© Libro N° 4033. El Tren Llegó Puntual. Böll, Heinrich. Colección E.O. Agosto 5 de 2017.
Título
original: © El Tren Llegó Puntual.
Heinrich Böll
Versión Original: © El Tren Llegó Puntual.
Heinrich Böll
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición
digital de Versión original de textos:
https://cuentoshistoriasdelmundo.blogspot.com.co/2015/03/el-tren-llego-puntual-heinrich-boll.html#more
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative
Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única
condición de citar la fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede
utilizar este trabajo con fines comerciales
No derivados: No se puede
alterar, modificar o reconstruir este texto.
Portada E.O. de Imagen original:
http://www.cicutadry.es/wp-content/uploads/2010/01/eltrenllegopuntual-boll.jpg
© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
EL TREN LLEGÓ PUNTUAL
Heinrich Böll
Publicada en 1949, esta breve novela supone uno de los
testimonios más conmovedores y lúcidos del desgarramiento bélico en el bando
perdedor. El protagonista, un soldado alemán católico, toma en Alemania un tren
que le conducirá al frente polaco. El convoy está lleno de muchachos con
uniformes nuevos "de candidatos a la muerte". Al tomar el tren, el
soldado tiene el convencimiento de que morirá dentro de unos días, en un punto
concreto de Polonia situado entre dos ciudades. La voz interior que le avisa de
su inminente muerte –"Pronto voy a morir"- le acompaña durante el
trayecto, en un viaje que va a suponer un hondo examen de conciencia de su vida
pasada. Siente la necesidad de arrepentirse de sus pecados grandes y pequeños,
incluso de aquella vez que en la escuela escribió "mierda" en la
estatua de Cicerón para hacerse el gracioso. Pero a pesar de su honradez al
repasar la propia vida, no consigue llorar. Hace tres años y medio que no llora
–desde que estalló la guerra- y pide a Dios que le conceda "la gracia de
llorar".
Secretario Perpetuo de la Academia de Francia Heinrich
Böll, novelista alemán, nació en Colonia el año 1917. Inició sus estudios para
bibliotecario en su ciudad natal. De 1938 a 1939 hubo de incorporarse al
servicio de trabajo de las juventudes nazis, participando luego en la Segunda
Guerra Mundial. Finalizado el período de prisionero de guerra, estudió
germanística. A partir de 1951 se estableció en Colonia como escritor. Tras
algunas narraciones iniciales, alcanzó éxito amplio y merecido con la novela Wo
warst du, Adam? (¿Dónde estabas tú, Adán?), 1951. A la denuncia de la barbarie
bélica, que adquiría en este libro una expresión eficaz y sobria, acompañaba la
relación sentimental entre una muchacha hebrea y un soldado alemán (concluida
trágicamente) como símbolo de la interrupción brutal de la existencia que la
guerra supone. Posteriormente se ha estilizado su arte y ha pasado a desvelar
los desajustes sociales y la hipocresía que se advierten en la reconstrucción
posbélica de Alemania. Entre otros títulos, como Un d sagte kein einziges Wort
(Y no dijo una sola palabra), 1953, y Das Brot der früben Jabre (El pan de los
años jóvenes), 1955, las obras más significativas de esta etapa son Haus obne
hütter (Casa sin amo), 1954, y Billard um halb zebn (Billar a las nueve y
media), 1959. Su tendencia moralizante de signo cristiano está matizada por una
ironía que acusan sobre todo sus títulos más recientes.
Considerado sin amargura expresa, el drama básico del
presente reside en los convencionalismos y capitulaciones personales que amaga
la superficie de la cotidianidad.
Buen ejemplo de esta tendencia es su sátira Doktor Murkes
gesammeltes Schweigen (Los silencios del Dr. Murke). 1958. Cierto
experimentalismo perjudica la fluidez de su estilo, cuya mejor cualidad reside
en los títulos de la década de los años 50. Su actitud de crítica abierta a las
posiciones de la Iglesia católica durante el nazismo y años posteriores a la
guerra se expresa en Hier zu Lande (Aquí en la tierra), 1963, que contiene el
conocido ensayo Brief an einen jungen Katholiken (Carta a un joven católico),
ya publicado aparte anteriormente. Irisches Tagebuch (Diario irlandés), 1957,
recogía consideraciones y esbozos descriptivos en torno a Irlanda.
EL TREN LLEGÓ PUNTUAL
Mientras caminaban a lo largo del oscuro pasadizo
subterráneo, oyeron sobre ellos el rumor del convoy cuando se detenía en el
andén. Al propio tiempo, un altavoz proclamó con voz grave y sonora: «Tren de
permisionarios procedente de París, por la ruta de…»
Luego de subir la escalera se pararon ante un vagón del
que se apeaban soldados de cara sonriente, cargados con grandes paquetes. En
seguida la estación quedo vacía otra vez y todo volvió a su aspecto de antes.
Sólo unas cuantas muchachas y mujeres, y algún padre atribulado y silencioso,
siguieron mirando hacia las ventanillas del convoy. El altavoz advirtió que era
preciso apresurarse. El tren debía continuar su marcha. -¡Vamos! ¿Subes o no
subes? -apremió el capellán al soldado. -¿Qué pasa? -respondió nervioso el
aludido-. ¿Y si prefiriese tirarme bajo las ruedas… o largarme a otro sitio…? A
ti qué te importa…?
También podría volverme loco de repente… ¿ Acaso no tengo
derecho? Puedo volverme loco si me parece. Lo que no quiero es morirme. Ahí
está lo malo, que no me quiero morir. -Hablaba con tal frialdad que las
palabras salían de sus labios cual témpanos de hielo-. Pero no te preocupes -
añadió-. Ya subo. Hay sitio para todos… es mejor no enfadarse. Reza un poco por
mí.
Cogió sus bártulos y se introdujo en el primer vagón.
Luego de haber bajado la ventanilla se asomó al exterior en el momento en que
el altavoz, allá en lo alto, advertía, difundiendo sus palabras por el aire
como una niebla pegajosa: «El tren efectúa su salida…» -¡No quiero morir! -
exclama de repente el soldado -. ¡No quiero morir! Pero la verdad es que me
queda muy poco de vida. Pronto…
La sombra de su cuerpo se deslizó sobre el andén gris y
frío, y luego la estación quedó sumida en las tinieblas de la noche.
Hay palabras que, aunque pronunciadas con aparente
indiferencia, cobran de pronto un significado mágico. Extrañamente duras y
precisas, se abren camino por delante de quien las emite, adelantándose por
regiones desconocidas del futuro, para volver más tarde al punto de partida,
con la terrible precisión de un boomerang. Son como un chapoteo de conceptos
difusos y vagos que adquieren repentina solidez en el momento del adiós que
conduce a la muerte, para luego abatirse como una ola de plomo sobre el que las
pronuncia, haciéndole descubrir el terrible y a la vez seductor poderío del
destino. Los enamorados y los combatientes, los que van a morir y los que
todavía gozan del cósmico vigor de la existencia, sienten cómo tal fuerza, al
caer sobre ellos de improviso, los ilumina con una luz que será gracia y
servidumbre al propio tiempo, mientras las palabras se van hundiendo más y más
en su interior.
Al avanzar con lentitud por el pasillo del vagón, la
palabra «pronto» repercutió en Andreas, y se hundió en él como un proyectil que
lo atravesara sin sentirlo, transitando por su carne, sus tejidos y sus nervios
hasta inmovilizarse en un lugar cualquiera y explotar abriendo una herida
espantosa por la que manaría toda su sangre… Vida… Dolor…
Repitió aquel «pronto» sintiéndose palidecer, mientras de
manera inconsciente iba realizando los movimientos habituales. Encendió una
cerilla, iluminando a quienes dormían, tendidos o acurrucados junto a sus
mochilas o encima de ellas. El hedor a tabaco apagado se mezclaba al del sudor
frío y al de ese otro efluvio indefinible que flota dondequiera que se
encuentre un grupo de soldados. Antes de extinguirse, la cerilla lanzo un
postrer y más intenso fulgor que le hizo descubrir un pequeño espacio libre,
allí donde el pasillo se estrechaba. Se desplazó hacia él con precaución,
sujetando la mochila bajo el brazo y llevando en la mano su gorro militar.
AI repetir otra vez: «pronto», el miedo se aferró a lo más
hondo de su ser, y tuvo la sensación de una absoluta certidumbre. «Nunca más
-pensó-. Nunca más volveré a ver esa estación, ni el rostro del amigo al que
increpé antes de partir. Nunca más, porque pronto…» Cuando hubo llegado al
lugar libre, depositó la mochila en el suelo, con cuidado, para no despertar a
los durmientes, y se sentó sobre ella, apoyando la espalda en la portezuela del
compartimiento. Luego intentó acomodar sus piernas del mejor modo posible.
Extendió lentamente la izquierda hasta ponerla junto al rostro de otro soldado,
y apoyó la derecha sobre una mochila, que tapaba la espalda de su dueño. Tras
de él se encendió otra cerilla y alguien empezó a fumar a oscuras y en
silencio. Volviéndose un poco, pudo ver el extremo brillante del pitillo, y
cuando el fumador inhaló el humo, el rojizo resplandor le dejó ver un rostro
gris y cansado, con surcos profundos, en el que se pintaba una expresión de
vacuidad completa.
«Pronto» -se repitió. Todo estaba sucediendo normalmente.
El traqueteo del tren, el mal olor, la apetencia irreprimible de fumar y el
escaso deseo de dormir. Ante la ventanilla desfilaban las masas sombrías de las
casas. En un lugar lejano, unos cuantos proyectores sondeaban el cielo cual
largos dedos de cadáver que rasgaran el manto amoratado de la noche. Se oía el
tronar de cañones antiaéreos. Las negras casas, vacías y ciegas, continuaban
desfilando. ¿Cuándo sería aquel «pronto»? La sangre le fluía del corazón,
volviendo a él luego de haber circulado por todo su cuerpo y agitando su vida
entera. Pero aquellos latidos sólo servían para advertirle: «Pronto…» No podía
hablar de nada ni pensar en nada que no se refiriese a ello. «No quiero morir»
-se dijo. Y en seguida la frase se transformó en esta otra: «Voy a morir… muy
pronto.»
A la luz de otro pitillo, pudo ver tras de él un nuevo
rostro, también gris.
Y escuchó un murmullo perezoso. Los dos desconocidos
conversaban. -Dresde -dijo uno. --Dortmund - añadió el otro. La charla se fue
animando paulatinamente. De pronto, se oyó una interjección, y el susurro se
hizo menos perceptible, hasta extinguirse por completo. Sólo se percibía, tras
él, la luz de un solo cigarrillo; pero pronto se apagó también reinando de
nuevo la gris oscuridad. La negra noche le dejaba entrever las casas anónimas,
silenciosas y negras, mientras, en la distancia, los largos, afilados y
cadavéricos dedos de los proyectores perforaban el cielo. El rostro del ser al
que debían pertenecer aquellos dedos quizá sonriera sarcástico y cínico, como
el de un usurero o el de un ladrón. «Estás en nuestras garras», decía la boca
profunda y sutil. «Te tenemos bien sujeto.
En toda la noche nunca dejaremos de palpar el cielo.»
Aquellos resplandores acaso buscaron un minúsculo insecto entre los pliegues de
la noche. Un insecto que acabarían por encontrar.
Pronto. Pronto. Pronto. Pronto. ¿Cuándo llegaría aquel
pronto? ¡Qué horrible noción! Lo mismo podía ocurrir dentro de un segundo que
en el plazo de un año. La palabra «pronto» expresa una idea atroz que
estrangula el futuro, lo empequeñece y acaba por sumirlo en una incertidumbre
aniquiladora. «Pronto» puede significar poco y, a la vez, mucho. En realidad,
lo abarca todo. Todo, incluso la muerte.
«Pronto perderé la vida. Voy a morir dentro de poco. Tú
mismo lo has dicho y algo lo repite en tu interior y también fuera de ti. Ese
«pronto» deberá cumplirse. Es un «pronto» de tiempo de guerra. Al menos, de eso
puedes estar bien seguro. Pero ¿cuánto tiempo durará aún la guerra? Tal vez
transcurra un año hasta que todo se hunda en el Este. Si los americanos y los
ingleses no atacan a la vez por el Oeste, los rusos emplearán por lo menos dos
años en llegar al Atlántico. Y aunque es seguro que atacarán, la guerra se
prolongará otro año, y no habrá terminado hasta finales de 1944. Todo el
sistema está montado sobre bases que acusan un exceso de obediencia, de
cobardía y de valor. Debo, pues, calcular el plazo de mi muerte entre un
segundo y un año. Ahora bien, ¿cuántos segundos tiene un año? Moriré mientras
aún dure la guerra.
No conoceré otra vez la paz. Se acabó la paz. Todo se
acabó la música, las flores, la poesía, la dicha. Moriré pronto.»
El «pronto» ha sonado como el retumbar de un trueno; ha
brillado como el fulgor de un relámpago que en el breve espacio de tiempo de
una milésima de segundo inunda la claridad del mundo entero.
El hedor a cuerpos humanos, a inmundicias, a polvo y a
betún para las botas, es el mismo de siempre. Resulta curioso que donde haya
soldados haya siempre basura. Entretanto, los dedos de cadáver han hallado el
insecto…
Encendió otro cigarrillo. «¿Cómo será el porvenir? --se
preguntó-.
Quizás ese «pronto» no exista más que en mi imaginación.
Estoy agotado y nervioso, y me dejo influir por el miedo.» Trató de pensar en
lo que haría al acabar la guerra. Quizá, pero era como enfrentarse a un negro
muro infranqueable; imposible imaginar nada concreto. Podía dar vueltas y más
vueltas a las mismas ideas: «Viviré en algún sitio., con libros… cigarrillos…
estudiaré… habrá música… poesía… flores.» Pero sabía perfectamente que nada de
todo aquello iba a ocurrir; que nada llegaría a hacerse realidad; que eran sólo
pensamientos vacíos, desprovistos de vigor y de sustancia humana. El porvenir
no tenía rostro, y cuanto más pensaba en él más cuenta se daba de lo cerca que
se hallaba aquel «pronto». «No tardaré en morir.» Dicha verdad quedaba situada
entre el plazo de un segundo y el de un año. Se acabaron los sueños…
Tal vez dos meses. Trató de representarse dicho espacio de
tiempo; de imaginar si aquel muro imposible de salvar se levantaría ante él
antes de que expirase dicho plazo. Dentro de dos meses estarían a finales de
noviembre. No lograba tener una clara noción de la distancia. Dos meses son una
idea sin precisión. Igual podría hablarse de tres o de cuatro, o de seis. Se
trata de un concepto inasequible a toda resonancia cronológica.
Tal vez en enero. Pero no observa señales del muro. Una
extraña esperanza plagada de inquietudes acaba de hacer presa en su espíritu.
Mayo, piensa sobresaltado. Mas la pared continúa sin
materializarse. Sólo existe el vacío. El «pronto» no es más que un horrible
fantasma. ¡Noviembre! ¡Nada! Una alegría salvaje se apodera de él. Enero. Otro
enero, año y medio más tarde. Año y medio de vida. ¡La pared sigue sin
aparecer!
Exhalando un suspiro de alivio, deja que su imaginación
franquee el tiempo, salvando una serie de pequeñas y frágiles barreras. ¡Enero,
mayo, diciembre! ¡Nada! De pronto se da cuenta de estar en el vacío. De que el
muro no va a alzarse sobre el tiempo y de que éste carece de importancia.
Tan sólo queda la esperanza. Una esperanza que permite
salvar meses y años.
«Voy a morir muy pronto.» Se hallaba en la situación del
nadador que próximo a la orilla es lanzado de nuevo a la inmensidad del mar por
una ola gigantesca. Porque era allí en aquel «pronto» donde se hallaba el muro
que no podría sobrepasar, el que le impediría seguir sobre la tierra.
«Cracovia» - piensa de súbito. Y el corazón se le detiene
cual si una vena se hubiera atascado, cerrando el paso a la sangre. Ha
encontrado la pista. ¡Cracovia! Aún va más lejos. Przemysl. Tampoco. Lemberg.
No.
Intenta avanzar frenéticamente: Czernowitz, Jassy,
Kischinew, Nikopol.
Pero dicha palabra no es más que una nube de humo; una
niebla parecida a la idea de pensar que podría seguir estudiando. ¡Jamás
volverá a ver Nikopol! Retrocede un poco. Jassy. No, tampoco verá Jassy. Ni
Czernowitz. ¡Lemberg! Sí. Verá Lemberg porque llegará allí todavía vivo.
«Me estoy volviendo loco - piensa -. Deliro. Moriré entre
Lemberg y Czernowitz. ¡Qué estupidez!» Corta bruscamente el hilo de sus
pensamientos y empieza a fumar otra vez y a contemplar el rostro de la noche.
«Estoy histérico. Estoy loco. He fumado con exceso, pasé fumando toda la noche;
toda la noche y todo el día, sin dormir y sin comer. No debo dejarme trastornar
de este modo…»
«Tendría que comer algo -piensa-. Y beber. Comer y beber
mantienen en pie el cuerpo y el alma. ¡Condenado tabaco!» Empieza a tantear en
su mochila, esforzándose por deshacer la hebilla en la oscuridad. Luego rebusca
entre los bocadillos de margarina, la ropa, el tabaco, los cigarrillos y la
botella de aguardiente. De pronto se apodera de él una fatiga inmensa,
irresistible, que le para la sangre en las venas… y se duerme, con la mochila
abierta entre las manos, la pierna izquierda junto a una cara que todavía no ha
visto, y la derecha sobre un fardo. Sus manos, cansadas y sucias, siguen sobre
la mochila, y la cabeza le ha caído sobre el pecho.
Se despierta porque alguien le ha pisado los dedos, y el
súbito dolor le obliga a abrir los ojos. Un soldado acaba de pasar a toda
prisa, dándole un golpe en la espalda y maltratándole la mano. Se da cuenta de
que está amaneciendo, y escucha cómo una voz sonora y cálida pronuncia el
nombre de otra estación. Esta vez se trata de Dortmund. El viajero que pasó la
noche fumando y rezongando tras de él, se ha puesto en pie y avanza a
empellones por el pasillo. El desconocido de cara gris ha llegado a su destino:
Dortmund. El propietario de la mochila sobre la que descansó su pierna derecha
se ha despertado también y se frota los ojos en el frío pasillo. El compañero
junto a cuya cara tuvo la otra pierna, sigue dormido.
Dortmund. Unas muchachas provistas de cafeteras humeantes
van de acá para allá. Como siempre, hay en la estación mujeres que lloran,
jóvenes a las que alguien besa, padres… Siempre lo mismo. ¡Qué estupidez!
Tan sólo está seguro de una cosa. Apenas ha abierto los
ojos cuando el «pronto» aparece de nuevo. El anzuelo se afianza perfectamente y
no suelta su presa. El «pronto» lo ha engarfiado como un pez que se debatirá
hasta un punto situado entre Lemberg y Czernowitz…
En ese breve espacio, en la millonésima parte de un
segundo que ha tardado en despertar, confía en que el «pronto» desaparezca como
la noche, como un fantasma surgido de imaginaciones vanas y de una interminable
sucesión de cigarrillos. Pero sigue allí, hostil e implacable.
Se pone en pie. Observa la mochila a medio abrir y vuelve
a colocar en ella una camisa que había sacado. El que estaba a su derecha ha
abierto una ventana y tiende por ella un vaso en el que una muchacha flaca y
cansada vierte un poco de café. El olor repugnante del brebaje le da náuseas,
le recuerda las emanaciones a cuartel, a cocina militar que impregnan toda
Europa y que pretenden extenderse por el mundo entero.
Pero tan fuertes son las raíces de la costumbre que
también él tiende su vaso y acepta aquel café de color gris, como el de los
uniformes. A su olfato llega el leve olor a exudación de la muchacha. Se
adivina que ha dormido vestida y que, durante la noche, ha ido de un tren a
otro ofreciendo café… ofreciendo café sin parar…
El olor penetrante del líquido satura a la muchacha.
Probablemente duerme junto a la cafetera, puesta encima de una estufa para que
guarde el calor, hasta la aparición del tren siguiente. Tiene la piel gris y
arrugada, color de leche sucia, y sus cabellos lacios, de un tono castaño
pálido, le salen en mechones por debajo del gorro. Pero sus ojos miran con
expresión dulce y triste a la vez, y cuando se inclina para verter el café, él
observa que su nuca es atractiva. «¡Qué bonita! - piensa-. Todos deben
encontrarla fea, mas para mí es hermosa… sus dedos son pequeños y delicados… me
haría servir café por ella horas enteras. Perforaría el vaso para que fuese
echando… echando sin parar. Y así vería largo rato esos ojos dulces y esa nuca
encantadora. El altavoz se callaría. Todas las desgracias proceden de voces
como ésa. Ellas desencadenaron la guerra, y rigen la peor contienda que haya
existido jamás. E incluso resuenan por las estaciones. ¡El diablo se las
lleve!»
El empleado de la gorra encarnada espera dócilmente a que
el altavoz le haya dado sus órdenes. El tren reanuda su marcha aligerado de
algunos héroes y cargado con unos cuantos más. Empieza a haber claridad aunque
es aún temprano: las siete. «Nunca más; nunca más volveré a Dortmund. ¡Qué rara
es esta ciudad! He pasado por aquí varias veces, pero nunca me detuve a
visitarla. Me quedaré sin saber cómo es. Tampoco volveré a ver a esa muchacha
que me sirve el café. No. Nunca más. Voy a morir muy pronto; entre Lemberg y
Czernowitz. Mi vida debe contarse por kilómetros, como un tramo de carretera.»
Es raro que no haya frente entre Lemberg y Czernowitz; ni guerrilleros en
número apreciable. ¿Podría ser que en una noche se efectuara un retroceso tan
maravilloso? ¿Que la guerra estuviera terminando y la paz llegara antes de
aquel «pronto»? ¿Se produciría un hundimiento repentino? El animal-dios ¿sería
asesinado finalmente? ¿O lanzarían los rusos una ofensiva general, y todo se
vendría abajo entre Lemberg y Czernowitz? ¿Tal vez la capitulación se hallaba
próxima…?
Pero la realidad no tiene escapatoria. Los durmientes se
han despertado y empiezan a comer y a hablar.
Se asoma a la ventanilla y deja que el viento frío de la
mañana le acaricie la cara. «Me voy a emborrachar - piensa -. Me beberé una
botella entera y no me enteraré de nada hasta que estemos en Breslau.»
Se agacha y abre febrilmente la mochila; pero una mano
invisible le ha impedido coger la botella, y en vez de ésta toma un bocadillo y
empieza a masticarlo lenta y calmosamente. Es terrible tener que comer cuando
está uno tan próximo a la muerte. «Pronto moriré, y sin embargo, he de comer.»
El bocadillo es de pan con mantequilla y salchichón, como
los de las noches de bombardeo. Su amigo el capellán le ha puesto varios en la
mochila, bien untados con mantequilla. Y lo peor de todo es que le gustan.
Se asoma al exterior mientras sigue masticando lentamente,
y de vez en cuando alarga la mano para tomar un nuevo bocadillo de la mochila
que está junto a él. También bebe pequeños sorbos del café caliente.
Es terrible ver las casas de los pobres, los lugares donde
los esclavos se disponen a acudir a la fábrica. Casas y más casas donde habitan
seres que sufren y ríen; que comen y beben, y engendran nuevos seres que acaso
mañana estarán muertos. Existe una turba de seres humanos, de viejas y de
niños, de hombres y soldados. Algunos se asoman a las ventanas, aquí y allá.
Saben que un día u otro tomarán también el tren para ser conducidos de nuevo al
infierno.
- Compañero - dice una voz ronca tras él -. ¿Quieres echar
una partida?
Se vuelve sobresaltado y responde casi inconscientemente:
- De acuerdo.
El que acaba de interpelarlo es un soldado casi sin
afeitar que lo mira sonriente, y que tiene en la mano unos naipes. «He dicho
que sí» -piensa.
Y asintiendo con la cabeza sigue al otro. El pasillo está
vacío. Tan sólo dos hombres continúan junto a sus equipajes en el extremo
opuesto. Uno está agachado. Es un rubio corpulento, de expresión dulce. -
¿Encontraste a alguien?
- Sí -contesta el barbudo con voz ronca. «Pronto voy a
morir» -piensa Andreas, sentándose sobre la mochila que ha llevado hasta allí.
Al moverla, el casco ha resonado, y esto le recuerda que se olvidó el fusil.
«Está en el armario de Paul -piensa-. Tras el abrigo.» Se
pone a reír.
- Bien, muchacho -dice el rubio-. Olvida tus penas y
echemos una partidita.
Se han puesto cómodos. Están sentados ante una de las
portezuelas cuyo pomo han asegurado por dentro mediante un alambre. Y además,
han apilado los equipajes ante ella. El mal afeitado, que lleva uniforme azul,
saca del bolsillo unos alicates y un rollo de alambre y se pone a asegurar
todavía más el cierre de la puerta.
- Ahora está bien, compañero - le dice el rubio-. Los
vamos a jorobar hasta Przemysl. ¿Vas a Przemysl? -añade, mientras el otro hace
una señal de asentimiento.
Andreas se da cuenta de que los dos están borrachos. El
mal afeitado lleva en su equipaje unas botellas que hace circular
continuamente.
Primero juegan al siete y medio.
El tren traquetea mientras la claridad diurna va
aumentando. De vez en cuando se para en alguna estación y se oyen expresiones
sonoras. Otras veces reina el silencio. El vagón tan pronto está lleno como
vacío; lleno y vacío, mientras los tres jugadores siguen sentados en su rincón.
En algunas paradas la portezuela es sacudida con fuerza
desde el exterior, y se oyen interjecciones. Los tres se ríen, siguen jugando y
tiran las botellas vacías por la ventanilla. Andreas no se concentra en la
partida.
Los juegos de azar son tan sencillos que no hace falta
poner demasiada atención y se puede pensar en otra cosa.
«Paul estará levantado. Probablemente ha dormido poco por
culpa de alguna alarma. Todo lo más habrá descansado un par de horas. A las
cuatro estaba en su casa. Ahora son casi las diez. Supongamos que durmió hasta
las ocho, luego se lavó, dijo misa y rogó por mí, pidiendo que recobre la
alegría de vivir, esa alegría a la que ya he renunciado para siempre.»
- Paso -dice. ¡Es formidable! Uno dice simplemente «paso»
y en seguida puede seguir reflexionando.
«Luego ha vuelto a casa; se ha fumado unos troncos de
tabaco en pipa, ha comido unos bocadillos de emergencia y se ha marchado a
pasear a cualquier sitio. Quizás a visitar a una muchacha que está esperando un
bebé habido con un soldado; o a ver a una madre; o al mercado negro para
comprarse un par de cigarrillos.»
- Siete y medio - dice.
Ha vuelto a ganar. Los billetes forman un grueso fajo en
su bolsillo. -¡Vaya potra que tienes! -le dice el mal afeitado-. ¡Bebamos,
muchachos!
Vuelve a ofrecer la botella; está sudoroso y su cara, bajo
una máscara de tosca jovialidad, se muestra triste y pensativa. Baraja los
naipes. «Es mejor que no tenga que hacerlo yo - piensa Andreas -. Porque así no
he de pensar en nada más que en Paul, pálido y fatigado, paseando por las
ruinas y rezando. Me he enfadado con él y uno no debe enfadarse con nadie, ni
con un sargento…» -¡ Carta! - pide -. Siete y medio.
Ha vuelto a ganar. Los demás ríen. No les interesa el
dinero. Tan sólo quieren matar el tiempo. ¡Qué cosa más terrible y difícil
matar el tiempo!
Enterrar sin descanso en las tinieblas esos segundos que
giran veloces al compás de las agujas de un reloj, más allá del horizonte, y
que seguirán girando inexorablemente para siempre jamás.
- Nordhausen - anuncia una voz.
- Estación de Nordhausen - repite Andreas, barajando los
naipes.
- Tren de permisionarios con dirección a Przemysl, por… -Y
luego: -¡Pasajeros al tren! Cierren las portezuelas…
Todo perfectamente normal. Reparte lentamente las cartas.
Vuelven a ser las once. Otro trago de aguardiente. El aguardiente es bueno.
Dice al mal afeitado unas frases de alabanza respecto a su aguardiente. El tren
se ha vuelto a llenar. Tienen que apretarse un poco más. Algunos pasajeros
observan el desarrollo de la partida. La situación se ha vuelto incómoda, y les
molestan las conversaciones que se escuchan a su alrededor.
- Paso -dice.
El rubio y el mal afeitado discuten jovialmente, aludiendo
a la banca.
Saben que están fingiendo, pero les divierte y tratan de
fingir aún mejor.
- Prácticamente ya tenemos ganada la guerra - dice tras de
ellos una voz con acento del norte. -¡Hum…! -murmura otro. -¡Como si el Führer
pudiera perderla! -exclama una tercera voz-.
Decir «ganaremos la guerra» no tiene sentido. ¿Acaso
podríamos salir derrotados? Cuando nosotros empezamos una guerra es para
vencer.
- Crimea está cercada -dice un cuarto pasajero -. Los
rusos la han cerrado por Perekop.
- Yo voy precisamente a Crimea -añade una voz tímida.
- No hay nada como los «Junkers» -dice el que está seguro
de ganar todas las guerras -. Los «Junkers» son formidables…
- Los tommies están asustados.
El silencio de los que callan resulta impresionante. Es el
silencio de quienes saben que la guerra se ha perdido.
El rubio baraja y el mal afeitado apuesta cincuenta
marcos.
Andreas tiene siete y medio.
- Pongo cien -dice riendo.
- Voy -acepta el sin afeitar.
- Veinte más.
- Bien -dice el otro.
Naturalmente, el mal afeitado pierde.
- Doscientos cuarenta marcos - dice una voz tras ellos. Se
adivina que el que ha hablado sacude la cabeza. El silencio ha durado un minuto
mientras se desarrolló la pugna. Ahora las conversaciones se reaniman. -¡Venga!
¡A beber! -exclama el mal afeitado. - ¿Qué han hecho en esa puerta? - ¿Qué
puerta?
- Los muy cerdos la han bloqueado por dentro. ¡Vaya unos
cantaradas! - ¡Cierra el pico!
Una estación sin voz. Dios bendiga las estaciones
silenciosas. Se sigue escuchando el murmullo de los espectadores. Los jugadores
se han olvidado de la puerta y de los doscientos cuarenta marcos. Andreas
siente que se va emborrachando poco a poco. -¿Por qué no lo dejamos? -propone-.
Quisiera comer algo. -¡No! -repite el otro. Continúan jugando.
- Esta guerra la ganaríamos sólo con la «Mg 42». Nadie
puede contra esa ametralladora…
- El Führer dará cuenta de ellos bien pronto.
Pero el silencio de los que nada dicen resulta aterrador.
Es el silencio de quienes saben que todo está perdido.
El tren se ha llenado de tal modo que los jugadores apenas
pueden manejar las cartas. Los tres están borrachos, pero conservan la cabeza
clara. El vagón se vacía otra vez. Las voces son más fuertes, tanto las del
altavoz como las demás. Van pasando estaciones. Es mediodía. Comen, siguen
jugando, beben. El aguardiente es muy bueno.
- Francés -explica el mal afeitado.
