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Emancipación N° 1048: Neofacismo, resistencia y ciencia

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© Libro N° 4028. Pequeño Hombre ¿Y Ahora Qué? Fallada, Hans. Colección E.O. Julio 29 de 2017.

Título original: ©  Kleiner Mann, was nun?

 

Versión Original: © Pequeño Hombre ¿Y Ahora Qué? Hans Fallada

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://cuentoshistoriasdelmundo.blogspot.com.co/2015/06/pequeno-hombre-y-ahora-que-hans-fallada.html#more

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

    LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

 

 

 

 

 

 

PEQUEÑO HOMBRE ¿Y AHORA QUÉ?

Hans Fallada

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Alemania, finales de la década de 1920. A pesar de la mala situación económica por la que atraviesa el país, Johannes y Emma forman una pareja llena de ilusión que aborda la vida con entusiasmo. Por eso, cuando Emma se queda embarazada deciden casarse. Están seguros de que gracias a su amor podrán superarlo todo, pero pronto se dan cuenta de que la realidad es más dura de afrontar de lo que habían esperado. Cuando Johannes pierde su empleo, animados por la madre de este, se trasladan a Berlín, pero no encuentran en la familia la ayuda prometida y tienen que arreglárselas solos. El nacimiento de su pequeño les trae una gran alegría, aunque también añade nuevas dificultades a la vida de la joven pareja que, sin embargo, no pierde la esperanza.

«En esta novela se concentran las señales premonitorias de la gran hecatombe que se avecinaba, en especial la toma del poder por Hitler en 1933.»

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Preludio

LOS DESPREOCUPADOS

 

Pinneberg se entera de algo nuevo sobre Corderita y toma una decisión trascendental

 

Son las cuatro y cinco. Pinneberg, el hombre guapo, joven y rubio que espera delante del edificio de Rothenbaumstrasse 24, acaba de constatarlo.

Son las cuatro y cinco y Pinneberg ha quedado con Corderita a las cuatro menos cuarto. Tras guardar el reloj, Pinneberg lee el rótulo colgado a la entrada del edificio de Rothenbaumstrasse 24.

Dr. Sesam

Ginecólogo

Horario de consulta: de 9 a 12 y de 4 a 6

¡Justo! Son las cuatro y cinco. Si enciende otro cigarrillo, seguro que Corderita aparecerá en el acto doblando la esquina, así que desiste. Hoy ya ha gastado bastante.

Aparta la vista del rótulo. La Rothenbaumstrasse solo tiene una hilera de edificios: al otro lado de la calzada, más allá de la franja de césped y del malecón, fluye el Strela, ya de considerable anchura, pues está a punto de desembocar en el Báltico. Sopla un viento fresco, los arbustos inclinan sus ramas a modo de saludo y los árboles exhalan leves susurros.

«Así tendríamos que vivir», piensa Pinneberg. Seguro que el tal Sesam dispone de siete habitaciones. Debe de ganar un pastón. Pagará un alquiler de… ¿doscientos marcos? ¿Trescientos? Bah, no tengo ni idea. ¡Las cuatro y diez!

Hunde la mano en el bolsillo, saca un cigarrillo de la pitillera y lo enciende.

Corderita se acerca tras doblar la esquina vestida con una falda blanca plisada, blusa de seda cruda, sin sombrero y cabellos rubios alborotados.

—Hola, chico. De veras, no he podido llegar antes. ¿Enfadado?

—Qué va. Solo que tendremos que esperar una eternidad. Desde que estoy aquí han entrado treinta personas por lo menos.

—Pero no todas irán al médico. Además, nosotros tenemos cita previa.

—¿Ves qué bien hicimos solicitándola?

—Sí. ¡Tú siempre tienes razón, chico! —Y en la escalera toma su rostro entre las manos y lo besa con pasión—. Dios mío, ¡qué contenta estoy de verte, chico! ¡Piensa que han sido casi catorce días!

—Sí, Corderita —le contesta—. Yo tampoco estoy ya gruñón.

Se abre la puerta y en el pasillo en penumbra aparece una sombra blanca que ladra:

—¡Los volantes!

—Permítanos pasar primero —dice Pinneberg empujando a Corderita hacia delante—. Además somos privados. Tenemos cita. Me apellido Pinneberg.

Al oír la palabra «privados», la sombra levanta la mano y enciende la luz del pasillo.

—El doctor vendrá enseguida. Un momento, por favor. Pasen ahí dentro, se lo ruego.

Se dirigen hacia la puerta y cruzan ante otra entreabierta. Debe de ser la sala de espera corriente y parece albergar a las treinta personas que Pinneberg ha visto pasar por delante de él. Todos los miran y se alza un barullo de voces:

—¡Esto no puede ser!

—Nosotros llevamos más tiempo esperando.

—¿Para qué cotizamos?

—¡Los pijos no son más que nosotros!

La enfermera se asoma por la puerta.

—Hagan el favor de tranquilizarse. ¡Van a molestar al doctor! No es lo que se figuran. Este es el yerno del doctor, con su mujer. ¿No es cierto?

Pinneberg sonríe, halagado, mientras Corderita se dirige hacia la otra puerta. Durante un instante reina el silencio.

—Vamos, deprisa —susurra la enfermera, empujando a Pinneberg por delante de ella—. Estos pacientes del seguro son de lo más ordinarios. Hay que ver el pisto que se dan por la birria de dinero que paga el seguro…

Tras cerrarse la puerta, Corderita y su chico se adentran en la moqueta roja.

—Seguro que es su salón particular —apunta Pinneberg—. ¿Te gusta? A mí me parece horrible y anticuado.

—Me he sentido fatal —reconoce Corderita—. Nosotros también somos pacientes del seguro. Ahí se ve cómo hablan de nosotros en el médico.

—¿Por qué te sulfuras? —inquiere él—. Así son las cosas. Con nosotros, la gente corriente hace lo que le apetece…

—Pues me sulfuro…

Se abre la puerta y entra otra enfermera.

—¿Los señores Pinneberg? El doctor les ruega que tengan un poco de paciencia. ¿Podría tomar entretanto sus datos personales?

—Claro —responde Pinneberg.

—¿Edad? —pregunta la enfermera a renglón seguido.

—Veintitrés años.

—¿Nombre?

—Johannes. —Y tras una pausa—: contable. —Y luego con tono llano—: Siempre he estado sano. Las típicas enfermedades infantiles, nada más. Por lo que sé, ambos estamos sanos. —Y tras otra pausa—: Sí, mi madre vive aún. Mi padre no. No, no sé de qué murió.

Y Corderita:

—Veintidós… Emma. —Ahora es ella la que vacila—: De soltera Mörschel. Siempre sana. Los dos padres vivos. Y sanos.

—Bien. El doctor los recibirá dentro de un momento.

—Para qué diablos necesitarán todo esto —gruñe él tras cerrarse de nuevo la puerta—. Si nosotros solo…

—No te ha gustado decir lo de contable.

—Ni a ti lo de de soltera Mörschel —replica riendo—, Emma Pinneberg, llamada Corderita, de soltera Mörschel. Emma Pinne…

—¡Cállate ya! Ay, tengo que ir otra vez al baño. ¿Sabes dónde está?

—Vaya, siempre te ocurre lo mismo… En lugar de haber ido antes…

—Pero si he ido, chico. De veras… mientras estaba en Rathausmarkt. Nada menos que por un groschen[1]. Pero cuando me pongo nerviosa…

—Bien, Corderita, haz el favor de controlarte. Si de verdad acabas de…

—Te digo que tengo que…

—Pasen, por favor —ruega una voz.

En la puerta aparece el doctor Sesam, el famoso doctor Sesam, de quien la mitad de los habitantes de la ciudad y la cuarta parte de los de la provincia susurran que tiene un corazón inmenso; algunos lo califican incluso de bueno. Sea como fuere, ha escrito un folleto popular sobre cuestiones sexuales y por eso Pinneberg ha tenido el valor de escribirle pidiendo hora para Corderita y para él.

El doctor Sesam repite desde el umbral:

—Pasen, por favor.

El doctor Sesam busca la carta en su escritorio.

—Me escribió usted, señor Pinneberg, diciendo que no desean tener hijos todavía porque el dinero no les llega.

—Sí —contesta Pinneberg, terriblemente confundido.

—Vaya usted desvistiéndose —ordena el médico a Corderita. Y a continuación prosigue—: Añade que desearía conocer una protección completamente segura. Sí, completamente segura… —sonríe, escéptico, tras sus gafas doradas.

—He leído en su libro —dice Pinneberg— que esos pessoirs…

—Pesarios —precisa el médico—, sí, pero no valen para todas las mujeres. Además, resultan siempre un poco molestos. Su esposa tendrá la habilidad de…

Alza la vista hacia ella, que ya se ha desvestido, bueno, ha empezado a hacerlo, la blusa y la falda, y permanece muy erguida sobre sus esbeltas piernas.

—Bien, venga conmigo, por favor —solicita el médico—. No era necesario que se quitase también la blusa, jovencita.

Corderita se pone muy colorada.

—No, ahora déjela ahí y acompáñeme. Será un momento, señor Pinneberg.

Los dos pasan a la estancia contigua. Pinneberg los sigue con la mirada. El doctor Sesam no le llega ni a los hombros a la «jovencita». Pinneberg vuelve a pensar que es maravillosa, la mejor chica del mundo, única. Él trabaja en Ducherow y ella allí, en Platz; la ve como mucho cada catorce días, de modo que su entusiasmo siempre es fresco y, sus apetitos, por encima de toda consideración.

Oye al médico preguntar de vez en cuando algo a media voz en la estancia contigua, un instrumento choca contra el borde de una bandeja; conoce el ruido por el dentista y no es agradable.

De pronto se sobresalta, el tono de Corderita le resulta desconocido… La joven dice en voz muy alta, muy aguda, casi a gritos:

—¡No, no, no! —y remacha—: ¡No! —Y a continuación llegan a sus oídos unas palabras pronunciadas en voz muy baja—: ¡Dios mío!

Pinneberg da tres pasos hacia la puerta… ¿Qué sucede? ¿A qué puede deberse? Dicen que ese tipo de médicos son unos libertinos terribles… Pero ahora vuelve a hablar el doctor Sesam, no se entiende nada y el ruido del instrumento resuena de nuevo.

Luego, un prolongado silencio.

Es un día de verano de mediados de julio, luce un sol espléndido. Fuera, el cielo es de color azul oscuro, hasta la ventana llegan unas ramas mecidas por la brisa marina. En ese preciso momento Pinneberg recuerda una vieja canción de la infancia:

Viento que soplas, viento que bramas,

no le quites el gorro a mi pequeño,

y sé clemente con él,

viento que soplas, viento que bramas.

Los de la sala de espera hablan. A ellos también se les hace larga la espera. Me gustaría tener vuestros problemas. Los vuestros…

Regresan ambos. Pinneberg lanza una mirada medrosa a Corderita: tiene los ojos muy abiertos, como dilatados por el miedo. Está pálida, pero ahora le sonríe, primero débilmente, después la sonrisa se extiende por todo su rostro, se intensifica y florece… El médico se lava las manos en un rincón. Tras mirar de soslayo a Pinneberg, dice deprisa:

—Señor Pinneberg, es un poco tarde para prevenir. La puerta está cerrada. Creo que está de un mes.

Pinneberg se queda sin aliento. Es como si lo hubieran noqueado. A continuación dice presuroso:

—¡Eso es imposible, doctor! ¡Hemos tenido mucho cuidado! ¡Es de todo punto imposible! Díselo tú, Corderita…

—Chico —murmura ella—, chico…

—Es así —afirma el médico—. El error queda descartado. Y créame, señor Pinneberg, un hijo es bienvenido en cualquier matrimonio.

—Doctor —dice Pinneberg con labios temblorosos—. ¡Doctor, yo gano ciento ochenta marcos al mes! ¡Por favor se lo pido, doctor!

El doctor Sesam parece exhausto. Sabe lo que viene a continuación, lo escucha treinta veces al día.

—No —replica—. No. Ni me lo pida siquiera. Está completamente descartado. Ambos están sanos y sus ingresos no son malos. Nada malos.

—¡Doctor! —exclama Pinneberg, febril.

Corderita, detrás de él, acaricia sus cabellos.

—Déjalo, chico. Ya verás, nos las arreglaremos…

—Pero es que es de todo punto imposible… —estalla Pinneberg, pero enmudece. Acaba de entrar la enfermera.

—Doctor, lo llaman por teléfono…

—Ya lo ven —dice el médico—. Recuerden lo que les digo, se alegrarán. Cuando nazca el niño, vengan a verme y tomaremos medidas preventivas. No confíen en la lactancia. Bien, en ese caso… ¡Ánimo, joven señora!

Estrecha la mano de Corderita.

—Querría… —dice Pinneberg mientras saca la cartera.

—Ah, sí —interviene el médico, ya en la puerta, valorando a ambos de una ojeada—. Bueno, quince marcos, enfermera.

—Quince… —murmura Pinneberg arrastrando las sílabas con los ojos en la puerta.

El doctor Sesam ha desaparecido. Pinneberg saca con parsimonia un billete de veinte marcos, observa con el ceño fruncido cómo le extienden la factura y la recoge. Su frente se ilumina un poco:

—¿Esto me lo reembolsará el seguro, verdad?

La enfermera lo mira, después a Corderita.

—Confirmación de embarazo, ¿me equivoco? —y sin esperar siquiera respuesta, añade—: Pues no. El seguro no lo cubre.

—Vamos, Corderita —dice él.

Bajan las escaleras despacio. La joven se detiene en un descansillo y toma la mano de él entre las suyas.

—No te entristezcas, por favor. Todo se arreglará.

—Claro, claro —contesta sumido en sus pensamientos.

Tras recorrer un tramo de Rothenbaumstrasse, doblan para adentrarse en Mainzer Strasse. Allí hay edificios altos y mucha gente, pasan riadas de coches, ya han salido los periódicos de la noche, pero nadie les presta atención.

—¡Sus ingresos no son malos, pero me quita quince marcos de mis ciento ochenta, el muy ladrón! —aduce.

—Yo lo arreglaré —dice Corderita—. Yo lo arreglaré.

—¡Anda ya! ¿Tú? —replica él.

Desde Mainzer Strasse llegan a Krümperweg, donde sobreviene un repentino silencio.

—Ahora entiendo algunas cosas —admite Corderita.

—¿A qué te refieres?

—Bah, no es nada, solo que siempre me siento mal por la mañana. Y además era tan raro…

—Pero tienes que haberlo notado, ¿no?

—Siempre pensé que me vendría. ¿A quién se le ocurre imaginar lo contrario?

—A lo mejor se ha equivocado.

—No, no lo creo. Es cierto.

—Pero cabe la posibilidad de que se haya equivocado.

—No creo…

—¡Por favor! ¡Presta atención a lo que digo! ¡Es posible! —¿Posible? ¡Todo es posible!

—Bueno, pues entonces a lo mejor te viene la regla mañana. ¡Menuda carta le escribiré entonces! —Y redacta una misiva, absorto en sus pensamientos.

A Krümperweg le sigue la Hebbelstrasse. La pareja recorre muy lentamente en esa tarde estival una calle en la que crecen unos olmos preciosos.

—Y le exigiré que me devuelva mis quince marcos, faltaría más —dice de pronto Pinneberg.

Corderita no contesta. Tantea con cuidado con toda la anchura del zapato y mira con atención dónde pisa; es todo tan diferente.

—¿Adónde vamos? —pregunta él de repente.

—Tengo que regresar a casa —informa Corderita—. No le he dicho a mamá que me ausentaría.

—¡Lo que faltaba! —exclama.

—No te enfades, chico —le ruega—. Procuraré salir a las ocho y media. ¿Qué tren vas a coger?

—El de las nueve y media.

—Entonces te acompañaré a la estación.

—Y nada más —dice él—. Otra vez nada más. Menuda vida la nuestra.

Lütjenstrasse es una auténtica calle proletaria, siempre es un hervidero de niños, allí es imposible despedirse de verdad.

—No te preocupes tanto, chico —lo anima dándole la mano—. Yo lo arreglaré.

—Sí, sí —responde, intentando sonreír—. Tienes todos los triunfos en la mano, Corderita, y ganas todas las bazas.

—Bajaré a las ocho y media. Seguro.

—Y ahora ¿ni un beso?

—Imposible, en serio, lo chismorrean todo enseguida. Ánimo. ¡Ánimo!

Lo mira.

—De acuerdo, Corderita —le contesta—. Y tú tampoco te preocupes. Todo se arreglará de un modo u otro.

—Pues claro que sí —remacha la joven—. No me desanimo. Hasta luego.

Se apresura, ligera, por la oscura escalera, su pequeño maletín golpea contra la barandilla: clap-clap-clap.

Pinneberg sigue con los ojos sus piernas claras. Cien mil veces ha desaparecido ya Corderita por esa maldita escalera.

—¡Corderita! —grita—. ¡Corderita!

—¿Sí? —pregunta ella desde arriba, asomándose por encima de la barandilla.

—¡Un momento! —exclama. Se precipita escaleras arriba y, deteniéndose sin aliento, la agarra por los hombros—. ¡Corderita! —repite, jadeando por la excitación y la falta de aire—. Emma Mörschel, ¿quieres casarte conmigo?

La señora Mörschel, el señor Mörschel y Karl Mörschel. Pinneberg cae en manos de la «mörscheleria»

 

Corderita Mörschel no responde. Soltándose de Pinneberg, se sienta con cuidado en un peldaño de la escalera. De pronto sus piernas desaparecen. Ahora, ya sentada, alza la vista hacia su chico.

—Dios mío —musita—. ¡Si hicieras eso, chico!

Sus ojos azul oscuro con un toque verdoso se iluminan; ahora casi rebosan de luz resplandeciente.

«Como si todos los árboles de Navidad de su vida ardieran de pronto en su interior», piensa Pinneberg, muy turbado por esa emoción.

—Entonces, todo arreglado, Corderita —dice—. Lo haremos.

Y cuanto antes, ¿vale?

—Pero, chico, no tienes por qué hacerlo. Ya me las arreglaré. Pero, claro, tienes razón, es mejor que el crío tenga un padre.

—El crío —murmura Johannes Pinneberg—. Claro, el crío. Se queda callado un instante. En su interior se está librando una batalla para decidir si confiesa a Corderita que en su petición de mano no ha pensado en absoluto en ese crío, sino únicamente en lo odioso que resulta esperar tres horas a tu novia en la calle en esa tarde estival. Pero en lugar de contárselo, le ruega:

—Vamos, levántate, Corderita. Seguro que la escalera está sucísima. Tu espléndida falda blanca…

—¡Olvida la falda, olvídala! ¡Qué nos importan todas las faldas del mundo! Soy tan feliz. ¡Hannes! ¡Chico!

Se incorpora y lo abraza de nuevo. Y la casa se muestra bondadosa: de los veinte inquilinos que entran y salen por esa escalera al atardecer, después de las cinco, un período de tiempo en que los padres de familia regresan al hogar y todas las amas de casa salen presurosas a buscar un ingrediente olvidado para la cena, no aparece nadie.

Hasta que Pinneberg se libera, diciendo:

—Pero seguro que esto también podemos hacerlo arriba… como prometidos que somos. Subamos.

Corderita pregunta, dubitativa:

—¿Ahora mismo? ¿No será mejor que prepare a papá y mamá? Todavía no saben nada de ti…

—Cuando hay que hacer algo, cuanto antes mejor —declara Pinneberg sin intentar dirigirse a la calle—. Además, seguro que se alegrarán, ¿no?

—Mamá, mucho —comenta Corderita meditabunda—. Papá, ya sabes, no te lo tomes muy a pecho. A mi padre le gusta bromear, no habla en serio.

—Lo entenderé —afirma Pinneberg.

Corderita abre la puerta: un vestíbulo de reducidas dimensiones. Detrás de una puerta entornada una voz ordena:

—¡Emma, ven aquí!

—Un momento, mamá —contesta Emma Mörschel—. Voy a quitarme los zapatos.

Toma de la mano a Pinneberg y lo conduce de puntillas a una pequeña habitación interior con dos camas.

—Deja tus cosas ahí. Sí, esa es mi cama, ahí duermo yo. La otra es la de mi madre. Papá y Karl duermen enfrente, en el cuarto pequeño. Vamos, ven. ¡Espera, tu pelo! —Le pasa deprisa un peine por los cabellos alborotados.

A los dos les late muy fuerte el corazón. Ella lo toma de la mano, cruzan la entrada, abren la puerta de la cocina. Junto al fogón, una mujer de espalda redonda, encorvada, fríe algo en una sartén. Pinneberg divisa un vestido pardo y un enorme delantal azul.

La mujer no alza la vista.

—Emma, baja deprisa al sótano y sube briquetas de carbón. Por más que se lo diga cien veces a Karl…

—Mamá —dice Emma—, este es mi novio, Johannes Pinneberg, de Ducherow. Pensamos casarnos.

La mujer situada junto al fogón alza la vista. Tiene la tez morena, una boca poderosa, dura y peligrosa, ojos duros y muy claros, y miles de arrugas. Una anciana proletaria.

La mujer dedica a Pinneberg una mirada breve, dura, irritada. Después sigue trajinando en sus tortillas de patata.

—Mentecata —le espeta la madre—. ¿Es que ahora vas a traerme a casa a tus ligues? Ve a por carbón, que se me está apagando la lumbre.

—Mamá —insiste Corderita, intentando sonreír—, quiere casarse conmigo, de veras.

—Que vayas a por carbón, muchacha —ordena la anciana mientras agita el tenedor.

—¡Mamá…!

La mujer levanta la vista.

—¿Todavía no has bajado? —pregunta despacio—. Te estás ganando un bofetón.

Corderita aprieta muy deprisa la mano de su Pinneberg. Después, cogiendo una cesta, exclama con toda la alegría de la que es capaz:

—Enseguida vuelvo. —Y la puerta del pasillo se cierra. Pinneberg, abandonado en la cocina, observa con cautela a la señora Mörschel, temeroso de que una simple mirada pueda irritarla, y luego la ventana. Solo se divisa el cielo azulado del estío y unas cuantas chimeneas.

La señora Mörschel aparta la sartén y manipula los aros del fogón. El trajín produce numerosos tintineos. Hurga en las brasas con el atizador mientras gruñe entre dientes.

—Perdón, ¿cómo dice? —pregunta Pinneberg con tono cortés.

Son las primeras palabras que pronuncia en casa de los Mörschel.

Más le habría valido guardar silencio, pues la mujer se abalanza sobre él como un buitre, en una mano el badil y en la otra el tenedor para dar vuelta a las tortas, pero eso no es lo peor, a pesar de que manotea con ellos. Lo peor es su rostro, en el que todas las arrugas se contraen y saltan, y sus ojos, crueles y furiosos.

—¡Como deshonre a mi chiquilla…! —grita fuera de sí.

Pinneberg retrocede un paso.

—Pero si quiero casarme con Emma, señora Mörschel —responde, temeroso.

—Usted se figura que no me entero de nada —dice la mujer impertérrita—. Llevo dos semanas aquí, esperando. Ella me dirá algo, pienso; ella me traerá pronto al tipo, pienso, y aquí estoy, esperando. —Recupera el aliento—. Mi Emma es una buena chica, ¿me entiende?, no es una desgraciada. Siempre ha sido alegre. Nunca me ha dado una mala contestación… ¿Pretende usted deshonrarla?

—No, no —susurra Pinneberg muerto de miedo.

—¡Sí! ¡Sí! —grita la señora Mörschel— ¡Sí! ¡Sí! Llevo aquí dos semanas esperando a que me traiga sus paños para lavarlos… y ¡nada! ¿Cómo ha sido usted capaz de hacerlo, eh?

Pinneberg lo ignora.

—Somos jóvenes —contesta con mansedumbre.

—Hay que ver —replica la anciana, furibunda—, mira que haber utilizado a mi chica para eso —de repente se encoleriza de nuevo—: ¡Los hombres sois todos unos cerdos, qué asco!

—Nos casaremos en cuanto consigamos los papeles —declara Pinneberg.

La señora Mörschel se aproxima al fogón. La grasa chisporrotea.

—Y usted ¿qué es? —pregunta la anciana—. ¿Está en condiciones de casarse?

—Soy contable. En un comercio de granos.

—Entonces, empleado, ¿eh?

—Sí.

—Habría preferido un obrero. ¿Cuánto gana?

—Ciento ochenta marcos.

—¿Limpios?

—No, hay que descontar las retenciones.

—Eso está bien —dice la mujer—, no es mucho. Mi chica tiene que seguir siendo sencilla. —Y de repente se encrespa de nuevo—: No crea que recibirá dote. Nosotros somos proletarios. Entre nosotros eso no se estila. Solo la escasa ropa que se ha comprado ella misma.

—Todo eso es innecesario —dice Pinneberg.

La mujer vuelve a enfadarse.

—Usted tampoco tiene nada. No tiene pinta de ahorrar. Cuando uno va por ahí con semejante traje, es que no anda muy sobrado.

Pinneberg no necesita reconocer que ha acertado, porque Corderita entra con el carbón. Está de un humor excelente.

—¿Se te ha comido, pobrecito? —pregunta—. Mi madre es una auténtica tetera, siempre se desborda al hervir.

—No seas tan descarada, chica —le riñe la vieja—. O te ganarás un sopapo. Id al dormitorio a besuquearos. Primero deseo hablar a solas con tu padre.

—Bueno —dice Corderita—. ¿Has preguntado ya a mi novio si le gustan las tortas de patata rallada? Hoy es el día de nuestro compromiso.

—¡Largo de aquí los dos! —exclama la señora Mörschel—.

Y nada de cerrar la puerta, iré a echar un vistazo un par de veces para que no cometáis ninguna tontería.

Ellos se sientan en las sillas blancas junto a la mesita, uno frente al otro.

—Mamá es una sencilla trabajadora —advierte Corderita—. Es muy ordinaria, pero no malintencionada.

—Oh, a veces sí —contesta Pinneberg con una sonrisa sardónica—. Tu madre está al cabo de la calle, ya me entiendes, de lo que hoy nos ha comunicado el doctor.

—Pues claro. Mamá siempre lo sabe todo. Creo que le has caído bien.

—Venga ya, pues no daba esa impresión.

—Mamá es así. Siempre regañando… Yo ya ni la escucho.

Durante un momento reina el silencio, ambos permanecen sentados uno frente al otro muy modositos, las manos sobre la mesita.

—También hemos de comprar los anillos —dice Pinneberg, meditabundo.

—Ay, Dios mío, claro —contesta Corderita deprisa—. Dime, rápido, ¿cómo te gustan más, brillantes o mates?

—Mates —contesta.

—¡A mí también, a mí también! —exclama ella—. Creo que tenemos los mismos gustos en todo. Estupendo. ¿Cuánto costarán?

—No lo sé. ¿Treinta marcos?

—¿Tanto?

—¿Los compraremos de oro?

—Pues claro que los compraremos de oro. Déjame ver, tomemos medidas.

Se acerca a ella. Cogen un trozo de hilo de un carrete. Es difícil. O el hilo aprieta o está demasiado flojo.

—Mirar las manos incita a pelearse —advierte Corderita.

—Pero no las miro —responde—. Yo las beso. Beso tus manos, Corderita.

Llaman a la puerta con los nudillos.

—¡Venid! ¡Ha llegado papá!

—Enseguida —responde Corderita, liberándose de su brazo—. Deprisa, vamos a prepararnos un poco. Papá bromea continuamente.

—¿Cómo es tu padre?

—Dios, pronto lo comprobarás. Además, da igual. Vas a casarte conmigo, conmigo, conmigo, sin padre ni madre.

—Y con el crío.

—Y con el crío, por supuesto. Tendrá unos padres simpáticos e insensatos. Incapaces de permanecer sentados como es debido ni un cuarto de hora…

Un hombre alto con pantalones grises, chaleco gris y una camisa blanca de punto, sin chaqueta, sin cuello, se sienta a la mesa de la cocina. Va calzado con zapatillas. Tiene el rostro amarillo y arrugado, ojillos perspicaces detrás de unos quevedos colgantes, bigote gris y perilla casi blanca.

El hombre lee el Volksstimme, pero cuando entran Pinneberg y Emma deja el periódico y escudriña al joven.

—¿Así que es usted el joven que desea casarse con mi hija? Encantado, siéntese. Dicho sea de paso, usted todavía se lo estará pensando.

—¿Qué? —pregunta Pinneberg.

Corderita, tras ceñirse un delantal, ayuda a su madre. La señora Mörschel dice irritada:

—¿Dónde se habrá metido ese granuja? Se enfriarán las tortillas.

—Horas extra —contesta lacónico el señor Mörschel. Y guiñando un ojo a Pinneberg—: Usted también hará horas extra, ¿verdad?

—Sí —responde Pinneberg—. Con mucha frecuencia. —Pero ¿gratis?

—Por desgracia. El jefe dice…

Al señor Mörschel le importa un comino lo que dice el jefe.

—Ve usted, por eso preferiría un obrero para mi hija; cuando mi Karl hace horas extra, se las pagan.

—El señor Kleinholz dice… —insiste Pinneberg.

—Hace mucho que sabemos lo que dicen los empresarios, joven —declara el señor Mörschel—. No nos interesan sus palabras, sino sus hechos. Porque vosotros también tendréis un convenio colectivo, ¿no?

—Eso creo —contesta Pinneberg.

—Creer es una cuestión religiosa, un obrero no tiene nada que ver con eso. Seguro que lo tenéis. Y dirá que las horas extra hay que pagarlas. ¿Por qué voy a tener un yerno al que no se las pagan?

Pinneberg se encoge de hombros.

—Porque los empleados no estáis organizados —explica el señor Mörschel—. Porque estáis desunidos, porque entre vosotros la solidaridad brilla por su ausencia. Por eso hacen con vosotros lo que se les antoja.

—Yo estoy organizado —replica Pinneberg enfurruñado—. Estoy en un sindicato.

—¡Emma! ¡Mamá! ¡Nuestro hombrecito está en un sindicato! ¡Quién lo habría dicho! ¡Tan atildado y afiliado! —El alargado Mörschel, con la cabeza completamente ladeada, observa a su futuro yerno con los ojos entornados—. Y ¿cómo se llama su sindicato, muchacho? ¡Vamos, suéltelo ya!

—Sindicato de Empleados Alemanes —contesta Pinneberg cada vez más enfadado.

El largo se encorva por completo, tanta impresión le causa.

—¡El SEA! ¡Mamá, Emma, sujetadme, nuestro joven es un memo, mira que llamar sindicato a eso! Una asociación amarilla entre dos aguas. ¡Santo cielo, chicos, menudo chiste…!

—Oiga —replica Pinneberg, furioso—. ¡No somos una organización amarilla! A nosotros no nos financian los empresarios. Nosotros pagamos una cuota federal.

—¡Para los mandamases! ¡Para los mandamases amarillos! Vaya, Emma, has escogido a la persona adecuada. ¡Un hombre del SEA! ¡Un perro posibilista!

Pinneberg mira a Corderita en demanda de ayuda, pero ella no le devuelve la mirada. A lo mejor está acostumbrada, pero para él es malo.

—Empleado, lo que me faltaba por oír —dice Mörschel—. Vosotros os creéis mejores que nosotros, los obreros.

—No lo creo.

—Sí que lo cree. Y ¿por qué lo cree? Porque a su patrón no le aplazan una semana el cobro del jornal, sino el mes entero. Porque hacen horas extra no remuneradas, porque cobran menos de lo que estipula el convenio, porque jamás hacen huelga, porque son los sempiternos esquiroles…

—No siempre se trata únicamente de dinero —se defiende Pinneberg—. Nosotros también pensamos distinto a la mayoría de los trabajadores, tenemos otras necesidades…

—Pensar distinto —dice Mörschel—, pensar distinto; ustedes piensan igual que un obrero…

—No lo creo —replica Pinneberg—. Yo, por ejemplo…

—Usted, por ejemplo… —Le corta Mörschel, entrecerrando los ojos con muy mala idea mientras sonríe—. Usted, por ejemplo, ya ha cobrado un anticipo, ¿no?

—¿Por qué lo dice? —pregunta Pinneberg, desconcertado—. ¿Anticipo…?

—Anticipo, sí —insiste el otro ensanchando la sonrisa—. Anticipo, ahí, con Emma. No es muy fino, señor mío. Es una costumbre de lo más proletaria…

—Yo… —comienza a decir Pinneberg, colorado como un tomate y ansioso por aporrear las puertas y gritar: «¡Anda y que os den…! ».

Pero la señora Mörschel interviene con dureza:

—Ya vale con tus bromas, papá. Eso está aclarado. A ti ni te va ni te viene.

—Ahí viene Karl —exclama Corderita, porque fuera acaba de abrirse una puerta.

—Entonces, venga esa cena, mujer —dice Mörschel—. Y sí que tengo razón, yerno, pregunte a su pastor, eso es una grosería…

Entra un hombre joven, pero joven es tan solo una descripción cronológica; su aspecto, en lugar de juvenil, es más amarillento y malhumorado que el del viejo.

—… nas noches —gruñe y, haciendo caso omiso del invitado, se despoja de la chaqueta, el chaleco y la camisa. Pinneberg lo contempla con creciente asombro.

—¿Has hecho horas extra? —pregunta el viejo.

Karl Mörschel se limita a gruñir algo ininteligible.

—Déjate de fregoteos, Karl —advierte la señora Mörschel—, y ven a cenar.

Pero el aludido, tras dejar correr el agua en la pila, empieza a lavarse con fruición. Se ha desnudado hasta las caderas, y Pinneberg se siente un tanto avergonzado por Corderita. Pero a ella no parece importarle, por lo visto le resulta natural.

Pinneberg, sin embargo, piensa que hay muchas cosas que no son naturales. Los feos platos de loza con las zonas negruzcas desportilladas, las tortas medio frías de patata con sabor a cebolla, el pepino en vinagre, la floja cerveza embotellada solo para los hombres, amén de esa cocina desalentadora, el tipo ese lavándose…

Karl se sienta a la mesa y farfulla entre dientes:

—Caramba, ¿cerveza?

—Este es el novio de Emma —explica la señora Mörschel—. Quieren casarse pronto.

—Así que ha pescado a uno —dice Karl—. Un burgués, vamos. Un proleta no es lo bastante fino para ella.

—Ya lo ves —dice papá Mörschel, muy satisfecho.

—Mejor será que pagues tu contribución a la casa antes de abrir la boca aquí —declara mamá Mörschel.

—¿Qué significa «ya lo ves»? —pregunta Karl, malhumorado, a su padre—. Prefiero a un verdadero burgués antes que a vosotros, los nacionalsocialistas.

—Nacionalsocialistas —responde el viejo, furioso—. Aquí no hay más fascista que tú, secuaz de los soviéticos.

—Claro, hombre —replica Karl—, vosotros, los héroes del acorazado…

Pinneberg escucha con cierta complacencia. El hijo está obligando al viejo a probar su propia medicina.

No obstante, las tortas de patata no mejoran por eso, ni es una cena simpática. Se imaginaba su fiesta de compromiso muy distinta.

Charla nocturna sobre el amor y el dinero

 

Pinneberg ha dejado pasar su tren, también puede viajar a las cuatro de la mañana. A esa hora aún llegará a tiempo al comercio.

Los novios se han sentado en la oscura cocina. Dentro, en una habitación, duerme el señor Mörschel; en la otra, su esposa. Karl se ha marchado a una asamblea del Partido Comunista.

Tras juntar dos sillas de la cocina, se sientan con la espalda hacia el fogón, ya frío. La puerta del balconcito de la cocina está abierta y el viento mece la cortina de la puerta. Fuera, por encima de un cálido patio, con estruendo de radio, se extiende el cielo nocturno, oscuro, con estrellas muy pálidas.

—Me gustaría —confiesa Pinneberg en voz baja estrechando la mano de Corderita— que viviéramos bien. —Intenta describirlo—: Tendríamos una casa luminosa, con cortinas blancas y siempre limpia e inmaculada.

—Lo entiendo —dice Corderita—, lo entiendo, nuestro hogar debe de parecerte malo, ya que no estás acostumbrado. —No lo decía con esa intención, Corderita.

—Sí, sí. ¿Por qué no vas a decirlo si es malo? Que Karl y papá estén siempre discutiendo es malo. Que papá y mamá se peleen siempre, también. Y que siempre quieran engañar a mamá con lo que le dan para contribuir a los gastos de la casa y mamá los engañe con la comida… todo es malo.

—Pero ¿por qué son así? Ganáis dinero los tres, así que debería iros bien.

Corderita calla.

—Yo no formo parte de esto —admite al fin—. Siempre he sido la Cenicienta. Cuando papá y Karl llegan a casa, ha terminado su trabajo diario. Entonces empiezo yo a lavar y a planchar y a coser y a zurcir calcetines. Ay, no es eso —exclama—, lo haría gustosa. Pero que todo eso sea completamente natural y que en cambio te empujen y te den codazos, que nunca te dediquen una buena palabra y que Karl se comporte como si me alimentase porque entrega más dinero para la casa que yo… Yo no gano mucho, es cierto, pero ¿cuánto gana hoy una dependienta?

—Pronto pasará —advierte Pinneberg—. Muy pronto.

—Ay, si es que no es eso —exclama, desesperada—, no es nada de eso. Pero, ¿sabes, chico?, siempre me han despreciado, me llaman «tonta». Seguro que no soy muy lista. Hay muchas cosas que no entiendo. Y, además, tampoco soy guapa…

—Sí lo eres.

—Eres el primero que lo dice. Cuando alguna vez íbamos al baile, nadie me sacaba a bailar. Y cuando mamá recomendaba a Karl que enviase a sus amigos, este replicaba: «Pero ¿quién va a querer bailar con semejante cabra? ». De veras, eres el primero…

Un sentimiento inquietante asalta a Pinneberg. «La verdad es que no debería contarme esas cosas, piensa. Siempre he creído que era bonita. Y ahora resulta que a lo mejor no lo es… »

Pero Corderita prosigue:

—Mira, chico, no quiero agobiarte con lamentaciones. Lo diré una sola vez: que sepas que yo no pertenezco aquí, que solo te pertenezco a ti. A ti únicamente. Y te estoy muy agradecida, no solo por el crío, sino por haber aceptado a Cenicienta…

—Oye —dice él—. ¡Oye!

—No, ahora todavía no… Y cuando afirmas que nuestro hogar tiene que ser luminoso y limpio, debes tener un poco de paciencia, todavía no he aprendido a cocinar bien.

Y si hago algo mal, tendrás que decírmelo, y yo jamás te mentiré…

—Claro, Corderita, claro.

—Y nunca jamás discutiremos. Dios mío, chico, qué felices seremos los dos solos. Y luego el tercero, el crío.

—¿Y si es niña?

—Es un crío, te lo aseguro, un dulce pequeñajo.

Al cabo de un rato se levantan y salen al balcón. El cielo se extiende por encima de los tejados con las estrellas en su interior. Permanecen callados unos instantes, cada uno con la mano sobre el hombro del otro.

Después retornan a este mundo del patio estrecho, los numerosos cuadrados de las ventanas iluminados, la estridencia del jazz

—¿Compraremos una radio? —pregunta de pronto él.

—Sí, claro. Así no estaré tan sola cuando te marches al comercio. Pero más adelante. ¡Tenemos tantísimas cosas que comprar!

—Sí —musita él.

Silencio.

—Chico —empieza a decir Corderita con voz suave—. Tengo que preguntarte una cosa.

—¿Sí? —responde, inseguro.

—¡Pero no te enfades!

—No me enfadaré.

—¿Has ahorrado algo?

Pausa.

—Un poco —contesta vacilante—. ¿Y tú?

—También un poco —y a renglón seguido—: Pero solo muy muy muy poco.

—Dilo tú —dice él.

—No, tú primero —replica ella.

—Yo… —comienza, y se interrumpe.

—¡Dilo ya! —ruega ella.

—Es que realmente es muy poco, acaso aun menos que tú. —Seguro que no.

—Seguro que sí.

Pausa… prolongada.

—Pregúntame —pide el joven.

—Bueno —contesta ella respirando hondo—. ¿Es más de…? Se detiene.

—¿De qué? —inquiere.

—¡Qué tontería! —de repente se echa a reír—. ¿Por qué me voy a avergonzar? Tengo ciento treinta marcos en la caja.

Él dice despacio y orgulloso:

—Cuatrocientos setenta.

—¡Qué bien! —exclama Corderita—. Todo irá como una seda. Seiscientos marcos. ¡Menudo montón de dinero, chico!

—No sé… —comenta él—. A mí no me parece mucho. Pero la vida de soltero es carísima.

—Y de mi sueldo de ciento veinte marcos, tengo que entregar setenta marcos por la comida y el alojamiento.

—Cuesta mucho ahorrar tanto dinero —reconoce él.

—Una eternidad —precisa ella—. Y no hay manera de conseguir más.

Pausa.

—Creo que nos costará encontrar un piso en Ducherow —opina él.

—Entonces tendremos que alquilar una habitación amueblada.

—Eso nos permitirá ahorrar más para nuestros muebles.

—Pero creo que amueblada es carísima.

—Echemos cuentas —propone él.

—Sí, veamos para cuánto nos da. Lo calcularemos como si no tuviéramos nada ahorrado.

—Sí, esa suma no debemos tocarla, sino aumentarla. Así que ciento ochenta marcos de sueldo…

—Pero casado cobrarás más.

—Pues, ¿sabes?, no lo sé. —Parece muy confundido—. Según el convenio, quizá sí, pero mi jefe es tan raro…

—Yo no tendría en cuenta sus rarezas.

—Corderita, primero calcularemos con ciento ochenta. Si es más, estupendo, pero de momento eso lo tenemos asegurado.

—De acuerdo —accede—. Empecemos por las retenciones.

—Bien —contesta él—. Ahí no hay nada que hacer. Impuestos: seis marcos y seguro de desempleo, dos con setenta.

Y seguro de empleados, cuatro marcos. Y seguro de enfermedad, cinco con cuarenta. Y el sindicato, cuatro marcos cincuenta…

—Bueno, el sindicato sobra…

—Olvídalo. Ya he tenido bastante con tu padre.

—Vale —accede Corderita—, son veintidós marcos con sesenta de retenciones. ¿Necesitas dinero para transporte? —Gracias a Dios, no.

—Entonces, nos quedan ciento cincuenta y siete marcos con cuarenta. ¿A cuánto ascenderá el alquiler?

—Pues no lo sé. Habitación y cocina amueblada, seguro que cuarenta marcos.

—Pongamos cuarenta y cinco —dice Corderita—. Quedan ciento doce marcos con cuarenta. ¿Cuánto crees que nos hará falta para comer?

—Calcúlalo tú.

—Mi madre siempre dice que necesita un marco con cincuenta al día por persona.

—Entonces noventa marcos mensuales —afirma él.

—Y nos quedarán veintidós marcos con cuarenta —remacha ella.

Se miran.

Corderita dice muy deprisa.

—Y no hemos previsto nada para combustible, ni para gas, ni para la luz, ni para sellos, ni para vestir, ni para mudas, ni para calzado. Y de vez en cuando habrá que comprar vajilla.

—Y a veces también apetece ir al cine —comenta él—. Y salir de excursión los domingos. Y a mí me encanta fumar un cigarrillo.

—Y también queremos ahorrar algo.

—Por lo menos veinte marcos al mes.

—Treinta.

—Pero ¿cómo?

—Repasemos las cuentas.

—Las retenciones están bien.

—Y no conseguiremos habitación y cocina más baratas.

—A lo mejor cinco marcos menos.

—En fin, ya veré. Pero también me gustaría comprar el periódico.

—Seguro. Solo podemos ahorrar en la comida; pongamos, por ejemplo, diez marcos.

Se miran de nuevo.

—Entonces seguimos sin arreglárnoslas. Y de ahorrar, nada.

—Oye —dice ella preocupada—, ¿tienes que llevar siempre la ropa planchada? Yo no puedo plancharla toda…

—Oh, sí, lo exige el jefe. Planchar una camisa cuesta sesenta pfennigs y un cuello, diez.

—En total cinco marcos mensuales —calcula ella.

—Y poner suelas a los zapatos.

—Eso también, claro. Y encima es carísimo.

Pausa.

—Bueno, calculemos de nuevo.

Y al cabo de un rato:

—En fin, quitaremos otros diez marcos de comida. Pero por menos de setenta no puedo hacerlo.

—¿Cómo se apañarán los demás?

—Lo ignoro. Porque hay muchísimos que disponen de bastante menos dinero.

—No lo entiendo.

—Algo falla. Echemos cuentas otra vez.

Pero por más que calculan y calculan, siempre llegan al mismo resultado. Se miran.

—¿Sabes? —dice de pronto Corderita—, si me caso puedo hacer que me paguen el seguro de empleados.

—¡Bien! —exclama él—. Seguro que son ciento veinte marcos.

—¿Y tu madre? —pregunta—. Nunca me has hablado de ella.

—No hay nada que contar —contesta, escueto—. Nunca la escribo.

—Ya —murmura ella—. En ese caso…

Nuevo silencio.

No avanzan nada, así que se levantan y salen al balcón. En el patio casi ha oscurecido y la ciudad se ha calmado. La bocina de un coche resuena en la lejanía.

—Cortar el pelo cuesta ochenta pfennigs —dice él, sumido en sus pensamientos.

—Ay, déjalo —ruega ella—. Si los demás lo consiguen, también nosotros lo conseguiremos. Nos las apañaremos.

—Escucha, Corderita. En lugar de darte dinero para la casa, a principios de mes meteremos todo en un tarro y cada uno cogerá lo que necesite.

—De acuerdo —dice ella—. Tengo un tarro muy bonito para eso, de loza azul. Ya te lo enseñaré. Además, seremos muy ahorrativos. A lo mejor aprendo incluso a planchar camisas.

—Y los cigarrillos de cinco pfennigs son un disparate —argumenta él—. Los hay muy decentes por tres.

Pero ella profiere un grito:

—Dios mío, chico, nos hemos olvidado del crío. ¡Él también costará dinero!

—¿Y qué va a costar un niño tan pequeño? —medita él—.

Y además está la ayuda por nacimiento y el subsidio de maternidad, y encima pagaremos menos impuestos… Creo que los primeros años saldrá gratis.

—No sé —responde, dubitativa.

En la puerta aparece una figura blanca.

—¿No pensáis iros a la cama de una vez? —pregunta la señora Mörschel—. Aún podéis dormir tres horas.

—Sí, madre —contesta Corderita.

—Ya todo da igual —dice la vieja—. Hoy dormiré con padre. Karl también estará fuera esta noche. Llévatelo contigo a tu… —La puerta se cierra con un chirrido sin precisar a qué…

—La verdad, no me apetece —replica Pinneberg un tanto ofendido—. Aquí, en casa de tus padres, no es nada agradable…

—Dios mío, chico —ríe—. Creo que Karl tiene razón, eres un burgués…

—¡Ni muchísimo menos! —protesta—. Si a tus padres no les molesta —vuelve a vacilar—. Y si resulta que el doctor Sesam se ha equivocado, a lo mejor es que soy estéril.

—Bueno, en ese caso sentémonos de nuevo en las sillas de la cocina —sugiere—. Me duele todo el cuerpo.

—Ya voy, Corderita —responde, contrito.

—Si no quieres…

—¡Soy una oveja, Corderita! ¡Soy una oveja!

—Ajajá —dice ella—. Entonces hacemos buena pareja.

—Eso lo comprobaremos enseguida —sentencia él.

 

Primera parte

UNA CIUDAD PEQUEÑA

 

El matrimonio comienza como es debido: con un viaje de novios, pero ¿necesitamos una olla?

 

El tren que parte ese sábado de agosto a las catorce diez de Platz a Ducherow acoge en un compartimiento de tercera clase para no fumadores al señor y a la señora Pinneberg; en el vagón de equipajes llevan una canasta con candado «muy grande» con las pertenencias de Emma, un saco con los edredones de Emma —pero únicamente el de ella, «que se ocupe él mismo de su edredón, nosotros no tenemos por qué»— y una huevera con la porcelana de Emma.

El tren abandona raudo la gran ciudad de Platz y la desierta estación, dejando atrás las últimas casas de los arrabales, y comienzan los campos. Durante un rato corren paralelos a la orilla del brillante Strela y después llega el bosque y los abedules flanquean la vía.

Aparte de ellos, en el compartimento solo viaja un hombre huraño que no acaba de decidir si leer el periódico, contemplar el paisaje u observar a la joven pareja. Es sorprendente, pero pasa de una actividad a otra y, en cuanto ambos se creen seguros, los sorprende.

Pinneberg coloca su mano derecha encima de la rodilla con gesto ostentoso. El anillo despide un brillo amable. En cualquier caso todo lo que ve ese tipo huraño es completamente legítimo. Pero no mira el anillo, sino el paisaje.

—Sienta bien el anillo —presume Pinneberg, satisfecho—. No se nota que es chapado en oro.

—¿Sabes?, el anillo me produce una extraña sensación, lo siento continuamente y no puedo dejar de mirarlo.

—Es que aún no te has acostumbrado a él. Los matrimonios viejos no lo notan en absoluto. Si lo pierden, ni se dan cuenta.

—Eso no me ocurrirá a mí —replica Corderita, enfadada—. Yo lo notaré para siempre jamás.

—Yo también —declara Pinneberg—. Porque me recuerda a ti.

—Y a mí a ti.

Se inclinan el uno hacia el otro, cada vez más cerca. Y retroceden sobresaltados, el tipo huraño clava los ojos en ellos casi con descaro.

—No es de Ducherow —susurra Pinneberg—. Lo conocería.

—¿Conoces a todos sus habitantes?

—A muchos, por supuesto. Antes fui vendedor en Bergmann, confección de señora y caballero. Ahí conoces a todo el mundo.

—Y ¿por qué lo dejaste? En realidad es tu ramo.

—Discutí con el jefe —se limita a responder Pinneberg.

A Corderita le gustaría continuar el interrogatorio, se da cuenta de que ahí existe todavía un abismo, pero prefiere olvidarlo. Ahora que están casados y bien casados por lo civil hay tiempo para todo.

Por lo visto, a él se le acaba de ocurrir la misma idea.

—Tu madre ya llevará un buen rato en casa.

—Sí —confirma ella—. Está enfadada, por eso no nos acompañó al tren. Menudo asco de boda, dijo al salir del Registro Civil.

—Que ahorre su dinero. Esas comilonas donde todos se limitan a soltar chistes verdes me parecen horripilantes.

—Claro que sí —coincide Corderita—. A mamá le habría divertido.

—No nos hemos casado para divertir a mamá —replica él con aspereza.

Pausa.

—Oye —interviene Corderita—, me muero de impaciencia por ver la vivienda.

—Bueno, ojalá te guste. En Ducherow no hay mucho donde elegir.

—Anda, Hannes, descríbemela otra vez.

—De acuerdo. —Y refiere lo que le ha contado en innumerables ocasiones—. Ya te he dicho que está situada en las afueras de la ciudad, en pleno campo.

—Eso me parece estupendo.

—Pero es un viejo caserón de vecindad. El maestro de obras Mothes lo colocó ahí fuera pensando que levantarían otros edificios. Pero nadie ha construido allí.

—¿Por qué?

—No lo sé. A la gente le resulta un paraje muy solitario, a veinte minutos de la ciudad. El camino no está pavimentado.

— Ahora el piso —le recuerda ella.

—Bien. Vivimos arriba del todo, en casa de la viuda Scharrenhöfer.

—¿Cómo es ella?

—Dios, qué voy a decirte. Parecía muy distinguida, ha conocido días mejores, pero la inflación… Bueno, la verdad es que realmente me lloró mucho.

—¡Dios mío!

—Pero no estará siempre llorando. Y, además, eso está acordado, ¿verdad? Nosotros somos muy reservados. No queremos mantener relación con otra gente. Nos bastamos solos.

—Por supuesto. Pero ¿y si nos importuna?

—No lo creo. Es una dama anciana, muy distinguida, de pelo canoso. Y tiene un miedo terrible por sus pertenencias, porque las heredó de su difunta madre, y nosotros debemos sentarnos siempre despacio en el sota, porque aún conserva los excelentes muelles viejos y no soporta los movimientos bruscos.

—Cada vez que lo pienso —replica Corderita, meditabunda—, si estoy alegre o muy triste y con ganas de echarme a llorar, y me siento, no puedo pensar en los muelles viejos.

—Pues tienes que hacerlo —precisa Pinneberg, severo—. Tienes que hacerlo. Y al reloj que está sobre el chifonier, debajo de la campana de cristal, no debes darle cuerda ni yo tampoco, eso solo puede hacerlo ella.

—Pues que se lleve su asqueroso reloj viejo. No quiero en mi casa un reloj al que no puedo dar cuerda.

—No será todo tan malo. Al final diremos que nos molestan las campanadas.

—¡Pero esta misma noche! No sé, pero esos relojes tan elegantes, a lo mejor hay que darles cuerda por la noche. En fin, descríbeme de una vez cómo es: subes por la escalera y te topas con la puerta del pasillo. Y después…

—Después viene la antesala, que es común. Y justo la primera puerta a la izquierda es nuestra cocina. Bueno, no es una cocina de verdad, antes seguro que fue un simple desván bajo el tejado inclinado, pero hay un hornillo de gas…

—De dos fuegos —completa Corderita, entristecida—. No sé cómo me las apañaré. No hay persona capaz de preparar una comida con dos fuegos. Mamá dispone de cuatro.

—Por supuesto que con dos se puede.

—¡Ojo con lo que dices, chico!

—Comeremos cosas muy sencillas, de modo que con dos fuegos nos basta y nos sobra.

—Y lo haremos. Pero tú querrás una sopa: primera cazuela. Y después, carne: segunda cazuela. Y verdura: tercera cazuela. Y patatas: cuarta cazuela. Si tengo dos cazuelas calientes en los dos fuegos, entretanto se me enfriarán las otras dos. ¿Te das cuenta?

—Sí —dice, caviloso—. Tampoco sé… —Y de repente, muy asustado—: Pero entonces necesitarás cuatro cacerolas.

—Exacto —remacha ella con orgullo—. Y con eso aún no tengo bastante. También necesito una olla para guisar.

—¡Ay, Dios, y yo solo he comprado una!

Corderita se muestra inflexible.

—En ese caso tenemos que comprar cuatro más.

—Pero con el salario es imposible, volverá a salir de los ahorros.

—No hay más remedio, chico, sé razonable. Lo que tiene que ser, será; necesitamos las cazuelas.

—Me lo imaginaba todo completamente distinto —murmura con tristeza—. Pensaba que saldríamos adelante y ahorraríamos, pero ahora empezamos con gastos.

—¡Es inevitable!

—La olla sobra —replica alterado—. Yo nunca como estofado. ¡Nunca jamás! ¡Comprar una cazuela por un poco de estofado! Ni hablar.

—¿Y filetes rellenos? —pregunta Corderita—. ¿Y asados?

—En la cocina tampoco hay agua —puntualiza desesperado—. Tienes que ir a buscarla a la cocina de la señora Scharrenhöfer.

—¡Ay, Dios! —exclama ella.

De lejos, el matrimonio parece de una sencillez extraordinaria: una pareja se casa, tienen hijos. Viven juntos, se muestran amables el uno con el otro e intentan salir adelante. Camaradería, amor, alegría, comer, beber, dormir, el comercio, la casa, los domingos una excursión, por la tarde a veces al cine. Y ya está.

Pero examinada de cerca esta historia se descompone en mil problemas individuales. El matrimonio en cierto modo pasa a un segundo plano, es algo obvio, el requisito previo, pero, por ejemplo: ¿qué ocurre con la olla? ¿Tendrá que decirle esa misma noche a la señora Scharrenhöfer que saque el reloj de la habitación? Por ejemplo.

Los dos adivinan el panorama sombrío. Pero estos problemas no son todavía acuciantes, cualquier olla se olvida al constatar que ahora están solos en el compartimento. El huraño se ha apeado sin que ellos se hayan percatado. La olla y el reloj de sobremesa quedan atrás. Se abrazan, el tren traquetea. De vez en cuando recobran el aliento y vuelven a besarse hasta que el tren aminora la marcha, revelando que están llegando a Ducherow.

—¡Ay, Dios, ya estamos! —exclaman ambos.

Pinneberg se vuelve místico y a Corderita le plantean adivinanzas

 

—He pedido un coche —comenta Pinneberg deprisa—, el camino hasta llegar a nuestro hogar habría supuesto demasiado esfuerzo para ti.

—Pero ¿por qué? ¡Si queremos ahorrar! El domingo pasado en Platz caminamos dos horas.

—Pero tus cosas…

—Habría podido llevárnoslas un mozo de cuerda. O alguien de tu comercio. Vosotros tenéis obreros…

—No, no, eso no me gusta, parecería que…

—Bueno —replica Corderita, resignada—, lo que tú digas.

—Y otra cosa más —añade él mientras chirrían los frenos— No debemos parecer casados. Es mejor dar la impresión de que solo nos conocemos muy superficialmente.

—Pero ¿por qué? —pregunta Corderita, asombrada— Si estamos casados y bien casados.

—¿Sabes?, es por la gente — explica él, confundido—. Porque no hemos enviado invitaciones ni se lo hemos comunicado a nadie. Si ahora nos viesen así, podrían sentirse ofendidos, ¿no crees?

—No lo entiendo —dice Corderita, perpleja—. Explícamelo otra vez. ¿Cómo puede ofenderse la gente por habernos casado?

—Bueno, ya te lo explicaré. No es el momento. Ahora tenemos que… ¿Coges tu maletín? Por favor, hazte la forastera.

Corderita, en lugar de responder, se limita a lanzar una mirada dubitativa de reojo a su chico. Este ayuda a su dama a apearse del vagón con exquisita cortesía, y con una sonrisa tímida le informa:

—Bueno, esta es la estación central de Ducherow. Porque hay otra del ferrocarril de vía estrecha que va a Maxfelde. Sígame, por favor.

La precede al bajar la escalera del andén, demasiado deprisa, justo es reconocerlo, para un marido tan cuidadoso que incluso ha pedido un coche para que a su esposa no se le antoje excesivo que camine siempre dos o tres pasos por delante de ella. Luego toman una salida lateral donde aguarda el coche, un vehículo cerrado.

—Buenos días, señor Pinneberg. Buenos días, señorita —saluda el chófer.

Pinneberg murmura deprisa:

—Un momento, por favor. Sube ya… Mientras tanto, yo me ocuparé del equipaje. —Y desaparece.

Corderita se queda mirando la plaza de la estación, con sus pequeños edificios de dos pisos. Tiene el Hotel de la Estación justo delante.

—¿Está aquí también el comercio de Kleinholz? —pregunta al chófer.

—¿Donde trabaja el señor Pinneberg? No, señorita, luego pasaremos por delante. Está justo en la plaza mayor, al lado del ayuntamiento.

—Oiga, ¿no podríamos bajar la capota del coche? —pregunta Corderita—. Hace un día espléndido.

—Lo siento, señorita —contesta el chófer—. El señor Pinneberg lo encargó expresamente cerrado. Por lo demás, en días como estos no suelo llevar la capota subida.

—Está bien. Si el señor Pinneberg lo ha encargado así… —dice Corderita subiendo al coche.

Ella lo ve venir detrás del mozo que transporta en una carretilla la maleta, la bolsa del edredón y la huevera. La joven, que desde hace cinco minutos contempla a su marido con otros ojos, repara en que lleva la mano derecha metida en el bolsillo del pantalón. Es un gesto desacostumbrado que no hace nunca. En cualquier caso, ahora lleva la mano derecha hundida en el bolsillo del pantalón.

Después se ponen en marcha.

—Bien —dice sonriendo, confundido—. Ahora verás en un momento todo Ducherow. Porque solo es una calle larga.

—Sí —contesta ella—; y tú estabas a punto de explicarme por qué podría ofenderse la gente.

—Después —le contesta—. Ahora se habla fatal, la verdad. El pavimento de nuestra localidad es infame.

—De acuerdo —dice ella enmudeciendo a su vez.

Sin embargo, una cosa vuelve a llamarle la atención: lleva la cabeza apretada contra un rincón; si alguien mirase al coche, seguro que no lo reconocería.

—Ese es tu comercio —dice ella—, Emil Kleinholz. Granos, piensos y abonos. Patatas al por mayor y al por menor. Vaya, podré comprar mis patatas donde tú trabajas.

—No, no —informa el joven deprisa—. Ese letrero es antiguo. Ya no vendemos patatas al por menor.

—¡Qué lástima! —exclama—. Me habría encantado ir a tu tienda y comprarte cinco kilos de patatas. Y no me habría hecho la casada, oye.

—Sí, es una lástima —reconoce también él—. Habría sido precioso.

Ella golpea enérgicamente el suelo con la punta del pie y exhala un suspiro de rabia, pero guarda silencio. Más tarde pregunta, pensativa:

—¿Aquí también tenemos agua?

—¿A qué te refieres? —pregunta cauteloso.

—¡Pues para bañarse! ¿A qué me voy a referir? —responde Corderita con tono impaciente.

—Sí, aquí también hay posibilidad de bañarse —le contesta.

Y prosiguen el viaje. Deben de haber abandonado la calle principal. Feldstrasse, lee Corderita. Casas aisladas, todas en medio de huertos.

—Oye, qué bonito es esto —afirma contenta—. ¡Cuántas flores!

El automóvil da verdaderos botes.

—Estamos en Grünes Ende —explica él.

—¿Grünes Ende?

—Sí, nuestra calle se llama Grünes Ende.

—¿Esto es una calle? Y yo que pensaba que el hombre se había perdido…

A la izquierda se divisa un prado protegido con alambre de espino, ocupado por unas vacas y un caballo. A la derecha, un sembrado de trébol rojo florecido.

—¡Abre la ventana! —ruega ella.

—Ya hemos llegado.

Donde termina el prado termina también la llanura. Aquí ha plantado la ciudad su último monumento… ¡Y menudo monumento! En el llano se alza, estrecho y alto, el caserón especulativo del maestro de obras Mothes, enlucido en pardo y amarillo, pero solo por delante; los muros laterales están sin enfoscar, esperando a que otros edificios le hagan compañía.

—Bonito no es —dice Corderita alzando la vista.

—Pero por dentro está realmente bien —la anima él.

—Bueno, entremos —dice ella—. Para el crío esto desde luego será maravilloso, tan saludable.

Pinneberg y el chófer agarran la canasta. Corderita coge la huevera.

—El saco del edredón lo traeré después —explica el chófer.

Abajo, en la planta baja, donde está la tienda, huele a queso y patatas, en el primer piso predomina el queso, en el segundo reina a sus anchas, y arriba del todo, bajo el tejado, se percibe de nuevo un olor a patatas mohoso y húmedo.

—¡Explícame esto, por favor! ¿Cómo ha desaparecido el olor a queso?

Pero Pinneberg ya está abriendo la puerta.

—Deseamos entrar enseguida en la habitación, ¿no es cierto?

Cruzan por la pequeña antesala, ciertamente diminuta, y se topan con un ropero a la derecha y un baúl a la izquierda. Los hombres a duras penas consiguen pasar con la canasta.

—¡Aquí! —dice Pinneberg, abriendo la puerta de un empujón.

Corderita pone el pie en el umbral.

—Dios mío —murmura confundida—. ¿Esto qué es…?

A continuación tira todo lo que lleva en las manos encima de un sofá afelpado —los muelles gimen bajo la huevera—, corre hacia una ventana, la larga habitación dispone de cuatro ventanales de radiante claridad, la abre de golpe y se asoma.

Ahí abajo está la carretera, el camino vecinal con roderas de arena y hierba, y armuelles y asclepias. Y más allá, el campo de trébol, ahora lo huele, nada huele tan bien como el trébol florecido sobre el que ha lucido el sol toda la jornada.

Y al campo de trébol se suman otros campos, amarillos y verdes, y en algunos el centeno, tras ser recolectado, se ha convertido en rastrojo mondo y lirondo. A continuación viene una franja de un verde muy oscuro —prados—, y entre sauces, alisos y álamos fluye el Strela, aquí estrecho, apenas un riachuelo.

«Hacia Platz, piensa Corderita. Hacia mi Platz, donde me he matado a trabajar y me he afanado, y he estado sola, en una vivienda interior. Siempre muros, piedras… Aquí se ve hasta el horizonte».

En ese preciso instante divisa en la ventana vecina la cara de su chico, que ha despedido al chófer, con el saco del edredón, mirándola radiante, feliz y extasiado.

—¡Mira todo esto! —Le grita ella—. Aquí se puede vivir…

Y desde su ventana le tiende la mano derecha, que él coge con la izquierda.

—¡Todo el verano! —grita ella describiendo un semicírculo con el brazo libre.

—¿Ves ese trenecito? Es el ferrocarril de vía estrecha que va a Maxfelde —explica él.

Abajo aparece el chófer. Ha debido de visitar la tienda, porque saluda con una botella de cerveza. El hombre limpia con cuidado el borde del envase con la palma de la mano y, echando atrás la cabeza, grita:

—¡A su salud! —Y bebe.

—¡Que aproveche! —grita Pinneberg, que ha soltado la mano de Corderita.

—Bueno, y ahora veamos la cámara de los horrores —solicita ella.

Como es natural, eso es absurdo: uno se aparta de la contemplación del campo sencillo, claro, y contempla una estancia en la que… Bueno, a decir verdad Corderita está poco acostumbrada a los lujos. Corderita ha visto a lo sumo una vez en un escaparate de Mainzer Strasse, en Platz, muebles sencillos, rectilíneos. Pero esto…

—Por favor, chico. Toma mi mano y guíame. Tengo miedo de volcar algo de un empujón o de quedarme atascada en algún sitio sin poder avanzar ni retroceder.

—Bueno, tampoco es tan malo —replica, ofendido—. Creo que aquí hay rincones muy confortables.

—Cierto, rincones —dice ella—. Pero, respóndeme, por Dios, ¿qué es esto? No, no digas nada. Acerquémonos, necesito contemplarlo de cerca.

Emprenden la peregrinación. Tienen que ir uno detrás de otro, pero Corderita no suelta a su Hannes.

Veamos: la habitación es un desfiladero, no tan angosta, pero larguísima, la pista de un picadero. Y mientras cuatro quintas partes de esa pista están repletas de muebles tapizados, mesas de madera de nogal, chifonieres, consolas de espejo, maceteros, estanterías, una jaula grande de papagayo, vacía, la quinta parte restante alberga únicamente dos camas y un tocador. Pero lo que atrae a Corderita es la separación entre la cuarta y la quinta parte. El cuarto de estar y el dormitorio no están separados por un tabique, ni por una cortina, ni por un biombo, sino con listones. Con ellos se ha fabricado una especie de celosía, una especie de emparrado de suelo a techo con un arco que lo atraviesa. Esos listones, sin embargo, no son vulgares listones lisos de madera, sino hermosos listones de nogal barnizados en marrón, cada uno con cinco acanaladuras paralelas. Pero para que la celosía no parezca tan desnuda, se han entrelazado en ella flores de papel y tela, rosas, narcisos, violetas… Además hay largas guirnaldas de papel verdes, conocidas de sobra por las fiestas de la cerveza.

—¡Dios mío! —murmura Corderita mientras se sienta. No obstante, no hay peligro de que se acomode en el suelo, pues hay algo por doquier, su trasero topa con un taburete de piano de rejilla y ébano, aunque del piano no se ve ni rastro.

Pinneberg presencia la escena mudo, sin saber qué decir. En realidad, al alquilarlo le convenció bastante y la celosía le pareció muy divertida.

De pronto los ojos de Corderita empiezan a chispear, sus piernas recobran su vigor, se levanta, se acerca a la celosía de flores, recorre un listón con el dedo: tiene estrías, ranuras, muescas, ya se ha dicho. Corderita se examina el dedo.

—¡Mira! —dice, enseñándoselo al joven: el dedo se ha vuelto gris.

—Un poco polvoriento —admite, cauteloso.

—¿¿Un poco?? —Corderita lo mira echando chispas—. Pensarás ponerme una asistenta, ¿no? Aquí tiene que venir una mujer cinco horas diarias como mínimo.

—No me digas… Pero ¿por qué?

—¿Quién va a mantener esto limpio, eh? Los noventa y tres muebles con sus estrías y pomos y columnas y conchas, bueno, eso aún lo habría hecho. A pesar de que es pecado, un trabajo tan estúpido. Pero esta celosía me ocupará tres horas diarias. Y encima las flores de papel…

Propina una sacudida a una rosa, que cae al suelo, pero tras ella millones de motitas grises de polvo bailotean a la luz del sol.

—¿Me pondrás una asistenta? —pregunta Corderita, que ha dejado de ser una Corderita.

—¿Y si lo limpiaras a fondo una vez por semana?

—¡Bobadas! El crío tiene que crecer aquí. ¿Cuántos cardenales se hará al chocar contra los pomos y las manillas? ¡Responde!

—Para entonces quizá tengamos una vivienda.

—¿Para entonces? ¿Y quién va a calentar en invierno una buhardilla con dos paredes exteriores y cuatro ventanas? ¡Medio quintal de briquetas de lignito y encima con los dientes castañeteando de frío!

—Bueno, ya lo sabes —replica, ofendido—, amueblado, naturalmente, nunca es igual que propio.

—Eso ya lo sé. Pero dime qué te parece esto. ¿Te gusta? ¿te apetecería vivir aquí? Imagina que llegas a casa y tienes que andar por aquí pisando huevos y por todas partes hay tapetitos. ¡Ayyy! Me lo figuraba, ¡sujetos con alfileres!

—Pues no encontramos nada mejor.

—Yo lo encontraré. Te lo aseguro. ¿Cuándo tenemos que avisar de que dejamos el piso?

—El uno de septiembre. Pero…

—¿Para cuándo?

—Para el treinta de septiembre. Pero…

—Seis semanas —gime ella—. Bueno, lo superaré. Solo me da pena el pobre crío, que tendrá que sufrir todo eso. Yo pensaba que podría dar bonitos paseos con él por ahí fuera. Cocinar. Dar lustre a los muebles.

—¡Pero no podemos dejar el piso en el acto!

—Claro que podemos. ¡A ser posible ahora mismo, hoy, en este preciso instante! —Se ha quedado plantada, la viva imagen de la decisión, las mejillas coloradas, agresiva, los ojos centelleantes, la cabeza echada hacia atrás.

Pinneberg dice despacio:

—¿Sabes, Corderita? Te imaginaba completamente distinta. Mucho más sosegada…

Ella ríe, se abalanza sobre él, le pasa la mano por el pelo.

—Pues claro que soy completamente distinta a lo que pensabas, eso ya lo sé. ¡Creías que sería azúcar, cuando he ido a la tienda desde la escuela, y con ese hermano, ese padre, esos jefes, esos compañeros!

—Claro, claro… —musita meditabundo.

El reloj, el famoso reloj de sobremesa de cristal colocado sobre la repisa de la chimenea, entre un Cupido martilleante y una oropéndola de cristal, suena deprisa siete veces.

—¡Vamos, chico! ¡Aún tenemos que bajar a la tienda, comprar para cenar y para mañana! ¡Estoy sobre ascuas por ver la susodicha cocina!

Los Pinneberg hacen una visita de cumplido, alguien llora y el reloj de compromiso no se cansa de dar la hora

 

Ha concluido la cena, una cena comprada, preparada, animada por una conversación repleta de planes de una Corderita completamente transformada. Han tomado pan y fiambre, amén de té. Pinneberg habría preferido la cerveza, pero Corderita declara:

—Primero, el té es más barato. Y segundo, la cerveza no es nada buena para el crío. Hasta el parto no beberemos ni una gota de alcohol. Y sobre todo…

«Beberemos», piensa Pinneberg acongojado, pero se limita a preguntar:

—Y sobre todo, ¿qué?

—Y sobre todo, solo esta noche nos permitiremos ser tan generosos. Al menos dos veces por semana tomaremos únicamente patatas fritas y pan con margarina. ¿Mantequilla de la buena? Quizá los domingos. La margarina también tiene vitaminas.

—Pero no las mismas.

—Una de dos: o intentamos salir adelante o gastamos poco a poco los ahorros.

—No, no —replica él a toda prisa.

—Bien, y ahora vamos a recoger. Fregaré los platos mañana temprano. Luego haré el primer paquete e iremos a visitar a la señora Scharrenhöfer. Es lo que procede.

—Pero ¿de verdad pretendes hacerlo la primera noche…?

—Ahora mismo. Hay que ponerla al corriente en el acto. Dicho sea de paso, ella habría podido dejarse ver hace rato.

En la cocina, que es una simple buhardilla con un hornillo de gas, Corderita dice:

—Al fin y al cabo, seis semanas pasan pronto.

De vuelta a la habitación, la joven despliega una actividad infatigable. Retira todas las colchas, tapetes y labores de ganchillo y las dobla con pulcritud.

—Deprisa, chico, trae un platito de la cocina. No se vaya a creer que pretendemos quedarnos con sus alfileres.

Al fin exclama: —¡Ya está! —Coloca el paquete con las colchas encima de su brazo y escudriña a su alrededor—. Y tú coge el reloj, chico.

Él sigue dudando:

—¿De veras tengo que…?

—Tú coge el reloj. Yo iré delante para abrirte las puertas.

Y ciertamente le precede, sin el menor atisbo de temor. Primero cruzan el reducido vestíbulo, después penetran en un cuarto parecido a un trastero con escobas y cachivaches similares, y luego atraviesan la cocina…

—¿Lo ves, chico? ¡Esto es una cocina! ¡Pero aquí solo puedo venir a por agua!

… A continuación cruzan un dormitorio, una especie de toalla larga y estrecha, con dos camas…

—¿Ha dejado la cama de su difunto? Mejor que si tuviéramos que dormir en ella nosotros.

… Y después pasan a una pequeña habitación casi completamente a oscuras, tan gruesas son las cortinas de tapicería que cuelgan ante la única ventana.

La señora Pinneberg se detiene en la puerta y saluda en dirección a la oscuridad con voz insegura:

—Buenas noches. Solo queríamos desearle buenas noches.

—Un momento —dice una voz llorosa—. Solo un momento. Enseguida enciendo la luz.

Pinneberg manipula algo en una mesa a espaldas de Corderita, y esta oye el tintineo del valioso reloj. Seguro que está escondiéndolo a toda prisa.

Todos los hombres son cobardes, sentencia Corderita.

—Enseguida enciendo la luz —repite la voz quejumbrosa desde el mismo rincón—. ¿Son ustedes los jóvenes? Primero he de arreglarme, por las noches siempre lloro un poco…

—¿Sí? —pregunta Corderita—. Pero si molestamos… Solo pretendíamos…

—No, voy a encender la luz. Quédense, jóvenes. Les contaré por qué he llorado y daré la luz…

En ese momento se enciende realmente la luz, lo que la anciana Scharrenhöfer llama luz: una bombilla mortecina, muy alta en el techo, que genera una triste penumbra entre terciopelo y felpa, algo lívida, de un gris cadavérico. Y en la lóbrega estancia hay una mujer alta y huesuda, pálida, con una larga nariz enrojecida, ojos acuosos, cabellos finos, blanco grisáceos, con un vestido gris de alpaca.

—Los jóvenes —dice, tendiendo a Corderita una mano húmeda y huesuda—. ¡En mi casa! ¡Los jóvenes!

Corderita aprieta con fuerza el paquete de colchas contra su cuerpo. Sobre todo que no lo vea la anciana de ojos tristes, llorosos. Menos mal que el chico se ha librado de su reloj, a lo mejor pueden llevárselo luego sin llamar la atención. El valor de Corderita se ha esfumado.

—Pero, de verdad, no queremos molestarla —insiste Corderita.

—¿Cómo van a molestar ustedes? Ya no viene nadie a verme. ¡Ay, cuando aún vivía mi marido…! Pero está bien que él haya muerto.

—¿Padecía una grave enfermedad? —pregunta Corderita, asustada de su estúpida pregunta.

La anciana, sin embargo, no la ha oído.

—Fíjense ustedes, jóvenes —les dice—. Antes de la guerra poseíamos nuestros buenos cincuenta mil marcos. Pero ahora el dinero se ha acabado. ¿Cómo puede haberse acabado? —pregunta, temerosa—. Una mujer vieja no puede gastar tanto, ¿no?

—Cuando hay inflación —apunta Pinneberg, cauteloso.

—No puede haberse acabado —insiste la anciana haciendo oídos sordos—. Yo hago mis cálculos. Siempre lo he anotado todo. Ahí pone: una libra de mantequilla, tres mil marcos… ¿Puede costar tres mil marcos una libra de mantequilla?

—Cuando hay inflación… —empieza a decir Corderita.

—Se lo contaré a ustedes. Ahora sé que me robaron mi dinero. Uno que vivió aquí de alquiler me lo robó. Yo estoy aquí y pienso: ¿quién fue? Pero no acierto a recordar el nombre, y desde la guerra han vivido tantos aquí… Yo estoy aquí, cavilo. Se me ocurre que debió de ser uno listísimo, para que no me diera cuenta falsificó mi libro de gastos domésticos. Convirtió un tres en un tres mil sin que me percatara.

Corderita mira, desesperada, a Pinneberg. Este no alza la vista.

—Cincuenta mil… ¿Cómo pueden haberse acabado cincuenta mil? Yo he estado aquí, he calculado todo lo que he comprado durante años, desde la muerte de mi marido, medias y un par de camisas, yo tenía un precioso ajuar, no necesito mucho, está todo anotado. Cincuenta mil, les repito que no…

—Pues entonces se debe a la depreciación de la moneda. —Corderita no ceja en su intento.

—Me lo robó —responde, quejumbrosa, la anciana y lágrimas claras fluyen sin esfuerzo de sus ojos—. Les enseñaré los libros, me he dado cuenta ahora, después los números son completamente distintos, con muchos ceros.

Se levanta para aproximarse al secreter de caoba.

—En serio, no es necesario —dicen Corderita y Pinneberg.

En ese momento sucede: fuera, el reloj que Pinneberg ha dejado a escondidas en el dormitorio de la anciana, da las nueve, presuroso y con claridad.

La anciana se detiene a mitad de camino. La cabeza levantada, atisba en la oscuridad, escucha con la boca entreabierta, los labios temblorosos.

—¿Sí? —pregunta, medrosa.

Corderita agarra el brazo de Pinneberg.

—Ese es el reloj de compromiso de mi marido. Pero ¿no estaba en el otro lado?

El reloj ha dejado de sonar.

—Señora Scharrenhöfer, nos gustaría pedirle… —empieza a decir Corderita.

Pero la anciana no oye, quizá no oye absolutamente nada de lo que hablan los demás. Abre la puerta entornada y aparece el reloj, visible incluso con esa luz mortecina.

