© Libro N° 4031. Las Ratas De Acero Inoxidable Y Otros
Cuentos. Harrison, Harry. Antología Molina
Miranda, Guillermo. Colección E.O. Agosto 5 de 2017.
Título
original: © Las Ratas De Acero
Inoxidable Y Otros Cuentos. Harry Harrison. Antología GMM
Versión Original: © LAS RATAS DE ACERO
INOXIDABLE Y OTROS CUENTOS. Harry Harrison. Antología GMM
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Miranda
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LAS RATAS DE ACERO INOXIDABLE Y OTROS CUENTOS
Harry Harrison
Antología
Guillermo Molina Miranda
CONTENIDO
BIOGRAFÍA DE
LAS RATAS DE ACERO INOXIDABLE
LOS MALVADOS HUYEN
RATAS ESPACIALES DEL CCC
EL MECÁNICO
EL CAPITÁN HONARIO HARPPLAYER
EL ARBOL DE LA VIDA
SUCEDIÓ EN EL SUBTERRÁNEO
LA BATALLA FINAL
BIOGRAFÍA DE HARRY HARRISON
Harry Harrison nació en Stamford, USA
en 1925. Falleció en 2012.
Harry Harrison nació en Stamford (Connecticut, EE. UU.) en
1925 y se crió en Nueva York. A los 18 años fue reclutado para la Segunda
Guerra Mundial. Viajero impenitente, vivió en México, Dinamarca, Inglaterra y
California, hasta que en 1975 estableció su residencia en Irlanda. Se casó en
1954 y tiene dos hijos. Fue un fan muy activo desde la adolescencia y entró en
el mundo editorial como dibujante, colaborando con Wallace Wood para EC Comics
e ilustrando relatos para Galaxy y otras revistas de la época.
Publicó su primer relato de la mano de Damon Knight en
1951, y ya desde México, en 1957, estableció contacto con John W. Campbell.
Pasó a convertirse en uno de sus colaboradores habituales y, pese a evidentes
discrepancias ideológicas, su defensor más acérrimo. El mundo de la muerte
(1960), y muy en particular la serie humorística La rata de acero inoxidable,
cuyo primer volumen se recopiló en 1961, lo consagraron rápidamente como uno de
los autores más queridos del momento. Bill, héroe galáctico (1965), ¡Hagan
sitio! ¡Hagan sitio! (1966), The technicolor time machine (1967), A
Transatlantic tunnel, hurrah! (1972) y Star smashers of the galaxy rangers
(1973) son algunos puntales de un obra tan polifacética como seductora.
¡Hagan sitio! ¡Hagan sitio! fue llevada al cine en 1973
con el título de 'Cuando el destino nos alcance' (Soylent green) y, junto con
Bill, héroe galáctico, considerada una obra maestra de la ciencia ficción
humorística, es su novela más conocida.
Desde finales de la década de 1960 emprendió también una
fecunda labor como antologista para el mercado británico. Se convirtió, con
Brian W. Aldiss, en una de las voces críticas más activas del Reino Unido, y
elaboraron conjuntamente una de las primeras recopilaciones de lo mejor del
año: ‘Best SF’. Asimismo, su serie Nova, de relatos originales, fue una de las
grandes precursoras de ese formato.
Libros de Harry Harrison
50 en 50. Medio siglo de relatos I
Serie Kronos
2001 (2003)
50 en 50. Medio
siglo de relatos II
(2001) 2004
Al oeste del Edén
Serie Trilogía del Edén 01
1984 (1988)
Bill, el héroe galáctico
Serie Bill, El Héroe Galáctico 02
1990 (1993)
Bill, el héroe galáctico: En el planeta de los esclavos
robot
Serie Bill, El Héroe Galáctico 01
1989 (1993)
Bill, el héroe galáctico: En el planeta de los vampiros
zombis
Serie Bill, El Héroe Galáctico 04
1991 (1993)
Bill, héroe galáctico
Serie Bill 01
1964 (1970)
Catástrofe en el espacio
1976 (1984)
El invasor del tiempo
Serie La Rata de Acero Inoxidable 03
1972 (1975)
El mundo de la muerte
Serie El mundo de la muerte 01
1960 (1991)
El nacimiento de la rata de acero inoxidable
1985 (2004)
En nuestras manos las estrellas
1969 (1972)
Estafador interestelar
1961 (1967)
Invierno en Edén
Serie Trilogía del Edén 02
1986 (1989)
La rata de acero inoxidable
Serie La Rata De Acero Inoxidable 01
1961 (1990)
La rata de acero inoxidable te necesita
Serie La Rata de Acero Inoxidable 04
1961 (1970)
La venganza de la rata de acero inoxidable
Serie La Rata De Acero Inoxidable 02
1970(1991)
Mundo muerto
Serie El mundo de la muerte 02
1963 (1967)
Mundo yerto
Serie Galaxia 42
1960 (1965)
Plaga del espacio
1965 (1967)
http://www.compartelibros.com/autor/harry-harrison/1
LA RATAS DE ACERO INOXIDABLE
La Historia Humana nos demuestra que no todos los humanos
son hombres; hay algunos que son mulas, otros que son lobos... y siempre hay
algunas pocas ratas.
Cuando la puerta de la oficina se abrió repentinamente,
supe que todo había terminado. Había sido un buen filón... pero se había
acabado. Mientras entraba el policía, me recosté en el sillón y esbocé una
alegre sonrisa. Tenía la misma expresión sombría y el mismo paso pesado que
tienen todos... y la misma falta de sentido del humor. Casi podía adivinar lo
que iba a decir antes de que abriese la boca.
- James Bolívar diGriz, le arresto bajo la acusación...
Estaba esperando la palabra bajo. Pensé que eso le daba un
toque desenfadado al asunto. Mientras la decía, apreté el botón de ignición de
la carga de pólvora negra situada en el techo, en el punto exacto bajo el cual
se hallaba, y así se dobló la viga y la caja de caudales, de tres toneladas de
peso, cayó justo sobre su coronilla. Quedó bien aplastado, sí señor. La nube de
yeso se posó y todo lo que pude ver de él fue una mano, algo retorcida. Se
agitaba un poco, y el dedo índice me apuntaba acusadoramente. Su voz sonaba
algo ahogada por la caja de caudales, y parecía un tanto preocupada. En
realidad, se repetía un poco.
- …bajo la acusación de entrada ilegal, robo,
falsificación...
Siguió así durante un cierto tiempo. Era una lista
impresionante, pero ya la había oído antes. No me molestaba en absoluto
mientras llenaba mi maleta con el dinero de los cajones. La lista terminaba con
una acusación nueva, y podría haberme jugado un montón así de alto de billetes
de mil créditos a que sonaba un tanto dolida:
- Además, le será añadido a su expediente la acusación de
ataque a un policía robot, lo cual ha sido una tontería, ya que mi cerebro y mi
laringe están acorazados, y en mi cavidad ventral...
- Todo eso ya lo sé, muchacho; pero tu pequeño
emisor-receptor está en la punta de tu aguzada cabeza, y lo que no quería era
que dieses aún aviso a tus amigos.
Una buena patada hizo saltar la puerta de escape de la
pared, y me dio acceso a las escaleras que bajaban al sótano. Mientras pasaba
sobre cascotes esparcidos por el suelo los dedos del robot trataron de alcanzar
mi pierna, pero ya me lo esperaba, por lo que fallaron por algunos centímetros.
Ya he sido perseguido por los suficientes policías robot como para no saber lo
indestructibles que son. Puedes volarlos, o derribarlos, y continúan
persiguiéndote, aunque tengan que arrastrarse impelidos tan solo por un dedo
incólume, y escupiéndote durante todo el tiempo moralidad azucarada. Esto es lo
que estaba haciendo éste. Que si debía abandonar mi vida de crímenes y pagar me
deuda con la sociedad, y todas esas paparruchadas. Todavía podía oír los ecos
de su voz resonando escaleras abajo cuando llegué al sótano.
Ahora, los segundos estaban contados. Tenía unos tres
minutos antes de que me pisaran los talones, e iba a emplear exactamente un
minuto y ocho segundos en salir del edificio. No era mucha ventaja, y la iba a
necesitar toda. Otra puerta disimulada se abría a la sala de desetiquetado.
Ninguno de los robots me miró mientras la atravesaba. Me habría sorprendido
silo hubieran hecho, pues eran todos del tipo sencillo de grado M, con poco
cerebro y buenos tan sólo para trabajos simples y repetitivos. Para esto era
para lo que los había alquilado. No sentían ninguna curiosidad sobre el por qué
estaban quitando las etiquetas de las latas llenas de frutos nitrogenados, o
acerca de qué había al otro lado de la cadena sin fin que se llevaba estas
latas a través de un orificio en la pared. Ni tan sólo miraron cuando abrí la
Puerta Que Jamás Estaba Abierta y que daba al otro lado de esa pared. La dejé
abierta detrás mío, pues ya no era ningún secreto. Caminando cerca de la
rugiente cadena sin fin, atravesé la irregular abertura que yo mismo había
practicado en la pared del almacén del gobierno. También había tenido que
instalar la cadena sin fin, pues esto y el hacer el hueco eran actos ilegales
que tenía que hacer por mí mismo. Otra puerta cerrada se abría al almacén propiamente
dicho. La cargadora automática estaba apilando atareadamente latas en la cadena
sin fin, tomándolas de los montones que llegaban hasta el techo. Esta cargadora
ni tan solo tenía el bastante cerebro como para ser llamada robot, tan sólo
estaba equipada con una cinta programada para que cargase las latas. La
contorneé y troté a lo largo de la habitación. Tras de mí murieron los sonidos
de mi actividad ilegal. Me reconfortaba el saber que todavía seguía funcionando
a pleno rendimiento.
Había sido uno de los negocios más bonitos que había
montado. Con una pequeña inversión alquilé el almacén contiguo al del gobierno.
Un simple agujero en la pared me dio acceso a todo el stock de productos
almacenados, productos a utilizar a tan largo plazo que yo sabía que
permanecerían sin ser tocados durante meses o años en un almacén tan grande
como este.
Naturalmente, sin ser tocados hasta que yo llegué.
Tras la perforación del agujero y la instalación de la
cadena, el resto fue un negocio normal.
Alquilé los robots para sacar las etiquetas antiguas y
sustituirlas por las muy atractivas que me había hecho imprimir Entonces
coloqué mis productos en el mercado en una forma estrictamente legal.
Mi producto era mejor y, gracias a mi imaginativo sistema
operativo, los costes eran muy bajos, por lo que podía permitirme vender más
barato que mis competidores y hacerme todavía con unos jugosos beneficios. Los
mayoristas locales se hablan dado cuenta rápidamente del saldo, y tenía pedidos
para muchos meses por adelantado. Había sido un buen asunto... y podría haber
durado algún tiempo más.
Ahogué esa línea de pensamientos antes de que comenzase.
Si algo hay que aprender en mi tipo de negocios es que, cuando un negocio se
acabó, ¡se acabó! La tentación de continuar un día más o de ingresar aún otro
cheque puede ser casi irresistible, lo sé muy bien; pero también sé que es la
mejor forma de relacionarse con la policía... Date la vuelta y vete...
Y podrás estafar otro día.
Este es mi lema, y es un buen lema. Me hallo donde me
hallo precisamente porque lo he seguido al pie de la letra.
Y el soñar despierto no ayuda a escapar de la policía.
Eché todos estos pensamientos de mi mente al llegar al
extremo de la sala. Toda el área debía estar ya repleta de policías, así que
tenía que moverme deprisa y no cometer errores. Una rápida mirada a derecha e
izquierda. Nadie a la vista. Dos pasos adelante, y apretar el botón del
ascensor. Habla puesto un contador en este ascensor de la parte de atrás, y
sabía que se usaba por término medio tan sólo una vez al mes. Llegó en unos
tres segundos, vacío, y salté a su interior, apretando al mismo tiempo el botón
que señalaba: azotea. El viaje pareció durar una eternidad, pero tan solo era
una apreciación subjetiva. Según el contador duraba exactamente catorce
segundos. Esta era la parte más peligrosa de la fuga. Me puse rígido mientras
el ascensor frenaba. Llevaba en la mano mí calibre .75 sin retroceso, que
podría acabar con un policía, pero tan sólo con uno.
La puerta se abrió y me relajé. Nada. Debían tener toda el
área rodeada en el suelo, pero no se hablan preocupado en poner policías en la
azotea.
Al aire libre podía oír por primera vez las sirenas... era
un sonido maravilloso. Debían tener allí la mitad de todas las fuerzas de
policía, a juzgar por el ruido que hacían. Aceptaba esto del mismo modo que un
artista acepta los aplausos.
La pasarela estaba tras la caseta del ascensor, en el
sitio donde la habla dejado. Algo descolorida por la humedad, pero igual de
resistente. Unos pocos segundos para llevarla al borde de la baranda y
recostaría contra el edificio contiguo.
Tranquilo. Este era el punto crítico en que la velocidad
no contaba. Cuidadosamente hasta el final de la pasarela, con la maleta
apretada contra mi pecho para mantener mi centro de gravedad sobre mi mismo.
Paso a paso. Una caída de trescientos metros hasta el suelo. Si no miras hacia
abajo no puedes caerte...
Pasado. Momento de apresurarse. Con la pasarela tras la
barandilla, si no la ven al principio, mi pista estará cubierta al menos
durante algún tiempo. Diez pasos rápidos y allí estaba la puerta de la
escalera. Se abría con facilidad. Tenía que hacerlo, pues por algo yo había
puesto aceite en las bisagras, una vez dentro, eché el cerrojo e inspiré larga
y profundamente. Aún no había salido, pero la peor parte, en la que corría más
riesgos, ya había pasado. Dos minutos sin interrupciones y jamás encontrarían a
James Bolívar, alias «Jim el escurridizo», diGriz.
El rellano de la escalera correspondiente a la azotea era
un cubículo mal alumbrado y mohoso que jamás era visitado. Hacia semanas habla
estado revisándolo cuidadosamente en busca de micrófonos o cámaras visoras, y
no había hallado nada.
El polvo parecía incólume, con la excepción de mis propias
pisadas. Tenía que aceptar el riesgo de suponer que no los habrían colocado
desde entonces. El riesgo calculado es algo que tiene que ser aceptado en mi
profesión.
Adiós James diGriz, de noventa y ocho kilos de peso, con
una edad aproximada de unos cuarenta y cinco años, obeso y de prominentes
mejillas, un típico hombre de negocios cuya foto honra los archivos de la
policía de un millar de planetas, lo mismo que sus huellas dactilares. Estas
fueron lo primero que desapareció. Nada más fácil, cuando las usas son como una
segunda piel y sin embargo bastan unas gotas de disolvente para que salgan como
un par de guantes transparentes.
La ropa después, y entonces el corsé a la inversa: esa
bella panza que me ciñe la cintura y que contiene veinte kilos de plomo
mezclado con termita. Un rápido remojón de la botella de tinte y mi cabello
recuperó su original tonalidad marrón, así como mis cejas. Los tapones nasales
y los rellenos de las mejillas duelen al salir, pero tan solo es un segundo.
Más tarde las lentillas de color azul. Este proceso me deja tan desnudo como
cuando vine al mundo, y siempre siento como si hubiese nacido otra vez. Y, en
cierto sentido, es verdad; me había convertido en un hombre nuevo, con veinte
kilos menos, diez años menos y una descripción totalmente diferente. La maleta
contenía un traje completo y unas gafas de montura oscura que reemplazaban a
las lentillas. El dinero cabía fácilmente en un maletín.
Cuando me erguí, parecía ciertamente como si me hubieran
quitado diez años. Estaba tan acostumbrado a usar aquel peso que ya no lo
notaba... hasta ahora que me lo había quitado. Me sentía ligero.
La termita destruiría todas las evidencias. Hice un montón
con todo y encendí la mecha. Prendió con un rugido y todo: botellas, ropas,
maleta, zapatos, pesas, etc., ardió con un brillo alegre. La policía hallaría
un punto requemado en el suelo, y el microanálisis tal vez les hiciese hallar
algunas moléculas en las paredes, pero esto sería todo lo que hallarían. El
resplandor de la termita ardiendo proyectó sombras danzantes a mi alrededor
mientras bajaba tres pisos hasta el centésimodoceavo.
La suerte seguía acompañándome; no había nadie en el piso
cuando abrí la puerta. Un minuto más tarde el ascensor rápido me dejaba, junto
con un puñado de otros hombres de negocios, en el amplio vestíbulo.
Tan solo había una puerta abierta a la calle, y había una
cámara portátil de TV enfocada hacia ella. No se hacía el menor intento de
detener a la gente que salía o entraba al edificio, y la mayor parte de ella ni
siquiera se daba cuenta de la cámara y del pequeño grupo de policías reunidos a
su alrededor. Caminé hacia ella a un paso mesurado. Unos nervios templados
sirven de mucho en este tipo de negocios.
Por un instante estuve de lleno en el campo de aquel frío
ojo de cristal, luego pasé de largo. No ocurrió nada, así que no era
sospechoso. Aquella cámara debía de estar conectada en directo con la
computadora central en la Jefatura de Policía y, si mi descripción se hubiera
parecido lo suficiente a la que constaba en su memoria, aquellos robots
hubieran recibido inmediatamente la notificación y habría sido detenido antes
de poder dar un solo paso más. No se puede superar a la combinación
computadora-robot porque piensan y actúan en cuestión de microsegundos, pero se
les puede eludir previendo anticipadamente las cosas. Yo lo había hecho una vez
más.
Un taxi me llevó hasta unas diez manzanas de distancia.
Esperé a que se perdiera de vista y tomé otro. Hasta que no me hallé en el
tercer taxi no me sentí lo suficientemente seguro como para ir a la terminal
del espaciopuerto. Los sonidos de las sirenas se hacían más y más lejanos, y
tan solo ocasionalmente algún coche de la policía pasaba raudo en sentido
contrario.
Estaban haciendo una montaña de un pequeño crimen, pero
eso es lo usual en los mundos supercivilizados. El crimen es ya algo tan raro,
que la policía enloquece cuando tropiezan con uno.
Hasta cierto punto no podía culparles por ello, el poner
multas de tráfico debe de ser un trabajo tremendamente aburrido. En realidad,
creo que deberían agradecerme el que ponga un poco de excitación en sus
aburridas vidas.
Fue un bello paseo hasta el espaciopuerto, pues
naturalmente se hallaba situado bien lejos de la ciudad. Tuve tiempo de
arrellanarme en el asiento y contemplar el paisaje mientras ponía en orden mis
pensamientos. Hasta lo tuve para filosofar un poco. Uno de los motivos era que
podía gozar de nuevo del placer de fumar un buen cigarro. En mi otra
personalidad tan solo fumaba cigarrillos, y nunca he violado las costumbres de
una personalidad, ni aún en los momentos del más estricto aislamiento. Los
cigarros estaban todavía en la cigarrera de bolsillo en que los habla metido
hacía seis meses. Di una larga chupada y lancé el humo contra el centelleante
paisaje. Era bueno acabar un trabajo, tanto como el estar realizándolo. Nunca
podía decidir qué era lo que más me gustaba.
Supongo que era porque cada cosa tenía su tiempo de ser.
Mi vida es tan diferente de las de la absoluta mayoría de
la gente que forma nuestra sociedad, que dudo que aunque quisiera pudiera
explicársela. Viven en una enorme y rica unión de mundos que casi ha olvidado
el significado de la palabra crimen. Existen unos pocos descontentos y algunos,
aún menos, socialmente mal ajustados. Los pocos que aún nacen, a pesar de los
siglos de control genético, son pronto atrapados, y su aberración es
rápidamente rectificada. Algunos no hacen patente su debilidad hasta que llegan
a adultos: son los que intentan realizar crímenes mezquinos, como escalos,
descuidos en almacenes y así... Los llevan a cabo durante una o dos semanas, o
durante uno o dos meses, según su nivel de inteligencia natural. Pero al fin,
con la misma seguridad con que se da la degradación de las sustancias
radioactivas, la policía alarga su brazo y los atrapa.
Esto es casi todo el crimen que se da en nuestra sociedad,
organizada y aburguesada. Digamos que el noventa y nueve por ciento. Es el
restante y vital uno por ciento el que da trabajo a los departamentos de
policía. Ese uno por ciento soy yo y unos pocos como yo, un puñado de hombres
esparcidos por toda la Galaxia. Teóricamente no podemos existir y, si
existimos, no podernos operar. Pero lo hacemos. Somos las ratas del artesonado
de la humanidad... operamos más allá de sus barreras y de sus reglas. La sociedad
tenía más ratas cuando las reglas eran más flexibles, tal como los edificios de
madera contenían más ratas que los de cemento que los sustituyeron, pero a
pesar de eso aún tenían ratas. Ahora que la sociedad es toda de cemento armado
y acero inoxidable hay menos rendijas entre las junturas y una rata tiene que
ser inteligente para descubrirías. Una rata de acero inoxidable está en su
elemento en este ambiente. El ser un rata de acero inoxidable es algo solitario
pero envanecedor... y es la experiencia más formidable que se pueda dar en la
Galaxia si es que uno puede realizar impunemente su tarea. Los sociólogos no
pueden ponerse de acuerdo sobre el motivo de nuestra existencia, y hasta
algunos parecen dudar de ella. La teoría más comúnmente aceptada dice que somos
víctimas de una enfermedad psicológica retardada que no muestra señales en la
infancia, cuando podría ser detectada y corregida, y que tan solo se manifiesta
más tarde, en la vida adulta. Naturalmente he pensado mucho sobre este tema, y
no estoy en lo más mínimo de acuerdo con esta explicación.
Hace algunos años escribí un librito sobre este tema, bajo
seudónimo, por supuesto, que fue bastante bien recibido. Mi teoría es que esta
aberración es más bien filosófica y no psicológica.
Llega un cierto momento en que algunos nos damos cuenta de
que uno tiene que vivir fuera de las reglas de la sociedad o morir de absoluto
aburrimiento. No hay ni futuro ni libertad en la vida así circunscrita, y la
única otra vida posible es un rechace completo de las normas. Ya no hay lugar
para el soldado de fortuna o para el caballero aventurero que puede vivir a un
mismo tiempo dentro y fuera de la sociedad. Hoy en día es o todo o nada. Y,
para preservar mi propia cordura, yo escogí el nada.
El taxi llegó al espaciopuerto justo cuando me encontraba
en esta línea de pensamiento negativo, por lo que me alegró el poderla
abandonan La soledad es lo único a lo que se le tiene que tener miedo en este
tipo de negocios, pues ella y la autocompasión pueden destruirte si se apoderan
de ti.
La acción siempre me ha ayudado en estos casos, la
excitación del peligro y de la huida aclaran siempre la mente. Cuando pagué el
taxi estafé al conductor ante sus propias narices, sustrayendo uno de los
billetes en el mismo momento en que se lo entregaba. Estaba tan ciego como una
pared de cemento. Su credulidad me hizo ronronear de placer. La propina que le
di compensaba con creces la pérdida, ya que tan solo hago estas pequeñeces para
romper la monotonía. Había un cobrador robot tras la ventanilla de venta de
billetes. Tenía un tercer ojo en la frente, lo que equivalía a una cámara.
Chasqueaba débilmente mientras adquirí mi billete, registrando mi rostro y
destino. Era una precaución normal por parte de la policía, y me hubiera
sorprendido el que no la hubiesen tomado.
Mi destino se hallaba dentro del sistema, por lo que
dudaba de que mi fotografía fuera a parar a otro lugar que a los archivos. No
estaba dando un salto interestelar esta vez, como era mi costumbre tras un
trabajo grande. No era necesario. Tras. un trabajo en un planeta solitario o en
un sistema pequeño, es imposible el seguir en él, pero Beta Cygnis tiene un
sistema de casi veinte planetas, todos ellos con climas terrificados. Este
planeta, el III, estaba ahora demasiado «caliente», pero el resto del sistema
era terreno virgen. Había un alto nivel de rivalidad económica dentro de él, y
sabía que sus departamentos de policía no cooperaban demasiado bien. Esto les
iba a costar caro. Mi billete era para Moriy, planeta XVIII, extenso y
esencialmente agrícola.
Había algunas pequeñas tiendas en el espaciopuerto. Las
visité cuidadosamente, y adquirí una maleta nueva con un vestuario completo y
otros artículos esenciales de viaje. Reservé el sastre para lo último. Me
seleccionó un par de trajes de viaje y un faldellín de ceremonias, que me llevé
al cuarto probador. Como por puro accidente, logré colgar uno de los trajes
sobre la cámara oculta en la pared, e hice con los pies sonidos parecidos a los
que hace alguien que se está desnudando, mientras me ocupaba del billete que
acababa de adquirir. Una de las puntas de mi cortacigarros era un perforador,
con el que alteré los orificios codificados que indicaban mi destino. Ahora me
dirigía al planeta X, en lugar de al XVIII, y con esta alteración había perdido
casi doscientos créditos. Este es el secreto para alterar billetes y otros
documentos similares: no traten de elevar el valor facial... es muy probable
que esto sea descubierto. Pero si bajan el valor facial, aunque sean
sorprendidos, la gente estará segura de que todo se debe a un error mecánico.
No hay ni la menor duda en ello, porque ¿para qué iba alguien a hacer una
alteración en la que perdiese dinero?
Antes de que la policía pudiese sospechar, ya había sacado
el traje de delante del visor, y me lo probé empleando en ello todo el tiempo
necesario. Ya lo tenía casi todo dispuesto, y aún me quedaba una hora, más o
menos, antes de que la nave partiese. Empleé prudentemente el tiempo en ir a
una lavandería automática para lavar y planchar toda mi ropa nueva. No hay nada
que atraiga más la atención de un aduanero que una maleta llena de ropa sin
usar.
La aduana pasó sin problemas y, cuando la nave estuvo
medio llena, subí a bordo, sentándome cerca de la azafata. Flirtée con ella
hasta que se marchó, después de clasificarme en la categoría de Macho,
impetuoso, molesto. Una solterona que se sentaba a mi lado también me clasificó
en el mismo cajón y se puso a mirar por la ventanilla, dándome ostentosamente
la espalda. Me adormilé contento, porque si hay algo me mejor que no ser
apercibido es el ser apercibido y clasificado en una categoría. Tu descripción
se mezcla con la de todos los otros de esa categoría, y allí acaba todo.
Cuando me desperté casi estábamos en el planeta X, por lo
que seguí adormilado en el asiento hasta que aterrizarnos, y luego me fumé un
cigarro mientras mi equipaje pasaba por la aduana. Mi maletín lleno de dinero
no levantó sospechas, ya que previsoramente falsifiqué meses antes seis
documentos que me acreditaban como mensajero bancario. En este sistema el
Crédito Interplanetario era casi inexistente, así que los aduaneros estaban
acostumbrados a ver pasar, en uno y otro sentido, montones de dinero líquido.
Confundí la pista un poco más, casi por hábito, y acabé
hallándome en una gran ciudad industrial llamada Brouggh, situada a un millar
de kilómetros del lugar en el que habla tomado tierra. Usando una documentación
totalmente distinta, tomé alojamiento en un hotel tranquilo de los suburbios.
