© Libro N° 4030. La Bestia Que Gritaba Amor En El
Corazón Del Universo Y Otros Cuentos.
Ellison, Harlan. Antología Molina Miranda, Guillermo. Colección E.O. Julio 29 de
2017.
Título
original: © La Bestia Que Gritaba
Amor En El Corazón Del Universo Y Otros Cuentos. Harlan Ellison. Antología GMM
Versión Original: © La Bestia Que Gritaba Amor
En El Corazón Del Universo Y Otros Cuentos. Harlan Ellison. Antología GMM
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© Edición, reedición y
Colección Biblioteca Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LA BESTIA QUE GRITABA
AMOR EN EL CORAZÓN DEL UNIVERSO Y OTROS CUENTOS
Harlan Ellison
ANTOLOGÍA
Molina
Miranda Guillermo
CONTENIDO
HARLAN JAY ELLISON
EL HÉROE ES ÚNICO
ARDE EL CIELO
EN EL CIRCO DE LOS RATONES
LA BESTIA QUE GRITABA AMOR
EN EL CORAZÓN DEL UNIVERSO
HARLAN JAY ELLISON
(27 de mayo de 1934 - ),
nacido en Cleveland (Ohio, EE. UU.), es un prolífico y destacado escritor
denovelas e historias cortas especializado en literatura fantástica, de terror
y, sobre todo, de ciencia ficción.
Sus trabajos publicados
incluyen más de 1.700 cuentos, novelas, guiones, y ensayos sobre la literatura,
el cine, la televisión y los medios impresos. Fue editor y antólogo, destacando
en esta área la recopilación de la antología Visiones peligrosas, paradigmática
del movimiento conocido como New Wave . Ellison ha ganado numerosos premios,
entre ellos varios Hugos,Nebula y Edgar.
BIOGRAFÍA
En 1956 comenzó a enviar
historias de ciencia ficción a diversas revistas (más de cien relatos cortos y
artículos) hasta que al año siguiente lo llamaron para servir dos años en el
ejército de los EE. UU. (desde 1957 hasta 1959). Posteriormente, en 1962, se
mudó a California y comenzó a tener contacto con el mundo de la televisión,
para la que ha escrito numeroso material para series de ciencia ficción como
The Outer Limits, The twilight zone, Star Trek (la serie original) o Babylon 5.
A lo largo de cuarenta años
de carrera ha ganado multitud de premios por la gran cantidad de libros que ha
escrito o editado, así como por sus historias, ensayos artículos y columnas
periodísticas, series de televisión. Entre dichos premios cabe destacar los
premios Hugo (el mayor que se concede en literatura de ciencia-ficción),
Nébula, Bram Stoker, el premio de la Horror Writers Association, varios Edgar
Allan Poe y varios Audie.
Sus cuentos más famosos son
La bestia que gritaba amor en el corazón del universo ( The beast that shouted
love at the heart of the world), No tengo boca y debo gritar (I have no mouth
and I must scream) y ¡Arrepiéntete, Arlequín!, dijo el señor Tic-tac (Repent,
Harlequin! Said the Ticktockman).
Su obra ha sido adaptada a
otros medios, incluyendo un videojuego basado en I have no mouth... en el que
su voz aparecía como representación del ordenador.
Cabe destacar que no resulta
sencillo realizar una biografía rigurosamente cierta sobre el autor, pues
existen multitud de versiones distintas de su vida, totalmente disparatadas
algunas, pero muy creíbles otras. Es difícil distinguir los hechos reales de
los que no lo son, pues al autor le gusta bromear (en su página web podemos
incluso ver una recopilación de biografías ficticias muy imaginativas).
EL HÉROE ES ÚNICO
Cort estaba acostado con los
ojos cerrados, fingiendo que dormía, desde hacía exactamente una hora después
de que ella empezara a roncar. De vez en
cuando permitía que sus ojos se abrieran formando pequeñas rendijas para
seguir el paso del tiempo en la esfera luminosa del reloj que había dejado en
la mesilla. A las cinco en punto de la mañana salió de la cama del motel, que
parecía una piscina olímpica, recogió la ropa del enmarañado montón que había
en el suelo y se vistió con rapidez en el cuarto de baño. No encendió la luz.
Como no recordaba el nombre
de ella, no dejó una nota.
Como no deseaba degradar a
la chica, no dejó un billete de veinte dólares en la mesilla.
Como no podía irse con la
celeridad que deseaba, sacó el coche del aparcamiento empujándolo y dejó que
cobrara impulso por el silencioso solar hasta llegar a la calle. A través de la
abierta ventanilla giró el volante, cogió la puerta antes de que el vehículo
rodara hacia atrás, se metió y sólo entonces puso en marcha el motor.
La Ruta 1 entre Big Sur y
Monterrey estaba desierta. La niebla abundaba. En algún punto, a la izquierda,
bajo los acantilados, el Pacífico murmuraba amenazas cual viejo enemigo. La
niebla se ondulaba en la autopista, conjurando ectoplásmicas formas con las
condensadas luces de los faros. La humedad pendía de los grandes y gruesos
árboles como plateados recuerdos de tiempos anteriores a la llegada del hombre.
La tortuosa carretera de la costa ascendía a través de un terreno que recordó a
Cort la selva tropical brasileña: empapado por la niebla y frígido,
impenetrable y agresivamente siniestro. Cort aceleró, arriesgándose a que el
desastre lo alcanzara.
Debía de haber algo más que
la amenaza de la selva.
Como tenía que haber en su
vida algo más que endodoncias, rentas y frottage cargado de culpa a últimas
horas de la noche con ojinegras ayudantes de dentista. Algo más que marcos de
peltre con diplomas de prestigiosas universidades. Algo más que una esposa de
una familia socialmente distinguida y 2,6 hijos aptos para la visión
propagandista, perfecta y empalagosa de la juventud norteamericana de un
fabricante. Algo más que levantarse todas las mañanas en un mundo que no
reservaba sorpresas.
Debía de haber desastre en
alguna parte. En la selva, en la niebla, en la noche. Pero no en la Ruta 1 a
las cinco y media. No para él, no en aquel momento.
A las seis y media llegó a
Monterrey y se dio cuenta de que no había comido desde el mediodía del día
anterior, cuando había terminado la terapia de los canales dentales de la
señora Udall; tras guardar el torno se quitó la bata, se puso la chaqueta, salió
de su despacho sin decir una palabra a Jan y a Alicia, fue al garaje del sótano
y partió hacia la costa, huyendo sin pensar en un destino.
No hubo tiempo de cenar
cuando ligó con la camarera, y ningún puesto nocturno de pizzas abierto para
tomar algo antes de que ella se durmiera. El ácido había empezado a abrirle un
agujero en el revestimiento de su estómago por culpa de tanto café y tan poca
paz mental.
Cort se dirigió al centro
turístico de Monterrey y no tuvo problemas para localizar una alargada
extensión de espacios de aparcamiento. No había movimiento alguno en las aceras
de las tiendas. El sol parecía dispuesto a no salir nunca. La niebla era espesa
y húmeda; corrientes de arena movediza fluían alrededor de Cort. Durante un
instante el escaparate de una tienda, repleto de lámparas con base de madera
flotante destinadas a salas subterráneas de grabación de lowa, se solidificó en
el centro de la remolineante niebla; acto seguido desapareció. Pero en ese
instante Cort vio su cara en el cristal. Esa noche podía prolongarse el día
entero.
Cort recorrió atentamente
las calles, en busca de algún madrugador local donde pudiera conseguir un wafle
con fresas heladas untadas con azucarado jugo. Un huevo frito por un solo lado.
Algo agradable en la interminable oscuridad.
Nada abierto. Cort pensó en
aquel detalle. ¿Nadie trabajaba temprano en Monterrey?
¿Ningún establecimiento se
engalanaba para el asalto de las langostas que era la llegada de quinceañeros
con mochilas, corpulentos vendedores de máquinas industriales con carmesíes
sombreros a la moda y
viudas semíticas de azulado cabello? ¿Se había producido un eclipse?
¿Era aquella la hoyosa, tímida faz de la luna vuelta de lado?
¿Dónde demonios estaba la
luz diurna?
La niebla pasó junto a Cort,
se dividió en fajas un instante. Al final de una callejuela vio una luz.
Amarillenta, tan apagada como un pergamino, pálida y timorata. Pero era una
luz.
Cort se metió en la
callejuela y atisbo a través del azogue en busca de la fuente. Parecía haberse
esfumado. Pasó junto a cerradas panaderías, joyerías y bazares con material de
escafandrista. Un fantasma en la niebla. Cort comprendió que no sólo se enfrentaba
a una ciudad vacía y a las fajas de niebla, sino también a un estado de temor.
Gnotobiosis: estado ambiental en que a animales libres de gérmenes se les
inoculan trazas de microorganismos conocidos. Miedo.
La luz salió a flote entre
las silenciosas y plateadas sombras del océano: y Cort estaba delante mismo de
ella. ¿Se había acercado él a la luz, o la luz a él?
Era una librería. Sin
letrero. Y en el interior, muchos hombres y mujeres. Todos hojeando libros.
Cort permaneció en la
oscuridad, inalcanzado por la somera luz de la anónima librería, con la mirada
fija en la escena. Una tienda tan pequeña, a hora tan temprana de la mañana,
estaba atestada. Hombres y mujeres de pie, casi tocándose unos a otros, todos
absortos en el libro que tenían en la mano. Gnotobiosis: Cort notó que el miedo
se deslizaba por sus venas y arterias igual que veneno.
Ninguno de los clientes
volvía las hojas.
De no haber sido por el
ligero movimiento de los cuerpos, si nadie se hubiera rascado el labio,
parpadeado o movido los pies, si nadie hubiera hundido los hombros, erguido la
espalda o mirado alrededor... Cort habría creído que contemplaba maniquíes. Una
extraña pero interesante escena para inducir a los transeúntes a entrar y
hojear. Estaban vivos, pero no volvían las hojas de los libros que les
absorbían. Ni dejaban un libro en su estante para coger otro. Los hombres, las
mujeres, todos: fascinados por palabras en el punto donde estaban abiertos los
libros.
Cort dio media vuelta para
alejarse con la máxima rapidez posible.
El coche. Sal a la
carretera. Tiene que haber una parada de camiones, un comedor, un restaurante
económico, comida para llevar, algo. «He estado aquí otra vez, ¡y esto no es
Monterrey!»
Los golpes en el escaparate
le detuvieron.
Cort se volvió. La
desesperada expresión en la cara de tortuga de la menuda anciana atiesó su
espalda. Con notó que tenía la mano derecha levantada, como puesta entre él y
la visión de la vieja. Sacudió la cabeza, no, definitivamente no, pero sin
tener la menor idea respecto a qué estaba rechazando.
Ella le hizo gestos para que
se quedara con sus arrugadas y pequeñas manos, y pronunció palabras al otro
lado del vidrio del escaparate. Las pronunció con gran precisión y las palabras
eran éstas:
«Tengo lo que necesita.»
Luego le indicó por gestos
que se acercara a la puerta, que entrara: «Tengo lo que necesita».
La esfera luminosa del reloj
de pulsera de Cort indicaba las 7.00. Aún era de noche. La niebla seguía
descendiendo del bosque de la península de Monterrey.
Cort intentó alejarse. San
Francisco estaba arriba. El sol debía de estar llameando en Russian Hill,
Candlestich Park y Coit Tower. El mundo reservaba sorpresas a pesar de todo.
Ahora estás libre, has roto el ciclo, oyó musitar a su futuro. No respondas.
Dirígete hacia el sol.
Vio que su mano se alzaba
hacia el pomo de la puerta. Entró en la librería.
Todos alzaron los ojos un
momento, no denotaron emoción alguna en sus semblantes, la puerta se cerró,
siguieron mirando los libros. Cort estaba ya dentro, con ellos.
—Estoy segura de que lo
tengo en tapas duras, un ejemplar muy bien conservado — dijo la vieja
tortuguilla que era la mujer.
Su sonrisa carecía de
dientes. ¿Cómo puede haber niebla aquí dentro?
