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Libro N° 4031. Las Ratas De Acero Inoxidable Y Otros Cuentos. Harrison, Harry. Antología Molina Miranda, Guillermo.

 


© Libro N° 4031. Las Ratas De Acero Inoxidable Y Otros Cuentos. Harrison, Harry. Antología Molina Miranda, Guillermo. Colección E.O. Agosto 5 de 2017.

Título original: ©  Las Ratas De Acero Inoxidable Y Otros Cuentos. Harry Harrison. Antología GMM

 

Versión Original: © LAS RATAS DE ACERO INOXIDABLE Y OTROS CUENTOS. Harry Harrison. Antología GMM

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://cuentoshistoriasdelmundo.blogspot.com.co/search/label/Harry%20Harrison

https://www.cuentocuentos.org/cuento/1452/sucedio-en-el-subterraneo.html

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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LAS RATAS DE ACERO INOXIDABLE Y OTROS CUENTOS

Harry Harrison

Antología

Guillermo Molina Miranda

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CONTENIDO

 

BIOGRAFÍA DE

LAS RATAS DE ACERO INOXIDABLE

LOS MALVADOS HUYEN

RATAS ESPACIALES DEL CCC

EL MECÁNICO

EL CAPITÁN HONARIO HARPPLAYER

EL ARBOL DE LA VIDA

SUCEDIÓ EN EL SUBTERRÁNEO

LA BATALLA FINAL

 

 

 

 

 

 

 

 

BIOGRAFÍA DE HARRY HARRISON

Harry Harrison nació en Stamford, USA en 1925. Falleció en 2012.

 

 

Harry Harrison nació en Stamford (Connecticut, EE. UU.) en 1925 y se crió en Nueva York. A los 18 años fue reclutado para la Segunda Guerra Mundial. Viajero impenitente, vivió en México, Dinamarca, Inglaterra y California, hasta que en 1975 estableció su residencia en Irlanda. Se casó en 1954 y tiene dos hijos. Fue un fan muy activo desde la adolescencia y entró en el mundo editorial como dibujante, colaborando con Wallace Wood para EC Comics e ilustrando relatos para Galaxy y otras revistas de la época.

 

Publicó su primer relato de la mano de Damon Knight en 1951, y ya desde México, en 1957, estableció contacto con John W. Campbell. Pasó a convertirse en uno de sus colaboradores habituales y, pese a evidentes discrepancias ideológicas, su defensor más acérrimo. El mundo de la muerte (1960), y muy en particular la serie humorística La rata de acero inoxidable, cuyo primer volumen se recopiló en 1961, lo consagraron rápidamente como uno de los autores más queridos del momento. Bill, héroe galáctico (1965), ¡Hagan sitio! ¡Hagan sitio! (1966), The technicolor time machine (1967), A Transatlantic tunnel, hurrah! (1972) y Star smashers of the galaxy rangers (1973) son algunos puntales de un obra tan polifacética como seductora.

¡Hagan sitio! ¡Hagan sitio! fue llevada al cine en 1973 con el título de 'Cuando el destino nos alcance' (Soylent green) y, junto con Bill, héroe galáctico, considerada una obra maestra de la ciencia ficción humorística, es su novela más conocida.

 

Desde finales de la década de 1960 emprendió también una fecunda labor como antologista para el mercado británico. Se convirtió, con Brian W. Aldiss, en una de las voces críticas más activas del Reino Unido, y elaboraron conjuntamente una de las primeras recopilaciones de lo mejor del año: ‘Best SF’. Asimismo, su serie Nova, de relatos originales, fue una de las grandes precursoras de ese formato.

 

Libros de Harry Harrison

 

50 en 50. Medio siglo de relatos I

Serie Kronos

2001 (2003)

 

 50 en 50. Medio siglo de relatos II

(2001) 2004

 

Al oeste del Edén

Serie Trilogía del Edén 01

1984 (1988)

 

Bill, el héroe galáctico

Serie Bill, El Héroe Galáctico 02

1990 (1993)

 

Bill, el héroe galáctico: En el planeta de los esclavos robot

Serie Bill, El Héroe Galáctico 01

1989 (1993)

 

Bill, el héroe galáctico: En el planeta de los vampiros zombis

Serie Bill, El Héroe Galáctico 04

1991 (1993)

 

Bill, héroe galáctico

Serie Bill 01

1964 (1970)

 

Catástrofe en el espacio

1976 (1984)

 

El invasor del tiempo

Serie La Rata de Acero Inoxidable 03

1972 (1975)

 

El mundo de la muerte

Serie El mundo de la muerte 01

1960 (1991)

 

El nacimiento de la rata de acero inoxidable

1985 (2004)

 

En nuestras manos las estrellas

1969 (1972)

 

Estafador interestelar

1961 (1967)

 

Invierno en Edén

Serie Trilogía del Edén 02

1986 (1989)

 

La rata de acero inoxidable

Serie La Rata De Acero Inoxidable 01

1961 (1990)

 

La rata de acero inoxidable te necesita

Serie La Rata de Acero Inoxidable 04

1961 (1970)

 

La venganza de la rata de acero inoxidable

Serie La Rata De Acero Inoxidable 02

1970(1991)

 

Mundo muerto

Serie El mundo de la muerte 02

1963 (1967)

 

Mundo yerto

Serie Galaxia 42

1960 (1965)

 

Plaga del espacio

1965 (1967)

 

http://www.compartelibros.com/autor/harry-harrison/1

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA RATAS DE ACERO INOXIDABLE

 

La Historia Humana nos demuestra que no todos los humanos son hombres; hay algunos que son mulas, otros que son lobos... y siempre hay algunas pocas ratas.

Cuando la puerta de la oficina se abrió repentinamente, supe que todo había terminado. Había sido un buen filón... pero se había acabado. Mientras entraba el policía, me recosté en el sillón y esbocé una alegre sonrisa. Tenía la misma expresión sombría y el mismo paso pesado que tienen todos... y la misma falta de sentido del humor. Casi podía adivinar lo que iba a decir antes de que abriese la boca.

- James Bolívar diGriz, le arresto bajo la acusación...

 

Estaba esperando la palabra bajo. Pensé que eso le daba un toque desenfadado al asunto. Mientras la decía, apreté el botón de ignición de la carga de pólvora negra situada en el techo, en el punto exacto bajo el cual se hallaba, y así se dobló la viga y la caja de caudales, de tres toneladas de peso, cayó justo sobre su coronilla. Quedó bien aplastado, sí señor. La nube de yeso se posó y todo lo que pude ver de él fue una mano, algo retorcida. Se agitaba un poco, y el dedo índice me apuntaba acusadoramente. Su voz sonaba algo ahogada por la caja de caudales, y parecía un tanto preocupada. En realidad, se repetía un poco.

- …bajo la acusación de entrada ilegal, robo, falsificación...

Siguió así durante un cierto tiempo. Era una lista impresionante, pero ya la había oído antes. No me molestaba en absoluto mientras llenaba mi maleta con el dinero de los cajones. La lista terminaba con una acusación nueva, y podría haberme jugado un montón así de alto de billetes de mil créditos a que sonaba un tanto dolida:

- Además, le será añadido a su expediente la acusación de ataque a un policía robot, lo cual ha sido una tontería, ya que mi cerebro y mi laringe están acorazados, y en mi cavidad ventral...

- Todo eso ya lo sé, muchacho; pero tu pequeño emisor-receptor está en la punta de tu aguzada cabeza, y lo que no quería era que dieses aún aviso a tus amigos.

Una buena patada hizo saltar la puerta de escape de la pared, y me dio acceso a las escaleras que bajaban al sótano. Mientras pasaba sobre cascotes esparcidos por el suelo los dedos del robot trataron de alcanzar mi pierna, pero ya me lo esperaba, por lo que fallaron por algunos centímetros. Ya he sido perseguido por los suficientes policías robot como para no saber lo indestructibles que son. Puedes volarlos, o derribarlos, y continúan persiguiéndote, aunque tengan que arrastrarse impelidos tan solo por un dedo incólume, y escupiéndote durante todo el tiempo moralidad azucarada. Esto es lo que estaba haciendo éste. Que si debía abandonar mi vida de crímenes y pagar me deuda con la sociedad, y todas esas paparruchadas. Todavía podía oír los ecos de su voz resonando escaleras abajo cuando llegué al sótano.

Ahora, los segundos estaban contados. Tenía unos tres minutos antes de que me pisaran los talones, e iba a emplear exactamente un minuto y ocho segundos en salir del edificio. No era mucha ventaja, y la iba a necesitar toda. Otra puerta disimulada se abría a la sala de desetiquetado. Ninguno de los robots me miró mientras la atravesaba. Me habría sorprendido silo hubieran hecho, pues eran todos del tipo sencillo de grado M, con poco cerebro y buenos tan sólo para trabajos simples y repetitivos. Para esto era para lo que los había alquilado. No sentían ninguna curiosidad sobre el por qué estaban quitando las etiquetas de las latas llenas de frutos nitrogenados, o acerca de qué había al otro lado de la cadena sin fin que se llevaba estas latas a través de un orificio en la pared. Ni tan sólo miraron cuando abrí la Puerta Que Jamás Estaba Abierta y que daba al otro lado de esa pared. La dejé abierta detrás mío, pues ya no era ningún secreto. Caminando cerca de la rugiente cadena sin fin, atravesé la irregular abertura que yo mismo había practicado en la pared del almacén del gobierno. También había tenido que instalar la cadena sin fin, pues esto y el hacer el hueco eran actos ilegales que tenía que hacer por mí mismo. Otra puerta cerrada se abría al almacén propiamente dicho. La cargadora automática estaba apilando atareadamente latas en la cadena sin fin, tomándolas de los montones que llegaban hasta el techo. Esta cargadora ni tan solo tenía el bastante cerebro como para ser llamada robot, tan sólo estaba equipada con una cinta programada para que cargase las latas. La contorneé y troté a lo largo de la habitación. Tras de mí murieron los sonidos de mi actividad ilegal. Me reconfortaba el saber que todavía seguía funcionando a pleno rendimiento.

Había sido uno de los negocios más bonitos que había montado. Con una pequeña inversión alquilé el almacén contiguo al del gobierno. Un simple agujero en la pared me dio acceso a todo el stock de productos almacenados, productos a utilizar a tan largo plazo que yo sabía que permanecerían sin ser tocados durante meses o años en un almacén tan grande como este.

Naturalmente, sin ser tocados hasta que yo llegué.

Tras la perforación del agujero y la instalación de la cadena, el resto fue un negocio normal.

Alquilé los robots para sacar las etiquetas antiguas y sustituirlas por las muy atractivas que me había hecho imprimir Entonces coloqué mis productos en el mercado en una forma estrictamente legal.

Mi producto era mejor y, gracias a mi imaginativo sistema operativo, los costes eran muy bajos, por lo que podía permitirme vender más barato que mis competidores y hacerme todavía con unos jugosos beneficios. Los mayoristas locales se hablan dado cuenta rápidamente del saldo, y tenía pedidos para muchos meses por adelantado. Había sido un buen asunto... y podría haber durado algún tiempo más.

Ahogué esa línea de pensamientos antes de que comenzase. Si algo hay que aprender en mi tipo de negocios es que, cuando un negocio se acabó, ¡se acabó! La tentación de continuar un día más o de ingresar aún otro cheque puede ser casi irresistible, lo sé muy bien; pero también sé que es la mejor forma de relacionarse con la policía... Date la vuelta y vete...

Y podrás estafar otro día.

Este es mi lema, y es un buen lema. Me hallo donde me hallo precisamente porque lo he seguido al pie de la letra.

Y el soñar despierto no ayuda a escapar de la policía.

Eché todos estos pensamientos de mi mente al llegar al extremo de la sala. Toda el área debía estar ya repleta de policías, así que tenía que moverme deprisa y no cometer errores. Una rápida mirada a derecha e izquierda. Nadie a la vista. Dos pasos adelante, y apretar el botón del ascensor. Habla puesto un contador en este ascensor de la parte de atrás, y sabía que se usaba por término medio tan sólo una vez al mes. Llegó en unos tres segundos, vacío, y salté a su interior, apretando al mismo tiempo el botón que señalaba: azotea. El viaje pareció durar una eternidad, pero tan solo era una apreciación subjetiva. Según el contador duraba exactamente catorce segundos. Esta era la parte más peligrosa de la fuga. Me puse rígido mientras el ascensor frenaba. Llevaba en la mano mí calibre .75 sin retroceso, que podría acabar con un policía, pero tan sólo con uno.

La puerta se abrió y me relajé. Nada. Debían tener toda el área rodeada en el suelo, pero no se hablan preocupado en poner policías en la azotea.

Al aire libre podía oír por primera vez las sirenas... era un sonido maravilloso. Debían tener allí la mitad de todas las fuerzas de policía, a juzgar por el ruido que hacían. Aceptaba esto del mismo modo que un artista acepta los aplausos.

La pasarela estaba tras la caseta del ascensor, en el sitio donde la habla dejado. Algo descolorida por la humedad, pero igual de resistente. Unos pocos segundos para llevarla al borde de la baranda y recostaría contra el edificio contiguo.

Tranquilo. Este era el punto crítico en que la velocidad no contaba. Cuidadosamente hasta el final de la pasarela, con la maleta apretada contra mi pecho para mantener mi centro de gravedad sobre mi mismo. Paso a paso. Una caída de trescientos metros hasta el suelo. Si no miras hacia abajo no puedes caerte...

Pasado. Momento de apresurarse. Con la pasarela tras la barandilla, si no la ven al principio, mi pista estará cubierta al menos durante algún tiempo. Diez pasos rápidos y allí estaba la puerta de la escalera. Se abría con facilidad. Tenía que hacerlo, pues por algo yo había puesto aceite en las bisagras, una vez dentro, eché el cerrojo e inspiré larga y profundamente. Aún no había salido, pero la peor parte, en la que corría más riesgos, ya había pasado. Dos minutos sin interrupciones y jamás encontrarían a James Bolívar, alias «Jim el escurridizo», diGriz.

El rellano de la escalera correspondiente a la azotea era un cubículo mal alumbrado y mohoso que jamás era visitado. Hacia semanas habla estado revisándolo cuidadosamente en busca de micrófonos o cámaras visoras, y no había hallado nada.

El polvo parecía incólume, con la excepción de mis propias pisadas. Tenía que aceptar el riesgo de suponer que no los habrían colocado desde entonces. El riesgo calculado es algo que tiene que ser aceptado en mi profesión.

Adiós James diGriz, de noventa y ocho kilos de peso, con una edad aproximada de unos cuarenta y cinco años, obeso y de prominentes mejillas, un típico hombre de negocios cuya foto honra los archivos de la policía de un millar de planetas, lo mismo que sus huellas dactilares. Estas fueron lo primero que desapareció. Nada más fácil, cuando las usas son como una segunda piel y sin embargo bastan unas gotas de disolvente para que salgan como un par de guantes transparentes.

La ropa después, y entonces el corsé a la inversa: esa bella panza que me ciñe la cintura y que contiene veinte kilos de plomo mezclado con termita. Un rápido remojón de la botella de tinte y mi cabello recuperó su original tonalidad marrón, así como mis cejas. Los tapones nasales y los rellenos de las mejillas duelen al salir, pero tan solo es un segundo. Más tarde las lentillas de color azul. Este proceso me deja tan desnudo como cuando vine al mundo, y siempre siento como si hubiese nacido otra vez. Y, en cierto sentido, es verdad; me había convertido en un hombre nuevo, con veinte kilos menos, diez años menos y una descripción totalmente diferente. La maleta contenía un traje completo y unas gafas de montura oscura que reemplazaban a las lentillas. El dinero cabía fácilmente en un maletín.

Cuando me erguí, parecía ciertamente como si me hubieran quitado diez años. Estaba tan acostumbrado a usar aquel peso que ya no lo notaba... hasta ahora que me lo había quitado. Me sentía ligero.

La termita destruiría todas las evidencias. Hice un montón con todo y encendí la mecha. Prendió con un rugido y todo: botellas, ropas, maleta, zapatos, pesas, etc., ardió con un brillo alegre. La policía hallaría un punto requemado en el suelo, y el microanálisis tal vez les hiciese hallar algunas moléculas en las paredes, pero esto sería todo lo que hallarían. El resplandor de la termita ardiendo proyectó sombras danzantes a mi alrededor mientras bajaba tres pisos hasta el centésimodoceavo.

La suerte seguía acompañándome; no había nadie en el piso cuando abrí la puerta. Un minuto más tarde el ascensor rápido me dejaba, junto con un puñado de otros hombres de negocios, en el amplio vestíbulo.

Tan solo había una puerta abierta a la calle, y había una cámara portátil de TV enfocada hacia ella. No se hacía el menor intento de detener a la gente que salía o entraba al edificio, y la mayor parte de ella ni siquiera se daba cuenta de la cámara y del pequeño grupo de policías reunidos a su alrededor. Caminé hacia ella a un paso mesurado. Unos nervios templados sirven de mucho en este tipo de negocios.

Por un instante estuve de lleno en el campo de aquel frío ojo de cristal, luego pasé de largo. No ocurrió nada, así que no era sospechoso. Aquella cámara debía de estar conectada en directo con la computadora central en la Jefatura de Policía y, si mi descripción se hubiera parecido lo suficiente a la que constaba en su memoria, aquellos robots hubieran recibido inmediatamente la notificación y habría sido detenido antes de poder dar un solo paso más. No se puede superar a la combinación computadora-robot porque piensan y actúan en cuestión de microsegundos, pero se les puede eludir previendo anticipadamente las cosas. Yo lo había hecho una vez más.

Un taxi me llevó hasta unas diez manzanas de distancia. Esperé a que se perdiera de vista y tomé otro. Hasta que no me hallé en el tercer taxi no me sentí lo suficientemente seguro como para ir a la terminal del espaciopuerto. Los sonidos de las sirenas se hacían más y más lejanos, y tan solo ocasionalmente algún coche de la policía pasaba raudo en sentido contrario.

Estaban haciendo una montaña de un pequeño crimen, pero eso es lo usual en los mundos supercivilizados. El crimen es ya algo tan raro, que la policía enloquece cuando tropiezan con uno.

Hasta cierto punto no podía culparles por ello, el poner multas de tráfico debe de ser un trabajo tremendamente aburrido. En realidad, creo que deberían agradecerme el que ponga un poco de excitación en sus aburridas vidas.

Fue un bello paseo hasta el espaciopuerto, pues naturalmente se hallaba situado bien lejos de la ciudad. Tuve tiempo de arrellanarme en el asiento y contemplar el paisaje mientras ponía en orden mis pensamientos. Hasta lo tuve para filosofar un poco. Uno de los motivos era que podía gozar de nuevo del placer de fumar un buen cigarro. En mi otra personalidad tan solo fumaba cigarrillos, y nunca he violado las costumbres de una personalidad, ni aún en los momentos del más estricto aislamiento. Los cigarros estaban todavía en la cigarrera de bolsillo en que los habla metido hacía seis meses. Di una larga chupada y lancé el humo contra el centelleante paisaje. Era bueno acabar un trabajo, tanto como el estar realizándolo. Nunca podía decidir qué era lo que más me gustaba.

Supongo que era porque cada cosa tenía su tiempo de ser.

Mi vida es tan diferente de las de la absoluta mayoría de la gente que forma nuestra sociedad, que dudo que aunque quisiera pudiera explicársela. Viven en una enorme y rica unión de mundos que casi ha olvidado el significado de la palabra crimen. Existen unos pocos descontentos y algunos, aún menos, socialmente mal ajustados. Los pocos que aún nacen, a pesar de los siglos de control genético, son pronto atrapados, y su aberración es rápidamente rectificada. Algunos no hacen patente su debilidad hasta que llegan a adultos: son los que intentan realizar crímenes mezquinos, como escalos, descuidos en almacenes y así... Los llevan a cabo durante una o dos semanas, o durante uno o dos meses, según su nivel de inteligencia natural. Pero al fin, con la misma seguridad con que se da la degradación de las sustancias radioactivas, la policía alarga su brazo y los atrapa.

Esto es casi todo el crimen que se da en nuestra sociedad, organizada y aburguesada. Digamos que el noventa y nueve por ciento. Es el restante y vital uno por ciento el que da trabajo a los departamentos de policía. Ese uno por ciento soy yo y unos pocos como yo, un puñado de hombres esparcidos por toda la Galaxia. Teóricamente no podemos existir y, si existimos, no podernos operar. Pero lo hacemos. Somos las ratas del artesonado de la humanidad... operamos más allá de sus barreras y de sus reglas. La sociedad tenía más ratas cuando las reglas eran más flexibles, tal como los edificios de madera contenían más ratas que los de cemento que los sustituyeron, pero a pesar de eso aún tenían ratas. Ahora que la sociedad es toda de cemento armado y acero inoxidable hay menos rendijas entre las junturas y una rata tiene que ser inteligente para descubrirías. Una rata de acero inoxidable está en su elemento en este ambiente. El ser un rata de acero inoxidable es algo solitario pero envanecedor... y es la experiencia más formidable que se pueda dar en la Galaxia si es que uno puede realizar impunemente su tarea. Los sociólogos no pueden ponerse de acuerdo sobre el motivo de nuestra existencia, y hasta algunos parecen dudar de ella. La teoría más comúnmente aceptada dice que somos víctimas de una enfermedad psicológica retardada que no muestra señales en la infancia, cuando podría ser detectada y corregida, y que tan solo se manifiesta más tarde, en la vida adulta. Naturalmente he pensado mucho sobre este tema, y no estoy en lo más mínimo de acuerdo con esta explicación.

Hace algunos años escribí un librito sobre este tema, bajo seudónimo, por supuesto, que fue bastante bien recibido. Mi teoría es que esta aberración es más bien filosófica y no psicológica.

Llega un cierto momento en que algunos nos damos cuenta de que uno tiene que vivir fuera de las reglas de la sociedad o morir de absoluto aburrimiento. No hay ni futuro ni libertad en la vida así circunscrita, y la única otra vida posible es un rechace completo de las normas. Ya no hay lugar para el soldado de fortuna o para el caballero aventurero que puede vivir a un mismo tiempo dentro y fuera de la sociedad. Hoy en día es o todo o nada. Y, para preservar mi propia cordura, yo escogí el nada.

El taxi llegó al espaciopuerto justo cuando me encontraba en esta línea de pensamiento negativo, por lo que me alegró el poderla abandonan La soledad es lo único a lo que se le tiene que tener miedo en este tipo de negocios, pues ella y la autocompasión pueden destruirte si se apoderan de ti.

La acción siempre me ha ayudado en estos casos, la excitación del peligro y de la huida aclaran siempre la mente. Cuando pagué el taxi estafé al conductor ante sus propias narices, sustrayendo uno de los billetes en el mismo momento en que se lo entregaba. Estaba tan ciego como una pared de cemento. Su credulidad me hizo ronronear de placer. La propina que le di compensaba con creces la pérdida, ya que tan solo hago estas pequeñeces para romper la monotonía. Había un cobrador robot tras la ventanilla de venta de billetes. Tenía un tercer ojo en la frente, lo que equivalía a una cámara. Chasqueaba débilmente mientras adquirí mi billete, registrando mi rostro y destino. Era una precaución normal por parte de la policía, y me hubiera sorprendido el que no la hubiesen tomado.

Mi destino se hallaba dentro del sistema, por lo que dudaba de que mi fotografía fuera a parar a otro lugar que a los archivos. No estaba dando un salto interestelar esta vez, como era mi costumbre tras un trabajo grande. No era necesario. Tras. un trabajo en un planeta solitario o en un sistema pequeño, es imposible el seguir en él, pero Beta Cygnis tiene un sistema de casi veinte planetas, todos ellos con climas terrificados. Este planeta, el III, estaba ahora demasiado «caliente», pero el resto del sistema era terreno virgen. Había un alto nivel de rivalidad económica dentro de él, y sabía que sus departamentos de policía no cooperaban demasiado bien. Esto les iba a costar caro. Mi billete era para Moriy, planeta XVIII, extenso y esencialmente agrícola.

Había algunas pequeñas tiendas en el espaciopuerto. Las visité cuidadosamente, y adquirí una maleta nueva con un vestuario completo y otros artículos esenciales de viaje. Reservé el sastre para lo último. Me seleccionó un par de trajes de viaje y un faldellín de ceremonias, que me llevé al cuarto probador. Como por puro accidente, logré colgar uno de los trajes sobre la cámara oculta en la pared, e hice con los pies sonidos parecidos a los que hace alguien que se está desnudando, mientras me ocupaba del billete que acababa de adquirir. Una de las puntas de mi cortacigarros era un perforador, con el que alteré los orificios codificados que indicaban mi destino. Ahora me dirigía al planeta X, en lugar de al XVIII, y con esta alteración había perdido casi doscientos créditos. Este es el secreto para alterar billetes y otros documentos similares: no traten de elevar el valor facial... es muy probable que esto sea descubierto. Pero si bajan el valor facial, aunque sean sorprendidos, la gente estará segura de que todo se debe a un error mecánico. No hay ni la menor duda en ello, porque ¿para qué iba alguien a hacer una alteración en la que perdiese dinero?

Antes de que la policía pudiese sospechar, ya había sacado el traje de delante del visor, y me lo probé empleando en ello todo el tiempo necesario. Ya lo tenía casi todo dispuesto, y aún me quedaba una hora, más o menos, antes de que la nave partiese. Empleé prudentemente el tiempo en ir a una lavandería automática para lavar y planchar toda mi ropa nueva. No hay nada que atraiga más la atención de un aduanero que una maleta llena de ropa sin usar.

La aduana pasó sin problemas y, cuando la nave estuvo medio llena, subí a bordo, sentándome cerca de la azafata. Flirtée con ella hasta que se marchó, después de clasificarme en la categoría de Macho, impetuoso, molesto. Una solterona que se sentaba a mi lado también me clasificó en el mismo cajón y se puso a mirar por la ventanilla, dándome ostentosamente la espalda. Me adormilé contento, porque si hay algo me mejor que no ser apercibido es el ser apercibido y clasificado en una categoría. Tu descripción se mezcla con la de todos los otros de esa categoría, y allí acaba todo.

Cuando me desperté casi estábamos en el planeta X, por lo que seguí adormilado en el asiento hasta que aterrizarnos, y luego me fumé un cigarro mientras mi equipaje pasaba por la aduana. Mi maletín lleno de dinero no levantó sospechas, ya que previsoramente falsifiqué meses antes seis documentos que me acreditaban como mensajero bancario. En este sistema el Crédito Interplanetario era casi inexistente, así que los aduaneros estaban acostumbrados a ver pasar, en uno y otro sentido, montones de dinero líquido.

