete,
siete veces siete? Déjame que me ría; os vais acercando como heraldos, poco a
poco, con demasiada solemnidad; ¿Venís a buscar a la novia? Estoy preparada,
arrugada como una manzana vieja; puedes llevarme al taxi en brazos, pero date
prisa; ya veis que sé combinar muy bien las cosas; claro que lo aprendí, siendo
la esposa de un arquitecto... Dejad paso al taxi..., a la derecha Robert y la
joven parra extranjera; a la izquierda el viejo y su nieto. Robert, Robert, ¿es
este el lugar donde tienes que apoyar tu mano en el hombro de alguien?
¿Necesitas ayuda, apoyo? Ven, viejo, entra, tráeme la felicidad, vamos a
celebrar la fiesta y a estar alegres. Ha llegado el momento.
12
El conserje miró inquieto al reloj: ya habían dado las
seis. Jochen no había venido a relevarle, y el señor del once llevaba veintiuna
horas durmiendo; había colgado el cartelito «No estorbar» en el pomo de la
puerta y, no obstante, hasta el momento presente, nadie había sentido el
silencio de muerte detrás de la puerta cerrada; nadie murmuraba. No había
ninguna camarera que chillara; era hora de la cena: trajes oscuros, vestidos
claros, mucha plata, luz de velas, música; con el cocktail de langosta, Mozart;
con el asado, Wagner; y a la hora del postre, hot.
La desgracia se mascaba en la atmósfera; alarmado, el
conserje volvió a mirar al reloj, que avanzaba con demasiada lentitud, segundo
tras segundo, hacia el momento en que la desgracia se haría pública; volvía a
sonar el teléfono: minuta I al 12, minuta III al 218, champaña al 14; adúlteros
de fin de semana que pedían los estimulantes necesarios; cinco trotamundos se
arrastraban por el vestíbulo, esperando el autobús que les llevaría al avión
nocturno; si, señora, la primera a la izquierda, la segunda a la derecha, la
tercera a la izquierda, la necrópolis infantil romana está iluminada por la
noche, está permitido tomar fotografías; la vieja Blessiek estaba tomando su
oporto, sentada allá en el fondo, en un rincón; había podido apoderarse,
finalmente, de Hugo, que le leía en voz alta el periódico local: «Rateros
frustrados. Ayer por la tarde, en el Ehrenfeldgürtel, un joven intentó robar el
bolso a una anciana, pero la valiente abuelita pudo... El ministro de asuntos
exteriores, Míster Dulles...». «Eh, tonterías, tonterías», dijo la vieja
Blessiek. «No quiero nada político, ni internacional, lo único que me interesa
son las noticias locales», y Hugo leyó: «La primera autoridad municipal recibe
a un notable boxeador...».
El tiempo difería sarcásticamente el estallido de la
desgracia, mientras tintineaban suavemente las copas, las bandejas de plata
eran dejadas encima de las mesas, y los platos de porcelana iban y venían al
compás de música de calidad; levantando las manos en señal de aviso y amenaza,
el chófer de la compañía de aviación estaba en la puerta giratoria, que luego
volvía a apoyarse sobre el felpudo; el conserje miró nervioso su bloc de notas:
«a partir de las 18.30, reservar una habitación de fachada para el señor M.;
18.30, habitación doble para el señor Fähmel y esposa, indispensable fachada;
19.00, sacar a paseo el perro Kássi del 114»; precisamente en aquel momento
pasaban los huevos fritos especiales para aquel perrito, la yema dura y la
clara banda, unas rodajas de embutido frito, y como siempre, aquel desagradable
animalito rehusaría melindroso la comida; el señor del 11 ya llevaba veintiuna
horas y dieciocho minutos durmiendo.
Sí. señora, el castillo de fuegos artificiales empieza
media hora después de la puesta de sol, a eso de las diecinueve y media; el
desfile de los excombatientes será hacia las diecinueve y cuarto; lo siento, no
puedo darle información sobre si asistirá el ministro. Hugo leía con su voz de
recién salido de escuela: «Y los consejeros municipales entregaron al boxeador
no sólo el diploma del mérito ciudadano, sino también la placa de oro de
Marsilio, que únicamente se otorga en casos de mérito cultural extraordinario.
Un banquete coronó tan solemne acto.» Por fin, los trotamundos abandonaron el
vestíbulo; sí, señores, el banquete para la oposición de izquierda, en la sala
azul; no, para la oposición de derecha, la sala amarilla; el señor encontrará
las indicaciones que le señalarán el camino; ¿quién pertenecía a la izquierda,
quién a la derecha? No podía adivinarse por el aspecto; para esas cosas. Jochen
hubiera sido más indicado, ya que su instinto no le engañaba jamás cuando se
trataba de clasificar a alguien: era capaz de reconocer al verdadero señor en
un traje usado, como reconocía inmediatamente al proletario en el mejor traje;
Jochen hubiera sabido distinguir la oposición de derecha de la oposición de
izquierda; ni siquiera las minutas se diferencian una de otra... ¡ah!, había
también otro banquete; Consejo de administración de la «Societas. la más útil
de la comunidad»; sala roja, señor; todo el mundo tenía la cara parecida; todo
el mundo comería cocktail de langosta como entremés: los de la izquierda, los
de la derecha y el consejo de administración; escucharían a Mozart con el
entremés, a Wagner con el asado, cuando comieran las salsas pesadas, y ha a la
hora del postre; sí a la sala roja, señor: el instinto de Jochen no fallaba
nunca cuando se trataba únicamente de lo social, pero fracasaba cuando había
algo más. Cuando apareció la sacerdotisa de los corderos, fue Jochen quien
murmuró: «Cuidado, ésa es de primera categoría», y cuando luego vino aquella
pequeña pálida, con el cabello largo y enmarañado, con sólo un bolso y un libro
debajo del brazo. Jochen murmuró: «Puta», y yo le dije: «Lo hace con
cualquiera, pero no cebra nada, por lo tanto no es una puta». Jochen replicó:
«Lo hace con cualquiera y cobra», y Jochen tenía razón. En cambio, no tenía
instinto para la desgracia; cuando luego llegó la otra, aquella rubia, tan
elegante, con sus trece maletas, yo le dije, al verla entrar en el ascensor:
«¿Qué te apuestas a que no la volvemos a ver viva?», y Jochen dijo: «No digas
tonterías, ésa sólo se ha escapado por un par de días de su marido»; y ¿quién
tuvo razón? ¡Yo! Pastillas para dormir y el cartelito No molestar, por favor,
en la puerta; durmió veinticuatro horas, y entonces empezaron los murmullos:
«Una muerta, una muerta en el 118»; vaya broma cuando por la tarde hacia las
tres llega la patrulla criminal y a las cinco sacan un cadáver del hotel; vaya
broma.
¡Hum! ¿Quién será ese cara de búfalo? Armario ropero con
aire diplomático, cien kilos, andares de perro bassel y ¡qué traje, Dios mío,
qué traje! Olía a tipo importante, se mantuvo en segundo término mientras otros
dos tíos menos importantes se acercaban a la mesa de recepción: La habitación
para el señor M., por favor. Ah, sí, habitación 211, Hugo, ven, acompaña a los
señores; trescientos quilos envueltos en paño inglés se deslizaron
silenciosamente hacia arriba.
—Jochen, Jochen, por el amor de Dios, ¿dónde has estado
tanto rato?
—Perdóname —dijo Jochen—, ya sabes que casi nunca liego
tarde; sobre todo cuando tu mujer y tus hijos te están esperando; hubiera
querido ser puntual, pero cuando se trata de mis palomas, mi corazón vacila
entre el deber de amigo y el deber de criador de palomas, y cuando suelto seis
palomas, quiero que regresen seis, pero sólo llegaban cinco, ¿comprendes?, la
sexta se ha retrasado diez minutos y el pobre animalito ha llegado
completamente agotado; anda, vete, si queréis encontrar un lugar para ver el castillo
de fuegos artificiales, tienes que darte prisa; sí, ya lo veo, la oposición de
izquierda en la sala azul, la oposición de derecha en la amarilla y el consejo
de administración de «los más útiles a la comunidad» en la sala roja; no está
mal para un fin de semana; eso resulta menos movido que cuando se reúnen los
coleccionistas de sello o la asociación de bebedores de cerveza; no pases pena,
ya me entenderé yo con ellos, moderaré mis sentimientos aunque por mi gusto
daría de puntapiés, en el trasero a los de la oposición de izquierda, a las
derechas y a los más útiles a la comunidad les escupiría en el plato: pero no
te alarmes, el pabellón de la casa se mantendrá en alto; y además también me
ocuparé de tus candidatos a suicida; sí, señora, diré a Hugo que a las nueve
suba a jugar a cartas a su habitación, sí, señora: ¿dices que el señor M. ya
está aquí? No me gusta el señor M, aunque no le haya visto, confieso que no me
gusta; sí, señor, champaña al 211 y tres Partagas Eminentes; ¡por el aroma de
su cigarro los conoceréis! Dios mío, por allá viene toda la familia Fähmel.
Niña, niña, ¿qué ha sido de ti? Cuando te vi por primera
vez, en ocasión del desfile ante el Káiser en 1908, el corazón se me puso a
latir con más fuerza, a pesar de que sabía que florecitas como tú no crecen
para gente como nosotros; yo llevé el vino tinto a la habitación donde tú
estabas con papá y mamá. Niña, quien hubiera dicho que te convertirías en una
abuela de pies a cabeza, cabellos blancos y toda encogidita; te podría llevar
con una sola mano a la habitación de arriba, y lo haría con mucho gusto si me
lo permitieran; pero no me lo permiten, niña viejecita, ¡qué lástima!, sigues
siendo tan linda.
