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Libro N° 4029. El Bebedor. Fallada, Hans.

Libro N° 4029. El Bebedor. Fallada, Hans.

 


© Libro N° 4029. El Bebedor. Fallada, Hans. Colección E.O. Julio 29 de 2017.

Título original: ©  Der Trinker

 

Versión Original: © El Bebedor. Hans Fallada

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://cuentoshistoriasdelmundo.blogspot.com.co/2015/06/el-bebedor-hans-fallada.html#more

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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EL BEBEDOR

Hans Fallada

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Erwin Sommer es un respetable empresario casado que, a raíz de una crisis personal y profesional, sucumbe a la bebida. Consciente del peligroso camino que está emprendiendo, se abandona sin embargo a los placeres de la embriaguez y el olvido. Su descenso a los infiernos del alcohol lo llevará hasta el manicomio y la cárcel.El bebedor es la novela más autobiográfica de su autor, un retrato de los bajos fondos de la Alemania de 1940 y un espeluznante testimonio de la atroz adicción de la que el propio Hans Fallada fue víctima. La opresión social, judicial y penitenciaria de toda una época cobra vida en el sobrecogedor realismo del célebre autor alemán.Estas páginas fueron escritas en 1944, en apenas dos semanas, durante la reclusión de Fallada en la cárcel. Con el fin de salvaguardar el manuscrito de sus captores, las escribió de forma casi ilegible, en una especie de código que sólo pudo ser descifrado después de su muerte. El bebedor vio la luz en Alemania en 1950 y ha permanecido inédito en nuestra lengua hasta hoy. Su aparición en nuestro país, simultánea a la publicación del diario 'En mi país desconocido', es un acontecimiento literario que pone por fin al alcance del lector en español un «libro valiente, honesto y necesario» (The Sunday Times).

 

 

 

 

 

 

 

 

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notes

 

 

1

 

Por supuesto que no siempre he bebido, incluso no hace mucho que empecé a beber. Antes el alcohol me daba asco; como máximo me bebía un vaso de cerveza; el vino me sabía ácido y el olor del aguardiente me ponía enfermo. Pero entonces llegó un tiempo en el que todo empezó a irme mal. Mis negocios no marchaban como debían y tuve algunos desencuentros. Siempre he sido una persona blanda, he necesitado la simpatía y el reconocimiento del mundo, aunque nunca dejara que se notara y siempre aparentara mucha convicción y seguridad en mí mismo. Lo peor de todo fue que empecé a tener la sensación de que también mi mujer se alejaba de mí. Al principio fueron señales imperceptibles, sucesos que otro hubiera pasado por alto. Por ejemplo, en una ocasión se olvidó de ofrecerme pastel durante un cumpleaños que celebrábamos en nuestra casa; yo nunca como pastel, pero antes siempre me lo ofrecía. Y en otra ocasión durante tres días pasó por alto una telaraña sobre la estufa de mi habitación. Yo revisé todas las habitaciones, pero en ninguna había una telaraña, sólo en la mía. Quise esperar a ver cuánto tiempo la dejaba allí para fastidiarme, pero el cuarto día ya no aguanté más y se lo dije. Entonces limpió la telaraña. Se lo reproché con dureza. No quería que ella se diera cuenta de ninguna de las maneras de todo lo que yo sufría por esas ofensas y por mi soledad.

Sin embargo, el hecho no quedó allí. Pronto llegó el asunto con el felpudo. Ese día había tenido problemas con mi banco, por primera vez me habían negado dinero; seguramente ya se había comentado que había sufrido pérdidas. El director del banco, un tal señor Alf, fue muy amable, me habló de unas dificultades pasajeras e incluso me ofreció telefonear a la central y solicitar un crédito especial para mí. Obviamente yo rechacé la oferta, como siempre sonreía y ofrecía una imagen de seguridad en mí mismo. Aunque ya me había dado cuenta de que en esta ocasión no me había ofrecido, como hacía siempre, un cigarro; este cliente ya no lo merecía. Muy abatido me dirigí de nuevo a casa bajo una fuerte cortina de lluvia otoñal. Aún no estaba realmente en dificultades; pero mis negocios no habían progresado como debieran, algo que en ese momento se hubiera superado seguramente con algo de ímpetu. Aunque justamente ese ímpetu es el que yo no quería aportar, estaba demasiado desanimado por todos los fracasos sordos que me habían salido al paso.

Cuando llegué a casa (vivimos en las afueras de la ciudad en nuestra propia villa y la calle que lleva hasta allí aún no está asfaltada), quise limpiar frente a la puerta de entrada mis zapatos sucios, pero precisamente ese día faltaba el felpudo. Abrí la puerta enfadado y llamé a mi mujer hacia el interior de la casa. Ya estaba oscureciendo, pero no había luz por ninguna parte y tampoco apareció Magda. Volví a llamarla repetidas veces, pero no recibí contestación. Me encontraba en una situación realmente terrible: estaba bajo la lluvia frente a la puerta de entrada de mi propia villa y no podía entrar en casa, porque me daba rabia ensuciar el vestíbulo y el descansillo; y todo porque mi mujer se había olvidado de colocar el felpudo y no estaba allí en el preciso instante en el que ella sabía perfectamente que yo volvía del trabajo. Finalmente tuve que sobreponerme: entré en casa con cuidado sobre las puntas de los pies. Cuando me senté en la silla del recibidor con el fin de descalzarme y para ello encendí la luz, vi que toda precaución había sido en vano: en la alfombra verde claro del recibidor se habían formado las manchas más horribles. Siempre le he dicho a Magda que un verde reseda tan intenso no encaja en el recibidor, pero ella opina que nosotros somos ya suficientemente mayores para tener un poco de cuidado, y que en todo caso Else (nuestra joven criada) ya utiliza igualmente la entrada trasera y está acostumbrada a andar por casa en zapatillas. Empecé a descalzarme enfadado y en el momento en el que estaba terminando vi a Magda, que salía por la puerta que conduce a la escalera del sótano. El zapato se me deslizó y cayó con estruendo sobre la alfombra, formando una asquerosa mancha.

—¡Ten más cuidado, Erwin! —gritó Magda enfadada—. Mira cómo has puesto de nuevo una alfombra tan bonita. ¿No te puedes acostumbrar a limpiarte los zapatos antes de entrar?

La injusticia tan manifiesta de ese reproche me enfureció, pero me contuve.

—Pero ¿se puede saber dónde demonios estabas? —le pregunté mirándola aún fijamente—. ¡Por lo menos te he llamado diez veces!

—En el sótano, ocupada con la calefacción central —me respondió fríamente Magda—. Pero ¿qué tiene que ver con mi alfombra?

—La alfombra es tanto mía como tuya —le respondí exaltado—. No la he manchado por gusto. ¡Pero es que el felpudo no está en la entrada!

—¿Que el felpudo no está en la entrada? ¡Pues claro que el felpudo está frente a la puerta!

—¡No está! —grité con vehemencia—. ¡Por favor, compruébalo tú misma!

Pero ella no pensaba en ir hasta la puerta.

—Si Else se ha olvidado de poner el felpudo, ¡podrías haberte descalzado en el vestíbulo! ¡Aunque no hacía falta que dejaras caer tu zapato con ese estruendo sobre la alfombra!

La miré indignado, mudo de rabia.

—Sí —me dijo—, ahora callas. Cuando te reprocho algo entonces callas. Pero tú siempre me reprochas algo...

No encontré que sus palabras tuvieran sentido, pero igualmente dije:

—¿Cuándo te he reprochado yo algo?

—Ahora mismo —me respondió rápidamente—. Primero porque no he venido cuando me has llamado, porque tenía que ajustar la calefacción, pues hoy Else tiene su tarde libre. Y después, porque el felpudo no está frente a la puerta de entrada. Pero es imposible que yo, con todo el trabajo que tengo, pueda controlar cualquier tontería que deba hacer Else.

Me recompuse. Me dije a mí mismo que Magda era injusta con todo lo que había dicho:

—No nos peleemos, Magda. Pero te ruego que me creas, la mancha no la he hecho a propósito.

—Y tú créeme a mí —me contestó aún con bastante dureza— que no ha sido mi intención que tuvieras que llamarme y que tuvieras que esperar.

Yo no contesté. Hasta la cena ambos nos supimos comportar dentro de lo violento de la situación, incluso llegamos a mantener una conversación muy civilizada, y de repente se me ocurrió ir a buscar una botella de vino, que me regalaron en una ocasión y que llevaba años en el sótano. No sé cómo me vino la idea a la cabeza, quizá la sensación de nuestra reconciliación despertó en mí el pensamiento de algo festivo, como una boda o un bautizo. Magda también estaba muy sorprendida, aunque sonrió aprobando mi idea. Sólo me bebí vaso y medio, aunque esa noche el vino no me sabía ácido. Incluso me invadió una sensación de alegría y conseguí hablarle a Magda de mis negocios, que tantas preocupaciones me ocasionaban. Naturalmente que no le hablé ni una palabra de esas preocupaciones, sino que, por el contrario, le mentí convirtiendo mis fracasos en éxitos. Magda me escuchaba interesada como hacía mucho tiempo que no hacía. Tuve la sensación de que el alejamiento entre nosotros dos había desaparecido por completo y, contento por ello, le regalé a Magda cien marcos para que se comprara algo bonito: un vestido o un anillo o aquello que realmente le hiciera ilusión.

 

2

 

Más adelante a menudo me he preguntado si esa noche estaba en realidad completamente borracho. Está claro que no lo estaba, sino tanto Magda como yo lo hubiéramos notado, pero esa noche tuve, a pesar de todo, la primera curda de mi vida. No es que me tambaleara y me cayera al suelo. Eso no podría haberlo provocado ese vaso y medio de vino tinto aguado en una persona tan sobria como yo, aunque el alcohol había transformado todo mi mundo. Me hizo creer que entre Magda y yo no se había producido ningún distanciamiento ni ninguna pelea, transformó mis preocupaciones laborales en éxitos, en tales éxitos que incluso estaba dispuesto a regalar cien marcos; seguro que no era una suma importante, pero en mi situación no era, al fin y al cabo, una suma a despreciar. Cuando a la mañana siguiente me desperté y mi memoria recorrió todos los hechos que habían sucedido, desde el felpudo olvidado hasta el billete de cien marcos que le regalé, tuve claro de qué forma había humillado a Magda. No sólo la había engañado sobre mi situación laboral, sino que además había tapiado ese engaño regalándole dinero con el fin de que fuera más creíble, algo que en términos jurídicos se llamaría, sin duda alguna, «estafa». Aunque el aspecto jurídico era insignificante, lo importante era el humano, y el aspecto humano de ese asunto era simplemente terrible. Por primera vez en nuestro matrimonio había engañado a Magda conscientemente. ¿Y por qué? ¿Por qué demonios? Sin razón alguna, pues podría haberme callado todas esas cosas, sin ningún problema, como había hecho hasta la fecha. Nadie me forzó a hablar. ¿Nadie? Bueno sí, el alcohol me llevó a ello. Cuando lo reconocí por primera vez, cuando comprendí en todo su alcance qué farsante es el alcohol y cómo convierte a personas sinceras en farsantes, me juré no beber nunca más una gota de alcohol e incluso prescindir del vaso de cerveza que disfrutaba de vez en cuando.

Pero ¿qué son los propósitos, qué son los proyectos? Esa mañana del desengaño también me juré aprovechar por lo menos ese acercamiento que se había producido la noche anterior con Magda y no permitir que se produjera de nuevo un distanciamiento o incluso una pelea. Sin embargo, no tuvieron que pasar muchos días para que volviéramos a pelearnos. En realidad era algo completamente incomprensible: durante catorce años de matrimonio apenas habíamos tenido una pelea y ahora que cumplíamos quince no podíamos vivir sin pelearnos. En ocasiones incluso a mí me parecían cómicas las razones por las que nos peleábamos. Parecía que tuviéramos que pelearnos en determinados momentos, no importaba la causa. La pelea también parecía ser como un veneno, al que uno se acostumbra rápidamente y sin el que uno ya no puede vivir más. Al principio conservábamos miedosos las formas, intentábamos en la medida de lo posible ser imparciales en relación con el motivo de la pelea y evitar todo lo que pudiera perjudicar al otro. El hecho de que estuviera presente la joven Else también nos inhibía. Sabíamos que era curiosa y que informaba de todo lo que se enteraba. Por entonces para mí hubiera sido realmente terrible que cualquiera de la ciudad supiera de mis preocupaciones y de mis peleas. No mucho más tarde, claro está que lo que pensaran o hablaran las personas de mí me daba completamente igual y, lo que aún es peor, había perdido toda vergüenza.

Ya he dicho que Magda y yo nos acostumbramos a pelearnos prácticamente cada día. Naturalmente se trataba sólo de lloriqueos, pequeños enfrentamientos por tonterías, hecho que aliviaba un poco las tensiones que surgían entre nosotros una y otra vez. También eso era en realidad un milagro, aunque no agradable: durante años Magda y yo habíamos disfrutado de un matrimonio bastante bueno. Nos habíamos casado por amor, por entonces ambos teníamos un empleo muy modesto, íbamos por ahí con nuestra pequeña maleta como vendedores. Ah, esos maravillosos tiempos llenos de privaciones de nuestros primeros años de matrimonio, ¡cuando pienso hoy en ellos! Magda era una verdadera artista con la economía doméstica, algunas semanas nos arreglábamos con diez marcos y nos parecía que vivíamos como príncipes. Entonces llegaron los tiempos temerarios, repletos de tensión, en los que yo me instalé por mi cuenta, pues con ayuda de Magda pude montar mi propio negocio. ¡Todo era gloria, oh Dios mío, qué bien nos iba todo entonces! Sólo teníamos que proponernos algo, aplicar nuestro esfuerzo y nuestro celo a un proyecto, y ya se hacía realidad, florecía como una flor bien cuidada, nos daba sus frutos... Tuvimos prohibidos los niños, por mucho que los deseáramos. Magda abortó en una ocasión, así que desde entonces perdimos todas las esperanzas en tener niños. Pero no por ello nos queríamos menos, durante muchos años de nuestro matrimonio nos quisimos como el primer día, nunca he deseado a otra mujer que no fuera Magda. Me hizo completamente feliz y a ella le pasaba lo mismo conmigo.

Cuando el negocio empezó a funcionar, cuando llegó a prosperar tanto que cubrió toda nuestra ciudad y nuestra provincia, una progresión que si iba a más sólo podía consolidarse cambiando completamente nuestras condiciones de vida y obligándonos a mudarnos de nuestra ciudad natal, cuando la explosión de interés inicial empezó a relajarse, la reemplazamos con la compra de un terreno en las afueras de la ciudad, la construcción de nuestra villa, el diseño de nuestro jardín, el mobiliario, todo aquello que nos acompañaría el resto de nuestras vidas, todas esas cosas que nos unirían estrechamente y que no dejaban aflorar el enfriamiento que se había producido en nuestra relación matrimonial. Si ya no nos queríamos como antes, si ya no nos deseábamos tan a menudo y con tanto ardor, nosotros no lo veíamos como una pérdida, sino como algo completamente natural: poco a poco nos habíamos convertido en un viejo matrimonio, lo que nos ocurría les pasaba a todos, era algo normal. Y, tal como ya he dicho, el compañerismo a la hora de planificar, construir y decorar sustituía completamente lo perdido, una pareja que se quería se había convertido en un par de camaradas, no nos faltaba nada.

Por esa época, Magda ya había cesado la ayuda tan activa que había prestado en mi negocio, un paso que por entonces se nos antojó natural. Ahora tenía muchas más cosas de las que ocuparse en casa; también el jardín y algunas aves de corral requerían cuidados, y además el alcance del negocio exigía sin más emplear a una persona. Más tarde se demostró cuán fatal fue el hecho de que Magda se desligara de mi negocio. No sólo que de esa manera ambos perdimos buena parte de nuestros intereses comunes, sino que se demostró que su ayuda era insustituible. Era mucho más activa que yo, tenía más ilusión por el negocio y además era mucho más hábil en el trato con la gente y sabía llevarla a donde ella quería de una forma simple y divertida. En nuestra unión, yo había sido el elemento más precavido, en cierta manera el freno que guiaba y aseguraba un viaje demasiado arriesgado. En el transcurrir de los asuntos comerciales yo mismo tenía inclinación por contenerme el máximo posible, a no presionar a nadie y nunca rogar por nada. Así que tras el abandono de Magda era inevitable que los negocios se desarrollaran al mismo ritmo, que no se produjera apenas nada nuevo y que entonces, gradualmente, muy poco a poco, año tras año, se redujera su alcance. De todo esto me di cuenta, claro está, mucho más tarde, demasiado tarde, cuando ya no había nada que hacer. Entonces, cuando Magda lo dejó, yo más bien estaba aliviado: un hombre, que lleva su empresa solo, disfruta de más reconocimiento entre la gente que cuando la mujer se le puede entrometer en todo.

 

3

 

Sólo cuando se iniciaron nuestras peleas percibí cómo con los años Magda y yo nos habíamos vuelto unos extraños, ya que ella se ocupaba de la casa y yo llevaba los negocios. Las primeras veces noté algo de vergüenza por nuestro distanciamiento y cuando percibía que había herido a Magda, que ella incluso discutía con los ojos llorosos, me hacía casi tanto daño como a ella misma, así que prometí mejorar. Pero el ser humano se acostumbra a todo y me temo que a lo que más rápido se acostumbra uno es a vivir en un estado de humillación. Llegó el día en el que cuando veía los ojos llorosos de Magda ya no me prometía mejorar, sino que me decía con sorpresa aterradora, mezclada con cierta complacencia: «¡Esta vez sí que te he dado una lección! ¡Siempre ganas tú con tu lengua viperina, pero ahora no me ganarás la partida!» Encontraba terrible que sintiera eso, pero al mismo tiempo sentía que era lo correcto, me complacía ese sentimiento, por muy paradójico que pueda parecer. Desde entonces ya sólo se trataba de dar un pequeño paso para que la hiriera conscientemente.

En ese momento ciertamente crítico de nuestra relación, la administración penitenciaria licitó de nuevo, como cada tres años, los suministros de alimentos. En la localidad donde vivimos, y no precisamente para alegría de sus habitantes, está radicada la cárcel central de la provincia, que tras sus muros aloja una población constante de unos mil quinientos presos. Hacía nueve años que nos concedían ese suministro, pues en su momento Magda hizo todo lo posible por conseguirlo. En las siguientes licitaciones sólo se trataba de hacerle una breve visita de cortesía al inspector de la administración que tomaba las decisiones y el pedido adicional nos caía sin más. Yo veía este suministro como una parte natural de mi negocio, así que en ese momento no le presté más atención: hice transcribir el antiguo pedido, que mantenía los mismos precios desde hacía nueve años, y le di su curso. También pensé en visitar al inspector superior que tomaba las decisiones, pero como ya estaba todo encarrilado, no quise presentarme ante él con premura, pues sabía que el hombre estaba sobrecargado de trabajo. Resumiendo, tenía por lo menos diez buenas razones para postergar la visita.

Más adelante, cuando en un escrito de la administración de la cárcel me informaron con unas pocas palabras secas, de que mi oferta había sido rechazada y que habían concedido el suministro a otra empresa, fue como si me alcanzara de repente un rayo. ¡Mi primer pensamiento fue que sobre todo Magda no se enterara de ello! Entonces cogí mi sombrero y me fui, corriendo para ver al inspector superior, para hacer esa visita que hacía tres semanas hubiera tenido mucho más sentido. Fui recibido educada, pero fríamente. El inspector superior sentía que la vieja relación de negocios se hubiera interrumpido. Sin embargo, no había podido actuar de otra manera, pues una parte de los precios que le había facilitado yo habían caducado hacía tiempo y, o bien se habían reducido, o bien habían aumentado. En general, quizá todo se compensaba y debía disculparle su franqueza, pero mi oferta había causado simplemente una mala impresión a los señores correspondientes, pues parecía que a mi empresa le daba completamente igual si conseguía la licitación o no. A continuación supe que una empresa muy joven, que buscaba el éxito por todos los medios, y que ya me había dado más de un disgusto, en este caso también había resultado vencedora en la competición. Finalmente el inspector superior expresó con toda amabilidad la esperanza de que en tres años pudieran volver de nuevo a colaborar con mi empresa y se despidió de mí.

Sabía que en la oficina de la cárcel no dejé que se notara nada de mi consternación, incluso de mi desesperación, por esa decisión; adulteré la información por una parte con cortesía y por otra preguntando con curiosidad por la identidad del feliz vencedor. Pero cuando me encontré de nuevo en el exterior frente a los pesados portalones de hierro de la cárcel, cuando pasaron velozmente el último pestillo tras de mí, a la clara luz del sol de ese maravilloso día de primavera yo tenía la pinta de alguien que ha despertado de un sueño pesado y aún no sabe si está realmente despierto o si aún suspira bajo la pesadilla del sueño. Yo aún suspiraba a causa de la pesadilla; no había servido de nada cruzar el portal de hierro hacia la libertad, pues era preso de mis preocupaciones y fracasos.

En ese momento se me hizo imposible ir a la ciudad y acudir a mi oficina, antes que nada debía sobreponerme para enfrentarme a Magda. Así que me fui lejos de la ciudad y de las personas, me fui a los campos y praderas, cada vez más lejos, como si pudiera huir de mí mismo y de mis preocupaciones. Aunque ese día no vi nada del fresco verde esmeralda de las jóvenes semillas, no oí la rápida alegría de los arroyos y el redoble de las alondras en el aire azul dorado: estaba inmensamente solo conmigo mismo y con mi percance. Mi corazón estaba tan impregnado de todo eso que ya no suponía un pequeño inconveniente para mi negocio que se pudiera lamentar simplemente encogiendo los hombros: el suministro de los alimentos para mil quinientas personas suponía en su modesta utilidad una parte tan importante de mis ingresos que no podía afrontar su pérdida sin realizar cambios drásticos en todo mi negocio. No podía pensar en sustituir esa pérdida, pues no es que abundaran posibilidades parecidas en nuestra ciudad de provincias. Un impulso externo hubiera podido aumentar el número de los negocios aislados en una docena, pero descartando completamente que éstos pudieran arreglar ni de largo ese traspié, por lo que justamente entonces me sentí totalmente incapaz de juntar esas fuerzas externas. Por no sé qué motivo desde hacía ya casi un año me sentía fatigado. Cada vez me inclinaba más a dejar que las cosas siguieran su curso y a no alterarme en demasía. Necesitaba calma, el porqué lo desconozco. Quizá me había hecho viejo antes de tiempo. Tenía claro que debía despedir por lo menos a dos empleados, aunque eso tampoco me afectaba tanto, sabiendo incluso lo mucho que daría que hablar. En ese momento no me preocupaba el negocio, sino Magda. Una y otra vez se convertía en mi pensamiento central, en mi preocupación principal: ¡sobre todo que Magda no se enterara! Aunque yo me repetía que ante ella no podría esconder para siempre el despido de dos empleados y la pérdida de esa licitación. Pero me mentí a mí mismo y me dije que todo dependía de que no se enterara ya de ello y que en unas pocas semanas quizá yo podría encontrar una alternativa. Entonces, de repente, tuve un momento de lucidez. Me paré, le di con fuerza una patada a una piedra en el polvoriento camino y me dije: ya que Magda se va a enterar, es mejor que lo sepa gracias a mí y no a través de otro y aun es mejor que se entere hoy mismo que no sé cuándo. A medida que la posponga, más difícil me resultará la confesión. Al fin y al cabo no he cometido ningún delito, simplemente ha sido una negligencia. Volví a darle una patada a la piedra y pensé: simplemente le rogaré a Magda que vuelva a ayudarme con el negocio. Eso la reconciliará con mi fracaso y redundará en beneficio mío y del negocio. No estoy muy en forma y una ayuda me vendrá muy bien... Aunque esos momentos de claridad pasaban muy rápido. Siempre había dependido tanto del aprecio de las personas y sobre todo del de Magda. Yo siempre había vigilado escrupulosamente que se me respetara como jefe. Y ahora, justamente ahora, tampoco era capaz de renunciar lo más mínimo a ese honor y humillarme ante Magda. No, estaba decidido a dirigir yo mismo la situación, pasara lo que pasara. Tampoco quería que me ayudara una mujer, con la que casi cada día me peleaba. Ya podía preverse claramente, que esas disputas tendrían su continuación en la oficina: ella perseveraría en su opinión, yo le llevaría la contraria, ella me echaría en cara mis fracasos, ¡no, imposible!

De nuevo di una patada con el pie, aunque en esta ocasión al polvo del camino. Miré al frente. No tenía ni idea de adónde me habían llevado mis pies, tan imbuido había estado en mis preocupaciones. Me encontraba en un pueblo, no muy lejos de mi ciudad natal, un pueblo que debido a su encantador bosquecillo de abedules y un lago es el destino preferido de las excursiones primaverales de mis conciudadanos. Pero esa tarde de mediados de la semana no había aún ningún excursionista, somos demasiado trabajadores para ello. Me encontraba justamente frente al hostal y noté que estaba sediento. Entré en la taberna baja y ancha, aunque oscura. Siempre la había visto a rebosar de la gente de la ciudad, los vestidos primaverales y claros de las mujeres convertían el lugar en más alegre y, a pesar de su estrechez, le conferían algo de animación. Cuando los de la ciudad lo llenaban las ventanas permanecían abiertas, las mesas se cubrían con manteles de colores y por todas partes había jarrones altos con claros ramos de flor de abedul. Ahora la habitación estaba oscura, sobre las mesas había manteles de hule de un amarillo pardo, olía a ambiente sofocante, ya que las ventanas estaban cerradas a cal y canto. Detrás de la barra había una joven con el cabello despeinado y el delantal sucio, cuchicheaba con fruición con otro joven, que por su vestimenta salpicada de cal blanca debía de ser un albañil. Mi primer impulso fue el de largarme de allí, pero la sed que tenía y sobre todo la sensación de tener que volver a afrontar enseguida mis preocupaciones, hicieron que me acercara hasta la barra.

—Deme usted algo de beber, lo que sea que quite la sed —le dije.

Sin mirarme, la muchacha sirvió cerveza en un vaso y yo me fijé en cómo la espuma desbordaba el vaso. La joven cerró el grifo de cerveza, esperó un momento a que la espuma se hubiera aposentado y sirvió un poco más de cerveza. Entonces me acercó, de nuevo sin decir palabra, el vaso sobre la roma barra. Se dedicó de nuevo a cuchichear con el joven albañil, hasta entonces no me había dirigido ni una sola mirada.

Alcé el vaso hasta mi boca y me lo bebí lentamente, trago a trago, hasta dejarlo vacío. Era refrescante, burbujeante y algo amarga, y a medida que pasaba por mi boca parecía dejar en ella algo de la claridad y levedad que antes no tenía. Quise decirle que me pusiera otra, pero cambié de opinión. Vi que frente al joven había un vaso corto, transparente y pequeño, lo que nosotros llamamos una «Stange» y en el que generalmente se sirve aguardiente.

—Yo también quiero un chupito como ése —le dije de repente.

No sabría decir cómo a mí, que en toda mi vida no había bebido ni un aguardiente, cuyo solo olor me producía un rechazo profundo, me dio por pedir uno. Durante esos días estaban cambiando todas las costumbres de mi vida, estaba expuesto a extrañas influencias y no disponía de las fuerzas para hacerles frente.

Por primera vez la muchacha se fijó en mí. Lentamente alzó los párpados algo granulosos y me miró con ojos claros y despiertos:

—¿De aguardiente? —me preguntó.

—De aguardiente —le contesté.

La muchacha agarró una botella y yo pensé si en mi vida una mujer me había mirado de forma tan desvergonzada y consciente. Esa mirada parecía penetrar hasta los fundamentos de mi virilidad, como si quisiera experimentar hasta qué punto yo era un hombre; encontré en la mirada algo corporal, algo ofensivo de una manera dulcemente dolorosa, como si esa mirada me hubiera desnudado.

El vaso estaba lleno, me lo pasó por encima de la barra, los párpados habían vuelto a bajar, la muchacha volvía a hablar con el joven: yo ya había dicho la mía. Alcé el vaso, dudé y vertí el contenido con un gesto repentino en mi boca. La quemazón me quitó el aliento, entonces me atraganté, aunque obligué a que el líquido me bajara por la garganta. Noté cómo se deslizaba ardiente y acre y en mi estómago surgió una sensación repentina de calor, un calor agradable y sereno. Después tuve que sacudir todo mi cuerpo.

El albañil dijo a media voz:

—Quienes se sacuden así son los peores. —Y la muchacha se rió por lo bajo.

Puse una moneda sobre la barra y me fui de la taberna sin decir una palabra.

El día de primavera me recibió con el calor del sol y un viento ligero y sedoso, pero como un converso le di la espalda. Una claridad se emparamó desde la calidez del estómago hasta la cabeza, mi corazón latía libre y fuerte. Ahora veía el verde esmeralda de los jóvenes campos, ahora oía el redoble de las alondras sobre el azul. Mis preocupaciones se habían desprendido de mí. Me dije sereno que todo se solucionaría y cogí el camino de vuelta a casa. ¿Por qué jorobarse ya ahora con eso? Antes de llegar a la ciudad me metí en otras dos tabernas y en cada una de ella me tomé un chupito como ése, con el fin de repetir y reforzar ese efecto que se volatizaba tan rápidamente. Llegué a casa justo a la hora de la comida con un ligero, aunque no desagradable, aturdimiento.

 

4

 

Tenía claro que frente a mi mujer debía ocultar no sólo mi fracaso con el suministro de los víveres, sino también el haber bebido. Aunque en ese momento me sentía tan por encima del mundo que estaba convencido de que no tendría ni la más mínima dificultad en ocultárselo. Me entretuve más tiempo del usual en el baño y no sólo me lavé bien, sino que me limpié durante largo rato y a conciencia los dientes con el fin de eliminar cualquier olor a alcohol. Aún no sabía qué actitud debía adoptar frente a Magda, pero una sensación oscura me advirtió que no debía ser muy parlanchín —a lo que me sentía fuertemente inclinado—, sino que era mejor adoptar una postura tranquila de seriedad contenida. La sopa ya estaba servida y Magda ya me esperaba cuando hice acto de presencia. Le di la mano fugazmente e hice un par de observaciones sobre el delicioso tiempo primaveral. Coincidió conmigo y me contó algo de unos trabajos urgentes que había que encargar en el jardín. También me pidió que esa noche le trajera de la ciudad unas semillas de verdura determinadas, pues se había dado cuenta ahora mismo de que ya no le quedaban. Le dije que lo haría y así nos terminamos la sopa sin más incidentes. Yo notaba cómo Magda me iba escrutando de vez en cuando, pero yo tenía la sensación de que era imposible que ella notara algo en mí y que todo transcurría de forma exquisita, así que no hice caso de esas miradas. Además, recuerdo que ese mediodía me comí la sopa con verdadero apetito.

Else recogió los platos y al hacerlo le preguntó murmurando a mi mujer algo sobre la cocina, por lo que Magda tuvo que ponerse de pie y acompañarla a la cocina, seguramente para probar algo o trincharlo. Me quedé solo en el comedor, esperando la carne. No pensaba en nada en especial, me invadía una serena satisfacción, me gustaba la vida. No tenía ni idea de lo que estaba a punto de hacer. De repente —sorprendiéndome a mí mismo— me levanté, me dirigí rápidamente de puntillas hacia el aparador, abrí la puerta inferior y, así era, ¡allí aún estaba la botella de vino tinto que habíamos abierto esa calamitosa noche de noviembre en la que se iniciaron nuestras disputas! La alcé contra la luz: estaba, tal como yo esperaba, medio llena. No podía perder tiempo, pues en cualquier momento Magda podía volver. Saqué con la uñas el corcho bastante hundido de la botella, me puse el cuello en la boca y bebí, ¡bebí como si fuera un viejo borracho! (¿Pero qué podía hacer? No tenía tiempo para servirme el vino en un vaso, además de que un vaso sucio hubiera supuesto una prueba incriminatoria.) Le di tres, cuatro tragos muy largos a la botella, la alcé de nuevo contra la luz y vi que ya sólo quedaba un resto astroso. También me lo bebí, volví a colocar el corcho en la botella, cerré la puerta del aparador y me deslicé hasta mi silla. Algo se movía en mí, tuve retortijones en el estómago por la repentina ingesta de alcohol, ante mis ojos se apareció una especie de niebla húmeda y tenía la frente y las manos bañadas en sudor. Tenía que actuar con determinación, para que cuando Magda volviera yo recuperara el dominio de mí mismo. Entonces me senté a la mesa con una sensación de agradable fervor en mi embriaguez y sólo me presentó dificultades la necesidad de comer algo, aunque fuera para aparentar. Mi estómago parecía una cosa muy frágil, dispuesta en cada momento a revolverse; debía tragarme cada bocado con sumo cuidado y entonces me arrepentía al interrumpir la deseada y aún efectiva embriaguez con una ingestión de alimentos condicionada por consideraciones externas. No pensé en absoluto que quizá fuera conveniente intercambiar algunas palabras con Magda. Otro problema, que de repente me preocupó mucho, me tenía ocupado. La botella de vino tinto volvía a estar con su corcho en el aparador, pero con la precisión con la que Magda llevaba la casa enseguida se daría cuenta de que estaba vacía. Era imposible que dejara las cosas como estaban, debía tomar las medidas necesarias lo antes posible. ¡Pero qué increíblemente difícil se me hacía! La mejor solución sería comprar esa misma tarde otra botella de vino tinto, vaciar más o menos la mitad y colocarla en lugar de la botella que me había bebido. Pero cuándo podría hacerlo, cómo podría acceder al aparador si me iba a pasar toda la tarde en la oficina y después Magda y yo pasábamos siempre las horas antes de dormir juntos, ella con su costura y yo con la prensa, ¿cuándo? ¿Y dónde escondería la botella vacía? ¿Podría comprar una botella de vino de la misma marca? ¿Recordaba Magda la clase de vino, el tipo de etiqueta? ¡Lo mejor sería que me despertara a medianoche sin que se diera cuenta, despegara con cuidado la etiqueta de la vieja botella y la volviera a pegar en la nueva! ¡Sólo faltaba que Magda me descubriera haciéndolo! Pero ¿había pegamento en casa? ¡Tendría que coger uno de la oficina sin que nadie lo viera y llevármelo en la cartera! Cuando más reflexionaba sobre todo eso, más complicado me parecía todo el asunto, en realidad ya no tenía solución. Había resultado muy sencillo beberse toda la botella, pero antes debería haber pensado, qué difícil resultaría devolverla al estado anterior. ¿Y si simplemente rompía la botella y argüía que buscando otra cosa la había volcado? ¡Aunque ya no quedaba vino que se hubiera podido derramar de ella! ¿O podía atreverme a rellenarla simplemente con agua y posponer el reponerla con vino para más adelante?

La cabeza me daba cada vez más vueltas y no sólo me había olvidado completamente de la comida, sino también de Magda. Así que di un grito fuera de mí cuando ella me preguntó muy preocupada:

—Erwin, ¿qué es lo que te pasa? ¿Estás enfermo? ¿Tienes fiebre? Estás tan rojo.

Me agarré ávido a ese salvavidas y le contesté tranquilamente:

—Sí, realmente creo que no estoy del todo bien. Creo que lo mejor será que me eche un rato. Tengo... tengo tal congestión en la cabeza...

—Sí, Erwin, hazlo. Túmbate ahora mismo en la cama. ¿Quieres que llame al doctor Mansfeld?

—¡No, tonterías! —le contesté enfadado—. Sólo quiero echarme un cuarto de hora en el sofá, enseguida estaré bien. Después debo irme rápidamente a trabajar.

Me acompañó como si fuera un enfermo muy grave hasta el sofá, me ayudó a tumbarme y me tapó con una manta.

—¿Has tenido algún disgusto en la oficina? —me preguntó asustada—. Dime qué es lo que te preocupa, Erwin. ¡Estás completamente cambiado!

—Nada, nada —le dije de repente muy enfadado—. No sé qué es lo que quieres. ¡Un poco de mareo o una congestión sanguínea y ya tiene que tratarse de algo del trabajo! ¡El negocio va estupendamente, simplemente estupendamente!

Suspiró en silencio.

—¡Entonces duerme bien, Erwin! —me dijo—. ¿Quieres que te despierte?

—No, no, no hace falta. Me despertaré yo solo, en un cuarto de hora o así...

Por fin me dejó solo; estiré la cabeza y entonces el alcohol fluyó libre y sin obstáculos como una ola por todo mi ser, como un vuelo aterciopelado cubrió todas mis preocupaciones y problemas, incluso hizo desaparecer ese pequeño y más reciente enfado que me había procurado yo mismo al mentirle a Magda y decirle que el negocio iba «estupendamente». Me dormí... ¿Dormía? No, me había extinguido. Yo ya no existía...

 

5

 

Empieza a oscurecer cuando me despierto. Miro horrorizado el reloj: son más de las siete. Escucho atentamente, pero en casa no se mueve nada. Llamo primero en voz baja, después gritando: «¡Magda!» Pero ella no aparece. Me levanto con dificultad. Siento todo el cuerpo destrozado, tengo la cabeza embotada y la boca seca y pastosa. Echo una mirada al comedor: la cena aún no está servida y ésta es la hora en la que solemos cenar. ¿Qué es lo que pasa? ¿Qué es lo que ha pasado mientras dormía? ¿Dónde está Magda?

Tras reflexionar un rato sobre ello, tanteando llego hasta la cocina: me cuesta andar, es como si todos mis miembros estuvieran rígidos y torcidos, se mueven con mucha dificultad dentro de sus articulaciones.

De alguna manera espero que también la cocina esté vacía y en penumbra, pero la luz está encendida y a la mesa está sentada Else, ocupada en planchar algo. Al entrar parece asustada y la expresión de su rostro no gana en confianza cuando se da cuenta de que soy yo. Me imagino que debo de tener una apariencia terrible. De repente tengo la sensación de que todo mi cuerpo está pringoso. Debería haber ido primero al cuarto de baño, antes no hubiera sido tan descuidado.

—¿Dónde está mi mujer, Else? —le pregunto.

—La señora ha ido a la ciudad —me contesta Else mirándome brevemente, casi con miedo.

—¡Pero si es la hora de la cena, Else! —le reprocho, aunque no tengo las menores ganas de cenar.

Else encoge primero los hombros y después dice de nuevo mirándome furtivamente:

—Alguien ha llamado desde la oficina; creo que su mujer se ha ido a la oficina...

No consigo tragar saliva, noto como mi boca se ha quedado seca.

—¿A la oficina? —murmullo—. ¡Ay, Dios mío! ¿Y qué es lo que ha ido a hacer mi mujer en la oficina, Else?

Ella se encoge de hombros.

—Pues no lo sé, señor Sommer —dice—, la señora no me ha dicho nada.

Hace memoria y entonces se sienta.

—Justo después de las tres han llamado y desde entonces su mujer está fuera...

Así que hace más de cuatro horas que Magda está en la oficina. Estoy perdido. No sé por qué estoy perdido, pero que soy yo el que está perdido, eso sí lo sé. Me tiemblan las rodillas, trastabillo unos cuantos pasos hacia delante y me dejo caer como un fardo sobre una de las sillas de la cocina. Dejo caer la cabeza sobre la mesa.

—Todo ha terminado, Else —me quejo—, estoy perdido. Ay, Else.

Oigo como deja la plancha con estruendo, viene hacia mí y coloca la mano sobre mi hombro.

—¿Qué es lo que pasa, señor Sommer? —me pregunta—. ¿No se encuentra usted bien?

No la veo, no alzo mi rostro escondido entre mi brazo protector, me avergüenzo del llanto que me invade frente a esta joven criatura. Todo ha terminado, todo está perdido, la empresa, el matrimonio, Magda. Ay, si esta tarde no me hubiera bebido además el vino tinto, ésa es la razón de que todo haya empeorado tanto, si no fuera por eso Magda no hubiera ido nunca a la oficina. (Pensamiento secundario y pasajero: ¡aún tengo que arreglar eso de la botella de vino tinto!) Else me sacude ligeramente por el hombro.

—Señor Sommer —me dice—, ¡no se deje ir usted de esta manera! Túmbese un momento y mientras tanto yo le preparo rápidamente la cena.

Negué con la cabeza.

—¡No quiero cenar, Else! Mi mujer ya debería estar en casa, ya es hora...

—¿O prefiere usted —dice Else interrumpiéndome— comer algo aquí conmigo en la cocina, señor Sommer? Y dudando un poco prosigue—: Ya que su mujer no ha vuelto...

Esta propuesta tan inaudita tiene algo de tentador por su novedad. Cenar aquí en la cocina con Else, ¿qué es lo que diría Magda al respecto? Alzo la cabeza y observo por primera vez a Else. Nunca la había mirado así, para mí había sido siempre una sombra oscura de mi mujer en las regiones traseras de la casa. Ahora veo que Else es una muchacha muy agradable de cabello oscuro y unos diecisiete años, de una belleza robusta. Bajo una blusa clara tiene un pecho generoso y con el pensamiento de lo joven que es este pecho noto cómo me invade una ola de bochorno.

Aunque entonces cambio de opinión. Todo eso es imposible, incluso mi dejarse-ir-frente-a-Else es totalmente imposible.

—No, Else —digo y me pongo de pie—. Es muy amable por tu parte que quieras consolarme un poco, pero lo mejor es que yo también me vaya a la oficina. Si por algún motivo no me encuentro con mi mujer dile, por favor, que yo también me he ido a la oficina.

Estoy preparado para marcharme. De repente se me hace muy difícil abandonar la cocina y alejarme de esa muchacha tan simpática. Permanezco parado un momento en la puerta y la observo. Me doy cuenta de la palidez de su rostro y de qué bien le quedan esas cejas oscuras y alzadas.

—Tengo muchas preocupaciones, Else —le digo de repente—. Y no tengo a nadie, Else, que me apoye. —Y vuelvo a repetir con insistencia—: A nadie, hombre o mujer, Else, ¿me entiendes?

—Sí, señor Sommer —responde ella en voz baja.

—Te agradezco, Else, que hayas sido tan amable conmigo —añado y me marcho.

Sólo cuando estoy en el cuarto de baño arreglándome soy consciente de que acabo de traicionar a Magda. Traicionado y engañado. Engañado y mentido. Pero rápidamente encojo los hombros: ¡Así mismo! Cada vez más hundido. Cada vez más veloz hacia el agujero. ¡Ya no puedo parar!

 

6

 

Me dirigí con precaución a la oficina, con precaución porque quería evitar a toda costa toparme con Magda de camino. Y entonces me encontré al otro lado de la calle, a la sombra de un zaguán, y miré hacia las cinco ventanas de mi oficina. Las dos que pertenecen a mi despacho de jefe estaban iluminadas y por momentos vi la sombra de dos figuras en el vidrio ahumado: la de Magda y la de mi contable Hinzpeter. «¡Están ocupados con el balance!», me dije a mí mismo realmente asustado, aunque ese espanto se mezclaba con un sentimiento de alivio, porque ahora sabía que la dirección del negocio estaba en manos de las manos activas de Magda. ¡Eso era propio de ella, justo después de recibir las funestas noticias lograr una visión clara de la situación repasando el balance! Con un profundo suspiro me di la vuelta y atravesé la ciudad para salir de ella, pero no en dirección a casa. ¿Qué tenía que hacer en la oficina, qué tenía que hacer en casa? ¿Ir en búsqueda de los reproches que me merecía, intentar justificarme cuando no había nada que justificar? Nada de eso, y a medida que me internaba en ese paisaje que se iba sumiendo poco a poco en la oscuridad, tenía cada vez más la dolorosa conciencia de que estaba acabado. Finalmente había perdido mi posición y el sentido en la vida y ya no me sentía con fuerzas de buscarme una nueva o incluso de luchar por la que había perdido. ¿Qué es lo que podía hacer? ¿Cuál era la razón de seguir viviendo? Así que me dirigía hacía allí, me alejaba de la oficina, mi mujer, mi ciudad natal, lo dejaba todo tras de mí, aunque algún día debería volver, ¿no es verdad? Debía enfrentarme a Magda, escuchar sus reproches, dejar que con razón me acusara de mentiroso y tramposo, debería admitir que había fracasado, ¡que había fracasado de una forma ignominiosa y cobarde! Este pensamiento resultaba insoportable y empecé a jugar con la posibilidad de no volver nunca más a casa, de viajar por el ancho mundo, de sumirme allá donde fuera en la oscuridad, en una oscuridad donde uno también pudiera hundirse sin dejar noticia, sin un último aviso. Y mientras me imaginaba todo eso —emocionándome ligeramente sobre mí mismo— sabía que en cierta manera me estaba mintiendo, pues nunca tendría el valor de vivir sin la persuasión, sin el sentimiento de seguridad del rebaño familiar. ¡Nunca podría renunciar a la mullida cama a la que estaba acostumbrado, al orden del hogar, a las puntuales y nutritivas comidas! ¡Volvería a casa, a Magda, a pesar de todos mis miedos, esa misma noche volvería, a mi cama de siempre, nada de una vida allá fuera en la oscuridad, una vida y una muerte en el arroyo!

Aunque, me dije de nuevo y aceleré mi paso rápido, ¿qué es lo que está pasando conmigo? Antes había sido una persona aceptablemente enérgica y emprendedora. Siempre he sido un poco débil, pero siempre he sabido disimularlo muy bien, de manera que hasta hoy en día incluso ni Magda se ha dado cuenta de ello. ¡De dónde viene la flojera, que desde hace un año me invade cada vez con más fuerza, que paraliza mis miembros y mi cerebro, que ha hecho de mí, siempre una persona aceptablemente decente, un impostor frente a su mujer, que observa con lascivia satisfecha los pechos de su criada! No puede ser el alcohol, es desde hoy que bebo aguardiente, y ya hace tanto que me ha invadido esta flojera. ¿De qué se trata?

Vagué por ahí. Pensé en que acababa de pasar los cuarenta; en una ocasión oí hablar de los «años de cambio del hombre», pero no sabía de ningún hombre de entre mis conocidos que hubiera cambiado tanto como yo al pasar la barrera de los cuarenta. Entonces recordé mi existencia falta de cariño. Siempre había sentido necesidad de reconocimiento y amor, naturalmente de forma secreta, y los había encontrado en gran cantidad, tanto en Magda como en mis conciudadanos. Y ahora poco a poco los había ido perdiendo, yo mismo no sabía cómo había ocurrido. ¿Había perdido este amor y este reconocimiento por dejadez, o yo me había vuelto lánguido porque me habían faltado esos estímulos? No hallé respuesta a ninguna de esas cuestiones: no estaba acostumbrado a pensar en mí mismo.

Cada vez iba más rápido, quería llegar de una vez allá donde reinara la paz frente a estas torturadoras preguntas. Finalmente llegué a mi destino, frente al hostal del pueblo, que había visitado esa misma calamitosa mañana; escruté por la ventana de la taberna para ver si veía a esa muchacha de ojos claros, que había calibrado tan estrechamente con una mirada desvergonzada mi virilidad. La vi sentada bajo la luz turbia de una única y pequeña bombilla, entretenida cosiendo algo. La miré durante largo rato, dudé y me pregunté por qué la había buscado cuando me invadía un sentimiento de autohumillación voluptuosa y dolorosa. Aunque tampoco encontré respuesta a esta pregunta.

Aunque todas estas cuestiones me habían cansado, recorrí con decisión el camino hacia el hostal, tanteé en el pasillo oscuro hasta encontrar el picaporte, entré veloz y exclamé con una vitalidad sobreentendida:

—¡Aquí estoy de nuevo, mi preciosa criatura! —Y me senté en un sillón de mimbre junto a ella.

Todo eso que había acabado de hacer era muy parecido a lo que solía hacer últimamente, pero se diferenciaba tanto de mi anterior serenidad, de mi comportamiento medido, que no pude más que asombrarme abiertamente de mí mismo, incluso con una perplejidad casi miedosa, como quizá se observa a un actor que ha aceptado un papel osado que ni él mismo está seguro de que podrá representar con convicción hasta el final.

La muchacha alzó la mirada de su costura, me miró por un momento con sus ojos claros y la punta de su lengua apareció rápidamente en la comisura de la boca.

—¡Ah, es usted! —dijo únicamente y esas tres palabras incluían nuevamente su sentencia sobre mi persona.

—¡Sí, soy yo, mi querida! —dije yo rápidamente con esa rapidez de lengua y arrogancia tan extrañas para mí—. Y me gustaría beberme uno o dos, o por qué no cinco, de esos chupitos suyos tan exquisitos. Y si le apetece puede acompañarme.

—Nunca bebo aguardiente —respondió fría y a la defensiva, aunque se puso de pie, se dirigió hacia la barra, cogió un vaso pequeño y una botella y me sirvió en la mesa. Se sentó y colocó la botella en el suelo a su lado.

—Por cierto —añadió volviendo a su labor de costura—, cerramos en un cuarto de hora.

—Pues beberé aún más rápido —dije yo, agarré el vaso y lo vacié de un trago—. Aunque si usted no bebe aguardiente —proseguí— me gustaría invitarle a una botella de vino o de champán, si es que tienen ustedes aquí algo así. Puede usted elegir.

Mientras tanto había llenado mi vaso de nuevo y yo volví a vaciarlo de un trago. Ya había olvidado todo lo pasado y lo que me acababa de ocurrir, vivía sólo ese minuto, con esa muchacha frágil aunque compleja, que me trataba con un desprecio tan notorio.

—Champán tenemos —dijo— y además me gusta beberlo. Aunque tengo que avisarle de que ni me voy a emborrachar ni me dejaré llevar a la cama por una botella de champán.

Dijo eso mirándome, sus desvergonzadas palabras iban acompañadas de esa desvergonzada mirada. Tuve que seguir interpretando mi papel.

—¿Quién hubiera pensado eso, preciosa? —dije despreocupado—. Vaya a buscar su champán. Se lo puede beber usted sin preocuparse haciéndome compañía. Usted para mí es —dije en voz más alta y después de volver a beber— como un ángel de otra estrella, un ángel malo que ha puesto el destino en mi camino. Tengo suficiente con observarla.

—Mirar no cuesta nada —dijo ella riendo brevemente, una risa que sonó maliciosa—. Para mí usted es un extraño santo, aunque pienso que esta misma noche averiguaré por qué está usted tan alterado.

Me volvió a servir una copa y se fue a buscar el champán. Esta vez se entretuvo más tiempo. Corrió las cortinas de las ventanas, salió fuera de la casa y entonces oí cómo cerraba los postigos y después la puerta de entrada. Mientras cruzaba la taberna dijo al pasar junto a mí:

—Ya he cerrado, no vendrá nadie más. Y los dueños ya están durmiendo.

Esto último lo dijo al pasar, pero entonces se detuvo y añadió con tono de burla:

—¡Aunque no se haga usted muchas ilusiones!

Antes de que pudiera contestar ella ya se había ido. Aproveché el tiempo de su ausencia para servirme y beberme rápidamente dos o tres vasos seguidos de la botella. Entonces ella volvió con una botella de corcho dorado en la mano. Colocó un vaso alargado frente a ella en la mesa, quitó el alambre doblándolo con pericia y extrajo el corcho de la botella sin hacer ruido. La espuma blanca emergió del cuello de la botella y ella lo sirvió rápidamente, esperó un momento y volvió a servir. Entonces se llevó la copa a la boca.

—No beberé a su salud —dijo— porque entonces usted querrá brindar conmigo y por el momento ya ha bebido suficiente.

No la contradije. Todo mi cuerpo estaba tan lleno de alcohol, que todo lo que había bebido parecía zumbar dentro de él como un enjambre de abejas: no había parte que no estuviera ocupado por éste. Ella volvió a dejar la copa, me miró con sus ojos hechizantes y me preguntó burlona:

—Bueno, ¿cuántos vasos de aguardiente se ha servido en mi ausencia? ¿Cinco? ¿Seis?

—¡Sólo tres! —respondí y me reí. Ni siquiera se me ocurrió que debía avergonzarme de ello, ante esa muchacha esos sentimientos desaparecían de uno por completo—. Por cierto, ¿cómo te llamas?

—¿Vendrás a menudo? —me preguntó como respuesta.

—Quizá —le respondí algo confundido—. ¿Por qué?

—¿Por qué si no quieres saber mi nombre? Para la media hora que llevamos sentados aquí es completamente suficiente con «pequeña preciosa» o como me quieras...

—Entonces no me digas tu nombre —le dije de repente irritado—. ¡Me da completamente igual!

Cogí la botella y volví a servirme. Ahora ya tenía claro que estaba completamente borracho y que no debía seguir bebiendo. Sin embargo, la atracción de seguir bebiendo era más poderosa. El tejido de colores de mi cerebro me seducía, las oscuras espesuras nunca visitadas de mi interior atraían mi pie; desde la lejanía una voz me llamaba, no sabía qué me decía, en todo caso era una atracción...

—No sé si vendré a menudo aquí —dije de forma apresurada—. No te puedo aguantar, te odio y, a pesar de todo, esta noche he vuelto a ti. Esta mañana me he tomado el primer aguardiente de mi vida, tú me lo serviste, tú te has colado con él en mi sangre, ¡tú me has envenenado! Eres como el espíritu del aguardiente: vaporosa, embriagadora, corrompedora...

La miré conteniendo la respiración, mayormente yo mismo asombrado por las palabras que había dicho, que yo había expulsado, no sabía desde dónde... Estaba sentada frente a mí. No había vuelto a coger su labor de costura. Tenía las piernas, calzadas con zapatos rojos y sin medias, cruzadas y con la falda un poco por encima de las rodillas. Sus piernas eran algo bastas, pero largas y bien proporcionadas. En la pantorrilla derecha vi un lunar marrón casi del tamaño de un céntimo, lo que encontré bonito. Sostenía un cigarrillo en la mano, expulsaba el humo a través de los labios casi cerrados, me miraba sin pestañear.

—Sigue hablando, padrecito —me dijo—, cada vez lo haces mejor... sigue hablando...

Intenté reflexionar. ¿De qué acababa de hablar? La necesidad de abrazarla, de tocarla, era tremenda. Sin embargo, permanecí firme en mi sillón de mimbre, me agarré con las manos a los reposabrazos. De repente me oí hablar de nuevo, hablaba muy lentamente y con mucha claridad y, a pesar de todo, no tenía aliento por la excitación.

—Soy un comerciante —oí como yo mismo decía—. Tenía un negocio bastante bueno, pero ahora mismo estoy en bancarrota, todos se reirán de mí, todos, todos, mi mujer la primera... He cometido muchos fallos, Magda me los reprochará todos. ¿No lo sabes, verdad? Magda es mi mujer.

No me quitaba los ojos de encima, con su rostro muy blanco, como si estuviera empolvado, que tenía algo de hinchado; sus cejas oscuras altas y arqueadas por encima de esos ojos casi incoloros.

—Aunque aún puedo sacar algo de dinero del negocio, unos cuantos miles de marcos, lo haría incluso para hacer enfadar a Magda. Magda quiere salvar el negocio. ¿Es ella superior a mí? Yo podría vender el negocio, ya sé a quién, una joven empresa. Me darían diez mil, incluso doce mil marcos por la empresa, podríamos viajar... ¿Has estado alguna vez en París?

Me observaba, en su rostro no se podía leer una afirmación o negación. Yo seguía hablando, cada vez más rápido y sin aliento.

—Yo tampoco he estado allí —proseguí—, pero he leído sobre la ciudad. Es la ciudad de los bulevares arbolados, de las plazas amplias, de los parques frondosos... De joven aprendí un poco de francés, pero abandoné muy pronto la escuela, mis padres no tenían dinero suficiente. ¿Sabes qué quiere decir Donnez-moi un baiser, mademoiselle?

Ella no reaccionaba, no me decía ni que sí ni que no.

—Quiere decir Deme usted un beso, señorita. Aunque a ti habría que decirte Donnez-moi un baiser, ma reine! Reine significa reina, y tú eres la reina de mi corazón, tú eres la reina del veneno, que se envasa y tapa con un corcho en las botellas, dame la mano, Elsabe —te llamaré Elsabe, reina—, quiero besar tu mano...

Me volvió a llenar el vaso.

—Toma, bébete esto y después te vas a casa. Ya es suficiente, has bebido demasiado y yo estoy harta de ti. Te puedes llevar la botella de aguardiente, aunque deberás pagar toda la botella al precio de venta al público. No es una tomadura de pelo, no me vengas mañana con que te he tomado el pelo; tú mismo te has servido y yo no sé cuánto...

—No hables, Elsabe —dije yo fatuo y lloroso—. ¡Nunca haría algo así! ¿Qué es el dinero?

—¡No me enseñes tú cómo son los hombres! Cuando vais cargados y estáis cachondos entonces gritáis: «¿Qué es el dinero?» Y a la mañana siguiente venís con un gendarme y gritáis que os han tomado el pelo. El aguardiente, el champán y mis cigarrillos, todo junto son...

Me nombró una suma.

—¡Aunque fuera más! —volví a decir fatuo y saqué mi cartera—. ¡Aquí tienes!

Le entregué el dinero.

—Y éste... —y cogí un billete de cien marcos y lo puse a su lado— es para ti. Porque te odio y porque tú me desprecias. Cógelo, cógelo ya. ¡No quiero saber nada de ti, nada! Vete. Ya te tengo metida en mi sangre, ya nunca podré poseerte, pues te llevo en mi interior. Seguramente eres sosa y aburrida, no debes de ser de aquí, probablemente de otra ciudad grande, donde lo has dejado todo, ¡éstos son únicamente los restos!

Estábamos el uno frente al otro, el dinero sobre la mesa, la luz era tenue. Yo me balanceaba silencioso sobre mis pies, con la mano agarraba del cuello la botella medio vacía de aguardiente. Me miró.

—¡Guárdate el dinero! —me dijo murmurando—. Recoge el dinero de la mesa... No quiero tu dinero... Vete...

—No me puedes obligar a volver a coger el dinero, lo dejaré allí... Te recompenso, reina del aguardiente claro, llamada Elsabe, me voy...

Me dirigí penosamente hacia la puerta, estaba la llave echada, me esforcé en girarla dentro de la cerradura...

—Tú —me llamó ella de forma hermética—, tú...

Me volví. Su voz se había vuelto baja, pero llena y tierna, de ella había desaparecido toda fragilidad.

—Tú —repitió ella y en sus ojos ahora se reflejaba el color y la luz—, tú, ¿quieres?

Ahora era yo el que la miraba en silencio.

—Descálzate, no hagas ruido en la escalera, los dueños del local no te pueden oír. Ven, rápido...

En silencio hice lo que me ordenó. No sabía por qué lo hacía. Ahora no la deseaba, así no la deseaba.

—¡Dame la mano!

Apagó la luz y me condujo de la mano, en la otra yo seguía llevando la botella de aguardiente. La taberna estaba sumida en la oscuridad, así que me arrastré tras ella. A través de una pequeña y polvorienta ventana la luz de la luna caía sobre la estrecha y tortuosa escalera. Yo trastabillaba, pues estaba muy cansado. Pensaba en mi cama de casa, en Elsabe llena de deseo, en el largo camino hasta casa, era demasiado para mí. El único consuelo era la botella de aguardiente en mi mano, que me conferiría fuerzas. Hubiera preferido quedarme ahí de pie y haberle dado un trago a la botella, así de cansado estaba. Los escalones crujían, la puerta de la habitación chirrió un poco al abrirla.

La habitación también estaba inundada por la luz de la luna. Había una cama, toda revuelta, un palanganero de hierro, una silla, un clavijero en la pared...

—Desvístete —le dije yo en voz baja—, ahora mismo vengo.

Y para mí mismo:

—¿Aquí se ven las estrellas?

Me acerqué a la ventana, que daba a un frutal. Abrí una de las alas de la ventana; se coló el aire primaveral, templado como una tierna caricia, repleto de fragancias y un viento tierno. Bajo la ventana había un tejado inclinado de tela asfáltica sobre un cobertizo.

—Está muy bien —volví a decir en voz baja—, este tejado inclinado está muy bien...

No podía alcanzar a ver la luna, estaba detrás del tejado de la casa por encima de mi cabeza. Pero su luz le confería una apariencia blanca al cielo, sólo se veían las estrellas más brillantes, aunque también lánguidas. Estaba descontento e irritado.

—A ver si vienes de una vez —dijo ella enfadada desde la cama—. ¡Date un poco de prisa! ¿Te piensas que no necesito dormir?

Me di la vuelta y me agaché por encima de la cama. Estaba tumbada de espaldas y tapada hasta el cuello. Alcé la colcha y coloqué por un momento mi rostro sobre sus pechos desnudos. Estaban fríos y firmes. Respiré suavemente, fríos y firmes. Olía bien, a cabello y carne.

—¡Cierra la ventana! —murmuró impaciente—. ¡Quítate la ropa y deja de hacer tonterías, que ya no eres un colegial!

Me alcé emitiendo un profundo suspiro, agarré la botella y salí por el tejado del cobertizo. Detrás de mí oí una llamada de enfado y rabia. Aunque yo me deslicé hasta el jardín.

—¡Viejo borracho imbécil! —gritó ella arriba y entonces cerró la ventana. Yo me encontraba entre los arbustos, aspiraba el aroma de las lilas. La noche de primavera era completamente limpia. Me llevé la botella a la boca y le di un buen trago...

 

7

 

Camino y camino. Voy marchando y me acompaño de una canción, una de esas canciones que antes cantaba con Magda cuando nos íbamos de excursión. Después durante largos trechos voy a la pata coja con mis pies doloridos. Me he dado con un dedo contra una piedra, con mis pies descalzos se me hace difícil caminar. Hace rato que mis calcetines se han roto. Cruzo un arroyo, me deslizo entre los matorrales hacia abajo, me siento sobre una piedra y mantengo los pies en el agua, que al principio me aterra por lo fría que está. Luego me hace bien y sentado allí sobre la piedra me duermo. Me despierto temblando, helado, me he caído de mi asiento, así que continúo andando. Cuanto más deprisa ando más largo me parece el camino. Los frutales a los bordes de las calles parecen pasar volando a mi lado, aunque es como si yo no avanzara. No sé dónde estoy, sólo sé que muy lejos de casa. No sé qué hora es, pero aún es de noche. La luna aún está dos palmos por encima del horizonte. Y yo sigo caminando. Camino por un pueblo que duerme. En ninguna parte está encendida la luz, todos duermen, sólo yo estoy de camino, yo, Erwin Sommer, dueño de un comercio al por mayor de productos de la tierra. Ya no más, ya no más, eso fue antes. ¿Qué es lo que vaga por esta noche de luna llena, qué es? Una vez fue, hace ya mucho tiempo de eso. Hundido, pasado, casi olvidado... Mi paso arrastrado y ruidoso despierta a un perro en su casita, ladra, empieza a gañir, otros perros se despiertan, y entonces empieza a ladrar todo el pueblo y yo me arrastro por él sobre mis plantas sangrantes, un vagabundo, y ayer aún era... ¡Oh, tranquilidad silenciosa! Y me detengo a la sombra de la torre de madera de la iglesia, de nuevo alzo la botella hacia mi boca y bebo. Eso arrulla las preguntas, eso tranquiliza los dolores, supone un latigazo para la siguiente media hora de camino... Aunque ya no queda mucho en la botella, debo administrar su preciado contenido. Me bebo el último trago —¡que debe ser largo!— en el umbral de mi casa antes de presentarme ante Magda. Pero Magda duerme, me tumbaré en silencio en el sofá, esta noche no se producirá ningún conflicto. ¿Y mañana? Mañana aún está lejos, dormiré muy profundamente hasta mañana y entonces olvidaré todo lo que me ha pasado hoy, seré de nuevo el jefe del negocio, es verdad que ha cometido un pequeño fallo, pero también que tiene la capacidad de subsanar el error... He escondido la botella vacía tras un arbusto del jardín y ahora subo con mis pies descalzos y en silencio los escalones de la entrada de la casa. Con facilidad logro abrir la cerradura de la puerta. Ya no queda ni huella de mi borrachera, aunque no hace nada que le he dado uno, no, incluso dos tragos muy largos a la botella, pues el resto que quedaba era más largo de lo que me esperaba. Pero eso está bien, ahora estoy claro y seguro. No cometeré ningún fallo, no despertaré a nadie. Qué astuto soy. Quiero ir al cuarto de baño para lavarme los pies sangrientos, pero mi claridad de mente me recuerda que el ruido de los grifos podría despertar a Magda, así que me deslizo hacia la cocina. En la cocina sí que podré lavarme, pues junto a la cocina sólo duerme la pequeña Else, que es muy amable conmigo. Me ha consolado, no es eficiente y dura como Magda. Enciendo la luz y echo un vistazo a la cocina. Escojo una gran palangana esmaltada y miro a ver si aún queda algo de agua caliente en el hervidor del fogón. El agua aún sigue caliente, estoy orgulloso de mi eficiencia, busco jabón, un paño grande, más paños de cocina y un cepillo. A continuación me siento en una silla y meto los pies en el agua. ¡Oh, qué bien me hace, qué suaves son estas caricias calientes! Me inclino hacia atrás y cierro los ojos. Si ahora tuviera algo para beber entonces sería completamente feliz. Siempre le falta algo a la felicidad humana, nunca somos del todo felices. Me he bebido el vino tinto y en esta casa no hay nada más para beber. Mañana mismo debo organizar una pequeña bodega para el vino, que deberá incluir unas cuantas botellas de aguardiente. El aguardiente está muy bien, qué pena que haya desperdiciado tantos años en los que podría haber bebido aguardiente, naturalmente con medida. Continúo inclinándome hacia atrás, disfruto del baño, siento cómo se reduce el dolor ardiente... ¡Y de repente pego un salto! El agua se sale de la palangana e inunda las baldosas. ¡Aunque da lo mismo! ¡He tenido una iluminación! ¡Naturalmente que hay algo de beber en casa! ¿No tiene Magda vino de Madeira para algunas sopas, por ejemplo para la sopa de rabo de buey? ¿Y no tiene ron para esterilizar sus mermeladas? ¡Lo he aprendido de los libros sobre el hogar! Así que corro con mis pies descalzos hacia la despensa, busco, huelo las botellas, huelo el vinagre y el aceite, y aquí está: «Fine old Sherry», y aquí incluso vino de Oporto, una botella llena en sus tres cuartos, y ron, media botella, oh, qué bella es la vida. Embriaguez, olvido, ir a la deriva en la corriente del olvido, entrar en el crepúsculo, hundirse en la negritud, allí donde no hay ni fallos ni arrepentimiento... ¡El buen alcohol, te saludo la reine Elsabe, he descansado sobre tu pecho desnudo, he aspirado el aroma de tu cabello y de tu carne!

He vuelto a llenar la palangana, he descorchado las tres botellas y las he colocado frente a mí, le he dado un buen trago a la botella de ron. Primero me ha repugnado tras el sabor suave y limpio del aguardiente, este ron sabe más fuerte, quema más, es más denso, pero también más ardiente. Noto cómo se introduce en mi sangre como nubes de color rojo oscuro, da alas a mi fantasía, hace que esté aún más despierto, más atento, más astuto... Sé que debo dejar la cocina bien recogida, debo fregar el charco sobre el suelo de baldosas, volver a colocar las botellas con sus corchos. Nadie debe notar nada, tampoco Else. La buena de Else, duerme profundamente, aún es joven, tiene el sueño de la juventud, pero yo, su empleador, yo estoy aquí sentado en la cocina y vigilo su sueño. Si ahora entrara un ladrón... Pero ¿dónde he dejado los corchos? No los veo por ninguna parte, tampoco los llevo en el bolsillo, ¿no los habré dejado en la despensa? Tendría que mirar allí, tengo que devolver las botellas bien tapadas, pero esto es tan agradable y ahora estoy tan cansado: ahora quisiera dormir, otro trago, después dormiré, pero sólo un momento, y después lo ordenaré todo, lo ordenaré todo de forma irreprochable y también encontraré los corchos... ¿Quién viene? ¿Quién vuelve a molestarme? Ah, sólo es Magda, la eficiente Magda, en plena noche, no, prácticamente está amaneciendo, ¡allí está ella en la puerta de la cocina, por decirlo así, calzada y vestida, en todo caso completamente vestida y me mira muda con el rostro muy pálido y una mirada de terror! Me pongo de pie a medias, la saludo con el brazo, asiento con la cabeza y le digo contento:

—¡Aquí estoy de nuevo, Magda! He hecho una excursión, una pequeña salida al campo para ver el verdor de la primavera. ¿Ya has oído cantar este año a las alondras? Mañana iremos juntos. Debes ver los abedules, repletos de tiernos brotes, y debes conocer a la reina del aguardiente, la reine d’alcool, la he bautizado como Elsabe... Eres tan eficiente, Magda, te vi en la oficina con Hinzpeter mirando los libros, has hecho el balance, has puesto las cosas en claro, ¡pero yo siempre he temido esta claridad! ¡Este trago a tu salud, Magda, y otro más y otro más! Sé que el ron es tuyo, pero te lo restituiré, todo esto te lo devolveré; aún nos queda dinero, puedo vender el negocio. Es mío, yo soy el jefe, ¡puedo hacer lo que me dé la gana! ¿O tienes que decir algo en contra?

No dijo nada. Me miraba muda, a continuación observó mis pies sangrantes. Estaba muy pálida. De sus ojos fluyeron dos lágrimas, que recorrieron lentamente sus pálidas mejillas y que no se enjuagó. Yo recorrí tenso su recorrido con la mirada hasta que se precipitaron sobre su vestido. Esas lágrimas no me conmovieron, al contrario, me sentaba bien que ella llorara, el hecho de que yo le causara dolor despertaba en mi interior un sentimiento dulce. Volví a beber.

—Eres tan rigurosamente eficiente, sí, no me han concedido el suministro para la cárcel, pero seguro que sabrás recuperar esta pérdida. Siempre he vivido a tu sombra, nunca has permitido que yo notara tu superioridad, pero nunca he podido superarte y ahora me he precipitado en el abismo. Aunque aquí abajo también se puede vivir, he conocido a una muchacha extraña, ella también está hundida, pero ella también siente el dolor y la alegría. También aquí abajo se siente la ilusión y el sufrimiento, Magda, es exactamente igual que arriba, es lo mismo si uno vive arriba o abajo. Quizá lo más bonito es dejarse caer, chocar con los ojos cerrados contra la nada, hundirse cada vez más en la nada. Uno puede caer hasta el infinito, yo aún no he llegado hasta abajo del todo, aún no he impactado, todos mis miembros siguen sanos...

—Erwin —me rogó ella—, ¡Erwin! Calla ya. Deja de beber. Estás enfermo, Erwin. Ven, métete en la cama, quiero vendarte los pies. Tus pies tienen un aspecto horrible, quiero vendarte los pies...