Normalmente, tras un trabajo grande como el último,
descanso durante uno o dos meses, pero en esta ocasión no tenía deseos de
descansar Mientras llevaba a cabo pequeñas compras por la ciudad con el fin de
reconstruir la personalidad de James diGriz, tenía al mismo tiempo los ojos muy
abiertos en busca de nuevas oportunidades para negocios. El primer día que salí
hallé una que parecía ideal... y que cada día se me aparecía como mejor.
Una de las razones por las que he estado durante tanto
tiempo fuera del alcance de la ley es porque nunca me repito. He imaginado
algunos de los más impresionantes negocios, los he puesto en marcha una vez y
luego los he abandonado para siempre. Casi lo único que tenían en común es que
todos me
daban dinero. Casi lo único a lo que, hasta hoy, no había
llegado es al asalto a mano armada. Era ya tiempo de corregir esto.
Mientras estaba reconstruyendo la obesa personalidad del
«escurridizo Jim», iba planeando los detalles de la operación. Casi al mismo
tiempo que tuve a punto los guantes con las huellas dactilares acabé de
planificar todo el negocio. Era simple, tal y como tienen que serlo todos los
asuntos buenos, ya que, cuantos menos detalles hayan, menos cosas habrán que
puedan ir mal.
Iba a atracar Moralo, los más grandes almacenes de la
ciudad. Cada tarde, exactamente a la misma hora, un camión blindado se llevaba
los ingresos del día al banco. Era un bocado apetitoso: una gigantesca suma en
inidentificables billetes de pequeño valor facial. El único problema que se
presentaba, al menos para mí, era cómo un solo hombre podría copar con el
enorme peso y volumen de todo aquel dinero. Cuando tuve una respuesta para
esto, la operación estuvo a punto.
Claro está que todos estos preparativos tan solo fueron
hechos en mi mente hasta que la personalidad de James diGriz estuvo de nuevo a
punto. El día en que me coloqué otra vez aquella panza lastrada noté como si
estuviera de nuevo de uniforme. Encendí mi primer cigarrillo casi con
satisfacción, luego me puse al trabajo. Un día o dos para algunas compras y
unos pocos robos sencillos, y ya estaba listo. Programé el trabajo para el día
siguiente a primeras horas de la tarde.
La clave de la operación era un amplio camión-tractor que
había comprado, y al que había efectuado algunas alteraciones en el interior Lo
aparqué en un callejón, pero no importaba, ya que tan solo era usado por la
mañana temprano. Era un simple paseo hasta los almacenes, a los que llegué casi
al mismo tiempo en que aparecía el camión blindado Me recosté contra la pared
del gigantesco edificio mientras los guardias sacaban el dinero. Mi dinero.
Para alguien con algo de imaginación supongo que aquello
hubiera sido una visión atemorizadora: Por lo menos cinco guardias armados
situados alrededor de la entrada, dos más en el interior del vehículo, así como
el conductor y su ayudante. Como precaución adicional, cerca de la curva se
hallaban tres rugientes monociclos, que acompañarían al camión para protegerlo
por el camino. ¡Oh, muy impresionante! Tuve que ocultar una sonrisa tras mi
cigarrillo cuando pensé en lo que iba a ocurrirles a esas elaboradas precauciones.
Había estado contando las carretadas de dinero a medida
que salían por la puerta. Siempre había quince, ni menos ni más; esta costumbre
me facilitaba el conocer el momento en que debía empezar a actuar. En el
instante en que la catorceava era cargada en el camión blindado, aparecía en la
entrada de los almacenes la quinceava. El chófer del camión había estado
contando igual que yo, por lo que bajó de la cabina y se dirigió hacia la
puerta trasera para cerrarla con llave cuando hubiera terminado la carga.
Estábamos perfectamente sincronizados mientras nos
cruzamos andando: en el momento en que él llegaba a la puerta trasera, yo
llegué a la cabina, subí a ella con tranquilidad y silenciosamente, y cerré la
puerta tras de mi. El ayudante del conductor tuvo tan solo el tiempo justo para
abrir la boca y desorbitar los ojos antes de que yo le colocase una bomba
anestésica en el regazo; se derrumbó inmediatamente. Yo, naturalmente, llevaba
los adecuados filtros nasales. Mientras con la mano izquierda ponía en marcha
el motor, con la derecha lanzaba una bomba más grande por la ventanilla que
unía la cabina con la parte trasera. Se oyeron unos confortantes golpes cuando
los guardianes se derrumbaron sobre los sacos de dinero.
Todo esto me había llevado seis segundos. Los guardianes
situados en la escalinata se estaban empezando a dar cuenta de que algo iba
mal. Les hice un alegre saludo con la mano a través de la ventanilla y aceleré
el camión blindado, sacándolo de la cuna. Uno de ellos trató de correr para
lanzarse a través de la puerta abierta, pero ya era demasiado tarde. Todo había
pasado tan rápidamente que ninguno de ellos habla pensado en disparar. Ya había
yo previsto el que habría pocos balazos. La sedentaria vida de esos planetas
atrofia los reflejos.
Los conductores de los monociclos se despertaron mucho más
rápidamente, me perseguían antes de que el camión hubiera recorrido treinta
metros. Moderé la marcha hasta que me alcanzaron y luego apreté el acelerador,
manteniendo la velocidad exacta y suficiente para que no me pasasen.
Claro que sus sirenas estaban aullando y que hacían
funcionar sus armas, era tal como yo lo había planeado. Bajamos por la calle
como corredores de cohetes, y el tráfico se disolvió delante nuestro. No tenían
tiempo para pensar y darse cuenta de que lo que estaban haciendo era asegurar
que el camino quedara libre para mi huida. La situación era realmente
humorística, y me temo que solté una carcajada mientras conducía el camión por
las estrechas esquinas.
Por supuesto que se habría dado la alarma, y que más
adelante se debían estar bloqueando las carreteras... pero esos ochocientos
metros pasaron rápidos a la velocidad a la que íbamos. Fue cuestión de segundos
hasta que vi ante mí la boca del callejón.
Dirigí el camión hacia ella, apretando al mismo tiempo el
botón del transmisor de onda corta que llevaba en el bolsillo.
Se encendieron mis bombas de humo a todo lo largo del
callejón. Como se puede suponer, eran de fabricación casera, como casi todo mi
equipo, pero no obstante producían una nube adecuadamente densa en aquel
estrecho callejón. Llevé el camión un poco hacia la derecha, hasta que el
parachoques rozaba la pared, y reduje un poco la velocidad para así poder guiar
por el tacto.
Naturalmente, los conductores de los monociclos no podían
hacer esto, ya que solo tenían la elección de detenerse o de lanzarse de cabeza
a la oscuridad. Espero que tomaran la decisión correcta y que ninguno de ellos
resultase herido.
Se suponía que el mismo impulso radial que había prendido
las bombas de humo debía de haber abierto la puerta trasera del camión situado
allí delante y bajado la rampa. Había funcionado estupendamente cuando hice la
prueba, por lo que tan solo me quedaba esperar que ocurriera lo mismo en la
práctica. Traté de estimar la distancia que había recorrido en el callejón
contando el tiempo y la velocidad, pero me equivoqué un poco, las ruedas
frontales del camión golpearon la rampa con un estampido destructor y el camión
blindado rebotó, más que rodó, al interior del otro camión más grande. Me
magullé un poco y me quedó justo el sentido suficiente para pisar el freno
antes de que atravesase la cabina con el blindado.
El humo de las bombas lo convertía todo en una medianoche,
lo cual, unido a mi cabeza atontada por el golpe, casi arruinó todo el asunto.
Pasaron valiosos segundos mientras me recostaba contra la pared del camión
tratando de volverme a orientar. No sé cuanto tiempo me llevó, pero cuando al
fin trastabillé por la puerta de atrás ya podía oír las voces de los guardianes
atravesando el humo.
Oyeron la retorcida rampa crujir mientras la cerraba, por
lo que tuve que tirar un par de bombas más para calmarlos. Cuando subí a la
cabina del camión tractor el humo comenzaba a disiparse.
Encendí el motor, poniendo en marcha el vehículo. Unos
metros más allá, al salir del callejón, irrumpí a la luz del día. La bocacalle
daba a una vía principal, y a unos metros por delante vi pasar dos coches de la
policía echando chispas. Cuando mi camión salió a la calle, me fijé
cuidadosamente en todos los testigos. Ninguno de ellos demostraba el más mínimo
interés por el camión o por el callejón. Aparentemente, toda la conmoción
estaba aún limitada al otro extremo del mismo. Di gas al motor y tomé la calle,
alejándome de la tienda que acababa de robar.
Claro que tan solo recorrí unas pocas manzanas en esa
dirección, para doblar luego por una travesía. En la siguiente esquina doblé de
nuevo y regresé hacia Moralo, el lugar de mi reciente crimen. El aire frío que
entraba por la ventanilla hizo que pronto me sintiera mejor, y hasta llegué a
silbar una alegre cancioncilla mientras maniobraba el enorme camión por entre
las calles.
Habría sido estupendo el pasar por delante de Moralo y ver
lo que ocurría, pero esto solo hubiera sido buscar problemas. El tiempo seguía
siendo importante. Había planeado cuidadosamente una ruta que evitaba toda la
congestión del tráfico y ahora la estaba siguiendo escrupulosamente. Fue solo
cuestión de minutos el llegar hasta el aparcamiento de carga situado en la
parte de atrás del gran almacén. Allí habla un poco de inquietud a causa del
robo, pero se difuminaba entre el bullicio normal de la carga y la descarga.
Aquí y allá, un grupo de conductores de camión o de capataces estaban
discutiendo sobre el acontecimiento, pero como los robots no cotillean, el
trabajo normal continuaba. Los hombres estaban, naturalmente, tan excitados,
que no se prestó ninguna atención a mi camión cuando lo llevé al aparcamiento,
junto a los otros. Apagué el motor y me recosté en el asiento, con un suspiro
de satisfacción.
La primera parte estaba completa. No obstante, quedaba la
segunda, que era igual de importante.
Rebusqué en mi panza entre el equipo que siempre llevo en
los trabajos... para una emergencia como esta. Normalmente no confío en los
estimulantes, pero aún estaba atontado por los golpes. Dos centímetros cúbicos
de Linoten en mi cúbito anterior me aclararon rápidamente la cabeza. Volvía a
caminar con paso seguro cuando me dirigí a la parte de atrás del camión.
El ayudante del conductor y los guardas todavía estaban
inconscientes, y continuarían así por lo menos durante diez horas. Los dispuse
en una alineada fila en la parte delantera, donde no me molestaran, y me
dispuse al trabajo.
El camión blindado casi llenaba la caja del camión, tal
como había supuesto; por tanto, había asido las cajas a las paredes. Eran unas
estupendas y fuertes cajas de embalaje con el nombre de Moralo bien visible en
todas sus caras. Era un pequeño robo a su almacén que pasaría desapercibido,
Las bajé y las monté para llenarlas. Pronto estaba sudando, y me tuve que
quitar la camisa mientras comenzaba a meter el dinero en los embalajes.
Casi me llevó dos horas introducido y cerrar las cajas.
Cada diez minutos o así daba una ojeada a través de la mirilla de la puerta:
tan solo se veía la actividad normal. Sin duda la policía debía tener la ciudad
sitiada y debía de estar registrándola, casa por casa, en busca del camión.
Estaba casi seguro de que el último sitio en el que se les ocurriría mirar
sería en la parte de atrás del almacén robado.
El almacén en el que me había provisto de los embalajes
también me había proporcionado un buen surtido de albaranes de envío. Pegué uno
a cada una de las cajas, dirigiéndolas a diferentes lugares de recogida. Como
es natural las puse a portes pagados, y ya estuve dispuesto para finalizar la
operación.
Por entonces ya casi se había hecho oscuro, pero sabía que
el departamento de envíos estaría ocupado casi toda la noche. Encendí de nuevo
el motor y me dirigí lentamente, en marcha atrás, al muelle de envíos. Había un
área relativamente tranquila allí donde se encontraban el sector de carga y el
de descarga. Detuve el camión lo más cerca que pude de la línea divisoria. No
abrí la puerta de atrás hasta que todos los trabajadores se hallaron mirando en
otra dirección. Aún el más estúpido de ellos se hubiera sentido curioso ante el
hecho de que un camión descargase cajas de envío de la firma. Tras apilarlas en
la plataforma les eché una lona por encima, todo lo cual apenas me llevó unos
pocos minutos. Tan solo cuando hube cerrado las puertas del camión volví a
destaparías, y me senté sobre una de ellas para fumar un cigarrillo.
Antes de haberlo terminado, pasó un robot del departamento
de envíos lo suficientemente cerca como para poderlo llamar.
- Ven aquí. Al M-19, que estaba cargando esto, se le quemó
una banda de freno, así que ocúpate tú.
Sus ojos brillaron con la luz del deber. Algunos de los
tipos M superiores se toman su trabajo muy a conciencia. Tuve que apartarme
rápidamente cuando por las puertas situadas a mis espaldas aparecieron los
camiones y las cargadoras M. Se oyó un ajetreo de carga y selección y mi botín
desapareció por la plataforma. Encendí otro cigarrillo y miré durante un rato
mientras las cajas eran codificadas, marcadas y cargadas en los camiones de
envío o en las cintas transportadoras locales.
Todo lo que me quedaba por hacer era deshacerme del camión
en alguna calle perdida y cambiar de personalidad.
Mientras estaba entrando en el camión, me di cuenta por
primera vez de que algo andaba mal. Claro que me había estado fijando en la
puerta... pero no lo bastante. Habían estado entrando y saliendo camiones,
pero, de pronto, me golpeó como un martillo pilón en el plexo solar el hecho de
que eran siempre los mismos los que iban en una y otra dirección. Uno grande,
rojo, de grandes distancias, estaba ahora mismo saliendo. Oí el eco de su tubo
de escape rugir calle abajo... y luego morir con un lento gruñido. Cuando se
volvió a oír no fue alejándose, sino que el camión apareció por la otra puerta.
Había coches de la policía esperando tras la valla. Esperándome a mí.
Por primera vez en mi carrera sentí el pavor del hombre
acorralado. Esta era la primera vez en que la policía estaba tras mis huellas
sin haberlo yo previsto. Se había perdido el dinero, eso ya era seguro, pero
eso ya no me importaba. Lo que querían ahora era atraparme.
Piensa primero, luego actúa. Por el momento aún estaba
seguro. Naturalmente me estaban rodeando, pero lentamente, pues no sabían en
qué parte del gigantesco aparcamiento me hallaba. ¿Cómo me habían encontrado?
Este era el punto verdaderamente importante. La policía local estaba
acostumbrada a un mundo casi sin crímenes, por lo que no podían haber dado con
mí rastro con tanta rapidez. En realidad, no había dejado ningún rastro, por lo
que quienquiera que hubiese preparado esta trampa lo había hecho tan solo con
lógica y raciocinio.
Sin pensarlo, unas palabras saltaron a mi mente: El Cuerpo
Especial.
Nunca se escribía nada acerca de él, tan solo se podían
oír un millar de palabras susurradas en un millar de mundos a lo largo de la
Galaxia. El Cuerpo Especial, la rama de la Liga que se ocupaba de los problemas
que los planetas por sí solos no podían resolver. Se suponía que el Cuerpo
había acabado con los restos de los Merodeadores de Haskell tras la paz, que
había eliminado del juego a los ilegales comerciantes T & Z, y que
finalmente habían cazado a Inskipp. Y ahora iban a por mí.
Estaban allí afuera, esperando a que tratase de abrir
brecha. Estaban pensando en todos los caminos, igual que yo, y los estaban
bloqueando. Tenía que pensar rápido y bien.
Tan solo había dos caminos hacia afuera: a través de las
puertas o a través de la tienda. Las puertas estaban demasiado bien cubiertas
para abrir brecha, y tal vez en la tienda hubiese otras posibilidades de
escape. Tendría que hacerlo por allí. En el momento en que llegaba a esta
conclusión, me di cuenta de que otras personas también habrían llegado a ella,
y que ya debían estarse dirigiendo a cubrir esas salidas. Este pensamiento me
dio miedo... y también me enfadó. La sola idea de que alguien pudiera ganarme
pensando ya me era odiosa. De acuerdo, podían tratar de atraparme... pero les
iba a costar. Todavía me quedaban unos cuantos trucos en la manga.
Primero, una pequeña pista falsa: Puse en marcha el
camión, en primera, y lo apunté a la puerta.
Cuando estaba en línea recta atoré el volante y salté por
el lado opuesto de la cabina, volviendo al hangar de mercancías. Una vez estuve
dentro apresuré el paso. Tras de mi pude oír algunos disparos, un fuerte golpe
y muchos chillidos. Esto ya estaba mejor.
Las cerraduras nocturnas estaban conectadas en las puertas
que llevaban a la tienda propiamente dicha. Era una alarma de tipo antiguo, que
podía desconectar en escasos segundos. Mis ganzúas abrieron la puerta y le di
una patada, echándome para atrás. No se oyeron timbres de alarma, pero sabía
que, en alguna parte del edificio, un indicador señalaba que había sido abierta
una puerta.
Fui hasta la puerta más alejada del lado opuesto del
edificio corriendo tanto como podía. Esta vez me aseguré de que la alarma
estuviera desconectada antes de atravesar la puerta. La cerré tras de mi.
El trabajo más complicado del mundo es correr y no hacer
ruido. Mis pulmones ardían cuando estaba llegando a la entrada de empleados.
Unas pocas veces vi luces de linternas delante mío y tuve que esconderme tras
los mostradores, pero logré pasar sin ser visto, aunque más por suerte que por
otra cosa. Ante la puerta por la que habría querido salir se hallaban dos
hombres de uniforme.
Permaneciendo tan pegado como pude a la pared me acerqué a
unos siete metros de ellos antes de tirarles una granada de gas. Por un segundo
estuve seguro de que llevaban puestas máscaras antigás y de que todo había
terminado... luego se derrumbaron. Uno de ellos estaba bloqueando la puerta,
por lo que lo aparté rodando con el pie y la abrí unos centímetros.
El reflector no podía haber estado a más de diez metros de
la puerta: cuando se encendió noté más dolor que luz. Me tiré al suelo en el
mismo instante en que se encendía, y los balazos de la pistola ametralladora
perforaron una hilera de agujeros a lo ancho de la puerta. Mis oídos estaban
sordos por el estrépito de las balas explosivas y casi no pude oír el ruido de
los pasos a la carrera. Ya tenía mi calibre .75 en la mano, y coloqué todo un
cargador a través de la puerta, apuntando alto para no herir a nadie.
No los detendría, pero los haría ir más despacio.
Devolvieron el fuego, debía de haber un pelotón entero
allí afuera. De la pared de atrás saltaron esquirlas de plástico, y los
proyectiles silbaron por el corredor. Era una buena cobertura, así sabía que
nadie me saldría por la espalda. Permaneciendo lo más plano que pude, repté en
la dirección opuesta, fuera de la línea de tiro. Doblé dos esquinas antes de
estar lo suficientemente lejos de las armas como para poderme arriesgar a
ponerme en pie. Mis rodillas temblaban y mi visión estaba aún oscurecida por grandes
manchas de color. El reflector había hecho un buen trabajo, casi no podía ver a
la débil luz.
Seguí moviéndome lentamente, tratando alejarme lo más
posible de los disparos. El pelotón del exterior había disparado en cuanto yo
había abierto la puerta, lo que significaba que tenían órdenes de disparar
contra quienquiera que tratase de abandonar el edificio. Una bella trampa. Los
policías de dentro seguirían buscando hasta dar conmigo. Si trataba de salir me
asarían. Comenzaba a sentirme como tina rata en una ratonera.
Todas las luces de los almacenes se encendieron y me quede
parado, helado. Estaba cerca de la pared de una gran sala dedicada a artículos
para granjas. Al otro lado de la habitación se hallaban tres soldados. Nos
divisamos al mismo tiempo, y me zambullí hacia la puerta mientras a todo mi
alrededor rebotaban las balas. Los militares estaban también en ello, lo que
significaba que se lo habían tomado muy en serio. Al otro lado de la puerta
había un grupo de ascensores... y escaleras subiendo hacia lo alto. Me metí en
el ascensor de un salto y hundí el botón del sótano, logrando apenas salir
antes que se cerraran las puertas. Las escaleras estaban en la dirección de los
soldados que me perseguían, por lo que me pareció que corría hacia sus bocas de
fuego. Debí de alcanzar las escaleras un instante antes de su llegada. Subí por
ellas y llegué hasta el primer descansillo antes de que ellos estuvieran abajo.
La suerte todavía me acompañaba. No me habían visto, y estarían seguros de que
había ido hacia abajo. Me desplomé contra la pared, oyendo los gritos y los
silbatos mientras dirigían su búsqueda hacia el sótano.
Pero en el grupo había uno listo. Mientras los otros
estaban siguiendo la pista falsa, lo oí comenzar a subir lentamente las
escaleras. No me quedaba ninguna granada de gas, todo lo que podía hacer era
subir por delante de él, tratando de no hacer ningún ruido. Venía lenta y
pausadamente, y yo me mantuve por delante de él. De esta manera subimos cuatro
pisos, yo en calcetines, con los zapatos entrelazados alrededor de mi cuello, y
él con sus pesadas botas raspando suavemente contra el metal de los escalones.
Cuando inicié la subida al quinto piso me detuve, con el
pie a mitad de un escalón. Alguien estaba bajando... alguien que usaba el mismo
tipo de botas militares. Hallé la puerta al pasillo, la abrí y me deslicé por
ella. Ante mi se extendía un largo corredor, flanqueado por algún tipo de
oficinas. Comencé a correr a lo largo de él, tratando de alcanzar una esquina
antes de que aquella puerta se abriese y las balas explosivas me partiesen en
dos. El pasillo parecía interminable, y de repente me di cuenta de que nunca
conseguiría llegar al final a tiempo.
Era una rata buscando un agujero... y no había ninguno.
Las puertas estaban cerradas, todas. Las iba probando mientras corría, sabiendo
que no lo iba a lograr. Aquella puerta de la escalera se estaba abriendo tras
de mí, y el arma se estaba levantando. No me atreví a darme la vuelta y mirar,
pero lo podía sentir. Cuando la puerta se abrió bajo mi mano casi cal a través
de ella antes de darme cuenta de lo que habla sucedido. La cerré tras de mi y
me recosté contra ella en la oscuridad, jadeando como un animal agotado.
Entonces se encendió la luz y vi al hombre sentado tras el
escritorio, sonriéndome. Existe un límite para la cantidad de emociones que
puede absorber un ser humano, y yo había sobrepasado el mío. No me importaba si
me daba un balazo o me ofrecía un cigarrillo... había llegado basta el final de
mi camino. No hizo ninguna de las dos cosas; en lugar de eso, me ofreció un
cigarro.
- Coja uno de estos, diGriz. Creo que son su marca.
El cuerpo es un esclavo del hábito. Aún cuando la muerte
está a unos centímetros, responde a las costumbres establecidas. Mis dedos se
movieron por sí mismos y tomaron el cigarro, mis labios lo apretaron y mis
pulmones lo sorbieron hasta darle vida. Y, durante todo esto, mis ojos
vigilaban al hombre tras el escritorio, esperando la muerte.
Se debió de notar. Me señaló una silla y tuvo buen cuidado
de tener las dos manos a la vista sobre la mesa. Yo todavía tenía mi arma
apuntada contra él.
- Siéntese, diGriz, y aparte ese cañón. Si quisiera
matarle, lo podría haber hecho más fácilmente que guiándolo hasta esta
habitación - sus cejas se arquearon sorprendidas cuando vio la expresión de mi
rostro -. ¿No me dirá que creyó llegar hasta aquí por casualidad?
Hasta ese mismo momento así lo habla creído, y esta falta
de un razonamiento inteligente por mi parte me produjo una oleada de vergüenza
que me devolvió a la realidad. Me habían sobrepasado mental y físicamente, y lo
menos que podía hacer era rendirme a la evidencia. Lancé el arma sobre
la mesa y me derrumbé sobre la silla ofrecida. Barrió la
pistola hacia un cajón con rápida eficiencia y se relajó él también un poco.
- Me tuvo preocupado por un momento por la forma en que se
quedó ahí delante, con los ojos locos y agitando esa pieza de artillería de
campo.
- ¿Quién es usted?
Sonrió ante lo abrupto de mi tono.
- Bueno, no importa quien soy. Lo que importa es la
organización a la que represento.
- ¿El Cuerpo?
- Exactamente. El Cuerpo Especial. No creyó que se trataba
de la policía local,
¿verdad? Ellos tienen órdenes de dispararle a primera
vista. Fue tan sólo después de que les dije cómo hallarle cuando dejaron que el
Cuerpo interviniese. Tengo algunos de mis hombres en el edificio, son los que
lo han traído hasta aquí. El resto son todos nativos, con dedos nerviosos en
los gatillos.
No era muy halagüeño, pero era verdad. Me habían llevado
de un lado para otro como a un robot de clase M, con cada movimiento programado
por adelantado. El viejo tras el escritorio... pues ahora me daba cuenta de que
debía de tener unos sesenta y cinco años, había demostrado ser superior a mí.
El juego había terminado.
- De acuerdo, señor Detective. Me tiene usted atrapado,
así que el recrearse en mi desgracia no tiene sentido. ¿Qué sigue ahora en el
programa? ¿Reorientación psicológica, lobotomía... o simplemente el pelotón de
ejecución?
- Me temo que nada de eso. Estoy aquí para ofrecerle un
empleo en el Cuerpo.
Todo el asunto era tan ridículo que casi me caí de la
silla en el ataque de risa que siguió a estas palabras. Yo, James diGriz, el
ladrón interplanetario trabajando como policía. Era demasiado cómico.
El otro permaneció paciente, esperando hasta que hube
terminado.
- Admito que tiene su lado cómico - dijo -, pero sólo a
simple vista. Si se para a pensarlo, tendrá que admitir que no hay nadie más
cualificado para atrapar a un ladrón que otro ladrón.
Había bastante de verdad en eso, pero no iba a comprar mi
libertad convirtiéndome en un cimbel.
- Una oferta interesante, pero no pienso salir de esto
volviéndome traidor. ¿Sabe?, aún entre los ladrones existe un código de honor.
Esto lo enfadó. Era más alto de lo que parecía sentado, y
el puño que agitó ante mi rostro era tan grande como un zapato.
- ¿Pero qué clase de estupideces está diciendo? Suena como
una frase de una película de gángsters de la televisión. ¡Nunca se ha
encontrado con otro ladrón en su vida, y no lo hará nunca! Y si lo hiciera, lo
delataría alegremente si con ello pudiese sacar usted algún provecho. La
esencia misma de su vida es el individualismo... eso y la emoción de hacer
cosas que otros no pueden hacer.
Bueno, eso ya se acabó, y lo mejor es que se convenza a
usted mismo de ello. Ya no puede seguir siendo el play-boy interplanetario que
solía ser... pero puede llevar a cabo un trabajo que va a necesitar de cada
onza de su habilidad y talentos especiales. ¿Ha matado alguna vez a un hombre?
- No... no que yo sepa.
- Bueno, no lo ha hecho. Le digo esto por si así va a
dormir mejor por las noches. No es usted un homicida, miré eso en su ficha
antes de venir a buscarle. Es por eso por lo que sé que entrará en el Cuerpo, y
que sentirá un gran placer en capturar al otro tipo de criminal que está
enfermo, y no que simplemente realiza una protesta social. El hombre que puede
asesinar y disfrutar con ello.
