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Libro N° 4035. Casa Sin Amo.  Böll, Heinrich.

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© Libro N° 4035. Casa Sin Amo.  Böll, Heinrich. Colección E.O. Agosto 5 de 2017.

Título original: ©  Casa Sin Amo.  Heinrich Böll

 

Versión Original: © Casa Sin Amo.  Heinrich Böll

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://cuentoshistoriasdelmundo.blogspot.com.co/2015/03/casa-sin-amo-heinrich-boll_13.html#more

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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CASA SIN AMO

Heinrich Böll

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Annotation

 

Casa sin amo, aparecida en 1954 y galardonada con los premios de "La Tribune de Paris " y de los editores franceses para la mejor novela extranjera (1955), se enfrenta con el desconcierto de la postguerra según lo sienten dos niños de once años, pertenecientes a dos estamentos sociales distintos pero que tienes en común la situación de sus madres, viudas de guerra, que no aciertan a reaccionar ante su destino y se dejan llevar, una por un absurdo ensueño, y la otra por un amoralismo entreverado de angustias y remordimientos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

XI

XII

XIII

XIV

XV

XVI

XVII

XVIII

XIX

XX

XXI

XXII

notes

 

 

 

 

 

 

 

I

 

Cuando, por la noche, su madre enchufaba el extractor, el muchacho despertaba, a pesar de que las aspas de goma sólo hacían un ruido suave, un susurro apagado que, a veces, cuando el visillo iba a parar entre ellas, se interrumpía. Entonces, mamá se levantaba refunfuñando en voz baja, sacaba el visillo del torbellino y lo fijaba entre las puertas de la librería. La pantalla de la lámpara de pie, junto a la cama de mamá, era de seda verde, un verde de aguamarina con reflejos amarillos, y el vaso de vino, encima de la mesita de noche, parecía ser de tinta: un veneno oscuro y pesado, que mamá tomaba a sorbitos. Mamá leía y fumaba, y sólo de vez en cuando bebía un poco de vino.

El muchacho la observaba a través de los párpados medio entornados, sin moverse para no llamar su atención, y seguía el humo del cigarrillo que se iba acercando al extractor; volutas de humo blanco y gris que el torbellino atraía y desmenuzaba y que luego las aspas de goma, blandas y verdes, expulsaban otra vez. Aquel extractor, del tamaño de los que hay en los grandes almacenes, roncando pacíficamente, limpiaba la atmósfera de la habitación en pocos minutos. Luego, mamá apretaba el botón situado en la pared junto a su cama, allí donde colgaba también el retrato de papá: un muchacho sonriente, un hombre con la pipa en la boca, demasiado joven para ser el padre de un muchacho de once años, un hombre tan joven como Luigi, el de la tienda de helados, tan joven como el pequeño y tímido maestro nuevo, y mucho más joven que mamá, la cual tenía la misma edad que las madres de los demás muchachos. Papá, en cambio, era un joven sonriente, y desde hacía algunas semanas aparecía también en sus sueños, aunque distinto de como era en la fotografía: triste y desanimado, sentado sobre una mancha de tinta como sobre una nube, sin rostro y, sin embargo, llorando como quien hace millones de años que espera; vestido de uniforme, sin graduación, sin condecoraciones; como un extraño que, de pronto, hubiese penetrado en sus sueños, distinto de como el muchacho hubiera querido que fuera.

Lo importante era permanecer silencioso, sin apenas respirar, sin abrir los ojos, para poder así adivinar, por los ruidos de la casa, la hora que era. Si ya no se oía a Glum, eran las diez y media; si ya no se oía a Albert, eran las once. Pero generalmente oía todavía a Glum en la habitación de encima, con sus pasos lentos y pesados, y a Albert que, en la de al lado, silbaba mientras trabajaba. A menudo, a última hora Bolda bajaba la escalera para ir a prepararse algo en la cocina: unos pasos resbaladizos, un tímido oprimir el interruptor de la luz y, no obstante, casi siempre la descubría la abuela, cuya ronca voz resonaba en la entrada: «Anda, la glotona, mira cómo se prepara todavía algo por la noche... ¿ya estás friendo, amasando o hirviendo alguna de tus porquerías?», Bolda le contestaba con su voz chillona: «Sí, vieja podrida, todavía tengo hambre. Si gustas...» Volvía a resonar la voz estridente de Bolda, y luego un —«¡Puah!»— sordo de la abuela, lleno de asco. Pero otras veces, las dos mujeres cuchicheaban y al muchacho sólo le llegaba, de vez en cuando, una carcajada, chillona si era de Bolda, grave si procedía de la abuela.

Pero Glum, que se paseaba arriba y abajo mientras leía sus misteriosos libros: Dogmática y Teología moral, apagaba la luz a las diez en punto, se dirigía al cuarto de baño de arriba, se lavaba —murmullo de agua y puff, cuando la llamita encendía todas las demás llamas del calentador de gas—, luego volvía a su habitación, apagaba la luz y se arrodillaba a oscuras junto a su cama para rezar. El muchacho oía perfectamente cómo Glum daba con sus huesudas rodillas contra el suelo y, si reinaba silencio en las demás habitaciones, le oía murmurar; Glum murmuraba largo rato allá arriba a oscuras. Y cuando se levantaba y los muelles del somier rechinaban, eran exactamente las diez y cuarto. Todos en aquella casa, excepto Glum y Albert, eran de costumbres irregulares: Bolda era capaz de bajar después de las doce de la noche para prepararse un té para dormir, o una infusión de hojas de lúpulo que guardaba en una bolsa de papel marrón; y cuando hacía ya rato que el reloj había dado la una, la abuela iba a veces a la cocina, se preparaba un buen plato de bocadillos de carne, tomaba una botella de vino tinto debajo del brazo y volvía a su cuarto. A media noche, también se le podía ocurrir de pronto que tenía la caja de cigarrillos vacía, una preciosa cajita de porcelana azul, en la que cabían dos paquetes de veinte cigarrillos. Entonces, refunfuñando en voz baja, empezaba a andar por la casa buscando tabaco: una enorme abuela de cabello rubio y rostro rosado, que arrastraba los pies y se dirigía, por de pronto, a la habitación de Albert, porque sólo Albert fumaba cigarrillos que fueran de su agrado. Glum sólo fumaba en pipa, y a la abuela no le gustaba la marca de los cigarrillos de mamá: «esa porquería floja que fuman las mujeres; no más ver esos chismes de paja y ya me mareo», y Bolda sólo tenía siempre en su armario un par de cigarrillos mugrientos y medio aplastados con los que hacía las delicias del cartero y del empleado de la compañía de electricidad, pero que provocaban el escarnio de la abuela: «Parece que los hayas pescado en la pila del agua bendita y los hayas puesto a secar —¡cigarrillos de monja! ¡Puah!» Otras veces no había ni un cigarrillo en la casa y tío Albert tenía que vestirse a medianoche, tomar el coche e irse a la ciudad a buscar cigarrillos; o Albert y la abuela buscaban piezas de cincuenta pfennigs y de un marco y Albert iba hasta el automático más próximo y sacaba tabaco. Pero la abuela no se conformaba con sólo diez o veinte cigarrillos, quería que fuesen cincuenta, un par de paquetes rojos como el fuego, en los que se leyera la palabra Tomahawk, Rein Virginia, cigarrillos blanquísimos muy fuertes y muy largos. —«¡Ah, pero que sean frescos, muchacho!»— y abrazaba a Albert en el recibidor al verle regresar, lo besaba y murmuraba: «Si no fuera por ti, hijo mío... si no fuera por ti... un hijo no se portaría mejor.»

Finalmente se iba a su cuarto, se comía los bocadillos, rebanadas de pan blanco con mucha mantequilla y un buen filete encima, se bebía el vino y se ponía a fumar.

Albert era casi tan metódico como Glum: a partir de las once ya no se oía nada en su cuarto. Todo lo que sucedía después de las once corría de cuenta de las mujeres: la abuela, Bolda y mamá. Ésta raras veces se levantaba, pero en cambio leía hasta muy tarde y fumaba cigarrillos ligeros y aplastados que sacaba de un paquete amarillo. Moscheer, Rein Orient, decía el paquete. De vez en cuando bebía un sorbo de vino y cada hora enchufaba el extractor para expulsar el humo de la habitación. Pero a menudo, mamá salía o traía visitas a casa y a él, al muchacho, le trasladaban a la habitación de tío Albert y hacía como que dormía. El muchacho tenía odio a las visitas, a pesar de que le gustaba dormir en la habitación de tío Albert.

Cuando había visitas, se hacía tarde: las dos, las tres, las cuatro de la madrugada; a veces incluso las cinco; y, al otro día, tío Albert se quedaba dormido y no había nadie que desayunara con el muchacho antes de que saliera para la escuela, Glum y Bolda ya se habían marchado, mamá dormía siempre hasta las diez y la abuela no se levantaba nunca antes de las once.

Aunque siempre se proponía permanecer despierto, solía volverse a quedar dormido poco después de pararse el extractor. Cuando su madre leía hasta muy tarde, el muchacho se despertaba hasta dos y tres veces, sobre todo si Glum se había olvidado de engrasar el aparato. Cuando empezaba a dar vueltas, éste rechinaba a tropezones hasta alcanzar velocidad, y entonces funcionaba sin dificultad ni ruido. Pero desde los primeros chirridos, el muchacho se despertaba y veía a su madre tendida tal como la había visto la primera vez: apoyada sobre un codo, con el cigarrillo entre los dedos de la mano izquierda y leyendo: el vino del vaso no había disminuido.

Algunas veces, su madre leía la Biblia; otras, el muchacho veía en sus manos el devocionario encuadernado en piel parda y, por razones que no sabía explicarse exactamente, se avergonzaba, procuraba dormirse o tosía para llamar la atención. Cuando eso ocurría ya era tarde, y todo el mundo, en la casa, estaba ya durmiendo. Mamá se levantaba de un brinco al oírle toser, se acercaba a su cama, le ponía la mano sobre la frente, le besaba en la mejilla y le preguntaba en voz baja:

—¿Te encuentras bien, hijo mío?

—Sí, sí —decía el muchacho sin abrir los ojos.

—En seguida apago la luz.

—No, ya puedes seguir leyendo.

—¿Te encuentras bien, de veras? ¿No tienes fiebre?

—No, no, me encuentro bien. De veras.

La madre le subía el embozo hasta el cuello —al muchacho le sorprendía que aquella mano fuera tan ligera— y luego volvía a su cama, apagaba la luz y, a oscuras, enchufaba el extractor hasta que se renovara el aire. Mientras el aparato funcionaba, ella seguía hablando con su hijo:

—¿No quieres que te arreglemos la habitación de arriba, junto a la de Glum?

—No, déjame quedar aquí.

—¿O la sala de al lado? Podríamos sacar los muebles.

—No, de veras.

—¿Quizás el cuarto de Albert? A él le daríamos otro.

—No.

Hasta que, de pronto, la velocidad del extractor disminuía y el muchacho comprendía que su madre había oprimido el botón a oscuras. El extractor daba todavía un par de vueltas más, chirriando, y se quedaba parado, y luego el muchacho oía en la oscuridad los trenes lejanos y un ruido seco como una detonación al chocar los vagones de mercancías y le parecía ver el cartel: Estación de mercancías-Este. Allí había estado una vez con Welzkam. El tío de Welzkam era el fogonero de la locomotora que hacía maniobras con los vagones.

—Tenemos que decir a Glum que engrase el extractor.

—Ya se lo diré.

—Sí, díselo, pero ahora tienes que dormir. Buenas noches.

—Buenas noches.

Pero el muchacho no podía dormirse y sabía que su madre, por quieta que estuviera, tampoco dormía. Oscuridad y silencio, al que, de vez en cuando, llegaba de muy lejos el ruido sordo y casi irreal de la estación de mercancías-Este. Del silencio surgían palabras que caían en él, palabras que le ponían inquieto: la palabra que la madre de Brielach había dicho al pastelero, la misma palabra que aparecía siempre en la entrada de la casa en que vivía Brielach y la palabra que Brielach había pescado recientemente y que ahora repetía sin cesar: inmoral. A veces pensaba también en Gäseler, pero éste estaba muy lejos y, al recordarle, no sentía miedo ni odio, sino sólo una especie de molestia; más miedo le daba la abuela, que insistía en que este nombre penetrara en él, se lo arrancaba nuevamente y volvía a encasquetárselo, a pesar de que Glum sacudía enérgicamente la cabeza al presenciar estas escenas.

Más tarde oía que su madre dormía; en cambio, él no lograba conciliar el sueño. Trataba de hacer surgir de la oscuridad la imagen de su padre, pero no la encontraba. Miles de imágenes tontas se precipitaban hacia él, imágenes de películas, de revistas ilustradas, de libros de lectura: Blondi, Hoppalong Cassidy —y el pato Donald— pero su padre no aparecía. Se le presentaba Leo, el tío de Brielach, el pastelero, Grebhake y Wolters, aquellos muchachos que cometieron una obscenidad entre los arbustos: rostros encendidos como la grana, braguetas desabrochadas y un olor amargo a hierba fresca. ¿Inmoral era lo mismo que obsceno? Pero nunca se le aparecía el padre, aquel hombre que en los retratos era demasiado insignificante, demasiado alegre, aquel hombre que tenía el aspecto demasiado joven para ser un verdadero padre. La característica de los padres era estar presentes a la hora del desayuno y su padre no parecía dispuesto a comparecer a los desayunos. La característica de los padres era ser metódicos, cualidad que tío Albert poseía hasta cierto punto; pero su padre, no tenía aspecto de metódico: levantarse, desayunar, trabajar, leer el periódico, volver a casa, dormir. Todo eso no se avenía con su padre, que yacía enterrado muy lejos, junto a un pueblo ruso. ¿Se parecería ahora, al cabo de diez años, al esqueleto del Museo de higiene? Esqueleto reajustado, mondo y sonriente, soldado de primera y poeta, combinación de propiedades terriblemente desorientadora. El padre de Brielach había sido suboficial: suboficial y cerrajero. Los de otros muchachos eran comandantes y directores, suboficiales y tenedores de libros, cabos primera y escribientes... pero ninguno había sido soldado de primera, ninguno poeta. Leo, el tío de Brielach, había sido sargento de caballería y cobrador de tranvías, fotografía en color en el armario de la cocina entre Tapioca y Sémola. ¿Qué era tapioca? Palabra misteriosa que evocaba la América del Sur.

Luego surgirían preguntas del catecismo: números tambaleantes en combinación con una pregunta y una respuesta.

«Pregunta 2.ª: ¿Cómo trata Dios al pecador que desea enmendarse? Respuesta: Dios perdona gustoso a todo pecador que desee enmendarse.» Y el versículo turbador: Si quieres acordarte de los pecados. Señor, ¿quién podrá salvarse en tu juicio? Nadie se salvaría. Según la íntima convicción de Brielach, todas las personas mayores eran inmorales y todos los niños obscenos. La madre de Brielach era inmoral. Tío Leo lo era, el pastelero probablemente también, y mamá, que, en la entrada, tenía que oír cómo la reñían en voz baja: «¿Dónde andas siempre metida?»

Había excepciones, reconocidas incluso por Brielach: tío Albert, el carpintero de abajo, la señora Borussiak y el señor Borussiak, Glum y Bolda; pero sobre todo la señora Borussiak: voz grave y llena que encima de la habitación de Brielach lanzaba canciones maravillosas al patio.

Pensar en la señora Borussiak en medio de la oscuridad era consolador, agradable e inofensivo: Verde era el país de mi infancia solía cantar, y cuando lo hacía, el mundo entero era verde. Como si un filtro se hubiese corrido ante sus ojos, todo se coloreaba de verde; incluso ahora en la cama, a oscuras, cuando pensaba en la señora Borussiak, la oía cantar y la veía detrás de sus párpados cerrados. Verde era el país de mi infancia.

También era deliciosa la canción del valle de lágrimas: Estrella marina, te saludo al verte..., y al decir «verte» todo se volvía también verde. Llegaba un momento en que se quedaba dormido; probablemente entre la voz de la señora Borussiak y aquella palabra que la madre de Brielach había dicho al pastelero: una palabra típica de tío Leo, pronunciada entre dientes en el sótano oscuro, dulzón y tibio de la pastelería; una palabra cuyo significado había llegado a descubrir con la ayuda de Brielach: tenía que ver con la unión de los hombres y las mujeres, estaba en estrecha relación con el sexto mandamiento, era inmoral y daba pie al versículo que tanto le preocupaba: Sí quieres acordarte de los pecados. Señor, ¿quién podrá salvarse en tu juicio?

Tal vez se durmiera al llegar a Hoppalong Cassidy, un audaz caballero con audaces aventuras, un poco alocado como los invitados que mamá traía a casa, que también eran alocados. De todos modos era agradable oír respirar a mamá; muchas veces, su cama permanecía vacía, a menudo durante varios días consecutivos. La abuela, en la entrada, la reñía en voz baja: «¿Dónde andas siempre metida?» Ella no contestaba.

El despertar, por la mañana, era siempre una aventura. Si tío Albert, al despertarle, llevaba camisa limpia y la corbata puesta, todo iba bien; entonces desayunaba de verdad en la habitación de Albert: con mucho tiempo por delante: no había que correr y podía repasar otra vez con él los deberes de la escuela. Pero si éste todavía no se había peinado, andaba metido en el batín y con la cara arrugada, el muchacho tenía que tomarse el café a toda prisa y Albert escribía rápidamente una excusa: «Distinguido señor Wiener: Le ruego disculpe al muchacho por haber vuelto a llegar tarde. Su madre ha tenido que ausentarse y yo me olvidé de llamarle a tiempo. Haga el favor de perdonar este retraso. Atentamente le saluda.»

Cuando su madre traía visitas, era fatal: risas tontas que se oían desde el cuarto de Albert, sueño desasosegado en la enorme cama de tío Albert y, a veces, éste ni siquiera se acostaba, sino que, entre cinco y seis de la mañana, tomaba un baño: ruido del agua al caer en la bañera, chapaleteo en el cuarto contiguo... El muchacho volvía a quedarse dormido, pero estaba rendido cuando Albert iba luego a despertarle. En la escuela pasaba la mañana medio dormido, y, por la tarde, como compensación, al cine y a la tienda de helados o a casa de la madre de Albert en el campo: Bietenhahn, llave del bosque de Bieger. El vivero en el que Glum cogía peces con la mano y luego volvía a soltar, el cuarto encima del establo de las vacas, o jugar a pelota durante horas y más horas con Albert y Brielach en el césped duro y recién cortado. Horas y más horas hasta estar cansado y sentir hambre del pan que la madre de Albert amasaba ella misma; y tío Will que siempre decía: «Poneos más mantequilla sobre el pan—, no—, más mantequilla—, no—, más mantequilla.» Y. en el campo, Brielach alguna vez reía, cosa que apenas hacía jamás.

Había muchas estaciones entre las que el muchacho podía quedarse dormido: Bietenhahn y el padre, Blondi e inmoral. El sordo ronquido del extractor era un ruido agradable, porque quería decir que mamá estaba allí. El ruido que hacía al volver las hojas, al respirar, al frotar la cerilla y al tragar cuando bebía un sorbo de vino... y la misteriosa atracción que todavía ejercía el extractor cuando ya hacía rato que estaba desenchufado: el humo que seguía acercándose a las aspas; y llegaba un momento en que se desconectaba la conciencia entre la estación Gäseler y Si quieres acordarte de los pecados. Señor...

 

II

 

Donde mejor se estaba, empero, era en Bietenhahn. Allí, la madre de Albert tenía un parador para los excursionistas. La madre de Albert cocinaba personalmente, hacía pasteles e incluso amasaba el pan. Lo hacía porque le gustaba hacerlo; todo el mundo podía hacer en Bietenhahn lo que más le gustara. Ellos, los muchachos, Martin y Brielach, podían ir a pescar o corretear por el valle, salir de paseo en la barca o jugar a pelota detrás de la casa, horas y más horas. El vivero penetraba hasta muy adentro del bosque y, generalmente, iban allí con Will, el tío de Albert, hermano de su madre. Desde su juventud, Will padecía de una enfermedad que todos conocían por el hombre de «sudor nocturno», denominación curiosa que provocaba la risa de la abuela y de Glum; cuando aparecía la expresión «sudor nocturno», Bolda también reprimía una carcajada. Will iba a cumplir pronto sesenta años y cuando no tenía arriba de diez, su madre le encontró un día en la cama bañado en sudor. Como al día siguiente volvió a encontrarle empapado, le llevó asustada al médico, ya que según oscuros rumores el sudor nocturno era señal infalible de tuberculosis pulmonar. Pero los pulmones del joven Will estaban perfectamente sanos; lo único que le ocurría —según dijo el médico— es que estaba un poco débil, un poco nervioso, y el médico —aquel médico que ya hacía cuarenta años que había sido enterrado en un cementerio de suburbio— había dicho: «Cuide usted un poco a ese niño.»

Will disfrutó de estos cuidados durante toda su vida. «Un poco débil, un poco nervioso», y el sudor nocturno se convirtió en una renta que su familia tuvo que estarle pagando. Durante algún tiempo, Martin y Brielach tomaron la costumbre de tocarse la frente por la mañana y, comunicarse el resultado de este examen mientras se dirigían a la escuela, y averiguaron que a veces sus frentes también amanecían algo húmedas... Brielach, especialmente, sudaba a menudo por las noches, pero, desde el día en que nació, no tuvo a nadie que le mimara ni que le cuidara.

Su madre lo había traído al mundo mientras caían bombas sobre la ciudad, primero en la calle, y luego en la casa en cuyo sótano tuvo los dolores de parto. Estaba echada sobre un colchón neumático, sucio de aquel sebo de engrasar botas que el ejército repartía a sus soldados. Apoyaba la cabeza en el mismo sitio en que un soldado había puesto la bota: el olor a sebo de ballena le provocaba más náuseas que su estado, y, cuando alguien puso un pañuelo usado debajo de su cabeza, el olor a jabón de guerra, ese rastro de aroma sintético, le pareció un consuelo y la hizo llorar: el rastro de perfume, aunque sucio, dulzón, que había en aquel pañuelo le pareció algo infinitamente precioso.

Cuando empezaron los dolores, alguien la asistió, mientras ella vomitaba sobre los zapatos de los que la rodeaban. La asistenta más serena y más eficaz fue una niña de catorce años, que logró hervir un poco de agua sobre un hornillo de alcohol, y esterilizó en ella unas tijeras con las que cortó el cordón umbilical. Todo lo hizo tal como lo había leído en un libro que no debería haber leído: con una sangre fría y al mismo tiempo con una amabilidad y un valor admirables, aquella niña puso en práctica lo que había leído por la noche, cuando sus padres ya hacía rato que dormían, en un libro con unas láminas descoloridas, rojizas y amarillentas: cortó el cordón umbilical con las tijeras esterilizadas de su madre, la cual descubrió entonces —recelosa pero al mismo tiempo admirada— los conocimientos de su hija.

Cuando cesó la alarma, oyeron muy lejos las sirenas, como oyen el halalí los animales escondidos en lo más profundo del bosque: aquella extraña y suave acústica se debía a los cascotes de la casa que se amontonaban sobre ellos, y la madre de Brielach, que se quedó en el sótano, sola con la niña de catorce años, oyó los gritos de los demás que no sabían cómo atravesar el pasillo lleno de escombros para llegar arriba.

—¿Cómo te llamas? —preguntó a la niña, a quien no había visto nunca.

—Henriette Schadel —dijo ésta sacándose del bolsillo un trozo de jabón verde sin estrenar; y la señora Brielach, dijo:

—Déjame olerlo —y olió el jabón y lloró de felicidad mientras la muchacha sostenía en brazos al niño envuelto en una manta.

La señora Brielach no poseía nada más que el bolso con el dinero, las cartillas de racionamiento, el pañuelo sucio que un bienhechor había colocado debajo de su cabeza y cuatro retratos de su marido: en uno de ellos aparecía vestido de paisano, con su mono de cerrajero, muy joven y sonriente; en otro llevaba uniforme de cabo tanquista, también sonriente, en un tercero, de sargento, sin dejar de sonreír con el E K[1] y una insignia de combatiente, y en el más reciente —lo había recibido hacía cuatro días— vestía de suboficial tanquista con dos E K2[2] y también sonreía.

A los diez días de haber dado a luz, se encontró, de pronto, y sin que nadie la hubiese consultado, en un tren que la llevaba hacia el Este y, dos meses más tarde, en un pueblo de Sajonia, recibió la noticia de que su marido había muerto.

A los dieciocho años se había casado con un apuesto cabo tanquista, cuyo cuerpo se pudría ahora en algún campo entre Saporoshe y Dniepropetrowsk. Ahora tenía veintiún años, era viuda de un apuesto suboficial, poseía un niño de doce semanas, dos pañuelos, dos cacharros para guisar, algo de dinero, y era bonita.

El niño, al que su madre hizo bautizar con el nombre de Heinrich, como su padre, creció con la convicción de que a cada madre correspondía un tío.

Los primeros años de su vida transcurrieron bajo el signo de un tío que se llamaba Erich y llevaba un uniforme pardo: aquel individuo pertenecía a la misteriosa categoría de tío y al mismo tiempo a otra categoría no menos misteriosa: la de nazi. En ambas categorías había algo un poco raro. A los cuatro años, empezó más o menos a darse cuenta de ello, pero no acababa de verlo claro. En todo caso no olvidó jamás a tío Erich. Éste padecía de una enfermedad llamada Asma: suspiros y gemidos por la noche, lastimeros gritos de «¡me ahogo!», paños empapados en vinagre, infusiones de extraño aroma y olor a alcanfor, quedaron fijos en la memoria del niño, y un objeto, un encendedor, que había pertenecido a tío Erich, los acompañó desde Sajonia a su antigua patria. Erich se quedó en Sajonia, pero el encendedor se fue con ellos y los olores permanecieron grabados en la memoria de Heinrich.

Apareció un tío nuevo, que se introdujo en sus recuerdos con dos olores: Amis —olor a cigarrillos de Virginia— y olor a yeso mojado. Los olores secundarios de ese tío eran el de margarina derretida en la sartén y el de patatas fritas. Este tío, que se llamaba Gert, se hallaba en una lejanía menos misteriosa que el que se había llamado Erich y se había quedado en Sajonia. Gert era solador, y esta palabra evocaba el olor a yeso mojado, a cemento mojado; también iba unida a Gert la palabra tantas veces repetida, tan a menudo pronunciada, la palabra que después de la desaparición de Gert se conservó en el vocabulario de mamá, la palabra mierda. Lo curioso era que mamá podía decir esta palabra, mientras que a él no le estaba permitido pronunciarla. Además de aquellos olores y de esa palabra, Gert también les legó como recuerdo un objeto, un reloj de pulsera que regaló a mamá, un reloj de soldado que andaba sobre dieciocho piedras: misteriosa etiqueta de calidad.

En esa época, Heinrich Brielach tenía cinco años y medio y contribuía al sustento propio y al de su madre haciendo recados al mercado negro para los numerosos inquilinos de la casa, a cambio de determinadas compensaciones. Provisto de dinero y de una buena memoria, aquel guapo niño, que se parecía a su padre, salía de casa a eso de las doce del mediodía y adquiría lo que siempre había que adquirir: pan, tabaco, cigarrillos, café, sacarina, y a veces cosas preciosas y completamente caídas en desuso: margarina, mantequilla y bombillas eléctricas. Cuando se trataba de adquisiciones especialmente importantes y caras, el niño servía de acompañante y de introductor, puesto que conocía a todo el mundo en el mercado negro y sabía las especialidades a que se dedicaba cada individuo. Entre los traficantes, el niño era considerado tabú y, si descubrían que alguien le engañaba, le boicoteaban hasta obligarle a mudar de barrio.

Su inteligencia y su habilidad no sólo le valían diariamente un tanto por ciento equivalente a un pan, sino también una rapidez en los cálculos de la que estuvo sacando partido en la escuela durante mucho tiempo; en efecto, hasta el tercer curso escolar no aparecieron problemas que el muchacho ya conocía prácticamente mucho antes de ir al colegio.

«¿Cuánto cuestan dos octavos de libra de café, si el kilo cuesta treinta y dos marcos?»

En otro tiempo, la solución de esta clase de problemas había estado para él a la orden del día, porque hubo meses muy malos en los que el pan se compraba por raciones de cincuenta y de cien gramos, el tabaco en cantidades todavía menores, el café por medias onzas, cantidades pequeñísimas que exigían gran habilidad en el cálculo de fracciones si uno quería evitar que le engañaran.

Gert desapareció de repente. Sus olores perduraron en la memoria: yeso mojado, A mis, patatas fritas con cebolla y margarina. Su legado fue la palabra mierda, que ya no hubo quien la arrancara del vocabulario de mamá, y el objeto que de él quedó fue el reloj de pulsera de soldado. Después de la súbita desaparición de Gert, mamá lloró, cosa que no había hecho al despedirse de Erich, y poco tiempo después apareció un tío nuevo, que se llamaba Karl. Éste reclamó muy pronto el título de padre, a pesar de que no tenía derecho a exigirlo. Karl era empleado de una oficina municipal y no llevaba —como Gert— una vieja guerrera de uniforme, sino un auténtico traje y, con voz muy clara, anunció el comienzo de una «nueva vida».

Heinrich, en sus recuerdos, sólo le llamaba «Karl-nueva-vida», porque aquel tío solía pronunciar estas palabras varias veces al día. El olor correspondiente a Karl era el olor a sopas, que los empleados municipales podían adquirir en condiciones muy ventajosas: estas sopas —fuera cual fuera su nombre y fueran dulces o saladas— olían todas a termos y a mucho. Karl traía a casa, en un viejo recipiente militar, la mitad de su ración, a veces incluso más, si había podido volverse a poner a la cola para el reenganche, lo cual era una ventaja, aunque Heinrich no llegó a aclarar jamás en qué consistía. Tanto si la sopa sabía a harina de galleta dulce como a aroma artificial de rabo de buey, siempre olía a termos; así y todo, era excelente. Karl solía llevar el termos en la mano. Mamá le había hecho una funda de lona y había recubierto al asa con algodón de zurcir gris, pues Karl no podía transportar la sopa en su cartera, ya que en los tranvías siempre había empujones y la sopa se hubiera derramado y la hubiera ensuciado. Karl era amable y poco exigente, pero su aparición tuvo también consecuencias dolorosas, por cuanto era tan severo como poco exigente y prohibió toda relación con el mercado negro. «Como empleado público no me lo puedo permitir... además eso perjudica la moral y la economía.» La severidad de Karl coincidió con un mal año: el año 1947. Racionamientos muy menguados, cuando los había —y las sobras de la sopa de Karl no compensaban el pan que Heinrich había ganado cada día haciendo de recadero. Heinrich, que dormía en una misma habitación que su madre y Karl —igual que había dormido en una misma habitación con su madre y tío Gert, y con su madre y tío Erich— tenía que volverse de espaldas cuando Karl y su madre se sentaban, a media luz, junto al aparato de radio.

Heinrich se volvía de espaldas y podía ver perfectamente el retrato de su padre, vestido de suboficial tanquista y fotografiado poco antes de morir. Durante el reinado de los sucesivos tíos, el retrato de papá había continuado colgado en la pared. Pero, incluso vuelto de espaldas, el muchacho oía el susurro de Karl, sin llegar a comprender las palabras que decía; oía también la risa reprimida de su madre, y, a causa de esta risa, por momentos la odiaba.

Más tarde, su madre y Karl se pelearon a propósito de algo que nunca mencionaron claramente. Mamá repetía una y otra vez: «Yo me “lo” desbarataré.» «¡Que no!», le replicaba Karl. Heinrich no comprendía hasta más tarde qué era «lo». Primero, la madre ingresó en el hospital y Karl se mostró nervioso y preocupado y se limitó a decirle: «Tú no tienes la culpa.»

Pasillos de hospital que olían a sopa, muchas, muchísimas mujeres en una misma sala, y mamá, pálida como la cera, pero sonriente a pesar de «tener muchos dolores». Karl, que estaba muy serio junto a la cama, dijo: «Todo ha terminado entre nosotros. Tú “lo” has...»

¡Misterioso «lo»...! Y Karl se fue antes de que mamá regresara del hospital. Heinrich quedó cinco días al cuidado de una vecina, que inmediatamente volvió a nombrarle recadero del mercado negro. Pero allí había caras nuevas, precios nuevos y nadie se preocupó ya de si le engañaban o no. Bilkhager, a quien siempre había comprado el pan, estaba en la cárcel, y el Abuelo, el del pelo blanco, especialista en tabaco y sacarina, también estaba en la cárcel porque le habían sorprendido en el audaz intento de matar un caballo en su propio domicilio. Todo había cambiado, todo era más caro y más amargo, y Heinrich se alegró de que su madre saliera del hospital, porque la vecina se quejaba todo el día de su perdida opulencia y le hablaba de cosas que se podían comer: historias fabulosas de chocolate, carnes y natillas, que le desconcertaban porque eran palabras que no le sugerían ninguna imagen concreta.

Mamá se mostró reservada y meditabunda, más amable que antes; y entró a trabajar en la cocina en que se hacían las sopas para los empleados municipales. A partir de aquel momento tuvieron cada día una olla de tres litros de sopa y lo que les sobraba servía para cambiar por pan, tabaco, etc. Por las noches, se sentaban solos junto a la radio y la madre fumaba, callada y pensativa; sólo abría la boca para decir: «Todos los hombres son unos cobardes.»

La vecina murió: seco resto del pasado, figura enflaquecida, oscura y hambrienta, que sentía necesidad de repetir diez veces al día que antes había pesado más de dos quintales. «Mírame, mírame bien; yo, yo pesaba antes más de cien kilos, pesaba exactamente ciento diecisiete kilos, y mírame ahora con mis setenta y dos.» Pero ¿qué eran dos quintales? Un peso que sólo sugería sacos de patatas, de harina y de bolas de carbón: dos quintales de bolas era exactamente lo que cabía en aquella carretilla con la que se había acercado tantas veces a los trenes de carga para robar carbón —noches frías, y el silbido del compañero de fatigas que se encaramaba al poste del semáforo para dar la señal cuando se acercara la policía. La carretilla pesaba cuando se habían cargado en ella dos quintales, y la vecina había pesado más aún.

Ahora había muerto: margaritas sobre su tumba; dies irae, dies illa, y cuando los parientes hubieron recogido los muebles, quedó un retrato en la escalera, un retrato grande y amarillento, en el que se veía a la vecina ante una casa que llevaba el nombre de «Villa Elisabeth». En el fondo había unos viñedos, una gruta de piedra volcánica en la que unos enanitos de loza jugaban con una carretilla, y. en primer término, la vecina, rubia y gorda— y arriba, asomado a la ventana, un hombre fumando en pipa y, atravesando el frontón de la fachada, «Villa Elisabeth». Claro, la vecina se llamaba Elisabeth.

En la habitación vacía fue a vivir un hombre llamado Leo que vestía uniforme de tranviario, gorra azul marino con cinta encamada y lo que Leo llamaba sus «herramientas»: una cartera y una caja de madera para los tacos de billetes, una esponjita dentro de un recipiente de aluminio y el taladro para marcar los billetes; muchas correas, mucho cuero y el rostro poco simpático de Leo: muy encarnado, muy limpio; canciones que Leo silbaba y la radio que no paraba nunca. Y en la habitación de Leo, uniformes de cobradores de tranvía que reían y bailaban y gritaban «A tu salud».

La mujer que antes había pesado más de dos quintales y de la cual quedaba el retrato de «Villa Elisabeth», aquella mujer había sido silenciosa. Leo era ruidoso. Leo se convirtió en el principal cliente de sopa, que pagaba con cigarrillos y no sin largos regateos: le gustaban sobre todo las sopas dulces.

Una tarde, en que fue a buscar sopa a cambio de tabaco, dejó, de pronto, el puchero encima de la mesa, sonrió a mamá y dijo: «¡Vea qué cosas se bailan ahora! ¿Ha ido a bailar alguna vez en estos últimos años?»

Leo bailó algo completamente loco: levantaba las piernas, remaba con los brazos y se acompañaba de extraños aullidos. Mamá se echó a reír y dijo: «No, hace mucho tiempo que no he bailado.» «Pues tendría que hacerlo —dijo Leo—, venga usted acá.» Empezó a canturrear una melodía, tomó a mamá de la mano, la hizo levantar de la silla, se puso a bailar con ella y el rostro de mamá cambió: de pronto, se sonrió, se sonrió muy amablemente y pareció mucho más joven. «¡Ay sí! —dijo— antes iba a menudo a bailar.»

«Pues venga conmigo; soy socio de un club de baile —dijo Leo—. Baila usted maravillosamente.»

Mamá fue efectivamente al club de baile y Leo se convirtió en tío Leo y vino otro «lo». Heinrich aguzaba el oído y pudo darse cuenta de que esta vez los bandos habían cambiado: ahora era mamá quien decía lo que antes había dicho Karl. «Lo quiero guardar.» Y Leo decía lo que antes había dicho mamá: «Tienes que desbaratarlo.»

Por aquel entonces, Heinrich estaba ya en la segunda clase y hacía tiempo que sabía qué era «lo» porque Martin le había comunicado lo que a su vez le había comunicado tío Albert, es decir, que los niños nacen de la unión de las mujeres con los hombres. Estaba claro, por lo tanto, que «lo» era una criatura: sólo había que sustituir «lo» por criatura. «Quiero guardar la criatura», decía mamá. «Tienes que desbaratar la criatura», decía tío Leo. «Me desbarataré la criatura», había dicho mamá a Karl. «No te desbaratarás la criatura», había replicado Karl.

Heinrich tenía ya clara idea de que su madre se había unido con Karl, aunque entonces no pensaba «unido», sino algo que no se decía tan fino. De modo que era posible «desbaratarse» las criaturas. La criatura, por cuya causa se había marchado Karl, se había desbaratado. Karl no había sido el peor de los tíos.

«Lo», la criatura, vino al mundo, y Leo amenazó a mamá diciendo: «Si dejas el empleo, la llevo al hospicio.» Pero la madre tuvo que abandonar de todos modos el empleo porque se suprimió la sopa que a tan bajo precio les daban a los empleados municipales; y pronto dejó también de haber mercado negro. A nadie interesó la sopa, circuló dinero nuevo, aunque muy escaso, y en las tiendas había cosas que antes no había habido ni siquiera en el mercado negro. La madre lloraba y «lo» era una niña y se llamaba Wilma como su madre; Leo estuvo furioso hasta que mamá volvió a encontrar trabajo en una pastelería.

Tío Albert vino y ofreció dinero a mamá, pero ésta no lo aceptó, y tío Leo la riñó a gritos y tío Albert, el tío de Martin, gritó a Leo.

El olor característico de tío Leo era el de jabón de afeitar. Leo tenía el rostro encarnado de tan limpio y tenía el pelo negro como la pez; era un hombre que dedicaba muchas horas al cuidado de sus uñas y llevaba siempre un pañuelo amarillo dentro de la guerrera del uniforme. Leo, además, era avaro: nunca gastaba ni un céntimo para los niños y en ello se diferenciaba de tío Will y de tío Albert, los tíos de Martin, que siempre hacían regalos. Will era otra clase de tío que Albert. Poco a poco se formaron categorías de tíos: Will era un tío auténtico; Leo era un tío como lo habían sido Erich, Gert y Karl, es decir, tíos que se unían con mamá. En cambio Albert era de una clase distinta de tíos, no era lo mismo que Will o que Leo: no era un tío auténtico como Will, que tenía categoría de abuelo, pero tampoco era un tío «de unión».

Papá era el retrato colgado en la pared; un suboficial tanquista sonriente, que había sido fotografiado hacía diez años. Si al principio le había considerado viejo, ahora le consideraba más joven, cada vez más cercano: él, Heinrich, se iba acercando lentamente a su padre, que ahora ya sólo tenía poco más del doble de años que él. Al principio, había tenido cuatro o cinco veces su edad. Y en otro retrato que había colgado junto al de papá, mamá sólo contaba dieciocho años. Casi parecía tener la misma edad que las niñas que hacían la primera comunión.

Tío Will tenía casi seis veces más años que él, y, sin embargo, Heinrich se sentía viejo y lleno de experiencia, sabio y cansado frente a Will, y disfrutaba de su amistad como si fuera la de un niñito, como gozaba de las caricias de su hermanita, que crecía tan de prisa. Heinrich cuidaba de ella, le daba el biberón, y le calentaba las papillas, porque, por la tarde, la madre no estaba en casa y Leo se negaba a hacer nada por la niña: «No soy ninguna nodriza.» Más tarde, Heinrich incluso bañaba a Wilma, la sentaba en el orinal y la llevaba consigo cuando salía de compras o iba, por la noche, a buscar a mamá a la pastelería.

Tío Albert era muy distinto de Will; era un hombre que sabía qué significaba el dinero; un hombre que, a pesar de tener dinero, sabía muy bien lo terrible que es que suba el precio del pan y de la margarina; un tío como le habría gustado tener uno: no un tío «de unión», ni un tío como Will que, en el mejor de los casos, sólo servía para jugar o para ir de paseo. Will era bueno, pero con Will no se podía hablar, mientras que con tío Albert se podía hablar, a pesar de que tenía dinero.

Le gustaba ir allá por diferentes motivos, principalmente a causa de tío Albert y, sólo en segundo lagar, por Martin, el cual, por lo que al dinero se refiere, era igual que tío Will. Heinrich quería también a la abuela, aunque estuviera loca. También le gustaba ir allá para jugar a pelota y por las cosas que había en la nevera; y era tan cómodo dejar a Wilma, dentro del cochecito, en el jardín, jugar a pelota horas y más horas y liberarse de tío Leo.

Lo único terrible era ver cómo andaba allá la cuestión del dinero: allí le daban lo que quería, eran amables con él y la sorda impresión de que algún día llegaría en que aquello acabaría mal no derivaba únicamente del dinero. Quizás la provocaba la diferencia entre tío Leo y tío Albert, que respondía a su vez a la diferencia entre el susto que tuvo Martin al oír aquella palabra que mamá le había dicho al pastelero y su propia sorpresa, no demasiado violenta, al oír pronunciar por primera vez a su madre una palabra que hasta entonces sólo había oído en boca de tío Leo y de una cobradora de tranvía. Heinrich encontraba fea aquella palabra y no le gustaba oírla, pero no le había asustado tanto como a Martin. Éstas eran diferencias que sólo en parte tenían que ver con el dinero; diferencias que percibía muy bien tío Albert, el cual se daba perfectamente cuenta de que no debía ser demasiado bueno con Heinrich.

 

III

 

Desde hacía ya algunos minutos, sentía que alguien tenía fijos los ojos en su nuca, con aquella tenacidad característica de los individuos acostumbrados a vencer y a que se les haga caso. Existen matices: Nella distinguía incluso si alguien la miraba por detrás con la mirada dolorosa del admirador tímido. Pero esta vez se trataba de alguien seguro de sí mismo, de una mirada sin melancolía, y Nella se entretuvo durante medio minuto en imaginarse al hombre: moreno, elegante, un poco snob; tal vez había hecho una apuesta: diez a uno a que antes de tres semanas me acuesto con ella.

Nella estaba cansada y no le costaba ningún esfuerzo olvidar por completo el admirador desconocido, porque le hacía ilusión ir a pasar el fin de semana con Albert y el niño en casa de la madre de Albert. Ya había empezado el otoño y probablemente habría pocos huéspedes en el parador. Sólo escuchar a Albert cuando éste hablaba de cebos con Glum y Will, era ya algo estupendo; además, se llevaría libros y leería mientras jugaban a pelota los muchachos, Martin y su condiscípulo, y quizás se dejaría convencer e iría con Glum a pescar y se lo haría explicar todo: los cebos, las técnicas, los distintos anzuelos y la grande, la infinita paciencia que se necesitaba. Volvió a sentir aquella mirada, y al mismo tiempo tuvo también la impresión de sopor que le producía la voz de Schurbigel: dondequiera que hubiera que dar una conferencia sobre algún tema cultural, la daba Schurbigel. Nella le odiaba y se arrepentía de su abúlica cortesía que la había hecho aceptar aquella invitación. Hubiera sido mejor ir con Martin al cine y luego a tomar un helado y luego un café, leyendo el periódico de la tarde mientras Martin se entretenía escogiendo discos, que la muchacha de la heladería le ponía de buena gana. Pero ahora ya la habían descubierto un par de conocidos y no tendría más remedio que volver a pasar una noche aburrida: bocadillos preparados a toda prisa, botellas descorchadas, café —¿o prefiere usted té?—, cigarrillos y el rostro de búfalo de Albert cuando ella conversaba con las visitas y tenía que dar detalles de la vida de su marido.

Era ya demasiado tarde. Ahora hablaba Schurbigel, luego, el padre Willibrord le presentaría gente y aparecería aquel admirador todavía desconocido, cuya mirada seguía fija sobre su nuca como la luz de una lámpara. Lo mejor era abandonarse y acumular así por lo menos un poco de sueño.

Siempre hacía lo que no hubiera querido hacer, y no por vanidad, por vanidad de la fama de su marido, que había muerto en la guerra, ni tampoco por afán de conocer a gente que tanto se interesaba por él. Más bien era la sensación de nadar la que la llevaba en aquella dirección y la hacía hundirse en un mundo donde todo era más o menos absurdo: ver y soñar en fragmentos de películas malas, desperdicios tirados por el «cutter», escenas incoherentes y mal fotografiadas; con artistas mediocres y mala iluminación. Nella luchó denodadamente contra el cansancio, se sobrepuso y escuchó a Schurbigel, cosa que hacía tiempo no había hecho. La mirada tenazmente fija en su nuca la fatigaba, porque sólo a costa de un esfuerzo podía mantener su propósito de no volverse, y no quería volverse porque conocía a aquel individuo sin haberle visto jamás. Los tenorios intelectuales la horrorizaban. Sus vidas determinadas por reflejos y resentimientos solían desarrollarse según unos modelos tomados de la literatura, que oscilaban entre Sartre y Claudel. Estos tipos solían soñar en habitaciones de hotel parecidas a las que habían visto en las películas que se dan a última hora en determinados cines: películas con luz crepuscular, diálogo refinado, «de escasa acción, pero intensas» llenas de música de órgano muy existencial; un hombre pálido inclinado sobre una mujer pálida mientras el cigarrillo —¡oh, qué efecto de óptica!— se consume en frenéticas columnas de humo sobre el borde de la mesilla de noche. «Lo que hacemos no está bien, pero tenemos que hacerlo.» Se apaga la luz y en el crepúsculo cada vez más avanzado, sólo se ve cómo se consume desesperadamente el cigarrillo sobre el borde de la mesita de noche; luego se oscurece la pantalla mientras se cumple lo inevitable.

Cuantos más caballeros de este tipo conocía, más quería a su marido, y, a pesar de su fama de poco virtuosa, no se había acostado realmente con otro hombre durante diez años. Rai había sido distinto, sus complejos habían sido tan auténticos como su ingenuidad.

Nella dejó que la voz de Schurbigel la arrullara lentamente como una nana y, por un momento, olvidó la mirada persistente proyectada sobre su nuca.

Schurbigel era alto y grueso y el grado de melancolía de su rostro aumentaba de conferencia en conferencia —y daba muchas—. A cada una aumentaba también su empaque, el volumen de su cuerpo. Nella tenía la impresión de hallarse ante un balón enormemente inteligente, enormemente triste, que se hinchaba cada vez más y que reventaría sin que de él quedara otra cosa que un puñado de tristeza concentrada y maloliente.

El tema de su conferencia era un tema Schurbigel: «La relación del intelectual con la Iglesia y el Estado en la época de la técnica.» Tenía una voz agradable, untuosa e inteligente, que se balanceaba al impulso de una secreta sensibilidad y rebosaba infinita tristeza. Schurbigel tenía cuarenta y tres años, muchos partidarios y sólo pocos enemigos, pero estos enemigos habían logrado desenterrar su tesis doctoral, que yacía en los archivos de una oscura universidad de la Alemania central, y esta tesis, escrita en 1934, llevaba el siguiente título: «Nuestro Führer y la lírica moderna». Ésta era la causa de que Schurbigel empezara todas sus conferencias con algunos comentarios acerca de la perfidia publicitaria ejercida por gamberros jóvenes, pesimistas sectarios, herejes flageladores, incapaces de comprender la conversión de un hombre llegado a su madurez espiritual. Pero Schurbigel conservaba su tono amable incluso frente a sus enemigos y usaba con ellos un arma que los sacaba de quicio, precisamente porque no tenían defensa contra ella: Schurbigel empleaba el perdón; a todo el mundo le perdonaba lo que fuera. Mientras hablaba, sus ademanes eran los de un peluquero amable que sólo desea el bien del cliente: parecía como si a sus imaginarios amigos y enemigos les fuera poniendo toallas calientes y vaporizándolos con esencias perfumadas y calmantes; Schurbigel les friccionaba la cabeza, los abanicaba, los refrescaba abundantemente, luego les daba jabón, con parsimonia y a fondo, con un producto extremadamente aromático, extremadamente precioso, mientras su voz untuosa pronunciaba cosas extremadamente inteligentes. Schurbigel era moreno, pero no demasiado. Palabras como «élite», «catacumbas», «desesperación» flotaban como boyas luminosas en la corriente culta y homogénea de sus discursos, mientras brindaba a los imaginarios clientes de su salón de peluquería voluptuosidades misteriosas: tratamientos suaves, compresas calientes, frías y tibias, fricciones; parecía que complaciera a sus oyentes con todos los gustos que figuran en el catálogo de un maestro peluquero.

Schurbigel se había criado en un salón de peluquería de suburbio. Aquel «muchacho de extraordinarias dotes» halló muy pronto quien le descubriera y le ayudara, pero el joven regordete no olvidó jamás la turbadora melancolía de la pequeña y sucia peluquería de su padre: el siseo de las tijeras —destellos de níquel en el anochecer—, el tenue murmullo de la maquinilla eléctrica de cortar el pelo, la charla pacífica, el aroma de los distintos jabones, mezclados unos con otros en medio de un agradable calor, los perfumes vaporizados, el tintineo de la calderilla al caer en la caja, los paquetes entregados con discreción, las tiras de papel sobre los que se secaba lentamente la espuma del afeitado —de tal manera que los pelitos negros, rubios o rojizos parecían confetti entre merengue— y las dos cabinas cálidas y oscuras en las que actuaba su madre: luz artificial, humo de cigarrillos y quejumbrosos diálogos que en determinados momentos alcanzaban notas agudas, al referirse a dolencias del bajo vientre. Cuando en la tienda no había clientes, el padre, amable y muy melancólico, entraba en la trastienda, fumaba un cigarrillo y le repasaba el vocabulario: en aquellos momentos el oído de Schurbigel era extremadamente sensible y su espíritu se entristecía. Su padre no llegó nunca a saber pronunciar bien las palabras latinas, decía genús en lugar de genus, áncilla en lugar de ancilla y cuando su hijo pronunciaba la palabra tithemi, aparecía en su rostro una sonrisa estúpida, porque sus asociaciones se efectuaban en un plano muy bajo.

Schurbigel ofrecía ahora a sus oyentes el placer de un ungüento misterioso que aplicó delicadamente a sus oídos, a sus frentes y a sus rostros; luego, con gesto rápido, les quitó el peinador, hizo una ligera reverencia, recogió las hojas de su manuscrito y abandonó el estrado con una sonrisa de timidez. El aplauso fue unánime y sostenido, pero discreto, tal como le gustaba a Schurbigel: no era amigo de manifestaciones ruidosas. Se metió la mano derecha en el bolsillo del pantalón y se puso a jugar con la caja metálica de las pastillas de glutamina: el tintineo perceptible pero discreto de las grageas le tranquilizó, y sonrió mientras estrechaba la mano que le tendía el padre Willibrord: «Magnífico, sencillamente magnífico.» Schurbigel se despidió, tenía que irse inmediatamente a la inauguración del «Secesionismo del Oberland»;[3] Schurbigel era especialista en pintura moderna, en música moderna, en lírica moderna. Le gustaban precisamente los temas más difíciles porque en ellos se podía poner a prueba los conceptos más audaces, las interpretaciones más atrevidas. Su osadía era tan grande como su benevolencia: lo que más le gustaba era hacer públicamente el elogio de todos aquellos que sabía que eran enemigos suyos y disfrutaba poniendo de manifiesto los defectos de sus amigos. Raras veces se le oía elogiar a un amigo, lo cual le dio fama de incorruptible. Schurbigel era incorruptible; si bien es verdad que tenía enemigos, no era personalmente enemigo de nadie.

Después de la guerra (aquí se citaba con frecuencia el ejemplo de Saulo), Schurbigel había sentido la enorme atracción de la religión. Con gran sorpresa por parte de sus amigos, se convirtió al cristianismo y en descubridor de artistas cristianos: a su favor se contaba un merecimiento de hacía ya más de diez años: el haber descubierto a Raimund Bach, a quien Schurbigel había saludado ya entonces como el lírico más importante de su generación. Le había descubierto siendo redactor de un gran periódico nazi, había impreso sus poemas y ello le permitía —y aquí tenían que callarse incluso sus enemigos— empezar todas las conferencias sobre lírica moderna con la siguiente frase:

«Cuando, en el año 1935, hice imprimir por primera vez un poema de nuestro poeta Bach, caído en el frente de Rusia, sabía que había empezado una nueva era de la expresión lírica.»

Gracias a aquella publicación se había otorgado el derecho de llamar a Nella. «Mi querida Nella», sin que ella pudiera impedirlo, por más que supiera que Rai le había odiado tanto como ella le odiaba ahora. Schurbigel se había otorgado el derecho de ir cada tres meses a su casa a tomar vino y té y de llevar consigo a media docena de jóvenes desharrapados; y la fotografía «La viuda del poeta con el descubridor de su marido» aparecía por lo menos cada seis meses en alguna revista.

Nella respiró al ver que Schurbigel se marchaba: le odiaba, aunque también la divirtiese, y, cuando ahora cesaron los aplausos y se despertó del todo, sintió que aquella mirada ya no se posaba sobre su nuca, sino sobre su rostro. Levantó los ojos y vio que se dirigía hacia ella, acompañado del padre Willibrord, un individuo que ya varias veces había intentado conquistarla. Era todavía joven, y —contrariamente a la moda— vestía con gran discreción: traje gris oscuro, corbata limpia y bien anudada y, de frente, tenía un rostro bastante simpático: cierta inteligencia irónica como la que suelen tener los periodistas que han pasado de la política a la página literaria. Era típico del padre Willibrord tomarse en serio a gente como Schurbigel y prestarse a presentarle a un individuo como aquel desconocido que se acercaba ahora lentamente hacia donde estaba ella.

El joven desconocido era moreno, tal como Nella se lo había imaginado, pero no tenía el tipo del conquistador intelectual en que había pensado un momento antes. Para desconcertarle todavía más, Nella volvió a sonreír. ¿Caería también éste en la trampa de aquel juego de diminutos músculos? Así fue, en efecto, y, cuando se inclinó para saludarla, Nella observó su cabello espeso, negro y limpio peinado con raya.

—El señor Gäseler —dijo el padre Willibrord sonriendo—, está preparando una antología lírica y le gustaría que tú, querida Nella, le aconsejaras acerca de cuáles son los poemas de Rai que debe elegir.

—¿Cómo? —dijo ella—. ¿Cómo se llama usted? —y por la cara que puso su interlocutor, vio que tomaba su terror por emoción.

Verano en Rusia, un hoyo en la tierra, un tenientillo que mandaba a Rai a la muerte. ¿Fue esta mejilla morena y bien afeitada la que recibió hace diez años la bofetada de Albert?

«...Le di con tanta fuerza en la cara, que por un momento seguí viendo mis cinco dedos marcados en su mejilla morena, y aquella bofetada me costó seis meses de arresto en la cárcel militar de Odesa.» Mirada alerta, algo recelosa e insegura. Truncada la vida, la vida de Rai, la mía y la de nuestro hijo, por culpa de tu tenaz orgullo, tenientillo de cabello negro, que te empeñaste en que se cumplieran tus órdenes; tres cuartas partes de la bella película ya rodada y que sólo esperaba la proyección, interrumpida y tirada en el cuarto trasero, donde tenía ella que ir reconstruyéndola a trozos; sueños destinados a no ser sueños. El protagonista echado a la calle y los demás, ella, el niño y Albert, obligados a rodar otra película mal recompuesta. Por un par de horas el productor había dejado entrar a un mandón que cambió por completo el rumbo del resto de la película. ¡Fuera el protagonista! ¿Era posible que su vida, la de Albert, la del niño y la de la abuela, todas ellas estropeadas, tuvieran que cargarse en la cuenta de aquel insignificante mequetrefe, que se empeñaba en considerar el desconcierto de Nella como prueba de que la había flechado...?

Oh pequeño, guapo e inteligente embrollón de mirada insegura, editor de antologías, si eres tú —me pareces demasiado joven, pero si lo eres—, serás el protagonista de la última parte de la película y tendrás un final melodramático: figura mítica en la fantasía de mi hijo, hombre negro en el recuerdo de la abuela, cargado del odio atizado sin desmayo durante diez años; te aseguro que habrás de pasarlo tan mal como yo lo estoy pasando ahora.

—Gäseler —contestó él sonriente.

—El señor Gäseler redacta la hoja literaria de Der Bote desde hace dos semanas. —¿No te encuentras bien, querida Nella?

—No, no me encuentro bien.

—Podríamos tomar algún refresco, un café, ¿me permite que la invite?

—Sí —contestó Nella.

—¿Nos acompaña usted, padre?

—Sí.

Pero Nella tuvo que estrechar la mano de Trimborn, saludar a la señora Mesewitz, oyó que alguien murmuraba: «la pobre Nella está envejeciendo», y pensó en llamar a Albert y pedirle que viniera. Albert reconocería a Gäseler y le ahorraría a ella aquella entrevista tan difícil. A pesar de que todo hablaba en contra de que fuera él, Nella casi estaba convencida de que lo era. Aquel individuo aparentaba unos veinticinco años, pero podía tener muy bien veintiocho, y, por lo tanto, entonces habría tenido dieciocho, a lo sumo.

—Iba a escribirla a usted —dijo Gäseler mientras bajaban la escalera.

—De poco le habría servido —replicó ella.

Gäseler levantó la mirada hacia ella y su estúpido amor propio la excitó todavía más.

—Hace diez años que no leo ninguna carta; todas las que me llegan van al cesto sin abrir.

Al llegar a la puerta, le dejó plantado, dio la mano al padre, únicamente, y dijo:

—No, tengo que marcharme a casa, no me encuentro bien... llámeme usted si quiere, pero no diga su nombre por teléfono. ¿Oye usted? No diga su nombre.

—¿Qué te pasa, querida Nella?

—Nada —contestó ella— no puedo más, estoy muy cansada.

—Nos hubiera gustado tenerte con nosotros en Brernich el domingo que viene; el señor Gäseler dará una conferencia...

- Llámeme si quiere —repitió, y dejando plantados a los dos hombres echó a correr.

Por fin había salido de la zona fuertemente iluminada y pudo volver la esquina y meterse en la calle oscura donde Luigi tenía su heladería.

Allí se había sentado cien veces con Rai y aquél era el lugar más apropiado para recomponer la película, juntar los fragmentos que se habían convertido en sueños, colocarlos en la rueda dentada. Sólo apagar la luz y apretarse la cabeza, y aquel sueño, que había estado destinado a ser realidad, centelleaba en su cerebro.

Luigi le sonrió y tomó en seguida el disco que ponía siempre que la veía entrar: primitivismo salvaje y sentimental, enfermizo e impresionante. Nella esperaba ansiosa el momento en que la melodía se acababa y se hundía crepitando en profundidades infinitas, mientras ella se esforzaba en proyectar la primera parte de aquella película, la que no había sido un sueño.

La película había empezado aquí, aquí, donde las cosas habían cambiado apenas: en la pared que daba a la calle, encima del escaparate, todavía se veía la abertura recortada en forma de gallo y cubierta de cristales de abigarrados colores: verde como el campo y rojo como las granadas, amarillo como la bandera de los trenes de municiones, negro como el carbón— y el rótulo que el gallo sostenía con el pico: grande como cuatro ladrillos, blanco como la nieve y con letras rojas: «El Gallito. 144 clases de helados». Ya hacía tiempo que el gallo volvía a arrojar su luz multicolor sobre el rostro de los clientes, sobre el bar, hasta el rincón más lejano donde estaba sentada Nella, que veía su mano —teñida de un amarillo de muerte— descansando sobre la mesa como antaño. La escena número 1 estaba a punto.

Un joven se acercaba a su mesa, y una sombra gris oscura caía sobre su mano: antes de que ella pudiera levantar la mirada hasta él, oyó que decía: «quítese esta chaquetita parda, no le sienta bien». Ya se había colocado detrás de ella, le levantaba tranquilamente los brazos y le quitaba con cuidado la chaqueta de las juventudes hitlerianas. Luego la tiró al suelo, de un puntapié la envió a un rincón de la heladería, y se sentó junto a Nella. «Claro que le debo una explicación —y Nella todavía no le podía ver, porque otra sombra gris caía sobre su mano, teñida de brillante amarillo por el pecho del gallo—. No se vuelva a poner eso, no le sienta bien.» Más tarde, ella y aquel muchacho habían bailado, allí delante, donde quedaba un poco de espacio libre frente al mostrador, y le pudo mirar detenidamente: curiosos, aquellos ojos azules tan serios en medio del rostro sonriente, como si, por encima de su hombro, miraran algo muy alejado. Aquel joven bailaba con ella como si bailara solo, sus manos sólo la rozaban ligeramente; unas manos ligeras, que más tarde, cuando él dormía a su lado, Nella solía tomar y llevarse al rostro. Noches de color gris claro, durante las cuales su cabello no parecía negro sino gris como la luz que entraba de fuera, y Nella acechaba asustada su respiración, que nunca se oía, que apenas se percibía cuando le ponía la mano sobre la boca.

Una vida sin lastre había empezado en el momento en que la sombra gris oscura cayó sobre su mano teñida de amarillo. La chaqueta de las juventudes hitlerianas quedó abandonada en el rincón de la heladería.

Mancha amarilla sobre la mano, tan amarilla como hacía veinte años.

Nella encontraba bellos los poemas, porque él los escribía; pero mucho más importante que los versos era aquel que los recitaba tan indiferentemente. Para él todo era tan fácil, tan natural; incluso la orden de movilización, que él tanto temía, pudo diferirse, pero quedó el recuerdo de aquellos dos días, en que allá abajo, en la casamata, le habían apaleado.

Bóvedas húmedas y sórdidas del año 1876, en las que ahora un francés, bajito y listo, explotaba un cultivo de champiñones: manchas de sangre sobre el cemento húmedo y oscuro, cerveza y los eructos de los S. A.,[4] canto sordo como si saliera de una tumba, vómitos en las paredes, en el suelo, donde ahora, en estiércol de caballo, crecían setas blanquecinas, de aspecto enfermizo, y arriba, encima de la bóveda de la casamata, crecía la hierba espesa y verde, los arriates de rosas, donde jugaban los niños y las madres hacían calceta y gritaban «ten cuidado», «no seas tan travieso» —donde unos rentistas malhumorados llenaban de tabaco sus pipas, dos metros encima de la sorda tumba en que Rai y Albert habían sufrido durante dos días un pánico de muerte. «Arre-arre-caballito», padres que jugaban con cara de víspera de fiesta, abuelos que repartían caramelos, el surtidor y los gritos de «no te acerques demasiado al agua», y el viejo guarda, que por las mañanas hacía una ronda para hacer desaparecer las huellas de los desmanes nocturnos de la juventud del barrio: servilletas de papel manchadas de lápiz de labios y Símbolos de amor, trazados con ramitas en el suelo a la luz de la luna. Rentistas madrugadores, ancianos de inseguro paso, que en verano llegaban temprano para ver el botín del guarda antes de que desapareciera en el carro de la basura: sonrisitas a propósito de las servilletas de papel de colores y del rojo vivo del lápiz de labios. También nosotros hemos sido jóvenes.

Y debajo, la cueva en que ahora crecían los champiñones, destacándose blanquecinos sobre el estiércol pardo y la paja amarilla, allí donde fue asesinado Absalom Billig, el primer judío de la ciudad: aquel muchacho moreno y sonriente, de manos tan ligeras como las manos de Rai; Billig sabía dibujar como nadie; sabía dibujar una garita y gente de los S. A.: «Alemán hasta los tuétanos»... y los de S. A., Alemanes hasta los tuétanos, le mataron a golpes allí debajo en la cueva.

Otro disco, homenaje del «barman» moreno y pequeño a su rubia belleza. Nella corrió un poco la mano sobre la mesa hasta situarla bajo la luz encarnada del plumaje del cuello: dos años más tarde, su mano se había posado allí, el día en que Rai le contó que Absalom Billig había sido asesinado. Una judía menuda y flacucha, la madre de Absalom, que desde casa de Albert telefoneaba a Lisboa, a México Distrito Federal, a todas las compañías navieras— sin dejar de la mano al pequeño Wilhelm Billig, llamado así en honor del Kaiser. Sorpresa: Argentina, allá lejos, en Argentina, alguien sostenía el auricular con la mano y hablaba con la señora Billig: visado, divisas...

Como impreso, dos números del Völkischer Beobachter fueron a Argentina con veinte billetes de mil marcos. Rai y Albert entraron de dibujantes en la fábrica de mermeladas de papá.

Allí crecían ahora los champiñones. Las madres gritaban «ten cuidado» y «no seas tan travieso» y «no te acerques demasiado al agua», cuando funcionaba el surtidor, y las rosas florecían tan encarnadas como florecían ahora su mano bajo la luz del plumaje del cuello, del cuello del gallo que servía de muestra a la heladería del «Gallito». La película proseguía y la mano de Rai se hacía más pesada y su respiración más perceptible; Rai ya no se reía y llegó una postal de la señora Billig: «Muchas gracias por vuestros saludos desde mi querida patria.» Y salió otro impreso, dos números del Stürmer con diez billetes de mil marcos. Albert se fue a Londres, y de allí llegó, poco después, la noticia de que se había casado: una muchacha alocada y guapísima, salvaje y fervorosa, y Rai continuó dibujando y llevando estadísticas en la fábrica de papá. ¿Qué podemos hacer para nuestra nueva calidad? Confitura de fresas Holstege. La más barata.

Plumaje azul tinta del vientre del gallo, mientras proseguía la película: dramaturgia gris y monótona... hasta que en Londres murió la muchacha alocada y guapísima y, durante meses, no se tuvieron noticias de Albert. Nella le escribía cartas, que él ahora a veces le reprochaba: «vuelve a Alemania. Desde que te fuiste, Rai no ha reído más...»

La película se ponía más gris y más triste: luz refinada, que prometía emociones. Albert regresó, empezó la guerra: olor a cantinas de cuartel, hoteles abarrotados, en las iglesias se rezaba fervorosamente por la patria. Imposible encontrar alojamiento, y las ocho horas de permiso pasaban de prisa antes de haberse podido abrazar: en sofás de terciopelo, en divanes de oscuro color, en camas sucias de «meublés» de mala muerte que hacían su agosto: sábanas manchadas de sebo de engrasar botas.

Timbres inoportunos y un desayuno infame a la luz del alba, mientras la flaca patrona volvía a poner en la ventana el cartelón: Habitación libre. Placa de cartón entre el visillo y el cristal, y la sabiduría sonriente de la alcahueta cuando Rai se asombraba de lo caro del precio: Estamos en guerra. Hay pocas camas y cuestan dinero- mujeres tímidas, sentadas en el salón, que por primera vez habían hecho lo de siempre fuera del lecho conyugal, que por un lado se avergonzaban de aquella experiencia de casi prostitución y por otro se sentían orgullosas de ella: allí se habían engendrado los niños que habían de empezar a ir a la escuela en 1946, niños flacos y raquíticos, hijos de la guerra, que preguntarían al maestro: «¿El cielo es el mercado negro donde hay de todo?» Timbres inoportunos, camas de hierro y colchones abollonados de crin vegetal que durante dos mil noches de guerra habrían de ser tan codiciados, hasta que se hubiesen engendrado los niños que empezarían a ir a la escuela en 1951.

La guerra siempre favorece la dramaturgia porque está respaldada por ese terrible acontecimiento que es la muerte; ésta atrae la acción y la tensa como el parche del tambor, a punto de resonar al más leve contacto de los dedos.

Otra limonada, Luigi, y que esté fría, muy fría y con un buen chorro de eso amargo que tienes en la botella verde: fría y amarga como las despedidas en las paradas del tranvía o ante las puertas del cuartel. Amarga como el polvillo que sale de los colchones de los «meublés»: polvillo fino, suciedad destilada que rezuma de las resquebrajaduras del papel de las paredes y chirría en los raíles del tranvía 10, del tranvía 8, del tranvía 5, cuando marchan hacia los cuarteles donde madura el desconsuelo. Fría como la habitación, donde empieza ya a instalarse la siguiente: rubia y buena, honrada esposa de un sargento de la reserva; dialecto de Westfalia, embutido que sale de la cesta, rostro algo asustado que toma mi camisón de color por el de una puta, cuando no hago otra cosa que lo de siempre, tan conyugalmente como ella. Me casó un franciscano de aspecto iluminado, en un día soleado de primavera, porque Rai no quería que hiciésemos aquello antes de estar casados. No tengas miedo, honrada esposa del sargento de reserva. El pedazo de mantequilla envuelto en papel pergamino, el rostro encendido por la vergüenza, pronto a llorar; huevos que ruedan por la mesa sucia. Oh, sargento, tú que tan bien cantabas de bajo los domingos en el oficio, ¿qué le has hecho a tu mujer? Maestro hojalatero, con cerdo, vaca y gallinas, cantante del dies irae en las misas de difuntos, para quien, después de diez años, Verdún ya no era más que un tema de conversación en la taberna al tomar el primer trago por la mañana, valiente progenitor de cuatro niños en edad escolar, tú que eres el bajo, el órgano del coro de la iglesia, ¿qué has hecho a tu mujer, que esta noche habrá de tragarse el polvo amargo del colchón y volverá a casa con la impresión de ser una puta y llevando en su seno al párvulo que ingresará en la escuela en 1946: un niño huérfano, porque tú, que tan alegremente cantabas y hablabas de Verdún, descansarás en la arena del Sahara con una granada en el pecho, porque no eres sólo un buen bajo, sino también apto para los trópicos. Un rostro ruborizado, y el huevo que rueda por el borde de la mesa y cae al suelo: clara pegajosa, yema amarilla oscura, la cáscara rota y la habitación tan fría y sucia, y mi maleta tan vacía, con sólo mi camisón demasiado vivo de color y algunos objetos de tocador, muy pocas cosas, demasiado pocas para convencer a la buena mujer de que no soy una cualquiera. Y además el libro, en el que se podía leer claramente la palabra: Novela; la alianza que llevaba yo en el dedo le parecía una farsa que a ella, sin embargo, no la lograba engañar. El niño que irá a la escuela en el 46 es engendrado en ti por un hojalatero, el que irá en el 47, en mí por un poeta, pero no hay gran diferencia.

Gracias, Luigi, vuelve a poner aquel disco, aquel que tú sabes. Y Luigi sabe. Primitivismo salvaje que termina en el momento oportuno, melodía que se hunde vacilando en el abismo, se disuelve, pero vuelve a aparecer. La limonada está tan fría como las habitaciones, tan amarga como el polvo, y el rayo de luz azul del plumaje de la cola del gallo cae ahora sobre mi mano.

La dramaturgia sigue su curso con esta luz oscura, tan a propósito para «crear ambiente». Otra vez el olor amargo alrededor del campamento de instrucción militar, ya hay muchos soldados condecorados, corre el dinero y cada vez hay menos habitaciones: diez mil soldados, de los cuales cinco mil reciben visita, y en todo el pueblo sólo doscientas habitaciones, contando hasta las cocinas, donde, sobre bancos de madera, unos padres condecorados engendran los párvulos del 47, siempre que se encuentre un lugar aprovechable: en la hierba o sobre el suelo cubierto de pinaza, donde las parejas se echan rápidamente, a pesar del frío, porque corre el mes de enero y las habitaciones son más escasas que los soldados: han llegado dos mil madres y tres mil esposas, tres mil veces tiene que realizarse lo de siempre porque la Naturaleza «reclama sus derechos», y los maestros del año 1947 no quieren encontrarse ante bancos vacíos. Perplejidad y desaliento en las miradas de las mujeres y de los soldados, hasta que al más antiguo del campamento se le ocurre la idea salvadora: hay seis barracas vacías con doscientas cuarenta camas y toda el ala séptima, donde está la compañía de infantería, que precisamente ha salido para hacer ejercicios de tiro; y también hay sitio en los sótanos, en los establos de los caballos, «paja buena y limpia, que naturalmente se tendrá que pagar». Se requisan los graneros, los autobuses, que hacen la línea hacia la ciudad, situada a veinte kilómetros. El más antiguo del campamento infringe todas las leyes y todas las convenciones, porque la división está a punto de salir para un lejano destino desconocido y lo de siempre debe realizarse otra vez, de lo contrario los cuarteles estarán vacíos en 1961. Y así hubo modo de engendrar a los párvulos del 47: muchachitos delgaduchos y pequeños, cuyo primer acto de ciudadanos sería robar carbón: estaban bien dotados para hacerlo, eran flacos y ágiles, tenían frío y sabían dar a las cosas su justo valor: sabrían subirse de un salto a los vagones de carbón y echar abajo lo que pudieran. Ah, ladronzuelos, ya volveréis a ser honrados, ya habéis vuelto a serlo, vosotros, engendrados encima de sofás, de bancos de cocina, sobre colchones neumáticos de cuartel o en la sala 56 de la compañía de infantería; vosotros, engendrados en la cuadra de los caballos sobre paja fresca, sobre el frío suelo del bosque, en pasillos y despensas de cantinas, donde el buen cantinero convertía sus dominios en un burdel a horas para matrimonios: no hay de qué avergonzarse, todos somos humanos. Cigarrillos, Luigi, y otra limonada, más fría si cabe, y más amargo de ése que hay en la botella verde.

Mi párvulo del 47 también fue engendrado en aquel mes de enero, no en una sala de estar, ni siquiera en un «meublé»: tuvimos suerte y encontramos un pequeño y encantador burdel particular, la casita de fin de semana de un industrial, que precisamente aquel fin de semana no tuvo tiempo de visitar a sus amiguitas: allí tenía a las dos muchachas aburriéndose mientras él pulía cañones. Pequeño burdel entre abetos junto al verde prado, y vosotras dos, comprensivas muchachas, que dormisteis juntas en una misma cama para cedernos la otra: galerías de cortinas de color de miel, papel de las paredes de color de miel, muebles tapizados de color de miel; un Courbet colgado en la pared: —«¿Será auténtico?» «¿Qué se ha creído usted?»— teléfono de color de miel; desayuno con aquellas dos muchachas tan guapas, que sabían servirlo con tanta amabilidad: tostadas, huevo, té, jugo de frutas; todo —incluso las servilletas— tenía un tal color de miel que parecía que se olía su aroma.

Y de pronto, una luz deslumbrante y crac, la película se rompió, un centelleo gris oscuro, una mancha amarilla intensa, todavía se oía el suave murmullo del carrete en la sala de proyecciones; cuando se encendió la luz, el público silbó, pero los silbidos fueron inútiles; después de la primera parte, la película había terminado, aquella película que, no obstante, había sido rodada hasta el final.

Nella miró a su alrededor, suspiró y se puso a fumar como hacía siempre que salía del cine: la limonada de Luigi estaba tibia, y el amargor alcohólico, más flojo; el conjunto estaba soso como un vermut con demasiada agua. Y aquí aparecía la película, la que había venido a sustituir a la primera en el carrete; el gallo de colores, allá arriba, en cuyas plumas dorsales verdes estaba ahora su mano, era el mismo gallo, aunque los colores fueran más vivos; detrás del bar, un hombre distinto, pero otra vez las 144 clases distintas de helados, y el protagonista también era otro, era el que había sido engendrado en la casa de color de miel. ¿Acababa de conocer acaso al responsable del crac?

¿No eres demasiado joven para ser el que ha entrado en los ritos de venganza de mi madre? Nella apartó el vaso, se levantó y pasó por el lado de Luigi, hasta que se le ocurrió que tenía que pagar y sonreír a Luigi: éste tomó el dinero y la sonrisa con agradecida tristeza, y Nella salió de la heladería. De pronto, solía echar tremendamente de menos al niño, al que había tenido olvidado durante tantos días; era agradable oír su voz, tocarle la mejilla, saber que estaba allí, tomarle de la mano, tan ligera, observar su tenue aliento, cerciorarse de su existencia.

El taxi la llevó rápidamente a través de las oscuras calles. De lado y a hurtadillas, Nella observaba la cara del conductor, un rostro serio y sereno, medio tapado por la sombra de la visera.

—¿Tiene usted esposa? —le preguntó de pronto, y la oscura cabeza dijo que sí, luego se volvió un momento hacia ella y Nella pudo ver cómo en aquel rostro serio se dibujaba una sonrisa de sorpresa.

—¿Hijos también? —preguntó.

—Sí —contestó el hombre, y Nella le tuvo envidia.