—Los jóvenes me han devuelto mi reloj —musita la anciana—. El regalo de compromiso de mi marido. A los jóvenes que viven en mi casa no les gusta. Y ellos tampoco se quedan conmigo. Ninguno se queda…

Y nada más decirlo, el reloj comienza de nuevo a dar la hora aún más deprisa, acaso con claridad más cristalina aún, tañido a tañido, diez veces, quince, veinte, treinta…

—Eso es por acarrearlo. Ya no resiste el transporte —susurra Pinneberg.

—¡Por Dios, ven deprisa! —ruega Corderita.

Pero la anciana, en la puerta, les impide el paso mientras contempla el reloj.

—Da la hora —musita—. Da la hora sin parar. Y después no vuelve a darla. Lo oigo por última vez. Todo me abandona. Hasta el dinero. Cuando el reloj daba la hora, yo siempre pensaba: mi marido aún lo oyó…

El reloj ha enmudecido.

—Perdone, señora Scharrenhöfer, siento mucho haber tocado su reloj.

—La culpa es mía —solloza Corderita—. Solo mía

—Váyanse, jóvenes, váyanse. Así son las cosas Buenas noches, jóvenes.

Los dos pasan encogidos, temerosos, intimidados como niños pequeños.

De pronto la mujer exclama con voz clara y nítida:

—¡El lunes no se olviden de inscribirse en la comisaría! O tendré problemas.

Se alza el velo de la mística, Bergmann y Kleinholz, y también por qué Pinneberg no puede estar casado

 

No saben bien cómo han llegado a su habitación atravesando todas esas estancias oscuras y atiborradas, cogidos de la mano como niños muertos de miedo.

Ahora están en su habitación, también bastante fantasmagórica, uno junto al otro, sumidos en la oscuridad, como si la luz les repugnase, como si esta pudiera ser tan tristona como la iluminación mortecina de casa de la anciana.

—Ha sido horrible —dice Corderita, respirando hondo.

—Sí —asiente su marido. Y al cabo de un momento repite—: Sí. Esa mujer está loca, Corderita, muerta de pena por su dinero.

—Lo está. Y yo… —los dos siguen todavía cogidos en la oscuridad—, y yo tengo que pasar todo el día aquí sola en casa, y ella puede entrar a verme. ¡No, no!

—Tranquilízate, Corderita. Hace poco se comportó de manera completamente distinta. A lo mejor solo ha sucedido una vez.

—Jóvenes… —repite Corderita—. Lo dice de una forma tan tea como si todavía desconociéramos algo. ¡Chico, chico, no quiero volverme como ella! Nunca me volveré como ella, ¿verdad? Me aterra.

—Pero si eres Corderita —responde él, estrechándola entre sus brazos. Ella se siente tan desvalida, tan grande y tan desvalida, que acude a él en busca de protección—. Tú eres Corderita y lo seguirás siendo. ¿Cómo vas a volverte igual que la vieja Scharrenhöfer?

—¿Verdad que no? Y para nuestro retoño tampoco será bueno que yo viva aquí. Él no debe asustarse, su madre quiere estar siempre alegre para que él también lo esté.

—Sí, sí —contesta su esposo, acariciándola y meciéndola—. Lo haremos, todo se arreglará.

—Eso dices tú. Pero no me prometes que nos mudaremos. ¡Sin tardanza!

—¿Podemos hacerlo? ¿Acaso tenemos dinero para pagar dos pisos durante mes y medio?

—¡Ay, el dinero! —exclama ella—. ¿Tengo que asustarme? ¿El crío tiene que volverse raquítico por un puñado de dinero?

—¡Ay, sí, el dinero! —repite él—. El maldito y querido dinero.

La mece en sus brazos. De repente se siente sabio y viejo, las cosas que antes importaban dejan de tener importancia. Puede ser sincero.

—No me adornan especiales prendas, Corderita —le confiesa—. Yo no ascenderé, Corderita. Siempre tendremos que afanarnos por el dinero.

—¡Qué dices! —replica ella con voz cantarina—. ¡Qué dices!

El viento mueve las cortinas blancas de las ventanas. Una suave luz ilumina el cuarto. Atraídos mágicamente, ambos se dirigen cogidos del brazo a la ventana abierta y se asoman.

La luz de la luna ilumina el campo. A la derecha del todo brilla un puntito titilante, trémulo: la última farola de gas de la Feldstrasse. Pero ante ellos se extiende el campo, bellamente dividido en una claridad amistosa y en una suave y profunda sombra de la que emergen los árboles. Reina tal silencio que incluso allí arriba oyen el chapoteo del Strela encima de unas piedras. El aire nocturno acaricia muy suavemente sus frentes.

—¡Qué hermoso es esto! —exclama ella—. ¡Qué apacible!

—Sí —reconoce él—. Sienta de maravilla. Se respira hondo, no como en vuestra casa en Platz.

—Vuestra casa… Yo ya no vivo en Platz, ya no pertenezco a Platz, estoy en Grünes Ende, en casa de la viuda Scharrenhöfer…

—¿Solo con ella?

—Solo con ella.

—¿Quieres que bajemos otra vez?

—Ahora no, chico, quedémonos aquí un ratito más. Además, me apetece preguntarte algo.

«Ha llegado el momento», piensa él.

Pero no le pregunta. Está apoyada en la ventana, el viento le mueve el pelo rubio en la frente, colocándolo así y asá. La mira.

—Qué apacible… —repite Corderita.

—Sí —dice él, y añade—: Vámonos a la cama, Corderita.

—Y ¿por qué no nos quedamos levantados un rato? Mañana podemos dormir lo que nos apetezca, porque es domingo. Además, deseo preguntarte algo.

—¡Pues pregunta de una vez! —exclama Pinneberg, un tanto irritado.

Luego coge un cigarrillo, lo enciende con cuidado, da una profunda calada y repite con un tono mucho más suave:

—Pregunta de una vez, Corderita.

—¿Es que no quieres decírmelo?

—Pero si no sé lo que quieres preguntar.

—Claro que lo sabes.

—Por supuesto que no, Corderita…

—Lo sabes.

—Por favor, Corderita, sé razonable. ¡Pregunta!

—Lo sabes.

—Pues no preguntes —replica ofendido.

—Chico, chico —dice ella—, ¿te acuerdas cuando estábamos en la cocina, en Platz? El día de nuestro compromiso. Estaba todo oscuro y había tantas estrellas, y a veces salíamos al balcón de la cocina.

—Sí —responde enfurruñado—. Lo recuerdo. ¿Y?

—¿Se te ha olvidado nuestra conversación?

—¡Venga, por favor, que estuvimos hablando hasta por los codos! ¡Si tuviera que acordarme de todo!

—Pero es que hablamos de algo muy concreto. Incluso nos lo prometimos.

—No me acuerdo —dice él, tajante.

En fin, ahí tenemos ese paisaje iluminado por la luna ante la señora Emma Pinneberg, de soltera Mörschel. La pequeña farola de gas situada a la derecha parpadea. Y justo enfrente, en la orilla de este lado del Strela, crece un grupo de árboles, cinco o seis. El Strela chapotea y el viento nocturno es muy agradable.

Todo en general es muy agradable, y ese calificativo cabría dar a esta noche: agradable. Pero algo en el interior de Corderita la reconcome, algo parecido a una voz: tanto deleite es una mentira, un autoengaño, y deja de ser agradable, hasta que de pronto uno se encuentra enfangado hasta las orejas.

Corderita, de golpe, da la espalda al paisaje y dice:

—Sí, nos prometimos una cosa. Nos prometimos solemnemente que siempre seríamos sinceros el uno con el otro y que no habría secretos entre nosotros.

—Perdona, no fue así. Eso me lo prometiste tú.

—Y ¿tú no quieres ser sincero?

—Pues claro que quiero; sin embargo, hay cosas que las mujeres no tienen por qué saber.

—¡Vaya! —exclama Corderita, completamente abatida. Pero se recupera con rapidez y añade a toda prisa—: ¿Que le dieras al chófer cinco marcos cuando el taxi solo costaba dos con cuarenta es una de esas cosas que las mujeres no debemos saber?

—¡Subió la maleta y el edredón!

¿Por dos marcos sesenta? Y ¿por qué llevabas la mano derecha dentro del bolsillo ocultando el anillo? ¿Por qué tenía que estar echada la capota del coche? ¿Por qué no has querido bajar conmigo a la tienda? Y ¿por qué la gente puede sentirse ofendida por estar casados? Y ¿por qué…?

—Corderita —la interrumpe él—. Corderita, de veras, no me gustaría…

—Todo esto es un disparate, chico —replica—. Tú, simplemente, no debes tener secretos conmigo. Porque si tenemos secretos, mentiremos y entonces acabaremos siendo igual que los demás.

—Sí, claro, Corderita, pero…

—¡Puedes contármelo todo, chico, todo! Aunque me llames Corderita, estoy enterada. No tengo nada que reprocharte.

—Ya, ya, Corderita, pero la cosa no es tan sencilla, ¿sabes? Me gustaría, claro, pero… parece tan estúpido, suena tan…

—¿Es algo relacionado con alguna chica? —pregunta decidida.

—No, no. O sí, pero no lo que tú crees.

—Entonces, ¿qué? Suéltalo ya, chico. Me muero de curiosidad.

—De acuerdo, Corderita, si así lo deseas… —Pero vuelve a vacilar—: ¿Y si te lo cuento mañana?

—Ahora misino. En el acto. ¿Crees que conseguiré dormir dándole vueltas a la cabeza? Es algo de una chica, pero no de una chica… Suena tan misterioso.

—Vale, entonces escucha. Empezaré con Bergmann, ya sabes que al principio yo trabajaba en Bergmann.

—En la confección, sí. Y a mí la confección también me parece mucho más bonita que las patatas y los abonos. Abonos… ¿Vendéis estiércol de verdad?

—¡Bueno, Corderita, eres tú la que va a burlarse de mí!

—Continúa, escucho. —Se ha sentado en el alféizar y mira alternativamente a su chico y al paisaje bañado en la luz de la luna. Ahora puede volver a contemplarlo. Es realmente encantador.

—Bueno, pues en Bergmann yo era primer dependiente con un sueldo de ciento setenta marcos…

—¿Primer dependiente? ¿Ciento setenta marcos…?

—Cállate. Entonces yo tenía que atender siempre al señor Emil Kleinholz. Necesitaba muchos trajes. Bebe, ¿sabes? Tiene que hacerlo debido a su negocio con los campesinos y hacendados. Pero no aguanta la bebida y se queda tirado en la calle y echa a perder sus trajes.

—¡Puaj! ¿Qué aspecto tiene?

—Escucha. Bueno, pues yo siempre tenía que atenderlo, ni el jefe ni la jefa tenían nada que hacer con él. Si yo no estaba, ellos fracasaban y yo siempre vendía mucho. Al mismo tiempo él trataba de convencerme, me preguntaba si quería cambiar de trabajo, si no estaba harto de ese cuchitril judío, pues él tenía una empresa aria de pura cepa y un magnífico puesto de contable, y ganaría más con él…

Y yo pensaba: ¡Habla cuanto quieras! Sé lo que tengo y Bergmann no es nada malo, siempre se porta bien con los empleados.

—Entonces, ¿por qué lo dejaste y te fuiste con Kleinholz?

—Pues por una tontería, Corderita. Ya sabes que aquí, en Ducherow, es costumbre que cada comercio mande a sus aprendices por las mañanas a recoger la correspondencia a Correos. Los otros de nuestro ramo: Stern, Neuwirth y Moses Minden, lo hacen. Y a los aprendices les está severamente prohibido enseñarse el correo unos a otros. En los paquetes tienen que tachar el remitente para que la competencia no sepa dónde compramos. Sin embargo, todos los aprendices se conocen de la Escuela de Formación Profesional, y comienzan a charlar entre ellos y se olvidan de tachar. Algunos se han convertido en auténticos fisgones, Moses Minden sobre todo.

—¡Qué pequeño es todo esto! —exclama Corderita.

—Bah, donde es grande tampoco es diferente. Total, que los del Reichsbanner[2] propusieron comprar trescientas cazadoras. Y a las cuatro tiendas de textiles nos invitaron a presentar una oferta. Nosotros sabíamos que los que espiaban, o sea, la competencia, querían averiguar de dónde procedían nuestros modelos. Y como no confiábamos en los aprendices, le dije a Bergmann: «Estos días iré a recoger el correo en persona».

—Bueno, ¿y qué pasó? ¿Lo averiguaron? —pregunta Corderita sobre ascuas.

—No —responde muy ofendido—, faltaría más. En cuanto a un aprendiz se le ocurría mirar de reojo mis paquetes, aunque fuera a diez metros, le daba unas collejas. El encargo lo ganamos nosotros.

—Venga, chico, cuéntalo de una vez. ¿Cuándo aparece la chica que no es como me imagino? Todo eso no es motivo suficiente para que te marchases de Bergmann.

—En fin, ya te lo he dicho —comenta muy turbado—, todo se debió a una tontería. Durante dos semanas recogí el correo yo mismo. Y eso le encantó a la jefa, porque entre las ocho y las nueve yo no tenía nada que hacer en la tienda, y durante mi ausencia los aprendices limpiaban a fondo el almacén, así que declaró sin más: «A partir de ahora el señor Pinneberg irá siempre a recoger el correo». «No, ¿cómo voy a hacer eso? Soy primer dependiente y no pienso recorrer la ciudad cargado con paquetes», repliqué. Y ella repuso: «¡Sí!», y yo: «¡No!». Total, que al final ambos nos enfurecimos y yo le dije: «Usted no es quién para darme órdenes. ¡A mí me ha contratado el jefe! ».

—Y ¿qué dijo el jefe?

—¿Qué iba a decir? ¡No podía quitarle la razón a su mujer! Trató de convencerme por las buenas, y finalmente, como yo seguía en mis trece, me dijo muy confundido: «Bien, entonces tendremos que separarnos, señor Pinneberg». Y como yo estaba hecho un basilisco, repliqué: «Muy bien, el próximo día uno nos separaremos». Y él contestó: «Piénselo, señor Pinneberg». Le habría hecho caso, mas por desgracia ese mismo día vino Kleinholz a la tienda y al advertir mi furia, me obligó a contárselo todo y me dijo que fuera a verlo esa misma tarde. Bebimos coñac y cerveza, y cuando llegué a casa por la noche, estaba contratado como contable con un sueldo de ciento ochenta marcos. Pero yo apenas sabía una palabra de contabilidad.

—Oh, chico. Y tu otro jefe, Bergmann, ¿qué dijo?

—Lo sintió. Intentó persuadirme: «Recapacite, Pinneberg, anúlelo», me dijo una y otra vez. «¿No correrá usted con los ojos abiertos hacia su perdición? ¿Para qué casarse con la putilla cuando ve que la madre arrastra al padre a la bebida? Y la putilla es peor que la madre».

—¿De veras habló así tu jefe?

—Estos de aquí son judíos de pura cepa y están orgullosos de serlo. «No seas tan malo», solía decir Bergmann, «¡que eres judío!»

—A mí no me gustan mucho los judíos —admite Corderita—. Y ¿qué me dices de la hija?

—Pues imagínate, ahí había gato encerrado. Llevo cuatro años viviendo en Ducherow, pero ignoraba que Kleinholz pretende casar a su hija a la fuerza. La madre ya es mala, se pasa todo el día de gresca y va por ahí hecha un adefesio con chaquetas de ganchillo, pero la hija, Marie se llama ese bicho, se las trae…

—¿Y con esa tenías que casarte? ¡Pobrecillo!

—¡Con esa tengo que casarme, Corderita! Kleinholz solo emplea a gente soltera, ahora somos tres, pero al que persiguen es a mí.

—Y ¿cuántos años tiene la tal Marie?

—No lo sé —contesta—. Si. Treinta y dos o treinta y tres. Lo mismo da. No me casaré con ella.

—Dios mío, pobre chico —se compadece Corderita—. ¿Dónde se ha visto nada igual? ¿Veintitrés y treinta y tres?

—Pues claro que se ha visto. Incluso muchas veces —contesta malhumorado—. Y si ahora pretendes tomarme el pelo, no vuelvas a pedirme otra vez que te lo cuente todo…

—Qué va, hombre… Pero, ¿sabes, chico?, debes admitirlo, tiene su gracia. Y ella ¿es un buen partido?

—Pues no —contesta Pinneberg—. La tienda ya no produce mucho. El viejo Kleinholz bebe en exceso y después compra muy caro y vende muy barato. La tienda será para el hijo, que apenas cuenta diez años. Marie recibirá unos miles de marcos, suponiendo que los reciba, y por eso nadie pica el anzuelo.

—Así son las cosas, ¿eh? —murmura Corderita—. Y ¿eso es lo que no querías contarme? ¿Por eso te casaste tan en secreto con la capota cerrada y la mano del anillo en el bolsillo del pantalón?

—Pues sí. Santo cielo, Corderita, como se enteren de que estoy casado, en una semana esas mujeres me amargarán la vida hasta que me vaya. Y ¿qué ocurrirá entonces?

—¡Pues que volverás con Bergmann!

—¡Eso ni se me pasa por la cabeza! Mira. —Traga saliva, pero al final lo suelta—: Bergmann ya me anticipó que lo de Kleinholz acabaría mal. Y luego añadió: «Usted volverá conmigo, Pinneberg, y yo volveré a aceptarlo. Pero le haré mendigar, tendrá que acudir a la Oficina de Empleo un mes por lo menos y mendigarme trabajo. ¡Semejante frescura ha de ser castigada! ». Eso me dijo Bergmann, y ahora no puedo volver con él. No lo haré, no, no y no.

—Pero ¿y si tiene razón? ¿No te das cuenta de que nene razón?

—Corderita, te lo ruego —suplica Pinneberg—, querida Corderita, nunca me pidas eso. Sí, claro que tiene razón y yo fui un asno y no me habría importado llevar los paquetes. Si me lo pidieras mucho tiempo, iría allí y me readmitiría. Pero entonces me toparía con la jefa y con el otro vendedor, con el cretino de Mamlock, y estarían continuamente pinchándome y no te lo perdonaría jamás.

—Vale, vale. No voy a pedírtelo, todo se arreglará. Pero ¿no crees que saldrá a relucir por más cuidado que tengamos?

—¡No debe saberse! ¡No debe saberse! He actuado con el mayor de los sigilos y ahora vivimos aquí fuera, en la ciudad nadie nos verá nunca juntos y si alguna vez nos tropezamos en la calle, ni nos saludaremos.

Corderita permanece callada un instante, pero después dice:

—No podemos quedarnos a vivir aquí, chico, ¿lo comprendes?

—Inténtalo, Corderita —le ruega—. En principio solo los catorce días que restan hasta primeros de mes. Además no podemos marcharnos antes del día uno.

Ella se lo piensa antes de asentir. Atisba la pista ecuestre, pero ahora ya no se distingue nada, está demasiado oscuro. Suspira.

—Vale, chico, lo intentaré. Pero hasta tú te das cuenta de que esto no es para siempre, de que aquí jamás de los jamases podremos ser totalmente felices, ¿verdad?

—Gracias, gracias —responde—. Lo demás, ya se arreglará, tiene que arreglarse. ¡Sobre todo no quedarse en paro!

—Desde luego —coincide ella.

A continuación vuelven a contemplar el paisaje, ese paisaje tranquilo iluminado por la luna, y se van a la cama. No necesitan correr las cortinas. Enfrente no tienen vecinos. Y al dormirse creen oír el débil chapoteo del Strela.

¿Qué vamos a comer? ¿Con quién podemos bailar? ¿Hemos de casarnos ahora?

 

La mañana del lunes, mientras desayunan, los ojos de Corderita brillan mucho.

—¡Bueno, hoy comienza todo! —Y con una ojeada a la cámara de los horrores—: ¡Ya me encargaré yo de todas estas viejas porquerías! —Y tras echar un vistazo a la taza—: ¿Qué te parece el café? ¡Veinticinco por ciento de pureza!

—Pues ya que lo preguntas…

—Oye, chico, si queremos ahorrar…

Pinneberg le expone que hasta entonces siempre se ha podido permitir el lujo de tomar «auténtico» café por las mañanas. Y ella replica que dos cuestan más que uno. Él arguye que ha oído decir que la vida de un matrimonio es más barata, que comer en casa los dos sale más barato que comer en el restaurante uno solo.

Se inicia un largo debate hasta que él dice:

—¡Demonios, tengo que irme! ¡Y deprisita!

Se despiden en la puerta. Ya ha bajado la mitad de la escalera cuando su esposa lo reclama:

—¡Chico, espera, chico! ¿Qué vamos a comer hoy?

—Da igual —le responde.

—Pero dímelo. Por favor, dímelo. No sé…

—¡Yo tampoco! —abajo se cierra la puerta.

Ella se abalanza a la ventana. Ahí va su marido, agitando primero la mano, después un pañuelo, mientras ella permanece asomada a la ventana hasta que él pasa junto a la farola de gas y desaparece tras el muro amarillento de una casa.

En ese momento, por primera vez en sus veintidós años de vida, Corderita tiene una mañana para ella sola, una vivienda para ella sola, un menú que confeccionar completamente sola y se pone manos a la obra.

Pinneberg se encuentra en la esquina de la calle principal al secretario municipal Kranz y lo saluda cortésmente. Al mismo tiempo cae en la cuenta de que ha saludado con la mano derecha y en ella porta el anillo. Ojalá Kranz no lo haya visto. Pinneberg se lo quita y lo guarda con cuidado en el «compartimento» secreto de su cartera. Le repugna, pero tiene que hacerlo y punto.

Entretanto, en casa de su patrón, Emil Kleinholz, también se han levantado de la cama. Allí el levantarse no es satisfactorio ninguna mañana, pues siempre abandonan la cama de muy mal humor y dispuestos a cantarse las cuarenta unos a otros. La mañana del lunes suele ser especialmente mala, la noche del domingo el padre es propenso a las escapadas y estas desencadenan sus consecuencias al despertar. Porque la señora Emilie Kleinholz no es mansa; ha domesticado a su Emil hasta donde se puede domesticar a un hombre. En los últimos tiempos las cosas han ido bien un par de domingos. Emilie se ha limitado a cerrar con llave la puerta de casa el domingo por la noche, ha dado de cenar a su marido un sifón de cerveza y más tarde le ha puesto las pilas con coñac. Entonces se desarrolla algo parecido a una velada familiar: el chico, agachado, refunfuña en un rincón (el chico es un antipático), las mujeres se sientan a la mesa con labores de aguja (para el ajuar de Marie) y el padre lee el periódico y solicita de vez en cuando:

—Mamá, sirve otro más.

A lo que la señora Kleinholz responde:

—¡Papá, piensa en el niño! —Pero después le sirve de la botella, o no, según el estado de ánimo de su marido.

Así había transcurrido la última tarde de domingo y todos se fueron a la cama a eso de las diez.

A las once, la señora Kleinholz se despierta, la habitación está a oscuras, y aguza los oídos. En la habitación contigua su hija Marie gimotea en sueños, el chico, dormido, farfulla a los pies de la cama paterna, solo faltan en el coro los ronquidos de su marido.

La señora Kleinholz mete la mano debajo de su almohada: la llave de casa está allí. La señora Kleinholz enciende la luz: su marido no está. La señora Kleinholz se levanta, recorre la casa, baja al sótano, cruza el patio (el retrete está en el patio): nada. Al final descubre que una ventana de la oficina, a buen seguro cerrada por ella, está entornada. Eso siempre lo sabe con certeza.

La señora Kleinholz hierve de furia: ¡un cuarto de botella de coñac, un sifón de cerveza, para nada! Se viste de manera apresurada, echándose por encima la bata guateada de color lila y sale en busca de su marido. Seguro que está en la esquina, en la taberna de Bruhn, empinando el codo.

La tienda de granos de los Kleinholz en la plaza del mercado es un buen comercio con solera. Emil es la tercera generación de propietarios. Es una firma respetable, decente, una tienda de confianza con trescientos antiguos clientes campesinos, hacendados. Cuando Emil Kleinholz decía:

—Franz, la harina de semilla de algodón es buena.

Franz no pedía un análisis para comprobarlo, sino que la compraba y, fíjate, era buena.

Sin embargo, un comercio así tiene una pega: hay que regarlo, es por naturaleza un comercio húmedo. Un comercio bebedor. Con cada carro de patatas, con cada porte, con cada cuenta: cerveza, aguardiente, coñac. Todo va bien si la mujer es buena, si se tiene un hogar, concordia, intimidad, pero algo falla si la mujer suelta sempiternos insultos y regañinas.

La señora Emilie Kleinholz regañaba desde siempre. Sabía que era un error, pero Emilie era celosa, se había casado con un hombre guapo y acomodado; ella, que no tenía dónde caerse muerta, se lo había arrebatado a todas las demás. Ahora enseñaba los dientes por él, después de treinta y cuatro años de matrimonio aún luchaba por él como el primer día.

Ella camina despacio con sus zapatillas y su bata hasta la esquina, hasta el local de Bruhn. Pero su marido no está. Podría preguntar con educación si ha estado, pero la educación no va con ella y prefiere cubrir de improperios al tabernero: dar de beber a borrachos, menudos bribones. Lo denunciará por inducir a la embriaguez.

El viejo Bruhn en persona, el de la barba cerrada, la saca fuera, ella está que trina de rabia junto al gigante, pero este la agarra con firmeza.

—Vamos, jovencita —dice.

Y ella se encuentra en la calle. En la plaza mayor de una ciudad pequeña, con adoquines irregulares, casas de dos pisos, a veces gabletes, fachadas que dan a la plaza, todas con las cortinas corridas, todas oscuras. Solo las farolas de gas resplandecen y tiemblan.

¿Ir ahora a casa? ¡Ni por asomo! Que Emil se burle de ella durante días, que le tome el pelo diciendo que fue a buscarlo y no lo encontró. Tiene que encontrarlo, arrancarlo de la mejor borrachera, de la compañía más borracha… de la juerga más deliciosa.

¡La juerga más deliciosa!

De repente le viene a la mente: ese día hay baile en el Tívoli, allí estará Emil. ¡Sí! ¡Allí estará!

Y cruza media ciudad de esa guisa, en zapatillas y bata, hasta el Tívoli. El cajero de la Agrupación Armonía quiere cobrarle un marco por entrar y ella se limita a espetarle:

—¿Quieres que te suelte un sopapo?

El cajero no quiere saber nada más de ella.

Así que entra en el salón de baile. Al principio, un tanto inhibida, atisba desde detrás de una columna, pero después su furia se desborda. Ahí está su todavía guapo Emil con su barba rubia baila que te baila con una pequeña fresca vestida de negro, a ella no la conoce, suponiendo que pueda denominarse baile a esos trompicones de borracho. El encargado del baile dice:

—¡Señora! ¡Señora, por favor!

Y entonces comprende que se ha desatado un fenómeno de la naturaleza, un tornado, una erupción volcánica, y las personas son impotentes contra eso. Y retrocede. Se forma una calle entre los bailarines, ella se dirige entre dos muros humanos hacia una de las parejas que se afana y tropieza sin sospechar nada, una pareja desprevenida.

Él recibe en el acto una bofetada.

—¡Ay, corazón! —grita sin comprender, pero poco a poco se va haciendo la luz en su mente…

Ella sabe que ha llegado el momento de marcharse, con dignidad, con elegancia. Le ofrece el brazo:

—Es la hora, Emil. Vamos.

Su marido la acompaña. Abandona la sala con paso torpe, sin dignidad, cogido de su brazo. Vuelve a mirar como un gran perro apaleado a su pequeña, simpática y dulce compañera vestida de negro, obrera en la fábrica de marcos de Stossel, que tampoco ha tenido ninguna suerte en la vida y que se ha alegrado muchísimo de la solvencia y la prodigalidad del caballero. Él se marcha, ella también. Fuera aparece de repente un coche, lo cierto es que la dirección de la Armonía sabe que en tales ocasiones lo mejor es pedir un taxi por teléfono cuanto antes.

Durante el trayecto, Emil Kleinholz se sume en un profundo sueño. Ni siquiera se despierta cuando la mujer lo mete en casa con ayuda del chófer, lo lleva a la cama, a esa odiada cama conyugal que él ha abandonado con tanto afán dos horas antes. Duerme. La mujer apaga la luz y yace un momento a oscuras, y vuelve a encender la luz para contemplar a su marido, su guapo, calavera y rubio marido. Bajo la cara hinchada, macilenta, ve el rostro de antaño, cuando le hacía la corte, pródigo en artimañas y bromas, siempre alegre, siempre descarado, siempre dispuesto a manosearle el pecho, y ciertamente tampoco le importaba nunca la bofetada que se ganaba por ello.

Y en la medida en que su pequeño y estúpido cerebro es capaz de pensar, analiza el camino recorrido desde entonces hasta el presente: dos hijos, una hija fea, un hijo feo y gruñón. Un negocio medio dilapidado, un hombre dado a la vida licenciosa… ¿Y ella? ¿Y ella?

Sí… Al final solo cabe llorar, cosa que también puede hacerse a oscuras, al menos así se ahorra luz cuando tanto se derrocha. Y entonces le viene a la mente cuánto habrá despilfarrado él hoy en esas dos horas, y enciende de nuevo la luz, rebusca en su cartera, cuenta y calcula. Y de nuevo a oscuras se propone ser amable con él a partir de entonces, y gime y se lamenta:

—De nada sirve lamentarse. ¡Tengo que atarlo más corto aún!

Y luego vuelve a llorar y al final se queda dormida igual que quien al fin consigue conciliar el sueño tras un dolor de muelas, un parto, una riña o una desbordante e infrecuente alegría.

El primer despertar acontece a las cinco y ella se limita a entregar deprisa la llave del cajón de la avena al encargado de preparar el pienso para los animales; el segundo a eso de las seis, cuando la muchacha llama a la puerta para recoger la llave de la despensa. ¡Una hora más de descanso! Y más tarde, el tercer despertar, el definitivo, a las siete menos cuarto, el chico tiene que ir al colegio y su marido todavía duerme. Cuando echa un vistazo al dormitorio a las ocho menos cuarto, él, ya despierto, se siente mal.

—Te está bien empleado por darte a la bebida —le reprocha antes de marcharse.

Luego él baja a desayunar, sombrío, mudo, devastado.

—Un arenque, Marie —se limita a pedir.

—Podrías avergonzarte un poco, padre, de tu vida licenciosa —dice Marie, mordaz, antes de traer el arenque.

—¡Dios me confunda! —grita él—. ¡Que esta se vaya ahora mismo de casa! —vocifera.

—Tienes razón, papá —lo tranquiliza la mujer—. ¿Para qué alimentas a tres muertos de hambre?

—Pinneberg es el mejor. ¡Pinneberg tiene que apencar! —explica el hombre.

—Claro. Apriétale las tuercas.

—Por descontado que lo haré —contesta el hombre.

Y a continuación el patrón de Johannes Pinneberg, señor de los ingresos del joven, de Corderita y del crío nonato, pasa a la oficina.

 

Comienza el tormento. El nazi Lauterbach, el demoníaco Schulz y el marido secreto, en apuros

 

El primer empleado en llegar a la oficina es Lauterbach: a las ocho menos cinco. No lo hace por ser un celoso cumplidor de sus obligaciones, sino por aburrimiento. Ese tarugo bajo, grueso, rubio claro, de manos enormes y coloradas fue en su día funcionario agrícola. Pero a Lauterbach no le gustaba el campo y se mudó a la ciudad. Se fue a Ducherow a trabajar con Emil Kleinholz. Allí se ha convertido en una especie de experto en simientes y abonos. Los campesinos no se alegraban demasiado al verlo encima del vagón cuando entregaban patatas. Lauterbach se daba cuenta en el acto de si el género era bueno o intentaban engañarlo colando Silesia, de carne blanca, entre la variedad de carne amarilla. Mas por otro lado Lauterbach tampoco era tan malo. Ciertamente no aceptaba que lo sobornasen invitándole a una copa de aguardiente —él nunca bebía aguardiente porque hay que proteger a la raza aria de esas drogas para degenerados—, así que no echaba un trago ni aceptaba cigarrillos. Palmeaba con energía los hombros de los campesinos:

—¡Viejo tramposo! —les descontaba el diez, el quince, el veinte por ciento del precio, y con esto los desagraviaba, portaba la cruz gamada, les contaba los mejores chistes sobre judíos, informaba del último viaje propagandístico de las SA a Buhrkow y Lensahn. En suma, era alemán, digno de confianza, un enemigo de los judíos, de los extranjeros, de las reparaciones, de los sociatas y del Partido Comunista. Eso lo compensaba todo.

El caso es que Lauterbach se había ido con los nazis por aburrimiento. Se había puesto de manifiesto que Ducherow era tan poco adecuado como el campo para llenar su tiempo libre. No tenía planes con ninguna chica, y como el cine no empezaba hasta las ocho de la tarde y el servicio divino terminaba a las diez y media, quedaba un largo y vacío intermedio.

Los nazis no eran aburridos. Él ingresó enseguida en los Grupos de Asalto, en las peleas demostró ser un hombre joven extraordinariamente juicioso que utilizaba sus zarpas, y lo que en ese momento llevara en ellas, con una sensibilidad de resultados casi artísticos. El anhelo vital de Lauterbach estaba apaciguado: podía pelearse casi todos los domingos y a veces incluso entresemana por la noche. Sin embargo, el hogar de Lauterbach era la oficina. Allí tenía colegas, un jefe, una jefa, obreros, campesinos: a todos ellos podía contar lo sucedido, lo que iba a suceder, la viscosa y lenta papilla de su perorata se derramaba sobre justos y pecadores, animada por las estruendosas carcajadas cuando describía cómo se encargaba de los hermanos soviéticos.

Hoy no puede referir historias parecidas, pero en cambio han llegado nuevas instrucciones para cada «Jefe de grupo» y ahora se lo cuenta a Pinneberg, que ha aparecido puntual a las ocho: ¡los de las SA tienen nuevas insignias!

—Me parece sencillamente genial. Hasta ahora solo teníamos los números de la Sección de Asalto. Ya sabes, Pinneberg, cifras arábigas bordadas en la solapa derecha. Ahora hemos recibido además un cordón bicolor en el borde del cuello. Eso es genial, ahora se puede comprobar siempre por la espalda a qué Sección de Asalto pertenece cada hombre de las SA. ¡Imagínate lo que esto supone en la práctica! O sea, que estamos en una pelea, por ejemplo, veo que uno está sacudiendo a otro y por el cuello sé…

—Fantástico —Pinneberg asiente mientras clasifica las hojas de ruta del sábado por la tarde—. ¿Oye, Múnich 387536 era realmente una carga general?

—¿El vagón de trigo? Sí. Y figúrate, nuestro jefe de grupo lleva ahora una estrella en la solapa izquierda.

—¿Qué es un jefe de grupo? —pregunta Pinneberg.

Schulz, el tercer muerto de hambre, llega a las ocho y diez. Y su llegada relega de golpe al olvido las insignias nazis y las hojas de ruta del trigo. Llega el demoníaco, el genial, pero poco merecedor de confianza Schulz, un hombre capaz de calcular de memoria 285, 63 por 3, 85 más deprisa de lo que lo hace Pinneberg en el papel, pero es un hombre que tiene mucho éxito con las mujeres, un calavera sin escrúpulos, un donjuán, el único hombre que ha conseguido besar a Mariechen Kleinholz, así como quien no quiere la cosa, por sus abundantes dones, y sin embargo no lo han casado en el acto.

Llega Schulz con sus rizos negros, engominados, sobre el rostro amarillo, arrugado, de ojos negros, grandes, brillantes; Schulz, el elegante de Ducherow con la raya del pantalón y el sombrero negro de fieltro de pelo (cincuenta centímetros de diámetro); Schulz, con gruesos anillos en sus dedos amarilleados por la nicotina; Schulz, el rey de los corazones de las criadas, el ídolo de las dependientas, al que esperan por la noche delante de la tienda y se disputan baile tras baile.

Llega Schulz.

—Buenos días —saluda. Cuelga su ropa con mucho cuidado en una percha, dirige a los colegas una mirada primero inquisitiva, después compasiva y luego despreciativa, y les espeta—: ¡Vaya, vaya, veo que no sabéis nada!

—¿A qué chavala anónima te beneficiaste ayer? —pregunta Lauterbach.

—No sabéis nada. Nada en absoluto. Estáis aquí sentados, calculando las hojas de ruta del ferrocarril, las contabilizáis, y sin embargo…

—¿Qué?

—Emil… Emil y Emilie… ayer por la noche en el Tívoli…

—¿Es que la llevó con él? ¡Imposible!

Schulz se sienta.

—Por cierto, habría que expedir de una vez por todas las muestras de trébol. Quién lo hará, ¿tú o Lauterbach?

—¡Tú!

—Esa labor no es cosa mía, sino de nuestro querido técnico agrícola. El jefe bailaba animadamente con Frieda, la de la fábrica de marcos, de pelo negro, yo estaba a dos pasos, y de pronto se le abalanza la vieja Emilie en bata, debajo solo debía de llevar el camisón…

—¿En el Tívoli?

—¡Mientes, Schulz!

—¡Es tan cierto como que estoy aquí sentado! En el Tívoli, la Agrupación Armonía había organizado una velada de baile familiar. ¡Orquesta militar de Platz, finísima! ¡El ejército, hecho un pincel! Y de repente nuestra Emilie se lanza sobre su Emil, le atiza una torta, viejo borracho, cerdo asqueroso…

¿Qué importan las hojas de ruta? ¿Qué importa el trabajo? La oficina Kleinholz tiene su escándalo.

Lauterbach le ruega:

—Cuéntalo otra vez, Schulz. Así que la señora Kleinholz entra en la sala… No acierto a imaginármelo… ¿Por qué puerta entró? ¿Cuándo la viste primero?

Schulz responde, halagado:

—¿Qué más voy a contar? Si ya lo sabes. Bueno, pues ella entra justo por la puerta del pasillo, muy colorada, ya sabes, se pone roja, azulada y violácea… Así que entra…

Pero el que entra es Emil Kleinholz, en la oficina concretamente. Los tres se separan de golpe, se sientan en sus sillas, el papel cruje. Kleinholz los contempla, mira sus cabezas gachas.

—¿Nada que hacer? —grazna—. ¿Nada que hacer? Voy a despedir a uno. ¿A quién será?

Ninguno de los tres levanta la cabeza.

—Racionalizar. Donde tres vaguean, dos pueden ser laboriosos. ¿Qué me dice usted, Pinneberg? Aquí es el más joven.

El aludido guarda silencio.

—Claro, claro, ahora ya nadie abre la boca. Pero antes… ¿Qué aspecto tiene mi vieja, eh, viejo verde, roja, azulada y violácea? ¿Lo despido a usted? ¿Lo echo ahora mismo?

Ha estado escuchando, el muy perro, piensan los tres lívidos de espanto. ¡Dios santo! Pero ¿qué he dicho?

—No hablábamos de usted, señor Kleinholz —responde Schulz en voz muy baja, como para sí mismo.

—Y usted, ¿qué? ¿Eh? —Kleinholz se dirige a Lauterbach.

Pero Lauterbach no es tan medroso como sus dos colegas. Lauterbach es uno de los dos o tres empleados a los que les da igual tener trabajo o no.

—¿Yo? —pregunta—. ¿Tengo que tener miedo yo? ¿Con estas zarpas? Hago de todo, de mozo de cuadra, de descargador. ¿Empleado? ¡Cuando escucho eso me quedo pasmado!

Así que Lauterbach mira sin miedo los ojos enrojecidos de su jefe.

—¿Sí, señor Kleinholz?

Kleinholz pega tal puñetazo sobre el mostrador que vibra.

—¡Voy a despedir a uno de vosotros, compañeros! Vosotros veréis… Mas no por eso estaréis seguros. La gente como vosotros abunda. Usted, Lauterbach, vaya al granero del pienso, meta en sacos con Kruse cien quintales de harina de cacahuete. ¡De Rufisque! ¡Alto, no, que vaya Schulz, que hoy parece un cadáver, le sentará bien levantar sacos!

Schulz desaparece sin decir ni pío, alegre de haberse escapado.

—Usted, Pinneberg, vaya a la estación, pero deprisita. Encargue para mañana temprano a las seis cuatro vagones cerrados de veinte toneladas, queremos expedir el trigo al molino. ¡Largo!

—Sí, señor Kleinholz —contesta Pinneberg antes de salir disparado. No se siente muy bien, pero seguramente habrá sido pura palabrería de Emil como consecuencia de la resaca. Aun así…

Cuando regresa a Kleinholz desde la estación de ferrocarril, divisa al otro lado de la calle una figura femenina, una chica, una mujer, su mujer…

Así que cruza despacio la calzada hasta el otro lado de la calle…

Por ahí viene Corderita con un bolso de red en la mano. No lo ha visto. Ahora se acerca al escaparate del carnicero Brecht y se detiene junto al género expuesto. El se acerca mucho a ella, lanza una mirada inquisitiva por la calle, por los edificios, sin vislumbrar peligro alguno a la vista.

—¿Qué hay hoy de comida, joven señora? —susurra junto a su hombro, y cuando está a diez pasos de distancia, se vuelve a contemplar una vez su rostro transido de alegría.

Vaya, si la señora Brecht lo ha visto desde la tienda; ella lo conoce, pues siempre le compraba salchichas. Ha cometido otra imprudencia, en fin, qué se le va a hacer, cuando uno tiene una mujer así. Por lo visto ella todavía no ha comprado cazuelas, porque tiene que vigilar mucho el dinero…

En la oficina está el jefe. Solo. Lauterbach y Schulz han salido. Malo, piensa Pinneberg, malísimo. Pero el jefe no se fija en él, con una mano en la frente, la otra se desliza despacio arriba y abajo por las filas de números del libro de caja mientras silabea.

Pinneberg evalúa la situación. Lo más astuto, le pasa por la mente, es recurrir a la máquina de escribir. Cuando uno escribe a máquina es cuando menos le hablan.

Pero se equivoca. Apenas ha escrito: «Estimado señor, por la presente nos permitimos enviarle una muestra de nuestro trébol rojo o violeta, cosecha de este año, garantizado, con un poder germinativo del noventa y cinco por ciento, y una pureza del noventa y nueve por ciento… », una mano se posa sobre su hombro.

—Oiga, Pinneberg, un momento… —Le dice el jefe.

—¿Qué desea, señor Kleinholz? —pregunta apartando los dedos de las teclas.

—Está usted escribiendo lo del trébol rojo. Deje esa labor a Lauterbach…

—De acuerdo…

—¿Va bien el asunto de los vagones?

—Sí, señor Kleinholz.

—Esta tarde tenemos todos que arrimar el hombro y ensacar el trigo. También tendrán que echar una mano mis mujeres. Atando los sacos.

—Sí, señor Kleinholz.

—Marie es muy hábil en esas tareas. En general es una chica muy capaz. No es precisamente una belleza, pero capacidad le sobra.

—Sin duda, señor Kleinholz.

Ahí están los dos, sentados uno frente al otro. Es en cierto modo una pausa en la conversación. El señor Kleinholz quiere que sus palabras surtan efecto, que sean, valga la expresión, el revelador que descubra la imagen que encierra la placa.

Pinneberg, sentado, contempla abatido y muy preocupado a su jefe, que se sienta ante él con un abrigo loden verde y botas altas.

—Bueno, Pinneberg —el jefe reanuda la conversación con tono muy sentimental—, ¿lo ha pensado? ¿Qué me dice?

Pinneberg reflexiona, aterrado. Pero no se le ocurre ninguna salida.

—¿A qué se refiere, señor Kleinholz? —pregunta neciamente.

—Al despido —contesta el patrón tras una larga pausa—. ¡Al despido! Si estuviera en mi lugar, ¿a quién despediría usted?

Pinneberg se acalora. Qué canalla. Qué cerdo. ¡Está apretándome las tuercas!

—No puedo contestarle, señor Kleinholz —declara, preso de la inquietud—. No puedo hablar contra mis colegas.

El señor Kleinholz paladea la ocasión.

—¿Así que si usted fuera yo no se despediría? —inquiere.

—¿Si yo fuera…? ¿A mí mismo? Pero si no puedo…

—Bueno —replica Emil Kleinholz, levantándose—. Estoy convencido de que reflexionará sobre el asunto. Porque tiene usted un mes de preaviso, ¿verdad? Y eso sería el uno de septiembre para el primero de octubre, ¿me equivoco?

Kleinholz abandona la oficina para contar a mamá que ha apretado las tuercas a Pinneberg. Es posible que entonces mamá le sirva un trago. La verdad es que le apetece.

Corderita prepara una sopa de guisantes, que queda demasiado aguada, y escribe una carta

 

Lo primero que hace Corderita por la mañana es ir a comprar. Coloca deprisa los edredones en la ventana para ventilarlos y sale a la compra. ¿Por qué no le habrá dicho lo que tiene que cocinar? ¡Ella no lo sabe ni intuye lo que le gusta comer a su marido!

La meditación disminuye las posibilidades, al final el espíritu planificador de Corderita queda reducido a una sopa de guisantes. Es fácil y barata, y puede consumirse durante dos mediodías seguidos.

¡Ay, Dios mío, qué suerte tienen las chicas que han asistido a una verdadera clase de cocina! A mí, mi madre siempre me echaba del fogón. ¡Largo de aquí, la torpe os manda saludos!

¿Qué necesita? Agua. Una cazuela. Y guisantes. ¿Cuántos? Seguro que un cuarto de kilo basta para dos personas, los guisantes cunden mucho. ¿Sal? ¿Apio y perejil? ¿Un poco de grasa? Bueno, quizá, por si las moscas. ¿Cuánta carne? Primero, ¿de qué tipo? Vaca, por supuesto. Cuarto de kilo bastará. Los guisantes son muy nutritivos y comer demasiada carne, insano. Y además patatas, claro.

Corderita se marcha a la compra. Es maravilloso pasear por la calle una mañana de diario, cuando todo el mundo está en la oficina y el aire todavía es fresco a pesar de que el sol brilla con fuerza.

Un gran autobús de correos de color amarillo toca la bocina al cruzar la plaza mayor. Detrás de esas ventanas de ahí quizá se siente su chico. Pero no está allí, porque diez minutos más tarde le pregunta por encima del hombro qué hay de comida. La carnicera seguro que ha notado algo, está tan rara, y pide treinta pfennigs por medio kilo de huesos para sopa, no le queda más remedio que reconocerlo, simples huesos mondos y lirondos, sin una miaja de carne. Escribirá a su madre preguntándole si la receta está bien. No, mejor no, es preferible arreglárselas sola. Pero tiene que escribir a la madre de su marido. Y durante el regreso a casa empieza a redactar la carta en su mente.

La Scharrenhöfer parece un espectro nocturno; en la cocina, cuando Corderita va a por agua, no ve ninguna huella de que allí se haya cocinado o se cocine, todo está limpio, frío, y de la habitación trasera no sale el menor ruido. Pone los guisantes, ¿se añadirá enseguida la sal? Será mejor esperar hasta el final, hay más posibilidades de acertar.

Y ahora, la limpieza. Es duro, aún más duro de lo que Corderita imaginaba, oh, esas estúpidas rosas de papel, esas guirnaldas, descoloridas y de un verde chillón, esos muebles tapizados descoloridos, esos ángulos, esas esquinas, esos pomos, esas balaustradas. Tiene que terminar para las once y media, entonces escribirá la carta. El chico, que tiene de doce a dos para comer, no llegará antes de la una menos cuarto, primero tiene que ir al ayuntamiento para la inscripción.

A las doce menos cuarto está sentada ante una pequeña mesa de nogal, con el papel de cartas amarillo de su juventud frente a sí.

Primero la dirección: «Señora Marie Pinneberg, Berlín NW 40, Spenerstrasse 92 II».

Hay que escribir a la madre, uno tiene que comunicárselo cuando se casa, sobre todo siendo el único varón, incluso el único hijo. Aunque no esté de acuerdo con ella, porque como hijo uno no está de acuerdo con su estilo de vida.

—Mi madre debería avergonzarse —le explicó Pinneberg.

—¡Pero, chico, si lleva veinte años viuda!

—¡Da igual! Y ni siquiera es siempre el mismo.

—Hannes, tú también has tenido más chicas que yo.

—Eso es completamente distinto.

—¿Qué dirá el crío cuando calcule cuándo nació y cuándo nos casamos nosotros?

—Pero si todavía no sabemos la fecha en que nacerá…

—Sí. A principios de marzo.

—¿De veras? ¿Y eso por qué?

—Déjalo ya, chico, yo lo sé. Escribiré a tu madre, eso es lo correcto.

—Haz lo que quieras, pero no quiero oír una palabra más al respecto.

«Estimada señora»… Terriblemente estúpido, ¿verdad? Así no se escribe. «Querida señora Pinneberg»… pero parece que me dirijo la carta a mí misma y tampoco suena bien. Seguro que mi chico la leerá.

Bah, piensa Corderita, a lo mejor es justo como cree mi chico y entonces da completamente igual lo que yo escriba, o es una mujer simpática de veras y entonces prefiero escribir lo que me apetezca. Así que escribe:

Querida madre. Soy Emma, llamada Corderita, su nueva nuera. Hannes y yo nos casamos anteayer; el sábado. Estamos felices y satisfechos, y nos encantaría que se alegrase tanto como nosotros. Nos va bien, aunque por desgracia Hannes ha tenido que abandonar la confección y trabaja en un comercio de abonos, lo que no nos entusiasma demasiado.

Un saludo. Suya,

Corderita

Deja espacio libre. ¡¡Y ahí escribirá su nombre mi chico!!

Y como ya solo le queda media hora de tiempo, consulta su libro, comprado catorce días antes, El divino milagro de la maternidad.

Lee con el ceño fruncido: «Con el niñito llegan días felices y radiantes. Es la compensación que la naturaleza procura a la frágil e imperfecta naturaleza humana».

Ella intenta entenderlo, pero siempre se le escapa, le parece en extremo difícil y además tampoco se refiere directamente al crío. A continuación vienen unos versos que lee despacio un par de veces seguidas:

Oh, boca infantil, oh, boca infantil,

alegre de inconsciente sabiduría,

lenguaje conocido de los pájaros, lenguaje conocido

/de los pájaros

como Salomón.

Corderita no acaba de entenderlo del todo. Pero, llena de contento, se reclina hacia atrás, ahora hay minutos en los que siente tan pesado su vientre, rico, y lo repite en su interior con los ojos cerrados: «… lenguaje conocido de los pájaros, lenguaje conocido de los pájaros como Salomón».

Debe de ser poco más o menos el colmo de la alegría, siente ella. El crío tiene que ser alegre: «… lenguaje conocido de los pájaros… ».

—¡La comida! —grita su chico fuera, en el pasillo.

Mi comida, piensa ella, levantándose despacio.

—¿Aún no has puesto la mesa? —Le pregunta.

—Un momento, chiquito, lo haré enseguida —contesta, corriendo hacia la cocina—. ¿Pongo la cazuela sobre la mesa? Aunque también me gusta utilizar la sopera.

—¿Qué hay de comer?

—Sopa de guisantes.

—Estupendo. Bueno, trae la cazuela. Entretanto pondré la mesa.

Corderita sirve.

—¿No crees que está un poco aguada? —pregunta preocupada.

—Seguro que sabrá bien —contesta él mientras corta la carne sobre el platito.

Ella la prueba.

—¡Dios mío, qué floja! —exclama sin pensar, y añade—: ¡Ay, Dios mío, la sal!

También su marido aparta la cuchara. Las miradas de ambos se cruzan por encima de la mesa, por encima de la gruesa cazuela marrón esmaltada.

—Pues debería estar buena —se lamenta Corderita—. He puesto todos los ingredientes necesarios: un cuarto de kilo de guisantes, otro cuarto de carne, medio kilo de huesos, tendría que ser una sopa suculenta.

Él se levanta y remueve, meditabundo, la sopa con el cucharón esmaltado.

—De vez en cuando te encuentras pieles. ¿Cuánta agua le has puesto, Corderita?

—Debe de ser por los guisantes. Los guisantes no son sustanciosos.

—¿Cuánta agua? —insiste.

—Bueno, la cazuela llena.

—Cinco litros… para un cuarto de guisantes. Creo, Corderita —opina muy misterioso—, que es por el agua. Está demasiado aguada.

—¿Crees que he puesto demasiada? —inquiere, entristecida— . ¿Cinco litros? Pero es que tenía que durar dos días.

—Cinco litros… creo que es excesivo para dos días —prueba de nuevo—. Disculpa, Corderita, la verdad es que esto es un aguachirle caliente.

—Ay, mi pobre chico, ¿tienes un hambre espantosa? ¿Qué voy a hacer ahora? ¿Quieres que suba unos huevos y prepare unos huevos estrellados con patatas fritas? Huevos estrellados y patatas fritas lo sé hacer con toda seguridad.

—¡Pues en marcha! —replica él—. Yo mismo traeré los huevos. —Y desaparece.

Cuando después se reúne con ella en la cocina, sus ojos lloran por la cebolla que ha cortado para las patatas.

—Pero, Corderita, ¡que no es una tragedia! —exclama.

Ella le rodea el cuello con sus brazos.

—Ay, chico, mira que si soy un ama de casa incapaz… Quisiera hacerlo todo perfecto para ti. Y si el crío no toma una buena comida, tampoco crecerá.

—¿Te refieres a ahora o al futuro? —pregunta él riendo—. ¿Crees que no aprenderás nunca?

—¿Lo ves? Encima me tomas el pelo.

—Lo de la sopa se me acaba de ocurrir hace un momento en la escalera. A la sopa no le falta nada, solo está aguada. Si vuelves a ponerla al fuego y la dejas hervir durante mucho rato, se consumirá el agua que sobra y tendremos una auténtica y suculenta sopa de guisantes.

—¡Bien! —exclama ella radiante—. Tienes razón. Lo haré esta misma tarde y tomaremos un plato para cenar.

Se trasladan a la habitación con sus patatas y dos huevos estrellados para cada uno.

—¿Te gusta? ¿Te saben igual que de costumbre? ¿No es demasiado tarde para ti? ¿No puedes echarte un rato? Pareces tan cansado, chiquito.

—Nooo. No es porque sea demasiado tarde, no, yo hoy no soy capaz de dormir. Ese Kleinholz…

Ha pensado mucho rato si debe siquiera contárselo.

Pero la noche del sábado acordaron que no se guardarían secretos, así que se lo cuenta. ¡Y además reconforta tanto desahogarse!

—Y ahora ¿qué hago? —pregunta él—. Si no le digo nada, seguro que me despedirá el día uno. ¿Y si le confesara simplemente la verdad? ¿Si le dijera que estoy casado, que no puede ponerme en la calle por las buenas?

Pero en ese aspecto Corderita es digna hija de su padre: un empleado no debe esperar nada del patrono.

—Le importará un bledo —responde enfurecida—. Antes sí, quizá entonces hubiese alguno que otro como es debido… Pero hoy… con tantos parados que necesitan salir adelante, ¡mis empleados me importan un bledo!, piensan esos.

—En realidad Kleinholz no es malo —comenta Pinneberg—, sino un tarambana. Habría que explicárselo como es debido. Que estamos esperando un crío y tal…

Corderita hierve de indignación.

—¿Contárselo a ese? ¿Al que pretende chantajearte? No, chico. Eso sí que no, ni soñarlo.

—Pero ¿qué voy a hacer entonces? Algo tendré que decirle.

—Yo… yo hablaría con los compañeros —sugiere Corderita, meditabunda—. A lo mejor también los ha amenazado igual que a ti. Si os mantenéis todos unidos, no creo que se atreva a despediros a los tres.

—No es mala idea —admite él—. Con tal de que no te engañen. Lauterbach no engaña, es demasiado tonto para eso, pero Schulz…

Corderita cree en la solidaridad de todos los trabajadores.

—¡Tus compañeros no van a venderte, hombre! No, chico, todo se arreglará. Yo siempre creo que no pueden irnos mal las cosas. Además, ¿por qué? Somos trabajadores, ahorrativos, buenas personas, queremos al crío y lo esperamos complacidos… así que ¿por qué nos iba a ir mal? ¡Sería absurdo!

Kleinholz busca bronca, Kube busca bronca y los empleados se escaquean. Todavía no hay guisantes

 

El granero de la firma Emil Kleinholz es una historia muy complicada. No cuenta con un verdadero dispositivo para ensacar. Todo tiene que ser pesado en básculas y los sacos se dejan caer por un hueco en el tejado a través de un tobogán hasta el camión.

Ensacar en una tarde ochenta mil kilos es otra vez el genuino teatro de Kleinholz. No existe la menor distribución del trabajo ni plan alguno. El trigo lleva una semana, mejor dicho, dos, en el granero; hace mucho que se habría podido comenzar a ensacar, pero no, hay que hacerlo en una tarde.

El granero bulle de gente, todos los que Kleinholz ha podido reunir en tan poco tiempo colaboran. Unas mujeres barren el trigo hasta los montones y hay tres básculas a pleno rendimiento: Schulz en la primera, Lauterbach en la segunda y Pinneberg en la tercera.

Emil corre de un lado a otro, de peor humor que por la mañana, porque Emilie le ha dejado completamente seco, por eso tampoco les ha permitido subir al granero a ella y a Marie. La ira del tiranizado se ha impuesto a todos los sentimientos paternales.

—No quiero ni oleros siquiera, malas bestias.

—¿Tiene usted en cuenta el peso del saco, señor Lauterbach? ¡Menudo idiota! ¡Un saco de un quintal pesa tres libras, no dos! Se ensaca exactamente un quintal en tres libras, señores. Y que nadie se pase del peso. No tengo nada que regalar. Yo comprobaré el peso, mi querido Schulz.

Dos hombres deslizan un saco hacia la tolva. El saco se abre y un chorro de trigo pardo rojizo cae al suelo crepitando.

—¿Quién ha atado ese saco? ¿Usted, Schmidt? ¡Maldita sea mi estampa, debería saber manejar los sacos! Ya no es usted una jovencita. ¡Y no me mire embobado, Pinneberg, su báscula pesa de más! ¿No le he dicho que no regalamos nada, idiota?

Ahora Pinneberg mira de hito en hito, muy enfadado, por cierto, a su jefe.

—¡No me mire como un cretino! Si no le gusta, ahí tiene la puerta. Schulz, mentecato, suelte ahora mismo a Marheinecke. Este individuo pretende liarse con las mujeres en mi granero.

Schulz murmura algo ininteligible.

—¡Cierre el pico! Le ha dado un pellizco en el trasero a Marheinecke. ¿Cuántos sacos tiene ahora?

—Veintitrés.

—Esto no avanza. ¡No avanza! Pero os lo aseguro, nadie bajará del granero hasta que no estén terminados los ochocientos sacos. No hay vísperas. Y si tenéis que seguir aquí a las once de la noche, aquí estaré yo…

Bajo el tejado, sobre el que cae el inclemente sol agosteño, hace un calor agobiante. Los hombres solo llevan camisa y pantalón, y las mujeres, poco más. Huele a polvo seco, a sudor, a heno, al yute fresco y brillante de los sacos de trigo y, sobre todo, a sudor, a sudor y a sudor. Una densa vaharada de corporalidad, un hedor a la sensualidad más mezquina se propaga por la estancia. Y entremedias resuena sin cesar la voz de Kleinholz como un gong fragoroso:

—¡Lederer, haga el favor de manejar la pala como es debido! Pero hombre, ¿se maneja así una pala? Mantén el saco bien abierto, cerdo seboso, tiene que tener boca. Así, así…

Pinneberg atiende su báscula. De manera completamente mecánica baja el cierre.

—Un poco más, señora Friebe. Un pellizco. Vaya, ahora es demasiado. Quite otro puñado. Listo. El siguiente. Dese prisa, Hinrich, le toca ya. O seguiremos aquí a medianoche.

Y continuamente le pasa por la mente a ráfagas: Corderita está bien. Aire fresco… las cortinas blancas ondean. ¡Cierra el pico, maldito perro! Tiene que estar siempre ladrando. ¡¡¡Y por esto tiene que temblar uno!!! Esto es lo que no se quiere perder a ningún precio. Pues que te aproveche.

Y de nuevo el gong atronador:

—¡Vamos, Kube! ¿Qué ha pesado usted del montón? ¿Noventa y ocho quintales? Pues eran cien. Ese es el trigo de la granja Nickel. Eran cien quintales. ¿Dónde ha dejado usted los dos quintales que faltan, Schulz? Voy a comprobar el peso. ¡Vamos, vuelve a subir el saco a la báscula!

—El trigo ha encogido por el calor —aduce Kube, el viejo obrero del granero—. Estaba muy húmedo cuando vino de la granja Nickel.

—¿Acaso compro yo trigo húmedo? ¡Cierra el pico! Yo contestaré. ¿Lo llevaste a casa de tu madre, eh? Ha sido robado, aquí afana todo el mundo.

—No es preciso que me acuse de robar, jefe —contesta Kube—. Lo comunicaré a la asociación. Esa acusación está de más, eso ya lo veremos.

Dirige una mirada penetrante al rostro de su jefe por encima de su mostacho canoso.

¡Ay, Dios, qué maravilla!, se alegra Pinneberg en su interior. ¡Asociación! ¿Entre nosotros? Nanay.

Pero Kleinholz no se queda callado; Kleinholz está acostumbrado a eso.

—¿He dicho yo que has robado? No he dicho ni pío. Los ratones también son rateros y siempre existen mermas. Tenemos que volver a poner cebollas albarranas o inocular difteria, Kube.

—Señor Kleinholz, usted me ha acusado de robar trigo. De esto son testigos todos los que están en el granero. Iré a la Asociación. Lo denunciaré, señor Kleinholz.

—¡No he dicho nada! ¡No le he dicho ni una palabra! Eh, señor Schulz, ¿he acusado a Kube de robo?

—Yo no he oído nada, señor Kleinholz.

—¿Lo ves, Kube? Y usted, señor Pinneberg, ¿ha oído algo?

—No, nada —responde Pinneberg, vacilante, mientras por dentro llora lágrimas de sangre.

—Ahí lo tiene —replica Kleinholz—. Toda la vida con tus broncas, Kube. Y este pretende ser del comité de empresa…

—Ándese con cuidado, señor Kleinholz —advierte Kube—. Vuelve usted a las andadas. Sabe de lo que hablo. Tres veces se ha llevado un chasco con el viejo Kube ante un tribunal.

Y acudiré una cuarta. No le temo, señor Kleinholz.

—Lo tuyo es mera palabrería —replica Kleinholz, furioso—, eres viejo, Kube, y no sabes lo que dices. ¡Me das pena!

Pero Kleinholz está harto. Además, allí arriba hace un calor espantoso, sobre todo si te pasas todo el rato corriendo de un lado a otro y dando voces. Así que se toma un descanso para merendar.

—Voy un momento a la oficina, Pinneberg. Vigile para que continúe el trabajo. No hay descanso para merendar, ¿entendido? ¡Responde de ello ante mí, Pinneberg!

Desaparece por la escalera del granero y en el acto se inicia una conversación generalizada, animada. Kleinholz se ha encargado de proporcionar abundante material.

—Bueno, ya se sabe por qué está hoy tan fuera de sí ese.

—Le bastaría tomar una copa para sentirse mejor.

—¡Hora de merendar! —grita el viejo Kube—. ¡Hora de merendar!

Emil todavía no habrá cruzado el patio.

—Por favor, Kube —ruega Pinneberg, que tiene veintitrés años, a Kube, que cuenta sesenta y tres—; por favor, Kube, sea formal, que el señor Kleinholz lo ha prohibido taxativamente.

—Lo recoge el convenio, señor Pinneberg —arguye Kube, el de bigotes de morsa—. La merienda está en el convenio. Eso no puede prohibírnoslo el viejo.

—Pero me soltará un broncazo tremendo…

—Y a mí qué me importa —resopla Kube—. Usted ni siquiera le oyó insultarme llamándome ladrón.

—Kube, sí estuviera usted en mi situación…

—Lo sé, lo sé. Si todos pensasen como usted, joven, nosotros por orden de los señores empresarios tendríamos que trabajar encadenados y entonar salmos por cada mendrugo de pan. Bueno, usted aún es joven, tiene toda la vida por delante, ya se dará cuenta de adónde se llega con el servilismo. Así que a merendar.

Pero todo el mundo está merendando desde hace un rato. Los tres empleados se quedan aislados.

—Los señores pueden seguir ensacando —dice un obrero.

—O hacerle la pelota a Emil —suelta otro—. A lo mejor les deja oler el coñac.

—No, hombre, ¡oler a Marie!

—¿A los tres? —estruendosas carcajadas.

—Esa aceptará a los tres, menuda es.

—Marie, florecilla feliz… —empieza a cantar uno, y la mayoría lo secunda.

—¡Espero que todo salga bien! —dice Pinneberg.

—No lo aguanto más —dice Schulz—. ¿He de tolerar que me insulten delante de todos llamándome viejo verde? O le hago un hijo a Marie y la dejo plantada. —Y sonríe maligno y enfadado.

Y el forzudo Lauterbach:

—Habría que acecharlo cuando se haya emborrachado por la noche y darle una buena paliza en la oscuridad. Eso ayudaría.

—Ninguno de nosotros lo hará —dice Pinneberg—. Los obreros tienen toda la razón. Estamos siempre cagados de miedo.

—Lo estarás tú. Yo no —responde Lauterbach.

—Ni yo —replica Schulz—. Además, estoy harto de todo esto.

—Bueno, entonces hagamos algo —propone Pinneberg—. ¿No ha hablado con vosotros a primera hora?

Los tres se miran, inquisitivos, desconfiados, confusos.

—Os diré una cosa —explica Pinneberg. Ahora ya no importa—. Esta mañana temprano me ha hablado de Marie, de lo trabajadora que es, y luego que para el día uno tengo que decidir si quiero dejarme despedir voluntariamente, porque soy el más joven, o, en conclusión, Marie.

—Conmigo ocurrió lo mismo. Que le ocasiono muchos problemas porque soy nazi.

—Y conmigo, porque de vez en cuando salgo con una chica.

Pinneberg respira hondo.

—Bueno, ¿y qué?

—¿Cómo que y qué?

—¿Qué vais a responder el día uno?

—¿Responder?

—¿Que si queréis a Marie?

—¡Ni soñarlo!

—¡Prefiero irme al paro!

—Pues entonces…

—¿Qué quieres decir?

—Que entonces podemos llegar a un acuerdo.

—¿Sí? ¿Qué?

—Por ejemplo, daremos nuestra palabra de honor de que los tres rechazaremos a Marie.

—Emil no hablará de ella, no es tan tonto.

—Marie no es un motivo de despido.

—Bien, entonces acordamos que si despide a uno de nosotros, también se despedirán los otros dos. Lo acordaremos dando nuestra palabra de honor.

Los otros dos se miran, indecisos, sopesando cada uno sus oportunidades de ser despedido, es decir, si la palabra de honor merece la pena.

—Seguro que no nos deja marchar a los tres —apremia Pinneberg.

—Pinneberg tiene razón —confirma Lauterbach—. Eso no lo hará ahora. Yo empeño mi palabra de honor.

—Yo también —dice Pinneberg—. ¿Y tú, Schulz?

—De acuerdo. Estoy con vosotros.

—¡Terminó la merienda! —grita Kube—. Si los señores empleados desean molestarse…

—Entonces, ¿de acuerdo?

—Palabra de honor.

—Palabra de honor.

Dios, cómo se alegrará Corderita, piensa el joven. Está seguro un mes más.

Se aproximan a sus básculas.

Pinneberg, que llega a casa casi a las once, encuentra a Corderita dormida, acurrucada en un rincón del sofá. Tiene la cara llorosa de un niño, los párpados todavía húmedos.

—Ay, Dios, al fin estás aquí. Qué miedo tenía.

—¿Miedo? ¿A qué? ¿Qué podía pasarme? He tenido que hacer horas extraordinarias, me cabe esa satisfacción cada tres días.

—¡He pasado tanto miedo! ¿Tienes hambre?

—¡Un hambre canina! Pero te diré que hay un olor muy raro en casa.

—¿Raro? ¿Qué quieres decir? —Corderita olfatea—. ¡Mi sopa de guisantes!

Se abalanzan juntos hacia la cocina. Un humo apestoso sale a su encuentro.

—¡Abre las ventanas! ¡Deprisa, ábrelas todas! ¡Que haya corriente!

—Busca la llave del gas. Primero cierra el gas.

Al fin, respirando un aire algo más limpio, ambos examinan la enorme cacerola.

—Mi rica sopa de guisantes —musita Corderita.

—Carbonizada.

—Una carne tan buena.

Observan la cazuela, cuyo fondo y paredes están cubiertos de una masa negruzca, apestosa, pegajosa.

—La he puesto a las cinco —informa Corderita—, pensando que llegarías a las siete y mientras tanto perdería el exceso de agua. Pero tardabas tanto que me entró miedo y me olvidé de la maldita cazuela.

—También está echada a perder —reconoce Pinneberg, apesadumbrado.

—A lo mejor consigo limpiarla —propone Corderita, meditabunda—. Hay unos cepillos de cobre…

—Todo cuesta dinero —afirma Pinneberg, tajante—. Cuando pienso en la cantidad de dinero que hemos despilfarrado estos días. Y ahora todas estas cazuelas y los cepillos de cobre y la comida… Con esto habría podido pagarme la comida tres semanas. Sí, llora, llora, pero es la verdad…

Ella solloza.

—Si supieras cuánto me esfuerzo, chico. Pero cuando siento miedo por ti, se me olvida la comida. ¿No podías haber venido al menos media hora antes? Entonces aún nos habría dado tiempo a cerrar la llave del gas.

—En fin —dice Pinneberg, tapando la cazuela—, es el precio del aprendizaje. Yo… yo también cometo errores a veces —reconoce heroicamente—. No es preciso llorar por eso.

Y ahora dame algo de comer. ¡Estoy muerto de hambre!

Pinneberg no tiene ningún plan, pero emprende una excursión de ardientes y amorosas miradas

 

El sábado, ese sábado fatal, treinta de agosto, se alza de la noche radiante, profundamente azulado. Durante el desayuno, Corderita ha vuelto a repetir:

—Mañana seguro que libras. Mañana viajaremos a Maxfelde en el tren de vía estrecha.

—Mañana le toca servicio en las caballerizas a Lauterbach —declara Pinneberg—. Mañana nos vamos. Te lo prometo.

—Y luego alquilaremos un bote de remos y bogaremos por el lago Max, por el Maxe arriba —ríe—. Dios mío, chico, pero ¿qué nombres son estos? ¿Me estás tomando el pelo?

—Me encantaría. Pero he de irme a trabajar. Adiós, mujer.

—Adiós, marido.

Más tarde, Lauterbach habla con Pinneberg.

—Oye, Pinneberg, mañana tenemos desfile y mi jefe de grupo me ha dicho que no puedo faltar. ¿Podrías sustituirme en el reparto de forraje?

—Lo siento en el alma, Lauterbach. Mañana me es completamente imposible. En cualquier otra ocasión lo haré encantado.

—¡Hazme ese favor, hombre!

—No, es imposible, de veras. Ya sabes que siempre lo he hecho gustoso, pero esta vez me es imposible. ¿Has preguntado a Schulz?

—Qué va, Schulz tampoco puede. Tiene no sé qué lío con una chica por una pensión alimenticia. Anda, sé bueno, hombre.

—Esta vez no.

—Pero si tú nunca tienes plan.

—Pues esta vez sí.

—¡Qué falta de amabilidad cuando seguro que no tienes nada que hacer!

—¡Esta vez sí!

—Te hago tu servicio dos domingos, Pinneberg.

—Que no, que no quiero. Y ahora deja de darme la lata. No lo haré.

—Gracias, hombre, muy amable. Y eso que mi jefe de grupo me lo ha ordenado expresamente. —Lauterbach se muestra terriblemente ofendido.

Así empieza todo. Pero no acaba ahí.

Dos horas más tarde Kleinholz y Pinneberg están solos en la oficina. Se oyen los típicos zumbidos sordos de las moscas durante el verano. El jefe está muy colorado, seguro que hoy se ha echado un par de copas al coleto y por eso está de buen humor.

De hecho, dice con tono muy apacible:

— Pinneberg, mañana atenderá usted el servicio de caballerizas en lugar de Lauterbach. Me ha pedido que le dé permiso.

—Lo siento muchísimo, señor Kleinholz —Pinneberg alza la vista—, mañana no puedo. Ya se lo he comunicado a Lauterbach.

—Pero en su caso podrá aplazarse. Usted nunca ha tenido nada importante que hacer.

—Esta vez, por desgracia, sí, señor Kleinholz.

El señor Kleinholz mira de hito en hito a su contable.

—Oiga, Pinneberg, déjese de historias. Le he dado permiso a Lauterbach y no puedo anularlo.

Pinneberg calla.

—Compréndalo. Pinneberg —Emil Kleinholz procura mostrar su faz humana—. Lauterbach es un cretino, pero es nazi y su jefe de grupo es Rothsprack, el molinero. No quiero enemistarme con él porque siempre nos ayuda cuando tenemos prisa por moler.

—Pero es que no puedo, de veras, señor Kleinholz —insiste Pinneberg.

—Podría reemplazarlo Schulz —cavila Emil analizando el caso—, pero tampoco puede. Mañana tiene un entierro familiar donde espera heredar algo. Así que tiene que asistir, eso lo comprenderá usted, o los demás parientes se lo llevarán todo.

¡Ese canalla!, piensa Pinneberg. Sus historias de mujeres.

—Señor Kleinholz… —empieza a decir.

Pero Kleinholz está animado.

—Y por lo que a mí respecta, señor Pinneberg, haría gustoso el servicio, yo no soy así, ya lo sabe usted…

—Usted no es así, señor Kleinholz —confirma Pinneberg.

—Pero, Pinneberg, sabe que mañana tampoco puedo. Mañana tengo que salir al campo y comprobar que recibimos los pedidos de trébol. Este año todavía no hemos vendido nada —mira esperanzado a Pinneberg—. El domingo tengo que salir de viaje, Pinneberg; el domingo los labradores estarán en casa.

Pinneberg asiente.

—¿Y si entrega el pienso el viejo Kube, señor Kleinholz?

—¿El viejo Kube? —inquiere Kleinholz, horrorizado—. ¿Qué le dé a ese la llave del granero? Kube está aquí desde la época de mi padre, pero jamás se le ha dado la llave del granero. Nooo, no, señor Pinneberg. Ahora lo comprenderá, es usted el amo del cotarro. Mañana hará usted el servicio.

—¡Pero es que no puedo, señor Kleinholz!

Kleinholz se queda estupefacto.

—Pero si acabo de explicarle que solo tiene tiempo usted, Pinneberg.

—Pero es que no lo tengo, señor Kleinholz.

—Señor Pinneberg, no pretenderá usted que yo haga mañana el servicio, solo por capricho. ¿Qué plan tiene para mañana?

—Yo… —empieza Pinneberg—, tengo que… —prosigue. Y se calla, porque con las prisas no se le ocurre nada.

—¡Acabáramos! ¿Lo ve? No voy a fastidiar el negocio del trébol porque usted se niegue, señor Pinneberg. Sea razonable.

—Lo soy, señor Kleinholz. Pero le aseguro que no puedo.

El señor Kleinholz se levanta, se dirige de espaldas hacia la puerta sin apartar la mirada contrita de su contable.

—Me he equivocado con usted, señor Pinneberg —dice—. De cabo a rabo.

Y cierra la puerta con estrépito.

Como es natural, Corderita comparte por entero la opinión de su chico.

—Pero ¿cómo vas a hacerlo? En general, me parece fatal que los otros te embauquen de ese modo. Yo en tu lugar le habría dicho al jefe que Schulz ha mentido con lo de su entierro.

—Eso no se hace entre compañeros, Corderita.

Ella se arrepiente.

—No, claro que no, tienes toda la razón. Pero le leería la cartilla a Schulz. De pe a pa.

—Lo haré Corderita, vaya si lo haré.

Ahora los dos van sentados en el tren de vía estrecha hacia Maxfelde. El tren va lleno hasta los topes, a pesar de que sale de Ducherow a las seis. Maxfelde, con el lago Max y el Maxe, es una desilusión. Todo es ruidoso y está abarrotado y polvoriento. De Platz han venido miles de personas, y centenares de coches y tiendas de campaña ocupan el borde de la playa. Y un bote de remos es impensable, los pocos disponibles están ocupados desde hace mucho.

Pinneberg y su Emma son recién casados, su corazón ansia soledad. Les horroriza tanto barullo.

—Vámonos de aquí —propone él—. Si aquí hay por todas partes bosque, agua y montañas…

—Pero ¿adónde?

—Lo mismo da. Fuera de aquí. Ya encontraremos algo.

Y lo encuentran. Al principio el camino del bosque es bastante ancho y un montón de gente pasea por él, pero después Corderita afirma que debajo de las hayas huele a setas y lo saca del camino, y se adentran cada vez más en el verdor, hasta que de improviso se encuentran en un prado entre dos laderas boscosas. Trepan al otro lado, cogiéndose de la mano, suben y, al llegar arriba, se topan con una vereda que en completa soledad se adentra, cuesta arriba, cuesta abajo, cada vez más hondo en el bosque, y continúan paseando.

Por encima de ellos el sol asciende despacio y a veces el aire del mar, procedente de muy lejos, del Báltico, sopla en las copas de los árboles, que responden con unos murmullos maravillosos. El viento del mar también visitó Platz, donde Corderita tenía antes su hogar, hace mucho, mucho tiempo, y ella le habla a su chico del único viaje veraniego de su vida: nueve días a la Alta Baviera, cuatro chicas.

Y él también se vuelve locuaz y cuenta que siempre ha estado solo, que no quiere a su madre, que nunca se ha ocupado de él y que él siempre ha sido un estorbo para ella y para sus amantes. Ella tenía una profesión horrible, era… Bueno, le cuesta un buen rato confesar que era camarera de un club nocturno.

Entonces Corderita se queda muy pensativa y casi lamenta su carta, porque una camarera de club nocturno es realmente algo muy distinto, a pesar de que Corderita no conoce a ciencia cierta cuáles son las funciones de esas mujeres, pues nunca ha estado en uno y lo que ha oído hasta entonces de ellas no parece encajar con la edad de la madre de su chico. En resumen, que sin duda habría sido mejor el tratamiento de «estimada señora». Pero, lógicamente, ahora no podía discutir eso con Pinneberg.

Caminan un buen rato en silencio cogidos de la mano.

Y justo cuando ese silencio se torna sospechoso y parece alejarlos el uno del otro, dice Corderita:

—Chiquito, qué felices somos. —Y le ofrece sus labios.

De pronto el bosque se ilumina totalmente ante ellos, y cuando salen al sol deslumbrante se encuentran sobre un enorme claro. Una alta colina arenosa se alza justo enfrente. En la cima un montón de personas manipulan un extraño aparato, que de pronto se eleva surcando el aire.

—¡Un planeador! —grita Pinneberg—. ¡Corderita, un planeador!