Confundí la pista un poco más, casi por hábito, y acabé hallándome en una gran ciudad industrial llamada Brouggh, situada a un millar de kilómetros del lugar en el que habla tomado tierra. Usando una documentación totalmente distinta, tomé alojamiento en un hotel tranquilo de los suburbios.

Normalmente, tras un trabajo grande como el último, descanso durante uno o dos meses, pero en esta ocasión no tenía deseos de descansar Mientras llevaba a cabo pequeñas compras por la ciudad con el fin de reconstruir la personalidad de James diGriz, tenía al mismo tiempo los ojos muy abiertos en busca de nuevas oportunidades para negocios. El primer día que salí hallé una que parecía ideal... y que cada día se me aparecía como mejor.

Una de las razones por las que he estado durante tanto tiempo fuera del alcance de la ley es porque nunca me repito. He imaginado algunos de los más impresionantes negocios, los he puesto en marcha una vez y luego los he abandonado para siempre. Casi lo único que tenían en común es que todos me

daban dinero. Casi lo único a lo que, hasta hoy, no había llegado es al asalto a mano armada. Era ya tiempo de corregir esto.

Mientras estaba reconstruyendo la obesa personalidad del «escurridizo Jim», iba planeando los detalles de la operación. Casi al mismo tiempo que tuve a punto los guantes con las huellas dactilares acabé de planificar todo el negocio. Era simple, tal y como tienen que serlo todos los asuntos buenos, ya que, cuantos menos detalles hayan, menos cosas habrán que puedan ir mal.

Iba a atracar Moralo, los más grandes almacenes de la ciudad. Cada tarde, exactamente a la misma hora, un camión blindado se llevaba los ingresos del día al banco. Era un bocado apetitoso: una gigantesca suma en inidentificables billetes de pequeño valor facial. El único problema que se presentaba, al menos para mí, era cómo un solo hombre podría copar con el enorme peso y volumen de todo aquel dinero. Cuando tuve una respuesta para esto, la operación estuvo a punto.

Claro está que todos estos preparativos tan solo fueron hechos en mi mente hasta que la personalidad de James diGriz estuvo de nuevo a punto. El día en que me coloqué otra vez aquella panza lastrada noté como si estuviera de nuevo de uniforme. Encendí mi primer cigarrillo casi con satisfacción, luego me puse al trabajo. Un día o dos para algunas compras y unos pocos robos sencillos, y ya estaba listo. Programé el trabajo para el día siguiente a primeras horas de la tarde.

La clave de la operación era un amplio camión-tractor que había comprado, y al que había efectuado algunas alteraciones en el interior Lo aparqué en un callejón, pero no importaba, ya que tan solo era usado por la mañana temprano. Era un simple paseo hasta los almacenes, a los que llegué casi al mismo tiempo en que aparecía el camión blindado Me recosté contra la pared del gigantesco edificio mientras los guardias sacaban el dinero. Mi dinero.

Para alguien con algo de imaginación supongo que aquello hubiera sido una visión atemorizadora: Por lo menos cinco guardias armados situados alrededor de la entrada, dos más en el interior del vehículo, así como el conductor y su ayudante. Como precaución adicional, cerca de la curva se hallaban tres rugientes monociclos, que acompañarían al camión para protegerlo por el camino. ¡Oh, muy impresionante! Tuve que ocultar una sonrisa tras mi cigarrillo cuando pensé en lo que iba a ocurrirles a esas elaboradas precauciones.

Había estado contando las carretadas de dinero a medida que salían por la puerta. Siempre había quince, ni menos ni más; esta costumbre me facilitaba el conocer el momento en que debía empezar a actuar. En el instante en que la catorceava era cargada en el camión blindado, aparecía en la entrada de los almacenes la quinceava. El chófer del camión había estado contando igual que yo, por lo que bajó de la cabina y se dirigió hacia la puerta trasera para cerrarla con llave cuando hubiera terminado la carga.

Estábamos perfectamente sincronizados mientras nos cruzamos andando: en el momento en que él llegaba a la puerta trasera, yo llegué a la cabina, subí a ella con tranquilidad y silenciosamente, y cerré la puerta tras de mi. El ayudante del conductor tuvo tan solo el tiempo justo para abrir la boca y desorbitar los ojos antes de que yo le colocase una bomba anestésica en el regazo; se derrumbó inmediatamente. Yo, naturalmente, llevaba los adecuados filtros nasales. Mientras con la mano izquierda ponía en marcha el motor, con la derecha lanzaba una bomba más grande por la ventanilla que unía la cabina con la parte trasera. Se oyeron unos confortantes golpes cuando los guardianes se derrumbaron sobre los sacos de dinero.

Todo esto me había llevado seis segundos. Los guardianes situados en la escalinata se estaban empezando a dar cuenta de que algo iba mal. Les hice un alegre saludo con la mano a través de la ventanilla y aceleré el camión blindado, sacándolo de la cuna. Uno de ellos trató de correr para lanzarse a través de la puerta abierta, pero ya era demasiado tarde. Todo había pasado tan rápidamente que ninguno de ellos habla pensado en disparar. Ya había yo previsto el que habría pocos balazos. La sedentaria vida de esos planetas atrofia los reflejos.

Los conductores de los monociclos se despertaron mucho más rápidamente, me perseguían antes de que el camión hubiera recorrido treinta metros. Moderé la marcha hasta que me alcanzaron y luego apreté el acelerador, manteniendo la velocidad exacta y suficiente para que no me pasasen.

Claro que sus sirenas estaban aullando y que hacían funcionar sus armas, era tal como yo lo había planeado. Bajamos por la calle como corredores de cohetes, y el tráfico se disolvió delante nuestro. No tenían tiempo para pensar y darse cuenta de que lo que estaban haciendo era asegurar que el camino quedara libre para mi huida. La situación era realmente humorística, y me temo que solté una carcajada mientras conducía el camión por las estrechas esquinas.

Por supuesto que se habría dado la alarma, y que más adelante se debían estar bloqueando las carreteras... pero esos ochocientos metros pasaron rápidos a la velocidad a la que íbamos. Fue cuestión de segundos hasta que vi ante mí la boca del callejón.

Dirigí el camión hacia ella, apretando al mismo tiempo el botón del transmisor de onda corta que llevaba en el bolsillo.

Se encendieron mis bombas de humo a todo lo largo del callejón. Como se puede suponer, eran de fabricación casera, como casi todo mi equipo, pero no obstante producían una nube adecuadamente densa en aquel estrecho callejón. Llevé el camión un poco hacia la derecha, hasta que el parachoques rozaba la pared, y reduje un poco la velocidad para así poder guiar por el tacto.

Naturalmente, los conductores de los monociclos no podían hacer esto, ya que solo tenían la elección de detenerse o de lanzarse de cabeza a la oscuridad. Espero que tomaran la decisión correcta y que ninguno de ellos resultase herido.

Se suponía que el mismo impulso radial que había prendido las bombas de humo debía de haber abierto la puerta trasera del camión situado allí delante y bajado la rampa. Había funcionado estupendamente cuando hice la prueba, por lo que tan solo me quedaba esperar que ocurriera lo mismo en la práctica. Traté de estimar la distancia que había recorrido en el callejón contando el tiempo y la velocidad, pero me equivoqué un poco, las ruedas frontales del camión golpearon la rampa con un estampido destructor y el camión blindado rebotó, más que rodó, al interior del otro camión más grande. Me magullé un poco y me quedó justo el sentido suficiente para pisar el freno antes de que atravesase la cabina con el blindado.

El humo de las bombas lo convertía todo en una medianoche, lo cual, unido a mi cabeza atontada por el golpe, casi arruinó todo el asunto. Pasaron valiosos segundos mientras me recostaba contra la pared del camión tratando de volverme a orientar. No sé cuanto tiempo me llevó, pero cuando al fin trastabillé por la puerta de atrás ya podía oír las voces de los guardianes atravesando el humo.

Oyeron la retorcida rampa crujir mientras la cerraba, por lo que tuve que tirar un par de bombas más para calmarlos. Cuando subí a la cabina del camión tractor el humo comenzaba a disiparse.

Encendí el motor, poniendo en marcha el vehículo. Unos metros más allá, al salir del callejón, irrumpí a la luz del día. La bocacalle daba a una vía principal, y a unos metros por delante vi pasar dos coches de la policía echando chispas. Cuando mi camión salió a la calle, me fijé cuidadosamente en todos los testigos. Ninguno de ellos demostraba el más mínimo interés por el camión o por el callejón. Aparentemente, toda la conmoción estaba aún limitada al otro extremo del mismo. Di gas al motor y tomé la calle, alejándome de la tienda que acababa de robar.

Claro que tan solo recorrí unas pocas manzanas en esa dirección, para doblar luego por una travesía. En la siguiente esquina doblé de nuevo y regresé hacia Moralo, el lugar de mi reciente crimen. El aire frío que entraba por la ventanilla hizo que pronto me sintiera mejor, y hasta llegué a silbar una alegre cancioncilla mientras maniobraba el enorme camión por entre las calles.

Habría sido estupendo el pasar por delante de Moralo y ver lo que ocurría, pero esto solo hubiera sido buscar problemas. El tiempo seguía siendo importante. Había planeado cuidadosamente una ruta que evitaba toda la congestión del tráfico y ahora la estaba siguiendo escrupulosamente. Fue solo cuestión de minutos el llegar hasta el aparcamiento de carga situado en la parte de atrás del gran almacén. Allí habla un poco de inquietud a causa del robo, pero se difuminaba entre el bullicio normal de la carga y la descarga. Aquí y allá, un grupo de conductores de camión o de capataces estaban discutiendo sobre el acontecimiento, pero como los robots no cotillean, el trabajo normal continuaba. Los hombres estaban, naturalmente, tan excitados, que no se prestó ninguna atención a mi camión cuando lo llevé al aparcamiento, junto a los otros. Apagué el motor y me recosté en el asiento, con un suspiro de satisfacción.

La primera parte estaba completa. No obstante, quedaba la segunda, que era igual de importante.

Rebusqué en mi panza entre el equipo que siempre llevo en los trabajos... para una emergencia como esta. Normalmente no confío en los estimulantes, pero aún estaba atontado por los golpes. Dos centímetros cúbicos de Linoten en mi cúbito anterior me aclararon rápidamente la cabeza. Volvía a caminar con paso seguro cuando me dirigí a la parte de atrás del camión.

El ayudante del conductor y los guardas todavía estaban inconscientes, y continuarían así por lo menos durante diez horas. Los dispuse en una alineada fila en la parte delantera, donde no me molestaran, y me dispuse al trabajo.

El camión blindado casi llenaba la caja del camión, tal como había supuesto; por tanto, había asido las cajas a las paredes. Eran unas estupendas y fuertes cajas de embalaje con el nombre de Moralo bien visible en todas sus caras. Era un pequeño robo a su almacén que pasaría desapercibido, Las bajé y las monté para llenarlas. Pronto estaba sudando, y me tuve que quitar la camisa mientras comenzaba a meter el dinero en los embalajes.

Casi me llevó dos horas introducido y cerrar las cajas. Cada diez minutos o así daba una ojeada a través de la mirilla de la puerta: tan solo se veía la actividad normal. Sin duda la policía debía tener la ciudad sitiada y debía de estar registrándola, casa por casa, en busca del camión. Estaba casi seguro de que el último sitio en el que se les ocurriría mirar sería en la parte de atrás del almacén robado.

El almacén en el que me había provisto de los embalajes también me había proporcionado un buen surtido de albaranes de envío. Pegué uno a cada una de las cajas, dirigiéndolas a diferentes lugares de recogida. Como es natural las puse a portes pagados, y ya estuve dispuesto para finalizar la operación.

Por entonces ya casi se había hecho oscuro, pero sabía que el departamento de envíos estaría ocupado casi toda la noche. Encendí de nuevo el motor y me dirigí lentamente, en marcha atrás, al muelle de envíos. Había un área relativamente tranquila allí donde se encontraban el sector de carga y el de descarga. Detuve el camión lo más cerca que pude de la línea divisoria. No abrí la puerta de atrás hasta que todos los trabajadores se hallaron mirando en otra dirección. Aún el más estúpido de ellos se hubiera sentido curioso ante el hecho de que un camión descargase cajas de envío de la firma. Tras apilarlas en la plataforma les eché una lona por encima, todo lo cual apenas me llevó unos pocos minutos. Tan solo cuando hube cerrado las puertas del camión volví a destaparías, y me senté sobre una de ellas para fumar un cigarrillo.

Antes de haberlo terminado, pasó un robot del departamento de envíos lo suficientemente cerca como para poderlo llamar.

- Ven aquí. Al M-19, que estaba cargando esto, se le quemó una banda de freno, así que ocúpate tú.

Sus ojos brillaron con la luz del deber. Algunos de los tipos M superiores se toman su trabajo muy a conciencia. Tuve que apartarme rápidamente cuando por las puertas situadas a mis espaldas aparecieron los camiones y las cargadoras M. Se oyó un ajetreo de carga y selección y mi botín desapareció por la plataforma. Encendí otro cigarrillo y miré durante un rato mientras las cajas eran codificadas, marcadas y cargadas en los camiones de envío o en las cintas transportadoras locales.

Todo lo que me quedaba por hacer era deshacerme del camión en alguna calle perdida y cambiar de personalidad.

Mientras estaba entrando en el camión, me di cuenta por primera vez de que algo andaba mal. Claro que me había estado fijando en la puerta... pero no lo bastante. Habían estado entrando y saliendo camiones, pero, de pronto, me golpeó como un martillo pilón en el plexo solar el hecho de que eran siempre los mismos los que iban en una y otra dirección. Uno grande, rojo, de grandes distancias, estaba ahora mismo saliendo. Oí el eco de su tubo de escape rugir calle abajo... y luego morir con un lento gruñido. Cuando se volvió a oír no fue alejándose, sino que el camión apareció por la otra puerta. Había coches de la policía esperando tras la valla. Esperándome a mí.

Por primera vez en mi carrera sentí el pavor del hombre acorralado. Esta era la primera vez en que la policía estaba tras mis huellas sin haberlo yo previsto. Se había perdido el dinero, eso ya era seguro, pero eso ya no me importaba. Lo que querían ahora era atraparme.

Piensa primero, luego actúa. Por el momento aún estaba seguro. Naturalmente me estaban rodeando, pero lentamente, pues no sabían en qué parte del gigantesco aparcamiento me hallaba. ¿Cómo me habían encontrado? Este era el punto verdaderamente importante. La policía local estaba acostumbrada a un mundo casi sin crímenes, por lo que no podían haber dado con mí rastro con tanta rapidez. En realidad, no había dejado ningún rastro, por lo que quienquiera que hubiese preparado esta trampa lo había hecho tan solo con lógica y raciocinio.

Sin pensarlo, unas palabras saltaron a mi mente: El Cuerpo Especial.

Nunca se escribía nada acerca de él, tan solo se podían oír un millar de palabras susurradas en un millar de mundos a lo largo de la Galaxia. El Cuerpo Especial, la rama de la Liga que se ocupaba de los problemas que los planetas por sí solos no podían resolver. Se suponía que el Cuerpo había acabado con los restos de los Merodeadores de Haskell tras la paz, que había eliminado del juego a los ilegales comerciantes T & Z, y que finalmente habían cazado a Inskipp. Y ahora iban a por mí.

Estaban allí afuera, esperando a que tratase de abrir brecha. Estaban pensando en todos los caminos, igual que yo, y los estaban bloqueando. Tenía que pensar rápido y bien.

Tan solo había dos caminos hacia afuera: a través de las puertas o a través de la tienda. Las puertas estaban demasiado bien cubiertas para abrir brecha, y tal vez en la tienda hubiese otras posibilidades de escape. Tendría que hacerlo por allí. En el momento en que llegaba a esta conclusión, me di cuenta de que otras personas también habrían llegado a ella, y que ya debían estarse dirigiendo a cubrir esas salidas. Este pensamiento me dio miedo... y también me enfadó. La sola idea de que alguien pudiera ganarme pensando ya me era odiosa. De acuerdo, podían tratar de atraparme... pero les iba a costar. Todavía me quedaban unos cuantos trucos en la manga.

Primero, una pequeña pista falsa: Puse en marcha el camión, en primera, y lo apunté a la puerta.

Cuando estaba en línea recta atoré el volante y salté por el lado opuesto de la cabina, volviendo al hangar de mercancías. Una vez estuve dentro apresuré el paso. Tras de mi pude oír algunos disparos, un fuerte golpe y muchos chillidos. Esto ya estaba mejor.

Las cerraduras nocturnas estaban conectadas en las puertas que llevaban a la tienda propiamente dicha. Era una alarma de tipo antiguo, que podía desconectar en escasos segundos. Mis ganzúas abrieron la puerta y le di una patada, echándome para atrás. No se oyeron timbres de alarma, pero sabía que, en alguna parte del edificio, un indicador señalaba que había sido abierta una puerta.

Fui hasta la puerta más alejada del lado opuesto del edificio corriendo tanto como podía. Esta vez me aseguré de que la alarma estuviera desconectada antes de atravesar la puerta. La cerré tras de mi.

El trabajo más complicado del mundo es correr y no hacer ruido. Mis pulmones ardían cuando estaba llegando a la entrada de empleados. Unas pocas veces vi luces de linternas delante mío y tuve que esconderme tras los mostradores, pero logré pasar sin ser visto, aunque más por suerte que por otra cosa. Ante la puerta por la que habría querido salir se hallaban dos hombres de uniforme.

Permaneciendo tan pegado como pude a la pared me acerqué a unos siete metros de ellos antes de tirarles una granada de gas. Por un segundo estuve seguro de que llevaban puestas máscaras antigás y de que todo había terminado... luego se derrumbaron. Uno de ellos estaba bloqueando la puerta, por lo que lo aparté rodando con el pie y la abrí unos centímetros.

El reflector no podía haber estado a más de diez metros de la puerta: cuando se encendió noté más dolor que luz. Me tiré al suelo en el mismo instante en que se encendía, y los balazos de la pistola ametralladora perforaron una hilera de agujeros a lo ancho de la puerta. Mis oídos estaban sordos por el estrépito de las balas explosivas y casi no pude oír el ruido de los pasos a la carrera. Ya tenía mi calibre .75 en la mano, y coloqué todo un cargador a través de la puerta, apuntando alto para no herir a nadie.

No los detendría, pero los haría ir más despacio.

Devolvieron el fuego, debía de haber un pelotón entero allí afuera. De la pared de atrás saltaron esquirlas de plástico, y los proyectiles silbaron por el corredor. Era una buena cobertura, así sabía que nadie me saldría por la espalda. Permaneciendo lo más plano que pude, repté en la dirección opuesta, fuera de la línea de tiro. Doblé dos esquinas antes de estar lo suficientemente lejos de las armas como para poderme arriesgar a ponerme en pie. Mis rodillas temblaban y mi visión estaba aún oscurecida por grandes manchas de color. El reflector había hecho un buen trabajo, casi no podía ver a la débil luz.

Seguí moviéndome lentamente, tratando alejarme lo más posible de los disparos. El pelotón del exterior había disparado en cuanto yo había abierto la puerta, lo que significaba que tenían órdenes de disparar contra quienquiera que tratase de abandonar el edificio. Una bella trampa. Los policías de dentro seguirían buscando hasta dar conmigo. Si trataba de salir me asarían. Comenzaba a sentirme como tina rata en una ratonera.

Todas las luces de los almacenes se encendieron y me quede parado, helado. Estaba cerca de la pared de una gran sala dedicada a artículos para granjas. Al otro lado de la habitación se hallaban tres soldados. Nos divisamos al mismo tiempo, y me zambullí hacia la puerta mientras a todo mi alrededor rebotaban las balas. Los militares estaban también en ello, lo que significaba que se lo habían tomado muy en serio. Al otro lado de la puerta había un grupo de ascensores... y escaleras subiendo hacia lo alto. Me metí en el ascensor de un salto y hundí el botón del sótano, logrando apenas salir antes que se cerraran las puertas. Las escaleras estaban en la dirección de los soldados que me perseguían, por lo que me pareció que corría hacia sus bocas de fuego. Debí de alcanzar las escaleras un instante antes de su llegada. Subí por ellas y llegué hasta el primer descansillo antes de que ellos estuvieran abajo. La suerte todavía me acompañaba. No me habían visto, y estarían seguros de que había ido hacia abajo. Me desplomé contra la pared, oyendo los gritos y los silbatos mientras dirigían su búsqueda hacia el sótano.

Pero en el grupo había uno listo. Mientras los otros estaban siguiendo la pista falsa, lo oí comenzar a subir lentamente las escaleras. No me quedaba ninguna granada de gas, todo lo que podía hacer era subir por delante de él, tratando de no hacer ningún ruido. Venía lenta y pausadamente, y yo me mantuve por delante de él. De esta manera subimos cuatro pisos, yo en calcetines, con los zapatos entrelazados alrededor de mi cuello, y él con sus pesadas botas raspando suavemente contra el metal de los escalones.

Cuando inicié la subida al quinto piso me detuve, con el pie a mitad de un escalón. Alguien estaba bajando... alguien que usaba el mismo tipo de botas militares. Hallé la puerta al pasillo, la abrí y me deslicé por ella. Ante mi se extendía un largo corredor, flanqueado por algún tipo de oficinas. Comencé a correr a lo largo de él, tratando de alcanzar una esquina antes de que aquella puerta se abriese y las balas explosivas me partiesen en dos. El pasillo parecía interminable, y de repente me di cuenta de que nunca conseguiría llegar al final a tiempo.

Era una rata buscando un agujero... y no había ninguno. Las puertas estaban cerradas, todas. Las iba probando mientras corría, sabiendo que no lo iba a lograr. Aquella puerta de la escalera se estaba abriendo tras de mí, y el arma se estaba levantando. No me atreví a darme la vuelta y mirar, pero lo podía sentir. Cuando la puerta se abrió bajo mi mano casi cal a través de ella antes de darme cuenta de lo que habla sucedido. La cerré tras de mi y me recosté contra ella en la oscuridad, jadeando como un animal agotado.

Entonces se encendió la luz y vi al hombre sentado tras el escritorio, sonriéndome. Existe un límite para la cantidad de emociones que puede absorber un ser humano, y yo había sobrepasado el mío. No me importaba si me daba un balazo o me ofrecía un cigarrillo... había llegado basta el final de mi camino. No hizo ninguna de las dos cosas; en lugar de eso, me ofreció un cigarro.

- Coja uno de estos, diGriz. Creo que son su marca.

El cuerpo es un esclavo del hábito. Aún cuando la muerte está a unos centímetros, responde a las costumbres establecidas. Mis dedos se movieron por sí mismos y tomaron el cigarro, mis labios lo apretaron y mis pulmones lo sorbieron hasta darle vida. Y, durante todo esto, mis ojos vigilaban al hombre tras el escritorio, esperando la muerte.

Se debió de notar. Me señaló una silla y tuvo buen cuidado de tener las dos manos a la vista sobre la mesa. Yo todavía tenía mi arma apuntada contra él.

- Siéntese, diGriz, y aparte ese cañón. Si quisiera matarle, lo podría haber hecho más fácilmente que guiándolo hasta esta habitación - sus cejas se arquearon sorprendidas cuando vio la expresión de mi rostro -. ¿No me dirá que creyó llegar hasta aquí por casualidad?

Hasta ese mismo momento así lo habla creído, y esta falta de un razonamiento inteligente por mi parte me produjo una oleada de vergüenza que me devolvió a la realidad. Me habían sobrepasado mental y físicamente, y lo menos que podía hacer era rendirme a la evidencia. Lancé el arma sobre

la mesa y me derrumbé sobre la silla ofrecida. Barrió la pistola hacia un cajón con rápida eficiencia y se relajó él también un poco.

- Me tuvo preocupado por un momento por la forma en que se quedó ahí delante, con los ojos locos y agitando esa pieza de artillería de campo.

- ¿Quién es usted?

Sonrió ante lo abrupto de mi tono.

- Bueno, no importa quien soy. Lo que importa es la organización a la que represento.

- ¿El Cuerpo?

- Exactamente. El Cuerpo Especial. No creyó que se trataba de la policía local,

¿verdad? Ellos tienen órdenes de dispararle a primera vista. Fue tan sólo después de que les dije cómo hallarle cuando dejaron que el Cuerpo interviniese. Tengo algunos de mis hombres en el edificio, son los que lo han traído hasta aquí. El resto son todos nativos, con dedos nerviosos en los gatillos.

No era muy halagüeño, pero era verdad. Me habían llevado de un lado para otro como a un robot de clase M, con cada movimiento programado por adelantado. El viejo tras el escritorio... pues ahora me daba cuenta de que debía de tener unos sesenta y cinco años, había demostrado ser superior a mí.

El juego había terminado.

- De acuerdo, señor Detective. Me tiene usted atrapado, así que el recrearse en mi desgracia no tiene sentido. ¿Qué sigue ahora en el programa? ¿Reorientación psicológica, lobotomía... o simplemente el pelotón de ejecución?

- Me temo que nada de eso. Estoy aquí para ofrecerle un empleo en el Cuerpo.

Todo el asunto era tan ridículo que casi me caí de la silla en el ataque de risa que siguió a estas palabras. Yo, James diGriz, el ladrón interplanetario trabajando como policía. Era demasiado cómico.

El otro permaneció paciente, esperando hasta que hube terminado.

- Admito que tiene su lado cómico - dijo -, pero sólo a simple vista. Si se para a pensarlo, tendrá que admitir que no hay nadie más cualificado para atrapar a un ladrón que otro ladrón.

Había bastante de verdad en eso, pero no iba a comprar mi libertad convirtiéndome en un cimbel.

- Una oferta interesante, pero no pienso salir de esto volviéndome traidor. ¿Sabe?, aún entre los ladrones existe un código de honor.

Esto lo enfadó. Era más alto de lo que parecía sentado, y el puño que agitó ante mi rostro era tan grande como un zapato.

- ¿Pero qué clase de estupideces está diciendo? Suena como una frase de una película de gángsters de la televisión. ¡Nunca se ha encontrado con otro ladrón en su vida, y no lo hará nunca! Y si lo hiciera, lo delataría alegremente si con ello pudiese sacar usted algún provecho. La esencia misma de su vida es el individualismo... eso y la emoción de hacer cosas que otros no pueden hacer.

Bueno, eso ya se acabó, y lo mejor es que se convenza a usted mismo de ello. Ya no puede seguir siendo el play-boy interplanetario que solía ser... pero puede llevar a cabo un trabajo que va a necesitar de cada onza de su habilidad y talentos especiales. ¿Ha matado alguna vez a un hombre?