Era demasiado convincente, y tenía todas las respuestas.
Tan sólo quedaba un argumento, y lo lancé en un último intento defensivo.
- ¿Y qué hay con el Cuerpo? Si se enteran que está usted
empleando a criminales semireformados para hacer trabajos sucios, nos fusilarán
a los dos al romper el alba. Esta vez era su turno de reírse.
No veía qué era lo que le parecía tan cómico, así que lo
ignoré hasta que hubo terminado.
- En primer lugar, muchacho, yo soy el Cuerpo, por lo
menos su cabeza. ¿Y cuál cree que es mi nombre? ¡Harold Peters Inskipp ese es
mi nombre!
- ¿No será el Inskipp que...?
- El mismo, Inskipp el Inatrapable. El hombre que
desvalijó el Pharsydion II en pleno vuelo y que realizó todas esas otras
operaciones sobre las que estoy seguro de que leyó en su malgastada juventud.
Fui reclutado en la misma manera que usted.
Me tenía atrapado. Debió ver mis ojos saltones, porque se
preparó para hacerme mate.
- ¿Y quienes se cree que son el resto de nuestros agentes?
No me refiero a los graduados de limpia mirada salidos de nuestras escuelas
técnicas, como la escuadra que tengo abajo, sino los agentes especiales. Los
hombres que planean las operaciones, que realizan el trabajo de campo
preliminar y
que se preocupan de que todo vaya sobre ruedas. Son
ladrones, todos ladrones. Contra mejores eran por sí solos, mejor es el trabajo
que realizan para el Cuerpo. Este es un Universo grande y camorrista, y le
sorprenderían algunos de los problemas que aparecen. Los únicos que podemos
reclutar para hacer los trabajos son los que ya son expertos en ellos. ¿Le
interesa?
Había pasado todo tan rápido y no había tenido tiempo para
pensar, por lo que posiblemente iba a seguir arguyendo durante una hora. Pero
en lo más recóndito de mi mente ya había llegado a una decisión. Lo iba a
hacer. No podía decir que no.
Y, además, estaba comenzando a notar como un calorcillo.
La raza humana esgregaria, esto era algo que sabia bien, aunque durante años lo
hubiese estado negando. Bueno, total, iba a seguir haciendo el trabajo más
solitario en todo el Universo... lo único que ocurría era que ya no lo haría
solo.
LOS MALVADOS HUYEN
—Vino rosso, un mezzo.
El vino tenia un sabor acre y denso que traía
reminiscencias del polvo que se levantaba de la calle sin pavimentar, allí,
fuera de la diminuta taberna. Vini e Bebite, decía el cartel cintado toscamente
sobre la puerta. Vino y bebidas. El vino, de la cosecha local, las bebidas.
Ponzoñosos brebajes coloreados en botellas de vidrios arañados. Fuera el sol
brillaba restallante sobre las blanqueadas paredes de las casas. Birbante vació
el vaso y lo llenó nuevamente con la botella de medio litro. Valiente, dijo, y
el dueño, sacándole brillo a un vaso, y con el rostro sombrío sumido en una
expresión de depresión constante, gruñó una respuesta que podría haber sido de
asentimiento. Los tres hombres que se encorvaban sobre la pequeña mesa junto a
la pared tenían la atención concentrada en el ajado mazo de cartas,
extrañamente dibujadas, con las que jugaban.
Chiomonte era como cualquier otro pequeño pueblo italiano
alejado de los caminos principales. Un solo camino, que también era la calle
principal, conducía a él. Un pueblo aislado receloso de los extraños, la mente
de sus habitantes tan bloqueada para el mundo exterior como bloqueado estaba el
valle por las montañas que lo rodeaban. Golpeado por la pobreza, sin
atractivos, no era lugar donde alguien pudiera detenerse más que por unos pocos
minutos. Pero Birbante tenía buenos motivos para estar allí; él podía estar en
cualquier lugar. Tomó un poco más de vino y luego, con la mano extendida sobre
el mostrador, miró su reloj. Era casi mediodía. Cuando lo rozó con la punta del
dedo el cuadrante se hizo transparente, revelando la presencia de otros
cuadrantes y de un indicador con luces de colores. Nada había cambiado. Narciso
no estaba cerca.
Sin embargo, no podía estar lejos. Los instrumentos que
guardaba en el coche—el reloj era tan sólo un repetidor—se lo decían. Además,
casi podía sentir su presencia; una facultad que había desarrollado después de
años de perseguir a aquellos que no deseaban ser encontrados. Narciso había
ganado más distancia que cualquier otro y había estado en libertad mucho más
tiempo, pero eso no importaba. Birbante nunca había fracasado. No fracasaría
ahora, con la ayuda de Cristo. Con los dedos rozó el bulto bajo su camisa, el
crucifijo que allí colgaba. Encontraría a Narciso.
—Quisiera llevarme un litro de esto.
El dueño de la taberna lo miró de arriba a abajo con
disgusto, como si el pedido fuera algo insólito.
—¿Tiene una botella?
—No, no tengo una botella —respondió Birbante con
paciencia.
—Creo que aquí tengo una. Tendrá que pagar un depósito de
cincuenta liras.
Birbante hizo un fatigado gesto de aceptación ante el
pequeño hurto y luego se dedicó a observar mientras desde la trastienda surgía
una botella polvorienta. Alguien la lavó con descuido bajo el grifo y luego,
con un estropeado embudo, la llenó con el vino de una gran damajuana cubierta
de mimbre. Fue coronada con un corcho ennegrecido. Birbante desparramó algunas
monedas sobre el mostrador manchado y, cuando el dueño se extendió para
alcanzarlas, le colocó a su lado una fotografía en colores.
—¿Conoce a este hombre?—preguntó.
El dueño recogió las monedas, una por una, ignorando al
hombre de la fotografía, adusto, de cabello negro, corto e hirsuto y
transparentes ojos azules.
—Mi primo —dijo Birbante—. Hace años que no lo veo. He
oído que está por aquí cerca. Murió un tío, le dejó algo de dinero, no mucho,
pero sé que querrá tenerlo. A cualquiera le viene bien el dinero. ¿No sabe
dónde
está?
Mientras hablaba, Birbante sacó disimuladamente un
arrollado billete de diez mil liras del bolsillo de su camisa, lo desplegó
lentamente sobre el mostrador y lo dejó allí. El dueño miró el billete, luego a
Birbante, quien pudo sentir que la mirada de los jugadores también estaba sobre
él.
—No lo vi nunca.
—Es una lástima. Hay dinero de por medio.
Birbante plegó el billete, lo introdujo nuevamente en el
bolsillo, tomó la botella y se marchó. El sol quemaba con una presión casi
física; hurgó en el bolsillo del pantalón en busca de las gafas de sol y se las
puso. Esa gente no se traicionaba. Si consideraban a Narciso como a uno de
ellos, nunca lo delatarían ante un extraño. Es decir, no directamente.
El rojo brillante del convertible Alfa Romeo era el único
toque de color en la calle blanqueada. Birbante empujó el vino debajo del
asiento para que estuviera a la sombra y atravesó el sendero de guijarros
desparejos hacia la oscura entrada de lo que parecía ser un almacén. No tenía
letrero ni vidriera y tampoco los necesitaba; cualquiera en el pueblo sabría
que ese era el almacén. Junto a la puerta había un lío de cuerdas y en la
entrada colgaban algunas ristras de pimientos rojos. Birbante se abrió paso y
pestañeó en la penumbra del interior. La mujer, vestida de negro, tenia el
mismo aspecto sombrío e informe que la mercadería. No le devolvió el saludo y
en silencio reunió los artículos que había pedido. Una horma de queso y una
pequeña rodaja de pan de corteza gruesa. Los barriles de aceitunas despedían un
olor a rancio y Bilbante los rechazó. Todo el tiempo permaneció en donde
pudiera controlar la puerta de la taberna.
Uno de los viejos jugadores salió y se alejó
dificultosamente calle abajo.
Era un buen augurio. Si Narciso estaba cerca y se
informaba de su presencia, la cacería estaba a punto de concluir. El detector
no era muy fiel en distancias cortas y sólo podía decirle que el hombre que
buscaba estaba en algún lugar en un radio de diez a veinte kilómetros. Pero si
Narciso sabía que le estaban buscando, la situación cambiaría radicalmente. Se
sentiría atemorizado, inquieto, desdichado, poseído por alguna emoción
violenta. Cuando eso ocurriera el detector, templado según el modelo neurológico
de su cerebro, lo detectaría inmediatamente.
Birbante miraba hacia adelante mientras regresaba al
coche. pero cuando se sentó pudo observar en el espejo la calle que se extendía
detrás. El viejo miró en dirección a él una vez y luego entró en una de las
casas. Birbante colocó las provisiones debajo del asiento, junto al vino, y
puso el motor en marcha. Hizo estos movimientos tan lentamente como le fue
posible y fue recompensado por la aparición de un muchachito que salió de la
misma puerta por la que había entrado el hombre. El muchacho pasó junto al coche
corriendo, manteniendo la vista al frente.
Algo imposible, pensó Birbante, y el coche arrancó. Ningún
muchacho italiano, cualquiera fuera su edad, podía pasar junto a un lustroso
automóvil rojo como ése sin examinarlo de parachoques a parachoques. El
muchacho llevaba un mensaje y el mensaje se refería a él. Narciso no podía
estar lejos. Retrocedió por una callejuela angosta y giró para regresar hacia
donde había partido. Lejos del muchacho. Sus instrumentos le dirían todo lo que
necesitaba saber.
A medida que bordeaba el Valle, el camino se volvía
zigzagueante; en uno de los recodos había descubierto un ancho espacio
sombreado por algunos árboles. Se dirigió hacia allí y estacionó. Con el motor
apagado, el placentero silencio sólo era interrumpido por el zumbido distante
de los insectos. El valle se abría ante él, con tonos grises y pardos en su
mayoría; los ralos campos verdes se extendían a ambos lados del pueblo.
Chiomonte mismo lucía mucho mejor a esa distancia, con la rosada cúpula de su
iglesia elevándose por encima de los edificios blancos. La pobreza y la
suciedad no eran visibles. El suelo había sido pobre desde un principio y ahora
estaba agostado por siglos de agricultura intensiva. Birbante bebió un buen
trago de vino, cortó algunos trozos de pan y usó su cuchillo de bolsillo para
cubrirlo con abundante queso. El pan estaba crujiente, el queso fuerte, una
simple comida de campesino que le hizo recordar las montañas toscanas de su
niñez. Parecía que Italia nunca iba a cambiar, dormitando en las tibias tardes
de los siglos, bajo el suave tañido de miles y miles de campanas de iglesia,
como aquellas que ahora repicaban a distancia. Ese mundo de fe yacía en la mano
de Dios, los valles, aquellos surcos...
Con fogonazos agonizantes, el viejo autobús se acercaba
por el camino, emitiendo chirridos de protesta cada vez que tomaba una curva.
Para aumentar la afrenta, el conductor, apretado contra el volante como una
araña, hizo sonar una penetrante bocina que destrozó la paz silenciosa de un
momento antes.
Azorado, Birbante sacudió un puño a la parte trasera del
autobús y maldijo mentalmente a su conductor. Sólo cuando se hubo aquietado con
algo de vino, sólo entonces, se dio cuenta de qué manera se había permitido
perder el control. ¡Había maldecido a ese hombre desconocido, a ese pobre
hombre! El pensamiento fue tan eficaz como el hecho. Mientras luchaba con el
tablero del automóvil sintió que el rostro se le cubría con un sudor que no
tenia relación alguna con el calor. Tomando el pesado rosario de plata lo
atrajo hacia sí y pidió perdón a Dios y al mismo tiempo Le suplicó que ignorara
las blasfemias pronunciadas en un momento de cólera, pues en realidad no
significaban nada. Y también entenderlo y perdonarlo porque era un ser humano y
un cuerpo débil. Las plegarias lo calmaron y entonces descubrió que ese trabajo
le estaba costando grandes sufrimientos, especialmente la última investigación
que le habían asignado. Cuando regresara con Narciso les pediría a sus
superiores una tregua, al menos un año, en algún apartado monasterio de
montaña. Ellos se lo permitirían, ellos conocerían las presiones bajo las
cuales debía trabajar.
Hacía tiempo que la aguja del cuadrante oscilaba
requiriendo su atención; finalmente Birbante lo advirtió. Había estado tan
inmerso en sus propios problemas que había olvidado su
trabajo. La lección era clara: sus propios padecimientos y
penurias debían volver a su lugar, así como la comida y el vino. Un poco de
ayuno y abstinencia le harían bien. Más tranquilo, hizo minuciosos ajustes en
los controles y lanzó una mirada de reojo a las agujas.
"Estás allí, Narciso, no lejos de mí y tan temeroso
como yo de la justicia de Dios. Estamos en Sus manos y yo voy a ayudarte."
El coche arrancó e inmediatamente se deslizó a gran
velocidad camino abajo. Birbante controló su entusiasmo y disminuyó la marcha.
La cacería había sido larga y unos pocos minutos no harían ninguna diferencia.
Cuando el camino se convirtió en una recta entre los campos que precedían al
pueblo, enfiló hacia un costado y controló nuevamente sus instrumentos. Una
reacción violenta, continua, siempre hacia adelante. Te estoy buscando,
Narciso.
Algunas sombras se habían alargado; era el único cambio en
Chiomonte desde que él se alejara, horas antes. Ahora conducía lentamente a
través del pueblo manteniéndose en el centro del camino y controlando las
agujas con sumo cuidado. Habría una intensa oscilación cuando pasara junto a
Narciso y entonces sabría dónde se hallaba e inmediatamente después lo habría
capturado. Con la ayuda de Dios. Palpó la cruz a través de la camisa; las
agujas no se movieron.
Entonces las casas quedaron atrás y empezó la campiña,
altos viñedos polvorientos apretándose junto al camino. Su presa debía de estar
en las afueras del pueblo, en alguna de las granjas solitarias. A cada instante
la señal se hacía más débil y pronto perdería la definida precisión que
necesitaba; todavía apuntaba hacia adelante, hacia el vacío que se precipitaba
camino abajo. Birbante sintió un súbito indicio de temor y apretó a fondo el
acelerador. No, así no. Para encontrar a su presa se necesitaba raciocinio, no
pánico. Detuvo el coche e hizo algunos ajustes precisos. Nada. Pero tenia que
haber algo. Frustrado, dio pequeños golpes sobre el tablero como si pudiera
hacerlo vibrar para obtener la información que buscaba; entonces estalló en una
carcajada.
"Tan simple, realmente". Puso el coche en marcha
una vez más. "El autobús. Recibió la advertencia y huyó subiendo a aquel
autobús. Eso es todo. El fin de nuestro viaje ya está cerca, Narciso."
Ahora el Alfa Romeo se desplazaba a gran velocidad.
Manejaba bien y rápido, devorando las rectas, deslizándose en las curvas. En un
minuto divisó el autobús y la nube de polvo que dejaba a su paso. Birbante
frenó bruscamente y disminuyó la velocidad, situándose detrás del vehículo,
controlando sus instrumentos. Sería un poco embarazoso hacer bajar al hombre de
un autobús repleto, pero era posible hacerlo sin provocar demasiada confusión.
Finalmente, no hubo necesidad. Al tomar una curva, tan cerca del autobús que
podía ver las siluetas en las ventanillas de atrás, sus agujas se agitaron,
cambiaron de posición y Birbante frenó.
Narciso ahora iba a pie, por algún lugar a la derecha del
camino; la señal de su cerebro perturbado permitía localizarlo con precisión;
debía de haber visto el coche que lo perseguía. Lentamente, marcha atrás,
retrocedió hasta que estuvo a la altura de un sendero rocoso y ondulante que se
internaba en la campiña. Aquí. Subió por él, lentamente aún, pero a mayor
velocidad que la que cualquiera podía alcanzar a pie o corriendo. En la cima de
una loma, un hombre solitario estaba sentado sobre una roca junto al sendero,
vestido con la rústica cazadora de los campesinos y apoyado en un bastón.
Birbante redujo la velocidad para preguntarle si había visto pasar a alguien,
pero cuando el hombre volvió el rostro hacia él permaneció en silencio.
Por un momento se contemplaron mutuamente. Luego Birbante
apagó el motor del coche así como también los instrumentos ocultos.
—Tú eres Narciso Lupori.—No era una pregunta.
Narciso asintió con un movimiento de cabeza, los ojos azul
pálido en singular contraste con la piel amarronada .
—Tienes ventaja sobre mi.
—Padre Birbante.
—Tendría que sentirme halagado, el más grande cazador de
herejes.
—Si me conoces, entonces deberías saber que no estoy aquí
para conversar contigo, ni para ayudarte, ni para mantener otra reunión
anticristiana. Será todo mucho más fácil para ambos si entras en ese coche y
regresas conmigo ahora.
—Paciencia, Birbante, paciencia. Aún el criminal condenado
tiene un momento para pensar, una última comida. Hasta nuestro Salvador tuvo
una última cena.
—En tus labios Su nombre es una blasfemia. Vendrás conmigo
y esto es el final de todo.
—¿Lo es? —Narciso sonrió, aunque parecía no tener muchos
motivos—. ¿Qué harás conmigo si me niego? ¿Matarme?
Birbante suspiró y tomó un instrumento que estaba en el
asiento de al lado.
—Sabes que no matamos a nadie. Somos cristianos en un
mundo cristiano y trabajamos con amor para elevar a las criaturas que nos
rodean. Este instrumento te apresará y entonces yo me veré forzado a llevarte
conmigo aunque opongas resistencia.
Birbante levantó el objeto, un tubo de plástico negro con
un asa y botones en un extremo, decorado con gusto con un serafín dorado, y
apuntó a Narciso.
Se oyó un estallido violento y el vidrio de la ventanilla
se hizo añicos y cayó sobre la tierra. Birbante miró la ventanilla destrozada y
luego al objeto negro que Narciso tenia en la mano, el cual despedía un sinuoso
hilo de humo.
—Tienes que reconocer esta pistola—dijo Narciso—. Has
visto ilustraciones en los libros de historia. Puede perforarte con la misma
facilidad con que perforó el coche. Ahora arroja ese penter en el asiento de
atrás antes de que lo haga yo.
Birbante vaciló un momento, luego, cuando el arma estuvo a
la altura de su cabeza, hizo lo que le habían ordenado. Se estremeció, pero
permaneció en su lugar.
—No ganarás nada matándome. Yo estaré entre los santos y
mártires y tú estarás todavía aquí, atrapado en este mundo imperfecto hasta que
otros vengan a buscarte. No hay escapatoria. Arroja lejos de ti esa máquina
diabólica y ven conmigo.
—No. Ahora apártate de ese coche para que no puedas
cometer ninguna tontería y escúchame. Siéntate aquí para que podamos hablar. Ya
puse la pistola a un lado.
—El Diablo todavía anda por este mundo —dijo Birbante,
persignándose, mientras alisaba un parche de pasto seco antes de sentarse.
—Mucho mejor de lo que piensas. ¿No te sientes algo
sorprendido al ver un arma como ésta, en esta época?
—Apenas. El año 1970 de Nuestro Señor es parte de nuestro
oscuro pasado. Nada me sorprende.
—Tendrías que prestar más atención a nuestra historia. ¿No
recibiste instrucciones sobre la era a la cual ibas a regresar?
—Suficientes. No somos los tontos que vosotros creéis en
el Colegio de Inquisidores. Entre ambas eras hay sólo cuarenta y siete años.
Vengo equipado; este coche es una réplica exacta de un modelo de la época.
—¡Ah! ¿Entonces lo trajiste contigo? Estaba por
preguntarlo. Si conoces esta era tan perfectamente, sabes que es la Era de la
Paz y que las Guerras Santas terminaron hace tiempo.
—Es verdad. Pero puesto que tienes esa arma, es evidente
que hay pequeñas omisiones en los testimonios...
—¿O pías falsificaciones?
—¡Blasfemas!
—Por favor, discúlpame. Estoy tratando realmente de
comunicarme contigo. Puesto que te han enviado tras de mí, supongo que sabes
bastante acerca de mí, incluso por qué vine aquí.
—Así es. Eres el físico Narciso Lupori; en otros tiempos
pertenecías a los Laboratorios del Vaticano en Castel Sant'Angelo. Eres un
hombre de sorprendente inteligencia que tuvo en sus manos una gran
responsabilidad, a pesar de no haber asumido el sacerdocio. Deberías haberlo
hecho, y a causa de lo que has hecho las reglas serán más estrictas en el
futuro. Nadie que no se haya ordenado en la Santa Iglesia tendrá tu
responsabilidad. Fuiste tentado por algún demonio, por el Demonio y huiste a
este lugar, y al pasado.
—¿Los sacerdotes pueden resistir mejor las adulaciones de
Satán?
—¡Sin duda alguna!
—Y si te dijera que no hay ningún demonio, ningún Demonio
detrás de mi, quizá ni Dios siquiera, en ninguna parte...
—¡Termina con esa blasfemia!
—Lo haré. Soy demasiado buen hijo de la iglesia como para
decir en voz alta aún estas cosas que sé que son ciertas. Pero soy libre en
otros aspectos, si es que no soy también libre de Él.
Dudaba, por si quieres saber, dudaba de todo, y por eso
estoy aquí. Dudaba de que el hombre tuviera la obligación de ser sumiso, de
procrear y poblar la tierra y de destruir las llamadas formas inferiores de
vida. Dudaba si existe algún designio divino detrás de la orden de que ciertos
campos de investigación son intocables para siempre, toda el área de la Física
.
—Dios lo dispuso así.
—No, lo siento, lo hicieron los hombres. Papas y
cardenales. Hombres. Hombres que creen en una sola cosa y que decidieron que el
resto del mundo debe atenerse a lo que ellos creen. Son dueños de un raciocinio
sofocado, de poder, libertad, ambición y lo sustituyen todo con una nube gris
de piadosa santidad.
—No puedes tocarme con esas palabras. Eres tú quien arderá
para siempre en el infierno por decirlas. Ven conmigo. Arroja el arma. Regresa
a aquellos que te ayudarán a purificar la mente.
—Aquellos que borrarán todo recuerdo, todo pensamiento
original, dejándome como un vegetal para ser plantado con firmeza en tierra
santa hasta que envejezca y muera. No. No voy a regresar contigo. Y tengo la
extraña sensación de que tú tampoco vas a regresar.
—¿Qué estás diciendo?
—Exactamente eso. El futuro del que ambos vinimos no
existe, no existirá. No en este mundo de este presente. ¿Por qué piensas que
regresé tan lejos? Los primeros experimentos eran sólo tentativas; y nada
parecía andar bien cuando intentamos investigar el pasado en algo más que unos
pocos meses. Pensé que entendía, tenía una teoría que ahora sé que es correcta.
Por eso usé el equipo que conseguí para remontarme al pasado a través de los
años, solo, sin nada más que la ropa que llevaba sobre mis espaldas, arrugada y
retorcida por el viaje. Encontré trabajo, suficiente para comer y sobrevivir y
para examinar los libros. ¿Has oído hablar alguna vez del Rey Enrique VIII de
Inglaterra?
—¿Por qué me preguntas eso, con que objeto? No soy un
estudiante de historia secular.
—No es importante. Una figura menor de la historia, muerto
a causa de una caída de caballo en el vigésimo año de su reinado. ¿Pero debes
haber oído acerca de Martín Lutero?
—Por supuesto. Un clérigo alernán, más tarde un hereje y
agitador. Murió en la prisión, no recuerdo el año.
—1515. Lo sé bien. Entonces, ¿que dirías si yo te dijera
que Lutero no murió en prisión —no en este mundo— que por el contrario se
expresó en contra de la Madre Iglesia en 1517 y encabezó un movimiento que dio
origen a una nueva Iglesia?
—Una locura.
—Ya veremos. ¡Y el buen rey Enrique viviendo para fundar
su propia iglesia! Yo también pensé que era una locura cuando lo leí por
primera vez, pero una locura impetuosa, liberadora. Este mundo no es el
paraíso... ¡lejos de ello! Pero la libertad todavía existe y los hombres
trabajan por el bien de todos. Tendrás que aprender a gustar de él; tú también
porque tú y yo estamos atrapados aquí. El futuro. tal como lo conocimos, no
existe para nosotros ni existirá. Algo ha producido este cambio, quizá las alteraciones
ocasionadas por nuestra penetración en el pasado sean la causa. Piensa Birbante
perdiste por perseguirme, perdiste tu Iglesia y tu Dios, todo...
—¡Suficiente! ¡No sigas, mientes! —Birbante estaba de pie,
las mejillas blancas. Narciso permanecía sentado, la cara retorcida en una
sonrisa extraña.
—Te asusta, ¿no es verdad? ¿Si estás tan inquieto por qué
no vas a ver? El gran transmisor temporal tiene que estar en el coche, pero tú
tendrás el equipo de supervivencia sobre el cuerpo. Se le ordenó a todos los
viajeros que los usaran. Ya no puedo hacer nada, no puedo escapar. Simplemente
observa el dispositivo temporal y oprime el botón. Regresa a casa para ver cual
de los dos está en lo cierto, luego vuelve aquí, una fracción de un instante
después de tu partida. Yo estaré aquí, nada habrá cambiado. Excepto que tú
conocerás la verdad.
Birbante estaba de pie, rígido, tratando de comprender,
tratando de no creer. Narcico señaló la pistola silenciosamente? recordándole
al otro la existencia de tales armas. Luego sacó del bolsillo un fragmento de
un periódico, arrancado de la primera página de L’Osservatore, la publicación
del Vaticano. A pesar suyo Birbante tuvo que leer los grandes titulares y mirar
las ilustraciones. EL PAPA REZA POR LA PAZ, decía. PIDE A LOS HOMBRES DE TODAS
LAS RELIGIONES QUE SE UNAN A ÉL EN UN DIA DE PLEGARIAS.
Profiriendo un grito áspero y sin palabras, el sacerdote
le arrebató el papel y lo arrojó al suelo. Con el mismo movimiento sacó un
instrumento de su bolsillo y tocó un botón.
Desapareció.
Narciso estaba sentado, los músculos rígidos, contando los
segundos que transcurrían lentamente. Cuando boqueó en busca de aire se dio
cuenta de que estaba conteniendo la respiración.
—¡Solo! —gritó, incorporándose de un salto—. No regresó.
Soy libre. No regresó porque no puede regresar. Está en otro futuro, en otro
pasado, Dios sabe dónde. No me preocupa. ¡Ya no tengo nada que temer de ellos!
El acto de su partida me ha liberado de él para siempre.
Sacó el revólver del bolsillo, estremeciéndose con su
contacto, y lo arrojó a gran distancia. ¡Cómo había practicado para apuntar y
hacer fuego! Deseando que quienquiera que estuviese persiguiéndole jamás
descubriera que él era tan incapaz de matar como ellos que habitaban otro
tiempo y otro espacio. Con la yema de los dedos recorrió suavemente el
reluciente guardabarros del automóvil.
Esto será mi fortuna y mi salvación. Puedo reproducir las
celdas de la batería que lo alimenta e introducirlas aquí para reemplazar la
infernal combustión de los motores que atormenta a esta gente. Si otros
vinieran en mi búsqueda, incluso podría hacerlos desaparecer a través del
tiempo. Aunque dudo que alguno tenga el valor de hacerlo cuando Birbante no
aparezca.