—Señor consejero, habíamos reservado la habitación número
212 para usted y su esposa, perdón, para su esposa y usted. ¿Hay que recoger el
equipaje en la estación? ¿No? ¿Hay que ir a buscar algo a su domicilio?
¿Tampoco? Ah, sólo para un par de horas, mientras duran los fuegos artificiales
y para ver el desfile de los excombatientes. Naturalmente, en la habitación
caben seis personas, un gran balcón, y si lo desea, podemos correr las camas.
¿No es necesario? Hugo, Hugo acompaña a los señores al 212 y llévate también
una carta de Los vinos; yo indicaré la habitación a los jóvenes cuando lleguen;
naturalmente, señor consejero, el salón de billar está reservado para usted y
el señor Schrella; relevaré a Hugo de su servicio para que pueda atenderles;
sí, es un muchacho muy simpático, ha estado toda la tarde pegado al teléfono
sin dejar de marcar; creo que no olvidará el número de su teléfono y el de la
Pensión Moderna en toda su vida; que ¿por qué desfila hoy la asociación de
excombatientes? Será él cumpleaños de algún mariscal, creo que del héroe de
Husenwald; volveremos a oír la hermosa canción: «Patria mía, tiemblan tus
huesos»; bueno, que tiemblen, si quieren, ¿verdad, doctor? ¿Dice usted que
siempre han temblado? Permítame que le diga... perdone que exponga mi opinión
política personal... ¡Cuidado cuando tiemblen de nuevo, mucho cuidado!
—Estuve aquí otra vez —dijo la abuela en voz baja—, te
miré pasar el día del desfile del Káiser, en enero de. 1908; tarde dé Káiser,
querido, un frío atroz; yo temblaba pensando si resistirías la última, la más
difícil de todas Las pruebas: la prueba del uniforme. En el balcón vecino
estaba el general y brindó dirigiéndose a papá, a mamá y a mí; en efecto,
resististe la prueba, viejo; no me mires tan alarmado, sí, alarmado, no me
habías mirado nunca de esta manera, pon la cabeza en mi regazo, fuma tu cigarro
y perdóname si ves que tiemblo: tengo miedo. ¿Has visto la cara del muchacho?
¿No podría muy bien ser el hermano de Edith? Tengo miedo y debes comprender que
todavía no puedo regresar a nuestro hogar, quizás nunca más; no puedo volver a
entrar en el círculo..., tengo miedo, mucho más que entonces; es evidente que
vosotros os habéis acostumbrado a estas caras, pero yo empiezo ahora a echar de
menos a mis inofensivos locos. ¿Estáis ciegos? ¿Se os puede engañar con tanta
facilidad? Esos os matarán por menos de un ademán, por menos de un pedazo de
pan con mantequilla. Ya no es necesario que seas moreno o rubio, ya no hay que
recurrir a la fe de bautismo de tu abuela, ésos os matarán cuando no ¡es gusten
vuestras caras; ¿no has visto los carteles en las paredes? ¿Estáis ciegos?
Resulta que ya no sabes dónde te encuentras; yo te aseguro que todos han comido
de! sacramento del búfalo; duros de mollera como una piedra, sordos como una
tapia y tan terriblemente inofensivos como la última encarnación del búfalo; dignidad,
dignidad; tengo miedo, viejo; ni siquiera en 1935, ni siquiera en 1942 me sentí
tan extraña entre los hombres; tal vez con el tiempo me acostumbre a esas
caras, pero necesitaré siglos enteros para ello; dignidad, dignidad, y ni
rastro de dolor en el rostro; ¿qué es un hombre sin dolor? Dame otro vaso de
vino y no mires con recelo mi bolso; vosotros conocíais la medicina, pero yo
soy la que la aplicará; tú tienes el corazón limpio y no sospechas lo malo que
es el mundo; hoy te pido todavía otro gran sacrificio; anula la fiesta en el
café Kroner, destruye la leyenda, no obligues a tus nietos a escupir a tu
monumento; al contrario, procura que no te lo erijan; el queso con pimienta
jamás te ha gustado; deja que los camareros y las muchachas que ayudan en la
cocina se sienten a la mesa de la fiesta y coman tu cena de cumpleaños;
nosotros nos quedaremos en este balcón, disfrutaremos del atardecer de verano
de la familia, beberemos vino, contemplaremos el castillo de fuegos
artificiales y el desfile de los excombatientes; ¿por qué dicen que combaten?
¿Quieres que tome el teléfono y anule el encargo del café Kroner?
En el portal de Sankt Severin se reunían ya los hombres
uniformados de azul, formaban grupos, fumaban, llevaban banderas rojiazules con
una gran K negra en medio; la banda ensayaba ya la canción. «Patria mía,
tiemblan tus huesos»; en los balcones tintineaban discretamente los vasos de
vino, los cubos del champaña hacían un ruido metálico, los corchos salían
disparados en el oscuro azul del cielo del atardecer; las campanas de Sankt
Severin dieron las siete menos cuarto; tres caballeros vestidos con traje oscuro
salieron al balcón de la habitación número 212.
—¿Cree usted de verdad que nos pueden ser útiles?
—preguntó M.
—Estoy convencido —dijo uno.
—Sin duda alguna —dijo el otro.
—Pero, ¿ese testimonio de simpatía no nos hará perder más
electores de los que podamos ganar con él? —preguntó el señor M.
—La agrupación de excombatientes es tenida por no radical
—dijo uno.
—No puede perder nada —dijo el otro—, sólo juega a ganar.
—¿Cuántos votos son? En el caso más favorable y en el más
desfavorable.
—En el mejor de los casos unos ochenta mil, y en el peor
unos cincuenta mil; decídase.
—Todavía no estoy decidido —dijo M.—; espero todavía
instrucciones de K. ¿Creen ustedes que hemos podido escapar hasta ahora a la
curiosidad de la prensa?
—Absolutamente, señor M. —dijo uno.
—¿Y el personal del hotel?
—Completamente discreto, señor M. —dijo el otro—. Las
instrucciones del señor K. deben estar al llegar.
—A mí no me gustan esos muchachos —dijo el señor M.—; son
gente que cree en algo.
—Ochenta mil votos tienen derecho a creer en algo, señor
M. —dijo uno.
Risas, tintineo de copas, teléfono.
—Sí, soy el señor M. ¿He comprendido bien? ¿Demostrar
simpatía? Está bien.
—El señor K. se ha decidido favorablemente, señores,
podemos sacar las sillas y la mesa al balcón.
—¿Qué pensarán los extranjeros?
—Piensen lo que piensen, siempre se equivocan.
Risas, tintineo de copas.
—Bajo a la calle a avisar al oficial que manda el desfile
para que se fije en este balcón.
—No, no —dijo el anciano—, no quiero descansar en tu
regazo, no quiero contemplar el cielo azul; ¿has dicho a los del café Kroner
que digan a Leonore que venga aquí? Tendrá una desilusión; tú no la conoces; es
la secretaria de Robert: una muchacha muy simpática; no quiero que se pierda la
fiesta,; no tengo el corazón limpio y sé perfectamente lo malo que es el mundo;
me siento extraño, más extraño que cuando íbamos al Anker, allí en el puerto
alto, a llevar el dinero al camarero que se llamaba Groll; mira, allá abajo
están formando para el desfile —cálida tarde de verano, empieza el crepúsculo,
de la calle suben risas—; ¿quieres que te ayude, querida? A lo mejor no sabes
que en el taxi has puesto tu bolso sobre mis piernas; es algo pesado, pero no
lo es bastante, ¿qué quieres hacer con ese cacharro?
—Quiero matar a aquel gordo que va montado en el caballo
blanco. ¿Le ves, no le reconoces?
—¿Crees que podría olvidarlo jamás? Él fue quien mató en
mí la risa, quien rompió el resorte del aparatito de relojería que había
escondido en mí; él fue quien hizo ejecutar a aquel muchacho rubio, quien se
llevó al padre de Edith, a Groll y al chico cuyo nombre no supimos jamás; él me
enseñó que un ademán puede costar la vida; él hizo que Otto no fuera más que el
envoltorio de Otto... y no obstante, yo no le mataría. Me he preguntado muchas
veces por qué vine a esta ciudad. ¿Para llegar a ser rico? No, tú lo sabes.
¿Porque te quería? No, porque no te conocía y por lo tanto no te podía amar
aún. ¿Por orgullo? No. Me parece que lo único que quería era reírme de ellos, y
al final decirles: sólo ha sido una broma. ¿Quería tener hijos? Sí. Los tuve:
dos de ellos murieron pequeños, otro cayó en la guerra; me era extraño, más
extraño todavía que los jóvenes que ahora levantan la bandera en la calle; ¿y
el otro hijo? ¿Cómo estas, padre? Bien, ¿y tú? Bien, gracias, padre, ¿quieres
algo de mi? No, gracias, tengo todo. ¿Abadía de Sankt Antón? Déjame que me ría,
querida: polvo; ni siquiera excita mi sentimentalismo, y mucho menos me
emociona; ¿quieres un poco más de vino?
—Sí, gracias.