—Ves —dije y volví a beber de la botella—, no me permites ni unos cuantos tragos. Ya sé que se trata de tus botellas, pero te las pagaré. Te las pagaré en metálico o te las restituiré, es un negocio honesto, no me puedes decir lo contrario. ¿Me preguntas por mis pies? He hecho una excursión por el campo, cuando la laboriosa jefa trabaja, ¡el jefe puede disfrutar alguna vez de una pausa! He ido descalzo. Dicen que andar descalzo es sano...

Dejó que continuara hablando. Abandonó rápidamente la cocina y volvió con la esponja grande, el ungüento y vendas. Se arrodilló frente a mí y mientras yo seguía hablando sobre ella cada vez más desgarrado y de forma incomprensible, ella lavó mis pies, limpió la suciedad de la calle de mis heridas, las secó con cuidado, les puso ungüento y las vendó.

—Bien, bien —dije yo y bebí—, realmente eres buena, Magda: ¡si no fueras tan condenadamente eficiente!

 

8

 

Me despierto. Estoy en mi cama, las ventanas están abiertas, las cortinas se mueven silenciosas al viento, fuera luce el sol. Ya debe de ser tarde, la cama junto a la mía está hecha, el dormitorio está vacío, estoy yo solo. Me encuentro muy mal, el estómago me arde de forma seca, sólo poco a poco mi cabeza se decide a funcionar. Sólo poco a poco me vienen los recuerdos de la noche pasada, entonces es cuando noto el dolor en los pies. Me destapo y veo las vendas. Y de golpe lo recuerdo todo: cuando estaba apostado frente a mi propio negocio espiando las sombras en el cristal, la infame sesión de bebida en la taberna, la desvergonzada escena en la habitación de la vulgar muchacha, mi retorno a casa borracho y descalzo y, lo peor de todo, ¡la escena en la cocina con Magda! Cómo me he degradado, ay, cómo me he degradado. Me invade un ardoroso arrepentimiento. Vergüenza, una vergüenza lastimosa y dolorosa, escondo mi rostro entre las manos, cierro los ojos con fuerza... ¡Ya no quiero ver nada más, ya no quiero oír nada más, ya no quiero pensar nada más! Gimoteo, aprieto la mandíbula, hago rechinar los dientes. Me lamento: «¡No puede ser verdad! ¡No es verdad! ¡Ése no era yo! ¡Lo he soñado todo! ¡Debo olvidarlo todo, debo olvidarlo todo ahora mismo! ¡Nada de eso puede ser verdad!» Todo ello me estremece como un calambre, y entonces surgen las lágrimas, las lágrimas por todo lo que perdí tan intencionadamente. Unas lágrimas interminables, amargas, temerosas, finalmente también redentoras.

Y una vez me desahogo llorando, el sol sigue frente a mis ventanas, una ligera brisa ondea las cortinas frescas y olorosas. La vida sigue allí, joven y sonriente, en cualquier momento puedes volver a empezarla, sólo depende de ti. Junto a mi cama hay una mesita con la bandeja del desayuno, el café está cuidadosamente tapado, así que empiezo a desayunar. Mastico los primeros bocados del panecillo con dificultad y despacio, aunque el café lo han preparado a propósito bien cargado; poco a poco me vuelve el apetito y disfruto con agradecida alegría de todos los bocados especiales que Magda ha colocado con deferencia en la bandeja: anchoas picantes, una morcilla de hígado bien grasienta y quesos Chester maravillosamente cortados. Pocas veces había comido con tal placer, me siento como un convaleciente. Agradecido saludo los objetos esmerados del mundo conocido, los saludo como viejos amigos de confianza que le han faltado a uno durante largo tiempo. En la mesita de noche también encuentro una nota de Magda. Me informa de que sólo ha ido por unas horas a la oficina y me ruega que permanezca en cama o en casa hasta su vuelta; han calentado el cuarto de baño para mí.

Media hora más tarde me voy de casa. Mis pies heridos me causan mucho dolor al andar, pero no tengo la intención de permanecer pasivo por más tiempo. Me he lavado completamente, me he puesto ropa limpia, mi mejor traje, y ahora quiero recuperar mi antiguo puesto en el mundo. Aunque no soy tan lanzado como Magda, deseo ser de nuevo el freno en ese vehículo que conduce tan deprisa: ¡un trayecto en regla y seguro!

No vacilo, no miro de reojo desde las puertas cocheras por si veo alguna sombra, sino que entro sin más. Saludo amistosamente a los empleados de ambos despachos delanteros y entro en mi despacho de director. Magda da un respingo en el sillón de mi escritorio; antes nunca se sentaba ahí, tampoco cuando yo me ausentaba, ella tenía su sitio en una mesa adjunta. Me duele un poco que ya me haya borrado de la lista de los colaboradores; se pone muy roja.

—Erwin, ¿eres tú? —dice—. Yo pensaba...

Y primero me mira a mí y entonces al señor Hinzpeter.

—Buenos días, buenos días, señor Hinzpeter —digo yo amistosamente y con disimulo.

—Sí, tú pensabas... Aunque esta mañana me he encontrado bastante bien. Incluso los pies... naturalmente los pies... Pero dejémoslo estar. Ahora cuéntame a qué conclusión habéis llegado y quizá incluso lo que ya habéis decidido. ¿Podremos sobreponernos a la pérdida de los suministros de la cárcel?

Me había sentado en el sillón frente a mi escritorio. Los miré con amabilidad, como el jefe que está dispuesto a escuchar con simpatía las propuestas de sus empleados antes de tomar una decisión. Y no hacía ni una hora que en un espasmo había gritado que quería olvidar, que debía olvidar... Y ahora estaba sentado aquí, yo, yo no podía olvidar, tanto la palidez de Magda como mis pies doloridos en esos estrechos zapatos me lo hacían recordar constantemente, pero yo quería ignorarlos. No habían pasado ni cinco minutos y ya tenía que aparecer Magda como una pesadilla, que no hacía ni doce horas me había visto sentado a la mesa de la cocina, con tres botellas frente a mí, los pies sucios en una palangana, el suelo de baldosas encharcado, ¡no hay nada peor que una pesadilla! ¡Olvidar! ¡Olvidar! (También eso, yo lo tenía claro, era una desvergüenza; sin remordimiento repasé lo que me había pasado, lo borré, no permití ninguna alusión, ninguna mirada meditabunda y penetrante... ¡También eso era vergonzante!)

Por lo demás, se demostró que no en vano había previsto la determinación de Magda. Ya a primera hora de la mañana le había hecho una visita a su amigo el inspector superior para cerciorarse de si quizá aún podía salvar algo. Y así fue, este hombre valiente le dio un consejo, un consejo muy valioso... Al principio de su condena, a una parte de los reclusos los ocuparon en celdas individuales deshilachando estopa, deshacían el cordaje viejo, utilizado o desgarrado y con el resultado se podían confeccionar cuerdas nuevas... La necesidad de cordaje de ese tipo siempre era grande y precisamente en ese momento la administración de la cárcel estaba acabando sus existencias. El inspector superior le propuso a Magda que viajara a Hamburgo y allí comprara cordajes viejos, dos o incluso tres vagones. Según sus indicaciones podía resultar un buen negocio si uno conocía las fuentes correctas e incluso él no dejó de aconsejarle unas cuantas buenas fuentes.

Tal como he dicho yo escuché todo eso con benevolencia. Se trataba naturalmente de un pequeño negocio ocasional, que aunque fuera provechoso no podía sustituir ni de cerca un suministro de víveres durante tres años para casi quinientas personas, pero se podía realizar, aunque en realidad no encajara en el marco de mi negocio.

—¿Y quién crees tú, Magda, que debería viajar? —le pregunté—. ¿Quizá tú misma?

—No, aunque quisiera —respondió dubitativa—. Creo que actualmente lo tengo difícil para viajar. Ahora mismo...

Interrumpió sus palabras y me miró algo indefensa, aunque dándose importancia. Ésa era una de sus miradas que no iba a permitir bajo ninguna circunstancia.

—Tienes toda la razón, Magda —respondí yo—, ahora mismo es difícil que estés disponible. Y además están las tareas de casa, Else es aún muy joven... («¡La buena y consoladora de Else!») Lo mejor es que viaje yo mismo. Ahora me encuentro de nuevo completamente fresco y en lo que respecta a mis pies, ya me las arreglaré... Puedo coger taxis...

Magda me interrumpió apresurada:

—De ninguna de las maneras puedes viajar, Erwin. Ya sabes que no estás del todo bien.

Me miró directamente a los ojos, no con enfado, sino más bien con tristeza y cariño, aunque inevitable y directamente. Esta vez desvié la mirada.

—No —prosiguió—, lo mejor es que enviemos al señor Hinzpeter. Él podría viajar esta misma noche y quizá pasado mañana a primera hora ya...

—Un momento, por favor, Magda —la interrumpí—. Muchas gracias, señor Hinzpeter, de aquí a un momento le vuelvo a llamar...

Esperé a que la puerta se cerrara tras el contable. Entonces miré a Magda directamente a los ojos.

—Magda —dije— debemos olvidarnos de lo pasado, nunca más hablaremos de ello. Debemos olvidarlo para siempre.

Ella hizo un movimiento como si quisiera hablar, contradecir esa solución quizá demasiado sencilla.

—No, no, Magda —le dije por eso rápidamente—, permíteme que me explique. Te ruego de todo corazón que me dejes viajar a Hamburgo, es muy importante para mí, y con los pies ya me las arreglaré...

De nuevo hizo un movimiento vehemente, como si mis pies fueran por el momento completamente insignificantes. Esa falta de interés en mi bienestar me sentó muy mal, pero no permití que mi semblante lo reflejara:

—A mi estado de ánimo le sentará muy bien que me ausente uno o dos días. —Y en voz más baja añadí—: Este fracaso con el suministro de los víveres me ha afectado, siento que he hecho mucho el ridículo.

Volvió a mirarme fijamente.

—Erwin —me dijo—, tú mismo has dicho que debemos olvidarnos de lo pasado y quisiera estar de acuerdo, aunque... —se interrumpió—. Pero no empieces ahora tú con lo mismo. En lo que se refiere a tu viaje a Hamburgo estoy totalmente convencida de que ahora mismo no te sentará bien. Tú no necesitas distracciones, sino tranquilidad y concentración. Por cierto, esta tarde he pedido hora para los dos en la consulta del doctor Mansfeld.

—¡Ésta es de nuevo una de tus decisiones egoístas, Magda! —le dije enfadado—. ¿Para qué tengo yo que ver al doctor Mansfeld? Estoy completamente sano. Lo de los pies no es nada...

—¡Ay, tus pies! —dijo ella, también enfadada—. La piel un poco desgarrada ya se curará. No, tú estás realmente enfermo, Erwin; hace ya meses que percibo cómo has cambiado, el doctor tiene que hacerte una revisión completa.

—¡Y bajo tu supervisión! —le dije yo, irónico—. No, por ello debo estar agradecido...

—Erwin —dijo ella de nuevo rogando—, no permitamos una nueva pelea. Hazme el favor, ven conmigo al médico. Él decidirá si este viaje a Hamburgo te conviene o no.

—Oh —dije yo amargamente—, si debe decidir bajo tu consejo, entonces no hace falta ni que vayamos, entonces ya le puedes decir ahora mismo a Hinzpeter que debe viajar a Hamburgo.

Ambos estábamos asomados a cada una de las ventanas del despacho y mirábamos hacia la calle; por lo que a mí se refería no sólo miraba, sino que además tamborileaba con mis dedos sobre el cristal. En el exterior aún relucía el sol de primavera y las mujeres que pasaban por ahí iban vestidas para la ocasión...

Aun así no hacía mucho que yo me había sentido como un convaleciente y que había saludado las viejas cosas que me rodeaban con renovado interés, convencido de que hoy empezaba una nueva vida... Y ahora el viejo y rechinante molino de las peleas ha vuelto a girar y ha molido mis mejores propósitos. ¿Y por qué? Porque Magda ha sido obstinada y porque quiere decidir sobre todo. No, esta vez no pensaba ceder. Habíamos decidido que lo pasado debía olvidarse, no debía ser dócil por lo que había sucedido la noche anterior.

Magda se dio la vuelta dando un empellón a la ventana y me dijo en voz baja:

—Erwin...

—¿Sí? —contesté yo hosco y seguí tamborileando sin mirarla.

—Erwin —repitió ella—. Hoy no me quiero pelear contigo. Tengo la sensación de que ambos nos dirigimos hacia un terrible peligro y que deberíamos detenernos a cualquier precio. Así que voy a concederte tu deseo de viajar a Hamburgo, pero cuando vuelvas quiero que me hagas el favor de ir a ver al doctor Mansfeld.

Me di la vuelta hacia ella y sonreí complacido:

—Cuando vuelva tú misma podrás ver cuán sano estoy y verás que no hace falta que me visite el doctor. Aunque en todo caso te lo prometo. Y además te lo agradezco sinceramente, Magda, te traeré algo bonito...

Y de nuevo volví a reír. Estaba muy feliz ante la perspectiva de ese viaje.

—No lo he hecho para que me lo agradezcas —dijo Magda bastante envarada—. Es más, he tomado esta decisión muy en contra de mi convicción. Estoy convencida de que el viaje no te hará bien...

—Aunque lo voy a emprender con tu aprobación —la volví a interrumpir—. Después ya veremos quién tenía razón o no. Ahora dime qué empresas podrían facilitarnos este suministro. Naturalmente que también pondré todo de mi parte...

 

9

 

Mi viaje a Hamburgo fue comercialmente hablando todo un éxito. Logré adquirir tres vagones de cordaje viejo a un precio increíblemente bajo; tuvimos unos beneficios bien bonitos en este negocio ocasional. Más adelante le expliqué a Magda algunos hechos de mi búsqueda de estos cordajes, aunque en realidad el negocio me cayó, como ocurre en ocasiones, prácticamente en las manos; no tuve que hacer nada por conseguirlo. Pero tenía que contarle algo para justificar mi ausencia de cinco días. Aunque tengo que dejar claro aquí que en Hamburgo no me emborraché ni una sola vez. Sí que me acostumbré a tomarme un chupito cada hora del día, incluso ya a primera hora de la tarde, una costumbre que quizá es más fatídica que una buena borrachera de vez en cuando. Vagabundeé mucho —todo el negocio se cerró ya el segundo día en media hora— por la bonita ciudad, por el Alster y por el puerto, anduve hasta los astilleros, caminé por los interminables pabellones de la lonja de pescado de Altona y allí participé en una subasta, fui hasta Ohlsdorf y paseé durante horas por su cementerio famoso en todo el mundo, y entre todo eso me escabullía una y otra vez a una taberna para tomarme uno o dos chupitos de ese líquido ardiente traslúcido o marrón. Eso me ponía de buen humor, le hacía bien a mi estómago, alegraba mi corazón, me permitía ver la estruendosa ciudad con una mirada alegre; resumiendo: me elevaba sobre mí mismo. No del todo borracho, sí, en realidad muy lejos de toda borrachera, aunque nunca del todo sobrio, pasé allí mis días, y si al principio esperaba hasta las diez o incluso hasta las once para beberme mis primeros aguardientes, los últimos dos días ya llamaba sobre las ocho a la camarera de la habitación y me hacía traer a la cama todo feliz y dispuesto un coñac doble. Así el desayuno me sabía aún mejor.

El viaje de vuelta, que afronté pertrechado con una buena petaca, me permitió madurar los mejores propósitos. Tenía claro que en casa no podría continuar con esta costumbre bajo la mirada severa de Magda, y tras acabar de dar un buen trago en el lavabo del tren, me pareció muy sencillo prescindir de la bebida. Siempre habían sido sólo uno o dos chupitos, cada una o dos horas, ¡así que uno podría prescindir fácilmente! El viaje de vuelta resultó ser, en contra de lo esperado, más largo que el contenido, que yo había supuesto tan abundante, de mi petaca; en la sala de espera de nuestra estación de tren (donde no me conocen) me tomé unos cuantos chupitos y entonces me dirigí a casa. De camino no me olvidé de comprar en la droguería una caja de pastillas bien fragantes para el aliento, que debían disimular mi olor a alcohol. Pues presentía que tras tan larga ausencia era inevitable no darle un beso de saludo a Magda. Me recibió con amabilidad, pero fría, me examinó varias veces y consideró que estaba más fuerte, aunque con el rostro un poco abotargado, tal como se expresó. Eso me enfadó, aunque no dejé que se me notara, sino que le conté primero afanoso mi compra de cordaje, después le hablé sobre la bonita ciudad de Hamburgo, del cementerio de Ohlsdorf y de los astilleros, también de un concierto de órgano que había escuchado (de forma totalmente casual) en la iglesia de San Nicolás. De esa forma demostré que no sólo me había sentado en las tascas, sino que había llevado una vida interesante y viva y de esa forma estimulé un poco a la demasiado seria Magda.

Ella, por su parte, me informó con mucho detalle sobre la marcha de los negocios, había iniciado un nuevo proyecto. Casi cada día había viajado con nuestro pequeño automóvil por la provincia y había comprado miel a todos los apicultores, las existencias que quedaban, pero también la futura producción de miel de flor de colza y de tilo; había comprado frascos y quería que nuestra firma tramitara un enorme negocio de envío de miel directamente a los clientes. Empezó a hablarme de los textos de los anuncios y de los periódicos en los que se anunciaría la venta y envío de nuestra miel. Sin embargo, yo apenas podía prestarle atención. No estaba cansado, pero sí que estaba harto de todas esas cosas, de ese comercio incansable por casi nada. ¿Pues qué era eso de enviar miel? No era nada, la gente la consumía y después ya había pasado todo, como pompas de jabón, una nada tornasolada rellena de un poco de aire y rodeada de mucha luz. Explotaba y no quedaba nada, ¡sólo confusión y magia negra! ¡Ay, lárgate de aquí! ¡No hables eternamente, no charles tanto! ¡Déjame en paz! ¡Qué afán de conseguir objetivos! Existen cientos de miles y millones de empresas en el mundo, ¿tú te crees que la tuya es tan importante? ¡No le importa un comino a nadie, ni una mosca se preocuparía por ella! Sí, si pudiera tomarme un aguardiente, entonces sí que podría volver a escucharte con atención. Aunque sí que podría agenciarme uno, le podría pedir a Else que me fuera a buscar una botella de aguardiente a la taberna más próxima, pero no lo puedo hacer, porque estás aquí sentada y no paras de charlar. Porque estás siempre presente en mi vida, y así no puedo hacer de mi vida lo que yo quiero. No, no, naturalmente no es tan grave como lo pinto, me gusta mucho Magda, pero sería terriblemente amable de su parte si por un tiempo desapareciera por completo de mi vida, ¡esta aburrida vaca que no para de hablar!

Durante este monólogo interno yo mismo hacía aumentar mi ira violentamente; de repente me puse de pie y le dije de forma brusca a una Magda completamente sorprendida que quería pasear durante un cuarto de hora pues me dolía la cabeza con intensidad...

—No, por favor, no hace falta que me acompañes.

Y de este modo ya estaba fuera y realmente me daba igual lo que pensara de mí o si había herido sus sentimientos.

Anduve siete o diez manzanas hasta llegar a unos alrededores donde pensaba que nadie me conocía y le pedí al gordo y barbudo tabernero un coñac doble... Cuando me llevé al gaznate el tercero, ya que quería aprovisionarme en abundancia para la noche, el tabernero dijo lentamente:

—Nunca lo hubiera dicho de usted, señor Sommer. ¿No habrá pillado usted un pequeño resfriado?

Enfadado por ser un hombre tan conocido me privé de tomarme una cuarta copa y me puse en camino de vuelta a casa. Chupé mis dulces caramelos para el aliento y de nuevo me enfadé a causa de Magda, que me obligaba a esconder el delicioso sabor del coñac con ese perfume dulce de los caramelos.

Ya me estaba esperando, seguramente quería atraer mi atención hablándome de su aburrida miel, pero yo me fui directo al dormitorio y de mi boca sólo salieron unas cuantas palabras hoscas, argüí que seguía teniendo un fuerte dolor de cabeza. Luego me dormí rápidamente.

Aunque en medio de la noche, poco después de la una, estaba de nuevo descalzo en pijama en la despensa vaciando rápidamente una detrás de otra el resto que quedaba en las tres botellas. Y mientras tenía la última botella en la boca fui terriblemente consciente de que estaba acabado, de que no había salvación posible para mí, que pertenecía al alcohol con alma y corazón. Ahora ya daba lo mismo si mantenía un atisbo de decencia y compostura por unos días o semanas, ya todo estaba perdido. Sólo tenía que venir, Magda, y verme aquí beber. Se lo diría a la cara, que me había convertido en un bebedor y que ella me había llevado a ello, ¡ella y su infernal eficiencia!

Sin embargo ella no vino. Así que dejé las tres botellas abiertas y puse los corchos al lado; si quieren saber, que lo sepan todos, Magda, Else, quien fuera: ¡ya daba todo igual!

Pero entonces, cerca del amanecer, mi corazón iba tan lento que me volví a poner de pie, lamí las últimas gotas que quedaban en el cuello de las botellas, las llené de agua hasta la mitad o un tercio según me parecía, les puse el corcho y las coloqué de nuevo en su antiguo lugar. Así gané de nuevo un plazo de decencia de uno o dos días...

 

10

 

En el tiempo que siguió fui a la oficina con bastante regularidad e incluso llegué a trabajar algo, no porque me hiciera ilusión, sino siguiendo una vieja costumbre que no podía abandonar así de repente y por timidez frente a Magda. Ella se había vuelto muy callada, entre nosotros sólo hablábamos ya lo imprescindible. Nuestra relación se animaba cuando había terceros presentes, Hinzpeter, Else o los clientes. Entonces incluso nos hacíamos bromas, parecía que volvía el placentero tono de los primeros años de nuestro matrimonio. Sin embargo, apenas se cerraba la puerta tras esa tercera persona nosotros callábamos de golpe, mi humor se helaba y Magda empezaba a rasgar laboriosa el papel. Durante ese tiempo siempre estaba cerca de mí. No era que fuera conmigo hasta y desde la oficina, pero tres o diez minutos después de llegar yo aparecía ella seguro, por lo que las labores de casa estaban completamente en manos de Else. Por supuesto ese control no tuvo la menor influencia sobre mí, pues yo hacía lo que quería, es decir: bebía lo que necesitaba. De la costumbre de los pequeños vasitos había pasado a los largos tragos de la botella. Siempre tenía a mano una botella en mi escritorio de la oficina y una segunda en casa en una esquina del armario del cuarto de baño. En cierta manera me resultaba placentero pasar de contrabando esas botellas bajo las mismas narices de Magda, ya fuera en mi cartera o incluso en el bolsillo del pantalón, tapándolas con la chaqueta. Cuando acababa de renovar el avituallamiento me invadía un verdadero sentimiento de felicidad, como si fuera más rico. A la menor señal de sed ya podía tomar un trago. En el cuarto de baño de casa era muy sencillo, mientras que en la oficina, que Magda compartía conmigo, en ocasiones se hacía más difícil. Entonces yo permanecía sentado durante muchos minutos y cavilaba sobre cualquier pretexto para hacer que se fuera. En una ocasión en que no se me ocurrió nada llegué incluso a descorchar la botella, a escondidas y en su presencia, y dejarla en el suelo —el escritorio le tapaba la visión—, para después dejar caer la goma de borrar y buscarla prolijamente, finalmente a cuatro patas, y escondido bajo el hueco del escritorio y muy complacido por mi perspicacia, meterme en el gaznate una cantidad considerable de coñac.

Cambiaba de parecer casi cada hora, hasta que Magda me veía el plumero. Casi siempre estaba completamente convencido de que ella no intuía nada, aunque en ocasiones estaba casi convencido, sobre todo cuando yo estaba de mal humor o tenso, que ella me escrutaba. Entonces yo volvía a cavilar. A veces recorría el despacho de arriba abajo pensativo durante largo tiempo, pasando siempre por donde estaba sentada Magda; en ese momento yo estaba enojado, tal como yo decía, no por nada en concreto, ni siquiera con Magda, sino que simplemente estaba enojado, como una persona puede ser mala y malvada, desde sus raíces, alguna vez es así, estaba tan enojado y buscaba una razón para iniciar una pelea con ella. A partir de esa pelea yo quería alcanzar la certeza de si no sabía nada o lo sabía todo, y si lo sabía todo quería librarme ya del último destello de decencia. Justamente en su presencia, en la presencia de mi mujer sobria, limpia y eficiente, quería pillar una borrachera de órdago, colocar los pies sobre el escritorio y cantar canciones marranas y utilizar expresiones vulgares, qué deleite arrastrarla hacia la porquería, mostrarle: a éste lo quisiste una vez y bajo tu amor mira en lo que se ha convertido... ¡Así es! ¡Adelante!

Cada vez iba más deprisa arriba y abajo, ya no me avergonzaba, le lanzaba miradas malvadas y provocadoras, pero entonces, justo antes de que yo estallara, ella siempre se ponía de pie y abandonaba el despacho. Yo me la quedaba mirando mientras se iba, miraba rabioso la puerta veteada en marrón, cerraba los puños y rechinaba con los dientes: «¡No huyas, cobarde, esto es lo que has hecho de mí, tú, tan eficiente que eres!»

Finalmente me volvía a sentar frente a mi escritorio, daba largos tragos a la botella y me entraba el cansancio y el sopor.

Por cierto, aunque acabo de decir que hacía más o menos mi trabajo, como una vieja rutina, no es del todo correcto: uno no debería ser tan modesto, no se debe colocar una luz bajo el almud. El alcohol hizo que en esa época perdiera mucho de mi contención a la hora de actuar como jefe, charlaba con los parroquianos mucho mejor que antes, nos dábamos palmadas en el hombro, nos contábamos chistes, procurábamos que Magda no estuviera cerca, y de esa forma conseguí algunos acuerdos inusualmente beneficiosos. Ahora hacía con mucho gusto lo que antes no había hecho nunca y para lo que me había mostrado demasiado educado y considerado para con mi empresa: me iba con los campesinos a una pequeña tasca y allí hablábamos de todo, bebíamos y muchas cosas más sobre una mesa de madera de tilo llena de muescas y donde nuestros chupitos dejaban círculos de humedad, y entonces yo compraba la mercancía a los campesinos, a menudo muy borrachos, a los precios más favorables. Cuando después volvía a la oficina y le entregaba esos acuerdos a Hinzpeter para que los contabilizara veía sin duda las miradas que el seco contable intercambiaba con mi mujer, pero yo sólo me reía de ello.

Sin embargo, una mañana que alcancé un acuerdo como ésos, enjabonando bien al capataz de una gran finca y acordando la compra de todo un vagón de guisantes a la mitad del precio usual en el mercado, es decir, la mañana tras esa beneficiosa compra, oí una conversación agitada en el patio de la empresa y cuando me acerqué a la ventana vi al ahora muy desengañado capataz que intentaba convencer de algo a mi mujer y a Hinzpeter de manera enfática. Observé complacido a través del cristal un buen rato al furioso hombre y pensé para mí mismo: sí, habla ahora y desilusiónate todo lo que quieras. ¡No puedes anular el contrato que firmaste ayer por la noche!

Ahora hablaba Magda y el capataz afirmaba y negaba con la cabeza y golpeaba el suelo con el pie, hasta que de repente miró hacia donde estaba yo y me descubrió tras el cristal y el hombre, es toda la verdad, alzó el brazo y agitó el puño contra mí, frente a los ojos de mi mujer y de Hinzpeter, e incluso me gritó un insulto, que no era otro que: «¡Viejo estafador!» Esperé y esperé a que Magda despachara en el patio a ese descarado, pero ella no dejaba de hablar con él y después de un rato el capataz volvió a bajar el puño y siguieron negociando. Me asqueó la apatía de mi mujer y tras un rato, mientras ellos seguían negociando, me senté ante mi escritorio, abrí el cajón en cuestión y me tomé un reconstituyente. De nuevo pasó el tiempo, mientras yo estaba sentado y pensaba en las musarañas, hasta que se abrió la puerta y Magda entró toda pálida. Llevaba una carpeta en la mano. La dejó sobre la mesa y empezó a hojear los papeles, por lo demás reinaba un silencio total en la oficina, y el alcohol entraba suavemente en todo mi interior y me procuraba paz y satisfacción.

Sin embargo, Magda dejó caer de repente los papeles, soltó la cabeza sobre el escritorio y empezó a llorar furiosa y desconsoladamente. Yo estaba indefenso, no sabía qué hacer, y en ese agradable estado estaba demasiado cómodo para hacer algo. Así que me limité a decir algo lánguido:

—Pero ¿qué es lo que pasa? ¡Tranquilízate, Magda, seguro que no es tan grave como lo pintas!

Sin embargo, ella alzó la cabeza y se me quedó mirando con los ojos anegados en lágrimas para decirme:

—¡Es mucho peor que eso! ¡Es cien veces peor que eso! No es suficiente con que cada día te emborraches, sino que además quieres desacreditar nuestro negocio. Por todas partes cuenta la gente que actuamos de forma poco seria y que nos dedicamos a engañar...

—Detente, quieta ahí, Magda —le dije con lentitud y de repente me iba muy bien que finalmente debatiéramos nosotros dos y estaba firmemente decidido a no ahorrarme nada de lo que le quería decir...—. Detente, quieta ahí, Magda —le dije—. ¡Vayamos por partes! En lo que se refiere a que todos los días supuestamente estoy borracho como una cuba, querría preguntarte si en alguna ocasión me has visto tambalearme o balbucear. Admito sin más que de vez en cuando me tomo una copa, pero también lo sé llevar. Me aclara la mente. El alcohol es perjudicial cuando uno no lo sabe llevar, pero no es mi caso. Mira —le dije pausadamente y volví a abrir el conocido cajón del escritorio—, aquí tenemos una botella de coñac, a las nueve de la mañana aún estaba llena y ahora falta cerca de un tercio, digamos que más de un tercio. ¿Balbuceo acaso? ¿No soy dueño de mis miembros? ¿No tengo la cabeza clara? ¡Estoy diez veces más lúcido que tú! Yo no permitiría que un cabrón cualquiera acuse a mi mujer de ser una estafadora, ¡a un tipo así le daría en todos los morros! —le grité de repente. Y proseguí más calmado:

—Tú, sin embargo, negocias con él y le apaciguas y si os conozco bien a ti y a esa gallina miedosa de Hinzpeter, seguramente habéis anulado ese buen acuerdo por los guisantes o habéis aumentado el precio...

La miré todo irónico.

—¡Pues claro que lo hemos hecho! —dijo ella y ahora había dejado de derramar lágrimas y su mirada no era ni de amor ni de afecto—. Pues claro que lo hemos hecho. Hemos anulado el acuerdo, aunque hemos perdido a ese buen cliente para siempre.

—Vaya —contesté yo aún más irónicamente—. Habéis anulado el acuerdo. ¡Se ve que yo aquí soy el último comparsa y todo aquello donde pongo mi nombre es papel mojado! Sin embargo, quiero decirte algo, Magda: si el capataz Schmidt de Fliederhof no cumple con el acuerdo hasta el último quintal, lo denunciaré y se me hará justicia. Pues un acuerdo es un acuerdo, eso te lo puede decir ahora mismo cualquier abogado y si él ha aceptado mi oferta a la baja es su culpa, no la mía. Yo no le emborraché, sino que él quiso emborracharme a mí y si ha caído en su trampa no es culpa mía. Y, Magda —le dije y me alcé de la silla—, quiero decirte además que aquí soy yo el que manda, yo solo y, si hay que anular algún acuerdo, se me preguntará a mí y a nadie más. Ya no puedo tolerar que tú te atribuyas estas responsabilidades y que quieras pasar por encima de mí y además digas que estoy borracho como una cuba, cuando estoy más sobrio que una anguila en el agua y soy diez veces más inteligente y trabajador que tú. Aquí yo soy el jefe y a mí no me vas a suplantar. Vuelve a tus cazos de cocina, ahí no me meto yo. Yo no te he pedido que vengas aquí, pero ahora te ruego que te vayas.

Había hablado de forma muy seria y calculada y mientras yo hablaba cada vez estaba más seguro de que yo tenía razón en todo y ella no tenía razón en nada. Así que me volví a sentar.

Magda me había estado observando con mucha atención mientras yo le hablaba, igual que si quisiera leer cada una de mis palabras de mi boca. Ahora que yo había terminado asintió y me dijo:

—Veo que ya no se puede hablar contigo, Erwin. Has perdido todo sentido de lo que es justo y lo que no. El conde le ha dicho a su capataz que perderá su trabajo si este acuerdo firmado bajo los efectos de la embriaguez no se anula ahora mismo, y además que a ti deben denunciarte por estafa...

—¡Que lo haga! —exclamé yo todo irónico—. A ti naturalmente te impone ese conde, simplemente porque te echa la bronca con su sangre azul, ¡pero a mí no me impresiona! —exclamé chasqueando los dedos—. ¡Que me denuncie, ya verá como le gano la jugada!

—Sí —volvió a decir Magda—, a ti te da completamente lo mismo si tu honroso nombre es arrastrado por el barro en los juzgados; ahora, por desgracia, lo he comprendido todo. Pero me rindo, ya no quiero hablarlo contigo, el aguardiente ha destruido todo sentido de justicia en ti. Aunque quisiera preguntarte otra cosa, Erwin...

—Pregunta —le respondí malhumorado, aunque me mantuve en mis trece, ya que tenía el presentimiento de que no iba a decirme nada bonito—. Quien mucho pregunta, muchas explicaciones recibe.

—No necesito muchas explicaciones —volvió a decir Magda—, únicamente necesito que me respondas con un simple y claro sí o no—. Respiró hondo y me miró fijamente. Entonces dijo—: ¿Sigues siendo un hombre de palabra, Erwin? Me refiero, ¿vas a cumplir lo que me prometiste en su momento?

—Naturalmente que lo haré —le dije de mal talante—. Yo, por ejemplo, respetaría un acuerdo, aunque al aceptarlo estuviera sobrio o borracho. —Ella no hizo caso de mi mofa.

—Cuando te fuiste de viaje a Hamburgo me prometiste solemnemente que a la vuelta visitarías conmigo al médico. ¿Quieres cumplir con tu palabra e ir conmigo esta tarde a ver al doctor Mansfeld?

—¡Espera un momento! —le dije alterado—. ¡Ya estás dándole la vuelta a las cosas, Magda! Yo nunca te he prometido ir bajo cualquier circunstancia al médico a mi vuelta de mi viaje a Hamburgo, yo sólo dije que lo haría si volvía enfermo. Pero volví completamente sano.

—Sí, tan sano —dijo amargamente Magda— que la noche después de tu llegada vaciaste todas las botellas de la despensa. Y desde entonces no has estado ni un minuto sobrio. Pero ya veo que no vas a respetar tu palabra.

—Yo respeto mi palabra, pero en este caso nunca te prometí nada, no como tú pretendes.

—Pero Erwin —volvió a decir Magda, esta vez tierna—, ¿por qué te da tanto repelús someterte a un examen médico? Si las cosas son como tú dices y el médico lo corrobora, entonces todo está bien... Pero si no es así...

—Entonces, ¿cómo son las cosas? —pregunté irónico.

—... entonces tendremos que hacer algo por tu salud. Porque estás enfermo, Erwin, estás mucho más enfermo de lo que piensas...

—Ay —exclamé aburrido— déjalo estar ya. Así no conseguirás nada. Me hablas con ternura, pero en tus ojos veo que tienes malas intenciones. Pero no permitiré que mi mujer me dé órdenes, aunque sea todo lo eficiente que quieras.

—Yo no quiero imponerte nada...

—Por favor: primero revocas los contratos que acuerdo yo, después debo visitar al médico porque te imaginas insensateces y finalmente aquí quieres ocupar mi puesto de jefe, ¿qué si no? ¿No es verdad que ya hace tiempo que te has acomodado en mi sillón estando yo ausente?

—En fin —dijo ella, y ahora sí que sus ojos eran como llamas de maldad y en su voz no quedaba ni rastro de ternura—. No quieres. No quieres más que beber y hacer daño. Aunque no permitiré que me arruines a mí y a la empresa. Arruínate tú solo, todo lo que quieras. Pero entonces tendré que adoptar otras medidas.

—Ya voy entendiendo, ya voy entendiendo —dije yo irónico—. Ya verás cómo eso supone tu ruina. ¿Tendrías en todo caso la amabilidad de decirme qué medidas vas a adoptar?

Mi ironía la sacó de sus casillas.

—Pues claro que te lo voy a decir —gritó montada en cólera—, en primer lugar me voy a divorciar de ti...

—¡Mira tú, mira! —reí yo—. ¡Así que te vas a divorciar de mí! No sabía que ya te había dado un motivo para el divorcio. Pero lo que no es puede llegar a serlo. ¿Y qué más pretendes hacer?

Pero no quiso decirme más.

—Ya lo verás —contestó y se sentó a su escritorio y empezó a mirar sus papeles.

—Puedo esperar —le respondí yo.

Agarré la botella de coñac y la puse en mi cartera junto con el desayuno todavía intacto.

—Pero que tengas claro que según la ley todo me pertenece a mí, ya que tú no has aportado nada al matrimonio: ¡la casa, los muebles y la empresa son míos!

Reí al ver su reacción colérica.

—Sí, infórmate en cualquier abogado, así te pensarás muy seriamente la idea de separarte. Y ahora —le dije y cogí mi sombrero del perchero— dejo por una vez la empresa en tus manos. Querida Magda, trabaja mucho, y consigue muchos contratos beneficiosos... ¿Y ahora qué? ¿Quieres darme un motivo para el divorcio?

Mi ironía le había sacado de sus casillas. Cogió lo primero que tenía a mano, el disolvente de tinta, y me lo arrojó. Conseguí evitarlo por los pelos. Me miraba blanca como la nieve y colérica. Decidí que era mejor no irritarla más, coloqué el disolvente en su lugar y abandoné el despacho y la empresa.

 

11

 

Estaba firmemente decidido a no volver allí tan pronto. Ya podía ella ir tirando sola tranquilamente durante algún tiempo, yo no me sentía en deuda con ellos. Todo ese follón ya me aburría desde hacía mucho, ahora había encontrado una tarea mejor y más interesante, que satisfacía mucho más mi estado de ánimo actual: ¡mi lucha contra Magda! ¡Sólo tenía que ponerme a prueba, me lo pasaría muy bien demostrándole que yo era mucho más inteligente y puesto en leyes que ella!

De nuevo estaba en camino, con la cartera bajo el brazo, en un bonito día de finales de la primavera aunque bastante caluroso. Hacía demasiado tiempo que no pensaba en la reina del alcohol. Ella no era una persona aburrida. Además, debía recuperar mis zapatos, nadie debía poder decir que estando borracho yo me dejaba la ropa esparcida por media Europa. Nadie, ni tan siquiera Magda. Estaba ya bastante claro lo que esa eficiente mujer, con la que había estado casado hasta entonces, pretendía. Por supuesto el divorcio, aunque una separación no se realizaba tan rápidamente; antes de eso había que hacer algunos preparativos, por ejemplo, someterse a una revisión médica. Magda se entendía muy bien con el doctor Mansfeld, desde hacía ya muchos años. Él siempre la había visitado cuando ella estaba enferma, yo le conocía menos, en realidad yo siempre había tenido una salud de hierro. Seguro que ella se lo ganaría para sus filas y entonces seguramente llegaría eso de la incapacitación y del internamiento en un centro de rehabilitación para alcohólicos. Eso le iría de perlas a la buena de Magda: el marido está internado en un centro de rehabilitación, naturalmente si es posible de tercera categoría y ella negocia en y con sus propiedades, dirige la empresa. Sin embargo, existen otros médicos, más famosos y más aplicados que el buen anciano del doctor Mansfeld, que en realidad y al fin y al cabo sólo es un sencillo y práctico médico, así que en los próximos días me haría visitar sin falta por uno o varios médicos y pediría certificados sobre mi completa salud. Con un objetivo como ése sería sencillo no beber nada durante uno o dos días antes de la visita al médico. Ya vería ella con quién se las tiene que ver, la buena de Magda; ¡a pesar de los quince años de matrimonio aún no conocía bien a su marido! En todo caso: antes de entregarle mis pertenencias, le lanzaba la casa a la cabeza, eso lo tenía claro.

Así discurrían más o menos mis meditaciones en mi calurosa expedición a la fonda de ese pueblo y el imaginarme todos los detalles hizo que se me hiciera confortablemente muy corta. Yo, por ejemplo, podía dedicarle mucho tiempo a imaginarme cómo me metían miedo en cualquier celda del centro de rehabilitación para alcohólicos con agua helada y me alimentaban de cualquier manera, mientras Magda se comía en nuestro bonito comedor una chuleta de ternera con espárragos. Entonces casi rompía a llorar conmovido por lo terrible de mi situación y la falta de justicia en la mirada de Magda. Mientras tanto alimentaba con el bocadillo del desayuno, ya que como casi siempre en los últimos tiempos no notaba ni el más mínimo rastro de hambre, a los patos y gansos de los pueblos y me escondía de vez en cuando tras un seto para que nadie me viera y me tomaba un trago. Nunca perdí del todo una pequeña sensación de vergüenza, porque yo, Erwin Sommer, me escondía tras un seto, me colocaba la botella en la boca y dejaba que el aguardiente entrara en mí como el último de los vagabundos. Para mí no era natural, así que yo no me abotargaba del todo. Aunque algún día ocurriría, no podía ser de otra forma.

Antes de llegar a mi destino ya había terminado la botella, así que la lancé a la cuneta y me dispuse a cubrir los cinco minutos que me quedaban de camino. Desde la torre de la iglesia llamaban justamente para el almuerzo; los lugareños que volvían de los campos pasaban ante, junto y tras de mí, llevando los picos o las palas sobre el hombro. Algunos me saludaban, otros sólo me escrutaban desde un lado, finalmente otros se me acercaban, mudaban el rostro y reían mientras pasaban junto a mí. Sin duda alguna se trataba sólo de la postura habitual en los pueblos, crítica con los extraños demasiado bien vestidos de la ciudad y, sin embargo, yo desconfiaba de que no se me notara algo mi afición al alcohol o que algo de mi vestimenta no estuviera en orden. Ya había experimentado que una de las peores características que aporta el alcohol es esa sensación de inseguridad de que algo no está del todo en orden en uno mismo. Uno ya puede mirarse las veces que quiera en el espejo, comprobar su vestimenta, repasar cada botón, nunca cuando uno ha bebido está del todo seguro de que algo se le ha pasado por alto, algo muy evidente, pero que a pesar de la atención más concentrada siempre se pasa por alto. Cuando uno sueña tiene unas sensaciones muy parecidas, se mueve desenvuelto entre la sociedad más exquisita y de repente uno descubre que ha olvidado ponerse los pantalones. El que me miraran de esa forma me fastidiaba, pero entonces me di cuenta de que justamente esa agitada hora del almuerzo no era el momento adecuado para visitar a mi belleza. Por lo tanto me desvié por un camino vecinal y me tumbé en la hierba a la sombra de un arbusto. Me dormí rápidamente, me sumí en ese sueño tan negro que produce el alcohol, en el que de alguna manera uno se ha extinguido, tiene una muerte anunciada. Ya no hay más sueños, no hay sospecha de luz y vida, ¡dentro de la nada! Así es.

Al despertar de nuevo, el sol ya había descendido, por lo que debía de haber dormido unas cuatro, incluso cinco horas. Como siempre por entonces, el dormir no me había refrescado, me levanté viejo y cansado, con una sensación de temblor en todos los miembros. Cuando me puse en pie mis huesos estaban rígidos y apenas podía andar correctamente. Aunque ahora ya sabía que todo ello desaparecería con los primeros aguardientes que me bebiera, así que me di prisa para llegar lo antes posible a la posada.

Había elegido una buena hora: la taberna estaba de nuevo vacía y no había nadie tras la barra. Rígido me dejé caer en un sillón de mimbre y llamé sediento para que me sirvieran. Al principio apareció la cabeza de una muchacha por la rendija de la puerta, aunque no era mi belleza pálida, sino una vieja hechura velluda y de nariz roja, entonces vi a una gorda mujer que se dirigía a mí:

—¡Voy ahora mismo! ¡Voy ahora mismo! —Y abrió la puerta de la escalera por la que yo había subido esa noche a oscuras cogido de la mano—. ¡Elinor! ¡Elinor! ¡Baja ahora mismo! —gritó la mesera y me aseguró una vez más que enseguida me servían y desapareció de nuevo en la cocina. Así que se llamaba Elinor, así que dándole el nombre de Elsabe no me había equivocado mucho. Aunque Elinor estaba también muy bien, incluso era aún mejor. Elinor era un nombre que le iba muy bien. ¡Elinor, la reine d’alcool, qué guapa era!

Y entonces oí cómo ella descendía las escaleras, por cierto no muy rápidamente, abría la puerta y entraba. Era visible que había estado durmiendo, su cabello no estaba tan liso y peinado como solía y su vestido claro tenía arrugas y estaba un poco desordenado. Se quedó allí un momento y miró hacia donde estaba yo. No me reconoció al instante, ya que miraba contra la luz del sol. Entonces dijo muy complacida:

—¡Vaya, pero si es el padrecito al que le gusta tanto beber aguardiente! —Y volvió a subir las escaleras.

Yo estaba seguro de no tomarme a mal las recientes y dolorosas palabras que había dicho sobre mi sed y sólo estaba contento por esa ingenua recepción. Sí que me había preguntado en parte cómo me recibiría ella tras mi partida esa noche a través del tejado del cobertizo. Ahora ya estaba todo bien y yo esperé con paciencia los cinco minutos que ella necesitó para volver a aparecer, esta vez más arreglada y peinada. Fue directa hacia mi mesa, me ofreció como un viejo amigo la mano y dijo amablemente:

—¡Pensaba que ya no quería volver por aquí! ¿Qué es lo que ha hecho usted durante tanto tiempo? ¿Ya está completamente arruinado?

—Aún no, ma reine —le dije yo también riendo—. He dejado el negocio temporalmente en manos de mi mujer, de la que por cierto me estoy separando. ¡Qué te parece, guapa, en ocho semanas quizá ya esté disponible! ¡Y aún bien conservado!

Ella me observó durante un instante, entonces desapareció la sonrisa de su rostro y me dijo muy fría y en consonancia con el negocio:

—Un aguardiente, ¿verdad? ¿O prefiere de nuevo la botella entera?

—¡Exacto, mi tesoro! —le dije—. ¡Otra vez una botella entera! ¡Y para ti de nuevo una botella de champán!

—Hoy no —respondió ella brevemente y desapareció. Un momento después yo ya tenía para beber, y en cantidades, de ese líquido claro como el agua, que ahora amaba más que el coñac. Pero a pesar de ello, esa tarde no me quedé satisfecho, Elinor estaba constantemente ocupada dentro y fuera de la taberna y sólo pudimos intercambiar unas cuantas palabras de vez en cuando. Disgustado, bebí más de lo habitual, ya tras una hora y media Elinor tuvo que servirme una segunda botella y yo mismo noté que estaba muy borracho. Entonces entraron unos cuantos jóvenes, entre ellos estaba el joven albañil que había hablado con tanta familiaridad con Elinor, y sólo por el hecho de atraer a la muchacha a mi mesa (lo que únicamente conseguí durante unos minutos) dejé que se sentaran y pedí para cada uno de ellos lo que deseaban. Tras poco tiempo mi mesa ya ofrecía un aspecto terrible: jarras de cerveza y vasos de aguardiente, botellas de vino y de champán completamente desordenadas, y alrededor de ellos se agrupaba una pandilla de personajes que hablaban, gritaban, reían y agitaban las manos furiosamente, y yo era uno de los más furiosos y borrachos de todos. Me sentí completamente abandonado, era como una piedra que cae en el abismo, ¡ya no pensaba en nada!

Con el estruendo que armábamos no nos dimos cuenta de que había llegado un automóvil y apenas prestamos atención cuando entraron dos señores. Yo le protestaba al que tenía delante, que no me hacía ni caso, no se por qué, y me quedé mudo de repente, como si me hubieran dado una bofetada, cuando uno de esos dos señores, que ahora mismo tomaban asiento en la mesa de al lado, me saludó con un amable «¡Buenas noches!» y ese señor no era otro que el doctor Mansfeld. Al otro señor no lo conocía. También mis colegas de fiesta enmudecieron y también cuando vieron que no pasaba nada más, sino que los señores de la mesa de al lado, enfrascados en una conversación, bebían tranquilamente su cerveza, ya no volvió la antigua alegría. Uno tras otro se esfumaron y finalmente me quedé yo solo ahí sentado en ese desierto caos de vasos y botellas; también busqué en vano a Elinor: no vino a ordenar el caos. Seguramente estaba flirteando con el joven albañil, que sin duda era su caballero frente a la puerta. Tras la furiosa efusión me inundó un oscuro tedio y mientras me mordía el labio iba lanzando miradas recelosas de vez en cuando a la mesa de al lado, que parecía no tener en cuenta mi presencia. Mi desconfianza se había despertado; me pregunté si el doctor Mansfeld había llegado allí por pura casualidad en el desempeño de su profesión o si quizá Magda lo había enviado. Rebusqué en mi memoria por si quizá estando borracho le había dicho a Magda el nombre de la localidad a donde me había llevado mi excursión o que había hablado de ésta de tal forma que no era difícil imaginarse cuál era, ya no lo sabía. El segundo hombre me resultaba conocido, pero no sabía de dónde... De nuevo me hubiera gustado beber algo, la botella de aguardiente estaba cercana a mí, pero no me atreví a servirme, aunque sólo fuera una vez, una copa con esos dos huéspedes en la mesa de al lado. Me dije que teniendo en cuenta el estado de la mesa y de mi comportamiento furioso de antes ya no había nada que perder, pero aun así no me atreví.

Finalmente Elinor entró de nuevo en el bar. La llamé y le rogué en voz baja que me hiciera la dolorosa. Mientras escribía muchas cifras en una libreta, agachada frente a mí y, por lo tanto, escondiéndome de la visión de la mesa de al lado, me serví primero dos, tres tragos de aguardiente, después cerré la botella con cuidado y la metí en mi cartera. Elinor echó un rápido vistazo a lo que yo hacía y murmuró elevando las cejas e indicando hacia la mesa de al lado:

—¿Amigos?

Yo me limité a encogerme de hombros.

La cuenta era tan alta que tuve que dejar hasta el último céntimo e incluso lo que quedó como propina para Elinor era insuficiente. De nuevo me miró con las cejas alzadas y me susurró:

—¿Sin blanca?

Yo le respondí asimismo en voz baja:

—Sé donde hay más. ¡La próxima vez, ma reine!

Ella afirmó levemente.

Ahora debía ponerme en pie e irme bajo la atenta mirada de la mesa de al lado. Cogí mi cartera y me aseguré con una mirada de comprobación en qué gancho se encontraba mi sombrero, con el fin de que no tuviera que buscarlo inútilmente cuando saliera. A continuación me puse en pie. Noté que podría hacerlo. Debía moverme lentamente y con mucho cuidado, de esa forma todo iría bien. Al fin y al cabo sólo necesitaba cruzar el pueblo y alcanzar el primer arbusto, sí, al fin y al cabo —¡idea genial!— sólo necesitaba encerrarme en el lavabo y podría dormir todo lo que quisiera. Además contaba con provisiones recién repuestas.

Ya al ponerme en pie saludé amablemente con un «buenas noches» a la mesa de al lado y ya me encontraba en la puerta, a un paso de mi salvación, cuando detrás de mí sonó una voz:

—¡Espere un momento, señor Sommer!

Me asusté tanto que estuve a punto de derrumbarme.

—¿Perdón? —contesté yo de forma innecesariamente alta.

El médico ya me había cogido por el brazo y me había detenido:

—¿Le he asustado? No era mi intención. Lo siento.

—No, nada, nada —dije yo desconcertado—. Sólo ha sido la terrible alfombra, he tropezado con ella...

Miré muy enfadado la alfombra a mis pies completamente bien puesta.

—Únicamente le quería preguntar, señor Sommer —empezó de nuevo a decir el doctor Mansfeld—, si quizá le podría rogar que volviera en mi automóvil con nosotros a casa. —Hizo una pausa y entonces añadió riendo—: Lo hemos celebrado por todo lo alto, ¿verdad? Bueno, no pasa nada, cualquiera de nosotros lo hace alguna vez. Aunque la vuelta a casa se le haría quizá un poco difícil, ¿no es cierto? Así que es mejor que se venga con nosotros.

Me agarró muy amable, aunque de forma firme bajo el brazo. Mientras tanto el otro señor ya había pagado y se reunió con nosotros.

—¿Me permiten que les presente? —prosiguió el doctor—. El señor Sommer, el doctor Stiebing, médico del Estado, nuestro médico del distrito.

De esta forma me sacó del local y me llevó hasta el automóvil. ¡Y yo le seguí como una oveja sigue a la manada! ¡El médico del distrito! ¡Ya no se trataba de una casualidad, me habían tendido una trampa de lo más ingeniosa! ¡Maldita Magda! Quería ingresarme, actuaba rápido, debía admitirlo. Pero yo también era listo, debía disimular, ser listo, vencer la astucia con la astucia.

—Bueno —reí de repente sereno—, dos médicos, seguro que terminan rápido con un pobre ebrio, ¿verdad? ¡Sean ustedes amables conmigo, caballeros!

Me senté en el asiento trasero del automóvil, mientras los otros dos señores, también riendo, tomaban asiento delante. Ya queríamos irnos, cuando Elinor salió corriendo de la casa. En las manos llevaba un paquete horrible envuelto en papel de periódico. Me lo entregó a través de la ventana abierta. Y en voz alta dijo:

—¡Aquí tiene sus zapatos, se los olvidó una noche, no hace mucho!

Riendo sarcástica me miró con su rostro grande y blanco y sus ojos descoloridos. Su boca estaba muy roja.

Tras un silencio penoso el médico preguntó:

—¿Podemos marcharnos ya?

Yo respondí:

—Sí. —Y el automóvil se puso en marcha.

 

12

 

No estoy ni mucho menos en la situación de poder describir mi estado de ánimo durante ese viaje. La desesperación más abismal se mezclaba con una apatía paralizante, que incluso en ese estado me horrorizaba. Era como si estuviera atrapado en un pesado sueño de terror, en cada momento cerca del despertar, pero no pudiera despertarme, pues los horrores eran siempre más hondos y más terribles. En el asiento junto a mí iba el paquete con los zapatos, el papel de periódico se había abierto y yo los veía allí, sucios de polvo deslavado, una suela me miraba: era simplemente repugnante. Era repugnante lo que había hecho la guapa de Elinor, digno de la reina del aguardiente. Sí, pensé yo, así es como el alcohol seduce y tortura a sus discípulos. Sólo él es capaz de sorpresas como ésa. Uno piensa que está sobre seguro, convencido de haber evitado lo peor, y de repente te muestra en una mueca demoníaca su sonrisa irónica, hace pedazos tu pecho con sus garras, te deja temblando, aniquila tu dignidad... La reine d’alcool, ¡si alguna vez te veo de nuevo no lo pasarás bien conmigo, Elinor!

Ya no aguantaba más. Con una mirada me aseguré de que los dos señores estaban inmersos frente a mí en una conversación apasionada; saqué la botella de la cartera, la descorché cuidadosamente y le di dos buenos tragos. Sin embargo, no había tenido en cuenta el retrovisor que llevaba delante el conductor.

—Ahora no beba demasiado, ni con demasiada precipitación, querido señor Sommer —dijo el doctor Mansfeld y levantó del volante una mano en señal de advertencia—. ¡Después quisiéramos intercambiar con usted unas palabras de forma civilizada!

¡Ese canalla, ese simple canalla médico! Ahora que me tenía dentro del vehículo dejaba caer su máscara: ¡no me llevaban a casa, sino querían que mantuviéramos una conversación médica, en la que por pura casualidad también estaría presente el médico del distrito para dar su opinión!

A partir de ese momento estuve muy tranquilo y recogido. El aguardiente que acababa de beber me aportó nuevas fuerzas y concentración. Me había fijado una meta: en primer lugar imposibilitar esa entrevista bajo cualquier circunstancia. Más adelante, con unas condiciones más favorables para mí, la atendería con mucho gusto, pero hoy, de la manera que me habían engañado, a disposición de mis apreciados médicos: ¡te debo estar agradecido, querida!

El automóvil condujo y condujo, ya estábamos en las afueras de nuestra ciudad, y aún no se me había presentado la oportunidad de participar en ese viaje. Pero entonces de repente y algo sorpresivamente del patio de entrada de los Hases apareció uno de sus grandes camiones con dos trailers. Mientras el doctor frenaba con decisión llevando el coche hacia el arcén izquierdo yo ya había abierto con mucho cuidado la puerta y cuando el camión ya había hecho su maniobra y el doctor le dio de nuevo gas, yo salté del coche suavemente, durante un momento me balanceé y corrí hacia adelante junto al coche, estuve a punto de caerme y me agarré. Una vez de pie me despedí con la mano del automóvil y fingí frente a los transeúntes que ese repentino apearme del coche era con permiso del conductor y a paso rápido me dirigí a la derecha de la carretera, salté la valla del patio de entrada a una colonia ya abandonada, que en la ciudad llamaban «la pequeña Rusia». Por dentro me partía de la risa pensando que los dos sabios médicos volvían a casa de su expedición únicamente con los zapatos del bebedor.

 

13

 

Lo más incómodo de mi situación momentánea era que prácticamente estaba en la calle sin un céntimo en el bolsillo. No podía volver a casa para coger el dinero que tenía en el escritorio, pues ya suponía con toda seguridad que los médicos, en cuanto se hubieran dado cuenta de mi ausencia, lo primero que harían es buscarme allí e informar a madame Magda. Para ir al banco ya era demasiado tarde, ya habían cerrado al público hacía más de dos horas. Justamente cuando lo corroboré consultando mi reloj, me di cuenta de que aún lo conservaba, además de un anillo de sello de oro bien pesado y un anillo de compromiso de calidad, que después de mi escena de hoy con Magda ya había perdido en todo caso su sentido. Así que de ninguna manera me había quedado sin medios y consolado dirigí mis pasos hacia ese callejón estrecho y sucio que conduce a través de «la pequeña Rusia». En los miserables años después de la Gran Guerra esta colonia nació a partir de un campo para prisioneros rusos y básicamente allí ahora vivían polacos, aunque también otros extranjeros. Los antiguos barracones habían sido ampliados y reformados, aunque no los habían acicalado. Entre ellos había pequeñas casitas de piedra desnudas, que se caían de nuevo antes de que las hubieran acabado. Dubitativo crucé el callejón, yo mismo muy inseguro de saber qué es lo que hacía y quería allí, cuando mi mirada se dirigió a una ventana de una de esas cajas de piedra, de donde colgaba el conocido rótulo rojo, que generalmente anuncia habitaciones en alquiler. Me acerqué y leí que ahí alquilaban una agradable habitación amueblada a un señor decente. La casa no disponía de timbre, así que me colé por la puerta abierta y entré directamente en la cocina, que estaba llena del vapor que desprendía la ropa hirviendo. No pude ver a nadie, así que llamé en voz alta «¡Hola!» y de los vapores surgió un joven alargado y con joroba, de un pálido amarillento, con una barba suave y oscura y cabello castaño algo más claro, que tenía un mechón dorado en el flequillo sobre la frente. Ese hombre me inspeccionó con cierta sorpresa y después me preguntó muy amable, con una voz suave, qué me podía ofrecer.

—Quisiera ver la habitación que tienen en alquiler.

—¿Para usted mismo? —me preguntó el hombre mientras se frotaba sin parar las manos. Asentí.

—No es una habitación apropiada para el señor, no es suficientemente elegante para el señor. Es una habitación para trabajadores, señor.

—Así y todo muéstremela —le insistí. Me precedió en silencio y subió una escalera, que llevaba a un altillo no terminado y abrió la puerta de una pequeña habitación con una ventana y paredes inclinadas, que formaban un gablete. Tal como estaba instalada era muy parecida a la primitiva habitación de Elinor e instintivamente me dirigí hacia la ventana, para ver si allí también había un tejado inclinado, que ofreciera la posibilidad de huir en caso de una visita inesperada. No, faltaba el tejado de tela asfáltica, aunque por otra parte la habitación ofrecía una vista totalmente inesperada de mi ciudad natal. Estaba frente a mí, un poco por debajo de mí, con sus tejados marrón rojizo, las tres torres puntiagudas de sus iglesias y la torre del ayuntamiento ovalada. Rodeado de verde el Schmie culebreaba, desaparecía por aquí y deslumbraba por allá, y mientras seguía su camino con la mirada vi a lo lejos, ya entre el verde de los jardines y campos, cubierto de un humo azulado, un tejado, mi tejado.

—Dispone de una bonita vista —dije yo tras un rato.

El hombre detras de mí tosió.

—Un trabajador —dijo— no pregunta por la vista, pregunta si la cama también está en orden. La cama es buena, señor.

—¿Y cuánto cuesta la habitación? —le pregunté.

—Siete marcos a la semana —contestó el hombre— y cambiamos la ropa de cama semanalmente.

—También me gustaría comer aquí —dije yo—, me gustaría permanecer aquí en completa tranquilidad y sin ser molestado entre dos y tres semanas para escribir. Apenas abandonaré la casa. ¿Es posible? No pido mucho.

—El señor encontrará nuestra comida demasiado sencilla —dijo el hombre—. Aunque, si le parece bien, puedo hacer que se la traigan de una fonda.

—Bien —dije yo— me quedo con la habitación. Mi maleta llegará mañana. Haga que me traigan entonces la cena.

A continuación me senté a la mesa.

—Le ruego que me abone un pequeño adelanto —dijo mi mesero y apretó tanto las manos que le crujieron los huesos—. Somos gente pobre, señor...

—Siéntese usted —le dije al dueño de la posada—. Ah, por favor, veo sobre el fregadero un vaso, ¿sería tan amable de alcanzármelo?

Mi mesero lo hizo y volvió a sentarse a la mesa por indicación mía.

—¿Cómo se llama usted?

—Polakowski —contestó—. Pero no somos polacos. Mis padres emigraron desde Prusia Oriental, allí se utilizan apellidos extraños...

—Que su apellido sea extraño o no, no me preocupa, señor Polakowski —le dije altanero—. En primer lugar, brindemos.

A pesar de sus protestas le serví medio vaso y yo cogí la botella.

—Por una vez, y sin que sirva de precedente, puedo beber de la botella —le dije riendo—. De jóvenes todos lo hemos hecho alguna vez.

Rió lánguidamente y dio un pequeño trago, mientras yo le daba un buen trago a la botella.

—Señor Polakowski, le ruego —le dije en tono familiar— que con la cena también me traiga una botella de aguardiente, pero no uno cualquiera, sino el mejor que se pueda conseguir pagando.

Vi cómo empezaba a mover los labios y ya me imaginaba lo que iba a decir.

—En lo que se refiere al pago le puedo decir que me he decidido súbitamente a hacer este trabajo.

Atrapé la mirada de mi tabernero mirando pensativo mi cartera abierta y completamente vacía. Reí.

—Bueno, le voy a contar la verdad, señor Polakowski. Eso del trabajo que tengo que escribir en completa tranquilidad es naturalmente una farsa. La verdad es que esta tarde he tenido una discusión bastante fuerte con mi mujer. Y con el fin de asustarla un poco quiero desaparecer durante una o dos semanas. Entiende usted, ¡quiero darle un poco en el hocico!

El señor Polakowski asintió.

—Quiero hacer que entienda qué supone estar sin el marido, ¿no es cierto?

El señor Polakowski volvió a asentir.

—Por una vez debe sentir cuán útil soy yo, ¡cuán indispensable soy!

El señor Polakowski asintió de nuevo y entonces me dijo con un tono de voz suave, casi un murmullo:

—A pesar de ello, señor, sin un pago por adelantado no puedo alojarle. Aquí en la pequeña Rusia somos gente muy pobre, señor, y una cena de una buena fonda y una botella de aguardiente cuestan mucho dinero.

—Mañana a primera hora tendrá usted todo el dinero que quiera, señor Polakowski —le dije yo interrumpiéndole—. Mañana a las nueve estaré en mi banco y sacaré dinero.

—No —dijo el tabernero—. Lo siento mucho, señor, le hubiera acogido con mucho gusto como huésped, un hombre con formación, que quiere asustar un poco a su mujer, a la manera de un señor. Nosotros, nosotros pegamos a nuestras mujeres, es más sencillo y barato.

—Ya, bueno —reí yo algo cohibido—. Lo que no sé si en una pelea con mi mujer no sería yo el que saldría peor parado, me temo que ella es más fuerte que yo. —Reí y bebí—. Pero si se toma tan en serio lo del pago, entonces le daré un anillo en depósito.

Primero me quité el anillo de sello y después el de compromiso del dedo anular de la mano derecha. Por un momento dudé, pero entonces le di el de compromiso.

—Preferiría que lo mantuviera en depósito como pago hasta mañana por la mañana y que no lo vendiera.

El señor Polakowski cogió el anillo de mi mano.

—Somos gente muy pobre, señor —volvió a decir con su voz en murmullo—. No tenemos ni tres marcos en casa. Pero llevaré el anillo a un hombre de total confianza y mañana al mediodía lo recuperaremos de nuevo.

—Bien, bien —le respondí yo de repente aburrido e irritado de nuevo por todos esos formalismos—. Pero mire usted de conseguirme la comida y el aguardiente lo antes posible, sobre todo el aguardiente. Ya puede usted ver que en la botella apenas queda nada y como usted sabe hay que ahogar las penas.

—Todo irá muy rápido, señor —murmuró mi dueño suavemente y cerró la puerta tras de sí. Yo, sin embargo, me lancé sobre la cama y bebí. Así es como conocí a Polakowski, uno de los canallas y farsantes más infames con los que me he topado en mi vida.

 

14

 

Esa noche me había propuesto firmemente ir a casa a medianoche, meter en una maleta ropa, trajes y cosas de aseo y coger el dinero que tenía en el escritorio. Y es que tenía la intención de quedarme unas semanas en casa de Polakowski de incógnito. Albergaba la idea de desacostumbrarme con toda tranquilidad a beber alcohol; el primer día quería consumir la cantidad acostumbrada, al día siguiente una tercera parte menos y así consecutivamente, hasta que dos o tres semanas después pudiera aparecer frente a Magda y los médicos como un hombre completamente sobrio y preguntarles: «¿Se puede saber qué es lo que queréis de mí?»

Consideré como muy posible que Magda me descubriera haciendo la maleta durante la noche, pero encontrarme con ella no me asustaba, no, más bien lo deseaba. Durante el silencio de la noche le podría contar tranquilamente algunas amargas verdades sobre lo vil que era que hubiera ordenado a los médicos que cazaran a un hombre, al que le unían, así y todo, quince años de matrimonio, insidiosamente. Había roto la camaradería entre nosotros y yo sospechaba que, antes o después, a lo que aspiraba finalmente era a conseguir la tutela judicial sobre mi persona y mis propiedades. Todo eso es lo que le quería decir a la cara.

Desgraciadamente de mis bonitos planes no resultó nada. De nuevo el alcohol me jugó una mala pasada. No es que me lanzara, como había ocurrido en otras ocasiones, a un profundo sueño letárgico y negro, que hacía que realmente no aprovechara el momento apropiado, no, esta vez tuve una experiencia mucho peor: el cuerpo no me obedecía y mi estómago estaba en huelga. Aunque con cierta repugnancia, pero en cierta manera con un sentimiento de obligación, me obligué a comer parte de la cena que me habían traído y que estaba muy bien, para después darle un buen trago a la botella. Me había vuelto a tumbar en la cama y estaba dispuesto a echar una cabezadita durante una hora en un liviano sueño hasta el momento de mi partida; entonces empecé a sufrir retortijones en el estómago, éste se sublevó, tuve que ponerme en pie y vomitar sin parar bajo un dolor torturador. Todo mi cuerpo estaba cubierto de sudor, me temblaban las manos y las piernas, mi corazón latía fuerte y dolorosamente, dubitativo, como si quisiera pararse en cualquier momento. Mis ojos se anegaron de lágrimas, mi mirada se enfrentaba a un resplandor, mi cerebro estaba cubierto de velos, a menudo estaba como inconsciente. Finalmente acabé de nuevo tumbado en la cama agotado hasta la muerte, sobrecogido por un miedo increíble: ¿se acercaba ya el final? ¿Tan rápido? La verdad es que no hacía tanto que bebía y además sin exagerar. ¿Uno se convertía en un bebedor tan rápidamente? ¿Así de rápido destrozaba el alcohol un cuerpo? ¡No, yo no quería morir! Siempre había considerado esa época dedicada al beber como transitoria, estaba convencido de que podría dejarlo en cuanto quisiera, sin ningún daño para mí, ¿y ahora se suponía que todo llegaba a su fin? ¡No, eso era imposible! No quería, me pondría bien de nuevo, muy pronto, quizá incluso mañana; ¡esos vómitos amargos como la hiel debían de tener otra causa! ¡Seguro que se trataba de la cena!

Es extraño que incluso en ese estado de intoxicación aguda no perjurara en ningún momento del alcohol. Al contrario, evité con miedo el solo hecho de pensar en él. No podía ser el motivo de mi malestar, no podía prescindir de él. ¡Era mi único buen amigo en esos días de desamparo y humillación! Y sólo recuperarme un poco, apenas se tranquilizaron mi respiración y mi corazón, volví a coger la botella, bebí de nuevo, con el fin de llamar a los sueños, al olvido, adentrarme en la dulce nada, en la que no se conocen ni las preocupaciones ni las alegrías, en la que uno no tiene ni pasado ni futuro.

Durante un tiempo el aguardiente cumplió con su deber, yo estaba tumbado allí, relajado y algo feliz. Pero después me cazó de nuevo el vómito, un vómito aún más atroz y torturador, ya que el estómago no contenía ya más que esos cuantos tragos de aguardiente.

Así es como pasé esa noche, entre la bebida y el vómito; finalmente concentré toda mi voluntad en contener con todas mis fuerzas el vómito durante el máximo tiempo posible, para que el alcohol dispusiera de algunos minutos de tiempo para pasar de la mucosa del estómago al cuerpo, antes de que lo expulsara una nueva náusea. ¡Me daba tanta lástima despilfarrar un aguardiente tan bueno!

Ya casi de mañana caí finalmente en un sueño intranquilo producido por el agotamiento, mientras jugaban conmigo imágenes oníricas desoladoras y torturadoras. Polakowski me sacó de éste, se encontraba en el marco de la puerta y observó, con una tosecilla, que pronto serían las nueve y si debía traerme ya el café. Le dije indignado que no quería el café, que me trajera inmediatamente otra botella.

Sin atender a mis palabras empezó a arreglar el terrible desorden de mi habitación, abrió también las ventanas, por las que entraron aire fresco y los rayos del sol. Agotado, lánguido e indefenso fui cegado por la luz.

—Cierre usted las ventanas, Polakowski —le rogué enfadado—. Me acabo de terminar la botella, ¡tráigame inmediatamente una nueva!

—Me dijo que a las nueve quería estar usted en su banco, señor —me recordó Polakowski a su manera silenciosa y murmurante—. Ya son las nueve.