Narciso se deslizó en el asiento y puso el motor en
marcha, que susurró con silencioso poder.
"Entonces veré algo más que el pequeño rincón del
mundo católico e italiano que conocí. Seré rico y viajaré. Aprenderé inglés e
iré a las lejanas Américas donde gobiernan los ingleses y hablaré con los
nobles mayas y aztecas en sus ciudades de oro. ¡Qué mundo maravilloso será este
nuevo mundo!"
Puso los cambios, hizo girar el automóvil y lentamente
desapareció de regreso, camino abajo.
RATAS ESPACIALES DEL CCC
Eso es, compadre, acerca un taburete, sí, ese mismo. Echa
a Phrnnx en el suelo para que la duerma, hasta que se le pase. Ya sabes que los
Krddls no aguantan la bebida, y mucho menos si beben flnnx, y encima fuman esa
endemoniada hierba krmml. Bueno, deja que te sirva un trago de flnnx. Ay,
siento haberte mojado la manga. Cuando se seque puedes rascarlo con un
cuchillo. A tu salud y por que tus propulsores no te fallen cuando las hordas
kpnnz te persigan.
No, lo siento, pero nunca había oído tu nombre hasta
ahora. Demasiados hombres buenos vienen y se van, y los mejores son los que
mueren antes, por desgracia. ¿Yo? No, nunca has oído hablar de mí, tampoco.
Llámame sencillamente Viejo Sarge, es un nombre tan bueno como otro cualquiera.
Hay hombres buenos, como te digo, y el mejor de todos ellos era... bueno, le
llamaremos el Caballero Jax. También tenía otro nombre, pero hay una jovencita
esperando en un planeta que podría nombrar, una jovencita que espera y contempla
las estelas hirvientes de las astronaves, cuando llegan, porque está esperando
a un hombre. Así que en honor a ella le llamaremos el Caballero Jax; a él
también le gustaría este nombre, estoy seguro. Aunque la jovencita debe de
estar ya canosa, o tal vez calva y medio artrítica de tanto esperar, allí
sentada; pero esto es otra historia y no me corresponde a mí contarla. Por
Orión que no me corresponde contarla. Bueno, sírvete tú mismo. Un buen trago,
anda. Ya sé que es normal que los buenos flnnx exhalen humo verde, pero será
mejor que cierres los ojos cuando bebas, si no quieres quedarte ciego en una
semana, ja, ja, por el sagrado nombre del profeta Mrddll Claro que sé lo que
estás pensando. Lo que estás pensando es qué demonios hace una vieja rata como
yo en un agujero como éste, aquí, al final de la galaxia, donde las estrellas
marginales parpadean descoloridas y los fotones cansados viajan lentamente.
Pues voy a decírtelo. Lo que estoy haciendo es emborracharme más, si cabe, que
un planizzian pfrdffl, eso es lo que hago. Se dice que bebiendo se olvidan las
cosas y por el Cisne que yo tengo un montón de cosas de las que no quiero
acordarme. Estás mirando las cicatrices que tengo en las manos. Pues cada una
de estas cicatrices es una historia completa, compadre, lo mismo que las que
tengo en la espalda y en... bueno, ésa es una historia diferente. Voy a
contarte algo; algo que es totalmente cierto, por el nombre sagrado de Mrddl,
aunque tal vez cambie un nombre o dos, ya sabes, a causa de esa jovencita que
espera.
¿Has oído alguna vez hablar del CCC? Ya veo, por como
abres los ojos y por como palidece el bronceado espacial de tu piel, que sí que
has oído hablar de ello. Pues para que lo sepas, tu seguro servidor aquí
presente, el Viejo Sarge, fue una de las primeras ratas espaciales del CCC, y
mi compadre entonces era el hombre al que llaman el Caballero Jax. Que el Gran
Kramddl maldiga su nombre y borre la memoria de aquel primer día negro en que
le vieron mis ojos...
- ¡Atención! ¡Firmes!
La voz del sargento restalló como un latigazo en los oídos
expectantes de los cadetes matemáticamente alineados en filas sucesivas. Bajo
el impacto de aquel latigazo acústico, clarín de la fatalidad, ciento tres
pares de botas relucientes chocaron los talones con un solo golpe seco y los
ochenta y siete cadetes quedaron en posición de firmes, tan rígidos como si
fuesen de acero.
(Habría que explicar ahora que algunos de ellos procedían
de otros mundos y por eso tenían un número diferente de piernas y otras cosas.)
No se oía respirar a nadie, ni se podía percibir el menor parpadeo mientras el
coronel Von Thorax echó a andar por delante de las filas, examinándolos de
arriba abajo, clavando en ellos su ojo de cristal desde detrás de su monóculo.
Llevaba su pelo gris, duro como el alambre, cortado a cepillo, un uniforme
negro, impecable, de tejido suave, y los dedos de acero de su brazo izquierdo
ortopédico sostenían un cigarrillo de hierba krmml. La mano derecha, ortopédica
como el brazo que la sostenía, se levantaba rítmicamente en rígido saludo hasta
el borde de su gorra de visera con un movimiento perfecto, mientras de sus
pulmones artificiales, que ronroneaban tenuemente, brotaba la energía necesaria
para modular la voz estentóreo con que daba sus órdenes.
- ¡Descanso! Ahora escuchadme bien. Vosotros sois el grupo
de hombres, y de cosas, naturalmente, que han sido escogidas entre los mundos
civilizados de la galaxia. Para el primer año de entrenamiento fueron admitidos
seis millones cuarenta y tres cadetes, la mayor parte de los cuales han ido
causando baja de una forma u otra. Muy pocos alcanzaban el nivel exigido.
Algunos fueron fusilados por maleantes, después que tuvimos que expulsarlos.
Otros creían en toda esa demagogia liberaloide con que el comunismo se disfraza
de tintes rosados para proclamar que la guerra y la matanza no son necesarios,
y también hubo que expulsarlos y fusilarlos. A lo largo de los años se fue
eliminando a todos los blandos y sólo quedó lo más duro del Cuerpo: ¡Vosotros!
¡Los militantes de la primera promoción de graduados del
CCC! Listos y a punto para llevar los beneficios de la civilización a las
estrellas. ¡Preparados para descubrir al fin lo que representan y defienden las
iniciales CCC!
Un enorme clamor ascendió desde la masa de gargantas; un
grito ronco de entusiasmo viril que retumbó en ecos sonoros contra las paredes
del estadio. A una señal dada por Von Thorax se conectó un interruptor y una
gran plancha de imperviomita se deslizó a modo de techumbre sobre el espacio
abierto y lo dejó completamente sellado, protegido de toda mirada curiosa y de
todo posible rayo de espionaje. El rauco clamor ascendió de tono con entusiasmo
alucinante, y más de un tímpano se rompió aquel día. Sin embargo, a una señal
del coronel, al levantar su mano, se hizo un silencio instantáneo.
- Vosotros, militantes del CCC, no estaréis solos cuando
partáis para extender las fronteras de la civilización hacia las estrellas
bárbaras. ¡Oh, no! Cada uno de vosotros llevará un compañero fiel a su lado.
¡El primer hombre de la primera fila, que dé un paso al frente para encontrar a
su fiel compañero!
El hombre que había sido designado dio un paso rápido
hacia delante y se detuvo con un fuerte taconazo que fue respondido por el
«clang» metálico de una puerta al abrirse y, sin poder evitarlo, sin
premeditación, todos los ojos se volvieron simultáneamente hacia aquel punto,
hacia aquella oscura entrada de la que salió...
¿Cómo describirlo? ¿Cómo describir el torbellino que os
envuelve, la tormenta que os azota, el vacío que os asfixia? Aquello que salió
de allí era tan indescriptible como una fuerza natural desencadenada.
Era una criatura monstruosa que mediría unos tres metros
hasta la cruz de los hombros y unos cuatro hasta la enorme y fea cabezota, cuya
boca babeaba entrechocando los dientes. Semejante a un ciclón avanzó la bestia
sobre sus cuatro patas como pistones, con grandes pezuñas anguladas que
desgarraban a su paso la dura superficie del suelo del estadio, hecho de
impervitio. Un verdadero monstruo nacido de una pesadilla, que se encabritó
sobre sus patas traseras al negar frente a los militantes y dejó escapar un
horrísono bramido que congelaba el alma.
- ¡Aquí lo tenéis! - tronó a su vez el coronel con voz
estentóreo, echando saliva salpicada de sangre por entre sus labios -. Este es
vuestro fiel compañero, el mutacamel, una mutación extraordinaria conseguida a
partir de la noble bestia de la Antigua Tierra. El mutacamel, símbolo y orgullo
del CCC. O lo que es lo mismo, del Cuerpo de Camellos de Combate. ¡Soldados, os
presento a vuestro camello!
El militante que había sido seleccionado antes dio un paso
al frente y levantó la mano para saludar a la noble bestia, que rápidamente le
cortó el brazo de un mordisco. Su grito de dolor se mezcló al jadeo de sus
otros compañeros, que observaban la escena sin demasiado interés, mientras los
guardianes del camello, protegidos por vestimenta de cuero con hebiIlas
metálicas, hacían retroceder a la bestia a golpes de porra y la conducían de
nuevo a su chiquero.
Un médico le puso al hombre un torniquete en su muñón
ensangrentado y se lo llevó a rastras, desvanecido.
- Esta es vuestra primera lección en camellos de combate -
gritó el coronel con voz hosca -. Nunca le levantéis la mano. Vuestro
compañero, con su nuevo brazo ortopédico, estoy seguro, ja, ja, de que no
olvidará esta lección. ¡El siguiente, y su siguiente compañero!
De nuevo el remolino de la tempestad desencadenada y aquel
horrible bramido espumeante del camello de combate al iniciar su carga, a toda
carrera. Esta vez el soldado no levantó el brazo. Entonces lo que hizo el
camello fue cortarle la cabeza de un bocado.
- No creo que se puedan poner cabezas ortopédicas - dijo
el coronel mirando maliciosamente a su formación -. Guardemos un minuto de
silencio por nuestro compañero que se ha ido al gran cohete de reposo en el
cielo. Bien, ya basta.
¡Atención! Luego vendréis al campo de entrenamiento de los
camellos para aprender cómo tenéis que manejar a vuestros fieles compañeros.
Sin olvidar nunca que todos ellos tienen una dentadura completa hecha de
imperviumita, y uñas de la misma sustancia, tan afiladas corno cuchillas de
afeitar. ¡Rompan filas!
Los cuarteles de los cadetes del CCC eran famosos por su
carencia absoluta de coquetería, o más bien por su decorado glacial Y su falta
de comodidades. Las camas eran unas simples losas de impervitium -nada de
colchones blandos que pudieran reblandecer las vértebras- y las sábanas, de
tejido de saco muy fino. Desde luego no había mantas; ¿qué falta hacían, con
una sana temperatura constantemente mantenida a cuatro grados centígrados? El
resto de la instalación correspondía al mismo criterio, de modo que fue una
enorme sorpresa para los graduados encontrarse, al volver de la ceremonia y los
entrenamientos, con algunas innovaciones inesperadas. Había una pantalla en
cada una de las bombillas, antes desnudas, colocadas junto a las camas para
leer. Y un buen almohadón suave de dos centímetros de grosor, además. Estaban
recogiendo ahora los beneficios de todos aquellos años de trabajo.
Entre todos los alumnos el mejor era, con gran ventaja
sobre el resto, uno llamado M. Hay ciertos secretos que no se pueden revelar,
algunos nombres que son importantes para sus seres queridos y sus vecinos. Por
lo tanto voy a dejar la capa del anónimo sobre la verdadera identidad de este
hombre llamado M. Bastará con que le llamemos
«Acero», puesto que ése era el sobrenombre que le puso
alguien que le conocía muy bien. Acero tenía por aquel entonces un compañero de
cuarto llamado L. Más tarde, mucho más tarde, sería conocido por algunos como
«el Caballero Jax», de modo que así le nombraremos nosotros para el propósito
de esta narración: Caballero Jax, o simplemente Jax. Jax venía inmediatamente
después de Acero en lo que se refiere a marcas escolares y deportivas, y los
dos eran muy buenos amigos. Habían sido compañeros de cuarto durante todo el
último año de instrucción y ahora estaban los dos allí, con los pies en alto,
saboreando el inesperado confort del nuevo mobiliario, tomando a sorbos un
tazón de café descafeinado, que se llamaba Kofe, y dando hondas chupadas a los
cigarrillos desnicotinizados que fabricaba la misma escuela, y que se llamaban
Denikcig, de acuerdo con el nombre que les había dado el fabricante. Los
estudiantes del CCC, sin embargo, les llamaban «jadeadores» o
«revientapulmones».
- Échame un reventador, ¿quieres, Jax? - dijo Acero, desde
su cama, donde estaba tumbado con los brazos por detrás de la cabeza, soñando
despierto en lo que le esperaba, ahora que ya tendría su propio camello muy
pronto -. ¡Ouh! - exclamó al sentir que el paquete de cigarrillos arrojado por
su amigo le daba en un ojo. Sacó uno de aquellos cilindros blancos y delgados,
lo encendió, después de darle unos ligeros golpecitos contra la pared, y luego
aspiró una profunda bocanada de humo refrescante - Aún no puedo creerlo - dijo
echando humo mezclado con palabras.
- Pues es cierto, por Mrddl - dijo Jax sonriente -. Somos
graduados. Ahora devuélveme el paquete de jadeadores para que yo también pueda
echar unas bocanadas.
Acero le arrojó el paquete, pero lo hizo con tanto
entusiasmo que fue a dar contra la pared e inmediatamente se encendieron todos
los cigarrillos y el paquete estalló en llamas. Un vaso de agua acabó con la
conflagración, pero, mientras aún humeaba, se iluminó la pantalla de
comunicación con un tenue parpadeo rojo.
- Mensaje de alta prioridad - masculló Acero, mientras
apretaba el botón de conexión. Los dos jóvenes saltaron de la cama y se
quedaron en rígida posición de firmes al mismo tiempo que el rostro de hierro
del coronel Von Thorax cubría la superficie entera de la pantalla.
- M, L, a mi despacho a toda velocidad - las palabras
caían de sus labios como si fuesen goterones de plomo fundido.
¿Qué podía significar aquello?
- ¿Qué crees que pasa? - preguntó Jax mientras los dos
amigos se dejaban caer por el conducto de descenso casi con rapidez de la
gravedad.
- En seguida vamos a saberlo - contestó Acero mientras se
dirigían a la puerta del «viejo» y pulsaban el botón anunciador.
Activada por algún mecanismo oculto, la puerta se abrió de
par en par y ambos entraron en la estancia, no sin cierta inquietud. Pero...
¿qué era aquello? No era posible. El coronel los miraba sonriendo. Sonriendo.
Una expresión que nunca hasta entonces habían visto en aquel rostro de granito.
- Poneos cómodos, muchachos - dijo, indicando con un gesto
de la mano dos sillas muy confortables que brotaron del suelo al apretar él un
botón -. Encontraréis cigarrillos en los brazos de esas servosillas, y también
vino de Valumian o cerveza Snaggian.
- ¿No Kofe? - preguntó Jax con la boca abierta, y todos se
echaron a reír.
- No creo que realmente queráis tomar Kofe - susurró el
coronel a través de su laringe artificial
-. Bebed, muchachos, ahora sois Ratas Espaciales del CCC.
Vuestra juventud queda ya atrás. Y ahora, mirad esto.
Esto era una imagen tridimensional que se materializó en
el aire delante de ellos cuando el coronel apretó un botón, la imagen de una
nave espacial como nunca habían visto. Era tan esbelta como un pez espada, tan
fina de alas como un pájaro, tan sólida como una ballena y tan armada como un
caimán.
- ¡Kolon benditos! - exclamó Acero con la boca abierta de
admiración -. ¡Eso es lo que yo llamo un pedazo de cohete!
- Algunos de nosotros preferimos llamarle el Invencible -
dijo el coronel, no sin un cierto toque de humor.
- ¿Esto es la nave? Algo habíamos oído...
- Muy poco podéis haber oído, porque hemos tenido envuelto
y bien envuelto este bebé desde sus comienzos. Tiene los motores más poderosos
que se han fabricado hasta ahora, nuevos MacPherson perfeccionados, del último
modelo, manipuladores de conducción Kelly perfeccionados también hasta tal
punto que no los reconoceríais y también unos propulsores Fitzroy de doble
fuerza que hacen que los antiguos parezcan juguetes para niños. Y aún me
reservo lo mejor para el final...
- Nada puede ser mejor que lo que ya nos ha contado -
interrumpió Acero.
- ¡Eso es lo que tú crees! - exclamó el coronel, echándose
a reír, no sin cierta cordialidad, pero con un tono de voz como el de una
lámina de acero al rasgarse -. La mejor noticia de todas es que tú, M, vas a
ser el capitán de esta nueva superastronave, con el afortunado L como jefe de
máquinas. - El afortunado L se sentiría mucho más feliz de ir como capitán, en
lugar de como rey de las calderas - murmuró Jax, y los otros dos se echaron a
reír ante lo que consideraban un buen chiste.
- Todo está completamente automatizado - prosiguió
diciendo el coronel -, de modo que basta con una tripulación de dos. Pero debo
advertimos que lleva una buena cantidad de aparatos a prueba, que hay que
experimentar, de manera que los que vuelen con ella tienen que ser
voluntarios...
- ¡Yo me presento voluntario! - gritó Acero.
- Yo tengo que ir a los lavabos un momento - dijo Jax
levantándose de su asiento. Pero volvió a sentarse en el acto al ver cómo el
desintegrador saltaba automáticamente de su funda a la mano del coronel -. ¡Ja,
ja! Era sólo una broma. Claro que me presento voluntario.
- Ya sabía que podía contar con vosotros, muchachos. El
CCC produce hombres. Camellos también, naturalmente. De modo que esto es lo que
vais a hacer. Mañana, a las 0304 horas saldréis disparados por el éter con
rumbo al Cisne. En dirección a un cierto planeta.
- Déjeme que intente adivinarlo - dijo Acero hoscamente y
con los dientes apretados -. No estará pensando en enviarnos al mundo lleno de
larshniks de Biru-2, ¿verdad?
- Pues sí. Esa es la primera base larshnik, el centro
operacional de todo tráfico de drogas y de juego, el sitio donde descargan a
los esclavos blancos, la sede de las destilerías de flnnx y el refugio de las
hordas piratas.
- ¡El ideal para quien le guste la acción! - dijo Acero,
con una mueca.
- No creas que es una broma eso que dices - convino el
coronel -. Si yo fuese más joven y tuviese unas pocas piezas menos de repuesto
en mi organismo, es la clase de oportunidad que me encantaría.
- Puede ir como jefe de máquinas - sugirió Jax.
- Silencio - dijo el coronel -. Caballeros, buena suerte,
porque con vosotros va el honor del CCC.
- ¿Pero no los camellos? - preguntó Acero.
- Quizá la próxima vez. Existen, bueno... algunos
problemas de ajuste. Hemos perdido cuatro graduados más mientras estamos
sentados aquí. Es posible incluso que tengamos que cambiar de animales.
Convertir el Cuerpo en el CPC.
- ¿Con perros de combate? - preguntó Jax.
- Perros o asnos. O tal vez recentales. Pero ése es mi
problema, no el vuestro. Lo que os toca a vosotros es poneros en ruta y abrir
en canal a Biru-2. Estoy seguro de que podéis hacerlo.
Si los aludidos no estaban tan seguros como el coronel se
lo guardaron para sí, porque de este modo es como se hacen las cosas en el
Cuerpo.
Así que, cumpliendo con su deber, a la mañana siguiente se
metieron en el Invencible y a las 0304 horas precisas se lanzaron al espacio.
Los trepidantes motores MacPherson transmitieron quintillones de ergios de
energía a los reactores de propulsión, hasta que se encontraron al fin fuera
del campo de gravedad de la madre Tierra.
Jax trabajaba en los motores, echando transvestita en la
boca abierta del horno hambriento, hasta que Acero le indicó desde el puente
que había llegado el momento del «cambio». A partir de entonces activaron los
propulsores Kelly, devoradores de espacio. Acero apretó el botón que los ponía
en marcha y la enorme aeronave dio un gran salto hacia las estrellas a siete
veces la velocidad de la luz.
Como los propulsores eran totalmente automáticos, Jax fue
a refrescarse un poco en el aseo, mientras su ropa era lavada automáticamente
en la lavadora. Luego subió al puente.
- Bueno - exclamó Acero, levantando las cejas - no sabía
que tuvieras esos gustos. Vaya con tus calzoncillos a lunares...
- Es lo único que tenía limpio. La lavadora ha disuelto el
resto de mi ropa.
- No te preocupes. ¡Son los larshniks de Biru-2 los que
tienen que preocuparse! Entraremos en su atmósfera justo dentro de diecisiete
minutos, y he estado pensando todo el tiempo en lo que vamos a hacer a partir
de ese momento.
- Bien, me alegro de que alguien haya estado pensando. Yo
no he tenido tiempo de respirar siquiera, y menos aún de pensar.
- No te preocupes, amigo; estamos metidos en esto juntos.
Tal como yo veo la cosa, tenemos dos opciones. Irrumpir directamente con los
cañones disparando, o deslizarnos con sigilo.
- Ah, ¿realmente has estado pensando?
- No te lo tomaré en cuenta porque estás cansado. Nosotros
vamos bien armados, pero creo que sus baterías de tierra son aún más potentes.
De modo que sugiero la segunda solución: entrar con sigilo, sin que nos
descubran.
- ¿No resulta eso un poco difícil yendo como vamos en esta
nave de treinta millones de toneladas?
- Normalmente, sí. Pero ¿ves este botón que dice
Invisibilidad? Mientras estabas cargando el combustible me explicaron cómo
funciona. Es un nuevo invento, que no se ha utilizado hasta ahora, y que nos
hará invisibles e indetectables por cualquiera de sus instrumentos.
- Así ya lo veo un poco más claro. Sólo nos quedan quince
minutos. Debemos de estar ya bastante cerca. Conectemos el dispositivo de
invisibilidad.
- ¡No hagas eso!
- Ya está hecho. ¿Qué es lo que pasa ahora?
- No mucho. Excepto que este aparato experimental de
invisibilidad no dura más que trece minutos antes de consumirse por completo.
Y por desgracia, así fue. A una altura de cien kilómetros
por encima de la yerma y agrietada superficie de Biru-2, el Invencible se
materializó de nuevo.
En la mínima fracción de un milisegundo el poderoso sonar
espacial y el superradar del planeta se habían cerrado en torno a la aeronave
invasora y las subluces enviaban sus señales secretas, en espera de una
respuesta correcta para asegurarse de que el intruso era uno de los suyos.
- Enviaré una señal, para entretenerlos un poco. Estos
larshniks no son excesivamente inteligentes
- dijo Acero, sonriendo. Apretó el botón del micrófono y
lo conectó a la frecuencia de emergencia interestelar. Luego habló con voz
sorda, carraspeante -: Agente X-9 a la primera base. Hemos cruzado fuego con la
patrulla, me han quemado mis libros de código, pero me cargué a todos esos
hijos de perra, ja, ja. Regreso a casa con un cargamento de ochocientas mil
toneladas largas de la demoníaca hierba krmml. La respuesta larshnik fue
instantánea. Las bocas abiertas de miles de cañones desintegradores vomitaron
rayos abrasadores de energía que desgarraban hasta la textura del espacio.
Aquellos rayos corrosivos explotaron contra las pantallas defensivas de la nave
espacial, penetraron a través de la coraza del viejo Invencible, que no estaba
destinado a hacerse mucho más viejo, e incendiaron las planchas de su casco. La
pura materia de que estaba hecho no era capaz de resistir la fuerza
destructiva, consumidora, que nacía de las mismas entrañas del planeta y era
vomitada por sus cañones contra el invasor. Así que las paredes impenetrables
de la nave, hechas de imperialita, se vaporizaron instantáneamente y se
convirtieron en gas muy fino, que a su vez se descompuso en los meros
electrones y protones (y neutrones también) de que estaba compuesto.
La carne y la sangre no podían resistir tampoco tales
fuerzas. Pero en los pocos segundos que tardó la nave en volatilizarse los dos
valientes astronautas se habían lanzado ya al espacio dentro de sus corazas
especiales. ¡Bien a tiempo! Los restos de lo que momentos antes había sido la
poderosa astronave chocaron contra la atmósfera y segundos más tarde contra el
suelo venenoso de Biru-2.
Para un observador casual aquello era el fin. La poderosa
astronave no volaría ya más, puesto que no quedaba de ella sino un montón
confuso de restos humeantes, doscientas toneladas de chatarra retorcida, sin el
menor signo de vida para los reptadores de superficie que salieron de una
escotilla cercana, disimulada en la roca, y se arrastraron hasta los restos
ardientes, detectando en todas direcciones con sus sensores activados al
máximo.
«¡Informen!», transmitió la emisora de radio. «Sin señal
de vida hasta quince decimales», respondió el maldiciente operador de los
rastreadores, antes de indicarles que regresaran a su base. Sus patitas
metálicas resonaron chirrientes contra la superficie desnuda del suelo y luego
desaparecieron. Lo único que quedó allí fueron los restos aún humeantes de la
astronave, siscando bajo la lluvia venenosa que caía como llanto sobre el metal
caliente.
¿Habían muerto los dos amigos? Pensé que no ibas a
preguntármelo nunca. Pues no, no habían muerto.
Una milésima de segundo antes de que se estrellase la
nave, dos armaduras espaciales casi indestructibles habían sido proyectadas en
el vacío por el eyector con muelles de estilita, que los envió volando hacia el
lejano horizonte, donde descendieron, sin ser detectados por los técnicos
larshnik, tras un espolón de roca. Por pura casualidad este espolón de roca era
el que disimulaba la escotilla por la que habían salido los rastreadores con
sus aparatos de detección para su inútil búsqueda, y a la que habían vuelto
siguiendo las órdenes de su maldiciente operador de radio, el cual, entontecido
con la demoníaca hierba krmml, no percibió la ligerísima vibración de la aguja
del detector cuando los rastreadores volvieron a su refugio bajo tierra,
trayendo con ellos un nuevo cargamento que no llevaban cuando salieron.
- ¡Lo hemos conseguidos! ¡Estamos dentro de sus defensas!
- se regocijó Acero -. Y no gracias a ti precisamente, pulsando aquel maldito
botón de invisibilidad...
- ¿Cómo iba yo a saber...? - protestó Jax -. De todas
formas, ya no podemos contar con la astronave, pero podemos contar con el
elemento sorpresa. Ellos no saben que nosotros estamos aquí, pero nosotros sí
sabemos que están ellos.
- Muy bien pensado. Sssh... - dijo Acero -. No te muevas.
Estamos llegando a algo. Los rastreadores habían entrado en una inmensa cámara,
tallada en la roca, y que estaba llena de poderosas máquinas de guerra.
Lo único humano allí, si es que podía llamársele humano,
era el operador de radio, cuyos dedos sucios intentaron apretar el control de
los cañones tan pronto como percibió la presencia de los intrusos. Pero no tuvo
tiempo. Los rayos de dos desintegradores hicieron diana en su cuerpo, y en una
milésima de segundo no era más que un montón de carne carbonizada sobre su
asiento. La justicia del Cuerpo estaba por fin llegando a la guarida larshnik.