De pronto, se echó a llorar y la imagen ante el parabrisas, centelleante bajo las luces, se humedeció.

—Dios mío —dijo el chófer— ¿por qué llora?

—Pienso en mi marido —replicó Nella— que murió en la guerra hace diez años.

El chófer se volvió hacia ella, y aunque en seguida volvió de nuevo la cabeza hacia adelante, soltó la mano derecha del volante y por un momento la puso sobre su brazo. El hombre no dijo nada, y Nella se lo agradeció y dijo:

—Ahora tenemos que torcer a la derecha y seguir luego toda la Hodlerstrasse hasta el final.

La imagen, fuera, delante del parabrisas, estaba húmeda, y el taxímetro hacía tictac y los números iban subiendo con un leve chasquido: el contador incansable iba acumulando «groschen» sobre «groschen». Nella se secó las lágrimas y, a la luz de los faros, vio la iglesia al fondo, mientras pensaba que sus conquistas cada vez se parecían menos a Rai: búfalos de bien tallados rostros, que pronunciaban con perfecta seriedad palabras como a economía» e incluso decían cosas como «pueblo», «reconstrucción» y «porvenir», sin la menor ironía; manos masculinas, con o sin porvenir, que empuñaban golletes de botellas de champán, manos duras y chapuceras, hombres serios, cargados de equipajes, ante quienes el menor estraperlista era casi un poeta hasta que la cárcel le hacía capitular.

El chófer del taxi le tocó suavemente el brazo y le taxímetro, con un último sobresalto, sumó un «groschen» más. Nella le dio mucho dinero al hombre y éste le dedicó una sonrisa, saltó del coche y fue a dar la vuelta para abrirle la puerta, pero Nella ya había salido también y miraba la casa que estaba completamente oscura: ni siquiera había luz en la habitación de Glum y faltaba incluso el rayo de luz amarilla que siempre se filtraba de la habitación de su madre al jardín. No pudo leer la nota que había pegada a la puerta de la casa hasta que hubo abierto y encendido la luz de la entrada: «Nos hemos ido todos al cine». «Todos» estaba subrayado cuatro veces.

Nella se quedó sentada en la entrada, debajo del retrato de Rai. El retrato había sido pintado hacía veinte años y le presentaba joven y sonriente, escribiendo un poema sobre un paquete de fideos: Absalom Billig había pintado con todo detalle el paquete de fideos: «Fideos de huevo Bamberger». Rai, en el retrato, se reía y tenía un aspecto tan alegre como había sido en realidad, y el poema escrito sobre un paquete de fideos todavía existía en el archivo del padre Willibrord; el azul se había descolorido, se habían descolorido también las letras romanas de color de huevo: «Fideos de huevo Bamberger»— Bamberger, que no pudo huir, había muerto en una cámara de gas, y Rai sonreía como había sonreído veinte años antes. En la oscuridad, parecía que viviera, y Nella reconocía el gesto severo, casi pedante de su boca, aquel gesto que de vez en cuando —por lo menos tres veces al día— le hacía decir «decencia», aquella decencia a que Rai se refería cuando se casó con Nella antes de querer acostarse con ella: logrado a la fuerza el permiso de su padre y musitados a toda prisa los ritos nupciales sobre sus manos unidas en la media luz de la iglesia de franciscanos llena de birrias, y en el fondo, los dos testigos: Albert y Absalom.

El teléfono sonó y la devolvió al tercer plano, aquel que menos le gustaba pisar: la llamada realidad. El teléfono sonó tres veces, cuatro veces, hasta que por fin Nella se levantó lentamente y se dirigió a la habitación de Albert. Al descolgar el auricular oyó la voz de Gäseler, que no pronunciaba su nombre y se limitaba a preguntar tímidamente:

—¿Quién está al aparato?

Nella dijo su nombre y él le contestó:

—Sólo quería saber cómo se encontraba, sentí mucho que no se encontrara bien.

—Estoy mejor —contestó Nella—, ya estoy mejor. Sí: iré a su conferencia.

—Magnífico —replicó él—, venga conmigo en el coche: la invito.

—Está bien —contestó Nella.

—¿Quiere que la vaya a buscar?

—No, no, lo mejor será que nos encontremos en la ciudad. ¿Dónde?

—El viernes a las doce —contestó Gäseler— en la plaza, frente al banco, donde está la caja principal, a las doce ¿seguro que vendrá?

—Iré —dijo Nella y pensó: «te mataré, te haré pedazos, te desmenuzaré con un arma terrible que tengo: con mi sonrisa, que no me cuesta nada, sólo un ligero movimiento de los músculos de la mandíbula inferior, un mecanismo fácil de manejar: tengo más municiones que no tuviste tú para tus ametralladoras, y me cuestan tan poco como las municiones de ametralladora te costaron a ti.»

—Sí, iré —dijo. Y colgó y volvió a la entrada.

 

IV

 

El dentista abrió la puerta del salón y dijo: —Siéntese, por favor, señora Brielach—. Un muchacho de la misma edad que el suyo estaba sentado al piano y tocaba ejercicios sin ninguna clase de entusiasmo. Sal un momento —le dijo el dentista—. El muchacho desapareció rápidamente, dejando abierto el libro de música encima del teclado amarillento. La señora Brielach miró el título y leyó con desgana: Etudes 54. El dentista suspiró detrás de su escritorio barnizado de negro, buscó su ficha con afilados dedos, separó de ella algunos papelitos blancos y dijo: —No se asuste. Aquí tengo la suma de los gastos—. Luego la miró suspirando, y ella echó una ojeada al cuadro que, detrás del dentista, colgaba en la pared: Unkel a pleno sol. El pintor había derrochado mucha pintura amarilla para que el Rin, los viñedos y la graciosa fachada de la villa parecieran soleados, pero la había derrochado en vano: Unkel no tenía el aspecto soleado en absoluto.

En dentista sacó un paquete de tabaco del cajón, abrió el envoltorio de papel de estaño y, sin dejar de suspirar, lió lentamente un pitillo; acercó el tabaco y el papel de fumar a la señora Brielach, pero ésta meneó la cabeza con gesto negativo y dijo en voz baja: —Gracias—. Ya le hubiera gustado fumar, pero le dolía la boca: el dentista le había pintado las encías con un corrosivo y le había dado en las muelas con un martillo de níquel y luego le había hecho un masaje en las encías con sus dedos afilados y bellos sin cesar ni por un momento de menear la cabeza. Dejó la tarjeta sobre la mesa, aspiró una bocanada, y de pronto dijo: —No se asuste, le costará mil doscientos marcos.

La señora Brielach se quedó contemplando la ciudad de Unkel a pleno sol, demasiado cansada para asustarse: había creído que serían quinientos o seiscientos marcos, pero si el dentista hubiese dicho ahora «dos mil», no hubiera sido más terrible que mil doscientos. Cincuenta marcos eran mucho, mucho dinero, pero cualquier cantidad superior a ciento cincuenta era igualmente inalcanzable: desde doscientos hasta dos mil y de allí en adelante, puede decirse que le daba igual cualquier cantidad. El doctor aspiró profundamente: fumaba un tabaco aromático y fresco. —Se lo podría hacer por ochocientos, quizá por setecientos, pero entonces no se lo puedo garantizar. En cambio así le garantizo que quedará perfecto. Usted ya conoce probablemente esos dientes artificiales baratos, de color tan azulado.

Sí, la señora Brielach los conocía y los encontraba horribles: Luda llevaba una de esas dentaduras postizas, la mujer de la confitería, y cuando sonreía, su sonrisa tenía un brillo azulado que la denunciaba a la legua.

—Pida usted un préstamo a la Previsión Social, o quizás a Beneficencia. Con un poco de suerte, tal vez Beneficencia le ayude a pagar. Yo le haré dos facturas, una de ochocientos marcos, porque si elige usted la dentadura más cara, no le darán nada. Si tuviera mucha suerte, le darían quinientos marcos; hay demasiada gente que se queda sin dientes. ¿Cuánto puede usted pagar cada mes?

La señora Brielach todavía estaba pagando los gastos de la primera comunión de Heinrich: ocho marcos a la semana, que hacían refunfuñar no poco a Leo. Por añadidura, había que pensar que, durante algún tiempo, no podría trabajar: sin dientes no saldría de casa, se encerraría, se taparía el rostro, y, por la noche, iría al dentista con la cabeza cubierta. No dejaría entrar a nadie en su habitación; no se dejaría ver ni siquiera de Heinrich. De Leo, ni soñarlo. Trece muelas y dientes menos. A Luda sólo le habían quitado seis y había quedado como una vieja.

—Además —dijo el dentista— tendría que darme por lo menos trescientos marcos por adelantado, antes de que empezara, y luego me daría lo de Beneficencia en cuanto se lo concedieran. De este modo quedaría liquidada casi la mitad, y ¿ya ha pensado usted lo que podría pagarme cada mes?

—Veinte marcos, tal vez —contestó ella.

—¡Dios mío, tardaría usted más de un año en liquidar!

—Es inútil —dijo la señora Brielach—, tampoco puedo pagar ningún anticipo.

—Tiene que hacérselo arreglar —dijo el dentista—, tiene que hacérselo arreglar muy pronto. Es usted joven y bonita, y si espera, será peor y le costará más caro.

El dentista no era seguramente mucho mayor que ella y tenía el aspecto que suelen tener los hombres que han sido guapos de jóvenes: ojos oscuros y cabello rubio claro, pero su rostro parecía cansado y arrugado y el pelo le empezaba a clarear. Mientras hablaba, seguía jugando con la ficha de presupuesto que tenía entre los dedos.

—No lo puedo hacer de otra manera —dijo en voz apagada—. Lo tengo que pagar todo por adelantado: el material y el técnico, todos los gastos. No puedo. Se lo haría en seguida con mucho gusto, porque sé lo terrible que es para usted.

La señora Brielach le creía: el dentista le había puesto varias inyecciones en las encías con ampollas de muestra y sin cobrarle nada; además, tenía la mano ligera, serena y segura. El pinchazo en la encía encogida por la angustia había sido doloroso y el líquido había formado una bolsa dura que se fue allanando poco a poco, pero al cabo de media hora, se había sentido espléndidamente: alegre y joven y sin ningún dolor. —Claro —le había dicho el dentista cuando ella se lo explicó— son hormonas y sustancias que faltan a su organismo, un remedio maravilloso y completamente inofensivo, pero que le costaría a usted muy caro, si lo tuviera que comprar.

La señora Brielach se levantó, se abrochó el abrigo y habló despacio por miedo a echarse a llorar. La boca todavía le dolía mucho y aquella cantidad, tan desesperadamente elevada, era irrevocable como una sentencia de muerte: en dos meses, lo más tardar, se le habrían caído trece dientes y muelas y con ellas habría terminado su vida. A Leo nada le repugnaba tanto como una dentadura estropeada: él, por su parte, la tenía blanquísima y sana y la cuidaba con gran esmero. Mientras se abrochaba el abrigo, murmuró para sí misma el nombre de la enfermedad, una palabra de sonido tan terrible como el diagnóstico de muerte de un médico: Paradentosis.

—Ya le diré algo —dijo la señora Brielach.

—Llévese el presupuesto. Éste es el bueno y éste es el otro, por triplicado. Necesita uno para cada solicitud; el tercero es para usted, para que sepa la cantidad total.

El doctor se lió otro pitillo; entró la enfermera, y él le dijo:

—Bernhard puede volver a ponerse al piano.

La señora Brielach se guardó los papeles en el bolsillo del abrigo.

—No se desanime —le dijo el dentista con una desmayada sonrisa, tan desmayada como los rayos del sol que iluminaban Unkel.

Leo estaba en casa, y ella, ahora, no tenía ganas de ver a Leo, que tenía una dentadura sanísima y ya hacía meses que le reprochaba la suya y el hedor de su aliento, contra el cual luchaba en vano. Sus manos duras y limpias examinaban su cuerpo día tras día y sus ojos eran tan insobornables como sus manos. Si le pedía dinero. Leo se echaría a reír. Sólo por excepción le regalaba algo, cuando un acceso de sentimentalismo coincidía con un momento en que le sobraba dinero.

La escalera estaba oscura, vacía y silenciosa y la señora Brielach se paró en el rellano y trató de imaginarse la dentadura del pastelero: seguro que no estaba sana; no la había examinado con detención, pero flotaba en su memoria un color grisáceo.

A través del cristal empañado miró al patio, donde un vendedor ambulante descargaba su carretón de naranjas: las iba ordenando a medida que las sacaba de las cajas: las grandes a la derecha, las pequeñas a la izquierda, luego extendió las pequeñas en el fondo del carro, puso las grandes encima y con las más hermosas formó pequeñas pirámides, que embellecieron el conjunto. Un muchacho gordo y bajito apilaba las cajas al lado del cubo de basura. Allí, a la sombra de la pared, se pudría un montón de limones: amarillo con toques verdosos, verde con toques blancuzcos en la sombra azulada que hacía parecer moradas las rojas mejillas del muchacho. La boca cesó de dolerle y la señora Brielach deseó un cigarrillo y una taza de café, y sacó su monedero: de gamuza, sobado, que de gris se había vuelto negruzco: todavía un regalo de su marido, enterrado desde hacía tiempo entre Saporoshe y Dniepropetrowsk. Se lo había regalado hacía trece años, era de París: un regalo del sonriente suboficial de la fotografía en colores, del sonriente cerrajero, del sonriente novio que tan poca cosa había dejado tras de sí: un monedero usado, un recuerdo de su primera comunión y un libro en rústica, amarillento y sobado Lo que hay que saber para ingresar en el cuerpo de conductores mecánicos. Y también un hijo, una viuda y el monedero de gamuza que había sido gris, ahora sobado y negruzco, un artículo de París, del que ella no se separó nunca.

Extraña carta, la del jefe de la compañía: «Salió con su tanque para proteger un reconocimiento y no regresó de esta misión. Sabemos con toda seguridad que su esposo, que era uno de los soldados más antiguos y de más probada lealtad de esta compañía, no cayó prisionero de los rusos. Su marido murió como un héroe.» Ni reloj, ni cartilla militar, ni alianza de matrimonio; y no había caído prisionero. ¿Qué había sucedido?—. Había muerto carbonizado en su tanque, encogido y retorcido.

Las cartas que la señora Brielach escribió al jefe de la compañía fueron devueltas al cabo de medio año: «Caído por la Gran Alemania.» Otro oficial escribía: «Siento mucho tener que comunicarle que en esta compañía no queda ni un solo testigo de la salida de reconocimiento de su marido.» Momia carbonizada entre Saporoshe y Dniepropetrowsk.

El muchacho gordo y bajito, allá, en el patio, escribió con tiza sobre la pizarra: 6 naranjas enormes por 1 marco. El padre, que tenía las mejillas tan encarnadas como su hijo, borró el 6 y lo sustituyó por un 5.

La señora Brielach contó el dinero que llevaba en el monedero: los dos billetes de veinte marcos, que eran intocables, dinero para la comida de 10 días que tenía que dar al chico. Además, había un marco ochenta. Lo mejor hubiera sido ir al cine: allí se estaba a oscuras y calentito, y el tiempo transcurría tibio y sin dolor, aquel tiempo que de lo contrario era tan duro: horas como ruedas de molino, que rodaban lentamente, y que lentamente y de modo implacable iban desmenuzando el tiempo: los huesos le quedaban molidos y el cerebro pesado como el plomo, y la abrumaba la sensualidad de la noche. Miedo al aliento fétido, a los dientes movedizos; el cabello se le volvía quebradizo y su tez se iba marchitando de día en día. El cine era agradable y tranquilo, igual que las iglesias cuando ella era niña: ritmo consolador de melodías, de palabras, de levantarse y arrodillarse; consolador después de la dureza maloliente del hogar paterno, donde un padre como un ogro tiranizaba a una madre beata; a la misma edad que ella tenía ahora, treinta y un años, su madre había querido esconder sus varices bajo las medias. Casi todo lo que no fuese estar en casa era un consuelo: un consuelo la monotonía de la fábrica de fideos Bamberger, donde sacaba fideos de la máquina y los colocaba en cajas, pesar, pesar, envolver— embrutecimiento y limpieza fascinadores: cartones de color azul intenso —azules como los lugares más profundos de los mares en los mapas—, fideos amarillos y cupones rojo fuego para los «cromos de colores de la colección Bamberger», cartulinas multicolores, con escenas de las «viejas leyendas germánicas»; Oh, Sigfrido de cabellos de color de mantequilla y mejillas como helados de melocotón, y Crimilda, con la tez rosada como un dentífrico, los cabellos como margarina y la boca encarnada como una cereza. Fideos amarillos, cartones azul intenso y cupones rojo fuego para «cromos de colores de la colección Bamberger». Todo muy limpio, alegres risas en la cantina de la fábrica de fideos Bamberger y, por la noche, la heladería bañada en luz de color de rosa.

O ir a bailar con Heinrich, que tenía un domingo libre cada dos semanas: alegre cabo tanquista, a punto de terminar el servicio militar.

Con un marco ochenta tenía bastante para el cine, pero era demasiado tarde: la sesión matinal empezaba a las once; hacía, pues, ya rato que había empezado, y ella tenía que estar en la pastelería a la una. El muchacho, allá abajo en el patio, empujó la puerta metálica verde, y el padre tiró del carretón. A través de la puerta abierta, la señora Brielach pudo ver la calle: neumáticos de coche, piernas de ciclistas que pedaleaban. Bajó lentamente la escalera y trató de imaginarse cuánto estaría dispuesto a pagar el pastelero para satisfacer su melancólica voluptuosidad; el pastelero tenía el cuerpo flaco, pero el rostro lleno y sano y los ojos tristes. Cuando se hallaba a solas con ella, balbuceaba alabanzas de los placeres del amor: con voz apagada entonaba himnos a la belleza del amor físico. El pastelero odiaba a su mujer, su mujer le odiaba a él, detestaba a todos los hombres: el pastelero, en cambio, amaba a las mujeres, celebraba su cuerpo, su corazón y su boca, y a veces su melancolía llegaba al frenesí; y la señora Brielach le escuchaba mientras pesaba margarina, derretía chocolate, batía la crema y con una cucharilla formaba «fondants» y «pralinés» con una masa que el pastelero había preparado. Y cuando ella, con un pincel, pringaba de chocolate las tortas, dibujando muestras diminutas, que él encontraba preciosas, y daba una apariencia de chocolate a los lechoncitos de mazapán, el pastelero no cesaba de alabar con palabras entrecortadas su rostro, sus manos y su delicado cuerpo.

En la pastelería todo era gris y blanco: todos los matices entre el negro de las torteras de hojalata, el negro del carbón y el blanco de la harina: centenares de grises diversamente entremezclados, y sólo raras veces un encarnado o un amarillo: el encarnado de las cerezas, el amarillo intenso de algún limón o el amarillo suave de la pina. Casi todo era entre blanco y gris, una infinidad de grises, y entre ellos la cara del pastelero: boca aniñada, descolorida y redonda, ojos grises y dientes grises, entre los que asomaba una lengua rosada, pero pálida, cada vez que hablaba; y el pastelero hablaba siempre que se encontraba a solas con ella.

El pastelero suspiraba por una mujer que no fuera una cualquiera. Desde que su mujer le odiaba, a él y a todos los hombres, no gozaba de otros placeres que los que se expenden en los burdeles, placeres que, por lo visto, le parecían poco poéticos y que no colmaban uno de sus deseos: el deseo de tener hijos.

Cuando la señora Brielach se lo quitaba de delante con cuatro palabrotas sobre el amor —palabrotas de Leo— el pastelero parecía asustarse, de lo cual ella deducía que tenía el corazón tierno.

Esas palabrotas, medio involuntarias, medio deliberadas, eran una reacción contra la blandura del pastelero; eran palabras de Leo, murmuradas o dichas a gritos, que habían caído sobre ella como maldiciones y se le habían ido grabando en el transcurso de los años, palabras que yacían en ella y que, de pronto, se disparaban contra el melancólico del pastelero produciendo verdaderos estragos.

- No, no —exclamaba el pastelero— no digas estas cosas.

Leo: le diría «¿Qué, qué tal ese hocico?»— y la señora Brielach no quería ir ahora a su casa, para no oírle, para no ver sus dientes impecables, blancos y sanos.

No iría a casa hasta que Leo se hubiese marchado a trabajar. En previsión había dejado ya a la pequeña en casa de la señora Borussiak. No era prudente dejar a Leo con su hija. La señora Borussiak era una mujer bonita, cuatro años mayor que ella, con unos dientes blanquísimos, una mujer que reunía dos cualidades: la devoción y la cordialidad. La señora Brielach se dirigió al café que había frente a la casa del dentista, se sentó junto a una ventana y sacó un cigarrillo del bolsillo del abrigo: Tomahawk, muy largo, muy blanco y muy fuerte. «El sol de Virginia maduró este tabaco». No tenía ganas de leer ninguna revista, y, mientras removía el café, se le ocurrió que podría pedir un anticipo al pastelero: quizás le adelantase cien marcos; y decidió no volver a emplear las palabrotas de Leo para no ofenderle. Quizá tendría que hacerle caso: soportar su conmovedora y ansiosa ternura a cambio del anticipo: entre torteras y lechoncitos a medio pintar, el pastelero le murmuraría al oído palabras entusiásticas; entre montoncitos de harina de coco, por encima de pastelillos al ron, espolvoreados de azúcar, el pastelero le sonreiría, lleno de felicidad, y ella sentiría los besos húmedos y satisfechos de un hombre a quien le repugnaba el amor mercenario y que había dejado de gozar del amor conyugal desde que su esposa detestaba a los hombres: belleza flaca, de pelo corto, mirada dura y penetrante, siempre con la mano en la manivela de la caja, como un capitán en su timón: tenía una mano pequeña y dura, y llevaba unas joyas «adustas», con frías piedras verdes, muy claras, pero muy preciosas; tenía unas manos que se parecían a las de Leo. Diosa esbelta y varonil, diez años atrás —esbelta y arrogante— había marchado a la cabeza de las muchachas de uniforme pardo, cantando con voz clara y marcial las canciones de marcha del Partido: «En nuestra boina una pluma». «Adelante, bravo tambor». Nacida en el café «El Sombrero Rojo», donde su padre, los viernes, se gastaba la mitad de su paga, parecía una amazona, con piernas de joven de dieciséis años y cara de mujer de cuarenta que quiere aparentar treinta y cuatro: fría y amablemente decidida a no cumplir sus deberes nocturnos, aunque aquel hombre triste y sombrío tuviese que entonar desesperados himnos de amor en un sótano.

La señora Brielach se llevó la taza a la boca y miró por la ventana: al otro lado de la calle podía ver al dentista cómo manejaba la perforadora; por encima de los visillos, que sólo cubrían la mitad de la ventana, vio cómo movía los brazos de la perforadora amarillenta y esportillada; vio su cabello rubio destacando sobre la sombra oscura de la pared, y su nuca cansada de hombre cargado de deudas. El café la reanimaba y el Tomahawk estaba delicioso.

La señora Brielach sabía que el pastelero era mejor que Leo; era bueno y trabajador e incluso tenía más dinero; pero separarse de Leo y vivir cerca de él sería terrible, sobre todo para los niños, y además ocasionaría un proceso con Leo a propósito de la subvención de Wilma, que ahora Leo pagaba a la oficina de ayuda a la juventud, que ella cobraba de dicha oficina y que luego devolvía secretamente a Leo. «¿Acaso fui yo quien lo quiso? No, eso lo tienes que pagar tú.» El pastelero tenía una habitación libre, arriba, donde había vivido el oficial, que había desaparecido; y el pastelero no quería tomar otro: «Tú me haces las veces de un oficial.»

La señora Brielach tenía miedo de su hijo, que desde hacía tres semanas no la miraba como antes: súbitamente su mirada había cambiado, ya no era tan franca como solía ser. Sabía que la cosa había empezado el día en que Leo le acusó de sisar. Guapo chico: odiaba a Leo y Leo le odiaba a él. Lo mejor sería quedarse sola con los niños: estaba harta de sus deberes nocturnos para con Leo y en el fondo envidiaba a la pastelera que podía darse el lujo de odiar tan tenazmente a los hombres. Sola con el chico saldría adelante. A veces se asustaba al darse cuenta de lo sensato que era: sabía calcular y contar con precisión y llevar la casa mucho mejor que ella lo había hecho jamás: cerebro frío, rostro tímido, y aquellos ojos que desde hacía una semana procuraban evitar los suyos. El pastelero tenía una habitación libre...

Lo mejor hubiera sido poder volver a la fábrica de fideos Bamberger: fideos amarillos pulquérrimos, cartones azul intenso y aquellos cupones rojo fuego: cabellos de Sigfrido de color de mantequilla, cabellos de Crimilda de color de margarina y ojos de Hagen tan negros como la barba mongólica de Etzel, negros como el rimel para los ojos; cara redonda y sonriente de Etzel, amarilla como la mostaza suave, y luego el de la tez de color de rosa: Giselher, y el hombre del organillo, Volker, con su jubón de color tostado, tan guapo, mucho más guapo que Sigfrido, para su gusto. Y las llamas que envolvían al palacio, rojas y amarillas como mantequilla y sangre mezcladas.

Por las noches, la luz cruda y rosada de la heladería. Helado de plátano amarillento por quince pfennigs, o con Heinrich vestido de tanquista en la «Avispa», donde la trompeta, clara y estridente, llenaba el local; cabo sonriente, sargento sonriente, carbonizado dentro de un ataque entre Saporoshe y Dniepropetrowsk, momia sin cartilla militar, sin reloj de pulsera, sin alianza de matrimonio — sin volver, pero tampoco prisionero.

Sólo Gert se reía: aquel joven solador tan cariñoso, que sabía reír incluso en las caricias nocturnas: había traído de la guerra, como botín, diecisiete relojes de pulsera, y todo lo que hacía lo hacía riendo: lo mismo si pesaba yeso que si ponía baldosas; y cuando la abrazaba por la noche, y ella, en la oscuridad, vislumbraba su rostro, también se reía, a veces algo tristemente, pero se reía. Luego se marchó a Munich. —«No puedo pasar tanto tiempo en un mismo lugar»— el mejor amigo de Heinrich, el único con quien podía hablar algunas veces de su marido sin que la situación se hiciera difícil...

El dentista de enfrente abrió la ventana y, por un momento, se asomó a la calle, fumando uno de los pitillos que él mismo se liaba. Trescientos marcos adelantados y ¿cuánto cada mes? La señora Brielach hablaría con su hijo; él sabía calcular: él había tenido la idea de comprar un cochecito a plazos: ciento cincuenta marcos que él sisaba de los gastos de la casa, que ahorraba sin que ella apenas lo notara: zapatos y calcetines, bolso y bufanda: patatas ahorradas, margarina no comida, café no bebido, carne desaparecida del menú. Cuando pensó en su hijo se sintió como aliviada: él ya encontraría la manera. Pero mil doscientos marcos también serían mucho para él. Leo diría: «Hubieras podido cuidarte la dentadura, beber cada día un limón, como hago yo, y cepillártela bien», y haría el ademán de cepillarse los dientes. «Mi cuerpo es todo mi tesoro y por eso lo cuido cuanto puedo.» La fábrica de Bamberger ya no existía; habían pasado doce años: Bamberger había muerto en la cámara de gas, se había convertido también en una momia retorcida y encogida; momia sin fábrica, sin cuenta en el banco: cartones de color azul intenso, fideos amarillos y los tacos de cupones para cromos de color rojo fuego. ¿Cómo se llamaba aquel rostro tan simpático, tan noble, con aquella barba castaña, aquel rostro rojizo como azúcar cande? Dietrich von Bern.

No tenía por qué preocuparse por Wilma, que desde las diez estaba en casa de la señora Borussiak.

Raras veces pensaba en Erich; hacía ya tanto tiempo: ocho años. Rostro contraído por el miedo en la noche, aquella mano que se agarrotaba sobre su brazo: ojeras enrojecidas, y el uniforme de los S. A. colgado en la percha: ternuras dichas y escuchadas con poca decisión, y la paga por ellas: cacao, chocolate, y aquel susto cuanto él entró en su habitación por la noche, en camisa de dormir y los pantalones encima, descalzo, para que su madre no le oyera; su mirada medio extraviada, y ella, segura de que sucedería lo que no quería que sucediera, sólo un año después de muerto Heinrich. No lo quería pero no dijo nada, y Erich, que tal vez se hubiera marchado, si ella hubiese dicho algo, Erich no se fue: aceptó sorprendido su docilidad, y ella tuvo la seguridad paralizadora de que era inevitable: Erich lo consideró como una prueba de lo que —sin ningún motivo— esperaba: por una prueba de amor. Su ansioso jadeo en la oscuridad, cuando había apagado la luz. Y ella, a pesar de que estaban a oscuras, veía dibujarse sobre el azul más claro del cielo su silueta desmañada cuando, de pie ante la cama, se quitaba los pantalones —y todavía hubiera tenido tiempo de decirle: «Márchate»— y él se habría marchado, porque Erich no era como Leo. Pero ella no lo dijo, porque tuvo la impresión paralizante de que tenía que ser así, y por qué no con Erich, que tan bueno era con ella.

Erich era bueno, como también era bueno el pastelero y Erich lo dijo aquella noche clara, mientras burbujeaba el aliento, en su pecho, dijo: «¡Qué hermosa eres!»

Nadie se lo había dicho, excepto el pastelero, que todavía no había recibido su recompensa.

La señora Brielach encendió el último Tomahawk. Había acabado de tomar el café y el dentista ya había cerrado nuevamente la ventana y blandía la horca de su perforadora: trescientos marcos por adelantado y aquellas inyecciones maravillosas y tan caras, que la habían hecho sentirse tan bien, tan joven. Hormonas, una palabra que provocaría una sonrisa fea en el rostro de Leo.

El café todavía estaba vacío: un abuelo embuchaba natillas a su nieto, mientras leía el periódico; sin dejar de leer, alargaba al niño una gran cucharada de natillas, y el niño estiraba el cuello para engullirlas.

La señora Brielach pagó el café, salió y compró tres naranjas con su dinero particular, el que Heinrich le daba para sus gastos: la mitad del dinero del pan, que no tenía que comprar porque el pastelero se lo regalaba. Pero ¿por qué hacía ya una semana que no iba a buscarla a la pastelería y dejaba que ella fuera cargada con la hogaza?

La señora Brielach dejó escapar el tranvía y echó a andar: todavía no eran las doce y media, y Leo aún no se habría marchado. Tal vez fuera mejor decirle lo que pasaba. Al final se enteraría, y quizás le adelantara algo de dinero... pero, ¿acaso no sobraban mujeres jóvenes y hermosas con dientes blanquísimos y sanos, con dientes que no necesitaban ser sustituidos, baratos, bien cuidados, dados de balde por la Naturaleza?

Pasó frente a la casa en que había vivido Willi, un muchacho serio y guapo, el primero que la había besado: cielo azul y lejos, muy lejos, música del restaurante al aire libre, fuegos artificiales al otro lado de la ciudad, lluvia de oro desde los balustres de las torres de la iglesia y Willi que la besaba tan desmañadamente y que luego le había dicho: «No sé si es pecado —no, no, me parece que no—, besar no es pecado, lo otro sí.»

Lo otro sucedió más tarde con Heinrich: matorrales húmedos, cuyas ramas le caían a él sobre la cara: cara enmarcada de verde claro, pálida y seria como la muerte, y, en el fondo, la silueta de la ciudad, las torres de la iglesia, junto a las cuales pasaban unas nubes, y la espera angustiada y ansiosa de un placer tantas veces ensalzado, y que no llegó: desencanto también en el rostro húmedo, enmarcado de verde y serio de Heinrich; la chaqueta de tanquista tirada por el suelo, y el galón rosa, ensuciado.

Heinrich carbonizado entre Saporoshe y Dniepropetrowsk y Willi, aquel pegador de anuncios que nunca reía, que nunca cometió ningún pecado, muerto ahogado en el Mar Negro, entre Odesa y Sebastopol, esqueleto que estuvo flotando por el Mar Negro, y luego se hundió roído por los peces carnívoros, esqueleto que reposa en el fondo del Mar Negro entre algas y lodo: Bamberger, carbonizado en el crematorio hasta convertirse en ceniza; ceniza sin dientes de oro; Bamberger, que tenía aquellos dientes de oro tan anchos y relucientes.

Berna todavía vivía: había tenido suerte, se había casado con el carnicero, que tenía la misma enfermedad que Erich. A todas las mujeres habría que aconsejarles que se casaran con hombres enfermos, que no tienen que hacer el servicio militar. ¿Estarían también siempre preparados sobre la mesita de noche de Berna las botellas de vinagre, los polvos de alcanfor, las tisanas pectorales? ¿Habría también trapos de hilo esparcidos por allí y se oiría jadear tan fuertemente al carnicero, a la vez de pasión y de asma? Berna había sabido mantenerse esbelta: de pie detrás del mostrador, cortaba con sangre fría y mano segura los filetes de temerá. Las mejillas encarnadas de Berna estaban entreveradas de violeta, pero sus manos, pequeñas y firmes, sabían manejar hábilmente el cuchillo: suave color pardo del embutido de hígado y delicado rosa de los sabrosos jamones. Berna, cuando todo era tan escaso, le había regalado a veces un pedacito de grasa de buey del tamaño de una cajetilla de cigarrillos, un diminuto y duro paquete de grasa, en la época en que reinaba Karl y estaba prohibido acudir al mercado negro. Pero ya hacía tiempo que Berna no la saludaba y la madre de Willi pasaba por su lado como si fuera muda y ciega, y cuando su suegra iba a visitarla la señora Brielach tenía que oírle decir lo que los demás pensaban sin decirlo: «Tu género de vida... todo tiene sus límites en este mundo...»

 

Leo ya se había marchado. La señora Brielach se quitó un peso de encima al ver que ni la gorra ni la cartera estaban en el perchero. La señora Borussiak estaba en la puerta y le sonrió llevándose el índice a la boca: la pequeña dormía en el sofá de los Borussiak. Cuando dormía era hermosísima: tenía el pelo castaño con reflejos dorados, y su boca, ordinariamente llorona, sonreía durante el sueño. Encima de la mesa de la señora Borussiak había un bote de miel, y la cucharilla al lado. De Leo, la niña no había heredado más que la frente, extrañamente angulosa. La señora Borussiak era amable y buena, y sólo raras veces la hacía observar en voz baja que mejor sería llevar una vida ordenada. «Un buen marido es lo que usted necesita. Hubiera debido conservarlo.» Se refería a Karl, aunque ella jamás había sentido simpatía por él: su voz ronca y patética, su «nueva vida» —palabrería, apariencias temerosamente guardadas de cara a los demás, presunción y beatería—, todo ello estaba en contradicción, creía ella, con el oscuro afán de sus manos, con sus palabras cariñosas murmuradas al oído, en las que vibraba un no sé qué de repugnante: era algo que le infundía miedo. Voz de hipócrita que ahora entonaba rezos en la iglesia: el día de la primera comunión de Heinrich, había oído la voz de la «nueva vida» arriba en el coro del órgano.

La señora Borussiak le entregó con cuidado la niña envuelta en una manta. La vecina suspiró y, de pronto, hizo un esfuerzo y dijo: —Termine de una vez con ese individuo. —Su rostro hermoso y rosado se llenó de valentía, se oscureció y casi se puso lívido de coraje—: Eso no tiene nada que ver con,el amor. —Pero no dijo más. La invadió nuevamente el temor y la timidez, y murmuró: —No lo lleve a mal, pero los niños...— Pero la señora Brielach no lo llevó a mal, al contrario, le dio las gracias, sonrió y se llevó la niña a su habitación.

Sonriente suboficial tanquista, colgado entre la puerta y el espejo, doce años más joven que ella. La idea de haberse acostado con él, suscitaba en ella extraña impresión de haber hecho algo deshonesto, como si hubiese pervertido a un niño. En el retrato, Heinrich parecía tener la misma edad que el oficial del pastelero, un chiquillo, se dijo, un inocente con el que le habría dado vergüenza tener algo que ver. El suboficial tanquista estaba lejos y enterrado, y los permisos habían sido demasiado cortos; lo bastante largos para engendrar el niño, ciertamente, pero demasiado cortos para dejarle el recuerdo de una regularidad conyugal. Cartas, números de trenes de soldados de permiso, abrazos precipitados al borde de campamentos de maniobras: eriales, arena, barracas camufladas, olor a brea y aquel no sé qué impreciso, indefinible, aquel pánico que «flotaba en el aire», en la atmósfera y en el rostro de Heinrich, que seguía siendo pálido, que seguía inclinándose con gravedad sobre el suyo. Es curioso que en realidad apenas riera, pero en cambio sonreía en todos los retratos hasta el punto de que en su memoria había quedado con una cara sonriente —y del «dancing» que había al fondo, les llegaba música de bailables— y más lejos todavía, desfilaba una compañía de soldados: «...Junto al Rin, marchamos, chamos, chamos...» y más tarde, Heinrich dijo lo que solía decir Gert: «¡Mierda!»

Y por la noche, el segundo abrazo en el cuarto, bajo aquel bonito cuadro en colores: la Virgen guapísima, flotando sobre una nube en el cielo, con el lindo niño Jesús en brazos; a la derecha, san Pedro, tal como debe ser san Pedro: barbudo y afable, serio y bondadoso, con la tiara a su lado —y aquel algo impreciso, indefinible, que todo el mundo sabía que era san Pedro. Graciosos angelitos debajo, apoyando los codos, con alas parecidas a las de los murciélagos, y los bracitos tan rollizos... y más tarde, ella se compró aquel mismo cuadro, pero más pequeño, Raffael pinx, decía en un ángulo, pero el cuadro se lo había llevado el viento, se había convertido en polvo aquella noche en que ella, en el sótano, sobre una mancha de sebo de engrasar botas, dio a luz el niño, que había sido concebido bajo la imagen de la Virgen. Había visto aquel cuadro detrás del rostro de Heinrich —grave rostro de suboficial, rostro que ya no temía la llegada del placer; lejos, muy lejos, más allá del erial tocaban retreta: permiso basta el toque de diana— y aquello que «flotaba en el aire» y en el rostro de Heinrich, que, lleno de odio, acechaba los tanques que pasaban durante la noche. Momia requemada entre Saporoshe y Dniepropetrowsk: tanques victoriosos, hornos crematorios victoriosos destinados a quemar al señor Bamberger —ni cartilla militar, ni anillo de boda, ni dinero, ni el reloj, en el que su piadosa madre había hecho grabar: Recuerdo de mi primera comunión. Cabo, cabo primera, sargento, suboficial, sonriente en los retratos pero, en la realidad, tan serio.

El catafalco, llamado tumba, cirios en la pequeña capilla de la misión sajona: el rostro enjuto y amargo de su suegra: «Respeta la memoria de mi hijo.»

Y ella, viuda de veintiún años, a la que, un año más tarde, Erich ofreció asma, corazón y cacao: pequeño nazi, asustadizo y pacifico, de bronquios espasmódicos: alcanfor, botella de vinagre, paños de lino —arrancados de camisas—, y el paciente y sordo estertor en la noche. No pudo evitarlo: sintió deseos de mirarse al espejo que colgaba junto al retrato de Heinrich: sus dientes todavía eran blancos y parecían fuertes; se llevó los dedos a la boca: misteriosa movilidad. Sus labios todavía eran llenos, no como los de Berna, delgados y de agria expresión; ella todavía era bonita, era la graciosa esposa del suboficial sonriente del retrato: una muñeca de cuello esbelto y tez sin arrugas, que triunfaba por encima de cobradoras de tranvía más jóvenes que ella: mil doscientos marcos por trece piezas de dentadura — e imposible recuperar las encías cada vez más resecas, cada vez más encogidas. Casi estaba decidida a escuchar al pastelero y dejar que las jóvenes empleadas del tranvía se quedasen con Leo y su rostro bien afeitado, su frente cuadrada, sus manos bien cepilladas, sus uñas pálidas y sus ojos de guapo seguro de sí mismo. Había que dejarle esperar un poco, dejar que se crispara un poco aquel rostro melancólico y consumido: tal vez lograría una habitación, tal vez dinero y un puesto de aprendiz para el chico, cuando, dentro de tres años, saliera de la escuela.

Se lavó cuidadosamente la cara con una loción de belleza, y una suciedad misteriosa quedó adherida al algodón. Se empolvó ligeramente, se resiguió los labios y examinó su cabello, que empezaba a resecarse. Sólo dos hombres, Heinrich y el pastelero, habían sabido apreciar que tenía las manos bonitas. Ni siquiera Gert se había fijado, a pesar de que muchas veces se hacía acariciar el rostro durante media hora, como si fuera un niño. La pasión del pastelero se había inflamado en cuanto le vio las manos, enamorado perdido, que en medio de los infinitos grises de su obrador repetía fervorosamente tontería sobre tontería.

Se asustó cuando entró el muchacho, que tenía la misma cara que su padre, que aquel sonriente cabo, aquel sonriente sargento, aquel sonriente suboficial: un rostro hermoso y serio, como lo había sido el de su padre.

—Madre —dijo— ¿todavía no te has marchado?

—Me voy en seguida —contestó ella—, no tiene ninguna importancia si alguna vez llego tarde. ¿Vendrás hoy a buscarme?

Le observó atentamente; pero no había ni la más ligera sombra en su rostro cuando contestó sin titubear:

—Sí.

—Caliéntate la sopa —le dijo— y ahí tienes dos naranjas, una para ti y la otra para Wilma. Acuéstala.

—Sí —contestó— y gracias. ¿Qué te ha dicho el dentista?

—Ya te lo diré luego, ahora me tengo que marchar. ¿Vendrás a buscarme, pues?

—Sí —contestó el muchacho. Ella le dio un beso y abrió la puerta; cuando ya estaba en la escalera, el muchacho le gritó:

—Seguro, seguro que iré.

 

V

 

Martin se detuvo, se desabrochó la camisa y buscó el cordón del que colgaba la llave de la casa: por la mañana, cuando se la ponían alrededor del cuello, la llave estaba fría a la altura del ombligo y le hacía estremecerse un poco; luego empezaba a calentarse y, cuando estaba caliente, ya no la sentía. A la luz del anochecer, vio ya el cartelito blanco, pegado a la puerta, pero dudó todavía un instante antes de pulsar el botón del interruptor para leer la noticia que contenía el cartelito. Inclinó tanto el cuerpo hacia adelante, dejando pendiente de tal modo el cordón que sostenía la llave, que ésta, pasando junto a la oreja izquierda y dándole la vuelta a la cabeza, fue a parar contra su mejilla derecha; por un momento la dejó allí, luego, de una sacudida, la volvió a echar hacia adelante. Mientras con la mano izquierda buscaba el botón del interruptor, con la otra metía la llave en la cerradura al tiempo que tendía el oído para saber lo que ocurría dentro: le pareció que no había nadie. El cartelito le informaría seguramente de que Albert también había tenido que salir. Cuando Martin decía «nadie», excluía a la abuela, que seguramente estaba en casa. La abuela siempre estaba en casa. Pensar «no hay nadie» equivalía a pensar «no hay nadie, salvo la abuela». La palabra «salvo» era decisiva, pero era una palabra detestada por el profesor, el cual detestaba también «en realidad; «en general» y «de todas maneras», expresiones todas ellas más importantes de lo que las personas mayores querían admitir. Incluso la oyó, a su abuela, que andaba refunfuñando arriba y abajo de su habitación, y los pasos de su pesado cuerpo hacían tintinear las copas de la vitrina. Oyéndola, le parecía verla a ella y a la enorme vitrina barnizada de negro, vieja y pasada de moda, y por lo tanto preciosa. Todo lo que era viejo, era también precioso: viejas iglesias, viejos jarrones. Un par de tablas que se bamboleaban debajo del parquet transmitían a la vitrina, cuando la abuela iba y venía, un ligero movimiento perpetuo, y las copas tintineaban con suave constancia. Tenía que evitar que la abuela le oyera entrar; de lo contrario, le llamaría a su cuarto, le haría comer cosas que no le gustaban, trozos de carne rosada, le haría recitar el catecismo y le haría las eternas preguntas Gäseler. Pulsó el botón de la luz, leyó el cartelito que tío Albert le había dejado: «He tenido que salir». «Tenido que» estaba subrayado tres veces. «Volveré a las siete, espérame para cenar.» El hecho de que Albert hubiese subrayado tres veces las palabras «tenido que» demostraba su importancia, a pesar de que el profesor detestaba esa expresión y no les permitía usarla en clase. Martin estuvo contento de que se apagara la luz, porque temía que la abuela se precipitara a la ventana, le viera, le hiciera entrar en su cuarto, le examinara, y le hiciera comer; carne rosada, dulces, caricias, el juego del catecismo, el juego de las preguntas acerca de Gäseler. Como mínimo, se precipitaría a salir al vestíbulo y gritar: «Vuelvo a tener sangre en la orina», blandiendo su orinal de vidrio y llorando lágrimas como puños. A Martin la orina aquella le daba asco y su abuela miedo, y estuvo contento cuando la luz se volvió a apagar.

Fuera, se habían encendido ya los faroles de gas: a través del grueso cristal del peristilo, penetraba una luz amarilloverdosa, que por encima de su espalda iluminaba la pared y proyectaba contra la oscura puerta su sombra —una sombra delgaducha y gris—. Todavía tenía el dedo sobre el interruptor de la luz y, contra su voluntad, lo oprimió; entonces se produjo aquello que él siempre esperaba ansiosamente: su sombra saltó de la luz como un animal oscuro y muy ligero, negro y severo; saltó por encima de la baranda de la escalera, y la sombra de su cabeza cayó sobre el panel de la puerta del sótano; el muchacho volvió a hacer oscilar la llave colgada del cordón y vio cómo se movía la sombra gris y delgada de éste: el aparato de relojería chasqueó ligeramente, la luz se apagó y, como era tan divertido, Martin volvió a hacer saltar una y otra vez aquel animal negro, delgaducho y ligero, su sombra, de la luz amarilloverdosa que tenía tras sí, hizo que su cabeza se proyectara de nuevo en el mismo sitio de la puerta del sótano y repitió el balanceo suave y gris del cordón que colgaba de su cuello. Por fin oyó arriba los pasos de Bolda; la oyó arrastrar silenciosamente los pies por el pasillo, oyó correr el agua en el cuarto de baño y se acordó de que era la hora en que Bolda bajaba a la cocina para prepararse el caldo.

Lo importante era entrar en casa sin hacer ruido y sin que la abuela le oyera, de manera que metió con cuidado la llave en la cerradura, dio la vuelta con igual sigilo al mismo tiempo que empujaba con la mano izquierda para abrir la puerta de una sacudida, dio un paso largo para evita el punto en que el parquet crujía y, por fin, se halló sobre la felpuda alfombra de color tostado, inclinándose hacia adelante para volver a cerrar cuidadosamente la puerta.

Se contuvo el aliento escuchando los ruidos que le llegaban del cuarto de la abuela: ésta no había oído nada, continuaba paseándose de arriba a abajo, las copas de la vitrina continuaban su tintineo, y el murmullo de la vieja parecía el monólogo desesperado de una prisionera. Todavía no había llegado la hora de la sangre en la orina, terrible costumbre periódica, en la que paseaba triunfalmente aquel artefacto amarillo por el pasillo, de una habitación a la otra, derramando gotas sin miramiento, tan sin miramiento como derramaba las lágrimas; y mamá solía decirle: «No será nada, mamá, voy a llamar a Hurweber.»

Y tío Albert decía: «No será nada, abuela, llamaremos a Hurweber.»

Y Bolda decía: «No será nada, Betty, llama al médico y no hagas estas escenas.»

Y Glum, cuando, por la mañana, al volver de la iglesia o del trabajo, era acogido orinal en mano, Glum decía: «No será nada, querida abuela, ya vendrá el doctor.»

Y él, Martin, también se veía obligado a decir: «No será nada, abuelita, llamaremos al médico.

Cada tres meses, se hacía esta comedia durante una semana, y ya hacía tiempo desde la última representación, bastante para temer que pudiera repetirse aquella noche, en aquel mismo momento.

Martin seguía conteniéndose el aliento, contento al oír que la abuela reanudaba sus murmullos y su paseo por la habitación, y proseguía el concierto de los cristales de la vitrina.

Se deslizó en la cocina y, a oscuras, tomó el papel que su madre había escrito y dejado como siempre al borde de la mesa, sobre la muestra azul del mantel de hule. Martin se alegró al oír los pasos de Bolda. Ésta no implicaba el peligro de que la abuela saliera gritando «sangre en la orina». Bolda y la abuela se conocían desde hacía demasiados años, y Bolda sola, como público, no tenía atractivo para la abuela.

Bolda bajó la escalera en zapatillas, encendió la luz del vestíbulo —Bolda era la única que no temía a la abuela—, y cuando entró en la cocina, encendió luz allí y le vio, Martin se llevó rápidamente un dedo a los labios para advertirla. De modo que de la boca de Bolda no salió sino un ruido entrecortado y luego Bolda se le acercó, le cosquilleó el pescuezo y dijo. rodando las erres, en su pesado dialecto:

—Buen muchacho, pobre muchacho, seguro que tienes hambre.

—Sí —contestó él en voz baja.

- ¿Quieres una taza de caldo?

—Sí —contestó y admiró el cabello de Bolda, liso y negro como la pez; contempló su rostro blanco como el papel y completamente arrugado; oyó el puf que hizo el gas, y permaneció junto a Bolda, mientras ella sacaba del bote tres o cuatro cubitos de caldo.

—Y un panecillo tierno con mantequilla, ¿no?

—Ya lo creo —dijo él.

Bolda le quitó la cartera y la gorra y le volvió a meter la llave dentro de la camisa: la llave le resbaló por el pecho, fría, hasta la altura del ombligo y allí se paró, haciéndole estremecerse un poco. Martin se sacó del bolsillo el papel de su madre y lo leyó: «Otra vez me he tenido que marchar». «Tenido que» estaba subrayado cuatro veces. Bolda le quitó el papel de la mano, lo examinó frunciendo el ceño y lo tiró luego al cubo de la basura, debajo de la fregadera.

Poco a poco fue extendiéndose el olor a caldo, aquel olor que tío Albert encontraba «ordinario», su madre «horrible» y su.-abuela «absolutamente asqueroso», pero que hacía fruncirse de gusto la nariz de Glum —y que al propio Martin le parecía muy agradable. Le gustaba el caldo de Bolda por una razón muy concreta que nadie había adivinado todavía: era el mismo caldo que se olía en casa de Brielach: olor a cebollas, a sebo, a puerro y a aquel algo indescriptible, que tío Albert llamaba «olor a cuartel».

Allí detrás, donde el tubo de la calefacción pasaba junto al hornillo de gas, había siempre una taza verde sin asa, en la que Bolda dejaba enfriar su bebida favorita, la dejaba que se espesara hasta convertirse en una especie de concentrado pastoso: infusión de ajenjo, amargor tibio que hacía fluir la saliva en la boca, mientras en la garganta se sentía cada vez más, cada vez más intenso, y en el estómago se producía un calor agradable. Luego quedaba la boca amarga, y aquel amargor se mezclaba gota a gota en los alimentos que uno comía: pan amasado con ajenjo, sopa sazonada con ajenjo y —cuando ya hacía rato que uno estaba en la cama— aquel agradable amargor acudía al paladar desde rincones recónditos de la boca, de escondidas reservas, y se mezclaba con la saliva sobre la lengua.

«Cada semana un sorbo de infusión de ajenjo», tal era la receta de Bolda; quien estuviese mareado o tuviera dolor de estómago, podía tomar un sorbo de su taza verde sin asa. Incluso la abuela, a la que todo lo que Bolda comía o bebía le parecía horrible, incluso la abuela tomaba a escondidas sorbitos de aquel amargor infinitamente concentrado. Cada semana, Bolda sacaba unas hojas secas, gris-verdes, de una bolsa de papel oscuro y arrugado y hervía una taza nueva. «Mejor que el coñac —decía— mejor que los médicos, mejor que esa estúpida cochinería de hartarse de comer, de beber y de fumar, mejor que todo eso es la infusión de ajenjo y un buen coral.» Bolda cantaba a menudo, a pesar de tener una voz infame: graznidos indecisos en busca de ritmos y melodías, que le parecía encontrar, pero que nunca acertaba. Su oído debía de ser tan poco musical como su voz, ya que su horrible canto parecía melodioso a sus propios oídos: a cada versículo, ella misma celebraba su canto con una sonrisa de triunfo. Incluso Glum, que raras veces perdía la calma y que demostraba infinita paciencia para con todo y para con todos y era capaz de soportar sin abrir la boca una semana entera de sangre en la orina, incluso Glum llegaba a ponerse, cosa rarísima en él, «nerviozo», como él decía: «¡Bolda, me pones nerviozo...!»

Finalmente, quedaron listos el caldo y los panecillos con mantequilla, y Martin, con el gran tazón amarillo en la mano, empezó a subir calladamente la escalera, en calcetines, al lado de Bolda, hasta su cuarto, pasando junto al enorme retrato al óleo de su abuelo: hombre triste y de pocas carnes, con el rostro exageradamente encarnado y la mano, que sostenía un cigarro, apoyada en una mesa verde. Al pie del cuadro, la placa de metal: «A nuestro venerado jefe, con motivo de los veinticinco años de la fundación de la fábrica, 1938 — El personal agradecido».

Parecía que, de un momento a otro, la larga ceniza grisácea del puro, tan maravillosamente pintada, hubiera de caer sobre aquella mesa brillante como un espejo, y algunas veces, el muchacho soñaba que, en efecto, había caído; por la mañana, al despertar de su pesadilla, corría a la escalera, para cerciorarse, pero la ceniza todavía estaba allí, demasiado larga, grisácea, maravillosamente pintada, y el hecho de que todavía estuviera allí le daba a la vez tranquilidad y motivo a nuevas pesadillas, ya que si por fin hubiese caído, todo habría terminado bien. La cadena del reloj también parecía poder agarrarse con la mano, lo mismo que la elegante corbata gris plata, con su perla azul celeste, y cada vez Bolda decía: «Era un buen hombre, Holstege Karl» —con lo cual quería dar a entender, probablemente, que la abuela no era tan buena persona como había sido el abuelo.

La falda azul de Bolda olía siempre a colada y siempre estaba salpicada de jabón hasta más arriba del orillo, porque la principal ocupación de Bolda consistía en hacer la limpieza —a título honorífico— de varias iglesias. Las iglesias que a título honorífico —«no por dinero»— Bolda fregaba eran tres: la parroquia, en la que, dos veces por semana, chapoteaba triunfalmente en grandes charcos de agua de lejía, desde la entrada hasta el presbiterio, luego enrollaba respetuosamente las alfombras ante el altar, y, en un charco más pequeño, muy espumoso y coronado de blanco, revoloteaba alrededor del altar como un ángel oscuro sobre una nube. Bolda limpiaba además la iglesia provisional, allí en el parque, y la capilla de las monjas, a la que muchas veces iba también tío Albert: una capilla oscura, en la que, a la derecha, al otro lado de la mesa de la comunión, había una reja pintada de negro, con una cortina muy azul detrás, que cerraba la iglesia; más allá de aquella doble separación, las monjas cantaban siempre —siempre, siempre—, con voces más agradables que Bolda, aquellos mismos corales que ella creía cantar. Bolda tenía cuatro días de limpieza a la semana, durante cuatro días revoloteaba —ángel delgaducho y oscuro de rostro blanquísimo y completamente arrugado— entre nubes de espuma descendidas a la tierra, dentro de las iglesias. A veces, cuando Martin iba a verla, le parecía que el cepillo era un remo y su falda azul una vela, con los que Bolda intentaba hacer subir otra vez al cielo las nubes que habían caído sobre la tierra: pero la nube siempre permanecía pegada al suelo, sólo se movía poco a poco sobre la superficie terrestre desde la entrada hasta el presbiterio y luego —con una respetuosa lentitud y cubierta de espuma más blanca todavía— se quedaba revoloteando alrededor del altar.

En la habitación de Bolda se estaba bien, a pesar de que todo olía a jabón, a nabos hervidos y a caldo ordinario en cubitos. Su sofá —a decir de mamá— olía a locutorio de monjas; y aquella palabra contenía una alusión, que Martin comprendía perfectamente, una alusión al pasado de Bolda, que había sido monja. Su cama —decía también mamá— parecía la yacija de Tarzán en la selva, pero la luz de los faroles de gas de la calle penetraba en la habitación de Bolda y lo iluminaba todo con su tonalidad amarilloverdosa, y cuando el muchacho se hubo tomado el caldo y comido los dos panecillos, Bolda abrió el cajón y sacó lo que ya era de esperar y que él aceptó con una sonrisa, sólo por no darle un disgusto: unos caramelos pegajosos, empastados unos con otros en forma de bola.

Cuando hubo terminado de comer, Martin se sentó en el sofá de Bolda, se metió un caramelo en la boca, entornó los ojos y se puso a contemplar la luz amarilloverdosa del gas. Cuando el muchacho entraba en su cuarto, Bolda no encendía la luz; se quedaba sentada junto a la ventana sobre una diminuta estantería que sólo contenía dos clases de libros: libros de devoción y programas de cine. Siempre que iba al cine, se compraba el programa —diez pfennigs—, y, al cabo de algunos días, lo sacaba, miraba detenidamente las ilustraciones y reconstruía la película al tiempo que la iba explicando. En tales casos cerraba los ojos, para concentrarse mejor, y sólo los abría para refrescar la memoria con los grabados; así le explicaba películas enteras, escena por escena, alterando levemente la realidad. Cuando aparecían los personajes principales, Bolda daba golpecitos en el programa con el dedo, y todo se volvía oscuro, abigarrado y espeluznante como en un museo de horrores: maldad, infamia, prostitución... pero también generosidad e inocencia. Hombres estupendos a engañados» por mujeres guapísimas —y mujeres maravillosas «engañadas» por hombres guapísimos—, y san Pablo en el camino de Damasco, alcanzado por el rayo divino. Helo allí, a san Pablo, barbudo y fogoso en el programa cinematográfico. Y a santa María Goretti, asesinada alevosamente por un puerco sensual —porque no era más que un puerco sensual; claro que tenía que ver con inmoral y obsceno—, asesinada alevosamente por un puerco sensual. Pero generalmente se trataba de películas de mujeres estupendas, que se hacían monjas; por lo visto había muchas películas de monjas, que Martin nunca llegaba a ver, porque, cuando había una monja en el cartel, nunca aparecía encima el cartelito blanco con la indicación de: Apto para menores.

Pero hoy parecía que Bolda no tenía ganas de contar ninguna película; a la luz amarilloverdosa del farol de gas, se había puesto en cuclillas junto a la ventana y buscaba entre sus devocionarios hasta que pareció haber encontrado el que deseaba. Afortunadamente, no contenía páginas de música, pues de lo contrario Bolda hubiera estado una hora cantando; era un libro sin música, y la oración, rezada con calma, era agradable; vista por detrás, tan delgada y con el cabello tan negro, Bolda casi se parecía a la madre de Brielach. La oscuridad era cada vez mayor y la luz del farol, que hacía brillar los oscuros muebles de Bolda como si fueran caparazones de insectos, todavía parecía más verde. Mucho antes de lo que esperaba, Martin oyó a su madre en el piso de abajo, oyó unos autos que paraban frente a la casa, oyó la risa de su madre, rodeada de la risa de otros, de extravíos, y Martin odiaba las risas extrañas, odiaba sus rostros, incluso antes de haberlos visto; odiaba el chocolate que traían, los regalos que desenvolvían, las palabras que decían, las preguntas que le harían.

Quedamente, dijo a Bolda:

—Diles que todavía no he vuelto, y no enciendas la luz.

Bolda interrumpió sus rezos:

—Tu madre se asustará, si todavía no has regresado.

—No tenemos por qué haberla oído llegar.

—No hay que decir mentiras, hijito.

—¿Pero puedo quedarme todavía un cuarto de hora?

—Bueno, pero ni un minuto más.

Si mamá hubiese llegado sola, Martin habría bajado corriendo, incluso arriesgándose a que inmediatamente apareciera la sangre en la orina. Pero odiaba a toda aquella gente que iba a ver a su madre, sobre todo a aquel gordo, que siempre hablaba de papá. Manos blandas y «golosinas selectas». La luz se hizo más verde aún, y Bolda más oscura y su cabello todavía más negro que ella: tinieblas espesas, negras como la tinta, sobre las que sólo caía una pincelada, un soplo de luz verde: cabello largo, reseco y liso; y el murmullo de Bolda, y, en la oscuridad, aquello que siempre aparecía en la oscuridad: Gäseler... e Inmoral, y Obsceno, y aquella palabra que la madre de Brielach había dicho al pastelero... y preguntas del catecismo que surgían locamente de la oscuridad: «¿Para qué hemos venido al mundo?»

Todo era inmoral y había muchas cosas obscenas, y Brielach no tenía dinero y se pasaba horas y más horas calculando cómo podría ahorrar.

El murmullo de Bolda junto a la ventana —como una india oscura:— y los juegos de luz amarilloverdosa que llenaban la habitación y el despertador en el estante, encima de la cama de Bolda, el tictac discreto y pausado del despertador, mientras abajo crecía el ruido, aquel ruido inexorable que lo destruía todo; risitas de mujeres, risas francas de hombres, y los pasos de mamá, el molinillo del café mal engrasado —«¿prefiere usted té?»— hasta que de pronto resonó en el vestíbulo el grito desencadenado: «Tengo sangre en la orina, sangre en la orina.»

Silencio sepulcral allá abajo, y Martin experimentó casi una sensación de bienestar ante la brutalidad de su abuela. Bolda cerró su devocionario y, dirigiéndose al muchacho, se encogió de hombros, sonriendo por lo bajo, con una sonrisa muy amable, muy íntima, muy generosa, y murmuró:

—¿Qué te parece? Esta vez ha acertado, ¿eh? ¡Ah!, tendrías que haberla visto cuando era joven; no es tan mala como parece.

«¡Sangre en la orina!»

Por lo visto, aquélla no era la música que esperaban los invitados de mamá; de momento, se quedaron perplejos y silenciosos, luego, se volvió a oír un murmullo apagado, Martin oyó la voz de su madre que telefoneaba al médico desde la habitación de Albert, y la abuela se calló, porque ahora, después de haber llamado al médico, ya tenía la seguridad de que ocurriría lo que a ella, de momento, ya le bastaba: la inyección. Extraño y misterioso instrumento de níquel y cristal, diminuto y limpio, demasiado limpio, animalito parecido a una libélula con pico de colibrí; un colibrí transparente, que se llenaba la barriga con el líquido contenido en la ampollita de cristal y luego pinchaba con su agudo pico el brazo de la abuela.

La voz de la abuela, que podía resonar grave y llena como un órgano, se oía ahora en la habitación de mamá, hablando con los invitados.

Bolda encendió la luz y se desvaneció la magia verde, la magia negra, la felicidad de estar sentado en el sofá de locutorio de monjas de Bolda oyendo su murmullo.

—Ya no hay remedio, hijito, tienes que bajar; podrás irte a la cama, no tengas miedo; seguramente te dejarán dormir en el cuarto de tío Albert.

Bolda sonrió, porque había sabido encontrar la palabra mágica adecuada: dormir en el cuarto de tío Albert.

Martin devolvió la sonrisa a Bolda, ésta le sonrió a su vez; y el muchacho bajó solo la escalera, poco a poco. Como la sombra de un gigantesco animal salvaje, la abuela se erguía a la puerta de la habitación de mamá, y el muchacho la oyó decir con su voz suave, aquella voz grave como la de un órgano:

—Señoras y caballeros, piensen ustedes que tengo sangre en la orina.

Desde dentro de la habitación, algún imbécil contestó:

—Señora, el médico ya está avisado.

Pero la abuela ya le había oído, dio la vuelta, se precipitó hacia su cuarto y sacó el orinal como si fuera un trofeo precioso, que el muchacho, de pie en el tercer peldaño de la escalera, tuvo que aceptar.

—Ya lo ves, cariño, ya estamos otra vez con lo mismo.

Y Martin dijo lo que estaba obligado a decir en aquella ocasión solemne:

—No será nada, abuelita, en seguida vendrá el doctor.

Y la abuela, retirando lentamente el orinal, luego que pudo suponer que el muchacho había rendido honor suficiente a aquel líquido amarillento, dijo lo que acostumbraba a decir en aquellas ocasiones solemnes:

—Eres un buen muchacho, cariño; un buen muchacho que piensa en su abuelita.

Y Martin se avergonzó, porque no pensaba nada bueno de su abuelita.

La abuela se retiró a su habitación con aires de reina. Mamá salió precipitadamente de la cocina, le dio un beso y Martin vio en sus ojos que, en el curso de la noche, llegaría un momento en que lloraría. Martin amaba a su madre, y los cabellos de ésta olían agradablemente, y él la quería aunque se pusiera tan tonta como los invitados que traía a casa.

—Lástima que Albert también haya tenido que marcharse; quería cenar contigo.

—Bolda me ha dado de cenar.

Meneos de cabeza y risas, como cada vez que comía los guisos de Bolda. Y otra mujer, rubia como mamá, con el delantal pardo y sucio de Bolda atado a la cintura, una mujer desconocida que cortaba huevos duros sobre la mesa de la cocina, le sonrió tontamente, y mamá dijo lo que solía decir en semejantes ocasiones, y que a él le ponía furioso:

—Figúrese usted, le gustan horrores las cosas ordinarias, la margarina y cosas así.

Y aquella mujer contestó lo que tenía que contestar; dijo:

—¡Qué encanto!

—¡Qué encanto! —repitieron a gritos todas aquellas otras estúpidas, saliendo de la habitación de mamá. —¡Qué encanto! —. Y hubo dos hombres que tampoco consideraron una estupidez repetir «¡qué encanto!»

A Martin, toda la gente que visitaba a su madre por las noches le parecía imbécil, y aquellos fulanos imbéciles descubrieron la variante masculina de «¡qué encanto!» y empezaron a gritar: ¡Precioso! —y Martin tuvo que reunirse con ellos, aceptar chocolate y coches de juguete, y cuando, por fin, pudo escabullirse, tuvo que oír lo que se decían a media voz unos a otros—: Este niño es fantástico.

¡Oh, oscuridad verde de la habitación de Bolda, sofá de locutorio de monjas, o habitación de Glum con aquel enorme mapa en la pared!

Martin volvió a la cocina, donde la mujer rubia cortaba ahora rebanadas de tomate, y la oyó que decía:

—Estas comidas improvisadas me encantan.

Mamá descorchaba botellas, hervía agua para el té; encima de la mesa había lonjas de jamón rosado, un pollo asado: carne blanquecina con reflejos verdosos; y la mujer desconocida dijo:

—La ensalada de pollo está sencillamente deliciosa, querida Nella.

Martin se asustó: la gente que decían «querida Nella» a su madre, iban más a menudo a su casa que los que decían «señora Bach».

—Y ahora, ¿puedo ir al cuarto de tío Albert?

—Sí —le contestó su madre— ve, ya te llevaré algo de comer.

—No quiero nada más.

—¿De veras, no te apetece nada?

—No —contestó, y, de pronto, sintió compasión de su madre, que no parecía ser muy feliz, y añadió—: No, gracias, de veras.

—Ah —dijo la mujer desconocida, que ahora mondaba los huesos del pollo con un cuchillo— ya me habían dicho que Albert Muchow vivía con usted, querida Nella; siento tanta curiosidad por conocer a todo el grupo que conoció a su marido. Es algo divino, poder penetrar así hasta el centro de la vida intelectual.

Era agradable estar en la habitación de Albert: olía a tabaco y a ropa limpia, que Albert guardaba en los cajones del armario. Camisas blancas como la nieve, rayadas de verde, rayadas de marrón, que olían maravillosamente. Olían tan bien como la muchacha de la lavandería que las traía, que tenía los cabellos casi tan claros como la tez. A la luz del día era preciosa, y Martin la quería porque siempre era amable y nunca decía tonterías. Muchas veces, aquella muchacha le traía globos de anuncio, que él podía hinchar y con los cuales él y Brielach podían estar jugando al fútbol horas y más horas en la habitación sin miedo a que se rompiera nada: enormes ampollas tirantes y delicadas, sobre las que aparecía escrito con yeso líquido: Buffo lo lava todo para usted. Sobre el escritorio de Albert había siempre montones de cuartillas, y en un rincón junto a la caja de tabaco, estaba la de pinturas.

Pero al lado, en el cuarto de mamá, la gente reía, y Martin estaba furioso y hubiera querido poder blandir también un orinal y andar gritando por toda la casa: «Tengo sangre en la orina.»

Otra noche estropeada, porque Albert también entraría en la habitación de mamá. En cambio, cuando ella estaba en casa y no venían visitas, se sentaban en su cuarto, y, a veces, Glum también pasaba media hora con ellos y contaba algo, o Albert se sentaba al piano y tocaba, y mamá leía; y todavía era mejor cuando Albert, a última hora de la noche, le llevaba a dar una vuelta en el coche o iba con él a tomar un helado. A Martin le gustaba la luz violenta y abigarrada que el gallo proyectaba en el local de la heladería; le gustaba la estridente música del gramófono y la crema helada, la limonada verde y áspera en la que nadaban trocitos de hielo, pero odiaba a los hombres y a las mujeres estúpidos que le encontraban encantador y precioso y que le estropeaban las noches. Con una mueca de enfado, abrió la, caja de pinturas, tomó el pincel más largo, lo sumergió en el agua y lo pasó repetidamente y sin prisa por el negro. Fuera, en la calle, se paró un auto, y Martin oyó en seguida que no era el auto de Albert, sino el del médico; dejó el pincel, esperó hasta oír el timbre, y corrió a la entrada, porque entonces iba a suceder lo que sucedía siempre y que siempre le excitaba. La abuela salió corriendo de su cuarto y gritó:

—Vea, vea, doctor, ya vuelvo a tener sangre en la orina.

Y el tímido mediquillo de cabello negro sonrió, empujó suavemente a la abuela hasta meterla en su cuarto y del bolsillo de la chaqueta sacó aquel estuche de cuero, que no era mayor que la pitillera del carpintero que vivía en casa de Brielach. La abuela se sentó en el sillón, y el médico le desabrochó con cuidado el puño de la blusa, le subió la manga y, como siempre, admiró su brazo blanquísimo y carnoso, que en efecto, era tan blanco como las camisas de tío Albert, y como cada vez, murmuró: «Tiene usted un brazo de niña, verdaderamente de niña» —y la abuela sonreía y contemplaba con aire de triunfo el orinal que presidía la escena en medio de la mesa o en el carrito del té.

Martin sostenía siempre el inyectable, cosa que su madre no lograba hacer. «Me pongo mala sólo de verlo», decía, y cuando el médico había aserrado el cuello de la ampolla, el muchacho la sostenía con tanta serenidad que el médico podía decir lo que acostumbraba a decir en aquellas ocasiones: «¡Qué muchacho tan valiente!» —y Martin observaba cómo el pequeño pico de colibrí se introducía en el líquido incoloro, cómo el doctor retiraba el émbolo y la jeringa se llenaba y absorbía aquella nada blanquecina, cuyos efectos eran tan extraordinarios. Felicidad infinita, dulzura y belleza en el rostro de la abuela.

Martin no sentía ni malestar ni miedo cuando el médico, bruscamente, clavaba el pico de colibrí en el brazo de la abuela —era algo así como un mordisco— y la piel, fina y blanca, se abultaba un poco, como ocurre cuando un pájaro pica un pellejo; y la abuela miraba fijamente a un lado, hacia la bandeja inferior del carrito del té, donde había sangre en la orina, mientras el médico apretaba lentamente el émbolo e inyectaba a la abuela aquella felicidad infinita — otra sacudida, al sacar el pico del brazo de la abuela, y luego, aquel extraño suspiro de felicidad de la abuela, tan fantasmagórico, tan inquietante. Martin, luego de marcharse el doctor, se quedaba con ella a pesar de su miedo; la curiosidad era mayor que el miedo; allí ocurría algo tan terrible como lo que habían hecho Grebhake y Wolters en los matorrales, tan terrible como la palabra que la madre de Brielach había dicho al pastelero en el sótano — terrible, pero al mismo tiempo apasionante y misterioso. En ninguna otra ocasión se hubiera quedado de buen grado al lado de su abuela, pero cuando le ponían la inyección, se quedaba: la abuela estaba echada en la cama y, súbitamente, de su interior venía una ola luminosa que la hacía joven, feliz e infeliz al mismo tiempo, porque suspiraba profundamente y lloraba, y su rostro se iluminaba y se volvía casi tan terso y bello como el de mamá: desaparecían las arrugas, los ojos brillaban y toda ella irradiaba serenidad y felicidad, mientras seguían cayéndole las lágrimas; y de pronto, Martin amaba a su abuela, amaba su rostro ancho y lozano, aquel rostro que normalmente le daba miedo; y el muchacho sabía lo que haría cuando fuera mayor y se sintiera desgraciado: se haría pinchar el brazo por el pequeño colibrí, que inyectaba felicidad a su abuela, en una minúscula cantidad de aquella nada incolora. Martin ya no sentía asco de nada, ni siquiera del orinal, colocado en la bandeja inferior del carrito del té.

Entonces ponía la mano sobre el rostro de la abuela, primero sobre la mejilla izquierda, luego, sobre la derecha y sobre la frente, y la mantenía largo rato sobre la boca, para sentir su aliento tibio y acompasado; pero, al final, volvía a ponerla sobre la mejilla, y ya no la odiaba: su cara estaba hermosísima, transfigurada gracias a aquel medio dedal de incolora nada. A veces, la abuela todavía no estaba completamente dormida y le decía con los ojos cerrados: «Buen muchacho», y Martin se avergonzaba porque generalmente la odiaba. Cuando la abuela estaba dormida, Martin podía contemplar tranquilamente su habitación, cosa que, en general, no podía hacer nunca, por miedo y por asco: la vitrina grande y oscura —preciosa y antigua, repleta de copas de todos los tamaños, unas más finas, Otras más gruesas; vasos de cristal y cepitas de licor, finísimas y diminutas, figuritas de vidrio: un ciervo de cristal con ojos azules y motas lechosas, vasos de cerveza— y luego, con la mano puesta todavía sobre el rostro de la abuela, dirigía la mirada hacia el retrato de su padre; era mayor que el que colgaba encima de la cama de mamá, y en éste, papá era más joven aún; muy joven y sonriente, con la pipa en la boca y el cabello negrísimo destacándose espeso sobre un cielo claro: nubecitas blancas como rizos de algodón, y la fotografía era tan detallada que se podía distinguir la muestra de los botones metálicos de la chaqueta de punto: eran flores; y aquellos ojos rasgados y negros le miraban como si efectivamente su padre estuviera allí, en el ángulo sombrío entre la vitrina y el carrito del té, donde estaba colgado el retrato; y nunca, nunca pudo saber si en aquel retrato su padre estaba alegre o triste. Tenía el aspecto muy joven, casi tan joven como los muchachos que iban a las clases superiores de la escuela. En todo caso, no parecía un padre. Los padres son más viejos, más importantes y más serios. Los padres hacen pensar en un huevo a la hora del desayuno, en el periódico, en sacarse la chaqueta con gesto muy particular. Del mismo modo que tío Albert no se parecía a los tíos de los demás chicos, su padre tampoco se parecía a sus padres. Martin se sentía orgulloso de que su padre fuera tan joven, pero al mismo tiempo le desagradaba, porque parecía que no fuera un padre de verdad —como tampoco su madre le parecía ser una madre de verdad: no olía como las madres de otros muchachos, era más ligera y más joven y nunca hablaba de aquello que parecía ser la vida de otras personas, de aquello que parecía dar su forma a las madres de los demás muchachos, su madre nunca hablaba de dinero.

Su padre no tenía el aspecto de ser feliz —Martin siempre acababa llegando a esta conclusión—, pero tampoco hacía pensar en aquella palabra que tanto cuenta generalmente para los demás padres: su padre no tenía el aspecto de preocupaciones. Todos los padres tenían preocupaciones, todos eran más viejos y, aunque por otros motivos, no parecían más felices...

En el mapa de Glum, que cubría toda la pared, arriba, había tres grandes puntos negros; el primero indicaba el lugar donde había, nacido Glum, el segundo, el lugar donde vivían, y el tercero, el lugar donde había muerto papá: Kalinowka.

Martin olvidaba a la abuela, a pesar de que su mano descansaba todavía sobre su rostro dormido, olvidaba a mamá y a sus estúpidos invitados, olvidaba a Glum y a Bolda e incluso a tío Albert, y contemplaba a sus anchas el retrato del padre situado en aquel sombrío rincón entre la vitrina y el carrito del té.

Todavía estaba allí cuando su madre fue a buscarle y Albert ya hacía rato que había llegado. Martin la siguió sin decir palabra, se desnudó, se metió en la cama de Albert, rezó la oración de la noche: Si quieres acordarte de los pecados. Señor, y cuando Albert le preguntó si tenía sueño, contestó que sí, porque quería estar solo. Cuando le hubieron apagado la luz, ya no le molestó ni siquiera la risa tonta de la habitación de al lado; cerró los ojos y volvió a ver ante sí el retrato de su padre, y esperó que le vería en sueños, tal como aparecía allí, joven y sin preocupaciones, tal vez sonriente, tan joven como en el retrato, más joven todavía que tío Albert. Con aquel padre iba a pasear por el parque zoológico, o recorría largas distancias por la autopista, le encendía los cigarrillos, la pipa, le ayudaba a lavar el coche y a mirar si se había roto algo, montaba a caballo con él por llanuras inmensas... y gozaba diciendo para sí mismo en voz baja: cabalgamos hacia el horizonte —horizonte, repetía poco a poco y solemnemente, y esperaba y rezaba para que el padre apareciera así en sus sueños, a caballo, en coche— horizonte.