—Ahora no puedo ir —le dije molesto—. Ya puede usted apreciar que estoy enfermo, Polakowski. Iré mañana o esta tarde. Ahora tráigame el aguardiente.

—Entonces tendré que vender el anillo, señor —dijo Polakowski—. El judío sólo quiso darme quince marcos si lo dejaba en depósito; si lo vendo me dará veinticinco.

—¡Veinticinco marcos! —le dije indignado—. ¡Pero si el anillo me costó nuevo noventa marcos!

—Ahora es un anillo viejo y el judío necesita dinero —murmuró Polakowski inalterable—. Si me permite que venda el anillo por veinticinco marcos enseguida le traigo el aguardiente.

—¿Y cómo es posible que se hayan acabado los quince marcos? —le dije amargado—. ¡Una cena y una botella de aguardiente no suman quince marcos!

—¿Y el alquiler de la habitación, señor? —preguntó Polakowski insinuante—. ¿Me debo quedar pobre como soy y sin nada? Además, le debo cobrar doce marcos por la habitación, señor... Lo sé, lo sé —dijo rápidamente mientras hacía sonar los huesos de las manos de forma repugnante y bien alto—. Le dije siete marcos, y soy hombre de palabra. Pero da usted mucho trabajo, señor, pone la habitación patas arriba y se mete en la cama vestido y calzado, ¡lo que echa a perder la ropa! Todo esto cuesta dinero y somos gente muy pobre...

—Unos pícaros —grité yo hecho una furia—. ¡Váyase usted al diablo, yo me voy de aquí!

—Como usted quiera, señor —dijo Polakowski y se marchó. Pero naturalmente salió ganando. Tras un rato me puse en pie, castigado por la sed, y gimiendo bajé la escalera llamándole (estuve un buen rato llamando a Polakowski), le adulé y le di el permiso para vender mi anillo de compromiso por veinticinco marcos y finalmente, tras una larga, larga y torturadora espera, recibí una nueva botella de aguardiente y pude volver a beber y vomitar, beber y vomitar. Y así un día se convirtió en un segundo y en un tercero y en una serie de días y nunca abandoné la habitación en la casa de los Polakowski...

 

15

 

En esa primera semana que pasé en casa de los Polakowski me quedé sin mis dos anillos, mi reloj de oro y mi cartera, que pasaron a ser suyos. Estoy totalmente convencido de que el judío sólo era una persona inventada y que el verdadero adquiridor de mis objetos de oro era el «muy pobre hombre» Polakowski. Lo que me dio a cambio era ridículo. Quizá entre doce y catorce botellas de aguardiente, contando cada botella a cuatro marcos (y además cada vez me llevaba aguardiente de peor calidad) y de vez en cuando algo para comer. Y es que yo casi ya no comía. Si por casualidad me miraba en el espejo veía mi rostro con una voluptuosidad brutal, que cubierto de viejos rastrojos de barba, hinchado y macilento, parecía exhausto. Así es como se destruye uno a sí mismo, me decía entonces exultante. Y justo después pensaba en Magda y en cómo se asustaría cuando me viese en ese estado y cómo le echaría en cara ¡que ella, sólo ella, era la causa ignominiosa de esa transformación!

En cuanto a mi salud esos días era muy variable. Naturalmente ya no pensé ni un momento más en la idea inicial que tenía planeada de deshabituarme y bebía todo lo que mi estómago aceptaba. La mayoría de las veces se ponía en huelga y tenía que esforzarme mucho para que me entrara la ración: en otros momentos se mostraba dispuesto, por motivos misteriosos, a recibir y mantener lo que le enviaba. Entonces pasaba unas buenas horas. Me sentaba frente a la ventana, la botella siempre bien cerca de mí, y cantaba en voz baja viejas canciones populares y de marcha, mirando la ciudad a mis pies y hasta donde estaba esa casa, allá entre esos vapores azulados, que era mía. Entonces reía pensando qué es lo que estaría haciendo ahora Magda y durante esas horas estaba completamente convencido de que la quería como siempre la había querido y que había sido ella la que había traicionado nuestro amor. Entonces me imaginaba cómo un día yo volvería a casa sano y feliz: de alguna manera había conseguido de forma totalmente misteriosa pero legal mucho dinero, y yo los hacía a todos felices y todos me admiraban y si no se han muerto siguen siéndolo aún hoy en día.

De esos sueños infantiles me despertaba Polakowski de manera suficientemente ruda. Me anunciaba que si no le entregaba enseguida más dinero no me facilitaría ni aguardiente ni alojamiento... Todo acababa en una disputa interminable, por su parte siempre amable, silencioso, adulador, por mi parte grosero, con estallidos de ira y después casi siempre inundado en lágrimas. Pero no me servía de nada, que siempre le echara en cara los precios desorbitados por los que se quedaba mis objetos de oro y lo poco que él me daba a cambio; él se escondía detrás de su judío, él no quería dar ni un céntimo más, sostenía tenazmente que por los servicios que me había prestado no había ganado ni un céntimo, y empedernido me decía que debía conseguir o pedir dinero. Sí, entonces ya hacía insinuaciones oscuras de que la policía quizá se interesaría mucho por una persona como yo y que vivir allí sin avisar no estaba permitido y que le podía traer problemas. No me tomaba a pecho esa palabrería amenazadora, pero tenía conciencia de que debía conseguir dinero, pues el suave Polakowski era duro como un guijarro. Lo único que pude conseguir de él fue que me facilitara una botella de aguardiente «por anticipado», con el fin de que estuviera fresco para la expedición de esa noche.

Había tenido precisamente uno de mis días «buenos», es decir, un día en el que mi cuerpo le tenía aprecio al alcohol, era una suerte. Cualquier otro día me hubiera sido imposible iniciar una excursión como ésa. Ya sabía que no tenía ningún sentido ir al banco: seguro que allí hacía tiempo que habían informado de mi desaparición y habían dado indicación de que si casualmente aparecía yo por allí no me entregaran ninguna cantidad sin habérselo notificado antes. Así que debía entrar como un intruso en mi propia casa. El pensamiento de encontrarme entonces con Magda, pues me podía imaginar perfectamente un encuentro como ése, ya no me era tan agradable como hacía una semana, cuando sólo había soñado con él. Pero debía producirse. Metí la botella de aguardiente en el bolsillo del pantalón —el suave de Polakowski me había negado inflexible el prestarme para ese efecto mi cartera— y me puse en camino. Era poco más de medianoche. Polakowski me dejó salir de casa y me dijo que ahí fuera estaba muy oscuro. Debía tener especial cuidado en el puente sobre el Schmie.

—Le estaré esperando, señor —me susurró—. Lo tarde que usted quiera. Tendré preparada para usted una botella. Y entonces, señor —murmuraba cada vez más bajo—, si para entonces tuviera usted una joya o algo de plata, que sepa que ahora colaboro estrechamente con un comerciante que paga unos precios muy decentes, ¡no como ese asqueroso judío! Traiga usted lo que pueda conseguir, me ocuparé bien de usted.

Así se caza a los pardillos, pensé yo al irme y fui lo suficientemente pardillo para no negarle mi reconocimiento al hábil de Polakowski, pues como premio para mi retorno me reservaba una botella de aguardiente. Pero por supuesto tenía otros planes muy distintos, de los que él no intuía nada.

Pude caminar mucho más fácilmente de lo que pensaba y apenas tuve la necesidad de beber. Estaba bastante alterado. Recuerdo bien que durante todo el largo camino me esforzaba todo miedoso en no pensar en lo que me esperaba. Me recitaba todos los poemas que aún recordaba de memoria de la época de la escuela y una y otra vez me descubría siempre pensando entre dos versos cómo hablaba con Magda o qué maleta me sería más útil.

Finalmente, tras casi tres cuartos de hora de marcha, llegué a la puerta del jardín de mi villa. Hacía poco que el reloj de la torre de las tres iglesias de la ciudad había dado las campanadas. Cerré en silencio la puerta y, cruzando el césped y evitando el camino de guijarros, rodeé mi casa. Todo estaba tranquilo y sumido en la oscuridad. Permanecí un buen rato bajo la ventana del dormitorio de Magda y creí oír su respiración tranquila; sin embargo, se trataba de mi propio corazón, que latía en mi propio pecho intranquilo y alto. Cuando reflexioné sobre el hecho de que me encontraba frente a mi propia casa, a cinco metros de mi propia mujer, como un miserable extraño en la noche, que desde hacía una semana no se lavaba ni se afeitaba, me invadió tal compasión por mí mismo que rompí a llorar con amargas lágrimas. Lloré durante largo tiempo de forma dolorosa; hubiera preferido irrumpir en la habitación de Magda dejándome consolar por ella. Finalmente aquí también el aguardiente demostró ser el mejor confortador, así que le di muchos largos tragos a la botella. Mi dolor se atemperó. Luché contra el deseo de dormir un rato y volví a la parte delantera de la casa.

 

16

 

Estoy en calcetines en el recibidor de mi casa, los zapatos los he dejado en el descansillo. Aún está oscuro, pero mi mano tantea en busca del interruptor, un pequeño chasquido y se hace la luz. Sí, ya estoy de nuevo aquí en mi casa, ¡aquí es donde pertenezco, en este orden y esta limpieza! Con un respeto casi piadoso contemplo este pequeño y coqueto vestíbulo con la alfombra verde reseda, de la que hace tiempo han eliminado las horribles manchas de esa noche de noviembre; observo el perchero, de donde cuelgan ordenados y planchados, uno junto al otro, la chaqueta del traje verde de Magda y un abrigo de verano azul. Entonces me acerco a hurtadillas al espejo, al gran y largo espejo en el que uno se puede mirar de arriba abajo y me observo de arriba abajo. Y me sobrecoge un terrible susto, viéndome allí de pie en mi ropa arrugada y sucia, con el cuello de la camisa negruzco, el rostro sin afeitar y lívido, los ojos enrojecidos. ¡En esto me he convertido!, grita mi interior y mi primer impulso es ir corriendo hasta Magda, caer ante ella de rodillas y suplicarle: ¡Sálvame! ¡Sálvame de mí mismo! ¡Llévame a salvo junto a tu corazón! Sin embargo, esa inclinación se volatiza y me río de mi reflejo en el espejo de forma astuta. Eso es lo que ella querría, pienso yo. ¡Y entonces encerrarme en un centro de internamiento para alcohólicos y meterse de lleno en mi negocio y mis propiedades! Hay que ser astuto. Siempre hay que ser astuto. Así que rápidamente acerco una silla al gran armario ropero de la entrada, me subo a ella y bajo una maleta, la mejor maleta que tenemos, una de cuero vacuno; en realidad le pertenece a Magda, en un ocasión se la regalé para su cumpleaños. Pero ahora eso no tiene importancia y además, ¿los matrimonios no lo comparten todo? En el siguiente cuarto de hora desempeño una febril actividad, meto dentro mi abrigo, dos trajes, ropa. En el cuarto de baño busco mis cosas de aseo. ¡Mañana por la mañana Magda se sorprenderá! Del armario zapatero saco dos pares de zapatos, unas zapatillas y lo preparo todo como si fuera a iniciar un largo viaje. Y siento como si me fuera de viaje por un largo tiempo, quizá, quizá esta ocasión Elinor sea más accesible. Cuando he terminado con todas esas cosas y antes de ocuparme de lo más pesado, me siento un momento en la entrada, bebo y me tranquilizo. Siento cómo en las últimas semanas me he debilitado mucho; ese rato que he dedicado a hacer la maleta me ha agotado excesivamente, tengo el corazón agitado y estoy cubierto de sudor.

A continuación me pongo de nuevo al trabajo. Hasta ahora todo ha salido a la perfección, no he hecho ningún ruido que pudiera despertar a alguien que duerme con normalidad, nada se me cayó de las manos. Pero, como ya he dicho, tenía lo más difícil por delante. Abro el cajón que hay debajo del espejo y ¡la linterna que buscaba está allí! ¡La enciendo y funciona! ¡No hay nada como tener la casa bien ordenada, gracias Magda! Apago todas las luces y me adentro con la linterna en nuestra sala de estar. Está pegada al dormitorio y sólo lo separa de éste una puerta de dos alas con vidrios de color, que dejan ver cualquier halo de luz y oír cualquier ruido. En la oscuridad tanteo para alcanzar el escritorio, en cuyo cajón del medio está nuestra pequeña hucha con el dinero en efectivo. Generalmente sólo guardamos allí el necesario para las cosas de casa, es decir, poco; pero si por la noche han llegado pagos en efectivo a la empresa que no hemos tenido tiempo de ingresar en el banco, entonces nos llevamos el dinero a casa. Estaba ansioso por saber cuánto dinero encontraría. Conseguí abrir el cajón sin hacer ruido y sacar la hucha, para lo que no tuve ni que encender la linterna. Incluso a oscuras encontré junto a la hucha el talonario. Me lo metí en el bolsillo y llevé la hucha cuidadosamente paso a paso hasta el vestíbulo, la dejé en el suelo, cerré la puerta y encendí la luz. Puede sonar extraño, pero procedí como si rezara antes de abrir la hucha. Recé al durante tanto tiempo olvidado Dios, pues él podría procurar que hubiera mucho dinero en la hucha. Mucho dinero para poder seguir durante mucho tiempo con esa vida entre la bebida y las náuseas, mucho más dinero para seducir a Elinor, la reine d’alcool, para irse de viaje conmigo. No dediqué ni un pensamiento a pensar a qué situación llevaría a mi propio negocio con esa retirada de dinero. Sí, yo creo que si hubiera reflexionado me hubiera regocijado aún más cuanto mayores fueron los daños para mi negocio. Así que acabé con mi rezo y abrí la hucha. Alcé la bandeja superior, donde sólo habían efectos, y busqué ansioso los billetes. Mi decepción no tenía límites. Allí sólo había muy pocos billetes; cuando los conté vi que no había más de cincuenta marcos. Aún me veo allí de pie, con los pocos billetes en la mano, y un sentimiento helado en el corazón. Éste es el final, pensé, esto no llega ni para Elinor ni para Polakowski. En dos, tres días se acabará el dinero y entonces no quedará más que entregarse, claudicar, el sanatorio con su agua fría, la renuncia definitiva a todas las esperanzas. Así estaba yo allí, con la muerte en el corazón, tanto tiempo, oh, tanto tiempo...

Entonces la vida volvió a mí. Vi de nuevo el rostro amarillento de Polakowski con su barba oscura frente a mí, oí su suave voz que me murmuraba algo sobre las joyas y la plata... No valía la pena perder el tiempo con las joyas. Las pocas que tenía Magda no tenían apenas valor y además las guardaba en el tocador del dormitorio. Pero la plata —sí, nosotros teníamos plata. Una bonita, pesada y vieja bandeja de plata, que compramos en una ocasión en una subasta. En la maleta tenía sitio suficiente... Bebí rápido y mucho, de un trago me bebí toda la botella. Aún quedaba por lo menos un tercio. Por un momento la afluencia repentina y en tromba de alcohol inundó mi cuerpo como con una onda roja, cerré los ojos y temblé. ¿Tendría que vomitar? Sin embargo, el acceso pasó y de nuevo tenía el control sobre mí. Rápidamente me dirigí a la despensa y allí encendí la araña de luz. Ya no necesitaba de esa precaución que hasta entonces había aplicado con tanto miedo. Abrí el aparador y saqué la cubertería de plata, que estaba guardada por docenas en fundas de franela (sólo la utilizamos en ocasiones festivas). Primero la amontoné junto a mí, después la fui sacando, las cucharas soperas, los cuchillos y tenedores, los cubiertos de postre, los de pescado... Lo metí todo en la maleta tal como iba saliendo. Ya sólo faltaban las cucharas de plata para servir, las palas de servir ensalada y los cubiertos de trinchar, que se guardaban sueltos en un cajón especial. ¡Los cogí rápidamente, pues de repente algo me azuzaba, debía irme de esa casa! Una cuchara se precipitó al suelo haciendo ruido, maldije en voz alta, la cogí y dejé caer una segunda cuchara. Impaciente abrí de golpe el cajón para sacarlo del todo y llevármelo entero en la maleta con la cubertería de plata suelta. El cajón salió sorprendentemente rápido y cayó sobre la cubertería de plata haciendo un ruido de mil demonios. Me hice con todo más o menos como pude, esta vez sin tener en cuenta el ruido que pudiera hacer y me dirigí corriendo hacia la maleta. Al hacerlo se cayeron al suelo dos o tres cucharas. Lancé lo que llevaba dentro de la maleta y volví a buscar lo que se me había caído. ¡Me quedé petrificado mirando a Magda, que estaba en medio del comedor frente al aparador abierto de par en par!

 

17

 

Volvió la cabeza y me miró durante un largo tiempo. Noté lo asustada que estaba, la rapidez de su respiración, cómo intentaba tranquilizarse.

—Erwin —dijo entonces con una voz atropellada—. ¡Erwin! ¡Qué aspecto tienes! ¿De dónde vienes en ese estado? ¿Dónde has estado tanto tiempo? ¡Ay, Erwin, Erwin, no sabes el miedo que he pasado por tu causa! ¡Que tengamos que vernos de nuevo de esta manera! ¡Erwin, piensa que en un tiempo nos queríamos! ¡No lo destruyas todo! Vuelve a mí. Haré todo lo que esté en mis manos por ayudarte. Quiero ser muy paciente contigo, nunca más me pelearé contigo...

Cada vez hablaba más atropelladamente, hizo una pausa sin aliento y me observó suplicante.

Sin embargo, a mí me movían unos sentimientos muy diferentes. Miraba a esa mujer arreglada, enrojecida por el sueño y en su camisón de seda azul con ira, con odio, con aversión, yo, que tenía una pinta como si me hubiera arrastrado por el fango, yo, que olía como una abubilla en época de cría. Creo que debió ser el aviso de nuestro amor de otro tiempo lo que me puso tan furioso. Sus palabras, en lugar de tranquilizarme, únicamente me habían hecho sentir la distancia que existía con el desde hacía tiempo sepultado pasado. Nos estábamos comparando y allí estaba ella, que lo tenía todo, y aquí estaba yo, un candidato a la nada.

Furioso me abalancé sobre Magda y casi me caí sobre una cuchara de servir de plata, miré a mi alrededor para verla, retrocedí un paso y la pisé. Magda gritó en voz baja. Yo, sin embargo, me volví a abalanzar sobre ella levantando los puños y grité:

—¡Sí, eso es lo que quieres tú, que vuelva a ti! ¿Y entonces qué? ¿Qué pasará entonces? —Agitaba los puños cerca de su rostro—. Entonces me llevarás a la cama y procurarás que me duerma y en cuanto esté dormido avisarás a los médicos y dejarás que me lleven, para toda la vida, a un centro de rehabilitación para alcohólicos, y entonces te reirás de mí para tus adentros y te harás con mis propiedades, eso es lo que quieres. Sí, eso es lo que quieres.

La observé fijamente, esta vez yo también sin aliento. Y Magda me volvió a mirar. Había empalidecido notablemente, pero yo podía ver que a pesar de mi conducta furiosa y amenazante no tenía miedo de mí. De repente mi estado de ánimo cambió; mi excitación se suavizó y frío y tranquilo le dije:

—Quiero decirte lo que eres. Eres una carroña asquerosa, te digo esto a la cara.

Ella no encogió los hombros y sólo me miraba.

—Eres una traidora, traicionaste todo nuestro matrimonio en cuanto enviaste a los médicos detrás de mí. ¡Debería escupirte a la cara, lejos de mí, bruja!

Me seguía mirando. Entonces dijo rápidamente:

—Sí, envié a los médicos tras de ti, pero no para traicionarte, sino para salvarte, si es que aún es posible. Si aún quedara en ti alguna chispa de razón. Erwin, deberías comprenderlo. Deberías entender que no puedes seguir viviendo así un mes entero, quizá ni siquiera una semana...

La interrumpí. Reí burlón.

—¿Ni un mes más? ¿Ni una semana? Podré vivir así durante años, lo aguantaré todo, y justamente a pesar de ti seguiré viviendo así, justamente a pesar de ti.

Me incliné muy cerca de ella.

—¿Quieres que te diga lo que haré la próxima vez que esté completamente borracho? Pues me pondré debajo de tu ventana y gritaré para que me oiga todo el mundo que eres una traidora, una carroña asquerosa, ávida de mi dinero, ávida de mis cuentas...

—Sí —dijo ella enfadada—, me lo puedo creer muy bien que estás dispuesto a ello. Pero entonces no sólo te ingresarán en un sanatorio, sino que irás a parar a la cárcel y no sé —dijo ahora también muy sarcástica— si eso te convendría.

—¿Qué? —grité yo y mi rabia había alcanzado el cénit—, ¿ahora me quieres meter en la cárcel? ¡Espera un poco, no vuelvas a mencionar eso! Te voy a enseñar... —Y la agarré, estaba todo rojo. Quería cogerla del cuello, pero ella se resistió con fuerza. Era casi tan fuerte como yo y en mi estado actual quizá considerablemente más fuerte que yo. Forcejeamos, era una dulce sensación notar ese cuerpo en su momento tan querido y ahora enemigo tan cerca, ahora el pecho, los muslos que se entrechocan. Un pensamiento me cruzó veloz la mente: ¡si ahora la besaras de repente, si le murmuraras palabras de amor en el oído! ¿Y si la engatusaras? Le murmuré en la oreja: «Mañana por la noche volveré y te mataré. Lo haré muy sigilosamente...»

Magda gritó:

—No, no, estoy bien, Else, ¡yo sola puedo con él! ¡Llame usted al doctor Mansfeld y a la policía, yo lo retendré aquí!

Me di la vuelta de repente. Allí estaba Else, atraída por el ruido de nuestra lucha, se la veía preciosa, pero entonces desapareció en el vestíbulo en busca del teléfono. De un empellón me solté y exclamé:

—¡No seré tuyo, por mucho tiempo, Magda!

Le di un empujón, que le hizo caer de espaldas. A la carrera recogí la cubertería de plata que había dispersa por el suelo, también la cuchara de servir rota, y corrí hacia el vestíbulo. Lo metí todo en la maleta y me esforcé por cerrarla. Magda estaba de nuevo allí.

—¡No te llevarás las cosas! ¡Mi cubertería de plata se queda aquí, no te la vas a pulir bebiendo!

A un metro, Else estaba telefoneando con empeño. Oí la frase:

—¡Quiere matar a su mujer!

¡Vaya por Dios con la chica!, pensé yo. Ambos nos peleábamos por la maleta. Entonces la dejé ir de repente y Magda volvió a caer al suelo. Le arranqué la maleta de la mano, le arreé una o dos veces y salí corriendo hacia el descansillo, agarré mis zapatos y salí en calcetines a la calle. Por un momento me tambaleé...

—¡Deme usted la maleta, señor! —dijo la suave e insinuante voz de Polakowski—. Yo me adelantaré. ¡Rápido, que vienen las mujeres!

De forma totalmente mecánica le entregué la maleta a Polakowski, él salió corriendo y yo tras él, adentrándome en la noche en calcetines...

 

18

 

Polakowski corrió con la maleta, se desvió en el siguiente cruce, se metió en la ciudad antigua, corrió por callejones y callejuelas, donde tomaba las esquinas sorpresivamente: yo iba tras él. Estaba muy oscuro y sólo porque él iba calzado y hacía ruido al correr pude seguirle la estela. Estaba completamente seguro que Polakowski tenía la intención de desaparecer del todo con la maleta y dejarme a mí indefenso en la calle. Pensaba que me había dado el esquinazo: sin embargo, no había oído mis pasos silenciosos en calcetines. ¡Cuando finalmente se paró sin aliento yo ya estaba junto a él y le pregunté por qué había corrido de esa forma tan absurda si nadie iba tras nosotros!

El canalla no se avergonzó ni por un momento y supo esconder muy bien su confusión ante mi aparición preguntándome:

—¿Ha tenido follón con las mujeres? ¿Eran las mujeres las que gritaban? ¿Qué les ha hecho a las mujeres?

—Nada que no me haya aconsejado usted, Polakowski —reí yo—. Intenté asustarlas a «vuestra manera obrera», concretamente pegándoles. Pero no saqué mucho partido. Por otra parte es comprensible que una mujer se defienda cuando uno le roba la plata. Tengo la plata, Polakowski.

—¿Así que la tiene? —contestó el bribón—. Ahora depende todo de si podemos sacar algo de ella. La mayoría de la plata es leve y vacía o el diseño está pasado de moda. La plata que sólo sirve para fundir apenas vale unos marcos.

—No tiene que preocuparse, Polakowski —le dije yo enfadado—. Yo mismo tasaré la plata sin su ayuda, si es que llego a venderla, lo que aún no sé. Bueno, ahora quisiera llevar mi maleta yo mismo.

Durante nuestra conversación me calcé los zapatos y cogí la maleta, a pesar de las protestas y súplicas de Polakowski. Por fin había dado con el tono que debía utilizar con él; el alcohol, que siempre procura un estado nuevo, siempre diferente, me lo había proporcionado. Ahora Polakowski volvía de nuevo a su cantinela, me aseguraba que sólo era un pobre trabajador, incapaz de saber tratar a una persona culta. Estaba convencido de que mi plata era buena, muy buena, debía achacarlo a su estupidez el que hubiera pensado que un hombre como yo podía poseer plata de mala calidad. Yo perseveré en un silencio ostensiblemente oscuro, que le intranquilizaba cada vez más, pero con el que yo interiormente me partía de la risa. Una vez llegamos a casa Polakowski me trajo, sin que se lo tuviera que pedir, la botella de aguardiente que había reservado para mí; cogí la cartera y le pregunté únicamente:

—¿Qué le debo?

—Son dos marcos cincuenta —susurró muy humilde.

—¡Aquí tiene el dinero, y no vuelva a traerme nunca más un matarratas como éste! ¿Le debo algo más?

Me aseguró que ya estaba todo pagado.

—¡Bueno, entonces desaparezca inmediatamente! Quiero dormir.

Desapareció tras la puerta, había conseguido derrotarlo y humillarlo.

Sin embargo, a mí no me sentaba bien ni dormir ni beber. La sed de anestesia había desaparecido, por motivos misteriosos tuve un momento de veda en el que volvió a emerger la parte de la persona activa que había sido antes. Quizá eso se produjo por la escena que había superado hacía poco con Magda, que me había agitado mucho, así que naturalmente me esforcé en pensar en ella únicamente lo imprescindible. Permanecí un rato meditabundo en el sofá. Con una claridad inexorable me daba cuenta de que después de lo que había pasado nunca podría volver a casa. Mi viejo plan de deshabituarme yo mismo del alcohol y aparecer frente a Magda y los médicos como una persona sana ya se había trastocado para siempre, y la verdad es que en mis horas sobrias nunca había creído en él. Pero también era imposible, me producía incluso arcadas, seguir viviendo en casa de Polakowski, pues sólo podía terminar en la demencia. Debía encontrar otro camino y creía tener cierta idea de cuál podía ser ese camino. Debía sopesar muchas cosas las siguientes veinticuatro horas, así que no podía hacerlo estando borracho.

Debían de ser entre las tres y las cuatro de la madrugada cuando me levanté del sofá y empecé a vaciar la maleta. Entonces me lavé de arriba abajo, me vestí a medias y me afeité con el mayor de los cuidados. Todo lo hacía con una lentitud exasperante. Me temblaban tanto las manos que en varias ocasiones dudé de que pudiera afeitarme, aunque finalmente lo conseguí. Por motivos inescrutables de mi ser una nueva energía había surgido en mí, me hizo resistir e impidió que sólo bebiera pequeños tragos a largos intervalos.

Cuando finalmente me miré en el espejo, recién vestido y lavado, me asombré yo mismo del buen aspecto que aún tenía. Estaba claro que mis ojos estaban enrojecidos y mis pupilas finas como agujas, y que me colgaban un poco los mofletes, pero nadie podía ver en mí a un bebedor. A la mañana siguiente podía atreverme, y me atrevería.

Ya no me metí en la cama. Me cubrí bien con la manta y me senté en el sofá para esperar a que amaneciera. Escuchaba atento los ruidos en la casa. Estaba todo muy silencioso, pero estaba completamente convencido de que Polakowski no dormía, sino que me espiaba. Bueno, esperaría, y además me propuse engañarlo.

Antes de sentarme en el sofá había llenado un vaso de aguardiente y colocado la botella con el resto en la esquina más alejada de mi habitación: decidí que ese vaso largo de aguardiente debía durarme hasta la mañana. Pero sólo le di unos sorbos, tras la inhabitual ocupación de esa noche estaba muerto de sueño, así que me tumbé y me quedé dormido.

Me despertó un silencioso ruido metálico. Abrí los ojos a medias y parpadeé en la habitación, en la que la luz del sol de la mañana ya le había ganado la partida a la luz que daba la bombilla. Polakowski permanecía agachado sobre mi maleta, había sacado de una funda un cuchillo de trinchar, lo examinaba concienzudamente y lo sopesaba en la mano. Durante un buen rato estuve observando con los párpados entrecerrados cómo el canalla rebuscaba entre la plata, entonces me estiré, bostecé sonoramente, como si acabara de despertarme y miré hacia mi habitación: no había nadie. Acerté a ver cómo subía la manilla de la puerta una vez cerrada. Tras echarle un vistazo a la maleta me convencí de que Polakowski se había hecho provisionalmente con una selección de muestra de la plata, para robar como debía ser se esperaría a que yo estuviera bien borracho. Abrí la ventana, miré hacia la ciudad para ver dónde estaba el sol. Aún no se había alzado mucho por encima del horizonte, debían de ser entre las seis y las siete de la mañana. Desde la puerta llamé a Polakowski; el muy astuto tardó un buen rato en aparecer. Le grité escaleras abajo que quería mi desayuno. Me lo sirvió muy veloz, su gesto brioso, habitualmente casi blando y suave, no podía esconder esta vez una sensación de animada inquietud por mi completa transformación. Hice como si no viera nada y por primera vez me puse a comer con apetito. El café era inesperadamente bueno, los panecillos crujientes y la mantequilla fresca y fría. Ese canalla de Polakowski entendía lo que era ser decidido en la vida. Mientras yo comía, Polakowski puso el lavabo y mi cama en orden y no pudo evitar lanzarme una y otra vez miradas sesgadas de forma disimulada. Su tosecilla era cada vez más frecuente. La botella de aguardiente, que encontró en la esquina de la habitación, le dio finalmente la ocasión anhelada para iniciar una conversación:

—¡Pero si apenas ha bebido, señor! —dijo sosteniendo como muestra la botella a contraluz.

—Sí, mi querido señor Polakowski —dije yo irónico, pero de excelente humor, mientras untaba bien un panecillo con mantequilla—, mientras me sigas sirviendo esta porquería de aguardiente creo que terminaré volviéndome abstemio.

Recibió mi tuteo sin inmutarse.

—Fue una equivocación, señor —refunfuñó—, una equivocación del tendero. Tan cierto como que estoy aquí de pie es que yo mismo pagué cuatro marcos cincuenta por la botella, el vendedor se equivocó. Pero naturalmente que sólo le he cobrado el precio real, yo mismo pongo de mi bolsillo la diferencia de un marco cincuenta, a pesar de que sólo soy un pobre hombre. Le soy sincero, señor...

—No digas tonterías, Polakowski —le respondí grosero—. Eres igual de sincero que pobre. Eres un viejo maleante, o más bien uno joven, aunque astuto como uno viejo. Quizá por eso me caes bien. Llévate la botella —le grité de repente con una rabia fingida— y bébetela tú mismo. Y procura que dentro de cinco minutos tenga aquí un aguardiente decente. ¡Ahí tienes dinero!

Y a continuación le lancé un billete sobre la mesa. Lo cogió rápidamente.

—Enseguida, en cuanto abran las tiendas —me aseguró.

—No, ¡no en cuanto abran las tiendas! —grité yo aún más alto—, sino ahora, ¡ahora mismo! ¿Te piensas, idiota, que me voy a quedar aquí todo el día despierto tras una noche en vela? Quiero dormir de una vez.

Me había puesto en pie de un salto fingiendo excitación, ya me había quitado la chaqueta y estaba desabotonando mi chaleco. Ahora debía convencerle, pues si no todo se echaría a perder. Así que cogí el vaso con aguardiente, que aún estaba prácticamente lleno sobre la mesa, lo vacié en el suelo y grité:

—¡Ahí tienes, vuelve a llenarlo del todo! ¡Con tu asqueroso matarratas! Y ahora procura que en cinco minutos tenga otra bebida aquí; el tendero seguro que te deja entrar aunque esté cerrado, ¡un cliente tan bueno como yo!

Me había sacado el chaleco y ya me estaba quitando los tirantes.

—¡Cinco minutos! —aseveró Polakowski y salió corriendo de la habitación. No era difícil extraer de sus palabras su sentimiento de alivio y satisfacción. Había pasado miedo por su gallina de los huevos de oro, pero ahora yo volvía a beber. ¡Alabado sea Dios!

Apenas oí cómo se cerraba la puerta de entrada a la casa ya me había vestido de nuevo, cerré la maleta, la cogí y bajé las escaleras. Debía haber por ahí una señora Polakowski, también niños Polakowski, del mismo tipo que su padre, suaves, rastreros, susurrantes y asquerosamente canallas: nunca los vi. Tampoco esa mañana. Alcancé el callejón sin problemas. Aquí, casi ya liberado de mi atormentador, el alcohol casi me hubiera hecho una jugada. De repente recordé que desde hacía semanas por primera vez estaba de camino sin «provisiones» y, además, afrontando un viaje tan lleno de peligros y decisivo, y que allá arriba en mi habitación había un vaso que acababa de servir hasta el borde con aguardiente. Estuve a punto de volver y de esa forma hubiera caído seguramente de nuevo en las garras de largos dedos de ese chantajista de Polakowski, pero esa nueva energía que se había despertado durante la noche ganó la partida: negué con la cabeza y proseguí el camino.

 

19

 

Naturalmente que no tenía ni idea en qué dirección había salido Polakowski y al principio miré todo preocupado a mi alrededor. Pero una vez hube salido de la «pequeña Rusia» y caminé por las limpias calles de mi ciudad natal, me sentí mucho más seguro. Me dirigí sin dudarlo directamente hacia la estación de tren y allí me senté en la sala de espera de segunda clase. Sabía que era muy osado; si ya se había filtrado algo de mi historia entonces estaba perdido. Sin embargo, esa mañana yo debía ser mucho más osado y sentarme en la sala de espera suponía una primera prueba para otras futuras empresas importantes. Naturalmente que me podría haber escondido con menos riesgo un par de horas en las afueras de la ciudad, pero ya que mi estado de ánimo había cambiado quería hacer frente por una vez al peligro, aunque también debo admitir que el alcohol también me sedujo un poco a hacerlo. Tampoco quería renunciar a él del todo, así que al camarero, además de un abundante desayuno consistente en huevos fritos, salchichas y queso, le encargué también una jarra de coñac, que por segunda vez, desayunando con placer y con apetito, añadí a mi café. Durante esta larga comida me imbuí en los periódicos de mi ciudad natal, que hacía tiempo que no había leído en detalle, leí varias noticias sobre mi patria, además de los anuncios familiares, y de esta forma me aseguré de que en las páginas de los periódicos no se había publicado ni una palabra sobre mi persona. Al fin y al cabo siempre existía la posibilidad de que Magda, en su «preocupación por mi bienestar», hubiera puesto un anuncio en el periódico con un contenido como éste: El hombre de negocios E.S. fue visto por última vez hace tanto tiempo y seguramente vaga por los alrededores en un estado de confusión mental. Quien pueda dar noticia de él etc. etc. Pero no había nada de eso.

Mientras yo desayunaba, el panadero Stretz, que según acababa de leer en el periódico había celebrado el vigesimoquinto aniversario de su negocio, me dio palique durante diez minutos. Es nuestro proveedor de panecillos, y yo de vez en cuando le suministro la harina de trigo, nos conocemos desde hace muchos años. Se sentó a mi mesa y se sorprendió de que no nos hubiéramos visto durante tanto tiempo y de que me comiera allí en la estación los panecillos de la competencia y no tranquilamente en casa los suyos. Me dijo todo eso de forma completamente ingenua, tal como yo percibí enseguida. Haciendo referencia a un viaje se lo expliqué todo y ya me convencí de que entre el círculo más estrecho de nuestros socios no había corrido ni el más leve rumor sobre la transformación en mi forma de vida. Más tarde por la sala de espera pasaron conocidos aún más lejanos, los saludé, una vez ya seguro, con un leve gesto amistoso con la cabeza y moviendo la mano. Aunque el camarero tuvo que servirme, cada vez que se acercaban más las nueve, una tercera y última jarra de coñac, pensara él lo que pensara de mí. Seguramente que en mucho tiempo no volvería a ser su huésped.

A las nueve menos cinco ya había pagado la cuenta, me puse de pie, agarré mi maleta y me dirigí hacia la ciudad. Anduve por la calle de la estación, después como si no fuera conmigo por nuestra calle principal y la avenida de los olmos hasta la plaza del mercado, donde se encuentra el banco. Allí me encontraba en medio de territorio enemigo: justo enfrente del banco se encuentra el ayuntamiento, en cuya planta baja está el puesto de policía, al que esta noche dieron aviso por mi causa. A un minuto de la plaza del mercado se encuentra mi propio negocio, hacia donde quizá se dirige este vehículo de campesinos cargado de sacos de grano. Estaba bastante alterado y antes de entrar en el banco me enjuagué las manos húmedas de sudor con el pañuelo. Entonces entré.

En ese momento, justo después de abrir, en el mostrador vi a primera vista a varios insignificantes oficinistas jóvenes, tanto hombres como mujeres, con papeles entre las manos. Dejé la maleta en el suelo, colgué mi sombrero del colgador y me dirigí hacia el mostrador aún libre, donde estaba sentado el contable que se ocupaba de mi cuenta. Le di los «buenos días» sonriendo, le comuniqué que acababa de volver de un largo viaje (señalando la maleta junto a la puerta) y que deseaba que me informara sobre el estado de mi cuenta corriente. Y mientras le decía todo esto de forma superficial, sin tartamudear ni una sola vez, comprobaba, temblando por dentro, su rostro a la búsqueda de cualquier signo de desconfianza, sospecha, duda. Pero no vi nada de eso en el rostro del joven, solícito abrió el libro contable, sumó durante un momento algunas cifras con un lápiz y me dijo entonces, indiferente, que en ese momento mi cuenta ascendía a siete mil ochocientos marcos y pico. Apenas pude disimular un gesto de alegre sorpresa. No había esperado tener tanto dinero ni en mis sueños más audaces. Hasta cierto punto era para mí un misterio saber cómo lo había conseguido Magda; seguramente acababa de entrar el pago de la administración de la cárcel por la partida de cuerdas entregada, aunque tampoco podía ni mucho menos ascender a tanto dinero. Bueno, en todo caso, me dije reprimiendo mi excitación por la alegría, había suficiente dinero, suficiente para el negocio y sobre todo suficiente para mí y para mis planes. Durante un instante luché contra la tentación de retirar el importe completo, aunque me reprimí. Tampoco quería actuar de forma tan vil contra Magda y el negocio, por muy infamemente que ella se hubiera portado conmigo. Además, retirando todo el montante de mi cuenta, que hubiera sido como cancelarla, habría llamado demasiado la atención.

Todos esos pensamientos cruzaron mi mente a la velocidad del rayo, de manera que dije de forma casi casual, que hoy debía hacer un pago bastante elevado y requerí una pluma y tinta. De pie frente al mostrador rellené un talón que había sacado de mi bolsillo, un talón al portador por cinco mil marcos y se lo entregué al contable. Aún con un último resquicio de miedo observé de nuevo su rostro, aunque también sin dudarlo ni un solo momento apuntó las entradas necesarias, selló el talón y lo llevó personalmente hasta la caja. Yo también me dirigí hacia allí. Me inundó un sentimiento de felicidad sin fin, de orgulloso triunfo. ¡Ahora sí que se la había jugado bien a Magda! Que hubiera sido tan tonta de no haberle hecho ni siquiera una pequeña indicación al banco hizo que saliera a la superficie mi infinita superioridad sobre ella. De tanta alegría me hubiera puesto a bailar y a gritar y sólo con esfuerzo pude reprimir una especie de ataque de risa que me sobrevino.

—¿Cómo desea usted que le paguemos, señor Sommer? —me preguntó el cajero.

—En billetes grandes, grandes —dije yo rápidamente—. Es decir, en billetes de cincuenta y cien marcos. Y unos doscientos marcos en billetes más pequeños.

En dos minutos ya tenía mi dinero, me lo guardé cuidadosamente en el bolsillo delantero de la camisa, agarré la maleta y salí de nuevo a la plaza del mercado como un orgulloso vencedor. Justo cuando salía por la puerta giratoria se me ocurrió que debía celebrar ese triunfo sin falta. A pesar de que era primera hora de la mañana quise ir a una pequeña tasca de la plaza del mercado y comerme allí una langosta, o unas ostras o lo que tuviera en esa época Rohloff, acompañado de dos botellas de vino de Borgoña. Salgo de la puerta y frente a mí está el inevitable, el repugnante Polakowski, esta peste de mi vida, que me observa sonriendo todo babeante.

 

20

 

¡Si no hubiéramos estado allí en una plaza al aire libre hubiera estrangulado a ese tipo! Así que le miré durante un momento ceñudo y amenazante, agarré aún con más fuerza mi maleta y, sin prestarle atención, cogí el camino hacia la estación. Aunque oí bien cómo iba detrás de mí e incluso percibí su odiosa voz rastrera y murmurante:

—¡Deje que le lleve la maleta, señor! ¡Por favor, deje que le lleve la maleta, señor!

Hice como si no le hubiera oído y aceleré mi paso. ¡Pero de repente sentí una mano junto a la mía en el asa de la maleta y de nuevo a plena luz del día y en plena calle Polakowski me había vuelto a arrancar la maleta de la mano! Furioso me di la vuelta y grité:

—¡Devuélvame ahora mismo la maleta, Polakowski!

Sonrió humildemente:

—No tan alto, señor —me rogó murmurando—. La gente ya nos está mirando y esto es penoso para usted, señor. No para un pobre trabajador como lo soy yo, pero para usted, señor...

—Me va a devolver usted inmediatamente la maleta, Polakowski —le repetí, aunque en voz más baja, pues la gente nos observaba.

—Después, después —dijo él para tranquilizarme—. Se la llevaré con mucho gusto, señor. Hasta la estación, ¿no es cierto?

Y sin esperar a que le respondiera pasó junto a mí y adelantándome se dirigió hacia la estación. Le seguí con un sentimiento de impotencia y desamparo. Con odio miraba la figura ligeramente inclinada hacia delante en una chaqueta azul oscuro y su cabello, ligeramente dorado, peinado con sencillez hacia atrás, que tenía un destello rojizo. Desde esos minutos que yo marchaba tras Polakowski en dirección hacia la estación supe que lo hacía como un asesino justo antes de cometer un crimen. Y yo no podía hacerle nada, nada, él era más fuerte que yo, tanto física como moralmente. Sólo tenía que llamar al primer policía que se le presentara y yo ya estaba perdido, muy bien lo sabía el canalla.

Si durante esos minutos hubiera tenido más sangre fría y hubiera reflexionado más, hubiera dejado tranquilamente a Polakowski que se fuera con mi maleta y me habría esfumado silenciosamente en una calle lateral. Estando en posesión de una suma tan grande de dinero como el que llevaba en el bolsillo, me podía resignar tranquilamente a la pérdida de la maleta, constituía el precio del rescate con el que me podía librar de ese miserable. Pero esos pensamientos no se me pasaron por la cabeza, me hervía la sangre, no hacía frío y yo no podía pensar.

Llegados a la plaza frente a la estación, Polakowski no entró en ella, sino que sin volverse hacia mí, convencido de que yo le seguiría como un perrito, se metió en el retrete público, hacia la izquierda, algo escondido por los arbustos. Una vez llegado a éste dejó la maleta en el suelo, chasqueó sus falanges y dijo:

—Bueno, señor, aquí podemos hablar con completa tranquilidad.

Miré a mi alrededor: el agua corría ya en la media docena de lavabos, pero a tan temprana hora aún faltaba la clientela. Polakowski tenía razón: aquí podíamos hablar con completa tranquilidad.

—¡Y eso es lo que vamos a hacer! —le grité furioso—. Qué se piensa usted, Polakowski, que me puede seguir y espiar continuamente. Esta misma noche y ahora otra vez...

—¿Espiarle? —repitió él en un desagradable tono de reproche—. Pero señor, si le he traído su aguardiente. —Y realmente sacó la botella del bolsillo del pantalón—. Esta mañana se la ha olvidado usted. Sin embargo, yo soy un hombre honesto. Le he dicho a mi mujer: «El señor ha pagado el aguardiente, así que es suyo.» Y así lo he hecho. —Y mantuvo la botella en alto—. Beba usted, señor. Ya lo he descorchado, el tapón está completamente suelto.

Mi gesto era de furia. Sin embargo, no se dejó desanimar y volvió a enseñarme la botella.

—Beba usted —volvió a lisonjearme—. Usted es un hombre tan simpático cuando ha bebido un poco; no le sienta bien cuando está usted sobrio, está usted siempre tan irritado...

Él mismo extrajo el corcho de la botella y frotó con el borde húmedo el cuello de la botella.

—Lo oye usted, señor —dijo riendo—, el aguardiente le está llamando...

Y hoy en día aún me es inconcebible, pero con su tonta afectación el tipo me había vuelto a persuadir. Ahora yo mismo riendo agarré la botella y dije:

—¡Asqueroso canalla! —y bebí, bebí mucho y durante un buen rato. Después dejé la botella, la tapé, me la puse en el bolsillo de mi pantalón y le pregunté—: Bueno, ¿qué es lo que quieres de mí, Polakowski? ¿No has recibido ya todo lo que deberías?

—No hablamos de eso, señor —dijo Polakowski diligente—. No hablamos de esas fruslerías. Yo sé que usted es un hombre de honor. Realmente es usted un hombre noble. Usted no podría soportar dejar que un pobre trabajador se eche a perder en la miseria...

—¿Qué quiere decir eso, Polakowski? —pregunté yo muy atento—. Creo que conmigo ya has ganado más que suficiente. Si pienso en mis joyas de oro...

No me prestó atención.

—Vea usted, señor —empezó a decir con su voz más engatusadora y chasqueó sus falanges, lo que era asqueroso—, una persona como yo viene a ser como una simple pieza de ganado, ha nacido en la mierda y nunca saldrá de la mierda; un hombre tan distinguido como usted no se lo puede ni llegar a imaginar.

—Me puedo imaginar un montón de cosas de ti, Polakowski —dije furioso—. Y naturalmente tiene que ver con la mierda...

De nuevo no prestó atención a mis palabras. Prosiguió de forma insistente y convencida:

—Y cuando una pieza de ganado como ésta ve un negocio, que podría sacarle de la mierda para el resto de su vida, sí señor, entonces no puede haber un cambio de opinión, ¡entonces hay que cerrar ese negocio, señor!

Me miró y repitió, aunque esta vez su voz no era ni suave ni aduladora:

—¡Voy a hacer el negocio, señor, aunque me cueste la vida!

Por dentro temblé ante la furiosa amenaza de su voz, pero por fuera le pregunté completamente tranquilo:

—¿Y cómo tiene que ser este negocio, Polakowski?

Se pasó la mano por los ojos, como si se sacara de encima una imagen mala. Empezó a sonreír, lisonjero y tierno, de nuevo ostentaba el poder.

—¿Que cómo tiene que ser este negocio, señor? —Volvió a reír con más fuerza y chasqueó los nudillos de sus dedos—. El señor es el que mejor sabe cuánto dinero ha retirado del banco y qué cantidad me quiere dar a mí.

Me quedé inmóvil a raíz de esa insolencia, yo había esperado que reclamara para sí toda la plata, y estaba casi decidido a entregársela, pero no me había esperado que me pidiera una parte de mi valioso dinero.

—Está usted loco, Polakowski —dije yo riendo—. Además, ha prestado usted poca atención, en el banco no he retirado ni un solo céntimo, mi mujer ha hecho cancelar la cuenta, así que ya no puedo sacar dinero, ¿lo entiende?

Me escuchaba con un silencio sombrío. Metí la mano en el bolsillo lateral de mi chaqueta y saqué el dinero que me quedaba de lo que había cogido de la hucha de Magda.

—Aquí tiene, vea usted mismo, éste es todo el dinero que me queda.

Le mostré el dinero. Su mirada oscura y recelosa pasó de mirarme a mí al dinero que había en mi mano:

—¿Cuánto dinero hay aquí? —preguntó con voz atropellada—. ¡Enséñemelo!

Se encontraba muy cerca de mí, con los ojos pegados al dinero. Entonces, con un movimiento repentino que me cogió totalmente desprevenido, introdujo la mano en el bolsillo frontal y sacó el paquete con el dinero. Dos o tres billetes cayeron al suelo, en el mojado y pringoso suelo de asfalto del meadero, y ambos nos agachamos al mismo tiempo a por ellos. Sus manos eran más rápidas, pero viendo que mi caza era en vano, yo le agarré por el cuello, me aferré a él con todas mis fuerzas, estaba decidido a no soltarle hasta que cediera, hasta que recuperara el dinero... Intentó defenderse, pero su codicia le impedía hacer algo, pues sujetaba el dinero con ambas manos, que no quería soltar nunca más... Alzó la rodilla hacia mi vientre... Un momento después ambos rodábamos por el suelo, yo colgado aún de su cuello, él moviendo como un loco sus miembros, como pez al que le quitan el anzuelo en tierra... Entonces sus miembros se relajaron y de su garganta surgió un último respiro de agonía horrible... Yo le solté y procuré abrirle la mano... ¡Me gustaría saber qué pensó el convencional jefe de Correos Winder cuando se encontró a dos hombres en el suelo del meadero enzarzados en una salvaje pelea cuando él sólo quería cumplir con una mañana de trabajo tranquila!

—¡Pero señores! ¡Se lo ruego, por favor! —gritó con una voz asustada—. ¡Aquí en los lavabos! ¡Señores!

Polakowski, que había vuelto a recuperar aire, vio su oportunidad y de un salto se había puesto en pie, agarró la maleta y salió de los lavabos haciendo a un lado al jefe de Correos. Nadie pudo contar ni hasta tres, tan deprisa había ocurrido todo.

Yo me puse en pie con vértigo y aturdido, incapaz de tomar una decisión rápidamente. Me dirigí a uno de los lavabos, dándole la espalda al turbado y escandalizado director. Éste dijo:

—Si no me equivoco es usted el señor Sommer, ¿verdad? ¡Estoy sorprendido, señor Sommer, realmente estoy muy sorprendido de su presencia aquí!

Durante un momento aún sentí su mirada punzante en mi espalda, entonces se abatió una puerta, un cerrojo chirrió, se oyó el rozar de la ropa. Ahora yo me encontraba solo para proceder a retirarme. Y justamente en ese momento en el que, completamente desesperado, sin dinero, quería abandonar las instalaciones, mi mirada vio a un lado un hatillo azul y, mira por dónde, allí había, arrugado y sucio, un fajo de billetes de cien, ¡mil marcos en billetes de cien!

 

21

 

Nadie que acaba de perder una preciosa maleta de piel con sus mejores cosas y una cubertería de plata, nadie que acaba de perder cuatro de sus cinco mil marcos, puede hacerse ni siquiera una somera idea de qué feliz era aquel hombre que un cuarto de hora más tarde abandonaba su ciudad natal en un vagón de segunda. Sabrá el cielo cómo funciona eso en mí, pero yo me figuré que me había deshecho del miserable de Polakowski de forma extraordinariamente provechosa para mí y que nunca le podría estar suficientemente agradecido al cielo de haber salvado de ese desastre por lo menos mil marcos. Sin duda no debo silenciar que este sentimiento de felicidad se basaba fundamentalmente en la circunstancia de que, a pesar de la lucha, había encontrado en el bolsillo de mi pantalón la botella de aguardiente intacta y llena. Ya le había dado un buen trago y ese trago fue sin duda esencial para hacer un balance tan optimista del estado de las cosas. Miré cómodamente hacia el paisaje verde que pasaba ante mí con sus vacas pastando y sus tranquilos bosques y ya no me preocupé ni lo más mínimo sobre mi futuro. Por el momento disponía de suficiente para vivir (y para beber) y para lo que viniera ya me las arreglaría; es decir, me figuré que había superado con éxito las aventuras de ese día, contabilizando las visitas a la sala de espera de casa y al banco como victorias, mientras que la derrota frente a Polakowski la tomé encogiéndome de hombros como un inevitable fenómeno natural. Hacia el mediodía había llegado a mi destino (que únicamente escogí para despistar a posibles inquisidores). Se trataba de un pequeño y muy cuidado balneario que aún no se conocía mucho. En un hotel junto al mar comí anguila verde con salsa de eneldo y una ensalada de pepino, dejando que el sol, sin darle la espalda, me diera de frente, y bebiendo un delicioso Borgoña de reserva, mientras contemplaba las expectativas de llevar una agradable vida como un hombre retirado de los negocios y disfrutando de la soltería. Tras la comida anduve por la pequeña ciudad, me compré una cartera, dos pijamas de seda, tan coloridos como un papagayo y como nunca había tenido, un juego de aseo de lo más refinado, un jabón de delicada fragancia y un perfume francés de hierbas, con el que dejé que me rociaran a modo de prueba. Aproveché para bromear con la joven dependienta de una manera tan deliberada y gentilmente distinguida que en cualquier caso se despertó un vivo respeto por mis hasta entonces no utilizados talentos como rompecorazones y tenorio. Como lógica consecuencia después me compré rápidamente unos caramelos en la droguería para que mi aliento oliera bien. Tras ello me busqué el hotel más acreditado del lugar, que además disponía de una finca vinícola, con el fin de comprar aguardiente. Tuve suerte de encontrarme con el propio dueño, un hombre corpulento y de cabello cano, cuyo rostro exuberantemente rojo daba fe de haber vaciado una botella de Borgoña en un ambiente tranquilo y acogedor. Rió un poco sobre mi primitivo deseo de que me sirviera algo fuerte, me recomendó y vendió un aguardiente sajón de color ambarino y llamó mi atención sobre un aguardiente de ciruela de la Selva Negra de muy alta gradación, tal como lo denominó, un verdadero aguardiente de leñador para combatir el frío glacial. Me dio a probar un vasito y debo admitir que ese trago de prueba me entusiasmó de tal manera que después del primer vaso ingerí toda una serie de ellos. Eso fue lo correcto para mí, un considerable aumento en comparación con mis experiencias primitivas hasta la fecha: ardiente y picante, aunque conteniendo algo del dulzor de la fruta madura. Allí mismo adquirí cinco botellas, con mi compra me hizo un paquete que pudiera llevar a mano y así, después de adquirir un sacacorchos especialmente resistente en una tienda, bien equipado y alegre, me dirigí de nuevo hacia la estación. De nuevo viajé e hice el mismo trayecto que había cubierto esa misma mañana a primera hora; volvía de nuevo a mi ciudad natal. Sin embargo, me apeé del tren una estación antes y me fui andando, ya estaba anocheciendo, hasta la posada comarcal, apenas una media hora hasta allí, donde vivía Elinor, la reina del alcohol. Ya me había olvidado de la fracasada noche en su habitación, ya me había olvidado del vergonzante festín al que me había abandonado con mis colegas de farra frente a la vista de los médicos, ¡incluso me había olvidado del par de zapatos que tan maliciosamente introdujo en el automóvil! El alcohol no tiene memoria, si te enfurece una simple palabra, un vasito borra de nuevo esta furia. Sólo sabía que tras mis experiencias con Magda y Polakowski, Elinor constituía ahora mi refugio. Quería quedarme con ella o quería viajar con ella, eso era todo lo que resplandecía en mi vida, y para mí era suficiente.

 

22

 

Llegué demasiado tarde, ya habían cerrado los postigos de la posada y entre las ranuras no atisbaba luz alguna. Puse la mano sobre la manilla de la puerta, pero estaba cerrada. Permanecí allí un momento pensativo. Después rodeé en silencio la casa hasta el huerto y miré arriba hacia la ventana de Elinor. Allí también estaba todo oscuro, pero no pasaba nada. Tenía todo el tiempo que me concediera Dios y finalmente nos entenderíamos bien también en la oscuridad. ¡Mejor aún! ¡Mejor aún!

En primer lugar me senté sobre el césped y empecé a abrir mi paquete. Está muy bien que te envuelvan un paquete tan diligentemente, pero por otra parte tiene el inconveniente de que uno no puede alcanzar su contenido. ¡Había pasado demasiado tiempo sin beber, había llevado a cabo grandes empresas y como remate ese aguardiente de leñador! Tras fortalecerme abundantemente, muy abundantemente, empecé a organizar mis efectos sobre el tejado del cobertizo, que acababa de alcanzar con las manos. En primer lugar la cartera, después una botella tras otra: una botella de aguardiente sajón y después cuatro botellas no abiertas y una abierta de aguardiente de ciruela de la Selva Negra. Todo colocado ordenadamente en fila en el borde del tejado. Ahora estaba preparado para el ascenso. Me colgué del borde del tejado que sobresalía e intenté subirme. Sin embargo había sobrestimado mis capacidades gimnásticas y subestimado el efecto del aguardiente: durante un rato colgué en el aire como un pelele sin saber qué hacer, entonces perdí el apoyo y me precipité pesadamente sobre el césped. Permanecí tumbado gimiendo de dolor, la caída no me había hecho bien. Pero con esa terquedad que los borrachos desarrollan precisamente en las tareas sin esperanza, volví a intentarlo, siempre tras reforzarme de nuevo y abundantemente, con lo que me terminé el resto de la primera botella. Sin embargo, en cada ocasión me precipitaba pesadamente al suelo. Cuando me levanté por última vez tenía claro que de esta forma nunca alcanzaría mi objetivo. Además entendí yo mismo que estaba muy borracho. «Estoy completamente borracho, vaya curda que he pillado...», me murmuraba a mí mismo una y otra vez, indiferente, mientras me apoyaba respirando con dificultad contra un árbol. Entonces recordé vagamente que frente a la posada había visto mesas y sillas de hierro. Con dificultad arrastré una silla hasta allí, me subí con cuidado a ella (ahora ya tenía miedo de caerme de nuevo) e intenté subirme al tejado. Y de nuevo me precipité. Se produjo una pausa más prolongada, en primer lugar porque me había dado un buen golpe, y por otra parte porque debía buscar el sacacorchos para abrir una nueva botella. Estaba convencido de que lo había dejado en el borde del tejadillo, pero inexplicablemente había desaparecido de allí. Lo busqué, regañándome a mí mismo en silencio y a cuatro patas sobre el césped. No había manera de encontrarlo. Finalmente recordé que mi navaja también tenía un sacacorchos que hasta la fecha me había prestado muy buen servicio. Busqué la navaja en mis bolsillos, no la encontré, aunque sí encontré el sacacorchos, que había dejado en el borde del tejado. Tras beber de nuevo ya lo tuve todo claro: nunca llegaría hasta la ventana de la habitación por el tejado. Así que me dirigí a la parte delantera e intenté abrir de nuevo la puerta de entrada. Aún seguía cerrada. Saqué mi llavero del bolsillo e intenté abrir, una tras otra, con mis llaves. Todas eran demasiado pequeñas para esa vulgar cerradura rural, pero con una tenacidad estúpida lo intenté una y otra vez, esperando todo convencido de que finalmente se produciría un milagro y que la puerta se abriría.

Con todas esas acciones, y borracho como estaba hacía rato, no tenía ni la menor consideración con el descanso nocturno de los habitantes de la casa, así que no constituyó ninguna sorpresa que finalmente se abriera una ventana sobre mí y una voz de mujer bastante enfadada gritara severamente:

—¿Quién está ahí?

Me mantuve en completo silencio, no me moví, como si fuera un ladrón al que hubieran pillado.

—¡Márchese ahora mismo! —gritó desde arriba enfadada—. ¡Le veo perfectamente desde aquí! ¡Ya no servimos nada, está cerrado!

A continuación la ventana de arriba se cerró y yo me quedé solo en medio de la oscuridad, aún en el exterior. Permanecí sin moverme durante un tiempo, después volví de puntillas al huerto de atrás y en silencio empecé a trasladar mis efectos desde el tejado del cobertizo hasta la entrada, donde los coloqué ordenados con pedantería sobre un mesa de hierro. (Ya se sobreentiende que durante esta ocupación no me olvidé de beber.) Apenas había terminado con ese cometido, que debido a mi confusión y mi caminar inseguro me llevó mucho tiempo, inicié de nuevo aquel idiota juego con el llavero y la cerradura. No llevaba mucho en eso cuando arriba se abrió de nuevo la ventana con estruendo y la voz de mujer gritó muy furiosa:

—Esto está pasando de castaño oscuro. Se va a largar usted ahora mismo. ¿O quiere que avise a la policía?

La palabra «policía» soltó mi lengua pastosa.

—Por favor —grité confundido hacia arriba—, ¿me dejaría usted entrar? ¡Soy el profesor!

No tengo ni idea de cómo se me ocurrió asignarme el título de profesor, pero fue una gran inspiración.

—¿El profesor? —me preguntó desde arriba muy sorprendida—. ¿Qué profesor? ¿El que el pasado verano pintaba aquí cuadros?

—Exactamente —le dije en el tono más natural del mundo, como si fuera completamente normal que un profesor pintor de cuadros intentara abrir de noche puertas ajenas con sus llaves.

—¡Déjeme usted entrar! ¡Ya llevo aquí dos horas!

—¡Nos hubiera escrito usted una postal, señor profesor! —dijo la voz de arriba, aún no del todo simpática, pero más agradable—. Espere usted un momento, ahora mismo le abro.

Aliviado me senté en una silla de hierro, bebí rápidamente de nuevo y cerré los ojos. Estaba muy cansado, casi dormido, aunque presentía que tras ese silencio en mi interior se agazapaba algo peligroso: una ira furiosa y loca, que en cualquier momento podía irrumpir. Sólo faltaba la más mínima ocasión y esa mínima ocasión lo podía ser todo. Ese aguardiente de ciruela era mucho más peligroso que el comparativamente inofensivo aguardiente común, se adentraba mucho más profundamente en la sangre, llegaba hasta abismos insospechados.

Finalmente abrió con llave la puerta y sobre mí cayó un haz de luz:

—Entre usted —dijo la voz de la mujer—. Aunque no es muy bonito de su parte, señor profesor, interrumpir nuestro descanso nocturno de esta forma.

Me puse de pie y seguí a mi guía al interior del bar, que tenía una apariencia muy inhóspita a la luz de una sola bombilla y con las sillas colocadas sobre las mesas. Mi acompañante se volvió hacia mí, se trataba de la dueña de la posada de cabello cano, que ya había visto anteriormente por un instante. Me inspeccionó toda sorprendida.

—¡Pero si usted no es el profesor! —dijo muy enfadada—. Usted es el señor que hace poco empinó aquí el codo a lo grande y al que recogió el médico del distrito. Qué vergüenza, mentirme a mí de esta forma...

Se calló ante mi amenazadora mirada. Notaba en mi interior una rabia inmensa. Sabía que acabaría con toda resistencia que se me opusiera, estaba en condiciones, eso lo sabía, de pegar a esa mujer, lanzarla al suelo si lo consideraba necesario, incluso matarla si el diablo que llevaba dentro lo creía oportuno. Miré a esa mujer y le ordené:

—¡Avise usted a Elinor! —Y cuando hizo un gesto de resistirse—: Avise usted ahora mismo a Elinor o, en caso contrario —mi voz se volvió baja y amenazadora— ¡le pasará algo!

La mujer hizo un gesto de impotencia y me rogó entonces rápidamente:

—Señor, no me cause usted problemas. Es de noche y la chica duerme. Si le parece bien le prepararé muy gustosamente una cama aquí en el sofá. Sabe usted, ahora mismo está usted un poco borracho.

Intentó sonreír, pero su sonrisa delataba miedo, lo reconocí muy bien.

—Duerma usted la mona y mañana Elinor estará con usted todo el tiempo que desee. ¡Pero señor, si usted es un hombre instruido!

—¡Avise usted a la chica! —le dije yo tenaz y en cuanto quiso objetar añadí—: ¡Bien, entonces subiré yo mismo!

Empujé a la posadera a un lado.

—Ahora mismo aviso a Elinor —dijo la posadera rápida—. Le ruego que se siente usted un momento en el sofá, Elinor vendrá enseguida.

—¡Alto! —grité yo cuando la posadera empezaba a subir las escaleras—. La llamará usted desde aquí abajo, usted no abandonará este local. ¡A quien abandone esta habitación le disparo!

Y metí la mano en el bolsillo como si llevara un arma de fuego. La posadera volvió lentamente sobre sus pasos.

—Ya lo sabe usted —dije todo sombrío—. ¡Ahora avísela!

La posadera la llamó, tuvo que hacerlo en repetidas ocasiones antes de que recibiera respuesta desde arriba, pues Elinor tenía un sueño profundo.

—¡Baja, Elinor! —le dijo la posadera—. ¡Y date prisa!

—Bien —dije con el gesto de un juez instructor— y ahora una pregunta: ¿tiene usted aguardiente de ciruela de la Selva Negra?

—Pues no —contestó y en cuanto vio la ira reflejada en mi semblante añadió—, pero tengo un aguardiente de cereza que es aún mejor.

—No hay nada mejor que el aguardiente de ciruela —le repliqué yo—, pero en todo caso sírvame su aguardiente de cereza.

Me lo trajo, la botella y el vaso temblaban en sus manos.

—Bien —dije yo y bebí.

Mi estado de ánimo mejoró.

—Bueno, ahora siéntese usted allí y dígame quién hay más en la casa aparte de usted.

—¡Sólo Elinor, de verdad, aparte de mí sólo Elinor!

—¡Miente usted! —le grité furioso—. No se le ocurra volver a mentirme o le pasará algo.

Y de nuevo volví a introducir mi mano en el bolsillo. La posadera volvió a rechinar en silencio.

—La última vez —proseguí yo inexorable— vi aquí a una muchacha, con el cabello encrespado y la nariz roja...

—Ah, usted se refiere a Marie —dijo la posadera aliviada—. Pero señor, ¿por qué se irrita usted de esta manera y me asusta? ¡Pero si no le quiero mentir! Marie sólo nos ayuda aquí, vive en el pueblo con sus padres...

—Vaya —dije yo satisfecho—, entonces debo disculparme si es así.

Bebí.

—Y su aguardiente de cereza realmente no es malo, incluso es bueno...

—¿No es cierto? ¿No es cierto? —me preguntó la posadera diligente. Haré todo por satisfacerle. En medio de la noche sacaré a la muchacha de la cama. Pero ahora usted también debe ser amable y dejar de amenazarme con ese arma de fuego. Lo mejor es que la deje a un lado, un trasto como éste se puede disparar tan fácilmente, y usted no querría que eso pasara, usted es un hombre decente y bueno...

Antes de que yo pudiera protestar por esa nueva ofensa, pues estaba decidido a no ser bueno, sino a suscitar horror y a ser malo y mostrar mi poder sobre las personas, antes de que me hubiera vuelto a enfurecer, el paso decidido de Elinor sonó en la escalera, y entonces interrumpió en el haz de luz, completamente vestida, únicamente no se había cepillado su cabello oscuro, sino que lo llevaba suelto peinado hacia atrás. Así era aún más bonita.

—¡Elinor! —exclamé yo—. ¡Mi reina!

Únicamente se sorprendió un instante cuando me vio sentado así en el local desordenado junto con la posadera, y entonces esa sorprendente muchacha hizo exactamente lo correcto, como si hubiera sabido todo lo que había acontecido antes: corrió hacia mí, me abrazó, me besó en las mejillas izquierda y derecha y dijo complacida:

—¡Ah, el papacito! ¡El buen y siempre bebido papacito! Vamos a celebrarlo, ¿verdad que sí, madre Schulzen? ¡Brindaremos con champán!

—¿Champán? —dije yo entusiasmado—. Pues claro que habrá champán, todo el que queráis. Dispongo de dinero a espuertas. Elinor, tú eres la mejor, sabes que te quiero. Eres mi reina y los dos nos iremos de viaje. Elinor, dame un beso, ¡pero en la boca!

Ella así lo hizo y noté sus pechos en el mío, era feliz, ¡por fin el alcohol me había regalado la completa felicidad! Yo sólo veía a Elinor, sólo sentía a Elinor, sólo pensaba en y hablaba de Elinor. Y no me di cuenta de que, a pesar de mis severas amenazas de muerte, la posadera había abandonado el bar hacía rato.

 

23

 

No sé cuánto tiempo estuve así en los brazos de Elinor. Tenía su rostro grande y blanco con sus cejas arqueadas muy cerca de mí, se apoyaba en mí y todo el mundo se hundía a mi alrededor. Sus ojos, que ya no estaban sin vida, sino que eran verdes y radiantes, me miraban y yo sentía un estremecimiento en mi interior hasta el último de mis huesos: mi corazón latía como una hoja de chopo alzada por el viento estival.

—¡Oh, Elinor, perdóname, perdóname! ¡Nunca había querido tanto! Nunca había sabido que existiera algo así en el mundo, me debilitas y me fortaleces a un tiempo; tu respiración me conmueve como si una tormenta se desatara dentro de mí, alejando todas las hojas secas del pasado. Gracias a ti me he convertido en una persona nueva, vamos, huyamos juntos, ¡huyamos del pasado! Viajaremos al sur, donde siempre brilla el sol, donde el cielo siempre está azul, ¡con castillos blancos rodeados de viñedos! ¡Vámonos allí! ¡Ven conmigo! Fuera tengo una maleta, aunque llevo lo necesario, ven conmigo, tal como estás, huyamos, ahora, ahora mismo, ¡intuyo que pasará algo horrible si nos quedamos un minuto más aquí! No tolerarán que estés conmigo. Vamos, partamos, mi rostro pálido y severo, ma reine d’alcool! Brinda conmigo, por tu vida, ¡desde el fondo de mi corazón te saludo!

La miré radiante. Y hondamente inquieto.

—¿Por qué no nos vamos?

Me pasó la mano por el cabello, tranquilizándome, acariciándome. Se sentó en mi regazo, me rodeó con su brazo, su ternura hacía que el mundo no existiera para mí. Y me dijo en voz baja:

—Ahora mismo nos iremos, viejo papaíto, ahora mismo. A las seis parte un tren de la estación, ¡hasta entonces ten paciencia, viejo papaíto! ¡Aquí estamos muy bien! ¿O no estamos muy bien aquí?

Yo me arrimé bien a ella, apoyé la cabeza en sus pechos, me sentía seguro junto a ella, dentro de ella, como un niño junto a su madre.

—Aquí estamos muy bien. Aunque a las seis nos iremos de aquí, muy, muy lejos de aquí. Ya nunca volveremos a ver todo esto, nos querremos en el sur... Nos querremos para siempre...