Su aspecto es más mugriento que nunca. Bajo la barba
negra, su piel está lívida. Tiene los párpados enrojecidos. No gana casi nunca,
pero parece poseer mucho dinero. Ahora es el rubio el que está ganando a
placer. Juegan al treinta y cuarenta. El tren ha vuelto a vaciarse. Luego
empiezan un tute. De pronto, el mal afeitado deja caer los naipes, se desploma
hacia delante y se pone a roncar con gran fuerza. El rubio lo levanta y lo
apoya de modo que pueda descansar cómodamente. Le tapan los pies, y Andreas le
pone en el bolsillo los marcos que le ha ganado poco antes. ¡Qué amablemente se
porta el rubio con el mal afeitado! Nadie lo hubiera imaginado de un sujeto tan
indiferente.
«¿Qué estará haciendo ahora Paul?»
Se ponen en pie y se desperezan. Se sacuden las migas y
las cenizas que tienen en el pantalón y tiran por la ventana la última botella
vacía.
El tren atraviesa una tierra despoblada. A izquierda y
derecha pueden verse bonitos jardines y colinas suaves bajo nubes sonrientes.
Es una tarde de otoño. «Pronto, muy pronto voy a morir. Entre Lemberg y
Czernowitz.» Mientras jugaba a cartas ha intentado rezar; pero la idea de morir
sigue fija en su cerebro. Pretendió formar frases relativas al futuro, pero
carecieron de fuerza. Trató una vez más de entender el momento presente, pero
todo se disolvió como el humo. No obstante, con sólo pronunciar la palabra
«Przemysl» las cosas vuelven a su lugar. ¡Lemberg!
El corazón se le ha parado un instante. Czernowitz. Nada.
Sucederá en un lugar intermedio. Le es imposible apreciar la situación con
claridad. No puede conservar grabado en el cerebro el trazado de la zona.
-¿Tienes un mapa? -pregunta al rubio, que está mirando por la ventanilla.
- No - responde el otro con amabilidad -. Pero ése tiene
uno -añade, señalando al mal afeitado-. ¡Que mal duerme! Parece como si un peso
le oprimiera el corazón. Creo que algo lo preocupa terriblemente. Digo yo…
Andreas mira hacia el exterior, en silencio, por encima de
la espalda del rubio.
- Radebeul -exclama una voz sonora, con acento sajón; una
voz fuerte y clara; una voz alemana que parece ordenar: «Que los diez mil
primeros tengan la bondad de dirigirse al matadero».
Fuera, el tiempo es precioso, casi de verano. Hace un día
fulgurante de septiembre. «Pronto moriré. No volveré a ver ese árbol castaño
rojizo ante la casa verde. Ni a esa muchachita vestida de amarillo, con el pelo
negro, que lleva su bicicleta de la mano. Ni nada de cuanto ahora pasa ante mis
ojos.»
El rubio también se ha dormido, dejándose caer contra el
mal afeitado.
Los dos están hundidos en el sueño, apoyados el uno contra
el otro, roncando, el primero, fuerte y sonorante, su compañero con mayor
suavidad, cual si silbara. El pasillo está vacío, excepto cuando alguien se
dirige al lavabo. A veces, se oye decir: «¡Eh tú! Aquí tenemos sitio». Se está
mejor allí porque reina una soledad completa. Y aún más desde que los dos
duermen. Ha sido una excelente idea la de bloquear el pomo de la puerta con un
alambre.
«Todo cuanto el tren va dejando atrás, lo dejo yo también
- piensa -.
Jamás volveré a ver ese trozo de cielo con nubecillas de
un gris azulado; ni esa mosca posada en el marco de la ventana y que ahora
vuela en dirección a Radebeul. Se quedará bajo el cielo y no me acompañará
hasta el paraje intermedio entre Lemberg y Czernowitz. La mosca se ha ido a
Radebeul; tal vez se meta en una cocina que apeste a patatas hervidas y a
vinagre malo. Acaso preparen en ella una ensalada de patatas para algún soldado
a quien hayan sido concedidas tres semanas de tortura bajo el pretendido goce
de un permiso… Para mí, todo acabó, la vía tuerce aquí bruscamente y nos vamos
acercando a Dresde.»
En Dresde la estación está llena, y son muchos los que
bajan del tren.
Frente a la portezuela se ve un nutrido pelotón de
soldados, al mando de un teniente joven y robusto, de faz sonrosada. Los
muchachos llevan uniformes nuevos, y también el teniente luce su flamante
atavío de candidato a la muerte. Las medallas que ostenta en el pecho son
asimismo tan nuevas como figuritas de plomo recién sacadas de su estuche. Su
aspecto tiene algo de falso. El teniente tira del pomo y grita a Andreas: -
¡Abra la puerta! - ¡No se puede! -contesta Andreas en el mismo tono -. ¡No
funciona! - ¡A mí no me grite! ¡Abra en seguida!
Andreas cierra el pico y se queda mirando al teniente, con
expresión sombría. «Voy a morir dentro de poco y ese hombre me regaña.» Sigue
con la mirada fija en el vacío, más allá del teniente. Los soldados ríen a
espaldas de su jefe y en sus rostros no hay ningún rastro de frescor. Están
grises, ajados, macilentos. Sólo sus uniformes son nuevos. Incluso sus
condecoraciones tienen un aspecto de abandono. El oficial es el único que
exhibe un aire impecable, de la cabeza a los pies, incluso en la cara. Sus mejillas
han cobrado un tinte rojo más profundo, y sus pupilas azules parecen haber
enrojecido también. Se expresa con voz tranquila; terriblemente tranquila, tan
aceradamente suave que Andreas no puede reprimir la risa. - ¿Vas a abrir de una
vez? ¿Sí o no? -La cólera centellea incluso en sus botones de metal -. ¡Por lo
menos, míreme a la cara! - vocifera.
Pero Andreas no lo mira. «Voy a morir muy pronto - piensa
- y no veré más a ninguno de éstos.» Tampoco volverá a percibir el olor a polvo
y humo que flota en la estación, y que entra por la ventanilla mezclado al del
uniforme nuevo del teniente hecho con lana artificial. - ¡Lo arrestaré! - lo
amenaza el teniente -. ¡Lo entregaré a la policía militar!
Es una suerte que el rubio se haya despertado. Se asoma a
la ventanilla con cara de sueño, adopta una actitud sumamente correcta y dice
al oficial:
- Siento comunicarle, mi teniente, que esa cerradura ha
sido bloqueada desde el exterior por tener un funcionamiento defectuoso y con
el fin de evitar accidentes.
Ha pronunciado tales palabras en tono reglamentario,
rápido y circunspecto, con la misma afable precisión con que un reloj da las
doce. El teniente lanza un bufido colérico. - ¿Por qué no me lo dijo antes?
-pregunta a Andreas.
- Siento comunicarle, mi teniente, que aquí el cantarada
es sordo -responde el rubio-. Sordo como una tapia. Herida en el cráneo.
Los soldados se echan a reír, tras el teniente, y éste se
pone rojo de cólera. Da media vuelta y empieza a buscar por otro sitio. El
pelotón le sigue. - ¡Será cerdo! -exclama el rubio, mirando cómo se aleja.
«Podría quedarme aquí -piensa Andreas mientras contempla
el hormiguero de la estación-. Bajar del tren e irme a cualquier parte; a un
lugar lejano, hasta que dieran conmigo y me pusieran ante el paredón. Así no
moriría entre Lemberg y Czernowitz, sino en algún agujero de Sajonia o en un
campo de concentración. Pero me quedaré ante esta ventanilla como un muñeco de
plomo. No me puedo mover; estoy petrificado; este tren me pertenece; forma
parte de mí hasta que llegue a mi destino. Lo más curioso es que no siento
ningún deseo de apearme ni de irme a pasear por la orilla del Elba bajo esos
deliciosos árboles. Anhelo llegar a Polonia: deseo terriblemente contemplar su
horizonte, como el amante ansioso de encontrar a su amada. ¡Ojalá el tren
reanude su marcha cuanto antes! ¿Por qué permanecemos parados tanto tiempo?
¿Por qué no salimos de una vez de esta maldita Sajonia? ¿Por qué sigue callado
el altavoz? Me corroe la impaciencia. No tengo miedo a nada, y eso es lo raro,
que no sienta temor, sino tan sólo una curiosidad enorme y una gran agitación.
No quisiera morir. He de seguir viviendo. En teoría la vida es bella,
deliciosa. ¡Qué extraño no sentir deseos de quedarme, aunque pudiera hacerlo
fácilmente! No tengo más que seguir el pasillo, tirar en cualquier sitio esa
ridícula mochila e irme a pasear bajo los árboles otoñales. Pero me quedaré
aquí como un imbécil: seguiré en el tren, deseando llegar a la sombría Polonia
y a ese paraje desconocido entre Lemberg y Czernowitz donde voy a morir.»
Poco después de Dresde el mal afeitado se despierta. Tiene
la tez pálida bajo el pelo de la barba y su expresión es todavía más macilenta
que antes. Abre en silencio una lata de carne en conserva y empieza a comer,
sacando pedacitos con el tenedor. Luego toma una rebanada de pan. Tiene las
manos sucias y, de vez en cuando, deja caer al suelo, donde más tarde dormirá,
fragmentos de carne que se mezclan con las colillas y con esa suciedad
impersonal que parece acumularse de manera natural allí donde hay soldados. El
rubio también se ha puesto a comer.
Andreas mira por la ventanilla; pero no ve nada. Fuera
reina la claridad, y el sol luce suavemente, pero no lo ve. Sus pensamientos
vagan imprecisos mientras contempla el dulce y bonito paisaje de las huertas,
alrededor ele Dresde. Espera impaciente a que el mal afeitado haya terminado de
comer para pedirle el mapa. No tiene idea de cómo es el país entre Lemberg y
Czernowitz. En cambio puede imaginar muy bien Nikopol, Lemberg y Przemysl…
Odessa y Nikolaiev… e incluso Kertsch. Czernowitz es solo un nombre. Piensa en
los judíos, en las cebollas y en las calles sucias con sus casas de tejado
plano. Y en otras calles más amplias, con restos de aquellos palacios donde se
administraba a la vieja Austria; en las fachadas llenas de grietas de la
monarquía imperial, en medio de jardines abandonados, que quizá sean ahora
hospitales o centros de clasificación de heridos; y en los amenos y
melancólicos paseos de las zonas del Este, con mis árboles de tronco grueso y
corto, dispuestos de modo que sus copas no abrumen los tejados planos Pero, en
cambio, no puede imaginar como es el espacio que se extiende entre Czernowitz y
Lemberg. Debe tratarse de la Galitzia.
Lemberg es capital de la Galitzia. También existe la
Volinia. Nombres oscuros y sombríos que huelen a progrom y a territorios
inmensos, impregnados de horrible tristeza, donde mujeres melancólicas sueñan
en engañar a sus maridos porque éstos, con sus cuellos rechonchos, se les han
vuelto odiosos.
Galitzia, palabra oscura y aborrecible, pero a pesar de
todo, bella, con algo de hoja afilada que va cortando lentamente… Galitzia…
Lemberg es bonito. Puede imaginarlo con facilidad.
Pertenece a ese estilo de ciudades hermosas y umbrías, sin traza alguna de
frivolidad, con un pasado trágico, y calles tranquilas y amenazadoras.
El mal afeitado tira por la ventana la lata vacía, vuelve
a guardar el pan que ha mordido con indiferencia, y se pone a fumar. Tiene la
cara triste, muy triste, como si la amargara algún remordimiento, o si se
avergonzara de haber jugado tanto y haber bebido de aquel modo. Se reclina en
la ventanilla, junto a Andreas, y éste comprende que siente verdaderos deseos
de hablar con él.
- Fíjate en esa fábrica - dice -. Es de sillas.
- Sí -responde Andreas, sin ver nada. Sólo le preocupa
conseguir el mapa. Haciendo un esfuerzo añade -: ¿Puedes prestarme el mapa? -
¿Qué mapa?
Andreas siente un miedo horrible y nota que se ha puesto
pálido. ¿Será posible que el otro no lleve ningún mapa?
- El… el de este país -farfulla. -¡Ah! -exclama el sin
afeitar. Y agachándose, se pone a buscar en su mochila, saca el mapa y se lo
entrega plegado.
Lo peor de todo sería que su compañero se inclinara
también sobre él.
Al olfato de Andreas llega un olor a carne en conserva al
que se añade el del aguardiente, pasado y agrio, y el del sudor y la
inmundicia. El nerviosismo le impide ver nada. Percibe luego el dedo del mal
afeitado, un dedo gordo, sucio y rojo, pero lleno de vigor.
- Ahí es donde yo voy - le dice.
Andreas lee el nombre: Kolomea. Mirando con más atención,
descubre que Lemberg no está muy lejos de Kolomea. Vuelve hacia atrás…
Stanislau… Lemberg… Lemberg… Stanislau, Kolomea,
Czernowitz. «¡Qué raro!» -piensa. Stanislau, Kolomea, los nombres no le
despiertan ningún eco concreto. La voz que siente en su interior, siempre
alerta y sensible, oscila como una brújula que no pudiera estarse quieta.
«Kolomea. ¿Llegaré hasta allí? No estoy seguro…» Una extraña vacilación de la
aguja, que no deja de agitarse… «¿Stanislau? Lo mismo. ¿Nikopol? Nada.»
- Mi unidad está allí -aclara el mal afeitado--. Es un
taller de reparaciones. Tengo suerte.
Lo ha dicho como si afirmara que las cosas no le van muy
bien.
«¡Qué raro! -piensa Andreas-. Hubiera creído que en esta
región existía una llanura; una mancha verde con puntitos negros. Pero el mapa
tiene un color amarillento… Los contrafuertes de los Cárpatos» -se dice de
improviso. Y ve de nuevo la escuela a que asistió. La escuela con sus pasillos,
su busto de Cicerón y su patio estrecho, entre viviendas parecidas a cuarteles.
En verano, las mujeres salían a la ventana en sostenes, y había un tenderete
junto a la portería, donde vendían coco. Evoca el enorme y seco granero donde,
a la hora del recreo, se iban a fumar un cigarrillo a toda prisa. Los
contrafuertes de los Cárpatos…
El dedo del mal afeitado se desplaza un poco más hacia el
Sudeste.
- Kherson -dice-. Llegamos hasta aquí, pero luego hemos
retrocedido hacia Lemberg o hacia los Cárpatos de Hungría. También en Nikopol
se está hundiendo el frente. ¿Has oído las últimas noticias? Se combate metido
en el barro. Una retirada en medio del barro. Es para volverse loco. Los
vehículos se atascan, y si por desgracia algunos se aglomeran, los demás están
perdidos. No se puede ir ni hacia delante ni hacia atrás. Hay que volarlo todo…
Sí, volarlo todo mientras la gente sigue marchando a pie… hasta los generales…
o al menos así debería ser. Claro que lo más probable es que les pongan un
avión… pero tendrían que andar como la estupenda infantería del Führer.
- Desde luego - dijo Andreas, que no había comprendido una
palabra.
Su mirada estaba fija en el mapa, y examinaba casi con
ternura la zona amarillenta donde en vez de puntitos negros sólo había uno, muy
grande, que correspondía a Lemberg, y otro más pequeño, Czernowitz, y otros dos
todavía menores: Kolomea y Stanislau.
- Regálame este mapa -dijo con voz suplicante-. Regálamelo
-repitió sin mirar al soldado.
No podía separarse del mapa y temblaba ante la posibilidad
de que su dueño se negara a cederlo. Porque hay personas que sólo dan valor a
una cosa cuando observan que otro la desea. Incluso objetos que un instante
después tirarán en cualquier sitio, cobran de improviso una importancia
extraordinaria, un valor sin límites porque alguien ha expresado mucho interés
en los mismos.
Hay mucha gente así, pero el mal afeitado no pertenece a
dicha clase.
- Desde luego - contesta sorprendido -. ¡Pero si no vale
más que veinte pfennigs! Y además está roto. Y tú… ¿adonde vas?
- A Nikopol -explica Andreas, sintiendo una vez más el
vacío inmenso que esa palabra expresa. En realidad, es como si mintiera al mal
afeitado, a quien no se atreve a mirar.
- Cuando llegues, los nuestros ya no estarán en Nikopol.
Quizás en Kischinew… No más adelante. -¿Estás seguro? -pregunta Andreas a quien
la palabra Kischinew tampoco dice nada.
- Desde luego. O en Kolomea -el mal afeitado se ríe-.
¿Cuánto tardarás en llegar? Veamos. Mañana temprano en Breslau. Por la tarde en
Przemysl. Y el jueves o el viernes por la noche algo más allá. En seguida
Lemberg. El sábado por la noche yo llegaré a Kolomea. A ti te faltan cuatro o
cinco días o acaso una semana, y eso si te espabilas. Pero dentro de una
semana, ya no estaremos en Nikopol; se habrá acabado Nikopol para nosotros.
«El sábado» -piensa Andreas. Y dicha palabra le da una
sensación de seguridad y plenitud. «El sábado viviré todavía.» Hasta entonces
no se había atrevido a mirar las cosas tan de cerca. Se da cuenta de por qué su
corazón callaba al calcular meses y años. Era un salto demasiado grande; salto
más allá de la meta; un disparo al vacío que no despertaba eco alguno; una
tierra de nadie que había dejado de existir para él. Pero ahora todo está más
cercano; el final se encuentra terriblemente próximo. «El sábado» -se repite,
con una vibración interna exquisitamente dolorosa y fuerte. «El sábado aún
viviré. Todo el día. Faltan sólo tres. Por la noche, el mal afeitado estará en
Kolomea; y el mismo día yo tendré que haber llegado a Czernowitz. Pero no será
en Czernowitz, sino entre Lemberg y Czernowitz, ni tampoco el sábado. ¡El
domingo!» - exclama de improviso para sí. Mas no le causa ninguna sensación,
sino tan sólo cierta triste y ondulante dulzura. «Moriré el domingo por la
mañana, entre Lemberg y Czernowitz…
Ahora puede mirar cara a cara al mal afeitado. Le
sorprende su palidez de yeso bajo la sombra del pelo. Sus ojos expresan temor.
«Sin embargo - piensa Andreas- este hombre no va al frente, sino tan sólo a un
taller. ¿Por qué, pues, tanto miedo? ¿Por qué tanta tristeza?» Sin duda hay
algo más en su actitud que una simple resaca de beodo. Mira otra vez al mal
afeitado, y se asusta al ver su desesperación. No se trata de un aire de temor
o de vacío, sino de algo mucho más absorbente que le deja entrever por qué su
compañero bebe y bebe sin cesar, como si quisiera colmar un abismo abierto ante
él…
- Lo más gracioso -dice de pronto el mal afeitado con voz
ronca -, lo más gracioso es que aún me dura el permiso. No tenía que volver
hasta el próximo miércoles… Toda una semana. Pero me he largado. Mi mujer, eso…
mi mujer. -La voz se le estrangula al evocar algo terrible, algo que le provoca
una mezcla de sollozo y de cólera-. Mi mujer -continúa- me ha engañado con
otro. Sí, sí, compañero -se echa a reír súbitamente-.
Me ha engañado con otro. Es curioso; le zarandean a uno de
acá para allá por toda Europa; besa a una francesa aquí, a una rumana allá, y
corteja a las rusas en Kiev, y al marchar de permiso se detiene en algún lugar
de Varsovia o de Cracovia y no puede resistir a las bellísimas polacas. No
parecía posible, pero… pero… -Una vez más le ahoga una mezcla monstruosa de
sollozo y de cólera, que absorbe su ser como un trozo de estopa-. Llega uno a
casa, sin haber avisado, claro, después de quince meses, y se encuentra a un
fulano en su propia cama; un fulano, sí, un ruso; un ruso en la cama de uno; el
gramófono toca un tango, y la señora, en pijama encarnado, de pie ante la mesa,
prepara unas bebidas… Eso fue exactamente lo que vi. Y yo enviándole
aguardiente y licores de Francia, de Hungría y de Rusia. El individuo se tragó
el cigarrillo, del susto, y mi mujer empezó a chillar como una bestia… Te lo
digo de verdad… como una bestia. -Un estremecimiento de horror le sacude las
macizas espaldas -.
Como una bestia, te lo aseguro. Eso es todo lo que te
puedo contar.
Asustado, Andreas mira por el rabillo del ojo. Pero el
rubio no ha oído nada. Sigue sentado muy tranquilo, sacando mermelada roja de
un pulcro tarro de cristal y extendiéndola sobre una rebanada de pan blanco. Lo
hace todo con calma, limpiamente, y se empieza a comer el bocadillo con el aire
de un empleado de oficina, o mejor todavía, de un jefe. A lo mejor, lo es. El
mal afeitado se calla, estremecido. Nadie ha oído sus palabras. El tren se las
ha llevado… vuelan arrebatadas por el aire… tal vez regresen a Dresde o a
Radebeul… donde estaba parada aquella mosca, y donde una jovencita con vestido
amarillo, se apoya todavía en su bicicleta… todavía… todavía.
- Por eso me largué -continua el mal afeitado, hablando
con una rapidez casi metódica, cual si tuviera prisa en llegar al final del
ovillo que ha empezado a deshacer-. Me largue, simplemente. A la ida me había
puesto el pantalón azul de trabajo para tener bien plegado el negro de
tanguista, que por cierto era nuevo, y lo quería lucir durante el permiso. Me
alegraba mucho volver a casa… me sentía loco de felicidad… y no solo por no
solo por… eso. No, no.
Y añade gritando…: -¡Es por otra cosa, por lo que uno se
alegra! ¡Es por volver a casa y estar con la mujer, compañero! Lo que hagas con
otra no cuenta. Al cabo de una hora te has olvidado… Sin embargo, cuando menos
lo esperas, te encuentras con un ruso, un fulano, alto v fornido. Lo vi
perfectamente, descansando y turnando… como nosotros nunca lograríamos. Supe
que era ruso por la forma de su nariz. «Tendría que rezar un poco - piensa
Andreas-. No he vuelto a rezar desde que salí de casa.» El mal afeitado se ha
vuelto a callar y contempla el suave paisaje sobre el que pende todavía un sol
que esparce su resplandor dorado. El rubio sigue igual, bebiendo café de una
botella y comiendo una rebanada de pan con mantequilla, que saca de una cajita
completamente nueva.
Come con pulcritud, con método. «Tengo que rezar más» -se
repite Andreas; pero cuando va a empezar, el mal afeitado continúa:
- Me largué, compañero. Tomé el primer tren y me marché
con todo: la bebida, la carne y el dinero. Iba bien forrado; llevaba muchas
cosas para ella. Más bultos que un mozo de cuerda. Si al menos me quedara
aguardiente… un poco de aguardiente… Daría cualquier cosa por una botella.
Tengo que atontarme, por aquí andan muy atrasados. No saben lo que es el
mercado negro…
- Yo tengo aguardiente -le dice Andreas-. ¿Quieres?
-¡Aguardiente… caray… aguardiente!
Andreas se echa a reír.
- Te cambio mi aguardiente por tu mapa. ¿De acuerdo?
El mal afeitado le da un abrazo. De pronto, su cara
expresa casi felicidad. Andreas se agacha y saca de su mochila una botella de
licor. Por un instante piensa: «Hay que ser prudente. No le daré la otra más
que en caso de necesidad o cuando se despierte de la borrachera que va a
pillar.»
Pero cambiando de opinión, vuelve a buscar en la mochila y
saca la segunda botella.
- Toma, pero bebe tú solo. Yo, ahora, no tengo ganas.
«Voy a morir muy pronto -reflexiona-, muy pronto.» Y el
«pronto» se le aparece ahora mas claro aún que antes. Ha llegado a tientas
hasta él, lo ha examinado y hasta olido, y está seguro de que morirá la noche
del sábado al domingo, entre Lemberg y Czernowitz… en la Galitzia o, precisando
más, en la Galitzia oriental, cerca de la Bukovina y de la Volinia, nombres que
le suenan a bebidas poco familiares. Bukovina parece un aguardiente de ciruela
fuerte, y Volinia viene a ser una cerveza espesa como el cieno, como la que
cierto día bebió en Budapest: una verdadera sopa de cerveza.
Se pone a mirar de nuevo por el reflejo del cristal y ve
al mal afeitado llevarse el gollete a los labios, y al rubio rechazar la
botella cuando el otro se la ofrece. Mira luego al exterior, mas no ve nada…
aparte del horizonte polaco que se dibuja en la lejanía, una llanura sin fin;
el mismo horizonte embriagador e inmenso que contemplará cuando llegue la hora.
«Es una gran suerte no estar solo - piensa -. Hay cosas
que un hombre solo no puede soportar. Le alegra haber aceptado la invitación
para jugar a cartas porque así ha podido conocer a sus dos compañeros.
Ha tomado afecto al mal afeitado, y en cuanto al rubio no
parece tan decadente como supuso al principio. O a lo mejor, sí lo es; pero al
fin y al cabo, se trata de un ser humano, un hombre nunca debe estar solo.
Sería terrible permanecer aislado donde hay otras personas, sobre todo si son
tan charlatanas como las que están tendidas a su alrededor y que no saben
hablar más que de permisos y de heroicidades, de ascensos y de condecoraciones,
de comida y de tabaco y sobre todo de mujeres; de las mujeres y más mujeres que
según ellos se arrastraron a sus pies…
«Ninguna muchacha llorará mi muerte -piensa -. ¡Qué raro!
¡Y qué triste! ¡Si al menos, en algún sitio, una de ellas se acordara de mí!
Aunque se trate de una desgraciada. Porque Dios protege a los desgraciados. La
desgracia se alberga en la propia vida, y el dolor es vida. Sería estupendo que
una muchacha pensara en mí en algún lugar, y me llorase… La atraería hacia mí…
y sus lágrimas nos acercarían, y no tendría que esperar mi regreso. Aunque
parezca raro, ninguna de las muchachas que he besado debe acordarse de mí. O
mejor dicho, quizás exista una que me recuerde. Por una décima de segundo
nuestras miradas se cruzaron. O acaso fuera menos que una décima de segundo;
pero nunca he podido olvidar aquellos ojos. Llevo tres años y medio pensando en
ella, y nunca la podré olvidar. Una décima de segundo o tal vez menos. No sé
siquiera cómo se llama; no sé nada. Sólo me acuerdo de sus ojos, tan dulces,
tan claros; unos ojos tristes, color de arena mojada por la lluvia; ojos
desdichados, de expresión animal y a la vez muy humana. Ojos que nunca, nunca,
podré olvidar. Hace tres años y medio y no sé cómo se llama ni dónde vive.
¡Tres años y medio! No recuerdo si era alta o baja. No vi sus manos. ¡Si al
menos las hubiera visto! Tan sólo vi su cara, y aún sombríamente. Un pelo
oscuro, acaso negro, un rostro largo y flaco, sin belleza ni ternura. Pero…
¡aquellos ojos! Eran casi oblicuos, color de arena, y expresaban profunda
desdicha. Me pertenecían a mí y a nadie más. La muchacha me miró, sonrió una
décima de segundo y… Estábamos en un cercado. Más allá había una casa. Apoyaba
los codos en la cerca, y sobre ellos destacaban su rostro y sus ojos. Era en un
pueblecito francés, cerca de Amiens, bajo un resplandeciente cielo de verano,
que el calor tornaba casi gris. Tenía ante mí una calle franqueada por árboles
pequeños, y había un muro a la derecha. Tras de nosotros, Amiens hervía como
una caldera. El humo pendía sobre la ciudad. Y la humareda polvorienta del
combate se elevaba en el aire como una nube de tormenta. Por la izquierda
pasaban motocicletas conduciendo oficiales histéricos, algunos carros blindados
marcaban sus anchas huellas en el suelo y nos llenaban de polvo. Y en algún
lugar frente a nosotros tronaban los cañones. De pronto sentí vértigo, y la
calle que escalaba la colina empezó a girar ante mis ojos. El muro que trepaba
como un loco cuesta arriba, se derrumbó súbitamente, y yo fui proyectado por
los aires hacia un lado, como si mi vida y la del muro marcharan al unísono. El
mundo entero se estremeció y no vi nada más, excepto un avión que se venía al
suelo; pero no de arriba abajo: no del cielo a la tierra, sino de la tierra al
cielo. La tierra era ahora el cielo y yo me hallaba tendido sobre su curva
azul-gris, implacable y ardiente. Luego alguien me echó un poco de coñac sobre
la cara y empezó a darme fricciones; tragué algo de líquido, y al abrir los
ojos pudo ver el muro sobre mí, aquel muro de ladrillos en el que ahora se
abría un agujero.
Y sobre el muro seguían posados dos codos puntiagudos,
entre los cuales, por una décima de segundo, volví a ver aquellos ojos.
Entonces el teniente se puso a gritar: «¡Venga! ¡Vamos! ¡Póngase en pie!» Y
alguien me cogió por el cuello y me volvió al camino; y éste me absorbió y una
vez más continué marchando con la columna, sin darme tiempo para mirar atrás.
«Fui demasiado exigente al haber querido contemplar la
frente a que pertenecían aquellos ojos, y la boca y el pecho y las manos. Fue
mucho pedir haber deseado conocer el corazón que latía en aquel cuerpo, acaso
un corazón de mujer joven. Y besar la boca que acompañaba a aquellos ojos,
antes de ser empujado hacia el pueblo siguiente, donde creí que me arrancaban
una pierna. Era en verano, y mieses doradas cubrían los campos, con sus tallos
delgados, ennegrecidos y devorados por el calor.
Nada me causaba más pavor que la idea de morir como un
héroe en pleno campo; me recordaba una poesía, y no quería morir como en una
poesía, como un ser modélico que hiciera propaganda de aquella puerca guerra…
Sin embargo, todo ocurría como en un poema patriótico;
estaba herido en medio de las espigas, desangrándome y gritando, tal vez a
punto de morir a cinco minutos de distancia de aquellos ojos…
«Había sufrido sólo una fractura, pero me convertía en un
héroe de la campaña de Francia, caído junto a Amiens, no muy lejos de aquel
muro que trepaba como un loco por la cuesta, a cinco minutos de un rostro del
que sólo vi los ojos.
«Durante una décima de segundo tuve ante mí a la mujer
amada. O acaso fuera sólo un fantasma. Y ahora debo morir entre Lemberg y
Czernowitz ante el inmenso horizonte polaco.
«Había prometido a aquellos ojos rezar por ellos cada día,
cada día, pero el de hoy roca a su fin. Está ya en el crepúsculo. Ayer, entre
dos partidas de naipes, pensé un momento en aquella cuyo nombre no conozco y
cuya boca no besé…»
Lo más sorprendente es que, de pronto, Andreas siente
hambre. Es jueves por la tarde, él morirá el domingo, y sin embargo tiene
hambre: un hambre que le produce dolor de cabeza y un desfallecimiento general.
En el pasillo reina el silencio: ya no viajan apretados. Se ha sentado junto a
su compañero, luego de que éste le hace sitio amablemente y los tres guardan
silencio. Incluso el rubio, que se ha llevado una armónica a los labios, pero
al revés. Es una armónica pequeña que deja deslizar y por la expresión de su
cara se nota que está imaginando una melodía. El mal afeitado bebe, bebe
sistemáticamente y en silencio, a intervalos regulares, y los ojos se le
empiezan a poner brillantes. Andreas se come su última ración de emergencia.