- No... no que yo sepa.

- Bueno, no lo ha hecho. Le digo esto por si así va a dormir mejor por las noches. No es usted un homicida, miré eso en su ficha antes de venir a buscarle. Es por eso por lo que sé que entrará en el Cuerpo, y que sentirá un gran placer en capturar al otro tipo de criminal que está enfermo, y no que simplemente realiza una protesta social. El hombre que puede asesinar y disfrutar con ello.

Era demasiado convincente, y tenía todas las respuestas. Tan sólo quedaba un argumento, y lo lancé en un último intento defensivo.

- ¿Y qué hay con el Cuerpo? Si se enteran que está usted empleando a criminales semireformados para hacer trabajos sucios, nos fusilarán a los dos al romper el alba. Esta vez era su turno de reírse.

No veía qué era lo que le parecía tan cómico, así que lo ignoré hasta que hubo terminado.

- En primer lugar, muchacho, yo soy el Cuerpo, por lo menos su cabeza. ¿Y cuál cree que es mi nombre? ¡Harold Peters Inskipp ese es mi nombre!

- ¿No será el Inskipp que...?

- El mismo, Inskipp el Inatrapable. El hombre que desvalijó el Pharsydion II en pleno vuelo y que realizó todas esas otras operaciones sobre las que estoy seguro de que leyó en su malgastada juventud. Fui reclutado en la misma manera que usted.

Me tenía atrapado. Debió ver mis ojos saltones, porque se preparó para hacerme mate.

- ¿Y quienes se cree que son el resto de nuestros agentes? No me refiero a los graduados de limpia mirada salidos de nuestras escuelas técnicas, como la escuadra que tengo abajo, sino los agentes especiales. Los hombres que planean las operaciones, que realizan el trabajo de campo preliminar y

que se preocupan de que todo vaya sobre ruedas. Son ladrones, todos ladrones. Contra mejores eran por sí solos, mejor es el trabajo que realizan para el Cuerpo. Este es un Universo grande y camorrista, y le sorprenderían algunos de los problemas que aparecen. Los únicos que podemos reclutar para hacer los trabajos son los que ya son expertos en ellos. ¿Le interesa?

Había pasado todo tan rápido y no había tenido tiempo para pensar, por lo que posiblemente iba a seguir arguyendo durante una hora. Pero en lo más recóndito de mi mente ya había llegado a una decisión. Lo iba a hacer. No podía decir que no.

Y, además, estaba comenzando a notar como un calorcillo. La raza humana esgregaria, esto era algo que sabia bien, aunque durante años lo hubiese estado negando. Bueno, total, iba a seguir haciendo el trabajo más solitario en todo el Universo... lo único que ocurría era que ya no lo haría solo.

 

 

 

 

 

 

LOS MALVADOS HUYEN

 

 

—Vino rosso, un mezzo.

El vino tenia un sabor acre y denso que traía reminiscencias del polvo que se levantaba de la calle sin pavimentar, allí, fuera de la diminuta taberna. Vini e Bebite, decía el cartel cintado toscamente sobre la puerta. Vino y bebidas. El vino, de la cosecha local, las bebidas. Ponzoñosos brebajes coloreados en botellas de vidrios arañados. Fuera el sol brillaba restallante sobre las blanqueadas paredes de las casas. Birbante vació el vaso y lo llenó nuevamente con la botella de medio litro. Valiente, dijo, y el dueño, sacándole brillo a un vaso, y con el rostro sombrío sumido en una expresión de depresión constante, gruñó una respuesta que podría haber sido de asentimiento. Los tres hombres que se encorvaban sobre la pequeña mesa junto a la pared tenían la atención concentrada en el ajado mazo de cartas, extrañamente dibujadas, con las que jugaban.

 

Chiomonte era como cualquier otro pequeño pueblo italiano alejado de los caminos principales. Un solo camino, que también era la calle principal, conducía a él. Un pueblo aislado receloso de los extraños, la mente de sus habitantes tan bloqueada para el mundo exterior como bloqueado estaba el valle por las montañas que lo rodeaban. Golpeado por la pobreza, sin atractivos, no era lugar donde alguien pudiera detenerse más que por unos pocos minutos. Pero Birbante tenía buenos motivos para estar allí; él podía estar en cualquier lugar. Tomó un poco más de vino y luego, con la mano extendida sobre el mostrador, miró su reloj. Era casi mediodía. Cuando lo rozó con la punta del dedo el cuadrante se hizo transparente, revelando la presencia de otros cuadrantes y de un indicador con luces de colores. Nada había cambiado. Narciso no estaba cerca.

Sin embargo, no podía estar lejos. Los instrumentos que guardaba en el coche—el reloj era tan sólo un repetidor—se lo decían. Además, casi podía sentir su presencia; una facultad que había desarrollado después de años de perseguir a aquellos que no deseaban ser encontrados. Narciso había ganado más distancia que cualquier otro y había estado en libertad mucho más tiempo, pero eso no importaba. Birbante nunca había fracasado. No fracasaría ahora, con la ayuda de Cristo. Con los dedos rozó el bulto bajo su camisa, el crucifijo que allí colgaba. Encontraría a Narciso.

—Quisiera llevarme un litro de esto.

El dueño de la taberna lo miró de arriba a abajo con disgusto, como si el pedido fuera algo insólito.

—¿Tiene una botella?

—No, no tengo una botella —respondió Birbante con paciencia.

—Creo que aquí tengo una. Tendrá que pagar un depósito de cincuenta liras.

Birbante hizo un fatigado gesto de aceptación ante el pequeño hurto y luego se dedicó a observar mientras desde la trastienda surgía una botella polvorienta. Alguien la lavó con descuido bajo el grifo y luego, con un estropeado embudo, la llenó con el vino de una gran damajuana cubierta de mimbre. Fue coronada con un corcho ennegrecido. Birbante desparramó algunas monedas sobre el mostrador manchado y, cuando el dueño se extendió para alcanzarlas, le colocó a su lado una fotografía en colores.

—¿Conoce a este hombre?—preguntó.

El dueño recogió las monedas, una por una, ignorando al hombre de la fotografía, adusto, de cabello negro, corto e hirsuto y transparentes ojos azules.

—Mi primo —dijo Birbante—. Hace años que no lo veo. He oído que está por aquí cerca. Murió un tío, le dejó algo de dinero, no mucho, pero sé que querrá tenerlo. A cualquiera le viene bien el dinero. ¿No sabe dónde

está?

Mientras hablaba, Birbante sacó disimuladamente un arrollado billete de diez mil liras del bolsillo de su camisa, lo desplegó lentamente sobre el mostrador y lo dejó allí. El dueño miró el billete, luego a Birbante, quien pudo sentir que la mirada de los jugadores también estaba sobre él.

—No lo vi nunca.

—Es una lástima. Hay dinero de por medio.

Birbante plegó el billete, lo introdujo nuevamente en el bolsillo, tomó la botella y se marchó. El sol quemaba con una presión casi física; hurgó en el bolsillo del pantalón en busca de las gafas de sol y se las puso. Esa gente no se traicionaba. Si consideraban a Narciso como a uno de ellos, nunca lo delatarían ante un extraño. Es decir, no directamente.

El rojo brillante del convertible Alfa Romeo era el único toque de color en la calle blanqueada. Birbante empujó el vino debajo del asiento para que estuviera a la sombra y atravesó el sendero de guijarros desparejos hacia la oscura entrada de lo que parecía ser un almacén. No tenía letrero ni vidriera y tampoco los necesitaba; cualquiera en el pueblo sabría que ese era el almacén. Junto a la puerta había un lío de cuerdas y en la entrada colgaban algunas ristras de pimientos rojos. Birbante se abrió paso y pestañeó en la penumbra del interior. La mujer, vestida de negro, tenia el mismo aspecto sombrío e informe que la mercadería. No le devolvió el saludo y en silencio reunió los artículos que había pedido. Una horma de queso y una pequeña rodaja de pan de corteza gruesa. Los barriles de aceitunas despedían un olor a rancio y Bilbante los rechazó. Todo el tiempo permaneció en donde pudiera controlar la puerta de la taberna.

Uno de los viejos jugadores salió y se alejó dificultosamente calle abajo.

Era un buen augurio. Si Narciso estaba cerca y se informaba de su presencia, la cacería estaba a punto de concluir. El detector no era muy fiel en distancias cortas y sólo podía decirle que el hombre que buscaba estaba en algún lugar en un radio de diez a veinte kilómetros. Pero si Narciso sabía que le estaban buscando, la situación cambiaría radicalmente. Se sentiría atemorizado, inquieto, desdichado, poseído por alguna emoción violenta. Cuando eso ocurriera el detector, templado según el modelo neurológico de su cerebro, lo detectaría inmediatamente.

Birbante miraba hacia adelante mientras regresaba al coche. pero cuando se sentó pudo observar en el espejo la calle que se extendía detrás. El viejo miró en dirección a él una vez y luego entró en una de las casas. Birbante colocó las provisiones debajo del asiento, junto al vino, y puso el motor en marcha. Hizo estos movimientos tan lentamente como le fue posible y fue recompensado por la aparición de un muchachito que salió de la misma puerta por la que había entrado el hombre. El muchacho pasó junto al coche corriendo, manteniendo la vista al frente.

Algo imposible, pensó Birbante, y el coche arrancó. Ningún muchacho italiano, cualquiera fuera su edad, podía pasar junto a un lustroso automóvil rojo como ése sin examinarlo de parachoques a parachoques. El muchacho llevaba un mensaje y el mensaje se refería a él. Narciso no podía estar lejos. Retrocedió por una callejuela angosta y giró para regresar hacia donde había partido. Lejos del muchacho. Sus instrumentos le dirían todo lo que necesitaba saber.

A medida que bordeaba el Valle, el camino se volvía zigzagueante; en uno de los recodos había descubierto un ancho espacio sombreado por algunos árboles. Se dirigió hacia allí y estacionó. Con el motor apagado, el placentero silencio sólo era interrumpido por el zumbido distante de los insectos. El valle se abría ante él, con tonos grises y pardos en su mayoría; los ralos campos verdes se extendían a ambos lados del pueblo. Chiomonte mismo lucía mucho mejor a esa distancia, con la rosada cúpula de su iglesia elevándose por encima de los edificios blancos. La pobreza y la suciedad no eran visibles. El suelo había sido pobre desde un principio y ahora estaba agostado por siglos de agricultura intensiva. Birbante bebió un buen trago de vino, cortó algunos trozos de pan y usó su cuchillo de bolsillo para cubrirlo con abundante queso. El pan estaba crujiente, el queso fuerte, una simple comida de campesino que le hizo recordar las montañas toscanas de su niñez. Parecía que Italia nunca iba a cambiar, dormitando en las tibias tardes de los siglos, bajo el suave tañido de miles y miles de campanas de iglesia, como aquellas que ahora repicaban a distancia. Ese mundo de fe yacía en la mano de Dios, los valles, aquellos surcos...

Con fogonazos agonizantes, el viejo autobús se acercaba por el camino, emitiendo chirridos de protesta cada vez que tomaba una curva. Para aumentar la afrenta, el conductor, apretado contra el volante como una araña, hizo sonar una penetrante bocina que destrozó la paz silenciosa de un momento antes.

Azorado, Birbante sacudió un puño a la parte trasera del autobús y maldijo mentalmente a su conductor. Sólo cuando se hubo aquietado con algo de vino, sólo entonces, se dio cuenta de qué manera se había permitido perder el control. ¡Había maldecido a ese hombre desconocido, a ese pobre hombre! El pensamiento fue tan eficaz como el hecho. Mientras luchaba con el tablero del automóvil sintió que el rostro se le cubría con un sudor que no tenia relación alguna con el calor. Tomando el pesado rosario de plata lo atrajo hacia sí y pidió perdón a Dios y al mismo tiempo Le suplicó que ignorara las blasfemias pronunciadas en un momento de cólera, pues en realidad no significaban nada. Y también entenderlo y perdonarlo porque era un ser humano y un cuerpo débil. Las plegarias lo calmaron y entonces descubrió que ese trabajo le estaba costando grandes sufrimientos, especialmente la última investigación que le habían asignado. Cuando regresara con Narciso les pediría a sus superiores una tregua, al menos un año, en algún apartado monasterio de montaña. Ellos se lo permitirían, ellos conocerían las presiones bajo las cuales debía trabajar.

Hacía tiempo que la aguja del cuadrante oscilaba requiriendo su atención; finalmente Birbante lo advirtió. Había estado tan inmerso en sus propios problemas que había olvidado su

trabajo. La lección era clara: sus propios padecimientos y penurias debían volver a su lugar, así como la comida y el vino. Un poco de ayuno y abstinencia le harían bien. Más tranquilo, hizo minuciosos ajustes en los controles y lanzó una mirada de reojo a las agujas.

"Estás allí, Narciso, no lejos de mí y tan temeroso como yo de la justicia de Dios. Estamos en Sus manos y yo voy a ayudarte."

El coche arrancó e inmediatamente se deslizó a gran velocidad camino abajo. Birbante controló su entusiasmo y disminuyó la marcha. La cacería había sido larga y unos pocos minutos no harían ninguna diferencia. Cuando el camino se convirtió en una recta entre los campos que precedían al pueblo, enfiló hacia un costado y controló nuevamente sus instrumentos. Una reacción violenta, continua, siempre hacia adelante. Te estoy buscando, Narciso.

Algunas sombras se habían alargado; era el único cambio en Chiomonte desde que él se alejara, horas antes. Ahora conducía lentamente a través del pueblo manteniéndose en el centro del camino y controlando las agujas con sumo cuidado. Habría una intensa oscilación cuando pasara junto a Narciso y entonces sabría dónde se hallaba e inmediatamente después lo habría capturado. Con la ayuda de Dios. Palpó la cruz a través de la camisa; las agujas no se movieron.

Entonces las casas quedaron atrás y empezó la campiña, altos viñedos polvorientos apretándose junto al camino. Su presa debía de estar en las afueras del pueblo, en alguna de las granjas solitarias. A cada instante la señal se hacía más débil y pronto perdería la definida precisión que necesitaba; todavía apuntaba hacia adelante, hacia el vacío que se precipitaba camino abajo. Birbante sintió un súbito indicio de temor y apretó a fondo el acelerador. No, así no. Para encontrar a su presa se necesitaba raciocinio, no pánico. Detuvo el coche e hizo algunos ajustes precisos. Nada. Pero tenia que haber algo. Frustrado, dio pequeños golpes sobre el tablero como si pudiera hacerlo vibrar para obtener la información que buscaba; entonces estalló en una carcajada.

"Tan simple, realmente". Puso el coche en marcha una vez más. "El autobús. Recibió la advertencia y huyó subiendo a aquel autobús. Eso es todo. El fin de nuestro viaje ya está cerca, Narciso."

Ahora el Alfa Romeo se desplazaba a gran velocidad. Manejaba bien y rápido, devorando las rectas, deslizándose en las curvas. En un minuto divisó el autobús y la nube de polvo que dejaba a su paso. Birbante frenó bruscamente y disminuyó la velocidad, situándose detrás del vehículo, controlando sus instrumentos. Sería un poco embarazoso hacer bajar al hombre de un autobús repleto, pero era posible hacerlo sin provocar demasiada confusión. Finalmente, no hubo necesidad. Al tomar una curva, tan cerca del autobús que podía ver las siluetas en las ventanillas de atrás, sus agujas se agitaron, cambiaron de posición y Birbante frenó.

Narciso ahora iba a pie, por algún lugar a la derecha del camino; la señal de su cerebro perturbado permitía localizarlo con precisión; debía de haber visto el coche que lo perseguía. Lentamente, marcha atrás, retrocedió hasta que estuvo a la altura de un sendero rocoso y ondulante que se internaba en la campiña. Aquí. Subió por él, lentamente aún, pero a mayor velocidad que la que cualquiera podía alcanzar a pie o corriendo. En la cima de una loma, un hombre solitario estaba sentado sobre una roca junto al sendero, vestido con la rústica cazadora de los campesinos y apoyado en un bastón. Birbante redujo la velocidad para preguntarle si había visto pasar a alguien, pero cuando el hombre volvió el rostro hacia él permaneció en silencio.

Por un momento se contemplaron mutuamente. Luego Birbante apagó el motor del coche así como también los instrumentos ocultos.

—Tú eres Narciso Lupori.—No era una pregunta.

Narciso asintió con un movimiento de cabeza, los ojos azul pálido en singular contraste con la piel amarronada .

—Tienes ventaja sobre mi.

—Padre Birbante.

—Tendría que sentirme halagado, el más grande cazador de herejes.

—Si me conoces, entonces deberías saber que no estoy aquí para conversar contigo, ni para ayudarte, ni para mantener otra reunión anticristiana. Será todo mucho más fácil para ambos si entras en ese coche y regresas conmigo ahora.

—Paciencia, Birbante, paciencia. Aún el criminal condenado tiene un momento para pensar, una última comida. Hasta nuestro Salvador tuvo una última cena.

—En tus labios Su nombre es una blasfemia. Vendrás conmigo y esto es el final de todo.

—¿Lo es? —Narciso sonrió, aunque parecía no tener muchos motivos—. ¿Qué harás conmigo si me niego? ¿Matarme?

Birbante suspiró y tomó un instrumento que estaba en el asiento de al lado.

—Sabes que no matamos a nadie. Somos cristianos en un mundo cristiano y trabajamos con amor para elevar a las criaturas que nos rodean. Este instrumento te apresará y entonces yo me veré forzado a llevarte conmigo aunque opongas resistencia.

Birbante levantó el objeto, un tubo de plástico negro con un asa y botones en un extremo, decorado con gusto con un serafín dorado, y apuntó a Narciso.

Se oyó un estallido violento y el vidrio de la ventanilla se hizo añicos y cayó sobre la tierra. Birbante miró la ventanilla destrozada y luego al objeto negro que Narciso tenia en la mano, el cual despedía un sinuoso hilo de humo.

—Tienes que reconocer esta pistola—dijo Narciso—. Has visto ilustraciones en los libros de historia. Puede perforarte con la misma facilidad con que perforó el coche. Ahora arroja ese penter en el asiento de atrás antes de que lo haga yo.

Birbante vaciló un momento, luego, cuando el arma estuvo a la altura de su cabeza, hizo lo que le habían ordenado. Se estremeció, pero permaneció en su lugar.

—No ganarás nada matándome. Yo estaré entre los santos y mártires y tú estarás todavía aquí, atrapado en este mundo imperfecto hasta que otros vengan a buscarte. No hay escapatoria. Arroja lejos de ti esa máquina diabólica y ven conmigo.

—No. Ahora apártate de ese coche para que no puedas cometer ninguna tontería y escúchame. Siéntate aquí para que podamos hablar. Ya puse la pistola a un lado.

—El Diablo todavía anda por este mundo —dijo Birbante, persignándose, mientras alisaba un parche de pasto seco antes de sentarse.

—Mucho mejor de lo que piensas. ¿No te sientes algo sorprendido al ver un arma como ésta, en esta época?

—Apenas. El año 1970 de Nuestro Señor es parte de nuestro oscuro pasado. Nada me sorprende.

—Tendrías que prestar más atención a nuestra historia. ¿No recibiste instrucciones sobre la era a la cual ibas a regresar?

—Suficientes. No somos los tontos que vosotros creéis en el Colegio de Inquisidores. Entre ambas eras hay sólo cuarenta y siete años. Vengo equipado; este coche es una réplica exacta de un modelo de la época.

—¡Ah! ¿Entonces lo trajiste contigo? Estaba por preguntarlo. Si conoces esta era tan perfectamente, sabes que es la Era de la Paz y que las Guerras Santas terminaron hace tiempo.

—Es verdad. Pero puesto que tienes esa arma, es evidente que hay pequeñas omisiones en los testimonios...

—¿O pías falsificaciones?

—¡Blasfemas!

—Por favor, discúlpame. Estoy tratando realmente de comunicarme contigo. Puesto que te han enviado tras de mí, supongo que sabes bastante acerca de mí, incluso por qué vine aquí.

—Así es. Eres el físico Narciso Lupori; en otros tiempos pertenecías a los Laboratorios del Vaticano en Castel Sant'Angelo. Eres un hombre de sorprendente inteligencia que tuvo en sus manos una gran responsabilidad, a pesar de no haber asumido el sacerdocio. Deberías haberlo hecho, y a causa de lo que has hecho las reglas serán más estrictas en el futuro. Nadie que no se haya ordenado en la Santa Iglesia tendrá tu responsabilidad. Fuiste tentado por algún demonio, por el Demonio y huiste a este lugar, y al pasado.

—¿Los sacerdotes pueden resistir mejor las adulaciones de Satán?

—¡Sin duda alguna!

—Y si te dijera que no hay ningún demonio, ningún Demonio detrás de mi, quizá ni Dios siquiera, en ninguna parte...

—¡Termina con esa blasfemia!

—Lo haré. Soy demasiado buen hijo de la iglesia como para decir en voz alta aún estas cosas que sé que son ciertas. Pero soy libre en otros aspectos, si es que no soy también libre de Él.

Dudaba, por si quieres saber, dudaba de todo, y por eso estoy aquí. Dudaba de que el hombre tuviera la obligación de ser sumiso, de procrear y poblar la tierra y de destruir las llamadas formas inferiores de vida. Dudaba si existe algún designio divino detrás de la orden de que ciertos campos de investigación son intocables para siempre, toda el área de la Física .

—Dios lo dispuso así.

—No, lo siento, lo hicieron los hombres. Papas y cardenales. Hombres. Hombres que creen en una sola cosa y que decidieron que el resto del mundo debe atenerse a lo que ellos creen. Son dueños de un raciocinio sofocado, de poder, libertad, ambición y lo sustituyen todo con una nube gris de piadosa santidad.

—No puedes tocarme con esas palabras. Eres tú quien arderá para siempre en el infierno por decirlas. Ven conmigo. Arroja el arma. Regresa a aquellos que te ayudarán a purificar la mente.

—Aquellos que borrarán todo recuerdo, todo pensamiento original, dejándome como un vegetal para ser plantado con firmeza en tierra santa hasta que envejezca y muera. No. No voy a regresar contigo. Y tengo la extraña sensación de que tú tampoco vas a regresar.

—¿Qué estás diciendo?

—Exactamente eso. El futuro del que ambos vinimos no existe, no existirá. No en este mundo de este presente. ¿Por qué piensas que regresé tan lejos? Los primeros experimentos eran sólo tentativas; y nada parecía andar bien cuando intentamos investigar el pasado en algo más que unos pocos meses. Pensé que entendía, tenía una teoría que ahora sé que es correcta. Por eso usé el equipo que conseguí para remontarme al pasado a través de los años, solo, sin nada más que la ropa que llevaba sobre mis espaldas, arrugada y retorcida por el viaje. Encontré trabajo, suficiente para comer y sobrevivir y para examinar los libros. ¿Has oído hablar alguna vez del Rey Enrique VIII de Inglaterra?

—¿Por qué me preguntas eso, con que objeto? No soy un estudiante de historia secular.

—No es importante. Una figura menor de la historia, muerto a causa de una caída de caballo en el vigésimo año de su reinado. ¿Pero debes haber oído acerca de Martín Lutero?

—Por supuesto. Un clérigo alernán, más tarde un hereje y agitador. Murió en la prisión, no recuerdo el año.

—1515. Lo sé bien. Entonces, ¿que dirías si yo te dijera que Lutero no murió en prisión —no en este mundo— que por el contrario se expresó en contra de la Madre Iglesia en 1517 y encabezó un movimiento que dio origen a una nueva Iglesia?

—Una locura.

—Ya veremos. ¡Y el buen rey Enrique viviendo para fundar su propia iglesia! Yo también pensé que era una locura cuando lo leí por primera vez, pero una locura impetuosa, liberadora. Este mundo no es el paraíso... ¡lejos de ello! Pero la libertad todavía existe y los hombres trabajan por el bien de todos. Tendrás que aprender a gustar de él; tú también porque tú y yo estamos atrapados aquí. El futuro. tal como lo conocimos, no existe para nosotros ni existirá. Algo ha producido este cambio, quizá las alteraciones ocasionadas por nuestra penetración en el pasado sean la causa. Piensa Birbante perdiste por perseguirme, perdiste tu Iglesia y tu Dios, todo...

—¡Suficiente! ¡No sigas, mientes! —Birbante estaba de pie, las mejillas blancas. Narciso permanecía sentado, la cara retorcida en una sonrisa extraña.

—Te asusta, ¿no es verdad? ¿Si estás tan inquieto por qué no vas a ver? El gran transmisor temporal tiene que estar en el coche, pero tú tendrás el equipo de supervivencia sobre el cuerpo. Se le ordenó a todos los viajeros que los usaran. Ya no puedo hacer nada, no puedo escapar. Simplemente observa el dispositivo temporal y oprime el botón. Regresa a casa para ver cual de los dos está en lo cierto, luego vuelve aquí, una fracción de un instante después de tu partida. Yo estaré aquí, nada habrá cambiado. Excepto que tú conocerás la verdad.

Birbante estaba de pie, rígido, tratando de comprender, tratando de no creer. Narcico señaló la pistola silenciosamente? recordándole al otro la existencia de tales armas. Luego sacó del bolsillo un fragmento de un periódico, arrancado de la primera página de L’Osservatore, la publicación del Vaticano. A pesar suyo Birbante tuvo que leer los grandes titulares y mirar las ilustraciones. EL PAPA REZA POR LA PAZ, decía. PIDE A LOS HOMBRES DE TODAS LAS RELIGIONES QUE SE UNAN A ÉL EN UN DIA DE PLEGARIAS.

Profiriendo un grito áspero y sin palabras, el sacerdote le arrebató el papel y lo arrojó al suelo. Con el mismo movimiento sacó un instrumento de su bolsillo y tocó un botón.

Desapareció.

Narciso estaba sentado, los músculos rígidos, contando los segundos que transcurrían lentamente. Cuando boqueó en busca de aire se dio cuenta de que estaba conteniendo la respiración.

—¡Solo! —gritó, incorporándose de un salto—. No regresó. Soy libre. No regresó porque no puede regresar. Está en otro futuro, en otro pasado, Dios sabe dónde. No me preocupa. ¡Ya no tengo nada que temer de ellos! El acto de su partida me ha liberado de él para siempre.

Sacó el revólver del bolsillo, estremeciéndose con su contacto, y lo arrojó a gran distancia. ¡Cómo había practicado para apuntar y hacer fuego! Deseando que quienquiera que estuviese persiguiéndole jamás descubriera que él era tan incapaz de matar como ellos que habitaban otro tiempo y otro espacio. Con la yema de los dedos recorrió suavemente el reluciente guardabarros del automóvil.