Yo confié en el párrafo cincuenta y uno, querido; las
leyes son elásticas... mira allá abajo a nuestro amigo Nettlinger; lo bastante
inteligente para no presentarse de uniforme; pero, de todas maneras, presente y
estrechando manos, dando palmadas en los hombros y tocando banderas; pues¿ tos
a elegir, me parece que prefiero matar a ese Nettlinger... pero a lo mejor
cambio de idea y no disparo contra el museo de allá abajo; el asesino de mi
nieto está sentado en el balcón de al lado... ¿no le ves? Vestido de oscuro,
decente, decente; éste piensa de un modo distinto, obra de modo distinto y sus
planes sen distintos: está bien preparado; habla corrientemente el francés y el
inglés, sabe latín y griego y ya ha colocado el punto en la página adecuada del
misal para mañana: quinceava dominica después de Pentecostés; «¿cuál es el
prefacio?», ha preguntado dirigiéndose a la alcoba de su esposa. No mataré al
gordo que va montado en el caballo blanco; no dispararé contra el museo; no.
sólo necesito volverme un poco y no está a más de seis metros de distancia,
tengo las máximas probabilidades de acertar; ¿de qué iba a servir si no mi vida
de setenta y un años? No tendrá la muerte de un tirano, sino la muerte de un
hombre decente; la muerte despertará en su rostro una expresión de estupor;
ven. no tiembles, querido; voy a pagar el rescate; te digo que me divierte,
respirar a fondo, apuntar en el blanco, buscando un punto de apoyo; no es
necesario que te tapes los oídos, viejo, eso no hace más mido que un balón que
estalla; víspera de la quinceava dominica después de Pentecostés...
13
La una era rubia, la otra morena; ambas esbeltas, ambas
sonrientes, ambas vestían traje sastre de lana marrón; a ambas les nacía, como
el tallo de una flor, un hermoso cuello entre unas solapas blancas como la
nieve; hablaban corrientemente y sin el menor acento: francés, inglés, flamenco
y danés y hablaban también corrientemente y sin acento su lengua maternal:
alemán; bellas monjas de la nada, poseedoras asimismo del latín, esperaban en
la sala de personal, detrás de la caja, a que los visitantes se reunieran en
grupos de doce junto a la barrera; entonces apagaban la punta del cigarrillo
con su afilado tacón y renovaban con un gesto habitual el rojo de sus labios,
antes de salir fuera y preguntar la nacionalidad de los deseosos de ser
guiados; con la sonrisa en la boca, preguntaban el país de origen y la lengua
materna, sin acento, y los deseosos de ser guiados contestaban levantando el
dedo: siete hablaban inglés, dos flamenco, tres alemán; luego seguía la
pregunta, formulada con tono alegre, de quien dominaba el latín; Ruth levantó
tímidamente el dedo; ¿sólo una? Muy levemente asomó en el hermoso rostro una
sombra de desilusión por tan escasa cosecha de individuos de formación
humanística; ¿sólo una sería capaz de apreciar la exactitud métrica con que recitaría
la inscripción sepulcral? Sonriente, con la lámpara de mano inclinada hacia
abajo como una espada, empezó a bajar la escalera delante de los demás: olía a
cemento, a argamasa, olía a humedad a pesar de que un ligero susurro anunciaba
la existencia de una instalación de aire acondicionado; lo dijo sin acento: en
inglés, en flamenco y en alemán; enunció las dimensiones de los sillares
grises, la anchura de la carretera romana... allí, había una escalera del siglo
n... allí, unos baños termales del siglo IV: vean ustedes allí, la guardia se
aburría y grabó un juego de la oca en un bloque de piedra arenisca. (¿Cómo
había dicho el profesor en el curso de guías?... «hay que subrayar siempre los
rasgos humanos»)... aquí unos niños romanos jugaron a huesecitos: observen, por
favor, el ajuste perfecto de las piedras del enlosado; un cana! de desagüe;
agua de los lavaderos romanos, agua de las fregaderas romanas corría por ese
canal; restos de un pequeño templo de Venus, probablemente particular, erigido
por el gobernador de la ciudad; a la luz del neón, la sonrisita de los
visitantes, sonrisa flamenca e inglesa, ¿de verdad no sonreían los tres
alemanes? ¿Como se explicaba que los cimientos fueran tan profundos? En la
época de la construcción, el suelo era probablemente pantanoso, las aguas
subterráneas del río teñían de verde las rocas grises. ¿Oyen ustedes los
gemidos de los esclavos germanos? El sudor se escurría por sus cejas rubias,
bañaba sus rostros de tez clara y se perdía por sus barbas rubias; bocas bárbaras,
al compás del látigo, murmuraban maldiciones: «Contra esos romanos impíos,
quiera Wotan que de nuestras heridas nazca la venganza. ¡Ay de vosotros, ay de
vosotros!». Un poco de paciencia, señoras y señores, faltan sólo pocos pasos;
aquí ven ustedes todavía los restos de un edificio judicial, y allí llegamos
por fin a la Necrópolis infantil romana.
(El profesor que daba el curso de guías había dicho:
cuando llegue ese momento, avancen ustedes primero solas, colóquense en el
centro del círculo y esperen antes de empezar las explicaciones a que haya
pasado la primera ola de emoción; es una cuestión del instinto saber cuánto
tiempo tiene que durar su silencio emotivo, eso depende en gran parte de la
composición del grupo; en lo que de ninguna manera tienen que caer es en
dejarse llevar a una discusión sobre el hecho de que no se trata de tumbas
infantiles romanas, sino únicamente de lápidas sepulcrales que ni siquiera
fueron halladas en este lagar.)
Las lápidas estaban distribuidas en semicírculo y apoyadas
contra los muros grises; sorprendidos, luego que hubieron superado la primera
emoción, los visitantes miraron hacia arriba: encima de las lámparas de neón se
veía el cielo de la noche; ¿acaso no brillaba en él también una estrella
primeriza? ¿Sería tal vez el destello de un botón dorado o plateado de la
barandilla, que se enroscaba suavemente hacia arriba describiendo cinco vueltas
sucesivas en torno al pozo luminoso?
—Allí donde empieza la primera vuelta —¿ven ustedes la
franja blanca en el cemento, verdad?— allí aproximadamente estaba situado el
nivel de la calle en la época romana; a la segunda vuelta —¿ven ustedes la
segunda franja en el cemento, verdad?— estaba situado el nivel medieval y,
finalmente, al empezar la tercera vuelta —supongo que no necesito volverme a
referir a la franja blanca— está el actual nivel de la calle— y ahora, señoras
y señores, vamos a las inscripciones.
Su rostro se petrificó como el de una diosa, hizo un
ligero ademán con el brazo y dirigió la lámpara de mano hacia arriba como si
fuera una antorcha:
Dura Quídem Frangit Parvorum Morte Parentes
Gonducio Rápido Praecipitata Gradu
Spes Aeterna Tamen Trebuet Solacia Lunctus...
Una sonrisa dirigida a Ruth, la única que era capaz de
apreciar la lengua antigua; un ligero movimiento para arreglarse el cuello de
la chaqueta; la lámpara de mano inclinada un poco hacia abajo antes da recitar
la traducción:
Aunque una suerte cruel hiera a los padres, cuando, con
rápido paso, la muerte les arrebata los hijos pequeños, la eterna esperanza
brinda un consuelo a su dolor... Bajo este túmulo descansa un niño de seis años
y nueve meses: Tú, Desiderato.
Un dolor de diecisiete siglos invadió los rostros, invadió
los corazones, paralizó incluso los músculos de las mandíbulas del caballero
flamenco de media edad; se le cayó la mandíbula inferior, mientras con la
lengua se precipitaba a ocultar convenientemente el chicle; Marianne se echó a
llorar, Joseph la atrajo a sí. Ruth le puso la mano sobre el hombro, la guía,
sin perder su pétrea expresión, recitó:
Hará a faté meets with the parents...
Peligroso el momento de salir de las oscuras catacumbas,
de volver de nuevo a la luz, al aire, al anochecer de verano; cuando el dolor
antiguo había invadido los corazones, mezclándose con el presentimiento de los
misterios de Venus, cuando los turistas solitarios escupían el chicle frente a
la caja y, en alemán defectuoso, trataban de concertar una cita; baile en el
hotel Prinz Heinrich; paseo, cena —a lonely feeling, señorita—; una se veía
obligada a sentirse vestal; no tocar, ningún flirteo y a no aceptar ninguna
invitación; no tocar, sólo mirar —no, Sir, no, no—. y, sin embargo, sentía
también el hálito de la corrupción, sentía compasión por los extranjeros
tristes, que arrastraban desengañados su sed de amor hasta aquellos parajes, en
que todavía reinaba Venus, sabiendo la cotización de la moneda y sin
avergonzarse de anunciar su tarifa en dólares, libras esterlinas, florines,
francos y marcos.
Pero el cajero ya arrancaba nuevos billetes del rollo,
como si la estrecha puerta de entrada fuera la de un cine, apenas le quedaba a
una tiempo de dar rápidamente un par de chupadas al cigarrillo, mordisquear el
bocadillo, echar un trago del termo, y siempre la difícil decisión a tomar de
si valía la pena apagar el cigarrillo y guardarlo para la próxima vez o era
mejor aplastarlo con el afilado tacón; otra chupada, otra más, al tiempo que la
mano izquierda buscaba ya el lápiz de labios en el bolso, mientras el corazón
se resistía a romper el juramento de vestal mientras el cajero, entreabriendo
la puerta, sacaba la cabeza y decía: «Niña, niña, hay dos grupos esperando,
date prisa; la necrópolis infantil romana ha resultando un éxito de taquilla
extraordinario»; sonriente, se acercó a la barrera y formuló la pregunta acerca
de la nacionalidad y lengua materna: cuatro hablaban inglés, uno francés, una
holandés y, esta vez había seis alemanes; con la lámpara de mano inclinada
hacia abajo como una espada, la muchacha descendió a los sótanos oscuros,
dispuesta a hablar del remoto culto al amor, a descifrar el remoto dolor de la
muerte.
