© Libro N° 4032. Cuentos De Hector Hugh Munro ''Saki''. Recopilador Molina Mirandca, Guuillermo. Colección
E.O. Agosto 5 de 2017.
Título
original: © Cuentos De Hector
Hugh Munro ''Saki''. Recopilador GMM. De Cuentos Historias del Mundo
Versión Original: © Cuentos De Hector Hugh Munro
''Saki''. Recopilador GMM. De Cuentos Historias del Mundo
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CUENTOS DE HECTOR HUGH MUNRO ''SAKI''
Recopilador Guillermo Molina Miranda
De Cuentos Historias
del Mundo
CONTENIDO
LOS MINISTROS EJEMPLARES
EL CAMBIO DE GROBY LINGTON
EL PECADO SECRETO DE SEPTIMUS BROPE
UNA MERA CUESTIÓN SENTIMENTAL
EL POEMA
LOS PERROS DEL DESTINO
EL DISCURSO DE TARRINGTON
LA PAZ DE MOWSLE BARTON
LA PROPUESTA DE PAZ
EL CAMINO DE LA LECHERÍA
LA HISTORIA DE SAN VESPALUUS
LA MÚSICA DE LA COLINA
EL CAMINO DE LA LECHERÍA
LA HISTORIA DE SAN VESPALUUS
FILBOID STUDGE, O CÓMO UN RATÓN AYUDÓ A UN LEÓN
WRATISLAV
LA BÚSQUEDA
LA CORONA DE FLORES
ADRIAN
LAS BURLAS DE ARLINGTON STRINGHAM
LA CURA DE NO–REPOSO
HERMANN EL COLÉRICO
LOS MINISTROS EJEMPLARES
Aunque todavía no había cumplido veinte años, resultaba
evidente que el Duque de Scaw acabaría siendo muy distinto del resto de los
miembros de su familia. No obstante, tal afirmación no se refería a su aspecto
externo, pues, no en vano, éste se ajustaba perfectamente al modelo que
imperaba desde hacía años en la estirpe. Le gustaba adornar su cabeza con
sombreros que hacían pensar ligeramente en la moda del siglo pasado mientras,
en el extremo opuesto de su cuerpo, sus zapatos albergaban dos pies que parecían
especialmente diseñados para la equitación, afición ésta que había acompañado a
la familia durante generaciones. Además, solía vestir los mismos calcetines
llamativos que los demás miembros de la casa y, cuando estaba en reposo, su
pose recordaba a la de la madre de Whistler, cuya serenidad suele sentar tan
bien a un rostro tan joven.
Era en el interior donde residía el problema (si es que
así se lo podía llamar) que diferenciaba al duque de los demás chicos de su
edad, pues era un muchacho profundamente religioso. No obstante, no lo era en
ninguno de los sentidos habituales de la palabra, pues apenas le hacía caso a
la Iglesia y a su forma de interpretar el mundo, y se mantenía al margen de
todos los movimientos, cultos y cruzadas del momento, los cuales no le
provocaban otra cosa que una enorme indiferencia. Sin embargo, a su propia manera
entre mística y práctica, la cual le había resultado sumamente útil a lo largo
de toda su infancia, era un muchacho profundamente religioso. Y aunque sus
familiares procuraban disimularlo cuando él se hallaba presente, tal
circunstancia, como era natural, los tenía a todos tremendamente preocupados.
—Lo que más temo es que eso pueda afectar a su forma de
jugar al bridge —solía decir su madre.
Cierta tarde, el duque se hallaba sentado en un banco de
St. James’s Park escuchando los improperios que profería su amigo Belturbet,
quien llevaba ya un rato repasando la situación política del momento desde un
punto de vista profundamente pesimista.
—En lo que creo que os equivocáis todos vosotros, críticos
políticos de pacotilla —le replicó finalmente el duque tras escuchar una buena
parrafada—, es en la manera en que encauzáis vuestros esfuerzos. Gastáis miles
de libras y sólo Dios sabe cuánta energía tanto física como mental en intentar
que tal o cual político resulte elegido o destituido, y no os dais cuenta de
que podríais alcanzar vuestros objetivos de manera mucho más simple si os
dedicarais a sacar todo el provecho posible de los políticos de que disponéis.
Y si éstos, siendo como son, no se ajustan a vuestros propósitos, lo único que
tenéis que hacer es transformarlos en algo que os resulte más satisfactorio.
—No estarás sugiriendo que deberíamos recurrir a la
hipnosis, ¿verdad? —preguntó Belturbet con el aire de quien cree que se están
burlando de él.
—Nada de eso. A lo que me refiero es a la suplantación, es
decir, a sustituir a cualquier personalidad importante por un doble que se
ocupe temporalmente de llevar a cabo las funciones y las responsabilidades del
original. La ventaja, por supuesto, estribaría en que mientras el original se
dedica a hacer lo que solamente a él le parece mejor, el imitador haría lo que
vosotros quisierais.
—Me imagino que todos los políticos de este país tienen ya
de por sí su propio doble. Y que algunos deben de tener hasta dos o tres al
mismo tiempo —dijo Belturbet—. Pero, sin duda, sería una tarea de lo más
interesante, aunque también bastante dura, suplantar a unos cuantos de ellos y
mantener a los originales fuera de la escena pública.
—A lo largo de la Historia han tenido éxito bastantes
casos de suplantación —dijo el duque con ojos soñadores.
—Oh, sí, por supuesto. Ya sé que han existido falsos
Dimitris y Perkin Warbecks que le tomaron el pelo a todo el mundo durante un
tiempo —concedió Belturbet—. Pero ellos tenían a su favor el hecho de que se
hacían pasar por personajes que ya habían muerto o que llevaban tiempo
retirados de la vida pública, por lo que todo lo que hicieron les resultó
relativamente sencillo. Sería mucho más fácil hacerse pasar por Aníbal, que ya
lleva siglos muerto y enterrado, que por Haldane, por ejemplo, que todavía está
vivito y coleando.
—Estaba pensando —dijo el duque— en el caso más célebre de
todos: el del ángel que suplantó al rey Roberto de Sicilia de aquella manera
tan brillante. Imagina la enorme ventaja que podría suponer tener a ángeles
desempeñando los cargos públicos que actualmente ocupan, por ejemplo, Quinston
y Lord Hugo Sizzle. ¡Qué tranquilas serían las sesiones del Parlamento si eso
fuera posible!
—Estás empezando a desvariar —dijo Belturbet—. Los ángeles
no existen. O al menos, no de esa manera. Así que, ¿qué sentido tiene hablar de
ellos? Creo que es una soberana estupidez.
—Si vuelves a hablar así, me veré obligado a hacerlo —dijo
el duque.
—¿A hacer qué? —preguntó Belturbet. Había ocasiones en que
los extraños comentarios a los que aquel joven amigo suyo era tan aficionado
llegaban a asustarle de veras.
—Convocaré a los ángeles para que asuman la personalidad
de algunos de los políticos más conflictivos de nuestra vida pública y
condenaré a los originales suplantados a subsistir durante un tiempo en cuerpos
de animales, como si se tratase de una especie de exilio. No todo el mundo
posee la facultad o el poder necesarios para llevar a cabo algo así…
—Oh, vamos, ¿quieres dejar de una vez de decir tonterías?
—dijo Belturbet, enfadado—. Estás empezando a ponerte un poquito pesado,
¿sabes? Por cierto, por ahí viene Quinston —añadió cuando descubrió, caminando
en dirección a ellos por el sendero casi desierto en el que se encontraban, la
figura bien conocida del joven ministro, cuya personalidad suscitaba por todas
partes una curiosa mezcla de interés público e impopularidad.
—¡Apresúrese, caballero! —le dijo el joven duque al
ministro, quien le había dirigido una mirada llena de altivez—. El tiempo se le
acaba —continuó diciendo con tono ciertamente provocativo—. Tanto usted como
toda esa inepta pandilla de amigos suyos acabarán siendo desbancados y
arrojados al cubo de la basura dentro de muy poco.
—¿Ah, sí? Pues me gustaría saber una cosa: ¿va a ser
precisamente un pobre e insignificante gusano como usted quien se va a encargar
de hacerlo? —dijo el ministro deteniéndose un momento delante de ellos—. La
mayoría de los electores de este país está de nuestra parte, y todos los
recursos y trampas de la Administración en su conjunto nos respaldan. Así que
ningún poder, ya provenga del cielo o de la tierra, va a movernos del lugar que
ocupamos hasta que nosotros lo decidamos. Ningún poder, ya le digo, provenga
del cielo o de…
Sintiendo cómo los ojos estaban a punto de salírsele de
las órbitas, Belturbet se encontró de repente contemplando un espacio vacío
donde justo un momento antes había habido un ministro. Un vacío que, más que
aliviado, se vio resaltado por la presencia de un diminuto gorrión de aspecto
desconcertado que dio unos cuantos saltitos inseguros antes de comenzar a piar
y aletear con violencia.
—Si pudiéramos entender el lenguaje de los gorriones —dijo
el duque con serenidad— estoy seguro de que oiríamos algo infinitamente más
ofensivo que «pobre e insignificante gusano».
—Pero… ¡por Dios, Eugene! —dijo Belturbet con la voz
quebrada—. ¿Qué es lo que ha pasado con…? ¡Vaya! ¡Pero si está allí! ¿Cómo
demonios ha conseguido llegar hasta allí sin que nosotros nos diéramos cuenta?
Con un dedo tembloroso, Belturbet señaló a alguien que se
parecía al ministro desaparecido y que, una vez más, se aproximaba a ellos
caminando por el sendero solitario. El duque soltó una carcajada.
—Por su apariencia, cualquiera diría que es el mismísimo
Quinston —dijo éste último sin alterarse lo más mínimo—. No obstante, si uno lo
examina con mayor atención, seguramente descubrirá que se trata de un ángel
disfrazado del auténtico ministro.
Al pasar junto a ellos, el falso Quinston les saludó
cordialmente y les dedicó una agradable sonrisa.
—¡Qué contentos parecen estar ustedes dos ahí sentados!
¡No saben cuánto les envidio! —les dijo con cierto aire de nostalgia.
—¿Por qué dice usted eso, señor ministro? No estará
pensando por casualidad en cambiarse por dos pobres mortales como nosotros,
¿verdad? —comentó el duque.
—¿Y qué tendría eso de malo? —dijo el ángel con modestia—.
Yo me veo obligado a correr de un lado para otro fustigado por la popularidad
como si fuese un perro arrastrado por su amo. Y lo único que consigo es
atragantarme con el polvo del camino mientras me esfuerzo por aparentar que soy
una parte importante del sistema. Estoy convencido de que, en multitud de
ocasiones, a los espectadores como ustedes debo haberles parecido un auténtico
idiota.
—Yo más bien creo que parece usted un auténtico ángel
—replicó el duque.
El ángel que suplantaba a Quinston sonrió y reemprendió su
camino perseguido de cerca por un pequeño gorrión que no cesaba de piar
furiosamente.
—Eso no ha sido más que el principio —dijo el duque
sonriendo con cierto aire de suficiencia—. Ya me encargaré yo de que eso mismo
le suceda a todos ellos, sean del partido que sean.
Belturbet no acertó a responder nada que tuviese un mínimo
de coherencia. Estaba demasiado ocupado pellizcándose y tomándose el pulso para
cerciorarse de que lo que acababa de presenciar había ocurrido realmente. El
duque, por su parte, decidió fijar su atención en el estanque cercano, donde un
majestuoso cisne negro de aspecto altanero y distante nadaba solo por entre una
multitud de aves de aspecto menos distinguido. A pesar de su porte henchido de
orgullo, era evidente que había algo que mantenía al animal visiblemente
enfurecido. En realidad, a su propia manera, parecía hallarse tan encolerizado
y asombrado como lo había estado un par de minutos antes el pequeño gorrión.
En ese preciso momento, una nueva figura humana apareció
caminando por el sendero del parque. Belturbet le dirigió una mirada cargada de
aprensión.
—Kedzon —se limitó a susurrar.
—Querrás decir el ángel que suplanta a Kedzon, si no me
equivoco —dijo el duque—. Mira, ahora mismo está hablando alegremente con aquel
hombre de allí. Vaya, ahora ya no nos cabe la menor duda.
Un vagabundo cubierto de harapos había abordado a aquel
hombre que había sido embajador en el lejano Oriente y en cuyo semblante
todavía podían encontrarse algunos restos de la fría solemnidad de las nevadas
cimas del Himalaya.
—¿Podría usted decirme, caballero, si aquellos pájaros
blancos que hay allí son cigüeñas o albatros? Hace un rato discutía con un
amigo mío sobre si…
La gélida solemnidad se derritió instantáneamente para dar
paso a una cordial simpatía.
—Son pelícanos, caballero. Pero permítame que le haga una
pregunta: ¿acaso le interesan a usted los pájaros? Si es así, quizá le apetezca
acompañarme hasta la cafetería más cercana y tomar conmigo un vaso de leche
fresca y un bollo recién hecho. Podría contarle cosas interesantísimas acerca
de los pájaros que habitan en la India. Podría hablarle, por ejemplo, del
pájaro mina, el cual…
Los dos hombres se alejaron en dirección a una de las
salidas del parque conversando animadamente conforme caminaban y seguidos desde
el interior del recinto que rodeaba el estanque por el cisne negro, cuya cólera
parecía haber crecido hasta el punto de impedirle articular sonido alguno.
Belturbet, con la boca abierta a causa del asombro, sintió
que durante unos segundos era incapaz de apartar la vista de aquella pareja que
se retiraba tranquilamente, absorta en su conversación. Luego, cuando, tras
observar durante unos instantes al enfurecido cisne, se volvió con una mirada
de pavor hacia el duque, que permanecía sentado a su lado sin inmutarse,
comprendió por fin lo que ocurría. Ya no le cabía la menor duda. Aquella
especie de disparatada charla acerca de ángeles y suplantaciones que había
mantenido con su amigo apenas unos minutos antes había acabado convirtiéndose
en una espeluznante realidad.
—Creo que unas ostras y un buen vaso de brandy con soda
serían lo único en este momento que podría ayudarme a conservar la razón —dijo
Belturbet con un hilo de voz mientras se levantaba con dificultad y echaba a
andar a trompicones en busca del bar más cercano.
Para cuando Belturbet se tranquilizó lo suficiente como
para atreverse a leer los periódicos de la tarde, el sol empezaba ya a ponerse.
Las crónicas parlamentarias de última hora resultaron no tener el menor
desperdicio, y confirmaron los temores que durante toda aquella tarde había
estado intentando sacudirse de encima. Mr. Ap Dave, Ministro de Economía y
Hacienda, cuyo estilo controvertido y polémico le había granjeado el cariño y
el apoyo de todos sus seguidores y no dejaba de abrir heridas sangrantes, políticamente
hablando, entre sus oponentes, se había levantado de su asiento para, sin que
nadie le diera pie a ello, pedir disculpas por haber hecho alusión en un
reciente discurso suyo a ciertos contribuyentes rebeldes calificándolos de
«cobardes piratas». Explicó que se había dado cuenta de que, pensándolo bien,
era muy probable que dichos contribuyentes no hubiesen hecho más que decir la
verdad al alegar su incapacidad para comprender ciertos tecnicismos legales de
la nueva ley presupuestaria, la cual, tal y como él mismo reconoció, ya era de
por sí una ley bastante oscura. La Cámara apenas se había recobrado de la
sensación causada por aquellas declaraciones, cuando Lord Hugo Sizzle provocó
un nuevo revuelo de asombro al permitirse agradecer abiertamente y sin rodeos
la franqueza, lealtad y honestidad demostrada no sólo por el Ministro de
Economía y Hacienda, sino también por todos los miembros del Consejo de
Ministros. En vista de la situación tan inesperada que se había producido, a
alguien se le ocurrió sugerir con gravedad que los trabajos de la Cámara fuesen
suspendidos hasta el día siguiente.
Dominado por una creciente inquietud, Belturbet le echó
una rápida ojeada a otro artículo que aparecía justo debajo de la crónica
parlamentaria y cuyo titular rezaba: «Gato salvaje aparece medio muerto en el
patio de la Casa Real».
—Me pregunto cuál de ellos dos, si Mr. Ap Dave o Lord Hugo
Sizzle, se hallaría dentro de… —dijo reflexionando en voz alta. Pero se detuvo
de repente cuando una horrible idea le vino a la cabeza—. Claro que, ¿y si
resulta que los dos han ido a parar… ¡al interior del mismo animal!? —exclamó,
alarmado.
Acto seguido, pidió que le trajeran una nueva ración de
ostras y un nuevo vaso de brandy con soda.
Belturbet era un hombre de sobra conocido en su círculo de
amistades por beber siempre con moderación. No obstante, bebió tanto aquella
noche que no tardaron en suscitarse numerosos comentarios a su alrededor.
Los sucesos de los días siguientes fueron dejando a todo
el mundo invariablemente desconcertado. Para Belturbet, que era el único que
sabía lo que en realidad estaba ocurriendo, la situación se convirtió en una
continua fuente de preocupaciones. El viejo dicho de que en política sucede
siempre lo más inesperado gozó durante aquellos días de una oportunidad para
verse plenamente confirmado de la que hasta entonces había carecido. Sin
embargo, aquella especie de epidemia de cambios tan sorprendentes no se vio ni
mucho menos reducida al ámbito político. Cierto día se hizo evidente que
Sadbury, el eminente magnate del chocolate, cuya aversión por las carreras de
caballos y todo lo relacionado con ellas era algo sobradamente conocido por
todos, había sido también suplantado por un ángel cuando asombró a propios y
extraños al adquirir unos cuantos caballos de carreras alegando que, tras mucho
discurrir sobre el asunto, había acabado plenamente convencido de que las
carreras de caballos eran después de todo una manera de que gente de todas las
clases sociales se reuniera para disfrutar de algo tan sano como el aire libre,
y que, de paso, servían para fomentar la importante industria de la cría
caballar. Sus colores, chocolate y crema salpicados de estrellas rosas, pronto
llegaron a ser tan populares en las carreras como cualquiera otros. Al mismo
tiempo, con el fin de poner en práctica su abierta condena de lo que él llamaba
«el pernicioso vicio de las apuestas», que parecía estar extendiéndose cada vez
más entre las masas de asalariados, los cuales se veían en su mayor parte
arrastrados a vivir al día y sin posibilidad alguna de ahorrar para el futuro,
decidió retirar de la circulación todas aquellas noticias referentes a las
apuestas y a los pronósticos de los expertos en caballos que solían aparecer en
el popular periódico vespertino que tenía bajo su control inmediato. Aquella
medida recibió el reconocimiento y el respaldo del ángel que suplantaba al
propietario del Evening Views, el periódico vespertino rival, el cual se
apresuró a publicar poco después un número especial en el que expresaba su
intención de actuar de manera similar con respecto a las noticias de las
apuestas. Así que, de un día para otro, la prensa vespertina dejó de hacer
referencia a las cotizaciones de los caballos y de especular sobre los posibles
ganadores de las carreras. El resultado inmediato de todo esto fue una
considerable caída en la demanda de ambos periódicos, seguida, como era de
esperar, de un descenso del valor de los anuncios en prensa. No tardó en salir
al mercado una auténtica plaga de folletos especializados en carreras de
caballos bajo cuya influencia «el pernicioso vicio de las apuestas» alcanzó una
difusión mucho mayor que la que nunca antes había tenido. Posiblemente al duque
se le hubiese pasado por alto pensar en lo inútil que resultaba suplantar a los
líderes de la nación con ángeles cargados de buenas intenciones si se dejaba al
resto de la población relegado a su estado original.
Una nueva conmoción tuvo lugar en el mundo de la prensa
cuando se produjo un repentino y dramático acercamiento entre el ángel que
suplantaba al editor del Scrutator y el que hacía lo propio con el del Anglian
Review, los cuales no sólo dejaron de criticar y menospreciar tanto el tono
como las tendencias de la publicación contraria, sino que incluso llegaron a
firmar un acuerdo para intercambiarse cada cierto tiempo la dirección de los
dos periódicos. Una vez más, los ángeles no pudieron contar con el respaldo del
público general. Los lectores habituales del Scrutator, indignados, se quejaron
de tener que soportar en sus artículos referencias cada vez más abundantes a
las carnes y a las grasas, las cuales habían llegado a sustituir casi por
completo a la dieta básicamente vegetariana a la que habían acabado
acostumbrándose. Incluso aquéllos que no eran especialmente reacios a las
carnes y a las grasas y que hasta llegaban a permitirse alguna que otra vez un
buen filete, se sintieron comprensiblemente irritados al encontrar tanta
referencia a ellas en las páginas del Scrutator. Y es que, no en vano, toparse
súbitamente con una aceitosa ensalada de arenques cuando uno acababa de leer un
artículo sobre las propiedades del té con tostadas, o descubrir una abundante
porción de pâté de foie entre la lista de alimentos recomendables para un buen
desayuno eran experiencias capaces de perturbar el ánimo del más apacible de
los mortales. De igual manera, una enérgica protesta se alzó entre los
suscriptores del Anglian Review, quienes se quejaban de que cada vez leían más
páginas que hablaban de platos que ni tan siquiera un perro hambriento se
atrevería a comer a escondidas. Como resultado, ambas publicaciones sufrieron
una importante caída tanto en distribución como en influencias. Lo cual
demuestra que a veces la paz puede llegar a causar tantos estragos como la
guerra.
Las esposas de los hombres públicos más relevantes del
momento acabaron convirtiéndose en un nuevo elemento de discordia que el joven
duque pareció no haber tenido en cuenta a la hora de poner en práctica sus
planes. Para la esposa de un político, resulta terriblemente embarazoso tener
que contestarle a todos aquéllos que le preguntan acerca de los posibles giros
de la vida profesional de su marido, así como tener que justificar ante sus
amistades el que, dependiendo de la debilidad o la fuerza de carácter del
esposo, éste opte respectivamente por deslizarse al otro bando procurando
llamar lo menos posible la atención o por saltar valientemente por encima de
las barreras que separan a los diferentes partidos. Es precisamente por esta
razón que el político que es honesto consigo mismo prefiere casarse tarde, pues
es precisamente a partir de cierta edad cuando uno tiene bien claras sus
convicciones políticas y, por añadidura, a qué ambiente social desea que
pertenezca su esposa. No obstante, todos estos problemas no eran nada
comparados con el enorme desconcierto causado en sus propios hogares por
aquellos maridos tan angelicales que parecían haber cambiado su forma de ver la
vida de la noche a la mañana, de una manera tan radical como imprevista y,
según parecía, sin pretender dar a sus familias la más mínima explicación al
respecto. La tranquilidad que hasta el momento se había apoderado de las
sesiones del Parlamento no encontraba de ninguna manera su réplica en los
hogares de los más importantes hombres de estado del país. En muchos de dichos
hogares se había oído decir muchas veces que la esposa del Primer Ministro era
capaz de agotar la paciencia de un ángel. Pero ahora que se habían vuelto las
tornas, todos, aun sin haberlo deseado nunca, tuvieron la oportunidad de
descubrir que la capacidad para exasperar a los demás se encontraba mucho más
repartida de lo que nunca jamás se habían imaginado.
Poco después, cuando dio comienzo el debate sobre los
presupuestos de la Armada, la paz que había estado reinando hasta el momento en
las cámaras del Parlamento se desvaneció de repente a causa de la discusión
eternamente planteada entre los ministros y la oposición con respecto a la
aceptación o la revocación del programa naval del Gobierno. A pesar de que los
ángeles que ocupaban los lugares de Quinston y Lord Hugo Sizzle se las
ingeniaron para que las sesiones de debate no se convirtiesen en una interminable
y nada beneficiosa sucesión de zancadillas y acusaciones, no pudieron evitar
que se produjese una enorme conmoción cuando el elegante pero siempre apático
Halfan Halfour amenazó con llevar al Parlamento a cincuenta mil de sus más
incondicionales seguidores para echar abajo la Cámara si no se procedía
inmediatamente a la revisión de los polémicos presupuestos. Aquel hombre
protagonizó una escena verdaderamente memorable cuando se levantó de su asiento
y, en respuesta a las escandalizadas protestas de sus oponentes, rugió:
—¡Caballeros, les desafío públicamente a todos ustedes a
que me pongan a prueba!
Belturbet, tras realizar repetidos e infructuosos intentos
por ponerse en contacto por teléfono con su joven amigo desde aquella fatídica
mañana que habían pasado juntos en St. James’s Park, dio por fin con él una
tarde en el club que ambos frecuentaban. El duque se hallaba tan exquisitamente
vestido y tan tranquilo y seguro de sí mismo como en él era habitual.
—Dime una cosa: ¿en qué demonios has convertido a Cocksley
Coxon? —le espetó Belturbet algo exaltado y súbitamente preocupado por aquel
baluarte de la corriente menos ortodoxa de la Iglesia Anglicana—. Estoy seguro
de que él no cree precisamente en los ángeles, así que si el día menos pensado
ese pobre hombre se encuentra a un ángel dando un sermón ortodoxo desde el
pulpito que lleva ocupando desde hace años y luego descubre que ha sido
encerrado en el cuerpo de un foxterrier, acabará contrayendo la rabia en menos
que canta un gallo.
—Si no recuerdo mal, Coxon es ahora, en efecto, un
foxterrier. ¿Cómo te has enterado? —dijo el duque perezosamente.
Belturbet soltó un sonoro gruñido y se dejó caer en una
silla cercana.
—Escúchame bien, Eugene —le dijo a su amigo en voz baja
después de echar un vistazo a su alrededor para cerciorarse de que nadie
pudiera oírles—. Tienes que ponerle fin a todo esto. Los principales valores de
nuestra sociedad se están desmoronando, y el discurso que Halfour pronunció
ayer en la Cámara tiene a todo el país muerto de miedo. Y ahora, para colmo de
males, Thistlebery…
—¿Thistlebery? ¿Qué es lo que ha dicho ése? —se apresuró a
preguntar el duque.
—Nada. Absolutamente nada. Eso es lo alarmante. Todo el
mundo estaba convencido de que, tal y como están las cosas, era inevitable que
él apareciese para pronunciar uno de esos discursos suyos que hacen época. Pero
acabo de enterarme de que hasta el momento se ha negado a comparecer en público
alegando que en esta ocasión lo que hace falta es algo más que simples
palabras.
El joven duque no dijo nada, pero sus ojos refulgieron de
júbilo.
—Eso no es muy propio de Thistlebery, ¿no crees?
—prosiguió Belturbet—. O, al menos —añadió con una clara nota de recelo en la
voz—, no es muy propio del auténticoThistlebery.
—El auténtico Thistlebery debe de estar ahora mismo
revoloteando por alguna parte —dijo el duque sin inmutarse—. Por lo demás,
espero grandes cosas del ángel que se está encargando de suplantarle —añadió.
En aquel preciso instante, la mayoría de los miembros del
club se precipitaron en desbandada hacia el vestíbulo, donde un enorme aparato
de radio había interrumpido su programación para emitir lo que parecía un
comunicado de especial trascendencia.
—Golpe de estado[1] en el norte —decía una voz solemne y
lejana—. Thistlebery se apodera del Castillo de Edimburgo y amenaza con iniciar
una guerra civil a menos que el Gobierno reconsidere la situación en que se
encuentra actualmente el programa naval.
En la confusión que tuvo lugar a continuación, Belturbet
perdió de vista a su joven amigo, por lo que tuvo que dedicar casi toda la
tarde a recorrer, uno tras otro, los lugares en los que creyó más probable
encontrarlo. Conforme fueron pasando las horas, su búsqueda se vio espoleada
por los titulares de las diferentes noticias que iban apareciendo en los
periódicos vespertinos referentes a los acontecimientos que se sucedían en el
West End. «El general Baden–Baden moviliza a los boy–scouts. Se teme la posibilidad
de un nuevo golpe de estado. ¿Se encuentra realmente a salvo el Castillo de
Windsor?» Pero todos estos titulares, que fueron algunos de los primeros en ser
difundidos, se vieron de pronto desplazados por otro de connotaciones bastante
más siniestras que rezaba: «¿Se verá aplazada la política internacional ante el
estado interno del país?» Esta pregunta tan inquietante hizo que el público
general cobrara por fin conciencia de lo seria que había llegado a ser la
situación. Muchos se preguntaron si no tendrían que acabar pagando un precio
demasiado alto por las supuestas ventajas de la democracia y su alabado sistema
de pluralidad de partidos. Belturbet, tras remover cielo y tierra con la
esperanza de encontrar a aquél que había dado origen a tan caótica situación, y
alentado por la incierta posibilidad de convencerle de que devolviese las aguas
a su antiguo cauce, se encontró de repente a un viejo conocido suyo que se
dedicaba a especular en el mercado de valores. A pesar de que aquel hombre se
hallaba ya de por sí bastante pálido de indignación, Belturbet pudo ver cómo su
palidez se acentuaba aún más cuando un repartidor de periódicos pasó corriendo
a su lado mientras gritaba a pleno pulmón los últimos titulares:
—¡Los partidarios del Primer Ministro, asaltados por la
policía! ¡Halfour da ánimos a los sublevados! ¡El ejército amenaza con tomar
represalias! ¡Los extranjeros, obligados a refugiarse en las embajadas!
—¡Todo esto parece obra del mismísimo diablo! —exclamó el
hombre, enloquecido.
Belturbet sonrió tristemente. El sabía muy bien que todo
aquello, por extraño que pudiese llegar a parecer, era más bien obra de ángeles
que del diablo.
Algo más tarde, al pasar por St. James’s Street, Belturbet
vio cómo una camioneta de reparto de periódicos que acababa de aparecer a gran
velocidad por Pall Mall se detenía al fondo de la calle y era inmediatamente
rodeada por un puñado de curiosos que no paraban de hablar animadamente. Unos
segundos después, oía, por primera vez en toda aquella tarde tan espantosa,
exclamaciones de alivio e incluso de alegría.
En aquel momento, alguien desplegó en mitad de la calle
una pancarta en la que podía leerse una grata noticia: «La crisis ha terminado.
El Gobierno cede. Importante revisión del programa naval».
Como aquello parecía poner fin a la acuciante necesidad de
encontrar al duque desaparecido, Belturbet decidió dar media vuelta y emprender
el camino de regreso a casa a través de St. James s Park. Apabullado todavía
por la inquietud y las prisas que le habían hostigado durante toda la tarde, le
llevó algún tiempo reparar en el hecho de que, mientras cruzaba el parque, algo
extraño sucedía a su alrededor. A pesar de la agitación que había ocupado las
calles a lo largo de las últimas horas, una gran multitud de curiosos se había
congregado en el parque atraída por una trágica escena cuyo desenlace había
tenido lugar junto a la orilla del estanque. Allí, un enorme cisne negro, que
según algunos de los presentes llevaba varios días dando muestras de un salvaje
y peligroso comportamiento, se había abalanzado inesperadamente sobre un joven
que caminaba por la orilla, lo había arrastrado literalmente hasta el agua y lo
había mantenido bajo la superficie hasta ahogarlo antes de que nadie tuviese
tiempo para acudir en su ayuda. Justo en el momento en que Belturbet llegaba al
lugar, varios guardas del parque se ocupaban en subir el cadáver a un bote.
Cuando Belturbet se agachó para recoger un sombrero que yacía abandonado sobre
la hierba, muy cerca de la escena de la tragedia, se dio cuenta de que se
trataba de un suave y elegante sombrero de fieltro que recordaba ligeramente a
la moda del siglo pasado.
Hubo de transcurrir más de un mes antes de que Belturbet
superase el agudo ataque de nervios que lo había obligado a guardar cama y se
sintiese con ánimos para volver a interesarse por lo que sucedía en el mundo de
la política. En el Parlamento, el período de sesiones se encontraba por
entonces en su época más álgida, y unas elecciones generales se perfilaban en
un horizonte cada vez más cercano. Cuando le llevaron los periódicos de la
mañana, se puso inmediatamente a leer los discursos del Ministro de Economía y
Hacienda, de Quinston, de otros miembros del Gobierno e incluso de los
principales líderes de la oposición, tras lo cual se arrellanó en su silla
soltando un profundo suspiro de alivio. Era evidente que el hechizo había
dejado de surtir efecto tras la tragedia que le había sobrevenido a quien lo
había formulado. No había el menor rastro de ángeles por ninguna parte.
[1] En francés en el original: coup d’état.
EL CAMBIO DE GROBY LINGTON
(A un hombre se le conoce por las compañías que
frecuenta.)
De pie en el salón de la casa de su cuñada, Groby Lington
veía cómo iban pasando lentamente los minutos mientras se esforzaba en vano por
disimular el nerviosismo que embargaba su cuerpo de hombre ya entrado en años.
Aún faltaba cerca de un cuarto de hora para que llegase el tan deseado momento
de despedirse y emprender, acompañado por un auténtico batallón de sobrinos, el
camino que atravesaba el pueblo para desembocar en la estación de tren.
Aunque era un hombre de carácter amable y bondadoso que,
al menos en teoría, accedía encantado a visitar cada cierto tiempo a la mujer y
a los hijos de su difunto hermano William, lo cierto era que prefería la
comodidad y el aislamiento de su propia casa y la fiel compañía de sus libros y
de su loro mucho antes que aquellas incursiones tan absurdas y tediosas en un
círculo familiar con el que tan pocas cosas tenía en común. A decir verdad, lo
que lo impulsaba a tomar el tren y acercarse a visitar a aquellos parientes no
era tanto el azote de su propia conciencia como el deseo de complacer a su otro
hermano, el coronel John, quien solía aprovechar la menor oportunidad para
echarle en cara que tenía desatendida a la familia del «pobre William». A
menudo, Groby se olvidaba (o más bien aparentaba olvidarse) de la existencia de
aquellos parientes, pero cuando eso ocurría bastaba con que su autoritario y
dominante hermano le amenazase con ir personalmente a recordarle sus
obligaciones para que se apresurase a recorrer las escasas millas que le
separaban de sus familiares con el fin de recuperar el cariño de sus sobrinos y
fingir un interés tan repentino como forzado por el bienestar de su cuñada. En
aquella última ocasión, había hecho coincidir con tanta precisión la llegada
del coronel John con el fin de su estancia en casa de su cuñada, que apenas
disponía de tiempo para regresar al hogar antes de que su hermano hiciese acto
de presencia. Sea como fuere, por aquella vez Groby había cumplido su misión, y
todavía tendrían que pasar cerca de seis o siete meses antes de que se viera
nuevamente en la obligación de sacrificarse por el bien de las relaciones
familiares. Fue aquella perspectiva tan apetecible la que le había hecho
ponerse a dar saltitos de alegría por toda la habitación y a coger y observar
con atención cuantos objetos iba encontrando a su paso.
Hasta que, llegado a un punto, toda su alegría se
transformó de repente en una desconcertada seriedad cuando encontró, entre las
páginas de un pequeño cuaderno de dibujo que pertenecía a uno de sus sobrinos,
una caricatura despiadadamente hábil en la que se hallaban representados él y
su loro. Los dos personajes, cómicamente retratados el uno frente al otro con
idéntica actitud solemne y ridícula tenían entre sí un logrado parecido en cuya
consecución aquel incipiente artista parecía haberse esforzado al máximo. Una
vez pasado el primer arrebato de ira, Groby se echó a reír y se dijo que se
trataba de un dibujo verdaderamente ingenioso. Sin embargo, poco después un
sentimiento de rencor volvió a apoderarse de él, si bien no se trataba ya de un
rencor hacia el dibujante que había plasmado aquella imagen sobre el papel,
sino contra la posible verdad que se escondía más allá del simple dibujo. ¿Era
cierto aquello que parecía querer reflejar la caricatura de que, con el paso
del tiempo, la gente acaba pareciéndose a los animales que tiene como mascotas?
¿Y había ido él, sin darse cuenta, volviéndose cada vez más parecido a aquel
pájaro tan cómico y solemne que había llegado a ser su compañero del alma?
Mientras recorría el camino a la estación en compañía de
sus revoltosos sobrinos Groby permaneció extrañamente en silencio, y durante el
viaje en tren que siguió a aquel paseo la convicción de que su existencia había
acabado pareciéndose cada vez más a la de un loro fue cobrando firmeza en su
interior. Después de todo, ¿acaso no se limitaba su rutina diaria a caminar por
el jardín, a pasear por entre los árboles del huerto o a permanecer sentado en
el patio o junto a la chimenea de la biblioteca sin otra aspiración que ver
transcurrir el tiempo como si fuese un loro encerrado en una jaula? ¿Y a qué se
reducían sus aburridas conversaciones con los vecinos con los que a veces se
encontraba por casualidad? «Qué día más primaveral hace hoy, ¿verdad?» «Parece
que hoy vamos a tener lluvia». «Me alegro de verle nuevamente por aquí. Cuídese
mucho». «Cómo crecen estos muchachos, ¿no cree?» Montones de comentarios
estúpidos y superficiales acudieron a su cabeza, comentarios que no se
correspondían con el intercambio de ideas que cabía esperarse de seres
supuestamente inteligentes, sino más bien con el parloteo totalmente
incongruente propio de los loros. Casi hubiera dado lo mismo saludar a
cualquier conocido suyo diciéndole: «Polly, bonito. ¿Cómo estás? ¿Te apetece una
galleta?» Poco después, cuando comenzaron a asaltarle imágenes de sí mismo
vestido con un ridículo disfraz de loro, a Groby le faltó muy poco para ponerse
a echar espuma por la boca.
—Tengo que deshacerme como sea de ese horrible pajarraco.
Quizá lo mejor sea regalárselo a alguien —se dijo, lleno de amargura, a pesar
de estar seguro de que nunca sería capaz de hacer algo así. De hecho, después
de haber tenido aquel loro consigo durante tantos años, la idea de ponerse a
buscarle un nuevo hogar para poder deshacerse de él con toda tranquilidad se le
antojó completamente absurda.
—¿Ha llegado ya mi hermano? —le preguntó al mozo que había
acudido en coche a la estación para recogerle.
—Sí, señor. Llegó sobre las dos y cuarto, un poco antes de
la hora prevista —le respondió el muchacho—. Por cierto, señor: su loro se ha
muerto —añadió con esa especie de regocijo que muchos muchachos muestran cuando
informan a alguien de una catástrofe.
—¿Mi loro? ¿Muerto? —acertó a decir Groby—. ¿Cómo… cómo ha
sucedido?
—El bicho —respondió escuetamente el muchacho.
—¿El bicho? —preguntó Groby—. ¿A qué te refieres,
muchacho?
—Al bicho que trajo consigo el coronel —fue la enigmática
y alarmante respuesta.
—¿Quieres decir que mi hermano está enfermo? —preguntó
Groby, asustado—. ¿Se trata de algo contagioso?
—Oh, no, señor, nada de eso. El coronel se encuentra mejor
que nunca —dijo el muchacho.
Y como el chico no se molestó en dar más explicaciones,
Groby tuvo que armarse de paciencia durante todo el trayecto hasta que al fin
llegaron a la casa. Cuando bajó del coche, su hermano, que lo había estado
esperando junto a la puerta principal, le salió al encuentro.
—¿Te has enterado ya de lo del loro? —se apresuró a
preguntarle a Groby—. No sabes cuánto lamento lo ocurrido. En cuanto ese pobre
pájaro vio al mono que te he traído como regalo, se puso inmediatamente a
soltar unos violentos graznidos. El dichoso mono, al oírlo, saltó sobre él, lo
agarró por el pescuezo, lo levantó por encima de su cabeza y comenzó a darle
vueltas como si se tratase de un sonajero. Para cuando conseguí quitárselo de
las garras al muy truhán, el pobre loro ya estaba más que muerto. Te aseguro
que no comprendo qué es lo que ha podido pasar, porque ese mono ha sido siempre
un animalito de lo más dócil y amistoso. Nunca me imaginé que pudiera llegar a
enfurecerse hasta ese extremo. Ojalá pudiera expresarte cuánto siento lo que ha
ocurrido. En cuanto al mono, ¿qué quieres que hagamos con él? Me imagino que
ahora no querrás ni verlo, ¿verdad?
—Ni mucho menos —dijo Groby con sinceridad.
Apenas unas cuantas horas antes el trágico fin que le
había sobrevenido a su loro hubiera supuesto para él una auténtica calamidad,
pero ahora aquella nueva e inesperada circunstancia era todo un detalle por
parte del destino.
—Ese pájaro ya se estaba haciendo viejo —siguió diciendo a
manera de explicación por su evidente falta de pesar por la pérdida de su
mascota—. En realidad ya estaba empezando a preguntarme si no sería una falta
de delicadeza por mi parte dejarle vivir hasta que muriese de manera natural.
Y luego, cuando le presentaron al autor de aquella
tragedia, exclamó:
—¡Vaya! ¡Qué monito más encantador!
El recién llegado era un simio pequeño y de cola muy larga
que parecía proceder de algún país tropical. Su actitud dócil y sus modales a
la vez asustadizos y confiados se ganaron la confianza de Groby de manera casi
instantánea. No obstante, cualquier estudioso del comportamiento de los
primates hubiera sido capaz de descubrir en aquellos ojillos ligeramente
enrojecidos algún que otro indicio de aquel terrible temperamento oculto que el
loro había despertado de manera tan inesperada y cuyas dramáticas consecuencias
había sufrido en sus propias carnes. Los criados, para quienes el difunto
pájaro había acabado convirtiéndose con el tiempo en uno de los miembros más
apreciados de la casa por ser uno de los que menos problemas causaba, se
escandalizaron sobremanera al encontrarse de golpe al que había sido su
sanguinario asesino cómodamente instalado en su lugar y recibiendo tantos o más
honores que su malogrado predecesor.
—Qué criatura tan horrible. Nunca será capaz de decir ni
una sola de todas aquellas cosas tan alegres y divertidas que solía decir el
pobre Polly —era el desfavorable comentario que se oyó decir en más de una
ocasión en las dependencias de la servidumbre.
Un domingo por la mañana, aproximadamente un año después
de aquella visita del coronel John durante la cual había tenido lugar la muerte
del loro, Miss Wepley se hallaba sentada con gran recato en un banco de la
iglesia parroquial que quedaba justo delante del que ocupaba aquel día Groby
Lington. Aunque era relativamente nueva en el vecindario y no conocía en
persona al hombre que aquel día se sentaba detrás de ella, ello no había
impedido que la misa del domingo por la mañana los hubiese hecho coincidir en
múltiples ocasiones a lo largo de los últimos meses. Y a lo largo de tanto
tiempo y a fuerza de tantas coincidencias, cada uno de ellos había llegado a
acostumbrarse a ciertas peculiaridades del otro. Ella, por ejemplo, sin haberle
prestado una especial atención al hecho, no había podido evitar reparar en la
manera tan curiosa que él tenía de pronunciar ciertas palabras durante los
responsos, mientras que él, por su parte, había acabado fijándose en el hecho
trivial de que, además de un misal y un pañuelo, ella tenía la costumbre de
poner a su lado sobre el banco una pequeña cajita de pastillas para la tos.
Aunque Miss Wepley rara vez había tenido que recurrir a aquellas pastillas, lo
cierto era que prefería tenerlo todo previsto en caso de que le sobreviniese un
repentino ataque. No obstante, lo que ella no podía prever de ninguna de las
maneras era que aquella mañana las pastillas terminaran convirtiéndose en un
inesperado motivo de entretenimiento que, aunque sirvió para romper la
monotonía que reinaba en la rutina de sus oraciones, a ella, personalmente,
acabó resultándole aún más molesto que el más agudo y prolongado ataque de tos.
Lo que ocurrió fue lo siguiente: mientras Miss Wepley se
ponía en pie para cantar el primer himno de la ceremonia, le pareció ver por el
rabillo del ojo cómo la mano de aquel hombre, el cual, por cierto, era la única
persona que ocupaba en aquel momento el banco situado detrás de ella, se
acercaba furtivamente a su cajita de pastillas con evidente intención de
apoderarse de ella. Cuando volvió bruscamente la mirada hacia allí, descubrió
que la cajita había, efectivamente, desaparecido mientras algo más atrás Mr.
Lington parecía hallarse completamente abstraído en su libro de oraciones. Por
más que la mujer se dedicó durante el resto del himno a dirigirle miradas
asesinas cargadas de indignación, el rostro de aquel hombre permaneció
completamente imperturbable y no asomó en él ni la más ligera señal de culpabilidad.
—Pero lo peor aún estaba por llegar —le contaría después
Miss Wepley a un grupo de escandalizados amigos suyos—. No había hecho más que
arrodillarme para rezar, cuando una pastilla, una de mis pastillas para la tos,
pasó silbando justo por delante de mis narices. Me volví inmediatamente, pero
lo único que me encontré fue a Mr. Lington sentado tranquilamente con los ojos
cerrados y moviendo los labios como si estuviera rezando. En cuanto dejé de
mirarle para reanudar mis oraciones, una nueva pastilla pasó volando a mi lado,
y luego otra, y otra, y así sucesivamente. Después de un buen rato haciendo
como que no me daba cuenta de nada, me volví de repente y sorprendí a aquel
hombre tan horrible justo en el momento en que se disponía a lanzarme un nuevo
proyectil. Y aunque él reaccionó deprisa fingiendo estar pasando las páginas de
su misal, aquella vez yo ya no me dejé engañar. Así que, en cuanto comprendió
que había sido descubierto, las pastillas dejaron de pasar volando a mi lado.
Como os podréis imaginar, a partir del próximo domingo me sentaré lo más lejos
posible de ese hombre.
—Un auténtico caballero jamás se hubiera comportado de una
manera tan vergonzosa —dijo uno de los que la escuchaban—. Y pensar que todo el
mundo tenía a Mr. Lington por un caballero de lo más respetable. Ahora resulta
que se dedica a ir por ahí comportándose como un mocoso mal educado.
—Como un verdadero chimpancé, diría yo —dijo Miss Wepley.
Desde entonces aquella opinión tan poco favorable se vio
repetida constantemente por todas partes.
Aunque Groby Lington no había sido nunca un héroe para sus
propios criados, sí había gozado alguna vez de aquella unánime aprobación que
había merecido también su difunto loro por ser una persona alegre y fácil de
tratar que no solía causar complicaciones. A lo largo de los últimos meses, sin
embargo, los miembros de su servicio doméstico habían comenzado a pensar de
manera muy diferente con respecto a él. El imperturbable mozo de cuadra que
había sido el primero en anunciarle la trágica muerte de su antigua mascota,
fue también uno de los primeros en dar rienda suelta a los murmullos de
desaprobación que se habían extendido como una epidemia por toda la casa. Y es
que, de todos ellos, fue precisamente él el que menos tiempo tardó en tener
motivos justificados para mostrar su desagrado.
Cierta tarde de verano en que el calor era muy intenso, el
muchacho obtuvo permiso para bañarse en un pequeño estanque que se extendía
entre los árboles del huerto. Al cabo de un rato, la tranquilidad de la tarde
se partió en pedazos a causa de un tremendo alboroto procedente precisamente
del huerto y en el que se confundían unos furiosos gritos humanos con algo que
sonaba como los estridentes chillidos de un mono. Atraído por aquel escandaloso
vocerío, Groby salió apresuradamente de su casa y atravesó corriendo el jardín.
Cuando llegó al estanque se encontró con que su criado, vestido tan sólo con un
chaleco y un par de calcetines, se dedicaba a imprecar inútilmente al mono, el
cual, subido a las ramas más bajas de un manzano, examinaba con aire abstraído
las ropas que le había hurtado al muchacho y que había puesto lejos del alcance
de su legítimo dueño.