La imagen de su padre no le abandonó mientras estuvo despierto, y vio todos los objetos que le habían pertenecido: el reloj de pulsera, la chaqueta de punto y el libro de notas, en el que había poemas empezados. Pero por más esfuerzos que hizo, Martin no logró soñar con su padre. Éste no aparecía. La habitación estaba oscura, y él estaba solo, y cuando tío Albert entró, para ver qué hacía, Martin figuró dormir, para quedarse solo sin que nadie le molestara; todo el rato que Albert estuvo en la habitación, el muchacho conservó la imagen detrás de los ojos cerrados: un joven sonriente con la pipa en la boca, que no tenía cara de padre.

Recorría los distintos países murmurando sus nombres: Francia, Alemania, Polonia, Rusia, Ucrania, Kalinowka y, luego, en la oscuridad lloró y rezó para que le fuera concedido aquel sueno que nunca podía lograr. Tío Albert estaba allí cuando murió su padre y, a veces, lo contaba, hablaba de Gäseler, del pueblo y de la guerra, que calificaba de guerra de mierda, pero nada servía de nada... no había modo de que papá apareciese en sus sueños, tal como él lo deseaba.

La tierra donde descansaba su padre, Martin se la imaginaba como el cabello de Bolda: oscuridad densa como la tinta, que se había tragado a papá y le mantenía prisionero como el asfalto fresco y pegajoso, le retenía tan fuerte, que no podía comparecer en los sueños. Lo único que podía lograr era que el rostro de su padre llorase, pero ni siquiera llorando aparecía en sus sueños.

Martin sólo podía conservar el rostro de su padre en la oscuridad, si antes había podido contemplar con calma el retrato que había en el cuarto de la abuela, y eso sólo ocurría cuando se representaba la comedia de la sangre en la orina, y había que llamar al médico para que pusiera a la abuela una inyección de felicidad.

Martin rezaba todas las oraciones que sabía y a cada una añadía: «envíame a papá en mis sueños...»

Pero cuando su padre comparecía, era distinto de como él hubiera querido que fuera: estaba sentado debajo de un gran árbol, cubriéndose el rostro con las manos y, a pesar de que tenía las manos encima de la cara, Martin sabía que era su padre. Parecía como si estuviese esperando algo ya desde hacía una infinidad de tiempo, tenía el aspecto de alguien que llevase millones de años allí cubriéndose la cara con las manos para ocultar su tristeza y, cuando se descubría el rostro, Martin se asustaba cada vez, a pesar de que ya sabía lo que iba a venir. Su padre no tenía cara, y parecía querer decir: «Ahora ya lo sabes.» —Quizás lo que estaba esperando debajo de aquel árbol era precisamente su rostro. La tierra era negra como el cabello de Bolda, y papá estaba solo y no tenía cara, y a pesar de que no tenía cara, parecía estar infinitamente triste y cansado, y cuando empezaba a hablar, Martin siempre esperaba que diría Gäseler, pero no lo decía nunca, nunca pronunciaba una palabra sobre Gäseler.

Las carcajadas estrepitosas de una de las chifladas de al lado le despertaron, y Martin lloró de rabia, de odio y de desencanto en la almohada, porque se había interrumpido tan bruscamente el soñar con su padre: quizás de pronto habría recobrado una cara y habría podido hablar.

Martin lloró desesperadamente durante mucho rato, hasta que la risa de la habitación contigua se fue alejando y, en el sueño siguiente, vio a la mujer rubia en la cocina. En lugar de cortar huevos duros y tomates, aserraba ampollas gigantescas de inyectables, globos de vidrio, cuyo contenido era absorbido por el médico sonriente en unas jeringas enormes.

Bolda se deslizaba lentamente, se acercaba con su rostro blanco como la nieve y su cabello negro como el carbón, remando sobre una nube de espuma de jabón, con el rostro sin arrugas, tan terso como el de la abuela después de la inyección, y Bolda cantaba bien, maravillosamente bien, mejor todavía que la señora Borussiak; Bolda remaba así hacia el cielo, llevando entre los dientes algo que parecía una entrada para el paraíso: el programa del cine con la imagen de santa María Goretti.

Pero el padre que Martin continuaba esperando en sueños no reapareció, había sido desalojado definitivamente por la risa estúpida del cuarto de al lado — y la desconocida cortadora de huevos duros sustituyó a Bolda, y se quedó flotando en el aire como si nadara por el agua y gritando— «¡Qué encanto! ¡Qué encanto!» hasta que la grave voz de órgano de la abuela surgía del fondo como un bramido sordo y feroz: «¡Sangre en la orina!»

 

VI

 

Poco a poco Heinrich fue adquiriendo conciencia de lo que ocurría: tenía la sensación de andar sobre hielo, sobre una capa de hielo muy delgada que cubría una superficie de agua cuya profundidad desconocía. El hielo, hasta entonces, no se había hundido nunca» le socorrerían, todo el mundo estaba en la orilla y le sonreía, a punto de ir en su ayuda si el hielo se quebraba; pero ello no alteraba en nada la perspectiva de que se hundiría y de que la profundidad del agua le era desconocida. La primera resquebrajadura en ese hielo, un crac todavía anodino, se había producido cuando Heinrich vio el espanto que produjo en Martin la palabra que su madre le dijo al pastelero; era una palabra fea para designar la unión de los hombres con las mujeres, pero, a él, la palabra unión le parecía en realidad demasiado hermosa para designar una cosa que a su juicio no lo era en absoluto: rostros encarnados como la grana, suspiros y estertores: cuando Leo todavía no era su tío, le había visto con la empleada del tranvía, una vez que iba a llevarle la sopa y entró sin llamar: un grito feroz y terrible de la empleada del tranvía, y Leo con su rostro de mono. «¡Maldito mocoso, cierra la puerta!» y algunos días después. Leo le dio unos golpes secos y fuertes en la cabeza con el taladro de marcar los billetes y le dijo: «Ya te enseñaré yo, amiguito, a tener modales. ¿No sabes llamar a la puerta?» Más tarde. Leo, cerraba siempre la puerta, pero probablemente ocurría lo mismo cuando mamá estaba con él en su cuarto. Unión era una palabra hermosa para algo que él encontraba feo —pero tal vez la gente que tenía dinero lo hacía de otra manera. Tal vez. La palabra procedente de tío Leo, era fea, pero más adecuada.

El miedo de Martin demostraba lo profunda que era el agua debajo de la capa de hielo. Tenía el aspecto de ser infinitamente honda y muy fría y nadie podía impedir que uno cayera dentro. No era sólo el dinero y la diferencia entre lo que había siempre preparado en la nevera eléctrica de casa de Martin y lo que él tenía que comprar cada día, apurando hasta el céntimo: pan, margarina, patatas y un huevo para el cochino de Leo, raras veces uno para Wilma, para él o para mamá. no: era la diferencia entre tío Albert y Leo, la diferencia entre el horror de Martin ante aquella palabra y la ligera repugnancia que le había causado a él, que sólo significaba asco de pensar que su madre se la había apropiado.

En realidad, la diferencia entre la madre d; Martin y la suya no era muy grande: Heinrich estaba dispuesto a aceptar que sólo se distinguían por el dinero. Y quizás, quizás, el hielo no llegaría a hundirse nunca.

En la escuela también se movía sobre ese hielo: el capellán, por ejemplo, estuvo a punto de caerse del confesonario cuando Martin, en la confesión, pronunció aquella palabra que su madre había dicho al pastelero; y Martin tuvo que rezar cinco padrenuestros y cinco avemarías de suplemento por culpa de aquella palabra, que al fin y al cabo sólo había oído; voz suave y amable del capellán, que hablaba de la Virgen Inmaculada, voz de tío Will, que hablaba de la gracia santificante, de pureza de corazón y de un alma casta: voz maravillosa y rostro bondadoso del capellán, que logró que a su madre le dieran dinero para su primera comunión, a pesar de que era inmoral. Pero, ¿conocía el capellán el rostro limpio y rosado, el rostro de mono de tío Leo, que olía a jabón de afeitar y no era el rostro de un alma casta?

Heinrich andaba sobre hielo, encima de una capa de agua cuya profundidad sólo se descubriría cuando el hielo se resquebrajase. Y su madre había cambiado, había pronunciado aquella palabra, pero, ya antes, había cambiado: se había vuelto dura. El muchacho la recordaba suave, amable y silenciosa, cuando, por la noche, tenía la paciencia de poner paños empapados de vinagre sobre el pecho de tío Erich, cuando sonreía a Gert y cuando hablaba con Karl antes de que se «lo» desbaratase. Su rostro se había endurecido en el hospital.

El hielo se había resquebrajado en algunos sitios, cerca de la orilla, en lugares poco peligrosos, poco profundos, donde podía volver a helarse fácilmente. La historia del sudor nocturno de Will sólo le producía risa. Heinrich sonreía pensando en aquella historia, como cuando pensaba en las charlas de Will a propósito de libros y de películas: murmullos de ensueño, burbujas de agua procedentes de la boca de un espíritu encantado que llegaban a él desde el fondo del agua, alcanzaban la capa de hielo y producían efectos juguetones parecidos a los del surtidor de la heladería.

Lo inmediato era el precio de la margarina, que precisamente volvía a subir, eran los cálculos que tenía que hacer para su madre, porque su madre no sabía contar ni sabía ahorrar y, por lo tanto, todos los problemas del presupuesto doméstico recaían sobre él. Inmediato era el rostro afeitado de tío Leo, que empleaba palabras de tío Leo, al lado de las cuales la herencia de Gert, la palabra «mierda», era una palabra casi fina. Inmediato era el retrato de su padre, del que él se sentía cada vez más cerca; inmediato el rostro de su madre, cada vez más duro, de labios cada vez más estrechos, que cada vez usaban con más frecuencia las palabras de tío Leo; su madre, que cada vez iba más a bailar con tío Leo, que cantaba las canciones de tío Leo, cosa que en las películas sólo hacían ciertas mujeres, unas mujeres que aparecían en los carteles cruzados por el letrero rojo: No apto para menores.

Agradable, el cine; allí se estaba bien, caliente. Nadie le veía a uno, nadie le decía nada y uno podía llegar a olvidar, cosa imposible en cualquier otro sitio.

Lo que decía el maestro era como lo que decía el capellán: algo que subía como burbujas extrañas y juguetonas hasta la capa de hielo sobre la cual caminaba el muchacho, pero que no llegaba hasta él. Los huevos estaban cada día más caros, el precio del pan había subido de cinco pfennigs por kilo, y Leo, el muy puerco, se quejaba de que el desayuno bajara de calidad, de que los huevos fueran más pequeños y le acusaba a él de sisar. Esto sí que era inmediato. Odio a aquel mono que además era un imbécil y tenía que dejarse convencer por la evidencia del cálculo; pero la palabra sisar había quedado en el ambiente y mamá —Heinrich lo había visto muy bien— había, por un momento, dado crédito a Leo, sólo por un momento, pero un momento era demasiado. Heinrich tenía que ahorrar porque ellos salían a menudo —y a Wilma no se le compraba ningún vestido. ¡Sisar! Heinrich no se lo podía decir a nadie; Martin no lo comprendería, y todavía no se atrevía a hablar de ello con tío Albert. Más adelante lo haría, porque tío Albert era el único que comprendería lo que significaba sospechar que él sisaba. Su venganza fue cruel. Durante quince días se negó a ir a la compra y a recados: que lo hiciera mamá; que fuese Leo, a la compra; y he aquí que al cabo de una semana ya no tenían qué comer; pésima administración; llantos de mamá y rabietas de Leo, hasta que le pidieron, sí, pidieron, que volviera a encargarse de la compra —y Heinrich lo hizo, pero no olvidó el momento en que su madre había sospechado de él.

En casa de Martin sólo podía hablar de esas cosas con Albert; más adelante, cuando iría con Albert a casa de su madre a pasar las vacaciones, cuando Will se encargaría de cuidar de Wilma, entonces habría ocasión de hablar con Albert de aquella horrible palabra sisa. La tontaina de Bolda era muy buena, pero con ella tampoco se podía hablar de cuestiones de dinero, y con la madre de Martin, aunque sólo se distinguía de la suya por el dinero, ocurría otra cosa: la madre de Martin era bonita, en cierto modo más bonita que la suya, era como las mujeres que salen en las películas, y no entendía las cuestiones de dinero. Y con la abuela, hablar de dinero era algo que daba agobio, porque en seguida sacaba el carnet de cheques. Todos le daban dinero: Albert, la abuela, Will y la madre de Martin, pero el dinero ni daba más estabilidad a la capa de hielo ni restaba inseguridad a la profundidad del agua. Claro que podía comprar algo para su madre, un bolso de piel encarnada y unos guantes encarnados que hicieran juego, como los que había visto en las mujeres de las películas, podía comprar algo para Wilma, podía ir al cine, tomar un helado, reforzar las reservas económicas del presupuesto doméstico y podía no comprar nada a Leo, dejarle visiblemente a un lado en aquellas mejoras —pero tampoco era tanto dinero como eso, tanto dinero como para poder comprar la casa y todo lo que había en ella, la seguridad de no caminar sobre hielo, y sobre todo, nunca podría comprar la diferencia entre tío Albert y tío Leo.

Lo que el maestro y el capellán decían en la escuela correspondía a lo que había dicho Karl, «vida nueva», una palabra muy bella con la que Heinrich incluso asociaba una idea, pero era una idea que sabía irrealizable. El rostro de su madre había engordado y, no obstante, se había endurecido: se alejaba de su padre, era cada vez más vieja que él, mucho más vieja; él, Heinrich, en cambio, se iba acercando: mamá era vieja, le parecía infinitamente vieja, y sin embargo, todavía le había parecido joven cuando se «lo» desbarató en el hospital, cuando salió por primera vez a bailar con Leo. Y su mano se había vuelto más pesada, aquella mano que, por la noche, le ponía rápidamente sobre la frente antes de pasar a la habitación de Leo para unirse con él.

A Heinrich le quedaba la niña, que no había sido desbaratada. Wilma iba a cumplir dos años y, por razones misteriosas, siempre iba sucia; Leo odiaba la suciedad; Leo siempre iba limpio de acuerdo con los olores de su blasón: olor a jabón de afeitar y a betún. Leo tenía las manos encarnadas de tanto cepillárselas, llevaba las uñas pulidas, y su arma era —además de la maquinilla de taladrar billetes— la lima de las uñas, un trozo de hojalata largo y estriado, con el cual daba en los dedos a la pequeña Wilma. Cada mañana, Heinrich calentaba agua para lavar a Wilma, le cambiaba la ropa tantas veces como podía, pero por razones misteriosas, la niña tenía siempre el aspecto sucio, siempre mugriento, a pesar de ser monísima y muy inteligente. Su suciedad era algo desesperanzador.

Cuando Leo hacía el turno de noche, se quedaba por la tarde una hora solo con Wilma, porque mamá entraba ahora a trabajar en la pastelería a las doce y media; desde el día en que Wilma se quedó por primera vez sola con Leo, en cuanto le veía echaba a llorar. Pero cuando Leo levantaba su maquinilla de níquel con aire amenazador, la niña prorrumpía en unos gritos desesperados, se arrastraba hasta donde estaba Heinrich, se pegaba a él y sólo se dejaba consolar cuando Leo se había marchado y su hermano le había murmurado repetidamente: «Leo fuera, Leo fuera. Leo fuera.» Pero continuaba llorando y Heinrich tenía las manos mojadas de lágrimas. Generalmente, por las tardes, se quedaba solo con ella, y, entonces no lloraba, estaba contenta; y cuando estaban mejor era cuando mamá y Leo se iban a bailar, porque entonces avisaba a Martin, que sólo quería ir cuando Leo no estaba —le tenía tanto miedo como Wilma— y juntos bañaban a la niña, le daban de comer y jugaban con ella. También podía dejar a su hermanita en el jardín de Martin y jugar al fútbol. Por la noche se quedaba solo con Wilma en la cama, rezaba sus oraciones y pensaba en los tíos. Wilma, chupándose el dedo, dormía, limpia, a su lado, y Heinrich no la llevaba a su cuna hasta que a él le entraba sueño. En el cuarto de al lado, mamá se unía con Leo; Heinrich no oía nada, pero sabía qué ocurría.

Cuando se preguntaba a cuál de los tíos había preferido, siempre dudaba entre Karl y Gert. Karl era amable y pedante, era el tío «vida nueva», Karl «el de los restos», Karl, cuyo blasón olía a sopa de empleados municipales, Karl, que había dejado en herencia la funda de lona de su termos, que ahora servía para los juguetes de Wilma.

Pero Karl también sabía hacer regalos como Gert, que por la noche volvía a casa sonriente, llevando sus bártulos en un gran bote de mermelada: paletas y espátulas y tijeras, un nivel de agua y la paga de la jornada, que siempre cobraba en especies; todo lo ponía generosamente sobre la mesa: margarina y pan, tabaco, carne y harina, y, a veces, aquello que entonces era tan precioso, tan escaso, aquella cosa pequeñita y blanca, que sabía tan maravillosamente; un huevo. En la época de Gert, la madre había reído más que nunca. Gert era joven, moreno y no desdeñaba jugar a «hombre-no-te-enfades» ni a «a-ver-si-coges-el-sombrero». Incluso a oscuras, oía a veces reír a su madre en la cama donde dormía con Gert, y aquella risa no le hacía cobrar antipatía a mamá, como sus risitas reprimidas cuando estaba con Karl. El recuerdo de Gert era tan bueno que ni siquiera la idea de que se había unido con mamá le hacía repugnante. Gert llevaba todavía en la manga de su viejo uniforme militar una marca oscura en el sitio donde había habido los galones de cabo primera, y, a última hora de la tarde, además, Gert vendía yeso y cemento al pormenor, de unos sacos de papel como los que ahora se usaban para la harina, de los que los sacaba libra por libra con un cucharón.

Karl había sido muy distinto, pero también simpático. Karl era el único tío que frecuentaba la iglesia. Le llevaba consigo, le explicaba la liturgia, las oraciones y, después de cenar, se aseguraba las gafas y empezaba a hablar de su «vida nueva». Aunque no iba nunca a confesar ni a comulgar, Karl iba a la iglesia y lo sabía todo; era reflexivo y pedante, pero amable, y sabía hacer regalos: bombones y juguetes; y cuando decía «empezaremos una vida nueva», añadía, «quiero poner orden en nuestras vidas, Wilma, orden», y de ese orden formaba parte el que Heinrich no le llamara tío, sino padre. Erich —extraño aroma de infusión, paños tibios empapados en vinagre y el encendedor que todavía funcionaba—. Erich se había quedado en Sajonia, y, un buen día, Gert no había regresado, y durante mucho tiempo no supieron nada de él, hasta que al cabo de unos meses escribió desde Munich: «Me tuve que marchar, ya no volveré. Se estaba bien ahí, te regalo el reloj de pulsera.» Y dejó como recuerdo el olor a yeso mojado, y la palabra mierda pasó a formar parte del vocabulario de mamá como legado de Gert. Y Karl se marchó porque la madre se «lo» desbarató. La vida nueva no empezó, y ahora Heinrich veía a veces a Karl en la iglesia. Karl tenía mujer y un niño; los domingos, salía de paseo llevando de la mano al pequeño, que tenía la misma edad que Wilma. Pero Karl no parecía acordarse de él, ni de mamá, porque no le saludaba. Karl, ahora, iba a comulgar y, desde hacía algún tiempo, dirigía el canto en la iglesia; Heinrich oía bajar de la tribuna del órgano aquella voz que había hablado de «vida nueva», de «restos» y de «orden», y no comprendía por qué mamá se «lo» había desbaratado, pues de lo contrario, Karl se hubiera convertido en su padre.

Alguien que vivía en la misma casa escribía siempre a lápiz, en la pared de la entrada, aquella palabra que mamá había dicho al pastelero. Pero nadie sabía quién era. A veces, aquella palabra permanecía un día entero allí en la pared, pero nunca más tiempo, ya que luego iba el carpintero, que tenía su taller en la planta baja. y rascaba la palabra con un clavo; y sobre las baldosas de la entrada quedaba el rastro de revoque rascado, un polvillo blanquecino y, en la pared, la señal de haber sido rascada. El desconocido lo volvía a escribir y el carpintero lo volvía a rascar; había ya veinte lugares rascados en la pared de la entrada. Era una lucha muda, que ambas partes sostenían con tenacidad; de pronto, volvía a aparecer la palabra, y el carpintero que olía a alcanfor, como había olido Erich. salía de su taller con su clavo y lo rascaba. El carpintero era simpático, sobre todo con Wilma; los sábados, cuando el aprendiz barría el taller, tenía que escoger todos los trozos de madera que hubiera entre las barreduras, limpiarlos y subírselos a Wilma, así como también las virutas más largas y más rizadas, y el propio carpintero le daba caramelos cuando iba a cobrar el alquiler de la casa.

Si Leo estaba por casualidad en casa cuando iba el carpintero, éste le decía: «Algún día nos veremos las caras», y Leo contestaba: «También lo espero.» Y no pasaban de ahí.

Hasta más tarde —y él mismo se sorprendió de que no se le hubiese ocurrido antes— no cayó en la cuenta de que podía ser Leo quien escribiera aquella palabra en la pared; la cosa no desdecía de Leo y, por otro lado, la palabra era una de las suyas. Heinrich empezó a vigilar a Leo cuando iba o venía del trabajo, pero no vio que escribiera nada en la pared. También es verdad que. los días en que le observaba, la palabra no aparecía. Sólo estaba cuando Heinrich no había podido vigilarle. Esta lucha duró mucho tiempo —la pared estaba ya casi medio rascada.

Un día, al regresar de la escuela, vio que aquella palabra había vuelto a aparecer en la pared de la entrada y luego, durante la comida, se fijó en el lápiz que Leo llevaba detrás de la oreja; el lápiz tenía la punta roma y gastada y alrededor de la punta había una pequeña corona blanca; precisamente tenía el aspecto de los lápices con que se escribe en las paredes. Era Leo, pues, quien escribía aquella palabra.

Mamá también protestaba contra el que la escribía: «No hay necesidad de que las criaturas la lean», y solía añadir con voz apagada: «Demasiado pronto aprenden esas porquerías.»

Sin embargo, ella misma había dicho aquella palabra al pastelero, en el sótano oscuro y tibio de la pastelería que olía a masa dulzona.

Y Leo continuó escribiendo la palabra en la pared, y el carpintero siguió rascándola con su clavo y Heinrich no se atrevió a decir al carpintero lo que había descubierto.

Lo diría más tarde, en cuanto hablara con tío Albert de muchas cosas.

Por la noche, acostado en la oscuridad, todavía podía ver el retrato de su padre, iluminado por el farol de la calle; una foto que temblequeaba un poco, muy poco, que se balanceaba con las sacudidas que producían los coches al pasar por la calle, sobre todo cuando pasaba el 34 o algún camión.

Poco quedaba ya de su padre; el retrato en la pared y un cuaderno que mamá guardaba obstinadamente entre novelas y revistas, un cuaderno delgado y sucio de color amarillento: Lo que hay que saber para ingresar en el cuerpo de conductores mecánicos. Entre las hojas de ese cuaderno, doblaba y roída, pero todavía visible, había una estampa de Jesús con los apóstoles en la Última Cena —la misma estampa que le habían dado a Heinrich y que llevaba casi la misma inscripción: Heinrich Brielach recibió por primera vez el sacramento de la sagrada Eucaristía en la parroquia de Santa Ana el domingo de Cuasimodo de 1930. Sólo que en la suya decía parroquia de San Pablo y domingo de Cuasimodo de 1952.

El padre de su madre se había quedado en Sajonia. Cuando escribía, se quejaba de lo escaso de su pensión y en sus postales aparecía siempre la misma frase: «¿No tenéis una habitación para mí, para que pueda volver a mi tierra?» Y mamá le enviaba tabaco y margarina y le escribía: «Lo de las habitaciones está muy mal; están carísimas.» La madre de mamá había muerto en Sajonia y el padre de papá yacía en el cementerio de aquí: cruz de madera podrida, al pie de la cual, para Todos los Santos, llevaban unas flores y encendían un cirio de color. La madre de papá —abuelita— estaba reñida con mamá y sólo venía el día después de Navidad y le traía regalos, y a mamá, ostentosamente, nada, y hablaba casi igual que había hablado Karl: «orden —vida nueva— eso terminará mal.» Y una de sus frases era: «¡Ah, si mi pobre hijo lo viera!»

Pero abuelita venía muy poco y no era buena, porque no miraba a Wilma ni le traía regalos y a él siempre le decía: «Ven a verme algún día.» Sin embargo, Heinrich sólo había estado una vez en su casa, en la que todo estaba tan limpio como Leo: olía a encerado; la abuela le dio pasteles y cacao y dinero para el tranvía, pero luego empezó a preguntar, y él no dijo nada y no volvió nunca más a casa de su abuela, porque ésta hablaba como la gente que hablaba debajo de la capa de hielo: alma casta y corazón puro —y de vez en cuando preguntaba por Leo, por Karl y por Gert y murmuraba meneando la cabeza: «¡Qué desorden!... ¡Si mi pobre hijo, tu padre, lo viera!» y le enseñaba retratos en que papá tenía la misma edad que él, retratos de la primera comunión y retratos de papá en mono de mecánico. Pero Heinrich no volvió a su casa, porque no podía llevar consigo a Wilma.

 

VII

 

Cuando Nella traía visitas a casa, llamaba a Albert para que la ayudara a transportar al niño de su habitación a la de él. Martin pesaba mucho cuando estaba dormido, murmuraba en sueños y temían que se despertara; pero generalmente, después de rebullir un poco en la cama de Albert hasta encontrar una buena postura, seguía durmiendo. Nella tenía visitas a menudo y, por lo general, Albert tenía que llevarse al muchacho a su habitación un par de veces por semana. En tales casos se veía obligado a interrumpir su trabajo, porque, cuando el muchacho dormía, no quería trabajar y fumar en la habitación y la consecuencia natural era que pasaba al cuarto de Nella a reunirse con las visitas. Varias veces había intentado pasar, él y su tarea, a la habitación que había vacía arriba al lado de la de Glum, pero se encontraba extraño y echaba de menos mil naderías que durante su trabajo, sin ni siquiera darse cuenta, solía sacar rápidamente de los cajones de su escritorio: tijeras y gomas diversas, lápices y pinceles, y, por otra parte, le parecía que no valía la pena montar un taller arriba, en la habitación vacía. La sala, en la planta baja, que tampoco se utilizaba nunca, no era a propósito para trabajar: sofá de color naranja, sillones y alfombra del mismo color; en las paredes, cuadros de un pintor, a quien el padre de Nella había protegido: obras académicas sin interés, y todo ello sumido en el triste abandono inherente a una habitación que no se utiliza desde hace años, pero que se limpia regularmente. El muchacho se negaba tenazmente a ocupar una de las habitaciones disponibles y a Albert no le quedaba otra solución que pasar a la habitación de Nella a reñirse con sus invitados. Eso le ponía siempre de mal humor y le aburría. A veces se marchaba y entraba en cualquier sitio a tomar una copa, pero cuando, al regresar, encontraba a Nella sola, rodeada de ceniceros llenos, de botellas vacías y de platos con restos de bocadillos, le daba pena.

Casi siempre se trataba de unos «snobs» cualesquiera a quienes Nella había conocido en algún viaje o en alguna reunión, o que se le habían presentado en alguna conferencia; oírles charlar de arte horas y más horas era algo que a Albert le daba náuseas. Nunca tomaba parte en la conversación, bebía vino o té. y siempre sentía un vago malestar cuando empezaban a citar poemas de Rai y él, estimulado por la sonrisa de Nella, acababa por dar, de mala gana, explicaciones acerca de su amigo.

Para olvidar su malhumor a causa del tiempo perdido, bebía mucho vino. Además, generalmente había también alguna muchacha bonita, y las muchachas bonitas le gustaban, por muy «snobs» que fuesen; Albert lo observaba todo con atención; de vez en cuando se levantaba para descorchar una botella o, si se hacía tarde, tomaba el coche para ir a buscar más vino, más pastas o más cigarrillos. Lo que le retenía era el muchacho que dormía en su cama —Martin se despertaba a veces a medianoche y se asustaba al ver caras desconocidas que se inclinaban sobre su cama; y también podía ocurrir que la madre de Nella hiciera alguna escena a altas horas de la madrugada. Cuando no había ocasión para la de «sangre en la orina», inventaba alguna otra cosa que se saliera de lo normal. Podía pasarse semanas enteras en su habitación con su botella de vino tinto, su plato de bocadillos de carne y sus paquetes rojos de cigarrillos Tomahawk, removiendo viejas cartas o examinando el estado de su fortuna, hojeando viejos libros escolares, libros de lectura de los años 1896-1900, y su vieja Biblia para niños, en la que todavía se veían restos de los colorines que ella había puesto cuando era una chiquilla campesina de diez años: la túnica manchada de sangre de José en Egipto, pintada con el lápiz color carmín hacía más de cincuenta años, o los leones de color mostaza que, en lugar de devorar a Daniel, dormían tendidos junto a él.

La abuela pasaba en paz varias semanas, pero, de pronto, sentía la necesidad de una escena. A lo mejor, a la una de la noche, le entraban deseos de hacerse una ensalada y, en su bata negra con flores azules, entraba en el cuarto de Nella con la botella de vinagre vacía en la mano y gritaba desde la puerta: «Cochinos... La botella del vinagre ya vuelve a estar vacía, y yo necesito, necesito absolutamente una ensalada.» No era fácil encontrar vinagre a medianoche, pero Albert, previendo estos casos, había llegado a un acuerdo amistoso con la dueña del restaurante de la estación, y si era menester, podía obtener allí incluso las cosas más inesperadas. Si Bolda bajaba por la noche y la madre de Nella todavía estaba despierta y con ganas de hacer una escena, buscaba guerra fuera como fuera y le gritaba: «¡Eh, monja exclaustrada, eh, dos veces viuda!» y enumeraba los crímenes del padre de Bolda, que, por lo visto, había sido un malhechor y un contrabandista, pero que ya hacía cincuenta y cinco años que descansaba en el cementerio de un pequeño lugar en el Eifel. Cuando no tenía ganas de escenas, dejaba pasar a Bolda sin molestarla o entablaba una pacífica charla con ella. Pero también podía entrar en el cuarto de Nella y gritar: «¿Ya empezamos otra vez a putear? Y tu pobre marido, durmiendo en tierra rusa.»

Sólo Albert o Glum lograban calmarla, de manera que Albert prefería quedarse en casa, porque Nella tenía miedo a su madre.

Así, pues, dos días sobre siete, Albert aguantaba las visitas de Nella, vigilaba el sueño del muchacho y, como un bombero de guardia, estaba siempre a punto para calmar a la madre de Nella.

Tampoco le molestaba servir de taxista cuando todos se marchaban: llevaba a los invitados de Nella hasta la parada del tranvía o, si era muy tarde, hasta la cochera, de donde cada hora salía un tranvía durante toda la noche. Y si se le antojaba, los llevaba a todos, uno por uno, a sus casas. Hacía cuanto podía por tardar mucho, pues siempre tenía la esperanza de que, a su regreso, Nella ya estaría acostada. Le gustaba correr en el coche en la noche solitaria: las calles estaban desiertas, los jardines completamente oscuros, y Albert contemplaba los efectos mágicos que desencadenaban sus faros, sombras alocadas, duras y muy negras, y la luz de gas, amarilloverdosa, de los faroles de la calle; luz fría como el hielo, que agradaba a Albert y que, incluso en verano, hacía pensar en fríos intensos. Los jardines y los parques estaban inundados por aquella luz amarillenta y, aunque los árboles estuvieran en flor, tenían un aspecto envarado y muerto. A menudo, Albert salía algunos kilómetros fuera de la ciudad, a través de pueblos dormidos, hasta llegar al cruce con la carretera principal, corría luego un trecho a gran velocidad y aprovechaba el primer desvío para volver a la ciudad; cuando alguien aparecía en la luz de sus faros, siempre sentía la misma profunda impresión: generalmente eran prostitutas que se habían apostado exactamente en el lugar donde caía la luz de los faros cuando los automovilistas, después de las curvas, daban las luces de distancia: muñecas solitarias, inmóviles y vestidas de colores chillones, que ni siquiera sonreían cuando uno se acercaba a ellas: piernas claras sobre fondo oscuro, iluminadas por una luz intensa. A Albert le recordaban siempre los mascarones de proa de algún barco sumergido; en cuanto daba la luz de los faros, salían de la oscuridad, y Albert admiraba la precisión con que habían elegido sus puestos de estacionamiento, aunque nunca había visto que un coche se parara para hacer subir a una de ellas.

Al final del puente, una taberna, construida dentro mismo de la rampa, estaba abierta durante toda la noche. Albert se paraba a tomar una cerveza y una copita, para retardar su regreso. La mujer de la taberna ya le conocía, porque Nella tenía invitados con gran frecuencia, y Albert los acompañaba, para no quedarse solo con Nella.

En aquella taberna permanecía a veces largo rato y pensaba en las cosas que los invitados de Nella le habían recordado sin querer. A las mesas solían sentarse marineros de los barcos del Rin que jugaban a los dados; voces extranjeras salían en sordina de la radio y la tabernera, pequeña y morena, estaba junto a la lumbre haciendo calceta. Siempre le contaba para quién estaba trabajando: un «pullover» para su yerno, unos guantes marrón para su hija; pero casi siempre hacía pantaloncitos para sus nietos, inventando ella misma las muestras; muchas veces le pedía consejo, y Albert le había dado alguna idea. Hacía poco le había sugerido que bordara unas botellas verdes con etiquetas de todos colores en una falda amarilla para su nieta de catorce años. Con los lápices de colores que siempre llevaba consigo, le dibujó la muestra sobre el papel blanco en que ella envolvía las chuletas y las albóndigas frías para los marineros. Y cuando se ponía a evocar todos los recuerdos que los invitados de Nella habían despertado, a veces se quedaba hasta las tres o las cuatro de la madrugada.

Antes de la guerra, Albert era corresponsal en Londres de un pequeño periódico alemán, pero este periódico le había despedido, y después de la muerte de Leen, y a instancias de Nella, Albert había regresado a Alemania. El padre de Nella le había facilitado un empleo en su fábrica de mermeladas, que le permitía no llamar la atención. Allí, hasta el inicio de las hostilidades, había organizado con Rai una sección de estadística, y ambos cobraban un sueldo a cambio de unos trabajos de fantasía que más servían para justificar su situación que a los intereses de la fábrica. Así, en cualquier momento podían demostrar que se dedicaban a un trabajo razonable y no político, que estaban incorporados al «proceso del trabajo» como se decía, y su oficina presentaba siempre un aspecto lo bastante desordenado para dar la impresión de una actividad frenética. En sus tableros de dibujo había croquis clavados con chinches, y por doquiera estaban esparcidos tubos y pinceles; en los anaqueles, botellitas de tinta china destapadas; y todas las semanas les llegaba de la sección de ventas un informe con listas de números que ellos incorporaban a sus cálculos, listas de números correspondientes a las provincias alemanas, que se convertían en diminutos botes de mermelada pintados sobre mapas de colores.

Más tarde se dedicaron a inventar nombres nuevos para nuevas clases de mermeladas y ordenaban tan afanosamente su material numérico, que en cualquier momento podían informar acerca de dónde y cuánto se comía y se había comido de cada clase de mermelada. Los dos amigos llevaron su cinismo al colmo cuando redactaron una memoria que titularon «Desarrollo y expansión de las confituras aromáticas Holstege» y que se publicó el año 1938 con motivo de los veinticinco años de la fundación de la empresa: un cuaderno impreso sobre papel de color, e ilustrado con muchos grabados, que se envió gratis a todos los clientes. Albert inventaba nuevos carteles, Rai redactaba nuevos slogans y los dos pasaban las veladas con Nella y los escasos amigos que todavía les quedaban en 1938. Pero por aquella época estaban siempre desazonados y, al anochecer, muchas veces explotaba su nerviosismo reprimido, sobre todo cuando iba a verles el padre Willibrord. Rai odiaba al tal Willibrord, el mismo que ahora fomentaba tan celosamente su culto. La mayoría de las veces, los dos jóvenes acababan escandalizando de tal manera a Willibrord, que éste se marchaba; luego que estaba fuera, ellos se emborrachaban, discutían planes para emigrar, y, a la mañana siguiente, llegaban tarde y con dolor de cabeza a la oficina y a menudo, en un ataque de rabia, rompían todos sus dibujos y estadísticas.

Pero al cabo de algunos días, volvían a dibujar, a inventar nuevos símbolos para los consumidores de mermelada, nuevas categorías y matices de color para caracterizar gráficamente las distintas calidades. Su última obra, antes de tener que marchar al frente, fue una nueva memoria histórica, en la que Rai se proponía demostrar que los hombres de la edad de piedra, los romanos, los griegos, los fenicios, los judíos, los incas y los germanos ya habían disfrutado de la bendición de la mermelada. En esa memoria, Rai puso a contribución toda su fantasía y Albert todo su talento de dibujante; realizaron una obra maestra, que valió numerosos clientes a la empresa. Pero a última hora resultó innecesaria, porque apareció un nuevo cliente que compró mermelada sin necesidad de propaganda: la guerra.

Durante la guerra pudieron ver por todas partes, por todas las cunetas junto a los sitios donde habían acampado tropas alemanas, los botes de mermelada de su fábrica: grandes latas con etiquetas dibujadas por Albert y slogans inventados por Rai; los niños franceses jugaban al fútbol con aquellos botes, y para las mujeres rusas representaban verdaderos tesoros; y, cuando las etiquetas ya hacía tiempo que habían saltado o se habían desgarrado, y las latas estaban oxidadas y abolladas, todavía las reconocían por el anagrama en relieve del suegro de Rai, E. H., Edmund Holstege. Incluso a oscuras, cuando en mohosos acantonamientos tropezaban con sonoras latas, el encuentro era inevitable: en el arranque del asa, se sentían, se palpaban aquellas iniciales en relieve, E. H., y la cereza estilizada, creada por Albert.

El paso de los ejércitos victoriosos no se manifestaba únicamente con cartuchos vacíos, casas bombardeadas y reses despanzurradas, sino también con latas de mermelada. Lo mismo en Polonia que en Francia, Dinamarca y Noruega o los Balcanes se leía en las latas de mermelada el slogan ideado por Rai: «No pierdas tiempo haciendo confituras: Holstege las hace por ti». Las palabras «No pierdas tiempo haciendo confituras» estaban impresas en rojo y muy gruesas, las demás no se leían tan bien. Ese slogan era el fruto de una larga conferencia con la dirección de la fábrica, después de la cual iniciaron una campaña contra las conservas caseras. Pero esa campaña se vio interrumpida por la intervención del partido nacionalsocialista, que consideraba las conservas caseras como una virtud de la mujer alemana y como tal las fomentaba. Pero las etiquetas y los carteles ya estaban impresos, y en la guerra estas cosas ya no se miraban tanto; de modo que se pegaron y, más tarde, se enviaron hasta el interior de Rusia.

Albert y Rai pasaron el primer año de guerra separados, en distintos cuerpos de ejército y en distintos escenarios bélicos; pero incluso separados, pudieron contemplar el mismo espectáculo; tanto en los suburbios de Varsovia como junto a la catedral de Amiens había las mismas latas de mermelada alemana.

Además, recibían paquetes de la madre de Nella, paquetes que contenían unos preciosos botes miniatura de hojalata cromada, llenos de mermelada, muestras publicitarias que se regalaban a todo comprador de tres latas; y la madre de Nella les escribía, además —detalle superfino— que el negocio iba muy bien...

En la taberna no quedaba nadie. Albert se mojó los labios en la cerveza, pero la encontró tan sosa que apartó el vaso a un lado. Entonces miró la fila de botellas que había en la estantería y, sin levantar la cabeza, dijo:

—Déme un kirsch de la Selva Negra, por favor. —Pero los dedos de la mujer no se movían, el ovillo de lana y las agujas habían resbalado al suelo y, cuando Albert levantó la cabeza, se dio cuenta de que la tabernera se había quedado dormida; en la radio, una mujer cantaba a media voz una canción sudamericana. Albert se levantó, pasó detrás del mostrador y se sirvió el kirsch, luego recogió el ovillo de lana y las agujas y miró el reloj: eran las tres de la madrugada. Bebió lentamente el licor, casi gota a gota, y encendió la pipa. Nella todavía no se habría acostado, nunca estaba acostada cuando él regresaba y no opondría la menor objeción a nada de lo que él le dijera: el odio de Rai por Willibrord, su cinismo; su esnobismo, el hecho de que desde cinco años antes de morir no hubiera escrito ni un solo verso, sino únicamente slogans, y la culpa que ella tenía de que se formara toda aquella leyenda falsa alrededor de Rai.

Albert apuró su kirsch y despertó a la tabernera, dándole suavemente en el hombro; ella se despejó en seguida, le sonrió y dijo:

—Mire usted que dormirme... Si no hubiese estado usted aquí, a lo mejor me dejan sin un céntimo.

Se levantó, cerró la radio, Albert dejó el dinero sobre el mostrador, salió fuera y esperó a que la mujer bajara la puerta ondulada y cerrara la tienda.

—Suba usted —le dijo— la llevaré a su casa.

Era lunes, y en aquella hora había poca gente en la calle; sólo se veían los grandes camiones de verduras que se dirigían al mercado.

Albert dio un pequeño rodeo para acompañar a la tabernera, ésta se apeó, y él prosiguió —lentamente— hacia casa.

Nella todavía no se había acostado, ni siquiera había arreglado la habitación: las copas estaban desparramadas por allí, las tazas y los platos con restos de bocadillos, dulces aplastados en platitos de cristal y paquetes de cigarrillos vacíos. Ni siquiera había vaciado los ceniceros; encima de la mesa estaban las botellas rodeadas de corchos.

Nella estaba sentada en un sillón, fumando, con la mirada fija. A veces, Albert tenía la impresión de que estaba sentada allí desde hacía una eternidad, y lo estaría eternamente, y la palabra eternidad tenía para él toda la fuerza y todo el vigor: Nella estaba sentada en el sillón verde, en la habitación llena de humo, fumando, con la mirada fija en lo que tenía delante. Había hecho café y puesto la cafetera debajo del viejo capuchón; cuando lo levantó, a Albert le pareció que el verde fresco de la cafetera era lo único que había fresco en aquella habitación, pues incluso las flores que los invitados habían traído se marchitaban en el humo de tabaco o seguían todavía intactas en sus envoltorios de papel en el vestíbulo o encima de la mesa. En otro tiempo, la dejadez de Nella le había parecido encantadora, pero desde que vivía con ella, le horrorizaba. Al ver la cafetera encima de la mesa, comprendió que no podría acostarse hasta muy tarde. El café, Nella, los invitados y las noches pasadas en inútiles y absurdas charlas le ponían furioso; pero en cuanto Nella sonreía, Albert olvidaba su furor, ¿Qué fuerza extraordinaria encerraba aquel músculo, capaz de realizar semejante desplazamiento inimitable? Y por mucho que supiese que Nella se servía mecánicamente de aquella sonrisa, volvió a caer en la trampa, porque cada vez creía que le estaba verdaderamente dedicada. Se sentó y pronunció automáticamente unas frases que ya había dicho mil veces a aquella misma hora, en ocasiones parecidas. A Nella la encantaba sostener largos monólogos a altas horas de la noche acerca de la falta de sentido de su vida, hacerle confesiones o describir con detalle cómo hubieran ido las cosas si Rai no se hubiese muerto. Probaba a obligar al tiempo a retroceder, a suprimir todo lo que había sucedido durante los últimos diez años y a arrastrar a Albert a su mismo sueño.

Hacia las tres y media, Nella se levantó para ir a preparar más café, y para no quedarse solo en aquella habitación que conocía desde hacía veinte años, en aquella habitación llena de humo de cigarrillos y de recuerdos de Rai, Albert recogió las copas y los platos sucios, vació los ceniceros, corrió la cortina verde y abrió la ventana. Después fue a reunirse con Nella en la cocina, sacó unos jarrones del armario de puertas correderas, los llenó de agua y puso en ellos las flores; luego, se quedó junto a Nella, que aguardaba a que hirviera el agua junto al hornillo de gas, mientras comía algo de carne fría, o pan con mantequilla, o alguna de aquellas deliciosas ensaladas que tenía siempre preparadas en la nevera.

Aquél era el momento que ella esperaba, aquél por el cual había organizado probablemente todo aquel jaleo, porque todo era igual que veinte años antes: allí estaba Albert, al lado de Nella, viéndola preparar el café, probando sus ensaladas, a las tres o las cuatro de la madrugada y contemplando el lema incrustado con baldosas negras sobre las blancas: El amor pasa por el estómago. Rai, en aquella época, se quedaba sentado, medio dormido, en la habitación de Nella; también entonces los invitados se quedaban hasta muy tarde: aquellas noches llenas de charlas políticas, de discusiones con Schurbigel, que les instaba a todos a entrar en las S. A. para cristianizarlas: palabras como «fermento», «levadura»; frases como: «infiltrar el pensamiento cristiano en el nacionalsocialismo» —aquello los excitaba en aquella época; también entonces asistían a las reuniones algunas muchachas bonitas—, pero la mayoría habían muerto o se habían marchado durante la guerra a otras ciudades, a otras regiones, y dos de aquellas bonitas muchachas se habían casado con nazis y la ceremonia se había celebrado debajo de un roble.

Luego habían reñido con casi todos. Se pasaban las noches inclinados sobre mapas que traían de la oficina, pero se les hacía tarde; y también en aquella época preparaban el primer café a las dos y el segundo hacia las tres.

Afortunadamente, por lo menos la cafetera que Nella empleaba ahora no era la misma que entonces, aparte de otras muchas cosas que le recordaban inexorablemente que los tiempos habían cambiado.

A Albert le latía violentamente el corazón cuando, a medianoche, entraba en su cuarto para vigilar el sueño de Martin: éste había crecido, rápida y definitivamente, le parecía; y ver en su propia cama a aquel muchacho de once años le producía una extraña congoja. El niño, rubio y guapo, muy parecido a Nella, dormía a pierna suelta. Los ruidos matutinos penetraban ya por la ventana abierta: retumbar lejano de los tranvías, gorjeo de los pájaros; y la noche negra como la tinta se iba aclarando detrás de la hilera de los chopos que limitaban el jardín — y arriba, en la habitación que ocupaba ahora Glum, habían dejado de oírse desde hacía mucho, muchísimo tiempo, los pesados y bien ritmados pasos del padre de Nella, aquellos pasos de campesino que ha caminado demasiados años detrás del arado para poder cambiar de andares.

El presente y el pasado resbalaban uno encima de otro como discos que buscan el punto en que han de coincidir: el uno giraba pulcramente, con su eje de rotación en el centro: era el pasado, que Albert creía poder abarcar exactamente con su mirada; el presente, en cambio, se movía más violentamente, se deslizaba por encima del pasado según un eje distinto. De nada le servía a Albert que hubiera el rostro de Martin, su aliento sobre la mano y el rostro redondo y bueno de Glum. De nada le servía a Albert ver en el rostro de Nella las huellas de los veinte años transcurridos, verlas exactamente: arrugas alrededor de los ojos e indicios de blanquecina gordura junto al cuello, y los labios resecos por el abuso de innumerables cigarrillos, y los surcos duros y profundos de su rostro — de nada le servía: caía en la trampa de su sonrisa, hechizo automáticamente desencadenado que suprimía el tiempo y daba al muchacho, allí detrás, en la cama, un carácter fantasmal; y entre el presente resbaladizo y el pasado aparentemente tan pulcro se intercalaba un tercer disco amarillo brillante que rodaba como un alocado: el tiempo que nunca había existido, la vida que nunca se había vivido: el ensueño de Nella. Ella le hacía penetrar en ese ensueño aunque fuera a la fuerza, aunque sólo fuera durante unos pocos minutos por la noche en la cocina, mientras ella preparaba el café y unos bocadillos, que se secarían en el plato: cafetera, bocadillos, sonrisa — y luz lechosa de la aurora, simples accesorios y decorados del ensueño atormentador de Nella, del sueño de vivir la vida que nunca había vivido y nunca viviría: la vida con Rai.

—Nella —murmuró Albert—, acabarás por volverme loco.

Cerró los ojos para no ver más aquella rotación turbadora: aquel loco centelleo de tres discos que jamás coincidirían, mortal incongruencia en la que no se llegaba nunca a un punto de reposo.

Café que nadie bebería, bocadillos que nadie comería —accesorios de un juego mortífero en el que se veía arrastrado como comparsa único e importante— y. sin embargo, le consolaba saber que Bolda se calentaría el café y que Glum se envolvería los bocadillos y se los llevaría al trabajo.

—Vete si quieres —dijo Nella con voz cansada, mientras ponía la tapadera verde sobre la cafetera.

Albert movió negativamente la cabeza.

—¿Por qué no probamos a facilitarnos las cosas?

—¿Casarnos? —dijo ella—. ¿Tú y yo? ¿Crees que así sería más fácil?

—¿Por qué no? —replicó él.

—Vete a acostar, no quiero torturarte más.

Albert se fue sin decir una palabra, atravesó el vestíbulo y se dirigió al cuarto de baño. Encendió el gas, dio el agua y puso la ducha de manera que el agua fluyera en la bañera sin hacer ruido.

Se quedó inmóvil mirando estúpidamente cómo el agua salía de la ducha en ligeros torbellinos azulados e iba subiendo desde el fondo de la bañera. Mientras tanto, escuchaba con atención lo que ocurría fuera. Oyó que Nella entraba en su habitación: al poco, la oyó llorar. Había dejado la puerta abierta para que él la oyera. En la casa reinaba silencio y la temperatura iba bajando; fuera amanecía ya, y Albert, sumido en sus pensamientos, arrojó la colilla del cigarrillo en la bañera y luego, medio atontado por la fatiga, contempló cómo la colilla se desleía; cómo una suciedad negruzca —ceniza endurecida— caía al fondo; cómo las briznas de tabaco rubio se quedaban flotando, primero en batallón cerrado y luego, dispersándose rápidamente, formaban nubecitas de color amarillento en el agua. El papel del cigarrillo se oscureció, pero sobre el fondo gris opaco se podía leer claramente: Tomahawk. Para simplificar, Albert cuando fumaba cigarrillos, los fumaba de la misma marca que la abuela, para estar preparado en caso de que se los pidiera. La nube de agua teñida de amarillo había alcanzado ya el tamaño de una esponja, y el agua que a borbotones subía de la ducha dispersaba el batallón de las briznas cada vez más descoloridas, cada vez más desleídas, y en el fondo limpio y azulado de la bañera, las partículas negras y duras de ceniza se iban acercando hacia el desagüe, atraídas por un misterioso torbellino.

Nella seguía llorando y la puerta continuaba abierta. Albert apagó súbitamente el gas. cerró el agua, tiró de la cadena niquelada para destapar la bañera y vio desaparecer en un remolino la nube amarillenta del tabaco.

Apagó la luz y se dirigió a la habitación de Nella: la encontró sentada, fumando y llorando. Albert se quedó plantado en la puerta y le dijo, en una voz, cuya dureza le sorprendió a él mismo:

—¿Qué quieres, en realidad?

—Siéntate a mi lado, ven.

La sonrisa de Nella falló, y Albert se sintió enternecido porque sólo raras veces le había sido dado verlo. Se sentó y tomó un cigarrillo de la caja que Nella le ofrecía. Ella recobró su sonrisa y la puso en marcha, como si alguien oprimiera secretamente un botón.

Nella empleaba su sonrisa como un fotógrafo el magnesio. Aquella sonrisa era famosa entre sus amistades, pero a Albert, en aquel momento, le causaba hastío, igual que contemplar sus manos finas y blancas, no menos famosas que su sonrisa. Nella no se arredraba ante los trucos más baratos: cruzando las piernas, enderezó el cuerpo y dio todo el relieve posible a su hermoso busto.

En la bañera, se oyó el último borbotar del agua: un breve regüeldo, y aquel ruido tranquilizador cesó.

—No quiero volverme a casar —dijo en voz baja—, no caeré ya en esa trampa; si tú quieres seré tu amante, ahora mismo, ya lo sabes, y como amante te seré más fiel que como esposa, pero no quiero volverme a casar. Desde que he comprendido que Rai está muerto, pienso a menudo que hubiera sido mejor no casarnos; ¿para qué esta comedia, esta farsa, esta gravedad mortal del matrimonio? y el pánico de quedarse viuda — una boda civil y otra religiosa, y viene un monigote y te hace matar el marido — tres millones, cuatro millones de solemnes contratos destrozados con una guerra; viudas — yo no tengo ninguna disposición para ser viuda — y no quisiera ser la esposa de nadie más que de Rai, y no quisiera tener más hijos — he aquí mis condiciones.

—Ya conoces las mías.

—Naturalmente —contestó ella sin alterarse—: casarte conmigo, adoptar al niño y probablemente quieres tener hijos tuyos.

—Buenas noches —dijo Albert dispuesto a marcharse.

—No, quédate. Una vez que la cosa se pone divertida, quieres marcharte. ¿Por qué mantenernos tan correctos y tan serios — para qué observar tan rigurosamente las convenciones? No lo comprendo.

—Por el niño. Comparados con la vida de Martin, tus sueños carecen completamente de valor. Al fin. y al cabo, pronto cumplirás los cuarenta.

—Con Rai todo hubiera ido bien, le hubiera sido fiel y hubiéramos tenido más hijos, pero su muerte me rompió el espinazo, si quieres llamarlo así, y no quisiera ser la esposa de nadie más. Prácticamente, eres el padre de Martin. ¿No te basta con eso?

—Tengo miedo —replicó Albert— otro que se quede con el niño.

—¿Quieres más a Martin que a mí?

—No —dijo él en voz baja—; quiero a Martin y a ti no. No es una cuestión de más o menos, te conozco demasiado para enamorarme de ti, pero eres lo bastante bonita para que me gustara acostarme contigo de vez en cuando, y eso ya no lo podría hacer ahora, porque me acuerdo a menudo de Rai y tengo al muchacho siempre a mi lado. Me parece que está bastante claro.

—¡Ah! —contestó Nella— ya sé por qué no me caso contigo: porque no me quieres.

—Pero desde hace una temporada intentas convencerte que tú me quieres a mí. Eso cuadra en tus sueños.

—No, no trato de convencerme de eso: ya sé que no. Pero contigo me ocurre lo mismo que te ocurre a ti conmigo. Antes lo llamábamos hablar con franqueza, pero nuestras palabras no son bastante sinceras. Habla con franqueza, si quieres.

Albert quería levantarse, andar arriba y abajo o hablar desde la ventana, pero demasiadas veces había visto en las películas que los hombres que querían sincerarse con una mujer, se levantaban y hablaban andando arriba y abajo; de manera que permaneció sentado en aquel incómodo sillón y tomó un cigarrillo de la caja que Nella le ofrecía.

—Dios mío —dijo—, sólo hablar de amor es ya una tontería; ¿no nos echaríamos a reír los dos si un buen día te dijera: «te quiero»?

—Por supuesto —contestó Nella.

—Y por otra parte, acostarse con la viuda de un amigo no es lo mismo que casarse con ella — y casarse con una mujer que se droga con sueños como si tomara morfina, ávidamente y a conciencia, es una cosa que yo sólo haría por amor a Martin, pero me parece que uno no debe casarse con una mujer sólo por amor a un niño: eso no lo he visto claro hasta hoy.

Nella lloraba, y Albert, finalmente se levantó del sillón y echó a andar por la habitación, descorazonado y nervioso, a pesar de que lo había visto hacer tantas veces en las películas.

—Sólo una cosa puedo o, mejor dicho, podemos todos esperar —dijo—: que, por amor al niño, seas un poco más prudente.

—Te equivocas, como os equivocáis todos respecto a mí; me tomáis por una cualquiera o poco menos, pero la verdad es que desde la muerte de Rai no he tenido realmente nada que ver con ningún hombre.

—Entonces todavía es peor excitarlos con tu sonrisa —replicó Albert— como quien da cuerda a un juguete de hojalata. Mira, creo que sí que deberíamos casamos: sí, podríamos llevar una vida tranquila y razonable con el niño, sin necesidad de preocuparnos de todos esos idiotas que nos roban el tiempo; podríamos marchamos a otro país, lejos de este torbellino putrefacto y quizás, algún día, caería sobre nosotros, de pronto, como una lluvia, como una tormenta, aquello que hasta ahora se ha llamado amor. Rai está muerto —dijo Albert, y luego lo repitió en voz más alta y más dura—: Rai está muerto.

—Oyéndote, parece que te alegras de ello.

—Tú sabes que no fue menos terrible para mí que para ti perderle —sólo que fue terrible de otro modo—. Creo que hay más mujeres con quien se puede estar casado que hombres de quien se pueda ser amigo. Mujeres con las que uno se acuesta de vez en cuando, hay infinitas. En todo caso, Rai está muerto... Y te quedan muy pocas alternativas: quedarte viuda o ser la esposa de otro hombre; pero tú intentas vivir en una situación intermedia, en una categoría que no existe.

—Pero que tal vez se esté formando —replicó Nella con energía—: una categoría que todavía no tiene nombre pero que tal vez llegue a tenerlo. Oh, os detesto a todos porque permitís que la vida continúe, porque esparcís olvido sobre el asesinato como se esparce ceniza sobre el hielo demasiado resbaladizo. Por amor a los niños, sí, por amor a los niños, ¡qué bien suena, qué coartada tan magnífica: criar nuevas viudas, nuevos hombres para que mueran a tiros y dejen viudas a sus esposas! Fundar nuevos matrimonios, ¡imbéciles!, ¿no se os ocurre nada mejor? Ya sé, ya sé —dijo levantándose y dejándose caer en seguida en otro sillón y mirando hacia el retrato de Rai, sobre su cama— ya sé —dijo imitando el tono del padre Willibrord— «cuidar del hijo y de la obra del marido» —y luego añadió—: «el matrimonio es un misterio; el matrimonio se perfecciona en el cielo». Y te lo dicen sonriendo, como si fuesen profetas, y rezan en sus iglesias para que los hombres vayan a la guerra valientes, alegres, piadosos, confiados y por su propia voluntad, para que la fábrica de viudas no pare. No faltan carteros que lleven la noticia a las casas, y hay también suficientes curas para dar la noticia con las necesarias precauciones. Oh, sí, si alguien sabe que Rai está muerto, soy yo. Sé muy bien que no está a mi lado, que no volverá, que no volverá jamás en este mundo, lo sé perfectamente —y empiezo a odiarte porque pareces proponerte seriamente hacer de mí por segunda vez una viuda en potencia. Si se empieza temprano, digamos a los dieciséis años, se puede llegar a ser viuda cinco o seis veces por lo menos y, finalmente, no ser más vieja de lo que soy yo. Juramentos solemnes, contratos solemnes — y el misterio pronunciado con suavidad, con una sonrisa: «el matrimonio se perfecciona en el cielo». Está bien; entonces lo que quiero es llegar al cielo, para que mi matrimonio se perfeccione realmente. Puedes decirme que no puedo suprimir la muerte de este mundo; anda, dímelo.

—Precisamente te lo iba a decir.

—No esperaba otra cosa de ti. Qué bella fórmula, amigo, puedes estar orgulloso de haberla encontrado. ¿No ibas también a decir que se puede empezar una vida nueva?

—Tal vez lo quería decir.

- Ya basta. La vieja fue demasiado perfecta. Una nueva vida: con ello te refieres a un nuevo matrimonio contigo, ¿no?

—¿Qué te has creído? —gritó Albert—. No vayas a imaginarte que me empeño en casarme contigo, cuando en realidad sólo lo haría por motivos de razón.

—Vaya piropo —replicó Nella—. ¡Qué estupendo adulador se ha perdido contigo!

—Perdóname —dijo él—, no era mi intención ofenderte —sonrió—; no me resultaría desagradable casarme contigo.

—Vaya, eso está mejor aún. Quieres decir que no te morirías, ¿no es eso?

—No digas tonterías —dijo Albert—: sabes que me gustas y que eres una mujer bonita.

—Pero no soy tu tipo, ¿eh?

—No seas estúpida, lo que te digo es que podríamos empezar una vida nueva.

—Vete ahora —dijo Nella—, vete.

Ya era completamente de día. Albert se levantó y corrió las cortinillas.

—Está bien —dijo—, ya me voy.

—En el fondo —dijo Nella— crees que cederé y que me casaré contigo, pero te equivocas.

—¿Quieres pasar al cuarto de baño?

—No —contestó ella—; me lavaré en la cocina, ya puedes ir tú.

Albert entró en el cuarto de baño, abrió el grifo y encendió el gas. Puso la ducha de manera que el agua fluyera sin hacer ruido, luego colgó el reloj de pulsera en el clavo donde solía estar colgada la ducha de mano. Volvió a la cocina, donde Nella se estaba lavando los dientes.

—Has olvidado —le dijo— que ya probamos una vez a vivir como tú lo deseas. Me parece que olvidas muchas cosas.

Nella se enjuagó la boca, dejó el vaso y pasó maquinalmente los dedos por las baldosas de la pared.

—Sí —contestó— entonces no quise por el niño; era tan pequeño todavía... y no podía. Perdóname, ya no me acordaba...

 

Por aquella época, poco después de la guerra, Albert la había deseado ardientemente. Nella era la primera mujer con quien se encontraba bajo un mismo techo después de vivir cinco años entre hombres, y, además, era bonita. Una noche, poco después de su regreso, se puso sencillamente el pantalón y la chaqueta encima de la camisa de dormir y se dirigió descalzo a la habitación de Nella. Ella tenía la luz encendida y estaba leyendo en la cama; se había envuelto los hombros con un chal de lana, y la estufa eléctrica, cuyos hilos estaban ligeramente estropeados, bordoneaba junto a su cama. Nella sonrió al verle entrar y, al darse cuenta de que iba descalzo, exclamó: «Dios mío, te vas a enfriar; siéntate aquí.» Fuera hacía frío, y la habitación olía a patatas, almacenadas en sacos dentro de los armarios roperos, porque ya un par de veces habían entrado ladrones en el sótano.

Nella cerró el libro, le indicó la vieja piel de carnero que había al pie de su cama y le echó una gruesa chaqueta de punto encarnada diciendo: «Envuélvete los pies con ella.» Albert no contestó, se sentó a su lado, se envolvió los pies con la chaqueta y tomó un cigarrillo del paquete que había encima de la mesita de noche. Se encogió un poco y sintió el reconfortante calor de la estufa encendida. Nella no le dijo nada más ni volvió a sonreír. El niño, que dormía en una cuna de ruedas al lado de la librería, estaba resfriado y roncaba rítmicamente. Sin maquillar, Nella parecía más vieja que de día, estaba pálida y cansada y su aliento, que llegaba hasta él, olía intensamente a licor barato. No sabiendo qué hacer, Albert miró el libro que ella había dejado encima de la mesita de noche: Thérèse Desqueyroux. Debajo, en el cajón de la mesita, estaba su ropa interior, amontonada en desorden. Albert se sentía avergonzado de haber entrado tan bruscamente en su cuarto sin llamar y no se atrevía a mirarla a la cara, sino que mantenía los ojos fijos en la pared, donde colgaba el retrato de Rai, o los volvía hacia el otro lado de la cama. pero incluso cuando miraba hacia aquel lado, veía el rostro penetrante de Rai: no era un semblante pacífico, era un rostro enojado, el rostro de un hombre furioso por haber muerto de aquella manera fortuita y estúpida.

«¿Quieres beber algo?», preguntó Nella, y Albert le agradeció que se lo dijera con una sonrisa.

«Sí, gracias», contestó.

Del pasillo que había entre la pared y la cama, Nella tomó un vaso y una botella de un licor turbio y pardusco. Le sirvió sin decir nada, ni para animarle ni para rechazarle; más bien se quedó esperando, como en guardia.

Entonces Albert dijo: «Bebe conmigo», y ella asintió con la cabeza y tomó una tacita de café que había en el pasillo entre la pared y la cama; de una sacudida, tiró al suelo el resto de café y de posos que había en la taza, y se la tendió. Albert le sirvió licor y los dos bebieron y fumaron mientras la estufa, detrás de Albert, ronroneaba como un gato satisfecho. Albert apagó la luz antes de apurar el vaso y al rojizo resplandor del radiador, dijo: «Si no tienes ganas, dime que me vaya.» «No», dijo ella con una sonrisa angustiada; y Albert no supo jamás si en aquel momento «no» significaba «no» o «sí». Apagó también la estufa, aguardó a que los filamentos se enfriaran y se inclinó sobre la cama. En la oscuridad, Nella atrajo la cabeza de Albert como con un lazo, le besó en la mejilla y murmuró: «Será mejor que te vayas» y él tuvo una extraña decepción: le había desengañado la boca de Nella, que sobre su mejilla le había parecido grande y blanda, y aquel beso que no se parecía a los besos de Nella que él se había imaginado. Volvió a dar la luz y a encender la estufa y sintió un gran alivio de no tener que avergonzarse, de que Nella fuese tan amable, y de no considerarse demasiado defraudado con el fracaso de su plan. Una vez encendida la luz, Nella se echó a reír, le atrajo de nuevo con el brazo como si fuera un lazo y le besó en la otra mejilla, y Albert volvió a sentir una decepción. Nella dijo: «No podemos», y Albert regresó a su habitación y no volvieron a hablar más de aquella escena. Albert la había olvidado hasta ahora, en que le había vuelto a la memoria de pronto, en el cuarto de baño.

Nella dejó el vaso de lavarse los dientes en el apoyo y le miró pensativa:

—Efectivamente, entonces no quise a causa del niño...

—Y hoy —dijo él— soy yo quien, por el chico, no puede.

—Es extraño —dijo Nella sonriendo— que lo haya podido olvidar.

—Olvidamos muchas cosas —replicó él sonriendo también—, porque es como si no hubiesen ocurrido. Pero quizás no te sientas tan ofendida por lo que he dicho antes.

—Entretanto somos nueve años más viejos —dijo Nella—. Buenas noches.

Albert se fue al cuarto de baño y, al poco. oyó que Nella se dirigía al suyo y cerraba la puerta. Se desnudó y se metió en la bañera, descontento de antemano del sueño que le entraría hacia las nueve. Le gustaba acostarse temprano, dormir profunda y largamente, levantarse pronto por la mañana, desayunar con el muchacho y hacerle más llevadero el marchar hacia la escuela, porque sabía lo terrible que resulta, de niño, cuando por la mañana uno es el único que se levanta temprano, tener que prepararse el desayuno, y salir corriendo para la escuela, sabiendo que todos los demás de la casa pueden seguir durmiendo todavía. Sus padres tenían una taberna y no se acostaban nunca antes de las tres o las cuatro de la madrugada, y durante toda su infancia, Albert había atravesado por la mañana la sala llena de humo hasta llegar a la cocina inmensa y vacía, que olía a grasa fría y a ensalada pasada; allí, en una bandeja de madera, estaban preparados sus bocadillos y, en una cacerola de aluminio, su madre le había dejado el café encima del hornillo de gas. Silbido de la llama del gas en la cocina helada y maloliente; café recalentado, bebido aprisa, bocadillos, de lonjas de carne demasiado gruesas, cortadas demasiado de prisa, como con una sierra y que no le gustaban. Desde que se había marchado de su casa, había deseado acostarse pronto y levantarse pronto, pero siempre había vivido con personas que hacían imposible este ritmo. Albert se duchó con agua fría, se secó y se fue a la cocina sin hacer ruido. Mientras él se bañaba, Glum ya había estado allí. Su cafetera estaba vacía y el cubrecafetera estaba a su lado. También Bolda parecía haberse marchado ya; había migas de su pan moreno y agrio esparcidas por doquier.

Albert se fue a su cuarto dispuesto a despertar a Martin, pero éste ya estaba despierto, y le sonrió. Era evidente que se alegraba de verle allí y de desayunar con él.

—Perdona que anoche no estuviera en casa, al salir tú de la escuela; tuve que salir. Me llamaron por teléfono —dijo Albert—. Anda; tienes que levantarte.

Y se asustó cuando el muchacho saltó de la cama y se puso de pie: era tan grande como todo aquello de que Nella intentaba evadirse en sus sueños. Albert le dejó solo y volvió a la cocina para hervir los huevos y preparar los bocadillos. En el cuarto de Nella reinaba silencio, y, por un momento, Albert la comprendió, pues también él tuvo miedo al ver al muchacho tan crecido y comprender que manifiestamente vivía en un mundo completamente distinto del suyo.

 

VIII

 

La casa estaba cada día más deteriorada, a pesar de que no faltaba dinero para mantenerla en buen estado. Pero nadie se preocupaba de hacerlo. El tejado estaba estropeado y Glum se quejaba de que la gran mancha oscura del techo de su habitación iba creciendo. Cuando llovía mucho, incluso caía agua del techo y entonces, presos de una súbita actividad, todos corrían al desván para poner un lebrillo debajo de la gotera. Glum se quedaba tranquilo durante algún tiempo, pero la duración de su tranquilidad dependía del tamaño del lebrillo y del ímpetu o de la frecuencia de la lluvia: si el recipiente era poco hondo y llovía mucho y seguido, la tranquilidad de Glum se acababa pronto, porque el lebrillo rebosaba y la mancha oscura del techo de Glum crecía. Entonces colocaban un recipiente mayor debajo de la gotera. Pero pronto se notaron esos mismos desperfectos en la habitación de Bolda, y en la habitación vacía, la que había sido el dormitorio del abuelo. Un día cayó un trozo de revoque del cuarto de baño. Bolda recogió los pedazos y Glum preparó una mezcla de yeso, arena y cal y embadurnó el vigamen con ella.

Nella estaba muy orgullosa de su actividad porque se fue a la ciudad a comprar diez lebrillos de cinc, que luego distribuyó por el desván y que cubrían casi toda la superficie del suelo. «Ahora ya no puede ocurrir nada», dijo; y pagó por los lebrillos aproximadamente lo mismo que hubiera costado un arreglo razonable del tejado; cuando llovía oían arriba el gotear melódico y extraño de la lluvia, que producía un ruido amenazador al caer en los barreños vacíos. Sin embargo, Glum tuvo que embadurnar con frecuencia los techos con su mezcla de yeso, arena y cal. Con ello ensuciaba la escalera y sus propios vestidos, y Martin, que le hacía de ayudante, quedaba también embadurnado de arriba abajo y había que enviar sus trajes a la tintorería.

De vez en cuando, la abuela subía al desván e inspeccionaba los barreños. Pasaba contoneándose por entre los lebrillos de cinc y sus pesadas faldas de seda, al rozar con el borde de los recipientes, hacían un ruido claro y penetrante. Se ponía las gafas y toda su persona irradiaba celo y sentimiento de responsabilidad. Cada vez decidía buscar en sus viejos archivos las señas del tejero que en otro tiempo había trabajado para ellos y, en efecto, durante días enteros se la veía en su cuarto rodeada de archivadores y de libretas de direcciones, hojeando viejos papeles de negocios, perdiéndose en el estudio de facturas y albaranes; pero las señas del tejero no aparecían nunca a pesar de que la abuela se hacía traer de la fábrica archivadores y más archivadores. Un anuario tras otro, iban viniendo todos en el pequeño triciclo rojo hasta que el cuarto de la abuela estaba inundado de papeles. Pero sólo se quedaba tranquila cuando había llegado finalmente al primer anuario: marchitas copias de cartas del año 1913.

Entonces hacía entrar a Martin y el muchacho tenía que escucharla durante horas, dejarse iniciar en los secretos de la confitura aromática que su abuelo había inventado y vendido al mundo entero. La primera guerra mundial había representado un auge extraordinario para la joven empresa y, como final de la lección, la abuela solía enseñar al muchacho los gráficos de producción, líneas pulcramente trazadas en tinta china que parecían curvas de nivel de montañas y de las que se podía deducir claramente que los años de hambre son los mejores para las fábricas de mermelada. El año 1917 —«el año en que nació tu madre, hijito»— el año 1917 era una cumbre aislada, una altura que no se volvió a alcanzar hasta el año 1941. Pero el muchacho, que no tenía más remedio que mirar los gráficos, se dio cuenta de que en el año 1933 empezaba ya una rápida ascensión. Preguntó a su abuela cuál era el motivo de aquel aumento, porque la abuela le inspiraba miedo y quería fingir interés, y ella le contestó con una ampulosa y entusiasta explicación, hablándole de campamentos, de concentraciones de masas, de organizaciones, de congresos del Partido y, para terminar, con su índice largo y amarillento le señaló, como quien señala una victoria, el año 1939, en que la curva volvía a ascender. «Siempre que Alemania hace una guerra, viene acompañada de un aumento en el índice de producción de la industria de las confituras.»

Después de haber investigado hasta el año 1913 todos los papeles comerciales y de haber dado a Martin las explicaciones indispensables, la abuela llamaba otra vez a la dirección de la fábrica, y el triciclo pintado de rojo tenía que hacer nuevamente unos cuantos viajes arriba y abajo para llevarse los registros de los cuarenta años de historia de la casa.

Entretanto, todo el mundo había olvidado al tejero, los lebrillos de cinc seguían en el desván y a cada lluvia se repetía el grandioso y monótono concierto. Pero las ventanas también estaban deterioradas y el sótano permanecía meses y meses inundado porque la bomba estaba estropeada. Cuando Bolda hacía la colada, el agua subía en el sótano de la calefacción a través de un pozo estrecho, de revoque descascarillado; el jabón y la basura formaban un pavimento resbaladizo que cubría el suelo encementado como un moho blanquecino y verdoso: olor a podrido y a patatas que germinaban en las cajas de listones y atraían a las ratas.

Albert no lo sabía; no descubrió las ratas hasta que un día volvió a bajar al sótano después de mucho tiempo de no haber estado en él. Tras una larga discusión con Nella, había querido buscar en un arcón las cartas que Rai le había enviado mientras él estaba en Londres: quería demostrar que su regreso no se había debido a instancias de Rai, sino de Nella. Generalmente, Albert no bajaba nunca al sótano, y se asustó al ver lo sucio que estaba todo: cajas cubiertas de polvo impedían el paso, los rincones estaban llenos de andrajos y junto a la puerta del lavadero había medio saco de harina pudriéndose, del que, cuando Albert dio la luz, salieron escapadas un par de ratas. Desde que estuvo en la cárcel militar de Odesa, Albert tenía miedo a las ratas y el corazón le dio un brinco al ver correr aquellas sombras negras a través del sótano. Les tiró un par de pedazos de coque, pero luego se sobrepuso y poco a poco se dirigió a una caja de madera muy grande que había debajo del contador del gas.

Rai no le había escrito más que unas cuantas cartas, quizás diez en total, pero Albert sabía que las había atado con un cordel de cáñamo y escondido en aquel arcón. El legajo que contenía las cartas de Nella era más voluminoso y las cartas de Leen llenaban dos cajas de zapatos. Sobre todos aquellos papeles se había formado una capa de polvo negruzco y de excrementos de rata. No se oía ningún ruido en el sótano y Albert tenía miedo a las ratas. Por la noche, en la cárcel militar alemana de Odesa, le habían corrido por la cara, había sentido el contacto de sus panzas blandas y peludas y había prorrumpido en gritos que a él mismo le habían horrorizado. Rápidamente, sacó del arcón los sucios papeles maldiciendo en voz baja la dejadez de Nella y de la abuela.

En la pequeña despensa del rincón, donde se guardaban cajas y latas de mermelada vacías, oyó de pronto derrumbarse un montón de latas con gran estrépito. Penetró en el rincón oscuro, abrió la puerta de la despensa y, lleno de coraje, tiró allí todo lo que le vino a las manos: el mango de una escoba, una maceta esportillada, los patines del trineo de Martin. Cuando cesó el estrépito que él mismo había provocado, volvió a reinar el silencio.

El arcón contenía también sus propias cartas, las que había escrito a Nella antes de la guerra y durante ella. Al tenerlas en las manos por primera vez después de diez años, decidió volverlas a leer tedas. Seguro que habría también entre ellas algún poema de Rai, cartas de Absalom Billig y —eso era lo que buscaba especialmente cartas de Schurbigel, cartas a las que Rai seguramente habría puesto alguna apostilla: cartas del año 1940, de cuando Schurbigel celebraba la victoria sobre los franceses y escribía artículos en los periódicos animando a la juventud alemana a terminar de una vez con la decadencia de aquel país. Probablemente encontraría también fragmentos en prosa escritos por Rai y muchas cartas suyas anteriores a la guerra.