Marianne lloraba todavía al pasar junto a la cola de los
que esperaban para entrar; avergonzados, los alemanes, ingleses y holandeses
que aguardaban desviaron su mirada de aquel rostro de muchacha; ¿qué secreto
doloroso guardaban las oscuras estancias subterráneas? ¿Dónde se había leído
que los monumentos históricos pudieran provocar lágrimas? ¿Sólo por sesenta
pfennig una tan profunda emoción como la que en el cine se descubría en algunos
rostros después de películas muy buenas o muy malas? ¿Pedían efectivamente la
piedras emocionar a unos hasta hacerles llorar mientras otros mascaban
indiferentes sus chicles, encendían ávidamente sus cigarrillos o daban vuelta a
la clavija de sus aparatos de «flash», dejándolos a punto para la próxima
fotografía, mientras dirigían ya la mirada al nuevo objetivo?; frontón de una
mansión burguesa del siglo XV, frente a la entrada; clic, y el frontón quedaba
inmortalizado sobre una emulsión...
—No se precipiten, señores, no se precipiten —exclamó el
cajero desde dentro—; en vista de la extraordinaria afluencia de público, hemos
acordado que la visita se efectúe en grupos de quince en lugar de doce; por
favor, los tres siguientes..., la entrada sesenta pfennig, el catálogo un marco
veinte.
Siguieron en sentido inverso la cola de los que esperaban
para entrar, apostados a lo largo del muro hasta la esquina de la calle; en la
cara de Marianne había todavía huellas de lágrimas; con una sonrisa contestó a
la presión del brazo de Joseph; con otra a la mano de Ruth sobre su hombro.
—Nos tenemos que dar prisa —dijo Ruth—, sólo faltan diez
minutos para las siete, no podemos hacerles aguardar.
—En dos minutos estamos allí —contestó Joseph—; no
llegaremos tarde; argamasa —ni siquiera hoy he de poderme librar de este olor—
y cemento; ah. ¿Ya sabíais que este descubrimiento de restos romanos se debió a
las voladuras de papá?; cuando volaron el antiguo cuartel, se hundió una bóveda
y quedó abierto el camino hacia esos viejos pedruscos; viva la dinamita... ah,
¿qué te ha parecido nuestro nuevo tío, Ruth? ¿No habla en ti la voz de la
sangre cuando le miras?
—No —contestó Ruth—; la voz de la sangre no me dice nada,
pero le encuentro simpático; un poco seco, un poco torpe... ¿sabes si va a
vivir con nosotros?
—Probablemente sí —dijo Joseph—. ¿Querrás que vivamos
también allí, Marianne?
—¿Quieres venir a vivir a la ciudad? —Sí —dijo Joseph—;
quieto estudiar estática y entrar a trabajar en la honorable oficina de mi
padre, ¿no te gusta?
Atravesaron una calle muy concurrida, siguieron por otra
más tranquila. Marianne se detuvo delante de un escaparate, se soltó del brazo
de Joseph, se escapo de la mano de Ruth y se limpió la cara con un pañuelo;
Ruth se pasó la mano por el cabello y se arregló el jersey.
—¿Crees que estamos bien así? —preguntó—; no quisiera
molestar al abuelo.
—Estáis elegantísimas —dijo Joseph—. ¿Te gusta mi
programa, Marianne?
—No me es indiferente lo que hagas —replicó ella—.
Seguramente está muy bien estudiar estática; lo difícil es saber qué vas a
hacer luego con tus conocimientos.
—Construir o destruir, todavía no lo sé -dijo Joseph,
—La dinamita está probablemente anticuada —dijo Ruth—.
Seguro que hay otros procedimientos mejores: ¿no te acuerdas de lo alegre que
estaba papá cuando aún podía destruir? En realidad, se ha vuelto tan serio
desde que ya no queda nada por volar... ¿Qué te ha parecido, Marianne? ¿Te
gusta?
—Sí —contestó Marianne—, me gusta mucho; me lo había
imaginado más terrible, más frío, y le tenía miedo antes de conocerle, pero
creo que lo que no hay que tenerle es precisamente miedo; quizás os haga reír
lo que voy a deciros, pero a su lado me siento como protegida.
Joseph y Ruth no se rieron; pusieron a Marianne entre los
dos y siguieron andando; al llegar a la puerta del café Kroner se detuvieron,
las dos muchachas volvieron a mirarse en el espejo de la puerta, forrado de
seda verde por dentro, y se pasaron otra vez la mano por el pelo antes de
trasponer la puerta que Joseph les abría sonriendo.
—Dios mío —exclamó Ruth—, tengo un hambre de lobo, estoy
segura de que el abuelo nos habrá preparado algo bueno.
La señora Kroner corrió hacia ellos con los brazos en
alto, por entre las mesas cubiertas de mantelitos verdes, pisando el pasillo
verde; llevaba el cabello canoso en desorden, la expresión de su rostro
anunciaba una desgracia, los ojos fe brillaban humedecidos, le temblaba la voz
de emoción no fingida.
—¿De manera que ustedes todavía no lo saben? —preguntó.
—No —contestó Joseph—. ¿Qué pasa?
—Ha debido de ocurrir algo terrible; su señora abuela ha
anulado la fiesta... hace pocos minutos que acaba de llamar por teléfono; ha
dicho que fueran al hotel Prinz Heinrich. a la habitación 212. No sólo estoy
profundamente alarmada, sino que he Tenido también una gran desilusión, casi me
atrevería a decir que estoy algo ofendida, si no fuera que debo suponer que hay
motivos muy poderosos que les han obligado a tomar esta decisión; para un
cliente cotidiano de hace cincuenta años, más exactamente cincuenta y uno, se
ha preparado naturalmente una sorpresa, una obra..., bueno, se lo voy a
enseñar. ¿Y qué voy a decir a la prensa y a la radio que a eso de las nueve
comparecerán aquí para asistir al final de la fiesta íntima?, ¿qué les voy a
decir?
—¿No le ha dicho mi abuela el motivo?
—Inadaptación... tengo que suponer que se trata de la,
hum, inadaptación crónica de su señora abuela...
—Nosotros no sabemos nada —dijo Joseph—. Quisiera pedirle
que hiciera llevar los regalos y los ramos de flores al hotel Prinz Heinrich.
—Claro, con mucho gusto, pero ¿no querrán ustedes por lo
menos ver la sorpresa que le habíamos preparado?
Manarme le dio un codazo, Ruth sonrió y Joseph dijo:
—Con mucho gusto, señora Kroner.
—Yo era una niña —dijo la mujer—, cuando su señor abuelo
llegó a esta ciudad; tenía exactamente catorce años y ayudaba aquí en el
mostrador; más tarde, aprendí a servir a las mesas y ustedes no pueden
figurarse la de veces que Se puse la mesa para el desayuno, la de veces que me
llevé la huevera y le acerqué la mermelada, y cuando me inclinaba para quitar
e! plato del queso, echaba una mirada al bloc de dibujo; Dios mío, una se
interesa por la vida de sus clientes; no crean que nosotros la gente de negocios
no tengamos sentimientos... y no crean tampoco que haya podido olvidar como, de
la noche a la mañana, se hizo famoso cuándo le hicieron aquel gran encargo; tal
vez los clientes se dicen: uno va al café Kroner, toma algo, paga y se marcha;
pero no crean que la vida de un hombre así le pase a una por el lado sin que se
dé cuenta... —Claro, claro —dijo Joseph.
—Oh, ya sé lo que están pensando: a ver si nos deja en
paz, esa vieja, pero ¿sería pedirles demasiado si les ruego que vean la
sorpresa y digan a su señor abuelo que me haría muy feliz si viniera y la
viera? Ya ha sido fotografiada para la prensa.
Siguieron a la señora Kroner, por el pasillo verde, entre
los mantelitos verdes, se detuvieron cuando la señora Kroner se detuvo y se
distribuyeron al azar alrededor de la mesa cuadrada y cubierta con un paño de
tela blanca; aquel paño escondía algo que parecía tener una altura desigual.
—Es una suerte que seamos cuatro —dijo la señora Kroner—;
así podremos coger el paño por las cuatro puntas y cuando yo diga «va», lo
levantaremos todos a la vez.
Marianne empujó a Ruth hacia la esquina donde no había
nadie y cada cual tomó una punta.
—Va —dijo la señora Kroner; y levantaron el paño.
Las dos muchachas pasaron al otro lado de la mesa,
colocaron las puntas unas encima de otras y la señora Kroner dobló
cuidadosamente el paño.
—Dios mío -exclamó Marianne—; pero si es una reproducción
de Sankt Antón.
—¿Verdad que se ve? —dijo la señora Kroner. Miren, aquí,
no nos hemos olvidado siquiera del mosaico de encima del portal principal... y
aquí la viña.
La maqueta no sólo guardaba las debidas proporciones, sino
que recordaba los colores de la abadía: la iglesia de color oscuro, las
dependencias más claras, el tejado de la hospedería rojo, las ventanas de!
refectorio de colores vivos.
—Y todo está hecho, no de azúcar o de mazapán, sino que es
pastel; es el regalo que le hacemos al señor consejero en el día de su
cumpleaños: todo él de pastelería auténtica. ¿No creen ustedes que su señor
abuelo podría llegarse un momento y verlo antes de que se lo enviemos al
estudio?
—Claro que sí —dijo Joseph—, claro que vendrá y lo verá;
pero permítame que antes le dé las gracias en su nombre; han debido de ser
razones de peso las que le han impedido celebrar la fiesta, y usted misma se
hará el cargo...
—Comprendo perfectamente que se quieran marchar..., no,
señoritas, no lo vuelvan a cubrir, la televisión acaba de avisar que llegará de
un momento a otro.
—Hay una cosa que quisiera saber hacer en este momento
—dijo Joseph mientras cruzaba la plaza delante de Sankt Severin—, reír o
llorar, pero no sé hacer lo uno ni lo otro.
—Pues yo, llorar sí que sabría —dijo Ruth—; pero, no lo
haré. ¿Qué clase de gente es aquella? ¿Qué es aquel barullo... qué hacen con
las antorchas?