—El bicho me ha quitado la ropa —gimió el chico
dirigiéndose a Groby y haciendo patente esa manía tan absurda que tienen a
veces los más jóvenes de explicar lo que resulta obvio.
Aunque el hecho de que su amo lo descubriese medio desnudo
en medio de aquel huerto le hizo sentirse sumamente incómodo, el chico no pudo
evitar acoger la llegada de Groby con grandes muestras de alivio, pues pensó
que éste podría ayudarle de manera decisiva a la hora de recuperar sus ropas.
Sin duda alguna el mono, que por lo menos ya había dejado de proferir aquellos
aullidos tan espantosos, accedería a devolver su botín si su dueño intentaba
persuadirlo.
—¿Y por qué no dejas que te atipe? —sugirió Groby—. Así
podrás alcanzar las ropas por ti mismo.
El muchacho se mostró de acuerdo, así que Groby lo agarró
firmemente por el chaleco, que en realidad era lo único de lo que se podía
echar mano, y lo levantó en peso. Pero a continuación, gracias a un hábil y
poderoso movimiento, en vez de alzar al muchacho hasta las ramas más bajas, lo
que Groby hizo fue arrojarlo sobre una enorme mata de ortigas que, al recibir
el impacto de aquel cuerpo medio desnudo, se cerró sobre él con un descomunal y
doloroso abrazo.
La pobre víctima, a la que jamás habían educado
precisamente para reprimir sus emociones, comenzó a proferir casi al instante
unos gritos verdaderamente desgarradores en los que se mezclaban el dolor, la
rabia y el asombro. Aunque aquellos gritos llegaron a alcanzar un volumen
considerable, el muchacho fue capaz de oír claramente, por encima incluso de
sus propios alaridos, el parloteo triunfal de aquel odioso mono y las
incontenibles carcajadas de Groby.
Cuando el muchacho terminó su personalísima interpretación
del baile de San Vito, la cual no sólo mereció el aplauso de Mr. Lington sino
que hubiera podido hacerle famoso en los escenarios más prestigiosos del país,
descubrió que tanto la mascota como su dueño habían desaparecido con la mayor
discreción dejando las ropas tiradas de cualquier manera sobre la hierba que
crecía al pie del árbol.
—Un par de bichos, eso es lo único que son. Tanto el uno
como el otro —refunfuñó enfadado el muchacho. Y aunque pueda llegar a pensarse
que sus palabras se hallaban provistas de una gran severidad, es justo
reconocer que él, al menos, tenía motivos más que suficientes para referirse a
su amo de aquella manera tan ofensiva.
Un nuevo incidente tuvo lugar una o dos semanas más tarde,
cuando una de las criadas decidió presentar su dimisión. Al parecer, Mr.
Lington, cediendo a un súbito acceso de cólera tras descubrir que sus chuletas
se hallaban poco hechas, la había reprendido cruelmente hasta hacer que a la
pobre mujer se le saltasen las lágrimas de puro terror.
—Me gruñó y me enseñó los dientes de una manera tan
siniestra que por un momento temí que fuese a morderme —le contó al resto de la
servidumbre, que se había reunido en la cocina para despedirse de ella.
—Espero que a mí nunca se atreva a hablarme de esa manera,
porque si alguna vez lo hace le daré lo que se merece —dijo la cocinera con
aire desafiante. Pero lo cierto es que a partir de aquel día los platos que
salían de su cocina comenzaron a mejorar como por arte de magia.
Aunque hasta entonces Groby Lington rara vez se había
apartado de su rutina habitual para asistir a las fiestas a las que a veces lo
invitaban sus escasas amistades, cuando poco después recibió una invitación de
Mrs. Glenduff para asistir a una recepción que ésta había decidido organizar en
su espléndida mansión, no dudó en contestar a la carta de su amiga para
confirmar, lleno de entusiasmo, que asistiría encantado. Tanta fue su alegría
que ni siquiera se molestó lo más mínimo cuando, una vez en casa de su
anfitriona, ésta, al hacer el reparto de aposentos entre sus invitados, le
asignó una vieja y mohosa habitación que se hallaba en el extremo más apartado
de la casa. No obstante, cuando se enteró de que como vecino más inmediato
tendría a Mr. Leonard Spabbink, el eminente pianista, una ligera sombra pareció
cubrir momentáneamente su rostro.
—Mr. Spabbink es capaz de tocar a Liszt como los propios
ángeles —le comentó Mrs. Glenduff, visiblemente entusiasmada.
—Por lo que a mí respecta ese tipo puede tocar a quien
quiera como si fuese el mismísimo demonio —pensó Groby para sí tras oír las
palabras de su anfitriona—. Pero apuesto cualquier cosa a que ronca como un
condenado. De hecho, con ese corpachón tan enorme tiene aspecto de no servir
para otra cosa. Pero conmigo más le vale andarse con cuidado, porque como lo
oiga roncar a través de estos tabiques tan delgados va a haber problemas muy
serios en esta casa.
Efectivamente, aquel hombre roncaba. Y, efectivamente,
hubo problemas muy serios en aquella casa.
La primera noche, Groby soportó los ronquidos durante
aproximadamente dos minutos y medio. Pasado ese tiempo, se levantó, salió
apresuradamente al pasillo e irrumpió hecho una furia en la habitación de Mr.
Spabbink. Reanimado por los violentos resoplidos de su vecino, el músico logró
incorporarse en la cama todavía medio aturdido. Mientras Groby, de una fuerte
sacudida, terminaba de despertarlo, el pianista, que era un hombre de
naturaleza enérgica y autoritaria, al verse asaltado por un intruso, perdió súbitamente
los estribos y soltó un violento manotazo que alcanzó a Groby de lleno en la
cara. Un momento más tarde, Spabbink se encontró amordazado y medio asfixiado
por una funda de almohada firmemente apretada contra su cabeza mientras sentía
cómo aquel intruso le cogía por las piernas y le sacaba a rastras de la cama.
Mientras recibía golpes, pellizcos, patadas y hasta salvajes mordiscos en una
especie de lucha despiadada y sin cuartel, su cuerpo fue arrastrado por el
suelo de la alcoba hasta el cuarto de baño. Una vez allí, fue introducido en la
bañera, en cuyas aguas poco profundas Groby intentó por todos los medios
ahogarlo, pero sin llegar a conseguirlo.
Durante todo aquel tiempo la habitación estuvo
prácticamente a oscuras, pues la vela de Groby, que se había caído al suelo
nada más empezar el forcejeo, apenas arrojaba luz suficiente para iluminar las
inmediaciones de la bañera, que era el lugar en el que se estaba librando
aquella extraña batalla a base de chapoteos, golpes, gritos sofocados,
resoplidos y un curioso ruido semihumano que recordaba al parloteo
ininteligible de un chimpancé enfurecido. Al cabo de unos instantes aquel
combate tan desigual se vio dramáticamente iluminado por unas poderosas llamas
que devoraban las cortinas y subían velozmente por las paredes.
Cuando cundió la alarma y los habitantes de la casa,
presas de un terrible sobresalto, comenzaron a salir apresuradamente al jardín,
las llamas cubrían ya toda un ala de la mansión y una densa columna de humo se
elevaba en mitad de la noche. No obstante, pasó aún algún tiempo antes de que
Groby, tras comprender que le resultaría mucho más fácil ahogar a su víctima en
el estanque del jardín que en una simple bañera, apareciese llevando en brazos
al pobre pianista medio asfixiado. Al salir al aire libre, el frío de la noche
se encargó de aplacar su furia, y luego, cuando se dio cuenta de que el resto
de los presentes le aclamaba inocentemente tomándolo por el heroico salvador
del pobre Leonard Spabbink, y cuando comenzaron a llover sobre él toda clase de
elogios por haber tenido la serenidad y el aplomo suficientes para proteger de
las llamas la cabeza del músico cubriéndola con una funda de almohada mojada,
optó por aceptar la situación y procedió a describir con todo lujo de detalles
cómo había encontrado a aquel pobre artista dormido, con una vela volcada junto
a su cama y rodeado por enormes llamas que comenzaban ya a extenderse por las
paredes.
Unos días más tarde, cuando Mr. Spabbink, parcialmente
recuperado de aquel duro trance que a punto había estado de costarle la vida,
contó su propia versión de los hechos, no recibió a cambio más que sonrisas de
compasión y respuestas evasivas que no tardaron en hacerle comprender que el
resto del mundo no estaba muy dispuesto a creerle. Triste y apesadumbrado, se
negó rotundamente a asistir a una ceremonia que se celebró poco después en la
Real Sociedad Benéfica y durante la cual se impuso a Groby Lington una
condecoración especial como premio a su heroicidad.
Aproximadamente por aquellas fechas la mascota de Groby
murió víctima de una de esas graves enfermedades que suelen afectar a tantos
primates cuando se encuentran expuestos a los fríos climas del norte del
planeta. Su dueño, profundamente afectado por aquella irreparable pérdida,
nunca llegó a recobrar la desbordante alegría que había poseído en los últimos
tiempos. En la actualidad suele dedicarse a ver pasar tranquilamente el tiempo
desde su jardín con la única compañía de una enorme tortuga que su hermano, el
coronel John, le regaló la última vez que fue a visitarlo. Ya no queda en él ni
el menor rastro de su antigua vivacidad. Y por lo que respecta a sus sobrinos,
éstos le llaman ahora, con toda la razón del mundo, «el viejo tío Groby».
EL PECADO SECRETO DE SEPTIMUS BROPE
—¿Quién y qué es Mr. Brope? —preguntó de repente la tía de
Clovis.
Mrs. Riversedge, que había estado podando las rosas
marchitas sin pensar en nada en particular, se puso alerta automáticamente. Era
una de esas anfitrionas chapadas a la antigua que piensan que uno siempre debe
saber algo acerca de sus propios invitados, y que ese algo debe tener la virtud
de hacer que uno se sienta orgulloso de tenerlos alojados bajo su techo.
—Creo que es de Leighton Buzzard. No sé dónde está
exactamente ese lugar, pero lo que sí sé es que está muy lejos —dijo, como si
eso bastara por sí solo como explicación.
—En estos tiempos que corren, en los que uno puede viajar
cómoda y rápidamente a donde le apetezca —dijo Clovis dejando momentáneamente
de mortificar a una colonia de pulgones con el humo de su cigarrillo—, ser de
Leighton Buzzard, por muy lejos que esté, no tiene necesariamente por qué
significar nada. Podría ser simplemente síntoma de inquietud. Ahora bien, otra
cosa es que el individuo en cuestión haya tenido que abandonar la ciudad en
circunstancias poco claras o en señal de protesta contra la cruel e incorregible
frivolidad de sus habitantes. De ser así, eso podría resultar un dato muy
significativo a la hora de decirnos algo acerca de él y de su misión en esta
vida.
—¿A qué se dedica? —intervino Mrs. Troyle, la tía de
Clovis, con su inequívoco aire de superioridad.
—Es el editor del Cathedral Monthly —respondió su
anfitriona—. Es un hombre tremendamente instruido en todo lo referente a
monumentos conmemorativos, la arquitectura de los edificios religiosos, la
influencia de la religión bizantina en la liturgia moderna y todo ese tipo de
cosas. Puede llegar a resultar una persona un poquito huraña o dar la impresión
de estar demasiado abstraído en sus cosas, pero de todo tiene que haber en esta
vida. No lo encontrarán ustedes demasiado aburrido, ¿verdad?
—Si ese hombre fuese aburrido, sería algo que yo podría
pasar por alto —dijo la tía de Clovis—. Pero lo que de ninguna manera puedo
tolerar es que dedique su tiempo a cortejar a mi doncella.
—¡¿Cómo?! ¡Mi querida Mrs. Troyle! —exclamó la anfitriona,
escandalizada—. ¡Eso no puede ser! Le aseguro que a Mr. Brope nunca se le
ocurriría hacer algo así ni en sueños.
—Los sueños de Mr. Brope no me interesan lo más mínimo.
Por mí puede dedicarse a soñar todas las fantasías eróticas que desee y con
quien le plazca. Pero mientras permanezca despierto será mejor que no se le
ocurra cortejar a mi doncella. Por lo demás, cualquier discusión sobre el
asunto es inútil. Mi postura al respecto es bien firme y no hay nada más que
hablar.
—Pero, sin duda, usted debe de estar en un error —insistió
Mrs. Riversedge—. Mr. Brope sería la última persona del mundo en hacer algo
así.
—Pues en esta casa es el primero en hacerlo. Al menos por
lo que yo sé. Y si alguna vez tengo que tomar cartas en el asunto, tenga por
seguro que, además, será el último. Ni que decir tiene que, al decir esto
—añadió algo más calmada—, no me estoy refiriendo a los pretendientes que se
acerquen a mi doncella con buenas intenciones.
—Pues yo, simplemente, no puedo creer que un hombre que
escribe cosas tan adorables y sabias sobre las influencias bizantinas en la
religión actual pueda llegar a comportarse de manera tan poco decorosa —dijo
Mrs. Riversedge—. ¿Qué evidencias tiene usted de que él se esté comportando
así? No pretendo poner en duda su palabra, como es natural, pero no podemos
condenarlo sin oír lo que él tenga que decir en su favor, ¿no cree?
—Tanto si lo condenamos como si no, le puedo asegurar que
yo ya le he oído decir todo lo que tenía que decir. Verá usted: su habitación
es justo la contigua a la mía, y en un par de ocasiones (me atrevería a decir
que cuando él creía que yo no me encontraba en mi cuarto), le he oído decir
claramente desde el otro lado de la pared: «Te quiero, Florrie». Los tabiques
del piso de arriba son muy delgados, ¿sabe? Una casi puede oír el tictac del
reloj de la habitación de al lado.
—¿Se llama Florence su doncella?
—Se llama Florinda.
—¡Qué nombres más curiosos le pone usted a sus criados!
—Yo no le puse ese nombre a mi doncella. Cuando ella entró
a mi servicio ya hacía tiempo que la habían bautizado.
—Lo que quiero decir —dijo Mrs. Riversedge— es que cuando
una doncella que entra a mi servicio tiene un nombre tan insólito como ése, yo
prefiero llamarla simplemente Jane. Ellas se acostumbran enseguida a que una
las llame de esa manera tan vulgar y corriente.
—Me parece una medida excelente —dijo con frialdad la tía
de Clovis—. Pero, por desgracia, en mi caso he sido yo misma quien se ha
acostumbrado a que la llamen Jane. ¿Y a que no se imagina usted por qué? Pues
porque da la casualidad de que ése es mi nombre.
Cuando Mrs. Riversedge comenzó a deshacerse en disculpas,
la tía de Clovis no tuvo más remedio que interrumpirla con brusquedad diciendo:
—La cuestión que ahora nos ocupa no es si yo debo o no
llamar Florinda a mi doncella, sino si puede seguir permitiéndose que Mr. Brope
la llame Florrie. Yo estoy firmemente convencida de que no.
—A lo mejor lo que hacía no era más que tararear el
estribillo de alguna canción —dijo esperanzada Mrs. Riversedge—. Hay montones
de canciones en cuyos estribillos aparecen nombres de mujer —continuó diciendo
mientras se volvía para mirar a Clovis como si éste fuese una autoridad en la
materia—. «No debería usted llamarme Mary»…
—Nunca se me ocurriría llamarla así, señora —le aseguró
Clovis—. En primer lugar, siempre he creído que se llama usted Henrietta. Y por
otra parte, no la conozco lo suficiente como para tomarme tal libertad.
—Lo que quiero decir es que existe una canción que se
titula así —se apresuró a aclarar Mrs. Riversedge—. Y hay también muchas más,
como por ejemplo «Rhoda tiene una pagoda» o «Maisie es como una margarita». Se
oyen constantemente por todos lados. Y aunque la verdad es que no parece muy
probable que Mr. Brope sea el tipo de hombre al que le guste cantar esa clase
de cosas, creo que al menos deberíamos concederle el beneficio de la duda.
—Yo ya lo he hecho —dijo Mrs. Troyle—. O al menos lo
estuve haciendo hasta que encontré una prueba irrefutable.
Calló de repente, con el aire de alguien a quien le gusta
hacerse de rogar antes de continuar hablando.
—¡Una prueba irrefutable! —exclamó su anfitriona—.
¡Cuénteme!
—Esta mañana, después de desayunar, me encontré
ligeramente indispuesta y decidí retirarme a mi cuarto. Mientras subía las
escaleras, me di cuenta de que justo en el momento en que yo llegaba al último
peldaño, Mr. Brope pasaba por delante de la puerta de mi habitación. Él no me
vio porque caminaba de espaldas a mí, pero yo sí alcancé a ver entonces cómo,
de la manera más natural del mundo, se le escapaba del bolsillo un pedazo de
papel que cayó revoloteando hasta posarse en el suelo del pasillo, justo delante
de mi puerta. Yo ya estaba a punto de llamarlo para decirle que se le había
caído algo al suelo cuando, por alguna razón, preferí contener mi primer
impulso y no me dejé ver hasta que él entró tranquilamente en su cuarto. En ese
momento se me ocurrió pensar que precisamente a aquella hora era raro que yo me
encontrase en mi habitación, mientras que Florinda sí estaba casi siempre allí,
pues era la hora que ella suele dedicar a ordenarlo y limpiarlo todo. Así que
me acerqué y recogí del suelo aquel pedazo de papel de aspecto aparentemente
tan inocente.
Mrs. Troyle volvió a guardar silencio con el aire de quien
se regodea de que sus palabras sean el centro de atención de los demás.
Mrs. Riversedge, presa de la expectación que había
provocado en ella su invitada, le dio un involuntario y enérgico tijeretazo al
rosal que tenía al lado decapitando sin querer un prometedor ejemplar que
estaba a punto de florecer.
—¿Y qué había escrito en ese papel? —preguntó.
—Unas pocas palabras a lápiz que decían: «Te quiero,
Florrie». Y luego, más abajo, medio tachado con una línea apenas visible, un
mensaje: «Reúnete conmigo junto al tejo del jardín».
—Hay un tejo al fondo del jardín —admitió Mrs. Riversedge.
—Eso, al menos, demuestra que dice la verdad —comentó
Clovis.
—¡Y pensar que un escándalo así esté teniendo lugar bajo
mi propio techo! —dijo indignada Mrs. Riversedge.
—Me pregunto por qué será que los escándalos siempre
parecen mucho peores de lo que en realidad son cuando tienen lugar bajo un
techo —dijo Clovis—. Si ello es así, debe de ser cierto lo que siempre he
pensado de los gatos: que demuestran tener mayor delicadeza que las personas
por el simple hecho de que arman la mayoría de sus escándalos encima de los
tejados y no debajo de ellos.
—Ahora que caigo —continuó diciendo Mrs. Riversedge—, hay
cosas acerca de Mr. Brope que nunca he sido capaz de explicarme. Sus ingresos,
por ejemplo. Gana tan sólo doscientas libras anuales como editor del Cathedral
Monthly, y yo sé de buena tinta que todos los que trabajan en dicha publicación
son en realidad bastante pobres. Además, que se sepa, él no tiene ningún
negocio privado. Y a pesar de todo se las arregla para costearse un apartamento
en Westminster, y todos los años viaja al extranjero para visitar Brujas y
otras ciudades por el estilo. Además, siempre va muy bien vestido, y de vez en
cuando da unas fiestas verdaderamente magníficas. Y uno no puede hacer todas
esas cosas si no cobra más que doscientas libras al año, ¿verdad?
—A lo mejor escribe también para otras publicaciones
—preguntó Mrs. Troyle.
—No, seguro que no. Siendo un hombre que escribe sólo
sobre temas tan específicos como la liturgia o la arquitectura de los edificios
religiosos, su campo de actuación resulta por fuerza bastante restringido. Una
vez intentó publicar en el Sporting and Dramatic un artículo sobre las iglesias
construidas en localidades famosas por la afición de sus habitantes a la caza,
pero rechazaron su estudio porque no lo consideraron de interés general. No, la
verdad es que no veo cómo puede costearse el estilo de vida que lleva
simplemente con las cosas que escribe.
—A lo mejor se dedica también a falsificar catedrales y
demás edificios religiosos para venderlos posteriormente a turistas fanáticos
—sugirió Clovis.
—¿Cómo puede nadie falsificar y vender catedrales? —dijo
Mrs. Riversedge—. Eso es imposible. Desde luego, querido, tienes unas cosas…
—Haga lo que haga para ganarse la vida —interrumpió Mrs.
Troyle—, a lo que no quiero que se dedique en sus ratos de ocio es a cortejar a
mi doncella.
—Desde luego que no —asintió su anfitriona—. Debemos
ponerle fin a esa situación enseguida. Lo que ocurre es que no tengo ni la
menor idea de cómo deberíamos actuar.
—¿Por qué no ponen una alambrada alrededor del tejo como
medida de precaución? —dijo Clovis.
—No creo que la situación tan desagradable a la que nos
enfrentamos se vea en modo alguno favorecida por tus bromitas, querido —dijo
Mrs. Riversedge—. No olvides que estamos ante algo muy serio. No en vano, una
buena doncella es un auténtico tesoro.
—Sin lugar a dudas. Yo, por mi parte, no sé lo que haría
sin Florinda —confesó Mrs. Troyle—. Ella, por poner un ejemplo, ha sido la
única que ha llegado a entender mi pelo. Incluso yo misma, tras muchos años
intentando domarlo y arreglarlo, hace ya mucho tiempo que me di por vencida.
Para mí, el pelo es como un marido: mientras en público se comporte con
corrección, da igual lo mal que una se lleve con él en privado. Así que… ¡Vaya!
¿No es eso que se oye la campana que anuncia la hora de comer?
Después de la comida, Septimus Brope y Clovis pudieron
disfrutar del salón de fumar para ellos solos. No obstante, mientras el primero
parecía nervioso y preocupado, el otro se dedicaba a observar en silencio a su
compañero.
—¿Sabe usted qué es un «corro»? —preguntó de repente
Septimus Brope—. No me refiero a un grupo de gente formando un círculo. Por
supuesto, yo ya sé lo que es eso. Pero ¿no hay un pájaro cuyo nombre suena muy
parecido a «corro»?
—Me imagino que se referirá usted a un loro. Sí, «loro»,
como suena. Con una sola «r» —se burló Clovis con pereza—. Claro que, si es eso
lo que usted busca, no se lo aconsejo.
Septimus Brope lo miró asombrado.
—¿Qué quiere usted decir con que no me lo aconseja?
—preguntó con cierto desasosiego en la voz.
—Quiero decir que no rima con «Florrie» —explicó Clovis en
pocas palabras.
Septimus dio un respingo en su silla y abrió mucho los
ojos en una inequívoca señal de alarma.
—¿Cómo… cómo lo ha adivinado usted? Quiero decir… ¿Cómo ha
llegado a saber usted que estaba buscando una palabra que rimara con «Florrie»?
—preguntó bruscamente.
—No lo sé —dijo Clovis—. Simplemente lo he supuesto. En
cuanto me di cuenta de que pretendía usted relacionar dos cosas tan dispares
como un corro de gente y un loro, se me ocurrió pensar que debía de estar
ocupado en componer un soneto. Y, como no podía ser menos, me imaginé que debía
de tratarse de un soneto de amor en el que seguramente apareciese un nombre de
mujer. Y de todos es sabido que no hay nombre de mujer que encaje mejor en un
soneto que Florrie.
Septimus, todavía nervioso, miró atentamente a Clovis.
Aquella absurda explicación no parecía haberlo dejado muy convencido.
—Me parece a mí que usted sabe mucho más de lo que está
dispuesto a reconocer —dijo.
Clovis se rió suavemente pero no dijo nada.
—Dígame, ¿qué es lo que sabe? —preguntó Septimus con
evidentes signos de desesperación.
—Bueno, sé lo de la cita junto al tejo del jardín —dijo
Clovis.
—¡Aja! Conque era eso, ¿eh? ¡Lo sabía! Estaba seguro de
haberlo perdido en algún sitio. Pero sin duda usted debía de estar al corriente
de todo desde antes. De acuerdo, de acuerdo. Ahora escúcheme bien. Ha
descubierto usted mi secreto. Pero no irá a delatarme, ¿verdad? Aunque no he
hecho nada de lo que deba sentirme avergonzado, estoy seguro de que si se hace
público que llevo tiempo dedicándome a hacer ese tipo de cosas, mis días como
editor del Cathedral Monthly están contados. ¿Comprende lo que le quiero decir?
—Bueno, yo… —comenzó a decir Clovis.
—Tenga en cuenta que llego a ganar bastante dinero de esa
manera —prosiguió Septimus—. Y que nunca podría permitirme el estilo de vida
que llevo solamente con lo que gano como editor del Cathedral Monthly.
Para entonces Clovis estaba aún más perplejo de lo que
Septimus había llegado a estar antes, al principio de aquella conversación.
Pero, afortunadamente, era también más diestro a la hora de disimular su
sorpresa.
—¿Se refiere usted a que está sacando mucho dinero de…
Florrie? —preguntó.
—De Florrie todavía no —respondió Septimus—. De hecho, no
me importa confesar que en realidad estoy teniendo bastantes problemas con
ella. Pero por ahora eso no me preocupa. Afortunadamente tengo muchas otras.
El cigarrillo que Clovis tenía en los labios se apagó de
golpe.
—¡Vaya! Eso sí que es muy, pero que muy interesante —dijo
lentamente con un hilo de voz.
Unos segundos más tarde, cuando oyó las siguientes
palabras de Septimus Brope, la luz de la comprensión se abrió por fin camino en
su cabeza.
—Es la verdad. Tengo muchas más. Montones de ellas, como
por ejemplo:
Cora, de tus labios de coral
ya nada podrá separarme.
»Ésa fue una de mis primeras canciones. Y también uno de
mis primeros éxitos. Y a pesar del tiempo que ha pasado desde entonces todavía
me sigue dando dinero gracias a los derechos de autor. Luego están también “La
primera vez que vi a Esmeralda” o “Me encanta complacerte, hermosa Teresa”, que
llegaron a ser tremendamente populares. Y luego —continuó diciendo Septimus
poniéndose de repente rojo como el carmín— hay otra que es francamente
horrorosa pero que, curiosamente, es la que más dinero me ha hecho ganar:
Mi alegre y querida Lucy,
adoro tu naricilla respingona.
«Como es natural, las aborrezco profundamente a todas.
Tanto he llegado a detestarlas que últimamente estoy empezando a convertirme en
un verdadero misógino por culpa de ellas. Pero soy incapaz de ignorar el
aspecto económico de todo el asunto. Además, como sin duda alguna podrá usted
comprender, la posición que ocupo y la reputación de la que disfruto como
autoridad en materias tan solemnes como la arquitectura religiosa y las
cuestiones referentes a la liturgia se verían muy seriamente afectadas, por no
decir completamente arruinadas, si de repente se descubriese que soy el autor
de “Cora, la de los labios de coral” y muchas otras canciones.
Clovis, una vez superada la primera sorpresa, preguntó en
tono cordial, aunque sin poder evitar un ligero balbuceo, qué era lo que
ocurría con «Florrie».
—Por mucho que lo intento, no consigo darle una forma
lírica que resulte convincente —gimió Septimus—. Verá usted: para que una
canción tenga éxito hay que conjugar siempre los cumplidos más sensibleros y
empalagosos que puedan concebirse con unas cuantas rimas pegadizas. Además, hay
que hablar de alguna experiencia afortunada que uno haya tenido anteriormente
con una mujer o, de lo contrario, dedicarse a predecir la felicidad de la que
disfrutará con ella en el futuro. El resultado puede ser, por ejemplo, algo
así:
Mi pequeña y delicada Mavis
tiene unos gustos tan refinados
que algún día, cuando sea rico,
me dedicaré a colmarla de regalos.
»Esta estrofa, junto a otras muchas, acabó convirtiéndose
en la letra del vals más cursi y detestable que he oído nunca. Pero, a pesar de
todo, durante meses enteros no se cantó ni se tarareó otra cosa en ciudades
importantes como Blackpool.
En aquel momento todo el autocontrol que Clovis se había
esforzado por mantener se vino abajo de repente.
—Le ruego que disculpe mi sorpresa —acertó a decir—, pero,
a pesar de haber oído lo que acaba usted de decirme, no puedo evitar recordar
la insoportable solemnidad de aquel artículo suyo que tan amablemente nos leyó
usted anoche, en el que nos hablaba de la iglesia copta y sus relaciones con el
primitivo culto cristiano. Le recuerdo a usted entonces y le veo a usted ahora
y… Es como si fueran dos personas completamente distintas. Septimus profirió un
gemido.
—Entonces, ¿entiende por fin lo que estoy intentando
decirle? —dijo—. En cuanto la gente se entere de que soy el autor de todas esas
miserables y estúpidas canciones, todo el respeto que siempre se han merecido
los trabajos serios a los que he dedicado toda mi vida desaparecerá de golpe.
Me atrevería a decir que sé más que nadie en este mundo acerca de monumentos
conmemorativos. De hecho, espero tener la oportunidad de publicar algún día mi
propio manual sobre el tema. Pero eso sería completamente imposible si todo el
mundo, nada más verme, me reconociera y me señalase por todas partes como el
hombre cuyas absurdas canciones han sido cantadas por todo el país. ¿Podría
usted llegar a imaginarse lo mucho que odio a Florrie mientras me devano los
sesos buscando palabras que rimen con ella?
—¿Y por qué no opta usted por dar rienda suelta a sus
sentimientos? Quiero decir, ¿por qué no ser despiadadamente grosero? Una
canción poco o nada halagadora podría sorprender a todo el mundo gracias a su
originalidad, y seguro que sería un éxito inmediato si dice usted las cosas sin
rodeos, con franqueza.
—Pues… la verdad es que nunca se me había ocurrido hacer
algo así —dijo Septimus—. Mucho me temo que he acabado acostumbrándome a
escribir siempre lo mismo. Tanto que todos esos halagos cursis y empalagosos se
han convertido para mí en un verdadero hábito. A estas alturas sería incapaz de
cambiar mi estilo.
—No necesita usted cambiar su estilo ni mucho menos —dijo
Clovis—. Lo único que tiene que hacer es cambiar su punto de vista, pero sin
apartarse de todas esas estupideces a las que dice usted que está tan
acostumbrado. Si le parece, podemos hacer un trato. Usted escriba las estrofas
y yo me encargaré del estribillo, que es, a mi parecer, lo verdaderamente
importante de una canción. En lo que respecta a los derechos de autor iremos a
medias. Por lo demás, le prometo que mantendré en silencio su secreto. Así,
ante el mundo seguirá usted siendo el hombre que ha consagrado toda su vida a
estudiar la arquitectura religiosa y los rituales bizantinos.
La única diferencia estará en que de vez en cuando,
durante los largos atardeceres del invierno, mientras el viento aulle
lúgubremente en el exterior y la lluvia azote los cristales de las ventanas, me
acordaré de usted como el autor de «Cora, la de los labios de coral».
Naturalmente, si como muestra de gratitud por mi silencio le apeteciera a usted
llevarme de vacaciones (las cuales, créame, necesito urgentemente) al Adriático
o a algún otro lugar de interés con todos los gastos pagados, a este humilde
servidor suyo nunca se le ocurriría declinar su invitación.
Algo más tarde, Clovis encontró a su tía y a Mrs.
Riversedge paseando tranquilamente por el jardín.
—He hablado con Mr. Brope acerca de Florrie —les anunció.
—¡Oh, magnífico! ¿Y qué ha dicho? —se apresuraron a decir
a coro las dos.
—La verdad es que se mostró completamente sincero conmigo
en cuanto se dio cuenta de que había descubierto su secreto —dijo Clovis—.
Parece ser que sus intenciones, a pesar de estar un poquito fuera de lugar,
eran bastante serias. Yo intenté hacerle ver lo impropio de su proceder. Él,
por su parte, me pidió que le comprendiera. Parecía convencido de que Florinda
no dudaría en disculpar sus métodos. Sin embargo, cuando le señalé que
probablemente hay docenas de jovencitas inglesas sensibles y delicadas que serían
capaces de entender sus métodos mientras que Florinda es la única persona en
este mundo capaz de entender el pelo de mi tía, pareció cambiar de opinión. En
realidad, si uno sabe cómo tratarlo, no es mal tipo. Cuando, durante la
conversación, le hice recordar hábilmente los felices días de su infancia en
Leighton Buzzard, se conmovió tanto que enseguida me di cuenta de que lo tenía
a mi merced. Así que aproveché el momento para conseguir de él lo que quería.
Me dio su solemne palabra de que se olvidaría por completo de Florinda. Incluso
me comentó que se iría de viaje al extranjero para distraerse y cumplir así más
fácilmente su promesa. Yo, por mi parte, he decidido acompañarle hasta Ragusa.
Para que no se sienta muy solo, ya me entienden. Así que, si mi tía, aquí
presente, tuviese por casualidad el detalle de regalarme un bonito alfiler de
corbata (que yo, naturalmente, elegiría a mi gusto) en prueba de reconocimiento
por el apreciable favor que le he hecho, a este humilde servidor suyo no se le
ocurriría rechazarlo. Al fin y al cabo, yo no soy de los que piensan que por el
simple hecho de hallarse en suelo extranjero deba uno andar por ahí vestido de
cualquier manera.
Unas cuantas semanas más tarde, tanto en Blackpool como en
otras muchas ciudades en las que la gente es aficionada a cantar a cualquier
hora, se oía por todas partes el siguiente estribillo:
Qué aburrido me tienes, Florrie,
con tus tristes ojos azules;
pero te daré tu merecido
si termino casándome contigo.
Y aunque no soy exigente,
te juro que una cosa haré:
te tiraré atada al río
si termino casándome contigo.
UNA MERA CUESTIÓN SENTIMENTAL
A pesar de que era la víspera de la gran carrera, ninguno
de los invitados que gozaban de la hospitalidad de Lady Susan había realizado
ni una sola apuesta. Lo cual no era de extrañar, pues, no en vano, aquélla
estaba siendo una de esas temporadas extrañas en las que, cuando un caballo
predominaba en el mercado de las apuestas, lo hacía no porque se creyese que su
superioridad fuese aplastante, sino porque era extremadamente difícil escoger
cualquier otro candidato en el que depositar esperanzas. Por ello, si en
aquella ocasión Peradventure II era el caballo favorito, no lo era porque el
público creyese en sus cualidades, sino por la escasa o nula confianza que
inspiraba cada uno de sus mediocres rivales. Con el único fin de decidir dónde
invertir su dinero, los mejores cerebros del mundo de las apuestas se afanaban
sin descanso en la búsqueda de posibles méritos allí donde las inteligencias
más corrientes no veían nada especial. De igual manera, los invitados que se
habían dado cita bajo el techo de Lady Susan se hallaban poseídos por esa misma
incertidumbre que llevaba meses haciendo mella en círculos más amplios y
expertos.
—Una carrera como ésta, en la que no hay ningún favorito
claro, es la ocasión perfecta para dar un golpe maestro —dijo Bertie van Tahn.
—Sin duda alguna. Pero la pregunta clave es: ¿a qué
caballo apostar? —preguntó Clovis por enésima vez.
Las mujeres estaban tan interesadas e indecisas en la
cuestión como los hombres. Incluso la madre de Clovis, que por lo general se
mantenía bien informada de todo lo referente a las carreras gracias a su
modista, confesó que en aquella ocasión se encontraba completamente
desorientada. El coronel Drake, un profesor que enseñaba Historia Militar en
una pequeña academia, era el único que tenía un pronóstico definido para la
carrera. No obstante, como su elección variaba a cada hora, resultaba poco de
fiar y completamente inútil como fuente de inspiración para las apuestas de los
demás.
Pero en realidad la mayor dificultad de todas era que en
casa de Lady Susan un problema como ése sólo podía ser discutido a ratos
sueltos y de manera completamente clandestina, pues la dueña de la casa no veía
con buenos ojos las carreras de caballos. Claro que, a decir verdad, Lady Susan
veía con malos ojos muchas cosas. Algunos llegaban incluso a decir que lo veía
casi todo negro. De hecho, la censura era para ella lo que la neuralgia o la
costura para muchas otras mujeres. Estaba en contra de tomar té por las
mañanas, de jugar al bridge, de practicar esquí, de bailar el pasodoble, de los
ballets rusos, de las sesiones de baile que se celebraban en el Chelsea Arts
Club, de la política francesa en Marruecos, de la política británica en todas
partes, y de un largo etcétera de eventos, modas y aficiones. Y no es que fuese
una mujer estricta o de ideas demasiado fijas en su forma particular de ver la
vida. Lo que ocurría era que había sido siempre la mayor de un gran número de
hermanos demasiado autoindulgentes cuya forma particular de autoindulgencia
había consistido en oponerse abiertamente a las debilidades de los demás.
Desgraciadamente, lo que al principio no había sido más que un pasatiempo,
creció con ella y acabó convirtiéndose en su carácter. No obstante, como además
de ser una mujer rica e influyente era también muy buena persona, a la mayoría
de la gente no le importaba demasiado perderse el té de por la mañana si era
por ella. Pero, aun así, la necesidad de cortar a toda prisa la discusión de un
tema tan apasionante como las carreras de caballos y evitar hacer la menor
referencia a ellas mientras Lady Susan estuviese cerca era una auténtica
desgracia precisamente en un momento como ése, pues podía sentirse cómo iban
pasando las horas sin que la duda dejara de ser la nota predominante.
Tras la comida, en el transcurso de la cual la
conversación discurrió de manera incómoda e inconexa, Clovis se las arregló
para reunir a la mayoría de los invitados en el rincón más alejado y solitario
del jardín con el pretexto de admirar a los faisanes. Una vez que todos
estuvieron allí, anunció que había realizado un importante descubrimiento:
Motkin, el mayordomo, que (tal y como el propio Clovis había dicho una vez)
había encanecido prematuramente durante el tiempo que llevaba al servicio de
Lady Susan, contaba entre sus muchas y excelentes cualidades un sabio interés
por todo lo relacionado con las carreras de caballos. Por lo que se refería a
la carrera del día siguiente, no tenía un pronóstico demasiado claro, pero
compartía la opinión preponderante de que lo más parecido a un favorito era
Peradventure II. No obstante, lo que en realidad infundió esperanzas en todos
los huéspedes de la casa fue el hecho de que el mayordomo tenía un primo
segundo que trabajaba como encargado en los establos de un hipódromo cercano,
lo cual le permitía obtener información privada acerca de la forma en que se
encontraba cada caballo y de las posibilidades que tenía de vencer. Sólo el
hecho de que a Lady Susan se le hubiese ocurrido la idea de invitarles a todos
ellos a pasar en su casa la última semana de mayo había impedido que Mr. Motkin
realizase una visita a su pariente para consultarle sobre la gran carrera. No
obstante, el mayordomo había asegurado que todavía tendría tiempo para ir a
verle siempre que obtuviese permiso de su señora para ausentarse aquella misma
tarde alegando alguna excusa mínimamente convincente.
—¡Menos mal que nos queda una esperanza! —exclamó Bertie
van Tahn.
—Si hay alguien en este mundo que pueda ayudarnos, seguro
que es ese primo de Motkin que trabaja en el hipódromo —dijo Mrs. Packletide,
esperanzada.
—Espero que ese hombre coincida conmigo en que el ganador,
sin duda alguna, será Motorboat —dijo el coronel Drake.
Pero en aquel momento hubo que interrumpir
precipitadamente la conversación. Lady Susan se dirigía caminando hacia ellos
cogida del brazo de la madre de Clovis, a quien le estaba confiando que
rechazaba rotundamente esa manía que le había dado a todo el mundo por tener un
perro pequinés. Aquélla era la tercera cosa que la señora de la casa encontraba
censurable desde la hora de la comida, y eso sin tener en cuenta el permanente
disgusto, que prefería mantener prudentemente en silencio, que le causaba la
manera en que la madre de Clovis llevaba arreglado el pelo.
—Hemos estado admirando sus faisanes —dijo Mrs.
Packletide, melosa.
—¿Mis faisanes? Pero si esta misma mañana se los han
llevado a todos a una exposición que se celebra en Nottingham —dijo Lady Susan
con el aire de quien desaprueba profundamente las pequeñas mentiras.
—Bueno… quiero decir… la casa en la que viven los
faisanes. Tienen una jaula verdaderamente encantadora. Y está todo tan limpio
que da gusto verlo —continuó diciendo Mrs. Packletide cada vez con mayor
entusiasmo, mientras el odioso Bertie van Tahn murmuraba oraciones para que
ella no acabase atrapada en la maraña de sus propios embustes.
—Espero que no les importe que esta noche la cena se
retrase un cuarto de hora —dijo Lady Susan—. Esta tarde Motkin ha recibido un
aviso urgente para ir a ver a un pariente suyo que se encuentra enfermo. Quería
ir a verle en bicicleta, pero yo misma le he obligado a ir en coche.
—¡Qué detalle de su parte! En cuanto a la cena, ni que
decir tiene que no nos importa que se demore un poco aseguró un coro de voces
con unánime sinceridad.
Aquella noche, a la hora de la cena, una auténtica
avalancha de miradas inflamadas de curiosidad no hacía más que dirigirse una y
otra vez hacia el semblante impasible de Motkin. Uno o dos de los invitados
tenían incluso la esperanza de encontrar un pedazo de papel escondido bajo sus
respectivas servilletas en el que supuestamente figuraría el nombre elegido por
el primo del mayordomo. No obstante, ninguno de ellos tuvo que esperar mucho.
Cuando llegó el momento de servir las bebidas, Motkin se acercó a la mesa para
preguntarle a cada uno de los comensales lo que les apetecía beber. Al pasar
junto a Mrs. Packletide, el mayordomo le preguntó: «Jerez?», y luego, en voz
más baja, añadió misteriosamente: «Puro veneno». Al oír aquello, Mrs.
Packletide, alarmada, dio un respingo y se negó rotundamente a probar el jerez.
Había algo decididamente siniestro en aquella sugerencia que acababa de hacerle
el mayordomo, como si la dueña de la casa se hubiera convertido de repente en
una adicta a las nefastas costumbres de los Borgia. Para alivio suyo, alguien
le explicó poco después que «Puro Veneno» era el nombre de uno de los caballos
que participaban en la gran carrera. Cuando miró a su alrededor, pudo ver que
Clovis, disimuladamente, estaba escribiendo aquel nombre en el puño de su
camisa y que el coronel Drake, por su parte, le decía por señas o en voz baja a
todo el mundo que él, naturalmente, ya se había imaginado que el nombre del
caballo ganador se correspondería con las iniciales P. V.
A la mañana siguiente, siendo aún muy temprano, partió
camino de la ciudad una buena cantidad de telegramas en los que se recogían las
apuestas tanto de los invitados como de los criados de la casa.
Aquella tarde llovió, por lo que los huéspedes de lady
Susan, viendo que tendrían que permanecer en la casa, decidieron reunirse en el
vestíbulo para compartir su impaciencia. De no ser porque era todavía demasiado
temprano hubiese dado la impresión de que esperaban hambrientos la hora del té.
Cuando, poco después, llegó un telegrama a la casa, se produjo una gran
expectación que a punto estuvo de volverlos histéricos a todos. Asustado al ver
tantos rostros demudados por la ansiedad, el mensajero que le había entregado
el telegrama a Clovis estuvo a punto de echar a correr sin esperar la posible
respuesta.
Con manos temblorosas, Clovis tomó el mensaje, lo leyó y
lanzó una exclamación de fastidio.
—Espero que no se trate de malas noticias —dijo Lady Susan
mientras todos los demás se daban cuenta de que la noticia no era precisamente
buena.
—No es más que el resultado de la carrera —masculló—. Ha
ganado Sadowa, un caballo con el que nadie contaba.
—¿¡Sadowa!? —exclamó Lady Susan—. ¡No me digas! ¡Es
increíble! Y eso que no es más que la primera vez que apuesto por un caballo en
las carreras. De hecho, detesto las carreras de caballos, pero para una vez en
la vida que me juego dinero en una, resulta que he ganado. No está nada mal.
—¿Me permite una pregunta, Lady Susan? —dijo Mrs.
Packleti— de en medio de un completo silencio—. ¿Por qué apostó usted por ese
caballo en particular? Ni un solo experto le atribuía la más mínima oportunidad
de victoria.
—Bueno —dijo Lady Susan—, aun a riesgo de que se rían
ustedes de mí, debo confesar que fue el nombre lo que me atrajo. Les explicaré
por qué. De una u otra manera mi vida se ha visto siempre ligada a la guerra
franco–germana. Me casé el mismo día en que ésta se declaró, y mi hijo mayor
nació el día en que se firmó la paz que le puso fin. Por ello, cualquier cosa
que se encuentre conectada con dicha guerra ha despertado siempre mi interés.
Así que, cuando me enteré de que uno de los caballos que participaba en la
carrera se llamaba igual que una de las batallas que se libraron en la guerra
franco–germana, me dije que, a pesar de ser una mortal enemiga de las carreras,
por una vez en la vida tenía que apostar dinero por un caballo. Y ahora resulta
que he ganado.
Hubo un gruñido general. Pero nadie gruñó con tanto
desaliento como el profesor de Historia Militar[1].
[1] La batalla de Sadowa, en la que el ejército prusiano
infligió una aplastante derrota a los austríacos, pertenece a la guerra
austro–prusiana (1866), también llamada de las “siete semanas”, y no a la
franco–germana
EL POEMA
De las dos partes en las que se encontraban divididos los
baños turcos, Clovis se hallaba sentado en la que más calor hacía, alternando
momentos de una inmovilidad absoluta durante los cuales parecía una estatua con
otros de frenética actividad en los que se dedicaba a escribir con una
estilográfica en las páginas de un pequeño cuaderno.
—No se te ocurra interrumpirme con tus típicas
impertinencias —le advirtió a Bertie van Tahn cuando éste se dejó caer
blandamente en una silla cercana y miró a Clovis dando muestras evidentes de
querer entablar conversación—. Estoy muy ocupado escribiendo unos versos
inmortales.
Bertie pareció interesado.
—¿Sabes una cosa? —dijo con un tono cargado de ironía—. Si
algún día te conviertes de veras en un poeta famoso, tal y como estás ahora,
casi desnudo, podrías llegar a ser una ayuda inestimable para cualquier
retratista actual. Y si por cualquier motivo a dicho artista le prohibiesen
exponer un comprometedor retrato tuyo titulado, por ejemplo, «Mr. Clovis
Sangrail trabajando desnudo en la redacción de su último poema», espero, por el
bien del Arte, que al menos pueda contar contigo para los bocetos de algún cuadro
que podría llevar por título, por ejemplo, «Orfeo desnudo paseando por Jermyn
Street». ¿Qué te parece? Los artistas actuales están siempre quejándose de que
las ropas modernas les impiden estudiar con detalle el cuerpo humano. Pero tú,
en cambio, con tan sólo una toalla y una estilográfica encima… Bueno, podrías
resultarles de gran ayuda, ¿no crees?
—En realidad la responsable de que yo esté escribiendo
esto no es otra que Mrs. Packletide —dijo Clovis sin hacer el menor caso de
aquella especie de camino hacia la fama que Bertie van Tahn le mostraba—.
Verás, a Loona Bimberton le publicaron un poema titulado «Oda al Amanecer» en
New Infancy, una revista literaria que ha empezado a editarse hace muy poco.