De momento sólo tomó las cartas de Rai —un pequeño legajo—, y también las de Nella; pero tuvo un sobresalto al ver una caja de cartón con la palabra Sunlight impresa en letras rojizas. Sacó aquella caja, que cubría casi la mitad del fondo del arcón, la sacudió contra la pared para que cayera el polvo que la cubría, tomó los dos legajos de cartas y la caja de cartón y subió. Nella estaba en su cuarto llorando. Había dejado la puerta abierta, para verle cuando subiera del sótano, pero Albert cruzó el vestíbulo y pasó por delante de su puerta sin decirle nada. Estaba avergonzado de aquella riña absurda que, desde hacía años, se renovaba periódicamente entre ambos, aquella riña en la que siempre se esgrimían los mismos argumentos y que siempre terminaba con una reconciliación.

Albert dejó la caja que ponía Sunlight en su cuarto, encima de ella dejó los dos legajos de cartas y fue a lavarse a fondo en el cuarto de baño. La idea de que en el sótano rondaban las ratas le dio horror y, en un súbito ataque de asco, decidió mudarse la ropa interior.

Cuando salió del cuarto de baño, Nella seguía sentada en su habitación con la puerta abierta.

—¿No vienes a tomar café? —le dijo.

- En seguida voy —contestó Albert.

Tomó el listín de teléfonos, copió los números de un albañil, un tejero, un lampista y de un desratizador, y avisó a los cuatro que hicieran el favor de pasar a verle. La cosa quedó liquidada en ocho minutos: entonces entró en la habitación de Nella y se sentó en un sillón frente a ella.

—¿Ya sabías que tenemos ratas en el sótano?

Ella se encogió de hombros.

—Bolda se quejó un día.

—Las patatas están germinando —repitió él, furioso—, las provisiones se pudren por los rincones y hay medio saco de harina enmohecida junto a la puerta del lavadero. Todas vuestras cochinas reservas se están perdiendo allá abajo y con las latas de mermelada que nunca apuráis, las ratas patinan que da gusto. Eso es una porquería.

Nella frunció el entrecejo sin contestar.

—Desde que vine a instalarme en esta maldita familia he estado probando a luchar contra la suciedad y la holgazanería, pero desde que tu padre murió, me podéis. Pronto llegará un día en que tendremos que entrar en el sótano con una pistola — podrías rodar una película existencialista estupenda allá abajo, casi de balde...

—Tómate el café —dijo Nella.

Albert acercó la taza hacia sí y revolvió la leche.

—Haré reparar el tejado y los techos, desratizar el sótano y repasar las bombas. ¿Tú crees que al chico le conviene vivir en medio de esa dejadez, ver todo ese desorden?

—No tenía la menor idea —dijo Nella con desgana— de que fueras tan amante del orden ni de que fueras capaz de emborracharte de actividad hasta tal punto.

—Hay muchas cosas que no sabes; no sabes, por ejemplo, que Rai fue un poeta verdaderamente bueno —a pesar de todo ese desagradable bombo que esa gente ha montado en torno a su nombre—; y voy a hacer una cosa: sacaré las cartas de Schurbigel de la caja que hay en el sótano antes de que las ratas se hayan comido estos documentos inestimables.

—Rai era mi marido —contestó ella—, y yo le quería, como quería todas sus cosas —pero sus versos eran lo que menos me gustaba; no los entendía. Sólo quisiera que no hubiese sido poeta y que todavía viviera. ¿Encontraste por fin las cartas que buscabas?

—Sí —contestó Albert— las he encontrado y siento haberme dejado llevar hasta pelearme por esa vieja historia de la que no deberíamos volver a hablar más.

—No, déjalo ya. Quisiera leer las cartas, aunque no es necesario porque sé que tienes razón, que soy yo la culpable de que volvieras de Londres; sin embargo, me gustaría leerlas; sé que me hará bien.

—Léelas y quédate con ellas, quémalas si quieres. No tengo ningún empeño en demostrar que tenía razón. Siempre nos parece que las cosas hubieran ido mejor si años atrás hubiésemos obrado de otro modo. Pero naturalmente, es una idea absurda.

—Leeré sobre todo las cartas de Rai, porque quiero comprobar si es verdad lo que me figuro: que deseaba morir.

—Cuando examines las cartas, haz el favor de no tirar ninguna de Schurbigel, ninguna de las cartas que otras personas escribieron a Rai.

—No, no, no tiraré nada; sólo quiero saber lo que pensaba Rai. Tu sabes perfectamente que papá hubiera podido lograr que no hiciera el servicio militar, o por lo menos que no tuviera que ir al frente: estoy convencida de ello. Papá estaba en relación con los altos mandos, pero Rai no quiso. No quiso desertar, no quiso que le declararan inútil, a pesar de que no había nada en el mundo que le repugnara tanto como los militares; por eso a veces me parece que tenía deseos de morir. Eso lo pienso a menudo y quizás sea ésta la razón de que siempre tenga que fomentar de propósito mi odio contra ese Gäseler. —Albert sorprendió la mirada alerta de Nella y preguntó:

—¿A qué viene ahora hablar de Gäseler?

—Oh, no es nada. Sólo pensaba... Tú no hablas nunca de Rai. No sé si te das cuenta, pero no hablas nunca de él.

Albert no contestó. Desde unas semanas antes de su muerte, Rai había estado como embotado; se arrastraba como si ya no pudiera más, y su amistad con Albert sólo se manifestaba partiéndose el tabaco y ayudándose mutuamente a establecer el acantonamiento o a limpiar las armas. Rai estaba fatigado, como la mayoría de los soldados de infantería, de los que apenas se distinguía en nada. Sólo ante algunos superiores se desencadenaba su odio.

—Hay otra cosa de la que tampoco has hablado nunca.

Albert la miró al tiempo que le tendía la taza vacía; Nella le sirvió café y él tuvo tiempo, mientras revolvía la leche y desmenuzaba el azúcar, de ordenar sus pensamientos antes de hablar.

—No hay mucho que decir: Rai estaba cansado, estaba desmoralizado y yo no hablo de ello porque, en realidad, no sé exactamente lo que le pasaba. O en todo caso, no lo sé muy bien.

Albert se dio cuenta de que estaba pensando en la caja de Sunlight, en la pequeña vendedora malhumorada que en otro tiempo se la había dado; ya era de noche y él no tenía ganas de ir a su habitación, donde la estufa no tiraba y el humo graso y amargo del carbón se había adherido a los muebles, los trajes y la ropa de la cama; donde el hornillo de alcohol de Leen permanecía abandonado sobre un taburete, lleno de churretes de sopa, que Leen había dejado que se saliera al cocer.

—Rai estaba embotado y pasivo —dijo cuando Nella le miró—, pero ya lo estaba cuando regresé de Inglaterra. La vida de cuartel y la instrucción militar le habían dejado así; y desde hacía cuatro años no había escrito nada que le dejase satisfecho.

Albert pensó en el silencio mortal que se produjo al estallar la guerra: por un instante, el mundo entero se quedó silencioso en el momento en que la rueda dentada engranó en el mecanismo que estaba ya a punto; luego, cuando pulsaron el botón, la máquina se puso en marcha y su acción acrecentó aun más la apatía e hizo más profunda la resignación.

Albert sacudió la cabeza cuando Nella le ofreció el paquete de cigarrillos, pero buscó automáticamente en el bolsillo, le dio fuego y trató de escapar a su mirada escrutadora.

—Realmente —dijo— la cosa no tiene nada de particular. Es natural que a un poeta no le guste encontrarse siempre ante los slogans que él mismo ha escrito: slogans sobre la mermelada. «Ésta es mi aportación a la guerra, o contra la guerra», me dijo un día Rai, y furiosamente dio un puntapié a una lata de mermelada de la fábrica de tu padre. Eso ocurría en el mercado de Winiza, donde una vieja vendía pasteles en una lata de mermelada limpia: eran almendrados, y la lata rodó y los almendrados cayeron al suelo. Rai y yo ayudamos a la mujer a recogerlo todo, se lo pagamos y le pedimos excusas.

—¿Y qué más? —dijo Nella, y Albert vio que le escuchaba con la misma atención que si él fuera a hacerle una confesión sensacional.

—Nada más —contestó Albert—; al cabo de quince días estaba muerto, pero el camino de su muerte también estaba bordeado de latas de mermelada: ya comprendes que para nosotros era una tortura ver aquellos cacharros en todas partes; nos ponía malos, y nadie se daba cuenta, sólo... si te lo digo te enfadarás y me tendrás rencor.

—¿Tanto te interesa que no te guarde rencor?

—Sí —contestó él— claro que me interesa.

Albert no había perdido de vista a Nella durante todo el rato, ni había dejado de observar su rostro, pero éste no se había alterado. Se limitó a recoger el paquete de cigarrillos, sacó uno y lo encendió, a pesar de que el primero estaba todavía a medio fumar y se consumía en el cenicero.

—Oye, Nella —dijo él, en voz baja— no quisiera hablar más de eso; Rai está muerto, ya lo sabemos y sabemos cómo murió; es inútil buscar los motivos.

—¿Es verdad que no te volvió a hablar, como has dicho siempre?

—No, ya no pudo hablar más, tenía una herida en la tráquea. Me miró, y como le conocía, pude leer algunas cosas en su mirada, adivinarlas por la presión de su mano: supe que estaba furioso contra la guerra y quizás también furioso contra sí mismo, que te quería y que me pedía que me ocupara de su hijo — tú le habías escrito que estabas embarazada. Eso es todo.

—¿No rezó? Tú siempre dijiste...

—Sí; rezó y se santiguó, pero no se lo diré jamás a nadie, y si tú lo dices a alguno de esos cerdos, te mataré. Verdaderamente, para ellos sería un bocado delicioso, un estupendo coronamiento para su leyenda.

Nella vio ahora el otro cigarrillo y lo estrujó sonriendo.

—Te prometo que no se lo diré a nadie.

—Lo mejor sería que te apartaras de toda esa gente.

—¿Se lo dirás también a Martin?

—Más tarde. Un día.

—¿Y Gäseler?

—¿Qué pasa con Gäseler?

—Nada —contestó Nella—; sólo que a veces tengo remordimiento porque no siento un odio rabioso, no siento ansias de venganza contra ese individuo.

—En el fondo, haría buena pareja con Schurbigel. ¿Qué te pasa, qué tienes, por qué te ruborizas?

—Déjame —replicó Nella—, déjame un par de días en paz: necesito tranquilidad para reflexionar sobre algunas cesas. Dame las cartas, por favor.

Albert se tomó el café, se fue a su habitación a buscar los dos legajos de cartas y las dejó encima de la mesa de Nella.

 

Allí se quedaron y, al cabo de un par de semanas, Albert vio que los dos legajos seguían allí, encima de la mesa, intactos.

Durante varios días estuvo ocupado con los operarios, tuvo que discutir con ellos y reajustar presupuestos. Repararon la bomba del sótano, el tejado y, en el piso superior, enyesaron nuevamente los techos. Después de la colada, Bolda podía ahora achicar el agua del sótano para que se marchara hacia la cloaca. Se limpió y se desratizó el sótano. Aparecieron provisiones podridas, andrajos variados y patatas cuyos grillos eran largos como espárragos.

Albert hizo quitar también los cristales de color verde oscuro del pasillo, de manera que entrara luz en el vestíbulo. La abuela, ante aquella actividad, meneaba la cabeza, salía más a menudo de su habitación, observaba a los operarios y los sorprendió a todos con la noticia de que iba a pagar las reparaciones. Nella supuso que aquella decisión era un resultado de su afición al talonario de cheques, que usaba con pueril orgullo. Le gustaba sacarlo del cajón de su escritorio, abrirlo, llenar el cheque azul con aires de notario viejo, secar la tinta y arrancarlo de la matriz con gesto elegante. El ruido suave y claro que oía al arrancar el cheque provocaba en su rostro ancho y rosado una sonrisa de felicidad. Desde el momento en que a los veintitrés años —hacía de ello cuarenta— le había sido entregado por primera vez un talonario de cheques, su satisfacción infantil ante el hecho de poder fabricar dinero no había disminuido un ápice. Consumía una gran cantidad de talonarios porque pagaba con cheques las cuentas más insignificantes, incluso las notas del restaurante y del café; y más de una vez había mandado a Martin a comprar Tomahawks a la tienda inmediata con un cheque de cuatro marcos. Cuando no tenía nada por pagar, cuando su provisión de cigarrillos estaba cubierta y la nevera estaba llena de reservas, andaba por la casa ofreciendo dinero a todo el mundo con el fin de poder extender un cheque y oír aquella música de sierra que hacía el cheque al ser arrancado. Con el Tomahawk en la boca, iba de una habitación a otra blandiendo su talonario —de igual modo que hacía con el orinal cuando había sangre en la orina- y decía: «Si necesitas dinero, puedo sacarte de un mal paso», e inmediatamente se sentaba en un sillón, destornillaba la estilográfica —de la que se servía también con infantil orgullo— y preguntaba: «¿Cuánto necesitas?» En tales ocasiones, quien más amablemente se portaba con ella era Glum. Le decía una cantidad muy grande, se sentaba a su lado, y regateaba largo rato, hasta que, por fin, la abuela llenaba el cheque y lo podía arrancar. En cuanto se había marchado, Glum —como, por otra parte, hacían todos— rompía el cheque y tiraba los trozos de papel al cubo de la basura.

Pero la mayoría de los días, la abuela no salía de su habitación, y nadie sabía qué hacía durante todo el día. No acudía al teléfono ni abría la puerta cuando llamaban. A menudo no salía hasta mediodía, envuelta en su recia bata floreada, y se dirigía a la cocina para prepararse el desayuno. Sólo se la oía toser, porque el humo de los cigarrillos que fumaba sin cesar invadía la habitación y aun acababa por descender hasta el vestíbulo en nubes grises y deshilachadas. En tales ocasiones no quería ver a nadie excepto a Martin, a quien hacía entrar en su cuarto.

Por poco que pudiese, el muchacho, cuando oía que la abuela le llamaba, huía, pero generalmente ella le pillaba, se lo llevaba consigo y el pobre tenía que aguantar sermones que duraban horas enteras, escuchar explicaciones embrolladas sobre la vida y la muerte, y demostrar sus conocimientos de catecismo. Bolda, que había ido a la escuela con la abuela, no se recataba para explicar, con una risita malévola, que la abuela no había sabido nunca el catecismo.

Respirando con dificultad, porque la habitación estaba llena de humo. Martin se sentaba en un sillón frente al escritorio de la abuela y se quedaba contemplando la cama deshecha y el carrito del té, lleno de platos y cubiertos sucios del desayuno, y fijándose en los distintos matices de las capas de humo: azul, de un azul casi radiante eran las nubecitas diminutas y redondas que la abuela expiraba antes de hacer penetrar el resto en sus pulmones. Orgullosa de que ya hiciera treinta años que fumaba, aspiraba el humo enérgicamente, y luego expulsaba en bocanadas de color gris claro, apenas azulado, el que se había filtrado en sus pulmones; y el chorro, lanzado con violencia, permanecía unos segundos en suspenso dentro de la masa opaca, uniforme, gris pizarra, que llenaba la habitación: un gris amargo que, en algunos rincones de la estancia —arriba junto al techo, debajo de la cama y delante del espejo—, se condensaba en nubes espesas y blanquecinas parecidas a montones de algodón hidrófilo deshilachado.

—¿Tu padre cayó en la guerra, verdad?

—Sí.

—¿Qué significa caído en la guerra?

—Muerto en combate de un balazo.

—¿Dónde?

—Junto a Kalinowka.

—¿Cuándo?

—El día 7 de julio de 1942.

—¿Y cuándo naciste tú?

—El día 8 de septiembre de 1942.

—¿Cómo se llama el hombre que tuvo la culpa de la muerte de tu padre?

—Gäseler.

—Repite este nombre.

—Gäseler.

- Otra vez.

—Gäseler.

—¿Para qué hemos venido a este mundo?

—Para servir a Dios, amarle y gracias a Él ganar el cielo.

—¿Sabes lo que significa quitarle el padre a un niño?

—Sí —dijo Martin.

Efectivamente lo sabía: había otros muchachos que tenían padre: Grobschik, por ejemplo, tenía un padre alto y rubio, Weber tenía un padre bajito y moreno. Los chicos que tenían padre, en la escuela, lo pasaban peor que los que no tenían. Regía una ley misteriosa. Si Weber no sabía la lección, era castigado con más severidad que Brielach cuando no había estudiado. El maestro era viejo, tenía el cabello gris y «había perdido un hijo en la guerra». De los muchachos que no tenían padre se decía: «perdió a su padre en la guerra»; así se murmuraba al oído de los inspectores cuando un muchacho no contestaba el día en que aquél visitaba la escuela, y el maestro lo decía de algunos que llegaban nuevos a clase: «ha perdido a su padre en la guerra». Oyéndole, se hubiera dicho que se podía perder al padre por olvido, como un paraguas o una moneda de diez pfennigs. Había siete chicos en la clase que no tenían padre: Brielach, Welzkam, Niggemeyer, Poske, Behrendt y él, además de Grebhake; pero Grebhake tenía un nuevo padre y la ley de misteriosa condescendencia no le amparaba con la misma seguridad que a los seis restantes: la indulgencia tenía sus matices. Sólo había tres que disfrutaban de ella de un modo absoluto: Niggemeyer, Poske y él, por motivos que poco a poco y después de largas observaciones y experiencia, Martin llegó a poner en claro: Grebhake tenía un nuevo padre, y las madres de Brielach y Behrendt tenían hijos que no eran de los padres que murieron, sino de otros hombres. Martin sabía cómo venían las criaturas al mundo, tío Albert se lo había explicado: por unión de los hombres con las mujeres. Las madres de Brielach y Behrendt se habían unido con hombres que no eran sus maridos, sino que eran tíos de sus hijos. Y este hecho se definía por medio de otra palabra medio misteriosa, la palabra inmoral. Pero la madre de Welzkam también era inmoral, aunque no tuviera ningún hijo del tío de Welzkam; por lo tanto se llegaba a otra conclusión y a una nueva experiencia: los hombres y las mujeres podían unirse sin que nacieran niños, y la unión de una mujer con un tío era inmoral. Era extraño que a los muchachos que tenían una madre inmoral no se los tratase con tanta indulgencia cómo a los muchachos cuya madre no era inmoral — pero los que lo pasaban peor, los que disfrutaban de menos miramientos eran aquellos cuyas madres tenían hijos de los tíos: era doloroso e inexplicable que las madres inmorales influyeran desfavorablemente sobre el grado de condescendencia. En cambio, con los muchachos que tenían padre, todo era distinto: todo quedaba claramente regulado y no había que hablar de nada inmoral.

—Atiende —dijo la abuela—. «Pregunta treinta y cinco: ¿Para qué vendrá Jesús a la tierra al fin del mundo?»

—«Jesús vendrá al fin del mundo a juzgar a los hombres.»

¿El juicio, sería acaso contra lo inmoral? Le entraron ligeras dudas.

—No te duermas —le gritó la abuela—. «Pregunta ochenta: ¿Quién comete el pecado?»

—«Comete pecado quien infringe voluntariamente un mandamiento de la ley de Dios.»

A la abuela le gustaba preguntar el catecismo sin seguir ningún orden, pero todavía no había descubierto ni una sola falla en Martin.

Cerró el libro, encendió otro cigarrillo y aspiró profundamente el humo.

—Cuando seas mayor —le dijo cariñosa— comprenderás por qué...

A partir de aquel momento, el muchacho dejó de escuchar. Había llegado la hora del discurso final, que ya no contenía preguntas y que por lo tanto no requería ninguna clase de atención: la abuela hablaba ahora de obligaciones, de dinero, de las confituras aromáticas, del abuelo, de los poemas de su padre. Le leyó algunos recortes de periódico que se había hecho pegar cuidadosamente en una carpeta rojiza, y a base de unas cuantas oscuras fórmulas sorteó el sexto mandamiento.

Pero ni siquiera Niggemeyer y Poske, cuyas madres no eran inmorales, disfrutaban de los mismos privilegios de que disfrutaba él; y Martin ya hacía tiempo que sabía a qué era debido: los padres de Niggemeyer y Poske también habían muerto en la guerra y sus madres tampoco se unían con otros hombres; pero el nombre de papá, además, aparecía a veces en el periódico y mamá tenía dinero. Estos dos requisitos importantes no se daban en Niggemeyer ni en Poske: sus padres no aparecían nunca en los periódicos y sus madres no tenían dinero o tenían muy poco.

A veces, Martin hubiera deseado que también a él le faltasen esos requisitos, porque no le gustaba aprovecharse de aquella condescendencia exagerada. Jamás había hablado de ello con nadie, ni con Brielach ni con tío Albert, pero durante muchos días se esforzó en comportarse mal en la escuela para dar motivo a que el maestro le maltratara como maltrataba a Weber, que siempre recibía azotes: Weber, que no había perdido a su padre en la guerra; Weber, cuyo padre no tenía dinero.

Pero el maestro continuaba mostrándose indulgente con él. El maestro era viejo, canoso, estaba cansado, había «perdido un hijo en la guerra», y le miraba con tanta tristeza cuando él fingía no saber la respuesta que, al final, Martin, compadecido, contestaba bien.

Mientras la abuela hacía su discurso final, Martin podía observar cómo el humo se concentraba en masas cada vez más espesas. Bastaba con que de vez en cuando mirase a su abuela para darle la impresión de que la escuchaba —luego podía volver a pensar en sus cosas: aquella palabra terrible que la madre de Brielach había dicho al pastelero, la misma palabra que aparecía siempre en la entrada de la casa de Brielach— o podía pensar en el partido de fútbol, que dentro de tres, de cuatro o de cinco minutos, a lo sumo, empezaría fuera, en el césped, delante de casa. Sólo faltaban dos minutos, porque la abuela ya había llegado a lo de la confitura aromática, que guardaba cierta relación con sus obligaciones. ¿Creía la abuela realmente que él se haría cargo de la fábrica? No; Martin estaba dispuesto a no hacer otra cosa en su vida que jugar al fútbol; y a veces le agradaba, pero al mismo tiempo le daba un poco de miedo imaginarse que jugaría al fútbol durante veinte años, incluso durante treinta años. Faltaba todavía un minuto. Prestó atención al oír el ruido agudo que hizo la abuela al arrancar el cheque de su carnet: siempre le daba un cheque en premio de sus perfectos conocimientos de catecismo y de su atención.

Luego lo dobló, y Martin tomó el trozo de papel azul, doblado por la mitad, y comprendió que podía marcharse, la reverencia, el «gracias, abuelita» y abrió la puerta; una nube de humo de cigarrillo le acompañó hasta la entrada...

 

IX

 

Albert tardó dos días en abrir la caja de cartón de Sunlight. Por un lado, su contenido le daba miedo; por otro, le hacía mucha ilusión, porque sabía que contenía muchos dibujos hechos por él en Londres, antes y después de la muerte de Leen. Temía que aquellos dibujos fueran horribles, pero al mismo tiempo esperaba que serían buenos, porque en aquel tiempo tenía que dibujar cada semana una serie humorística para la revista Wochenend im Heim (Fin de semana en casa), y a veces tenía que pasarse varios días exprimiéndose los sesos antes de que se le ocurriera algo. Por fin, un día en que estaba solo en casa con Glum, abrió el cartón: la madre de Nella se había ido con Martin a la ciudad y Albert recordaba todavía el rostro angustioso y consternado del muchacho cuando se había metido en un taxi con su abuela. Nella estaba en el cine. Estaba muy cambiada, extrañamente nerviosa y Albert sospechaba que le ocultaba algo. Mientras desataba el cordel que cerraba la caja, Albert decidió que hablaría con Nella. La dirección que había pegado sobre la caja en Londres: Herrn Raimund Bach, todavía se podía leer, y a Albert le pareció sentir todavía el olor mohoso del engrudo que él mismo había hecho mezclando un poco de harina que le sobraba a Leen con agua, para pegar la dirección sobre el cartón.

Desató los nudos, quitó el cordel, pero todavía no abrió la caja. Miró hacia el jardín donde los amigos de Martin jugaban a pelota: Heinrich y Walter, que se habían marcado unas porterías con latas de leche condensada y que se bombardeaban, mudos y enardecidos, pero visiblemente con gran entusiasmo. Mientras contemplaba los muchachos, Albert pensaba en el año que vivió con Leen en Londres, un año en que había sido feliz, a pesar de que ella, incluso después de casada, había conservado sus costumbres de soltera.

Leen detestaba los armarios, como todos los muebles en general y, durante todo el día iba echando todo cuanto poseía encima de la cama: libros, folletos, revistas, lápices de labios, restos de fruta en bolsas de papel, paraguas, sombrero, boina, abrigo y los cuadernos de clase que luego por la tarde corregía, en cuclillas junto a la mesita de noche: redacciones acerca de la flora de Inglaterra meridional o de la fauna de la India. A lo largo del día, todo se iba amontonando sobre su cama, y al irse a dormir, o por la tarde, cuando se echaba para leer los periódicos de la noche, sólo buscaba cuidadosamente los trozos de pan y sacudía con gesto enérgico todo lo demás al suelo. Cuadernos, paraguas y fruta, todo se iba a rodar debajo de la cama o por la habitación. Al día siguiente por la mañana, lo volvía a recoger todo y lo echaba nuevamente sobre la cama. Leen no llevó más que una sola vez un vestido bien planchado: el día de su boda —capilla en el comedor de un viejo hotelito de suburbio, en el que el mal gusto llegaba a un grado que casi resultaba impresionante, olor a tocino frito del desayuno en la capucha de aquel simpático fraile franciscano, latín de extrañas resonancias e inglés más extraño todavía: «hasta que la muerte os separe...»

Pero precisamente el día en que Leen tuvo que ponerse el vestido planchado —su madre había venido de Irlanda, había planchado cuidadosamente el vestido en el hotel y lo había colgado en un armario— precisamente aquel día Leen estaba horrorosa: las planchas no formaban parte de sus accesorios: las planchas eran demasiado pesadas y los vestidos que tenían que plancharse no le sentaban bien.

Los primeros tiempos después de la boda, durmieron juntos en la cama de Leen, pero Albert no podía pegar el ojo en toda la noche, porque Leen era inquieta como un potro; mientras dormía pataleaba en la cama, arrancaba la sábana con los pies y la echaba al suelo. No paraba ni un momento quieta, y Albert se pasaba la noche recibiendo puntapiés y pellizcos y oyendo los gruñidos secos y extraños que ella profería. Entonces, en plena noche, encendía la luz, cubría la lámpara con un periódico y se ponía a leer. Pensar en dormir era inútil; Albert se limitaba a levantar pacíficamente la sábana y a empujar a Leen de vez en cuando a un lado. Cuando por casualidad se estaba quieta durante un par de minutos, Albert se volvía hacia ella y la contemplaba acostada; con sus largos cabellos castaños, su rostro fino y moreno, su perfil de potro de raza. Luego apagaba la luz, se tendía a su lado en la oscuridad y era feliz. A veces caía de la cama algo que había ido a parar entre los colchones o que no había caído al suelo con la enérgica sacudida vespertina de Leen y que luego se desprendía con su salvaje meneo: una cuchara, o un lápiz, o un plátano, y una vez, cayó un huevo duro, que fue rodando por la raída alfombra hasta detenerse al pie de la cama. Albert se levantó, tomó el huevo, lo mondó y se lo comió en mitad de la noche, porque por aquel entonces tenía apetito casi a todas horas.

Por la mañana, luego que Leen se había levantado, podía dormir un rato. Leen era maestra en un colegio de monjas de las afueras de la ciudad. Albert la ayudaba a recoger sus enseres del colegio, le metía todas las cosas en la cartera y quedaba encargado de atender al gran despertador abollado, el cual, como todos los objetos que Leen poseía, volaba cada día de la cama al suelo y del suelo a la cama, pero a pesar de todo marchaba perfectamente. Albert no perdía de vista el despertador y la avisaba cuando tenía que salir de casa. Mientras Leen preparaba el té y la sopa en el hornillo de alcohol, él se quedaba en cama en camisa de noche, leyendo los periódicos. En cuanto la manecilla grande se acercaba a las once, o sea eran las ocho menos cinco. Leen tomaba rápidamente su cartera, le daba un beso y echaba a correr escaleras abajo para tomar el autobús. A veces dejaba la sopa sobre el hornillo de alcohol y Albert se comía ávidamente la papilla de avena, volvía a meterse en cama y dormía hasta las once.

Hasta al cabo de un mes no tuvieron el dinero suficiente para poder poner otra cama en la habitación; Albert pudo dormir. Sólo de vez en cuando le arrancaba de su profundo sueño algo que caía de la cama de Leen al suelo: un libro, o media tableta de chocolate, o alguna de sus pesadas pulseras de plata.

Albert trató de hacerle comprender lo que él entendía por «orden»: armarios meticulosamente dispuestos y un fogón limpio. Incluso compró a escondidas un armario en casa de un chamarilero y mientras Leen estaba en el colegio lo hizo llevar a la habitación y lo ordenó todo bien: todos los trastos de Leen, los vestidos colgados en colgadores, todo muy ordenado a la alemana, tal como lo había visto hacer a su madre, que decía: «La casa debe oler a ropa planea, a ropa blanca limpia.» Pero Leen detestaba el armario, y, por amor a ella, Albert lo revendió a bajo precio a otro chamarilero. Lo único que Leen admitió fue una pequeña tabla donde poner el hornillo, la cacerola del agua, las dos cazuelas, las latas de carne y verduras y sus múltiples y extrañas especias y los paquetes de sopa preparada. Leen cocinaba admirablemente, y a Albert le gustaba el té como ella lo hacía: muy oscuro con reflejos dorados que subían del fondo; y, por la tarde, cuando Leen volvía del colegio, se tendían en sus camas, fumaban y leían y colocaban la tetera sobre el hornillo entre las dos camas. Sólo durante dos meses Albert sufrió un poco de lo que él llamaba entonces todavía «desorden» y se quejó de la poca afición que mostraba Leen a tener ajuar: por ejemplo, a adquirir dos sábanas más. Pero ella odiaba el ajuar como odiaba los armarios, y Albert no descubrió hasta más tarde que Leen odiaba los armarios porque generalmente servían para guardar el ajuar. A Leen le gustaban los globos y el cine y, a pesar de su temperamento salvaje, era muy devota. Se entusiasmaba literalmente con las iglesias de mal gusto, o con los frailes franciscanos con quienes se confesaba: los domingos le solía arrastrar a misa al convento de las monjas donde ella daba clases durante la semana y Albert se indignaba con las monjas, que se empeñaban en llamarle «el marido de Miss Cunigan», y le llenaban el plato del desayuno hasta los topes porque habían descubierto que siempre tenía apetito. Pero eso sólo fue al principio; luego las monjas le parecieron muy simpáticas, y se comía ocho rebanadas de pan tostado, en el desayuno, para darles el gusto de poderse reír de su legendario apetito. Los domingos. Leen se entrenaba con las niñas para algún campeonato de hockey, y Albert se burlaba un poco de su fanatismo, pero admiraba su juego ligero, seco y hasta cierto punto duro. Verdaderamente, la figura del «marido de Miss Cunigan», plantado allí al borde del campo de deportes, resultaba un curioso espectáculo. Una vez terminado el entreno, tenía que dar tres vueltas al campo a paso gimnástico, con Leen y las niñas del equipo de hockey; y otras alumnas del internado estaban por allí y le animaban, y armaban un gran jolgorio cuando él ganaba a Leen y, la verdad es que casi siempre ganaba, porque en aquella época corría bastante bien.

Luego marchaba con Leen hacia el Sur, a Surrey, horas y más horas a través de prados y arbustos y en algún lugar gozaban de aquello de que Leen gozaba sin reparo y que, también sin reparo, designaba con el nombre de «los placeres del matrimonio». Por entonces Albert tenía veinticinco años y Leen acababa de cumplir los veinte, y era la profesora preferida de la escuela.

Los días laborables, Albert solía dormir hasta las diez y media, porque las personas con quien tenía que tratar no estaban visibles hasta las doce y porque aquellas noches tan intranquilas le fatigaban. Sin ningún entusiasmo, iba a la caza de políticos de cuarta fila, parcos de palabras, a los que, durante el almuerzo, les arrancaba insignificantes informaciones. Pero la mayoría de las cosas de que se enteraba no las debía ni siquiera a aquellos políticos, sino que eran noticias de cuarta o quinta mano, procedentes de otros periodistas tan malos como él. Luego pasaba a pergeñar vagos engendros, en gran parte de propia invención y plenamente convencido de que todo aquello no podía acabar bien. Se sentaba en cualquier tabernucho, y allí, bebiendo whisky muy flojo, se quedaba esperando a Leen, con un montón de papeles delante, en los que dibujaba lo que se le ocurría. Lo mismo inventaba chistes y los ilustraba, que ilustraba chistes que encontraba en los periódicos. Todos aquellos dibujos habían ido a parar a aquella caja de cartón de Sunlight, que ahora estaba en su cuarto: centenares de dibujos que después de la muerte de Leen había guardado en aquella caja y enviado sin más explicaciones a Rai.

Seguro, que había centenares de dibujos; pero Albert no se decidía a abrir la caja, sino que observaba a los muchachos que, infatigablemente, intentaba meter el balón en la portería contraria. Tal vez aquellos dibujos serian buenos y le permitirían liberarse del yugo de tener que sacarse algo de los dedos semana tras semana.

Sin dejar de mirar a los muchachos, dibujó un retrato de Bolda en un pedazo de papel; pero luego tiró el lápiz a un lado.

Las informaciones que le daban fueron siendo cada vez más insignificantes y aquellos vagos engendros que él inventaba para enviarlos a Alemania cada día se alejaban más de la realidad, hasta que, finalmente, el modesto periódico nazi que le había mandado a Londres le suprimió su mísero sueldo y, después de algunos meses, le puso definitivamente en la calle. Albert, entonces, vivía del sueldo de profesora de Leen y esperaba los domingos en que podía saciar su hambre en el convento de monjas, y mientras Leen entrenaba a las niñas en el campo, él entraba a veces en la capilla del colegio y asistía a los rezos de las hermanas y admiraba los prodigios de mal gusto que adornaban la capilla: le parecía que en ninguna parte había visto un san Antonio tan lamentable ni a santa Teresita de Lisieux tan espantosa.

Los días de entre semana se iba por ahí y vendía sus libros a algún trapero, al precio de medio chelín los dos kilos. Lo que le daban de los libros ni siquiera le llegaba para los cigarrillos. Probó a dar lecciones, pero había muy pocos ingleses que tuvieran ganas de aprender alemán y, por otra parte, en Londres sobraban emigrados. Leen le consolaba, y, a pesar de todo, Albert se sentía feliz. Ella escribió a su casa diciendo lo mal que lo pasaban y su padre le contestó que fueran a Irlanda. Albert podría trabajar en la granja, y, si quería, no tenía por qué volver jamás con los nazis.

Ahora, después de quince años, todavía no comprendía por qué no había aceptado el ofrecimiento del padre de Leen, y se dejaba llevar por la misma manía que Nella: situarse en un tercer plano y soñar en una vida que no fue vivida jamás y que jamás podría ser vivida, porque el tiempo que le había sido dado para ello había pasado definitivamente. A pesar de todo, verse a sí mismo, durante unos minutos, en un paisaje y entre unas personas y unas condiciones de vida que jamás había conocido, no dejaba de tener sus encantos.

Ni siquiera ahora, al cabo de quince años, acertaba a comprender que Leen estuviera muerta, ya que había muerto repentinamente, en una época en que él estaba lleno de esperanza. Ganaba más dinero, había empezado a dibujar envoltorios para una fábrica de jabón, había dibujado también algunos carteles y había logrado adaptarse al gusto inglés.

Desde que ganaba más dinero ya no rondaba por las tabernas durante la ausencia de Leen, sino que se quedaba en la habitación, tomaba té frío y trabajaba todo el día. Y por las mañanas, se levantaba a la misma hora que Leen, preparaba el desayuno y la acompañaba al autobús.

Los muchachos, fuera en el jardín, estaban cansados y acalorados, y Heinrich se había sentado sobre el césped con la espalda apoyada a un árbol y chupaba una brizna de hierba. Albert se asomó a la ventana y gritó:

—En la nevera hay Coca-Cola, si queréis.

Y cuando los muchachos se volvieron a mirarle, sorprendidos, Albert añadió:

—Anda, entrad a buscarla, tú ya sabes dónde está, Heinrich.

Los oyó que volvían la esquina corriendo y gritando para entrar en la casa, luego se dirigieron a la cocina caminando de puntillas y hablando en voz baja. Albert cerró la ventana, se llenó una pipa, pero luego la dejó sin encender y levantó con decisión la tapa de la caja de Sunlight: había un montón de papeles muy finos, y Albert se dio cuenta de que había levantado el fondo, porque todos los dibujos estaban boca abajo. Tomó el primero, lo volvió y se quedó asombrado de lo bueno que era. Era un chiste de animales y los chistes de animales volvían a estar precisamente de moda. Jamás, desde que terminó la guerra, había vuelto a dibujar tan bien. El dibujo estaba hecho con lápiz muy afilado y parecía todavía reciente. Albert se quitó un peso de encima: estaba seguro de que Bresgote le aceptaría aquellos chistes. Cada uno de aquellos papeles finos que quince años antes había dibujado en las tabernas de Londres le representaría cincuenta marcos. Había algunos que tendría que recortarlos un poco y pegarlos de nuevo, y otros que todavía no tenían letra. Nunca se los había enseñado a Leen, porque le parecían tontos, pero ahora sabía que eran buenos, o en todo caso mejores que la mayoría de las cosas que había hecho para Wochenend im Heim. Revolvió algunos minutos en la caja de cartón, sacó algunas hojas de en medio, del fondo del montón y se quedó pasmado ante la calidad de aquello. Uno de los muchachos gritó desde la entrada:

—¡Tío Albert, tío Albert! Abrió la puerta y preguntó:

—¿Qué pasa?

El que había gritado era Heinrich Brielach, que le dijo:

—¿Pedemos prepararnos también un poco de pan con mantequilla? Nos gustaría esperar a que vuelva Martin.

—Tardará mucho.

—Le aguardaremos.

—Como queráis —y naturalmente podéis prepararos pan con mantequilla.

—Gracias, muchas gracias.

Albert volvió a cerrar la puerta, recogió las hojas que habían quedado esparcidas por encima de la mesa y las volvió a guardar en la caja de cartón.

Aquel día. Leen se había marchado al colegio como de costumbre y él se quedó toda la mañana en la habitación porque estaba trabajando en el proyecto de unos carteles. Dibujaba un león que ponía mostaza a una pierna de carnero, y tenía la impresión de que aquello podría ser un buen anuncio. El hombre para quien lo hacía le había prometido unos buenos honorarios; era un emigrado judío a quien había conocido en la taberna de los periodistas, un pariente lejano de Absalom Billig. De momento, el hombre se mostró muy suspicaz, porque le tomó por un espía, pero a la quinta vez que coincidieron le hizo el encargo; el judío había encontrado refugio en la sección de propaganda de una fábrica de condimentos. Albert trabajaba con tanto entusiasmo que ni siquiera se daba cuenta de que pasaba el tiempo y se sorprendió cuando vio entrar a Leen.

—Dios mío —dijo— ¿ya son las tres?

Cuando la besó y ella le sonrió, cansada, Albert comprendió que todavía faltaba mucho para las tres y que Leen había vuelto a casa porque se encontraba enferma. Tenía las manos ardientes y se retorcía de dolor en el vientre.

—Ya hace tiempo que lo tengo —dijo—; yo creía que estaba embarazada; pero resulta que no lo estoy y los dolores no paran.

Albert no la había visto nunca desanimada, pero ahora la vio echarse sobre la cama gimiendo. Apenas podía hablar y, cuando Albert se inclinó sobre ella. Leen le dijo al oído:

—Ve a buscar un taxi... en el autobús ya me encontraba muy mal, pero ahora todavía es peor. Llévame al hospital.

Albert tomó su bolso de encima de la cama y mientras corría por la calle en busca de un taxi, contó el dinero que tenía: todavía le quedaban cuatro libras y un montón de monedas sueltas. Completamente desorientado, subió a un taxi, lo mandó parar delante de su casa y subió las escaleras corriendo. Leen había vomitado cuando él llegó a la habitación y se quejó cuando él la tomó en brazos para bajarla; y mientras la bajaba por la escalera, volvió a quejarse a gritos y a vomitar. Las vecinas salieron al rellano y le miraron sacudiendo la cabeza; Albert pidió a una de ellas que hiciera el favor de vigilar la habitación que había quedado abierta. La mujer le dijo que lo haría; y a Albert, ahora, mientras oía a los muchachos que salían otra vez al jardín, le parecía estar viendo todavía aquel rostro cansado y pálido, desfigurado por el alcohol. Heinrich y Walter, provistos de sendas meriendas, se disponían a jugar nuevamente a pelota.

Para evitar las sacudidas, Albert, en el coche, había tendido a Leen sobre sus rodillas, pero ella seguía quejándose en voz alta y vomitando en la tapicería parda y usada del taxi. Albert iba pensando qué les diría a los médicos del hospital. No se le ocurría la palabra inglesa por «apendicitis», pero cuando el taxi paró delante del hospital, subió los peldaños con Leen en brazos y abrió de un puntapié la puerta de la oficina de entrada gritando: «Apendicitis, apendicitis.»

Leen prorrumpió en espantosos gritos; él quiso tenderla en el diván del vestíbulo; acurrucada junto a él, parecía haber encontrado la postura en que menos sufría. A pesar de que apenas podía sostenerla, Albert siguió manteniéndola en brazos y se apoyó en una columna de baldosas rojizas, esforzándose por comprender lo que ella le murmuraba con la boca crispada. Leen tenía el rostro completamente amarillo cubierto de manchas y en sus ojos se adivinaba que estaba sufriendo terriblemente. A Albert le pareció absurdo lo que ella le susurraba: a Vete a Irlanda... vete a Irlanda.» En aquel momento, Albert no entendió el sentido de estas palabras y, por otro lado, trataba también de comprender lo que le preguntaba la enfermera, una mujer flaca y preocupada que estaba a su lado junto a la columna de baldosas rojizas. Estupidizado, no acertaba más que a repetir insistentemente la misma palabra «Apendicitis», y la enfermera asentía con la cabeza cada vez que lo decía. Leen tenía náuseas pero ya no podía vomitar y sólo lograba arrojar una baba amarillenta y pestilente; y cuando la hubo colocado en la camilla de ruedas, ella le volvió a abrazar, le besó y le repitió al oído lo mismo que le había estado murmurando todo el rato: «Vete a Irlanda —amor mío, amor mío... amor mío»— pero el médico, que había acudido, le apartó de la camilla, y franqueando una puerta de cristal glaseado, se la llevaron. Albert oyó gritar otra vez a Leen. Al cabo de veinticinco minutos estaba operada y muerta, sin que él hubiera podido decirle ni una palabra. Tenía toda la cavidad abdominal llena de pus. Albert no había olvidado el rostro joven, pero grisáceo del médico, que salió a la sala de espera, fue a su encuentro y le dijo: «Sorry», y luego le habló lentamente y con calma, y Albert comprendió que, cuando tomó el taxi para llevar a Leen al hospital, era ya demasiado tarde. El médico parecía cansado y le preguntó si quería ver por última vez a su esposa.

Tuvo que esperar antes de poder ver a Leen; y mientras esperaba mirando por la ventana, se acordó del chófer del taxi, salió y le pagó. El hombre le mostró el vómito en el interior del coche, y, refunfuñando y sin quitarse el cigarrillo de la boca, le expuso sus quejas. Albert le dio una libra de suplemento y se sintió aliviado al ver tranquilizarse aquel rostro malhumorado. Volvió a la sala de espera. Las paredes estaban tapizadas de papel gris verdoso, y gris verdoso era también la tapicería de las sillas y el mantel que cubría la mesa. Todo aquello ocurría por los días en que Chamberlain fue a Alemania a entrevistarse con Hitler. Luego entró en la sala de espera una joven vestida muy pobremente y se quedó a su lado, junto a la ventana, y el cigarrillo que llevaba entre los dedos estaba manchado de lágrimas y por lo visto ya no tiraba. La mujer lo dejó caer al suelo y se quedó sollozando al lado de Albert. Por la calle pasaban unos hombres llevando unas pancartas: «Peace for the world» — y otros llevaban carteles que decían: Demostrad a Hitler que no le tenemos miedo, y la mujer pobremente vestida se quitó las gafas y se las limpió con la punta del abrigo. El abrigo olía a caldo y a tabaco y ella no cesaba de murmurar para sí: «Hijo mío, hijo mío, hijo mío» — pero luego entró un médico, la mujer se precipitó hacia él y Albert, por los gestos que ella hacía, pudo deducir que todo había ido bien. La mujer salió con el médico, y a él le fue a buscar una enfermera que le llevó por un pasillo muy largo cubierto de baldosas amarillas. Olía a grasa de carnero fría y a mantequilla derretida; delante de las puertas había unas grandes teteras de aluminio llenas de té caliente, y una muchacha morena y bonita andaba por el pasillo llevando una bandeja de bocadillos, y, junto a una ventana había un muchacho con el brazo enyesado que gritaba a la calle: «¡Maldito perro, ya te enseñaré yo!» La enfermera se acercó al muchacho, le tiró del brazo sano y se llevó el índice a los labios; el muchacho, con paso indeciso, echó a andar detrás de la chica de los bocadillos.

La enfermera acompañó a Albert hasta una sala de paredes grises sin ningún adorno, con dos ventanas estrechas de cristales azulados opacos que tenían pintadas en amarillo, el de la derecha una alfa y el de la izquierda, una omega.

Leen, sola bajo aquella desagradable luz azulada, yacía en una camilla. La enfermera le dejó solo, y Albert se acercó y vio que el rostro de Leen era como había sido antes. Sólo descubrió algo nuevo en él: reposo. Era sorprendente ver aquel rostro estrecho y joven reposado y sereno. Tal vez fuera debido a la luz, pero en su tez ya no se veían manchas, sino que tenía un color uniforme, y su boca ya no estaba crispada. Albert encendió los dos cirios colocados en unos candelabros de cinc detrás de la camilla y rezó un padrenuestro y una avemaría. No comprendía que hubiese estado viviendo todo un año con Leen: le parecía que sólo hacía muy poco que la conocía. Comprendía muy bien que estaba muerta, pero le parecía un sueño que hubiese vivido, y todos los detalles que le venían a la memoria no le ayudaban en nada. Le parecía que sólo había pasado un día desde que él llegó a Londres. Todo parecía comprimido en una sola tarde: la boda con el vestido recién planchado, que no le sentaba bien, la capucha del fraile franciscano, los partidos de hockey y el pan tostado en el colegio de las monjas, y, en el prado de Surrey, los placeres del matrimonio... y el grito: «Vete a Irlanda.» Vómitos en el taxi y él repitiendo estúpidamente: «apendicitis, apendicitis», y la capilla azulada con la A amarilla y la amarilla, los globos que Leen regalaba a los niños, las pompas de jabón que ella hacía en la ventana de su habitación y dejaba caer en el gran patio gris... su odio a los armarios, y aquellos dos cirios que ardían con la pausa con que deben arder los cirios en las capillas de difuntos. Albert no estaba triste; sólo sentía una profunda y sorda compasión por Leen, que había tenido que soportar aquellos dolores: había desaparecido gritando en la sala de operaciones, y ahora yacía tan serena en aquella capilla. Albert dejó arder los cirios, se dirigió a la puerta, pero se volvió y rompió a llorar. Ante sus ojos húmedos todo se confundía, todo se volvía oscuro y difuso: se tambaleaba la, se tambaleaba la A, se tambaleaban la camilla y el rostro sereno de Leen. En aquella capilla parecía que estuviera siempre lloviendo, pero cuando Albert salió, vio que brillaba el sol. La enfermera había desaparecido, y él se perdió por los pasillos, atravesó salas de hospital, volvió a salir nuevamente al pasillo, llegó a la puerta de la cocina y hasta al cabo de mucho rato no reconoció el corredor cubierto de baldosas amarillas por el cual andaba la muchacha morena con la bandeja de bocadillos. Por una puerta abierta se oyó a alguien que gritaba: «¡Mostaza!» y Albert se acordó del león que ponía mostaza a la pierna del camero.

Cuando regresó a casa, era la una en punto. Alguien había fregado el vómito de la escalera, y la habitación también estaba limpia. Albert no supo jamás quién lo había hecho y se quedó sorprendido, porque siempre había creído adivinar que los habitantes de la casa no le tenían simpatía, y él por su parte siempre los saludaba como si tuviera prisa y pasaba corriendo por su lado. Pero ahora alguien había fregado el vómito en su rellano y en su habitación.

Albert tomó de encima de la mesa el cartel con el león, dispuesto a romperlo, pero lo enrolló y lo arrojó a un rincón. Se echó en la cama y se quedó mirando fijamente el pequeño crucifijo de Leen que colgaba encima de la puerta. Todavía no dudaba de que Leen estuviera muerta, de lo que sí dudaba era de que hubiese vivido un año entero con ella. Lo único que quedaba de Leen era una cama llena de las cosas más diversas, la cazuela con los pegotes de sopa colocada sobre el hornillo de alcohol, una taza esportillada, en la que solía disolver jabón para hacer pompas y un montón de cuadernos escolares sin corregir, que contenían redacciones sobre las minas de cinc de Inglaterra meridional.

Al poco rato, Albert se había quedado dormido. Se despertó cuando la pequeña compañera de Leen entró en la habitación. Al despertarse le dolieron los brazos que habían estado tanto rato sosteniendo a Leen. Albert había ido a menudo al cine por la tarde con Leen y su pequeña compañera, que se llamaba Bly Grother. Bly era rubia y muy bonita, y Leen había procurado convencerla de que se convirtiera al catolicismo.

Albert miró fijamente a Bly y sintió nuevamente dolor en los brazos que había tenido tanto tiempo contraídos. Luego trató de explicarle a Bly que Leen había muerto. Él mismo se asustó al oír con qué naturalidad, con qué aplomo pronunciaba la palabra muerta; y mientras la pronunciaba, comprendió todo su alcance, es decir, que Leen había verdaderamente desaparecido. No sin algunas dificultades. Bly había podido comprar entradas para ir aquella tarde al cine a ver una película que en aquella época todo el mundo quería ver: se trataba de una película de Charlie Chaplin, y él mismo había insistido para que Bly comprara las entradas, porque era una película que no vería jamás en Alemania. Bly había traído también unos pasteles para Leen, pequeños pastelitos de nueces con una crema encima, y tenía las verdes entradas en la mano, y de momento se rió cuando él le dijo que Leen había muerto. Bly reía porque no podía comprender que Albert pudiera hacer una broma de tan mal gusto; se reía de un modo raro, a sacudidas y medio enojada. Luego comprendió que no era una broma y rompió a llorar desconsoladamente; y las verdes entradas del cine cayeron al suelo, y los pastelitos de nueces con crema, que tanto le gustaban a Leen, fueron a reunirse con el paraguas y la boina encamada de Leen encima de la cama, abarrotada de objetos inútiles.

Albert, sin moverse de la cama, observaba fríamente a Bly. Bly estaba sentada en el taburete, llorando; contemplándola, viendo correr sus lágrimas y oyéndola sollozar, volvió a comprender claramente lo que había pasado: Leen había muerto. Bly se levantó, dio algunos pasos por la habitación y tomó el cartel que estaba enrollado en un rincón al lado del hornillo de alcohol y, sin dejar de llorar, miró al león que sonreía satisfecho mientras embadurnaba con mostaza Hitchlumer la pierna de cordero. Albert sabía que dentro de un momento tomaría a Bly por los hombros, probaría a consolarla y tendría que hablar con ella de cosas prácticas: del entierro, de las formalidades administrativas que, sin duda, había que cumplir. Pero permanecía echado en la cama pensando en Leen, en lo efímero de su belleza, en aquella existencia que apenas había dejado huella en este mundo. Quizás colgarían su retrato en el vestíbulo del colegio y, dentro de unos años, las niñas, mujeres cada vez más ancianas, dirían al reunirse: «Ésa fue en otro tiempo nuestra profesora de gimnasia, que también nos daba clases de historia natural», pero llegaría un día en que descolgarían el retrato y lo sustituirían por el de algún cardenal o un papa, y lo único que quedaría de Leen serían los garabatos de sus correcciones en los cuadernos del archivo —y aún aquello no duraría más que el tiempo reglamentario—, y una sepultura en el gran cementerio. Bly se fue calmando antes de que él se levantara y fue pensando en todas las cosas que había que hacer; se empeñó en hacerlas personalmente, contenta de poder «descargarle» de todo: avisar a la escuela, a los padres de Leen, a su hermano que trabajaba de ingeniero en Manchester.

La mancha húmeda del suelo, allí donde la vecina desconocida había fregado el vómito de Leen, fue secándose poco a poco; sólo la huella del jabón ácido continuó destacándose del suelo tan raras veces fregado; y, cuando al cabo de cuatro semanas, instigado por Nella, Albert regresó a Alemania, todavía encontró la taza sin asa en la que Leen preparaba siempre el agua de jabón para hacer pompas y ahora no había más que un sedimento calcáreo seco, y hasta mucho más tarde no se le ocurrió pensar que la esquela mortuoria en el periódico, lo mismo que la crucecita que había en el cementerio, llevaban su nombre de soltera, y que las monjas con quienes almorzó después del entierro, seguían empeñadas en llamarle «el marido de Miss Cunigan».

El hermano de Leen se ofreció a buscarle trabajo en Manchester, y los padres de Leen, con quienes estaba en muy buenas relaciones, le invitaron a que fuera a instalarse con ellos en la granja, «siempre habrá algo que hacer y algo que comer»; todos estaban convencidos de que estallaría la guerra y de que sería mejor no regresar a Alemania. Albert no dijo a nadie que Leen le había dicho: «Vete a Irlanda.» Estuvo dudando durante mucho tiempo; siguió en su habitación de Londres y, más tarde, vendió incluso el león de la mostaza por un precio bastante elevado, y las huellas del jabón ácido continuaron en el mismo sitio, donde se había fregado el vómito de Leen. Albert seguía aún dudando cuando las cartas de Nella se hicieron cada vez más insistentes; y un buen día, durante aquel compás de espera, envió aquella caja de cartón de Sunlight con los dibujos a las señas de Rai en Alemania. Lo hizo una tarde, después de haber ido al cementerio y de haber estado allí mucho tiempo reflexionando acerca de si debía o no seguir los consejos de Leen.

De regreso en el autobús, decidió volver a Alemania, y cuando tuvo que desalojar la habitación y desmontar la cama de Leen, todavía cayeron dos objetos de entre los colchones: una lima de las uñas y una cajita de hojalata encarnada que contenía pastillas contra la tos.

Albert oyó que los muchachos hablaban con alguien en el jardín, y abrió la ventana. Heinrich gritaba hacia la habitación de Bolda:

—Ya andamos con cuidado.

Y desde arriba Bolda contestó.

—Os he visto cómo habéis tronchado dos pensamientos.

Albert se asomó a la ventana y le dijo a Bolda:

—No lo volverán a hacer.

Los muchachos se echaron a reír y Bolda les hizo coro, pero replicó:

—¡Ah, sí!, si sólo fuera por ti lo podrían devastar todo.

Albert dejó la ventana abierta mientras ordenaba los dibujos: varios centenares de hojas de papel muy fino. Y de pronto se le ocurrió que debería escribir alguna vez a los padres de Leen, que le habían enviado varios paquetes con jamón, té y tabaco; y él nunca había tenido valor de escribirles una carta larga: siempre había dado rápidamente las gracias y les había enviado algún libro.

 

X

 

Cuando la abuela se lo llevaba a comer a la ciudad, era algo terrible. Ocurría sólo raras veces, porque la abuela apenas salía de casa, pero precisamente era famosa en determinados restaurantes y su aparición provocaba entre el personal una extraña sonrisa, que Martin no acertaba a precisar exactamente si era de burla o de auténtico respeto. A la abuela le gustaban las comidas suculentas y abundantes: sopas muy grasas, platos oscuros con salsas espesas, cuyo olor provocaba náuseas al muchacho, y se hacía poner la mayonesa sobre hielo para pasar del placer de la grasa muy caliente al de comer algo muy frío. Encargaba grandes trozos de asado que husmeaba e inspeccionaba con cuchillo y tenedor para ver si estaban tiernos y que mandaba retirar sin el menor miramiento si no respondían a sus gustos. Cinco ensaladas distintas que ella misma mejoraba con difíciles manipulaciones y la ayuda de especias y botellas, misteriosos recipientes de plata, cuentagotas de color de cobre y saleros, tras interminables discusiones con el «maître» acerca de los condimentos. La salvación de Martin era la bandeja de grandes rebanadas de pan blanco, que se elevaba en el centro de la mesa como una torre; y esperaba inútilmente la única cosa que le gustaba además del pan: las patatas. A Martin le encantaban cuando estaban bien calientes, blancas amarillentas, con mantequilla y sal; pero la abuela las despreciaba.

Ella bebía vino y quería a toda costa que Martin bebiera jugo de manzana, una bebida que a ella, de niña, le parecía deliciosa. La entristecía que su nieto no quisiera beber jugo de manzana y no acertaba a comprender cómo una cosa que a ella le había gustado tanto de chiquilla no le gustara también a él. Martin comía poco: ensalada, sopa y pan, y la abuela, que tragaba como una fiera, se resignaba a su falta de apetito meneando la cabeza. Antes de comer, se santiguaba ostentosamente, agitando los brazos como aspas de molino y golpeándose con la palma de la mano la frente, el pecho y el vientre. Pero ésa no era su única manera de llamar la atención, sino que la gente la miraba por la manera como iba vestida: una falda de gruesa seda negra y una blusa muy colorada, que hacía juego con su rubicundo rostro. El «maître», el gerente del restaurante y las muchachas del bar la tomaban por una rusa emigrada, siendo así que en realidad había nacido en una aldea del Eifel y había pasado la infancia en la más completa miseria. Cada vez que comía bien, contaba lo mal que había comido de niña; a grito pelado, de manera que en las mesas vecinas la gente la oyera, describía el sabor dulzón y soso de los nabos cocidos y lo amargas que estaban las sopas de leche descremada cuando se requemaban; describía con todo detalle la ensalada de ortigas y el pan moreno y agrio de su niñez, mientras desmenuzaba con aire de triunfo una rebanada de pan blanco. Contra las patatas se sabía de memoria una retahíla de vituperios: eran una masa harinosa que no le dejaba respirar a uno, eran el pan de los prusianos, y otras muchas cosas que ella decía en expresiones dialectales a media voz y que Martin no comprendía. Tomaba otra rebanada de pan para mojarla en la salsa y en sus ojos azules y brillantes asomaba una tal expresión de ferocidad que el muchacho se asustaba. Y entonces comprendía por qué tenía miedo cuando la abuela empezaba a describir cómo se mataban los conejos en su casa; oía crujir los huesos de los pobres animalillos, veía enturbiarse sus ojos, fluir la sangre y la vieja le explicaba con todo detalle cómo se peleaban por pillar las tripas: roja mezcla de pulmones, hígado y corazón, que sus hermanos mayores y hambrientos nunca dejaban llegar hasta ella, la más joven; todavía hoy, al cabo de cincuenta años, la abuela lloraba de rabia contra su hermano Matthias que siempre sabía arreglárselas para quedarse con el corazón de los conejos; todavía ahora, cuando hacía ya veinte años que descansaba en el cementerio de su pueblo, le llamaba cochino indecente. Martin oía el cacareo estúpido de las gallinas en desbandada, corriendo por el corral cuando el padre de la abuela entraba allí hacha en mano: escuálida volatería sólo buena para la sopa, como decía ella. En tono lastimero, la abuela explicaba cómo iba a mendigar una fuente de sangre a las casas de los campesinos que habían hecho la matanza del cerdo, y luego volvía a casa llevando en el lebrillo de fregar aquella especie de jugo de chorizos grasiento y grumoso. Cuando el relato llegaba a este punto, el postre ya no podía tardar, como tampoco tardaría en llegar el momento en que Martin no podría reprimir más su vómito, porque, como último plato, la abuela devoraba un filete de cabrito, jugoso y tierno, partiéndolo y machacándolo mientras hacía el elogio de su excelencia; pero a Martin aquella carne sangrienta le hacía pensar en niños asesinados y cortados a trozos y, por mucho que intentase distraerse pensando en que pronto llegarían el helado, el café y los pasteles, sabía perfectamente que tendría que vomitar y que no podría comer nada más. Entonces venían a la memoria todos los manjares que había habido sobre la mesa: el goulasch, graso y ardiente, las ensaladas, el asado y las sospechosas salsas, y observaba con horror el plato de la abuela donde se acumulaba aquella mezcla de grasa y sangre, sangre con lunas de grasa. Durante toda la comida, en el cenicero que había junto al plato de la abuela, había estado ardiendo un cigarrillo: la abuela, entre bocado y bocado le daba de vez en cuando una chupada mientras echaba a su alrededor una mirada de triunfo.

Martin se decía que en aquel momento Brielach y Behrendt estaban jugando al fútbol en el jardín, que Albert les daba limonada helada y bocadillos de mermelada y que más tarde se los llevaría en el coche y les compraría un helado; tal vez en la tienda que había junto al puente sobre el Rin, donde se pueden echar piedras al río sin moverse de los veladores mientras se contemplaba a los hombres que sacan del agua restos de barcos naufragados. ¡Qué asco tener que estar allí entre aquellos comilones y ver cómo la abuela, satisfecha, mojaba pan en la grasa sangrienta!

Siempre vacilaba demasiado antes de decidirse a ir al retrete a vomitar, porque la abuela siempre se sentaba en el último rincón del local y el camino hasta el retrete le obligaba a pasar junto a cinco, seis o siete mesas grandes. Martin las contaba tímidamente: la cinta marrón del pasillo de alfombra parecía atravesar un mundo inmenso lleno de gente devoradora. El muchacho odiaba a aquella gente como odiaba a la abuela: rostros encendidos, que la blancura de las servilletas hacía parecer más rojos todavía; fuentes humeantes y crujir de huesos, de huesos de niño, sangre con lunas de grasa, ojos ávidos y fríos de los comilones flacos y ojos ardientes, enrojecidos y terriblemente bonachones de los comilones gordos, y camareros que iban y venían llevando niños asesinados, descuartizados, mientras los ojos de aquellos que todavía no teman ninguna fuente delante de la barriga observaban ávidamente su paso.

El camino hasta el retrete era muy largo. Una vez logró llegar hasta allí, tambaleándose entre las filas de gente devoradora más y más angustiado a cada paso que daba; pero había logrado llegar hasta el retrete: azulejos blancos y olor a orines calientes, perfume artificial de limón y de jabón. Peines, toallas y gruñidos de los comilones, cuyos rostros enrojecidos Martin veía por partida doble: en los espejos y en original. Filas dobles de asesinos que hurgaban entre sus muelas, se palpaban las rollizas mejillas para cerciorarse de que estaban bien afeitadas y hacían rodar sus lenguas dentro de la boca.

Puntas de camisa blanca en braguetas desabrochadas y, por fin, un lugar libre. Martin se inclinó sobre la cubeta y el olor intenso y penetrante de los orines de los devoradores de carne aumentó su asco y su náusea; y el muchacho ansiaba la liberación que significaría el vómito. A su lado apareció la máscara rubicunda y muy joven de un cascahuesos, que le dijo:

—Métete el dedo en la garganta; anda, métete el dedo en la boca.

Martin odió la insistencia bien intencionada de aquel asesino, de aquel rostro colorado; y echó de menos a tío Albert, a su madre, echó de menos el rostro severo y anguloso de Glum y el cabello negro como la pez que enmarcaba la cara de Bolda; pensó con nostalgia en Brielach y Behrendt que estarían jugando a pelota. Pero estaba prisionero, estaba perdido entre aquellos cascahuesos que regoldaban y meaban, encerrado en aquella cárcel tan mortalmente limpia y blanca, condenado a estar perpetuamente respirando aquel olor a orines calientes y a perfume artificial de limón. La mano blanda y tibia del portero se posó en su nuca y un rostro pacífico y chato apareció por encima de su hombro: «¿Qué le pasa al señorito?» En aquel momento, la abuela penetró en el retrete de caballeros, el blando y tibio portero abrió desmesuradamente los ojos, y los meones se apresuraron a llevarse púdicamente las manos a las braguetas.

—¿Qué te ocurre, hijo mío, qué es eso?

La abuela tenía las manos ligeras, pero seguras; le hizo inclinarse hacia adelante, le obligó, a pesar de que Martin gritaba asustado, y le metió su afilado dedo amarillento de nicotina en la boca, pero a pesar de todo, el muchacho no logró vomitar: el asco le pesaba en el estómago como si fuera hierro colado, un horror indisoluble y macizo; y la abuela le arrastró otra vez hasta la mesa a través de la doble fila de comilones; la cosa no ocurrió hasta llegar a la mitad del restaurante, cuando pasaba junto a la mesa de un asesino que, con un rápido movimiento de su cuchillo —mirada de satisfacción— cortaba la carne rosada y sanguinolenta de una criatura. Martin sintió cómo su horror se desencadenaba y le subía desde el estómago a la boca. No le dio ni vergüenza ni remordimiento; sólo una sensación de frío triunfo; y luego que el horror hubo abandonado su estómago, incluso pudo sonreír.

El devorador de niños se sonrojó, luego una oleada amarilla subió de su cuello e invadió su cara; la gente gritaba, tintineaban las copas y los camareros corrían como una tromba, mientras la abuela se reía y, blandiendo su talonario de cheques, prometía indemnizar los perjuicios. Martin no se había manchado el traje ni la cara, sólo tuvo que limpiarse un poco la boca con el pañuelo; salía de la campaña sano y salvo, vacío y libre como un vencedor. No se había manchado las manos ni el alma y la comida que le habían obligado a tragar había sido devuelta. Ni siquiera la abuela tenía apetito, ahora; y dejó sin probar los pasteles, el helado y el café; arrancó un cheque de su talonario, otro para el traje del devorador de criaturas y un tercero para calmar al camarero y Martin, una vez su estómago estuvo vacío, salió a la calle sin miedo y sin vergüenza, atravesando el largo pasillo marrón de la mano de la abuela.

Y vino el regreso en el taxi, durante el cual la abuela estuvo refunfuñando despectivos comentarios acerca de los estómagos «podridos» de la actual juventud. «Ya no hay nadie que sepa comer razonablemente, nadie que sepa beber como es debido, nadie que sepa fumar un cigarrillo medianamente fuerte; es una generación floja, condenada a morir.»

Esta clase de excursiones acostumbraban a hacerse cada medio año aproximadamente. Martin presentía cuándo habría alguna, como presentía cuándo se anunciaría la sangre en la orina, y generalmente procuraba sortearlas desapareciendo ya antes de la hora de la comida y pidiendo a tío Albert que le llevara con él a algún sitio; pero aquellas huidas sólo eran una manera de aplazar el acontecimiento, porque la abuela siempre acababa pillándole. Aquellas excursiones formaban parte de la educación que ella consideraba indispensable. Cuando Martin tenía cinco años, un día le dijo: «Ven, que quiero enseñarte lo que es comer bien», y le había llevado al restaurante Vohwinkel. Aquel día se le ocurrió la idea de que de la cocina salían criaturas muertas hacia el comedor, humeantes fuentes de carnes rosadas, que unos asesinos estaban esperando con impaciencia. Y desde los cinco años, observó atentamente cómo comían los mayores, qué comían y luego, de un salto de la imaginación, llegó a la conclusión que lo que ocurría allí tenía forzosamente que ser inmoral. Pero la abuela no se cansaba de llevarle al restaurante; le conocían los amos, los camareros y las muchachas de la cocina, y Martin les había oído perfectamente murmurar: «Aquí está la gran duquesa con su vomitón.» Pero la abuela no cedía, a toda costa se había propuesto acostumbrarle a las comidas fuertes. Quería que viera cascar y chupar huesos de ganso, que viera comer carne, que ante sus ojos se cortasen filetes sanguinolentos, y Martin los odiaba a todos. Y para ello la abuela gastaba una gran cantidad de aquello tan misterioso llamado dinero, billetes y monedas. ¿Qué podía ser tan caro, si no criaturas?

Cuando no había tenido más remedio que salir a comer con la abuela, el muchacho pasaba algunos meses sin probar la carne; sólo comía pan, huevos, queso, leche, fruta o aquellas deliciosas sopas que Glum se preparaba abajo en la cocina. Una sopa espesa en la que todo lo que se ponía tenía que hervir hasta deshilacharse: verduras, huesos, pescado y manzanas misteriosamente manipulados; pero una sopa que sabía a maravilla, que Glum cocinaba de cinco en cinco litros para poder luego estar tranquilo. Glum vivía de pan, huevos y pepinillos, en los que mordía como si fueran manzanas, llevaba consigo a casa grandes calabazas y luego se pasaba horas y horas junto al fogón fumando su pipa y vigilando su olla de potaje, catándolo, añadiéndole algo más, una cebolla, jugo Maggi, hierbas secas que entre tanto pulverizaba entre los dedos; Glum olisqueaba, probaba y hacía muecas hasta que, finalmente, sacaba del fuego el gran puchero y lo metía en la nevera. Ya estaba listo por una semana, porque cuando se marchaba a trabajar, llenaba la fiambrera, le enroscaba la tapadera, se metía en el bolsillo, sin envolverlos, medio pepino, un pedazo de pan, otro de chorizo, y un libro. Glum leía unos libros muy extraños: Dogmática, decía la cubierta de uno muy gordo; en otro poma Teología moral, libros en los cuales Glum escribía anotaciones con lápiz y cuyos títulos se descifraban sólo con gran dificultad. La teología moral tenía que ver con inmoral. Glum sabía perfectamente qué cosas eran inmorales; y según las explicaciones de Glum los asesinos del restaurante Vohwinkel no comían niños asados, ni lo que hacían tenía nada de inmoral -pero tal vez los libros de Glum eran demasiado viejos, y seguramente sí lo eran, y quizás todavía no hablaban de aquellos asesinos.

Glum fumaba su pipa casi sin interrupción; a veces, incluso se la llevaba a la cama, cocía sopas, leía libros muy gordos y por la mañana muy temprano se había dirigido a su trabajo, a la fábrica de la abuela.

Glum era extraño pero bueno. Martin le quería a pesar de que su falta de dientes y su falta de cabello a veces le asustaban; pero la calvicie de Glum y su falta de dientes tenían un motivo de ser: KZ.[5] Glum había estado en un campo de concentración. Aunque no hablaba nunca de él, Martin sabía a través de tío Albert que KZ equivalía a muerte, asesinatos, violencias y terror, millones de personas... y porque Glum había visto todo aquello, parecía más viejo de lo que era. A Martin siempre le parecía que Glum tenía que ser más viejo que la abuela y sin embargo, era quince años más joven que ella. Glum hablaba de un modo extraño, como si cada palabra que pronunciaba fuera un ladrillo que se le cayera de la boca; abría desmesuradamente la boca —desnuda cavidad de color de rosa—, realizaba extraños ejercicios con la lengua ante el fondo de un rojo más subido como si fuera a echar rodando algo gordo y redondeado, pero sólo salía una palabra: «La». Glum formaba la palabra siguiente más voluminosa, más redonda, como una calabaza, y la soltaba con gran parsimonia, pero sólo salía una palabra, una sola palabra muy importante: «Virgen». La palabra Virgen era enorme en boca de Glum: más bien un globo que una pequeña calabaza. A Glum le brillaban los ojos, le temblaba la afilada nariz y no seguía un globo ni una calabaza, sino algo del tamaño de una manzana bastante gorda: «poderosa». «Poderosa» era la palabra favorita de Glum y pronunciaba la sílaba «po» de una manera especialmente redonda y afectuosa.

Glum era piadoso y amable, pero cuando explicaba algo era difícil de seguir, porque los intervalos entre las distintas palabras eran tan grandes que cuando pronunciaba la una casi se había olvidado la anterior y resultaba difícil no perder el hilo. Lentamente, con enorme énfasis y con mucha paciencia —la palabra «paciencia» también era una de las palabras favoritas de Glum— con una paciencia inacabable, Glum sabía explicar las cosas. Y si se le prestaba atención se podían oír cosas extraordinarias.

Una de las paredes del cuarto de Glum estaba completamente cubierta con un mapamundi que el propio Glum pintaba y anotaba a lápiz. Para ello había pegado unas hojas de papel muy resistente unas con otras, había calculado durante meses las medidas, ajustándolas al tamaño de la pared y, minuciosamente, con aplicación y paciencia, había dibujado fronteras, montañas, ríos, lagos y mares; había tenido que borrar mucho, que rascar con cuidado y, después de varios meses de preparación, Glum había empezado a señalar en color la constitución del suelo: grandes cantidades de verde para las enormes llanuras, de marrón para las montañas y de azul para los océanos.

Glum había visto ya muchas cosas antes de entrar a trabajar en la casa, en una época sin duda muy remota, ya que, hasta allí donde Martin podía recordar, Glum siempre había vivido con ellos. Glum había visto ya muchas cosas en su viaje desde donde nació hasta llegar al Rin, pero había una que no había visto nunca: una caja de pinturas; y la que tío Albert le enseñó le entusiasmó más que las catedrales, más que los aviones; Glum imitó exactamente los ademanes de tío Albert, introdujo el pincel en el agua, lo pasó por encima del papel, y cuando el papel se tiñó de rojo, Glum se rió de alegría, y a partir de aquel día tuvo siempre una caja de pinturas propia.

Lentamente, con gran exactitud, con infinita paciencia, Glum iba pintando el mundo a su gusto. Había empezado muy atrás, muy lejos, donde todo era tan verde, en Siberia: allí había colocado el primer punto negro del mapa. «Allí nací yo —decía—, a quince mil kilómetros de aquí nací yo.» Para decir quince mil kilómetros, Glum necesitaba casi un minuto: manzana, calabaza, manzana, manzana, bolita, bolita, manzana, calabaza; parecía como si en el fondo de la garganta redondeara las palabras antes de soltarlas, las saboreara un poco y luego les diera forma con la lengua para finalmente soltarlas sílaba por sílaba, con esmero y cariño.

Glum había nacido a quince mil kilómetros de allí; en realidad no se llamaba Glum, sino Glumbich Cholokusteban y resultaba un verdadero placer oírle pronunciar su nombre, el cual significaba: «sol que hace madurar nuestras fresas».

Cuando Martin y Heinrich Brielach tenían ganas de oírle, subían a la habitación de Glum y le hacían pronunciar su nombre y explicarlo; era tan divertido como ir al cine.

Lástima que Martin sólo pedía subir muy raras veces al cuarto de Glum, porque éste iba todas las mañanas muy temprano a misa y luego a la fábrica de mermeladas, y no volvía de ella hasta la noche. Antes de acostarse, Bolda le preparaba todos los días el desayuno: café, pepinillos, pan y morcillas. Las morcillas de Glum no hacían pensar en absoluto en matanza de niños; aunque eran rojizas, sabían a harina y eran suaves, y, según aseguraba Bolda, no contenían otra cosa que harina, margarina y un poco de sangre de buey.

Los domingos, Glum dormía hasta las doce. Su comida consistía en sopa y calabaza, y cuando había quedado café del desayuno en alguna de las cafeteras, Glum se lo calentaba y se lo llevaba a su cuarto; allí se quedaba estudiando sus extraños y gruesos libros hasta las cuatro, y una vez al mes iba el sacerdote, anciano y pequeñito, que vivía en el convento de las monjas; subía al cuarto de Glum y se pasaba todo el domingo por la tarde con él hablando de lo que Glum había leído en sus libros. Generalmente bajaban luego a tomar café con mamá: el sacerdote y Glum, tío Albert y Martin, y muchas veces discutían, mamá con el cura o éste con tío Albert, y Glum siempre daba la razón al cura y, finalmente, decía, soltando lentamente las palabras como si las hiciera rodar: «Ven, curita, vamos a echar un trago, éstos son unos tontos, ¿verdad?» Entonces todos se echaban a reír y Glum y el cura se marchaban efectivamente a echar un trago.

Los domingos, de cuatro a seis y media, Glum pintaba su mapa, y durante aquel rato, Martin podía subir a estar con él. En cinco años, Glum todavía no había terminado de pintar la cuarta parte del mundo; cuidadosamente, matiz por matiz, copiando el atlas de tío Albert, trabajaba con el pincel, y mientras pintaba el Océano Ártico, tuvo que estar de pie sobre un taburete: pero ahora el taburete estaba confinado en el sótano y sólo volvería a salir cuando Glum hubiese llegado tan a la izquierda que tuviera que pintar el Spitzberg, Groenlandia y el Polo Norte.

Glum gastaba tubos enteros de verde, marrón, azul y sobre todo blanco para aclarar el marrón, el verde y el azul; blanco helado como el Ártico, verde lozano como la lechuga fresca, marrón claro como la arena de la orilla del Rin.

Tío Albert, que entendía un rato en pintura, sostenía que Glum era un pintor excelente. En efecto, Glum era capaz de pintar directamente con el pincel sobre el papel, animales, personas, casas y árboles, y cuando estaba de buen humor, lo hacía: vacas encarnadas, un caballo amarillo y. montado en el caballo, un hombre negro muy gordo.