El barullo era ensordecedor: ruido de cascos, relinchos,
voces acostumbradas al mando que ordenaban formar; instrumentos de viento que
emitían las últimas notas de ensayo. Un ruido no muy fuerte pero seco se mezcló
con el barullo,.como completamente extraño a él.
—Dios mío —exclamó Marianne asustada—, ¿qué ha sido eso?
—Ha sido un disparo —contestó Joseph.
Se asustó al penetrar en la Modestgasse por e! portal de
la ciudad; la calle estaba desierta; ni aprendices; ni monjas, ni camiones, ni
vida en la calle; sólo el delantal blanco de la señora Gretz allá abajo delante
de la tienda, unos brazos rosados que con la escoba iban impulsando espuma de
jabón ante sí; el portal de la imprenta estaba herméticamente cenado como si
nunca más en la vida hubieran de volver a imprimir cosas edificantes sobre
papel blanco; con las patas tiesas, la herida del flanco cubierta de una costra
negra, el jabalí estaba colgado de la escalera y era retirado pausadamente
hacia el interior de la tienda; lo colorado del rostro de Gretz daba a entender
lo mucho que pesaba el animal; sólo dos de los tres timbres habían contestado»
no el de la casa número ocho, ni el de la casa número siete, sólo el del café
Kroner. «Es urgente. ¿El señor Fähmel?». «No está aquí. La fiesta ha sido
anulada. ¿Es usted la señorita Leonore? La esperan en el hotel Prinz Heinrich.»
El cartero de correspondencia urgente había llamado en su
casa con mucha insistencia, mientras ella estaba en el baño; aquel alboroto no
hacía presentir nada bueno. Leonore salió de la bañera, se puso el albornoz, se
envolvió el cabello mojado en una toalla, fue a la puerta y recibió la carta
urgente; Schrit había escrito la dirección con su lápiz amarillo, había trazado
una cruz roja en el sobre y seguro que había mandado a su hija de dieciocho
años que fuera a correos en bicicleta; la cosa era urgentísima.
«Querida señorita Leonore, trate de localizar
inmediatamente al señor Fähmel; todos los cálculos estáticos para e! proyecto
x5 están equivocados; el señor Kanders, con el que acabo de hablar por
teléfono, ha enviado además, contrariamente a nuestras costumbres, las bases
—equivocadas— directamente al cliente; este asunto es tan urgente que, en caso
de no recibir noticias suyas antes de las 20 horas de esta tarde, yo mismo
acudiré a la ciudad para impedir el desastre; no necesito decirle la
importancia que tiene el proyecto x5. Afectuosamente la saluda, Schrit.»
Por dos veces había llegado hasta el hotel Prinz Heinrich
y se había vuelto atrás casi hasta la tienda de Gretz, en la Modestgasse, luego
lo había intentado de nuevo; tenía miedo de la escena que habría; consideraba
el sábado como sagrado, sólo toleraba que le molestaran si se trataba de
asuntos particulares, pero no podía sufrir que le hablaran de negocios; a
Leonore todavía le parecía oír aquel «fue una tontería»; todavía no eran las
siete y a Schrit se le podía alcanzar en pocos minutos; ¡qué suerte que el
abuelo hubiera anulado la fiesta!; ver a Robert Fähmel comiendo o bebiendo le
hubiera parecido una profanación; pensaba tímidamente en el proyecto x5; no era
un asunto particular, pero tampoco era «casa para un editor al borde del
bosque» ni «casa para un maestro a la orilla del río»; x5 —Leonore apenas se
atrevía a pensarlo de tan secreto que era—, se hallaba en el fondo del arca
metálica; perdió el aliento cuando se acordó de que el propio Fähmel había
estado hablando casi un cuarto de hora con Kanders a propósito de aquel asunto.
Estaba aterrorizada.
Gretz continuaba forcejeando por descolgar el jabalí; sólo
a tirones lograba pasarlo por encima de la escalera; un chico con un inmenso
cesto de flores llamó a la puerta de la imprenta; apareció el portero, tomó la
cesta de flores y volvió a cerrar la puerta; decepcionado, el chico contempló
la propina en su mano abierta; «se lo diré —pensó Leonore—, le dirá al
simpático vejete que no se han seguido sus instrucciones de dar dos marcos de
propina a cada uno que trajera algo», las monedas que brillaban en la mano del
chico no eran de plata, sino de cobre.
Ármate de valor, Leonore, aprieta los dientes, supera el
miedo y vete al hotel. Volvió a dar la vuelta a la esquina; una muchacha con
una cesta llena de manjares entró en el portal de la imprenta; también se quedó
mirando la mano abierta; «maldito portero —pensó Leonore—, espera y vas a ver
cómo se lo digo al señor Fähmel.»
Todavía faltaban diez minutos para las siete; invitada a
ir al café Kroner, luego había sido avisada de que la fiesta se celebraría en
el hotel Prinz Heinrich; y ella comparecería con recados profesionales, cosa
que el jefe odiaba los sábados; pero, a lo mejor, x5 le obligaría
excepcionalmente a reaccionar de forma distinta. Leonore sacudió
dubitativamente la cabeza cuando, por fin, empujó la puerta con ciego valor, y
se asustó al darse cuenta de que alguien la sostenía por detrás.
Criatura de Dios, también en tu caso me permitiré un
comentario particular; acércate algo más, espero que la causa de tu timidez no
sea la razón de tu presencia aquí, sino únicamente el hecho de hallarte en esta
casa; he visto entrar a muchas jóvenes, pero a ninguna como tú; éste no es
lugar para ti; actualmente sólo hay un cliente en la casa por quien puedas
preguntar sin que yo me permita un comentario particular: el Fähmel; yo podría
ser tu abuelo y por lo tanto no lo lleves a mal si hago una observación: ¿qué
has venido a buscar en esta cueva de ladrones?; echa migas de pan si quieres
encontrar el camino de regreso: niña, andas perdida: las que vienen aquí por
cuestiones profesionales tienen otro aspecto, y las que lo hacen por razones
personales, mucho más aún; acércate más, que te vea.
—¿El doctor Fähmel? Sí, señora. ¿De parte de su
secretaria? ¿Urgente?... Un momento, señorita; le llamaré por teléfono...,
espero que el ruido del vestíbulo no la moleste.
—¿Leonore? Me alegro de que mi padre la haya invitado, y
perdóneme por lo que le dije esta mañana. Mi padre la espera en la habitación
número 212. ¿Una carta del señor Schrit? ¿Los cálculos de 5 están todos
equivocados? Ya me ocuparé de ello; llamaré a Schrit. Pero, de todos modos,
muchas gracias, Leonore, y hasta luego.
Ella colgó el auricular, se dirigió a la mesa de recepción
y cuando iba a abrir la boca para preguntar el camino de la habitación del
señor Fähmel, la sobrecogió un ruido extraño, seco y no muy fuerte.
—Dios mío —exclamó—, ¿qué ha sido eso?
—Un pistoletazo, hija mía—, dijo Jochen.
Rojo sobre verde, blanco sobre verde; Hugo estaba apoyado
en el marco de la puerta esmaltada de blanco con las manos cruzadas sobre la
espalda; las figuras le parecían menos precisas, el ritmo de las bolas
alterado: ¿no eran las mismas bolas, la misma mesa de excelente fabricación y
cuidada siempre con tanto esmero? ¿Y no era más ligera todavía la mano de
Schrella, más exactos sus golpes, cuando creaba una figura de la verde nada? Y
sin embargo, Hugo tenía la impresión de que el ritmo de las bolas se había alterado
y la precisión de las figuras era menor; ¿era Schrella quien había traído
consigo la constante presencia del tiempo, quien había roto el encanto? Las
cosas sucedían aquí, hoy, a las dieciocho cuarenta y cuatro, el sábado seis de
septiembre de 1958; ahora uno no se veía arrastrado treinta años atrás, cuatro
adelante, otros cuarenta atrás y luego al presente; eso era actualidad
permanente, que la manecilla de los segundos empujaba ante sí: aquí, hoy,
ahora, mientras llegaba la inquietud desde el comedor: pagar, camarero, pagar;
todo el mundo se apresuraba a marcharse a ver el castillo de fuegos
artificiales, se precipitaba a las ventanas para contemplar el desfile; se daba
de empujones para ir a visitar la necrópolis infantil romana; ¿estaban a punto
las luces relámpago? ¿No sabía usted que M. significa ministro? ¿Buena idea,
verdad? La cuenta, camarero, la cuenta.
Los relojes no daban las horas en vano, las manecillas no
avanzaban en vano: iban acumulando minuto sobre minuto, los sumaban formando
cuartos y medias horas, y contarían exactamente los años, las horas y los
segundos. ¿No se oía acaso, en el rítmico ruido de las bolas, la pregunta:
«Robert, ¿dónde estás? Robert, ¿dónde estuviste? Robert, ¿dónde estabas?». ¿Y
no replicaba Robert con su juego haciendo otra pregunta: «Schrella., ¿dónde
estás? Schrella, ¿dónde estuviste? Schrella, ¿dónde estabas?». ¿No era este
juego una especie de rosario, una letanía dibujada con tacos y bolas sobre
fieltro verde? ¡Para qué, para qué y miserere nobis! Schrella sonreía cada vez
que se retiraba del borde de la mesa de billar dejando para Robert la figura
formada por las bolas.
Sin querer, Hugo sacudía también la cabeza después de cada
jugada: el encanto se había roto, la precisión era menor, el ritmo se había
alterado, mientras que a la pregunta ¿cuándo? contestaba exactamente el reloj:
dieciocho horas cincuenta y un minutos del día seis de septiembre de 1958.
—Ea —dijo Robert—, dejémoslo ya; no estamos en Ámsterdam.