Tremendamente excitado, intenta explicarle por qué ese chisme sin motor asciende hacia el cielo. Pero como él tampoco lo tiene del todo claro, Corderita no lo entiende, aunque dice sumisa:

—Ya, ya…

Después se sientan a la orilla del bosque, desayunan copiosamente y se beben el termo entero. El gran pájaro blanco que describe círculos baja y sube hasta que acaba aterrizando en lontananza. La gente de la cima de la colina se precipita hacia él, es un largo trayecto, y cuando los dos terminan de desayunar allí arriba y Pinneberg se ha fumado un cigarrillo, comienzan a arrastrar de vuelta el avión.

—Ahora volverán a arrastrarlo hasta la montaña —explica Pinneberg.

—¡Pero es muy fatigoso! ¿Por qué no puede viajar solo?

—Porque carece de motor, Corderita, es un planeador.

—¿Es que no tienen dinero para comprarse un motor? ¿Tan caro es un motor? A mí me parece latosísimo.

—Pero, Corderita… —E intenta explicárselo de nuevo.

Pero la joven, apoyándose muy fuerte en su brazo; dice:

—Ay, es maravilloso que nos tengamos el uno al otro, ¿verdad, chiquito?

En ese momento sucede.

Por el camino de arena que discurre por el lindero del bosque se ha acercado en absoluto sigilo, como si anduviera sobre zapatillas de fieltro, un automóvil, y al verlo los dos se separan, confundidos; el coche ya está casi a su altura. A pesar de que ahora habrían debido divisar los rostros de los ocupantes del coche de perfil, sus rostros están todos vueltos hacia ellos. Y revelan asombro, severidad, enfado.

Corderita no entiende nada, cree que esas personas tienen una mirada muy estúpida, como si nunca hubieran visto a una pareja besándose, y sobre todo no entiende a su chico que, murmurando algo incomprensible, se levanta de un salto para hacer una profunda reverencia en dirección al coche.

De improviso, como obedeciendo a una orden secreta, todas las caras se ponen de perfil, nadie se percata de la espléndida reverencia de Pinneberg, y el automóvil, con un estridente bocinazo, acelera, sumergiéndose entre árboles y arbustos, y ven brillar un trozo del lacado rojo hasta que desaparece.

El chico, pálido como un cadáver, las manos en los bolsillos, murmura:

—Estamos perdidos, Corderita. Mañana me despedirá.

—¿Quién?

—¿Quién va a ser? ¡Kleinholz, por supuesto! Dios mío, tú no lo sabes. Esos eran los Kleinholz.

—Ay, Dios mío —musita ella con un profundo suspiro—. Eso es lo que yo llamo una contrariedad.

Y a continuación toma en sus brazos a su chico grande y lo consuela lo mejor que puede.

Pinneberg lucha con el ángel y con la pequeña Marie Kleinholz, y a pesar de todo es demasiado tarde

 

A cada domingo le sigue su lunes, por muy a pie juntillas que uno crea a las once de la mañana del domingo que tardará una eternidad en llegar.

Pero llega, llega seguro, todo sigue su viejo curso y en la esquina de la plaza mayor, donde siempre se encuentra con Kranz, el secretario municipal, Pinneberg acecha a su alrededor. Ahí está, aproximándose también, y cuando ambos caballeros están casi a la misma altura, se llevan la mano al sombrero y se saludan.

Ya han pasado los dos, Pinneberg sostiene ante sí su mano derecha: el anillo dorado brilla al sol. Pinneberg lo gira despacio, quitándoselo del dedo, alarga la mano hacia su cartera con ademán pausado y después vuelve a ponérselo con gesto decidido.

Erguido, con el anillo de matrimonio en la mano, marcha hacia su destino.

Se hace esperar ese destino. Ni siquiera el puntual Lauterbach está allí ese lunes y tampoco se ve ni rastro de Kleinholz.

Estará en el establo, piensa Pinneberg, y sale a echar un vistazo al patio. Allí está el automóvil rojo: lo están lavando. ¡Ojalá hubieras sufrido ayer una avería!, piensa Pinneberg.

Y dice en voz alta:

—¿Aún no se ha levantado el jefe?

—Todavía están todos durmiendo, señor Pinneberg.

—Por curiosidad, ¿quién repartió ayer el pienso?

—El viejo Kube, señor Pinneberg, Kube.

—Ah —contesta Pinneberg antes de regresar a la oficina.

Schulz ya ha llegado, son las ocho y cuarto, y de muy mal humor.

—¿Dónde se ha metido Lauterbach? —pregunta furioso—. ¿Se estará fingiendo enfermo el cerdo ese, hoy que tenemos tanto trabajo?

—Eso parece —responde Pinneberg—. Lauterbach nunca llega tarde. ¿Qué tal el domingo, Schulz?

—¡Maldita sea mi estampa! —estalla Schulz—. ¡Maldita sea mi estampa! ¡Maldita sea mi estampa! —Se sume en sus cavilaciones. Después añade con tono salvaje—: ¿Recuerdas, Pinneberg, que te conté una vez, seguro que ya no te acuerdas, que hace ocho o nueve meses estuve en Heildorf en un baile, uno de esos bailes verdaderamente paletos llenos de toscas aldeanas? Pues ahora ella me sale con que soy el padre del niño y que tengo que aflojar la mosca. ¡Vamos, ni se me pasa por la cabeza! ¡La denunciaré por perjurio!

—Y ¿cómo piensas hacerlo? —inquiere Pinneberg mientras piensa que este también tiene preocupaciones.

—Ayer me pasé todo el día en Heildorf haciendo averiguaciones de con quién más… Esos pánfilos de pueblo se ayudan todos entre sí. ¡Pero ella, que cometa perjurio si se atreve!

—¿Y si se atreve?

—¡Yo me encargaré de informar al juez! Pero ¿es que tú te lo crees, Pinneberg? Ahora dime la verdad, bailé dos veces con ella y después dije: «Señorita, esto está lleno de humo, ¿salimos un momento? ». Total, que regresamos enseguida, solo nos perdimos un baile, entiendes, ¿y ahora resulta que voy a ser el padre? ¡Venga ya!

—Si no puedes probar nada…

—¡La acusaré de perjura! El juez también lo reconocerá. ¡Además! ¿Cómo voy a poder, Pinneberg? Tú lo sabes de sobra, ¡con nuestro sueldo!

—Hoy es día de despido —murmura Pinneberg, como de pasada.

Pero Schulz no lo oye y gime:

—El alcohol siempre me sienta como un tiro…

Ocho y veinte. Entra Lauterbach.

¡Oh, Lauterbach! ¡Oh, Ernst! ¡Oh, Ernst Lauterbach mío!

Uno… un ojo morado. Dos… la mano izquierda vendada. Tres, cuatro, cinco… la cara cubierta de heridas con costras. Seis, siete… una especie de funda de seda negra en el cogote y un olor a cloroformo envolviéndolo todo. ¡Y esa nariz, esa nariz tumefacta y llena de cardenales! ¡Ocho…! ¡Ese labio inferior a punto de reventar, grueso, negroide! ¡Nueve! ¡K. O., Lauterbach! En suma, el domingo pasado Ernst Lauterbach, llevado por su celo y entrega, hizo propaganda de sus ideas políticas entre los habitantes de la región.

Sus dos compañeros bailan excitados a su alrededor.

—¡Vaya por Dios! ¡Pero, hombre, te han zurrado la badana!

—¡Ernst, Ernst, no aprenderás nunca!

Lauterbach se sienta muy rígido y con sumo cuidado.

—Lo que está a la vista no es nada. Tendríais que verme la espalda.

—Pero, hombre, ¿cómo es posible…?

—Yo soy así. Hoy habría podido quedarme tranquilamente en casa, pero he pensado en vosotros, en lo mucho que hay por hacer.

—Y en que hoy es día de despido —advierte Pinneberg.

—Y al que no está, le muerden los perros.

—¡Eso no lo consiento! Que hemos empeñado nuestra palabra de honor…

Entra Emil Kleinholz.

Por desgracia, esa mañana Kleinholz está sobrio, tan sobrio que el olor a aguardiente y cerveza de Schulz llega hasta la puerta. Y comienza diciendo:

—Vaya, vaya, ¿otra vez ociosos, señores? Me encanta que hoy sea día de despido, pienso echar a uno de ustedes —sonríe sarcástico—. ¿El trabajo escasea, eh?

Mira a los tres con aire triunfal, ellos se retiran, cortados, a sus puestos. Kleinholz los acomete por detrás:

—Nooo, mi querido Schulz, eso le vendría al pelo, dormir la mona en la oficina a costa de mi dinero. Tuvo un entierro familiar húmedo, ¿eh? ¿Sabe? —reflexiona y de pronto se le ocurre una idea—. ¿Sabe?, puede gatear hasta el remolque del camión y viajar al molino. Y maneje bien el freno, que el camino discurre pero que muy cuesta arriba y cuesta abajo. Avisaré al chófer para que lo vigile un poco y le sacuda una bofetada si se le olvida frenar. —Kleinholz se ríe de su propio chiste. Porque lo de la bofetada por supuesto no va en serio, aunque sí que vaya en serio.

Schulz pretende salir.

—Pero ¿qué quiere hacer sin papeles? Pinneberg, prepárele a Schulz las notas de los pedidos, hoy el hombre es incapaz de escribir, le tiemblan los dedos.

Pinneberg empieza a garabatear, contento de tener qué hacer.

Después entrega los papeles a Schulz.

—Toma. Schulz.

—Un momento, señor Schulz —interviene Emil—. No puede estar de vuelta a las doce y, según nuestro contrato, tengo que despedirlo antes de esa hora. ¿Sabe?, todavía no sé a cuál de ustedes tres despediré, tengo que pensarlo… Así que lo despediré por si las moscas, de modo que durante el trayecto tendrá en qué cavilar, y si entonces acierta a frenar como es debido, casi creeré que se le ha pasado la borrachera, Schulz.

El aludido, de pie, mueve los labios en silencio. Como ya se ha apuntado, tiene el rostro amarillo y arrugado, y esa mañana no parece muy saludable, convertido en un miserable guiñapo grisáceo…

—¡Largo! —le espeta Kleinholz—. Y preséntese ante mí a su regreso. Entonces le diré si dejo sin efecto el despido o no.

Así que Schulz se larga. La puerta se cierra y Pinneberg aparta despacio el secante con una mano temblorosa en la que brilla el anillo de matrimonio. ¿Me tocará ahora a mí o a Lauterbach?

Pero se percata enseguida: a Lauterbach. Con Lauterbach Kleinholz emplea un tono completamente distinto: Lauterbach es estúpido, pero fuerte, y cuando lo irritas demasiado, simplemente golpea. A Lauterbach no se le pueden apretar tanto las tuercas, con él hay que actuar de otra manera. Pero Emil sabe cómo.

—Ahora que lo miro, señor Lauterbach, está usted hecho una verdadera pena. Ojo morado, la nariz hecha papilla, con la boca apenas puede hablar y un brazo… Va a ser un trabajo muy valioso el que desempeñe usted en mi casa. El salario lo querrá cuando menos íntegro, ahí no permitirá objeciones.

—Mi trabajo es satisfactorio —argumenta Lauterbach.

—Calma, señor Lauterbach, calma. La política está muy bien, ¿sabe usted?, y el nacionalsocialismo quizá sea muy bueno, ya lo veremos después de las próximas elecciones y nos atendremos al resultado, pero que yo tenga que correr con los gastos…

—Yo trabajo —se defiende Lauterbach.

—Bien —contesta Emil con voz suave—. Ya lo veremos. No creo que hoy trabaje usted, el trabajo que tengo… Usted es un enfermo.

—Yo trabajo… todo —replica Lauterbach.

—Si usted lo dice, señor Lauterbach. Pero no acabo de creérmelo. Porque la Brommen me ha dejado en la estacada, tenemos que moler la cebada de otoño y había pensado, me proponía pedirle que descargase los sacos en la tolva.

Esto es una consumada maldad, incluso para Emil. Por dos razones: primera, porque descargar los sacos no es precisamente el trabajo de un oficinista y, segunda, porque requiere un par de brazos muy vigorosos y sanos.

—¿Lo ve? —dice Kleinholz—. Me lo imaginaba, está usted inválido. Váyase a casa, señor Lauterbach, pero durante estos días no le pagaré el salario. Lo suyo no es una enfermedad.

—Yo trabajo —repite Lauterbach, tozudo y rabioso—. Me encargaré de los sacos en el molino. No tema, señor Kleinholz.

—De acuerdo, entonces subiré a verlo a las doce, Lauterbach, y le comunicaré lo del despido.

Lauterbach gruñe algo incomprensible y se marcha.

Se han quedado los dos solos. Ahora me toca a mí, piensa Pinneberg. Pero, para su sorpresa, Kleinholz dice muy amable:

—Menudos sujetos sus compañeros, un montón de basura y un montón de estiércol, tanto el uno como el otro, no hay diferencia.

Pinneberg guarda silencio.

—Qué aspecto tan emperifollado tiene usted hoy. No podré encargarle ningún trabajo sucio, ¿verdad? Prepare el extracto de la cuenta de la administración de la granja Hönow para el treinta y uno de agosto. Y preste atención sobre todo a las entregas de paja. Se suministró paja de avena en lugar de la de centeno y han interpuesto una reclamación por el vagón.

—Lo sé, señor Kleinholz —contesta Pinneberg—. Era el vagón que fue a la cuadra de caballos de carreras de Karlshorst.

—¡Hay que ver cómo es usted! —exclama Emil—. Es un hombre cabal, señor Pinneberg. ¡Ojalá todos fueran como usted! En fin, hágalo así. Buenos días.

Y sale.

¡Ay, Corderita!, piensa Pinneberg regocijándose en su interior. ¡Ay, Corderita mía, estamos seguros, ya no debemos temer por el empleo ni por el crío!

Se levanta y trae la carpeta con los dictámenes periciales, pues el vagón de paja fue tasado en su día por un perito.

Así pues, ¿cuál era el saldo a treinta y uno de marzo? Deudor. Tres mil setecientos sesenta y cinco marcos con cincuenta y cinco céntimos. En consecuencia…

Levanta la vista como fulminado por el rayo. Y yo, imbécil de mí, acordé con los demás, bajo palabra de honor, que nos despediríamos si uno de nosotros era despedido. ¡Yo mismo maquiné ese plan, idiota de mí, acémila! Ni se me pasa por la imaginación… ¡Ese nos echará a los tres!

Se levanta de un salto, corretea de un lado a otro.

Es la hora de Pinneberg, la hora específica en la que lucha con su ángel.

Cree que en Ducherow no conseguirá otro empleo. Y dada la coyuntura actual, tampoco en el vasto mundo. Piensa que antes de entrar en Bergmann estuvo un trimestre sin trabajo y en lo terrible que fue eso ya entonces, solo, y ahora ¡siendo dos y esperando un tercero! Piensa en sus compañeros a los que en el fondo no traga, en que ambos pueden soportar el despido mejor que él. Piensa en que ni siquiera es seguro que mantengan su palabra si el despedido es él. Piensa en que si se despide y Kleinholz le deja marchar, durante una larga temporada no tendrá derecho al subsidio de desempleo, en castigo por haber renunciado a un trabajo. Piensa en Corderita, en Bergmann, el viejo judío de la tienda de tejidos, en Marie Kleinholz y de repente en su madre. Después piensa en una lámina de El divino milagro de la maternidad, que representa a un embrión en el tercer mes; así será ahora el crío, un topo desnudo, horrible de imaginar. Piensa en eso largo rato.

Camina de acá para allá, nota un calor espantoso.

¿Qué voy a hacer ahora…? No puedo… ¡Y los otros seguro que no lo harían! ¿Entonces…? Pero no quiero comportarme como un miserable, no quiero tener que avergonzarme de mí mismo… ¡Ojalá estuviera aquí Corderita para preguntarle su opinión! Corderita es muy recta, sabe de sobra las responsabilidades que uno debe asumir ante sí mismo para no sentir remordimientos de conciencia…

Se abalanza hacia la ventana de la oficina, mira hacia la plaza mayor. ¡Ojalá pasara por delante! ¡Ahora! Según le informó, tiene que salir hoy temprano a comprar carne. ¡Querida Corderita! ¡Corderita buena! ¡Te lo ruego, pasa ahora!

Se abre la puerta y entra Marie Kleinholz. Un viejo privilegio de las mujeres de la familia Kleinholz es que el lunes por la mañana, cuando nadie acude a la oficina, coloquen la colada sobre la mesa grande de la oficina. Y además estas damas tienen derecho a exigir a los empleados que despejen esa mesa con antelación. Pero ese día, con tanta agitación, no lo han hecho.

—¡La mesa! —exclama Marie Kleinholz con dureza.

Pinneberg salta.

—¡Un instante nada más! Le pido disculpas, estará lista enseguida.

Arroja muestras de grano en anaqueles, apila clasificadores sobre la repisa de la ventana, durante un momento no sabe dónde colocar el aparato de comprobar el peso.

—No se apresure, hombre —dice Marie, con ganas de pelea—. Yo estoy aquí con mi ropa.

—Un momento —dice Pinneberg con mucha suavidad.

—Un momento… un momento… —refunfuña ella—. Eso habría que haberlo hecho hace mucho rato. Pero eso sí, asomarse a la ventana a ver a las putillas…

Pinneberg prefiere no contestar. Marie deposita con brío su montón de ropa encima de la mesa despejada.

—¡Esto es una porquería! Recién limpia y vuelve a estar sucia. ¿Dónde guarda usted el trapo del polvo?

—No lo sé —contesta Pinneberg bastante enfurruñado, fingiendo que busca.

—Todos los sábados por la tarde cuelgo una gamuza limpia, pero los lunes ha desaparecido. Tiene que haber alguien que robe los trapos del polvo.

—Eso no lo tolero —replica Pinneberg, irritado.

—¿Qué es lo que no tolera? Usted no tolera nada de nada. ¿Acaso lo he acusado de robar los trapos del polvo? He dicho «alguien». No creo que semejantes chicas toquen los trapos del polvo, es un trabajo demasiado vulgar para ese tipo de chicas.

—Oiga usted, señorita Kleinholz —comienza Pinneberg, pero recapacita—. ¡Bah! —añade antes de sentarse en su puesto a trabajar.

—Sí, es mejor que se calle. Mira que andar besuqueándose con una así en una calle pública…

Espera un momento a ver si su dardo ha dado en el blanco. Después añade:

—Yo al menos solo vi el besuqueo, si hubo algo más… Tan solo hablo de lo que puedo dar fe…

Enmudece de nuevo. A Pinneberg le cuesta pensar: calma. No trae mucha ropa. Después tendrá que desaparecer…

Marie retoma el hilo de su cháchara:

—Tenía un aspecto de lo más ordinario esa persona. Tan emperifollada. —Pausa—. Dice papá que la ha visto en el local Las Palmeras, donde era camarera. —Nueva pausa—. Bueno, a algunos hombres les gusta lo ordinario, eso les excita, afirma papá. —Nueva pausa—. Me da usted pena, señor Pinneberg.

—Y usted a mí también —contesta Pinneberg.

Pausa muy larga. Marie se siente un tanto desconcertada. Al final:

—Si va a ponerse impertinente conmigo, señor Pinneberg, se lo contaré a mi padre. Le despedirá en el acto.

—¿Cómo que impertinente? —pregunta Pinneberg—. He dicho exactamente lo mismo que usted.

Se hace el silencio, un silencio que parece definitivo. De vez en cuando matraquea el aparato para rociar la ropa cuando lo sacude Marie Kleinholz o la regla de acero golpea contra el tintero.

Marie suelta un repentino grito y se precipita hacia la ventana con aire triunfal.

—¡Por ahí va! ¡Por ahí va ese putón! ¡Dios, qué pintarrajeada va! ¡Es para estremecerse de asco!

Pinneberg se levanta y mira hacia el exterior. La que camina por ahí fuera es Emma Pinneberg, Corderita, con la bolsa de red de la compra, lo más maravilloso que existe para él en el mundo. Y todo lo que ha dicho esta de «pintarrajeada» es mentira, bien lo sabe él.

Sigue a Corderita con la vista hasta que dobla la esquina y desaparece en la Bahnhofstrasse. Se gira y se dirige a la señorita Kleinholz. Su rostro tiene un aspecto muy antipático, está muy pálido, la frente surcada de arrugas, pero su mirada está en realidad muy animada.

—Escuche, señorita Kleinholz —dice él antes de hundir las manos en los bolsillos como medida de precaución. Traga saliva y repite—: Escuche, señorita Kleinholz, como vuelva a decir algo así, le pegaré un par de tortas en esos morros de bruja.

Ella intenta decir algo, sus labios finos se contraen, su cabecita de pájaro da una sacudida hacia él.

—¡Cierre el pico! —replica Pinneberg con tono grosero—. ¡¡¡¡Esa es mi mujer!!!!, ¿lo entiende? —Y ahora sí que saca la mano del bolsillo y coloca el brillante anillo de matrimonio delante de sus narices—. ¡Y dese usted con un canto en los dientes si consigue convertirse en una mujer la mitad de decente que ella!

Y tras estas palabras, Pinneberg da media vuelta, ha dicho todo lo que tenía que decir, y siente un maravilloso alivio… ¿Consecuencias? ¿Qué consecuencias? ¡Que se vayan al infierno todos ellos! Así que Pinneberg da media vuelta y se sienta en su puesto.

Durante un buen rato reina el silencio, él la mira de reojo, la mujer ni siquiera lo mira, mueve hacía la ventana su pobre cabecita de finos cabellos color ceniza, pero la otra se ha ido. Ha dejado de verla.

Entonces se sienta en una silla y, apoyando la cabeza en el borde de la mesa, empieza a llorar y sus sollozos son tan desgarradores que te parten el corazón.

—Dios mío —murmura Pinneberg, avergonzado de su brutalidad, aunque muy poco—, tampoco lo he dicho con tan mala intención, señorita Kleinholz.

Pero ella llora mucho rato, seguramente su llanto en cierto sentido la reconforta, y entre medias balbucea que ella no tiene la culpa de ser así, que siempre lo había considerado un tipo muy formal, muy diferente a sus compañeros, y que si está casado y bien casado pues muy bien, ah, ya, solo por lo civil, y que no contará una palabra a su padre, que no se asuste, y que si «su señora» es de aquí, no lo parece, y que sus palabras solo pretendían enfadarlo, porque es muy guapa.

Y continúa, y seguramente habría seguido así un buen rato si fuera no hubiera resonado la dura voz de la señora Kleinholz:

—¿Dónde demonios te has metido con la ropa, Marie? ¡Que tenemos que calandrarla!

Y con un horrorizado «¡Ay, Señor! », Marie Kleinholz se levanta precipitadamente de la silla y del borde de la mesa, recoge rauda la ropa y sale apresuradamente. Pinneberg se queda sentado, a decir verdad muy satisfecho. Silba algo entre dientes y calcula muy diligente, mientras lanza una mirada de reojo para comprobar si Corderita regresa. Pero a lo mejor ya ha pasado.

Total, que dan las once, las once y media, y las doce menos cuarto, y Pinneberg entona su «Hosanna, alabada sea mí Corderita, tenemos otro mes asegurado», y todo habría ido de maravilla, pero a las doce menos cinco entra Kleinholz padre en la oficina, contempla a su contable, se acerca a la ventana, mira hacia el exterior y dice:

—No me canso de darle vueltas a la cabeza, Pinneberg. Me encantaría quedarme con usted y echar a uno de los otros. Pero que el domingo me adjudicase el reparto de pienso para divertirse con sus mujeres, eso no se lo perdono y por eso voy a despedirlo.

—¡Señor Kleinholz…! —con tono firme y viril Pinneberg inicia una explicación muy vaga, que seguro habría durado hasta después de las doce y por tanto más allá del plazo de despido posible—. Señor Kleinholz, yo…

Pero en ese momento, Emil Kleinholz vocifera iracundo:

—¡Maldita sea mi estampa, ahí está otra vez esa mujer! ¡Queda usted despedido con fecha uno de octubre, señor Pinneberg!

Y antes de que Johannes Pinneberg pueda pronunciar una sola palabra, Emil desaparece dando un portazo. Pinneberg ve a su Corderita doblar la esquina de la plaza mayor, y con un profundo suspiro mira el reloj. Las doce menos tres minutos. A las doce menos dos minutos, Pinneberg sale corriendo a toda velocidad, cruzando el patio, hacia el granero de siembra. Allí se precipita hacia Lauterbach y dice sin aliento:

—Lauterbach, ve a ver ahora mismo a Kleinholz y despídete. ¡Recuerda tu palabra de honor! Acaba de ponerme de patitas en la calle.

Pero Ernst Lauterbach, retirando con ademán pausado el brazo de la manivela de la aventadora, replica:

—Primero, son las doce menos un minuto y no puedo despedirme hasta las doce; segundo, antes tendría que hablar con Schulz, que no está; tercero, he sabido hace un rato por Marie que estás casado y, si eso es cierto, has sido pero que muy artero con nosotros, tus compañeros. Y cuarto…

Pinneberg, sin embargo, ya no oye la cuarta razón: el reloj de la torre da despacio, tañido a tañido, doce campanadas, es demasiado tarde. Pinneberg está despedido sin remedio.

 

El señor Friedrichs, el salmón y el señor Bergmann, pero todo es inútil: no hay nada para Pinneberg

 

Tres semanas más tarde —es un día nublado, ventoso, frío y lluvioso de septiembre—, tres semanas más tarde Pinneberg cierra despacio la puerta de salida de la oficina de su sindicato. Durante un momento se detiene en el descansillo de la escalera para leer una proclama que apela al sentimiento de solidaridad de todos los empleados. Tras un profundo suspiro, desciende despacio los peldaños.

El señor grueso de rutilantes dientes de oro de la oficina le ha demostrado con contundencia que no se puede hacer nada por él, que se queda en el paro sin remisión.

—Señor Pinneberg, usted sabe cómo está el ramo textil aquí, en Ducherow. No hay nada disponible —pausa. Y con reiterada firmeza—: Ni lo habrá.

—Pero el sindicato tiene delegaciones por todas partes —arguye Pinneberg, apocado—. ¿No podría ponerse en contacto con ellos? Tengo excelentes informes. A lo mejor en otro sitio —Pinneberg esboza un vago ademán a lo lejos—, a lo mejor en alguna parte hay algo que hacer.

—¡Eso está descartado! —explica con decisión el señor Friedrichs—. Si algo queda libre, y dónde va a quedar algo libre si todos permanecen en sus puestos como petrificados, en la localidad hay muchos afiliados que lo esperan. No sería justo, señor Pinneberg, que postergáramos a los afiliados de la localidad por un forastero.

—Pero ¿y si el forastero lo necesita más?

—No, no, sería completamente injusto. Hoy lo necesita todo el mundo.

Pinneberg no analiza con más detalle la cuestión de la justicia.

—¿Y en otra cosa? —pregunta, tenaz.

—Bueno… —El señor Friedrichs se encoge de hombros—. En otra cosa tampoco hay nada. Porque usted no tiene formación de contable, señor Pinneberg, aunque haya hecho sus pinitos en el tema con Kleinholz. Dios, Kleinholz, menuda empresa la suya… Por cierto, ¿es verdad que se emborracha todas las noches y después lleva mujeres a casa?

—No lo sé —contesta Pinneberg—. Por la noche no trabajo.

—Claro, claro, señor Pinneberg —responde el señor Friedrichs un tanto molesto—. Y el SEA también se opone a ese tipo de cosas: el cambio de personal poco cualificado de un ramo a otro. Eso no puede apoyarlo el sindicato, pues perjudica la posición de los empleados.

—¡Dios mío! —se lamenta Pinneberg. Y a continuación, tozudo—: Pero tiene que procurarme algo; en primer lugar, señor Friedrichs, estoy casado.

—¡En primer lugar! Eso serían ocho días netos. Así que hay que descartarlo por completo, ¿cómo voy a hacerlo? Tiene que comprenderlo, Pinneberg. Usted es una persona sensata.

Pinneberg no concede valor alguno a la sensatez.

—Esperamos un hijo, señor Friedrichs —musita.

Friedrichs alza la vista de soslayo hacia el solicitante. Después, con tono muy afectuoso, consolador:

—Bueno, los hijos vienen con un pan debajo del brazo. Eso dicen. De momento cuenta usted con el subsidio de desempleo. Cuántos tienen que apañarse con menos… Todo se arreglará, se lo aseguro.

—Pero tengo…

El señor Friedrichs comprende que debe hacer algo.

—Está bien, Pinneberg, preste atención. Comprendo que su situación no es precisamente halagüeña. Aquí… ¿lo ve?, escribiré su nombre en mi bloc de notas: Pinneberg, Johannes, veintitrés años, dependiente, ¿domicilio? ¿Dónde vive?

—En Grünes Ende.

—¿Eso está muy en las afueras, no? ¡Ya está! Y ahora su número de afiliado. Bien… —El señor Friedrichs contempla la nota, meditabundo—. Pondré esta nota aquí, junto a mi tintero, fíjese, para tenerla siempre ante mis ojos. Y cuando salga algo, pensaré primero en usted…

Pinneberg intenta decir algo.

—Bueno, le estoy dando un trato preferente, señor Pinneberg; en realidad es una injusticia con respecto a los demás afiliados, pero respondo de ello. Lo haré. Por encontrarse usted en tan mala situación.

El señor Friedrichs contempla la nota entornando los ojos, toma un lápiz rojo y añade un grueso signo de exclamación rojo.

—¡Bien! —exclama satisfecho, antes de depositar la nota junto al tintero.

Pinneberg suspira y se dispone a marcharse.

—Entonces, señor Friedrichs, seguro que se acordará de mí, ¿verdad?

—Tengo la nota. Tengo la nota. Mañana, señor Pinneberg.

Pinneberg se detiene en la calle, indeciso. En realidad ahora tendría que regresar a la oficina de Kleinholz, solo dispone de unas horas libres para buscar trabajo. Pero le da asco, le asquean sobre todo sus queridos compañeros, que ni se han despedido ni piensan despedirse, aunque preguntan solícitos:

—¿Qué, todavía sin empleo, Pinneberg? Tienes que esforzarte más porque los niños gritan pidiendo pan.

—Te voy a partir la boca… —replica Pinneberg con energía, mientras se encamina hacia el parque municipal.

¡Ese parque frío, ventoso, vacío! ¡Con esos arriates devastados! ¡Y esos charcos! ¡Y un vendaval que ni siquiera permite encender un cigarrillo! Bueno, mejor que mejor, de todos modos lo de fumar también se acabará muy pronto. ¡Pobre infeliz! ¡Nadie tiene que dejar de fumar seis semanas después de la boda, solo él!

Menudo viento. Cuando llegas a la orilla del parque, donde comienzan los sembrados, te embiste de verdad. Te sacude, agita tu abrigo, de repente tienes que sujetarte el sombrero. Son verdaderos sembrados otoñales, empapados de agua, desordenados, desoladores… En casa… Hay un dicho estúpido aquí, en la región: «Está bien que las casas sean huecas, para que puedan vivir dentro las personas».

Grünes Ende, por fin. Y cuando se acabe Grünes Ende, vendrá algo diferente, más barato, en cualquier caso cuatro paredes, un techo sobre la cabeza, calor. Una mujer, sí, una mujer. Es maravilloso yacer en una cama y que alguien resople en medio de la noche a tu lado. Es maravilloso leer el periódico y que alguien cosa o zurza sentado en la esquina del sofá. Es maravilloso llegar a casa y que alguien diga: «Buenas tardes, chiquito. ¿Qué tal hoy? ¿Todo bien? ». Es maravilloso tener a alguien por quien trabajar y preocuparse, y también, en mi caso, por quien estás preocupado y sin trabajo. Es maravilloso tener a alguien a quien consolar.

De pronto Pinneberg se echa a reír. Es ese salmón, ese cuarto de salmón. Pobre Corderita, qué desdichada se sentía. Consolarla, eso es.

Una noche, cuando se disponían a cenar, Corderita explicó que no podía comer, que todo le repugnaba. Pero que ese mismo día, en la tienda de delicatessen había visto un salmón ahumado, tan jugoso, tan sonrosado, ¡ojalá pudiera comprarlo!

—¿Y por qué no lo trajiste?

—¡Es que no te figuras lo que costaba!

Y hablan, que si sí, que si no, que es una insensatez, que resulta muy caro para ellos. ¡Pero si Corderita no puede comer otra cosa! Ahora mismo —la cena se demora media hora— su chico irá a la ciudad.

¡De eso ni hablar! Irá Corderita en persona. Qué se ha figurado él. Andar es muy sano y, además, ¿cree que se va a quedar allí sentada temiendo que él compre el salmón equivocado? Ella tiene que verlo con sus propios ojos, comprobar cómo la vendedora lo corta, loncha a loncha. Así que irá ella cueste lo que cueste.

—De acuerdo. Vas tú.

—Y ¿cuánto?

—Mitad de cuarto. Bueno, mejor trae un cuarto. Permitámonos el lujo de ser generosos por una vez.

La ve marcharse: camina con paso airoso, largo, vigoroso. Con ese vestido azul está preciosa. La sigue con la mirada, asomado a la ventana, hasta que desaparece, y después camina de un lado a otro. Calcula que cuando haya serpenteado cincuenta veces por la habitación, aparecerá. Corre a la ventana. En efecto, Corderita entra en el edificio en ese momento, sin mirar hacia arriba. Bueno, ya solo faltan dos o tres minutos. Se queda de pie, esperando. En una ocasión cree oír el ruido de la puerta del vestíbulo al abrirse. Pero Corderita no llega.

¿Qué demonios ocurre? La ha visto entrar en el edificio, pero no llega.

Abre la puerta del vestíbulo y Corderita aparece justo delante del umbral, arrimada a la pared, con el rostro inundado de lágrimas, temerosa, y le tiende un papel de estraza, brillante por la grasa y vacío.

—Pero, Dios mío, Corderita, ¿qué sucede? ¿Has perdido el salmón?

—Me lo he comido —solloza—. Me lo he comido todo yo sola.

—¿Y te lo has comido así, del papel? ¿Sin pan? ¿El cuarto entero? ¡Pero, Corderita…!

—Entero —gime—. Yo solita.

—Ven aquí, Corderita, y cuéntamelo. Entra, no llores por eso. Cuéntamelo todo desde el principio. Así que has comprado el salmón…

—Sí, y sentía avidez por él. Casi no podía aguantar ver cómo lo cortaban y lo pesaban. De modo que apenas he salido, he entrado en el siguiente portal, he cogido deprisa una loncha… y me la he zampado.

—¿Y después?

—Pues, chiquito —solloza—, he hecho lo mismo durante todo el trayecto, en cuanto veía un portal, no podía contenerme y entraba. Al principio no quería estafarte, lo repartía exactamente, mitad y mitad… Pero después he pensado: por una loncha a él no le importará. Total, que he seguido comiendo de lo tuyo, pero te he dejado un trozo, y lo he subido, hasta que aquí, en el vestíbulo, justo delante de la puerta…

—¿Te lo has comido?

—Sí, me lo he comido, y está fatal por mi parte, te he dejado sin salmón, chiquito. Pero no es maldad por mi parte —vuelve a sollozar—. Es mi estado. Yo nunca he sido ávida.

Y estoy terriblemente triste, mira que si el crío también sale igual de ávido… ¿Quieres que vuelva ahora deprisa a la ciudad y te traiga salmón? Te lo traeré, de verdad de la buena, te lo traeré.

El la mece en sus brazos.

—Ay, niñita grande. Niñita grande, que todo sea como esto…

Y la consoló y tranquilizó, y enjugó sus lágrimas, y empezaron a besarse despacio mientras oscurecía y caía la noche…

Hace mucho que Pinneberg ha abandonado el ventoso parque municipal y camina por las calles de Ducherow con un destino fijo. Se ha abstenido de doblar para entrar en Feldstrasse, tampoco ha ido a la oficina de Kleinholz. Pinneberg camina, ha tomado una decisión trascendental. Ha descubierto que su orgullo es ridículo, ahora sabe que todo da igual, pero a Corderita no puede irle mal y el crío tiene que ser feliz. ¿Qué importa su persona? Él no es tan importante, puede humillarse tranquilamente, con tal de que sus dos amores estén bien.

Pinneberg se encamina derecho hacia la tienda de Bergmann, hacia la pequeña y oscura jaula separada de la tienda.

Y en efecto, allí está el jefe, imprimiendo una carta en la prensa copiadora. Eso aún se hace en Bergmann.

—¡Hombre, Pinneberg! —lo saluda Bergmann—. ¿Cómo le va?

—Señor Bergmann —contesta Pinneberg, acongojado—. He sido un tremendo idiota por haberle dejado. Le pido disculpas, señor Bergmann, me gustaría recuperar mi puesto.

—¡Alto! —exclama el señor Bergmann—. No diga más disparates, señor Pinneberg. No he oído sus palabras. No tiene que pedirme perdón, señor Pinneberg, no voy a volver a emplearlo.

—¡Señor Bergmann!

—¡No hable! ¡No suplique! Después se avergonzará por haber suplicado y habrá sido en vano. No volveré a emplearlo.

—Señor Bergmann, usted dijo que quería hacerme mendigar durante un mes antes de recuperar mi empleo…

—Lo dije, señor Pinneberg, es cierto, y lo siento en el alma. Lo dije llevado por la ira, porque usted es una persona tan formal, tan complaciente, excepto en el asunto del correo, y marcharse con semejante borracho y mujeriego… Me dejé llevar por la ira.

—Señor Bergmann —insiste Pinneberg—, ahora estoy casado, vamos a tener un hijo. Kleinholz me ha despedido. ¿Qué voy a hacer? Usted sabe cómo están las cosas aquí, en Ducherow. No hay trabajo. Vuelva a emplearme. Usted sabe que me gano el sueldo.

—Lo sé, lo sé —responde meneando la cabeza.

—Deme trabajo, señor Bergmann. ¡Por favor!

El judío bajo y feo, con el que el Señor no se mostró muy misericordioso al crearlo, menea la cabeza.

—No voy a emplearlo, señor Pinneberg. Y ¿por qué? ¡Porque no puedo!

—¡Señor Bergmann!

—El matrimonio es un asunto complicado, señor Pinneberg. Usted se ha casado muy pronto. ¿Tiene una buena mujer?

—¡Señor Bergmann…!

—Ya veo, ya veo. Ojalá siga igual de buena siempre. Escuche, Pinneberg, lo que le comento es la pura verdad. Me gustaría darle trabajo, pero no puedo, mi mujer se niega. Se enfadó con usted porque le dijo «Usted no es quién para decirme nada» y no se lo perdona. No puedo volver a emplearlo; lo siento, señor Pinneberg, es imposible.

Pausa prolongada.

El pequeño Bergmann gira la prensa copiadora, saca la carta y lo mira.

—¿Sí, señor Pinneberg? —dice despacio.

—Podría ir a ver a su esposa —susurra Pinneberg—. Estaría dispuesto a hacerlo, señor Bergmann.

—¿Tiene eso sentido? No, no lo tiene. Sepa usted, Pinneberg, que mi mujer lo obligará a rogar una y otra vez, le hará venir de nuevo, querrá pensárselo. Pero no lo readmitirá y al final yo me vería obligado a comunicarle que no hay nada que hacer. Las mujeres son así, señor Pinneberg.

Bueno, usted es joven, todavía no sabe nada de eso. ¿Cuánto tiempo lleva casado?

—Poco más de cuatro semanas.

—Poco más de cuatro semanas. Aún cuenta por semanas. Bueno, será usted un buen marido, salta a la vista. No se avergüence; cuando se pide algo a otra persona, eso carece de importancia. Lo que importa es la amabilidad. Sea siempre amable con su mujer. Lo siento, señor Pinneberg.

Pinneberg se marcha lentamente.

Llega una carta y Corderita corre en delantal por la ciudad para llorar ante Kleinholz

 

Llega el viernes veintiséis de septiembre, y ese viernes Pinneberg, como de costumbre, está en la oficina. Corderita, por su parte, se dedica a hacer la limpieza. Mientras trajina, llaman a la puerta y ella dice «Pase». Entra el cartero preguntando:

—¿Vive aquí la señora Pinneberg?

—Soy yo.

—Traigo una carta para usted. Debería poner un rótulo fuera, en la puerta. No soy adivino.

Y tras estas palabras, el sustituto de las palomas mensajeras desaparece.

Corderita se queda quieta con la carta en la mano, un sobre grande, de color lila, con una letra ampulosa llena de garabatos. Es la primera carta que Corderita recibe desde que está casada; con los de Platz no se escribe.

Además, esa carta no procede de Platz, sino de Berlín.

Y cuando Corderita le da la vuelta, figura incluso el remitente; para ser más exactos, la remitente.

«Mia Pinneberg, Berlín NW 40, Spenerstrasse 92 II».

La madre de su chico. Mia, no Marie, piensa Corderita, aunque no se ha dado mucha prisa.

Sin embargo, no abre la carta. La deposita encima de la mesa y, mientras prosigue las tareas de limpieza, le echa una ojeada de vez en cuando. Allí está y seguirá estando hasta que llegue su chico. La leerá con él, es lo mejor.

De repente Corderita aparta la gamuza. Tiene un presentimiento, es un gran momento, está segura de ello. Corre a la cocina de la Scharrenhöfer y se lava las manos en el grifo. La Scharrenhöfer le dice algo y ella responde mecánicamente que sí, aunque no ha prestado atención. Ya está delante del espejo, atusándose el pelo para comprobar si está guapa.

Después se sienta en la esquina del sofá con el enérgico golpe prohibido —¡el muelle hace hiiii-yuuu! —, coge la carta y la abre.

La lee.

Poco a poco va comprendiendo.

La relee.

Se incorpora, le tiemblan un poco las piernas, no importa, irá hasta Kleinholz, tiene que hablar enseguida con su chico.

Ay, Dios, no debe alegrarse demasiado, eso perjudica al crío.

«Es imprescindible evitar todas las emociones fuertes», ordena El divino milagro de la maternidad. Dios santo, ¿cómo voy a evitar esta? ¿Deseo acaso evitarla?

En la oficina de Kleinholz reina un ambiente un tanto letárgico, los tres contables están ociosos y Emil también. Esa mañana no hay gran cosa que hacer. Pero mientras los contables simulan que trabajan, y además con celo febril, Emil se limita a permanecer ocioso preguntándose si Emilie le servirá otra copa. Ese día temprano ya ha tenido suerte en dos ocasiones.

Y de improviso la puerta de esa oficina aburrida se abre de golpe e irrumpe una mujer joven con el pelo ondeante, ojos brillantes, mejillas agradablemente sonrosadas y un verdadero delantal doméstico puesto, que grita:

—¡Sal enseguida, chiquito! Tengo que hablar contigo inmediatamente.

Y cuando los cuatro le dedican una mirada de asombro e incomprensión, ella añade con una súbita serenidad:

—Perdone, señor Kleinholz. Me llamo Pinneberg, necesito hablar con mi marido. Es urgente.

De repente la joven se serena, se echa a llorar y ruega:

—Chiquito, chiquito, ven, date prisa. Yo…

Emil rezonga algo, el memo de Lauterbach chilla, Schulz sonríe con descaro y Pinneberg siente una vergüenza espantosa. Esboza un desvalido ademán de disculpa mientras se encamina hacia la puerta.

Delante de la oficina, en la ancha puerta cochera por la que cruzan los camiones con sus sacos de trigo y de patatas, Corderita abraza a su marido entre sollozos.

—¡Chico, chico, estoy loca de felicidad! Tenemos colocación. ¡Mira, lee!

Y le entrega la carta de color lila.

El chico, desconcertado, no sabe lo que sucede. Luego lee:

Querida nuera, llamada Corderita:

El chico, como es natural, seguirá siendo igual de insensato, y tú tendrás una buena carga con él. ¡Qué disparate que él, al que proporcioné tan buena formación, trabaje en «abonos»! Tiene que venir aquí inmediatamente y ocupar el uno de octubre un empleo que le he conseguido en los grandes almacenes Mandel. De momento viviréis conmigo.

Saludos de vuestra mamá.

Posdata: Intento escribiros desde hace cuatro semanas, pero no he tenido tiempo. ¡Telegrafiadme comunicando la fecha de vuestra llegada!

—Ay, chiquito, chiquito, ¡qué feliz soy!

—Sí, mi niña, sí, mi amor. Yo también. A pesar de todo, mamá, con su formación… Bueno, ahora no diré una palabra. Ve y ponle un telegrama.

Transcurre un rato hasta que se separan.

Después, Pinneberg vuelve a entrar en la oficina, se sienta muy tieso, silencioso y henchido de orgullo.

—¿Qué, algo nuevo del mercado de trabajo? —pregunta Lauterbach.

Y Pinneberg contesta con tono de indiferencia:

—Tengo un empleo como primer vendedor en los grandes almacenes Mandel de Berlín. Trescientos cincuenta de sueldo.

—¿Mandel? —pregunta Lauterbach—. Judíos, claro.

—¿Mandel? —inquiere Emil Kleinholz—. Procure que sea una firma decente. Yo en su lugar me informaría primero.

—Yo también tuve una —dice Schulz meditabundo— que se echaba a llorar en cuanto se alteraba. ¿Es siempre tan histérica tu mujer, Pinneberg?

 

Segunda parte

BERLÍN

 

La señora Mia Pinneberg obstaculiza la circulación, le cae bien a Corderita, aunque desagrada a su hijo, y cuenta quién es Jachmann

 

Un taxi sube por la Invalidenstrasse, avanza despacio sorteando el barullo de peatones y tranvías, llega a la plaza más despejada situada delante de la estación de ferrocarril y se apresura, tocando el claxon como liberado, por la rampa de la estación de Stettin.

Una dama se apea.

—¿Cuánto es? —pregunta al chófer.

—Dos sesenta, señora.

La dama rebusca en su bolsito, pero retira la mano.

—¿Dos sesenta por diez minutos de trayecto? No, buen hombre, no soy millonaria, que lo pague mi hijo. Espere un momento.

—Imposible, señora —contesta el taxista.

—¿Qué significa imposible? No voy a pagar, así que tendrá usted que esperar a que venga mi hijo. Llega a las cuatro y diez en el tren de Stettin.

—No puedo —replica el taxista—. No se nos permite parar aquí, en la rampa.

—Pues entonces espere ahí enfrente, hombre. Cruzaremos y montaremos ahí enfrente.

El chófer ladea la cabeza y guiña un ojo.

—Cruzarán, señora —dice—. Cruzarán, eso es tan seguro como la próxima reducción de salarios. Pero, ¿sabe?, haga que su hijo le reembolse el dinero. Es mucho más sencillo para usted.

—¿Qué pasa aquí? —pregunta un policía—. Circule, chófer.

—La señora desea que espere, señor agente.

—Circule, chófer.

—¡Pero es que no me paga!

—Haga el favor de pagar, señora. Aquí no se puede parar, otras personas desean salir.

—Yo no. Volveré enseguida.

—¡Quiero mi dinero, vieja pintarrajeada…!

—Voy a denunciarle, taxista.

—Demonios, avanza, idiota, o embisto tu cacharro…

—¡Bueno, señora, pague de una vez, por favor! Usted misma ve… —En su desesperación, el policía hace una especie de reverencia de clase de baile y entrechoca los tacones.

La señora se muestra radiante.

—Por supuesto que pagaré. Si el hombre no puede esperar, no deseo hacer nada prohibido. ¡Tanta agitación! Dios mío, señor policía, las mujeres tendríamos que tener algo de mando. Todo iría como una seda…

Vestíbulo de la estación. Escalera. Distribuidor automático de billetes de andén. ¿Saco uno? Otros veinte pfennigs. Pero después hay un par de salidas y los perderé. Le diré sencillamente que me los devuelva. En el camino de regreso tengo que comprar mantequilla de calidad, sardinas en aceite, tomates. El vino es cosa de Jachmann. ¿Flores para la joven? Nooo, mejor no, todo cuesta dinero y no hay que malacostumbrar a la gente.

La señora Mia Pinneberg recorre el andén de arriba abajo. Tiene un rostro blando, es regordeta, con unos ojos azules extrañamente pálidos, como descoloridos, rubia, muy rubia, lleva las cejas oscuras pintadas y va ligeramente maquillada, lo justo para ir a buscarlos al tren. Por lo demás nunca sale a esas horas.

Dios, el buen chico, piensa emocionada, sabedora de que ahora debe mostrar una cierta emoción o toda su búsqueda será irritante. ¿Seguirá siendo tan insensato? Seguro. ¿Quién se casa con una chica de Ducherow? Yo podría convertirlo en algo grande, de veras… Su mujer… En definitiva, ella también puede ayudarme, aunque es una pánfila… precisamente por ser una pánfila. Jachmann no se cansa de repetir que mi hogar es demasiado caro. A lo mejor echo a la Möller. Ya veremos. Gracias a Dios, el tren…

—Buenos días —saluda radiante—. Tienes un aspecto espléndido, hijo mío. El comercio del carbón parece una ocupación sana. ¿No comerciabas con carbón? ¿Y por qué me lo escribiste? Tranquilo, dame un beso, mi barra de labios es indeleble. Tú también, Corderita. Aunque a ti te imaginaba completamente distinta.

Sostiene a Corderita a medio metro de distancia de ella.

—¿Y bien, mamá? —pregunta Corderita, sonriente—. ¿Qué te imaginabas?

—Uy, ya sabes, del campo, y te llamas Emma, y él te llama Corderita… Se dice que en Pomerania todavía lleváis ropa interior de franela. ¡Hans!, ¿cómo has conseguido esta chica? Corderita… es una valquiria, de pecho erguido, orgullosa… Oh, Dios mío, no te pongas colorada o volveré a pensar enseguida: Ducherow.

—Pero si no me pongo colorada —Corderita ríe—. Claro que tengo el pecho erguido. Y por descontado que soy orgullosa. Hoy sobre todo. ¡Berlín! ¡Mandel! ¡Y una suegra así! Su único error ha sido lo de la franela…

—Sí, a propósito de franela… ¿qué hay de vuestras cosas? Lo mejor será que las enviéis por el servicio de paquetería. ¿O tenéis muebles?

—Todavía no, mamá. Aún no hemos comprado muebles.

—Tampoco corre prisa. En mi casa tendréis una habitación con muebles espléndidos. Confortable y acogedora, os lo aseguro. El dinero es mejor que los muebles. Espero que tengáis dinero en abundancia.

—¿Cómo? —gruñe Pinneberg—. ¿Cómo íbamos a tenerlo? ¿Cuánto paga Mandel?

—¿Quién? ¿Mandel?

—Bueno, los grandes almacenes Mandel, donde me han dado empleo.

—¿Decía yo Mandel en mi carta? Ya no me acordaba. Esta noche tienes que hablar con Jachmann. Él es quien sabe todo eso.

—¿Jachmann…?

—Bueno, tomemos un taxi. Esta noche doy una pequeña fiesta y si no se me hará muy tarde. Corre, Hans, allí está la taquilla del servicio de paquetería. Y que no lo manden antes de las once, no me gusta que llamen al timbre de mi casa antes de esa hora.

Las dos mujeres se quedan solas un momento.

—¿Eres dormilona, mamá? —pregunta Corderita.

—Claro. ¿Tú no? A cualquier persona sensata le encanta dormir hasta tarde. Espero que no empezarás a arrastrarte por la casa antes de las ocho.

—A mí también me encanta dormir. Pero el chico tiene que llegar a tiempo a la tienda.

—¿El chico? ¿Qué chico? Ah, ya, el chico. ¿Lo llamas chico? Yo, Hans. En realidad se llama Johannes, así lo quiso el viejo Pinneberg. ¡Pero no por eso necesitas levantarte tan temprano! Esa es una especie de superstición masculina. Pueden prepararse su café solitos y untarse ellos mismos sus tostadas. Dile sencillamente que no haga mucho ruido. Antes era de lo más desconsiderado.

—Conmigo jamás —informa Corderita, tajante—. Conmigo es siempre el hombre más considerado del mundo.

—¿Cuánto tiempo lleváis casados? No me contestes, Corderita. Bah, ya veré cómo te llamo. ¿Todo resuelto, hijo? Pues al coche.

—Spenerstrasse noventa y dos —comunica Pinneberg al chófer. Y cuando están sentados—: ¿Das hoy una fiesta, mamá? ¿Pero no será…? —se interrumpe.

—¿Bueno, qué? —lo anima su madre—. ¿Te da vergüenza? ¿Querías decir en vuestro honor, verdad? No, hijo mío.

Primero, no tengo dinero para eso y, segundo, no es una fiesta, sino un negocio. ¡Un simple negocio!

—¿Ya no vas por las noches…? —Pinneberg vuelve a interrumpirse en mitad de la frase.

—¡Vaya por Dios, Corderita! —exclama su madre, desesperada—. ¿Qué le digo al chico? Vuelve a avergonzarse. Pretendía preguntarme si ya no voy al club nocturno. Cumplirá ochenta años y seguirá preguntando lo mismo. No, hijo mío, lo dejé hace ya muchos años. Seguro que a ti también te ha contado que voy al club nocturno, que soy una cabaretera, ¿verdad? ¿No lo ha hecho? Anda, cuéntaselo ya.

—Bueno, él ha… —dice Corderita vacilante.

—¡Qué te decía! —exclama, triunfal, mamá Pinneberg—. ¿Sabes?, mi hijo Hans lleva media vida correteando por ahí regodeándose en la inmoralidad de su madre. Está orgullosísimo de su dolor. Sería completa e infelizmente feliz si además fuera ilegítimo. Pero no tienes suerte, hijo mío, eres un hijo legítimo. Y yo, tonta de mí, también le fui fiel a Pinneberg.

—¡No te propases, mamá! —protesta su hijo.

Ay, Dios, qué bonito es esto, piensa Corderita. Todo es mucho mejor de lo que había pensado. Su suegra no es mala en absoluto.

—Bueno, presta atención, Corderita. Si al menos se me ocurriera primero otro nombre para ti. Lo del club nocturno fue completamente diferente. Primero, de eso hace ya al menos diez años y entonces era un club muy grande, con cuatro o cinco chicas y un camarero especialista en cócteles. Y como ellas siempre sisaban en las copas, llevaban mal la cuenta y las botellas nunca coincidían por la mañana, yo acepté el puesto por deferencia hacia el dueño. Era una especie de inspectora, una representante…

—Pero, chiquito, entonces cómo puedes…

—Eso quería contarte, cómo puede. Una vez espió en la entrada, a través de la cortina…

—¡De espiar nada!

—¡Sí que lo hiciste, Hans, no mientas! Como es lógico, a veces yo me tomaba una copa de champán con los clientes conocidos…

—De aguardiente —tercia Pinneberg con expresión sombría.

—De vez en cuando también me tomo un licor. Tu mujer también beberá, digo yo.

—Mi mujer no prueba el alcohol.

—Eres lista, Corderita. La piel no se te volverá tan flácida.

Y también es mejor para el estómago. Además, yo engordo por el licor… ¡Un horror!

—Y ¿qué reunión de negocios es la que tienes hoy? —pregunta Pinneberg.

—Míralo, Corderita. ¡Igual que un juez de instrucción! Ya era así a los quince. «¿Con qué hombre has tomado café? Había una colilla de puro en el cenicero». Tengo un hijo que para qué…

—Pero si has sido tú misma, mamá, la que ha empezado a hablar de la reunión.

—¿Ah, sí? Pues ya no diré ni una palabra al respecto. Al ver tu cara, se me quitan las ganas. En cualquier caso, estáis dispensados de asistir.

—Pero ¿qué es lo que pasa? —pregunta Corderita, desconcertada—. Si hace un momento estábamos todos tan contentos…

—Este chico siempre tiene que venirme con esas asquerosas historias del club —explica la señora Pinneberg sénior, iracunda—. Eso dura ya años y años.

—Perdona, pero no he empezado yo, sino tú —replica Pinneberg, enfurecido.

Corderita mira alternativamente a ambos. El tono de su chico le resulta absolutamente desconocido.

—Y ¿quién es Jachmann? —pregunta Pinneberg impasible ante todas esas efusiones con un tono que no trasluce la menor simpatía.

—¿Jachmann? —pregunta Mia Pinneberg, y sus ojos pálidos refulgen peligrosamente—. Jachmann es mi actual amante, me acuesto con él. Es tu padrastro actual, Hans, hijo mío, y debes tenerle respeto —suelta un resoplido—. ¡Ay, Dios, ahí está mi tienda de delicatessen! ¡Alto, chófer, espere!

Y al momento abandona el taxi.

—¿Lo ves, Corderita? —dice Johannes Pinneberg profundamente satisfecho—. Esta es mi madre. He querido que la conocieras enseguida. Así es ella.

—¡Pero, cómo has podido, chico! —dice Corderita, y por primera vez se siente realmente enojada con él.

Un genuino lecho principesco francés, pero demasiado caro. Jachmann no sabe de ningún empleo y Corderita aprende a pedir

 

La señora Pinneberg abre la puerta de una habitación y dice con tono triunfal:

—Bueno, este es vuestro cuarto…

Enciende la luz y el resplandor rojizo de un semáforo se mezcla con la luz de ese día de septiembre que declina. Ella había hablado de principesco. ¡Y efectivamente lo es! La cama está encima de una grada, es un lecho amplio, de madera sobredorada con angelotes. Colcha guateada de seda roja, una piel blanca sobre la grada. Encima, un baldaquino. Una cama imperial, un lecho de lujo…

—¡Ay, Dios! —exclama Corderita en su nueva casa. Luego añade suavemente—: Esto es demasiado elegante para nosotros, que somos gente corriente.

—Es auténtica —informa, orgullosa, la señora Pinneberg—. Luis XVI o rococó, ya no lo sé. Eso debéis preguntárselo a Jachmann, él me la regaló.

Se la regaló, piensa Pinneberg. Le regala camas.

—Hasta ahora lo he alquilado siempre —prosigue Mia Pinneberg—. Tiene un aspecto espléndido, pero no es del todo cómodo. Casi siempre a extranjeros. Por esta y por la habitación pequeña de enfrente me han pagado doscientos al mes. Pero ¿quién paga hoy tal suma? A vosotros os lo dejaremos en cien.

—Me es imposible pagar cien marcos de alquiler, mamá —explica Pinneberg.

—Pero ¿por qué no? Cien marcos no es mucho para una habitación tan elegante. Además, os permito utilizar el teléfono.

—No necesito teléfono ni una habitación elegante —replica Pinneberg, irritado—. Todavía no sé siquiera lo que voy a ganar y tú me pides cien marcos de alquiler…

—Bueno, tomemos un café —sugiere la señora Pinneberg apagando la luz—. Si no sabes cuánto ganarás, acaso puedas pagar cien marcos sin esfuerzo. Dejad aquí mismo vuestras cosas. Escucha, Corderita, mi asistenta, Möller, acaba de dejarme hoy en la estacada, ¿me echarás una mano con los preparativos? ¿No te importa, verdad?

—Lo haré encantada, mamá —contesta Corderita—. Con mucho gusto. Espero tener la suficiente habilidad, no soy una auténtica ama de casa.

Al cabo de un rato la imagen en la cocina es la siguiente: la señora Pinneberg sénior fuma un cigarrillo tras otro, sentada en un sillón de mimbre algo roto. Y junto al fregadero están los dos jóvenes fregando. Corderita friega, él seca. Hay muchísimo que fregar, por todas partes se ven cazuelas con restos de comida, regimientos de tazas, escuadrones de copas de vino, platos, cubiertos, cubiertos y más cubiertos… Seguro que no han fregado desde hace quince días.

La señora Pinneberg entretiene a ambos:

—Anda, que esta Möller, ya se ve lo que hace. ¡Como yo no entro nunca en la cocina, mira a lo que se dedica! No sé para qué le regalo mi caro dinero, mañana mismo la echo. Hans, hijo mío, presta un poco de atención para que no se queden pegadas hilachas del trapo en las copas de vino. Jachmann es muy quisquilloso con esas cosas; en cuanto ve una copa así, la tira contra la pared. Y en cuanto hayamos terminado de fregar, prepararemos la cena. Eso no supone gran esfuerzo; unos buenos panecillos, en alguna parte tiene que haber todavía un gran resto de asado de ternera. Dios santo, ahí viene Jachmann, él también echará una mano.

Se abre la puerta y entra el señor Holger Jachmann.

—¿A quién tenemos aquí? —pregunta perplejo clavando los ojos en los dos friegaplatos.

Jachmann es un gigante, completamente distinto a como los Pinneberg se lo imaginaban. Un hombre alto, rubio, de ojos azules, rostro fuerte, alegre, recto, hombros muy anchos; incluso ahora, en pleno invierno, va sin chaqueta ni chaleco.

—¿A quién tenemos aquí? —pregunta asombrado desde el umbral—. ¿Es que esa mala bestia de Möller ha reventado ya con el aguardiente que nos roba?

—Estupendo, Jachmann —responde la señora Pinneberg, pero permanece sentada tranquilamente—. Y tú de pie mirando. En realidad debería contabilizar con cuánta frecuencia estás de pie mirando. Y eso que te dije expresamente que esperaba a mi hijo y a mi nuera…

—No me contaste una sola palabra, Pinneberg, nada —asegura el gigante—. Es la primera vez que oigo que tienes un hijo. Y ahora además una nuera. Señora… —Corderita, junto al fregadero, con la mano mojada, recibe el primer beso en la mano de su vida—, estimada señora, encantado. ¿Fregarán siempre los platos aquí? ¡Permítame! —Le arrebata una cazuela de las manos—. Parece un caso desesperado. Aquí Pinneberg ha querido fabricar suelas de zapato en el suelo de la cocina. Si no recuerdo mal y la difunta Möller no se lo ha llevado con ella a la tumba, abajo, en el armario de la cocina, tiene que haber un detergente. Se lo agradezco, joven, más tarde brindaremos por nuestra amistad.

—Hablas demasiado, Jachmann —dice desde el fondo la señora Pinneberg—. Encizañas. Y afirmas que nunca te hablé de mi hijo. Sin embargo, le has conseguido un empleo en Mandel, tú mismo, en persona, desde el uno de octubre, que es mañana. Así eres, Jachmann.

—¿Yo? ¡Ni hablar! —Jachmann sonríe, sarcástico—. Yo no hago eso jamás, conseguir empleos en los tiempos que corren. Pinneberg, eso solo trae disgustos.

—¡Dios mío, qué hombre este! —exclama la señora Pinneberg—. Y eso que me dijiste que el asunto era perfecto, que le mandara recado.

—Pues te equivocas, Pinneberg, tú solita. Yo quizá hablase alguna vez de que acaso se pudiera hacer algo así, tengo una vaga idea de ello, pero de tu hijo seguro que no dijiste nada. Siempre tu maldita vanidad. No te he oído pronunciar la palabra «hijo» jamás.

—Vaya —murmura enfadada la señora Pinneberg.

—Y que yo dijera algo de perfecto… Yo soy muy minucioso en mis negocios, soy el hombre más recto del mundo, un verdadero pedante, así que eso queda descartado. Anteayer mismo me reuní con Lehmann, el jefe de personal de Mandel, él me habría dicho algo. No, Pinneberg, has vuelto a construir castillos en el aire.

Los dos jóvenes han terminado hace rato de fregar y los miran. A mamá, a quien el sansón llama sencillamente Pinneberg, y al gigante Jachmann, que lo desmiente todo con una tranquilidad pasmosa. Y ahora considera el caso liquidado para siempre jamás.

Pero ahí está Johannes Pinneberg. Jachmann le importa un bledo, no le presta la menor atención, no lo traga, es un embustero, piensa. Pero da tres pasos hacia su madre y dice, muy pálido y a trompicones, pero con absoluta claridad:

—Mamá, ¿significa eso que nos has hecho venir de Ducherow y gastar tanto dinero en el viaje para nada? ¿Solamente porque te habría gustado alquilar tu regia cama por cien marcos…?

—¡Chico! —exclama Corderita.

Pero el joven continúa con renovada energía:

—¿Solo porque necesitas a alguien para fregar? Corderita y yo somos pobres, seguramente aquí ni siquiera me concederán el subsidio de paro y qué… qué… —de repente empieza a sollozar—. ¿Qué demonios vamos a hacer ahora?

Escudriña la cocina a su alrededor.

—Bueno, bueno, bueno —dice su madre—, ante todo nada de llantos. Aún podéis regresar a Ducherow. Ya lo habéis oído, y tú también, Corderita: soy inocente de todo esto; este hombre, Jachmann, ha vuelto a olvidarlo. Sí, oyéndolo hablar, todo es perfecto y él, el hombre más formal del mundo, pero en realidad… Viéndolo ahí, apuesto a que se ha olvidado de que hoy Stoschussens tenía que traer a tres holandeses y de que tenía que invitar a Müllensiefen, a Claire y a Nina. Y también tenías que traer cartas nuevas para jugar al écarté.

—Lo que hay que oír —replica el gigante, triunfal—. Así es Pinneberg. Ella me habló de los tres holandeses y de que tenía que buscar a las chicas. ¡Pero ni palabra de Müllensiefen! Además, ¿para qué necesitamos a Müllensiefen? Yo puedo hacer de sobra lo que hace Müllensiefen.

—¿Y las cartas de écarté, tesoro? —pregunta la señora Pinneberg muerta de impaciencia.

—Las tengo, las tengo. Están en mi gabán. Al menos creo que estaban cuando me lo puse… Voy a mirar enseguida en el pasillo…

—Señor Jachmann —dice de pronto Corderita interponiéndose en su camino—, escuche un momento. Para usted carece de importancia que nosotros no tengamos empleo. Seguramente usted se basta a sí mismo, es mucho más listo que nosotros…

—¿Lo oyes, Pinneberg? —exclama Jachmann muy satisfecho.

—Pero nosotros somos unas personas muy sencillas. Y muy desdichadas cuando mi chico no tiene empleo. Por eso le pido que, si puede, nos consiga uno.

—Mujercita —dice el grandullón con firmeza—, sepa que lo haré. Le conseguiré un empleo a su chico. ¿De qué tiene que ser? ¿Cuánto tiene que ganar para vivir?

—Pero si estás al cabo de la calle —media la señora Pinneberg—. Vendedor en Mandel. Confección de caballero.

—¿En Mandel? Pero ¿quiere usted trabajar en semejante destroza-hombres? —pregunta Jachmann entornando los ojos—. Además, no creo que allí le paguen más de quinientos al mes.

—Estás loco —le increpa la señora Pinneberg—. ¡Quinientos un vendedor! Doscientos. Doscientos cincuenta como mucho.

También Pinneberg asiente.

—¡Ajajá! —exclama el gigante, aliviado—. Entonces dejémonos de pamplinas. Nooo, ¿sabe usted?, hablaré con Manasse, le abriremos una bonita y pequeña tienda en el viejo Oeste, algo completamente raro que no se le ocurra a nadie. Yo la estableceré, joven, y lo haré a lo grande.

—Cierra el pico de una vez —replica, irritada, la señora Pinneberg—. Estoy hasta las narices de tus establecimientos.

Y Corderita dice:

—Solamente el empleo, señor Jachmann, solamente el empleo con un salario según convenio.

—¡Si no es más que eso! Ya lo he arreglado cien veces. De modo que en Mandel. Iré a ver al viejo Lehmann, que es tan tonto que se alegra de hacerte un favor.

—Pero no lo olvide, señor Jachmann. Tiene que ser inmediatamente.

—Mañana hablaré con él. Pasado mañana empezará a trabajar su marido. Palabra de honor.

—Se lo agradecemos, señor Jachmann, se lo agradecemos de corazón.

—Todo en orden, joven señora. Todo arreglado. Y ahora quiero ir a ver esas malditas cartas de écarté… Juraría que me puse el gabán al salir de casa. Y después seguro que lo dejé colgado, el cielo sabe dónde. En otoño, siempre el mismo lío: no consigo acostumbrarme, se me olvida ese chisme, lo dejo colgado. Y en primavera me pongo siempre gabanes ajenos…

Jachmann desaparece en el pasillo.

—Y ese hombre dice que no se olvida de nada —comenta la señora Pinneberg con tono consolador.

Jachmann miente, la señorita Semmler miente, el señor Lehmann miente y Pinneberg también miente, pero en cualquier caso consigue un empleo, amén de un padre

 

El señor Jachmann espera a Pinneberg delante del escaparate de ropa infantil y juvenil de Mandel.

—Ah, aquí está usted. No ponga esa cara de preocupación. Todo está resuelto. No he parado de insistir a Lehmann y ahora se muere de ganas por conocerlo… ¿Les hemos molestado mucho esta noche?

—Un poco —reconoce Pinneberg con cierta vacilación—. Todavía no estamos acostumbrados. A lo mejor ha sido por el viaje. ¿No debo entrar ahora a ver al señor Lehmann?

—¡Bah, que espere el tonto de Lehmann! Se alegrará de contar con usted. Como es natural, también he tenido que engañarle de lo lindo… ¿Quién emplea hoy a una persona? Si desea averiguar algo de usted, usted no sabe nada.

—¿Me dirá lo que le ha contado? Porque he de estar al corriente.

—¡Quia, ni una palabra! ¿De qué tiene miedo? Usted no sabe mentir, salta a la vista. No, usted no sabe nada… Acompáñeme un momento ahí enfrente, al café…

—No, ahora me gustaría… —insiste Pinneberg—. Ahora querría tener la certeza. Es tan importante para mi mujer y para mí…

—¡Importante! Un sueldo de doscientos marcos… Bueno, bueno, deje de mirarme así, no lo he dicho con mala intención. Escuche, Pinneberg —dice el gran Jachmann colocando la mano con mucha suavidad sobre el hombro del pequeño Pinneberg—. No estoy aquí diciendo desatinos en vano, Pinneberg… —afirma, escudriñando a su interlocutor—. ¿No le molestará que sea amigo de su madre?

—No, no… —responde Pinneberg arrastrando las sílabas y deseando estar en otra parte.

—Ya lo ve —dice Jachmann con una voz de veras muy simpática—. Ya lo ve, Pinneberg, soy un metomentodo. Otros quizá se hubieran callado educadamente y habrían pensado: ¡qué me importan a mí esos jóvenes mentecatos! Veo que le molesta, pero no debe molestarle, Pinneberg, dígaselo también a su mujer… No, no es necesario, su mujer es diferente a usted, lo he comprendido enseguida… Y si Pinneberg y yo tenemos una bronca, no se figure usted cosas raras, eso va incluido en lo nuestro, sin eso sería aburrido… Que Pinneberg pretenda que usted le dé cien marcos por ese cuarto apolillado es un disparate, niéguese en redondo, ella lo despilfarrará. Tampoco se rompa la cabeza por las veladas nocturnas, eso es así y seguirá siendo mientras existan idiotas… Y otra cosa más, Pinneberg… —y ahora el charlatán se muestra amabilísimo y Pinneberg, a pesar del rechazo, encantado y entusiasmado—, no le cuente a las primeras de cambio a su madre que espera un hijo. Quiero decir su mujer, naturalmente. Para su madre es lo peor, peor todavía que las ratas y las chinches, seguro que no vivió buenas experiencias con usted. No diga nada. Niéguelo. Ya habrá tiempo. Yo procuraré que se haga a la idea… ¿Usted no birlará el jabón en el baño, eh?

—¿Cómo dice? ¿El jabón? —pregunta Pinneberg, confundido.

—Bueno… —Jachmann sonríe, socarrón—, porque cuando el hijo roba a la madre el jabón de la bañera mientras se baña, se arma la de Dios. ¡Taxi! ¡Eh, taxi! —grita de pronto el gigante—. Ya hace media hora que tenía que estar donde Alex, los colegas me van a enseñar lo que vale un peine. —Y una vez en el coche, añade—: Bueno, segundo patio a la derecha. Lehmann. No diga nada. ¡Mucha suerte! ¡Y beso la mano de la joven señora! ¡Buena caza!

Segundo patio a la derecha. Todo es Mandel. Cielo santo, son unos grandes almacenes enormes, hasta la fecha Pinneberg no había trabajado en una empresa ni una décima parte de grande, quizá ni siquiera una centésima. Y se jura a sí mismo matarse a trabajar, ser eficaz, soportarlo todo, no protestar. ¡Ay, Corderita, ay, criaturita!

Segundo patio a la derecha, justo en la planta baja: «Mandel. Oficina de Personal». Y otro cartel gigantesco: «De momento es inútil presentar solicitudes de empleo». Y un tercer cartel: «Pase sin llamar». Pinneberg obedece y entra sin llamar.

Un mostrador. Detrás, cinco máquinas de escribir. Detrás de las cinco máquinas, cinco chicas, jóvenes unas, mayores otras. Las cinco alzan la vista y la vuelven a bajar en el acto mientras prosigue el repiqueteo: ninguna se ha dado cuenta de que ha entrado alguien. Pinneberg se detiene un momento y espera. Después le dice a una de blusa verde, que es la más cercana:

—Perdone, señorita…

—Dígame —dice la de blusa verde con una mirada de enfado, como si le hubiera exigido allí mismo que le atendiera sin más dilación…

—Desearía hablar con el señor Lehmann.

—¡El cartel del exterior!

—¿Cómo?

—¡¡El cartel del exterior!!

—No la enriendo, señorita.

La de blusa verde está furiosa.

—Lea usted el cartel del exterior. Las solicitudes de empleo son inútiles.

—Ya lo he leído, pero estoy citado con el señor Lehmann. Me espera.

La joven —Pinneberg opina que, por lo demás, tiene un aspecto muy agradable y cortés, aunque ¿le hablará a su jefe igual que a los colegas? —, la joven lo mira enfadada.

—¡Nota! ¡Rellene la nota! —exclama muy alterada.

Pinneberg sigue la dirección de su mirada. En el rincón, sobre un pupitre, hay un bloc y un lápiz colgado de una cadena. «Señor / Señora / Señorita… desearía hablar con Señor / Señora / Señorita… Objeto de la entrevista (indicar con exactitud)… »

Pinneberg escribe primero Pinneberg, después Lehmann; en objeto de la entrevista, que ha de indicarse con tanta exactitud, vacila. Titubea entre «conocido» y «colocación». Pero seguramente ninguno de ambos daría buen resultado ante la severa joven, de modo que escribe «Jachmann».

—Tenga, señorita.

—Déjelo ahí.

La nota queda sobre el mostrador y las máquinas de escribir martillean mientras Pinneberg espera.

Al cabo de un rato dice con suavidad:

—Señorita, creo que el señor Lehmann me espera.

No hay respuesta.

—Por favor, señorita…

La dama profiere un sonido ininteligible, parecido a un «schschsch», Pinneberg se figura que se parece al silbido de las serpientes.

Como aquí todos los colegas sean así… piensa Pinneberg sombrío. Y sigue esperando.

Al cabo de un rato entra un ordenanza de uniforme gris.

—¡Nota! —exclama la joven.

El ordenanza recoge la nota, la lee, mira a Pinneberg y desaparece.

No, esta vez Pinneberg no tiene que esperar mucho tiempo. El ordenanza reaparece y dice muy educado:

—El señor Lehmann lo espera. —Y, atravesando la barrera, lo guía por un pasillo hasta una estancia.

No es el despacho de Lehmann, sino la antesala.

Allí está sentada una señora entrada en años de piel amarillenta, es la secretaria particular, piensa Pinneberg estremeciéndose. La dama dice con expresión doliente, triste:

—Tome asiento, por favor. El señor Lehmann aún está ocupado.

Pinneberg se sienta. Es una antesala con numerosos archivadores, todas las persianas enrollables están levantadas, los clasificadores se amontonan, azules, amarillos, verdes, rojos. Cada clasificador tiene su etiqueta y Pinneberg lee nombres en ellas: Fichte, lee, después Filchner, a continuación Fischer.

Son los nombres de los colegas, piensa, hojas de servicio, piensa. Algunas son muy delgadas, algunos destinos son medianos, no hay destinos personales muy gordos.

La señorita amarilla entrada en años va de un lado a otro. Coge una copia mecanografiada, la mira doliente, suspira, la perfora. Coge un expediente y guarda dentro la copia. ¿Es un despido o un aumento de sueldo? ¿Dice la carta que la señorita Bier debe mostrarse más amable con la clientela?

Ay, a lo mejor, piensa Pinneberg, la señorita amarilla entrada en años tiene que preparar un expediente mañana o ese mismo día por la tarde: Johannes Pinneberg. ¡Qué más quisieras! Suena el timbre estridente del teléfono, de nuevo mete el expediente en el anaquel, suena el estridente timbre del teléfono. La señorita levanta el auricular y dice con su voz doliente, amarilla:

—Oficina de Personal. Sí, está el señor Lehmann… ¿De parte de quién? ¿Del señor director Kussnick?… Por favor, diga al señor director Kussnick que se ponga al aparato. Entonces le pasaré con el señor Lehmann.

Breve pausa. La señorita escucha por el auricular inclinada hacia delante, en cierto modo parece ver a la parte contraria al otro extremo de la línea, un rojo muy delicado colorea sus pálidas mejillas. Su tono sigue siendo doliente, aunque con una chispa de dureza, cuando dice:

—Lo siento, señorita, pero no puedo pasar la llamada al señor Lehmann hasta que quien llama esté al aparato.

Una pausa para escuchar. Con una pizca más de dureza, añade:

—¿Que solo puede pasar la llamada al señor director Kussnick cuando el señor Lehmann esté al aparato? —Pausa. Orgullosa—: Pues yo solo puedo pasar la llamada al señor Lehmann cuando el señor director Kussnick esté al aparato. —Ahora la cosa se acelera y el tono se endurece—: Perdone, señorita, pero ha llamado usted… No, señorita, yo tengo mis instrucciones… Perdone, señorita, pero no tengo tiempo para eso… No, señorita, primero debe ponerse el señor Kussnick al aparato… Perdone, señorita, o cuelgo ahora mismo… No, señorita, ya me ha sucedido lo mismo con demasiada frecuencia, después su jefe hablará por otro teléfono. El señor Lehmann no puede esperar. —Más suave—: Sí, señorita, ya le he dicho que el señor Lehmann está aquí. Entonces le paso ahora mismo. —Pausa. Después otra voz completamente distinta, doliente, suave—: ¿Señor director Kussnick? Le paso con el señor Lehmann —pulsando una clavija, con tono melifluo—: Señor Lehmann, el señor director Kussnick al aparato… ¿Perdón, cómo dice? —Escucha con toda su alma, muy ofendida—: Sí, señor Lehmann… —Pulsando otra clavija—: ¿Señor director Kussnick? Me acaban de comunicar que el señor Lehmann se ha marchado a una reunión… No, no puedo localizarlo.

De momento no está en el edificio… No, señor director, yo no he dicho que el señor Lehmann estuviera aquí, su secretaria se equivoca. No, no puedo precisar cuándo regresará el señor Lehmann. No, por favor, yo no he dicho eso, su secretaria se equivoca. Buenos días.

Cuelga. Sigue doliente, amarillenta, con un minúsculo atisbo de rubor. A Pinneberg le parece que su humor ha mejorado cuando continúa archivando hojas en los expedientes del personal.