—Las vacas de mi padre eran encarnadas, muy encarnadas; ya te puedes reír tanto como quieras, eran tan encarnadas como los tomates maduros y mi padre tenía un caballo amarillo, una barba negra y cabellos negros, pero tenía los ojos azules, muy azules, como el Océano Ártico de allá arriba. Yo tenía que apacentar las vacas en los claros del bosque, donde sólo crecía un poco de hierba; y a veces tenía que llevarlas a través del bosque hasta el río, donde crecía una franja de hierba verde y tupida. El río se llamaba Schechtischechna-schechticho, que quiere decir «el que trae el agua, los peces, el hielo y el oro». Aquellos extraños sonidos que salían de la boca de Glum representaban el río, ancho, caudaloso, salvaje y frío. El río venía de la gran cordillera detrás de la cual se hallaba la India.

Y Glum volvía a señalar el punto negro en la inmensidad verde, donde había nacido.

—Mi padre era el cabecilla del pueblo; más tarde se llamó comisario, pero siguió siendo el cabecilla aunque se llamase comisario; y todos los años, cuando llegaba la primavera, cuando el Schechtischechna-schechticho se deshelaba, cuando en el bosque empezaban a florecer los árboles que dan bayas, cuando empezaba a aparecer la hierba verde, mi padre, incluso cuando era comisario, hacía lo mismo que hacían todos los cabecillas desde hacía muchos años, es decir, sorteaba entre los muchachos del pueblo el que tenía que ser arrojado al río para que éste no lo inundara todo y en cambio trajera mucho, mucho oro. Eso se hacía en secreto, y la gente que había nombrado comisario a mi padre debía ignorarlo, pero nadie decía nada, y nadie se daba cuenta, porque nadie contaba los muchachos que había en el pueblo — y había muchos.

Para relatar todas esas cosas, Glum necesitaba varios días, y así, poco a poco, después de largos años de preguntar e indagar, Martin acabó por arrancarle su historia.

Los hombres lavaban el oro en el Schechtischechna y este oro iba a parar en parte a manos de aquellos que habían nombrado comisario al padre de Glum, pero la mayor parte de él era para Fritz. Cuando hablaba de Fritz, Glum pintaba arbustos, el bosque, bayas y el Schechtischechna helado. Fritz sabía un lugar por donde el río era vadeable, y cuando iba al pueblo llevaba cigarrillos, «los blancos tallos que ponían la felicidad seca en el cerebro» — y Fritz llevaba también otra cosa: un líquido blanco en unos tubos de cristal, que por las descripciones precisas que Glum le hacía, Martin llegó a la conclusión de que eran inyecciones como las que el médico aspiraba con la jeringa y luego inyectaba en el brazo de la abuela.

—¿Qué hacía tu padre con eso, Glum?

—No lo comprendí hasta más tarde —contestó Glum—. Al llegar la primavera se celebraba una fiesta en la choza del bosque, en la que tenían que tomar parte sólo las muchachas, pero no las mujeres mayores: sólo muchachas jóvenes y mi padre y dos hombres más, que nosotros llamábamos chamanes; y cuando las muchachas se negaban a participar en la fiesta, el chamán las maldecía y ellas se ponían muy enfermas.

Al llegar a este punto, Glum se calló un momento, se sonrojó y una oleada oscura le subió de la garganta a la cara, y Martin comprendió que allí en la choza del bosque, a quince mil kilómetros de distancia, se cometía algo obsceno, tal vez inmoral.

- En cambio, cuando las muchachas se prestaban a participar en la fiesta de la choza, recobraban la salud; y una y otra cosa, la enfermedad y la salud, las traía Fritz en los tubos de cristal.

Más tarde, Glum se escapó porque su padre lo había elegido para ser echado en el Schechtischechna, y Fritz le ayudó a huir.

Lentamente, el relato de Glum iba avanzando, a veces sólo un par de frases y durante varias semanas nada, y cuando llegaban las seis y media, Glum callaba de pronto, lavaba los pinceles, los secaba cuidadosamente, encendía la pipa y se sentaba con aire pensativo al borde de su cama para quitarse las zapatillas y calzarse los zapatos. Los colores de su mapa brillaban detrás de Glum, pero a Martin la parte todavía blanca se le antojaba infinita, blancos océanos, separados de los continentes sólo por una fina línea de lápiz, contornos de islas, ríos ordenados todos alrededor del diminuto punto negro que indicaba el lugar de nacimiento de Glum; más hacia abajo y a la izquierda del mapa, en Europa, estaba situado el segundo punto negro llamado Kalinowka, el lugar donde murió el padre de Martin, y volviendo a subir y mucho más a la izquierda, casi a la orilla del mar, estaba el tercer punto negro, aquel en el cual vivían; un triángulo perdido en una superficie infinita. Mientras se cambiaba de ropa, Glum cortaba algunos trocitos de la calabaza que tenía encima de la mesita de noche, metía la Teología moral y la Dogmática en su bolsa de hilo y bajaba a la cocina para llenar su fiambrera y marcharse a tomar el tranvía.

A menudo se producían largas pausas entre los domingos en que Glum tenía ganas de explicar cosas, y durante algunas semanas. Martin solo lograba sonsacarle dos o tres frases, pero Glum siempre empezaba allí donde se había quedado la última vez. Hacía ya treinta años que Glum había abandonado la casa de sus padres. Fritz le había ayudado y Glum había llegado a la ciudad donde vivían los hombres que habían nombrado comisario a su padre; la ciudad se llamaba Atschinssk. Allí Glum había construido calles, había ingresado en el ejército y había ido rodando cada vez más hacia occidente. Y Glum solía mover las manos como si modelara un hombre de nieve, para indicar de qué manera había ido a parar hacia occidente. En su relato aparecían otras ciudades: Omsk... Magnitogorsk, y más hacia occidente, mucho más hacia occidente, otra ciudad, Tambow. Allí Glum había dejado de ser soldado y había trabajado en el ferrocarril, había descargado vagones: madera, leña y carbón, y patatas. Y por las noches, Glum iba a la escuela a aprender a leer y escribir y vivía en una casa de verdad y tenía una mujer; la mujer de Glum se llamaba Tata. Él la describía y la pintaba, rubia y rolliza y sonriente; la había conocido en la escuela donde aprendía a leer y escribir. Tata trabajaba también en el ferrocarril, donde todavía tenía que llevar paquetes de un lado para otro, pero en cuanto supiera leer, en cuanto supiera escribir, sería algo más, algo mejor y la rubicunda Tata del dibujo de Glum parecía sonreír todavía con más fuerza, porque Tata trabajaría en la estación de Tambow, taladraría los billetes. Tata, con una gorra, por debajo de la cual asomaba una trenza rubia. Tata, con una maquinilla taladradora de ferroviaria.

Pero el gran momento de Glum no había llegado hasta al cabo de un año de estar casado con Tata, cuando ella ya hacía mucho tiempo que llevaba la gorra y la taladradora de ferroviaria en la estación de Tambow. Hasta al cabo de un año. Tata no le enseñó lo que guardaba escondido en el fondo de una caja de madera que había en la cocina: un crucifijo y una medalla de la Virgen María; y por las noches, cuando Glum estaba acostado con Tata en la cama, ella se lo explicaba todo, y Glum fue preso de la llama —Glum pintaba una llama: mucho encarnado con mucho amarillo— pero Glum tuvo que seguir rodando de nuevo hacia occidente, un hombre de nieve que cada vez se hacía más redondo. Glum se vio arrastrado inopinadamente lejos de Tata, porque había guerra. Fue herido y le devolvieron a oriente hasta llegar otra vez a Tambow, pero Tata ya había desaparecido y nadie sabía dónde había ido a parar. Con su gorra de ferroviaria y con su taladradora en la mano, una buena mañana se había marchado y no había vuelto. Glum se quedó en Tambow y buscó a Tata, pero no pudo encontrar su rastro. Y otra vez lo llevaron hacia occidente, otra vez a la guerra, porque ya estaba curado —días y días rodando hasta llegar a un lugar de reposo, que Glum no llamaba KZ, sino «campo». Allí había perdido los dientes y los cabellos, no sólo de hambre, sino de horror, y cuando Glum pronunciaba las palabras «horror», «horrible», de su boca salía algo horrible, que no eran manzanas ni globos, sino cuchillos, y su rostro se alteraba de tal manera que a Martin le entraba miedo, el mismo que le entraba cuando Glum se reía. Glum reía cuando Bolda entraba en su habitación para cantar con él algún coral. Glum sabía cantar muy bien, su voz tenía un sonido claro y violento. Cuando Bolda empezaba a cantar, Glum se reía y su risa sonaba como si un centenar de cuchillos afilados cruzaran el aire. Si a pesar de la risa de Glum, Bolda seguía cantando, entonces Glum se enfurecía y le decía con aire de súplica:

—Oh, Bolda, me pones nerviozo.

Tío Albert había traído a Glum, le había «recogido» un día que, hecho un monstruo calvo y desdentado, pedía trabajo a la puerta de la fábrica de mermeladas sin que el portero le hiciera el menor caso. Albert le había traído a casa y la abuela se había portado bien con Glum, y eso era un buen punto para la abuela; y también era buena, a pesar de todo, con Bolda.

La palabra «fracasada», que la madre de Martin empleaba tan a menudo aplicándosela a sí misma, se aplicaba también a Bolda. Bolda era una «fracasada»; tenía la misma edad que la de la abuela y siempre que hablaba de su vida daba la impresión de haber sido algo distinto de lo que era actualmente. Primero había sido monja, pero luego se casó; su marido murió y ella se volvió a casar, y cuando la abuela se peleaba con ella, la llamaba «monja exclaustrada» y «doble viuda», y Bolda se reía entre dientes. Bolda era fracasada pero buena, y Glum era extraño, algo inquietante, pero sin embargo, también era bueno. Cuando Bolda explicaba cosas de su vida, lo mezclaba todo: su estancia en el convento, su matrimonio y su viudez, su primera y su segunda viudez. «Cuando estaba en el convento —así era capaz de empezar su relato, y al cabo de dos frases añadía—: cuando tenía la tienda en Coblenza, aparatos eléctricos, sabes, planchas, hornillos...», pero en la frase siguiente ya volvía a estar en el convento y describía su ajuar. «Cuando me quedé viuda por primera vez», pero inmediatamente resbalaba a otro plano: «Era un buen hombre.»

—¿Cuál?

—Pues mi segundo —y, por suerte, no tenía ninguna tienda, sino que era empleado. Trabajaba en la Sipo.[6]

—¿Qué es eso?

—Tú todavía no lo entiendes, pero, afortunadamente, gracias a la Sipo cobro yo mi pensión.

Unas vagas alusiones a las actividades de la Sipo daban a pensar a Martin que tenía algo que ver con inmoral y obsceno y Bolda cobraba su pensión de la Sipo. En los relatos de Bolda desempeñaban un papel ciertas matas de arbustos que, por lo visto, estaban bajo la vigilancia de su marido y a Martin se le ocurría pensar en lo que Grebhake y Wolters habían hecho entre los arbustos, algo obsceno, rostros encendidos, braguetas desabrochadas y olor amargo a hierba fresca. «Marranerías», decía Bolda que a veces entraba cuando él estaba con Glum. Y Glum meneaba la cabeza al oír sus explicaciones, se mostraba tan pacienta y resignado que Bolda acababa cada vez por enfadarse y gritar: «Qué sabes tú de la civilización, tú, viejo... viejo...» y buscaba una palabra pero no lograba decir nada más que «viejo turco», lo cual hacía reír a Glum, y cuando se reía parecía que cien cuchillos afilados cruzaran el aire. Pero, ¿por qué iba a la habitación de Glum si le tenía tanta antipatía? Algunas veces iba a hablar del desayuno, a pesar de que no había nada que decir, porque todos tomaban siempre el mismo desayuno, claro que cada cual distinto, pero cada día el mismo para el mismo individuo. La madre tomaba café de verdad, tan fuerte como el de Albert; a Glum se le hacía café malta y Bolda tomaba leche caliente con miel. Cada uno tenía una cafetera individual con su correspondiente capuchón, y la obligación de Bolda consistía en preparar la cafetera, cortar el pan y poner en un plato mantequilla, embutido de cerdo o mermelada. Pero cada cual, se levantara a la hora que fuera, tenía que ir a buscar su desayuno a la cocina.

Bolda era una fracasada, pero era buena, y mamá era una fracasada —y Martin no sabía exactamente si a fin de cuentas no era también inmoral—: sordo murmullo en la entrada: «¿Dónde andas siempre metida?»

Glum no era un fracasado, pero sí extraño y bueno, y Albert no era ni lo uno ni lo otro, ni extraño, ni fracasado, pero sí bueno. Albert era como los padres de otros muchachos. La palabra «fracasada» tampoco sentaba a la abuela, ni siquiera la palabra «extraña» y —eso Martin lo sabía—, en el fondo, la abuela era buena; no era absolutamente buena, sino sólo en el fondo, y él no comprendía por qué las palabras como absolutamente, en el fondo y sino estaban proscritas en la escuela; con ellas se pedían expresar cosas que de otro modo eran imposibles de decir. Bolda, por ejemplo, era absolutamente buena, mientras que mamá era buena a secas, aunque probablemente, en el fondo, inmoral. Pero este punto estaba todavía por aclarar y Martin sospechaba que aquella aclaración no le aportaría ninguna satisfacción.

Bolda y la abuela se conocían de niñas y se tenían mutuamente por locas; sólo en días de especial emoción —para Navidad o en ocasiones parecidas— se abrazaban y se decían: «Tú y yo hemos guardado juntas las vacas, ¿te acuerdas?» Y hablaban del viento frío de Eifel, de las chozas de troncos, piedras y paja, de las hogueras al aire libre en las que se hacían el café y la sopa, y luego cantaban canciones que nadie comprendía y Glum también cantaba canciones que nadie comprendía, canciones como cuchillos afilados. Pero cuando la abuela y Bolda coincidían en días que no fuesen de especial emoción, lo habitual era que peleasen y la abuela se golpeaba la frente con el índice diciendo: «Siempre has estado loca.» Entonces Bolda se golpeaba también la frente con el dedo y decía: «Y tú siempre has estado chiflada, y además...» Y la abuela gritaba: «Y además, ¿qué?», pero Bolda nunca le contestaba. El motivo de sus peleas solía ser la minuta particular de Bolda: nabos cocidos hasta quedar reducidos a una papilla dulzona, que luego mezclaba con patatas machacadas y aliñaba con leche descremada y margarina derretida..., y sopas de leche descremada que Bolda —según sostenía la abuela— dejaba quemar a propósito. «Ah, las deja quemar adrede para recordarme la miseria de mi infancia, la muy marrana. La echaré de mi casa. Porque esta casa es mía y puedo escoger a quien quiera para vivir en ella. La pondré en la calle.» Pero no la ponía en la calle. Bolda ya hacía tanto tiempo que vivía como Glum; además, a veces la abuela iba humildemente a la cocina y probaba los guisos de Bolda: papilla de nabos, sopa de leche descremada y pan moreno agrio, que Bolda sacaba de alguna tienda recóndita de la ciudad. Entonces, por el rostro rubicundo de la abuela caían las lágrimas, hasta ir a parar al plato en que comía de pie, y una sonrisa de singular bondad atravesaba el rostro flaco y blanquísimo de Bolda y la hacía parecer joven.

A mediodía cada cual tenía que ocuparse personalmente de la comida. Glum tenía su sopa, y en la nevera y en los anaqueles de la cocina estaban sus pepinillos, sus melones, sus patatas y unas grandes roscas violáceas de morcillas, que en realidad no eran tales. Bolda también guisaba para varios días, unas cosas incoloras, en cacerolas esmaltadas de color pardo. La abuela tenía su compartimiento particular en la nevera, el mayor de todos; embutidos y filetes, montones de huevos frescos, fruta y verdura y, a veces, allá a las cuatro de la tarde, con el cigarrillo en la boca, podía vérsela junto al hornillo de gas asando un pedazo de carne y tarareando alguna canción mientras el vaho formaba torbellinos en torno a su nariz. Otras veces llamaba por teléfono a un restaurante y se había traer una comida caliente: fuentes de plata calientes, copas de helado coronadas de nata, vino tinto; incluso hallaba la manera de hacerse traer el café del restaurante. Pero en cambio, había días en que no tomaba nada más que el desayuno, o, vestida con su bata, un Tomahawk en la boca, y protegidas las manos con unos viejos guantes de piel, salía al jardín y cortaba ortigas que crecían en verdaderas colonias a lo largo de la pared enmohecida y alrededor de la glorieta. Elegía las matas más tiernas y verdes, las envolvía en un papel de periódico y luego se iba a la cocina y se hacía una ensalada que acompañaba con rebanadas de pan moreno y agrio, del de Bolda. A veces, mamá se olvidaba de preparar comida para Martin y Albert. Ella comía muy poco; a la hora del desayuno, pan tostado, un huevo y mucho café. Cuando estaba en casa, generalmente no se pensaba en preparar el almuerzo hasta las tres o las cuatro de la tarde: rápidamente, calentaba una sopa de esas que se venden en paquetes, y añadía unos platitos de ensalada variada. A veces, se limitaba a tomar la sopa de la provisión de Glum y calentarla. Para compensarle, le dejaba un trozo de embutido o un paquete de cigarrillos, y, por la noche, Glum añadía a su puchero tanta agua como sopa había sacado mamá y se limitaba a sonreír. Las más veces mamá se marchaba, de repente, sin dejar nada preparado; entonces tío Albert cocinaba algo; tomaba un poco de puré de nabos de Bolda, lo mejoraba con mantequilla y leche y en un santiamén freía un huevo o hacía una tortilla. Pero a veces no había nadie en casa, ni mamá, ni tío Albert, ni Bolda ni Glum, y Martin no tenía más remedio que quitarle sopa a Glum y calentársela, o ir al cuarto de mamá a buscar chocolate y galletas; pues no quería ir a pedir nada a la abuela, que le hubiera frito un pedazo de carne o le hubiera llevado al restaurante, en la ciudad, obligándole a representar con ella la comedia de «La gran duquesa y su vomitón.»

Lo que verdaderamente le gustaba, o sea patatas recién hervidas, recién peladas, humeantes y muy amarillas, con mantequilla y sal, raras veces se lo daban. Aquello era lo que más le gustaba, pero nadie sabía hasta qué punto, ni Albert, ni tío Will. Algunas veces convencía a Bolda de que le hirviera un gran plato de patatas, con un trozo de mantequilla en medio, que se derretía lentamente, y un poquito de sal, muy seca y muy fina, blanca como la nieve, que Martin espolvoreaba con los dedos por encima de las patatas. Había gente que comía patatas todos los días, y Martin los envidiaba: Brielach tenía que hervir todos los días patatas para la cena y, a veces, Martin le ayudaba y, como paga, el otro le daba un par de patatas recién peladas. Había casas —y Martin lo sabía porque lo había visto— en que se hacía de otra manera: se guisaba de un modo regular y para todos los de la casa: verdura, patatas y salsa. Todos comían lo mismo: las abuelas, las madres, los padres y los tíos. Allí no había neveras en las que cada cual guardara sus extrañas especialidades, ni grandes cocinas donde cada cual pudiese guisar lo que mejor se le antojara. En aquellas casas, por la mañana se ponía en la mesa una gran cafetera, margarina, pan y mermelada, y comían juntos, y cada uno se llevaba bocadillos al colegio, a la oficina o al taller; en cambio los huevos eran escasos y sólo para los tíos y los padres. El signo característico de la mayoría de tíos y padres, lo que los distinguía de los demás miembros de la familia era un huevo a la hora del desayuno.

Otros muchachos tenían madres que guisaban, cosían y preparaban bocadillos —incluso las que eran inmorales—; pero su madre sólo guisaba raras veces, no cosía nunca y no preparaba bocadillos. Generalmente era tío Albert quien se acordaba de que había que llevarse un bocadillo a la escuela.

A veces, Bolda se compadecía del muchacho y le preparaba un poco de pan y mantequilla; y era una suerte que la abuela todavía durmiese cuando él se marchaba a la escuela: porque tenía gran empeño en hacer de su nieto un carnívoro, y le cortaba gruesas lonjas de carne de cerdo, fría y roja como la sangre.

Afortunadamente, la abuela se marchaba de viaje durante meses enteros, y entonces era magnífico. Grandes canastas, maletas y paquetes salían camino de la estación en dos taxis abarrotados y, en cabeza de la columna, el taxi de la abuela: un mes entero en verano y otro en invierno. Llegaban postales suyas: montañas, lagos y ríos y «besos, muchos besos para el pequeño y para los demás, incluso para la monja exclaustrada». Y Bolda sonreía de mala gana y decía: «No se lo cantaban en la cuna, eso de que un día frecuentaría los balnearios.» Postales garrapateadas en letras tan grandes como las que aparecían en los paquetes de cigarrillos. La abuela mandaba también paquetes, golosinas pegajosas, insólitas, aplastadas por el calor y por los empleados de correos, juguetes y recuerdos de viaje y «muchos, muchos besos de tu abuelita».

Cuando estaba de viaje, Martin podía pensar con cierta ternura y emoción en su lejana abuelita, porque no se sentía amenazado de un modo inmediato, e incluso había días en que deseaba que estuviera allí, porque, sin la abuela, la casa estaba vacía y silenciosa, y su habitación permanecía cerrada y Martin no podía contemplar nunca el retrato grande de su padre. Ni siquiera se representaba el espectáculo de Sangre en la orina. Y Bolda estaba triste y silenciosa, y lo que más llamaba la atención de Martin era que los numerosos invitados de su madre llenaban menos la casa que la presencia de la abuela.

Pero a medida que se acercaba su regreso, Martin deseaba que no volviera. Nunca quería su muerte; quería que viviera, pero muy lejos, porque sus arremetidas le causaban verdadero pavor. Una vez en casa, la abuela recuperaba el tiempo perdido. Ante todo, un gran banquete: telefoneaba para hacérselo traer; muchachos humildes y pálidos con delantales blancos atravesaban el vestíbulo llevando fuentes de plata, y la abuela los esperaba con los ojos brillantes de avidez, y en la cocina, un cocinero mantenía calientes los demás platos, mientras los muchachos pálidos hacían el servicio entre la cocina y la habitación de la abuela. Filetes sanguinolentos andaban arriba y abajo, verduras, ensaladas, asados y, hacia el final de la comida, el cocinero telefoneaba al restaurante y un rápido cochecito de color manteca traía el café y el helado, pasteles y fruta decorados con nata. Más tarde, el cubo de la basura se llenaba de huesos ensangrentados y la música áspera de cheques arrancados del talonario indicaba el final de la comida y el inicio de la tortura de Martin, porque la abuela, una vez recobradas las fuerzas y chupando un nuevo Tomahawk, le llamaba a su cuarto para recuperar el tiempo perdido.

—Pregunta 51: ¿Cuándo resucitarán los cuerpos de los muertos?

—Los cuerpos de los muertos resucitarán el día del Juicio Final.

—Tu padre cayó en la guerra, ¿verdad?

—Sí.

—¿Qué significa caído en la guerra?

—Muerto en combate, de un balazo.

—¿Dónde?

—Junto a Kalinowka.

—¿Cuándo?

—El día 7 de Julio de 1942.

—¿Y cuándo naciste tú?

—El día 8 de septiembre de 1942.

—¿Cómo se llama el hombre que tuvo la culpa de la muerte de tu padre?

—Gäseler.

—Repítelo.

—Gäseler.

—¿Sabes lo que significa quitarle el padre a un niño?

—Sí.

Efectivamente, lo sabía.

—A lo mejor, le llamaba tres días seguidos a su habitación y le preguntaba las mismas cosas:

—¿Qué nos ordena Dios en el sexto y noveno mandamientos?

—Dios nos manda en el sexto y noveno mandamientos que seamos púdicos y castos.

—¿Cómo se formulan las preguntas sobre la concupiscencia en el examen de conciencia?

Y Martin recitaba rápida y claramente la respuesta:

—«¿He asistido voluntariamente a actos impúdicos?

—¿He escuchado voluntariamente palabras impúdicas?

—¿He pensado voluntariamente cosas impúdicas?

—¿He deseado cosas impúdicas?

—¿He hablado voluntariamente de cosas impúdicas?

—¿He cometido actos impúdicos? (solo o en compañía de otros).»

Martin puntualizaba: entre paréntesis: «solo o en compañía de otros.»

Seguía el sermón final: «Cuando seas mayor ya comprenderás por qué...»

Grebhake y Wolters habían cometido actos impúdicos entre los arbustos: caras encendidas, braguetas desabrochadas y olor amargo a hierba fresca. Su aspecto perturbado y la expresión de una cobardía extraña y turbadora en sus rostros le habían puesto en guardia y le habían hecho sospechar acciones turbias. Martin no sabía qué habían hecho Grebhake y Wolters, pero sabía que había sido algo impúdico. A la última pregunta acerca del sexto mandamiento no sólo tendrían que contestar «sí», sino que tendrían que añadir «en compañía de otros». Desde que sabía lo que Grebhake y Wolters habían hecho, Martin observaba atentamente la cara del capellán en la clase de religión, porque éste los había confesado. Pero el rostro del capellán no se alteraba lo más mínimo al hablar con Grebhake y Wolters. ¿A lo mejor Grebhake y Wolters no lo habían confesado y a pesar de ello habían ido a comulgar? Martin sintió que le faltaba aire cuando se planteó esta posibilidad, y el pánico le hizo volverse rojo como un tomate, hasta el punto de que la abuela le preguntó:

—¿Qué te pasa?

Y Martin contestó:

—Nada, es el humo.

La abuela precipitó su discurso final, arrancó el cheque, y Martin se dirigió a la habitación de tío Albert y antes de entrar, estalló:

—Grebhake y Wolters han cometido una acción impúdica.

Por supuesto, tío Albert se trasmudó, se mordió los labios, se puso algo pálido y preguntó:

—¿Dónde? ¿Qué has visto? ¿Cómo lo sabes?

Le resultaba difícil, pero Martin continuó:

—Entre los arbustos...

Luego balbuceó:

- Pantalones desabrochados, la cara encendida.

Tío Albert acabó de llenar tranquilamente la pipa, la encendió y habló largamente, demasiado largamente quizás: de la unión de los sexos, de la belleza de las mujeres, del sexo. Aparecieron Adán y Eva, y la voz de tío Albert se dejó llevar por un entusiasmo que a Martin se le antojó algo ridículo cuando insistió en hacer el elogio de la belleza de las mujeres y en el deseo que los hombres sentían de unirse con ellas; ligero y oscuro entusiasmo en la voz de tío Albert.

—Por otra parte —añadió Albert, golpeando inútilmente la pipa para vaciarla antes de que el tabaco hubiese terminado de arder y, contrariamente a su costumbre, encendiendo un cigarrillo—, por otra parte, ya sabes que la unión de los hombres con las mujeres es el origen de los niños.

Volvió a hablar de Adán y Eva, de las flores, de los animales, de la vaca de su madre — y otra vez de Adán y Eva; y lo que tío Albert decía tenía el aspecto de algo perfectamente sensato, reposado y claro a pesar de que no explicaba lo que Grebhake y Wolters habían hecho detrás de los arbustos, acción que Martin no había podido observar exactamente, ni siquiera imaginarse: braguetas desabrochadas, caras encendidas y olor amargo a hierba recién cortada...

Tío Albert habló largo rato de «ciertos misterios, a los que en este momento sólo puedo hacer alusión», habló también de oscuros deseos y de lo difícil que resultaba para todos los jóvenes esperar el momento de estar maduros para la unión. Volvió a hablar de las flores y de los animales. —Así, por ejemplo, una ternera, no se une todavía con un toro y no puede reproducirse, ¿verdad?, a pesar de que ya tiene un sexo definido. Todos los animales, todas las personas tienen un sexo determinado.

Hablando, hablando, tío Albert fumó un montón de cigarrillos, y en algún momento, se hizo un lío con las palabras.

La idea de inmoral, de tío y de matrimonio obsesionaban a Martin.

—¿Tú también estabas casado cuando vivías en Inglaterra?

—Sí.

—¿Y te uniste con tu mujer?

—Sí —contestó tío Albert, y por más que Martin le observó, no pudo descubrir la menor turbación ni la menor alteración en su rostro.

—¿Por qué no tienes hijos?

—Pues porque no nace un niño de cada unión.

Volvió a hablar de las flores, de los animales, pero no dijo nada de Adán ni de Eva; Martin le interrumpió para decir:

—Entonces es verdad lo que yo me figuraba.

—¿Qué te figurabas?

—Que una mujer puede ser inmoral aunque no tenga hijos del hombre con el cual se une, como la madre de Welzkam.

—¡Caramba! —replicó tío Albert—, ¿cómo has ido a parar a eso?

—Porque la madre de Brielach es inmoral, tiene una hija y se ha unido con un hombre con el cual no está casada.

—¿Quién ha dicho que la madre de Heinrich sea inmoral?

—Brielach oyó cómo el rector se lo decía al inspector de estudios: «Vive en un ambiente nefasto, su madre es una inmoral.»

—Ah —dijo tío Albert, y Martin vio que estaba indignado y añadió, aunque más tímidamente:

—Es verdad, Brielach lo oyó, y sabe perfectamente que su madre es inmoral.

—¿Y qué más?

—Pues —contestó Martin—, pues que la madre de Welzkam también es inmoral, aunque no haya tenido hijos. Yo ya lo sé.

Tío Albert no contestó nada, sólo le miró sorprendido y muy cariñoso.

De pronto, Martin dijo una cosa que se le acababa de ocurrir en aquel mismo momento:

—Obsceno es lo que hacen los niños e inmoral lo que hacen las personas mayores — pero ¿acaso se unieron Grebhake y Wolters?

—No, no —replicó rápidamente tío Albert y esta vez se sonrojó—, fue perturbación, estaban perturbados, están perturbados. No vuelvas a pensar en ello y pregúntame cada vez que oigas algo así y no lo entiendas.

La voz de tío Albert se hizo muy insistente y grave, pero no dejó de ser cariñosa:

—¿Me oyes?, pregúntame siempre. Es mejor que hablemos de esas cosas. Yo no lo sé todo, pero lo que sepa te lo diré. Puedes estar seguro. No tengas reparo en hacerme preguntas.

Todavía quedaba la palabra que la madre de Brielach había dicho al pastelero; Martin se acordó de ella y se ruborizó, pero jamás se atrevería a pronunciar aquella palabra.

—¿Qué te ocurre? —le dijo tío Albert—. ¿Hay algo más?

—No —contestó Martin, y le dio vergüenza preguntar si su madre también era inmoral. Esta pregunta la haría más adelante, mucho más adelante.

A partir de aquel día, tío Albert se ocupó mucho más de Martin que antes, se lo llevaba consigo en el coche, y al muchacho le pareció que su madre también era distinta que antes. A partir de aquel día fue distinta, y Martin pensó que tío Albert le había hablado. A veces se iban los tres en el coche, y Brielach podía ir a su casa tan a menudo como quisiera, y algunas veces se llevaban también a Brielach cuando salían en el coche al bosque, o a los lagos, o iban a tomar un helado o al cine.

Como si lo hubiesen convenido, uno de ellos le repasaba cada día los deberes de la escuela, le tomaba las lecciones, le ayudaba y ambos —mamá y Albert— estaban muy cariñosos con él. Mamá tenía más paciencia que antes y se quedaba más a menudo en casa y cada día le hacía la comida del mediodía y, durante algún tiempo, incluso le hirvió patatas; pero eso sólo durante algún tiempo. La paciencia de mamá no duró mucho; luego, la mayor parte de los días estaba otra vez fuera de casa y no siempre había almuerzo. Martin no podía contar con su madre como contaba —en otro aspecto— con Glum, Albert y Bolda.

 

XI

 

Nella, detrás de la cortina verde, estaba fumando. Enviaba las grises nubes de humo al espacio entre la cortina y la ventana y observaba cómo el sol deshilachaba las volutas y cómo subían en tenues mechones hacia arriba: mezcla incolora de polvo y humo. La calle estaba desierta; delante de la puerta estaba parado el coche de Albert, con la cubierta mojada por la lluvia nocturna, que no había dejado rastro en la calzada. En aquella misma habitación, detrás de la cortina verde, Nella, veinte años atrás, esperaba a jóvenes pretendientes que con la raqueta de tenis en la mano bajaban la avenida corriendo, héroes bobos y enternecedores que no sospechaban que ella los estaba observando y que, a la sombra de la iglesia de enfrente, rectificaban rápidamente su peinado, se examinaban las uñas y contaban disimuladamente el dinero que se sacaban del monedero para guardárselo suelto en el bolsillo, detalle que a su juicio les daba una apariencia de aplomo. Tener aplomo, para aquellos jóvenes héroes, era esencial; llegaban jadeando ligeramente, pisaban las flores rojas de los castaños del jardín —caídas con las primeras lluvias— y, a poco, Nella oía sonar el timbre. Pero incluso los que más aplomo tenían hablaban, pensaban y actuaban como los jóvenes y despreocupados jugadores de tenis de las películas. Sabían que decían tonterías —pero eso también les daba aplomo—; lo que ocurría era que, en realidad, eran tontos. Ahora, un joven héroe bajaba por la avenida con la raqueta de tenis en la mano, se peinó rápidamente a la sombra de la iglesia, se examinó las uñas, se sacó el dinero del monedero y se lo guardó suelto en el bolsillo. ¿Era un fantasma que atravesaba la alfombra de hojas rojizas, o estaba viendo una película? A veces, las películas que veía le parecían la vida real, de la que ella misma se había excluido mediante el pago de un marco ochenta, y la vida se le antojaba ser una mala película. No había duda: ante sus ojos había unos mechones de humo oscuro, el suave velo gris que caracteriza las películas viejas, en el momento en que el joven héroe con la raqueta de tenis en la mano salía de la sombra de la iglesia a la calle para ir a casa de una muchacha de la vecindad.

Sin volver la espalda, Nella preguntó:

—¿A esta hora ya se juega en los campos de tenis?

—Claro que sí, mamá —contestó Martin—, hay algunos que incluso empiezan más temprano.

Claro, en otro tiempo también era así — sólo que ella nunca lo había aprovechado, porque le gustaba dormir hasta muy tarde y el tenis no la entusiasmaba. Lo que le gustaba era el campo cubierto de arena roja y las botellas de limonada verde, muy verde en las mesas blancas; el aroma intenso del aire, el olor salobre de las nubes que subían del Rin, con un asomo de amargor cuando pasaba algún barco recién embreado, y los gallardetes de los barcos que ondeaban lentamente por encima de las copas de los árboles como accesorios de teatro movidos por alguien sentado detrás de las bambalinas. Nubes de humo negro como la pez, estridor de las sirenas, ruido de las pelotas contra las cuerdas de las raquetas —discreto tamborileo que en algunos momentos se intensificaba—, y gritos agudos y breves de los jugadores.

El joven héroe pasó corriendo por delante de la casa, ella, además, le conocía: sólo los Nadolte tenían aquella tez aceitunada en combinación con el cabello claro, extraña anomalía de pigmentación que ya había dado a Wilfried Nadolte —padre del joven héroe— el mismo encanto que adornaba a aquel efebo. Probablemente, éste tendría también aquel sudor de olor penetrante que tomaba reflejos verdosos sobre la piel amarillenta de todos los Nadolte y les hacía parecer cadáveres salpicados de vitriolo. El padre, aviador caído en el Atlántico, no fue encontrado jamás, pero este final altamente poético —«Ícaro muerto por unos pérfidos perseguidores» había dicho el cura en aquella época—, no impedía al hijo interpretar ahora una mala película, como un comparsa que se tomaba las cosas en serio pero que hacía bien su papel: tenía exactamente el aspecto que deben tener los malos jugadores de tenis en las malas películas.

Nella aplastó la punta de su cigarrillo sobre la estrecha baranda de mármol que guardaba todavía el rastro de la lluvia nocturna, y posó su brazo derecho, ahora libre, en la abrazadera de brocado de oro que, al igual que las cortinas, había sobrevivido a la guerra. Cuando era niña, deseaba crecer bastante para poder, de pie junto a la ventana, apoyar la mano derecha en la abrazadera. Ya hacía mucho tiempo que había crecido lo bastante, pues desde hacía veinte años podía apoyar la mano en la abrazadera.

Nella oía a Martin que desayunaba detrás de ella, sentado a la mesa; le oía mover un poco la cafetera al quitarle el capuchón, le oía untarse el pan, rebañar con la cuchara el bote de la mermelada, oía el ruido que hacía el pan tostado entre sus dientes y el tradicional golpecito a la cáscara de huevo vacía, colocada del revés en la huevera: clac, y el zumbar del tostador eléctrico. Cuando se levantaba lo bastante temprano para desayunar con Martin, la habitación se llenaba de olor a pan ligeramente quemado y se oía el ruido del agua en el cuarto de baño, donde Albert se lavaba. Pero hoy no se oía el agua. Por lo visto, Albert no se lavaba.

—¿Todavía no se ha levantado tío Albert?

—Sí —contestó el muchacho—, ¿no le oyes?

Nella no le oía. Sólo hacía tres días que se levantaba temprano y ya tenía la impresión de continuidad y orden: pan tostado, huevo, café y aquella expresión de felicidad en el rostro de Martin, que gozaba de poder desayunar por la mañana con su madre, que la contemplaba mientras ponía la mesa, observando uno por uno todos sus ademanes cuando servía el café. Fuera, en la calle, volvía a pasar el joven Nadolte con una muchacha, bonita y joven, que obedeciendo a su obligación, descubría su deslumbrante dentadura, y dócil a las instrucciones del director de escena, exponía esperanzada a la suave brisa de poniente su naricita algo respingona e impaciente. «Sonríase» —y la muchacha sonreía— «sacuda la cabeza» y ella sacudía la cabeza: comparsa bien entrenada para quien se acercaba la hora del papel principal ¿Tendría ocasión de oler aquel extraño sudor de los Nadolte, que —en el momento en que una se besaba con un Nadolte entre los verdes arbustos— daba a sus caras aquel aspecto de hojas de lechuga mustia?

Hasta entonces Nella no oyó el ruido del agua en el cuarto de baño y supo que Albert se estaba lavando. Hacía veinte años que le conocía, y él quizá se figuraba conocerla a ella, pero en esos largos veinte años Albert no había comprendido hasta qué punto los objetos de aseo masculinos ejercían sobre ella una fascinación erótica ni hasta qué punto la torturaba tener que compartir el cuarto de baño con él. Cada mañana, cuando Nella se lavaba, se enamoraba de la indiferencia que irradiaba de su máquina de afeitar, como un aroma que despierta simpatía: a menudo los dedos de Nella acariciaban suavemente el tubo torcidamente aplastado de la pasta de afeitar y la caja metálica de color azul que contenía la crema suavizadora y que hacía ya cinco años que duraba. Su cepillo de los dientes, su peine, su jabón, y su polvorienta botella de agua de colonia, cuyo contenido no parecía disminuir jamás. A ella le parecía que hacía años que el nivel del agua de colonia no se movía de la altura de la boca de la rosada mujer que adornaba la etiqueta. Aquella mujer había envejecido en su etiqueta, ajada belleza que sonreía cansina a través de su propia caducidad —al igual que, cuando estaba nueva, había mirado esperanzada a lo lejos—; ahora, envejecida de cara, descuidada en el vestir, belleza mustia no acostumbrada a esos malos tratos. La botella llevaba así muchísimo tiempo. Evidentemente, Albert no comprendía que era una tortura para ella vivir tan cerca de un hombre por quien sentía tanta simpatía como por él. ¿Por qué aquella mortal austeridad que le hacía exigir el matrimonio?

Nella conocía a un hombre por la manera como iba al teléfono. La mayoría van al teléfono como lo hacen los hombres en las películas mediocres, con una expresión que lo mismo puede significar importancia que indiferencia. Dan largas zancadas y su rostro lo mismo podría significar «déjenme en paz» que «conque me necesitan, ¿eh?». Luego, cuando hablaban, incluso en diálogos sin importancia —¿y qué diálogo hay que sea importante?— procuraban introducir palabras como «cambiar de actitud», o «no precipitar la decisión». Finalmente, el momento decisivo de colgar el auricular. ¿Había alguien capaz de colgar un auricular de modo distinto que un mal actor? Albert lo sabía hacer, y Rai lo había sabido. ¿Quién es capaz de resistir a la tentación de mezclar a sus telefonazos algún rasgo de ingenio sacado de lugares comunes, como se entretejen flores artificiales en una corona de ramas salvajes? Tampoco había apenas ningún hombre que supiera fumar de un modo distinto de como se fuma en las películas. En el mundo no hay más que imitadores — y Albert era tal vez natural porque iba tan poco al cine. Muchas veces Nella deseaba su indiferencia y, cuando salía con gente estúpida, se echaba en cara su pérdida de tiempo y su inútil derroche de sonrisas.

Su maleta estaba preparada; iría a aburrirse durante tres días en Brernich, mientras Albert saldría con el niño. La sola idea de tener que escuchar a Schurbigel era como pensar en que la condenasen a pasarse toda la eternidad en un salón de peluquería: calor dulzón, agradable y repugnante a la vez — y toda aquella «gente simpática» que el padre Willibrord le presentaría. «¿No se conocían ustedes? Pues ya era hora de que los presentara.» ¡Oh, estar condenada a esas frases amables! ¿Albert estaba verdaderamente sorprendido de que ella cayera inmediatamente en la trampa, en cuanto alguien era o aparentaba ser amable?

Nella se apartó de la ventana, se acercó lentamente a la mesa ovalada y se sentó en el sillón verde.

—¿Queda todavía un poco de café?

—Sí, mamá.

Martin se levantó, quitó cuidadosamente el capuchón a la cafetera y le sirvió café. Por poco no derramó el bote de mermelada. Generalmente, se movía con calma, casi con demasiada lentitud; pero cuando hablaba con ella o tenía que hacerle algo, se precipitaba de puro querer aparentar desenvoltura. Ponía una cara solícita, casi preocupada, como hacen los mayores cuando tratan con niños desvalidos, y a veces, suspiraba como suspiran los niños agobiados por algún gran pesar. Martin volvió a enchufar el tostador, puso un par de rebanadas en las platinas y esperó a que el pan se tostara; luego sacó las tostadas y las dejó al borde de la cesta del pan.

—¿Quieres algo más?

—No; es para Albert.

—¿Y su huevo?

—Está aquí.

Martin se levantó sonriente, fue a su cama, levantó la almohada y descubrió el huevo, moreno y limpio.

—Es para que se mantenga caliente. A Albert no le gustan los huevos fríos. Y aquí hay café para él.

El cuidado que tenía para con Albert era distinto del que tenía para con ella. Quizás era porque Albert, que le hablaba más de su padre, había asumido el papel de amigo indispensable. En todo caso, cuando hacía algo para Albert se mantenía perfectamente sereno.

Nella le hablaba poco de Rai. Sólo raras veces sacaba la carpeta donde guardaba los poemas de Rai: recortes de periódicos, manuscritos y aquel folleto de veinticinco páginas con cubierta azul que se citaba en todos los artículos sobre lírica moderna. Durante algún tiempo, Nella se había sentido orgullosa cada vez que encontraba el nombre de Rai en los índices de las antologías, o cuando se recitaban sus poemas por la radio y a ella le enviaban los derechos de autor. Hombres a quienes jamás había conocido ni hubiese querido conocer, iban a verla: jóvenes vestidos con rebuscado desaliño y que saboreaban ese desaliño como quien saborea el coñac, sin convencerse nunca más allá de la justa medida. Y cuando la había visitado alguna de esas personas, Nella sabía que en alguna parte aparecería una vez más un artículo sobre lírica moderna. A temporadas su casa se convertía en un lugar de peregrinación; los artículos brotaban en los periódicos como crecen las setas después de una lluvia de verano; afluían derechos de autor; los poemas de Rai se reeditaron dos veces. Pero luego, aquellos jóvenes vestidos con rebuscado desaliño descubrían nuevas víctimas y Nella tenía una temporada de reposo: Rai no reaparecería hasta la próxima calma chicha, porque era un tema que siempre resultaba actual: un poeta muerto en la campaña de Rusia, adversario del régimen —¿no era acaso Rai el símbolo de la juventud estúpidamente sacrificada?— y, desviando un poco el punto de vista, ¿no era acaso el símbolo de una juventud sacrificada conscientemente? En los discursos del padre Willibrord y de Schurbigel, ¿no se percibían acaso extrañas resonancias? Lo cierto era que Rai se había convertido en uno de los temas favoritos de los ensayistas y había legiones enteras de jóvenes vestidos con rebuscado desaliño que escribían ensayos, ocupados incansablemente en crear símbolos. Asiduos, pulcros, diligentes, con un entusiasmo ni excesivo ni insuficiente, iban tejiendo el tapiz de la cultura; farsantes de hábiles manos que, cuando se encontraban, se sonreían mutuamente como los antiguos arúspices. Las entrañas les eran ofrecidas de balde y ellos sabían cómo extraer una profecía de aquellas míseras tripas; entonaban tibios himnos ante un corazón recién arrancado y, en recónditos laboratorios, limpiaban de excrementos los intestinos del holocausto y negociaban secretamente con el hígado. Desolladores disfrazados, en lugar de fabricar jabón con los cadáveres, fabricaban o hacían fabricar cultura. Desolladores y profetas, hurgaban en los cubos de la basura y cantaban solemnemente sus resultados —o en todo caso sonreían cuando se encontraban, sonreían como arúspices, y Schurbigel, pescador en agua turbia con horizonte humano y peluquero supradimensional, era su pontífice.

Por un lado, Nella sentía un odio inmenso y, por otro, se daba cuenta con angustia de que iba a parar a las mismas ideas que Albert, que estaba a punto de caer presa de sus redes.

 

Mientras Rai vivió, Nella había esperado el correo con voraz constancia como una fiera enjaulada aguarda su comida: con la mano derecha apoyada en la abrazadera de brocado de oro, esperaba detrás de la cortina verde sin perder de vista al cartero; cuando éste volvía la esquina de la casa parroquial, su primer paso decidía el día de Nella: si atravesaba la calle y se dirigía en línea recta hacia su casa —lado de un ángulo perfectamente calculable y visible—, Nella sabía que él traería algo, pero si se desviaba inmediatamente y tomaba la diagonal invisible que conducía a la casa de al lado, toda la esperanza de aquel día quedaba desvanecida. Nella clavaba entonces las uñas en la tupida ropa verde y deshilachaba el tejido, pero permanecía todavía en pie con la vana esperanza de que el cartero se hubiese equivocado y volviera atrás. Pero el cartero no se equivocaba nunca y nunca volvía atrás una vez había emprendido la diagonal que pasaba por delante de la casa. A veces, cuando le veía continuar calle abajo, se le ocurrían pensamientos absurdos: el cartero quizás interceptaba las cartas o tal vez participaba en alguna conjuración contra ella, contra Rai, era un sádico en uniforme azul marino bordado con la trompa amarilla, emblema del cuerpo de Correos, un hipócrita disfrazado de hombre honrado. Pero el cartero no era ni sádico ni hipócrita; era verdaderamente honrado y sentía por ella una sincera devoción: Nella se daba cuenta cuando le llevaba alguna carta.

Ahora ya hacía años que no sabía qué aspecto tenía el cartero, ni cómo se llamaba, ni a qué hora pasaba. A una hora cualquiera, había alguien que echaba impresos en el buzón, echaba también cartas y en un momento cualquiera había alguien que recogía estos impresos y estas cartas: ofertas de sostenes, de Riesling, de cacao. A Nella no le interesaban. Hacía diez años que no leía ninguna carta, ni siquiera las dirigidas a ella. Algún joven desenvuelto —contemplador de triquina cultural, descubridor de símbolos de las entrañas de los difuntos— se había quejado al padre Willibrord, pero ella no leía absolutamente ninguna carta. El único amigo que tenía vivía en la habitación contigua a la suya y cuando se marchaba por un par de días, había el teléfono. Lo importante era no volver a leer nunca más ninguna carta. Habían llegado cartas de Rai cuando él ya estaba muerto, cuando Nella ya sabía que estaba muerto. ¡Oh correo infalible, tarea pulcra, organización digna de todo elogio, completamente inocente, que traía respuesta a preguntas que ya no se formulaban!

Sobre todo, nada de cartas. Los pretendientes podían llamar por teléfono; si escribían, no tenían que contar con que se les contestara. Todas las cartas, sin ser leídas, iban a parar al gran cubo de la basura, que el basurero recogía puntualmente.

Hacía once años que había leído la última carta, cuatro líneas de Albert: «Rai ha muerto. Murió ayer, víctima de un puntillo. Apúntate el nombre del culpable: se llama Gäseler. Te escribiré más extensamente.»

Nella había grabado en su memoria el nombre de Gäseler, pero ya no abrió ni siquiera las cartas de Albert, de manera que no se enteró de que había pasado medio año en el calabozo: elevado precio de una bofetada a un lindo rostro de hombre ordinario. Nella no abrió tampoco la notificación oficial de la muerte de su marido, que el párroco les entregó — y se negó a recibirle: voz patética de sombrías vibraciones que rezaba por la patria, imploraba la victoria, propagaba la emoción patriótica; Nella no le quiso ver. El párroco, de pie con su madre ante la puerta de su cuarto, había gritado: «Abra usted, querida Nella— por favor, abra usted.» Y oyó que murmuraba: «Esperemos que la pobre criatura no cometerá un disparate.» No, no, Nella no estaba dispuesta a hacer un disparate. ¿Ignoraba el párroco que estaba encinta?

Nella no deseaba oír la voz del párroco: falso patetismo, retórica artificiosa de seminario que al pronunciar determinadas palabras imprimía a la voz unas determinadas inflexiones, oleadas de sentimientos falsos: mentiras tan fáciles de captar como movimientos sísmicos, redundancias sabiamente entretejidas —y luego aquella voz de trueno cuando aparecía la palabra infierno—. ¿A qué tanto gritar, a qué tanto ruido, a qué derramar sobre miles y miles de personas aquel énfasis falso, aquel énfasis que el profesor de retórica del seminario había inculcado a dos generaciones de sacerdotes?

«Abra usted, por favor, querida Nella.»

¿Para qué? Te necesito porque necesito a Dios y Dios me necesita a mí y cuando me seas indispensable ya iré a verte: sigue haciendo rodar las erres de «Patria» y «Führer»; haz ondear la ele de pueblo, y escucha el eco vano que tu elocuencia artificial produce en la capilla bautismal: «.ührer —.ueblo —.atria».

«Esperemos que no cometerá un disparate.»

No cometeré ningún disparate, pero no abriré la puerta: millones de viudas, millones de huérfanos para.atria —.ueblo — .ührer: aunque tú, eco incorruptible, no me devolverás a Rai.

Oyó jadear al párroco en el vestíbulo, le oyó cuchichear con su madre y por un instante se compadeció de él hasta que volvió a su oído el eco patético.

¿Se cerraba el círculo con Gäseler? Aquella carta de Albert, diez años antes, y ahora el padre Willibrord sonriendo amablemente: «¿Puedo presentarte al señor Gäseler?» Invitación para ir a Brernich — la maleta estaba preparada junto a la biblioteca.

La calle estaba desierta. Todavía era temprano, el carrito del lechero no había llegado aún, las bolsas con los panecillos colgaban todavía en las puertas de los jardines —y en la habitación contigua, Martin y Albert reían y Albert le tomaba la lección: «Si quieres acordarte de los pecados, Señor»—, nueva risa, película en la que ella quería tener ningún papel: felicidad familiar. Niño sonriente, futuro padre sonriente, madre sonriente: equilibrio y felicidad y futuro. Todo le parecía tan trillado, tan sospechosamente cercano, tan sabido: niño sonriente, madre sonriente y, completando el conjunto, Albert sonriente como un padre. No, Nella encendió un cigarrillo y se quedó contemplando el humo que subía, en volutas azules e inéditas, de la mano con que lo sostenía, sin acordarse de chuparlo. ¿Verdad que a la esposa de Albert le habían gustado más los globos que los muebles, lo provisional más que lo duradero, que había preferido las pompas de jabón a las provisiones de ropa blanca? ¡Oh, la ropa blanca limpia en el armario del ama de casa! Padre sonriente, hijo sonriente — pero ella no quería hacer el papel de madre sonriente a cambio de una mentira cuyo eco era devuelto por la capilla bautismal.

El cigarrillo se consumía lentamente en su mano: humo azulado y transparente que formaba inestables dibujos; y en la habitación contigua la voz del muchacho que recitaba la lección a Albert: «Desde el fondo del abismo clamo a Ti, Señor...»

Nella había pasado años imaginándose cómo hubiera podido ser todo: más hijos, y la casa y para Rai la ocupación que siempre había soñado — imagen de una felicidad acariciada desde la pubertad hasta la edad madura, ensueño mantenido a través de la época nazi y de la guerra, ilusión de la que siempre hablaba en sus cartas: publicar una revista, ensueño de todos los hombres que se ocupan de literatura.

Nella conocía por lo menos veinte hombres que proyectaban publicar una revista. El propio Albert ya hacía años que estaba en tratos con el propietario de una imprenta, de la que él era asesor artístico. Su proyecto era fundar una revista satírica.

A pesar de sus bromas —bromas, por otra parte, cordiales— este proyecto le hacía ilusión. Estar con Rai en una misma habitación que fuera al mismo tiempo mesa de redacción: con libros que se amontonaran por todas partes, galeradas, conferencias telefónicas interminables hablando de las nuevas publicaciones y todo ello en la embriagadora certidumbre de que se habían acabado los nazis y la guerra había terminado. Mientras todavía hubo guerra, Nella consiguió ver esta película. Vio exactamente cómo era aquella vida, olió el aroma amargo de la tinta de imprenta sobre papel ordinario, se vio arrastrando el carrito del té hasta la habitación, tomando café con las visitas, ofreciendo cigarrillos de unas grandes cajas metálicas de color azul, mientras los niños alborotaban en el jardín. Imagen de una revista para Cultura del Hogar: niños jugando alrededor de un surtidor, persianas bajadas, galeradas encima de la mesa, corregidas con febril entusiasmo: la letra de Rai, en lápiz muy blando y muy negro. Imagen viviente de una revista para Cultura del Hogar: en casa de un escritor —tenue luz verde y la impresión general de felicidad— y alguien al teléfono, Albert que decía: «¿Qué tal?, ¿has leído el nuevo Hemingway? —No, no, la crítica ya está en marcha.»— Risas, y Rai tan feliz como podía serlo aun en 1933. Nella desarrollaba la imagen con todo detalle, veía a Rai, veía sus propios trajes, los cuadros que colgaban de las paredes, se veía a sí misma inclinada sobre grandes platos «de un gusto refinado», mondando naranjas, amontonando nueces y, en sus sueños, inventaba bebidas que ofrecería en los días de intenso calor: jugos maravillosos, rojos, verdes y azules en los que nadaban trocitos de hielo y burbujas de ácido carbónico — y Rai, que rociaba de sifón los rostros de los niños que entraban acalorados del jardín. Y Albert al teléfono: «Qué hombre tan dotado, ese Bosulke.»

Película rodada hasta el final, pero que no había podido ser estrenada, interrumpida por un insignificante embrollón.

- ¿Quién podrá salvarse en tu juicio? —decía Martin en la habitación contigua, y Albert golpeó la pared con el puño cerrado y gritó.

—El teléfono para ti. Nella.

Ella contestó:

—Ya voy, gracias.

Y entró a paso lento en la habitación de Albert. Éste también figuraba en sus sueños, era el amigo indispensable para el cual preparaba bebidas refrescantes con especial cariño. Albert se quedaba cuando se marchaban todos los demás. Pero cuando le vio ahora sentado en su cama, medio panecillo con mermelada en la mano. Nella se asustó: había envejecido, tenía el aspecto cansado, su cabello ya no era tan espeso; no había manera de hacerle entrar en aquella película tan ramplona.

Nella echó una mirada a Albert, le dio los buenos días y en su cara leyó que Gäseler no había dicho su nombre. Martin, con un libro en la mano. estaba junto a la cama de Albert recitando:

- Vuelve tu mirada misericordiosa...

- Por favor —dijo Nella— calla un momento.

Tomó el auricular y dijo:

- Hallo.

Llana, cercana, la voz salía de la película, en la que no hubiera querido tener ningún papel; de pronto, se sintió proyectada bruscamente en aquello que tanto odiaba, en la realidad, en la actualidad.

—¿Es usted, Nella?

—Sí.

—Aquí, Gäseler.

—Espero, que...

—No, no he dicho ningún nombre. Sólo llamo para confirmar lo que convinimos.

—Claro que sí —contestó ella.

—Le han reservado una habitación, y el padre Willibrord se alegra de que haya usted accedido a venir. Será formidable.

—Claro que iré —dijo Nella excitada, pero su excitación era debida a que no había tomado su cigarrillo; era absurdo telefonear sin un cigarrillo en la mano.

Gäseler se calló durante medio segundo, luego dijo tímidamente:

—Bien; así la espero tal como quedamos, delante del Banco de la Confianza. —Y añadió, más tímidamente aún—: Estoy encantado, Nella. Hasta ahora.

—Hasta ahora —contestó ella secamente y colgó el auricular. Se quedó mirando el aparato y mientras lo miraba, se le ocurrió pensar que, en las películas, después de un diálogo decisivo, las mujeres se quedan mirando el teléfono con aire meditabundo, igual que ella ahora. En las películas, lo hacían las mujeres que concertaban una entrevista con su amante en presencia del marido, mujeres que luego miraban melancólicamente a éste, a los hijos y al hogar, sabiendo «lo que abandonaban», pero sabiendo que «tenían que obedecer a la llamada del amor».

Nella apartó violentamente su mirada del aparato telefónico. suspiró y dirigiéndose a Albert dijo:

—Me gustaría hablar contigo cuando Martin se haya marchado. ¿Tienes que salir?

¡Oh, qué voz tan dulce la de mamá! Martin echó una mirada al despertador que había en la mesita de noche de Albert y dijo:

—¡Señor! ¡Si es tardísimo!

—Anda —dijo Nella— date prisa.

Siempre ocurría lo mismo: no tenían en cuenta el tiempo hasta el último momento y, entonces, tenían que arreglar la cartera a toda prisa y preparar y envolver un bocadillo.

Nella y Albert ayudaron al muchacho a meter los libros en la cartera; Albert corrió a la cocina a prepararle el pan y mantequilla, Nella le besó en la frente y le dijo:

—¿Quieres que te escriba una nota de excusa? Van a dar las nueve y no llegarás a tiempo.

—No —replicó Martin resignado—. No sirve de nada. El maestro ya no lee las excusas. El día que llego puntual, toda la clase se echa a reír.

—Pero esta noche nos marcharemos al campo. Ahora vete. Mañana no tienes clase.

Albert, con cara de culpable convicto de su delito, estaba de pie junto a su cama.

—Lo siento, Martin —dijo—; sí, esta noche nos marchamos al campo.

Cuando el muchacho ya había franqueado la puerta, Nella le volvió a llamar, le besó otra vez y le dijo:

—Tengo que salir de viaje, pero Albert ya cuidará de ti.

—¿Cuándo volverás?

—Pero déjale que se vaya —dijo Albert— es fastidioso para él llegar siempre tarde.

—Tanto da —dijo Martin— de todas maneras llegaré tarde.

—No lo sé —contestó Nella— tal vez esté fuera un par de días, pero probablemente volveré mañana por la noche.

- Está bien —dijo el muchacho y ella esperó inútilmente una palabra de sentimiento. Nella le metió una naranja en el bolsillo y el muchacho se marchó con paso lento.

La puerta de la habitación de Albert había quedado abierta. Nella dudó un momento; luego cerró la puerta y volvió a su cuarto. El cigarrillo sobre el antepecho de mármol de la ventana estaba casi totalmente consumido y de él salían espesas nubes de humo azulado. Nella lo aplastó, lo echó en el cenicero y vio que en el antepecho las manchas amarillentas eran cada vez más numerosas. El muchacho atravesó lentamente, muy lentamente la calle y desapareció detrás de la esquina de la casa parroquial. La calle se había animado un poco, el lechero discutía con las criadas y un hombre flaco tiraba pesadamente de un carrito y, con voz melancólica, ofrecía lechugas: verde intenso y violento como el de las limonadas en el campo de tenis. El lechero y el hombre que arrastraba sus lechugas por la calle, desaparecieron, pero en cambio aparecieron mujeres cargadas con sus bolsas de la compra y un vendedor ambulante inició la línea invisible que, en otro tiempo, recorría el cartero cuando le llevaba el correo: maleta abierta, atada con cordeles, y una expresión de total ausencia de esperanza en el rostro del hombre que, inclinando el cuello, empujó la puerta del jardín.

Nella le vio como hubiera visto una película, y el hecho de que efectivamente llamara el timbre, la asustó. ¿No era, pues, únicamente la oscura sombra que convenía introducir en la composición de una película soleada, en su ensueño tentadoramente irreal de la oficina de redacción con galeradas y bebidas refrescantes? El timbre sonó tímidamente y Nella esperó a que Albert fuera a abrir, pero en vista de que Albert no se movía, se dirigió a la entrada y abrió la puerta. La maleta ya estaba abierta: cartones de goma elástica, botones cosidos sobre tarjetas, y aquella rubia de cariñosa sonrisa de la botella de agua de colonia de Albert: todo muy ordenado, muy nuevo: una amable cortesana «rococó», que con la mano hace señas de despedida a la carroza que se aleja. Pañuelo de seda y árboles a la Fragonard en el fondo, ambiente realzado con efectos vaporosos y lejos, muy lejos, en el fondo, el pañuelo del amante, que saluda a su vez desde la portezuela de la carroza que se aleja sin perder tamaño; papel ligeramente espolvoreado de oro — verde de los árboles a la Fragonard, y la mano delicada y diminuta, que sostiene el pañuelo, es una manita rosada, anunciadora de caricias. El vendedor ambulante miró a Nella con aire sorprendido; no se atrevía a esperar que le comprara nada. Precisamente aquello, lo más precioso que había en la maleta, el vendedor sabía que sí se lo compraría, pero no se atrevía a esperar, no se atrevía a creer que la moneda de plata, aquella tan grande y tan redonda, iría a parar efectivamente a su bolsillo. Su esperanza era más débil, su fe menos vigorosa que su certidumbre: mortal cansancio de un rostro marchito. Nella tomó la botella y preguntó en voz baja:

—¿Cuánto es?

—Tres marcos.

Y se puso pálido de miedo, porque en efecto había sucedido, contra toda esperanza, contra toda fe. El hombre suspiró cuando Nella tomó otro objeto; una vez más, aquella hermosa mujer, que ahora se lavaba las manos en una jofaina de porcelana. Deditos rosados, anunciadores de caricias, se lavaban aquí en una gran abundancia de agua limpísima, jardines a la Fragonard vistos a través de ventanas abiertas — y el escote «blanco como el alabastro» de aquella belleza en el envoltorio de una pastilla de jabón.

—¿Cuánto es? —dijo tomando una pastilla de jabón.

—Un marco —contestó el hombre y su rostro expresaba casi furor, furor por tanta esperanza realizada, de la que podría nutrirse quince días, primicias de una felicidad que él aceptaba con sentimientos contradictorios, sospechando en el fondo que «eso acabaría mal».

- Así, pues, en total serán cuatro marcos, ¿no? —dijo Nella.

El hombre asintió con la cabeza, como si se quitara un peso de encima.

Ella le dio cuatro marcos en monedas de plata y puso tres cigarrillos en la tapa de la maleta.

El hombre, en su asombro, no acertaba a dar las gracias; se limitó a mirarla fijamente y aceptar la sonrisa gratuita, fácil, que Nella le dedicó. Aquella sonrisa produjo un efecto inmediato, deseo turbio, afán violento de tanta belleza, que el hombre sólo veía en los envoltorios de jabón, belleza de cine, sonrisa turbadora en la media luz de la entrada. Nella, asustada, cerró lentamente la puerta.

—Albert —gritó— Albert, ¿vienes? Tengo que marcharme inmediatamente.

—Sí —contestó él desde su cuarto— voy en seguida.

Nella volvió a su habitación y dejó la puerta abierta. Albert había terminado de vestirse y entró con el periódico en una mano, la llave del coche en la otra y la pipa en la boca.

—¿Qué ocurre? —preguntó desde la puerta.

—Entra, si tienes un momento.

—No me sobra mucho tiempo —dijo Albert, pero entró en la habitación, dejando la puerta abierta, y se sentó en el borde de una silla—. ¿Te vas fuera?

—Sí.

—¿Por varios días?

—Todavía no lo sé. Quizá regrese mañana. Voy a un congreso.

—¿De quiénes y de qué?

—Poesía y Sociedad, Poesía e Iglesia.

—Ah, está bien.

—Algo tengo que hacer —suspiró Nella—. Lo que más me gustaría sería trabajar de verdad.

«Ya vuelve a las andadas» —pensó Albert y dijo en voz alta:

- Claro que tienes que hacer algo, pero sería estúpido que trabajaras. La mayoría de la gente trabaja por la sencilla razón de que tiene que mantener a una familia, pagar un piso y todo eso. Tener una ocupación es algo distinto de trabajar — y si quisieras podrías estar ocupada todo el día.

—Ya lo sé —replicó ella suspirando—, el niño...

Y adoptando el tono del padre Willibrord:

—Debe usted ser la fiel guardiana de su hijo y de la obra de su marido...

—Claro que sí —dijo Albert— hazlo; desentierra el arcén que hay abajo, saca las cartas de Willibrord, las cartas de Schurbigel y echa la cuenta de todas las bendiciones al Führer que contienen. Eso sería una ocupación magnífica.

—¿Te crees tú —dijo Nella desde la ventana— que voy a pasarme la vida haciendo de guardiana de treinta y siete poemas? En cuanto a Martin, tú sabes cuidarle mucho mejor que yo. Y no quiero volverme a casar, no quiero ser una madre sonriente de esas revistas ilustradas, no quiero volver a ser la esposa de nadie: no volverá a presentarse ningún hombre como Rai, y Rai no volverá. Le pegaron un tiro —y a mí me dejaron viuda— en nombre de .atria —.ueblo —.ührer —y Nella imitó el eco que hacía la capilla bautismal, lleno de falsedad y amenaza, de falso énfasis de seminarista...— ¿Te figuras verdaderamente que me divierte asistir a los congresos de todos esos imbéciles?

—Pues quédate en casa, Nella —contestó Albert—. De la noche a la mañana, me he convertido en un ricacho. —Se echó a reír sin ganas al pensar en el contenido de la caja de cartón de Sunlight—. Podemos pagarnos un buen fin de semana con el niño, y tú podrás hablar de películas con Will. Si quieres —dijo, y Nella levantó la mirada hacia él porque el tono de su voz se había alterado—, si quieres, podemos irnos muy lejos.

—¿Tú y yo?

—Con el chico —contestó Albert—, y sí estás dispuesta a soportarlo, con los dos chicos. Podemos llevarnos a su amigo, si quieres.

—¿Por qué no vamos tú y yo solos? —dijo ella—. ¿Para qué representar el papel de la familia feliz, cuando la felicidad es un engaño — padre sonriente, hijo sonriente y madre sonriente?

—No puede ser. No pierdas el tino. Para el muchacho, sería terrible, sería el último de los disgustos, y más todavía para su amigo. No puedo remediarlo —dijo en voz baja—, pero soy algo así como el último puntal para estos muchachos; sería un golpe del que no se repondrían jamás, si yo también... si yo pasara de la categoría de tío en que estoy ahora a la otra.

—¿Y para ti mismo?

—Para mí. Dios mío... qué loca eres. ¿Tanto interés tienes en forzarme a una actitud a la que me resisto a duras penas? Anda, vamos —dijo finalmente— tengo que marcharme, Bresgote me está aguardando.

—A duras penas —dijo Nella sin moverse de la ventana ni volverse hacia Albert.

—Sí, a duras penas —contestó él— si te empeñas en saberlo. ¿Preferirías, acaso, que, en esta casa que huele a recuerdos, hiciéramos el papel de amantes clandestinos y, de cara al exterior, el de buen tío y buena mamá? Por otra parte, sería inútil, los niños se dan cuenta de todo.

—Los niños... por los niños tanta comedia.

—Llámalo comedia si quieres. No tendrás más remedio que casarte, Nella.

—Ya lo creo que tendré más remedio —replicó ella— no me casaré, antes prefiero hacer el papel de viuda alegre que el de esposa sonriente, criadora de .atria y de .ueblo.

- Bueno: ahora vámonos, o decide que te quedas en casa. Te aburrirás terriblemente.

—No, hoy no tengo más remedio que ir. Si alguna vez he tenido una razón para asistir a un congreso, es hoy. Esta vez tengo que ir.

Nella se paró a pensar qué efecto produciría en Albert oír pronunciar el nombre de Gäseler.

—Vámonos —dijo.

Albert tomó la maleta y ella, al salir, dijo como quien no quiere la cosa:

—No puedes hacer por mí más de lo que haces, y es una suerte que te ocupes tanto del chico. Debo confesarte que no siento los menores celos.

Hacía menos frío, y Albert se quitó los guantes, se quitó la gorra, y se sentó en el coche junto a Nella.

Antes de arrancar, Nella dijo:

—Me gustaría tener una ocupación como tienes tú. Debes de ser muy feliz.

—Pues no lo soy —replicó Albert, y el ruido del motor impidió que se oyeran las demás palabras que dijo. Nella oyó sólo el final—: No, verdaderamente, no lo soy. Y tú también podrías tener una ocupación.

—Ya lo sé, podría ayudar a las monjas a planchar, podría llevar las cuentas, zurcir pantalones —cosas así— y la superiora diría: «tenemos ahora a una ayudante encantadora, la viuda del poeta fulano».

—No seas idiota.

Por la manera como lo dijo. Nella se dio cuenta de que estaba furioso.

—Tus estupideces no me echarán a perder el poco placer que tengo en este mundo; puedes decir tanto mal como quieras de las monjas, pero su vida no es tan absurda; tienen una ocupación que siempre me ha parecido de las más razonables, aunque yo personalmente no haya sido capaz de dedicarme a ella. Las monjas rezan — y para que tengan tiempo de rezar procuro aligerarlas de una parte de su trabajo pesado.

—Es magnífico oír hablar de lo bien que otras personas han sabido organizarse la vida.

Nella se echó a llorar, pero se sobrepuso inmediatamente.

- A ti sólo te falta una mujer; tu vida sería perfecta.

—¿Por qué no? —replicó Albert y, al tener que pararse ante el disco rojo, en la Pipinstrasse, le tomó la mano y añadió—: Nella, te dejas arrastrar por el esnobismo.

Ella correspondió a su apretón de mano y dijo:

—No, se trata de algo distinto: no puedo perdonarles que me mataran al marido — no puedo superarlo, no puedo perdonarlo, no puedo olvidarlo, no quisiera darles por segunda vez el gusto de ser una esposa sonriente.

—¿Dar gusto a quién?

—A ellos —contestó Nella sin alterarse—: adivina a quién me refiero. Tienes el disco verde: anda.

Albert arrancó.

—Nada de lo que haces, lo haces hasta el final. No eres ni una madre, ni una viuda, ni una puta, ni la auténtica amante de un hombre concreto. No tengo celos —añadió—, no puedo tener celos de tu tiempo mal empleado, ni siquiera de esos estúpidos con quienes lo malgastas... y por lo visto un hombre nunca podrá hacer otra cosa en favor de una mujer que pedirle que se case con él.

—No; hay veces en que ser el amante de una mujer puede tener más valor que ser su esposo. Es curioso, antes las mujeres estaban contentas si alguien se casaba con ellas, actualmente parece que las cosas han cambiado. A mí, por lo menos, no me interesa.

—Porque te has convertido en una esnob. Tantos años de estar escuchando a esos zoquetes acaban por influir. ¿Dónde quieres que te deje?

—En la Caja de Pensiones.

Albert esperó a que el guardia le diera paso, dio la vuelta a la plaza de Carlomagno y se paró frente a la Caja de Pensiones. Se apeó, la ayudó a bajar y sacó la maleta de la parte posterior del coche.

—Esta vez —dijo Nella sonriendo— no malgasto el tiempo.

Albert se encogió de hombros.

- Como quieras; invirtamos el juego, antes, las mujeres esperaban a que un hombre infiel se casara con ellas; ahora, esperaré, como hombre fiel, me parece que lo soy, a que la infiel se quiera casar conmigo.

—Sí que eres fiel, y ya sé lo que vale eso.

Albert le dio la mano, subió al coche y volvió a dar la vuelta a la plaza.

Nella esperó a que se metiera en la Merovingerstrasse, llamó a uno de los taxis que estaban estacionados debajo de la puerta de la ciudad y dijo al taxista:

—Plaza del Banco de la Confianza.

 

XII

 

Ordinariamente, una vez terminadas las clases, Martin no se daba prisa por volver a casa. Se juntaba con los compañeros que más fama tenían de rezagados, y ni siquiera entre éstos era de los que se daba más prisa. Había muchachos que se marchaban corriendo porque tenían apetito o porque había algo que les hacía ilusión, porque tenían que ir a comprar algo o a calentar la comida para sus hermanos menores. Brielach tenía que hacer la comida de su hermanita; en la escuela, siempre estaba cansado, pero, en cuanto tocaba el timbre, echaba a correr, porque su madre se marchaba de casa veinte minutos antes de que terminara la clase y Wilma se quedaba sola con Leo; y cuando Brielach sabía que Wilma estaba sola con Leo, no tenía sosiego. Durante la última hora de clase, solía murmurar al oído de Martin: «Ya no puedo resistir más.»

Brielach no tenía un momento de reposo. Tenía que trabajar mucho; la tarea de la escuela era para él algo secundario, pesado, pero al mismo tiempo agradable e irreal. Burbujas de aire debajo de la capa de hielo, juegos encantadores, deliciosos pasatiempos, pero también peligroso derroche. A veces, la escuela sólo representaba un aburrimiento, y Brielach se dormía durante la última hora de clase, a menos que la preocupación por Wilma le mantuviera alerta.

Martin, en cambio, estaba despierto y atento al timbre. El tiempo se detenía, no dejaba que el aire soplara sobre la manecilla del reloj y la hiciera dar un salto hasta las doce. Finalmente sonó el timbre. Brielach se despertó súbitamente: tomaron las carteras y se las colgaron al hombro mientras atravesaban corriendo el vestíbulo y el patio y salían a la calle. Corrieron hasta la esquina; allí Martin volvía a la derecha y Brielach a la izquierda. Habían adelantado a los demás y corrían en la calzada para no tropezar por la acera con las niñas que iban a entrar a la escuela.

Brielach llegó antes a la esquina, pero aunque estaba impaciente por llegar a casa, se quedó aguardando. Al despedirse, Martin le dijo:

—Vendrás con nosotros a Bietenhahn. Iremos a buscarte.

—Tengo que preguntárselo antes a mi madre.

—Adiós.

Martin era capaz de recorrer en cinco minutos el camino que en circunstancias normales hacía en un cuarto de hora. Corrió cuanto pudo, respirando a contratiempo a fuerza de impaciencia, y vio desde lejos que el coche de Albert no estaba delante de la puerta. Para tomar aliento, se sentó en el muro bajo de un jardín y echó una mirada hacia atrás, por la avenida por donde Albert tenía que bajar viniendo de ver a Bresgote. Martin no tenía ganas de ir a casa. No estaba ni Bolda ni Glum, y el viernes era un día peligroso, un día de abuela. Por un lado, había el peligro de sangre en la orina, y por otro en el restaurante Vohwinkel servían hoy cuatro docenas de pescados distintos, y a Martin no le gustaba el pescado. En cuanto Albert doblase la esquina, desde allí le vería inmediatamente. Martin estaba furioso con Albert porque su coche todavía no estaba estacionado delante de la puerta.

Se levantó y volvió a paso lento hasta el poste de bencina situado frente al final de la avenida.

Las rezagadas que solía encontrar en la esquina llegaban ahora a la avenida; cruzaron la calzada y, después de una ojeada a la manecilla dorada del reloj de la iglesia, echaron a correr. Todavía quedaron algunas más rezagadas que subían a toda prisa. A lo lejos, vio a un grupo que andaba poco a poco. Martin las conocía a todas, porque las que ahora llegaban tarde eran las mismas que encontraba cuando él no empezaba sus clases hasta mediodía. Acostumbraba a cruzarse con ellas en el poste de bencina sobre cuyo muro se hallaba sentado. Hoy el ritmo se había alterado, y Martin se puso furioso por haber corrido tanto. Generalmente, era el último de todos y solía estar sentado en el muro del poste de bencina cuando pasaban las más rezagadas, que ya ni siquiera tenían ánimos de correr porque sabían que era inútil. Al extremo de la avenida, las veía ahora saltar de una sombra de árbol a otra como si pasaran umbrales de puertas; habitualmente, se cruzaba con ellas junto al poste de bencina; hoy, en cambio, ya había llegado casi hasta su casa, había vuelto y ellas todavía no habían llegado hasta allí. Con el cabello al viento y los rostros encendidos, pasaban las que todavía no estaban acostumbradas a llegar tarde. La manecilla grande en el reloj de la iglesia estaba a punto de alcanzar las tres, por lo tanto, de nada les serviría el correr: llegarían tarde de todas maneras.