—Sólo quiero hojear —dijo
Cort.
—Sí, claro —repuso ella—.
Todos están hojeando.
La anciana le puso una mano
en su brazo y Cort se estremeció.
—Hasta que abra algún
restaurante.
—Sí, claro.
Cort tenía dificultades para
respirar. Acidez.
—¿Siempre..., siempre hay
tanta oscuridad a primeras horas de la mañana?
—Está fuera de estación
—dijo ella—. Eche un vistazo. Tengo lo que necesita. Exactamente lo que
necesita.
Cort obedeció.
—No busco nada especial.
La vieja caminó junto a él,
una mano en su brazo.
—Tampoco lo buscaban ellos.
—La anciana señaló con la cabeza el enjambre de hombres y mujeres—.
Pero encontraron respuestas
aquí. Tengo un surtido magnífico.
Nadie volvía las páginas.
Cort miró por encima del
hombro de una mujer de edad madura que tenía la vista fija en un libro con
grabados de acero en ambas páginas abiertas.
—Su curiosidad —explicó la
tortuga— fue excitada por la pregunta: «¿Cómo se creó el primer
vampiro?». Un concepto
fascinante, ¿no le parece? Si únicamente es posible crear un vampiro a partir
de un ser humano normal que recibe el mordisco de un vampiro, ¿cómo nació
el primer vampiro?
Ella ha encontrado
la respuesta aquí,
entre mis prodigiosas
existencias.
Cort miró el libro. Uno de
los grabados en acero reproducía el Arca de Noé. Pero ¿no significaba eso que
tuvo que haber dos a bordo?
La tortuga le obligó a
seguir recorriendo las hileras de libros. Cort se detuvo junto a un joven que
llevaba una camiseta muy apretada. Parecía estar agotado por el trabajo. Tenía
la cabeza inclinada, tan cerca del libro abierto en sus manos que su arreglado
cabello rubio caía sobre sus ojos.
—Durante años ha sentido
dolores simpáticos con una persona desconocida —explicó la anciana a modo de
confidencia—. Sentía peligro, júbilo, lujuria, desesperación..., nada de ello
personal, nada de ello relacionado en forma alguna con sus circunstancias en el
momento concreto. Por fin comenzó a comprender que estaba unido a otra persona.
Como los hermanos corsos. Pero sus padres le aseguraron que él había nacido
solo, que no existía gemelo. El encontró la respuesta en este tomo.
La vieja hizo agitados
gestos con sus manos llenas de azuladas venas.
Cort miró más allá de la
cabeza y el cabello del joven. Era un libro de historia africana. Había
lágrimas en los ojos del joven; había una mancha de humedad en la página par.
Con apartó la mirada rápidamente; no deseaba entremeterse.
El siguiente de la hilera
era un hombre muy alto, con aspecto de asceta, que sostenía un pliego de papel
obviamente escrito con una pluma de ave. Por los rasgos floridos y los remolinees
de la escritura, Cort comprendió que el libro debía de ser muy antiguo y
seguramente muy valioso. La mujer tortuga se agachó, con la cabeza tocando
suavemente el pecho de Cort, y dijo:
—Siglo dieciséis. El primer
infolio de Shakespeare. Este caballero pasó buena parte de su vida adulta, y
décadas de investigaciones académicas, atormentado por el problema de quién
escribió realmente The Booke of Sir Thomas More: el poeta, o su rival, Anthony
Munday. Ahí está la respuesta, ante sus ojos. Tengo unas existencias tan
magníficas...
—¿Por qué este hombre...,
por qué ninguna de estas personas pasa las hojas?
—¿Por qué iban a molestarse?
Han encontrado la respuesta que buscaban.
—¿Y no desean saber nada
más? —Al parecer, no. Interesante, ¿no le parece? Cort pensó que era más
estremecedor que interesante. Después, el estremecimiento se aferró
permanentemente a su corazón, como una lapa, con la muda pregunta, ¿cuánto
tiempo llevan así estos curiosos?
—Aquí hay una mujer que
siempre había querido saber si el mal puro existe en todos los lugares de la
faz de la tierra. —La mujer en cuestión llevaba una mantilla sobre los hombros,
y contemplaba hipnotizada un libro de historia natural—. Este hombre anhelaba
poseer una relación completa del contenido de la gran Biblioteca de Alejandría,
los temas de ese medio millón de papiros escritos a mano antes de que la
biblioteca fuera incendiada en el siglo quinto.
Era un hombre macilento y
arrugado y en su semblante estaba grabada una expresión de fatiga tan vieja que
Cort pensó en Stonehenge. Tenía la mirada clavada en dos hojas con caracteres
infinitesimales y Cort no pudo distinguir una sola palabra entre aquellas
cagadas de mosca.
—Una mujer que perdió la
memoria —dijo la tortuga mientras señalaba con un gesto de su cabeza de tortuga
a una hermosa criatura adornada con bufandas de seda de diez colores
distintos—. Despertó en un burdel de Marrakech víctima de la trata de blancas,
huyó para salvarse, ha pasado años errando por todas partes, intentando
descubrir quién es. —La vieja se rió; su risa era suave y cordial—. Ella lo
averiguó aquí. El relato completo está en ese libro.
Cort se volvió para mirar a
la tortuga, apartando la arrugada zarpa de su brazo.
—Y usted «tiene lo que yo
necesito», ¿verdad?
—Sí. Tengo lo que necesita.
Entre mis magníficas existencias.
—¿Qué es exactamente lo que
tiene y que yo necesito? Aquí. Entre sus magníficas existencias.
No le hacía falta que la
mujer hablara. Cort sabía exactamente qué iba a decir ella. Ella diría:
«Vaya, tengo las respuestas
a su búsqueda», y después él se pasearía por la librería sintiéndose superior a
los pobres diablos que llevaban allí desde sólo Dios sabía cuánto tiempo. Y
finalmente él miraría a la vieja, sonreiría y diría: «Ni siquiera conozco las
preguntas», y ambos sonreirían con esa afirmación: él como un idiota porque se
trataba de la frase más gastada posible, ella porque sabía que él iba a decir
alguna tontería como aquella. Y él se abstendría de excusarse por su fugaz
estupidez. Luego formularía la pregunta y la vieja señalaría un estante y
contestaría: «El libro que desea está allí», y le sugeriría que mirara tal y
tal página para averiguar exactamente lo que deseaba saber: el motivo de su
viaje por la costa.
Y si, diez mil años más
tarde, la kármica esencia de lo único que queda de Suleimán el Magnífico,
bendito sea su nombre, Suleimán del potente sello, sultán y señor de los genios
de todas las especies: jinns, efrits, iblis...; si esa transustanciada esencia
se presenta de nuevo, como se presenta de nuevo el cometa Halley,
ese espíritu que aparece como por encanto, recorriendo la carmesí eternidad en
su interminable hégira..., si se presenta de nuevo encontrará a Cort (doctor
Alexander Cort, dentista cirujano de una cooperativa de odontólogos) todavía de
pie en la librería, codo a codo con los otros curiosos. Celacantos perfilados
en esquisto, mastodontes repentinamente congelados en hielo, avispas embutidas
en ámbar. Gnotobiosis: para siempre.
—¿Por qué tengo la sensación
de que todo esto no es casualidad? —preguntó Cort a la vieja mujer tortuga.
Retrocedió poco a poco hacia la puerta—. ¿Por qué tengo la sensación de que
todo esto me esperaba, del mismo modo que esperó al resto de pobres y jodidos
perdedores? ¿Por qué huele usted a gardenias podridas, vieja señora?
Casi estaba en la puerta.
La anciana se hallaba en un
espacio libre, en el centro de la librería, mirándole fijamente.
—Usted no es distinto,
doctor Cort. Necesita las respuestas igual que los demás.
—Quizás una poción
amorosa..., una piedra mágica..., inmortalidad..., toda esa jerigonza. He visto
lugares como este en películas de televisión. Pero yo no muerdo, vieja señora.
No tengo necesidades que usted pueda satisfacer.
Y su mano estaba en el pomo
de la puerta; y lo hizo girar; y dio un tirón; y la puerta se abrió a la
siniestra niebla y la interminable noche y el bosque que le aguardaba. Y la
anciana dijo:
—¿No le gustaría saber
cuándo tendrá el mejor instante de toda su vida?
Y Cort cerró la puerta y se
quedó inmóvil con la espalda apoyada en ella. Su sonrisa era enfermiza.
—Bien, me ha cogido —musitó.
—Su momento de máxima
felicidad —dijo la vieja en voz baja, sin apenas mover sus finos labios—. De
mayor fuerza, de más satisfacción, la cima de su buena forma, de su control, el
momento de mayor gallardía, cuando tenga el mejor aspecto y sea sumamente bien
considerado por el resto del mundo. Su momento culminante, de mayor impulso, su
logro más apetecido, el que configurará el resto de su vida. El instante que
jamás volverá a presentarse, aunque viva mil años. Aquí, entre mis magníficas
existencias, tengo un tomo que le indicará el día, la hora, el minuto, el
segundo de su mejor futuro. Pídalo y es suyo. Tengo lo que necesita.
—¿Y qué me costará?
La anciana abrió su húmeda
boca y sonrió. Sus arrugadas manilas quedaron abiertas con las palmas hacia
arriba ante ella.
—Pues nada —dijo—. Igual que
los demás..., usted sólo quiere hojear, ¿no es cierto?
El frío como de lapas que
osificaba su columna vertebral indicó a Cort que había cosas peores que tratar
con el diablo. Sólo hojear, como ejercicio...
—¿Y bien? —preguntó la
vieja, a la espera.
Cort meditó mientras se
humedecía los labios, repentinamente secos cuando el momento decisivo estaba a
su alcance.
¿Y si se produce dentro de
pocos años? ¿Y si tengo poco tiempo para lograr cualquier cosa que siempre
quise conseguir? ¿Cómo voy a vivir el resto de mi vida después de esto,
sabiendo que nunca estará mejor, que jamás seré más feliz, más rico, más
seguro, sabiendo que nunca superaré lo que hice en ese instante? ¿Qué valor
tendrá el resto de mi vida?
La menuda mujer tortuga
apartó con los hombros a dos curiosos, que se separaron perezosamente, como si
se dieran la vuelta en la cama, y sacó un libro pequeño y rechoncho de un
estante situado a la altura de su cintura. Cort parpadeó con rapidez. No, ella
no lo había sacado de los estantes. El
libro se había deslizado y
había saltado hacia la mano de la vieja. Parecía un viejo minilibro.
La anciana se acercó y le
tendió el libro.
—Sólo hojear—dijo
húmedamente.
Cort extendió la mano y se
detuvo, dobló los dedos. La mujer arqueó los finos bosquejos que eran sus cejas
y le ofreció una mirada de diversión, irónica.
—Está terriblemente ansiosa
de que yo lea este libro —dijo Cort.
—Estamos aquí para servir al
público —dijo ella amistosamente.
—Tengo que hacerle una
pregunta. No, dos preguntas. Son dos preguntas que quiero que me responda.
Luego consideraré si hojeo
sus magníficas existencias.
—Si yo no puedo responderle,
cosa que es, al fin y al cabo, nuestro trabajo aquí, entonces estoy convencida
de que un libro de mis magníficas existencias contiene la respuesta adecuada.
Pero..., coja este libro que necesita, sólo cójalo, y responderé a su pregunta.
Preguntas. Dos preguntas.
Muy importantes, estoy
segura.
La anciana le tendió el
librito. Cort lo miró. Era un minilibro, de los que había leído siendo niño,
con páginas ilustradas alternadas con páginas de texto, con aventuras de héroes
de tebeo como Red Ryder, La Sombra o Skippy. A su alcance, la respuesta a la
pregunta que todo el mundo desea formular: ¿cuál será el mejor momento de mi
vida?
Cort no tocó el libro.
—Yo preguntaré, usted
responderá. Entonces me habrá cogido... entonces me dedicaré a hojear.
La anciana se alzó de
hombros, como diciendo, «haga lo que prefiera». Cort pensó: «Haga lo que haga,
usted hará su agosto».