Esto será mi fortuna y mi salvación. Puedo reproducir las celdas de la batería que lo alimenta e introducirlas aquí para reemplazar la infernal combustión de los motores que atormenta a esta gente. Si otros vinieran en mi búsqueda, incluso podría hacerlos desaparecer a través del tiempo. Aunque dudo que alguno tenga el valor de hacerlo cuando Birbante no aparezca.

Narciso se deslizó en el asiento y puso el motor en marcha, que susurró con silencioso poder.

"Entonces veré algo más que el pequeño rincón del mundo católico e italiano que conocí. Seré rico y viajaré. Aprenderé inglés e iré a las lejanas Américas donde gobiernan los ingleses y hablaré con los nobles mayas y aztecas en sus ciudades de oro. ¡Qué mundo maravilloso será este nuevo mundo!"

Puso los cambios, hizo girar el automóvil y lentamente desapareció de regreso, camino abajo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

RATAS ESPACIALES DEL CCC

 

Eso es, compadre, acerca un taburete, sí, ese mismo. Echa a Phrnnx en el suelo para que la duerma, hasta que se le pase. Ya sabes que los Krddls no aguantan la bebida, y mucho menos si beben flnnx, y encima fuman esa endemoniada hierba krmml. Bueno, deja que te sirva un trago de flnnx. Ay, siento haberte mojado la manga. Cuando se seque puedes rascarlo con un cuchillo. A tu salud y por que tus propulsores no te fallen cuando las hordas kpnnz te persigan.

No, lo siento, pero nunca había oído tu nombre hasta ahora. Demasiados hombres buenos vienen y se van, y los mejores son los que mueren antes, por desgracia. ¿Yo? No, nunca has oído hablar de mí, tampoco. Llámame sencillamente Viejo Sarge, es un nombre tan bueno como otro cualquiera. Hay hombres buenos, como te digo, y el mejor de todos ellos era... bueno, le llamaremos el Caballero Jax. También tenía otro nombre, pero hay una jovencita esperando en un planeta que podría nombrar, una jovencita que espera y contempla las estelas hirvientes de las astronaves, cuando llegan, porque está esperando a un hombre. Así que en honor a ella le llamaremos el Caballero Jax; a él también le gustaría este nombre, estoy seguro. Aunque la jovencita debe de estar ya canosa, o tal vez calva y medio artrítica de tanto esperar, allí sentada; pero esto es otra historia y no me corresponde a mí contarla. Por Orión que no me corresponde contarla. Bueno, sírvete tú mismo. Un buen trago, anda. Ya sé que es normal que los buenos flnnx exhalen humo verde, pero será mejor que cierres los ojos cuando bebas, si no quieres quedarte ciego en una semana, ja, ja, por el sagrado nombre del profeta Mrddll Claro que sé lo que estás pensando. Lo que estás pensando es qué demonios hace una vieja rata como yo en un agujero como éste, aquí, al final de la galaxia, donde las estrellas marginales parpadean descoloridas y los fotones cansados viajan lentamente. Pues voy a decírtelo. Lo que estoy haciendo es emborracharme más, si cabe, que un planizzian pfrdffl, eso es lo que hago. Se dice que bebiendo se olvidan las cosas y por el Cisne que yo tengo un montón de cosas de las que no quiero acordarme. Estás mirando las cicatrices que tengo en las manos. Pues cada una de estas cicatrices es una historia completa, compadre, lo mismo que las que tengo en la espalda y en... bueno, ésa es una historia diferente. Voy a contarte algo; algo que es totalmente cierto, por el nombre sagrado de Mrddl, aunque tal vez cambie un nombre o dos, ya sabes, a causa de esa jovencita que espera.

¿Has oído alguna vez hablar del CCC? Ya veo, por como abres los ojos y por como palidece el bronceado espacial de tu piel, que sí que has oído hablar de ello. Pues para que lo sepas, tu seguro servidor aquí presente, el Viejo Sarge, fue una de las primeras ratas espaciales del CCC, y mi compadre entonces era el hombre al que llaman el Caballero Jax. Que el Gran Kramddl maldiga su nombre y borre la memoria de aquel primer día negro en que le vieron mis ojos...

- ¡Atención! ¡Firmes!

La voz del sargento restalló como un latigazo en los oídos expectantes de los cadetes matemáticamente alineados en filas sucesivas. Bajo el impacto de aquel latigazo acústico, clarín de la fatalidad, ciento tres pares de botas relucientes chocaron los talones con un solo golpe seco y los ochenta y siete cadetes quedaron en posición de firmes, tan rígidos como si fuesen de acero.

(Habría que explicar ahora que algunos de ellos procedían de otros mundos y por eso tenían un número diferente de piernas y otras cosas.) No se oía respirar a nadie, ni se podía percibir el menor parpadeo mientras el coronel Von Thorax echó a andar por delante de las filas, examinándolos de arriba abajo, clavando en ellos su ojo de cristal desde detrás de su monóculo. Llevaba su pelo gris, duro como el alambre, cortado a cepillo, un uniforme negro, impecable, de tejido suave, y los dedos de acero de su brazo izquierdo ortopédico sostenían un cigarrillo de hierba krmml. La mano derecha, ortopédica como el brazo que la sostenía, se levantaba rítmicamente en rígido saludo hasta el borde de su gorra de visera con un movimiento perfecto, mientras de sus pulmones artificiales, que ronroneaban tenuemente, brotaba la energía necesaria para modular la voz estentóreo con que daba sus órdenes.

- ¡Descanso! Ahora escuchadme bien. Vosotros sois el grupo de hombres, y de cosas, naturalmente, que han sido escogidas entre los mundos civilizados de la galaxia. Para el primer año de entrenamiento fueron admitidos seis millones cuarenta y tres cadetes, la mayor parte de los cuales han ido causando baja de una forma u otra. Muy pocos alcanzaban el nivel exigido. Algunos fueron fusilados por maleantes, después que tuvimos que expulsarlos. Otros creían en toda esa demagogia liberaloide con que el comunismo se disfraza de tintes rosados para proclamar que la guerra y la matanza no son necesarios, y también hubo que expulsarlos y fusilarlos. A lo largo de los años se fue eliminando a todos los blandos y sólo quedó lo más duro del Cuerpo: ¡Vosotros!

¡Los militantes de la primera promoción de graduados del CCC! Listos y a punto para llevar los beneficios de la civilización a las estrellas. ¡Preparados para descubrir al fin lo que representan y defienden las iniciales CCC!

Un enorme clamor ascendió desde la masa de gargantas; un grito ronco de entusiasmo viril que retumbó en ecos sonoros contra las paredes del estadio. A una señal dada por Von Thorax se conectó un interruptor y una gran plancha de imperviomita se deslizó a modo de techumbre sobre el espacio abierto y lo dejó completamente sellado, protegido de toda mirada curiosa y de todo posible rayo de espionaje. El rauco clamor ascendió de tono con entusiasmo alucinante, y más de un tímpano se rompió aquel día. Sin embargo, a una señal del coronel, al levantar su mano, se hizo un silencio instantáneo.

- Vosotros, militantes del CCC, no estaréis solos cuando partáis para extender las fronteras de la civilización hacia las estrellas bárbaras. ¡Oh, no! Cada uno de vosotros llevará un compañero fiel a su lado. ¡El primer hombre de la primera fila, que dé un paso al frente para encontrar a su fiel compañero!

El hombre que había sido designado dio un paso rápido hacia delante y se detuvo con un fuerte taconazo que fue respondido por el «clang» metálico de una puerta al abrirse y, sin poder evitarlo, sin premeditación, todos los ojos se volvieron simultáneamente hacia aquel punto, hacia aquella oscura entrada de la que salió...

¿Cómo describirlo? ¿Cómo describir el torbellino que os envuelve, la tormenta que os azota, el vacío que os asfixia? Aquello que salió de allí era tan indescriptible como una fuerza natural desencadenada.

Era una criatura monstruosa que mediría unos tres metros hasta la cruz de los hombros y unos cuatro hasta la enorme y fea cabezota, cuya boca babeaba entrechocando los dientes. Semejante a un ciclón avanzó la bestia sobre sus cuatro patas como pistones, con grandes pezuñas anguladas que desgarraban a su paso la dura superficie del suelo del estadio, hecho de impervitio. Un verdadero monstruo nacido de una pesadilla, que se encabritó sobre sus patas traseras al negar frente a los militantes y dejó escapar un horrísono bramido que congelaba el alma.

- ¡Aquí lo tenéis! - tronó a su vez el coronel con voz estentóreo, echando saliva salpicada de sangre por entre sus labios -. Este es vuestro fiel compañero, el mutacamel, una mutación extraordinaria conseguida a partir de la noble bestia de la Antigua Tierra. El mutacamel, símbolo y orgullo del CCC. O lo que es lo mismo, del Cuerpo de Camellos de Combate. ¡Soldados, os presento a vuestro camello!

El militante que había sido seleccionado antes dio un paso al frente y levantó la mano para saludar a la noble bestia, que rápidamente le cortó el brazo de un mordisco. Su grito de dolor se mezcló al jadeo de sus otros compañeros, que observaban la escena sin demasiado interés, mientras los guardianes del camello, protegidos por vestimenta de cuero con hebiIlas metálicas, hacían retroceder a la bestia a golpes de porra y la conducían de nuevo a su chiquero.

Un médico le puso al hombre un torniquete en su muñón ensangrentado y se lo llevó a rastras, desvanecido.

- Esta es vuestra primera lección en camellos de combate - gritó el coronel con voz hosca -. Nunca le levantéis la mano. Vuestro compañero, con su nuevo brazo ortopédico, estoy seguro, ja, ja, de que no olvidará esta lección. ¡El siguiente, y su siguiente compañero!

De nuevo el remolino de la tempestad desencadenada y aquel horrible bramido espumeante del camello de combate al iniciar su carga, a toda carrera. Esta vez el soldado no levantó el brazo. Entonces lo que hizo el camello fue cortarle la cabeza de un bocado.

- No creo que se puedan poner cabezas ortopédicas - dijo el coronel mirando maliciosamente a su formación -. Guardemos un minuto de silencio por nuestro compañero que se ha ido al gran cohete de reposo en el cielo. Bien, ya basta.

¡Atención! Luego vendréis al campo de entrenamiento de los camellos para aprender cómo tenéis que manejar a vuestros fieles compañeros. Sin olvidar nunca que todos ellos tienen una dentadura completa hecha de imperviumita, y uñas de la misma sustancia, tan afiladas corno cuchillas de afeitar. ¡Rompan filas!

Los cuarteles de los cadetes del CCC eran famosos por su carencia absoluta de coquetería, o más bien por su decorado glacial Y su falta de comodidades. Las camas eran unas simples losas de impervitium -nada de colchones blandos que pudieran reblandecer las vértebras- y las sábanas, de tejido de saco muy fino. Desde luego no había mantas; ¿qué falta hacían, con una sana temperatura constantemente mantenida a cuatro grados centígrados? El resto de la instalación correspondía al mismo criterio, de modo que fue una enorme sorpresa para los graduados encontrarse, al volver de la ceremonia y los entrenamientos, con algunas innovaciones inesperadas. Había una pantalla en cada una de las bombillas, antes desnudas, colocadas junto a las camas para leer. Y un buen almohadón suave de dos centímetros de grosor, además. Estaban recogiendo ahora los beneficios de todos aquellos años de trabajo.

Entre todos los alumnos el mejor era, con gran ventaja sobre el resto, uno llamado M. Hay ciertos secretos que no se pueden revelar, algunos nombres que son importantes para sus seres queridos y sus vecinos. Por lo tanto voy a dejar la capa del anónimo sobre la verdadera identidad de este hombre llamado M. Bastará con que le llamemos

«Acero», puesto que ése era el sobrenombre que le puso alguien que le conocía muy bien. Acero tenía por aquel entonces un compañero de cuarto llamado L. Más tarde, mucho más tarde, sería conocido por algunos como «el Caballero Jax», de modo que así le nombraremos nosotros para el propósito de esta narración: Caballero Jax, o simplemente Jax. Jax venía inmediatamente después de Acero en lo que se refiere a marcas escolares y deportivas, y los dos eran muy buenos amigos. Habían sido compañeros de cuarto durante todo el último año de instrucción y ahora estaban los dos allí, con los pies en alto, saboreando el inesperado confort del nuevo mobiliario, tomando a sorbos un tazón de café descafeinado, que se llamaba Kofe, y dando hondas chupadas a los cigarrillos desnicotinizados que fabricaba la misma escuela, y que se llamaban Denikcig, de acuerdo con el nombre que les había dado el fabricante. Los estudiantes del CCC, sin embargo, les llamaban «jadeadores» o «revientapulmones».

- Échame un reventador, ¿quieres, Jax? - dijo Acero, desde su cama, donde estaba tumbado con los brazos por detrás de la cabeza, soñando despierto en lo que le esperaba, ahora que ya tendría su propio camello muy pronto -. ¡Ouh! - exclamó al sentir que el paquete de cigarrillos arrojado por su amigo le daba en un ojo. Sacó uno de aquellos cilindros blancos y delgados, lo encendió, después de darle unos ligeros golpecitos contra la pared, y luego aspiró una profunda bocanada de humo refrescante - Aún no puedo creerlo - dijo echando humo mezclado con palabras.

- Pues es cierto, por Mrddl - dijo Jax sonriente -. Somos graduados. Ahora devuélveme el paquete de jadeadores para que yo también pueda echar unas bocanadas.

Acero le arrojó el paquete, pero lo hizo con tanto entusiasmo que fue a dar contra la pared e inmediatamente se encendieron todos los cigarrillos y el paquete estalló en llamas. Un vaso de agua acabó con la conflagración, pero, mientras aún humeaba, se iluminó la pantalla de comunicación con un tenue parpadeo rojo.

- Mensaje de alta prioridad - masculló Acero, mientras apretaba el botón de conexión. Los dos jóvenes saltaron de la cama y se quedaron en rígida posición de firmes al mismo tiempo que el rostro de hierro del coronel Von Thorax cubría la superficie entera de la pantalla.

- M, L, a mi despacho a toda velocidad - las palabras caían de sus labios como si fuesen goterones de plomo fundido.

¿Qué podía significar aquello?

- ¿Qué crees que pasa? - preguntó Jax mientras los dos amigos se dejaban caer por el conducto de descenso casi con rapidez de la gravedad.

- En seguida vamos a saberlo - contestó Acero mientras se dirigían a la puerta del «viejo» y pulsaban el botón anunciador.

Activada por algún mecanismo oculto, la puerta se abrió de par en par y ambos entraron en la estancia, no sin cierta inquietud. Pero... ¿qué era aquello? No era posible. El coronel los miraba sonriendo. Sonriendo. Una expresión que nunca hasta entonces habían visto en aquel rostro de granito.

- Poneos cómodos, muchachos - dijo, indicando con un gesto de la mano dos sillas muy confortables que brotaron del suelo al apretar él un botón -. Encontraréis cigarrillos en los brazos de esas servosillas, y también vino de Valumian o cerveza Snaggian.

- ¿No Kofe? - preguntó Jax con la boca abierta, y todos se echaron a reír.

- No creo que realmente queráis tomar Kofe - susurró el coronel a través de su laringe artificial

-. Bebed, muchachos, ahora sois Ratas Espaciales del CCC. Vuestra juventud queda ya atrás. Y ahora, mirad esto.

Esto era una imagen tridimensional que se materializó en el aire delante de ellos cuando el coronel apretó un botón, la imagen de una nave espacial como nunca habían visto. Era tan esbelta como un pez espada, tan fina de alas como un pájaro, tan sólida como una ballena y tan armada como un caimán.

- ¡Kolon benditos! - exclamó Acero con la boca abierta de admiración -. ¡Eso es lo que yo llamo un pedazo de cohete!

- Algunos de nosotros preferimos llamarle el Invencible - dijo el coronel, no sin un cierto toque de humor.

- ¿Esto es la nave? Algo habíamos oído...

- Muy poco podéis haber oído, porque hemos tenido envuelto y bien envuelto este bebé desde sus comienzos. Tiene los motores más poderosos que se han fabricado hasta ahora, nuevos MacPherson perfeccionados, del último modelo, manipuladores de conducción Kelly perfeccionados también hasta tal punto que no los reconoceríais y también unos propulsores Fitzroy de doble fuerza que hacen que los antiguos parezcan juguetes para niños. Y aún me reservo lo mejor para el final...

- Nada puede ser mejor que lo que ya nos ha contado - interrumpió Acero.

- ¡Eso es lo que tú crees! - exclamó el coronel, echándose a reír, no sin cierta cordialidad, pero con un tono de voz como el de una lámina de acero al rasgarse -. La mejor noticia de todas es que tú, M, vas a ser el capitán de esta nueva superastronave, con el afortunado L como jefe de máquinas. - El afortunado L se sentiría mucho más feliz de ir como capitán, en lugar de como rey de las calderas - murmuró Jax, y los otros dos se echaron a reír ante lo que consideraban un buen chiste.

- Todo está completamente automatizado - prosiguió diciendo el coronel -, de modo que basta con una tripulación de dos. Pero debo advertimos que lleva una buena cantidad de aparatos a prueba, que hay que experimentar, de manera que los que vuelen con ella tienen que ser voluntarios...

- ¡Yo me presento voluntario! - gritó Acero.

- Yo tengo que ir a los lavabos un momento - dijo Jax levantándose de su asiento. Pero volvió a sentarse en el acto al ver cómo el desintegrador saltaba automáticamente de su funda a la mano del coronel -. ¡Ja, ja! Era sólo una broma. Claro que me presento voluntario.

- Ya sabía que podía contar con vosotros, muchachos. El CCC produce hombres. Camellos también, naturalmente. De modo que esto es lo que vais a hacer. Mañana, a las 0304 horas saldréis disparados por el éter con rumbo al Cisne. En dirección a un cierto planeta.

- Déjeme que intente adivinarlo - dijo Acero hoscamente y con los dientes apretados -. No estará pensando en enviarnos al mundo lleno de larshniks de Biru-2, ¿verdad?

- Pues sí. Esa es la primera base larshnik, el centro operacional de todo tráfico de drogas y de juego, el sitio donde descargan a los esclavos blancos, la sede de las destilerías de flnnx y el refugio de las hordas piratas.

- ¡El ideal para quien le guste la acción! - dijo Acero, con una mueca.

- No creas que es una broma eso que dices - convino el coronel -. Si yo fuese más joven y tuviese unas pocas piezas menos de repuesto en mi organismo, es la clase de oportunidad que me encantaría.

- Puede ir como jefe de máquinas - sugirió Jax.

- Silencio - dijo el coronel -. Caballeros, buena suerte, porque con vosotros va el honor del CCC.

- ¿Pero no los camellos? - preguntó Acero.

- Quizá la próxima vez. Existen, bueno... algunos problemas de ajuste. Hemos perdido cuatro graduados más mientras estamos sentados aquí. Es posible incluso que tengamos que cambiar de animales. Convertir el Cuerpo en el CPC.

- ¿Con perros de combate? - preguntó Jax.

- Perros o asnos. O tal vez recentales. Pero ése es mi problema, no el vuestro. Lo que os toca a vosotros es poneros en ruta y abrir en canal a Biru-2. Estoy seguro de que podéis hacerlo.

Si los aludidos no estaban tan seguros como el coronel se lo guardaron para sí, porque de este modo es como se hacen las cosas en el Cuerpo.

Así que, cumpliendo con su deber, a la mañana siguiente se metieron en el Invencible y a las 0304 horas precisas se lanzaron al espacio. Los trepidantes motores MacPherson transmitieron quintillones de ergios de energía a los reactores de propulsión, hasta que se encontraron al fin fuera del campo de gravedad de la madre Tierra.

Jax trabajaba en los motores, echando transvestita en la boca abierta del horno hambriento, hasta que Acero le indicó desde el puente que había llegado el momento del «cambio». A partir de entonces activaron los propulsores Kelly, devoradores de espacio. Acero apretó el botón que los ponía en marcha y la enorme aeronave dio un gran salto hacia las estrellas a siete veces la velocidad de la luz.

Como los propulsores eran totalmente automáticos, Jax fue a refrescarse un poco en el aseo, mientras su ropa era lavada automáticamente en la lavadora. Luego subió al puente.

- Bueno - exclamó Acero, levantando las cejas - no sabía que tuvieras esos gustos. Vaya con tus calzoncillos a lunares...

- Es lo único que tenía limpio. La lavadora ha disuelto el resto de mi ropa.

- No te preocupes. ¡Son los larshniks de Biru-2 los que tienen que preocuparse! Entraremos en su atmósfera justo dentro de diecisiete minutos, y he estado pensando todo el tiempo en lo que vamos a hacer a partir de ese momento.

- Bien, me alegro de que alguien haya estado pensando. Yo no he tenido tiempo de respirar siquiera, y menos aún de pensar.

- No te preocupes, amigo; estamos metidos en esto juntos. Tal como yo veo la cosa, tenemos dos opciones. Irrumpir directamente con los cañones disparando, o deslizarnos con sigilo.

- Ah, ¿realmente has estado pensando?

- No te lo tomaré en cuenta porque estás cansado. Nosotros vamos bien armados, pero creo que sus baterías de tierra son aún más potentes. De modo que sugiero la segunda solución: entrar con sigilo, sin que nos descubran.

- ¿No resulta eso un poco difícil yendo como vamos en esta nave de treinta millones de toneladas?

- Normalmente, sí. Pero ¿ves este botón que dice Invisibilidad? Mientras estabas cargando el combustible me explicaron cómo funciona. Es un nuevo invento, que no se ha utilizado hasta ahora, y que nos hará invisibles e indetectables por cualquiera de sus instrumentos.

- Así ya lo veo un poco más claro. Sólo nos quedan quince minutos. Debemos de estar ya bastante cerca. Conectemos el dispositivo de invisibilidad.

- ¡No hagas eso!

- Ya está hecho. ¿Qué es lo que pasa ahora?

- No mucho. Excepto que este aparato experimental de invisibilidad no dura más que trece minutos antes de consumirse por completo.

Y por desgracia, así fue. A una altura de cien kilómetros por encima de la yerma y agrietada superficie de Biru-2, el Invencible se materializó de nuevo.

En la mínima fracción de un milisegundo el poderoso sonar espacial y el superradar del planeta se habían cerrado en torno a la aeronave invasora y las subluces enviaban sus señales secretas, en espera de una respuesta correcta para asegurarse de que el intruso era uno de los suyos.

- Enviaré una señal, para entretenerlos un poco. Estos larshniks no son excesivamente inteligentes

- dijo Acero, sonriendo. Apretó el botón del micrófono y lo conectó a la frecuencia de emergencia interestelar. Luego habló con voz sorda, carraspeante -: Agente X-9 a la primera base. Hemos cruzado fuego con la patrulla, me han quemado mis libros de código, pero me cargué a todos esos hijos de perra, ja, ja. Regreso a casa con un cargamento de ochocientas mil toneladas largas de la demoníaca hierba krmml. La respuesta larshnik fue instantánea. Las bocas abiertas de miles de cañones desintegradores vomitaron rayos abrasadores de energía que desgarraban hasta la textura del espacio. Aquellos rayos corrosivos explotaron contra las pantallas defensivas de la nave espacial, penetraron a través de la coraza del viejo Invencible, que no estaba destinado a hacerse mucho más viejo, e incendiaron las planchas de su casco. La pura materia de que estaba hecho no era capaz de resistir la fuerza destructiva, consumidora, que nacía de las mismas entrañas del planeta y era vomitada por sus cañones contra el invasor. Así que las paredes impenetrables de la nave, hechas de imperialita, se vaporizaron instantáneamente y se convirtieron en gas muy fino, que a su vez se descompuso en los meros electrones y protones (y neutrones también) de que estaba compuesto.

La carne y la sangre no podían resistir tampoco tales fuerzas. Pero en los pocos segundos que tardó la nave en volatilizarse los dos valientes astronautas se habían lanzado ya al espacio dentro de sus corazas especiales. ¡Bien a tiempo! Los restos de lo que momentos antes había sido la poderosa astronave chocaron contra la atmósfera y segundos más tarde contra el suelo venenoso de Biru-2.

Para un observador casual aquello era el fin. La poderosa astronave no volaría ya más, puesto que no quedaba de ella sino un montón confuso de restos humeantes, doscientas toneladas de chatarra retorcida, sin el menor signo de vida para los reptadores de superficie que salieron de una escotilla cercana, disimulada en la roca, y se arrastraron hasta los restos ardientes, detectando en todas direcciones con sus sensores activados al máximo.

«¡Informen!», transmitió la emisora de radio. «Sin señal de vida hasta quince decimales», respondió el maldiciente operador de los rastreadores, antes de indicarles que regresaran a su base. Sus patitas metálicas resonaron chirrientes contra la superficie desnuda del suelo y luego desaparecieron. Lo único que quedó allí fueron los restos aún humeantes de la astronave, siscando bajo la lluvia venenosa que caía como llanto sobre el metal caliente.

¿Habían muerto los dos amigos? Pensé que no ibas a preguntármelo nunca. Pues no, no habían muerto.

Una milésima de segundo antes de que se estrellase la nave, dos armaduras espaciales casi indestructibles habían sido proyectadas en el vacío por el eyector con muelles de estilita, que los envió volando hacia el lejano horizonte, donde descendieron, sin ser detectados por los técnicos larshnik, tras un espolón de roca. Por pura casualidad este espolón de roca era el que disimulaba la escotilla por la que habían salido los rastreadores con sus aparatos de detección para su inútil búsqueda, y a la que habían vuelto siguiendo las órdenes de su maldiciente operador de radio, el cual, entontecido con la demoníaca hierba krmml, no percibió la ligerísima vibración de la aguja del detector cuando los rastreadores volvieron a su refugio bajo tierra, trayendo con ellos un nuevo cargamento que no llevaban cuando salieron.

- ¡Lo hemos conseguidos! ¡Estamos dentro de sus defensas! - se regocijó Acero -. Y no gracias a ti precisamente, pulsando aquel maldito botón de invisibilidad...

- ¿Cómo iba yo a saber...? - protestó Jax -. De todas formas, ya no podemos contar con la astronave, pero podemos contar con el elemento sorpresa. Ellos no saben que nosotros estamos aquí, pero nosotros sí sabemos que están ellos.

- Muy bien pensado. Sssh... - dijo Acero -. No te muevas. Estamos llegando a algo. Los rastreadores habían entrado en una inmensa cámara, tallada en la roca, y que estaba llena de poderosas máquinas de guerra.