El coche de tío Albert no venía y a Martin aquella espera le parecía un castigo, pero le daba la culpa a Albert. Ahora el grupo de las más rezagadas cruzaba la calle; daba la una y cuarto, y el ritmo acostumbrado se restablecía. Había corrido inútilmente, se había apresurado inútilmente: todo era igual que los demás días. Las rezagadas reían, se contaban historias, y Martin las admiraba porque formaban parte de los recalcitrantes, de los que tanto le hubiera gustado ser. Los recalcitrantes eran aquellos a quienes todo les daba igual. Recalcitrante era un concepto que para Martin seguía siendo un misterio, pues había recalcitrantes cuyos padres tenían dinero y otros cuyos padres no lo tenían. Brielach, por ejemplo, era capaz de ser recalcitrante; para él, eso era una cuestión de orgullo, y en su expresión se leía claramente: «Bueno, ¿pasa algo?» Eran recalcitrantes todos aquellos de quienes el director de la escuela decía que había que ponerlos a raya o que doblegarlos, expresión que al oírla causaba terror, como si doblegaran un hierro sobre el yunque, como si rompieran huesos; y, durante algún tiempo, Martin había creído que los recalcitrantes doblegados eran los mismos que en el restaurante Vohwinkel se servían a los devoradores de carne. Cuando iba a la segunda clase, doblegaron a Hewel y luego desapareció. La policía le iba a buscar a la escuela, pero Hewel desaparecía durante los recreos. Más tarde, desencaminó a Born y le indujo a hacer lo mismo. Hewel y Born vivían juntos en el refugio y, en aquella época ya habían cometido obscenidades, y, cuando les pegaban, se echaban a reír, y el director de la escuela había dicho: hay que doblegarlos. Con el tiempo, Hewel y Born desaparecieron, y Martin supuso que habían sido doblegados y servidos en el restaurante de Vohwinkel a los devoradores de criaturas, a los cascahuesos, que pagaban mucho, mucho dinero.

A pesar de que un día Albert se lo aclaró, aquello seguía siendo para él un misterio, y el refugio continuó siendo un lugar misterioso, un montículo de cemento sin ventanas, entre los jardines de Schreber, en el que vivían Hewel y Born. Cuando los doblegaron, desaparecieron sin dejar rastro; como decía Albert, el correccional se los había tragado.

Y Albert no llegaba, ni llegaría nunca. Martin vigilaba con los ojos entornados los coches que subían de la ciudad y no veía el coche de Albert: el Mercedes gris rata, viejo y ancho, inconfundible entre los demás, no aparecía por ninguna parte.

A Martin no le quedaban muchas alternativas. No tenía ganas de ir a casa de Brielach, donde encontraría a tío Leo que no entraba de tumo hasta las tres; Bolda limpiaba la iglesia: cabía la posibilidad de ir allí, comer uno de sus bocadillos en la sacristía y beber un poco de caldo de su termos.

Martin vio a una rezagada que ahora subía por la avenida sin apresurarse lo más mínimo. Martin conocía aquel estado de ánimo: lo mismo daba retrasarse veinte minutos que veinticinco. La niña contemplaba con gran interés las primeras hojas que habían caído de los árboles y las recogía para hacer un ramillete: grandes hojas todavía medio verdes, sólo ligeramente descoloridas. Ahora cruzaba la calle sin inmutarse, llevando el ramillete de hojas en la mano.

Esta rezagada era nueva. Tenía el cabello oscuro y crespado, y Martin admiró la calma con que se quedó parada delante del cine Atrium para contemplar los carteles. Sin bajar del muro, Martin se acercó al Atrium, situado junto al puesto de bencina. Conocía ya los carteles, los había mirado en compañía de Brielach y habían decidido ir el lunes.

En el cartel, se veía la verja de bronce del parque de un castillo, enmarcada por dos chopos; había media puerta abierta y en ella una mujer vestida de color lila; el vestido llevaba un galoncillo dorado alrededor del escote, que lo cerraba como un cuello. La mujer contemplaba con ojos muy abiertos a quien leía el cartel y, atravesando su vientre de color lila había una faja blanca pegada que decía: Apto para menores — y más arriba del cielo azul que coronaba el castillo del fondo, estaba el título: Prisionera del corazón. A Martin no le gustaban las películas en cuyos carteles sólo había mujeres. Las mujeres con escotes muy cerrados, en los carteles que llevaban la faja blanca de Apto para menores, anunciaban aburrimiento, mientras que los carteles con mujeres de vestidos escotados, que llevaban la faja encarnada de No apto para menores, barruntaban inmoralidad; pero Martin no tema ganas ni de inmoralidad ni de aburrimiento, y las mejores películas continuaban siendo las de vaqueros y las de risa.

Para la semana siguiente estaba anunciada una película inmoral. El cartel estaba colgado al lado del de la película apta para menores: una mujer con el pecho al descubierto, abrazada por un hombre cuya corbata estaba torcida. La corbata del hombre estaba muy torcida y la escena daba la impresión de desorden; recordaba la palabra que la madre de Brielach había dicho al pastelero. Martin había oído aquella palabra cuando él, Heinrich y Wilma, habían ido a buscar a la madre de Brielach al salir de su trabajo.

Allí, en el sótano, reinaba un olor tibio y dulzón. En las alacenas de madera, montones de panecillos recién salidos del horno daban calor, y a Martin le gustaba el ruido de masticación que hacía la máquina de amasar y el gran cucurucho de nata con que el pastelero escribía sobre los pasteles: «Felicidades en el día de tu Santo». Con su cucurucho, el pastelero escribía rápida y pulcramente, más de prisa que otros con la pluma estilográfica, y la madre de Brielach, con un cucurucho igual, dibujaba con gran soltura flores y casas y humo que salía de las chimeneas, y con el pincel de chocolate sabía pintar cosas maravillosas. Cuando Martin iba al obrador de la pastelería con Brielach, se deslizaban por la entrada de vehículos, cruzaban el lugar donde a veces estacionaban los camiones de la harina, y se paraban delante de la puerta metálica que generalmente estaba entornada; allí, con los ojos, cerrados, se quedaban un momento aspirando el aroma tibio y dulce de obrador. Luego abrían la puerta con cuidado y se precipitaban súbitamente gritando «¡Bee, bee!» y este juego divertía mucho a Wilma, que daba gritos de alegría y divertía también al pastelero y a la madre de Brielach.

Allí se habían detenido también la semana pasada y, durante los tres segundos de espera antes de empujar la puerta, de pronto, habían oído en medio del silencio como la madre de Brielach decía en el obrador:

—«No, no quiero... la palabra.» Al recordarlo, Martin se ruborizaba y se sentía incapaz de pensar verdaderamente en aquella palabra. Y el pastelero había dicho en tono pacífico y triste:

—No digas eso; no, no...

Wilma los había empujado en la oscuridad, para que comenzaran el juego del «¡Bee!»; pero los dos muchachos se sentían como apaleados, como vencidos, mientras, dentro, en el obrador, el pastelero murmuraba palabras incomprensibles, cosas oscuras, pero que calmaban el oído, palabras violentas, pero humildes, interrumpidas por la risa estridente de la madre de Brielach, y Martin pensó en lo que tío Albert le había dicho acerca del deseo que los hombres sienten de unirse con las mujeres; el pastelero parecía estar loco de deseo de unirse con la madre de Brielach, parecía casi como si cantara, en una especie de murmullo indescifrable, y Martin empujó ligeramente la puerta metálica para ver —para ver lo que sólo oía—: para ver si se unían realmente; pero Brielach le había arrancado de allí de un tirón, había tomado a Wilma en brazos, y los tres se habían marchado a casa, sin dejarse ver.

Hacía ya una semana que Brielach no iba a la pastelería, y Martin intentaba imaginarse qué le ocurriría a él si su madre hubiese dicho aquella palabra. Para poner aquella palabra a prueba, la imaginó en boca de todas las personas que conocía, pero no la logró hacer salir de los labios de tío Albert, en tanto que —al llegar a este punto su corazón aceleró sus latidos, y comprendió el dolor de Brielach— no le pareció totalmente imposible en boca de su madre. En cambio era inimaginable en boca de Will y no cabía tampoco en boca de Bolda, ni de Glum, ni de la madre de tío Albert, ni de la abuela: sólo su madre, sólo ella no le parecía absolutamente incapaz de decirla.

Martin probó a imaginar aquella palabra en boca del maestro, del capellán, del joven de la heladería... y encontró una boca a la que se ajustaba como el tapón a un tintero; la boca de tío Leo. Éste la pronunciaba más claramente aún que la madre de Brielach.

La pequeña rezagada, ahora, había desaparecido de su vista. Iban a dar las dos menos cuarto; Martin trató de imaginársela entrando en la clase, sonriendo y mintiendo; y Martin sabía que continuaría sonriendo cuando la riñeran. Aquella niña era una recalcitrante perfecta; la doblegarían; y, a pesar de que ya hacía tiempo que sabía por tío Albert que no se mataba a los niños para comerlos, Martin se la imaginó doblegada y yendo a parar a la cocina de Vohwinkel. Martin se lo imaginó porque empezaba a estar furioso con Albert, y porque quería castigarle. Porque no sabía dónde tenía que ir, porque en casa de Brielach estaba tío Leo y no quería ver la boca en que tan bien encajaba aquella palabra, y la iglesia vacía, totalmente vacía, en que estaba ahora Bolda, le intimidaba tanto como la perspectiva de ser arrastrado por la abuela al restaurante de Vohwinkel, donde se devoraba a los doblegados, donde seguramente se vería obligado a vomitar en aquel asqueroso retrete, entre los culos de los devoradores de carne y de los cascahuesos.

Se acercó más al cine y descubrió que tenía hambre. Cabía todavía otra posibilidad: llegarse hasta casa, entrar sin hacer ruido y calentarse la comida. Se sabía de memoria las instrucciones, garrapateadas a toda prisa en una tira de papel arrancada del borde del periódico: «No abras demasiado la llave; no te muevas de junto al fogón», tres veces subrayado. Pero la vista de la comida fría le hacía perder el apetito, aunque no parecía que nadie se hubiera dado cuenta: grasa helada de las salsas, patatas resecas, sopas espesas, miedo a que apareciera la abuela. Cuatro docenas de pescados distintos en el restaurante de Vohwinkel: carne de pescado rojiza, azulada y verdosa, risueños sacos de grasa relamiéndose con trozos de anguila y translúcidas salsas verdosas, rojizas y azuladas, piel de bacalao hervido deshaciéndose en migas, parecidas a las migas que deja la goma de borrar.

Albert no llegaba, ni llegaría nunca; y para vengarse, Martin forzó aquella horrible palabra hasta hacerla caber en la boca de Albert.

Pensar en su padre era demasiado triste: hombre demasiado joven, muerto en país lejano, sonriente, con la pipa en la boca, incapaz de pronunciar aquella palabra.

El capellán, cuando Martin pronunció aquella palabra en el confesonario, había tenido un sobresalto. Titubeando, ruborizándose, le había dicho para liberarse de ella, de aquella palabra que no había sido pronunciada ni siquiera entre él y Brielach. El rostro pálido del joven sacerdote se contrajo y el buen capellán se inclinó hacia delante como doblegado. Mortalmente triste, sacudió la cabeza, pero no como cuando se quiere decir que no, o como cuando le dan a uno una sorpresa; la sacudió como alguien que se tambalea antes de caer.

La cortina violeta ponía reflejos fantasmagóricos sobre el rostro pálido del triste capellán, bañándole de color de cuaresma. El sacerdote suspiró y se lo hizo contar todo y habló de las piedras de molino que deberían atarse al cuello de quienes desencaminan a los niños, y le despidió recomendándole —no imponiéndoselo como penitencia, sino recomendándole— que rezase todos los días tres padrenuestros y tres avemarías para borrar de su conciencia aquella palabra. Sentado en el muro, Martin rezó los tres padrenuestros y las tres avemarías, sin acordarse de los coches; que pasara el Mercedes, si quería. Rezó lentamente, con los ojos medio entornados, pensando en las ruedas de molino. Ruedas de molino atadas al cuello de Leo, y éste se hundía, se hundía hasta el fondo del mar, atravesando profundidades azules y verdes, cruzándose con peces cada vez más extraños. Barcos naufragados, algas, lodo, monstruos marinos — y Leo se hundía arrastrado por el peso de la rueda de molino. No era la madre de Brielach la que llevaba la piedra atada al cuello, sino Leo, Leo, que atormentaba a Wilma, que la amenazaba con su taladro, que le pegaba en los dedos con la lima de las uñas. Leo, en cuya boca encajaba tan bien aquella palabra.

Martin rezó el último padrenuestro, la última avemaría, se levantó y entró en el Atrium. Tuvo un susto al ver que la rezagada estaba allí hablando con el portero. Éste le decía:

—En seguida, en seguida, hija mía, sólo faltan un par de minutos para empezar. ¿Sales ahora de la escuela?

Y de la boca de la rezagada salió la mentira clara, diáfana y asombrosa para los oídos de Martin:

—Sí.

—¿No tienes que ir a casa?

—No, mi madre está en su trabajo.

—¿Y tu padre?

—Mi padre murió en la guerra.

—A ver tu entrada.

Ella le enseñó un pedazo de papel verde arrugado... y el letrero de Apto para menores atravesando el vientre lila de la mujer en el cartel. La rezagada desapareció y Martin se acercó. Intimidado, se paró delante de la taquilla. Una mujer de cabello negro estaba sentada dentro de la jaula de cristal leyendo un libro. Levantó la mirada y le sonrió, pero Martin no le devolvió la sonrisa. La sonrisa que le dedicó la mujer no le gustó, había algo en su mirada que se relacionaba con aquella palabra que la madre de Brielach había dicho al pastelero. La mujer volvió a bajar los ojos al libro y el muchacho observó detenidamente la raya blanquísima de su peinado, su cabello de reflejos azules; y ella volvió a levantar la mirada, corrió la ventanilla de cristal y preguntó:

—¿Deseas algo?

—¿Va a empezar? —preguntó Martin con voz apagada.

—A las dos —dijo mirando el reloj que colgaba detrás de ella en la pared—, dentro de cinco minutos. ¿Quieres entrar?

—Sí.

De pronto se le ocurrió que había invitado a Brielach para el lunes a ver aquella película. La mujer le sonrió. tomó los tacos de billetes verdes, amarillos y azules y preguntó:

—¿Qué clase de localidad quieres?

Martin corrió la cremallera que cerraba oblicuamente el bolsillo alto de su pantalón, sacó dinero y dijo:

—Un marco diez.

Y le pareció que estaría bien hacer aguardar a Albert, que estaría bien poder sentarse solo a oscuras, y que el lunes ya iría con Brielach a ver otra película.

La mujer arrancó una entrada del taco amarillo y tomó el dinero.

El portero le esperaba con mirada severa.

—Y tú —dijo— ¿ya has salido de la escuela?

—Sí —contestó Martin, y para evitar la segunda y tercera pregunta, se apresuró a añadir—: mi madre ha salido de viaje y mi padre murió en la guerra.

El portero no hizo ningún comentario, rompió la punta de la entrada amarilla, le entregó el resto y le dejó pasar. Hasta que no estuvo detrás de la pesada cortina verde, no se le ocurrió pensar lo tonto que era el portero: ¿no sabía acaso que los niños y las niñas no iban juntos a la escuela, que era imposible que la rezagada y él salieran de clase a la misma hora?

La sala estaba completamente oscura. La acomodadora le tomó de la mano y le condujo hasta el centro del cine. La mano de la muchacha era fresca y ligera y, ahora que ya veía mejor, Martin se dio cuenta de que el cine estaba casi vacío, sólo al fondo de la sala había un par de personas y unas cuantas delante, pero en el centro no había nadie más que él. La rezagada estaba sentada delante entre dos hombres; su cabeza, silueta negra de cabello encrespado, apenas sobresalía del respaldo de la silla.

Martin contempló con atención un anuncio de crema para limpiar los zapatos; unos enanos que esquiaban sobre las botas de un gigante, brillantes como un espejo. Los enanos llevaban en la mano unos «sticks» de hockey que en lugar de terminar en una pala curvada llevaban un cepillo, y las botas del gigante eran cada vez más brillantes y una voz decía: «Así hubieran sido de brillantes las botas de Gulliver si hubiese utilizado crema Blank.»

Empezó otra película de anuncio: unas mujeres jugaban a tenis, otras montaban a caballo, otras pilotaban aviones, otras se paseaban por unos grandes jardines o nadaban en tranquilos lagos, otras iban en auto, en bicicleta, en moto, otras hacían gimnasia, lanzaban el disco; mujeres que sonreían, sonreían a causa de algo que, finalmente, una mujer sonriente mostraba con aire de triunfo a todos cuantos lo quisieran ver: una caja verde-oscuro con una cruz blanca encima: Ophelia.

Martin se aburría, incluso cuando empezó la película propiamente dicha: se veía a unos hombres que bebían vino; luego un sacerdote decía misa; luego se abría la verja del parque del castillo y un hombre con una chaqueta verde, un sombrero verde y unas polainas verdes aparecía montado a caballo en un claro del bosque. Al fondo del claro estaba la mujer con el vestido lila, la mujer apta para menores con el galón dorado alrededor del escote. El hombre se apeó, besó a la mujer y ella le dijo: «Rezaré por ti, cuídate mucho.» Otro beso, y la mujer apta para menores se quedó mirando al hombre con ojos llorosos mientras éste se alejaba a caballo sin preocuparse por ella. Cuernos de caza en el fondo, y el hombre de las polainas verdes atravesaba otro claro del bosque destacando sobre un cielo azul impecable.

Martin se aburría cada vez más: bostezaba en la oscuridad, tenía un hambre atroz y, cerrando los ojos, empezó a rezar un padrenuestro y una avemaría, se durmió y vio a Leo con la rueda de molino atada al cuello hundiéndose hacia el fondo del mar: profundidad infinita, y el rostro de Leo era como no había sido nunca en la realidad. El rostro de Leo era triste y se hundía, se hundía a través de la oscuridad verde bajo la mirada atónita de los monstruos marinos, y cada vez caía más hondo, más hondo.

Un grito le despertó y, en la oscuridad, antes de que acertara a recobrar la lucidez, también él estuvo a punto de gritar. Las imágenes tardaron a aclararse ante sus ojos: el hombre verde se peleaba con otro pobremente vestido y rodaba por el suelo; el andrajoso salió victorioso y el hombre verde quedó tendido; luego el andrajoso montó de un salto, dio un latigazo al caballo —¡oh, noble pura sangre!— y, riendo sarcásticamente, se alejó sobre el corcel encabritado.

En una capilla del bosque, la apta para menores estaba arrodillada ante una imagen de la Virgen. De pronto, se oyó galopar un caballo un el bosque. La mujer salió a la puerta de la capilla; ¿no conocía acaso el relincho y el galope del caballo, de su caballo? Sus ojos brillaban. ¿Regresaba, acaso, a impulsos del amor? No, un grito, y la mujer cayó desmayada en el umbral de la capilla del bosque, mientras el andrajoso, sonriendo sarcásticamente, pasaba al galope frente a la capilla, sin ni siquiera quitarse el sombrero. ¿Quién se arrastraba por el claro del bosque como una serpiente, desfigurado el rostro por un dolor terrible, pero sin proferir un solo grito de dolor? Era el hombre bien vestido, el del traje verde. Se arrastró hasta un Jugar cubierto de musgo y allí se quedó mirando al cielo y jadeando.

¿Y quién penetra corriendo en el claro, con el vestido lila flotando al viento y los ojos llorosos, pero corriendo, corriendo, buscando, llamando? La apta para menores: ella y no otra.

El hombre bien vestido la oyó. De nuevo apareció la capilla del bosque, y ellos dos, asidos de la mano, subiendo la escalera: el hombre bien vestido y la mujer, ahora también vestida de verde. Él llevaba todavía el brazo derecho en cabestrillo y la cabeza vendada, pero, aunque dolorosamente, podía ya sonreír. El hombre se quitó el sombrero, se abrieron las puertas de la capilla y, en el fondo, se oyó el relincho del caballo y el gorjear de los pájaros.

Martin al salir poco a poco del cine, estaba mareado. Tenía hambre pero no se daba cuenta. En la calle brillaba el sol y él volvió a sentarse en el muro del poste de bencina para reflexionar: eran más de las cuatro y tío Leo ya hacía rato que se había marchado; pero su furor contra tío Albert todavía no se había disipado. Se afianzó la cartera sobre los hombros y se dirigió lentamente a casa de Brielach.

 

XIII

 

Bresgote le había pedido que aguardara, y Albert se paseaba arriba y abajo por la habitación vacía, parándose de vez en cuando a mirar por la ventana a las dependientes que iban de los almacenes de enfrente a la cantina: llevapuerros, salchichas con patatas y un flan incomestible, una muchacha llevaba una manzana. Las que volvían de la cantina se detenían un momento a charlar con las que atravesaban la calle, y Albert oía repetir constantemente lo que su olfato ya hacía un rato que le había dicho: que daban puerros, salchichas con patatas y un flan incomestible, una masa gelatinosa de color de fresa con crema de vainilla quemada, contra la cual las que volvían ponían en guardia a las que iban: «Por el amor de Dios no toméis esa cosa encarnada, es asquerosa. La salchicha no está mal y la verdura tampoco, pero el postre, ¡puah!» Y seguían una serie de variaciones entre «¡brr!» y «jrr».

Todas las muchachas vestían unas blusas negras brillantes que les daba el aspecto de monjas y ni una sola iba maquillada. Su indumentaria expresaba exactamente lo que tenía que expresar: una «visible y deliberada sencillez». Los peinados eran lisos y sin la menor gracia, del tipo que suele designarse «femenino». Las medias hechas a mano, los zapatos de piel negra, muy sólidos, y las blusas cerradas hasta el cuello excluían toda impresión de coquetería. Las jefes de sección —mujeres maduras— llevaban blusas de color de chocolate de baja calidad, y, en las mangas, un galoncillo más ancho y más brillante que el de las demás. Algunas muchachas, pálidas aprendizas con cara de recién salidas del colegio, ni siquiera llevaban galón plateado; las jefes de sección no llevaban cubierto, pero en cambio, muchas de las aprendizas llevaban dos.

A pesar de todo, algunas de las muchachas resultaban bonitas, y Albert, que las observaba atentamente, decidió que debían de ser de una belleza excepcional, para que se les notara a pesar de aquel vestido.

Escuchó sus voces agudas que bromeaban sobre el fracaso del postre, y como, con las prisas, había olvidado el paquete de tabaco en casa, encendió un cigarrillo, el último que le quedaba. Dejó caer el paquete vacío, rojo cartón arrugado, en el tejaroz que bordeaba la marquesina encima de la lujosa entrada.

Treinta, cuarenta veces oyó la advertencia contra la gelatina color de fresa y la crema quemada, y luego dejaron de salir muchachas de los almacenes y sólo unas pocas iban regresando de la cantina y, a la puerta de los almacenes había una mujer con cara de pocos amigos, vestida con una blusa verde botella, con tres galoncillos plateados en la manga, que miraba el reloj con el ceño fruncido. Como un dedo amenazador, la manecilla grande marcaba un minuto antes de las doce; de pronto, se disparó, dio un salto hasta las doce, y en aquel momento, un par de muchachas cruzaron todavía la calle, pasaron escurriéndose como lagartijas junto a la vigilante y penetraron en el tambor giratorio de la puerta.

La calle quedó desierta, y Albert se retiró de la ventana, bostezando. No se había llevado nada para leer, porque generalmente sus entrevistas con Bresgote no duraban más allá de un cuarto de hora. Entregaba sus dibujos, le daban un cheque y la nota de los derechos de reproducción, se quedaba unos minutos charlando con Bresgote, y una vez cerrada la puerta y recorrido el largo pasillo, en el ascensor, le entraba nuevamente la pesadilla que habría de durar toda una semana, el miedo a que no se le ocurriera ninguna idea para el próximo número, o a que los lectores de Wochenend im Heim exigieran un buen día un nuevo dibujante humorístico. Bestias carnívoras, que, hartas de carne humana, quieren convertirse por algún tiempo en vegetarianas, sólo para variar.

Aquella pesadilla había desaparecido desde que había vuelto a encontrar la caja de Sunlight. Dibujos hechos dieciséis años antes en alguna taberna de Londres, en un momento en que estaba medio muerto de hambre, con el estómago lleno de whisky flojo y medio idiotizado por tanto fumar tabaco fuerte, dibujos que había hecho más que nada para distraerse, para matar el tiempo, ahora iban a valerle doscientos marcos cada uno, sin contar los derechos de reproducción. Bresgote, además, estaba encantado.

—Muchacho, eso es un estilo completamente nuevo. Eres tú mismo, pero distinto, y el público se entusiasmará. Te felicito. Es magnífico.

Albert había tomado el cheque y la cuenta de los derechos de reproducción, había estrechado la mano a Bresgote, y, una vez en la puerta, Bresgote le había dicho:

—Espérame fuera un momento. Tengo que hablar contigo sin falta.

Todavía le temía, a pesar de que se tuteaban desde hacía dos semanas. Un día que estaban bebiendo juntos en una fiesta de verano, habían decidido que opinaban igual sobre muchas cosas. Pero el temor no se había disipado, ni siquiera ahora, a pesar de que Bresgote se había mostrado tan entusiasmado con el nuevo estilo. Era como la placenta de un miedo que había que expulsar antes de que se instalara en él otro miedo nuevo: el miedo a caer en las redes de Nella.

Albert se daba cuenta de la autoridad que representaba para los muchachos y le preocupaba pensar que podía decepcionarlos; pero por otro lado comprendía a Nella mejor de lo que le dejaba entrever.

Desde que había abierto la caja de Sunlight, pensaba a menudo en la época de Londres y había empezado a vivir otra vez en el tercer plano: el de la vida que hubiera podido ser vivida, pero que no se vivió jamás. En la alquería de los padres de Leen en Irlanda y en la imprenta de una pequeña ciudad vecina, donde dibujaba participaciones de nacimiento o de defunción o proyectaba cubiertas de libros. Pero las cartas de Nella llegaban sin cesar rogándole que volviera, y Albert no siguió la recomendación de Leen que le decía: «Vete a Irlanda» y había regresado a Alemania, para dibujar etiquetas para las latas de mermelada y ver morir a Rai, impotente ante el estólido poder del ejército. No le gustaba pensar en la muerte de Rai. Su odio contra Gäseler había ido extinguiéndose con los años, había desaparecido, y Albert sólo se acordaba de él raras veces. Y era absurdo imaginarse qué hubiera sucedido si Rai hubiese sobrevivido a la guerra; aquí le fallaba la imaginación, porque había vivido la realidad de la muerte de Rai: ahogado por su propia sangre, desgarrados sus tendones y trazando lentamente con la mano la señal de la cruz. Se había enfurecido lo bastante para abofetear a Gäseler, pero ni siquiera en la cárcel su odio había aumentado: sólo el miedo a que Nella no escribiera y él no se enterara del nacimiento del niño.

Se quedó mirando el mapa de la pared; unas banderitas encarnadas marcaban la expansión de Wochenend im Heim; había tantas que apenas se veía otra cosa en el mapa. Los nombres de ciudades, ríos, regiones y montañas, todo estaba cubierto de banderitas rojas en las que se leía Wochenend im Heim.

Todavía no se oía ningún ruido en el despacho de Bresgote, y el silencio de aquella casa tan grande, habitualmente ruidosa, le deprimía. El reloj de los almacenes de enfrente marcaba las doce y diez, y a las doce y cuarto Martin salía de la escuela.

Enfrente, unas muchachas en blusas negras, bajo la vigilancia de una mujer en blusa color de chocolate, pegaban carteles en las columnas entre los escaparates. Todos los carteles eran rojos, y llevaban en letras blancas la inscripción Sólido.

Albert se indignó de que Bresgote no saliera, porque estaba inquieto por el chico, Martin era tan distraído, que era capaz de poner la comida al fuego y luego marcharse a su habitación, ponerse a leer y, con el calor de la habitación, quedarse dormido, mientras, en la cocina, se quemaba la verdura, se evaporaba la sopa y los fideos se convertían en un mazacote oscuro. Sobre la mesa había números atrasados de Wochenend im Heim, con sus chistes en la última página. Albert abrió la puerta del pasillo y se quedó escuchando; no se oía a nadie, no se abría ninguna puerta, no llamaba ningún teléfono, en ninguna parte se veían aquellos rostros desesperadamente jóvenes, desesperadamente alegres, desesperadamente periodísticos, que recordaban malas películas de periodistas y cuyo vocabulario se debía a malas sesiones periodísticas de radio.

Hoy la casa estaba desierta. Abajo, en la puerta, colgaba un letrero blanco que decía: Cerrado por excursión del personal, y Albert había tenido que aguardar un rato antes el portero no le dejó entrar. El esnobismo particular del propietario del semanario Wochenend im Heim consistía en conservar los pasillos y salas en un estado de ostensible dejadez, de provocativa mezquindad, en flagrante contradicción con las ganancias de la empresa. Las paredes de cemento sin revocar estaban adornadas con carteles y de cuando en cuando, había unas pizarras con letra imitando la infantil —como la que se emplea en anuncios en los que figura que escriben niños—, que advertían: «Marrano el que hescupa en el suelo», o «Qien heche vasura tanvien marrano».

Albert tuvo un sobresalto, al abrirse una puerta que daba al oscuro pasillo; pero sólo salió una muchacha de la cabina telefónica. Se dirigió a la espita del agua, lavó su cubierto y dijo, dirigiéndose a la puerta de la cabina, que había quedado abierta, aquello mismo que Albert ya había oído tantas veces: —Por nada del mundo tomes postre: aquel mejunje encarnado es horrendo, la crema sabe a quemado.

La compañera contestó desde la cabina:

—Los demás, hoy, comerán mejor. El jefe tendría que compensamos.

—Claro que lo hará —contestó la que estaba junto al lavabo—. Los diez que hoy nos hemos quedado aquí haremos una excursión de rechupete. Algo mucho mejor que esa salida colectiva.

—¿Has visto los autobuses rojos, qué bonitos son?

—Sí, precisamente llegué cuando salían.

Albert se quedó a la espera de la voz de la otra, una voz que conocía por haberla oído al teléfono en sus frecuentes conferencias con Bresgote. Algunas veces había telefoneado sólo para oír aquella voz. Había en ella una amabilidad cariñosa y tranquila, curiosamente entreverada de notas muy distintas, que le recordaban la voz de Leen.

La muchacha del lavabo se guardó el cubierto en el bolsillo de la bata, se sacó del moño una peineta roja, se la metió en la boca y empezó a arreglarse el pelo con los dedos.

Albert se acercó.

—Oiga —preguntó—, tengo que hacer una llamada urgente, ¿podría hacerla desde aquí?

La muchacha sacudió negativamente la cabeza, mientras con los dedos se enrollaba un rizo de sus quebradizos cabellos. Se sacó la peineta de la boca, se la volvió a clavar en el moñito y contestó:

—No hay manera de comunicar desde la central. Tendrá que ir a un teléfono público.

—No puedo salir. Espero a Bresgote.

—No puede tardar, acaba de llamar diciendo que se va —dijo la muchacha desde dentro; y por la voz, Albert se imaginó su aspecto: alta y robusta, con un porte lento y ritmado; y le entró curiosidad de ver a aquella muchacha de la voz suave, de la que se desprendía una amable bondad; seguro que tenía la tez blanca y los ojos grandes y serenos.

La otra continuaba frente al espejo empolvándose la nariz enrojecida.

—Pero la salchicha, dices, está buena, ¿no? —preguntó la que estaba en la cabina.

—Estupenda —contestó la del espejo— y la verdura también. Rengánchate, te aseguro que está bien. Incluso el café es mejor desde que nos quejamos. En lugar del flan, di que te den un poco de miel.

—Tendríamos que quejarnos por lo del flan. Eso no debería ocurrir—. Albert no sabía si marcharse o seguir aguardando. Eran ya las doce y cuarto.

—Las chicas de enfrente también lo han dicho.

Se retiró del espejo, abrió la puerta con el pie, y Albert vio a la otra telefonista, sentada en la cabina. Se asustó, porque era casi exactamente como él se la había figurado: tierna y rubia, con grandes ojos negros, de una placidez sensual y vestida con sencillez: jersey verde y falda marrón, visible bajo la bata desabrochada.

—Aquí Wochenend im Heim. No, señor; hoy no podrá hablar con nadie. Tenemos excursión del personal. Si hace usted el favor de llamar mañana...

Cerraron la puerta, y Albert oyó que las dos muchachas seguían hablando de la comida hasta que volvieron a abrir la puerta y la rubia con el cubierto en la mano desapareció en la oscuridad del pasillo.

Era curioso que pensara en Leen cuando oía la voz de aquella muchacha que tan poco se le parecía. Por teléfono Leen solía decirle un sinfín de cosas que le daba vergüenza decirle cuando estaba con él. Le había explicado todas sus ideas sobre su teología; había murmurado en un sucio auricular londinense todo cuanto pensaba acerca del matrimonio y de los pecados prematrimoniales. Leen hubiera preferido matarse antes que ser su amante.

Aquella muchacha alta y robusta que caminando con tanta gracia y naturalidad desaparecía ahora a la vuelta de la escalera, le excitaba; quizá fuera un acierto casarse con una chica así, una amable diosa, plácida y sensual, una chica que tuviera un aspecto tan distinto de Leen, pero su misma voz.

Albert siguió contemplando pensativamente la puerta barnizada de marrón de la cabina telefónica, y se sobresaltó cuando Bresgote se precipitó en el pasillo, gritando:

—Perdona que te haya hecho esperar. Pero tengo algo muy urgente que decirte, muy urgente.

Bresgote le tomó por los hombros, le empujó hacia la escalera, regresó luego para abrir la puerta de la cabina telefónica y dijo a la muchacha:

—A partir de las cinco pueden llamarme a mi casa.

Luego se reunió de nuevo con Albert y juntos bajaron la escalera.

—Espero que tengas un momento para mí.

—Sí —dijo Albert— pero tengo que ir a casa a ver qué hace el muchacho.

—¿Podemos hablar allí sin que nadie nos moleste?

—Sí.

—Pues vamos a tu casa. ¿Quién es ese muchacho que tienes que ver lo que hace? ¿Tienes un hijo?

—No; es el hijo de mi amigo que murió en la guerra.

Albert abrió la portezuela del coche estacionado junto a la puerta de carga de la imprenta, subió y abrió desde dentro la otra portezuela para que subiera Bresgote.

—Perdona —dijo—, pero tengo mucha prisa. Cuando estemos en casa tendré todo el tiempo que quieras.

Bresgote sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo y los encendieron antes de ponerse en marcha.

—A lo mejor terminamos en seguida —dijo Bresgote.

Albert no contestó, tocó el claxon antes de abandonar el patio de la imprenta y pasó frente a los almacenes. Los pilares que separaban los escaparates estaban ahora totalmente cubiertos de carteles rojos y blancos; en cada uno había una palabra, y el conjunto decía: Sólido incluso en otoño.

- Para hablar sin rodeos —dijo Bresgote—, se trata de la mujer que vive contigo.

Albert suspiró.

—No vivo con ninguna mujer. Si te refieres a Nella, vivo en su casa, pero...

—¿Pero no te acuestas con ella?

—No.

Silencio, mientras Albert daba la vuelta a la plaza llena de coches.

Bresgote respetaba a los conductores, de modo que no volvió a hablar hasta haber llegado a una calle más tranquila.

—Pero ¿no es tu hermana?

—No.

—Y ¿no te gustaría, que...? ¿No tienes ganas de acostarte con ella?

—No.

—¿Cuánto tiempo hace que la conoces?

Albert tardó un momento en contestar, porque tenía que calcular cuánto tiempo hacía que conocía a Nella; le parecía que la conocía de toda la vida. Entró en una calle de más tránsito, cruzó otra y se metió por otra más tranquila.

—Un momento —dijo—; hace tanto tiempo que la conozco que tengo que pensarlo.

Aceleró la marcha, aspiró ávidamente el cigarrillo y dijo:

—La conocí en el verano de 1933 en una heladería, o sea que hace exactamente veinte años que la conozco. En aquella época era una nazi furibunda, era joven y llevaba la chaquetita de las B. D. M.,[7] pero en cuanto Rai le hubo dicho dos palabras, la abandonó en la misma heladería y al poco tiempo la hicimos cambiar de opinión. No fue difícil, porque no tiene pelo de tonta. Estamos a punto de llegar —dijo—, pero tengo que comprar algo para el chico. En casa encontraremos la comida hecha, solo tendremos que calentarla y luego nos haremos un poco de café. Tengo tiempo hasta las seis: a las seis quería marcharme para el fin de semana.

—Está bien —contestó Bresgote; pero Albert se dio cuenta de que quería que siguiese hablándole de Nella.

—Nella no está en casa —le dijo.

—Ya lo sé.

Albert le miró sorprendido, pero no dijo nada.

—Cuando perdió a su marido, tenía veinticinco años y estaba a punto de tener al niño. Vivo con ella desde hace ocho años y creo conocerla bien.

—No me importa cómo sea —dijo Bresgote— ni me importa lo que puedas decirme de ella; pero quisiera que me dijeras todo cuanto sabes.

Albert paró el coche, y al darle la vuelta y ver por el parabrisas la expresión de Bresgote tuvo un susto; le sobresaltó leer en su cara un amor desesperado. Bresgote se apeó también.

—¿Qué edad tiene el niño?

—Va a cumplir los once —contestó Albert.

Se detuvieron frente al escaparate de la tienda de objetos de escritorio, en la que, entre libros, papeles y pesacartas, había también algunos juguetes.

—¿Qué se le puede comprar a un muchacho de once años? —preguntó Bresgote—. No entiendo de niños, ni me gustan nada.

—Eso es lo que creía también yo hasta los treinta años: no me gustaban, ni sabía qué hacer con ellos.

Albert entró en la tienda y Bresgote le siguió.

—Desde que vivo con Martin, las cosas han cambiado.

Albert se calló, porque tenía miedo a dejar ver la ternura que sentía por Martin. Retiró un montón de periódicos y observó una caja de barritas de plastilina. Albert quería tanto a Martin que ya volvía a tener miedo, miedo a que Bresgote se casara con Nella y se le escapara el muchacho.

Bresgote revolvía en un montón de autos mecánicos. A pesar de que la propietaria de la tienda salía ahora por la puerta del fondo, Bresgote dijo:

—Jamás he tenido celos, pero sé lo que son.

—No creo que exista nadie de quien puedas tener celos.

Bresgote tomó una raqueta de ping-pong y examinó el grueso del corcho.

—¿Te parece que le gustaría un juego de ping-pong?

—No es mala idea —contestó Albert.

Continuó hojeando cuadernos de dibujo, libros, se hizo enseñar algunos juguetes mecánicos y figuras de madera; separó un cuaderno de Hoppalong Cassidy. Bresgote parecía entender en juegos de ping-pong, porque se hizo enseñar varias cajas, examinó las redes, las raquetas y las pelotas, dijo que le envolvieran el más caro y dejó un billete sobre la mesa. Albert, impaciente e irritado porque Bresgote le obligaba a reflexionar sobre sus relaciones con Nella, se hizo mostrar animales de goma hinchables. El olor intenso de un cocodrilo de goma verde le produjo náuseas, mientras la propietaria de la tienda, que parecía estar masticando un resto de asado especialmente duro de su almuerzo, probaba a hinchar el cocodrilo que tenía en la mano. Se puso muy encarnada y, por debajo de las gafas, le empezaron a resbalar gotitas de sudor por las mejillas. Alrededor de la válvula se habían formado unas ampollitas de saliva, pero el cocodrilo se hinchaba apenas.

—Gracias —dijo Albert—; ya me lo pensaré.

La mujer se sacó la válvula de la boca y dobló el animal con tan poca gracia que Albert recibió en pleno rostro la mezcla de su tibio aliento y del olor a goma.

—Gracias —dijo irritado—; gracias; déme eso.

Y señaló un cartón que contenía un martillo, unas tenazas y un escoplo sujetos con cordeles. Mientras la mujer envolvía el paquete y él se sacaba el dinero del bolsillo, se le ocurrió que Martin no sabría qué hacer con aquellas herramientas, pues era tan inhábil como su padre y no tenía la menor afición a los trabajos manuales.

Salieron de la tienda, recorrieron rápidamente dos calles más, cruzaron la avenida bordeada de arriates, y Albert disminuyó la marcha al llegar a la calle de los castaños.

—Ya estamos —dijo al parar.

Bresgote, con la caja debajo del brazo, se apeó.

—Qué bonito es este barrio.

—Sí, precioso —contestó Albert.

Abrió la puerta del jardín, se adelantó e inmediatamente se dio cuenta de que Martin todavía no había vuelto de la escuela, porque el papel que él le había dejado por la mañana en la puerta seguía allí. Albert había escrito en lápiz encarnado: «Aguárdame; hoy comeremos juntos.» Hoy estaba subrayado dos veces. Tomó el papel, abrió la puerta y penetraron en el vestíbulo tapizado de seda verde. La tela, aunque intacta, se había descolorido un poco, y las estrechas tiras de mármol que dividían la pared en cuadriláteros, mostraban manchas amarillentas. El radiador estaba cubierto de polvo. Albert enderezó el patinete que Martin había dejado medio apoyado contra el radiador y Bresgote desplegó la banderita tricolor.

—Pasa, por favor —le dijo Albert.

La entrada estaba oscura y silenciosa; el gran espejo, entre dos puertas, estaba totalmente ocupado por un retrato de hombre, colgado enfrente, que se reflejaba en él. Bresgote contempló el retrato: un dibujo al temple, inacabado y chapucero, pero que tenía un encanto especial. Era un joven con un jersey encarnado, que con los ojos bajos, parecía leer sobre un trozo de cartón azul algo que él mismo acababa de escribir, a juzgar por el lápiz que sostenía en la otra mano. Llevaba la pipa en la boca, y Bresgote pudo leer lo que decía el trozo de cartón azul: Pastas de huevo Bamberger.

Albert salió de la cocina, dejando la puerta abierta y Bresgote pudo ver que era enorme y estaba recubierta de azulejos blancos, en los que otros negros más pequeños formaban una orla con emblemas del arte culinario: cucharas y cacerolas, sartenes y enormes tenedores, moldes de pasteles y, enlazando con esa orla, un lema: El amor pasa por el estómago.

- ¿Es su marido? ¿El poeta?

—Sí —contestó Albert— pero lo verás mejor desde aquí.

Tomó a Bresgote por el hombro, le hizo dar una vuelta, y ambos quedaron frente al espejo, que era del mismo tamaño que el retrato. Bresgote lo observó pensativo y se fijó en el trozo de cartón azul, en el cual las letras se leían ahora del revés. Ante el retrato de aquel joven, los dos se contemplaron al espejo con sus cabezas medio calvas y sus rostros fatigados, y se sonrieron mutuamente.

—Ven —dijo Albert —comeremos, en cuanto llegue el chico. Entretanto beberemos algo.

La habitación de Albert era amplia y alta de techo; junto a la ventana estaba la cama y, enfrente, su tablero de dibujo, muy amplio también; entre la cama y el tablero quedaba un espacio libre. Al fondo, había además un diván, un armario, un sillón y una mesita con el teléfono.

Albert abrió el armario, tomó un par de copas y la botella del coñac y lo dejó todo encima de la mesa.

Bresgote ya se había sentado y estaba fumando. La casa y el jardín, todo el ambiente respiraba calma y un silencio profundo como hacía tiempo que no disfrutaba. Se sentía a sus anchas y le alegraba la perspectiva de hablar de Nella, con Albert. Se levantó mientras Albert servía el coñac, se acercó a la ventana, la abrió y le llegaron de lejos las voces de unos niños, y de aquella lejana risa dedujo que estaban jugando con agua. Se retiró de la ventana, se sentó nuevamente frente a Albert, bebió un sorbo de coñac y dijo:

—¡Qué bien me siento aquí! No me iré hasta que me eches.

—Puedes quedarte tanto como quieras —replicó Albert.

—Sólo tengo que llamar más tarde a la redacción. A eso de las cuatro.

—Puedes hacerlo desde aquí.

Albert miró el rostro de Bresgote y se asustó al descubrir de pronto en él aquella expresión de secreto desespero, que le recordaba a Scherbruder, el hombre que veinte años antes se había suicidado por Nella. Nella, que había organizado las veladas culturales de la B. D. M., era amiga de Scherbruder, que ejercía una función similar dentro de las juventudes hitlerianas. Scherbruder tenía veintiún años, y recién terminados los estudios del magisterio, había ido a ocupar su primer puesto de maestro en una escuela de suburbio rural. En un bosque que rodeaba una fortaleza desmantelada, no tardó en descubrir un roble gigantesco, y le faltó tiempo para remover la tierra a su alrededor; dio a la explanada el nombre de Thingplatz[8] y la destinó a los juegos y cantos de sus discípulos. Scherbruder era delgaducho y moreno, parecía casi un gitano y se le veía en la cara que hubiera dado la mano derecha por tener el cabello rubio. En cambio Nella era rubia como el oro y tenía exactamente las facciones de las mujeres que figuraban en los libros racistas, aunque en menos soso. Scherbruder denunció a Rai y a Albert ante la S. A. que, en la fortaleza próxima a su Thingplatz, tenía una especie de pequeño campo de concentración particular. Los dos amigos estuvieron encerrados allí durante tres días, y fueron interrogados, insultados y apaleados. A veces, Albert todavía soñaba en los oscuros pasillos interiores de la casamata, y le parecía oír los gritos de los detenidos sometidos a tortura y ver el suelo de cemento manchado de restos de sopa y de sangre y, a los S. A. que, por la noche, borrachos, cantaban mirándoles pelar patatas y, cuando había un momento de silencio, llegaba hasta allí el canto de los muchachos de Scherbruder: «Cabalgan, cabalgan, los dragones azules...»

No estuvieron más que tres días en aquella fortaleza porque el padre de Nella, que abastecía de mermelada los campamentos de las juventudes hitlerianas, logró que los dejaran en libertad.

Rai y Albert habían comprendido que Nella tenía la culpa de lo ocurrido, pero ella no les dijo ni una palabra acerca de lo que había sucedido entre ella y Scherbruder.

En cuanto a éste, ni siquiera cuando los hubieron puesto en libertad renunció a Nella, y le vieron un par de veces en la heladería del «Gallito». Y Albert no había olvidado aquella secreta desesperación que expresaba el rostro de Scherbruder, y que ahora se leía en el de Bresgote.

—Bebe otra copa —dijo.

Y Bresgote se sirvió y bebió.

Scherbruder se suicidó la noche de la fiesta del sol, la noche del 21 al 22 de junio, en su propio Thingplatz. Lo encontraron dos muchachos que habían ido por la mañana al Thingplatz para avivar el fuego y quemar la leña que todavía quedaba. La sangre que había salido de su herida en la cabeza había manchado el uniforme azul marino, tiñendo de color violeta el pañuelo del cuello.

Bresgote se escanció una tercera copa.

—Es una estupidez estar tan locamente enamorado a mi edad —confesó en voz ronca—, pero lo estoy, no puedo remediarlo.

Albert asintió con la cabeza, pero pensaba en algo distinto: en Absalom Billig, asesinado en aquella fortaleza pocos meses después del suicidio de Scherbruder; y se dio cuenta de las muchas cosas que había olvidado y de que todavía no había enseñado nunca a Martin aquella fortaleza donde su padre había sido torturado durante tres días.

—Cuéntame algo de ella.

Albert se encogió de hombros. ¿Qué sentido podía tener hacer comprender a Bresgote lo voluble que era Nella? Mientras vivió Rai, fue juiciosa, pero al volver de la guerra, Albert se quedó aterrado al verla tan fuera de sus casillas. A lo mejor se pasaba varios meses entregada a la devoción: madrugaba para ir a misa y se pasaba los días y las noches leyendo vidas de místicos; pero, de pronto, volvía a caer en la apatía, andaba como una sonámbula durante todo el día y perdía las noches invitando a gente y parecía feliz cuando se presentaba un pretendiente más o menos simpático que la llevaba al cine o al teatro..., y a veces se marchaba con algún hombre durante un par de días, y cuando volvía, estaba deprimida y se la oía llorar en su cuarto.

Albert contestó con una pregunta:

—Y ¿cómo sabías que estaba de viaje?

Bresgote se quedó callado. Albert le miró y empezó a pensar que era un latoso. Los hombres que se ponían sentimentales y hacían confesiones le parecían insoportables, y Bresgote tenía todo el aspecto de un hombre que se dispone a hacer un montón de confesiones. Parecía uno de esos «desesperados» que salen en las películas, esos aventureros desesperados que viven solos en una choza en plena selva virgen: se veía una cortina de bejucos, un mono arrojaba un plátano contra el aventurero y éste una botella de whisky vacía contra el mono; el mono huía dando saltos y gimiendo, y entonces el aventurero abría otra botella de whisky, bebía y empezaba a soltar su relato al interlocutor, que aparecía en aquel momento. El interlocutor era un médico o un misionero, o un comerciante lleno de sentido común que aconsejaba al desesperado que empezara «una nueva vida». El otro, después de un trago realmente brutal, exclamaba con voz ronca: «Conque una vida nueva, ¿eh?» Una sarcástica carcajada; y a continuación la historia contada con voz ronca, la historia de una mujer que había convertido el aventurero en lo que era —voz ronca, corte de escena, voz ronca, corte de escena — médico atónito, misionero atónito, comerciante lleno de sentido común atónito — y cuanto más baja el whisky en la botella, tanto más ronca está la voz del aventurero y tanto más próximo el final de la película. Pero Bresgote, a pesar de tener la voz ronca y de haberse echado al cuerpo seis coñacs, Bresgote seguía callado; y, de pronto, se levantó, atravesó la habitación, se paró junto a la ventana, entre la cama y el tablero de dibujo, tomó entre los dedos el visillo de color de rosa, jugó un poco con él y dejó de ser el aventurero desesperado para convertirse en el hombre inteligente que se halla en una crisis sentimental y que antes de soltar su confesión toma posiciones junto a la ventana, tal y como se ve en las películas inteligentemente escritas, inteligentemente rodadas y no menos inteligentemente fotografiadas.

Albert se sirvió otro coñac y resolvió aguantar la situación como un hombre. Pero estaba muy inquieto por Martin, que todavía no había vuelto de la escuela. Bresgote no tenía por qué temer: era uno de los tipos que gustaban a Nella, «inteligente y varonil» y vestido sin ninguna afectación; y era de esperar que Nella superaría pronto la fase que en aquel momento estaba atravesando. Una vez al año aproximadamente, le entraban aquellos anhelos de entregarse a una especie de sublime erotismo con clérigos inteligentes; de sentarse a gozar de la arrebatadora fascinación de las conversaciones de tema religioso junto al fuego del hogar en salas amplias y limpias, bebiendo buen vino y comiendo delicados pasteles de queso. Rodeada de bellos cuadros de pintores modernos, gozaba de la contemplación y la compañía de eclesiásticos de apuesta figura y ojos ardientes, que, gracias a su hábito parecían todavía más inteligentes de lo que eran en realidad.

Albert sonrió sin darse cuenta y se acordó de lo mucho que quería a Nella y de la alegría que tendría cuando la volviera a ver.

—Sí, ya te puedes reír —dijo Bresgote desde la ventana— estoy verdaderamente enfermo. Seguramente me hubiera limitado a esperar un encuentro con ella, sin provocarlo, si no la hubiese visto esta mañana.

—¿La has visto cuando se marchaba?

—Sí —contestó Bresgote— con un individuo a quien odio, un tipo a quien ya detestaba antes de verle con ella.

—¿Quién es? —preguntó Albert casi mecánicamente, porque tuvo la impresión de que Bresgote buscaba un interlocutor.

—Un tal Gäseler —dijo Bresgote con rabia—. ¿No le conoces?

—No.

En otra época, el mero hecho de oír pronunciar aquel nombre le hubiera llenado de odio, pero ahora sólo se asustó ligeramente y comprendió las alusiones de Nella al viaje que iba a emprender.

—Parece que sí, que le conoces —dijo Bresgote, que se había acercado.

Y, en el rostro de Bresgote, Albert pudo leer el aspecto que ofrecía el suyo propio después de haber oído aquel nombre.

—Yo sólo una vez conocí a uno que se llamaba así y que era un cochino.

—No cabe duda de que lo es.

—¿Qué hace? —preguntó Albert.

—Es uno de esos animales católicos que se ocupan de cosas de cultura —contestó Bresgote—. Hace tres semanas que ha entrado en el cuerpo de redacción de Der Bote.

- Hombre, gracias por el requiebro —replicó Albert—. También yo soy católico.

—Lo siento —dijo Bresgote— lo siento por ti, no por haberlo dicho; pero ese fulano es un cochino. Ese Gäseler que tú conocías, ¿qué hizo?

Albert se levantó de la silla. De pronto, los papeles habían cambiado: ¿tendría que ser él, ahora el aventurero desesperado o el hombre inteligente de la película, que tiene que adoptar una actitud teatral para hacer su confesión bajo la luz de todos los proyectores? Bresgote, que se hurgaba desesperadamente en la boca con una cerilla, le daba lástima; por otra parte, seguía pensando en Martin y estaba inquieto porque todavía no había regresado. Le atormentaba tener que volver a explicar lo que ya tantas veces había contado, aquella historia que de tanto repetirla le parecía que se desgastaba, que se desfiguraba. La había tenido que contar múltiples veces a la madre de Nella, a la propia Nella, y durante los primeros años, a Martin. Pero ahora ya hacía tiempo que el muchacho no le hacía preguntas sobre aquello.

—Habla —dijo Bresgote.

—El Gäseler a quien yo conocía, tiene sobre su conciencia al marido de Nella, en la forma más legal y menos insólita que existe: le asesinó en la guerra. Antes —añadió— no me costaba nada decir que le había asesinado; hoy sólo lo digo porque no se me ocurre otra palabra. Pero no tiene sentido que te lo cuente, porque no sabemos si es el mismo.

—Dentro de una hora lo sabremos —replicó Bresgote— Der Bote publica su foto en el número de este fin de semana. Y tampoco hay tantos cochinos que se llamen Gäseler.

—¿Pero a ti qué te ha hecho?

—Nada —contestó Bresgote con ironía— nada en absoluto. Esa gente nunca le hace a uno nada.

—¿Estás seguro de que ella se ha marchado con ese Gäseler?

—La vi subir a su coche.

—¿Qué aspecto tiene?

—Oh, no te preocupes por eso; no tengo más que llamar y dentro de una hora está aquí su retrato.

Albert, temeroso de que realmente se tratara de Gäseler, intentó detenerle, pero Bresgote se dirigió al teléfono y marcó el número. Albert tomó el otro auricular, escuchó y, cuando la voz dijo: Aquí Wochenend im Heim, reconoció la voz de la muchacha que había estado arreglándose ante el espejo, pero, inmediatamente, oyó también a la otra que decía: «Tenías razón, el flan estaba infame.»

—Conecte bien —dijo Bresgote furioso— se oye todo lo que dicen en la cabina.

Albert colgó el auricular.

—Dentro de una hora necesito tener aquí el último número de fin de semana de Der Bote. Envíe a Welly con la moto. No, no —gritó en seguida— no lo mande a mi casa. Envíelo aquí, a casa del señor Muchow —dio las señas— y dirija aquí todas las llamadas hasta que yo la avise.

Colgó el auricular y dijo a Albert:

—Anda; cuéntame.

Eran las dos y media y Albert estaba inquieto por el chico.

—Era en verano de 1942. Por la mañana, estábamos tendidos en unas trincheras que nosotros mismos acabábamos de cavar, frente a un pueblo que se llama Kalinowka. Había llegado un teniente nuevo, y estaba haciendo la ronda para ver a los hombres de su compañía. El tal teniente era Gäseler; con nosotros estuvo un rato más que con los demás. Había una calma absoluta. Gäseler dijo:

—Necesito a dos hombres inteligentes.

Nosotros no contestamos.

—Dos hombres inteligentes es lo que necesito.

—Nosotros no somos inteligentes —contestó Rai.

Gäseler se echó a reír:

—Si algo sois, tú y ése, es precisamente inteligentes.

—¿Hemos comido alguna vez en el mismo plato? —replicó Rai.

Albert se interrumpió; tuvo la impresión de que tragaba la muerte a cucharadas. ¿A qué volver a repetirlo todo? ¿Por qué aparecía de pronto un hombre que se llamaba Gäseler? ¿Por qué era indispensable que conociera a Nella y despertara los celos de Bresgote?

—Esta respuesta —dijo como si le costara hablar— decidió la suerte de Rai. Gäseler nos designó para un reconocimiento para el que no teníamos la menor aptitud. Todo el mundo dio muestras de buen sentido: el sargento, que nos conocía, intentó disuadir a Gäseler, y el capitán intervino para hacerle ver el poco acierto que representaba encargamos aquella empresa tan arriesgada: en el pueblo no se oía un alma y nadie sabía si en él había rusos o no. Todo el mundo probó a convencer a Gäseler, pero él se limitó a gritar: «Lo único que importa es saber si la orden de un oficial tiene que cumplirse o no.» Eso era poner al capitán en una situación difícil, y —Albert estaba demasiado cansado para explicarlo todo— el capitán, entonces, insistió con nosotros, porque Gäseler daba parte por escrito, sin duda alguna nos fusilarían por desobediencia a un superior, mientras que si salíamos de reconocimiento cabía la posibilidad de salvar el pellejo. Nosotros cedimos; y lo terrible es eso, que no hubiéramos debido ceder: pero lo hicimos porque todo el mundo, suboficiales y soldados, se había portado tan bien con nosotros, de un modo tan razonable, dándonos consejos, y nosotros, por primera vez, en realidad, nos habíamos dado cuenta de que todos nos querían. Eso fue lo terrible: todo el mundo estuvo amable con nosotros y nosotros cedimos y salimos de reconocimiento y a Rai le mataron y media hora más tarde estaba muerta o había caído prisionera la mitad de la compañía; porque había mucho rusos en aquel pueblo. Los restantes huimos en desbandada, pero yo todavía tuve tiempo de darle en el hocico a Gäseler, porque Rai estaba muerto, y me pareció una completa estupidez haber vengado la muerte de Rai con una bofetada, a pesar de que fue una bofetada cara, ya que me costó medio año de cárcel. ¿Comprendes lo que pasó?

—Sí —dijo Bresgote— lo comprendo; todo ello encaja perfectamente con el carácter de Gäseler.

—No deberíamos de haber cedido —dijo Albert— y lo peor, lo que me pone malo cada vez que lo pienso, es que todo eso no tenía nada que ver con la guerra: era puramente una cuestión de odio personal, porque Rai le había dicho «¿hemos comido alguna vez en el mismo plato?» y Rai le odiaba. Nos habíamos acostumbrado —prosiguió Albert, más animado— nos habíamos acostumbrado a catalogar con precisión a cada uno de los oficiales nuevos que llegaban. Rai era quien lo hacía; a Gäseler lo definió así: «Bachiller con notable, católico; quiere estudiar derecho, pero también tiene ambiciones literarias; sostiene correspondencia con sacerdotes de derecha; amor propio enfermizo.»

—Amigo —le interrumpió Bresgote— de vez en cuando vale la pena leer algunos versos. El retrato es genial. Y te aseguro que es él. No tenemos por qué ver la foto.

—Lo mismo creo yo, y verdaderamente no perderías nada si leyeras con calma los poemas de Rai. No contaba que tuviera que morirse; cedió porque quería vivir y fue terrible tener que abandonar la vida y haber cedido, haber cedido ante un hombre como Gäseler y morir rodeado de botes de mermelada que llevaban sus slogans, y que salieran necrologías suyas en los periódicos nazis.

—¿Qué quieres decir con lo de los botes de mermelada? ¿Y qué pasó con los periódicos nazis?

—En 1935, Rai empezaba a ser conocido en Alemania y una serie de individuos le tomaron como estandarte, porque no era peligroso hacer su elogio. Sus poemas no trataban directamente ningún tema político, pero quien sabía leerlos veía claramente lo que el autor quería decir. Schurbigel le descubrió, y los nazis lo aprovecharon para hacer propaganda porque sus poemas eran completamente distintos de toda aquella basura que se fabricaba en sus oficinas; podían jalearlos y de paso dar pruebas de su amplitud de miras. Y ahí tienes cómo Rai se encontró en la terrible situación de verse elogiado por los nazis. Entonces dejó de publicar versos y sólo los escribía muy de tarde en tarde, y aceptó un empleo en la fábrica de su suegro. De momento trabajó solo, dedicándose a hacer unas estadísticas gráficas en las que se veía quiénes comían mermelada, dónde, cuánta y de qué calidad. Rai se tomó ese estudio en serio; se informó de las características culinarias de cada región y a base de diagramas en todos los matices del color rojo, tenía constantemente al corriente la equivalencia gráfica de los datos que la sección comercial le proporcionaba. Cuando el Partido celebraba su concentración en Nuremberg, o cuando había una reunión de nazis en alguna parte, se gastaba todo un tubo de rojo, y, más tarde, cuando yo regresé de Inglaterra, nos dedicamos juntos a hacer carteles y slogans que luego, durante la guerra, volvimos a encontrar en las latas de mermelada sin quererlo. Rai se hizo famoso, porque desenterraron sus poemas y los publicaron, a pesar de que él, en sus cartas, siempre se había negado. Rai estaba furioso; todo eso le ponía verdaderamente enfermo.

—Bresgote preguntó:

—Y a ese Schurbigel, ¿le conocías ya antes?

—Sí, ¿por qué?

—¿Crees posible que ella trabe relaciones con ese Gäseler?

—No. Por otro lado, sabe perfectamente quién es.

—¿Cómo es posible?

—Esta mañana, antes de marcharse, hizo unas alusiones muy raras.

—¿A dónde han ido?

—A Brernich, a un congreso.

—¡Dios mío! —dijo Bresgote—. Siento deseos de ir.

—Déjala en paz, ya sabrá ella lo que tiene que hacer.

- ¿Qué puede hacer?

—No lo sé, pero hará lo que tenga que hacer.

—Una bofetada... un puntapié en el culo... ¿Qué otra cosa puede hacérsele a un individuo semejante? Yo lo haría.

Albert guardó silencio.

—Estoy inquieto por el chico —dijo finalmente—. No acierto a comprender dónde se ha metido; sabía que hoy quería salir al campo con él. ¿Tienes apetito?

—Sí —dijo Bresgote— haznos algo que comer.

—Ven.

Pasaron a la cocina y Albert puso al gas una olla de verdura y sacó la ensalada de la nevera. Nella había dejado preparada la masa de buñuelos y cortado unos dados de jamón. También había molido el café. Se había pasado tres días enteros en casa, pacífica y callada, y no había recibido visitas. Albert miraba fijamente el lema de la pared: El amor pasa por el estómago.

Le molestaba que Gäseler hubiese aparecido. Le aterraba la idea de volver a encontrarse cara a cara con el auténtico Gäseler. Hablar de él, pensar en él, había sido cosa fácil; pero ahora, Martin y la abuela intervendrían en el asunto. Bresgote, de pie a su lado y con el rostro crispado de indignación, observaba cómo se iban friendo los buñuelos y cómo, en la sartén, iban bailoteando en la grasa los trocitos de Jamón envueltos en la masa de harina.

Albert tenía el oído alerta a cualquier ruido que llegara de la calle. Conocía los pasos de Martin, idénticos a los de Rai, unos pasos ligeros, y sabía cómo rechinaba la puerta del jardín cuando Martin la abría. La abría sólo hasta un determinado punto, mientras que Nella la empujaba con furia, hasta hacerla chocar contra el poste que había detrás. Martin sólo la abría hasta la mitad y se escurría por la abertura, con un rumor característico, que ahora estaba acechando. El ruido de los buñuelos al freírse y de la verdura al hervir le irritaba porque no le permitía atender a los ruidos exteriores. Sacó el primer buñuelo ya frito y lo puso en el plato de Bresgote, le sirvió una porción de ensalada y le dijo:

—Perdóname, pero no puedo más, tengo que ir a ver si encuentro al muchacho. Van a dar las tres.

—¿Qué quieres que le haya ocurrido?

—Sólo puede haber ido a dos sitios —dijo Albert— y voy a ver. Empieza a comer, cuando hayas terminado, pon agua al fuego para el café.

Cada vez que Martin no era puntual, Albert no podía evitar que su imaginación se disparase, no sabía cómo defenderse de los cuadros que desfilaban en tropel ante sus ojos: accidentes, sangre, camillas... Y le parecía ver la tierra que echaban sobre una tumba y oír cantar a los alumnos de la clase de Martin, como habían cantado en otro tiempo las niñas en el entierro de Leen: Media in vita, habían cantado las niñas inglesas. Sangre y muerte repentina: Media in vita. Albert se impuso la obligación de conducir pausadamente, recorrió la avenida mirando detrás de cada árbol y continuó buscando a pesar de que sabía que no encontraría al chico; lo sabía tan seguro como que el hombre que se había marchado con Nella era Gäseler. Pero eso no le interesaba en aquel momento. Pasó ante el Atrium y llegó hasta la esquina de la Heinrichstrasse, en la que estaba situada la escuela. La calle estaba desierta, solitaria bajo el sol y silenciosa, hasta que, de pronto, se llenó de alboroto: era la hora del recreo de las niñas y centenares de voces sonaron a la vez. Risas y gritos, y un peno asustado cruzó la calle con la cola gacha.

Albert continuó su ruta; durante un minuto se detuvo ante el cartel «Carpintero», y luego tocó tres veces el claxon. Heinrich se asomó a la ventana: rostro agradable y radiante.

—¿Está Martin en tu casa?

Albert sabía de antemano la respuesta, que vino en seguida.

- No. ¿Todavía no ha llegado? Se marchó directamente a casa.

—No... ¿Te vienes esta tarde con nosotros?

—Tengo que preguntárselo primero a mamá.

—Pasaremos a buscarte.

—Bueno.

Sólo quedaba Bolda. Albert conducía con tanta lentitud que los demás coches le adelantaban con gran ruido de claxons, pero él no parecía inmutarse. Volvió a la derecha, dio la vuelta a la iglesia y se paró delante de la sacristía.

Sangre, muerte repentina... Convicción de que tampoco estaba con Bolda; paralizadora necesidad de apearse e ir en busca de la confirmación de aquello que ya suponía. Media in vita.

La puerta estaba entornada, Albert la empujó y pasó junto a los armarios fríos y limpios. Al lado del roquete del sacristán estaba colgado de un clavo el abrigo de Bolda, marrón oscuro: en el bolsillo izquierdo, el termos lleno de caldo; en el derecho, el paquete de los bocadillos.

Albert empujó la puerta, hizo una genuflexión frente al altar y echó a andar por la nave central. Nunca había estado allí fuera de las horas de oficio y le sorprendió ver tan vacía aquella nave. No se oía nada: vio el cubo lleno de jabón junto a una columna y el cepillo apoyado al lado, pero no descubrió a Bolda hasta después: estaba sacando el polvo de los adornos góticos del confesonario. Bolda oyó sus pasos, se volvió, pronunció algo incomprensible y se dirigió a Albert. Coincidieron frente al banco de la comunión, y Albert pudo leer en los rasgos de Bolda la expresión de su propio rostro.

—Dios mío —dijo—. ¿Qué ocurre?

—Martin todavía no ha regresado de la escuela. Estuvo en casa pero luego se marchó.

—¿Eso es todo?

—Sí.

Le irritaba que Bolda hablara tan alto, pero su propia voz, que inconscientemente había bajado, resonaba más de lo que era de esperar.

—Sí, eso es todo, pero ¿no es ya bastante?

Bolda sonrió.

—Ya volverá. No le ha pasado nada. A veces se enfada cuando no encuentra a nadie en casa. Seguro que volverá.

Volvió a sonreír y sacudió la cabeza:

—No te pongas así.

Albert se quedó asombrado al oírla tan amable y cordial. No sabía que pudiera serlo y, sin embargo, ya hacía siete años que vivía con ella. Casi la encontró bonita: tenía las manos pequeñas y delicadas: era la primera vez que se daba cuenta de ello. La gamuza amarilla que llevaba en la mano era nueva, todavía conservaba la etiqueta, un pedacito de papel pegado en el que campeaba un cuervo negro.

—Seguro —dijo Bolda sonriendo—. No debes excitarte de ese modo.

—¿Tú crees?

—Claro que sí. Vete tranquilo a casa, que el chico ya irá.

Bolda se volvió a medias y le sonrió para animarle; luego acabó de volverse y se dirigió nuevamente hacia el confesonario.

—Si viniera aquí, mándalo en seguida —dijo Albert.

Bolda asintió con la cabeza.

Albert marchó hacia la sacristía, hizo una genuflexión al pasar ante el altar y salió a la calle por la misma puerta por donde había entrado.

No sabía dónde más buscar. Siguió el mismo camino que antes. Iba recobrando la calma. La confianza de Bolda había influido sobre él. Bresgote ya había hecho el café y frito también el otro buñuelo.

—Mírale —dijo Bresgote tomando el periódico que había encima del aparador. Albert vio inmediatamente que era Gäseler, su rostro moreno y regular.

—Sí —dijo con tono cansado— es él.

 

XIV

 

Mientras pagaba el taxi, Nella vio a Gäseler que aguardaba ante la puerta del Banco de la Confianza: joven, esbelto y elegante, entre las dos figuras de bronce que flanqueaban la entrada. A la izquierda, un hombre de bronce con una cartera; a la derecha, otro con una paleta de albañil. Ambos parecían sonreír: sonrisa de bronce bajo una ventana de cristales de colores, iluminada por dentro. Unos tubos de neón subrayaban la transparencia, hacían resaltar las flores oscuras, las ruedas, una balanza y unas espigas y, en una orla de flores, ruedas, carros y espigas, destacaban las palabras blancas como la nieve: Banco de la Confianza — Seguridad. La palabra Seguridad era tres veces mayor que las demás, y Gäseler estaba entre el hombre de la paleta y el hombre de la cartera, exactamente debajo de la U de Seguridad.

Gäseler consultó el reloj de pulsera y Nella, a quien en aquel momento el chófer del taxi le estaba contando el dinero de la vuelta en la mano, echó de menos a Martin, a Albert, a Glum, a su madre y a Bolda; por más que hizo por encontrar su odio por Gäseler, no lo logró. Sentía algo distinto, algo extraño, frío y molesto: sentía aburrimiento.

Una luz clara y llana lo cubría todo: unos focos mal dirigidos iluminaban a aquel joven aburrido que ahora iba y venía entre el hombre de la paleta y el hombre de la cartera, entre la U y la A de Seguridad.

- Bueno, señora —dijo el chófer— ¿baja usted por fin o se queda?

Nella sonrió al chófer y con aquella sonrisa apagó su mal humor: fácil movimiento muscular; el hombre se apeó, dio la vuelta al coche, le abrió la portezuela y la ayudó a sacar la maleta.

Gäseler, al otro lado de la plaza, volvió a mirar el reloj: en efecto, pasaban siete minutos, y Nella cerró los ojos para no ver aquella luz tan deslumbradora: película sin medias tintas, película sin ambiente que empezaba en aquel momento.

—Ah, querida Nella, cuánto me alegro de que haya venido.

Apretón de mano sin fantasía, auto nuevo flamante, azul como el cielo en un día de verano, agradable lujo en el interior, y los efectos devastadores de la sonrisa.

—¡Qué coche tan bonito! —dijo Nella.

—Llevo recorridos cuarenta mil kilómetros con él. Lo único que hay que hacer es tratar las cosas con cuidado.

—Claro que sí. El orden es media vida.

Gäseler la miró desconfiado.

El coche contenía ceniceros y un mechero eléctrico, cuyo filamento se ponía incandescente sin fallar nunca. Gäseler dio gas.

¿Se acercó de aquel modo, Judit a Holofernes? ¿Tenía tantas ganas de bostezar mientras cruzaba el campamento a su lado?

Conducción segura y elegante, correctas paradas ante las luces rojas de los semáforos, ventajas rápidamente aprovechadas: paso del coche al primer lugar vacío, prudente serpenteo. Ojos duros, algo sentimentales al observarlos de cerca, y todo ello bañado en aquella luz clara y llana. El último número de Der Bote en la bolsa junto al mechero. Nella abrió el periódico, buscó el nombre de los redactores: página literaria: Werner Gäseler. Albert no había pronunciado nunca su nombre de pila, no había dicho nunca qué edad tenía y, durante muchos años, Nella le había imaginado muy distinto: más alto, un hombrón, un bruto, un oficial inteligente, un toro del deber que exigía obediencia; pero no con aquel perfil que, en el mejor de los casos, era apropiado para una película publicitaria: «Visite usted el castillo de Brernich, la perla del arte barroco, en el idílico valle del Brer.»

Suburbio: empalizadas, carros de gitanos, una feria que se desmontaba; carros abigarrados; en el fondo, un tiovivo aún en marcha, en el que se ajetreaban rápidamente y por última vez unos niños, mientras unos hombres enrollaban el toldo para llevarlo a otra parte. Pero, bajo aquella luz, con aquel protagonista, incluso los objetos más pintorescos resultaban sosos y sin relieve, y la carretera parecía una carretera de postal.

Nella le lanzaba sonrisa tras sonrisa a la cara: «Cómetelas, guapo, y si lo eres, así te maten, y si no lo eres, el beso que tienes el derecho de darme en la mano, me costará un inmenso esfuerzo por dominarme. Pero sí, lo eres, mocito, tú eres el embrollón que se encargó de cortar la película. El destino tiene el mismo aspecto que tú: ni sórdido, ni pavoroso; ni más ni menos que tú: aburrido.» A Nella la irritaba incluso la calma, la regularidad con que el hombre mantenía la velocidad sobre los sesenta kilómetros. Cuando iba en coche, quería por lo menos que la manecilla señalase alrededor de los cien por hora: manecilla oscilante, más sensible que las propias manos que regulan los movimientos del coche.

Gäseler se volvió a mirar a Nella y ella le regaló tres veces aquel movimiento de músculos; veneno mecánicamente lanzado, al que él correspondió agradecido.

Bietenhahn: casitas de madera esparcidas por el bosque, sin programa aparente, y, no obstante, con toda la gracia con que pueden cultivar su aire romántico los lugares turísticos. Sobre la puerta de la villa, una bala de la Guerra de Treinta años, anidada en cemento: bala «sueca» fabricada en los tálleles Schmitzen, rugosa y artificialmente cubierta de musgo.

—Bonito ese lugar.

—Precioso —contestó Nella.

La madre de Albert ponía a secar la colada en el jardín, Will, a su lado, le iba dando las pinzas de tender y, por la tarde, irían Albert y el niño y pasarían un fin de semana delicioso, porque a última hora llegaría Glum y cantaría, y quizás, el lunes saldrían de viaje, lejos, muy lejos.

«Párese un momento», estuvo a punto de decir, pero no lo dijo, y sólo pudo volverse otra vez en la curva y ver a Will: caminaba pacíficamente detrás de la madre de Albert, llevando la bolsa de las pinzas de madera. La madre de Albert dejó su cesta amarilla en el suelo para tender la camisa de dormir de Will: como una bandera de paz, allá abajo: pretexto de nostalgias que quedó allá lejos, oculto detrás de los árboles.

—Bello paraje.

—Encantador —dijo Nella.

Gäseler le echó otra mirada de desconfianza. Tal vez el tono de su voz le había llamado la atención. Nella borró la desconfianza con una sonrisa. Bálsamo maravilloso, insuperable, que ella ponía de balde sobre los rostros de los hombres malhumorados: «Todo estaba arreglado, todo quedaba arreglado.» Gäseler aceleró la marcha, y la manecilla del cuentakilómetros saltó a setenta y cinco; tomó las curvas con segura elegancia, y la película continuó: «Visite usted el castillo de Brernich, la perla del arte barroco en el idílico valle del Brer.»

Por el fondo del valle corría el Brer: riachuelo estrecho y verde, cuyo curso era mantenido artificialmente; unas secretas conducciones de cemento le llevaban agua para que no se adormeciera y pudiera conservarse idílico y fresco: río de frescor entre prados y bosques, sin que faltara tampoco el inevitable molino, cuyas aspas batían alegremente el aire: dulce música en el idílico valle del Brer.

—Dios mío, qué precioso es eso.

—Maravilloso —contestó Nella.

Mirada desconfiada, sonrisa balsámica, el mecanismo funcionaba perfectamente. Por un momento, Nella se olvidó de que el hombre que tenía delante era Gäseler, y luego, el aburrimiento le sobrevino como una súbita enfermedad. Bostezos y el esfuerzo por sostener vivo el diálogo para que él no notara lo mucho que ella se aburría. Gäseler creía divertirla extraordinariamente contándole las muchas y variadas intrigas a que había tenido que recurrir para entrar de redactor en Der Bote.