Justicia era, impersonal y abstracta, imparcial y
destructora, porque en aquella guarida no había «inocentes». Los rayos
implacables de la venganza civilizada iban barriendo todo lo que se les ponía
por delante, mientras los dos compañeros avanzaban por los corredores de la
infamia disparando sus mortíferos cañones.
- Este es el Número Uno - dijo Acero, con una mueca,
cuando llegaron frente a una inmensa puerta de impervialita contrachapado de
oro ante la que se apiñaba una escuadra suicida, que realmente cometió suicidio
bajo el fuego implacable de los dos amigos. La última resistencia débil, que no
fue mucha, quedó pronto aniquilada y reducida a humo entre el estruendo de
aquella lluvia de fuego.
Los dos hombres penetraron triunfantes en el último
reducto, el reducto central, manejado ahora por una sola figura de pie ante el
panel de controles. La figura de Superlátigo en persona, cabeza secreta de todo
el imperio del delito interestelar.
- Ha llegado tu hora - dijo, torva, la voz de Acero, al
tiempo que encajonaba con su arma aquella figura vestida con su túnica negra y
su opaco casco espacial -. Quítate el casco o mueres en un segundo.
La única respuesta fue un rugido acongojado de rabia
impotente, y durante unos instantes las manos de la figura temblaron sobre los
mandos de los cañones. Luego alzó los brazos lentamente, llevó las manos al
casco y empezó a darle vueltas para quitárselo, levantándolo despacio...
- ¡Por el sagrado nombre del profeta Mrddl! clamaron los
dos amigos al unísono, sin poder contenerse al ver lo que estaban viendo.
- Sí, ahora ya lo sabéis - dijo Superlátigo entre sus
dientes apretados -. Pero, ja, ja, estoy seguro de que nunca lo sospechasteis
siquiera.
- ¡Usted! - exclamó Acero, rompiendo por fin el helado
silencio que les había dejado mudos un instante -. ¡Usted! ¡Usted! ¡USTED!
- Sí, yo mismo, el coronel Von Thorax, comandante del CCC.
Nunca sospechasteis de mí, y yo, ¡cómo me reía de vosotros mientras tanto!
- Pero... - exclamó Jax -. ¿Por qué?
- ¿Por qué? La respuesta es obvia para cualquiera que no
sea un puerco democrático interestelar, como lo sois vosotros. Lo único que los
larshniks podían temer era algo del tipo del CCC, una fuerza que no se
inclinase nunca ante ningún soborno exterior ni ante ninguna sedición interna,
una fuerza ennoblecida por su fe en la causa del deber. Tipos como vosotros
podíais habernos dado muchos problemas. Por eso, precisamente, nosotros
fundamos el CCC y durante largo tiempo yo he sido el jefe de ambas organizaciones.
Nuestros reclutas nos aportan lo mejor que los planetas civilizados pueden
ofrecer, y ya me ocupo yo de que sean brutalizados, moralmente destruidos,
agotados físicamente y sus espíritus aplastados para que de allí en adelante no
representen ningún peligro. Naturalmente, algunos llegan hasta el fin, a pesar
de que yo me esfuerce en hacerlo repugnante. Cada generación tiene su
porcentaje inevitable de supermasoquistas. Pero ya me ocupo yo de que sean
eliminados rápidamente, por un sistema o por otro.
- ¿Como la de enviarles en misiones suicidas, por ejemplo?
- preguntó Acero con ironía.
- Es una buena manera.
- Una misión como ésta a la que nos envió usted. ¡Pero no
dio resultado! ¡Ahora ya puedes ir diciendo tus oraciones, cochino larshnik,
porque estás a punto de ir a encontrarte con tu creador!
- Mi creador? ¿Oraciones? ¿Habéis perdido la cabeza? Todos
los larshniks somos ateos hasta el fin...
Y así llegó el fin, entre una ardiente nube de vapor. La
muerte con aquellas palabras heréticas todavía en sus labios. No merecía otra
cosa.
- Y ahora, ¿qué? - preguntó Acero.
- Ahora, esto - respondió Jax, disparando el arma que
llevaba al brazo y dejándole inmovilizado bajo los efectos del rayo paralizador
-. Ya no va a ser el segundo puesto para mí, contigo en el puente y yo en la
cámara de calderas. De ahora en adelante soy yo quien lleva la batuta.
- ¡Estás loco! - susurró apenas Acero.
- Al contrario, estoy muy cuerdo, por primera vez en mi
vida. El Superlátigo ha muerto. Viva el nuevo Superlátigo. Es mía, la galaxia
entera es mía.
- ¿Y qué ocurre conmigo?
- Debería matarte, pero sería demasiado fácil. Y además,
compartiste tus barras de chocolate conmigo. Será a ti a quien culpen de toda
esta catástrofe. De la muerte del coronel Von Thorax y de todo lo demás que ha
ocurrido aquí en la primera base. Todos se volverán contra ti, y te verás
convertido en un paría que tiene que escapar, para salvar la vida, a las más
remotas avanzadillas de la galaxia, donde vivirás por siempre en el terror.
- ¡Acuérdate de las barras de chocolate!
- Ya me acuerdo. Las únicas que me tocaron eran las que
estaban rancias. Ahora...
¡Vete!
¿Aún quieres saber mi nombre? El que te di, de Viejo
Sarge, es suficiente. ¿Mi historia? Sería demasiado para tus tiernos oídos,
muchachito. Llena los vasos otra vez, así, y brinda conmigo. Es lo menos que
puedes hacer por un pobre viejo que ha visto ya mucho en su vida. Un brindis de
mala suerte, que sería mejor decir: el Gran aniquilamiento, Krammdl maldiga
para siempre al hombre que algunos conocieron como el Caballero Jax. ¿Qué si
tengo hambre? Yo no... ¡no! ¡Una barra de chocolate, no!
EL MECÁNICO
El viejo tenía cara de pocos amigos, lo cual significaba
que alguien iba a pasar un mal rato. Dado que estábamos solos, no se necesitaba
una gran dosis de inteligencia para imaginar que ese alguien sería yo. Me
adelanté a hablar, por aquello de que la mejor defensa es un buen ataque.
- Me marcho. No se moleste en decirme el desagradable
trabajo que ha inventado para mí, puesto que me marcho, y no querrá usted
revelarle los secretos de la compañía a una persona que ha dejado de pertenecer
a ella...
El rostro del viejo se distendió en una amplia sonrisa y
me pareció oírle cloquear mientras pulsaba un botón de su escritorio. Uno de
los cajones de la mesa se abrió y el viejo sacó de él un grueso documento
legal.
- Este es su contrato - dijo -. Establece cómo y hasta
cuándo trabajará usted aquí. Un contrato encuadernado en acero y vanadio que no
podría usted romper con una trituradora molecular.
Me incliné rápidamente, cogí el contrato y lo lancé al
aire con un solo movimiento. Antes de que llegara al suelo había desenfundado
mi Solar y, disparando contra él, lo reduje a cenizas.
El viejo volvió a apretar el botón y sacó otro contrato
del cajón. Su sonrisa se hizo más amplia si cabe.
- Tenía que haber dicho un duplicado de su contrato...
como éste. Hizo unas rápidas anotaciones.
- Le descontarán trece créditos de su sueldo por el
importe del contrato que ha destruido... así como cien créditos de multa por
disparar un Solar en el interior de un edificio.
Me dejé caer sobre una silla derrotado, esperando que
descargara el golpe. El viejo palmeó cariñosamente mi contrato.
- De acuerdo con este documento, no puede usted marcharse.
Nunca. En consecuencia, tengo un pequeño trabajo que creo va a gustarle. Un
trabajo de reparación. La baliza luminosa de Centauro se ha apagado. Es una
baliza Mark III...
- ¿Qué clase de baliza? - pregunté.
Había reparado balizas hiperespaciales de un extremo a
otro de la Galaxia y estaba convencido de haber trabajado en todos los tipos o
modelos que se habían fabricado. Pero nunca había oído hablar de aquélla.
- Una Mark III - repitió el viejo socarronamente -. Creo
que es el tipo más antiguo de baliza que se ha fabricado... y en la Tierra nada
menos. Teniendo en cuenta su emplazamiento en uno de los planetas del Centauro,
no me extrañaría nada que fuera la primera baliza espacial que se instaló.
Contemplé las fotografías que me entregó el viejo y me
estremecí de horror.
- ¡Esto es una monstruosidad! Parece más una destilería
que una baliza... y por lo menos tiene quinientos metros de altura. Soy
mecánico, no arqueólogo. Este montón de chatarra tiene más de dos mil años.
Será mejor darlo de baja e instalar una baliza nueva.
El viejo se inclinó por encima de su mesa, echándome el
aliento a la cara.
- Costaría un año instalar una baliza nueva..., además de
ser demasiado cara..., y esa reliquia se encuentra en una de las principales
rutas. En la actualidad algunas de nuestras naves se ven obligadas a dar un
rodeo de quince años-luz.
Volvió a echarse hacia atrás, se secó las manos en su
pañuelo y me recitó el Párrafo Cuarenta y Cuatro de las Obligaciones de la
Compañía.
- Este departamento recibe el nombre oficial de
Mantenimiento y Reparación, cuando en realidad tendría que llamarse Fuente de
Complicaciones. Las balizas hiperespaciales están fabricadas para durar
eternamente... o casi eternamente. Cuando una de ellas se estropea, no es nunca
un accidente, y repararla no es nunca un asunto sin importancia.
Me lo estaba diciendo a mí... el tipo que hacía todo su
trabajo sentado cómodamente en una oficina dotada de aire acondicionado.
Empezó a divagar.
- ¡Cómo me gustaría mandar todo esto al diablo! Me
dedicaría tranquilamente a la construcción de naves y me ahorraría muchos
quebraderos de cabeza. Pero las cosas son como son. Y ahora poseo una flota de
naves que están equipadas para hacerlo casi todo... manejadas por un montón de
irresponsables como usted.
Asentí lúgubremente a su índice acusador.
- ¡Cómo me gustaría prenderles fuego a todos ustedes!
Pilotos, mecánicos, soldados y cuantos intervienen en las reparaciones. Tengo
que intimidar, sobornar y chantajear a la gente para que haga un sencillo
trabajo. Si usted está asqueado, imagine cómo estaré yo. ¡Pero las naves tienen
que seguir viajando! ¡Las balizas tienen que funcionar!
Era una despedida, y me apresuré a ponerme en pie. El
viejo me entregó las notas acerca del Mark III y dedicó su atención a otros
papeles, como si yo hubiera dejado de existir. En el instante en que llegaba a
la puerta, el viejo alzó la mirada y me apuntó de nuevo con su índice.
- Y no se haga ilusiones vanas sobre la posibilidad de
eludir su contrato. Podemos retener la cuenta corriente que posee en el Banco
de Algol II mucho antes de que usted consiga sacar el dinero.
Sonreí sin demasiadas ganas, lo reconozco, como si nunca
se me hubiese ocurrido la idea de mantener en secreto aquella cuenta. Mientras
me dirigía hacia el vestíbulo traté de imaginar un medio de transferir el
dinero subrepticiamente... sabiendo que en aquel mismo instante el viejo estaba
planeando algún medio para evitarlo.
El asunto resultaba muy deprimente, de modo que me detuve
a echar un trago antes de dirigirme al espaciopuerto.
Cuando la nave estuvo dispuesta, yo tenía ya una ruta
trazada. La baliza más próxima a la averiada de Centauro se encontraba en uno
de los planetas de Beta Circinus, y hacia allí debía encaminarme primero. Un
corto viaje de sólo nueve días por el hiperespacio. Para comprender la
importancia de las balizas hay que comprender el hiperespacio. No es que haya
mucha gente que lo entienda, pero resulta bastante fácil darse cuenta de que en
ese no-espacio las normas ordinarias no tienen aplicación. La velocidad y las
medidas son un problema de afinidad y no hechos constantes.
Las primeras naves que entraron en el hiperespacio no
tenían ningún lugar adonde ir... ni ningún medio para saber si se habían
movido. Las balizas resolvieron aquel problema y abrieron todo el universo.
Están construidas sobre planetas y generan enormes cantidades de energía. La
energía es convertida en radiaciones que son proyectadas a través del
hiperespacio. Cada baliza tiene un código de señales que forma parte de sus
radiaciones y representa un punto mensurable en el superespacio. La
triangulación y la cuadratura de las señales de la baliza para convertirlas en
datos destinados a la navegación se llevan a cabo de acuerdo con sus propias
reglas. Las reglas son complicadas y variables, pero al fin y al cabo son
reglas que un navegante puede seguir. Para un salto hiperespacial son
necesarias por lo menos cuatro balizas para una exacta orientación. Si se trata
de un viaje largo, los navegantes utilizan hasta siete u ocho. De modo que cada
una de las balizas es importante y todas tienen que estar funcionando. De
atender a su funcionamiento nos encargamos los otros mecánicos y yo.
Viajamos en naves perfectamente equipadas con todo el
material necesario; sólo un hombre en cada nave, porque la pesada maquinaria
destinada a la reparación no deja espacio para más. Debido a la verdadera
naturaleza de nuestro trabajo, pasamos la mayor parte del tiempo volando a
través del espacio normal. Después de todo, cuando una baliza sufre una avería,
¿cómo puede ser localizada? A través del hiperespacio no, desde luego. Lo único
que puede hacerse es acercarse el máximo a ella utilizando otras balizas y
luego terminar el viaje por el espacio normal. Esto puede exigir meses enteros
de navegación, y a menudo los exige.
El trabajo que me había encargado el viejo no parecía
ofrecer perspectivas demasiado desagradables.
Partiendo de los supuestos que me facilitó la baliza de
Beta Circinus, le planteé un complicado problema de ocho incógnitas al piloto
automático, utilizando como puntos de referencia todas las balizas a las cuales
podía llegar. El piloto me proporcionó una ruta con un aproximado punto de
llegada; con un factor de seguridad que formaba parte de la estructura y que yo
no podía eliminar de la máquina.
Hubiera preferido correr el riesgo de estrellarme contra
un planeta próximo a pasar el tiempo enjaulado a través del espacio normal.
Pero, al parecer, la técnica sabía también esto. El piloto automático
proporcionaba siempre un factor de seguridad, de modo que uno no podía meterse
dentro de un sol, por mucho que lo intentara. Estoy convencido de que al prever
aquel factor de seguridad la técnica no obedeció a motivos humanitarios. Lo
único que le importaba a la técnica era no perder la nave.
A través de un salto de veinticuatro horas el robot
analizador escudriñó todas las estrellas, comparándolas con el espectro del
Próximo Centauro. Finalmente hizo sonar un timbre y parpadear una luz. Miré a
través del ocular.
Una última lectura con la fotocélula me dio la magnitud
aparente, y una comparación con su magnitud absoluta mostró su distancia. No
era tan larga como yo había creído: un vuelo de seis semanas, día más día
menos. Después de marcar un rumbo en el piloto automático me introduje en el
tanque de aceleración y me quedé dormido.
El tiempo transcurrió rápidamente. Rellené mi cámara por
vigésima vez y casi terminé un curso de física nuclear por correspondencia. La
mayoría de los mecánicos siguen esos cursos. Tienen un valor en sí mismos, ya
que uno no sabe nunca qué clase de extraños elementos tendrá que manejar.
Además, la compaña le paga a uno de acuerdo con las especialidades que domina.
Todo esto, unido a un poco de pintura al óleo y unos ejercicios de gimnasia, me
ayudó a pasar el tiempo. Estaba dormido cuando sonó el timbre de alarma que
anunciaba la presencia de un planeta.
El planeta dos, donde según los antiguos mapas estaba
situada la baliza, era una especie de globo de aspecto húmedo y pulposo.
Trabajé duramente para poder utilizar con provecho las antiguas directrices, y
finalmente localicé la zona correcta. En este oficio se aprende muy pronto
cuándo y dónde se arriesga la propia piel. Por lo tanto, envié un Ojo Volador a
la atmósfera exterior para que efectuara una investigación preliminar.
Los que habían instalado la baliza habían sido lo
suficientemente perspicaces como para escoger un lugar fácilmente localizable,
equidistante sobre una línea entre dos de los picos montañosos más altos. Tras
haber localizado los picos, hice que el Ojo recorriera la distancia existente
entre el primero y el segundo. El Ojo tenía un hocico y una cola de radar, y
procuré que coincidieran respectivamente con cada uno de los picos. Al
producirse la coincidencia corté los controles del
Ojo y empecé a descender. Desconecté el radar, conecté el
tele-explorador y me senté a esperar que la baliza apareciera en la pantalla.
La imagen parpadeó, quedó automáticamente enfocada... y
una gran pirámide apareció en la pantalla.
Refunfuñando, hice girar el Ojo en círculos, examinando el
terreno circundante. Era un terreno llano, pantanoso, sin la menor elevación.
Lo único que sobresalía en un radio de diez millas era aquella pirámide..., que
decididamente no era mi baliza.
¿O acaso lo era?
Hice descender más el Ojo. La pirámide era un burda
construcción de piedra, completamente lisa. En la cima se divisaba un débil
resplandor. La examiné más de cerca. En la cumbre de la pirámide había una
cavidad llena de agua. Al verla me pareció recordar algo.
Fijando el Ojo en una ruta circular, rebusqué entre los
planos del Mark III... y allí estaba. La baliza tenía un plano de sedimentación
y encima de él una cavidad destinada a contener agua; el agua era utilizada
para enfriar el reactor que proporcionaba energía al monstruo. Si el agua
estaba aún allí, la baliza también estaba allí... en el interior de la
pirámide. Los indígenas, que no habían sido mencionados por los imbéciles que
construyeron la cosa, habían edificado una hermosa y recia pirámide de piedra
alrededor de la baliza.
Dirigí otra mirada a la pantalla y comprobé que había
fijado el Ojo en una órbita circular a unos veinte pies sobre la pirámide. La
cima del montón de piedra estaba ahora cubierta de una especie de lagartos, al
parecer las formas de vida locales. Iban armados con lo que parecían ballestas
y trataban de alcanzar al Ojo: una nube de flechas y de piedras volaba en todas
direcciones.
Conecté el circuito que devolvería automáticamente el Ojo
a la nave.
A continuación me dirigí a la cocina para echar un buen
trago. Mi baliza no sólo estaba encerrada en el interior de una montaña de
piedra hecha a mano, sino que mi presencia había conseguido irritar a los seres
que la habían construido. Un buen comienzo para un trabajo; un comienzo capaz
de inducir a un hombre más fuerte que yo a buscar consuelo en la bebida.
Normalmente un mecánico permanece alejado de las
civilizaciones indígenas. Son veneno puro. A los antropólogos puede no
importarles que les diseccionen en beneficio de su ciencia, pero un mecánico no
está dispuesto a ninguna clase de sacrificio por su trabajo. Por este motivo la
mayoría de las balizas están situadas en planetas deshabitados. Si una baliza
tiene que ser instalada en un planeta habitado, suele colocarse en algún lugar
inaccesible.
Los motivos de que aquella baliza hubiera sido instalada
al alcance de las garras locales se me escapaban de momento. A su debido tiempo
me interesaría por ellos. Lo primero que tenía que hacer era establecer
contacto. Para establecer contacto tiene uno que conocer el idioma local.
Y para esto hacía mucho tiempo que yo había ideado un
sistema a prueba de imprudencias.
Tenía un «espía» que había construido yo mismo. Parecía un
trozo de roca de un pie de longitud aproximadamente. Una vez en el suelo pasaba
completamente inadvertido, pero resultaba un poco desconcertante verlo flotar.
Localicé una ciudad indígena a unos mil kilómetros de distancia de la pirámide
y dejé caer el Ojo. Aterrizó de noche a orillas del revolcadero de fango local.
Allí acudirían a revolcarse los indígenas en gran número durante el día. Por la
mañana, cuando llegaron los primeros indígenas, puse en marcha el aparato de
grabación.
Al cabo de unos cinco días locales tenía un mar de
conversación indígena en el archivador de la máquina de traducir y había
anotado unas cuantas frases. Esto resulta muy fácil cuando se dispone de una
máquina archivadora. Uno de los lagartos le gargarizó algo a otro, y el segundo
se volvió en redondo. Anoté aquella expresión con la frase: «¡Eh, George!», y
esperé una oportunidad para utilizarla. Aquel mismo día, más tarde, divisé a
uno de ellos que iba solo y le grité: «¡Eh, George!» La frase gargarizó a través
del altavoz en el idioma local y el lagarto se volvió en redondo.
Cuando uno tiene suficientes frases de referencia como
ésta en el archivador de la máquina de traducir, la máquina se encarga de
llenar las lagunas existentes. En cuanto la MT fue capaz de traducir de corrido
cualquier conversación que oyera, pensé que había llegado el momento de
establecer contacto.
Lo encontré con bastante facilidad. Era una versión
centáurica de un pastor: apacentaba un rebaño de una forma de vida local
especialmente repugnante, en las marismas situadas en las afueras de la ciudad.
Yo tenía uno de los Ojos oculto en una especie de caverna
y aguardé a que pasara por delante de ella.
Esto ocurrió al día siguiente. Susurré por el micrófono:
- ¡Bienvenido, nieto pastor! El espíritu de tu abuelo te
habla desde el paraíso.
El pastor se detuvo como si acabaran de pegarle un tiro.
Antes de que pudiera moverse pulsé un interruptor, y un montón de dinero local,
una especie de conchas de diversos colores, salió rodando de la cueva y
aterrizó a sus pies.
- Ahí va algún dinero del paraíso, porque has sido un buen
muchacho. - No procedía del paraíso, desde luego: la noche anterior lo había
extraído de la Tesorería -. Vuelve mañana y charlaremos un poco - le grité a la
figura que se alejaba precipitadamente.
Me complació muchísimo comprobar que antes de emprender la
huida recogía el dinero. Después de aquello el Abuelo del paraíso sostuvo
muchas conversaciones íntimas con su Nieto, el cual no pudo resistir la
tentación del dinero celeste. El Abuelo no había estado en contacto con las
cosas desde su muerte, y el Pastor se alegró de poder satisfacer su curiosidad.
Me enteré de todo lo que necesitaba saber acerca de la
historia, pasada y reciente, de aquel pueblo, y la información que obtuve no
fue precisamente agradable.
Además de la pirámide construida alrededor de la baliza
había una pequeña guerra alrededor de la pirámide.
Todo había empezado con el seísmo. Al parecer, los
lagartos locales vivían en las distantes marismas cuando fue instalada la
baliza, pero los constructores no les habían dado demasiada importancia. Eran
una raza inferior que habitaba en un lejano continente. La idea de que la raza
pudiera desarrollarse y llegar hasta aquel continente no se les había ocurrido
a los mecánicos de la baliza. Pero eso fue precisamente lo que sucedió.
Un pequeño seísmo geológico formó un puente de tierra
entre los dos continentes, y los lagartos empezaron a afluir al valle de la
baliza. Y encontraron un brillante templo de metal del cual fluía un continuo
chorro de agua mágica; el agua destinada a enfriar el reactor, que se renovaba
a través de un condensador atmosférico instalado en el techo. La radiactividad
del agua no perjudicaba a los indígenas. Produjo algunas mutaciones que
resultaron beneficiosas.
Se edificó una ciudad alrededor del templo y, con el paso
de los siglos, fue alzándose la pirámide alrededor de la baliza. Una categoría
especial de sacerdotes servía al templo. Todo marchó bien hasta que uno de los
sacerdotes violó el templo y destruyó las aguas sagradas. Desde entonces se
habían producido revueltas, asesinatos y destrucciones. Pero las aguas sagradas
no volvieron a fluir. Ahora, muchedumbres armadas luchaban alrededor del templo
todos los días y un grupo de sacerdotes vigilaba la fuente sagrada. Y yo tenía
que meterme en medio de aquel jaleo y reparar la baliza.
La cosa hubiera resultado bastante fácil de haber tenido
cierta libertad de acción. Hubiera podido hacer una fritada de lagartos,
arreglar la baliza y largarme. Pero las
«formas de vida indígenas» estaban muy bien protegidas. En
mi nave había células espías, las cuales no había conseguido localizar en su
totalidad, y a mi regreso proporcionarían un interesante informe de mis
actividades.
Había que emplear la diplomacia. Suspiré y saqué el equipo
de plasticarne. Utilizando como modelo tres instantáneas que había tomado del
Pastor, moldeé una pasable cabeza de reptil sobre mis propias facciones. La
quijada quedaba un poco corta, ya que yo no poseía sus dentadas mandíbulas,
pero esto no tenía demasiada importancia. Mi aspecto no tenía que ser
exactamente igual que el suyo, sino únicamente perecido, lo suficiente para
tranquilizar a los indígenas. Es natural. Si yofuera un ignorante aborigen de
la Tierra y me tropezara con un Espicano, cuyo aspecto recuerda el de un pez
disecado, echaría a correr inmediatamente. Pero si el Espicano llevara un
vestido de plasticarne que le diera un aspecto vagamente humanoide, no
vacilaría en acercarme a él para entablar conversación por lo menos. Esto era
lo que yo me proponía hacer.
Cuando estuvo modelada la cabeza, la uní a un atractivo
traje de plástico verde, añadiéndole una cola. Estaba realmente satisfecho de
que aquellos seres tuvieran cola. Los lagartos no iban vestidos y yo deseaba
llevarme un montón de equipo electrónico. Moldeé la cola sobre un armazón de
metal, y en el hueco así formado introduje todo el material que podía
necesitar. A continuación me puse el traje.
Me contemplé en un espejo. El efecto era horrible, pero
eficaz. La cola arrastraba por el suelo, pero esto hacía mayor el parecido.
Aquella noche llevé la nave hacia las colinas más próximas
a la pirámide, un lugar seco al que los anfibios indígenas no se acercarían. Un
poco antes del amanecer, el Ojo me cogió por debajo de los hombros y
emprendimos el vuelo. Planeamos por encima del templo, a unos dos mil metros,
hasta que se hizo de día, y entonces nos dejamos caer. Nuestra llegada debió
constituir un gran espectáculo.
El Ojo estaba camuflado para que pareciera un lagarto
volador, una especie de pterodáctilo de cartón, y sus alas, que se agitaban
lentamente, no tenían nada que ver con nuestro vuelo, desde luego. Pero bastaba
para impresionar a los indígenas. El primero que tropezó conmigo se puso a
gritar y cayó de espaldas.
Los otros llegaron corriendo. Se apelotonaron unos encima
de otros, y cuando aterricé en la plaza, situada enfrente del templo, llegaban
los sacerdotes.
Plegué mis brazos en un saludo regio.
- ¡Salud, oh nobles servidores del Gran Templo! - dije.
Desde luego no lo dije en voz alta, sino que me limité a
susurrarlo para que pudiera ser captado por el micrófono que llevaba oculto en
el cuello. El micrófono trasladó mis palabras a la MT, y la traducción surgió
por el altavoz que llevaba en la mandíbula.
Los indígenas parlotearon y la traducción surgió casi
instantáneamente. Tenía el volumen muy alto y toda la plaza resonó.