Lo único humano allí, si es que podía llamársele humano, era el operador de radio, cuyos dedos sucios intentaron apretar el control de los cañones tan pronto como percibió la presencia de los intrusos. Pero no tuvo tiempo. Los rayos de dos desintegradores hicieron diana en su cuerpo, y en una milésima de segundo no era más que un montón de carne carbonizada sobre su asiento. La justicia del Cuerpo estaba por fin llegando a la guarida larshnik.

Justicia era, impersonal y abstracta, imparcial y destructora, porque en aquella guarida no había «inocentes». Los rayos implacables de la venganza civilizada iban barriendo todo lo que se les ponía por delante, mientras los dos compañeros avanzaban por los corredores de la infamia disparando sus mortíferos cañones.

- Este es el Número Uno - dijo Acero, con una mueca, cuando llegaron frente a una inmensa puerta de impervialita contrachapado de oro ante la que se apiñaba una escuadra suicida, que realmente cometió suicidio bajo el fuego implacable de los dos amigos. La última resistencia débil, que no fue mucha, quedó pronto aniquilada y reducida a humo entre el estruendo de aquella lluvia de fuego.

Los dos hombres penetraron triunfantes en el último reducto, el reducto central, manejado ahora por una sola figura de pie ante el panel de controles. La figura de Superlátigo en persona, cabeza secreta de todo el imperio del delito interestelar.

- Ha llegado tu hora - dijo, torva, la voz de Acero, al tiempo que encajonaba con su arma aquella figura vestida con su túnica negra y su opaco casco espacial -. Quítate el casco o mueres en un segundo.

La única respuesta fue un rugido acongojado de rabia impotente, y durante unos instantes las manos de la figura temblaron sobre los mandos de los cañones. Luego alzó los brazos lentamente, llevó las manos al casco y empezó a darle vueltas para quitárselo, levantándolo despacio...

- ¡Por el sagrado nombre del profeta Mrddl! clamaron los dos amigos al unísono, sin poder contenerse al ver lo que estaban viendo.

- Sí, ahora ya lo sabéis - dijo Superlátigo entre sus dientes apretados -. Pero, ja, ja, estoy seguro de que nunca lo sospechasteis siquiera.

- ¡Usted! - exclamó Acero, rompiendo por fin el helado silencio que les había dejado mudos un instante -. ¡Usted! ¡Usted! ¡USTED!

- Sí, yo mismo, el coronel Von Thorax, comandante del CCC. Nunca sospechasteis de mí, y yo, ¡cómo me reía de vosotros mientras tanto!

- Pero... - exclamó Jax -. ¿Por qué?

- ¿Por qué? La respuesta es obvia para cualquiera que no sea un puerco democrático interestelar, como lo sois vosotros. Lo único que los larshniks podían temer era algo del tipo del CCC, una fuerza que no se inclinase nunca ante ningún soborno exterior ni ante ninguna sedición interna, una fuerza ennoblecida por su fe en la causa del deber. Tipos como vosotros podíais habernos dado muchos problemas. Por eso, precisamente, nosotros fundamos el CCC y durante largo tiempo yo he sido el jefe de ambas organizaciones. Nuestros reclutas nos aportan lo mejor que los planetas civilizados pueden ofrecer, y ya me ocupo yo de que sean brutalizados, moralmente destruidos, agotados físicamente y sus espíritus aplastados para que de allí en adelante no representen ningún peligro. Naturalmente, algunos llegan hasta el fin, a pesar de que yo me esfuerce en hacerlo repugnante. Cada generación tiene su porcentaje inevitable de supermasoquistas. Pero ya me ocupo yo de que sean eliminados rápidamente, por un sistema o por otro.

- ¿Como la de enviarles en misiones suicidas, por ejemplo? - preguntó Acero con ironía.

- Es una buena manera.

- Una misión como ésta a la que nos envió usted. ¡Pero no dio resultado! ¡Ahora ya puedes ir diciendo tus oraciones, cochino larshnik, porque estás a punto de ir a encontrarte con tu creador!

- Mi creador? ¿Oraciones? ¿Habéis perdido la cabeza? Todos los larshniks somos ateos hasta el fin...

Y así llegó el fin, entre una ardiente nube de vapor. La muerte con aquellas palabras heréticas todavía en sus labios. No merecía otra cosa.

- Y ahora, ¿qué? - preguntó Acero.

- Ahora, esto - respondió Jax, disparando el arma que llevaba al brazo y dejándole inmovilizado bajo los efectos del rayo paralizador -. Ya no va a ser el segundo puesto para mí, contigo en el puente y yo en la cámara de calderas. De ahora en adelante soy yo quien lleva la batuta.

- ¡Estás loco! - susurró apenas Acero.

- Al contrario, estoy muy cuerdo, por primera vez en mi vida. El Superlátigo ha muerto. Viva el nuevo Superlátigo. Es mía, la galaxia entera es mía.

- ¿Y qué ocurre conmigo?

- Debería matarte, pero sería demasiado fácil. Y además, compartiste tus barras de chocolate conmigo. Será a ti a quien culpen de toda esta catástrofe. De la muerte del coronel Von Thorax y de todo lo demás que ha ocurrido aquí en la primera base. Todos se volverán contra ti, y te verás convertido en un paría que tiene que escapar, para salvar la vida, a las más remotas avanzadillas de la galaxia, donde vivirás por siempre en el terror.

- ¡Acuérdate de las barras de chocolate!

- Ya me acuerdo. Las únicas que me tocaron eran las que estaban rancias. Ahora...

¡Vete!

¿Aún quieres saber mi nombre? El que te di, de Viejo Sarge, es suficiente. ¿Mi historia? Sería demasiado para tus tiernos oídos, muchachito. Llena los vasos otra vez, así, y brinda conmigo. Es lo menos que puedes hacer por un pobre viejo que ha visto ya mucho en su vida. Un brindis de mala suerte, que sería mejor decir: el Gran aniquilamiento, Krammdl maldiga para siempre al hombre que algunos conocieron como el Caballero Jax. ¿Qué si tengo hambre? Yo no... ¡no! ¡Una barra de chocolate, no!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL MECÁNICO

 

 

El viejo tenía cara de pocos amigos, lo cual significaba que alguien iba a pasar un mal rato. Dado que estábamos solos, no se necesitaba una gran dosis de inteligencia para imaginar que ese alguien sería yo. Me adelanté a hablar, por aquello de que la mejor defensa es un buen ataque.

- Me marcho. No se moleste en decirme el desagradable trabajo que ha inventado para mí, puesto que me marcho, y no querrá usted revelarle los secretos de la compañía a una persona que ha dejado de pertenecer a ella...

El rostro del viejo se distendió en una amplia sonrisa y me pareció oírle cloquear mientras pulsaba un botón de su escritorio. Uno de los cajones de la mesa se abrió y el viejo sacó de él un grueso documento legal.

- Este es su contrato - dijo -. Establece cómo y hasta cuándo trabajará usted aquí. Un contrato encuadernado en acero y vanadio que no podría usted romper con una trituradora molecular.

Me incliné rápidamente, cogí el contrato y lo lancé al aire con un solo movimiento. Antes de que llegara al suelo había desenfundado mi Solar y, disparando contra él, lo reduje a cenizas.

El viejo volvió a apretar el botón y sacó otro contrato del cajón. Su sonrisa se hizo más amplia si cabe.

- Tenía que haber dicho un duplicado de su contrato... como éste. Hizo unas rápidas anotaciones.

- Le descontarán trece créditos de su sueldo por el importe del contrato que ha destruido... así como cien créditos de multa por disparar un Solar en el interior de un edificio.

Me dejé caer sobre una silla derrotado, esperando que descargara el golpe. El viejo palmeó cariñosamente mi contrato.

- De acuerdo con este documento, no puede usted marcharse. Nunca. En consecuencia, tengo un pequeño trabajo que creo va a gustarle. Un trabajo de reparación. La baliza luminosa de Centauro se ha apagado. Es una baliza Mark III...

- ¿Qué clase de baliza? - pregunté.

Había reparado balizas hiperespaciales de un extremo a otro de la Galaxia y estaba convencido de haber trabajado en todos los tipos o modelos que se habían fabricado. Pero nunca había oído hablar de aquélla.

- Una Mark III - repitió el viejo socarronamente -. Creo que es el tipo más antiguo de baliza que se ha fabricado... y en la Tierra nada menos. Teniendo en cuenta su emplazamiento en uno de los planetas del Centauro, no me extrañaría nada que fuera la primera baliza espacial que se instaló.

Contemplé las fotografías que me entregó el viejo y me estremecí de horror.

- ¡Esto es una monstruosidad! Parece más una destilería que una baliza... y por lo menos tiene quinientos metros de altura. Soy mecánico, no arqueólogo. Este montón de chatarra tiene más de dos mil años. Será mejor darlo de baja e instalar una baliza nueva.

El viejo se inclinó por encima de su mesa, echándome el aliento a la cara.

- Costaría un año instalar una baliza nueva..., además de ser demasiado cara..., y esa reliquia se encuentra en una de las principales rutas. En la actualidad algunas de nuestras naves se ven obligadas a dar un rodeo de quince años-luz.

Volvió a echarse hacia atrás, se secó las manos en su pañuelo y me recitó el Párrafo Cuarenta y Cuatro de las Obligaciones de la Compañía.

- Este departamento recibe el nombre oficial de Mantenimiento y Reparación, cuando en realidad tendría que llamarse Fuente de Complicaciones. Las balizas hiperespaciales están fabricadas para durar eternamente... o casi eternamente. Cuando una de ellas se estropea, no es nunca un accidente, y repararla no es nunca un asunto sin importancia.

Me lo estaba diciendo a mí... el tipo que hacía todo su trabajo sentado cómodamente en una oficina dotada de aire acondicionado.

Empezó a divagar.

- ¡Cómo me gustaría mandar todo esto al diablo! Me dedicaría tranquilamente a la construcción de naves y me ahorraría muchos quebraderos de cabeza. Pero las cosas son como son. Y ahora poseo una flota de naves que están equipadas para hacerlo casi todo... manejadas por un montón de irresponsables como usted.

Asentí lúgubremente a su índice acusador.

- ¡Cómo me gustaría prenderles fuego a todos ustedes! Pilotos, mecánicos, soldados y cuantos intervienen en las reparaciones. Tengo que intimidar, sobornar y chantajear a la gente para que haga un sencillo trabajo. Si usted está asqueado, imagine cómo estaré yo. ¡Pero las naves tienen que seguir viajando! ¡Las balizas tienen que funcionar!

Era una despedida, y me apresuré a ponerme en pie. El viejo me entregó las notas acerca del Mark III y dedicó su atención a otros papeles, como si yo hubiera dejado de existir. En el instante en que llegaba a la puerta, el viejo alzó la mirada y me apuntó de nuevo con su índice.

- Y no se haga ilusiones vanas sobre la posibilidad de eludir su contrato. Podemos retener la cuenta corriente que posee en el Banco de Algol II mucho antes de que usted consiga sacar el dinero.

Sonreí sin demasiadas ganas, lo reconozco, como si nunca se me hubiese ocurrido la idea de mantener en secreto aquella cuenta. Mientras me dirigía hacia el vestíbulo traté de imaginar un medio de transferir el dinero subrepticiamente... sabiendo que en aquel mismo instante el viejo estaba planeando algún medio para evitarlo.

El asunto resultaba muy deprimente, de modo que me detuve a echar un trago antes de dirigirme al espaciopuerto.

Cuando la nave estuvo dispuesta, yo tenía ya una ruta trazada. La baliza más próxima a la averiada de Centauro se encontraba en uno de los planetas de Beta Circinus, y hacia allí debía encaminarme primero. Un corto viaje de sólo nueve días por el hiperespacio. Para comprender la importancia de las balizas hay que comprender el hiperespacio. No es que haya mucha gente que lo entienda, pero resulta bastante fácil darse cuenta de que en ese no-espacio las normas ordinarias no tienen aplicación. La velocidad y las medidas son un problema de afinidad y no hechos constantes.

Las primeras naves que entraron en el hiperespacio no tenían ningún lugar adonde ir... ni ningún medio para saber si se habían movido. Las balizas resolvieron aquel problema y abrieron todo el universo. Están construidas sobre planetas y generan enormes cantidades de energía. La energía es convertida en radiaciones que son proyectadas a través del hiperespacio. Cada baliza tiene un código de señales que forma parte de sus radiaciones y representa un punto mensurable en el superespacio. La triangulación y la cuadratura de las señales de la baliza para convertirlas en datos destinados a la navegación se llevan a cabo de acuerdo con sus propias reglas. Las reglas son complicadas y variables, pero al fin y al cabo son reglas que un navegante puede seguir. Para un salto hiperespacial son necesarias por lo menos cuatro balizas para una exacta orientación. Si se trata de un viaje largo, los navegantes utilizan hasta siete u ocho. De modo que cada una de las balizas es importante y todas tienen que estar funcionando. De atender a su funcionamiento nos encargamos los otros mecánicos y yo.

Viajamos en naves perfectamente equipadas con todo el material necesario; sólo un hombre en cada nave, porque la pesada maquinaria destinada a la reparación no deja espacio para más. Debido a la verdadera naturaleza de nuestro trabajo, pasamos la mayor parte del tiempo volando a través del espacio normal. Después de todo, cuando una baliza sufre una avería, ¿cómo puede ser localizada? A través del hiperespacio no, desde luego. Lo único que puede hacerse es acercarse el máximo a ella utilizando otras balizas y luego terminar el viaje por el espacio normal. Esto puede exigir meses enteros de navegación, y a menudo los exige.

El trabajo que me había encargado el viejo no parecía ofrecer perspectivas demasiado desagradables.

Partiendo de los supuestos que me facilitó la baliza de Beta Circinus, le planteé un complicado problema de ocho incógnitas al piloto automático, utilizando como puntos de referencia todas las balizas a las cuales podía llegar. El piloto me proporcionó una ruta con un aproximado punto de llegada; con un factor de seguridad que formaba parte de la estructura y que yo no podía eliminar de la máquina.

Hubiera preferido correr el riesgo de estrellarme contra un planeta próximo a pasar el tiempo enjaulado a través del espacio normal. Pero, al parecer, la técnica sabía también esto. El piloto automático proporcionaba siempre un factor de seguridad, de modo que uno no podía meterse dentro de un sol, por mucho que lo intentara. Estoy convencido de que al prever aquel factor de seguridad la técnica no obedeció a motivos humanitarios. Lo único que le importaba a la técnica era no perder la nave.

A través de un salto de veinticuatro horas el robot analizador escudriñó todas las estrellas, comparándolas con el espectro del Próximo Centauro. Finalmente hizo sonar un timbre y parpadear una luz. Miré a través del ocular.

Una última lectura con la fotocélula me dio la magnitud aparente, y una comparación con su magnitud absoluta mostró su distancia. No era tan larga como yo había creído: un vuelo de seis semanas, día más día menos. Después de marcar un rumbo en el piloto automático me introduje en el tanque de aceleración y me quedé dormido.

El tiempo transcurrió rápidamente. Rellené mi cámara por vigésima vez y casi terminé un curso de física nuclear por correspondencia. La mayoría de los mecánicos siguen esos cursos. Tienen un valor en sí mismos, ya que uno no sabe nunca qué clase de extraños elementos tendrá que manejar. Además, la compaña le paga a uno de acuerdo con las especialidades que domina. Todo esto, unido a un poco de pintura al óleo y unos ejercicios de gimnasia, me ayudó a pasar el tiempo. Estaba dormido cuando sonó el timbre de alarma que anunciaba la presencia de un planeta.

El planeta dos, donde según los antiguos mapas estaba situada la baliza, era una especie de globo de aspecto húmedo y pulposo. Trabajé duramente para poder utilizar con provecho las antiguas directrices, y finalmente localicé la zona correcta. En este oficio se aprende muy pronto cuándo y dónde se arriesga la propia piel. Por lo tanto, envié un Ojo Volador a la atmósfera exterior para que efectuara una investigación preliminar.

Los que habían instalado la baliza habían sido lo suficientemente perspicaces como para escoger un lugar fácilmente localizable, equidistante sobre una línea entre dos de los picos montañosos más altos. Tras haber localizado los picos, hice que el Ojo recorriera la distancia existente entre el primero y el segundo. El Ojo tenía un hocico y una cola de radar, y procuré que coincidieran respectivamente con cada uno de los picos. Al producirse la coincidencia corté los controles del

Ojo y empecé a descender. Desconecté el radar, conecté el tele-explorador y me senté a esperar que la baliza apareciera en la pantalla.

La imagen parpadeó, quedó automáticamente enfocada... y una gran pirámide apareció en la pantalla.

Refunfuñando, hice girar el Ojo en círculos, examinando el terreno circundante. Era un terreno llano, pantanoso, sin la menor elevación. Lo único que sobresalía en un radio de diez millas era aquella pirámide..., que decididamente no era mi baliza.

¿O acaso lo era?

Hice descender más el Ojo. La pirámide era un burda construcción de piedra, completamente lisa. En la cima se divisaba un débil resplandor. La examiné más de cerca. En la cumbre de la pirámide había una cavidad llena de agua. Al verla me pareció recordar algo.

Fijando el Ojo en una ruta circular, rebusqué entre los planos del Mark III... y allí estaba. La baliza tenía un plano de sedimentación y encima de él una cavidad destinada a contener agua; el agua era utilizada para enfriar el reactor que proporcionaba energía al monstruo. Si el agua estaba aún allí, la baliza también estaba allí... en el interior de la pirámide. Los indígenas, que no habían sido mencionados por los imbéciles que construyeron la cosa, habían edificado una hermosa y recia pirámide de piedra alrededor de la baliza.

Dirigí otra mirada a la pantalla y comprobé que había fijado el Ojo en una órbita circular a unos veinte pies sobre la pirámide. La cima del montón de piedra estaba ahora cubierta de una especie de lagartos, al parecer las formas de vida locales. Iban armados con lo que parecían ballestas y trataban de alcanzar al Ojo: una nube de flechas y de piedras volaba en todas direcciones.

Conecté el circuito que devolvería automáticamente el Ojo a la nave.

A continuación me dirigí a la cocina para echar un buen trago. Mi baliza no sólo estaba encerrada en el interior de una montaña de piedra hecha a mano, sino que mi presencia había conseguido irritar a los seres que la habían construido. Un buen comienzo para un trabajo; un comienzo capaz de inducir a un hombre más fuerte que yo a buscar consuelo en la bebida.

Normalmente un mecánico permanece alejado de las civilizaciones indígenas. Son veneno puro. A los antropólogos puede no importarles que les diseccionen en beneficio de su ciencia, pero un mecánico no está dispuesto a ninguna clase de sacrificio por su trabajo. Por este motivo la mayoría de las balizas están situadas en planetas deshabitados. Si una baliza tiene que ser instalada en un planeta habitado, suele colocarse en algún lugar inaccesible.

Los motivos de que aquella baliza hubiera sido instalada al alcance de las garras locales se me escapaban de momento. A su debido tiempo me interesaría por ellos. Lo primero que tenía que hacer era establecer contacto. Para establecer contacto tiene uno que conocer el idioma local.

Y para esto hacía mucho tiempo que yo había ideado un sistema a prueba de imprudencias.

Tenía un «espía» que había construido yo mismo. Parecía un trozo de roca de un pie de longitud aproximadamente. Una vez en el suelo pasaba completamente inadvertido, pero resultaba un poco desconcertante verlo flotar. Localicé una ciudad indígena a unos mil kilómetros de distancia de la pirámide y dejé caer el Ojo. Aterrizó de noche a orillas del revolcadero de fango local. Allí acudirían a revolcarse los indígenas en gran número durante el día. Por la mañana, cuando llegaron los primeros indígenas, puse en marcha el aparato de grabación.

Al cabo de unos cinco días locales tenía un mar de conversación indígena en el archivador de la máquina de traducir y había anotado unas cuantas frases. Esto resulta muy fácil cuando se dispone de una máquina archivadora. Uno de los lagartos le gargarizó algo a otro, y el segundo se volvió en redondo. Anoté aquella expresión con la frase: «¡Eh, George!», y esperé una oportunidad para utilizarla. Aquel mismo día, más tarde, divisé a uno de ellos que iba solo y le grité: «¡Eh, George!» La frase gargarizó a través del altavoz en el idioma local y el lagarto se volvió en redondo.

Cuando uno tiene suficientes frases de referencia como ésta en el archivador de la máquina de traducir, la máquina se encarga de llenar las lagunas existentes. En cuanto la MT fue capaz de traducir de corrido cualquier conversación que oyera, pensé que había llegado el momento de establecer contacto.

Lo encontré con bastante facilidad. Era una versión centáurica de un pastor: apacentaba un rebaño de una forma de vida local especialmente repugnante, en las marismas situadas en las afueras de la ciudad.

Yo tenía uno de los Ojos oculto en una especie de caverna y aguardé a que pasara por delante de ella.

Esto ocurrió al día siguiente. Susurré por el micrófono:

- ¡Bienvenido, nieto pastor! El espíritu de tu abuelo te habla desde el paraíso.

El pastor se detuvo como si acabaran de pegarle un tiro. Antes de que pudiera moverse pulsé un interruptor, y un montón de dinero local, una especie de conchas de diversos colores, salió rodando de la cueva y aterrizó a sus pies.

- Ahí va algún dinero del paraíso, porque has sido un buen muchacho. - No procedía del paraíso, desde luego: la noche anterior lo había extraído de la Tesorería -. Vuelve mañana y charlaremos un poco - le grité a la figura que se alejaba precipitadamente.

Me complació muchísimo comprobar que antes de emprender la huida recogía el dinero. Después de aquello el Abuelo del paraíso sostuvo muchas conversaciones íntimas con su Nieto, el cual no pudo resistir la tentación del dinero celeste. El Abuelo no había estado en contacto con las cosas desde su muerte, y el Pastor se alegró de poder satisfacer su curiosidad.

Me enteré de todo lo que necesitaba saber acerca de la historia, pasada y reciente, de aquel pueblo, y la información que obtuve no fue precisamente agradable.

Además de la pirámide construida alrededor de la baliza había una pequeña guerra alrededor de la pirámide.

Todo había empezado con el seísmo. Al parecer, los lagartos locales vivían en las distantes marismas cuando fue instalada la baliza, pero los constructores no les habían dado demasiada importancia. Eran una raza inferior que habitaba en un lejano continente. La idea de que la raza pudiera desarrollarse y llegar hasta aquel continente no se les había ocurrido a los mecánicos de la baliza. Pero eso fue precisamente lo que sucedió.

Un pequeño seísmo geológico formó un puente de tierra entre los dos continentes, y los lagartos empezaron a afluir al valle de la baliza. Y encontraron un brillante templo de metal del cual fluía un continuo chorro de agua mágica; el agua destinada a enfriar el reactor, que se renovaba a través de un condensador atmosférico instalado en el techo. La radiactividad del agua no perjudicaba a los indígenas. Produjo algunas mutaciones que resultaron beneficiosas.

Se edificó una ciudad alrededor del templo y, con el paso de los siglos, fue alzándose la pirámide alrededor de la baliza. Una categoría especial de sacerdotes servía al templo. Todo marchó bien hasta que uno de los sacerdotes violó el templo y destruyó las aguas sagradas. Desde entonces se habían producido revueltas, asesinatos y destrucciones. Pero las aguas sagradas no volvieron a fluir. Ahora, muchedumbres armadas luchaban alrededor del templo todos los días y un grupo de sacerdotes vigilaba la fuente sagrada. Y yo tenía que meterme en medio de aquel jaleo y reparar la baliza.

La cosa hubiera resultado bastante fácil de haber tenido cierta libertad de acción. Hubiera podido hacer una fritada de lagartos, arreglar la baliza y largarme. Pero las

«formas de vida indígenas» estaban muy bien protegidas. En mi nave había células espías, las cuales no había conseguido localizar en su totalidad, y a mi regreso proporcionarían un interesante informe de mis actividades.

Había que emplear la diplomacia. Suspiré y saqué el equipo de plasticarne. Utilizando como modelo tres instantáneas que había tomado del Pastor, moldeé una pasable cabeza de reptil sobre mis propias facciones. La quijada quedaba un poco corta, ya que yo no poseía sus dentadas mandíbulas, pero esto no tenía demasiada importancia. Mi aspecto no tenía que ser exactamente igual que el suyo, sino únicamente perecido, lo suficiente para tranquilizar a los indígenas. Es natural. Si yofuera un ignorante aborigen de la Tierra y me tropezara con un Espicano, cuyo aspecto recuerda el de un pez disecado, echaría a correr inmediatamente. Pero si el Espicano llevara un vestido de plasticarne que le diera un aspecto vagamente humanoide, no vacilaría en acercarme a él para entablar conversación por lo menos. Esto era lo que yo me proponía hacer.

Cuando estuvo modelada la cabeza, la uní a un atractivo traje de plástico verde, añadiéndole una cola. Estaba realmente satisfecho de que aquellos seres tuvieran cola. Los lagartos no iban vestidos y yo deseaba llevarme un montón de equipo electrónico. Moldeé la cola sobre un armazón de metal, y en el hueco así formado introduje todo el material que podía necesitar. A continuación me puse el traje.

Me contemplé en un espejo. El efecto era horrible, pero eficaz. La cola arrastraba por el suelo, pero esto hacía mayor el parecido.

Aquella noche llevé la nave hacia las colinas más próximas a la pirámide, un lugar seco al que los anfibios indígenas no se acercarían. Un poco antes del amanecer, el Ojo me cogió por debajo de los hombros y emprendimos el vuelo. Planeamos por encima del templo, a unos dos mil metros, hasta que se hizo de día, y entonces nos dejamos caer. Nuestra llegada debió constituir un gran espectáculo.

El Ojo estaba camuflado para que pareciera un lagarto volador, una especie de pterodáctilo de cartón, y sus alas, que se agitaban lentamente, no tenían nada que ver con nuestro vuelo, desde luego. Pero bastaba para impresionar a los indígenas. El primero que tropezó conmigo se puso a gritar y cayó de espaldas.

Los otros llegaron corriendo. Se apelotonaron unos encima de otros, y cuando aterricé en la plaza, situada enfrente del templo, llegaban los sacerdotes.

Plegué mis brazos en un saludo regio.

- ¡Salud, oh nobles servidores del Gran Templo! - dije.

Desde luego no lo dije en voz alta, sino que me limité a susurrarlo para que pudiera ser captado por el micrófono que llevaba oculto en el cuello. El micrófono trasladó mis palabras a la MT, y la traducción surgió por el altavoz que llevaba en la mandíbula.

Los indígenas parlotearon y la traducción surgió casi instantáneamente. Tenía el volumen muy alto y toda la plaza resonó.