Un poquito de camorra parece sentarle bien, piensa Pinneberg. Seguro que se alegra de que a la colega de Kussnick le echen una pequeña reprimenda. Lo importante es que ella está segura.

Suena el estridente timbre del teléfono. Dos veces. Con fuerza. El expediente vuela desde la mano hasta el suelo, la señorita está al aparato:

—Dígame, señor Lehmann… Desde luego… Ahora mismo… —Y dirigiéndose a Pinneberg—: El señor Lehmann lo espera.

Abre la puerta acolchada.

Qué bien que haya podido ver todo esto, piensa Pinneberg mientras traspasa el umbral. Hay que ser tremendamente respetuoso. Hablar lo menos posible. Claro que sí, señor Lehmann. A sus órdenes, señor Lehmann.

Es una habitación gigantesca, la ventana ocupa casi toda la pared. Y junto a la ventana se ve un escritorio gigantesco, sobre el que únicamente hay un teléfono y un lápiz amarillo descomunal. Ni un trozo de papel, nada. A un lado del escritorio, un sillón: vacío. Al otro, una pequeña silla de rejilla, y en ella el que debe ser el señor Lehmann, un hombre amarillento, alto, con la cara llena de arrugas transversales, barbita negra y calva enfermiza. Ojos muy oscuros, redondos, penetrantes.

Pinneberg se detiene ante el escritorio. Anímicamente tiene, por así decirlo, las manos pegadas a las costuras del pantalón y la cabeza hundida entre los hombros encogidos, para no parecer demasiado alto.

El señor Lehmann se sienta en una pequeña silla de rejilla, pero, en realidad, para señalar correctamente la distancia, tendría que sentarse en el peldaño más alto de una escalera de tijera.

—Buenos días —saluda el señor Pinneberg con tono suave y cortés, haciendo una reverencia.

El señor Lehmann no contesta. Pero agarra el lápiz descomunal, lo pone vertical.

Pinneberg espera.

—¿Qué desea? —pregunta el señor Lehmann con aspereza.

A Pinneberg le han golpeado justo en el estómago, un golpe bajo.

—Yo… yo creía… el señor Jachmann. —Se queda agotado, sin nada de aire.

El señor Lehmann lo observa.

—El señor Jachmann me trae sin cuidado. Quiero saber lo que quiere usted.

—Solicito —contesta Pinneberg muy despacio para que el aire no vuelva a dejarlo en la estacada— un puesto de dependiente.

El señor Lehmann deposita el lápiz a la larga.

—Nosotros no empleamos a nadie —dice con decisión.

Y espera.

El señor Lehmann es una persona muy paciente. Sigue esperando. Y finalmente dice volviendo a enderezar el lápiz:

—¿Algo más?

—¿Quizá más adelante…? —balbucea Pinneberg.

—En esta coyuntura… —responde el señor Lehmann, desdeñoso.

Silencio.

Así que puede marcharse. Un nuevo chasco. ¡Pobre Corderita!, piensa Pinneberg. Se dispone a despedirse. Entonces dice el señor Lehmann:

—A ver, enséñeme sus informes.

Pinneberg se los entrega con mano temblorosa, siente un pánico mortal. No se sabe qué le ocurre al señor Lehmann, pero los grandes almacenes Mandel tienen cerca de mil empleados y el señor Lehmann es el jefe de personal, así que es un hombre importante. A lo mejor el señor Lehmann se divierte.

Total, que Pinneberg extiende, temblando, sus informes: el de aprendizaje, después el de Wendheim, luego el de Bergmann y por fin el de Kleinholz.

Todos ellos excelentes. El señor Lehmann los lee muy despacio, impávido. Después alza la vista con aire meditabundo. Quizá, quizá…

—Bueno, nosotros no llevamos abonos —le comunica el señor Lehmann.

¡ Vaya por Dios! Pinneberg, que es un infeliz, solo acierta a balbucear:

—Ejem, yo creía… En realidad, confección de caballero… Eso fue una medida provisional…

Lehmann paladea el momento. Ha estado tan bien que repite:

—No, no llevamos abonos —y añade—: ni patatas.

También podría hablar de cereales y semillas, todo eso figura en la carta de Emil Kleinholz, pero lo de las patatas no ha salido muy bien. Así que se limita a gruñir:

—¿Y su seguro de empleado?

¿A qué viene todo eso?, piensa Pinneberg. ¿Para qué quiere mi seguro? ¿Pretende acaso atormentarme? Le tiende un documento verde.

El señor Lehmann lo contempla largo rato, examina los sellos con un leve asentimiento.

—¿Y su carta de pago de las rentas del trabajo personal?

Pinneberg también se la entrega y también es analizada a fondo. Luego otra pausa para que Pinneberg abrigue esperanzas, se desespere y recobre la esperanza.

—Bien —concluye el señor Lehmann, colocando la mano sobre los papeles—. Bien, nosotros no contratamos a nuevo personal. No podemos hacerlo. ¡Porque estamos despidiendo al antiguo!

Punto y final. Se acabó. Esto ha sido definitivo. Pero la mano del señor Lehmann reposa sobre los documentos, e incluso coloca sobre ellos el monumental lápiz amarillo.

—No obstante… —añade el señor Lehmann—. No obstante, podemos contratar a personal de nuestras filiales. Siempre que sea muy eficiente. ¿Usted será un trabajador eficiente, verdad?

Pinneberg farfulla algo. Ninguna protesta. Pero al señor Lehmann le basta.

—Usted, señor Pinneberg, ha sido contratado en nuestra filial de Breslau. ¿Viene usted de Breslau, verdad?

Nuevos susurros y el señor Lehmann vuelve a demostrar satisfacción.

—En el departamento de confección de caballero, donde trabajará usted, ninguno de los empleados procede de Breslau, qué casualidad, ¿verdad?

Pinneberg murmura.

—Bien. Empezará mañana temprano. Se presentará a las ocho y media a la señorita Semmler, aquí al lado, para firmar el contrato y recibir el reglamento de la empresa. La señorita Semmler le informará. Buenos días.

—Buenos días. —Pinneberg se despide con una reverencia.

Se dirige de espaldas a la puerta. Ya tiene el picaporte en la mano, cuando el señor Lehmann dice en unos susurros que resuenan en la enorme estancia:

—Salude a su padre de mi parte. Cuéntele que lo he contratado. Diga a Holger que estaré libre la noche del miércoles. Buenos días, señor Pinneberg.

Sin estas frases finales Pinneberg no habría sabido que el señor Lehmann también sabe sonreír, una sonrisa forzada la suya, pero sonrisa al fin y al cabo.

Pinneberg camina por el Kleiner Tiergarten, tiene miedo y no puede alegrarse

 

Pinneberg vuelve a salir a la calle. Está cansado, tan cansado como si hubiera trabajado todo el día hasta el límite de sus fuerzas, como si hubiera estado en peligro de muerte y se hubiera salvado por los pelos, como si hubiera sufrido un shock. Sus nervios han gritado, quejumbrosos, y ahora permanecen desmadejados y no dan más de sí. Pinneberg empieza a moverse muy lentamente y regresa a casa.

Es un genuino día de otoño, en Ducherow haría mucho viento, un viento constante en la misma dirección. Allí, en Berlín, es un viento turbulento que juega con las esquinas, de un lado a otro, y con nubes presurosas hacia las que no se levanta la vista, por entre las cuales se cuela de vez en cuando un rayito de sol. El pavimento está entre mojado y seco, pero no tardará en mojarse más antes de haberse secado del todo.

Total, que Pinneberg tiene ahora un padre, un padre de verdad. Y como el padre se llama Jachmann y el hijo Pinneberg, el hijo es un hijo ilegítimo. Pero seguro que esa circunstancia le ha beneficiado con el señor Lehmann. Pinneberg se imagina cómo le habrá referido Jachmann a Lehmann ese pecado juvenil. Lehmann tiene pinta de viejo cabrón. Y ahora a Pinneberg, gracias al bruto de Jachmann, ha vuelto a sonreírle la suerte; es de Breslau, procede de una filial y ha conseguido un empleo. Los informes no sirven de nada. La laboriosidad no sirve de nada, ni la decencia, ni la humildad… pero un tipo como Jachmann ¡sí!

Pero ¿qué demonios es?

¿Qué aconteció anoche en el piso? Risas y algazara, seguro que bebieron. Corderita y el chico yacían en su cama principesca, fingiendo que no oían nada. No hablaron de esa cuestión, al fin y al cabo es su madre, pero kosher, lo que se dice kosher no es.

Bueno, Pinneberg fue una vez atrás, el váter está allí, para ir a él hay que cruzar la habitación berlinesa,[3] porque los Pinneberg viven delante. Bueno, la verdad es que esa habitación es muy confortable, cuando solo luce la lámpara en forma de seta y todo el grupo se sienta en los dos grandes sofás. Esas damas, muy jóvenes, muy elegantes, muy finas, y esos holandeses —a decir verdad deberían ser rubios y gordos—, pero esos eran morenos y muy altos… Todos ellos estaban congregados allí, bebiendo vino y fumando. Y Holger Jachmann iba de un lado a otro en mangas de camisa, faltaría más, y en ese momento decía:

—Nina, no seas melindrosa. La afectación me asquea. Unas palabras que no sonaban tan amables y joviales como todas las que pronunciaba Jachmann.

Y entre todo aquello la señora Mia Pinneberg. Aunque lo cierto es que no desentonaba, se había arreglado de maravilla y parecía poco, muy poco mayor que las chicas jóvenes. Ella había participado, de eso no cabía la menor duda, pero ¿qué hacían toda la noche hasta las cuatro? Vale, durante horas había reinado el silencio, roto solo por un leve murmullo lejano, y de repente otro cuarto de hora de esos estallidos de alegría. Bien, cartas de écarté, así que jugaban a las cartas, jugaban a las cartas como negocio, con dos chicas jóvenes pintadas, Claire y Nina, y tres holandeses, para los que en realidad habría que haber llamado a Müllensiefen, pero al final también bastaban las artes de Jachmann. ¡Claro, Pinneberg! Claro, así es, a pesar de que, como es lógico, también puede ser de otra manera…

¿Por qué? Si Pinneberg conoce a alguien, es a su madre. No en vano ella se enfurece cuando él menciona, aunque sea de pasada, el garito de entonces. Porque lo de ese garito fue distinto, no sucedió hace diez años, sino hace cinco, y él, en lugar de limitarse a mirar a través de la cortina, estaba sentado en una mesa como Dios manda y, tres mesas más allá, la señora Mia Pinneberg. Pero ella no lo vio, tan mal estaba ya. Vigilante de un bar… Ella misma habría necesitado vigilancia, y si al principio no pudo negarlo todo, sino que se inventó una ocurrencia disparatada sobre una fiesta de cumpleaños, más tarde también esa fiesta, con todas sus bebidas y besuqueos, quedó relegada al olvido, reprimida, negada; él solo había mirado a través de la cortina y su madre era una buena y enérgica vigilante del bar. Eso aconteció entonces… y, en consecuencia, ¿qué cabía esperar hoy?

¡Claro, Pinneberg!

Así que esto era el Kleiner Tiergarten, Pinneberg lo conoce desde niño. Nunca fue muy bonito, imposible de comparar con su hermano mayor, ubicado al otro lado del Spree, apenas es una mísera franja de verdor. Pero aquel uno de octubre, entre mojado y seco, entre nublado y soleado, muy ventoso y con abundantes y feas hojas de color amarillo parduzco, parece especialmente desolador. No está vacío, por supuesto que no. Allí hay masas de personas, con ropas grises, caras macilentas, parados que esperan, ni ellos mismos saben qué, pues ¿quién espera todavía trabajo…? Están ahí quietos, sin ninguna meta, en las casas también están mal, ¿por qué no iban a estar ahí quietos? No tiene ningún sentido ir a casa, uno ya llega a ese hogar de manera completamente espontánea y demasiado pronto.

Pinneberg tendría que marcharse a casa. Estaría bien irse a casa enseguida, seguro que Corderita espera. Pero se queda ahí parado entre los desempleados, da unos pasos y vuelve a detenerse. Por su aspecto, Pinneberg no es uno de ellos, va hecho un pincel. Lleva el abrigo de invierno color tabaco, ese se lo dejó Bergmann por treinta y ocho marcos. Y el sombrero hongo negro, también de Bergmann, estaba ya un poco pasado de moda, el ala era demasiado ancha, digamos tres veinte, Pinneberg.

Así que por su atuendo Pinneberg no parece un desempleado, pero en su fuero interno…

Acaba de estar con Lehmann, jefe de personal de los grandes almacenes Mandel, ha solicitado un empleo y lo ha obtenido, ha sido una sencillísima transacción comercial. Pero Pinneberg piensa en cierto modo que a consecuencia de esa transacción, y pese a que acaba de convertirse de nuevo en un asalariado, se siente mucho más cercano a los que ganan poco que a los que ganan mucho. Es uno de ellos, cualquier día puede suceder que esté allí como ellos, sin poder hacer nada al respecto. Nada lo protege de ello.

Ay, él es uno más entre millones, los ministros lo arengan, lo exhortan a asumir privaciones, a comportarse como un buen alemán, a guardar su dinero en la caja de ahorros y a votar al partido conservador.

Él lo hace o no, según, pero no cree una palabra, nada en absoluto. En lo más profundo de su alma piensa: todos esos quieren algo de mí, pero no quieren nada para mí. Les importa un pimiento que reviente o no, que pueda ir al cine o no; les importa un bledo que Corderita se alimente ahora como es debido o atraviese dificultades, que el crío sea feliz o desgraciado… ¿A quién le importa todo eso?

Y estos, todos los que están aquí, en el Kleiner Tiergarten, un auténtico zoológico a pequeña escala, las bestias del proletariado inofensivas, muertas de hambre, desesperanzadas, a esos al menos les va igual. ¡Tres meses sin trabajo y adiós abrigo color tabaco! ¡Adiós progreso! A lo mejor la noche del miércoles Jachmann y Lehmann se pelean y de repente no valgo nada. ¡Adiós!

Estos de aquí son los únicos compañeros, aunque ellos también me hacen algo, me llaman pijo y proleta de cuello duro, pero eso es pasajero. Yo sé mejor que nadie lo que vale eso. Hoy, solo hoy, gano dinero, mañana, ay, mañana estaré cobrando el subsidio de paro…

A lo mejor todo esto es demasiado nuevo con Corderita, pero cuando estás aquí y miras a esta gente, apenas piensas en ella. Además tampoco podrás contarle nada de estas cosas. No lo comprende. Aunque es dulce y mucho más resistente que él, ella no se quedaría ahí parada, ha visitado las oficinas del SPD y de la Asociación General de Empleados, pero solo porque su padre estaba allí; en realidad su corazón pertenece al Partido Comunista. Corderita alberga unas cuantas ideas sencillas: que la mayoría de las personas solo son malas porque las hacen malas, que no hay que condenar a nadie porque nunca se sabe lo que haría uno mismo, que la gente importante piensa siempre que la gente humilde no siente ni padece… Su mujer lleva esas cosas, sin elaborar, en su interior. Siente simpatía por los comunistas.

Por eso no se le puede contar nada a Corderita. Ahora he de reunirme con ella y comentarle que tengo trabajo, que hay que alegrarse. Y yo me alegro de verdad. Pero detrás de la alegría late el miedo: ¿durará?

No. Claro que no. Así que: ¿cuánto durará?

Qué clase de hombre es Kessler, Pinneberg no está en bancarrota y Heilbutt salva a un vagabundo

 

Son las nueve y media de la mañana del día treinta y uno de octubre. Pinneberg ordena pantalones grises a rayas en el departamento de confección de caballero de Mandel.

—Dieciséis cincuenta… dieciséis cincuenta… dieciséis cincuenta… dieciocho noventa… Demonios, ¿dónde están los pantalones de diecisiete setenta y cinco? ¡Todavía nos quedaban pantalones de ese precio! Seguro que el tarambana de Kessler ha vuelto a cambiarlos de sitio. ¿Dónde están los pantalones…?

Algo más adentro, los aprendices Beerbaum y Maiwald cepillan abrigos. Maiwald es deportista y también el período de aprendizaje como vendedor del departamento de confección puede considerarse deporte. El último récord de Maiwald ha consistido en el cepillado impecable de ciento nueve abrigos por hora, aunque con excesivo ímpetu. Un botón de galalita se rompió y Jänecke, el sustituto, le cantó las cuarenta a Maiwald.

Kröpelin, el director del departamento, seguro que habría guardado silencio. Kröpelin comprendía que era normal que ocurriera algún incidente. Pero Jänecke, el sustituto, no podría convertirse en jefe de departamento cuando Kröpelin dejara de serlo, así que tenía que ser duro, diligente y pensar siempre en el bien de la empresa.

Los aprendices cuentan en voz muy alta:

—Ochenta y siete, ochenta y ocho, ochenta y nueve, noventa…

Así que Jänecke aún no está a la vista. Kröpelin tampoco se ha dejado ver. Estarán discutiendo con el encargado de compras por los abrigos de invierno; necesitan imperiosamente mercancía nueva, en el almacén ya no quedan gabardinas azules.

Pinneberg busca los pantalones de diecisiete setenta y cinco. Podría preguntar a Kessler, está haciendo algo a diez metros de él, pero no le cae bien. Porque cuando Pinneberg se incorporó, Kessler manifestó en tono bien audible:

—¿Breslau? ¡Conocemos de sobra ese chanchullo, seguro que este es otro esqueje del tronco de Lehmann!

Pinneberg prosigue la clasificación. Para tratarse de un viernes es un día muy tranquilo. Solo ha venido un cliente, que ha comprado un mono. Como es natural, la venta ha sido obra de Kessler, que se ha adelantado a pesar de que le tocaba el turno a Heilbutt, el primer vendedor. Pero Heilbutt es un caballero y no hace caso de algo así; además, Heilbutt vende bastante y, sobre todo, sabe que cuando se presenta un caso difícil, Kessler recurre a él en demanda de ayuda. A Heilbutt le basta y le sobra con eso. A Pinneberg no, pero Pinneberg no es Heilbutt. Pinneberg puede enseñar los dientes, Heilbutt es demasiado elegante para hacerlo.

Heilbutt, ahora detrás del mostrador, hace cuentas. Pinneberg lo observa, sopesando si no debería preguntar a Heilbutt dónde hallar los pantalones que faltan. Sería un buen motivo para entablar conversación con Heilbutt, pero Pinneberg se lo piensa mejor: no, mejor no. Ha intentado un par de veces conversar con Heilbutt, este ha mostrado siempre una impecable cortesía, pero en cierto modo la conversación se ha congelado.

Pinneberg no quiere ser inoportuno, sobre todo porque admira a Heilbutt. Tiene que surgir con naturalidad, ya llegará el momento. Al mismo tiempo tiene la fantástica idea de invitar a Heilbutt, ese mismo día a ser posible, al piso de Spenerstrasse. Tiene que enseñar a Heilbutt a su Corderita, pero sobre todo tiene que enseñar a Corderita a Heilbutt. Debe demostrar que no es un vendedor corriente y moliente, él cuenta con Corderita. ¿Quién de los demás tiene algo igual?

Lentamente llega vida a la tienda. Hace un momento todavía estaban todos por ahí, mortalmente aburridos, dedicándose a labores de oficio, pero ya han comenzado a vender. Wendt está manos a la obra, Lasch vende, Heilbutt vende. Kessler tampoco ha podido esperar, en realidad le habría tocado el turno a Pinneberg. Pero este también tiene ya un cliente, un hombre joven, un estudiante. Sin embargo, Pinneberg no ha tenido suerte: el estudiante con cicatrices de duelo exige sin rodeos una gabardina azul.

Una idea pasa por la mente de Pinneberg a la velocidad del rayo: en el almacén no queda ninguna. El cliente no se dejará engatusar. Kessler sonreirá sardónico si fallo. Tengo que hacerlo…

El estudiante ya se ha situado frente a un espejo.

—Una gabardina azul, desde luego. Un momento, por favor. ¿Y si nos probásemos primero este abrigo?

—Yo no quiero un abrigo —explica el estudiante.

—No, por supuesto que no. Es solo por la talla. Si el señor quisiera tomarse la molestia. Vea… ¿extraordinario, verdad?

—Bueno —dice el estudiante—. No me queda nada mal.

Y ahora enséñeme la gabardina azul, por favor.

—Sesenta y nueve con cincuenta —comenta Pinneberg como de pasada, tanteando—, es una de nuestras ofertas estrella. El invierno pasado el abrigo costaba noventa. Forro entretejido, pura lana…

—Muy bien —responde el estudiante—. Más o menos es el precio que pensaba pagar, pero me gustaría una gabardina. ¿Podría enseñármela?

Pinneberg saca despacio y vacilante un abrigo de color marengo precioso.

—No creo que ninguna otra prenda le siente tan bien. En realidad, las gabardinas azules están completamente pasadas de moda. La gente ya no les presta atención.

—Bueno, querría hacerme de una vez el favor de… —pide el estudiante muy enérgico. Y más despacio—: ¿O es que no quiere vendérmela?

—Sí, sí. Sus deseos son órdenes para mí. —Y sonríe igual que el estudiante ha sonreído al hacer su pregunta—. Solo que… —medita febrilmente. No, mentir no, aunque puede intentarlo—: Solo que no puedo venderle una gabardina azul —pausa—. Ya no vendemos gabardinas.

—¿Y por qué no me lo ha dicho enseguida? —replica el estudiante entre sorprendido y enojado.

—Porque quería convencerlo de lo bien que le sienta este abrigo. En usted llama verdaderamente la atención. Fíjese —dice Pinneberg a media voz, sonriente, como pidiendo perdón—, solo quería mostrarle que es mejor que una gabardina azul, que fue una simple moda… Este abrigo, sin embargo…

Pinneberg lo mira amoroso, acaricia la manga, vuelve a colgarlo en la percha y se dispone a dejarlo de nuevo en el perchero.

—¡Espere! —dice el estudiante—. ¿Puedo volver a…? La verdad es que no tiene mala pinta…

—No, no tiene mala pinta —repite Pinneberg mientras ayuda al hombre a probarse la prenda otra vez—. Este abrigo es francamente distinguido. ¿Desea el señor que le enseñe otros? ¿Una gabardina de color claro, tal vez?

Ha notado que el ratón casi ha caído en la trampa, ya está oliendo el queso, ahora puede arriesgarse.

—De modo que sí tienen gabardinas claras, ¿eh? —replica el estudiante enfadado.

—Claro que tenemos, faltaría más… —dice Pinneberg dirigiéndose a otro perchero.

En ese perchero cuelga una gabardina de un tono amarillo verdoso, rebajada ya dos veces, sus hermanos del mismo fabricante e idéntico color y hechura encontraron hace ya mucho tiempo compradores. Por lo visto el destino de esta prenda es no salir de Mandel… Con esa prenda todo el mundo tiene un aspecto en cierto modo extraño, deforme, mal vestido o a medias…

—Tenemos esto… —dice Pinneberg echándose el abrigo al brazo—. Aquí tiene, una gabardina de color claro. Treinta y cinco marcos.

El estudiante mete los brazos.

—¿Treinta y cinco? —pregunta asombrado.

—Sí —contesta Pinneberg despectivo—. Este tipo de gabardinas no son muy caras.

El estudiante se examina en el espejo. Y una vez más queda acreditado el efecto mágico de esa prenda. El hombre joven y atractivo apenas un momento antes parece un espantapájaros.

—¡Quíteme ahora mismo este chisme! —exclama el estudiante—, es espantoso.

—Es una gabardina —precisa Pinneberg serio.

Y acto seguido Pinneberg rellena el vale de caja por valor de sesenta y nueve cincuenta.

—Muchísimas gracias.

—No, las gracias se las doy yo. —El estudiante ríe, seguramente al recordar la gabardina amarilla.

Lo he conseguido, piensa Pinneberg. Lanza un rápido vistazo al departamento. Los demás están vendiendo. Solo Kessler y él están libres. Así que ahora le toca a Kessler. Pinneberg no se adelantará. Pero mientras está mirando a Kessler, sucede algo extraordinario: Kessler retrocede paso a paso hacia el fondo del almacén. Parece casi como si intentara esconderse. Y cuando Pinneberg mira hacia la entrada, ve la causa de tan cobarde huida: entra primero una dama y luego otra, ambas en la treintena, una tercera bastante más mayor, madre o suegra, y por fin un caballero de bigote, ojos azul pálido, cabeza de huevo. Cobarde carroñero, piensa Pinneberg furioso. Ese huye de algo así, claro. ¡Espera y verás!

Y con una profunda reverencia, inquiere:

—¿En qué puedo servir a los señores? —mientras descansa la vista con toda regularidad un instante en cada uno de los cuatro rostros, para que ninguno se quede corto.

—Mi marido querría un traje de fiesta —responde una de las damas, irritada—. Pero, por favor, Franz, transmite tus deseos al dependiente.

—Querría… —comienza el hombre.

—Aunque ustedes no parecen tener nada realmente elegante —dice la segunda dama treintañera.

—Ya os dije que no viniéramos a Mandel —tercia la de más edad—. Para algo así hay que ir a Obermayer.

—… un traje de fiesta —termina de decir el caballero de ojos redondos azul pálido.

—¿Un esmoquin? —pregunta Pinneberg, cauteloso, intentando repartir, por así decirlo, la pregunta equitativamente entre las tres señoras sin descuidar tampoco al caballero, porque incluso semejante gusano puede tumbar una venta.

—¡Esmoquin! —replican las señoras, enfadadas.

Y la rubia pajiza:

—Mi marido ya tiene esmoquin, faltaría más. Querríamos un traje de fiesta.

—Con chaqueta oscura —precisa el hombre.

—Con los pantalones a rayas —añade la morena, la que parece ser la cuñada, pero la cuñada de la esposa, de manera que como hermana del marido tiene derechos más antiguos sobre él.

—Como gusten —contesta Pinneberg.

—En Obermayer ya habríamos conseguido lo que buscamos —dice la dama de más edad.

—No, eso no —advierte la mujer cuando Pinneberg coge una chaqueta.

—¿Qué otra cosa podéis esperar aquí?

—De todos modos podemos mirar. Eso no cuesta dinero. Enséñemelo, joven.

—Pruébate esto, Franz.

—¡Por favor, Else! Esta chaqueta…

—Bueno, ¿a ti qué te parece, mamá?

—Yo no digo nada, no me preguntes que no abriré la boca. Luego habré elegido yo el traje.

—¿Podría el señor levantar un poco los hombros?

—¡Mira que no levantar los hombros! Mi marido siempre deja caer los hombros. Por eso es imprescindible que siente bien.

—Date la vuelta, Franz.

—No, me parece de todo punto inadmisible.

—Por favor, Franz, muévete un poco. Estás más tieso que un palo.

—Esto quizá iría mejor.

—Pero ¿por qué os torturáis aquí, en Mandel…?

—Oiga usted, ¿tiene que pasarse mi marido una eternidad plantado con esta chaqueta? Si aquí no nos atienden…

—Si pudiéramos probarle esta chaqueta…

—A ver, Franz.

—No, no quiero esa chaqueta, no me gusta.

—¿Cómo que no te gusta? ¡Si a mí me parece preciosa!

—Cincuenta y cinco marcos.

—No me gusta, los hombros tienen demasiado relleno.

—Con tus hombros caídos, necesitas relleno.

—En Saliger tienen un traje de noche precioso por cuarenta marcos. Pantalones incluidos. Y aquí, una chaqueta…

—Compréndalo, joven, el traje tiene que llamar la atención. Para gastarnos cien marcos, también podríamos acudir a un sastre a medida.

—No, ahora me gustaría ver por fin una chaqueta como es debido.

—¿Qué le parece esta, señora?

—La tela parece demasiado ligera.

—A la señora no se le escapa un detalle. La tela es realmente algo ligera. ¿Y esta?

—Esta ya está mejor. ¿Es pura lana?

—Por supuesto, señora. Y forro cosido, como puede ver.

—Esta me gusta…

—No sé cómo puede gustarte eso, Else. Di algo, Franz…

—Ya veis que esta gente no tiene nada. No hay quien compre en Mandel.

—Pruébate esta, Franz.

—Ya no me pruebo nada más, no hacéis más que sacarme defectos.

—¿A qué viene eso, Franz? ¿Quieres un traje de fiesta o no?

—¡Lo quieres tú!

—¡No, tú!

—Dijiste que Saliger tenía uno y que yo hago el ridículo con mi sempiterno esmoquin.

—¿Me permite que le enseñe este otro, señora? Muy discreto. Elegantísimo. —Pinneberg ha decidido apostar por Else, la rubia pajiza.

—Pues la verdad es que me parece precioso. ¿Cuánto cuesta?

—Sesenta, es verdad. Pero también es un diseño muy exclusivo. No para la masa.

—Muy caro.

—¡Else, siempre picas! Ya nos lo ha enseñado.

—Querida, soy igual de lista que tú. A ver, Franz, te lo ruego, vuelve a probártelo.

—No —replica furioso Cabeza de Huevo—. No quiero ningún traje. Por mucho que insistas.

—Te lo ruego, Franz…

—En este tiempo ya habríamos comprado diez trajes en Obermayer.

—Bueno, Franz, ahora vas a ponerte la chaqueta.

—Pero si ya se la ha puesto antes.

—¡Esta no!

—Sí.

—Mira, si pensáis pelearos aquí, me marcho.

—Yo también me voy. Else intenta imponer su voluntad a toda costa.

Preparativos de marcha generalizados. Mientras las frases mordaces vuelan de un lado a otro, las chaquetas son empujadas hacia aquí, zarandeadas hacia allá…

—En Obermayer…

—¡Por favor, mamá!

—Entonces acudamos a Obermayer.

—Pero no se os ocurra decir que os he obligado yo.

—Pues claro que lo has hecho.

—No, yo…

Pinneberg ha intentado en vano decir una palabra. Ahora que se ve en apuros, lanza una mirada a su alrededor, ve a Heilbutt, su mirada se encuentra con la del otro… Es un grito de socorro.

Al mismo tiempo Pinneberg hace algo desesperado. Le dice a Cabeza de Huevo:

—Permítame, señor, su chaqueta.

Le pone al hombre la controvertida chaqueta de sesenta marcos, y apenas se la ha puesto, exclama:

—Le pido disculpas, señor, me he confundido —y, completamente emocionado—: ¡Cómo le sienta!

—Oye, Else, si la chaqueta te…

—Siempre he dicho que esta chaqueta…

—Di tú algo, Franz…

—¿Cuánto vale?

—Sesenta, estimada señora.

—Pero, hijos, el precio me parece una locura. Sesenta, con los tiempos que corren. Y encima, comprada en Mandel…

Una voz suave, pero firme, dice al lado de Pinneberg:

—¿Han elegido ya los señores? Es nuestra chaqueta de noche más elegante.

Silencio.

Las señoras miran al señor Heilbutt. Y el señor Heilbutt está ahí, alto, oscuro, moreno, elegante.

—Es una prenda valiosa —informa el señor Heilbutt tras una pausa.

A continuación prosigue su camino con una inclinación de cabeza, desaparece en algún lugar, quizá detrás de un perchero, ¿o ha sido el propio señor Mandel quien ha pasado por allí?

—Pero por sesenta marcos también se puede exigir algo —dice la voz descontenta de la vieja, ya menos descontenta.

—¿Te gusta, Franz? —pregunta la rubia Else—. Al fin y al cabo depende de ti.

—Pues… —farfulla Franz.

—Si ahora encontramos también pantalones a juego… —comienza a decir la cuñada.

Pero lo de los pantalones ya es lo de menos. Se ponen de acuerdo muy deprisa, incluso compran unos pantalones caros. La factura asciende en total a más de noventa y cinco marcos, la señora mayor vuelve a decir:

—Os digo que en Obermayer…

Pero nadie le presta atención.

En la caja Pinneberg hace otra reverencia, una reverencia extra. Luego regresa a su puesto, orgulloso como un general después de ganar una batalla y exhausto como un soldado raso. Junto a los pantalones está Heilbutt, que ve acercarse a Pinneberg.

—Gracias —dice Pinneberg—. Me ha salvado usted el tipo, Heilbutt.

—En absoluto, Pinneberg —contesta Heilbutt—. Usted no habría fracasado. Usted no. Es un vendedor nato, Pinneberg.

 

De los tres tipos de vendedores y cuál de ellos le gusta al sustituto señor Jänecke. Invitación a cenar

 

El corazón de Pinneberg se infla de dicha.

—¿Lo cree de verdad, Heilbutt? ¿Cree de veras que soy un vendedor nato?

—Lo sabe de sobra, Pinneberg. A usted le gusta vender.

—A mí me gusta la gente —puntualiza Pinneberg—. Tengo que averiguar siempre lo que son, cómo hay que tratarlos y cómo hay que buscarles las vueltas para que compren —respira hondo—. La verdad es que raramente fallo.

—Ya lo he notado, Pinneberg —reconoce Heilbutt.

—Sí, y después hay auténticos pesados, que en realidad no desean comprar nada, solo quieren dar la lata y gruñir.

—A esos no hay quien les venda —opina Heilbutt.

—Usted sí —dice Pinneberg—. Usted sí.

—Tal vez. No. Bueno, quizá a veces, porque la gente me teme.

—¿Lo ve? —dice Pinneberg—. Usted impone muchísimo a la gente, Heilbutt. Ante usted se avergüenzan de presumir como les gustaría —ríe—. Ante mí no se avergüenza ni un pobre de solemnidad. Yo siempre tengo que entrar en la gente, averiguar sus deseos. Por eso también conozco de sobra la rabia que deben de sentir ahora por haber comprado ese traje tan caro. Todos enfadados entre sí, y nadie sabrá a ciencia cierta por qué lo han comprado.

—Vaya, ¿por qué lo han comprado entonces? ¿Qué opina usted, Pinneberg? —inquiere Heilbutt.

Pinneberg, completamente confundido, se devana los sesos.

—Pues, tampoco lo sé… Todos hablaban a la vez de un modo que…

Heilbutt sonríe.

—Sí, ríase, Heilbutt. Sí, ahora se burla de mí. Pero ya lo sé, es porque usted les impresionó mucho.

—Bobadas —contesta Heilbutt—. Una completa sandez, Pinneberg. Sabe que nadie compra por eso. Eso quizá aceleró un poco el asunto…

—Mucho, Heilbutt, un acelerón tremendo.

—No, lo decisivo ha sido que usted nunca se ha mostrado ofendido. Tenemos colegas —dice Heilbutt dejando vagar sus ojos por la estancia hasta que encuentran lo que buscan— que siempre se ofenden enseguida. Cuando dicen: este estampado es muy elegante, y el cliente replica que a él no le gusta, añaden con arrogancia: sobre gustos no hay nada escrito. O se sienten agraviados y enmudecen. Usted no es así, Pinneberg…

—Bien, señores —media el señor Jänecke, el sustituto diligence—. ¿Qué, de charla? ¿Han vendido mucho? Siempre con esmero, los tiempos son difíciles y para conseguir un sueldo de vendedor hay que vender abundante mercancía.

—Estábamos hablando, señor Jänecke —informa Heilbutt, sujetando a Pinneberg por el codo con disimulo—, de las distintas clases de vendedor. Considerábamos que hay tres: los que impresionan a la gente, los que adivinan lo que quiere la gente y los que solo venden por pura chiripa. ¿Qué opina usted, señor Jänecke?

—Una teoría muy interesante, señores —contesta el aludido con una sonrisa—. Yo solo conozco un tipo de vendedores: aquellos cuyo talonario arroja por la noche cifras muy altas. Sé que también existen los de cifras bajas, pero yo me encargo de que esos se larguen muy pronto de la firma.

Y con eso el señor Jänecke se evade para espolear a otro, y Heilbutt, siguiéndolo con la vista, dice a sus espaldas en tono audible:

—Cerdo.

A Pinneberg le parece glorioso decir cerdo así, sin más, sin pensar en las consecuencias, pero a pesar de todo se le antoja un tanto arriesgado. Heilbutt se dispone a marchar, asiente y dice:

—Bueno, Pinneberg…

—Deseo pedirle un gran favor, Heilbutt —dice Pinneberg.

Su interlocutor se queda estupefacto.

—¿Sí? Por supuesto, Pinneberg.

—¿Le gustaría visitarnos?

El asombro de Heilbutt aumenta.

—Le he hablado tanto de usted a mi mujer que le gustaría conocerlo. Cuando disponga de tiempo… Como es natural, solo para tomar un pequeño refrigerio.

Heilbutt vuelve a sonreír, pero es una sonrisa atractiva, con el rabillo del ojo.

—Por supuesto, Pinneberg. No me imaginaba que a usted le apeteciera. Iré con sumo gusto.

Pinneberg pregunta a renglón seguido:

—¿Podría ser… Le vendría bien esta misma tarde?

—¿Esta misma tarde? —Heilbutt reflexiona—. Pues he de consultar mi agenda —saca del bolsillo un cuadernito de piel—. Espere, mañana es la conferencia sobre escultura griega en la universidad popular. Ya sabe que…

Pinneberg asiente.

—Y pasado mañana es mi tarde de naturismo, porque soy miembro de una asociación naturista… La tarde siguiente he quedado con mi novia. Por lo que veo, Pinneberg, esta tarde estoy libre.

—Qué bien —balbucea Pinneberg sin aliento, entusiasmado—. Perfecto. Si quiere usted anotar mi dirección. Spenerstrasse noventa y dos, segundo.

—Señor y señora Pinneberg —anota Heilbutt—. Spenerstrasse noventa y dos, segundo. Entonces lo mejor será que tome el tren en la estación de Bellevue. ¿A qué hora?

—¿Le viene bien a las ocho? Yo me iré antes. Tengo libre desde las cuatro. Quiero comprar algo.

—De acuerdo entonces. A las ocho, Pinneberg. Llegaré unos minutos antes para que el edificio aún esté abierto.

Pinneberg cobra el salario, trata mal a un vendedor y adquiere un tocador

 

Pinneberg está delante de la puerta de los grandes almacenes Mandel, su mano dentro del bolsillo aferra el sobre del sueldo. Lleva trabajando allí un mes, pero durante ese período no ha tenido ni idea del salario que cobraría. Cuando le contrataron, con el señor Lehmann, bueno… se alegraba tanto de obtener un empleo que no preguntó.

Tampoco había preguntado a los compañeros.

—Es que tengo que saber lo que paga Mandel en Breslau —contestó una vez que Corderita lo apremiaba buscando claridad.

—¡Pues acude al Sindicato de Empleados Alemanes!

—Esos solo son corteses cuando quieren sacarte dinero.

—Pero es que necesitamos saberlo, chico.

—Ya lo sabremos el último día del mes. No pueden pagar menos de lo que estipula el convenio. Y el de Berlín no creo que sea malo.

Ahora depende del convenio de Berlín, que no es malo. ¡Ciento setenta marcos netos! Ochenta marcos menos de lo que esperaba Corderita, sesenta menos de sus cálculos más desfavorables.

¡Qué ladrones! ¿Se romperán la cabeza pensando en cómo tenemos que arreglárnoslas nosotros? Esos piensan solamente que otros se las apañan con menos. A cambio nosotros tenemos que obedecer y humillarnos. Ciento setenta marcos netos… Una nuez un poco dura para Berlín. El alquiler de mamá tendrá que esperar. Cien marcos… Desde luego le falta un tornillo, en ese punto Jachmann tiene toda la razón. El único problema es cómo llegarán alguna vez los Pinneberg a comprar algo. La verdad es que tendrían que darle algo a mamá, es una pesada.

Ciento setenta marcos… ¡Con el plan tan bueno que se le había ocurrido! Deseaba sorprender a Corderita.

Todo había comenzado una noche en que Corderita, señalando un rincón vacío en el dormitorio principesco, había comentado:

—¿Sabes?, ahí debería ir un tocador.

—¿Lo necesitamos? —había preguntado él, muy asombrado. Porque siempre había pensado tan solo en camas, una butaca de piel y un escritorio enorme de roble.

—Hombre, necesitar, necesitar… Pero sería bonito que yo pudiera peinarme ahí. Bueno, no me mires así, chico, se quedará en un sueño.

Así había empezado. Porque hay que ir a pasear, sobre todo en el estado de Corderita. Ahora tenían algo que ver mientras tanto: tocadores. Efectuaron largos viajes de descubrimiento, había zonas, calles laterales donde se apiñaban uno al lado de otro los carpinteros y las pequeñas fabricas de muebles. Allí se detenían diciendo:

—¡Mira ese!

—Las vetas me parecen poco armónicas.

—¿Eso crees?

Al final tenían sus preferidos, y el primero de todos se encontraba en la tienda de un tal Himmlisch en la Frankfurter Allee. La firma Himmlisch, especializada en dormitorios, parecía valorar este hecho, pues en su letrero se leía: «Camas Himmlisch. Especialidad en dormitorios modernos».

En su escaparate llevaba semanas un dormitorio, nada caro, setecientos noventa y cinco, incluyendo colchonetas, somieres y mármol genuino. Pero siguiendo la moda de la época propicia a gélidas excursiones nocturnas, sin mesillas de noche. Y de este dormitorio, de nogal caucasiano, formaba parte un tocador…

Siempre se detenían largo rato a mirarlo. Había su buena hora y media de marcha a la ida y otro tanto de vuelta. Corderita llegaba y decía:

—!Cielo santo, chico! ¡Si pudiera comprar eso creo que lloraría de alegría!

—Los que pueden comprarlo —contestaba Pinneberg en voz baja al cabo de un rato— no lloran de alegría. Pero sería bonito.

—Muy bonito —confirmaba Corderita—. Maravilloso.

Y entonces emprendían el camino de regreso. Siempre cogidos del brazo, con el brazo de él metido en el brazo de ella. Entonces nota su pecho, que va volviéndose más lleno, más turgente, en todas esas calles larguísimas con miles de personas desconocidas es como estar en casa. Sin embargo, durante esos paseos de regreso al hogar, a Pinneberg se le ha ocurrido la idea de sorprender a Corderita. Alguna vez tienen que empezar, y una vez que consigan un mueble, vendrán detrás los demás. Por eso también había pedido permiso para salir hoy a las cuatro, hoy era treinta y uno de octubre, día de cobro. No había revelado ni una palabra a Corderita, simplemente se proponía hacer enviar el mueble. Y fingiría no saber nada…

¡Pero ciento setenta marcos! Eso estaba descartado. Lisa y llanamente descartado.

A la gente le cuesta renunciar a sus sueños. Pinneberg aún no puede regresar a casa con sus ciento setenta marcos. Tiene que llegar un poco alegre. Porque Corderita cuenta con doscientos cincuenta. Se encamina a la Frankfurter Allee para despedirse y después no volver a pasar jamás frente a ese escaparate. No tiene sentido. La gente como ellos nunca podrá aspirar a un tocador, tal vez algún día les llegue para dos camas de hierro.

Se detiene, pues, ante el escaparate del dormitorio: ahí al lado está el tocador. El espejo, de marco castaño con un tono verdoso muy delicado, es rectangular. Y el armarito de debajo, con sus dos remates a derecha e izquierda, también. Es un verdadero misterio que uno acabe enamorándose de un objeto así; hay mil piezas parecidas o casi iguales, pero esta, esta, ¡esta es!

Pinneberg lo contempla largamente. Retrocede y vuelve a acercarse: sigue siendo igual de bonito. También el espejo es bueno, sería maravilloso que Corderita se sentara delante por la mañana con su albornoz blanco y rojo… Maravilloso…

Pinneberg suspira preocupado y se aparta. Nada. Nada en absoluto. Nada para ti y tus iguales. Otros lo consiguen, inexplicablemente, tú no. Vete a casa, pobrecillo, cómete tu dinero, haz lo que puedas y quieras con él, ¡esto no!

Pinneberg se gira de nuevo antes de alcanzar la próxima esquina, los escaparates de Camas Himmlisch desprenden un resplandor mágico. Él todavía distingue el tocador.

De repente, Pinneberg da media vuelta. Se dirige derecho a la puerta de la tienda sin vacilar, sin dignarse a echar un vistazo siquiera al mueble…

Y mientras lo hace, le pasan muchas cosas por la mente.

Pero si no importa, dice.

Y alguna vez hay que empezar. ¿Por qué no tenemos que tener nunca nada?

Y completamente resuelto: deseo hacerlo y lo haré, pase lo que pase, ¡quiero comportarme así alguna vez!

Un poco más empobrecido todavía, así es el estado de ánimo del ladrón, del que comete un robo y un asesinato, participa en una riña. Pinneberg, embargado por el mismo estado de ánimo, compra un tocador.

—¿Desea usted algo, señor? —pregunta el dependiente, moreno, de cierta edad, con cortinilla encima del pálido cráneo.

—Tienen un dormitorio en el escaparate —dice Pinneberg, enfurecido y con un tono muy agresivo—. Nogal caucasiano.

—Así es —contesta el dependiente—. Setecientos noventa y cinco. Una ocasión. El último de una serie. Ya es imposible fabricarlo a ese precio. Si volvemos a hacerlo, costará como mínimo mil cien.

—Y eso ¿por qué? —pregunta Pinneberg despectivo—. Los salarios bajan sin cesar…

—¡Los impuestos, señor! ¡Y las tasas de aduana! ¡No se imagina los derechos de aduana que paga el nogal caucasiano! En el último trimestre se han triplicado.

—Pues para ser tan barato lleva demasiado tiempo en el escaparate —replica Pinneberg.

—Dinero —dice el dependiente—. ¿Quién tiene dinero hoy en día, señor? —risa lastimera—. Yo no.

—Yo tampoco —replica Pinneberg con rudeza—. Y tampoco quiero comprar el dormitorio, no reuniré tanto dinero en toda mi vida. Quiero adquirir el tocador.

—¿Un tocador? Por favor, acompáñeme arriba. Los muebles sueltos los tenemos en el primer piso.

—¡Ese! —grita Pinneberg enfurecido, señalando con el dedo—. Quiero comprar ese tocador de ahí.

—¿El de la habitación? ¿El del dormitorio? —pregunta el dependiente que va entendiendo con suma lentitud—. Lo siento de veras, señor, no podemos vender ni un solo mueble de ese dormitorio. Luego ya no podríamos vender el resto. Pero tenemos unos tocadores preciosos.

Pinneberg hace un movimiento.

El vendedor se apresura:

—Es casi igual. ¿No le gustaría echarles un vistazo?

—¡Bah! —dice Pinneberg con desprecio, acechando a su alrededor—. Creía que tenían fábrica de muebles, ¿no?

—¿Por qué lo dice? —inquiere el dependiente asustado.

—Bueno, ¿y qué? —dice Pinneberg—. Si la tienen, ¿por qué no fabrican otro igual? Quiero el tocador, ¿entiende? Así que o lo copia o me lo vende, a mí lo mismo me da. Hay tantas tiendas donde te atienden como es debido…

Y mientras Pinneberg habla, cada vez más excitado, siente en su interior que es un cerdo, que se está portando tan mal como sus peores clientes. Que está tratando al hombre mayor, confundido y atemorizado, como si fuese un cerdo. Y, sin embargo, no puede evitarlo, siente rabia contra el mundo entero, que se mueran todos. Pero por desgracia allí solo está el viejo dependiente.

—Un momento, por favor —balbucea—. Iré a consultárselo… al jefe…

Se marcha y Pinneberg le dirige una mirada de pena y de desprecio. ¿Por qué soy así?, piensa. Habría debido traerme a Corderita, piensa. Corderita nunca es así, se dice. ¿Por qué nunca es así?, se pregunta. Para ella las cosas tampoco son fáciles.

El vendedor regresa.

—Puede comprar el tocador —declara lacónico. Su tono ha cambiado mucho—. El precio es de ciento veinticinco marcos.

Ciento veinticinco… Es una locura, le pasa por la mente. Estos dos me están atracando. El dormitorio entero cuesta setecientos noventa y cinco.

—Me parece carísimo.

—No lo es —declara el dependiente—. Un espejo de cristal de primera clase como este cuesta ya cincuenta marcos.

—¿Y a cuánto ascendería si lo comprara a plazos?

Ay, la tempestad ha pasado, el buen dinero está en tela de juicio, Pinneberg se ha vuelto pequeño y el dependiente muy grande.

—No hay plazos que valgan —informa el dependiente con superioridad, examinando a Pinneberg de los pies a la cabeza—. Esto es ya una deferencia hacia usted. Contamos con que más adelante nos…

Ya no puedo volverme atrás, piensa Pinneberg desesperado. He estado fanfarroneando demasiado. Si no hubiera fanfarroneado tanto, podría desistir. Esto es una locura, ¿qué dirá Corderita?

Y en voz alta:

—De acuerdo. Me llevo el tocador. Pero tiene que enviármelo a casa hoy mismo.

—¿Hoy? Imposible. Los empleados terminan su jornada dentro de un cuarto de hora.

Todavía puedo volverme atrás, piensa Pinneberg. Aún podría si no hubiera armado tanto escándalo.

—Tiene que ser hoy —insistió—. Es un regalo. De lo contrario, carece de sentido.

Y al mismo tiempo piensa que hoy los visitará Heilbutt, y sería estupendo que su amigo viera ese regalo para su mujer.

—Un momento, por favor —dice el vendedor antes de marcharse de nuevo.

Lo mejor sería, reflexiona Pinneberg, que me dijera que hoy ya no se puede, entonces le contestaría que lo siento, pero que carece de sentido. He de procurar salir rápidamente de la tienda. Y se sitúa cerca de la puerta.

—El jefe dice que le prestará un carretón de mano al aprendiz. Debe darle una pequeña propina, porque su jornada laboral ya ha concluido.

—Claro… —dice Pinneberg vacilante.

—No pesa mucho —lo reconforta el vendedor—. Si empuja un poco, el aprendiz podrá arrastrarlo. Y si usted sujeta el espejo… Aunque nosotros se lo envolveremos en una manta…

—Entonces, hecho —dice Pinneberg—. Ciento veinticinco marcos.

Corderita tiene visita y se mira al espejo. No se habla de dinero en toda la noche

 

Corderita zurce calcetines sentada en la cama principesca. En sí, zurcir calcetines es una de las ocupaciones más deprimentes del mundo. Nada demuestra a las mujeres su letal y enloquecedor quehacer como zurcir calcetines. Porque cuando se rompen de verdad, quedan inservibles y sin embargo hay que zurcir y zurcir, colada tras colada. A la mayoría de las mujeres esa labor las entristece.

Corderita, sin embargo, no está triste. Apenas repara en lo que hacen sus manos. Corderita está calculando. Traerá doscientos cincuenta, le entregarán cincuenta a mamá, en realidad es una suma excesiva, teniendo en cuenta que trabaja de cinco a seis horas diarias para ella, ciento cuarenta tienen que alcanzar para todo lo demás, quedan sesenta…

Corderita se reclina un momento para descansar los riñones. Ahora casi siempre le duelen. Bueno, pues en Kadewe ha visto canastillas por sesenta, ochenta, cien marcos. Es un disparate, por supuesto. Ella misma coserá un montón de prendas, es una pena que en casa no disponga de máquina de coser, pero la verdad es que a la señora Mia Pinneberg no le pega una máquina de coser.

Esta misma noche piensa hablarlo con Pinneberg y mañana irá a comprar, no se quedará tranquila hasta tenerlo todo en casa.

Sabe bien que él tiene otros planes, se ha dado cuenta de que pretende comprar algo, seguramente habrá pensado en su raído abrigo azul de invierno: no, ya habrá tiempo para eso, habrá tiempo para todo, pero esto hay que acabarlo.

La señora Emma Pinneberg aparta el calcetín de lana de su chico y escucha con atención. Después se palpa el vientre con mucha suavidad. Coloca un dedo aquí, luego allá. Ahí es. Ahí acaba de moverse el crío, es la quinta vez en esos días, la quinta que se ha movido. Corderita dirige una mirada desdeñosa hacia la mesa sobre la que reposa el libro El divino milagro de la maternidad.

—Tonterías —dice con mucha claridad, y habla en serio.

Recuerda esas frases, mezcla de erudición y sentimentalismo. «Justo hacia la mitad del embarazo comienzan los primeros movimientos del bebé en el claustro materno. Con alegre emoción y asombro siempre renovado, la futura madre escucha los delicados golpes de la criatura… »

Tonterías, vuelve a pensar Corderita. Delicados golpes… Las primeras veces pensé que me estaba pegando un pellizco de campeonato… Delicados golpes… ¡qué tontería!

Pero sonríe mientras piensa en ello. Porque da completamente igual cómo sea. Es hermoso. Maravilloso. Así que ahora el bebé ya está ahí de verdad, el crío, y ahora tiene que notar que se le espera y que se le espera con gusto, que todo está preparado para su llegada…

Corderita sigue zurciendo.

La puerta se abre una rendija y asoma la cabeza de pelo muy revuelto de la señora Mia Pinneberg.

—¿Todavía no ha llegado Hans? —pregunta por quinta o sexta vez.

—No. Todavía no —responde Corderita lacónica, porque se enfada.

—Pues son las siete y media. ¿No habrá…?

—No habrá ¿qué? —pregunta Corderita con tono cortante.

Pero la vieja es lista.

—Me guardaré muy mucho, querida nuera —ríe—. Tienes un marido modelo, claro. Él no es de los que se quedan a echar un trago el día de cobro.

—Jamás echa un trago —informa Corderita.

—Pues eso. Ya he dicho que tu marido nunca lo hace.

—Ni lo hará.

—Claro, claro.

—Ya.

La cabeza de la señora Mia Pinneberg desaparece, Corderita se ha quedado sola de nuevo.

Viaja cabra, piensa furiosa. Siempre azuzando y buscando camorra. Sin embargo, solo teme por su alquiler. Bueno, pues como cuente con cien…

Corderita sigue zurciendo.

Fuera suena el timbre. Mi chico, piensa Corderita. ¿Habrá olvidado la llave? Bah, será otra visita para mamá, que abra ella.

Pero no abre. Vuelven a llamar. Con un suspiro, Corderita sale al pasillo. En la puerta de la habitación berlinesa aparece la cara de su suegra, con las pinturas de guerra a medias.

—Si es para mí, Emma, al cuarto pequeño. Estaré lista enseguida.

—Pues claro que es para ti, mamá —contesta Corderita.

La cabeza desaparece y Corderita abre la puerta coincidiendo con el tercer timbrazo. Ante ella aparece un hombre moreno con un abrigo gris claro, sombrero en mano, sonriente.

—¿La señora Pinneberg? —inquiere.

—Vendrá inmediatamente —contesta Corderita—. ¿Quiere usted quitarse el abrigo y el sombrero mientras tanto? Aquí, en esta habitación.

El hombre se muestra un tanto confundido, parece como si no acabara de entender.

—¿No está el señor Pinneberg? —pregunta mientras se dirige al cuarto pequeño.

—El señor Pinneberg lleva mucho tiempo… —muerto, quiere decir Corderita. Pero después cae en la cuenta… y dice—: Ah, de modo que desea ver al señor Pinneberg. No está en casa. Pero llegará en cualquier momento.

—Qué raro —dice el hombre, no ofendido, sino muy satisfecho—. Porque se ha marchado de Mandel a las cuatro, no sin antes haberme invitado esta noche. Me llamo Heilbutt.

—Ay, Dios, es usted el señor Heilbutt —exclama Corderita y enmudece, como fulminada por un rayo.

Cena, piensa ella. Se ha marchado a las cuatro. ¿Dónde estará? ¿Qué tengo en casa? Y para colmo mamá se plantará aquí de un momento a otro a meter la pata…

—Sí, soy Heilbutt —insiste el hombre, muy paciente.

—Dios mío, señor Heilbutt —dice Corderita—. ¿Qué pensará usted de mí? Pero, claro, no tiene sentido que le mienta. En fin, en primer lugar pensé que usted deseaba ver a mi suegra, que también se llama Pinneberg, por supuesto…

—Cierto —dice Heilbutt con una sonrisa de satisfacción.

—Y segundo, mi chico no me ha dicho que pensaba invitarlo hoy. Por eso me he quedado tan perpleja.

—No mucho —dice tranquilizador el señor Heilbutt.

—Y tercero, no entiendo cómo ha podido marcharse de allí a las cuatro —¿por qué a las cuatro? — y que aún no haya llegado.

—Deseaba comprar algo.

—Ay, Dios, igual está comprando un abrigo de invierno para mí a saber dónde.

Heilbutt medita unos instantes.

—No lo creo —opina—. Porque podría adquirirlo en Mandel con el descuento para empleados.

—Entonces ¿qué…?

Se abre la puerta, y la señora Mia Pinneberg se dirige a Heilbutt, sonriendo y alegre.

—Supongo que es usted el señor Siebold, que hoy ha telefoneado por mi anuncio. Podría pedirte, Emma, que…

Pero Emma insiste:

—Es el señor Heilbutt, mamá, un colega de Hannes, que ha venido a visitarme.

La señora Pinneberg sonríe radiante.

—¡Oh, claro! Disculpe. Encantada, señor Heilbutt. ¿Trabaja también en la confección?

—Soy vendedor —informa Heilbutt.

Y Corderita, al oír girar la llave fuera:

—Seguro que ese es mi chico.

Por supuesto que lo es: está en el pasillo con uno de los extremos del tocador en la mano y el aprendiz de Camas Himmlisch en el otro extremo.

—Buenas noches, mamá. Buenas noches, Heilbutt, me alegro de que ya esté aquí. Buenas noches, Corderita. Sí, lo estás viendo, nuestro tocador. En Alexanderplatz ha estado a punto de atropellarnos un autobús. Os aseguro que he sudado la gota gorda hasta llegar aquí. ¿Puede abrir alguien la puerta de nuestra habitación?

—¡Pero chico!

—¿Ha traído usted mismo este chisme hasta aquí, Pinneberg?

—Yo en persona —contesta Pinneberg, radiante—. I myself with this… How do you call him? ¿Aprendiz?

—Un tocador —dice, regocijada, la señora Pinneberg—. Pues os debe de sobrar el dinero, hijos míos. ¿Quién necesita hoy un tocador con tanto peinado a lo garçon?

Pero Pinneberg no escucha. Ha conseguido ese chisme luchando de verdad, apoyando y empujando por en medio del barullo callejero de Berlín. Ninguna consideración presupuestaria nubla de momento su mente.

—Ahí, en ese rincón, maestro —dice al mocoso del aprendiz—. Un poco ladeado. Así la luz es mejor. Deberíamos poner encima una lámpara. Bueno, maestro, ahora bajemos a por el espejo. Disculpadme un momento… Esta es mi mujer, Heilbutt —informa, radiante—. ¿Le gusta?

—El espejo puedo subirlo solo, señor —precisa el aprendiz.

—Es encantadora —contesta Heilbutt.

—¡Pero chico! —Corderita ríe.

—¡Este está hoy completamente trastornado! —explica la señora Mia Pinneberg.

—¡Ni hablar! ¡A ver si te caes por las escaleras con ese objeto tan caro! —y con un susurro misterioso—: Solo el espejo, cristal auténtico, tallado, cuesta cincuenta marcos.

Desaparece con el chico. Los que quedan atrás se miran.

—En fin, no deseo molestar más —dice la señora Pinneberg—. Además, tendrás que ocuparte de la cena, Emma. ¿Puedo echarte una mano?

—¡Ay, Dios, la cena! —exclama Corderita desesperada.

—Como te he dicho —comenta su suegra al salir—, te ayudaré complacida.

—Vamos, no se preocupe —dice Heilbutt poniendo su mano sobre el brazo de Corderita—. Que no he venido aquí por la cena.

La puerta se abre y reaparece Pinneberg con el chico.

—Bueno, ahora prestad mucha atención, pues es cuando de verdad va a llamar la atención. Bueno, levántalo un poco, chico. ¿Tienes los tornillos? Espere. —Atornilla y suda mientras habla sin parar—: Encended otra luz. Así… tiene que haber mucha luz. No, por favor, Heilbutt, se lo ruego, no se acerque ahora. La primera que tiene que reflejarse en el espejo, antes de todos nosotros, es Corderita. Yo tampoco me he mirado todavía, siempre he dejado la manta encima. Toma, chico, la propina. ¿Conforme? Pues, hala, lárgate, el portal aún estará abierto. Buenas noches. Corderita, hazme un favor. No tienes que avergonzarte por Heilbutt, ¿no es así, Heilbutt?

—¡Desde luego que no! Por mi causa…

—Entonces, ponte por encima el albornoz. Solo échatelo por encima. Por favor, por favor. Siempre te he imaginado reflejándote en el espejo con tu albornoz. Me gustaría ser el primero en verlo… Por favor, Corderita…

—Chico, chico —contesta ella emocionada, como es natural, por tanto fervor—. Ya ve usted, Heilbutt, no hay nada que hacer. —Y coge del armario ropero su albornoz.

—A mí no me importa —informa Heilbutt—. Me gusta ver esas cosas. Además su marido tiene razón: todo espejo debería empezar reflejando algo muy bonito…

—Calle, calle —Corderita deniega con un gesto.

—Pero le aseguro que…

—Corderita —dice Pinneberg, contemplando alternativamente a su mujer en persona y en el espejo—. Corderita, he soñado con esto y ahora se ha cumplido mi sueño. Heilbutt, ellos pueden tratarnos mal y pagarnos una porquería, y nosotros ser una basura para ellos, para los peces gordos de ahí arriba…

—Y es lo que somos —interviene Heilbutt—. Nosotros no importamos…

—Claro —coincide Pinneberg—. Siempre lo he sabido. Pero esto no pueden arrebatárnoslo. Que se vayan al cuerno con toda su palabrería. Pero que yo vea aquí a mi mujer con su albornoz en el espejo, eso no pueden arrebatármelo.

—Bueno, ¿he posado ya lo suficiente? —pregunta Corderita.

—¿Es bueno el espejo? ¿Favorecedor? —Y explica a Heilbutt—: En algunos espejos pareces un cadáver acuático, tan verde, pero yo todavía no he visto ninguno. En otros, anchísimo, y en otros tan polvoriento… Pero este espejo es bueno, ¿verdad Corderita?

Llaman, la puerta se entreabre y aparece la cabeza de la señora Pinneberg.

—¿Tienes un momento, Hans?

—Voy enseguida, mamá.

—Pero no tardes, por favor, necesito hablarte con urgencia. —La puerta vuelve a cerrarse.

—Seguro que mamá quiere el alquiler —comenta Corderita explicativa.

Pinneberg parece muy sombrío.

—¡A mamá, que la zurzan!

—¡Pero chico!

—¡Que no se dé tanta importancia! —replica irritado—. Ya recibirá su dinero.

—Es que pensará que tenemos un montón de dinero por haber comprado el tocador. Lo cierto es que se debe de ganar bien en Mandel, ¿me equivoco, señor Heilbutt?

—¿Bien? —inquiere, vacilante, el señor Heilbutt—. Bueno, hay opiniones muy diferentes al respecto. De todas maneras, yo diría que un tocador así seguro que cuesta sesenta marcos…

—Sesenta… Está usted loco, Heilbutt —dice Pinneberg excitado. Después, al notar que Corderita lo mira—. Perdone, Heilbutt, usted no puede saber… —Y en voz muy alta—: Y ahora declaro que no hablaremos más de dinero el resto de la noche, de manera que ahora iremos los tres a la cocina a preparar la cena. Yo al menos tengo hambre.

—Muy bien, chico —dice Corderita, sin dejar de mirarlo—. Como tú quieras.

Y se van a la cocina.

Hábitos conyugales en casa de los Pinneberg. Madre e hijo. Jachmann, el eterno salvador

 

Es de noche. Los Pinneberg se acuestan, su visitante se ha marchado. Pinneberg se desviste despacio y pensativo mientras mira de vez en cuando a Corderita, que se desnuda en un santiamén. Pinneberg suspira hondo y luego dice con sorprendente animación:

—¿Qué te ha parecido Heilbutt?

—Oh, muy bien —contesta Corderita, pero en ese «muy bien» Pinneberg se da cuenta de que su esposa no tiene intención de hablar de Heilbutt. Pinneberg respira hondo.

Corderita, tras ponerse el camisón, se quita las medias sentada en el borde de la cama. Las coloca sobre uno de los armaritos laterales del tocador. Pinneberg repara, entristecido, en que ella ni siquiera se da cuenta de dónde acaba de dejar las medias.

Pero Corderita aún no se acuesta.

—¿Qué le has dicho a mamá del alquiler? —pregunta de repente.

Pinneberg se siente un poco abochornado.

—¿Del alquiler…? Oh, nada. Que ahora no tengo dinero.

Pausa.

Corderita suspira. Se tumba con energía en la cama, se tapa con la manta y pregunta:

—¿Es que no quieres darle nada?

—No sé. Sí, claro. Pero ahora no.

Corderita enmudece.

Pinneberg ya está en pijama. Como la llave de la luz está al lado de la puerta y no puede ser accionada desde la cama, una de las obligaciones conyugales de Pinneberg es apagar la luz antes de meterse en la cama. Por otra parte a Corderita le apetece darse el beso de buenas noches con luz. Le gusta ver mientras tanto a su chico. Así que Pinneberg tiene que rodear la ancha cama principesca hasta llegar a la cabecera, darle el beso de buenas noches, después acercarse a la puerta, apagar la luz y por último meterse en el lecho.

El beso de buenas noches a su vez se divide en dos partes, la de él y la de ella. La masculina es muy constante: tres besos en la boca de ella. La suya cambia mucho: o bien coge entre sus manos la cabeza de su chico y la besa a conciencia; o le pasa el brazo por el cuello, atrae la cabeza hacia sí y la sujeta con fuerza mientras le estampa un beso muy largo; o estrecha contra su pecho su cabeza y le acaricia los cabellos.

Él procura casi siempre ocultar virilmente lo pesadas que le parecen esas prolongadas muestras de ternura, y al mismo tiempo nunca percibe con mucha claridad hasta qué punto ella se da cuenta y si su frialdad no la impresiona nada.

Hoy preferiría haber superado ya el besuqueo de buenas noches, durante un instante incluso sopesa la idea de «olvidarlo» sin más. Pero eso, al final, solo complicaría más el asunto. Así que, afectando la mayor indiferencia posible, rodea la cama, bosteza con ganas y dice:

—Estoy muerto, cielo. Mañana tengo que trabajar como una bestia. ¡Buenas noches! —Y al momento le da sus tres besos.

—Buenas noches, chico —contesta Corderita, besándolo con fuerza una vez—. Que descanses.

Ese día sus labios son muy blandos, turgentes y al mismo tiempo frescos, y por un momento a Pinneberg no le importaría continuar con el besuqueo. Pero la vida ya es bastante complicada y se contiene, da media vuelta, apaga la luz y se lanza con ímpetu a la cama.

—Buenas noches, Corderita —repite.

—Buenas noches —responde ella.

Como siempre, la habitación se queda oscurísima, pero poco a poco van apareciendo las superficies grises de las dos ventanas, mientras los sonidos van tornándose más nítidos. Ahora se oye el ferrocarril urbano, el bufido de una locomotora, después el autobús que pasa por la Paulstrasse.

De repente, cerquísima —los dos se sobresaltan—, estruendosas carcajadas, seguidas de exclamaciones, algazara, risitas.

—Jachmann está otra vez la mar de animado —dice Pinneberg sin darse cuenta.

—Hoy han recibido de Kempinski una caja entera de vino. Cincuenta botellas —explica Corderita.

—¡Lo que beben! —exclama el chico—. Lástima de dinero…

Lamenta el comentario. Corderita podría meter baza, pero no lo hace, guarda silencio.

Al cabo de un largo rato dice en voz baja:

—Oye, chico…

—¿Sí?

—¿Sabes qué anuncio ha puesto mamá?

—¿Un anuncio? Ni idea.

—Cuando llegó Heilbutt, creía que era para ella y preguntó si era el caballero que había telefoneado por su anuncio.

—No lo entiendo. Ni idea. ¿Qué anuncio será?

—No lo sé… ¿Pretenderá volver a alquilar nuestra habitación?

—No puede hacerlo sin contar con nosotros. Nooo, no lo creo. Se alegra de que estemos aquí.

—¿Y si no pagamos el alquiler?

—¡Por favor, Corderita! Ya pagaremos.

—Pero ¿qué anuncio puede ser? ¿Guardará relación con estas veladas nocturnas?

—¡Qué va! La gente no anuncia esas cosas.

—Pues no lo entiendo.

—Ni yo tampoco. En fin, buenas noches, Corderita.

—Buenas noches, chico.

Silencio. Pinneberg mira hacia la puerta, Corderita a la ventana. Como es natural, Pinneberg no es capaz de conciliar el sueño. Primero por el beso estimulante de antes, cuando una mujer se mueve de un lado a otro a medio metro de uno y respira más alto y suave. Y en segundo lugar, por el tocador. Habría sido mejor haberlo confesado ya.

—Oye, chico —dice Corderita con mucha suavidad en voz baja.

—¿Sí? —pregunta él algo angustiado.

—¿Puedo pasar un momento hasta tu lado?

Pausa. Silencio. Sorpresa.

—Pues con mucho gusto, Corderita. Claro que sí —responde, apartándose a un lado.

Es la cuarta o quinta vez en su matrimonio que Corderita ha dirigido a su marido una pregunta así. Y no puede afirmarse que esa pregunta signifique sin más una demanda erótica encubierta de Corderita. A pesar de que casi siempre terminaba así, pero eso era solamente la consecuencia masculina, algo tajante, sólida, que Pinneberg extraía al final de semejante pregunta.

En realidad Corderita intenta continuar su beso de buenas noches, siente necesidad de mimos, de ternura. Corderita solo quiere abrazar un ratito a su chico, porque fuera está el mundo vasto y salvaje con tanto jaleo y hostilidad, que no sabe ni quiere nada bueno de uno… ¿No está bien yacer el uno junto al otro sintiéndose como en un islita cálida?

Así yacen ahora, cogidos del brazo, las caras juntas, en la gran oscuridad de mil kilómetros de longitud, un puntito amable… Y hay que abrazarse muy estrechamente para que un cobertor tan moderno, de un metro cuarenta de ancho, dé para dos, sin que se cuele el aire por todos lados.

Al principio cada uno percibe el calor del otro como si fuese algo ajeno, pero de pronto esa sensación desaparece y se convierten en uno. Ahora es el chico el que se aprieta cada vez más fuerte contra ella.

—Chico —dice Corderita—, mi chico. Mi único…

—Mi vida —murmura— .Corderita…

Y la besa, y ahora va no son besos de cumplido, ay, qué agradable es besar ahora esa boca que parece florecer bajo sus labios, que se vuelve cada vez más blanda, turgente y madura…

Pero Pinneberg deja de pronto de besarla y deja incluso una pequeña distancia entre su cuerpo y el de ella, de manera que solo se rozan por arriba, por los hombros, por donde se abrazan.

—Oye, Corderita —dice Pinneberg con profunda sinceridad—, he sido un terrible idiota.

—¿De veras? —Se calla unos instantes y después añade—: ¿Cuánto ha costado el tocador? No me lo cuentes si no te apetece. Todo está bien. Has querido darme una alegría.

—¡Corderita! —exclama. Y de repente vuelven a juntarse. Pero entonces él se decide y la distancia reaparece—. Ha costado ciento veinticinco —responde.

Pausa.

Corderita calla.

Y él, justificándose mucho:

—Parece un precio excesivo, pero debes tener en cuenta que solo el espejo cuesta al menos cincuenta marcos.

—Qué bien —dice Corderita—. El espejo es realmente bueno. Un poco caro para nuestros ingresos, y en los próximos cinco o diez años en realidad no habríamos necesitado un tocador, pero yo misma te metí el capricho en la cabeza. A pesar de todo, está bien tenerlo. Eres un tipo bueno y tonto. Y ahora no refunfuñes por pasarme un año más con mi raído abrigo azul de invierno, porque ahora hemos de velar primero por el crío…

—Qué buena eres —dice él, y comienzan de nuevo los besos, y están otra vez muy juntos, y quizá esa noche ya no hubiera continuado la aclaración si al otro lado, en la habitación berlinesa, no se hubiera desatado un verdadero huracán de ruidos, carcajadas, voces, chillidos, una voz masculina, muy rápida, y por encima de todo, algo regañona, la voz no muy amable de la señora Mia Pinneberg.

—Ya están otra vez medio borrachos —dice Pinneberg muy molesto.

—Mamá no está de buen humor —comenta Corderita.

—Mamá siempre es agresiva cuando bebe —le informa él.

—¿No puedes pagarle el alquiler, aunque sea un poco…? —pregunta Corderita.

—Solo me quedan cuarenta y dos marcos —contesta Pinneberg decidido.

—¿¿¿Cómo??? —pregunta Corderita, incorporándose. Suelta a su chico, renuncia al calor, al aislamiento del aire, al erotismo, y se sienta más tiesa que una vela—. ¿Cómo? ¿Qué te queda de tu salario?

—Cuarenta y dos marcos —responde Pinneberg, acogotado—. Escucha, Corderita.

Pero ella no escucha. Esta vez el susto ha sido demasiado grande.

—Cuarenta y dos marcos —susurra y calcula—. Ciento veinticinco. ¿Has cobrado ciento sesenta y siete marcos de sueldo? ¡Es imposible!

—Ciento setenta. Le he dado tres marcos al chico.

Corderita se enfada por esos tres marcos.

—¿A qué chico? ¿Por qué?

—Al aprendiz.

—Ah, ya. Así que ciento setenta. Y encima te vas de compras… Ay, Dios mío, ¿qué va a pasar ahora, de qué vamos a vivir?

—Corderita —dice el chico suplicante—. Ya lo sé. He sido un imbécil. Pero te aseguro que nunca jamás volverá a suceder. Y ahora nos queda por recibir el dinero del seguro…

—¡Se acabará muy pronto si lo administramos así! ¿Y el bebé? ¡Aún nos queda por comprar todo lo del crío! No estoy dispuesta a conformarme con tres trapos y paja. A nosotros nos puede ir fatal. Eso no nos perjudica, pero el pequeñín no tiene que sufrir ningún tipo de privación, al menos durante los primeros cinco o seis años, yo me encargaré de ello.

También Pinneberg se ha sentado. ¡Qué distinta le ha parecido la voz de Corderita! Habla como si él ya no existiera, como si fuera un cualquiera. Y aunque solo es un humilde dependiente, y ellos se han encargado muy pronto de que sepa que no es nada especial, un animalillo al que se puede dejar vivir o morir, porque en el fondo carece de importancia, e incluso en su profundísimo amor por Corderita hay algo volátil, efímero, inconservable: ahora él es Johannes Pinneberg. Sabe que está en juego lo único que tiene valor y da sentido a su vida. Que tiene que aferrarlo y luchar, que en eso no deben explotarlo.

—Corderita, Corderita mía —dice—. Te digo que he sido un idiota, que lo he hecho todo mal. Yo soy así. Pero no por eso debes hablarme así. Así he sido siempre y por eso tienes que permanecer a mi lado y hablarme como a tu chico y no como a un cualquiera con el que te puedes pelear.

—Oye, chico, yo…

Pero él sigue hablando, es su momento; hasta aquí lo ha llevado el camino desde el principio, y no cede y añade:

—Corderita, perdóname, te lo ruego. Ya sabes, desde lo más hondo, cuando vuelvas a pensar en ello, que cada vez que veas el tocador, te reirás de veras del tonto de tu marido.

—Chiquito, ay, chiquito…

—No —dice él, saltando de la cama—. Ahora necesitamos luz. Tengo que ver tu cara, tu expresión cuando me perdones de verdad, que siempre lo sepa más tarde…

Y tras encender la luz, se apresura a regresar a su lado y no se mete en la cama, sino que, inclinándose sobre ella, la contempla…

Son dos caras acaloradas, enrojecidas, la mirada perdida. Sus cabellos se enredan, sus labios se juntan, por el camisón abierto su pecho blanco de venas azuladas muestra una maravillosa firmeza…

Qué feliz soy, siente él. Qué dichoso…

Mi chico, piensa ella. Mi chico. Mi chico grande, insensato, queridísimo, que te llevo dentro de mí, en mi regazo…

Y de pronto el rostro femenino se ilumina, se vuelve más y más luminoso, el chico lo ve, se va ensanchando y engrandeciendo, como si el sol saliera sobre el paisaje de ese rostro.

—Corderita —llama él, reclama a la que parece huir de él, cada vez más lejana y dichosa—. ¡Corderita!

Y ella le coge la mano y la coloca sobre su vientre.

—Aquí, toca, acaba de moverse, el bebé ha dado patadas… ¿Lo notas? Otra vez…

Y obligado por la madre feliz, él, que no oye nada, se inclina sobre ella. Coloca con suavidad la mejilla contra el vientre pleno, tirante y sin embargo tan blando… Y de pronto es como el cojín más maravilloso del mundo, no, qué tontería, es como una ola, el vientre sube y baja, un mar infinito de felicidad lo inunda… ¿Es verano? El trigo está en sazón. Qué niño tan alegre con los cabellos rubísimos y los ojos azules de la madre. Oh, qué bien huele aquí, en el campo, a tierra y a madre y a amor. A amor disfrutado, siempre fresco… Y las pequeñas barbas de las espigas le pinchan la mejilla, y él mira más allá de la hermosa línea cerrada de sus muslos y del bosquecillo oscuro… Y como levantado por los brazos de ella, él descansa junto al pecho materno, ve la mirada femenina tan grande, tan radiante… Oh, vosotros todos en vuestros pequeños cuartos angostos, esto no pueden arrebatároslo…

—Todo va bien —susurra Corderita—. Todo va bien, chico mío.

—Sí —afirma él, deslizándose junto a ella e inclinando su rostro sobre el de ella—. Sí —repite—. Soy más feliz que nunca. Corderita, tú…

Hacia la medianoche, alguien llama con los nudillos a su puerta.

—¿Puedo pasar un momento? —pregunta una voz.

—Pasa, mamá —contesta Pinneberg, henchido de orgullo—. No nos molestas.

Y mantiene su mano firme sobre el hombro de Corderita impidiéndola deslizarse recatadamente a su parte de la cama.

La señora Mia Pinneberg entra despacio y de un vistazo se hace cargo de la situación.

—Espero no molestaros. He visto que estaba la luz encendida, pero no pensaba, claro, que estuvierais en la cama. Así que ¿seguro que no os molesto? —dice, sentándose.

—Seguro que no, mamá —contesta Pinneberg—. No nos importa. Además, estamos casados.

La señora Mia Pinneberg permanece sentada y respira deprisa. A pesar del maquillaje se ve que está muy colorada. Seguro que ha bebido más de la cuenta.

—Dios —murmura la señora Pinneberg, y es que los camisones de Corderita son tan malditamente obvios—, qué pecho tiene esta mujer. Hoy no se ve nada así. ¿No estarás embarazada, verdad?

—¡Qué va! —contesta Pinneberg mirando con aire experto al escote—. Corderita siempre ha sido así. Ya lo tenía así de pequeña.

—¡Chico! —Le advierte su esposa.