—¿Cómo se llama esta
librería? —dijo.
La cara de la vieja se
crispó. Cort notó una repentina oleada de recuerdos de la infancia, de su
primera lectura de un cuento
de brujas. La cara de la mujer tortuga adoptó un aire malvado.
—No tiene nombre.
Simplemente existe.
—¿Y cómo vamos a encontrarla
en las páginas amarillas? —dijo Cort, mofándose de la vieja.
Era obvio que él se
encontraba de pronto en situación de fuerza. Aunque no tuviera la menor idea
respecto a la fuente de donde fluía esa fuerza.
—¡Ningún nombre! ¡Ningún
nombre! No nos hace falta nombre. ¡Tenemos una clientela muy selecta! ¡La
librería jamás ha tenido nombre! ¡No nos hacen falta nombres! —Su voz, suave
como una tortuga, blanda, de chocolate, se había transformado en metal oxidado
que araña metal oxidado—. ¡Ningún nombre, no le diré ningún nombre, no voy a
mostrarle apestosas etiquetas!
Hizo una pausa para calmar
su ira, y en pleno silencio Cort formuló su segunda pregunta.
—¿Qué gana usted con esto?
¿Cuánto le pagan? ¿Dónde está la línea de beneficio mínimo en su gráfica? ¿Qué
saca usted de esto, pavorosa señora?
La mujer apretó los labios.
Sus llameantes ojos parecían al mismo tiempo viejos y juvenilmente feroces y
plateados.
—Clotho —dijo—. Clotho:
Libros Raros.
Cort no reconoció el nombre,
pero por la forma en que ella lo pronunció, supo que le había arrancado un
importante secreto. Y lo había hecho, al parecer, porque él era el primero que
lo preguntaba. Como cualquiera lo habría hecho, si hubiera preguntado. Y tras
haber preguntado y ser respondido, Cort sabía que estaba a salvo de ella.
—Pues bien, dígame, señorita
Clotho, o señora Clotho, o lo que sea. Dígame, ¿Qué gana usted con esto? ¿En
qué moneda del reino le pagan? Usted se ocupa de esta tienda sobrenatural,
atrapa a estos necios, y apuesto que apenas yo me vaya, ¡zas!, todo se esfuma.
De vuelta al País de los Ensueños.
¿Qué tipo de vida hogareña
lleva? ¿Hace tres comidas diarias? ¿Se cambia el tampax cuando tiene la regla?
¿Tiene aún la regla? ¿O ya ha pasado por la menopausia? ¿Inmortal, quizás?
Dígame, extraña señora tortuga, si vive siempre, ¿cambia de vida? ¿Todavía le
gusta acostarse con un hombre?
¿Alguna vez lo hizo? ¿Cómo
es su caca, firme y dura? ¿Tienen que hacer caca las misteriosas viejas
fantásticas que se esfuman con su librería? ¿O quizá no, eh?
—¡No puede hablarme así! —le
gritó ella—. ¿Sabe quién soy?
—¡Mierda, no! —le respondió
chillando Cort—. ¡No sé quién demonios es usted, y lo que es más importante, me
importa un cochino pepino quién es!
Los lectores zombies había
levantado la cabeza. Parecían angustiados. Como si se hubiera roto un
prolongadísimo trance. Pestañeaban furiosamente, se movían sin objeto,
parecían... marmotas que salen a examinar sus sombras.
—¡Deje de gritar! —refunfuñó
Clotho—. ¡Está poniendo nerviosos a mis clientes!
—¿Quiere decir que estoy
despenándolos? ¡Venga, todo el mundo, salgan a tomar el sol! ¡Dense un
chapuzón! ¿Por qué están tan quietos? ¿Sabiduría del destino?
—¡Cierre el pico!
—¿Ah, sí? Tal vez lo haga y
tal vez no, vieja tortuga. Si responde a mi pregunta, por qué me aguardaba aquí
especialmente a mí, es posible que deje a estos papanatas seguir hojeando.
La vieja se acercó a él
tanto como pudo sin tocarle, y silbó igual que una serpiente
—¿Usted? —dijo con los
dientes apretados—. ¿Por qué piensa que le esperábamos a usted precisamente?
Esperamos a todo el mundo.
Esta era su oportunidad. Todos tienen una oportunidad, todos tendrán su
oportunidad en la tienda del curioseo.
—¿Por qué dice «esperamos»?
¿Se siente imperial?
—Nosotras. Mis hermanas y
yo.
—Oh, hay más de una como
usted, ¿eh? Una cadena de librerías. Muy agudo. Pero supongo que tendrán
sucursales en estos tiempos, con tanta competencia de otras cadenas...
Clotho apretó los dientes. Y
por primera vez Cort vio que la vieja tortuga tenía dientes detrás de sus
rectos y finos labios.
—Coja este libro o salga de
mi tienda —dijo la mujer en un mortífero susurro. Cort cogió el minilibro de
las temblorosas manos de la vieja.
—Nunca había tratado una
persona tan vil, tan grosera —refunfuñó Clotho.
—El cliente siempre tiene la
razón, querida —dijo Cort. Y abrió el libro en la página exacta.
La página donde leyó cuál
sería su mejor momento. El conocimiento que convertiría el resto de su vida en
una idea tardía. Un fracasado pasando el tiempo. Una constante caminata montaña
abajo.
¿Cuándo se produciría?
¿Dentro de un año? ¿Dos años? ¿Cinco, diez, veinticinco, cincuenta, o en el
bendito instante final de la vida, después de haber trepado, trepado y trepado
siempre hasta la cumbre? Cort leyó...
Leyó que su mejor momento se
produjo cuando tenía diez años. Cuando, en el transcurso de un partido de
béisbol en un solar, un partido en el que sólo se podía batear si se echaba
fuera a otro jugador, el mejor bateador del barrio consiguió un tremendo golpe
dirigido hacia la parte más alejada del centro del campo, donde Con se veía
forzado a jugar siempre (porque se destacaba en este depone). Él corrió de
espaldas, extendió su desnuda mano y milagrosamente, él, el pequeño Alex Cort,
saltó todo lo que pudo y el dolor de la desgastada y dura bola al tocar su mano
y quedarse en ella fue más dulce que cualquier sensación anterior... o
posterior. El momento se revivía en las palabras de la página del terrible
libro. Lentamente, poco a poco Con cayó al suelo, sus pies tocaron tierra y su
vista fue hacia su mano, y allí, en la enrojecida y afligida palma, falta de
guante de béisbol, estaba la pelota más dura jamás lanzada por un bateador.
Alex era el mejor, el amo del mundo, lo más increíble en la faz de la tierra, enorme,
intrépido y excelente, el expeno inconmesurable, milagroso; un prodigio, un
prodigio andante. Ése fue el mejor momento de su vida.
Cuando tenía diez años.
Nada más haría en su vida,
nada había hecho entre los diez y los treinta y cinco años, su edad mientras
leía el minilibro. Y observó que él, hasta que muriera cuando se agotaran los años que le restaban de vida,
no haría nada... nada podría compararse con aquel momento.
Cort alzó la cabeza
lentamente. Tenía dificultades para ver. Estaba llorando. Clotho le sonreía
desagradablemente.
—Tiene suene de que yo no
sea como mis hermanas. Ellas reaccionan mucho peor cuando las fastidian.
La vieja se alejó de él. El
sonido del minilibro bruscamente cerrado en. el mostrador del escaparate detuvo
su caminar. Cort dio media vuelta sin pronunciar palabra y se dirigió hacia la
puerta. Oyó detrás de él los apresurados pasos de la anciana.
—¿Adonde cree que va?
—Vuelvo al mundo real.
—Tenía dificultad para hablar. Las lágrimas le obligaban a expresarse con
sollozos y las palabras brotaban ásperamente.
—¡Tiene que quedarse! ¡Todos
se quedan!
—Yo no, querida. El héroe es
único.
—Todo es inútil. Nunca
volverá a conocer la grandeza. Sólo basura, despojos, vacío. No habrá nada tan
bueno aunque viva mil años.
Cort abrió la puerta. La
niebla continuaba allí. Y la noche. Y la última selva. Cort se detuvo y miró a
la vieja.
—Si tengo suerte, no viviré
mil años.
Luego cruzó la puerta de
«Clotho: Libros Raros» y la cerró con fuerza. La vieja le observó al otro lado
del escaparate cuando él se alejó entre la niebla.
Se detuvo de nuevo y se
agachó para hablar tan cerca del vidrio como fuera posible.
Ella estiró su carilla de
tortuga y le oyó decir:
—Lo que queda puede ser
solamente el final de una vida de mierda... pero es mi vida de mierda.
«Y es la única diversión de
la ciudad, querida. El héroe es único.»
Luego Cort se adentró en la
niebla, llorando; pero intentando silbar.
ARDE EL CIELO
Caían llameantes de un cielo
ciego, y en los primeros días murieron diez mil de ellos. Los gritos resonaron
en nuestras cabezas y las mujeres corrieron hacia las colinas para no oírlos.
Pero no había ninguna escapatoria posible… ni para ellas ni para ninguno de
nosotros. La muerte ardía en el cielo, y lo más terrible, lo más increíble de
todo era que aquella muerte, o mejor dicho aquella cosa que moría, no éramos
nosotros.
Comenzó al caer la noche. El
primero apareció como una estrella fugaz surgiendo de la oscuridad.
Apenas se había desvanecido
en las tinieblas cuando surgió otro, y luego otro más, y muy pronto el cielo se
convirtió en un brillante cofre resplandeciente con el fuego de desconocidos
diamantes.
Desde el techo del
observatorio podía verlos, a todos ellos, minúsculos puntitos brillantes, una
lluvia de fuego cayendo en cascada. Y de pronto, sin que nadie me hubiera dicho
nada, supe que estaba ocurriendo algo importante. No importante en el sentido
en que lo es una guerra… pero tan importante como lo fue la creación del
universo y como lo podría ser su muerte. Y supe que aquello estaba ocurriendo
en toda la Tierra.
No cabía la menor duda. Tan
lejos como alcanzaba la vista el horizonte llameaba y relampagueaba sin
descanso. El cielo no se veía más claro por ello, sino que parecía como si una
mano desconocida hubiera esparcido un millón de nuevas estrellas que brillaban
tan solo durante una millonésima de segundo.
Mientras contemplaba aquel
espectáculo, Portales me llamó desde abajo.
—¡Frank! ¡Baje, Frank! ¡Es
algo fantástico!
Me dirigí al domo del
telescopio y lo encontré inclinado sobre el ocular. Golpeaba rítmicamente el
cuadrante de corrección Vernier. Era un golpeteo tan inútil como extraño. Un
golpeteo que no tenía el menor significado.
—Mire esto, Frank. Échele
una ojeada—su voz reflejaba una creciente incredulidad.
Lo aparté con el codo y me
senté en el sillín. El telescopio apuntaba a Marte. El cielo de Marte también
ardía. Los mismos puntos luminosos, los mismos trazos de intenso fuego cayendo
en espirales. Pasamos toda la noche estudiando el planeta rojo, ya que aquella
parte del cielo estaba clara. Podía ver el espectáculo con mucha precisión, los
llameantes trazos, luego de nuevo la oscuridad, cubriendo todo el planeta.
—Llama a Bikel en Wilson—le
dije a Portales—. Pregúntale qué está ocurriendo con Venus. Oí a Portales
marcar el número detrás de mí, y luego
escuché distraídamente su conversación con Aaron Bikel, del monte Wilson. Podía
ver los reflejos vacilantes de la pantalla vídeo del teléfono, pero no me giré
para contemplar el rostro de nuestro colega. Sabía ya cual iba a ser la
respuesta.
Portales cortó la
comunicación, y los colores se desvanecieron.
—Lo mismo—dijo bruscamente,
como si me desafiara a hallar una respuesta mejor.
No me molesté en
contestarle. Hacía tres años él había hecho todo lo posible por obtener mi
puesto de director del observatorio sin conseguirlo, de modo que ya me había
habituado a su hostilidad. De tanto en tanto tenía incluso que darle un toque
de atención para situarlo en su lugar…
Permanecí un instante más
observando el cielo, y luego abandoné la cúpula.