—Sí —dijo Schrella—, dejémoslo, tienes razón. ¿Crees que
necesitamos todavía al muchacho?
—Sí —contestó Robert—, todavía le necesito, a menos que
prefieras marcharte, Hugo. ¿No? Quédate, por favor, deja los tacos en el
rincón, guarda las bolas y ve a buscarnos algo para beber... no, quédate hijo
mío: quería enseñarte una cosa: mira, aquí tengo todo un manojo de papeles que
gracias a una serie de sellos y firmas se han convertido en documentos; sólo
falta una cosa, Hugo: tu firma al pie de este papel; si la pones, serás mi
hijo. ¿Has visto a mi padre y mi madre arriba, cuando les llevaste el vino?
Ellos serán tus abuelos, Schrella será tu tío, Ruth y Marianne tus hermanas y
Joseph tu hermano; tú serás el hijo que Edith no me pudo dar; ¿qué dirá el
viejo cuando como regalo de cumpleaños le presente a un nuevo nieto que tiene
la sonrisa de Edith en la cara?... ¿Me preguntas, Schrella. si necesito todavía
al muchacho? Ya lo creo si le necesitamos; nos daríamos por contentos si él nos
necesitara a nosotros: mejor dicho: nos hace muchísima falta..., ¿me oyes,
Hugo?, nos haces mucha falta. Es imposible que seas hijo de Ferdi y, sin
embargo, tienes el mismo espíritu que él... No digas nada, muchacho, no llores,
vete a tu cuarto y lee estos papeles; anda con cuidado por los pasillos, hijo
mío, con mucho cuidado.
Schrella levantó-la cortina y miró a la plaza; Roben le
tendió el paquete de cigarrillos, Schrella encendió el mechero y ambos fumaron.
—¿No has sacado aún las cosas de la habitación del hotel?
—No.
—¿No quieres venirte a vivir con nosotros?
—Todavía no lo sé —contestó Schrella—: tengo miedo a las
casas en que uno puede instalarse y dejarse convencer por el hecho trivial de
que la vida continúa y el tiempo lo reconcilia todo; Ferdi acabaría por ser
únicamente un recuerdo, mi padre un sueño y, no obstante, fue aquí donde
mataron a Ferdi y mi padre desapareció de aquí sin dejar huellas; sus nombres
no figuran siquiera en las listas de ningún grupo político, porque ellos no
hacían política; no se!es menciona siquiera en los cantos fúnebres de la comunidad
judaica, porque no eran judíos; quizás Ferdi al menos viva en las actas
judiciales; sólo nosotros dos pensamos en él, tus padres y este viejo conserje
de abajo... pero tus hijos ya no; yo no puedo vivir en esta ciudad, porque no
me es bastante extraña: yo nací, aquí, fui a la escuela; yo quería arrancar la
Gruffelstrasse de su destino, llevaba denTro de mí, la palabra que no llegué
nunca a pronunciar, Robert, ni siquiera hablando contigo, la única que encierra
para mí alguna esperanza en este mundo... pero tampoco la pronunciaré toda: tal
vez te la pueda decir en la estación, cuando me acompañes al tren.
—¿Quieres marcharte hoy mismo? —preguntó Robert. —No. no.
hoy no, la habitación del hotel es exactamente lo que necesito: cuando cierro
la puerta detrás de mí. esta ciudad me resulta tan extraña como todas las
demás. En ella puedo pensar que pronto tendré que marcharme para ir a dar mis
clases de idiomas en algún lugar, en el aula de alguna escuela, donde borraré
problemas de matemáticas de la pizarra, para escribir en ella con tiza: «Yo
soy, yo era, yo he sido; seré, había sido..., tú eres, tú eras»; amo la
gramática como amo la poesía. Tal vez te figures que no quiero vivir aquí
porque opino que este país no tiene posibilidades políticas, pero yo más bien
creo que no podría vivir aquí porque jamás me interesó la política y sigue sin
interesarme Schrella señaló fuera la plaza y se echó a reír—. No son ésos de
allá abajo los que me asustan; sí, sí, lo sé todo perfectamente y veo a ésos de
allá abajo, Robert; Nettlinger, Wakiera, no les tengo miedo porque ellos estén
ahí, sino porque no están los otros; ¿cuales? Aquellos que a veces piensan en
ese nombre o, si quieres, sólo lo murmuran; yo oí un día a un anciano en Hyde
Park, Robert, que decía: «Si creéis en Él, ¿Por qué no hacéis lo que tiene
ordenado?». ¡Qué tontería, verdad, qué cosa tan irreal, Robert! Apacienta mis
corderos. Robert... pero ellos sólo crian lobos. ¿Qué trajisteis a casa al
volver de la guerra, Robert? ¿Dinamita? Vaya cosa estupenda para jugar;
comprendo perfectamente tu pasión: odio frente al mundo en el que no hubo lugar
para Ferdi ni Edith, en el que no hubo lugar para mi padre ni para Groll ni
para el muchacho cuyo nombre no supimos jamás, ni para el polaco que levantó la
mano contra Wakiera. De manera que coleccionas bases estáticas como otros
coleccionan vírgenes barrocas, te formas —un archivo de fórmulas, y también mi
sobrino, el hijo de Edith está cansado de oler la argamasa y busca la fórmula
para el futuro en otro sitio que no sea entre los muros remendados de Sankt
Antón. ¿Qué encontrará? ¿Podrás tú darle la fórmula? ¿La encontrará en el
rostro de su nuevo hermano, ese chico al que te propones hacer de padre? Tienes
razón, Robert, no se es padre, se hace de padre; la voz de la sangre es
mentira, sólo la otra es verdad... ésta es la razón de que yo no me haya
casado; no me sentía con valor para confiar que lo sería; no lo hubiera podido
soportar si mis hijos me hubiesen resultado tan lejanos como lo era Otto para
tus padres; ni siquiera pensar en mi madre y en mi padre me daba valor
suficiente, y ni tú mismo sabes aún lo que harán algún día Joseph y Ruth, de
qué sacramento comerán... ni siquiera tratándose de hijos de Edith y de ti
puedes estar seguro; no, no, Robert, comprenderás que no abandone mi habitación
de hotel para instalarme en la casa donde vivió Otto y murió Edith; no podría
soportar ver cada día el buzón de las cartas en el que el muchacho echaba tus
esquelas... ¿Conserváis todavía el mismo buzón?
—No —contestó Robert—, toda la puerta ha sido renovada,
estaba acribillada de cascos de bomba... sólo la acera es la misma..., sus pies
la pisaban.
—¿Te acuerdas cada vez que pasas por allí?
—Sí —dijo Robert—, me acuerdo y quizás sea éste uno de los
motivos que me hacen coleccionar fórmulas estáticas... ¿Por qué no regresaste
antes?
—Porque tenía miedo de que la ciudad no me resultara
bastante extraña; veintidós años forman un parapeto respetable, y lo que tú y
yo nos teníamos que decir no cabe en las postales. Me gustaría estar a tu lado,
pero no aquí; tengo miedo, y la gente que veo... ¿me equivoco sí no los
encuentro menos odiosos que los que dejé al marcharme?
—Probablemente no te equivocas.
—¿Qué ha sido de la gente como Enders? ¿Te acuerdas de él,
verdad? Aquel del cabello rojo: era simpático; seguro que no era un hombre que
se impusiera por la fuerza. ¿Qué hizo la gente como él en la guerra, y qué
hacen hoy?
—Quizás desestimas a Enders; no sólo era simpático, sino
que... bueno, no había comido nunca del sacramento del búfalo, ¿por qué no
decirlo como lo decía Edith? Enders se hizo sacerdote; después de la guerra
pronunció un par de sermones que no podré olvidar nunca; si repitiera sus
palabras sonarían mal, pero pronunciadas por él sonaban muy bien.
—¿Qué hace ahora?
—Lo confinaron en un pueblo que ni siquiera tiene estación
de ferrocarril; sigue predicando sobre las cabezas de los campesinos y de los
muchachos de la escuela; no le odian, se limitan a no comprenderle y, a su
manera, incluso lo respetan como se respeta a un loco simpático; ¿les dice
verdaderamente que todos los hombres son hermanos? Ellos lo saben mejor y
probablemente piensan en secreto: «En el fondo, ¿no será comunista?» No llegan
a más; el número de casillas ha quedado reducido, Schrella; a nadie se le
hubiera ocurrido tomar por comunista a tu padre, ni siquiera Nettlinger era tan
necio... hoy no podrían clasificar a tu padre de otra manera. Enders
apacentaría las ovejas, pero sólo le dan chivos; resulta sospechoso porque
demasiado a menudo toma el sermón de la montaña como tema de sus propios
sermones; tal vez algún día descubran que era una añadidura y lo suprimirán...,
tenemos que ir a ver a Enders, Schrella, y cuando volvamos a la estación en el
autobús de la tarde traeremos más tristeza que consuelo con nosotros; la luna
es para mí más familiar que ese pueblo... iremos a verle, haremos una obra de
caridad; hay que visitar a los presos... ¿cómo se te ocurrió precisamente
pensar en Enders?
—He estado pensando en quién me gustaría volver a ver; te
olvidas de que tuve que huir de la escuela; pero tengo miedo de los encuentros
desde que he visto a la hermana de Ferdi.
—¿Has visto a la hermana de Ferdi?
—Sí, tiene un quiosco de limonadas al final del tranvía
once. ¿No has ido nunca por allí?
—No, siempre he tenido miedo a que la Gruffelstrasse me
resultara extraña.
—A mí me ha resultado más extraña que todas las demás
calles del mundo... No vayas, Robert. ¿Es verdad que los Trischler han muerto?