Algunos de los más crédulos se aplastaron contra el suelo y otros huyeron gritando. Un tipo receloso levantó una lanza, pero nadie volvió a intentarlo después de que el Ojo pterodáctilo hubo agarrado al belicoso indígena para dejarlo caer en una charca. Aprovechando la sorpresa general, me acerqué a las puertas del templo.

- He de hablar con vosotros, nobles sacerdotes - dije.

Y antes de que encontraran una respuesta adecuada me había colado en el templo.

El templo era un pequeño edificio construido contra la base de la pirámide, y esperé no quebrantar demasiados tabúes entrando en él. Nadie me detuvo, de modo que la cosa parecía marchar bien. Me encontré en una sala de forma alargada, con una especie de piscina en uno de los extremos. En la piscina chapoteaba un viejo reptil, uno de los jefes evidentemente. Me dirigí hacia él. Me acogió con una mirada fría, de pez, y luego gruñó algo.

La MT susurró a mi oído:

- ¡En nombre de los trece pecados! ¿Quién eres y qué estás haciendo aquí? Erguí mi escamosa figura en un noble gesto y señalé hacia el techo.

- He venido en nombre de tus antepasados para ayudarte. Estoy aquí para reparar las Aguas Sagradas.

Esto despertó un murmullo de conversaciones detrás de mí, pero no pareció convencer al jefe. Se hundió lentamente en el agua hasta que sólo fueron visibles sus ojos. Luego volvió a emerger y me apuntó con un dedo amenazador.

- ¡Eres un embustero! ¡Tú no eres ningún antepasado nuestro! Vamos a...

- ¡Un momento! - grité antes de que llegara tan lejos en sus palabras que le resultara imposible

retroceder -. He dicho que tus antepasados me han enviado aquí en calidad de emisario... No soy uno de tus antepasados. No trates de hacerme ningún daño si no quieres que la cólera de los Muertos se vuelva contra ti.

Mientras pronunciaba estas palabras me volví hacia los otros sacerdotes, utilizando el movimiento para disimular el lanzamiento de una bomba de humo detrás de mí. La bomba abrió un hermoso agujero en el suelo, con un gran despliegue de ruido y de humo.

El Primer Lagarto supo entonces que yo hablaba en serio e inmediatamente convocó una reunión de sacerdotes. Tuvo lugar en la piscina pública, desde luego, y yo tuve que meterme en ella.

Chapoteamos y gargarizamos durante una hora hasta dejar sentados los extremos más importantes de la operación.

Descubrí que todos ellos eran sacerdotes nuevos; los anteriores habían sido hervidos por haber permitido que las Aguas Sagradas dejaran de fluir. Yo les expliqué que estaba allí únicamente para ayudarles a recobrar las aguas. Cuando esto hubo quedado en claro salimos de la piscina dejando grandes charcos de agua y de fango en el suelo. Nos acercamos a una puerta cerrada y vigilada que conducía al interior de la pirámide. Mientras la abrían, el Primer Lagarto se volvió hacia mí.

- Ya debes de conocer la norma - me dijo -. Después de lo ocurrido con los antiguos sacerdotes fue ordenado que en adelante sólo los ciegos podrían entrar en el recinto sagrado.

Puedo jurar que al pronunciar aquellas palabras sonreía, si treinta dientes asomando por lo que parecía una raja en una vieja maleta pueden llamarse una sonrisa.

Hizo una seña a un sacerdote que se acercó portando un brasero de carbones encendidos lleno de hierros calentados al rojo. Dejó el brasero en el suelo, removió los carbones, sacó uno de los hierros y se volvió hacia mí. Estaba a punto de aplicar el hierro a uno de mis ojos cuando reaccioné.

- Desde luego - dije -, la norma es la ceguera. Pero, en mi caso, tendréis que cegarme antes de que abandone el sagrado recinto, no ahora. Necesito mis ojos para ver y reparar la Fuente de las Aguas Sagradas. Cuando las aguas vuelvan a fluir, yo mismo me aplicaré el hierro candente.

Tardaron medio minuto en digerir aquello, pero acabaron por reconocer que tenía razón. El verdugo local hizo una mueca de disgusto y añadió un poco más de carbón al brasero. La puerta se abrió de par en par y entré en la pirámide; a continuación la puerta volvió a cerrarse detrás de mí y me encontré a solas en la oscuridad.

Pero no por mucho tiempo... Oí un ruido cerca de mí y decidí encender mi linterna. Tres sacerdotes se acercaban al lugar donde me encontraba: las cuencas de sus ojos eran un deforme montón de carne quemada. Sabían lo que yo deseaba, y me señalaron el camino sin pronunciar una sola palabra.

Una agrietada escalera de piedra nos condujo ante una sólida puerta de metal, de la cual colgaba un letrero redactado con una escritura arcaica: BALIZA MARK III. PROHIBIDA LA ENTRADA A TODA PERSONA AJENA AL SERVICIO.

Los constructores de la baliza habían confiado de un modo absoluto en la eficacia del letrero, ya que la puerta no tenía cerradura. Uno de los lagartos hizo girar el pomo y nos encontramos en el interior de la baliza.

Con los sacerdotes ciegos tropezando detrás de mí, localicé el cuarto de máquinas y encendí las luces. En las baterías de emergencia había un resto de carga, lo suficiente para proporcionar una débil claridad. Los reguladores e indicadores parecían encontrarse en buen estado; los revisé cuidadosamente y descubrí lo que ya había sospechado.

Uno de los lagartos había conseguido abrir una caja destinada a proteger los interruptores, los había estado manoseando y había cambiado accidentalmente la posición de uno  de ellos: esto había producido el trastorno.

Mejor dicho, había iniciado el trastorno. La cosa no va a solucionarse volviendo a su posición normal el interruptor de la válvula del agua. Aquella válvula sólo debía ser utilizada en el curso de una reparación después de haber humedecido la pila. Como el agua había sido cortada mientras la pila estaba funcionando, los dispositivos de seguridad habían humedecido automáticamente la carga.

Hacer surgir de nuevo el agua no era ningún problema, pero en el reactor no quedaba ningún combustible.

No iba a complicarme la vida con el problema del combustible. La mejor solución sería instalar un nuevo generador. Yo tenía uno en la nave que era diez veces menor que el de la baliza y producía cuatro veces más energía. Antes de enviar a buscarlo revisé el resto de la baliza. En dos mil años tenía que haber alguna señal de desgaste.

Los mecánicos de aquella época remota habían trabajado bien, tuve que reconocerlo. El noventa por ciento de la maquinaria no tenía partes movibles y, en consecuencia, no había sufrido ningún desgaste. Otras partes habían sido reforzadas, previendo su posible desgaste. El conducto alimentador le agua que descendía del techo, por ejemplo. Las paredes del conducto tenían unos tres metros de espesor... y la abertura del conducto no era mayor que mi cabeza. De todos modos, había algunas cosas que yo podía hacer y anoté las piezas que necesitaba.

Las piezas, entre ellas el nuevo generador, estaban en la nave. El Ojo se encargó de recogerlas y de colocarlas en una caja metálica. Una hora antes de que amaneciera, el Ojo depositó la caja en el exterior del templo y se marchó sin ser visto.

Contemplé a los sacerdotes a través de mi «espía» mientras trataban de abrirla. Cuando se dieron por vencidos les grité unas órdenes a través de un altavoz instalado en la caja. Se pasaron la mayor parte del día arrastrando la pesada caja por el templo y subiéndola por las angostas escaleras que conducían a la baliza. Entretanto, me tomé un sueño reparador. Cuando desperté, la caja estaba junto a la puerta de entrada a la baliza.

Las reparaciones no me llevaron mucho tiempo, aunque los sacerdotes ciegos gruñeron lo suyo cuando me oyeron abrir un boquete en la pared para encajar el nuevo generador. Incluso coloqué un aparato en el conducto del agua para que sus Aguas Sagradas tuvieran la habitual radiactividad refrescante cuando empezaron a fluir de nuevo. En cuanto hube terminado con todo esto hice lo que los lagartos estaban esperando.

Conecté el interruptor que daba paso al agua.

Transcurrieron unos minutos mientras el agua empezaba a gorgotear a través del seco conducto. Luego llegó un rugido del exterior de la pirámide que debió de sacudir sus paredes de piedra.

Entrechocando mis manos por encima de mi cabeza, me dispuse a enfrentarme con la ceremonia de quemar mis ojos.

Los lagartos ciegos estaban esperándome junto a la puerta, y su aspecto mohíno no presagiaba nada bueno. Cuando empujé la puerta descubrí el motivo de aquella actitud: la habían cerrado y atrancado por la parte exterior.

- Hemos decidido - dijo un lagarto - que te quedes aquí para siempre cuidando de las Aguas

Sagradas. Nosotros atenderemos a todas tus necesidades.

Una deliciosa perspectiva: pasar toda la vida encerrado en una baliza con tres lagartos ciegos. A pesar de su hospitalidad no podía aceptarla.

- ¡Cómo! ¡Os atrevéis a disponer a vuestro antojo del mensajero de vuestros antepasados!

Había dado todo el volumen a mi altavoz y la vibración casi me arrancó la cabeza de cuajo.

Los lagartos gruñeron algo, y yo ajusté mi Solar para que proyectara un rayo delgado como la hoja de un cuchillo y lo hice correr alrededor de la jamba de la puerta. Al cabo de un instante la puerta se derrumbó en medio de un gran estrépito.

Bajé corriendo las escaleras, abriéndome paso entre la multitud de asombrados sacerdotes y fui a enfrentarme con el Primer Lagarto, que seguía en su piscina. Al ver que me acercaba, se hundió lentamente debajo del agua.

- ¡Qué falta de cortesía! - grité -. Los antepasados están muy enojados, y sólo por su gran bondad permiten que las aguas fluyan de nuevo. Ahora tengo que marcharme.

¡Adelante con la ceremonia!

El verdugo estaba demasiado asustado para moverse, de modo que me acerqué al brasero y cogí uno de los hierros candentes. Una presión en las sienes hizo caer sobre mis ojos una lámina de acero debajo de la piel de plástico. A continuación apliqué el hierro candente a mis ficticias cuencas, y el plástico despidió un impresionante olor a quemado.

Un grito se alzó de la multitud mientras yo dejaba caer el hierro y zigzagueaba ciegamente. Tengo que admitir que la cosa resultó bastante fácil.

Antes de que pudieran reaccionar apreté el interruptor y mi pterodáctilo de plástico entró volando.

No pude verlo, desde luego, pero supe que había llegado cuando los garfios de sus garras aferraron las láminas de acero de mis hombros.

Cuando alcé las láminas que cubrían mis ojos y practiqué unos agujeros en el chamuscado plástico, pude ver la pirámide disminuyendo de tamaño detrás de mí, el agua derramándose de la base y una alegre multitud de reptiles revolcándose en su corriente radiactiva. Pasé revista a los hechos para comprobar si había olvidado alguna cosa.

Primero: La baliza estaba reparada.

Segundo: Los sacerdotes tenían que estar satisfechos.

El agua fluía de nuevo, mis ojos habían sido debidamente quemados y ellos volvían a encontrarse en una posición preponderante. A lo cual había que añadir:

Tercero: El hecho de que, si se producía otra avería en la baliza, los sacerdotes no pondrían obstáculos al mecánico que acudiera a repararla en las mismas condiciones. Por lo menos yo no había hecho nada que pudiera despertar su antagonismo hacia los futuros mensajeros de sus antepasados.

De todos modos mientras me despojaba del disfraz de lagarto pensé que no me disgustaría en absoluto que, llegado el caso, encargaran el trabajo a otro mecánico.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL CAPITÁN HONARIO HARPPLAYER

 

 

Las manos entrelazadas detrás de la espalda, apretando los dientes con furia impotente, el Capitán Honario Harpplayer medía de arriba abajo el pequeño alcázar del Redundant, navío de guerra de la Armada de Su Majestad. A su vista y paciencia, la abatida flotilla francesa retornaba maltrecha a puerto, en jirones las velas a merced de los vientos, las vergas a remolque por el agua, boquiabiertos los cascos astillados allí donde el fuego de sus cañones hiciera estallar el frágil maderamen.

- Señor Shrub, mande dos brazos a proa, si me hace el favor - dijo - para que le echen agua a la vela mayor. Con las velas mojadas aumentaremos nuestra velocidad en un octavo de nudo, y así quizás podamos aún dar alcance a esas ratas cobardes.

- P-pero, señor - tartamudeó el estúpido primer oficial Shrub, amilanado ante el pensamiento de discrepar con su adorado capitán -. Si continuamos sacando brazos de las bombas, nos hundiremos.

Tenemos trece boquetes en diferentes sitios por debajo de la línea de flotación, y...

- ¡Voto a bríos, señor! He impartido una orden, no le he pedido que convoque a un debate. Haga inmediatamente lo que se le ha ordenado.

- Así se hará, señor - musitó Shrub, con humildad, mientras se enjugaba con el dorso de la mano la lágrima que le brotó de un lloroso ojo de sabueso.

El agua restalló al caer sobre las velas, y el Redundant se hundió un poco más. Harpplayer se estrujó las manos entrelazadas y se odió por ese injustificado arranque de ira para con el fiel Shrub. No obstante, debía mantener frente a la tripulación - esa chusma y escoria de mil distritos ribereños - la fachada de una estricta disciplina, así como debía usar corsé para mantener el cuerpo erguido y una trusa para sujetar la hernia. Debía mantener una buena fachada porque él era el capitán de ese barco, la nave más pequeña de la flota de bloqueo que, como el lazo del estrangulador, se cerraba en torno de Europa, cercando al loco tirano Napoleón, cuyos sueños de conquista jamás se extenderían hasta Inglaterra en tanto esas minúsculas embarcaciones de madera siguieran interponiéndose en su camino.

- Rece una oración por nosotros, Capitán, para apresurar nuestra llegada al cielo, ¡pues nos estamos hundiendo! - gritó una voz entre la turba de marineros que se afanaban en las bombas.

- Quiero el nombre de ese hombre, señor Dogleg - le gritó Harpplayer al alférez, un niño de apenas siete u ocho años que comandaba a la cuadrilla -. Se quedará sin ron durante una semana.

- Así se hará, señor - canturreó la voz aguda del señor Dogleg, que estaba aprendiendo a hablar.

Que el barco se hundía era un hecho innegable. Las ratas correteaban por la cubierta, e indiferentes a las blasfemias y puntapiés de los marineros se lanzaban al mar. Delante de ellos, la flota francesa había llegado a puerto y buscado refugio en las baterías ribereñas de Cabo Pietfieux, cuyos cañones apuntaban con sus abiertas fauces al Redundant, listos para escupir fuego y muerte ni bien la frágil embarcación estuviese a tiro.

- Prepárese para soltar las velas, señor Shrub - dijo Harpplayer, y luego levantó la voz para que pudiese oírlo toda la tripulación. - Esos franchutes han huido cobardemente, y nos han hecho perder la recompensa de un millón de libras.

Un hosco gruñido brotó de los tripulantes que, además del ron, amaban las libras, los chelines y peniques que les permitían comprarlo. El gruñido se transformó repentinamente en sofocados aullidos de dolor cuando el palo mayor, debilitado por el fuego disperso de los cañones franceses, se desplomó sobre la cuadrilla de trabajadores.

- No es necesario que suelte las velas, señor Shrub, los esclavos de nuestro amigo Bonifacio ya lo han hecho por nosotros - dijo Harpplayer, obligándose a hacer una de esas bromas infrecuentes en él, que tanto gustaban a la tripulación. Se odió por su hipocresía, por recurrir a esos medios para granjearse las simpatías de aquellos hombres ignorantes, pero tenía el deber de mantener en forma la moral de sus hombres. Además, si se abstenía de las chanzas, lo odiarían por ser el patrón negrero, insensible y oportunista que en realidad era. Ahora mismo lo odiaban, desde luego, pero entre tanto se reían.

Se reían ahora mientras tajeaban la maraña de cordajes y se llevaban los cuerpos a la rastra para depositarlos en ordenadas hileras sobre la cubierta. El buque se hundió en el agua un poco más.

- Terminad de una vez con los cuerpos - les ordeno - y ocupaos de las bombas, si no queréis ir a cenar al fondo del mar.

Lanzando broncas y nerviosas risotadas, los hombres se apresuraron a reanudar las faenas.

Eran fáciles de complacer, y Harpplayer les envidiaba sus vidas simples. No obstante los trabajos pesados, los peligros del agua y los castigos ocasionales, la existencia de aquellos hombres era mejor que su propia vida atormentada, en el solitario pináculo del poder. Era él quien debía tomar todas las decisiones, y esto, a un hombre le de una naturaleza morbosa y paranoica como la suya, transformaba la vida en un verdadero infierno. Sus oficiales, que lo aborrecían sin excepción, eran incompetentes. Hasta Shrub, el leal y sufrido Shrub, tenía sus fallas: por un lado, un cociente intelectual de alrededor de 60, lo cual, sumado a su origen humilde, significaba que jamás podría ascender más allá del rango de contralmirante.

Mientras recapacitaba sobre los variados sucesos del día, Harpplayer inició su compulsivo ir y venir por el pequeño alcázar, y los demás ocupantes se acurrucaron contra la banda de estribor a fin de no obstaculizarle el camino. Cuatro pasos en una dirección, luego tres y medio de regreso chocando la rodilla con un crujido estremecedor contra la carronada de babor. Pero Harpplayer no sentía los golpes, su cerebro de jugador de naipes barajaba pensamientos, evaluaba y sopesaba planes, rechazando aquellos que contuviesen un mínimo de sentido común y considerando tan solo aquellos que parecían demasiado insensatos para ser practicables. No por nada lo llamaban en toda la flota «La Arpía Chupasavia», y lo temían y respetaban como un hombre siempre capaz de arrancar la victoria de las fauces de la derrota, y siempre al precio de un inmenso número de vidas. Pero la guerra era la guerra. Uno impartía las órdenes y hombres valientes perecían, y para eso estaban en las costas las patrullas de reclutamiento.

Había sido un día largo y agotador, pero Harpplayer no se permitía aún el lujo de descansar. La tensión y una aprensión agónica lo atenazaban, implacables como las garras de Cerbero, desde poco después del amanecer de aquella mañana, cuando el vigía anunciara la presencia de velas en el horizonte. Habían sido sólo diez, diez buques franceses de la línea, y antes de que se disipase la niebla matutina la vengativa forma del Redundant habíase lanzado ya sobre ellos, cual lobo entre las ovejas. Salva tras salva de artillería, los bien ajustados cañones ingleses habían atacado a sangre y fuego, diez granadas por cada una de las que escupían las bocas de los cañones franceses, manejados por la chusma cobarde de las clases octava y novena de 1812, patriarcas barbicanos y niños de pecho que sólo deseaban retornar a sus viñedos familiares en vez de estar allí, peleando por el Tirano, arrostrando las iras de los mortíferos cañones de su isla enemiga, ese pequeño país que, abandonado a sus fuerzas, luchaba a solas contra el poder de todo un continente. Había sido una persecución cruel e implacable, y sólo el refugio seguro de las baterías del puerto francés había impedido la total destrucción de la escuadrilla. Y en verdad, cuatro de sus buques yacían ahora entre los congrios, en el fondo del océano, y los seis restantes necesitarían reparaciones completas antes de estar nuevamente en condiciones de soltar amarras e ir a enfrentar una vez más el poder justiciero de las naves que sitiaban sus costas.

- Si me hace el favor, señor Shrub, haga preparar las mangueras. Creo que es hora de tomar un baño.

Un clamor sordo brotó de los pechos de los marineros, porque todos ellos sabían lo que les esperaba. En las aguas más glaciales de los mares boreales, en lo más crudo del invierno, Harpplayer insistía en aquella rutina del baño. Las mangueras fueron rápidamente adosadas a las bombas y muy pronto brotaron por la cubierta columnas de agua helada.

- ¡Adentro! - grito Harpplayer, retrocediendo a fin de esquivar cualquier gota ocasional, mientras se rascaba la piel del costado, que no había visto el agua desde el verano anterior. Sonrió ante las payasadas pueriles de Shrub y los otros oficiales que brincaban desnudos en el agua y sólo dio la señal de parar las bombas cuando las blancas pieles de los hombres hubieron adquirido una delicada tonalidad cerúlea.

Desde el horizonte boreal llegó un rumor sordo y prolongado semejante a un trueno lejano pero a la vez más intenso y penetrante. Harpplayer volvió la cabeza para contemplar una estela de fuego que apareció por un largo momento en el oscuro telón de fondo de las nubes y se extinguió en el cielo, dejándole tan solo una imagen en las retinas. Sacudió la cabeza para alejarla, y pestañeó rápidamente unas cuantas veces. Por un instante hubiera podido jurar que el rayo de fuego había bajado en vez de subir, pero eso era manifiestamente imposible. Demasiadas noches jugando al boston hasta altas horas con los oficiales, no era de extrañar que estuviese perdiendo la agudeza visual.

- ¿Qué fue eso, Capitán? - le preguntó el teniente Shrub, con palabras apenas discernibles a causa del castañeteo de los dientes.

- Un cohete de señales, o tal vez uno de esos novedosos cohetes de guerra Congreve. Algo raro pasa por allá, y nosotros vamos a averiguar de qué se trata. Envíe los hombres a las brazas, si me hace el favor, y llene la vela de gavia y déjela en la amura de estribor.

- ¿Puedo antes ponerme los calzoncillos?

- Nada de impertinencias, señor, ¡o irá a parar al calabozo!

Mientras Shrub voceaba las órdenes por la trompeta, los hombres se reían de sus desnudas piernas temblorosas. Sin embargo, pocos segundos bastaron para que los hombres de la adiestrada tripulación, que menos de seis días antes anduvieron de putas y copas en tierra, vestidos de paisanos, sin siquiera soñar que las brigadas de reclutamiento los engancharían para enviarlos al mar, saltaran a las brazas, levantaran las vergas y jarcias destrozadas, taponaran los boquetes perforados por las balas, enterrasen a los muertos, bebieran el grog y les quedaran aún energías suficientes para que unos pocos improvisaran una alegre danza marinera al son de una gaita. La nave escoró al girar, el agua formó un espuma cremosa bajo la proa y muy pronto estuvo sobre la nueva amura, alejándose de la costa para ir a investigar aquel nuevo suceso, haciendo sentir su presencia como representante de la más poderosa flota de bloqueo que hasta ese entonces conociera el mundo.

- Barco a la vista, señor - anunció el vigía desde el palo mayor -. A dos cuartas de la proa de estribor.

- Repique a cuadras - ordenó Harpplayer.

En medio del persistente redoble del tambor y el golpeteo de los curtidos pies desnudos de los marineros sobre la cubierta, la voz del vigía era apenas audible.

- Sin velas ni mástiles, señor. Poco más o menos el tamaño de nuestra chalupa.

- Cancele la última orden. Y cuando ese vigía termine su guardia, quiero que repita quinientas

veces, un bote es algo que se iza y se pone sobre un barco.

Al impulso de la fuerte brisa que soplaba desde la costa, el Redundant no tardó en acercarse a la embarcación hasta una distancia suficiente como para poder observarla desde cubierta.

- Sin mástiles ni vergas ni velas, ¿cómo hará para desplazarse? - inquirió, boquiabierto, el perplejo teniente Shrub.

- Especular por anticipado no tiene sentido, señor Shrub. Esa embarcación puede ser francesa o neutral, y no quiero correr riesgos. Hagamos cargar y preparar los cañones. Y quiero a los oficiales en las pernadas, con las armas a medio amartillar. Y que nadie dispare hasta que yo dé la orden, y al que lo hiciere lo haré cocer y servir para el desayuno.

- ¡Usted es infalible, señor!

- ¿Le parece? ¿Se acuerda del mequetrefe que ayer confundió las órdenes?

- Muy valiente, señor, eso es lo que digo - acotó Shrub, mientras se arrancaba de entre los dientes un trocito de cartílago -. Daré las órdenes, señor.

La extraña embarcación no se parecía a ninguna que Harpplayer hubiese visto jamás. Se desplazaba por las aguas sin nada visible que la impulsara y Harpplayer pensó en hombres ocultos moviendo remos subacuáticos, pero tendrían que ser enanos para caber en la nave. Tenía un puente que la cubría de lado a lado, cerrado por una suerte de techumbre de vidrio, En suma, un extrañísimo artefacto y no francés, por cierto. Los siervos esclavizados por el pulpo de París jamás dominarían las técnicas sutiles necesarias para construir una joya de los mares como era esa. No, debía de provenir de alguna comarca remota, quizá de allende la China o de las misteriosas islas del Oriente. Había un hombre sentado en la embarcación, que tocó una palanca y desplazó la ventana superior. El hombre se puso de pie y agitó la mano a modo de saludo. Sonidos entrecortados brotaron al unísono de los pechos de los observadores, pues todas las miradas estaban fijas en la extraña aparición.

- ¿Qué significa esto, señor Shrub? - vociferó Harpplayer -. ¿Estamos en una feria de diversiones o en una pantomima navideña? ¡Disciplina, señor!

- P-pero, señor - tartamudeó el fiel Shrub, sin encontrar las palabras -. Ese hombre, señor. ¡es verde!

- No quiero oír ninguna de sus condenadas sandeces, señor - chilló Harpplayer irritado, furioso

como siempre lo estaba cuando la gente desvariaba acerca de los «colores» que imaginaba. Paisajes y puestas de sol y esa clase de estupideces. Desatinos. El mundo estaba hecho de saludables matices de gris, y ahí acababa la cosa.

Algún medicastro imbécil de Harley Street le había mencionado una vez una enfermedad imaginaria que llamó «acromatopsia» pero cuando Harpplayer le propuso enviarle sus padrinos desistió de su bufonada.

- Verde, rosa o púrpura, el tono de gris del hombre no me interesa en lo más mínimo Arrojadle una línea y hacedlo venir aquí para que podamos escuchar su historia.

La línea fue arrojada y el extraño, luego de asegurarla a una anilla de su bote, tocó una palanca que volvió a cerrar la cabina de vidrio y trepó ágilmente a la cubierta superior.

- Piel verde. - dijo Shrub, y al instante cerró con fuerza la boca bajo la furibunda mirada de Harpplayer.

- Basta, señor Shrub. Es un extranjero y lo trataremos con todo respeto, al menos hasta que averigüemos a qué clase pertenece. Es un poco peludo, no cabe duda, pero ciertas razas del norte de las Islas Niponas son así: tal vez sea oriundo de esos mares. Le doy la bienvenida, señor - dijo, dirigiéndose al recién llegado -. Yo soy el Capitán Honario Harpplayer, comandante de la nave

Redundant de la Armada de Su Majestad.