Algunos de los más crédulos se aplastaron contra el suelo
y otros huyeron gritando. Un tipo receloso levantó una lanza, pero nadie volvió
a intentarlo después de que el Ojo pterodáctilo hubo agarrado al belicoso
indígena para dejarlo caer en una charca. Aprovechando la sorpresa general, me
acerqué a las puertas del templo.
- He de hablar con vosotros, nobles sacerdotes - dije.
Y antes de que encontraran una respuesta adecuada me había
colado en el templo.
El templo era un pequeño edificio construido contra la
base de la pirámide, y esperé no quebrantar demasiados tabúes entrando en él.
Nadie me detuvo, de modo que la cosa parecía marchar bien. Me encontré en una
sala de forma alargada, con una especie de piscina en uno de los extremos. En
la piscina chapoteaba un viejo reptil, uno de los jefes evidentemente. Me
dirigí hacia él. Me acogió con una mirada fría, de pez, y luego gruñó algo.
La MT susurró a mi oído:
- ¡En nombre de los trece pecados! ¿Quién eres y qué estás
haciendo aquí? Erguí mi escamosa figura en un noble gesto y señalé hacia el
techo.
- He venido en nombre de tus antepasados para ayudarte.
Estoy aquí para reparar las Aguas Sagradas.
Esto despertó un murmullo de conversaciones detrás de mí,
pero no pareció convencer al jefe. Se hundió lentamente en el agua hasta que
sólo fueron visibles sus ojos. Luego volvió a emerger y me apuntó con un dedo
amenazador.
- ¡Eres un embustero! ¡Tú no eres ningún antepasado
nuestro! Vamos a...
- ¡Un momento! - grité antes de que llegara tan lejos en
sus palabras que le resultara imposible
retroceder -. He dicho que tus antepasados me han enviado
aquí en calidad de emisario... No soy uno de tus antepasados. No trates de
hacerme ningún daño si no quieres que la cólera de los Muertos se vuelva contra
ti.
Mientras pronunciaba estas palabras me volví hacia los
otros sacerdotes, utilizando el movimiento para disimular el lanzamiento de una
bomba de humo detrás de mí. La bomba abrió un hermoso agujero en el suelo, con
un gran despliegue de ruido y de humo.
El Primer Lagarto supo entonces que yo hablaba en serio e
inmediatamente convocó una reunión de sacerdotes. Tuvo lugar en la piscina
pública, desde luego, y yo tuve que meterme en ella.
Chapoteamos y gargarizamos durante una hora hasta dejar
sentados los extremos más importantes de la operación.
Descubrí que todos ellos eran sacerdotes nuevos; los
anteriores habían sido hervidos por haber permitido que las Aguas Sagradas
dejaran de fluir. Yo les expliqué que estaba allí únicamente para ayudarles a
recobrar las aguas. Cuando esto hubo quedado en claro salimos de la piscina
dejando grandes charcos de agua y de fango en el suelo. Nos acercamos a una
puerta cerrada y vigilada que conducía al interior de la pirámide. Mientras la
abrían, el Primer Lagarto se volvió hacia mí.
- Ya debes de conocer la norma - me dijo -. Después de lo
ocurrido con los antiguos sacerdotes fue ordenado que en adelante sólo los
ciegos podrían entrar en el recinto sagrado.
Puedo jurar que al pronunciar aquellas palabras sonreía,
si treinta dientes asomando por lo que parecía una raja en una vieja maleta
pueden llamarse una sonrisa.
Hizo una seña a un sacerdote que se acercó portando un
brasero de carbones encendidos lleno de hierros calentados al rojo. Dejó el
brasero en el suelo, removió los carbones, sacó uno de los hierros y se volvió
hacia mí. Estaba a punto de aplicar el hierro a uno de mis ojos cuando
reaccioné.
- Desde luego - dije -, la norma es la ceguera. Pero, en
mi caso, tendréis que cegarme antes de que abandone el sagrado recinto, no
ahora. Necesito mis ojos para ver y reparar la Fuente de las Aguas Sagradas.
Cuando las aguas vuelvan a fluir, yo mismo me aplicaré el hierro candente.
Tardaron medio minuto en digerir aquello, pero acabaron
por reconocer que tenía razón. El verdugo local hizo una mueca de disgusto y
añadió un poco más de carbón al brasero. La puerta se abrió de par en par y
entré en la pirámide; a continuación la puerta volvió a cerrarse detrás de mí y
me encontré a solas en la oscuridad.
Pero no por mucho tiempo... Oí un ruido cerca de mí y
decidí encender mi linterna. Tres sacerdotes se acercaban al lugar donde me
encontraba: las cuencas de sus ojos eran un deforme montón de carne quemada.
Sabían lo que yo deseaba, y me señalaron el camino sin pronunciar una sola
palabra.
Una agrietada escalera de piedra nos condujo ante una
sólida puerta de metal, de la cual colgaba un letrero redactado con una
escritura arcaica: BALIZA MARK III. PROHIBIDA LA ENTRADA A TODA PERSONA AJENA
AL SERVICIO.
Los constructores de la baliza habían confiado de un modo
absoluto en la eficacia del letrero, ya que la puerta no tenía cerradura. Uno
de los lagartos hizo girar el pomo y nos encontramos en el interior de la
baliza.
Con los sacerdotes ciegos tropezando detrás de mí,
localicé el cuarto de máquinas y encendí las luces. En las baterías de
emergencia había un resto de carga, lo suficiente para proporcionar una débil
claridad. Los reguladores e indicadores parecían encontrarse en buen estado;
los revisé cuidadosamente y descubrí lo que ya había sospechado.
Uno de los lagartos había conseguido abrir una caja
destinada a proteger los interruptores, los había estado manoseando y había
cambiado accidentalmente la posición de uno
de ellos: esto había producido el trastorno.
Mejor dicho, había iniciado el trastorno. La cosa no va a
solucionarse volviendo a su posición normal el interruptor de la válvula del
agua. Aquella válvula sólo debía ser utilizada en el curso de una reparación
después de haber humedecido la pila. Como el agua había sido cortada mientras
la pila estaba funcionando, los dispositivos de seguridad habían humedecido
automáticamente la carga.
Hacer surgir de nuevo el agua no era ningún problema, pero
en el reactor no quedaba ningún combustible.
No iba a complicarme la vida con el problema del
combustible. La mejor solución sería instalar un nuevo generador. Yo tenía uno
en la nave que era diez veces menor que el de la baliza y producía cuatro veces
más energía. Antes de enviar a buscarlo revisé el resto de la baliza. En dos
mil años tenía que haber alguna señal de desgaste.
Los mecánicos de aquella época remota habían trabajado
bien, tuve que reconocerlo. El noventa por ciento de la maquinaria no tenía
partes movibles y, en consecuencia, no había sufrido ningún desgaste. Otras
partes habían sido reforzadas, previendo su posible desgaste. El conducto
alimentador le agua que descendía del techo, por ejemplo. Las paredes del
conducto tenían unos tres metros de espesor... y la abertura del conducto no
era mayor que mi cabeza. De todos modos, había algunas cosas que yo podía hacer
y anoté las piezas que necesitaba.
Las piezas, entre ellas el nuevo generador, estaban en la
nave. El Ojo se encargó de recogerlas y de colocarlas en una caja metálica. Una
hora antes de que amaneciera, el Ojo depositó la caja en el exterior del templo
y se marchó sin ser visto.
Contemplé a los sacerdotes a través de mi «espía» mientras
trataban de abrirla. Cuando se dieron por vencidos les grité unas órdenes a
través de un altavoz instalado en la caja. Se pasaron la mayor parte del día
arrastrando la pesada caja por el templo y subiéndola por las angostas
escaleras que conducían a la baliza. Entretanto, me tomé un sueño reparador.
Cuando desperté, la caja estaba junto a la puerta de entrada a la baliza.
Las reparaciones no me llevaron mucho tiempo, aunque los
sacerdotes ciegos gruñeron lo suyo cuando me oyeron abrir un boquete en la
pared para encajar el nuevo generador. Incluso coloqué un aparato en el
conducto del agua para que sus Aguas Sagradas tuvieran la habitual
radiactividad refrescante cuando empezaron a fluir de nuevo. En cuanto hube
terminado con todo esto hice lo que los lagartos estaban esperando.
Conecté el interruptor que daba paso al agua.
Transcurrieron unos minutos mientras el agua empezaba a
gorgotear a través del seco conducto. Luego llegó un rugido del exterior de la
pirámide que debió de sacudir sus paredes de piedra.
Entrechocando mis manos por encima de mi cabeza, me
dispuse a enfrentarme con la ceremonia de quemar mis ojos.
Los lagartos ciegos estaban esperándome junto a la puerta,
y su aspecto mohíno no presagiaba nada bueno. Cuando empujé la puerta descubrí
el motivo de aquella actitud: la habían cerrado y atrancado por la parte
exterior.
- Hemos decidido - dijo un lagarto - que te quedes aquí
para siempre cuidando de las Aguas
Sagradas. Nosotros atenderemos a todas tus necesidades.
Una deliciosa perspectiva: pasar toda la vida encerrado en
una baliza con tres lagartos ciegos. A pesar de su hospitalidad no podía
aceptarla.
- ¡Cómo! ¡Os atrevéis a disponer a vuestro antojo del
mensajero de vuestros antepasados!
Había dado todo el volumen a mi altavoz y la vibración
casi me arrancó la cabeza de cuajo.
Los lagartos gruñeron algo, y yo ajusté mi Solar para que
proyectara un rayo delgado como la hoja de un cuchillo y lo hice correr
alrededor de la jamba de la puerta. Al cabo de un instante la puerta se
derrumbó en medio de un gran estrépito.
Bajé corriendo las escaleras, abriéndome paso entre la
multitud de asombrados sacerdotes y fui a enfrentarme con el Primer Lagarto,
que seguía en su piscina. Al ver que me acercaba, se hundió lentamente debajo
del agua.
- ¡Qué falta de cortesía! - grité -. Los antepasados están
muy enojados, y sólo por su gran bondad permiten que las aguas fluyan de nuevo.
Ahora tengo que marcharme.
¡Adelante con la ceremonia!
El verdugo estaba demasiado asustado para moverse, de modo
que me acerqué al brasero y cogí uno de los hierros candentes. Una presión en
las sienes hizo caer sobre mis ojos una lámina de acero debajo de la piel de
plástico. A continuación apliqué el hierro candente a mis ficticias cuencas, y
el plástico despidió un impresionante olor a quemado.
Un grito se alzó de la multitud mientras yo dejaba caer el
hierro y zigzagueaba ciegamente. Tengo que admitir que la cosa resultó bastante
fácil.
Antes de que pudieran reaccionar apreté el interruptor y
mi pterodáctilo de plástico entró volando.
No pude verlo, desde luego, pero supe que había llegado
cuando los garfios de sus garras aferraron las láminas de acero de mis hombros.
Cuando alcé las láminas que cubrían mis ojos y practiqué
unos agujeros en el chamuscado plástico, pude ver la pirámide disminuyendo de
tamaño detrás de mí, el agua derramándose de la base y una alegre multitud de
reptiles revolcándose en su corriente radiactiva. Pasé revista a los hechos
para comprobar si había olvidado alguna cosa.
Primero: La baliza estaba reparada.
Segundo: Los sacerdotes tenían que estar satisfechos.
El agua fluía de nuevo, mis ojos habían sido debidamente
quemados y ellos volvían a encontrarse en una posición preponderante. A lo cual
había que añadir:
Tercero: El hecho de que, si se producía otra avería en la
baliza, los sacerdotes no pondrían obstáculos al mecánico que acudiera a
repararla en las mismas condiciones. Por lo menos yo no había hecho nada que
pudiera despertar su antagonismo hacia los futuros mensajeros de sus
antepasados.
De todos modos mientras me despojaba del disfraz de
lagarto pensé que no me disgustaría en absoluto que, llegado el caso,
encargaran el trabajo a otro mecánico.
EL CAPITÁN HONARIO HARPPLAYER
Las manos entrelazadas detrás de la espalda, apretando los
dientes con furia impotente, el Capitán Honario Harpplayer medía de arriba
abajo el pequeño alcázar del Redundant, navío de guerra de la Armada de Su
Majestad. A su vista y paciencia, la abatida flotilla francesa retornaba
maltrecha a puerto, en jirones las velas a merced de los vientos, las vergas a
remolque por el agua, boquiabiertos los cascos astillados allí donde el fuego
de sus cañones hiciera estallar el frágil maderamen.
- Señor Shrub, mande dos brazos a proa, si me hace el
favor - dijo - para que le echen agua a la vela mayor. Con las velas mojadas
aumentaremos nuestra velocidad en un octavo de nudo, y así quizás podamos aún
dar alcance a esas ratas cobardes.
- P-pero, señor - tartamudeó el estúpido primer oficial
Shrub, amilanado ante el pensamiento de discrepar con su adorado capitán -. Si
continuamos sacando brazos de las bombas, nos hundiremos.
Tenemos trece boquetes en diferentes sitios por debajo de
la línea de flotación, y...
- ¡Voto a bríos, señor! He impartido una orden, no le he
pedido que convoque a un debate. Haga inmediatamente lo que se le ha ordenado.
- Así se hará, señor - musitó Shrub, con humildad,
mientras se enjugaba con el dorso de la mano la lágrima que le brotó de un
lloroso ojo de sabueso.
El agua restalló al caer sobre las velas, y el Redundant
se hundió un poco más. Harpplayer se estrujó las manos entrelazadas y se odió
por ese injustificado arranque de ira para con el fiel Shrub. No obstante,
debía mantener frente a la tripulación - esa chusma y escoria de mil distritos
ribereños - la fachada de una estricta disciplina, así como debía usar corsé
para mantener el cuerpo erguido y una trusa para sujetar la hernia. Debía
mantener una buena fachada porque él era el capitán de ese barco, la nave más
pequeña de la flota de bloqueo que, como el lazo del estrangulador, se cerraba
en torno de Europa, cercando al loco tirano Napoleón, cuyos sueños de conquista
jamás se extenderían hasta Inglaterra en tanto esas minúsculas embarcaciones de
madera siguieran interponiéndose en su camino.
- Rece una oración por nosotros, Capitán, para apresurar
nuestra llegada al cielo, ¡pues nos estamos hundiendo! - gritó una voz entre la
turba de marineros que se afanaban en las bombas.
- Quiero el nombre de ese hombre, señor Dogleg - le gritó
Harpplayer al alférez, un niño de apenas siete u ocho años que comandaba a la
cuadrilla -. Se quedará sin ron durante una semana.
- Así se hará, señor - canturreó la voz aguda del señor
Dogleg, que estaba aprendiendo a hablar.
Que el barco se hundía era un hecho innegable. Las ratas
correteaban por la cubierta, e indiferentes a las blasfemias y puntapiés de los
marineros se lanzaban al mar. Delante de ellos, la flota francesa había llegado
a puerto y buscado refugio en las baterías ribereñas de Cabo Pietfieux, cuyos
cañones apuntaban con sus abiertas fauces al Redundant, listos para escupir
fuego y muerte ni bien la frágil embarcación estuviese a tiro.
- Prepárese para soltar las velas, señor Shrub - dijo
Harpplayer, y luego levantó la voz para que pudiese oírlo toda la tripulación.
- Esos franchutes han huido cobardemente, y nos han hecho perder la recompensa
de un millón de libras.
Un hosco gruñido brotó de los tripulantes que, además del
ron, amaban las libras, los chelines y peniques que les permitían comprarlo. El
gruñido se transformó repentinamente en sofocados aullidos de dolor cuando el
palo mayor, debilitado por el fuego disperso de los cañones franceses, se
desplomó sobre la cuadrilla de trabajadores.
- No es necesario que suelte las velas, señor Shrub, los
esclavos de nuestro amigo Bonifacio ya lo han hecho por nosotros - dijo
Harpplayer, obligándose a hacer una de esas bromas infrecuentes en él, que
tanto gustaban a la tripulación. Se odió por su hipocresía, por recurrir a esos
medios para granjearse las simpatías de aquellos hombres ignorantes, pero tenía
el deber de mantener en forma la moral de sus hombres. Además, si se abstenía
de las chanzas, lo odiarían por ser el patrón negrero, insensible y oportunista
que en realidad era. Ahora mismo lo odiaban, desde luego, pero entre tanto se
reían.
Se reían ahora mientras tajeaban la maraña de cordajes y
se llevaban los cuerpos a la rastra para depositarlos en ordenadas hileras
sobre la cubierta. El buque se hundió en el agua un poco más.
- Terminad de una vez con los cuerpos - les ordeno - y
ocupaos de las bombas, si no queréis ir a cenar al fondo del mar.
Lanzando broncas y nerviosas risotadas, los hombres se
apresuraron a reanudar las faenas.
Eran fáciles de complacer, y Harpplayer les envidiaba sus
vidas simples. No obstante los trabajos pesados, los peligros del agua y los
castigos ocasionales, la existencia de aquellos hombres era mejor que su propia
vida atormentada, en el solitario pináculo del poder. Era él quien debía tomar
todas las decisiones, y esto, a un hombre le de una naturaleza morbosa y
paranoica como la suya, transformaba la vida en un verdadero infierno. Sus
oficiales, que lo aborrecían sin excepción, eran incompetentes. Hasta Shrub, el
leal y sufrido Shrub, tenía sus fallas: por un lado, un cociente intelectual de
alrededor de 60, lo cual, sumado a su origen humilde, significaba que jamás
podría ascender más allá del rango de contralmirante.
Mientras recapacitaba sobre los variados sucesos del día,
Harpplayer inició su compulsivo ir y venir por el pequeño alcázar, y los demás
ocupantes se acurrucaron contra la banda de estribor a fin de no obstaculizarle
el camino. Cuatro pasos en una dirección, luego tres y medio de regreso
chocando la rodilla con un crujido estremecedor contra la carronada de babor.
Pero Harpplayer no sentía los golpes, su cerebro de jugador de naipes barajaba
pensamientos, evaluaba y sopesaba planes, rechazando aquellos que contuviesen
un mínimo de sentido común y considerando tan solo aquellos que parecían
demasiado insensatos para ser practicables. No por nada lo llamaban en toda la
flota «La Arpía Chupasavia», y lo temían y respetaban como un hombre siempre
capaz de arrancar la victoria de las fauces de la derrota, y siempre al precio
de un inmenso número de vidas. Pero la guerra era la guerra. Uno impartía las
órdenes y hombres valientes perecían, y para eso estaban en las costas las
patrullas de reclutamiento.
Había sido un día largo y agotador, pero Harpplayer no se
permitía aún el lujo de descansar. La tensión y una aprensión agónica lo
atenazaban, implacables como las garras de Cerbero, desde poco después del
amanecer de aquella mañana, cuando el vigía anunciara la presencia de velas en
el horizonte. Habían sido sólo diez, diez buques franceses de la línea, y antes
de que se disipase la niebla matutina la vengativa forma del Redundant habíase
lanzado ya sobre ellos, cual lobo entre las ovejas. Salva tras salva de
artillería, los bien ajustados cañones ingleses habían atacado a sangre y
fuego, diez granadas por cada una de las que escupían las bocas de los cañones
franceses, manejados por la chusma cobarde de las clases octava y novena de
1812, patriarcas barbicanos y niños de pecho que sólo deseaban retornar a sus
viñedos familiares en vez de estar allí, peleando por el Tirano, arrostrando
las iras de los mortíferos cañones de su isla enemiga, ese pequeño país que,
abandonado a sus fuerzas, luchaba a solas contra el poder de todo un
continente. Había sido una persecución cruel e implacable, y sólo el refugio
seguro de las baterías del puerto francés había impedido la total destrucción
de la escuadrilla. Y en verdad, cuatro de sus buques yacían ahora entre los congrios,
en el fondo del océano, y los seis restantes necesitarían reparaciones
completas antes de estar nuevamente en condiciones de soltar amarras e ir a
enfrentar una vez más el poder justiciero de las naves que sitiaban sus costas.
- Si me hace el favor, señor Shrub, haga preparar las
mangueras. Creo que es hora de tomar un baño.
Un clamor sordo brotó de los pechos de los marineros,
porque todos ellos sabían lo que les esperaba. En las aguas más glaciales de
los mares boreales, en lo más crudo del invierno, Harpplayer insistía en
aquella rutina del baño. Las mangueras fueron rápidamente adosadas a las bombas
y muy pronto brotaron por la cubierta columnas de agua helada.
- ¡Adentro! - grito Harpplayer, retrocediendo a fin de
esquivar cualquier gota ocasional, mientras se rascaba la piel del costado, que
no había visto el agua desde el verano anterior. Sonrió ante las payasadas
pueriles de Shrub y los otros oficiales que brincaban desnudos en el agua y
sólo dio la señal de parar las bombas cuando las blancas pieles de los hombres
hubieron adquirido una delicada tonalidad cerúlea.
Desde el horizonte boreal llegó un rumor sordo y
prolongado semejante a un trueno lejano pero a la vez más intenso y penetrante.
Harpplayer volvió la cabeza para contemplar una estela de fuego que apareció
por un largo momento en el oscuro telón de fondo de las nubes y se extinguió en
el cielo, dejándole tan solo una imagen en las retinas. Sacudió la cabeza para
alejarla, y pestañeó rápidamente unas cuantas veces. Por un instante hubiera
podido jurar que el rayo de fuego había bajado en vez de subir, pero eso era
manifiestamente imposible. Demasiadas noches jugando al boston hasta altas
horas con los oficiales, no era de extrañar que estuviese perdiendo la agudeza
visual.
- ¿Qué fue eso, Capitán? - le preguntó el teniente Shrub,
con palabras apenas discernibles a causa del castañeteo de los dientes.
- Un cohete de señales, o tal vez uno de esos novedosos
cohetes de guerra Congreve. Algo raro pasa por allá, y nosotros vamos a
averiguar de qué se trata. Envíe los hombres a las brazas, si me hace el favor,
y llene la vela de gavia y déjela en la amura de estribor.
- ¿Puedo antes ponerme los calzoncillos?
- Nada de impertinencias, señor, ¡o irá a parar al
calabozo!
Mientras Shrub voceaba las órdenes por la trompeta, los
hombres se reían de sus desnudas piernas temblorosas. Sin embargo, pocos
segundos bastaron para que los hombres de la adiestrada tripulación, que menos
de seis días antes anduvieron de putas y copas en tierra, vestidos de paisanos,
sin siquiera soñar que las brigadas de reclutamiento los engancharían para
enviarlos al mar, saltaran a las brazas, levantaran las vergas y jarcias
destrozadas, taponaran los boquetes perforados por las balas, enterrasen a los
muertos, bebieran el grog y les quedaran aún energías suficientes para que unos
pocos improvisaran una alegre danza marinera al son de una gaita. La nave
escoró al girar, el agua formó un espuma cremosa bajo la proa y muy pronto
estuvo sobre la nueva amura, alejándose de la costa para ir a investigar aquel
nuevo suceso, haciendo sentir su presencia como representante de la más
poderosa flota de bloqueo que hasta ese entonces conociera el mundo.
- Barco a la vista, señor - anunció el vigía desde el palo
mayor -. A dos cuartas de la proa de estribor.
- Repique a cuadras - ordenó Harpplayer.
En medio del persistente redoble del tambor y el golpeteo
de los curtidos pies desnudos de los marineros sobre la cubierta, la voz del
vigía era apenas audible.
- Sin velas ni mástiles, señor. Poco más o menos el tamaño
de nuestra chalupa.
- Cancele la última orden. Y cuando ese vigía termine su
guardia, quiero que repita quinientas
veces, un bote es algo que se iza y se pone sobre un
barco.
Al impulso de la fuerte brisa que soplaba desde la costa,
el Redundant no tardó en acercarse a la embarcación hasta una distancia
suficiente como para poder observarla desde cubierta.
- Sin mástiles ni vergas ni velas, ¿cómo hará para
desplazarse? - inquirió, boquiabierto, el perplejo teniente Shrub.
- Especular por anticipado no tiene sentido, señor Shrub.
Esa embarcación puede ser francesa o neutral, y no quiero correr riesgos.
Hagamos cargar y preparar los cañones. Y quiero a los oficiales en las
pernadas, con las armas a medio amartillar. Y que nadie dispare hasta que yo dé
la orden, y al que lo hiciere lo haré cocer y servir para el desayuno.
- ¡Usted es infalible, señor!
- ¿Le parece? ¿Se acuerda del mequetrefe que ayer
confundió las órdenes?
- Muy valiente, señor, eso es lo que digo - acotó Shrub,
mientras se arrancaba de entre los dientes un trocito de cartílago -. Daré las
órdenes, señor.
La extraña embarcación no se parecía a ninguna que
Harpplayer hubiese visto jamás. Se desplazaba por las aguas sin nada visible
que la impulsara y Harpplayer pensó en hombres ocultos moviendo remos
subacuáticos, pero tendrían que ser enanos para caber en la nave. Tenía un
puente que la cubría de lado a lado, cerrado por una suerte de techumbre de
vidrio, En suma, un extrañísimo artefacto y no francés, por cierto. Los siervos
esclavizados por el pulpo de París jamás dominarían las técnicas sutiles necesarias
para construir una joya de los mares como era esa. No, debía de provenir de
alguna comarca remota, quizá de allende la China o de las misteriosas islas del
Oriente. Había un hombre sentado en la embarcación, que tocó una palanca y
desplazó la ventana superior. El hombre se puso de pie y agitó la mano a modo
de saludo. Sonidos entrecortados brotaron al unísono de los pechos de los
observadores, pues todas las miradas estaban fijas en la extraña aparición.
- ¿Qué significa esto, señor Shrub? - vociferó Harpplayer
-. ¿Estamos en una feria de diversiones o en una pantomima navideña?
¡Disciplina, señor!
- P-pero, señor - tartamudeó el fiel Shrub, sin encontrar
las palabras -. Ese hombre, señor. ¡es verde!
- No quiero oír ninguna de sus condenadas sandeces, señor
- chilló Harpplayer irritado, furioso
como siempre lo estaba cuando la gente desvariaba acerca
de los «colores» que imaginaba. Paisajes y puestas de sol y esa clase de
estupideces. Desatinos. El mundo estaba hecho de saludables matices de gris, y
ahí acababa la cosa.
Algún medicastro imbécil de Harley Street le había
mencionado una vez una enfermedad imaginaria que llamó «acromatopsia» pero
cuando Harpplayer le propuso enviarle sus padrinos desistió de su bufonada.
- Verde, rosa o púrpura, el tono de gris del hombre no me
interesa en lo más mínimo Arrojadle una línea y hacedlo venir aquí para que
podamos escuchar su historia.
La línea fue arrojada y el extraño, luego de asegurarla a
una anilla de su bote, tocó una palanca que volvió a cerrar la cabina de vidrio
y trepó ágilmente a la cubierta superior.
- Piel verde. - dijo Shrub, y al instante cerró con fuerza
la boca bajo la furibunda mirada de Harpplayer.
- Basta, señor Shrub. Es un extranjero y lo trataremos con
todo respeto, al menos hasta que averigüemos a qué clase pertenece. Es un poco
peludo, no cabe duda, pero ciertas razas del norte de las Islas Niponas son
así: tal vez sea oriundo de esos mares. Le doy la bienvenida, señor - dijo,
dirigiéndose al recién llegado -. Yo soy el Capitán Honario Harpplayer,
comandante de la nave
Redundant de la Armada de Su Majestad.