—Sí —dijo Robert—, incluso Alois, se hundieron con la
«Anna Katharina». Ya hacía tiempo que los Trischler no vivían en el puerto;
cuando construyeron el puente, tuvieron que marcharse de allí, y el piso que
les dieron en la ciudad no era para ellos; aquel matrimonio necesitaban agua y
barcos; Alois quería llevárselos con la «Anna Katharina» a Holanda, a vivir con
unos amigos que tenían allí... Les bombardearon la barcaza, y cuando Alois
quiso sacar a sus padres del camarote ya era tarde, y allí se quedaron; pasé
mucho tiempo antes de poder encontrar la pista.
—¿Cómo te enteraste?
—En el muelle; todos los días iba allí y preguntaba a
todos los marineros hasta que encontré a uno que sabía lo que había ocurrido
con la «Anna Katharina».
Schrella corrió la cortina, se dirigió a la mesa de
billar, y apagó el cigarrillo en el cenicero. Robert le siguió.
—Me parece —dijo— que tenemos que subir a ver a mis
padres. Pero, si prefieres no asistir a la fiesta...
—No —replicó Schrella—, voy contigo, pero ¿no vamos a
esperar al muchacho? ¿Y qué hace un tipo como Schweugel?
—¿Te interesa saberlo?
—Sí, ¿por qué me preguntas si me interesa?
—¿Has estado pensando en Enders y Schweugel mientras
andabas de una habitación de hotel a otra, de una pensión a otra?
—Sí, y también me acordaba de Grewe y de Holten... ellos
eran los únicos que no se sumaban a los demás cuando me atacaban en el camino
de regreso... Dtischka tampoco colaboraba con ellos..., ¿qué sabes de ellos?,
¿viven todavía?
—Holten murió, cayó en la guerra —dijo Robert—, pero
Schweugel vive todavía: es escritor y yo hago decir a Ruth que no estoy en casa
cuando a veces me llama por la noche o se presenta a la puerta; le encuentro
tan insoportable como inútil; me aburro cuando estoy con él; siempre habla de
ciudadanía y probablemente se aplica a sí mismo el segundo de estos
calificativos... ¿qué le vas a hacer? No me interesa en absoluto; alguna vez me
ha preguntado por ti.
—¡Qué lástima! ¿Y qué ha sido de Grewe?
—Es hombre de partido, pero no me preguntes a qué partido
pertenece; eso no tiene importancia. Y Drischka fabrica los «Tigres para
coches, marca Drischka»; es un artículo que se vende mucho y que le da mucho
dinero. ¿No sabes todavía lo que es un tigre para coches? Pues si te quedas un
par de días lo sabrás; quienquiera que se precie un poco tiene que llevar
forzosamente un tigre Drischka detrás del coche... y difícilmente encontrarás a
alguien en este país que no se precie un poco... Eso de darse importancia se lo
enseñan muy bien; de la guerra volvieron con algunas cosas, el recuerdo de lo
que significaba dolor y sacrificio, pero hoy se dan importancia... ¿No has
visto a la ¿ente que había abajo en el vestíbulo? Iban a tres banquetes
distintos: al de la oposición de izquierdas, al de «los más útiles a la
comunidad» y al banquete de la oposición de derechas... pero tendrías que ser
un genio para distinguir cuál de ellos iba a cada uno de esos banquetes.
—Sí —dijo Schrella—, he estado un rato en e! vestíbulo
esperándote, y he visto reunirse a los primeros asistentes; efectivamente, he
oído algo así como oposición; los primeros en llegar han sido los inofensivos,
la infantería de la democracia, gente de la que no se habla muy mal; hablaban
de marcas de coches y de casas de fin de semana y se comunicaban mutuamente que
la Costa Azul empezaba a resultar moderna precisamente porque estaba tan
concurrida; y que —a pesar de todos los pronósticos contrarios— empezaba a
ponerse de moda entre los intelectuales viajar por agencias de viaje. ¿Se llama
a eso aquí snobismo recíproco o dialéctica? Tendrás que informarme sobre eso;
un snob inglés te diga. «Si me da usted diez cigarrillos le vendo mi abuela»;
ésos de aquí te venderían efectivamente su abuela por cinco cigarrillos: ésos
toman en serio su snobismo; luego hablaron de escuelas, unos eran partidarios
del humanismo, otros eran contrarios; bueno, es igual, yo les escuchaba porque
me hubiera gustado enterarme de cuáles eran realmente sus preocupaciones; se
repetían constantemente en voz baja y con tono respetuoso el nombre del
personaje que esperaban esta noche, Kretz... ¿has oído alguna vez este nombre?
—Kretz —dijo Robert— es como si dijéramos la vedette de la
oposición.
—Sí, la palabra oposición también la he oído varias veces;
pero de sus conversaciones no pude sacar en claro a quién se dirigía su
oposición.
—Si esperaban a Kretz, debían de pertenecer a la
izquierda.
—Por lo que he entendido, este Kretz es una especie de
lumbrera, lo que se llama una esperanza, ¿verdad?
—Sí —dijo Robert—, fundan en él muchas esperanzas.
—Le he visto —dijo Schreüa—; ha llegado el último; si éste
es una esperanza, ya me gustaría saber qué es una desilusión... Me parece que
si algún día me decidiera a matar a alguien, te tocaría a él. ¿Estáis todos
ciegos? Naturalmente, se trata de un hombre listo y culto, capaz de citar a
Heródoto en lengua original, y eso, a esa tropa, que no puede liberarse de su
obsesión de cultura, les suena como música celestial; pero espero. Robert, que
no dejarías a tu hija ni a tu hijo ni siquiera un minuto solos con este Kretz;
de tanto snobismo, ya no sabe ni a qué sexo pertenece. Esta gente juegan a la
decadencia, Robert, pero no lo hacen bien; sólo les falta un «largo» para que
resulte un entierro de tercera...
El timbre de! teléfono interrumpió a Schrella, que siguió
a Robert, el cual se dirigió a la mesita del rincón para descolgar el
auricular.
—¿Leonore? —dijo Robert—; me alegro de que mi padre la
haya invitado, y perdóneme por lo que le dije esta mañana. Mi padre la espera
en la habitación 212. ¿Una carta del señor Schrit? ¿Los cálculos de x5 están
todos equivocados? Ya me ocuparé de ellos, llamaré a Schrit. Pero, de todos
modos, muchas gracias, Leonore, y hasta luego.
Robert colgó el auricular y volvió a dirigirse a Schrella:
—Me parece... —dijo, pero un ruido extraño, seco y no muy
fuerte le interrumpió.
—Dios mío —exclamó Schrella, eso ha sido un tiro. —Si
—dijo Robert—, ha sido un tiro. Me parece que será mejor que subamos.
Hugo leyó: «Declaración de renuncia: Por el presente
documento, me declaro conforme con que mi hijo Hugo»... importantes sellos
debajo, firmar; pero la voz que tanto miedo le había infundido no apareció;
¿cuál era aquella voz que le había ordenado que cubriera la desnudez de su
madre cuando ella volvía de sus correrías y echándose encima de la cama
murmuraba aquella fúnebre letanía: ¿Para qué, para qué, para qué? Hugo había
sentido compasión, había cubierto su desnudez y le había dado de beber,
incluso, enfrentándose con el peligro de ser sorprendido por los de la escuela,
azotado y llamado cordero de Dios; se había Llegado hasta la tienda y había
mendigado dos cigarrillos; ¿cuál era aquella voz que le ordenaba jugar a la
canasta con Esas cosas no tendrían que nacer; que le advertía que no entrara en
el dormitorio de la sacerdotisa de los corderos; que ahora le sugería que
murmurara para sí mismo la palabra: «padre»?
Para combatir el miedo que le dominaba, lanzó otras
palabras detrás de aquélla: hermano y hermana, abuelo y abuela y tío, pero
estas palabras no mitigaron su angustia; añadió más palabras: dinámica y
dinamita, billar y corrección, cicatrices en la espalda, coñac y cigarrillos,
rojo y verde, blanco y verde; pero el miedo no menguó; tal vez pudiera calmarlo
con actos: Hugo abrió la ventana y contempló la multitud que hablaba en voz
baja; ¿era un murmullo amenazador o simpático?; castillo de fuegos artificiales
sobre el cielo azul oscuro; haces de color naranja que parecían manos que
agarrasen algo; cerró la ventana; alisó el uniforme color violeta que estaba
colgado de una percha delante de la puerta; abrió la puerta del pasillo: la
excitación llegaba hasta el último piso: ¡un herido grave en la habitación 211!
Barullo, pasos arriba, pasos abajo y dominándolo todo una voz penetrante de
policía que no cesaba de repetir: «¡Dejen pasar, dejen pasar!»
¡Dejen pasar! ¡Dejen pasar! Hugo tuvo miedo y murmuró la
palabra: «Padre». El director había dicho: «Nos harás mucha falta; ¿no hay más
remedio? Tan súbitamente», y él no lo había pronunciado, sólo lo había pensado:
«Sí, no hay más remedio, tan súbitamente, ya es hora», y cuando Jochen dio la
noticia del accidente, la sorpresa del director por su marcha quedó olvidada;
el director no había recibido la noticia de Jochen con horror, sino con
evidente satisfacción; no había bajado la cabeza en señal de tristeza, sino que
se había frotado las manos. «No tenéis idea de lo importante que puede ser eso
para nosotros. Un escándalo de ese tipo puede dar al hotel un auge
insospechado. Los titulares no hablarán de otra cosa. Un asesinato no es un
suicidio, Jochen, y un asesinato político no es un asesinato cualquiera. Si no
está muerto haremos como si estuviera a punto de morir. Vosotros no tenéis ni
idea; hay que poner por lo menos: «la muerte puede ser inminente»; todas las
llamadas telefónicas quiero que pasen por mi aparato; nada de tonterías. Dios
mío, no pongáis todos esas caras de corderos degollados. Hay que conservar la
serenidad, poner cara de ligero sentimiento como alguien que lamenta.una
muerte, pero que se ve consolado con la tan esperada herencia. Ea, muchachos,
cada cual a su sitio. Nos van a llover los telegramas pidiendo que les
reservemos habitaciones. Precisamente M.; no tenéis idea de lo que representa.