- ¡Kwl-kkle-wrrl-kl...!

- Francés no es - murmuró Harpplayer entre dientes -, ni griego ni latín, estoy seguro. Tal vez una de esas lenguas bárbaras del Báltico. Probaré con alemán. ¿Ich rate Ihnen, Rsiseschecks mitzunehmen? ¿O un dialecto italiano? E proibito; pero quisivendono cartoline ricordo.

El extraño respondía saltando de un lado a otro como enloquecido, señalando el sol, haciendo movimientos circulares con las manos alrededor de su cabeza, apuntando a las nubes, haciendo ademanes que sugerían caída y gritando con voz chillona:

- im'ku, m'ku

- El hombre es efervescente - dijo el oficial de marina -, y además tiene demasiados dedos.

- Puedo contar hasta siete sin su ayuda - le dijo Shrub con enojo -. Creo que está. tratando de decirnos que va a llover.

- Quizá es un meteorólogo en su tierra - dijo Harpplayer sin comprometerse -, pero aquí no es nada más que un extranjero.

Los oficiales sacudieron la cabeza en prueba de asentimiento y este gesto pareció enardecer todavía más al extraño, quien dio un salto hacia adelante, gritando a voz en cuello en su jeringonza ininteligible. El alerta guardiamarina le asestó un golpe en la nuca con la culata del mosquete, y el hombre peludo cayó de bruces sobre la cubierta.

- Intentó atacarlo a usted, Capitán - dijo el oficial de marina -. ¿Lo pasamos por debajo de la quilla, señor?

- No, pobre hombre, tan lejos de su tierra, a lo mejor está preocupado por algo. Debemos darle tiempo para que supere la barrera idiomática. Léale simplemente los incisos de Guerra y reclútelo para el servicio. Andamos cortos de brazos después de este último encuentro.

- Es usted sumamente indulgente, señor, y un ejemplo para todos nosotros. ¿Qué haremos con la embarcación?

- Yo la examinaré. Quizá funcione según algún principio que pueda interesar a Whitehall. Póngame una escala. Yo mismo bajaré a echarle un vistazo.

Al cabo de algunos tanteos, Harpplayer descubrió la palanca que accionaba la ventanilla de vidrio, y cuando ésta se deslizó hacia un costado se dejó caer un la cabina. Un mullido diván enfrentaba a un tablero cubierto por una extraña colección de manivelas, botones e instrumentos varios, protegidos por tapas de cristal. Era un ejemplo perfecto de la decadencia de Occidente, un exceso de decoración y ornamentación cuando un panel de buen roble inglés hubiera bastado para el caso, y una simple barra que girase sobre un eje para llevar las órdenes a los esclavos- remeros. O quizá hubiese un animal oculto detrás del panel: al torcer una palanca se oyó un rugido grave. Debía de ser, sin duda, el mecanismo que transmitía al esclavo - o animal - de la galera la orden de iniciar su trabajo, pues ahora la pequeña embarcación surcaba las aguas a gran velocidad. La espuma que levantaba salpicaba la cabina, y Harpplayer cerró la tapa, medida muy oportuna. Otro botón debió de accionar un timón secreto, pues de pronto la embarcación hundió la proa y se sumergió hasta quedar totalmente cubierta por el agua.

Afortunadamente, era de construcción sólida y no hacía agua, y otro botón la hizo subir una vez más a la superficie.

Fue entonces cuando a Harpplayer se le ocurrió la idea. Quedó inmóvil, como petrificado, mientras sus pensamientos giraban, veloces, considerando las probabilidades. Sí, podía tener éxito... ¡debía tener éxito! Se golpeó la palma con el puño cerrado, y en ese momento se dio cuenta de que la embarcación había girado mientras él meditaba y estaba ahora a punto de abalanzarse sobre el Redundant, en cuya batayola se alineaban rostros de ojos aterrorizados. Mediante una hábil maniobra Harpplayer dio al animal (o esclavo) la orden de detenerse, de modo que cuando ambas embarcaciones se rozaron solo sufrieron una ligera sacudida.

- Señor Shrub - llamó.

- ¿Señor?

- Quiero un martillo, seis clavos, seis barriles de pólvora, cada uno de ellos provisto de una mecha de dos minutos y una lazo de cuerda y una linterna sorda.

- Pero señor... ¿para qué? - Por una vez el apabullado Shrub se olvidó lo bastante de sí mismo como para cuestionar a su capitán.

Pero el plan había enardecido tanto a Harpplayer que no tomó a mal esta súbita familiaridad de su subalterno. En verdad, hasta esbozó una sonrisa, que la penumbra le ayudó a disimular.

El condestable y sus asistentes pronto concluyeron los preparativos, y los barriles que fueron bajados por una eslinga llenaron por completo la pequeña cabina, a tal punto que a Harpplayer apenas si le quedó sitio para sentarse. Lo que no quedó fue lugar para el martillo, y tuvo que sujetarlo entre los dientes.

- Zeor Zrub - farfulló a través del, martillo, presa de una depresión súbita al comprender que dentro de pocos minutos estaría enfrentando con sus frágiles huesos las hordas del usurpador que blandía el látigo sobre todo un continente de esclavos oprimidos. Retrocedía ante su propia temeridad de enfrentar así al Tirano de Europa, y lo amilanaba además el asco que le producía su propia fragilidad. Los hombres jamás sabrían que había abrigado tales pensamientos, que era el más pusilánime de todos ellos.

- Zeor Zrub - volvió a gritar, y la voz no delató sus sentimientos - Si no regreso al amanecer, queda usted al mando de este buques y redactará un informe completo. Adiós. En triplicado, no lo olvide.

- Oh, señor... - empezó a decir Shrub, pero sus palabras dejaron de oírse cuando la tapa de vidrio se cerró de golpe y la diminuta embarcación se lanzó a sol, contra el poderío de todo un continente.

Más tarde Harpplayer se reiría de aquella primera flaqueza. A decir verdad, la escapada fue tan simple como un paseo por Fleet Street en una mañana de domingo.

La extraña barquichuela se hundió bajo la superficie y se deslizó hasta mas allá de las fortificaciones de Cabo Pietfieux, que los marineros ingleses llamaban Cabo Pit fix, hasta las

custodiadas aguas de Cienfique. Ningún centinela reparó en la ligera ondulación de las aguas de la bahía, y ningún ojo humano divisó la forma vaga que afloró junto al alto muro de madera que era el caso del buque francés de la línea. Dos fuertes martillazos aseguraron el primer barril de pólvora y una llamarada fugaz partió de la linterna sorda en el momento en que la mecha se encendía. Antes que los perplejos centinelas de la cubierta de arriba tuviesen tiempo de acercarse a la batayola, ya el misterioso visitante había desaparecido, y ni siquiera alcanzaron a ver la crepitante mecha delatora que, oculta tras el barril de la muerte, se consumía lentamente. Cinco veces consecutivas repitió Harpplayer esta operación simple pero mortífera, y entonces, en el momento en que hundía el último clavo, hubo en el muelle una ahogada explosión, y a sus espaldas seis buques, orgullo de la escuadra del Tirano, se elevaron en columnas de llamas hasta que sólo quedaron los cascos carbonizados, deslizándose hacia el fondo del océano.

Una vez pasadas las fortificaciones de la costa, el capitán Harpplayer abrió el tejado de vidrio y volvió la cabeza con satisfacción para contemplar las embarcaciones en llamas. Había cumplido con su deber, y aportado su grano de arena para la conclusión de aquella guerra que había devastado a todo un continente y que en el curso de unos pocos años aniquilaría tal vez a tantos de los mejores ciudadanos franceses que la estatura de la raza gala se vería reducida en un promedio de algo más de diez centímetros. Cuando se extinguió la última pira, sintió el escozor del remordimiento pues, aunque propiedad del Loco de París, habían sido espléndidos navíos, y viró la proa de la nave en dirección al Redundant.

Amanecía ya cuando llegó su barco, vencido por el cansancio. Se asió a la escala que habían dejado para él y trepó penosamente hasta la cubierta. Zumbaron los tambores y los grumetes lo aclamaron: trinaron las gaitas de los contramaestres.

- Magnífico, señor, oh, magnífico - exclamó Shrub, mientras se precipitaba a tenderle la mano-.

Desde aquí los vimos arder.

A espaldas de ellos, en el mar, se oyó un ruidoso burbujeo, como cuando el agua sale de la bañera al quitarse el tapón, y Harpplayer volvió la cabeza justo a tiempo para ver que la extraña embarcación se hundía en el mar y desaparecía de la vista.

- Maldito imbécil - se reprochó entre dientes -. Me olvidé de cerrar la escotilla. Ha de haberse llenado de agua y por eso se hundió.

Sus cavilaciones fueron repentinamente interrumpidas por un brusco alarido. Volvió la cabeza en el momento preciso en que el extraño peludo corría hasta la barandilla y miraba, horrorizado, cómo su embarcación desaparecía bajo las aguas. Entonces el hombre, visiblemente desesperado, lanzó un grito espeluznante y se arrancó de la cabeza grandes mechones de pelo, tarea relativamente fácil dado que lo tenía en abundancia. Y entonces, sin que nadie pudiese detenerlo, se encaramó sobre la barandilla y se lanzó de cabeza al mar. Se hundió como una piedra y, o bien no sabía o no quiso nadar; parecía extrañamente apegado a su navío, pues no volvió a subir a la superficie.

- Pobre desdichado - dijo Harpplayer con el tono compasivo de un hombre sensible, estar tan solo y tan lejos de su tierra. Quizá sea más feliz en la muerte.

- Sí, quizá - farfulló el estólido Shrub -, pero tenía condiciones para ser un excelente gaviero, señor. Podía encaramarse y corretear por las vergas, podía mantenerse fantásticamente bien en equilibrio, con esas uñas largas que tenía en los pies y que hundía directamente en la madera. Y tenía otro dedo en el talón que lo ayudaba a afirmarse.

- Le rogaría que no discuta las deformidades de los muertos. Lo haremos figurar en el informe como «hombre al agua». ¿Cómo se llamaba?

- No nos lo dijo, señor, pero lo anotamos en los registros como Green.

- Muy apropiado. Aunque extranjero de origen, se sentiría orgulloso de saber que murió llevando un buen nombre inglés.

Despidiendo secamente al fiel y estúpido Shrub, Harpplayer reanudó sus idas y venidas por el alcázar, abrumado por aquella secreta agonía que era solo suya y lo seguiría siendo hasta que los cañones del Ogro Corso fuesen clavados para siempre.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL ARBOL DE LA VIDA

 

 

Los chicos se habían dispersado por la playa, y algunos hasta se habían atrevido a meterse en el agua, donde las grandes olas verdes rompían sobre ellos. Brillando en un cielo muy azul, el sol quemaba la arena amarilla. Una ola se deshizo en espuma y subió silenciosamente por la orilla. Las palmas del Maestro se oyeron con claridad en el soleado silencio.

—Se ha terminado el recreo. Ponte la ropa, Grosbit-9, toda. La clase va a comenzar.

Se acercaron al Maestro, lo más despacio que pudieron. Los bañistas salieron secos del océano, y los otros no tenían ni un grano de arena adherido a la piel ni a la ropa. Rodearon al Maestro, dejando morir la charla, y él señaló dramáticamente una diminuta criatura que ondulaba por la arena.

—¡Uj, un gusano!—exclamó Mandi-2 con un delicioso estremecimiento, agitando sus rizos rojos.

—Un gusano, correcto. Un primer gusano, un gusano primitivo, un protogusano. Un gusano importante. Aunque no pertenece a la línea evolutiva que estamos estudiando, debemos detenernos a considerarlo. Un poco más de atención, Ched-3, se te cierran los ojos. Porque aquí, por primera vez, vemos segmentación, un paso tan importante en el desarrollo de la vida como lo fue el desarrollo de formas multicelulares. Ved, mirad con cuidado esa serie de anillos en el cuerpo de la criatura. Parece como si estuviera hecha de anillitos de tejido fundidos unos con otros, y así es.

Se inclinaron más, formando un círculo de cabezas bajas sobre el pardo gusano que se arrastraba por la arena. Se movió lentamente hacia Grosbit-9, que levantó el pie y pisó con fuerza la criatura. Los otros alumnos rieron furtivamente. El gusano se escurrió por el costado del zapato y continuó.

—Grosbit-9, tienes una actitud equivocada —dijo con seriedad el Maestro—. Se está gastando mucha energía para enviar a esta clase por el pasado, para que vean las maravillas de la evolución en acción. No podemos sentir, tocar ni oír el pasado ni cambiarlo, pero podemos movernos por él y verlo a nuestro alrededor. Así que contemplamos con admiración y respeto el poder que nos permite hacer esto, visitar nuestra Tierra como era hace millones de años, ver el océano de donde salió toda vida, mirar una de las primeras formas del árbol de la evolución, que se ramifica eternamente. ¿Y cuál es tu respuesta a esta experiencia imponente? ¡Pisoteas el anélido! Que vergüenza, Grosbit-9. Qué vergüenza.

Lejos de sentirse avergonzado, Grosbit-9 se mordisqueó un pellejo del pulgar y miró de reojo a su alrededor, con un principio de sonrisa burlona. El Maestro se preguntó, no por primera vez, cómo había entrado un 9 en su clase. Un padre con contactos importantes sin duda, amigos en puestos altos.

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—Quizá sea conveniente que recapitulemos, para aquellos que no están prestando toda su atención.—Miró con dureza a Grosbit-9 al decir esto, sin efecto aparente—. La evolución es la manera en que hemos llegado al alto estado actual. La evolución es el avance de la vida, desde las criaturas unicelulares hasta el hombre, multicelular y pensante. No sabemos qué vendrá después de nosotros; lo que hubo antes lo estamos viendo ahora. Ayer observamos el rayo que cayó en el caldo químico de los mares y vimos la formación de los compuestos más complejos que se transformaron en las primeras formas de vida. Vimos como esta vida unicelular triunfaba sobre el tiempo y la eternidad, al desarrollar por primera vez la capacidad de dividirse en dos células, y luego dar las formas compuestas, multicelulares. ¿Qué recordáis de ayer?

—¡La lava derretida se vertía en el océano!

—¡La tierra se levantó del mar!

—¡Cayó el rayo en el agua!

—¡Los bichos daban asco!

El Maestro asintió con la cabeza, sonriendo, e ignoró el último comentario. No tenía idea de por qué Mandi-2 estaba matriculada en este curso de ciencia, y no creía que fuera a quedarse mucho tiempo

—Muy bien. Entonces llegamos a los anélidos, como este gusano. Segmentados, con cada segmento casi independiente. Aquí aparecen ya los vasos sanguíneos que llevan alimento a todos los tejidos de la forma más eficiente. Aquí tenemos la primera hemoglobina que transporta oxígeno a todas las células. Aquí está el primer corazón, una bomba que impulsa la sangre por los tubos. Pero falta algo todavía. ¿Sabéis qué es?

No había respuestas en sus caras, tenían los ojos agrandados de excitación.

—Pensad. ¿Qué habría pasado si de veras Grosbit-9 hubiera pisado al gusano?

—Lo habría despanchurrado —contestó Agon-1, con el espíritu práctico de los ocho años. Mandi-2 se estremeció.

—Correcto. Habría muerto. Es blando, sin caparazón ni esqueleto. Lo que nos lleva a la rama siguiente del árbol de la evolución.

El Maestro apretó el botón activador de la unidad de control que llevaba en la cintura, y la computadora programada los llevó por el tiempo a su siguiente cita. Los envolvió algo gris y veloz, sin sensación de movimiento, que se desvaneció de pronto y fue reemplazado por una nebulosidad verde. A seis metros sobre sus cabezas, el sol rielaba sobre la superficie del océano, mientras a su alrededor pasaban rápidamente peces silenciosos. Un monstruo, todo placas y dientes brillantes, se lanzó sobre ellos, y Mandi-2 dio un gritito de sorpresa.

—Atended aquí, por favor. Los peces vendrán después. Primero debéis estudiar estos, los primeros equinodermos. Phil-4, señala un equinodermo y dinos qué significa la palabra.

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—Equinodermo—dijo el muchacho, buscando la clave en su memoria. Las técnicas que todos los niños aprendían en los primeros años de escuela le pusieron las palabras en los labios. Igual que los demás, tenía una memoria perfecta—. En griego quiere decir piel con púas. Ese debe ser uno, la estrella de mar grande y peluda.

—Correcto. Un paso evolutivo importante. Antes de estos, los animales no tenían protección, como nuestro anélido, o tenían exoesqueletos, como los caracoles, las langostas o los insectos. Eso es limitado y poco eficaz. Pero un esqueleto interno puede proporcionar un soporte flexible y es ligero. Se ha dado un paso importante en la evolución. ¡Casi hemos llegado, niños! Este esqueleto interno simple evolucionó hacia un notocordio más práctico, un solo hueso de la longitud del cuerpo que protege una fibra nerviosa principal. Y los cordados, las criaturas que poseen este notocordio, están a un solo paso evolutivo de este... ¡todo esto!

El Maestro abrió los brazos mientras el mar se llenaba de vida. Un cardumen de peces plateados, de un metro de largo, pasó entre los estudiantes y a través de ellos, mientras depredadores de dientes afilados, parecidos a tiburones, atacaban. El Maestro había calculado bien el tiempo de su explicación para terminar en ese preciso momento dramático. Algunos de los niños más pequeños se encogieron ante la explosión de vida y muerte, mientras Grosbit-9 amagaba un puñetazo a uno de los gigantes que pasaba a su lado.

—Hemos llegado —dijo el Maestro, vibrante, arrastrado por su propio entusiasmo—. Los cordados dan paso a los vertebrados, la vida tal corno la conocemos. Un esqueleto interno fuerte y flexible protege los órganos blandos y proporciona sostén. El cartílago de estos tiburones—el mismo tipo de tejido que endurece vuestras orejas—se transforma en hueso duro en estos peces. Por decirlo así, la Humanidad está a la vuelta de la esquina.—Notó un tirón de su toga—. ¿Qué pasa, Ched-3?

—Tengo que ir al...

—Bien; aprieta el botón de regreso en tu cinturón, y no te demores mucho.

Ched-3 apretó el botón y se desvaneció, llevado de vuelta a su aula con excelentes sanitarios funcionales. El Maestro hizo un gesto de fastidio, mientras la vida pululante giraba y se zambullía a su alrededor. Los niños se ponían difíciles a veces.

—¿Cómo supieron estos animales conseguir un notocordio y huesos? —preguntó Agon-1—. ¿Cómo encontraron el camino para terminar en los vertebrados y en nosotros ?

El Maestro estuvo a punto de darle una palmadita en la cabeza, pero en cambio sonrió.

—Buena pregunta, muy buena. Hay alguien que ha estado escuchando y pensando. La respuesta es que no lo sabían, no fue algo planeado. El árbol de la evolución no tiene metas. Sus cambios son aleatorios, mutaciones causadas por alteraciones del plasma germinal causadas por la radiación natural. Las variaciones que tienen éxito viven, las otras mueren. Las criaturas con notocordio se movían con mayor facilidad, tenían más éxito que otras. Vivieron para seguir evolucionando. Lo que nos lleva a una nueva palabra que quiero que recordéis. La palabra es "ecología", y estamos hablando

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de nichos ecológicos. La ecología es el mundo entero, todo lo que contiene, la forma en que todas las plantas y los animales viven juntos y se relacionan unos con otros. Un nicho ecológico es el lugar donde vive una criatura en este mundo, el lugar especial donde puede medrar, sobrevivir y reproducirse. Todas las criaturas que hallan un nicho ecológico donde pueden sobrevivir, tienen éxito.

—¿La supervivencia de los más aptos? —preguntó Agon-1.

—Has estado leyendo algún libro antiguo. Así se llamó en otro tiempo a la evolución, pero era un nombre incorrecto. Todos los organismos vivos son aptos, porque están vivos. No puede haber uno más apto que otro. ¿Podemos decir que nosotros, los hombres, somos más aptos que las ostras?

—Sí —dijo Phill-4 con seguridad absoluta, prestando atención a Ched-3, que había reaparecido, surgiendo aparentemente del flanco de un tiburón.

—¿De veras? Ven aquí, Ched—3, y trata de prestar atención. Nosotros vivimos y las ostras viven. Pero, ¿qué pasaría si el mundo quedara de pronto cubierto totalmente por las aguas?

—¿Cómo podría pasar eso?

—No importa cómo —saltó el Maestro, y respiró profundamente—. Digamos sólo que sucede. ¿Qué le pasaría a toda la gente?

—¡Se ahogarían todos! —dijo Mandi-2, con pena.

—Correcto. Nuestro nicho ecológico habría desaparecido. Las ostras medrarían y cubrirían el mundo. Si sobrevivimos, somos todos igualmente aptos a los ojos de la naturaleza. Ahora veamos cómo les va a nuestros animales con esqueleto en un nuevo nicho: la tierra firme.

Presión sobre un botón, un movimiento sin desplazamiento alguno, y se encontraron en la orilla fangosa de un pantano salobre. El Maestro señaló una aleta que cortaba las algas flotantes.

—La subclase de los crisopterigios, que significa aletas con flecos. Pececitos resistentes que han conseguido sobrevivir en esta agua estancada, adaptando sus vejigas natatorias para respirar aire directamente y obtener así el oxígeno. Muchos peces tienen estas vejigas, que les permiten mantenerse a cualquier profundidad, pero ahora les han dado un uso diferente. ¡Observad!

El agua se hizo más somera, hasta que sobresalió el lomo del pez, luego sus protuberantes ojos. Miró a su alrededor, como aterrorizado por este nuevo ambiente. Las sólidas aletas reforzadas por el hueso batieron el fango, empujándolo cada vez más lejos de su hogar, el mar. Luego se encontró fuera del agua, avanzando penosamente por el barro más seco. Una libélula planeó a baja altura, se posó, y fue engullida por la boca abierta del pez.

—Es la conquista de la tierra—dijo el Maestro, señalando el lomo del pez, que ya se perdía entre los juncos—. Primero las plantas, luego los insectos... ahora los animales. Dentro de pocos millones de años, aún más de 225 millones de años antes de nuestra época, tendremos esto...

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Otra vez por el tiempo, alejándose, a la señal de una palabra clave, a otro escenario cenagoso, un pantano con helechos altos como árboles y un sol cálido que quemaba a través de nubes bajas.

Y vida. Vida que ruge, pisotea, come, mata. Los investigadores del tiempo debieron buscar con diligencia este lugar, este instante en la historia del mundo. No hacían falta palabras de descripción o explicación.

La era de los reptiles. Los pequeños escapaban rápidamente de la carnicería que los amenazaba. Un escolosaurio, acorazado como un tanque en miniatura, se abría paso entre el juncal, dejando una huella en el lodo al arrastrar la cola erizada de púas. Un gran brontosaurio se alzaba contra el cielo, agitando su cabecita tonta, con su escaso cerebro, al extremo del largo cuello, girándose para ver qué lo molestaba al recibir algún mensaje de su indiferente sistema nervioso. Arqueó el lomo, una montaña de carne, cartílago y hueso, y allí estaba la forma demoníaca del tiranosaurio. Sus patitas delanteras rascaban débilmente la piel correosa del otro, mientras sus dientes, afilados como cuchillas, de varios metros de largo desgarraban la pared de carne. El brontosaurio, inseguro todavía acerca de lo que estaba ocurriendo, alzó un cuarto de tonelada de barro, agua y plantas y masticó, dubitativo. Arriba, moviendo sus alas coriáceas, el pteranodonte pasó con las largas mandíbulas abiertas.

—Uno está lastimando a otro —dijo Mandi-2—. ¿ No puede hacer que paren?

—Somos sólo observadores, niña. Lo que ves sucedió hace muchísimo y es inalterable.

—¡Matar! —murmuró Grosbit-9, prestando atención por primera vez.

Todos observaron, boquiabiertos ante la furia silenciosa.

—Son reptiles, los primeros animales que consiguieron conquistar la tierra. Antes de ellos fueron los anfibios, como nuestras ranas, atados todavía al agua, donde ponen los huevos y crecen las crías. Pero los reptiles ponen huevos que pueden incubar en la tierra. Se ha cortado la ligadura con el mar. La tierra ha sido conquistada al fin. No les falta más que una característica que les permita sobrevivir en todo el globo. Todos os habéis preparado para este viaje. ¿Puede alguien decirme qué falta?

Solo le respondió el silencio. El brontosaurio cayó, y le arrancaron grandes pedazos de carne. El pteranodonte se alejó, aleteando. Un chaparrón ocultó el sol.

—Me refiero a la temperatura. Estos reptiles obtienen buena parte del calor de sus cuerpos del sol. Deben vivir en un ambiente cálido, porque sus cuerpos se enfrían junto con el ambiente...

—¡Sangre caliente! —dijo Agon-1, excitado.

—Correcto. Alguien, por lo menos, ha estudiado como debía. Vemos que sacas la lengua, Ched-3. ¿Qué te parecería si no pudieras volver a meterla en la boca y te quedaras así? La temperatura corporal controlada, la última rama importante del árbol de la vida que se ramifica constantemente. La primera clase de los que podríamos llamar animales con calefacción central es la de los mamíferos. Los

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mamíferos. Si nos adentramos un poco más en esta selva veréis lo que quiero decir. No os retraséis, venid aquí. En este claro, todos. A este lado. Mirad aquellos matorrales. En cualquier momento...

Esperaron ansiosamente. Las hojas se agitaron y ellos se inclinaron hacia adelante. Asomó un hocico porcino, oliscó el aire y dos ojos suspicaces, ligeramente bizcos recorrieron el claro. Convencido de que no había peligro por él momento, el animal salió.

—¡Uh! ¡Qué feo es! —dijo Phill-4.

—La belleza la pone el ojo del observador, jovencito. Te pido que contengas la lengua. Este es un ejemplo perfecto de la subclase de los prototerios, las primeras bestias, el tritilodonte en persona. Durante muchos años se discutió si era un mamífero o un reptil. Tiene la piel suave y escamas lustrosas como un reptil, pero observad el pelo que crece entre las placas. Los reptiles no tienen pelo. Y pone huevos, como los reptiles. Pero esta hermosa criatura también amamanta a sus crías, como los mamíferos. Contemplad este puente entre la antigua clase de los reptiles y la naciente de los mamíferos.

—¡Oh, qué monada! —chilló Mandi-2 cuando cuatro réplicas diminutas y rosadas de la madre salieron de los arbustos, tambaleándose.

El tritilodonte se echó de lado y los pequeños empezaron a mamar.