Los bocadillos se han vuelto un poco duros, pero tiene tanta hambre que no se
da cuenta. Incluso le parecen sabrosos. Se come seis, y luego pide café al
rubio. Los bocadillos son deliciosos; saben a gloria, y cuando les ha dado fin,
siente un estremecimiento de placer y un buen humor extraordinario. Es una
suerte que sus compañeros callen. El traqueteo regular del tren, que los otros
también sienten, invita a dormir.
«Voy a rezar - se dice -. Diré todas las oraciones que
conozco y algunas más.» Empieza por el Credo, y dice luego el Padrenuestro, el
Avemaria y el De Profundis… ut pupillam oculi… que el Espíritu Santo descienda
sobre mí; otra vez el Credo, tan admirablemente completo; continúa con las
preces del Viernes Santo, de tan amplio contenido que engloban hasta a los
incrédulos judíos. Aquello le hace pensar en Czernowitz y ruega especialmente
por los judíos de allí y por los de Lemberg… Seguramente los habrá también en
Stanislau y en Kolomea… Otro Padrenuestro y a continuación una plegaria suya
particular. Es muy agradable rezar junto a sus dos compañeros silenciosos, uno
de los cuales toca su armónica por el lado que no suena, mientras el otro traga
aguardiente sin parar… Fuera ya ha oscurecido. Andreas sigue rezando
largamente, con más devoción que nunca. Ruega también por el mal afeitado y por
el rubio, y por el que el día anterior decía; «Prácticamente tenemos ganada la
guerra». Por este último muy especialmente.
- Breslau -dice de pronto el.mal afeitado. Y su voz suena
extrañamente pesada. En su rostro se dibuja una sonrisa casi metálica, como si
empezase a estar embriagado. «Breslau; pronto llegaremos a Breslau…»
Andreas se recita a sí mismo una poesía: «Había un
fundidor de campanas en Breslau…» Le parece magnífica y le duele no sabérsela
de memoria. «No, no me moriré tan pronto -piensa-. Me moriré el domingo por la
mañana o durante la noche, entre Lemberg y Czernowitz, ante el amplio horizonte
polaco.»
Después se recita el poema Archibald Douglas, pensando en
los ojos de triste expresión, y se duerme con una sonrisa en los labios…
Su despertar es siempre espantoso. La última noche alguien
le pisó los dedos. Y esta vez sueña algo horrible: está sentado en una llanura
húmeda y fría, y no tiene piernas; ni el menor resto de ellas; está sentado
sobre los muñones de sus muslos; el cielo es negro y pesado, y va descendiendo
lentamente sobre la planicie, acercándose cada vez más, descendiendo
lentamente; pero él no puede huir, ni tampoco gritar, porque gritar no va a
servirle de nada. La inutilidad lo paraliza. ¿Cómo pensar que haya allí alguien
capaz de oír sus gritos? Mas a pesar de todo, piensa que no puede dejarse
aplastar por este cielo que le amenaza. Ni siquiera sabe si la llanura está
cubierta de hierba húmeda o si tan sólo es tierra o acaso fango puro… No se
puede mover, y tampoco se le ocurre desplazarse con ayuda de las manos. Salta
como un pájaro herido, porque ¿adonde se va a dirigir? El horizonte es
infinito; en ninguno de sus lados tiene fin, y el cielo sigue bajando. De
pronto, una cosa fría y húmeda le cae en la cabeza, y por una millonésima de
segundo piensa que ese cielo negro que lo amenaza es sólo lluvia, y que de
pronto va a abrirse. Eso es lo que piensa en aquella millonésima de segundo, y
quiere gritar… pero se despierta y ve que el mal afeitado está junto a él con
la botella cogida por el gollete, y comprende que una gota de licor es lo que
le ha caído, en la frente…
Todo está igual. El domingo por la mañana… Estamos a
viernes, aún faltan dos días… Todo sigue igual… El rubio duerme… El mal
afeitado bebe tragos prolongados, y hace frío en el vagón. Por debajo de la
puerta se filtra una corriente de aire. Sus rezos han cesado, y el recuerdo de
los ojos ya no le da una sensación de felicidad dolorosa, sino tan sólo de
tristeza y dejadez. Todo está igual, pero con un aspecto diferente; desprovisto
de brillo y carente de sentido. Sería muy bello, maravillosamente bello, que aquel
«pronto» se borrase, aquel «pronto» ahora tan definido y tan cierto.
Mas continúa presente, como si se preparase para el salto
definitivo con el que le amenaza desde que ha pronunciado la palabra; mirándole
como un segundo rostro. Desde hace dos días lo nota cerca de sí, tan
irreparablemente unido a su persona como su alma y su corazón. Por las mañanas
aquel «pronto» parece aún más fuerte y más seguro. El domingo temprano…
El mal afeitado también se ha dado cuenta de que Andreas
está despierto. Lo ve por encima de él, bebiendo de la botella. A la tenue
claridad, resulta espantoso con su figura gruesa, medio inclinada como
preparada para dar un salto, la botella en la mano, cogida por el gollete, los
ojos brillantes, y el sonido extraño y peligroso que produce el licor. - ¿Dónde
estamos? -pregunta Andreas con voz baja y ronca. Tiene mucho miedo, aún hace
frío y la oscuridad no ha desaparecido totalmente.
- No muy lejos de Przemysl - dice el mal afeitado-.
¿Quieres beber?
- Sí.
El aguardiente es bueno. Penetra por su interior como un
fuego candente. Le hace hervir la sangre, igual que el agua puesta en una
cazuela, sobre una llama roja. El aguardiente es bueno; le da calor. Devuelve
la botella al mal afeitado.
- Bebe tranquilo - le dice aquél secamente -. Compré más
en Cracovia.
- No.
El mal afeitado se sienta a su lado; le alegra saber que
alguien no duerme mientras él sigue despierto sin que nadie le preste atención.
Todos duermen. En una de las esquinas, el rubio ronca de manera apagada. Y los
demás, tanto los silenciosos como los espantosamente habladores, están todos
durmiendo. En el pasillo reina una atmósfera agria y llena de suciedad, de
sudor y de bruma.
De repente, le viene a la memoria que ya están en Polonia.
El corazón se le detiene durante unos instantes; se queda parado como si una
vena se hubiese obstruido y no dejase que la sangre circulara por el cuerpo.
«Nunca más volveré a ver Alemania. Se ha acabado para mí.
El tren salió de Alemania mientras yo estaba dormido. En un lugar cualquiera
existe una línea invisible que atraviesa un campo o acaso una ciudad, y allí
está la frontera. El tren pasó sobre ella a sangre fría, y ya no me encontraba
en Alemania. Pero nadie me ha despertado para que pudiera verla por última vez;
para que pudiera mirar fijamente un trozo en la oscuridad tendida sobre el
país. Nadie sabe que nunca más la volveré a ver. Ninguno de los que van en este
tren sabe que moriré. Nunca más veré el Rin. El Rin. No.
Nunca más. El tren me lleva y arrastra hacia Przemysl.
Estamos en Polonia, la desolada Polonia: nunca más volveré a ver el Rin. Ni
percibiré el olor amargo y sano del agua y de las algas que se agarran a las
piedras, en las orillas del Rin, y siguen allí para siempre. Nunca más pasearé
a la orilla del Rin, ni veré los jardines que hay detrás de las villas, ni los
barcos llenos de colorido, limpios y alegres, ni los puentes, los puentes
maravillosos que, elegantes y severos, trasponen el agua cual delgados ágiles
animales.»
- Pásame la botella -dice secamente.
El mal afeitado se la da, y él toma un largo trago de
aquel fuego líquido que quema la tristeza del corazón. Después se pone a fumar.
Lo que más desea es que el mal afeitado se ponga a hablar… Pero antes quisiera
rezar: se siente tan afligido que desearía rezar. Dice las mismas oraciones que
por la noche: primero ora por los «ojos» con el fin de no olvidarlos.
Aunque siguen junto a él, no siempre los ve con la misma
claridad. A veces se esconden durante algunos meses; se hacen tan poco
evidentes como sus labios o sus pies, que siempre tiene consigo, pero de los
que no se acuerda más que cuando le molestan o le duelen. A veces, en
intervalos desiguales de tiempo, los «ojos» reaparecen, como ocurrió ayer, y
entonces le producen un dolor lacerante. Ora por los ojos durante la noche,
pero hoy no tiene más remedio que hacerlo por la mañana. Vuelve a rezar por los
judíos de Czernowitz y por los de Stanislau y de Kolomea. En toda la Galitzia
hay judíos… Galitzia; la palabra es como una serpiente de pies invisibles,
forma de cuchillo y ojos brillantes que se arrastra suavemente sobre la hierba,
cortando la tierra en dos mitades. Galitzia… una palabra oscura, bonita y al
mismo tiempo, dolorosa. «Y es en esa tierra donde precisamente voy a morir.»
Hay mucha sangre en dicha palabra; sangre que ha manado
por culpa de la herida del cuchillo. «Bukovina -piensa- es una expresión maciza
y poderosa. No moriré allí, sino en la Galitzia oriental. En cuanto haya más
luz no tendré más remedio que mirar en donde empieza la Bukovina.
Porque no la veré. Poco a poco me voy acercando a la meta.
Czernowitz está ya en Bukovina. Pero no llegaré a conocerla.» - ¿Kolomea está
todavía en Galitzia? -pregunta al mal afeitado.
- No lo sé. Creo que en Polonia.
Cada frontera significa un fin en sí mismo. Una línea y un
fin. El tren pasa por encima de un cadáver o de un cuerpo vivo… Y la esperanza
se acaba. La esperanza de volver otra vez a Francia y de encontrar aquellos
ojos. Y los labios que también pertenecen a ellos. Y el corazón y el pecho.
Un pecho femenino formando parte del mismo cuerpo.
Aquellos ojos serán, para toda la eternidad, sólo unos ojos; ya nunca mas
estarán unidos al cuerpo, a los vestidos, al cabello y a las manos de una mujer
que algún día te pudieran acariciar. Dicha esperanza nunca ha dejado de
existir. Porque quien poseía aquellos ojos era un ser vivo; una muchacha o una
mujer pero con sólo ojos; ni labios, ni manos, ni un corazón vivo que se oyera
latir bajo una piel suave, junto a la mano. Nunca más… nunca más. Será el domingo
por la mañana, entre Lemberg y Kolomea. Czernowitz está lejos, igual que
Nikopol y que Kischinew. El «pronto» aún se ha hecho más exiguo, muy exiguo.
Otros dos días, Lemberg, Kolomea. Sabe que, a lo más, llegará a Kolomea. Pero
nunca pasará de allí. No habrá corazón, ni boca, sólo unos ojos, tan sólo un
alma. Un alma bella pero desgraciada, que no tiene cuerpo, apresada entre dos
brazos, como una bruja en su estaca antes de ser quemada…
La frontera ha cortado muchas cosas. También Paul,
finalmente, ha desaparecido. Solo quedan recuerdos, esperanzas y sueños. Paul
le dijo una vez: «Vivimos de esperanza», al igual que se dice: «Vivimos de
prestado». No contamos con ninguna seguridad… tan sólo con unos ojos, y no
sabemos si las oraciones recitadas en tres anos y medio han llegado a llevar
esos ojos allí donde nos está permitido esperar alcanzarlos…
Salió del hospital de Amiens cojeando, y subió la colina.
Todo era ahora muy distinto. La carretera aparecía completamente normal. La
montaña la llevaba sobre sus espaldas. Y el muro no parecía moverse ni caer
sino que seguía firme en su lugar. Estaba allí la casa que no pudo reconocer;
pero sí la cerca; la cerca de ladrillos, con algunos claros o agujeros formando
dibujos. Vio a un francés con su pipa en la boca y una expresión de sorna, muy
propia del país, brillándole en los ojos. Pero aquel hombre sólo sabía que
todos se habían ido; que habían huido, y que los alemanes saquearon el lugar,
no obstante haber un letrero en plena calle en el que se indicaba:
«El saqueo está castigado con la pena de muerte». Ni
rastro de los ojos.
Tan sólo los de la esposa del francés; una matrona gorda,
con cara de conejo y la mano metida en el escote del vestido. No había allí
ningún niño, ni una hija, ni una hermana, ni una cuñada. Sólo pequeñas
habitaciones llenas de trastos, en una atmósfera opresiva. Y las miradas
burlonas del matrimonio que le observaba en su busca dolorosa e impotente. Los
alemanes han vaciado el armario, y la alfombra está quemada por las colillas, y
en el sofá se han acostado con sus rameras. Lo han manchado todo. Escupe con
desprecio. Pero todo ello sucedió después de que la lucha hubo acabado; mucho
más tarde. No mientras Amiens seguía bajo el fragor de la batalla; después de
que el aviador cayese en el trigal donde aún podía verse el armazón del aparato
clavado en tierra. La pipa señala hacia la ventana y hacia el exterior… Sí,
allí tiene la proa del avión con su distintivo. Y, al lado mismo, el sol
arranca destellos al casco francés de una tumba. Todo es real, todo es pura
verdad, como el olor a carne asada que viene de la cocina, y la vitrina rota, y
al fondo del valle, la catedral de Amiens, «una obra maestra del gótico
francés…».
Ni rastro de ojos; nada… »-Puede que fuese una ramera
-dice el hombre. Y al hablar así siente compasión de él. Resulta extraño que
aquel francés pueda sentir compasión de un pobre soldado alemán que pertenece
al mismo ejército de quienes le han robado sus cubiertos y sus relojes: que han
estado tendidos en su sofá con las rameras y que todo lo han manchado y
ensuciado.
Su dolor es tan profundo que lo obliga a detenerse en el
umbral mirando el lugar donde cayó desvanecido. Es un dolor tan grande que ni
siquiera lo siente.
El hombre menea la cabeza pensando que quizá nunca haya
visto unos ojos más tristes que los de aquel soldado que se apoya pesadamente
en un bastón. »- Peut-être -dice antes de que Andreas marche-. Peut-être une
folie, una loca del sanatorio.
Y señala con la mano hacia el muro tras el cual, entre
magníficos árboles, se ven edificios con tejado rojo. »-Es el manicomio
-añade-. Por aquellas fechas los locos se escaparon y luego hubo muchas
dificultades para reunidos de nuevo. »-Gracias… gracias. -Sigue su camino,
montaña arriba, en dirección al sanatorio. El principio del muro está muy
cerca, pero no hay ninguna puerta. Durante mucho rato sigue subiendo hasta que,
por fin, logra encontrar la entrada. Se entera entonces de que allí no hay
nadie excepto un centinela con el casco de acero; ya no se guardan locos en el
lugar: tan sólo heridos y enfermos; se ha instalado un dispensario
blenorrágico. »-Un gran dispensario para blenorrágicos - dice el centinela-.
¿Acaso tú también lo has cogido?
Andreas mira hacia el campo en el que están los restos del
avión, con su distintivo, y el casco que brilla bajo los rayos del sol. »-Es
muy barato - le dice el centinela, que se aburre en su puesto-.
Sólo te costará cincuenta pfennigs. -Ríe-. Cincuenta
pfennigs nada más. »-Sí -dice Andreas.
Y piensa: «Francia tiene cuarenta millones de habitantes.
Demasiada gente. Imposible encontrarla. Tengo que esperar… Mirar cada par de
ojos con los que me cruce». No siente deseos de andar los tres minutos que
necesita para llegar hasta el campo en el que fue herido. Incluso éste es
distinto; todo ha cambiado, la carretera y el muro. La carretera se ha olvidado
de todo, igual que las personas olvidan, y el muro ha olvidado asimismo que se
derrumbó de miedo, arrastrando consigo a Andreas y a los restos del avión.
¿Para qué visitar aquel campo? ¿Para qué andar todavía tres minutos y volver a
pensar con dolor y con odio en la poesía patriótica de la que él mismo, contra
su voluntad, fue protagonista? ¿Para qué seguir castigando a sus cansadas
piernas?
- Ya estamos muy cerca de Przemysl - dice el mal afeitado.
- Dame otra vez la botella - le pide Andreas. Y bebe un
trago.
Aún hace bastante frío, pero el día empieza a clarear y
pronto se verá el horizonte polaco. Casas oscuras y una planicie llena de
sombras sobre la cual el cielo parece ir a desplomarse porque no cuenta con
ningún apoyo.
Puede que estén ya en Galitzia. Quizás esa planicie que
empieza a vislumbrarse entre la oscuridad callada y gris, llena de tristeza y
sangre, sea ya Galitzia… Galitzia… La Galitzia oriental.
- Has dormido mucho rato - le dice el mal afeitado-. Desde
las siete hasta las cinco. Cracovia y Tarnow ya han quedado atrás. En cambio,
yo no he cerrado los ojos ni un instante. Hace rato que estamos en Polonia.
Cracovia, Tornow, y ahora Przemysl…
«¡Qué diferencia entre Przemysl y el Rin! He estado
durmiendo diez horas y tengo hambre otra vez. Sólo me quedan dos días de vida.
Cuarenta y ocho horas han transcurrido ya. Y durante las
mismas nunca cesé de repetirme que voy a morir. Al principio, la idea aún
parecía remota y poco clara. Mas la distancia se ha ido acortando, tanto en
kilómetros como en días, y cada vuelta que dan las ruedas del tren me acercan
más allí. Cada vuelta se lleva un trozo de mi vida; de mi desgraciada vida. Las
ruedas deshacen mi existencia con su golpeteo idiota; se deslizan por el suelo
polaco con la misma ligereza con que lo hicieron por el borde del Rin.
Puede que Paul mirase la que está situada bajo la
portezuela; una rueda de tren, sucia y llena de grasa, que viene desde París o
quizás desde El Havre. De la Gare Montparnasse… donde la gente estará sentada
en sillones de mimbre, bajo los parasoles, bebiendo vino al aire de otoño;
respirando el dulce polvo de París, sorbiendo Pernod o absenta y tirando con
elegancia la colilla al arroyo que discurre tranquilamente bajo un cielo
burlón. En París sólo hay cinco millones de personas, y tiene muchas calles y
callejuelas, y muchísimas casas. Pero a ninguna de sus ventanas asomarían
aquellos ojos. Cinco millones de personas son demasiado…»
El mal afeitado empieza de pronto a hablar. El cielo está
mucho más claro, y algunos durmientes se agitan cual si quisieran hablar antes
de haberse despertado. También Andreas quisiera decir algo a un oído de la
noche que lo escuchase…
- Lo peor es que nunca más volveré a verla; estoy seguro -
dice el mal afeitado en voz baja -. Y no sé qué será de ella. Hace tres días
que me encuentro en camino. Tres días. ¿Qué habrá hecho en esos tres días?
No creo que el ruso aún siga allí. Gritó como un animal…
como un animal… que ve ante sí el cañón de la escopeta de un cazador. No me
gustaría ser mujer. Siempre esperando… esperando… esperando.
El mal afeitado grita por lo bajo; profiere un grito
espantoso, pero apenas audible.
- Ella me espera… No puede vivir sin mí. No tiene a nadie.
Y nunca más lo tendrá. Sólo me espera a mí, y yo la amo. Su pavor la ha vuelto
tan inocente como una niña pequeña que no ha pensado ni siquiera en un beso. Y
esa inocencia lo es todo para mí. El espanto la ha dejado limpia de toda culpa…
Nadie en el mundo puede ayudarla mejor que yo. Nadie; pero me encuentro aquí,
en un tren que me lleva hacia Przemysl… Seguiré hacia Lemberg… después a
Kolomea… Y nunca más volveré a atravesar la frontera alemana. No habría nadie
capaz de comprender por qué no tomo el primer tren y me vuelvo atrás, para
reunirme con ella… Nadie puede comprenderlo. Pero es que tengo miedo de su
inocencia… La quiero mucho; pero moriré y ya no sabrá más de mí, aparte de una
carta oficial en la que habrán escrito: «Caído por la Gran Alemania…».
Bebe un largo trago de la botella.
- Este tren rueda muy lento, compañero; ¿no te parece?
Quisiera marcharme lejos… rápidamente… No sé por qué no bajo y me vuelvo atrás.
Dispongo todavía de mucho tiempo… El tren tendría que ir
más de prisa, mucho más de prisa…
Algunos soldados ya se han despertado y pestañean
tranquilos bajo la falsa luz que se empieza a insinuar en la planicie.
- Tengo miedo -murmura el mal afeitado al oído de
Andreas-. Tengo miedo de la muerte; pero aún me atemoriza más dar media vuelta
y volver junto a ella… Prefiero morir… Puede que le escriba.
Los que se han despertado se peinan con la mano, encienden
cigarrillos y miran con desdén hacia el exterior, donde se elevan algunas
cabañas en medio de unos campos yermos e incultivables. La tierra está vacía de
seres vivos… al fondo hay colinas… todo es gris en este horizonte polaco…
El mal afeitado guarda silencio. Parece haberse quedado
sin vida.
Durante toda la noche no ha podido conciliar el sueño;
está como apagado y sus ojos parecen dos espejos sin brillo. Tiene las mejillas
pálidas y hundidas. Le ha crecido una verdadera barba de un rojo negruzco, bajo
los espesos cabellos.
- Tales son las ventajas del cañón del 3,7 -expresa una
voz en tono correcto-. La movilidad… la movilidad.
- Ese chisme sabe hacerse oír - añade, riéndose, otra voz
no menos correcta - ¡Vaya si sabe!
- Y por ello le han dado la cruz de caballero… Y en cambio
a nosotros se nos llenan los calzones de mierda…
- Es preciso obedecer al Führer. ¡Al diablo con la
aristocracia! Se llamaba Von Kruseiten. ¡Vaya nombre! Estaba bien enterado de
esas cosas…
El mal afeitado tiene suerte por haberse dormido cuando
los otros empiezan sus conversaciones. En cambio permaneció despierto cuando
todo estaba en silencio. «Tengo que serenarme; aún me quedan dos noches -piensa
Andreas-. Dos noches largas, muy largas… Quisiera estar completamente solo. Si
supieran que he rezado por los judíos de Czernowitz, de Stanislau y de Kolomea,
seguro que me harían detener, o me encerrarían en un manicomio… El cañón del
3,7 para carros blindados…»
El rubio se frota largamente los ojos llenos de bruma. En
las comisuras tiene legañas repugnantes. Ofrece a Andreas un poco de pan blanco
y mermelada. Aún le queda café en la botella. Sienta bien comer un poco.
Andreas está de nuevo muy hambriento. Es casi glotonería y
no puede evitar el mirar fijamente aquel pan blanco y sabroso.
- Aún ha sido amasado por mi madre - dice el rubio con un
sollozo.
Andreas se ha sentado en el retrete, y fuma largo rato.
Aquél es el único lugar en que uno se encuentra realmente a solas; el único
lugar del mundo en todo el glorioso ejército de Hitler. Es agradable estar
sentado allí y fumar. Siente que ha vencido al desconsuelo que se le apareció
como un fantasma al despertarse. Aquí está solo y todo sigue junto a él: Paul y
los ojos de la muchacha amada… el rubio, el mal afeitado, y el que ha dicho:
«Prácticamente ya tenemos ganada la guerra». Y el que
explicó: «Tales son las ventajas del cañón del 3,7». Todo se encuentra allí con
él, le da calor y ¡es tan hermoso estar solo! Cuando se está solo uno no se
siente abandonado. «Esta noche quiero rezar durante largo rato, en Lemberg,
Lemberg es el trampolín… entre Lemberg y Kolomea… el tren se acerca cada vez
más a la meta y las ruedas que ya han circulado por París, Gare Montparnasse, y
puede que también por El Havre y por Abbeville, me llevan ahora hacia Przemysl…
hasta muy cerca del trampolín.»
Ya es de día completamente, pero parece como si el sol no
quisiera mostrarse. En la masa de nubes grises hay una mancha clara, que deja
filtrar una luz gris que ilumina los bosques y los lejanos montes… Galitzia…
Andreas permanece en el lavabo hasta que unos golpes
fuertes dados en la puerta le obligan a abandonarlo.
El tren llega puntual a Przemysl. Allí el día es casi
hermoso. Esperan a que todos hayan abandonado el vagón y despiertan al barbudo.
El andén está ya completamente vacío. El sol ha logrado perforar las nubes y
brilla fuertemente sobre los montones de piedras y de arena. El barbudo
comprende en seguida de qué se trata.
- Sí -es lo único que dice.
Después se levanta y con la tenaza corta el alambre. Los
demás bajan inmediatamente. Andreas es el que lleva menos equipaje. Sólo el
macuto, que se ha vuelto muy ligero después de haberse comido los pesados
bocadillos de emergencia. Sólo lleva ahora una camisa y un par de calcetines,
una carpeta con papel de escribir, la cantimplora que siempre está vacía, y el
casco. El fusil quedó olvidado en el guardarropa de Paul, detrás del capote.
El rubio lleva una mochila de aviación y una maleta.
El barbudo, dos cajas de cartón y un morral. Ambos poseen
también pistolas. No ha sido hasta ahora, bajo la luz del sol, cuando se dan
cuenta de que el barbudo es suboficial. Sus galones mate brillan en el cuello
gris.
El andén está vacío y triste, y todo parece indicar que
pertenece a una estación de mercancías. A la derecha hay barracones, muchos
barracones de desinfección, de cocina, de estancia, dormitorios y probablemente
también un barracón-burdel donde, sin duda, se garantiza la más completa
higiene. Todo son barracones. Tuercen a la izquierda, donde hay una vía muerta
llena de hierba y una rampa asimismo recubierta de hierba. Se tienden bajo el
sol que luce sobre los barracones y contemplan las viejas torres de Przemysl, a
orillas del San.
El barbudo no se sienta; deja su equipaje en el suelo y
dice:
- Voy a buscar el avituallamiento y al mismo tiempo me
informaré de la hora en que sale el tren para Lemberg. ¿Os parece bien?
Entretanto podéis dormir un poco.
Recoge los permisos y se marcha muy lentamente andén
adelante.
Avanza con mucha parsimonia, y los otros pueden observar
que lleva el pantalón azul de trabajo sucio y lleno de manchas y de pequeños
desgarrones que parecen producidos por alambre de espino. Camina casi
bamboleándose y, visto de lejos, parece cual si perteneciera a la Marina.
Es mediodía; hace mucho calor y la sombra del árbol está
impregnada de él; es una sombra seca, sin dulzura. El rubio ha sacado su manta.
Están tendidos con las cabezas apoyadas sobre el equipaje, y miran hacia la
ciudad por encima de los tejados de los barracones, que exhalan vapor. El
barbudo desaparece entre dos estructuras. Su andar es por completo indiferente…
En otro andén se ha detenido un tren que se dirige hacia
Alemania. La locomotora desprende vapor. Los soldados, con las cabezas
descubiertas, miran por las ventanillas. «¿Por qué no me vuelvo en ese tren?
--piensa Andreas-. Es muy extraño. ¿Por qué no me siento en un compartimiento
de ese tren y regreso al Rin? ¿Por qué no compro un permiso en este país, donde
todo se puede comprar y me marcho otra vez a París, a la Gare Montparnasse, y
recorro las calles, y registro las casas y busco la caricia de las manos a las
que deben pertenecer aquellos ojos? Cinco millones son una octava parte. ¿No
podría encontrarse entre ellos? ¿Por qué no me voy a Amiens, a la casa con el
muro agujereado, y me meto una bala en la cabeza en el mismo lugar en que su
mirada estuvo posada en mí durante un cuarto de segundo? Aquella mirada llena
de ternura que me llegó tan adentro.» Pero sus pensamientos permanecen tan
inmóviles como sus piernas. Es estupendo poder estirarlas, alargarlas más y
más, hacerlas llegar hasta el mismo Przemysl, si ello fuera posible.
Los dos siguen tendidos, fumando, cansados y aburridos
como sólo se puede estar tras haber permanecido largo tiempo sentado en un
vagón.
El sol ya ha trazado un largo semicírculo cuando Andreas
despierta. El barbudo todavía no ha regresado. El rubio está despierto,
fumando.
El tren que va hacia Alemania se ha marchado ya, pero hay
otro en su lugar, y de la barraca de desinfección salen formas grises, con
paquetes, morrales y fusiles colgados del cuello, que también partirán hacia
Alemania. Un soldado echa a correr, después son tres los que corren, luego
diez, y a continuación todos se atropellan, tiran los paquetes que llevan en
las manos, y la larga y fatigada serpiente gris se desplaza en bloque, porque
uno de ellos se ha sentido alarmado de repente. - ¿Dónde tienes el mapa?
-pregunta el rubio.
Son las primeras palabras que intercambian desde hace
mucho tiempo.
Andreas saca el mapa del bolsillo de su guerrera, lo
desdobla y se levanta un poco para colocarlo extendido sobre sus rodillas. Mira
el lugar en que se halla Galitzia, pero el dedo del rubio está situado mucho
más al Sur y al Este. Es un dedo largo, muy delgado, y cubierto por una capa de
vello mate, al que la suciedad no ha quitado nada de su finura.
- Aquí es donde tengo que ir -dice el rubio-. Si todo va
bien, aún me quedan diez días.
El dedo, con su uña brillante, plana y azulada cubre
completamente una bahía situada entre Odessa y la península de Crimea. El borde
de la uña está en Nikolaiev. -¿Nikolaiev? -pregunta Andreas. -¡No!
El rubio siente un escalofrío; su uña desciende más, y
Andreas se da cuenta de que aunque estuvo mirando el mapa, no ha visto nada
porque debió estar pensando en otra cosa. -No - repite el rubio-. Otschakov.
Sirvo en artillería. Antes estábamos en Añapa, en la
provincia de Kubán, pero nos marchamos de allí, y ahora estoy en Otschakov.
De pronto, los dos se miran, por primera vez en las
cuarenta y ocho horas que han estado juntos. Han jugado a cartas, han bebido,
han comido, y han dormido apoyados el uno contra el otro; pero ahora se ven por
vez primera. Sobre los ojos del rubio se extiende una zona de piel sucia, casi
repelente, de un color gris blancuzco. A Andreas le parece la capa que se forma
sobre una herida purulenta. Ahora comprende el fluido repulsivo que emana de
aquel hombre que probablemente fue guapo cuando sus ojos aún estaban claros, y
era rubio y delgado, y con las manos finas. «Entonces, es verdad» - piensa
Andreas.
- Sí - dice el rubio -, es verdad - como si hubiese
comprendido los pensamientos de Andreas. Y sigue hablando con calma, con una
calma impresionante-: Primero me sedujo un sargento. Estoy podrido. Por
completo. Y nada en este mundo me produce alegría; m siquiera el comer.
Parece lo contrario porque como automáticamente, pero
también bebo automáticamente y duermo automáticamente. No puedo evitarlo; me
han podrido. - Profiere un grito; pero luego se tranquiliza y añade -:
Estuvimos seis semanas en una posición, allá en Ssiwasch…
No se veía ninguna casa hasta donde alcanzaba la vista… Ni una pared derruida:
sólo pantanos, agua, un saucedal… y los rusos volando por encima de nosotros,
cuando iban a atacar a los bombarderos, que partiendo de Odessa atacaban la
península de Crimea. Estuvimos allí seis semanas. No existen palabras para
describirlo. Sólo teníamos un cañón y éramos seis soldados y un sargento. Ni
una fulana por los alrededores. Nos traían las provisiones con un automóvil que
llegaba hasta el borde de los barrizales, donde había que ir a buscarlas y, por
un mal sendero, llevarlas hasta la posición.
Duraban catorce días y teníamos montones de cosas. La
comida era nuestra única distracción y también pescar y matar mosquitos…
cantidades ingentes de mosquitos; yo no sé cómo no nos volvimos locos. El
sargento era un animal. No hacía más que hablar de porquerías, en especial
durante los primeros tiempos, y comía sin interrupción, carne y grasa, sin que
los acompañara casi nada de pan. - Un profundo suspiro se escapa de su pecho-.