—¿Lo ves, Emma? —comenta la señora Pinneberg enfadada, pero también llorosa—. Tu marido me toma el pelo. Esos de allí dentro también. Ahora llevo por lo menos cinco minutos fuera y soy la anfitriona. Sin embargo, ¿creéis que alguien pregunta por mí? Siempre esas cabras locas, Claire y Nina. Y Holger también ha cambiado muchísimo en las últimas semanas. Por mí nadie pregunta.

La señora Pinneberg solloza.

—¡Oh, mamá! —Corderita, tímida y compasiva, intenta salir de la cama para acercarse a ella, pero su chico la sujeta.

—No, Corderita —dice él sin compasión—. Ya conocemos eso. Has cogido una pequeña curda, mamá. Ya se te pasará. Siempre le ocurre lo mismo —explica, impasible—, cuando se achispa, primero llora, después empieza la riña y al final retorna el llanto. Lo conozco desde que era un colegial…

—Por favor, chico, así no —susurra Corderita—. No debes…

Y la señora Pinneberg, muy enfadada:

—¡Sobre todo no me recuerdes tus años escolares! Porque podría contarle a tu mujer lo que pasó cuando se presentó aquel policía y tú practicabas esos juegos tan indecentes con las niñas en el cajón de arena…

—¡Bah! —exclama Pinneberg—. Mi mujer ya sabe todo eso. ¿Lo ves, Corderita? Ahora está a punto de empezar la pelea.

—No quiero escuchar una palabra más —dice Corderita con las mejillas arreboladas—. Todos somos asquerosos, por desgracia lo sé, a mí tampoco me protegió nadie. Pero que como hijo trates así a tu madre…

—Cálmate —le aconseja Pinneberg—. No seré yo quien empiece con esa basura. Siempre es mamá.

—Y ¿qué pasa con el alquiler? —pregunta de pronto la señora Pinneberg, iracunda, trayendo a colación el asunto—. Hoy es treinta y uno, en todas partes se paga el alquiler por adelantado, pero yo todavía no he visto ni un céntimo…

—Ya lo verás —explica Pinneberg—. No hoy ni tampoco mañana. Pero lo recibirás… algún día.

—Lo necesito hoy, tengo que pagar el vino. A mí nadie me pregunta de dónde saco el dinero…

—No seas tonta, mamá. No pagas el vino por la noche. Todo eso es pura palabrería. Y, por favor, recuerda que Corderita te hace todo el trabajo.

—Quiero mi dinero —insiste la señora Pinneberg, agotada—. Aunque Corderita no me hace ni siquiera el favor más nimio. Yo también os he preparado hoy un té, ¿y si quisiera cobrároslo?

—Estás loca, mamá —aduce Pinneberg—. ¡Arreglar el piso a diario y preparar un té!

—Lo mismo da —dice la señora Pinneberg—. Un favor es un favor. —Está muy pálida y se levanta tambaleándose—. Enseguida vuelvo —susurra antes de salir a trompicones.

—Ahora apaga rápidamente la luz —dice Pinneberg—. ¡Maldita sea que no se pueda cerrar la puerta, en esta pocilga nada funciona bien! —Vuelve a meterse en la cama con su esposa—. Ay, Corderita, que haya tenido que interponerse mi madre, con lo bien que estábamos…

—No soporto que hables así a tu madre —susurra Corderita, y él nota el temblor de todo su cuerpo—. Que es tu madre, chiquito.

—Por desgracia —replica sin ablandarse—. Por desgracia, y como la conozco tan bien, sé lo mal bicho que es. Tú todavía picas el anzuelo, Corderita, porque de día, cuando está sobria, es graciosa, tiene sentido del humor y le gustan las bromas. Pero es astuta, muy astuta. No quiere de verdad a nadie, y con Jachmann, ¿crees que la cosa irá bien mucho tiempo? Ese también acabará dándose cuenta y comprenderá que se aprovecha de él. Ah, y para la cama, también será demasiado vieja muy pronto.

—Chico —dice Corderita muy seria—, no quiero volverte a oír nunca hablar así de mamá. Acaso tengas razón y yo sea una blandengue tontorrona y sentimental, pero no quiero volver a oírlo. ¿Te imaginas que el crío pudiera hablar algún día así de mí?

—¿De ti? —pregunta Pinneberg con un tono que lo dice todo—. ¿Que el crío hable así de ti…? ¡Pero si eres Corderita! Si eres… Ay, maldita sea, ya está otra vez en la puerta. Estamos durmiendo, mamá.

—Queridos hijos —sorprendentemente es la voz de Jachmann, que también deja traslucir que su propietario está un poco achispado—. Queridos hijos, disculpadme un momento…

—Claro —contesta Pinneberg—. Salga ahora mismo de aquí, señor Jachmann.

—Un momento, joven señora, me iré. Ustedes son un matrimonio y nosotros también. No legal, pero por lo demás completamente real, con todas sus broncas… Así que ¿por qué no podemos ayudarnos?

—¡Fuera! —vocifera Pinneberg.

—Es usted una mujer maravillosa —dice Jachmann, sentándose pesadamente en la cama.

—Siento decirle que solo estoy yo —dice Pinneberg.

—Da igual —replica Jachmann levantándose—. Conozco bien esto, me limitaré a dar una vuelta alrededor de la cama…

—Que se vaya —protesta Pinneberg, algo desvalido.

—Me iré —responde Jachmann abriéndose paso por el desfiladero situado entre el lavabo y el armario—. Como es natural, vengo solo por el alquiler.

—Ay, Dios —suspiran los dos Pinneberg.

—¿Es usted, joven señora? —inquiere Jachmann—. ¿Dónde ha sido eso? Oh, encienda la luz, por favor. Diga de nuevo: Ay, Dios. —Y sigue abriéndose paso trabajosamente por la habitación llena de trampas, en dirección a la cama.

—¿Sabe? Esa mujer, su madre, no para de despotricar porque todavía no ha cobrado el alquiler. Hoy está amargándonos la noche. Ahora está ahí al lado, llorando. Así que me he dicho, Jachmann, estos últimos días lo de ganar dinero ha ido como la seda, Jachmann, tú se lo darías a la mujer, pues dáselo a los hijos y que ellos se lo entreguen a la mujer. Total, viene a ser lo mismo. Y habrá paz.

—No, señor Jachmann —comienza a decir Pinneberg—, es usted muy amable…

—Amable… Oh, maldición, ¿qué demonios hay aquí? ¡Esto es un mueble nuevo! ¡Espejo! No, deseo estar tranquilo. Tome, joven señora, aquí está el dinero.

—Lamento de veras, señor Jachmann —dice Pinneberg muy alegre—, que haya hecho en vano ese largo camino, la cama está vacía, mi mujer está aquí, conmigo.

—Maldita sea —susurra el gigante.

Entonces fuera resuena una voz llorosa:

—Holger, ¿dónde estás, Holger?

—¡Escóndase, deprisa! Va a entrar —susurra Pinneberg.

La puerta se abre con estrépito.

—¿No estará Jachmann por aquí?

La señora Pinneberg enciende la luz. Dos pares de ojos miran atemorizados a su alrededor, pero él no está, se ha puesto a salvo detrás de la segunda cama.

—¿Dónde se habrá metido? A veces baja a la calle solo porque se enfada… ¡Ay, Señor, ahí…!

Pinneberg y Corderita siguen la mirada de mamá, consternados. Pero ella no ha descubierto a Holger, sino los billetes que reposan sobre el cobertor de seda roja de Corderita.

—Sí, mamá —dice Corderita con la mayor tranquilidad del mundo—. Acabamos de hablarlo. Es el alquiler de la próxima temporada. Ahí lo tienes.

La señora Pinneberg coge el dinero.

—Trescientos marcos —dice sin aliento—. Bueno, me alegro de que hayáis cambiado de opinión. La mensualidad de octubre y noviembre. Después ya solo quedará una minucia para gas y luz. Lo calcularemos en el momento oportuno. Bueno… pues muchas gracias… Buenas noches…

Sale hablando de la habitación, protegiendo, temerosa, su tesoro.

Detrás de la última cama aparece la cara radiante de Jachmann.

—¡Qué mujer! —exclama—. ¡Qué mujer! ¡Trescientos marcos por octubre y noviembre está muy bien! Bueno, perdonad, hijos, tengo que ir a verla. En primer lugar siento curiosidad por si dirá algo del dinero. Y segundo, ahora seguro que estará animadísima… En fin, buenas noches.

Y desaparece a su vez.

Kessler hace un descubrimiento y recibe una bofetada, pero los Pinneberg tienen que mudarse

 

Es una mañana de noviembre, triste y gris. En Mandel todavía reina una completa quietud. Pinneberg acaba de llegar, es el primero o casi el primero del departamento. Detrás parece que viene alguien más.

Pinneberg se siente mal, deprimido, seguro que se debe al tiempo. Coge un trozo de melton y empieza a medirlo. Rummm-rummm-rummm…

El otro, que ha estado trajinando muy alejado, se aproxima deprisa hacia él, no derecho como haría Heilbutt, sino deteniéndose ora aquí, ora allá. Por tanto debe de ser Kessler, que desea algo de él. Esos pequeños alfilerazos, esas intrigas nimias y cobardes de Kessler ocurren desde hace una eternidad. Por desgracia, a Pinneberg cada vez le irritan más, lo sacan de quicio, le gustaría moler a palos a Kessler, no puede verlo ni en pintura desde su comentario sobre el enchufado de Lehmann.

—Buenos días —saluda Kessler.

—Buenos días —contesta Pinneberg sin levantar la vista.

—Aún está muy oscuro —comenta Kessler.

Pinneberg no contesta. Rummm-rummm… hace la tela.

—Cuánta diligencia, ni que le hubiera dado un ataque —opina Kessler, sonriendo un tanto confuso.

—A mí no me dan ataques —contesta Pinneberg.

Kessler parece indeciso o quizá reflexiona sobre cómo debe empezar. Pinneberg está muy nervioso, el otro quiere algo de él, ¡y no será nada bueno!

—¿Usted vive en Spenerstrasse, verdad, Pinneberg? —pregunta Kessler.

—¿Cómo lo sabe?

—Bueno, lo he oído.

—Ya —dice Pinneberg.

—Es que yo vivo en Paulstrasse. Qué raro que nunca nos hayamos encontrado en el cercanías.

Este individuo quiere algo, piensa Pinneberg. ¡Si lo soltara de una vez! ¡Menudo cerdo!

—Y está usted casado —dice Kessler—. Hoy no es fácil casarse. ¿Tiene usted hijos?

—No lo sé —contesta Pinneberg, enfurecido—. Podría usted trabajar un poco en lugar de quedarse ahí plantado.

—No lo sé, está bien —contesta Kessler con absoluto descaro, casi con agresividad—. Pero a lo mejor es verdad. No lo sé, es incluso excelente si uno lo dice como padre de familia…

—Oiga, señor Kessler… —dice Pinneberg, levantando un poco el metro.

—¿Qué pasa? Es usted quien lo ha dicho. ¿O acaso no lo ha dicho? Lo importante es que lo sepa Mia, su señora…

—¿Cómo? —grita Pinneberg. Un par de personas que han llegado entretanto no le quitan la vista de encima— ¿Cómo? —repite instintivamente bajando la voz—. ¿Quiere algo de mí? Le voy a sacudir dos tortas en el morro, imbécil. Siempre buscando camorra…

—Entonces esos son los preparativos discretos de unas elegantes reuniones, ¿no? —pregunta Kessler, sarcástico—. ¡No se sulfure, hombre! Me gustaría saber lo que dirá Jänecke cuando le enseñe el anuncio. Quien obliga a su mujer a insertar anuncios tan sucios, tan guarros…

Pinneberg no es un deportista. No es capaz de saltar por encima del stand. Tiene que rodearlo corriendo para agarrar al tipo, rodearlo del todo…

—¡Una vergüenza para la profesión! ¡No se le ocurra iniciar aquí una pelea!

Pero Pinneberg ya se le ha echado encima. Como ya se ha dicho, no es un deportista, le sacude al otro una bofetada, el otro se la devuelve, ambos se agarran, se dan tirones con torpeza.

—Espera y verás, cerdo —jadea Pinneberg.

De los otros stands acude gente corriendo.

—¡Esto no puede ser!

—Como lo vea Jänecke, irán los dos a la calle.

—Ahora solo falta que hubiera clientela en la tienda.

De pronto Pinneberg nota que lo agarran por detrás, lo sujetan y lo separan de su enemigo de un tirón.

—¡Suélteme! —grita—. Primero tengo que…

Es Heilbutt, que dice con suma frialdad:

—No sea ridículo, Pinneberg. Soy mucho más fuerte que usted y no pienso soltarlo.

Enfrente, el otro, Kessler, ya se está enderezando la corbata. No parece muy alterado. Cuando uno es un liante nato, suele recibir en la vida alguna que otra tora.

—Me gustaría saber por qué se enfada tanto —explica a los presentes— cuando hace que su mujer salga públicamente en el periódico…

—¡Heilbutt! —suplica Pinneberg intentando zafarse.

Pero a Heilbutt no se le pasa por las mientes soltarlo.

—¡Vamos, desembucha, Kessler! —exclama—. ¿Qué anuncio es ese? ¡Enséñalo!

—Usted no es quién para decirme nada —declara Kessler—. Tampoco es más que yo, por mucho que se las dé de primer vendedor.

En ese preciso instante se alza un murmullo generalizado de enojo:

—¡Desembucha, hombre!

—¡Ahora escurriendo el bulto, ni soñarlo!

—De acuerdo, lo leeré en voz alta —dice Kessler desplegando un periódico—. A mí me daría vergüenza.

Vuelve a vacilar, la tensión aumenta.

—Hazlo de una vez, hombre.

—Siempre tiene que meter cizaña.

—Sale en los anuncios por palabras. Siempre me asombra que la policía no los investigue. Seguro que no tardará mucho en hacerlo.

—¡Lee de una vez!

Kessler obedece. Lo hace muy bien. Seguramente lo ha ensayado esa misma mañana.

¿No tiene suerte en el amor? Yo le introduciré en un círculo de señoritas encantadoras y sin prejuicios. Quedará satisfecho.

Señora Mia Pinneberg, Spenerstrasse 92, II.

Kessler paladea el momento.

—Quedará satisfecho… ¿Qué decís ahora, eh? —Y explica—: El me confirmó expresamente que vive en Spenerstrasse; de no ser así, yo no habría contado una palabra.

—¡Eso es tremendo!

—¡Menudo ejemplo!

—Yo… —balbucea Pinneberg, más blanco que la tiza—, yo no he…

—Deme ese papel —dice de pronto Heilbutt, cabreado como una mona—. ¿Dónde es? Aquí… Señora Mia Pinneberg… Pinneberg, tu mujer no se llama Mia, tu mujer se llama…

—Emma —contesta Pinneberg con voz apagada.

—Bueno, merece usted otra bofetada, Kessler —arguye Heilbutt—. Para empezar, no se trata de la mujer de Pinneberg. Es bastante indecente por su parte, creo yo…

—Eh, permítame —protesta Kessler—. Yo no lo sabía.

—Y, además —declara Heilbutt—, cualquiera puede ver que nuestro colega Pinneberg no sabía nada de esta historia. ¿No es verdad que vives en casa de una pariente?

—Sí —susurra Pinneberg.

—Ya lo ves —dice Heilbutt—. Yo tampoco puedo responder por todos mis parientes. Ahí no hay nada que hacer.

—Siendo así —Kessler recupera la calma, la desaprobación general le desagrada—, debería usted agradecerme que le haya informado de semejante porquería. Aunque reconozco que es bastante raro que usted no se diera cuenta de nada…

—Se acabó —concluye Heilbutt y los demás lo apoyan—. Creo, señores, que ahora nos dedicaremos a trabajar. El señor Jänecke puede presentarse en cualquier momento.

Y lo mejor será que no hablemos más de esta historia, denotaría una gran falta de compañerismo, ¿no creen?

Los demás asienten y se marchan en silencio.

—Escuche, Kessler —dice Heilbutt, cogiéndolo por el hombro.

Los dos desaparecen detrás de un perchero con abrigos. Hablan durante un buen rato, casi siempre en susurros, un par de veces Kessler protesta vivamente, pero al final se queda muy callado y tranquilo.

—Bueno, asunto resuelto —comenta Heilbutt mientras regresa junto a Pinneberg—. Kessler le dejará… te dejará en paz. Y disculpa que te haya tuteado hace un momento. ¿Te parece que sigamos haciéndolo?

—Sí, si usted… si tú quieres.

—Estupendo. Bueno, Kessler te dejará en paz, a ese ya le han leído la cartilla.

—Te lo agradezco de veras, Heilbutt —confiesa Pinneberg—. Estoy que no puedo más. Es como sí me hubieran dado un mazazo en la cabeza.

—Es tu madre, ¿verdad? —pregunta Heilbutt.

—Sí —contesta Pinneberg—. ¿Sabes?, nunca he tenido buena opinión de ella. Pero esto… no…

—Tampoco es para tanto —opina Heilbutt—. A mí no me parece tan terrible.

—Sea como fuere, me mudaré.

—Por supuesto, yo también lo haría. Y cuanto antes, mejor. Sobre todo porque los demás ya están al corriente. Es muy posible que algunos se pasen por allí por curiosidad…

Pinneberg se estremece.

—Santo cielo, eso no. Cuando me haya ido, no sabré nada. También juegan a las cartas. Siempre pensé que era algo relacionado con las cartas, a veces he pasado tanto miedo… Bueno, ahora Corderita tendrá que esforzarse por encontrar una vivienda lo antes posible.

 

Corderita busca, nadie quiere niños y ella se desmaya, pero merece la pena

 

Corderita busca casa y sube un montón de escaleras. Ya no le resulta tan fácil como medio año antes. Entonces una escalera era una minucia, la subía andando, corriendo, bailando: tris, tras, escalera va. Hoy se detiene con frecuencia en un escalón, la frente cubierta de sudor; se lo limpia, pero además le duelen los riñones. ¿Le afligen esos dolores? ¡Bah, los dolores le dan igual, con tal de que nada perjudique al bebé!

Camina y sube, pregunta y reanuda su camino. Hay que solucionar deprisa lo de la vivienda, ya no aguanta más la situación de su chico. Él palidece y tiembla en cuanto la señora Mia Pinneberg entra en la habitación. Corderita le ha hecho prometer que no hablará con su madre del asunto, se marcharán en secreto, una mañana simplemente habrán desaparecido. ¡Pero cuán difícil le resulta a él! Ay, le gustaría montar una bronca, vociferar. La verdad es que Corderita no comprende para qué, pero entiende que su chico esté así…

Cualquier otra se habría olido el pastel hace tiempo, pero en este sentido la señora Pinneberg sénior es de una ingenuidad conmovedora. Ella entra como una tromba en la habitación donde están ambos y exclama, animada:

—¡Estáis aquí sentados como dos gallinas mojadas en la tormenta! ¡Vaya juventud! A vuestra edad yo…

—Sí, mamá —Corderita sonríe.

—¡Hay que animarse, caramba! La vida ya es lo bastante mala como para que uno además se ponga malo. Emma, quería preguntarte si puedes ayudarme a fregar. Es vergonzoso, pero me esperan un montón de cacharros.

—Lo siento, mamá, he de coser —contesta Corderita, sabedora de que a su marido le dará un ataque de rabia si le echa una mano.

—Vale, entonces esperaremos un día más para fregar. Mañana seguro que te vendrá mejor. Por cierto, ¿qué es lo que coses siempre? No te estropees la vista. Hoy ya no tiene sentido coser, todo se compra hecho, mejor y más barato.

—Sí, mamá —contesta Corderita, resignada, y la señora Pinneberg se marcha tras haber animado un poco a los jóvenes.

Mas al día siguiente Corderita tampoco la ayuda a fregar, ha salido a buscar piso, lleva muchos días buscando, tiene que encontrar algo, a su chico lo devora la impaciencia.

¡Esas caseras! Existe una variedad de mujer que, en cuanto Corderita pregunta por una habitación amueblada con derecho a cocina, le miran la tripa:

—No. ¿En estado de buena esperanza, verdad? Pues no, mire, cuando queramos oír llantos infantiles, tendremos nuestros propios hijos. Creo que es mucho mejor.

Pías. La puerta se cierra.

A veces, justo cuando todo parece ir bien y el asunto está casi solucionado, Corderita piensa: menos mal, mañana temprano mi chico podrá despertarse al fin sin preocupaciones, y cuando dice luego —porque ellos no quieren que vuelvan a echarlos después de dos o tres semanas—:

—Pero estamos esperando un hijo.

La casera contesta con cara muy larga:

—Ay, no, estimada joven señora, no se lo tome a mal. Usted me gusta de veras, pero mi marido…

¡Adelante! ¡Adelante, Corderita! El mundo es grande, Berlín es grande, tiene que haber personas simpáticas… Esperar un hijo es una bendición, vivimos en el siglo de la infancia…

—Pero estamos esperando un hijo.

—Oh, eso carece de importancia. ¿También tiene que haber niños, no le parece? Aunque los niños estropean mucho una vivienda, con tanta ropa de bebé para lavar, el humo y el vapor, y tenemos unos muebles tan buenos… Seguro que el niño araña el barniz. De acuerdo… pero en lugar de cincuenta marcos, le pediré como mínimo ochenta. No, pongamos setenta…

—No, gracias —responde Corderita antes de proseguir su camino.

Oh, ve viviendas muy bonitas, habitaciones luminosas, soleadas, bien amuebladas, con cortinas de colores preciosas y el papel pintado nuevo y claro… Ay, mi querido bebé, piensa.

Y después se topa con una señora mayor que mira muy amistosamente a la joven cuando esta musita algo del bebé que espera… La verdad es que para cualquier persona que tenga ojos en la cara es una alegría contemplar a esa joven… Y entonces la señora mayor le dice a la más joven, observando meditabunda su abrigo azul, a decir verdad muy raído:

—Sí, querida señora, pero son ciento veinte marcos, de veras que más barato es imposible. Vea, ochenta se los lleva el propietario, y yo solo cuento con una pequeña renta y también he de vivir…

Oh, por qué, piensa Corderita, por qué no tenemos un poquito más de dinero. Para que no haga falta calcular hasta el último céntimo. Todo sería más sencillo, la vida entera sería diferente y una podría alegrarse sin rebozo por el bebé…

¡Oh, por qué no! Y los cochazos pasan rugiendo a su lado y hay tiendas de delicatessen y personas que ganan tanto que ni siquiera pueden gastarse el dinero… No, Corderita no lo entiende.

Por la noche, muchas veces su chico la espera en la habitación.

—¿Nada? —Le pregunta.

—Todavía no —contesta—. Pero no te desanimes. Tengo el pálpito de que mañana encontraré algo. ¡Ay, Dios mío, tengo los pies helados!

Pero eso solo lo dice para distraerlo y mantenerlo ocupado. Aunque es verdad que tiene los pies fríos y mojados, lo dice únicamente para que él olvide la decepción por no haber encontrado vivienda. Porque ahora él le quita las medias y los zapatos, le frota los pies con una toalla y se los calienta…

—Bien —comenta satisfecho—. Ahora que han entrado en calor, no dejes de ponerte las babuchas.

—Maravilloso. Mañana seguro que encontraré algo.

—No te apures —dice él—. Un día más, no importa. Yo no me desanimo.

—Claro, claro —replica su esposa— Ya lo sé.

Pero ella sí que está a punto de desanimarse. Siempre andar y andar, ¿qué sentido tiene? Por el dinero que pueden pagar, no encontrarán nada aceptable.

Ahora se ha alejado cada vez más hacia el este y hacia el norte, casas de vecindad interminables, horrendas, repletas, malolientes, llenas de gritos. Y mujeres obreras le han abierto la puerta diciendo:

—Puede verlo, sí, pero no se lo quedará. No es lo bastante fino para usted.

Y ella escudriña la habitación con manchas en las paredes…

—Sí, hemos tenido chinches, pero ya han desaparecido, con ácido prúsico. —Una cama de hierro desvencijada… —. Si lo desea, también puede tener una alfombrilla, aunque da más trabajo… —Una mesa de madera, dos sillas, unos ganchos en la pared, se acabó—. ¿Hijo? Los que usted quiera, a mí me importa un rábano que griten unos cuantos más, yo tengo cinco…

—Pues no sé —dice Corderita, insegura—. Quizá vuelva…

—Usted no volverá, joven —dice la mujer obrera—. Sé lo que es eso, yo también tuve antes una buena habitación, a una le cuesta decidirse…

No, uno no se decide tan fácilmente. La renuncia a la propia vida es lo último… Una mugrienta mesa de madera, aquí él, allá ella, en la cama el niño berreando…

—Nunca —murmura Corderita.

Qué cansada está, cómo le duele cuando después dice en voz muy baja:

—Todavía no.

No, la mujer tiene razón, a uno le cuesta decidirse, y es bueno que así sea, porque entonces las cosas se ven desde otra perspectiva…

Un mediodía Corderita entra en una tiendecita de jabones de Spenerstrasse para comprar un paquete de detergente, media libra de jabón verde, un paquete de sosa blanqueadora…

De repente se siente mal, se le nubla la vista, logra agarrar por los pelos la persiana y se aferra a ella.

—¡Emil, ven! —grita la mujer.

Le traen a Corderita una silla, una taza de café caliente, ya vuelve a ver algo y susurra a modo de disculpa:

—He caminado tanto…

—Pues no debería. Caminar es sano, pero en exceso…

—He de hacerlo —responde Corderita desesperada—. Necesito encontrar una vivienda…

Y de pronto se torna locuaz y cuenta a los dos jaboneros su búsqueda infructuosa. Alguna vez hay que hablar, con su chico solo puede mostrarse siempre valerosa.

La mujer es alta y delgada, tiene la cara amarilla y apergaminada, y el pelo negro, parece severa. El, un tipo corpulento, colorado y orondo, permanece al fondo en mangas de camisa.

—Sí —dice él—. Sí, joven, a los pájaros los alimentan durante el invierno para que no perezcan, pero a la gente como nosotros…

—Tonterías —contesta la mujer—. No digas bobadas. Piensa. ¿No sabes nada?

—¿Qué voy a saber? —replica él—. Dependiente. Es para partirse de risa. Debería llamarse doliente.

—¿Sabes? —gruñe su mujer—, seguro que a la joven ya le han asaltado montones de pensamientos parecidos, aunque no tan malvados como los tuyos. Para eso no te necesita. Piensa un poco. ¿No sabes nada?

—¿De qué? Explícate. ¿Qué tengo que saber?

—¡Ya lo sabes, Emil! ¡Puttbreese!

—Ah, ¿te refieres a una vivienda? Así que tengo que pensar en una vivienda para la señora. Haberlo dicho.

—¿Qué hay de lo de Puttbreese? ¿Está todavía libre?

—¿Puttbreese? ¿Es que quiere alquilar? ¿Dónde?

—Donde tuvo el almacén de muebles. Ya lo sabes.

—Primera noticia que tengo. En fin, si él quiere alquilar ese cuchitril, la joven señora no podrá subir por una escalera tan estrecha. Y menos en su estado…

—¡Tonterías! —replica su mujer—. Escuche, joven, échese primero un par de horas, y después, a eso de las cuatro, baje e iremos juntas a ver a Puttbreese.

—Gracias, muchísimas gracias —responde Corderita.

—Si la joven señora —dice Emil en mangas de camisa— consigue alquilar algo allí, me como una escoba. Me zampo una de las de esparto, de las de uno cincuenta y ocho.

—Tonterías —replica la vendedora de jabón.

Luego Corderita se marcha y se tumba. Puttbreese, piensa. Puttbreese. En cuanto oí el nombre, supe que funcionaría.

Y después se duerme, muy satisfecha con su pequeño desmayo.

Una vivienda como nunca, el señor Puttbreese tira y el señor Jachmann ayuda

 

Esa noche, al llegar a casa, una linterna eléctrica de bolsillo ilumina de improviso a Pinneberg y una voz grita:

—¡Alto! ¡Arriba las manos!

—¿Qué pasa? —pregunta enfurruñado, porque esa temporada está de mal humor—. ¿De dónde has sacado esa linterna?

—La necesitamos —exclama Corderita, satisfecha—. En nuestro nuevo palacio no funciona la luz de la escalera.

—¿Tenemos vivienda? —pregunta sin aliento—. Oh, Corderita, ¿de veras tenemos casa?

—¡La tenemos! —grita regocijada—. ¡Una auténtica vivienda! —Hace una pausa—. Es decir, si tú quieres, porque aún no la he alquilado en firme.

—Ay, Dios —responde consternado—. ¿Y si entretanto se la alquilan a otro?

—No lo harán —precisa tranquilizadora—. La he apalabrado para todo el día de hoy. En cuanto termines, iremos a verla. Anda, cena deprisa.

Mientras cena, no para de hacer preguntas, pero ella no suelta prenda.

—No, tienes que verla con tus propios ojos. Ay, Dios, chico, ojalá te guste…

—Bien, vamos allá —dice, y se levanta masticando todavía.

Suben por Spenerstrasse, bien cogidos del brazo, y se adentran en Alt—Moabit.

—Una vivienda —murmura él—, una auténtica vivienda para nosotros dos solos.

—Una auténtica vivienda tampoco es —precisa Corderita, suplicante—. No te asustes.

—¡Deja de torturarme!

El caso es que se topan con un cine y al lado atraviesan un portón y acceden a un patio. Hay dos tipos de patios, este es del segundo tipo, es decir, un patio de fábrica y de almacén. Una mortecina farola de gas ilumina una puerta enorme, de dos alas, similar a la de un garaje. «Almacén de muebles de Karl Puttbreese», se lee en ella.

Corderita señala un lugar en el oscuro patio.

—Ahí está nuestro retrete —explica.

—¿Dónde? ¿Dónde?

—Allí —contesta con otra seña—. Esa puertecita de ahí detrás.

—Siempre creo que me estás tomando el pelo.

—Y aquí está nuestra entrada —informa Corderita, abriendo la puerta de garaje que ostenta el nombre de Puttbreese.

—Oh, nooo —dice Pinneberg.

Entran en un almacén enorme, repleto de muebles viejos. La escasa luz de la pequeña linterna se pierde en una maraña de vigas con telarañas.

—Confío —dice Pinneberg cogiendo aliento— en que esto no sea nuestro cuarto de estar.

—Es el almacén del señor Puttbreese, que es carpintero y de paso comercia con muebles viejos —explica Corderita—. Presta atención, te lo enseñaré todo. ¿Ves esa pared negra ahí al fondo que no llega hasta el techo? Pues tenemos que subir ahí arriba.

—Vaya —dice él.

—Eso es el cine, porque habrás visto el cine, ¿verdad?

—Lo he visto —contesta reservado.

—Venga, chiquito, no pongas esa cara. Ya verás… Bueno, pues eso es el cine, y ahora vamos a subir al tejado.

Se aproximan, la linterna ilumina una estrecha escalera de madera, muy empinada, que conduce hasta la pared. No, la verdad es que se trata de una escalera muy estrecha.

—¿Ahí arriba? —inquiere dubitativo—. ¿En tu estado?

—Quiero enseñártelo —responde, comenzando la ascensión. La verdad es que hay que sujetarse con mucha fuerza—. Bueno, llegaremos enseguida.

El techo está pegadito a sus cabezas. Entran en una especie de túnel abovedado; en algún lugar de ahí abajo, en medio de las tinieblas, a mano izquierda, están los muebles de Puttbreese.

—Camina derecho detrás de mí o puedes caerte.

En ese instante Corderita abre una puerta, una verdadera puerta, enciende la luz, auténtica luz eléctrica, y le comunica:

—Ya estamos.

—Sí, ya estamos —repite Pinneberg escudriñando a su alrededor. Y después murmura—: ¡Ah, vaya, ahora comprendo…!

—Fíjate —murmura Corderita.

Son dos habitaciones, en realidad una sola, porque la puerta entre ambas se ha eliminado. Son muy bajas. Con gruesas vigas en el techo blanqueado. Ellos están en el dormitorio, dos camas, un armario, una silla y un lavabo. Nada más. Sin ventanas. Pero enfrente hay una bonita mesa redonda, un enorme sofá negro de hule con botones blancos, un secreter y un costurero. Todos muebles antiguos de caoba, y también una alfombra. Parece muy confortable. Las ventanas cuentan con bonitas cortinas blancas. Son tres, muy pequeñas, con los cristales divididos en cuatro.

—Y ¿dónde está la cocina? —pregunta él.

—Aquí —responde ella golpeando la cocina de hierro de dos fogones.

—¿Y el agua corriente?

—Todo está aquí, chico. —Y resulta que entre el secreter y la cocina hay un grifo y una pila.

—Y ¿cuánto cuesta esto? —pregunta dudando todavía.

—Cuarenta marcos —le informa ella—. Es decir, en realidad nada.

—¿Cómo que en realidad nada?

—Presta atención. ¿Has entendido lo de subir aquí arriba con la escalera y que las habitaciones estén colocadas de una forma tan estrambótica?

—Pues no —reconoce él—. Ni idea. Seguramente al arquitecto le faltaba un tornillo. Dicen que hay muchos así.

—De eso nada —replica su mujer con vehemencia—. Esto que ves fue un día una auténtica vivienda, con cocina, baño, entrada y todo. Y aquí arriba subía una escalera como es debido.

—Y ¿por qué desapareció todo eso?

—Porque inauguraron el cine. La sala del cine llega hasta la puerta de nuestro dormitorio. Todo lo demás desapareció para albergar dicha sala. Quedaron estas dos habitaciones y nadie supo qué hacer con ellas. Cayeron en el olvido hasta que Puttbreese volvió a descubrirlas. Fue él quien colocó la escalera de subida desde su almacén, y como necesita dinero, ahora desea alquilarlo.

—Y ¿por qué cuesta la vivienda cuarenta marcos y en realidad nada?

—Porque, como es natural, no puede alquilarla, la Inspección de la Vivienda no lo permitiría por el peligro de incendio y de romperse la crisma.

—Desde luego no sé cómo piensas subir aquí dentro de unos meses…

—Eso es cosa mía. Lo principal es que te apetezca quedarte con la vivienda…

—La verdad es que está muy bien…

—¡Ay, tonto, tonto! ¡Muy bien…! Aquí estaremos solos. Nadie nos verá con nuestros trastos. Es maravilloso.

—Bueno, chica, entonces lo alquilamos. Te costará trabajo y molestias, pero si tú quieres, me alegro.

—Yo también —contesta ella—. Vamos.

—Joven —dice el maestro Puttbreese mirando a Pinneberg con sus ojillos enrojecidos parpadeantes—. Joven, no acepto dinero por el chamizo, faltaría más. Dese por enterado.

—Sí —responde Pinneberg.

—Está usted enterado —insiste el maestro Puttbreese levantando la voz.

—¿Sí? —pregunta Pinneberg alentador.

—Dios —dice Corderita—. Anda, deja veinte marcos encima de la mesa.

—Muy bien —indica el maestro con gesto de aprobación—. La joven señora sí que sabe. Quince días de noviembre.

Y no se rompa la cabeza, señora, con lo de la barriga. Cuando engorde y ya no quiera utilizar usted esa escalera tan estrecha, montaremos una polea, colgaremos una silla debajo y la subiremos muy despacio. Será un placer para mí.

—Bueno —Corderita ríe—, pues entonces una preocupación menos.

—¿Cuándo se mudarán? —pregunta el maestro.

El matrimonio se mira.

—Hoy —dice Pinneberg.

—Hoy —repite Corderita.

—Pero ¿cómo?

—Dígame —se dirige Corderita al maestro—, ¿podría usted prestarnos Una carreta de mano? Y por casualidad ¿no nos echaría una manita? Solo son dos baúles. Y un tocador.

—El tocador está bien —dice el maestro—. Yo hubiera apostado por un cochecito para niños. Bueno, uno nunca sabe cómo se llegan a poseer ciertas cosas, ¿no es verdad?

—Es verdad, y de la buena —dice Corderita.

—De acuerdo, lo haré, sí señor —accede el maestro—. Costará una cerveza con aguardiente. Vamos a desescombrar.

Y desescombran con una carreta de mano.

Después, en la taberna, no resulta nada fácil hacer comprender al maestro Puttbreese que hay que hacer la mudanza en el mayor silencio.

—Ah, ya —dice finalmente el maestro—, ¿quieren marcharse a la francesa, eh? ¿Largarse por pies? Lo que es por mí… Pero se lo advierto, quiero la pasta por adelantado. Cada primero de mes tendrá que aflojar la mosca, joven. De lo contrario, yo mismo les haré la mudanza, completamente gratis, hasta la calle.

Los ojillos rojos del maestro Puttbreese relampaguean, mientras suelta una estrepitosa carcajada.

Después todo va de maravilla. Corderita empaqueta con una ligereza propia casi de gnomo, Pinneberg aguarda en la puerta, apretando el picaporte por seguridad, pues en el comedor se ha montado otra juerga y el maestro Puttbreese, sentado en la cama principesca, repite sin cesar, admirado:

—Cama dorada, esto tengo que contárselo a mi parienta, estar aquí dentro tiene que ser casi tan excitante como la virginidad…

Luego los hombres levantan el tocador, Puttbreese con una mano, pues en la otra sostiene el espejo, y cuando vuelven a subir, los baúles ya están cerrados y el armario, con los cajones abiertos, es un bostezo vacío.

—Vamos allá —dice Pinneberg.

Puttbreese agarra cada baúl por un extremo y Corderita y el chico por el otro cada uno. Arriba, sobre las cestas, va una maleta, el maletín de Corderita y la huevera con la porcelana.

—En marcha —ordena Puttbreese.

Corderita vuelve a mirar atrás, esa es la habitación, su primera habitación berlinesa, es duro marcharse. Ay, Dios, hay que apagar la luz.

—Un momento —exclama Corderita—. ¡La luz! —Y suelta el asa de su baúl.

Primero resbala el maletín, que golpea el suelo con un ligero y breve estampido. La maleta hace más ruido, pero la huevera…

—Joven señora —dice Puttbreese con su voz de bajo profundo—, si no han oído esto, merecen haber perdido su dinero…

Los dos Pinneberg se quedan como dos pecadores pillados en falta, con los ojos clavados en la puerta de la habitación berlinesa. Y ocurre: la puerta se abre y en ella aparece Holger Jachmann, con la cara enrojecida, riendo. La cara de Jachmann se transforma, cierra la puerta tras él y da un paso hacia el grupo…

—Caramba, caramba —murmura.

—Señor Jachmann —musita Corderita con voz suplicante—. Señor Jachmann, nos mudamos. Se lo ruego… usted ya sabe.

La expresión de Jachmann ha cambiado, mira meditabundo a la joven, una arruga vertical surca su frente, tiene la boca entreabierta.

Jachmann da otro paso.

—No es conveniente que cargue maletas en su estado —dice en voz muy baja.

Agarra la cesta con una mano y la maleta con la otra.

—Vámonos.

—Señor Jachmann —dice de nuevo Corderita.

Pero Jachmann enmudece, baja las maletas en silencio por las escaleras y deja que Pinneberg le estreche la mano en silencio. Después los sigue con la vista mientras desaparecen en la calle gris y neblinosa: una carreta con unos cuantos trastos, una mujer embarazada con ropas algo raídas, un don nadie de elegancia barata y un animal gordo y beodo con blusón azul…

El señor Jachmann adelanta el labio inferior y reflexiona. Allí está él, de esmoquin, muy elegante y atildado, sin duda esa tarde se ha bañado a conciencia. Tras un profundo suspiro, sube despacio la escalera, peldaño a peldaño. Cierra la puerta del piso, que continúa abierta, dirige una breve mirada al cuarto desolado, asiente, apaga la luz y entra en la habitación berlinesa.

—¿Dónde estabas? —la señora Pinneberg lo recibe rodeada por sus invitados—. ¿Otra vez con los jóvenes? Si pudiera, me sentiría celosa.

—Dame un coñac —dice Jachmann. Se lo bebe de un trago—. Dicho sea de paso, los jóvenes te mandan saludos. Acaban de mudarse.

—¿Mudarse…? —pregunta la señora Pinneberg.

Y después, deprisa y enfurecida, suelta una retahíla.

Se redacta un presupuesto y la carne escasea. Pinneberg encuentra rara a su Corderita

 

Una oscura tarde, Corderita está en su vivienda, con un cuaderno delante y hojas sueltas, portaplumas, lápiz, regla. Escribe y suma, borra y vuelve a añadir algo más. Al mismo tiempo suspira, menea la cabeza, vuelve a suspirar, piensa: es imposible, y prosigue sus cálculos.

La habitación, con el techo bajo de vigas y los muebles cálidos castañorrojizos de caoba, es realmente confortable. Desde luego no es una habitación moderna, no importa que de la pared cuelgue un aforismo bordado con perlas negras y blancas: «Sé fiel hasta la muerte». Todo encaja. Incluida Corderita con el amplio vestido azul y la pequeña puntilla hecha a máquina alrededor del cuello, con su cara suave y la nariz recta. La habitación está agradablemente caldeada, el húmedo viento de noviembre ruge a veces contra los cristales, tornándolo todo más hogareño.

Corderita ha terminado de escribir y repasa lo que ha escrito con muchos subrayados y letras mayúsculas y minúsculas:

PRESUPUESTO NORMAL

de Johannes y Corderita Pinneberg

Mensual

Nota: ¡¡¡¡No debe excederse bajo ninguna circunstancia!!!!

A Ingresos:

Salario mensual bruto 200,00 RM

B Gastos:

a) Alimentos:

Mantequilla y margarina 10,00

Huevos 4,00

Verdura 8,00

Carne 12,00

Salchichas y queso 5,00

Pan 10,00

Ultramarinos 5,00

Pescado 3,00

Fruta 5,00 - 62,00

b) Otros gastos:

Seguros e impuestos 31,75

Cuota sindical 5,10

Alquiler 40,00

Transportes 9,00

Electricidad 3,00

Combustible 5,00

Vestidos y ropa blanca 10,00

Calzado 4,00

Lavar, calandrar y planchar 3,00

Productos de limpieza 5,00

Cigarrillos 3,00

Salidas 3,00

Flores 1,15

Nuevas adquisiciones 8,00

Imprevistos 3,00 - 134,00

Gastos totales 196,00 RM

Saldo 4,00 RM

Los abajo firmantes se comprometen a no sacar dinero de la caja que supere este presupuesto bajo ningún concepto.

Berlín, 30 de noviembre.

Corderita vacila un instante mientras piensa: mi chico se extrañará muchísimo; después coge la pluma y estampa su nombre debajo. Lo recoge todo pulcramente y lo deposita en un cajón del secreter. Del cajón central saca un jarro panzudo de color azul y lo sacude encima de la mesa. Caen unos billetes, unas cuantas monedas de plata y de latón. Lo cuenta todo, son cien marcos justos. Con un leve suspiro, coloca el dinero en otro cajón y devuelve el jarro a su sitio.

Luego se acerca a la puerta, apaga la luz eléctrica y se sienta cómodamente en la silla de paja junto a la ventana, las manos sobre el vientre, las piernas bien separadas. El cristal de mica de la estufa proyecta un resplandor rojizo en el techo y danza suavemente de un lado a otro, se detiene de pronto y tiembla después mucho rato hasta que se reanuda el baile. Es muy agradable estar sentadita en casa pensando, sola en la penumbra, esperando a su marido, y a lo mejor el bebé se mueve en su vientre. Eres tan grande y ancha, te desbordas y te ensanchas cada vez más… También tienes que pensar en el mar, que se levantaba y bajaba y se volvía cada vez más inmenso, y no sabías en realidad para qué, pero estaba bien que ocurriera así…

Corderita lleva un buen rato dormida, duerme con la boca entreabierta, la cabeza sobre el hombro. Es el suyo un sueño ligero, fugaz, alegre, que la levanta y la mece en sus brazos.

Se despierta en el acto y se despabila del todo cuando su chico enciende la luz y pregunta:

—¿Qué tal? ¿A oscuras, Corderita? ¿Ha dado señales de vida el pequeñín?

—No, hoy todavía no. Y por cierto, hola, marido.

—Hola, mujer.

Se besan.

El pone la mesa y ella prepara la comida.

—Hoy hay bacalao con salsa de mostaza. Estaba tan barato… —dice vacilante.

—Estupendo —responde él—. De vez en cuando me encanta comer pescado.

—Estás de buen humor —reconoce ella—. ¿Te ha ido todo bien? ¿Cómo van las ventas navideñas?

—Pues empezando. La gente aún no acaba de atreverse.

—¿Has vendido mucho?

—Sí, hoy he tenido suerte. Más de quinientos marcos.

—Seguro que eres el mejor vendedor que tienen.

—No, Corderita, el mejor es Heilbutt. Y Wendt es por lo menos igual de bueno. Pero… se avecinan novedades.

—¿De qué se trata? Seguro que no es bueno.

—Han contratado a un supervisor. Se encargará de reorganizar toda la empresa, medidas de ahorro y tal.

—Pues en vuestros sueldos no pueden ahorrar.

—Cualquiera sabe lo que piensan ellos… Ya se le ocurrirá algo. Lasch ha oído que va a cobrar tres mil marcos al mes.

—¿Qué? —exclama Corderita—. Tres mil marcos, ¿y a eso llama ahorrar Mandel?

—Sí, pero él tiene que ganárselos, ya encontrará el modo.

—Pero ¿cómo?

—Dicen que en nuestra empresa van a poner a cada vendedor una cuota fija, tanto y cuanto tienes que vender, y el que no lo consiga, a la calle.

—¡Me parece una canallada! ¿Y si no acuden clientes? ¿Y si no tienen dinero? ¿Y si no les gusta vuestro género? ¡Eso no debería estar permitido!

—Pues lo está —recalca Pinneberg—. Y están todos enloquecidos. Lo llaman razonable y ahorrativo, así averiguan quién no vale. Todo es una mierda. Lasch, por ejemplo, está un poco asustado. Hoy mismo ha comentado que como verifiquen su talonario de ventas, estará todo el tiempo atemorizado por si lo consigue o no… y entonces, de puro miedo, no venderá nada.

—Además eso da igual —dice Corderita echando chispas—. Aunque él realmente no venda tanto ni sea tan eficaz, ¿qué clase de gente es esa que por ese motivo arrebata a una persona cualquier posibilidad de ganancia, de trabajo y de alegría de vivir? ¿Acaso pretenden borrar del mapa a los más débiles? ¡Mira que valorar a una persona por los pantalones que sea capaz de vender!

—¡Madre mía! —exclama Pinneberg—, hay que ver cómo te pones, Corderita…

—Es verdad, esas cosas me sacan de mis casillas.

—Pero ellos dicen que no pagan a una persona por ser buena, sino por vender muchos pantalones.

—Eso no es cierto —arguye Corderita—. Eso no es cierto, chico. Ellos quieren que las personas sean decentes. Pero lo que hacen ahora, con los obreros ya hace mucho y ahora también con nosotros, es crear un montón de animales feroces, y ya verán lo que es bueno, chico, te lo aseguro.

—Desde luego que lo verán —contesta Pinneberg—. La mayoría de nosotros ya son nazis.

—Pues muchas gracias —dice Corderita—. Yo sé lo que votaremos nosotros.

—¿Sí? ¿A quién? ¿A los comunistas?

—Por supuesto.

—Tenemos que pensarlo muy bien —advierte Pinneberg— Yo siempre deseo hacerlo, aunque al final no acabo de decidirme. De momento, todavía tenemos trabajo, de manera que no es necesario.

Corderita mira, pensativa, a su marido.

—Muy bien, chico —le dice—, lo discutiremos de aquí a las próximas elecciones.

Y dicho esto, terminan el bacalao y Corderita friega los platos a toda velocidad mientras el chico los seca.

—¿Has ido también donde Puttbreese? —pregunta Corderita de pronto—. ¿Por el alquiler?

—Hecho —responde—. Está todo pagado.

—Entonces aparta ahora mismo el dinero restante.

—Muy bien. —Abre el secreter, saca la jarra azul, se mete la mano en el bolsillo, saca el dinero del monedero, mira dentro del jarro y dice desconcertado:

—Pero si ya no hay dinero dentro.

—No —contesta Corderita con voz firme mirando a su marido.

—Pero ¿cómo es posible? —pregunta, asombrado—. ¡Tiene que haber dinero! ¡Es imposible que se haya acabado!

—Pues se ha acabado —insiste Corderita—. Y también se han acabado nuestros ahorros y lo que hemos recibido del seguro. Todo liquidado. A partir de ahora tendremos que arreglárnoslas con tu sueldo.

Él se muestra cada vez más confundido. No es posible que Corderita, su Corderita, lo engañe.

—Pero si ayer o anteayer aún había dinero en el tarro. Seguro que quedaba un billete de cincuenta marcos y un montón de billetes pequeños.

—Cien —aclara Corderita.

—Y ¿dónde están?

—Desaparecidos —contesta.

—Pero… —Él se enfada de repente—. ¡Demonios! ¿Qué es lo que has comprado? ¡Contesta de una vez!

—Nada —responde. Y cuando está a punto de encolerizarse por completo añade—: Pero ¿no lo entiendes, chico? Los he apartado, guardado, ya no existen para nosotros. Ahora tenemos que salir adelante con tu sueldo.

—Pero ¿por qué los has apartado? Si decimos que no vamos a gastarlos, no lo haremos.

—No, no nos comportamos así.

—Lo dirás tú.

—Escucha, chico, siempre hemos querido vivir de nuestro salario, incluso deseábamos ahorrar algo, y ¿dónde están nuestros ahorros? Han desaparecido hasta los ingresos extras.

—¿Cómo ha podido suceder? —comienza a cavilar él—. La verdad es que no hemos vivido en la opulencia.

—Sí —dice ella—. Primero cuando nos comprometimos, entonces viajábamos y salíamos mucho.

—Y el cerdo de Sesam, con sus quince marcos, jamás se lo perdonaré a ese fulano.

—Y la boda —precisa ella— también costó dinero.

—Y las primeras adquisiciones. Las cazuelas, los cubiertos, las escobas, la ropa de cama, mi edredón…

—Y además hicimos un montón de excursiones.

—Y el traslado a Berlín.

—Sí, y después… —ella se interrumpe.

Pero él concluye la frase con valentía:

—… el tocador.

—Y la canastilla para el crío.

—Y también hemos comprado ya la cuna.

—Y aún nos quedan cien marcos —remacha ella, radiante.

—Vaya —dice él muy satisfecho—, hemos conseguido un montón de cosas. No rezongues.

—Estupendo —contesta ella cambiando de tono—. Hemos conseguido mucho, pero en realidad deberíamos haber conseguido la mayor parte sin recurrir a las reservas. Mira, chico, estuvo muy bien por tu parte que no me asignaras una suma fija para la casa y que yo no necesitase meter la mano en el jarro azul. Pero eso también me volvió irreflexiva y a veces metí la mano cuando no habría sido del todo necesario. El mes pasado los escalopes de ternera y la botella de Mosela para celebrar la mudanza, por ejemplo, sobraban…

—El Mosela costó un marco. Si ya no vamos a permitirnos ni una alegría…

—Pero hemos de procurar recurrir más a las alegrías gratuitas.

—No existen —dice el joven—. Todo lo que te alegra, cuesta dinero. Si quieres ir un rato al campo, saca dinero. Si quieres escuchar un poco de música, venga dinero. Todo cuesta dinero, nada se consigue sin dinero.

—Había pensado en museos… —se interrumpe de pronto—. Ya sé que no se puede estar siempre visitando museos y que además nosotros entendemos poco de eso. Que nunca encontramos lo correcto, lo que habría que ver… Pero, en cualquier caso, ahora tenemos que arreglárnoslas y por eso he anotado todas nuestras necesidades mensuales. ¿Quieres que te lo enseñe?

—Bueno…

—¿De verdad no estás enfadado?

—¿Cómo voy a estar enfadado contigo? Seguro que tienes razón. Yo no sé manejar el dinero.

—Yo tampoco —admite ella—. Pero debemos aprender.

Le enseña su nota. El rostro masculino se ilumina cuando comienza a leer:

—Presupuesto normal está muy bien, Corderita. Nos atendremos al presupuesto normal pase lo que pase. Lo juro.

—No jures tan pronto —le advierte.

Al principio la lectura va muy rápido.

—Respecto a los alimentos no hay nada que objetar. ¿Lo has comprobado?

—Sí, lo he anotado durante esta última época.

—Carne, doce marcos —dice él—. Me parece carísimo.

—Chiquito —replica ella—, eso solo son cuarenta pfennigs de carne al día para los dos, mucho menos de lo que has comido en los últimos tiempos. Ahora tenemos que prescindir de la carne al menos dos veces por semana.

—¿Qué comeremos entonces? —inquiere preocupado.

—Muchas cosas. Lentejas, macarrones, ciruelas, sopa de cebada…

—¡Dios mío! —exclama y, al ver su gesto, añade—: Lo comprendo, Corderita. Pero no me digas con antelación que vas a cocinar algo así o no me alegrará regresar a casa.

Su mujer frunce ligeramente los labios con gesto meditabundo, luego se recupera.

—De acuerdo. Y además lo haré lo menos posible. Solo que… si alguna vez no te sabe muy rico, no me sueltes un bufido. Porque yo siempre bufo cuando me bufas tú, y ¿qué vida vamos a llevar si los dos bufamos?

—Bufadora —la llama él—. ¡Ven, gatita mía! ¡Mi gatita grande, mi gatita guapa, anda, ven, ronronea un poquito!

Ella se acurruca bajo su mano, se siente tan a gusto. Pero después lo esquiva.

—No, ahora no, chiquito. Quiero que lo examines todo. Antes no me quedaré tranquila. Y después tampoco…

—¿Qué significa eso? —pregunta, asombrado.

—Nada. Se me ha escapado sin querer. Más tarde. Hay tiempo para eso.

Pero sus palabras lo intranquilizan de veras.

—¿A qué te refieres? ¿Es que ya no te apetece?

—Chico —contesta—. Chico, no digas bobadas. No apetecerme… ¡Si lo sabes de sobra!

—Pero ahora acabas de referirte a eso —insiste él.

—He querido decir algo muy diferente —se defiende—. En el libro —mira al secreter— dice que en la última época es preferible no hacerlo. Que a la madre tampoco le apetece y que no es bueno para el niño. Pero —se interrumpe— de momento todavía lo haré.

—Y ¿cuánto durará eso? —pregunta desconfiado.

—Ah, pues no lo sé. Seis semanas, ocho…

Él le dirige una mirada aniquiladora y recoge el libro del secreter.

—¡Déjalo, hombre! —exclama—. Si todavía falta mucho.

Pero él ya ha encontrado el pasaje.

—Un trimestre como mínimo —musita anonadado.

—Pues muy bien —dice ella—. Creo que en mi caso eso se retrasará más que en las demás, al menos todavía no me siento así. Y ahora, cierra de una vez ese estúpido libro.

Pero él sigue leyendo, enarcando mucho las cejas, la frente llena de arrugas por el asombro.

—Y después la abstinencia se prolonga cada vez más —dice estupefacto—. Otras ocho semanas durante la lactancia… Dime, ¿para qué nos hemos casado?

Ella lo mira sonriente sin decir nada. Y de pronto, también él empieza a sonreír.

—Dios mío —murmura—, cómo cambia el mundo. Nunca me hubiera figurado todo eso. Así que todo eso trae el bebé, así empieza —sonríe burlón—. Qué niño tan amable —dice—, aparta a su padre de un empujón del puchero de la carne.

—Aprenderás muchas, muchísimas cosas más —ríe la joven.

—Bueno es saberlo —la mira radiante—. A partir de ahora, Emma Pinneberg, practicaremos una economía de subsistencia.

—Por mí, encantada —contesta—. Pero ahora termina de leer el presupuesto. Antes no podemos empezar con la economía de subsistencia.

—Vale. Y esto ¿qué es? ¿Productos de limpieza?

—Pues jabón y pasta de dientes y tus cuchillas de afeitar y bencina. También incluye el corte de pelo.

—El corte de pelo, muy bien, preciosa. Vestidos y ropa blanca, diez marcos; pues no parece que vayamos a poder renovar pronto el vestuario.

—Para eso también están los ocho marcos de las nuevas adquisiciones, pero alguna vez tendremos que comprar zapatos; he pensado que un traje para ti cada dos años como mucho y cada tres años un abrigo de invierno para uno de los dos.

—Generosa… Tres marcos para cigarrillos, me parece muy decente por tu parte.

—Tres al día por tres pfennigs —puntualiza ella—. A veces jadearás.

—Lo soportaré. Pero ¿qué es esto, tres marcos al mes para salidas? ¿Adónde pretendes ir con tres marcos? ¿Al cine?

—De momento a ningún sitio —responde—. Ay, chico, es que he pensado que una vez en la vida me gustaría salir como es debido, como los ricos. Sin mirar el dinero.

—¿Por tres marcos?

—Los apartaremos todos los meses. Y cuando hayamos reunido una buena suma, digamos veinte o treinta marcos, saldremos como Dios manda.

La mira inquisitivo, con una pizca de tristeza.

—¿Una vez al año? —pregunta.

Pero esta vez ella no se da cuenta.

—Sí, por mí, dentro de un año. Cuanto más reunamos, mejor. Y después gastaremos el dinero a lo grande. Entonces nos iremos de verdad de juerga.

—¡Qué raro! —exclama él—. Nunca pensé que pudiera gustarte algo así.

—Raro, ¿por qué? —Le pregunta—. Si es de lo más natural. Yo nunca en mi vida he hecho nada parecido. Tú, como es lógico, conoces todo eso de tu época de soltero.

—Claro, claro —dice despacio, y calla, De pronto, da un puñetazo furioso en la mesa—. ¡Maldita sea mi estampa! —grita.

—¿Qué pasa? —inquiere—. ¿Qué te ocurre, chico?

—Bah, nada —contesta, enfurruñado de nuevo—. A veces explotaría de rabia al ver cómo está organizado el mundo.

—¿Te refieres a los demás? Olvídalos. A ellos tampoco les sirve de nada. Y ahora firma, chiquito, que te atendrás a todo esto.

Pinneberg coge la pluma y firma.

El abeto perfumado y la madre de dos hijos. Heilbutt opina: sois valientes. ¿Lo somos?

 

La Navidad llegó y pasó. Fue una Navidad tranquila, corriente, con un abeto en un tiesto, una corbata, una camisa y unas polainas cortas para el chico, una faja de embarazada y un frasco de colonia para Corderita.

—No quiero que se te caiga el vientre —explicó su chico—. Quiero que mi esposa siga siendo guapa.

—El año que viene, el crío ya verá el árbol —había dicho Corderita.

Dicho sea de paso, hubo un olor muy intenso y el frasco de colonia se terminó en Nochebuena.

Cuando uno es pobre, todo se complica. Lo del abeto en el tiesto se le había ocurrido a Corderita, ella se proponía seguir cuidándolo hasta el momento de trasplantarlo en primavera. Al año siguiente lo vería el crío y así el abeto crecería, se haría cada vez más espléndido, entablando, valga la expresión, una competición de crecimiento con el bebé, de Navidad a Navidad, su primer y único abeto.

Antes de la fiesta, Corderita había colocado el abeto encima del tejado del cine. Sabe Dios cómo el gato acertó a llegar hasta allí. Corderita ignoraba que allí hubiera gatos. Pero los había, pues Corderita encontró sus señales en la tierra de la maceta cuando intentó adornar el árbol. Olían a rayos. Corderita retiró lo que había que retirar, frotó y lavó, y sin embargo no pudo evitar que su chico, apenas transcurrida la parte oficial de la fiesta con beso y miraditas y apertura de regalos, exclamara:

—¡Uy, qué olor tan raro hay aquí!

Corderita le informó y el chico rio diciendo:

—Nada más fácil. —Y abriendo el frasco de colonia, salpicó unas gotas encima del tiesto.

Ay, esa noche repitió con frecuencia las salpicaduras, el gato se dejaba anestesiar, pero después despertaba victorioso a una nueva vida, el frasco se vació, pero seguía apestando a gato. Al final, la noche misma de Nochebuena colocaron el abeto al otro lado de la puerta. No hubo manera de evitarlo.

El primer día de fiesta, Pinneberg salió, robó en el Kleiner Tiergarten un montoncito de tierra de jardín y trasplantaron el abeto. Pero la peste continuaba y luego comprobaron que no se trataba de un abeto cultivado en la maceta, sino una planta a la que el jardinero había cortado todas las raíces para conseguir meterla en el tiesto. Un bluf que duró dos semanas.

—A la gente como nosotros —comenta Pinneberg, deseando encontrarlo perfecto—, siempre le dan gato por liebre.

—Bueno, siempre no —puntualiza Corderita.

—¿Por qué lo dices?

—Cuando yo te pesqué, por ejemplo.

Por lo demás, diciembre fue un buen mes, pues a pesar de las fiestas en el hogar de los Pinneberg no se superó el presupuesto. Se sintieron más alegres que unas pascuas.

—¡Así que podemos! ¿Lo ves? ¡A pesar de las navidades!

Hicieron planes de lo que pensaban hacer los próximos meses con todos sus ahorros.

Enero, sin embargo, fue un mes sombrío, oscuro, depresivo. En diciembre, el señor Spannfuss, el nuevo supervisor de la firma Mandel, se había limitado a estudiar por encima la empresa, pero en enero inició su labor a pleno rendimiento. El cupo de ventas para cada vendedor, su recaudación, quedó fijado en confección de caballeros en veinte veces el salario mensual. El señor Spannfuss lo justificó con un breve discurso, aduciendo que obraban así en interés de los empleados, pues ahora cada uno de ellos tendría la certeza matemática de que sería valorado por sus propios méritos.

—¡Se han terminado las zalamerías y las adulaciones, la coba a los superiores, tan perniciosa para la moral! —exclamó el señor Spannfuss—. ¡Denme su talonario de caja y sabré qué tipo de hombre son!

Los empleados pusieron cara seria; a lo mejor los amigos íntimos se arriesgaron a cruzar alguna palabra sobre esa charla, pero nada manifestaron en voz alta.

Con todo, el hecho de que a finales de enero Kessler comprara a Wendt dos ventas provocó murmullos. Porque Wendt ya había cubierto el cupo el día veinticinco y a Kessler todavía le faltaban trescientos marcos el veintinueve.

Total, que cuando Wendt vendió el día treinta dos trajes, uno detrás de otro, Kessler le ofreció cinco marcos por cada venta si le permitía anotarlas en su bloc. Wendt aceptó la oferta.

Todo esto no se supo hasta más tarde. En cualquier caso, al principio solo el señor Spannfuss se enteró de esta transacción, nunca se supo por qué vía. Al señor Wendt se le indicó que era preferible que se marchara, pues se había aprovechado de la situación de necesidad de un compañero, mientras que el señor Kessler se libró con una advertencia. Contó a todo el mundo que había recibido una severa amonestación.

Por lo que concierne a Pinneberg, en enero consiguió sin problemas el cupo.

—Que los zurzan a ellos y a sus tonterías —dijo, rebosante de confianza.

Para febrero todos esperaban una rebaja de la cuota, porque febrero solo tenía veinticuatro días de venta en lugar de los veintisiete de enero. Además, en enero había tenido lugar la liquidación por inventario. Algunos valientes se atrevieron incluso a plantear el asunto al señor Spannfuss, pero este lo rechazó:

—Caballeros, quieran reconocerlo o no, todo su ser, su organismo, su energía… ha asumido ya que tiene que vender por valor de veinte veces el salario. Cualquier disminución de la cuota constituye una disminución de su capacidad de rendimiento que ustedes mismos lamentarán. Tengo la firme convicción de que cada uno de ustedes alcanzará esa cuota; es más, que la superará.

Y tras lanzar a todos una mirada dura y expresiva prosiguió su camino. Sin embargo, las consecuencias de sus medidas no eran tan morales como suponía Spannfuss, el idealista. Bajo el lema «¡Sálvese quien pueda! » se inició un ataque en toda regla a los compradores, y algún que otro cliente de los grandes almacenes Mandel se quedó estupefacto cuando, paseando por la zona de confección de caballeros, vio aparecer por doquier caras pálidas, deformadas por la amabilidad.

—Perdón, caballero, ¿qué desea…?

Se parecía muchísimo a la callejuela de un burdel, y cada vendedor se regocijaba al birlarle el cliente a un compañero.

Pinneberg no pudo excluirse. No le quedó más remedio que participar.

Ese febrero Corderita aprendió a saludar a su marido con una sonrisa no demasiado risueña, pues eso habría podido ponerlo de mal humor. Aprendió a esperar en silencio a que hablase, pues una palabra podía desencadenar en él una furia repentina y entonces empezaba a despotricar contra esos verdugos que convertían a las personas en animales, por lo que habría que meterles una bomba en el trasero.

Hacia el día veinte estaba completamente sombrío, contagiado por los demás; su confianza en sí mismo se había evaporado, había fracasado dos veces, ya no era capaz de vender.

Estaban en el lecho, ella lo tomó en sus brazos, lo sujetó muy fuerte, él tenía los nervios deshechos, lloraba. La joven lo sujetaba y le repetía una y otra vez:

—Chiquito, aunque te quedes sin trabajo, no pierdas el ánimo, mantente firme. Yo no me lamentaré nunca, nunca, nunca. ¡Te lo juro!

Al día siguiente estaba tranquilo, aunque deprimido. Unos días más tarde le refirió que Heilbutt le había pasado cuatrocientos marcos de sus ingresos. Heilbutt, el único que no se dejaba contagiar por esa psicosis de pánico, se comportaba como si las cuotas de venta no existiesen y encima le tomaba el pelo a Spannfuss.

Pinneberg se animó y se lo contó radiante.

—Bueno, señor Heilbutt —dijo sonriendo el señor Spannfuss—, según oigo tiene usted fama de poseer una inteligencia extraordinaria. ¿Me permite preguntarle si ya ha estudiado cómo economizar en la empresa?

—Sí —le había contestado Heilbutt, dirigiendo sus ojos oscuros y almendrados hacia el dictador—, yo también he estudiado esa cuestión.

—Y ¿a qué conclusiones ha llegado?

—Propongo el despido de todos los empleados que ganen más de cuatrocientos marcos.

El señor Spannfuss, tras dar media vuelta, se marchó. Pero roda la sección de confección de caballero se regocijó.

Ay, qué bien lo comprendía Corderita. No se trataba únicamente del miedo en la empresa, él no se habría dejado contagiar con tanta facilidad; seguramente casi todo se debía a que tenía que abstenerse de ella. Se había vuelto tan pesada, tan informe, tan corpulenta; cuando se echaba en la cama, tenía que acostar también su tripa. Esta quería que se la acostase con mucho cuidado, pues de lo contrario Corderita no se las apañaba y no acertaba a conciliar el sueño.

El chico ya se había acostumbrado. Ella notaba cuándo le asaltaba la inquietud, y ahora que no podía poseerla, se sentía desazonado con mucha más frecuencia. Cuántas veces sintió la tentación de decirle:

—Búscate una chica.

Si no se lo dijo, no fue porque a ella le sentase mal que se fuera con una chica o a él le incomodasen sus palabras… era otra vez el dinero. El maldito dinero en definitiva. Al final tampoco habría servido de nada porque ella experimentaba una nueva vivencia. Ya no vivía solamente para su chico, ahora también había otro, el nonato, que la reclamaba.

Bueno, su chico le contaba sus cuitas, lo escuchaba y lo consolaba y estaba a su lado, pero, a fuer de sincera, todo eso le parecía un poco lejano. Eso no podía ni debía molestar al crío.

Total, que Corderita se va a la cama, la luz sigue encendida, su chico anda todavía trajinando por ahí. Ella prefiere acostarse, le duelen tanto los riñones… Una vez tumbada, se sube el camisón y se queda tendida, casi desnuda, mirándose la tripa.

Entonces casi nunca tiene que esperar mucho, ve cómo se mueve un lugar, suelta un respingo y se queda sin respiración.

—¡Dios mío, chico! —exclama—. El pequeñín acaba de darme otra patada, este granujilla está completamente loco.

Sí, él vive dentro de ella, parece muy vivaracho, es un niño animado, patalea y empuja, ahora queda descartada cualquier confusión con molestias digestivas.

—Pero mira, chico —lo reclama—. Puedes verlo directamente.

—¿Sí? —contesta, acercándose vacilante.

Ahí están los dos, esperando, y de repente la mujer exclama:

—¡Ahí, ahí! —Y en ese momento se da cuenta de que, en lugar de esa zona, mira sus pechos.

Ella se sobresalta, ha vuelto a torturarlo sin darse cuenta, de modo que se baja el camisón y murmura:

—Soy mala, chico.

—Bah, olvídalo —le recomienda—. Yo también parezco idiota. —Y se pone a trajinar en la penumbra.

Así están las cosas, y por mucho que ella acabe avergonzándose, no puede evitarlo, necesita ver al bebé alborotando y moviéndose. Le gustaría hacerlo sola, pero es que solo dispone de esas dos habitaciones con la puerta descolgada en medio y cada uno comparte todos los estados de ánimo del otro.

Una vez, una sola, acude Heilbutt a visitarlos a su camarote. Bueno, ya es imposible ocultar que esperan un hijo, con lo que es obvio que el chico nunca se lo había contado a su amigo. Corderita se asombra.

Heilbutt, sin embargo, reacciona con serenidad, bromea un poco e incluso pregunta, interesado, qué se siente. Porque él es soltero y sus preocupaciones en ese ámbito nunca han ido más allá de que a su novia le haya bajado lo que le tiene que bajar… Y así hasta la fecha, Gracias a Dios, siempre ha ido bien, como una seda. Así que Heilbutt, interesado, participa, levanta su taza de té y exclama:

—¡A la salud del pequeñín!

Y después, cuando vuelve a dejarla, añade:

—Sois valientes.

Por la noche, cuando el matrimonio yace en la cama con la luz apagada, Pinneberg dice:

—¿Oíste cómo dijo Heilbutt: «Sois valientes»?

—Sí —contesta Corderita.

Y acto seguido callan ambos.

Pero Corderita medita largo rato sobre si realmente son valientes o más bien seria todo muy desconsolador si faltase la perspectiva del bebé. Pues de lo contrario ¿qué alegrías le proporciona a uno la vida? Se propone discutirlo alguna vez con su chico, pero no precisamente en ese momento.

El chico tiene que comer a mediodía y Frieda tomar ejemplo. ¿Y si ya no vuelvo a verla más?

 

Pinneberg retorna de Mandel; es sábado a mediodía, ha pedido asueto al señor Kröpelin, está intranquilo.

—Váyase —le ha dicho el simpático señor Kröpelin—. Y mucha suerte para su mujer.

—Gracias, gracias —contesta Pinneberg—. Todavía no tengo la certeza de que vaya a ser hoy. Pero estoy tan nervioso…

—Váyase, Pinneberg —insiste Kröpelin.

Este año la primavera se ha adelantado; a pesar de que solo están a mediados de marzo, los arbustos ya verdean, el aire es muy suave. Ojalá Corderita acabe pronto, piensa Pinneberg, para que podamos salir un poco. La espera es horrible. Que se dé prisa, que llegue pronto ese caballero… ¡El bebé!

Sube despacio por Calvinstrasse con el abrigo abierto. Sopla una leve brisa. Todo es más fácil cuando el tiempo es apacible. ¡Ojalá hubiese llegado el momento!

Cruza Alt—Moabit, da unos pasos, un hombre le ofrece un ramo de muguete, pero, por más que quisiera, supera el presupuesto. Acaba de llegar al patio, la puerta del garaje está abierta, el maestro Puttbreese manipula sus muebles.

—¿Qué tal, joven? —inquiere parpadeando con los ojos ribeteados de rojo al salir de la oscuridad a la luz del sol—. ¿Ya ha sido padre?

—Aún no —responde Pinneberg—. Pero no tardaré.

—Se toman su tiempo las mujeres —dice Puttbreese, que desprende un olor a aguardiente que mata—. Mirándolo bien, todo es una mierda. Una verdadera locura. Piénselo, joven, lo que es, no es nada, es un momento, bah, ni siquiera es un momento, transcurre en un abrir y cerrar de ojos. ¿Y después? ¡Te has echado un losa encima para toda la vida!

—Cierto —contesta Pinneberg—. Me voy a comer, maestro, que ya es hora.

—Pero a pesar de todo estuvo bien, ¿verdad, joven? —comenta el señor Puttbreese—. Tampoco he querido decir que usted lo despachase todo en una vez. ¿En un momento? Yo no he dicho eso, siendo como somos.

Y se golpea el pecho. Pinneberg desaparece escaleras arriba en la oscuridad.

Corderita sale a su encuentro, sonriente. Ahora, siempre que llega a casa, le asalta la sensación de que ha sucedido algo, pero nunca pasa nada. Y eso que en realidad es imposible prolongar la cosa, su vientre tiene un aspecto imponente, tirante como un tambor y la piel, antes blanca, está surcada por un feo entramado de venas azules y rojas.

—Hola, mujer —saluda Pinneberg dándole un beso—. Kröpelin me ha dado permiso.

—Hola, marido. Qué bien. No, no fumes ahora, comeremos enseguida.

—Ay, Dios —se lamenta—. Me apetece tanto un cigarrillo. ¿No podemos esperar un poco?

—Claro que sí —contesta ella, sentándose en su silla—. ¿Cómo ha ido todo?

—Como siempre. ¿Y aquí?

—También como siempre.

Pinneberg suspira.

—Se está tomando su tiempo.

—Todo llegará, chico. Lo peor ya lo hemos pasado.

—Es increíble —dice tras una pausa— que no conozcamos a nadie. Tendríamos que preguntar. ¿Cómo sabrás que son los dolores de parto? A lo mejor los confundes con dolores de vientre.

—Bah, creo que se nota.

El cigarrillo se ha terminado y empiezan a comer.

—¡Caramba! —exclama Pinneberg—. Chuletas… esto es comida de domingo.

—Ahora la carne de cerdo está barata —se disculpa ella—.

Y además, de paso, lo he dejado ya preparado para mañana, así tú… así tendremos más tiempo para nosotros.

—He pensado bajar muy despacio, pasito a pasito, hasta el Schlosspark —sugiere—. Está tan bonito.

—Mañana temprano, chico, mañana temprano.

Después friegan los cacharros entre ambos. Corderita tiene un plato en la mano cuando lanza un gemido, con la boca muy abierta. Su rostro palidece, después se pone gris y luego muy colorada.

—¿Qué te pasa, Corderita? —pregunta asustado, conduciéndola hasta su silla.

—Las contracciones —se limita a susurrar, pero ya no tiene tiempo para él, se ha sentado completamente inclinada hacia delante, con el plato todavía en la mano.

Su marido se queda inmóvil, sin saber qué hacer, mira hacia la ventana, hacia la puerta, le gustaría salir corriendo, la acaricia… ¿Habrá que ir a buscar un médico? Le quita el plato con suavidad.

Corderita vuelve a incorporarse, el color regresa y se seca la cara.

—Corderita —susurra—. Mi Corderita…

—Sí —contesta ella sonriendo—. Es hora de que nos vayamos. La vez pasada transcurrió una hora entre las contracciones y esta vez solo cuarenta minutos. Pensaba que nos daría tiempo a terminar de fregar.

—¡No me has dicho nada y encima me has dejado fumar un cigarrillo!

—Aún hay tiempo. Cuando llegue el momento de la verdad, serán cada minuto.

—Tendrías que habérmelo dicho —insiste.

—Entonces no habrías probado bocado. Vienes de la tienda siempre tan decaído…

—Bueno, vámonos.

—Sí —dice ella y se vuelve un momento para contemplar la habitación. Una sonrisa extraña y absorta ilumina su rostro—. Ahora tendrás que fregar tú solo. Mantendrás bien limpio nuestro nidito, ¿eh? Es un poco trabajoso, pero me gusta tanto pensar en esto…

—¡Corderita! —exclama—. ¡Corderita!

—Vámonos —insiste ella—. Lo mejor será que bajes tú primero. Ojalá no me vengan justo cuando esté en la escalera.

—Pero —empieza a decir con tono de reproche—, acabas de decir que como mucho cada cuarenta minutos.

—¿Quién puede saberlo? A lo mejor tiene prisa. Si esperase un poco más, sería un niño con buena estrella.

Descienden trabajosamente.

Todo sale a pedir de boca, incluso con el señor Puttbreese, que ha desaparecido.

—¡Gracias a Dios, no me faltaba más que su cháchara de borracho! —exclama el chico.

Ya están en Alt—Moabit, los tranvías tocan el timbre, los autobuses pasan. Caminan muy despacio y tranquilos bajo el hermoso sol de marzo.

Algunos hombres dirigen una mirada maligna a Corderita, otros de susto y unos pocos, risueña. Las mujeres, todas, miran de otro modo, muy serias, como si les afectara, como si supieran de qué va la cosa.

Pinneberg medita con ahínco, lucha consigo mismo y al fin toma una decisión.

—Seguro.

—¿Qué pasa, chico?

—Nada, ya te lo diré luego. Al final de todo. Me he propuesto algo.

—Muy bien —responde ella—. Pero no es necesario. Estás bien así como eres.

Aún tienen que atravesar el Kleiner Tiergarten, ya se divisa enfrente la puerta del hospital… pero resulta que no lo van a conseguir, pues llegan por los pelos hasta un banco. Lo ocupan cinco o seis mujeres que se apartan al percatarse de la situación.

Corderita se sienta con los ojos cerrados y muy encorvada hacia delante. Pinneberg permanece de pie a su lado, algo turbado, sin saber qué hacer, con el maletín de su esposa en la mano.

Una mujer gorda, informe, dice con voz profunda:

—Animo, muchacha, si no hay más remedio vendrán a recogerla con una camilla.

Una joven opina:

—Por el tipo que tiene, lo conseguirá. Todavía le quedan reservas de grasa.

Pero las demás le dedican una mirada de desaprobación.

—En los tiempos que corren cualquiera que tenga sangre en las venas debe alegrarse. No hay que ser envidiosa.

—No lo decía en ese sentido —se defiende la joven, pero nadie le presta ya atención.

Una morena de nariz puntiaguda opina melancólica:

—Ahí se ve una vez más. Solo para que los hombres obtengan placer. Tenemos que plantarnos.

Y una mujer entrada en años, vestida de amarillo, le grita a una niña gorda de trece años que se acerque.

—Fíjate, eso es lo que te sucederá si te lías con hombres. Mira, mira… No te hará ningún daño, Frieda. Entonces sabrás por qué te echa de casa papá.

Corderita se ha recuperado. Mira a su alrededor, al círculo de caras femeninas, como si despertase e intenta esbozar una sonrisa.

—Enseguida me repondré y seguiremos andando, chico. ¿Pasa algo malo?

—Dios mío —se limita a musitar su esposo.

Y los Pinneberg prosiguen su camino, paso a paso.

—Oye, Corderita —dice el chico titubeando.

—¿Qué? ¡Venga, pregunta!

—¿No pensarás, como ha dicho esa loca, que solo es para que yo obtenga placer, verdad?