Me miró a los ojos, tan de cerca, que parecía un solo ojo el que me miraba, que me desdibujaba, como si estuviera mirando fijamente el brillo del sol. Y entonces susurró muy cerca de mi oreja:

—Sí, me iré contigo de viaje, viejo papaíto. Pero no beberás durante todo el tiempo, ¿verdad? Odio los hombres que siempre están borrachos. Me dan asco.

—¡En cuanto seas mía nunca más beberé, ni una sola gota! ¡Tú eres mejor que el vino y el aguardiente, eres un fuego dentro de mí, haces que el mundo baile! ¡A tu salud, mi reina!

—¡A tu salud, viejo papaíto! Sí, nos iremos de viaje, pero ¿ya tendremos dinero suficiente para un viaje tan largo? No querremos trabajar, ¿verdad?

—¿Dinero? —le pregunté con desprecio—. ¿Dinero? ¡Dispongo de suficiente dinero para ambos! ¡Dinero para viajar todo lo que queramos durante todas nuestras vidas! ¡Dinero a espuertas!

Y saqué unos billetes de mi bolsillo, se trataba de todo un fajo. Elinor lo cogió de mis manos, alisó los billetes y los ordenó.

—Ochocientos sesenta y tres marcos —dijo finalmente y me miró pensativamente arrugando la frente—. Esto no es mucho dinero, viejo papaíto. No es suficiente para un largo viaje, para que los dos vivamos el resto de nuestras vidas sin trabajar. ¿Es éste todo el dinero del que dispones?

Durante un momento me invadió el desencanto. Me pasé la mano por la frente y miré lleno de aversión el montón de trapos sucios que Elinor sostenía en la mano.

—Me han robado dinero, Elinor —le dije yo malhumorado—. Cinco veces, diez veces lo que tienes en la mano me ha robado ese canalla. ¡Y todas las cosas que llevaba en una maleta de cuero y nuestra cubertería de plata, todo ha desaparecido! ¡Qué dirá Magda!

Fui reflexionando poco a poco bajo su mirada.

—Pero no pasa nada, Elinor, esconde el dinero, ya no quiero verlo. Puedo ir a buscar más al banco, puedo sacar lo que tú quieras: ¡decenas de miles! Voy allí con un cheque y me preguntan: señor Sommer...

—¿Así que te apellidas Sommer?

—Sí, me apellido Sommer, me llamo Erwin Sommer, ¡si emprendes conmigo un viaje siempre será verano![1]

Reí, pero ella permaneció seria y dijo:

—Ves, viejo papaíto, ya te han robado tu dinero y tus cosas, no puedes llevarlo encima en tu estado. Yo te lo guardaré, conmigo estará completamente a salvo. Yo te dejo dinero en tu bolsillo, el viejo papaíto no puede quedarse sin un céntimo. Son veintitrés marcos, así que si te los quitan no pasará nada...

Cada vez hablaba con más insistencia, resultaba cómico qué importancia le daba a ese tonto dinero.

—Y papaíto, ¿no es verdad que me juras no decirle a nadie que yo te he guardado el dinero? ¿A nadie? ¿Pase lo que pase?

—Nunca se lo diré a nadie, Elinor —respondí yo—. Te lo juro. Pero todo esto es innecesario, a las seis nos iremos de viaje...

—¿Así que me lo juras, viejo papaíto, no lo olvidarás? ¡Pase lo que pase ni una palabra a nadie!

—¡Nunca diré ni una palabra, Elinor!

—¡Mi buen papaíto! —me dijo y me abrazó fuerte entre sus brazos—. Bueno, ¡y ahora como recompensa podrás beber de mi boca!

Se llenó la boca de aguardiente de cereza, apretó los labios fuertemente contra los míos, yo cerré los ojos y de su boca fluyó el aguardiente mordaz y caliente y vivo en mi boca, era lo más dulce que había experimentado en mi vida. Me desvanecí.

 

24

 

Me despierto y miro a mi alrededor. No, todavía no estoy despierto, aún estoy soñando. Lo que acababa de ver era una habitación encalada con una reja de hierro a un lado, no podía ser otra cosa que un sueño. Estoy tumbado ahí, con los ojos cerrados, intento recordar... La pasada noche ocurrió algo. Entonces mi mano izquierda hace memoria. De forma completamente instintiva busca a tientas a lo largo del suelo hasta que encuentra un vidrio liso y frío. Alza la botella hasta la boca y entonces vuelvo a beber, ¡con los ojos cerrados vuelvo a beber aguardiente de ciruela de la Selva Negra, de nuevo estoy con Elinor! ¡Estoy con Elinor! La vida continúa, me elevo aún más alto... Sólo he estado durmiendo un rato y de nuevo me encuentro junto a Elinor. Dos, tres tragos y la botella ya está vacía. Chupo del cuello, pero en la botella no queda ni una gota. Con un hondo suspiro la dejo de nuevo en el suelo y vuelvo a abrir los ojos. Veo una celda encalada, bastante sucia, las paredes grabadas de inscripciones y dibujos indecentes. En una de las paredes, muy arriba, allí donde ya se inclina, hay una pequeña ventana enrejada. La ventana está abierta, pues a través de su orificio atisbo un cielo azul pálido, invadido por un sol lánguido. El cuarto lado de la celda está cerrado con una reja de barrotes de hierro. Igual que las rejas en las jaulas de los animales de los zoológicos. Además de las rejas hay una estufa, también hay una puerta, que está cerrada. ¡Estoy encerrado! Miro en qué estado estoy. Estoy vestido sobre una cama deplorable de hierro, sobre un colchón de heno desgarrado. Mi celda contiene además una mesa, un taburete y un cubo, que apesta terriblemente. Sí, y además está la botella, que acabo de vaciar... Doy un salto desde mi lecho y alzo la botella contra la luz: ¡No queda ni una gota! Finalmente la dejo a un lado, detrás del cubo, y mientras lo hago recuerdo una parte de las vivencias de la noche pasada, que me iluminan como un rayo... Veo la taberna desordenada, tenebrosa, me veo a mí, Erwin Sommer, propietario de un negocio de productos de la zona, un ciudadano bien educado de cuarenta y un años, me veo cómo me enzarzo en una pelea con los gendarmes, cómo me resisto con manos y garras a que me detengan, rodamos por el suelo, y la corpulenta posadera con su cabello canoso, que tanto miedo había tenido de mi arma de fuego, que ahora sabe que sólo me había pavoneado de tenerla, durante esa lucha me suelta insidiosas patadas y golpes, me empuja hacia atrás y me estampa de repente la mano entera en mi rostro, toda entera, mientras yo lucho contra los gendarmes por mi libertad. Y en el mismo momento en el que estoy luchando veo a Elinor, que nos mira a ambos luchadores con una sonrisa insondable, pero que no mueve ni un dedo con el fin de ayudar a uno u otro combatiente. Tampoco dice ni una palabra.

Y quizá sí que me podría haber liberado, ya que rabiaba de terror por el hecho de que yo, un ciudadano bien educado, fuera conducido preso a una cárcel de verdad como cualquier estafador, yo, un hombre considerado, ante el cual mucha gente primero se quita el sombrero, a la trena, sí, esa desesperación me insufló tales fuerzas, que peleando podría haberme librado con seguridad del agente, sino hubiera estado presente Elinor. En un momento dado de nuestra pelea, quizá precisamente en el momento en el que la victoria se decantaba hacia mi lado, ella apareció de repente frente a nosotros con una botella de mi aguardiente de ciruela de la Selva Negra y me dijo sonriendo suavemente y mirándome con sus ojos claros que irradiaban simpatía:

—¡Sea usted pacífico, viejo papaíto! El agente le permitirá que se lleve una botella de aguardiente consigo. Sólo será por una noche, viejo papaíto, hasta que haya dormido usted bien la mona...

De esa manera paralizó mi espíritu combativo y fácilmente me vencieron. De nuevo el alcohol y Elinor (se trataba del mismo veneno: alcohol y Elinor) me sedujeron, tan a menudo me han engañado y me han conducido a las más vergonzosas derrotas y nunca fui lo suficientemente inteligente. Por una botella de aguardiente era capaz de vender la perspectiva de felicidad. Y ahí estaba ella, ahí atrás, junto al maloliente cubo: vacía. Y aquí estaba yo, entre paredes encaladas, aquí unos barrotes de hierro, allá arriba, cerca del techo, un pequeño ojo de buey. Sin libertad. Sin Elinor. Sin aguardiente.

Y de repente me acuerdo de la escena final, de la última escena de esa noche, una escena tan vergonzosa que aprieto los puños y los dientes... El gendarme y yo hemos terminado con lo que nos ocupa. Ha hablado mucho de las ordenanzas, pero yo ya le había fastidiado suficiente y por su parte él tenía el temor de que por el camino y de noche yo aún le presentaría dificultades... Me dio permiso para llevar la botella de aguardiente conmigo; ya la llevaba en el bolsillo del pantalón con el corcho suelto. Para ello le he tenido que dar mi palabra de honor de no volver a resistirme a él y no intentar huir. A pesar de todo me ha colocado una pequeña esposa de acero en la muñeca derecha, pues quizá desconfía algo de la palabra de honor de un borracho. Así estamos en la jamba de la puerta, yo me doy la vuelta y le digo a Elinor:

—Buenas noches, Elinor, te doy las gracias por todo, Elinor.

Y ella responde con voz calmada:

—Buenas noches, viejo papaíto, que duermas bien. —Como si fuera cualquier parroquiano, que después de tomarse su copa de vino por la noche se marcha a su pacífica cama matrimonial. Así que después de esto realmente nos vamos, el gendarme y yo, pero entonces la posadera grita de repente con voz chillona:

—¿Y mi vino? ¿Y mi aguardiente? ¿Y los vasos rotos? ¡Señor gendarme, el bribón no me ha pagado, el muy borracho! ¡Esto no puede ser! Espere a que primero me pague.

El agente me mira primero pensativo, suspira y entonces me pregunta en voz baja:

—¿Tiene usted dinero?

Yo afirmo.

—Entonces pague usted, ¡así podré irme de una vez a casa!

Y en voz alta:

—¿Qué es lo que se debe?

La posadera hace las cuentas y entonces dice:

—Sesenta y siete marcos, incluido el servicio. Y cierto, falta la llamada telefónica que he hecho para avisarle a usted, señor agente. Todo junto son sesenta y siete marcos con veinte.

Voy a coger mi cartera. Saco un poco de dinero. Miro en el bolsillo interior de mi chaqueta: está vacío. De repente recuerdo... Miro a Elinor, en primer lugar preguntándole todo mudo, después rogándole, exigiéndole, amenazándole... ¡No puedo permitir que encima esté yo allí como un cliente que se quiere ir sin pagar! Elinor no me mira, con una media sonrisa insondable mira hacia el pequeño montón de dinero, que yo he dejado sobre la mesa. Entonces pasa de mirar el dinero a la posadera... Los labios de Elinor se abren un poco, la sonrisa en su boca se refuerza... La posadera ha salido disparada hacia el dinero y lo ha contado en un abrir y cerrar de ojos.

—Veintitrés marcos —chilla—. ¡Usted es un bribón, un maldito ladrón! Primero me roba usted mi descanso nocturno y me amenaza con una pistola y ahora...

Ella sigue chillando, el agente la escucha aburrido y bostezando. Finalmente, cuando la posadera quiere lanzarse de nuevo con sus garras sobre mí, él la aparta y dije:

—Ya es suficiente, señora Schulze. —Y dirigiéndose a mí—: ¿No lleva más dinero?

—¡No! —digo yo y me quedo mirando fijamente a Elinor.

Esta vez ella sí que me mira, tan fijamente como yo, sin rastro de su sonrisa. Y de nuevo como un rayo esta muchacha hace algo sorprendente: del escote de su blusa saca por un momento el fajo de billetes que me ha quitado. Veo el tenue resplandor azul de los billetes de cien. En la comisura de los labios de Elinor aparece la punta de su lengua, la muchacha sonríe ahora toda burlona. El fajo de billetes desaparece de nuevo entre sus pechos. Coloca la mano sobre el pecho, la alza un poco, para que yo pueda ver su bonito y relleno nacimiento y finalmente se da la vuelta y se va detrás de la barra.

Oh, qué astuta y refinada es: justo en el momento correcto me recordó la palabra que yo había dado, pero no confiando del todo en mi palabra, me recordó también la unión íntima de nuestras carnes. Agridulce, de un fuego frío, una amante que nunca se me entregó completamente, que nunca pude poseer del todo, ¡la verdadera reina del alcohol!

—No —digo yo con una voz seca—. No llevo más dinero encima. Pero envíele usted la factura a mi oficina, mi mujer la pagará enseguida.

La posadera me riñe a voz en grito:

—¡Su mujer debe tener cosas mejores que hacer que pagar las facturas de un borracho! Agente, vuélvale los bolsillos, quizá aún lleve algo más encima...

—Nada —digo yo—. Pero fuera he dejado una cartera, señor agente, si me permite irla a buscar...

Vamos juntos a buscar la cartera, donde llevo la compra que he hecho en ese pequeño balneario. Expongo mis compras: mis dos pijamas de colores, los refinados utensilios de aseo, el perfume francés... ¿Cuánto hace que compré todo esto, bromeando distinguidamente, a una joven dependienta? ¡Nunca llegaré a utilizarlo! ¿Cuánto hace que comí anguila verde acompañada de un Borgoña en una terraza frente al mar y me puse a reflexionar sobre la agradable vida que podría llevar como un comerciante retirado? ¿Cuánto hace? ¡No hace ni doce horas! ¡Y nunca más podré llevar esta agradable vida! ¡Ahora voy esposado y me escolta la policía como a un delincuente! ¡Adiós, buena vida!

—¿Y qué voy a hacer yo con estos chirimbolos tan delicados? —clama la posadera—. ¡Siete tijeritas de manicura! Yo no necesito esto. ¡Quiero mi dinero! ¡Y estos pijamas tan vulgares! Pero su voz denota que sólo se trata de un combate en retirada, pues se ha despertado su codicia.

—He pagado cerca de cien marcos por ellos —le digo—. Y fuera hay dos botellas de aguardiente de ciruela de la Selva Negra y una de aguardiente normal. Se las puede quedar. ¿Está usted ahora contenta?

—Aunque el frasco de perfume quisiera regalárselo a la muchacha como propina —digo apartándolo.

—Como quiera —dice la posadera—. Yo no me voy a empuercar con esa cosa de putas.

Y prueba si el pantalón del pijama colorido es suficientemente largo para ella.

—¡Elinor! —llamo a través del local, ya que debido a la esposa no me puedo separar del agente—. Tengo aquí un frasco de auténtico perfume francés para ti... ¡Ven, muchacha!

—¡Bah, déjeme usted en paz! —me contesta hosca—. Estoy hasta la coronilla de usted. ¡Llévese usted a este imbécil borracho, agente, que quiero irme a la cama! —gritó entonces—. No quiero que me hable nunca más. Siempre me ha asqueado, ¡espero que os lo quedéis para siempre en la trena!

En un instante lo entendí, lo entendí todo. Ahora ya tenía el dinero a buen recaudo, yo mismo había mentido y dicho que no tenía nada. Y seguro que ella ya no lo llevaba encima, seguro que lo había escondido en algún lugar detrás de la barra. Ahora ya había caído la máscara, yo era un imbécil asqueroso. Y así era. ¡Suerte que aún tenía una botella de aguardiente en la cartera para consolarme! ¿Pero qué pasaría si el aguardiente también me abandonaba?

—Vámonos de una vez —me dijo el agente y tiró de la esposa.

Le seguí sin abrir la boca. El gendarme se subió a su bicicleta y empezó a rodar, para un ciclista lentamente, aunque para un viandante bastante rápido. Yo trotaba a su lado. Y me dejó en la cárcel del gran pueblo vecino, el mismo pueblo donde la noche anterior me había bajado del tren.

 

25

 

He colocado mi catre debajo del pequeño ventanuco y me he subido para mirar a través de las rejas de hierro. Atisbo un paisaje tranquilo y soleado con prados, campos, ganado pastando y en el horizonte líneas de bosque. Justo debajo de mí hay una huerta de vegetales cercada con listones, un viejo va por un camino y recoge en un saco mala hierba para las cabras y los conejos. Puede ir a donde quiera, ¡y yo, ahora yo estoy encerrado! Ayer todo esto aún me pertenecía, podía hacer de mi vida lo que quisiera, hoy otros son los que disponen de mi vida y debo esperar a que decidan sobre mí.

Me dejo caer en la cama. Me siento mal, me duele la cabeza, el efecto de los dos tragos que acabo de dar ya ha pasado. Tengo sed, ¿pero cuándo podré aplacar de nuevo esta sed? Hoy mismo, me digo para tranquilizarme, ¡seguro que hoy mismo! Hoy mismo te dejarán ir. Simplemente te han querido dar un buen susto, cosas así se hacen, al borracho se le hace pasar una noche en la celda, con el fin de que duerma la mona y se le pase la borrachera, después se les deja de nuevo en libertad. Y es lo que están haciendo contigo. No quiero enojarme con ellos, al fin y al cabo están haciendo lo correcto, tengo que reconocer que me dejé ir sobremanera en la posada, esta lección, este tiro de advertencia me irá muy bien. Pero ahora mismo se oirá el ruido de la llave en la cerradura, el simpático agente nocturno entrará y preguntará sonriendo: ¿Qué, ha dormido usted bien, señor Sommer? Entonces ya se puede ir usted, ¡y a partir de ahora procure no pecar! Y yo me marcho hacia la libertad, salgo a esta mañana fresca, verde y soleada, donde un viejo recoge en todos los bordillos, donde él quiere, malas hierbas en un saco. De nuevo soy libre. Si se tratara de un caso grave, ¿me hubiera permitido el agente llevarme el aguardiente a la celda?

Así me tranquilizo y cuando se me quiere colar un pensamiento sobre la escena nocturna con Magda entonces lo rechazo enérgicamente. Magda es mi mujer, a pesar de todas las diferencias que hayamos podido tener durante los últimos tiempos, hemos convivido durante tanto tiempo que ella me perdonará, ella ya me ha perdonado. Ella entiende que estaba enfermo. Pero este tiro al aire de aquí me ha desencantado, nunca más beberé, ni una gota más.

Me pongo en pie de un salto y recorro la celda de lado a lado. No, ahora voy a ser sincero, nunca más quiero mentirme a mí mismo: en cuanto me suelten no podré dejar de beber sin más, ya ahora la sed me tortura vergonzosamente. Es como si en mi cuerpo se abriera un deseo torrencial, una avidez, que parece que quiera matar a alguien si no se la satisface. Mis miembros tiemblan, tengo ataques de sudor uno detrás del otro, tengo el estómago revuelto.

De repente recuerdo que cuando me marché de la posada había pagado una botella entera de aguardiente de cereza, pero que la dejé a medias sobre la mesa. Tendría que haberle rogado al agente que me dejara acabarla. ¡Él me lo habría permitido y entonces hubiera tenido más alcohol en el cuerpo, y ahora no sufriría estas terribles molestias!

Bueno, a partir de ahora quiero ser sincero: no puedo abjurar del todo del alcohol de repente, pero a partir de ahora beberé con mucha medida, quizá sólo media botella al día o incluso sólo un tercio. Con un tercio me las arreglaría. Ahora mismo un simple chupito de aguardiente ya me haría feliz, un vasito minúsculo, aunque sólo fuera para llenar la boca, viendo el estado en el que me encuentro ahora.

Si me dejan marchar ahora me tomaré aquí mismo un chupito así, sólo uno, y después me iré a pie a casa y no beberé nada más. Ya no llevo dinero encima, aunque visto mi abrigo de primavera azul, que dejaré al posadero como garantía. A cambio me dará una botella de aguardiente, incluso quizá dos, así que tendré provisiones para tres o cuatro días. ¡En todo caso seguro que para tres días! Y en tres días habré conseguido ganarme a Magda, seré muy cariñoso y amable con ella, y así ella me entregará de nuevo dinero... Cierro los ojos por un momento: acabo de pensar en los cinco mil marcos, que saqué ayer del banco más o menos a esta misma hora. Tiene que haber supuesto un duro revés para el negocio, así que quizá no resulte tan sencillo reconciliarse con Magda... Aunque, y así me tranquilizo rápidamente, pediré una hipoteca sobre nuestra villa, no hay ninguna carga sobre ella, seguro que con el chalet como garantía me dan cinco mil marcos. Entonces podré reconciliarme con Magda. Y naturalmente no permitiré que Polakowski disfrute de su robo impunemente. Hoy mismo iré a verle, como mínimo me tiene que devolver mis cosas y la cubertería de plata, entonces le dejaré dos mil marcos del dinero. Y si no está de acuerdo le denunciaré, entonces será el bueno, tierno y falso de Polakowski el que vaya a la cárcel en mi lugar.

Así se cruzan mis pensamientos, que en general son —a pesar de puntuales consideraciones angustiosas— optimistas. ¡Seguro que me las arreglaré, al fin y al cabo soy un ciudadano considerado, se cuidarán bien de tratarme con dureza!

Mientras tanto observo medio pensativo las inscripciones de la celda. Algunas las han escrito a lápiz en la pared, otras las han rascado con un aguja sobre la cal. La mayoría de las veces van acompañadas de un nombre y debajo dos fechas, la de entrada y la de salida. Me tranquiliza mucho que todas estas fechas sean tan cercanas en el tiempo, pues el hombre que según las inscripciones más tiempo pasó en la celda estuvo aquí diez días. También supone de nuevo una prueba de que no pretenden nada serio conmigo. Diez días, bueno seguro que yo no pasaré diez días aquí, ¡no pude ni aguantarlos ni durante mis salvajes días de alcohol! ¡Pero si me van a soltar en unos cuantos minutos! Y entonces, ¿cuándo recibiré mi desayuno? También los prisioneros tienen derecho a un desayuno, seguramente agua y pan seco, pero al fin y al cabo un desayuno. ¡Guiándome por la situación del sol yo diría que por lo menos son ya las nueve y media y aún no me han traído el desayuno! De nuevo una muestra de que no pretenden nada malo conmigo. Me van a soltar tan rápidamente que ya no tiene sentido darme de desayunar. ¡El agente se lo ahorra, pues me lo puedo tomar fuera! Está tan claro como el día mismo; por un momento me tranquilizo completamente, así que me lanzo de nuevo sobre el colchón de paja e intento dormir. Pienso en Elinor, intento pensar en el dulzor de aquel momento en el que me dio a beber el aguardiente de su boca, pero extrañamente ahora ya no me parece dulce. No, ya no quiero pensar más en la posada, era demasiado repugnante allí, y qué astutamente me ha desvalijado, la pequeña puta, ¡como al más estúpido de los jovencitos! Pero a ella no la iré a ver como a Polakowski, que sea feliz o que estire la pata con lo que ha robado, ¡jamás quiero saber nada ella! A partir de ahora sólo vivo para Magda. Ya está bien que haya terminado de una vez con esta gente de la posada; ya les he pagado todo, ya no me pueden exigir nada, nunca más los veré. Sólo me gustaría saber cuál es en este momento la postura de Magda hacia mí...

Así transcurren mis pensamientos. Entremedio duermo un poco, voy dormitando a salto de mata y de repente estoy muy lejos, como en un profundo sueño. Y me despierto una vez más, noto de nuevo la tortura en mi cuerpo, gimo:

—¡Dios mío! ¡Dios mío! Ya no aguanto más esto, ¿no voy a salir de aquí?

Cruzo la celda de un lado a otro, me agarro a los barrotes de hierro, me apoyo contra la puerta, en la demente esperanza de que quizá se ha quedado abierta, y pienso en Magda... Si soy sincero: tengo miedo de Magda... Puede ser tan endemoniadamente enérgica... Pero yo soy su marido, nos hemos querido, me perdonará, tiene que hacerlo... Así gira eternamente el mismo molino de los pensamientos...

 

26

 

Me he vuelto a dormir, el ruido de las llaves me ha despertado. Salto desde mi catre y observo impaciente a los cuatro señores que están entrando en mi celda. Dos de ellos sólo ocupan mi mirada un momento: llevan el uniforme de la policía. Uno de ellos es el agente nocturno que me trajo aquí, el otro es un funcionario de la policía, que conozco muy bien de mi ciudad natal. En ocasiones he jugado con él a los naipes frente a un vaso de cerveza, un hombre bueno y decente, naturalmente no de mi estrato social, pero nunca me enorgullecí de ello. De los otros dos hombres vestidos de civil a uno no lo conozco, es un joven con un rostro afilado y unos ojos que miran fija y severamente. Su labio inferior está muy desplazado hacia fuera. Sin embargo, sí que conozco muy bien al otro hombre vestido de civil, es nuestro bueno y viejo médico de cabecera, el doctor Mansfeld. En el momento en que lo reconozco me pasa velozmente por la cabeza el pensamiento de que no me van a soltar. Me va a ingresar en un sanatorio para alcohólicos. Aunque tampoco está mal, al contrario, quizá es incluso mucho mejor. En un centro así me librarán de lo que me tortura ahora, seguro que allí disponen de medios para ello y así me ahorrarán un conflicto inmediato con Magda, pues cuando piense en un enfermo ingresado en un centro de este tipo Magda reflexionará con mucha más ternura... He pensado todo esto en cuestión de segundos mientras me dirijo rápidamente hacia el médico. Le estrecho la mano y le pregunto alterado:

—Le agradezco que haya venido, doctor Mansfeld. Ya ve usted —le digo riendo algo cohibido—, ¡que me han encerrado aquí!

Y lanzo una mirada sobre la sucia celda. El doctor Mansfeld estrecha mi mano con fuerza. Noto como también él está emocionado, le tiembla el rostro.

—Sí, querido señor Sommer —dice con voz temblorosa—. Yo no quería que usted terminara así...

—¿Terminara? —le pregunto e intento darle un tono de ligereza a mi voz—. ¿Terminara, doctor Mansfeld? ¡Yo creo que éste es un nuevo inicio! ¡Usted me ingresará en un sanatorio y yo volveré a ponerme bien!

—Eso es lo que yo quería hace catorce días, querido señor Sommer —dice el doctor Mansfeld negando con la cabeza—. Pero desgraciadamente usted ha hecho que sea imposible. Ahora es el fiscal el que tiene la última palabra.

Y al decirlo mira al joven de mirada fija, que ahora avanza aún más su labio superior adelantado, me mira severamente y dice primero dubitativo:

—Sí, sí, claro. —Y añade rápidamente—: Señor Sommer, debo detenerle por intento de asesinato contra su mujer. ¡Está usted detenido!

Es como si me hubiera alcanzado un rayo, al principio mis labios no pueden articular palabra. Pienso, febril, que todo esto no puede ser verdad. Sólo pretenden asustarte. ¿Intentar asesinar a Magda? Finalmente consigo hablar y digo con voz estremecida:

—¡Intentar asesinar a mi mujer, no me haga reír! ¡Nunca he querido asesinar a Magda!

El señor fiscal me lanza una mirada aniquiladora y me dice con voz entrecortada:

—¡Ya le enseñaremos a usted qué divertido es todo esto, Sommer! ¿Viene usted, señor doctor? —Y dirigiéndose al agente de la ciudad—: Ya sabe usted lo que tiene que hacer, agente. ¡Llévese usted a este hombre!

—Doctor Mansfeld —le llamo alterado, intensamente desesperado ante los que se marchan—. Doctor Mansfeld, usted sabe lo mucho que he querido a Magda...

La puerta se cierra tras los dos hombres vestidos de civil y me quedo solo con los dos agentes uniformados. Desconcertado me agacho sobre mi colchón de paja y escondo el rostro entre las manos.

 

27

 

Tras permanecer un rato sin moverme ahí sentado y rumiando de forma angustiosa una y otra vez sobre la acusación presentada contra mí de «intento de asesinato contra la propia mujer», el agente de mi ciudad natal, el señor Schulze, puso la mano sobre mi hombro y me dijo con un ligero tono de advertencia en su voz:

—Sommer. —Cómo me llegó ese simple «Sommer», sin el «señor»; el que un hombre sencillo con unos ingresos anuales de apenas dos mil cuatrocientos marcos se dirigiera a mí de esa forma, eso hizo que me diera cuenta de cómo había cambiado mi vida de la forma más clara. Desde que finalicé mis estudios ninguna persona se había dirigido a mí sin llamarme «señor», y ahora... Alcé el rostro de las manos y le pregunté con lágrimas en los ojos:

—¿Adónde me lleva usted, señor Schulze?

Acentué la palabra «señor», pero él no se dio cuenta, un hombre tan sencillo como él no tenía apenas sentimientos para una insinuación tan sutil.

—Sólo le llevo al juzgado, Sommer —dijo él—. Sólo al juzgado. —Y prosiguió—: Sabe usted, Sommer, usted es un hombre instruido, ¿verdad que no me dará ningún problema? En principio debería llevarle esposado, pero si usted me promete que no me dará ningún problema...

—Se lo prometo, señor Schulze —le dije diligente y ahora casi alegre—. Se lo prometo por mi honor.

—Bien —respondió él—. Quiero confiar en usted. Póngase usted el abrigo, ahí tiene usted el sombrero. No tiene nada más, ¿verdad? ¡Vamos entonces!

Salió conmigo de la celda, descendimos por unas escaleras y allí estábamos en la calle principal del pueblo. Había permanecido unas horas en la penumbra de la cárcel, así que la amplitud y la claridad me avasallaron por todas partes. Mi corazón latía mucho más rápido ante el saludo de la libertad. Si ahora tú, pensé rápidamente, saltas esa valla de allí y corres por ese jardín lleno de arbustos llegarías, cruzando los prados, hasta el bosque. ¿Crees que Schulze se tomaría la molestia de volver a detenerte? ¿Quizá te dispararía como a un verdadero criminal? No, pensé sonriendo levemente, eso no lo haría nunca. A menudo hemos jugado juntos a los naipes y él sabe quién soy y qué represento. Pero no quiero escaparme de él, pensé rápidamente. Le he prometido no ocasionarle ningún problema y yo soy un hombre de palabra. De él quiero conseguir otra cosa... Cuando Schulze me informó que tenía que llevarme al juzgado, esa posibilidad que había pasado por mi cabeza me había llenado de esperanza.

—Señor Schulze —le pregunté muy amablemente—, tengo que pedirle un favor...

—¿Qué es lo que quiere, Sommer? —me preguntó—. ¿Voy demasiado deprisa? Si lo prefiere podemos ir andando más despacio, el tren no sale hasta dentro de veinte minutos.

—Sabe usted, señor Schulze —empecé a decir—. Tengo un dolor de muelas terrible y ahí enfrente veo justamente una posada. ¿No le importaría si me tomo rápidamente un coñac o un ron? Eso me ayudará enseguida a aliviar el dolor de muelas. Usted puede —proseguí veloz— esperarme tranquilamente junto a la barra, si es que tiene miedo de que huya de usted. Le aseguro que no me escaparé, se trata únicamente de mi terrible dolor de muelas.

—¡Ya puede usted sacarse esa idea de la cabeza! —dijo el agente decidido—. Tendría que pensar en dejar este uniforme si la gente se enterara de que me he tomado un aguardiente con un preso en la barra. No conseguirá usted nada, Sommer.

—Pero si aquí no me conoce nadie, señor Schulze —le rogué—. ¡Nadie se enterará nunca!

—¡Mire! —dijo el agente y saludó marcialmente con la mano en la gorra. Junto a nosotros había pasado el automóvil del médico, en el que además del doctor Mansfeld viajaba el fiscal.

—Si ellos dos nos hubieran visto entrar en la posada, ¡yo ya estaría empapelado! Así que prosigamos, Sommer.

—Señor Schulze —le rogué vehementemente y no di ni un paso más allí junto a la posada, pues era mi última oportunidad—. Ahora sí que no hay nadie aquí que me conozca. ¡Hágame usted este favor! ¡Sólo un aguardiente! Le diré a mi mujer que le haga llegar cien marcos...

—¡Esto ya pasa de castaño oscuro! —gritó el agente y se puso rojo de ira—. ¿Se ha vuelto usted completamente loco, Sommer? ¡Lo que está intentando usted es sobornar a un funcionario público! ¡Es algo que debería denunciar en mi puesto! ¡O viene usted ahora mismo o le pongo las esposas!

Totalmente intimidado, completamente derrotado, privado de la última de mis ilusiones, seguí al colérico señor Schulze. Durante un rato anduvimos callados el uno junto al otro, él murmurando todo enfurruñado para sí mismo, yo con la cabeza gacha y arrastrándome. Entonces dijo el agente ya más tranquilo:

—No le entiendo, Sommer. Usted había sido un hombre de orden y cabal, ¡y ahora causa todos estos problemas! ¿No ha tenido usted suficiente con tanta trasnochada borrachera? ¿No le ha aportado ya suficiente infelicidad? En todo caso, no quiero que su situación sea aún peor de lo que ya lo es. No he oído nada. Pero ahora sea usted un hombre, Sommer, y contrólese. En unos cuantos días saldrá usted del talego y tendrá de nuevo la cabeza despejada, ¡y que la necesitará en gran medida debería usted saberlo después de las palabras del señor fiscal!

Le escuché en silencio y sin responderle. Me humillaba y ofendía profundamente que un hombre tan sencillo como el agente Schulze se permitiera hablarme de esa forma. Ciertamente no sabía entonces que me encontraba al inicio de un largo camino de sufrimientos y que personas muy diferentes y de un estrato social mucho peor que él hablarían conmigo mucho y mucho más claro.

Habíamos llegado a la estación de tren y el agente compró dos billetes de tercera clase para ambos.

—Bien —dijo él entonces y salió conmigo al andén junto con la gente que esperaba—. Y no vaya con la cabeza gacha, Sommer, converse tranquilamente conmigo, así nadie notará nada, pensará que somos viejos conocidos que nos hemos encontrado por casualidad. Tras nuestras partidas de naipes también volvíamos a casa juntos durante un trozo de la calle principal y usted y nadie hubiera pensado que fuéramos algo distinto a unos conocidos...

No le faltaba razón. Y ya que había superado en cierta forma el susto por el aguardiente que me habían negado, llegamos a mantener una conversación muy razonable, al principio sobre la cosecha del heno que se iniciaba y después sobre las perspectivas de cosecha en general. Schulze y yo éramos ambos de la opinión de que no tenía mala pinta, pero que ahora debía llover, pues la primavera había sido muy seca y especialmente había afectado a la siembra de verano, aunque también los tubérculos requerían urgentemente de lluvia.

El corto trayecto de tren me pasó lo suficientemente rápido y de los viajeros que iban con nosotros en el compartimento seguro que nadie pensó que allí viajaba un sospechoso de intento de asesinato. (En ocasiones verdaderamente me hubiera gustado sentirme como un peligroso criminal de terrible reputación.) Pero cuando llegamos a la estación de tren de mi ciudad natal y tuvimos que pasar a través de la mucha gente que esperaba, entramos en el vestíbulo de la estación y salimos a la plaza frente a la estación, entonces me entró el pánico. Pues en cualquier momento podía ahora encontrarme con un conocido cercano, con uno de mis propios empleados, incluso con mi propia mujer. Cogí al agente de la manga y le rogué:

—Señor Schulze, ¿no podríamos ir un poco por detrás de los edificios? Conozco a tanta gente aquí y me sería muy penoso...

El señor Schulze asintió con la cabeza.

—Me parece bien. Al fin y al cabo da lo mismo si llega usted al juzgado un cuarto de hora antes o más tarde. Pero ahora quisiera aliviarme un poco...

Y entonces el señor Schulze cruzó conmigo en diagonal la plaza de la estación hacia ese edificio en el que yo había entrado, viniendo de la otra dirección y acompañado de Polakowski, más de veinticuatro horas antes. Tenía una sensación extraña de encontrarme de nuevo en ese espacio con seis lavabos, oír el agua correr y ver el suelo de asfalto sucio y mojado. Aquí me había enzarzado con Polakowski en una pelea, había transcurrido tan poco tiempo y sin embargo parecía todo tan increíble. Como un sueño terrible, que mientras dura es totalmente plausible, pero nada más despertarte causa una impresión ridículamente grotesca. Sin embargo, yo me había peleado aquí con Polakowski, no había sido un sueño, y a ese taimado canalla no me unía ni la consideración ni la palabra. Cuando volvimos a salir del lavabo público y anduvimos bien despacio por la ciudad evitando las calles más transitadas reuní toda la valentía posible y le conté al agente Schulze todo lo que me había pasado con Polakowski, desde mi aparición en la cocina llena de vapores después de huir del coche del médico hasta mi pelea por la maleta y el dinero en los lavabos. A raíz de su profesión, el agente Schulze ya había tenido que vérselas con algunas pasiones y aberraciones humanas para tener que asombrarse mucho sobre estas cosas, pero a medida que le contaba mi historia en varias ocasiones se paró todo emocionado, repitiendo vivazmente:

—Por Dios, es increíble. ¡Lo que me está contando! ¿Es cierto, Sommer? —decía silbando entre los dientes.

Cuando terminé de contarle mi historia y esperaba un estallido de indignación en contra del canalla de Polakowski, el agente Schulze calló durante un buen rato, y entonces opinó prudente mirándome con los ojos abiertos:

—Yo sólo le conozco a usted de jugar a los naipes, es decir, no le conozco realmente, pero siempre le he tenido por un hombre de negocios sensato y capaz. Que usted sea —y disculpe usted, pero es toda la verdad— tan inauditamente estúpido, Sommer, seguro que no me lo podría haber imaginado ni aunque lo hubiera soñado. Usted puede darle las vueltas que quiera, no se trata sólo de la borrachera, pues con la borrachera no puede usted disculpar tanta estupidez. Desde el primer día debió ver usted que estaba tratando con un maleante, usted lo vio y no se fue de allí, pues en cualquier posada, por pequeña que sea, usted podría haber bebido todo lo que se le antojara. No, se lo tiene usted bien merecido, que el tipo le haya desvalijado. Se lo tiene realmente merecido y sólo me hubiera gustado que se hubiera quedado con sus últimos mil marcos, así no podría haber armado ese desorden en la posada...

El agente tomó aire y me miró con censura, pero yo estaba escandalizado por el resultado completamente inesperado de mi historia y le dije enfadado:

—Ciertamente, para que usted me suelte fanfarronamente un discurso moral, agente Schulze, no le hubiera contado toda la historia...

—¡Se lo ruego, Sommer, señor agente Schulze! —me corrigió severo Schulze.

—Yo pensaba, sin embargo —proseguí furioso— que usted se esforzaría por apresar a esa basura de Polakowski...

—Así es —rió irónico el agente—. ¡Primero le sirve en bandeja con su gran estupidez y borrachera todo lo que tiene a un delincuente y después llama usted a gritos a la policía y nos pide que nos escandalicemos y salgamos pitando por sus cuatro cosas! No puedo más que repetírselo de nuevo: se lo ha merecido de sobras y si no fuera porque es su pobre mujer la que debe cargar con toda su estupidez no movería ni un dedo por todo este asunto. Por el bien de su mujer, Sommer, entiéndame bien, por el bien de su mujer informaré, en cuanto le haya dejado a buen recaudo, al teniente y quizá el pajarito no haya escapado aún, pues seguramente no nos espera tan pronto. Pero ahora vaya usted un poco más rápido, quisiera entregarle lo antes posible, no sea que cometa usted otra estupidez. De usted puede uno esperarlo todo. ¡Dios mío! Nunca en mi vida volveré a dejarme engañar por las apariencias, yo pensaba maravillas de usted por lo trabajador que era, pero seguramente es todo obra de su mujer. ¡Cómo le va a perdonar a usted ahora todo el follón que ha organizado!

Una vez terminó de hablar proseguimos nuestra marcha y ya no abrimos la boca hasta que llegamos al juzgado; Schulze ya debía estar pensando por dentro en el informe que le presentaría al teniente, y yo estaba profundamente ofendido por todas las injusticias que ese funcionario subalterno me había soltado en la cara sin vergüenza alguna. Si el hombre no podía ver que yo simplemente había estado enfermo, que había caído en manos de un canalla como un enfermo indefenso, entonces no había nada que hacer, él era el idiota. Yo en todo caso no lo era seguro. Yo simplemente había estado enfermo y lo seguía estando...

 

28

 

Durante mi vida como hombre de negocios en alguna ocasión había tenido que hacer gestiones en los juzgados, así que conocía las dependencias con bastante exactitud. Pero allí donde me conducía ahora el agente Schulze nunca había estado. Atravesamos todo el edificio del juzgado (forma un conjunto con el edificio de la Audiencia Provincial) hasta llegar a un patio interior bastante estrecho, que estaba cerrado a un lado por un alto muro de piedra, mientras que por los restantes tres lados estaba cercado por edificios altos; el edificio en que estábamos entrando sólo tenía de arriba abajo pequeñas ventanas casi cuadradas, todas protegidas con fuertes rejas. Allá arriba es donde voy a vivir, casi durante semanas y semanas, pensé yo y me entró el miedo. Ahora mismo hubiera tenido ganas de preguntarle a mi acompañante muchas cosas sobre los servicios y las costumbres de una cárcel como ésa, pero para ello ya era demasiado tarde: Schulze llamó a un timbre, se abrió una gran puerta de hierro y un funcionario uniformado de azul saludó a Schulze estrechándole la mano y a mí con una mirada fría y examinadora.

—Una entrega, Karl —dijo Schulze—. Los papeles llegarán esta tarde desde la fiscalía.

—¡Colóquese usted ahí detrás! —me dijo el uniformado y yo me coloqué obediente en el sitio donde me había ordenado.

Ambos uniformados cuchichearon entre sí y me miraron varias veces, en una ocasión también escuché la palabra «intento de asesinato», aunque no pareció impresionarle mucho. Entonces Schulze me dijo desde lejos:

—Mantenga la cabeza fría, Sommer. —Y la puerta se cerró tras él; había vuelto a la libertad y, a pesar de todo, era como si hubiera perdido a un amigo.

—Venga usted conmigo —dijo el uniformado de forma descuidada y me condujo a un despacho, donde no había nadie—. ¡Deje usted todo lo que lleve en los bolsillos aquí sobre la mesa!

Así lo hice, aunque apenas llevaba nada: un juego de llaves, una navaja y un pañuelo bastante sucio.

—¿Eso es todo lo que lleva? ¿Nada de dinero? Bueno, entonces suba usted los brazos.

Fui cacheado de arriba abajo, seguramente en búsqueda de algo que hubiera escondido en los bolsillos.

—De acuerdo —dijo el hombre de uniforme azul—. Primero le asignaré la número once, pues el inspector no está ahora aquí, está comiendo.

Le pregunté amablemente si no me podían dar también de comer.

—La hora del almuerzo ya ha pasado —me respondió friamente—. Ya no queda nada.

—¡Pero si tampoco me han dado de desayunar! —le dije alterado.

Hasta entonces no había sentido hambre, pero ahora me torturaba de forma atroz. Me sentía ofendido en mis derechos: ¡también un preso debe comer!

—Así le gustará más la cena —me dijo inalterable—. ¡Venga de una vez!

Me condujo a través de un pasillo, pasamos por una reja de hierro, subimos una escalera y cruzamos una puerta de hierro. Vi un pasillo largo, tenebroso, con muchas puertas revestidas de hierro, con cerrojos y cerraduras. Y de nuevo ascendimos por una escalera, de nuevo pasamos por una puerta de hierro y cada vez el hombre debía abrirla y cerrarla con llave y lo hacía como lo más normal del mundo... A mí, sin embargo, se me oprimió el pecho: todas esas puertas, que ahora se encontraban entre el mundo exterior y yo, sin duda me hacían ser claramente consciente de que estaba preso, de lo difícil que sería volver a recobrar la libertad. Desde el primer momento noté la verdad de la frase, que más tarde oiría tan a menudo en la cárcel: «Es tan fácil entrar, pero tan difícil salir.»

Mi guía se había parado frente a una puerta de hierro, adornada con un «11» blanco. Detrás de esa puerta es donde yo iba a vivir. Abrió y tras la primera puerta apareció una segunda. También la abrió.

—Entre usted —me dijo mi acompañante impaciente y yo entré.

De un catre estrecho se alzó una figura enorme, un hombre de grandes proporciones, con una calva rubia y gafas.

—¿Un poco de compañía? —preguntó—. Eso está bien. ¿De dónde vienes?

Yo estaba tan estupefacto por tener que compartir mi celda que sólo mucho más tarde me di cuenta de que el carcelero se había ido y que estaba encerrado definitiva e irrevocablemente.

—Siéntate hombre, allí en el taburete —dijo el gordo—. Yo seguiré echando una cabezadita sobre el catre. Está prohibido, pero Fermi no dice nada. Fermi es quien te acaba de traer.

Me senté sobre el taburete y miré absorto al hombre tumbado sobre la cama. Iba vestido de civil como yo, vestía un traje de buen corte, en su momento muy elegante, pero que ahora estaba arrugado y sucio.

—¿También usted está preso? —le pregunté finalmente.

—¡Eso creo yo! —rió el gordo—. ¿Te piensas que estoy en este búnker para descansar? Dicho sea de paso, puedes tutearme tranquilamente, aquí todos nos llamamos de tú. Sí —prosiguió y se estiró gimiendo— hace ya once semanas que estoy en este edificio, ¿y te piensas tú que han presentado alguna acusación contra mí? ¡Ni hablar! Los colegas no tienen prisa, por ellos puedes pudrirte y coger moho, por eso que no van más rápido. ¿Y tú qué marrón te has comido?

—El fiscal me ha encerrado por intento de asesinato contra mi mujer —le contesté con un orgullo discreto. Y añadí rápidamente—: Pero no es verdad. No hay ni una palabra de verdad.

El gordo volvió a reír.

—Claro que no es verdad —rió—. Si preguntas a la gente, aquí dentro sólo hay inocentes.

—Pero es que en mi caso no es verdad —le aseguré yo—. Yo no quise asesinar a mi mujer, simplemente nos peleamos un poco.

—Bueno —dijo el gordo—. Con el tiempo no dejarás de charlatanear; cualquiera que no esté acostumbrado a estar encerrado con el tiempo empieza a charlatanear. Pero entonces anda con cuidado con quién hablas, la mayoría sólo quieren hacerle la pelota al inspector, le informan de todo y entonces ya te han cogido.

Me miró a través de sus pequeños ojos entre protuberancias de grasa de forma cándida y añadió:

—Aunque conmigo puedes hablar abiertamente, soy una buena persona, no soy un chusquel.

—¿No es usted qué?

—Un chusquel, se dice aquí de alguien que calla como un muerto. No le doy a la lengua, ¿entiendes?

—Pero si no tengo nada que confesar —le aseguré de nuevo.

—Sí, eso ya lo veremos —dijo el gordo tranquilamente—. Quizá tengas suerte y el juez instructor comparta tu punto de vista y no firme una orden de detención contra ti.

—Pero si el fiscal ya me ha mandado detener.

—Eso no quiere decir nada —me enseñó el gordo—. Primero deberás comparecer mañana o el día siguiente ante el juez instructor. Te interrogará y si comparte tu mismo punto de vista entonces volverás a ser libre...

—¿Y eso es realmente así? —le pregunté excitado—. ¿Aún puedo salir libre?

—Pues claro que sí, aunque a menudo no sucede. Bueno, ya veremos.

Y volvió a tumbarse cómodamente. A mí me embriagaba la perspectiva de la posible y cercana libertad, me puse en pie y anduve por la celda imbuido en mis pensamientos. Si Magda declaraba en mi favor entonces saldría libre. Y yo presentía que ella declararía en mi favor. E incluso aunque estuviera furiosa conmigo, nunca podría decir que había intentado asesinarla. Yo no lo quise así. Recordé vagamente que le había dicho algo así como: «Esta noche vendré y te asesinaré», aunque sólo se trataba de charlatanería de un borracho, no podía tenerse en cuenta.

—Escucha —dijo el gordo —¡no recorras la celda de arriba abajo de esta forma, que me pones nervioso! Siéntate tranquilo en el taburete, pero antes saca el cojín, pues es un cojín de uso privado. Aún no te puedes tumbar sobre tu catre, Olle te traerá el colchón de paja esta noche. ¡Dios, cómo me revuelve el estómago esta pocilga!

El gordo bostezó de corazón y se pedorreó estruendosamente —yo me asusté— y gimió:

—¡Qué bien me ha sentado!

Y rápidamente se durmió.

No quisiera seguir hablando tan extensamente sobre los primeros días que pasé en la prisión provisional. Fueron tan atroces que por las noches me ponía en pie en silencio, iba hasta el armario del gordo y extraía la cuchilla de su maquinilla de afeitar: quería cortarme el cuello. Aunque después no reunía el suficiente valor; primero me hice un corte en la muñeca para probar, que sangró muy poco, pero que me tranquilizó. La voluntad de vivir venció y esa misma noche devolví la cuchilla a la maquinilla.

En general mi deshabituación del alcohol fue más sencilla de lo que yo había esperado. Yo no había sido precisamente un verdadero bebedor, hacía poco tiempo que ingería aguardiente y nunca había tenido alucinaciones. Para ello me ayudó mucho el hecho de que ya el tercer o cuarto día me apuntara al trabajo voluntario. Ya no aguantaba más estar sentado todo el día en la celda sin hacer nada y cavilando y sobre todo no aguantaba más la compañía del gordo, que por cierto se apellidaba Düstermann. Creo que si me hubiera visto obligado a pasar las veinticuatro horas con él hubiera acabado asesinándolo. Era como un pedazo de ganado, nunca he conocido a una persona tan abiertamente egoísta. Se había procurado todas las facilidades que por ley le corresponden a un preso preventivo: había colocado sobre el duro colchón de paja mantas y cojines, recibía regularmente para fumar y paquetes de comida, aunque nunca compartía ni lo más mínimo. Durante los primeros días, en los que aún no disponía de mis propias cosas de aseo en la celda, incluso me prohibía que utilizara su peine. No podía ni sostener en la mano su espejo y sólo a regañadientes me permitía utilizar una hoja de sus viejos periódicos como papel de váter.

—No, no, Sommer —me decía entonces— aquí es válido el lema: ¡Ayúdate a ti mismo y te ayudará Dios! ¿Qué puedo hacer yo por ti? ¿Y qué puedes hacer tú por mí? Sólo me pones nervioso.

Ése también era un aspecto que me ponía histérico: todo lo que yo hacía ponía nervioso a Düstermann. No podía andar por la celda; si por la noche me giraba sobre mi colchón de paja entonces me recriminaba que no le dejaba dormir; si quería abrir el pequeño ventanuco entonces me gritaba que se le iba a helar la calva, así que debíamos seguir en cuclillas entre el calor y el mal olor. Sin embargo, él se lo permitía todo. Devoraba hasta la última miga los paquetes de comida que le enviaba su mujer dos veces por semana, seis veces al día se sentaba sobre el cubo, se pedorreaba continuamente con unas ganas auténticas y por las noches roncaba tan fuerte y seguido que durante muchas horas yo permanecía tumbado despierto, entregado a los pensamientos más turbios. Si alguna vez en mi vida he odiado a alguien desde lo más profundo de mi corazón es a Düstermann. Muy a menudo he pensado cómo a un pedazo de animal como éste se le había permitido vivir fuera en libertad e incluso había llegado a casarse, hasta el punto de que su mujer aún le seguía siendo fiel. Tras reflexionar sobre ello me decía que en libertad Düstermann debía de haber interpretado el papel de un gordo hombre de negocios vital, al que le gustaba disfrutar de la vida y aparentemente era de fiar, considerado por la gente con una sonrisa benevolente. Seguro que en el exterior no se hubiera desenfrenado conmigo como en la celda, pero yo no dejaba de ser un colega de la trena y ya no dependía de mí. Más adelante, en mi largo tiempo de penitencia, he compartido espacio con gente mucho más sencilla de lo que era Düstermann, con trabajadores, incluso con vagabundos, y ninguno me ha tratado tan mal como este Düstermann, que dejaba ir tan abiertamente sus impulsos. De profesión no era más que propietario de inmuebles, era el hijo de un hombre rico, que había fallecido hacía tiempo, del que había heredado una considerable serie de casas de inquilinos y otros bienes inmuebles. Düstermann había vivido hasta entonces administrando esas propiedades. Y administrando esas posesiones es como le había sobrevenido la desgracia que le había conducido a la cárcel y a ser mi compañero de celda. Como también fuera se lo permitía todo, pero no a los demás, y se arrogaba toda libertad, había prendido personalmente una de sus casas de inquilinos, cuyo estado ruinoso hacía tiempo que le disgustaba, con el fin de cobrar una alta suma del seguro para cubrir los costes de restauración. Sin embargo, durante el incendio, una mujer y su hijo perdieron la vida.

—¡Pobre condenada! —se quejaba sin más Düstermann—. ¿No podía salir corriendo a tiempo como todos los demás? Pero no, la muy idiota tuvo que meter primero no sé qué asqueroso trapo en la maleta y entonces el humo le impidió huir. ¿Qué puedo hacer yo si una vieja es estúpida? ¡Naturalmente el fiscal quiere ponerme la soga al cuello! Pero no conoce bien a Düstermann. He contratado a los mejores abogados y si todo sale mal me acogeré al parágrafo 51, me declararán enfermo mental y viviré como rentista en un bonito manicomio.

Düstermann reconocía abiertamente ser el autor de ese incendio.

—Claro, hombre, por qué iba a mentir. ¡Si me pillaron con el bidón de gasolina en la mano! ¡No tiene ningún sentido mentir! Sí, si estuviera en tu situación, mentiría hasta reventar, ¡pero así soy incluso un demente! —Rió todo campanudo—. En el fondo —prosiguió y se compadeció de sí mismo— a ello me condujo simplemente mi benevolencia. Simplemente soy un bonachón. No podía seguir viendo vivir a la gente en esas barracas ruinosas e inhabitables. Quería facilitarles viviendas decentes, ¡y esto es lo que he conseguido con mi benevolencia!

Así que este Düstermann fue capaz de que yo me presentara voluntariamente para trabajar y ya contara con su sarcasmo punzante. Cuando por la noche volvía a la celda de trabajar, con los huesos molidos, pero más tranquilo de espíritu, me saludaba normalmente así:

—¡Ahí llega el chico modelo! ¿Qué, has trabajado mucho? ¿Ya te has camelado al cerdo del inspector? ¡Estoy convencido de que te has vendido bien! ¡Pero si el fiscal te condenará igualmente a cárcel estando sentado tranquilamente aquí en la celda! Son los lameculos como tú los que echan a perder toda la trena. ¡Gente como tú es la que conseguirá que nos obliguen a trabajar! ¡Pero espera, ya procuraré yo que estés ocupado!

Apenas escuchaba sus palabras y ya no cruzaba ninguna con esa mala persona. Naturalmente eso no le molestaba, tenía una piel de rinoceronte y seguía hablando muy tranquilo conmigo, le respondiera o no.

 

29

 

Así que me ofrecí voluntariamente para trabajar. El sargento de policía Splittstößer me entregó una chaqueta azul completamente nueva de uniforme y me condujeron junto con otros diez o doce al patio de la cárcel rodeado de altos muros, donde había pilones de leña. También antes habíamos tenido que llevar la madera para nuestra calefacción central, que habíamos comprado en brazadas al guardabosques, hasta la cárcel para cortarla. Yo nunca me había parado a pensar quién cortaba la leña y la desbastaba. Ahora me pasaba ocho horas al día junto a la sierra, frente a mí un ladrón reincidente, de apellido Mordhorst; juntos pasábamos durante ocho horas la sierra por la madera de pino, haya y roble. Un guardia se paseaba por el patio de arriba abajo y vigilaba que no habláramos demasiado y trabajáramos demasiado poco, pero ahora era yo quien cortaba la leña para los ciudadanos de mi ciudad natal y ahora sería el comerciante Hölscher, para el que trabajábamos, quien se pararía a pensar que Sommer, su cliente de hacía años, estaba realizando ese trabajo para él. Al principio me molestaba mucho que el patio estuviera cerrado por su cuarto lado por el edificio de la Audiencia Provincial, había muchas ventanas que miraban hacia mí y mis brazos que serraban embutidos en el uniforme carcelario azul, pero en pocos días me habitué y apenas volvía la cabeza cuando Mordhorst murmuraba:

—El fiscal está de nuevo junto a la ventana y quiere ver si nos estamos ganando las lentejas. Sierra más lentamente, colega. Cuando está ojo avizor prefiero no trabajar.

Mordhorst era un hombre pequeño y nervudo con un rostro amargado y arrugado y el cabello gris pimienta. Había pasado más de la mitad de su vida en presidios y cárceles. Para él era tan natural que no hablaba de ello. No se arrepentía de nada, ni anhelaba una vida diferente. Nunca hablaba de sus delitos, igual que un maestro artesano tampoco habla de su profesión. Para él robar un piso era como para un sastre coser un pantalón. Sólo por otros presos supe que Mordhorst era un hombre famoso en el así denominado mundo criminal, era capaz de abrir la caja fuerte más moderna y era conocido porque siempre trabajaba sin «colegas», sin ayuda. Era un solitario, un enemigo típico de la sociedad. A él sólo le daba rabia haber ido a parar a este «asqueroso agujero», tal como denominaba mi ciudad natal, simplemente por la «mala suerte». Estaba viajando a Hamburgo, donde quería dar un golpe grande, y pasó un día aquí y de noche, borracho y sin nada que fumar en el bolsillo, se le ocurrió reventar el estanco de nuestra plaza del mercado. Y entonces lo cogieron.

—Date cuenta, chaval —se alteraba Mordhorst—. Llevaba tres billetes de cien marcos en el bolsillo, así que en el hostal podría haberme comprado todos los cigarrillos que hubiera querido. ¡Simplemente por burro! Y ahora por la mierda esa me van a endosar cinco años de trullo. ¡Si lo pienso soy capaz de salir volando!

A mí me daba completamente igual si a Mordhorst le caían cinco años de presidio por dar un golpe grande reventando una caja fuerte o por haber robado tabaco en un estanco, en todo caso no se libraba de esos cinco años. Sin embargo, me cuidaba muy bien de decirlo en voz alta, pues Mordhorst también era un hombre impetuoso e irascible, que al principio me acosaba violentamente con ataques de ira cuando, siendo un principiante sin experiencia, aplicaba tan mal la sierra que se trababa. En una ocasión, incluso quiso atizarme con un leño en la cabeza y sólo la intervención del guardián me salvó de la agresión.

Aunque pasados cinco minutos, Mordhorst volvía a comportarse con normalidad y sensatez, creo que tantos años de cárcel le habían transformado en un tipo sin escrúpulos y salvaje. Seguro que un gusano le corroía el cerebro; quien se ha pasado años y años recorriendo una celda, esperando siempre el día de la excarcelación, el día que llegue la libertad, y quien en su más profundo interior sabe que incluso la estancia más larga en libertad es únicamente una función extra que se alargará como máximo unos meses, y a la que le seguirán de nuevo años y años de la espera más dura, no puede seguir siendo una persona normal.

Yo mismo he aprendido mucho de Mordhorst. Lo sabía todo sobre juzgados, cárceles y presidios. Era sorprendente, cómo ese hombre pequeño y silencioso, que parecía no relacionarse con nadie, sabía tanto sobre tantas cosas. Sabía qué carne nos darían de comer el domingo y qué había comido el hombre que acababa de entrar en la celda 21. Conocía el estado familiar, el sueldo y las preocupaciones de cada uno de los guardianes. Era capaz de prender un cigarrillo con un botón de pantalón, un hilo y una piedra. Siempre tenía para fumar y siempre algo extra para comer, aun cuando nadie entregara paquetes de comida para él. Siempre llevaba dinero en el bolsillo, lo que estaba estrictamente prohibido, tenía un cuchillo (también prohibido) y sabía la forma de sacar de contrabando cartas de la cárcel sin que pasaran por la censura del fiscal. También se conocía todos los caminos subterráneos, que con el tiempo se abren en toda sociedad humana, aunque sea vigilada estrechamente. Para él yo siempre fui un principiante, un verdadero lactante, me regalaba un poco de su experiencia vital, aunque nunca se entusiasmaba hasta el punto de hacerme una confesión. Sin embargo, yo veía que con otros presidiarios se relacionaba de otra forma. Los viejos colegas de la trena se entienden sólo con una mirada y el guiño de un ojo. Van uno detrás del otro, apenas han movido los labios y ya se han pasado algo de una mano a otra. Los guardianes le dejaban mucha más libertad a Mordhorst que, por ejemplo, a mí. Le guiñaban un ojo y le permitían muchas cosas. Quizá algunos de ellos le tenían miedo, porque sabía tantas cosas, pero yo pienso más bien que temían las molestias que suponía estar ligado a un hombre tan peligroso. Cuando llevaba cinco minutos sin hacer nada junto a la sierra yo le susurraba:

—¡Tú, Mordhorst, sigue serrando! El guardián no deja de mirarnos.

Pero él no hacía ni caso.

Y entonces el guardián se acercaba y decía:

—¡Bien, Mordhorst! ¡Ya has hecho el vago durante demasiado rato, ponte a trabajar!

Y él respondía impetuoso:

—¿No trabajo ya como un negro por treinta céntimos al día?

(Nos daban treinta céntimos al día como «salario», que se iban acumulando hasta el día de nuestra excarcelación.)

—¿Quieres que me deje la piel trabajando como un negro para esos arribistas?

Y miraba enojado hacia las ventanas de la Audiencia. El agente reía la mayoría de las veces y decía:

—¡Ya estás de nuevo de mal humor, Mordhorst! El fiscal no engordará ni adelgazará por tu trabajo con la sierra...

Sin embargo, Mordhorst gruñía:

—Uno sabe lo que sabe. —Y cogía la hoja de la sierra que yo le había sostenido y seguíamos serrando, corte a corte, leño a leño, hora a hora.

En el fondo, las horas que pasábamos allí en el patio de la madera estaban bien, hoy no las recuerdo con desagrado, por muy interminables y pesadas que me parecieran entonces. Tras el inevitable dolor en los miembros que me supuso un trabajo al que no estaba habituado, mi cuerpo se acostumbró rápidamente al trabajo con la sierra y el trabajo me ayudó a sobrellevar más fácilmente las apariciones que me sobrevenían con la abstinencia. La primavera avanzaba lentamente hacia el verano, en el patio había frutales altos, perales y manzanos, bajo cuya sombra le dábamos la espalda a la hoja de la sierra cuando el sol quemaba demasiado; las sierras crujían y gritaban en ocasiones, cuando una astilla chocaba contra la hoja, el golpeo de los leñadores nos llegaba monótono; al otro lado del muro, invisibles, los niños hacían ruido en la calle con sus juegos. Primero nos quitábamos la chaqueta y después los chalecos; algunos trabajaban también con el torso completamente desnudo, a lo que yo nunca me decidí; las horas iban fluyendo, la vida se deslizaba, yo vivía con una sensación —engañosa— de seguridad y regularidad. Habían pasado los tiempos del desorden y el peligro y me resultaba muy sencillo imaginarme esta vida también fuera, una vida tranquila, pacífica, casi exenta de futuro. Mordhorst y yo conversábamos en voz baja de lo que habría para cenar esa noche y qué tal había estado el almuerzo de ese mediodía: en nuestras conversaciones, la comida tenía un papel principal y, como Mordhorst, yo tampoco recibía paquetes de comida desde el exterior y dependía mucho más que él del rancho de la cárcel. Sin duda, en ese aspecto era mucho mejor camarada que Düstermann, el bien provisto, casi cada día me traía algo, una pequeñez que allá fuera no hubiera tenido ninguna importancia, una cebolla por ejemplo, que hacía trozos con una cuchara y me ponía sobre el pan, o un cigarrillo y una cerilla; entonces, de noche, cuando nos retirábamos y todo estaba tranquilo, me fumaba mi pitillo en paz. Sí, en la cárcel había empezado a fumar, lo que enfadó mucho a Düstermann, que siempre invadía el aire con el humo espeso de sus cigarros y consideraba que fumar cigarrillos era de afeminados. Yo le deja hablar tranquilamente, por entonces ya me daba igual lo que dijera.

Sí, Mordhorst, a pesar de ser un enemigo declarado de la humanidad, me ayudó mucho, también fue un consejero excelente en «mi asunto», mejor que el abogado que vino a visitarme. Desgraciadamente, durante la primera declaración frente al juez instructor no contaba con el consejo de Mordhorst y yo cometí un fallo muy grave, tal como advertí más adelante.

 

30

 

Era ya el tercer día de mi estancia en prisión y aún no estaba trabajando en el patio de la leña, cuando el sargento Splittstößer apareció a las cuatro de la tarde en mi celda y me dijo:

—Venga usted conmigo, Sommer. Póngase la chaqueta y venga usted conmigo.

Seguí al «superior» y, como entonces era tan inexperto en los asuntos de la cárcel, le pregunté cortésmente:

—¿Adónde me lleva usted, señor sargento?

Por entonces aún no sabía que un preso nunca debe preguntar, que nunca recibe respuesta a sus preguntas, que sólo le queda esperar el destino que decida o bien el sargento o bien el fiscal. Así que recibí una respuesta bien maleducada:

—¿Y a usted qué le importa? ¡Ya se enterará usted!

Allí en la Audiencia imperaba un verdadero ambiente de tarde de verano: muchas de las puertas estaban abiertas y vi escritorios no ocupados y recogidos. Resultó que el agente de Justicia de la Audiencia había salido para ir a Correos, por lo que no estaba en condiciones de aceptar la entrega de manos del funcionario de prisiones; sin embargo, mi funcionario tenía prisa en volver a su edificio, así que se produjo una pequeña pelea entre un gordo y viejo empleado de oficina y mi guardián.

—Yo no estoy aquí para vigilar a vuestros presos —dijo el empleado enfadado—. Siempre intentáis colarnos casos como éste. Si se nos escapa uno entonces yo seré el culpable.

—Sí, pero tampoco hace falta que vuestro agente de justicia esté siempre fuera, él ya sabe que la entrega del preso se efectuaba hoy a las cuatro.

Continuaron discutiendo así durante un rato, ninguno de ellos quería quedarse conmigo, hasta que finalmente una señorita ya mayor anunció sorprendentemente:

—Bueno, ya me ocuparé yo, el señor Sommer seguro que no se me escapa.

Y me miró con una sonrisa amable. Así que me conocía. Me hicieron sentar en una silla, Splittstößer se marchó, y por primera vez desde hacía días pude ver una calle de mi ciudad natal a través de una ventana sin rejas, vi a los niños jugar, e incluso vi pasar un vehículo de la cervecera Trappe. El viejo conocido, casi amigo, Trappe iba sentado en la cabina. Una joven, seguramente también una empleada, cruzó la habitación en la que yo estaba esperando. Me miró, sonrió amablemente y dijo:

—Buenos días, señor Sommer.

Así que me conocía, fue amable conmigo, a pesar de que estaba en prisión acusado de haber intentado asesinar a mi mujer. La funcionaria entrada en años también acababa de ser amable, había dicho:

—El señor Sommer no escapará.

Todos eran amables conmigo, la mejor prueba de que lo mío iba por buen camino. Seguramente el juez instructor no emitiría orden de prisión contra mí, ¡quizá en media hora volvería a recobrar la libertad! Mi corazón latía fuerte y alegre.

Entonces entró un viejo en la habitación, un hombre largo, seco y de cabello cano, que tenía un aspecto algo distraído y preocupado.

—¡Es el señor Sommer, señor director! —dijo la empleada ya entrada en años y me señaló con la cabeza.

—Bien, bien —tosió levemente el viejo, el director de la Audiencia Provincial, tal como me enteré más tarde. Me observó un momento con sus ojos cansados e inquietos y entonces me estrechó la mano.

—Acompáñeme entonces, señor Sommer.

De nuevo pura amabilidad, un apretón de manos, dirigiéndose a mí con un «señor», ay, toda esa afectación me confundió, enormemente, inexperto de mí, y olvidé por completo que todos ellos eran mis enemigos, que sólo tramaban condenarme, encerrarme, engañarme. Olvidé la frase que acababa de aprender: «Es tan fácil entrar, pero tan difícil salir.» Yo pensaba que me pondrían más fácil salir de allí que entrar, así que le abrí todo mi corazón al señor director de la Audiencia, le conté todo como había ocurrido, ¡aunque después me enteraría de las consecuencias que tendría mi credulidad!

El señor director de la Audiencia Provincial me antecedió al entrar en un despacho muy acogedor con muchos, muchos libros forrando las paredes. Me sentaron en una silla frente al escritorio, el director se sentó tras éste, apareció una señora de mediana edad e introdujo un folio grande en la máquina de escribir, el director se mesó el cabello, estuvo manipulando sus gafas, me miró y dijo:

—Nos está dando usted muchas preocupaciones, señor Sommer. —Tosió ligeramente y le pidió a la señorita—: Coja usted los datos personales del señor Sommer.

A todas esas preguntas contesté con facilidad, aunque quizá me equivoqué al facilitar la fecha de nacimiento de Magda (me avergoncé al confesar que no la recordaba exactamente), y cuando me preguntaron si estaban en regla las cuestiones de propiedades e ingresos, yo contesté rotundamente con un «sí», de lo que más tarde me arrepentí mucho. Pues ahora dudaba de que Magda pudiera arreglárselas con el negocio después de que yo me llevara los cinco mil marcos. Sin embargo, no tuve tiempo de corregirme, pues el señor director empezó a preguntarme o, más bien, cogió un gran folio densamente escrito a máquina con la mano, se mesó de nuevo el cabello, volvió a manipular sus gafas, tosió ligeramente y me dijo:

—Se le ha detenido a usted, señor Sommer, por ser sospechoso de haber intentado asesinar a su mujer. ¿Qué tiene que decir al respecto?

En ese momento tenía tanta confianza en la gente que había reunida allí que le dije de forma completamente ingenua:

—Dios mío, ¿aún mantienen que he intentado asesinar a mi mujer? Nunca en mi vida he pensado en ello. Quiero a mi mujer y si...

—No, no, señor Sommer —dijo el director de la Audiencia tranquilizándome—, está claro que no se trató de un intento de asesinato. Se trató de un intento de homicidio, ¿no es verdad? ¿Usted actuó a base de impulsos, usted estaba borracho, no es verdad?

—Pero, señor director, si no quise matar a mi mujer, fueron sólo las habladurías de un borracho, pues quería mi maleta y mi mujer es más fuerte que yo.

—Bien, bien —dijo el director y sonrió ligeramente—. Sin duda se trató de algo más que de una riña de gatos inofensiva causada por el alcohol. Durante los últimos tiempos ha bebido usted demasiado, ¿no es verdad, señor Sommer? Ahora cuénteme todo lo que usted ingirió antes de realizar la visita nocturna a su mujer.