Un hombre que no come pan esta perdido; te lo aseguro…
Reina un profundo silencio, y el dorado sol que brilla
sobre Przemysl calienta agradablemente. - ¡Dios mío! -gime-. El sargento nos
sedujo. ¿Qué más puedo decir? Cedimos todos menos uno: un viejo casado y con
hijos; por las noches nos había enseñado muchas veces las fotos de sus hijos,
sollozando… Ese no quiso; se debatió, amenazó… era mucho más fuerte que
nosotros cinco juntos; pero una noche, mientras estaba de centinela, el
sargento se acercó a él, arrastrándose, y le pego un tiro por la espalda con su
propia pistola; después nos sacó de las camas y tuvimos que ayudarle a esconder
el cadáver en el lodo. Los cadáveres son muy pesados… El cadáver de un hombre
es muy pesado. Pesa más que el mundo entero.
Éramos seis y casi no podíamos Transportarlo; estaba muy
oscuro y llovía.
Aquello era un infierno. El sargento mandó un parte
diciendo que el viejo se había rebelado y que le había amenazado con su
pistola. Se llevó el arma como prueba de que le faltaba un cartucho. Luego
notificaron a su mujer que había caído por la Gran Alemania en las ciénagas de
Ssiwasch… Ocho días más tarde llego el siguiente automóvil de
aprovisionamiento, trayendo un telegrama para mí en el que me comunicaban que
nuestra fábrica había quedado destruida y que podía disfrutar de un permiso. Ni
siquiera regresé a la posición; me marché desde allí mismo -una alegría salvaje
resonaba en su voz -. Sí. ¡Me marché! Debió enfadarse mucho. Luego tuve que
deponer como testigo en la muerte del viejo; pero declaré lo mismo que el
sargento había consignado en el parte. Me fui desde la batería hasta la
comandancia, en Otschakov, después a Odessa y a continuación…
Reina un silencio terrible, mientras el sol brilla con
fuerza, muy hermoso. Andreas siente un asco terrible.
«Esto es lo peor -piensa-, lo peor que…»
- Desde entonces no he podido disfrutar de ninguna
alegría, ni volveré a tenerla. Me da miedo mirar a una mujer. Cuando estuve en
casa, lloré y evité el trato de las gentes como un chiquillo cretino. Mi madre
creyó que había cogido alguna enfermedad sucia. Y no me quedó el consuelo de
contárselo, porque es algo que no se debe contar a nadie…
«Qué absurdo -piensa Andreas- que el sol brille de este
modo, y que, al propio tiempo, sienta un asco tan enorme, como si mi sangre
estuviese llena de veneno.» Intenta coger la mano del rubio, pero éste
retrocede horrorizado. -¡No! - grita -. ¡No!
Da media vuelta, se tiende boca abajo, esconde la cabeza
entre los brazos y estalla en sollozos, cual si la tierra fuera a abrirse. Y
entretanto el cielo sonríe sobre los barracones y sobre las torres de Przemysl,
junto al San… -¡Morir! -exclama el rubio entre sollozos-. Morir. Quiero morir
porque sólo entonces llegará el final… Morir…
Sus palabras se escuchan ahogadas, y Andreas nota que
derrama lágrimas, lágrimas verdaderas.
Andreas no ve nada más. Una oleada de sangre, suciedad y
fango lo ha inundado, y reza desconsolado igual que pide auxilio el que se
ahoga y, debatiéndose en el mar, no ve la orilla ni a nadie que lo pueda
salvar…
«Es hermoso -piensa-. Llorar es hermoso… incluso es bueno.
¿Qué persona desgraciada no ha llorado alguna vez? Yo también debería llorar.
El barbudo ha llorado, el rubio llora, y yo no he vuelto a
llorar desde hace tres años y medio. No he derramado una lágrima desde que
regresé a Amiens sin haber querido andar los tres minutos que me separaban del
campo en que fui herido.»
El segundo tren se ha marchado, y la estación está vacía.
«Es extraño -piensa Andreas-. Ya no podría volverme atrás
aunque quisiera. Me sería imposible abandonar a estos dos. Tampoco quisiera
volver atrás…»
La estación, con sus múltiples vías, está por completo
desierta. Brillan los rieles, y tras ellos, hacia la entrada, un grupo de
polacos trabaja trasladando chatarra. Por el andén se acerca una figura que les
parece extraña, pero que lleva los mismos pantalones que el mal afeitado. Desde
lejos se aprecia que no es el mismo ser lleno de amargura que venía con ellos y
que, sumido en la tristeza, no hacía más que beber. Sólo los pantalones son los
mismos. Su cara está serena y sonrosada y lleva el gorro ligeramente ladeado.
Cuando se halla más cerca, aprecian en su expresión una mezcla de frialdad,
burla, descaro y militarismo de suboficial.
Es como si sus ojos hubiesen terminado de soñar. Va bien
afeitado, lavado y peinado y sus manos están limpias. A todos les alegra saber
que se llama Willi, porque así no tendrán que seguir conociéndolo por «el mal
afeitado». El rubio aún sigue tendido sobre su manta, cubriéndose la cara con
las manos. Escuchando su respiración es imposible saber si llora, duerme o
solloza. -¿Duerme? -pregunta Willi.
- Sí.
Saca todo lo que lleva y hace dos limpios montones. -Para
tres días -explica.
Cada uno dispondrá de un pan entero y un buen trozo de
salchicha con su envoltorio mojado por la grasa que ha ido chorreando. Además,
hay casi media libra de mantequilla por cabeza, dieciocho cigarrillos y algunos
caramelos. - ¿Tú no te quedas con nada? - le pregunta Andreas.
Willi lo mira extrañado, casi un poco colérico.
- Yo tengo mis cupones para dieciséis días - responde.
Es difícil no tomar por un sueño lo que Willi ha contado
durante la noche. Asociar a aquel hombre melancólico con el que ahora está de
pie ante ellos, afeitado y limpio, reflejando tan sólo un poco de dolor en su
mirar, vistiendo con atildamiento su pantalón negro de tanquista, y poniendo
cuidado para que no se le arrugue la raya; un pantalón completamente nuevo que
le sienta a las mil maravillas. Ahora vuelve a parecer lo que realmente es: un
suboficial.
- También tenemos cerveza- dice Willi, al tiempo que saca
tres botellas.
Colocan ante ellos una de las cajas de cartón que ha
traído Willi, para que sirva de mesa, y empiezan a comer. El rubio ni siquiera
se mueve: está tumbado cara al sol, como si fuese un cadáver. Willi ha traído
también tocino polaco, pan de centeno y cebollas. La cerveza es muy buena, e
incluso está algo fresca.
- Esos barberos polacos -dice Willi- son estupendos. Por
seis marcos te convierten en un hombre totalmente distinto. Incluso te lavan la
cabeza. Es admirable la forma en que cortan el pelo.
Se quita la gorra y les muestra el cogote muy bien
arreglado.
- A esto lo llamo yo un servicio de peluquería.
Andreas continúa observándolo, bastante extrañado. Los
ojos de Willi tienen en esos momentos cierta expresión sentimental. Y resulta
extraño ver a un suboficial con sentimientos. Es agradable estar sentado ante
algo parecido a una mesa, lejos de los barracones.
- Vosotros -dice Willi mientras mastica y bebe a gusto-
también deberíais ir a lavaros o a haceros lavar; se es una persona
completamente distinta. Todo desaparece, toda la porquería se elimina.
Necesitas afeitarte -añade mirando el mentón de Andreas-. Te es absolutamente
necesario.
Resulta maravilloso. Uno ya no se siente cansado. Se… se…
-busca la palabra adecuada-. Se es, sencillamente, un hombre distinto. Aún
queda bastante tiempo. Faltan dos horas para que salga nuestro tren. Esta noche
llegaremos a Lemberg. Y desde allí iremos hasta Bucarest en el correo de
Varsovia. Un tren magnífico. Yo siempre viajo en él. Se necesita un pase
especial, pero voy a conseguirlo - se ríe ruidosamente -. Aunque no tengo
intención de deciros cómo…
«No creo que transcurran sólo veinticuatro horas desde
Lemberg hasta el paraje donde «eso» va a ocurrir -se dice Andreas--. Aquí hay
algo que no funciona bien. No vamos a salir de Lemberg a las cinco de la
mañana.»
Los bocadillos son estupendos. Pone mucha mantequilla en
el pan, y se come la jugosa salchicha, cortada a trozos grandes. «¡Qué cosa tan
extraña! -piensa-. Esta mantequilla corresponde a la ración del domingo y quizá
parte de la del lunes. En consecuencia, no tengo derecho a ella. El suministro
se cuenta de un mediodía hasta el siguiente. No debo comerme la mantequilla del
domingo. Pueden someterme a consejo de guerra…
Cogerán mi cadáver, lo llevarán a juicio, lo pondrán sobre
una mesa y explicarán que me he comido la mantequilla del domingo, y por si
fuera poco, también una parte de la del lunes. He robado a la gloriosa
Wehrmacht alemana. Dirán: «Este hombre sabía que iba a morir y, sin embargo, se
ha comido el pan, las salchichas y los caramelos, y se ha fumado los
cigarrillos. Ahora es imposible contabilizar todo eso, porque en ningún sitio
se contabiliza el avituallamiento de los muertos. Y tampoco somos como los paganos
que colocan víveres en las tumbas de sus difuntos, sino cristianos positivos.
Este hombre ha robado a la muy gloriosa y cristiana Wehrmacht de la Gran
Alemania, y hemos de condenarle…»
- El pase lo voy a conseguir en Lemberg -dice Willi
riendo-. Allí se encuentra de todo. Lo sé por experiencia.
Andreas sólo tendría que pronunciar unas palabras, y en
seguida sabría cómo y en qué lugar de Lemberg se pueden obtener los pases. Por
su parte, Willi siente un gran deseo de explicarlo, pero Andreas no demuestra
parecido interés. Le basta conque le den el pase. Le parece estupendo poder
viajar en un tren de paisanos, donde no todo sean soldados ni seres
pertenecientes al sexo masculino. Le parece espantoso vivir siempre entre
hombres. ¡A veces, son tan femeninos! En cambio, en ese tren también habrá mujeres…
polacas, rumanas, alemanas… espías y esposas de diplomáticos. Será bonito
viajar en un tren con mujeres hasta… hasta el lugar en que habrá de morir.
¿Cómo va a perder la vida? ¿Se encontrarán con partisanos? En todas partes hay
guerrilleros. Pero ¿atacarán a un tren en el que viaja personal civil? Hay un
gran número de trenes llenos de soldados con permiso, que transportan
regimientos enteros, con sus armas, sus equipos, sus alimentos, ropas, dinero y
municiones.
Willi está triste porque Andreas no le pregunta en qué
lugar de Lemberg va a conseguir los pases. ¡Le gustaría tanto contar cosas y
más cosas sobre Lemberg! -¡Lemberg! -exclama, riendo. Y como Andreas sigue sin
formular pregunta alguna, empieza a hablar de Lemberg-. Allí siempre hemos
hecho tráfico de automóviles… ¿sabes? -¿Siempre? -pregunta Andreas, con
atención -. ¿Cuándo?
- Pues, cuando disponíamos de alguno para vender. En el
taller de reparaciones suele quedar de vez en cuando algún chasis utilizable
todavía, y que basta declarar como chatarra. El intendente jefe no tiene más
remedio que cerrar los ojos porque como se ha estado acostando con una judía de
Czernowitz… Eso de la chatarra es muy elástico, ¿comprendes? Con un trozo de
aquí y otro trozo de allá se puede construir un automóvil estupendo. Los rusos
lo saben hacer perfectamente. Y en Lemberg pagan por ellos hasta cuarenta mil
machacantes, que luego dividimos por cuatro: yo y los tres hombres de mi
pelotón. Naturalmente resulta muy peligroso. Arriesgamos la piel.
Suspira profundamente. -Sudamos sangre. Es natural. Nunca
se sabe si el que compra el coche es de la Gestapo. Estas cosas no se averiguan
hasta el final. Pasamos catorce días sudando sangre. Pero si al cabo de los
mismos no ha llegado ningún parte, ni ha sido detenido nadie, es que hemos
tenido suerte. Cuarenta mil machacantes más en el bolsillo. -Bebe su cerveza
con deleite-. Cuando pienso en la de cosas que quedaron enterradas en el fango
de Nikopol. Millones y millones. Y ningún cerdo se ha beneficiado de ellos,
aparte de los rusos, claro está. -Se pone a fumar voluptuosamente -. A veces se
trafica en cosas de menor importancia y no tan peligrosas. Una pieza de
recambio, algún motor suelto, neumáticos y ropas. La gente está muy interesada
en comprar ropas. Un buen abrigo te supone casi mil marcos. Gracias a todo eso,
me he construido en mi pueblo una casita con su taller para… ¿para qué? - se
pregunta perplejo.
Pero Andreas no le hace ninguna pregunta. Se limita a
mirarle y observa que sus ojos se han oscurecido y que su frente está arrugada.
Bebe precipitadamente la cerveza que aún le queda. Su
viejo rostro, aunque ahora sin barba, está otra vez presente. El sol sigue
lanzando su resplandor dorado por encima de las torres de Przemysl, junto al
río San.
El rubio empieza a moverse. Ha estado simulando que dormía
y que en este instante se ha despertado. Bosteza ruidosamente, se da la vuelta
y abre los ojos. Pero no cae en la cuenta de que las huellas de sus lágrimas
aparecen claramente marcadas sobre la suciedad del rostro. Son líneas muy
visibles, como las que ofrecería la cara de una niña a la que hubiesen
arrebatado un bocadillo mientras está jugando en el jardín. Pero él no lo sabe.
O a lo mejor ni siquiera se acuerda de que ha estado llorando. Tiene los bordes
de los párpados enrojecidos, lo que afea terriblemente sus ojos, como si
padeciera alguna enfermedad venérea. - ¡Ah! - exclama bostezando -. ¡Qué
agradable es poder comer algo!
Su cerveza está un poco caliente; pero se la bebe de
prisa, sediento, y luego se pone a comer, mientras los otros dos fuman con
calma unos cigarrillos y beben vodka, un vodka claro como el agua y muy
sabroso, que Willi les ha ofrecido.
- Bueno -dice Willi riendo. Pero se calla tan súbitamente
que los otros dos lo miran extrañados. Luego se sonroja, baja la mirada y bebe
un largo trago de vodka. - ¿Qué querías decir? -le pregunta Andreas con
expresión tranquila.
Hablando lentamente, Willi responde:
- Pues que me estoy bebiendo la hipoteca. Sí, tal como
suena: la hipoteca. Nuestra hipoteca. La de la casa que mi mujer aportó en dote
al matrimonio. Era de poca cuantía: sólo cuatro mil. Y yo quería rescatarla…
pero, bueno… bebamos ¡a vuestra salud!
El rubio tampoco tiene ganas de llegarse a la ciudad y
visitar al barbero o tomar un baño en los barracones. Pero aun así, él y
Andreas cogen el jabón y las toallas, se los ponen bajo el brazo y se marchan.
- Limpiaos también las botas - les recomienda Willi viendo
como se alejan. Desde luego, las suyas están muy brillantes.
Al final de la vía se levanta un gran depósito para
locomotoras, cuya manguera gotea continuamente, produciendo un hilillo de agua
que forma un charco sobre el suelo de arena. Lavarse a fondo resulta agradable.
¡Si al menos el jabón produjera un poco más de espuma! Andreas toma el de
afeitar. «No voy a necesitarlo más - se dice -. Tendría que durarme aún dos
meses pues hace cuatro semanas que me lo entregaron, pero ya no me servirá de
ahora en adelante. El que sobre, para los guerrilleros.
Porque también ellos necesitan jabón. A los polacos les
gusta mucho afeitarse. Eso y limpiarse las botas son sus especialidades.» Pero
cuando se dispone a empezar ven a Willi, que se ha subido a una elevación y les
está haciendo señas y gritando. Sus ademanes son tan apremiantes y casi
dramáticos, que se apresuran a recoger sus cosas y a regresar de prisa,
secándose por el camino. - ¡Muchachos! -les grita Willi-. Está llegando un tren
con permisionarios que viene con retraso y va hacia Kowel. Ahora mismo entra en
la estación. Si lo tomamos, en cuatro horas estaremos en Lemberg. Y allí os
podéis afeitar mejor.
Se ponen otra vez las guerreras y los abrigos, se colocan
las correas, toman su equipaje y se encaminan hacia el andén donde ha parado el
tren con soldados de permiso, que vienen del frente, y que va hacia Kowel. En
la estación de Przemysl bajan algunos, muy pocos. Pero Willi ha descubierto un
compartimiento del que ha salido un grupo de tanquistas, todos ellos
jovencitos, bien vestidos y muy limpios. El lugar está ahora libre, y los tres
lo ocupan rápidamente antes de que alguien se les pueda anticipar.
- Ahora son las cuatro -dice Willi con expresión triunfal
-.
Llegaremos a Lemberg lo más tarde a las diez. ¡Estupendo!
Este tren no se hubiera podido retrasar más oportunamente. Es maravilloso.
Dispondremos de toda una noche.
Se instalan de modo que puedan apoyar las espaldas. Y una
vez sentados, Andreas se seca las orejas que aún lleva mojadas. Luego procede a
arreglar el equipaje de su bolsa de mano que había guardado de cualquier modo.
Lleva unos calzoncillos y una camisa sucios, un par de calcetines limpios, un
pedazo de salchicha y restos de la mantequilla guardados en una lata. La
salchicha será para el lunes, la mantequilla también para el lunes por la
mañana; los caramelos pertenecen al domingo y al lunes. Y además tiene toda su
ración de cigarrillos y el pan del domingo a mediodía. Lleva también su libro
de oraciones, un devocionario que transporta de acá para allá desde que partió
para la guerra, y que nunca ha necesitado. Pero aunque siempre reza sin él, le
es imposible emprender un viaje sin su compañía. «Es extraño - piensa-. Muy
extraño.» Y se pone en los labios uno de los cigarrillos que le corresponde
fumar hoy, es decir, de la ración que va del viernes al mediodía hasta el
sábado también a mediodía.
El rubio toca la armónica mientras los otros dos fuman en
silencio, y el tren emprende la marcha. El rubio toca bien, aunque parece como
si improvisara, porque sus melodías no les son conocidas. Se trata de
tonadillas blandas, de creaciones informes que hacen pensar en una ciénaga.
«Las ciénagas de Ssiwasch -piensa Andreas-. ¿Qué estarán
haciendo ahora con el cañón?» Se estremece. Puede que los soldados se hayan ido
matando unos a otros, o tal vez hayan quitado de en medio al sargento. O acaso
estén relevados de aquel puesto. «Esta noche rezaré por los que siguen en las
ciénagas de Ssiwasch con su cañón y por el que cayó por la Gran Alemania porque
no quiso… Ciertamente una muerte de héroe. Su esqueleto quedará en un lugar
cualquiera de Crimea, dentro de un barrizal. Nadie sabrá dónde encontrar su
tumba, ni nadie irá a exhumarlo para que repose en un cementerio de héroes.
Nadie se acordará jamás de él. Pero algún día resucitará; sí, allí, en las
ciénagas de Ssiwasch. Un hombre, padre de dos hijos, cuya mujer vive en
Alemania, y a la cual, con el rostro dolorido, el jefe de la Sección Local
entregará una carta en Bremen, en Colonia o en Leverkusen. Sí. Es posible que
esa mujer habite en Leverkusen. El muerto resucitará en las ciénagas de
Ssiwasch, y entonces acaso salga a relucir que no cayó por la Gran Alemania, ni
tampoco por rebelarse y atacar al sargento, sino porque no quiso verse reducido
a aquello.»
Los dos se sobresaltan cuando el rubio para súbitamente de
tocar.
Estaban prendidos de tal modo en las redes de aquellas
melodías suaves, que es como si acabara de romperse un hechizo.
- Mirad -dice el rubio. Y señala el brazo de un soldado
que está asomado a la ventanilla, fumando su pipa -. Eso es lo que hacíamos en
casa. Es raro ver tan pocas a pesar de que las fabricábamos a millares.
Ninguno comprende a qué se refiere. El rubio los mira
extrañado, y casi se sonroja al observar su expresión interrogante.
- Insignias para los soldados de Crimea -explica un poco
molesto-.
Fabricarnos muchísimas Ahora se hacen las del Kubán.
Pronto estarán disponibles. También las hubo para las victorias de los Sudetes,
con una plaquita en la que se veía el Hradschin. Era en el año treinta y ocho.
Lo siguen mirando intrigados, como si les hablara en
chino, lo que le hace sonrojarse aún más. -¿Qué pasa? -pregunta casi gritando-.
¡En casa teníamos una fábrica de insignias! -¡ Ah! Bueno - exclaman los otros
dos.
- Una fábrica nacional de emblemas patrióticos. -¿De
emblemas? -pregunta Willi -Sí. También hacíamos banderas. A carretadas. Os lo
aseguro. Era por el año… creo que el treinta y tres. Sí. Debía ser por esas
fechas. Pero sobre todo, nos dedicábamos a insignias y escudos para sociedades,
de esos que tienen grabado algún motivo: al campeón del año mil novecientos
treinta y cuatro, y cosas parecidas. Emblemas de clubs deportivos y otros con
la cruz gamada, y banderitas de latón y esmalte para prender en la solapa, en
color azul, blanco o rojo. Y también para los franceses.
Teníamos un buen muestrario. Pero desde que estalló la
guerra sólo trabajamos para nuestro país. Los hay también para los heridos,
montones de ellas, en negro, en plata y doradas. De las que hicimos más, fue de
las negras. Hemos ganado muchísimo dinero. Recuerdo las antiguas
condecoraciones de la primera Guerra Mundial. Y las insignias de los
excombatientes. Y las que llevan en el traje de paisano.
Suspira y se calla, al tiempo que mira otra vez el emblema
de la campaña de Crimea que luce en la manga el soldado que fuma su pipa
asomado a la ventanilla. Luego se pone a tocar otra vez. Va oscureciendo lenta,
muy lentamente. Sienten que la noche está muy próxima, con su frescor. El rubio
sigue tocando sus confusas melodías, que penetran en ellos como un sueño o un
narcótico. Andreas se dice: «Antes de que me duerma tengo que rezar por los
artilleros de las ciénagas de Ssiwasch.»
Nota que empieza a amodorrarse. Es la penúltima noche.
Reza… pero sus palabras se enmarañan, y todo se confunde en su imaginación: la
mujer de Willi con su pijama encarnado… los ojos en los que siempre piensa… el
pequeño burgués… el rubio, y aquel hombre que dijo: «Prácticamente ya tenemos
ganada la guerra…»
Se despierta porque el tren lleva parado un buen rato. Los
pequeños altos en las estaciones son cosa distinta. Se lanza un bostezo y se
nota que las ruedas están como intranquilas porque el viaje va a proseguir en
seguida. Pero el tren se ha detenido ahora largamente, como si las ruedas se
hubieran congelado. No se hallan en una estación ni en una vía muerta.
Andreas se levanta con dificultad y observa que todo el
mundo está en las ventanillas. Se siente abandonado porque al principio no
puede localizar a Willi ni al rubio, que deben hallarse en primera fila. Fuera
reina la oscuridad y hace frío. Oye circular vagones por el exterior, y el
canto de los soldados, que entonan viejas tonadas desprovistas de todo
sentimiento, pero que parecen arraigadas en sus intestinos, como las melodías
de un disco de gramófono, dispuestas a brotar a toda voz en cuanto abren la boca.
«María de los prados» y «El cazador furtivo». También él ha cantado a veces,
sin querer y sin apenas darse cuenta, esas canciones que le fueron grabadas,
inculcadas, para matar sus pensamientos. Las mismas canciones que ahora se oyen
en la oscura noche polaca. A Andreas le parece como si en algún lugar lejano y
oscuro, lejos del horizonte, sonara un eco; un eco débil pero muy perceptible.
«Cazador furtivo… Cazador furtivo…», «María de los prados». El tren debe llevar
muchos vagones; pero finalmente dejan de pasar, y los espectadores dejan las
ventanillas y vuelven a sus sitios. Lo mismo hacen Willi y el rubio.
- Son de las S.S. -dice Willi-. Van a lanzarlos en
Tcherkassy. Debe existir allí una bolsa, o un agujero o vete a saber, y tendrán
que ponerle un remiendo.
- Les van a dar para el pelo -dice una voz.
Willi se sienta otra vez junto a Andreas, y le dice que ya
son las dos. -¡Qué mierda de paradas! -exclama-. Si no continuamos en seguida
no podremos tomar el otro tren en Lemberg. Y aún faltan por lo menos dos horas.
Si fallamos el enlace tendremos que esperar hasta el domingo por la mañana.
- Nos iremos en seguida -dice el rubio, que ha vuelto a la
ventanilla.
- Aun así -contesta Willi-, en Lemberg no va a quedarnos
tiempo para nada. Y estar sólo media hora es una tontería. ¡Lemberg! - exclama,
y se echa a reír. -¿Es a mí? -oyen preguntar de pronto al rubio.
- Sí. A usted -replica una voz, fuera-. Prepárese para
entrar de guardia.
El rubio regresa a su sitio, farfullando algo. Desde el
exterior, un casco de acero se introduce por la ventanilla del departamento.
Cubre un cráneo fuerte y grande, y bajo él se ven unos ojos oscuros y una
frente de burócrata. El rubio enciende una cerilla y se pone a buscar el
cinturón y el casco. -¿Hay algún suboficial en el vagón? -pregunta la voz del
militar; una voz acostumbrada a mandar. Pero nadie responde-. ¿Hay algún
suboficial? - repite.
Sigue sin presentarse nadie. Willi da unos golpéenos en el
antebrazo de Andreas, con aire burlón.
- No me obliguen a investigar - dice la voz -. Si
encuentro a un suboficial ahí dentro les aseguro que va a pasarlo mal.
Transcurre un segundo sin que nadie pronuncie palabra, no
obstante haber observado Andreas que el vagón está repleto de suboficiales. De
pronto, una voz próxima a Andreas exclama: -¡Yo! -¿Estaba usted durmiendo?
-grita el hombre del casco.
- Efectivamente -le contesta el otro. Andreas lo reconoce:
es el que llevaba el emblema de la campaña de Crimea.
Algunos se echan a reír. -¿Cómo se llama usted? -interroga
la voz, bajo el casco de acero.
- Soy el sargento Schneider. -Queda designado jefe de
vagón durante el tiempo que permanezcamos aquí. ¿Enterado? -Sí, señor.
- Bien. Este hombre… -señala al rubio-. ¿Cómo se llama
usted?
- Cabo Siebental.
- Bien. El cabo Siebental estará de guardia a la puerta
del vagón hasta las cuatro. Si a dicha hora nos encontramos aún aquí, lo hace
relevar.
Ponga otro centinela en el extremo opuesto y lo hace
relevar también. Hay peligro de acción guerrillera.
- Sí, señor.
La cara y el casco desaparecen, mientras se oye murmurar:
«Sargento Schneider».
Andreas tiembla ante la idea de que puedan ponerlo de
guardia. «Estoy sentado muy cerca de él. Me cogerá del brazo y me mandará a uno
de los puestos.» El sargento Schneider ha tomado su linterna e ilumina el
pasillo en toda su longitud. Primero enfoca a los durmientes o que simulan
dormir.
Luego agarra a uno de ellos por el cuello de la guerrera y
le dice sonriendo:
- Coge el trabuco y ponte ahí fuera. No hay más remedio.
El aludido empieza a prepararse mientras murmura
interjecciones. «Si se entera de que he olvidado el fusil; de que estoy sin
arma porque se quedó en el guardarropa de Paul, tras el capote… ¿Qué hará Paul
con el fusil? Un capellán con un fusil es sospechoso para la Gestapo. Por otra
parte, no puede comunicar a nadie lo sucedido porque tendría que dar mi nombre
y no querrá que lo comuniquen al jefe de mi compañía. Es espantoso haber
olvidado precisamente el fusil…»
- Vamos a tardar bastante en reanudar la marcha -dice el
sargento al soldado que se abre camino con cuidado hasta la puerta sin cesar de
proferir interjecciones. Resulta extraño que el tren siga parado tanto tiempo.
Transcurre un cuarto de hora. La intranquilidad les impide conciliar el sueño.
Es posible que haya partisanos por los alrededores. Sería horrible ser atacados
mientras se encuentran en el tren. A lo mejor, la noche siguiente pasa lo
mismo. Es extraño… muy extraño. Probablemente volverá a suceder entre Lemberg
y… Pero no; más vale no pensar en Kolomea. Faltan todavía veinticuatro horas, o
quizá veintiséis. En realidad ya empezó el sábado. «He sido un estúpido. Desde
el miércoles no sé… no sé lo que me pasa. Ni siquiera he rezado con un poco más
de fervor. No hice más que jugar a cartas y beber aguardiente; he comido bien y
he dormido; quizá demasiado, y el tiempo ha ido pasando vertiginosamente, de
modo que sólo faltan ya veinticuatro horas. Y cuando uno sabe que va a morir es
preciso arreglar infinidad de asuntos. Hay que arrepentirse y rezar; pero yo no
he rezado más que lo de siempre. Sin embargo, no tengo duda alguna. El sábado
por la mañana. El domingo por la mañana. En resumen: sólo me queda un día. Es
preciso que rece… que rece…»
- Dame un trago. Hace un frío de mil diablos.
El rubio asoma la cabeza por la ventanilla del
compartimiento. Y bajo el casco de acero, su cara de galgo degenerado tiene un
aspecto repulsivo.
Willi le pone el gollete en los labios y sostiene la
botella mientras el otro bebe un largo trago. Luego pasa la botella a Andreas.
Pero éste no acepta.
- No -dice simplemente.
- Se acerca un tren -anuncia el rubio.
Todos corren a asomarse. Hace sólo media hora que pasó el
anterior, y ahora llega otro; un nuevo transporte de tropas. Se oye un resonar
de canciones. Y otra vez «El cazador furtivo» y «María de los prados» en la
noche polaca, tan triste y oscura. Los trenes tardan mucho en pasar.
Llevan furgones y cocina, y los vagones están llenos de
soldados que entonan «El cazador furtivo» y el «Hoy tenemos Alemania; mañana el
mundo entero». El mundo entero… el mundo entero…
- También son de las S.S. -manifiesta Willi-. Y van a
Tscherkassy igual que los demás. Al parecer, hay allí un buen fregado.
Lo dice en voz muy baja porque a su lado se comenta con
gran optimismo que todo acabará perfectamente.
«El cazador furtivo» resuena cada vez más lejos en la
noche; la canción va decreciendo hasta apagarse definitivamente hacia Lemberg
en medio de un zumbido suave. Y sólo queda otra vez la noche polaca, triste y silenciosa.
- A lo mejor pasan diecisiete como ése -comenta Willi.