Fui abajo y conecté la radio
de onda corta. Intenté captar lo que decían al respecto Tokio, Heidelberg o
Johannesburgo. Durante el tiempo que moví el dial arriba y abajo no conseguí
hallar la menor información acerca del fenómeno. Y sin embargo, estaba seguro
de que todo el mundo debía estarlo observando.
Regresé a la cúpula para
cambiar las coordenadas del telescopio.
Tras discutir con Portales,
dirigí el telescopio hacia abajo hasta que captó exactamente la capa
atmosférica. Puse en marcha el mecanismo de desplazamiento horizontal e intenté
obtener una vista panorámica del cielo. Sin embargo, no conseguí captar más que
los destellos de luz en el momento de su explosión. Conecté entonces el
mecanismo fotográfico y le di el ángulo máximo. Inmovilicé el telescopio y
comencé a tomar fotos. Me dije que la frecuencia de los resplandores luminosos
conduciría fatalmente a algunos de ellos hasta el campo de visión del aparato.
Luego bajé de nuevo junto a
la radio. Me pasé dos horas tanteando y finalmente conseguí captar un boletín
informativo suizo. Por supuesto, tenía yo razón.
Portales me telefoneó al
cabo de dos horas. Había impresionado ya toda una película y pensaba revelarla.
Era algo demasiado importante como para que se lo dejara a sus fantasías de
adolescente y corriera el peligro de que me estropeara una foto buena, así que
le dije que no las tocara, que ya me ocuparía yo personalmente.
Una vez reveladas, tuve que
rebuscar entre treinta o cuarenta cielos vacíos antes de encontrar diez que
contenían lo que estaba buscando.
No se trataba de meteoritos.
Al contrario.
Cada uno de aquellos
destellos en el cielo era una criatura. Una criatura viva. Pero no humana. En
absoluto.
Las fotos revelaban a qué se
parecían, pero hasta que la nave draga no consiguió arrancarle al cielo una de
aquellas criaturas no nos dimos cuentas de lo grandes que eran, de que
brillaban interiormente con un resplandor rojizo, y de que se comunicaban telepáticamente.
Por lo que pude saber, su
captura no representó ningún problema. La nave abrió su escotilla y puso en
marcha el mecanismo de succión empleado para dragar los restos espaciales a la
deriva. Sin embargo, la criatura hubiera podido evitar el ser capturada simplemente
colocando una de sus manos provistas de siete garras a cada lado de la
escotilla y resistir a la succión. Pero, como pudimos saber más tarde, deseaba
ser capturada. Tenía cinco mil años de edad. Sus semejantes ignoraban que
nosotros estuviéramos tan evolucionados, pero ella debió darse cuenta…
Cuando me llamaron, junto
con otros quinientos hombres de ciencia (Portales se las arregló para obtener
una plaza en el grupo), acudí al Instituto Smithsoniano, donde había sido
instalada la criatura. Al verla nos sentimos fascinados… maravillados.
El o ella, nunca llegamos a
saberlo, se parecía al dios egipcio Ra. Tenía cabeza de halcón, o al menos se
le parecía. Sus enormes ojos estaban moteados de negro, púrpura y ámbar. Su
cuerpo era tan delgado que parecía demacrado. Sin embargo, era un humanoide,
con dos brazos y dos piernas. Su cuerpo poseía pliegues y articulaciones que
jamás podrían ser hallados en un cuerpo humano. Pero tenía una caja torácica
claramente distinguible, y sus nalgas, sus rodillas, su mentón, eran elementos
bien visibles de su anatomía. La criatura era de color pálido lechoso, con una
cresta de un color azul brillante que iba palideciendo progresivamente hasta
llegar al blanco. Su pico era de color azul claro, fundiéndose en su borde con
el pálido de su carne. Cada pie tenía siete dedos, cada mano siete garras.
El dios Ra. El dios del sol.
El dios de la luz.
La criatura brillaba
interiormente con una luz nacarada débil pero distinguible, que lo rodeaba como
un halo. Lo miramos en su jaula de vidrio. No tenía nada que decir. La primera
criatura de otro mundo… Probablemente viajaríamos al espacio dentro de algunos
años, más lejos que la Luna, que habíamos alcanzado en 1970, o que Marte, cuya
primera circumnavegación se produciría en 1976, pero por lo que sabíamos el
universo era vasto e infinito. Y allá lejos, en lo profundo, descubriríamos
criaturas increíbles que desafiarían a toda imaginación.
Pero esta era la primera.
La miramos. El ser medía
diez metros de altura.
Portales le murmuró algo a
Karl Leus, de Caltech. La forma que tenía de no renunciar jamás me hizo gruñir
despectivamente. Había que reconocer que era un especialista en intrigas. Un
auténtico arribista. Leus hizo una inclinación de cabeza. Evidentemente lo que
tenía que decirle Portales no le interesaba en absoluto, pero había recibido el
premio Nobel en 1963 y tenía que mostrarse educado, incluso con un arribista
tan antipático como mi asistente.
Un militar—su nombre importa
poco—estaba en el estrado, junto a la enorme jaula de vidrio donde se hallaba
la criatura mirándonos a todos sin hacer el menor movimiento.
Se habían introducido todo
tipo de alimentos en la jaula por una trampilla, pero la criatura no había
tocado ninguno. Permanecía mirándonos a todos, silenciosa aunque no disgustada,
inmóvil pero atenta a todo.
—Señores, su atención, por
favor—dijo el militar, con una voz cantarina.
Se tardó largo tiempo en
conseguir el silencio entre el grupo de hombres y mujeres reunidos ante la
jaula. Aquello probaba suficientemente el desprecio que sentíamos hacia él y
sus medidas de seguridad, que nos habían causado tantos problemas cuando entramos
a la reunión.
—Les hemos llamado aquí—una
muestra de pedantería aquel les, como si él solo encarnara a todo el gobierno—a
fin de intentar desvelar el misterio que se cierne en torno a este ser y para
procurar saber qué ha venido a buscar a la Tierra. Presentimos en esta criatura
un terrible peligro para…
Siguió hablando, machacando
una impresionante cohorte de advertencias para ponernos en guardia contra todas
las naciones del mundo. No parecía darse cuenta de que nos estábamos burlando
de él, y que ardíamos en impaciencia por echarlo de aquel estrado. Aquella
criatura no representaba ninguna amenaza. Si no la hubiéramos capturado, él,
ella, ello, aquella cosa, aquel ser, se hubiera visto reducido a cenizas como
todos sus compañeros, consumiéndose en nuestra atmósfera.
Sin embargo, le escuchamos
hasta el final. Luego nos acercamos y miramos fijamente a la criatura.
Ella abrió el pico y esbozó
lo que podría ser interpretado como una extraña sonrisa. Me estremecí.
Me estremecí como me
estremezco cuando escucho una música profundamente emotiva o cuando hago el
amor. Todas las fibras de mi cuerpo se agitaron con un temblor primitivo. No
puedo explicarlo, pero aquello era el preludio de algo. Mis pensamientos se
detuvieron. Mi existencia quedó en suspenso… si es que el cogito ergo sum es
una prueba innegable de existencia. Dejé de pensar y me permití respirar
aquella esencia alienígena, saborear el aroma del espacio, los universos
inaccesibles y un mundo en particular.
Un mundo donde los vientos
son tan fuertes que los habitantes tienen los pies provistos de garfios para
clavarlos en la verde y firme tierra y asegurar su andadura. Un mundo donde, en
esta estación, el follaje estalla en una orgía de colores, y en la siguiente un
color blanco lechoso lo recubre todo. Un mundo donde las lunas triples surcan
un cielo azabache, acompañadas en su viaje por el canto de los océanos y de los
desiertos desplegándose sobre las invisibles cuerdas de un laúd. Un mundo
maravilloso, más viejo que el hombre y que la memoria del Eterno.
Cuando mi mente volvió a
funcionar, me di cuenta de que estaba escuchando a la criatura. Ithk: ese era
su nombre, su denominación, su género, o cualquier otra cosa que la
identificara. Era una entre los cientos de miles de criaturas semejantes a ella
que estaban llegando al sistema solar.
¿Llegando? No, aquella no
era quizá la palabra exacta. Habían venido…
No, no con cohetes, no con
nada tan burdo como eso. Ningún vehículo espacial, ni siquiera el poder de la
mente. Simplemente habían saltado de su mundo (¿cómo expresarlo?; era una
palabra que ningún idioma humano podía formular y que ninguna mente humana era
capaz de concebir) a este en unos pocos segundos. No instantáneamente, ya que
eso hubiera supuesto algún mecanismo o una dilatación del poder cerebral. Era
algo que estaba más allá y más por encima de todo esto. Era la esencia misma
del viaje. Pero habían venido. Habían atravesado las megagalaxias recorrido
centenares, miles de años luz… la infinita distancia que separa su mundo del
nuestro. E Ithk era uno de ellos.
Entonces empezó a hablarnos
a algunos de nosotros.
No a todos los que estábamos
reunidos allí, ya que era visible que algunos no le oían. No lo atribuyo a la
bondad o a la maldad que albergaban algunos de nosotros, ni a la inteligencia,
ni siquiera a la sensibilidad. Quizá todo ello no fuera más que un capricho por
parte de Ithk, o quizá aquella forma de actuar le era dictada por la seguridad.
Podía darme cuenta de que Portales no oía nada, mientras que el rostro del
viejo Karl Leus estaba transfigurado por el éxtasis. Comprendí que él también
estaba recibiendo el mensaje.
Ya que la criatura se
comunicaba con nosotros telepáticamente. No me sorprendió, ni me turbó, ni
siquiera me impresionó. Me pareció normal. Era algo que concordaba con la
actitud y la mirada de Ithk, algo acorde con su aureola y con su llegada.
Nos habló.
Y cuando hubo terminado,
algunos de nosotros subieron al estrado y abrieron los cierres que precintaban
la jaula de cristal. Todos sabíamos que Ithk podía haberla abandonado en
cualquier momento si hubiera querido. Pero Ithk quería saber, antes de consumirse
como lo habían hecho sus compañeros, y se había informado acerca de nosotros,
de este humilde pueblo de la Tierra.
Y había satisfecho su
curiosidad durante aquel corto instante en que había hecho una pausa antes de
precipitarse a su último holocausto. Era curioso… Puesto que la última vez que
su pueblo había venido aquí, la Tierra no estaba poblada de criaturas que hubieran
salido al espacio. Ni siquiera a una distancia tan ridículamente corta como la
que habíamos ensayado nosotros.
Pero ahora su pausa había
terminado, e Ithk debía realizar aún un corto trayecto. Había recorrido un
camino incomparablemente largo con una finalidad muy precisa y, aunque todo
aquello le había interesado momentáneamente, estaba ansioso por reunirse con sus
compañeros.
Así que abrimos la jaula,
que en ningún momento había encerrado realmente a una criatura que podía haber
salido de ella cuando lo hubiera deseado, e Ithk ya no estuvo allí. Se había
ido.
El cielo seguía ardiendo.
Una pequeña estrella
suplementaria nació de pronto, trazó un rastro a toda velocidad en la
atmósfera, y se consumió como una antorcha apagándose. Ithk se había ido.
Nosotros también nos fuimos.
Aquella noche, Karl Leus
saltó desde el piso treinta y dos de un edificio de Washington. Otros nueve
científicos murieron de la misma forma. Y aunque yo no me decidí a hacer lo
mismo, la muerte estaba en mí. Me sentía invadido por una mezcla de futilidad y
desesperación. Regresé al observatorio e intenté apartar de mi mente y de mi
alma el recuerdo de lo que Ithk había dicho. Si hubiera sido tan receptivo como
Leus o cualquiera de los otros nueve, hubiera podido desaparecer
inmediatamente. Pero no era como ellos. Ellos comprendieron la enorme
profundidad de lo que había dicho y se quitaron la vida. Puedo comprenderles.
Desde que supo la noticia,
Portales acudió a verme.