—¡Qué tontería! —se limita a responder, pero lo dice con tanta vehemencia que se queda completamente satisfecho.

Ya está ahí, en el umbral de la puerta, el portero gordo.

—Un parto, ¿verdad? A la izquierda, a admisión.

—¿No podríamos ir enseguida a…? —pregunta el chico, preocupado y temeroso—. Ya han comenzado las contracciones. ¿No podríamos conseguir una cama, quiero decir…?

—Por Dios —dice el portero—. Seguro que no corre tanta prisa…

Suben despacio el par de escalones que median hasta admisión.

—Hace poco nos vino una que creía que iba a tenerlo aquí, conmigo, en la entrada, y después se pasó dentro quince días tumbada y luego la mandaron a casa y tardó otros catorce días más… Es que hay algunas que no saben contar.

La puerta de admisión se abre, dentro se ve una enfermera, ay, nadie se altera por la entrada de los Pinneberg en vías de formar una verdadera familia, lo que a fin de cuentas hoy ya no es tan frecuente como antes.

Sin embargo, allí por lo visto es algo completamente habitual.

—¿Un parto? —pregunta la enfermera—. Pues no sé, creo que no tenemos ninguna cama libre. De ser así, tendremos que enviarla a otro sitio. ¿Con cuánta frecuencia le dan las contracciones? ¿Puede andar?

—¡Oiga usted! —Pinneberg empieza a cabrearse.

Pero la enfermera ya está hablando por teléfono. Luego cuelga.

—No quedará libre una cama hasta mañana. Hasta entonces, tranquilidad.

—¡Permítame! —exclama Pinneberg enfadado—. Mi mujer tiene contracciones cada cuarto de hora. No puede estar sin cama hasta mañana temprano.

La enfermera se echa a reír, se ríe de él en sus narices.

—¿Primeriza, eh? —pregunta a Corderita, que asiente—. Bueno, como es natural, usted vendrá primero a la sala de partos y después —se vuelve explicando compasiva a Pinneberg—, después, cuando llegue el bebé, seguro que también habrá una cama libre —y en otro tono—: Y dese prisa, joven, en arreglar sus papeles. Después volverá aquí a recoger a su mujer.

A Dios gracias, lo de los papeles se soluciona con celeridad.

—No, no tiene que pagar nada. Firme aquí para hacer constar que tiene derecho al seguro de enfermedad. Luego ellos nos pagarán a nosotros. Perfecto, todo solucionado.

Corderita acaba de sufrir otra contracción.

—Ahora está empezando lentamente —dice la enfermera— Pero no creo que ocurra antes de esta noche, a las diez o las once.

—¿Tanto tiempo? —pregunta Corderita mirando, pensativa, a la enfermera.

A Pinneberg le parece que ahora su mirada es completamente distinta, como si estuviera muy lejos del mundo y de él, como si dependiera únicamente de sí misma.

—¿Tanto tiempo? —repite.

—Sí —contesta la enfermera—. Como es natural, también puede suceder antes. Usted es fuerte. A algunas les cuesta un par de horas. Y otras no lo pasan ni en veinticuatro.

—Veinticuatro horas —murmura Corderita, sintiéndose muy sola—. Entonces, vamos, chico.

Se levantan y echan a andar trabajosamente. El edificio de la maternidad es el último de todos y los obliga a recorrer a paso lento un camino interminable. Al chico le gustaría charlar con su mujer, distraerla, camina tan silenciosa, con el rostro tan hierático, en la frente se le dibuja la arruga de las cavilaciones, seguro que está dándole vueltas a lo de las veinticuatro horas.

—Oye, Corderita —dice intentando explicarle que esa tortura le parece una brutalidad. Pero se calla. En lugar de eso, comenta—: Ay, me gustaría distraerte un poco, pero no se me ocurre nada. Solo puedo pensar en eso.

—No necesitas decir nada, chico —contesta—. Y tampoco nenes por qué preocuparte. Esta vez puedo decir de verdad que sí otras pueden, yo también.

—Sí, claro —reconoce él—. Eso sí… pero…

Acaban de llegar al edificio de la maternidad.

Una enfermera rubia y alta que está en ese momento en el pasillo se vuelve al ver su llegada, y quizá también le gusta Corderita (a todas las personas afables les gusta Corderita), pues, pasándole la mano por los hombros, dice con tono jovial:

—¿Qué, joven señora, viene a visitarnos? Magnífico. —Y de nuevo la pregunta que aquí parece ser esencial—: ¿Primeriza, eh?

Y después dice a Pinneberg:

—Voy a raptar a su mujer. No, no ponga esa cara de horror, que aún tiene tiempo de despedirse. Además, debe llevarse todas sus pertenencias, aquí no puede quedar nada. Volverá a traerlas dentro de ocho días, cuando su mujer se vaya a casa.

Y con estas palabras desaparece con Corderita del brazo y su esposa vuelve a despedirlo con una inclinación de cabeza. Ahora ha entrado en esa maquinaria en la que gente que conoce el oficio, los profesionales, traen niños al mundo sin interrupción. Pinneberg se queda fuera.

Mientras proporciona nuevamente los datos personales a una enfermera jefe de cierta edad y cabellos grises con pinta de ser muy severa, piensa: ¡ojalá no le toque esta a Corderita! Seguro que le echará una reprimenda si no lo hace todo bien. Intenta ganarse sus simpatías mostrándose humilde y se avergüenza muchísimo por no saber la fecha de nacimiento de Corderita.

—En fin, es lo habitual. Ese dato no lo sabe ningún hombre —dice la enfermera jefe.

Y sin embargo le habría encantado que en su caso se hubiera salido de lo habitual.

—Bueno, ahora despídase de su mujer.

Entra en una sala larga y estrecha repleta de todas las máquinas imaginables, de ninguna de las cuales logra intuir siquiera la finalidad, y se encuentra a Corderita sentada con un largo camisón blanco, sonriéndole. Parece una niña pequeña, sonrosada, con el pelo rubio suelto, con una pizca de vergüenza.

—Vamos, despídase de su esposa —lo anima la enfermera jefe remoloneando junto a la puerta.

Plantado ante Corderita, lo primero en que repara son las bonitas guirnaldas azules estampadas en el camisón, qué alegres resultan. Pero cuando su mujer le rodea el cuello con sus brazos y atrae su cabeza hacia ella, ve que no son guirnaldas, sino que en todo el camisón figura la leyenda circular «Hospitales Municip. Berlín».

Lo segundo en que repara es que allí no huele nada bien, en realidad…

—Bueno, chico mío, a lo mejor esta misma noche —dice Corderita en ese momento— y con toda seguridad mañana temprano. Me alegro tanto por el bebé.

Y él susurra:

—Corderita, quiero decírtelo, me he jurado que si todo va bien, a partir de ahora no volveré a fumar ningún sábado más.

—Ay, chico, chico… —Le responde.

—Vamos, señor Pinneberg —le insta la enfermera, y dirigiéndose a Corderita—: ¿Qué, ha hecho efecto el enema?

Corderita asiente, colorada como un tomate, y solo entonces cae en la cuenta de que, mientras se despedía de ella, Corderita estaba sentada en un váter, y él también se ruboriza, a pesar de que le parece una bobada.

—Puede telefonear siempre que quiera, señor Pinneberg, durante toda la noche —le informa la enfermera jefe—. Tome, estas son las cosas de su mujer.

Acto seguido, Pinneberg se marcha despacio, infeliz al pensar que por primera vez en su matrimonio acaba de dejar a su esposa a merced de otras personas, y ahora ella estará viviendo experiencias que él no comparte. Quizá habría sido mejor que hubiéramos buscado una comadrona. Así yo habría podido estar presente.

El Kleiner Tiergarten. No, en el banco ya no se sientan las mujeres de antes, le habría gustado charlar con una de ellas. Tampoco está Puttbreese, por lo que no puede hablar con él, tiene que permanecer solo en su silenciosa y aislada vivienda.

Y ahí está, en mangas de camisa, con el delantal de Corderita, fregando los platos, y de pronto exclama en voz muy alta y muy despacio:

—¿Y si no vuelvo a verla más? A veces ocurre. Con frecuencia.

 

¡Muy poco fregado! La creación del bebé. Corderita también gritará

 

No es nada fácil estar en una casa vacía pensando: a lo mejor no vuelvo a verla más. A Pinneberg, en cualquier caso, le cuesta. En primer lugar, los cacharros siguen allí y tiene que ocuparse de ellos. Pinneberg ejecuta esa labor lenta y minuciosamente, arremete contra cada cazuela con jabón y estropajo, por él que no quede. Mientras tanto, la verdad es que sus pensamientos no son precisamente reconfortantes, está eso del camisón estampado con guirnaldas de letras azules, y ella parecía enrojecida e infantil. ¿Y eso era todo?

No.

Ha acabado de fregar. Y ahora, ¿qué? Recuerda que hace mucho que deseaba aislar la puerta contra las corrientes con una tira de fieltro y aún no ha tenido tiempo de hacerlo. La tira de fieltro lleva allí desde comienzos del invierno y también los clavos. Es ahora, en marzo, cuando se pone manos a la obra. Ajusta bien la tira, la sujeta provisionalmente y comprueba si cierra la puerta. Cierra. Clava la tira de fieltro, centímetro a centímetro, tiene todo el tiempo del mundo, antes de las siete no tiene sentido llamar. Y dicho sea de paso, en lugar de telefonear, se presentará allí. Se ahorrará unas monedas y a lo mejor se entera de más cosas. A lo mejor hasta consigue verla.

Pero a lo mejor ya no la ve más.

Entonces solo quedaría recoger sus vestidos, olían tan bien a ella… siempre le había encantado ese olor. Desde luego no se había portado muy bien con ella, lo había gruñido con excesiva frecuencia y tampoco había pensado bien en lo que a ella le preocupaba. Todas esas cosas. Desde luego que todos los hombres recordaban esas historias cuando quizá era ya demasiado tarde; como de costumbre, había dicho la enfermera jefe. La verdad es que sucedía lo acostumbrado. Semejante arrepentimiento era inútil.

Las cinco y cuarto. Se ha marchado del hospital una hora antes y ya no tiene nada que hacer. Se tira en el gran sofá de hule y yace allí mucho rato en silencio, con el rostro enterrado entre las manos. Sí, es pequeño y miserable, grita y arma camorra y necesita los codos para conservar su sitio en la vida, pero ¿lo merece? Es un don nadie. Y ella tenía que malvivir por su culpa. Si él nunca… si nunca hubiera… si siempre hubiera…

Allí yace él, no podía llamar pensamientos a eso que brotaba de su interior sin poder evitarlo.

Uno puede yacer en medio camarote de barco, en Berlín noroeste, en un sofá de hule, orientado a un jardín: a pesar de todo, el estruendo de la gran ciudad llega hasta sus oídos. Solo que en este caso se confunden mil sonidos aislados para originar un gran sonido general, que aumenta y disminuye, se torna muy ruidoso y casi desaparece, como si se hubiera desvanecido en el aire.

Pinneberg yace allí, el sonido lo alcanza y lo levanta para bajarlo después lentamente; siente cómo el frío sofá de hule se acerca a su cara, lo levanta y lo baja, y sin embargo nunca deja de abrazarlo, es como la resaca marina. También transcurre con idéntica inutilidad, sin cesar, ¿por qué, en realidad?

El pueblo se llamaba Lensahn y los fines de semana vendían billetes de ida y vuelta hasta allí desde Ducherow. Pinneberg viajó allí un sábado de los albores del verano a las dos de la tarde. Sería mayo o junio. No, era junio. Bergmann le había dado permiso.

Lensahn no está muy lejos de Platz. Total, que el pueblo estaba repleto de gente, la radio alborotaba desde los jardines de los restaurantes, y en la playa vociferaban como salvajes. El caso es que una playa de arena como Dios manda invitaba a seguir andando, a ir cada vez más lejos. Pinneberg se despojó de los zapatos y calcetines y empezó a caminar. No tenía ni idea de a dónde dirigirse, si allí habría algún pueblo, pero ¿no daba lo mismo?

Caminó durante horas, ya no se divisaba persona alguna, se sentó en la playa a fumar un cigarrillo.

Luego se levantó de nuevo para proseguir su andadura. Ay; a veces en esa playa, con sus calas y cabos, parecía como si detrás de esa nariz de dunas ya no existiera nada más, como si se encaminase directamente hacia el mar. Y sin embargo continuaba tierra adentro con una oscilación de infinita suavidad. Una enorme bahía repleta de agua azul con cabellera blanca y una nueva nariz de dunas, ahí enfrente, enfrente del todo.

Y entonces se acabó de verdad.

Pero aconteció algo, incluso fuera de la bahía de rigor, una persona venía hacia él. Primero frunció el ceño, no era más que una raya negra, es decir, una persona. ¿Qué hace la gente ahí fuera? ¡Que se queden en Lensahn!

Al aproximarse comprobó que una chica caminaba hacia él, descalza y zancuda, de hombros anchos, blusa de seda rosa y falda plisada blanca.

Atardecía, el cielo se teñía ya de rojo.

—Buenas tardes —Pinneberg se detuvo a mirarla.

—Buenas tardes —dijo Emma Mörschel, mirándolo a su vez.

—No vaya allí —advirtió él, señalando el lugar del que había venido—. Solo hay jazz, señorita, y la mitad están borrachos.

—No me diga —contestó la joven—. En ese caso, tampoco vaya usted allí. —Y señaló hacia la dirección de la que ella procedía—. En Wiek acontece otro tanto.

—¿Qué hacemos entonces? —preguntó riendo.

—¿Qué podemos hacer? —inquirió la muchacha.

—Cenemos aquí —le propuso.

—Me parece bien —contestó ella.

Caminaron pesadamente hacia las dunas, se sentaron en una hondonada como si fuera una enorme mano amable, mientras la brisa acariciaba las cimas de las dunas y se alejaba por encima de sus cabezas. Intercambiaron huevos cocidos y bocadillos de salchichas, él llevaba café en un termo, ella, cacao.

Charlaron un rato y rieron. Pero en síntesis se lo comieron todo con mucho apetito. Por lo demás, coincidieron en que la gente era horrible.

—Dios mío, no me apetece nada ir a Lensahn —dijo la joven.

—Ni a mí a Wiek —reconoció Pinneberg.

—Entonces, ¿qué hacemos?

—Pues de momento, darnos un baño.

El sol se había puesto, pero todavía había luz. Se adentraron corriendo en el suave oleaje, salpicándose y riendo. Eran buenos ciudadanos, cada uno había traído su bañador y su toalla. (Pinneberg la de su posadera, la verdad.)

Más tarde se quedaron sentados sin saber qué hacer.

—¿Nos vamos? —preguntó ella.

—Sí, comienza a hacer frío.

Pero siguieron sentados en silencio.

—¿Vamos a Wiek o a Lensahn? —preguntó la chica al cabo de un buen rato.

—A mi me da igual.

—A mí también.

Otro prolongado mutismo. El mar penetró en ese silencio, adentrándose en la conversación, tornándose cada vez más ruidoso.

—Entonces, vámonos —dijo ella nuevamente.

Pinneberg, con mucho cuidado y suavidad la rodeó con su brazo. Temblaba igual que ella. El agua se volvió estruendosa.

Inclinó su cabeza sobre la joven; sus ojos eran cuevas oscuras que brillaban.

Los labios de él se posaron sobre su boca, que se separó complacida y dócil, abriéndose.

—¡Oh! —exclamó el joven con un profundo suspiro.

Después su mano se deslizó con delicadeza desde su hombro, descendió más, notó su pecho, rotundo y firme bajo la suave seda. Ella se removió.

—Perdón… —se disculpó él en voz baja.

Pero su mano retornó al pecho.

Y de repente, la muchacha murmuró:

—Sí… Sí… Sí…

Fue como un grito de júbilo. Salió de lo más hondo de su ser. Le rodeó el cuello con los brazos y se apretó contra el cuerpo masculino. El notó cómo ella salía a su encuentro.

Y había dicho sí tres veces.

Ni siquiera sabían el nombre del otro. No se habían visto nunca antes.

El mar estaba allí, y por encima de sus cabezas el cielo —Corderita lo divisaba bien— se volvió cada vez más oscuro y salieron las estrellas, una tras otra.

No, no sabían nada el uno del otro, solo sintieron que eran jóvenes y que era bueno amarse. No pensaron en el crio.

Y ahora venía él…

La ciudad se acerca rugiendo. Había sido maravilloso, continuaba siéndolo, le había tocado la lotería, la chica de las dunas se había convertido en la mejor esposa del mundo. Solo que él no era el mejor marido.

Pinneberg se levanta despacio. Enciende la luz y consulta el reloj. Las siete. Ella estaba al otro lado, a tres calles de distancia. Ahí estaba sucediendo.

Se pone el abrigo y corre al otro lado.

—Pero ¿adónde va? —pregunta el portero.

—Al edificio de la maternidad. Yo… —Pero no necesita dar más explicaciones.

—Todo derecho. El último pabellón.

—Gracias —dice Pinneberg.

Corre entre los edificios. En todas las ventanas hay luz, bajo cada luz hay cuatro, seis, ocho camas. Allí yacen cientos, miles, que mueren despacio y deprisa, que recuperan la salud para morir un poco más tarde; la vida es una historia triste.

En el pasillo de la maternidad alumbra una luz muy sombría. En la habitación de la enfermera jefe no se ve un alma. Se queda allí, indeciso. Se acerca una enfermera.

—¿Qué desea?

Le explica que se llama Pinneberg, que le gustaría saber…

—¿Pinneberg? —dice la enfermera—. Un momento.

Pasa por una puerta acolchada. Justo detrás viene otra puerta también acolchada. La cierra.

Pinneberg se queda de pie, esperando.

Luego, por la puerta acolchada sale presurosa una enfermera distinta, morena, de corta estatura, muy enérgica.

—¿Señor Pinneberg? Todo va bien. No, todavía no ha llegado el momento. Vuelva a llamar a eso de las doce. No, todo va bien…

En ese momento, detrás de la puerta acolchada, resuenan gritos; no, no son gritos, son alaridos, gemidos, una rápida serie de alaridos de tortura desgarradores… No son humanos, ningún rasgo humano se percibe en ellos… Y se aplacan.

Pinneberg se ha quedado blanco como la cal. La enfermera lo mira.

—¿Esa es… —pregunta balbuciendo—, esa es mi mujer?

—No —contesta la enfermera—. No es su mujer, a su mujer todavía no le toca.

—¿Gritará… gritará también así mi mujer…? —pregunta Pinneberg con un temblor en los labios.

La enfermera lo mira de nuevo. A lo mejor, piensa ella, le viene muy bien saberlo, los hombres no son muy amables con sus mujeres hoy en día.

—Sí —contesta—. El primer parto suele ser difícil.

Pinneberg, inmóvil, escucha. Pero el edificio se ha quedado en silencio.

—Entonces, a eso de las doce —confirma la enfermera antes de irse.

—Gracias, enfermera —le contesta mientras sigue escuchando.

Pinneberg hace una visita y deja que lo induzcan al nudismo

 

Al final tiene que irse. No se han reproducido los gritos o la doble puerta acolchada los ha frenado. En cualquier caso ya lo sabe: Corderita gritará igual. La verdad es que no cabe esperar otra cosa, se paga por todo, ¿por qué no habría que pagar precisamente por eso?

Pinneberg permanece en la calle, indeciso. Ya han encendido las farolas; al fondo, el teatro Ufa brilla festivo, todo eso está ahí y continuará, con Corderita o sin ella. Con Pinneberg o sin él. No es tan sencillo comprenderlo, es casi imposible.

¿Puede uno regresar a casa invadido por esos pensamientos, a esa vivienda vacía, tan horriblemente vacía, porque todo le recuerda a Corderita…? Ahí están las dos camas, por las noches se daban la mano por encima del pasillo entre ellas, era tan agradable… Hoy eso ha desaparecido. Quizá para siempre. Pero ¿adónde ir?

Beber, no, imposible. Cuesta dinero y además tiene que telefonear más tarde, hacia las once o las doce, sería indigno llamar borracho. Sería indigno emborracharse mientras Corderita sufre. No, no quiere escurrir el bulto, sino pensar en los gritos que suelta Corderita.

Pero ¿adónde ir? ¿Cuatro horas andando por la calle? Es incapaz. Pasa junto al cine sobre el que se encuentra su vivienda y junto al arranque de Spenerstrasse, donde habita su madre. No, todo eso está descartado.

Reanuda lentamente su andadura. Ese es el Juzgado de lo Penal y aquellas son las celdas. A lo mejor detrás de las oscuras ventanas enrejadas hay personas afligidas, habría que saber esas cosas, a lo mejor la vida sería más fácil si se supiera todo eso, mas no se sabe nada. Cavila sin cesar y se siente muy solo. En una noche como esa no sabe adónde ir.

De pronto cae en la cuenta. Mira el reloj, no puede ir andando o las casas estarán cerradas cuando llegue.

Viaja un trecho en tranvía, después hace transbordo y recorre otro tramo en un nuevo tranvía. Ahora se alegra de su visita; a cada kilómetro que se aleja del hospital, Corderita desaparece con el bebé que va a dar a luz, se va difuminando como una sombra, deja de ser del todo real.

No, no es un héroe, en ningún sentido, ni del ataque ni del autotormento, sino un hombre joven corriente y moliente. Y cumple con su deber, le parece indigno emborracharse. Pero nada le impide hacerle una visita a un amigo e incluso alegrarse por la visita, eso no es indigno.

Tiene suerte.

—Sí, el señor Heilbutt está en casa.

Heilbutt está cenando y dejaría de ser Heilbutt si esa visita tan tardía lo asombrara.

—¿Pinneberg? Me alegro de verte. ¿Has cenado ya? No, claro que no. Todavía no son las ocho. Vamos, cena conmigo.

No le pregunta nada. Pinneberg se enfada por eso, pero no, Heilbutt no pregunta.

—Ha sido una idea estupenda venir. Mira, mira tranquilamente, es un cuchitril más, horrible en el fondo, pero a mí me da igual. Ni me va ni me viene.

Hace una pausa.

—¿Estás mirando los desnudos? Sí, tengo una colección magnífica. Y son un asunto muy especial. Primero mis patrañas se muestran horrorizadas cuando me mudo y coloco las fotos en la pared. Algunas quieren que me marche en el acto.

Nueva pausa. Mira a su alrededor.

—Sí, al principio hay bronca —continúa Heilbutt—. Porque la mayoría de estas patrañas son cursis hasta decir basta. Pero después las convenzo. Hay que considerar que la desnudez en sí misma es lo único moral. Y con esto las convenzo —otra pausa—. Mi patrona actual, por ejemplo, ya la has visto, la gorda Witt, se puso hecha un basilisco. «Métalas en la cómoda», me dijo, «excítese con ellas cuanto le plazca, pero no delante de mis ojos… ».

Heilbutt mira muy serio a Pinneberg.

—Después la convencí. Debes tener en cuenta, Pinneberg, que soy un genuino naturista, y le digo a Witt: «Bien, consulte el asunto con la almohada, a ver si mañana temprano aún desea que retire las fotos. En fin, el café a las siete, por favor». Total, que a las siete de la mañana llama a la puerta y digo: «Adelante», y entra ella con la bandeja del café en la mano y me encuentra completamente desnudo haciendo mis ejercicios matinales. «Señora Witt, míreme, míreme con atención», le digo. «¿Le excita esto? ¿La altera? La desnudez natural no provoca vergüenza, usted tampoco se avergüenza». Y entonces la convencí. Ya no se opone a las fotos, le parecen bien.

Heilbutt se sume en sus cavilaciones.

—La gente debería saberlo, Pinneberg, no se les explica como es debido. Tú también deberías hacerlo, Pinneberg, y tu mujer, igual. Os sentaría bien.

—Mi mujer… —empieza a decir Pinneberg.

Pero a Heilbutt ya no hay quien lo pare; al misterioso, al mesurado, al distinguido Heilbutt también le dan sus venadas, como a todo el mundo.

—Fíjate en los desnudos —prosigue Heilbutt—. Es una colección sin igual en todo Berlín. Hay empresas que venden fotos de desnudos por correspondencia —tuerce el gesto—, por docenas, eso no es nada, modelos feos con cuerpos feos, nada en absoluto. Las que ves aquí son tomas privadas. Entre ellas hay damas —la voz de Heilbutt se torna solemne— de la alta sociedad: mujeres que profesan nuestra doctrina. —Y levantando la voz—: Nosotros somos personas libres, Pinneberg.

—Sí, ya me lo imagino —contesta con timidez el aludido.

—¿Crees —susurra Heilbutt inclinándose mucho hacia él—, crees que podría soportar esas eternas ventas, esos compañeros ridículos, esos cerdos de jefes —esboza un gesto en dirección a la ventana— y toda la porquería de Alemania, si no tuviera esto…? Me desesperaría, pero sé que todo cambiará algún día. Eso ayuda, Pinneberg. Eso ayuda. Tú también deberías probarlo, Pinneberg, tú y tu mujer. —Y en lugar de esperar su respuesta, se levanta y asomándose a la puerta proclama—: Ya puede recoger la mesa, señora Witt.

—Libros —dice Heilbutt retomando la conversación—, y deporte y teatro y chicas y política, y todo lo que hacen los compañeros no son más que drogas, todo eso no es nada. En realidad…

—Pero… —comienza a decir Pinneberg y se calla, porque en ese momento entra la patrona con la bandeja.

—Mire, señora Witt —dice Heilbutt—. Este es mi amigo Pinneberg. Esta noche me lo llevaré a nuestra velada cultural.

La señora Witt es una mujer bajita, regordeta, entrada en años.

—Hágalo, señor Heilbutt —contesta ella—. Seguro que el joven caballero se divertirá. No debe tener miedo —tranquiliza a Pinneberg—. Ni tampoco desnudarse si no le apetece. Yo no lo hice cuando el señor Heilbutt me llevó…

—Yo… —empieza a decir Pinneberg.

—Es raro que todos anden por ahí desnudos —cuenta la señora Witt— y conversen contigo en pelotas, caballeros de edad con barba y gafas, mientras tú llevas la ropa puesta. Te avergüenzas muchísimo.

—Ya lo ve —asiente Heilbutt—. Sin embargo, nosotros no nos avergonzamos.

—Bueno —dice la añosa y oronda señora Witt—3 Para los hombres jóvenes debe de ser estupendo. En lo tocante a las chicas, no acabo de entenderlas, pero los hombres jóvenes seguro que encuentran buena compañía. Y no les darán gato por liebre…

—Esa es su opinión, señora Witt —dice Heilbutt brevemente, saltaba a la vista que enfadado—. Y ahora, si quisiera usted recoger…

—A usted no le parece bien que yo hable así, señor Heilbutt —precisa mientras recoge los platos de la cena—, pero lo que es verdad, es verdad. Algunos se iban juntos a las cabinas con absoluta desenvoltura.

—Usted no lo comprende, señora Witt —manifiesta Heilbutt—. Buenas noches, señora Witt.

—Buenas noches, señores —se despide, retirándose con su bandeja, pero se detiene en el umbral—. Desde luego que no lo comprendo, pero sale más barato que ir al café.

Y tras estas palabras, desaparece y Heilbutt contempla furioso la puerta marrón, lacada.

—No hay que tomárselo a mal a esa mujer —opina, aunque a él le parece fatal—. No entiende nada. Por supuesto, Pinneberg —añade—, por supuesto que surgen relaciones, pero estas se dan en todas partes donde coinciden personas jóvenes, eso no tiene nada que ver con nuestro movimiento —se interrumpe—. Bueno, tú mismo lo comprobarás. Tienes tiempo, ¿verdad? ¿Me acompañas?

—No sé qué hacer —contesta Pinneberg turbado—. Tengo que telefonear. Mi mujer está en el hospital.

—¡Oh! —exclama Pinneberg apesadumbrado. Y luego comprende—. ¿Ha llegado el momento?

—Sí —contesta Pinneberg—, la he llevado esta tarde. Seguramente dará a luz esta noche. Y Heilbutt… —Le gustaría seguir hablando de sus penas, de sus preocupaciones, pero no tiene ocasión.

—También puedes telefonear desde la casa de baños —aduce Heilbutt—. No creerás que tu mujer se opondría, ¿verdad?

—No, qué va, no lo creo. Solo que me resulta un poco extraño; ella allí, en la maternidad, sala de obstetricia llaman a la estancia donde dan a luz, y no parece ser nada fácil, he oído gritar a una… Espantoso.

—Hombre, es que debe de doler —dice Heilbutt con toda la tranquilidad de ánimo del ajeno al asunto—, pero la verdad es que siempre va todo como una seda. También vosotros os alegraréis cuando haya transcurrido. Además, como ya he dicho, no es obligatorio desnudarse.

Lo que piensa Pinneberg del nudismo y lo que opina la señora Nothnagel

 

Para un hombre inexperto como Pinneberg, la invitación de Heilbutt entraña ciertos peligros. El, sin duda, no era demasiado tímido en cuestiones sexuales, oh, no, al contrario. Se crio en Berlín, y tampoco hace tanto que la señora Pinneberg le recordó ciertos juegos con niñas del colegio en el cajón de arena, que entonces provocaron un gran escándalo. Y cuando uno se hace adulto en la confección, que no solo está bien surtida de prendas de ropa, sino también de chistes y maniquíes sin prejuicios, no conserva demasiadas ideas románticas. Las chicas son chicas y los hombres, hombres, pero por diferentes que sean, ambos convienen en que les gusta hacerlo. Y cuando fingen que no les gusta es porque albergan ciertas razones que no guardan relación alguna con el asunto en sí, porque quieren casarse, porque al jefe no le gustan esas cosas o porque llevan en la cabeza ideas ridículas.

No, el peligro no viene de ahí, sino de la excesiva información y de la carencia de ilusión. Por mucho que Heilbutt afirme que nadie va con segundas intenciones, Pinneberg sabe de sobra que se equivoca. Le basta con imaginar a chicas jóvenes y a mujeres deambulando por ahí, bañándose y nadando… para saber lo que sucede.

Pero —y este es el gran descubrimiento de Pinneberg— él no quiere tener vivencias al respecto que no estén relacionadas con Corderita. Bueno, lleva a sus espaldas la infancia habitual, con todas las desilusiones y los descubrimientos, y al menos una docena de novias, sin contar las canitas al aire.

Y después conoció a Corderita, y desde las dunas situadas entre Wiek y Lensahn, aquello tampoco fue nada diferente, sino algo muy hermoso y agradable que te alegraba la vida.

Sí, y después se casaron y han practicado a menudo ese acto conyugal tan cómodo y natural, siempre bueno, grato y liberador, justo igual que antes, pero tampoco distinto de antes. Ahora, sin embargo, algo ha cambiado, de algún modo ha surgido un vínculo, ya sea por Corderita, por ser una mujer tan maravillosa, o por la costumbre del matrimonio: los velos han regresado, las ilusiones vuelven a estar ahí. Y ahora, mientras peregrina hacia los baños con su admirado y también un poco ridículo amigo Heilbutt, sabe de sobra que no desea tener ninguna experiencia que no esté relacionada con Corderita. Él le pertenece y ella a él, no quiere experimentar ningún placer cuya fuente y desembocadura no sea ella, de ninguna manera.

Por eso está a punto de decirle a Heilbutt: oye, Heilbutt, la verdad, preferiría ir al hospital, me siento algo intranquilo.

Como excusa, para no hacer demasiado el ridículo.

Pero después, antes de pillar una pausa en las palabras de Heilbutt, todo se confunde: su casa, el paritorio, los baños con las mujeres desnudas, las fotos de desnudos, los pechos pequeños y puntiagudos que tienen algunas chicas… Antes le parecía bonito, ahora, desde que conoce el pecho ancho, blando y pleno de Corderita… ¿Lo ves?, sucede otra vez lo mismo, todo lo que es ella es bueno, no, ahora voy a decirle a Heilbutt que…

—Ya hemos llegado —declara Heilbutt.

Y Pinneberg, alzando la vista hacia el edificio, dice:

—Ah, vaya, es una piscina. Yo pensaba…

—Tú pensabas que teníamos una especie de baños propios, ¿no? Aún no somos tan ricos.

El corazón de Pinneberg late fortísimo, tiene verdadero miedo. Pero de momento no hay nada atemorizador; en la caja, un ser gris del sexo femenino saluda:

—Buenas noches, Joachim. Tienes la treinta y siete. —Y le entrega una llave con un número.

—Gracias —contesta Heilbutt, y Pinneberg se asombra mucho de que Heilbutt se llame Joachim.

—¿Y el caballero? —sigue preguntando la mujer gris mientras señala a Pinneberg con la cabeza.

—Un invitado —contesta Heilbutt—. Entonces, ¿no quieres bañarte?

—No —contesta Pinneberg turbado—. Hoy, mejor no.

—Como gustes —afirma Heilbutt sonriendo—. Míralo todo, a lo mejor después vienes a por una llave.

A continuación recorren el pasillo situado detrás de las cabinas de baño, y desde la piscina, todavía invisible, se oyen las habituales risas, chapoteos y gritos, y flota en el aire el típico olor a piscina, templado y húmedo, y todo es igual que de costumbre, y Pinneberg se tranquiliza… En ese preciso instante se abre la puerta de una cabina, y por una rendija divisa algo sonrosado e intenta apartar la vista. La puerta se abre del todo y un mujer joven, vestida como Dios la trajo al mundo, se planta en la puerta y dice:

—Vaya, por fin, Joachim, ya pensaba que no vendrías.

—Sí, sí —dice Heilbutt—. Permíteme presentarte a mi amigo Pinneberg. El señor Pinneberg, la señorita Emma Coutureau.

La señorita Coutureau hace una ligera inclinación y le tiende la mano a Pinneberg igual que una princesa. Mira y aparta la vista sin saber…

—Encantada —dice la señorita Coutureau, que sigue sin llevar nada puesto—. Ojalá se convenza de que estamos en el camino correcto…

Pinneberg, sin embargo, acaba de atisbar una salvación, una cabina telefónica.

—Perdón, tengo que hacer una llamada rápida. Disculpe —murmura, alejándose presuroso.

Heilbutt le informa mientras se aleja:

—Ya sabes, estamos en la cabina treinta y siete.

Pinneberg se toma su tiempo con la comunicación telefónica. Es demasiado pronto para llamar, acaban de dar las nueve, pero es preferible marcharse.

—Eso puede quitarle a uno el apetito —dice meditabundo—. ¿Quizá deberíamos ir realmente desnudos?

Después prepara su moneda y pide que le pongan con Moabit 8650.

Ay, Dios, lo que tardan. Su corazón empieza a latir de nuevo. A lo mejor no vuelve a verla nunca más.

—Un momento, por favor —le comunica la enfermera—. Iré a preguntar. ¿Quién llama? ¿Pallenberg?

—No, Pinneberg, enfermera, Pinneberg.

—Pallenberg, lo que yo decía. Un momento, por favor.

—Pinneberg, enferm…

Pero ella ya se ha ido. Ahora resulta que a lo mejor hay también una señora Pallenberg en el paritorio, le dan una información incorrecta y piensa que ha salido todo bien, cuando en realidad…

—¿Sigue ahí, señor Pinneberg?

Gracias a Dios, es otra enfermera, seguramente la que está tratando a la propia Corderita.

—No, todavía no ha llegado el momento. Puede tardar tres o cuatro horas. Le sugiero que llame a medianoche.

—Pero ¿está bien? ¿Va todo bien?

—Completamente normal… Entonces, hasta medianoche, señor Pinneberg.

Cuelga, necesita salir fuera. Heilbutt espera en la cabina treinta y siete. ¿Cómo se le habrá ocurrido la locura de acompañarlo?

Pinneberg llama a la cabina treinta y siete, y Heilbutt contesta:

—Adelante.

Y ahí están ambos, sentados en el banco, y parece que solo han estado hablando, la verdad, pero a lo mejor es culpa suya, a lo mejor él es demasiado depravado para esas cosas, igual que la señora Witt.

—Bueno, vámonos —dice Heilbutt, desnudo, estirándose—. Esto es muy estrecho. Me has puesto a cien, Emma.

—¡Y tú a mí! —la señorita Coutureau ríe.

Pinneberg camina tras ellos y de nuevo constata que es sencillamente penoso.

—Por cierto, ¿qué sabes de tu mujer? —pregunta Heilbutt por encima del hombro a Pinneberg. Y explica a su acompañante—: La señora Pinneberg está en el hospital, a punto de tener un hijo.

—Ah —dice la señorita Coutureau.

—Todavía no ha llegado el momento —informa Pinneberg—. Aún puede tardar tres o cuatro horas.

—En ese caso —comenta Heilbutt satisfecho— tienes cumplida ocasión de verlo todo.

Pero Pinneberg tiene sobre todo cumplida ocasión de enfadarse con Heilbutt.

Acaban de llegar a la piscina. No hay mucha gente, piensa Pinneberg. Pero después la concurrencia aumenta. A los trampolines acude un montón de gente, todos increíblemente desnudos, que avanzan uno tras otro para saltar del trampolín a la piscina.

—Creo que lo mejor será que permanezcas aquí —opina Heilbutt—. Si quieres saber algo, basta con que me hagas una seña.

Dicho esto, se alejan los dos, y Pinneberg se queda tranquilo y seguro en su rincón, contemplando lo que acontece junto al trampolín. Heilbutt parece una persona importante, todos lo saludan, ríen y se muestran encantados, hasta Pinneberg llegan los gritos de ¡Joachim!

Entre ellos figuran hombres jóvenes y bien plantados, y chicas jóvenes, mocitas de cuerpos firmes y prietos, pero están en clara minoría, el contingente principal lo constituyen dignos caballeros entrados en años y mujeres entradas en carnes. Pinneberg se los imagina en un concierto militar, tomando café, pues donde se encuentran ahora resultan completamente inverosímiles.

—Perdone, señor —susurra tras él una voz muy educada—. ¿Usted también es invitado?

Pinneberg se vuelve, sobresaltado. Una mujer vigorosa y baja está detrás de él, a Dios gracias completamente vestida. Sobre la nariz curvada lleva unas gafas de concha.

—Sí, lo soy —contesta.

—Yo también —dice la dama y se presenta—. Me llamo Nothnagel.

—Pinneberg.

—Resulta muy interesante todo esto, ¿no le parece? —pregunta la mujer—. Tan inusual…

—Muy interesante, sí —confirma Pinneberg.

—Lo ha introducido a usted… —ella, haciendo una pausa, pregunta con terrible discreción—… ¿una amiga?

—No, un amigo.

—¡Ah, un amigo! A mí también me ha introducido un amigo. Y ¿me permite preguntarle —prosigue la dama— si ya se ha decidido usted?

—¿A qué?

—A hacerse socio. ¿No le apetece?

—No, aún no me he decidido.

—¡Figúrese, yo tampoco! Es la tercera vez que vengo, pero aún no acierto a decidirme. A mi edad no es tan sencillo.

La mujer lo mira, prudente e inquisitiva.

—Desde luego que no —remacha Pinneberg.

Ella se alegra.

—Ya lo ve, siempre se lo digo a Max. Es mi novio. Ahí… no, ahora no puede verlo…

Pero después lo ve y se pone de manifiesto que Max es un cuarentón bastante atractivo, bronceado, fornido, moreno, el tipo de comerciante resuelto.

—Sí, se lo digo siempre a Max, no es tan fácil como piensas, no es nada fácil, sobre todo para una mujer.

Y vuelve a dirigir una mirada seductora a Pinneberg, y a este no le queda más remedio que confirmar:

—Sí, es terriblemente difícil.

—Mire usted, Max suele decir: «Considera el aspecto comercial, es comercialmente ventajoso que ingreses». Y no le falta razón, a él el ingreso ya le ha reportado un montón de ventajas.

—¿De veras? —pregunta Pinneberg cortés, muerto de curiosidad.

—No es nada prohibido, puedo contárselo con toda tranquilidad. Max tiene una representación de alfombras y cortinas. Bueno, el caso es que el negocio iba de mal en peor y entonces Max ingresó aquí. Cuando se entera de que en alguna parte hay una asociación grande, se adhiere y vende a los demás socios. Como es lógico, les hace un buen descuento, a él todavía le queda bastante beneficio, arguye. Claro, para Max, que es tan atractivo, sabe tantos chistes y es tan maravillosamente sociable, es fácil. Para mí, sin embargo, es mucho más difícil.

Suspira.

—¿Usted también ejerce una actividad comercial? —pregunta Pinneberg contemplando a ese pobre y necio ser gris.

—Sí —contesta la mujer mirándolo confiada desde abajo—. También desarrollo una actividad comercial. Pero sin mucha suerte. Tuve una tienda de chocolates, era una tienda excelente emplazada en un buen sitio, pero debe de ser que carezco de las dotes adecuadas. Siempre he tenido mala suerte. En cierta ocasión, deseando hacerlo bien, contraté a un decorador y le pagué quince marcos por decorar mi escaparate, que albergaba mercancía por valor de doscientos marcos. Y yo, tan activa y esperanzada, pensando, esto tiene que dar resultado, pero me olvidé de bajar el toldo, y el sol —era verano— da en el escaparate y, ¿qué voy a decirle, señor?, cuando me di cuenta, toda la mercancía se había derretido y mezclado. Todo inservible. Después se lo vendí a los niños a diez pfennigs la libra, figúrese, los bombones más caros a diez pfennigs la libra. ¡Menudo perjuicio me causó!

Mira apenada a Pinneberg, que comparte su pena y su sentido del ridículo, hace mucho que ha olvidado cualquier actividad relacionada con el baño.

—¿Y no tenía usted a nadie que le echara una manita? —Le pregunta.

—No. Max llegó más tarde. Para entonces yo ya había traspasado la tienda. Max me ha conseguido una representación de fajas, ligueros y sujetadores. Por lo visto es una representación muy buena, pero no vendo nada. Prácticamente nada.

—Sí, hoy es complicado —reconoce Pinneberg.

—¿Verdad que sí? —responde ella agradecida—. Es difícil. Me paso todo el día subiendo y bajando escaleras, y a veces no vendo en todo el día género ni por valor de cinco marcos. En fin —comenta intentando sonreír—, eso tampoco es tan grave, es que la gente no tiene dinero. ¡Pero si por lo menos algunos no fueran tan desagradables! Es que, ¿sabe usted? —añade cautelosa—, yo soy judía. ¿Lo ha notado?

—No… no —contesta Pinneberg confundido.

—¿Lo ve? —replica—, se nota. Yo siempre le digo a Max que se nota. Creo que la gente que es antisemita debería poner un letrero en la puerta para no molestar. Porque así me sucede siempre de sopetón. «Lárguese con sus productos inmorales, asquerosa y puerca judía», me soltó uno ayer.

—¡Qué cerdo! —exclama Pinneberg furioso.

—He pensado más de una vez abandonar el credo judío, ¿sabe? Yo no soy muy creyente e incluso como carne de cerdo y todo. Pero ¿se debe hacer eso ahora, cuando todos se meten con los judíos?

—Tiene usted toda la razón —afirma Pinneberg contento—. Es preferible que no lo haga.

—Sí, y entonces Max pensó que debería ingresar aquí, que sería un buen vendedor, y tiene razón; observe, la mayoría de las mujeres, de las chicas jóvenes no voy a hablar, necesitarían un liguero o algo para el pecho. Ahora sé perfectamente lo que necesita cualquiera de estas mujeres, ya llevo aquí tres noches. Max dice siempre: «Decídete de una vez, Elsa, es un negocio redondo». Pero no consigo decidirme. ¿Lo entiende, caballero?

—Oh, sí, claro que lo entiendo. Yo tampoco me decido.

—Entonces, ¿usted cree que es preferible que no lo haga a pesar del negocio?

—Uy, difícil consejo —comenta Pinneberg meditabundo—. Usted debe saber si lo necesita imperiosamente o si merece la pena.

—Max se enfadaría mucho si me negara. En general, en los últimos tiempos se muestra muy impaciente conmigo, temo que…

Pero de pronto Pinneberg tiene miedo de que también le refiera ese capítulo de su vida. Ella es un ser pobre, pequeño y gris, seguro, y durante su narración él curiosamente ha pensado: Con tal de que yo no muera pronto para que Corderita no se atormente de ese modo; además, no acierta a imaginarse cómo continuará la vida de la señora Nothnagel. Pero Pinneberg ya está lo bastante triste esta noche y súbitamente, con enorme descortesía, interrumpe sus palabras:

—¡Discúlpeme, tengo que telefonear!

Y ella responde muy educada:

—No hay de qué, no quisiera molestarlo.

Y Pinneberg se marcha.

A Pinneberg lo invitan a una cerveza, roba flores y al final miente a su Corderita

 

Pinneberg no se ha despedido de Heilbutt. Que se enfade, le trae sin cuidado. Simplemente, incapaz de seguir escuchando la triste y desconsoladora historia, ha huido.

Emprende su camino a pie. Es un largo trayecto desde el extremo este hasta Alt—Moabit, al noroeste de Berlín. Puede ir andando sin problemas, hasta las doce tiene tiempo y se ahorrará el dinero del transporte. A veces piensa fugazmente en Corderita, en la señora Nothnagel, en Jänecke, que no tardará en convertirse en jefe de sección, porque por lo visto el señor Kröpelin no goza de las simpatías del señor Spannfuss… Sin embargo, la mayoría del tiempo no piensa en nada. Así puede caminar y echar un vistazo a las tiendas, y los autobuses pasan a su lado, y los anuncios luminosos son preciosos, y entre medias se pregunta de pronto: ¿Qué es lo que dijo Bergmann? Solo es una mujer. Carece de cordura. ¡Qué sabrá Bergmann, ese tendría que conocer a Corderita!

Y camina que te camina, al llegar a Alt—Moabit el reloj marca las once y media. Mira a su alrededor en busca del sitio más barato para telefonear, entra en el local más cercano y pide una cerveza. Se propone bebérsela despacio mientras se fuma un par de cigarrillos. Después telefoneará. Porque entonces habrá transcurrido ya la media hora que falta para medianoche.

Sin embargo, antes de que le hayan servido la cerveza, se levanta de un salto y corre hacia la cabina telefónica. Ya lleva la moneda en la mano, fíjate, ya lleva la moneda en la mano, y pide que le pongan con Moabit 8650.

Primero contesta una voz masculina, y Pinneberg solicita que le pongan con la maternidad. Después transcurre largo rato y una voz femenina pregunta:

—¿Hablo con el señor Pinneberg?

—Sí, enfermera. Dígame…

—Hace veinte minutos. Ha ido todo como una seda. Tanto la criatura como la madre están sanas. Felicidades.

—Oh, eso es maravilloso, enfermera, muchas gracias, enfermera, muchas gracias.

De pronto, Pinneberg está de un humor espléndido, la pesadilla se ha desvanecido y se siente muy contento.

—Y, dígame, enfermera, ¿ha sido niño o niña?

—Lo siento —contesta la enfermera desde el otro extremo de la línea—. Lo siento, señor Pinneberg, pero eso no puedo decírselo. Lo tenemos prohibido.

Pinneberg se queda estupefacto.

—¿Y eso por qué, enfermera? Soy el padre, a mí puede decírmelo.

—No puedo, señor Pinneberg, eso se lo tiene que comunicar en persona la madre.

—Ah, ya —contesta Pinneberg, sintiéndose muy pequeño ante tamaña previsión—. ¿Puedo pasarme ahora mismo por allí?

—¡De ningún modo, qué se figura! El médico está ahora con su esposa. Mañana, a las ocho de la mañana.

Y tras un apresurado «buenas noches, señor Pinneberg», la enfermera cuelga. Johannes Pinneberg sale de la cabina como un sonámbulo, y como no tiene ni idea de dónde está, cruza el local derechito hacia la calle y se habría ido si el camarero no lo hubiera cogido del brazo diciendo:

—Oiga, joven, todavía no ha pagado su cerveza.

Entonces Pinneberg despierta y dice con tono muy cortés:

—Oh, disculpe, por favor. —Y se sienta a su mesa, da un sorbo del vaso y al ver que el camarero lo mira echando chispas añade—: Disculpe, se lo ruego. Acabo de saber por teléfono que he sido padre.

—¡Diantre! —exclama el camarero—. Eso te puede dejar seco del susto. ¿Niño o niña?

—Niño —afirma Pinneberg con audacia, incapaz de reconocer su ignorancia.

—En fin —dice el camarero—. Siempre lo más caro. Lo contrario es imposible. —Y después, dirigiendo otra mirada al ensimismado Pinneberg, que sigue sin comprender del todo la situación, añade—: Bueno, para que el daño no sea tan grande, lo invito a la cerveza.

Entonces Pinneberg despierta de nuevo y dice:

—¡Al contrario! ¡Al contrario! —Y colocando un marco dice—: ¡Está bien así! —Y sale apresuradamente.

Pero el camarero lo sigue con la mirada, al fin comprende:

—Menudo pánfilo. ¡Un pánfilo que se alegra de verdad! ¡Anda que no le queda por sufrir a ese!

No hay ni tres minutos hasta el domicilio de los Pinneberg. Pero él prosigue su andadura, pasa ante el cine, frente a su vivienda, sumido en sus pensamientos. Pinneberg piensa cómo conseguir flores a las ocho del día siguiente. ¿Qué hace uno cuando no puede comprar flores ni posee su propio jardín para cortarlas? ¡Pues robarlas! Y ¿dónde se roban mejor que en los jardines públicos de la ciudad de Berlín, uno de cuyos ciudadanos es él, por lo que en parte le pertenecen?

Comienza, pues, el interminable periplo nocturno de Pinneberg, que aparece sucesivamente en Grosser Stern, en la plaza Lützow, en la plaza Nollendorf, en la plaza Viktoria—Luise y en la plaza Prager. Deteniéndose en todas partes, contempla los parterres con ojos melancólicos. Ahora, a mediados de marzo, hay pocos plantados, es un escándalo.

Pero en cuanto encuentra uno, ¿qué es lo que ve? Un par de crocus o algunas campanillas en la hierba. ¿Es eso digno de Corderita? Pinneberg se siente muy descontento con la ciudad de Berlín.

Continuando su peregrinaje, se presenta en la plaza Nikolsburger y sigue andando hacia el parque Hindenburg. Visita de nuevo las plazas Fehrbelliner, Olivaer y Savigny. En vano. No hay flores para una ocasión tan solemne. Al final, alza los ojos del suelo y descubre un arbusto con flores de un amarillo brillante, ramas amarillas que refulgen como el sol y sin una hoja verde; de la madera desnuda únicamente brotan flores amarillas. No se lo piensa mucho. Ni siquiera mira a su alrededor para comprobar si alguien lo observa. Saliendo de sus profundos pensamientos, salta la reja, camina sobre el césped y corta una brazada de esas ramas doradas. Retrocede con absoluta tranquilidad por la hierba, trepa por la reja y emprende el largo trayecto de regreso con las relucientes ramas en la mano. Seguro que una buena estrella protege al extasiado, porque pasando ante docenas de policías llega a Alt—Moabit y asciende por la escalera hasta su pequeña vivienda. Coloca las ramas en la jarra de agua y se lanza a la cama con un suspiro de alivio. Apenas se tumba se queda dormido.

Aunque, como es natural, se le ha olvidado poner el despertador, se despierta a las siete en punto con la misma naturalidad, enciende el fuego y se prepara un café, mientras calienta el agua para afeitarse. Se muda de ropa, se asea, se acicala todo lo que puede y, silbando sin parar, diez minutos antes de las ocho recoge sus ramas floridas y echa a andar.

Pero si, henchido de dicha, albergaba el vago temor de que tendría conflictos con el portero y este no le dejaría entrar tan temprano en el hospital, tampoco halla el menor obstáculo.

—Maternidad… —se limita a decir.

Y el portero contesta como un autómata:

—Todo recto, último pabellón.

Pinneberg sonríe y el portero también, solo que con otra clase de sonrisa, pero Pinneberg no se percata de eso.

Recorre, radiante, la carretera asfaltada entre los distintos pabellones con su arbusto amarillo, ignorando a todos los enfermos y moribundos que allí yacen.

Entonces reaparece una enfermera que le indica:

—Sígame, por favor.

Entra por una puerta blanca en una sala larga y durante un instante tiene la sensación de que numerosos rostros femeninos lo observan. Pero después ya no los ve, pues justo delante de él se encuentra Corderita, no en una cama, sino en una camilla, con una sonrisa muy grande, blanda, extasiada, diciendo en voz baja, como desde muy lejos:

—¡Ay, mi chico!

Se inclina muy suavemente sobre ella, coloca las ramas robadas sobre la colcha y susurra muy bajito:

—¡Corderita! ¡Por fin te vuelvo a ver! ¡Por fin te vuelvo a ver! La joven levanta suavemente los brazos, de los que cae hacia atrás el camisón con las extrañas coronas de letras azules, unos brazos muy blancos que parecen débiles y exánimes. No obstante, aciertan a enroscarse alrededor de su cuello y Corderita susurra:

—Ahora ya está aquí de verdad el bebé. Es un bebé, chico. Entonces se da cuenta de repente de que está llorando a moco tendido, solloza mientras dice furioso:

—¿Por qué no te han dado una cama esas mujeres? Les voy a montar ahora mismo un escándalo terrible.

—Es que todavía no hay camas Ubres —susurra Corderita—. Dentro de una o dos horas me darán una. —Ella también llora—. Ay, chico, ¿te alegras mucho? No llores, ya ha pasado todo.

—¿Ha sido malo? —pregunta—. ¿Muy malo? ¿Tuviste que… que gritar?

—Ya pasó —susurra ella—. Ya está medio olvidado. Pero tardaremos en repetir, ¿verdad? Tardaremos, ¿no?

Una enfermera advierte desde la puerta:

—Señor Pinneberg, si desea ver a su hijo, acompáñeme.

Corderita sonríe y dice:

—Saluda a nuestro bebé…

Siguiendo a la enfermera penetra en una habitación larga y estrecha. Allí hay otras enfermeras que lo miran, pero él no se avergüenza de haber llorado e incluso aún solloza un poco.

—Caramba, joven padre, ¿cómo es que se siente así? —pregunta una enfermera gorda con voz profunda.

Pero otra, qué casualidad, la rubia que el día anterior había abrazado a Corderita con tanta simpatía, comenta:

—Pero ¿qué le preguntas? Aún no sabe nada. Ni siquiera ha visto a su hijo.

Pinneberg asiente riendo.

Entonces se abre la puerta de una habitación contigua y la enfermera que lo ha llamado aparece en el umbral con un fardo blanco en brazos del que sobresale un rostro viejísimo, de color rojo brillante, feo, arrugado, con una cabeza puntiaguda en forma de pera, que berrea con voz aguda, penetrante y quejumbrosa.

Súbitamente Pinneberg se despeja por completo y recuerda todos sus pecados desde la más temprana juventud: la masturbación, las niñas pequeñas, la blenorragia y cómo cogió cuatro o cinco curdas de campeonato.

Y mientras las enfermeras sonríen al pequeño enano viejísimo y arrugado, el espanto se va apoderando de él. Seguro que Corderita no lo ha visto bien. Por fin, incapaz de contenerse, pregunta temeroso:

—Enfermera, dígame, ¿tiene buen aspecto? ¿Igual que los demás recién nacidos?

—Ay, Dios —exclama la enfermera morena de voz profunda—, ahora resulta que ni siquiera le gusta su hijo. Demasiado guapo eres, niñito, para tu padre.

Sin embargo, el miedo de Pinneberg no se ha desvanecido.

—Disculpe, hermana, dígame, ¿ha nacido aquí esta noche algún otro niño? ¿Podría enseñármelo, por favor? Solo para saber qué aspecto tiene.

—Es increíble —contesta la rubia—. Tiene el crío más guapo de toda la maternidad y no le gusta. —Y abriendo la puerta de la habitación contigua entra con Pinneberg, y allí están en setenta u ochenta camas enanos y gnomos, viejos y arrugados, descoloridos y rojos. Pinneberg los observa con cara de preocupación. Se ha tranquilizado a medias.

—Pero es que mi hijo tiene una cabeza tan puntiaguda —dice al fin, vacilante—. Perdone, enfermera, ¿no será hidrocefalia?

—¿Hidrocefalia? —repite la enfermera echándose a reír—, ¡Ay, pero cómo son los padres! Gracias a Dios que un cráneo así se aplasta; después recupera su aspecto normal. Ahora vaya con su mujer, pero no se quede demasiado tiempo.

Pinneberg echa un vistazo a su hijo y se marcha con Corderita, que lo recibe radiante y susurra:

—¿No es precioso nuestro bebé? ¿A que es guapo?

—Sí —musita el joven—. ¡Es precioso! ¡Guapísimo!

Los amos de la creación tienen hijos y Corderita abraza a Puttbreese

 

Es un miércoles de finales de marzo. Pinneberg camina despacio, paso a paso, llevando una maleta, por Alt—Moabit arriba y tuerce para adentrarse en el Kleiner Tiergarten. En realidad a esa hora debería estar camino de los almacenes Mandel, pero ha vuelto a pedir un día de permiso: le apetece ir a buscar a Corderita a la Maternidad.

En Kleiner Tiergarten, Pinneberg deja en el suelo su maleta, le sobra tiempo, no tiene que estar allí hasta las ocho. Lleva despierto desde las cuatro y media, la habitación está maravillosamente ordenada, incluso ha encerado y abrillantado el suelo y ha cambiado las sábanas. Es bueno que todo sea luminoso y esté limpio, ahora será una nueva vida, distinta por completo. Porque viene un niño, un bebé. Todo tendría que ser luminoso, deslumbrante.

Sí, en el Kleiner Tiergarten todo es bonito ahora, los árboles ya están recobrando su auténtico verdor y los arbustos lo están del todo, este año es temprano. Pero más adelante será mejor que Corderita vaya con el crío al verdadero Tiergarten, aunque esté un poco más lejos. Esto es tan triste, a pesar de ser tan temprano ya se ven sentados por allí a los parados. Corderita se lo toma todo tan a pecho…

¡Arriba con la maleta y adelante! Cruza el portón, pasando junto al portero gordo que, al oír la palabra «Maternidad», responde como un autómata:

—Todo derecho, el último pabellón.

Pasan unos taxis, con pasajeros dentro, padres seguramente, más acomodados, con posibles, para recoger en taxi a sus mujeres.

Maternidad. Cierto, ahí se detienen los coches. ¿Y si cogiera uno? Se queda parado con su maleta, se siente tan inseguro, el trayecto no es largo, pero a lo mejor hay que hacerlo así, a lo mejor a las enfermeras les parece horrible que no vaya en coche. Pinneberg, inmóvil, observa el taxi que acaba de llegar y estaciona con exquisita precisión en el pequeño espacio. El ocupante le dice al chófer:

—Tardaré un ratito.

No, se dice Pinneberg, no, imposible. Pero no es justo, de ningún modo es justo.

Entra en el vestíbulo, deposita su maleta en el suelo y espera. Los caballeros de los coches ya han desaparecido, seguro que llevan mucho rato con sus mujeres. Pinneberg, sin embargo, espera. Cuando le habla a una enfermera, esta dice apresuradamente:

—Un momento. ¡Ahora mismo! —Y continúa andando.

Pinneberg siente crecer el rencor en su interior, sabe que no tiene razón, que las enfermeras seguro que desconocen quién llega en coche y quién sin él, pero ¿de veras no tendrán ni idea? ¿Por qué sigue allí todavía? Ya no tendría que estar allí. ¿Acaso es menos que los demás? ¿Es menos su Corderita? ¡Ay, Dios, maldita sea, es un idiota por pensar eso, no son más que tonterías, ellas no hacen excepciones, pero su alegría se ha esfumado! Se ha quedado parado con expresión sombría. Así empieza y así continuará, da igual que uno piense que comienza una nueva vida, más luminosa y soleada, todo seguirá igual que antes. Corderita y él ya están acostumbrados, pero ¿por qué tiene que sucederle lo mismo al pequeñajo?

—Enfermera, por favor.

—Ahora mismo. Enseguida. Solo tengo que…

Se marcha. Fuera. En fin, ya todo da igual, ha pedido un día de permiso que le gustaría pasar con Corderita, pero puede quedarse allí sin más hasta las diez o las once, lo mismo da; sus deseos carecen de importancia.

—Señor Pinneberg. El señor Pinneberg, ¿verdad? La maleta, por favor. ¿Dónde está la llave? Muy bien. Ahora lo mejor será que vaya a Administración, al edificio de enfrente, a recoger los papeles. Entretanto, su mujer se irá vistiendo.

—Bien —contesta Pinneberg, que recoge su volante y se marcha.

Seguro que estos se dedicarán a fastidiarme, piensa llevado por su enfado. Pero se equivoca, todo va como una seda, le entregan los informes, firma algo y punto y final.

Después regresa al pasillo. Los coches siguen esperando. De repente divisa a Corderita; aún a medio vestir, va de una puerta a otra y lo saluda deprisa, resplandeciente de alegría:

—¡Buenos días, chico!

Ya se ha ido. Buenos días, chico; en fin, al menos Corderita sigue siendo la de siempre, por asquerosa que sea la vida, ella resplandece, saluda con la mano: buenos días, chico. Seguro que no se siente muy bien, hace dos días se desmayó al levantarse.

Allí está él, esperando. Ahora los hombres que esperan han aumentado, todo va bien, faltaría más, no ha sido perjudicado, qué tontos, hacer esperar tanto tiempo a sus taxis, a Pinneberg le daría pena tirar así el dinero.

Los padres conversan.

—Si, ahora es bueno tener en casa a mi suegra. Le hará todo el trabajo a mi mujer —dice uno.

—Nosotros tenemos criada. La mujer no puede hacerlo todo, con un niño tan pequeño y recién parida.

—Permítame —interviene vehemente un señor gordo con gafas—, para una mujer sana un parto no es nada, es bueno para ella. Yo le he dicho a mi mujer, por supuesto que puedo pagarte una ayuda, pero eso te hará flojear. Cuanto más quehacer tengas, antes te recuperarás.

—No sé, no sé… —comenta otro, vacilante.

—Pero claro que sí —afirma el de las gafas—. He oído decir que en el campo dan a luz y a la mañana siguiente salen a recolectar el heno. Todo lo demás es debilidad. Yo estoy muy en contra de estas maternidades. Mi mujer lleva aquí nueve días y el médico se negaba a dejarla marchar. Perdone, doctor, le dije, esta es mi mujer y yo decido por ella. ¿Qué cree usted que hacían con sus mujeres mis antepasados, los germanos? Bueno, se puso colorado como un tomate, huelga decir que sus antepasados no fueron germanos.

—¿Ha sido complicado el parto de su mujer?

—¿Complicado? Amigo mío, le digo que los médicos estuvieron cinco horas con ella, y a las dos de la mañana tuvieron que ir a buscar al catedrático.

—Mi mujer está taaaan desgarrada. ¡Diecisiete puntos!

—Mi mujer también es muy estrecha. A pesar de ser el terceto, sigue siendo estrecha. En fin, también tiene sus ventajas.

Pero los médicos han dicho: «Esta vez, señora, ha ido bien por los pelos, pero la próxima… ».

—Oiga, ¿y a usted también le han entregado tantos impresos por el nacimiento? —pregunta uno.

—Sí, un horror, un verdadero fastidio. Prospectos de cochecitos infantiles, de papillas, de cerveza de malta.

—Sí, a mí me han dado hasta un vale por tres botellas de cerveza de malta.

—Dicen que eso es buenísimo para la mujer, que aumenta la leche.

—Pues yo no le daría cerveza de malta a mi mujer. Es alcohol.

—¿Cómo que alcohol? ¡La cerveza de malta no es alcohol!

—Claro que sí.

—Perdone, pero ¿ha leído las especificaciones del prospecto?

—¿Las especificaciones? ¡Bah! ¿Quién hace caso de esas cosas? Mi mujer no tomará cerveza de malta.

—Pues yo recogeré mis tres botellas y si mi mujer no quiere, me las beberé yo. Te ahorras una jarra.

Llegan las mujeres.

Se abre una puerta aquí y otra allí, llegan ellas, con paquetes blancos y alargados en brazos, tres, cinco, siete mujeres, todas con el mismo paquete y la misma sonrisa blanda e indecisa en los pálidos semblantes.

Los hombres guardan silencio.

Aguardan a sus mujeres. Sus expresiones, tan seguras hace un momento, se tornan inseguras, dan un pasito y se paran. Ahora ya no se conocen. Solo miran a sus mujeres, al paquete alargado que transportan en sus brazos. Todas se sienten muy confundidas. De pronto los hombres se preocupan de sus esposas con voces ruidosas y vociferantes.

—Buenos días. No, déjame a mí. ¡Estás espléndida! ¡Repuesta de verdad! ¿Crees que no sabría cogerlo? Bueno, lo que tú digas. Pero la maleta sí. ¿Dónde está la maleta? ¿Por qué pesa tan poco? Ah, sí, claro, lo llevas todo puesto. ¿Qué tal caminas? Un poco insegura, ¿verdad? Tengo un taxi fuera. Ya lo conseguiremos. Se quedará boquiabierto el pequeñín cuando viaje en coche, es una experiencia nueva para él. ¿Que no se dará cuenta de nada? Ni hablar. Si ahora se habla muchísimo de los recuerdos de infancia reprimidos, de los primerísimos tiempos, a lo mejor sí que le gusta…

Mientras tanto Pinneberg, al lado de su Corderita, exclama:

—¡Estás aquí otra vez! ¡Conmigo!

—Mi chico, ¿te alegras? —pregunta ella—. ¿Han sido malos estos once días? Ahora ya ha pasado todo. Ay, cuánto me alegro de nuestro pequeño hogar.

—Todo está listo, en orden —responde radiante—. Ya lo verás. ¿Quieres ir andando o busco un taxi?

—¡Ni soñarlo! Un taxi, ¿para qué? Me apetece pasear al aire libre. Además tenemos tiempo, hoy libras, ¿no?

—Sí, me han dado permiso.

—Pues entonces caminemos muy despacito. Dame el brazo.

Pinneberg obedece y salen a la placita situada delante de la Maternidad, donde ya petardean los motores de los coches. Despacito recorren el camino hasta la puerta de entrada, los automóviles pasan raudos a su lado, mientras ellos caminan pasito a pasito. No importa, piensa Pinneberg, os he oído hablar, ya me he enterado, no importa que no tengamos dinero.

Después pasan junto al portero, que ni siquiera tiene tiempo de decirles adiós, pues han llegado un hombre joven y una mujer. El vientre de ella delata sus pretensiones.

—Vayan primero a admisión, por favor —oyen decir al portero.

—Unos van —dice Pinneberg, soñador— y otros vienen.

Le resulta raro que allí continúe siempre la misma rutina, que acudan sin cesar padres y esperen, y llamen por teléfono y se asusten, y recojan a su mujer cada día, cada hora, rarísimo. Después, bajando la vista hacia Corderita, dice:

—Pero cuánto has adelgazado, pareces un abeto.

—Gracias a Dios —responde ella—, gracias a Dios. No te puedes imaginar siquiera lo que ocurre cuando desaparece la barriga.

—Sí, imaginármelo sí —contesta muy serio.

Salen de la entrada para sumergirse en el sol y en la brisa de marzo. Durante un instante, Corderita se detiene, contempla el cielo, por el que se deslizan con premura blancas nubes algodonosas, el verdor del Kleiner Tiergarten, el tráfico de la calle. Se detiene unos instantes.

—¿Qué te pasa, Corderita? —pregunta el chico.

—¿Sabes…? —empieza a decir ella, interrumpiéndose—. Bah, no es nada.

Pero su esposo insiste.

—Cuéntamelo, sea lo que sea.

—Bah, es una tontería. Es porque vuelvo a estar fuera, ¿sabes? Ahí dentro no tenías que ocuparte de nada. Y ahora todo depende de nosotros. —Y tras unos instantes de vacilación, añade—: Todavía somos muy jóvenes. Y no tenemos a nadie.

—Nos tenemos el uno al otro. Y al niño —responde Pinneberg.

—Ya, ya. Pero ¿lo entiendes, verdad…?

—Sí, claro que lo entiendo. Y a mí también me preocupa. En Mandel las cosas tampoco son nada fáciles. Pero todo irá bien.

—Doy por sentado que sí.

Y después, cogidos del brazo, caminan por la calzada y cruzan el Kleiner Tiergarten despacio.

—¿Me dejas un ratito al niño? —pregunta el marido.

—No, no, puedo llevarlo bien. ¿Qué te figuras?

—Pero si no me importa, déjame que lo lleve yo.

—No, no; si quieres, nos sentamos un ratito en un banco.

Lo hacen y después siguen caminando despacio.

—No se mueve nada —se extraña él.

—Estará durmiendo. Acaba de mamar hace un momento, justo antes de que nos fuéramos.

—¿Y cuándo tendrás que darle de nuevo el pecho?

—Cada cuatro horas.

Llegan al almacén de muebles del maestro Puttbreese, que contempla la llegada de la familia de tres miembros.

—¿Qué, todo bien, joven señora? —pregunta, guiñándole el ojo—. ¿Cómo ha ido la cosa? ¿Ha pellizcado mucho la cigüeña?

—Bueno, no ha ido mal. Muchas gracias, maestro —Corderita ríe.

—Y ahora ¿cómo lo vamos a hacer? —pregunta el maestro señalando con la cabeza la estrecha escalera—. ¿Cómo vamos a subir ahí arriba con el pequeño? Porque es un niño, ¿verdad?

—Naturalmente, maestro.

—Entonces, ¿cómo vamos a subir ahí arriba?

—Ya nos las arreglaremos —responde Corderita mientras alza los ojos con cierta indecisión hacia la escalera—. Me estoy recuperando muy deprisa.

—¿Sabe, joven señora? Agárrese a mi cuello y la subiré a cuestas. Déjele el niño a su marido, que seguro que lo subirá sano y salvo.

—Desde luego, lo cierto es que es completamente imposible… —comienza a decir Pinneberg.

—¿Qué significa imposible? —pregunta el maestro—. ¿Se refiere a la vivienda? ¿Dispone usted de una mejor? ¿Puede pagarla? Por mí, joven, puede mudarse cuando se le antoje.

—No pretendía decir eso —precisa Pinneberg, apabullado—. Pero tendrá que admitir que es un poco difícil.

—Si llama usted difícil a que su mujer me agarre por el cuello, entonces lo es. Y tendrá usted razón —precisa Puttbreese, irritado.

—¡Vamos, maestro —lo anima Corderita—, en marcha!

Y antes de que Pinneberg pueda darse cuenta tiene el paquete largo y firme entre los brazos, y Corderita rodea con los suyos el cuello del viejo y borracho Puttbreese, que, agarrándola con suavidad por las nalgas, le advierte:

—Si le aprieto, dígamelo y la soltaré en el acto, joven.

—Seguro, hombre, en medio de la escalera. —Corderita ríe.

Y Pinneberg, agarrándose penosamente con una mano, el paquete en el brazo, trepa tras ellos peldaño a peldaño.

Están solos en su cuarto, Puttbreese ha desaparecido, lo oyen martillear en su almacén, pero se han quedado solos, la puerta está cerrada.

Pinneberg mantiene el paquete en la mano, el paquete cálido, inmóvil. La habitación es luminosa, unas manchas de sol salpican el suelo encerado.

Con un rápido movimiento Corderita se ha despojado de su abrigo, que yace sobre la cama. Con paso muy ligero y sigiloso, va de un lado a otro, mientras su marido la sigue con la mirada.

La joven va de acá para allá, agarra deprisa y con suavidad un marco y lo endereza un poco. Da un golpe al sillón. Acaricia la cama con la mano. Se acerca a las dos primaveras de la ventana, se inclina sobre ellas un instante, muy lentamente. Luego camina hasta el armario, abre la puerta, mira dentro, vuelve a cerrarla. En la pila abre el grifo, deja correr el agua unos instantes y lo cierra de nuevo.

De pronto su brazo rodea el cuello de su marido.

—Estoy contenta —susurra—. Muy contenta.

—Yo también —confiesa él.

Y se quedan así un momentito, muy callados, ella con el brazo alrededor de su nuca, él sosteniendo al niño. Miran por las ventanas de las que ya se va apoderando la sombra verde de las copas de los árboles.

—Qué bonito es esto —dice Corderita.

—Qué bonito es esto —repite él.

—¿Todavía sostienes al niño? —pregunta—. Déjalo encima de mi cama. Enseguida le prepararé la cuna.

Y rápidamente coloca la pequeña manta de lana y extiende la sábana.

Después abre el paquete con sumo cuidado.

—Está durmiendo —musita.

Y él también se inclina sobre el paquete en el que yace el bebé, su hijo. Tiene la cara enrojecida, expresión preocupada y se le ha aclarado algo el cabello.

Corderita se muestra indecisa.

—No sé, creo que antes de meterlo en la cuna debería cambiarle el pañal. Seguro que está mojado.

—¿Tienes que molestarlo?

—¿Antes de que se irrite? No, voy a cambiarlo. Espera, la enfermera me enseñó a hacerlo.

Coloca unos pañales formando un triángulo, y después, muy despacio, va abriendo el paquete. ¡Ay, Dios, esos diminutos miembros que parecen atrofiados y para colmo esa cabeza descomunal! A Pinneberg le parece malo, le gustaría apartar la vista, hay algo horrible en eso, y sin embargo sabe que no debe hacerlo. ¡Debe olvidarse de eso! Además, ¡es su hijo!

Corderita lo manipula presurosa mientras mueve los labios.

—¿Cómo era? ¿Así? ¡Ay, qué torpe soy!

El pequeñín ha abierto los ojos, son azules mate, y, cansado, abre la boca, empieza a gritar, no, a berrear, es como un lloriqueo indefenso, lastimero, penetrante, quejumbroso.

—¿Lo ves? ¡Se ha despertado! —Le reprocha su marido—. Seguro que tiene frío.

—¡Enseguida! ¡Enseguida! —dice ella, intentando atar los pañales.

—¡Date prisa! —la apremia.

—Así no es. No tienen que hacer arrugas o le escocerá enseguida. ¿Cómo era…? —Y vuelve a intentarlo.

Pinneberg la mira con el ceño fruncido. Corderita es muy torpe. A ver: formar el triángulo, eso está claro, y después, por el otro lado…

—Déjame a mí —dice, impaciente—, no acabarás nunca.

—¡Tú mismo! —replica aliviada—. Si puedes…

Él coge los pañales. Parece tan fácil, los diminutos miembros apenas se mueven. Bueno, ponerlo encima, después agarrar las puntas, formar…

—Está todo lleno de arrugas —le advierte Corderita.

—Aguarda un poco —le replica con tono impaciente mientras manipula mis deprisa aún.

¡Cómo chilla la criaturita! Esos berridos altos y penetrantes resuenan en la luminosa habitación, por débil que sea su voz. Mientras tanto se pone rojo oscuro, la verdad es que debería coger aliento, Pinneberg no puede evitar mirarlo sin cesar, por lo que su labor no prospera.

—¿Quieres que vuelva a intentarlo yo? —pregunta Corderita con suavidad.

—Por favor. Si te crees capaz de hacerlo…

Claro que sí. De repente le sale a la perfección, en un momento.

—Son los nervios —comenta ella—. Pero esto se aprende deprisa.

El bebé, ya en su cama, ha empezado a berrear, está ahí tumbado, mirando al techo y berrea.

—¿Y ahora qué? —susurra Pinneberg.

—Nada —contesta Corderita—. Déjalo que chille. Dentro de dos horas le daremos de mamar y se callará.

—¡Pero no podemos dejarlo llorando dos horas!

—Sí, es mejor. Eso le vendrá bien.

¿Y a nosotros?, Le gustaría preguntar a Pinneberg. Pero no lo hace. Va a la ventana y mira al exterior. Detrás de él berrea su hijo. Todo es muy distinto a como se lo había imaginado. Quería desayunar tranquilamente con Corderita y había comprado un par de cosas buenas, pero con el bebé gritando de ese modo… El cuarto entero está repleto de sus berridos. Apoya la cabeza en el cristal.

Corderita está a su lado.

—¿No se le puede llevar un poco de acá para allá, mecerlo? —pregunta Pinneberg—. Oí decir una vez que es lo que hay que hacer cuando lloran los niños pequeños.

—¡Esto es solo el principio! —exclama Corderita enfadada—. Después no nos quedará más remedio que llevarlo de un lado a otro y mecerlo.

—Pero quizá hoy, que es su primer día con nosotros —ruega Pinneberg—. ¡Tiene que sentirse a gusto con nosotros!

—Quiero decirte una cosa —le advierte Corderita con voz muy enérgica—. De ninguna manera lo haremos. Escucha, la enfermera dijo que lo mejor es dejarlo llorar, que se pasará las primeras noches berreando. Seguramente… —Mira a su marido—. También puede ocurrir otra cosa. Pero que en ningún caso hay que cogerlo en brazos. Berrear no le perjudica. Después se acostumbrará sabiendo que no consigue nada llorando.

—De acuerdo, pero me parece bastante duro.

—Oye, chiquito, solo serán las primeras dos o tres noches, después todos nos beneficiaremos cuando él duerma toda la noche de un tirón. —Su voz adquiere un timbre seductor—. La enfermera dijo que eso es lo único correcto, aunque de cien padres no lo consiguen ni siquiera tres. Sería estupendo que nosotros lo consiguiéramos.

—Quizá tengas razón —opina él—. Lo de la noche lo entiendo, el crío tiene que aprender que debe dormir. Pero ahora, de día, yo podría cogerlo perfectamente un ratito.

—De ninguna manera —replica Corderita—. Ni hablar del peluquín. Él todavía no sabe si es de noche o de día.

—No tienes por qué hablar tan alto, seguro que eso también le molesta.

—¡Pero si todavía no oye nada en absoluto! —replica Corderita con voz triunfal—. Las primeras semanas podemos hacer todo el ruido que queramos.

—La verdad, no sé… —responde Pinneberg, horrorizado por las opiniones de su esposa.

Pero la calma se restablece y al cabo de un rato el bebé deja de chillar y se queda tumbado en silencio. La pareja desayuna tan a gusto como se figuraba y de vez en cuando Pinneberg se levanta para acercarse a la cuna y observa al bebé, que yace con los ojos abiertos. Camina de puntillas y da igual que Corderita le diga que no es necesario, que el niño no oye nada, a pesar de todo camina de puntillas. Luego se sienta de nuevo y le dice a su mujer:

—¿Sabes?, en realidad sí que es muy bonito, ahora todos los días tiene uno algo de lo que alegrarse.

—Pues claro —afirma Corderita.

—¿Cómo se desarrollará? —comenta su marido—. Cuando aprenda a hablar… Por cierto, ¿cuándo aprenden a hablar los niños?

—Algunos con un año —contesta Corderita.

—¿Ya? Querrás decir solamente. Me alegraría tanto poder contarle algo. ¿Y cuándo aprenderá a andar?

—Ay, chiquito, todo transcurre muy despacio. Primero aprenderá a sostener la cabeza. Después a sentarse. Luego a gatear. Y por último, a andar.