Cuando leyó el poema, Mrs. Packletide le dijo a Loona: «Te felicito por tu
poema, querida. Aunque, desde luego, cualquiera hubiera sido capaz de escribir
un poema como ése, sólo a ti se te hubiera ocurrido enviarlo a una revista como
ésa». Loona le replicó que escribir un poema es algo extremadamente difícil,
con lo que parecía dar a entender que en realidad la poesía es un terreno
reservado tan sólo para unos pocos elegidos. Así que, en fin, como Mrs.
Packletide se ha portado bien conmigo en tantas ocasiones que ha acabado
convirtiéndose para mí en una especie de sanatorio financiero (ya me entiendes:
me ha sacado de mil apuros económicos, los cuales, para ser sinceros, en mí son
bastante frecuentes), y como, además, a Loona Bimberton no la necesito para
nada, decidí meterme por medio y le dije a esta última que, si me ponía a ello,
yo era capaz de escribir poemas mejores que el suyo como quien escribe su
propio diario. Loona insistió en que yo no era capaz. Y yo, por mi parte,
insistí en que sí. Así que hicimos una apuesta. Una apuesta que, entre tú y yo,
creo que no voy a tener ninguna dificultad en ganar. Naturalmente, una de las
condiciones de la apuesta es que el poema tiene que ser publicado en alguno de
los periódicos locales. Lo malo es que como Mrs. Packletide se ha ganado el
aprecio del editor del Smoky Chimney a base de pequeños detalles y favores (ya
me entiendes), si no consigo escribir algo que raye al menos en el nivel medio
de la poesía que se escribe actualmente, lo voy a tener un poco complicado.
Pero, no obstante, como hasta ahora escribir me está resultando bastante más
fácil de lo que yo esperaba, estoy empezando a pensar que yo mismo debo de ser
uno de los elegidos.
—¿Y no crees que hoy, con la hora que es, ya es un poquito
tarde para ponerte a escribir precisamente una oda al amanecer? —dijo Bertie en
un nuevo arranque de ironía.
—Puede ser —repuso Clovis con paciencia—. Pero da la
casualidad de que lo que estoy escribiendo no es una oda al amanecer, sino una
especie de himno que he decidido titular «Canto a Durbar», algo que uno podrá
leer en cualquier momento del día, sin importar lo tarde o lo temprano que sea.
—Ahora comprendo por qué has elegido un lugar como éste
para escribir —dijo Bertie van Tahn con el aire de quien acaba de desentrañar
un verdadero misterio—. Quieres reproducir la temperatura de un lugar como
Durbar, ¿no es cierto?[1]
—Si he venido aquí ha sido para evitar que los deficientes
mentales como tú no hagan más que interrumpirme a cada momento —dijo Clovis—.
Pero empiezo a pensar que hasta eso era pedir demasiado.
Bertie van Tahn se dispuso a utilizar su toalla como arma
de precisión, pero tras pensar fugazmente que él no se hallaba precisamente a
cubierto estando desnudo en aquel sitio cerrado, y que Clovis, además de su
correspondiente toalla, contaba también con la ayuda de una estilográfica de
punta bastante afilada, optó por relajarse y recostarse ligeramente en su
silla.
—¿Y sería posible escuchar algunos fragmentos de esa obra
tuya tan inmortal? —preguntó poco después—. Te prometo que nada de lo que oiga
ahora me influirá a la hora de comprar (o no comprar) un ejemplar del Smoky
Chimney cuando el poema aparezca finalmente publicado.
—Leértelo sería como regar en el desierto —observó Clovis
sonriendo—, pero a pesar de todo no tengo inconveniente en leerte alguna que
otra estrofa. El poema comienza con la dispersión de los personajes
principales:
De regreso a sus hogares en las cumbres del Himalaya,
los pálidos y extenuados elefantes de Cutch Behar
avanzan como enormes galeones por un mar en calma…
—No creo que exista ningún lugar llamado Cutch Behar cerca
del Himalaya —le interrumpió Bertie—. Deberías tener un atlas a mano cuando
escribas ese tipo de cosas. A propósito, ¿por qué los elefantes tienen que
estar precisamente pálidos y extenuados?
—Pues porque están exhaustos. Subir a las cumbres del
Himalaya debe de resultar una empresa agotadora, ¿no crees? —dijo Clovis—. Y lo
que he dicho es que los elefantes tienen su hogar en el Himalaya, no que Cutch
Behar se encuentre en el Himalaya. Supongo que es perfectamente posible tener
elefantes del Himalaya en Cutch Behar, de la misma manera que pueden
encontrarse caballos irlandeses en las carreras de Ascot.
—Pero tú has dicho que esos elefantes iban de regreso al
Himalaya. ¿Por qué? —objetó Bertie.
—Bueno, es algo de lo más natural que la gente los envíe a
casa de vacaciones para que se recuperen después de tanto trabajo. Allí es muy
típico dejar a los elefantes sueltos por las colinas. Es algo similar a lo que
ocurre en este país cuando dejamos a los caballos sueltos en el prado para que
pasten a sus anchas.
Clovis se sintió orgulloso de haber inyectado algo de
cultura sobre las maravillas del lejano Oriente en medio de la vasta ignorancia
de su amigo.
—¿Y todo el poema va a ser en verso libre? —preguntó aquel
remedo de crítico.
—Desde luego que no. «Durbar» viene al final del cuarto
verso de la estrofa.
—¿Y eso es una rima? Así se explica que hayas tenido que
recurrir a terminar el segundo verso con «Cutch Behar».
—La relación entre los nombres geográficos y la
inspiración poética es mucho mayor de lo que generalmente se reconoce. Y si no
me crees, déjame decirte que una de las principales razones por las que se han
escrito tan pocos poemas verdaderamente buenos sobre Rusia en nuestra lengua es
que es completamente imposible encontrar algo que rime con nombres como
Smolensk, Tobolsk o Minsk.
Clovis parecía hablar con la autoridad propia de quien lo
ha intentado alguna vez.
—Desde luego, Omsk rima con Tomsk —continuó diciendo—. De
hecho, da la impresión de que las dos ciudades hayan sido fundadas con ese
propósito, pero no por ello el público sería capaz de aplaudir ese tipo de
rimas indefinidamente.
—El público de hoy en día sería capaz de aplaudir
cualquier cosa —dijo Bertie con malicia—. Además, son tan pocos los que conocen
Rusia que siempre podrías recurrir a poner una nota a pie de página en la que
aclararas que las tres últimas letras de Smolensk no se pronuncian[2]. Resulta
casi tan convincente como eso que has dicho antes de que en la India dejan a
los elefantes sueltos por la cordillera del Himalaya para que pasten a su
gusto.
—También puedo leerte un fragmento bastante bonito
—prosiguió Clovis sin inmutarse— en el que describo una puesta de sol en las
afueras de un poblado perdido en la jungla:
Donde la cobra se relame con deleite contemplando el ocaso
y las panteras, sigilosas, acechan escondidas a las
cabras, el…
—Querido Clovis: en los países tropicales apenas hay
puesta de sol —interrumpió Bertie con indulgencia—. No obstante, me gusta la
maestría con la que retratas el regocijo de la cobra mientras contempla el
ocaso. Hay en ello algo extraño y misterioso. Casi puedo imaginarme a los
aterrados lectores del Smoky Chimney con las luces de sus dormitorios
encendidas y sin poder pegar ojo durante toda la noche debido a la
escalofriante incertidumbre de no saber de qué se relame exactamente la cobra.
—Las cobras se relamen continuamente por naturaleza —dijo
Clovis—. No necesitan ningún motivo especial para hacerlo. ¿O es que nunca te
has dado cuenta de que se pasan la vida sacando continuamente la lengua? Es
algo natural, igual que lo que le pasa a los lobos con el hambre. Los lobos
siempre están hambrientos, como si no tuviesen más remedio que estarlo aunque
sólo fuese por la fuerza de la costumbre. Por lo general, lo están incluso
después de haberse dado un buen atracón. Por cierto —añadió—, aquí tengo un
fragmento de mucho colorido que me gustaría leerte. En él describo un amanecer
sobre las aguas del río Brahmaputra:
El amanecer empapa de ámbar a Oriente,
lo besa con los rayos del sol
y lo cubre de manchas de oro y amatista.
Se va cerniendo, envuelto en una niebla de color opalino,
sobre la límpida esmeralda de los bosques de mangos
mientras loros de múltiples colores tiñen la bruma
de tonos escarlata, magenta y rubí.
—Bueno, yo nunca he presenciado un amanecer sobre el río
Brahmaputra —dijo Bertie—, así que no puedo juzgar si la tuya es o no es una
buena descripción. Pero lo que sí puedo confesarte es que se parece más a la
descripción del botín de un ladrón de joyas que a cualquier otra cosa. De todas
formas, eso de los loros le da al conjunto un colorido muy apropiado. Supongo
que más adelante introducirás también algún que otro tigre en la escena,
¿verdad? Un paisaje hindú parecería vacío si no apareciesen tigres por ningún
lado.
—Pues sí, sí que he metido a un tigre en el poema —dijo
Clovis rebuscando entre sus notas—. Concretamente a una tigresa. ¿Dónde se
habrá metido? ¡Aja! Aquí está:
La temible tigresa, atravesando la floresta,
lleva hasta sus ronroneantes cachorros,
que escuchan cautivados,
el cruel sonido de la muerte
que aún flota en la garganta de su presa
y que resuena por toda la jungla
como una salvaje canción de cuna
hecha a base de sangre y lágrimas.
Súbitamente, Bertie van Tahn se levantó de un salto de la
silla en la que hasta entonces había permanecido casi tumbado y se abalanzó
sobre la puerta de cristal que comunicaba con la estancia contigua.
—Creo que tu idea de la vida hogareña en la jungla es
verdaderamente espantosa —dijo desde allí—. Aquello de la cobra ya era de por
sí bastante siniestro, pero lo del cruel sonido de la muerte visitando a esos
pobres cachorritos de tigre ya es el colmo. Si vas a continuar poniéndome los
pelos de punta, creo que lo mejor será que me vaya cuanto antes a la sala de
vapor.
—Escucha unos pocos versos más —dijo Clovis—. Ellos solos
bastarían para hacer famoso a cualquier poeta:
y allá arriba, en lo más alto, está Punkah[3],
esa cristalina mezcla de agua, hielo
y nubes que parecen de azúcar.
—Casi todos los que lo lean se creerán que eso de Punkah
es alguna clase de bebida refrescante. No me extrañaría nada que incluso se
atrevieran a pedirla en algún bar —dijo Bertie antes de desaparecer envuelto en
una nube de vapor.
Poco después el «Canto a Durbar» fue publicado en el Smoky
Chimney, si bien con unos desastrosos resultados, pues resultó ser su canto del
cisne. La citada revista nunca llegó a sacar ningún otro número.
Loona Bimberton, tras negarse rotundamente a reconocer un
mínimo de calidad literaria en el poema, decidió recluirse en una casa de
reposo perdida entre las colinas de Sussex. Una aguda crisis nerviosa después
de una temporada de mucho estrés fue la explicación aceptada por todos. No
obstante, hay por ahí tres o cuatro personas que saben muy bien que nunca
llegará a recuperarse de la impresión que un día le produjo cierto amanecer
sobre el río Brahmaputra.
________________
[1] Durbar. Posible referencia a la actual región de
Burdwan, en la India. Situada en el estado de Bengala, la cruza el río Damodar.
[2] En inglés, si a la palabra “Smolensk” se le priva de
sus tres últimas letras, la palabra resultante, "smole", se convierte
en un término con el que riman muchas otras palabras inglesas.
[3] Punkah. Referencia a la actual Punakha, ciudad de
Bhután que se encuentra situada a 1.381 metros de altitud en la vertiente
suroriental del Himalaya.
LOS PERROS DEL DESTINO
A la escasa luz de una bochornosa y gris tarde de otoño,
un hombre llamado Martin Stoner caminaba pesadamente por un embarrado sendero
cuya superficie se hallaba surcada por las alargadas huellas de multitud de
carretas. Aunque a ciencia cierta ignoraba adonde conducía aquel camino, tenía
la firme convicción de que allí delante, en algún lugar, estaba el mar, y que
sus pasos le dirigían sin remisión hacia allí. Por qué se esforzaba en
continuar avanzando tan penosamente hacia dicha meta era algo que apenas hubiese
sabido explicar. A menos, eso sí, que se encontrase poseído por ese mismo
instinto suicida que impulsa al ciervo en apuros a dirigirse a la carrera hacia
un acantilado y arrojarse por él cuando los perros de caza van pisándole los
talones. Claro que, en su caso, los que le acosaban de manera tan insistente no
eran precisamente perros de caza, sino los perros del Destino. El hambre, la
fatiga y una profunda desesperación mantenían su mente tan nublada y confusa
que apenas le quedaban fuerzas para preguntarse qué impulso tan extraño era
aquel que le obligaba a seguir avanzando.
Stoner era uno de esos pobres diablos sin suerte que
parecen haberlo intentado todo para salir adelante. No obstante, una pereza
innata y un carácter poco previsor se habían confabulado repetidas veces a lo
largo de su vida para arruinar cualquier oportunidad medianamente aprovechable
de éxito. Hasta que llegó un día en que, tras darse cuenta de que ya no le
quedaba nada nuevo por intentar, decidió que ya no era capaz de aguantar por
más tiempo. La desesperación no había despertado en él ninguna reserva latente
de energía, sino que más bien le había producido un letargo mental que iba a
más conforme aumentaba su mala estrella. Sin otra cosa que las ropas que
llevaba puestas, medio penique en el bolsillo y ningún amigo o conocido a quien
recurrir, y sin la menor perspectiva de encontrar una cama para pasar la noche
o de una comida para soportar el día, Martin Stoner seguía avanzando de manera
penosa pero imperturbable por entre árboles y setos cubiertos de escarcha. De
no ser por la persistente idea de que allí, en algún lugar delante de él, se
encontraba el mar, su mente no hubiera sido más que un espacio completamente en
blanco. Hasta que poco después algo nuevo fue abriéndose paso lentamente en su
cabeza: la certeza de que tenía un hambre verdaderamente atroz.
De repente, al doblar un recodo, se detuvo ante una verja
abierta, al otro lado de la cual se extendía un amplio jardín en evidente
estado de abandono. Las señales de vida eran escasas alrededor, y la casa que
se levantaba en el extremo más alejado tenía un aspecto siniestro y muy poco
acogedor. No obstante, como estaba empezando a lloviznar, Stoner pensó que
quizá allí pudiese encontrar refugio, al menos durante un rato, y comprar un
poco de leche con la última moneda que le quedaba. Así que, tras entrar lenta y
trabajosamente en el jardín, siguió un estrecho sendero de losas de piedra que
le condujo hasta una pequeña puerta lateral. Antes de que tuviese tiempo de
llamar, la puerta se abrió y apareció en el vano un anciano encorvado y
decrépito que, tras dirigirle una rápida mirada, se hizo a un lado como para
indicarle que podía pasar.
—¿Podría entrar para ponerme a cubierto de la lluvia,
caballero? Yo… —comenzó a decir Stoner.
—Entre, señorito Tom. Faltaría más —le interrumpió de
repente el anciano—. Estaba seguro de que el día menos pensado volvería usted
con nosotros.
Stoner entró tambaleándose en la casa y permaneció allí,
de pie, mirando al otro sin llegar a comprender.
—Siéntese mientras le sirvo algo de cenar —dijo el anciano
con una emoción que hacía que su voz temblara.
Stoner sintió que sus piernas cedían a causa del cansancio
y que se hundía como un peso muerto en un sillón que el viejo le había acercado
de un empujón. Un par de minutos más tarde se encontraba devorando una cena
compuesta de carne fría, queso y pan.
—No ha cambiado usted mucho durante estos cuatro años —le
dijo el anciano con una voz que a Stoner le llegaba lejana e incoherente, como
en medio de un sueño—. Nosotros, en cambio, sí que hemos cambiado bastante. Ya
se irá dando cuenta. En este lugar ya no queda absolutamente ninguno de los que
usted conoció antes de marcharse. Nadie, excepto su anciana tía y yo mismo,
claro está. A propósito, voy a ir a anunciarle que está usted aquí. Ella no
querrá verle, pero estoy seguro de que al menos le permitirá quedarse. Durante
estos cuatro años no ha dejado de decir ni un solo momento que si usted
regresaba podría quedarse, pero que no tenía el menor deseo de ponerle los ojos
encima ni de volver a dirigirle la palabra.
El anciano puso frente a Stoner una jarra de cerveza y
desapareció cojeando por un largo pasillo. Fuera, la llovizna se había
convertido en un furioso aguacero que golpeaba violentamente contra puertas y
ventanas. Stoner no pudo reprimir un escalofrío al pensar en el aspecto que
debía de tener la orilla del mar bajo aquel verdadero diluvio y con la noche
envolviéndolo todo en su manto de oscuridad. Una vez apuradas la comida y la
cerveza, se quedó sentado, medio adormilado, esperando que regresase su extraño
anfitrión. Conforme los minutos fueron pasando en el reloj de pie que ocupaba
una esquina de la estancia, un nuevo brote de esperanza comenzó a agitarse
primero y a crecer después en su interior. Comprendió que aquello quería decir
simplemente que sus anteriores ansias de comer y de descansar durante unos
minutos se acababan de convertir en un vehemente deseo de encontrar abrigo para
toda la noche bajo aquel techo que, ahora sí, ya le iba pareciendo algo más
acogedor. Al cabo de un rato el sonido de unas pisadas que se aproximaban por
el pasillo le anunció que el anciano sirviente estaba de vuelta.
—Definitivamente, la señora no quiere verle, señorito Tom,
pero consiente en que se quede. Es la postura más acertada sabiendo que cuando
ella muera toda la granja pasará a ser de su propiedad. Me he encargado
personalmente de encender el fuego en su habitación, y las criadas han puesto
sábanas limpias en su cama. Por lo demás, nada ha cambiado allí desde que usted
se marchó. Pero a lo mejor se encuentra usted cansado y le apetece retirarse a
su cuarto ahora mismo.
Sin decir ni una sola palabra, Martin Stoner se puso
trabajosamente en pie y, precedido por aquella especie de ángel guardián, se
internó en un pasillo, subió una escalera de crujientes peldaños, recorrió otro
pasillo más y entró por fin en una amplia estancia alegremente iluminada por
las llamas de un fuego de aspecto reconfortante. No había allí más que unos
cuantos muebles que, aunque sencillos y de buena calidad, estaban algo pasados
de moda. Una ardilla disecada en el interior de una jaula y un almanaque de
cuatro años atrás eran los únicos objetos que adornaban las paredes. No
obstante, Stoner, que no tenía ojos más que para la cama, no les prestó la
menor atención y apenas tuvo paciencia para quitarse las ropas de un tirón
antes de deslizarse entre las sábanas. Al menos por el momento, los perros del
Destino parecían haberse esfumado.
Cuando la fría luz de la mañana le despertó, Stoner se
echó a reír tristemente al recordar la posición en que el azar le había puesto
la noche anterior. Sin embargo, lo primero que se le ocurrió pensar una vez
estuvo despierto del todo fue que, aprovechando el parecido que parecía tener
con el verdadero señorito de la casa, quizá pudiese robar algo de comida para
desayunar y acto seguido marcharse de allí antes de que se descubriese el
fraude en el que el destino le había situado. Al bajar las escaleras se encontró
con el anciano encorvado, quien le dijo que acababa de preparar un plato de
huevos fritos con beicon para que «el señorito Tom» desayunase. Espoleado por
aquellas palabras, se apresuró a entrar en el comedor, donde una vieja criada
de rostro avinagrado se disponía a servirle una taza de té. Cuando Stoner se
sentó a la mesa, apareció de repente un pequeño spaniel que, tras observarle
durante unos segundos, se acercó a él dando evidentes muestras de amistad.
—Es el perro de la vieja Bowker —explicó el anciano, a
quien la criada de rostro avinagrado había llamado George—. Ella le tenía a
usted un enorme cariño, por lo que cuando usted decidió marcharse a Australia,
ya nada fue lo mismo para aquella buena mujer. La pobre murió hará
aproximadamente un año, y este perro tan cariñoso es lo único que nos dejó.
A Stoner le resultó difícil lamentar aquella muerte. De
hecho, le convenía que hubiese el menor número posible de testigos que pudieran
descubrir aquella farsa.
—¿Le apetecería salir a cabalgar un rato, señorito Tom?
—fue la alarmante propuesta que le hizo inmediatamente aquel anciano—. Tenemos
un magnífico potro que da gusto montar. El viejo Biddy está empezando a hacerse
viejo, lo cual no quita que todavía sea un placer montarlo, pero el otro es más
joven y fuerte. Si lo desea, yo mismo me encargaré de que dentro de unos
minutos lo tenga usted frente a la puerta de la casa ensillado y listo para
montar.
—Pero si ni siquiera tengo traje de montar —acertó a
balbucear Stoner casi echándose a reír mientras señalaba su traje, el cual no
sólo se hallaba muy desgastado sino que además era el único que tenía.
—Señorito Tom —dijo el anciano muy serio, casi con
expresión ofendida—, todas sus cosas están tal y como usted las dejó cuando se
marchó. Sólo necesitarán un poco de aire fresco para que parezcan nuevas. Así
podrá usted salir a distraerse un rato. Montar a caballo de vez en cuando es
algo de lo más saludable. Por cierto, ya que va usted a salir déjeme advertirle
que seguramente notará que la gente de los alrededores pone mala cara al verle
pasar. Eso es porque aún no han olvidado ni perdonado lo que ocurrió. Todos
evitarán acercarse a usted, así que lo mejor que puede hacer es limitarse a dar
un paseo con su caballo y su perro. Ellos serán la mejor compañía que
encontrará ahí fuera.
El viejo George se alejó cojeando para impartir las
órdenes pertinentes. Mientras tanto, Stoner, sintiéndose más que nunca como si
estuviese inmerso en un sueño, subió al primer piso para echarle un vistazo al
ropero del «señorito Tom». Se sintió repentinamente animado, pues montar
siempre había sido uno de sus placeres preferidos. Además, el que los antiguos
conocidos del verdadero señorito no tuviesen la menor intención de acercarse a
él suponía hasta cierto punto una garantía de no ser descubierto como impostor.
Mientras se ponía unos ajustados pantalones de montar, Stoner se preguntó
distraídamente qué clase de delito habría cometido el verdadero Tom para tener
a toda la campiña en contra. Poco después el sonido impaciente y brioso de unos
cascos que golpeaban sobre la tierra húmeda interrumpió bruscamente sus
pensamientos. Su montura le esperaba frente a la puerta de la casa.
«¡Quién me iba a decir a mí que acabaría viéndome de esta
manera justo cuando menos lo esperaba!», pensaba Stoner mientras trotaba veloz
por los mismos caminos cubiertos de barro que el día anterior había recorrido
penosamente como si fuese un mendigo. No obstante, al cabo de unos minutos
decidió dejar las reflexiones a un lado y entregarse de lleno al placer de
recorrer al galope un terreno llano y cubierto de césped que corría paralelo a
la carretera. En cierta ocasión, al pasar frente a la puerta abierta de una
verja, detuvo amablemente su montura para cederle el paso a un par de carretas
que en aquel momento se disponían a entrar por allí. Al detenerse, los
muchachos que conducían las carretas tuvieron oportunidad de observarle con
atención. Luego, mientras reemprendía la marcha, Stoner pudo oír cómo sus
excitadas voces decían: «Estoy seguro de que ése era Tom Prikel. Lo he
reconocido enseguida. Debe de haber vuelto hace muy poco».
Obviamente, el parecido que había descubierto en él un
viejo decrépito al mirarlo de cerca era lo bastante bueno como para engañar a
un par de muchachos a unos pocos metros.
Durante el transcurso de aquel paseo a caballo Stoner
encontró sobradas evidencias que confirmaban la idea de que las gentes del
lugar no habían olvidado ni perdonado aquel antiguo crimen que le había legado,
gracias al azar, aquel hombre llamado Tom. Por dondequiera que pasase, iba
sembrando a su paso miradas enfurecidas, murmullos y puños que se alzaban para
amenazarle. El perro de la vieja Bowker, que corría tranquilamente a su lado,
era lo único amistoso que había en aquel mundo cargado de hostilidad.
Cuando, finalmente, desmontó frente a la puerta de la
casa, alcanzó a ver fugazmente el rostro demacrado de una anciana que le
observaba fijamente desde detrás de las cortinas de una de las ventanas del
piso superior. Sin duda alguna, aquélla debía de ser su tía adoptiva.
Durante la abundante comida que no tardaron en servirle,
Stoner tuvo tiempo de sobra para examinar las posibilidades que le ofrecía
aquella situación tan extraordinaria en la que se encontraba.
El verdadero Tom, tras cuatro años de ausencia, podía
presentarse el día menos pensado en la casa. También podía llegar una carta
suya en cualquier momento. Además, como futuro heredero de la casa, el falso
Tom podía ser requerido para firmar documentos cuando menos lo esperase, lo
cual daría lugar a una situación verdaderamente complicada de afrontar. Incluso
podía ocurrir que un día se presentase en la granja un pariente que no guardase
las distancias que su tía adoptiva se empeñaba en mantener. Todas aquellas
posibilidades suponían para él un alto riesgo de ser descubierto. Claro que,
por otro lado, si decidía abandonar, las únicas alternativas que le quedaban
eran el cielo raso y los caminos embarrados que conducían hasta el mar. En
cualquier caso, aunque fuese tan sólo temporalmente, aquella casa representaba
para él una manera de escapar de la miseria. Llevar una granja era una de las
muchas cosas que había «intentado» en la vida, por lo que se hallaba dispuesto
a trabajar duramente a cambio de todas aquellas muestras de hospitalidad a las
que tan poco derecho tenía.
—¿Le apetecen unas chuletas de cerdo para cenar? —le
preguntó la vieja criada de rostro avinagrado mientras quitaba la mesa.
—Sí, naturalmente. Y, si es tan amable, haga el favor de
añadirles unas cebollas —respondió Stoner. Aquélla había sido la única vez en
su vida que había tomado una decisión con rapidez. Al hacerlo, se dio cuenta de
repente de que tenía la firme intención de quedarse.
Stoner decidió habitar estrictamente aquellas partes de la
casa que parecían haberle sido asignadas por una especie de tácito acuerdo de
delimitación. Cuando participaba en los trabajos de la granja, se portaba como
si fuese uno más de cuantos recibían las órdenes y no como el que las daba. El
viejo criado George, el caballo y el perro que había sido de la vieja Bowker
eran su única compañía en un mundo que, por lo demás, resultaba silencioso y
hostil. De la dueña de la granja no volvió a ver el menor rastro. En cierta
ocasión, sabiendo que ella había salido para acudir a la iglesia, hizo una
visita furtiva al salón principal de la casa con el propósito de averiguar algo
de aquel joven cuyo lugar había usurpado y cuya mala reputación pesaba ahora
sobre sus hombros. Aunque de las paredes de la estancia colgaba una gran
cantidad de fotografías cuidadosamente enmarcadas, aquel rostro que buscaba
para compararlo con el suyo no se veía por ningún lado. Por fin, tras mucho
rebuscar, dio con un álbum medio escondido en las estanterías de un rincón en
el que había una serie de retratos que alguien se había encargado de reunir
bajo el simple título de «Tom». En él, Stoner pudo ver la imagen de un niño
regordete de dos o tres años vestido con algo que parecía un hábito, la de un
desgarbado chico de unos doce años que llevaba en la mano un bate de criquet al
que no parecía tenerle mucho apego, la de un apuesto mozalbete que rondaría los
dieciocho años y que llevaba el pelo peinado con la raya en medio, y,
finalmente, la de un joven de expresión algo hosca y temeraria. Stoner observó
atentamente aquel último retrato. El parecido que tenía con aquel joven era
verdaderamente innegable.
A lo largo de los días posteriores, intentó una y otra vez
tantear con preguntas premeditadas al viejo George, quien por cierto era un
hombre dispuesto siempre a charlar sobre cualquier tema, para averiguar algo
acerca de la ofensa que lo mantenía completamente aislado como si se tratase de
una criatura maligna destinada a ser rechazada y odiada para siempre por toda
la Humanidad.
—¿Qué dice de mí la gente de los alrededores? —le preguntó
un día mientras regresaban a casa después de dar un paseo.
El anciano sacudió la cabeza.
—Todos siguen profundamente resentidos con usted. Lo cual
no es de extrañar, pues se trata de una historia muy triste. Triste de verdad.
Pero Stoner nunca fue capaz de sacarle ni una sola palabra
que resultase mínimamente esclarecedora.
Cierto frío y despejado atardecer de invierno, unos pocos
días antes de Navidad, Stoner se hallaba de pie en un rincón del huerto cercano
desde el que se dominaba una amplia y magnífica vista de la campiña.
Diseminados por aquí y por allá, podía contemplar los temblorosos guiños de las
luces de todos aquellos hogares en los que el bullicio y la alegría propios de
tales fechas comenzaban ya a dejarse notar. Mientras tanto, a sus espaldas se
levantaba aquella lúgubre y silenciosa granja en la que nunca se oía una risa y
en la que incluso una pelea hubiese parecido algo alegre. Justo cuando se
volvía para contemplar la enorme fachada gris de aquella casa tan sombría, se
abrió una puerta por la que salió apresuradamente el viejo George. Stoner oyó
que le llamaba por su falso nombre con una especie de ansiedad contenida.
Enseguida se dio cuenta de que algo había ocurrido, con lo que aquel refugio se
vio de repente convertido a sus ojos en un lugar de bullicio y ajetreo del que
temió tener que separarse.
—Señorito Tom —le dijo el viejo bajando la voz hasta un
ronco susurro—, debe usted marcharse de aquí inmediatamente y permanecer oculto
durante unos días. Michael Ley ha regresado al pueblo y anda por ahí jurando
que le pegará un tiro en cuanto le vea. Estoy seguro de que lo hará porque
siempre fue un tipo vengativo y sanguinario. Así que váyase cuanto antes,
escápese en mitad de la noche. Sólo será durante una semana, aproximadamente,
pues él no podrá quedarse mucho tiempo en el pueblo.
—Pero, ¿adónde voy a ir? —balbuceó Stoner, que se había
contagiado del evidente terror que invadía al viejo.
—Siga la línea de la costa sin detenerse. Cuando llegue a
Punchford, escóndase bien allí. En cuanto Michael se vaya del pueblo, yo mismo
me dirigiré a caballo a Punchford. Cuando vea usted el caballo instalado en las
cuadras de una taberna llamada «El Dragón Verde», ésa será la señal de que ha
pasado el peligro y de que puede usted regresar a casa.
—Pero… —comenzó a decir Stoner.
—¡Vamos, vamos! El dinero no es problema —dijo el viejo—.
La señora, que está de acuerdo conmigo en que haga usted lo que acabo de
decirle, me ha encargado que le entregue esto.
Entonces el viejo sacó tres soberanos y unas cuantas
monedas de plata.
Stoner se sintió, más que nunca, como si fuese un ruin
estafador cuando, aquella noche, se escabulló por la puerta trasera llevando en
el bolsillo el dinero de aquella anciana con la que ni siquiera había hablado.
El viejo George y el perro observaron en silencio cómo se despedía de ellos
agitando una mano en el aire. Tal y como se habían puesto las cosas, a Stoner
le asaltó la certeza de que jamás volvería a aquel lugar, por lo que sintió una
punzada de dolor por aquellos dos fieles amigos que estarían esperando
ansiosamente su regreso. Quizá algún día, cuando apareciese el verdadero Tom,
todos se mirarían unos a otros asombrados y se preguntarían quién pudo haber
sido aquel enigmático individuo al que habían tenido alojado bajo su mismo
techo. En cuanto a su destino más inmediato, no sintió gran inquietud. Con tres
libras uno no puede ir muy lejos, pero para alguien acostumbrado a contar todos
sus fondos en peniques supone un buen punto de partida. La fortuna se había
portado con él de manera impredecible y misteriosa cuando no era más que un
pobre infeliz sin esperanzas que se dedicaba a recorrer los caminos, por lo que
quizá todavía tuviese una última oportunidad para encontrar un trabajo y
empezar una nueva vida. Con aquellos pensamientos rondando por su cabeza, sus
ánimos fueron creciendo mientras continuaba alejándose de la granja. De hecho,
había una sensación de alivio en la simple idea de recuperar su identidad
perdida y dejar de ser el atormentado fantasma de otro hombre. Pensar en ello
le puso de tan buen humor que ni siquiera se molestó en especular acerca de
aquel implacable enemigo que tan de repente había aparecido en su vida, pues
como dicha vida acababa de quedar definitivamente atrás, aquel tipo tan temible
había dejado también de preocuparle. Así que, por primera vez en muchos meses,
comenzó a tararear una alegre cancioncilla.
Entonces, de repente, de entre la oscuridad reinante a los
pies de un viejo roble emergió un hombre que empuñaba una pistola. No hubo
necesidad de preguntar quién podía ser aquel tipo. Cuando la luz de la luna
cayó sobre su rostro pálido y rígido, dejó al descubierto una mirada de odio
tan feroz como ninguna otra que Stoner, a lo largo de todas sus correrías,
hubiera visto nunca. De un salto, el fugitivo se echó a un lado en un
desesperado intento por atravesar el seto que corría paralelo al camino, pero
éste era tan tupido que lo único que consiguió fue enredarse entre las ramas
hasta quedar completamente atrapado. Fue entonces cuando comprendió que, a
pesar de todo, los perros del Destino sí habían estado esperándole en aquellos
estrechos y embarrados caminos. Y que esa vez no se iban a ir con las manos (o
las fauces) vacías.
EL DISCURSO DE TARRINGTON
—¡Cielos! —exclamó la tía de Clovis—. Alguien que conozco
viene precisamente hacia nosotros. No recuerdo cómo se llama, pero estoy segura
de que en cierta ocasión almorzó con nosotros mientras aún estábamos en la
ciudad. ¿Cómo se llamaba? ¡Ah, sí, ya me acuerdo! Tarrington, eso es. Sin duda
se habrá enterado de lo del picnic que voy a celebrar en honor de la Princesa,
así que ahora se pegará a mí como si yo fuese un salvavidas y no me soltará
hasta que le dé una invitación. Y después, para colmo, me preguntará si puede
llevar consigo a todas sus esposas, madres y hermanas. Eso es lo peor de los
balnearios pequeños como éste. Uno no puede escaparse de nadie.
—Sal corriendo si quieres. Yo te cubriré la retirada —se
ofreció Clovis—. Aún le llevas unas diez yardas de ventaja, así que no pierdas
más tiempo y decídete de una vez.
Tomándole la palabra a su sobrino, la tía de Clovis dio
media vuelta y echó a correr a toda prisa, seguida por sus perros pequineses,
los cuales iban prácticamente flotando detrás de ella como si fuesen una estela
de color marrón.
—Haz como si no le conocieras —dijo, antes de desaparecer,
con ese repentino valor de quien no le tiene miedo al peligro porque nunca se
ha enfrentado a él.
Unos segundos más tarde Clovis recibía los efusivos
saludos de un caballero de aspecto amistoso esforzándose por poner una
expresión de extrañeza y recelo con la que pretendía dejar bien claro que no
conocía al hombre que tenía delante.
—Supongo que con este bigote no me reconocerá usted —dijo
el recién llegado—. No me extraña, porque sólo hace dos meses que lo llevo.
—Oh, no. Todo lo contrario —dijo Clovis—. Precisamente su
bigote es lo único que hay en usted que me resulta familiar. Estaba seguro de
haberlo visto antes en algún sitio.
—Mi nombre es Tarrington —dijo aquel candidato a ser
reconocido.
—Un nombre que puede llegar a resultar sumamente útil
—dijo Clovis—. Con un nombre como ése nadie se atrevería nunca a culparle de no
hacer nada particularmente heroico o digno de mención, ¿verdad? Es más, si en
un momento de crisis nacional le pusiesen a usted al mando de un regimiento de
caballería, un nombre como «El Regimiento de Caballería de Tarrington» sonaría
francamente bien. En cambio, si se llamase usted, por ejemplo, Spoopin, todo
sería muy diferente. Nadie, ni siquiera en un momento de aguda crisis nacional,
podría sentirse mínimamente orgulloso de pertenecer al «Regimiento de
Caballería de Spoopin».
El recién llegado sonrió débilmente, como alguien a quien
no se amilana fácilmente con palabras, y retomó lo que había comenzado a decir.
—Estoy seguro de que recordará usted mi nombre porque…
—Lo haré sin lugar a dudas, caballero —dijo Clovis
aparentando una inmensa sinceridad—. Precisamente esta misma mañana mi tía me
pidió que le sugiriese algún nombre para cuatro pequeños búhos que le han
regalado como mascotas. Y ¿a que no se imagina lo que voy a hacer? Voy a
ponerle a los cuatro el nombre de Tarrington. Así, si uno o dos de ellos se
mueren, se escapan o simplemente nos abandonan de alguna de esas maneras a las
que los búhos son tan propensos, siempre nos quedarán más para seguir llevando
su nombre. Y será mi tía en persona quien se encargue de que su nombre no se me
olvide. De hecho, no hará más que preguntarme a cada momento cosas como: «¿Se
han almorzado ya los Tarrington sus ratones?» Ella siempre dice que si uno
tiene animales salvajes en cautividad, debe hacerse cargo de sus necesidades.
En eso tiene toda la razón del mundo, ¿no le parece?
—Usted y yo nos conocimos en un almuerzo que se celebró
precisamente en casa de su tía —intervino bruscamente Mr. Tarrington, algo
pálido pero sintiéndose todavía seguro de sí mismo.
—Eso es imposible, caballero. Mi tía nunca almuerza —dijo
Clovis—. Pertenece a la Liga Nacional anti-Almuerzo, una organización que a lo
largo de los últimos años, y procurando no llamar nunca la atención, está
realizando una labor verdaderamente encomiable. A cambio de una suscripción de
media corona uno obtiene el derecho a privarse de hasta noventa y dos
almuerzos.
—¡Vaya! No sabía que dicha organización… No sabía que su
tía… Debe de ser nueva, ¿no? —exclamó Tarrington.
—De nueva nada, caballero. Es la misma tía que he tenido
siempre —dijo Clovis fríamente.
—Pues lo cierto es que yo recuerdo perfectamente haberle
conocido a usted durante un almuerzo que celebró su tía en su casa —insistió
Tarrington, cuyo rostro comenzaba a adquirir un tono carmesí de aspecto muy
poco saludable.
—¿Ah, sí? Pues ya que insiste, dígame una cosa: ¿qué fue
lo que comió usted en aquel almuerzo? —preguntó Clovis.
—Bueno, no recuerdo con exactitud lo que…
—Vaya, vaya. Muy bonito de su parte acordarse de mi tía y
no ser capaz de recordar qué fue lo que comió aquel día en su casa. Sepa usted
que mi memoria funciona de manera muy diferente. Yo soy capaz de recordar un
menú incluso mucho después de haber olvidado a la anfitriona en cuya casa lo
comí. Recuerdo muy bien que cuando yo tenía siete años una duquesa me dio un
melocotón en una especie de picnic. Aunque, si exceptuamos el hecho de que se
empeñaba en llamarme «pequeñín», no conservo el menor recuerdo de aquella
mujer; de aquel melocotón, por el contrario, guardo unos recuerdos indelebles.
Por decirlo de alguna manera, era uno de esos melocotones rollizos y
exuberantes que sólo se encuentran una vez en la vida y que son capaces de
quitarle el hambre a cualquiera en un santiamén. A pesar de ser un hermoso
producto de invernadero, era tan dulce que parecía mermelada, y tan jugoso que
se deshacía en la boca. Morderlo era como bebérselo. Desde aquel día, para mí
siempre ha habido algo deliciosamente místico en el simple hecho de pensar cómo
aquella fruta tan parecida a un globo de terciopelo maduraba lentamente hasta
alcanzar la perfección a lo largo de los cálidos días y las perfumadas noches
del verano, para luego, en el momento supremo de su existencia, aparecer
súbitamente en mi vida. Aunque quiera, nunca seré capaz de olvidarlo. Y tampoco
olvidaré que, en cuanto hube devorado todo lo que en él había de comestible,
todavía me quedó el hueso. Estoy seguro de que cualquier chiquillo
desconsiderado e irresponsable se hubiera deshecho de él. Pero yo, en cambio,
no. Yo preferí conservarlo conmigo y metérselo poco después a otro niño amigo
mío por el cuello de su traje de marinero diciéndole que era un escorpión. Y,
por cierto, a juzgar por la manera en que mi amigo comenzó a retorcerse y a
chillar, no me cupo la menor duda de que se lo había creído. Aunque, la verdad,
no acierto a imaginarme de dónde se pensó aquel niño tan estúpido que podía
haber sacado yo un escorpión de verdad. Pero, en resumidas cuentas, aquel melocotón
se convirtió para mí en un feliz recuerdo completamente imposible de olvidar.
Para entonces, Mr. Tarrington, totalmente vencido y
desmoralizado, se había alejado de allí consolándose como mejor podía con la
idea de que un picnic en el que estuviese presente Clovis nunca podría llegar a
resultar una experiencia muy apetecible.
—Creo que en las próximas elecciones al Parlamento me
presentaré como candidato —se dijo Clovis sonriendo con suficiencia mientras
iba en busca de su tía—. Como defensor de proyectos de ley en momentos
especialmente delicados no tendría precio.
LA PAZ DE MOWSLE BARTON
Cómodamente sentado en un pequeño terreno mitad huerto
mitad jardín que colindaba con la granja de Mowsle Barton, Crefton Lockyer se
dedicaba a gozar de una inmensa paz tanto física como mental. Tras largos años
soportando el ruido y las prisas que conlleva vivir en la ciudad, el reposo y
la paz reinantes en aquella granja rodeada de silenciosas colinas había acabado
cautivando sus sentidos con una intensidad casi dramática. En un lugar como
aquél el tiempo y el espacio parecían perder todo su significado habitual: los
minutos se arrastraban lentamente hasta convertirse en horas, y los sembrados y
praderas se alternaban a lo largo de millas de una manera tan suave que uno
apenas podía vislumbrar dónde acababan los unos y dónde comenzaban las otras.
Los brotes de maleza crecían de manera desordenada por entre los setos y las
flores, a la vez que los macizos de alhelíes y otras plantas de jardín
replicaban invadiendo los corrales y los caminos. Las gallinas, con su aspecto
soñoliento, y los patos, con su aire solemne y atolondrado, deambulaban con
igual libertad por el jardín, por el huerto e incluso por en medio del camino.
Allí nada parecía pertenecer de manera definitiva a ningún
sitio. De hecho, uno ni siquiera podía estar seguro de encontrar siempre las
puertas sobre sus correspondientes goznes. No obstante, lo que predominaba por
encima de todo lo demás en aquel ambiente tan idílico era una omnipresente
sensación de paz que casi tenía algo de mágico. Cuando llegaba la tarde, uno no
podía evitar pensar que ésta siempre había estado allí y que nunca terminaría
de irse. Y cuando anochecía, a uno le asaltaba la idea de que nunca había
existido otra cosa que no fuese aquel eterno anochecer.
Tras disfrutar, sentado a la sombra de un níspero, de toda
esa paz durante un buen rato, Crefton Lockyer decidió por fin que aquél era el
lugar de retiro con el que siempre había soñado y por el que últimamente sus
cansados y oxidados huesos habían estado suspirando con tanta insistencia. Sí,
por ahora se instalaría de manera permanente entre aquellas gentes tan
sencillas y amables. Luego ya tendría tiempo de ir añadiendo poco a poco
aquellas pequeñas comodidades que se había acostumbrado a tener a su alrededor
durante su vida en la ciudad. Aunque, eso sí, tendría que procurar que éstas no
llegasen a desentonar del todo con la manera de vivir de las gentes del lugar.
Mientras tal idea maduraba sin prisas en su cabeza, una
anciana apareció cojeando por el jardín y se acercó a él con paso vacilante.
Crefton la reconoció enseguida. Se trataba de la vieja que vivía en la granja
en la que se hallaba alojado, seguramente la madre o la suegra de Mrs.
Spurfield, su actual casera. Cuando la mujer se le acercó, Crefton se irguió en
su asiento para dirigirle unas cuantas palabras a manera de saludo. No
obstante, antes de que pudiera articular sonido alguno, ella se le adelantó diciendo:
—Alguien ha escrito algo con tiza en aquella puerta de
allí. ¿Sabe usted qué es lo que dice?
La anciana había hablado de manera impersonal y monótona,
sin hacer la menor inflexión en el tono de su voz, como si aquella pregunta
hubiese estado rondando en sus labios durante años y hubiese podido por fin
quitársela de encima. Sus ojos, sin embargo, miraban nerviosos e impacientes
más allá, por encima de la cabeza de Crefton, a la puerta de un pequeño granero
que parecía una avanzadilla de la desordenada línea de edificios que formaban
juntos la granja vecina.
«Martha Pillamon es una vieja bruja». Tal era el mensaje
que Crefton leyó para sí cuando su inquieta mirada se posó sobre aquella
puerta. Se lo pensó dos veces antes de leerlo en voz alta, pues, por lo que él
sabía, aquella Martha a la que el mensaje hacía alusión muy bien podía ser la
anciana con la que estaba hablando en aquel momento. Era posible que el
apellido de soltera de Mrs. Spurfield hubiese sido Pillamon. Por lo demás, lo
cierto era que aquella vieja mustia y demacrada que tenía delante reunía todos
los requisitos necesarios para parecer una auténtica bruja.
—Se refiere a alguien que se llama Martha Pillamon
—explicó con prudencia.
—¿Y qué dice?
—Algo muy poco agradable —dijo Crefton—. Dice que es una
vieja bruja. Quienquiera que lo haya escrito no debería ir por ahí escribiendo
ese tipo de cosas, ¿no le parece?
—Quienquiera que lo haya escrito no ha hecho más que
escribir la pura verdad. De principio a fin —dijo su interlocutora con
satisfacción.
Y mientras la vieja se alejaba cojeando por el patio de la
granja, Crefton aún pudo oírla chillar con su voz cascada:
—¡Martha Pillamon es una vieja bruja!
—¿Ha oído usted lo que ha dicho esa mujer? —farfulló de
repente a sus espaldas una vocecilla temblorosa.
Crefton se volvió rápidamente y se encontró a otra vieja
bruja, delgaducha, pálida y arrugada. A juzgar por lo indignada que parecía,
era evidente que aquella mujer era la mismísima Martha Pillamon en persona.
Crefton pensó fugazmente, casi sin querer, que cuando se trataba de pasear,
aquel huerto debía de ser el lugar favorito de todas las viejas de los
alrededores.
—¡Es mentira! Nada más que una cochina mentira —continuó
diciendo, exaltada, aquella vocecilla—. Aquí la única vieja bruja que hay es
Betsy Croot. Y también esa sucia rata que tiene por hija. Les voy a echar un
conjuro a las dos que se van a enterar de una vez por todas de quién soy yo.
Y mientras se alejaba de allí cojeando reparó en la
inscripción hecha con tiza que había sobre la puerta del granero.
—Oiga, ¿qué pone allí? —preguntó volviéndose hacia
Crefton.
—Vote a Soarker —respondió él en un alarde de audacia
propio del más consumado pacifista.