—Se han… se han
suicidado—balbuceó.
—Sí. Se han
suicidado—respondí, cansado, mirando desde el observatorio al incandescente
cielo. De nuevo era de noche. Una noche perpetuamente iluminada.
—¿Pero por qué? ¿Por qué lo
han hecho?
Hablé para escuchar mis
pensamientos, puesto que sabía lo que estaba ocurriendo.
—A causa de lo que ha dicho
la criatura.
—¿Qué ha dicho?
—A causa de lo que nos ha
dicho y de lo que no nos ha dicho.
—¿Ha hablado?
—A algunos de nosotros. A
Leus, a los otros nueve, y a algunos otros también. A mí entre ellos.
—¿Pero por qué yo no la he
oído? ¡Yo también estaba allí! Me alcé de hombros. El no la había oído, eso era
todo.
—¿Qué es lo que ha dicho?
Cuéntemelo—pidió.
Me giré hacia él y lo miré.
¿Representaría algo para él? No, no lo creía. Y era mejor que lo supiera. Para
él y para todos los de su raza. Ya que sin ellos el hombre dejaría de existir.
Se lo conté.
—Los lemmings —dije—.
Conoces a los lemmings. Sin razón aparente, a causa de un profundo sentimiento
instintivo, se siguen los unos a los otros y se arrojan periódicamente desde lo
alto de los acantilados. Se siguen los unos a los otros hasta la destrucción
final. Es una característica de su raza. Lo mismo ocurre con la criatura y su
pueblo. Atraviesan las megagalaxias para matarse aquí. Para suicidarse
colectivamente en nuestro sistema solar. Para consumirse en la atmósfera de
Marte, de Mercurio, de Venus y de la Tierra, para morir. Eso es todo. Tan solo
para morir.
Su rostro reflejaba el
asombro. Podía darme cuenta de que me comprendía. ¿Y? No era eso lo que había
empujado a Leus y a los otros nueve a suicidarse. No era eso lo que me llenaba
de aquel sentimiento de frustración. El destino de una raza no es el destino de
otra.
—Pero… yo… no comprendo… Le
interrumpí.
—Eso es lo que ha dicho
Ithk.
Me gire y miré hacia lo
alto. El cielo seguía ardiendo. Apreté fuertemente el frasco de somnífero en mi
bolsillo. Había tanta luz allí arriba…
—¿Pero por qué vienen a
morir aquí?—preguntó con voz alterada—. ¿Por qué aquí y no en otro sistema
solar o en otra galaxia?
Aquello era lo que le
habíamos preguntado a Ithk. Aquello era lo que le habían insuflado nuestras
maravilladas mentes… y tanto peor para nosotros y nuestra sucia manía de hacer
preguntas. Porque, a su sencilla manera, Ithk había respondido.
—Porque —dije lentamente,
con suavidad— este es el extremo del Universo.
El rostro de Portales ya no
irradiaba comprensión. Vi que aquel era un concepto que no podía aprehender.
Que el sistema solar, el sistema de la Tierra, la frontera de la Tierra para
ser más exactos, fuera el extremo del Universo, era algo que no podía comprender.
Como el mundo plano sobre el cual había navegado Colón en busca del vacío. Era
el final de todo. Allá detrás, en la otra dirección, existía un universo
conocido. El pueblo de Ithk lo gobernaba: era su universo, y seguiría siendo el
suyo para siempre. Ya que la memoria de su raza estaba grabada al fuego en cada
embrión que engendraba, a fin de que nunca se produjera ningún estancamiento… Ya
que, tras cada raza de
lemmings, nacería una nueva generación,
que viviría miles de años y se desarrollaría… y seguiría viviendo hasta que
todos sus miembros acudieran a consumirse aquí, a nuestra atmósfera… y
reinarían sobre todo lo que poseían mientras lo poseyeran.
Así que no le quedaba nada
al terrestre vagabundo, al terrestre siempre inquisitivo. No le quedaba nada al
terrestre cuya vida permanece encadenada al deseo de conocer y a la curiosidad
nunca satisfecha. Nada más que cenizas. El polvo de nuestro propio sistema. Y
después de eso, nada.
Habíamos llegado a un
callejón sin salida. No habría vagabundeos entre las estrellas. No porque no
pudiéramos ir hasta ellas algún día… podríamos hacerlo. Pero seríamos tan solo
tolerados, nunca aceptados. Ya que aquel era su universo, y ésta, nuestra Tierra,
sería un callejón sin salida.
Ithk no sabía lo que estaba
haciendo cuando nos lo reveló. No lo hizo por maldad, pero haciéndolo había
condenado a algunos de nosotros. A todos aquellos capaces de soñar. A todos
aquellos que deseaban algo más de lo que Portales deseaba.
EN EL CIRCO DE LOS
RATONES
El Rey del Tibet estaba haciendo el amor con
una gorda blanca. Se había tirado hacia las profundidades de un túnel de
gelatina, milenios antes, y periódicamente, mientras la pistoneaba, un suave
conejito blanco y rosa con levita y botines hacía temblar el túnel a su paso,
estudiando un reloj de bolsillo que llevaba colgado de una pesada cadena de
oro. La mujer blanca era suave como el sebo, con ojillos negros hundidos bajo
prominentes cejas. La muy gorrina gruñía en un éxtasis insatisfecho, tratando
desesperadamente, y sabiendo que nunca podría. Pues nunca había podido. El Rey
del Tíbet tenia dolor de tripas. ¡Oh, estar en otro lugar, haciendo otra cosa,
solo!
El paisaje exterior temblaba
en oleadas de miedo, que irradiaban desde las cimas le las montañas muy
lejanas. En las cimas de las montañas, parduscos y marchitos viejos
consideraban medios y fines, consideraban ruinas y portentos, consideraban
porqués y porconsiguientes... Lo ignoraban todo... y se dedicaban a enviar más
miedo a lugares más alejados. El paisaje temblaba en la noche, comenzando a
estremecerse con un terror que era mayor que el miedo que había pasado antes.
–¿Que hora es? –preguntó, y
no recibió respuesta.
Hacia treinta y siete años,
cuando el Rey del Tíbet había sido un muchacho, había un hombre con una pierna,
que había sido su padre por corto tiempo, y una mujer con algo de sangre de
negro en ella, que le había servido de madre.
–Puedes ser cualquier cosa,
Charles –le había dicho–. Lo que prefieras ser. Un hombre puede ser cualquier
cosa que desee: el Tío Wiggly, Jomo Kenyatta, el Rey del Tíbet, si es que así
lo deseas. Blanco o negro, Charles, eso no importa. Tan solo tienes que seguir
tu camino, ser bueno y hacer. Eso es lo único que debes recordar.
El Rey del Tíbet pasaba por
una mala época. Gordas blancas y colonia barata. Dinámico, había perdido el
horizonte. Exquisito, había tratado con superficies y le habían tratado de
forma similar. Consumido, había cumplido con su tiempo.
–Tengo que irme –le dijo
ella.
–Aún no, un poquito más. Por
favor. Así que se quedó. Con la bandera en alto, colgando fláccida ante la
ausencia de las brisas de Camelot, se quedó y sufrió. Finalmente, ella lo
soltó, y el Rey del Tíbet se metió bajo la ducha, permaneciendo cuarenta minutos.
Su piel dorada se le despellejó, se embebió; nunca estaba limpio del todo.
Perfumado, bañado, aún notaba los olores de wombats, almizcle de guarida,
graneros, fútiles recipientes de fluidos nocivos. Si era un ratón blanco, ¿por
qué no podía ver su molino de ruedas?
–Escucha, muñeca, necesito
quinientos pavos. Ya sé que no hemos estado juntos mas que un rato, pero los
necesito de mala manera –ella fue a rebuscar en su monedero y regresó.
La odiaba más por hacerlo
que por no hacerlo.
Y, por el pasado de ella,
sabía que él no formaría parte de ningún futuro reconocible.
–Charlie, ¿cuándo te veré de
nuevo? –¡Extraño nunca!
Llevado de allí en la carne
plateada del Cadillac, su gran y bella madre-cerda, de una extensa anchura de
trescientos (comprados con su semen) centímetros de rueda a rueda, Eldorado
semidiós de cuatrocientos caballos, intrépidamente cubicando 7200 centímetros,
atronando hasta olvidarse su peso de más de dos toneladas, va... fue...
Charlie... Charles... el Rey del Tíbet. Tez marrón dorada, tan limpia como le
era posible, quinientas razones y quinientas huidas. Conducido, conduciendo
hacia el exterior.
Siempre dentro, el Rey del
Tíbet iba afuera.
*
A lo largo de la ruta,
Manhattan, Jersey City, New Brunswick, Trenton. En Norristown, habiendo comido
en un excelente restaurante, Charlie fue detenido en la esquina de una calle
por una voz que hizo pssst desde un buzón. Abrió la rendija y un niño con suéter
y corbata sacó su cabeza y hombros a la noche.
–Tiene que ayudarme –le dijo
el chico–. Mi nombre es Batson. Billy Batson. Trabajo para la estación de radio
WHIZ y, si solo pudiera recordar la palabra exacta, y si solo pudiera decirla,
pasaría algo maravilloso. S es por la sabiduría de Salomón, H es por la fuerza
de Hércules, A es por la resistencia de Atlas, Z es por el poder de Zeus...
pero después de eso me he olvidado.
El Rey del Tíbet lenta y
firmemente empujó la cabeza de nuevo hacia dentro por la rendija del buzón, y
se marchó. Reading, Harrisburg, Mt. Union, Altoona, Nanty, Gb.
En el camino hacia
Pittsburgh había un ratón, con manos de cuatro dedos vestido con pantalón corto
rojo y dos grandes botones amarillos en la parte delantera, haciendo auto stop.
Zapatos como dos grandes guantes de boxeo, brillantes ojos sinceros, desamparando
y perdido, permanecía en la curva con el carnoso pulgar en alto, esperando.
Charlie pasó zumbando. Aquel no era su sueño.
Youngstown, Akron, Canton,
Columbus y hambriento de nuevo en Dayton.
O.
O hache i o. ¿Por qué se
tuvo que ir de allí? Nunca antes había estado. Aquél era un buen lugar. El río
corría negro y el día pasaba por encima como otro río. Se metió en un
aparcamiento y ni siquiera la diosa madre Eldorado. Esperaba paciente, sabiendo
que su seno tapizado estaría pronto repleto de nuevo con el Rey del Tíbet.
–Luego te alimentaré a ti
–le dijo al vehículo sensible mientras caminaba hacia el restaurante.
En el interior, en penumbras
y con velas encendidas en pleno mediodía, fue acomodado en un reservado hecho
en madera, y allí colocaron frente a él un mantel blanco de lino puro, cinco
cubiertos de plata, una copa de cristal tallado en la que esperaba agua de
calidad, y una promesa. De la promesa seleccionó, arriesgándose, apuestas nueve
a cinco y el favorito del día.
Una bruja aterciopelada
encaramada en un taburete del bar, frente a él, se volvió, enseñó pierna y
sonrió. El le ofreció cubiertos, agua, una promesa y se pusieron de acuerdo.
Charlie miró los ojos de
teca aceitada de ella por encima de la llama de la vela que había entre ellos.
Toda su piel era como una envoltura de sarán humedecida. Todos sus dientes eran
como cardos humedecidos. Toda ella era un misterio de huecos cóncavos bajo los
pómulos Charlie había comprado en cierta ocasión un aparato de televisión,
porque la pelirroja del anuncio era parte de su sueño. Había comprado un
cepillo de dientes eléctrico porque la morena con las fundas en los dientes
había indicado que también ella era parte de su sueño. Y, naturalmente, su gran
Eldorado. Ese era el sueño del Rey del Tíbet.
–¿Qué hora es? –pero no
recibió respuesta y, limpiándose los labios de los restos de la peche flambée,
él y la bruja aterciopelada abandonaron el restaurante: él con su sueño
agrietándose, y ella con tan solo un producto que vender.
Habla una fiesta en una casa
de una colina.