Ofrece la botella a Andreas, pero este declina una vez
más. «Ha llegado el momento de ponerme a rezar - piensa -. No quiero pasarme
durmiendo la penúltima noche de mi vida. Ni echarla a perder ni ensuciarla con
aguardiente. Tengo que orar y arrepentirme. ¡Hay tantas cosas de las que
arrepentirse! Incluso en una vida tan desgraciada como la mía existen numerosos
motivos de dolor. Una vez, estando en Francia, con un calor agobiante, me bebí
una botella entera de aguardiente. Me desplomé como un perro y quedé tendido en
el suelo. Hubiera muerto como un animal. Una botella entera de aguardiente a
treinta y cinco grados a la sombra en una calle sin árboles de un pueblecito
francés. Y todo porque estaba sediento y no tenía otra cosa que beber. Fue
espantoso. El dolor de cabeza no se me pasó hasta el cabo de ocho días. Además
he discutido con Paul y me he burlado de él y del clero en general. En la
escuela hablaba mal de los aplicados y escribí «mierda» en la estatua de
Cicerón. Aunque era aún muy joven comprendí que estaba mal. A pesar de todo, lo
hice porque sabía que los demás se reirían y para que viesen lo gracioso que
era. Pura vanidad. No porque creyese que Cicerón era una mierda. De haberlo
hecho por esto, no habría resultado ni una milésima tan reprobable. No hay que
hacer las cosas sólo por broma. También inventé chistes sobre el teniente
Schreckmüller, aquel jovencito pálido y triste al que le venían grandes las
charreteras, y que, apenas verlo, daba la impresión de ser un candidato a la
muerte. Hice chistes sobre él porque me gustaba que me considerasen chistoso y
bromista como un viejo lansquenete. Eso fue lo peor, y no sé si Dios me
perdonará por ello. Me burlé de su parecido con un miembro de las juventudes
hitlerianas; pero el pobre no era más que un candidato a la muerte. Lo veía
claramente en su cara. Cayó en los Cárpatos, en el primer ataque. Su cadáver se
desplomó por un precipicio y fue rodando lastimosamente y llenándose de
inmundicia. Resultaba cómico ver rodar el cadáver, cada vez más rápido, hasta
detenerse bruscamente con un golpe seco en el fondo del valle. »En París
insulté a una ramera. Era de noche y creo que hice muy mal.
Hacía frío y se arrimó contra mí tan bruscamente que creí
que iba a pegarme. AI verle la punta de la nariz y de los dedos me di cuenta de
que estaba helada, helada de frío y de hambre. Sentí asco al oírle decir:
«Ven», y la aparté de mí aunque estaba aterida. Su fealdad resaltaba aún más en
aquella calle solitaria. Quizá se hubiera sentido contenta llevándome consigo y
notando mi calor al tumbarnos en la cama. Pero lo único que supe hacer fue
empujarla y decirle cosas desagradables. ¡Si al menos hubiese sabido qué fue de
ella después! A lo mejor se arrojó al Sena porque era tan fea y nadie la
aceptaba. Tal vez no la hubiera tratado tan mal de haber sido guapa. Su oficio
no me hubiera parecido tan repugnante, y hasta es posible que, en vez de
rechazarla, me hubiese calentado junto a ella, y acaso algo más. Cualquiera
sabe lo que hubiera sucedido de haber sido más guapa. Es espantoso tratar mal a
una persona sólo porque nos parece fea. Ningún ser humano es verdaderamente
feo. ¡Pobre mujer! Que Dios me perdone, veinticuatro horas antes de mi muerte,
haber rechazado con violencia a una ramera que andaba buscando compañía en las
frías calles de París, y que acaso no encontró a ningún otro cliente. Que Dios
me perdone. No es posible borrar lo sucedido; nada vuelve atrás. »Por toda la
eternidad, el parpadeo doloroso de aquella desgraciada seguirá flotando en las
calles de París, acusándome. Y también la mirada perruna del teniente
Schreckmüller, a quien las hombreras pesaban demasiado sobre sus miembros
enclenques. »Si al menos me quedase el recurso de llorar. Pero no me es
posible.
Los recuerdos me resultan dolorosos, agobiantes y
horribles, mas a pesar de todo, no consigo llorar. Todos pueden llorar, incluso
el rubio; pero yo no.
Que Dios me conceda la gracia de llorar…
«Deben existir otras muchas cosas que en este instante no
recuerdo.
He aborrecido a mucha gente, he odiado y he insultado.
Como quien dijo:
«Prácticamente tenemos ganada la guerra». Rezaré
igualmente por él a pesar de que lo creo un imbécil. Y por el que afirmó que
todo se arreglará.
Y por los que cantaban tan contentos «El cazador furtivo».
»He odiado a los que hace un momento pasaban por ahí. A los que cantaban «El
cazador furtivo» y «María de los prados» y «Es tan hermoso ser soldado» y «Hoy
tenemos Alemania; mañana el mundo entero». A cuantos han convivido conmigo en
este vagón y a los que conocí en el cuartel. Sí, también a los del cuartel…» -¡
Venga! - grita una voz -. ¡Todo el mundo a los vagones!
El rubio vuelve a entrar, y lo mismo el que estaba de
guardia en el otro extremo. La locomotora pita y el tren se pone en marcha.
-¡Gracias a Dios! -exclama Willi.
Pero es ya demasiado tarde. El reloj marca las tres y
media y aún les faltan dos horas para llegar. El tren correo Varsovia-Bucarest
sale a las cinco de la estación de Lemberg.
- Mejor - comenta Willi -. Así podremos estar un día
completo en Lemberg.
Vuelve a reír. ¡Le gustaría tanto seguir contando cosas de
Lemberg! Se le nota en la voz, pero nadie le hace pregunta alguna ni manifiesta
deseos de oírle hablar de ello. Están cansados, hace mucho frío y son las tres
y media de la madrugada. El cielo polaco, pesado y gris, los cubre, y los dos
regimientos que acaban de pasar para ser lanzados en Tscherkassy les causan
cierta preocupación. Nadie habla, a pesar de que todos siguen despiertos. El
sonar de las ruedas del tren les produce modorra y apacigua sus pensamientos;
les quita la obsesión y, finalmente, con su ininterrumpido rac-tac-tac-bum,
acaba por dormirlos. Son seres hambrientos, míseros, grises, seducidos,
engañados, cuyo rac-tac-tac-bum los adormece.
Ahora parece como si el rubio durmiera de verdad. Pasó
tanto frío mientras estuvo fuera que el calor del vagón lo amodorra. Sólo Willi
permanece despierto. Aquel Willi que poco antes no era más que un ser mal
afeitado. Se le oye de vez en cuando tomar la botella de vodka y beber un largo
trago, y también frotar una cerilla y encender un pitillo. La cara de Andreas
queda alumbrada un instante, y ello permite a Willi notar que está despierto.
Pero no dice nada, lo cual no deja de resultar extraño.
Andreas intenta rezar a toda costa. Recita primero todas
las oraciones que conoce, y después alguna otra que le sale espontáneamente de
los labios. Pretende enumerar a las personas por quienes intercede; pero luego
se dice que es una tontería porque debería incluir a todos los seres del mundo.
Dos mil millones de personas… Primero piensa en cuarenta millones, pero luego
se dice que son dos mil. Quizás sería mejor decir sencillamente «todos». Pero
no basta. Vale más pensar en cada uno separadamente, empezando por los que se
molestaron por algún motivo.
Retrocede hasta sus años escolares, pasa luego a los del
Servicio del Trabajo; a continuación, al cuartel y a la guerra. Son muchos los
seres que acuden a su imaginación. Como, por ejemplo, aquel tío suyo que
alababa el servicio militar y que, según él, fue la época más hermosa de su
vida.
Piensa luego en sus padres, a los que ni siquiera conoció.
Y en Paul, que debe estar a punto de levantarse para decir la misa. «La tercera
desde que me marché.» Quizá comprendiera mis palabras cuando le dije: «Moriré
pronto». A lo mejor, el domingo por la mañana celebra misa en sufragio de mi
alma, una hora antes o una hora después de que haya fallecido.
«Espero que se acuerde también de los demás. De los
soldados como el rubio o como Willi, y como el que dijo: «Prácticamente ya
tenemos ganada la guerra». Y de los que ni de día ni de noche paran de cantar
«El cazador furtivo» y «María de los prados» y «Es tan hermoso ser soldado» y
«Oh, el sol de Méjico».» Ni siquiera se acuerda de los ojos, en esta madrugada
triste y fría, bajo el cielo deprimente de Galitzia, cuya capital es Lemberg.
«Casi me encuentro ya en el centro de la red en la que
quedaré atrapado. Había que llegar a esta región, y ya me encuentro en ella. No
veré otra cosa en lo que me resta de vida. El «pronto» se ha ido reduciendo
peligrosamente hasta no comprender ya más que veinticuatro horas y unos cuantos
kilómetros. Faltan pocos de ellos hasta llegar a Lemberg; puede que sólo
sesenta. Y otros sesenta después. Mi vida queda encerrada, pues, dentro de un
margen de ciento veinte kilómetros en tierras de Galitzia. Parece un cuchillo
transportado por los invisibles pies de una serpiente; un cuchillo que avanza
despacio, moviéndose con suma suavidad. Galitzia… ¿Cómo va a suceder? -
piensa-. ¿Seré fusilado, me clavarán un cuchillo o, simplemente, moriré
aplastado? Quizás este tren choque y quede deshecho entre sus restos. ¡Existen
tantas formas de morir! Incluso puede matarnos un sargento, si nos negamos a
convertirnos en lo que ahora es el rubio. Se puede morir de infinitos modos,
pero en el parte constarán siempre estas palabras; «Cayó por la Gran Alemania».
Debo rezar por los artilleros de los pantanos de Ssiwasch…
es preciso… es preciso… rac-tac-tac-bum… sin falta… rac-tac-tac-bum… sin falta…
los artilleros de las ciénagas de Ssiwasch… rac-tac-tac-bum…»
Es una lástima que haya vuelto a dormirse, precisamente
cuando llegan a Lemberg. La estación es muy grande, con estructura de hierro
negro, y unos letreros blancuzcos y sucios situados en los andenes, y en los
que el nombre de Lemberg aparece escrito en negro.
Ha llegado finalmente al trampolín. ¡Con cuánta rapidez se
puede ir del Rin a Lemberg! Pero el nombre está escrito de manera bien clara,
sin posibles equivocaciones: Lemberg, capital de la Galitzia. Sesenta
kilómetros menos. La red se ha vuelto más pequeña. Sesenta kilómetros… o acaso
sólo diez. La cosa ocurrirá entre Lemberg y Czernowitz, a lo mejor a sólo un
kilómetro de allí. Se trata de algo tan elástico como aquel «pronto» que creía
haber delimitado exactamente. - ¡Vaya una manera de dormir, muchacho! - exclama
Willi, quien, totalmente despierto, procede a arreglar su equipaje-. Es
fantástico el sueño que tienes. Nos hemos detenido otras dos veces y por poco
te toca a ti también montar la guardia. Menos mal que he dicho al sargento que
estabas algo enfermo y te ha dejado seguir durmiendo. Pero esto ya se acabó.
Levántate de una vez.
El vagón se encuentra completamente vacío. Y el rubio ha
salido al exterior con su mochila de las fuerzas aéreas y su maleta.
Resulta extraño transitar por un andén de la estación
central de Lemberg.
Son las once, casi mediodía, y Andreas siente un hambre
espantosa.
Pero pensar en la salchicha hervida le da asco. Preferiría
comer pan con mantequilla y algún plato caliente. Hace mucho tiempo que no
prueba nada caliente y siente verdaderos deseos de ello. «Es curioso -piensa,
mientras sigue los pasos del rubio y de Willi - que éste sea mi primer
pensamiento al llegar aquí, a Lemberg. Comer algo caliente. Cuando sólo me
faltan catorce o quince horas para morir, se me ocurre comer algo caliente.» Y
empieza a reírse de tal modo que los otros dos se vuelven y lo miran con aire
interrogador. Desvía la mirada y se sonroja. Se acercan a la entrada, y puede
ver a un centinela con casco de acero, como en todas las estaciones de Europa.
El centinela dice a Andreas, que marcha en último lugar:
- La sala de espera está a la izquierda. Puede ser
utilizada también por el personal de tropa.
Después de haber franqueado la barrera, Willi se siente
despreocupado por completo. Se queda parado en medio del gran vestíbulo,
enciende un cigarrillo, aspira el humo profundamente y repite en voz alta,
imitando la voz del centinela:
- La sala de espera puede ser utilizada también por el
personal de tropa. La encontrarán a la izquierda. Está aviado si cree que vamos
a obedecerle. A meternos en ese establo que nos tienen preparado exprofeso.
Los otros lo miran un poco asustados; pero él.se limita a
reír otra vez.
- Muchachos, a partir de este momento, dejadme hacer a mí.
Lemberg es mi especialidad. Sala de espera para la tropa y clases… Aquí hay
tabernas y restaurantes -hace chasquear la lengua-. Categoría europea.
- Y con entonación irónica repite -: Categoría europea.
Su cara parece necesitar otra vez un afeitado. La barba le
ha crecido muy rápidamente. Su aspecto vuelve a ser astroso, triste y
desdichado como antes.
Camina en silencio delante de los otros, en dirección a la
salida. Y atraviesa sin pronunciar palabra una gran plaza en la que el gentío
se mueve de acá para allá. De pronto, se encuentra en una callejuela lateral,
estrecha y oscura. En la esquina hay un automóvil parado, bastante viejo.
Parece inverosímil que Willi conozca al conductor. Grita
de pronto: -¡Stanis! -Y del asiento se levanta un polaco medio dormido y sucio
que, sonriente, ha reconocido a Willi. Este pronuncia un nombre asimismo
polaco, y al instante el equipaje es metido en el coche, y los tres se acomodan
en el taxi y empiezan a recorrer las calles de Lemberg. Estas son como las de
cualquier otra ciudad del mundo; como las de cualquier gran ciudad: unas,
anchas y elegantes; otras, extrañas, o tristes, con fachadas amarillentas que
parecen irse a morir. Y gente; mucha gente.
Stanis conduce muy rápido… todo parece suceder como un
sueño. Es como si Lemberg entero perteneciese a Willi. Llegan a una gran
avenida, como las que existen en todos los lugares del Planeta, pero que es, no
obstante, una avenida polaca. Stanis se para y recibe un billete. Andreas ve
que son cincuenta marcos. Stanis les ayuda a poner los equipajes en la acera,
siempre con la sonrisa en los labios. Todo sucede muy rápidamente.
Se apresuran para cruzar el jardín delantero de una casa
en la que luego penetran por un oscuro pasadizo. La fachada parece ir cayéndose
a pedazos. Es de la época de la dominación austríaca. Andreas se da cuenta en
seguida de que fue construida cuando el Imperio. Puede que habitara en ella
algún oficial superior, en los tiempos en que aún se bailaban valses.
O quizás un funcionario del Estado. ¿Quién sabe? Es una
antigua casa austríaca como tantas otras de los Balcanes, Hungría, Yugoslavia
y, naturalmente, también Galitzia. Piensa todo esto en los pocos segundos que
transcurren antes de penetrar en el pasillo, lleno de múltiples olores, y muy
estrecho.
Sonriendo, Willi abre finalmente una puerta, y ante ellos
se ofrece la visión de un restaurante con sillones y mesas adornadas con
flores.
«Flores otoñales - piensa Andreas -. Las mismas que se
ponen en las tumbas.» Tal vez sea aquélla su comida de condenado a muerte.
Willi los conduce a un reservado dotado de cortina, y en cuyo interior hay
también una mesa y sillones, todo puesto con gusto. Parece un sueño. «Hace sólo
unos minutos, ¿no estaba yo parado bajo un cartel con el nombre de Lemberg
escrito en él?» -piensa Andreas. - ¡Camarero! - Acude un sirviente polaco,
elegante, con los zapatos lustrados, bien afeitado y la cara sonriente. Sólo su
chaqueta está un poco manchada. Andreas se dice que allí todo es acogedor. No
tiene importancia que el camarero lleve la chaqueta manchada. Sus zapatos
negros y brillantes parecen los de un gran duque, y va afeitado como un dios.
- Georg -le dice Willi-. Los señores desearían lavarse y
afeitarse.
Ha hablado casi como quien da una orden. O mejor dicho, es
una orden. Andreas no tiene más remedio que sonreír, mientras sigue al camarero
de cara perpetuamente afable. Le parece estar invitado en casa de una abuela
rica o de un tío distinguido, quienes hubiesen dicho que los no lavados y
afeitados no podían sentarse a la mesa.
El cuarto de baño es magnífico y está impecable. Georg
trae agua caliente.
- Si los señores desean jabón de tocador clase extra,
habrán de abonar quince marcos.
- Tráigalo -dice Andreas-. Papá lo paga todo.
Georg trae el jabón, y repite riendo: -Papá lo paga todo.
El rubio también se lava. Se desnudan de medio cuerpo para
arriba y se enjabonan concienzudamente, frotándose con alegría los brazos y el
torso cubierto por una piel amarillenta de soldado. «Es una suerte haber traído
calcetines limpios - piensa Andreas -. Así podré lavarme los pies y cambiarme.»
Seguramente los calcetines serán muy caros allí. Por otra
parte, prefiere no dejarlos en el macuto. Es probable que los partisanos ya
tengan calcetines. Mientras se lava los pies, se ríe del rubio, que lo mira con
cara de extrañeza. Parece estar soñando.
«Es muy agradable ir bien afeitado como los polacos, pero
mañana tendré otra vez la barba crecida y será una lástima» - piensa Andreas.
El rubio no tiene necesidad de afeitarse porque ni siquiera le ha salido el
vello sobre el labio superior. Andreas se pregunta por vez primera qué edad
tendrá aquel muchacho. Entretanto se pone una camisa limpia, con cuello de
paisano, quitándose el postizo que resulta tan molesto. La camisa es de color
azul; en otros tiempos fue marino, pero se ha ido volviendo casi celeste. Se
abrocha el cuello y se pone la guerrera gris, con su insignia de herido en
combate. Piensa que a lo mejor aquella insignia fue fabricada en el taller de
los padres del rubio. Vuelve a pensar en la edad de éste. Cierto que no tiene
barba, pero tampoco le ha crecido a Paul no obstante contar veintiséis años. El
rubio lo mismo puede haber cumplido diecisiete que cuarenta. Su rostro es
bastante extraño. Llega a la conclusión de que andará por la veintena. Es cabo,
y probablemente lleva un año de servicio, o quizá dos. «Veinte o veintiún años»
- se dice Andreas. El cuello está bien abrochado; la guerrera bien puesta.
Ciertamente es agradable sentirse limpio.
Encuentran el camino de regreso al comedor. En el
restaurante hay un par de oficiales a los que es preciso saludar. Les parece
una obligación desagradable, y agradecen el poder situarse bajo la protección
del reservado.
- Así se hace, muchachos -dice Willi, que está bebiendo
vino y fuma un cigarro puro. La mesa está puesta, con sus platos de todas
clases, sus tenedores, sus cuchillos y sus cucharas. Georg sirve en silencio.
Primero una sopa, que al principio Andreas confunde con caldo. Reza en silencio
largo rato, mientras los demás comen, sin que, de modo extraño, se les ocurra
decir nada.
Después del caldo les ponen una cosa parecida a ensalada
de patata, y en poca cantidad. Para beber tienen un aperitivo, como en Francia.
Y a continuación varios platos de carne. Primero un bistec alemán, y luego algo
muy curioso. - ¿Qué es esto? -pregunta Willi sonriente.
- Corazón de cerdo - le responde Georg, jocoso-. Un
corazón de cerdo excelente.
Después sirve chuletas. Unas chuletas sabrosísimas. «Una
verdadera comida de condenado a muerte» -se dice Andreas. Está casi asustado al
comprobar cuánto le gusta todo aquello. «Es una vergüenza - piensa -.
Debería estar rezando, puesto de rodillas en cualquier
parte. En cambio, estoy aquí comiendo corazón de cerdo. Una auténtica
vergüenza.» Vienen luego las verduras, que prueban por vez primera en mucho
tiempo, guisantes y, finalmente, patatas. A renglón seguido, más carne, esta
vez una especie de «goulash». Más verdura, ensalada, y otra vez algo verde.
El vino no falta. Willi lo sirve ceremoniosamente, riendo.
- Toda la hipoteca al diablo -exclama-. ¡Viva la hipoteca
de Lemberg!
Hacen chocar sus vasos en honor de la hipoteca de Lemberg.
Llegan los postres, que son muy abundantes. «Esto es como
en Francia» - piensa Andreas. Primero un flan auténtico, hecho con huevo.
Luego, tarta cubierta con vainilla caliente. Y un vino muy
dulce que escancia Willi. En seguida un pastel pequeño, que apenas si destaca
sobre el plata blanco. Está recubierto de crema de chocolate, hay hojaldre, y,
en su interior, nata, auténtica nata. «¡Lástima que sea tan pequeño!» -piensa
Andreas. Siguen sin hablar. El rubio todavía sueña, y casi da miedo verle la
cara. Mastica sin cesar, y come y bebe con la boca abierta. Como final, llega
el queso. Exactamente como en Francia: queso y pan. La comida ha terminado. «El
queso cierra el estómago» -se dice Andreas.
Para acompañarlo, beben vino blanco; vino blanco francés…
Sauternes… ¡Dios mío! También bebió Sauternes en una terraza de Le Treport,
cierta noche de verano, junto al mar. Un vino tan maravilloso como la leche, el
fuego y la miel. En una terraza junto al mar. Pero aquella noche los ojos
amados no estaban tan cerca de él como en Amiens. Vino de Sauternes en Le
Treport. Recuerda perfectamente los sabores. Sauternes en Le Treport mientras
ella estaba allí, con su boca, su pelo y sus ojos. El vino lo consigue todo. Y
es bueno para acompañar el queso y el pan. - ¿Qué, muchachos? -pregunta Willi
contento-. ¿Os ha gustado la comida?
Sí. Les ha gustado y se sienten perfectamente, aunque no
saturados en exceso. Quizá se deba a que es bueno beber vino durante las
comidas.
Andreas se pone a rezar. Después de una comida hay que
rezar, y él lo hace durante largo rato. Entretanto, los demás han encendido
cigarros y fuman, acomodados en los sillones, mientras Andreas reza, con los
brazos apoyados en la mesa.
Piensa que la vida es hermosa, o, mejor dicho, que era
hermosa.
«Doce horas antes de morir, debo reconocer que la vida es
muy bella. Pero ya se ha hecho demasiado tarde. Soy un desagradecido por haber
negado que exista la alegría, y que la vida es bella.» El miedo, la confusión y
el arrepentimiento le hacen sonrojar. «He negado que pueda haber alegría en los
seres humanos y que la vida sea bella. Mi existencia ha sido desgraciada. Y mi
vida, un error; una equivocación. No he cesado de sufrir bajo el peso de este
espantoso uniforme. Nunca dejé de hablarme y de querer convencerme de ello;
pero mi sangre se ha vertido en los campos de batalla. Sí. Tres veces resulté
herido en eso que se llama el campo del honor: en Amiens, en Tiraspol y en
Nikopol. No he visto más que sangre y porquerías; sólo he olido suciedad v
miseria, y no oí más que obscenidades. Por unas décimas de segundo conocí el
verdadero amor entre dos seres humanos; el amor de hombre y mujer que tan
hermoso puede ser. Solo unas décimas de segundo. Y ahora, once o doce horas
antes de mi muerte, me veo obligado a reconocer que la vida puede ser muy
bella. Bebí vino de Sauternes en una terraza de Le Treport, junto al mar, y
también en Cayeux, en otro atardecer de verano. Y mi ama da estaba junto a mí…
Y en París, sentado en las terrazas de los bulevares, me saturé de aquel vino
magnífico, con su color amarillento. Mi amada también se encontraba allí. No
era preciso buscarla entre cuarenta millones de habitantes para ser feliz. Creí
no haber olvidado nada, pero lo había olvidado todo. La comida ha sido
magnífica, con el sabroso corazón de cerdo, el queso y el vino. Me ha traído
evocaciones, y me recordó que la vida es hermosa… a sólo once o doce horas…».
Piensa en los judíos de Czernowitz, y más tarde en los de
Lemberg, Stanislau y Kolomea, y en el cañón emplazado allá en las ciénagas de
Ssiwasch. Y en el que dijo: «Esas son las ventajas de la pieza de 3,7». Y en la
fea y aterida prostituta de París, a la que, cierta noche, apartó de un
empujón…
- Bebe, compañero -le dice Willi secamente.
Andreas levanta la cabeza y obedece. Aún queda bastante
vino. La botella está puesta a refrescar. Vacía su vaso y deja que se lo
vuelvan a llenar.
«Parece extraño que me encuentre en Lemberg -se dice-.
¿Qué hago en esta casa de la época austríaca, vieja y medio derruida? En alguna
gran sala de la misma se celebraron en otros tiempos grandes fiestas y se
bailaron valses. Hará unos… -cuenta en silencio- veintiocho años…; no,
veintinueve. Veintinueve años atrás no había ninguna guerra.
Hace veintinueve años esto era territorio austriaco…
Después pasó a Polonia… más tarde a Rusia… y ahora pertenece a la Gran
Alemania. En aquella época se celebraban fiestas, y se bailaban valses
magníficos. La gente sonreía. Y, probablemente, en el jardín enorme que debe
existir detrás de la casa se besarían los tenientes y las damiselas… y acaso
también las personas mayores. El dueño de la casa debió de ser algún coronel o
general, que haría como quien no ve nada… un funcionario superior de la
regencia imperial austríaca, o algo por el estilo.»
- Bebe, camarada.
Así lo hace muy a gusto. «El tiempo pasa -se dice -. Me
gustaría saber qué hora es. Al salir de la estación eran las once o las once y
cuarto.
Ahora deben ser ya las dos o las tres… Quedan aún doce, o
algo más. El tren sale a las cinco. A partir de entonces, pronto…»
El «pronto» se le aparece ahora confuso. Sucederá a menos
de sesenta kilómetros de Lemberg, y el tren necesita hora y media para
recorrerlos. A las seis y media ya se habrá hecho de día. Pero mientras se
lleva el vaso a los labios, comprende que no verá dicho día. Cuarenta
kilómetros… una hora o tres cuartos, hasta que empiece a clarear. Reinará
todavía la oscuridad. Serán, con toda exactitud, las seis menos cuarto de
mañana, domingo. Paul empezará una nueva semana y dirá misa a las seis. «Moriré
en el instante en que Paul se acerque al altar. Estoy seguro.
Cuando Paul empiece sus oraciones al pie del ara, sin
monaguillo, porque me ha dicho que en estos tiempos los monaguillos son
difíciles de encontrar. Cuando empiece sus oraciones al pie del altar, entre
Lemberg y… Quisiera saber qué localidad se encuentra a cuarenta kilómetros de
Lemberg. Es necesario mirar el mapa.» El rubio duerme en su sillón. Está
cansado, porque tuvo que montar guardia. En cambio, Willi sigue despierto y
sonríe satisfecho, algo borracho. El mapa se encuentra en el bolsillo del rubio.
De todos modos, aún hay tiempo. Faltan más de doce o quince horas. Y en el
transcurso de las mismas tiene que hacer muchas cosas… rezar, rezar, y no
dormir. Sobre todo, no dormir. «Es mejor saberlo con toda exactitud. También
Willi sabe que va a morir. Y lo mismo el rubio, cuya vida está acabada. La copa
se ha llenado hasta el borde, y sólo falta una gota para que rebose.»
- Bueno, muchachos -dice Willi-. Lo siento mucho, pero hay
que marcharse. ¿ Verdad que la comida ha sido estupenda;'
Da un empujón al rubio y éste se despierta. Estaba
soñando, y los sueños se reflejan en su cara. Sus pupilas no parecen tan
borrosas, sino que ahora tienen algo de infantil. Quizás ha estado soñando
cosas sumamente agradables. La alegría es capaz de borrarlo todo. Y también la
desgracia.
- Iremos a donde estampan los sellos -dice Willi-. Pero no
os voy a descubrir el lugar antes de tiempo.
Está un poco disgustado porque nadie demuestra interés en
preguntárselo. Llama a Georg y paga. La cuenta asciende a algo más de
cuatrocientos marcos, a los que añade una propina principesca.
- Pídenos un coche -dice Willi al camarero.
Toman su equipaje, se ajustan los cintos y se ponen los
gorros. Pasan junto a los oficiales, los paisanos y los que llevan camisas
pardas, comensales de todos los restaurantes de Europa: tanto si son franceses,
como húngaros, rumanos, rusos, yugoslavos, checos, holandeses, belgas,
noruegos, italianos o luxemburgueses. Colocarse los quepis, abrocharse los
cintos, saludar y salir viene a ser lo mismo que abandonar un templo donde
moran dioses muy severos.
Abandonan la casa construida en tiempos de la Austria
imperial, con su jardín delantero, y Andreas mira otra vez la fachada ya vieja,
que evoca el cadencioso sonar de los valses. Luego suben al taxi y se alejan de
ella.
- Vamos a la oficina donde ponen los sellos -dice Willi-.
Abren a las cinco. - ¿Puedes prestarme el mapa un momento? -pregunta Andreas al
rubio.
Pero antes de que éste haya tenido tiempo de sacarlo se
paran otra vez. Sólo han recorrido un breve trecho por una avenida bordeada de
casas de la época imperial. Al fondo ven un espacio moteado de villas. La casa
ante la que se han detenido es de estilo polaco, con el techo casi plano, la
fachada de color amarillento, sucio, y unas ventanas altas y estrechas cerradas
por persianas que recuerdan a Francia. Unas persianas de aspecto frágil,
pintadas de gris. El lugar donde «estampan los sellos» es una casa polaca, y
Andreas comprende en seguida que se trata de un burdel. La planta baja está
oculta tras un seto de hayas, tupido, y cuando cruzan el jardín observa que las
ventanas del entresuelo no están cerradas.
Ve unas cortinas color canela, bastante sucias, casi
marrones, tirando a rojizo.
- Aquí se estampan todos los sellos del mundo, muchachos
-dice Willi riendo-. Sólo es preciso saberlo y ser de confianza.
Están ante la entrada, llevando su equipaje, y Willi tira
de la campanilla.
Transcurre un rato hasta que se oye ruido en el interior.
Andreas está seguro de que los observan desde dentro. Va pasando el tiempo, y
Willi comienza a impacientarse. - ¡Diantre! -exclama, y añade -: Si el que
llama es un desconocido, esconden lo que creen sospechoso. Peto a mí no es
preciso que me oculten nada.
Finalmente la puerta se abre, y una mujer de cierta edad
se acerca a Willi con los brazos abiertos y la sonrisa en los labios.
- Casi no te conocía -dice con aire amistoso-. Entren, por
favor. ¿Son dos amigos tuyos? -pregunta señalando a Andreas y al rubio-.
Demasiado jóvenes para nuestra casa -añade moviendo la
cabeza.
Penetran en el vestíbulo y dejan los equipajes en un
rincón del guardarropa.
- Necesitamos un pase para el tren de mañana a las cinco
--dice Willi-. Ya sabe: el correo.
La mujer mira a los muchachos con aire vacilante. Está
nerviosa e inquieta. Se nota perfectamente que su cabello, algo gris, no es más
que una peluca. Su cara angulosa y delgada, con ojos también grises de mirada
desvaída, está discretamente maquillada. Lleva un vestido elegante, rojo y
negro, de cuello muy cerrado para no exhibir la piel, sin duda ajada, que se
vislumbra más arriba; una piel de gallina, pero sin plumas.
Andreas piensa que debería ponerse un cuello como el de
los uniformes militares; como el de la guerrera de un general.
- Bueno -dice la mujer, aún vacilante-. Entonces…
- Eso y quizás algo de beber, y una muchacha - responde
Willi-. ¿Vosotros también queréis una?