La anciana soltó un gruñido y echó a andar hasta que su
refunfuñar y su descolorido mantón rojo fueron perdiéndose poco a poco por
entre los árboles. Crefton se levantó entonces y emprendió el camino de regreso
hacia la casa. Lo invadía una ligera desazón. De alguna manera una buena parte
de la paz y la tranquilidad que solían reinar en aquel lugar parecía haberse
evaporado de repente.
El alegre bullicio que se adueñaba de la vieja cocina de
la granja a la hora del té y que Crefton había encontrado tan de su agrado
durante los días anteriores se vio transformado aquella tarde en una profunda
tristeza. No sólo flotaba sobre la mesa un pesado e incómodo silencio, sino que
incluso el propio té parecía haberse contagiado de toda aquella melancolía
pues, cuando Crefton lo probó, no le pareció más que un mejunje tibio e
insípido capaz de cortar de un tajo el espíritu festivo del más animado de los
carnavales.
—De nada sirve quejarse del té —se apresuró a decir Mrs.
Spurfield cuando advirtió la mirada que su huésped le dirigía a su taza, como
pidiéndole a ésta una explicación—. Lo único que ocurre es que el agua de la
tetera no consigue hervir. Ésa es la verdad.
Crefton se volvió para echarle un vistazo a la chimenea.
En ella, un fuego mucho más fuerte de lo normal chisporroteaba bajo una gran
tetera negra por cuya boca no salía más que una delgada espiral de vapor. Daba
la impresión de que la tetera se hubiese empeñado en no hacerle el menor caso a
las potentes llamas que se elevaban justo debajo de ella.
—Lleva así más de una hora y no termina de hervir —dijo
Mrs. Spurfield.
Y tras unos segundos de silencio añadió, como si
necesitase dar una explicación convincente:
—Alguien debe de habernos echado un conjuro.
—Seguro que ha sido Martha Pillamon —intervino la madre—.
Me las va a pagar todas juntas esa vieja víbora. Ya me encargaré yo de echarle
a ella uno.
—A lo mejor necesita algo más de tiempo para hervir
—sugirió Crefton procurando no prestar atención a aquellas amenazas—. O a lo
mejor es que el carbón está húmedo.
—No se moleste en darle más vueltas. El agua no estará
hirviendo ni para cuando llegue la hora de la cena. Y tampoco lo estará para
mañana por la mañana a la hora del desayuno. Ni siquiera aunque se pase usted
toda la noche aquí, sin pegar ojo, para mantener vivo el fuego —dijo Mrs.
Spurfield.
Y, efectivamente, así fue. Al día siguiente los habitantes
de la casa tuvieron que resignarse a subsistir a base de frituras y platos al
horno. Por fortuna para ellos, un vecino accedió amablemente a preparar para
ellos en su propia casa un poco de té, aunque para cuando éste llegó finalmente
a la cocina ya se encontraba casi del todo frío.
—Me imagino que ahora que las cosas se han tornado tan
incómodas estará usted pensando en marcharse —le dijo Mrs. Spurfield a Crefton
durante el desayuno—. Por lo común, muchos de nuestros huéspedes optan por
marcharse en cuanto empiezan a surgir problemas.
Crefton se apresuró a negar que tuviese intención de hacer
cualquier cambio en sus planes. No obstante, se dijo también a sí mismo que
toda aquella cordialidad tan empalagosa que hasta el día anterior había reinado
en aquella casa a la hora del té hubiese bastado para animar a más de uno a
hacer las maletas.
A partir de aquel día las miradas cargadas de sospecha,
los silencios inquietantes y los comentarios mordaces se pusieron a la orden
del día en aquella casa, con lo que la antigua paz comenzó a desmoronarse poco
a poco. En cuanto a la anciana, se pasaba el día entero sentada en la cocina o
en el jardín mascullando hechizos y amenazas contra Martha Pillamon. En
realidad, ver a cada uno de aquellos dos decrépitos y enclenques carcamales
consagrando las escasas energías que le quedaban a la sola tarea de perjudicar
al otro era un espectáculo en el que había algo que resultaba al mismo tiempo
espeluznante y digno de lástima. Parecía como si la única facultad que
conservaba todo su antiguo vigor e intensidad en aquellas dos ancianas fuese la
capacidad de odiar, mientras que todo lo demás no había hecho sino ir
deteriorándose con el paso implacable del tiempo. Pero, no obstante, lo más
extraño de todo era que, efectivamente, algún horrible y maligno poder parecía
emanar de todas aquellas maldiciones y todo aquel rencor enfermizo que ambas se
profesaban mutuamente. De hecho, por muchas explicaciones que quisieran darse
al respecto, nada podía negar lo innegable. Daba igual que el fuego fuese más o
menos intenso. Daba igual que se utilizase la tetera o una cacerola. El agua
continuaba sin hervir.
Por lo que a dicho asunto se refería, Crefton permaneció
aferrado todo el tiempo que pudo a la teoría de que había algún defecto en el
carbón. No obstante, cuando comprobó que con un fuego de madera se obtenía el
mismo resultado negativo y que con un pequeño hornillo de alcohol que pidió por
correo era igualmente imposible hacer hervir el agua de la tetera, se dio
cuenta de repente de que se encontraba frente a alguna maligna y hasta entonces
totalmente desconocida manifestación de las fuerzas ocultas. Aunque a apenas
unas pocas millas de allí, por entre las colinas, se alcanzaba a ver con
nitidez una carretera por la que de vez en cuando pasaban automóviles, no cabía
la menor duda de que en aquella granja, a pesar de encontrarse a tan escasa
distancia de las arterias principales de la más avanzada civilización del
momento, había una antigua casa encantada en la que reinaba algo que no podía
llamarse más que de una manera: brujería.
Una tarde, mientras paseaba en busca de un lugar propicio
en el que poder recuperar aquella apetecible sensación de tranquilidad que
tanto se echaba de menos en la casa (y muy especialmente junto a la chimenea),
Crefton se encontró de repente, mientras cruzaba el jardín, con la anciana, que
en aquel momento estaba sentada a la sombra del níspero mascullando entre
dientes algo que resultaba apenas inteligible. Cuando Crefton se acercó lo
suficiente pudo oír que lo que decía era: «Que se ahoguen mientras nadan, que
se ahoguen mientras nadan». No hacía más que repetir aquella frase una y otra
vez, incesantemente, como un niño que repitiese una lección todavía a medio
aprender. Y sólo de vez en cuando interrumpía su cantinela para soltar una
estridente carcajada en la que vibraba una nota de maldad que no era
precisamente agradable de oír. Cuando, por fin, tras dejarse engullir por la
tranquilidad de aquel laberinto de caminos recubiertos de maleza que no
parecían llevar a ninguna parte, se encontró lo bastante lejos como para no oír
a la vieja, Crefton no pudo menos que sentirse aliviado.
Espoleado por el ardiente deseo de encontrar un lugar
solitario y tranquilo en el que sentarse a descansar, Crefton decidió tomar el
camino más estrecho y sombrío de todos cuantos se le ofrecían. No obstante, al
cabo de unos pocos pasos descubrió con enojo que aquel camino no era en
realidad tan solitario como había creído, sino que resultó ser una especie de
avenida en miniatura que, tras doblar un recodo, desembocaba en una cabañita de
aspecto triste y desolado que se levantaba entre un grupo de manzanos y un
desatendido sembrado en el que por aquí y por allá asomaban algunas coles.
Junto a la casa discurría un arroyo de aguas turbulentas que durante un tramo
se ensanchaba bruscamente para formar una especie de laguna de considerables
dimensiones antes de proseguir velozmente su camino por entre los árboles que
crecían a ambas riberas de su cauce.
Apoyado en el tronco de un árbol, Crefton se distrajo unos
minutos contemplando aquella casita y los remolinos que se dibujaban
perezosamente sobre la superficie de la laguna. El único signo de vida que
parecía haber en toda aquella escena era una pequeña procesión de patos
bastante sucios que en aquel momento marchaban en fila india hacia el borde del
estanque. Dado que siempre resulta gracioso observar cómo un pato pasa de golpe
de ser el más torpe de cuantos seres caminan sobre la tierra a ser el más grácil
y elegante de los nadadores en cuanto se mete en el agua, Crefton decidió
permanecer atento a cómo el pato que encabezaba la fila entraba en el estanque.
Pero justo en aquel preciso instante cayó en la cuenta de que lo que quizá
fuese su propia intuición le estaba diciendo que algo extraño y desagradable
estaba a punto de ocurrir. Tan pronto como el primer pato se lanzó al agua, se
hundió de repente. Aunque la cabeza del animal se alzó durante un momento, casi
instantáneamente volvió a sumergirse dejando a su paso un reguero de burbujas
mientras sus alas y sus patas no dejaban de agitarse inútilmente en la
superficie. Era evidente que aquel animal se estaba ahogando.
Lo primero que pensó Crefton fue que o bien el animal se
había enredado en unas algas, o bien estaba siendo atacado por un pez o una
rata de agua. Pero acabó desechando ambas ideas, pues no sólo no se veía el
menor rastro de sangre en la superficie sino que, además, el pobre animal
estaba siendo arrastrado por la corriente que cruzaba la laguna sin que hubiese
nada que lo frenase o lo mantuviese sujeto al fondo. Para entonces el segundo
pato ya se había lanzado también al agua, por lo que pronto un segundo cuerpo
comenzó a hundirse y a debatirse bajo la superficie. Daba verdadera lástima ver
cómo aquellos picos se asomaban de vez en cuando por encima del agua, jadeando
y soltando unos entrecortados graznidos que parecían protestar, aterrados,
contra la traición cometida por aquella laguna que tantas veces habían
recorrido. Crefton observó horrorizado cómo un tercer pato se acercaba a la
orilla y se lanzaba también al agua para compartir el destino de los otros dos.
No obstante, sintió algo de alivio cuando vio que los que quedaban, aunque
habían tardado en darse cuenta de lo que le ocurría a sus congéneres, que se
iban hundiendo lenta pero irremisiblemente, estiraban sus cuellos y se alejaban
sigilosamente de donde parecía hallarse el peligro, envueltos en sonoros e
inquietos graznidos.
Justo entonces, Crefton descubrió que no había sido el
único en presenciar aquella fatídica escena. Una anciana encorvada y decrépita,
en la que reconoció al instante a aquella vieja de tan siniestra reputación
llamada Martha Pillamon, había salido cojeando de la casa, se había acercado a
la orilla del agua y tenía en aquel momento la mirada clavada en el horrible
remolino salpicado de patos agonizantes que describía enormes círculos por toda
la superficie de la laguna. Cuando gritó, su estridente voz temblaba de rabia.
—¡Esto es obra de esa sucia rata de Betsy Croot! ¡Le voy a
lanzar un conjuro que se va a enterar! ¡Ya lo creo que sí! ¡Espera y verás!
Crefton decidió escabullirse de allí sin detenerse un solo
instante a averiguar si la anciana había llegado o no a darse cuenta de su
presencia. Antes incluso de que la mujer hubiese gritado a los cuatro vientos
la culpabilidad de Betsy Croot, el hechizo que le había oído murmurar a esta
última, «que se ahoguen mientras nadan», le había acudido súbitamente a la
memoria. Sin embargo, lo que le llenó por completo de recelo e inquietud hasta
el punto de hacerle olvidar todo lo demás fue aquel último hechizo con el que,
a manera de venganza, Martha Pillamon había amenazado a su rival. La
experiencia le decía que ya no podía seguir restándole importancia a las
amenazas que aquellas dos viejas se lanzaban mutuamente calificándolas de
simples rabietas o discusiones. La casa de Mowsle Barton ya era víctima de una
vieja rencorosa que parecía muy capaz de llevar a efecto todas las maldiciones
que profería. ¿Quién podía predecir la forma que tomaría ahora su venganza a
causa de aquellos tres patos ahogados? Como habitante de la casa, Crefton podía
perfectamente verse afectado de manera poco favorable por la ira de Martha
Pillamon. Y aunque sabía que estaba cediendo ante lo que seguramente no fuesen
más que fantasías, lo cierto era que el comportamiento que había tenido la tetera
con el hornillo de alcohol y la escena que acababa de presenciar en el estanque
habían empezado a ponerle bastante nervioso. Pero lo peor de todo no era eso.
Lo peor de todo era que la vaguedad e imprecisión de aquello que tanto le
alarmaba se acababa de sumar a todos sus temores. Porque, de hecho, una vez que
uno ha aceptado e incluido lo Imposible dentro de sus cálculos, las
posibilidades de que ocurra cualquier cosa se vuelven prácticamente ilimitadas.
A la mañana siguiente, a pesar de haber pasado una de las
peores noches desde que llegó a Mowsle Barton, Crefton se levantó tan temprano
como de costumbre. Nada más poner los pies en el suelo, detectó rápidamente esa
atmósfera tan sutil que suele encontrarse en todas las casas encantadas y que
parece indicar que las cosas no marchan del todo bien. Reprimiendo un
escalofrío, se acercó a la ventana para echar un vistazo al exterior.
Recién ordeñadas, las vacas se habían apiñado en medio de
su corral y esperaban impacientes que alguien las dejara salir al campo para
pastar. Por todas partes, las aves no hacían más que quejarse de que todavía
nadie les había echado de comer. La bomba de agua del patio, que cada mañana a
aquella misma hora solía producir cada dos por tres su molesta y chirriante
melodía, permanecía sumida en un intrigante silencio. Y, mientras tanto, en el
interior de la casa un ir y venir de pasos apresurados y voces apremiantes se
alternaba con largos intervalos de una inquietante tranquilidad.
Crefton terminó de vestirse y salió de su habitación.
Cuando comenzaba a bajar las escaleras oyó en algún sitio una voz amortiguada
que parecía estar quejándose de algo. Y aunque aquella voz hablaba de manera
furtiva, como deseando pasar inadvertida, a Crefton no le costó trabajo
identificarla como la voz de Mrs. Spurfield.
—Estoy segura de que se marchará —decía aquella voz—.
Todos acaban siempre marchándose de aquí en cuanto comienzan a ocurrir
desgracias.
Aunque la idea de que probablemente él se hallase incluido
en ese «todos» le asaltó de manera repentina, Crefton tardó aún unos segundos
en comprender que había momentos en que lo más conveniente era seguir el
ejemplo de la mayoría.
Regresó a grandes zancadas a su habitación, metió a toda
prisa sus escasas pertenencias en una maleta, dejó sobre una mesa el dinero que
debía por su alojamiento y salió sigilosamente de la casa por una puerta que
daba al patio trasero. Nada más verlo salir, un grupo de gallinas hambrientas
se abalanzó sobre él con expectación, pero Crefton, tras quitárselas hábilmente
de encima, se apresuró a ponerse a cubierto y echó a correr entre establos,
pocilgas y graneros hasta que alcanzó el sendero que pasaba a espaldas de la
granja. Tras caminar unos cuantos minutos, tiempo durante el cual si no
continuó corriendo a todo lo que daban sus piernas fue por la carga que suponía
para él su enorme maleta, llegó a una carretera donde un conductor madrugador
que pasó por allí poco después accedió a llevarle hasta el pueblo más cercano.
Al tomar una curva de la carretera, Crefton alcanzó a ver la granja por última
vez. Aunque fugazmente, pudo divisar los tejados castigados por el tiempo de la
casa y los graneros, el huerto silencioso y el níspero a cuya sombra tanto le
había gustado sentarse a descansar, todo ello envuelto en la claridad fantasmal
de la primera hora de la mañana. Pero advirtió también, por encima de todo lo
demás, ese aire de lugar encantado que tan neciamente había llegado a confundir
con la típica tranquilidad del campo.
Cuando por fin puso el pie en la estación de Paddington,
el ajetreo de la gente y el rugido de los motores retumbaron en sus oídos como
un efusivo saludo de bienvenida.
—Todas estas prisas y ese ruido tan infernal son malísimos
para los nervios —oyó que decía un viajero a su lado—. ¡Quién pudiera estar
ahora mismo en el campo, disfrutando de tanta paz y tranquilidad!
Crefton sonrió para sí al oír aquello. Para él, un cabaret
abarrotado de gente, inundado de luz por todas partes y donde el volumen de la
música estuviese tan alto que casi se pudiese palpar era lo que más se parecía
a su lugar de descanso ideal.
LA PROPUESTA DE PAZ
—Quiero que me ayudes a organizar algún tipo de
representación dramática —le dijo un día la baronesa a Clovis—. ¿Que por qué te
pido algo así? Pues verás, querido: como sin duda sabrás, ha habido una
propuesta de elecciones anticipadas, un miembro del Parlamento ha sido
destituido y un malestar y un resentimiento enormes parecen haberse adueñado de
nuestra clase social. Prácticamente todos los aristócratas de la ciudad se
hallan divididos en dos bandos por culpa de las diferencias políticas. Por todo
ello creo que una obra de teatro sería una buena excusa, además de una
excelente oportunidad, para volver a reunirlos a todos y darles algo en que
pensar que no sean todas esas estúpidas disputas políticas.
Era evidente que la baronesa aspiraba a reproducir bajo su
propio techo los efectos apaciguadores que, más por tradición que por otra
cosa, suelen tener todas esas «conferencias de paz» de las que habla la
Historia.
—Podríamos hacer algo al estilo de la tragedia griega
—dijo Clovis tras reflexionar unos segundos—. «El Regreso de Agamenón», por
ejemplo[1].
La baronesa frunció el ceño.
—No sé. ¿No crees que eso suena demasiado parecido a los
resultados de unas elecciones?
—No se refiere a ese tipo de regresos —explicó Clovis—. Se
trata de un regreso al hogar.
—Creí que habías dicho que se trataba de una tragedia.
—Bueno, en cierta manera lo es. Agamenón acaba siendo
asesinado en su propia bañera.
—Ah, claro. Ahora recuerdo la historia. ¿Y quieres que sea
yo quien haga el papel de Charlotte Corday?[2]
—Esa es una historia diferente que tuvo lugar en un siglo
muy diferente —dijo Clovis—. Por lo general, las obras dramáticas están
pensadas para que toda la acción tenga lugar en un mismo siglo. Y en este caso
quien comete el asesinato se llama Clitemnestra y vive muchos siglos por
delante de Marat y de Charlotte Corday.
—Clitemnestra. Qué nombre tan bonito. Me gustaría hacer
ese papel. Y me imagino que tú querrás hacer el de ese Aga–como–se–llame,
¿verdad?
—Pues no, querida. En la fecha en que se desarrolla la
acción Agamenón ya era un hombre madurito. Tenía hijos en edad adulta y
probablemente luciese una poblada barba que le haría parecer mucho más viejo de
lo que en realidad era. Yo prefiero hacer el papel de su auriga, el de su
criado o el de algún otro personaje puramente decorativo. Pero eso es lo de
menos. Lo más importante es procurar que todo salga a la manera sumeria, ya me
entiende.
—No, no te entiendo —dijo la baronesa tras guardar
silencio durante unos segundos—. O, al menos, no te entenderé hasta que no me
expliques exactamente qué quieres decir con eso de la manera sumeria.
Clovis soltó un suspiro.
—Quiero decir música extraña, bailes exóticos, grandes
saltos y ropas extravagantes combinadas sabiamente con partes desnudas. Aunque,
a decir verdad, cuantas más partes desnudas haya, mejor. Ya me entiende: todo
ese tipo de parafernalia.
La baronesa volvió a guardar silencio durante unos
segundos.
—Si no recuerdo mal, creo haberte dicho que vamos a tener
público —dijo al fin—. Casi toda la clase aristocrática se acercará a ver la
obra. Y estoy segura de que no les gustará mucho que nos dediquemos a pasear
medio desnudos por el escenario. Resultaría demasiado… demasiado griego.
—Podría usted responder a cualquier objeción alegando
razones de higiene. O, si no, diciendo que es para apreciar mejor la armonía
del cuerpo humano sobre el escenario. No sé, cualquier cosa. Después de todo,
ya que hoy día todo el mundo parece dispuesto a divulgar sin pudor alguno los
secretos que guarda en su interior, ¿por qué no hacer lo mismo con los secretos
de su exterior?
—Mi querido muchacho, quiero que entiendas una cosa. Puedo
invitar a lo más distinguido de la clase política del país a una obra de teatro
clásico griego. Puedo invitar a lo más selecto de la nobleza a una fiesta de
disfraces. Pero lo que de ninguna manera puedo hacer es invitarlos a todos a un
desfile de disfraces inspirado en la Grecia clásica. Y no hay que dejarse
arrastrar por el instinto puramente dramático porque eso sería ir demasiado
lejos. Tenemos que tener en cuenta el entorno, es decir, nuestro público.
Cuando uno vive rodeado de galgos debe procurar parecerse lo menos posible a
una liebre. A menos, claro está, que uno quiera que le partan el cuello. Y lo
último que a mí me apetece es que algo así me ocurra en mi propia casa. No
olvides que tengo pagados siete años de alquiler de esta casa y tengo que
amortizarlos como sea. Así que —añadió la baronesa tras una pequeña pausa—, ve
olvidándote de los bailes exóticos y de las acrobacias porque había pensado en
pedirle a Emily Dushford que nos eche una mano. Ella es una buena chica y hará
todo lo que le digamos. O, al menos, lo intentará. Pero, por favor, nada de
saltos. ¿O acaso puedes imaginarte a Emily dando saltos mortales de aquí para
allá con ese cuerpo que tiene?
—Ella podría hacer el papel de Casandra. Los únicos saltos
que tendrá que dar son saltos en el tiempo. Metafóricamente hablando, claro.
—Casandra. Un nombre muy bonito. ¿Qué clase de personaje
es?
—Una especie de adivina. Profetizaba desastres y
catástrofes. Conocerla era enterarse de las cosas más espantosas que iban a
ocurrir en el futuro. Pero afortunadamente para la felicidad de la época en que
vivió, nadie la tomaba muy en serio. De todos modos, debía de resultar
verdaderamente insoportable verla aparecer justo después de ocurrir una
catástrofe mirando a todo el mundo por encima del hombro y con una expresión en
la cara con la que parecía querer decir: «Os lo advertí. A ver si la próxima
vez os creéis lo que yo os diga».
—Si yo hubiera estado allí, estoy segura de que me
hubieran entrado ganas de matarla.
—Eso mismo debió de sentir Clitemnestra.
—¿Ah, sí? Entonces, a pesar de tratarse de una tragedia,
tiene un final feliz, ¿no?
—Bueno, yo no diría eso —respondió Clovis—. La
satisfacción que debió de proporcionar acabar de una vez por todas con Casandra
debió de verse en buena medida mitigada por el hecho de que seguramente ella ya
había adivinado previamente lo que le iba a ocurrir. Lo más probable es que
muriese con una sonrisa de lo más irritante en los labios, como queriendo
decir: «¿no te lo dije?» A propósito, me imagino que todas las muertes de la
obra tendrán lugar a la manera sumeria, ¿no?
—Querido, como no me expliques eso, yo… —dijo la baronesa
sacando un lápiz y un pequeño cuaderno.
—Quiero decir que los asesinatos de la obra se cometerán
lentamente, con dramatismo, recreándose un poco en ellos, con muchos golpes
pequeños en vez de proceder dando una única estocada fulminante. Recuerde que,
como está usted en su propia casa, no hay ninguna necesidad de cometer los
asesinatos a toda prisa, como si fuesen una desagradable obligación que uno
está deseando acabar cuanto antes.
—¿Y cómo acabo yo? Quiero decir, ¿qué es lo que voy a
hacer yo justo antes de que caiga el telón?
—Pues, por ejemplo, arrojarse en los brazos de su amante.
Incluso podríamos aprovechar para meter ahí uno de los saltos más
espectaculares.
El montaje y los ensayos de la obra acabaron
convirtiéndose en la causa, al menos en un ámbito limitado, de casi tantas
disputas y enemistades como las originadas por la propuesta de elecciones
anticipadas antes aludida. Clovis, como adaptador y director de escena, hizo
cuanto le fue posible por que el auriga se convirtiese en el personaje más
destacado de la representación. La túnica de piel de tigre que pensaba llevar
puesta originó al menos tantos problemas y discusiones como la irregular
sucesión de amantes de Clitemnestra, quienes, uno detrás de otro y con una
alarmante unanimidad, decidían no volver a aparecer por allí después de
realizada la primera prueba. Una vez que, tras muchos esfuerzos y audiciones,
el reparto quedó definitivamente fijado sin posibilidad de más cambios ni
deserciones, no tardaron en surgir nuevos problemas. Mientras Clovis y la
baronesa se dedicaban a exagerar hasta lo indecible el estilo sumerio, del
resto de los actores apenas podía decirse que ni tan siquiera lo intentasen. Y en
cuanto a Casandra, de quien se esperaba que improvisase a la hora de pronunciar
sus fatídicas profecías, parecía tan incapaz de dar saltos en el tiempo como de
caminar por el escenario sin parecer un oso adormilado.
—¡Oh, pobres troyanos! ¡Oh, pobre Troya! ¡No saben lo que
les espera! —fue lo más inspirado que se le ocurrió decir después de pasarse
varias horas consultando y estudiando a conciencia varios tratados sobre la
época.
—No tiene ningún sentido predecir la caída de Troya
—objetó Clovis—, porque Troya ya ha caído antes de que dé comienzo la acción de
la obra. Y no se te ocurra decir tampoco nada de lo que esté a punto de
ocurrirte a ti en la obra porque si lo haces el público averiguará antes de
tiempo lo que va a suceder.
Después de varios minutos de concentración durante los
cuales dio la impresión de que a la mujer empezaban a dolerle los sesos de
tanto cavilar, Casandra sonrió de manera tranquilizadora.
—Ya lo tengo. Predeciré un largo y feliz reinado para
Jorge V.
—Escúchame bien, querida —protestó Clovis—. ¿Es que
todavía no te has enterado de que Casandra sólo está especializada en predecir
catástrofes?
Hubo una nueva y larga pausa seguida de una nueva y
triunfante sonrisa.
—Ya lo tengo. Predeciré una temporada completamente
desastrosa para la caza del zorro.
—¡Por nada del mundo se te ocurra decir eso! —rogó Clovis
casi poniéndose de rodillas—. Recuerda que todas las predicciones de Casandra
acaban siempre cumpliéndose. Y que el presidente de la Asociación Nacional de
Cazadores acudirá a ver la representación. Y que es tremendamente
supersticioso. ¡Así que ni se te ocurra!
Cuando poco después llegó la hora del té, Casandra, con el
rostro anegado en lágrimas, hubo de retirarse corriendo a su habitación para
lavarse la cara antes de ir a reunirse con los demás.
Por entonces la baronesa y Clovis apenas se dirigían la
palabra. Cada uno de ellos deseaba ardientemente que sus respectivos papeles
fuesen el eje alrededor del cual girase toda la obra, y ninguno de los dos
perdía la menor oportunidad para avanzar un poco más en sus propósitos. Tan
pronto como Clovis introducía algún golpe de efecto para su personaje de auriga
(y fueron muchos los que introdujo), la baronesa lo eliminaba sin el menor
miramiento o, como sucedía más a menudo, se apropiaba de él y lo adaptaba para
su propio personaje. Clovis, por su parte, contraatacaba actuando de la misma
manera siempre que podía. No obstante, la gota que hizo rebosar el vaso llegó
el día en que Clitemnestra decidió poner en boca de su amante unas cuantas
líneas que correspondían a un grupo de admiradas damiselas griegas que debían
elogiar al auriga. Y aunque Clovis se mantuvo al margen aparentando
indiferencia cuando vio que la frase «Oh, hermoso muchacho, eres tan radiante
como el amanecer» acababa convertida en «Oh, hermosa Clitemnestra, eres tan
radiante como el amanecer», un brillo mortal restalló en sus ojos, un brillo
que debió de haber servido para que la baronesa se pusiese en guardia. Aquel
verso lo había compuesto él mismo en un arrebato de inspiración que le había
proporcionado su personaje. Por ello el golpe que sufrió le dolió el doble. Por
un lado, veía cómo aquella aportación suya al texto de la obra no iba a parar
al lugar que él había pensado. Por otro, veía cómo el verso que había compuesto
con tanto cariño y esfuerzo era mutilado y tergiversado hasta acabar convertido
en una extravagante y ridícula recreación de los encantos personales de la
baronesa. Fue entonces cuando decidió que en lo sucesivo se comportaría de
manera más amable con Casandra y que sería él quien se encargaría
personalmente, y en privado, de llevar a cabo los ensayos correspondientes a
dicho personaje.
Así pues, algún tiempo más tarde, tras dejar a un lado
todas sus diferencias, la flor y nata de la aristocracia política del país se
dio cita en casa de la baronesa para presenciar aquella representación de la
que tanto se había oído hablar durante las últimas semanas.
La Providencia, esa especie de hada madrina que se dedica
a velar tanto por los niños pequeños como por los actores aficionados, pareció
hacer también acto de presencia aquella noche. No en vano, la baronesa y Clovis
parecían haberse olvidado de todas sus rencillas. Entre los dos acaparaban casi
todo cuanto acontecía en el escenario, eclipsando casi por completo la
presencia de los demás personajes, quienes, en su mayor parte, parecían
contentos de quedar relegados a un segundo plano. Ni siquiera Agamenón, a pesar
de que diez años de esforzada lucha en la guerra de Troya decían mucho en su
favor, dejaba de ser un personaje medianamente discreto comparado con su
flamante auriga.
Y llegó por fin el momento estelar en el que Casandra (una
vez superados todos aquellos accesos de llanto que había tenido durante los
ensayos) hubo de meterse en su papel de adivina y predecir una selección de
desgracias que al final no había tenido más remedio que aprenderse de memoria.
Cuando los músicos comenzaron a tocar una inquietante melodía, particularmente
apropiada, que sonaba como una sucesión de gemidos siniestros y estallidos
violentos, la baronesa aprovechó para hacer una rápida escapada a su
improvisado camerino con el fin de darle unos cuantos retoques a su maquillaje.
Mientras tanto, Casandra, con firme resolución a pesar de los nervios, se
acercó a las candilejas y, como si repitiese una lección cuidadosamente
estudiada, lanzó su monólogo al público presente.
—Preveo horribles catástrofes para este hermoso país.
Preveo horribles catástrofes que tendrán lugar por culpa de los políticos, esos
seres inmundos, corruptos y egoístas que no tienen ni escrúpulos ni principios.
Políticos como… (aquí comenzó a nombrar a los integrantes de uno de los dos
partidos más importantes del momento), quienes no dejan de corromper y
emponzoñar a los concejales de nuestros ayuntamientos ni cejan en su empeño de
privarnos de nuestra representación en el Parlamento. Si continúan robándonos
nuestros votos con métodos tan vergonzosos y ruines como los que han estado
empleando hasta ahora, muy pronto verán cómo…
Un estruendoso zumbido, similar al de un enorme enjambre
de abejas soliviantadas y rabiosas, se elevó en el aire hasta ahogar el resto
de sus palabras y hacer callar a los músicos. La baronesa, que al reaparecer en
el escenario tendría que haber sido recibida con aquella invocación tan grata a
sus oídos que decía: «Oh, hermosa Clitemnestra, eres tan radiante como el
amanecer», fue acogida en su lugar por la estentórea voz de Lady Thistledale
pidiendo a gritos su coche y por el violento retumbar de una verdadera tormenta
de discusiones que estalló de repente al fondo de la sala.
Finalmente, los desacuerdos existentes entre los
aristócratas de la clase política acabaron solucionándose por sí mismos.
Aunque, de todas formas, sería justo aclarar que a ello contribuyó
decisivamente el que ambos bandos estuviesen de acuerdo desde el principio al
menos en una cosa: en condenar el mal gusto y la falta de tacto tan indignantes
que había demostrado tener la baronesa con su función de teatro.
En cuanto a ella, se vio obligada a poner tierra de por
medio. Pero incluso a pesar de eso puede darse por contenta. Bastante suerte
tuvo al encontrar a alguien a quien subarrendarle su casa durante el tiempo que
le quedaba hasta completar los siete años de alquiler.
[1] Agamenón. Legendario rey de Argos y Micenas que
combatió al frente de los griegos en la guerra de Troya. A su regreso al hogar
tras dicha guerra, fue asesinado por su esposa, Clitemnestra, y por el amante
de ésta, Egisto.
[2] Corday d’Armont, Marie-Anne-Charlotte de.
Revolucionaria francesa (1768—1793). Pasó a la historia por asesinar a Marat,
uno de los líderes de la Revolución de 1789, mientras éste tomaba un baño en su
casa. Acabó siendo guillotinada cuatro días después de cometer dicho asesinato.
EL CAMINO DE LA LECHERÍA
Sentados en uno de los rincones más concurridos del
parque, la baronesa y Clovis pasaban el tiempo intercambiando cotilleos y
confidencias acerca de cuantos pasaban a su lado.
—¿Quiénes eran esas tres jóvenes de aspecto tan triste y
deprimido que acaban de pasar hace un momento? —preguntó la baronesa—. Parece
como si se hubieran resignado a aceptar una mala pasada que el destino les
hubiese jugado.
—Ésas —respondió Clovis— son las hermanas Brimley
Bomefield. Estoy seguro de que si usted hubiese pasado por lo mismo que ellas,
también tendría ese aspecto tan deprimido.
—¿Ah, sí? Pues quiero que sepas que yo no hago más que
tener malas experiencias —dijo la baronesa—. La diferencia está en que yo nunca
dejo que se me note. Hacerlo sería un error tan grande como aparentar mi
verdadera edad. Pero, cuéntame, ¿qué fue lo que le ocurrió a esas tres
hermanas?
—Bueno —dijo Clovis—, digamos que su tragedia comenzó
cuando una tía suya entró a formar parte de sus vidas. En realidad, dicha tía
había estado allí todo el tiempo, pero ellas casi habían olvidado por completo
su existencia hasta que, un buen día, un pariente lejano se las devolvió a la
memoria cuando decidió incluirla, y de manera, por cierto, muy generosa, en su
testamento. Lo cual demuestra que es increíble lo que uno puede llegar a
conseguir dando ejemplo a los demás.
»Dicha tía, que durante toda su vida había sido una
persona de posición más bien humilde, se vio de pronto convertida en una mujer
inmensamente rica, por lo que las hermanas Brimley Bomefield, súbitamente
preocupadas por la vida tan solitaria que desde hacía tiempo llevaba la mujer,
decidieron por unanimidad ofrecerle su grata compañía. De un día para otro
aquella mujer se convirtió en el centro de atención de tantas sobrinas que
apenas era capaz de recordar sus nombres.
—¿Y quieres decirme qué tuvo eso de trágico para las
hermanas Brimley Bomefield? —dijo la baronesa.
—Aún no hemos llegado a esa parte —dijo Clovis—. La tía
era una mujer acostumbrada desde siempre a la vida sencilla, por lo que no
había visto prácticamente nada de mundo. Sus sobrinas, por su parte, tampoco la
animaban precisamente al derroche, pues tenían bien presente que, siendo su tía
una mujer bastante mayor, una buena parte del dinero iría a parar muy pronto a
sus manos. No obstante, cuando un día la anciana les confió sin tapujos que
antes de morir tenía intención de dejarle un buen pellizco de su pequeña
fortuna a cierto sobrino de la otra rama de la familia, un auténtico jarro de
agua fría cayó sobre las esperanzas que las tres tenían depositadas en aquella
tía tan apetitosa. No en vano, Roger, el mencionado sobrino, además de ser un
sinvergüenza de lo más deplorable, era, por lo que a dinero se refería, un
verdadero pozo sin fondo. Pero a pesar de todo, como en años anteriores se
había portado más o menos bien con la anciana mujer, ésta se negó a oír
cualquier cosa en contra del muchacho. Y aunque las tres hermanas se esforzaron
por que la anciana tuviese una buena cantidad de historias que escuchar, no
consiguieron disuadirla de su idea. «Es una auténtica pena», se decían las tres
entre sí, «que un dinero tan bueno como el de la tía tenga que caer en unas
manos que tan poco se lo merecen». Las tres se habían acostumbrado a llamar
«dinero bueno» al dinero de su tía, como si el resto de las ancianas de este
mundo no tuviesen más que dinero falso.
»Con frecuencia, en especial cuando llegaba la época en
que se celebraban carreras importantes como el Derby o St. Leger, las tres
hermanas, procurando siempre que su tía las oyera, se dedicaban a especular en
voz alta sobre cuánto dinero habría derrochado Roger en sus desafortunadas
apuestas.
»—Debe de gastar una auténtica fortuna viajando —comentó
un día la mayor de las tres hermanas Brimley Bomefield—. Dicen por ahí que
asiste a todas las carreras que se celebran en Inglaterra, e incluso a algunas
que tienen lugar en el extranjero. No me extrañaría nada que fuese capaz de ir
hasta la India para ver esas carreras que se celebran en Calcuta y de las que
tanto se oye hablar hoy en día.
»—Viajar es algo que ensancha el espíritu —dijo su tía
como queriendo justificar a su sobrino.
»—Desde luego que sí, querida tía, pero sólo cuando se
hace por el placer de viajar —puntualizó Christine—. Pero si uno no hace más
que ir de un lado para otro con el objetivo de derrochar el dinero apostando,
lo único que se consigue, más que ensanchar el espíritu, es contraer la cuenta
corriente. No obstante, mientras Roger se lo pase bien así, supongo que no le
debe de preocupar lo más mínimo cuán rápidamente se le va el dinero de las
manos o de dónde puede sacar más. Lo único que quiero decir es que es una pena.
«Para entonces la tía se había puesto a hablar de otra
cosa, por lo que parecía difícil que le hubiese prestado la menor atención a
aquella especie de discursito moralizante que Christine acababa de pronunciar.
No obstante, aquel comentario que había hecho la anciana acerca de que viajar
ensanchaba el espíritu sirvió para que a la más pequeña de las hermanas Brimley
Bomefield se le ocurriese una brillante idea para dejar a Roger en evidencia.
»—Si tan sólo pudiésemos llevarnos a la tía a algún lugar
en el que pudiese ver por sí misma cómo Roger apuesta y derrocha el dinero… —le
dijo a sus hermanas en cuanto las tres se quedaron solas—. Seguro que, por lo
que se refiere a abrirle los ojos y hacerle ver cómo es él, eso surtiría mucho
más efecto que todo lo que nosotras le podamos decir.
»—Pero, mi querida Veronique —respondieron sus hermanas—,
nosotras no podemos seguir a Roger a las carreras.
»—A las carreras no —dijo Veronique—, pero sí que
podríamos ir a algún lugar donde podamos dedicarnos a mirar cómo juegan los
demás sin tener necesariamente que tomar parte en el juego.
«—¿Estás hablando de ir a Montecarlo? —le preguntaron las
otras, repentinamente entusiasmadas con la idea.
»—Montecarlo está demasiado lejos. Además, tiene una
horrible reputación —dijo Veronique—. No me gustaría que nuestros amigos se
enteraran de que nos vamos a Montecarlo. Pero creo que Roger suele ir a Dieppe
por esta época del año. Y algunos ingleses de lo más respetable acuden también
allí. Además, el viaje no nos saldría muy caro. Así que, si nuestra tía se
anima a soportarla travesía hasta el continente, creo que un cambio de aires
podría sentarle de perlas.
»Y así fue cómo a las hermanas Brimley Bomefield se les
ocurrió llevar a cabo aquella fatídica idea.
»Tal y como ellas mismas recordarían siempre, las
desgracias parecieron cernirse sobre el grupo desde el primer día de viaje.
Para empezar, las tres hermanas se encontraron indispuestas durante casi toda
la travesía, mientras que su tía, por el contrario, no hizo sino disfrutar del
aire del mar y entablar amistad con los tipos más extraños que se encontró a
bordo. Además, aunque hacía ya muchos años desde la última vez que había estado
en el continente, había pasado algún tiempo allí mientras aprendía el oficio de
dama de compañía, por lo que su dominio del francés coloquial superaba con
creces al de sus sobrinas. Y, como es fácil imaginar, resultaba cada vez más
difícil mantenerse a cargo de alguien que sabía lo que quería, que era capaz de
pedirlo y que sabía estar al tanto de si se lo daban o no.
»Al llegar a Dieppe no encontraron ni rastro de Roger por
ningún lado. Cuando por fin pudieron averiguar algo de él, resultó que se había
trasladado a Pourville, un balneario situado a una o dos millas al oeste. Tras
mucho insistir en que Dieppe era un lugar demasiado frívolo y ruidoso, las
hermanas Brimley Bomefield lograron por fin convencer a su anciana tía de que
se marcharan a disfrutar de la relativa tranquilidad del balneario de
Pourville.
»—Ya verás cómo no es un lugar tan aburrido como puede
parecer a simple vista —le aseguraron—. Hay incluso un pequeño casino pegado al
hotel en el que podrás observar cómo la gente baila y despilfarra el dinero
jugando a los caballitos[1].
»Aunque Roger no se hallaba alojado en el mismo hotel que
ellas, las tres hermanas estaban seguras de que el casino no tardaría en verse
honrado casi todas las noches con su presencia.
»La primera noche que acudieron al casino lo hicieron
después de cenar bastante temprano y con la única idea de limitarse a rondar
por entre las mesas. Bertie van Tahn, que se hallaba allí aquella noche, me lo
contó todo. Las hermanas Brimley Bomefield no hacían más que vigilar
disimuladamente las puertas, como si estuviesen esperando la llegada de
alguien, mientras la tía, a la vez que se divertía observando el juego, se iba
interesando cada vez más en aquellos caballitos que no paraban de dar vueltas alrededor
de las mesas una y otra vez.
«—¿Sabías que el caballito número ocho no ha ganado ni una
sola vez en las últimas treinta y dos carreras? —le dijo al cabo de un rato a
Christine—. He estado llevando la cuenta. Me temo que voy a tener que poner
cinco francos a su favor para ver si el pobrecillo levanta cabeza.
»—¿Y por qué no vas mejor a ver cómo baila la gente,
querida? —le propuso Christine, nerviosa.
»Lo cierto era que el hecho de que Roger entrase y se
encontrase a la que también era su tía apostando en la mesa de los caballitos
no formaba precisamente parte de su plan.
»—Tu espérame aquí mientras yo me acerco un momento a
apostar cinco francos por el número ocho —dijo la anciana.
»Un segundo más tarde la mujer ya había puesto el dinero
sobre la mesa. Los caballos comenzaron a dar vueltas. Aunque aquélla fue una
carrera bastante más lenta que las demás, el número ocho se arrastró poco a
poco hasta la meta como un astuto diablillo hasta situar su minúsculo hocico
unos milímetros por delante del número tres, que era el que hasta aquel momento
parecía no tener rival. Aunque hubo que recurrir a medir manualmente la
diferencia entre ambos caballos, el número ocho fue proclamado finalmente
ganador. La anciana tía se encontró de golpe recogiendo treinta y cinco francos
en concepto de premio. Después de aquello, a las hermanas Brimley Bomefield más
les hubiera valido concentrar todo su esfuerzo y atención en mantenerla alejada
de las mesas. Para cuando Roger apareció por fin por la puerta la mujer ya iba
ganando cincuenta y dos francos mientras sus sobrinas se limitaban a permanecer
en un segundo plano, deambulando de aquí para allá con aspecto abatido, como si
fuesen tres pollitos que, tras ser empollados por una pata, contemplasen con
desesperación cómo su madre se desenvolvía en un ambiente totalmente extraño
para ellos. La fiesta que posteriormente Roger insistió en celebrar en honor de
su tía y de las tres señoritas Brimley Bomefield destacó tanto por la
desenfrenada alegría de dos de los participantes como por la fúnebre melancolía
de tres de las invitadas.
»—Creo —le confió Christine a un amigo, el cual, a su vez,
se lo confiaría más tarde a Bertie van Tahn— que nunca más podré volver a
probar el pâté de foie gras. Me traería dolorosos recuerdos de aquella velada
tan espantosa.
«Durante los dos o tres días siguientes las sobrinas
estuvieron urdiendo planes para o bien regresar a Inglaterra o bien trasladarse
a algún otro centro turístico en el que no hubiese ningún casino. Su anciana
tía, mientras tanto, se hallaba muy ocupada intentando idear un sistema por
medio del cual poder ganar a los caballitos. El número ocho, su primer amor,
llevaba tiempo corriendo de una manera que a ella le resultaba bastante
ingrata, y las pocas veces que había arriesgado el todo por el todo apostando
por el número cinco la cosa había resultado aún peor.
»—¿A que no sabéis una cosa? Esta tarde me he dejado más
de setecientos francos jugando en las mesas del casino —anunció alegremente
durante la cena cuatro días después de su llegada.
»—¡Tía! ¡Eso son veintiocho libras! ¡Y eso sin contar lo
que perdiste anoche!
»—Oh, no te preocupes, querida. Ya las recuperaré —dijo
con optimismo—. Pero no aquí. Esos estúpidos caballitos no sirven para nada. Lo
que voy a hacer es ir a algún sitio donde se pueda jugar cómodamente a la
ruleta. Y en cuanto a vosotras, no tenéis por qué escandalizaros tanto. Dentro
de mí siempre he tenido la firme convicción de que, si alguna vez se me ofrecía
la oportunidad, podría llegar a ser una jugadora de primera categoría. Y ahora,
queridas mías, vosotras me habéis brindado esa oportunidad. Creo que, por ello
mismo, voy a beber a vuestra salud. ¡Camarero, una botella de Pontet Canet!
¡Vaya! Así que ese vino tiene el número siete en la lista de vinos, ¿eh? Muy
interesante. Esta misma noche me lo jugaré todo al número siete. Esta tarde el
caballo número siete ganó cuatro veces mientras yo perdía el tiempo apostando
por el número cinco.
«Aquella noche el caballo número siete no tuvo
precisamente la victoria de cara. Las hermanas Brimley Bomefield, hartas de
tener que ver desde lejos cómo los desastres se iban sucediendo uno tras otro,
decidieron acercarse a la mesa donde su tía se había convertido ya en una
clienta de honor y durante un buen rato observaron, atenazadas por un enorme
pesar, cómo fueron sucediéndose las victorias de los números uno, cinco, ocho y
cuatro, las cuales fueron barriendo del tapete el “dinero bueno” de aquella apostadora
tan obsesiva que siempre jugaba con el número siete. Las pérdidas de aquel día
ascendieron a una suma total de casi dos mil francos.
»—Sois unas jugadoras verdaderamente incorregibles —les
dijo Roger en son de broma cuando se las encontró en las mesas.
«—Nosotras no estamos jugando —se apresuró a decir
Christine fríamente—. Tan sólo estamos mirando.
»—Yo no diría eso —dijo Roger sonriendo con complicidad—.
Se nota a la legua que actuáis como un grupo perfectamente organizado y que
nuestra tía es quien se encarga de realizar las apuestas en nombre de todas
vosotras. A juzgar por las caras que ponéis cuando gana el caballo equivocado,
cualquiera se daría cuenta de que hay dinero vuestro sobre la mesa.
»Tía y sobrino cenaron solos aquella noche, o al menos eso
es lo que hubieran hecho si Bertie van Tahn no se hubiese unido a ellos. Las
tres señoritas Brimley Bomefield se disculparon alegando que tenían unos
tremendos dolores de cabeza.
»Al día siguiente, la anciana tía se las llevó a las tres
a Dieppe y emprendió alegremente la tarea de recuperarse de sus pérdidas. Su
suerte era imprecisa y muy variable. De hecho, a veces tenía rachas de buena
suerte, pero en líneas generales era una perfecta perdedora. Las hermanas
Brimley Bomefield llegaron incluso a sufrir, las tres a la vez, un agudo ataque
de nervios cuando se enteraron de que había vendido una buena parte de las
acciones que tenía en unas cuantas empresas ferroviarias de Argentina.