- ¡Kwl-kkle-wrrl-kl...!
- Francés no es - murmuró Harpplayer entre dientes -, ni
griego ni latín, estoy seguro. Tal vez una de esas lenguas bárbaras del
Báltico. Probaré con alemán. ¿Ich rate Ihnen, Rsiseschecks mitzunehmen? ¿O un
dialecto italiano? E proibito; pero quisivendono cartoline ricordo.
El extraño respondía saltando de un lado a otro como
enloquecido, señalando el sol, haciendo movimientos circulares con las manos
alrededor de su cabeza, apuntando a las nubes, haciendo ademanes que sugerían
caída y gritando con voz chillona:
- im'ku, m'ku
- El hombre es efervescente - dijo el oficial de marina -,
y además tiene demasiados dedos.
- Puedo contar hasta siete sin su ayuda - le dijo Shrub
con enojo -. Creo que está. tratando de decirnos que va a llover.
- Quizá es un meteorólogo en su tierra - dijo Harpplayer
sin comprometerse -, pero aquí no es nada más que un extranjero.
Los oficiales sacudieron la cabeza en prueba de
asentimiento y este gesto pareció enardecer todavía más al extraño, quien dio
un salto hacia adelante, gritando a voz en cuello en su jeringonza
ininteligible. El alerta guardiamarina le asestó un golpe en la nuca con la
culata del mosquete, y el hombre peludo cayó de bruces sobre la cubierta.
- Intentó atacarlo a usted, Capitán - dijo el oficial de
marina -. ¿Lo pasamos por debajo de la quilla, señor?
- No, pobre hombre, tan lejos de su tierra, a lo mejor
está preocupado por algo. Debemos darle tiempo para que supere la barrera
idiomática. Léale simplemente los incisos de Guerra y reclútelo para el
servicio. Andamos cortos de brazos después de este último encuentro.
- Es usted sumamente indulgente, señor, y un ejemplo para
todos nosotros. ¿Qué haremos con la embarcación?
- Yo la examinaré. Quizá funcione según algún principio
que pueda interesar a Whitehall. Póngame una escala. Yo mismo bajaré a echarle
un vistazo.
Al cabo de algunos tanteos, Harpplayer descubrió la
palanca que accionaba la ventanilla de vidrio, y cuando ésta se deslizó hacia
un costado se dejó caer un la cabina. Un mullido diván enfrentaba a un tablero
cubierto por una extraña colección de manivelas, botones e instrumentos varios,
protegidos por tapas de cristal. Era un ejemplo perfecto de la decadencia de
Occidente, un exceso de decoración y ornamentación cuando un panel de buen
roble inglés hubiera bastado para el caso, y una simple barra que girase sobre
un eje para llevar las órdenes a los esclavos- remeros. O quizá hubiese un
animal oculto detrás del panel: al torcer una palanca se oyó un rugido grave.
Debía de ser, sin duda, el mecanismo que transmitía al esclavo - o animal - de
la galera la orden de iniciar su trabajo, pues ahora la pequeña embarcación
surcaba las aguas a gran velocidad. La espuma que levantaba salpicaba la
cabina, y Harpplayer cerró la tapa, medida muy oportuna. Otro botón debió de
accionar un timón secreto, pues de pronto la embarcación hundió la proa y se
sumergió hasta quedar totalmente cubierta por el agua.
Afortunadamente, era de construcción sólida y no hacía
agua, y otro botón la hizo subir una vez más a la superficie.
Fue entonces cuando a Harpplayer se le ocurrió la idea.
Quedó inmóvil, como petrificado, mientras sus pensamientos giraban, veloces,
considerando las probabilidades. Sí, podía tener éxito... ¡debía tener éxito!
Se golpeó la palma con el puño cerrado, y en ese momento se dio cuenta de que
la embarcación había girado mientras él meditaba y estaba ahora a punto de
abalanzarse sobre el Redundant, en cuya batayola se alineaban rostros de ojos
aterrorizados. Mediante una hábil maniobra Harpplayer dio al animal (o esclavo)
la orden de detenerse, de modo que cuando ambas embarcaciones se rozaron solo
sufrieron una ligera sacudida.
- Señor Shrub - llamó.
- ¿Señor?
- Quiero un martillo, seis clavos, seis barriles de
pólvora, cada uno de ellos provisto de una mecha de dos minutos y una lazo de
cuerda y una linterna sorda.
- Pero señor... ¿para qué? - Por una vez el apabullado
Shrub se olvidó lo bastante de sí mismo como para cuestionar a su capitán.
Pero el plan había enardecido tanto a Harpplayer que no
tomó a mal esta súbita familiaridad de su subalterno. En verdad, hasta esbozó
una sonrisa, que la penumbra le ayudó a disimular.
El condestable y sus asistentes pronto concluyeron los
preparativos, y los barriles que fueron bajados por una eslinga llenaron por
completo la pequeña cabina, a tal punto que a Harpplayer apenas si le quedó
sitio para sentarse. Lo que no quedó fue lugar para el martillo, y tuvo que
sujetarlo entre los dientes.
- Zeor Zrub - farfulló a través del, martillo, presa de
una depresión súbita al comprender que dentro de pocos minutos estaría
enfrentando con sus frágiles huesos las hordas del usurpador que blandía el
látigo sobre todo un continente de esclavos oprimidos. Retrocedía ante su
propia temeridad de enfrentar así al Tirano de Europa, y lo amilanaba además el
asco que le producía su propia fragilidad. Los hombres jamás sabrían que había
abrigado tales pensamientos, que era el más pusilánime de todos ellos.
- Zeor Zrub - volvió a gritar, y la voz no delató sus
sentimientos - Si no regreso al amanecer, queda usted al mando de este buques y
redactará un informe completo. Adiós. En triplicado, no lo olvide.
- Oh, señor... - empezó a decir Shrub, pero sus palabras
dejaron de oírse cuando la tapa de vidrio se cerró de golpe y la diminuta
embarcación se lanzó a sol, contra el poderío de todo un continente.
Más tarde Harpplayer se reiría de aquella primera
flaqueza. A decir verdad, la escapada fue tan simple como un paseo por Fleet
Street en una mañana de domingo.
La extraña barquichuela se hundió bajo la superficie y se
deslizó hasta mas allá de las fortificaciones de Cabo Pietfieux, que los
marineros ingleses llamaban Cabo Pit fix, hasta las
custodiadas aguas de Cienfique. Ningún centinela reparó en
la ligera ondulación de las aguas de la bahía, y ningún ojo humano divisó la
forma vaga que afloró junto al alto muro de madera que era el caso del buque
francés de la línea. Dos fuertes martillazos aseguraron el primer barril de
pólvora y una llamarada fugaz partió de la linterna sorda en el momento en que
la mecha se encendía. Antes que los perplejos centinelas de la cubierta de
arriba tuviesen tiempo de acercarse a la batayola, ya el misterioso visitante
había desaparecido, y ni siquiera alcanzaron a ver la crepitante mecha delatora
que, oculta tras el barril de la muerte, se consumía lentamente. Cinco veces
consecutivas repitió Harpplayer esta operación simple pero mortífera, y
entonces, en el momento en que hundía el último clavo, hubo en el muelle una
ahogada explosión, y a sus espaldas seis buques, orgullo de la escuadra del
Tirano, se elevaron en columnas de llamas hasta que sólo quedaron los cascos
carbonizados, deslizándose hacia el fondo del océano.
Una vez pasadas las fortificaciones de la costa, el
capitán Harpplayer abrió el tejado de vidrio y volvió la cabeza con
satisfacción para contemplar las embarcaciones en llamas. Había cumplido con su
deber, y aportado su grano de arena para la conclusión de aquella guerra que
había devastado a todo un continente y que en el curso de unos pocos años
aniquilaría tal vez a tantos de los mejores ciudadanos franceses que la
estatura de la raza gala se vería reducida en un promedio de algo más de diez
centímetros. Cuando se extinguió la última pira, sintió el escozor del
remordimiento pues, aunque propiedad del Loco de París, habían sido espléndidos
navíos, y viró la proa de la nave en dirección al Redundant.
Amanecía ya cuando llegó su barco, vencido por el
cansancio. Se asió a la escala que habían dejado para él y trepó penosamente
hasta la cubierta. Zumbaron los tambores y los grumetes lo aclamaron: trinaron
las gaitas de los contramaestres.
- Magnífico, señor, oh, magnífico - exclamó Shrub,
mientras se precipitaba a tenderle la mano-.
Desde aquí los vimos arder.
A espaldas de ellos, en el mar, se oyó un ruidoso
burbujeo, como cuando el agua sale de la bañera al quitarse el tapón, y
Harpplayer volvió la cabeza justo a tiempo para ver que la extraña embarcación
se hundía en el mar y desaparecía de la vista.
- Maldito imbécil - se reprochó entre dientes -. Me olvidé
de cerrar la escotilla. Ha de haberse llenado de agua y por eso se hundió.
Sus cavilaciones fueron repentinamente interrumpidas por
un brusco alarido. Volvió la cabeza en el momento preciso en que el extraño
peludo corría hasta la barandilla y miraba, horrorizado, cómo su embarcación
desaparecía bajo las aguas. Entonces el hombre, visiblemente desesperado, lanzó
un grito espeluznante y se arrancó de la cabeza grandes mechones de pelo, tarea
relativamente fácil dado que lo tenía en abundancia. Y entonces, sin que nadie
pudiese detenerlo, se encaramó sobre la barandilla y se lanzó de cabeza al mar.
Se hundió como una piedra y, o bien no sabía o no quiso nadar; parecía
extrañamente apegado a su navío, pues no volvió a subir a la superficie.
- Pobre desdichado - dijo Harpplayer con el tono compasivo
de un hombre sensible, estar tan solo y tan lejos de su tierra. Quizá sea más
feliz en la muerte.
- Sí, quizá - farfulló el estólido Shrub -, pero tenía
condiciones para ser un excelente gaviero, señor. Podía encaramarse y corretear
por las vergas, podía mantenerse fantásticamente bien en equilibrio, con esas
uñas largas que tenía en los pies y que hundía directamente en la madera. Y
tenía otro dedo en el talón que lo ayudaba a afirmarse.
- Le rogaría que no discuta las deformidades de los
muertos. Lo haremos figurar en el informe como «hombre al agua». ¿Cómo se
llamaba?
- No nos lo dijo, señor, pero lo anotamos en los registros
como Green.
- Muy apropiado. Aunque extranjero de origen, se sentiría
orgulloso de saber que murió llevando un buen nombre inglés.
Despidiendo secamente al fiel y estúpido Shrub, Harpplayer
reanudó sus idas y venidas por el alcázar, abrumado por aquella secreta agonía
que era solo suya y lo seguiría siendo hasta que los cañones del Ogro Corso
fuesen clavados para siempre.
EL ARBOL DE LA VIDA
Los chicos se habían dispersado por la playa, y algunos
hasta se habían atrevido a meterse en el agua, donde las grandes olas verdes
rompían sobre ellos. Brillando en un cielo muy azul, el sol quemaba la arena
amarilla. Una ola se deshizo en espuma y subió silenciosamente por la orilla.
Las palmas del Maestro se oyeron con claridad en el soleado silencio.
—Se ha terminado el recreo. Ponte la ropa, Grosbit-9,
toda. La clase va a comenzar.
Se acercaron al Maestro, lo más despacio que pudieron. Los
bañistas salieron secos del océano, y los otros no tenían ni un grano de arena
adherido a la piel ni a la ropa. Rodearon al Maestro, dejando morir la charla,
y él señaló dramáticamente una diminuta criatura que ondulaba por la arena.
—¡Uj, un gusano!—exclamó Mandi-2 con un delicioso
estremecimiento, agitando sus rizos rojos.
—Un gusano, correcto. Un primer gusano, un gusano
primitivo, un protogusano. Un gusano importante. Aunque no pertenece a la línea
evolutiva que estamos estudiando, debemos detenernos a considerarlo. Un poco
más de atención, Ched-3, se te cierran los ojos. Porque aquí, por primera vez,
vemos segmentación, un paso tan importante en el desarrollo de la vida como lo
fue el desarrollo de formas multicelulares. Ved, mirad con cuidado esa serie de
anillos en el cuerpo de la criatura. Parece como si estuviera hecha de
anillitos de tejido fundidos unos con otros, y así es.
Se inclinaron más, formando un círculo de cabezas bajas
sobre el pardo gusano que se arrastraba por la arena. Se movió lentamente hacia
Grosbit-9, que levantó el pie y pisó con fuerza la criatura. Los otros alumnos
rieron furtivamente. El gusano se escurrió por el costado del zapato y
continuó.
—Grosbit-9, tienes una actitud equivocada —dijo con
seriedad el Maestro—. Se está gastando mucha energía para enviar a esta clase
por el pasado, para que vean las maravillas de la evolución en acción. No
podemos sentir, tocar ni oír el pasado ni cambiarlo, pero podemos movernos por
él y verlo a nuestro alrededor. Así que contemplamos con admiración y respeto
el poder que nos permite hacer esto, visitar nuestra Tierra como era hace
millones de años, ver el océano de donde salió toda vida, mirar una de las primeras
formas del árbol de la evolución, que se ramifica eternamente. ¿Y cuál es tu
respuesta a esta experiencia imponente? ¡Pisoteas el anélido! Que vergüenza,
Grosbit-9. Qué vergüenza.
Lejos de sentirse avergonzado, Grosbit-9 se mordisqueó un
pellejo del pulgar y miró de reojo a su alrededor, con un principio de sonrisa
burlona. El Maestro se preguntó, no por primera vez, cómo había entrado un 9 en
su clase. Un padre con contactos importantes sin duda, amigos en puestos altos.
1
—Quizá sea conveniente que recapitulemos, para aquellos
que no están prestando toda su atención.—Miró con dureza a Grosbit-9 al decir
esto, sin efecto aparente—. La evolución es la manera en que hemos llegado al
alto estado actual. La evolución es el avance de la vida, desde las criaturas
unicelulares hasta el hombre, multicelular y pensante. No sabemos qué vendrá
después de nosotros; lo que hubo antes lo estamos viendo ahora. Ayer observamos
el rayo que cayó en el caldo químico de los mares y vimos la formación de los
compuestos más complejos que se transformaron en las primeras formas de vida.
Vimos como esta vida unicelular triunfaba sobre el tiempo y la eternidad, al
desarrollar por primera vez la capacidad de dividirse en dos células, y luego
dar las formas compuestas, multicelulares. ¿Qué recordáis de ayer?
—¡La lava derretida se vertía en el océano!
—¡La tierra se levantó del mar!
—¡Cayó el rayo en el agua!
—¡Los bichos daban asco!
El Maestro asintió con la cabeza, sonriendo, e ignoró el
último comentario. No tenía idea de por qué Mandi-2 estaba matriculada en este
curso de ciencia, y no creía que fuera a quedarse mucho tiempo
—Muy bien. Entonces llegamos a los anélidos, como este
gusano. Segmentados, con cada segmento casi independiente. Aquí aparecen ya los
vasos sanguíneos que llevan alimento a todos los tejidos de la forma más
eficiente. Aquí tenemos la primera hemoglobina que transporta oxígeno a todas
las células. Aquí está el primer corazón, una bomba que impulsa la sangre por
los tubos. Pero falta algo todavía. ¿Sabéis qué es?
No había respuestas en sus caras, tenían los ojos
agrandados de excitación.
—Pensad. ¿Qué habría pasado si de veras Grosbit-9 hubiera
pisado al gusano?
—Lo habría despanchurrado —contestó Agon-1, con el
espíritu práctico de los ocho años. Mandi-2 se estremeció.
—Correcto. Habría muerto. Es blando, sin caparazón ni
esqueleto. Lo que nos lleva a la rama siguiente del árbol de la evolución.
El Maestro apretó el botón activador de la unidad de
control que llevaba en la cintura, y la computadora programada los llevó por el
tiempo a su siguiente cita. Los envolvió algo gris y veloz, sin sensación de
movimiento, que se desvaneció de pronto y fue reemplazado por una nebulosidad
verde. A seis metros sobre sus cabezas, el sol rielaba sobre la superficie del
océano, mientras a su alrededor pasaban rápidamente peces silenciosos. Un
monstruo, todo placas y dientes brillantes, se lanzó sobre ellos, y Mandi-2 dio
un gritito de sorpresa.
—Atended aquí, por favor. Los peces vendrán después.
Primero debéis estudiar estos, los primeros equinodermos. Phil-4, señala un
equinodermo y dinos qué significa la palabra.
2
—Equinodermo—dijo el muchacho, buscando la clave en su
memoria. Las técnicas que todos los niños aprendían en los primeros años de
escuela le pusieron las palabras en los labios. Igual que los demás, tenía una
memoria perfecta—. En griego quiere decir piel con púas. Ese debe ser uno, la
estrella de mar grande y peluda.
—Correcto. Un paso evolutivo importante. Antes de estos,
los animales no tenían protección, como nuestro anélido, o tenían
exoesqueletos, como los caracoles, las langostas o los insectos. Eso es
limitado y poco eficaz. Pero un esqueleto interno puede proporcionar un soporte
flexible y es ligero. Se ha dado un paso importante en la evolución. ¡Casi
hemos llegado, niños! Este esqueleto interno simple evolucionó hacia un
notocordio más práctico, un solo hueso de la longitud del cuerpo que protege
una fibra nerviosa principal. Y los cordados, las criaturas que poseen este
notocordio, están a un solo paso evolutivo de este... ¡todo esto!
El Maestro abrió los brazos mientras el mar se llenaba de
vida. Un cardumen de peces plateados, de un metro de largo, pasó entre los
estudiantes y a través de ellos, mientras depredadores de dientes afilados,
parecidos a tiburones, atacaban. El Maestro había calculado bien el tiempo de
su explicación para terminar en ese preciso momento dramático. Algunos de los
niños más pequeños se encogieron ante la explosión de vida y muerte, mientras
Grosbit-9 amagaba un puñetazo a uno de los gigantes que pasaba a su lado.
—Hemos llegado —dijo el Maestro, vibrante, arrastrado por
su propio entusiasmo—. Los cordados dan paso a los vertebrados, la vida tal
corno la conocemos. Un esqueleto interno fuerte y flexible protege los órganos
blandos y proporciona sostén. El cartílago de estos tiburones—el mismo tipo de
tejido que endurece vuestras orejas—se transforma en hueso duro en estos peces.
Por decirlo así, la Humanidad está a la vuelta de la esquina.—Notó un tirón de
su toga—. ¿Qué pasa, Ched-3?
—Tengo que ir al...
—Bien; aprieta el botón de regreso en tu cinturón, y no te
demores mucho.
Ched-3 apretó el botón y se desvaneció, llevado de vuelta
a su aula con excelentes sanitarios funcionales. El Maestro hizo un gesto de
fastidio, mientras la vida pululante giraba y se zambullía a su alrededor. Los
niños se ponían difíciles a veces.
—¿Cómo supieron estos animales conseguir un notocordio y
huesos? —preguntó Agon-1—. ¿Cómo encontraron el camino para terminar en los
vertebrados y en nosotros ?
El Maestro estuvo a punto de darle una palmadita en la
cabeza, pero en cambio sonrió.
—Buena pregunta, muy buena. Hay alguien que ha estado
escuchando y pensando. La respuesta es que no lo sabían, no fue algo planeado.
El árbol de la evolución no tiene metas. Sus cambios son aleatorios, mutaciones
causadas por alteraciones del plasma germinal causadas por la radiación
natural. Las variaciones que tienen éxito viven, las otras mueren. Las
criaturas con notocordio se movían con mayor facilidad, tenían más éxito que
otras. Vivieron para seguir evolucionando. Lo que nos lleva a una nueva palabra
que quiero que recordéis. La palabra es "ecología", y estamos
hablando
3
de nichos ecológicos. La ecología es el mundo entero, todo
lo que contiene, la forma en que todas las plantas y los animales viven juntos
y se relacionan unos con otros. Un nicho ecológico es el lugar donde vive una
criatura en este mundo, el lugar especial donde puede medrar, sobrevivir y
reproducirse. Todas las criaturas que hallan un nicho ecológico donde pueden
sobrevivir, tienen éxito.
—¿La supervivencia de los más aptos? —preguntó Agon-1.
—Has estado leyendo algún libro antiguo. Así se llamó en
otro tiempo a la evolución, pero era un nombre incorrecto. Todos los organismos
vivos son aptos, porque están vivos. No puede haber uno más apto que otro.
¿Podemos decir que nosotros, los hombres, somos más aptos que las ostras?
—Sí —dijo Phill-4 con seguridad absoluta, prestando
atención a Ched-3, que había reaparecido, surgiendo aparentemente del flanco de
un tiburón.
—¿De veras? Ven aquí, Ched—3, y trata de prestar atención.
Nosotros vivimos y las ostras viven. Pero, ¿qué pasaría si el mundo quedara de
pronto cubierto totalmente por las aguas?
—¿Cómo podría pasar eso?
—No importa cómo —saltó el Maestro, y respiró
profundamente—. Digamos sólo que sucede. ¿Qué le pasaría a toda la gente?
—¡Se ahogarían todos! —dijo Mandi-2, con pena.
—Correcto. Nuestro nicho ecológico habría desaparecido.
Las ostras medrarían y cubrirían el mundo. Si sobrevivimos, somos todos
igualmente aptos a los ojos de la naturaleza. Ahora veamos cómo les va a
nuestros animales con esqueleto en un nuevo nicho: la tierra firme.
Presión sobre un botón, un movimiento sin desplazamiento
alguno, y se encontraron en la orilla fangosa de un pantano salobre. El Maestro
señaló una aleta que cortaba las algas flotantes.
—La subclase de los crisopterigios, que significa aletas
con flecos. Pececitos resistentes que han conseguido sobrevivir en esta agua
estancada, adaptando sus vejigas natatorias para respirar aire directamente y
obtener así el oxígeno. Muchos peces tienen estas vejigas, que les permiten
mantenerse a cualquier profundidad, pero ahora les han dado un uso diferente.
¡Observad!
El agua se hizo más somera, hasta que sobresalió el lomo
del pez, luego sus protuberantes ojos. Miró a su alrededor, como aterrorizado
por este nuevo ambiente. Las sólidas aletas reforzadas por el hueso batieron el
fango, empujándolo cada vez más lejos de su hogar, el mar. Luego se encontró
fuera del agua, avanzando penosamente por el barro más seco. Una libélula
planeó a baja altura, se posó, y fue engullida por la boca abierta del pez.
—Es la conquista de la tierra—dijo el Maestro, señalando
el lomo del pez, que ya se perdía entre los juncos—. Primero las plantas, luego
los insectos... ahora los animales. Dentro de pocos millones de años, aún más
de 225 millones de años antes de nuestra época, tendremos esto...
4
Otra vez por el tiempo, alejándose, a la señal de una
palabra clave, a otro escenario cenagoso, un pantano con helechos altos como
árboles y un sol cálido que quemaba a través de nubes bajas.
Y vida. Vida que ruge, pisotea, come, mata. Los
investigadores del tiempo debieron buscar con diligencia este lugar, este
instante en la historia del mundo. No hacían falta palabras de descripción o
explicación.
La era de los reptiles. Los pequeños escapaban rápidamente
de la carnicería que los amenazaba. Un escolosaurio, acorazado como un tanque
en miniatura, se abría paso entre el juncal, dejando una huella en el lodo al
arrastrar la cola erizada de púas. Un gran brontosaurio se alzaba contra el
cielo, agitando su cabecita tonta, con su escaso cerebro, al extremo del largo
cuello, girándose para ver qué lo molestaba al recibir algún mensaje de su
indiferente sistema nervioso. Arqueó el lomo, una montaña de carne, cartílago y
hueso, y allí estaba la forma demoníaca del tiranosaurio. Sus patitas
delanteras rascaban débilmente la piel correosa del otro, mientras sus dientes,
afilados como cuchillas, de varios metros de largo desgarraban la pared de
carne. El brontosaurio, inseguro todavía acerca de lo que estaba ocurriendo,
alzó un cuarto de tonelada de barro, agua y plantas y masticó, dubitativo.
Arriba, moviendo sus alas coriáceas, el pteranodonte pasó con las largas
mandíbulas abiertas.
—Uno está lastimando a otro —dijo Mandi-2—. ¿ No puede
hacer que paren?
—Somos sólo observadores, niña. Lo que ves sucedió hace
muchísimo y es inalterable.
—¡Matar! —murmuró Grosbit-9, prestando atención por
primera vez.
Todos observaron, boquiabiertos ante la furia silenciosa.
—Son reptiles, los primeros animales que consiguieron
conquistar la tierra. Antes de ellos fueron los anfibios, como nuestras ranas,
atados todavía al agua, donde ponen los huevos y crecen las crías. Pero los
reptiles ponen huevos que pueden incubar en la tierra. Se ha cortado la
ligadura con el mar. La tierra ha sido conquistada al fin. No les falta más que
una característica que les permita sobrevivir en todo el globo. Todos os habéis
preparado para este viaje. ¿Puede alguien decirme qué falta?
Solo le respondió el silencio. El brontosaurio cayó, y le
arrancaron grandes pedazos de carne. El pteranodonte se alejó, aleteando. Un
chaparrón ocultó el sol.
—Me refiero a la temperatura. Estos reptiles obtienen
buena parte del calor de sus cuerpos del sol. Deben vivir en un ambiente
cálido, porque sus cuerpos se enfrían junto con el ambiente...
—¡Sangre caliente! —dijo Agon-1, excitado.
—Correcto. Alguien, por lo menos, ha estudiado como debía.
Vemos que sacas la lengua, Ched-3. ¿Qué te parecería si no pudieras volver a
meterla en la boca y te quedaras así? La temperatura corporal controlada, la
última rama importante del árbol de la vida que se ramifica constantemente. La
primera clase de los que podríamos llamar animales con calefacción central es
la de los mamíferos. Los
5
mamíferos. Si nos adentramos un poco más en esta selva
veréis lo que quiero decir. No os retraséis, venid aquí. En este claro, todos.
A este lado. Mirad aquellos matorrales. En cualquier momento...
Esperaron ansiosamente. Las hojas se agitaron y ellos se
inclinaron hacia adelante. Asomó un hocico porcino, oliscó el aire y dos ojos
suspicaces, ligeramente bizcos recorrieron el claro. Convencido de que no había
peligro por él momento, el animal salió.
—¡Uh! ¡Qué feo es! —dijo Phill-4.
—La belleza la pone el ojo del observador, jovencito. Te
pido que contengas la lengua. Este es un ejemplo perfecto de la subclase de los
prototerios, las primeras bestias, el tritilodonte en persona. Durante muchos
años se discutió si era un mamífero o un reptil. Tiene la piel suave y escamas
lustrosas como un reptil, pero observad el pelo que crece entre las placas. Los
reptiles no tienen pelo. Y pone huevos, como los reptiles. Pero esta hermosa
criatura también amamanta a sus crías, como los mamíferos. Contemplad este
puente entre la antigua clase de los reptiles y la naciente de los mamíferos.
—¡Oh, qué monada! —chilló Mandi-2 cuando cuatro réplicas
diminutas y rosadas de la madre salieron de los arbustos, tambaleándose.
El tritilodonte se echó de lado y los pequeños empezaron a
mamar.