—Es justo lo que yo digo: siempre hay novedades. Me alegro.

—Pues no te digo yo. No te imaginas lo feliz que soy. ¡Oh, chico!

 

El cochecito y los dos hermanos hostiles. ¿Cuándo hay que pagar el subsidio de maternidad?

 

Tres días más tarde, un sábado.

Pinneberg, que acaba de regresar a casa, se queda unos instantes junto a la cuna contemplando al bebé dormido. Luego se sienta a la mesa con Corderita, a cenar.

—¿Podremos salir mañana a dar un paseo? —pregunta—. Hace un tiempo espléndido.

Ella lo mira pensativa.

—¿Y dejar solo al niño?

—No puedes estar siempre metida en casa hasta que el niño aprenda a andar, estás palidísima.

—Cierto —contesta vacilante—. Pero tenemos que comprar un cochecito de bebé.

—Sí, claro. —Y añade cauteloso—: ¿Cuánto puede costar?

Corderita se encoge de hombros.

—Ay, no es únicamente el cochecito. También necesitamos la almohada y ropa de cama.

De repente, él se asusta.

—Se nos acabará el dinero.

—Ay, Dios mío, sí —coincide su mujer. Y de pronto se le ocurre una idea—: ¡Tienes que solicitar el dinero del seguro!

—Mira que haberme olvidado. ¡Pues claro! —reflexiona—. Pero no puedo ir. No puedo pedir otro permiso. Y la pausa de mediodía es demasiado breve.

—Pues entonces escríbeles.

—Buena idea. Lo haré ahora mismo. Después bajaré a echar la carta al buzón de correos. Escucha, Corderita —dice, mientras sale en busca de los útiles de escribir, tan poco utilizados—. ¿Qué te parece si consigo un periódico y procuramos conseguir un cochecito de segunda mano? Seguro que se publican anuncios.

—¿De segunda mano? ¿Para el bebé? —suspira la mujer.

—Tenemos que ahorrar mucho —le advierte él.

—Pero quiero ver al niño que haya estado acostado en el cochecito. Nuestro hijito no puede acostarse en el cochecito de cualquier niño.

—Eso puedes hacerlo —argumenta su marido.

Ya sentado, escribe la carta al seguro de enfermedad, número de asegurado tal y tal, adjunta el informe de alta hospitalaria y el de maternidad, y solicita cortésmente que le remitan inmediatamente el subsidio de maternidad y el de lactancia tras descontar los gastos de hospital.

Tras cierta vacilación, subraya una vez «inmediatamente».

Y después lo subraya de nuevo. «Con todo respeto, Johannes Pinneberg».

El domingo compran el periódico y encuentran un par de anuncios de cochecitos de bebé. Pinneberg se pone en marcha y no muy lejos de allí ve un cochecito precioso.

—¿Sabes?, al parecer él es cobrador de tranvía —informa a su esposa—, pero tiene muy buena pinta. El niño ya sabe andar.

—Y ¿cómo es el cochecito? —pregunta Corderita.

—Está muy bien. La verdad es que parece nuevo.

—Quiero decir, ¿es alto o bajo?

—Pues… —vacila y después añade—: Mira, es un auténtico cochecito infantil.

—¿Tiene las ruedas grandes o pequeñas? —insiste la joven.

Pinneberg se muestra cauteloso:

—De una altura mediana, creo.

—¿Y de qué color es? —indaga Corderita.

—No me fijé con tanto detalle —admite. Y cuando su esposa empieza a reírse, se defiende—: Es que no había mucha luz en la cocina. —Y de pronto se le ocurre una idea—: Tenía muchas puntillas blancas alrededor de la capota.

—¡Cielos! —exclama ella—. Quisiera saber qué es lo que has visto del cochecito.

—Perdona, es un cochecito buenísimo. Por veinticinco marcos.

—En fin, tendré que verlo con mis propios ojos. Porque ahora lo moderno son los cochecitos bajos, con las ruedas muy pequeñas.

Su marido aduce enseguida por si acaso:

—Creo que al bebé le dará completamente igual que lo llevemos sobre ruedas grandes o pequeñas.

—Pero el crío tiene que tener cosas bonitas —explica la madre.

Cuando el niño ha mamado y yace en su cuna plácidamente dormido y se disponen a salir, Corderita se detiene en el umbral, retrocede para mirar al niño dormido y regresa a la puerta.

—Dejarlo así, tan solo —murmura mientras se marchan—. Algunas personas no saben la suerte que tienen.

—Dentro de hora y media estaremos de vuelta —la consuela—. Seguro que dormirá profundamente, y además aún no puede moverse.

—A pesar de todo —insiste ella—, no es fácil.

Como es lógico, el cochecito de bebé es un cochecito de ruedas grandes pasado de moda, limpio, pero muy anticuado.

Un niño pequeño rubio contempla el cochecito muy serio.

—Es el suyo —explica la madre.

—Veinticinco marcos es mucho dinero por un cochecito tan pasado de moda —comenta Corderita.

—Le regalo además las almohadas —propone la mujer— Y el colchón de crin, que costó ocho marcos.

—No sé… —dice Corderita indecisa.

—Veinticuatro marcos —dice el cobrador con una mirada a su mujer.

—La verdad es que está como nuevo —continúa la mujer—. Y los coches bajos no son nada prácticos.

—¿A ti qué te parece? —pregunta Corderita, vacilante.

—Bien —contesta su esposo—. Además, tampoco puedes estar yendo mucho por ahí.

—Ya… —contesta Corderita—. Bien, de acuerdo, veinticuatro marcos, almohadas y colchón.

Compran el cochecito y se lo llevan. El niño pequeño llora como un descosido porque le quitan su cochecito y Corderita se reconcilia un poco con esa pieza tan pasada de moda por el mero hecho de que el niño le tenga tanto aprecio.

Después la pareja camina por la calle sin que se note que el cochecito tan solo contiene unas almohadas. También podría albergar perfectamente un bebé.

Pinneberg apoya a veces su mano en el borde.

—Ahora somos un matrimonio como es debido —dice.

—Sí —afirma Corderita—. Tenemos que dejar el cochecito siempre abajo, en el almacén de muebles de Puttbreese. No me gusta.

—Ni a mí.

El lunes por la tarde, cuando Pinneberg llega a casa del trabajo, pregunta:

—¿Qué, han enviado ya el dinero los del seguro?

—No, aún no —contesta Corderita—. Seguramente llegará mañana.

—Seguro. La verdad es que todavía no ha dado tiempo.

Pero el martes siguen sin recibir el dinero y están a finales de mes. Han gastado el sueldo y de la reserva de cien marcos apenas queda un billete de cincuenta.

—Este no podemos cambiarlo bajo ningún concepto —advierte Corderita—. Es nuestro último billete.

—Por supuesto que no —coincide Pinneberg sintiéndose cada vez más enfadado—. Ya tendría que haber llegado el dinero. Mañana a mediodía iré a meterles prisa.

—Espera a la noche —aconseja Corderita.

—No, iré a mediodía.

Así que va. Dispone de poco tiempo, tiene que renunciar a su comida en la cantina y se gasta cuarenta pfennigs en el billete, pero al fin y al cabo comprende que quien paga casi nunca tiene la misma prisa que quien cobra. No es que pretenda armar un escándalo, pero sí agilizar el asunto.

Total, que llega al seguro. Un edificio con portero, vestíbulo gigantesco, salas de ventanillas artísticas; es muy distinguido.

Y ahí llega el pobre Pinneberg, que aspira a percibir cien marcos o quizá ciento veinte, sin tener ni la menor idea de cuánto quedará una vez deducidos los gastos de hospital, y penetra en un edificio bello, luminoso y enorme. Y ahí está, tan insignificante y anónimo, en ese vestíbulo descomunal. Pinneberg, amigo mío, cien marcos, aquí están en juego millones. ¿Son importantes para ti esos cien marcos? Para nosotros es un asunto baladí, carente por completo de importancia. Mejor dicho: importancia sí que tiene, bueno, ya lo comprobarás después. Es verdad que este edificio ha sido levantado con tus aportaciones y las de personas tan insignificantes como tú, pero ahora no debes pensar en eso. Nosotros utilizamos tus aportaciones con escrupuloso respeto a las disposiciones legales.

Para Pinneberg es un consuelo que detrás de la barrera se sienten empleados como él, colegas en cierto modo. De lo contrario, podría acobardarse en medio de tantas maderas y piedras nobles.

Pinneberg mira de hito en hito a su alrededor, esa de ahí es la ventanilla correcta, letra P, y está abierta, no cerrada. Allí se sienta un hombre joven, aunque al otro lado de la barrera.

—Pinneberg, Johannes —informa—. Número de afiliación 606867. Mi mujer ha tenido un hijo y les escribí por el subsidio de maternidad y de lactancia…

El hombre joven, ocupado con un fichero, no tiene tiempo para levantarse, pero alarga una mano y dice:

—Carné de afiliado.

—Tome —contesta Pinneberg—. Les escribí…

—Partida de nacimiento —solicita el hombre joven extendiendo de nuevo la mano.

Pinneberg dice con suavidad:

—Colega, les escribí para enviarles la documentación que me entregaron en el hospital.

El hombre joven alza la vista y lo mira.

—Bien, ¿y qué es lo que quiere?

—Preguntar si se ha solucionado el asunto. Si han enviado el dinero. Lo necesito.

—Todos lo necesitamos.

Pinneberg pregunta con más suavidad aún:

—¿Me lo han enviado?

—No lo sé —contesta el joven—. Si lo ha solicitado por escrito, le comunicarán la resolución también por escrito.

—¿Podría comprobar si se ha tramitado?

—Nosotros lo tramitamos todo con rapidez.

—Pero habría debido llegar ayer.

—¿Por qué ayer? ¿Cómo lo sabe?

—Lo he calculado. Si se ha tramitado deprisa…

—¡Calculado, calculado…! ¿Cómo puede saber usted cómo se tramitan aquí esos asuntos? Ahí hay más instancias.

—Pero si se ha tramitado deprisa…

—Aquí todo se tramita deprisa, se lo aseguro.

Pinneberg dice con voz suave y enérgica:

—En ese caso, ¿quiere usted averiguar si el asunto se ha tramitado o no?

El hombre joven y Pinneberg cruzan una mirada. Ambos visten un atuendo muy aceptable, Pinneberg obligado por su profesión; los dos van pulcramente lavados y afeitados, llevan las uñas limpias y son empleados.

Sin embargo, son enemigos, enemigos encarnizados porque uno se sienta detrás de la barrera y el otro está de pie delante. Uno exige lo que considera su derecho, pero el otro lo considera un fastidio.

—Nada como las molestias innecesarias —gruñe el hombre joven.

Pero ante la mirada de Pinneberg se levanta y se dirige hacia el fondo. Allí hay una puerta por la que desaparece. Pinneberg lo sigue con la vista. En la puerta cuelga un letrero, sus ojos no son lo bastante agudos para leer la leyenda de ese letrero, pero cuanto más tiempo lo contempla, más convencido está de que el rótulo dice: «Servicios».

Siente rabia en su interior. A un metro se sienta otro hombre joven, él tiene la letra O. A Pinneberg le gustaría preguntarle por los servicios, pero carece de sentido. O no será distinto de P, eso es obra de la sala de ventanillas y de la barrera.

Al cabo de un rato bastante largo, a decir verdad larguísimo, el joven reaparece por la misma puerta, de la que, como Pinneberg sospecha, cuelga el cartel «Servicios».

Pinneberg lo mira impaciente, pero él no le devuelve la mirada. El hombre joven se sienta, coge el carné de afiliado de Pinneberg, lo deposita sobre la barrera e informa:

—Está tramitado.

—¿Han enviado el dinero? ¿Ayer? ¿Hoy?

—Ya le digo que se ha tramitado por escrito.

—¿Cuándo, por favor?

—Ayer.

Pinneberg mira de nuevo al hombre joven. El asunto le huele a chamusquina, seguramente solo eran los servicios.

—¡Como no me encuentre el dinero en casa, pienso decirle…! —advierte con tono amenazador.

Pero el joven ya no le presta atención. Está hablando con su vecino de enfrente, el de la letra O, sobre «personas ridículas». Pinneberg vuelve a mirar al colega, él ya lo había sabido siempre, pero a pesar de todo se enfada. Luego consulta su reloj: si quiere estar en Mandel a tiempo, debe tomar el tranvía.

Como es natural, no sale bien, pues no solo le pillan en el control de entrada, sino que encima el señor Jänecke también lo atrapa en el departamento cuando llega como una exhalación y sin aliento.

—¿Y bien, señor Pinneberg? —inquiere el señor Jänecke—. No siente el menor interés por el trabajo ¿eh?

—Le pido perdón —Pinneberg jadea—. He tenido que ir a la caja del seguro de enfermedad por el parto de mi mujer.

—Querido Pinneberg —replica el señor Jänecke con voz firme—, lleva cuatro semanas contándome que su mujer está a punto de dar a luz. Me parece un gran mérito, pero la próxima vez invéntese otra excusa, por favor.

Y antes de que pueda contestar, el señor Jänecke se retira lentamente. Pinneberg lo sigue con la vista.

Esa misma tarde, Pinneberg logra mantener una breve conversación con Heilbutt detrás del enorme perchero de los abrigos. Hace mucho tiempo que no lo hacían, las cosas entre ellos ya no son como antes. Desde que Pinneberg no le comentó a Heilbutt ni una palabra sobre la velada de la piscina, por no hablar de su intención de afiliarse, algo se interpone entre ellos. Como es lógico, Heilbutt es demasiado cortés para hacerse el ofendido, pero la antigua confianza se ha desvanecido.

Pinneberg desahoga su corazón. Primero habla de Jänecke, pero Heilbutt se limita a encogerse de hombros.

—Jänecke. ¡Dios mío, no se te ocurra tomártelo a pecho!

Bien, Pinneberg no se lo tomará a pecho, pero la gente del seguro de enfermedad…

—Simpáticos —comenta Heilbutt— Muy simpáticos. Justo como tiene que ser esa gente. Pero primero vayamos al grano: ¿puedo ayudarte con cincuenta marcos?

Pinneberg se siente conmovido.

—No, no, Heilbutt, de ningún modo. Ya nos las arreglaremos. Es que tenemos derecho a ese dinero. Y fíjate, pronto hará ya tres semanas del parto.

—Por la historia que acabas de contarme —dice Heilbutt meditabundo—, yo no haría nada. El tipo lo negará todo. Pero si esta noche no has recibido el dinero, yo me quejaría.

—Bah, tampoco servirá de nada —afirma Pinneberg, desanimado—. Con nosotros pueden hacerlo.

—Lógicamente, no quejarse sería absurdo. Pero existe una Inspección de Seguros a la que están supeditados. Espera, voy a buscar la dirección en la guía telefónica.

—Hombre, si existiera algo así… —comenta Pinneberg, esperanzado.

—Ya verás cómo el dinero llega a toda velocidad.

Así que Pinneberg se marcha a casa y al llegar pregunta a Corderita:

—¿Y el dinero?

Su mujer se encoge de hombros.

—Nada. Pero ha llegado una carta de ellos.

El tono descarado del «está tramitado» aún resuena en los oídos de Pinneberg cuando abre la misiva. ¡Si tuviera allí ahora al colega, si lo tuviera allí…!

Bien, pues la carta contiene dos bonitos cuestionarios, pero ni rastro del dinero, para el dinero hay tiempo.

Papel. Una carta. Dos cuestionarios. Pero… ¿debe sentarse a rellenarlos? Oh, no, querido, no se lo pondremos tan fácil. Primero, agénciate una partida de nacimiento en el registro civil para «fines de cobro», porque el informe del hospital sobre el nacimiento no nos basta, faltaría más. Después firma los cuestionarios y rellénalos muy requetebién; es verdad que ahí te preguntan un montón de cosas que ya constan en sus ficheros, cuánto ganas, cuándo naciste, dónde vives, pero un cuestionario siempre es bonito.

Y ahora, querido, viene lo principal: todo eso tal vez podría realizarse en un día, pero ahora preséntanos primero certificados de los seguros de enfermedad en los que estabais inscritos tu mujer y tú en los dos últimos años. Ya sabemos que los médicos tienden a considerar que en general el embarazo de las mujeres dura nueve meses, pero la seguridad es la seguridad, los últimos dos años, por favor. A lo mejor entonces podemos cargar los gastos a otro seguro.

Tenga la bondad, señor Pinneberg, de tramitar este asunto cuando lleguen los documentos necesarios.

Ya. Pinneberg y Corderita se miran.

—No te enfades tanto —le recomienda—. Ellos son así.

—Dios —gime Pinneberg—, esos cerdos asquerosos. ¡Ojalá tuviera aquí a ese tipo!

—Olvídalo —le aconseja Corderita—. Vamos a escribir ahora mismo a los seguros de enfermedad. Y adjuntaremos sobres franqueados…

—¡Ya verás el dinero que nos va a costar eso!

—Dentro de tres, acaso cuatro días, lo habremos reunido todo y se lo enviaremos.

Al final Pinneberg se sienta a escribir. En su caso el asunto es sencillo, solo tiene que escribir a su seguro de enfermedad en Ducherow, pero Corderita, por desgracia, estuvo anteriormente en Platz en dos seguros distintos; en fin, ya veremos, tarde o temprano escribirán los compañeros…

«… cuando lleguen los documentos necesarios».

Y cuando, con las cartas ya escritas, Corderita, sentada tranquilamente con su albornoz blanco y rojo, sostiene al bebé contra su pecho, que mama, mama y mama… Pinneberg vuelve a mojar la pluma en el tintero y con su mejor letra redacta una queja a la Inspección de Seguros.

No, no es una queja, no se atreve a tanto, es una simple pregunta: ¿el seguro de enfermedad puede condicionar el pago del subsidio de maternidad y lactancia a la presentación de esos documentos? ¿De verdad he de remontarme a los dos últimos años…?

Y a continuación un ruego: ¿no pueden ocuparse ustedes de que reciba el dinero? Porque lo necesito.

Corderita no confía demasiado en esa misiva.

—¿Crees que se van a molestar por nuestra causa?

—Pues es injusto —proclama su marido—. Los subsidios de lactancia hay que pagarlos durante la lactancia. De lo contrario, carecen de sentido.

Lo cierto es que Pinneberg parece tener razón: tres días más tarde recibe una postal comunicándole que su petición ha dado lugar a comprobaciones, concluidas las cuales recibirá más información.

—¿Lo ves? —Le dice a Corderita con voz triunfal.

—¿Comprobaciones sobre qué? —inquiere su mujer—. Si el asunto en realidad está claro.

—Ya lo verás —promete él.

Se hace el silencio. Como es natural, recurren a los cincuenta marcos, pero enseguida llega el salario y apartan un billete de cien marcos. Recibirán el dinero en cualquier momento.

Pero ni llega el dinero ni las comprobaciones parecen haber desembocado en una conclusión. Lo primero que reciben son los certificados de los seguros de enfermedad de Ducherow y Platz. Pinneberg lo empaqueta todo: los informes, los cuestionarios, la partida de nacimiento del registro civil que Corderita solicitó tiempo atrás y lo lleva todo al correo.

—Ardo de impaciencia —reconoce.

Pero, a decir verdad, ya no está muy impaciente, se ha enfadado tanto, ha estado sin poder dormir de ira, nada de ello ha tenido sentido. Nada ha cambiado, es como darse cabezazos contra una pared. Ni cambiará.

Y de repente llega el dinero, de verdad, lo han enviado nada más recibir los documentos.

—¿Lo ves? —repite.

Corderita prefiere callarse, porque entonces él se enfada de nuevo.

—Ahora me interesa saber qué comprobaciones hace la Inspección. Apuesto a que los del seguro recibirán una buena reprimenda.

—No creo que esos escriban —opina Corderita—. Si ya tenemos el dinero…

Y Corderita parece tener razón, transcurre una semana y otra. Y una tercera. Y comienza la cuarta…

A veces Pinneberg dice en esa época:

—Lo cierto es que yo tampoco acabo de entender del todo a esa gente. Les escribí diciendo que necesitaba el dinero y ahora se toman tantísimo tiempo. Es incomprensible.

—Ya no volverán a escribir —insiste Corderita.

Pero se equivoca. En la cuarta semana reciben un escueto y digno escrito en el que se les comunica que consideran resuelto el asunto, pues el señor Pinneberg ya ha percibido el dinero del seguro.

¿Eso es todo? ¿No había preguntado Pinneberg si el seguro estaba autorizado a exigir documentos tan laboriosos de conseguir?

Sí, para la Inspección eso es todo, huelga responder a las preguntas de Pinneberg puesto que ya ha recibido su dinero.

Sin embargo, no acaba todo ahí. Faltan los eminentes señores del espléndido edificio del Seguro de Enfermedad, uno de cuyos más bajos representantes, un hombre joven de la sala de ventanillas, despachó a Pinneberg en cierta ocasión con cajas destempladas. Ahora, los eminentes señores en persona han hecho lo mismo. Han escrito una carta a la Inspección sobre el empleado Pinneberg. Y la Inspección entrega ahora una copia de dicha carta al señor Pinneberg.

Y ¿qué dicen? Que su queja es inmotivada. Bueno, eso es natural, es lo que deben decir. Pero ¿por qué es inmotivada?

Porque el señor Pinneberg es un holgazán. Fijaos, recibió el día tantos de tantos la partida de nacimiento del registro civil y sin embargo no la envió al seguro hasta una semana después. «Es fácil determinar, basándose en la partida, a cuál de las partes es achacable la demora», escribe el seguro.

—Y los compañeros no dicen ni una palabra de que también necesitaban tener los demás documentos relativos a los dos últimos años —Pinneberg suspira—. Exigieron todos los documentos y los certificados no llegaron antes.

—Ya ves —dice Corderita.

—Sí, ya veo —replica su marido rabioso—. Son unos cerdos. Mienten y falsean, y nosotros quedamos después como unos liantes. Pero ahora voy a… —Se sume en sus cavilaciones y enmudece.

—¿A qué? —quiere saber Corderita.

—Voy a escribir de nuevo a la Inspección —contesta con voz solemne—, contándoles que para mí el asunto no está resuelto, que no solo se trata del dinero, sino de que ellos han falseado la situación. ¡Que hay que subsanarlo! Que merecemos un trato decente, que somos seres humanos.

—¿Qué sentido tiene? —pregunta Corderita.

—¿Acaso pueden hacer todo lo que se les antoje? —pregunta, iracundo—. ¿Es que no están ya calentitos, seguros y ricos en sus palacios, administrándonos? Y ahora encima ¿van a convertirnos en unos malvados y en unos liantes? No, no lo toleraré. ¡Me niego, quiero hacer algo!

—No tiene sentido —insiste Corderita—. No merece la pena. Mira cómo te has alterado. Tú tienes que trabajar todo el día, pero ellos llegan descansaditos a su oficina y se toman su tiempo y hablan por teléfono con los señores de la Inspección, que están mucho más unidos entre sí que contigo. Te vendrás abajo y al final se reirán de ti.

—¡Pero es que hay que hacer algo! —clama desesperado—. Sencillamente, no lo soporto más. ¿Tenemos que decir sí a todo? ¿Tenemos que dejarnos pisotear siempre?

—No queremos pisotear a aquellos a los que podríamos —dice Corderita y saca al bebé de su cuna para darle la toma nocturna—. Lo sé por mi padre. No podemos hacer nada, salvo servirles de diversión cuando ven cómo nos afanamos. Ellos se divierten de esa forma.

—A pesar de todo me gustaría… —insiste, obstinado, su marido.

—Bah —dice Corderita—. Déjalo ya.

Y parece tan enfadada que Pinneberg solo la contempla un instante, completamente aturdido, y le parece una desconocida.

Después se aproxima a la ventana, mira al exterior y dice a media voz:

—La próxima vez votaré a los comunistas.

Pero Corderita no contesta. Y el bebé mama satisfecho.

Abril asusta, pero Heilbutt echa una mano. ¿Dónde está Heilbutt? Hecho polvo

 

Ha llegado abril, un abril genuino y tornadizo, con sol, nubes y granizadas, hierba verde y margaritas, arbustos repletos de brotes y árboles creciendo. También el señor Spannfuss crece y rebrota en Mandel, y todos los días los vendedores de confección de caballeros tienen algo que contarse sobre las nuevas medidas de racionalización. Eso suele significar que un vendedor tiene que hacer el trabajo de dos y que a lo sumo han contratado a un nuevo aprendiz.

Heilbutt pregunta a veces a Pinneberg:

—¿Tú cómo vas? ¿Cuánto?

Pinneberg aparta la mirada, pero Heilbutt vuelve a la carga.

—Suéltalo ya, ¿cuánto? A mí me sobra.

—Sesenta —responde al fin con timidez.

O bien:

—Ciento diez, pero no es necesario, lo conseguiré.

Entonces acuerdan que Pinneberg llegue por casualidad justo cuando Heilbutt haya vendido un traje o un abrigo, y Pinneberg se lo apunte en su talonario de caja.

Pero tienen que andarse con ojo, Jänecke fisgonea y Kessler, el soplón, más todavía. Pero ellos son muy cuidadosos, aprovechan el momento en que Kessler está almorzando, y cuando en ocasiones se presenta, afirman que Pinneberg se ha apuntado una venta y Heilbutt le dice al señor Kessler, con tono gélido, que si quiere recibir unas bofetadas.

Ay, ¿dónde están los tiempos en que Pinneberg se tenía por buen vendedor? Todo ha sufrido un cambio radical. Sin duda, la gente nunca ha sido tan difícil. Ahí llega un hombre alto y grueso con su mujer, deseando comprar un abrigo.

—Precio máximo, veinticinco marcos, joven. Compréndalo. Uno de mis compañeros de partida tiene uno de veinte, inglés genuino, de lana y con forro de punto. ¡Compréndalo!

Pinneberg esboza una leve sonrisa.

—A lo mejor ese señor exageró un poco su compra barata. Un genuino abrigo inglés por veinte marcos…

—¡Escuche, joven, no es necesario que me venga ahora con que mi compañero de partida me miente! El es formal, ¿entiende? —El enojo del gordo va en aumento—. No tengo la menor intención, entiéndalo, de permitir que difame a mi compañero de partida.

—Le pido disculpas —dice Pinneberg.

Kessler mira, el señor Jänecke está detrás de un perchero de pie, al fondo a la derecha. Pero ninguno acude en su ayuda. Fracasa.

—¿Por qué irrita a la gente? —pregunta con voz meliflua el señor Jänecke—. Antes era usted completamente distinto, señor Pinneberg.

Sí, Pinneberg sabe de sobra que tiene razón.

Pero se debe a la empresa. Desde que empezaron con el maldito sistema de cuotas, ha cundido el desánimo. A principios de mes las cosas todavía marchan, la gente tiene dinero, compra un poco, Pinneberg cumple con creces con el rendimiento asignado y se muestra animoso.

—Este mes seguro que no tendré que sablear a Heilbutt.

Pero después llega un día y quizá otro más en el que no aparece un solo comprador. Mañana tengo que vender por valor de trescientos marcos, piensa Pinneberg por la tarde, al marcharse de Mandel.

Mañana tengo que vender por trescientos marcos, es el último pensamiento de Pinneberg cuando yace en la oscuridad después de dar a Corderita el beso de buenas noches. Pero con un pensamiento así cuesta conciliar el sueño, y no es el último.

Hoy tengo que vender por trescientos marcos… Al despertarse, al tomar café, durante el camino, al entrar en la sección, sin interrupción: trescientos marcos.

Entonces llega un cliente, ah, quiere un abrigo, ochenta marcos, una cuarta parte de la cuota asignada, ¡decídete, cliente! Pinneberg acarrea prendas hasta allí, se las prueba, muestra su entusiasmo con cada abrigo, y cuánto más se agita (¡decídete, decídete! ), más se enfría el cliente. Ay, Pinneberg exhibe todos los registros, prueba con la sumisión:

—El señor tiene un gusto excelente, al señor todo le sienta bien…

Percibe cómo va resultando cada vez más desagradable al cliente, más nauseabundo, sin poder evitarlo. Hasta que el cliente se marcha.

—Me lo pensaré.

Y Pinneberg en cierto modo se desinfla, sabe que lo ha hecho todo mal, pero el miedo latía en su interior, arrastrándolo, ahí están los dos en casa, vamos ya tan apretados, no alcanza, ¿qué pasará si…?

Desde luego su situación todavía no es demasiado mala. Llega Heilbutt, el más decente entre los decentes, y pregunta:

—Pinneberg, ¿cuánto…?

Jamás le exhorta a actuar de otra manera, a tranquilizarse, no se las da de listo como Jänecke y el señor Spannfuss, sabe que Pinneberg puede, aunque ahora no. Pinneberg no es duro, sino blando; si le aprietan, se deforma, se deshace, convirtiéndose en papilla.

Pero en lugar de desanimarse, se esfuerza una y otra vez, y tiene días felices en los que está a su altura, como antes, y no falla una sola venta. Cree entonces que el miedo ya está superado.

Luego ellos, los señores, pasan a su lado y dejan caer como de pasada:

—Vamos, señor Pinneberg, las ventas podrían animarse un poco más.

O:

—¿Por qué no vende nunca trajes azul marino? ¿Pretende que nos quedemos con todos en el almacén?

Pasan a su lado y luego dicen otra cosa o lo mismo al siguiente vendedor. Heilbutt tiene razón, no hay que hacerles el menor caso, no es más que estúpida palabrería de fustigadores, se creen obligados a decir esas cosas.

No, no hay que hacer el menor caso a lo que cotorrean, pero ¿se puede obrar así? Pinneberg ha vendido ese día por valor de doscientos cincuenta marcos, y entonces llega el tal señor supervisor y dice:

—Lo veo muy relajado. Le recomiendo a usted que tome ejemplo de sus colegas de ahí enfrente, ellos están tan anillados por la tarde como por la mañana. Keep smiling! ¿Sabe usted lo que significa? ¡Sonreír siempre! El relax no existe, un vendedor con aspecto relajado no es una buena referencia para una tienda…

Y se aleja con paso majestuoso, mientras Pinneberg murmura para sus adentros: ¡Qué sopapo te metía en los morros, perro! Pero, como es natural, tras hacer la reverencia y esbozar una sonrisa, la sensación de seguridad se ha esfumado.

Ay, él todavía es bueno. Conoce a un par de vendedores que han sido citados en la oficina de personal y amonestados o exhortados, según.

—Le han puesto la primera inyección —dicen—. Morirá pronto.

Porque entonces el miedo no hace sino aumentar, el vendedor sabe que dos inyecciones más y será el fin: paro, crisis, beneficencia pública, punto y final.

A él no lo han citado todavía, pero sin Heilbutt hace mucho que le habría llegado el turno. Heilbutt es la torre, Heilbutt es intocable, Heilbutt es capaz de decir al señor Jänecke:

—A lo mejor intenta usted algún día demostrarme cómo vender…

Y el señor Jänecke replica:

—¡No le tolero ese tono, señor Heilbutt! —Y se aleja.

Pero un buen día Heilbutt falta, es decir, se presenta y vende, pero a mitad de ese día de abril desaparece, nadie sabe dónde.

Jänecke quizá sí, pues no pregunta por él. Y Kessler seguramente también, pues pregunta a todos por él, y con tal insistencia y tanto rencor que todos se dan cuenta de que ha sucedido algo.

—¿Conoce usted el paradero de su amigo Heilbutt? —pregunta a Pinneberg.

—Se habrá puesto enfermo —gruñe Pinneberg.

—¡Cielos, pues no me gustaría sufrir esa clase de enfermedad! —exclama Kessler alborozado.

—¿A qué viene eso? ¿Qué es lo que sabe? —pregunta Pinneberg.

—¿Yo…? Nada en absoluto. ¿Qué voy a saber?

—Venga, hombre, si dice que…

Kessler se siente muy ofendido.

—No sé nada en absoluto. Solo he oído que lo han llamado a la oficina de personal… Le han dado el finiquito, ¿comprende?

—¡Tonterías! —dice Pinneberg, y en tono muy audible refunfuña a sus espaldas—: ¡Idiota!

¿Por qué iban a darle el finiquito a Heilbutt, por qué iban a despedir al vendedor más eficaz? Qué disparate. A cualquiera antes que a Heilbutt.

Al día siguiente Heilbutt sigue ausente.

—Si mañana no aparece, por la tarde iré directamente del trabajo a su casa —comenta Pinneberg a Corderita.

—Hazlo —le recomienda ella.

Pero por la mañana se entera de la explicación. Es el señor Jänecke quien se digna informar a Pinneberg.

—Usted era amigo de ese tal… Heilbutt, ¿no?

—Y todavía lo soy —contesta Pinneberg, belicoso.

—Ya. ¿Y sabe que tenía unas ideas un poco extrañas?

—¿Extrañas?

—Sobre la desnudez.

—Sí —responde Pinneberg con cierta vacilación—. Me habló una vez del asunto. Algo de una asociación nudista.

—¿También pertenece usted a ella?

—¿Yo? No.

—Claro, claro, está casado —el señor Jänecke hace una pausa—. Nos hemos visto obligados a despedir a su amigo Heilbutt. Por unas historias muy feas.

—¿Cómo? —inquiere Pinneberg acalorado—. ¡No me lo creo!

El señor Jänecke sonríe.

—Querido señor Pinneberg, usted no conoce demasiado al ser humano. Lo noto con frecuencia en su forma de vender. —Y remacha—: Unas historias muy feas. El señor Heilbutt vendió en la calle fotos suyas desnudo.

—¿Qué? —exclama Pinneberg.

El es un viejo berlinés y jamás ha visto que alguien venda en la calle fotografías suyas desnudo.

—Pues así es —dice el señor Jänecke—. La lealtad a su amigo le honra, aunque no es una buena señal de su conocimiento del ser humano.

—Sigo sin entender nada —dice Pinneberg—. ¿Fotos suyas desnudo en la calle…?

—Desde luego a nosotros nadie nos reprochará que damos trabajo a un vendedor cuyos desnudos han tenido en la mano clientes y quizá incluso dientas. ¡Por favor, con ese rostro tan marcado! —Y dicho esto, el señor Jänecke prosigue su camino, sonríe amablemente a Pinneberg, animándole en cierto modo, hasta donde lo permite la distancia entre ambos.

—¿Qué, le ha puesto ya al corriente de lo de su amigo Heilbutt? Menudo cerdo, yo nunca tragué a ese perro presumido.

—Pues yo sí —responde Pinneberg en tono muy audible—. Y si en mi presencia vuelve a…

No, Kessler no puede colocarle a Pinneberg la bonita foto del desnudo, por mucho que le hubiera gustado estudiar el efecto en su expresión. Pinneberg no la ve hasta más tarde, en el transcurso de la mañana. No es solo el gran acontecimiento en confección de caballeros, hace mucho que ha desbordado el marco de esa sección, las vendedoras situadas a la derecha, junto a las medias de seda, y a la izquierda, junto a los accesorios, no paran de hablar del tema y la foto pasa de mano en mano.

De ese modo llega a Pinneberg, que lleva toda la mañana rompiéndose la cabeza preguntándose cómo Heilbutt ha podido vender desnudos suyos en la calle. Bueno, lo sucedido es algo distinto, no había caído en ello, el señor Jänecke tiene razón y no la tiene. Es una revista, una de esas revistas de las que no se sabe bien si se publican para difundir el nudismo o para excitarse.

En la tapa de la revista, en un marco ovalado, aparece inequívocamente Heilbutt en postura belicosa, con un venablo en la mano. Es una foto bonita, una de esas tomas de galán, y la verdad es que es un hombre muy bien hecho que se dispone a lanzar el venablo… aunque sin ropa. Seguro que a las pequeñas vendedoras les resulta muy picante, y alguna de ellas se habría muerto de ganas de verlo desnudo frente a ella… Seguro que no desilusionaría a ninguna. Pero semejante revolución…

—¿Quién compra esas revistas? —comenta Pinneberg a Lasch—. Eso no es motivo para despedir a nadie.

—Seguro que ha levantado la liebre el cotilla de Kessler —opina Lasch—. Al menos la revista es suya. Fue el primero de todos en enterarse.

Pinneberg se propone ir a ver a Heilbutt, pero no esa tarde. Antes tiene que discutir el asunto con Corderita. Porque el bueno de Pinneberg tampoco es así, la historia le provoca una cierta desazón a pesar de la amistad. Compra un número de la revista y se la lleva a Corderita para ilustrarla.

—Por supuesto que debes ir a verlo —le aconseja—. Y no permitas que nadie lo critique en tu presencia, ¿me oyes?

—¿Qué te parece su aspecto? —pregunta Pinneberg curioso, porque siente una pizca de envidia de ese hermoso cuerpo.

—Está muy bien hecho —afirma la señora Pinneberg—. Tú ya has echado un pelín de barriga. Y tampoco tienes las manos y los pies tan bonitos como él.

Pinneberg se siente muy abochornado.

—¿Qué opinas? A mí me parece que está espléndido. ¿Podrías enamorarte de él?

—No creo. Es demasiado moreno para mi gusto. Y además… —Le rodea el cuello con la mano y le sonríe—, ¡estoy enamorada de ti!

—Todavía —responde ella—. De verdad de la buena.

A la tarde siguiente, Pinneberg se reúne con Heilbutt. Pero este no se muestra ni un ápice intimidado.

—¿Te has enterado, Pinneberg? Esos han metido la pata con su despido sin preaviso. Ya he presentado una queja en magistratura de trabajo.

—¿Crees que saldrás bien parado?

—No me cabe la menor duda. Saldría bien parado aunque hubiera dado permiso para publicar la foto. Pero es que puedo demostrar que se publicó sin mi consentimiento. Así que no tienen razón.

—¿Y después? Te darán tres meses de sueldo y te quedarás sin trabajo.

—Mi querido Pinneberg, ya encontraré otra cosa, y si no encuentro nada, me independizaré. Saldré adelante. No iré a sellar la cartilla del paro.

—Te creo. ¿Me contratarás cuando tengas tu propio negocio?

—Desde luego, Pinneberg. Serás el primero.

—¿Sin cuotas?

—¡Sin cuotas, por supuesto! Bueno, ¿y qué va a pasar ahora contigo? Te costará. ¿Podrás arreglártelas solo?

—Tengo que hacerlo. No me queda más remedio —responde Pinneberg con una confianza que no acaba de sentir del todo—. Todo se andará. Estos días me ha ido muy bien. Llevo ciento treinta de ventaja.

—Bueno. Quizá te beneficie que yo no esté —dice Heilbutt.

—No, sería mejor que estuvieses.

Y Johannes Pinneberg regresa a casa. Es extraño, pero al cabo de un rato ya no tiene nada de qué hablar con Heilbutt. Pinneberg lo aprecia de corazón, porque es un tipo fabuloso y legal, pero no acaba de convertirse del todo en su auténtico amigo. No tiene intimidad con él.

Así que se toma su tiempo para visitar de nuevo a Heilbutt; es más, primero necesita que se lo recuerden directamente porque las habladurías en la rienda dicen que Heilbutt ha ganado el juicio contra Mandel.

No obstante, cuando Pinneberg llega a casa de Heilbutt, este se ha mudado.

—No tengo ni idea de adónde, querido señor, seguramente a Dalldorf o Wittenau, como se llama ahora. Estaba lo bastante loco para eso. ¿Creerá que incluso a mí, que soy una mujer vieja, intentó convencerme de sus guarradas?

Heilbutt ha desaparecido.

 

Pinneberg es detenido y Jachmann ve fantasmas. Ron sin té

 

Es una hermosa y clara tarde de finales de primavera que preludia el verano. Pinneberg, finalizado su trabajo cotidiano, sale de los grandes almacenes Mandel y se despide de sus compañeros:

—¡Hasta mañana! —Y echa a andar.

Una mano se apoya en su hombro.

—Queda usted detenido, Pinneberg.

—¡Caramba! —exclama Pinneberg sin asustarse lo más mínimo—. ¿Y eso por qué? Ay, Dios, es usted, señor Jachmann. Llevaba una eternidad sin verlo.

—Ahí se ve la buena conciencia —contesta Jachmann con tono melancólico—. No se ha sobresaltado lo más mínimo. ¡Dios, quién fuera como estos jóvenes! Es envidiable.

—Cuidadito, señor Jachmann —le advierte Pinneberg—. De envidiable, nada. Usted no querría cambiarse por mí ni tres días. En Mandel…

—¿Cómo que en Mandel? ¡Ya me gustaría tener su empleo! Es seguro, sólido —dice el lúgubre Jachmann mientras camina despacio en compañía de Pinneberg—. Ahora está todo tan tristón. Bueno, ¿y qué tal su mujer, recién casado?

—Está bien —contesta su interlocutor. Tenemos un niño.

—¡No me diga! ¿En serio? ¿Un niño? —Jachmann se muestra muy sorprendido—. Han sido muy rápidos. ¿Pueden permitirse algo así? ¡Es envidiable!

—No podemos permitírnoslo —comenta Pinneberg—. Pero si fuera por eso, nadie tendría hijos. Así que tiene que funcionar.

—Cierto —responde Jachmann, que decididamente no ha oído nada en absoluto—. Escuche, Pinneberg, preste atención. Ahora vamos a ver el escaparate de esa librería…

—¿Y…? —pregunta Pinneberg a la expectativa.

—Es un libro muy instructivo —dice Jachmann de manera audible—. He aprendido mucho de él —y en voz baja—: Mire a la izquierda. ¡Con disimulo, hombre, con disimulo!

—¿Y…? —vuelve a preguntar Pinneberg, que encuentra muy misterioso el asunto y al gigante Jachmann muy cambiado—. ¿Qué es lo que tengo que ver…?

—Ese gordo de gafas y barba desgreñada, vestido de gris, ¿lo ha visto?

—Sí, claro —contesta Pinneberg—. Por ahí va.

—Bien —dice Jachmann—. Pues no lo pierda de vista. Y ahora hable conmigo con toda naturalidad. Es decir, no mencione mi nombre bajo ningún concepto. Limítese a contarme algo.

Pinneberg rebusca en su mente: ¿qué demonios ocurre? ¿Qué quiere Jachmann? De su madre tampoco dice palabra.

—Vamos, diga algo —le apremia Jachmann—. Cuente lo que sea, caminar tan silenciosos el uno junto al otro es una soberana estupidez y por fuerza tiene que llamar la atención.

¿Llamar la atención? ¿A quién?, se pregunta Pinneberg.

Y en voz alta:

—El tiempo es espléndido, ¿verdad, señor…? —Y por poco se le escapa el nombre.

—Tenga cuidado, hombre —susurra Jachmann. Y en tono audible—: Sí, es un tiempo magnífico.

—Quizá vendría bien un poco de lluvia —Pinneberg contempla, pensativo, la espalda del hombre gris que camina un par de metros por delante de él—. Ahora es demasiado seco.

—Un poco de lluvia vendría bien —coincide en el acto Jachmann—. Pero desde luego no en fin de semana, ¿no cree?

—¡No, claro que no! —contesta Pinneberg— En fin de semana, ¡no!

Y ahí se acaba todo. No se le ocurre nada. Mira una vez de soslayo a Jachmann, le parece que ya no muestra la brillante viveza de antes. Y también él mira tenso a la espalda gris.

—Cielos, diga algo, Pinneberg —replica Jachmann nervioso—. Tiene que contarme algo. Si yo no hubiera estado medio año sin ver a alguien, tendría cosas que contarle.

—Pues ahora es usted el que ha pronunciado mi nombre —constata Pinneberg—. ¿Adónde nos dirigimos en realidad?

—¡Pues a su casa! ¿Adónde si no? ¡Le estoy acompañando!

—En ese caso habríamos debido doblar a la izquierda —comenta Pinneberg—. Ahora vivo en Alt—Moabit.

Jachmann se irrita.

—Entonces, ¿por qué no tuerce a la izquierda?

—Pensaba que debíamos seguir al hombre de gris…

—¡Dios mío! —exclama el gigante—. ¿Es que no se entera usted de nada?

—No —reconoce Pinneberg.

—En fin, camine usted como si se dirigiera a su casa. Ya se lo contaré. Y ahora, converse conmigo.

—En ese caso tenemos que doblar a la izquierda —informa Pinneberg.

—Estupendo, entonces camine, hombre —replica Jachmann, malhumorado—. ¿Qué tal su mujer?

—Hemos tenido un hijo —cuenta Pinneberg, desesperado—. Ella está bien. ¿No podría decirme qué demonios ocurre, señor Jachmann? Me siento cada vez más tonto.

—Diantre, acaba de mencionar mi nombre —reniega Jachmann—. Ahora seguro que nos seguirá. ¡Vamos, hombre, al menos no vuelva la cabeza!

Después de ese estallido, Pinneberg calla y Jachmann también. Recorren una manzana, doblan una esquina, pasan junto a otro bloque, cruzan una calzada y se encuentran en el acostumbrado camino de regreso a casa.

El semáforo en rojo les obliga a esperar.

—¿Lo ve todavía? —pregunta Jachmann tenso.

—Pensaba que no tenía que… No, ya no lo veo. Antes ha seguido andando todo recto.

—¡Acabáramos! —exclama Jachmann con tono de alivio y satisfacción—. Me he equivocado. Y es que a veces uno ve fantasmas.

—¿No puede contarme, señor Jachmann…? —comienza a decir Pinneberg.

—Nada. Es decir, más tarde. Más tarde, naturalmente. Ahora queremos primero ir a su casa. A ver a su mujer. ¿Tiene un hijo? ¿O es hija? ¡Magnífico! ¡Excelente! ¿Y fue todo bien? Claro, claro. ¡Con semejante mujer! ¿Sabe, Pinneberg?, nunca entendí que su madre tuviera un hijo, eso debió de ser un error del cielo, no solo de las fábricas de caucho. Bueno, perdone. Usted ya me conoce. ¿Dónde hay por aquí una floristería? Porque pasaremos por una floristería, ¿no? ¿O su mujer prefiere los bombones?

—De veras, no es necesario, señor Jachmann…

—Lo sé, joven, pero yo decido lo que es necesario. —¡Oh, cómo se ha animado Jachmann de repente! —. ¿Flores y bombones? Eso ablanda el corazón de cualquier mujer. Bueno, el de su madre no, no hablemos de eso, se trata de un caso diferente. Decidido, flores y bombones. Espere, entraré aquí mismo.

—En serio, no tiene que…

Pero Jachmann ya ha desaparecido en la confitería. Reaparece a los dos minutos.

—¿Tiene idea de qué tipo de bombones le gustan a su mujer? ¿Guindas al coñac?

—El alcohol está descartado, señor Jachmann —le reprocha Pinneberg—. Mi mujer está amamantando.

—Ah, ya. Por supuesto. ¿Y cómo es que está amamantando? Ay, sí, al niño. ¡Claro! Y entonces ¿no se comen bombones de guindas al coñac? Pues no lo sabía, la verdad. Esta vida es una de las más duras, se lo aseguro. —Y vuelve a entrar hablando en la tienda.

Al cabo de un rato reaparece con un paquete muy voluminoso.

—¡Señor Jachmann! —exclama Pinneberg sobresaltado—. ¡Es demasiado! No sé si le parecerá bien a mi mujer…

—¿Por qué? No es necesario comérselo todo de una sentada. Es que no conozco sus gustos. Hay tantas variedades. Ahora preste atención cuando veamos alguna floristería…

—Olvídelo, señor Jachmann. Es completamente innecesario.

—¡Innecesario! ¡Pero qué cosas se le ocurren a un hombre tan joven! ¿Sabe usted siquiera lo que es innecesario?

—¡Que encima lleve flores a mi mujer!

—No, innecesario es lo que no se necesita. Hay un chiste al respecto, pero prefiero no contárselo, usted no comprende esas cosas. Vaya, he ahí una floristería… —Jachmann se detiene meditabundo—. ¿Sabe?, no le llevaré nada guillotinado a su mujer, nada de cadáveres de flores, prefiero una planta en una maceta. Le pega más a una mujer joven. ¿Sigue tan rubia?

—¡Por favor, señor Jachmann!

Pero su interlocutor ya se ha ido y transcurre un buen rato antes de que aparezca.

—Una tienda de flores así, señor Pinneberg, estaría bien para su mujer. Debería montarle una. En alguna zona elegante, donde esos micos sepan apreciar que les atienda una mujer hermosa.

—Bueno, señor Jachmann, eso de que mi mujer es hermosa… —replica Pinneberg muy confundido.

—¡No diga tonterías, Pinneberg, no hable de lo que no entiende! No sé, la verdad, ¿entiende usted de algo? Belleza… Usted seguramente creerá en la belleza cinematográfica, carne con la manicura por fuera y por dentro codicia y estupidez, ¿verdad?

—Hace una eternidad que no voy al cine —confiesa Pinneberg con cierta melancolía.

—¿Por qué? Al cine hay que ir continuamente, a ser posible todas las noches, todo el tiempo que uno resista. Eso te infunde confianza en ti mismo, a mí nadie me tose, los demás son todos diez veces más tontos… Así que vámonos al cine. ¡Enseguida! ¡Esta noche! ¿Qué echan? Espere, en la próxima columna anunciadora…

—Pero antes —Pinneberg exhibe una sonrisa sardónica— ¿no le iba a poner usted una floristería a mi esposa?

—Por supuesto. En realidad es una idea magistral. Ese dinero seguro que rinde buenos intereses. Pero… —respira hondo, se coloca en un brazo dos macetas de flores y una caja de bombones, y con el otro se cuelga de Pinneberg—, pero no es posible, joven. Estoy en un apuro…

Pinneberg se enfada.

—¡Entonces deje de vaciar tiendas para nosotros!

—¡No diga bobadas! No es una cuestión económica. Tengo dinero a espuertas. Todavía. Pero estoy en un apuro. De otra índole. Más tarde hablaremos de ello. Se lo contaré a usted y a su Corderita. Solo una cosa… —inclinándose hacia Pinneberg, susurra—, su madre es un buitre.

—Siempre lo he sabido —replica Pinneberg con voz gélida.

—Bah, usted todo lo entiende mal —dice Jachmann soltándose de su brazo—. Un buitre, un verdadero bicho, pero una mujer maravillosa… No, de momento no hay nada que hacer con la floristería…

—¿Por culpa del barbudo vestido de gris? —insinúa Pinneberg.

—¿A qué se refiere? ¿Qué hombre de gris? —Jachmann ríe—. Ay, Pinneberg, he vuelto a tomarle el pelo. ¿Es que no se ha dado cuenta?

—Pues no —contesta—. Y además, tampoco le creo.

—Entonces olvídelo. Ya lo verá. Esta noche nos iremos los tres al cine. No, esta noche es imposible, esta noche cenaremos confortablemente… ¿Qué tienen de cena?

—Patatas salteadas —informa Pinneberg— y arenque ahumado.

—¿Y de beber?

—Té.

—¿Con ron?

—¡Mi mujer no bebe alcohol!

—Es verdad. Está criando. Eso es el matrimonio. Mi mujer no bebe alcohol, así que yo tampoco. ¡Infeliz!

—Pero es que a mí no me gusta el té con ron.

—Eso se lo imagina usted porque está casado. Si estuviera soltero, le gustaría, eso solo son figuraciones de un hombre casado. Bah, no diga nada, yo nunca he estado casado, ya lo sé. Cuando estaba con una mujer y me asaltaban esos pensamientos, tomaba ron sin té…

—Ron sin té —repite Pinneberg serio.

El otro no se percata.

—Sí, eso precisamente, y entonces rompía, rompía irrevocablemente, por mucho que me costase. Así que patatas salteadas y arenque…

—Ahumado…

—Arenque ahumado y té. ¿Sabe, Pinneberg? Voy a entrar un momento en esa tienda. Será la última, se lo aseguro…

Y Jachmann desaparece en una tienda de delicatessen.

A la salida, Pinneberg dice con tono firme:

—Se lo repetiré una vez más, señor Jachmann…

—¿Sí? —pregunta el gigante—. Por cierto, bien podría llevarme usted un paquete.

—Démelo. El bebé no tiene más de tres meses. Todavía no ve, ni oye, ni juega con nada…

—¿Por qué me cuenta eso?

—Porque si se le ocurre la idea de entrar en alguna juguetería y comprar a mi hijo un osito de peluche o un trenecito, no me encontrará a la puerta cuando salga.

—Juguetería… —murmura Jachmann soñador—. Osito… trenecito… ¿Cómo dice esas cosas un padre? ¿No pasaremos por delante de alguna juguetería?

Pinneberg se echa a reír.

—Saldré corriendo, señor Jachmann —dice.

—Es usted un mentecato, Pinneberg —replica Jachmann con un suspiro—. ¡Siendo yo, como quien dice, su padre!

Huésped a la fuerza. Jachmann descubre las cosas buenas y nutritivas

 

Tras saludarse Corderita y Jachmann, este, cumpliendo con su obligación, se inclina unos instantes sobre la cuna y dice: —Como es natural, es un niño guapísimo.

—Igualito que su madre —precisa Corderita.

—Igualito que su madre —repite Jachmann.

Después, este desempaqueta, y a la vista de la copiosa cantidad de exquisitos manjares, Corderita, cumpliendo con su obligación, dice:

—No tenía que haberse molestado, señor Jachmann. Después comen (aunque no patatas salteadas y arenque ahumado) y beben (té, sí), y más tarde Jachmann, reclinándose en su silla, dice con voz apacible:

—Bien… y ahora viene lo mejor: el puro.

Con una energía desacostumbrada, Corderita contesta:

—Por desgracia, no, porque aquí no se puede fumar. Por el pequeñajo…

—¿En serio…? —inquiere Jachmann.

—Y tan en serio —contesta, tajante, Corderita. Pero cuando Holger Jachmann suspira profundamente, sugiere—: Haga como mi marido, salga un momento al techo del cine y ahúme cuanto desee. Yo les sacaré una vela.

—Hagámoslo —propone a renglón seguido Jachmann.

A continuación ambos pasean arriba y abajo, Pinneberg con su cigarrillo y Jachmann con su puro. Los dos en absoluto silencio. El resplandor de la pequeña vela colocada en el suelo ni siquiera alcanza las polvorientas vigas del techo.

Arriba y abajo. Arriba y abajo. Mudos, uno junto al otro.

Y como un cigarrillo se termina antes que un puro, Pinneberg entra deprisa un momento a ver a Corderita y consulta con ella ese caso extraordinario.

—¿Qué te ha contado? —pregunta Corderita.

—Nada de nada. Simplemente se ha venido conmigo.

—¿Te lo has encontrado por casualidad?

—No lo sé. Creo que me acechaba. Pero no lo sé.

—Todo esto me parece muy misterioso —dice Corderita—. ¿Qué querrá de nosotros?

—Ni idea. Al principio estaba obsesionado con que le seguía un hombre vestido de gris.

—¿Cómo que le seguía?

—Creo que la policía de investigación criminal. Y también se ha peleado con mamá. A lo mejor guarda relación con eso.

—Ya —dice Corderita—. ¿Y no te ha contado nada más?

—Sí. Que mañana por la noche quiere ir al cine con nosotros.

—¿Mañana por la noche? ¿Pretende acaso quedarse aquí? Pues aquí no puede pasar la noche. No tenemos cama para él y el sofá de tela encerada es demasiado corto.

—No puede quedarse, claro que no… Pero ¿y si se queda?

—Dentro de media hora daré de mamar al bebé — comenta muy decidida—. Si para entonces no se lo has dicho tú, se lo diré yo.

—Ya veremos —Pinneberg suspira y sale de nuevo para reunirse con el caminante silencioso.

Al cabo de un rato, Holger Jachmann apaga de un pisotón el resto del puro, respira hondo y dice:

—A veces me encanta pasar un rato meditando. Por lo general prefiero hablar, pero de vez en cuando media horita de meditación es maravillosa.

—Se burla usted de mí —protesta Pinneberg.

—Ni por asomo. Ni por asomo. Acabo de reflexionar sobre mi infancia…

—¿Y? —pregunta Pinneberg.

—Pues no lo sé, la verdad… —Jachmann vacila—. Creo que no me parecía nada a lo que soy hoy —silba—. A lo mejor me he equivocado con todas estas tonterías. Por lo general soy de lo más presumido. ¿Sabe?, yo empecé de criado.

Pinneberg calla.

El gigante suspira.

—En fin, no tiene sentido hablar de eso. Tiene usted toda la razón. ¿Nos reunimos de nuevo con su mujer?

Entran, y en el acto Jachmann, de un humor espléndido, comienza a lanzar el anzuelo:

—Francamente, señora Pinneberg, esta es la vivienda más loca del mundo. La de sitios que habré visto, pero uno tan estrambótico y confortable… No me cabe en la cabeza que la inspección de obras permita algo semejante.

—Es que no lo permite —comenta Pinneberg—. Vivimos aquí de extranjis.

—¿De tapadillo?

—Bueno, es que la vivienda no es una vivienda, sino un almacén. Solo el que nos ha alquilado el almacén sabe que vivimos aquí. Oficialmente vivimos delante, en casa del carpintero.

—Ya —dice Jachmann, arrastrando mucho la voz—. Entonces, ¿nadie, ni siquiera la policía, sabe que ustedes viven aquí?

—Nadie —contesta Pinneberg con énfasis, mirando a Corderita.

—Bien —asiente Jachmann—. Muy bien. —Y dirige a la estancia una mirada de ternura.

—Señor Jachmann —dice Corderita convertida en el ángel con la espada—, tengo que cambiar al niño para pasar la noche y darle de mamar…

—Muy bien —vuelve a decir Jachmann—. Nada se lo impide. Lo mejor será que después nos vayamos enseguida a la cama. Hoy no he parado de caminar y estoy cansado. Mientras tanto, me acomodaré el sofá con cojines y sillas…

El matrimonio se mira y Pinneberg se aparta, se aproxima a la ventana y tamborilea en los cristales, mientras sus hombros se estremecen.

—¡Ni se le ocurra! —exclama Corderita—. Su cama se la prepararé yo.

—Me parece genial —dice Jachmann—. Entonces presenciaré la lactancia. Siempre he querido ver algo así.

Corderita, con furiosa decisión, saca de la cuna a su hijo y comienza a desnudarlo.

—Acérquese mucho, señor Jachmann —advierte—. No pierda detalle…

El bebé empieza a berrear.

—Fíjese, estos son los llamados pañales. No huelen bien.

—Oh, no me molesta en absoluto —aclara Jachmann—. He vivido en el campo y nada ni nadie logró quitarme ni por un instante el apetito.

Corderita se encoge de hombros.

—Vaya, con usted no hay manera, señor Jachmann —opina—. Observe, ahora frotamos el culete con aceite, con un buen aceite puro de oliva…

—¿Por qué?

—Para que no se le irrite. Mi hijo todavía no se ha irritado nunca.

—Mi hijo todavía no se ha irritado nunca —repite Jachmann con tono soñador—. ¡Dios, cómo suena eso! Mi hijo todavía no ha mentido nunca. Mi hijo todavía no me ha dado disgustos nunca… Hay que ver cómo le sale a usted lo de los pañales, me parece sencillamente admirable. Sí, eso es algo innato. Es usted una madre innata…

Corderita ríe.

—Vamos, no desvaríe. Pregúntele a mi marido cómo estábamos aquí los dos el primer día. En fin, ahora debe darse la vuelta un momento…

Y mientras Jachmann se acerca, obediente, a la ventana a contemplar el jardín silencioso y nocturno, en el que las ramas de los árboles se mueven suavemente al resplandor que sale de la ventana («Parece como si dialogaran entre ellas, Pinneberg»), Corderita se quita el vestido y retira de los hombros los tirantes de la combinación y la blusa. Después se pone el albornoz y da el pecho a su hijo.

En ese mismo momento este deja dé gritar, con un profundo suspiro, casi un sollozo, sus labios rodean el pezón y el bebé empieza a mamar. Corderita baja los ojos hacia él, y atraídos por el repentino silencio, ambos hombres se vuelven y contemplan en silencio a la madre y al hijo.

El silencio no dura demasiado, pues Jachmann dice:

—Desde luego, lo he hecho todo mal, Pinneberg. Las buenas cosas sencillas… Las cosas buenas y nutritivas… —Se golpea las sienes—. ¡Viejo burro! ¡Viejo burro!

Y a continuación se acuestan.

Jachmann se convierte en inventor y el pobre hombre en rey. ¡Estamos juntos!

 

A la mañana siguiente, Pinneberg, con la cabeza algo pesada, se encuentra en Mandel con sus pantalones. No es muy fácil para un marido joven saber que tiene semejante huésped en una vivienda tan pequeña, en realidad solo una habitación. Una y otra vez recuerda la actitud de Jachmann la noche en la que necesitaba el dinero del alquiler y sus esfuerzos por acercarse a la cama de Corderita.

En fin, entonces estaba borracho, mientras que anoche se mostró completamente distinto, muy simpático en realidad. Pero es un hombre capaz de todo, por lo que no inspira confianza.

Pinneberg está detrás del mostrador con fuego debajo de los pies. ¡Ojala estuviera en casa! Como es lógico, en cuanto llega a su hogar todo se arregla. Corderita está de un humor excelente, ambos miran al bebé y él se limita a decir rápidamente a la visita que rebusca en una maleta junto a la ventana:

—Buenas noches, señor Jachmann.

—Buenas noches, joven —contesta—. Tengo que salir un momento… —Cruza la puerta y lo oyen descender por la escalera.

—¿Qué tal se ha portado? —pregunta Pinneberg.

—Con mucha simpatía —contesta Corderita—. Simpatiquísimo, la verdad. Por la mañana estaba muy nervioso, no paraba de hablar de sus maletas y de si querrías ir a buscarlas a la estación.

—Y ¿qué le has respondido?

—Que te lo preguntase. Pero él se limitaba a rezongar. Ha bajado tres veces la escalera para regresar al momento. Después le ha estado tocando algo al pequeñajo con su llavero mientras cantaba canciones. Luego, de repente, se ha marchado.

—Así que ha vencido su miedo.

—Más tarde ha regresado con las maletas, y desde entonces está más contento que unas pascuas. No para de rebuscar en sus cosas y meter papel en la estufa. Ah, y ha hecho un descubrimiento.

—¿Un descubrimiento?

—No soporta oír gritar al bebé. Se pone como loco, pobre niño, luchando ya con el mundo, esto es insoportable. Le he aconsejado que no se lo tome tan a la tremenda, que el bebé simplemente tiene hambre. Y él, que le diera de mamar en el acto. Y cuando me he negado, ha comenzado a despotricar de un modo terrible. Locuras de padres, decía. Que nos ha atacado la locura pedagógica. Después ha pretendido cogerlo en brazos. Y luego llevárselo de paseo en el cochecito. Figúrate, Jachmann con un cochecito de bebé en Kleiner Tiergarten! Y como no he querido ni oír hablar del asunto y el bebé seguía berreando sin parar…

Se interrumpe, pues, como si hubiera estado escuchando, el pequeñín alza su voz, gritona y furibunda…

—Escucha! Vas a comprobar enseguida el descubrimiento de Jachmann…

Coge una silla, la coloca junto a la cuna y deposita su neceser sobre ella. Luego saca el despertador y lo pone encima del maletín.

Pinneberg la contempla, muerto de curiosidad.

Ahora el despertador, un verdadero y tosco despertador de cocina, hace tic-tac muy cerca de la oreja del bebé. Un tictac muy fuerte, pero, claro, cuando el niño berrea, ese sonido insignificante no se oye.

Al principio el bebé no para de llorar, pero también él necesita recuperar el aliento antes de continuar con sus berridos.

—Todavía no se ha dado cuenta —susurra Corderita.

Pero a lo mejor sí se ha percatado. La siguiente pausa para respirar llega mucho más deprisa, dura mucho más. Es como si escuchase: tic-tac, tic-tac, sin cesar.

Después reanuda el llanto. Pero llora sin verdadera convicción. Ahí está, muy enrojecido por el esfuerzo, con su mechón de pelo rubio blanco en la cabeza y su boquita extrañamente arrugada. Ahora mira abstraído, seguramente sin ver, y sus diminutos deditos reposan sobre la manta. Seguro que le encantaría berrear, tiene hambre, algo se alborota en su estómago, y cuando eso sucede, berrea. Pero ahora hay algo junto a su oído: tic-tac, tic-tac. Y no cesa.

Bueno, claro que cesa. Cuando berrea, desaparece. Y cuando se calla, retorna. Ahora hace la prueba. Berrea un poquito y el tic-tac se va. Se calla y regresa. Y entonces enmudece del todo, escucha, seguramente en su cerebro no hay sitio para nada más: tic-tac, tic-tac. El alboroto está muy abajo, muy lejos, ya no llega hasta arriba.

—Pues parece que da resultado de verdad —susurra Pinneberg—. Menudo tipo, el tal Jachmann, ¿cómo se le habrá ocurrido?

—¿Qué, ensayando mi descubrimiento, eh? —pregunta el señor Jachmann desde la puerta—. ¿Funciona?

—Eso parece —contesta Pinneberg—. Solo falta saber cuánto durará.

—Bueno, joven señora, ¿qué? ¿Conoce su marido nuestro programa? ¿Lo ha aprobado?

—No tiene ni idea. A ver, chico, presta atención. El señor Jachmann nos invita. Saldremos a lo grande. Cabaré y bar, figúrate. Y primero al cine.

—Caramba —dice Pinneberg—. Pues lo has conseguido. Señor Jachmann, salir una vez a lo grande ha sido siempre el deseo de mi mujer. ¡Estupendo!

Una hora después están en el cine, en un palco. Se apaga la luz, y después:

Un dormitorio, dos cabezas sobre la almohada, un rostro joven que respira risueño, un hombre, algo mayor, parece preocupado, incluso ahora, en sueños.

Entonces aparece la esfera del despertador, puesto a las seis y media. El hombre se agita, se gira, alarga la mano, adormilado, hacia el aparato: faltan cinco minutos para las seis y media. El hombre suspira, devuelve el despertador a su sitio, cierra de nuevo los ojos.

—Este duerme hasta el último minuto —comenta Pinneberg con tono de desaprobación.

Entonces, a los pies de la cama grande divisa algo blanco, una cama infantil. En ella yace un niño, la cabeza apoyada sobre un brazo, la boca entreabierta.

Suena el despertador, se ve cómo un diablo martillea contra la campana, salvajemente, sin consideración, un verdadero demonio. El hombre se incorpora de golpe, lanza las piernas por encima del borde del lecho. Son piernas flacas, sin pantorrilla, con vello negruzco pero escaso.

La gente en el cine ríe.

—Los auténticos héroes cinematográficos —explica Jachmann— no pueden tener pelo en las piernas. Esta película seguro que será un fiasco.

Pero a lo mejor la salva la mujer. Es fabulosamente bella, hace un momento, al sonar el despertador, se ha incorporado y la colcha se ha deslizado hacia atrás, tenía el camisón ligeramente abierto… Con superposiciones, la colcha deslizándose, el camisón moviéndose, todos han creído ver durante un instante el pecho de la mujer. Una atmósfera agradable, pero ella ya se ha echado la colcha bien apretada por encima de los hombros arropándose de nuevo.

—Esa es la mala —opina Jachmann—. Una a la que casi Le ves el pecho en los primeros cinco minutos. ¡Dios mío, qué simple es todo esto!

—Pero es guapa —admite Pinneberg.

El hombre ya se ha puesto los pantalones, el niño, sentado en la cama, dice:

—¡Papá, oso!

El hombre entrega al niño el osito de peluche, después quiere el muñeco, el hombre está ya en la cocina, ha puesto agua a calentar, es un hombre bastante flaco, poca cosa. ¡Cómo se afana! Muñeco para el niño, poner la mesa del desayuno, untar las tostadas, el agua está caliente, preparar el té, afeitarse, la mujer, en la cama, respira apaciblemente.

La mujer se levanta, es muy simpática, en absoluto es así, transporta ella misma su agua caliente al cuarto de baño. El marido mira el reloj, juega con el niño, sirve té en las tazas, sale a comprobar si han dejado la leche delante de la puerta. No, pero sí el periódico.

Ahora la mujer ya ha terminado y se dirige derecha a su sitio en la mesa de desayuno. Cada uno coge una hoja del periódico, la taza de té, pan…

El niño llama desde el dormitorio, el muñeco se ha caído de la cama, el hombre lo recoge…

—Qué bobada —se queja Corderita, descontenta.

—Sí, pero me gustaría saber cómo sigue. Así no puede seguir.

Jachmann solo pronuncia una palabra:

—Dinero.

Y, qué curioso, el viejo as del cine tiene razón; cuando el hombre regresa, la mujer ha encontrado un anuncio en la prensa; le gustaría comprar algo. Empieza la discusión. ¿Dónde está el dinero para los gastos de la casa?, inquiere ella. ¿Y el mío para mis gastos?, replica él. Enseñan ambos sus respectivos monederos. Y el calendario de pared indica el día 17. Fuera, la lechera llama a la puerta, quiere cobrar, pasan las hojas del calendario: 18, 19, 20… ¡hasta el 31! El hombre apoya la cabeza en las manos, junto a las carteras vacías se ve un montoncito de calderilla, el calendario de pared pasa ruidosamente…

¡Oh, qué guapa se vuelve la mujer, es cada vez más guapa, lo anima con suavidad, le acaricia el pelo, levanta su cabeza, le ofrece la boca, cómo brillan esos ojos femeninos!

—¡Menudo buitre! —exclama Pinneberg—. Y ahora, ¿qué hará él?

Ay, el hombre empieza a entusiasmarse, la toma en sus brazos, el anuncio aparece y desaparece, el calendario de pared pasa volando otros catorce días; al lado el nene juega con el osito que abraza al muñeco, sobre la mesa reposa una ínfima cantidad de dinero… La mujer está sentada en el regazo del hombre…

Todo ha desaparecido y de una oscuridad negra como la noche surge, iluminándose poco a poco, la brillante caja de un banco. Ahí está la mesa con la reja de alambre entreabierta, pero no se ve ni un alma… Ah, esos paquetes con tantos billetes, los cartuchos con monedas de plata y de latón, un fajo de billetes de cien marcos empezado, abierto en forma de abanico…

—El dinero —dice, flemático, Jachmann—. Y a la gente le encanta verlo.

¿Lo ha oído Pinneberg? ¿Y Corderita?

Vuelve a oscurecer… La oscuridad se abate durante largo rato… Se oye respirar a la gente, unas respiraciones largas, profundas. Corderita escucha el aliento de su chico y este el de ella.

Clarea de nuevo. Vaya por Dios, las cosas buenas de esta vida no las ve uno en el cine, la mujer está completamente arreglada, envuelta en su bata. El hombre, con su sombrero hongo, se despide del niño con un beso. Ahí va el pobre hombre por la gran ciudad, sube a un autobús, cómo corre la gente, cómo se atascan, se apresuran y fluyen los vehículos. Y los semáforos se ponen rojos, verdes y amarillos, y diez mil edificios con un millón de ventanas, y gente y más gente… y él, el pobre hombre, no tiene nada más que una vivienda de dos habitaciones y media, una mujer y un niño. Eso es todo.

Una mujer necia quizá, que no sabe valorar el dinero, pero solo tiene ese poquito… y a su marido no le parece necia. Y ante él, inevitablemente, está la mesa con las cuatro patas ridículamente altas, y hacia ella se dirige el hombre, así le ha sido prescrito en esa misteriosa existencia. No puede rehuirla.

Y, como es natural, no lo hace. Hay un instante en el que la mano del pobre cajero pende sobre el dinero igual que un gavilán en el aire sobre el corral de pollitos, con las garras muy abiertas. No, la mano se cierra, no son garras, son dedos. El es un pobre cajero de banco, no un ave de presa.

Pero, ved, ese pobre cajero es amigo del meritorio del banco, y este, como es lógico, es hijo de un auténtico director de banco. Nadie se ha dado cuenta de que ese meritorio ha visto la mano extendida cual garra de gavilán. Pero ahora, en la pausa del desayuno, el meritorio, llevándose aparte a su amigo, el pobre cajero de banco, le dice sin rodeos:

—Necesitas dinero.

Y por mucho que el otro se resiste y lo niega, regresa a tasa con los bolsillos llenos. Pero cuando saca el dinero y lo deposita sobre la mesa, pensando que su mujer estará radiante, fijaos, a la mujer el dinero le da completamente igual, no le interesa. Lo que le interesa es el hombre. Y atrayéndolo al sofá, lo abraza.

—¿Cómo lo has hecho? ¿Ha sido por mí? ¡Oh, nunca te creí capaz!

Pero el hombre no llega a referirle la verdadera historia, ay, se siente incapaz, ¡cómo lo ama su mujer de repente! El asiente, calla y exhibe una sonrisa elocuente… Ella se muestra tan apasionada, tan orgullosa de él…

¡Qué expresión de humanidad la de ese pequeño actor! Ese gran actor, Pinneberg ha visto su rostro esa mañana, yaciendo sobre la almohada del lecho conyugal, cuando el despertador marcaba cinco minutos antes de la media, un rostro cansado, arrugado, el hombre estaba embargado por las preocupaciones. Y ahora, ante la mujer que ama, que le admira por primera vez en su vida… cómo se ilumina su rostro, cómo desaparece el disimulo, cómo crece y se agranda la dicha floreciendo igual que una flor descomunal, enteramente hecha de sol… Ay, pobrecillo, pobre hombre, sumiso rostro, ha llegado tu oportunidad, nunca podrás decir, nunca, que has sido siempre un hombre del montón, ¡tú también has sido rey!

Sí, ahora él se ha convertido en rey, en el rey de ella. ¿Tiene hambre? ¿Le duelen los pies por estar mucho tiempo de pie? Cómo corre la mujer, cómo le agasaja, él es mucho más que ella, ¡ha obrado así por ella! Nunca tendrá que volver a poner el agua a calentar, a levantarse el primero… Es el rey.

El dinero yace olvidado sobre la mesa.

—Fíjate en él, tumbado y sonriendo —susurra Pinneberg, sin aliento, a Corderita.

—Pobre hombre —musita Corderita—. Eso no puede acabar bien. ¿Se sentirá ahora totalmente feliz? ¿No tendrá miedo?

—El tal Franz Schlüter es un actor de mucho talento —comenta Jachmann.

No, lo cierto es que no puede acabar bien. El dinero no queda olvidado para siempre. Pero la situación no cambia con la primera compra grande, ni tampoco con la segunda. Qué delirio para la mujer poder comprar todo, ¡todo! Qué miedo para el hombre, que conoce la procedencia del dinero.

Y después, la tercera vez, con el dinero acabándose, la mujer ve un anillo… Ay, no le llega el dinero. Ante ella se extiende un montón de anillos relucientes, el vendedor es tan descuidado que atiende a dos clientes a la vez. ¡Oh, el rostro de ella, cómo impulsa a su marido: cógelo!

Cree que él lo hace todo por ella. Pero solo es un pobre cajero de banco; no puede hacerlo y no lo hace.

Al comprenderlo, la mujer le dice al dependiente: volveremos. Y el hombre camina a su lado, anónimo y gris, y su vida desfila ante sus ojos, una vida larga, interminable, junto a esa mujer a la que ama y que espera eso de él…

Y su esposa se calla, se enfurruña, se pone de morros… y de pronto cambia, ambos están sentados en un local con el último dinero, ante unos vinos, y ella arde de entusiasmo.

—Mañana volverás a hacerlo.

El rostro de ese pobre hombre anónimo y gris. Y la mujer radiante. Momentos antes ansiaba contarle la verdad y ahora mueve la cabeza, mesurado, serio, de arriba abajo: afirmando.

¿Cómo continuará la situación? El meritorio no puede seguir dándole dinero toda la eternidad, eso se llama regalar y él se niega a aceptarlo. Y el pobre cajero le cuenta al amigo por qué necesita dinero, lo que su mujer cree de él. El meritorio le entrega el dinero riendo y dice:

—¡ Pero tengo que conocer a tu mujer!

Y el meritorio conoce a la mujer, y sucede lo que tenía que suceder, se enamora de ella, que solo tiene ojos para su marido, ese hombre valiente y sin miramientos que es capaz de cualquier cosa por su esposa. Y vienen los celos, y en la mesa del cabaré donde están sentados, el meritorio le cuenta la verdad.

Ay, cuando el pobre hombre vuelve del servicio, los dos están sentados a la mesa y ella lo recibe riendo, con una risa descarada y desdeñosa.

Y al oírla, lo comprende todo: la traición del amigo y la infidelidad de la mujer. Y su rostro se transfigura, sus ojos se agrandan, afloran dos lágrimas, sus labios tiemblan.

Ellos ríen.

El hombre se queda mirándola de hito en hito.

Sí, quizá ese fuera el momento en que sería capaz de hacer cualquier cosa, pues su vida se ha hecho trizas. Pero de repente da media vuelta, con la espalda encorvada y, envarado, se encamina sobre sus delgadas piernecillas hacia la puerta.

—Ay, Corderita —murmura Pinneberg, agarrándola—. Ay, Corderita —susurra—. Da miedo. Y estamos tan solos.

Corderita asiente despacio y musita:

—Pero nosotros estamos juntos, nosotros dos.

Y después, muy deprisa y con tono amistoso:

—Además tiene a su hijo. ¡Seguro que la mujer no se lo lleva!

 

Cine y vida. Tío Knilli secuestra al señor Jachmann

 

En realidad es una cena un tanto atribulada la que hacen los tres arriba, en su pajarera. Jachmann contempla pensativo a sus dos hijos mayores, que ni siquiera saborean las desacostumbradas delicatessen que compró la víspera.

Pero, por una vez, no dice nada. Después, Corderita recoge los platos y trae al bebé, y Holger Jachmann comenta:

—Vamos, chicos, chicos, es un auténtico horror veros así. ¡Ni siquiera los más probos deberían tragarse cualquier cursilada!

—Nosotros también sabemos muy bien que todo eso es mentira, señor Jachmann —replica Pinneberg—. Un meritorio así no existe, y seguramente tampoco un hombre como el pobre cajero del sombrero hongo. A mí solo me ha impresionado el actor, ¿cómo se llama? ¿Schlüter, dice usted?

Jachmann asiente y empieza a decir:

—Pero…

Corderita lo interrumpe.

—Yo sé a qué se refiere mi chico, y usted no puede decir nada contra eso. Aunque no sea verdad y solo sea una película, lo cierto es que la gente como nosotros siempre ha de tener miedo, pues en el fondo es un milagro que todo vaya bien durante un tiempo. Siempre puede suceder algo frente a lo que estás completamente indefenso y siempre te asombras de que eso no suceda todos los días.

—Bah, las cosas solo son tan peligrosas cuando uno permite que lo sean —replica Jachmann—. No hay que dejar que se le acerquen. Si yo hubiera sido el cajero, me habría largado a casa sin más y me habría divorciado. Luego habría vuelto a casarme con una chica joven y simpática… Así que ¿a qué viene tanta pamema? Ahora propongo que, dado que el bebé parece saciado, nos arreglemos deprisa, que ya son más de las once. Vamos a divertimos.