»—Nada podrá ya hacer que ese dinero vuelva —no dejaban de
decirse lúgubremente una a otra.
«Finalmente, Veronique ya no pudo soportarlo más y optó
por regresar a casa. Aquello no era de extrañar, pues la idea de realizar con
la anciana aquel desastroso viaje había sido suya, y aunque sus dos hermanas no
habían llegado al extremo de echarle en cara tal hecho, no podía ignorar que en
las miradas de ellas flotaba siempre un mudo reproche que, aunque no llegaba a
expresarse en palabras, era infinitamente más duro de soportar que éstas. Sus
hermanas prefirieron quedarse con la tía, resignadas a montar guardia junto a
la anciana todo el tiempo que fuese necesario, o al menos hasta que la
temporada turística de Dieppe tocase a su fin, lo cual, sin duda, la haría
pensar en dar media vuelta y regresar al hogar. Sin poder reprimir su ansiedad,
se entretuvieron haciendo cálculos y más cálculos para prever cuánto “dinero
bueno” podría, sin dejar nunca de confiar en la suerte, ser todavía dilapidado
mientras no llegaba el momento de dicho regreso. Pero también en eso resultaron
erróneas sus predicciones, pues el cierre de la temporada de Dieppe sólo sirvió
para que la anciana se dedicase a buscar algún otro centro turístico en el que
poder seguir jugando.
»Si mi memoria no me falla, hay un proverbio que dice más
o menos así: “Enséñale a un gato el camino de la lechería y verás como de él ya
no se desvía”. Eso fue exactamente lo que ocurrió en el caso de la tía de las
hermanas Brimley Bomefield. De golpe y porrazo, aquella anciana se había visto
desbordada por toda una serie de placeres que hasta entonces no había tenido
oportunidad de explorar. Unos placeres que, como era de esperar, encontró muy
de su gusto. Y por eso mismo no tenía ninguna prisa en renunciar a los frutos
que le había proporcionado aquella experiencia tan reciente.
«Imagíneselo usted, señora baronesa. Por primera vez en
toda su vida, aquella anciana se estaba divirtiendo de verdad. Estaba perdiendo
montones de dinero, es cierto, pero a cambio obtenía toneladas de diversión.
Además, por mucho que gastase siempre le quedaba dinero de sobra para salir
adelante sin estrecheces. De hecho, lo único que estaba haciendo era aprender
el arte de tratarse bien a uno mismo. No tardó en convertirse en una anfitriona
de lo más popular en el círculo de aficionados al juego, los cuales, a cambio,
no dudaban en invitarla a comer o a cenar cuando tenían la suerte de cara. Sus
sobrinas, por el contrario, encontraban escaso placer en todas aquellas
celebraciones de carácter tan bohemio. Aunque permanecían todavía atentas a su
tía, asistían a cuanto las rodeaba a regañadientes y dejando entrever una
patética desgana. En realidad, ambas se sentían como la tripulación de un barco
cargado de tesoros que, de repente, precisamente cuando falta muy poquito para
llegar a puerto, comienza a hundirse a gran velocidad. Y es que, no en vano,
ver cómo se dilapidaba todo aquel “dinero bueno” en el disfrute y la buena vida
de aquella frívola pandilla de jugadores y juerguistas de cuya amistad ellas
probablemente no pudiesen sacar el menor provecho, era algo que no las incitaba
precisamente a estar alegres. Siempre que la ocasión se lo permitía, se las
arreglaban poniendo excusas para no tener que asistir a aquellas lamentables
fiestas que organizaba su tía. Fue así como los dolores de cabeza de las hermanas
Brimley Bomefield se hicieron tremendamente famosos.
»Hasta que un día ambas sobrinas llegaron a la conclusión
de que de nada iba a servir permanecer a todas horas pendiente de alguien que
había acabado emancipándose de ellas de una manera tan rotunda. Cuando le
comunicaron a su tía que habían tomado la determinación de emprender el regreso
a casa, la anciana recibió la noticia dando unas muestras de alegría que,
cuando menos, les resultaron desconcertantes.
»—Es una buena idea. Ya iba siendo hora de que os
decidierais a volver. Así podréis hacer que un especialista os mire lo de esos
dolores de cabeza —fue su único comentario.
»El viaje de regreso de las dos hermanas Brimley Bomefield
fue una auténtica retirada de Moscú, aunque lo que la hizo aún más amarga fue
el hecho de que, en este caso, el Moscú que abandonaban no estaba plagado de
fuego y cenizas, sino más bien de una desbordante alegría.
«Gracias a amigos y conocidos, de vez en cuando reciben
noticias de su derrochadora tía, quien ha acabado convertida en una verdadera
ludópata. Actualmente vive de unos ingresos tan precarios que a menudo tiene
que recurrir a la ayuda de los escasos prestamistas que todavía le siguen
haciendo caso.
»Así que no debe sorprenderle, señora baronesa —concluyó
Clovis—, que las tres hermanas tengan ese aspecto tan deprimido.
—¿Y cuál de ellas es Veronique? —preguntó la baronesa.
—La de aspecto más deprimido —respondió Clovis.
[1] El juego de los caballitos (o petit chevaux, su nombre
original) es como una reproducción de las carreras de caballos. En él, una
serie de caballos mecánicos en miniatura corren alrededor de una mesa. Cayó en
desuso debido a que, al ser un juego mecánico, se prestaba fácilmente a
manipulaciones que no garantizaban del todo el componente de azar.
LA HISTORIA DE SAN VESPALUUS
—¿Por qué no me cuentas una historia? —dijo la baronesa mientras,
con una mirada cargada de desesperación, observaba cómo caía la lluvia.
Clovis miró a su alrededor. A decir verdad, aquello, más
que lluvia, parecía ese tipo de llovizna fina que da siempre la impresión de
estar a punto de amainar pero que en realidad no deja de caer durante horas y
horas.
—¿Qué tipo de historia le gustaría escuchar? —preguntó
tirando a un lado su mazo de croquet.
—Una que sea lo bastante cierta como para resultar
interesante, y a la vez lo bastante falsa como para que, si deja de llover, no
me importe no escuchar el final.
Mientras pensaba qué historia contar, Clovis se entretuvo
cambiando unos cuantos cojines de lugar hasta dejarlos en la posición que
buscaba. Sabedor de que a la baronesa le gustaba que sus invitados se
encontrasen cómodos, pensó que lo más apropiado era no contradecir sus deseos.
—¿Le he contado alguna vez la historia de San Vespaluus?
—le preguntó finalmente a su anfitriona.
—Me has contado historias de grandes duques, de domadores
de leones, de viudas de hombres de negocios, e incluso, una vez, la de un
cartero de Herzegovina —respondió la baronesa—. También la de un jockey
italiano y una institutriz novata que se fugaron juntos a Varsovia. Y también
unas cuantas sobre tu madre. Pero, si te digo la verdad, ninguna acerca de un
santo.
—En ese caso, se la contaré. Esta historia ocurrió hace
mucho tiempo —comenzó Clovis—, en aquellos tiempos violentos y confusos en que
un tercio de la población era pagana, un tercio cristiana, y el tercio más
grande de todos se limitaba a seguir la religión que se profesaba en la corte
de sus respectivos países. Hubo en aquella época un rey llamado Hkrikros, un
hombre de genio terrible que no tenía sucesor directo en su propia familia. Su
hermana, no obstante, se había encargado de proporcionarle un buen surtido de
sobrinos de entre los que poder elegir a su heredero. De todos ellos, el
principal candidato, el que contaba con la aprobación de la mayoría de los
miembros de la corte, era Vespaluus, quien por entonces contaba tan sólo
dieciséis años. Vespaluus no sólo era el que mejor planta tenía, el que mejor
montaba a caballo y el que más lejos arrojaba la jabalina, sino que poseía
además ese don, que en un príncipe resulta siempre tan inestimable, de ser
capaz de pasar de largo junto a un mendigo haciendo como que no se ha percatado
de su presencia (si bien cuando no tenía más remedio que reparar en él siempre
se dignaba a darle alguna que otra limosna). Mi madre, en cierta medida, tiene
también ese don. Es perfectamente capaz de pasar cualquier día, sonriente y
cargada de dinero, por una subasta de fines benéficos sin gastar ni un solo
chelín y, caso de encontrarse a los organizadores de la subasta al día
siguiente, dirigirse a ellos dándose aires de importancia, como diciendo:
«Ojalá me hubiese enterado antes de que andaban ustedes cortos de fondos».
«Pero a lo que iba. Por aquel entonces Hkrikros era un
monarca pagano de primer orden que rendía un culto fanático a ciertas
serpientes sagradas que moraban en un bosquecillo, también sagrado, que se
extendía sobre una colina cercana al palacio real. Aunque en materia de
religión el pueblo llano tenía permitido hacer en privado lo que quisiese
dentro siempre de ciertos límites en favor de la seguridad y la discreción,
todo aquel que, estando al servicio de la corte, pasaba a abrazar la religión
cristiana, era mirado por encima del hombro. Y no sólo en el sentido
metafórico, sino también en el literal, pues, por lo general, acababa siendo
devorado en el foso de las fieras mientras el resto de la corte se entretenía
viéndolo agonizar desde arriba. Por consiguiente, cuando el joven Vespaluus
apareció un día en la corte con un rosario colgando de su cinturón, y, en
respuesta a las furiosas preguntas que se le dirigieron, anunció que había
decidido adoptar la religión cristiana o, cuando menos, probarla, se armó un
gran revuelo y se produjo una gran consternación. Si se hubiese tratado de
alguno de sus otros sobrinos, posiblemente el rey se hubiese limitado a dar
orden de que se tomase alguna que otra medida drástica como, por ejemplo,
azotar y desterrar al hereje, pero tratándose de Vespaluus decidió tomarse el
asunto de la misma manera que cualquier padre actual se hubiese tomado el que
una hija suya le hubiese anunciado de repente que tenía intención de ser
actriz. Así que, en consecuencia, mandó llamar al bibliotecario real. Como en
aquellos días la biblioteca real no estaba lo que se dice demasiado surtida, el
guardián de los libros del rey pasaba gran parte de su tiempo sin nada que
hacer, por lo que a menudo su presencia era requerida para resolver los problemas
ajenos cuando éstos se salían de lo normal y se volvían extremadamente
difíciles de controlar.
»—Debes hacer que el Príncipe Vespaluus entre en razón —le
dijo el rey— y hacerle comprender el terrible error que ha cometido. No podemos
permitir que el heredero al trono vaya por ahí dando un ejemplo tan perjudicial
para todos nosotros.
»—¿Y a qué argumentos me recomendaría recurrir Su Majestad
para convencer a su sobrino? —preguntó el bibliotecario.
»—Te doy carta blanca para escoger los argumentos que
prefieras —le contestó el rey—. Si no consigues encontrar las razones y los
argumentos adecuados para la ocasión, entonces es que eres un hombre de escasos
recursos. Y si eso ocurre ya me cuidaré yo de hacer contigo lo que corresponda.
»Así que el bibliotecario puso manos a la obra. Como no se
le ocurrió nada mejor, optó por darse una vuelta por un bosque cercano para
recoger una considerable cantidad de varas y palos, todos ellos de un tamaño y
una solidez capaces de disuadir a cualquiera de cualquier cosa. Luego fue en
busca de Vespaluus para intentar hacerle razonar sobre aquella conducta suya
tan irracional y, sobre todo, tan indecorosa. Sus argumentos dejaron en el
joven príncipe una profunda impresión que duró muchas semanas, durante las
cuales no volvió a oírse ni una palabra acerca de aquel desafortunado desliz
que el muchacho había tenido con la religión cristiana. Pero, pasado un tiempo,
un nuevo escándalo de naturaleza muy similar conmovió a toda la corte. En
cierta ocasión en la que debería haber estado ocupado invocando en voz alta la
misericordiosa protección y los buenos designios de las serpientes sagradas,
Vespaluus fue sorprendido cantando unos versos en honor de San Odilo de Cluny.
El rey, visiblemente enfurecido ante aquel nuevo brote de fervor cristiano,
comenzó a darse cuenta de lo poco halagüeña que se estaba tornando la
situación, pues todo parecía indicar que Vespaluus seguía empeñado en practicar
aquella indignante herejía. Y eso que, a pesar de todo, en su apariencia
externa no había nada que llevase a pensar en ello. Ni siquiera tenía los ojos
ausentes del típico fanático ni la mirada mística del soñador. Muy por el
contrario, seguía siendo el mozo mejor parecido de toda la corte: tenía una
figura elegante y fornida, un aspecto de lo más saludable, unos hermosos ojos
oscuros y una suave y esmeradamente cuidada cabellera negra.
—Eso suena a descripción de cómo te hubiera gustado a ti
ser cuando tenías dieciséis años —dijo la baronesa.
—Vaya, parece ser que mi madre ha estado enseñándole
algunas de mis primeras fotografías —dijo Clovis en un hábil intento de
convertir en cumplido el sarcasmo de su anfitriona. Acto seguido, reanudó su
historia.
—El rey tomó entonces la determinación de encerrar a
Vespaluus en una oscura torre. Durante tres días y tres noches lo retuvo allí a
pan y agua y sin otra cosa que hacer más que escuchar el aleteo y los chillidos
de los murciélagos y observar cómo se deslizaban las nubes por un estrecho
ventanuco que no era sino una simple rendija en la pared. Los más antipaganos
del país comenzaron a contar maravillas de aquel muchacho que tan
repentinamente se había convertido en mártir. Aunque, a decir verdad, aquel martirio
se vio mitigado, por lo menos en lo que a comida se refería, gracias a la
escasa atención que ponía en su trabajo el guardián de la torre, quien una o
dos veces llegó a dejarse sin querer en la celda del príncipe algunos pedazos
de carne asada, algunas piezas de fruta y hasta algo de vino que formaban parte
de su propia comida. Una vez terminado el castigo, Vespaluus se vio sometido a
un estricto régimen de vigilancia por si acaso persistía todavía en él algún
síntoma de aquella malsana obstinación religiosa, pues el rey no estaba
dispuesto a soportarle ningún nuevo desliz en materia tan importante ni
siquiera a su sobrino favorito. Si éste volvía a cometer alguna tontería de
aquel tipo, el orden de sucesión al trono no tendría más remedio que ser alterado.
«Durante un tiempo todo fue bien. El torneo deportivo de
verano se acercaba cada vez más y el joven Vespaluus estuvo demasiado
enfrascado preparándose para las competiciones de lucha, a campo traviesa y
lanzamiento de jabalina como para ocuparse de los conflictos ocasionados por
creencias religiosas opuestas. Hasta que llegó el día en que se celebraba el
acto culminante del mencionado torneo de verano, que consistía en un baile de
carácter ceremonial que se llevaba a cabo en los alrededores del bosquecillo en
el que vivían las serpientes sagradas. Fue entonces cuando Vespaluus, por así
decirlo, decidió “montar su propio número”. La afrenta que recibió entonces la
religión del estado fue demasiado grave y ostentosa como para quedar impune, ni
tan siquiera en el caso de que el rey hubiese querido pasarlo por alto (lo cual
no fue así, pues el propio monarca fue el primero en declarar que aquello no
podía quedar exento de castigo). Durante un día y medio el rey se encerró a
solas, negándose rotundamente a cruzar ni una sola palabra con nadie, para
darle vueltas al asunto. Y mientras todo el mundo estaba convencido de que lo
que hacía era debatir consigo mismo si lo que debía ordenar era que mataran al
príncipe o que lo perdonaran, lo que en realidad estaba haciendo era
simplemente decidir de qué manera sería ejecutado el muchacho. Ya que había que
matarlo, y como en cualquier caso parecía inevitable que la ejecución atrajese
la atención de casi todo el mundo, ¿por qué no hacer que el acto resultase lo
más espectacular e impresionante posible?
»A pesar de tener unos reprobables gustos en lo que a
religión se refiere —dijo el rey— y de ser tan obstinadamente devoto de todas
esas estúpidas creencias, mi sobrino sigue siendo un joven dulce y encantador.
Por ello, lo que más se ajusta a su caso es que quienes se encarguen de darle
muerte sean precisamente aquellas que tienen el don de producir lo más dulce
que hay en este mundo.
»—¿Qué quiere decir exactamente Su Majestad? —preguntó el
Bibliotecario Real.
»—Quiero decir —explicó el rey— que será expuesto a las
abejas hasta que muera bajo el efecto de sus picaduras. Y ni que decir tiene
que las abejas que se encargarán de ello serán las abejas reales. Es decir, mis
propias abejas.
»—Una muerte de lo más elegante —convino el Bibliotecario.
«—Elegante y espectacular. Y, además, indudablemente
dolorosa —dijo el rey—. Reúne todas las condiciones que uno podría desear.
»Fue el rey en persona quien se encargó de planear todos
los detalles de la ceremonia de ejecución. Ante todo, se desnudaría a
Vespaluus, luego se le atarían las manos a la espalda, y después sería
suspendido en posición horizontal justo encima de tres de las colmenas más
grandes del rey hasta casi tocarlas, de tal manera que en cuanto su cuerpo
hiciese el menor movimiento entraría en contacto con ellas. El resto quedaba
por entero en manos de las abejas. La agonía, según calculó el rey, podría
durar entre quince y cuarenta minutos. No obstante, entre el resto de los
sobrinos había una gran diversidad de opiniones (que había llegado a traducirse
en una buena cantidad de apuestas) en cuanto a si la muerte podría resultar
casi instantánea o si, por el contrario, podría alargarse incluso durante un
par de horas. Sólo en una cosa se habían mostrado todos de acuerdo: en que era
preferible ser arrojado a un foso hediondo lleno de fieras hambrientas.
»Pero he aquí que dio la casualidad de que el cuidador de
las colmenas reales sentía cierta inclinación por la religión cristiana, y, lo
que era aún más importante, sentía un gran apego, al igual que le ocurría a la
mayoría de los miembros de la corte, por Vespaluus. Fue por ello que, durante
la víspera del día de la ejecución, se dedicó a extraerle el aguijón a todas y
cada una de las abejas del rey. Si bien fue una operación larga, fatigosa y
delicada, no hemos de olvidar que estamos hablando de un experto criador de
abejas. Así que, tras casi una noche entera de intenso trabajo, aquel hombre
logró desarmar a todas o a casi todas las inquilinas de las colmenas reales.
—No sabía que se le pudiera extraer el aguijón a una abeja
viva —dijo la baronesa con incredulidad.
—Toda profesión tiene sus secretos, querida —contestó
Clovis—. Si no los tuviera no sería una profesión. En fin, ¿por dónde iba? Ah,
sí. El momento de la ejecución llegó. El rey y todos los miembros de la corte
ocuparon sus respectivos lugares. Se permitió asistir también a todos aquellos
de entre el pueblo llano que deseasen presenciar un espectáculo tan poco
frecuente como aquél. Afortunadamente, el jardín en el que las colmenas se
hallaban dispuestas gozaba de grandes dimensiones y estaba rodeado, además, por
toda una serie de amplias terrazas. Tras construir unas cuantas plataformas y
apretujar un poco en ellas a los espectadores, pudo hacerse sitio para todo el
mundo. Cuando Vespaluus fue conducido hasta donde se hallaban las colmenas no
pudo evitar sonrojarse y sentirse ligeramente azorado, pero ni mucho menos le
disgustó el hecho de ser el centro de atención de todos los presentes.
—Entonces ya se parece a ti en algo más que en la simple
apariencia —dijo la baronesa.
—Por favor, señora, no interrumpa en el momento crucial de
la historia —dijo Clovis—. Tan pronto como estuvo cuidadosamente colocado sobre
las colmenas en la posición anteriormente descrita, y sin apenas darle tiempo a
sus guardianes para retirarse a un lugar seguro, Vespaluus lanzó una certera
patada con la que derribó por tierra, una encima de otra, las tres colmenas. Al
cabo de unos segundos su cuerpo se hallaba completamente cubierto de abejas de
la cabeza a los pies. Aunque cada uno de aquellos insectos guardaba en su
interior la terrible y humillante verdad de que, precisamente en el momento en
que mayor falta le hacía, se veía privado de su aguijón, parecía como si todos
ellos se hubiesen puesto de acuerdo en fingir que aún lo conservaban. Vespaluus,
mientras tanto, chillaba y se retorcía de risa, pues, no en vano, miles de
patitas le estaban haciendo cosquillas por todo el cuerpo. De vez en cuando
lanzaba una furiosa patada o soltaba una palabrota cuando una de las pocas
abejas que no había llegado a ser desarmada le demostraba cómo se sentía. En
cuanto a los espectadores, éstos contemplaban asombrados cómo el muchacho no
daba el menor signo de agonía. Y cuando las abejas, hartas ya de aquel
infructuoso juego, comenzaron poco a poco a alejarse en grandes bandadas
aleteantes, la piel del muchacho fue quedando progresivamente a la vista: se
hallaba tan blanca y suave como lo había estado antes de dar comienzo la
frustrada ejecución. Lo único que alteraba algo el estado de su piel era el
brillo acuoso de algunas manchas de miel y algún que otro punto rojo que
mostraba dónde habían actuado los escasos aguijones que habían estado presentes
en la ceremonia. Conforme se fue haciendo evidente que algún increíble milagro
acababa de obrar en su favor, un sonoro murmullo, a medio camino entre el
asombro y el júbilo, se elevó entre la multitud presente. El rey ordenó que
bajasen a Vespaluus de donde estaba y lo mantuviesen a buen recaudo hasta nueva
orden. Acto seguido, indignado y sin decir una sola palabra, se fue a comer.
Durante la comida, tuvo cuidado de comer y beber con las mismas ganas y la
misma abundancia que siempre, justo como si no hubiese pasado nada inusual,
pero una vez terminado el banquete, mandó llamar al Bibliotecario Real.
»—¿Cómo se explica lo ocurrido? —le preguntó.
»—Verá, Su Majestad —comenzó a decir el funcionario—, o
bien hay algo que marcha mal en todas esas abejas o…
»—No hay nada que marche mal en mis abejas —dijo el rey
con altivez—. Son las mejores abejas del mundo.
»—Pues entonces —dijo el bibliotecario— hay algo que
marcha inevitablemente bien en el Príncipe Vespaluus.
»—En tal caso, si en Vespaluus todo marcha bien, entonces
es en mí mismo donde debe de estar el error.
»El bibliotecario guardó silencio durante un momento.
Hablar con demasiada precipitación, sin detenerse a pensar, había sido la
perdición de muchos, pero en aquella ocasión fue aquel silencio tan poco
meditado lo que causó la ruina de aquel desafortunado miembro de la corte.
«Olvidando por un lado la compostura debida a la dignidad
de su cargo, y por otro esa regla sagrada según la cual siempre se debe dejar
descansar al cuerpo y a la mente después de una copiosa comida, el rey se
abalanzó sobre el guardián de los libros reales y comenzó a golpearlo repetidas
veces en la cabeza primero con un tablero de ajedrez de marfil, después con una
gran jarra de vino, y por último con un sólido candelabro de latón. Luego,
durante un buen rato, se dedicó a golpearlo violentamente contra un enorme
brasero de hierro y a propinarle una serie de furiosas patadas que lo hicieron
rodar por toda la estancia. Por último, lo cogió de los pelos, lo arrastró un
rato por un largo pasillo y acabó arrojándolo al patio por una ventana.
—¿Y le dolió mucho? —preguntó la baronesa.
—Desde luego, le dolió más de lo que le sorprendió, que ya
era mucho —dijo Clovis—. Porque, si bien el rey tenía fama de ser un hombre de
carácter muy violento, aquélla era la primera vez que se dejaba llevar de
manera tan incontrolada nada más acabar de comer. Pero a lo que iba. Aunque el
bibliotecario sobrevivió algún tiempo (de hecho, por lo que yo sé, si a estas
alturas todavía no se ha muerto de viejo ya debe haberse recuperado), el rey
Hkrikros murió aquella misma tarde. Vespaluus apenas había acabado de quitarse
de encima los últimos restos de miel cuando una apresurada comitiva fue a su
encuentro para ponerle la corona en la cabeza. Y entre aquel milagro
atestiguado por tanta gente por un lado y la llegada al trono de un rey
cristiano por otro, a nadie sorprendió que se produjese una auténtica avalancha
de conversos a la nueva religión. Un obispo que fue consagrado a toda prisa
como tal se vio súbitamente desbordado de trabajo debido a la enorme cantidad
de bautizos que tuvo que celebrar en la improvisada Catedral de San Odilo. Y
aquel muchacho que a punto estuvo de quedarse en mártir acabó convertido,
gracias a la imaginación de todos sus súbditos, en un santo cuya fama fue capaz
de atraer a la capital a multitudes enteras de visitantes que se veían
impelidos tanto por la curiosidad como por la devoción. Vespaluus, que se
hallaba demasiado ocupado organizando los juegos y los torneos deportivos que
marcarían el inicio de su reinado, no tuvo tiempo para prestarle atención al
fervor religioso que estaba brotando alrededor de su persona. El primer indicio
que tuvo de cuál era la situación a dicho respecto fue cuando el chambelán de
la corte le llevó, para que diera su aprobación, el proyecto de una ceremonia
en la que se procedería a talar el bosquecillo en el que vivían las serpientes
sagradas.
»—Su Majestad tendrá el gran honor de talar el primer
árbol con un hacha que ha sido consagrada especialmente para la ocasión —dijo
el servil funcionario.
»—Antes preferiría cortarte a ti la cabeza con la primera
hacha que encontrase a mano —dijo Vespaluus lleno de indignación—. ¿Es que
acaso te crees que voy a iniciar mi reinado ofendiendo de esa manera tan ruin a
las serpientes sagradas? Sería algo de lo más nefasto.
»—¿Y qué hay de sus principios cristianos, Majestad? —no
pudo menos que exclamar el desconcertado chambelán nada más escuchar aquellas
palabras.
»—Nunca tuve ninguno —respondió Vespaluus—. Lo que hacía
era fingir que me había convertido al Cristianismo simplemente para hacer
rabiar a Hkrikros. Me encantaba ver cómo se ponía hecho una furia. Y encontraba
de lo más divertido ser reprendido, azotado e incluso encerrado en una torre
para nada. Pero en cuanto a convertirme de verdad en cristiano, tal y como
todos vosotros habéis hecho, eso nunca se me hubiera ocurrido. Y menos aún
sabiendo que mis queridas serpientes sagradas estaban siempre ahí cada vez que
les rezaba y que les pedía ayuda para tener éxito en las carreras, en la lucha
y en la caza. Además, sé que gracias a ellas las abejas no me hicieron daño con
sus aguijones. Por todo ello y mucho más creo que si me volviese de pronto
contra ellas justo cuando comienza mi reinado cometería un imperdonable acto de
ingratitud. Por lo demás, quiero que sepas que te odio y te desprecio por haber
sugerido tal atrocidad.
»El chambelán se retorció las manos con evidentes signos
de desesperación.
»—Pero, Su Majestad —gimió—, el pueblo le venera como a un
santo. Los nobles se convierten a puñados al Cristianismo. Las potencias
vecinas que profesan la religión cristiana envían a sus representantes para
darle la bienvenida a la nueva fe y ofrecerle su cooperación como a un hermano.
Se ha llegado a hablar de convertirle en santo patrón de las abejas y las
colmenas. Incluso a cierto tono de color que queda a medio camino entre los
colores amarillo y miel le han puesto el nombre de “amarillo vespalusiano” en
la corte del emperador. Su Majestad no puede echarse atrás después de todo eso.
»—Me da completamente igual que me veneren, que vengan a
darme la bienvenida o que me tomen como un símbolo —dijo Vespaluus—. Y me
importa muy poco que me nombren santo siempre que, además, no tenga que actuar
como un verdadero santo. Pero lo que de una vez por todas quiero que entiendas
es que de ninguna de las maneras voy a renunciar a rendirle culto a las
serpientes a las que tanto debo.
»Una siniestra amenaza latía en la manera en que había
dicho las últimas palabras. Sus hermosos ojos oscuros relampaguearon excitados.
»—Un nuevo rey, pero el mismo genio de siempre —dijo el
chambelán.
«Finalmente, viendo que todo aquello se había convertido
en una cuestión de estado que se hacía necesario resolver cuanto antes, se
llegó a un acuerdo en la cuestión de las religiones. En determinadas ocasiones,
el rey aparecería ante sus súbditos en la catedral de la capital representando
el papel de San Vespaluus. Por lo demás, el bosquecillo idolatrado por los
adoradores de las serpientes fue gradualmente podado, recortado y talado hasta
que finalmente no quedó nada de él. No obstante, por lo que respecta a las
serpientes sagradas, éstas fueron trasladadas a un macizo de arbustos que había
en cierto rincón resguardado de los jardines reales. Allí, Vespaluus el Pagano
y unos cuantos miembros de su casa se dedicaban a adorarlas con fervor.
Probablemente ésa fue la razón de que el éxito en los deportes y en la caza los
acompañara siempre tanto a él como a sus hijos hasta el final de sus días. Y
probablemente ésa fue también la causa de que, a pesar de toda la veneración
que el pueblo tenía por aquel santo, éste nunca fuera canonizado oficialmente.
—¡Vaya! Por fin ha dejado de llover —dijo entonces la
baronesa.
LA MÚSICA DE LA COLINA
Sylvia Seltoun bajó al comedor de su casa de Yessney para
desayunar sintiendo por dentro una agradabilísima sensación de victoria similar
a la que debió de permitirse Ironside en la batalla de Worcester. Aunque apenas
podía decirse de ella que fuese una mujer de naturaleza belicosa, sí era cierto
que pertenecía a esa clase de luchadores, por lo general los más exitosos de
todos, que sólo se deciden a pelear cuando se ven obligados por las
circunstancias.
No en vano, si bien el destino le había deparado una vida
llena de pequeñas batallas en las que solía partir con las de perder, siempre
había acabado arreglándoselas para salir airosa de todas ellas. Y ahora,
finalmente, podía considerarse una mujer feliz por haber sido capaz de resistir
a la más dura e importante de todas sus batallas personales, una batalla cuyo
desenlace, esta vez sí, le había resultado completamente favorable. Haberse
casado con Mortimer Seltoun, o «Mortimer el Muerto», como le llamaban sus más
feroces enemigos, a pesar de tener a toda su familia política en contra y a
pesar de la indiferencia natural que parecía sentir su marido hacia la inmensa
mayoría de las mujeres, era un logro que había requerido de toda su resolución
y habilidad para su consecución. Y había tenido que esperar hasta justo el día
anterior para poder decir que había llevado aquella victoria a su punto
culminante, pues fue el día en que decidió coger a su marido y llevárselo lejos
de la ciudad y de todo lo que ésta llevaba consigo para «hacerle echar raíces»,
según su propia expresión, en aquella remota granja rodeada de bosques por
todas partes en la que ambos tenían su casa de campo.
—Nunca conseguirás que Mortimer consienta en ir allí —le
había dicho anteriormente su suegra en más de una ocasión—. Ahora bien, si por
casualidad lo logras aunque sea tan sólo una vez, estoy segura de que se
quedará. Yessney produce sobre él un influjo casi tan poderoso como el de la
ciudad. La diferencia está en que una puede llegar a entender qué es lo que le
ata a la ciudad, pero, en cambio, por lo que a Yessney se refiere… —la mujer no
continuó. Se limitó a encogerse de hombros.
A decir verdad, había algo sombrío y casi salvaje en
Yessney que no casaba mucho con los gustos de aquellos que se han criado desde
siempre en la ciudad, y muy en particular en el caso de Sylvia, para quien el
parque de Kensington representaba lo más salvaje que había visitado en toda su
vida. Creía que el campo, a su manera, era algo excelente y saludable, pero
pensaba también que podía llegar a convertirse en algo tedioso y difícil de
soportar si uno no llegaba a acostumbrarse a él lo suficiente. La poca confianza
que la ciudad le inspiraba ahora era algo enteramente nuevo para ella, nacido
sin duda de su matrimonio con Mortimer, por lo que había visto con alegría cómo
había ido desapareciendo gradualmente de sus ojos lo que ella denominaba «la
mirada de la ciudad» conforme los bosques y los campos de Yessney habían ido
apareciendo y cerrándose detrás de ellos durante el viaje del día anterior. Su
fuerza de voluntad y sus planes habían acabado imponiéndose. Y, como era de
esperar, Mortimer se quedaría allí.
Justo al otro lado de las ventanas del salón comenzaba una
ligera pendiente cubierta de césped, de forma más o menos triangular, que se
hallaba circundada por un seto de escasa altura y visiblemente descuidado. Más
allá de los arbustos, una nueva pendiente mucho más pronunciada y cubierta de
helechos y brezos descendía hasta una serie de cañadas de aspecto tenebroso en
las que abundaban los tejos y los robles. En aquellos reductos de aspecto tan
agreste parecían darse cita el optimismo de la vida y el terror de lo
desconocido. Mientras paseaba su mirada por aquel paisaje como si estuviese
admirando una obra de arte, Sylvia sonrió con suficiencia. Permaneció así unos
segundos hasta que, de repente, sintió que la sacudía un escalofrío.
—Tiene un aspecto verdaderamente salvaje —le dijo a
Mortimer, quien se había situado a su lado—. Podría incluso pensarse que, en un
lugar como éste, el culto a Pan nunca ha llegado a extinguirse del todo.
—De hecho, querida, eso es precisamente lo que ha
ocurrido. El culto a Pan nunca ha llegado a extinguirse aquí —dijo Mortimer—.
Muchos dioses modernos han ido perdiendo la fe de sus devotos con el tiempo,
pero él es el auténtico Dios de la Naturaleza a quien todo y todos terminamos
regresando. Se le ha llegado a llamar el Padre de todos los Dioses, si bien
también es cierto que la mayoría de sus hijos han nacido, en mayor o menor
medida, muertos.
Aunque escasamente devota, Sylvia era una mujer de
profundas convicciones religiosas, por lo que no le gustaba oír hablar de sus
creencias como si fuesen simples fruslerías. No obstante, suponía para ella
algo completamente nuevo y esperanzador oír a «Mortimer el Muerto» hablar de
algo con tanta energía y entusiasmo.
—No creerás realmente en Pan, ¿verdad, querido? —le
preguntó, llena de incredulidad.
—A lo largo de mi vida he hecho el tonto muchas veces
—dijo Mortimer con tranquilidad—, pero no soy tan idiota como para no creer en
Pan cuando vengo a un lugar como éste. Y si tú fueras inteligente y supieses lo
que te conviene, no te jactarías de no creer en él precisamente cuando estás en
sus dominios.
Una semana después, una vez que de tanto pasear por ellos
se hubo hartado de los atractivos que le ofrecían los boscosos alrededores de
Yessney, Sylvia decidió aventurarse a inspeccionar los diferentes edificios de
la granja. Un corral que descubrió hizo que acudiese a su imaginación una
bulliciosa escena en la que aparecían risueñas mujeres que portaban cántaros
rebosantes de leche y grupos de caballos que bebían apaciblemente en mitad de
un estanque lleno de patos. No obstante, una vez pasado aquel primer momento, y
conforme continuó paseando por entre los desolados y sombríos edificios de
Yessney, la impresión que recibió fue de una aplastante desolación, la misma
que uno hubiese esperado encontrar en una casa abandonada que llevase largo
tiempo convertida en hogar de búhos y telas de araña. Poco después la asaltó la
sensación de que algo decididamente hostil la estaba vigilando atentamente,
algo que la hizo acordarse sin querer de aquellas sombras tan siniestras que
dominaban las cañadas y los bosques cercanos a la casa y desde las que tantas
cosas desconocidas parecían estar continuamente acechando. Como desde detrás de
gruesas puertas y ventanas cerradas comenzó a llegarle un agitado sonido de
pasos, el entrechocar metálico de una cadena y el resoplar apagado de algún
animal que tuviese cierta dificultad en respirar, como si jadease. Descubrió
entonces que, desde una lejana esquina, un perro muy peludo la observaba
fijamente con cara de pocos amigos. Cuando Sylvia se le acercó, el animal
desapareció silenciosamente en el interior de su caseta, para reaparecer más
tarde, igual de silencioso, una vez que ella hubo pasado junto a la caseta y
continuado su camino. Unas cuantas gallinas que merodeaban junto a un almiar
picoteando el suelo en busca de comida se escabulleron precipitadamente por
entre los hierros de una verja cuando la vieron llegar. Sylvia pensó entonces
que si llegaba a encontrar seres humanos en aquel laberinto de graneros y
establos, seguramente no tardarían en desaparecer como si se tratase de
fantasmas. Finalmente, tras volver una esquina, encontró un ser vivo que no
echó a correr nada más verla. Revolcándose en un charco de barro había una
cerda enorme, gigantesca, más grande de lo que ella, como mujer de ciudad,
nunca hubiese podido imaginar, que acababa de ponerse alerta rápidamente, como
si tuviese la intención de asustar o incluso repeler, si ello fuese necesario,
a la intrusa. En aquella ocasión fue a Sylvia a quien le tocó batirse en
retirada de la manera más discreta posible. Mientras se abría paso entre
almiares, establos y largos muros desnudos que no dejaban de aparecer por todos
lados, la sobresaltó de repente un extraño sonido. Parecía el eco lejano de una
risa, la risa traviesa y burlona de un muchacho. Jan, un campesino rubio y de
rostro arrugado a pesar de su juventud, y que era el único chico que trabajaba
en la granja, quedaba bien visible en aquel momento mientras cavaba en el
bancal de patatas que se extendía en la ladera de una colina cercana. Cuando,
más tarde, le preguntó a Mortimer acerca de aquello, éste le contestó que no
tenía ni idea de quién podía haber sido el bromista que había estado espiándola
y que se había reído de ella durante su retirada. El recuerdo de aquel eco
misterioso se unió al de todas esas otras impresiones suyas que no dejaban de
decirle que algo sospechoso y siniestro se cernía sobre Yessney.
Cada vez veía menos a Mortimer. La granja, los bosques y
los arroyos cercanos parecían tragárselo durante todo el día, desde el amanecer
hasta la puesta de sol. Un día, tras echar a andar en la dirección que le había
visto tomar aquella misma mañana, llegó a un claro que se abría en medio de un
bosquecillo de nogales y que se hallaba cerrado algo más adelante por enormes
tejos. En medio de aquel claro había un pedestal de piedra coronado con una
pequeña figura de bronce que representaba a un jovial Pan. Aunque se trataba de
una obra de hermosa factura, lo que de verdad llamó la atención de Sylvia fue
el racimo de uvas recién cortado que había sido colocado a los pies de la
figurita a manera de ofrenda. Como las uvas no abundaban precisamente en la
granja, Sylvia, sin poder reprimir un ligero acceso de ira por lo que
consideraba un verdadero despilfarro, decidió coger del pedestal aquel racimo y
llevárselo con ella.
Mientras regresaba lentamente hacia la casa, la invadió
una creciente irritación. Poco después, aquel estado dio paso súbitamente a
otro más agudo que rayaba en el miedo. Fue entonces cuando descubrió que, desde
el otro lado de una tupida maraña de maleza, el rostro moreno y hermoso de un
muchacho la estaba mirando con el ceño ferozmente fruncido y dos ojos que
rebosaban una indescriptible maldad.
Aquél era un camino solitario. Y aunque en realidad todos
los caminos que había en torno a Yessney eran tan solitarios o más que aquél,
en aquella ocasión Sylvia se asustó más de lo que en ella era habitual, por lo
que decidió alejarse de allí a todo correr sin detenerse un solo segundo a
mirar más de cerca a aquella repentina aparición. Hasta que alcanzó la casa no
se dio cuenta de que el racimo de uvas se le había caído durante su precipitada
huida.
—Hoy he visto a un muchacho en el bosque —le contó a
Mortimer aquella tarde—. Era un chico moreno y muy guapo, pero con una cara de
granuja que llegó incluso a asustarme. Me imagino que sería un gitanillo.
—Una teoría muy razonable —dijo Mortimer—. Pero con una
única objeción: que actualmente no hay gitanos por aquí.
—Entonces, ¿quién podía ser aquel muchacho? —preguntó
Sylvia.
Pero como Mortimer no parecía tener ninguna teoría propia
al respecto, decidió pasar a relatar lo del racimo de uvas que había encontrado
aquella misma mañana.
—Supongo que fue cosa tuya —comentó—. Es algo que no tiene
la menor importancia, querido, pero si la gente se entera de que vas por ahí
haciendo ese tipo de cosas empezarán a pensar que eres un poquito raro, ¿no
crees?
—¿Por casualidad llegaste a tocar algo? —preguntó
Mortimer.
—Yo… bueno, yo… cogí las uvas y las tiré. Me pareció una
cosa tan ridícula… —dijo Sylvia mientras observaba el rostro imperturbable de
Mortimer a la espera de algún signo visible de enfado.
—Creo que no fuiste muy prudente al hacer eso —dijo con
aspecto pensativo—. He oído decir que los Dioses de los Bosques suelen portarse
bastante mal con aquellos que osan importunarles.
—Quizá se porten así con los que creen en ellos. Pero,
como tú ya sabes, yo no creo una sola palabra de toda esa sarta de tonterías
—replicó Sylvia.
—Eso no tiene nada que ver —dijo Mortimer con aquel tono
tan neutro y exento de pasión que era tan característico en él—. Yo que tú
evitaría pasear por bosques y huertos. Y procuraría mantenerme alejado de todos
los animales de la granja que tengan cuernos.
Aunque, naturalmente, todo aquello no eran más que
tonterías, en aquel lugar tan solitario y rodeado de bosques por todas partes
hasta la tontería más inofensiva era capaz de poner nervioso a cualquiera.
—Mortimer —dijo Sylvia de repente—, creo que no tardaremos
en regresar a la ciudad.
Su victoria había demostrado no ser tan completa como
había supuesto en un principio. No en vano, la había llevado a un terreno que
estaba deseando dejar de pisar cuanto antes.
—Pues a mí me parece que tú nunca volverás a la ciudad
—repuso Mortimer.
Ella tuvo la impresión de que, al decir aquello, su marido
parecía estar aplicándose a sí mismo aquello que su madre había predicho una
vez.
A la mañana siguiente, Sylvia se dio cuenta, ligeramente
disgustada consigo misma, de que el paseo que estaba dando la mantenía, como de
manera instintiva, a una prudente distancia del entramado que formaban los
bosques cercanos. Y por lo que se refería a los animales con cuernos, el
consejo que Mortimer le había dado la tarde anterior demostró ser completamente
innecesario pues, en el mejor de los casos, dichos animales siempre le habían
inspirado poca confianza. No en vano, su imaginación le hacía confundir a las
pacíficas vacas lecheras con los toros más bravos, propensos a enfurecerse en
cualquier momento. En cuanto al carnero que pastaba en el pequeño prado que
había junto al huerto, aunque había acabado convenciéndose, después de un
amplio y prudente período de prueba, de que era de naturaleza dócil, aquel día,
sin embargo, decidió no comprobar personalmente si el animal seguía conservando
aquella docilidad, pues éste, que por lo general estaba siempre tranquilo,
aquella mañana no hacía más que correr de un lado a otro de su territorio dando
muestras de una gran inquietud.
Cuando, de repente, oyó un trinar intermitente y apagado,
similar al de una flauta, que parecía salir de lo más profundo de un
bosquecillo cercano, se dio cuenta de que parecía haber alguna sutil conexión
entre el nerviosismo imperante en el animal y aquella música extrañamente
salvaje que salía de entre los árboles. Algo inquieta, Sylvia decidió entonces
cambiar de dirección y comenzar a subir una de aquellas laderas cubiertas de
brezo que rodeaban Yessney por todas partes. Aunque había dejado definitivamente
atrás el trinar de aquella flauta, el viento le llevó, a través de las cañadas
plagadas de bosques que quedaban a sus pies, otro tipo de música: los
atropellados aullidos de una jauría en plena cacería. Recordó de pronto que
Yessney se encontraba precisamente en los alrededores de Devon–and–Somerset, y
que las cacerías de ciervos que se organizaban allí a menudo tomaban aquella
dirección. Justo en aquel instante Sylvia pudo ver un cuerpo oscuro que
brincaba de colina en colina y se perdía de vista continuamente conforme pasaba
de una cañada a otra mientras detrás de él no dejaba de oírse, cada vez con
mayor intensidad, aquel implacable coro de ladridos. Al verlo, no pudo evitar
sentir por aquel animal esa súbita simpatía que todos sentimos por cualquier
presa en cuya captura no tenemos ningún interés personal. Cuando, por fin, el
fugitivo atravesó de un salto un tupido entramado de matorrales y helechos que
crecían por entre una hilera de robles, Sylvia pudo contemplar a un imponente
ciervo dotado de una prodigiosa cornamenta. Obviamente, a juzgar por el rumbo
que había tomado en su frenética carrera, parecía dirigirse hacia las lagunas
de Undercombe, donde, con la ayuda del agua, podría intentar con mayor éxito
despistar a los perros que iban siguiendo su rastro. No obstante, para sorpresa
de Sylvia, súbitamente el animal volvió la cabeza hacia lo alto de la pendiente
y echó a correr con decisión saltando por encima de las matas de brezo. «Esto
va a ser espantoso —pensó Sylvia—. Los perros van a darle caza justo delante de
mis narices». Pero entonces los ladridos de la jauría parecieron desvanecerse
por un segundo y en su lugar volvió a escucharse la música de aquella flauta
salvaje que parecía llegar flotando de todas partes, como queriendo alentar a
aquel agotado ciervo a realizar un último esfuerzo. Para dejarle el camino
libre a aquel animal acosado, Sylvia se echó a un lado y permaneció oculta
entre unos frondosos arbustos. Unos segundos más tarde pudo ver pasar al ciervo
a todo correr, con la cabeza erguida y muy tiesa y los costados empapados en
sudor. Fue entonces cuando la música de flauta cobró aún mayor intensidad, como
si saliese directamente de los arbustos que se extendían a su alrededor. Y fue
también entonces cuando el animal, inexplicablemente, se detuvo en seco, dio
media vuelta y se lanzó directamente sobre ella. En menos de un segundo, toda
aquella pena que había sentido por aquel animal acosado se convirtió en
absoluto terror al ver que esta vez era ella misma la que se encontraba en peligro.
Las gruesas ramas y raíces de unas matas de brezo se encargaron de frustrar
todos sus intentos de huida al enredarse en su vestido. Desde donde estaba,
echó una aterrada mirada atrás, hacia donde comenzaba la cuesta, deseando
desesperadamente que los perros apareciesen de una vez por todas al pie de la
colina. Cuando las poderosas astas del animal se encontraron a tan sólo unos
pocos metros de ella, le vino de repente a la memoria, como si se tratase de un
fogonazo en mitad de aquel miedo tan abrumador que se había adueñado de ella,
la advertencia de Mortimer de que se guardase de los animales de la granja que
tuviesen cuernos. Justo entonces un súbito estallido de júbilo la invadió al
descubrir que no estaba sola: a pocos metros de ella, por entre los arbustos,
acababa de aparecer una figura humana.
—¡Ayúdeme, por favor! ¡Espántelo! ¡Haga que se vaya!
—acertó a gritar.