Cuando pasaron por el camino
de asfalto, la cinta negra bajo ellos se desenrolló como la rasposa lengua de
una gran serpiente primitiva.
–Te gustará esa gente –dijo
ella, y tomó el rostro sensitivo del Rey del Tíbet entre sus manos y lo besó
largamente. Sus uñas tenían color metal plateado y sus palmas estaban
ligeramente húmedas y eran regordetas, con promesas de placeres táctiles.
Caminaron hacia la casa.
Iluminada desde dentro, cada ventana tenía una faceta coloreada de luz. Los
sonidos aumentaban mientras se acercaban a la casa. El se puso a un paso por
detrás de ella y contempló la forma en que su piel fluía. Ella extendió la mano,
tocó la casa, y fluyeron una en la otra.
Ninguna puerta se abrió ante
ellos, pero aferradose con fuerza a su cabello fue sorbido tras ella, a través
de la piel de la casa.
En el interior, hablan cajas
de marfil tallado que, cuando se abrían, relevaban cajas más pequeñas en su
interior. Se sintió fascinado por una de esas cajas colocada alta sobre un
pedestal en el centro dé una alfombra om. La caja estaba decorada con dientes
de nutria y culebras hinchadas y linces. Abrió la primera caja y en el interior
había una segunda caja recubierta de escarcha helada. Dentro de la caja
escarchada había una tercera, y estaba decorada con espejos que no daban
reflejos. Y a continuación había una caja cuya superficie era una masa de
tallas, y todas eran huellas dactilares, y ninguna concordaba con la de
Charlie, y únicamente cuando un hombre de paso sonrió y acarició la tapa, se
abrió esta, revelando la siguiente caja más pequeña. Y así siguió, hasta que
perdió la cuenta de las cajas y el viaje terminó cuando no pudo ver la caja que
había dentro de la caja del tamaño de una mota de polvo que estaba en el
interior de todas las otras. Pero sabia que habían más, y notó una gran
tristeza por no poder alcanzarlas.
–¿Qué es, exactamente, lo
que desea? –le preguntó una mujer mayor de muy buenos huesos. Estaba recostada
contra una pared cuya única ornamentación era un gigantesco crucifijo de madera
del que colgaba una figura de Cristo, con la cabeza caída, los hombros
contorsionados como solo pueden estar aquellos cuyos brazos han sido
desencajados; la figura estaba hecha de macizas piezas de madera, todas ellas
artísticamente teñidas: trozos de puerta, patas de cama, sedales, machos de
timón, vigas, crucetas, trozos encajados de marcos macizos.
–Deseo... –comenzó, luego
extendió los brazos en confusión. Sabía lo que quería decir, pero nadie habla
ordenado nunca correctamente la progresión de palabras.
–¿Se trata de Madelaine?
–preguntó la vieja. Sonrió como la Tía Jemima, y apuntó un dedo al otro extremo
de la enorme sala de estar, clavándolo en la bruja aterciopelada al otro lado,
junto a la chimenea –. Está allí.
El Rey del Tíbet se sintió
algo más relajado.
–Ahora –dijo la vieja, con
su mano en la mejilla de Charlie–, ¿qué es lo que necesita saber? Dígamelo.
Aquí tenemos todas las respuestas. De verdad.
–Quiero saber...
La pantalla de la televisión
se tornó plata y lanzó un charco de luz, atrayendo la atención de Charlie. Las
posibilidades fueron listadas en la pantalla. Y lo que deseaba saber pareció
inconsecuente comparado con las posibilidades que vio listadas.
–Aquella –dijo–. La segunda.
¿Cómo murieron los dinosaurios?
–Oh. ¡Excelente! –Parecía
contenta de que hubiera escogido aquella –. ¿Shefty...?
–Llamó a un hombre alto de
sienes canosas. El la miró dejando de hablar a varias mujeres y a otro hombre,
la contempló expectante, y ella dijo –: Ha escogido la segunda. ¿Puedo?
–Naturalmente, querida –dijo
Shefty, alzando su copa de vino hacia ella.
–¿Tenemos tiempo?
–Oh, creo que sí –contestó
él.
–Sí... ¿Qué hora es?
–preguntó Charlie.
–Por allí –le dijo la vieja,
llevándolo fuertemente asido por el antebrazo. Se detuvieron frente a otra
pared –. Mire.
El Rey del Tíbet miró a la
pared, y esta palideció, se convirtió en hielo, y se hizo translúcida. Había
algo atrapado en el hielo. Algo grande. Algo oscuro. Forzó la vista, tratando
sus ojos de discernir la figura. Luego la estuvo viendo más claramente y era un
gran saurio, congelado en el momento de saltar sobre alguna especie menor.
–Gorgosaurio –dijo la vieja,
a su lado –. Se parece bastante al Tiranasaurio, como puede ver; pero las patas
delanteras solo tienen dos dedos. ¿Lo ve?
Diez metros de piel gris
curtida. Los dientes asesinos. El morro de hocico prominente, los ojos de ámbar
ahumado del comedor de despojos. La lisa y repugnante protuberancia de la cola
balanceante, las atrofiadas patas delanteras trágicamente agostadas e inútiles.
La musculatura... El pulsante latir de la sangre congelada bajo la piel de
lona. El... latir...
Vivía.
El Rey del Tíbet atravesó el
hielo, acompañado por la vieja de ojos de Circe, mientras la sala de estar,
blanco caracol de mar, reculaba tras la pared de hielo. El hielo se fue, vino
la noche.
Hielo que se fundía
lentamente de la gran masa frente a él. Se quedó asombrado.
–Mire –dijo la mujer.
Y vio mientras el hielo se
disolvía en niebla y bruma nocturna, y vio mientras la tierra temblaba, y vio
mientras el gran lagarto furioso se movía en tambaleante duda, y vio mientras
los otros llegaban apiñándose cerca, sin ser vistos. Llegó el Escolosaurio.
Llegó el Tracodonte. Llegó el Esteanosaurio. Llegó el Protoceraton. Y todos se
quedaron esperando.
El Rey del Tíbet sabía que
había mataderos en los que los bueyes eran colgados boca abajo de ganchos,
donde los cuellos eran cortados y la sangre corría espesa como aceite de
máquina. Vio una cosa dorada colgando, y no quiso mirar. Más tarde, miraría.
Esperaron, silenciosamente,
a que llegase.
Venía a través de la ciénaga
cretácea. Charlie lo podía oír. No muy fuerte, pero acercándose
inexorablemente.
–¿Quiere encenderme el
cigarrillo, por favor? –preguntó la vieja.
Brillaba. Llevaba un pálido
nimbo blanco. Caminaba a través del pantano, negro hasta las caderas por la
pútrida sustancia. Llegó, con los ojos hundidos bajo pobladas cejas
prominentes, la mandíbula proyectándose hacia delante, las amplias aletas de la
nariz olisqueando la gélida noche, los brazos cubiertos con suciedad incrustada
y pelo. El salvador.
Llegó hasta los lagartos
propietarios de la tierra. Caminó alrededor de ellos, que permanecieron quietos
y en silencio, próximos a su fin. Entonces los tocó, uno tras otro, y la plaga
se apoderó de ellos. Hongos azules se extendieron de las cinco huellas dejadas
en sus pieles imperecederas; muerte azul irradiando de impresiones de dedos
opuestos, uniéndose, extendiendo cilios y pudriendo la carne de los grandes
dinosaurios desaparecidos.
Se volvió a formar el hielo
y el Rey del Tíbet regresó a través de un frío perlino hacia la sala de estar.
Encendió una cerilla y le
prendió el cigarrillo.
Ella le dio las gracias y se
apartó.
La bruja aterciopelada
regresó.
–¿Te lo has pasado bien? –El
pensó en las cajas dentro de las cajas.
–¿Fue así como murieron?
¿Fue él el primero?
Ella asintió.
–¿Te pidió Nita algo?
Charlie nunca había visto el
mar. Oh, había estado en los estrechos en el Río Este y en el Hudson, pero
nunca había visto el mar. El verdadero mar, el mar atronador que se tornaba
negro por la noche como una lámina de vidrio. El mar que podía atraer y el mar
que podía matar, que podía tragarse ciudades enteras y convertirlas en mitos.
Deseaba ir a California.
De pronto, sintió miedo de
que nunca abandonaría aquella cosa de allí llamada Ohio.
–Te pregunté si Nita te
pidió algo.
–¿Cómo?
–Nita. ¿Te pidió ella algo?
–Tan solo lumbre.
–¿Se la diste?
–Sí.
El rostro de Madelaine flotó
en el tenue fluido de su vista. Los músculos de su mandíbula temblaron. Se giró
y caminó a través de la sala. Todo el mundo se volvió para mirarla. Llegó hasta
Nita, que repentinamente dio un paso hacia atrás y alzó los brazos.
–No, no lo hice...
La bruja aterciopelada
extendió fulgurantemente una mano hacia la mujer mayor y la mano pareció
atravesar su cuello. Los dedos de puntas de plata reaparecieron, apretados
alrededor de un delgado filamento brillante. Luego, Madelaine lo partió con un
gruñido.
Se oyó un terrible pequeño
sonido de Nita, y luego ella se volvió, acuosa, y se quedó en silencio junto a
la ventana, con aire vacío y sin esperanza.
Madelaine se limpió la mano
en el respaldo de un sofá y se acercó a Charlie.
–Nos iremos ahora. La fiesta
ha terminado.
El condujo en silencio, de
vuelta a la ciudad.
–¿Vas a subir? –le preguntó,
cuando aparcó el Eldorado frente al hotel.
–Voy a subir.
Se inscribieron como el
Profesor Pierre y Marja Skodowska Curie y por primera vez en su vida él fue
incapaz de alcanzar un clímax. Se quedó dormido sollozando por no haber visto
nunca el mar, y se despertó horas más tarde cuando la noche aún apretaba las
paredes. Ella no estaba allí.
Oyó sonidos en la calle, y
fue a la ventana.
Había una gran multitud en
la calle, apiñada alrededor de su coche.
Mientras miraba, un hombre
se echó de rodillas frente al dorado Eldorado y lo tocó. Charlie sabía que
aquel era su sueño. No podía moverse; tan solo mirar, mientras se comían su
coche.
El hombre acercó la boca al
frente del coche y la retiró ensangrentada. Un gran bocado había sido arrancado
de la brillante piel del Cadillac. Sangre dorada corría por las mandíbulas del
hombre.
Otro hombre se extendió
sobre el techo del coche e incluso desde detrás de la ventana el Rey del Tíbet
podía oír los temibles sonidos sorbentes y babosos. El techo fue hecho trizas.
Una mujer se acercó a gatas
a la parte trasera del coche y se cogió al tubo de escape. Su rostro temblaba
expectante y siguió allí hasta estar saciada.
Cuando hubo terminado, todos
se echaron sobre el coche y él los contempló mientras su sueño pasaba a sus
interiores, pieza a pieza, masticado y comido mientras él lo veía sin poder
hacer nada.
–Eso es todo, Charlie –la
oyó decir, tras él. No podía volverse para mirarla pero su reflejo se sobrepuso
al de él en la ventana. Allá afuera, en la oscuridad, se alejaron, habiendo
comido.
Miró, y vio la cosa dorada
colgando boca abajo en el matadero, con el cuello cortado, la sangre recogida
por canalones de ónix.
Sin coche, en Dayton, Ohio,
estaba muerto para los sueños.
–¿Qué hora es? preguntó.
Fin.
Titulo original: All the
Mouse Circus
LA BESTIA QUE GRITABA
AMOR EN EL CORAZÓN DEL UNIVERSO
Después de mantener una intrascendente
conversación con el empleado de desinsectación que venía una vez por mes para
rociar los alrededores de su casa en la sección de Ruxton, en Baltimore,
William Sterog le robó una lata de Malathion, un mortífero insecticida venenoso
que llevaba en el camión. Una mañana temprano, siguiendo la ruta del lechero
del barrio, empezó a echar cantidades medianas o grandes en cada botella que
había en la puerta trasera de setenta hogares. A las seis horas de la acción de
Bill Sterog, doscientos hombres, mujeres y niños habían muerto en convulsiva
agonía.