Así entramos poco a poco en el interrogatorio, yo le conté todo tal como sucedió, yo rebusqué en mi memoria para no olvidarme de una sola botella de aguardiente, le conté la verdad con pelos y señales, y tonto de mí creía que lo conseguiría con ese amor a la verdad. Sin embargo, insistí en que nunca había tenido la intención de hacerle algo a mi mujer, sólo quería conseguir mis cosas, así lo conté. El director de la Audiencia Provincial tosió con más fuerza, leyó el folio escrito a máquina y dijo:

—Le voy a contar ahora lo que ha declarado su mujer. Es lo siguiente: «¡Me cogió por el cuello con la intención de ahogarme e intentó darme patadas en el cuerpo!» Y aquí: «Y me susurró al oído: ¡Mañana por la noche volveré y te mataré!» Esto suena realmente mucho más violento que unas simples amenazas, ¿no es así, señor Sommer?

Me quedé sin habla ante la vileza de Magda, presentarlo de esa manera, por lo menos podría haber añadido que se lo había tomado como las simples habladurías de un borracho. Se lo intenté explicar al director, le indiqué que Magda estaba alterada y que quizá en su excitación se había tomado a mal cosas que en realidad no lo eran. El director afirmó y suspiró, limpió las gafas. Ignoro si le convencí. Finalmente dijo:

—Bien, por hoy no quiero seguir interrogándole. Es suficiente para la primera vez.

—¿Por lo tanto no va a emitir usted una orden de detención contra mí? —le pregunté con una alegría desbordante.

El director volvió a toser de nuevo.

—No, digamos que no se trata de una orden de detención en sí, por decirlo de alguna forma. Sabe, señor Sommer, según su propia declaración estaba usted completamente borracho...

—No completamente borracho, señor director. Puedo aguantar mucho.

—Usted —prosiguió el director corrigiéndose—, había bebido una enormidad, por lo que existe la sospecha de que al cometer su delito no controlaba usted sus facultades mentales. ¿Por qué quiere usted volver a casa? Se pelearía de nuevo con su mujer, empezaría usted de nuevo a beber. No, señor Sommer, primero tiene usted que curarse del todo. Primero le enviaré a un sanatorio, ahí estará usted bajo vigilancia médica y se curará...

—Se lo agradezco, se lo agradezco, señor director —le dije yo como un imbécil y si hubiera podido le hubiera abrazado. Por su gran bondad, sí señor, por su gran bondad.

 

31

 

Dos o tres días después (se tomaron su tiempo con mi traslado a un sanatorio; en el juzgado absolutamente todos disponen de tiempo, sólo los presos no, para los que el tiempo transcurre tan lentamente), Mordhorst me contó que me había comportado como un verdadero idiota.

—Hombre —me dijo—, ¿cómo pudiste ser tan estúpido? El viejo zorro se puso contentísimo cuando le fuiste contando lo de las botellas de aguardiente una detrás de la otra. ¡Te la ha jugado bien con su supuesta afabilidad! ¡Deberías haber declarado, deberías haber jurado, que no estabas borracho, que no habías tomado ni una gota! ¡Lo que hice lo hice con completa consciencia, tras pensarlo detenidamente! Y por qué tendrías que haberle contado esto: ¡porque así te hubieras arriesgado lo mínimo! Mira, por un intento de homicidio te podría caer medio año de trena, como máximo un año. Eso te pasa volando y después estás fuera de nuevo como un hombre libre y nadie te puede pasar por encima. ¿Y ahora qué pasará? En primer lugar pasarás seis semanas en el sanatorio en observación para que certifiquen tu estado mental. ¿Te piensas que un sanatorio es mejor que la trena? ¡Es peor! En general es todo igual que aquí, la manduca y el trabajo y los guardianes, ¡pero ya no estás con gente juiciosa, sino con verdaderos idiotas! Y entonces el médico entregará su informe, te asignarán el parágrafo 51 y entonces sobreseirán el procedimiento. Sin embargo, te declararán enfermo mental y peligroso para la sociedad y ordenarán tu ingreso permanente en ese sanatorio y te podrás pasar allí cinco, diez, veinte años y ningún gallo cantará por ti, y poco a poco tú mismo te irás convirtiendo entre todos esos idiotas también en un idiota. Y eso es precisamente lo que esperan de ti. Tal como me has contado a tu parienta aún le queda dinero para el negocio; entonces se quedará con el negocio y con todo lo que te pertenece. Te convertirás simplemente en un pobre pendejo incapacitado y ya será mucho cuando por Navidad te envíe un trozo de pastel y un pedazo de tabaco para mascar...

Así me habló Mordhorst, el experimentado, y a cada una de sus palabras mi interior decía «sí». Me había comportado como un estúpido, me había metido en un aprieto y ahora no podía salir. Siempre había supuesto lo que planeaba Magda, desde el principio, pero entonces lo olvidé, no quise pensar más en ello. Me había mentido a mí mismo, diciéndome que era mi mujer, que me había querido y que no me traicionaría... Pero me había traicionado, ¡hacía tiempo que había trabajado para conseguirlo! ¡Primero me envió a los médicos y después hizo esa declaración devastadora contra mí, convirtiendo todas mis habladurías de borracho en algo serio!

¿Y cómo se había comportado conmigo desde que estaba en la cárcel? ¿Había actuado tal como debe actuar una esposa, cuyo marido ha caído en desgracia? ¿Había intentado aunque sólo fuera una vez pedir hablar conmigo, visitarme y darme la oportunidad de explicarme y reconciliarnos? ¡Nada de eso! Le había escrito a Magda. Le había escrito una carta seria y amistosa, tenía que escribírsela. Necesitaba ropa limpia y cosas de aseo, necesitaba una manta para mi colchón de paja, un mantel y una almohada. También necesitaba un periódico y algo para comer. Sí, la verdad es que me envió las cosas que le pedí, ¡pero en la maleta no había ni comestibles ni periódicos! ¡Y no me había escrito ni una línea!

Ahora yo ya estaba a buen recaudo, la máscara había caído, ahora ella ya se sentía dueña de mis posesiones, ¡ahora ya estaba convencida de que me pasaría la vida en un manicomio!

¡Pero estaba equivocada conmigo, no me daría por vencido tan fácilmente! ¡No, ahora empezaba mi verdadera lucha! Ahora lo veía todo claro, ya no era un niño que se dejaba embaucar por la eficacia de Magda. ¡Ahora me asesoraba Mordhorst y también contrataría al mejor abogado de la ciudad, el señor doctor Husten![2]

 

32

 

El señor abogado doctor Husten, que hasta la fecha sólo conocía de vista, era un hombre cercano a los cuarenta, algo lento, con el rostro arrugado y lívido de un inocente con éxito. No hacía mucho que ejercía en mi ciudad natal y era conocido por ser astuto, algo inofensivo y muy caro. En mis asuntos de negocios naturalmente que nunca lo hubiera elegido para que me asesorara, pero en un asunto penal como ése me parecía el hombre adecuado. Me llamaron cuando estaba trabajando con la leña y me encontré esperando al doctor Husten en el despacho del director; había reaccionado casi instantáneamente a mi escrito. El doctor Husten me estrechó la mano casi enfáticamente, me aseguró con voz grave y una «r» rotada que se alegraba enormemente de conocerme. Se dirigió al director con el cómico ruego de dejarnos un sitio íntimo donde poder hablar en privado. El inspector sonrió y le ordenó al sargento que nos condujera hasta mi celda. Al indignado Düstermann lo enviaron a pasear al patio.

—¡Que a nadie se le ocurra tocar mis cosas! —dijo antes de irse.

En lugar de ocuparse de mi asunto, el doctor Husten me preguntó murmurando quién era ese imponente y maleducado hombre que acababa de ver y afirmó con una profunda inclinación de la cabeza en cuanto le orienté brevemente.

—¡Ah, es él! He oído hablar de él. Me pregunto quién se debe ocupar de su defensa, pues el tipo está forrado. Aún se puede hacer algo con lo suyo.

A mí me interesaba más qué se podía hacer con mi caso, así que me permití recordárselo al doctor Husten algo irritado.

—Ah, ¿su caso me dice? —me preguntó sorprendido y retórico—. Su asunto está bien encauzado. Acabo de ver el expediente, se le asignará el parágrafo 51 y saldrá libre de condena, ¡usted deje que me ocupe yo de ello, querido señor Sommer!

Le pregunté aún más irritado:

—¿Y qué será de mí cuando me asignen el parágrafo 51?

El abogado me contestó sorprendido:

—¿Qué será de usted? Legalmente para usted el asunto estará finalmente finiquitado. ¿Y personalmente? Supongo que le ingresarán por un tiempo en un sanatorio. ¡Y por motivos de salud es lo mejor que usted podría esperar!

—¿Y por cuánto tiempo se supone que permaneceré ingresado en un sanatorio como ése, señor doctor Husten? —le pregunté malicioso—. ¿Cinco años? ¿Diez años? ¿Para toda la vida?

El abogado rió.

—¡Ajá! ¡Alguno de los presos le ha puesto la mosca tras la oreja! ¡Para toda la vida! ¡Lo que me faltaba oír! Es imposible que le pase a usted eso. Usted es una persona juiciosa, dueño por completo de sus facultades mentales...

—Eso es lo que pienso yo —le corroboré— y no es de recibo que me apliquen el parágrafo 51. No, señor doctor Husten, soy completamente responsable de lo que he hecho y estoy dispuesto a acarrear con las consecuencias.

—¡Pero mi querido señor Sommer! —me dijo solemnemente—. ¡Entonces le condenarían a un año de cárcel! ¡Saldría usted siendo un hombre deshonrado! ¡La gente lo señalaría con el dedo!

—¡Aun así! —me reafirmé yo como un fiel alumno de Mordhorst—. Prefiero sin duda pasarme un año en la cárcel que toda la vida en un sanatorio...

—¡Sin duda alguna! Se pasará usted medio año, un año en la cárcel, señor Sommer...

—¿Me lo dará usted por escrito, señor doctor Husten? ¿Con su palabra de abogado...?

—Naturalmente que no puedo hacer eso, mi querido amigo —dijo el abogado. Ahora parecía muy enfadado y tamborileó nervioso con los dedos sobre la mesa—. Yo no soy médico. Sólo un médico puede juzgar hasta dónde alcanza su nivel de alcoholismo y cuánto tiempo hace falta para una sanación total y sin reincidencia. ¡Pero mi querido señor Sommer! —me dijo de nuevo con dominio de sí mismo y mantuvo ese optimismo vencedor que había aprendido—, deje usted de lado esa oscura desconfianza. Confíe usted sin pensarlo en las manos sanadoras de los médicos. Piense usted también que no está usted preparado ni mental ni físicamente para soportar las exigencias de una larga estancia en la cárcel. Y tampoco puedo creer que una estancia de este tipo, que una elección así, teniendo en cuenta a su querida esposa, sea...

¡Con esas palabras había metido la pata completamente!

—Señor doctor Husten —salté escandalizado—. ¿Se puede saber qué está usted representando aquí: mis intereses o los de mi mujer? ¿Cómo sabe usted cuáles son los deseos de mi mujer? ¿Quizá ha hablado usted con mi mujer antes de visitarme?

Todo mi cuerpo temblaba de excitación.

—Pero querido señor Sommer —quiso tranquilizarme y me puso la mano sobre el hombro—. ¿Por qué se altera usted de esta manera? Naturalmente que le he hecho una visita a su mujer; como su abogado es algo que debía hacer. Y le puedo informar de que su mujer piensa en usted con pena, pero sin ningún rencor. Estoy convencido de que lamenta en lo más profundo su destino...

—¡Sí, y ese pesar nada rencoroso lo expresa claramente en su declaración incluida en mi expediente! —le grité cada vez más escandalizado—. ¿Es que no ha leído usted el expediente, señor doctor Husten? No, encuentro irresponsable que como defensor mío y sin consultarme se haya usted entrevistado con la principal testigo de la acusación.

—Pero tuve que hacerlo, querido amigo —se opuso el abogado sonriendo levemente ante mi inocente falta de mundología—. Tuve que consultar quién se iba a hacer cargo de mis honorarios. En cierto modo ahora mismo usted no dispone de medios...

—Se equivoca usted, doctor Husten —le dije yo muy fríamente—. Todo lo de ahí fuera: el negocio, las cuentas bancarias, los intereses, la casa, todo me pertenece a mí, sólo a mí. No a mi mujer. Y aún no me han ingresado en un sanatorio, todavía no me han inhabilitado...

—Seguro, seguro —dijo el abogado tranquilizándome—. Tiene usted toda la razón. Siento haberme expresado incorrectamente, no debería haber dicho que no dispone usted de medios. Digamos que ahora mismo usted en cierta manera tiene restringido el acceso a sus propiedades, mientras que su mujer, como su fiel representante...

—Voy a hacer todo lo posible, doctor Husten —dije yo y me puse de pie definitivamente—, para que mi mujer no ejerza más este cargo como mi representante. Así seguramente se enfriará rápidamente su interés en encerrarme en un sanatorio para toda la vida. Le voy a comunicar a mi mujer que su visita me ha convencido completamente de la necesidad de separarnos lo antes posible.

—Mi querido amigo —dijo el abogado rotundamente y activó su gran capacidad mímica—. ¡Qué inocente llega a ser usted a sus cuarenta años! (¿No es cierto que tiene usted cuarenta años?) ¡Siempre dándose con la cabeza en la pared! ¡Siempre sacando las cosas de quicio! ¡Bueno, bueno, bajo un correcto tratamiento médico se tranquilizará usted!

Su amistosa y repugnante sonrisa tenía ahora algo de sarcasmo impronunciable.

—Por lo demás concluyo que no me va a confiar usted su caso, ¿cierto?

—Exacto, doctor Husten.

—Pues lo siento de veras; no lo siento por mí (su caso es para mí muy insignificante, señor Sommer, muy insignificante), ¡sino que lo siento por usted y por su mujer! Se dirige usted ciego hacia la desgracia, señor Sommer, y cuando abra usted los ojos será demasiado tarde para usted. Es una pena.

Me estrechó rápidamente la mano.

—Pero no nos separemos como enemigos, señor Sommer. Nos hemos conocido, nos hemos saludado y volvemos a separarnos. Barcos que se encuentran de noche. ¿Conoce usted el exquisito libro de la baronesa Heyking?[3] ¡Quizá le iría bien leerlo, señor Sommer!

El señor doctor Husten abandonó mi celda con la cabeza alta; yo, sin embargo, le seguí a cierta distancia y volví a mi trabajo con la sierra en el patio de la leña. Así le informé hasta el último detalle a Mordhorst sobre la conversación que habíamos mantenido; por primera vez me elogió, lo que reforzó mi postura de dedicarme a acelerar la separación de Magda y privarle así de la administración de mis bienes.

 

33

 

Sin embargo, en el ínterin no logré todo eso, pues otros hechos, a mi parecer más importantes, se interpusieron. Cuando la misma mañana tras la visita del abogado, el doctor Husten, el guardián abrió nuestras celdas y yo me dirigía con el cubo lleno hacia el fregadero, de repente me paré en seco sorprendido. No podía creer lo que había oído, pero sí, no me confundía: de una de las celdas que acababan de abrir salió una voz lisonjera, un suave susurro, esa voz que estaba tan íntimamente ligada a mis bacanales alcohólicas, esa voz que odiaba desde lo más hondo de mi corazón: ¡la voz de Polakowski!

Me aventuré a echar una mirada rápida. Sí, allí estaba él con su rostro delicado, más amarillento que bronceado, con una barba oscura y el cabello oscuro simplemente peinado hacia atrás, con ese brillo rojizo dorado, estaba allí y de pie y le hablaba lisonjero y suave a su compañero de celda, mientras chasqueaba los nudillos de sus dedos. ¡Seguramente quería engatusar al pobre pero honrado trabajador!

Me di toda la prisa que pude, pasando por la celda, para vaciar y limpiar mi cubo y volví a hurtadillas a mi celda, con cuidado para que no me viera. Esa mañana Düstermann, por mucho que refunfuñara, debía prestar el «servicio externo» de limpiar las celdas, buscar la escoba y la bayeta y conseguir agua limpia para fregar: yo no quería que me viera Polakowski.

Sin embargo, interiormente me invadieron una alegría malsana y el triunfo: habían pescado al astuto y falso de Polakowski, lo habían enchironado, y sólo un pensamiento me intranquilizaba y era si habían conseguido rescatar de Polakowski el botín o, por lo menos, una buena parte de éste. Aunque sobre este extremo no tardaría en tener noticias. Como siempre me dirigí hacia el patio de la leña, sin Polakowski, o bien porque no se había presentado para el trabajo o bien porque el inspector ya sabía que ambos «estábamos metidos en lo mismo». En esos casos se procura cuidadosamente que dos cómplices no mantengan el contacto.

Mordhorst y yo nos colocamos en nuestra sierra de leña y empezamos nuestro trabajo diario, esta vez de la manera más cómoda: eran troncos finos de pino, un juego de niños para hombres entrenados como nosotros. Ya habíamos cortado el primer tronco y cuando estaba colocando el segundo tronco en la sierra le formulé a mi camarada de trabajo la pregunta que le hacía cada mañana:

—¿Algo nuevo en el edificio?

—¡Mmm! —soltó Mordhorst y dejó la sierra a un lado. Y prosiguió—: Ha entrado uno nuevo. Tiene pinta de tunante. Un polaco de mierda.

Volvimos de nuevo a serrar. Yo volvía a hacer una pausa:

—¿Y qué es lo que le han endosado?

—¿A quién? ¿Endosado el qué? —preguntó Mordhorst, que hacía rato que estaba con sus pensamientos en otra parte, seguramente reprochándose de nuevo amargamente su destino, cómo había ido a parar a ese pueblo de mala muerte por una menudencia como la que había cometido—. ¿A quién? ¿Endosado el qué?

—¡Al polaco de mierda! —le recordé. Repetí esa fea denominación con una gran unción.

—¡Ah, ése! ¿A qué se pueden atrever esos tipos? Todos los polacos son unos cobardes...

Quiso volver a serrar, pero yo mantuve la sierra firme.

—Ya, pero Mordhorst, cuéntame más, me interesa. Creo que he visto a ese tipo esta mañana a primera hora.

—Puede ser, está en tu mismo módulo. ¿Qué es lo que le han endosado? Pues naturalmente haber desvalijado a alguien, un polaco no se atreve a más. Se ve que desvalijó a un solitario lobo borracho, a un ciudadano que estaba como una cuba, ¿entiendes?

—Entiendo —le respondió el solitario lobo borracho—. ¿Y consiguió esconder el botín?

—No tengo ni idea. ¡Seguramente; tampoco creo que un polaco sea tan tonto!

—A ver si lo averiguas, Mordhorst. Me interesa mucho.

—¿Y por qué te interesa tanto? Lo encuentro extraño.

—Yo no. Porque yo era el solitario lobo borracho al que ese tipo desplumó. No lo recuerdas, Mordhorst, ése es el tabernero que me acogió en mis tiempos de borrachera. Ya te había hablado de él.

—¡Ah, por eso! —dijo Mordhorst y sonrió de satisfacción—. Te odiará con toda su alma si llega a verte por aquí. ¡Tú le has traído hasta aquí!

—Entérate entonces, Mordhorst, si ha conseguido esconder las cosas. Me quitó dos anillos y un reloj de oro, una cubertería de plata para doce personas, una maleta de piel con cosas mías, una cartera de piel y cuatro mil marcos.

—Muy bonito —sonrió Mordhorst—. Para un miserable polaco sin duda alguna demasiado. Bueno, ya te mantendré informado.

Y volvimos a serrar, ahora sin abrir la boca, pues el guardián ya estaba mirándonos.

Pasaron algunos días hasta que volviera a ver a Polakowski o a oír su voz. Por la mañana, cuando iba a vaciar el cubo, su celda seguía cerrada y sólo se abrió cuando ya habíamos terminado, señal de que era conocido que pertenecíamos al mismo caso. Tampoco Mordhorst me informó de más. Cuando le insistí me dijo:

—Espérate, colega. Primero debo investigar datos más concretos, Mordhorst no revienta ninguna caja antes de haberlo investigado todo bien.

Aunque finalmente lo consiguió.

—Llevaba encima más de seis mil marcos cuando le atrapó la pasma —dijo Mordhorst—. Y es verdad. No es simplemente que lo haya contado él, sino que lo sé porque me lo ha confirmado el encargado de las calderas, que también se ocupa de limpiar el despacho. El dinero ha entrado aquí.

—Entonces ha vendido todas mis cosas y ya no las veré nunca más —dije yo y de repente me supo muy mal por las cosas de oro y plata—. En efectivo sólo me quitó cuatro mil marcos.

—También podía haber llevado dinero suyo encima —me contradijo Mordhorst—. No quiere decir que ya se haya desecho de tus cosas. También las podría haber escondido.

—Es posible —admití yo—. Pero no estoy del todo convencido.

Seguimos serrando un buen rato callados, una o dos horas, un tronco de haya tras otro. Entonces Mordhorst me dijo de repente:

—¿Qué me das a cambio, colega, si averiguo dónde ha escondido tus trastos el polaco?

—¿Trastos? ¿A qué te refieres?

—¡A tus cosas! ¿Qué me darías?

—¿Qué te voy a dar dentro de este búnker? ¡Si yo mismo no tengo nada!

—¡Pero fuera sí!

—¡No puedo disponer de ello, mi mujer no me deja!

Y volvimos a serrar. Al día siguiente Mordhorst me dijo:

—Seguro que pronto el juez te llamará a declarar por el asunto del polaco. Debes declarar que solicitas el dinero que te robaron y que está depositado aquí.

—Puedes estar convencido de que eso es lo que voy a decir, Mordhorst —le dije yo furioso.

—Y el fiscal deberá entregarte sin más el dinero, eso está claro —dijo Mordhorst. Pasó un rato en silencio. Entonces me preguntó:

—¿Estarías dispuesto a firmar una orden de pago de quinientos marcos a mi nombre si descubro dónde ha escondido el polaco tus cosas?

Me lo pensé.

—Creo que por quinientos marcos me vale la pena —dije finalmente—. Aunque debería recibirlo todo de vuelta, también las cosas de oro, y no creo que sea posible.

—Si recibes menos de lo que te robó entonces me pagarás menos; soy un hombre honrado —respondió el incorregible asaltador de cajas fuertes.

—¡Pero Mordhorst! —dije yo y a mí me daba pena su candor—. ¿Tú crees que a ti o a alguien de la trena le harían efectiva una orden de pago sólo porque la he firmado yo?

—De eso ya me encargo yo —me respondió inalterable—. ¿No tienes un negocio de cereales?

—Así es —le respondí—. ¿Cómo sabes también eso, Mordhorst?

—Yo lo sé todo —me respondió con toda la arrogancia del hombre insignificante—. Y cuando venga alguien de fuera con una factura por el grano que te haya suministrado en el último trimestre y te exija su dinero y tú aceptes la factura, te apuesto a que los tipos la pagarán.

—Es posible —admití—. Pero ¿quién va a venir desde fuera con una factura así?

—De eso me encargo yo —volvió a responder impasible Mordhorst—. Lo importante es que me des tu palabra de que aceptarás la factura.

—La tienes —le dijo—. Y yo soy hombre de palabra.

—Y mejor que así sea —me respondió Mordhorst y empezó de nuevo a serrar—. Ya puedes contar que en el caso de que intentes engañarme te atraparé, mañana o de aquí a cinco años, fuera o dentro, yo mismo o a quien se lo encargue.

Y así empezó este juego, un juego que sólo se puede jugar en las cárceles, subterráneo, con muchos intermediarios, con el murmullo de los encargados de las calderas a través de puertas barradas, con una sagacidad interminable, que han aplicado muchos cerebros durante muchas horas: y el objetivo era el hipócrita y astuto de Polakowski. Yo no pude descubrir del todo este juego, nunca entendí cómo Mordhorst, al que vigilaban estrechamente, estaba en continuo contacto con todos los presos, incluso con el mundo exterior. Pero sabía cómo hacerlo. En ocasiones dejaba caer alguna palabra, de la que yo debía derivar todo lo demás. Por ejemplo, estaban los cuatro presos cuidadosamente escogidos, que llevaban a la ciudad y a las casas la madera que nosotros habíamos cortado en un carro enorme, claro está bajo la vigilancia del guardián. Y estaba el experimentado cocinero de la cárcel, un viejo preso, que a veces se llevaba el inspector consigo para que cavara, podara y regara su jardín. Quizá estos presos no eran del todo de fiar como habría soñado la dirección de la cárcel. Y después estaban las portezuelas de las puertas, a través de las cuales nos entregaban las escudillas de comida, y en estas portezuelas siempre se producían murmullos secretos y entregas furtivas cuando se abrían para las entregas. Tal como he dicho, apenas sé nada sobre el juego que allí se llevaban entre manos, sino ya hubiera contado sobre el mismo. Yo era un pardillo, y sobre todo a los ojos de los demás no era un «verdadero criminal», pues no había delinquido contra la propiedad de otros.

Por supuesto que Mordhorst se guardó bien de contarme mucho. Sólo me enteré de que le estaban metiendo presión a Polakowski. Consiguieron reducir su ración de comida bajo las mismas narices del agente. Dejaron que pasara un poco de hambre. Y su compañero de celda siempre tenía comida en grandes cantidades, pero no le cedía nada. Ésa era una cosa. Y la otra era que Polakowski en casa tenía mujer e hijos y lo habían detenido de forma tan imprevista que éstos estaban sin un duro y sin nada que comer. Entonces le plantearon que había un preso que saldría en pocos días y que ese preso podía ir a buscar las cosas que había escondido, empeñarlas y llevarle lo que obtuviera a su mujer, claro está deduciendo una retribución adecuada. Estoy convencido de que el astuto e hipócrita de Polakowski estaba manteniendo una dura batalla en su interior, pero consiguieron ablandarle. Lo presionaron, le escribieron mensajes secretos y después lo dejaron completamente sin noticias, y cuando él preguntaba le decían:

—Descuida, el tema ya está solucionado.

Y también un Polakowski quiere a sus hijos y no quiere que pasen hambre y que mendiguen. Llegó el día en el que Mordhorst me dijo:

—¿Tengo entonces tu palabra?

—¡Claro que la tienes! ¿Ya has descubierto algo?

—Lo sé todo. Tus cosas... —Mordhorst me miró muy perspicaz—, están en el primer granero que hay en el camino a Vehne. Por detrás hay unos cuantos tablones rotos y están escondidas debajo de la paja. Bueno, ahora ya lo sabes. Falta tu anillo de compromiso de oro, de ése se ha desprendido, pero por lo demás está todo allí, exactamente todo lo que habías dicho tú. ¿Vale mi trabajo esos quinientos marcos, colega?

—Sí, te mereces los quinientos marcos —le respondí. Es extraño cómo el corazón siente de forma totalmente ilógica, pues casi me alegraba de poder devolverle a Magda su cubertería de plata y yo odiaba a Magda desde el fondo de mi corazón.

—Sí —le dije entonces—. Pero ¿qué puedo hacer yo sabiéndolo? No puedo revelar que lo sé por ti.

—Cuando hoy te entreguen el pan —dijo Mordhorst—, dentro encontrarás un mensaje secreto, en el que pondrá lo que te acabo de decir. Sólo hace falta que se lo enseñes al agente de guardia y todo rodará por sí solo.

—¿Y quién me habrá escrito el mensaje secreto?

—Eso no lo sabes. Uno a quien no conoces, que odia a Polakowski y que quiere jugársela. No te rompas los cuernos por eso.

 

34

 

Todo estaba planeado con mucha sagacidad y había sido realizado con paciencia infinita; sin embargo, es una pena que también este asunto, como casi todo lo que se planea en la cárcel —grandes asaltos y robos, chantajes y engaños—, resultara de otra manera de la que habíamos planeado y que Magda no recuperara su cubertería de plata.

Todo se desarrolló exactamente como predijo Mordhorst: encontré el mensaje secreto, se lo entregué al agente a la hora de retirarnos a nuestras celdas, entonces me llamó el inspector y me interrogó. Después me devolvieron a la celda y entonces oí como en el mismo pasillo abrían una celda: ahora se llevaban a Polakowski. Y entonces se hizo el silencio. Ya no oí más del asunto, ni esa noche ni los días siguientes, y tampoco Mordhorst oyó nada esta vez. Más adelante el inspector me llamó de nuevo y me informaron de que la policía había registrado ese granero; los tablones de atrás estaban sueltos, pero debajo de la paja no había nada, en todo el granero no encontraron nada escondido. Volví a mi celda muy decepcionado. Así que Polakowski había sido más astuto que todos los demás y mis cosas ya no existían o las había escondido en otro sitio.

Aunque Mordhorst lo negó con la cabeza:

—Sólo tienes que esperar —dijo él— tiene que estar relacionado con otro asunto, y ya me imagino qué es lo que ha pasado. Espera, yo lo descubriré y, si es lo que yo pienso, hay alguien que preferiría no haber nacido.

Y lo descubrió, por lo menos yo creo que lo que me dijo era verdad:

—El que salió libre lo robó y después se deshizo del botín, aquel que se enteró por el polaco. Lo recuperó justo antes de que llegara la policía; ¡si esos imbéciles se hubieran dado más prisa! ¡Pero te digo que un día cogeré a ese perro, volverá a la cárcel y entonces tendré que oír sus propios gritos!

Y en todo el edificio corrió de boca en boca un nombre, sesenta presos recordaron el nombre de un traidor, y con el tiempo esos presos procurarían que el nombre del traidor corriera entre otras muchas cárceles. En todas partes su reputación sería la de un infame traidor, pues incluso entre los delincuentes existe una especie de honor y el hombre había faltado contra este honor.

Sin embargo, yo que a la postre era el que menos había intervenido en esa jugada contra Polakowski, cargué con las peores consecuencias. Pues una mañana en la que uno de los agentes de la guardia estaba un poco dormido y no prestaba atención, yo llevaba mi cubo por el pasillo desprevenido y no me di cuenta de que, en contra de lo acostumbrado, la puerta de la celda de Polakowski ya estaba abierta; así que el malvado se abalanzó sobre mí como un tigre, me tiró junto con el cubo al suelo y empezó a golpearme con ambos puños en el rostro de tal manera que casi perdí el conocimiento. Seguro que ya le habían informado a Polakowski de que yo también estaba en la misma cárcel y, al estilo carcelero, se habían guaseado y le habían tomado el pelo despiadadamente sobre el botín perdido. Y seguro que también le habían contado que yo había recuperado aquí el dinero que le habían quitado y quizá le habían mentido diciéndole que yo incluso había vuelto a recuperar mis cosas. El hecho es que en Polakowski estalló una rabia salvaje contra mí, y él se pasó todos esos días en su celda meditando al respecto, reflexionó cómo se había torturado durante semanas por mí de forma completamente inútil, cómo lo había vuelto yo a recuperar todo y que por mi culpa tenía que cumplir una larga condena, ¡a cambio de nada! Eso lo había puesto furioso y había cavilado sobre aquello que podría hacerme que yo recordara durante toda mi vida, pues el odio y su rabia habían borrado toda su ternura y su hipocresía y su cobardía innata y su precaución. Cuando vio la puerta de la celda abierta se apostó acechándome, se abalanzó sobre mí y me atizó en la cara, de forma que pronto manó sangre de mi nariz y de mi boca. Según su costumbre, los presos asistieron al ataque de forma silenciosa y sin participar e incluso miraron de forma algo maliciosa; no es costumbre en la cárcel entrometerse en una pelea entre dos presos. Estoy convencido de que Mordhorst me habría ayudado, pero en ese momento Mordhorst no estaba cerca, estaba en un módulo inferior. Y antes de que el guardián pudiera lanzarse sobre Polakowski y separarlo, Polakowski se inclinó sobre mi rostro y me mordió en la nariz con el fin de marcarme para toda la vida. ¡Buf, casi me arrancó media nariz de cuajo!

En una cárcel ocurren cosas terribles, a menudo no se hace mucho ruido al respecto. A Polakowski lo metieron en una celda de arresto y más tarde lo acusaron además de agresión severa. A mí me llevaron a mi celda y me tumbaron sobre mi colchón de paja, me limpiaron un poco la sangre y esperaron a que llegara el médico de la cárcel después de llamarlo. Lo primero que oí cuando recuperé la conciencia fue la voz enojada de Düstermann, que se quejaba de «esa guarrada en su celda» y pedía que me trasladaran, y esa voz no había cesado ni un momento, a no ser que Düstermann estuviera durmiendo, de quejarse sobre mí todos los días que tuve que pasar convaleciente en mi celda. Y es que en opinión del médico no era necesario tener que trasladarme a un hospital. Me cosió ni bien ni mal la nariz y añadió que en tres o cuatro días todo volvería a estar en orden. Sin embargo, nunca ha vuelto a estar en orden, sin tener en cuenta que hasta la fecha no soy capaz de mirarme en un espejo, hasta tal punto estoy desfigurado que me produce asco a mí mismo. No, ya no soy capaz de oler, y tampoco puedo respirar correctamente a través de la nariz. Respiro con la boca medio abierta como un idiota y los compañeros que duermen junto a mí me insultan y me dan golpes de noche porque no les dejo dormir con mis ronquidos, gemidos y bramidos.

Ese perro de Polakowski me había marcado para el resto de mi vida, nunca podré olvidarlo. En el fondo, Polakowski había dejado en mí una huella más profunda que cualquier otra persona, incluida Magda. En ocasiones estoy sentado y de repente se me aparece de nuevo la imagen, cuando yo estaba junto a la ventana de esa buhardilla, viendo a mis pies la ciudad con sus tejados color pardo rojizo a la luz vespertina, las forjas brillando entre el verde y detrás, ya medio oculto por la bruma azulada, el tejado de mi propia casa. Sin embargo, a mis espaldas, Polakowski me asegura en un tierno susurro que él es un trabajador muy pobre, pero honrado, mientras chasquea los nudillos de sus dedos. Entonces, ya desde el primer momento, yo sabía que se trataba de un bribón y un mentiroso y, si hubiera tenido un poco de entendimiento y honor en mi cuerpo, hubiera dejado la habitación en ese mismo momento y hubiera vuelto a esa casa bajo la bruma azulada. Sin embargo, yo decidí permanecer en la sinrazón y lo he pagado, con creces, mil veces.

 

35

 

Estuve convaleciente en la celda durante tres o cuatro días soportando las quejas de Düstermann, aguanté unos dolores terribles y maldije mi funesto destino. Ya no contemplaba ningún pensamiento de cómo vengarme de Magda o de solicitar el divorcio, hubiera sido feliz si me hubieran dejado volver a casa con ella. Hubiera caído de rodillas frente a ella y le hubiera rogado el perdón y ella me hubiera tenido que acoger como a un esclavo despreciado, lo que me merecía. Aunque ése también era un estado de ánimo que no iba a ser duradero. Con el tiempo, mis sentimientos por Magda iban a cambiar de nuevo. Nunca volví a ver el patio de la leña y tampoco a mi compañero Mordhorst. Es extraño, pero el recuerdo que guardo hoy de las horas que pasé allí junto a la sierra, vestido con mi chaqueta de preso azul y sobre mí las copas de los manzanos y perales y el cielo soleado, es el de unos bonitos momentos de paz.

Entonces, una tarde que estaba nuevamente desesperado por los insultos del incendiario asesino Düstermann, a una hora totalmente inhabitual matraqueó la cerradura de la puerta de la celda, entró el guardián y me dijo:

—¡Sommer, póngase de pie y recoja sus cosas! ¡Queda usted en libertad!

Me puse de pie y miré al agente con los ojos completamente abiertos.

—¿En libertad? —murmuré y mi corazón empezó a latir con fuerza.

—¡Eso mismo! ¡Eso mismo! Queda usted en libertad —dijo él sin compasión alguna—. Le envían a usted al sanatorio. ¡Vamos, vamos, recoja usted sus cosas! ¿Se piensa usted que disponemos de todo el tiempo del mundo?

—Ah, vale —dije yo lentamente y empecé a recoger mis cosas—. Ah, vale, al sanatorio.

Düstermann vigilaba severo mis dedos para que no me llevara nada de sus valiosas pertenencias mientras le contaba al guardián lo contento que estaba porque yo me fuera, yo había sido el peor compañero de celda de todo el mundo que había tenido, nunca había pronunciado una palabra sensata y el ruido que hacía por las noches había sido insoportable. Me fui de allí sin abrir la boca, no me digné ni siquiera a mirarle.

Abajo en el despacho del inspector había un guardián que no conocía y que me examinó inquisitivamente; vi que al mirarme hacía una mueca. Yo aún llevaba la nariz vendada.

—Sí —dijo el inspector—, éste es el hombre al que otro preso quiso arrancarle la nariz de un bocado. ¿No ha oído hablar usted ya del suceso, agente?

Sí que se había enterado. El inspector añadió:

—Pero por lo demás es un hombre muy respetable y tranquilo, agente, opino que se puede ahorrar las esposas.

—¡No, no! —dijo el agente diligente—. Soy responsable de este hombre, después se me escapará...

—Haga usted, agente, lo que considere correcto —le respondió el inspector—. Simplemente he expresado mi opinión. Escuche usted, Sommer —dijo dirigiéndose a mí—, firme usted este recibo según acepta haber recibido todas sus cosas. El dinero se lo haremos llegar mediante un giro postal...

—Envíeselo a mi mujer —decidí repentinamente—. Yo ya no necesito el dinero.

—También me parece bien —dijo el inspector ecuánime. Estaba en libertad.

El agente me colocó la esposa en la muñeca y así fui conducido por mi ciudad natal hasta la estación de tren. Sin embargo, ese hecho no me avergonzó. Tal como ya había dicho aún llevaba el vendaje en la nariz; incluso Magda no me hubiera reconocido. Vi a algunas personas en la calle con las que normalmente me hubiera saludado, y alguno o alguna me vieron, pero esas cosas ya no me afectaban como antes. Como si fuera mi propio fantasma atravesé la ciudad en la que había nacido y en cuyas calles había jugado de niño; en ese banco de allí me había sentado una vez con Magda, por entonces ella aún llevaba una trenza y los dos llevábamos nuestras carteras escolares bajo el brazo... Ahora pasábamos por mi propio negocio. En el escaparate de vidrio opalino aún se podía ver «Erwin Sommer, productos de la tierra en gros y en détail». ¿Por cuánto tiempo? Y esposado, con una maleta en la mano libre, el mismo Erwin Sommer era conducido por allí, vivo pero ya muerto para este mundo. Aún quedaban huellas de su vida, pero ¿por cuánto tiempo?

—No tengo más que cuarenta y un años —le comenté a mi guía.

—¿A qué se refiere usted? —me preguntó severo el joven funcionario—. ¿Qué quiere decir usted con eso?

—Bah, nada en concreto, señor agente —le respondí—. Pero cuando con cuarenta y un años y con un cuerpo vivo uno ya está muerto y enterrado...

—Por favor, cómo puede usted pensar eso —dijo el agente tranquilamente—. Allí en el sanatorio a donde le llevo estará usted mejor que en la cárcel. Usted da la impresión de ser una persona muy decente, quizá salga usted algún día de allí. ¿Sabe usted? —prosiguió él cada vez más humano—, cuando nos sentemos en el tren le quitaré la esposa y cuando salgamos ya no volveré a ponérsela. Sólo es aquí por la ciudad; uno nunca sabe qué se os puede pasar por la cabeza a tipos como vosotros.

Callé. Tenía buenas intenciones, aunque no se imaginaba lo indiferente que me era la esposa. Pero en su torpe intento de consolarme había dicho unas palabras que me sentaron como un rayo en mi estado depresivo. ¡Había dicho «quizá salga usted algún día de allí»! Quizá, algún día... Y yo había contado con una estancia de seis semanas para permanecer en observación, tal como me había indicado Mordhorst. Quizá... algún día... ¿Era simple palabrería del agente o es que el hombre sabía algo más? ¡Llevaba mi expediente encima! Está claro que sabía algo más: ¡debía ser encerrado para toda la vida! Un muerto en vida, tal como me había sentido. Frente a mis ojos tenía una especie de velo y el sol, bajo el que paseábamos, que brillaba para todos, ya no brillaba para mí. Ya nunca más brillará para mí. Oh, este miedo...

 

36

 

El agente y yo andamos juntos por una bonita carretera secundaria. Ya no voy esposado, lo que resulta una ventaja, pues puedo pasarme la maleta, que no es precisamente ligera, de una mano a otra. El agente se ha encendido una pipa corta y también me ha concedido amablemente el permiso para fumar. Pero como no llevo encima nada de fumar, ese permiso no me sirve de nada. Además, con la nariz mordida me resultaba bastante difícil.

A lo largo de la calle hay altos y viejos castaños, que ya han florecido. El sol se pone, de vez en cuando se oye junto a nosotros el chirrido de un carro cargado del último heno. La gente apenas vuelve la cabeza hacia nosotros, cerca del sanatorio hace tiempo que están acostumbrados a este tipo de transporte. Como máximo, una mujer le lanza una mirada curiosa a mi rostro vendado.

El agente ha querido preguntarme por mi «delito» y por mi «vida anterior», pero sólo le he respondido con monosílabos. Pero como está decidido a que el camino nos resulte más corto conversando, ahora me habla de él, es decir, del jardín del que se ocupa junto con su joven mujer. Y tiene tantas ganas de arrendar un trozo de tierra y me expone el asunto examinado con cariño, todos los pros y los contra, el sueldo bajo que recibe y el alto precio del arriendo, el suelo que hace falta limpiar de malas hierbas, la duda de si podrá dar una buena cosecha, ay, la verdad es que todo son argumentos en contra. El agente deja escapar una nube blanquiazul de tabaco y dice finalmente:

—Bueno, arrendaré el terreno a pesar de todo. Tener un trozo de tierra, ¡eso es mejor que tener mil marcos en la cuenta de ahorros!

Sólo escucho a medias su palabrería y sólo cuando finaliza tan sorprendentemente su discurso sonrío amargamente. ¡Así que a partir de ahora tendré que tratar con estos cabezas de chorlito, que se dirigen a mí simplemente con «Sommer», sin el «señor» delante y me aseguran benévolamente que «doy la impresión de ser un hombre muy decente»! Yo le pregunto en voz alta:

—¿Es éste el sanatorio?

—Sí —responde el agente—. Y ahora vamos a ir más deprisa; ¡están a punto de cerrar la oficina y el inspector superior me echará la bronca si no le entrego a usted a tiempo!

Desde la calle, el sanatorio no tiene mala pinta, así que mi corazón late ahora más aliviado. Está situado en una suave colina, rodeado de árboles altos, viejos y frondosos, imponente como un gran castillo o una antigua fortaleza. Grandes ventanas brillan a la luz del sol que se pone.

Aunque a medida que nos vamos acercando veo los grandes muros rojos que lo rodean, veo también los enrejados que protegen las ventanas centelleantes y mi acompañante no tiene ninguna necesidad de explicarse:

—Anteriormente esto había sido un presidio.

No, ya me doy cuenta yo mismo que no tiene pinta de un hospital, sino de un presidio. Un foso muy ancho rodea todo el complejo, en éste se mecen tranquilamente patos y gansos, aunque en el puente que cruzamos hay un guardián armado en uniforme verde y el despacho al que me conducen no es muy diferente del despacho de la prisión, allí donde me pusieron en libertad no hacía ni una hora y media. Incluso los funcionarios tienen la pinta de ser exactamente iguales, tienen la misma mirada aburrida, indiferente, aunque escrutadora, que vaga sobre «el nuevo ingreso», esa lenta ceremonia, en la que el que me ha traído hasta aquí debe firmar un recibo, en la que toman nota de todos mis datos personales. Esa noche sólo tuve un pequeño atisbo de luz: me habían detenido por intento de asesinato, el viejo director de la Audiencia había ordenado mi ingreso en un sanatorio por intento de homicidio y ahora era ingresado con la observación de «por coacción». Sin que yo hubiera hecho nada por ello, el peso de mi acusación perdía lastre continuamente, por un momento me dije a mí mismo que era imposible que me retuvieran mucho más por unos hechos tan insignificantes, algo que podía destrozarme la vida entera.

Pero cuando volví a encontrarme detrás de uno de mis guías en uniforme verde con su rostro gordo y triste cruzando todos esos patios de piedra desconsolados, hacia los que sólo miraban ventanas enrejadas, cuando me dejaron en una enorme caja de piedra después de haber cruzado dos portones de hierro, cuando comprendí que el esperado sanatorio no se diferenciaba en nada de la cárcel, que aquí como allá había rejas y agentes de guardia y una disciplina de hierro y una obediencia ciega, entonces ya no pensé en el gran paso que había dado desde un intento de asesinato hasta una coacción, ya no creí más en un delito menor, entonces ya pensé que todo era posible, entonces sentí cómo me habían puesto indefenso y sin piedad en las manos de unos grandes poderes, poderes que no tienen corazón, que no conocen la compasión, que no tienen nada de humano. Había ido a parar a una gran maquinaria, y ya no significaba nada lo que hacía o lo que sentía, la maquinaria proseguía inmutable su curso, ¡y la máquina no se daba cuenta, aunque yo llorara o riera!

 

37

 

Una reja de hierro y otra reja de hierro, y entonces nos adentramos en un pasillo largo y sombrío, lleno de figuras lívidas. Aquí apesta, apesta penetrantemente a váter, a col, a tabaco de mala calidad. Tras la ventana del pasillo allá fuera se extingue la última luz crepuscular, miro por encima del muro alto y con pinchos de hierro hacia la apacible tierra vespertina con sus prados y sus campos que lentamente ya van madurando, hasta lejos en el horizonte donde se van las estrechas líneas de bosque. A mi alrededor están esas figuras lívidas, apoyadas sobre la pared, en ocasiones puedo ver una parte de sus rostros, cuando la brasa de sus pipas los ilumina. Un hombre, un subordinado, un hombre fuerte con bata blanca, me lleva a una zona enrejada al final del pasillo, su santuario, «la pecera», tal como denominan la zona enrejada. Desde la garita, el todopoderoso, al que llaman el «señor supervisor», puede observar todo lo que ocurre en el pasillo, y él observa con mucha precisión, tal como podré comprobar. Incluso ve cosas que él no puede ver pero sabe lo que ocurre en las celdas, conoce todo lo que ocurre durante el trabajo, él es la rigurosa conciencia del pabellón 3, el servicio de noticias del médico.

—Deje usted la maleta aquí, Sommer —me dice el supervisor—. Mañana a primera hora le entregaré su uniforme, aquí está prohibido vestir de civil. Y ahora le enseñaré su cama, es hora de dormir, aquí uno se va a dormir a las siete y media de la tarde, aunque por la mañana nos ponemos en pie a las seis menos cuarto...

—¿Aún es posible que reciba algo de cenar? —le pregunto—. Allí no me han dado de cenar...

Espero que me conteste con un «no», como cuando ingresé por primera vez en la cárcel. En realidad no quería habérselo preguntado, pues ya me he aprendido la lección: al preso no se le permite hablar, ni preguntar, ni pedir. Sin embargo —oh, milagro— el supervisor afirma con la cabeza y dice:

—Tendrá usted su cena, Sommer. Mientras tanto siéntese en la sala de estar.

Me siento en la sala de estar, se trata de una habitación alargada con tres ventanas, que no contiene nada salvo mesas de madera que una vez estuvieron lacadas de blanco y que ahora parecen haber sido refregadas, unos sencillos bancos de madera sin respaldo y una especie de reloj de cocina en la pared. Me siento en uno de los bancos. El reloj de cocina marca poco más de las siete y media. Fuera se oye el aviso: ¡Hora de dormir! ¡Las cosas fuera! Empieza un intenso trasiego (parece imposible que en este módulo pueda vivir aparentemente tanta gente), se cierran puertas; en una habitación adyacente, en la que parece que están situados los lavabos, empieza a fluir ininterrumpidamente el agua. Las siete y media y a dormir, como los niños, ¡más pronto que los niños! ¿Cómo voy a pasar esta noche? ¿Cómo las restantes sesenta y tres noches preventivas? ¿Y quizá muchas, muchas más noches después? La interminable duración de un tiempo interminable, en el que nunca pasaba nada, se asienta sobre mí como un peso de plomo. Este espacio desnudo, en el que no hay más que lo imprescindible, se me aparece como una imagen de mi vida futura. No hay nada más que esperar, no hay nada más que desear, no hay nada más en lo que confiar... Vivir y esperar, una vida que sólo se rige por lo futuro, en la que cada hora está vacía, y también lo futuro estará vacío...

Frente a mí colocan una fuente de aluminio y una cuchara... Lo hace un hombre pequeño que viste una bata de tela. Su rostro es feo y es especialmente feo, porque en la mandíbula superior le faltan todos los dientes delanteros, a excepción de los dos colmillos, que parecen dos picadores, y que muestran un color entre negruzco y amarillo. El hombre tiene el aspecto de un animal malo.

—¿A qué clase perteneces tú? —me pregunta con una voz desvergonzada y alta—. ¿De dónde vienes? ¿Por qué te han empapelado? ¿Y qué te ha pasado en la nariz?

No le contesto, comienzo a comer de la fuente en silencio con la cuchara. No sabe a nada, sólo a agua y col, agua salada caliente con un poco de col.

—¿Ésta es vuestra cena? —le pregunto—. ¿No hay pan?

A mi alrededor se arrastra, a pesar de que ya es hora de irse a dormir, más de una figura, con un uniforme pardo y gastado, que en algunos casos está completamente andrajoso.

El pequeño con los dientes como picadores ríe con voz chillona:

—¿Si ésta es nuestra cena? —ríe maligno—. ¿Eso pregunta? ¡Éste se piensa que van a cocinar a propósito para él! ¡Éste se piensa que ha aterrizado en un restaurante! ¡Es tan distinguido que no habla con los que son como nosotros! ¡Pregunta si no hay pan!

Vuelve a reír y de repente todo resta en silencio. Seis, siete son ya las figuras que se arrastran a mi alrededor, se apoyan en las paredes, en silencio. Devuelvo la cuchara a la fuente, ¿pues qué sentido tiene llenarse el estómago con agua caliente? Me pongo de pie y doy un paso hacia la puerta. En ese mismo instante se forma un tumulto a mis espaldas. Se han abalanzado sobre mi fuente, que apenas está por la mitad, y luchan por ella como animales. Las exclamaciones sofocadas se vuelven cada vez más altas... el palmoteo de los golpes... ¡Oh, Dios mío, se zurran como bestias por medio litro de agua caliente con un poco de col! ¡Allí están las risotadas de triunfo, en voz bien alta, estridentes! ¡Y el que ha triunfado es el pequeño de los colmillos!

—¡Apartaros ahora mismo de aquí! ¡Si no, os denunciaré al supervisor! ¡Yo le he traído la fuente al nuevo, así que me pertenece! ¿No es verdad, novato, no es verdad que me cedes tu comida?

Salgo de la sala y estoy de nuevo en el pasillo junto a la garita de cristal. El supervisor sale de allí.

—Bien, venga usted conmigo, Sommer. ¿Aún tiene el vendaje en orden? Mañana a primera hora se lo revisaré.

Hatillos de ropa colgaban ahora en el largo pasillo frente a la puerta de cada celda.

—Deje usted su ropa frente a la puerta, sólo puede quedarse usted con la camisa.

—¿No puedo coger un pijama de mi maleta?

—Pijama, camisón, eso no existe aquí. Recibirá usted una camisa de interno decente, le servirá para una semana.

Entramos en una celda estrecha y larga, el aire ya es sofocante, apesta. En la estrecha habitación hay ocho camas, cuatro abajo y cuatro encima.

—Su cama es la de la derecha debajo de la ventana. Dese usted prisa y deje sus cosas frente a la puerta. Ya es hora de retirarse.

Detrás de mí se cierra la puerta y yo me dirijo a mi cama. Siento muchos ojos que me escrutan, aunque nadie dice ni una palabra. La cama es mejor que la de la cárcel. Aquí no hay colchones de paja, sino de verdad, duros como la piedra, pero uno se siente más cómodo encima. También disponemos de una almohada y de una bonita manta de lana blanca, que torpemente introduzco en una funda. También hay un cabezal. La ropa de cama está estampada en cuadros azules. En todas mis acciones siento los ojos escrutadores encima de mí, pero nadie menciona una palabra. Rápidamente me desvisto, hago un hatillo desordenado con mi ropa y vuelvo en camisa a mi cama. Me deslizo dentro, justo encima de mí se encuentra el tablado de la cama superior, no me puedo ni sentar derecho. Me da la impresión de que la cama está vacía. Me envuelvo bien en mis mantas y me tumbo completamente. En mi estómago bulle desasosegadamente el agua caliente con col.

Una voz dice en voz alta:

—No hace falta que nos desees buenas noches ni te presentes. ¡Vaya lameculos!

El murmullo de asentimiento sube cada vez más de tono. Me enderezo encima de mi cama, pues ya la primera noche no puedo estropearlo con esta gente. Ya he tenido suficiente con mi relación tirante con Düstermann. Me doy un fuerte golpe con el tablado de la cama superior. Los dos de las camas de enfrente que lo han visto se ríen. Uno exclama para los del dormitorio:

—¡Se ha abollao la azotea!

Y otro:

—¡El lobo solitario este se ha metido sus bonitos pantalones de pinzas bien arrugados dentro de la chaqueta!

De nuevo un murmullo de asentimiento.

Me deslizo de mi cama.

—Señores —digo yo—, disculpen si me he comportado equivocadamente, no quería molestarles. Si no he dicho nada es porque pensaba que ya dormían ustedes.

Una voz desde la cama de encima dice:

—¡El tipo este está sordo como una tapia, no oye nada!

Continúo con afán:

—Todavía tengo que acostumbrarme a lo de aquí. He estado sólo catorce días en prisión preventiva. Por intento de asesinato contra mi mujer...

De nuevo un murmullo de asentimiento mucho más bondadoso. He acertado: el intento de asesinato causa aquí mejor impresión que la coacción.

—Mi nombre es Erwin Sommer, tengo un negocio al por mayor y estaré aquí sólo seis semanas bajo observación...

—¡Pues ten cuidado de que no se conviertan en seis años! —dice una voz riéndose—. El médico nos quiere tanto que no quiere soltarnos a ninguno de nosotros.

De nuevo risas, aunque ya se ha roto el hielo, y he borrado la mala impresión inicial causada. Voy de cama en cama y nos vamos presentando: Bull, Meierhold, Brachowiak, Marquardt, Heine y Dräger. Nunca los recordaré, concretamente porque entretanto ya casi se ha hecho de noche y ya no puedo reconocer los rostros de cada uno en sus catres. Después me deslizo de nuevo hacia mi cama.

Una voz dice:

—Tú, nuevo, cuéntanos cómo llegaste a esa situación con tu mujer.

Otro dice acalorado:

—¡Quieto ahí, Dräger! ¿Tienes que ser siempre tan curioso? ¡Deja que el hombre cuente lo que quiera! ¡Lo único que quieres es camelarte mañana al supervisor de la garita de cristal!

Se inicia una acalorada discusión para decidir quién es el «topo» del supervisor. Otros propietarios de cama se inmiscuyen y los refunfuños salvajes suben de tono. Estoy contento de que por lo menos me dejen en paz. Estoy cansado, me duele mucho la nariz. Justo cuando la pelea empieza a perder fuelle por la falta de material, en el pasillo se oyen gruñidos, cada vez se oyen palmadas más fuertes, quejidos. Nuestra puerta de la celda se abre y entra volando una figura. Una voz alta dice:

—¡Ahora mismo te metes en la cama, que no te vea ir por celdas ajenas, maricón!

Y una voz que gimotea enojada y que reconozco enseguida, es la voz del de los colmillos:

—¡Señor supervisor, me ha pegado usted tan fuerte! Señor supervisor, mañana no podré trabajar.

—Maricón —se oye chillar de nuevo en el exterior—, ¡ahora mismo te metes en tu guarida! ¡En caso contrario recibirás más!

El de los colmillos se dirige con su cara hacia mi cama.

—Vaya, nuevo, ¿así que duermes debajo de mí? ¡Te lo digo por si de noche estás intranquilo y te mueves, entonces bajaré yo y te sacudiré!

—Ya estoy quieto —le aseguro y pienso preocupado en mis respiros roncos y mis ronquidos.

El pequeño se desviste a una velocidad increíble y «lanza sus harapos» delante de la puerta. Entonces hace uso con desvergüenza y desenfado del cubo junto a la puerta.

—¡Ya podrías haberlo hecho fuera, silencioso! —dice una voz indignada.

—Demasiado fino para oler mi mierda, ¿verdad? —grita enseguida la voz retumbante e insolente—. Ahora que ha llegado el nuevo nos vamos a volver finos, ¿verdad? Pues lo tenéis claro, ¡ahora voy a cagar aquí mismo!

Y la suelta armando una escandalera.

El infierno, pienso yo. He ido a parar al infierno. ¿Cómo voy a poder vivir aquí? ¿Y dormir? ¡No estoy entre personas, sino entre animales! ¿Y tengo que pasarme aquí seis semanas, incluso más? ¿Quizá más? ¿En este infierno? ¡Lexer, o como se llame, es un verdadero demonio!

Vuelven a la carga y me interrogan. Pero ya no quiero saber nada de ellos, no quiero ni verlos. Me pongo a dormir. Y poco a poco ellos también se tranquilizan, la detestable voz que retumba calla. Cada vez está más oscuro, la mayoría de ellos ya duerme. Oigo un reloj dar las horas, tres veces. ¿Qué hora debe ser? ¿Las nueve menos cuarto? ¿Las diez menos cuarto? Ojalá el reloj también anuncie las horas enteras. Eso acorta la noche. Encima de mí, Lexer se mueve intranquilo de un lado a otro, en cada ocasión mi cama se tambalea. ¡Y yo no debo moverme! Estoy tumbado completamente quieto, con el rostro hundido en el brazo. Estoy completamente solo conmigo mismo. Lo tengo claro: a partir de ahora estaré únicamente conmigo mismo. Estoy donde no llegan ni el amor ni la amistad. Estoy en el infierno... He pecado por poco tiempo, ¡pero pagaré por ello con una dureza increíble por mucho tiempo! Aunque tendría uno que haberlo sabido, cuán dura sería la pena antes de pecar. Se lo tendrían que haber dicho, pues entonces no habría pecado... Dios mío, ¿beber un poco de aguardiente es tan malo? Esa riña con Magda, bueno, jurídicamente la han convertido en una coacción, pero ¿debo ir a parar estando vivo al infierno? Si Magda supiera lo que sufro por lo menos me tendría lástima, por compasión me ayudaría, si es que aún me quiere. Sólo resta una única esperanza, y es el médico. Este médico jefe Stiebing no me dio tan mala impresión esa vez que fuimos en coche. Había bromeado y reído con el doctor Mansfeld como una persona de verdad. Quizá sí que era una persona de verdad y no parte de una maquinaria. Hablaré con él como con una persona y lucharé con él por mi alma, salvaré mi alma de este infierno.

Señor médico jefe, le diré, soy el único responsable de los actos que he realizado. Nunca estuve tan borracho como para no saber lo que estaba haciendo. Quiero que me castiguen severamente, pasaré un año, dos años, gustosamente en la cárcel, lo haré con mucho gusto. Pero no me deje usted en esta casa, en este infierno, en la que uno entra y nunca sabe cuándo saldrá; quizá uno ya sale sólo con los pies por delante. Señor médico jefe, le diré, usted conoce a nuestro médico de cabecera, el doctor Mansfeld, yo lo he visto. Usted ha bromeado y charlado con él en el coche. Pregúntele usted al doctor Mansfeld, me conoce desde hace tantos años; él le confirmará que soy un hombre decente, honrado y sobrio. Este de ahora ha sido sólo un arrebato, ni yo mismo sé cómo he llegado a ello. No, me interrumpí, eso no se lo puedo decir al médico jefe, si no me declarará enfermo mental. Aunque el doctor Mansfeld puede certificar que yo siempre fui una persona decente: en su momento la ingresé en una habitación de segunda clase del hospital y me hice cargo de todos los elevados costes de la operación sin quejarme y nunca ahorré nada en sus cuidados. Siempre fui decente, señor médico jefe, deje usted que viva de nuevo entre personas decentes. Deme usted una oportunidad...

El reloj anuncia las horas, da una hora completa, ha transcurrido un cuarto de hora de la larga noche, ya son las diez. Y así paso yo esta primera noche en la clínica psiquiátrica, contando cada cuarto de hora, manteniendo conversaciones conmigo mismo y escribiendo cartas entre el sueño y la vigilia, así me asisten y me curan. En ocasiones, agotado, estoy a punto de dormirme, pero entonces algo me asusta: Lexer se ha dado de nuevo la vuelta en la cama o alguien ha ido a utilizar el cubo. Esta primera noche los he contado por «diversión»: entre las diez de la noche y las seis menos cuarto de la mañana siete hombres utilizaron treinta y ocho veces el cubo. Cuando lo quise utilizar por la mañana estaba tan lleno que su contenido ya se salía. Y absolutamente nadie utilizaba papel, ya no les hacía falta. ¡Oh, esa noche conocí una bonita parte del infierno!

 

38

 

Fue el supervisor quien me vistió, me entregó una chaqueta marrón y un pantalón a rayas de paño, además de unas zapatillas de cuero. La ropa que me entregaron estaba nueva y el supervisor me trató con distinción. Aunque quizá hubiera sido mejor que me hubiera entregado unos viejos harapos como a los demás; ellos vieron cómo me entregaban ropa nueva y eso reforzó su aversión contra mí.

—¡El lobo solitario quiere ser más que nosotros! —decían y me lanzaban miradas envenenadas.

Además, hice algo extraño con mi vestimenta. Me dejaron coger de mi maleta jabón y el cepillo de dientes y así conseguí, en un momento en que no me observaban, hacerme con una maquinilla de afeitar. Ya lo había intentado una vez, pero en esa ocasión aún era demasiado flojo y cobarde y aún no intuía toda la desgracia que me esperaba a la vuelta de la esquina. Ahora procedería de manera diferente y me cortaría sin miedo al dolor. No, no ahora mismo, pues mi acción, el coger en secreto esa maquinilla de afeitar, me había sorprendido a mí mismo. Aún no, primero lucharía. Pero en el caso de que mi lucha no diera fruto... Bueno, en cuanto tenga la vista y ordenen mi traslado permanente a esta clínica psiquiátrica entonces sí, entonces... Lo que sé seguro es que en este infierno no voy a pasar mi vida.

Por primera vez he desayunado con mis compañeros de desgracias, a las seis y media de la mañana; a la luz del primer sol sus rostros tenían un aspecto completamente desconsolado. Rostros toscos, rostros animalescos, rostros obtusos. Barbillas superdesarrolladas o inexistentes. Personas bizcas, personas con joroba, personas achaparradas. Tan pálidas y sombrías como sus gastados uniformes. El supervisor me ha indicado un sitio en la última mesa, al final del todo, junto a la pared. Está bien así, de esta forma los puedo ver y observar a todos y sentado nadie me molesta. He ido a buscar al ordenanza un cuenco con café caliente de achicoria y el supervisor me ha entregado tres gruesas rebanadas de pan, dos untadas con margarina, la otra con mermelada. Las como lentamente y con gran apetito, las mastico a conciencia, quién sabe lo que habrá al mediodía para almorzar. El caldo de col me ha asustado mucho. Algunos reciben más pan y también «relleno»; el relleno consiste en cebollino, cebolla o requesón. ¡Tal como he sabido se trata de los trabajadores externos, como deben trabajar todo el día duramente reciben por lo tanto un relleno tan valioso!

Poco después del desayuno suena el aviso «¡A formar!» y todos los que trabajan forman y son acompañados por el agente al cruzar la puerta de rejas y sólo quedamos los que se ocupan de las labores en el edificio, los así llamados ordenanzas, los enfermos y yo. Hay tantos enfermos...

Me coloco junto a la ventana y observo cómo la gente sale de todas las casas al patio. Es mucha, mucha gente la que sale, a la izquierda también hay una fila de mujeres. Hay muchos uniformados que vigilan a estos enfermos, supervisan durante el trabajo, arrean, frustran cualquier intento de fuga. Y entonces el patio se vacía. Un hombre gordo, vestido de blanco, el señor inspector superior, los distribuye para el trabajo, algunos se retiran con guadañas, otros con azadas, muchos se dirigen a la fábrica.

Así que recorro el pasillo de arriba abajo con Hielscher, de arriba abajo. Hielscher es un pequeño jorobado, que habla un alemán muy cuidado con una voz suave y muy clara. Hielscher me llama «señor Sommer» y de «usted»; eso me sienta bien. Me cuenta muchas cosas con su voz suave y clara de esta casa y de sus inquilinos. Por lo demás pela patatas, desde hace seis años se dedica a pelar patatas, desde hace once años está internado en esta institución.

—Soy un delincuente sexual —me dice suave y refinado—. El médico jefe me ha hecho una revisión. Según él soy un débil mental congénito, sufro de varios impedimentos y mi capacidad de cálculo está muy mermada. Y además tengo una joroba, eso se ve fácilmente, y también cojeo. ¿Es eso grave, señor Sommer?

Estoy muy sorprendido por esa pregunta:

—¿Grave? —le pregunto perplejo—. ¿A qué se refiere con grave?

—Bueno, si se trata de una enfermedad grave o leve, señor Sommer.

Y me observa con sus ojos vivaces, pero al mismo tiempo tristes.

—No, seguro que no es tan grave.

—Eso mismo pienso yo —dice Hielscher—. Seguro que pronto me dejarán en libertad. ¿No tendrá usted un poco de tabaco para mí, señor Sommer?

Le explico a Hielscher que yo también echo de menos el tabaco, pero que por desgracia no le puedo dar. Tras ello, el interés de Hielscher en mí desaparece rápidamente, me abandona y yo recorro el pasillo de abajo arriba solo. Esa mañana fue interminable. Yo andaba y andaba, pero las agujas del reloj no avanzaban. En ocasiones me asomaba a las dos salas de estar, pero los que estaban sentados allí sin hacer nada, las figuras adormecidas, esos acabados me producían rechazo. Los únicos que estaban ocupados con escobas y cubos eran los ordenanzas, como en todas las cárceles, esas personas que más o menos tenían un buen aspecto y limpio, mañosos y sin escrúpulos, arrastrándose tras los funcionarios, informándoles de cualquier nimiedad sobre sus compañeros de prisión, sobornables y brutos frente a sus compañeros. Los veía ir de celda en celda, supuestamente ordenando, aunque básicamente buscando en las camas una rebanada de pan o una pipa escondidas. Reforzó mi antipatía cuando vi que el tan odiado Lexer también era una especie de ordenanza, un ayudante de ordenanza, que se pasaba la mayor parte del día en una de las celdas de trabajo del edificio haciendo cepillos, pero que siempre sabía montarse un negocio en la galería.

Un hombre de mediana edad, con un rostro en su momento inteligente, ahora abobado y sin esperanza, se encargaba de limpiar la escalera; de tiempo en tiempo interrumpía su limpieza, abría una ventana y gritaba a través de las rejas improperios maleducados contra personas imaginarias. Yo observaba a Lexer, cómo se acercaba furtivamente al hombre que soltaba los improperios, le saltaba encima de la espalda y agarrándole por la cabeza le daba contra los barrotes. Y le gritaba con estridencia:

—¿No deberías estar trabajando, sinvergüenza? ¿Siempre tienes que estar gritando? ¡Comer lo que quieras, pero trabajar nada! ¡Ya verás tú!

Y continuaba arreándole.

Me hubiera gustado acudir en ayuda del atontado, pero la reja de hierro que daba a la escalera estaba cerrada y últimamente me había propuesto seriamente no inmiscuirme aquí en ninguna de las peleas y mantenerme completamente neutral. Cuanto menos llamara la atención, más favorable sería el dictamen del médico para mí. Además, le tenía miedo a ese Lexer. También tenía todas las razones para ello. Siempre he visto a ese hombre, o mejor dicho mocoso —debía de estar camino de los treinta y su desarrollo se había parado mucho antes— con los ojos siempre atentos del odio. Era un malnacido hijo de perra. Lo más bonito que hacía era torturar a sus compañeros presos, siempre atosigándoles, empujándoles, pegándoles, denunciándoles al supervisor. Nunca tenía suficiente. Si un preso entraba en secreto una pequeña cebolla después de su paseo, o bien Lexer se la arrebataba o bien denunciaba al compañero al supervisor por robo. Y como la cebolla había sido robada, naturalmente del huerto de la clínica, el ladrón era arrestado durante dos semanas. A los más débiles, Lexer los arrinconaba en esquinas apartadas y les pegaba hasta que conseguía que le entregaran el tabaco o cualquier cosa que tuvieran que él considerara de valor. Con los más fuertes lo intentaba con astucia, les engañaba con grandes promesas de aumentar sus raciones de pan, que nunca cumplía.

Sin embargo, entre los funcionarios, Lexer caía bastante bien. Allí representaba el papel de loco de la casa, su labia desvergonzada y retumbante siempre tenía preparado el chiste adecuado, a menudo dirigido a uno de los presos, cumplía con rapidez cualquier servicio para los funcionarios, hábil y solícitamente y cuando le atrapaban haciendo una de las suyas, se dejaba pegar con un gesto cómicamente quejoso.

—Uno no puede ser malo con ese hijo de puta —decían los guardianes y lo perdonaban a él y su desvergonzada tiranía para con los demás presos. Sobre todo para ellos era ciertamente de utilidad, pues gracias a él se enteraban de lo que pasaba en el edificio.

Lexer entró ya con seis años en un orfanato y desde entonces pasó siempre muy pocas semanas o meses en libertad, pues siempre volvía a las sólidas casas del Estado: al centro de ayuda social, al reformatorio, a la cárcel. Finalmente lo ingresaron como irrecuperable en esta clínica mental y además, como él muy bien sabía, para toda la vida. Aunque no le molestaba. En esta casa, que a mí me parecía el infierno, él se sentía magníficamente. Aquí él se encontraba en su elemento. Aquí podía dejar vía libre a sus vilezas. Él representaba el papel de auxiliar de ordenanza, de auxiliar de agente, el diablo superior. Aquí él podía arrear la cabeza de un débil mental, de un esquizofrénico, contra las rejas, y esperar a ser posible un elogio, pues controlaba muy severo el que la gente trabajara.

 

39

 

También una mañana interminable tiene su fin. Llegó la hora de comer y los presos sonrieron: estaban pasando un buen día y ahora recibirían un buen almuerzo. Cada hombre recibió en una bolsa de cuerda una libra y media de patatas hervidas con piel y dentro de una fuente de aluminio un cazo con una salsa picante, en la que nadaban algunas fibras de carne. Yo pelé con dificultad mis patatas con la cuchara; en esta casa en la que se producían continuamente peleas no estaban permitidos ni el tenedor ni el cuchillo. Cuando observaba a los que me acompañaban comiendo veía a algunos que hacían como yo, dejaban sus patatas en la salsa y no empezaban a comer hasta que las habían pelado todas. Aunque, sin duda alguna, éramos minoría, pues muchos de los peladores de patata tenían tanta hambre, que no podían esperar: la mayoría de las patatas desaparecían en sus bocas nada más pelarlas y pocas de ellas llegaban a bañarse en la salsa. Todos pelaban las patatas tal como yo veía, aunque cerca de mí había un hombre gordo y rechoncho, con la cabeza gris como el hierro y el rostro quemado pardo rojizo de un trabajador del campo, que mientras las pelaba lo engullía todo, piel y patata. Apenas había terminado yo de pelar mis patatas me lanzaba una mirada interrogadora y su mano callosa surcaba la mesa, cogía de una sola vez todos mis restos y se los metía en la boca.