Pero aquella figura no se movió de donde estaba, y
aquellas poderosas astas continuaron su frenética carrera, prestas a ensartarse
en su cuerpo. Aterrada, fue fugazmente consciente de que podía percibir el olor
acre del animal conforme éste se iba acercando. Pero, no obstante, lo que la
aterrorizó por completo, aún más que la inminencia de su propia muerte, fue
algo que sus ojos vieron a la orilla del camino. Y, sobre todo, lo que resonó
en sus oídos durante aquellos últimos segundos: el eco inconfundible de la risa
traviesa y burlona de un muchacho.
EL CAMINO DE LA LECHERÍA
Sentados en uno de los rincones más concurridos del
parque, la baronesa y Clovis pasaban el tiempo intercambiando cotilleos y
confidencias acerca de cuantos pasaban a su lado.
—¿Quiénes eran esas tres jóvenes de aspecto tan triste y
deprimido que acaban de pasar hace un momento? —preguntó la baronesa—. Parece
como si se hubieran resignado a aceptar una mala pasada que el destino les
hubiese jugado.
—Ésas —respondió Clovis— son las hermanas Brimley
Bomefield. Estoy seguro de que si usted hubiese pasado por lo mismo que ellas,
también tendría ese aspecto tan deprimido.
—¿Ah, sí? Pues quiero que sepas que yo no hago más que
tener malas experiencias —dijo la baronesa—. La diferencia está en que yo nunca
dejo que se me note. Hacerlo sería un error tan grande como aparentar mi
verdadera edad. Pero, cuéntame, ¿qué fue lo que le ocurrió a esas tres
hermanas?
—Bueno —dijo Clovis—, digamos que su tragedia comenzó
cuando una tía suya entró a formar parte de sus vidas. En realidad, dicha tía
había estado allí todo el tiempo, pero ellas casi habían olvidado por completo
su existencia hasta que, un buen día, un pariente lejano se las devolvió a la
memoria cuando decidió incluirla, y de manera, por cierto, muy generosa, en su
testamento. Lo cual demuestra que es increíble lo que uno puede llegar a
conseguir dando ejemplo a los demás.
»Dicha tía, que durante toda su vida había sido una
persona de posición más bien humilde, se vio de pronto convertida en una mujer
inmensamente rica, por lo que las hermanas Brimley Bomefield, súbitamente
preocupadas por la vida tan solitaria que desde hacía tiempo llevaba la mujer,
decidieron por unanimidad ofrecerle su grata compañía. De un día para otro
aquella mujer se convirtió en el centro de atención de tantas sobrinas que
apenas era capaz de recordar sus nombres.
—¿Y quieres decirme qué tuvo eso de trágico para las
hermanas Brimley Bomefield? —dijo la baronesa.
—Aún no hemos llegado a esa parte —dijo Clovis—. La tía
era una mujer acostumbrada desde siempre a la vida sencilla, por lo que no
había visto prácticamente nada de mundo. Sus sobrinas, por su parte, tampoco la
animaban precisamente al derroche, pues tenían bien presente que, siendo su tía
una mujer bastante mayor, una buena parte del dinero iría a parar muy pronto a
sus manos. No obstante, cuando un día la anciana les confió sin tapujos que
antes de morir tenía intención de dejarle un buen pellizco de su pequeña
fortuna a cierto sobrino de la otra rama de la familia, un auténtico jarro de
agua fría cayó sobre las esperanzas que las tres tenían depositadas en aquella
tía tan apetitosa. No en vano, Roger, el mencionado sobrino, además de ser un
sinvergüenza de lo más deplorable, era, por lo que a dinero se refería, un
verdadero pozo sin fondo. Pero a pesar de todo, como en años anteriores se
había portado más o menos bien con la anciana mujer, ésta se negó a oír
cualquier cosa en contra del muchacho. Y aunque las tres hermanas se esforzaron
por que la anciana tuviese una buena cantidad de historias que escuchar, no
consiguieron disuadirla de su idea. «Es una auténtica pena», se decían las tres
entre sí, «que un dinero tan bueno como el de la tía tenga que caer en unas
manos que tan poco se lo merecen». Las tres se habían acostumbrado a llamar
«dinero bueno» al dinero de su tía, como si el resto de las ancianas de este
mundo no tuviesen más que dinero falso.
»Con frecuencia, en especial cuando llegaba la época en
que se celebraban carreras importantes como el Derby o St. Leger, las tres
hermanas, procurando siempre que su tía las oyera, se dedicaban a especular en
voz alta sobre cuánto dinero habría derrochado Roger en sus desafortunadas
apuestas.
»—Debe de gastar una auténtica fortuna viajando —comentó
un día la mayor de las tres hermanas Brimley Bomefield—. Dicen por ahí que
asiste a todas las carreras que se celebran en Inglaterra, e incluso a algunas
que tienen lugar en el extranjero. No me extrañaría nada que fuese capaz de ir
hasta la India para ver esas carreras que se celebran en Calcuta y de las que
tanto se oye hablar hoy en día.
»—Viajar es algo que ensancha el espíritu —dijo su tía
como queriendo justificar a su sobrino.
»—Desde luego que sí, querida tía, pero sólo cuando se
hace por el placer de viajar —puntualizó Christine—. Pero si uno no hace más
que ir de un lado para otro con el objetivo de derrochar el dinero apostando,
lo único que se consigue, más que ensanchar el espíritu, es contraer la cuenta
corriente. No obstante, mientras Roger se lo pase bien así, supongo que no le
debe de preocupar lo más mínimo cuán rápidamente se le va el dinero de las
manos o de dónde puede sacar más. Lo único que quiero decir es que es una pena.
«Para entonces la tía se había puesto a hablar de otra
cosa, por lo que parecía difícil que le hubiese prestado la menor atención a
aquella especie de discursito moralizante que Christine acababa de pronunciar.
No obstante, aquel comentario que había hecho la anciana acerca de que viajar
ensanchaba el espíritu sirvió para que a la más pequeña de las hermanas Brimley
Bomefield se le ocurriese una brillante idea para dejar a Roger en evidencia.
»—Si tan sólo pudiésemos llevarnos a la tía a algún lugar
en el que pudiese ver por sí misma cómo Roger apuesta y derrocha el dinero… —le
dijo a sus hermanas en cuanto las tres se quedaron solas—. Seguro que, por lo
que se refiere a abrirle los ojos y hacerle ver cómo es él, eso surtiría mucho
más efecto que todo lo que nosotras le podamos decir.
»—Pero, mi querida Veronique —respondieron sus hermanas—,
nosotras no podemos seguir a Roger a las carreras.
»—A las carreras no —dijo Veronique—, pero sí que
podríamos ir a algún lugar donde podamos dedicarnos a mirar cómo juegan los
demás sin tener necesariamente que tomar parte en el juego.
«—¿Estás hablando de ir a Montecarlo? —le preguntaron las
otras, repentinamente entusiasmadas con la idea.
»—Montecarlo está demasiado lejos. Además, tiene una
horrible reputación —dijo Veronique—. No me gustaría que nuestros amigos se
enteraran de que nos vamos a Montecarlo. Pero creo que Roger suele ir a Dieppe
por esta época del año. Y algunos ingleses de lo más respetable acuden también
allí. Además, el viaje no nos saldría muy caro. Así que, si nuestra tía se
anima a soportarla travesía hasta el continente, creo que un cambio de aires
podría sentarle de perlas.
»Y así fue cómo a las hermanas Brimley Bomefield se les
ocurrió llevar a cabo aquella fatídica idea.
»Tal y como ellas mismas recordarían siempre, las
desgracias parecieron cernirse sobre el grupo desde el primer día de viaje.
Para empezar, las tres hermanas se encontraron indispuestas durante casi toda
la travesía, mientras que su tía, por el contrario, no hizo sino disfrutar del
aire del mar y entablar amistad con los tipos más extraños que se encontró a
bordo. Además, aunque hacía ya muchos años desde la última vez que había estado
en el continente, había pasado algún tiempo allí mientras aprendía el oficio de
dama de compañía, por lo que su dominio del francés coloquial superaba con
creces al de sus sobrinas. Y, como es fácil imaginar, resultaba cada vez más
difícil mantenerse a cargo de alguien que sabía lo que quería, que era capaz de
pedirlo y que sabía estar al tanto de si se lo daban o no.
»Al llegar a Dieppe no encontraron ni rastro de Roger por
ningún lado. Cuando por fin pudieron averiguar algo de él, resultó que se había
trasladado a Pourville, un balneario situado a una o dos millas al oeste. Tras
mucho insistir en que Dieppe era un lugar demasiado frívolo y ruidoso, las
hermanas Brimley Bomefield lograron por fin convencer a su anciana tía de que
se marcharan a disfrutar de la relativa tranquilidad del balneario de
Pourville.
»—Ya verás cómo no es un lugar tan aburrido como puede
parecer a simple vista —le aseguraron—. Hay incluso un pequeño casino pegado al
hotel en el que podrás observar cómo la gente baila y despilfarra el dinero
jugando a los caballitos[1].
»Aunque Roger no se hallaba alojado en el mismo hotel que
ellas, las tres hermanas estaban seguras de que el casino no tardaría en verse
honrado casi todas las noches con su presencia.
»La primera noche que acudieron al casino lo hicieron
después de cenar bastante temprano y con la única idea de limitarse a rondar
por entre las mesas. Bertie van Tahn, que se hallaba allí aquella noche, me lo
contó todo. Las hermanas Brimley Bomefield no hacían más que vigilar
disimuladamente las puertas, como si estuviesen esperando la llegada de
alguien, mientras la tía, a la vez que se divertía observando el juego, se iba
interesando cada vez más en aquellos caballitos que no paraban de dar vueltas alrededor
de las mesas una y otra vez.
«—¿Sabías que el caballito número ocho no ha ganado ni una
sola vez en las últimas treinta y dos carreras? —le dijo al cabo de un rato a
Christine—. He estado llevando la cuenta. Me temo que voy a tener que poner
cinco francos a su favor para ver si el pobrecillo levanta cabeza.
»—¿Y por qué no vas mejor a ver cómo baila la gente,
querida? —le propuso Christine, nerviosa.
»Lo cierto era que el hecho de que Roger entrase y se
encontrase a la que también era su tía apostando en la mesa de los caballitos
no formaba precisamente parte de su plan.
»—Tu espérame aquí mientras yo me acerco un momento a
apostar cinco francos por el número ocho —dijo la anciana.
»Un segundo más tarde la mujer ya había puesto el dinero
sobre la mesa. Los caballos comenzaron a dar vueltas. Aunque aquélla fue una
carrera bastante más lenta que las demás, el número ocho se arrastró poco a
poco hasta la meta como un astuto diablillo hasta situar su minúsculo hocico
unos milímetros por delante del número tres, que era el que hasta aquel momento
parecía no tener rival. Aunque hubo que recurrir a medir manualmente la
diferencia entre ambos caballos, el número ocho fue proclamado finalmente
ganador. La anciana tía se encontró de golpe recogiendo treinta y cinco francos
en concepto de premio. Después de aquello, a las hermanas Brimley Bomefield más
les hubiera valido concentrar todo su esfuerzo y atención en mantenerla alejada
de las mesas. Para cuando Roger apareció por fin por la puerta la mujer ya iba
ganando cincuenta y dos francos mientras sus sobrinas se limitaban a permanecer
en un segundo plano, deambulando de aquí para allá con aspecto abatido, como si
fuesen tres pollitos que, tras ser empollados por una pata, contemplasen con
desesperación cómo su madre se desenvolvía en un ambiente totalmente extraño
para ellos. La fiesta que posteriormente Roger insistió en celebrar en honor de
su tía y de las tres señoritas Brimley Bomefield destacó tanto por la
desenfrenada alegría de dos de los participantes como por la fúnebre melancolía
de tres de las invitadas.
»—Creo —le confió Christine a un amigo, el cual, a su vez,
se lo confiaría más tarde a Bertie van Tahn— que nunca más podré volver a
probar el pâté de foie gras. Me traería dolorosos recuerdos de aquella velada
tan espantosa.
«Durante los dos o tres días siguientes las sobrinas
estuvieron urdiendo planes para o bien regresar a Inglaterra o bien trasladarse
a algún otro centro turístico en el que no hubiese ningún casino. Su anciana
tía, mientras tanto, se hallaba muy ocupada intentando idear un sistema por
medio del cual poder ganar a los caballitos. El número ocho, su primer amor,
llevaba tiempo corriendo de una manera que a ella le resultaba bastante
ingrata, y las pocas veces que había arriesgado el todo por el todo apostando
por el número cinco la cosa había resultado aún peor.
»—¿A que no sabéis una cosa? Esta tarde me he dejado más
de setecientos francos jugando en las mesas del casino —anunció alegremente
durante la cena cuatro días después de su llegada.
»—¡Tía! ¡Eso son veintiocho libras! ¡Y eso sin contar lo
que perdiste anoche!
»—Oh, no te preocupes, querida. Ya las recuperaré —dijo
con optimismo—. Pero no aquí. Esos estúpidos caballitos no sirven para nada. Lo
que voy a hacer es ir a algún sitio donde se pueda jugar cómodamente a la
ruleta. Y en cuanto a vosotras, no tenéis por qué escandalizaros tanto. Dentro
de mí siempre he tenido la firme convicción de que, si alguna vez se me ofrecía
la oportunidad, podría llegar a ser una jugadora de primera categoría. Y ahora,
queridas mías, vosotras me habéis brindado esa oportunidad. Creo que, por ello
mismo, voy a beber a vuestra salud. ¡Camarero, una botella de Pontet Canet!
¡Vaya! Así que ese vino tiene el número siete en la lista de vinos, ¿eh? Muy
interesante. Esta misma noche me lo jugaré todo al número siete. Esta tarde el
caballo número siete ganó cuatro veces mientras yo perdía el tiempo apostando
por el número cinco.
«Aquella noche el caballo número siete no tuvo
precisamente la victoria de cara. Las hermanas Brimley Bomefield, hartas de
tener que ver desde lejos cómo los desastres se iban sucediendo uno tras otro,
decidieron acercarse a la mesa donde su tía se había convertido ya en una
clienta de honor y durante un buen rato observaron, atenazadas por un enorme
pesar, cómo fueron sucediéndose las victorias de los números uno, cinco, ocho y
cuatro, las cuales fueron barriendo del tapete el “dinero bueno” de aquella apostadora
tan obsesiva que siempre jugaba con el número siete. Las pérdidas de aquel día
ascendieron a una suma total de casi dos mil francos.
»—Sois unas jugadoras verdaderamente incorregibles —les
dijo Roger en son de broma cuando se las encontró en las mesas.
«—Nosotras no estamos jugando —se apresuró a decir
Christine fríamente—. Tan sólo estamos mirando.
»—Yo no diría eso —dijo Roger sonriendo con complicidad—.
Se nota a la legua que actuáis como un grupo perfectamente organizado y que
nuestra tía es quien se encarga de realizar las apuestas en nombre de todas
vosotras. A juzgar por las caras que ponéis cuando gana el caballo equivocado,
cualquiera se daría cuenta de que hay dinero vuestro sobre la mesa.
»Tía y sobrino cenaron solos aquella noche, o al menos eso
es lo que hubieran hecho si Bertie van Tahn no se hubiese unido a ellos. Las
tres señoritas Brimley Bomefield se disculparon alegando que tenían unos
tremendos dolores de cabeza.
»Al día siguiente, la anciana tía se las llevó a las tres
a Dieppe y emprendió alegremente la tarea de recuperarse de sus pérdidas. Su
suerte era imprecisa y muy variable. De hecho, a veces tenía rachas de buena
suerte, pero en líneas generales era una perfecta perdedora. Las hermanas
Brimley Bomefield llegaron incluso a sufrir, las tres a la vez, un agudo ataque
de nervios cuando se enteraron de que había vendido una buena parte de las
acciones que tenía en unas cuantas empresas ferroviarias de Argentina.
»—Nada podrá ya hacer que ese dinero vuelva —no dejaban de
decirse lúgubremente una a otra.
«Finalmente, Veronique ya no pudo soportarlo más y optó
por regresar a casa. Aquello no era de extrañar, pues la idea de realizar con
la anciana aquel desastroso viaje había sido suya, y aunque sus dos hermanas no
habían llegado al extremo de echarle en cara tal hecho, no podía ignorar que en
las miradas de ellas flotaba siempre un mudo reproche que, aunque no llegaba a
expresarse en palabras, era infinitamente más duro de soportar que éstas. Sus
hermanas prefirieron quedarse con la tía, resignadas a montar guardia junto a
la anciana todo el tiempo que fuese necesario, o al menos hasta que la
temporada turística de Dieppe tocase a su fin, lo cual, sin duda, la haría
pensar en dar media vuelta y regresar al hogar. Sin poder reprimir su ansiedad,
se entretuvieron haciendo cálculos y más cálculos para prever cuánto “dinero
bueno” podría, sin dejar nunca de confiar en la suerte, ser todavía dilapidado
mientras no llegaba el momento de dicho regreso. Pero también en eso resultaron
erróneas sus predicciones, pues el cierre de la temporada de Dieppe sólo sirvió
para que la anciana se dedicase a buscar algún otro centro turístico en el que
poder seguir jugando.
»Si mi memoria no me falla, hay un proverbio que dice más
o menos así: “Enséñale a un gato el camino de la lechería y verás como de él ya
no se desvía”. Eso fue exactamente lo que ocurrió en el caso de la tía de las
hermanas Brimley Bomefield. De golpe y porrazo, aquella anciana se había visto
desbordada por toda una serie de placeres que hasta entonces no había tenido
oportunidad de explorar. Unos placeres que, como era de esperar, encontró muy
de su gusto. Y por eso mismo no tenía ninguna prisa en renunciar a los frutos
que le había proporcionado aquella experiencia tan reciente.
«Imagíneselo usted, señora baronesa. Por primera vez en
toda su vida, aquella anciana se estaba divirtiendo de verdad. Estaba perdiendo
montones de dinero, es cierto, pero a cambio obtenía toneladas de diversión.
Además, por mucho que gastase siempre le quedaba dinero de sobra para salir
adelante sin estrecheces. De hecho, lo único que estaba haciendo era aprender
el arte de tratarse bien a uno mismo. No tardó en convertirse en una anfitriona
de lo más popular en el círculo de aficionados al juego, los cuales, a cambio,
no dudaban en invitarla a comer o a cenar cuando tenían la suerte de cara. Sus
sobrinas, por el contrario, encontraban escaso placer en todas aquellas
celebraciones de carácter tan bohemio. Aunque permanecían todavía atentas a su
tía, asistían a cuanto las rodeaba a regañadientes y dejando entrever una
patética desgana. En realidad, ambas se sentían como la tripulación de un barco
cargado de tesoros que, de repente, precisamente cuando falta muy poquito para
llegar a puerto, comienza a hundirse a gran velocidad. Y es que, no en vano,
ver cómo se dilapidaba todo aquel “dinero bueno” en el disfrute y la buena vida
de aquella frívola pandilla de jugadores y juerguistas de cuya amistad ellas
probablemente no pudiesen sacar el menor provecho, era algo que no las incitaba
precisamente a estar alegres. Siempre que la ocasión se lo permitía, se las
arreglaban poniendo excusas para no tener que asistir a aquellas lamentables
fiestas que organizaba su tía. Fue así como los dolores de cabeza de las hermanas
Brimley Bomefield se hicieron tremendamente famosos.
»Hasta que un día ambas sobrinas llegaron a la conclusión
de que de nada iba a servir permanecer a todas horas pendiente de alguien que
había acabado emancipándose de ellas de una manera tan rotunda. Cuando le
comunicaron a su tía que habían tomado la determinación de emprender el regreso
a casa, la anciana recibió la noticia dando unas muestras de alegría que,
cuando menos, les resultaron desconcertantes.
»—Es una buena idea. Ya iba siendo hora de que os
decidierais a volver. Así podréis hacer que un especialista os mire lo de esos
dolores de cabeza —fue su único comentario.
»El viaje de regreso de las dos hermanas Brimley Bomefield
fue una auténtica retirada de Moscú, aunque lo que la hizo aún más amarga fue
el hecho de que, en este caso, el Moscú que abandonaban no estaba plagado de
fuego y cenizas, sino más bien de una desbordante alegría.
«Gracias a amigos y conocidos, de vez en cuando reciben
noticias de su derrochadora tía, quien ha acabado convertida en una verdadera
ludópata. Actualmente vive de unos ingresos tan precarios que a menudo tiene
que recurrir a la ayuda de los escasos prestamistas que todavía le siguen
haciendo caso.
»Así que no debe sorprenderle, señora baronesa —concluyó
Clovis—, que las tres hermanas tengan ese aspecto tan deprimido.
—¿Y cuál de ellas es Veronique? —preguntó la baronesa.
—La de aspecto más deprimido —respondió Clovis.
[1] El juego de los caballitos (o petit chevaux, su nombre
original) es como una reproducción de las carreras de caballos. En él, una
serie de caballos mecánicos en miniatura corren alrededor de una mesa. Cayó en
desuso debido a que, al ser un juego mecánico, se prestaba fácilmente a
manipulaciones que no garantizaban del todo el componente de azar.
LA HISTORIA DE SAN VESPALUUS
—¿Por qué no me cuentas una historia? —dijo la baronesa
mientras, con una mirada cargada de desesperación, observaba cómo caía la
lluvia.
Clovis miró a su alrededor. A decir verdad, aquello, más
que lluvia, parecía ese tipo de llovizna fina que da siempre la impresión de
estar a punto de amainar pero que en realidad no deja de caer durante horas y
horas.
—¿Qué tipo de historia le gustaría escuchar? —preguntó
tirando a un lado su mazo de croquet.
—Una que sea lo bastante cierta como para resultar
interesante, y a la vez lo bastante falsa como para que, si deja de llover, no
me importe no escuchar el final.
Mientras pensaba qué historia contar, Clovis se entretuvo
cambiando unos cuantos cojines de lugar hasta dejarlos en la posición que
buscaba. Sabedor de que a la baronesa le gustaba que sus invitados se
encontrasen cómodos, pensó que lo más apropiado era no contradecir sus deseos.
—¿Le he contado alguna vez la historia de San Vespaluus?
—le preguntó finalmente a su anfitriona.
—Me has contado historias de grandes duques, de domadores
de leones, de viudas de hombres de negocios, e incluso, una vez, la de un
cartero de Herzegovina —respondió la baronesa—. También la de un jockey
italiano y una institutriz novata que se fugaron juntos a Varsovia. Y también
unas cuantas sobre tu madre. Pero, si te digo la verdad, ninguna acerca de un
santo.
—En ese caso, se la contaré. Esta historia ocurrió hace
mucho tiempo —comenzó Clovis—, en aquellos tiempos violentos y confusos en que
un tercio de la población era pagana, un tercio cristiana, y el tercio más
grande de todos se limitaba a seguir la religión que se profesaba en la corte
de sus respectivos países. Hubo en aquella época un rey llamado Hkrikros, un
hombre de genio terrible que no tenía sucesor directo en su propia familia. Su
hermana, no obstante, se había encargado de proporcionarle un buen surtido de
sobrinos de entre los que poder elegir a su heredero. De todos ellos, el
principal candidato, el que contaba con la aprobación de la mayoría de los
miembros de la corte, era Vespaluus, quien por entonces contaba tan sólo
dieciséis años. Vespaluus no sólo era el que mejor planta tenía, el que mejor
montaba a caballo y el que más lejos arrojaba la jabalina, sino que poseía
además ese don, que en un príncipe resulta siempre tan inestimable, de ser
capaz de pasar de largo junto a un mendigo haciendo como que no se ha percatado
de su presencia (si bien cuando no tenía más remedio que reparar en él siempre
se dignaba a darle alguna que otra limosna). Mi madre, en cierta medida, tiene
también ese don. Es perfectamente capaz de pasar cualquier día, sonriente y
cargada de dinero, por una subasta de fines benéficos sin gastar ni un solo
chelín y, caso de encontrarse a los organizadores de la subasta al día
siguiente, dirigirse a ellos dándose aires de importancia, como diciendo:
«Ojalá me hubiese enterado antes de que andaban ustedes cortos de fondos».
«Pero a lo que iba. Por aquel entonces Hkrikros era un
monarca pagano de primer orden que rendía un culto fanático a ciertas
serpientes sagradas que moraban en un bosquecillo, también sagrado, que se
extendía sobre una colina cercana al palacio real. Aunque en materia de
religión el pueblo llano tenía permitido hacer en privado lo que quisiese
dentro siempre de ciertos límites en favor de la seguridad y la discreción,
todo aquel que, estando al servicio de la corte, pasaba a abrazar la religión
cristiana, era mirado por encima del hombro. Y no sólo en el sentido
metafórico, sino también en el literal, pues, por lo general, acababa siendo
devorado en el foso de las fieras mientras el resto de la corte se entretenía
viéndolo agonizar desde arriba. Por consiguiente, cuando el joven Vespaluus
apareció un día en la corte con un rosario colgando de su cinturón, y, en
respuesta a las furiosas preguntas que se le dirigieron, anunció que había
decidido adoptar la religión cristiana o, cuando menos, probarla, se armó un
gran revuelo y se produjo una gran consternación. Si se hubiese tratado de
alguno de sus otros sobrinos, posiblemente el rey se hubiese limitado a dar
orden de que se tomase alguna que otra medida drástica como, por ejemplo,
azotar y desterrar al hereje, pero tratándose de Vespaluus decidió tomarse el
asunto de la misma manera que cualquier padre actual se hubiese tomado el que
una hija suya le hubiese anunciado de repente que tenía intención de ser
actriz. Así que, en consecuencia, mandó llamar al bibliotecario real. Como en
aquellos días la biblioteca real no estaba lo que se dice demasiado surtida, el
guardián de los libros del rey pasaba gran parte de su tiempo sin nada que
hacer, por lo que a menudo su presencia era requerida para resolver los problemas
ajenos cuando éstos se salían de lo normal y se volvían extremadamente
difíciles de controlar.
»—Debes hacer que el Príncipe Vespaluus entre en razón —le
dijo el rey— y hacerle comprender el terrible error que ha cometido. No podemos
permitir que el heredero al trono vaya por ahí dando un ejemplo tan perjudicial
para todos nosotros.
»—¿Y a qué argumentos me recomendaría recurrir Su Majestad
para convencer a su sobrino? —preguntó el bibliotecario.
»—Te doy carta blanca para escoger los argumentos que
prefieras —le contestó el rey—. Si no consigues encontrar las razones y los
argumentos adecuados para la ocasión, entonces es que eres un hombre de escasos
recursos. Y si eso ocurre ya me cuidaré yo de hacer contigo lo que corresponda.
»Así que el bibliotecario puso manos a la obra. Como no se
le ocurrió nada mejor, optó por darse una vuelta por un bosque cercano para
recoger una considerable cantidad de varas y palos, todos ellos de un tamaño y
una solidez capaces de disuadir a cualquiera de cualquier cosa. Luego fue en
busca de Vespaluus para intentar hacerle razonar sobre aquella conducta suya
tan irracional y, sobre todo, tan indecorosa. Sus argumentos dejaron en el
joven príncipe una profunda impresión que duró muchas semanas, durante las
cuales no volvió a oírse ni una palabra acerca de aquel desafortunado desliz
que el muchacho había tenido con la religión cristiana. Pero, pasado un tiempo,
un nuevo escándalo de naturaleza muy similar conmovió a toda la corte. En
cierta ocasión en la que debería haber estado ocupado invocando en voz alta la
misericordiosa protección y los buenos designios de las serpientes sagradas,
Vespaluus fue sorprendido cantando unos versos en honor de San Odilo de Cluny.
El rey, visiblemente enfurecido ante aquel nuevo brote de fervor cristiano,
comenzó a darse cuenta de lo poco halagüeña que se estaba tornando la
situación, pues todo parecía indicar que Vespaluus seguía empeñado en practicar
aquella indignante herejía. Y eso que, a pesar de todo, en su apariencia
externa no había nada que llevase a pensar en ello. Ni siquiera tenía los ojos
ausentes del típico fanático ni la mirada mística del soñador. Muy por el
contrario, seguía siendo el mozo mejor parecido de toda la corte: tenía una
figura elegante y fornida, un aspecto de lo más saludable, unos hermosos ojos
oscuros y una suave y esmeradamente cuidada cabellera negra.
—Eso suena a descripción de cómo te hubiera gustado a ti
ser cuando tenías dieciséis años —dijo la baronesa.
—Vaya, parece ser que mi madre ha estado enseñándole
algunas de mis primeras fotografías —dijo Clovis en un hábil intento de
convertir en cumplido el sarcasmo de su anfitriona. Acto seguido, reanudó su
historia.
—El rey tomó entonces la determinación de encerrar a
Vespaluus en una oscura torre. Durante tres días y tres noches lo retuvo allí a
pan y agua y sin otra cosa que hacer más que escuchar el aleteo y los chillidos
de los murciélagos y observar cómo se deslizaban las nubes por un estrecho
ventanuco que no era sino una simple rendija en la pared. Los más antipaganos
del país comenzaron a contar maravillas de aquel muchacho que tan
repentinamente se había convertido en mártir. Aunque, a decir verdad, aquel martirio
se vio mitigado, por lo menos en lo que a comida se refería, gracias a la
escasa atención que ponía en su trabajo el guardián de la torre, quien una o
dos veces llegó a dejarse sin querer en la celda del príncipe algunos pedazos
de carne asada, algunas piezas de fruta y hasta algo de vino que formaban parte
de su propia comida. Una vez terminado el castigo, Vespaluus se vio sometido a
un estricto régimen de vigilancia por si acaso persistía todavía en él algún
síntoma de aquella malsana obstinación religiosa, pues el rey no estaba
dispuesto a soportarle ningún nuevo desliz en materia tan importante ni
siquiera a su sobrino favorito. Si éste volvía a cometer alguna tontería de
aquel tipo, el orden de sucesión al trono no tendría más remedio que ser alterado.
«Durante un tiempo todo fue bien. El torneo deportivo de
verano se acercaba cada vez más y el joven Vespaluus estuvo demasiado
enfrascado preparándose para las competiciones de lucha, a campo traviesa y
lanzamiento de jabalina como para ocuparse de los conflictos ocasionados por
creencias religiosas opuestas. Hasta que llegó el día en que se celebraba el
acto culminante del mencionado torneo de verano, que consistía en un baile de
carácter ceremonial que se llevaba a cabo en los alrededores del bosquecillo en
el que vivían las serpientes sagradas. Fue entonces cuando Vespaluus, por así
decirlo, decidió “montar su propio número”. La afrenta que recibió entonces la
religión del estado fue demasiado grave y ostentosa como para quedar impune, ni
tan siquiera en el caso de que el rey hubiese querido pasarlo por alto (lo cual
no fue así, pues el propio monarca fue el primero en declarar que aquello no
podía quedar exento de castigo). Durante un día y medio el rey se encerró a
solas, negándose rotundamente a cruzar ni una sola palabra con nadie, para
darle vueltas al asunto. Y mientras todo el mundo estaba convencido de que lo
que hacía era debatir consigo mismo si lo que debía ordenar era que mataran al
príncipe o que lo perdonaran, lo que en realidad estaba haciendo era
simplemente decidir de qué manera sería ejecutado el muchacho. Ya que había que
matarlo, y como en cualquier caso parecía inevitable que la ejecución atrajese
la atención de casi todo el mundo, ¿por qué no hacer que el acto resultase lo
más espectacular e impresionante posible?
»A pesar de tener unos reprobables gustos en lo que a
religión se refiere —dijo el rey— y de ser tan obstinadamente devoto de todas
esas estúpidas creencias, mi sobrino sigue siendo un joven dulce y encantador.
Por ello, lo que más se ajusta a su caso es que quienes se encarguen de darle
muerte sean precisamente aquellas que tienen el don de producir lo más dulce
que hay en este mundo.
»—¿Qué quiere decir exactamente Su Majestad? —preguntó el
Bibliotecario Real.
»—Quiero decir —explicó el rey— que será expuesto a las
abejas hasta que muera bajo el efecto de sus picaduras. Y ni que decir tiene
que las abejas que se encargarán de ello serán las abejas reales. Es decir, mis
propias abejas.
»—Una muerte de lo más elegante —convino el Bibliotecario.
«—Elegante y espectacular. Y, además, indudablemente
dolorosa —dijo el rey—. Reúne todas las condiciones que uno podría desear.
»Fue el rey en persona quien se encargó de planear todos
los detalles de la ceremonia de ejecución. Ante todo, se desnudaría a
Vespaluus, luego se le atarían las manos a la espalda, y después sería
suspendido en posición horizontal justo encima de tres de las colmenas más
grandes del rey hasta casi tocarlas, de tal manera que en cuanto su cuerpo
hiciese el menor movimiento entraría en contacto con ellas. El resto quedaba
por entero en manos de las abejas. La agonía, según calculó el rey, podría
durar entre quince y cuarenta minutos. No obstante, entre el resto de los
sobrinos había una gran diversidad de opiniones (que había llegado a traducirse
en una buena cantidad de apuestas) en cuanto a si la muerte podría resultar
casi instantánea o si, por el contrario, podría alargarse incluso durante un
par de horas. Sólo en una cosa se habían mostrado todos de acuerdo: en que era
preferible ser arrojado a un foso hediondo lleno de fieras hambrientas.
»Pero he aquí que dio la casualidad de que el cuidador de
las colmenas reales sentía cierta inclinación por la religión cristiana, y, lo
que era aún más importante, sentía un gran apego, al igual que le ocurría a la
mayoría de los miembros de la corte, por Vespaluus. Fue por ello que, durante
la víspera del día de la ejecución, se dedicó a extraerle el aguijón a todas y
cada una de las abejas del rey. Si bien fue una operación larga, fatigosa y
delicada, no hemos de olvidar que estamos hablando de un experto criador de
abejas. Así que, tras casi una noche entera de intenso trabajo, aquel hombre
logró desarmar a todas o a casi todas las inquilinas de las colmenas reales.
—No sabía que se le pudiera extraer el aguijón a una abeja
viva —dijo la baronesa con incredulidad.
—Toda profesión tiene sus secretos, querida —contestó
Clovis—. Si no los tuviera no sería una profesión. En fin, ¿por dónde iba? Ah,
sí. El momento de la ejecución llegó. El rey y todos los miembros de la corte
ocuparon sus respectivos lugares. Se permitió asistir también a todos aquellos
de entre el pueblo llano que deseasen presenciar un espectáculo tan poco
frecuente como aquél. Afortunadamente, el jardín en el que las colmenas se
hallaban dispuestas gozaba de grandes dimensiones y estaba rodeado, además, por
toda una serie de amplias terrazas. Tras construir unas cuantas plataformas y
apretujar un poco en ellas a los espectadores, pudo hacerse sitio para todo el
mundo. Cuando Vespaluus fue conducido hasta donde se hallaban las colmenas no
pudo evitar sonrojarse y sentirse ligeramente azorado, pero ni mucho menos le
disgustó el hecho de ser el centro de atención de todos los presentes.
—Entonces ya se parece a ti en algo más que en la simple
apariencia —dijo la baronesa.
—Por favor, señora, no interrumpa en el momento crucial de
la historia —dijo Clovis—. Tan pronto como estuvo cuidadosamente colocado sobre
las colmenas en la posición anteriormente descrita, y sin apenas darle tiempo a
sus guardianes para retirarse a un lugar seguro, Vespaluus lanzó una certera
patada con la que derribó por tierra, una encima de otra, las tres colmenas. Al
cabo de unos segundos su cuerpo se hallaba completamente cubierto de abejas de
la cabeza a los pies. Aunque cada uno de aquellos insectos guardaba en su
interior la terrible y humillante verdad de que, precisamente en el momento en
que mayor falta le hacía, se veía privado de su aguijón, parecía como si todos
ellos se hubiesen puesto de acuerdo en fingir que aún lo conservaban. Vespaluus,
mientras tanto, chillaba y se retorcía de risa, pues, no en vano, miles de
patitas le estaban haciendo cosquillas por todo el cuerpo. De vez en cuando
lanzaba una furiosa patada o soltaba una palabrota cuando una de las pocas
abejas que no había llegado a ser desarmada le demostraba cómo se sentía. En
cuanto a los espectadores, éstos contemplaban asombrados cómo el muchacho no
daba el menor signo de agonía. Y cuando las abejas, hartas ya de aquel
infructuoso juego, comenzaron poco a poco a alejarse en grandes bandadas
aleteantes, la piel del muchacho fue quedando progresivamente a la vista: se
hallaba tan blanca y suave como lo había estado antes de dar comienzo la
frustrada ejecución. Lo único que alteraba algo el estado de su piel era el
brillo acuoso de algunas manchas de miel y algún que otro punto rojo que
mostraba dónde habían actuado los escasos aguijones que habían estado presentes
en la ceremonia. Conforme se fue haciendo evidente que algún increíble milagro
acababa de obrar en su favor, un sonoro murmullo, a medio camino entre el
asombro y el júbilo, se elevó entre la multitud presente. El rey ordenó que
bajasen a Vespaluus de donde estaba y lo mantuviesen a buen recaudo hasta nueva
orden. Acto seguido, indignado y sin decir una sola palabra, se fue a comer.
Durante la comida, tuvo cuidado de comer y beber con las mismas ganas y la
misma abundancia que siempre, justo como si no hubiese pasado nada inusual,
pero una vez terminado el banquete, mandó llamar al Bibliotecario Real.
»—¿Cómo se explica lo ocurrido? —le preguntó.
»—Verá, Su Majestad —comenzó a decir el funcionario—, o
bien hay algo que marcha mal en todas esas abejas o…
»—No hay nada que marche mal en mis abejas —dijo el rey
con altivez—. Son las mejores abejas del mundo.
»—Pues entonces —dijo el bibliotecario— hay algo que
marcha inevitablemente bien en el Príncipe Vespaluus.
»—En tal caso, si en Vespaluus todo marcha bien, entonces
es en mí mismo donde debe de estar el error.
»El bibliotecario guardó silencio durante un momento.
Hablar con demasiada precipitación, sin detenerse a pensar, había sido la
perdición de muchos, pero en aquella ocasión fue aquel silencio tan poco
meditado lo que causó la ruina de aquel desafortunado miembro de la corte.
«Olvidando por un lado la compostura debida a la dignidad
de su cargo, y por otro esa regla sagrada según la cual siempre se debe dejar
descansar al cuerpo y a la mente después de una copiosa comida, el rey se
abalanzó sobre el guardián de los libros reales y comenzó a golpearlo repetidas
veces en la cabeza primero con un tablero de ajedrez de marfil, después con una
gran jarra de vino, y por último con un sólido candelabro de latón. Luego,
durante un buen rato, se dedicó a golpearlo violentamente contra un enorme
brasero de hierro y a propinarle una serie de furiosas patadas que lo hicieron
rodar por toda la estancia. Por último, lo cogió de los pelos, lo arrastró un
rato por un largo pasillo y acabó arrojándolo al patio por una ventana.
—¿Y le dolió mucho? —preguntó la baronesa.
—Desde luego, le dolió más de lo que le sorprendió, que ya
era mucho —dijo Clovis—. Porque, si bien el rey tenía fama de ser un hombre de
carácter muy violento, aquélla era la primera vez que se dejaba llevar de
manera tan incontrolada nada más acabar de comer. Pero a lo que iba. Aunque el
bibliotecario sobrevivió algún tiempo (de hecho, por lo que yo sé, si a estas
alturas todavía no se ha muerto de viejo ya debe haberse recuperado), el rey
Hkrikros murió aquella misma tarde. Vespaluus apenas había acabado de quitarse
de encima los últimos restos de miel cuando una apresurada comitiva fue a su
encuentro para ponerle la corona en la cabeza. Y entre aquel milagro
atestiguado por tanta gente por un lado y la llegada al trono de un rey
cristiano por otro, a nadie sorprendió que se produjese una auténtica avalancha
de conversos a la nueva religión. Un obispo que fue consagrado a toda prisa
como tal se vio súbitamente desbordado de trabajo debido a la enorme cantidad
de bautizos que tuvo que celebrar en la improvisada Catedral de San Odilo. Y
aquel muchacho que a punto estuvo de quedarse en mártir acabó convertido,
gracias a la imaginación de todos sus súbditos, en un santo cuya fama fue capaz
de atraer a la capital a multitudes enteras de visitantes que se veían
impelidos tanto por la curiosidad como por la devoción. Vespaluus, que se
hallaba demasiado ocupado organizando los juegos y los torneos deportivos que
marcarían el inicio de su reinado, no tuvo tiempo para prestarle atención al
fervor religioso que estaba brotando alrededor de su persona. El primer indicio
que tuvo de cuál era la situación a dicho respecto fue cuando el chambelán de
la corte le llevó, para que diera su aprobación, el proyecto de una ceremonia
en la que se procedería a talar el bosquecillo en el que vivían las serpientes
sagradas.
»—Su Majestad tendrá el gran honor de talar el primer
árbol con un hacha que ha sido consagrada especialmente para la ocasión —dijo
el servil funcionario.
»—Antes preferiría cortarte a ti la cabeza con la primera
hacha que encontrase a mano —dijo Vespaluus lleno de indignación—. ¿Es que
acaso te crees que voy a iniciar mi reinado ofendiendo de esa manera tan ruin a
las serpientes sagradas? Sería algo de lo más nefasto.
»—¿Y qué hay de sus principios cristianos, Majestad? —no
pudo menos que exclamar el desconcertado chambelán nada más escuchar aquellas
palabras.
»—Nunca tuve ninguno —respondió Vespaluus—. Lo que hacía
era fingir que me había convertido al Cristianismo simplemente para hacer
rabiar a Hkrikros. Me encantaba ver cómo se ponía hecho una furia. Y encontraba
de lo más divertido ser reprendido, azotado e incluso encerrado en una torre
para nada. Pero en cuanto a convertirme de verdad en cristiano, tal y como
todos vosotros habéis hecho, eso nunca se me hubiera ocurrido. Y menos aún
sabiendo que mis queridas serpientes sagradas estaban siempre ahí cada vez que
les rezaba y que les pedía ayuda para tener éxito en las carreras, en la lucha
y en la caza. Además, sé que gracias a ellas las abejas no me hicieron daño con
sus aguijones. Por todo ello y mucho más creo que si me volviese de pronto
contra ellas justo cuando comienza mi reinado cometería un imperdonable acto de
ingratitud. Por lo demás, quiero que sepas que te odio y te desprecio por haber
sugerido tal atrocidad.
»El chambelán se retorció las manos con evidentes signos
de desesperación.
»—Pero, Su Majestad —gimió—, el pueblo le venera como a un
santo. Los nobles se convierten a puñados al Cristianismo. Las potencias
vecinas que profesan la religión cristiana envían a sus representantes para
darle la bienvenida a la nueva fe y ofrecerle su cooperación como a un hermano.
Se ha llegado a hablar de convertirle en santo patrón de las abejas y las
colmenas. Incluso a cierto tono de color que queda a medio camino entre los
colores amarillo y miel le han puesto el nombre de “amarillo vespalusiano” en
la corte del emperador. Su Majestad no puede echarse atrás después de todo eso.
»—Me da completamente igual que me veneren, que vengan a
darme la bienvenida o que me tomen como un símbolo —dijo Vespaluus—. Y me
importa muy poco que me nombren santo siempre que, además, no tenga que actuar
como un verdadero santo. Pero lo que de una vez por todas quiero que entiendas
es que de ninguna de las maneras voy a renunciar a rendirle culto a las
serpientes a las que tanto debo.
»Una siniestra amenaza latía en la manera en que había
dicho las últimas palabras. Sus hermosos ojos oscuros relampaguearon excitados.
»—Un nuevo rey, pero el mismo genio de siempre —dijo el
chambelán.
«Finalmente, viendo que todo aquello se había convertido
en una cuestión de estado que se hacía necesario resolver cuanto antes, se
llegó a un acuerdo en la cuestión de las religiones. En determinadas ocasiones,
el rey aparecería ante sus súbditos en la catedral de la capital representando
el papel de San Vespaluus. Por lo demás, el bosquecillo idolatrado por los
adoradores de las serpientes fue gradualmente podado, recortado y talado hasta
que finalmente no quedó nada de él. No obstante, por lo que respecta a las
serpientes sagradas, éstas fueron trasladadas a un macizo de arbustos que había
en cierto rincón resguardado de los jardines reales. Allí, Vespaluus el Pagano
y unos cuantos miembros de su casa se dedicaban a adorarlas con fervor.
Probablemente ésa fue la razón de que el éxito en los deportes y en la caza los
acompañara siempre tanto a él como a sus hijos hasta el final de sus días. Y
probablemente ésa fue también la causa de que, a pesar de toda la veneración
que el pueblo tenía por aquel santo, éste nunca fuera canonizado oficialmente.
—¡Vaya! Por fin ha dejado de llover —dijo entonces la
baronesa.
FILBOID STUDGE, O CÓMO UN RATÓN AYUDÓ A UN LEÓN
—Quiero casarme con su hija —dijo Mark Spayley con una
emoción que hizo temblar su voz—, pero como sé que no soy más que un pobre
artista que gana tan sólo doscientas libras al año mientras que ella es la hija
de un hombre enormemente rico, me imagino que en este momento estará usted
pensando que mi deseo es todo un atrevimiento por mi parte.
Duncan Dullamy, el gran empresario, no mostró ningún signo
externo de desagrado después de oír aquellas palabras. De hecho, se vio
secretamente aliviado por la perspectiva de haber encontrado para su hija
Leonore un marido que tuviese al menos doscientas libras anuales. No en vano,
sobre él se cernía de manera cada vez más inminente una crisis económica de la
que estaba seguro que no lo lograrían sacar ni el dinero que le quedaría ni los
créditos de los bancos. Sus proyectos y operaciones empresariales más recientes
habían acabado siendo grandes fracasos, el más rotundo de los cuales había sido
el de Pipenta, el nuevo y maravilloso alimento para el desayuno en cuya campaña
de publicidad había invertido enormes sumas de dinero. A pesar de que el
mercado de alimentos para el desayuno no se hallaba ni mucho menos saturado, lo
cierto es que la gente no consumía, y menos aún compraba, Pipenta.
—¿Se casaría usted con Leonore si ella fuese hija de un
hombre pobre? —preguntó aquel espejismo de hombre rico.
—Sí —dijo Mark, sin más, evitando sabiamente caer en el
error de contestar con demasiada efusividad.
Y a continuación, para asombro del muchacho, el padre de
Leonore no sólo dio su consentimiento, sino que incluso se permitió sugerir una
fecha asombrosamente próxima para que se celebrase la boda.
—Me gustaría poder demostrarle mi agradecimiento de alguna
manera —dijo Mark, visiblemente emocionado—. Aunque soy consciente de que sería
como si un ratón le ofreciese su ayuda a un león.
—Si encuentra usted la manera de que la gente compre esa
maldita bazofia —dijo Dullamy señalando con un movimiento de cabeza el cartel
de la fracasada Pipenta que colgaba de la pared—, habrá hecho por mí más que
nadie en este mundo.
—Lo que ahí hace falta, para empezar, es un nombre nuevo
—dijo Mark, reflexionando—. Y una imagen que resalte, que llame la atención. Y
también un eslogan que impacte y sea fácil de recordar. En fin, no le prometo
nada, pero todo se puede intentar.