Cuando se enteró de que una
tía que vivía en Buffalo se estaba muriendo de cáncer de las glándulas
linfáticas, William Sterog ayudó apresuradamente a su madre a llenar tres
maletas y la llevó al aeropuerto Friendship. Allí la metió en un reactor de la
Eastern Airlines con una simple pero eficiente bomba de relojería, hecha con un
despertador Westclox Travalarm y cuatro cartuchos de dinamita, en su equipaje.
El reactor estalló en algún punto sobre Harrisburg, Pennsylvania. Noventa y
tres personas, incluida la madre de Bill Sterog, murieron en la explosión, y
los restos ardientes añadieron siete víctimas más al total al caer sobre una
piscina pública.
Un domingo de noviembre,
William Sterog se dirigió a la plaza Babe Ruth en la calle 33, y se convirtió
en uno de los 54.000 aficionados que atestaban el Memorial Stadium para ver a
los Baltimore Colts jugando contra los Green Bay Packers. Iba vestido con unos
pantalones de pana gris, un polo de cuello alto azul marino y un grueso jersey
irlandés, de lana, tejido a mano, bajo su parka. Cuando faltaban por jugar tres
minutos trece segundos del último cuarto, con el Baltimore diecisiete a
dieciséis en la línea de las dieciocho yardas del Green Bay, Bill Sterog se
abrió camino hasta el descansillo de la salida sobre los asientos del
entresuelo. Una vez allí, extrajo de debajo de su parka el subfusil M—3
excedente del ejército de los Estados Unidos que había comprado por 49,95
dólares al tratante en armas por correspondencia de Alexandria, Virginia.
Mientras los 53.999 aficionados saltaban en pie, agrandando así su campo de
tiro, al ser lanzada la pelota a uno de los jugadores zagueros mejor colocados
para poder chutar a gol, Bill Sterog abrió fuego sobre las apiñadas espaldas de
los aficionados situados debajo de él. Antes de que pudieran dominarlo, había
matado a cuarenta y cuatro personas.
Cuando la primera fuerza
expedicionaria a la galaxia elíptica del Escultor descendió en el segundo
planeta de una estrella de cuarta magnitud, que la fuerza había designado con
el nombre de Flammarion Theta, se encontraron con una escultura de doce metros
y medio de altura, esculpida en una sustancia blancoazulada hasta entonces
desconocida, que no era piedra y se parecía algo al metal, con la forma de un
hombre. La figura estaba descalza, iba ataviada con un ropaje que se parecía
vagamente a una toga, la cabeza cubierta por un gorro apretado, y llevaba en la
mano un peculiar artefacto de anillos y bolas de otro material totalmente
distinto. El rostro de la estatua era curiosamente beatífico. Las mejillas eran
prominentes, los ojos hundidos, una boca pequeña, casi no humana, y una amplia
nariz de anchas aletas. La estatua se alzaba enorme sobre las destruidas y
derruidas estructuras curvilíneas de algún olvidado arquitecto. Los miembros de
la fuerza expedicionaria comentaron la expresión peculiar que cada uno de ellos
apreciaba en el rostro de la estatua. Ninguno de aquellos hombres, de pie bajo
una brillante luna de bronce que compartía el cielo del atardecer con un sol en
el ocaso bastante diferente en colorido al que ahora brillaba casi apagado en
una Tierra inimaginablemente lejana del tiempo y el espacio, había oído hablar
jamás de William Sterog. Así pues, ninguno de ellos podía decir que la
expresión de la estatua era la misma que Bill Sterog había mostrado mientras le
decía al juez de última instancia que estaba a punto de sentenciarlo a muerte
en la cámara de gas:
—Amo a todo el mundo. Lo
amo. ¡Por Dios bendito, os amo, os amo a todos! —gritaba.
Cuandosección, a través de
intersticios del pensamiento llamados tiempo, a través de imágenes reflexivas
llamadas espacio; otro entonces, otro ahora. Este lugar, por allí. Más allá de
los conceptos, la transustanciación de la simplicidad etiquetada finalmente
si... Cuarenta y más pasos hacia el lado, pero luego, muy luego. Allí en aquel
centro último, desde el que todo irradia hacia afuera, convirtiéndose en
infinitamente más complejo, el enigma de la simetría, armonía, prorrateo
cantando con un orden cuidadosamente afinado en este lugar, donde todo comenzó,
comienza y siempre comenzará. El centro: Cuandosección.
O: un centenar de millones
de años en el futuro. Y: un centenar de millones de parsecs más allá del borde
extremo del espacio mensurable. Y: distorsiones homólogas innumerables a través
de universos de existencias paralelas. Finalmente: una infinitud de saltos
mentales más allá del pensamiento humano.
Allí: Cuandosección.
En el nivel malva,
acurrucado en las coloraciones magenta oscuras que mimetizaban su forma
encorvada, el maníaco esperaba. Era un dragón, grueso y redondo de torso, con
la estrecha cola lanceolada recogida bajo el cuerpo; los pequeños y gruesos
escudos óseos alzándose perpendicularmente sobre la espalda arqueada, llegando
hasta el extremo de la cola, con las puntas hacia arriba; los cortos brazos
acabados en garras cruzados sobre su amplio pecho. Tenía las siete cabezas de
perro de un antiguo cancerbero. Cada cabeza vigilaba, esperando, hambrienta,
demente.
Distinguió la brillante cuña
amarilla de luz mientras se movía en un rastrillado al azar a través del malva,
siempre acercándose. Sabía que no podía correr: el movimiento lo traicionaría,
la luz—espectro lo hallaría al instante. El miedo ahogaba al maníaco. El
espectro lo había perseguido a través de la inocencia y la humildad y las nueve
otras ofuscaciones emocionales que había intentado usar. Tenía que hacer algo,
lograr que perdieran el rastro; pero estaba solo en aquel nivel. Lo habían
cerrado hacía algún tiempo, para purgarlo de emociones residuales. Si no
hubiera estado tan confuso tras los asesinatos, si no se hubiera estado
ahogando en su desorientación, nunca se hubiera atrapado él mismo en un nivel
cerrado.
Ahora que estaba allí, no
había lugar alguno en que ocultarse, parte alguna a la que escapar de la
luz—espectro que lo perseguía sistemáticamente. Luego lo purgarían.
El maníaco hizo un último
intento: cerró su mente, los siete cerebros a la vez, de la misma manera que
estaba cerrado el nivel malva. Cortó todo pensamiento, apagó los fuegos de la
emoción, interrumpió los circuitos neurales que suministraban energía a su
mente. Como una gran máquina que va parándose tras haber estado en plena
actividad, sus pensamientos se relajaron y empalidecieron y agostaron. Entonces
hubo un hueco en donde había estado. Siete cabezas de perro durmieron.
El dragón había dejado de
existir en términos de pensamiento, y la luz—espectro pasó de largo, sin
encontrar allí nada que tomar como blanco. Pero aquellos que buscaban al
maníaco eran cuerdos y no estaban locos como él; su cordura seguía un orden y,
ordenadamente, consideraban cada exigencia. La luz—espectro era seguida por
haces buscadores de calor, por sensores de masa, por sabuesos que podían
husmear la pista de materia extraña a un nivel cerrado.
Localizaron al maníaco. Lo
encontraron encerrado en sí mismo como un sol apagado, y lo transfirieron; no
se daba cuenta del movimiento; estaba encarcelado en sus propios cráneos
silentes.
Pero cuando eligió abrir de
nuevo sus pensamientos, en la desorientación atemporal que sigue a un cierre
total, se encontró atrapado en estasis en una sala de drenaje en el tercer
nivel rojo activo. Entonces, con sus siete gargantas, chilló.
Por supuesto, el sonido se
disipó en los silenciadores traqueales que le habían implantado antes de que se
abriese. La vacuidad del sonido le aterrorizó aún más.
Permanecía sumergido en una
sustancia ámbar que le ceñía confortablemente; si hubiera estado en una era
mucho más primitiva, en otro mundo, o en otro continuo, simplemente se hubiera
hallado atado a un lecho de hospital. Pero el dragón estaba atrapado en estasis
en un nivel rojo, cuandosección. Su lecho de hospital era antigravitatorio, sin
peso, totalmente relajante, y le suministraba líquidos nutritivos, calmantes y
tonificantes a través de su coriácea piel. Estaba esperando para ser drenado.
Linah se impulsó a la sala,
seguido por Semph. Semph, el descubridor del drenaje. Y su más elocuente
némesis, Linah, que buscaba la Pública Elevación al cargo de Procurador. Se
impulsaron a lo largo de las hileras de pacientes sumergidos en ámbar: los sapos,
los cubos de cristal, los poseedores de exoesqueleto, los cambiadores de
pseudópodos y el dragón de siete cabezas; Se detuvieron directamente enfrente y
por encima del maníaco. Este podía mirar hacia arriba y verlos, imágenes siete
veces contempladas; pero era incapaz de emitir sonidos.
—Si necesitara una razón
concluyente, aquí hay una de las mejores —dijo Linah, inclinando su cabeza
hacia el maníaco.
Semph sumergió una varilla
de análisis en la sustancia ámbar, la extrajo e hizo una rápida lectura de la
condición del paciente.
—Si necesitases una
advertencia mayor —le contestó suavemente—, ésta sería una de las mejores.
—La Ciencia se inclina ante
la voluntad de las masas –dijo Linah.
—No me gustaría creer eso
—le atajó rápidamente Semph. Había un tono indefinible en su voz, que subrayaba
la agresividad de sus palabras.
—Voy a hacer que eso sea
cierto, Semph... créalo. Voy a conseguir que la Concordia apruebe la
resolución…
—Linah, ¿cuánto hace que nos
conocemos?
—Desde su tercer flujo. El
segundo mío.
—Exactamente. ¿Le he dicho
alguna mentira, le he pedido alguna vez que hiciera algo que pudiera ir en su
contra?
—No. No que yo recuerde.
—Entonces, ¿por qué esta vez
no quiere escucharme?
—Porque creo que está
equivocado. No soy un fanático, Semph. Ni utilizo eso como palanca política.
Estoy realmente convencido de que es la mejor oportunidad que jamás hayamos
tenido.
—No es sino el desastre para
todos y para los demás lugares, a través de los tiempos pasados, y sólo Dios
sabe en qué extensión a lo largo del paralelaje. Limpiaremos nuestro nido
echando la suciedad a todos los otros nidos que jamás hayan existido.
Linah extendió sus manos en
gesto de impotencia.
—Es el instinto de
supervivencia.
Semph agitó lentamente la
cabeza, con un cansancio que también reflejaba en su expresión:
—Desearía poder drenar
también eso.
—¿No puede?
Semph se alzó de hombros.
—Puedo drenar cualquier
cosa; pero quizá no valiese la pena vivir por lo que quedase.
La sustancia ámbar cambió de
tonalidad. Brillaba con una coloración azulada en lo profundo de sí misma.
—El paciente está dispuesto
—dijo Semph—. Linah, por última vez: se lo suplicaré si es preciso. Por favor,
deténgalo hasta la siguiente sesión. La Concordia no tiene por qué utilizarlo
ahora. Déjeme hacer algunos experimentos más, déjeme ver a qué distancia se
dispersa esta basura, cuánto daño puede causar. Déjeme preparar algunos
informes.
Linah se mantuvo firme. Negó
con la cabeza, rotundamente. —¿Puedo ver el drenado con usted?
Semph suspiró profundamente.
Estaba derrotado y lo sabía.
—Sí, de acuerdo.
La sustancia ámbar comenzó a
alzarse, transportando su silenciosa carga. Llegó al nivel de los dos hombres,
y se deslizó suavemente por el aire, entre ellos. Se impulsaron tras el
recipiente que contenía al dragón de cabezas de perro, y pareció que Semph
desease decir algo; pero no había nada que decir.
La cristaloide cuna ámbar se
difuminó y desapareció, y los hombres se desvanecieron y ya no estuvieron allí.