- No -dice Andreas-. Nada de muchachas.
El rubio está sonrojado y la angustia le hace sudar
copiosamente.
Andreas se dice que debe ser espantoso para él, y que
quizás haría mejor aceptando compañía.
Al oído de Andreas llega de pronto un retazo de música.
Sólo muy poco. En alguna parte de la casa se ha abierto la puerta de alguna
habitación en la que hay un aparato de radio. Y durante aquel medio segundo
surgió de ella un retazo de música, como cuando se buscan emisoras y se cambia
bruscamente de onda, y tan pronto se oye jazz, como cantos militares, o una voz
sonora interpretando a Schubert…
Schubert…
La puerta se ha cerrado de nuevo, pero a Andreas le parece
como si alguien le hubiera herido en el corazón, abriendo en él un dique
secreto. Se pone pálido, se tambalea y tiene que apoyarse en la pared. Música…
un fragmento de Schubert… «Daría diez años de mi vida por oír una canción de
Schubert. Pero sólo me quedan doce horas y tres cuartos, puesto que deben ser
las cinco más o menos.» -¿Y usted? -pregunta la mujer, cuya boca es feísima,
como puede comprobar; una boca como una ranura para recibir dinero. Una boca de
hucha. -¿Y usted? -insiste-. ¿No quiere nada?
- Música - responde Andreas -. ¿Es posible comprarla en
esta casa?
La mujer lo contempla extrañada; vacila. Seguramente ha
vendido de todo: pases, muchachas y pistolas. Su boca es de las que comercian
con todo lo posible. Pero no está segura de si se puede vender música.
- Bueno - responde inquieta-. Música… Puede que sí.
Sin duda considera que es mejor afirmar. Siempre queda
tiempo para una negativa. Si ya desde un principio se dice «no» las
posibilidades de negocio son escasas.
Andreas ha recobrado la firmeza. - ¿Me vende música?
- Sí, pero ha de ser en compañía de una muchacha -responde
la mujer, sonriendo.
Andreas mira a Willi. Se siente indeciso. No sabe lo que
le va a costar la música y una muchacha, pero Willi lo comprende todo muy
rápidamente.
- Compañero -le dice-. Poseemos la hipoteca.! Viva la
hipoteca de Lemberg! Podemos comprar cualquier cosa -Bueno -dice Andreas a la
mujer-. La música y una muchacha.
La puerta ha sido abierta y tres mujeres permanecen en el
pasillo, riéndose, tras haber escuchado las negociaciones. Dos son morenas y la
otra pelirroja. Esta última ha reconocido a Willi y, colgada de su cuello, dice
a la vieja: --Mándele a la cantante de ópera. Las otras dos se ríen. Una de
ellas coge del brazo al rubio, quien, al sentir el contacto, se pone a llorar,
tiembla y se dobla como una caña. La morena debe sostenerlo con fuerza, al
tiempo que le dice al oído:
- No temas nada. No tengas miedo.
Es conmovedor ver llorar al rubio. También a Andreas le
gustaría poder llorar. Su corazón es como un dique que quiere desbordarse por
el lugar en donde la pared ha sido perforada. «Al fin podré llorar -piensa-
pero no delante de esta mujer con su boca de hucha, que sólo da importancia al
dinero. A lo mejor lloraré cuando venga la cantante de ópera.» - ¡Bueno!
-exclama con aire ofendido la chica morena que se ha visto desdeñada -. Si lo
que quiere es música, vale más que se vaya con la cantante.
Y dicho esto desaparece. Andreas, que continúa apoyado en
la pared, oye como se abre la puerta otra vez y vuelve a sonar en sus oídos un
retazo de música. Pero no es de Schubert sino de Liszt También lo de Liszt es
bonito. También Liszt puede hacerle llorar. Hace ya tres anos y medio que no
llora.
En cambio, el rubio sí que llora, apoyado en el pecho de
una de las chicas morenas. Aquellas lagrimas le harán bien. En su llanto no
queda rastro alguno de lo ocurrido en los pantanos de Ssiwasch; no existe miedo
sino mucho, muchísimo dolor. La pelirroja, que tiene un rostro bondadoso, dice
a Willi, que la tiene enlazada por la cintura:
- Haz venir a la cantante de ópera. Este muchacho es
encantador. Lo encuentro muy simpático con su manía de la música.
Y envía un beso a Andreas.
- Sí. Es joven y simpático. Tienes que pagarle a la
cantante de ópera.
Y el piano. - ¡La hipoteca de Lemberg da para todo! -
exclama Willi.
La encargada conduce a Andreas al piso de arriba.
Suben la escalera, y siguen por un pasillo al que dan
muchas puertas cerradas, hasta llegar a una sala donde hay sillones cómodos, un
diván y un piano.
- Es un bar para fiestas particulares - le explica.
Cuesta seis de los grandes toda una noche. La «cantante de
ópera» es un apodo, ¿comprendes? Vale dos billetes y medio, aparte las
consumiciones.
Andreas se deja caer pesadamente en uno de los sillones y
asiente con un movimiento de cabeza. Luego hace un ademán de despedida y se
siente contento al ver desaparecer a la encargada, que llama desde el quicio de
la puerta: - Olina… Olina…
Andreas se dice que hubiera sido mejor alquilar solamente
el piano; nada más que el piano. Se estremece al pensar en dónde Se ha metido.
Desesperado, se acerca a la ventana y con brusco
movimiento corre la cortina. Fuera hay todavía algo de claridad. ¿A qué viene,
pues, la oscuridad artificial que reina en el recinto? «Es el último día en que
veré la luz, pero ellos me la ocultan.» El sol refulge por encima de un monte e
ilumina cálido y suave los jardines situados tras hermosas villas, y los
tejados de algunas casitas. «Estamos en la época de las manzanas -piensa
Andreas-. A finales de septiembre, también aquí habrán madurado. En Cherkassy se
ha formado una «bolsa» otra vez y los «remendones» la estarán liquidando. Todo
se arreglará. Todo se arreglará.
En cuanto a mí, estoy en la ventana de un burdel, en la
«casa donde estampan los sellos», cuando sólo me quedan doce horas de vida y
debería rezar, rezar de rodillas. Me encuentro sin fuerzas para oponerme a la
avalancha del dique que se ha roto, porque al entrar aquí la música perforó su
pared. De todos modos, es mejor que no pase toda la noche a solas con un piano.
Me volvería loco. ¡Precisamente con un piano! Mejor será que venga Olina, la
cantante de ópera. Me he olvidado del mapa -piensa de pronto Olvidé pedírselo
al rubio. Y es preciso que sepa qué hay a cuarenta kilómetros de Lemberg… No
puedo esperar. No se trata de Stanislau. No. No es ni siquiera Stanislau. No
llegaré a dicha ciudad.
Ocurrirá entre Lemberg y Czernowitz. Con cuánta seguridad
pensé desde el principio que sería en esta última. Hubiera apostado que
llegaría a ver Czernowitz. Al menos sus arrabales. Pero sólo me quedan cuarenta
kilómetros… doce horas…»
Se sobresalta al percibir un tenue rumor como el que
produciría un gato al penetrar calladamente en la estancia. La cantante de
ópera se encuentra ante la puerta, que se ha cerrado sin hacer el menor ruido.
Es una joven bajita, delgada y muy frágil. Lleva el cabello rubio recogido en
un moño sobre la parte superior de la cabeza, y algunos mechones le caen en
desorden. Un bonito cabello dorado. Calza zapatillas rojas y su vestido es de
color verde pálido. Cuando las miradas de los dos se encuentran, hace un ademán
como si quisiera desabrocharse el vestido empezando por los hombros. -¡No! -le
grita Andreas.
Pero en el mismo instante en que la palabra ha surgido de
sus labios, se arrepiente de haberla pronunciado con tanta dureza. «Hace tiempo
le grité a otra mujer de un modo parecido -se dice-. Pero ya no puedo
remediarlo.»
La cantante de ópera lo mira, más perpleja que molesta. El
tono de su voz, extraño y dolorido, la ha impresionado.
- No -añade Andreas con más dulzura-. No lo haga.
Se acerca a ella, pero en seguida regresa adonde estaba,
se sienta, se vuelve a levantar y dice: -¿Puedo tutearte?
- Sí -responde ella con afabilidad-. Me llamo Olina.
- Lo sé -responde él-. Yo, Andreas.
La muchacha se sienta en el sillón que él le ha indicado,
y lo mira extrañada, casi con miedo. Andreas se levanta, se acerca a la puerta
y cierra con llave. Vuelve a sentarse, esta vez junto a la joven, y mira su
perfil. Tiene una nariz fina, ni redonda ni puntiaguda; una nariz a lo
Fragonard. También su boca es Fragonard. Su rostro ofrece una expresión
bastante depravada, pero puede que en el fondo aquella joven no sea más que una
ingenua, inocente y depravada a la vez, como las pastoras que pintó Fragonard.
Sus facciones son por completo polacas, y su nuca ágil y elemental.
Andreas piensa que hizo bien al conservar algunos
cigarrillos. Pero ya no le quedan cerillas. La muchacha se levanta vivamente y
abre un armario repleto de botellas y de cajas, del que saca unos fósforos.
Pero antes de entregárselo anota algo en una hojita de papel que hay dentro del
armario.
- Debo registrarlo todo -le explica -. Incluso esto.
Se ponen a fumar, contemplando el paisaje de Lemberg,
dorado por el sol, con los jardines que se extienden detrás de las casitas.
-¿Has sido cantante de ópera? -pregunta Andreas.
- No - responde la joven -. Me llaman así porque estudié
música. Y ésas creen que en cuanto una ha estudiado música ya se es cantante de
ópera. -¿De modo que no sabes cantar?
- Sí; sí, sé cantar pero no he estudiado nunca canto. Sé
cantar… sólo un poco. - ¿Qué estudiaste en realidad?' -Piano. Quería ser
pianista.
«Es curioso -piensa Andreas-. Yo también quería ser
pianista.» Un dolor intenso le oprime el corazón. «Quería ser pianista. Era el
sueño de mi vida. Llegué a tocar bastante bien, incluso con maestría; pero el
estudiar me parecía una tortura insoportable. Me molestaba ir a la escuela.
Pensaba que, ante todo, era preciso acabar el bachillerato. Porque en Alemania
el bachillerato es imprescindible. Nada puede conseguirse sin él.
Había que acabar los cursos en el Instituto; pero cuando
lo logré, estábamos ya en el año mil novecientos treinta y nueve, y fue preciso
entrar en el Servicio de Trabajo. Al terminar, estábamos en guerra. De esto
hace cuatro años y medio, y desde entonces no he vuelto a tener posibilidades
de tocar el piano. Soñaba con ser pianista del mismo modo que otros sueñan con
ejercer de profesor en una Universidad. Sólo amaba el piano, pero no hubo nada
que hacer. Primero el bachillerato, luego el Servicio de Trabajo y, a renglón
seguido, los muy cerdos empezaron la guerra…» El dolor se le ha localizado en
la garganta y jamás se ha sentido tan abandonado como en aquellos momentos.
«Vale más que sufra un poco. Quizá se me perdone el estar en un burdel de
Lemberg, sentado junto a una cantante de ópera cuyo precio son dos billetes y
medio por toda una noche, sin contar los fósforos y el piano, que cuesta seis
billetes más.
Puede que todo me sea perdonado teniendo en cuenta el
dolor que me ha producido oírla pronunciar las palabras piano y pianista.» Es
espantoso sentir este dolor localizado en la garganta, desde donde desciende
lentamente, cada vez con más fuerza, hasta el conducto digestivo y luego hasta
el estómago, como un veneno que desde allí se difundiera por todos los rincones
de su cuerpo. «Hace sólo hora y media yo era totalmente feliz.
Bebía vino de Sauternes y recordaba la terraza en Le
Treport donde aquellos ojos estuvieron tan cerca de los míos y donde
mentalmente canté una melodía en homenaje a su belleza. Ahora, en cambio, me
encuentro en un burdel, medio deshecho por el dolor, junto a esta bella
muchacha que todo el glorioso ejército alemán codiciaría. En el fondo, me
siento contento por sufrir. Este dolor me está destrozando, pero soy feliz por
padecer de una manera tan terrible, ya que, gracias a ello, quizás todo me sea
perdonado, incluso el no ponerme de rodillas y rezar durante las doce horas que
aún me quedan de vida. ¿Dónde podría arrodillarme? No existe un lugar en el
mundo donde hacerlo sin ser molestado. Diré a Olina que se ponga de guardia
ante la puerta, y a Willi que pague los seiscientos marcos del piano y los
doscientos cincuenta que cuesta la cantante de ópera, amén de las cerillas. Y
luego invitaré a Olina a una botella de vino para que no se aburra.» -¿Qué te
pasa? -pregunta Olina, cuya voz agradable conserva todavía un tono de
extrañeza, motivado por su repentino «¡No!»
Él la mira y le gusta la expresión de su rostro, y sus
ojos de un tono gris, dulces y llenos de tristeza. Comprende que es preciso
contestar algo.
- No me pasa nada -responde.
Y a continuación pregunta de improviso, notando que le
cuesta gran trabajo pronunciar las palabras, con sus labios impregnados de
veneno y su garganta terriblemente dolorida: -¿Estudiaste la carrera completa?
- No -responde la joven, sencillamente.
Es una crueldad interrogarla sobre ello. Olina tira la
colilla en el cenicero metálico, que está en el suelo, entre dos sillones. Y a
continuación pregunta en voz baja, con expresión suave: -¿Quieres que te lo
cuente?
- Sí -le contesta Andreas, sin atreverse a mirarla porque
aquellos ojos de apariencia tan tranquila, le infunden temor.
- Bueno.
Pero ella tarda en continuar. Tiene la mirada fija en el
suelo. Andreas adivina que va levantando la cabeza poco a poco. De pronto le
pregunta: -¿Cuántos años tienes?
- En febrero cumpliría veinticuatro - responde Andreas en
voz baja. -¿Cumplirías…? ¿Es que… no piensas cumplirlos? - le pregunta la
joven.
La mira sorprendido. «¡Qué oído tan fino tiene!»
De pronto siente la certidumbre de que se lo va a contar
todo; de que ella será la única en enterarse de lo que le ocurre. La única
persona en el mundo a quien confíe que morirá al día siguiente muy temprano,
alrededor de las seis, en…
- Es sólo una manera de expresarse -le contesta. Y
súbitamente añade -: ¿Qué población se encuentra a cuarenta kilómetros de
Lemberg, en dirección a… en dirección a Czernowitz?
- Stryj -responde la muchacha, cada vez más extrañada.
«¡Qué nombre tan raro!» - piensa Andreas. No lo he visto
en ningún mapa. Debe haberme pasado por alto. Por Dios, es preciso que rece
también por los judíos de Stryj. Espero que todavía queden algunos. Stryj…
Stryj… ¿De modo que sucederá allí, que moriré antes de
llegar a Stryj? Ni siquiera a Stanislau o Kolomea, y mucho menos aún
Czernowitz. Será en Stryj. A lo mejor, ni siquiera figura en el mapa de Willi.
- Cumplirás veinticuatro años en febrero - dice Olina -.
Es curioso. Lo mismo que yo.
La mira y ella sonríe.
- Lo mismo que yo -repite -. Nací el doce de febrero de
mil novecientos veinte.
Se miran largamente, con expresión cada vez más profunda.
Olina se inclina hacia él, pero la distancia entre los dos sillones es
demasiado grande, y la joven se acerca y pretende abrazarlo. Pero él la
rechaza.
- No. Eso no - le dice -. No te enfades. Te lo explicaré…
más tarde. Yo… yo nací el quince de febrero.
La muchacha continúa fumando, y a él le agrada que no se
haya tomado a mal su negativa. Olina sonríe al pensar que aquel soldado la ha
alquilado a ella y a la habitación para pasar toda una noche y que todavía no
son ni siquiera las seis.
- Has dicho que me ibas a explicar… -empieza Andreas.
- Sí -afirma ella-. Los dos tenemos la misma edad, ¿no es
estupendo? Sólo te lleva tres días. A lo mejor, soy tu hermana - se echa a reír
-. Sí, puede que sea tu hermana.
- Cuéntame más cosas, por favor.
- Bueno -asiente la muchacha-. En Varsovia tomaba clases
en el Conservatorio. ¿Quieres que te hable de mis estudios?
- Sí. -¿Conoces Varsovia?
- No.
- Pues verás. Varsovia es una gran ciudad, muy bonita. Y
el Conservatorio estaba en una casa muy grande, por el estilo de ésta, pero con
un jardín mucho mayor. Durante los recreos nos paseábamos por ellos y
descansábamos. Siempre me decían que estaba muy bien dotada para la música.
Tomaba clases de piano. Al principio, pensé dedicarme al clavicémbalo, pero no
había más aspirante que yo y lo tuve que dejar.
Como prueba de aptitud tuve que tocar una pequeña sonata
de Beethoven, una pieza peligrosa; una de esas composiciones que parecen
sencillas pero que uno puede desfigurar sin darse cuenta, convertirlas en algo
demasiado patético. Son cosas que parecen fáciles pero que resultan en extremo
difíciles. Se trataba del Beethoven de la primera época; casi tan clásico como
Haydn. Una pieza demasiado refinada para una prueba de aptitud, ¿te das cuenta?
- Sí -asegura Andreas, notando que está a punto de ponerse
a llorar.
- Aprobé el examen con una calificación muy buena. Seguí
estudiando música hasta… bueno… hasta que estalló la guerra. Era el otoño de
mil novecientos treinta y nueve. Habían pasado dos años durante los cuales
trabajé a fondo y coqueteé mucho. A mí siempre me ha gustado besar y todo lo
demás, ¿comprendes? Logré interpretar muy bien a Liszt e incluso a Tchaikovski.
Pero nunca pude con Bach. Me hubiera gustado conseguirlo, pero fue imposible.
Chopin también se me daba perfectamente… Bueno, después llegó la guerra… Detrás
del Conservatorio había un jardín maravilloso, con bancos y emparrados. A veces
celebrábamos fiestas allí. Se tocaba música y se bailaba… Cierta vez
organizamos un Festival Mozart. Fue algo magnífico. También a Mozart lo
interpretaba bien. Pero la guerra acabó con todo, definitivamente.
Se calla y Andreas la mira fijamente con expresión
interrogante. La muchacha parece enfadada. Tiene el pelo un poco despeinado,
como en una figura de Fragonard. - ¡Dios mío! -exclama de pronto-. ¿Por qué no
haces conmigo lo mismo que hacen los demás? ¿A qué vienen estas tonterías?
- Prefiero que sigas contándome cosas - le contesta
Andreas.
- Se trata de algo que no puedes comprar - dice la joven
frunciendo las cejas.
- Te lo pagaré con la misma moneda - propone él-. Y yo
también te contaré… te lo contaré todo.
La joven permanece callada, mirando el suelo fijamente.
Andreas la observa de soslayo, pensando: «Tiene todo el aspecto de una ramera.
El deseo se pinta en cada una de sus facciones. No se trata de una inocente
pastora sino de una mujer depravada. Y el comprobarlo me causa profundo dolor.
Ha sido un sueño muy hermoso. Pertenece a la clase de mujeres que se encuentran
en los alrededores de la estación de Montparnasse.
Pero noto que me hace bien el sentir otra vez el dolor. Me
había olvidado durante un rato, escuchando su voz agradable y tranquila
contarme cosas del Conservatorio…»
- Me estoy aburriendo - dice Olina sin dar importancia a
la cosa.
- Bebamos vino - propone Andreas.
Olina se levanta y, con actitud puramente profesional, se
dirige al armario. - ¿Qué quieres beber? -le pregunta mirando al interior del
mueble -. Hay vino blanco y tinto. Mosela, me parece -explica.
- Pues bebamos Mosela -acepta Andreas.
La joven saca la botella, acerca una mesita a los
sillones, da un sacacorchos al visitante y pone dos vasos, mientras Andreas
destapa el vino. Luego lo sirve y mira a la joven; brindan y él sonríe al ver
su expresión de enfado.
- A la salud del año en que nacimos - dice Andreas-. El
mil novecientos veinte.
Olina sonríe.
- De acuerdo -dice-. Pero no pienso contarte nada más.
- Entonces hablaré yo.
- No - protesta Olina --. Los soldados no sabéis contar
más que cosas del frente. No oigo nada más desde hace dos años. Siempre la
dichosa guerra. En cuanto habéis terminado, ya estáis hablando de la guerra. Es
muy aburrido. - ¿Qué te gustaría hacer?
- Pervertirte. Porque eres inocente, ¿verdad?
- En efecto - dice Andreas, sorprendiéndose al ver la
rapidez con que ella se ha puesto en pie.
- Me lo figuraba. ¡Me lo figuraba! - exclama Olina.
Tiene la cara sonrojada y la expresión nerviosa; sus
pupilas flamean.
«Es extraordinario -piensa Andreas-. De cuantas mujeres he
conocido en mi vida ésta es la que menos he deseado. No obstante, es bonita y
podría tenerla en mis brazos ahora mismo. A veces creo que es muy hermoso
llegar a poseer a una mujer. Pero a ninguna he deseado menos que a ésta. Se lo
voy a contar todo; todo…»
- Olina -dice señalando el piano-. ¿Por qué no interpretas
la pequeña sonata de Beethoven?
- Bueno. Pero prométeme que luego… me amarás.
- Nada de eso -responde Andreas con calma-. Siéntate.
La obliga a que se acomode en el sillón, mientras ella lo
mira sin pronunciar palabra.
- Escúchame con atención - le ruega -. Te voy a contar
algo.
Mira hacia el exterior y observa que el sol ya se ha
ocultado. Sólo un pequeño resto de claridad flota sobre los jardines. Pero
dentro de poco, incluso ésta se habrá esfumado. Y nunca más volverá a brillar
el sol para él; jamás verá otra vez sus rayos. El último día ha transcurrido
igual que los demás, y empieza la postrera noche. El tiempo pasa, sin
aprovecharlo, carente de todo sentido. Ha rezado un poco, ha bebido, y ahora se
encuentra en un burdel, esperando hasta que sea totalmente de noche. No sabe el
tiempo que ha transcurrido. Se ha olvidado de la muchacha por completo. Y lo
mismo del vino y de la casa en que se halla. Sólo percibe un retazo de bosque y
de unos árboles en cuyas copas hay todavía una leve pincelada de color, restos
ínfimos de un sol que ya se esconde definitivamente. Unos resplandores rojizos,
de tan alto valor para él que no es posible expresar su hermosura en palabras,
penden todavía en las ramas más altas, formando una minúscula corona luminosa,
la última que sus ojos verán, y que se aferra débilmente a las ramas de los
árboles más elevados, capaces de atrapar todavía algo de ese rayo dorado que
brillará medio segundo hasta desaparecer definitivamente. «Aún hay algo de luz
-se dice con la respiración entrecortada-. Una ilusión de claridad en las ramas
de aquel árbol… Una partícula insignificante del reflejo solar. Y yo soy el
único en el mundo entero que le presta atención… Es como una sonrisa que se va
apagando lentamente hasta llegar al fin, y que jamás podré volver a ver.»
- Olina -dice en voz baja.
Ahora está seguro de poder hablar y de vencer la actitud
de la joven.
Porque a una mujer se la domina mejor cuando se ha hecho
de noche. «Es curioso» -piensa, sintiendo que Olina le pertenece, que está
entregada a él.
- Olina - repite en voz baja -. Voy a morir mañana
temprano. -Se expresa con voz tranquila y puede notar que ella parece asustada
-. No temas. Sí, moriré mañana temprano. Tú eres la primera persona y la única
a quien se lo he contado. Sé que he de morir. El sol acaba de ocultarse. Y poco
antes de llegar a Stryj mi existencia habrá cesado.
La muchacha se levanta con presteza y lo mira alarmada.
- Estás loco - murmura. Su rostro se ha puesto pálido.
- No. No estoy loco -le contesta Andreas-. Será como te
digo, y tienes que creerme. Te aseguro que no estoy loco; que moriré mañana
temprano. Y ahora, hazme el favor de interpretar para mí la pequeña sonata de
Beethoven.
Olina sigue mirándole fijamente, mientras murmura con
temor:
- No es posible.
- Sí. Ahora lo sé con absoluta certeza. Y has sido tú
quien me lo acaba de confirmar. Sucederá en Stryj. ¡Qué nombre tan terrible!
¿Qué querrá decir Stryj? ¿Y por qué he de morir antes de llegar allí? Primero
creí que ocurriría entre Lemberg y Czernowitz… después en Kolomea… más tarde en
Stanislau… y ahora en Stryj. Cuando pronunciaste la palabra tuve la seguridad
de ello. ¡Detente! - le grita al verla correr hacia la puerta y quedarse
mirándole con profundo terror-. Quédate a mi lado. Vuelve junto a mí. No puedo
resistir esto yo solo. Ven a mi lado, Olina. No estoy loco. No grites.
Le tapa la boca con la mano. - ¡Dios mío! ¿Qué podría
hacer para demostrarte que no estoy loco?
Dímelo. Dímelo tú.
Pero ella sigue dominada por el miedo, sin oír las
palabras de Andreas, limitándose a mirarlo temblorosa, y Andreas comprende de
repente el horror del oficio que ejerce la muchacha. Porque si estuviera loco
de verdad, ella se encontraría a su merced, sin poder defenderse en absoluto.
La mandan a una habitación y cobran doscientos cincuenta
marcos porque es la «cantante de ópera», una muñequita muy valiosa. Debe
obedecer lo mismo que un soldado al que envían al frente. Obedecer aunque sea
la «cantante de ópera». ¡Qué vida tan horrible!
Entra en una habitación sin saber quién habrá dentro, si
será un viejo o un joven, un hombre feo o guapo, un cerdo o un tipo educado. No
sabe nada, pero lo hace. Y ahora, hela ahí inmóvil y asustada, presa de un
miedo cerval que no le deja oír las palabras que él pronuncia. Andreas piensa
que entrar en un burdel es ya de por sí un pecado. Las envían a una habitación
y eso es todo… Acaricia suavemente la mano de Olina y ve con curiosidad como el
temor va desapareciendo poco a poco de los ojos de la joven. La sigue
acariciando cual si se tratara de una niña. «A ninguna mujer he deseado menos
que a ésta.» Una niña… Y de pronto se la imagina jugando entre las barracas de
los arrabales de Berlín, donde existen solitarios y míseros jardines. Los demás
niños han cogido su muñeca y tras haberla tirado en el fango se han alejado
corriendo. El se agacha para recogerla; está mojada y sucia de barro; una
muñeca de trapo, barata y descolorida. Es preciso acariciar largo rato a la
niña, calmarla y darle ánimos, porque su muñeca ha quedado tan estropeada…
- Te sientes mejor, ¿verdad? -pregunta entonces.
Olina hace una señal de asentimiento. Sus ojos están
llenos de lágrimas. El la conduce de nuevo al sillón, con dulzura, mientras la
oscuridad es cada vez más triste y opresiva.
La joven se sienta, obedeciéndole, aunque aún le sigue
mirando con temor. Andreas le escancia un poco más de vino, que ella bebe,
exhalando en seguida un profundo suspiro.
- Dios mío, ¡cómo me has asustado! - exclama. Y, de un
largo trago, termina de beber el contenido del vaso.
- Olina - empieza él -. Tú tienes veintitrés años. Pues
bien; imagina que has cumplido ya los veinticinco. Y yo también. Y que estamos
en el año mil novecientos cuarenta y cinco. Intenta imaginarlo.
La joven cierra los ojos y, por el movimiento de sus
labios, Andreas nota que está diciendo para sí algo en polaco; relacionado con
el mes de febrero de mil novecientos cuarenta y cinco.
- No puedo - le responde por fin como si despertara de un
sueño.
Mueve la cabeza y añade: - No logro imaginarme nada. Es
como si ese año no fuera a existir nunca. ¡Qué extraño! - ¿Lo ves? - le indica
Andreas-. A mí me pasa igual cuando trato de imaginarme el domingo a mediodía.
Es algo que nunca llegará a existir. ¿Te das cuenta de que no estoy loco?
Ella ha vuelto a cerrar los ojos y murmura algo.
- Es extraño -explica en voz muy baja. - Tampoco existirá
el mes de febrero de mil novecientos cuarenta y cuatro. -Hace una breve pausa-.
¿Por qué no quieres hacerme el amor? - pregunta -. O por lo menos, bailar
conmigo…
Se levanta de pronto y, sentándose ante el piano, empieza
a tocar la canción: «Bailo contigo penetrando en el cielo. En un séptimo cielo
de amor…».
Andreas sonríe.
- Toca la sonata de Beethoven - le ruega -. Anda. Tócala…
Pero ella repite lo mismo de antes: «Bailo contigo
penetrando en el ciclo. En un séptimo cielo de amor». Toca la melodía
dulcemente. Con la misma dulzura con que la oscuridad invade ahora la
habitación, a través de los cortinajes descorridos ante la ventana. Pero no
infunde sentimentalismo alguno a una tonada tan melancólica. Las notas suenan
secas, punteadas, en sordina, como si, sin proponérselo, convirtiera aquel
piano de burdel en una especie de clavicémbalo. «Sería un instrumento muy
adecuado para ella. Debería tocar el clavicémbalo» - piensa Andreas.
La canción, aun siendo la misma de siempre, sufre
modificaciones sustanciales al ser interpretada por Olina. «¡Qué bonita!»
-piensa Andreas. Y en efecto, es extraordinario lo que Olina consigue.
Posiblemente conoce a fondo la composición musical, y
gracias a ello convierte la sencilla tonada en una sonata que flota en la
semioscuridad.
Algunas veces, introduce en la misma retazos de la vieja
melodía original, puros y límpidos, desprovistos de todo sentimentalismo.
«Bailo contigo penetrando en el cielo. En un séptimo ciclo de amor.» Y hace
sobresalir el tema principal entre oleadas de notas, como una gran montaña que
se elevara a gran altura.
La oscuridad es ya casi absoluta, y empieza a refrescar.
Mas para Andreas todo esto no tiene ninguna importancia. La música le parece
tan hermosa que por nada del mundo se levantaría para cerrar la ventana.
Aunque el frío llegase a treinta bajo cero en los jardines
de Lemberg. Tal vez sólo se trate de un sueño. Quizás no estén en el año mil
novecientos cuarenta y tres y no exista el burdel de Lemberg, ni él vista la
guerrera parda del ejército hitleriano. Sí. Puede que no se trate más que de un
sueño. «A lo mejor, nací en el siglo diecisiete o en el dieciocho, y me
encuentro sentado en un sillón en casa de mi amante y ella toca el clavicémbalo
para mí; interpreta toda la música del mundo tan sólo para que yo la oiga…
Estoy en un castillo de Francia o de Alemania, y escucho el clavicémbalo en un
salón del siglo dieciocho, tocado por la mujer amada, que sólo piensa en mí.