Tres semanas más tarde veía la luz un anuncio en el que se
promocionaba un nuevo alimento para el desayuno que recibía el rimbombante
nombre de «Filboid Studge». Spayley había decidido descartar los dibujos de
robustos bebés que crecían tan rápido como si fueran hongos gracias a los
efectos del alimento, así como prescindir de esas caricaturas en las que los
representantes de los países más importantes del mundo peleaban como necios
entre sí por defender sus posesiones. En cambio, apostó por un cartel de grandes
dimensiones y aspecto algo tétrico en el que aparecían los condenados en el
infierno sufriendo un nuevo tormento: no poder alcanzar un envase de Filboid
Studge que unos cuantos demonios de aspecto saludable y elegante habían
colocado en una serie de cuencos transparentes que quedaban fuera de su
alcance. Lo que hacía la escena aún más horripilante era el hecho de que en el
grupo de las almas perdidas, si uno llegaba a fijarse bien, podían reconocerse
los rasgos de muchos personajes importantes del momento. Había allí destacados
miembros de partidos políticos, señoras de la alta sociedad, dramaturgos y
novelistas de renombre, e incluso distinguidos aviadores, todos ellos vagamente
reconocibles en medio de aquella multitud de condenados. Algunas actrices
célebres del momento aparecían también en mitad de aquella recreación del
infierno. Sonreían estúpidamente, dando la impresión de no poder dejar de
hacerlo debido a la fuerza de la costumbre, a pesar de lo cual sus sonrisas
parecían más bien una siniestra mueca de terror. En cuanto al texto, el cartel
no hacía la menor referencia a las cualidades del nuevo alimento para el
desayuno.
Lo único que podía leerse era una lúgubre frase, escrita
con trazo grueso a lo largo del margen inferior, que decía: «Ellos ya no pueden
comprarlo».
Con aquel cartel Spayley demostró haber caído en la cuenta
de que la gente tiende a hacer por obligación todo aquello que nunca haría por
placer. En este mundo hay miles de respetables ciudadanos de clase media a los
que, si algún día nos los encontramos inesperadamente en unos baños turcos, les
faltará tiempo para explicarnos con toda sinceridad que el médico les ha
recetado tomar dicha clase de baños. Pero si acto seguido se nos ocurre
decirles que nosotros estamos allí tomando un baño simplemente porque nos
apetece, no podrán evitar mirarnos con una mezcla de pena y sorpresa por lo
frívolo de nuestros motivos. De la misma manera, cuando en los periódicos
aparece la noticia de que montones de armenios han sido masacrados en Asia
Menor, todo el mundo asume de golpe que la masacre ha sido llevada a cabo
cumpliendo órdenes, aun sin saber exactamente de quién, pero nadie se detiene a
pensar que en este mundo hay gente que de vez en cuando se dedica a matar a sus
vecinos simplemente porque le gusta.
Pues bien: aquello fue exactamente lo que ocurrió con
aquel nuevo alimento para el desayuno. Nadie hubiera tomado Filboid Studge por
gusto, pero aquella austeridad de tono tan siniestro que podía verse en sus
anuncios hizo que las amas de casa acudiesen como una plaga a las tiendas de
ultramarinos pidiendo a gritos el nuevo producto. De la noche a la mañana, las
cocinas de todo el país se llenaron de hijas que ayudaban solemnemente a sus
conmocionadas madres a preparar el nuevo desayuno como si se tratase de un
ritual primitivo. De repente, tanto en las casas particulares como en los
locales públicos, todo el mundo se encontró desayunando Filboid Studge en medio
de un silencio mortal. Incomprensiblemente, en cuanto las amas de casa se
dieron cuenta de que aquello era completamente intragable, su afán por
comprarlo y llevarlo a sus hogares ya no conoció límites. Cada mañana, cientos
de inapetentes maridos comenzaron a oír a sus esposas: «¡Pero si no te has
comido tu Filboid Studge! ¿Adónde crees que vas?», mientras huían a rastras de
la mesa del desayuno para luego, al regresar a casa por la noche, encontrarse
con que el primer plato de la cena no era sino una bazofia recalentada que
ellas llamaban «El Filboid Studge que no te comiste esta mañana antes de salir».
Todos aquellos obsesos y tipos raros que no paraban de mortificarse comiendo
galletitas integrales comenzaron de repente a consumir cantidades ingentes del
nuevo alimento. Incluso los ciudadanos más serios y respetables lo devoraban en
las escaleras del National Liberal Club. Un día, cierto obispo, dando a
entender que creía más bien poco en una vida futura, comenzó a predicar en
contra del anuncio. Otro día, la hija de un lord murió tras darse un brutal
atracón. Incluso llegó a desatarse un verdadero escándalo cuando un regimiento
de infantería prefirió amotinarse y fusilar a sus oficiales antes que comer
aquel potingue tan nauseabundo. Afortunadamente, Lord Birrell de Blatherstone,
quien por entonces era Ministro de Guerra, puso tierra de por medio y salvó la
situación gracias a un acertado aunque ambiguo comentario suyo: «Para ser
efectiva, la disciplina ha de ser también opcional».
Aunque Filboid Studge había acabado convirtiéndose en un
término de uso común para todo el mundo, Dullamy se dio cuenta sabiamente de
que no por ello tenía necesariamente que ser la panacea en lo que a alimentos
de desayuno se refería. Su supremacía podía verse puesta a prueba tan pronto
como algún otro producto alimenticio todavía más intragable fuese lanzado al
mercado. Incluso podía llegar a originarse una reacción en sentido totalmente
contrario, es decir, a favor de algún otro producto sabroso que sí diese gusto
comer, con lo que el puritanismo imperante en aquel momento en las cocinas de
todo el país podía llegar a verse seriamente amenazado. Así que, aprovechando
el momento que creyó más oportuno, vendió todas sus participaciones en aquel
producto que le había hecho insultantemente rico precisamente cuando atravesaba
un momento crítico, y empleó todo su dinero en inversiones mucho más seguras.
En cuanto a su hija Leonore, por entonces heredera de una fortuna que era más
grande que nunca, encontró para ella algo mucho mejor y más apetecible en el
mercado de maridos que un diseñador de carteles con doscientas libras anuales.
Mark Spayley, aquel inteligente ratoncillo que había logrado ayudar al león de
las finanzas con los efectos tan colosales y devastadores que su intervención
había propiciado, hubo de resignarse a maldecir el día en que se le había
ocurrido realizar aquel dichoso cartel.
—Aunque dudo mucho que te pueda servir de consuelo —le
dijo un día Clovis en el club, algún tiempo después—, piensa que muchas veces
el éxito o el fracaso no son cosas sobre las que nosotros, pobres mortales,
podamos mandar, sino que, simplemente, ocurren.
WRATISLAV
Los matrimonios contraídos por los dos hijos mayores de
Mrs. Grafin habían demostrado ser un verdadero desastre, lo cual, tratándose de
aquella familia, no parecía sino la práctica de una antigua costumbre. En
cuanto al resto de los Grafin, el hijo menor, Wratislav, que tenía fama de ser
la oveja negra de una familia ya de por sí bastante gris, era el único que
hasta entonces se había salvado de poner en práctica dicha costumbre. Y ello
era así por la sencilla razón de que todavía no se había casado.
—Todo eso que se oye decir por ahí de mi hijo no son más
que habladurías —dijo un día Mrs. Grafin—, pero lo cierto es que si mi hijo no
se casa, tanto mejor para él. Así se evita cometer errores.
—¿En serio piensas eso, querida? —replicó la baronesa
Sophie, no con la intención de poner en tela de juicio aquella rotunda
afirmación, sino con el único fin de decir algo que sonara inteligente. Al fin
y al cabo, los hijos eran el único tema de conversación del que no le gustaba
hablar por hablar. Cuando de ellos se trataba, pensaba con cautela cada palabra
que decía sin dejar ni una sola sílaba en manos del azar, pues precisamente el
azar había tenido la culpa de que ella, en más de una ocasión, hubiese quedado
en ridículo delante de todo el mundo—. No te tomes a mal mi escepticismo,
querida. Lo que ocurre es que no sé por qué no he de responder a lo que dicen
los demás con algo que suene mínimamente inteligente —se quejó la baronesa en
esta ocasión—. Al fin y al cabo, mi madre era considerada una conversadora de
lo más brillante.
—Pues es una lástima que a veces la inteligencia se pase
por alto a una generación —dijo Mrs. Grafin.
—También es— muy injusto —dijo Sophie—. Yo jamás renegaría
de mi propia madre por mucho que ella fuese mejor conversadora que yo. Ahora
bien, debo confesar que me molestaría muchísimo oír a mis hijas hablar con
mayor brillantez y sentido común que yo.
—Pues no tienes de qué preocuparte, querida. A decir
verdad, ninguna de ellas lo hace —dijo Mrs. Grafin a manera de consuelo.
—No sé de qué me hablas —dijo la baronesa, indignada,
saliendo inmediatamente en defensa de sus hijas—. Quiero que sepas que el
jueves pasado mi hija Elsa dijo algo bastante ingenioso. Dijo que la Triple
Alianza es como un paraguas de papel, pues funciona de maravilla siempre que
uno no salga con él a la calle cuando está lloviendo. No todo el mundo es capaz
de decir algo tan ingenioso, ¿no te parece?
—Durante las últimas semanas le he oído decir esa misma
frase a todo el mundo. Al menos, a todos aquellos que conozco. Claro que, por
otro lado, igual estoy menospreciando el ingenio de tu hija, pues tampoco
conozco a tanta gente.
—Me parece a mí que no estás de muy buen humor hoy.
—Nunca lo estoy. ¿O es que no te has dado cuenta de que
las mujeres que tienen un perfil tan increíblemente perfecto como el mío no
suelen estar de buen humor?
—No creo que tu perfil sea tan increíblemente perfecto
como dices —dijo la baronesa.
—Pues a mí me sorprendería mucho que no lo fuese. Mi madre
era una de las mayores bellezas de su tiempo.
—¿Ah, sí? Pues es una lástima que a veces la belleza se
pase por alto a una generación, ya me entiendes —se apresuró a observar la
baronesa con el aire de alguien a quien se le acaba de ocurrir la frase más
ingeniosa de todos los tiempos.
—Mi querida Sophie —dijo suavemente Mrs. Grafin—, eso que
acabas de decir no ha tenido ni pizca de gracia. Pero como veo que no cejas en
tu empeño por intentar decir algo medianamente inteligente, puedes tener por
seguro que no voy a ser yo quien te desanime. Pero dejémonos de una vez de
tonterías y respóndeme a una cosa: ¿no se te ha ocurrido nunca pensar que tu
Elsa podría hacer muy buena pareja con mi Wratislav? Ya es hora de que mi hijo
vaya pensando en casarse, y no se me ocurre ninguna razón para que no lo haga
con Elsa.
—¿Elsa? ¿Mi Elsa casarse con ese horror de muchacho?
—exclamó la baronesa, escandalizada.
—Querida, los pobres no pueden elegir —observó Mrs.
Grafin.
—¡Mi hija Elsa no es pobre!
—No desde el punto de vista económico, por supuesto, pues
de lo contrario nunca se me hubiese ocurrido proponerla como esposa para mi
hijo. Pero, como ya te habrás podido dar cuenta por ti misma, tiene ya unos
cuantos añitos de más, y al verla una no puede evitar pensar que sin cerebro y
sin belleza no llegará muy lejos que digamos…
—Querida, creo que olvidas que de quien estamos hablando
es de mi hija.
—Si olvidara que estoy hablando de ella te estaría
haciendo un favor. Pero, en fin, hablando ya en serio, no veo que mi hijo
Wratislav tenga nada de malo. No tiene deudas… o, al menos, ninguna que merezca
la pena tener en cuenta.
—¿Y qué me dices de su reputación? Si la mitad de las
cosas que se dicen de él son ciertas…
—Probablemente sean ciertas las tres cuartas partes. Pero,
¿qué más da si lo son o no? No querrás tener por yerno a un arcángel, ¿verdad?
—A quien no quiero tener por yerno es a Wratislav. Mi
pobre Elsa sufriría mucho al lado de un hombre como él.
—Pues un poco de sufrimiento no le vendría nada mal a tu
hija. La ayudaría a disimular esa forma tan horrible que tiene de peinarse. Y
si por casualidad resulta que ella y Wratislav no se llevan bien, siempre
podría distraerse haciendo obras de caridad.
La baronesa estiró la mano y cogió una fotografía
enmarcada que había sobre la mesa.
—La verdad es que tienes un hijo muy guapo —comentó con
cierto recelo.
Luego, con mayor recelo aún, añadió:
—Casi me atrevería a decir que una mujer como mi Elsa
sería capaz de reformarlo.
Mrs. Grafin tuvo que hacer enormes esfuerzos para reprimir
una carcajada.
Tres semanas más tarde Mrs. Grafin se encontró a la
baronesa Sophie en una librería. Aunque ésta dijo haberse dejado caer por allí
con la idea de comprar un misal, lo cierto es que en aquel momento estaba
curioseando en un estante repleto de libros muy distintos a aquéllos en los que
decía estar interesada.
—Acabo de dejar a los chicos con los Rodenstahl —dijo Mrs.
Grafin a manera de saludo.
—¿Y qué tal? ¿Parecían contentos? —preguntó la baronesa.
—Pues, si no me equivoco —respondió Mrs. Grafin—,
Wratislav estrenaba hoy un traje nuevo recién traído de Inglaterra, por lo que
me imagino que estaría más contento que nunca. Por casualidad oí cómo le
contaba a Toni una historia bastante divertida acerca de una monja y una
ratonera que no creo que sea muy adecuado repetir aquí, en público. Mientras
tanto, Elsa le hacía al resto de los chicos un comentario de lo más ingenioso
acerca de la Triple Alianza, diciendo que es como un paraguas de papel. Fue tan
ocurrente que debería figurar en las enciclopedias.
—¿Y qué tal ellos dos? ¿Te dio la impresión de que se
fijaban el uno en el otro?
—Para serte sincera, mi querida Sophie, Elsa daba la
impresión de estar más interesada en cualquier otra cosa antes que en
Wratislav.
—Muy propio de ella —musitó la baronesa. —Por cierto,
querida: no olvides que el jueves comemos juntas en mi casa.
Pero el jueves la baronesa llegó tarde a la cita.
—¿A que no te imaginas lo que ha sucedido? —casi chilló
tras irrumpir violentamente en la habitación.
—Debe de tratarse de algo verdaderamente extraordinario
para hacer que llegues tarde a una comida que no pagas tú —dijo Mrs. Grafin.
—¡Elsa se ha fugado con el chófer de los Rodenstahl!
—¡Rayos!
—Nadie de nuestra familia había hecho nunca algo así —dijo
la baronesa entrecortadamente.
—A lo mejor es porque en tu familia ninguna mujer se había
sentido nunca tan atraída como ella por un chófer —sugirió Mrs. Grafin.
La baronesa comenzó a darse cuenta de que no había causado
el asombro y la compasión a los que suponía que tenía derecho después de sufrir
en su familia una catástrofe como aquélla.
—En cualquier caso —dijo con brusquedad—, ya no podrá
casarse con Wratislav.
—No hubiera podido de todas formas —dijo Mrs. Grafin—. La
pasada noche mi hijo tuvo que salir precipitadamente para el extranjero.
—¿Para el extranjero? ¿Y con rumbo adónde?
—A México, según tengo entendido.
—¿A México? Pero, ¿para qué? ¿Por qué a México?
—Querida, hay un proverbio que dice: «La conciencia es
capaz de convertir a un rey en un mendigo».
—No sabía que Wratislav tuviese conciencia.
—Y no la tiene, mi querida Sophie. Es la conciencia del
resto de la gente la que ha enviado a mi hijo al extranjero de manera tan
precipitada. Y ahora, amiga mía, vayamos a disfrutar de la comida que te tengo
preparada.
LA BÚSQUEDA
La inusual tranquilidad que flotaba sobre la Villa
Elsinore se vio de repente interrumpida por unos ruidosos lamentos que parecían
indicar que un profundo pesar se había abatido sobre sus inquilinos. La causa
de tales lamentos era que los Momeby habían perdido a su bebé, de ahí la
tranquilidad que hasta ese momento había reinado en el lugar. Los padres habían
emprendido la búsqueda del niño sin orden ni concierto, dando voces
continuamente, lo cual explicaba las enérgicas protestas que se extendían por
toda la casa cada vez que probaban suerte en el interior. Clovis, que, aunque
muy a su pesar, se hospedaba por entonces en aquel lugar, estaba intentando
echar una cabezada en la hamaca que había en el extremo más alejado del jardín
cuando Mrs. Momeby le dio la noticia.
—Hemos perdido a nuestro pequeño —gritó.
—¿Y qué quiere usted decir con eso? ¿Que se ha muerto?
¿Que se ha escapado corriendo? ¿O que se lo han apostado ustedes jugando a las
cartas y han perdido la partida? —preguntó Clovis con desgana.
—Estaba correteando por el césped —dijo Mrs. Momeby con
los ojos inundados de lágrimas—. Arnold acababa de llegar a casa, y yo estaba
preguntándole qué salsa le gustaría tomar con los espárragos…
—Espero por su bien que haya elegido la salsa holandesa
—la interrumpió Clovis sintiendo un súbito interés por la conversación—, porque
si hay algo que odio en este mundo es precisamente… cuando de repente me di
cuenta de que mi niño había desaparecido —prosiguió Mrs. Momeby sin oírle y con
la voz reducida a un agudo chillido—. Le hemos buscado por todas partes. Hemos
mirado en la casa, en el jardín, e incluso al otro lado de la verja, pero no lo
hemos visto por ningún lado.
—¿Y tampoco lo han oído? —preguntó Clovis—. ¡Caramba! Con
lo escandaloso que es ese mocoso… Pues sí que debe de haber ido lejos para que
ni siquiera se le oiga.
—¿Adonde habrá ido? ¿Y cómo? —preguntó la madre,
trastornada.
—A lo mejor un águila o una fiera salvaje lo ha capturado
y se lo ha llevado consigo —sugirió crudamente Clovis.
—No hay águilas ni fieras salvajes en Surrey —repuso Mrs.
Momeby muy seria, a pesar de lo cual pudo advertirse en su voz un ligero
temblor debido al miedo.
—No, pero tanto las que hay en el zoo como las que viajan
en los espectáculos ambulantes suelen escaparse de vez en cuando. A veces
pienso que los dejan escapar premeditadamente para alcanzar notoriedad.
Imagínese la sensación que causaría en los periódicos locales un titular como
éste: «El hijo de un importante hombre de negocios, devorado por una hiena». No
es que su marido sea un importante hombre de negocios, pero al menos su madre
era de familia adinerada, y a los periódicos hay que concederles siempre cierto
margen de libertad.
—Pero en tal caso hubiéramos encontrado al menos los
restos del niño —dijo entre sollozos Mrs. Momeby.
—Tenga usted por seguro que cuando una hiena está
hambrienta de verdad y no le apetece perder el tiempo jugueteando con la
comida, no deja muchos restos que digamos. Normalmente no dejará ni los huesos.
Visiblemente horrorizada, Mrs. Momeby optó por dar media
vuelta y alejarse corriendo para buscar consuelo y consejo en otro lugar.
Clovis acertó a pensar fugazmente que Mrs. Momeby, haciendo todo un alarde de
egoísmo debido sin duda a su condición de madre, se había marchado de allí sin
hacer el menor caso de su evidente preocupación por la salsa con la que se
servirían los espárragos. No obstante, antes de que la mujer hubiese avanzado
un par de metros, el ruido que hizo la verja del jardín al abrirse la detuvo en
seco. Miss Gilpet, la inquilina de Villa Peterhof, la casa vecina, había
decidido dejarse caer por allí para averiguar a qué se debía tanta agitación.
Aunque por entonces Clovis ya estaba más que harto de toda aquella estúpida
historia, Mrs. Momeby, que poseía la despiadada facultad de deleitarse contando
toda clase de tragedias, había empezado a contar la suya por enésima vez con el
mismo entusiasmo que había puesto en la primera.
—Arnold acababa de llegar a casa. Se estaba quejando de su
reúma cuando…
—Hay tantas cosas de las que uno puede quejarse en esta
casa que precisamente la última de la que a mí se me ocurriría hacerlo sería
del reúma —murmuró Clovis.
—Arnold se estaba quejando de su reúma cuando… —repitió
Mrs. Momeby con la voz rasgada a causa de los sollozos antes de ser nuevamente
interrumpida.
—No me extraña que se quejase, querida. Es que para
quejarse no hay motivo como el reúma —declaró Miss Gilpet con ese aire
desafiante que suele adoptar un camarero cuando le comunica a sus clientes que
el clarete más barato se ha acabado. Acto seguido, procedió a restarle
importancia al reúma y a todo lo demás, como si quisiera dar a entender que
aquello que afligía a la mujer nunca había sucedido.
Al oír aquello, el fuerte carácter de Mrs. Momeby se dejó
ver repentinamente por encima de tanta aflicción.
—Supongo que ahora irá a decirme también que en realidad
mi hijo no ha desaparecido, ¿verdad?
—Oh, no, querida, ni mucho menos. El niño ha desaparecido,
ya lo creo —concedió Miss Gilpet—. Pero si continúa sin aparecer es sólo porque
careces de la fe suficiente para encontrarlo. No es más que la falta de fe en
ti misma lo que impide que lo tengas nuevamente a tu lado sano y salvo.
—Pero si mientras tanto ha sido devorado, y a estas
alturas medio digerido por una hiena —intervino Clovis, que seguía celosamente
aferrado a su teoría de la fiera salvaje—, seguramente ya se habrían notado los
efectos. Sobre todo por parte de la pobre hiena.
Miss Gilpet se quedó helada durante unos segundos ante la
complicación que aquella teoría suponía para todo el asunto.
—Estoy segura de que ninguna hiena se ha comido al niño
—dijo finalmente, aunque, eso sí, con poca convicción en la voz.
—Pues puede que la hiena, por su parte, esté igual de
segura de que sí lo ha hecho. No se lo tome a mal, pero es posible que ella
tenga tanta fe como usted y que a estas horas sepa mejor que nadie cuál es el
actual paradero del niño.
Mrs. Momeby había comenzado a llorar de nuevo.
—Si de verdad tiene usted esa fe de la que tanto habla
—dijo entre sollozos y como si de pronto se le hubiera ocurrido una buena
idea—, ¿por qué no empieza a buscar de una vez a nuestro pequeño Erik? Estoy
segura de que tiene usted poderes que nosotros ni siquiera sospechamos.
Rose-Marie Gilpet creía con enorme firmeza y sinceridad en
los principios de la Ciencia Cristiana. Ahora bien, si ella comprendía de
verdad tales principios o si simplemente se limitaba a repetir lo que sabía de
ellos, es una cuestión que deben decidir los eruditos en tal materia. En el
caso que nos ocupa, Miss Gilpet era muy consciente de que, sin lugar a dudas,
tenía ante sí una buena oportunidad para demostrar y poner en práctica ciertas
cosas en las que creía, por lo que conforme fue poniendo en marcha aquella
búsqueda tan incierta, fue volcando en ella, a la vez que daba muestras de una
gran energía, cada pizca de fe que fue capaz de encontrar en sí misma. Así,
como guiada por una intuición especial, salió del jardín y echó a andar por la
calle mientras Mrs. Momeby, que la seguía con la mirada, le gritaba: «Es inútil
buscar por ese lado. Nosotros ya hemos mirado por ahí al menos una docena de
veces». Pero para entonces Rose-Marie había decidido hacer oídos sordos a todo
lo que no fuera su propia satisfacción pues, sentado en mitad de la calle,
jugando alegremente con la tierra y las hierbas del camino, acababa de
descubrir a un niño de piel blanquísima que llevaba el pelo rubio atado sobre
la sien con una cinta de color celeste. Tras cerciorarse de que no se acercaba
ningún coche, Rose-Marie llegó corriendo hasta el niño, lo cogió y, a pesar de
los vigorosos esfuerzos que éste hizo para zafarse, cruzó triunfalmente el
portal de Villa Elsinore llevándolo en brazos. Los furiosos gritos que el niño
no dejaba de proferir habían ya anunciado su aparición, con lo que los padres,
casi histéricos de alegría, atravesaron corriendo el jardín para reunirse con
su vástago. La emoción propia de una escena como aquélla se vio en cierta
manera empañada por las visibles dificultades que tenía Rose-Marie para
sostener al bebé, que no dejaba de forcejear, y que se vio instantáneamente
abrazado por sus progenitores sin que éstos se detuviesen siquiera a echarle un
vistazo.
—¡Nuestro pequeño Erik ha regresado! —gritaron al unísono
los Momeby.
Mientras todos se felicitaban por tan feliz hallazgo, el
niño se había cubierto el rostro con los puños fuertemente apretados, de tal
manera que lo único que quedaba a la vista de su rostro era una enorme boca
abierta. Por ello sería justo decir que el hecho de que los padres reconociesen
a su hijo sin verle siquiera la cara bien podría llegar a tomarse por todo un
acto de fe por su parte.
—¿Está mi niño contento de estar otra vez con papá y mamá?
—le canturreaba suavemente al niño Mrs. Momeby.
Clovis se dio cuenta de que el niño mostraba tales deseos
de volver a sus juegos con la tierra y los hierbajos del camino que aquella
pregunta se le antojó completamente fuera de lugar.
—Vamos a montarlo en el columpio —sugirió brillantemente
el padre mientras los berridos del niño, que continuaban resonando por todo el
jardín, daban la impresión de no querer parar jamás.
Unos segundos más tarde el niño se hallaba subido a
horcajadas sobre una especie de columpio con forma de tubo que había en un
rincón del jardín y en el que los padres solían jugar con su hijo. No obstante,
nada más sentar sobre él al pequeño, del interior del cilindro salió un
ensordecedor estruendo que ahogó por completo los agudos chillidos de aquél.
Cuando, un segundo más tarde, un bebé de piel blanquísima que llevaba el pelo
rubio atado sobre la sien con una cinta de color celeste salió a rastras de dentro
del tubo, un silencio mortal se apoderó de los presentes. A juzgar por sus
rasgos y por su capacidad pulmonar, no cabía la menor duda de quién era el
recién llegado.
—¡Nuestro pequeño Erik! —gritó de pronto Mrs. Momeby
saltando sobre aquel niño y poco menos que asfixiándolo con sus besos—. ¿Es que
acaso se escondió mi niño dentro del tubo para darnos a todos un gran susto?
Aquello parecía explicar la repentina desaparición del
niño y su igualmente repentina reaparición. Ahora quedaba, no obstante, el
problema de aquel otro niño que ahora lloriqueaba sentado sobre el césped y al
que se había pasado a ver como un intruso con la misma brusquedad con la que
apenas un minuto antes se había celebrado su descubrimiento. Los Momeby lo
fulminaron con la mirada como si se tratase de un arribista que hubiese
intentado ganarse su afecto empleando las más sucias e indignas artimañas. En cuanto
a Miss Gilpet, su rostro se puso pálido de repente mientras observaba con
impotencia a aquella rechoncha figurita que hasta hacía tan sólo unos segundos
había sido un motivo de alegría para su vista.
—Cuando el amor se acaba, qué poco entienden de amor los
que antes amaban —musitó Clovis para sí mismo.
Rose-Marie fue la primera en romper aquel incómodo
silencio.
—Querida, ejem…, si el niño que tienes en brazos es Erik,
entonces…, ¿quién es ése?
—Creo que eso es algo que le correspondería a usted
explicar —dijo Mrs. Momeby fríamente.
—Parece evidente —intervino Clovis— que es una réplica de
Erik creada por usted gracias a los extraños poderes de su fe. No obstante, la
pregunta ahora es la siguiente: ¿qué va a hacer usted con él?
La palidez se acentuó aún más en las mejillas de
Rose-Marie. Mrs. Momeby agarró con más fuerza que nunca al verdadero Erik, como
si temiese que en cualquier momento aquella mujer tan extraña, impulsada por el
resentimiento, pudiese utilizar sus poderes para convertir a su niño en un
taburete.
—Lo encontré sentado en mitad de la calle —dijo Rose-Marie
con un hilo de voz.
—Pues no se le ocurra cogerlo y dejarlo abandonado donde
lo encontró —dijo Clovis—. La calle está hecha para que circulen los coches, no
para ser el depósito de basura de los milagros que caen en desuso.
Rose-Marie se echó a llorar, los dos bebés comenzaron a
gemir aún más lúgubremente que antes, y el matrimonio Momeby, apenas recuperado
de su anterior estado de aflicción, se echó las manos a la cabeza. En medio de
aquel irreprochable coro de plañideras, Clovis era el único que mantenía cierta
serenidad y buen humor.
—¿Y voy a tener que quedármelo conmigo para siempre?
—preguntó Rose-Marie temblando a causa de la congoja.
—No, mujer, no para siempre —dijo Clovis, intentando
reconfortarla—. Podrá usted alistarlo en la marina en cuanto cumpla trece años.
Rose-Marie rompió a llorar con más fuerza.
—Eso sí, ni que decir tiene —añadió Clovis— que nunca
dejará usted de tener problemas en relación con su certificado de nacimiento.
No tendrá usted más remedio que explicarle lo ocurrido al Ministerio de
Defensa. Y, por lo que tengo entendido, las autoridades son allí bastante
inflexibles.
Después de oír aquel último comentario, fue un verdadero
alivio para todos los presentes ver aparecer a la niñera de la Villa
Charlottenburg, la casa situada al otro lado del camino. La mujer, tras salvar
la escasa distancia que separaba ambas viviendas, entró en el jardín y se
acercó a ellos preguntándoles si habían visto al pequeño Percy, un bebé que,
tras escabullirse por la puerta principal de la casa, había desaparecido en un
abrir y cerrar de ojos.
Clovis aprovechó aquel momento de desconcierto para poner
tierra de por medio y, de paso, acercarse a la cocina para comprobar
personalmente si quedaba algo de salsa holandesa con la que acompañar los
espárragos.
LA CORONA DE FLORES
La extraña e inusual tranquilidad que aquella noche
reinaba en el restaurante se debía, muy posiblemente, al hecho de que la
orquesta no se encontrase tocando ningún vals de los que acostumbraba.
—¿Te he hablado alguna vez —le preguntó Clovis a su amigo—
de lo trágica que puede llegar a resultar la música cuando se toca a la hora de
la comida? Si no es así, déjame contarte una historia.
»Todo ocurrió una noche en la que se celebraba una velada
especial en el Grand Sybaris Hotel. Los huéspedes habían sido invitados a
acudir a una espléndida cena en el Amethyst, el gran salón de banquetes que el
hotel reservaba para ocasiones como aquélla. El salón Amethyst, que gozaba de
una espléndida reputación, era conocido en casi toda Europa. Su cocina quedaba
fuera de todo reproche y su orquesta estaba lo bastante bien pagada como para
hacer oídos sordos a cualquier crítica. Allí se daban cita aquellos que amaban
la música, aquellos a los que simplemente les gustaba (que, todo sea dicho,
eran muchos más), y aquellos que simplemente la soportaban, los cuales, además
de ser los más numerosos de todos, si eran capaces de pronunciar correctamente
el nombre de Tchaikowski o de reconocer unos cuantos nocturnos de Chopin era
porque se los habían aprendido de memoria justo antes de entrar. Estos últimos
comían siempre con los mismos modales apresurados e indiferentes que uno puede
apreciar en los ciervos cuando pastan en medio de un prado, a la vez que
mantenían las orejas vueltas hacia la orquesta, en posición de alerta, por si
de repente escuchaban alguna melodía que les resultase mínimamente familiar.
»—Oh, pero si eso que suena es I Pagliacci—, murmuraban
mientras los primeros compases de la famosa ópera se elevaban en el aire una
vez terminada la sopa, y, siempre que ningún comensal más entendido en música
que ellos se atreviese a contradecirles, se ponían inmediatamente a tararear la
melodía en voz baja, como para ayudar a los músicos a hacer su trabajo. Algunas
veces la música acompañaba a la sopa, en cuyo caso los asistentes se las
ingeniaban siempre para tararear la melodía entre cucharada y cucharada. La
expresión que mostraban algunos rostros por tener que compaginar el potaje St.
Germain con obras como I Pagliacci no era lo que se dice agradable, pero para
aquellos que desean verlo todo en este mundo una expresión como aquélla era
algo que merecía la pena contemplar. Al fin y al cabo, uno no siempre debe
volver la cabeza y negarse a ver las cosas desagradables que tiene esta vida.
»Además de los tipos ya mencionados, el restaurante era
también frecuentado por clientes que, simplemente, aborrecían la música y cuya
presencia en el salón tenía una única explicación: acudían allí estrictamente
para comer.
»Una vez concluidos los primeros platos, los clientes
pasaban a consultar las listas de vinos. Algunos hacían sus consultas con el
mismo apuro que experimenta un colegial al que de repente sacan a la pizarra y
le piden que sitúe a tal o cual profeta menor en la confusa maraña de textos
que conforman el Antiguo Testamento. Otros repasaban la lista una y otra vez
haciendo como si no supieran por qué vino decantarse, con lo que querían dar a
entender que conocían sobradamente bien la mayoría de los vinos caros, y
preferían, con el único objeto de alardear, preguntar a los demás sobre sus
debilidades para aconsejarles tal o cual marca. Eran precisamente éstos los
que, cuando acudían al restaurante con invitados, siempre encargaban el vino
que elegían dándole al camarero una orden seca y tajante que solían acompañar
con algún gesto o ademán de lo más teatral. Actuando de dicha manera, y
haciendo además especial hincapié en que la botella estuviese orientada hacia
el norte mientras era descorchada, y llamando Max al camarero, podían darle a
sus invitados, de un solo plumazo, una impresión que de otra manera nunca
hubieran sido capaces de dar por muchas horas que hubiesen derrochado haciendo
alardes de esto o de aquello. Precisamente por esta razón, y no por otra, es
por la que debe uno siempre escoger a sus invitados con el mismo cuidado con
que escoge el vino.
»Mientras tanto, de pie, separado de todo el jolgorio y
oculto en las sombras que sobre él proyectaba una gruesa columna, había un
interesado espectador que, sin duda alguna, tenía algo que ver con la fiesta a
pesar de no estar participando activamente en ella. Se trataba de Monsieur
Aristide Saucourt, el chef del Grand Sybaris Hotel, de quien se decía que aún
no había aparecido nadie en el mundo de la gastronomía que se le pudiera
igualar. Dentro de su campo era un consumado maestro que se veía a sí mismo rodeado
por todas partes de esa estúpida negligencia que todo genio que se precie
espera encontrar (y no siempre disculpa) en los que están por debajo de él.
Como no perdonaba el menor desliz, todos aquellos que estaban a sus órdenes
ponían siempre un enorme cuidado en que hubiese pocos deslices que perdonar. En
cuanto al mundo que tenía a su alrededor y que disfrutaba devorando sus
creaciones, era un personaje que, aunque gozaba de una gran influencia, nunca
se tomaba la molestia de adivinar en qué medida influía sobre cuanto le
rodeaba. No en vano, uno de los precios que todo genio tiene que pagar, así
como una de las garantías de las que disfruta, es el hecho de medir las cosas
por un patrón diferente al que usan los demás, con lo cual a lo que el resto de
los mortales se desvive por conseguir él nunca le atribuye la menor
importancia.
»De vez en cuando a aquel gran hombre le asaltaban unos
enormes deseos de observar personalmente el efecto que producían en los
comensales aquellas obras maestras que él cocinaba, al igual que le sucedía al
preclaro ingenio de los Krupp[1] cuando, en el momento más álgido de la
batalla, se veían acosados por el deseo de personarse en la línea de fuego de
la artillería enemiga para comprobar cómo funcionaban los cañones que ellos
mismos habían fabricado. Pues precisamente eso mismo era lo que estaba haciendo
él en aquel momento. Por primera vez en toda la historia del Grand Sybaris
Hotel, Monsieur Saucourt en persona estaba presentando a los huéspedes el plato
que había llevado a un punto tal de perfección que resultaba casi escandaloso:
los Canetons à la mode d’Amblève. A pesar de que aquellas palabras aparecían
escritas en la carta del restaurante con unas preciosas y estilizadas letras
doradas sobre un suave fondo de color crema, qué poca idea daban a la casi
totalidad de aquellos clientes tan incultos de las delicias a que se referían.
Y, aun así, cuánto esfuerzo y cuánta sabiduría habían sido derrochados, cuántos
conocimientos celosamente guardados por la naturaleza habían tenido que ser
desentrañados con cada pequeño avance que le había dado a su receta, antes de
que aquellas cinco palabras acabaran siendo finalmente escritas en el menú.
Cuántos patos habían tenido que pasar por sus manos hasta que al fin consiguió
dotar de entidad a aquel manjar. Cuántos champignons, a los que ni el más
francófobo de los comensales se hubiera atrevido a llamar, sin más,
«champiñones», habían aportado sus atrofiados cuerpecitos a la guarnición. Y
qué decir de aquella salsa inventada a finales del reinado de Luis XV, que
había tenido que rescatar del olvido para que aportara su granito de arena a su
maravillosa creación. Hasta tal punto había llegado a trabajar el esfuerzo
humano para conseguir el resultado deseado. Todo lo demás había sido dejado en
manos del innegable genio de Monsieur Aristide Saucourt. Y ahora, por fin, había
llegado el momento de servir aquel gran plato, el plato que grandes duques y
millonarios contarían para siempre, por muy hartos que estuviesen de los
placeres terrenales, entre los mejores recuerdos de sus vidas.
»No obstante, en aquel mismo momento ocurrió también algo
más. El primer solista de aquella orquesta tan bien pagada se colocó
delicadamente el violín bajo la barbilla, cerró los ojos y comenzó a moverse
como si levitara mientras extraía de las cuerdas de su instrumento una hermosa
melodía.
»—¡Silencio! —exclamaron instantáneamente casi todos los
clientes—. Están tocando La Corona de Flores.
»Todos ellos sabían que aquella melodía se llamaba así
porque la habían oído tocar a la hora de la comida, a la hora del té y a la
hora de la cena del día anterior, y aún no habían tenido tiempo suficiente para
olvidarla.
»—¡Es verdad! ¡Están tocando La Corona de Flores! —se
decían unos a otros.
»El delirio tardó tan sólo un par de segundos en hacerse
generalizado. La orquesta había tocado ya aquella pieza once veces a lo largo
de aquel día, cuatro de ellas a petición del público y las siete restantes por
la fuerza de la costumbre, a pesar de lo cual aquellos familiares compases
fueron recibidos por los presentes con el entusiasmo propio de una revelación.
Un murmullo compuesto por multitud de voces que tarareaban la melodía se elevó
desde más de la mitad de las mesas del salón, e incluso algunos de los más
exaltados oyentes dejaron a un lado tenedor y cuchillo para poder irrumpir en
sonoros aplausos tan pronto como fuese posible.
»Pero, ¿qué pasaba mientras tanto, en medio de tanta
algarabía, con los Canetons à la mode d’Amblève? Con una incontrolable mezcla
de rabia y asombro, Aristide hubo de elegir entre presenciar cómo los clientes
dejaban de prestarle bruscamente su atención, o sufrir la todavía mayor
indignidad de tener que conformarse con que éstos se limitasen a picotear
distraídamente o incluso a masticar con total indiferencia su creación mientras
se dedicaban a derrochar en los músicos todos sus vítores y aplausos. El hígado
de ternera con beicon y salsa de perejil que aún se veía en algunas mesas
difícilmente hubiera podido desfilar con menos éxito que durante la velada de
aquella noche.
»Y mientras aquel maestro de las artes culinarias se
recostaba, tambaleante, contra su buena amiga la columna sintiendo cómo iba
ahogándose poco a poco en una espantosa e incontenible cólera que no acertaba a
expulsar de sí, el primer solista de la orquesta comenzó a hacer reverencias
ante el estallido de aplausos que se elevó a su alrededor. Volviéndose hacia
sus compañeros, les hizo una señal con la cabeza para repetir la pieza recién
tocada, pero, antes de que el violín pudiese alzarse de nuevo hasta su posición,
se oyó una violenta exclamación que provenía de las sombras arrojadas por
cierta columna del salón.
»—¡No! ¡No! ¡No se le ocuga tocag eso otga ves!
»El violinista se volvió hacia allí con una curiosa mezcla
de enojo y asombro en el rostro. Si hubiera llegado a advertir la mirada que
brillaba en los ojos del hombre que acababa de gritar, seguramente hubiese
actuado de manera diferente. Pero los aplausos del éxito resonaban todavía en
sus oídos, por lo que, soltando un gruñido, respondió:
»—¡Eso ya lo veremos!
»—¡No! ¡No vuelva a tocag esa música! —gritó nuevamente el
chef.
»Un instante después se arrojaba violentamente en
dirección a aquel detestable ser que le había arrebatado el lugar que por
derecho propio le correspondía en la estima y los corazones de todos los
mortales. Sobre una mesa lateral, en espera de los clientes que aún quedaban
por llegar, acababa de ser puesta una enorme sopera de metal llena hasta el
borde de sopa hirviendo. Antes de que los camareros o los huéspedes tuviesen
tiempo siquiera para darse cuenta de lo que estaba ocurriendo, Aristide había
agarrado a su pobre víctima, que no dejaba de forcejear, la había subido a la
mesa y le había sumergido la cabeza en la olla de sopa hirviendo mientras, en
el extremo más alejado del salón, aún podían escucharse los aplausos de algunos
clientes que seguían pidiendo frenéticamente que la orquesta volviese a tocar
aquella trágica pieza.
»Si el primer solista de la orquesta murió ahogado en la
sopa, o si por contra murió a causa del impacto recibido en su vanidad
profesional, o si resultó fatalmente escaldado hasta morir, es algo acerca de
lo cual los médicos nunca pudieron ponerse enteramente de acuerdo. Monsieur
Aristide Saucourt, por su parte, que en la actualidad se halla completamente
retirado de la cocina profesional, apostó siempre por la teoría del
ahogamiento.
[1] Referencia a la familia Krupp, cuyos miembros,
notables industriales metalúrgicos alemanes desde el siglo XVIII, se especializaron
en la fabricación de material bélico, del que cobraron especial renombre sus
cañones. Su emporio, que sigue en pie hoy día, es el segundo complejo
siderúrgico más grande de Europa.
ADRIAN
Aunque en su partida de nacimiento constaba que su
verdadero nombre era John Henry, él había decidido olvidar aquel detalle junto
con otros muchos recuerdos de su infancia, por lo que sus amigos le conocían
simplemente por el nombre de Adrián. Su madre vivía en Bethnal Green, uno de
los peores barrios de la ciudad, de lo cual el muchacho no tenía culpa alguna.
Uno puede huir de la historia de su familia y romper con ésta, pero no siempre
puede escapar del sitio en el que le toca nacer. Y es que, a decir verdad, eso
es lo que solía ocurrir en Bethnal Green: cuando uno nacía y se criaba allí, lo
más seguro era que no pudiese escapar nunca.
La manera en que vivía era, en gran medida, un auténtico
misterio incluso para él mismo. Muy probablemente su continua lucha por
sobrevivir se pareciese mucho a las historias tan fantásticas que sobre sus
penurias solía contarle a sus amigos más íntimos. Sea como fuere, lo que sí era
rotundamente cierto es que de vez en cuando escapaba de aquella lucha diaria
para ir a cenar al Ritz o al Carlton, impecablemente vestido y dando muestras
de un apetito que, sin olvidar en ningún momento la corrección, podría calificarse
de francamente bueno. En tales ocasiones solía ser el invitado de honor de Mr.
Lucas Croyden, un caballero amable y con mucho mundo que poseía una renta de
tres mil libras anuales y que disfrutaba iniciando en la buena cocina a las
personas más peculiares que conocía. Al igual que la mayoría de los hombres que
combinan rentas de tres mil libras al año con digestiones pesadas, Lucas era un
socialista convencido, por lo que sostenía con una firme convicción que no se
puede aspirar a elevar el espíritu de las masas si a éstas no se les da antes
la oportunidad de descubrir cosas tales como los huevos de codorniz, ni se les
enseña a apreciar la diferencia que hay entre una copa de helado y un batido de
frutas. Y aunque sus amigos opinaban que todas aquellas muestras de amabilidad
resultaban altamente dudosas, que no conducían a nada, y que además resultaba
absurdo recoger a un muchacho que trabajaba tras el mostrador de una mercería e
iniciarlo en las maravillas de la cocina de calidad, a todo ello Lucas
replicaba invariablemente lo mismo: que todas las muestras de amabilidad eran
en realidad dudosas y que nunca conducían a nada. Lo cual quizá fuese cierto.
Cierto día, después de una de aquellas veladas que pasaba
en compañía de Adrián, Lucas se encontró con su tía, Mrs. Mebberley, en un
salón de té que se había puesto de moda por aquellos días, en cuyo interior la
llama de la vida familiar aún logra mantenerse encendida y donde uno puede
encontrarse siempre a parientes a los que, de no ver allí, ya hubiera olvidado
hace tiempo.
—¿Quién era aquel muchacho tan guapo que estaba cenando
contigo anoche? —le preguntó ella—. Parecía demasiado agradable como para estar
perdiendo el tiempo contigo.
Aunque Susan Mebberley era una mujer encantadora, no por
ello dejaba de ser una de esas tías que andan siempre fustigando a sus
sobrinos.
—¿A qué familia pertenece? —preguntó ella una vez que
Lucas le dijo el nombre de su protegido (aunque, eso sí, en su versión
revisada).
—Su madre vive en Beth…
Lucas guardó silencio de golpe al darse cuenta de que
había estado a punto de cometer una imperdonable indiscreción.
—¿Beth? ¿Dónde queda eso? Suena a Asia Menor. No estará
metida esa mujer por casualidad en asuntos diplomáticos, ¿verdad?
—Oh, no. Lo que pasa es que trabaja con los más pobres.
Aquello no dejaba de tener parte de verdad. La madre de
Adrián estaba empleada en una mísera lavandería.
—Entiendo —dijo Mrs. Mabberley— Trabaja en una especie de
misión, ¿verdad? Y mientras tanto ese chico no tiene a nadie que cuide de él,
¿eh? Pues creo que es mi deber procurar que no le pase nada malo. Tráetelo un
día a casa, querido.
—Mi querida tía Susan —protestó Lucas—, debo decirte que
es muy poco lo que sé de él. Quizá en el fondo no sea tan buen chico como tú
crees. Ya me entiendes.
—Pero tiene un pelo tan bonito y una boca tan graciosa…
¿Quién sabe? A lo mejor acabo llevándomelo conmigo de vacaciones a Hamburgo o a
El Cairo.
—Eso es lo más disparatado que he oído en toda mi vida
—dijo Lucas, visiblemente enojado.
—Bueno, ya sabes que en nuestra familia hay una fuerte
tendencia a cometer locuras. Si tú aún no te has percatado de ello, ve y
pregúntale a tus amigos. Seguro que ellos sí se han dado cuenta.
—En Hamburgo no hay más que cotillas. Uno está siempre
bajo la atenta mirada de todo el mundo. ¿Por qué no te lo llevas antes a algún
otro lugar como Etretat para ir conociéndole un poco?
—¿Y estar todo el tiempo rodeada de americanos empeñados
en chapurrear francés? No, muchas gracias. Me encantan los americanos, pero no
cuando se empeñan en chapurrear francés. Bastante suerte tenemos con que hayan
aprendido de una vez por todas a hablar inglés. Pero a lo que iba: mañana mismo
a las cinco ya puedes estar trayéndote a tu amigo a casa.