—¡Pero hombre! —le decía yo—, ¡había una patata completamente podrida!

—No te preocupes, compañero —me decía masticando con pasión—. Me paso el día segando, así que nunca me harto de comer. Quizá esta noche pueda robar las patatas de los cerdos. ¡Eso espero!

No era sin embargo el único glotón, pues todos tenían hambre, siempre, incluso justo después de haber comido. Vi a enfermos pasearse y coger hasta el más pequeño resto de patata de la mesa, otros rascaban las fuentes ya tan limpias; vi a uno en el pasillo repasar la fuente de la salsa con el dedo, que lamía una y otra vez. Todo eso ocurría a los ojos de los guardianes, que lo veían como algo normal. A mí me pareció indescriptiblemente deplorable e infame dejar a los enfermos pasar hambre, pero también degradarse a lamer las fuentes y devorar los restos de esa forma. Sólo tuvieron que pasar unos días para que yo lo viera de otra manera y yo mismo empecé a ser muy generoso pelando las patatas, es decir, que dejaba partes de la patata sin pelar. Se trata de una frase muy sencilla: «El hambre hace daño», pero su sencillez no le quita un gramo de su verdad. Quien noche tras noche no puede dormir por pasar hambre, quien de día se marea por pasar hambre, termina teniendo poca consideración para con los alimentos con los que puede saciar su hambre.

Aquí me estoy anticipando, pero quisiera acabar de una vez con este capítulo sobre el comer en un «sana» torio, aunque para mí toda esta historia aún no haya terminado. En toda la clínica imperaba una avaricia sucia. Nunca nos dieron carne fresca para comer, en ocasiones únicamente hilachos fofos —¡tampoco nunca aunque sólo fuera un pedazo!— de una carne roja y vieja en salmuera junto con la comida o dentro de la salsa, ¡en todo caso unos hilachos muy extraños! Nunca nos daban mantequilla, ni salchichas, ni queso. Nunca una manzana. Y todo lo que nos daban era siempre insuficiente, mezclado sin fin con agua, mal preparado. El porqué de ello, aún hoy en día no tengo ni idea. Los presos mantenían que el inspector superior se lo zampaba todo. Pero incluso el más comilón de los inspectores superiores no puede consumir la comida de cientos de personas. Quizá no querían que comiéramos en abundancia y debo admitir que incluso con esta falta de alimentos las pasiones aún estaban a flor de piel.

Aunque entre nosotros había los que no pasaban hambre, que, hasta cierto punto, se lo pasaban en grande. Estaban, por ejemplo, los ordenanzas, que tenían el cometido de cortar el pan para nosotros, pesarlo y untarlo. Oficialmente les acompañaba un guardián para vigilarlos, pero si sonaba el teléfono el agente debía abandonar la cocina e ir a la garita de cristal, y entonces se untaban bien unas cuantas rebanadas y se hacían desaparecer. Los presos tienen una vista aguda y el hambre la hace todavía más aguda; era inevitable que éstos se enteraran de estas apropiaciones indebidas. Éste había visto cómo un ordenanza mascaba una rebanada en el lavabo, otro cómo le pasaba una disimuladamente a un «amigo» o la intercambiaba por tabaco. Pero denunciarlos no tenía sentido. En primer lugar era muy difícil demostrarlo, sí, resultaba casi imposible, pues incluso aunque se volviera a recuperar el pan, lo que casi nunca ocurría, simplemente porque no se lo buscaba, el ordenanza podía argumentar: «Me lo había reservado del desayuno.» Y por otra parte, los ordenanzas eran los niños bonitos de los funcionarios, sus soplones; los funcionarios no quieren oír nada en contra de sus ordenanzas. Así que prácticamente nunca se hacía nada contra ellos, aunque la envidia y el odio se mantenían siempre vivos. Eternamente se daban discusiones, se lanzaban indirectas, se producían riñas. Cuando se llegaba a ese punto los castigadores se llevaban la peor parte, eran arrestados; no podían demostrar nada. Tengo que reconocer que yo también me ponía a menudo casi enfermo de envidia cuando veía que nuestro ordenanza, que cada vez estaba más gordo, dejaba el almuerzo a un lado después de comer unas cuantas cucharadas, ese mismo almuerzo que yo comía a bocados con avaricia; él, sin embargo, se lo regalaba a otro o lo cambiaba por una carga de tabaco para la pipa, una cebolla o dos cerillas.

¡Tú, lobo solitario!, me decía a mí mismo, igual que los demás te has hartado de comer mi pan y mi margarina y ahora desdeñas la valiosa comida, que tan necesaria sería para mi organismo. ¡Que revientes con tu grasa! Así es como me sentía yo y me avergonzaba de esos celos mezquinos por una rebanada de pan, que en casa hubiera dejado de lado sin más, y aprendí a odiar a los que me habían conducido a sentir de esa manera, ¡con tanta bajeza y envidia!

En el fondo, aun peor que esa forma oculta de agenciarse más comida era una completamente legal, aprobada por la administración, incluso fomentada por ésta. A aquellos reclusos que aún disponían de parientes dispuestos en el exterior les estaba permitido recibir paquetes con provisiones, tan a menudo y en las cantidades que ellos quisieran. Hay que pensar que casi cada enfermo tenía un pariente de este tipo en el exterior, que por lo menos le habría enviado de vez en cuando un pan, pues incluso el pan seco era una mercancía muy ansiada en esa casa. Sin embargo, eso no pasaba. Aparte de que muchos de los reclusos no sabían ni leer ni escribir (en esta horrible casa se reunía el último desecho de la humanidad) o eran demasiado estúpidos y obtusos para hacerlo, los parientes no querían saber nada de la mayoría de ellos. Ya les habían procurado suficientes preocupaciones y deshonra mientras permanecieron fuera, y ahora llevaban cinco o diez o incluso veinte años en esta casa; para los de fuera estaban ya terminados y olvidados, para los de fuera estaban muertos, muertos y enterrados. No, eran muy pocos los que recibían estos paquetes; de los cincuenta y seis hombres que residían en mi galería, quizá sólo cinco o seis. Aunque éstos se sentaban a comer con nosotros imponentes y bien alimentados, junto a las fuentes llenas de sopa aguada, ellos tenían a su lado rebanadas de pan bien untadas con salchicha y queso, que nosotros nunca pudimos probar; sí, yo incluso lo he vivido, que un gordo campesino, al que habían encerrado con nosotros porque siempre estaba en permanente litigio, se tragaba tranquilamente un pato asado en nuestra compañía, mientras roía hueso a hueso. Chorreaba grasa y nosotros estábamos allí al lado, nuestros ojos se hacían cada vez más grandes, la boca se nos hacía agua y al final la saliva nos goteaba, nuestras manos temblaban y nuestros corazones rebosaban únicamente de codicia y envidia.

Nunca he entendido por qué se permite algo así. Si por lo menos hubieran dejado que estos privilegiados consumieran sus comidas especiales en completa privacidad, pero no, ¡debían hacerlo frente a nuestras propias narices! Sin duda alguna en nuestra galería no existía ningún tipo de privacidad, en las celdas de esta casa llegaban a dormir seis u ocho hombres, no había ningún sitio al que uno pudiera retirarse, incluso los lavabos no contaban con un pestillo, siempre alguien abría la puerta cuando uno se acababa de sentar sobre la taza. Pero a raíz de todo ello, de la sensación eterna de hambre y del odio contra los ordenanzas ladrones y de la envidia de los que vivían a cuerpo de rey, nacían esas eternas irritaciones, disputas, peleas, castigos. No había ni un solo día de tranquilidad en el edificio, siempre ocurría algo. Uno ya no escuchaba cuando dos se insultaban de forma maleducada. Uno se iba de allí cuando se ponían los ojos morados y se hacían sangrar las narices. Uno mismo estaba contento cuando no lo arrastraban a la pelea. Uno debía prestar atención a cualquier palabra que decía, pues enseguida se interpretaba, enseguida se volvía en contra de quien la había pronunciado.

En lo que respecta a mí debo confesar que al principio no sólo veía con envidia a los devoradores de paquetes. Yo lo tenía muy fácil: sólo tenía que escribirle una carta a Magda y me convertiría en uno de esos poseedores de paquetes de comida. ¡No sería Magda la que dejaría pasar hambre al mismo hombre con el que se había casado! Durante una semana estuve luchando conmigo mismo, pero entonces venció el hambre y me decidí a escribir la carta. No tenía ni papel de carta ni un sobre y la institución apenas te daba nada; pero aparté una de mis rebanadas de pan y conseguí a cambio lo que necesitaba. Escribí la carta y una vez enviada esperé. Por las noches en la cama me imaginaba todo lo que podría contener el paquete; cuando pensaba en una rebanada de pan untada con generosidad con paté de hígado bien grasiento casi me mareaba de hambre y deleite. Había calculado el día más cercano en el que podía llegar el paquete; pero el día pasó y algunos más tras éste y el paquete seguía sin llegar. Entonces me enteré de que la carta debía pasar primero por la censura del médico jefe, después iba a la oficina de la administración para ser franqueada y que desde allí las cartas no se enviaban enseguida, sino sólo de vez en cuando, cuando se habían reunido suficientes.

—Se lo toman con mucha tranquilidad —decían los presos—. ¿Tú te crees que van a correr si quieres algo? ¡Primero se sentarán bien rectos sobre sus culos!

Así que yo seguí esperando y albergando esperanzas. Hasta que un día me dijo el supervisor, de paso:

—En el despacho hay una carta suya, Sommer. Me han dicho que no la pueden enviar, que usted no tiene dinero para pagar el franqueo.

—¿Cómo? —grité yo—. ¿Por doce céntimos de franqueo no van a enviar mi carta? ¡Y eso que desde la prisión preventiva le hice llegar de vuelta a mi mujer cuatro mil marcos!

—Pues debería haberse quedado usted unos cuantos marcos —dijo el supervisor con la intención de proseguir su camino.

—¡Pero señor supervisor! —dije yo—. Esto no puede ser. ¡Por doce céntimos! Pueden ustedes llamar a mi mujer y comprobar...

—¡Una llamada telefónica también cuesta doce céntimos, que usted no tiene, Sommer! —dijo el supervisor fríamente—. Tranquilícese usted, la carta ya saldrá el mes que viene, ¡cuando reciba usted su primer salario por trabajar aquí!

No tengo ni idea de si mi carta dirigida a Magda salió finalmente o no o si en el entretiempo se perdió por ahí. En todo caso, nunca recibí un paquete de comida, siempre me quedé entre los hambrientos, los ávidos envidiosos. Pues cuando recibí mi primer salario hacía ya tiempo que estaba decididamente desalentado para volver a escribirle a Magda. Estaba verdaderamente desesperado porque alguien tuviera buenas intenciones para conmigo.

 

40

 

Me he adelantado mucho a los acontecimientos. Aún estoy en el primer día de mi estancia en el psiquiátrico, me he comido las patatas después de haberlas pelado distinguidamente y estoy muerto de sueño por haber pasado la noche en vigilia. Me dirijo al supervisor y le ruego que me deje tumbarme una hora en mi cama, pues no he podido dormir en toda la noche.

—¡Está prohibido! —me dice severo el supervisor. Y después algo más suave—: Túmbese usted. Pero desvístase y métase en la cama como corresponde.

Así lo hago, y apenas tumbado se me cierran los ojos y resuena la odiada retumbante voz:

—¡Vas a salir ahora mismo de la cama, cerdo! Eso es lo que quieres, lobo solitario, no hacer nada y que los demás trabajemos para ti. ¡Andando, fuera de la madriguera!

Me había descubierto, el siempre despierto sabueso. Pero ahora yo también estoy furioso, mi odio me da fuerzas para protestar.

—¡Cierra ahora mismo el pico! —le grité airado—. ¿Te crees más importante que el supervisor? Me ha dado el permiso y tú, cerdo...

—¿Te lo ha permitido, realmente te lo ha permitido? —dice sonriendo rabioso y descubre sus colmillos coloridos—. ¡Bueno, debes de ser un personaje verdaderamente poderoso para que el supervisor haga una excepción como ésta contigo! No te lo tomes a mal, compañero, estoy aquí para mantener el orden en la galería, ¡si no, el supervisor se caga en mí!

Tras ello desaparece y yo vuelvo a tumbarme, muy contento, porque por una vez se la he dado bien dada.

Me quedo dormido, pero sólo por unos cuantos minutos, hasta que algo me despertó. Estoy seguro de que no fue un ruido lo que me despertó, sino más bien algo instintivo, algo que me hizo presentir un peligro: en esa casa desarrollaba el instinto de un animal salvaje acechado. Me coloco de lado y justo en ese momento veo el taburete que hay frente a mi cama, donde he dejado mi ropa. Parpadeo y veo algo blanco, que está cogiendo esa ropa. Vuelve a ser de nuevo Lexer, que con mucho cuidado, increíblemente silencioso, coge mi ropa pieza a pieza, registra los bolsillos, palpa las costuras... Mi primer impulso es saltar y tirarme encima de ese diablo, sobre ese pelmazo que nunca está tranquilo. Pero cambio de opinión y me quedo tranquilamente tumbado, observo su hacer. ¡Deja que busque! Sonrío. No llevo absolutamente nada en los bolsillos que pudiera atraerle. ¿Absolutamente nada? Me palpita el corazón y de nuevo quisiera abalanzarme sobre él y arrancarle la maquinilla de afeitar, que él acaba de encontrar, por muy bien que yo la haya envuelto en un viejo periódico. Me lanza una mirada. Cierro los ojos, duermo. Cuando parpadeo de nuevo veo cómo envuelve de nuevo la cuchilla en el periódico y la vuelve a meter en mi bolsillo. Después se va. Yo, sin embargo, he comprendido el peligro que me acecha, salto en un suspiro de la cama, busco la cuchilla y me voy corriendo con ella al lavabo. Tiro de la cadena y la cuchilla desaparece para siempre, esa valiosa cuchilla que debía abrirme el camino hacia la libertad, si todo lo demás fallaba. Un minuto más tarde vuelvo a estar tumbado en la cama. ¡No me he precipitado, ni mucho menos me he precipitado! Pues ya está aquí el supervisor junto a mi cama y me pone la mano sobre el hombro:

—¡Despierte usted, Sommer!

Me despierto y confío en que lo haya hecho bien, ni muy rápido ni muy lento.

—¡Póngase en pie, Sommer!

Lo hago y ahora estoy en camisa frente a él.

—Sommer, ¿no guardará usted algo prohibido en sus bolsillos?

—¡No, señor supervisor!

—¡Usted ya sabe que en esta casa está estrictamente prohibido todo lo que corta, como por ejemplo navajas, cuchillas de afeitar y también limas! ¿Verdad que lo sabe usted?

—Por supuesto, señor supervisor, así me lo comunicaron.

—¿Y no guarda usted nada prohibido en los bolsillos?

—No, señor supervisor.

Una pequeña pausa. Entonces:

—¡Sommer, se lo advierto por las buenas! Confiese y haré la vista gorda. ¡En caso contrario a partir de hoy mismo estará usted cuatro semanas bajo arresto!

—¡No tengo nada que confesar, señor supervisor!

—De acuerdo. Entonces vuelva usted todos sus bolsillos.

Lo hago empezando por la chaqueta, el bolsillo del pantalón en cuestión lo dejo para lo último.

—¡Desenvuelva usted el periódico, Sommer!

Lo hago tal como me dice. Nada, efectivamente nada. El supervisor se queda un momento pensativo, después coge mi ropa y la registra pieza tras pieza él mismo, pero de nuevo no encuentra nada.

—Vístase usted, Sommer.

Así lo hago.

—Bien, y ahora envíeme a Lexer aquí, usted se quedará hasta la hora libre en la sala de estar.

—¡Así lo haré, señor supervisor!

Les he hecho una hermosa faena; bajo la mirada del supervisor varios ordenanzas han revuelto y registrado la celda palmo a palmo. Alguna cosa han encontrado, pero no la cuchilla de afeitar. Al acabar insultan a Lexer, pues sospechaban que se trataba de una de sus bromas estúpidas y sin sentido. Pero como mínimo Lexer sabe que yo tenía una cuchilla de afeitar. Se la he jugado bien. Y curiosamente, aunque todos, empezando por el supervisor, se han metido con él, no está furioso conmigo. Yo se la he jugado y eso le ha impresionado. Desde entonces ya no buscó jugármela, aunque nunca pudo dejar de buscar camorra.

 

41

 

La tarde se hizo interminable. El único cambio minúsculo fue que para la «hora libre» nos dejaron salir afuera durante dos horas, desde las dos hasta las cuatro de la tarde. «Afuera» era un pequeño césped rodeado de los altos muros de la cárcel, quizá de cuatrocientos metros cuadrados, donde sólo había un único camino estrecho, con un ancho justo para dos personas, que cruzaba una de las calvas del césped. Hacía sol, era un bonito día de verano. Pero lo que el sol bañaba no era bonito. No me refiero ahora al entorno, los altos muros desnudos de color ladrillo o cubiertos de una capa de cemento de un color gris apagado, protegidos con alambre de espino, las rejas en las ventanas, los vidrios ahumados; todo esto por sí solo podría robar al más bonito y soleado día de verano todo su esplendor. El cielo azul no es para ti, preso, tan azul, el sol, preso, que calienta tu piel, no brilla para ti. Te falta la anchura del paisaje, sólo estás como invitado aquí bajo el cielo, el aire fresco y el sol, tienes los minutos contados, preso. Tu mundo es la casa sombría, tenebrosa y muerta, en la que nunca se oye una risa de alivio, al sol le serías extraño, preso.

Sin embargo, no me refiero a todo eso. Me refiero a los camaradas, a los compañeros de penas, ahora que han escapado de las tinieblas se apoyan contra una pared con sus harapos descoloridos, se ponen en cuclillas sobre un banco y se arrastran con sus zuecos de madera o descalzos por el camino de arena. ¡Cómo descubre sus rostros esta luz despiadada del sol, que sólo causan una impresión de recuerdos lejanos y hundidos, dolor y tristeza, una loca desesperación animal! Cierro los ojos y los veo de nuevo allí de pie, en cuclillas, arrastrándose, tal como los he visto cientos de veces y quizá aún los veré miles de veces.

Allí hay un hombre alargado y tembloroso, su cabello rapado y canoso está cubierto de sarna de cerdo, tal como se llaman en esta casa a los furúnculos, su rostro sin afeitar es duro y anguloso y sus ojos oscuros y hundidos están completamente faltos de luz. Continuamente este hombre de las tierras del Rin, que había trabajado como vendedor ambulante, farfulla para sí mismo:

—Un quintal para la Kanalstraße 20, medio quintal para Meier, Trifstraße 10, policía comercial, policía comercial...

Alza la voz, mira arriba hacia las ventanas ciegas enrejadas, esperando los pedidos:

—¡Planteles de patata, planteles de patata, compra mis planteles de patata para plantar!

No le llegan pedidos, sacude desesperado su asquerosa cabeza y empieza de nuevo:

—Un quintal para la Kanalstraße 20, medio quintal...

Si uno le pregunta, sin embargo, qué hora es, él mira dónde está situado el sol y te la dice muy sensato y correcto, aunque una vez te ha dado la hora inicia de nuevo su letanía:

—¡Planteles de patata, planteles de patata, compra mis planteles de patata para plantar!

¡Cómo resuena aún en mis oídos!

Y después está el otro, al que ya he mencionado de pasada, el esquizofrénico que oye voces, cuya pobre y triste cabeza el hijo de perra de Lexer arreaba despiadadamente contra las rejas de hierro; se arrastra en sus zapatillas, a las que les falta toda la parte posterior, de arriba abajo, de arriba abajo. Sin embargo, de repente se para, alza un brazo, amenaza contra el cielo, los muros y las rejas, aunque no ve ni el cielo ni los muros ni las rejas, ve a un enemigo invisible, al que insulta de la forma más maleducada. Es el único sajón entre nosotros y los improperios que suelta los pronuncia con un dialecto sajón tan auténtico que aquellos que aún tienen una chispa de entendimiento sonríen. Aunque en realidad no hay nada de lo que reír cuando este hijo extraviado de buena casa insulta a su enemigo invisible porque le impide explicárselo todo incluso a sus propios padres. ¿Por qué se inmiscuye siempre, qué quiere decir eso de «siempre la misma canción»? ¿No puede el hijo explicárselo todo mucho mejor a sus padres?

¿Ya he dicho, o quizá ya se ha entendido si es que no lo he mencionado, que en esta oscura casa sólo ingresan enfermos que en su momento cometieron un crimen? Aquí hay asesinos, ladrones, delincuentes sexuales, falsificadores de documentos, dementes religiosos. La mayoría de ellos cumplió primero una condena larga o corta antes de ingresar aquí. Creyeron que tras cumplir la condena recuperarían la libertad y entonces los llevaron hasta este sanatorio con carácter de penitenciaría, tal como dice tan bien nuestro supervisor. Tenían mermada su capacidad de responsabilidad, les faltaba la inhibición necesaria, suponían un peligro para la comunidad: las verjas del «sana»torio se cerraron tras ellos para siempre. El médico me lo explicó a mí mismo más tarde, de los cincuenta y seis hombres que había en mi galería ni seis tenían la perspectiva de volver a la vida en el exterior. ¡Y entre nosotros había jóvenes de veinte, diecisiete y dieciséis años que se iban a pasar toda la vida allí!

También este sajón esquizofrénico de buena casa cometió en alguna ocasión un crimen que lo separó de sus padres. Quizá sólo hizo el tonto, en todo caso fue un blando, pues debió darse prisa y explicárselo todo a sus padres. Pero para entonces ya lo habían apresado. Y los años transcurrieron, uno tras otro, muchos, y las rejas de hierro seguían entre él y sus padres, entre su culpa y la explicación que liberara su corazón. Él se lanzó contra ellos, le daba igual que un infame perro le pegara en el rostro hasta hacerlo sangrar, luchaba día a día con ese enemigo invisible para nosotros, siempre en vano y día tras día emprendía la lucha. También con él se podían intercambiar de vez en cuando unas palabras sensatas sobre las cosas básicas de la vida, qué tal había estado la sopa o dónde estaba la escobilla. Incluso llegaba a trabajar un poco; tal como ya he mencionado se encargaba de barrer la escalera. Dicho sea de paso, este sajón Lachs era quien más paquetes de manduca recibía de casa; por desgracia, ya no se daba cuenta de lo que comía, daba completamente igual lo que el supervisor le pusiera en las manos.

Un tercer hombre que hablaba mucho más era un enfermo delgado como un alambre, con un rostro afilado y una nariz aguileña y estrecha: parecía un árabe de piel blanca. Tenía la locura de haber sido una personalidad de alto rango político de un país vecino, que por su ausencia de reparos, sí, por sus intenciones asesinas, tenía mala reputación. Este enfermo siempre iba solo trazando círculos o se apoyaba contra la valla, que separaba nuestro pequeño césped del gran patio de la cárcel. Cuando se apoyaba daba la impresión de haber estado allí durante toda la vida; su ropa blanqueada y decolorada se fundía con la luz del sol y ya sólo se veía esa cabeza de árabe temeraria en su momento, que continuamente reía y hablaba, reía y hablaba. La mayor parte de lo que decía para sí astutamente, con una risa por lo bajo, sardónica, no es reproducible; se enredaba imaginándose largamente cómo les cortaba a sus enemigos, ya fueran mujeres u hombres, sus genitales, y que preparaba de las formas más diversas (que se imaginaba exactamente) para después comérselos. En ocasiones se enredaba en digresiones como ésta:

—Es lógico que primero haya que pasar la prueba en Landsberg an der Warthe si uno quiere convertirse en mariscal de campo en Inglaterra. De otra manera no puede ser. Uno lleva una bota de cuero roja en la derecha y una azul en la izquierda...

Se volvía y me miraba riéndose, divirtiéndose él mismo a lo grande. Y proseguía, enseguida estaba de nuevo preparado, mataba a todos los franceses con una ametralladora y en ese mismo instante hacía observaciones sobre las cochinadas desmesuradas de las vírgenes tungusias. Su cerebro estaba ocupado ininterrumpidamente en conciliar lo irreconciliable, en cierto modo iba ensartando cadenas, colocando una lata de betún junto a un ramo de plumas de avestruz. Con ese hombre no había manera de intercambiar una palabra sensata, no escuchaba nunca cuando uno le hablaba, sino que seguía hablando o callaba. Un preso compañero me contó que este «árabe», apellidado Schniemann, había sido antes mucho más sensato y capacitado para ejercitar un trabajo de verdad. Salía a trabajar a una fábrica en la ciudad junto con otros trabajadores externos. En una ocasión intentó fugarse, pero lo volvieron a atrapar. Como se defendió casi con una desesperación animal contra la nueva detención se produjo un violento alboroto a su alrededor; en la refriega alguien le pisó el brazo y se lo rompió. Cuando volvió del hospital estaba ya tan perturbado como ahora; ya no utilizaba el brazo, que se había recuperado mal, llevaba siempre la mano de ese brazo en el bolsillo. Eso también le confería a su triste figura una nota inolvidable y característica.

 

42

 

Estos tres personajes, de los que uno se cansaba rápidamente, pues nunca cambiaban, nunca decían nada nuevo, eran, sin embargo, los únicos que hablaban durante el tiempo libre; todos los demás, los veinte hombres, se quedaban mudos, se quedaban adormilados o daban vueltas por ahí sumidos en un oscuro silencio. Siempre me parecieron una masa gris, incolora, de la que no destacaba nada. Por su procedencia, edad y aspecto eran lo suficientemente distintos, yo conocía todos sus diferentes rostros, pero como nunca expresaban una opinión nunca supe por ellos algo personal, no intuía qué los alegraba y qué los preocupaba, como los veía siempre vegetar inmersos en un silencio huraño e indiferente, como no se observaba en ellos ningún «rasgo especial», los metía en el saco de los indolentes e indiferentes, de los que tampoco puedo decir nada.

Una excepción era la de un epiléptico, un hombre mayor, con el que ya durante los primeros días tuve una trifulca y que siempre ha sido mi enemigo, ya que era irritable en alto grado y tenía mala fama por ser un pendenciero sin escrúpulos, al que no le hubiera importado asesinar si lo consideraba necesario. Ya que yo no fui destinado a los trabajadores externos, no tenía que presentarme en el patio diez minutos antes de las siete, y aprovechaba el tiempo que restaba hasta el inicio de mi trabajo para lavarme por segunda vez y más a fondo en los lavabos. Muy pronto por la mañana, cuando en apenas veinte minutos tenían que lavarse en cinco lavabos cincuenta y seis presos, uno no podía ni soñar con limpiarse a conciencia. ¡Uno colocaba la cabeza bajo el agua que manaba del grifo, se limpiaba la manos y con eso se había terminado la limpieza del día! La mayoría de los presos ya tenía suficiente con esa limpieza frugal, el jabón sólo era secundario, y de cepillo de dientes sólo disponían dos o tres. Una vez cada dos meses conducían a toda la galería a unas duchas muy primitivas donde nos duchábamos con agua caliente, aunque había muchos que también sabían evitar muy astutamente esta limpieza más a fondo y tan poco frecuente.

En lo que se refiere a mí, no pude desprenderme tan rápidamente de los hábitos de cuarenta años de vida (más adelante ya me fue indiferente), pero como ya he dicho, después del desayuno me sometía a una segunda y más concienzuda limpieza, una vez la galería restaba más tranquila por la partida de los trabajadores externos. Por esos tiempos, el viejo epiléptico se ocupaba de barrer nuestra celda y cuando yo volvía de lavarme él aún estaba barriendo, pues hacía las cosas muy lentamente, aunque no estuvieran bien hechas. Él me miraba de reojo cuando yo me colocaba frente a la ventana y me arreglaba las uñas, aunque yo no le prestaba atención a ese espíritu mudo con escoba. Cuando yo ya estaba listo para acudir a mi trabajo, la mayoría de las veces él ya había desaparecido de la celda. Pero entonces ocurría que en las ocasiones en que yo abandonaba la celda con prisa y abría la puerta hacia fuera con bastante fuerza le daba en la cabeza al viejo, que barría en ese preciso instante. Me disculpaba vivaz y lamentándolo sinceramente; él se quejaba en tono fúnebre. Dos o tres días más tarde abrí de nuevo la puerta, esta vez con más cuidado, simplemente la abrí, ¡pero de nuevo le dio en la cabeza al que estaba barriendo justo allí! Se me vino encima una avalancha de insultos, entre los cuales «idiota» fue el más leve. No sirvieron de nada mis disculpas y aseveraciones de haber actuado con el mayor de los cuidados, apenas me libré de sus golpes. De esta manera incluso el más pacífico de todos se puede hacer enemigos. Ese epiléptico se convirtió para siempre en mi enemigo, aunque aplazara mi tiempo de limpieza para evitar cualquier otro enfrentamiento. Siempre estaba a mi acecho con miradas oscuras y recelosas, y sólo es gracias a mis precauciones extremadas que hasta la fecha no se haya producido un nuevo encontronazo. ¡Ya tengo suficiente con que me hayan dado un mordisco en la nariz!

 

43

 

Hubiera realizado mis paseos por el patio en completa soledad y sin mantener ningún tipo de conversación si durante esas dos horas de tiempo libre no dejaran pasear también a los pocos habitantes de las celdas de trabajo. Se trataba en este caso de presos a los que no podían enviar a las patrullas de trabajo externo, bien por su incompatibilidad o bien porque ya habían intentado fugarse y por ello día tras día estaban ocupados en sus propias celdas haciendo cepillos o esteras. Entre ellos escogía a mis compañeros y eran principalmente cuatro con los que alternaba los paseos.

El primero era un tal Kurmann, un pequeño hombre deforme y cojo, con un rostro inteligente y gafas. Aparentaba que era dueño de una imprenta en Berlín y sostenía que por motivos políticos lo habían ingresado, aunque estaba a punto de ser liberado. Siempre iba a ser al día siguiente o al siguiente de ése cuando lo liberaran, siempre su mujer estaba a punto de visitarlo, aunque nunca iba (aunque sí que le enviaba paquetes), y él mismo se pasea aún hoy cada día dos horas por el césped, aunque mañana seguro que lo dejan libre. Por lo demás, con él se podían intercambiar unas palabras juiciosas, concretamente cuando hablaba de su juventud y de su aprendizaje como impresor de libros. También era complaciente y estaba dispuesto a ceder, siempre compartía conmigo el periódico y en ocasiones me había regalado unos cuantos cigarrillos. Era especialmente codiciado por poseer una lente de aumento, que cuando hacía sol era ideal para encender los cigarrillos y las pipas. Pertenecía a las incoherencias de la dirección del centro el permitirnos fumar, pero estaba tajantemente prohibida la posesión de cerillas o encendedores. Oficialmente eran los centinelas los responsables de facilitarnos fuego; pero ya que la dirección del centro no les facilitaba cerillas, la mayoría de las veces estaban dispuestos de mala gana a comprar cerillas también para nosotros de su mísero sueldo. ¡Cuántas veces he visto a un grupo de seis u ocho hombres impacientes con sus pipas y cigarrillos alrededor del pequeño deforme de Kurmann! Aún es pronto por la mañana, el sol aún no luce con fuerza y minuto a minuto Kurmann está allí paciente y dirige el pequeño haz de rayos hacia la punta del cigarrillo, hasta que finalmente, finalmente se eleva un delgado y blanquiazul hilillo de humo y Kurmann dice:

—¡Rápido, Sommer, aspira, antes de que se apague!

O bien inclina la lente de aumento y dice:

—¡Aún debemos esperar un cuarto de hora, el sol aún no es lo suficientemente fuerte!

Entonces todos nosotros nos dispersamos muy decepcionados, ya que en un cuarto de hora debemos estar trabajando y en la hora del trabajo está terminantemente prohibido fumar.

Al principio, durante mis paseos, yo era aún inocente y me creía casi cada palabra que Kurmann me decía de forma familiar. Sabía muchas cosas del edificio, aunque sólo llevaba un año y medio aquí. Sin embargo, pronto aprendí que debía tomarme sus informaciones con cierta precaución y, finalmente, ya me creía apenas una palabra de lo que me decía al referirse a las novedades de la institución. Kurmann estaba convencido de que estaba rodeado de enemigos políticos, y sobre todo eran los comunistas quienes querían causarle problemas. Ante ello procedía muy primitivamente: si según su punto de vista alguien le había perjudicado, si por ejemplo el ordenanza le había dado el pan y éste parecía no tener el peso justo, entonces declaraba que era un comunista. Nuestro supervisor, al que no soportaba de ninguna manera, era «el cacique de los comunistas», que «cada domingo repartía seis cigarrillos extra a los presos simpatizantes con el comunismo». «¿No opina usted que es inaudito, Sommer?»

Debo añadir aquí que con los presos algo más amables me trataba estrictamente de «usted», por lo menos durante los primeros tiempos. Se me ponían los pelos de punta si debía hundirme en el repugnante puchero del igualitarismo. Yo era algo diferente de los demás enfermos, estaba completamente sano y contaba con todas las perspectivas de lograr la libertad muy pronto y esa pequeña palabra «usted» era como el último recuerdo de la vida burguesa, a la que yo tanto anhelaba retornar lo antes posible. También he observado que mis compañeros enfermos, también los más obtusos, reaccionaban con placer a este «usted». Les recordaba los tiempos en los que aún eran personas, en los que nadie les ordenaba cada paso que daban, nadie les daba de comer cada bocado y les enviaba muy pronto por la noche a ir a dormir como si fueran niños.

Mi segundo compañero en el patio era un alemán de las islas frisias de Hallig, que sin embargo odiaba fervientemente todo lo que era alemán y que hubiera preferido anexionar la región de Schleswig-Holstein a Dinamarca. No me gustaba hablar con él sobre ello, apenas podía oírle cuando describía a los alemanes como el pueblo más inferior sobre la Tierra y quería demostrar esa aseveración con sus vivencias del pasado. Esas experiencias tenía que agradecérselas a la circunstancia de que era un serio investigador de la Biblia, que no sólo se había complacido con una silenciosa investigación sino que casi ha llegado a pegar con sus puños los cuerpos y prendido la mecha de los graneros de los odiados sujetos que tenían otro credo. Kemp era ya una persona mayor que había sobrepasado los sesenta y se había pasado los últimos quince años de su vida en instituciones y cárceles. Seguía siendo un tipo grande e imponente con un rostro consistente y una mirada clara y de gran alcance, bajo unas cejas pobladas y casi blancas sobre una frente inusualmente fuerte. Al contrario de la mayoría de los enfermos, que sólo trabajaban por obligación, él era incansablemente laborioso. La tarea de tejer felpudos para la institución la cumplía silbando y durante el tiempo libre cosía además, incansable, unas colchas muy elegantes, que después enviaba a su mujer para que las vendiera. A cambio recibía de vez en cuando un paquete con víveres e hilo nuevo, generalmente más hilo que comestibles. Aunque nunca se quejaba por ello. Seguramente fuera tampoco tuvo una vida feliz. Nacido en una de las islas de Hallig, de joven trabajaba en una lancha pescando, aunque cuando se casó se mudó a Hamburgo, donde abrió un negocio de elaboración de velas para navegar, que nunca funcionó bien, seguramente porque su proselitismo destruía una y otra vez los frutos de su trabajo. En sus muchas horas de tedio navegaba por poco dinero los yates de ricos comerciantes hamburgueses, que se compraban estas embarcaciones sin saber manejarlas. Durante un cuarto de hora pensaba que me había escapado de ese estrecho y repugnante patio de la cárcel, cuando contaba con ardor y humor esas salvajes travesías a través de una tormenta por el Elba entre Schulau y Blankenese o, también, yo reía de buena gana cuando él contaba cómo le había enseñado al hijito consentido de un comerciante que un barquero, que lo conduce en su barco a través de la tormenta (mientras el hijito vomita el alma junto con jóvenes damiselas en el camarote) también es una persona, y que no es suficiente con hacerse cargo de los gastos. A pesar de todo, este Kemp era un personaje excepcional (incluyendo sus dos ocupaciones preferidas), aunque por lo demás se mantenía completamente aislado y los otros enfermos no se atrevían a importunarle o implicarse en sus disputas. Sí que alentaba un odio encendido contra la administración, especialmente contra el médico jefe que, según su punto de vista, le mantenía aquí retenido contra todo derecho; los informes que me exponía sobre las artimañas, las infracciones de la ley y los malos tratos de ese señor director a menudo sonaban muy verosímiles, aunque nunca eran correctos. A nuestro supervisor lo llamaba «el pillín y asesino en serie».

No le faltaba razón en el hecho de que con frecuencia muchos de los enfermos morían; sin embargo, y dejando completamente de lado las pocas ganas de vivir de esos seres insensibles, seguro que no era responsabilidad del supervisor, sino de todo el sistema con su avaricia, desnutrición y falta de limpieza. Uno de cada dos hombres entre nosotros estaba cubierto de «sarna de cerdo», sufría de forunculosis; yo también me vi afectado a las pocas semanas de mi llegada. El cuerpo ya no contaba con la más mínima fuerza de resistencia y caía enseguida ante cualquier germen patógeno, la tuberculosis se propagaba y se ganaba cada vez nuevas víctimas. Por cierto, a los tuberculosos se les llamaba «los piadores», por su respiración silbante. Algunos sentimientos no se malgastaban en un enfermo o un moribundo y es verdad que nuestro supervisor era un hombre duro, que no conocía los sentimentalismos. La mayoría de los enfermos le parecían seres inútiles, que no servían para nada más. Era mejor que desaparecieran de la faz de la tierra. Y desgraciadamente tampoco le faltaba razón.

El tercero de mis compañeros de paseo era un pequeño y robusto hombre de poco más de sesenta años, de apellido Zeise. Era un hombre oscuro y, según sus propias indicaciones, se había pasado más de la mitad de su vida en cárceles, prisiones y psiquiátricos. Era un ladrón incorregible, pero uno de los pequeños, que sólo se llevaba botines de escaso valor. Era de la opinión que su afición a robar estaba completamente justificada, pues siempre le habían tomado el pelo en la vida a la hora de repartirse el pastel y se sentía con derecho a coger su parte él mismo. Todas las demás personas eran ladrones mucho peores y, antes que nadie los guardianes y enfermeros del edificio, estaban «demasiado pringados». Sabía exactamente qué se quedaba de nuestra comida el centinela para sí, qué robaba el enfermero en la fábrica donde trabajaban los enfermos. Y no es que sólo lo supiera, sino que además continuamente escribía denuncias a la fiscalía, que sabía sacar fuera del edificio de contrabando de una forma estrictamente secreta salvando la censura. Antes, en la mayoría de los casos, le suponía una pena de cárcel adicional por difamación probada e injurias contra un funcionario. Pero incluso la fiscalía se había cansado y desde hacía años ya no reaccionaba a sus denuncias: era como si nunca las hubiera escrito. Sin embargo, aumentaba aún más su furia, le demostraba que «los colegas compartían todos el mismo techo». Cuando caminábamos juntos —él siempre con una pipa completamente negra y gastada en la boca, en la que fumaba un tabaco alemán de picadura, que trocaba por el tabaco bueno que compraba a la dirección de la institución con el salario que recibía a cambio de trabajar (¡cuatro céntimos al día!)—, cuando Zeise andaba junto a mí apestando tan poderosamente, en realidad nosotros no conversábamos mucho, a no ser que él estuviera inmerso en uno de sus discursos de odio. Este hombre no tenía nada que contar, nada de su vida anterior, nada de las personas que le gustaron en su momento, nada de sus robos, nada de sus frecuentes y en ocasiones exitosos intentos de fuga que ahora le habían conducido para el resto de sus días a habitar una celda de castigo. No, la mayoría de las veces caminábamos en silencio, intercambiábamos algunas palabras sobre la insuficiente comida de cerdos que nos daban y callábamos de nuevo. Y a pesar de todo me gusta caminar con ese hombre oscuro y amargado. Seguramente, porque yo sentía que esa diminuta porción de sentimiento, de la que casi ninguna persona puede prescindir, iba dirigida a mí, a su manera fúnebre, claro está. ¡Incluso me llegaba a ofrecer de su propio tabaco, cuando siempre tenía el justo, un fumador compulsivo como él! Los domingos a veces jugábamos al ajedrez. También jugando buscaba pelea y era egotista, siempre quería corregir una mala jugada, pero no permitía que yo corrigiera un movimiento si ya había tocado la figura. A menudo desbarataba de un manotazo en un ataque de ira repentina las figuras del tablero, mirándome oscuro y soltando improperios. Entonces se cargaba una nueva pipa, volvía a colocar las figuras e iniciaba con calma una nueva partida como si no hubiera pasado nada.

Si estos tres camaradas de paseo ya disfrutaban del peor de los prestigios entre la dirección, mi cuarto socio, el zapatero Back, hizo que mi reputación cayera por los suelos. Arriba decían: por aquellos que frecuentas nosotros sabremos quién eres, y el terrible juicio que pronto todos, desde el agente hasta el médico jefe, dictaron sobre mí, sólo debo agradecérselo a la torpeza en la elección de mis compañeros. En mi descargo sólo puedo alegar que estos cuatro eran los únicos de mi galería con los que se podía conversar de verdad de vez en cuando. Si hubiera prescindido de ellos me hubiera pasado todo el santo día sin intercambiar una sola palabra con nadie y eso era mucho más de lo que se me podía pedir. Nunca en mi vida he podido estar solo, si incluso en las más acogedoras circunstancias en el exterior yo estaba intranquilo cuando Magda estaba de viaje, aunque sólo fuera por dos días, ¿cómo habría podido llevar mi dura existencia siempre completamente solo bajo esas condiciones de vida absolutamente diferentes y difíciles? Ya me lo advirtieron, lo admito, pero ninguna advertencia me podía frenar frente a algo que consideraba esencial para vivir. Hoy en día en toda la institución me consideran como un «enemigo de la administración» y me tratan en consecuencia, aunque nunca haya hecho nada en contra de esta administración. Naturalmente que no les tengo mucho afecto se desprende de lo que he escrito y de lo que aún me queda por escribir.

Ni yo mismo sé qué fue lo que hizo que me acercara al zapatero Buck. Era una persona inculta, vanidosa y repugnante, un intrigante cobarde, todos lo odiaban. Pero también todos, incluidos mis otros tres acompañantes de paseo, comprendían su odio contra la administración. Aunque nunca intercambiaban una palabra con él. El zapatero Buck —fuera había trabajado como zapatero y también lo hacía en la cárcel— me aseguraba una y otra vez que él actuaba de forma completamente neutral, no tenía tratos con nadie, no se involucraba en nada. Pero a pesar de todas estas aseveraciones siempre estaba implicado en peleas con los otros enfermos, se insultaban coléricos y solían acabar en riñas, en las que siempre se llevaba la peor parte, pues a pesar de ser fuerte era cobarde y no se atrevía a devolver los golpes. Siempre estaba difamando a los demás. Si veía a alguien comerse un trozo de pan fuera de la hora ya afirmaba que lo había robado y cinco minutos más tarde ya sabía a quién y se chivaba enseguida al supervisor. En toda visita del médico hacía guardia frente a la puerta de la sala de consulta, pero no porque le doliera algo, sino para quejarse. Sin embargo, muy pocas veces se sometía a ella. He paseado algunas horas junto a este hombre malo de verdad y he escuchado sus historias llenas de veneno con las que difamaba a cada uno de sus compañeros presos. Con una profunda alegría malsana describía la vileza de los demás y sus chascos. Parecía conocer todos los detalles de sus vidas anteriores y observaba con verdadero placer los cambios que se producían en la persona y en el ser de un delincuente sexual que se había dejado emascular voluntariamente, con la esperanza de evitar quedar bajo la custodia de la institución psiquiátrica (una esperanza que no se vio cumplida). Él mismo era incapaz de decir algo inconveniente sobre sí mismo. Había heredado de su padre un floreciente negocio de zapatería que se arruinó porque la gente era muy pérfida. Se había casado y separado, porque su mujer también había sido «una de ésas». Había vuelto locos a amigos y parientes y nadie contestaba ya a sus cartas, pues nadie quiere saber ya nada de un hombre que está internado en un psiquiátrico. Y naturalmente era inocente, pues cuando hablaba de puntillas de sus crímenes, murmuraba cosas como «falta de trabajo» y «la necesidad no conoce normas». Sin embargo, cuando más divertido era este hombre absolutamente malo era cuando hablaba de sus propias experiencias en los psiquiátricos y de sus médicos. Entre otras estancias había pasado dos años en una clínica universitaria y había sido expuesto cuatro veces, una vez cada semestre, a los alumnos del catedrático. Aún puedo oír la autocomplacencia en la voz de ese idiota cuando repetía las supuestas palabras del profesor:

—¿Cómo juzgarían ustedes a este hombre, señores? Sí, sabemos que este hombre tiene unos conocimientos y que sabe comportarse. Causa buena impresión a las mujeres; brevemente, es un hombre de sociedad...

¡Y el profesor se supone que había dicho todo esto de este zapatero remendón, que nunca se había bajado de su banqueta de zapatero, que apenas sabía hablar un alemán civilizado, que prácticamente se expresaba en su dialecto frisio! Por supuesto que cada palabra era mentira, el profesor podría haber dicho esas palabras, pero no sobre el zapatero Buck, sino sobre otro enfermo que hubiera presentado durante la misma lección.

O Buck me contaba cómo «nuestro» médico jefe había presentado, contra todo derecho, un informe pericial sobre él (también Buck decía como era costumbre en la casa: «Se ha descolgado con un informe pericial sobre mí»). Sin conocer al paciente ni de cerca.

—Entonces lo habrá hecho a partir del expediente anterior —objetaba yo.

—¡Qué va! —me contestaba Buck escandalizado—. ¡Ya le digo yo que él no sabe nada sobre mí, hasta la última letra de todo el informe se la ha sacado de la manga!

Y entonces se pasaba dos horas hablando interminable y prolijamente sobre cómo el médico jefe había estado de pasada en la celda del preso en observación Buck, gracias al secretario del juzgado y de un abogado taimado y de toda esta historia finalmente resultaba sin rodeos que el médico jefe había estado tres o cuatro veces en la celda del zapatero Buck y que «se había descolgado con un informe pericial» muy completo. Yo me cuidaba muy bien de llamarle la atención al zapatero Buck sobre esa pequeña diferencia entre el principio y el final de su historia, ya que en lo que se refería al amor por la verdad era, como todos los mentirosos, muy susceptible y no quería que ese hombre tan peligroso se convirtiera en mi enemigo. Prefería escucharle cómo me contaba la disputa que había mantenido con el traidor del asistente judicial, al que había retirado su confianza y cómo luego éste se empezó a quejar:

—¿Y quién me va a devolver mis setenta y cinco marcos? Yo he escrito esa importante carta para usted...

—¿Por esta carta me pide usted setenta y cinco marcos? —le respondí yo—. ¿Sabe usted lo que pienso de esta carta? Pues que no son más que tonterías estúpidas. ¡Por esto nunca pagaría setenta y cinco marcos!

Y así proseguía el informe del zapatero Buck, describiendo la pelea, hasta que el abogado, destrozado, no sólo renunciaba a sus setenta y cinco marcos, sino que —para mi sorpresa— defendía al zapatero en su causa, naturalmente de nuevo como un idiota.

—Aunque —como indicaba Buck—, de entre los abogados ninguno es mejor que el otro. ¡Está claro que lo único que quieren es sacarnos el dinero!

Esta falta de consecuencia es típica de los presos que llevan mucho tiempo encerrados, acaban de pelearse y ya son los mejores amigos. Ahora veo al zapatero frente a la puerta del, por otra parte, tan odiado supervisor, decidido a denunciar a un ordenanza porque al repartir el café le ha servido demasiado poco y cómo el mismo Buck cierra un trueque con el mismo ordenanza: una pequeña pipa de tabaco por una rebanada de pan y todo el rollo que le suelta. Si ya en el exterior en el trato humano nada es para siempre, aquí en el edificio no han pasado ni cinco minutos y uno no puede contar con algo firme. Las relaciones cambian constantemente y sólo esto permanece: la envidia y el odio contra todos, la enemistad animal de todos contra todos. En el búnker no existe la fidelidad, ni la amistad, ni el decoro más básico. «¡Devora o te devorarán, Sommer!» Me ha costado aprender esta frase. Hasta la fecha no la he aprendido correctamente. No creo que la aprenda nunca, no por decencia, sino porque soy una persona débil.

 

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Antes de que retorne finalmente a mis propias vivencias tengo que dedicarle espacio a un hombre, un personaje ambiguo, que estuvo con nosotros durante pocos días en la primera época de mi estancia aquí, y que después desapareció para siempre, una señal del gran y para mí tan extraño mundo. Ya el primer día oí en boca de un preso que éste ya llevaba ocho semanas de estricto arresto por una pelea, a base de agua y pan racionado y bajo unas duras condiciones. Cuando imaginaba —me recorría un escalofrío cuando pensaba en la, según mi parecer, inaguantable duración del arresto en aislamiento— cómo sería ese hombre, yo veía un tipo como Liesmann, de unos treinta años, un tipo con un rostro brutal y afilado, que llevaba un parche negro en un ojo y que vivía en la galería mudo y oscuro. Todo el mundo se apartaba de su camino, incluso los más peleones no se atrevían a meterse con Liesmann, pues era conocido por liarse a golpes y no parar hasta que el otro estuviera completamente acabado a la mínima que le insinuaran una palabra ofensiva.

Y entonces apareció en nuestra galería ese hombre, Hans Hagen, un hombre guapo y exuberante, aún joven a sus treinta años, con la figura entrenada de un deportista, el cabello negrísimo, un poco ondulado y peinado hacia atrás y un rostro del color del marfil, con unas líneas limpias tan clásicas y una belleza tan sorprendente que espontáneamente —sobre todo en esta casa de monstruos— uno se moría de admiración. Había recibido del supervisor un traje completamente nuevo en lugar de los harapos que debían utilizar los demás y vestía el pantalón marrón de pana y la chaqueta del color del junco con tal elegancia como si el mejor de los sastres le hubiera hecho el traje a medida. Todos sus movimientos eran rápidos, precisos, bonitos. Su manera de hablar, con sus ojos oscuros resplandeciendo, transmitiendo a la palabra más insignificante encanto y gentileza, en ese ambiente miserable era simplemente encantador. ¿Cómo ha llegado este joven dios a un infierno como éste?, me preguntaba yo. Y en voz alta:

—¿Una aparición?

—No —me respondían—. ¡Éste es el preso que por culpa de una pelea se ha pasado ocho semanas en arresto!

No me lo podía creer, tampoco quería. Más tarde me iba a pasear a veces durante unos pocos minutos al pasillo de la galería o al césped con Hans Hagen y escuchaba su charla con un entusiasmo renovado, ya me contara sus travesuras de juventud en Rochester —se educó durante años en Inglaterra— o me hablara de sus audaces travesías en barco hasta Cabo Norte. Por lo que me contó, esta pasión por navegar terminó con él, cada vez se compraba yates más grandes y lujosos y parece ser que en la compra del último cometió un fraude con el seguro, lo que le llevó a tener problemas con la ley e ir a parar primero a la cárcel y después a esta triste casa. Como ya he dicho, ésta es la versión que él me contó por encima y sin entrar en detalles. Tal como me enteré más tarde, con otros presos había sido más sincero y honesto. Era uno de los tres hijos de un comerciante de Rostock, dueño de una tienda de deportes excelente, un hombre acaudalado, que podía ofrecerles a sus hijos una buena educación. Sin embargo, con el más pequeño, justamente Hans, no había manera de que la historia terminara bien. Ya en sus tiempos de estudiante de bachillerato algunos sucesos en la ciudad hicieron necesario que saliera rápidamente de Alemania y viajara hasta Inglaterra. Allí parece que tampoco llevó una vida seria y dedicada al trabajo; me habló de sus salidas nocturnas desde Rochester a las afueras de Londres y, si estaba de buen humor, Hans Hagen me canturreaba con su bonita voz de tenor pequeñas canciones de negros que había aprendido allí en los bares y en las salas de baile. Naturalmente en inglés, aunque yo encontraba muy bonito cómo se esmeraba por entretenerme y animarme. Cuando finalmente pudo volver a Rostock oficialmente se dedicó a estudiar medicina, aunque en realidad descubrió su pasión por el mar y el navegar. Se compró su primer yate y dudo que fuera su padre quien financiara esa compra. Tampoco un negocio de artículos de deporte que funciona bien puede producir treinta mil marcos para un solo hijo, ya que el yate era simplemente el medio que justificaba el fin: Hans Hagen quería darse la buena vida en este yate, hacer largos y costosos viajes con sus amigas, salir cada noche de su puerto natal y no mirar nunca el dinero. Es entonces cuando descubrió qué fácil es para un hombre atractivo hacer negocios en la buena sociedad, aunque no disponga ni de un céntimo de capital. Se dedicó a hacer de corredor de fincas, procurar letras de cambio, hacía de intermediario en la venta de automóviles, cerraba seguros de vida y conseguía comisiones de aquí y de allá. Su cabeza brillante, inventiva y rápida como un rayo le permitía conseguir buenos negocios en cada ocasión y cerrarlos rápidamente. Sin pensarlo utilizaba su poder sobre las mujeres, tampoco hubo pocos hombres que no se pudieran resistir a su encanto. Sin embargo, a medida que aumentaban los abundantes ingresos también lo hacían sus necesidades y éstas siempre iban un paso por delante, así que nunca tenía fondos. Aunque sólo le quedaba una salida: y es que quería proseguir a cualquier precio con esta vida de placer, la única posible para él, y cada vez tuvo menos reparos a la hora de elegir los medios que podían proporcionarle dinero: se dedicó a robar coches en la calle, incluso se atrevía a meter la mano en los bolsos de las señoras que bailaban con él. Resumiendo, se convirtió en un estafador y un ladrón. El asunto no podía salir bien durante mucho tiempo. Un primer caso fue archivado, teniendo en cuenta que se trataba del hijo de un hombre reputado, el segundo le llevó a la cárcel y desde la cárcel a esta triste casa, en la que ya llevaba viviendo seis años.

 

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¡Seis años, no podía dar crédito a lo que acababa de oír! ¡Este joven vivía desde hacía seis largos años en este desolado ambiente y había logrado conservar toda la energía y el encanto de la juventud! ¡Ni la tristeza desesperanzada ni la malvada envidia habían conseguido influir sobre él! ¡Era como un invitado de paso, que acabara de llegar, a punto ya de marcharse, toda la magia del exuberante mundo a su alrededor! ¡Qué fuerzas debían hacer efecto sobre este Hans Hagen, qué energías indestructibles, para que un hombre tras estos seis años, tras seis semanas de un duro arresto, no hubiera perdido nada de su fuerza y aún llevara consigo el fulgor del gran mundo! Para mí suponía un misterio, pues tras unos cuantos días aquí yo ya estaba completamente agotado y deprimido. Más tarde reflexioné largamente sobre Hans Hagen y creo que he dado con los motivos que le permitieron seguir siendo tan fuerte.

En primer lugar nada le afectaba profundamente, así que nada podía herirle profundamente. Así vivía sobre la superficie, su brillante talento le atraía de un sitio a otro, siempre actuaba, pero no hacía nada. Lo sabía todo, también aquí en el edificio, a los centinelas les cortaba el pelo «a la moda», les cortaba el pelo de una manera desacostumbradamente atrevida, elegante, sabía levantar una pared mejor que un albañil, impartía clases de estenografía, inglés, francés, ruso, trabajaba duro en la fábrica, hacía de carpintero e incluso había dado de comer a los cerdos; lo sabía todo, pero lo sabía todo de una manera despreocupada y brillante, era la inconstancia personificada, no duraba mucho. Aunque la razón principal de su invariabilidad, de su juventud invencible era que aquí, en la casa de los muertos, en el fondo su vida apenas se diferenciaba de la del exterior. Cierto que el entorno era diferente, pero Hans Hagen no había cambiado. Si fuera había cautivado a las mujeres, aquí lo hacía con los hombres enfermos. Tampoco descuidaba al más apático, no descansaba hasta que un fulgor de su encanto le había tocado. Era simplemente ridículo cómo todos renacían cuando él les hablaba. Aún los veo juntos: el gordo campesino Reddemin de Macklenburgo, que habían internado en esta casa por estar siempre en litigio, y receptor de innumerables paquetes de comida, y Hans Hagen, que en un instante de irreflexión se había descrito a sí mismo como el «joven tanguista». No se podía pensar en algo más antitético que ellos dos. Parecía no haber ningún puente extendido entre ellos dos: el simple sibarita y el campesino perseverante, viejo, de casi setenta años con su cabeza de toro, al que su incansable insistencia en un hipotético derecho le había conducido a esos muros. Y a pesar de ello, el viejo y generalmente sombrío hombre estaba radiante porque el sibarita hablaba con él; sus ojos brillaban, reía por todo lo alto, le palmeaba al otro el hombro de manera amistosa y encantada. Hans Hagen era el auténtico rey de esta casa y la administración también lo sabía. Los enfermos hacían a ciegas lo que él les aconsejaba. No sólo les escribía sus solicitudes e instancias, sino que les daba esperanzas sobre su puesta en libertad o los consolaba, les daba su opinión no sólo como «antiguo médico» sobre sus furúnculos y sus heridas producidas por el trabajo y les indicaba qué vendajes y medicamentos debían pedir al médico, no sólo invertía su tiempo en asesorar jurídicamente como el abogado más ingenioso, no, sino que además urdía pequeñas y cuidadosas conspiraciones contra la codicia de los ordenanzas, la tiranía de los superiores y la sucia avaricia de la administración. Tenía sus manos puestas en todos los asuntos y esas manos inteligentes y nervudas podían ser muy exitosas; Hans Hagen, este rey de los muertos en la casa de los muertos, conseguía que la administración hiciera muchas cosas.

Y como un rey, e igual que hacía en el exterior, recolectaba sus tributos. Exactamente igual como en el exterior cautivaba a muchachas y mujeres y aceptaba sin pensarlo cualquier regalo, así también lo hacía aquí. Nunca vi que Hans Hagen pidiera algo, que rogara. No le hacía falta, sus seguidores procuraban que no le faltara nada. Un centinela me contó que durante el tiempo que Hans Hagen estuvo en la celda de arresto, se produjo un continuo vaivén, estaban allí acechando cada instante en que se despistaba la guardia para pasarle cosas disimuladamente. Continuamente se le susurraba a la mirilla, cuyo cristal se había roto, para hacerle llegar la mercancía más preciada en la institución, las cerillas. Si otro camarada se encontraba bajo arresto, éste caía en el olvido, nadie pensaba más en él. Su nueva aparición se tomaba con la misma indiferencia que su desaparición. No era el caso de Hans Hagen. Yo mismo he visto, una y otra vez, cómo lo recibían los más pobres entre los pobres, que sufrían los retortijones del hambre en los intestinos. Un trabajador externo le llevó un pepino, otro una bolsa llena de patatas, por aquí un trozo de pan, una cebolla, un par de ramitas de perejil, zanahorias, manzanas tocadas, sal, un puñado lleno de colillas. Y en este edificio todos éstos son grandes objetos de valor conseguidos con dificultad; a nadie le sobra para poder regalar, todos se sacrifican dentro de su gran necesidad. Y Hans Hagen lo cogía todo, todo. Sonreía, daba las gracias, hacía una broma. Era capaz de agradecer con tanto encanto. Y entonces daba la espalda y ya se había olvidado del donador.

En ocasiones, Hans Hagen me cedió algo que le sobraba, de la misma forma rápida y espontánea propia de él. Yo estaba sentado afligido frente a mi sopa aguada y Hans Hagen dijo:

—¡Aquí tiene, Sommer, cójalo!

Y de la mesa de al lado me llegó volando un trozo de pan y el reía de todo corazón si yo era torpe al atraparlo; él ya había olvidado completamente que con su risa él me regalaba algo muy valioso, por lo que le tenía que estar agradecido. Así era él; sin recuerdo. Así lo veo yo: sin pasado y sin futuro, viviendo únicamente el día a día, abandonado al transcurrir del día, viviendo al minuto. A mí, sin embargo, me preocupaba que yo dejara que me regalara cosas, que soportara su compañía y su amable charla sin mostrar de alguna manera mi profundo agradecimiento. ¿Y quién era yo? ¡Un pequeño y mediocre comerciante descarriado! Sí, sólo necesité tres días para convertirme en uno de los admiradores más leales de Hans Hagen. No el más ciego de ellos, pues adivinaba sus intenciones lo suficientemente rápido. Yo dormía mal, y de noche disponía de muchas horas para reflexionar sobre Hans Hagen, pues ya estaba cansado de cavilar siempre sólo sobre Magda y mi triste destino. Sí, me rompí la cabeza para ver cómo se lo podía agradecer, pero yo no tenía nada, absolutamente nada. Era el más pobre de todos en el edificio. Así quedé para siempre en deuda con Hans Hagen.

 

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Pertenecía a las incoherencias de nuestra administración que con este grupo de cincuenta y seis decrépitos, brutales y criminales hombres también compartieran su vida dos jovencitos, uno de diecisiete y otro de dieciocho años. Uno podía pensar que esta casa, en cuyas paredes repercutían continuamente obscenidades, improperios y peleas, cuya atmósfera estaba bañada de odio e infamia, no era el lugar más idóneo para educar a una juventud a la que aún le quedaba toda la vida por delante. Pero se encontraban entre nosotros y no de forma pasajera, sino por mucho tiempo, compartían nuestro dormitorio, nuestra mesa y nuestro trabajo. No dudo que compartían nuestra manera de pensar y de sentir y si algo les diferenciaba de nosotros los adultos era que su maldad era una cara de su fulgor, aunque más interesada y afinada que la nuestra. Ambos eran jóvenes y guapos; uno, de apellido Kolzer, se aparta completamente sobre lo que he contado del extravagante estilo de vida de Hans Hagen, quizá hable de él más adelante en otro contexto. El otro, de dieciocho años, de apellido Schmeidler, pertenecía al más estrecho círculo de Hans Hagen. También pertenecía a este estrecho círculo Liesmann, al que ya había mencionado antes, ese pendenciero sombrío y lacónico con un parche de cuero negro en el ojo derecho; además de un personaje alto, extraño, algo donquijotesco, de veintinueve años de edad, un medio polaco, de apellido Brachowiak. Ellos tres, y a diferencia de Hans Hagen, tenían en común que desde los seis años habían estado internados en instituciones públicas. Los habían internado en un orfanato y en centros de asistencia social, habían tenido que ir a la cárcel y habían aterrizado finalmente en esta casa. A pesar de que siempre se habían rebelado contra esta presión social y gruñían sobre ello, se sentían más que bien viviendo en este tipo de instituciones, su atmósfera envenenada suponía para ellos el aliento de la vida. Todos ellos habían sido puestos en libertad en repetidas ocasiones a modo de prueba y los tres no habían sabido salir airosos: tras cuatro, seis semanas ya habían vuelto a sus seguras casas, generalmente primero a la cárcel, pues fuera rechazaban todo trabajo y sólo querían vivir del robo.

Con un asombro inaudito escuché primero que Liesmann, al que veía siempre en la radiante cercanía de Hagen, que era su amigo más íntimo, con el que lo compartía todo, era aquel con quien el rey Hagen se había peleado tan salvajemente, lo que le había supuesto ocho semanas de riguroso arresto. Pero tuve que creérmelo, pues lo oí en boca del mismo supervisor, que aparte de sus pequeñas peleas, Hagen ya se había pegado tres veces «con éxito» con Liesmann: en una ocasión le había dislocado la mandíbula, en otra ocasión le había perforado la mano y, en la última ocasión, le había malherido de tal forma el ojo que a raíz de ello Liesmann casi perdió la vista. Sí, debía creerlo, pues el mismo Hagen fue quien en una ocasión levantó el parche negro del ojo de Liesmann, me mostró el ojo fijo y oscuro y dijo:

—Ahí es donde le he soltado una al muy majadero. ¿Ya puedes volver a ver un poco, majadero?

Sonaba como si estuviera tiernamente preocupado.

—Bueno, como si hubiera estado mirando demasiado rato el sol... —contestaba Liesmann pacífico.

Sí, eran los mejores amigos, cuidaban el uno del otro. Liesmann se puso en marcha y consiguió tabaco, extorsionaba a los más débiles sin consideración, les pegaba y entonces ellos dos se repartían el botín. Cuidaban el uno del otro, y de repente se pegaban, no se pegaban un poco, sino que se peleaban a vida o muerte, convencidos de que «éste tiene que diñarla», incitados por unos celos coléricos. Pues ahí estaba ese pequeño y guapo joven de dieciocho años, Schmeidler, ese chapero, que en general ambos compartían pacíficamente. Pero en cuanto favorecía un poco a Georg o a Otsche Schmeidler, entonces se encendía la mecha de la disputa. Todo era como allí afuera, como en la bonita libertad, no hubiera sido Hans Hagen sino se hubiera procurado también en esta casa de los muertos los deleites del amor, un amor depravado y oscuro, pero amor al fin y al cabo, con todas sus delicias y todos sus peligros. Este joven con el cabello rubio y ondulado, ojos azules, un perfil casi griego con una nariz bien perfilada y el mentón firme, se paseaba entre estos hombres, por las mañanas llamaba la atención en el baño con una camisa corta, sus delgados miembros blancos aún no estaban cubiertos por los furúnculos y ellos volvían las cabezas hacia él, en su mirada se adivinaba una luz, sus corazones latían más rápido, ¡en esa casa tan desolada ese día ya no era tan desolado! El amor, una flor sobre un montón de basura, perturbaba esta casa; otros hombres se deslizaban lascivos alrededor de este círculo y no se atrevían a acercarse, ya que temían la violencia cruda de Liesmann y los golpes astutos de jiu-jitsu de Hagen. Aunque Schmeidler, el niño, la puta, tampoco descuidaba a estos lejanos y mudos admiradores, «los cocinaba», les cogía lo que les quedaba de tabaco, a cambio de una sonrisa recibía pan, por agarrarlos rápida y tiernamente se quedaba con lo mejor del paquete de comida que acababa de llegar. Oh, Otsche Schmeidler también se preocupaba de los asuntos del hogar, no sólo se dejaba mantener, también contribuía. Y sus dos amigos eran generosos, eran vividores, hacían la vista gorda, dicho en plata, también el encantador Hans Hagen era un chulo, nada más ni nada menos. Dejaba que sus chaperos se pasearan por ahí en cuanto los adquiría. ¿No he dicho ya que vivíamos en un infierno? No faltaba de nada en este infierno, tampoco el amor, ¡aunque también el amor estaba podrido, apestaba!

 

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Yo no hubiera sabido tanto de esta extraña relación si no hubiera sido vecino de mesa de Emil Brachowiak durante nuestros míseros almuerzos. He observado que a la gente le gusta elegir como persona de confianza a alguien tranquilo y callado y durante mis primeras semanas de estancia en el sanatorio yo apenas hablaba. De esta forma, Brachowiak me eligió como su confidente y a diario vertía en mis oídos sus males de amor, incluso quiso hacerme su mensajero del amor. Recuerdo esas horas que tras la cena recorríamos de arriba abajo el largo pasillo uno junto al otro y él me hablaba incansable. Le he visto llorar y reír de dicha. Fuera ya empezaba a oscurecer, los enfermos se apoyaban en las paredes con la mirada perdida y cuando aspiraban de sus pipas resplandecía la brasa roja; en una celda se escondían Hagen, Liesmann y Schmeidler y el marginado me hablaba cada vez más febrilmente, si debía descubrirle «toda esa guarrería» al médico jefe; es decir, hacerla pública o mejor aún escribirle una carta a Otsche.

—«Otsche —le escribiré—, he hecho tanto por ti. Te he regalado dos paquetes y medio de tabaco y un pequeño anillo de oro que encontré en la fábrica. Tú le diste inmediatamente el anillo a Hagen, lo sé muy bien, y él lo cambió por una libra y media de tocino a un polaco de la casa, que lo había robado de la cocina. Pero no me voy a chivar si vuelves a ser amable conmigo. Desde ayer por la mañana que ya ni me has dado los buenos días, ya ni me miras. O bien vuelves a ser bueno conmigo o voy a hablar con el médico y lo hago todo público. ¡Le contaré al médico todas las cochinadas que me has dicho que Liesmann y Hagen han hecho contigo!», eso le voy a escribir.

—En tu lugar no lo sacaría a la luz bajo ninguna circunstancia —le respondí yo—. Únicamente conseguirás que te involucren a ti también.

—De acuerdo, ¿pero le llevarás a Otsche la carta, esta misma noche?

Pero no, eso no lo haría, no quería participar activamente en ese asunto. Tampoco estropeé nada, pues Brachowiak encontró fácilmente a otro mensajero y entonces a la mañana siguiente me informó con una voz temblorosa debida a la indignación que Otsche Schmeidler le había enviado una respuesta...

—Bueno, ¿y qué es lo que te ha contestado? —le pregunté yo—. ¿Volverá a ser bueno contigo?

—¡Me ha dicho que me vaya a tomar por el culo! —gritó furioso Brachowiak—. ¡Ese bribón, ese chapero me dice eso! Pero tú espera, chavalín, ahora sí que finalmente he terminado contigo. ¡No recibirás nada de mí, ni una pipa de tabaco más!

Ya podía decir lo que quisiera Brachowiak, que yo sabía que no le quedaba nada de tabaco, pues Otsche lo había desplumado completamente y Otsche lo sabía muy bien.

Pero ¿qué es lo que decía Hagen a todo esto, nuestro rey, este joven gentil y encantador que por lo menos siempre mantenía una apariencia de limpieza? Emil Brachowiak era tan desvergonzado con sus pesares de amor, sabía de la relación de Hagen con Schmeidler, veía al joven siempre cerca del rey, Otsche mismo le había contado las marranadas que hacían juntos, y aun así Brachowiak le fue a Hagen y se quejó, igual que conmigo, de su sufrimiento. Y Hagen le escuchó, fue gentil y amable, lo consoló y le dijo que intercedería ante Schmeidler. Y a las espaldas de Brachowiak se burlaron de ese idiota desplumado e inútil, ¡oh, qué verdadera atmósfera infernal de falsedad e infamia!

Brachowiak era un trabajador hábil y diligente, en la fábrica desempeñaba una especie de labor de intermediario, frecuentaba a muchos trabajadores civiles y sabía manejarse muy bien a base de lisonjear y pedir insistentemente; en poco tiempo ya volvió a disponer de tabaco.

—Esta vez no cederá, esta vez no recibirá nada, ¡ni una pipa!