Atravesaban ahora a marcha moderada una pacífica campiña: prados y campos de cultivo se iban alternando, el ganado se apretujaba contra las empalizadas y allí cerca de la esclusa, el Brer tenía un carácter casi torrencial. Probablemente, el guardián de las compuertas acababa de dar la vuelta a la manivela para que entrase frescor y romanticismo en el Brer. Nella fumaba para combatir el aburrimiento. La película que ahora se estaba rodando parecía ser la de un aficionado con muy buena intención, muy interesado en quedar bien: luz escasa y gris, en la que nada tenía relieve, como en las fotografías de álbumes aburridos, fotografías que empezaban a animarse; montones de álbumes que ella tendría que contemplar. Grisalla mortal fijada porque un embrollón había oprimido el botón de una cámara: aquella misma grisalla que Nella había visto tantas veces en los álbumes de fotografías de sus amigas de colegio, aburrimiento estibado en álbumes rayados llenos de fotos reveladas por presuntuosos drogueros de balneario: lugares de veraneo entre Flensburg y Medina, entre Calais y Karlsbad; perpetuado, todo cuanto había que perpetuar: el aburrimiento en grupo o solitario, aburrimiento 8×8 ó 16×12 y, de vez en cuando, el tedio de gran superficie: Lotte en el «golf» de Medina: 24×18, inmortalizada en el álbum número 12, que ilustraba la vida de Lotte desde su examen de estado hasta el día en que pidieron su mano. Luego seguía el álbum número 13 —ah, no somos supersticiosos— totalmente dedicado a la boda y al viaje de novios: aburrimiento con velo y sin velo, aburrimiento con inocencia y sin ella. ¿Conocías ya al padre de Bernhard? ¿No? Pues helo aquí: sonriente desconocido, inmortalizado en formato de 8×6. Y en seguida, en el álbum número 14, el niño. Precioso, precioso, precioso... con ligeras sombras grises sobre el rostro, retocadas con genial habilidad.

Gäseler, evidentemente pararía el coche en aquel lugar «tan maravilloso», intentaría besarla y se sacaría la Leica de la cartera. Luego pegaría en el álbum: Nella en la gran curva, donde la carretera se bifurca, donde se ve desde arriba el Brer. A la derecha, quedaba el embate del bosque: lago idílico, bosque idílico. En el fondo del valle, el río; más allá, el pueblo con su campanario barroco y su gran parador, también barroco: «El Cerdo Azul» —«Ah, ¿no sabe usted todavía por qué le llaman así? —No. —Pues escuche la anécdota»—, y otro beso, otra vez apearse del coche, fotografía del campanario barroco, fotografía de «El Cerdo Azul», no menos barroco; y como por milagro, la droguería le servía otra vez el aburrimiento de ley.

—¿Verdad que es precioso?

—¡Oh, sí!, es estupendo.

Nella había recorrido muchas veces aquel camino, antes con Rai y, en los últimos años con Albert, y nunca se había aburrido. Ni siquiera el campanario barroco y «El Cerdo Azul» le habían parecido aburridos, pero ahora el tedio era tan grande, que su irritación iba subiendo por momentos, como sube el mercurio en el termómetro en los días de calor.

—Pare —dijo con vehemencia—; déjeme respirar un memento el aire fresco.

Gäseler paró el coche, ella se apeó, se adentró un poco por el bosque, inmediatamente oyó el «cric» y vio a Gäseler con la Leica en el pecho, de pie delante del coche.

Nella regresó lentamente y dijo en voz baja:

—Déme el film.

Gäseler la miró con aire estúpido.

—Déme el film, sáquelo de la máquina.

Gäseler frunció el entrecejo; luego, lentamente, abrió su máquina, sacó el film y se lo dio. Ella desenrolló la bobina, rompió la cinta y dijo sin alterarse:

—No puedo soportar las fotos. No vuelva a intentar retratarme.

Volvió a subir al coche, le miró de reojo y, por un rato, la divirtió la expresión de ofendida terquedad de su perfil, con los labios ligeramente contraídos.

Poco después, Gäseler se detuvo en la bifurcación desde la que se veían las escasas aguas del Brer, el campanario barroco y el parador de «El Cerdo Azul». Gäseler afectaba jugar despreocupadamente con la Leica, que seguía llevando colgada del cuello, y dijo lo que tenía que decir:

—¿Verdad que es maravilloso?

—Sí —dijo ella—. ¿Cuánto tiempo tardaremos en llegar al castillo?

—Media hora. ¿Conoce usted Brernich?

—Estuve allí un par de veces.

—Curioso que no hayamos coincidido nunca: el mes pasado estuve dos veces allí.

—Yo hace un año que no he subido.

—¡Ah! —dijo Gäseler—, yo sólo llevo dos meses aquí.

—¿Dónde vivía antes?

—Estudiaba. He tenido que volver a empezar.

—¿Ha servido usted mucho tiempo?

—Si —contestó él—: cuatro años; luego tuve que estar seis años trabajando hasta tener una profesión, y ahora me gustaría empezar poco a poco a vivir.

—Como vivir —replicó Nella—, supongo que hará ya veintiocho años que vive.

—Exactamente treinta y dos —contestó Gäseler sonriendo—. Gracias por el requiebro.

—No era adulación, sino curiosidad. Sabía que diría usted su edad, porque seguramente le gustaría parecer mayor de lo que es.

—Para usted, me gustaría tener dos años más.

—¿Para qué? —replicó Nella fríamente y, hastiada, miró para «El Cerdo Azul», que exponía al sol su fachada recién pintada, su fachada barroca de brillantes colores.

—Porque así tendría cuatro años más que usted.

—¡Qué piropo más complicado! —dijo Nella con desgana—, pero se equivoca usted: tengo exactamente treinta y siete años.

Aquella sensación debía de ser la de un comisario de policía al interrogar a un ratero; no la de un juez de instrucción frente a un gran criminal.

—Mi lisonja no fue intencionada en absoluto. Verdaderamente parece usted más joven.

—Ya lo sé.

—¿Le importa que continuemos el viaje?

—No —dijo Nella—; pero no se pare frente a la iglesia ni en «El Cerdo Azul».

Gäseler la miró sonriente y ella no dijo nada hasta que el coche hubo pasado la curva en forma de horquilla y atravesado lentamente el pueblo.

—Divertida, la anécdota de «El Cerdo Azul».

—Sí, encantadora —contestó ella.

La película publicitaria para la agencia de viajes continuaba: prados, vacas — y, como director, aquel actor de octavo orden, bien afeitado, director de publicidad, antiguo cómico de la legua... y ella, ella era la diva comprada para reforzar la atracción del proyecto publicitario. La colaboración del paisaje no costaba nada. Y la cámara estaba en manos de un aficionado, que había llamado la atención por sus dotes en un cursillo. Nella no lograba pasar a los otros planos: ni la película del recuerdo, ni la otra, que se llenaba de polvo en el archivo y contenía la continuación de lo que ahora era recuerdo: vida sin lastre, con hijos y una mesa de redacción; bebidas refrescantes, frías y de abigarrados colores, y Albert, el amigo infatigable; una película sin Glum, sin Bolda, sin los chicos —jamás concebidos, jamás nacidos — que ingresaron en la escuela entre 1950 y 1953. Nella, crispada, hurgaba en su memoria para encontrar el recuerdo de Rai y avivar su odio; pero sólo surgían imágenes pálidas, clisés sin movimiento: pueblos italianos que parecían sacados de proyectos, y, en ellos. Rai como un turista desorientado. Fatigada imaginación: el presente lo paralizaba todo. De pronto, sintió el brazo de Gäseler sobre su hombro y dijo con calma:

—Quite el brazo.

Gäseler retiró el brazo y ella siguió esperando en vano el odio: Absalom Billig, muerto a golpes sobre el suelo de cemento; sangre sobre áspero cemento; y Rai, sacrificado por una orden, por un principio, inmolado al prestigio, muerto de un tiro, irrecuperable. Rai no aparecía y el recuerdo seguía mudo. No aparecía el odio; sólo bostezos, y la mano volvió a ponerse sobre su hombro y ella volvió a decir sin inmutarse:

—Quite la mano.

Y Gäseler obedeció. ¿A eso llamaba él empezar a vivir? Manoseos junto al volante, intercambio de besos en el lindero del bosque, mientras un corzo joven escondido, pero sonriente, los contemplaba; corzo sonriente, hábilmente sorprendido por el «cameraman» aficionado.

—No lo vuelva a hacer —dijo Nella—. Deje la mano definitivamente quieta, me fastidia terriblemente. Cuénteme mejor dónde estuvo durante la guerra.

—¡Oh! —dijo él—, no me gusta pensar en aquella época. Procuro olvidarlo y lo consigo. Ya pasó.

—¿Pero probablemente sabe usted dónde estuvo?

—Casi en todas partes. En el frente occidental, en el oriental, en el Sur — sólo en el Norte no estuve nunca. Últimamente estuve en el ejército de Erwin.

—¿En qué ejército?

—Dije Erwin. ¿No sabe quién fue Erwin Rommel?

—No; los nombres de pila de los generales nunca me han interesado.

—Oh, ¿por qué es usted tan mala?

—¿Mala? —dijo Nella—. Dice usted mala como si se tratase de una niña testaruda que no quiere dar la mano a la tía. ¡De cara a la pared, esa niña mala! Pero tal vez ignora usted que mi marido murió en el frente.

—Sí, lo sabía. El padre Willibrord me lo dijo, pero ya lo sabía antes. ¿Quién no lo sabe? Perdóneme.

—¿De qué? ¿De que mataran a mi marido? Se acabó: se rompió la cinta, quedó interrumpida la película, se terminó aquello que no había de ser un sueño, sino una auténtica realidad. Tirado en el archivo: anda y busca los trozos. Cuando a una le ocurre eso, los nombres de pila de los generales la tienen perfectamente sin cuidado.

Gäseler condujo un trecho sin decir nada, en respetuoso silencio, y Nella observaba su perfil y vio que pensaba en la guerra: recuerdos de brutalidad, de sentimentalismo, de Erwin.

—¿Cómo se titula su comunicación?

—¿Mi comunicación? «Qué debemos esperar de la lírica contemporánea.»

—¿Hablará usted de mi marido?

—Sí —dijo Gäseler—; nadie puede hablar de lírica sin citar a su marido.

—Mi marido cayó frente a Kalinowka —dijo Nella mientras le miraba de reojo, sorprendida y decepcionada de su propia indiferencia. El rostro de Gäseler no se alteró.

—Ya lo sé —dijo—, y es curioso que me parece que también yo estuve en aquel lugar. Durante el verano de 1942, estuve en Ucrania. ¿Curioso, verdad?

—Sí —contestó Nella; y deseó que Gäseler no fuera Gäseler.

—Lo he olvidado todo, he destruido sistemáticamente mis recuerdos. Hay que olvidar la guerra.

—Sí; y las viudas y los huérfanos y todo eso tan desagradable; hay que construir un futuro hermoso y limpio. Poner la confianza en el Banco de la Confianza. Olvidar la guerra y retener únicamente los nombres de pila de los generales.

- Dios mío —replicó Gäseler— no tiene nada de particular que uno vuelva a hablar como lo hacía en otro tiempo.

—Sí; claro, ésa es la manera de hablar de tiempos pasados.

—¿Tan malo le parece?

—¿Malo? —dijo ella—. Así llaman a los pilletes que roban manzanas; para mí, su manera de hablar es como en los tiempos de la guerra; es algo distinto de mala. Mi marido odiaba la guerra, y yo no le dejaré incluir en su antología ningún poema de él si no publica al mismo tiempo una carta que le daré. Mi marido odiaba la guerra, odiaba a los generales, odiaba todo lo militar — y yo tendría que odiarle a usted, pero, es curioso, usted sólo me aburre.

Gäseler se limitó a sonreír y logró dar a su fisonomía y a su voz la expresión y las entonaciones dolorosas que se recomiendan en los teatros de aficionados:

—¿Por qué tendría que odiarme?

—Le odiaría si yo no hubiese dejado de vivir cuando mi marido murió. Eso es lo que yo quisiera: continuar su odio; pues si él le hubiese conocido a usted, ahora o entonces, le hubiera abofeteado. Lo que yo quisiera es continuar obrando y pensando como él pensaba y me había enseñado a pensar; y dar de bofetones a los individuos que han olvidado la guerra, pero que pronuncian los nombres de pila de los generales con emoción de niños que van a la escuela.

Gäseler no contestó y ella vio que apretaba los labios.

—Si por lo menos fuera usted sincero y ensalzara la guerra, si mantuviera hasta el final, honradamente, todo su resentimiento de vencedor malogrado... pero lo que me indigna es que sea precisamente usted quien vaya por ahí dando conferencias sobre lo que debemos esperar de la lírica actual.

Gäseler conducía lentamente. Entre las altas hayas, Nella distinguió los muros exteriores del castillo de Brernich: palacete barroco, rodeado de palomas muy bien alimentadas con los restos de meriendas de los excursionistas.

Película publicitaria hecha por un aficionado, película mal iluminada, sin «happy-end», porque el inevitable beso frente a la fachada barroca del castillo de Brernich, aquel beso se quedaría por dar. Nella pensaba con nostalgia en la heladería del «Gallito», en la sonrisa de Luigi; en el disco que ponía en cuanto la veía entrar en el local, en el momento en que empezaba la melodía. Pensó en Martin, en Albert y en el Gäseler imaginario a quien hasta aquel momento había podido estar odiando. Pero este infeliz no le inspiraba odio: no era el hombre negro, el malvado que la abuela trataba de grabar en la imaginación del muchacho: no era más que un vanidoso, ni siquiera tonto, y haría carrera.

—Déjeme apearme aquí —dijo.

Gäseler paró el coche, sin mirarla; ella abrió la portezuela y dijo:

—Diga que lleven mi equipaje a mi habitación.

Él asintió y Nella se quedó observando su perfil y esperando en vano un asomo de compasión, como había esperado en vano el odio.

El padre Willibrord acudió con los brazos abiertos.

—Es magnífico. Nella, que te hayas decidido a venir. ¿No te parece maravilloso este lugar de reunión?

—Sí, es verdaderamente maravilloso. ¿Ha empezado ya el congreso?

—Schurbigel acaba de pronunciar un discurso brillantísimo y todo el mundo espera con impaciencia a Gäseler, que hoy hablará por primera vez en nuestro círculo.

—Quisiera ir primero a mi habitación —dijo Nella.

—Vente conmigo, yo mismo te acompañaré.

Nella vio a Gäseler que subía la escalinata del castillo con su cartera y la maleta, pero cuando ella se acercó con el padre Willibrord, Gäseler ya había desaparecido y la maleta estaba delante de la cabina del conserje.

 

XV

 

La gorra de tranviario no estaba en la percha. La entrada olía a caldo y a la margarina derretida en que Brielach freía las patatas. Arriba, en el piso de encima, la señora Borussiak cantaba: «El césped en la tumba de mis padres». Cantaba bien, con voz muy clara, y su canción caía por la escalera como una lluvia fina y agradable. Martin vio la pared rascada, en la que aquella palabra había sido escrita más de treinta veces. Un poco de polvo de yeso, al pie del contador del gas, atestiguaba una reciente escaramuza más en aquel duelo sin palabras. De la carpintería llegaba el zumbido sordo de la sierra mecánica: pacífico estruendo que hacía temblar ligera pero constantemente las paredes de la casa y que se hacía más agudo, casi crepitante, cuanto (tas fauces de la máquina se tragaban definitivamente la tabla. Mezclándose con aquel zumbido se oía el susurro de la fresa; la lámpara de la entrada oscilaba sin parar y, de arriba, caía el canto vigoroso y agradable, como una bendición. La ventana que daba al patio estaba abierta. Al fondo, el aprendiz estibaba madera con el amo, silbando, en sordina, la misma melodía que cantaba la señora Borussiak, y a través de la ventana derecha de la fachada posterior incendiada, se veía un avión que cruzaba pacíficamente el cielo sin nubes: suave gruñón que arrastraba tras de sí una banderola de anuncio. El avión desapareció detrás del lienzo de pared que separaba las dos ventanas y apareció en el marco de la izquierda, gris sobre el cielo azul. Flotaba de ventana a ventana, lentamente, como una libélula que arrastra una cola demasiado pesada. Cuando hubo salido de la casa en ruinas, dio la vuelta a la torre de la iglesia y entonces Martin pudo leer finalmente, palabra por palabra, lo que decía la banderola, a medida que el avión oscilaba y que su cola se extendía ante la luz: «¿Estás preparado a todo?»

La señora Borussiak seguía cantando; su voz era cálida y fuerte, y al oírla, a Martin le parecía estarla viendo. Era rubia, como mamá, muy rubia, pero estaba algo más llena, y aquella palabra no se avenía con su boca. Su marido también había muerto en la guerra. Antes se llamaba señora Horn, pero ahora tenía otro marido, un cartero que distribuía giros postales; y estaba realmente casada con el señor Borussiak, como la madre de Grebhake estaba casada con el señor Sobik. El señor Borussiak era amable como su mujer y a veces llevaba dinero a tío Albert o a mamá. La señora Borussiak sólo tenía hijos mayores. El mayor de todos, Rolf Horn, dirigía el coro de monaguillos. En la placa de la iglesia figuraba el nombre de Petrus Canisius Horn, † 1942. En la misma placa, pero más arriba, estaba también Raimund Bach, † 1942. El padre de Brielach figuraba en otra placa, en la iglesia de San Pablo: Heinrich Brielach, † 1941. Martin esperó a que parase la sierra mecánica y escuchó en la puerta de Brielach. A veces. Leo no dejaba la gorra en la percha antes de entrar; pero Martin no le oyó. Se retiró de junto a la ventana, y antes de empujar la puerta aguardó un momento.

—¡Ay! —dijo Brielach—, tío Albert anda buscándote.

Brielach estaba sentado a la mesa escribiendo; tenía un pliego de papel delante y un lápiz en la mano; levantó la mirada con aire importante y añadió:

—Es decir, a menos que hayas pasado ya por tu casa.

Martin detestaba a Brielach cuando ponía cara de importancia, como le detestaba cuando decía —y lo hacía con cierta frecuencia—: «En eso no entiendes tú una papa» y Martin sabía que se refería al dinero. Claro que no entendía nada de dinero, pero le molestaba que Brielach pusiera cara de hombre importante, cara de dinero.

- No —dijo—, todavía no he pasado por casa.

—Pues vete en seguida; tío Albert está como loco.

Martin sacudió negativamente la cabeza sin contestar y se volvió hacia Wilma que, desde su rincón, se arrastraba hacia él.

—Eres una mala persona —dijo Brielach—, eres malo de verdad.

Brielach volvió a inclinarse sobre su papel y siguió con sus números. Wilma se apoderó de la cartera. Martin se sentó en el suelo, entre la puerta y la cama y tomó a Wilma sobre las rodillas, pero ésta se le escapó riendo, cogió las correas de la cartera y la arrastró un trozo más allá. Martin la observaba sin intervenir. Ella probó a abrir la cartera, tirando de la correa, pero sin soltar antes la correa de la trabilla. Martin cogió la cartera, aflojó las trabillas de las hebillas y la devolvió a Wilma, la cual tiró ahora con todas sus fuerzas y, cuando el pivote de níquel saltó del ojete, dio un grito de satisfacción, tiró inmediatamente de la otra correa y, al ver que también se soltaba, dio un segundo grito de alegría; entonces, de una enérgica sacudida, levantó la tapa de la cartera. Martin se apoyó contra la pared y se quedó mirándola.

—¡Qué mala persona eres! —dijo Brielach sin levantar la mirada del papel. Viendo que Martin no contestaba, añadió—: Te vas a ensuciar los pantalones.

Brielach ponía su cara de hombre importante, su cara de dinero. Martin no le contestó, a pesar de que tenía en la punta de la lengua decirle: «Vete a paseo tú y tu cara de dinero.-» Pero no lo dijo, porque era demasiado peligroso. Una vez, para no dejarse apabullar por los aires de superioridad de su amigo, le dijo que, en su casa, lo mismo tío Albert, que mamá, que la abuela, todos tenían siempre dinero, y la consecuencia fue que Brielach estuvo seis semanas sin acercarse por su casa ni dirigirle la palabra, y tío Albert tuvo que convencerle de que volviera.

Aquellas seis semanas habían sido terribles, de modo que Martin no dijo nada, encogió las rodillas, se las asió con ambas manos y se quedó contemplando a Wilma, que estaba ocupadísima sacando todos los libros y el plumier de cuero. Abrió el libro que mejor le vino a mano y señaló con el dedo la ilustración de un problema de aritmética. ¡Oh, aquel pastel que podía dividirse en cuatro, ocho, dieciséis o treinta y dos pedazos, y que podía costar 2, 3, 4, 5 ó 6 marcos y del que había que calcular cuánto costaba cada trozo! Aquel pastel atrajo la atención de Wilma; pareció comprender lo que era y gritó una de las pocas palabras que conocía: «dulce». Pero los plátanos africanos —aquellos plátanos que se compraban a toneladas—. ¿Cuántos kilos tiene una tonelada? —y a cuyo precio por tonelada había que sumar un tanto por ciento para venderlos por kilos— también los plátanos africanos eran adulce» para Wilma; lo mismo que la enorme rueda de queso, el pan y el saco de harina. El hombre que llevaba el saco de harina tenía cara de pocos amigos — y Wilma le llamó «Leo», mientras que al simpático panadero que contaba los sacos de harina, le llamó «Papá». Sólo sabía pronunciar tres palabras: «Leo», «Papá» y «dulce». «Papá» era el retrato de la pared, pero también todos los hombres simpáticos, y Leo todos los antipáticos.

—¿Puedo prepararme un poco de pan con margarina? —preguntó Martin.

—Claro que sí —contestó Brielach—, pero yo en tu lugar volvería a casa. Tío Albert estaba muy inquieto y ya hace una hora que estuvo aquí.

Al ver que Martin no contestaba dijo con decisión:

—Eres verdaderamente una mala persona —y añadió en voz baja—: Anda, prepárate un bocadillo.

Su aire de importancia aumentaba y Martin sabía que le hubiera gustado que le preguntara y él poder explicar cuál era aquel problema tan difícil que tenía por resolver. Pero no estaba dispuesto a hacerle aquella pregunta a ningún precio. Probó a no pensar en tío Albert, porque su furia contra éste iba convirtiéndose poco a poco en remordimiento. Había sido una tontería ir al cine, y ahora Martin se esforzó en volver poco a poco a enfurecerse. Tío Albert se acostumbraba cada vez con mayor frecuencia a dejarle notitas escritas sobre el margen del periódico. Aquellas notas contenían un recado lacónico y en ellas la palabra decisiva aparecía tres veces subrayada. Este sistema era una invención de mamá. Las palabras subrayadas solían ser verbos auxiliares: tenido que, podido, debido, etc.

—Levántate —dijo Brielach irritado—, te estás ensuciando los pantalones. Prepárate un bocadillo.

Martin se levantó, se sacudió el polvo del pantalón y sonrió a Wilma, que había vuelto la página del libro de Aritmética y señalaba muy contenta al carnero que pesaba exactamente 64,5 kilos, y que el carnicero había comprado a tanto el kilo vivo y que luego vendía con un aumento de tanto por libra. El propio Martin había caído en la trampa; no había atinado en que un kilo tiene dos libras y había contado 64,5 libras, a lo que el maestro pudo declarar triunfalmente que si los carniceros lo hicieran así pronto estarían arruinados. Pero los carniceros de la ciudad no se arruinaban, sino que ganaban cada vez más dinero. Wilma estaba encantada con su carnero y gritaba: «dulce». Luego dirigía su atención a la página siguiente, en la que una muchacha algo alocada compraba una moto a plazos. Brielach seguía sentado a la mesa con el ceño fruncido. Martin vio que el papel estaba cubierto de números: columnas tachadas, resultados subrayados. Se dirigió al armario de la cocina y retiró el centro de cristal con frutas artificiales: naranjas, plátanos de vidrio y aquel racimo de uvas que siempre admiraba tanto por su parecido con la realidad. Martin sabía perfectamente dónde estaban todas las cosas: la lata del pan, la mantequera con la margarina, el cuchillo, la compotera plateada con manzanas cocidas. Se cortó una rebanada muy gruesa de pan, la pringó de margarina, puso encima un poco de compota de manzana y la mordió inmediatamente. Lanzó un suspiro de satisfacción. En su casa, nadie, excepto Bolda y Glum, comprendía que le gustara tanto la margarina. La abuela se horrorizaba cuando sabía que la comía y enumeraba mil enfermedades, misteriosas enfermedades internas, de las cuales la peor era la tuberculosis. «Eso se acabará con una tuberculosis.» Pero a Martin la margarina le encantaba. Sin moverse de frente al armario de la cocina, para no tener que volver a levantarse, se preparó otro bocadillo. Wilma le recibió con una sonrisa cuando se sentó otra vez a su lado. Arriba, la señora Borussiak cantaba ahora «Rosas encarnadas». Su voz llena y cálida era como una fuente que manara sangre. Martin tenía la impresión de que de las rosas encarnadas, estrujadas en la boca de la señora Borussiak, salía un chorro de sangre, y se propuso pintarlo: la rubia señora Borussiak. y. saliendo de su boca, un chorro de sangre de rosas encarnadas.

Wilma había llegado a la última página del libro de Aritmética, donde se volvía a hablar de toneladas: imágenes de barcos y de vagones de tren, de camiones y de depósitos de mercancías. La niña señalaba los marineros, ferroviarios, camioneros y descargadores y los clasificaba en «Papas» y «Leos»: había más «Leos» que «Papas», porque la mayoría de los hombres ponían mala cara. «Leo» — «Leo» — «Papá» — «Leo» — «Leo» — «Papá». Los obreros que salían de una fábrica fueron designados en bloque como «Leo». El catecismo la desilusionó porque no llevaba ilustraciones: sólo un par de viñetas: uvas y guirnaldas fueron clasificadas como dulce y el catecismo fue arrojado a un lado. El libro de lectura fue una mina, con más «Papas» que «Leos»: san Nicolás, san Martin, niños jugando al corro, todos eran «Papas».

Martin tomó a Wilma en el regazo, y fue rompiendo pedacitos de pan y dándoselos en la boca. Su rostro pálido y mofletudo estaba radiante, y después de cada bocado decía solemnemente: «dulce», hasta que, de pronto, se excitó y lo dijo diez o veinte veces seguidas.

—¡Basta ya! —gritó Brielach—. ¿No puedes jugar a algo menos ruidoso con ella?

Wilma se asustó, frunció el ceño y se llevó el índice a la boca, en señal de silencio.

La señora Borussiak había cesado de cantar; en la carpintería no se oía el menor ruido. De pronto, doblaron las campanas y Wilma cerró los ojos y trató de imitar el sonido de las campanas cantando «dong-dong-dong». Martin cerró también los ojos, dejó de masticar y, detrás de sus párpados cerrados, el sonido de las campanas se transformó en impresiones ópticas: las campanas trazaban en el aire unos círculos que se ensanchaban hasta descomponerse; y cuadrados, y surcos como los que el jardinero dibujaba con el rastrillo en la arena de la avenida. Extraños polígonos, como luminosos sobre el gris oscuro, parecidos a motivos de flores estampados sobre metal. El agudo «dong-dong» en boca de Wilma hacía unos agujeritos blancos y minúsculos en la inmensa superficie gris, como huellas de un martillo diminuto. También intervenían colores: encamado como la sangre oscura de las rosas, bocas como anillos rojos, curvas amarillas y una mancha enorme y muy verde, cuando, de pronto, cesaron las campanadas; verde suave y penetrante, lento y descolorido de las últimas vibraciones.

Wilma, con los ojos cerrados, continuaba cantando su «dong-dong».

Martin tomó el segundo bocadillo que había dejado en el borde de la cama, rompió un trocito, lo metió en la boca de Wilma y ésta abrió los ojos, sonrió y no dijo más «dong».

Martin, con la mano que le quedaba libre, tiró de la caja de cartón que había debajo de la cama y que contenía los juguetes. En la caja se leía en grandes letras marrón la palabra Sunlight. Estaba llena de cajas vacías, de tacos de madera, de autos estropeados.

Wilma bajó de su regazo, y con cara muy seria fue tomando cada uno de los objetos, mirándolo y pronunciando la única palabra que sabía para designar objetos: «dulce». Pero lo decía en voz baja, con la frente arrugada y mirando a Heinrich, que continuaba enfrascado en sus cálculos.

Martin hubiera querido que la señora Borussiak volviera a cantar y miró de reojo a Brielach, que ponía la cara muy seria; de pronto, sintió compasión de su amigo y le preguntó:

—¿Tienes que volver a modificar el presupuesto?

A Brielach se le iluminó el rostro y contestó inmediatamente:

—Te digo que es un asco. Figúrate que tengo que ahorrar veinte marcos a la semana para que mi madre pueda ponerse una dentadura.

—Ah, las dentaduras cuestan caras.

—¿Caras, dices? —replicó Brielach riendo—. Caras es poco. Ya puedes decir que están a un precio imposible. Imposible, te digo, chico. Pero ¿sabes qué he descubierto?

—¿Qué?

—Que desde hace dos años, tío Leo nos estafa con el dinero que nos da. La comida del mediodía no viene a costar 30 pfennigs por término medio como dijimos entonces, sino que cuesta casi 40. Y el almuerzo, es un asco, muchacho: quedamos en que serían veinte gramos de margarina, pero él engulle por lo menos cuarenta y además se lleva bocadillos, sin contar la compota, y suponiendo que los huevos cuesten 20 pfennigs cada uno. Pero, ¿tú sabes algún sitio donde se puedan comprar huevos a 20 pfennigs, lo sabes? —Brielach estaba ronco de coraje.

—No —dijo Martin— no tengo la menor idea de dónde se pueden comprar huevos baratos.

—Pues yo tampoco. Si lo supiera iría corriendo, a ver si también nosotros comíamos un huevo algún día.

A Wilma los huevos no parecían interesarle gran cosa, pero dejó de repasar sus juguetes y, contrayendo la cara, dijo: «Leo», «Leo», «hueo» y se puso radiante porque había enriquecido su vocabulario con una palabra nueva: «hueo».

—Además, ¿qué falta le hace, un huevo por la mañana?

—Todos los padres y todos los tíos comen un huevo por la mañana —contestó Martin tímidamente, pero en seguida se corrigió y dijo—: Casi todos —porque no sabía exactamente si estaba en lo cierto.

El huevo del desayuno le había parecido siempre el símbolo de los padres y los tíos, pero ahora le vino a la memoria que el tío de Behrendt no tomaba huevo por la mañana.

—Yo no veo ninguna razón para que sea así —dijo Brielach.

Tomó el lápiz y trazó vigorosamente una raya sobre el papel, como si tachara el huevo de tío Leo. Estaba pálido de ira cuando continuó:

—Ahora voy a calcularte cuánto nos ha estafado: siete pfennigs de margarina que se come de más cada día, si no es más, porgue a veces se unta una rebanada de pan por la noche; diez pfennigs de la comida, contando un pfennig por la compota de manzana, suma ahora los tres pfennigs del huevo —cuento que son por lo menos tres pfennigs— resultan al menos veinte pfennigs, que, por mil días que lleva comiendo aquí con nosotros son doscientos marcos. Y eso no es todo. No contamos el pan, porque nos lo regalan; si, desde hace dos años, nos regalan el pan, pero ¿se lo regalan a él, también? ¿Te parece a ti que se lo regalan?

—No —dijo Martin vencido por la evidencia; y el bocadillo le supo amargo.

—Pues calcula que ese bandido se nos come 40 pfennigs de pan, súmale 5 pfennigs de luz que nos estafa y verás si le añades 40 pfennigs durante setecientos cincuenta días que 5 pfennigs durante mil días son cincuenta marcos y — ¿sabes que suman otros trescientos marcos?

—No —contestó Martin.

Brielach permaneció un momento callado mirando el papel.

—«Hueo» —dijo Wilma—, «hueo. Leo».

Había encontrado unos hombres feos en el libro de lecturas: mineros que trabajaban debajo de tierra, hombres de rostro sombrío y serio:

—«Leo, Leo, Leo» — «hueo, hueo, hueo».

—¿Todavía no has terminado?

—No —contestó Brielach—; mi madre tiene que ponerse la dentadura y tengo que calcular cuánto tenemos que ahorrar cada mes. Pero con los quinientos marcos que nos ha estafado Leo pagas ya la mitad de la dentadura.

Martin deseaba que la señora Borussiak volviera a cantar, o que doblaran las campanas, y cerró los ojos y pensó en la película, en lo que había soñado en el cine: Leo hundiéndose en una verde oscuridad con una rueda de molino atada al cuello... y a su sueño se sumaron los juguetes rotos de Wilma. «Leo» — «dulce» — «Papá» — «hueo» — «Leo». Y cuando la señora Borussiak empezó a cantar en el piso de arriba: «Al borde del camino florecen los miosotis», cuando se puso a cantar, cuando su voz llegó hasta él, Martin abrió los ojos y preguntó a Brielach:

—¿Por qué no se vuelven a casar nuestras madres?

Brielach pareció considerar que la pregunta era lo bastante interesante como para interrumpir sus cálculos. Dejó el lápiz, con el aire de un hombre que sabe bien ganado un momento de descanso, y, apoyando los codos en la mesa, dijo:

—¿De veras no lo sabes?

—No.

—Pues por la pensión, chico. Si mi madre se casa, deja de cobrar la pensión.

—¿La señora Borussiak no la cobra, pues?

—No; pero su marido gana bastante...

—No obstante... —se quedó pensativo y sonrió a Wilma, que había descubierto en el libro de lectura a san José y muy satisfecha le erigía en «Papá»—, sin embargo, ¿cobraría la pensión si el señor Borussiak no fuera su marido y ella continuara llamándose señora Horn?

—Claro que sí; pero no es capaz de hacerlo, porque es religiosa y eso es una inmoralidad.

—¿Tu madre no es religiosa?

—No. ¿Y la tuya?

—No sé; a veces sí. A veces es religiosa.

—¿Y tío Albert?

—¿Religioso? Yo diría que sí.

Brielach adelantó los codos y apoyó la cabeza en los puños.

—Claro que en el caso de tu madre, eso de la pensión no cuenta. Si no se casa no será por razones de dinero.

—¿Tú crees?

—Naturalmente.

—Te parece, crees... —Martin titubeó, pero luego dijo a toda prisa—: ¿tú crees que mi madre también se une con hombres?

Brielach se ruborizó, pero no contestó ni una palabra. Leo había murmurado de la madre de Martin y había dicho que hacía aquella palabra con los hombres; pero Heinrich no quiso decírselo a Martin, porque sabía que para Martin sería aún más doloroso que para él saber que su madre se unía con hombres.

—No —dijo—, no lo creo.

Pero sabía que mentía, porque estaba convencido de lo contrario, e inmediatamente añadió:

—Pero no se trata únicamente de la pensión, sino también del impuesto sobre la renta. Siempre oigo que hablan de esas cosas con el cobrador que a veces viene a ver a Leo con la señora Hundag. Pero además sé otra cosa.

—¿Qué?

—Que a las mujeres les importa menos la pensión que a los hombres. Las mujeres dicen «ya nos arreglaríamos, otros bien se arreglan»; pero los hombres dicen que no. Leo se pone furioso cuando mi madre habla de casarse.

—Mi madre también se pone furiosa cuando Albert habla de casarse.

—¿De veras?

Brielach reflexionó un momento, muy preocupado. No, no quería que Albert se casara con la madre de Martin.

—¿Estás seguro de lo que dices?

—Sí —contestó Martin— yo mismo lo he oído. Mi madre no quiere volverse a casar.

—Lo encuentro extraño —dijo Brielach—, lo encuentro muy extraño. Todas las mujeres que conozco quisieran casarse.

—¿También tu madre?

—Ya lo creo. Muchas veces dice que está arrepentida. Claro, como es inmoral...

Martin lamentó tener que darle la razón: efectivamente, era inmoral y, por un instante, deseó que a su madre también se le pudiera probar la inmoralidad para coincidir, por lo menos en este punto, con Brielach. Para consolar a su amigo, dijo:

—Quizá mi madre también lo sea. ¿A ti qué te parece?

Brielach estaba convencido de que lo era, pero no quiso confesar que lo sabía. Leo, como fuente de información, le parecía insuficiente; de modo que se limitó a decir de un modo vago:

—Quizá sí, pero no lo creo.

—Es triste no saberlo con certeza —dijo Martin—. Cuando mi madre vuelve tarde a casa, mi abuela le suele decir: «¿Dónde andas metida a esas horas?» ¿Crees tú que eso es inmoral?

—No —contestó Heinrich, contento de poder contestar categóricamente—. También la señora Borussiak le pregunta a su hija «¿dónde andas metida todo el tiempo?» Y con ello se refiere a la calle, al campo de deportes, al cine. No creo que andar metido sea inmoral.

- Pero lo parece; y luego las oigo que hablan en voz baja.

—Creo que puede ser inmoral.

Martin volvió a tomar a Wilma en el regazo y ella se metió el dedo en la boca e inclinó la cabeza contra su pecho.

—La cuestión está en si mi madre se une o no con otros hombres. Eso sería inmoral; porque no está casada: todo eso son cosas que van contra el sexto mandamiento.

Brielach concluyó.

—Sí, cuando los hombres y las mujeres que no están casados se unen, cometen un pecado, y eso es inmoral.

Brielach se quitó un peso de encima. La grieta en el hielo se había hecho más profunda y el agua de debajo no era tan honda como había temido. De todos modos era curioso enterarse de que la madre de Martin no quería casarse. Eso contradecía sus experiencias. La señora Hundag quería que el cobrador se casara con ella, y Brielach sabía que la madre de Behrendt lloraba a menudo porque no estaba casada con el tío de Behrendt. La mujer de la lechería también había tenido un niño y no estaba casada, y Leo había dicho: «Hugo no caerá en la trampa; no se casará con ella.»

La capa de hielo se había roto por los lados y el fondo del agua no causaba pavor: había inmoralidad por encima y por debajo de la capa de hielo. Y para Brielach había tres mundos distintos: la escuela, y todo lo que se decía en la escuela y en la clase de religión estaba en contradicción con el mundo de Leo, en el que él vivía y había luego el mundo de Martin, que era otro mundo distinto: un mundo donde había neveras, mujeres que no se querían casar, un mundo en el que el dinero no tenía importancia. Tres mundos, pero él sólo quería vivir en uno, en el suyo, y dijo en voz alta a Martin, que tenía a Wilma dormida sobre las rodillas:

- Después de todo, la palabra que mi madre le dijo al pastelero, no me parece tan terrible.

Claro que sí la encontraba terrible, pero quería— llegar a una conclusión:

—También está muchas veces escrita abajo en la entrada. ¿No la has visto nunca?

Martin la había visto, y leída le parecía todavía peor que oída, pero había procurado no verla, como procuraba no ver las terneras sangrientas que los carniceros sacaban de ensangrentadas camionetas y entraban en sus tiendas. Igual que procuraba no ver sangre en la orina cuando la abuela se la acercaba a las narices, o como había procurado no ver a Grebhake y a Wolters cuando los sorprendió en los arbustos: rostros encendidos, braguetas desabrochadas y olor amargo a hierba recién cortada. Martin estrechó contra sí a Wilma, que dormía, y no contestó a la pregunta de Brielach. La niña dormida le pesaba en los brazos y le calentaba el cuerpo.

—Ya ves —dijo Brielach—; la diferencia está en que en casa se escriben estas palabras en la pared y la gente las dice; en cambio en tu casa, no.

Pero la capa de hielo no se rompía, porque Brielach, a pesar de todo, encontraba terrible aquella palabra, pero tenía miedo de no encontrarla terrible. Pensó en san José; hombre pálido y humilde: «Tomadle por modelo.» Rostro pálido y humilde, ¿en qué te pareces a tío Leo? ¿En qué puedo yo parecerme a ti? San José estaba en el fondo, muy hondo debajo de la capa de hielo; figura que por momentos cobraba vida y se abría paso lentamente hacia la superficie y en vano trataba de atravesar la capa de hielo. Pero ¿lograría ponerle a flote si algún día se hacía un agujero en el hielo? ¿No se desmoronaría, o volvería a caer en el agua, hundiéndose definitivamente hasta el fondo, haciéndole señas, pero sin lograr tampoco imponerse por encima de Leo? San Enrique, su santo patrón, también tenía el rostro humilde, pero severo, esculpido en piedra, en la foto que el capellán le había regalado: «Tómalo por modelo.»

—Es Leo quien escribe esta palabra en la pared —dijo duramente a Martin—. Por fin me he enterado.

Mejillas rosadas que olían a jabón de afeitar, boca que cantaba extrañas parodias de canciones religiosas, que él no entendía, pero que eran seguramente de mal gusto, porque la madre siempre se irritaba y decía: «Anda, déjalo ya...»

Martin no contestó. Todo le parecía desesperador. Brielach tampoco decía nada. Estaba dispuesto a declarar que renunciaba a tomar parte en la excursión. ¿Para qué ese juego del hielo? — siempre la extraña sensación de que se acabaría mal. Tío Will y la madre de Albert, el fútbol, horas y horas. Albert jugaba con ellos; el fútbol, la pesca o los paseos por el valle del Brer hasta el embalse, bajo un sol magnífico y sin preocupaciones. Siempre tenía la sensación de que aquello acabaría mal. Miedo ante el momento que sería decisivo: para Pascua, Martin ingresaría en la Escuela superior. Wilma murmuraba en sueños, los juguetes estaban esparcidos por el suelo, y el libro de lectura seguía abierto. San Martin cabalgaba por la nieve y el viento, y su espada de oro partía la capa por la mitad y el mendigo tenía un aspecto verdaderamente miserable: cuerpo desnudo, hombrecito demacrado en la nieve.

—Ahora tienes que marcharte —dijo Brielach—. Anda. Tío Albert estará loco de angustia.

Martin no contestó. Estaba medio dormido. Tenía sueño y hambre y tenía miedo de volver a casa, no porque temiera a Albert, sino porque sabía que lo que hacía no estaba bien.

—Eres verdaderamente una mala persona —dijo Brielach y en su voz no había el menor asomo de alejamiento o de presunción, sino que denotaba tristeza—. Si yo tuviera un tío como el tuyo...

Pero no pudo continuar, porque las lágrimas le ahogaban la voz y no quería llorar. Intentó imaginarse cómo sería todo si Albert fuera su tío. Albert vestido con un uniforme de cobrador de tranvía —le sentaba bien— y Albert tomó todos los rasgos simpáticos de Gert y de Karl, sin perder los suyos propios, y de su boca salió la palabra que les había legado Gert, pero la decía con suavidad y modales, la palabra «mierda». «Mierda» no era una palabra típica de Albert, pero no resultaba extraña en su boca.

Silencio. Sólo se oía el pacífico zumbar del avión que arrastraba su cola por el aire: ¿Estás preparado a todo?; y, de pronto, la señora Borussiak empezó otra vez a cantar. Cantaba su canción predilecta, dulce, lenta y grave: «Oh, María, ayúdanos...» Voz como miel que gotea lentamente, heroína que había renunciado a su pensión para no caer en la inmoralidad, rubia rolliza bien anclada en el puerto, con bombones en el bolsillo, bombones de miel. «Valle de lágrimas —cantaba— en este valle de lágrimas.» El avión se oía apenas, a lo lejos.

—El lunes —dijo Martin, sin abrir los ojos —iremos al cine. Ya quedamos en ello. Si tu madre está ocupada, Bolda puede cuidar de Wilma.

—Sí —dijo Brielach—, quedamos así.

Quería renunciar a la excursión, pero no logró decirlo; Bietenhahn le agradaba muchísimo, a pesar de que allí le entraría otra vez el miedo, aquella extraña sensación que nunca tenía cuando estaba en casa. Miedo ante el tercer mundo, excesivo para él. Entre el mundo de la escuela y el suyo propio se podía vivir, como, de momento, se podía vivir entre el mundo de su casa y el de la iglesia. Heinrich no era inmoral todavía, no había cometido ningún acto obsceno. Su congoja, en la iglesia, era distinta: era una impresión de que aquello tampoco podía durar: debajo de la capa de hielo había demasiadas cosas y, encima, no había bastantes.

Valle de lágrimas era la expresión adecuada. La señora Borussiak lo estaba cantando en aquel momento: «en este valle de lágrimas».

- No iremos al Atrium —dijo Martin—: la película es una imbecilidad.

—Como quieras.

—¿Cómo es la del Montecarlo?

- No apta para menores —contestó Brielach.

Opulenta belleza rubia que hubiera podido ser una señora Borussiak vestida con ropa ligera. Un aventurero de tez morena la besa con excesiva vehemencia: Cuidado con las rubias y, debajo del pecho, el letrero rojo: No apto para menores, como un chal peligroso que abarcaba también al aventurero moreno.

—¿Qué tal en el Bocaccio?

- Ya veremos —dijo Brielach—; en la pastelería está el programa.

Silencio. Los coches que pasaban por la calle hacían temblar ligeramente la casa y las ventanas vibraban al paso de un camión o de un 34. «En este valle de lágrimas», cantaba la señora Borussiak.

—Ya es hora de que te vayas —dijo Brielach—; anda, no seas pesado.

Martin tenía la impresión de ser una mala persona; se sentía cansado y desgraciado y no quería abrir los ojos.

—Ahora voy a buscar a mi madre. Puedes venir conmigo y veremos lo que dan en el Bocaccio.

Wilma está dormida.

—Despiértala, si no, no dormirá esta noche.

Martin abrió los ojos. En el libro de lectura, san Martin cabalgaba por la nieve y el viento, y su espada de oro había cortado ya la capa en dos mitades.

«...en nuestra gran miseria», cantaba la señora Borussiak.

Brielach ya sabía que Leo no pagaría, pero él le presentaría las cuentas y se vengaría de aquella acusación de sisa. Veinte marcos más tendría que pagar Leo cada mes; Heinrich, además, ahorraría otros diez marcos, y el dentista se contentaría con treinta marcos mensuales. Sólo faltaba resolver lo del pago adelantado: trescientos marcos, montaña inaccesible, cima inalcanzable: sólo un milagro podía proporcionar aquellos trescientos marcos, pero el milagro se tenía que realizar, porque mamá lloraba por causa de la dentadura. Por supuesto. Leo no soltaría ni un céntimo más, y habría jaleo. Ya que no otro padre, por lo menos tendría un tío distinto. Cualquier tío era mejor que Leo.

—Despierta a Wilma, tenemos que marcharnos.

Martin sacudió a la niña con cuidado, hasta que vio que abría los ojos.

—Mamá —le dijo cariñoso—; ven, vamos con mamá.

—Y tú te vas a casa —dijo Brielach.

—Déjame en paz.

Su madre se había marchado de viaje, Bolda limpiaba la iglesia y Albert... Albert merecía un castigo. Albert estaba intranquilo cuando él no era puntual; pues, que se aguantase. Glum y Bolda, a fin de cuentas, eran los mejores; les haría un regalo: a Glum una caja de lápices de colores y a Bolda un devocionario nuevo encuadernado en piel encarnada, y una carpeta azul para guardar los programas de cine. A mamá y a Albert no les daría nada: solo servían para escribirle notitas, con verbos auxiliares subrayados tres veces: —tenido que — debido — no podido, etc.

- Anda, date prisa —dijo Brielach—, tengo que cerrar la puerta.

—No. Yo me quedo aquí.

—¿Puedo dejar entonces a Wilma contigo?

—No, llévatela.

—Como quieras. Cuando te vayas, deja la llave debajo de la alfombrilla. Pero ¡qué mala persona eres...!

Heinrich había vuelto a tomar su aire importante, su expresión de dinero.

Martin no contestó. Dejó que Brielach se marchara y él se quedó sentado en el suelo. Oyó que en la escalera la señora Borussiak decía algo a Wilma, que luego hablaba con Brielach y que bajaban juntos los tres. Ahora estaba solo, y no la oiría cantar. Pero tal vez llegaría sólo hasta la lechería a comprar un yogourt. El señor Borussiak siempre tomaba yogourt.

Otros muchachos tenían más suerte: la madre de Poske siempre estaba en casa, hacía calceta, cosía y siempre, cuando Poske salía de la escuela, estaba en casa. La sopa siempre estaba preparada, las patatas cocidas e incluso comían postre. La señora Poske hacía jerseys y calcetines con bonitas muestras, cosía pantalones y vestidos, y el retrato del padre de Poske colgaba, en una ampliación, de la pared. Había sido muy ampliado, era casi tan grande como el retrato de papá en el vestíbulo. El padre de Poske había sido sargento: sargento sonriente con una medalla en el pecho. El tío de Behrendt, y el nuevo padre de Grebhake, y también el tío de Welzkam eran buenos, no eran como tío Leo. Eran casi como verdaderos padres. Tío Leo era el peor de todos, y tío Albert era un tío de verdad, no era un tío que se uniera con la madre. Brielach era el que lo pasaba peor, peor que el propio Martin. Brielach tenía que calcular, tenía un tío malo, y Martin rezó desesperadamente por él. «Señor, haz que Brielach lo pase mejor.» Se avergonzó de haber sido tan poco comprensivo con Brielach, de no haberle preguntado qué le pasaba en seguida que llegó. «Señor, haz que Brielach lo pase mejor.» La madre de Brielach era inmoral, pero él no sacaba nada. A cambio de la inmoralidad, Behrendt y Welzkam tenían por lo menos unos tíos buenos y una vida ordenada: un huevo en el desayuno, zapatillas, periódico... Pero a Brielach la inmoralidad no le servía de nada. Brielach tenía que añadir dinero encima. «Señor, haz que Brielach lo pase mejor —rezaba Martin— mejor. Es demasiada carga para él.» Calcular, calcular, y Leo no pagaba la margarina, no pagaba el huevo, no pagaba el pan y por la comida del mediodía pagaba menos de lo que costaba. Brielach tenía muy poca suerte. Lo que hacía era verdaderamente importante, y si hacía cosas verdaderamente importantes, ¿no tenía derecho a poner cara importante? Martin se hubiera comido otro par de bocadillos; pero, de pronto, se avergonzó de haber comido aunque sólo fueran dos. «Señor, haz que Brielach lo pase mejor.» Martin pensó en lo que gastaba la abuela cuando iba con él al restaurante Vohwinkel. Un día vio la cuenta: 18,70. Tomó el papel de Brielach y leyó:

Dentista, 900,00 DM.

A la izquierda ponía:

 

Asistencia social 150?

Seguro 100?

Pago adelantado???

Resto???

 

Números embrollados, superpuestos unos a otros, pequeñas divisiones tachadas: 100:500 por cuarenta (margarina), pan, vinagre; garabatos confusos, pero escrito con letra clara: hasta ahora, cada semana: 28,00 DM. ¿Y a partir de hoy?

Martin volvió a sentarse. La abuela había dado 18,70 al camarero: ruido del taladro del talonario al arrancar el cheque, y a Martin se le encogió el corazón porque el dinero se acercaba, tomaba formas inteligibles, 28,00 DM a la semana y 18,70 para una cena. «Señor, haz que Brielach lo pase mejor.»

Un coche entraba en el patio de la carpintería y Martin reconoció al punto que era el de Albert; inmediatamente oyó su voz:

—Martin.

La señora Borussiak subía la escalera. Efectivamente, sólo había llegado hasta la lechería a buscar yogourt para el señor Borussiak y caramelos de miel para los niños.

Albert volvió a llamar desde el patio: «Martin». Un grito tímido, angustioso; y esto, al muchacho, le dio más miedo que si hubiese sido un grito imperioso.

—«Oh, María, ayúdanos»: gotas de miel en la voz bondadosa, cálida y dulce.

Martin se levantó, se acercó a la ventana y la entreabrió. La expresión de Albert le dejó aterrado. Rostro grisáceo, aspecto envejecido y triste. El carpintero estaba con él. Martin acabó de abrir la ventana.

—Martin, baja, por favor.

El rostro de Albert se transformó, sonrió, le subieron los colores a la cara, y Martin gritó:

—Voy en seguida, en seguida bajo.

Por la ventana abierta oyó la voz de la señora Borussiak: «Verde era el país donde nací» — y Martin lo vio todo verde: verde Albert, verde carpintero, verde auto y verde patio, verde cielo. «Verde era el país donde nací.»

—Pero ven, criatura —dijo Albert.

Martin metió los libros en la cartera, abrió la puerta, la cerró por fuera y puso la llave debajo de la alfombrilla. El avión volvió a pasar lentamente de una ventana a otra, desapareció detrás de las ruinas quemadas, volvió a dar la vuelta a la torre de la iglesia extendiendo su cola ante el cielo verde, y Martin leyó: ¿Estás preparado a todo? Al mismo tiempo oyó a la señora Borussiak que cantaba: «Verde era el país donde nací.»

Martin bajó la escalera suspirando, salió al patio y oyó al carpintero que decía:

—Es una vergüenza, ese individuo.

Tío Albert no contestó. Tenía el rostro grisáceo y cansado, y Martin sintió que su mano ardía.

—Ven —dijo Albert—, todavía nos queda una hora antes de pasar a recoger a Heinrich. ¿Vendrá con nosotros?

—Me parece que sí.

Albert dio la mano al carpintero, y éste los saludó con la cabeza cuando subían al coche.

Antes de arrancar, Albert puso su mano sobre la de Martin. No le dijo nada, pero Martin seguía sintiendo miedo, no de Albert, sino de otra cosa que no comprendía. Albert no era el mismo de siempre.

 

XVI

 

Cuando el aprendiz hubo salido, el pastelero volvió a poner su mano sobre la de ella. Estaban frente a frente y él le iba pasando los rollos de mazapán que ella pintaba de chocolate, y. cuando alargó la mano, él puso la suya encima, y ella no la retiró. Antes, siempre retiraba la mano, y se reía, diciendo: «Anda, déjame; ¿a qué viene eso?» Pero esta vez le dejó hacer, y se asustó al ver los efectos de su insignificante concesión. El rostro pálido, sin manchas de harina, del pastelero se oscureció poco a poco, y una extraña fijeza inmovilizó sus ojos grises, que, de pronto, empezaron a brillar. Asustada, quiso retirar la mano, pero el pastelero se la retuvo con fuerza. Jamás había visto encenderse verdaderamente unos ojos humanos: ahora un fuego verdoso parecía animar aquellas pupilas habitualmente opacas y el rostro del pastelero tomaba el color del cacao. Ella, que siempre había considerado ridícula la palabra pasión, comprendió de pronto lo que significaba, y se dio cuenta de que era demasiado tarde.

¿Era efectivamente tan bonita? Todos los hombres la habían encontrado bonita, y ella sabía que lo era, que todavía lo era a pesar de que empezaban a movérsele los dientes. Pero nunca había visto brillar de aquel modo los ojos de ningún hombre, jamás había visto subir desde dentro aquel color de cacao a la cara de ningún hombre. El pastelero se inclinó sobre su mano y la besó. Besos secos, enternecedores, infantiles... y murmuraba algo que ella no comprendía: una letanía sorda, fascinante y ritmada, compuesta de palabras incomprensibles. Sólo lentamente se destacó una palabra que pudo comprender: «feliz».

Dios mío, ¿era verdaderamente feliz de poder retener su mano? Besos secos, y aquella mano, pesada y ardiente.

Ritmados como los himnos que entonaba al amor eran también ahora sus balbuceos; y a ella le pareció que a partir de aquel momento iba a ser imposible pedirle ningún anticipo. Mil doscientos marcos y aquel rostro color de cacao. El pastelero le besó el brazo, hasta donde pudo llegar por encima de la mesa; pero de pronto, la soltó y murmuró:

—Bueno. Basta ya de trabajar.

—No, no —replicó ella, tomando un rollo de mazapán y pintando en él el adorno de chocolate: delicada guirnalda y caperucita de chocolate.

—¿Por qué? —preguntó él.

Y la señora Brielach se quedó asombrada al oír lo poco humilde que era ahora su voz.

—¿Por qué? Podemos salir.

Los ojos del pastelero brillaron y, riendo, dijo:

—Anda, mujer.

—No —replicó ella—; sigamos trabajando.

No quería ser amada de aquella manera, tenía miedo. Gert no había hablado ni una sola vez de amor; ni siquiera su marido, sargento sonriente, suboficial sonriente, muerto entre Saporoshe y Dniepropetrowsk, ni siquiera él había hablado de amor: sólo de vez en cuando en sus cartas, pero eso era otra cosa. No había ningún inconveniente en escribirlo. El vocabulario de Leo no contenía esta palabra y a ella le parecía bien que así fuera: el amor era cosa de películas, de novelas, de la radio, de canciones. En las películas salían hombres cuyos ojos se ponían a brillar y cuyos rostros cambiaban de color con la pasión, se volvían pálidos o tomaban el color del cacao. Pero ella no quería tener nada que ver con esas cosas.

—No, no —dijo—; ahora es hora de trabajar.

El pastelero la miró tímidamente, le volvió a tomar la mano y ella no la retiró. Como si se hubiese restablecido un contacto, sus ojos brillaron, su rostro se iluminó por dentro con aquel color de cacao, y él volvió a besarle la mano y luego el brazo, y empezó a murmurar palabras confusas pero bien ritmadas sobre su mano, sobre su brazo: «mano», comprendió ella, «mano», «feliz».

La señora Brielach sacudió la cabeza y sonrió: como en las canciones, como en las películas. Cabeza pálida, adiposa, cabello ralo, pasión de color cacao, felicidad verdosa —y el aroma amargo y dulzón del chocolate derretido, que tenía que estar cremoso para obedecer al pincel.

El pastelero le soltó la mano y continuaron trabajando durante algunos minutos. Lo que más le gustaba a ella eran las tortas grandes, del tamaño de un plato, que presentaban una gran superficie para pintar: masa de color de arena, saliendo del horno, en la que podía pintar flores, arbolitos, animales y peces; y tenían el mismo color que las pastas de huevo de la fábrica Bamberger: fideos amarillos y limpios, paquetes azules, cromos de color rojo de fuego.

Otra de las cosas que admiraban al pastelero era la habilidad que ella tenía para inventar dibujos que realizaba con mano diestra y ligera: lunares de chocolate redondos y perfectos, ventanitas con visillos, sobre la pasta amarilla.

—¡Oh! Eres una verdadera artista.

La habitación de arriba había quedado vacía desde que el oficial había tomado el portante. Un cuarto muy grande, espita en el rellano y un lavabo nuevo, limpio y recubierto de azulejos; terraza rodeada de flores y ningún vecino; allí cerca, el Rin, chimeneas de barcos, excitante estrépito de sirenas y gallardetes en el horizonte.

Al pastelero le temblaron las manos cuando se dispuso a cortar la plancha dorada y crepitante: rombos de color de arena, a los que ella ponía un borde de chocolate y algunos dibujos antes de rellenarlos de crema y juntarlos de dos en dos. Pintaba casitas, chimeneas humeantes, postigos y la empalizada de un jardín.

—¡Oh, qué encanto! —exclamó el pastelero, y los ojos le brillaron.

Graciosas cortinitas. antenas curvadas, hilos telefónicos, gorriones, nubes, un avión:

—Eres una verdadera artista.

Seguramente no tendría que pagar más que un modesto alquiler, tal vez ninguno; y al lado, había un cuarto trasero que quizás se podría arreglar para el chico: cajas de galletas, figuras de cartón publicitarias, el niño azul de los bizcochos y el gato plateado que tomaba cacao. Esparcidos por el suelo, sacos de harina reventados y latas de caramelos. Y la ventanita —se la imaginaba ya con un lindo visillo—, y la vista sobre el parque y el Rin.

De nuevo caía sobre su mano aquel lánguido murmullo de felicidad. Pero al pastelero le gustaban los niños y probablemente querría tener hijos propios; en cambio ella no quería tener más: chiquillos pálidos y tímidos poblarían la terraza, niños con manitas blancas y regordetas; y Heinrich entraría de aprendiz dentro de tres años. Su madre le veía ya, al volver del «trabajo», cubierto de harina y, por la mañana, montado en bicicleta con la cesta de los panecillos y dejándolos delante de las «villas», recién hechos y crujientes, en sus bolsitas de papel, o contándolos y metiéndolos en las bolsas de tela que colgaban a la puerta.

El pastelero tomaba los pastelillos, los colocaba sobre un papel blanco y ponía una cucharada de crema amarilla encima; los cubría luego con cuidado con la mitad pintada y los miraba a la luz.

—¡Qué gran artista se ha perdido contigo!

Una dentadura nueva: trece dientes blancos como la nieve, que no se tambalearían.

—Mi mujer —siguió diciendo el pastelero en voz baja—, no tiene inconveniente en que ocupes la habitación; ya he hablado con ella.

—¿Y mis hijos?

- No la entusiasman los críos; pero ya se acostumbrará.

Amazona de dura sonrisa: chaqueta de pana parda, y la canción del tambor que iba delante... Las ideas que la habían impulsado a dar el consentimiento eran muy sencillas. Una vez en casa, aquella muñequita, que seguiría cobrando su pensión, podría encargarse de los quehaceres de la cocina. A cambio de la comida, del alojamiento y de un pequeño sueldo, ella se vería definitivamente libre de las exigencias de su marido, que ya empezaba a amenazarla con el divorcio: incumplimiento de los deberes matrimoniales. Claro que ella se reía sin inmutarse cuando él hablaba de divorcio. La casa era suya; el obrador, del marido y él era un buen pastelero.

—Mejor será que nos pongamos de acuerdo y que nos devolvamos mutuamente la libertad, ¿no te parece?

Naturalmente, si la muñequita se instalaba en casa, perderían los encargos del convento: los días de fiestas religiosas les serviría otro el pan y los panecillos y los pasteles. Pero, por otro lado, la muñequita hacía unos dibujos de chocolate realizados en un abrir y cerrar de ojos, que los niños les quitaban de las manos. Pastelillos y cromos a la vez y sin aumento de precio.

—Tenemos el campo libre —dijo el pastelero, y sin necesidad de contacto, en sus ojos se encendió un fulgor verde.

Gafas de sol y silla extensible en la terraza, y, por la tarde, a los baños. La señora Brielach estaba como ensimismada con el pincel de chocolate en la mano. Y, de pronto, se apagó la luz. Arriba, las claraboyas del obrador dejaron pasar dos discos de luz diurna parecidos a dos placas de otro transparente clavadas en el techo, pero, debajo, todo quedó sumido en una penumbra gris, en una oscuridad sombría. La señora Brielach vio que el pastelero estaba junto al interruptor: delantal gris bajo de las placas de luz amarilla, rostro gris de ojos fulgurantes. Dos puntos verdes que ahora se acercaban hacia ella.

—Enciende la luz —dijo.

El pastelero se acercó más todavía: piernas delgadas y resistentes; rostro adiposo.

—Enciende la luz —dijo ella—, el chico ha dicho que vendría.

El pastelero se detuvo.

—Sí —continuó ella—, ocuparé la habitación de arriba, pero ahora enciende la luz.

—Sólo un beso —dijo él humildemente—. Felicidad... mano... sólo un beso.

Murmullo sentimental pronunciado con el cuerpo inclinado hacia delante, entrecortado himno de alabanza al amor.

—Sólo un beso.

—Hoy no —contestó ella—; enciende la luz.

—Esta noche —propuso él humildemente.

—Sí —dijo ella con aire cansado—; enciende la luz.

El pastelero corrió hacia el interruptor y dio la luz, que mitigó la intensidad de los discos de luz diurna. De la penumbra gris y negra volvieron a surgir colores: amarillo estridente de los limones en el anaquel de atrás, rojo de la fuente de cerezas.

—Esta noche, pues, a las nueve —dijo él— en la heladería a la orilla del río.

Farolillos de colores en la noche oscura, barcos iluminados, cantos que llegaban de la orilla del río, donde grupos de jóvenes andaban acompañándose de laúdes y guitarras: la melodía de Harry-lime en la oscuridad verdosa; Johnny. Helados fríos, muy fríos en copas de plata de tallo alto, con nata y cerezas.

—Sí —dijo ella—, iré a las nueve.

—¡Ay, mi vida! —contestó él.

Siguieron trabajando: él continuó cortando rombos en la ancha placa y ella pintándolos con el pincel: color de chocolate sobre amarillo de arena. Farolillos en fila, árboles, sillas, copas de helado...

Arriba había también un cuarto de baño, recubierto de azulejos de color de rosa. Ducha y la palomilla siempre encendida. Limpieza de balde; calefacción en invierno. Y trece dientes nuevos, blancos como la nieve.

El pastelero adornaba la tarta de cerezas; luego la de pina para el cumpleaños de Andermann: llenó la manga de nata y se la dio a ella: besos en el brazo y en la mano. Ella le empujó sacudiendo la cabeza y pintó en el pastel un número 50 con una corona de laurel, guirnaldas y el nombre de Hugo, blanco inmaculado sobre las cerezas. Flores sobre el pastel de adormidera — rosas, tulipas, margaritas, tulipas, rosas... —Una preciosidad —dijo el pastelero.

Subió los pasteles arriba y ella le oyó reírse en la tienda, oyó cómo la amazona recibía los pastelillos pintados:

—Más —dijo—; tráeme más: me los quitan de las manos.

Y sonó el timbre de la registradora.

El pastelero volvió a bajar sonriente, cortó más rombos, se los alargó y, de la tienda siguió llegando hasta ellos con murmullo de voces, el timbre de la caja y la voz de la amazona que casi cantaba las «buenas tardes». La puerta metálica chirrió y la señora Brielach oyó la voz de la niña que, entusiasmada, gritaba: «dulce», «dulce». Tiró el pincel y corrió a la habitación contigua, donde, a media luz, se veían sacos de harina, una carretilla y cajas de diferentes tamaños. Tomó a la pequeña en brazos, la besó y le metió en la boca un trozo de mazapán que llevaba en el bolsillo. Pero Wilma se soltó, corrió hacia el pastelero y gritó algo que todavía no le había dicho nunca:

—Papá.

El pastelero la tomó en brazos, la besó y la llevó a dar la vuelta al obrador.

En la puerta, el rostro pálido, hermoso y mortalmente serio, se esforzaba en sonreír: rostro del cabo sonriente, del sargento sonriente, del suboficial sonriente.

—¿Por qué lloras? —dijo el pastelero acercándose con las manos llenas de galletas.

—¿Por qué lloro? —contestó ella—. ¿No lo comprendes?

Humildemente, él afirmó con la cabeza, se dirigió al muchacho, le tomó de la mano y lo atrajo hacia sí.

—De ahora en adelante, todo será distinto.

—Tal vez sí —dijo ella.

 

XVII

 

La puerta del establecimiento de baños estaba cerrada, pero en la pizarra se leía la temperatura del agua tres días antes: 12-IX: 15º. Nella llamó, pero dentro no se movió nadie, a pesar de que oyó a unos hombres que hablaban entre sí. Fue a dar la vuelta a la fila de casetas, saltó por encima del alambre y se quedó esperando a la sombra de la última. El encargado del establecimiento estaba sentado en una terraza acristalada y observaba cómo arreglaban unos desperfectos en los cuartos de las duchas. Sacaban clavos de la madera empapada de agua, y en los peldaños de cemento de la terraza había unas tablas de madera recién desbastadas. El portero guardaba sus mercancías en una maleta: cajas de crema para el cutis, botellas de aceite bronceador, animales de goma y pelotas de todos colores, gorras de baño, que doblaba cuidadosamente y envolvía con papel de seda. A su lado, había un montón de salvavidas de corcho. El portero tenía cara de ser un antiguo profesor de gimnasia, su mirada parecía la de un mono melancólico; sus ademanes, lentos e indecisos, también recordaban los de los simios, que saben que hacen las cosas porque sí. Un montón de cajas de crema para el cutis se le escapó de las manos y las cajas rodaron en todas direcciones, y el portero se agachó titubeando. Su calva rozó el borde de la mesa y desapareció por un instante hasta que, jadeante, el hombre se volvió a levantar, con las cajas en la mano.

Los operarios colocaban tablas nuevas en lugar de las viejas. Tomillos de reflejos azulados; olor a agua encharcada, de las tablas viejas.

El agua era verde, brillaba el sol, y Nella, cuando salió de la sombra de la caseta a la luz, vio que el portero se había sobresaltado. Pero inmediatamente sonrió, abrió la ventana y se quedó esperándola. Aun antes de que ella tuviera tiempo de decir nada, él sacudió la cabeza, sonrió y dijo:

—El agua está hoy verdaderamente muy fría, demasiado fría.

—¿Cuántos grados?

—No lo sé —contestó el hombre—. No he vuelto a tomar la temperatura. Ya no viene nadie.

—Pero a mí me gustaría probar —dijo Nella—; tómela, por favor.

El portero dudó un momento, pero ella le disparó su sonrisa y él bajó los brazos de la ventanilla y empezó a buscar en un cajón hasta dar con el termómetro. Los dos operarios que estaban arreglando las tablas levantaron la mirada, pero volvieron a inclinarse inmediatamente para rascar con sus escoplos el moho negro que había en las rendijas: podredumbre resbaladiza, suciedad, agua, sedimento de placeres de verano.

Nella siguió al portero hasta la piscina. El nivel del agua había bajado y una franja verde, en la pared de cemento, señalaba el nivel anterior.

El portero se subió a la palanca de un metro y lanzó el termómetro al agua, atado con un bramante. Se volvió hacia Nella y le sonrió amablemente.

—También necesitaré un traje de baño —dijo ella— y una toalla.

Él asintió con la cabeza, se inclinó hacia delante y miró el termómetro que daba vueltas lentamente. Tenía los hombros y la musculatura de un profesor de gimnasia, pero el cuello delgado.

Al otro lado, en la terraza del café, había gente sentada. Cafeteras blancas entre ramas verdes y el camarero que llevaba pasteles de una mesa a otra: nata blanca sobre pasteles amarillos. Una niña saltó la verja que rodeaba la terraza del café y atravesó el césped en dirección a Nella; al otro lado, una mujer gritó: No te acerques demasiado.

Nella se sobresaltó y se quedó observando a la niña que perdía velocidad y se acercaba titubeando.

—¿No me oyes? —gritó la madre—, no te acerques demasiado.

- Quince grados —dijo el portero.

—No está mal.

—Como usted guste.

Nella, acompañada del portero, se dirigió lentamente a la casa. Un hombre, llevando la llave de la caseta número 9, les salió al encuentro.

—Habrá que cambiar los tubos de unión —dijo el hombre.

El portero asintió.

Una vez dentro del establecimiento, el portero le dio un traje de baño de color naranja, una gorra blanca y una toalla. Nella entregó su bolso y se metió en la caseta. El silencio era absoluto y Nella sintió angustia. No lograba hacer revivir su ensueño; Rai no aparecía, o por lo menos no aparecía tal como ella hubiera querido. Las habitaciones del sueño se desalojaban, Nella abandonaba los lugares donde había vivido; las calles en que se habían realizado sus sueños dejaban de existir. La cinta había sido cortada y las escenas desaparecían llanamente en el horizonte que ella atraía hacia sí, como desaparece el agua en el tubo de desagüe: un gorgoteo parecido al último grito de uno que se ahoga, un último suspiro, y la materia con que ella había formado sus sueños se desvanecía, engullida definitivamente. Sólo quedaba algo semejante al olor de los cuartos de baño: calor húmedo ligeramente sofocante, aroma de jabón perfumado, casi imperceptible, restos de olor a gas; en la repisa de cristal, una brocha de afeitar abandonada; era hora de abrir la ventana. Fuera, esperaba la ley aburrida de una película publicitaria, sin ambiente, sin matices; unos asesinos convertidos en ambiciosos bien pagados daban conferencias sobre lírica y habían olvidado la guerra. «No te acerques demasiado, ¿no me oyes?», gritó la madre desde fuera, y, por la manera como lo dijo, Nella comprendió que no tenía la boca totalmente vacía. El pastelillo de nata ahogaba las vibraciones maternales: un bocado aglutinado a base de nata y de estratos de pastel amarillo. Pero luego, la voz se hizo estridente y libre: ¡Ten cuidado! ¡Ten cuidado!

Algo así como el eructo del agua que desaparece en el desagüe le subía a Nella a la boca. Un sabor a recuerdo forzado... y la voz de Gäseler, su mano, el tedio mortal de su presencia. Aquél era el aspecto de los asesinos: manoseo junto al volante, ligera voluptuosidad de balneario en la voz, sin dejar de conducir impecablemente. La madre había tragado definitivamente los últimos trozos de pastel y gritaba: «No hagas locuras.»

El césped no había sido limpiado todavía y en él se veían cápsulas oxidadas de botellas de gaseosa, de bordes dentados, y Nella retrocedió para calzarse los zapatos, luego atravesó el césped corriendo para entrar en calor. La niña estaba entre la terraza y el borde de la piscina y, al otro lado, la madre, voluminosa masa florida, se asomaba a la baranda para vigilarla.

Los peldaños que conducían al agua eran resbaladizos y estaban cubiertos de musgo. A lo lejos, encima de las copas de los árboles, más allá del café, Nella vio el tejado del castillo de Brernich con la bandera de la Unión cultural cristiana: espada dorada, libro encarnado y cruz azul sobre fondo blanco. Soplaba viento del Sur y la bandera ondeaba como tiritando sobre el cielo azul.

Nella se quitó los zapatos, los arrojó tras de sí sobre el césped, bajó lentamente, se mojó los pies y, hundiendo ambas manos en el agua, se mojó sistemáticamente el cuerpo. Era agradable; el agua estaba menos fría de lo que había supuesto. Cogió más agua; descendió otro peldaño, se sumergió hasta las rodillas, hasta las caderas; el traje de baño se empapó y, entre la piel y la tela el agua se le escurrió a lo largo del cuerpo. Se inclinó hacia adelante, se lanzó y empezó a nadar pausadamente a grandes brazadas. Sonrió de contento al hender la superficie tranquila y verde del agua. El encargado del establecimiento estaba en la palanca de un metro y la observaba, haciéndose pantalla con la mano sobre los ojos. Nella le saludó con la mano al llegar al extremo de la piscina, y él le devolvió el saludo. En el césped, apenas la niña daba un paso, se oía gritar a la masa floreada que se asomaba sobre la baranda: «No te acerques demasiado.» La niña, obediente, retiraba el pie derecho. Nella se puso boca arriba y nadó más despacio. No tenía frío. El traje de baño alquilado olía ligeramente a algas marinas. En el cielo, un avión invisible arrastraba una ancha cola blanca: estela flexible y blanda que se desplegaba, se desvanecía. No se veía el avión. Nella trató de imaginarse al aviador: casco de protección, rostro flaco, triste y concentrado; probó a ponerse en su lugar. Minúsculo lago allá abajo, pequeño como la cabeza de un alfiler, como una uña, como la esfera de un reloj de pulsera, superficie verde ondulando entre oscuros bosques. ¿Los veía? Lenta y penosamente arrastraba su pesada cola: cola amarillenta y deshilachada sobre el claro cielo azul. Afanosamente se abría camino en la monotonía del cielo hasta desaparecer detrás de los árboles. Su estela se esfumaba y detrás del castillo de Brernich, donde había aparecido, el cielo volvía a estar inmaculado. Sólo la bandera se alzaba allí indestructible y dura, tiritando ligeramente al viento: una espada dorada, un libro encarnado y una cruz azul sobre fondo blanco, inteligentemente entrelazados para formar un símbolo impresionante.

En aquel momento, los miembros del congreso estaban tomando el café del final del banquete, comentando elogiosamente la comunicación de Gäseler y llegando a la conclusión inevitable de que: «Todavía no se ha perdido todo.»

Nella nadó otra vez boca arriba mientras le caían a la boca las gotas amargas y con sabor a podrido que de la gorra se escurrían por su rostro, y, sin querer, se echó a reír del placer que le causaba el agua. La trompeta del auto de línea atravesó el bosque: notas de cuerno de postillón, artificialmente comprimidas en múltiples ondulaciones. Nella volvió a la orilla, riendo quedamente para sí misma, salió del agua y siguió la estela del avión, que se perdía detrás del bosque. El portero le sonrió con aire de aprobación cuando ella pasó junto a la terraza en dirección a la caseta. Olor a estío en descomposición en las maderas húmedas: moho blanquecino entre las rendijas, felpudo y verde hacia abajo, donde la humedad era mayor. La pintura amarilla de las paredes de la caseta estaba descascarillada; en una superficie intacta, del tamaño de un plato, alguien había escrito: «Amar a una mujer es más hermoso... para una mujer.» Caligrafía inteligente y viril que demostraba dureza y ternura a la vez, letra acostumbrada a escribir «Insuficiente», y «Bien» o «Apenas aceptable» debajo de trabajos escolares sobre Guillermo Tell.

- No te acerques demasiado —gritaba la voz, libre de pasteles de nata—. Ya te lo he dicho mil veces.

Nella pagó al encargado del establecimiento de baños, le gratificó con una sonrisa y él tomó el traje de baño mojado, el gorro y la toalla sonriendo a su vez.

El auto de línea hacía oír su trompeta, desafinada y alegre; Nella hizo señas desde lejos al conductor y echó a correr.

—Brunn —dijo Nella.

—¿Centro de la ciudad?

—No —contestó ella—. Ringstrasse.

—Un marco treinta —dijo el conductor.

Nella le dio un marco cincuenta y dijo:

—Está bien.

El hombre cerró la puerta, pulsó el botón del volante y lanzó todavía un último trompetazo antes de arrancar.

 

XVIII

 

—Todo cambiará —dijo Albert.

Miró a Martin, como si esperase respuesta, pero el muchacho no contestó. El cambio que se había operado en la cara de Albert le tranquilizó, porque no sabía si era consecuencia de su fuga y no sabía si la pregunta de Albert se refería a lo mismo.

—Todo —dijo Albert—, todo cambiará.

Y como esperaba visiblemente una respuesta, Martin preguntó tímidamente.