—Esa es otra cosa que los mamíferos introdujeron en el mundo—dijo el Maestro, mientras los alumnos miraban fascinados—. El amor materno. Las crías de los reptiles, aunque nazcan vivas o se incuben de huevos, tienen que arreglárselas solas. Pero los mamíferos de sangre caliente necesitan calor, protección y alimento durante su desarrollo. Necesitan cuidados maternales y, como veis los reciben.

Algún sonido debió de inquietar al tritilodonte, pues se volvió, miró en redondo, y luego se levantó para meterse entre los arbustos, seguido por sus tambaleantes crías. En cuanto el claro quedó vacío, se acercó un voluminoso tricerátopo, con los grandes cuernos y la cresta ósea en alto. Diez metros de mole carnosa, arrastrando la cola.

—Los grandes lagartos perduran aún, pero se acercan a su destrucción final. Los mamíferos sobrevivirán, se multiplicarán y llenarán la Tierra. Más adelante discutiremos los diversos caminos recorridos por los mamíferos, pero hoy vamos a saltar millones de años hasta el orden de los primates, que puede que os resulte familiar.

Una jungla más alta profunda y enmarañada reemplazó a la anterior— un laberinto lleno de frutas, flores y vida. Cruzaban el aire pájaros multicolores, había nubes de insectos, y por entre las ramas se movían formas pardas.

—Monos—dijo Grosbit-9, y buscó algo que arrojarles.

—Primates. Un grupo relativamente primitivo que ocupó los árboles, cerca de cincuenta millones de años antes de nuestro tiempo. ¿Veis como se están adaptando a la vida arbórea? Tienen que ver con claridad al frente y juzgar correctamente las distancias, por eso tienen los ojos en la parte frontal de la cabeza y han desarrollado visión binocular. Para aferrarse a las ramas, las uñas se han acortado y aplanado, y el

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pulgar oponible les asegura un más firme asimiento. Estos primates continuaran su desarrollo hasta el día importante y maravilloso en que desciendan de los árboles y se aventuren a salir del abrigo de la selva protectora.

—África—dijo el maestro cuando la máquina del tiempo les transportó nuevamente a través de los siglos—. Podría ser hoy, tan poco han cambiado las cosas en el tiempo relativamente escaso que ha transcurrido desde que estos primates superiores avanzaron.

—No veo nada—dijo Ched-3, mirando la hierba de la estepa, agostada por el sol, y la jungla verde más allá.

—Paciencia. Comienza la escena. Observad la manada de antílopes que viene hacia nosotros. El paisaje ha cambiado, es más seco los mares de hierba hacen retroceder a la jungla. Aún hay comida en la jungla, frutos y nueces al alcance de la mano, pero la competencia se está haciendo feroz. Muchos primates diferentes ocupan ahora ese nicho ecológico, y son demasiados. ¿Hay otro nicho desocupado? ¡No aquí en la estepa! Aquí están los herbívoros de pie veloz, mirad como corren; su supervivencia depende de su rapidez. Porque tienen enemigos, los carnívoros que se alimentan de su carne.

Se levantó una polvareda, y los antílopes saltaron hacia ellos. Ojos grandes, fuertes pezuñas, reflejos de sol en sus cuernos Desaparecieron. Detrás venían los leones. Habían separado un gamo de la manada, las leonas lo rodearon e hirieron. Luego una zarpa lo derribó, y cayó muerto al instante, con la garganta mordida y la sangre roja y caliente empapando el polvo. Los leones comieron. Los niños miraban, enmudecidos. y Mandi-2 moqueó y se frotó la nariz.

—Los leones comen un poco, pero ya están hartos de la presa anterior. El sol está casi en el cenit, y tienen calor y sueño. Encontrarán una sombra y se dormirán, y el cadáver quedará para los carroñeros.

Mientras el Maestro hablaba, el primer buitre estaba cayendo del cielo, plegando sus alas polvorientas y anadeando hacia la presa. Descendieron otros dos, que tironearon de la carne, riñendo y chillando mudamente.

Entonces salieron del borde de la jungla primero un simio, luego dos más. Parpadearon ante la luz del sol miraron temerosamente a su alrededor, y corrieron hacia el gamo muerto, ayudándose en su carrera con los nudillos de sus manos en el suelo. Los buitres empapados en sangre los miraron con aprensión, y levantaron el vuelo cuando uno de los simios les lanzó una piedra. Era su turno ahora. Ellos también arrancaron trozos de carne.

—Mirad y admirad, niños. El simio sin rabo sale de la selva. He aquí vuestros remotos antepasados.

—¡Míos no!

—Son horribles.

—Creo que voy a vomitar.

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—¡Niños, basta! ¡Pensad! Con el cerebro, no con las vísceras por una vez. Estos hombres-simios o simios-hombres han ocupado un nuevo nicho cultural. Ya se están adaptando a él. Son casi sin pelo, por lo que pueden sudar y eliminar así calor cuando otros animales deben buscar refugio. Usan herramientas. Arrojan piedras para espantar a los buitres. Y mirad, aquél... tiene una piedra afilada que está empleando para cortar la carne. Van erguidos, con lo que les quedan las manos libres para la alimentación y la supervivencia. Está emergiendo el hombre y vosotros tenéis el privilegio de contemplar sus primeros pasos trémulos fuera de la jungla. Fijad esta escena en vuestra memoria, es gloriosa. Y la recordarás mejor, Mandi-2, si miras con los ojos abiertos.

Las clases de más edad solían mostrar mayor entusiasmo. Sólo Agon-1 parecía mirar con cierto interés. Bien, decían que un buen alumno hacía que una clase valiera la pena, que le hacía sentir a uno que había logrado algo.

—Aquí termina la lección de hoy, pero os diré algo sobre la clase de mañana.

Africa desapareció, y surgió una tierra del norte, fría y barrida por la lluvia. Al fondo se alzaban montañas, y una fina columna de humo subía de una casa baja, medio enterrada.

—Veremos cómo salió el hombre de su ambiente de primate, se hizo seguro y fuerte. Cómo estas gentes primitivas pasaron del grupo familiar a la sencilla comunidad neolítica. Cómo usaron herramientas y domaron la naturaleza. Averiguaremos quién vive en esa casa y qué hace. Es una lección que sé que esperáis con impaciencia.

Parecía haber muy pocas pruebas que respaldaran su afirmación; el Maestro apretó el botón, y la clase terminó. Apareció el aula familiar; la campana tañía su dulce música. Gritando, sin mirar atrás, los niños salieron a la carrera y el Maestro, súbitamente cansado, desprendió los controles de su cintura y los guardó

En la puerta de la calle vio a una joven matrona, muy atractiva y sonrosada, con una miniatura de minifalda y el pelo rojo como una llama. La madre de Mandi-2, se dijo; debería haberse dado cuenta por el pelo; la vio coger la manita aún más pequeña y sonrosada en la suya. Salieron delante de él.

—¿Y qué aprendiste hoy en la escuela, querida?—preguntó la madre.

Aunque no le parecía bien escuchar las conversaciones ajenas, el Maestro no pudo dejar de oír la pregunta. Sí, ¿qué había aprendido? Sería bueno saberlo.

Mandi-2 bajó los escalones a saltos, brincando de felicidad por estar nuevamente libre.

—Oh, no mucho —dijo, y volvieron la esquina.

Sin saberlo, el Maestro soltó un profundo suspiro de cansancio; giró en dirección contraria, y se fue a su casa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

SUCEDIÓ EN EL SUBTERRÁNEO

 

 

 —¡Gracias a Dios que terminamos!

La voz de Adriann Dubois rebotó ásperamente en las paredes enladrilladas del subterráneo, puntuada por el repiqueteo de sus altos tacones. Hubo un ruidoso temblor al pasar por la estación un tren expreso, y una ola de aire viciado se deslizó sobre ellos.

—Es más de la una —dijo Chester, bostezando ampliamente y tapándose la boca con el dorso de la mano—. Lo más seguro es que tengamos que estar una hora esperando el próximo tren.

—No seas tan negativo, Chester —dijo ella, y su voz cobró el mismo timbre metálico de su taconeo—. Hemos terminado las copias para la nueva contabilidad, probablemente nos den una bonificación y mañana podemos tomarnos casi todo el día libre. Mira las cosas de esta manera, más positivamente y te aseguro que te sentirás mucho mejor.

En aquel momento, y antes que Chester pudiera pensar en una respuesta adecuada, lo que por otra parte no le resultaba fácil a la una de la madrugada, llegaron a la barrera de entrada. Puso una ficha en la ranura y Adriann entró rápidamente. Al revolver de nuevo en sus bolsillos, comprobó que aquélla había sido su última ficha, y tuvo que retroceder hasta la ventanilla de cambio, murmurando palabrotas.

—¿Cuántos? —gruñó una voz en la oscuridad de la celda enrejada.

—Tres, por favor —puso dos monedas en la ventanilla. No era que le importase pagarle el billete, después de todo se trataba de una mujer; pero no hubiera estado de más que ella diese las gracias o hiciera un simple movimiento de cabeza en señal que ella advertía el hecho que no se entra en las estaciones por arte de magia. Después de todo, ambos trabajaban en la misma casa de locos y ganaban el mismo dinero, y de ahora en adelante ella iba a ganar más. Se le había olvidado por un momento aquel pequeño detalle. La ranura engulló su ficha y pudo pasar.

—Yo subo en el último vagón —dijo Adriann, intentando ver algo por el túnel vacío y oscuro—. Vayamos hasta el final del andén.

—Yo voy en uno de los del centro —dijo Chester, pero tuvo que ir tras ella. Adriann nunca oía lo que no quería oír.

—Hay algo que puedo decirte ahora, Chester —empezó ella, con aquel modo suyo de hablar de hombre a hombre—. No he podido hacerlo antes, puesto que ambos hacíamos el mismo trabajo y, en cierto sentido, competíamos. Pero, puesto que la coronaria de Blaisdell le impedirá trabajar durante unas semanas, yo voy a ascender a jefe de copia, con un poco más de dinero...

—Alguna cotorra me lo dijo. Feli...

—... Así que estoy en condiciones de darte un buen consejo. Debes tener más energía, Chester. Aférrate a las oportunidades cuando éstas se te presenten.

—Por amor de Dios Adriann. Pareces un mal anuncio de radio para coches con problemas de carburación.

—Y esas cosas, también. Chistes. La gente empieza a pensar que no tomas tu trabajo en serio, y eso acarrea una muerte segura en el mundo de la publicidad.

—Por supuesto que no me tomo el trabajo en serio. ¿Qué persona en su sano juicio lo haría? —oyó un ruido y miró, pero el túnel permanecía vacío; un camión allá arriba en la calle, quizá—. ¿Vas a decirme que de verdad te preocupas por escribir esa prosa interminable sobre «los sobacos de la señora olerán bien usando el adecuado Olor-Desaparece»?

—No seas vulgar, Chester. Sabes que puedes ser agradable si te lo propones —dijo ella, aprovechándose de este argumento femenino para ignorar los razonamientos de él y al mismo tiempo introducir una nota de emoción en una charla previamente lógica.

—Tienes mucha razón, puedo ser agradable —dijo él roncamente, sintiéndose por su parte inclinado a la emoción. Con la boca cerrada Adriann resultaba bastante atractiva, en un estilo ya maduro. El vestido de punto hacía maravillas por su parte posterior, y el artificio del sujetador tenía algo que ver con el sorprendente atractivo de su busto, pero apostaba que más en revestir que en rellenar.

Se aproximó un poco más a ella y deslizó una mano alrededor de su cintura, dándole unas palmaditas en la cadera.

—Y puedo recordar un tiempo en el que a ti no te importaba ser agradable también.

—Hace mucho que eso se terminó, muchacho —dijo ella con voz de maestra de escuela, apartándose con expresión de repugnancia.

A Chester se le cayó el periódico de debajo del brazo; se agachó, murmurando, a recogerlo.

Ella guardó silencio un momento, ajustándose la falda y alisándola como si se librase así de la contaminación de aquel contacto. No había ruido alguno allá arriba en la calle, y la sombría estación permanecía tan silenciosa como una cripta funeraria. Estaban solos, con la extraña soledad que experimentan las personas en una gran ciudad, siempre próximas unas a otras y al mismo tiempo tan lejanas. Cansado, súbitamente deprimido, Chester encendió un cigarrillo e inspiró una larga bocanada de humo.

—No está permitido fumar en el subterráneo —dijo Adriann, con distante frialdad.

—No está permitido fumar, ni darte un apretón, ni hacer chistes en la oficina, ni mirar con justificado desprecio a nuestros clientes.

—No, no lo está —respondió ella, levantando hacia él su índice delicado, con la uña pintada de rojo—. Y, puesto que tú lo mencionas, te diré algo más. Otros en la oficina se han dado cuenta también. Lo sé. Llevas en la empresa más tiempo que yo, y pensaron en ti para el puesto de jefe de copia..., y te rechazaron. Y me han dicho confidencialmente que están pensando en que te vayas. ¿Significa esto algo para ti?

—Sí, sí que significa. Significa que he estado amamantando a una víbora. Creo recordar que fui yo quien te consiguió este empleo, y que tuve incluso que convencer a Blaisdell de tu capacidad para hacer el trabajo. Fuiste agradecida conmigo, entonces... ¿Recuerdas aquellas escenas apasionadas en el vestíbulo de tu residencia?

—¡No seas asqueroso!

—Ahora la pasión ha muerto; también cualquier posibilidad de ascenso, y parece que mi trabajo se va a pique también. Con la querida Adriann de amiga, ¿quién necesita un enemigo...?

—¿SABEN?, HAY COSAS QUE VIVEN EN EL SUBTERRÁNEO...

La voz era ronca y temblorosa, sonó de pronto a sus espaldas, en la plataforma que supusieran vacía, sobresaltándoles. Adriann murmuró algo y se volvió rápidamente. Había una zona de total oscuridad junto al cubo de los papeles, y ninguno de los dos había advertido al hombre que estaba sentado junto a la pared. Éste hizo un esfuerzo y se puso en pie.

—¿Cómo se atreve? —dijo Adriann, casi a gritos, furiosa y sobresaltada—. ¡Ahí escondido, interrumpiendo una conversación privada! ¿No hay policía en esta estación?

—Hay cosas, sabe —dijo el hombre, ignorándola y haciendo una mueca a Chester. Su cabeza se inclinó como señalando a alguna parte.

Era un vagabundo, uno de los componentes de aquella horda de desgraciados que había invadido Nueva York cuando el Bowery fue destruido y la luz penetró en aquella calle atestada de desechos humanos. Fotófobos, se fueron tambaleando, en busca de la oscuridad. Para muchos de ellos, las sombrías cavernas de los subterráneos representaron un refugio. Había coches con calefacción para el invierno, lavabos, esquinas silenciosas donde derrumbarse. El que se había dirigido a la pareja llevaba el uniforme de los de su condición: pantalones sucios y sin botones chaqueta arrugada, atada con una cuerda por cuyo cuello asomaban diversas prendas interiores, zapatos cuarteados con las suelas desclavadas, piel oscura y tan arrugada como la de una momia, con una línea de suciedad en cada grieta. Su boca era un negro orificio, con los escasos dientes sobrevivientes plantados como sucias piedras sepulcrales a la memoria de sus hermanos desaparecidos. Examinándolo detalladamente, el hombre tenía un aspecto repugnante; pero era algo tan común en la ciudad como las papeleras o los túneles.

—¿Qué clase de cosas? —preguntó Chester, mientras rebuscaba en los bolsillos una moneda con la cual comprar su libertad. Adriann les dio la espalda.

—Cosas que viven en la tierra —dijo el vagabundo, y sonrió tontamente, llevándose un dedo a los labios—. Los que lo saben no hablan nunca sobre ello. No quieren atemorizar a los turistas, ¡oh no...! Escamas, garras, aquí, en la oscuridad del subterráneo.

—¡Dale dinero..., deshazte de él..., esto es horrible! —dijo Adriann, agudamente.

Chester dejó caer unos peniques en la mano extendida, cuidándose de no tocar aquella piel mugrienta.

—¿Qué hacen esas cosas? —preguntó, no porque le importase realmente, sino para enojar a Adriann. Lo empujaba a hacerlo aquel sadismo suyo, viejo ya.

El vagabundo frotó las monedas una contra otra.

—Viven aquí escondidas, al acecho. Eso es lo que hacen. Es conveniente darles algo cuando uno se encuentra como usted ahora, solo a altas horas de la noche y cerca del final del andén. Peniques, por ejemplo; póngalos aquí, en el borde donde puedan alcanzarlos. Las monedas de diez centavos también sirven, pero no las de cinco, como estas que me ha dado.

—Te estás tragando una buena tontería —dijo Adriann, furiosa ahora que el primer sobresalto había pasado—. Vamos, despégate de ese vago.

—¿Y por qué sólo peniques y monedas de diez centavos? —preguntó Chester, interesado, a pesar de todo. Estaba muy oscuro, al borde del andén. Cualquier cosa podía estar oculta allí.

—Los peniques, porque les gustan los cacahuetes, y con ellos los pueden sacar de las máquinas cuando no hay nadie. Las monedas son para las máquinas de cola; la beben a veces en lugar de agua. Los he visto...

—Voy a buscar a un guardia —resopló Adriann, y taconeó decidida. Pero se detuvo a los pocos metros. Ambos hombres la ignoraron.

—Vamos —dijo Chester al vagabundo, que se pasaba una mano temblorosa por el sucio cabello—, no irá a pensar que me lo creo. Si esas cosas comen tan sólo cacahuetes no hay razón para tenerles miedo.

—Yo no dije que eso era todo lo que comían. —La mano mugrienta se aferró a la manga de Chester antes que éste pudiera evitarlo y tuvo que apartar la cabeza de aquel aliento repugnante cuando el mendigo se inclinó para susurrar—: Lo que en realidad les gusta comer es GENTE, pero no se meterán con usted siempre que les deje algo. ¿Le gustaría ver uno?

—¡Después de esta introducción es lo menos que puedo hacer!

El vagabundo fue tambaleándose hasta el cubo de los papeles, ancho como un tronco, gris verdoso y con dos compuertas semiesféricas en la parte superior.

—Tiene que ser una ojeada rápida, porque no les gusta que los miren —dijo el hombre, y empujó una de las dos compuertas.

Chester retrocedió, atónito. Había sido una visión brevísima... ¿Había, en realidad, visto dos rojas manchas brillantes, separadas un palmo una de otra, semejantes a ojos monstruosos? ¿Era posible que...? No. Todo aquello era demasiado ridículo. Se oyó el distante retumbar de un tren.

—Magnífico, compañero —dijo, y arrojó unos peniques cerca del borde del andén—. Esto les proporcionará cacahuetes por un tiempo. —Se reunió rápidamente con Adriann—. La historia mejoró después que te fuiste, ese pillo asegura que una de las cosas está escondida en el cubo de los papeles. Así que les dejé un regalito..., por si acaso.

—No sé cómo puedes ser tan estúpido.

—Estás cansada, querida. Empiezas a enseñar las uñas. Y también te muestras monótona.

El tren se oía ya más cerca, y empujaba ante sí una nube de aire enrarecido, casi como el olor de un animal... Nunca se le había ocurrido pensarlo.

—Eres estúpido y supersticioso. —Adriann tuvo que alzar la voz sobre el rumor creciente del tren—. Eres la típica persona que toca madera, que nunca pisa las rayas de la calle y que se preocupa cuando se cruza un gato negro.

—Por supuesto. Nada de esto perjudica. Ya hay suficiente mala suerte alrededor de uno para no tener que ir buscando más. Es probable que no haya ninguna COSA en esa papelera..., pero no voy a meter la mano para comprobarlo.

—¡Completamente ridículo!

Era tarde. Chester estaba cansado y con los nervios un poco descompuestos. El tren se detuvo a su espalda con un estremecimiento. Corrió hacia el final del andén rebuscando en el bolsillo y sacando todo el cambio que le quedaba.

—Escucha —gritó, abriendo unos centímetros la compuerta de la gran papelera y arrojando dentro las monedas—. Dinero. Muchos centavos y peniques. Mucha cola y cacahuetes. Pero atrapa y cómete a la primera persona que se acerque.

Detrás de él, Adriann reía. Las puertas del tren susurraron al abrirse y el vagabundo se deslizó dentro.

—Éste es tu tren —dijo Adriann, riendo todavía—. Tómalo antes que las COSAS te atrapen. Yo espero el de circunvalación.

—Toma —dijo él, enojado aún, tendiéndole el periódico—. Eres tan simpática y tan poco supersticiosa. Veamos cómo lo tiras al cubo. —Y saltó dentro del tren, un segundo antes que las puertas se cerrasen.

—Por supuesto, cariño —gritó ella, con la cara roja por la risa—. Y se lo contaré a todos mañana en la oficina. —Las puertas se cerraron cortando el resto de sus palabras.

El tren retembló un poco y empezó a moverse. A través del sucio cristal vio cómo se dirigía al cubo de los papeles. Una columna le impidió ver, y el tren empezó a tomar velocidad.

La vio de nuevo, y ella continuaba con la mano sobre la tapa... ¿O era que había metido el brazo hasta el codo? Era difícil decirlo, con aquel cristal tan sucio. Otra columna. El tren empezaba a ir muy de prisa. Otra ojeada, y con aquel cristal sucio y la poca luz no podía estar seguro, pero parecía que ella se había inclinado y metía la cabeza en el cubo.

Aquella ventana no servía. Corrió a la ventanilla frontal, que tenía el cristal algo más limpio. El tren casi había salido de la estación, balanceándose al tomar velocidad, y él tuvo una última visión, antes que la hilera de columnas se convirtiese en una bruma espesa que impedía por completo la visión.

No podía estar metida hasta la cintura en el cubo. La abertura no era lo suficiente grande como para que una persona cupiese allí. Pero, ¿cómo explicar entonces que todo lo que él había visto era su falda y sus piernas moviéndose frenéticamente en el aire?

Desde luego había sido tan sólo una visión borrosa, y debió confundirse. Se volvió hacia el vagón vacío. No, vacío no. El vagabundo cabeceaba en un asiento, dormido ya.

Aquel andrajoso, sin embargo, levantó la cabeza y le sonrió con una mueca de complicidad, cerrando los ojos de nuevo. Chester fue hasta el otro extremo del vagón y se sentó. Bostezó y se encogió en un rincón.

Podía cabecear una siesta hasta llegar a su estación; siempre se despertaba a tiempo.

Sería estupendo que el puesto de jefe de copia estuviera aún vacante. Tendría dinero extra...

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA BATALLA FINAL

 

Por la noche, después de recoger los restos de la cena, no había nada que nos gustase más a los niños que sentarnos alrededor del fuego mientras Padre nos contaba una historia.

 

Dirás que suena ridículo, o anticuado, con todos los medios de entretenimiento modernos que existen, pero ¿te olvidas de ello si yo sonrío indulgentemente? Tengo dieciocho años y, de muchas variadas formas, he dejado algunas niñadas detrás mío. Pero Padre es un orador y su voz despide un mágico aliento que aún me engancha, y, para ser sincero, eso me fascina. Incluso si pensamos que ganamos la Guerra, perdimos bastante en el proceso, y allá afuera hay un mundo cruel e ingrato. Seguiré siendo joven todo lo más que pueda.

 

- Cuéntanos acerca de la batalla final - era lo que por lo general decían los niños, y ésta es la historia que él, por lo general, contaba. Es una historia terrible, incluso sabiendo que ya todo ha acabado, pero no hay nada como un buen escalofrío recorriendo arriba y abajo tu espina dorsal antes de irte a dormir.

 

Padre tomó una cerveza, la sorbió pausadamente, y luego sacudió los restos de espuma del bigote con un dedo. Era la señal de que iba a comenzar.

 

- La guerra es el infierno, no lo olvidéis - dijo, y los dos más pequeños rieron entre dientes porque les podían lavar la boca con jabón si ellos decían la palabra.

 

- La guerra es el infierno, siempre ha sido así, y el único motivo por el cual os cuento esta historia es porque nunca os lo haré olvidar. Luchamos la batalla final de la última guerra, y gran cantidad de hombres buenos murieron para alcanzar la victoria, y es por eso que siempre os lo recordaré. Si ellos tuvieron alguna razón para morir, era para que vosotros pudierais vivir. Y nunca, jamás, tener que luchar en una guerra otra vez.

 

- En primer lugar, abandonad la idea de que hay algo noble o maravilloso en una batalla.

 No lo hay. Es un mito que ha estado agonizando por mucho tiempo y probablemente se trate de datos procedentes de la prehistoria, cuando la guerra era un sencillo combate mano a mano, ejecutado a la entrada de una caverna mientras un hombre defendía su hogar de un extraño. Esos días han pasado hace mucho, y lo que era bueno para el individuo puede significar la muerte para la comunidad civilizada. Supuso la muerte para ellos, ¿no es así?

 

Los ojos serios y enormes de Padre se lanzaron a través de todo el círculo de rostros expectantes, pero ni uno de ellos se enfrentó a su mirada. Por alguna razón, nosotros nos sentíamos culpables, pese a que muchos ni siquiera habíamos nacido cuando la guerra.

 

- Ganamos la guerra, pero en verdad no es una victoria si no aprendemos una lección de ello. El otro bando pudo descubrir primero el Arma Definitiva, y si ellos la hubiesen tenido nosotros seríamos los que habríamos muerto y desaparecido, y eso no debéis olvidarlo nunca. Sólo un azar histórico preservó nuestra cultura y destruyó la de ellos. Si este accidente del destino puede poseer algún significado para nosotros, debe ser que aprendimos un poco de humildad. No somos dioses ni somos perfectos... y debemos abandonar el combate como medio de dirimir las diferencias humanas. Yo estuve allí y ayudé a matarlos y sé de lo que hablo.

 

Después de esto viene el momento que estamos esperando y todos contenemos el aliento, expectantes.

 

- Aquí está - dice Padre, poniéndose en pie y extendiéndose a lo largo de toda la  pared -. Esta es, el arma que hace llover la muerte a distancia, el Arma Definitiva.

 

Padre blande el arco sobre su cabeza, suscitando una dramática figura a la luz del fuego, su sombra alargándose por la cueva y sobre la pared. Incluso el niño más pequeño deja de rascarse las pulgas bajo las pieles que nos cubren y espera, embobado.

 

- El hombre con la cachiporra, el cuchillo de piedra o la lanza nada puede contra el arco. Ganamos nuestra guerra y debemos usar esta arma sólo para la paz, matar el alce y el mamut. Ese es nuestro futuro. Sonríe mientras cuelga cuidadosamente el arco de regreso a su soporte.

 

- El desempeño de una guerra es demasiado terrible ahora. La era de la paz perpetua ha comenzado.

 

FIN

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