Y Brachowiak recorría el largo pasillo de arriba abajo, fumaba su pipa larga y le echaba el humo en la cara a Schmeidler, sin ni siquiera dignarse a mirarle. Brachowiak se había declarado enfermo, no fue a trabajar, sino que me acompañó en la hora libre y, ¡hete aquí!, esta vez también apareció Schmeidler en el césped, solo, sin Hagen y sin Liesmann, una visión inusual.

—¡No estoy mirando a ese tipo! —me aseguraba Brachowiak cuando pasábamos junto a Schmeidler, que estaba sentado en la escalera tomando el sol. La suave brisa estival se colaba en su cabello rubio, se le veía joven, saludable, inocente.

Cuando pasamos a su lado por segunda vez Brachowiak me dijo:

—¡Otsche me acaba de sonreír!

—Manténgase usted firme —le advertí—. Lo único que quiere ese chaval es su tabaco. ¡Por cierto, alguna vez ya me podría regalar algo de tabaco para liarme un cigarrillo!

—No tengo mi tabaco aquí abajo —dijo rápidamente Brachowiak—. No, el tipo no recibirá ni una brizna. Simplemente me quiere embaucar de nuevo.

Sin embargo, a la tercera ocasión Schmeidler nos dijo en tono muy amistoso:

—¿No queréis jugar una partida de naipes?

Y ya estaba sacando de su bolsillo las sucias cartas, en las que apenas ya se reconocían las imágenes. Brachowiak fue suficientemente solícito, así que yo tampoco me negué, aunque le empujé para advertirle y él afirmó con la cabeza para tranquilizarme firmemente decidido. Así empezamos a jugar a los naipes, Schmeidler con una suerte que llamaba la atención, Brachowiak con una mala suerte que también llamaba la atención. Schmeidler ganó la partida, yo quedé segundo.

Y entonces el joven dijo:

—Emil, esto te va a costar un poco de tabaco —le dijo riendo y Brachowiak ya había sacado su tabaco (¡que se suponía que no llevaba encima!), llenó la caja del joven copiosamente y yo, cuando también puse la mano, apenas recibí para liarme un cigarrillo. Entonces ambos pasearon por el césped cogidos del brazo, muy pegados el uno al otro. Me habían olvidado. Esa noche, Emil Brachowiak volvió a llorar: Schmeidler le había engañado completamente y ya no quería saber nada más de él. Y al día siguiente Emil Brachowiak se fue de la lengua, pero no se chivó al médico jefe, sino al supervisor. Pero no pasó nada, ni lo más mínimo. Desconozco la razón. La administración disponía de todo el poder en sus manos, podía castigar a los culpables, separarlos, trasladar a los jóvenes, esa fuente de constante preocupación, a otros centros. No hizo nada, como tampoco hizo nada para paliar nuestro hambre. Supongo que porque les daba completamente igual cómo vivíamos y en qué suciedad nos echábamos a perder. Entre los cincuenta y seis allí no había ni seis que en alguna ocasión pudieran llegar a disfrutar de la libertad. Todos, casi todos, estaban sentenciados a vivir para siempre en esta casa. Ya daba lo mismo cómo lo hacían, no venía de eso. Debían seguir trabajando mientras sus cuerpos demacrados y exprimidos aún pudieran rendir. ¡Lo demás no les interesaba para nada! ¡Ya podían ser felices o estirar la pata, fuera existía la vida y ésta era la casa de los muertos!

 

48

 

Ya he comentado que a Hans Hagen lo traté por poco tiempo. Lo lamento, pues me hubiera gustado pasar más tiempo junto a él. Era un hombre básicamente malo, pero era guapo, su rostro era radiante como el de Lucifer, el de un ángel caído. Para nosotros había sido Lucifer, el portador de la luz, había aportado luz, movimiento, incluso risas, a nuestra vida desolada y gris. Yo lo admiraba mucho, desde entonces no ha llegado nadie que lo haya sustituido, que posea, aunque sólo sea un poco, su encanto y vivacidad. Quizá ya he tocado fondo en esta casa, pero me atrevo a decirlo: ya puede ser una persona mala, si en su interior tiene vida y brillo, cualquier cosa mejor que esta existencia gris, gastada, andrajosa, que malvivimos aquí día a día sin la más mínima perspectiva de ver la claridad.

Ya se murmuraba sobre ello: «Hagen se va», pero nadie se lo creía. ¿Adónde iba a ir? ¿Sería puesto en libertad? Eso no lo hubieran permitido ni el médico ni la administración. Este rey de la casa de los muertos, que aquí sólo había causado el mal, este brutal pendenciero que le partió la mandíbula y le destrozó el ojo a su mejor amigo, ¿cómo iba a salir airoso allá fuera en libertad? Su padre ya le había cerrado el grifo, ¿de qué iba a vivir? Esta persona, que no había aprendido nada, nunca querría vivir ya como un simple trabajador. Su hedonismo era demasiado fuerte para eso. No, Hans Hagen, treinta y un años de edad, con unas brillantes cualidades, una persona muy culta con una capacidad de entretener encantadora, estaba condenado a pasar el resto de su vida en este tipo de instituciones, nunca más pasearía como un hombre libre por las calles de una ciudad, ninguna muchacha le sonreiría, no desempeñaría ningún trabajo decente.

—¡Ahí va Hans! —me dijo el ordenanza y entonces lo vi ahí abajo en el patio, un funcionario de civil lo llevaba esposado, vestía el uniforme del centro: una chaqueta de cuello de terciopelo y unos pantalones de pana marrones. El ordenanza me contó, además, que el supervisor había sido tan infame como para no permitirle que vistiera de civil. También le prohibieron a Hans regalarle a Otsche Schmeidler el pan y el tabaco que guardaba, así como a Liesmann, el amigo al que había atizado tantas veces, su maquinilla de afeitar y sus sandalias hechas por él mismo.

«¡Ahí va Hans» «¿Adónde?» Naturalmente que a otro psiquiátrico, aquí ha causado problemas durante seis años, ¡ya es hora de que lo aguanten otros! Su fama precede a sus actos, aunque no impedirá que vuelva a encantar a toda la casa y se convierta en su rey, recolectar tributos y planear pequeñas conspiraciones que nunca le pondrán en peligro a él mismo. Y me imagino cómo Hans Hagen envejece, su bonito y rizado cabello negro se vuelve frágil y cano; otros, más jóvenes, le superan en fuerza. Donde antes aplicaba sus astutos golpes de jiujitsu ahora debe aplicar la astucia y llega un día en que la astucia tampoco sirve. El fulgor de la juventud ha volado, es un rey viejo y liquidado. Aunque aún ve frente a él las fuertes rejas de hierro de las cárceles, se ha pasado toda la vida mirando a través de ellas hacia la libertad. En balde las muchachas han reído para él, en balde los rutilantes yates han extendido sus blancas velas al viento, ha vivido en la casa de los muertos y en la casa de los muertos morirá. Pobre Hans Hagen, ¡tan joven, tan bello, tan fulgurante! ¿Pobre Hans Hagen? ¡Ay, pobres de todos nosotros! Con todos nosotros empezó con un pequeño asunto, conmigo fue una botella de vino tinto, un regalo olvidado que esperaba en la vitrina en la peor hora. Seguramente con él pasó lo mismo. Siempre empieza todo con algo pequeño y entonces todo se enreda, crece enormemente sobre nosotros y ya sólo vemos la libertad a través de las rejas. El reloj de la torre da las horas, cientos, miles, decenas de miles, ¡en balde! El viento sopla desde el norte, desde el este, desde el sur y el oeste, sopla suavemente y helado, ¡pero ya no para nosotros, nunca más para nosotros! ¡Ah, si lo hubiéramos sabido! ¡Pobre Hans Hagen!

Aún debo añadir algunas palabras sobre los rezagados de Hans Hagen, no puedo llamar de otra forma a los que dejó. Pues para todos nosotros al irse él había muerto, ya no lo veríamos nunca más, no leeríamos ni una línea suya. Durante semanas vimos a Liesmann y Schmeidler, que habían conseguido darse de baja de sus trabajos, horas y horas juntos al final del pasillo. El tierno joven estaba muy pálido, a menudo mostraba unos ojos enrojecidos de tanto llorar. Liesmann estaba más oscuro y agresivo que nunca; a la menor palabra que no le gustara empezaba a repartir sin advertirlo antes, de una forma tan brutal como nunca lo había hecho. Era enternecedor cómo los dos cuidaban de sí mismos, se ayudaban en todo, a la hora de fumar, de comer. Y la mayoría de las veces uno junto al otro completamente mudos, unidos por el pensamiento común dedicado al que se había ido. Las tardes libres de los domingos, cuando jugaba a naipes con el oscuro Zeise y con el litigante de Reddemin, ambos, Schmeidler y Liesmann, estaban sentados uno frente al otro y jugaban al parchís. Jugaban durante horas, sin intercambiar ni una palabra, en ocasiones reía el joven, sólo cuando conseguía que su oponente tuviera que volver a empezar desde el principio. Debían andar justos de tabaco, pues la pipa iba continuamente de una boca a otra. Pero ya entonces, cuando reinaba la mejor de las armonías entre ambos, cuando les unía el duelo común por Hans Hagen, me sobrevenía una sensación de miedo cuando observaba el rostro de una amargura desmedida, anguloso y tallado de Liesmann, todavía más desfigurado por su parche negro sobre el ojo. A la larga la cosa no podía terminar bien. A la larga un joven con el carácter deshonesto de Schmeidler no le podía seguir siendo fiel a un compañero tan antipático y duro como Liesmann; tampoco querría acarrear los sacrificios a los que le condenaba esa fidelidad.

Y entonces pasó lo que tenía que pasar. Aunque no fue al ardiente Brachowiak al que eligió Otsche, sino que, para mi sorpresa ilimitada, al zapatero intrigante de Buck, motivo por el cual pude conocer una cara totalmente nueva y, por otra parte, no muy atractiva de su naturaleza. Las consecuencias de ello fueron un zapatero completamente molido a golpes, Otsche con la pierna rota y Liesmann con un arresto de ocho semanas. Cuando volvió con nosotros —a él nadie le llevó regalos—, Schmeidler ya no estaba entre nosotros, lo habían trasladado a cualquier otro reformatorio para jóvenes, al que pertenecía desde hacía tiempo.

 

49

 

Vuelvo ahora a mis propias vivencias. Estamos en el día en que llegué a este sanatorio psiquiátrico; acaba de finalizar mi tiempo libre, he echado un primer vistazo alrededor y he hecho mis primeros conocidos. Ahora vuelvo a estar en este largo y sombrío corredor, que sigue siendo sombrío el día de verano más bonito y soleado. Hora tras hora recorro el pasillo de arriba abajo, sin nada en que ocuparme, torturado, pero al mismo tiempo embotado. Me pongo contento cuando el supervisor o un guardián pasa por ahí, con un enfermo, llevando la ropa a la habitación, o con una pila de viejos expedientes. ¡Por lo menos pasa algo! No es de mi incumbencia lo que ocurra, y además nunca ocurre nada, pero así me distraigo de mí mismo y de mi incierto destino: ¡me gusta cuando ya no me ocupo de mí mismo! En ocasiones me coloco también frente a una de las ventanas abiertas —la otra tiene ensamblada una garita acristalada— y observo absorto hacia el exterior, más allá del muro protegido con alambre de espino, hacia la libertad, que está allá «fuera» bajo el brillo del sol. Frente a mí se alzan, de nuevo «fuera», los altos árboles. Son tilos; dan sombra a una avenida por la que pasan raudos los coches, veo pasar a muchachas en bicicleta en vestidos claros, pero vuelvo la cabeza y entro de nuevo al fondo del sombrío pasillo. La vida allá fuera me tortura, ya no me pertenece, he sido separado de ella, ¡ya no quiere saber nada de mí! ¡Pasad todos de largo e idos lejos, que el paisaje se vacíe de vosotros! Que los árboles se sequen, que la arena cubra los prados y los campos de labranza, alrededor de una casa de los muertos como ésta sólo debería haber desierto, un desierto reseco y muerto.

En ocasiones entro en una de las dos salas de estar, en la grande o en la pequeña, y me siento allí cinco o diez minutos junto con mis compañeros de penas. ¿Compañeros de penas? No pueden sufrir lo que sufro yo, su destino ya está decidido, ¡es la incerteza lo que me tortura a mí! Algunos duermen, con la cabeza apoyada sobre la mesa (¡pues está prohibido dormir en las camas!), otros dormitan abotargados, un pequeño y completamente fracasado en su concepción, aunque aún joven, lote de personas, que bizquea de ambos ojos (¡pero de manera completamente diferente!), y con cabeza en forma de pera, tiene un juego de cartas increíblemente sucio frente a sí, lo observa largamente y se ríe estúpidamente. Uno está frente al periódico, aunque mira fijamente a lo lejos. Otro incluso se ha quitado los pantalones e investiga con un gesto contraído de dolor los furúnculos purulentos y sanguinolentos que le han salido en la pierna, ¡en la mesa donde comemos!

Me voy de ahí asqueado y me quedo de nuevo en el pasillo. Leo los nombres de las pizarras que cuelgan de las celdas: Gother, Gramatzki, Deutschmann, Brandt, Westfahl, Burmester, Röhrig, Klinger. Y mientras sigo paseando los repito para mí, los repito como las vocales cuando las aprendía de pequeño: Gother, Gramatzki, Deutschmann, Brandt... Los repito una y otra vez hasta que me los aprendo. Y voy hasta la siguiente pizarra... Así me aprendo los nombres de memoria, hago pasar el tiempo, este tiempo que nunca pasa, ¡dos horas y media interminables! ¿Qué suponen en el exterior dos horas y media? ¡Y lo que suponen aquí dentro! Aunque finalmente los trabajadores de la casa salen de sus celdas de trabajo, los tejedores de alfombras y los fabricantes de cepillos; se cierran las puertas, los gritos suben de tono, en el lavabo corre el agua, se encienden las pipas. ¡Gracias a Dios, vida, un poco de vida! Y ya se oye la llamada:

—¡Vuelven los de la fábrica!

Y seguidamente:

—¡A formar los repartidores de comida!

Poco más tarde volvemos a estar sentados en una sala de estar de nuevo completamente llena; los que han estado en la fábrica informan de las novedades y cuentan de forma prolija que en esta ocasión han acarreado cajas que pesaban un quintal y medio, mientras que ayer fueron cajas que sólo pesaban un quintal y un cuarto. Enseguida se arma una pelea de furioso encono por cómo se explica esa diferencia. Durante la pelea no debemos preocuparnos mucho por nuestra comida, pues se come por sí misma, sólo es agua con algunos trozos de colinabo. Yo sigo siendo tan educado que dejo esos trozos, completamente estropajosos, junto a mi fuente. Una gran y trabajada mano se desliza por la mesa, agarra los trozos y se los lleva hacia una boca bien abierta. Enseguida una voz furiosa me grita desde el otro lado:

—¿Maldita sea, por qué le tienes que dar a Jahnke tu colinabo?

¡El tipo se mete dentro todo lo que ve, podría comerse hasta la mierda, ese tipo!

Y Jahnke contesta furioso con un gruñido:

—¿Qué tienen que decir los niñitos sobre lo que yo como? ¡Si el nuevo me quiere dar su colinabo es su problema! ¿O es que tú eres su tutor? Aunque cada uno de los niñitos de aquí quisiera ser tutor...

Gracias a Dios no me veo involucrado en esta pelea que se va desarrollando, en la que naturalmente se entrometen otros («¡A ver si terminas de una vez con ese parloteo, hijoputa! ¿Es que no podéis callar nunca?» «¿Y a ti quién te ha llamado a este entierro?» «¡Pero si tiene razón! ¡Queremos estar tranquilos!» «¡Pues yo grito lo que me da la gana!»), gracias a Dios soy olvidado completamente en todo el tumulto que se ha organizado. Sin embargo, el guardián de la garita, que también dispone de una ventana que da a nuestra sala de estar, no alza la cabeza a pesar del griterío y sigue leyendo tranquilamente su periódico.

Ya hemos comido, y hoy he conseguido lo que ayer consideraba como imposible: me he tragado a cucharadas casi un litro de agua caliente. Por el momento estoy lleno. Sin embargo, de noche los sonidos de mi estómago me enseñarán que no estaba lleno ni mucho menos. Para ello tendré que convertirme a partir de entonces en uno de los muchos niños que utiliza el cubo.

El supervisor reúne a la gente que debe o quiere ir al médico, a los últimos sólo si él lo permite. De nuestra sección de unos veinte hombres yo no pertenezco a ellos. Básicamente se trata de heridos en el brazo y en la pierna, heridas producidas en el desempeño del trabajo. Sorprendentemente se producen muchas de estas heridas, o bien no sirve para nada la prevención de los accidentes en la fábrica o bien estos trabajadores débiles de espíritu son especialmente torpes. (¿Pero en ese caso no debería ofrecérseles un trabajo menos peligroso?)

Frente a la reja que separa nuestro pasillo de la escalera se han reunido otros enfermos de las dos casas de enfrente, cuento más de treinta. Y ahora se acercan «las mujeres», la mayoría muchachas, también unas veinte, guiadas por su celadora. Las colocan bien pegadas a la pared y la celadora vigila con mucho celo que ninguno de nosotros intercambie una palabra con ellas. ¡Pero hay más de setenta enfermos y ya son más de las siete de la tarde! ¿Recibirá el médico hasta bien pasada la medianoche? ¡Las probabilidades de que me reciba son mínimas!

—¿Siempre hay tantos? —le pregunto a otro enfermo.

—¿Tantos? —me pregunta escandalizado—. ¡Pero si hoy han venido pocos! En esta maldita casa todo el mundo está enfermo. Aunque yo hace ya tiempo que no me presento, no tiene ningún sentido.

El médico ha llegado mientras yo estaba al otro extremo del pasillo. No he podido verle la cara. Aunque es lo mismo, hoy no podrá recibirme. Mejor así, con más de setenta enfermos seguro que no me puede dedicar el tiempo necesario. Es mejor esperar a otro día en el que todo esté más tranquilo. Debo contarle mi historia detalladamente.

El supervisor grita:

—¡Que se descalcen los que tienen los pies heridos!

¡Y entonces se pone todo en marcha en un suspiro! Los hombres entran de seis en seis en la consulta y a más tardar un minuto después ya sale el primero de ellos: ¡visitado y tratado! El supervisor grita de nuevo:

—¡Los demás descubrirse el pecho! ¡Entrad uno detrás del otro!

Las muchachas miran cómo los hombres se quitan las camisas. Esto desata la ira de la celadora, una vieja ruda de rostro enrojecido. Se abalanza sobre una de las muchachas, de la que le cuelgan unos cuantos rizos bajo el pañuelo sobre la frente.

—¿Quién te crees que eres, desgreñada? —grita toda furiosa—. ¿Sólo tienes a los hombres en la cabeza, eh? ¡Espera y verás, te voy a poner guapa yo!

Y le arranca a la muchacha el pañuelo de la cabeza.

—¡Qué! —grita entonces escandalizada—. ¡Incluso te has atrevido a esconderte los rizos! ¿No te he repetido cien veces que debes peinarte con una simple raya en medio? ¡Pero ahora te voy a enseñar!

Y agarra a la muchacha del cabello y le arranca esos escasos rizos que sobresalen. La muchacha mueve paciente, sin mostrar su rostro protesta o dolor, la cabeza de un lado a otro, a medida que su torturadora le va arrancando el cabello. Pero ya no disponía de tiempo de seguir ese escandaloso asunto (que sólo parecía escandalizarme a mí). El supervisor me dijo:

—¡Rápido, Sommer, recoja su ropa de cama y sus cosas, va a ser usted trasladado!

Reuní rápidamente la ropa de cama y mis cosas en un hatillo y seguí al supervisor, que abrió la puerta de una celda cercana a la garita. La celda era más pequeña de la que tenía antes, aunque en ella sólo había cuatro camas. Gracias a Dios aquí no se dormía en literas de dos pisos. La celda también era más clara, más aireada, no olía mal. Mi situación había mejorado decisivamente; con razón lo achaqué a la gestión del médico. Gracias a Dios, me quiere favorecer, pensé yo. Todo va bien.

Mientras tanto el supervisor estaba echando a un viejo de la cama:

—¡Vamos, Meier, de pie! —le dice—. ¡Dese usted un poco de prisa! Se muda usted al segundo módulo.

—¡Dios mío! —se quejó el viejo—. ¿Tengo que mudarme en cada ocasión, señor supervisor? ¡Cada dos por tres me llevan de un lado a otro! ¡Esta cama no hace ni unas semanas que la tengo! Y aquí se está tan tranquilo y el aire es tan bueno...

Sin embargo, el supervisor no estaba de humor para escuchar las jeremiadas de un viejo.

—¡Largo de aquí, Meier! —le gritó al viejo dándole un fuerte golpe—. ¡Deje usted de quejarse!

El viejo sale de la celda tambaleándose sobre sus piernas completamente resecas con el hatillo de su ropa de cama, mientras la corta camisa apenas tapa su trasero. (Por cierto, todas nuestras camisas eran demasiado cortas, algunas incluso no llegaban a tapar nuestros genitales; a menudo los hombres presentaban en los lavabos un aspecto tragicómico. Probablemente se trataba de nuevo de la avaricia de la administración, que incluso acortaba nuestras camisas para ahorrar tejido.)

—¡Ya hará usted la cama más tarde! —me dijo el supervisor con prisas—. ¡Acompáñeme usted ahora a ver al médico! Ya le está esperando.

 

50

 

El médico me estaba esperando, apenas había pasado una hora y ya había visitado a más de setenta pacientes. El médico jefe, el doctor Stiebing, me recibió sonriente en su bata blanca, me rogó que tomara asiento e incluso me estrechó la mano. El supervisor esperaba detrás, sin moverse, con los ojos bien atentos, sin soltar ni una palabra. Encontré acertado que viera con qué distinción me trataba el médico jefe, ahora este recibimiento tan amable, antes el traslado a una celda mejor. Ahora se guardaría especialmente de tratarme con demasiada dureza.

—Bien —dijo el médico jefe sonriendo—, ha acabado usted en mis manos, señor Sommer. Hace catorce días, el colega Mansfeld y yo lo hubiéramos ingresado en un ambiente más confortable. Bueno, bueno, aquí también se las arreglará. La casa es ordenada, aquí llegará usted a encontrarse bien. Un poco de disciplina le hace bien a cualquiera, ¿no es así?

Era la gentileza personificada. Conmovido le agradecí el que me hubieran asignado un dormitorio mejor.

—Está bien, está bien —me interrumpió el médico jefe municipal—. Haremos todo lo que esté en nuestras manos por hacerle más fácil su estancia aquí. Naturalmente que existe cierto reglamento de la casa muy estricto que no podemos evitar...

Me miró con un amistoso sentimiento de pesar. Y entonces añadió:

—Y usted hará todo lo que esté en sus manos por facilitarnos la tarea, ¿no es verdad, señor Sommer?

Yo se lo aseguré, le pregunté si el médico jefe tenía que elaborar un informe sobre mí.

—No, aún no —me contestó rápidamente—. Supongo que me lo pedirán, pero de forma provisional me han asignado su caso el tiempo que esté usted ingresado aquí, señor Sommer.

—¡Pero entonces voy a estar ingresado aquí por un buen tiempo! —me quejé—. ¿Por qué no puede usted elaborar este informe ahora mismo? El caso está ya muy claro. La acusación sólo se basa en una pequeña amenaza y yo estoy convencido de que Magda, de que mi mujer declarará que no se sintió en absoluto amenazada por mí. ¡Por un asunto tan pequeño como éste no me pueden tener aquí encerrado durante semanas!

El tono de mi voz era cada vez más serio y contundente, ya desde el principio quería dejar clara la gran distancia que existía entre mi pequeña falta y el estar ingresado en este centro.

—¡Bueno, bueno! —dijo el médico y me puso tranquilizador la mano sobre el brazo—. ¿Por qué tiene usted tanta prisa? Primero debe usted descansar bien y curarse del todo...

—¡Pero si estoy completamente sano! —le aseguré.

—¿No sufre mareos? —me preguntó el médico—. ¿Ataques de sudor? ¿Falta de apetito y de repente un hambre atroz? ¿No echa de menos el alcohol?

—¡Pero si ya ni pienso en el alcohol! —le contesté horrorizado porque sospechara tan peligrosamente de mí—. ¡Me siento completamente curado!

—¿No ha sufrido ningún síntoma de abstinencia? —me preguntó el médico dudando—. Y usted qué dice, supervisor, ¿ha observado usted algo?

Contemplé el rostro duro y oscuro del supervisor todo esperanzado. Estaba convencido de que no podía haber observado lo más mínimo.

—Ayer por la noche —informó— Sommer exigió la cena por tener mucha hambre, aunque después sólo comió cuatro o cinco cucharadas. Lexer me aseguró hoy que Sommer llevaba una cuchilla en el bolsillo; aunque no pudimos dar con ella, las informaciones de Lexer han sido hasta la fecha fiables. Además Sommer es el nerviosismo personificado, no se puede estar ni cinco minutos quieto en un sitio, no se ocupa con nada, no ha cogido ni un periódico...

—Pero —dije yo indignado y horrorizado por ese comentario tan tergiversado— todo ello tiene unos motivos completamente diferentes. No tiene nada que ver con el alcohol y con los síntomas de abstinencia. De verdad, señor médico jefe, no pienso en absoluto en el aguardiente...

Tanto el médico jefe como el supervisor sonrieron ligeramente.

—¡De verdad! —les dije aún más contundente—. He sufrido tal conmoción por mi detención y todas las consecuencias que ella ha tenido: ¡en mi vida volveré a probar un gota de alcohol!

—Eso suena mejor —afirmó el doctor Stiebing con la cabeza, amistoso.

—Y si ayer sólo probé la sopa de col es únicamente porque no estoy ni mucho menos acostumbrado a este tipo de comida. Seguro —añadí rápidamente— que la sopa de col estaba muy buena, pero en casa suelo comer otras cosas...

Ambos me observaban muy atentamente.

—Y si he corrido un poco demasiado de un lado para otro y no he conseguido estar tranquilo se entiende de sobras en mi situación. Cuando el destino de uno es totalmente incierto está intranquilo. Todas las personas que deben esperar durante mucho tiempo van de aquí para allá, lo puede ver uno en cualquier sala de espera de la consulta de un dentista, en los pasillos de un juzgado...

—Está bien, está bien —me interrumpió el médico, aunque yo tuve la impresión de que no lo había convencido y que hacía rato que todo «estaba bien».

—¿Y qué me dice de la cuchilla de afeitar? La ha pasado usted por alto completamente.

No quise ruborizarme, pero... No, quizá no llegué a ponerme rojo, quizá sólo me lo imaginé. En todo caso afirmé decidido:

—No he pasado por alto la cuchilla de afeitar, simplemente ya no me acordaba de ella. Nunca he tenido aquí una cuchilla de afeitar, para qué la querría, si tampoco dispongo de una maquinilla...

Quizá me hice demasiado el simple, quizá el médico también pensaba que el acusado cuando más agriamente protesta es cuando la aseveración es completamente falsa. Yo encontraba que esta primera conversación introductoria, en la que aún no se trataba ni mucho menos de mi caso, estaba plagada de trampas y engaños.

Sin embargo, no podía ver en la expresión del médico lo que pensaba de mis palabras. Muy amablemente me dijo:

—Tal como me han informado, usted empezó a beber no hace mucho, así que los síntomas de abstinencia no deben haber sido tan severos. Antes estuvo usted en prisión preventiva...

—Sí —afirmé yo— y allí trabajé cada día en el patio cortando leña, me presenté voluntario a ese trabajo, y puede preguntar usted a cualquier centinela si no trabajé lo mismo que cualquier otro, y eso que yo no estoy acostumbrado.

—¿Entonces bebía usted mucho? —me preguntó el médico y no parecía estar dispuesto a informarse de las bondades de mi trabajo con la madera—. Puede uno decir: ¿mucho?

—¡No más de lo que podía aguantar! —le aseguré—. Nunca me tambaleé, señor médico jefe, y nunca me caí al suelo.

Tuve que pensar entonces un momento en la escena en la que una y otra vez intentaba alcanzar el tejadillo bajo la ventana de Elinor y caía de espaldas sobre los arbustos. Y justo después visualicé interiormente una segunda escena, que incluso había observado el mismo médico jefe, en la que yo estaba borracho como una cuba y sentado a la mesa armaba follón con unos habitantes del pueblo igual de borrachos en la mesa de la taberna, y cuando al querer salir casi me caí, y cómo el doctor Mansfeld tuvo que acompañarme hasta el coche... Pensé desesperado que no debería haber mantenido eso. Era mentira. ¡Y eso desvalorizaba mis otras afirmaciones completamente ciertas! Aunque me prohibí pensar en ello, también quería evitar que el médico jefe reflexionara demasiado tiempo, por lo que proseguí rápidamente:

—Cuando se produjo esa escena con mi mujer, a raíz de la cual me acusaron de intento de asesinato, estaba totalmente consciente. Sabía exactamente lo que hacía y no hice ni un poquito más de lo que quería hacer. Y antes había bebido relativamente poco.

—Sí, querido mío —dijo el médico, de repente riendo casi de forma irónica—, parece ser que entre lo que ambos consideramos beber poco hay mucha diferencia. Cuénteme usted lo que solía beber de promedio al día, si es que naturalmente se acuerda.

Pensé en Mordhorst y de cómo desaprobaba mi estúpido amor por la verdad, pues frente al juez había hablado en profundidad sobre todo el aguardiente que había consumido. Pensé si el médico ya había podido tener acceso a ese expediente y decidí que era bastante improbable, pues a él mismo no le habían pedido un informe. Sin embargo, decidí andar con mucho tiento, no mentir demasiado, causar la mejor impresión. Hasta el momento no había tenido mucho éxito con mis indicaciones, eso estaba claro. Aunque todo dependía de si desde el principio le causabas una buena impresión al médico: si desde el mismo principio te ganas a una persona es difícil que hechos posteriores, en sí sin ningún valor, perturben esa primera buena impresión. Así lo pensé yo y así dispuse lo que iba a declarar. Apenas nunca había ingerido más de una botella al día, la mayoría de las veces menos... Según le conté, no recordaba exactamente lo que consumía en la taberna, pues allí me servían pequeños chupitos y, entre toda la confusión de lo que se había bebido, en ocasiones pagaba lo de los demás.

El médico escuchó mi informe algo extenso con la cara apoyada en la mano, apenas sin articular palabra, muy de vez en cuando lanzando alguna pregunta. Finalmente, cuando ya no tuve nada que contar me dijo:

—Tal como le he dicho aún no me han solicitado un informe sobre su caso, simplemente nos hemos reunido aquí para hablar un poco, para conocernos. Deje usted de darle vueltas a la idea, Sommer —(¡Sommer! Ya no me llamaba «señor» Sommer)—, de que sus informes sobre lo pasado pueden influir decisivamente en su destino en esta casa. Su futuro lo decidirá únicamente su fuerza de voluntad, el ser fuerte para resistirse a tentaciones como las anteriores...

Me miró seriamente. No sé replicar muy rápidamente, más bien mi pensamiento es lento, así que afirmé con la cabeza diligente, asegurándole que tenía la voluntad de mejorar. Sólo diez minutos más tarde, en mi cama, tuve claro que en el fondo el médico había marcado a hierro todo lo que le había dicho, y a raíz de esta última frase, como una mentira, y no, no sólo en el fondo. Estaba claro que ya había tenido entre sus manos mi expediente y allí había podido leer que para casi cada día yo había indicado exactamente el aguardiente que había consumido, en general unas cantidades mucho mayores que las que había facilitado hoy. Aunque ahora ya era definitivamente demasiado tarde para la «primera buena impresión».

El médico jefe me dio, en todo caso, la mano cordialmente y me dijo:

—Bueno, volveremos a hablar. Haré que lo vayan a buscar. ¡Buenas noches, señor Sommer!

Ya me quería ir, cuando el supervisor preguntó:

—Señor médico jefe, ¿Sommer debe trabajar, verdad?

—¡Naturalmente que trabajará! —dijo el médico jefe—. Así el tiempo le pasará más rápido y dejará de cavilar. ¡Usted mismo tiene ganas de trabajar, verdad que sí, apasionado cortador de leña! (¡Así que también conocía mi trabajo cortando leña en el patio, debía ir con pies de plomo a la hora de facilitar datos!)

Le aseguré que no tenía deseos ardientes de hacerlo. Yo había visto un bonito y gran jardín frente al muro, ¿quizá podía ocuparme yo de la jardinería? ¡Siempre me había hecho ilusión la jardinería!

El médico jefe y su mano derecha se miraron el uno al otro y después a mí. Sonrieron tímidamente.

—No, al principio preferiríamos que no trabajara usted «fuera» —me dijo suavemente el médico jefe—. Para ello deberíamos conocernos primero un poco mejor...

—Ah, ¿usted cree que escaparía? —le dije indignado—. Pero, señor médico jefe, ¿adónde cree usted que podría huir, con este uniforme y sin dinero? No alcanzaría ni a recorrer diez kilómetros...

—Y diez kilómetros serían suficientes —me interrumpió el médico—. ¿Entonces, supervisor?

—Creo que le pondré a hacer cepillos, justamente nos falta un hombre allí. Lexer le podrá enseñar...

—¿Lexer? —interrumpí al supervisor, horrorizado—. Se lo ruego: ¡cualquiera menos Lexer! ¡Si odio a alguien es a esta pequeña, repugnante y chillona bestia! Nada más oír su voz todo en mí se revuelve de asco... ¡Lo que usted quiera, pero por favor, que no sea Lexer!

—¿Ya sufría usted en el exterior de unas antipatías tan remarcadas, Sommer? —me preguntó el médico jefe suavemente—. Apenas lleva usted veinticuatro horas en esta casa y ya muestra este odio por un pícaro tan inofensivo e imbécil.

Estaba confuso, desconcertado. De nuevo me había equivocado.

—A veces se dan estas antipatías tan repentinas, señor médico jefe —le dije—. Uno ve a una persona, escucha su voz y entonces...

—Sí, sí —me interrumpió y de repente se le veía cansado y triste—. Hablaremos de todo ello más adelante. ¡Buenas noches, Sommer!

 

51

 

Había cosechado una derrota, una derrota ignominiosa, no había nada con lo que pudiera disimular la magnitud de esa derrota. Me habían desenmascarado como a un mentiroso, tenía ataques de abstinencia y además sufría de repentinas antipatías enfermizas. Y quizá también pensaba en fugarme. Estaba tumbado sobre mi cama impotentemente desesperado, podría haber llorado de arrepentimiento y vergüenza. ¡Lo había planeado y previsto todo con tanto cuidado y ahora había caído en cada una de las trampas que me habían tendido como el jovencito más tonto y estúpido! Y tampoco es verdad todo lo que piensan de mí, me dije a mí mismo desesperado. No pienso en fugarme, y es verdad que no he sufrido ningún síntoma de abstinencia, o quizá sólo durante los primeros dos o tres días, pero también de forma muy reducida. Y si le he mentido al médico un poco sobre mi consumo de alcohol, no lo he hecho con la intención de engañarle. Vino aquí con una opinión preconcebida y equivocada sobre mí, una opinión que no se corresponde con la realidad, ¡así que para sobrevivir era mi deber acabar con esa idea preconcebida mediante todos los métodos a mi alcance!

Aunque yo siempre quería justificarme, el hecho era que yo había sufrido una severa derrota, que yo estaba allí frente a los ojos del médico y del supervisor como un pequeño e inseguro pícaro que es capaz de mentir para disculparse con todos los ardides posibles. «¿Culpable?», pensaba yo. ¿Qué crimen he cometido yo para que me consideren culpable? Por esa pequeña amenaza. ¡Mordhorst dijo que por amenazar te caen como máximo tres meses! ¡Eso no es nada, no debería ni tenerse en cuenta! ¡Ellos, sin embargo, hacen una montaña de todo ello, me arrastran hasta la cárcel y después al psiquiátrico, me borran el «señor» delante de mi apellido Sommer, me dan para comer sopa de col aguada y me interrogan como si fuera un asesino de madres y la peor de las personas! Es cierto que si me dejaran hablar sólo cinco minutos con Magda la habría convencido; ¡juntos nos presentaríamos frente a ese ridículo fiscal con el labio leporino y los ojos saltones, y ese tipo debería retirar enseguida los cargos contra mí! ¡Aunque —seguí pensando rápida y angustiosamente—, también depende de Magda! ¡Si aún le queda un poco del amor y la fidelidad que los matrimonios se deben hace tiempo que debería haberme visitado, debería haber movido cielo y tierra para sacarme de esta casa de los muertos! ¡No ha movido un dedo! No me ha escrito ni siquiera una carta. Aunque ya sé cómo es: es uña y carne con los médicos. Ellos le cuentan que aquí estoy en buenas manos y que no tengo nada que soportar y eso es suficiente para ella, ya no me dedica ni un solo pensamiento más. Ha conseguido su objetivo, ya puede hacer lo que le plazca con mis propiedades, como le da la gana, ¡eso es lo más importante para ella! Pero espera, un día conseguiré, a pesar de todas tus tretas y trucos, salir de esta casa y entonces verás de lo que soy capaz...

Y con una rabia salvaje maquinaba fantasías de venganza. Vendía el negocio a sus espaldas y con voluptuosidad me imaginaba cómo una mañana llegaba a la oficina y en su-mi sitio tras el escritorio de dirección estaría sentado el joven empresario de la competencia riéndose de ella burlonamente.

—Bien, señora Sommer, ¿quiere usted comprar algo en mi empresa? ¿Quizá diez kilos de guisantes amarillos Victoria? ¿Un kilo de semillas de amapola azul para el pastel del domingo?

Aunque ella enrojece a más no poder de vergüenza e ira y desesperación, yo había visto toda la escena escondido tras el gran archivador, con el corazón regocijándose. O bien me imaginaba cuando, tras ser puesto en libertad de esta casa de los muertos, viajaría por todo el ancho mundo, cómo pasaría largos años en países extraños mendigando y vagabundeando y sólo más tarde, desconocido para cualquiera, volvería a mi ciudad natal. Entonces llamaría a la puerta de mi propia casa para mendigar un trozo de pan, lo que le resultaría difícil negarme. De noche me colgaría del ciruelo que hay frente a su ventana, con una nota en el bolsillo, revelando quién era y que le perdonaba todas las injusticias que había cometido conmigo... Las lágrimas de la emoción por mi destino desafortunado asomaban ahora en mis ojos y esas fantasías, por muy pueriles que fueran, calmaban un poco mi corazón.

Hacía tiempo que mis compañeros dormían, habían estado charlando hasta que oscureció, quiero decir dos de ellos, el tercero, un hombre mayor con un bonito y triste rostro y una frente alta maravillosamente abovedada se había cubierto rápidamente la cabeza con la manta. Yo me felicité por esos compañeros de sueño tranquilos y decentes; me di cuenta esa misma noche: se habían educado mutuamente para utilizar el cubo únicamente para sus necesidades menores y dejar las mayores, más pesadas, para el día. Un pequeño sentimiento de agradecimiento apareció de nuevo en mí por el astuto médico jefe, que me había procurado esta mucho mejor posibilidad de pasar la noche. Estaba convencido de que me habían destinado junto con las personas más respetables y sanas de todo el edificio. Ciertamente sólo pasaron unos días para que me enterara de que el hombre mayor con la bonita frente y el rostro triste, con el inusual apellido de Qual,[4] era un asesino que había matado a golpes a su primo por una cuestión de dinero de una manera brutal. Ahora su espíritu estaba completamente perturbado por todos los tormentos que primero sufrió durante muchos años en prisión y ahora en esta casa. En todo caso él llevaba predestinado su sino en el apellido, eso ya lo delataba su rostro.

Durante todo el día no abría la boca y de repente llegaba el momento en el que con voz jovial y alta (aunque siempre casi sin cuerpo, sin resonancia) hablaba sobre muchas cosas: el desecante dios Sol, el invernadero en el Montblanc, en el que habríamos de pasar la próxima edad del hielo y las castañas y bellotas que mediante una «inversión de los jugos» ideada por él serían comestibles. De esa forma la administración de nuestro centro se vería obligada a alimentarnos con mejor comida y a un coste cero. (A todos nosotros, con el tormento, nos rondaban pensamientos ciertamente confusos, aunque incesantes, por conseguir un poco de comida.) En otro momento, Qual volvía a estar silencioso o dispuesto a la pelea y adicto a la irritación, entonces todo el mundo se apartaba de su camino. Tenía la fama —quizá totalmente infundada— de ser un «asesino a sangre fría», capaz de matar a una persona por una simple palabra. Yo creo que esa fama era infundada; por lo menos yo no vi ni una sola vez que levantara la mano en contra de alguien.

Qual tenía una gran preocupación: según él no sabía escribir ni leer bien alemán. A menudo me aseguraba que estaría dispuesto a dar su comida de toda una semana a cambio del libro Lee y escribe correctamente en alemán. Y eso que hablaba un alemán mucho mejor y más refinado que casi todos los habitantes del edificio, incluso su manera de hablar en susurros y al mismo tiempo alegre le confería a sus palabras cierto encanto. Cuando yo, que profesaba predilección por él, se lo aseguraba para aliviar su preocupación, me decía sonriendo:

—No, no, sé lo que sé. Y yo podría haber aprendido tan bien el alemán, «nuestra Mudding» nos hablaba con un alemán tan puro y bonito, pero nunca a mí. Conmigo siempre tenía que hacer bromas y tonterías, cambiaba cada palabra de la forma más infantil. Eso fue muy injusto por parte de «nuestra Mudding»; durante mi vida el no saber hablar un buen alemán me ha perjudicado mucho. Si hubiera hablado alemán correctamente nunca hubieran podido detenerme. ¿Cómo me podrían haber detenido? ¿Quién les hubiera autorizado a ello?

Las últimas palabras que se había dicho para sí mismo habían sido casi inaudibles y de nuevo su espíritu enfermo se había perdido en el tejido imbricado de sus confusos pensamientos; ya no se enteraba más de mi presencia.

Aunque Qual a menudo tenía en su boca a «nuestra Mudding», siempre tenía algo que reprocharle: que lo daba todo, que nunca se permitía un respiro, que era demasiado buena. Pero como todo eso lo decía con un tono tan jovial y ligero, uno podía notar el amor de ese hombre viejo por su Mudding hace tiempo fallecida; hablaba con una alegre superioridad sobre ella y al mismo tiempo seguía siendo el hijo obediente de una buena madre.

Qual era hijo de un cerrajero de una pequeña ciudad de Holstein. Justo antes de la muerte de su padre, cuando trabajaba como aprendiz en el negocio, había heredado el taller de cerrajería y lo llevaba como cerrajero. Ignoro qué es lo que le llevó a cometer ese acto tan bestial. De eso hacía ya veinte años y desde entonces Qual permanecía encerrado. También con nosotros trabajaba en la cerrajería del centro y disfrutaba incluso de cierta libertad. Los funcionarios nunca le decían nada, él tampoco reclamaba nada, estaba satisfecho con todo. Ahora que escribo esto le veo de nuevo tumbado en su cama, como hacía cada minuto libre que tenía y a pesar de la prohibición. Tampoco nadie le decía nada por ello, quizá porque era tan visible su decrépita debilidad. Junto a la cama están sus zapatillas, ha doblado un poco su rodilla y apoya la cabeza con su bonita frente abovedada sobre la mano. En ocasiones decía lentamente para sí mismo, perdido en profundos pensamientos: «Ya no recibía ni un solo encargo y a la necesidad no hay ley...»

Quizá fue la necesidad la clave de su crimen. Fuere lo que fuere, a mí me caía bien el asesino Qual. Me supo muy mal cuando un día lo trasladaron a un anexo, a la celda para los moribundos, donde la mayoría de nosotros vamos a terminar nuestros días. Murió de tuberculosis, el azote de muerte de esta casa de los muertos.

 

52

 

Mi segundo compañero de dormitorio era el ordenanza Herbst, mi sucesor en el apellido,[5] ya lo había mencionado brevemente antes. Al principio con él mantuve una especie de amistad en el edificio, pero que pronto se hizo añicos, porque conmigo no había nada que ganar. Herbst, un joven muchacho de veinticinco años, pero que ya llevaba más de cinco años aquí y antes había cumplido una condena de dos años en una cárcel para jóvenes, en realidad era matarife de profesión y no estaba libre de esa brutalidad sin reparo que uno cree que puede atribuir a ciertas personas de esta profesión. Era un muchacho grande y robusto, con un rostro largo y grasiento, unos ojos casi muertos que miraban fijamente y un cabello rubio rojizo, que se peinaba y cepillaba cada mañana por lo menos un cuarto de hora para nuestro fastidio; pero todos nosotros nos callábamos por inteligente precaución, pues continuamente estorbaba en medio de la estrecha celda. La barba de Herbst era, sin embargo, de un rojo refulgente antes de que los domingos fuera pasto de su «clipper», una maquinilla de afeitar que se utilizaba en lugar de las prohibidas cuchillas, lo que daba pie a alguna observación despectiva sobre el carácter de nuestro ordenanza de la comida, observaciones que desgraciadamente eran demasiado ciertas.

Sin vergüenza e inconveniente, algunos días Herbst dejaba que disimuladamente todo el mundo le entregara tabaco y alimentos, jabón, fruta, sin pensar nunca en una contrapartida. Pues a aquel que el día anterior le había regalado un puñado generoso de tabaco, al día siguiente le negaba de malos modos un poco de tabaco que el ansioso fumador deseaba mascar. Su posición como ordenanza le confería ese predominio. Yo aprendí pronto a observar muy atentamente a quién le llenaba más la escudilla el ordenanza. En una casa en la que el hambre nos sometía a un régimen despiadado, el que repartía la comida podía reinar fácilmente. De hecho, estaba prohibido que el ordenanza repartiera él mismo la comida, eso era tarea de los funcionarios. Sin embargo, los funcionarios muy a menudo estaban muy liados o también les daba igual. Si a esta casa hubiera bajado un ángel del cielo para repartir la comida, incluso hubiera habido murmullos de desaprobación. Así que todo seguía su antiguo curso y el ordenanza Herbst estaba cada vez más gordo. Aunque el mejor negocio lo hacía cortando y untando el pan. Ya lo he dicho, también entonces debía estar presente un funcionario, pero Herbst aprovechaba cualquier corta ausencia del supervisor sin escrúpulos para robar pan, margarina, mermelada. Ya que él sabía exactamente de memoria de qué víveres disponía, tenía que descartar una parte de nuestras raciones. Pero aunque a cada hombre de entre los cincuenta y seis que éramos nos quitara sólo diez gramos, ya se había ganado más de una libra de pan, ¡y con una libra de pan uno se puede hartar bien! El pan que ganaba de esta manera se lo comía el mismo gordo, aunque también lo cambiaba, si estaba muy necesitado, por tabaco, aunque generalmente se dirigía a su «amigo» Kolzer, que ya he mencionado antes al vuelo, uno de esos dos muchachos, que entre nosotros, los hombres más viejos, aportaban un aroma de perfume de depravación.

Kolzer no era una «puta» como el joven Schmeidler, que se vendía a cualquiera; era fiel a su amigo Herbst. Sin duda alguna, Herbst lo sometía a un estricto régimen, incluso en ocasiones lo pegaba cuando según el parecer de Herbst había cometido alguna estupidez, aunque también lo cebaba de lo lindo y mantenía el ojo avizor sobre él. Kolzer, un joven grande y fuerte, de cabello rubio oscuro, no tenía un rostro feo, aunque sí apático y sin vida. Era bastante imbécil, no sabía ni leer ni escribir, aunque gracias a los esfuerzos incansables de su amigo por lo menos había aprendido a jugar al parchís. Aunque la inteligencia de Kolzer estuviera tan poco desarrollada, el joven sabía muy bien hacerse respetar en la galería y escaquearse continuamente del trabajo. Siempre sufría pequeñas, aunque no dolorosas, heridas o mínimos ataques de fiebre, que le hacían del todo imposible poder trabajar. Entre los enfermos reinaba por ello un continuo malhumor y con Schmeidler pasaba prácticamente lo mismo.

—¡Los pícaros más fuertes permanecen sentados en el edificio y los hombres viejos y demacrados tienen que hacer el trabajo!

Eso era así, aunque Kolzer disponía también de un poderoso intercesor en la persona de su amigo Herbst, que entraba y salía continuamente de la garita y era el mensajero preferido del supervisor. Así que Kolzer era alimentado con rebanadas de pan untadas con margarina y mermelada, y ya que en el edificio uno nunca podía aislarse, era inevitable que a menudo fuera pillado por los otros enfermos consumiendo el botín.

—¡Hoy Kolzer estaba de nuevo comiendo pan en el lavabo y tenía una capa de mantequilla encima!

(En la casa, a la margarina sólo se la llamaba «mantequilla».) Entonces Herbst arremetía contra los soplones.

Cuando tenía que justificarse frente al supervisor decía que Kolzer sólo le había dado las migas que caían al cortar el pan; quizá también le diera un cuscurro de pan; y que la margarina la había rascado Kolzer del envoltorio... Dicho sea de paso, si se seguían produciendo esas intrigas, dejaría el trabajo sin más y se iría a trabajar a la fábrica. Ya verían los demás si podían desempeñar su trabajo mejor que él. Él era —y aquí su voz adoptaba un tono quejumbroso y lloroso—, él había sido siempre honrado y decente, ¡aunque en esta casa llena de bandidos uno no se lo podía permitir! No, ahora ya estaba harto, me volveré de nuevo a la fábrica... Entonces los guardianes lo tranquilizaban y él se volvía indulgente. También él tenía sus ventajas: cuidaba su imagen, era limpio y les contaba todo a los funcionarios sin vacilar.

Sin embargo, para sus compañeros, Herbst no era según estas indicaciones un llorica. Cuando se ponía furioso por el soplo perdía cualquier dominio de sí mismo, su rostro se ponía blanco como la nieve, gritaba a los demás y nunca olvidaba una ofensa a su «honradez» como ésa. Huía como el demonio de las peleas. Antes había sido arrestado a menudo por ser un luchador temido, pero el médico jefe le dejó claro que nunca podía contar con ser puesto en libertad si no aprendía a dominarse. Y Herbst quería que le dejaran en libertad bajo cualquier circunstancia. La puesta en libertad era la gran esperanza de esos hombres de veinticinco años, que habían pasado siete decisivos años de sus vidas entre rejas. Para ser puesto en libertad había hecho el mayor de los sacrificios: voluntariamente había dejado que lo emascularan. Había sido condenado a cárcel por asaltos sexuales a jóvenes y a Herbst le habían dejado claro que nunca podría contar con quedar libre si no se sometía voluntariamente a esta emasculación. El joven se pasó año y medio luchando en su interior hasta que al final cedió. En los tiempos en los que yo ingresé en el centro no había pasado ni medio año, incluso sólo tres meses, desde que lo habían emasculado. Ya entonces estaba gordo, su rostro presentaba una apariencia esponjosa y una palidez malsana. Sus ojos tenían una mirada desconsolada. Pero día a día tenía puestas sus esperanzas en su libertad, el médico jefe apoyaba su petición, tal como le habían dicho. Ahora que se había decidido por ese terrible asunto, la emasculación, y aún seguía privado de su libertad. Día tras día, semana tras semana esperaba, pero el tan ansiado aviso del fiscal general no llegaba. En ocasiones, Herbst bramaba que le habían engañado bien, tanto el médico jefe como el supervisor de enfermeros, ¡todos le habían embaucado! ¡Se había quedado sin sus testículos, y para qué! ¡Para nada, sólo para que esos señoritos se rieran de él!

Mientras tanto era extraordinario que esa emasculación no hubiera cambiado para nada sus sentimientos por Kolzer. Seguía siendo como antes su amigo, era el único con el que tenía trato, su niño bonito. Vivía para él, sólo pensaba en él. Si por la noche el joven tenía un poco de fiebre, Herbst no abría la boca durante nuestras conversaciones antes de dormir; se había tapado la cabeza con la manta, aunque no dormía. No, quizá Kolzer intuía ya algo, que los sentimientos de Herbst por él ahora habían cambiado, aunque nosotros no notábamos nada.

De entre todos en el edificio al que más odiaba Herbst era al zapatero Buck, ese personaje vanidoso, estúpido e intrigante, que al igual que había experimentado con el caso de Schmeidler, tenía las mismas inclinaciones que Herbst. Cuando una noche el zapatero denunció al joven Kolzer en la garita por comer pan a escondidas, Herbst se abalanzó sobre Buck, seguramente perdió la cabeza por la espera larga y en vano de su puesta en libertad, y le zurró a conciencia.

Cuando se produjo la siguiente visita médica, el médico jefe le llamó a consulta y le anunció que no podían proceder a la ya anunciada puesta en libertad por parte del fiscal general, porque con ese ataque había demostrado una total falta de escrúpulos a la hora de controlarse. Pongo en duda aquí —de acuerdo en este caso con todo el edificio— que Herbst debiera ser puesto en libertad o de si el médico únicamente trataba de aparentar, con el fin de evitar cumplir con una promesa, ya que su cumplimiento fue posteriormente muy difícil debido a la postura del fiscal general. En lugar de recobrar la ansiada libertad, Herbst tuvo que cumplir primero con los catorce días de arresto y después volvió a su viejo trabajo de ordenanza. Era un personaje muy malo y me sorprendió la actitud que tomó ante esta terrible decepción. Ya nunca volvió a mencionar su puesta en libertad, cumplió con su trabajo obedientemente, limpio y poco honrado como hasta la fecha, y ya sólo vivía para la institución.

 

53

 

De mi tercer compañero de dormitorio, de apellido Holz,[6] apenas puedo decir nada. Era un hombre joven y fuerte de unos treinta años, más joven de lo que aparentaba, y uno podría haber dicho que el pequeño bigote rubio bajo su nariz era coqueto, si no fuera porque su rostro enormemente triste prohibía cualquier pensamiento relacionado con la coquetería. Llevaba ya más de medio año en el sanatorio, aunque venía directamente del presidio, donde había cumplido una condena de seis años. Mientras Qual o bien callaba o decía tonterías y Herbst sólo sabía hablar sobre él mismo, su amigo y los odiados compañeros de prisión, Holz se convirtió en mi compañero de charlas durante las dos horas, de las siete y media a las nueve y media de la noche, en las que aún nos manteníamos despiertos con el fin de no despertarnos demasiado pronto a la mañana siguiente. La mayoría de las veces le contaba a menudo sobre mi vida anterior, pues para mí suponía una necesidad tratar de convencer por lo menos a una persona de que en su momento y en mi círculo yo había sido un hombre importante y respetado. O si no le contaba de las necesidades y los miedos que me asediaban y no hubiera estado mal si hubiese hecho caso a los sencillos consejos de Holz:

—¡Cede humildemente ante tu mujer, Sommer! —me exhortaba a menudo Holz—. No confíes en tu entendimiento ni en los trucos jurídicos, pues los demás te llevan ventaja. Yo sé cómo se las gastan con una persona sencilla; tú también eres una persona sencilla, Sommer. ¡El médico jefe te la jugará siempre, y el primero el fiscal! Acepta todas las condiciones que te exija tu mujer, renuncia tú mismo a tu patrimonio, haz lo que sea, sólo procura salir de este búnker! Aún no te puedes ni imaginar lo que significa pasarse mucho tiempo aquí. ¡Escríbele, Sommer, escríbele mañana mismo al mediodía!

Esto es lo que me recomendaba Holz con su voz monótonamente tranquila, que no tenía ningún tipo de énfasis. Era el único que insistía en llamarme de «tú» y con mi nombre «Erwin»; mi «usted», con el que yo por supuesto bastante a menudo me dirigía a él, no le causaba ninguna impresión.

En ocasiones también hablaba él. Aunque nunca sobre su pasado en libertad, sobre éste sólo me enteré de que había nacido y se había criado en Hamburgo. Nada más. Ignoro quiénes eran sus padres, lo que estudió y qué delitos (¡y debieron ser delitos muy graves!) le habían llevado a pasar tanto tiempo en presidio. Creo, tal como me contó una vez un funcionario, que Holz fue en su tiempo un famoso desvalijador. Apenas lo puedo creer. Era tan silencioso, tan sencillo, no tenía ninguna iniciativa ni protestaba, simplemente no le veo con la energía necesaria, con la presencia de ánimo y la rápida determinación necesarias para esta peligrosa profesión. De todos modos siempre es posible que tanto tiempo en presidio lo haya transformado completamente.

—¡Yo me he chupado seis años de presidio sin sufrir ni un solo castigo, sin que me echaran una sola hora de arresto! —me dijo una vez.

Lo afirmaba con mucha sencillez, aunque no exenta de orgullo. Lo que más le gustaba era hablar sobre el tiempo que estuvo en la cárcel. Me contaba los trabajos que desempeñó allí, me contaba con todo detalle cómo había empezado a hilar el tejido para hacer colchones y cómo de eso había pasado al tejido para camisas. Después estuvo ocupado haciendo calcetines con la remallosa plana. Yo no me podía ni imaginar cómo debía ser una remallosa plana hasta que me enteré de que también existen remallosas circulares para hacer calcetines. Entonces llegó una de las mejores épocas de Holz en el presidio: lo destinaron a la cocina como lavaplatos. Allí disponía de toda la comida que quisiera, trabajaba junto con otros camaradas e incluso cada día por lo menos podía ver mujeres. Éstas venían del presidio de mujeres cercano para recoger la comida. A pesar de toda la vigilancia se intercambiaban miradas y cartas, incluso conseguían pasarles, sin que les vieran, pan, salchichas y margarina. Holz me aseguraba que sólo hacía lo que hacían todos sus camaradas en la cocina, pero cuando se descubrieron esos enchufes todos le echaron la culpa a él, de forma que lo sacaron de la cocina. Sólo su buena conducta lo salvó de ser castigado con un arresto. Siguió un año terrible: Holz debía desenredar la estopa de viejos cabos en una celda completamente solo; ¡cómo pensé, cuando nombró este trabajo, en el negocio salvador de Magda con la administración de la cárcel y mi viaje a Hamburgo! Finalmente, una vez consideraron que no existía el peligro de que Holz se fugara, le permitieron trabajar en el exterior, así que sólo veía la celda en el presidio para dormir, se pasaba todo el día fuera al aire libre en los campos o en invierno en un aserradero. Holz hablaba con ganas de todos estos asuntos sencillos, recordaba todos los trabajos que le impusieron; incluso era capaz de describirme la misma rabia que sufría seguramente hacía años en su celda individual cuando desbastaba el hilo de la estopa con tanta dificultad.

La especialidad de Holz eran, sin embargo, sus informes sobre la comida. Como todos sufrían siempre hambre, en el edificio no se hablaba de otra cosa que de comida, pues en realidad sólo pensaban en ella. (¡También en estas páginas ha dejado huella!) Estas conversaciones sobre la comida eran como una manía, lo que sólo hacía que nuestro tormento por pasar hambre creciera, aunque no podíamos prescindir del asunto. Para ello, Holz era simplemente un maestro. No era que se inventara comidas de lo más refinado, frente a las que a uno se le hacía la boca agua, no, sus descripciones eran de una sencillez bíblica. Las comidas que él describía eran mucho más sencillas que lo que come un sencillo trabajador, eran las comidas que él había recibido en el presidio. Su cabeza, que nunca había estado sometida a un esfuerzo intenso a la hora de pensar, había descansado lo suficiente para informarme de cualquier cambio en el menú generalmente idéntico de la cárcel; sabía lo que ponían de más y de menos en las raciones de pan; la cantidad de patatas que había recibido al mediodía un preso en arresto en lugar de pan (entre ocho y catorce), además de los acompañantes especiales del pan, salchicha y queso para los que habían trabajado de más o en el campo. También se sabía todos los regalos de Navidad. Y cuando más elocuente se volvía era cuando me describía cómo un campesino, satisfecho con un buen trabajo de siega, había regalado a toda la columna del presidio que había participado bocadillos generosamente untados con «buena mantequilla» o manteca, además de cinco cigarrillos por hombre. Eran las experiencias de ese tipo las que se habían quedado hondamente grabadas en su memoria y aún hoy su voz temblaba al contarme como en una ocasión no pudo digerir por falta de costumbre la comida demasiado grasienta y la devolvió toda. Así de sencillos eran los informes sobre comida de Holz, ¡pero yo los escuchaba siempre con gusto, pues eran tan conmovedores! Y uno seguía ávido de ellos, pues eran muy sencillos. Aunque nosotros siempre podíamos constatar que un preso recibía más o menos el doble de comida que el que recibe alguien ingresado en un psiquiátrico o sanatorio.

—Lo ves —decía entonces Holz ciertamente—, ¡ves cómo nos roban! ¿Aunque qué le quieres hacer? Un burro está allí para acarrear peso y que le den de palos y aquí nuestra condición es peor que la de un burro, que por lo menos vale unos cuantos marcos. Con nosotros sólo están contentos cuando estamos muertos.

Estas palabras las decía Holz sin acusar a nadie, sí, también sin amargura. Para él eran observaciones naturales sobre el transcurso irrevocable del mundo.

En el edificio, Holz gozaba de buena fama, tanto entre los funcionarios como entre los presos. También aquí lo enviaron a trabajar al exterior «sin plazo de prueba», trabajaba para un empresario de la construcción en una gravera. Allí tenía mucho contacto con «civiles» y en ocasiones recibía regalos. Para un camarada siempre tenía dos cerillas o una cebollita de sobras y era el muy envidiado dueño de un vaso con sal, aunque también tenía nuez moscada y pimienta. Así mejoraba sus sopas aguadas. De una vieja lata de sardinas que encontró fabricó un rallador, agujereando la lata con una aguja, y con él rallaba raíces de perejil, de apio, zanahorias y sí, cuando el hambre era muy fuerte, incluso patata cruda. Con todas esas pequeñeces, que para una persona de «fuera» podrían parecer completamente nimias, él mejoraba su vida tranquila y sencilla, le aportaba un poco de alegría, siempre daba con algo con lo que alegrarse. Nunca participaba en las partidas, o bien porque no sabía jugar o porque no quería, nunca leía el periódico, porque no sabía o porque no quería, y en la radio sólo escuchaba música ligera de baile.

—¡Esto me pone de buen humor! —decía entonces y en sus ojos se apreciaba un poco de luz y sonreía de forma extraña y conmovedora. Era una persona discreta y tranquila y estoy contento de no haberme informado nunca de veras de qué pena cumplía, pues no me hubiera gustado manchar la imagen que tengo de él.

 

54

 

Éstos eran los tres camaradas de dormitorio con los que compartí esa primera noche en la celda, cuya respiración al dormir yo escuchaba, mientras la vergüenza, el arrepentimiento y la ira me rompían el corazón. La noche estaba frente a las ventanas, en ocasiones yo alzaba la cabeza y veía brillar unas cuantas estrellas; en una ocasión leí un poema sobre ellas, que decía que desde hace miles de años miran hacia abajo con el mismo brillo frío sobre la pena y la alegría humanas. Entonces su lectura no me conmovió, pero ahora sí que lo hace, y yo me preguntaba si estas estrellas habían visto una pena tan desesperada, que tan absurdamente había caído sobre mí. Casi me parecía imposible. Y tal como las horas nocturnas pasaban lentamente con las campanadas del reloj, una detrás de otra en busca del nuevo amanecer, yo pensaba sereno en Magda y en el astuto médico jefe y me juré de nuevo a mí mismo ser más inteligente en la siguiente ocasión y más sincero. Me convencí de que nada estaba todavía perdido y tramé largas conversaciones con el médico, en las que demostraba una inusual presencia de espíritu y una franqueza cautivadora. Finalmente —una hora y media antes de explicarme— me dormí. En el sueño estaba en mi ciudad natal, paseaba por sus calles y callejones, veía a muchos amigos y conocidos, pero ellos no me veían a mí y pasaban de largo sin saludarme. Finalmente vi a Magda sentada en aquel banco de nuestro primer encuentro cuando éramos estudiantes, me dirigí hacia ella y me senté gentilmente a su lado. Aunque ella no se percató de mi presencia. Yo quería tocar su vestido, alcé la mano pero no pude coger el vestido. Quería hablarle a Magda, y así lo hice, pero mi voz no sonaba, no la oía y tampoco Magda la oía. Entonces me di cuenta con un terror estremecedor que yo sólo me movía entre los vivos como una sombra, que había fallecido y estaba muerto. Me asusté tanto que me desperté y entonces sonó la llave del supervisor en la cerradura y resonó su voz:

—¡De pie!

Sí, un nuevo día estaba allí y yo ya no era un invitado en la casa de los muertos, sino que me había incorporado al grupo de los otros; como todos los demás alargaba mis áridas horas. Ya no hacían muchos aspavientos por mi causa, hablaban conmigo, y entonces empezaron a pelearse conmigo, en los servicios me sacaban fuera de los lavabos y se burlaban de mí cuando intentaba mantener limpias mis uñas con una astilla de madera.

—¿Lo veis? ¿Para qué lo debe hacer? ¡Está metido en la mierda hasta el fondo, igual que nosotros!

Y yo hacía los mismos pequeños negocios que ellos, le ahorraba a mi hambre atroz una rebanada de pan, que después intercambiaba por unas cuantas migajas de tabaco. La primera vez que lo hice me engañaron: había muy poco tabaco, pero muchos pétalos de rosa secos entremezclados. También —quiero confesarlo— le robé en una ocasión a nuestro ordenanza Herbst dos rebanadas de pan bien untadas con margarina, que había escondido bajo su almohada. Yo, sin embargo, estaba tan alterado que ni las saboreé ni me sentaron bien. Ésa fue en todo caso la única ocasión en la que robé algo directamente. Soy una persona débil, ahora lo sé, pero no soy un ladrón. Mi miedo es siempre mayor que mi codicia, así que en esto también soy débil.

Y ese primer día, cuando resonó la llamada para «formar», yo también formé, tal como he dicho, yo también me incorporé a la fila; no le llevaba ventaja en nada a nadie. Un guardián llegó y me acompañó hasta una celda individual, donde no había una cama sino una mesa y un taburete y material de trabajo de muchas clases que observé con unos ojos de miedo y asombro, convencido de que un hombre poco mañoso nunca aprenderá un trabajo como ése en toda su vida. Cuando vi las maderas ya cortadas para los cepillos y las escobas y cerdas de cabello, así como de paja de arroz, piasava e incluso de hierba de playa para los diferentes tipos de cepillos y escobas, me di cuenta de lo que aún me quedaba por aprender. Vi rollos de alambre más grueso y más fino y una cuchilla. ¡No, nunca aprendería a hacer eso! No vino nadie, estaba encerrado solo en mi celda, ¿pero entonces, ya que le había rogado tan vehementemente al médico que me librara de la presencia de Lexer, debía hacer ahora los cepillos yo solo sin la ayuda de un guía? Lo intenté, cogí unas cuantas cerdas e intenté introducirlas en los agujeros ya hechos. Sin embargo, no había cogido suficientes y se cayeron sin más a través del agujero. Cuando lo intenté de nuevo cogí más, pero entonces eran demasiadas y cuando quería introducirlas en el agujero, unas se rompían y las otras se caían al suelo. Me agaché con el fin de eliminar el desorden, pero entonces volvió a sonar la cerradura y el pequeño Lexer con sus colmillos pardonegruzcos entró dentro de un salto, me agarró del pecho y gritó estridente:

—¿Dónde has dejado la cuchilla de afeitar? ¡A mí no me la endilgas, Sommer!

Me deshice furioso de él y le grité:

—¡Te aconsejo que nunca más me vuelvas a agarrar así! ¡A mí que me importan tus trolas!

El pequeño tipo me miró un momento absorto y mudo, entonces volvió a reír espantosamente y dijo:

—¡De acuerdo, como tú quieras! ¡Pero un día te la meteré yo a ti!

(Aunque desde entonces, y como ya he informado, me ha dejado bastante en paz.) Y cambiando de tema rápidamente:

—¿No tendrás tabaco para mascar para mí, aunque sea un poquito, Sommer?

No tenía y así se lo dije y entonces me contestó enfadado:

—¡Tú no sirves para nada! ¿Para qué han enviado a alguien como tú a esta casa? Cuelga el alambre del caballete. No, no el grueso, burro, primero tienes que hacer cepillos con las cerdas buenas, es lo más fácil, así que coge el alambre fino. Durante la primera semana deberás rellenar cada día doscientos agujeros. ¡Te lo dice el inspector de trabajo y si no lo consigues irás volando a un agujero con condiciones bien duras y más vapores de col! Yo relleno mil agujeros al día, y si quisiera podría rellenar dos mil, pero no me da la gana. ¿Para qué? ¿Para que esos arribistas ganen aún más con nosotros? ¡Y además tener que pasar hambre! Mira, debes pasar así el alambre por el agujero, con el fin de que forme un nudo, y entonces puedes introducir las cerdas, todas las que puedas coger con dos dedos, entonces verás cómo funciona. ¡Entonces atas bien el nudo y ya tienes las cerdas colocadas! ¡En eso consiste todo el truco, un niño lo aprendería en cinco minutos, así que ahora haz lo tú y demuestra si sabes hacerlo mejor que un niño!

Y mientras Lexer me lanzaba todo esto sin coger aliento con su voz chillona, escupiendo saliva de sus labios, yo veía con sorpresa cómo esos sucios dedos con las uñas carcomidas metían con una pericia increíble los finos alambres por los agujeros y cómo agarraban la cantidad justa de cerdas para entrar en un agujero y llenarlo sin que quedaran espacios entremedio, ni demasiadas ni demasiado pocas, y que finalmente juntaba y rápidamente ataba con el alambre. Tal como me lo había mostrado me pareció de una facilidad pasmosa. ¿Pero cómo me saldría a mí si probaba yo mismo a hacer esa tarea tan sencilla? Mi alambre no quería entrar en el agujero y entonces se me doblaba en lugar de formar un nudo y yo cogía demasiadas pocas o demasiadas cerdas y las dejaba caer en el suelo. Mientras lo hacía, Lexer no dejaba de abroncarme y se burlaba de mí y me empujaba y también me abofeteaba y me salpicaba con su saliva, hasta que lancé el cepillo y volví a gritarle enfurecido:

—¡Te vuelvo a repetir que me dejes en paz!

Así estuvimos trabajando toda la tarde, yo completamente desesperado por mi falta de pericia y convencido de que nunca lo aprendería y él siempre cada vez más chillón, triunfante, mirándome por encima del hombro, todo su ser miserable y apestoso encima de mí. Finalmente esa tarde sólo conseguimos terminar un solo cepillo, que tenía ochenta agujeros, y yo mismo me di cuenta de que no tenía una buena pinta, que no estaba hecho correctamente.

—¡Échalo tú mismo en la basura, Sommer! —me chilló Lexer—. ¡Hazlo desaparecer en el cubo de los desperdicios, que no lo vea ni por casualidad el inspector de trabajo, si no te arrestarán por hacer desaparecer el material! Aunque esta tarde ya no volveré a tu asqueroso agujero. Ya sabes bien cómo debes hacer tu trabajo y si no sabes hacerlo es tu problema y tendrás que responder por ello. ¡Yo no quiero tener nada que ver!