—¿Qué?

Pero en aquel momento Albert se paró delante de la iglesia, se apeó y dijo:

—Podemos recoger a Bolda.

Martin sabía que si él se retrasaba, Albert se ponía enfermo, y, de pronto, la idea de que había hecho esperar a Albert durante cuatro horas, buscándole inútilmente, le acongojó. Se dio cuenta del poder que tenía sobre Albert y esta certidumbre, en lugar de hacerle feliz, le causaba malestar. Con los muchachos que tenían padre, la cosa era distinta. Los padres no estaban preocupados, no se ponían enfermos cuando los muchachos llegaban tarde, sino que los recibían con cara seria, les daban una paliza y los mandaban a la cama sin cenar. Eso era duro, pero previsible, y Martin no deseaba que Albert le pegara, pero sí algo que no sabía expresar, algo que no acertaba ni siquiera a formular mentalmente. Había palabras, en apariencia oscuras, que evocaban un conjunto de imágenes e ideas perfectamente claras. Cuando pensaba en la palabra inmoral, se abría inmediatamente una puerta y en su marco aparecían todas las mujeres morales e inmorales que conocía puestas en fila Empezaba por la madre de Brielach, en el grupo de las inmorales y, al final, estaba la señora Borussiak, allí donde la moralidad alcanza su máxima calidad, al lado de la madre de Poske y, al lado de ésta, la señora Niggemeyer, y entre ellas, en un lugar impreciso del mismo templo, estaba su propia madre. Pero ésta cambiaba a menudo de lugar, acercándose ora a la señora Borussiak ora a la señora Brielach, como los personajes de algunas películas de truco. Martin miró la puerta de la sacristía y se preguntó si la palabra paternal sentaba a Albert, pero llegó a la conclusión de que no le sentaba. Eran paternales el maestro, el carpintero; Glum era casi paternal. La palabra hermano tampoco se avenía con él. Quizá la más adecuada era la de tío, pero tampoco le acababa de satisfacer.

Eran casi las cinco, y Martin estaba muerto de hambre. Habían quedado que a las seis saldrían para Bietenhahn y Martin sabía que a estas horas, Will ya estaría sacando las cañas de pescar, las examinaría cuidadosamente, prepararía el cebo y repasaría las redes de las improvisadas puertas de fútbol en el jardín. Las afirmaba con alambres y luego, radiante, corría al pueblo a invitar a los muchachos a jugar al fútbol, para ser, por lo menos, cinco contra cinco.

Albert salió con Bolda de la sacristía. Martin pasó detrás y dejó el asiento delantero a Bolda, que, al sentarse, le agarró por el cuello y le acarició la mejilla. Martin sintió su mano fría y húmeda que olía a agua y jabón; una mano afilada, ligeramente enrojecida y ablandada por el agua de la limpieza, con ribetes blanquecinos en las yemas de los dedos.

—Ya ves, hombre —dijo Bolda—, ya le tienes aquí. No hay que preocuparse; se le zurra un poco el trasero y ya está. Eso no hace ningún daño.

Bolda se echó a reír, pero Albert meneó la cabeza y dijo:

- Todo cambiará.

—¿Qué? —preguntó Martin tímidamente.

—Irás a vivir a Bietenhahn. Allí irás a la escuela y luego al liceo de Brernich. Yo también viviré allí.

Bolda, excitada, se removía en el asiento:

—¿Por qué? ¿Por qué? No puedo imaginarme la casa sin el niño y sin ti. Llévame también contigo, si os vais, Entiendo un poco en ganado.

Albert no —contestó. Cruzó con cuidado la avenida y entró en la Hölderlinstrasse, pero luego pasó por delante de la iglesia y tomó por la Novalisstrasse. Dio la vuelta al parque, cruzó la Ringstrasse, atravesó unos campos segados, un barrio de barracas y se dirigió al bosque. Bolda le miraba de reojo. Albert se paró al llegar al lindero del bosque y dijo:

—Esperad un momento. No os mováis del coche.

Se apeó, bajó por el camino que oblicuamente penetraba en la tierra hacia la puerta de la casamata, montó en el talud cubierto de hierba y desapareció entre los matorrales. Martin vio alejarse la cabeza de Albert, que sobresalía de los arbustos, hasta llegar al lugar donde había un círculo dibujado alrededor de un roble. Albert se detuvo junto al roble y luego volvió a la casamata, descendiendo por donde el talud era más escarpado.

—No te vayas —dijo Bolda en voz baja, sin volverse— o llévame contigo.

Y Martin se quedó asombrado al darse cuenta de que Bolda estaba a punto de llorar.

—Será terrible para todos, incluso para la abuela; no le des este disgusto.

Martin no contestó. Observaba a Albert, que salía de la tierra por el camino oblicuo y se dirigía otra vez hacia el coche.

—Ven —le dijo a Martin— ven, tengo que enseñarte una cosa. Tú puedes quedarte en el coche, si quieres —dijo dirigiéndose a Bolda.

Pero Bolda se apeó y, juntos, bajaron por el camino asfaltado que conducía a la casamata. Martin se sentía incómodo. Había estado allí un par de veces con Brielach y los otros compañeros; allí, entre aquellos mismos arbustos por donde se había metido Albert un momento antes, Grebhake y Wolters habían cometido un acto obsceno. Aquel lugar distaba media hora de casa y se podía jugar magníficamente en los fosos secos que rodeaban el fortín. Desde allí, se veían las chimeneas y los gallardetes de los barcos que pasaban por el Rin, pero no se veía el río más que si se subía al tejado de la fortaleza; desde allí se veía también el puente volado por las bombas, cuyos estribos escarpados asomaban sobre la superficie del río; en primer término, el rojo de los campos de tenis, los trajes blancos de los jugadores y, a veces, llegaba una carcajada o la voz del arbitro, sentado en su torrecilla. Martin no solía ir a aquel lugar, porque Albert se angustiaba cuando se alejaba mucho de casa, y, ahora, observaba inquieto a Albert, que parecía llevar un objetivo concreto. Mientras permanecieron en el camino hondo, no oyeron nada, pero al llegar a la puerta de la casamata, les llegó el alboroto de los niños que jugaban en el tejado del fortín, y una madre gritaba: No te acerques demasiado.

Junto a la gran puerta metálica, pintada de color oscuro, unos peldaños de cemento llevaban a la parte superior, donde había el surtidor, la rosaleda y las dos terrazas plantadas de tilos; desde el muro que bordeaba las terrazas, se veía perfectamente el Rin.

Martin subió corriendo las escaleras, pero Albert se había quedado junto a la puerta y le llamó.

Martin se volvió a mirar a Bolda que decía:

—Prefiero volver al coche. ¿Quieres comprar champiñones?

—No —contestó Albert—, sólo quiero enseñar a Martin el lugar donde su padre estuvo tres días preso.

—¿Aquí? —dijo Bolda—. ¿Fue aquí?

Albert le dijo que sí y ella pareció temblar, y sin decir ni una palabra, emprendió el camino de regreso por el paso asfaltado.

Albert golpeó la puerta metálica y Martin leyó lo que decía el letrero amarillo con letras negras: «Georges Ballaumain. Cultivo de Champiñones».

—Aquí —dijo Albert— asesinaron a Absalom Billig, el hombre que pintó el retrato de tu padre.

Martin tuvo miedo. De dentro de la casamata le llegaba un olor intenso a estiércol de caballo, a sótano, a falta de luz. Finalmente, se abrió la puerta y apareció una niña con las manos sucias y una brizna de paja en la boca; al ver a Albert, dijo, decepcionada:

—Ah, me figuré que era el hombre del estiércol.

Los asesinatos sólo existían en las películas, en los cuadernos de Fantomas y en la Biblia: Caín mató a Abel, David mató a Goliat, Martin tenía miedo de seguir a Albert hacia el interior, pero éste le tomó de la mano y le hizo seguir. El interior estaba medio oscuro; de unas galerías, cubiertas con tejas de cristal, salía una penumbra uniforme; unas bombillas desnudas y débiles, amortiguadas por pantallas de cartón, iluminaban unos parterres inclinados, cuya estratificación se distinguía perfectamente, como la de los pasteles. La capa inferior era de tierra mezclada con estiércol, luego venía una capa de puro estiércol de caballo, verdeamarillento, luego otra de tierra, más oscura, negra casi, y en algunos parterres asomaban las cabecitas de los champiñones blancos y enfermizos, cabecitas torcidas y cubiertas de tierra. Los parterres parecían pupitres, misteriosos armarios de los que sobresalían asquerosas teclas, como botones de órgano, botones que servían para misteriosos fines. Allí se habían cometido crímenes, a su padre le habían pegado allí abajo, le habían pisoteado; y a Albert también. Lo habían hecho los nazis: palabra de significado incierto, palabra a la que Albert daba un valor diferente del que se le daba en la escuela. Allí, inmoral era considerado como algo terrible; él, en cambio, no encontraba que la madre de Brielach fuera terrible; pero si lo era aquella palabra que ella había dicho. Para Albert [os nazis eran algo odioso, mientras que en la escuela no se los pintaba tan malos; otras cosas más odiosas, los rusos, por ejemplo, dejaban atrás a los nazis, que después de ledo no eran tan males.

La niña con la brizna de hierba en la boca se había retirado y, de una cabina de madera, salió un hombre que se dirigió a Albert. Llevaba un delantal gris, se tocaba con una boina y su rostro amable y redondo desprendía bocanadas de humo.

—Si usted pudiera proporcionarme estiércol de caballo... —dijo—; apenas hay modo de encontrarlo.

—No —contestó Albert—; sólo quería entrar a mirar; estuve una vez detenido aquí con el padre de este muchacho... y uno de nuestros amigos murió aquí asesinado por los nazis.

El hombre retrocedió un paso y le tembló el cigarrillo en la boca. Luego, bajándose un poco la boina sobre la frente, dijo en voz baja:

- Mon Dieu!

Albert miró hacia ambos lados en los pasillos: paredes húmedas y oscuras con cavidades negras, y, en todas partes, los parterres en forma de pupitres, pupitres de órgano de los que sobresalían teclas enfermizas. Un ligero vaho se desprendía de allí, ondulante, como torturado, y a Martin le pareció que de las teclas salían unos hilos de contacto con la tierra, capaces de evocar los asesinatos a distintas profundidades.

De un clavo colgaban delantales grises, y, en el fondo, la niña, con sus manos sucias, iba escogiendo setas de una cesta. Detrás de la puerta de cristal de la cabina, una mujer sentada, con bigudís en el pelo, estaba extendiendo facturas y trazando pacientemente, en lápiz-tinta, cifras y palabras en unos cartoncitos.

Arriba, un muchacho golpeó la claraboya con un bastón y sus golpes llegaron hasta abajo como a través de un embudo. Una madre gritó con voz estridente: ¡Ten cuidado! ¡Ten cuidado!

- Le mataron a patadas —dijo Albert—; le mataron en uno de esos pasillos. Jamás pudo encontrarse su cadáver.

De pronto, se metió en un pasillo lateral y. tomando a Martin por el brazo, le obligó a seguir y le señaló un espacio donde los pupitres con teclas enfermizas estaban más apiñados.

—Y aquí —le dijo—, aquí pisotearon a tu padre, aquí le pegaron... y a mí también: no lo olvides.

- Mon Dieu! —dijo el hombre del delantal gris.

- No seas tan travieso —gritó arriba una madre.

Albert tendió la mano al hombre del delantal gris y dijo:

—Muchas gracias y perdone.

Y se llevó a Martin hasta la puerta abierta. Fuera estaba el hombre con el estiércol, que, por lo visto, era esperado con ansiedad. El hombre del delantal gris se precipitó sonriendo hacia él; inmediatamente desenganchó la cadena que unía un remolque al pequeño coche de turismo del recién llegado, y los dos hombres empujaron el remolque, repleto de estiércol de caballo, humeante y fresco, hacia el interior de la casamata.

—No ha sido fácil, esta vez —dijo el hombre que lo había traído—; tendremos que vigilar; en el picadero hay un tío que quiere desbancarnos.

Empujando ante sí el remolque, los dos hombres desaparecieron en la semioscuridad, impregnada de penetrante olor. Todavía se oían algunas de sus palabras: «picadero... vigilar... competencia». La niña de la brizna de paja en la boca salió por el pasillo central y cerró la puerta.

A Martin le hubiera gustado subir al tejado de la casamata donde había la rosaleda, el surtidor y las dos terrazas desde las cuales se veía el Rin. Le hubiera gustado recorrer el viejo foso, donde de trecho en trecho asomaban pedazos de cemento cubiertos de musgo y en cuyos bordes crecían robles y chopos.

Pero Albert le obligaba a andar por el camino asfaltado a lo largo de los arbustos. Bolda, que los aguardaba sentada en el césped al lado del coche, les hizo señales con la mano.

- No seas tan travieso —gritaba una madre arriba en el parque.

- ¡Ten cuidado! ¡Ten cuidado! —gritaba otra.

- No te acerques demasiado.

Subieron al coche, sin decir una palabra. En el asiento de atrás, esta vez, se acomodó Bolda, que seguía oliendo intensamente a limpieza: a agua fresca, a la solución de jabón y lejía que mezclaba en el agua de fregar.

Martin, sentado al lado de Albert, se asustó al verle de medio lado. Bruscamente, en una tarde, Albert parecía haber envejecido. Era viejo, tan viejo como el maestro, tan viejo como el carpintero, y Martin sospechó que ello tenía que ver con los nazis y se avergonzó de que aquella palabra sólo evocará en él imágenes imprecisas. Sabía que Albert no decía mentiras, y que cuando Albert lo decía, era verdad que los nazis habían sido terribles; pero Albert estaba solo frente a todos los que decían que después de todo, no habían sido tan terribles.

Albert le agarró del brazo, con tanta fuerza que le hizo daño y le dijo:

—No lo olvides. Y si lo olvidas... ¡ay de ti!

Y Martin se apresuró a contestar:

—No, no; no lo olvidaré.

Y Martin sintió todavía el dolor allí donde Albert le había apretado el brazo y sintió cómo el recuerdo le quedaba grabado. Penumbra de penetrante olor, estiércol de caballo, órganos de extraña forma, con teclas como registros que conducían hasta el interior de la tierra: allí se habían cometido asesinatos; todo ello se clavaba en su memoria como el recuerdo del restaurante de Vohwinkel.

—Dios mío —decía Bolda desde atrás—, no nos quites al chico. Haré todo lo que mandes, lo haré lo mejor que pueda, pero déjalo aquí.

—Sí —dijo también Martin tímidamente—. ¿Vendrá también Brielach con nosotros a Bietenhahn?

Vio a Brielach lejos de tío Leo, sin la carga que ahora pesaba sobre sus hombros; le vio cerca de la mantequera que Will siempre le acercaba y que volvía a llenar en cuanto quedaba vacía.

—¿Vendrá con nosotros? —preguntó con insistencia—. ¿Vendrá o tendré que estar allí solo?

—Yo estaré contigo —dijo Albert—. Yo viviré allí, y Heinrich podrá visitarnos siempre que quiera. Yo le llevaré en el coche, pues ya sabes que tengo trabajo en la ciudad. No hay bastante sitio allí para alojar permanentemente a dos muchachos. Y además, su madre no lo querría. Le necesita.

—Si viniera Heinrich tendría que venir también Wilma —dijo Martin apenado.

Se vio en una escuela extraña, rodeado de chicos desconocidos, de los que sólo conocía unos pocos por haber jugado con ellos al fútbol.

—¿Por qué tendría que venir también Wilma?

—Leo le pega cuando no hay nadie, y ella llora cuando se queda sola con él.

—No es posible; no puedo llevar a tres criaturas a casa de mi madre. No vas a poder estar siempre con Heinrich.

Albert embragó y no dijo nada más; dio la vuelta a la iglesia evangélica y cuando volvió a hablar, lo hizo con voz de empleado de oficina de información. Dio razón de las cosas sin el menor énfasis, como si facilitara una información gratuita, con tono impersonal.

—Algún día tendrás que separarte de mí, de tu madre y de todos nosotros; también tendrás que separarte de Heinrich... y Bietenhahn no está tan lejos. Será mejor para ti, vivir allí.

—¿Pasamos ahora por casa de Heinrich?

—No; iremos luego —dijo Albert—: ahora vamos a recoger tus cosas, y antes tengo que llamar a tu madre. Meteremos en la maleta todo lo que necesites para las próximas semanas. Anda —añadió con brusquedad, dirigiéndose a Bolda—. No llores.

Pero Bolda lloraba y Martin sintió miedo, miedo ante aquellas lágrimas. Continuaron el viaje en silencio. Sólo se oían los sollozos de Bolda.

 

XIX

 

Nella cerró los ojos, los volvió a abrir, los volvió a cerrar, los abrió otra vez, pero la imagen no desapareció: unos jugadores de tenis bajaban por la avenida. Grupos de dos, de tres, de cuatro. Jóvenes héroes vestidos de blanco llegaban como convocados por el director de escena y con la consigna de no sacar el dinero del monedero al llegar a la sombra de la iglesia. Altos tallos que caminaban alegremente, avanzando por la verde penumbra de la avenida. Procesión de espárragos que seguían el camino prescrito: dar la vuelta a la iglesia y desaparecer en el parque cruzando oblicuamente la calle. ¿Se había vuelto loca, o realmente el club de tenis daba una fiesta para caballeros? ¿Se jugaba quizás algún campeonato? Nella oía tamborilear las pelotas como en los días de grandes partidos. Griterío —el rojo de la pista, el tintineo de las botellas verdes en el fondo— y los gallardetes de colores de los barcos invisibles, que una mano invisible izaba de las bambalinas hasta que se confundían en el horizonte con las nubes de humo negro. Nella intentó contar los espárragos, pero, hastiada, desistió al llegar a veinte. Seguían viniendo más, cada vez más. Intemporales, esbeltos, blancos, bajaban por la avenida. Hasta ella llegaron risas, y seguían acudiendo más y más: alegres espárragos de jardín, todos iguales; todos de una misma estatura, todos igualmente blancos, todos igualmente esbeltos. Sonriendo, iban saliendo de detrás de casa de Nadolte, allá arriba; era imposible pensar que estaba soñando o que se había vuelto loca. Nada le ayudaba a destruir aquella imagen. El coche gris de Albert no llegaba y el sueño de Rai, que tantas veces había logrado evocar, no aparecía: verle llegar de la parada del tranvía; grisalla suave de los troncos de las acacias listada de verde intenso y con manchas de musgo en los hoyos donde se acumulaba la lluvia, rayas negras como asfalto fresco, y el gris verdoso de las hojas, y Rai llegando de la parada del tranvía; venía cansado, descorazonado, pero venía.

El sueño no podía reconstruirse. Venían espárragos y éstos eran reales: procesión intemporal que demostraba su realidad por el hecho de terminarse. La avenida quedó desierta, aquella avenida por la que Rai ya no llegaba. Para sostenerse, Nella sólo tenía la abrazadera de brocado de oro y el cigarrillo; a Nella le pareció que oía el eco que desenmascaraba la mentira y le arrojaba a la cara, como una maldición: —ührer, —ueblo, —atria: a ella, subproducto de la fábrica de viudas, que ni siquiera había cometido el pecado de acostarse con otros hombres.

El humo se acumulaba entre la cortina y el cristal de la ventana; Nella tenía hambre, pero la idea de ir a la cocina le daba asco. Todavía estaban los platos sin fregar: platos sucios, tazas sin aclarar, cacerolas con restos de comida seca, cazos medio vacíos, tazas en las que nadaban colillas en restos de café, todos los indicios de una comida precipitada, y Albert no llegaba. La casa estaba desierta y silenciosa y ni siquiera se oía a la abuela.

En Bietenhahn, el coche de Albert no estaba delante de la puerta. Will, con la boca llena de clavos y un martillo en la mano, arreglaba en el jardín las porterías de fútbol improvisadas, y la colada ya estaba seca. Un viento fresco soplaba en el idílico valle del Brer. Delante de la casa, se veían unas cajas verdes llenas de botellas de cerveza y la madre de Albert tomaba un trozo de jamón rosado de manos del chico de la carnicería: la mujer se sonreía y Nella pudo leer en el rostro del muchacho la importancia de la propina.

Pero durante el trayecto, el autobús tampoco se había cruzado con el coche de Albert: imitando el cuerno del postillón, se acercaba alegremente a la ciudad.

A su oído acudían rumores de épocas pasadas: —ührer, —ueblo, —atria: mentira decapitada que caía sobre ella como una maldición. Aquel eco parecía remontarse a mil años atrás. Generaciones extinguidas desde hacía tiempo habían ofrecido sacrificios a aquellas divinidades. Hombres quemados, pisoteados, asfixiados en las cámaras de gas, ametrallados... por seis sílabas incompletas.

Una nueva hornada de espárragos, salida del hotelito de Nadolte, bajaba por la avenida. Retaguardia de la deportividad, cinco tallos parecidos, blancos y esbeltos: reserva del campeonato que daba la vuelta a la iglesia, cruzaba la calle y desaparecía en el parque.

Había sido agradable visitar de vez en cuando al padre Willibrord, escuchar los informes que daba con voz armoniosa, dejarse mecer por su sonoridad, dejar que nutriera el ensueño. También Schurbigel la había calmado alguna vez. Compresas de consuelo, felicidad recibida de manos del peluquero bien intencionado. Era más agradable que la monótona salmodia de las monjas que tenían fijos los ojos en la imagen del Crucificado. Ininterrumpida plegaria que Albert facilitaba al encargarse de todos los trabajos de las monjas que no fuesen propiamente orar: contabilidad y cálculos. A cambio de este trabajo, las monjas le hacían regalos enternecedores: café de monjas, pasteles de monjas, flores de su jardín, huevos de Pascua pintados de colores y galletas de anís para Navidad. Luz sin brillo agobiante, en la capilla lateral donde rezaban las monjas; cortina azul, sobre la que la reja se dibujaba en negro.

Nella no lograba ya asociar a Willibrord con la idea de agradable, y sólo pensar en tener que escuchar otra vez a Schurbigel le daba mareo. Perdido, el claroscuro perfumado; sólo le quedaba la luz cruda que iluminaba el perfil de Gäseler. Confección inteligente e intercambiable. Los asesinos no son horribles, no causan pavor, no dan materia a pesadillas ni a películas de ambiente: los asesinos pueblan las películas publicitarias, la luz sin relieve ya les basta; no son sino unos manoseadores sentados al volante. Nella volvió a oír el eco, desenmascarado por la acústica de la capilla bautismal que retenía las consonantes iniciales, una efe y dos pes como tributo a la mentira: sólo palabras decapitadas.

Un niño jugaba ahora en la avenida. Un patinete rojo con un niño rubio se trasladaba de un árbol a otro serpenteando. No se veían ya más espárragos.

Nella, al oír llamar a la puerta, se sobresaltó, pero contestó maquinalmente.

Al ver el rostro de Bresgote, comprendió lo que tenía que suceder. La muerte que se había apoderado del rostro de Scherbruder estaba también en la expresión de Bresgote. Los efectos de su propia sonrisa se reflejaron en aquel rostro.

—Usted dirá —dijo.

—Me llamo Bresgote —dijo el hombre—. Estaba aguardando a Albert en la habitación de al lado.

Nella se acordó de haberle visto en otra ocasión.

—Creo que nos conocemos, ¿no es verdad?

—Sí —contestó él—; de la fiesta de verano.

Bresgote se acercó.

—¡Ah, sí! —dijo ella.

Bresgote se acercó más todavía. Y la muerte se hizo más dura en su rostro. La sonrisa había dado en el blanco.

—Una sola palabra suya, y mataré a Gäseler.

—¿Sería usted capaz de hacerlo?

—Sí, lo haría —dijo él—: lo haría inmediatamente.

Era indispensable que los aventureros desesperados estuvieran sin afeitar. Los pelos de su barba se clavaron en el cuello de Nella; ella intentó ahorrarle una decepción, pero no logró retener las lágrimas. Bresgote la besó apasionadamente, la empujó hasta la cama, y ella, en un ademán desesperado, alargó el brazo y pulsó el botón del extractor; el murmullo suave y apagado de las aspas hizo que no se oyeran los extraños sollozos de Bresgote. En los refugios en ruinas, los niños intentaban salvarse así del pánico y de la muerte, pero jamás dieron el nombre de amor a semejante cosa.

—Váyase, por favor —dijo Nella.

Él le preguntó sollozando:

—¿Podré verla otro día?

—Sí —contestó ella—, pero más adelante.

Con los ojos cerrados, Nella le oyó marcharse. A tientas, buscó el botón del extractor para pararlo. Pero el silencio la molestó y volvió a poner el extractor en marcha. El olor de Bresgote se le había pegado a la mejilla: sudor salado mezclado con aroma de coñac y de tabaco. Subproducto de la fábrica de viudas, Nella se había comprometido a liberar definitivamente de la muerte a un aventurero mal afeitado.

En la calle, el coche de Albert se detuvo frente a la puerta, y jamás la voz de Martin le había parecido tan aguda y tan desconocida como en aquel momento. Martin se precipitó en la habitación de Albert, Bolda reía, Bresgote hablaba, luego entró Albert... y de pronto, reinó silencio durante unos instantes. Luego oyó que Bresgote decía lo que Albert ya hacía rato que había leído en su cara:

—La señora Bach... Nella está de vuelta.

En la habitación contigua se probaban las pelotas de ping-pong: tamborileo contra el suelo, notas más claras al dar contra las puertas.

—Las camisas —dijo Martin—, las camisas y las cosas de la escuela, tengo que llevarme.

—Deja —dijo Albert desde la entrada—, ya te lo traeré todo más tarde.

Nuevo tamborileo de las pelotas de ping-pong contra el suelo, nuevas notas más claras contra las puertas, y Albert dijo enfadado:

- Quédate aquí, no entres, deja dormir a tu madre. Ya vendrá luego.

—¿Seguro que vendrá?

—Sí —contestó Albert—. Vendrá a reunirse con nosotros.

Las pelotas tintinearon en la caja, sacudidas entre el fondo y la tapa, luego se alejó el ruido. Nella lo oyó primero en la entrada, después en el jardín y oyó que Bresgote decía a Albert.

—¿No estás dispuesto a hacer nada?

—No —contestó Albert.

Puso el coche en marcha y se alejó, dejando tras de sí el silencio. Nella le agradeció que se hubiese marchado y que no hubiese dejado entrar a Martin en su habitación. De la cocina le llegaba ruido de vajilla. Bolda recogía los platos sucios en la fregadera, mientras cantaba en voz baja, pero terriblemente desafinada: «La tierra se ha librado de la muerte...»

El chorro del agua dominaba su canto y el ruido de vajilla, pero en seguida la voz de Bolda se dejó oír de nuevo: «Devuélvelo todo al Señor...»

Las puertas de los armarios chirriaron en sus goznes, se oyó un hurgar de llaves, y luego a Bolda que arrastrando los pies subía la escalera hacia su cuarto.

Nella no oyó hasta entonces los pasos de su madre que, como una prisionera, se paseaba arriba y abajo por su habitación; luego, llegó a sus oídos el suave susurro del extractor. Lo paró, y como si el silencio le exprimiera las lágrimas, Nella rompió a llorar desesperadamente.

 

XX

 

La cita en el café del parque quedó anulada; el traslado se decidió súbitamente.

Los transportes rápidos enviaron un camión, pero el vehículo resultó ser demasiado grande. Con menos de la quinta parte bastaba para trasladar a casa del pastelero todo cuanto poseía la señora Brielach. Su mobiliario tapizado con trozos de tela de algodón y revestido de papeles de colores, tenía un aspecto «muy mono» puesto en la habitación, pero no resistió la mirada crítica de los vecinos que contemplaban con suspicaces ojos aquella súbita mudanza. Una caja de margarina llena de juguetes; la cama de Heinrich, es decir, una puerta clavada sobre cuatro tacos de madera y cubierta con unos trasportines de crin vegetal y adornada con restos de una cortina; dos camas y la mesa, en la que habían apoyado sus codos Gert, Karl y Leo. Como armario, servía una tabla empotrada entre el bufete de cocina y la pared, provista de colgadores y protegida del polvo y los salpicones por un trozo de hule. Las únicas cosas de aspecto decente eran la cama de Wilma —regalo de la señora Borussiak, que ya no esperaba hijos— y el bufete de cocina, de color de caoba y que contaba sólo dos años de existencia. El aparato de radio estaba en la habitación contigua, en la de Leo, y éste la tenía cerrada con llave. Durante ocho años, aquel cuarto había servido de sala de estar, había sido limpiado, pintado y repetidamente modernizado, pero, de pronto, descubría su miseria, y Heinrich se asustó al contemplarlo: arrancados de su orden cotidiano, los objetos hacían el efecto de restos amontonados por el azar, que apenas merecían ser transportados. El pastelero presidía la operación, dando órdenes a los operarios que a duras apenas podían contener su ironía.

—Atención: eso es frágil —gritó el pastelero dirigiéndose a uno de los hombres que levantaba una caja de cartón que contenía tazas y platos. En su rostro se leía la duda, como si se preguntase si no pagaba un precio excesivo por su aventura. Un traslado, dos criaturas y la humillación que representaba meter en su casa semejantes pingos.

A Heinrich le habían encargado que cuidara de Wilma, la cual no cesaba de llorar desde que unos hombres desconocidos se habían llevado su caja de juguetes. Con la mano izquierda agarraba a la niña, y con la derecha todo cuanto poseía: lo había podido esconder en la cartera, entre los libros, el devocionario, el plumier de piel y las libretas: el folleto de papá titulado «Lo que hay que saber para entrar en el cuerpo de conductores», el retrato de papá, varios cuadernos ilustrados: Fantomas, Tarzán, Till Eulenspiegel y Blondi, y el retrato de la mujer que antes pesaba cien kilos (Villa Elisabeth, la gruta de lava, un hombre fumando en pipa asomado a la ventana y, en último término, los viñedos). Lo que le daba miedo no era únicamente la pobreza que se manifestaba al retirar los muebles y empaquetar las cosas, sino también la velocidad con que la habitación quedó vacía. En cuarenta minutos estuvo listo todo y sólo quedaron las huellas en las paredes, en los lugares donde el papel no se había descolorido: la silueta del retrato de papá, de la estampa de la primera comunión, del bufete y del armario improvisado, papel amarillo oscuro bordeado por un ligero nimbo de polvo. Mamá barría la suciedad del suelo: pedazos de tiesto, motas de polvo, trozos de papel y algo negruzco y misterioso que parecía brotar de las rendijas del entarimado. Con aire desconfiado, el pastelero examinaba la edad de los nimbos de polvo que bordeaban las manchas amarillas de las paredes. De pronto, mamá rompió en sollozos, tiró la pala de la basura, y el movimiento de los brazos del pastelero, que para consolarla, empezaron a golpearle suavemente los hombros y la nuca, no pareció muy convincente a Heinrich. Luego mamá recogió la pala, levantó la escoba y Wilma siguió reclamando a grito pelado su caja de juguetes. El pastelero dijo a Heinrich:

—Adelántate con ella: toma el cochecito.

El pastelero ponía cara de impaciencia e incertidumbre, como si también estuviera asustado ante la rapidez con que había dirigido el traslado. A las cuatro y media había podido besarle las manos y parte del brazo y ahora, poco antes de las siete, la operación casi estaba terminada y, en la calle, los transportistas, sentados en el estribo del camión, que sólo habían podido llenar en una quinta parte, silbaban prestos a marcharse.

Acudieron a su memoria vagos recuerdos del único traslado que había hecho en su vida; Heinrich pensó en frío, lluvia y un cochecito de niños, en las manos de su madre cortando pan, en furgones militares sucios; en un «chusco», que cayó como por casualidad de un convoy de intendencia. Lo que más recordaba era una fiambrera del ejército, un cacharro de color verde claro, que Gert dejó olvidado algún tiempo después en una obra, y su asombro ante el pan americano, blanco como el papel. Hacía siete años que vivían en aquella casa: para Heinrich una eternidad; y conocía exactamente todos los sitios traidores del entarimado, todos aquellos puntos en que había que andar con cuidado para no rasgar la bayeta al fregar la madera en astillas; conocía las zonas ásperas, en las que la cera que se daba a instancias de Leo era absorbida irremisiblemente y las otras, donde se daba bien y bastaba con una capa fina. La mancha de la pared indicaba el lugar donde había estado colgado el retrato de su padre.

—Anda, vete de una vez —le gritó el pastelero.

Heinrich salió al rellano, pero retrocedió y dijo:

- No te olvides de que Leo tiene nuestro aparato de radio, la taza, la cafetera y el abrelatas.

—No, no —contestó su madre.

Heinrich, en el tono de su voz, adivinó que debía dar por perdidos la radio, la taza, la cafetera y el abrelatas, así como la bata de mamá, que estaba colgada en la habitación de Leo: flores silvestres de color de rosa sobre fondo negro.

La señora Borussiak estaba en la escalera y lloraba. Besó a Heinrich, besó a Wilma, la abrazó y dijo en voz baja y entre sollozos:

—Hijo mío, espero que te vaya bien.

El carpintero, a su lado, dijo, meneando la cabeza:

—De un pecado a otro.

Detrás de la puerta cerrada, la señora Brielach gritó:

—Tú lo has querido, tú lo has querido; yo no.

Y la voz sorda del pastelero replicó algo que no se comprendió muy bien, pero que a Heinrich no le pareció muy convincente. En la calle, los transportistas silbaron más fuerte, y Heinrich se acercó a la ventana de la escalera que daba a la fachada y se asomó; su mirada penetró en el camión como en un vientre abierto: vientre de un monstruo asqueroso que se había tragado la tienda de un ropavejero: objetos sucios y viejos, muebles descascarillados, cacharros amontonados sin orden ni concierto y, coronándolo todo, una cama patas arriba: puerta pintada de gris, cuyo origen se revelaba en el momento de salir al aire libre: Administración de Hacienda. Departamento 547. Gert la trajo una noche junto con los cuatro tacos de sólida madera de vigas. También trajo clavos y un martillo. En cinco minutos estuvo hecha la cama. «Magnífica, ¿eh? Acuéstate y verás», y Heinrich se había acostado en ella y la había encontrado magnífica hasta hacía media hora.

Los transportistas estaban sentados en el estribo, fumando y silbando con los dedos en la boca y dirigiéndose a la ventana de arriba.

El carpintero había dicho: «De un pecado a otro», y Heinrich pensaba en la palabra que hacía dos semanas su madre había dicho al pastelero, aquella palabra que aparecía en la pared de la entrada; y no pudo menos que sonreír sarcásticamente al pensar que a aquello también podía llamársele «unión». Su madre salía de la habitación con la pala de la basura en la mano; había llorado, y, por primera vez, Heinrich vio en su rostro unas manchas violáceas y redondas, que hasta entonces sólo había visto en otras mujeres; y su cabello negro, habitualmente tan liso, ahora estaba desordenado y en mechones. Ni rastro de enojo en el rostro del pastelero, que se mantenía de pie junto al carpintero; su aire volvía a ser el de un hombre bondadoso.

Heinrich tenía miedo a la gente bondadosa: eran como los maestros amables de los que no hay que fiarse. De momento, parecen bondadosos, y lo son durante algún tiempo, pero luego se vuelven irascibles, pierden el tino y así se quedan, oscilando entre la campechanía y el mal humor, como cómicos que hubiesen olvidado su papel.

—Maldito ganapán —gritó el pastelero—. ¿No te he dicho que te marcharas? Anda, toma el coche de la criatura y lárgate.

—¿Por qué le riñes al chico? —dijo la madre y se echó a llorar en brazos de la señora Borussiak. El carpintero tomó por su cuenta al pastelero, y la madre dijo en voz baja:

—Vete, Heinrich; anda, vete.

Pero Heinrich no se atrevía a bajar a la calle, donde estaban todos reunidos. Estaban los Bresgen, que habían hecho irónicos comentarios a propósito de los muebles. La frase: «Quien hace un cesto hace ciento» había pasado de la puerta de los Bresgen a la de la lechera y de allí a la del empleado de banca retirado, en cuya boca había tomado todo el aire de una sentencia Ahora estaban en la puerta murmurando maliciosamente, y Heinrich no se atrevía a pasar junto a ellos. En la época en que todavía iba de compras por ellos al mercado negro, el empleado de banca siempre se había mostrado cariñoso con él, pero ahora ya hacía tiempo que no saludaba a su madre, como tampoco la saludaba Karl. Sin embargo, la lechera también era inmoral, y, a decir del carpintero, propietario de la casa, los Bresgen eran unos marranos.

El único que hubiera podido ayudarle en aquel trance hubiera sido su padre. Él le hubiera cogido del brazo y hubiera bajado la escalera, y los dos hubieran pasado juntos por delante de la lechera, del empleado de banca y de los marranos. Heinrich pensaba en su padre como si le hubiese conocido, y le costaba esfuerzo no echarse a llorar.

—Sí, sí —oyó que decía el empleado de banca—, las viejas verdades vuelven a salir a la luz del día y quedan demostradas: «Quien hace un cesto, hace ciento.»

Heinrich los odiaba a todos y sonreía irónicamente, pero ni odio ni sarcasmo tenían fuerza suficiente para preservarle de las lágrimas, y llorar era precisamente lo que menos quería en aquel momento: por nada del mundo había que pasar llorando ante aquella pandilla. El montón de cachivaches parecía cada vez más feo a medida que iba estando en el camión. Salió el sol, la gente que pasaba se detuvo... y entre las cajas y los trastos se leía el letrero que había en la puerta pintada de color gris: Administración de Hacienda. Departamento 547. Menos mal que Wilma había cesado de llorar, pero los transportistas silbaban, escupían a la calle después de haber tirado en ella las colillas de sus cigarros, y Heinrich tuvo la impresión de ser un condenado allí junto a la ventana, entre las mujeres que lloraban, la cobardía del pastelero y las tripas de la miseria puestas al descubierto en el camión. Era difícil retener las lágrimas, pero Heinrich las retuvo y el tiempo se paró como se para un condenado. En la calle, los marranos seguían cuchicheando con la lechera; detrás de él, el carpintero aleccionaba al pastelero y por la voz que hacía, podía suponerse que sacudía la cabeza, y, de pronto, se oyó claramente una palabra: inmoral. Por fin, iba a romperse el hielo; y mejor que se rompiera.

Heinrich se asustó cuando, en medio del bullicio de la calle, oyó el claxon del coche de Albert, y no pudo dar crédito a lo que veían sus ojos: el viejo Mercedes entraba en el patio de su casa. Lo veía y, sin embargo, no lo creía, como si aquello ocurriera del lado de acá de su conciencia. Él estaba condenado entre los marranos y su madre arriba, con el rostro manchado. Los operarios berreaban y el chófer subió a su asiento y tocó el claxon con todas sus fuerzas: por lo visto, había fijado el botón del claxon con una cerilla, porque el estruendo no paraba: Señal permanente de condenación, y, en la entrada, los marranos seguían murmurando.

Albert subió la escalera de cuatro en cuatro. Heinrich conocía aquellos pasos, y reconoció también la voz de Martin que llamaba:

—¡Heinrich! ¡Heinrich! ¿Qué pasa?

Pero él no se volvió y retuvo a Wilma que quería soltarse y correr hacia Martin. Ni siquiera se movió cuando Albert le tocó en el hombro. Le parecía increíble no tener que bajar la escalera solo. Cuando estuvo seguro de retener las lágrimas, se volvió de repente y miró a Albert cara a cara: inmediatamente se dio cuenta de que Albert comprendía: era el único capaz de comprender una cosa semejante; y observó a Martin, que miraba el camión por la ventana, y vio claramente que Martin tomaba nota de aquella súbita y definitiva manifestación de su miseria y se sintió a la vez sorprendido y aligerado al ver que Martin no comprendía. Pensó que Martin era un niño, uno de aquellos de los que se dijo: Quien no consiga ser como ellos... Estaba bien que Martin no comprendiera, como estaba bien que Albert comprendiera.

Martin se quedó parado y dijo:

—¿Os mudáis de casa?

- Sí —contestó Heinrich—. Hoy mismo nos trasladamos a casa del pastelero.

Y, de pronto, Martin comprendió, y ambos pensaron en aquella palabra. Miraron hacia arriba, donde ahora hablaban Albert, mamá, el pastelero, la señora Borussiak y el carpintero, y no encontraron extraño que la señora Brielach llorara sobre el pecho de Albert y que luego se repusiera y bajaran la escalera cogidos del brazo.

—Ven —dijo Heinrich—; mejor será que bajemos también.

Martin tomó la cartera de su amigo, y éste subió a Wilma en brazos, y empezó a descender lentamente, mirando firmemente a la cara a la lechera, a aquellos ojos negros y burlones; y miró incluso a los Bresgen, a aquellos cuatro marranos plantados allí uno al lado de otro; rostros redondos y grasientos que se movían como si masticaran en silencio, y, detrás de la lechera, vio a aquel con quien ella era inmoral: se llamaba Hugo, y Hugo, que masticaba a segundo término, se quitó en aquel preciso momento una cola de sardina de la boca. Los marranos bajaron la vista, pero la lechera aguantó la mirada de Heinrich y el empleado de banca incluso se atrevió a decir:

—¿No quieres decirme adiós, Heinrich?

Pero él no le contestó, y oyó detrás de sí los pasos de los participantes en aquel desfile triunfal: Albert, que parecía reír con su madre, la señora Borussiak, con el carpintero, y, finalmente, el pastelero. La lechera murmuró burlonamente:

—¡Anda! ¡Parece una boda!

Hugo masticaba ruidosamente y se vio relucir una segunda sardina que en aquel momento se llevaba a la boca.

Heinrich veía ya la luz intensa que penetraba por la puerta abierta y se dio cuenta de que sus pensamientos estaban muy lejos de aquel cortejo triunfal; que estaban arriba: condenado entre los marranos y la cobardía del pastelero. La vista del camión descubierto sería inolvidable, eterna la impresión de condenado mientras abajo el claxon tocaba sin parar. Martin ya le había hecho un par de preguntas, pero él no le había contestado, porque todavía estaba junto a la ventana y sólo sabía que Albert había comprendido. También Martin había comprendido y ambos se habían hecho cargo de lo que ocurría. Su mirada, y la de Albert en respuesta: aquella milésima de segundo, y la comprensión de Martin en el momento oportuno, le habían salvado de condenarse.

—Pero contéstame de una vez —dijo Martin—, ¿vais a vivir para siempre en casa del pastelero?

—Sí —contestó Heinrich— para siempre. Ya ves que nos mudamos allí.

Los transportistas continuaban silbando en la calle, y el pastelero había recobrado los ánimos, los ánimos y la confianza, y les gritó:

—Sí, sí, ya vamos.

Detrás de Heinrich, Albert dijo:

—Ven. Ven al patio; te vendrás con nosotros, y Wilma también.

Lleno de sorpresa, Heinrich se volvió hacia su madre, pero ésta le dijo sonriendo:

—Sí, es mejor así. Volveréis el domingo por la noche con el señor Muchow. Ya lo encontraréis todo arreglado. No sabe cuánto se lo agradezco —dijo a Albert; pero éste se limitó a inclinar la cabeza sin decir nada y la miró de un modo singular.

Un destello de esperanza brilló en la mirada de la madre. Promesa: esta palabra relució durante un instante en los ojos de Albert y de la madre, que parecían estar de acuerdo: milésima de segundo de una sorprendente confesión. Albert le dio la mano, la madre besó a Wilma, y Heinrich siguió a Albert hacia el patio. Wilma, al ver el coche gris, prorrumpió en gritos de júbilo.

 

XXI

 

Al marcharse, el oficial no había dejado gran cosa: el retrato de una estrella de cine, colgado en la pared, dos pares de calcetines agujereados, hojas de afeitar oxidadas, un tubo de pasta dentífrica medio aplastado, quemaduras de cigarrillo al borde de la mesita de noche esmaltada de blanco, diarios de la noche archiviejos en el cajón de la cómoda y cromos de cajas de cigarrillos: África, tal como es en realidad. Cebras pastando en las estepas, jirafas comiendo hojas de los árboles, indígenas pintados de blanco agachados en los matorrales al acecho de los leones.

El pastelero dispuso que la cama de Heinrich quedara en el patio: tacos de madera a los que se había clavado una puerta: Administración de Hacienda. Departamento 547.

—Que tome la cama del chico que se fue.

—¿Y yo?

—¿No tienes cama?

—No.

—¿Dónde dormías, pues?

—Con Leo, naturalmente.

—¿Y antes?

—En una cama que quemamos porque se estaba cayendo de vieja.

Por consiguiente, hubo que instalar la cama de Heinrich arriba, y a ella le fue adjudicada la del oficial. Era blanca, de hierro y estaba todavía muy nueva.

Mientras los transportistas amontonaban sus cosas en la habitación del oficial, la señora Brielach vació el cuarto que servía de trastera. Galletas secas de harina de maíz, más viejas que el tiempo, rodaban como piedras dentro de las latas. Lo llevó todo al desván: cajas de cartón, en las que, al ir de un lado para otro, las migas de pan tostado hacían un ruido como de unas que rascasen; sacos de harina raídos; anuncios de cartón para adornar escaparates, reminiscencia de fábricas de chocolate ya desaparecidas desde hacía mucho tiempo, y cuyos nombres habían dejado ya de figurar en los anuarios comerciales; enormes tabletas de chocolate; papeles de estaño apretujados formando bolas hasta el tamaño de una pelota de fútbol; cocineros de cartón blanco, cocineros sonrientes que enarbolaban gigantescas cucharas con el nombre de una fábrica de polvos para hacer flanes; indias de metal repujado que ofrecían bombones con una sonrisa en los labios: Bombones «Sorbet», los más dulces, los más delicados; cerezas escarlata recortadas en contraplacado; pistachos de papel verde; la enorme lata que todavía olía a eucalipto y que le recordó las noches de su infancia pasadas en un acceso de tos. En la habitación contigua, papá refunfuñaba, y cuanto más la reñía, más le costaba dejar de toser. Y, finalmente, encontró también allí al muchacho de los bizcochos vestido de azul celeste y al gato de plata que tomaba cacao.

Los transportistas amontonaban sus cosas en la habitación contigua. La señora Brielach los oía reírse y oía también las tímidas observaciones del pastelero. De pronto, se asustó al sentir posarse sobre su hombro una mano enérgica, pero nada pesada, una mano acostumbrada a empuñar la manivela de la caja registradora como si fuera el timón de una nave.

La pastelera sonrió, y ella buscó en vano el sentido profundo de aquella sonrisa.

—Instálese aquí a su gusto. ¿El chico dormirá aquí?

—Sí.

—Buena chica. Llévelo todo al desván. Pero a lo mejor les gustaría a los niños jugar con esas cosas. ¿Qué le parece?

- Oh, seguramente. Claro que les valdría muy bien para jugar.

La pastelera levantó una gran tableta de chocolate, sacó a la luz un camión de cartón con el nombre de una fábrica y señaló sonriente a la india de hojalata.

—¿No le parece que les gustaría a los niños?

—Ah, sí, lo encontrarán maravilloso-

—Quédese con ello, pues.

—Gracias.

—No hay de qué.

La mano volvió a ponerse sobre su hombro: presión suave, amable y casi amistosa.

—Instálese tan cómodamente como pueda.

—Gracias.

—Espero que se encontrará usted bien en casa.

—Ah, seguramente.

—Me alegraré. Adiós.

—Adiós.

La señora Brielach amontonó cartones, enrolló sacos y lo llevó todo en pilas al desván mientras pensaba en el tío del amigo de Heinrich: súbitamente, se había arrojado a los brazos de aquel hombre desconocido por miedo, por rabia contra el pastelero, pero sin ninguna intención, y. en el momento en que su propio gesto la asustó y se disponía a retirarse, sintió la ligera presión de su brazo y la mejilla de aquel desconocido rozó por un momento su cuello. Una vez en el patio, cuando se disponía a marcharse con los niños, la había mirado como no se mira a cualquier mujer.

La señora Brielach sonrió, apartó un biombo y se estremeció: lo que veía estaba cubierto de telas de araña, pero los vivos colores se reconocían perfectamente; pasó la mano por encima, y limpió de telas de araña las figuras de contraplacado: pintados con los mismos colores que los cromos, allí estaban todos los personajes de las viejas leyendas germánicas. Antes de la guerra, Bamberger sólo daba aquellos carteles publicitarios a los clientes especialmente importantes. Allí estaba Sigfrido con su cabello color de mantequilla y su túnica verde: lanza en mano parecido a un san Jorge, apuntaba al dragón verde, muy verde. A su lado estaban Crimilda, Volker y Hagen y Giselher, pequeñito y gracioso... todos clavados en fila sobre una tabla ancha, en la que había un rótulo que ponía con letras de color de yema de huevo: Pastas de huevo Bamberger.

No oyó acercarse al pastelero que ahora estaba detrás de ella y le tocaba el hombro.

—Todo está listo; ven y lo verás... ¡Dios mío! ¿Por qué lloras, ahora?

Ella se encogió de hombros sin contestar, levantó la tabla con las figuras de contraplacado y, pasando delante del pastelero, se la llevó al cuarto del oficial. El pastelero la siguió.

—¿Qué quieres hacer con eso?

—Colgarlo —dijo ella sollozando.

—¿Eso? Ya te compraré cuadros más bonitos. Lagos —dijo tímidamente—, ermitas rodeadas de bosque, gamos... lo que quieras. Pero no cuelgues estas cosas.

—Déjame —dijo ella—: me gustaría colgarlo.

Sus vestidos estaban ya en el armario del oficial, los enseres de cocina estaban guardados en los cajones de la cómoda y los juguetes de Wilma habían sido escondidos debajo de la cama. La cama de la niña también estaba montada: todo tenía un aspecto ordenado.

—¿La niña tiene que dormir aquí?

—¿Dónde quieres que duerma?

—No sé —contestó él titubeando, mientras ella colocaba los anuncios de la pasta de huevo Bamberger sobre la cómoda y decía:

—Eso les gustará a los niños.

—Pero si es feísimo —dijo él, y se volvió cuando ella empezó a vaciar su bolso de ir a la compra.

Sacó primero el retrato de su marido, que colgó en la cabecera de la cama de un clavo vacío, que sostenía todavía —como una corona— la anillita de latón de un cuadrito anterior.

—¿Aquí?

—Sí —contestó ella—, aquí se quedará.

Sacó luego un encendedor y lo colocó con gesto decidido sobre la cómoda; luego el reloj de pulsera con su correa desgastada; después fue a buscar rápidamente entre los juguetes de Wilma y sacó la funda de lona que había envuelto la fiambrera a Karl y la colocó al lado del reloj.

—¿Dónde está mi cesta de costura?

—Aquí —dijo él abriendo un cajón.

Ella le quitó la cesta de las manos, buscó la lima de las uñas de Leo y la puso junto a la funda de lona de la fiambrera de Karl.

—Vete —dijo en voz baja—, déjame sola.

—Quería enseñarte el cuarto de baño; y aquí tienes la llave de la terraza.

—Dios mío —gritó ella—; déjame un momento sola.

—¿Quieres conservar todas estas porquerías? Yo te compraré otro reloj de pulsera, y el encendedor está oxidado y ya no sirve.

—Por Dios, vete de una vez.

El pastelero se marchó a reculones.

Ella corrió las cortinas y se tendió a la cama, con la cabeza hacia los pies de manera que pudiera ver al sonriente suboficial que colgaba en la cabecera. A su derecha, vivo de colores incluso en la media luz, estaba el Tesoro de las leyendas germánicas, y sus ojos buscaron a su favorito, a Volker, el de la cabellera castaña, al viril y al mismo tiempo tierno Volker, que estaba al lado de Hagen, con su jubón encarnado y su lira verde. En quien menos pensaba era en Leo; y tampoco pensaba en su marido, sino en aquel otro cuya mejilla había descansado un instante sobre su cuello; sabía que le gustaba y que él también pensaba en ella. Aquel desconocido había comprendido, la había ayudado, y ella le quería, como todavía no había querido a nadie. Él la había tenido entre sus brazos más tiempo de lo que se acostumbra en esa clase de abrazos espontáneos. Volvería, traería a los niños y ella le vería... Y cuando el pastelero entró silenciosamente en la habitación, sin llamar, ella le gritó, furiosa:

—¿No sabes llamar? Déjame sola.

Él se retiró tímidamente, y, una vez en la puerta, murmuró algo de cuarto de baño, de terraza...

La señora Brielach se levantó, cerró la puerta por dentro y se volvió a echar en la cama. El sonriente suboficial era demasiado joven: un niño, un mocoso, con quien casi le daba vergüenza de haberse acostado. Olor a alquitrán al borde de un campo de maniobras militares, y el sargento de rostro serio como la muerte que se inclinaba sobre ella entre los matorrales y que, por primera vez en su vida, hacía lo otro con ella.

En la tienda, la pastelera se reía con voz estridente, y la voz del pastelero atravesaba el pasillo y parecía amenazadora, casi enérgica. Subió la escalera gruñendo y forcejeó el pomo de la puerta.

—Abre —gritó.

Ella no le contestó; pensaba en el otro, cuyo nombre ignoraba: Erich, Gert, Karl y Leo desaparecieron detrás del horizonte y ni siquiera pudo recordar qué cara tenía el pastelero, a pesar de que estaba allí, al otro lado de la puerta.

—¿Vas a abrir, de una vez? —gritó él desde fuera.

Le pareció casi ridículo que su voz adquiriera aquel tono de amenaza.

—Vete —le dijo en voz baja—; no abriré.

Y el pastelero se marchó escaleras abajo, mascullando amenazas.

Ella pensaba en el otro, y sabía que volvería.

 

XXII

 

Primero jugaron los chicos del pueblo que Will había invitado. El césped había sido cortado y las porterías remendadas, y los muchachos jugaron con ahínco, hasta que, de pronto, Heinrich dijo:

—No quiero jugar más.

Dejó bruscamente el partido y fue a sentarse junto a Albert, que en la terraza bebía cerveza y leía los periódicos; pero pronto se marchó también de allí, fue a dar la vuelta a la casa y se dirigió al cobertizo; allí se sentó sobre el pilón junto al cual Will había dejado abandonada su hacha.

Estaba solo. Will se había marchado al pueblo a confesarse, Albert leía los periódicos y eso podía durar muchas horas. Wilma estaba dentro de la casa con la madre de Albert, que hacía pasteles recitando en voz baja viejos refranes: «quien quiera hacer buenas tortas, debe tomar siete cosas», la madre de Albert lo decía lentamente para que Wilma lo repitiera, pero lo único que ésta llegaba a pronunciar era «dulce» y «hueo»; y la madre de Albert se reía. Hasta él llegaba un aroma tibio y dulzón, como el del obrador del pastelero, y en el alféizar había ya una tabla llena de pastas doradas puestas a enfriar.

Entonces, Heinrich oyó que Martin decía a su vez:

—Ya no juego más.

Los chicos del pueblo jugaron unos minutos solos, pero luego se marcharon y Heinrich oyó cómo Albert empezaba a enseñar a jugar a ping-pong a Martin. Fijaron la red, separaron la mesa de la pared y Albert dijo:

—Mira: hay que hacer así.

Y el tintineo regular de las pelotas se mezcló al refrán que recitaba la madre de Albert:

—Huevos y manteca, harina y sal...

Y Wilma gritaba «dulce» y «hueo» y la anciana se reía.

—Huevos y manteca, harina y sal...

Todo era maravilloso: el alegre tintineo de las pelotas de ping-pong, la voz gozosa de Wilma, la bondad que se adivinaba en la voz de la madre de Albert. Will era buenísimo, Albert lo era también. Bondad y maravilla y calidez que se reflejaban en el refrán: «El pastel será amarillo si le pones azafrán.» Azafrán era una palabra buena, sabía bien, olía bien; pero todo aquello era cosas de criaturas. A él no le podían engañar: había algo que no pegaba. Heinrich sabía que el pastelero no era tan bueno como había parecido de momento. Cuando su madre le dijo que irían a vivir a casa del pastelero, a él le pareció maravilloso, pero ahora sabía que no era maravilloso. El pastelero era como los maestros bondadosos, que en los momentos decisivos se vuelven malos, más malos que los demás. Claro que el pastelero no era tan malo como Leo, y una cosa era segura: que tendrían más dinero; que no tendrían que pagar alquiler.

Mentalmente, Heinrich puso al lado del encendedor de Erich, del reloj de pulsera de Gert y de la funda de lona de Karl, la lima de las uñas de Leo que había ido a parar a la cesta de la costura de su madre — y a los olores de Erich, de Gert y de Karl se sumó un cuarto olor: el de Leo: olor a jabón de afeitar y a cera del entarimado.

De la cocina le llegaron nuevas risas y un nuevo refrán: «Éste es el padre, ésta es la madre...» Estaban amasando una masa dulce y amarilla, y hasta él llegaban refranes como amables conjuros: «éste hace las sopas, éste se las come todas...» y Wilma reía feliz.

Llegó Will, echó una mirada por la esquina y se dirigió luego hacia donde estaba sentado Albert. Heinrich oyó que hablaban de él. Will dijo:

- ¿Qué le pasa al chico?

Y Albert le contestó en voz baja, pero no lo bastante baja para que él no lo oyera:

—Déjale.

—¿Qué podríamos hacer para ayudarle? —preguntó Will.

—Ya veremos —dijo Albert—, pero de momento déjale. Hay cosas en las que no cabe ayuda.

Doblaban las campanas del pueblo, sonoridad cálida y profunda, y Heinrich comprendió por qué los chicos habían dejado de jugar al fútbol. Se celebraba un oficio solemne y todos hacían de monaguillos.

Will le dijo a Martin:

—Qué, ¿te vienes conmigo?

—Sí —contestó Martin.

Inmediatamente cesó el tintineo agudo de las pelotas y Will volvió a hablar de él con Albert, y éste dijo:

—Déjale ahora, déjale. Yo me quedo aquí.

El tañido de las campanas era grave y apacible. Dentro, Wilma daba gritos de júbilo porque le hacían comer un huevo medio duro. Todo era magnífico, todo era liso y redondo, todo estaba al alcance de la mano, pero no era para él. Había algo que no era verdad. Incluso los olores eran buenos: olor a madera, a pasteles recién salidos del horno, a masa fresca, pero aquellos olores tampoco eran verdaderos.

Heinrich se levantó, se apoyó a la pared del cobertizo y pudo ver la sala del parador a través de la ventana abierta. Había gente que bebía cerveza y comía lonjas de jamón, y la joven camarera iba del comedor a la cocina, cortaba pan, ponía jamón en los platos y metió un pedacito en la boca de Wilma. Ésta frunció el entrecejo con aire circunspecto, y era divertido ver cómo su boquita hacía una mueca de inspección, luego se le distendía el rostro en señal de aprobación y se llenaba finalmente de contento, al tiempo que masticaba el trozo de jamón y se lo tragaba. Era verdaderamente divertido: la madre de Albert se reía a carcajadas, la camarera también, y el propio Heinrich también tuvo que sonreír porque Wilma era tan graciosa, pero sonrió cansado, y comprendió en aquel momento que sonreía cansado como sonríen las personas mayores que tienen preocupaciones y que a pesar de ellas se ven obligadas a sonreír.

En aquel momento llegaba el taxi, y Heinrich se asustó porque tuvo la impresión de que algo había sucedido o iba a suceder: la abuela de Martin se apeó del taxi seguida de la madre de Martin; y la abuela que, con el cigarrillo en la boca, corría hacia la casa, gritaba al chófer:

—Espere usted, buen hombre.

Y con el rostro encendido por la ira gritó:

—¡Albert! ¡Albert!

Los huéspedes se asomaron a la ventana, la camarera y la madre de Albert salieron también a la ventana de la cocina, y Albert llegó corriendo, con el periódico en la mano. Luego lo dobló con calma y se dirigió hacia la abuela con el ceño fruncido, y mientras, la madre de Martin se apartaba del grupo y se iba a charlar con la madre de Albert como si todo aquello no le incumbiera.

—¿No estás dispuesto a hacer nada? —dijo la abuela con voz estentórea, sacudiendo furiosa la ceniza de su cigarrillo—. Pues yo sí que voy allá —dijo gritando—, y le mataré. ¿Vienes o te quedas?

—Como quieras —contestó Albert—. Si te hace tanta ilusión...

—Ya os lo podéis figurar —dijo la abuela—. Anda, sube.

—Como quieras —dijo Albert y dejó el periódico en el alféizar de la ventana, subió al coche y, desde dentro, ayudó a subir a la abuela.

—¿Tú te quedas? —dijo la abuela.

Y la madre de Martin contestó:

—Sí, esperaré a que volváis. Traedme la maleta.

Pero el taxi ya había arrancado en dirección al pueblo. Las campanas habían cesado de doblar y la madre de Albert dijo a Nella:

—Entre usted.

Nella inclinó la cabeza y dijo:

—Déme la niña por la ventana.

Heinrich se sorprendió al ver que la madre de Martin tomaba a su hermana de la mano y, sonriendo, se iba con ella detrás de la casa.

Oyó que Wilma se reía, oyó el tintineo de las pelotas y todo le pareció magnífico y bueno, pero sabía que no era para él.

Los huéspedes cantaban en el comedor: «Bosques de Alemania, bosques de Alemania, no hay en el mundo nada parecido.» La camarera servía vasos de cerveza, la madre de Albert estaba en la cocina, removía las patatas y abría la lata de salchichas. Wilma se reía, la madre de Martin se reía, y Heinrich se quedó sorprendido cuando, de pronto, también le pareció que ella era buena. Todo y todos eran buenos, pero él sabía que aquella tarde, su madre se unía con el pastelero. El cambio de Leo al pastelero era ventajoso, pero la cosa era igualmente terrible.

Llegó el coche de línea amarillo y de él se apeó Glum, que ayudó a bajar a Bolda. Bolda se precipitó hacia la ventana de la cocina gritando:

—Mientras no ocurra nada...

La madre de Albert sonrió y dijo:

—¿Qué ha de pasar?... Pero ¿dónde pensáis dormir tanta gente?

—Yo no podía más —dijo Bolda—. Ya me contentaré con el viejo sofá.

Y Glum dijo poco a poco, como si se tragara las palabras:

—Suelo... Paja.

Y, acompañado de Bolda, se fue a la iglesia a buscar a Will y a Martin.

«Bosques de Alemania, bosques de Alemania, no hay en el mundo nada parecido» cantaban los huéspedes, y la madre de Albert iba pescando salchichas de color de rosa en la lata.

Desde la terraza, la madre de Martin gritó:

- No te acerques demasiado.

Y Heinrich se asustó cuando, a poco, la oyó reírse. Su risa tema una extraña y tremenda sonoridad, y Heinrich corrió hacia la parte de detrás de la casa y vio que Wilma se había escapado hacia el estanque de los patos, pero que ahora volvía. La madre de Martin le llamó, le tomó de la mano y le dijo:

—¿Sabes jugar al ping-pong?

—No muy bien —contestó él—; sólo lo he intentado un par de veces.

—Ven, que te enseñe. ¿Quieres?

—Sí —contestó Heinrich a pesar de que no le apetecía.

Nella se levantó, separó la mesa de la pared, fijó la red y recogió las raquetas del suelo.

—Ven —dijo—: verás.

Y le enseñó cómo hay que sacar; tiró la pelota horizontalmente por encima de la red, sin demasiada fuerza, de manera que él pudiera devolverla fácilmente.

Wilma se arrastraba por el suelo, iba de un lado a otro, gritaba de contenta viendo volar la pelota y la recogía cada vez que caía al suelo, pero en vez de entregarla a su hermano, la daba siempre a la madre de Martin.

Heinrich no podía dejar de pensar ni un momento en que su madre se estaba uniendo con el pastelero, y aquello se le antojaba peor, todavía más inmoral que la unión con Leo.

Las campanas volvían a tocar a fiesta, y Heinrich sabía que en aquel momento daban la bendición con el Santísimo. La iglesia se llenaba de olor de incienso, los feligreses entonaban el Tantum ergo, y Heinrich sintió no estar allí, sentado en la oscuridad, entre el confesonario y la puerta.

Pronto descubrió que había que tirar las pelotas con un golpe seco y hacerlas pasar rasas sobre la red, y la madre de Martin se echó a reír cuando, un par de veces seguidas, le vio colocar la pelota de manera que ella no la pudo parar; y empezó a jugar en serio y a contar los puntos, y su expresión se hizo más intencionada.

Era difícil atender a las pelotas, devolverlas debidamente y al mismo tiempo pensar en lo otro: en su padre, en sus tíos y en el pastelero con el cual se unía su madre. La madre de Martin era bonita, era alta y rubia, y a Heinrich le gustaba, ahora que podía observarla cómo, durante el juego, se volvía de pronto hacia Wilma, le sonreía, y Wilma se ponía contenta al verla sonreír. Aquella sonrisa era preciosa como el olor de la masa, como el tañido de las campanas, y no costaba nada, como no costaba nada el tañido de las campanas — y, no obstante, no eran para él. Le vinieron a la memoria los olores de Leo: jabón de afeitar, encáustico..., y la lima de las uñas de Leo seguiría en la cesta de costura de mamá.

Heinrich jugaba con afición y ardor, devolvía las pelotas con tanta fuerza y tan rasas como podía, las hacía pasar la red, y a la madre de Martin se le subieron los colores a la cara, de pura tensión.

—¡Hijo mío, jugando contigo, no hay que distraerse! —dijo.

Tuvieron que interrumpir el juego porque los demás volvían de la iglesia. Martin abrazó a su madre, Glum arregló las mesas. Bolda compareció con un gran mantel verde y un montón de platos. La mantequilla brillaba húmeda y fresca en la mantequera, y Will dijo:

—Trae la compota de ciruelas: a los niños les gusta mucho.

Y la madre de Albert contestó:

—Sí, ya la traigo; a ti te gusta tanto como a los niños.

Y Will se ruborizó, Glum le palmoteo la espalda y en un difícil gorjeo logró decir:

—Camarada.

Y todos se echaron a reír. A Wilma le permitieron quedarse levantada y, durante la comida, cada uno quería que se quedara a dormir en su casa. Todos decían: «Conmigo», salvo la madre de Martin; pero cuando preguntaron a la propia niña: «¿Con quién quieres dormir?», ella corrió hacia Heinrich y éste se puso encarnado de alegría.

Habían llegado otros huéspedes, que llamaron a la camarera, y Bolda retiro su silla, recogió los platos sucios y dijo:

—Voy a ayudarlos.

Glum se fue al establo, para llenarse un saco de paja, Will andaba sudando por la casa buscando mantas.

Heinrich y Martin subieron juntos al cuartito donde debían compartir una cama grande; Wilma iba a dormir entre los dos.

Había anochecido ya; abajo, en la cocina, Bolda y la camarera reían lavando los platos, y la madre de Albert charlaba con los huéspedes. Unas pipas encendidas indicaban que Glum y Will se habían sentado en el poyo junto a la puerta del establo.

Sólo la madre de Martin seguía sentada en la terraza, fumando y contemplando la oscuridad.

—Daos prisa —les dijo—, desnudaos y acostaos ya.

Hasta ahora no se le ocurrió a Martin preguntar por tío Albert, y gritó por la ventana abierta:

—¿Dónde está tío Albert?

—En seguida volverá, ha tenido que ir con la abuela.

—¿A donde?

—Al castillo.

—¿Qué tiene que hacer allí?

La madre tardó un instante en contestar, pero luego le dijo:

Gäseler está allí... Albert tiene que hablar con él—. Martin no hizo ningún comentario; se quedó asomado a la ventana y oyó que Heinrich subía a la cama y apagaba la luz.

- ¿Gäseler? —preguntó en la oscuridad— así, ¿vive aún?

Pero su madre no contestó, y Martin se quedó extrañado de no sentir deseos de volver a preguntar por Gäseler. Jamás había hablado con Heinrich acerca de la muerte de su padre, precisamente porque las circunstancias le parecían tan poco claras; la historia de Gäseler le parecía tan confusa y dudosa como toda la demás ciencia de la abuela. Una palabra, un hombre que le habían inculcado con demasiada fuerza, con demasiada frecuencia, para que todavía pudiera asustarle. Mucho peor e inmediato, mucho más concreto era lo otro, aquello que había sucedido allí donde crecían las setas: allí habían asesinado al hombre que había pintado el retrato de su padre. A éste y a tío Albert los habían azotado y martirizado los nazis, lejanos y oscuros y quizá no tan terribles, pero el lugar era real; pupitres en los que crecían teclas enfermizas, sótanos pestilentes y el rostro de Albert y la certidumbre de que no mentía. En cambio, Albert sólo había hablado raras veces de Gäseler.

Martin se retiró de la ventana, subió con cuidado a la cama y notó el aliento de Wilma sobre su hombro. Sin levantar la voz dijo:

—¿Duermes?

Y Heinrich contestó en voz baja pero clara:

—No.

Abajo cantaban los huéspedes: «En la cabaña, en la linde del bosque, allí donde al atardecer mi corazón emprende el vuelo, allí, en la cabaña en la linde del bosque, allí nací yo.»

Luego oyó que se paraba un coche delante de la puerta y que Albert gritaba fuerte y apurado:

—Nella, Nella.

Y su madre se levantó tan rápidamente de la silla que ésta se cayó hacia atrás. Bolda, que estaba en la cocina, también enmudeció, y la madre de Albert pidió a los huéspedes que cesaran de cantar y éstos la obedecieron y, de pronto, reinó un gran silencio en la casa. Heinrich murmuró:

—Algo debe haber ocurrido.

En la escalera se oía llorar, y Martin se levantó, abrió la puerta y echó una mirada en el estrecho pasillo.

Sostenida por Albert y Bolda, subía la abuela, y Martin se asustó al verla tan vieja; era la primera vez que la veía vieja y todavía no la había visto nunca llorar. Apoyada en el hombro de Albert, ya no tenía la tez rosada, sino gris y gemía:

—Una inyección, necesito una inyección.

Y Albert le contestó:

—Sí, Nella está hablando ya con el doctor.

—Sí, eso me irá bien: una inyección.

Detrás de Bolda, apareció el rostro atemorizado de Will. Glum empujaba para pasar delante, para ir a remplazar a Bolda y sostener a la abuela; la llevaron al gran dormitorio situado al final del pasillo. Martin vio que su madre subía precipitadamente la escalera exclamando:

—Hurweber viene en seguida, he hablado con él y dice que viene en seguida.

—¿Oyes? —dijo Albert—. Dice que viene inmediatamente.

Pero la puerta se había cerrado y el pasillo quedó desierto. Martin se quedó mirando la gran puerta parda, tras la cual reinaba también un silencio absoluto.

El primero que salió fue Glum, luego le siguió Will y mamá salió con Albert; sólo Bolda permaneció en la habitación y Heinrich murmuró desde la cama:

—Anda ven, vas a enfriarte.

Martin cerró la puerta sin hacer ruido y se deslizó a oscuras hasta la cama. Los huéspedes volvieron a cantar en voz baja: «En la cabaña, en la linde del bosque...» Albert y mamá se habían sentado en la terraza, pero hablaban tan bajito que Martin no podía entender lo que decían. Sentía que Heinrich también estaba despierto y le hubiera gustado charlar con él, pero no encontraba la manera de empezar.

Los huéspedes dejaron de cantar, y Martin oyó correr las sillas, oyó que se reían al pagar a la camarera y preguntó en voz baja a Heinrich:

—¿Quieres que deje la ventana abierta?

—Sí, déjala abierta si no tienes demasiado frío.

—No, yo no tengo frío.

—Pues deja abierto.

El silencio de Heinrich le traía a la memoria todo lo que había sucedido: el traslado, lo que la madre de Heinrich había dicho al pastelero: «No, no creas que me deje...»

Y de pronto, supo en qué estaba pensando Brielach y por qué había dejado de jugar. A lo mejor la madre de Brielach decía ahora: «Sí, ya puedes...»

Sólo pensarlo le pareció espantoso. Martin estaba muy triste y hubiera querido llorar, pero retuvo las lágrimas, a pesar de que estaban a oscuras. Todo era inmoral; y el hecho de que la abuela pidiera una inyección sin hacer la comedia de sangre en la orina le llenaba de espanto; antes, había representado aquella comedia de sangre en la orina por lo menos una vez cada tres meses, pero ahora exigía que le pusieran una inyección cada cuatro días. Se había vuelto vieja, y había llorado: dos cosas nuevas para él y que le asustaban; pero lo peor era que pidiera cada cuatro días aquella nada incolora, sin hacer ninguna comedia. Se había suprimido algo del juego; Martin no sabía aún en qué consistía, pero sí sabía que se había suprimido algo y que ello estaba en relación con Gäseler.

—¿Duermes? —volvió a preguntar a Heinrich y éste contestó:

—No.

A Martin le pareció que aquel «no» era algo seco y tajante y creyó comprender qué era lo que ponía de mal humor a su amigo: era el cambio de la inmoralidad. Leo era Leo y la inmoralidad con él, por lo menos, era una cosa ya establecida. El hecho de que la madre de Heinrich pudiera pasar tan rápidamente a manos del pastelero le parecía tan espantoso como que la abuela pidiera una inyección sin sangre en la orina.

- No, no —dijo de pronto Albert, en la terraza—. No; mejor será que renunciemos a casarnos.

Entonces habló mamá, pero ésta habló en voz baja. Se les acercó Bolda y luego Glum y Will; la voz de Albert se hizo sentir y dijo:

—Sí, le quiso pegar y apartaba a todos los que intentaban impedírselo. Dio un par de bofetones a Schurbigel y un puñetazo en el pecho al padre Willibrord —al llegar a este punto, Albert se echó a reír, pero su risa sonaba a falsa— y ¡qué remedio me quedó sino ponerme de su parte y liarme a golpes! En todo caso, me reconoció.

—¿Quién? ¿Gäseler? —preguntó mamá.

—Sí, me reconoció, y estoy seguro de que no nos molestará más. No hubiéramos podido hacerles frente.

—Claro —dijo Glum con calma y solemnidad.

Mamá se echó a reír, pero su risa también sonaba a falsa.

Todos los de abajo se quedaron silenciosos, hasta que Martin oyó el zumbar pacífico de un motor y, de momento, creyó que era el coche del médico, pero el ruido venía del jardín y del cielo. Era el zumbido regular de un avión que atravesaba lentamente la noche, Martin no pudo contener una exclamación de sorpresa cuando el avión apareció en el hueco oscuro de la ventana: detrás de las luces de posición arrastraba una cola fosforescente que permitía leer claramente en el cielo: No pierdas tiempo haciendo confituras —el letrero se escurrió más rápidamente de lo que él esperaba por el marco de la ventana, pero apareció otro avión, arrastrando su cola luminosa sobre el oscuro cielo: Holstege las hace por ti.

- Mira —dijo excitado dirigiéndose a Heinrich—, es un anuncio de la fábrica de la abuelita.

Pero Heinrich, a pesar de que estaba despierto, no contestó.

Abajo, en la terraza, la madre lloraba sin contenerse y Albert rezongaba indignado:

—Cochinos, indecentes...

Los aviones pasaron zumbando en dirección al castillo de Brernich. Se restableció el silencio y Martin sólo oía los sollozos de su madre y, de vez en cuando, el tintineo de un vaso, y sentía miedo porque Heinrich callaba, a pesar de que estaba despierto. Le oyó respirar precipitadamente como alguien que está excitado. Wilma, en cambio, respiraba rítmicamente.

Martin intentó pensar en Hoppalong Cassidy, en el pato Donald, pero le pareció una tontería. Pensó en Si quieres acordarte de los pecados. Señor, y se le ocurrió la terrible pregunta que encabezaba el catecismo: ¿A qué hemos venido a la tierra? Y automáticamente pensó: Para servir, amar y ganar el cielo, estas palabras no alcanzaban a expresarlo todo. La respuesta no le parecía a la altura de la pregunta y, por primera vez, sintió la duda y tuvo la impresión de que había superado algo; no sabía exactamente qué era ese algo, pero algo había sido superado. Hubiera querido llorar, sollozar como su madre, abajo en la terraza; pero no lo hizo, porque Brielach todavía estaba despierto y porque creía saber en qué pensaba su amigo: en su madre, en el pastelero, en aquella palabra que su madre había dicho al pastelero.

Pero Heinrich no pensaba en ello en aquel momento: pensaba en la esperanza que por un instante había podido leer en el rostro de su madre, sólo un instante, pero él sabía que un instante era mucho.

 

notes

 

[1] E K, Cruz de Hierro. (N. del T.)

[2] E K2, Cruz de Hierro de segunda clase. (N. del T.)

[3] Sezession es un nombre que en Alemania se ha dado sucesivamente a diversos movimientos artísticos renovadores, como el de Munich en 1891, el de Viena en 1896, el de Berlín en 1899, etc. (N. del T.)

[4] S. A. Abreviatura de Sturm Abteilung, “Sección de Asalto”, del partido nacionalista. (N. del T.)

[5] KZ = Konzentrationslager, campo de concentración (N. del traductor).

[6] Sipo, Servicio de moralidad pública. (N. del T.)

[7] B. D. M., Bund Deutscher Mädchen: Unión de muchachas alemanas. (N. del T.)

[8] Thingplatz significa lugar de reunión del Thing, asamblea de los antiguos pueblos germanos. (N. del T.)

 

 

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