Reaparecieron todos en la cámara de drenaje. La plataforma de irradiación
estaba vacía. La cuna ámbar descendió sobre ella silenciosamente, y la sustancia
flotó alejándose, desapareciendo tras depositar al dragón.
Desesperadamente, el maníaco
trató de moverse, alzarse. Siete cabezas se estremecieron inútilmente. Su
locura se impuso a los calmantes y se consumió en furia, frenesí, odio
desenfrenado; pero no podía moverse. Tan sólo era capaz de mantener su forma.
Semph giró la banda de su
muñeca izquierda. Brillaba con un fulgor interior, dorado oscuro. El sonido del
aire que corre a llenar un vacío atronó en la cámara. La plataforma de
irradiación estaba iluminada por una luz plateada que parecía surgir del mismo
aire, de una fuente desconocida. El dragón estaba bañado por aquella luz y las
siete grandes bocas se abrieron una sola vez, exponiendo hileras de colmillos.
Luego, los párpados dobles de sus ojos se cerraron.
El dolor que sentía en el
interior de sus cabezas era monstruoso. Un terrible tirón que se convirtió en
el sorber de un millón de bocas. Su cerebro fue arrancado, estrujado,
comprimido y purgado.
Semph y Linah apartaron la
vista del cuerpo del dragón, dirigiéndola ahora al tanque de drenaje, al otro
lado de la cámara. Mientras miraba, se estaba llenando desde abajo: llenando
con una nube torbellina, casi incolora, de humo punteado de chispazos.
Linah apartó con esfuerzo
sus ojos del tanque. El dragón con las siete cabezas de perro se agitaba. Como
si se le viese a través de agua alterar su forma. A medida que el tanque se
llenaba, al maníaco le iba resultando cada vez más difícil mantener su forma.
Cuanto más densa se hacía la nube chisporroteante en el tanque, menos constante
era la forma de la criatura en la plataforma de irradiación.
Pero al final, le resultó
imposible; y el maníaco abandonó. El tanque se llenó con más rapidez, y la
forma se estremeció y alteró y disminuyó de tamaño y entonces se vio
sobrepuesta la forma de un hombre a la del dragón. Y cuando el tanque estuvo
lleno en sus tres cuartas partes, el dragón no fue más que una sombra
recortada, un rastro, una mera sugestión de lo que había sido cuando comenzó el
drenaje. Ahora, la forma humana se estaba haciendo dominante por momentos.
Cuando el tanque estuvo
lleno, un hombre normal yació en la plataforma de irradiación, respirando
ruidosamente, con los ojos cerrados, con los músculos estremeciéndose
involuntariamente.
—Está drenado —dijo Semph.
—¿Está toda en el tanque?
—preguntó suavemente Linah.
—No, no hay nada.
—Entonces...
—Esto es tan sólo el
residuo. Inofensivo. Los reagentes purgados de un grupo de sensitivos los
neutralizarán. Las esencias peligrosas, las líneas de fuerza degeneradas que
componen el campo..., ésas han desaparecido. Ya han sido drenadas.
Linah pareció preocupado.
Por primera vez.
—¿Dónde han ido?
—Dígame, ¿ama a su prójimo?
—¡Por favor, Semph! Le he
preguntado dónde ha ido... a cuándo fue.
—Y yo le he preguntado si le
importaba alguien más que usted.
—Ya conoce la respuesta...
¡Ya me conoce! Quiero saberlo, dígamelo, al menos dígame lo que sepa. ¿Dónde...
cuándo...?
—Entonces me perdonará,
Linah, porque yo también amo a mi prójimo, sea quien sea, esté donde esté.
Tengo que hacerlo porque trabajo en un campo inhumano, y debo aferrarme a algo.
Así que me perdonará...
—¿Qué es lo que va a...?
En lndonesia tienen una
frase para definirla: Djam Karet, la hora que se alarga.
En la segunda de las grandes
salas que Rafael diseñó para el papa Julio II, la Estancia de Heliodoro del
Vaticano, el artista pintó (y sus discípulos completaron) un magnífico fresco
del histórico encuentro entre el papa León I y Atila, rey de los Hunos, en el
año 452.
En esta pintura se plasma la
creencia de los cristianos de todo el mundo de que la autoridad espiritual de
Roma la protegió en aquella hora desesperada, cuando los hunos llegaron a
saquear e incendiar la Ciudad Santa. Rafael ha pintado a san Pedro y san Pablo
bajando del cielo para reforzar la intervención del papa León. Su
interpretación es un embellecimiento de la leyenda original, en la que tan sólo
se menciona al apóstol Pedro, alzándose junto a León con una espada
desenvainada. Y la leyenda era una elaboración a partir de los pocos datos que
habían sido transmitidos desde la antigüedad relativamente inalterados: León no
tenía a su lado cardenales y, desde luego, ningún apóstol airado. Era uno de
los tres miembros de la delegación. Los otros dos eran dignatarios seculares
del estado romano. La reunión no tuvo lugar, como la leyenda quisiera hacemos
creer, junto a las puertas de las murallas de Roma, sino al norte de Italia, no
muy lejos de lo que hoy en día es Peschiera.
No se conoce nada más de la
confrontación. Lo cierto es que Atila, que nunca había sido detenido, no arrasó
Roma. Se retiró.
Djam Karet. El campo de la
línea de fuerza originado en un centro de paralelaje cuandosección, un campo
que pulsó a través del tiempo y del espacio y las mentes de los hombres por el
doble de diez mil años. Luego se interrumpió repentina e inexplicablemente, y
Atila el Huno se llevó las manos a la cabeza, con su mente enrollándose como
una cuerda en el interior de su cerebro. Sus ojos se vidriaron, luego se
aclararon e inhaló desde lo más hondo de su pecho. Después ordenó retirada a su
ejército. León el Grande dio gracias a Dios y a la memoria bendita de Cristo
Salvador. La leyenda se encargó de añadir a san Pedro, y Rafael a san Pablo.
El doble de diez mil años:
Djam Karet; el campo que pulsaba, y por un breve momento que podía haber sido
instante o años o milenios, quedó interrumpido.
La leyenda no cuenta la
verdad. Más específicamente, no cuenta toda la verdad: cuarenta años antes de
que Atila asolase Italia, Roma había sido tomada y saqueada por Alarico el
Godo. Djam Karet. Tres años después de la retirada de Atila, Roma fue tomada y
saqueada una vez más por Gaiserico, rey de todos los vándalos.
Había una razón por la que
los desechos de locura hubieran dejado de fluir a todo lugar y a todo tiempo
desde la drenada muerte de un dragón de siete cabezas...
Semph, traidor de su raza,
flotaba ante la Concordia. Linah, su amigo, el hombre que ahora buscaba su
flujo final, era el procurador de la audiencia. Hablaba en voz baja, pero
elocuentemente, de lo que había hecho el gran científico.
—El tanque estaba en
drenaje. Me dijo: «Me perdonará, Linah, porque yo también amo a mi prójimo, sea
quien sea, esté donde esté. Tengo que hacerlo porque trabajo en un campo
inhumano, y debo aferrarme a algo. Así que me perdonará». Cuando acabó de
hablar, se interpuso.
Los sesenta miembros de la
Concordia, un representante por cada raza que existía en el centro: seres con
forma de pájaro y cosas azules y hombres de grandes cabezas y aromas naranjas
con trémulos cilios, miraron a Semph, que flotaba. Su cuerpo y cabeza estaban
agrupados como una bolsa de papel marrón. Había perdido todo su cabello. Sus
ojos estaban apagados y acuosos. Desnudo, ondulante, se deslizó hacia un lado;
luego una brisa errante por la cámara sin paredes lo devolvió a su sitio. Se
había drenado a sí mismo.
—Pido a esta Concordia que
este hombre sea condenado a último flujo. Aunque su interposición duró tan sólo
unos segundos, no podemos saber qué daño o innaturalidad ha causado a
cuandosección. Yo le acuso de que su intento era sobrecargar el drenaje y así
dejarlo inoperante. El acto de una bestia que no dudaba en condenar a las
sesenta razas del centro a un futuro en el que la locura siguiese prevaleciendo
es algo que tan sólo puede ser castigado con la terminación.
La Concordia cerró sus
mentes y meditó. Una atemporalidad más tarde, unieron de nuevo sus mentes, y se
aceptaron las acusaciones del Procurador; se estuvo de acuerdo en su demanda de
sentencia.
En las silentes orillas de
un pensamiento, el hombre de papiro era llevado en brazos por su amigo, el
verdugo, el Procurador. Allí, en la polvorienta quietud de la noche cercana,
Linah dejó a Semph sobre la sombra de un suspiro.
—¿Por qué me detuvo?
—preguntó la arruga con boca. Linah miró a lo lejos, más allá de la galopante
oscuridad. —¿Por qué?
—Porque aquí, en el centro,
hay una posibilidad.
—Y para ellos, para todos
ellos de ahí fuera, ¿jamás habrá una oportunidad?
Linah se sentó despacio,
hundiendo sus manos en la niebla dorada, dejándola deslizarse por sus muñecas,
de vuelta a la expectante carne del mundo.
—Si podemos comenzar aquí,
si podemos agrandar nuestras fronteras hacia fuera, entonces quizá un día,
alguna vez, podamos llegar hasta el fin de los tiempos con esa pequeña
posibilidad. Hasta entonces, es mejor tener un centro en el que no haya locura.
Semph apresuró sus palabras,
el fin estaba corriendo hacia él.
—Los habéis condenado a
todos. La locura es un vapor vivo. Una fuerza. Puede ser embotellada. El más
potente genio en la botella más fácil de abrir. Y los habéis condenado a vivir
siempre con ella. En el nombre del amor.
Linah emitió un sonido que
no llegaba a ser una palabra, pero lo ahogó. Semph tocó su muñeca con un
temblor que había sido una mano. Dedos que transmitían suavidad y calor.
—Lo siento por usted, Linah.
Su cruz es ser un verdadero hombre. El mundo está hecho para los luchadores, y
usted nunca aprendió a luchar.
Linah no replicó. Solamente
pensaba en el drenaje que ahora era eterno. Puesto en marcha y mantenido en
marcha por su misma necesidad.
—¿Edificará un mausoleo a mi
memoria? —preguntó Semph. Linah asintió.
—Es tradicional.
Semph esbozó una sonrisa.
—Entonces hágaselo a la de
ellos, no a la mía. Yo soy quien diseñó el instrumento de su muerte, y no
necesito mausoleo. Escojan a uno de ellos, uno que no sea muy importante, pero
que represente algo para ellos si lo encuentran y lo comprenden. ¿Lo hará?
Linah asintió.
—¿Lo hará? —preguntó Semph.
Sus ojos estaban cerrados y
no podía ver el signo de asentimiento.
—Sí, lo haré —respondió
Linah; pero Semph no podía oírle.
El flujo comenzó y terminó,
y Linah se encontró solo en el cóncavo silencio de la soledad.
Colocaron la estatua en un
lejano planeta de una lejana estrella en un tiempo que era antiguo aunque
realmente nunca había comenzado. Existía en las mentes de los hombres que
vendrían luego. O nunca.
Pero, si venían, sabrían qué
infierno se albergaba en su interior, que había un Cielo al que los hombres
llamaban Cielo, y que en él había un centro del que fluía toda locura; y que
una vez dentro de aquel centro, había paz.
En lo que otrora fue
Stuttgart, entre las ruinas de un edificio que había albergado una fábrica de
camisas, Friedrich Drucker encontró una caja de muchos colores. Enloquecido por
el hambre y por el recuerdo de haber comido carne humana durante semanas, el
hombre arañó el borde de la caja con los sangrientos muñones de sus dedos.
Mientras la caja se abría, soplaron ciclones alrededor del aterrorizado rostro
de Friedrich Drucker. Ciclones y formas negras, aladas, sin rostro, que se
desparramaron por la noche, seguidas por una última bocanada de humo que olía
fuertemente a gardenias mustias.
Pero Friedrich Drucker tuvo
poco tiempo para recapacitar sobre el significado de aquella humareda púrpura,
porque, al día siguiente, estalló la cuarta guerra mundial.


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