Todo me pertenece en esta oscuridad. Pronto encenderemos las velas sin llamar a
los criados. Prenderé mi cartilla militar con la pajuela que habré encendido en
el fuego de la chimenea. Pero antes será preciso que lo encienda. La humedad y
el frío llegan hasta mí procedentes del parque. Me arrodillaré ante la
chimenea, dispondré con cuidado la leña y, estrujando la cartilla militar, la
encenderé con esas mismas cerillas cuyo precio ella ha apuntado, y que han sido
pagadas con la hipoteca de Lemberg. Luego me pondré a sus pies, mientras espera
con impaciencia, llena de amor, a que arda el fuego en la chimenea. Tiene los
pies fríos, por haber estado tocando tanto tiempo el clavicémbalo; ha
permanecido con la ventana abierta, dejando penetrar el frío húmedo, mientras
interpretaba esa pieza para mí. Tocaba de un modo tan bonito que no he logrado
levantarme para cerrar la ventana… Encenderé un fuego grande y resplandeciente,
y no necesitaremos ningún criado. Nada de criados. Me parece estupendo que la
puerta esté cerrada…
«Mil novecientos cuarenta y tres. Un siglo espantoso. ¿Qué
horrible atavío llevarán los hombres del futuro? Probablemente glorificarán la
guerra y acudirán a ella vistiendo colores difusos. Nosotros no hemos
glorificado la guerra, la consideramos un trabajo honrado, aunque a veces no
nos paguen la soldada. Lucimos colores variados, como los médicos, los
alcaldes, las rameras. Pero ellos llevarán uniformes feísimos y glorificarán la
guerra que libren por sus respectivas patrias. Un siglo espantoso. Mil novecientos
cuarenta y tres.
«Tenemos toda la noche por delante. Una noche completa.
Sobre los jardines ha caído la primera sombra del anochecer. La puerta está
cerrada y nadie puede molestarnos. Todo el castillo nos pertenece, con su vino,
sus velas y su clavicémbalo. Ocho billetes y medio, sin contar lo que cuesten
las cerillas. En Nikopol hay millones. Pero se acabó Nikopol… y Kischinew…
¿Czernowitz…? Se acabó también. Y lo mismo Kolomea y Stanislau. En cuanto a…
Stryj… Stryj… es un nombre espantoso, trazado como una línea de sangre en mi
cuello. Me quitarán la vida en Stryj. Toda muerte es un asesinato; cada muerte
en la guerra lo es con su correspondiente criminal… ¡En Stryj!»
«Bailo contigo penetrando en el cielo. En un séptimo cielo
de amor.»
Lo que llega a su fin con la última nota de aquella
paráfrasis melódica no es ni siquiera un sueño sino sólo una especie de frágil
telaraña tendida sobre él como una ilusión apenas perceptible. Al notar el
fresco de la noche, Andreas se da cuenta de que ha estado llorando. Tiene la
cara húmeda, y las manos pequeñas y suaves de Olina se la secan. Le han corrido
arroyuelos por ella, que se unieron y casi evaporaron al alcanzar el cuello de
la guerrera. Olina desabrocha el corchete, y le seca el cuello, las mejillas y
los ojos valiéndose de un pañuelo. Andreas le agradece que no pronuncie ni una
palabra.
Se siente embargado por una extraña y serena alegría. La
muchacha enciende la luz y luego cierra la ventana, mirando hacia otra parte. A
lo mejor, también ella ha llorado. «Nunca había conocido una alegría tan pura
-se dice Andreas, mientras Olina se dirige al armario-. Siempre tuve deseos de
un cuerpo, e incluso de un alma; pero aquí dicho deseo no existe… Y es bien
extraño que haya tenido que darme cuenta en un burdel de Lemberg, en el umbral
de mi última noche, puesto que la vida se me acabará mañana en Stryj, cuando
quede trazada sobre mí esa raya sangrienta…»
Échate - le dice Olina. Y señala el sofá. Andreas se da
cuenta de que la joven ha conectado un hornillo eléctrico en aquel armario tan
lleno de secretos.
- Voy a preparar un poco de café - le indica-. Y entre
tanto te explicaré…
Andreas se tiende en el sofá, y ella se sienta a su lado.
Los dos se han puesto a fumar, colocando el cenicero en un taburete. Andreas no
tiene más que alargar un poco el brazo para llegar a él.
- No creo necesario advertirte que lo que yo te cuente no
debes repetirlo a nadie. Aunque… aunque no murieses… nunca revelarás el secreto
que te voy a confiar. Estoy segura de ello. Tuve que jurar por Dios, por todos
los santos, y por nuestra patria polaca que jamás lo descubriría a nadie. Y si
ahora te lo cuento, es porque me da la impresión de estar hablando conmigo
misma. No te puedo ocultar nada, del mismo modo que yo no puedo dejar de
saberlo.
Se levanta y, con mucho cuidado, vierte agua hirviendo en
una pequeña cafetera. Mientras echa algunos chorros se producen pequeños
intervalos en los que le sonríe. Andreas puede advertir que, en efecto, también
ella ha estado llorando. Olina llena las tazas y las coloca junto al cenicero.
- La guerra se inició en el año mil novecientos treinta y
nueve. En Varsovia, mis padres quedaron enterrados bajo las ruinas de nuestra
casa.
Un día me hallé completamente sola en el jardín de aquel
Conservatorio en el que tanto había coqueteado. El director fue detenido porque
era judío.
Por mi parte, no sentía deseo alguno de seguir estudiando
piano. A unos de una forma y a otros de otra, los alemanes nos habían violado a
todos.
Bebe un sorbo de café y Andreas también. Luego ella le
sonríe.
- Es extraño que seas alemán y que, a pesar de ello, no
sienta odio alguno hacia ti.
Se calla de nuevo, y Andreas piensa que aquella muchacha
se ha dejado vencer muy pronto. Cuando se acercó al piano intentaba atraerlo
hacia sí, y cuando interpretó por vez primera la canción: «Bailo contigo
penetrando en el cielo. En un séptimo cielo de amor», sus intenciones no
estaban todavía del todo claras. Luego, mientras seguía tocando, se puso a
llorar…
- Toda Polonia es un núcleo de resistencia - continúa
Olina-.
Vosotros no podéis formaros ni la menor idea. Nadie conoce
la auténtica amplitud del movimiento. Es casi imposible encontrar a un polaco
que no sea un patriota. Cuando uno de vosotros vende su pistola en Varsovia o
en Cracovia debería comprender que lo que vende al propio tiempo es la vida de
tantos compatriotas suyos como balas lleva dicha arma. Cuando, en un lugar
cualquiera -prosigue con energía-, un general o un sargento se acuesta con una
muchacha y le cuenta que en Kiev, en Lubkowitz o en otro sitio no se ha
recibido el suministro, o que se han retrocedido tres kilómetros, el dato es
registrado, y la muchacha se alegra muchísimo más que de recibir los veinte… o
los doscientos cincuenta zloty que es el precio de su entrega. Es tan fácil
trabajar como espía con vosotros que me asqueé en seguida. Se atrapaban las
cosas al vuelo. Es inconcebible.
Mueve la cabeza al tiempo que mira a Andreas con aire de
conmiseración. --Inconcebible -repite-. Sois la gente más indiscreta del mundo
y, por añadidura, sentimentales hasta el cogote. ¿En qué Cuerpo de Ejército
sirves tú?
Andreas le dice el número de su unidad.
- Entonces, el general que venía a verme algunas veces no
estaba en tu sector - le dice Olina -. Parecía un estudiante que hubiera bebido
más de la cuenta. «¡Mis pobres muchachos!», gemía. Y a continuación, por puro
deleite, me hablaba de todo lo imaginable, confiándome cosas de vital
importancia. Por lo visto, la vida de muchos de aquellos muchachos pesaba sobre
su conciencia. ¡Las cosas que llegó a contarme! En momentos así -añade la joven
casi tartamudeando-, yo me vuelvo de hielo.
- Pero a algunos los habrás amado de verdad - sugiere
Andreas.
Y le parece raro sentir dolor por el hecho de que ella
haya podido amar alguna vez.
- Sí - asiente Olina -. En ciertas ocasiones he llegado a
amar… pero muy pocas.
Cuando mira a Andreas, éste se da cuenta de que está
llorando otra vez. El la toma de la mano, se incorpora un poco y, sin soltarla,
sirve más café.
- He amado a algunos soldados -cuenta Olina-, incluso a
sabiendas de que eran alemanes y que debía odiarlos. Al entregarme a ellos me
sentía totalmente desconectada de la noción de ese espantoso juego en el que
todos tomamos parte y en el que yo participaba de manera bastante activa,
enviando a la muerte a seres que me eran desconocidos por completo,
¿comprendes? Un cabo o un general me cuentan cualquier cosa, y yo lo comunico a
otras personas; un mecanismo secreto se pone en movimiento, y en un lugar cualquiera
algunas personas caen sólo porque yo he revelado algo de lo que otros me
confiaron, ¿te das cuenta?
Olina lo contempla con expresión alucinada. - ¿Comprendes
lo que te quiero decir? -repite -. Por ejemplo: un soldado dice a un compañero
suyo en la estación: «Coge ese tren, camarada, y no aquel otro». Y justamente
el convoy en cuestión es el que resulta atacado, y un hombre muere porque
siguió el consejo. Es muy emocionante entregarse, y no pensar en otra cosa. Yo
nunca preguntaba nada de manera directa, para transmitirlo a la red. No hacia
más que amarlos. Es espantoso ver cómo después siempre se ponen tristes… - ¿La
red? - pregunta Andreas-. ¿Qué es eso?
- El espionaje forma una especie de mosaico en el que todo
encaja y todo se numera; incluso cosas que parecen no tener importancia. Hasta
que un día el cuadro queda completo. Todo sucede muy lentamente. Se necesita
una gran cantidad de piezas para formar un conjunto… Detalles de los soldados…
de vuestra guerra… de vuestro ejército. - Lo mira gravemente -. Es tan
espantoso que llega a carecer de sentido. Por doquier mueren asesinadas
personas inocentes, también entre nosotros. Siempre tuve una vaga conciencia de
ello.
Aparta la mirada.
- Pero lo más terrible es que no lo he visto con claridad
hasta que entraste aquí. Hasta que vi tu espalda y tu cogote contrastando con
la luz dorada del sol.
Señala hacia la ventana, donde están los dos sillones.
- La vieja me ha dicho: «Uno te espera en el bar. No creo
que vayas a sacarle gran cosa, pero al menos paga bien». «Algo dirá», pensé
inmediatamente. Y si no dice nada, al menos podré amarlo. Pero no pensé que
fueras una víctima. En realidad, en este mundo no hay más que víctimas y
verdugos. En cuanto he visto tu espalda y tu cogote recortados en la ventana, y
tu joven cuerpo encorvado como si tuvieras millares de años, he comprendido por
vez primera que no hemos hecho otra cosa que asesinar inocentes… sólo
inocentes…
Llora en silencio. Andreas se levanta, y al pasar junto a
ella le acaricia la espalda. Luego se acerca al piano, mientras la joven lo
sigue con la mirada, extrañando su actitud. Sus lágrimas se secan en seguida.
Lo observa sentado al taburete mirando fijamente las teclas, manteniendo las
manos abiertas cual si tuviera miedo. Y entretanto una profunda arruga se ha
formado en su frente, dándole un aire de intenso dolor.
«Me ha olvidado -piensa Olina-. Es horrible que se olviden
de nosotros en cuanto vuelven a ser ellos mismos. »Ya no piensa en mí ni
volverá a pensar. Mañana por la mañana morirá en Stryj… sin dedicarme un solo
recuerdo. »Es el primer y único hombre al que he amado de veras. Sí. El único.
Se encuentra solo; terriblemente triste y solo. Esa arruga
que atraviesa su frente lo corta en dos pedazos; tiene la cara pálida de
angustia, y los dedos engaritados como si forcejeara con una fiera peligrosa…
Si consiguiera tocar algo volvería a sentirse cerca de mí. Una sola nota
bastaría para devolvérmelo. Me pertenece. Es mi hermano. Sólo le llevo tres
días. ¡Si lograra tocar algo! Le domina una especie de parálisis interna que
paraliza sus manos, le pone pálido como un muerto y le hace desgraciado a más
no poder. Ya no existe nada de lo que pretendí darle con mi música… ni de las
cosas que le conté. Nada de ello existe en él. Todo ha desaparecido. Tan sólo
le queda un profundo dolor.»
De pronto Andreas empieza a golpear las teclas como
atacado por un acceso de furor. Levanta la mirada y se encuentra con la de
ella. Y al sonreír, la muchacha se dice que nunca ha visto un rostro tan feliz,
contrastando con la mancha negra del piano, bajo la luz amarillenta y mate de
la lámpara. «¡Cómo le quiero! - se dice interiormente--. ¡Qué feliz se siente
ahora! Me pertenece hasta mañana por la mañana.»
Imagina que quizá vaya a tocar una pieza muy briosa, de
Tchaikovski o de Liszt, o algún fragmento puro y rítmico de Chopin, ya que se
ha puesto a golpear las teclas como un insensato.
Pero en vez de ello interpreta una sonatina de Beethoven,
tierna y suave; muy poco adecuada para su estado de ánimo. Olina piensa que la
va a estropear; pero Andreas roca muy bien, con una pulcritud casi extremada,
como si no confiara demasiado en sí mismo. Concentra su atención en la música,
y la joven se dice que nunca ha visto una cara tan feliz como la de aquel
soldado destacando sobre la brillante caja del piano.
Su técnica es algo insegura, pero tan limpia que Olina
siente que nunca había escuchado cosa igual.
Confía en que Andreas siga tocando largo rato. Se siente
muy feliz, tendida en el sofá, allí donde antes estuvo él, viendo como el
cigarrillo se consume lentamente en el cenicero. Le gustaría absorber una
bocanada de humo, mas no se atreve a moverse, ya que el menor ruido podría
estropear la música.
Lo que más le impresiona es el rostro del soldado
destacando sobre la caja negra y rutilante del piano.
- No es gran cosa - dice Andreas, levantándose-. Por otra
parte, carece de sentido pretender tocar bien cuando no se ha estudiado música.
Y yo nunca la aprendí.
Se inclina sobre ella para secarle las lágrimas,
sintiéndose feliz por haberla hecho llorar.
- Quédate como estás - le dice tiernamente - Yo también
tengo algo que contarte.
- De acuerdo - responde Olina -. Pero antes, sirve un poco
de vino.
«¡Qué dichoso me siento! - piensa Andreas mientras se
acerca al armario -. Y eso que, según ha quedado bien patente, no soy gran cosa
tocando el piano. No pueden esperarse milagros de mí. No voy a convertirme de
repente en un pianista excelente. Mas, a pesar de todo, soy feliz.»
Mira el contenido del armario, y volviendo un poco la
cabeza, pregunta: -¿Cuál prefieres?
- El tinto -contesta Olina-. Un poco de tinto.
Andreas tomo una botella panzuda, y se lija en la hoja de
papel y en el lápiz. En la parte superior de la primera hay unas palabras
escritas en polaco, posiblemente se refieren a las cerillas, y luego en alemán,
la palabra «Mosela» precedida de otra en polaco, que debe ser: botella.
«¡Que escritura tan bonita tiene Olina! - piensa Andreas
-. Firme y redondeada.» Bajo «Mosela» escribe «Burdeos», no sin antes poner
unas comillas bajo lo que cree debe decir «botella». -¿Lo has anotado?
-pregunta la muchacha sonriendo, mientras él le escancia el vino.
- Sí.
- Tú no estafarías ni a la dueña de un burdel.
- En efecto.
De repente, cree ver de nuevo ante el la estación central
de Dresde.
Con una dolorosa sensación de realidad, le parece incluso
percibir su olor.
Y cree tener ante sí al teniente gordinflón que le
increpó.
- Lo engañé -explica Andreas.
Le cuenta lo sucedido, y ella se hecha a reír.
- No hiciste nada malo -comenta.
- Pues a mí me parece un acto grave -opina Andreas-. No
hubiese debido hacerlo. Lo correcto era explicarle que yo no era sordo. Pero me
callé porque voy a morir, y porque se portó de aquella manera agresiva.
Estaba dolorido, y además sentía mucha pereza, mucha
pereza -añade quedamente-. Era demasiado hermoso sentir el sabor de la vida en
la boca. Recuerdo muy bien que mi mayor deseo era ver las cosas con claridad.
Pensé: «No debes permitir que un ser humano se sienta humillado por culpa tuya,
aunque sea un teniente novato, con sus medallas recién prendidas en el pecho».
Aún me parece verlo con su aire contrito y su rostro sonrojado, alejándose
rodeado por sus burlones soldados. Tenía los brazos gruesos y débiles los
hombros. Y cuando pienso en aquellos pobres y abatidos hombros me vienen ganas
de llorar. Pero fui tan perezoso; sí, tan perezoso, que no abrí la boca. No fue
temor sino holgazanería. «¡Ah! - pensaba -. ¡Que hermosa es la vida! Toda esa
gente va a ver a alguien. Uno a su esposa, el otro a su amante, ésta a su hijo.
Estamos en otoño. Es maravilloso. Y aquella pareja que cruza el paso a nivel se
besará esta tarde o por la noche, bajo los árboles que bordean el Elba.» -
Andreas suspira.
- Voy a hablarte de todas las personas a las que he
engañado. -¡Oh, no! - responde la joven -. Cuéntame alguna cosa bonita. Por
otra parte, ¿a quien puedes haber engañado tú?
- Voy a revelarte la verdad. Te diré a cuántos he robado y
engañado.
Vuelve a escanciar vino; los dos chocan sus vasos, y en el
instante mismo en que se miran por encima del borde de aquéllos, él trata de
imprimir en su mente aquel rostro hasta el punto de apoderarse por completo de
sus trazos. «No debo olvidarme nunca -piensa-. No debo perderlo. Me pertenece.»
Por su parte, Olina se repite: «Le quiero, le quiero…»
- Mi padre -explica Andreas- murió por culpa de una herida
grave cuyas consecuencias estuvo arrastrando hasta tres años después de la
guerra. Yo tenía un año cuando él falleció. Y mi madre no tardó en seguirle.
No sé nada más. Todo esto me lo contaron el día en que les
fue preciso revelarme que la mujer a quien creía mi madre no lo era. Me crié en
casa de una tía materna, casada con un abogado. Aunque éste ganaba mucho
dinero, siempre fuimos pobres. Bebía mucho. Para mí había llegado a hacerse tan
normal ver a aquel hombre sentarse a la hora del desayuno malhumorado y con
dolor de cabeza que, más adelante, cuando conocí a los padres de mis amigos me
parecían seres extraños. Consideraba inconcebible que hubiese hombres que no se
emborracharan cada noche y no hiciesen escenas de histerismo a la hora del
desayuno. «Los que no existen», como dice Hoynhyms en el libro de Swift. Yo
pensaba que sólo se nace para que le griten a uno; que las mujeres sólo están
para eso, para contender con los recaudadores, para discutir con los
comerciantes, encontrar quien les dé un crédito. Mi tía era genial en esto
último. Cuando todo parecía totalmente perdido, se quedaba unos momentos en
silencio, se tomaba una pastilla y salía de casa a toda prisa. Al regresar,
siempre traía dinero. Yo estaba convencido de que era mi madre, y tenía por mi
progenitor a aquel ser monstruoso, hinchado, de cara congestionada, con los
ojos de un color amarillento y una boca que hedía a levadura de cerveza pasada.
Vivíamos en una casa magnífica; teníamos sirvienta y de todo; pero a veces a mi
tía le faltaban los céntimos necesarios para tomar el tranvía. Mi tío era un
abogado famoso… ¿Te aburro con todo esto? -pregunta de repente, a la vez que se
levanta para llenar los vasos otra vez.
- No - le responde ella en voz baja -. Sigue hablando.
Andreas sólo tarda unos segundos en llenar los delgados
vasos que están en la mesita. Ella le mira las manos y el rostro, delgado y
pálido, y trata de imaginar como debía ser a los cinco o seis años, o a los
trece, sentado a la mesa del desayuno. Le parece ver al abogado gordo y
borracho tanteando la mermelada, y decidiéndose al final por el embutido.
Porque cuando se bebe mucho, apetece el embutido más que
ninguna otra cosa. Y cree ver también a la señora delgada y al chiquillo
pequeño, pálido y muy tímido, que no se atreve a comer de puro miedo, ni a
toser aunque el humo acre de un cigarro puro le haga cosquillas en la garganta,
porque el monstruo borrachín y obeso se irrita fácilmente. Sí, el famoso
abogado pierde la calma y se pone nervioso al oír la tos del niño. -¿Cómo era
tu tía? -pregunta Olina-. Me gustaría saberlo con detalle.
- Una mujer pequeña y delicada. -¿Parecida a tu madre?
- Sí; por lo menos a juzgar por los retratos. Más
adelante, cuando era ya un poco mayor y sabía ciertas cosas, me figure que
debía ser espantoso que él la abrazara… un hombre tan obeso, con su mal aliento
y las venillas sanguinolentas en la cara y, sobre todo, en la nariz. Ella debía
ver esto mucho más de cerca aún, y también sus ojillos amarillentos y saltones,
de mirar siempre turbio, y todo lo demás. La cuestión me perturbó durante
muchos meses. Y como lo creía mi padre, pasé noches enteras formulándome esta
pregunta: «¿Por qué se casarán con hombres así?» - ¿También engañaste a tu tía?
¿De qué manera?
Andreas permanece unos instantes callado, evitando mirar a
la joven.
- Fue espantoso -responde-. El cayó gravemente enfermo del
hígado, los riñones y el corazón. Tenía todo el organismo estropeado. Se
hallaba en el hospital y fuimos a visitarle. Era un domingo por la mañana y tomamos
un taxi, puesto que iban a operarle dentro de poco. El sol brillaba con todo su
esplendor, pero yo me sentía muy desgraciado. Mi tía lloraba sin cesar, y
repetía una y otra vez que rezara mucho para que la operación saliera bien.
Prometí hacerlo. Pero no lo cumplí. Tenía nueve años y sabía que él no era mi
padre. No recé para que se pusiera bueno, sencillamente, porque no podía, ni
para que se muriese, porque sólo pensar en ello me asustaba; pero tampoco pedí
que sanara. A pesar de mí mismo, imaginaba lo maravilloso que sería si… la casa
entera nos perteneciera y nunca más hubiese escenas… Había prometido a mi tía
rezar por él. Pero no pude. No cesaba de pensar: «Dios mío, ¿por qué se casarán
con hombres así? ¿Por qué?»
- Porque los aman -dice Olina.
- En efecto -asiente él extrañado-. Ella lo amaba; lo
había amado siempre y seguiría amándolo. Al principio, las cosas adoptaron un
aspecto distinto. El era pasante. Y tenía una foto, tomada después de sus
exámenes, tocado con su gorra de estudiante, aquella gorra feísima que se
llevaba en mil novecientos siete. Era entonces muy distinto, pero sólo en su
aspecto exterior. -¿De veras?
- Sí. Sólo en su aspecto exterior, porque su expresión era
la misma.
Naturalmente, tampoco tenía el vientre hinchado. Pero ya
resultaba odioso.
Podía adivinarse cómo sería a los cuarenta y cinco años, y
me parecía raro que alguien quisiera casarse con él. Pero ella continuó
amándolo, incluso después de convertirse en un ser inútil, que la atormentaba,
y además la engañaba. Sí; continuó amándolo incondicionalmente. No puedo
comprenderlo… -¿Por qué?
Andreas la mira extrañado. Olina se ha incorporado para
acercarse a él. -¿No lo comprendes? -le pregunta con voz firme.
- No -responde él.
- Entonces, es que no conoces el amor.
Lo mira y él siente de pronto cierto temor a la vista de
su grave semblante, lleno de apasionamiento, muy distinto al que ha conocido.
- Hay que amar incondicionalmente -dice Olina-. El amor
debe ser íntegro. ¿Acaso nunca has amado a una mujer? -pregunta.
Andreas cierra los ojos, sintiendo de pronto un profundo
dolor.
«También eso debo contarlo -se dice-. No ha de existir
secreto alguno entre ella y yo. Creí poder guardar para mí solo la imagen de un
rostro y la esperanza de volver a verlo. Imaginé que tal regalo me pertenecía
de manera exclusiva y que podría retenerlo para siempre.» Continúa con los ojos
cerrados, en medio de un silencio profundo. El desconsuelo le hace temblar. «Es
mío y de nadie más -se dice-. De mi única exclusiva propiedad. He estado
viviendo pendiente de él tres años y medio, desde aquella décima de segundo en
la montaña, cerca de Amiens. ¿Por qué se grabó en mí de manera tan profunda?
¿Por qué se ha vuelto a abrir una herida que parecía cicatrizada, y una simple
palabra me traspasa cual la sonda de un médico implacable…?»
«Lo que ocurre -piensa ella- es que ama a otra. Está
temblando, crispa las manos y cierra los ojos. Yo le he causado este dolor. Y
uno siempre causa dolor al ser amado. Tal es la ley de la vida. Su desconsuelo
es tan profundo que no puede llorar. A veces, el dolor puede ser tal que las
lágrimas carezcan de valor. ¿Por qué no seré yo esa mujer a la que ama? ¿Por
qué no cambiar mi alma y mi cuerpo? Preferiría no conservar nada de lo que
ahora tengo. Me entregaría de manera total sólo con… tener los ojos de la otra.
Esta noche que precede a su muerte, esta noche que también es la última para
mí, ya que sin él nada tendrá valor… Si al menos tuviese unas pestañas como las
de ella… Lo daría todo por tener sus pestañas…»
- Sí; he amado -dice Andreas en voz baja.
Ha pronunciado estas palabras con la voz átona de un
muerto.
- La amé de tal forma que hubiera vendido mi alma por
rozar sus labios durante unos segundos. Lo he sabido en el instante en que me
formulaste la pregunta. Tal vez ocurra así porque jamás pude llegar a
conocerla. Hubiera asesinado sólo por ver el borde de su vestido cuando doblaba
una esquina; por percibir algún detalle real de su persona. Cada día he rezado
por ella. Pero no ha sido más que querer engañarme a mí mismo. Una mentira. Me
empeñé en creer que sólo amaba su alma, cuando la verdad es que hubiera elevado
millares de oraciones por lograr un beso de sus labios. Pero no lo he
comprendido hasta ahora.
Se levanta de pronto, y la joven se alegra al notar que su
voz se ha vuelto humana otra vez. Que es la voz de un ser que sufre y ama. Está
solo y ni siquiera se acuerda de ella.
- Creí que amaba solo su alma -dice Andreas, como si
estuviera hablando en el vacío-. Pero, ¿qué es un alma sin cuerpo? No podía
querer su alma con pasión sin desear también que por lo menos me sonriera. »¡
Ah! - agita las manos como si golpeara algo-. Tan sólo acariciaba la esperanza
y nada más que la esperanza de que alguna vez se transformara en una mujer de
carne y hueso. ¡Siempre el aplastante peso de la esperanza! -exclama.
No obstante haberse puesto a gritar de repente y a
interpelarla con voz áspera, como si hablase a una criada, Olina siente una
gran satisfacción al observar que no se olvida de ella.
- Perdona - dice Andreas rápidamente, tomándole de la
mano. Pero ella ya lo ha perdonado. Mira el reloj y sonríe.
- Las once -dice sintiéndose invadida por una gran
felicidad-. No son más que las once. Ni siquiera estamos en la medianoche. Es
verdaderamente bello, maravilloso…
Está tan contenta como una chiquilla traviesa. Se levanta
y empieza a bailar por la habitación. «Bailo contigo penetrando en el cielo. En
un séptimo cielo de amor…»
Andreas la observa atentamente. «Es extraño que no pueda
enfadarme con ella - piensa -. Me siento enfermo de dolor. Estoy casi muerto,
pero en cambio, ella baila, no obstante haber dicho que participa de mi pena.
Pero no puedo enfadarme…»
- Hay que comer alguna cosa - dice Olina, parándose.
Pero él protesta, asustado: -¡No! ¡No! -¿Por qué no?
- Porque tendrías que salir. ¡Y no debes abandonarme ni un
segundo! -exclama-. Sin ti… sin ti no puedo seguir viviendo. -¿Cómo? -pregunta
la muchacha sin entenderlo del todo. Pero una inmensa e incomprensible
esperanza empieza a insinuarse en ella,
- No debes marcharte - repite Andreas en voz baja.
«No es posible -piensa Olina-. Nada de esto es real. No
soy yo la mujer a quien ama.» Y añade en voz alta:
- No hace falta que salga. En el armario hay algo de
comer.
Es maravilloso que en un rincón del mueble, en uno de los
cajones, se guarden galletas y queso envuelto en papel de estaño. Un ágape
formidable: galletas, queso y vino. El cigarrillo le desagrada. El tabaco está
seco y tiene cierto regusto militar que casi le produce náuseas.
- Dame un puro - solicita.
Naturalmente, también hay cigarros puros. Una caja entera
de los mejores. ¡Viva la hipoteca de Lemberg! Es agradable pisar la blanda
alfombra, viendo como Olina, con sus manos suaves y solícitas, prepara la
comida en la mesita. Cuando ha terminado, se vuelve y mira a Andreas sonriente,
al tiempo que pregunta: - ¿De modo que no podrías vivir sin mí?
- No -le responde. Y su corazón está tan oprimido que no
puede reír.
«Debería añadir que la amo de veras - piensa -. Pero esto
sería cierto sólo en parte. Tendría que besarla pero también sería mentira.
Todo mentira. Podría declararle con el corazón limpio de toda culpa: «Te
quiero». Pero precisaría añadir una larga explicación que ni siquiera conozco.
Su mirada es dulce, llena de amor y de felicidad, distinta a la de aquellos
ojos que he deseado y sigo deseando…»
- No podría vivir sin ti -repite, esta vez sonriendo.
En el instante en que ambos levantan sus vasos para
brindar por el año en que nacieron y por su destrozada vida, sus manos
tiemblan. Dejan los vasos en la mesa y miran angustiados a su alrededor. Han
llamado a la puerta…
Andreas retiene a Olina cogiéndola por el brazo, y se
levanta con mucha lentitud. No necesita más que tres segundos para llegar a la
puerta.
«Esto es el fin de todo -piensa-. Me la van a quitar. No
quieren que se quede conmigo hasta mañana. El tiempo sigue su curso y el mundo
continúa dando vueltas. Willi y el rubio estarán en un lugar cualquiera de la
casa, acostados con otras muchachas. Y la vieja, en el piso de abajo, pensando
en el dinero, con su boca de hucha semi-abierta como una rendija. ¿Qué haré si
me quedo solo? No podré rezar, ni siquiera ponerme de rodillas. No puedo vivir
sin ella. La amo. No es posible que…» - ¿Quién es? -pregunta quedamente.
- Tengo que hablar con Olina -responde la voz de la vieja.
Andreas mira a su alrededor, pálido y trastornado. «De
buena gana renunciaría a las cinco horas que aún quedan, con tal de tenerla
junto a mí media hora más - piensa -. Luego pueden llamarla si les parece.
Necesito tenerla media hora más, para poder seguir
mirándola; sólo seguir mirándola. Quizá toque algo más al piano. Aunque sólo
sea la canción que dice «Bailo contigo penetrando en el cielo…»
Olina le sonríe, y él comprende que la joven seguirá a su
lado, pase lo que pase. Pero no obstante, siente miedo. Mientras Olina voltea
la llave lentamente, se da cuenta de que no quiere en modo alguno prescindir de
este miedo que ella le hace sentir. Que también ama dicha sensación.
- Déjame que te tenga cogida de la mano - murmura cuando
ella se dispone a salir.
Olina lo hace así, y empieza a hablar con la vieja, en
polaco, rápida y acaloradamente. Las dos se enzarzan en una fuerte discusión.
Andreas mira con temor la cara de la joven cuando ésta vuelve a entrar, sin dar
vuelta a la llave. No le suelta la mano. También ella ha palidecido y Andreas
nota que su esperanza se va debilitando.