Y Lucas, viendo que Susan Mebberley, además de ser su tía,
era también una mujer, se dio cuenta de que no habría más remedio que dejarla
hacer las cosas a su manera.
Y así fue como Adrián se vio poco después camino del
extranjero bajo la protección de los Mebberley. Éstos, no obstante, después de
darle muchas vueltas al asunto, tomaron la sensata decisión de descartar
Hamburgo, así como otros centros turísticos de moda poco convenientes, con lo
que terminaron hospedándose en el mejor hotel de Dohledorf, un pequeño
pueblecito de los Alpes que quedaba en algún lugar del valle de Engadine[1].
Aquél era el típico centro turístico poblado por la típica clase de visitantes
que uno suele encontrarse por toda Suiza durante la típica temporada de verano.
Aunque, a decir verdad, para Adrián todo resultaba de lo más inusual. El aire
de la montaña, la certeza de que podía comer con regularidad y abundancia, y
muy en particular el ambiente social, le afectaron tanto como el acogedor
interior de un invernadero llega a afectar a toda hierba que cae por casualidad
dentro de sus límites. Para él, que se había criado en un mundo en el que el
simple hecho de romper algo se consideraba un crimen y era castigado como tal,
suponía algo completamente nuevo y tonificante encontrarse de repente con que
se consideraba de lo más gracioso romper algo en pedazos siempre que se hiciese
de la manera correcta y a la hora adecuada. Susan Mebberley había llegado a
comentar que su intención al llevarse consigo a Adrián era enseñarle al
muchacho algo de mundo. Como contrapartida, aquel pequeño pedazo de mundo que
era el pueblecito de Dohledorf empezó también a conocer una buena parte de
Adrián.
Lucas, por su parte, pudo ir haciéndose una idea de cómo
iba discurriendo aquella estancia en los Alpes. Pero no por medio de su tía ni
de Adrián, sino gracias a la incansable pluma de su amigo Clovis, quien,
invitado también por los Mebberley en aquel viaje, acabó convirtiéndose en su
cronista más fiel. La primera carta que Lucas recibió de él decía:
«El pequeño espectáculo que tu tía Susan organizó la
pasada noche terminó siendo un auténtico desastre, lo cual, si te soy sincero,
ya se veía venir. El hijo de los Grobmayer, un niño de cinco años
particularmente odioso, salió haciendo un pequeño papel durante la primera
parte de la velada, pero cuando llegó el intermedio sus padres decidieron
mandarlo a la cama. Adrián, que había estado todo el tiempo al acecho esperando
su oportunidad, aprovechó que la niñera tuvo que ir un momento al piso de abajo
para secuestrar al niño de su cuarto, disfrazarlo de cerdo con lo primero que
encontró e introducirlo de improviso en la segunda parte del espectáculo. He de
reconocer que aquel insoportable niño se parecía muchísimo a un cerdo, e
incluso gruñía y babeaba como uno de verdad. Y aunque en aquel momento nadie
sabía con exactitud qué era aquella cosa, todo el mundo (y muy en especial el
matrimonio Grobmayer) estuvo de acuerdo en que como actuación no tenía precio.
Durante el tercer acto, Adrián, para hacer que el niño gruñese con más fuerza,
decidió darle un pellizco, pero al hacerlo se le fue la mano. Al instante, el
niño soltó un chillido y empezó a llorar llamando a su madre. Por lo general,
dicen de mí que soy muy bueno describiendo situaciones, pero no me pidas que te
describa lo que dijeron e hicieron los Grobmayer en aquel momento. Baste decir
que fue como las obras más apasionadas y ruidosas de Strauss. Así que, debido
al escándalo que se organizó, hemos tenido que trasladarnos a otro hotel, uno
que queda un poco más arriba en la ladera del valle.»
La siguiente carta de Clovis, redactada en el Hotel
Steinbock, llegó sólo cinco días más tarde. Decía lo siguiente:
«Nos hemos marchado del Hotel Victoria esta misma mañana.
Una pena, porque era un lugar verdaderamente tranquilo y agradable (al menos
cuando nosotros llegamos). Pues bien: antes incluso de que hubieran pasado las
primeras veinticuatro horas de nuestra estancia casi todo aquel ambiente de
reposo y tranquilidad se había esfumado “como por arte de magia”, tal y como
llegó a decir el propio Adrián. No obstante, nada excesivamente escandaloso
ocurrió hasta la última noche, cuando a Adrián, que tenía un ataque de
insomnio, se le ocurrió matar el tiempo quitando los números de todas las
puertas de las habitaciones de su piso y dedicarse luego a intercambiarlos
entre sí. Puso el letrero de los aseos en la puerta de la habitación contigua a
éstos, la cual se hallaba ocupada por Frau Hofrath Schilling. Esta mañana,
desde las siete en adelante, la pobre anciana comenzó a recibir las urgentes
visitas de sus apurados vecinos. La mujer, una vez superados los primeros
sustos, se escandalizó tanto que decidió levantarse y echarle la llave a la
puerta de su habitación. Así que aquellos que intentaban ir al aseo, al
encontrar la puerta cerrada, se veían obligados a regresar urgentemente a sus
habitaciones en medio de una gran confusión. Lo que ocurría entonces, como era
de esperar, era que el cambio efectuado en los números de las puertas acababa
llevándolos al sitio equivocado una vez más, con lo que poco a poco el pasillo
fue llenándose de aterrorizados e indignados huéspedes que, vestidos en paños
menores, corrían como locos por todo el pasillo como si fuesen conejos
encerrados en una jaula en la que de pronto hubiesen metido a un zorro
hambriento. Transcurrió casi una hora antes de que los huéspedes se encontrasen
nuevamente en el interior de sus respectivas habitaciones. El estado de nervios
en que quedó la pobre Frau Hofrath todavía era preocupante cuando nos fuimos
del hotel. Por lo demás, tu tía Susan comienza a dar síntomas de preocupación.
Como Adrián no tiene dinero, ella no se siente con fuerzas para abandonarlo a
su suerte. Por otro lado, no puede mandarlo con su familia porque nadie, ni el
propio Adrián, sabe dónde está. Él dice que su madre cambia de casa
constantemente, por lo que no tiene la menor idea de cuál puede ser su
dirección actual. No me extrañaría nada que la verdad que se esconde tras todo
eso sea que se ha peleado con su familia. Ya sabes que hoy en día hay montones
de chicos que piensan que eso de pelearse con la familia, además de estar de
moda, les da cierto toque de prestigio.»
La siguiente misiva que Lucas recibió de los viajeros fue
un telegrama enviado por la propia Mrs. Mabberley. El telegrama, que incluía la
posible respuesta pagada por adelantado, consistía tan sólo en una simple
frase:
«Por lo que más quieras, ¿dónde demonios está Beth?»
[1] El valle de Engadine o Engadina se encuentra en los
Alpes Réticos, en el cantón de los Grisones, en Suiza. En él se encuentran
célebres estaciones de veraneo y deportes invernales, de los que el de mayor
renombre es el de Saint Moritz.
LAS BURLAS DE ARLINGTON STRINGHAM
Cierto día, a Arlington Stringham se le ocurrió hacer un
chiste en la Cámara de los Comunes. Fue un juego de palabras bastante sutil
acerca de los muchos aspectos diferentes que constituían, muy en particular, a
la raza anglosajona[1]. Aunque es posible que al decir aquello no tuviese intención
de hacer reír a nadie, no pudo evitar que uno de los miembros de la Cámara, que
no quería que se pensara que estaba dormido por el simple hecho de que justo en
aquel momento tuviese los ojos cerrados, se echara a reír. A la mañana
siguiente un par de periódicos hicieron referencia a aquella anécdota hablando
de «una risa» (así, entre comillas), mientras un tercero, notorio por la falta
de profesionalidad e interés que prodigaba a las noticias políticas que
publicaba, habló de «una carcajada». Muchas cosas a menudo comienzan de esta
manera.
—Arlington hizo un chiste en la Cámara anoche —le dijo
Eleanor Stringham a su madre—. En todos los años que llevamos casados ninguno
de los dos ha contado jamás un solo chiste. Por eso mismo no me gusta que se
cuenten ahora. Mucho me temo que esto va a marcar el principio de un
distanciamiento entre los dos, de una grieta en la pared, por así decirlo.
—¿A qué pared te refieres, querida? —preguntó su madre.
—A ninguna, mamá. No es más que una cita que he leído en
algún sitio —respondió Eleanor.
Decir que algo no era más que una cita leída en algún
sitio era, en opinión de Eleanor, una excelente manera de evitar discusiones
sobre cualquier opinión que ella tuviese el valor de manifestar.
Como era de esperar, Arlington Stringham continuó
avanzando por el peliagudo terreno del humor irónico en el que el destino
parecía haberle reservado un lugar.
—Este país está todavía muy verde. Claro que, a fin de
cuentas, ése es el color que le corresponde —le comentó a su esposa un par de
días más tarde[2].
—Eso ha sido muy, pero que muy ingenioso. Es más, me
atrevería a decir que es incluso inteligente. Pero mucho me temo que no termino
de verle la gracia —observó ella con frialdad.
Si Eleanor hubiese sabido lo mucho que a su marido le
había costado hacer aquel comentario, posiblemente lo hubiese acogido con mejor
ánimo. No en vano, lo que tiene de trágico el esfuerzo humano es que a menudo
discurre de manera invisible para los demás, por lo que éstos no tienen
oportunidad de apreciarlo.
Arlington no dijo nada. Pero no lo hizo porque se sintiese
herido en su orgullo, sino porque no conseguía encontrar nada adecuado que
responder. Eleanor confundió aquel silencio de su marido con una altanera
postura de superioridad, lo cual hizo que su enojo se transformase rápidamente
en una hiriente pulla.
—Harías mejor en decirle ese tipo de cosas a Lady Isobel.
No tengo la menor duda de que ella sabría apreciarlas mucho mejor que yo.
Lady Isobel era una mujer a la que era habitual ver por
todas partes paseando a un enorme collie de color beige en una época en la que
todo el mundo tenía un pequinés. En cierta ocasión, para escándalo de todos los
presentes, había llegado a comerse hasta cuatro manzanas verdes cogidas
directamente del árbol durante un té que se había celebrado en el jardín
botánico. Por cosas como esas a la mujer se le atribuían un carácter de lo más
extravagante y un sentido del humor de lo más grosero. Las malas lenguas aseguraban
que dormía en una hamaca y que era capaz de entender los poemas de Yeats, si
bien su familia negaba rotundamente tales historias diciendo que no eran más
que habladurías.
—La grieta en la pared se está convirtiendo poco a poco en
un auténtico abismo —le dijo Eleanor a su madre aquella misma tarde.
—Si yo fuera tú, no le contaría esas cosas absolutamente a
nadie, querida —le respondió la anciana después de reflexionar durante un largo
rato.
—Ni que decir tiene que es un tema tan personal que no
hablaría de él con cualquiera, mamá —dijo Eleanor—. Pero, ¿por qué no voy a
poder contárselo absolutamente a nadie?
—Pues porque es totalmente imposible que haya un abismo en
una pared, hija mía. No hay espacio suficiente. ¿Es que quieres que te tomen
por loca como a esa pobrecilla de Lady Isobel?
La actitud de Eleanor ante la vida no mejoró ni una pizca
a medida que fue pasando aquella tarde. Para colmo de males, el criado que
había mandado a la biblioteca para que le llevase algo para leer se había
equivocado de libro y le había traído una obra que se le antojó completamente
falta de interés, pero, resignada, acabó sentándose a leerla. Aquel
inapetecible tomo parecía ser una insulsa recopilación de apuntes sobre el
mundo de la naturaleza que el autor parecía haber escrito para las páginas de
alguna revista sumamente aburrida. Además, cuando se tiene uno de esos pésimos
días en los que todo lo que nos rodea nos parece lamentable y deprimente,
resulta de lo más irritante leer algo como: «los gráciles y delicados pájaros
escribano, que afortunadamente se encuentran ya con nosotros, muestran con
orgullo y esplendor los radiantes colores de sus preciosos plumajes desde las
copas de los arbustos y la cima de cada colina». Por añadidura, todo aquello
sonaba escandalosamente falso y artificial porque, una de dos: o bien en
aquella región no había ni arbustos ni colinas, o bien el país entero debería
hallarse completamente abarrotado de pájaros escribano. Pero, en fin, pensó
Eleanor, por una cuestión tan estúpida como aquélla no merecía la pena perder
el tiempo devanándose los sesos.
Mientras tanto, el criado permanecía allí de pie, con su
pelo pulcramente cepillado y peinado, y aquel aire de insensibilidad e
indiferencia hacia los deseos y pasiones del resto del mundo. Eleanor odiaba a
aquella clase de muchachos, y en cuanto a aquél, de buena gana se hubiera
entretenido a menudo azotándole. Quizás fuese aquello una de las cosas que más
echaba en falta por el hecho de no tener hijos.
Tras armarse de valor y elegir al azar un nuevo párrafo,
leyó: «Si uno se tiende sobre el mullido suelo sin llegar a quebrar el dorado
silencio y se esconde entre los helechos y las zarzas que crecen a los pies del
serbal, podrá ver, casi cada atardecer de principios de verano, una graciosa
pareja de currucas correteando alegremente de acá para allá por entre las
ortigas y demás malezas entre las que suelen ocultar sus adorables nidos».
¡Pero qué cosa tan insufrible de leer! En las
circunstancias en las que se encontraba su humor, Eleanor ni siquiera se
hubiera dignado ver ni la más brillante de todas las comedias que por entonces
se representaban en el Teatro Real. Y si por casualidad alguien le hubiese
propuesto observar cómo las graciosas currucas correteaban alegremente de acá
para allá por entre las ortigas en pleno verano, aquella proposición le hubiese
sentado como un insulto abiertamente ofensivo a su inteligencia. Dando muestras
de una incontenible impaciencia, decidió dedicar su atención al menú de la
comida, que el criado, muy atentamente, acababa de llevarle como si le
estuviese proponiendo una alternativa de lectura más apetecible que la que le
ofrecía el libro. No obstante, cuando la señora leyó «Conejo al Curry», la
expresión de desagrado que cruzaba su frente (ya de por sí cubierta de arrugas)
se acentuó todavía más, pues conocía sobradamente la curiosa teoría que
sostenía su cocinera sobre la atracción entre los cuerpos (sobre todo si
aquellos cuerpos eran alimentos), según la cual si uno se limitaba a poner
juntos en un plato un conejo y un poco de curry, el resultado sería
invariablemente conejo con curry. Para colmo, la señora recordó que Clovis y el
odioso Bertie van Tahn estaban invitados a cenar en su casa aquel día.
Seguramente, pensó Eleanor, si Arlington supiese lo mucho que ese día tan
horrible había puesto a prueba sus pobres nervios, no dudaría en abstenerse de
hacer esos chistes a los que tanto se había acostumbrado.
Aquella noche, durante la cena, fue la propia Eleanor
quien mencionó el nombre de cierto hombre de estado, a quien en aras de la
decencia ocultaremos bajo el seudónimo de X.
—X —dijo Arlington— tiene el alma de un verdadero patán.
Aquél era un comentario que convenía tener a mano
últimamente, sobre todo si uno estaba metido en política, pues podía ser
aplicado con idéntico acierto al menos hasta a cuatro importantes hombres de
estado del momento, que cada día se disputaban encarnizadamente el honor de
recibir dicho apelativo.
—Pero si los patanes no tienen alma, querido —dijo la
madre de Eleanor.
—¿Ah, no? Pues es una suerte que no la tengan —dijo
Clovis—. Se pasarían la vida perdiéndola a cada momento mientras gente como mi
tía malgastan su tiempo levantando misiones de caridad para ayudarles, alegando
lo maravilloso que es enseñarles a ellos y que ellos a su vez enseñen a los
demás.
—¿Y qué es lo que uno puede aprender de un patán?
—preguntó la madre de Eleanor.
—Dicen que mi tía llegó a aprender humildad de alguien que
una vez fue ministro —dijo Clovis.
—Yo me conformaría con que la cocinera aprendiese a
cocinar al curry. O, por lo menos, a tener el suficiente sentido común como
para no intentarlo siquiera —dijo Arlington brusca y cruelmente.
La expresión que lucía Eleanor en su rostro se suavizó.
Aquel comentario había sido propio de los viejos tiempos, de cuando aún no
había ningún abismo abierto en la pared. No obstante, fue al día siguiente,
durante el debate que precedió a una votación celebrada en el Ministerio de
Asuntos Exteriores, cuando Arlington Stringham hizo aquel famoso comentario
suyo que decía: «Los habitantes de Creta, al ser, por desgracia para ellos, tan
escasos en número, se empeñan en protagonizar más episodios de la Historia de
los que ellos mismos, siendo tan pocos, pueden contar». Aunque no se trataba de
un comentario excesivamente brillante, se oyó en mitad de un aburridísimo
discurso, con lo que a los presentes llegó a resultarles incluso gracioso. Los
más viejos del lugar, con la cabeza llena de malos recuerdos, llegaron a decir
que les había recordado a Disraeli.
Fue una amiga de Eleanor, una tal Gertrude Upton, quien
llamó la atención de la señora sobre el más reciente fruto del ingenio verbal
de Arlington, pues por aquel entonces Eleanor procuraba no leer nunca los
periódicos.
—Supongo que es un comentario de lo más ingenioso —comentó
nada más escuchar la noticia de labios de su amiga.
—Por supuesto que lo es, querida —dijo Gertrude—. Todos
los comentarios de Lady Isobel lo son. Tanto que, afortunadamente, por mucho
que se repitan, una nunca se cansa de oírlos.
—¿Cómo has dicho? ¿Estás segura de que ese comentario es
de Lady Isobel? —preguntó Eleanor.
—Pues claro que lo estoy, querida. La he oído decirlo
docenas de veces.
—Así que es de ahí de donde él saca ese sentido del humor
tan curioso, ¿eh? —dijo Eleanor lentamente mientras alrededor de su boca iban
apareciendo unas arrugas cada vez más profundas.
La muerte de Eleanor Stringham a causa de una sobredosis
de cloruro, ocurrida al término de una temporada de relativa tranquilidad,
levantó una buena cantidad de rumores y especulaciones. Clovis, atribuyendo
aquella tragedia a la excesiva importancia que en aquella casa parecía dársele
al curry, se unió al dolor de los familiares.
Y, como era de esperar, Arlington nunca descubrió la
verdad. Por ello podría decirse que la mayor tragedia de su vida fue
precisamente perderse el mayor efecto que causaron nunca sus jocosos
comentarios.
[1] Juego de palabras intraducible al español entre las
palabras inglesas Anglo (de Anglo–Saxon, “anglosajón”) y angle, que suele
significar “ángulo” pero también, como en este caso, “perspectiva, punto de
vista”.
[2] Nuevo juego de palabras de complicada traducción al
español. La frase inglesa original dice The country’s looking very green. Por
un lado, country puede significar tanto “campo” como “país”. Por otro, green
puede traducirse por “verde”, término que, tanto en inglés como en español,
tiene el doble sentido de “verde”, en clara alusión al color del campo, pero
también el de “inexperto, ingenuo, novato”, con el que aquí se alude con ironía
a un país que políticamente no marcha bien.
LA CURA DE NO–REPOSO
Todo empezó durante un viaje en tren.
Clovis llevaba ya un buen rato observando fijamente la
maleta de sólida e impecable factura que viajaba en la rejilla portaequipajes
situada frente a él, y en la que podía leerse una etiqueta cuidadosamente
escrita que rezaba «J. P. Huddle, The Warren, Tilfield, cerca de Slowborough».
El hombre a quien dicha etiqueta hacía referencia iba
sentado justamente debajo de la rejilla. Se trataba de un individuo robusto y
de aspecto tranquilo, vestido de manera austera, que conversaba lenta y
pausadamente. Incluso sin prestar atención a lo que aquel hombre estaba
diciendo (lo cual iba dirigido, dicho sea de paso, a un amigo suyo que viajaba
a su lado y tocaba principalmente asuntos tan dispares como la escasa altura de
los jacintos de su jardín o la creciente oleada de sarampión que estaba afectando
a los habitantes de su parroquia), uno podía llegar a adivinar con bastante
precisión el temperamento y la forma de ser del propietario de aquella singular
maleta. No obstante, éste no parecía muy dispuesto a dejar que ni un solo
detalle quedara expuesto a la imaginación de cualquier posible observador, pues
su conversación fue derivando poco a poco hacia temas cada vez más personales.
—La verdad es que no sé por qué me siento así —le estaba
contando a su amigo—. Aunque aún no hace mucho que cumplí los cuarenta, tengo
la impresión de haberme anquilosado de tal manera que creo que he acabado
convirtiéndome en un anciano prematuro. Y no soy yo el único: a mi hermana le
ocurre exactamente lo mismo. A los dos nos gusta que las cosas estén siempre en
el mismo lugar y que ocurran en el momento que les corresponde. Nos gusta que
todo sea previsible, preciso, puntual y metódico hasta en sus detalles más
insignificantes. Cuando no es así, nos disgusta y afecta muchísimo. Por ponerle
un ejemplo de lo más simple, hay un tordo que todos los años construye su nido
en un árbol del patio. Este año, sin ninguna razón aparente, lo está
construyendo en la hiedra que recubre el muro del jardín. Mi hermana y yo
apenas hemos comentado la cuestión, pero creo que ambos estamos de acuerdo en
que tal cambio no sólo es innecesario, sino que además resulta un poco
irritante.
—A lo mejor es que el tordo de este año no es el mismo de
todos los años —apuntó el amigo.
—Ya hemos pensado en ello —dijo J. P. Huddle—, y creo que
eso es precisamente lo que más nos fastidia de todo. A nuestra edad, la última
cosa del mundo que nos gustaría que ocurriese es que nuestro tordo ya no sea
nuestro tordo. Y, sin embargo, como ya he dicho, apenas hemos llegado a la edad
en la que este tipo de cosas deban ser tomadas como un verdadero problema.
—Lo que necesitas es una cura de no–reposo —dijo el amigo.
—¿Una cura de no-reposo? Nunca he oído hablar de ese tipo
de curas.
—De lo que sí habrás oído hablar, sin duda, es de las
curas de reposo que le recetan a la gente que pierde la salud a causa del
estrés y las excesivas preocupaciones de la vida diaria. Pues bien, vuestro
caso es justo el contrario. Lo que tanto tú como tu hermana estáis padeciendo
es un exceso de reposo y tranquilidad, por lo que necesitáis un tipo
completamente diferente de tratamiento.
—¿Y adonde hay que ir a buscar esa cura? ¿Qué he de hacer?
—Bueno, puedes recurrir a presentarte como candidato al
Parlamento por el condado de Kilkenny en las próximas elecciones, o puedes
hacer un viaje a París, o dedicarte a dar conferencias en Berlín para intentar
demostrar que la mayoría de las obras de Wagner fueron escritas en realidad por
Gambetta. O también puedes hacer una escapadita para conocer Marruecos. Aunque,
si te digo la verdad, para que la cura de no-reposo surta verdadero efecto debe
ser puesta en práctica en el propio hogar. En cuanto a cómo deberías hacerlo,
de eso sí que no tengo ni la más remota idea.
Fue llegados a este punto de la conversación cuando Clovis
se puso definitivamente alerta y ya no fue capaz de reprimir por más tiempo sus
deseos de escuchar hasta la última sílaba de la conversación que estaban
manteniendo los dos amigos. Después de todo, la visita que tenía previsto
realizar durante los dos días siguientes a un anciano pariente suyo de
Slowborough no le ofrecía una perspectiva demasiado divertida. Así que mucho
antes de que el tren se detuviera en la siguiente estación ya había decorado el
puño de su camisa con aquella inscripción que rezaba: «J. P. Huddle, The
Warren, Tilfield, cerca de Slowborough».
Dos días más tarde, Mr. Huddle interrumpió la tranquilidad
de la que su hermana disfrutaba leyendo una revista en la sala de estar.
Aquéllos eran el día, la hora y el lugar que ella solía dedicar exclusivamente
a leer lejos de toda molestia, por lo que aquella intrusión protagonizada por
su hermano se le antojó de lo más irritante. Cuando levantó la vista de su
lectura vio que él llevaba un telegrama en la mano, lo cual la alarmó, pues el
hecho de que un telegrama llegase a aquella casa era considerado como una
especie de señal divina. No obstante, aquel telegrama en particular cayó más
bien como una bomba que como un regalo del cielo, pues su texto era el
siguiente: «Obispo irá Slowborough para examinar candidatos próxima
confirmación. Imposible quedarse en casa parroquial por culpa sarampión.
Solicitamos su hospitalidad. Mandamos secretario para organizar preparativos».
—Pero si apenas conozco al obispo. No he hablado con él
más que una vez —exclamó J. P. Huddle con el aspecto de alguien que descubre
demasiado tarde que al hablar con un obispo desconocido se comete una peligrosa
imprudencia.
Miss Huddle fue la primera de los dos en reponerse. Las
sorpresas como aquélla le desagradaban tanto como a su hermano, pero su
intuición femenina le dijo que incluso a aquella clase de sorpresas había que
alimentarlas.
—Podríamos preparar pato al curry para recibirle —dijo.
Aunque no se trataba del día acostumbrado para tomar nada
al curry, parecía irremediable que aquel mensaje que acababan de recibir
llevase aparejado consigo un obligado cambio con respecto a lo habitual. Mr.
Huddle no dijo nada, pero la mirada que le dirigió a su hermana fue más que
suficiente para agradecerle aquella muestra de entereza y valor.
—Un caballero joven desea verles —anunció de repente una
criada.
—¡El secretario! —exclamaron los hermanos Huddle al mismo
tiempo.
Les llevó tan sólo un instante adoptar una actitud seca y
estirada con la que parecían dejar bien claro que, aunque consideraban
indeseables a todos los extraños, se hallaban siempre dispuestos a escuchar lo
que éstos tuviesen que alegar en su propia defensa. El joven caballero que a
continuación entró en la habitación con cierto aire altanero no se correspondía
ni mucho menos con la idea que Mr. Huddle tenía del secretario de un obispo. De
hecho, nunca hubiera llegado a creer que el clero pudiera permitirse tener
entre las personas a su cargo a tipos vestidos con aquellas ropas tan caras
cuando tenían cosas más urgentes a las que dedicar sus recursos. No obstante,
durante un fugaz segundo el rostro le resultó vagamente familiar. Lo cual no
era de extrañar, pues si Mr. Huddle le hubiera prestado mayor atención al
compañero de viaje que había ido sentado frente a él en el tren dos días antes,
podría haber reconocido sin la menor dificultad a Clovis en el lugar ocupado
ahora por su visitante.
—¿Es usted el secretario del obispo? —preguntó Mr. Huddle
volviéndose de lo más servicial.
—Su secretario de confianza —respondió Clovis—. Pueden
ustedes llamarme Stanislaus. El resto de mi nombre no importa. El obispo y el
coronel Alberti estarán posiblemente aquí para la hora de la comida. Pero no
deben preocuparse: yo estaré también aquí en cualquier caso.
Aquello sonaba igual que el programa de una visita real.
—Así que, si no me equivoco, el obispo va a examinar a los
candidatos para la próxima confirmación que va a celebrarse en el pueblo,
¿verdad? —intervino Miss Huddle.
—Aparentemente sí —fue la oscura respuesta que salió de
los labios del secretario antes de que éste pidiera un mapa a gran escala de la
población.
Clovis se hallaba todavía inmerso en un estudio bastante
exhaustivo del mapa cuando un nuevo telegrama llegó a la casa. Iba dirigido al
«Príncipe Stanislaus, hospedado en casa del señor Huddle, The Warren, etc.»
Tras leer con atención el mensaje, Clovis anunció con solemnidad:
—El obispo y Alberti no estarán aquí hasta bien avanzada
la tarde —dicho lo cual volvió a concentrarse en su estudio del mapa.
La comida no fue una velada precisamente alegre. Aquel
principesco secretario comió y bebió dando muestras de un buen apetito, a pesar
de lo cual rehusó secamente entablar cualquier tipo de conversación. No
obstante, una vez hubo terminado de comer premió a los presentes con una amplia
sonrisa, agradeció a su anfitriona aquellos deliciosos manjares y besó la mano
de ésta mientras se deshacía en elogios. Miss Huddle se turbó tanto que se vio
incapaz de decidir si aquella forma de comportarse pertenecía a la pomposa
cortesía propia de la época de Luis XIV o más bien a la censurable conducta que
los romanos habían demostrado al raptar a las sabinas. Aunque aquel día no le
tocaba tener dolor de cabeza, pensó que las especiales circunstancias del
momento podrían disculparla por tenerlo, por lo que se retiró a su cuarto para
intentar paliar aquel dolor de cabeza tanto como le fuese posible antes de que
llegara el obispo. Clovis, por su parte, tras preguntar dónde podía encontrar
la oficina de telégrafos más cercana, desapareció al cabo de unos instantes
camino del pueblo. Unas dos horas más tarde, Mr. Huddle se reunió con él en el
vestíbulo para preguntarle a qué hora llegaría finalmente el obispo.
—Pero si ya se encuentra aquí. Está con Alberti en la
biblioteca —fue la respuesta.
—¿Cómo? ¿Y por qué no se me ha comunicado? ¡No tenía ni
idea de que ya estuviesen aquí! —exclamó escandalizado Mr. Huddle.
—Nadie sabe que está aquí —dijo Clovis—. Cuanto más en
secreto mantengamos este asunto, mejor. Y una cosa: mientras estén en la
biblioteca no se le ocurra molestarles bajo ningún concepto. Ésas son las
órdenes que han dado.
—Pero, ¿a qué viene tanto misterio? ¿Y quién es ese tal
Alberti? ¿Es que el obispo ni siquiera va a dignarse a tomar un poco de té con
nosotros?
—El obispo ha venido aquí en busca de sangre, caballero,
no a tomar té.
—¡En busca de sangre! —dijo Mr. Huddle ahogando un grito y
sin llegar realmente a apreciar que la bomba que aquel día había caído en su
casa prometía cada vez más.
—Esta noche va a ser una gran noche en la historia de la
Cristiandad —dijo Clovis—. Vamos a aniquilar a todos los judíos de este pueblo.
—¡A aniquilar a los judíos! —exclamó Mr. Huddle,
indignado—. ¿Está usted intentando decirme que va a haber un levantamiento
generalizado contra ellos?
—Oh, no, qué va. La idea se le ha ocurrido solamente al
obispo. Lo que está haciendo ahora mismo en la biblioteca es arreglar todos los
detalles del plan.
—Pero, pero… si el obispo ha sido siempre una persona tan
tolerante, tan humana…
—Eso es precisamente lo que le dará un mayor efecto a toda
la función. Lo de esta noche va a causar verdadera sensación, señor mío. Se lo
digo yo.
De aquello último al menos Mr. Huddle estuvo completamente
seguro.
—¡Pero le colgarán por ello! —exclamó con convicción.
—Un coche le está esperando para trasladarlo a la costa,
donde hay un barco preparado exclusivamente para él.
—Pero si, por otro lado, no hay ni treinta judíos en todo
el pueblo —protestó Mr. Huddle, cuya cabeza, después de tantas y tan continuas
emociones como las que había recibido hasta el momento aquel día, funcionaba
con la misma inseguridad que una línea de telégrafos durante un terremoto.
—Nosotros tenemos una lista con veintiséis nombres —dijo
Clovis mostrando un pequeño fajo de papeles—. Podremos ocuparnos de ellos sin
problema ninguno. Y si al final resulta que hay más de veintiséis, entonces
mejor que mejor.
—Pero, vamos a ver, ¿está usted intentando decirme que
tienen planeado atacar a alguien como Sir León Birberry? —balbuceó Mr. Huddle—.
¡Pero si es uno de los hombres más respetados y queridos de este país!
—Pues está en nuestra lista, caballero —dijo Clovis sin
darle la menor importancia a la cuestión—. Al fin y al cabo, tenemos con
nosotros a hombres en los que podemos confiar plenamente a la hora de llevar a
cabo la misión, por lo que no tendremos que rebajarnos a pedirle ayuda a los
del pueblo. Además, algunos boy-scouts también suelen echarnos una mano en
ocasiones como ésta.
—¡¿Boy-scouts?!
—Así es. Cuando comprendieron que esta vez habría algo más
que sangre de por medio se mostraron más entusiasmados incluso que los hombres.
—¡Esto va a ser una auténtica catástrofe! ¡Y en pleno
siglo XX! ¡Y en mi propia casa!
—Así es, caballero. Su casa va a ser el centro de
operaciones. ¿Ha llegado usted a pensar que la mitad de los periódicos de
Europa y Estados Unidos publicarán fotos de ella? A propósito, me he tomado la
libertad de enviar a la prensa algunas fotos de usted y de su hermana que
encontré por casualidad en la biblioteca. Espero que no les importe. También
les he enviado un dibujo de la escalera que sube al primer piso, dado que la
mayoría de las muertes tendrán lugar allí.
Aunque las emociones que por entonces asaltaban a J. P.
Huddle eran lo bastante intensas como para quedar fuera de todo intento de
descripción, el hombre se las arregló para decir entrecortadamente:
—Pero si no hay judíos en esta casa.
—En este momento no —dijo Clovis.
—Ahora mismo voy a ir a ver a la policía —gritó Mr. Huddle
de repente, haciendo enérgicos ademanes.
—No se lo aconsejo —dijo Clovis—. Ahí fuera, entre los
arbustos, hay apostados diez hombres que tienen órdenes de abrir fuego sobre
cualquiera que salga de esta casa sin que yo haya realizado previamente una
señal de aviso. Asimismo, otro grupo de hombres armados se halla emboscado
junto a la puerta principal. Mientras tanto, los boy-scouts se encargan de
vigilar la parte trasera.
En aquel momento llegó desde la calle el alegre sonido del
claxon de un coche. Nada más oírlo, Mr. Huddle echó a correr hacia la puerta
del vestíbulo sintiéndose como un hombre que acaba de despertarse de una
pesadilla. Sin atreverse a salir al exterior, se detuvo en el umbral y
permaneció allí mirando impaciente a Lord Birberry, quien se había acercado
hasta allí en su propio coche.
—Recibí su telegrama —le dijo el recién llegado a Mr.
Huddle—. ¿Qué es lo que ocurre?
¿Telegrama? ¿Qué telegrama? Aquél parecía ser el día
mundial de los telegramas.
Lord Birberry le enseñó un pequeño papel alargado. «Venga
enseguida. Urgente. James Huddle». Tal era el texto que el dueño de la casa
leyó con sus propios y desconcertados ojos.
—¡Ahora lo entiendo! —exclamó de repente con la voz
temblorosa. Acto seguido, tras dirigir una agónica mirada a los arbustos del
jardín, cogió de un brazo a su estupefacto amigo y lo metió de un tirón dentro
de la casa.
Aunque no hacía más que un momento que acababa de servirse
el té en el salón, el por entonces completamente aterrorizado Mr. Huddle
decidió que lo mejor que podía hacer era llevarse a sus invitados lo más
deprisa posible al piso de arriba, aunque tuviese que ser a rastras, sin darles
siquiera tiempo para protestar. Así, al cabo de unos minutos, todos los que en
aquel momento habitaban la casa se encontraron sin quererlo ni beberlo
escaleras arriba disfrutando de una momentánea seguridad.
Mientras tanto, en el piso de abajo, Clovis, a solas,
honraba con su presencia el té recién servido. Los fanáticos que aún ocupaban
la biblioteca se hallaban evidentemente demasiado absortos en sus monstruosas
maquinaciones como para perder el tiempo tomando una taza de té y unos pedazos
de pan tostado. Cuando sonó el timbre de la casa, el joven acudió para abrir la
puerta y dejar entrar a Mr. Paul Isaacs, zapatero y concejal del ayuntamiento,
el cual también había recibido una invitación que le apremiaba a acudir a casa
de los Huddle. Con una efusiva muestra de falsa cortesía que a un Borgia le
hubiera costado mucho superar, el secretario escoltó a aquel nuevo prisionero
hasta lo alto de las escaleras, donde su forzoso anfitrión le estaba esperando.
Lo que siguió a continuación fue una larga vigilia que
transcurrió lentamente a base de observar y esperar. Una o dos veces Clovis
salió de la casa para acercarse a los macizos de arbustos, tras lo cual acababa
siempre regresando a la biblioteca con el fin, obviamente, de realizar un breve
informe de sus inspecciones. Cuando llegó el cartero encargado del reparto de
la tarde, Clovis cogió las cartas que éste le entregó y las subió acto seguido
al primer piso haciendo gala de una puntillosa cortesía. Tras efectuar una
última salida, se acercó nuevamente a la escalera y subió la mitad de los
peldaños para darle una noticia a los cautivos.
—Los boy-scouts confundieron mi señal y han matado al
cartero. Como pueden ver, yo no tengo mucha práctica en este tipo de cosas.
Pero no se preocupen. Les prometo que lo haré mejor la próxima vez.
La criada, que era precisamente la prometida del cartero,
se echó a llorar y comenzó a proferir unos sonoros lamentos.
—Recuerda que a tu señora le duele la cabeza —le dijo J.P.
Huddle dejando bien claro que la jaqueca de su hermana era más importante que
la muerte de cualquier cartero.
Clovis bajó apresuradamente las escaleras y, tras una
breve visita a la biblioteca, regresó con un nuevo mensaje.
—El obispo dice que lamenta muchísimo que a la señora le
duela la cabeza. Para molestarla lo menos posible, ha ordenado que no se
empleen armas de fuego en la casa. Cuando se mate a alguien aquí dentro, se
hará degollándolo con un cuchillo, con lo cual no se armará ruido. Como podrán
comprobar, además de ser un buen cristiano, al obispo le gusta comportarse como
un auténtico caballero.
Aquélla fue la última vez que los habitantes de la casa
oyeron o vieron a Clovis. Ya eran casi las siete en punto de la noche y al
anciano pariente al que Clovis había ido a visitar le gustaba que el muchacho
se vistiese adecuadamente para cenar. No obstante, aunque les había dejado para
siempre, la sola idea de que aún estuviese merodeando por allí les impidió
bajar a inspeccionar el piso inferior de la casa durante las largas horas que
pasaron en vela durante toda aquella noche. Cada crujido que se oía en las
escaleras y cada susurro que el viento le arrancaba a los arbustos al soplar
por entre sus hojas les provocaban desagradables escalofríos y les hacían temer
lo peor. Y allí permanecieron hasta que, aproximadamente a las siete de la
mañana siguiente, el ayudante del jardinero y el cartero que hacía el reparto
matutino lograron convencer a los reclusos de que ya no había peligro alguno a
la vista.
—Me parece a mí —se decía en aquel preciso instante Clovis
mientras viajaba en el tren que lo llevaba de vuelta a la ciudad —que, después
de todo, en esa casa no me van a estar muy agradecidos por la cura de no-reposo
que les he dado a todos.
HERMANN EL COLÉRICO
Fue en la década de los años veinte, una vez terminada la
Gran Plaga que devastó toda Inglaterra, cuando Hermann el Colérico, llamado
también el Sabio, accedió al trono británico. Como la Gran Enfermedad había
acabado con todos los miembros de la familia real, llegando a alcanzar incluso
a los miembros de la tercera y cuarta generaciones, Hermann XIV de
Saxe–Drachsen–Wachtelstein, que anteriormente había ocupado el trigésimo lugar
en el orden de sucesión a la corona, se vio convertido un buen día, contra todo
pronóstico, en soberano absoluto del imperio británico. Aquélla fue una más de
esas sorpresas que a veces tienen lugar en política cuando las leyes son
aplicadas a rajatabla.
Hermann el Colérico acabó convirtiéndose en muchos
sentidos en el monarca más progresista que jamás ocupó un trono verdaderamente
importante. Tan progresista fue que la gente no era capaz de seguirle a la hora
de asimilar tal o cual avance político, económico o social, con lo que el
monarca tuvo que acostumbrarse a caminar siempre unos cuantos pasos por delante
de sus súbditos. Incluso a sus propios ministros les costaba mucho seguir el
ritmo de sus continuas propuestas legislativas, a pesar de ser todos ellos, si
bien sólo por tradición, de corte claramente progresista.
—Lo cierto es —admitió un día el Primer Ministro— que
nuestra labor se ve obstaculizada cada vez con mayor frecuencia por esas
manifestaciones públicas que reclaman insistentemente el sufragio para las
mujeres. No sólo se dedican a interrumpir nuestros mítines a lo largo y ancho
del país, sino que además están convirtiendo Downing Street en una especie de
parque público al que todo el mundo acude para merendar, sentarse un rato y de
paso hablar de política. Justo como si se tratase de un picnic.
—Tenemos que ocuparnos de ellos —dijo Hermann.
—Exactamente —dijo el Primer Ministro—. Tenemos que
ocuparnos de ellos. Pero ¿cómo?
—Voy a redactarle un anteproyecto de ley —dijo el rey
tomando asiento frente a su máquina de escribir—. Vamos a hacer que las mujeres
voten en todas las futuras elecciones que se celebren en este país. Observe
bien que he dicho hacer que voten. O, si lo desea en otras palabras, vamos a
obligarlas a votar. El voto seguirá siendo opcional, igual que hasta ahora,
para los hombres. Pero, por el contrario, todas las mujeres de edades
comprendidas entre los veintiuno y los setenta años estarán obligadas a votar. Y
no sólo a votar en las elecciones que se celebren para el Parlamento, los
gobiernos regionales, los consejos provinciales, los consejos de distrito y los
municipios, sino también a la hora de elegir a los jueces de instrucción, a los
inspectores escolares, a los serenos, a los restauradores de los museos, a las
autoridades sanitarias, a los intérpretes de los tribunales de policía, a los
profesores de natación, a los contratistas, a los directores de coro, a los
encargados de las cámaras de comercio, a los profesores de arte, a los
sacristanes de las catedrales, y demás funcionarios locales que iré añadiendo a
esta larga lista según se me vayan ocurriendo. Todos estos oficios pasarán a
ser electivos. Toda aquella mujer que, residiendo en la zona en la que se
celebren elecciones a alguno de estos puestos, no acuda a votar incurrirá en un
delito que será castigado con una multa de diez libras. La ausencia ante las
urnas, siempre que no esté debidamente justificada por el correspondiente
certificado médico, no será disculpada bajo ningún concepto. Haga pasar este
anteproyecto de ley a las cámaras del Parlamento y tráigamelo pasado mañana
para que lo firme y sancione.
Desde el primer momento, la Ley del Sufragio Femenino
Obligatorio apenas produjo muestras de júbilo ni tan siquiera entre los
círculos que con mayor insistencia habían exigido el derecho al voto para las
mujeres. La mayor parte de las mujeres del país se habían mostrado indiferentes
e incluso contrarias a la agitación provocada por las organizaciones que
demandaban el sufragio femenino, e incluso los más fanáticos y convencidos
sufragistas habían llegado a preguntarse qué era lo que dichas organizaciones
veían tan atractivo en el simple hecho de introducir una papeleta en una urna.
En los diferentes distritos del país la perspectiva de tener que obedecer lo
que estipulaba la nueva ley se veía como una labor sumamente fastidiosa. En los
pueblos y ciudades aquello acabó convirtiéndose en una auténtica pesadilla.
Parecía que las elecciones no dejaban de sucederse. Lavanderas y costureras
tenían que ausentarse apresuradamente de sus trabajos para poder ir a votar, lo
cual tenían que hacer muy a menudo por un candidato cuyo nombre no habían oído
en su vida y a quien no tenían más remedio que escoger al azar. Oficinistas y
camareras se levantaban mucho antes de lo que en ellas había sido siempre
habitual para ir a votar antes de emprender el camino a sus lugares de trabajo.
Las mujeres de clase alta veían cómo tenían que alterar e incluso anular sus
planes y compromisos debido a la continua necesidad de acudir a los centros
electorales. Las fiestas de fin de semana y las vacaciones de verano fueron
convirtiéndose poco a poco en un verdadero lujo que sólo los hombres tenían la
posibilidad de disfrutar. En cuanto a los centros turísticos del estilo de El
Cairo o la Riviera, sólo pudieron ser visitados por los inválidos y los más
ricos de entre los ricos, pues la cantidad de multas de diez libras que podían
llegar a acumularse durante una ausencia demasiado prolongada suponía un riesgo
que ni siquiera la gente medianamente rica podía permitirse correr.
A nadie sorprendió, por tanto, que el movimiento en contra
del sufragio femenino alcanzase rápidamente una notable envergadura. Tanto, que
en poco tiempo la Liga Contra el Sufragio Femenino llegó a rozar el millón de
afiliados. Los colores de su bandera podían verse por todas partes, y su himno
de batalla, «No queremos votar», se convirtió en un estribillo muy popular.
Como el Gobierno no daba señales de estar muy impresionado por aquellas
manifestaciones pacíficas, pronto comenzaron a generalizarse otras acciones de
carácter más violento. Se interrumpían los mítines públicos, se agredía a los
ministros, se cargaba contra la policía y se organizaban huelgas de hambre en
las prisiones. En la víspera del aniversario de Trafalgar varias docenas de
mujeres se encadenaron unas a otras hasta cubrir por completo la columna de
Nelson, con lo que la ofrenda de flores que se acostumbraba realizar allí cada
año hubo de ser suspendida. Pero, a pesar de todo, el Gobierno mantuvo
obstinadamente su postura de que las mujeres estaban obligadas a votar.
Entonces, como último recurso, a un grupo de avispadas
mujeres se le ocurrió poner en práctica algo en lo que, curiosamente, nadie
había pensado antes. Se organizó lo que se dio en llamar la Guerra de las
Lágrimas. Las mujeres se dividieron en grupos de diez mil cada uno, los cuales,
por turnos, se dedicaban a llorar ininterrumpidamente en los lugares públicos
de la capital. Lloraban en todas partes: en las estaciones de tren, en los
vagones de metro, en los autobuses, en la National Gallery, en los almacenes
del ejército y la marina, en St. James’s Park, en los conciertos, en las
galerías comerciales… Más de una representación de la por entonces exitosa y
excelente comedia El conejito de Henry se vio puesta en peligro por la
presencia de amplios grupos de plañideras que no cesaban de llorar por todas
partes: en el patio de butacas, en el gallinero, en los palcos… Uno de los
divorcios más sonados que tuvo lugar en mucho tiempo en el país se vio privado
de casi todo su interés debido al lacrimógeno comportamiento de una gran parte
del público presente en los tribunales.
—¿Qué vamos a hacer ahora? —preguntó el Primer Ministro,
que no podía quitarse de la cabeza la imagen de las lágrimas de su cocinera
cayendo en los platos del desayuno, ni la del rostro lloroso de la niñera
cuando salía de la casa aquella mañana para llevar a los niños a dar un paseo
por el parque.
—En esta vida hay un momento para todo —dijo el rey—. Por
ello mismo creo que ha llegado el momento de ceder. Encárguese de enviar a las
cámaras un nuevo proyecto de ley por el que se prive a las mujeres del derecho
a votar y tráigamelo para darle mi aprobación pasado mañana.
Mientras el Primer Ministró se retiraba, Hermann el
Colérico, llamado también el Sabio, se rió entre dientes.
—Hay muchas otras formas de matar a un gato que
simplemente cogiéndolo por el cuello y estrangulándolo —citó—. Aunque, si he de
ser sincero, hay veces en que ya no estoy tan seguro de que no sea la mejor
manera —añadió.


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