—Esa es otra cosa que los mamíferos introdujeron en el
mundo—dijo el Maestro, mientras los alumnos miraban fascinados—. El amor
materno. Las crías de los reptiles, aunque nazcan vivas o se incuben de huevos,
tienen que arreglárselas solas. Pero los mamíferos de sangre caliente necesitan
calor, protección y alimento durante su desarrollo. Necesitan cuidados
maternales y, como veis los reciben.
Algún sonido debió de inquietar al tritilodonte, pues se
volvió, miró en redondo, y luego se levantó para meterse entre los arbustos,
seguido por sus tambaleantes crías. En cuanto el claro quedó vacío, se acercó
un voluminoso tricerátopo, con los grandes cuernos y la cresta ósea en alto.
Diez metros de mole carnosa, arrastrando la cola.
—Los grandes lagartos perduran aún, pero se acercan a su
destrucción final. Los mamíferos sobrevivirán, se multiplicarán y llenarán la
Tierra. Más adelante discutiremos los diversos caminos recorridos por los
mamíferos, pero hoy vamos a saltar millones de años hasta el orden de los
primates, que puede que os resulte familiar.
Una jungla más alta profunda y enmarañada reemplazó a la
anterior— un laberinto lleno de frutas, flores y vida. Cruzaban el aire pájaros
multicolores, había nubes de insectos, y por entre las ramas se movían formas
pardas.
—Monos—dijo Grosbit-9, y buscó algo que arrojarles.
—Primates. Un grupo relativamente primitivo que ocupó los
árboles, cerca de cincuenta millones de años antes de nuestro tiempo. ¿Veis
como se están adaptando a la vida arbórea? Tienen que ver con claridad al
frente y juzgar correctamente las distancias, por eso tienen los ojos en la
parte frontal de la cabeza y han desarrollado visión binocular. Para aferrarse
a las ramas, las uñas se han acortado y aplanado, y el
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pulgar oponible les asegura un más firme asimiento. Estos
primates continuaran su desarrollo hasta el día importante y maravilloso en que
desciendan de los árboles y se aventuren a salir del abrigo de la selva
protectora.
—África—dijo el maestro cuando la máquina del tiempo les
transportó nuevamente a través de los siglos—. Podría ser hoy, tan poco han
cambiado las cosas en el tiempo relativamente escaso que ha transcurrido desde
que estos primates superiores avanzaron.
—No veo nada—dijo Ched-3, mirando la hierba de la estepa,
agostada por el sol, y la jungla verde más allá.
—Paciencia. Comienza la escena. Observad la manada de
antílopes que viene hacia nosotros. El paisaje ha cambiado, es más seco los
mares de hierba hacen retroceder a la jungla. Aún hay comida en la jungla,
frutos y nueces al alcance de la mano, pero la competencia se está haciendo
feroz. Muchos primates diferentes ocupan ahora ese nicho ecológico, y son
demasiados. ¿Hay otro nicho desocupado? ¡No aquí en la estepa! Aquí están los
herbívoros de pie veloz, mirad como corren; su supervivencia depende de su rapidez.
Porque tienen enemigos, los carnívoros que se alimentan de su carne.
Se levantó una polvareda, y los antílopes saltaron hacia
ellos. Ojos grandes, fuertes pezuñas, reflejos de sol en sus cuernos
Desaparecieron. Detrás venían los leones. Habían separado un gamo de la manada,
las leonas lo rodearon e hirieron. Luego una zarpa lo derribó, y cayó muerto al
instante, con la garganta mordida y la sangre roja y caliente empapando el
polvo. Los leones comieron. Los niños miraban, enmudecidos. y Mandi-2 moqueó y
se frotó la nariz.
—Los leones comen un poco, pero ya están hartos de la
presa anterior. El sol está casi en el cenit, y tienen calor y sueño.
Encontrarán una sombra y se dormirán, y el cadáver quedará para los carroñeros.
Mientras el Maestro hablaba, el primer buitre estaba
cayendo del cielo, plegando sus alas polvorientas y anadeando hacia la presa.
Descendieron otros dos, que tironearon de la carne, riñendo y chillando
mudamente.
Entonces salieron del borde de la jungla primero un simio,
luego dos más. Parpadearon ante la luz del sol miraron temerosamente a su
alrededor, y corrieron hacia el gamo muerto, ayudándose en su carrera con los
nudillos de sus manos en el suelo. Los buitres empapados en sangre los miraron
con aprensión, y levantaron el vuelo cuando uno de los simios les lanzó una
piedra. Era su turno ahora. Ellos también arrancaron trozos de carne.
—Mirad y admirad, niños. El simio sin rabo sale de la
selva. He aquí vuestros remotos antepasados.
—¡Míos no!
—Son horribles.
—Creo que voy a vomitar.
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—¡Niños, basta! ¡Pensad! Con el cerebro, no con las
vísceras por una vez. Estos hombres-simios o simios-hombres han ocupado un
nuevo nicho cultural. Ya se están adaptando a él. Son casi sin pelo, por lo que
pueden sudar y eliminar así calor cuando otros animales deben buscar refugio.
Usan herramientas. Arrojan piedras para espantar a los buitres. Y mirad,
aquél... tiene una piedra afilada que está empleando para cortar la carne. Van
erguidos, con lo que les quedan las manos libres para la alimentación y la supervivencia.
Está emergiendo el hombre y vosotros tenéis el privilegio de contemplar sus
primeros pasos trémulos fuera de la jungla. Fijad esta escena en vuestra
memoria, es gloriosa. Y la recordarás mejor, Mandi-2, si miras con los ojos
abiertos.
Las clases de más edad solían mostrar mayor entusiasmo.
Sólo Agon-1 parecía mirar con cierto interés. Bien, decían que un buen alumno
hacía que una clase valiera la pena, que le hacía sentir a uno que había
logrado algo.
—Aquí termina la lección de hoy, pero os diré algo sobre
la clase de mañana.
Africa desapareció, y surgió una tierra del norte, fría y
barrida por la lluvia. Al fondo se alzaban montañas, y una fina columna de humo
subía de una casa baja, medio enterrada.
—Veremos cómo salió el hombre de su ambiente de primate,
se hizo seguro y fuerte. Cómo estas gentes primitivas pasaron del grupo
familiar a la sencilla comunidad neolítica. Cómo usaron herramientas y domaron
la naturaleza. Averiguaremos quién vive en esa casa y qué hace. Es una lección
que sé que esperáis con impaciencia.
Parecía haber muy pocas pruebas que respaldaran su
afirmación; el Maestro apretó el botón, y la clase terminó. Apareció el aula
familiar; la campana tañía su dulce música. Gritando, sin mirar atrás, los
niños salieron a la carrera y el Maestro, súbitamente cansado, desprendió los
controles de su cintura y los guardó
En la puerta de la calle vio a una joven matrona, muy
atractiva y sonrosada, con una miniatura de minifalda y el pelo rojo como una
llama. La madre de Mandi-2, se dijo; debería haberse dado cuenta por el pelo;
la vio coger la manita aún más pequeña y sonrosada en la suya. Salieron delante
de él.
—¿Y qué aprendiste hoy en la escuela, querida?—preguntó la
madre.
Aunque no le parecía bien escuchar las conversaciones
ajenas, el Maestro no pudo dejar de oír la pregunta. Sí, ¿qué había aprendido?
Sería bueno saberlo.
Mandi-2 bajó los escalones a saltos, brincando de
felicidad por estar nuevamente libre.
—Oh, no mucho —dijo, y volvieron la esquina.
Sin saberlo, el Maestro soltó un profundo suspiro de
cansancio; giró en dirección contraria, y se fue a su casa.
SUCEDIÓ EN EL SUBTERRÁNEO
—¡Gracias a Dios
que terminamos!
La voz de Adriann Dubois rebotó ásperamente en las paredes
enladrilladas del subterráneo, puntuada por el repiqueteo de sus altos tacones.
Hubo un ruidoso temblor al pasar por la estación un tren expreso, y una ola de
aire viciado se deslizó sobre ellos.
—Es más de la una —dijo Chester, bostezando ampliamente y
tapándose la boca con el dorso de la mano—. Lo más seguro es que tengamos que
estar una hora esperando el próximo tren.
—No seas tan negativo, Chester —dijo ella, y su voz cobró
el mismo timbre metálico de su taconeo—. Hemos terminado las copias para la
nueva contabilidad, probablemente nos den una bonificación y mañana podemos
tomarnos casi todo el día libre. Mira las cosas de esta manera, más
positivamente y te aseguro que te sentirás mucho mejor.
En aquel momento, y antes que Chester pudiera pensar en
una respuesta adecuada, lo que por otra parte no le resultaba fácil a la una de
la madrugada, llegaron a la barrera de entrada. Puso una ficha en la ranura y
Adriann entró rápidamente. Al revolver de nuevo en sus bolsillos, comprobó que
aquélla había sido su última ficha, y tuvo que retroceder hasta la ventanilla
de cambio, murmurando palabrotas.
—¿Cuántos? —gruñó una voz en la oscuridad de la celda
enrejada.
—Tres, por favor —puso dos monedas en la ventanilla. No
era que le importase pagarle el billete, después de todo se trataba de una
mujer; pero no hubiera estado de más que ella diese las gracias o hiciera un
simple movimiento de cabeza en señal que ella advertía el hecho que no se entra
en las estaciones por arte de magia. Después de todo, ambos trabajaban en la
misma casa de locos y ganaban el mismo dinero, y de ahora en adelante ella iba
a ganar más. Se le había olvidado por un momento aquel pequeño detalle. La
ranura engulló su ficha y pudo pasar.
—Yo subo en el último vagón —dijo Adriann, intentando ver
algo por el túnel vacío y oscuro—. Vayamos hasta el final del andén.
—Yo voy en uno de los del centro —dijo Chester, pero tuvo
que ir tras ella. Adriann nunca oía lo que no quería oír.
—Hay algo que puedo decirte ahora, Chester —empezó ella,
con aquel modo suyo de hablar de hombre a hombre—. No he podido hacerlo antes,
puesto que ambos hacíamos el mismo trabajo y, en cierto sentido, competíamos.
Pero, puesto que la coronaria de Blaisdell le impedirá trabajar durante unas
semanas, yo voy a ascender a jefe de copia, con un poco más de dinero...
—Alguna cotorra me lo dijo. Feli...
—... Así que estoy en condiciones de darte un buen
consejo. Debes tener más energía, Chester. Aférrate a las oportunidades cuando
éstas se te presenten.
—Por amor de Dios Adriann. Pareces un mal anuncio de radio
para coches con problemas de carburación.
—Y esas cosas, también. Chistes. La gente empieza a pensar
que no tomas tu trabajo en serio, y eso acarrea una muerte segura en el mundo
de la publicidad.
—Por supuesto que no me tomo el trabajo en serio. ¿Qué
persona en su sano juicio lo haría? —oyó un ruido y miró, pero el túnel
permanecía vacío; un camión allá arriba en la calle, quizá—. ¿Vas a decirme que
de verdad te preocupas por escribir esa prosa interminable sobre «los sobacos
de la señora olerán bien usando el adecuado Olor-Desaparece»?
—No seas vulgar, Chester. Sabes que puedes ser agradable
si te lo propones —dijo ella, aprovechándose de este argumento femenino para
ignorar los razonamientos de él y al mismo tiempo introducir una nota de
emoción en una charla previamente lógica.
—Tienes mucha razón, puedo ser agradable —dijo él
roncamente, sintiéndose por su parte inclinado a la emoción. Con la boca
cerrada Adriann resultaba bastante atractiva, en un estilo ya maduro. El
vestido de punto hacía maravillas por su parte posterior, y el artificio del
sujetador tenía algo que ver con el sorprendente atractivo de su busto, pero
apostaba que más en revestir que en rellenar.
Se aproximó un poco más a ella y deslizó una mano
alrededor de su cintura, dándole unas palmaditas en la cadera.
—Y puedo recordar un tiempo en el que a ti no te importaba
ser agradable también.
—Hace mucho que eso se terminó, muchacho —dijo ella con
voz de maestra de escuela, apartándose con expresión de repugnancia.
A Chester se le cayó el periódico de debajo del brazo; se
agachó, murmurando, a recogerlo.
Ella guardó silencio un momento, ajustándose la falda y
alisándola como si se librase así de la contaminación de aquel contacto. No
había ruido alguno allá arriba en la calle, y la sombría estación permanecía
tan silenciosa como una cripta funeraria. Estaban solos, con la extraña soledad
que experimentan las personas en una gran ciudad, siempre próximas unas a otras
y al mismo tiempo tan lejanas. Cansado, súbitamente deprimido, Chester encendió
un cigarrillo e inspiró una larga bocanada de humo.
—No está permitido fumar en el subterráneo —dijo Adriann,
con distante frialdad.
—No está permitido fumar, ni darte un apretón, ni hacer
chistes en la oficina, ni mirar con justificado desprecio a nuestros clientes.
—No, no lo está —respondió ella, levantando hacia él su
índice delicado, con la uña pintada de rojo—. Y, puesto que tú lo mencionas, te
diré algo más. Otros en la oficina se han dado cuenta también. Lo sé. Llevas en
la empresa más tiempo que yo, y pensaron en ti para el puesto de jefe de
copia..., y te rechazaron. Y me han dicho confidencialmente que están pensando
en que te vayas. ¿Significa esto algo para ti?
—Sí, sí que significa. Significa que he estado amamantando
a una víbora. Creo recordar que fui yo quien te consiguió este empleo, y que
tuve incluso que convencer a Blaisdell de tu capacidad para hacer el trabajo.
Fuiste agradecida conmigo, entonces... ¿Recuerdas aquellas escenas apasionadas
en el vestíbulo de tu residencia?
—¡No seas asqueroso!
—Ahora la pasión ha muerto; también cualquier posibilidad
de ascenso, y parece que mi trabajo se va a pique también. Con la querida
Adriann de amiga, ¿quién necesita un enemigo...?
—¿SABEN?, HAY COSAS QUE VIVEN EN EL SUBTERRÁNEO...
La voz era ronca y temblorosa, sonó de pronto a sus
espaldas, en la plataforma que supusieran vacía, sobresaltándoles. Adriann
murmuró algo y se volvió rápidamente. Había una zona de total oscuridad junto
al cubo de los papeles, y ninguno de los dos había advertido al hombre que
estaba sentado junto a la pared. Éste hizo un esfuerzo y se puso en pie.
—¿Cómo se atreve? —dijo Adriann, casi a gritos, furiosa y
sobresaltada—. ¡Ahí escondido, interrumpiendo una conversación privada! ¿No hay
policía en esta estación?
—Hay cosas, sabe —dijo el hombre, ignorándola y haciendo
una mueca a Chester. Su cabeza se inclinó como señalando a alguna parte.
Era un vagabundo, uno de los componentes de aquella horda
de desgraciados que había invadido Nueva York cuando el Bowery fue destruido y
la luz penetró en aquella calle atestada de desechos humanos. Fotófobos, se
fueron tambaleando, en busca de la oscuridad. Para muchos de ellos, las
sombrías cavernas de los subterráneos representaron un refugio. Había coches
con calefacción para el invierno, lavabos, esquinas silenciosas donde
derrumbarse. El que se había dirigido a la pareja llevaba el uniforme de los de
su condición: pantalones sucios y sin botones chaqueta arrugada, atada con una
cuerda por cuyo cuello asomaban diversas prendas interiores, zapatos cuarteados
con las suelas desclavadas, piel oscura y tan arrugada como la de una momia,
con una línea de suciedad en cada grieta. Su boca era un negro orificio, con
los escasos dientes sobrevivientes plantados como sucias piedras sepulcrales a
la memoria de sus hermanos desaparecidos. Examinándolo detalladamente, el
hombre tenía un aspecto repugnante; pero era algo tan común en la ciudad como
las papeleras o los túneles.
—¿Qué clase de cosas? —preguntó Chester, mientras
rebuscaba en los bolsillos una moneda con la cual comprar su libertad. Adriann
les dio la espalda.
—Cosas que viven en la tierra —dijo el vagabundo, y sonrió
tontamente, llevándose un dedo a los labios—. Los que lo saben no hablan nunca
sobre ello. No quieren atemorizar a los turistas, ¡oh no...! Escamas, garras,
aquí, en la oscuridad del subterráneo.
—¡Dale dinero..., deshazte de él..., esto es horrible!
—dijo Adriann, agudamente.
Chester dejó caer unos peniques en la mano extendida,
cuidándose de no tocar aquella piel mugrienta.
—¿Qué hacen esas cosas? —preguntó, no porque le importase
realmente, sino para enojar a Adriann. Lo empujaba a hacerlo aquel sadismo
suyo, viejo ya.
El vagabundo frotó las monedas una contra otra.
—Viven aquí escondidas, al acecho. Eso es lo que hacen. Es
conveniente darles algo cuando uno se encuentra como usted ahora, solo a altas
horas de la noche y cerca del final del andén. Peniques, por ejemplo; póngalos
aquí, en el borde donde puedan alcanzarlos. Las monedas de diez centavos
también sirven, pero no las de cinco, como estas que me ha dado.
—Te estás tragando una buena tontería —dijo Adriann,
furiosa ahora que el primer sobresalto había pasado—. Vamos, despégate de ese
vago.
—¿Y por qué sólo peniques y monedas de diez centavos?
—preguntó Chester, interesado, a pesar de todo. Estaba muy oscuro, al borde del
andén. Cualquier cosa podía estar oculta allí.
—Los peniques, porque les gustan los cacahuetes, y con
ellos los pueden sacar de las máquinas cuando no hay nadie. Las monedas son
para las máquinas de cola; la beben a veces en lugar de agua. Los he visto...
—Voy a buscar a un guardia —resopló Adriann, y taconeó
decidida. Pero se detuvo a los pocos metros. Ambos hombres la ignoraron.
—Vamos —dijo Chester al vagabundo, que se pasaba una mano
temblorosa por el sucio cabello—, no irá a pensar que me lo creo. Si esas cosas
comen tan sólo cacahuetes no hay razón para tenerles miedo.
—Yo no dije que eso era todo lo que comían. —La mano
mugrienta se aferró a la manga de Chester antes que éste pudiera evitarlo y
tuvo que apartar la cabeza de aquel aliento repugnante cuando el mendigo se
inclinó para susurrar—: Lo que en realidad les gusta comer es GENTE, pero no se
meterán con usted siempre que les deje algo. ¿Le gustaría ver uno?
—¡Después de esta introducción es lo menos que puedo
hacer!
El vagabundo fue tambaleándose hasta el cubo de los
papeles, ancho como un tronco, gris verdoso y con dos compuertas semiesféricas
en la parte superior.
—Tiene que ser una ojeada rápida, porque no les gusta que
los miren —dijo el hombre, y empujó una de las dos compuertas.
Chester retrocedió, atónito. Había sido una visión
brevísima... ¿Había, en realidad, visto dos rojas manchas brillantes, separadas
un palmo una de otra, semejantes a ojos monstruosos? ¿Era posible que...? No.
Todo aquello era demasiado ridículo. Se oyó el distante retumbar de un tren.
—Magnífico, compañero —dijo, y arrojó unos peniques cerca
del borde del andén—. Esto les proporcionará cacahuetes por un tiempo. —Se
reunió rápidamente con Adriann—. La historia mejoró después que te fuiste, ese
pillo asegura que una de las cosas está escondida en el cubo de los papeles.
Así que les dejé un regalito..., por si acaso.
—No sé cómo puedes ser tan estúpido.
—Estás cansada, querida. Empiezas a enseñar las uñas. Y
también te muestras monótona.
El tren se oía ya más cerca, y empujaba ante sí una nube
de aire enrarecido, casi como el olor de un animal... Nunca se le había
ocurrido pensarlo.
—Eres estúpido y supersticioso. —Adriann tuvo que alzar la
voz sobre el rumor creciente del tren—. Eres la típica persona que toca madera,
que nunca pisa las rayas de la calle y que se preocupa cuando se cruza un gato
negro.
—Por supuesto. Nada de esto perjudica. Ya hay suficiente
mala suerte alrededor de uno para no tener que ir buscando más. Es probable que
no haya ninguna COSA en esa papelera..., pero no voy a meter la mano para
comprobarlo.
—¡Completamente ridículo!
Era tarde. Chester estaba cansado y con los nervios un
poco descompuestos. El tren se detuvo a su espalda con un estremecimiento.
Corrió hacia el final del andén rebuscando en el bolsillo y sacando todo el
cambio que le quedaba.
—Escucha —gritó, abriendo unos centímetros la compuerta de
la gran papelera y arrojando dentro las monedas—. Dinero. Muchos centavos y
peniques. Mucha cola y cacahuetes. Pero atrapa y cómete a la primera persona
que se acerque.
Detrás de él, Adriann reía. Las puertas del tren
susurraron al abrirse y el vagabundo se deslizó dentro.
—Éste es tu tren —dijo Adriann, riendo todavía—. Tómalo
antes que las COSAS te atrapen. Yo espero el de circunvalación.
—Toma —dijo él, enojado aún, tendiéndole el periódico—.
Eres tan simpática y tan poco supersticiosa. Veamos cómo lo tiras al cubo. —Y
saltó dentro del tren, un segundo antes que las puertas se cerrasen.
—Por supuesto, cariño —gritó ella, con la cara roja por la
risa—. Y se lo contaré a todos mañana en la oficina. —Las puertas se cerraron
cortando el resto de sus palabras.
El tren retembló un poco y empezó a moverse. A través del
sucio cristal vio cómo se dirigía al cubo de los papeles. Una columna le
impidió ver, y el tren empezó a tomar velocidad.
La vio de nuevo, y ella continuaba con la mano sobre la
tapa... ¿O era que había metido el brazo hasta el codo? Era difícil decirlo,
con aquel cristal tan sucio. Otra columna. El tren empezaba a ir muy de prisa.
Otra ojeada, y con aquel cristal sucio y la poca luz no podía estar seguro,
pero parecía que ella se había inclinado y metía la cabeza en el cubo.
Aquella ventana no servía. Corrió a la ventanilla frontal,
que tenía el cristal algo más limpio. El tren casi había salido de la estación,
balanceándose al tomar velocidad, y él tuvo una última visión, antes que la
hilera de columnas se convirtiese en una bruma espesa que impedía por completo
la visión.
No podía estar metida hasta la cintura en el cubo. La
abertura no era lo suficiente grande como para que una persona cupiese allí.
Pero, ¿cómo explicar entonces que todo lo que él había visto era su falda y sus
piernas moviéndose frenéticamente en el aire?
Desde luego había sido tan sólo una visión borrosa, y
debió confundirse. Se volvió hacia el vagón vacío. No, vacío no. El vagabundo
cabeceaba en un asiento, dormido ya.
Aquel andrajoso, sin embargo, levantó la cabeza y le
sonrió con una mueca de complicidad, cerrando los ojos de nuevo. Chester fue
hasta el otro extremo del vagón y se sentó. Bostezó y se encogió en un rincón.
Podía cabecear una siesta hasta llegar a su estación;
siempre se despertaba a tiempo.
Sería estupendo que el puesto de jefe de copia estuviera
aún vacante. Tendría dinero extra...
LA BATALLA FINAL
Por la noche, después de recoger los restos de la cena, no
había nada que nos gustase más a los niños que sentarnos alrededor del fuego
mientras Padre nos contaba una historia.
Dirás que suena ridículo, o anticuado, con todos los
medios de entretenimiento modernos que existen, pero ¿te olvidas de ello si yo
sonrío indulgentemente? Tengo dieciocho años y, de muchas variadas formas, he
dejado algunas niñadas detrás mío. Pero Padre es un orador y su voz despide un
mágico aliento que aún me engancha, y, para ser sincero, eso me fascina.
Incluso si pensamos que ganamos la Guerra, perdimos bastante en el proceso, y
allá afuera hay un mundo cruel e ingrato. Seguiré siendo joven todo lo más que
pueda.
- Cuéntanos acerca de la batalla final - era lo que por lo
general decían los niños, y ésta es la historia que él, por lo general,
contaba. Es una historia terrible, incluso sabiendo que ya todo ha acabado,
pero no hay nada como un buen escalofrío recorriendo arriba y abajo tu espina
dorsal antes de irte a dormir.
Padre tomó una cerveza, la sorbió pausadamente, y luego
sacudió los restos de espuma del bigote con un dedo. Era la señal de que iba a
comenzar.
- La guerra es el infierno, no lo olvidéis - dijo, y los
dos más pequeños rieron entre dientes porque les podían lavar la boca con jabón
si ellos decían la palabra.
- La guerra es el infierno, siempre ha sido así, y el
único motivo por el cual os cuento esta historia es porque nunca os lo haré
olvidar. Luchamos la batalla final de la última guerra, y gran cantidad de
hombres buenos murieron para alcanzar la victoria, y es por eso que siempre os
lo recordaré. Si ellos tuvieron alguna razón para morir, era para que vosotros
pudierais vivir. Y nunca, jamás, tener que luchar en una guerra otra vez.
- En primer lugar, abandonad la idea de que hay algo noble
o maravilloso en una batalla.
No lo hay. Es un
mito que ha estado agonizando por mucho tiempo y probablemente se trate de
datos procedentes de la prehistoria, cuando la guerra era un sencillo combate
mano a mano, ejecutado a la entrada de una caverna mientras un hombre defendía
su hogar de un extraño. Esos días han pasado hace mucho, y lo que era bueno
para el individuo puede significar la muerte para la comunidad civilizada.
Supuso la muerte para ellos, ¿no es así?
Los ojos serios y enormes de Padre se lanzaron a través de
todo el círculo de rostros expectantes, pero ni uno de ellos se enfrentó a su
mirada. Por alguna razón, nosotros nos sentíamos culpables, pese a que muchos
ni siquiera habíamos nacido cuando la guerra.
- Ganamos la guerra, pero en verdad no es una victoria si
no aprendemos una lección de ello. El otro bando pudo descubrir primero el Arma
Definitiva, y si ellos la hubiesen tenido nosotros seríamos los que habríamos
muerto y desaparecido, y eso no debéis olvidarlo nunca. Sólo un azar histórico
preservó nuestra cultura y destruyó la de ellos. Si este accidente del destino
puede poseer algún significado para nosotros, debe ser que aprendimos un poco
de humildad. No somos dioses ni somos perfectos... y debemos abandonar el
combate como medio de dirimir las diferencias humanas. Yo estuve allí y ayudé a
matarlos y sé de lo que hablo.
Después de esto viene el momento que estamos esperando y
todos contenemos el aliento, expectantes.
- Aquí está - dice Padre, poniéndose en pie y
extendiéndose a lo largo de toda la pared
-. Esta es, el arma que hace llover la muerte a distancia, el Arma Definitiva.
Padre blande el arco sobre su cabeza, suscitando una
dramática figura a la luz del fuego, su sombra alargándose por la cueva y sobre
la pared. Incluso el niño más pequeño deja de rascarse las pulgas bajo las
pieles que nos cubren y espera, embobado.
- El hombre con la cachiporra, el cuchillo de piedra o la
lanza nada puede contra el arco. Ganamos nuestra guerra y debemos usar esta
arma sólo para la paz, matar el alce y el mamut. Ese es nuestro futuro. Sonríe
mientras cuelga cuidadosamente el arco de regreso a su soporte.
- El desempeño de una guerra es demasiado terrible ahora.
La era de la paz perpetua ha comenzado.
FIN


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