Así es como cinco horas después me deshice del repugnante maestro Lexer y pude ahorrarme mi tan mal recibido estallido de antipatía frente al médico. Aunque esa tarde estuve completamente desesperado con los agujeros de los cepillos y por la noche no había conseguido rellenar más que treinta y siete agujeros, y además de mala manera. Esa noche ya no cavilé de nuevo sobre mi persona y mi destino adverso y Magda y el médico jefe, sino sólo sobre la confección de cepillos. Aunque ese cavilar le debió de sentar mucho mejor a mi cabeza, ya que dormí entre pensamientos y por primera vez pasé una noche relativamente buena.

 

55

 

Los días pasaron, uno tras otro, y uno de ellos, antes de lo que yo había pensado, me había convertido en un fabricante de cepillos bastante aceptable. Había aprendido, confeccionaba cepillos para las uñas y normales, cepillos para el cabello y para cepillar vacas, toneles de cerveza y marcos de ventana. También sabía hacer escobas, escobas de piasava y finas escobas de cabello. Finalmente también aprendí a hacer pinceles, brochas de afeitar, pinceles para quitar el polvo y todo tipo de pinceles para pintor. Mis dedos ahora ya eran tan ágiles como los de Lexer, cogían exactamente las cerdas necesarias, ni una más ni una menos, y el alambre ya no me daba quebraderos de cabeza. Cuando ahora me encontraba con Lexer al aire libre y éste me gritaba con su voz chillona «¿Qué, Sommer, cuántos has conseguido hacer?», yo le respondía «Ochocientos agujeros», o también «Mil» o incluso «Mil cien». Entonces Lexer sonreía sarcástico y me chillaba furioso:

—¿Quieres hacerles la pelota a los de arriba, verdad? ¡Así no recibirás para jalar más de lo que nos dan a nosotros, lameculos!

Sin embargo, yo no trabajaba tanto para llamar la atención de los de arriba, sino que lo hacía por mí. El trabajo me ocupaba el tiempo, antes de lo que yo pensaba se oía la cerradura y la voz del guardián decía:

—¡Mediodía!

Los días, por muy largo que se hiciera en ocasiones un día en sí, pasaban lo suficientemente rápido: había pasado una semana, después un mes y yo me decía: Ahora ya llevo aquí un mes, ahora dos, pronto serán tres...

Ahora que mis manos ya hacían solas el trabajo, que no debía pensar ininterrumpidamente sobre ellas y que la tomaran conmigo, mi cabeza ya estaba libre para reflexionar y cavilar sobre mi propio destino. Aunque el mismo trabajo le confería a este cavilar una nota diferente. En ocasiones me apostaba un rato frente a la ventana y miraba fuera hacia el campo, donde ya estaban sembrando el grano, recogían las mieses, espigaban y lo transportaban todo hasta la segadora. Yo disponía de una buena e iluminada celda, que también en invierno se mantenía caliente, tal como me habían dicho. Yo miraba hacia fuera y cuando el corazón me atormentaba y me oprimía de nuevo con una impaciencia colérica para que yo pudiera recobrar finalmente la libertad, sin duda alguna era el trabajo lo que hacía que me dijera a mí mismo: Paciencia, todo llegará. ¡Por una vez estaría muy bien que esta frase consiguiera que terminara los cepillos de limpieza!

Sí, mi trabajo me hacía ilusión, era un trabajo sencillo, que podía hacer cualquier niño o camarada perturbado, pero cualquier trabajo bien hecho, por muy nimio que sea, consuela.

Ahora tampoco le tenía miedo a ser arrestado ni al inspector de trabajo; algunas veces se presentaba en mi celda y recogía lo que ya tenía listo, y nunca me dijo una palabra fea, sino al contrario y a menudo:

—Bien, bien, Sommer.

O también:

—No tiene usted que sobrepasar el trabajo que se le ha asignado, Sommer, no hace falta.

En una ocasión incluso me regaló también una rebanada de pan untada de mermelada.

Sin embargo, cuando transcurrió el primer mes de mi trabajo, me dirigí con los otros trabajadores a la garita y allí me entregaron el tabaco que habían comprado con mi «salario» (cuatro céntimos por día, un marco al mes), es decir, un paquete de tabaco para liar y otro de picadura. Por la mitad del paquete de picadura me agencié con una pequeña pipa de fumar, pues no quería liarme como otros los cigarrillos con papel de periódico, que siempre o bien ardía en llamas o bien ardía sin llama o tenía un sabor asqueroso. La cabeza de mi pipa era muy pequeña y en ella no cabía más tabaco que para diez o doce caladas; ya me estaba bien, pues así podía fumar cinco veces al día y me duraba todo el mes. Ciertamente no el primer mes, pues aún era estúpido y yo solo dejaba que de todas las formas posibles me lo quitaran o yo lo diera prestado y no lo viera nunca más. También conocí el miedo de todos los poseedores de tabaco frente a los ladrones; nada de lo que había en las celdas estaba a salvo de ellos, por muy bien que uno lo escondiera. Siempre se oía en el edificio por todo lo alto la queja rabiosa:

—¡Me han robado el tabaco!

Así que uno estaba obligado a llevar todas sus pertenencias, empezando por la cuchara, que era nuestro único instrumento para comer, en los bolsillos, lo que no le gustaba al supervisor, que nos reprendía por las protuberancias en nuestra ropa. Yo me agencié una pequeña caja de cartón, en la que metí todos mis efectos, un poco de sal, un trozo de pan que había conseguido ahorrar, la pipa y el tabaco. Yo siempre llevaba esa cajita conmigo, ya fuera comiendo o en el retrete, en la cama e incluso cuando iba a visitar al médico. Más tarde, el bienintencionado Qual, que trabajaba en la carpintería, me confeccionó una pequeña caja de madera con una tapa deslizante y un asa de cuerda y no quiso nada a cambio.

Sí, yo estaba integrado y pertenecía al grupo, y si debo confesar la verdad, tras las primeras semanas de aclimatación ya no me sentía tan mal. Me había acostumbrado al hambre y a las continuas peleas, al aire viciado y a los furúnculos, y ya no me daba cuenta del completo desequilibrio y apatía de muchos de mis camaradas. Yo pertenecía a ellos, aunque al mismo tiempo tampoco del todo, pues estaba «internado provisionalmente» y más adelante incluso me habían internado «para observación». Un día me citarían, me impartirían mi condena por la amenaza y entonces —¡así lo espero, así lo espero!— recobraría de nuevo la libertad. Aún no sabía lo que haría cuando la recobrara. Estaba casi seguro de que no volvería a mi casa y a Magda, tampoco quería volver a trabajar en mi viejo negocio. Mi estancia en la celda me había vuelto un poco tímido, ese continuo aislamiento, me gustaba estar en ese estrecho espacio con mis cepillos y pensaba con aversión en las calles ruidosas y bulliciosas de mi ciudad natal. Yo tenía la vaga idea de mudarme a un pueblo tranquilo y pasar allí mis últimos años como un hombre desconocido y prematuramente envejecido, en una habitación tranquila en la que pudiera seguir haciendo cepillos. Ésa era la idea que me rondaba por la cabeza. Sí, yo había recuperado algo de alegría, me invadía una casi agradable modestia, lo más acertado es comparar este tiempo con el que pasé en el patio de la madera durante mi prisión preventiva. Ciertamente aquí faltaba Mordhorst, aunque en el fondo yo no lo echaba de menos. Mordhorst siempre había incitado, reprendido y metido cizaña, y a mí ahora me encantaba la paz. El edificio con su suciedad y avaricia era horrible, pero era así, de qué servía rebelarse contra ello. ¡Nosotros los presos, nosotros los enfermos no valíamos nada!

A finales del segundo mes cambié todo mi paquete de tabaco para liar por una lupa sin soporte y así podía encender mi pipa, también en mi celda de trabajo, siempre que luciera el sol. Entonces me sentí más rico y más feliz que nunca en mi vida, cuando me inclinaba frente a mi ventana y con una honda alegría daba mis diez o doce caladas a la pipa. Tenía la sensación de que nunca en la vida había disfrutado y me había alegrado tanto como en esta caliente celda. Quizá ya había dejado huella en mí la modestia de mi camarada de dormitorio Holz, su don de saber alegrarse con las cosas más pequeñas.

 

56

 

A la quieta paz de esos días sólo aportaron inquietud mis conversaciones con el médico; la mayoría de las veces tenían que pasar unos cuantos días hasta que yo me había tranquilizado del todo y había vuelto a mi sereno placer. En general no me eran provechosas, aunque ya no tuvo lugar una tan terrible como aquella primera. Desgraciadamente me era totalmente imposible mostrarme frente a él como era, nunca gané cuando trataba con él esa libertad y seguridad en mí mismo, que allá fuera me habían parecido normales. Siempre me oprimía un oscuro sentimiento de culpa, como si frente a él y a cualquier precio tuviera que esconder y ocultar algo. Siempre le tenía miedo a sus malvados trucos y artimañas, con la pregunta más ingenua me atormentaba el pensamiento: ¿qué treta se va a inventar ahora? Nunca vi en él a un médico que me ayudara, sino al ayudante del fiscal, que en una pesada y confusa hora me había acusado del intento de asesinato de mi mujer y que haría todo lo posible por mantenerme dentro de estos muros.

Si en alguna ocasión me dominaba y le contaba al médico jefe qué era lo que atormentaba a mi corazón, por regla general siempre caía dentro de su trampa. Como ejemplo: un día le conté con toda franqueza mis tan modificados planes de futuro, retirarme a un pueblo tranquilo y vivir únicamente de hacer cepillos... Yo pensaba que el médico aprobaría mis planes, incluso que los alabaría, y me sorprendió mucho y me confundió sin límites cuando negó enérgicamente con la cabeza y dijo:

—Ésas son simples fantasías, Sommer. No se eche usted arena en los ojos. Así no puede usted vivir y así tampoco quiere usted vivir. Usted necesita a su prójimo, y sobre todo, Sommer, necesita usted una mano que le guíe y que le ayude. No, usted ha pensado esto de nuevo por su infundada aversión por su mujer. ¡Deshágase de una vez de esos pensamientos de que su mujer quiere perjudicarlo! Usted, sólo usted le ha hecho mucho mal y si su mujer no fuera una persona tan decente, ella tendría toda la razón del mundo para ser un poco mala con usted. ¡Y, sin embargo, al denunciarlo nunca mencionó una palabra desdeñosa en su contra, siempre intentó disculparlo! ¡Y ahora me cuenta usted que ya no quiere usted vivir más con ella ni trabajar! ¡Qué clase de persona es usted, Sommer! ¿No puede usted darse cuenta de cómo son las cosas? ¿Tiene usted que imaginarse siempre patrañas?

Naturalmente yo estaba desconcertado y escandalizado por ese ataque completamente sin motivo; ya que Magda no me había escrito ni una sola línea, nunca había intentado verme; yo debía suponer con todo el derecho que yo era molesto para ella, que para ella yo estaba muerto y enterrado. Y como es costumbre, ella no decía nada malo sobre un muerto. Aunque por mi parte era correcto dejarle el camino libre, no presentarle ninguna dificultad, permitir que se hiciera con todo mi patrimonio. Que el médico no quisiera apreciar mi nobleza, sino que me atacara con palabras duras y malvadas, eso me demostraba hasta qué punto estaba en contra de mí desde un principio y eso hizo que de cara al futuro yo blindara aún más mi boca, me convirtió en más tímido y menos libre. En realidad, él no era otra cosa que mi enemigo, un enemigo despiadado, que intentaba por todos los medios engañarme y que conmigo utilizaba sin escrúpulos su poder añadido como director del centro. Los otros presos tenían toda la razón al advertirme siempre.

—¡No te fíes de Stiebing! Siempre te sonreirá, pero a tus espaldas elaborará un informe sobre ti, en el que aconsejará que no salgas de este agujero por el resto de tus días.

Tenían razón.

Durante esas semanas, el médico ya no me citó tanto y la frecuencia de las visitas tampoco aumentó cuando me anunció que le habían solicitado que elaborara un informe sobre mí. Más bien al contrario, era una prueba de que ya se había formado una opinión y que no quería aprender mucho más del caso. En general, el médico jefe, sino surgía una emergencia, visitaba el sanatorio dos veces a la semana, las tardes de los martes y los jueves. Sin embargo, el supervisor me llamaba con mucha menos frecuencia, incluso ni una vez a la semana. Yo naturalmente lo agradecía, pues cada visita suponía, como ya he dicho, un martirio para mí, tras el cual necesitaba de varios días para recuperar la tranquilidad. Aunque esos avisos tan poco frecuentes demostraban también qué poca importancia le daba a ese informe que debía decidir sobre el destino de mi vida. En sí, mi caso era especialmente interesante para un psiquiatra, pues mi formación era superior a la de los demás internos del sanatorio, me había realizado en la vida, era un hombre respetado, ¡y ahora estaba interno en esta casa de los muertos! ¡El médico jefe debería haber visto que mi caso era mucho más importante que el de los demás, yo tenía mucho más que perder, yo era mucho más sensible e indefenso que estos seres en su mayoría obtusos! ¡Pero no, me trató completamente como fulano y zutano, a menudo era más bien maleducado conmigo, no encontraréis un mayor mentiroso y patrañero que él! Yo tenía toda la razón para desconfiar y protegerme. Si volvía a echarme en cara falta de sinceridad, su reproche caía en saco roto, pues yo no hacía otra cosa que callar.

 

57

 

En mi relación con el médico se produjo un cambio cuando un día a una hora completamente inhabitual, es decir, a primera hora de la tarde, me fue a visitar a mi celda. Yo acababa de fumar, lo que está prohibido en las celdas de trabajo, aunque, a pesar de que el aire aún estaba lleno del humo del tabaco, no hizo ninguna observación al respecto, por muy severo que fuera en general con el cumplimiento de las ordenanzas de la casa. Ese día no vestía su bata de médico clara y tampoco iba acompañado de su eterna sombra, el supervisor. El doctor Stiebing observó un momento mi trabajo y entonces preguntó algo distraído:

—¿Qué, qué tal lleva lo de confeccionar cepillos, Sommer?

—Muy bien, señor médico jefe —le respondí yo—. Creo que el inspector de trabajo está contento conmigo.

Afirmó con la cabeza, de nuevo bien disperso, pues mi destreza con el trabajo parecía no interesarle más. Sacó de su bolsillo una pitillera de plata e hizo algo que me sorprendió completamente, que casi me hizo caer de espaldas: me la ofreció.

—¡Por favor, señor Sommer!

Lo miré incrédulo, su rostro mostraba una sonrisa amable y ligera cuando me dijo:

—Puede usted coger tranquilamente uno, Sommer, si es su médico el que se lo ofrece.

Incluso me ofreció fuego y entonces se quedó un rato fumando callado bajo la alta ventana de la celda. Entonces dijo:

—Ayer mantuve una buena conversación con su mujer sobre usted, señor Sommer. Le rogué que pasara a verme y ayer lo hizo.

No le respondí, sólo lo miraba, mi corazón latía con fuerza. Que ese hombre hubiera estado ayer junto a Magda, me tocó, me conmovió mucho. No podía articular palabra, creo que todo mi cuerpo temblaba.

—Sí —dijo el médico reflexionando—. Le rogué a su mujer que me lo contara todo en su conjunto, desde el principio de su matrimonio hasta esa fatal noche. Un psiquiatra puede sacar muchas cosas de las palabras de los familiares, que ellos mismos no pueden ni intuir.

Una ola de airada indignación quería alzarse de nuevo dentro de mí. Así que también has querido engañar a Magda y seguramente lo has conseguido, pensé yo. ¡Magda es tan inocente, ella no tiene ni idea de la clase de hombre que eres tú! Aunque esa ola disminuyó de nuevo. Él añadió:

—No tengo en absoluto una impresión desfavorable después del informe de su mujer. Opino que es posible que lo logremos con usted, Sommer. Tiene usted una mujer muy valiente y eficiente...

De nuevo apareció en mí un sentimiento defensivo: hubiera preferido que el médico jefe no hubiera utilizado justamente la palabra «eficiente» en relación con Magda.

—Sí, Sommer, naturalmente hoy mismo no le puedo decir nada definitivo; quisiera tenerle aquí unas cuantas semanas más en observación. Pero si usted se sigue comportando con tranquilidad y trabajando como hasta la fecha y si no se produce nada extraordinario...

—¡No se producirá nada extraordinario, señor médico jefe! —le dije yo excitado—. Quiero seguir viviendo aquí completamente tranquilo y laborioso...

El médico sonrió de nuevo, incluso en ese momento en el que él era muy bondadoso conmigo, prefería que no sonriera con esa superioridad.

—Bueno —opinó él—, ¡aquí le mantenemos también alejado de todas las tentaciones, Sommer! Que usted sepa defenderse de ellas aquí no significa mucho. Debe estar usted seguro de que también podrá hacer frente a esas tentaciones en el exterior, especialmente a la del alcohol...

—Nunca más volveré a tomar alcohol —le aseguré—. Hace tiempo que me lo he propuesto. Ni siquiera un vaso de cerveza. Viviré en completa abstinencia, me comprometo, señor médico jefe.

—Bah, Sommer —dijo él sombrío—, ¡mejor que no me prometa nada! ¿Usted sabe las promesas que tengo que oír cuando la gente lo que quiere es irse de esta casa? Y sólo llevan tres meses fuera, un mes, y ya se han olvidado de las promesas, y uno vuelve a robar y el otro vuelve a beber. No, no doy nada por las promesas, ya he caído en la trampa muchas veces.

—Pero yo he cambiado —dije y por primera vez podía hablar libremente con el médico—. Antes nunca hubiera creído que me podría pasar esto. Pensaba que me lo podía permitir todo y Magda también me acostumbró. Pero ahora he podido ver en qué ha acabado mi afición al alcohol y ello será una enseñanza para el resto de mis días. Si caigo en la tentación de pensar en las semanas y meses que he pasado en esta casa...

Me estremecí. El médico jefe me observó atentamente.

—Ahora ha sido sincero, Sommer —dijo entonces—. Si esta experiencia ha supuesto tal conmoción para usted que le ha apartado completamente del alcohol entonces habrá que arriesgarse. Aunque usted también tiene que arreglar en su interior la relación con su mujer. Es usted un hombre con una enfermedad muy leve, señor Sommer, pero debo decirle muy abiertamente que en su matrimonio su mujer es la que lleva las riendas y es superior. Ha sido su buen espíritu; en cuanto se separó usted de su mujer, usted mismo se vino abajo. Hágase usted a la idea de que su mujer sólo quiere lo mejor para usted, subordínese usted un poco a ella... Ello no tiene nada despreciable en sí, no va a ser usted un calzonazos. Está bien cuando el más débil se deja proteger y guiar por el más fuerte...

Así me siguió hablando el médico jefe durante un buen rato. No fue fácil para mí ni mucho menos escucharlo sin contradecirle en nada. Pues tampoco era tal como él lo describía. Seguro que Magda era eficiente, pero yo solo había sabido llevar el negocio desde que teníamos la casa, muy bien y sin su ayuda. Seguro que en los últimos tiempos no había ido tan bien como antes, tenía otros motivos, se debía a unas cuantas casualidades desgraciadas, no era debido a mi labor de dirección. Pero en todo caso, si gracias a ello podía salir de esta maldita casa, estaba dispuesto a aceptarlo. Si Magda quería dirigirlo todo, no iba a ser yo quien se lo impidiera. Así que callé y también me hermanó con mi nueva actitud hacia Magda el pensamiento de que le hubiera hablado tan bien al médico de mí. ¡Así que aún me seguía queriendo!

—Así que —dijo finalmente el médico—, no le he podido prometer nada aún, es algo que no puedo hacer. Digamos que en tres o cuatro semanas elaboraré mi informe, entonces el juzgado pondrá fecha a la vista, usted recibirá una pequeña condena, quizá de cuatro semanas, quizá de catorce días...

—¿Tan poco? —le pregunté muy sorprendido.

—Bueno, pregúntele mejor a un jurista, no quiero darle falsas esperanzas, sólo soy médico. Y cuando haya recobrado usted la libertad...

—¡Pensaré siempre en esta casa, señor médico jefe, se lo prometo! —dije yo para finalizar.

 

58

 

Esa visita transformó de golpe mi sentir, mi pensamiento, toda mi vida. De repente veía ese tiempo pasado hacía poco con ojos completamente diferentes: yo no había vivido en una casi agradable falta de deseo y modestia, sino que tenía paralizada mi voluntad, mi falta de esperanza era casi total, vivía en una completa apatía. Ahora entendí cuán mínima había sido mi confianza de escaparme de esta casa espantosa, de cómo casi había terminado con mi vida. La alegría de Holz por las cosas pequeñas de esta tierra me parecía mediocre y estúpida y yo convertía en miserables las noches de los más pacientes con largas parrafadas sobre todo aquello que haría tras mi puesta en libertad. Y es que yo tenía la intención de ocuparme en muchas cosas. A pesar de que el médico se había disculpado por su franqueza, yo no le podía perdonar su observación sobre la considerable eficiencia de Magda. Cuanto más reflexionaba sobre ello, más falsa me parecía. En cuanto volviera a recuperar la libertad le demostraría a él, a Magda y a todo el mundo, cuán capaz podía ser yo también. Y al bueno de Holz lo atormentaba con largas descripciones sobre las posibilidades del comercio con productos de la tierra, posibilidades que naturalmente detectaría y aprovecharía veloz como el rayo. En balde me advertía el experimentado de tanto aguantar:

—¡Pero si aún no estás fuera, Sommer! ¡No hagas demasiados planes! ¡Quién sabe lo que aún puede pasar!

Y yo le decía:

—¿Y qué quieres que pase? Ahora depende todo de mí y en lo que se refiere a mí estoy seguro.

También en mi trabajo con los cepillos había cambiado mucho. No era que trabajara peor, eso era algo que mis manos ya no podrían hacer, sino que podían prescindir de la razón que las guiaba y mi entrega apenas descendía. Pero yo trabajaba de forma completamente intermitente. Durante medio día me apostaba en la ventana de la celda, observaba durante horas las nubes pasar volando por el cielo, me alegraba de ver los prados, el ganado y el bosque y veía sonriendo a las muchachas pasar como un rayo en sus bicicletas. ¡Pronto yo pertenecería de nuevo a todo ello, sería parte del mundo, ya no me vería apartado de él y me sentiría muerto en vida! De nuevo pensé en las palabras del médico jefe y me abalanzaba con entusiasmo a fabricar cepillos. El trabajo era como si me pasara volando entre las manos. A casa ocasión que me sentaba, en dos horas había terminado de hacer el mejor cepillo de uñas. En ocasiones mientras trabajaba recordaba con añoranza a Magda y sentía el vivo deseo de que ella viera cómo yo trabajaba. ¡Yo también podía ser eficiente, inusualmente eficiente!

Incluso mi relación con mis camaradas de trabajo había cambiado esencialmente a raíz de esta conversación. Si hasta entonces me había apartado silencioso de su camino, nunca me había inmiscuido en sus peleas y había dejado a cada uno hacer la suya, por muy repulsivo que me pareciera, ahora mi buen humor me facultaba a intervenir en las conversaciones e incluso gritarle a una persona desagradable:

—¡Tiede, no lamas la mesa con la lengua! ¡Si se te ha caído la salsa utiliza la cuchara!

No puedo afirmar que mis compañeros de penas se tomaran este cambio de mi forma de ser más animada de forma favorable. Mis ingeniosas observaciones eran recibidas la mayoría de las veces con un profundo silencio de rechazo y mis exhortaciones al buen comportamiento conducían a bastos insultos dirigidos hacia mi persona. Aunque ello apenas afectaba a mi buen humor. Yo sólo pensaba en mi interior: ¡pobres chalados! En unas cuantas semanas yo estaré fuera, mientras vosotros os pasaréis toda vuestra vida entre estas paredes. ¿Qué me importan vuestros insultos? ¡Para mí simplemente no existís!

Además, la transformación de mi forma de pensar no se mostraba únicamente en mi comportamiento dentro del sanatorio, sino que también tuvo su reflejo hacia el exterior. Tras pasar unas cuantas noches dándole vueltas al asunto y comentarlo profusamente con Holz, que me lo aconsejó todo decidido, hice venir al viejo consejero de justicia Holsten, un señor ya un poco pasado de moda, pero que entre los prohombres de la ciudad disfrutaba de un gran prestigio y que en ocasiones había asesorado a mi empresa cuando surgía alguna cuestión de tipo jurídico. Acordé con él un documento con poderes totales para Magda y elaboré mi testamento, en el que nombraba a Magda mi única heredera. Le rogué al viejo señor que le llevara los poderes la misma mañana siguiente a mi mujer y que dejara el testamento en el juzgado. Ésa fue la forma como agradecí a Magda lo bien que había hablado de mí al médico jefe y me alegré de poder agradecérselo de una forma tan eficaz. Ciertamente, Holz, que esos días no quería juntarse conmigo, se me quejó:

—¡Espero que un día no te tengas que arrepentir de ello, Sommer! Uno nunca debería ponerse por entero en manos de otro, lo prohíbe hasta la más elemental precaución. Además, ¿para qué? Si nadie te lo ha pedido, ¿por qué tienes que hacerlo?

—Yo siempre he sido una persona generosa, Holz —le respondí—. Siempre he tenido pasión por regalar.

En todo caso debo remarcar que el consejero judicial no estaba del todo satisfecho por tener que confeccionar esos documentos para mí y proveerlos con el sello notarial. No es que no estuviera de acuerdo con su contenido, al contrario.

—Siempre está bien que uno se planifique el futuro, señor Sommer —me dijo—. Y su mujer es sin duda la persona más próxima a usted. Le depara un futuro incierto. ¿Ya ha elegido usted a un abogado defensor para la vista o desea usted que me haga yo cargo de la misma?

—¡Gracias, gracias! —le dije sin prestar mucha atención—. Tengo previsto defenderme a mí mismo. Dicho sea de paso toda la historia en sí es una tontería que mis queridos conciudadanos han exagerado en extremo.

El consejero estaba horrorizado sobre mi «imprudencia», tal como él la denominó.

—Nunca se trata de una tontería —dijo el viejo hombre casi escandalizado— cuando un ciudadano respetable tiene que ir a la cárcel, ¡y no por él mismo, sino sobre todo por el terrible ejemplo que da! Deje que me haga cargo de su defensa, señor Sommer, quizá, prácticamente estoy convencido de ello, podré conseguir la libertad provisional para usted. Así por lo menos evitará usted la deshonrosa estancia en prisión.

—Mi honor es únicamente asunto mío —le dije orgulloso—. Los otros no me lo pueden arrebatar. —El viejo hombre negó con la cabeza con una sonrisa sombría—. Por lo demás se trata de un delito basado en un impulso y las consecuencias de un delito de estas características nunca pueden ser deshonrosas.

El viejo hombre volvió a negar con la cabeza tristemente.

—Éste es un lenguaje —dijo— que entre estos muros he oído hablar demasiado a menudo y que hubiera preferido no oír en sus labios. ¿Qué tal está la situación con el informe del galeno? ¿Sabe usted ya algo al respecto?

Le aseguré que la situación estaba bastante controlada y que el médico jefe no consideraba necesario mi ingreso en un sanatorio.

—Así lo espero, así lo espero con todo mi corazón —dijo el consejero judicial Holsten—. Bueno, señor Sommer, ahora debo despedirme. Y si en contra de sus actuales expectativas necesita usted de mis servicios puede usted llamarme en cualquier momento. A pesar de mis años no evitaré el largo camino desde la ciudad hasta este sanatorio si puedo ayudarlo en algo.

Se lo agradecí casi conmovido, aunque estaba convencido de que nunca necesitaría de su consejo y que si se producía un caso de emergencia acudiría sin falta a un abogado más joven y eficaz que él.

 

59

 

Así transcurrieron las siguientes semanas en una relativa paz y placentera tranquilidad, una paz diferente a la que había alcanzado antes de mi conversación con el médico, una paz más activa, que rellené con planes y esperanzas. De nuevo volvía a dormir mal, pero ese hecho ya no podía perjudicar a mi buen humor: ya sólo era un huésped en esta casa de los muertos. Cada día yo esperaba el escrito de la acusación y la fecha de la vista, y si de nuevo no habían llegado entonces confiaba en que llegaran al día siguiente. La esperanza en las personas es indestructible, yo creo que lo último que se pierde en el cerebro de un moribundo es la esperanza. El médico ya no me citó más, ya no lo vi tras esa última conversación, una señal de que ya había terminado su informe y que lo había enviado a la fiscalía. Mis camaradas intentaron en balde meterme miedo.

—¡No confíes en ese falso perro! A la cara te dirá una cosa, pero sobre el papel pondrá algo completamente diferente.

Yo reía con superioridad. Algo así lo haría quizá el médico con gente de su calaña, a mí me había hablado de forma tan positiva que no podía dudar de que el resultado sería favorable. El hombre era juzgado de forma completamente equivocada, también yo no fui justo con él durante los primeros tiempos. Ello radicaba en su manera de ser en ocasiones arrogante y maliciosa, que a uno le producía rechazo. Sin embargo, era un hombre de conocimientos y entendimiento, si podía le brindaba a cualquiera una oportunidad. Si ciertamente era completamente imposible entonces...

Durante esos días sólo hubo una cosa que resultó ser desagradable: las consecuencias de mi desnutrición empezaron a ser palpables también en mí, además fui atacado por una plaga de furúnculos muy molestos. Mientras que la «sarna de cerdo» instalada bajo la epidermis sólo apareciera en brazos y piernas aún se podía aguantar, pero cuando aparecía también en la nuca y la espalda entonces sí que me hacían sufrir. Sobre todo porque por la noche debía dormir sobre el vientre, una posición en la que nunca he podido dormir, lo que resultaba muy incómodo. Ahora yo también pertenecía a los que formaban esa larga fila cada mañana frente a la consulta del médico y que dejaban que el supervisor les pusiera una pomada, o que les cortara el furúnculo y finalmente les colocara una venda. Estoy convencido de que si hubiésemos sido alimentados más decentemente, con verdura y fruta fresca, el origen de esta, claro está, considerada peste, hubiera sido eliminado antes, y no nos veríamos obligados a visitar una y otra vez al médico debido a sus consecuencias: pero en ello no pensaba nadie. ¡Nosotros teníamos derecho a una venda y con eso bastaba! En general, ciertamente tampoco esa plaga podía afectar, aunque fuera un poco, mi buen estado de ánimo.

Una vez haya recuperado la libertad... ése era el pensamiento que pasaba por mi cabeza cientos de veces al día. También era del todo obvio que ahora empezara a ocuparme más de mis asuntos exteriores, ya que quizá me pusieran en libertad en poco tiempo. Yo empecé de nuevo a cuidar mis manos, especialmente mis uñas, que tanto habían sufrido trabajando. Fui a cortarme el pelo y dos o tres veces a la semana me lavaba los pies. Pero sobre todo me ocupaba ahora de mi rostro. En este tiempo se me había caído el vendaje y mi nariz hacía tiempo que se había curado. Yo siempre había temido examinar mi cara y para eso lo tenía fácil, pues en el centro no había disponible ningún espejo oficial y Leier nos ofrecía la posibilidad de afeitarnos con su «clipper». Pero ahora se trataba de algo diferente. Sabía que el ordenanza Herbst disponía de un pequeño espejo, en el que siempre se miraba cuando se cortaba el cabello. En ocasiones se lo pedía prestado. Naturalmente él se burlaba de mí:

—¿Para qué necesitas un espejo? ¿Que quieres mirarte tu narizota? ¡Déjala estar, hombre, ya es suficientemente bonita sin que tú te la mires!

Había dado en la diana con su suposición, pero eso no necesitaba saberlo. Yo murmuré algo de mis furúnculos.

Cuando vi primero mi nariz en el espejo me asusté mucho. A raíz del mordisco estaba completamente deformada, justo antes de la punta de la nariz se había formado un profundo socavón, del que surgía la punta torcida y cubierta de cicatrices de un rojo chillón. Tenía una pinta asquerosa, yo estaba completamente deformado. (¡Maldito Polakowski! ¡En el fondo este Polakowski es culpable de toda mi desgracia!) Tampoco el examen posterior del resto de mi rostro me tranquilizó, pues las secuelas del hambre se imprimían ya claramente en él. Tenía casi el color de la ceniza, mis ojos bien hundidos en las cavidades. Una barba picajosa de cinco días cubría la parte inferior de mi rostro. El espejo delataba así que en ese sentido yo estaba integrado en esta casa de los muertos: ¡mi aspecto no era mejor que el de sus peores fantasmas! ¿Mejor? ¡Quizá incluso era peor! Y antes yo había sido un hombre aceptablemente atractivo, acostumbrado a llevar con elegancia un buen traje de nuestro mejor sastre. «¡Qué es lo que han hecho de ti!», le dije triste a mi imagen reflejada en el espejo. Con un profundo suspiro le devolví el espejo a Herbst.

—¿Qué, no es suficientemente bonita? —me preguntó con fingida sorpresa.

—¡Estos malditos furúnculos! —me quejé yo—. ¡Si por lo menos nos dieran de comer algo decente! ¡Pero si el supuesto caldo con zanahorias de este mediodía estaba completamente claro! ¡Cómo puede un hombre permanecer sano!

Así lo conduje hasta el inagotable tema de la casa: el de la mandanga, y así ya no se habló más de mi aspecto personal.

Más adelante me cogí prestado más a menudo el espejo del ordenanza, aunque siempre que él no estaba y sin preguntarle. A la tercera o cuarta vez descubrí que había juzgado mi aspecto demasiado desfavorablemente. Cuando me hube observado unas cuantas veces en el espejo encontré que en realidad tenía un aspecto bastante pasable. En todo caso uno se podía acostumbrar rápidamente a esta desfiguración, yo me había acostumbrado, Magda se acostumbraría al igual que mis conciudadanos, como cualquiera. Había gente que había luchado en la Gran Guerra y que estaba mucho más desfigurada y, sin embargo, se había podido casar con jóvenes guapas y vivía feliz con ellas. Yo estaba completamente convencido de que esta nariz llena de cicatrices no influiría en mi felicidad junto a Magda.

 

60

 

Pronto tendría la oportunidad de reunir unas cuantas experiencias. Una tarde se presentó en mi celda el gendarme Fritsch y me ordenó brevemente:

—¡Acompáñeme!

Fritsch, un hombre grueso con un rostro saludable, era uno de esos funcionarios de vigilancia a los que en ocasiones se les podía preguntar algo. En nosotros no sólo veía a unos delincuentes.

—¿Qué es lo que pasa? —le pregunté—. ¿Me llama el médico jefe?

—¡Qué va! —me respondió—. Tiene usted visita. Su mujer. El médico jefe ha autorizado que vaya usted vestido de civil. Dese prisa, Sommer, que su mujer espera y yo no dispongo de mucho tiempo.

Me condujo hasta el vestuario, donde sobre una estantería estaba mi maleta bastante solitaria, ya que la mayoría de los enfermos estaba internada para toda la vida y ya no necesitaba su ropa de civil. Sentado a una mesa, el jefe de guardia observaba cómo primero me desvestía y a continuación me volvía a vestir. Una y otra vez me metía prisa. Aunque yo no podía correr. Las manos me temblaban enormemente y el corazón me retumbaba. Magda de visita en esta casa de los muertos, la vida venía a visitarme, pronto estaría junto a ella... Y una honda emoción, un amor infinito por mi mujer inundó mi pecho. Finalmente había vuelto a mí, el largo tiempo de las pruebas había pasado. El amor volvía a mí de nuevo. Y yo estaba firmemente decidido a demostrarle ya en nuestro primer reencuentro cuán profundamente la amaba, que ya había pasado el tiempo del distanciamiento y que me entregaba en sus manos sin reservas y en completa confianza.

¡De repente pensé en algo terrible! Era viernes y era el domingo cuando nos afeitaban: ¡mi barba picajosa tenía un aspecto terrible!

—¡Señor gendarme! —grité implorante—, ¿me puedo afeitar rápidamente? Aquí en la maleta tengo mi maquinilla de afeitar. Seré muy rápido, se lo aseguro. Permítamelo.

—Ni hablar, Sommer —dijo fríamente el gendarme Fritsch—. ¿Qué se piensa usted, que dispongo de todo el tiempo del mundo? ¡Y además no puede usted hacer esperar tanto tiempo a su mujer!

—¡Pero es tan importante para mí que para este primer encuentro tenga por lo menos una presencia aceptable! ¿Qué va a pensar si no mi mujer?

—En lo que a ello concierne, Sommer —opinó fríamente Fritsch—, yo creo que aunque se afeite no mejorará mucho su presencia. ¡Si su mujer apechuga con su nariz, también podrá aguantar unos cuantos pelitos!

—¡Pero es que ella aún no ha visto mi nariz tal como la tengo ahora! —le dije cada vez más desesperado—. ¡Eso me ocurrió cuando estaba en prisión preventiva!

Pero todo lo que le dije no sirvió de nada, Fritsch no cedió lo más mínimo y tuve que acompañarle, yo el personaje más triste del mundo; tampoco el hecho de que el médico amablemente me dejara ir vestido de civil pudo cambiar la situación, pues de tanto tiempo que llevaba en la maleta el traje estaba completamente arrugado.

Entro con el funcionario en el edificio de la administración. El pasillo frente a mí es largo, sombrío y oscuro, me tiemblan las rodillas, me gustaría apoyarme en la pared y rogar que me dejen un minuto para concentrarme y tranquilizarme. Sin embargo, la voz del gendarme suena imperiosa detrás de mí:

—¡Vamos, vamos, Sommer! ¡La tercera puerta a la derecha!

¡Si él no bramara ahora de esa forma tan militar, Magda le puede oír!

¡La mano sobre la manija y la puerta ya está abierta! No sirve vacilar ahora, de forma despiadada eres forzado a avanzar hacia esta vida, pobre de ti, no existe la tranquilidad, no puedes quedarte aquí!

Veo a Magda, está sentada junto a la ventana, ahora se ha puesto en pie y me mira. Durante un instante percibo en su rostro una expresión de asombro interrogativo. Pero yo me lanzo rápidamente hacia ella con los brazos abiertos y exclamo:

—¡Magda, Magda, cómo me alegra que hayas venido! No sabes cómo te lo agradezco...

La abrazo, quiero besarla en la boca como en los viejos tiempos, que ahora retornarán de nuevo... Y en su rostro percibo una expresión de estremecido rechazo.

—¡Por favor, no! —murmura aún entre mis brazos, de repente casi sin aliento—. ¡Por favor, aquí no!

He soltado el abrazo, toda alegría me ha abandonado, un silencio frío y amenazante se ha apoderado de mí. Ella me observa, en su rostro aún se percibe una expresión de confuso asombro.

—Casi no te reconozco —susurró aún sin aliento—. ¿Qué ha pasado contigo? ¿Qué es lo que... —no se atrevía a pronunciar la palabra—, qué te ha cambiado tanto?

El gendarme Fritsch se ha sentado en una silla a nuestras espaldas y carraspea bien fuerte. Sé que es inadmisible que ambos estemos aquí frente a la ventana cuchicheando. Con una facilidad impostada digo:

—¿Quieres que nos sentemos aquí a la mesa, Magda?

Así lo hicimos. Entonces:

—¿Encuentras que he cambiado? ¿No te gusta mi aspecto? Bien, para confesarte la verdad a mí tampoco me gustó cuando hace poco me miré por primera vez en el espejo.

(No debería haber dicho eso, pues el gendarme Fritsch podría preguntarme después de dónde había sacado el espejo, y ahora mismo acabo de perjudicar al ordenanza Herbst. ¡Pues los espejos están prohibidos en la galería! ¡En esta galería uno nunca puede ser lo suficientemente precavido!) Reí rápidamente:

—Aunque uno se acostumbra, Magda, tampoco tengo un aspecto tan malo como tú piensas ahora; más que empeorar he mejorado...

He bajado la voz indicativamente al pronunciar las últimas palabras, en las que había puesto un significado más profundo. Aunque Magda no presta atención a ese detalle:

—¿Qué ha pasado con tu nariz? —Finalmente es capaz de pronunciar la palabra, aunque sólo después de detenerse un momento—. ¡Tiene una pinta horrible, Erwin!

—Un compañero preso quiso arrancármela de un mordisco, eso pasó cuando aún estaba en prisión preventiva —le informé—. Fue ese Polakowski, el que había robado tu cubertería de plata, Magda, ya sabes quién.

Ella se limita a observarme, encogiendo ligeramente la boca. Quizá no debería haber dicho tampoco esto, quizá Magda piensa ahora que fui yo quien primero le robé la cubertería. Pero no, Magda no puede pensar de forma tan tonta e injusta, pues la cubertería se compró con mi dinero, así que era mía y no se puede hablar de un robo.

—Intenté volver a recuperarlo para ti, pero no lo conseguí. ¿No has tenido más noticias, Magda?

Niega con la cabeza, como si eso no tuviera la menor importancia.

—Has cambiado, Erwin —insiste ella—, tu voz suena completamente diferente, mucho más alta...

—En mi galería somos cincuenta y seis hombres, Magda —le explico—, y somos más de treinta comiendo en una sala pequeña, así que uno debe forzar algo la voz si quiere que le oigan.

—Entiendo.

Sonríe débilmente, en un gesto de rechazo.

—Llevas una vida muy diferente, tú, al que siempre le gustaba la reserva y el aislamiento.

Y de nuevo, con una obstinación molesta, vuelve al tema de mi aspecto, al que no se puede acostumbrar.

—En todo caso tienes mal aspecto, Erwin. ¿Te falta algo?

—Nada —le contesto con superioridad—. Casi nada. Sólo tengo unos cuantos furúnculos, mira aquí, también tengo algunos en la nuca, y también en la espalda... Pero uno se acostumbra, todos en este edificio los tienen...

(El gendarme Fritsch vuelve a carraspear advirtiendo. Ésa es una crítica inconveniente hacia el centro. Aunque no pienso en prestar atención.) Sigo hablando:

—Y si estoy más delgado y tengo un aspecto grisáceo, bueno, Magda, aquí no nos dan cada día ganso asado y col lombarda, generalmente nos alimentan con una buena agua caliente...

Ahora sí que he dejado salir la rabia. La rabia por el rechazo que ha sufrido mi amor, por el horror que ha mostrado Magda ante mi presencia: he hablado con una voz burlona y temblorosa, quiero herirle el corazón, ya que no lo puedo conmover.

El gendarme Fritsch dice amenazante:

—¡Una observación más como ésa, Sommer, e interrumpo la hora de visita y lo denuncio!

Magda se vuelve hacia él.

—¡Por favor, no se lo tome a mal! ¡Usted no se puede imaginar lo que ha cambiado, tiene que haber pasado por cosas terribles!

Su voz tiembla, escucho esta voz femenina cada vez más débil con ávido entusiasmo.

—Hasta hace poco era un hombre próspero y atractivo, y ahora, ¡en la calle no lo hubiera reconocido!

Unas cuantas lágrimas emergen del fondo de sus ojos y se deslizan lentamente por sus mejillas. También estas lágrimas las observo con ávido entusiasmo. ¡No, no me conmueven, nada puede ablandar mi corazón, me ha ofendido demasiado gravemente! Aunque disfruto viendo como también ella sufre; también ella tiene que sentirlo, finalmente siente lo que ha hecho conmigo, cuánto daño me ha hecho con su espionaje y sus habladurías irreflexivas, con qué fatalidad ha denigrado mi persona.

Magda prosigue casi febrilmente agitada, dirigiéndose en parte al gendarme en parte a mí:

—¡Pero si yo puedo enviarte todo lo que necesites, Erwin! ¡Si lo hubiera sabido! Señor, ¿le puedo enviar un paquete con víveres?

—Puede usted hacerlo, señora Sommer —dice Fritsch amablemente—. También está permitido el tabaco. Aquí están permitidas muchas cosas. Aunque —prosigue y mira a Magda guiñándole un ojo con su gordo rostro—, tiene usted que tener en cuenta que muchos de estos enfermos no saben cuándo están hartos de comer. Devoran y devoran, ¡todo un paquete entero, dos panes en un día! Y después se ponen enfermos y nosotros debemos preocuparnos por ellos. No puede uno creerse todo lo que cuentan estos enfermos.

Y yo debo quedarme allí sentado y escuchar esas vilezas, el gordo de Fritsch es mi superior, así que no le puedo llevar la contraria. Pienso en las figuras desnutridas de allí enfrente, que devoran pieles de patata y relamen cualquier gota de salsa que haya caído en la mesa, y la rabia vuelve a invadirme. Aunque me domino y digo rápidamente y sonriendo:

—Te agradezco de veras tus intenciones, Magda, pero no me hace falta nada. El señor gendarme tiene toda la razón: los enfermos no tienen medida. Gracias a Dios no pertenezco a ellos, con la ayuda de Dios pronto saldré de aquí...

Magda me observa confusa.

—Pero si acabas de hablar de agua, Erwin... —dice ella.

—Estaba hablando del asado de ganso —le digo riendo— y el agua sólo la he mencionado como contraste. No, no, Magda, ya puedes estar convencida de que nos alimentan de forma completamente suficiente, tal como te acaba de decir el señor Fritsch. Además, tampoco desempeño un trabajo pesado, fabrico cepillos, Magda, me he convertido en un verdadero artesano haciendo cepillos. ¿Te lo podrías haber imaginado de mí, Magda? Tú te sientas en mi silla del despacho y tu marido mientras tanto hace cepillos. No existe una canción del alegre fabricante de cepillos, ah no, es del alegre fabricante de jabón.[7] Pero yo también estoy alegre y divertido en mi celda haciendo cepillos, silbo y canto todo el día, ay no, claro que no lo hago, pues en esta casa donde se permiten tantas cosas está prohibido. Aunque interiormente silbo y canto...

Yo hablaba cada vez más rápido y con más sarcasmo, la ira me tenía secuestrado, aunque yo me dominaba, por fuera yo daba la impresión de tranquilidad y satisfacción. Yo percibía la confusión cada vez mayor en el rostro de Magda, mientras yo hablaba usó varias veces el pañuelo para enjugarse los ojos. Fritsch está apoyado sobre su silla y observa aburrido las moscas que vuelan bajo el techo. Es demasiado basto para notar el deje irónico que tienen mis palabras. Por cierto, Magda lleva puesto un vestido que no conozco: uno muy elegante, de color gris oscuro, de rayas finas claras. Pienso amargamente que mi mujer, durante el tiempo que yo sufría lo indecible, tuvo tiempo y ganas para pensar en un nuevo vestido, en ir a la modista, hacerse tomar medidas... ¡Tan injustamente se reparten las pérdidas, tan irreflexivas son incluso las mejores esposas!

Además, Magda tiene buen aspecto, durante el tiempo de nuestra separación se ha recuperado notablemente, es francamente guapa. Mientras yo durante este tiempo...

 

61

 

Tras mis rápidas y maliciosas palabras se ha producido un profundo silencio, no tengo prisa en interrumpirla. Magda se remueve algo nerviosa en su silla, estoy ansioso por ver qué me va a decir ahora. Pero cuando empieza a hablar sólo es para agradecerme el envío de los poderes generales.

—En realidad no los necesito. Tanto en Correos como en el banco no me han puesto ningún problema en lo que se refiere a mi firma. Pero entiendo cuál era tu intención, Erwin, y te lo agradezco de veras.

Ella me alcanza su mano sobre la mesa y yo la cojo con cuidado y fríamente, me abstengo de apretarla con más intensidad. La mano vuelve algo confundida a su dueña.

—¿Y qué tal van los negocios? —le pregunto sólo por preguntar.

Magda se anima.

—Me alegra poder decirte, Erwin, que los negocios van bien, así es, realmente bien. Especialmente con las legumbres he tenido una suerte increíble. Compré justo antes de que los precios empezaran de repente a subir tanto...

Durante un rato hablamos tranquilamente sobre los negocios. Es una mujer eficiente, con mucha determinación. ¡Cómo brillan sus ojos, qué viveza alcanza su voz cuando habla sobre ello! Antes sus ojos no brillaban de esa manera cuando se trataba de su marido. Pero con ella siempre fue así, el negocio, el jardín, la casa: todo era más importante que su marido. Yo podría tener celos de esas cosas muertas, si no fuera un poco cómico. Aunque quizá no tan cómico como esa eficiencia tan alabada por el médico. Si ella reflexionara hasta cierto punto de forma sensata, no se esforzaría tanto, traspasaría el negocio a cambio de una pequeña renta y viviría agradablemente en nuestras propiedades. Aunque está claro que una mujer como ella no puede llegar a pensar eso.

Esos pensamientos pasan así por mi cabeza, mientras escucho distraído las apasionadas palabras de Magda, que despierta el recuerdo de antiguos clientes, de viajes por pueblos perdidos, de felices acuerdos alcanzados... Pero de repente mi oído se afina, pues Magda ha hablado de repente de «nuestra competencia», de ese joven principiante, que a pesar de mi negocio se estableció en mi ciudad natal y que en algunas ocasiones ya me arrebató algún trato. ¿Me equivoco o en la voz de Magda reconozco un tono muy peculiar, algo más afectuoso que antes? Escucho muy atentamente lo que me explica Magda.

—Sí, imagínate, Erwin, que ahora he conocido personalmente al señor Heinze. Un día me enfadé con ese constante competir con nuestros precios, simplemente con el fin de robarle a la competencia los clientes, que finalmente acabamos perdiendo. Así que un día le visité en su despacho y le dije: «Soy la señora Sommer, señor Heinze, ¡y quiero ver si es posible que ambos alcancemos un acuerdo beneficioso para ambas partes! En esta ciudad existe suficiente negocio para nuestras dos empresas, ¡pero si seguimos haciéndonos la competencia fijando los precios a la baja acabaremos quebrando los dos!» Eso es lo que le dije.

Magda me mira con el triunfo reflejado en su rostro.

—El señor Heinze no es sólo un hombre cultivado, sino también un hombre inteligente. En cinco minutos alcanzamos un acuerdo. Cada mañana, tarde y noche acordamos los precios que pagamos, ninguno de los dos ofrece un céntimo más o menos, ¡y ni hablar de robarnos los clientes el uno al otro!

—Oh, tú inocente —le dije—. ¡Ya verás cómo te la jugará, Heinze es un astuto granuja curtido en mil batallas! Cara a cara te hará todas las promesas que quiera, pero de espaldas a ti te irá robando todos los clientes uno a uno. ¡Al final tendrá cogido todo el negocio por las riendas y tú te quedarás sin nada!

—Pobre Erwin —me dijo Magda—, ¡sigues siendo igual de desconfiado! No, he podido conocer al señor Heinze muy bien, pues algunas veces pasamos un rato juntos...

Me intrigó qué se escondía tras ese «algunas», pero Magda no se sonrojó. Ella prosiguió:

—Hasta ese punto conozco a las personas y en este caso puedo afirmar que el señor Heinze es el hombre más completamente transparente y decente en su interior en el que ahora puedo confiar ciegamente. Y si tú consideras que yo soy una crédula, Erwin, entonces quizá te baste con la prueba que aportan nuestros libros de contabilidad: este otoño hemos aumentado nuestras ventas en un setenta y cinco por ciento. ¡Si el señor Heinze se hubiera dedicado a robarnos los clientes ése no sería el caso!

Ella me miró con unos ojos triunfantes y brillantes de alegría. Yo le dije en tono helado:

—Los números en sí aún no demuestran nada. Me has dicho que la cosecha fue buena y el tiempo fue seguramente benévolo para que se trillara más pronto, así que el volumen de ventas puede ascender perfectamente bien durante un corto espacio de tiempo, pero eso no quita que uno siga perdiendo clientes... Por cierto, ahora mismo no lo recuerdo, ¿ese Heinze no estaba casado?

—Así es —afirmó Magda—. Pero desde hace un año está separado.

—Vaya, vaya —le respondí yo de la manera más indiferente—. Así que está separado. ¿Supongo que él fue el culpable del divorcio?

—¿Cómo puedes decir eso? —dijo Magda casi furiosa—. Ya te lo he dicho: es un hombre muy decente. ¡Naturalmente que la culpa fue de la otra parte!

—Naturalmente —repetí yo de forma algo burlona—. Disculpa. ¡Realmente estás entusiasmada con este hombre!

Ella dudó un momento, pero entonces contestó con voz firme:

—¡Así es, Erwin!

Nos miramos un rato completamente mudos. En el aire flotaba lo no dicho. Incluso el gendarme Fritsch había notado algo, se separó del respaldo de su silla y avanzó apoyando los codos sobre las rodillas y nos observaba a ambos muy intrigado. Por cierto, habíamos sobrepasado el tiempo de la visita hacía tiempo.

 

62

 

—¿Ya has solicitado el divorcio? —le pregunté yo finalmente en voz baja.

—Sí —respondió ella también en voz baja—. Ayer.

De nuevo se instaló el silencio entre nosotros. De repente el gendarme Fritsch estaba dando vueltas a nuestro alrededor, se había puesto en pie de su silla de un salto e iba repiqueteando con sus llaves.

—Bueno —dijo casi desconcertado—, en realidad el tiempo de visita ya ha pasado. Aunque por mí se pueden quedar aún diez minutos.

Y se dirigió hacia la ventana, donde nos dio la espalda de forma ostentosa.

—Erwin —murmuró Magda toda impetuosa—, yo he luchado contigo durante mucho tiempo, me sabía tan mal dejarte en la estacada en esta situación. Pero cuando oí en boca del médico jefe que tu caso va por buen camino, que quizá pronto recobrarás la libertad...

Me miró suplicante, pero yo callé. No la ayudé con ninguna palabra, dentro de mí imperaba una ira desesperada y salvaje contra esa traidora.

—Lo resolveremos todo como tú desees, Erwin —prosiguió Magda de forma aún más impetuosa—. Si quieres hacerte cargo de nuevo del negocio no hay problema. También estamos dispuestos a empezar desde el principio. Heinrich, me refiero el señor Heinze, está dispuesto a renunciar a su negocio a tu favor. No me mires así, Erwin, ¡no sirve de nada! Desde hace tiempo que en nuestro interior nos habíamos convertido en extraños el uno para el otro, ¡recuerda esos tiempos tan terribles en los que no hacíamos otra cosa que pelearnos! ¿No es mejor que nos separemos?

Yo seguía callado; ¡así que ésa era la razón del nuevo vestido, ese buen color, el tono caluroso y algo tembloroso de su voz! ¡Un hombre nuevo y la tórtola enamorada ya arrulla! ¡Ahora que su marido ya está en la trena, llega el otro con su «transparencia interior», con su solemne decencia, en el que confía ciegamente! Observé atentamente su cuello blanco, que ahora estaba un poco más grueso: su nuez se movía, la garganta se tragaba, conmovida por sus propias palabras, como se suele decir, sus lágrimas. ¡Hubiera rodeado con gusto ese cuello con mis manos y juro que, a pesar de todos los Fritsch del mundo, no lo hubiera soltado nunca! Pero me cuidé bien de ello, pues sólo unos pocos días me separaban de la libertad. ¡A ella no quería encontrármela solo, para eso estaba ese otro, el solemnemente decente, que era tan sinvergüenza de robarle su mujer a un hombre enfermo!

Ella me seguía mirando y cuando empezó a hablar de nuevo el tono de su voz se había vuelto más frío, ya no me rogaba. Alrededor de su boca había un rasgo de resolución, incluso de dureza.

—Como siempre sólo me miras y no dices ni palabra —empezó ella de nuevo—. Puedo ver muy bien en tus ojos una amenaza de algo terrible. Pero no me puede confundir, ya nada me puede confundir. Por una vez en mi vida quiero conocer la felicidad. ¡He sacrificado tantos años por ti, por tus debilidades, tus caprichos, tu absurda vanidad y tu odio hacia las personas y sobre todo a lo que tú llamas amor! Ésta es una forma muy extraña de amor, que sólo llegué a notar cuando tenías alguna exigencia, ¡que nunca podía tener yo! No, ya tengo suficiente...

Hubiera seguido hablando así, pero yo también tenía suficiente, concretamente de ese discurso largo y aburrido. Ya que había fracasado queriéndome engatusar con palabras dulces, quiso aplastarme con su odio. Yo me alcé por encima de la mesa hacia ella y le escupí en medio de la cara.

—¡Adúltera! —le grité.

Al oír esa exclamación, el gendarme Fritsch apostado en la ventana se dio la vuelta inmediatamente y se quedó mirando fijamente un instante totalmente estupefacto la escena que tenía delante: yo, apoyado encima de la mesa, mirando a Magda con desprecio y amenazante y mi antigua mujer, que no hizo ningún movimiento por limpiarse la saliva que se deslizaba por su mejilla lívida, manteniendo con desafío mi mirada, desde lo más profundo de sus ojos marrones. Y mientras ambos nos mirábamos así, era como si yo me abriera paso en lo más profundo de esa mujer, por una fracción de segundo percibiera a una persona que nunca había conocido...

Entonces todo pasó, pues el gendarme Fritsch me había cogido por los hombros y me zarandeaba furioso:

—¡Bruto desvergonzado! —me gritaba—. ¿Cómo se atreve usted? ¡Lo voy a denunciar al médico jefe! ¿No entiende usted que habla con una mujer decente?

Y él seguía zarandeándome con todas sus fuerzas, de forma que mi cabeza iba de un lado a otro.

—¡Suelte usted a este hombre, señor gendarme! —dijo Magda con una voz profunda y completamente agotada—. Tiene toda la razón: soy una adúltera.

Durante un momento calló, como si reflexionara sobre algo. Entonces se dirigió a mí, sus ojos brillaban de nuevo, de nuevo su voz tenía fuerza.

—¡Y estoy contenta de serlo! —me dijo a la cara.

Entonces abandonó lentamente la sala de visitas, limpiándose finalmente el rostro, aunque de forma completamente mecánica.

 

63

 

No puedo ni describir qué noche pasé tras ese terrible reencuentro. De lo que estoy seguro es que no dormí ni un minuto. Si el sentimiento de venganza no me hubiera dado las fuerzas, esa noche yo me hubiera hundido del todo y hubiera puesto fin a toda esa miseria. Y yo me vengaría hasta la última consecuencia y no sólo tras mi puesta en libertad; inmediatamente, mañana mismo empezaría a ejecutar mis planes. Contrataría a un abogado joven y enérgico y cursaría un recurso contra la sentencia en el caso de divorcio Sommer contra Sommer, solicitando que se inculpara a Magda como la parte culpable. Ya contaba con un testigo, el gendarme Fritsch, frente al que ella había confesado su adulterio. Ay, le daría todos los motivos a Magda para arrepentirse de esta imprudente confesión, ¡y yo contaba con todas las esperanzas de que también este solemnemente decente y exitoso hombre de negocios, el señor Heinrich Heinze, no se ahorraría sus fuertes reproches contra ella!

Además, solicitaría que el juez que llevara el caso del divorcio impidiera para siempre el matrimonio a las dos partes adúlteras. ¡Oh, la buena de Magda ahora conocería esa forma tan deseada de felicidad bajo mi control! ¡Yo vendería mi negocio y les pisaría siempre a ambos los talones, un ángel de la venganza para toda la vida, un monumento eterno a la falta cometida! No cejaría hasta cumplir con mi objetivo; ¡si yo era un mal socio en el amor, como Magda había descubierto de repente, lo era mucho mejor a la hora de odiar! Y yo me imaginaba cómo en mis viajes dormía en la habitación de un hotel frente a la de ellos e interrumpía su sueño con misteriosos golpes. Me veía, vestido de incógnito, subir al mismo vagón de tren que ellos y observar lo que hacían tras unas gafas de sol; yo conducía un automóvil y estaba a punto de embestirlos frenando en el último segundo, deleitándome con el susto de muerte que les había dado, y yo la veía a ella —la escena más deliciosa de mi venganza—, cómo moría, asesinada por mí, un crimen que quedaría impune, mientras él se arrodillaba a su lado, completamente desesperado, y yo le susurraba a él mi crimen al oído, convencido de que nadie lo descubriría.

Descansé, las imágenes corrían por mi cerebro, tenía fiebre. Hacía rato que mis compañeros dormían y yo aún seguía apostado en la ventana de la celda, mientras tensaba el tejido de mi venganza de forma cada vez más densa y confusa, observando el frío brillo de las estrellas.

La mañana llegó y yo me sentía vacío y casi completamente apático. Supongo que desayuné junto con los demás, ya no lo recuerdo. Antes de la hora de ir a trabajar aproveché un momento en el que no me vigilaban y me colé en mi celda de trabajo, la visión de mis compañeros de penas me asqueaba. Cogí unas cuantas cerdas entre dos dedos e intenté introducirlas en el agujero del cepillo, ¡pero había cogido demasiadas, como en mis tiempos de aprendiz! Las dejé caer descuidadamente en el suelo y me dirigí hacia el armario. En él guardaba ahora papel de carta y sobres, debía escribir la carta al abogado. Sin embargo, tan urgente como me había parecido de noche, ahora no me animaba a hacerlo. Me quedé mirando fijamente un rato el papel y entonces me dirigí hacia la ventana. Fuera ya se empezaba a notar el otoño. El campo se cubría de vapores de niebla grisáceos, atisbé a ver los primeros recogedores de patatas entre los surcos.

—Llega el otoño —me dije a mí mismo—. Eso no es bueno.

Yo mismo no sabía a qué me refería. Sólo sabía que mi situación era mala, muy mala. Dos versos de un poema que leí en una ocasión me pasaron por la cabeza: «Aquí está el otoño, que te parte el alma.»[8] Retornaban de forma persistente, se repetían dentro de mí con una persistencia desesperante. «Aquí está el otoño, que te parte el alma.» Se les añadían tres palabras: «¡Vuela, vuela lejos! ¡Vuela, vuela lejos!» ¡Sí, quién pudiera huir de esta sucia tierra, de este yo mancillado! Pero una y otra vez: «Aquí está el otoño, que te parte el alma.» Y siempre esa advertencia persistente: «¡Vuela, vuela lejos! ¡Vuela, vuela lejos» Fijé la vista en el afilado cuchillo con el que pulía los cepillos. Resultaría sencillo cortarme las venas con él hasta desangrarme. Aunque sabía que nunca tendría el valor. Pues yo era cobarde, en ese mismo momento sabía sin reservas que era un cobarde; Magda se había olvidado de mencionar esta característica en su enumeración. «¡Vuela, vuela lejos!» Demasiado cobarde para ello... Así me encontró el supervisor, que me había echado de menos entre los que había que vendar. Se dirigió a mí con dureza: ¡mis furúnculos nunca mejorarían si no me preocupaba yo mismo de ir vendándolos regularmente!

Le seguí completamente indiferente hacia la consulta del médico. El flujo de sufridores ya había cesado, yo era el último de ellos. El supervisor me arrancó los vendajes, me puso pomada y yodo e incluso pinchó un furúnculo que le pareció demasiado maduro. Yo que suelo ser tan sensible al dolor esa mañana no noté nada. Es taba completamente abotargado. Entonces sonó el teléfono en la garita. Por un momento permanecí sin reaccionar, entonces mi mirada se dirigió hacia el armario de los medicamentos, la puerta estaba completamente abierta. Rápidamente di un paso hacia él. Allí se encontraba el olvido para muchas horas, el eliminar ese tormento insoportable bajo el que yo vivía ahora. Unos remedios para dormir que regalaban bienestar y paz para muchos días. Mi mano agarraba un tubito de cristal cuando mi mirada cayó sobre una fila de botellas del estante inferior. Justo al frente de ellas había una botella clara con la etiqueta «alcohol de 95o». No había tomado ninguna decisión, actué de forma puramente mecánica. Tampoco me preocupé de la puerta abierta o del supervisor, que podía volver en cualquier momento. Agarré la botella y me dirigí hacia el lavabo que había pegado a la pared. Cogí un vaso y llené dos tercios del mismo con alcohol, después añadí agua con mucho cuidado. Mi mano no tembló. Acerqué la fuerte combinación a mi boca y me la bebí de tres o cuatro tragos. Durante un momento me quedé como aturdido, una claridad monstruosa se extendió por mi cuerpo. Reí, ah, la dicha, de nuevo esa felicidad ilimitada y deliciosa. Mi Elinor, ¡du reine d’alcool! ¡Cómo te amo! ¡Cómote-amo!

Después me desplomé inconsciente en el suelo, justo encima de mi rostro profanado.

 

64

 

No se celebró una vista por mi caso. La causa contra mí fue archivada por el parágrafo 51 y se dispuso mi internamiento de por vida en un sanatorio. Sí que se celebró una vista por mi divorcio, pero no tuve que asistir, pues para entonces ya estaba incapacitado y bajo tutela. Un secretario principal, en representación del sanatorio, se convirtió en mi tutor. Por cierto, ambos nos separamos siendo considerados culpables, aunque Magda pudo casarse con su Heinrich Heinze, mientras que mi solicitud ni siquiera se consideró. Al fin y al cabo soy un enfermo mental. Vi el anuncio de la boda en la prensa. Ahora tienen dos hijos, un niño y una niña; han fusionado sus negocios. ¿Pero qué me importa a mí todo esto? ¿Qué me importa lo que pase allí fuera en el mundo? Ahora todo me da igual, soy un fabricante de cepillos envejecido y de aspecto asqueroso, rendimiento en el trabajo medio, enfermo mental. Hace tiempo que han pasado los tiempos de esa desesperación rabiosa, hace tiempo que he abandonado la idea de poner el cuchillo sobre la muñeca e intentar, aunque sea sólo por un momento, ser valiente en la vida. Sé que durante cada uno de los segundos de mi vida fui un cobarde, soy un cobarde y seré un cobarde. En balde puedo esperar otra cosa.

En esta casa disfruto de cierta confianza limitada, nunca molesto, no doy trabajo, mantengo las distancias con los demás. En el edificio puedo moverme con bastante libertad. Eso sí, me está terminantemente prohibido entrar en la consulta médica sin la presencia del supervisor. Esa prohibición me la impusieron tras ocho semanas de severo arresto. A menudo lo deseo, en ocasiones podría, pero nunca me atrevo. Soy un cobarde.

Disfruto de una posición agradable, siempre tengo suficiente para fumar y nunca paso hambre. Dos veces a la semana mi tutor me hace la compra con el dinero que mi antigua mujer ingresa periódicamente a mi nombre, lo que desea mi corazón y está permitido. Nunca podré gastar todo el dinero que me ingresan, así que moriré siendo un hombre acomodado. No sospecho quién será mi heredero, aunque tampoco me interesa. El testamento que hice anteriormente ha quedado invalidado por mi divorcio y no se me permite redactar uno nuevo, pues soy un enfermo mental. Aunque la verdad es que tampoco estoy tan enfermo y he caído en tal apatía que me impide disponer de un plan y de una pequeña esperanza. Cierto es que he debido dejar a un lado los pensamientos sobre el cuchillo, pero puedo padecer, soy capaz de aguantar todo lo que cae sobre mí. Soy, si se me permite la arrogancia, un excelente fajador.

Todavía no he mencionado que en la planta baja del edificio siempre tenemos apartados a cinco o incluso siete tuberculosos, antiguos compañeros de penas, que han aislado de nosotros. Reciben una alimentación algo mejor y más abundante y no están obligados a trabajar, hasta que mueren. Estos enfermos disponen de pequeñas botellas donde pueden escupir sus accesos y su aislamiento no es tan severo para que yo mismo, que me puedo mover bastante libremente por el edificio, no me encuentre en ocasiones con una de estas botellitas. Simplemente me limito a beberme el contenido, ya me he bebido el contenido de tres botellitas como éstas y seguiré bebiéndome las que encuentre. No, no quiero convertirme en un anciano en esta casa de los muertos y después diñarla poco a poco, quiero morir una muerte como todos los demás allí afuera lo pueden hacer, según mi elección. Estoy convencido de que ya hoy tengo tuberculosis. Continuamente sufro de pinchazos en el pecho y toso mucho. Sin embargo, no he pedido hora en el médico, escondo mi enfermedad; quiero llegar a estar tan enfermo que no se me pueda salvar de ninguna manera. Y entonces, cuando esté allí tirado en el edificio y se acerque mi hora final, haré llamar al médico jefe y le diré:

—Señor médico jefe, le he causado muchas preocupaciones y enfados y usted nunca ha podido perdonarme que por mi culpa tuvieran que rechazar su informe médico que ya tenía listo para su aprobación, por lo que su fama como psiquiatra se ha visto mermada en los juzgados. Pero ahora que se acerca la hora de mi muerte, le ruego que me perdone y que me haga un último favor.

Y entonces él hará las paces conmigo, porque yo soy un moribundo y uno no le puede negar nada a un moribundo, y me preguntará de qué favor se trata. Y entonces yo le seguiré hablando:

—Señor médico jefe, vaya usted a la consulta médica y con su propia mano prepáreme una mezcla de alcohol y agua, sólo un vaso lleno de aguardiente. No uno que me pueda tomar de un trago y no me afecte para nada, como entonces, sino uno que vuelva a hacerme feliz.

Y entonces él cumplirá con mi deseo y volveré a donde yo estoy tumbado con el vaso y yo beberé, tras tantos años de privaciones podré volver a beber de nuevo, trago a trago, con largas pausas, degustando del todo esa felicidad eterna. Y entonces volveré a ser joven y veré florecer el mundo con todas las primaveras y todas las rosas y las jóvenes muchachas de entonces y de ahora. Sin embargo, una se presentará frente a mí e inclinará su pálido rostro, que se dirige hacia su rodilla, y sus cabellos oscuros me ocultarán. Todo su perfume me rodeará y sus labios besarán los míos, y nunca más seré viejo y desfigurado, sino joven y bello, y mi reine d’alcool me llevará con ella, y nosotros desapareceremos en la embriaguez y el olvido, ¡de los que nunca uno se despierta!

Y si así ocurre en la hora de mi muerte, bendeciré mi vida, pues no habré sufrido en vano.

 

* * *

 

 

 

notes

 

[1] En alemán «Sommer» significa verano. (N. del t.)

[2] En alemán «Husten» significa tos. (N. del t.)

[3] Elisabeth von Heyking (1861-1925) fue una escritora y pintora alemana, nieta de Bettina y Achim von Arnim. Sin embargo, la novela a la que se refiere el abogado es Ships Tat Pass in the Night, de la escritora y sufragista inglesa Beatrice Harraden (18641936), una novela de amor ambientada en un sanatorio para tuberculosos. (N. del t.)

[4] En alemán «Qual» significa sufrimiento, desgracia, crueldad. (N. del t.)

[5] En alemán «Herbst» significa otoño. (N. del t.)

[6] En alemán «Holz» significa madera. (N. del t.)

[7] Johann der Seifensieder es una fábula en verso de Friedrich von Hagedorn publicada en 1738 e inspirada en la fábula de La Fontaine Le Savetier et le Financier. (N. del t.)

[8] «Im deutschen November» («En el noviembre alemán»), de Friedrich Nietzsche. (Trad. de Laureano Pérez Latorre.)

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