- Ha llegado el general. Ofrece dos mil. Está como loco y
se pasea de un lado a otro. ¿Te queda algo de dinero? Hemos de igualar la
diferencia porque si no…
- Veamos -dice Andreas mientras empieza a rebuscar en sus
bolsillos, sacando los billetes que ganó a Willi en el juego.
Olina dice algo en polaco a la vieja, que aguarda al otro
lado de la puerta. - ¡Rápido! -indica a Andreas. Y se ponen a contar el dinero.
- Trescientos -dice la joven-. Yo no tengo nada. Ni un
céntimo -añade desanimada -. O mejor dicho, sí. Este anillo debe valer
quinientos.
Total: ochocientos.
- Mi abrigo -dice Andreas-. Tómalo.
Olina se dirige hacia la puerta, llevando los trescientos
marcos, el anillo y el abrigo. Pero vuelve a entrar con el aire aún más abatido
que antes.
- El abrigo lo valora en cuatrocientos. Ni uno más. Menos
mal que da seiscientos por el anillo. Lo cual hace un total de mil trescientos.
¿No te queda nada más? ¡De prisa! - lo apremia en un murmullo -. Si ese hombre
se impacienta y sube, estamos perdidos.
- Mi cartilla militar - propone Andreas.
- De acuerdo. Una cartilla militar tiene mucho valor.
- Y el reloj.
- Estupendo -dice Olina nerviosa-. Me alegro de que poseas
un reloj. ¿Funciona?
- No -responde Andreas.
Olina se acerca de nuevo a la puerta, llevando la canilla
militar y el reloj. Y otra vez suenan acalorados murmullos en polaco. Andreas
se acerca a ella.
- Tengo también un jersey - le dice -. Y además, una mano
y una pierna. ¿No les sirve para nada una pierna humana excelente? ¿La pierna
de un ser casi sin tacha? ¿De veras no les sirve para suplir la diferencia?
Se expresa con claridad, sin nerviosismo, mientras sigue
reteniendo la mano de Olina.
- No -responde la voz de la vieja-. Pero tienes unas
botas. Y con ellas se cubriría el resto.
Resulta difícil quitarse las botas, sobre todo cuando se
llevan puestas desde hace cuatro días. Pero finalmente Andreas lo consigue, del
mismo modo que consiguió ponérselas cuando los gritos de los rusos se
escuchaban cada vez más cerca de la posición. Las botas desaparecen llevadas
por la pequeña mano de Olina.
La puerta se ha cerrado otra vez. Olina está ante él con
la cara temblorosa.
- Yo no poseo nada -explica entre sollozos-. Incluso mis
vestidos pertenecen a la vieja, igual que mi cuerpo y mi alma. Pero esta última
no sirve. Sólo la quiere el diablo. Aunque hay seres peores que el diablo.
Perdóname. No poseo nada, nada en absoluto -añade.
Andreas la atrae hacia sí y le acaricia la cara
suavemente.
- Ven - le dice en un murmullo -. Quiero amarte.
Ella levanta la cara hacia el joven y sonríe. -No te
preocupes -susurra-. No tiene importancia.
Otra vez se oyen pasos en el exterior; avanzan por el
pasillo con la determinación de quien quiere alcanzar velozmente una meta. Pero
aunque parezca extraño, ni Andreas ni la muchacha sienten ahora ningún temor.
Se miran sonriendo. -¡Olina! -llama la misma voz de antes.
Otra vez los murmullos en polaco. Olina transmite a
Andreas la pregunta que le ha sido formulada. -¿A qué horas re irás? -inquiere
sonriente.
- A las cuatro.
La joven cierra la puerta sin dar vuelta a la llave,
regresa junto a él y añade:
- A las cuatro vendrá a recogerme el coche del general.
Aparta el queso sobre el que sus manos temblorosas han
dejado caer unas gotas de vino, retira el mantel manchado y lo ordena todo
nuevamente. «El puro no se ha apagado» -piensa Andreas sin dejar de observarla.
El mundo ha estado a punto de derrumbarse sobre ambos, pero el cigarro sigue
ardiendo, y las manos de Olina están más tranquilas que nunca. - ¿Vienes?
- Sí.
Andreas se vuelve a sentar frente a la joven y, dejando el
puro a un lado, la mira. Pero parece como si no se vieran; incluso apartan la
vista casi sonrojándose, porque les avergüenza saber que están rezando. Rezando
en un burdel, sentados en un sofá…
- Es medianoche -dice Olina cuando empiezan a cenar.
«Ya estamos en domingo» - piensa Andreas por su parte.
Deja súbitamente el vaso, y abandona sobre la mesa la galleta medio mordida.
Un calambre paraliza sus mandíbulas y sus manos, y parece
deslumbrar sus ojos. «No quiero morir», se dice. Y de pronto, sin darse cuenta,
empieza a tartamudear como un niño llorón…
- No… no quiero… morir…
«No tiene sentido que crea percibir con tanta nitidez el
olor a pintura…
Tenía apenas siete años cuando pintaron las vallas del
jardín. Era el primer día de vacaciones, y el tío Hans se había marchado de
viaje. Durante la noche estuvo lloviendo, pero al llegar la mañana el sol
brillaba en el húmedo jardín. Era tan maravilloso y agradable… Desde la cama
percibía el olor de las flores y el de la pintura verde con que unos operarios
estaban revistiendo la valla. Podía quedarme en la cama porque ya habían
empezado las vacaciones. El tío Hans estaba de viaje; y me traerían chocolate para
desayunar. La tía Marianne me lo había prometido la tarde anterior, porque otra
vez volvían a fiarle… Y cuando ocurría así, lo primero que hacía era comprar
alguna cosa buena. Noto perfectamente el olor a pintura. Pero esto es una
insensatez. Porque aquí no puede oler a pintura verde. La cara pálida que tengo
ante mí pertenece a Olina, a una ramera y una espía. Nada en esta habitación
puede oler a pintura de manera tan profunda y penetrante, haciéndome recordar
con claridad aquel día de mi niñez…»
- No quiero morir -tartamudea-. No quiero dejar todo esto…
Nadie puede obligarme a que suba a ese tren… al que va a Stryj… no, nadie. Dios
mío, sería un acto de caridad el hacerme perder la razón. Pero no quiero
volverme loco. No. Aunque este olor a pintura verde me cause tan intenso dolor,
deja que pueda seguir percibiéndolo… La voz de tía Marianne dice que puedo
seguir en la cama… que el tío Hans se ha marchado de viaje. -¿Qué es ese ruido?
-pregunta de pronto, asustado.
Olina se ha levantado sin que él se diera cuenta; está
sentada ante el piano y los labios le tiemblan en su descolorido rostro.
- La lluvia -contesta en voz baja, como si le costase un
gran esfuerzo abrir la boca e indicar la ventana con un cansado ademán.
El ruido suave que le ha despertado de pronto con la misma
resonancia que un acorde de órgano, lo produce la lluvia que cae sobre el
jardín del burdel; sobre los árboles en los que vio brillar por última vez la
luz del sol. -¡No! -exclama cuando Olina toca las primeras notas -. No.
Nota que se le saltan las lágrimas y comprende que hasta
entonces nunca ha llorado de verdad… Sus lágrimas son como la vida misma, un
torrente tumultuoso formado por innumerables arroyuelos que se unen para manar
dolorosamente por sus ojos: el color verde que huele a vacaciones, el cadáver
espantoso del tío Hans expuesto en el salón, rodeado por la atmósfera pesada de
los cirios… las tardes con Paul y sus intentos difíciles peto admirables ante
el piano… la escuela, la guerra… la guerra… la guerra… y aquella cara
desconocida que tanto ha deseado. Todo esto forma una corriente deslumbradora y
húmeda en la que flota, como un espejo estremecido, pálido y lleno de dolor, la
única cosa real que existe allí: la cara de Olina.
Tal es el resultado de una sencilla melodía de Schubert.
«Lloro como nunca he llorado en mi vida: como puede que sólo llorase en el
momento de nacer, cuando aquella luz brillante parecía quererme destrozar…»
Suena de pronto un acorde que le hace estremecerse hasta
lo más profundo de su alma. Es de una pieza de Bach. Y ella nunca ha sabido
interpretar bien a Bach.
Todo sucede ahora como si una gran torre se levantara en
su interior y fuera aumentando de tamaño, arrastrándole consigo, arrebatándolo
desde las entrañas de la tierra. Como un manantial que brotara de improviso y
se desparramase con fuerza incontenible, corriendo hacia la luz, después de
discurrir por siglos de tinieblas. Se siente invadido por una felicidad
dolorosa mientras, contra su voluntad, aunque con plena conciencia de lo que
hace, se deja conducir hacia la altura por ese recio y limpio torreón, que se
hace cada vez mayor. Se siente dominado por una dicha dolorosa semejante a la
fatiga de un escalador. Todo es espíritu; todo claridad; no existe nada de
aberración humana; su alma queda envuelta en una música limpia y clara, de
irresistible poder. Música de Bach, aunque ella nunca haya sabido interpretarla
bien. A lo mejor, quizá no sea ella la que toque… tal vez sean ángeles… ángeles
de luz… que cantan en sus torres refulgentes… luz, luz… Oh, Dios mío… luz. -
¡Detente! -grita asustado. Y al conjuro de su voz, las manos de Olina se
apartan de las teclas.
Se frota la frente dolorida, y a la pálida luz de la
lámpara nota que la muchacha no sólo se ha asustado al oírle, sino que parece
totalmente agotada, cual si la dominara un cansancio supremo tras escalar las
altas torres, aferrándose a ella con sus suaves manos. Las comisuras de sus
labios tiemblan como las de un niño a quien la fatiga impide llorar. Se le ha
soltado el cabello, está pálida y tiene profundas ojeras.
Andreas se acerca a ella y, tras rodearla con sus brazos,
la lleva con cuidado al sofá. La joven cierra los ojos, suspira y mueve la
cabeza con suma lentitud, como si sólo pidiera tranquilidad y reposo. «Quiero
descansar un poco… tener algo de paz.» Es un consuelo que, al fin, quede
dormida, con la cabeza caída hacia un lado.
Andreas apoya el rostro en ambas manos, que tiene puestas
sobre la mesa, y se da cuenta de que también él está infinitamente cansado. «Es
domingo - se dice-. Ha dado la una. Quedan todavía tres horas. No puedo
dormirme; no debo permitirlo.» Observa a la joven amorosamente; contempla su
cara pura, fatigada, pequeña y pálida, que en la felicidad que le da el sueño
sonríe sin advertirlo. «No debo dormirme» -se repite Andreas. Mas a pesar suyo,
el cansancio lo empieza a dominar. «Dios mío, no dejes que me duerma… permíteme
mirar su cara… Fue preciso venir a este burdel de Lemberg para saber que existe
un amor desprovisto de deseo… Y así es como amo a Olina… No me debo dormir. Es
preciso que siga mirando su boca, su frente y los mechones dorados de su fino
pelo caído sobre su cara, y las oscuras sombras de su cansancio indefinible
rodeándole los ojos. Ha interpretado a Bach hasta el límite de lo humano.
No me puedo dormir… hace mucho frío… la crueldad de la
mañana acecha tras esas cortinas que nos separan de la noche… Hace frío y no
tengo con qué cubrirla… porque he vendido mi abrigo. El mantel está manchado de
vino. Podría taparla con mi guerrera y poner mi camisa sobre el escote de su
vestido.» Mas al propio tiempo, nota que él también está tan cansado que no
tiene ánimos ni para levantarse y quitarse la guerrera. «No puedo mover los
brazos. Pero no hay que dormirse. Quedan infinidad de cosas por hacer… Sí,
infinidad de cosas por hacer. Intentaré reposar unos instantes, apoyando los
brazos sobre la mesa. Después me quitaré la camisa, la abrigaré con ella y me
pondré a rezar. Quiero rezar arrodillado junto a este sofá que ha visto
tantísimos pecados; deseo arrodillarme ante esta cara pura gracias a la cual sé
ahora que es posible un amor sin deseo… No me debo dormir… no, no… no me debo
dormir…»
Al despertar, su expresión es como la de un pájaro que
muere y se desploma en pleno vuelo, hundiéndose en la más profunda
desesperación.
Pero los ojos sonrientes de Olina detienen su caída.
Ha sufrido un miedo espantoso, temiendo que fuese
demasiado tarde para acudir al lugar al que fue llamado; acercarse a la única
cita que merece la pena cumplir. La mirada sonriente de Olina recoge la suya, y
ella responde a su muda pregunta, al decirle en voz baja:
- Son las tres y media… No tengas miedo.
Nota cómo la mano suave de la joven está apoyada en su
cabeza.
Sus dos rostros se encuentran a la misma altura. Andreas
no tendría que hacer más que un leve movimiento para besarla. «Es una lástima
que no lo desee -piensa-. Lamento que el abstenerme de besarla no signifique un
sacrificio para mí… ni tampoco el hundirme en su mancillado regazo.»
Roza con los suyos los labios de Olina, pero no sucede
nada. Los dos se observan asombrados y sonrientes. Su acto ha venido a ser como
el rebote de una bala de pequeño calibre al chocar contra un blindaje de
especie desconocida.
- Ven - dice Olina -. Tengo que encontrar algo para que te
lo pongas en los pies.
- No -- protesta Andreas -. No quiero que me dejes solo ni
un instante. No te preocupes por mi calzado. Voy a morir igual. Muchos han
muerto llevando sólo sus calcetines. Como los que huyeron presas de pánico
cuando, de repente, los rusos se presentaron ante sus posiciones y los mataron
por la espalda mientras ellos tenían el rostro vuelto hacia Alemania. Una
herida en la espalda era la mayor deshonra para el espartano. Pero muchos han
muerto así. No te preocupes. Estoy tan cansado…
Mira su reloj de pulsera. Entonces, Olina dice:
- Hubiera podido entregarle mi reloj; te habrías evitado
quedarte sin botas. Pero a veces una piensa que no le queda nada más por
entregar.
Olvidé por completo que aún me queda el reloj. Voy a
cambiarlo por tus botas. En realidad, no lo necesitaremos más… ni tampoco
ninguna otra cosa…
- No. Nada más -repite él quedamente, paseando la mirada
por la habitación. Y es entonces cuando se da cuenta de toda la miseria que
contiene: tapetes viejos, una instalación mediocre, sillones hundidos junto a
la ventana y un sombrío sofá.
- Yo te salvaré -dice Olina-. Cálmate.
Le sonríe, mirando su rostro lívido y cansado.
- El cielo nos envía el coche del general. Ten confianza.
Cree en mí. A cualquier parte donde te lleve, existirá la vida, ¿no te parece?
Andreas se siente perturbado. Afirma con un movimiento de
cabeza, y Olina repite, mirándolo con aire de conspiradora:
- A cualquier lugar donde te lleve, existirá la vida para
ti. Vamos.
Pone sus manos en la cabeza de Andreas. -En los Cárpatos
existen minúsculas aldeas donde nadie podrá encontrarnos. Un par de casas, una
capillita y ni rastro de guerrilleros. Sé de una donde estuve cierta vez. Allí
intenté rezar un poco y toqué algo de música en el pequeño armonio del párroco.
¿Me escuchas?
Busca la mirada de Andreas que, de nuevo, se posa
intranquila en los cortinajes sucios, contra los que seguramente han ido a
parar muchas botellas y donde los clientes se habrán secado más de una vez los
dedos.
- En aquel pueblo toqué un poco de música, ¿comprendes?
- Sí -responde él con voz que parece un lamento-. Pero a
los otros dos… no los puedo dejar abandonados.
- Imposible llevarlos. - ¿Y el chófer? -pregunta Andreas-.
¿Has pensado lo que haremos con el chófer?
Se miran de frente y en la expresión de sus ojos hay algo
que parece enemistarlos. Olina trata de sonreír. --De hoy en adelante ya no
intervendré para que un inocente caiga en manos de sus verdugos - dice-. Has de
tener confianza en mí. Yendo los dos solos no resultará difícil. Se para en
cualquier lugar y huimos… lejos… somos libres. Pero si vienen los otros dos, la
cosa se complica.
- No queda más remedio que abandonarme a mi suerte -
levanta la mano para que ella guarde silencio-. Este es un asunto en el que no
puedo transigir. O una cosa o la otra. Tienes que comprenderme. - Mira sus
pupilas, llenas de seriedad -. Has amado a muchos y puedes comprender
perfectamente lo que pienso, ¿verdad?
Olina abate la cabeza con tanta lentitud que Andreas no se
da cuenta de que asiente, hasta que la oye decir:
- Bueno… lo intentaré.
Mientras Olina lo espera, con la mano apoyada en la
puerta, echa una última mirada a aquel bar polaco, sucio y pequeño. Luego sigue
a la joven por el pasillo débilmente iluminado. A tales horas de la madrugada,
incluso la habitación resultaba alegre comparándola con aquel pasadizo. Impera
en él un tinte burlesco, helado y gris. Las puertas de las habitaciones son
todas iguales, como en un cuartel. Lamentablemente sucias y gastadas.
Una miseria espantosa impera por doquier.
- Ven -dice Olina.
Empuja una puerta: la que da a su habitación. Es muy
reducida, con sólo lo imprescindible para ejercer su oficio. Una cama, una
mesita y dos sillas, además de un lavabo puesto sobre un soporte; junto a éste,
una jarra de agua, y junto la pared, un pequeño armario. Sólo lo estrictamente
necesario, lo mismo que en un cuartel.
A Andreas le resulta irreal permanecer allí, sentado en la
cama, viendo cómo Olina se lava las manos, y cómo se pone unos zapatos que ha
sacado del armario, tras haberse quitado las zapatillas. ¡Ah, sí! También hay
un espejo en que ella puede renovar de vez en cuando el atractivo de su
aspecto. Es preciso suprimir las huellas de las lágrimas y volver a empolvarse,
ya que no existe nada más feo que una ramera llorosa. Tiene que repintarse los
labios, trazar la curva de las cejas y limpiarse las uñas, todo con suma
rapidez, como un soldado que se prepara al oír sonar la alarma.
- Debes tener confianza en mí -dice la joven en un tono
normal, claro y reposado-. Te salvaré, ¿comprendes? Si te empeñas en que los
otros también vengan, va a ser más difícil. Pero lo conseguiré. Puedo hacer
mucho por ti.
«Pues entonces, consigue que no me vuelva loco en mi
intento por comprender la realidad - suplica Andreas interiormente -. No es
posible que todo esto sea cierto; la habitación de burdel, fea y destartalada,
en una madrugada llena de malos olores, y una muchacha que murmura algo ante el
espejo, mientras con dedos ágiles renueva el colorete de sus labios.
Nada de todo esto existe. Ni siquiera mi corazón, tan
cansado que ya no anhela nada, ni mis sentidos agotados, carentes de todo
deseo, incluso el de fumar o el de comer o el de beber. Ni mi alma, desprovista
ya de todo estímulo. Tan sólo quiero dormir… dormir… »A lo mejor, ya he muerto.
¿Cómo entender lo que sucede? Este cobertor que he apartado inconscientemente,
como es de rigor cuando uno se sienta en una cama; las sábanas no sucias pero
tampoco limpias; estas sábanas tan espantosamente llenas de secretos, y esta
muchacha que se mira al espejo mientras retoca sus cejas finas y oscuras, que
destacan sobre la palidez de su frente.»
- «Iremos a pescar y cazar, alegres como en los buenos
tiempos» -recita Olina-. ¿Conoces ese poema? -pregunta sonriente.
- Sí. Es alemán. Archibald Douglas. Se trata de un hombre
desterrado.
También nosotros estamos desterrados en nuestra propia
patria. En el mismo corazón de ella; pero nadie nos puede comprender. Reemplazo
de mil novecientos veinte.
- «Iremos a pescar y a cazar, alegres como en los buenos
tiempos.»
Escucha.
Canturrea la balada, y Andreas se dice que el vaso está
ahora lleno hasta el borde. Una madrugada gris y fría en un burdel y el
canturreo de una balada con música de Löwe. - ¡Olina! -llama otra vez la voz
monótona, al otro lado de la puerta.
- Diga.
- Dame la cuenta, por favor. Y prepárate, porque el coche
ha llegado.
La realidad se concreta en esa hoja de papel que la
muchacha entrega con la punta de los dedos, y donde están escritas todas las
cosas que han sido consumidas, empezando por los fósforos que Andreas aún
guarda en un bolsillo, desde que ella se los entregó la tarde anterior.
El tiempo ha transcurrido vertiginosamente, un tiempo
inaprensible durante el cual nada se ha hecho y a partir del cual no queda nada
por hacer, excepto seguir a aquella joven que acaba de renovar su aspecto, y
bajar la escalera para pagar la cuenta…
- Estas zorras polacas son formidables -explica Willi -.
Verdadera pasión. Te lo aseguro. ¿Me oyes?
- Sí.
La sala de recepción también está amueblada pobremente.
Contiene un par de sillas cojas, un banco y una alfombra deshilachada que
parece de papel hecho jirones. Willi espera, fumando. Le ha vuelto a crecer la
barba y busca más tabaco en su mochila.
- Tú has sido el que más caro me costó, querido amigo. Yo
pagué casi lo mismo que tú. En cambio, el rubio ha resultado muy barato. Casi
nada. ¡Eh!
Da un papirotazo al rubio, que está medio dormido, y lo
aparta hacia un lado.
- Ciento cuarenta y seis marcos -explica riendo-. Pero lo
único que habrá hecho habrá sido dormir con esa chica. Aún me quedaban
doscientos marcos, pero se los he dado a su amiguita, pasándolos debajo de la
puerta, por haberlo hecho feliz a tan poco coste. ¿Te queda algún cigarrillo,
por casualidad?
- Sí.
- Gracias. ¡Cuánto tiempo permanece Olina rindiendo
cuentas a la vieja, a las cuatro de la madrugada; a una hora en la que todo el
mundo duerme!
Incluso en las habitaciones de las muchachas reina
completo silencio. La gran sala de espera, abajo, está completamente a oscuras.
Y lo mismo pasa tras la puerta en la que antes se oía música. La oscuridad se
palpa y se huele, mientras fuera, en la calle, suena el ronroneo del motor.
Olina aparece ante la puerta rojiza, haciendo volver a Andreas a la realidad. -
¿Crees que querrán llevarnos en ese puerco coche del general?
- Sí.
- Es un «Maybach». Lo noto por el ruido del motor. Un buen
cacharro. ¿Tienes inconveniente en que salga un momento para hablar con el
chófer? Probablemente es un cabo.
Willi se echa el equipaje al hombro y abre la puerta. En
el exterior reina la verdadera noche; una noche cubierta por un manto gris, en
la que destacan los conos de luz velada de los faros del vehículo que espera
ante el jardín delantero. Una noche tan fría y tan real como rodas y cada una
de las noches de la guerra, impregnada de amenazas, llena de atroz ironía,
evocadora de sucios agujeros y de sótanos… de ciudades agazapadas a causa del
miedo… noches maléficas que a las cuatro de la madrugada llegan al apogeo de su
nefasta materialización; noches llenas del espanto indefinible de las guerras.
Más allá de la puerta se cierne una de aquellas noches… llena de horror, una
noche sin patria, sin un rincón que ofrezca un poco de calor en el que
resguardarse… una noche que parece surgir al conjuro de las voces sonoras…
«Cree que me va a salvar - se dice Andreas, sonriendo-.
Que podrá hacerme atravesar una red tan tupida. Confía en alguna escapatoria…
en que existen caminos que se aparten de Stryj. El nombre de esa ciudad se
agazapa en mi interior desde el día mismo en que nací. Ha estado en lo más
hondo de mi ser, sin que yo lo supiera, desde que era niño. Y es posible que un
escalofrío me estremeciese cuando en la escuela estudiábamos las vertientes de
los Cárpatos y cuando veía en el mapa las palabras Galitzia, Lemberg y Stryj
destacando en el centro de una mancha amarilla. Pero me había olvidado de ello.
Tal vez el anzuelo de la muerte haya estado tendido en mi interior infinidad de
veces, pero nunca llegué a aceptarlo. Y entretanto, la breve palabra siguió
esperando su oportunidad… »Stryj, denominación escueta y sangrienta que ha ido
aumentando de tamaño como una nube gris que acaba por cubrirlo todo. Y Olina
confía en encontrar un camino que nos lleve a alguna parte sin pasar por Stryj…
»Pero su proyecto no me atrae demasiado. No me gusta ese pueblecito de los
Cárpatos donde ella pretende tocar otra vez el armonio; ni esa seguridad
imaginaria. Todo son promesas, pero yo sólo veo un horizonte tenebroso e
incierto, hacia el que deberemos dirigirnos si deseamos hallar nuestra
seguridad…»
Finalmente la puerta se abre. Y Andreas queda paralizado
ante la palidez cadavérica que observa en el rostro de Olina. Esta se ha puesto
un abrigo de pieles y cubre el pelo con una capucha pequeña y muy linda. No
lleva reloj en la muñeca; pero sostiene en sus manos las botas de Andreas.
La cuenta ha sido saldada. La vieja sonríe con aire de
misterio. Mantiene las manos cruzadas ante el cuerpo, y cuando los tres han
cogido sus equipajes y Andreas ha abierto la puerta, pronuncia esta única
palabra: «Stryj». Pero Olina no la oye porque se encuentra ya en el exterior.
- También yo estoy sentenciada - dice Olina una vez se han
instalado en el coche -. He traicionado a mi patria, porque en vez de escuchar
los secretos del general he pasado la noche contigo.
Coge a Andreas de la mano, sonriendo.
- Pero no olvides lo que te dije antes. A dondequiera que
te lleve, encontraras la vida.
- Sí -dice Andreas.
Lo ocurrido durante la noche desfila por su imaginación
como una hebra que se va devanando. Pero en la misma existe un nudo que le
causa mucha zozobra. La vieja ha dicho «Stryj» en el último instante. ¿Cómo
puede saber que en Stryj…? El no le ha mencionado nada, y aun es menos probable
que Olina haya pronunciado semejante palabra.
La realidad se ha materializado, pues, en un coche lujoso
cuyos faros alumbran una calle sin nombre. En unos árboles y en unas casas
sumidos en profunda oscuridad. En la delantera del vehículo, las espaldas de
dos hombres con galones de suboficial, dos sólidas espaldas alemanas casi
idénticas, y el humo de los cigarrillos que lentamente se desplaza hacia atrás
porque la ventanilla no está cerrada por completo. Junto a Andreas, el rubio
canturrea como un niño cansado de jugar. Y a su derecha, el contacto suave y
firme del abrigo de pieles de Olina. El hilo del recuerdo se sigue deslizando
cada vez más de prisa, pero deteniéndose siempre en el mismo lugar, en el
extraño nudo situado en el instante en que la vieja ha dicho: «Stryj».
Andreas se inclina un poco hacia delante para ver la hora
en el reloj del coche. Son exactamente las seis. Un estremecimiento le recorre
el cuerpo, a la vez que piensa: «Dios mío. Dios mío. ¿Qué he hecho con mí
tiempo?
Nunca lo aproveché debidamente. Nunca hice nada. Tengo que
rezar por todos. En este mismo instante, allá en la patria, Paul empieza a
subir los escalones del altar mientras reza el Introito.» Los labios de Andreas
empiezan a pronunciar también dicha palabra.
De pronto una mano gigantesca e invisible se cierne sobre
el automóvil mientras éste se desliza apenas sin ruido.
Ha sido como un soplo aterrador y silencioso. Con la
garganta seca, Willi pregunta: - ¿Adonde nos llevas, compañero?
- A Stryj -responde una voz sin dueño.
En aquel mismo instante, el coche es hendido por dos
cuchillos. Uno incide en la parte delantera; el otro en la trasera del cuerpo
metálico, que es levantado y empieza a voltear mientras sus ocupantes profieren
gritos de angustia.
En el silencio que sigue tan sólo se oye el rumor de las
llamas devorando el vehículo.
«¡ Dios mío! - piensa Andreas -. ¿Habrán muerto todos?
¿Qué pasa con mis piernas… y mis brazos…? ¿Sólo tengo la cabeza? ¿Es que no
queda nadie vivo? Estoy tendido en medio de una calle desierta, y el mundo
entero gravita sobre mí de tal modo que no encuentro palabras para rezar.»
«¿Estoy llorando acaso?» -se dice al notar que algo húmedo
se desliza por sus mejillas. Pero no son lágrimas lo que gotea sobre él.
A la débil claridad aún no teñida por el fulgor amarillo y
caliente del sol, ve la mano de Olina pendiente sobre su cara saliendo de entre
los restos del coche. Es la sangre de esa mano la que gotea sobre él. Y no
llega a darse cuenta de que esta vez está llorando de verdad…
Böll, Heinrich (1917-1985), novelista alemán y premio
Nobel, es una de las principales figuras de la literatura alemana posterior a
la II Guerra Mundial.
Nació en Colonia. Al terminar sus estudios de enseñanza
media, en 1937, fue llamado a filas, luchó como soldado raso durante la II
Guerra Mundial. Liberado de un campo de concentración estadounidense en 1947,
vendió varios relatos y pudo dedicarse a escribir novelas, obras de teatro,
relatos y ensayos. Los temas de sus primeras obras, como ocurre con sus relatos
recopilados en El tren llegó puntual (1949), reflejan el absurdo y el horror de
la guerra, el sentimiento de culpa del pueblo alemán y analiza el vacío que
esconde la recuperación económica del llamado milagro alemán.
Su primera novela, ¿Adónde fuiste Adán? (1951), presenta a
un individuo en diversas situaciones que describen las fuerzas sociales y
políticas que atrapan a la gente normal y corriente. Con la novela Y no dijo
una sola palabra (1953), Böll inicia una serie de obras que reflejan la difícil
situación de Alemania después de su derrota y la aparente ola de materialismo
que domina a la sociedad, como ocurre en Casa sin amo (1954), El pan de los
primeros años (1955) o Billar a las nueve y media (1959). El Diario irlandés
(1957) relata un viaje de Böll a Irlanda, y ésta aparece como un lugar idílico,
alejado del consumismo que, para el autor, devora a la población de su país.
Otras obras suyas donde denuncia el capitalismo son las novelas Opiniones de un
payaso (1963), en la que hace responsable a la Democracia Cristiana y la
Iglesia católica de la situación de la economía moderna surgida en la Alemania
de posguerra; Fin de una misión (1966) es un alegato antimilitarista, y El
honor perdido de Katharina Blum (1974), un ácido ataque a la connivencia entre
la prensa sensacionalista y los poderes policiales y judiciales, también en la
Alemania de la época activa del grupo terrorista Baader-Meinhoff, novelo que en
1975 fue llevada al cine por el director alemán Volker Schlöendorff.
Premiado con el Nobel de Literatura en 1972 por su
contribución a la renovación de la literatura alemana, Böll fue mencionado por
la "amplia perspectiva" y "dominio de la sensibilidad" de
su escritura. Su novela sobre la vida alemana desde la I Guerra Mundial hasta
los años setenta, Retrato de grupo con señora (1971), fue considerada su
"obra concebida con mayor ambición". La obra de Böll, un escritor
católico que ha criticado a la Iglesia y defendido a los marginados y las
víctimas del sistema imperante con un lenguaje sencillo, lúcido, irónico y
moralizante, ofrece un retrato inflexible, aunque no desprovisto de compasión,
de la Alemania moderna.


Publicar un comentario