Sólo deseo que no haya algún suicidio por medio que nos lo venga a enredar.
Llama al señor del 11; no me importa que se ponga furioso y se marche...
caramba, el castillo de fuegos artificiales habría tenido que despertarle. Ea,
muchachos, a! ataque.»
—Padre —pensó Hugo—, tienes que venirme a buscar aquí, no
me dejan ir a la habitación 212.
Luces de relámpago iluminaban la penumbra de la escalera;
apareció el rectángulo luminoso del ascensor llevando a los huéspedes de las
habitaciones 213 a 226, que a causa del acordonamiento tenían que subir hasta
el tercer piso y bajar luego por la escalera de servicio; por la puerta del
ascensor irrumpió una oleada de murmullos; trajes negros, vestidos claros,
rostros alterados, liaos que se contraían para pronunciar la palabra «sospecha»
y la palabra «escandaloso»; Hugo cerró su puerta demasiado tarde: ella le había
descubierto, corría a lo largo del pasillo en dirección a su cuarto; Hugo
acababa de echar la llave por dentro cuando el pomo de la puerta se movió
violentamente.
—Abre. Hugo, anda, abre —le decía ella.
—No.
—Te lo mando.
—Hace un cuarto de hora que ya no estoy al servicio del
hotel, señora.
—¿Te marchas?
—Sí.
—¿Adonde?
—Me voy a casa de mi padre.
—Abre, Hugo, anda, abre, no te haré daño y no volveré a
asustarte; no puedes marcharte; yo sé que no tienes padre, lo sé perfectamente;
le necesito, Hugo... es a ti a quien esperan, Hugo, y tú lo sabes; verás las
cinco partes del mundo, y vivirás en los mejores hoteles, donde todos estarán a
tus pies; no necesitas decir ni una palabra, tu mera presencia basta; tu rostro,
Hugo... anda, abre, no puedes marcharte.
Las sacudidas del pomo de la puerta interrumpían sus
palabras, marcaban las comas en el torrente suplicante de su voz.
—...no te lo pido por mí, Hugo; olvida lo que te he dicho
y lo que te he hecho; ha sido dictado por la desesperación... ven, abre, hazlo
por ellos; te están esperando, eres nuestro cordero...
Nueva sacudida del pomo.
—¿Qué busca usted aquí? —preguntó ella.
—Vengo en busca de mi hijo.
—¿Hugo es hijo suyo?
—Sí; abre, Hugo.
Era la primera vez que no le oía decir por favor, pensó
Hugo; dio la vuelta a la llave y abrió la puerta.
—Ven, hijo mío, vámonos.
—Sí, padre, ya voy.
—¿No llevas más equipaje que ése?
—No.
—Ven.
Hugo tomó su maleta y se sintió aliviado de que la espalda
de su padre cubriera el rostro de aquella mujer. Todavía oyó sus sollozos
cuando bajaba por la escalera de servicio.
—No lloréis, hijos míos —dijo el anciano—; volverá y
vivirá con nosotros; seguro de que la abuela se entristecería si viera que
dejamos que el vino se vuelva agrio; ese hombre no ha sido herido gravemente y
espero que no se le marchará de la cara esa expresión de gran sorpresa; esa
gente se cree inmortal... un ruidito seco como el de hace un rato puede obrar
milagros. Ea, muchachas, cuidaos de los regalos y de las flores; Leonore se
encargará de ordenar las flores, Ruth de las tarjetas de felicitación, Marianne
de los regalos. El orden es media vida... ¿qué debe ser la otra media? No puedo
remediarlo, hijos míos; no consigo estar triste. Hoy ha sido un gran día; me ha
devuelto a mi mujer y me ha regalado un hijo... ¿me permite que le llame así,
Schrella? El hermano de Edith... incluso he ganado un nieto, ¿verdad, Hugo?...
todavía no puedo decidirme a llamarte nieto, no sabría decir qué voz me ordena
que no te llame nieto.
Sentaos, las muchachas nos prepararán unos bocadillos,
asaltad las cestas, hijos míos, pero no desordenéis los montones que ha hecho
Leonore; lo mejor será que cada uno se siente sobre un año de papeles; usted
Schrella, siéntese en el montón A, que es el más alto; ¿me permites que te
ofrezca el año 1910, Robert? Es el inmediatamente inferior. Tú, Joseph, búscate
tú mismo el que más te guste: 1921 no está mal. Me parece que así estaréis
bien; sentaos: bebamos el primer trago a la salud del Señor M., con el deseo de
que jamás se borre de su cara la expresión de sorpresa..., el segundo lo
dedicaremos a mi mujer: quiera Dios bendecir su buena memoria. Por favor,
Schrella, ¿quiere mirar quién llama a la puerta?
¿Dice que es un tal señor Gretz que quiere felicitarme?
Espero que no traerá el jabalí al hombro. ¿No? Menos mal. Mire, Schrella, haga
el favor de decirle que ahora no le puedo recibir; o espere, ¿crees, Robert,
que éste no seria el día y el momento oportuno para recibir al tal señor Gretz?
No, ¿verdad? Gracias, Schrella. Hoy es el día y éste es el momento propicio
para renunciar a los falsos sentimientos de vecindad; dos palabras pueden
costar la vida: «Eso es pecado y vergüenza» dijo la vieja señora Gretz; un
ademán puede costar la vida, un pestañeo mal interpretado; sí, Hugo, vuelve a
escanciar vino... espero que no te ofenderá que aquí, en familia, sepamos
apreciar tus habilidades y nos hagamos servir.
Pon tranquilamente los grandes ramos delante de la vista
de Sankt Antón, y los más pequeños, a derecha e izquierda, en el borde de la
mesa reservado a los rollos de dibujos; los rollos sácalos y tíralos; no hay
nada en ellos y sólo sirven de adorno. ¿Hay alguien entre nosotros que piense
aprovechar ese hermoso papel? ¡Tal vez tú, Joseph! ¿Por qué estás sentado tan
incomodo? Has elegido el año 1941: es un año muy flaco. Muchacho, el año 1945
hubiera sido mejor, entonces me llovían los encargos, casi tantos como en el
año 1909, pero me desanimé, hijo mío. Aquel sorry me quitó las ganas de
construir. Ruth, amontona las direcciones de los que me han felicitado sobre mi
mesa de dibujo, haré imprimir unas tarjetas dando las gracias, y tú me ayudarás
a escribir las direcciones; a cambio de ello te compraré algo que te guste en
casa de Helene Horuschka; ¿cómo os parece que deberá redactarse el texto que dé
las gracias? «Mis más efusivas gracias por su atención con motivo de mi
ochentavo aniversario». Tal vez dibuje personalmente algo en cada tarjeta
impresa, ¿qué te parece, Joseph? Un pelícano o una serpiente... ¿qué os
parecería un búfalo?... por favor, Joseph, ve tú ahora a abrir la puerta y mira
quién es que viene tan tarde.
¿Cuatro empleados del café Kroner? ¿Traen un regalo que
crees que no puedo rehusar? Bueno, pues que entren.
Lo entraron con mucho cuidado, dos camareros y dos
muchachas de la sección de pastelería: una tabla rectangular, mucho más larga
que ancha, cubierta con un lienzo blanco como la nieve; el anciano pareció
sobrecogido: ¿traerían un cadáver? ¿No sería la nariz, aquello que sobresalía
debajo del lienzo como si fuera la punta de un bastón? Lo llevaban con mucho
tiento, como si el cadáver fuera muy precioso; reinaba un silencio absoluto;
las manos de Leonore se quedaron heladas sobre el ramo, Ruth sostenía una felicitación
con orla de oro, Marianne no se decidía a dejar la cesta vacía.
—No, no —dijo el anciano en voz baja—, no lo dejen en el
suelo; hijos, disponed un par de caballetes de dibujo.
Hugo y Joseph sacaron dos caballetes que había en un
rincón y los pusieron en el centro del estudio sobre los montones de los años
1936 a 1939; el silencio reinó de nuevo cuando los dos camareros y las dos
muchachas dejaron la tabla sobre los caballetes y ellos se colocaron en las
cuatro esquinas, tomaron cada uno una punta del lienzo y, obedeciendo a un «va»
seco y preciso del camarero más viejo, lo levantaron.
Al anciano se le encendió el rostro; se precipitó sobre el
pastel, levantó los puños como un tambor que reúne sus fuerzas para un furioso
redoble y, durante unos instantes, pareció que iba a destrozar la obra de
bizcocho empolvada de azúcar. Pero dejó caer de nuevo los puños, las manos le
quedaron colgando fláccidas a ambos lados del cuerpo y se rió quedamente; luego
hizo una reverencia a las chicas, otra a los camareros, recuperó su actitud
digna y, sacándose la cartera del bolsillo de la chaqueta, dio un billete a
cada uno de los cuatro.
—Les ruego que den mis más expresivas gracias a la señora
Kroner y díganle, por favor, que por circunstancias muy importantes me veré
obligado a renunciar a los desayunos... circunstancias muy importantes; a
partir de mañana no desayunaré más en el café Kroner.
Esperó a que los camareros y las chicas se hubiesen
marchado y exclamó:
—Ea, hijo míos, dadme un cuchillo grande y un plato para
el pastel.
Lo primero que cortó fue la cúpula de la iglesia de la
abadía, y tendió el plato a Robert.


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