—Pues no sé —Pinneberg mira, interrogante, a Corderita—. ¿Nos apetece salir? La verdad es que no tengo muchas ganas.

Corderita también se encoge de hombros, indecisa.

Ese gesto saca a Jachmann de sus casillas.

—¡De eso ni hablar! ¡Quedarnos aquí metidos en casa hechos unos zorros por semejante fruslería! Nos vamos ahora mismo y usted, Pinneberg, alce el vuelo y salga a buscar un taxi mientras su Corderita se pone su mejor vestido.

Pinneberg parece dudar, pero también Corderita dice:

—Venga, chico, date prisa. No va a ceder.

Pinneberg se marcha despacio, y entonces Jachmann se muestra muy simpático al salir disparado tras él y meterle algo en la mano.

—Tome, guárdeselo. Cuando se sale, siempre es desagradable no llevar nada en el bolsillo. Aquí tiene algo de pasta.

Y no olvide entregarle un poco a su mujer, ellas siempre necesitan dinero. Bah, no diga nada y apresúrese con el taxi.

Y tras estas palabras, se marcha y Pinneberg desciende despacio la escalera, pensando: lo cierto es que es buena persona. Sin embargo, tendríamos que conocerlo mejor. Así que tampoco es bueno del todo. Su mano rodea con fuerza los billetes. Más tarde, en el coche, cuando se presenta con él delante de la casa, no puede evitarlo, abre la mano, ve los billetes, los cuenta y dice:

—No puede ser, esto es lo que gano trabajando casi un mes entero. Está loco. Voy a decírselo enseguida.

Pero no puede ser, porque los dos aguardan ya, y en el coche Corderita le cuenta que el bebé se ha quedado dormido enseguida y que ella no está nada preocupada, bueno, tal vez un poquito, y además tampoco estarán fuera tantísimo tiempo. Por cierto, ¿adónde van?

—Oiga, señor Jachmann… —empieza a decir Pinneberg.

—Bueno, chicos, con vosotros no pienso ir al Oeste —contesta Jachmann deprisa—. Primero, porque allí soy muy conocido y no es ni la mitad de divertido, y segundo, porque hace mucho que ya no es igual de bonito. En Friedrichstrasse aún hay verdadera diversión para los forasteros, ya lo veréis.

Deliberan a qué local ir primero, y Jachmann le da envidia a Corderita con los bares, los cabarés y los espectáculos de variétés, y de vez en cuando también a Pinneberg.

—¡Chicas medio desnudas, mi querido recién casado!

—Y—: Siete beldades apenas con un delantalito. ¿Qué me dice. Pinneberg?

Pero siguen sin ponerse de acuerdo en adónde ir, así que aceptan la propuesta de Jachmann de dar primero un paseo por la Friedrichstrasse.

Caminan los tres juntos, Corderita en medio, colgada del brazo de sus hombres. Están de un humor excelente y no solo se detienen ante las vitrinas de las variétés con sus chicas arrebatadoras, todas en cierto modo idénticas, sino también delante de casi todas las tiendas. A Pinneberg le aburre un poco, pero en eso Jachmann también es el mejor compañero del mundo y es capaz de entusiasmarse tanto como Corderita por un vestido de punto vienés y contemplar después veintidós sombreros uno por uno para comprobar si le sientan bien a Corderita.

—Pero ¿no vamos a seguir andando?

—¡Ay, estos maridos! —exclama Jachmann—. Primero nada les parece lo bastante bonito y después todo les da igual. En fin, también a mí me está entrando sed. Propongo que crucemos ahí enfrente.

Así que cruzan el Damm y están casi al otro lado cuando un coche frena detrás de ellos y una voz aguda grazna:

—¡Eh, Jachmann! ¿Eres tú?

Jachmann se vuelve rápidamente y exclama sorprendido: —¡Tío Kinilli! ¿Es que todavía no te han…? —se interrumpe y comenta a los Pinneberg—. Un momento, chicos, enseguida vuelvo.

El coche se ha acercado mucho a la acera, y ahí está Jachmann, hablando con el gordo y amarillento rostro de eunuco, y si al principio todavía ríen, poco a poco la conversación se va tornando más seria y susurrante.

Los Pinneberg esperan, parados. Pasan cinco minutos, diez, contemplan un escaparate, y cuando en el escaparate ya no queda nada que ver, esperan de nuevo.

—La verdad es que podría ir terminando —gruñe Pinneberg—. Le ha llamado tío Knilli, a saber qué personas conocerá Jachmann…

—Desde luego no tiene buena pinta —confirma Corderita—. ¿Por qué graznará y piará de ese modo?

Cuando Pinneberg se dispone a explicárselo, Jachmann regresa y dice:

—Escuchad, chicos, no os enfadéis conmigo, pero la noche se ha ido al garete. Tengo que irme con tío Knilli.

—¿De veras? —pregunta Corderita vacilante—. Señor Jachmann…

—Negocios, negocios. Pero mañana a mediodía, como muy tarde, regresaré a vuestra casa, chicos, puntualmente para comer… Y ahora, ¿sabéis qué?, divertíos solos. Además, os lo pasaréis mucho mejor sin mí…

—Señor Jachmann —dice de nuevo Corderita—, ¿no será mejor que se quede con nosotros? Tengo un presentimiento…

—He de irme, he de irme —les comunica Jachmann ya junto al coche—. Continuad sin mí. ¿Necesita dinero, Pinneberg?

—¡Lárguese de una vez, señor Jachmann! —grita el interpelado.

—Entonces, todo está bien —murmura Jachmann—. Pensaba que… Hasta mañana a mediodía, pues.

El taxi se ha marchado y Pinneberg cuenta a su Corderita que Jachmann le ha dado más de cien marcos una hora antes.

—Mañana mismo se los devolverás —dice Corderita enérgica—. Y nos volvemos a casa ahora mismo. ¿O todavía te apetece?

—No me apetece nada —confiesa él—. Mañana le devolveré su dinero.

Pero no tendrán ocasión. Pues transcurre mucho tiempo, y todo habrá cambiado mucho en la vida de los Pinneberg antes de que vuelvan a ver al señor Holger Jachmann, que quería estar puntualmente en su casa a la hora de comer.

El bebé está enfermo. Joven padre, ¿qué le pasa?

 

Una noche, a los Pinneberg los despierta una música nocturna desacostumbrada: el bebé, en lugar de dormir, berrea.

—El pequeñín está gritando —susurra Corderita de manera totalmente innecesaria.

—Sí —dice su marido en voz baja mientras mira la esfera de cifras luminosas del despertador—. Son las tres y cinco.

Escuchan, luego Corderita vuelve a susurrar:

—Esto no lo hace nunca. No puede tener hambre.

—Ya callará —afirma su marido—. Procuremos seguir durmiendo.

Pero la verdad es que les resulta completamente imposible y, al cabo de un rato, Corderita dice:

—¿No crees que debo encender la luz? Grita de dolor.

Pero tratándose del bebé, Pinneberg es un hombre de principios.

—De ningún modo, ¿me oyes? ¡De ningún modo! Acordamos que de noche no nos ocuparíamos de sus llantos, para que sepa que a oscuras no le queda más remedio que dormir.

—Sí, pero… —empieza a decir la joven.

—Ni hablar —declara, tajante—. Como empecemos a hacerlo, pronto tendremos que levantarnos todas las noches. ¿Para qué resistimos las primeras noches? Entonces lloraba mucho más que ahora.

—Pero es que el llanto es diferente, parece como si le doliera algo.

—Hay que aguantar, Corderita, sé razonable.

Y yacen en la oscuridad escuchando los gritos del bebé. Continúan sin pausa, por supuesto dormir es impensable, pero eso tiene que terminar, debe cesar enseguida. ¿Llora de manera especial, doliente?, se pregunta Pinneberg. No son chillidos de furia, ni de hambre, sino de dolor…

—¿No le dolerá la barriga? —pregunta Corderita en voz baja.

—¿Por qué le va a doler la barriga? Además, ¿qué podemos hacer contra eso? ¡Nada!

—Podría prepararle té de hinojo. Eso siempre lo ha tranquilizado.

Su marido no contesta. Ay, la cosa no es tan fácil, porque el bebé tiene que estar bien. No hay que cometer errores en su educación, tiene que convertirse en un hombre como es debido. Pinneberg reflexiona.

—Bueno, levántate y prepárale un té de hinojo.

Pero Pinneberg se levanta casi más deprisa que ella. Enciende la luz y el niño enmudece un instante al ver la claridad, pero reanuda su llanto. Está amoratado.

—Pequeñito mío —dice Corderita, e, inclinándose sobre él, levanta el pequeño paquete de la cuna—. Pequeñito mío, ¿te duele? Enséñale a mamá dónde te duele.

Al calor del cuerpo de su madre, mecido de un lado a otro en los brazos, el bebé se calla. Después exhala un profundo suspiro, calla y rompe a llorar.

Pinneberg, que trajina junto al infiernillo de alcohol, dice con voz triunfal:

—¿Lo ves? ¡Solo quería que lo cogieran en brazos!

Pero Corderita no reacciona; camina de un lado a otro cantándole una nana que recuerda de su infancia:

Ea, ea, ea,

pan de la aldea,

sopitas con pan

qué ricas están.

El niño yace callado en sus brazos, mirando al techo con sus claros ojos azules, sin moverse.

—Bueno, el agua ya está caliente —informa Pinneberg con tono despiadado—. El té prepáralo tú misma, no quiero meterme en eso.

—Coge al niño —dice Corderita, y él obedece.

El padre camina de acá para allá, tarareando, mientras la mujer prepara y enfría el té. El bebé alarga la mano hacia el rostro del padre, pero permanece callado como un ratoncito.

—¿Le has puesto azúcar? ¿No estará muy caliente? Deja que lo pruebe primero. Vale, dáselo de una vez.

El bebé sorbe muchas veces de la cucharilla de café, a veces se le escapa una gotita que su padre limpia muy serio con la manga de su camisa.

—Bueno, ya está bien —advierte el hombre—. Ya se ha tranquilizado.

Vuelven a acostar al crío en su cuna. Pinneberg lanza una ojeada al reloj:

—Son cerca de las cuatro. Ahora sí que tenemos que darnos prisa en meternos en la cama si queremos dormir un poco.

La luz se apaga. Los Pinneberg se duermen poco a poco.

Pero se despiertan de nuevo: el bebé chilla.

Son las cuatro y cinco.

—Bueno, ahí tienes —dice Pinneberg enojado—. Si no lo hubiéramos cogido hace un momento… Ahora piensa que siempre será así. ¡Llora y nosotros acudimos!

Corderita es Corderita y comprende que un hombre que tiene que vender todo el día azuzado por el látigo de una cuota fija esté nervioso e iracundo. Pero no dice ni pío.

El bebé berrea.

—Encantador… —masculla Pinneberg con tono irónico—. Es encantador. No acabo de comprender cómo estaré despejado mañana para vender. —Y al cabo de un rato, colérico—: ¡Y voy taaan atrasado! ¡Maldito llanto!

Corderita calla y el bebé berrea.

El padre se remueve de un lado a otro. Escucha con atención. De nuevo constata que es un llanto verdaderamente doliente. Y como es natural, sabe que acaba de decir tonterías, y Corderita también lo sabe, y se enfada por haber sido tan ridículo. Pero ahora bien podría ella decir algo. Sabe de sobra que a él siempre le cuesta dar el primer paso.

—Chico, ¿no crees que estaba demasiado caliente?

—No me he fijado mucho en eso —gruñe Pinneberg.

—¿No tenía las mejillas demasiado rojas?

—Es de llorar.

—No, eran unas manchas rojas con los bordes muy marcados. ¿Estará enfermo?

—¿De qué va a estar enfermo? —pregunta su marido. Pero este es un nuevo punto de vista, y añade enfurruñado—: Anda, enciende la luz. Ya no aguantas más.

Total, que encienden la luz, la madre coge en brazos al bebé, que vuelve a callarse al instante. Traga saliva otra vez y se calma.

—Ya lo ves —comenta furioso—. Es un dolor inexistente, pues cesa en cuanto se le coge en brazos.

—Tócale las manitas, están muy calientes.

—¡Qué va! —Pinneberg es implacable—. Están calientes de gritar. ¿Te imaginas lo que sudaría yo si gritase de ese modo? ¡No tendría ni un trocito seco en todo mi cuerpo!

—Pero es que tiene las manos realmente calientes. Creo que el bebé está enfermo.

Pinneberg le toca las manos, su estado de ánimo cambia.

—Pues sí, lo reconozco, están muy calientes. ¿Tendrá fiebre?

—Parece mentira que no tengamos un termómetro.

—Llevamos una eternidad deseando comprar uno. Pero el dinero…

—Sí —asiente Corderita—. Tiene fiebre…

—¿Le damos más té? —pregunta Pinneberg.

—No, solo conseguiremos atiborrar su pequeño estómago.

—Que no, que no me lo creo —estalla de nuevo su marido—. No creo que tenga dolores. No hace más que disimular, para que lo cojan en brazos.

—¡Pero, chico, si nunca lo cogemos en brazos!

—Bueno, presta atención: acuéstalo en la cuna y ya verás cómo se pone a gritar.

—Pero…

—Corderita, acuéstalo en la cuna. Te lo ruego, hazme el favor, acuéstalo y verás…

Corderita mira a su marido y acuesta al niño en la cuna. Esta vez no es necesario apagar la luz, pues el bebé empieza a berrear en el acto.

—¿Lo ves? —El joven se alegra—. Ahora, sácalo, y verás cómo se calma al momento.

Corderita vuelve a sacar al niño de la cuna, el hombre parece esperanzado: el bebé sigue llorando.

Pinneberg está muy tieso. El pequeñín berrea. Al cabo de un rato, Pinneberg dice:

—¡Míralo! De tanto cogerlo en brazos lo has echado a perder. ¿Qué podemos hacer ahora por el distinguido señor?

—Le duele —dice Corderita con suavidad. Mece al niño de un lado a otro, este se calla y vuelve a llorar—. Chico, hazme un favor, métete en la cama, a lo mejor consigues dormir un rato.

—¡De ninguna manera!

—Por favor, chiquito, hazlo. Estaré mucho más tranquila. Yo puedo echarme una horita por la mañana, pero tú tienes que estar descansado.

Pinneberg la mira. Después le da una palmadita en la espalda.

—De acuerdo, Corderita, me acostaré. Pero llámame enseguida si ocurre algo.

No obstante, le es imposible conciliar el sueño. A veces se acuesta uno, otras el otro. Lo pasean, le cantan, lo mecen: nada. A veces los gritos se convierten en un lloriqueo quedo que va subiendo de tono… Los padres se miran por encima del niño.

—Es espantoso —dice Pinneberg.

—¡Qué tormentos debe sufrir!

—¿Qué sentido tiene esto? ¡Una cosita tan pequeña, que tenga que atormentarse tanto!

—¡Que yo no pueda ayudarte! —exclama en voz alta Corderita, apretando al niño contra sí—: Pequeñito mío, mi pequeñín, ¿es que no puedo hacer nada por ti?

El bebé sigue llorando.

—¿Qué le pasará? —murmura Pinneberg.

—¡Que no lo pueda decir! ¡Que ni siquiera pueda señalar dónde le duele! Enséñaselo a mamá, pequeñito, ¿dónde te duele? ¿Dónde?

—Somos idiotas —dice Pinneberg enfurecido—. No sabemos nada. Si supiéramos algo, a lo mejor podríamos ayudarlo.

—Ni siquiera sabemos a quién preguntar.

—Voy a buscar un médico —indica Pinneberg, y empieza a vestirse.

—No tienes el volante de asistencia.

—Aun así, tendrá que venir. Lo enviaré más tarde.

—Ahora, a las cinco, no vendrá ninguno. Cuando oyen seguro de enfermedad, todos dicen que hay tiempo hasta mañana.

—¡Tiene que venir!

—Chiquito, como lo subas por la escalera a esta vivienda, nos buscaremos un lío. Seguramente nos denunciará por vivir aquí. Bah, ni siquiera subirá por la escalera, pensará que quieres hacerle algo.

Pinneberg, sentado en el borde de la cama, mira entristecido a su esposa.

—Tienes razón —asiente—. Estamos en un callejón sin salida, señora Pinneberg. Sin salida. Con eso no contábamos…

—Déjate de bobadas —replica Corderita—. No seas así, chico. Ahora todo parece gris, pero las cosas mejorarán.

—Esto se debe —prosigue Pinneberg— a que somos unos don nadie. Estamos solos. Y los demás, que son igual que nosotros, también están solos. Todos se dan importancia. ¡Si por lo menos fuéramos obreros! Ellos se llaman camaradas y se ayudan entre sí…

—Pues no sé —dice Corderita—. Si pienso en lo que a veces contaba papá y en las experiencias que vivió…

—Claro, claro —dice su marido—. Eso también lo sé yo, ellos tampoco son buenos. Pero al menos pueden soportar una vida asquerosa. Nosotros, los empleados, nos consideramos mejores…

Y el bebé llora, y ellos miran por los cristales, y el sol sale, y amanece del todo, y se miran el uno al otro, y ambos tienen aspecto macilento, pálido y cansado.

—¡Ay, oye! —exclama Corderita.

—¡Ay! —exclama él, y se dan la mano.

—Bueno, la cosa tampoco es tan grave —dice Corderita.

—No, mientras nos tengamos el uno al otro —confirma Pinneberg.

Luego vuelven a caminar arriba y abajo.

—Lo que no sé es si darle el pecho o no —apunta Corderita—. ¿Y si tiene algo de estómago?

—Sí —contesta desesperado—. ¿Y qué vas a hacer? Pronto serán las seis.

—¡Ya lo sé, ya lo sé! —replica ella con repentina vehemencia—. En cuanto den las siete, correrás al servicio de pediatría, apenas son diez minutos, y una vez allí, ruega y porfía hasta que venga contigo la enfermera.

—Sí, sí, tal vez dé resultado. Y además después llegaría puntual a la tienda.

—Mientras tanto, le dejaremos pasar hambre. El hambre nunca perjudica.

A las siete en punto, un hombre joven, de rostro pálido y con la corbata mal colocada, entra a trompicones en el edificio municipal de pediatría. Hay rótulos por todas partes: consultas a tal y tal hora. Y lo suyo, decididamente, no es una consulta.

Se detiene vacilante. Corderita espera, pero él no debe enfadar a las enfermeras. ¿Y si todavía duermen? ¿Qué hacer?

Una dama pasa a su lado y baja por la escalera. Le recuerda vagamente a la Nothnagel de la piscina, también esta es una mujer judía, entrada en años y gorda.

No parece simpática, piensa Pinneberg. No le preguntaré. Además, tampoco es enfermera.

La dama está un tramo más abajo, pero de repente interrumpe el descenso, vuelve a subir la escalera resoplando, se para delante de Pinneberg y lo mira.

—A ver, joven padre, ¿qué pasa? —inquiere.

Y al mismo tiempo sonríe.

Joven padre y sonrisa. Justo, ella es la adecuada! ¡Ay, Dios, qué simpática es! De pronto, Pinneberg sabe que algunas personas comprenden quién es y qué le sucede. Una vieja asistente social judía, por ejemplo, ¡a saber cuántos miles de padres habrán matado el tiempo allí, en la escalera!

Y él se lo cuenta todo y la mujer lo entiende, se limita a asentir y dice:

—Sí, sí —y abriendo la puerta, llama—: ¡Ela! ¡Martha! ¡Hanna!

Aparecen cabezas.

—Que una de vosotras se vaya ahora mismo con este joven padre, ¿de acuerdo? Están preocupados.

La señora gorda hace una inclinación de cabeza a Pinneberg y se despide:

—Buenos días, ya verá cómo la cosa no es tan grave. —Y baja por la escalera.

Al cabo de un rato llega una enfermera.

—Vamos, pues —le dice y de camino se lo cuenta todo, y también la enfermera cree que todo va bien y asiente y comenta—: Ya verá cómo no es tan malo. Enseguida lo comprobaremos.

Eso es lo bueno, que acuda alguien con experiencia, y el miedo a la escalera también estaba de más. La enfermera se limita a decir:

—Caramba, ¿hay que subir a la cofa? ¡Usted primero, por favor! —Y trepa tras él con su bolso de cuero como un viejo marinero.

Más tarde, Corderita y la enfermera hablan en voz baja y contemplan al bebé que, como es natural, permanece completamente callado. Entretanto Corderita le dice deprisa a su marido:

—Pero, chico, ¿no te vas? ¡Ya va siendo hora de acudir a la tienda!

—No, esperaré un rato —gruñe—. A lo mejor tengo que traer algo.

Las mujeres desnudan al niño, que sigue callado, le toman la temperatura, no, no tiene fiebre, solo unas décimas, se aproximan con él a la ventana y le abren la boca. Él sigue callado. De pronto la enfermera dice una palabra y Corderita abre los ojos, muy excitada. Después llama, presa del nerviosismo:

—¡Chico, chico, ven, corre! ¡A nuestro bebé le ha salido el primer diente!

Pinneberg se aproxima. Mira la boquita desnuda, las encías de un rosa pálido, pero el dedo de Corderita señala y, efectivamente, ahí hay un pequeño enrojecimiento, una leve hinchazón, y dentro algo afilado parecido al cristal. Como una espina, piensa Pinneberg. ¡Como una espina!

Pero se calla y las dos mujeres lo miran tan esperanzadas que acaba diciendo:

—¡Entonces, se acabó! ¿Así que va todo bien? El primer diente…

Al cabo de un rato, pregunta meditabundo:

—Y ¿cuántos tienen que salirle?

—Veinte —contesta la enfermera.

—¿Tantos? —inquiere Pinneberg— ¿Y siempre gritará igual?

—Depende. No todos lloran con todos los dientes.

—En fin. Al menos sabemos de qué se trata —se consuela Pinneberg.

De repente se echa a reír. Se siente lloroso y feliz, como si hubiera sucedido un acontecimiento trascendental.

—Gracias, enfermera. Gracias. Nosotros no tenemos ni idea. Corderita, dale deprisa de mamar, seguro que tiene hambre. He de irme a la tienda a toda velocidad. Adiós y gracias de nuevo, enfermera. Hasta luego, Corderita. Que te vaya bien, hijito.

Y desaparece.

Tanto da lo uno como lo otro. Los inquisidores y la señorita Fischer. ¡Otro plazo perentorio, Pinneberg!

 

A la tienda a toda velocidad… Ya no hay velocidad que valga. El tranvía tarda en llegar. Cuando al fin se presenta, todos los semáforos están en rojo y Pinneberg se siente desfallecido a causa de las preocupaciones de la noche, la alegría de que el bebé tenga un diente y no esté enfermo se disipa. Pero lo asalta otra preocupación que se extiende y se engrandece cada vez más, apoderándose de todo: ¿Qué dirá Jänecke de su retraso?

—Veintisiete minutos de retraso… Pinneberg. —El portero lo apunta. No tuerce el gesto, todos los días llegan tarde algunos. Unos lo acosan con ruegos, este está pálido.

Pinneberg consulta su reloj.

—Pues en el mío no son más que y veinticuatro.

—Y veintisiete —repite, tajante, el portero—. Aparte de que tanto da una cosa como la otra: veintisiete o veinticuatro.

En eso tiene razón.

Gracias a Dios al menos no está Jänecke en el departamento. Gracias a Dios, el día no empezará con una bronca.

Pero sí que empieza en el acto. Ahí está el señor Kessler, el compañero Kessler, ese hombre tan solícito con los intereses de Mandel. Dirigiéndose hacia Pinneberg, le ordena:

—Vaya usted ahora mismo a la Oficina de Personal a ver al señor Lehmann.

—Sí —contesta el aludido—. Bien. —Tiene la necesidad de decir algo, de demostrar precisamente al tal Kessler que no tiene miedo, aunque lo tenga—. Se va a armar una buena. He llegado un poco tarde.

Kessler contempla a Pinneberg, sonríe, no muy llamativamente, pero con los ojos sonríe sin rebozo. Se limita a mirar a Pinneberg sin decir palabra. Después da media vuelta y se marcha.

Pinneberg baja a la planta baja y cruza el patio. La señorita Semmler, vestida de amarillo y entrada en años, todavía sigue allí. Cuando Pinneberg entra, ella permanece en una postura inequívoca junto a la puerta del despacho del señor Lehmann. La puerta está solo entornada. La mujer, dando un paso hacia Pinneberg, advierte:

—¡Señor Pinneberg! Espere.

Luego coge un expediente, lo abre, retrocede un paso, vuelve a situarse junto a la puerta y, como es natural, examina el expediente.

Del despacho del señor Lehmann salen voces: la dura y precisa, Pinneberg la conoce, pertenece al señor Spannfuss. Así que no solo el señor Lehmann, también el señor Spannfuss, y fíjate, ahora resuena además la voz del señor Jänecke. Un instante de silencio y una chica joven dice algo, muy bajito, mientras solloza al mismo tiempo.

Pinneberg mira enfadado a la puerta y a la Semmler, carraspea y hace un movimiento: ¡que cierre la puerta! Pero la Semmler dice sin rodeos:

—¡Chiiiist!

¡Vaya con la Semmler, tiene los mofletes colorados!

Se oye la voz del señor Jänecke.

—Bueno, en cualquier caso, señorita Fischer, reconoce que mantiene relaciones con el señor Matzdorf, ¿verdad?

Sollozos.

—Tiene que contestarnos —la exhorta el señor Jänecke con tono benevolente—. ¿Cómo puede formarse una opinión el señor Spannfuss si usted se muestra tan obstinada y ni siquiera reconoce la verdad? —Pausa—. Y al señor Lehmann tampoco le gusta nada su actitud —añade.

La señorita Fischer solloza.

—¿No es verdad entonces, señorita Fischer —insiste, paciente, el señor Jänecke—, que mantiene relaciones con el señor Matzdorf?

Sollozos. Silencio.

—¿Lo ve? ¿Lo ve? —exclama un acalorado señor Jänecke—. Eso está bien. Nosotros lo sabemos todo, pero usted ganaría una enormidad si fuese franca y reconociera sus faltas. —Y tras una breve pausa, el señor Jänecke prosigue—: En fin, señorita Fischer, díganos entonces qué se figuraba usted…

La señorita Fischer solloza.

—Porque tenía usted que figurarse algo. Oiga, si no me equivoco, usted está empleada aquí para vender medias. ¿Creía que la habían contratado para relacionarse con los demás empleados?

No hay respuesta.

—¿Y las consecuencias? —pregunta de pronto el señor Lehmann, con voz apremiante y chillona—. ¿Acaso no pensó en las consecuencias? ¡Solo tiene diecisiete años, señorita Fischer!

Obstinado silencio. Pinneberg da un paso hacia la puerta. La señorita Semmler mira a Pinneberg, biliosa, enfurecida y, sin embargo, triunfal.

Pinneberg dice iracundo:

—La puerta…

Entonces, dentro, estalla la voz femenina, gritando entre sollozos:

—Pero es que no me relaciono así con el señor Matzdorf. Soy amiga suya… pero no mantengo relaciones… —Sus palabras quedan ahogadas por el llanto.

—Miente —oye decir Pinneberg al señor Spannfuss—. Miente, señorita, la carta dice que salía usted de un hotel. ¿O prefiere que pidamos informes al hotel?

—El señor Matzdorf lo ha confesado todo —ruge el señor Lehmann.

—¡Cierre la puerta! —repite Pinneberg.

—Deje ya de darse pisto —replica, furiosa, la señorita Semmler.

Dentro, la joven exclama:

—Jamás me he visto con él en esta casa!

—¡Vamos, vamos! —dice el señor Spannfuss.

—¡No, seguro que no… seguro que no! El señor Matzdorf trabaja en la cuarta planta y yo en la planta baja. Es imposible que podamos vernos.

—¿Y a la hora de comer? En la cantina…

—Tampoco —se apresura a contestar la señorita Fischer—. Tampoco. Sin duda alguna. El señor Matzdorf come a una hora muy distinta a la mía.

—¡Vaya! —exclama el señor Jänecke—. En cualquier caso parece que está muy bien informada y seguro que sentiría mucho que no le cuadre mejor.

—¡Lo que yo haga fuera de esta casa es asunto mío! —exclama la joven, que ha dejado de llorar.

—En eso se equivoca —replica el señor Spannfuss, muy serio—. Es un error suyo, señorita. Los grandes almacenes Mandel la alimentan, la visten, posibilitan su sustento. Cabría esperar que usted, en todas sus acciones, pensase primero en los grandes almacenes Mandel.

Larga pausa.

—Se ven ustedes en un hotel —añade—. Allí podría verlos cualquier cliente. A este le resultaría penoso, a usted también y para la empresa supondría un perjuicio. Usted, permítame hablarle con absoluta franqueza, podría quedar en estado y, según la legislación actual, tendríamos que seguir empleándola, otro perjuicio. Al vendedor le cargarían la pensión alimenticia, su sueldo no alcanzaría, tendría continuos problemas, vendería mal… un nuevo perjuicio. Ha actuado usted hasta tal punto —dice el señor Spannfuss con énfasis— contra los intereses de la firma Mandel que…

Nueva y larga pausa. La señorita Fischer permanece silenciosa. Después el señor Lehmann dice presuroso:

—Dado que ha atentado contra los intereses de la empresa, el párrafo siete del contrato de empleo nos autoriza a despedirla sin preaviso y hacemos uso de ese derecho. Queda usted despedida, señorita Fischer.

Silencio. No se oye ni una mosca.

—Pase aquí al lado, a la Oficina de Personal para que le entreguen sus papeles y el finiquito.

—Un momento —dice el señor Jänecke. Y muy deprisa—: Para que no piense que somos injustos con usted, el señor Matzdorf, como es natural, también será despedido fulminantemente.

La señorita Semmler está junto a su mesa. Del despacho del señor Lehmann sale una chica joven, con los ojos enrojecidos y la cara muy pálida, que pasa junto a Pinneberg.

—Tienen que entregarme mis papeles —le dice a la señorita Semmler.

—Entre usted —indica la señorita Semmler a Pinneberg.

Pinneberg obedece. Su corazón late con fuerza. Y ahora yo, piensa. Y ahora yo.

Pero todavía no le toca el turno, los caballeros agrupados en torno al escritorio se comportan como si él no existiera.

—¿Es necesario cubrir el puesto? —inquiere el señor Lehmann.

—No podemos ahorrárnoslo del todo —responde el señor Spannfuss—. Pero ahora, en esta época tan floja, ya lo harán los demás. Cuando la cosa se anime, contrataremos a alguien para echar una mano. Hay gente a montones.

—Muy bien —dice el señor Lehmann.

Los tres levantan la vista y miran a Pinneberg. Este avanza tres pasos.

—Preste atención, Pinneberg —dice Spannfuss con un tono completamente distinto: ya no se muestra preocupado, serio, paternal, sino grosero—. Hoy ha vuelto a llegar usted media hora tarde. No acabo de comprender qué se figura usted. Seguramente quiere darnos a entender que le da igual la firma Mandel, que le importa un rábano. ¡Pues por nosotros que no sea, joven…!

Esboza un movimiento ampuloso en dirección a la puerta.

En realidad. Pinneberg pensaba que todo daba igual, que le iban a echar. Pero de repente renace la esperanza y dice en voz muy baja y abatida:

—Le pido disculpas, señor Spannfuss, mi hijo se ha puesto enfermo esta noche y he tenido que salir corriendo a buscar una enfermera…

Mira a los tres con aire desvalido.

—Así que su hijo —replica el señor Spannfuss—. Esta vez se ha puesto enfermo su hijo. Hace cuatro semanas, ¿o fueron diez?, faltó usted una eternidad por causa de su mujer. Dentro de dos semanas seguramente fallecerá su abuela y un mes más tarde su tía se romperá una pierna…

Se detiene. Después añade con renovada energía:

—Sobrevalora usted el interés que la firma siente por su vida privada. Su vida privada carece de interés para Mandel. Haga el favor de resolver sus historias fuera del horario comercial. —Otra pausa antes de proseguir—: ¡Es la empresa la que posibilita su vida privada, caballero! Primero es la empresa, segundo la empresa, y tercero la empresa, y luego puede hacer usted lo que se le antoje. ¡Vive gracias a nosotros, caballero, nosotros le hemos librado de la preocupación por el sustento, ¿lo entiende? Y a fin de mes usted se presenta puntualmente aquí abajo a cobrar.

Leve sonrisa que los otros mandamases secundan. Pinneberg sabe que también él debería sonreír ahora, pero ni con su mejor voluntad lo consigue.

El señor Spannfuss concluye:

—Así que recuerde que a la próxima falta de puntualidad lo echaremos a la calle sin previo aviso. Entonces podrá comprobar lo bien que sienta ir a sellar la cartilla del paro. Hay tantos… Nos entendemos, ¿verdad, señor Pinneberg? Este lo observa en silencio.

El señor Spannfuss sonríe.

—Su mirada es de lo más expresiva, señor Pinneberg. Pero me gustaría escuchar su confirmación verbal. ¿Nos entendemos?

—Sí —contesta Pinneberg en voz baja.

—Bien, puede irse.

Pinneberg se marcha.

Otra vez la señora Mia. ¡Esas maletas son mías! ¿Vendrá la policía?

 

Corderita está en su pequeño castillo, zurciendo calcetines. El bebé duerme en su cuna. Se siente muy triste, en los últimos tiempos ve a su chico mal, trastornado, deprimido, colérico, indiferente… Hace poco quiso homenajearlo y le dio un huevo con patatas fritas. Cuando lo puso en la mesa, comenzó a gritar como una fiera que si eran millonarios. Que él no paraba de preocuparse, ¿y ella…?

Después se pasa días y días callado y triste, le habla con mucha suavidad, pidiendo perdón con toda su alma. No tendría que pedirle perdón, no hace falta. Ellos dos son uno, nada puede interponerse, una palabra apresurada puede lastimar, pero no destruir.

Solo que antes todo era diferente. Eran jóvenes, estaban enamorados, una banda radiante, una brillante veta de plata lo recorría todo, incluso la roca más oscura. Hoy todo está triturado, reducido a montañas de escombros oscuros, entre los que se percibe algún grumo reluciente. Y más escombros. Y otra brizna de resplandor. Todavía son jóvenes, todavía se quieren, ay, quizá se quieren incluso más que antes, se han acostumbrado el uno al otro… pero se avecina tormenta. ¿Puede reír la gente como nosotros? ¿Cómo se puede reír, reír de verdad, en un mundo semejante con saneados dirigentes de la vida económica que han cometido mil errores y gentes anónimas, humilladas, pisoteadas, que siempre se esfuerzan cuanto pueden?

La verdad es que debería haber un poco más de justicia, se dice Corderita.

Y justo cuando lo está pensando, estalla un griterío en el exterior: es Puttbreese discutiendo con una mujer.

A Corderita la voz femenina clara y aguda le resulta conocida, de manera que escucha con atención, ah, no, pues no la conoce, esos de ahí abajo parece que negocian por un armario.

En ese preciso instante la llama Puttbreese.

—¡Joven! —grita—. ¡Señora Pinneberg! —vocifera.

Corderita se levanta, sale a la escalera y mira hacia abajo. Vaya, pues resulta que sí era la voz. Allí abajo, con el maestro Puttbreese, está su suegra, la señora Pinneberg sénior, y no parecen que hagan buenas migas.

—La vieja desea verla —dice el maestro, señalándola con su enorme pulgar antes de largarse echando chispas.

Tan cabreado que cierra la puerta exterior y las dos se quedan en penumbra. Los ojos, sin embargo, se acostumbran y Corderita vuelve a ver abajo el traje de chaqueta marrón con el elegante sombrero, la cara muy blanca, mofletuda.

—Buenos días, mamá. ¿Has venido a vernos? El chico no está.

—¿Pretendes hablar conmigo desde ahí arriba? ¿Por qué no me dices cómo se sube a vuestra casa?

—Por la escalera, mamá —responde Corderita—. La tienes delante.

—¿Es la única posibilidad?

—La única, mamá.

—Maravilloso. De paso me encantaría saber por qué os marchasteis de mi casa. Bueno, ahora hablaremos de ese asunto.

Sube la escalera sin dificultad, la señora Pinneberg sénior no es así en absoluto. Está encima del techo del cine, observa las vigas polvorientas, la oscuridad.

—¿Vivís aquí?

—No, mamá, ahí, detrás de la puerta. ¿Puedo enseñártelo?

Abre la puerta, la señora Pinneberg entra y escudriña a su alrededor.

—Hmmm, al fin y al cabo cada uno sabe mejor que nadie adónde pertenece. Yo prefiero Spenerstrasse.

—Claro, mamá —dice Corderita. Si su chico no hace horas extra, llegará dentro de un cuarto de hora. La joven lo echa mucho de menos—. ¿Quieres quitarte la chaqueta?

—No, gracias. Solo me quedaré dos minutos. No hay motivo para visitas. ¡Después de cómo me tratasteis!

—Nos dio mucha pena… —comienza a decir Corderita, titubeante.

—¡Pues a mí no! ¡A mí no! —declara la señora Pinneberg—. No diré ni una palabra más al respecto. Pero fuisteis muy desconsiderados al dejarme en la estacada, de repente, sin ninguna ayuda en casa. Además, ¿habéis tenido un bebé?

—Sí, hace medio año. Se llama Horst.

—Horst. Como es natural, no pudisteis tener un poco de cuidado, ¿eh?

Corderita mira con firmeza a su suegra. Ahora miente, pero esta vez la entereza de su mirada no trasluce temor.

—Pues sí, pudimos, pero no quisimos.

—Ya. En fin, vosotros sabréis mejor que nadie si os lo permiten las circunstancias. En cualquier caso, me parece una inconsciencia traer un niño al mundo sin ningún futuro. Pero, por favor, si os divierte, por mí como si tenéis una docena. —Se aproxima a la cuna y contempla al bebé con expresión furiosa.

Corderita se ha dado cuenta hace mucho de que ese día no hay nada que hacer. En otras ocasiones su suegra se había portado medianamente bien, al menos con ella, pero hoy… Sencillamente busca pelea. A lo mejor es preferible que su chico tarde en venir.

La señora Pinneberg ha terminado de inspeccionar al bebé.

—¿Qué es? ¿Niño o niña?

—Niño —contesta Corderita—. Horst.

—¡Claro! —exclama la señora Mia Pinneberg—. Lo pensé al momento Parece tan poco inteligente como su padre. Pero, bueno, si a ti te divierte…

Corderita calla.

—Mi querida niña —la señora Pinneberg se desabrocha la chaqueta y toma asiento—, no tiene sentido ponerse de morros conmigo. Te digo lo que pienso. Caramba, ahí está el bonito tocador. Parece que sigue siendo vuestro único mueble. A veces creo que debería ser más amable con el chico, mentalmente no es normal. Un tocador… —murmura mirando ese pobre objeto, es un milagro que no le salgan ampollas de tanta mirada.

Corderita calla.

—¿Cuándo viene Jachmann? —pregunta de improviso la señora Pinneberg, con tal dureza que Corderita da un respingo.

La señora Pinneberg está satisfecha.

—¿Ves? Yo me entero de todo, también he descubierto vuestro escondite, lo sé todo. ¿Cuándo viene Jachmann?

—El señor Jachmann estuvo aquí una o dos noches hace muchas semanas —le informa Corderita—. Desde entonces no ha vuelto.

—¡Ya! —dice sarcástica la señora Pinneberg—. ¿Y dónde está ahora?

—No lo sé —responde Corderita.

—Ya, no lo sabes. —La señora Pinneberg se controla poco a poco, pero se va acalorando. Se quita la chaqueta—. ¿Cuánto os paga para que mantengáis la boca cerrada?

—No pienso contestar a eso —replica Corderita.

—Voy a mandarte a la policía, querida —amenaza la señora Pinneberg—. Ya contestarás entonces. Pero al menos ese fullero, ese estafador os habrá contado que está en busca y captura, ¿o te ha dicho que vive aquí por amor a ti?

Corderita Pinneberg, junto a la ventana, clava la vista en el exterior. No, es mejor que su chico regrese pronto, ella no es capaz de echar a su madre. Él sí.

—Ya veréis cómo también os engaña a vosotros. Engaña a todo el mundo. Lo que me ha hecho a mí…

La voz de la señora Pinneberg suena distinta.

—No he visto al señor Jachmann desde hace más de dos meses —informa Corderita.

—Corderita —dice la señora Pinneberg—, ¡Corderita, si sabes dónde está, dímelo! —Hace una pausa—. Corderita, dímelo, por favor, ¿dónde está?

Corderita se gira y mira a su suegra.

—No lo sé. ¡De veras que no lo sé, mamá!

Se miran ambas.

—Bien —concluye la señora Pinneberg—. Te creo. Te creo, Corderita. ¿De verdad que solo estuvo aquí dos noches?

—Creo que solo fue una —precisa Corderita.

—Y ¿qué dijo de mí? Cuéntame, ¿despotricó mucho de mí?

—Nada. Ni una palabra —responde Corderita—. Conmigo no habló nada de ti.

—Ya —dice la suegra—. Ni una palabra —mira hacia delante—. Por cierto, vuestro hijo es muy guapo. ¿Ya habla?

—¿Con seis meses, mamá?

—¿No? ¿Todavía no hablan a esa edad? Se me ha olvidado todo, seguramente nunca lo supe bien. Pero…

La mujer hace una larga pausa, que se va alargando y alargando. Hay algo pavoroso en ella: ira, miedo, amenaza…

—¡Ahí! —exclama la señora Pinneberg señalando las maletas depositadas encima del armario—. Esas son las maletas de Jachmann. Las conozco. Son sus maletas. ¡Mentirosa, mentirosa rubia y de ojos azules, y yo que te había creído! ¿Dónde está? ¿Cuándo viene? ¡Tú, tú te lo has quedado para ti! Y ese imbécil de Hans, ¿está de acuerdo? ¿Dónde se ha metido?

—Mamá… —musita Corderita, consternada.

—Esas maletas son mías. Él ha contraído deudas conmigo, cientos, miles, las maletas me pertenecen. Si las tengo yo, volverá…

Arrastra una silla hasta el ropero.

—Mamá… —dice Corderita temerosa, e intenta impedírselo.

—¡Suéltame! ¡Suéltame ahora mismo! ¡Estas maletas son mías!

Se sube a la silla, tira del asa de la primera maleta, tiene delante el copete del armario.

—¡Dejó aquí las maletas! —grita Corderita.

La mujer no oye. Tira con fuerza. El copete del armario se rompe, la maleta se desploma. Pesa mucho, no puede sostenerla, cae, golpea la cuna, estrépito, el crío empieza a llorar.

—¡Deja eso inmediatamente! —grita Corderita con los ojos llameantes, mientras corre hacia el niño—. Te voy a echar…

—Son mis maletas —grita su suegra tirando de la segunda. Corderita, con el niño en brazos llorando, se controla, tiene que dar de mamar al crío dentro de media hora y no debe alterarse.

—Deja las maletas, mamá —le aconseja—. No te pertenecen, se quedarán aquí.

Y al niño, tarareando:

—Ea, ea, ea, pan de la aldea, sopitas con pan qué ricas están.

—Suelta las maletas, mamá —grita de nuevo.

—Ya verás lo que se va a alegrar ese cuando venga esta noche a vuestra casa.

Cae la segunda maleta.

—¡Ah, ya está aquí! —se gira hacia la puerta, que se abre.

Pero el recién llegado no es Jachmann, sino Pinneberg.

—¿Qué pasa aquí? —pregunta en voz baja.

—Mamá pretende llevarse las maletas del señor Jachmann —le explica Corderita—. Afirma que son suyas, que el señor Jachmann le debe dinero.

—Eso que lo arregle mamá directamente con Jachmann, las maletas se quedan aquí —asegura Pinneberg. Y en esta ocasión Corderita admira el autocontrol de su marido.

—No faltaría más —dice la señora Pinneberg—, ya me figuraba que apoyarías a tu mujer. Los Pinneberg siempre han sido unos mentecatos. Debería darte vergüenza, menudo guiñapo…

—Chiquito —le ruega Corderita.

Pero no es necesario.

—Ya va siendo hora de que te vayas, mamá —dice Pinneberg—. No, suelta las maletas. ¿Crees que conseguirías bajarlas por la escalera en contra de mi voluntad? Eso es, un pasito más. ¿Quieres despedirte de mi mujer? Bah, no hace falta.

—¡Os echaré encima a la policía!

—Ten cuidado, mamá, estás en el umbral.

La puerta se cierra. Corderita oye alejarse el barullo, canta su nana.

—Ojalá no le haya afectado mi leche —se destapa el pecho, el crío sonríe y se relame.

Después —el niño ya está mamando— su chico regresa.

—Bueno, ya se ha ido. Siento curiosidad por saber sí nos denunciará a la policía. Cuenta, ¿qué ha pasado?

—Has estado magnífico, chiquito —reconoce Corderita—. Nunca te habría creído capaz. Te has controlado de maravilla.

Pero ahora que lo alaba con razón, se siente avergonzado.

—Bah, déjate de cuentos. ¿Qué ha pasado? ¡Cuéntalo ya!

Su mujer se lo cuenta.

—Es posible que estén buscando a Jachmann. Yo así lo creo. Pero si es cierto, mamá también está en el ajo. En ese caso no mandará a la policía. Aparte de que ya tendría que estar aquí.

Los Pinneberg se sientan y esperan. Tras darle de mamar, acuestan al bebé en su cuna y se queda dormido.

Pinneberg coloca de nuevo las maletas encima del armario, le pide al maestro cola de carpintero y pega el copete. Corderita prepara la cena.

No se presenta la policía.

Schlüter, el actor, y el hombre joven de Ackerstrasse. Todo ha terminado

 

Un veintinueve de septiembre Pinneberg se encuentra detrás de su mostrador en los grandes almacenes Mandel. Es veintinueve de septiembre, al día siguiente será treinta y septiembre no tiene treinta y uno. Pinneberg hace cuentas, ahí plantado con expresión muy sombría, algo grisácea. De vez en cuando saca del bolsillo una nota en la que apunta su recaudación diaria, la mira y suma.

La verdad es que no hay mucho que sumar. El resultado siempre es el mismo: para cubrir su cupo Pinneberg tiene que vender entre ese día y el siguiente por valor de quinientos veintitrés marcos con cincuenta.

Es imposible, pero tiene que conseguirlo a toda costa, porque si no ¿adónde iría con Corderita y el crío? Es imposible, pero cuando los hechos parecen fijados sin remisión, uno espera un milagro. De nuevo es como antaño, en los tiempos antiquísimos del colegio: Heinemann, el cerdo, devuelve los exámenes de francés y el alumno Johannes Pinneberg reza debajo de su pupitre: «¡Querido Dios, haz que solo tenga tres faltas! » (aunque sabe a ciencia cierta que son siete).

El vendedor Johannes Pinneberg reza: ¡Ay, querido Dios, haz que venga alguien que compre un frac. Y una bata. Y un… un…

Se acerca su compañero Kessler.

—¿Qué, Pinneberg, cómo van sus ventas?

Pinneberg no levanta la vista.

—Bien, gracias. Estoy satisfecho.

—Aaah —dice Kessler, alargando mucho la palabra—. Aaah.

Pues me alegro. Porque ayer, cuando usted falló, Jänecke dijo que iba usted tan retrasado que pensaba despedirlo.

—Gracias, gracias —contesta Pinneberg—. Estoy satisfecho. Seguramente Jänecke solo pretendía estimularme un poco. Por cierto, ¿usted cómo va?

—Oh, por este mes he cumplido. Por eso le preguntaba. Quería ofrecerle algo.

Pinneberg guarda silencio. Odia a ese hombre, Kessler es un individuo rastrero, presuntuoso. Lo odia tanto que ni siquiera ahora es capaz de dirigirle la palabra, no quiere rogarle. Tras una larga pausa, dice:

—Bueno, en ese caso ha acabado usted bien.

—Pues sí, ya no tengo que deslomarme. No necesito vender nada más en estos dos días —informa Kessler orgulloso, mirando a Pinneberg con aire de superioridad.

Y tal vez Pinneberg habría acabado abriendo la boca para rogarle, pero en ese momento un hombre se acerca a ambos.

—¿Serían tan amables de enseñarme un batín? Algo muy abrigado, práctico. El precio no es importante. Pero tiene que ser de colores discretos.

El señor entrado en años mira a ambos vendedores, y Pinneberg cree que especialmente a él. Por eso contesta:

—Ahora mismo, sígam…

Pero su colega Kessler lo interrumpe:

—Si es usted tan amable de acompañarme, caballero… Tenemos excelentes batines de lanilla, con estampados discretos en tonos apagados. Venga…

Pinneberg los sigue con la mirada mientras piensa: así que Kessler ha cumplido, pero me quita los clientes. Habrían sido treinta marcos, Kessler…

El señor Jänecke pasa junto a Pinneberg.

—¿Otra vez ocioso? Todos venden menos usted. Tengo la impresión de que casi añora ir a sellar la cartilla del paro.

Pinneberg mira al señor Jänecke… En realidad debería hacerlo con ira, pero se siente tan indefenso, tan derrotado, que las lágrimas afloran a sus ojos y susurra:

—Señor Jänecke… Ay, señor Jänecke…

Y mira tú por dónde, el señor Jänecke, el malvado y feo señor Jänecke, capta la tristeza y el desamparo de la criatura.

Y dice para animarlo:

—Vamos. Pinneberg, no tire la toalla. Todo se arreglará. Al fin y al cabo, nosotros tampoco somos tan inhumanos, a veces también se puede hablar con nosotros. Una racha de mala suerte la tiene cualquiera.

Jänecke se aparta apresuradamente, porque en ese momento llega un caballero que parece un vendedor, un caballero de rostro expresivo y muy marcado. No, ese hombre no puede ser un vendedor, viste traje a medida. Ese no comprará nada de confección.

El hombre, sin embargo, se dirige directamente a Pinneberg. Este cavila de qué conoce al hombre, porque lo conoce, solo que antes tenía un aspecto completamente distinto, y el recién llegado le dice a Pinneberg, tocándose el ala del sombrero:

—¡Le saludo, señor mío! ¡Le saludo! ¿Me permite preguntarle si posee usted cierta dosis de imaginación?

Ese hombre tiene una forma de hablar impresionante, acentúa la «R», además tampoco baja la voz, parece darle igual que otros puedan escuchar.

—Tejidos de fantasía —responde Pinneberg sofocado—. Segunda planta.

El hombre ríe, ríe con un ja-ja-ja muy acentuado, ríe todo su semblante, toda su persona, y después enmudece, de golpe es solamente expresivo y sonoro.

—No me refiero a eso —rectifica el hombre—. Le pregunto si tiene usted imaginación. Si, por ejemplo, mira ese armario con los pantalones, ¿puede imaginarse que se posa encima un jilguero y canta?

—Difícilmente —contesta Pinneberg con una leve sonrisa mientras prosigue sus cavilaciones: ¿de qué conoces a este perro loco? ¡Solo es un farolero!

—Difícilmente —repite el hombre—. Eso es malo. Bien, sin duda en su ramo mantiene usted poca relación con pájaros, ¿no? —Vuelve a soltar su estruendoso ja-ja-ja.

Y Pinneberg sonríe con él, aunque ahora experimenta cierto temor. Los vendedores no pueden dejar que les tomen el pelo, deben ser suaves pero enérgicos a la hora de librarse de los borrachos como ese. Porque el señor Jänecke continúa detrás de los abrigos.

—¿En qué puedo servirle? —pregunta Pinneberg.

—¡Servirle! —exclama el otro, despectivo—. ¡Servirle! ¡Nadie es sirviente de nadie! Pero… otra cosa. Imagínese que se le acerca un joven, digamos que de la Ackerstrasse, sobrado de pasta y que desea transfigurarse en esta casa, convertirse en un hombre nuevo de la cabeza a los pies, ¿puede usted decirme qué prendas escogería ese joven?

—Claro que sí —responde Pinneberg—. Nos suele suceder a veces.

—Ya lo ve —dice el hombre—. ¡No hay que perder la esperanza jamás! Así que tiene usted imaginación. ¿Qué telas escogería ese chico de la Ackerstrasse?

—Lo más claras posible, llamativas —asegura Pinneberg—. De cuadros grandes. Pantalones muy anchos. Chaquetas muy entalladas. Tendría que enseñárselo…

—Excelente —alaba el otro—. Realmente excelente. Pero tiene que enseñármelo ahora. A ese joven de la Ackerstrasse le sobra el dinero y quiere convertirse en un hombre completamente nuevo.

—Sígame… —Le ruega Pinneberg.

—Un momento —dice el otro levantando la mano—. Para que se haga una idea. Observe, así se le acercaría el joven de la Ackerstrasse…

El hombre parece completamente transformado. Exhibe un rostro descarado, depravado. Y al mismo tiempo cobarde, medroso, con los hombros encogidos, el cuello acortado… ¿No se olerá la porra de goma de un policía en las cercanías?

—Y ahora, cuando se ha puesto un buen traje…

Súbitamente su rostro se transfigura. Sí, todavía es descarado y desvergonzado, pero la flor se vuelve hacia la luz, el sol ha salido, un sol radiante. Uno también puede ser simpático, puede permitirse ese lujo, no importa.

—¡Usted es… usted es el señor Schlüter! —exclama Pinneberg, atónito—. ¡Lo he visto en el cine! ¡Dios santo, mira que no haberme dado cuenta en el acto!

El actor está henchido de satisfacción.

—¡Ajajá! ¿Y en qué película me ha visto?

—¿Cómo se titulaba? Usted hacía de cajero de banco y su mujer pensaba que usted cometía un desfalco para ella, cuando en realidad el dinero se lo daba el meritorio, que era amigo suyo…

—Ya conozco la trama —dice el actor—. ¿Así que le gustó? Estupendo. Y ¿qué es lo que más le gustó de mí?

—Pues, bueno, tantas cosas… Pero quizá lo mejor fue, ya sabe, cuando usted regresa a la mesa. Usted ha ido al servicio…

El actor asiente.

—Y entretanto el meritorio le ha contado a su mujer que usted no ha hecho ningún desfalco y ellos se ríen de usted. De repente usted se convierte en un hombre insignificante y anónimo y se desinfla, fue terrible.

—Así que eso fue lo más bonito. ¿Puede decirme por qué? —prosigue, insaciable, el actor.

—Porque… ay, sabe usted, me sentí, por favor, no se ría, fue igual que nosotros. A nosotros, la gente corriente, ahora no nos va muy bien, ¿entiende?, y a veces es como si la vida entera nos mirase con burla, ¿comprende?, y te vuelves tan insignificante…

—La voz del pueblo —murmura el actor—. Pero de cualquier modo es un enorme honor para mí, señor… ¿Cómo se llama?

—Pinneberg.

—La voz del pueblo, Pinneberg. Muy bien, hombre, y ahora pasemos a las cosas serias de la vida y escojamos el traje. Lo que me han enseñado los de vestuario es una birria. Veamos a continuación…

Y ven. Rebuscan prendas durante media hora, una hora. Se apilan formando montañas, Pinneberg nunca se ha sentido tan feliz de ser vendedor.

—Muy bien, hombre —masculla entre dientes de vez en cuando el actor Schlüter.

No se impacienta al probarse. El decimoquinto pantalón que se prueba no le basta y espera, impaciente, el decimosexto.

—Muy bien, Pinneberg —masculla entre dientes.

Al final terminan, tras probarse todo lo que podía gustar al joven de la Ackerstrasse. Pinneberg se siente feliz, espera que el señor Schlüter quizá se lleve algo más que un buen traje, incluso el abrigo marrón rojizo de cuadros lilas. Pinneberg pregunta con el alma en vilo:

—Y ¿qué debo anotar ahora, señor Schlüter?

El actor enarca las cejas.

—¿Anotar? En fin, ya sabe, en realidad solo deseaba ver. No comprar. No ponga usted esa cara. Le he dado trabajo. Le enviaré entradas para el próximo estreno. Como tiene novia, dos.

Pinneberg dice deprisa y en voz baja:

—Señor Schlüter, se lo ruego, compre ropa, por favor. Escuche, usted tiene mucho dinero, gana tantísimo, por favor, compre. Si se va sin comprar nada, me echarán la culpa y me despedirán.

—Qué extraño es usted —replica el actor—. ¿Por qué voy a comprar ropa? ¿Por usted? ¿Quién me regala algo a mí?

—Señor Schlüter —argumenta Pinneberg levantando la voz—, lo vi en la película, interpretaba a un pobre hombre anónimo. Usted sabe cómo se siente la gente como yo. Yo también tengo mujer e hijo. El niño aún es muy pequeño y alegre… pero si me despiden…

—Por Dios —lo corta el señor Schlüter—, eso son asuntos privados. No voy a comprar trajes que no necesito para que su hijo esté de buen humor.

—Señor Schlüter, hágalo por mí —suplica Pinneberg—. He estado una hora con usted. Compre al menos este traje. Es puro cheviot, duradero, le satisfará…

—Haga el favor de acabar de una vez —dice el señor Schlüter—, me aburre tanta pamema.

—Señor Schlüter —ruega Pinneberg apoyando la mano en el brazo del actor, que intenta irse—, la empresa nos fija una cuota, tenemos que vender una cantidad determinada o seremos despedidos. A mí me faltan quinientos marcos. Por favor, compre algo, se lo ruego. ¡Ya sabe cómo nos sentimos, usted interpretó ese papel!

El actor retira de su brazo la mano del vendedor.

—Oiga, joven, no le tolero que me agarre —replica a voces—. Me importa un comino lo que me cuenta.

De pronto, el señor Jänecke viene hacia él.

—Dispense, soy el jefe de sección.

—Y yo Franz Schlüter, el actor…

El señor Jänecke se inclina.

—Tienen aquí unos vendedores la mar de raros. Te violentan para que les compres. Este hombre afirma que ustedes les obligan a eso. Habría que escribir sobre el asunto en los periódicos, ese método es chantaje…

—Este hombre es muy mal vendedor —argumenta el señor Jänecke—. Ya ha sido advertido varias veces. Lamento en el alma que le haya atendido él. Ahora lo despediremos, por inepto.

—Bueno, tampoco es para tanto, querido señor, no se lo exijo, aunque me ha agarrado…

—¿Que le ha agarrado? Señor Pinneberg, vaya inmediatamente a la Oficina de Personal y pida el finiquito. Y en lo que respecta a esos chismorreos sobre la cuota, sepa que todo es mentira, señor Schlüter. Hace tan solo dos horas le he advertido a este caballero que si no lo consigue, no pasa nada, que tampoco es tan grave. Un hombre incapaz, le pido mil perdones, señor Schlüter.

Pinneberg permanece inmóvil, siguiéndolos con la vista.

Se ha quedado parado y los sigue con la vista.

Todo, todo ha terminado.

 

Epílogo

LA VIDA SIGUE

 

¿Se debe robar madera? Corderita gana mucho y da trabajo a su chico

 

Nada termina: la vida sigue. Todo sigue. Transcurre el mes de noviembre, un año más tarde. Hace catorce meses que Pinneberg dejó de trabajar en Mandel. Es un noviembre oscuro, frío, húmedo, si bien el tejado está intacto. El tejado de la casita de jardín está bien, Pinneberg lo reparó hace cuatro semanas, impermeabilizándolo con alquitrán. Ahora se ha despertado, la esfera luminosa del despertador marca las cinco menos cuarto. Pinneberg escucha la lluvia de noviembre que repiquetea y tamborilea sobre el tejado de la casita de jardín. Resiste, se dice a sí mismo. Lo he arreglado bien. Resiste. Al menos la lluvia no podrá con nosotros.

Se dispone a dar media vuelta, satisfecho, y seguir durmiendo, cuando recuerda el ruido que le ha despertado: el chirrido de la puerta del huerto. ¡Eso significa que Krymna llamará enseguida! Pinneberg agarra por el brazo a Corderita, que yace a su lado en la estrecha cama de hierro e intenta despertarla con suavidad. Pero ella se sobresalta.

—¿Qué pasa?

Corderita ya no tiene el alegre despertar de antaño; cuando la despierta a deshora, teme que sea algo malo. Pinneberg oye su respiración agitada.

—¿Qué pasa?

—¡Habla bajo! —susurra Pinneberg—. O despertarás al crío. Todavía no son las cinco.

—Pero ¿qué pasa? —insiste su mujer, un tanto impaciente.

—Viene Krymna —susurra Pinneberg—. ¿No debería quizá acompañarlo?

—No, no, no —contesta Corderita con fervor—. Eso está descartado, ¿me oyes? ¡No! De ningún modo vamos a empezar a robar. Me niego…

—Pero… —objeta Pinneberg.

Fuera llaman a la puerta.

—¡Pinneberg! —grita una voz—. ¿Nos acompañas, Pinneberg?

El interpelado se levanta de un salto, durante un instante vacila.

—Pues… —empieza a decir mientras escucha.

Pero Corderita no responde.

—¡Pinneberg, hombre! ¡Vago! —insiste el de fuera.

Pinneberg va tanteando el camino hacia la veranda, a través de los cristales se divisa el contorno oscuro del otro.

—¡Al fin! ¿Vienes o no?

—Yo… —dice Pinneberg a través de la puerta—, me gustaría…

—O sea, no.

—Compréndelo, Krymna, iría, pero mi mujer… Ya sabes que las mujeres…

—¡O sea, que no! —vocifera Krymna en el exterior—. Pues entonces ¡iremos solos!

Pinneberg lo ve alejarse. Puede distinguir contra el cielo más claro la figura tosca de Krymna. Después la puerta del jardín chirría nuevamente y a Krymna se lo traga la noche.

Pinneberg suspira. Tiene mucho frío, no puede ser bueno estar ahí en camisa. Pero ahí está, aterido.

Dentro llama el crío:

—Pa-pá. Ma-má.

Pinneberg regresa a tientas en completo sigilo.

—Pequeñajo, tienes que dormir —advierte—. Tienes que dormir un ratito todavía.

El niño respira profundamente, el padre oye cómo se prepara en la cama.

—Ñeco —susurra bajito—. Ñeco…

Pinneberg se esfuerza por encontrar a oscuras el muñeco de goma. El crío necesita agarrarlo para dormirse. Encuentra el muñeco.

—Toma, criaturita, aquí tienes a Ñeco. Sostenlo bien fuerte. Y ahora a dormir, pequeñajo.

El niño emite un sonido de satisfacción, de felicidad. No tardará en dormirse.

También Pinneberg regresa a la cama. Como está tan frío, se esfuerza por evitar el contacto con Corderita, no desea asustarla.

Total que se tumba, pero no logra conciliar el sueño, además tampoco merece la pena. Medita en todo lo habido y por haber. En si Krymna se habrá cabreado porque Pinneberg no lo ha acompañado a «buscar madera», en si Krymna puede perjudicarlo mucho en la colonia. Después, en cómo conseguir el dinero para las briquetas ahora que no les darán leña. Después, en que ese día tiene que viajar a Berlín, pues pagan el desempleo. Luego, en que también tiene que reunirse con Puttbreese para entregarle seis marcos. No necesita el dinero, se lo gasta en bebida, es para volverse loco en lo que dilapida la gente el dinero que otros necesitan con tanta urgencia. Después Pinneberg piensa que Heilbutt también tiene que recibir ese día sus diez marcos, con lo que se habrá acabado el dinero del desempleo. De dónde van a sacar para comida, calefacción la semana que viene, el cielo lo sabrá, aunque seguramente tampoco lo sepa…

Llevan así semanas y semanas, meses enteros… Lo más desesperante es que continúe así eternamente. ¿Ha pensado Pinneberg alguna vez en que se ha terminado? Lo peor es que sigue siempre, siempre igual… es algo inconcebible.

Poco a poco Pinneberg entra en calor y se adormila. Todavía conseguirá echar una cabezadita. Dormir siempre compensa. De repente suena el despertador: son las siete. Pinneberg se despierta en el acto, también el crío exclama con ahínco:

—¡Tic-tac, tic-tac, tic-tac! —una y otra vez hasta que silencia el despertador.

Corderita sigue durmiendo.

Pinneberg enciende la pequeña lámpara de petróleo con la pantalla de cristal azul. Comienza el día, la primera media hora tiene mucho que atender. Se apresura de un lado a otro, ahora está en pantalones, el crío pide ca-ca. Y su pa-paíto le lleva la ca-ca, el juguete más bonito, una caja de cigarrillos llena de viejos naipes. El fuego arde en la estufita de hierro, ahora también en el fogón. Pinneberg corre por agua a la bomba del jardín, se lava, prepara el café, corta el pan, lo unta… Corderita sigue durmiendo.

¿Recuerda Pinneberg mientras tanto la película que vio una vez hace mucho, mucho tiempo? En ella la mujer también yacía en la cama, durmiendo plácidamente, mientras el marido se afanaba y atendía… Ay, Corderita no es plácida, Corderita tiene que trabajar todo el día, está pálida y cansada, pero equilibra el presupuesto. Todo es completamente distinto.

Pinneberg viste al niño. Al mismo tiempo dice en dirección a la cama:

—Es la hora, Corderita.

—Sí —contesta obediente mientras comienza a vestirse—. ¿Qué ha dicho Krymna?

—Bah, nada. Estaba furioso.

—Deja que se enfurezca. Nosotros de ningún modo nos meteremos en algo así.

—¿Sabes? —dice Pinneberg con cautela—, no puede pasarte nada. A buscar leña siempre van seis u ocho hombres. Ningún guarda forestal se atreve a acercarse.

—Me da igual —declara Corderita—. Nosotros no nos meteremos en algo así y punto.

—Y ¿de dónde vamos a sacar el dinero para carbón?

—Hoy tengo que zurcir calcetines todo el día en casa de los Krämer. Son tres marcos. Y mañana a lo mejor remiendo la ropa blanca de los Rechlin. Otros tres marcos.

Y la semana que viene tendré tres días ocupados. Yo aquí me muevo mucho.

La estancia parece iluminarse mientras habla, sus palabras son como un soplo de aire fresco.

—Es un trabajo tan esforzado —reconoce el hombre—. Nueve horas zurciendo calcetines, ¡y por tan poco dinero!

—Tienes que contar también la manutención —precisa ella—. En casa de los Krämer me dan comida en abundancia. Por la tarde siempre os traigo algo a vosotros.

—Tu comida debes comértela tú —dice su marido.

—En casa de los Krämer me dan comida en abundancia —repite Corderita.

Ahora ya está completamente claro, ha salido el sol. Pinneberg apaga la lámpara de un soplido y se sientan a la mesa del desayuno. El crío se sienta a veces en el regazo del padre, otras en el de la madre. Se bebe la leche, come el pan, le brillan los ojos por la satisfacción que trae el nuevo día.

—Si vas hoy a la ciudad —dice Corderita—, podrías traer un cuarto de buena mantequilla para él. Creo que no le conviene comer siempre margarina. Le cuesta echar los dientes.

—Pero es que hoy tengo que entregarle también sus seis marcos a Puttbreese.

—Claro que tienes. Y no se te olvide…

—Y también hay que pagar a Heilbutt sus diez marcos del alquiler. Pasado mañana es día uno.

—Cierto —admite Corderita.

—Pues con eso se acabó el dinero del desempleo. Me quedará justo para el transporte.

—Te daré cinco marcos —dice Corderita—. Hoy ganaré tres. Trae la mantequilla y después intenta encontrar plátanos a cinco pfennigs en Alex. Estos ladrones de aquí piden quince. ¿Quién puede pagar semejante dineral?

—Lo haré. Y tú procura no volver muy tarde para no dejar al niño solo mucho tiempo.

—Veré qué puedo hacer. A lo mejor puedo volver a las cinco y media. Tú no te irás hasta la una, ¿verdad?

—Sí —le contesta—. Estoy citado a las dos en la oficina de empleo.

—Todo irá bien —dice la mujer—. La verdad es que me preocupa que el crío se quede tan solo en la casita. Pero nunca ha pasado nada.

—Hasta que pase.

—No digas eso —lo reconviene ella—. ¿Por qué siempre nos van a ocurrir desgracias? Ahora que trabajo zurciendo y remendando, no nos va nada mal.

—No —dice él despacio—. No, claro que no.

—¡Vamos, chico! —exclama—. Las cosas cambiarán. Mantente firme. Todo se arreglará.

—Yo no me casé contigo —argumenta, obstinado— para que me mantengas.

—Y no lo hago. ¿Con mis tres marcos? ¡Menudo disparate! —reflexiona— Escucha, chico, podrías ayudarme en algo —vacila—. No es muy agradable, pero supondría una gran ayuda para mí.

—¿Sí? —pregunta, esperanzado—. ¡Lo que quieras!

—Ya sabes que hace tres semanas estuve remendando en casa de los Rusch, en la Gartenstrasse. Dos días, seis marcos. Todavía no he cobrado.

—¿Quieres que vaya yo?

—Sí —contesta Corderita—. Pero prométeme que no armarás ningún escándalo.

—No, mujer. Traeré el dinero.

—Muy bien —se alegra ella—. Me quitas un peso de encima. Y ahora he de irme. Adiós, chico. Adiós, hijito.

—Adiós, chiquita —contesta Pinneberg—. Y no te mates a zurcir. Dos pares de calcetines más no van a ninguna parte. Di adiós, pequeñajo.

—Adiós, hijito mío —dice la mujer—. Y esta noche, sin falta, haremos un plan de lo que plantaremos en el huerto la próxima primavera. ¡Tendremos verdura en abundancia! Piénsalo.

—Eres la mejor. Con diferencia. De acuerdo, lo pensaré. Adiós, mujer.

—Adiós, marido.

El hombre tiene al niño en brazos, y ambos miran a la mujer mientras recorre el sendero del huerto. Llaman, ríen y agitan la mano. Después la puerta del huerto chirría. Corderita toma el sendero entre las parcelas. A veces se interpone una casita de jardín y el crío grita:

—¡Ma-má!

—Ma-má volverá enseguida —le consuela el padre.

Pero al final la madre desaparece de su vista y ambos entran en casa.

El marido haciendo el papel de mujer. La benéfica agua y el crío ciego. Disputa por seis marcos

 

Pinneberg deposita al crío en el suelo y mientras se dispone a ordenar la habitación, le entrega un periódico. Es un periódico grande para un niño tan pequeño y al pequeñín le cuesta un buen rato desplegarlo. La habitación es muy reducida, tres por tres metros, dentro no cabe más que una cama, dos sillas, una mesa y el tocador. Eso es todo.

El crío ha descubierto las fotos del interior y dice afanoso:

—Fo —y muy alegre—: ¡Uy, uy!

Pinneberg confirma su hallazgo:

—Eso son fotos, hijo mío.

Cuando el crío toma a alguien por un hombre lo llama «pa-pá», y todas las mujeres son «ma-má», es un niño muy vital y de un humor excelente, hay muchos hombres y mujeres en el periódico.

Pinneberg ventila los edredones en la ventana, ordena la habitación, después pasa al lado, a la cocina. Esta es poco más que un pañuelo, tres metros de largo por uno y medio de ancho, el fogón es el más pequeño del mundo, con un solo fuego. El fogón es la mayor aflicción de Corderita. Pinneberg ordena y friega también allí, le gusta hacerlo, tampoco le importa barrer y limpiar. Pero lo que está haciendo en ese momento no le gusta: pelar las patatas y las zanahorias para la comida.

Al cabo de un rato Pinneberg termina su labor. Sale un poco al huerto y contempla el terreno. Si diminuta es la casita de jardín con su pequeña veranda acristalada, la parcela, en comparación, es descomunal, casi mil metros cuadrados. La tierra, sin embargo, tiene mal aspecto; desde que Heilbutt la heredó no se ha trabajado nada, y de eso hacía casi tres años. Las fresas acaso aún tuviesen salvación, pero habría que cavar muchísimo, todo está cubierto de malas hierbas, de ortigas, de grama…

Tras la lluvia matinal el cielo se había aclarado, hacía fresco, pero el crío se sentiría bien cuando saliera.

Pinneberg entra de nuevo.

—Bueno, hijito, ahora tenemos que salir de paseo —dice mientras le pone el suéter de lana y las polainas grises. Después le planta la gorra de pompón blanca.

El crío grita con ganas:

—¡Ca-ca, ca-ca! —Y el padre se las da.

Las cartas tienen que acompañarlos en cada paseo, el crío necesita tener algo en las manos. El carrito para el niño está en la veranda, en verano lo cambiaron por el cochecito.

—Sube, hijo mío —dice Pinneberg, y el niño obedece.

Parten despacio. Pinneberg toma un camino distinto al acostumbrado; hoy no le apetece pasar por la casita de Krymna, se habría producido un altercado. Dado su actual desánimo y desesperanza, a Pinneberg le habría encantado no tener ningún altercado, pero no siempre podían evitarse. Ahora, en invierno, en esa gran colonia de tres mil parcelas viven a lo sumo cincuenta personas, todo aquel que logra reunir dinero para una habitación o refugiarse en casa de parientes ha huido a la ciudad para librarse del frío, de la suciedad y de la soledad.

Pero los que se han quedado, los más pobres, los más duros y los más valientes, se sienten en cierto modo compañeros, y lo malo es que, sin embargo, no lo son: son o comunistas o nazis, de modo que entablan continuas broncas y peleas.

Pinneberg no ha conseguido decidirse todavía ni por una cosa ni por otra, ha pensado que es el modo más fácil de pasar inadvertido, pero a veces parece justo el más difícil.

En algunos huertos sierran y hacen astillas con ahínco, son los comunistas, que han emprendido una excursión nocturna con Krymna. Parten muy deprisa la leña para que el guarda que hace la ronda no pueda comprobar nada. Cuando Pinneberg saluda cortésmente con un «buenos días», responden «buenas» con tono seco o gruñón, pero sin excesiva amabilidad. Seguro que se han enfadado con él. Pinneberg está preocupado.

Al fin llegan al verdadero pueblo, de largas calles pavimentadas y numerosas casas pequeñas. Pinneberg suelta la correa de la que arrastra el carro y le dice al crío:

—Anda, baja.

El crío mira al padre: sus ojos azules denotan picardía.

—Venga, baja de una vez —repite Pinneberg—. Empuja el carro.

El crío mira al padre, saca una pierna del carro y vuelve a meterla.

—Baja, niño —lo apremia el padre.

El crío se tumba como si deseara dormir.

—Bien —dice Pinneberg—. Entonces pa-pá seguirá solo.

El crío parpadea, pero no se mueve.

Pinneberg sigue andando despacio, deja atrás el carrito con el niño. Camina diez pasos, veinte: nada. Da diez pasos más, muy despacio, y entonces el niño grita con fuerza:

—¡Pa-pá! ¡Pa-pá!

Pinneberg se gira: el crío se ha bajado del carro, pero no se dispone a seguir a su padre, sostiene la correa en alto exigiendo que el padre lo ate.

Pinneberg retrocede y lo hace. El sentido del orden del niño, que empuja el carro durante mucho tiempo al lado de su padre, ha quedado satisfecho. Al cabo de un rato cruzan un puente bajo el que fluye un arroyo bastante ancho e impetuoso que atraviesa un prado. Por delante y por detrás del puente se puede bajar al prado por un talud.

Pinneberg deja el carro arriba, coge al crío de la mano y descienden hasta el arroyo. Este lleva un buen caudal por la lluvia, el agua es turbia y forma muchos remolinos de espuma en su cauce.

Pinneberg se acerca con el crío de la mano, y ambos contemplan en silencio el agua que corre impetuosa. Al cabo de algún tiempo dice el padre:

—Esto es la preciada y benéfica agua, hijo mío.

El niño profiere un leve sonido de aprobación. Pinneberg repite la frase varias veces y el crío siempre demuestra su satisfacción al comprobar que su padre la repite.

Pero entonces a Pinneberg le parece injusto permanecer tan erguido al lado del niño impartiendo enseñanzas, así que se agacha y dice de nuevo:

—Esto es la querida y benéfica agua, hijo mío.

Al observar el niño que el padre se agacha, debe de pensar que es lo correcto, pues se agacha a su vez. Se quedan así un momento, en cuclillas, contemplando el agua. Después siguen andando. El crío, cansado de empujar el carro, camina solo. Primero un ratito junto a su padre y el carro, después siempre encuentra algo que le llama la atención, unas gallinas, un escaparate, la tapa de hierro de una alcantarilla que destaca en medio del adoquinado.

Pinneberg espera un momento, después continúa su camino despacio. Vuelve a detenerse y llama y atrae a su hijo con halagos. El crío da, afanoso, diez pasitos, sonríe a su padre, da media vuelta y regresa junto a la tapa de hierro.

Sucede lo mismo unas cuantas veces, hasta que el padre se adelanta, excesivamente en opinión del crío. Este llama al padre, pero el padre continúa su andadura. El niño se queda parado, pasea de un lado a otro sobre sus cortas piernecitas, muy agitado. Se lleva la mano al borde de su gorro de pompón y de un tirón se lo baja a la cara, de forma que no ve nada. Al mismo tiempo grita con todas sus fuerzas:

—¡Pa-pá!

Pinneberg se vuelve. Ahí está su pequeño en medio de la calle, con el gorro tapándole el rostro, caminando torpemente de un lado a otro, a punto de caerse. Pinneberg corre y corre para llegar cuanto antes y, con el corazón desbocado, piensa: Año y medio y ha caído en la cuenta él solito. Se tapa los ojos para que vaya a buscarlo.

Retira el gorro de la cara del niño, y este lo mira encantado.

—¡Pero qué botarate eres, pequeñajo, qué botarate!

Pinneberg repite una y otra vez esta frase, con lágrimas de emoción en los ojos.

En ese momento llegan a Gartenstrasse, donde vive Rusch, propietario de una fábrica, cuya esposa debe a Corderita seis marcos desde hace tres semanas. Pinneberg se repite su promesa de no armar ningún escándalo, se lo propone firmemente, no armará escándalos, y luego llama al timbre.

La villa se alza al fondo de un jardín, retirada de la calle. Es una villa grande y bonita, con una huerta de frutales grande y bonita detrás. A Pinneberg le gusta.

Tiene muy buena pinta. Luego, poco a poco, repara en que nadie contesta a su timbrazo. Vuelve a llamar.

Se abre una ventana de la villa y una mujer pregunta:

—¿Qué es lo que quiere? ¡No damos limosna!

—Mi mujer estuvo aquí remendando. Vengo a cobrar los seis marcos.

—Venga mañana —contesta la mujer, cerrando la ventana.

Pinneberg se queda parado un momentito y analiza qué margen de acción le permite la promesa hecha a su esposa. El crío está muy callado en su carro, seguro que nota que su padre está furioso.

Pinneberg vuelve a apretar el botón del timbre durante un buen rato. Pero nada se mueve. Pinneberg reflexiona, se dispone a irse, pero entonces recuerda lo que significan dieciocho horas zurciendo y remendando, y aprieta su codo con fuerza sobre el botón del timbre. Se queda así mucho rato, a veces pasa gente y lo mira. Pero él ni se inmuta y el crío no dice ni mu.

La ventana vuelve a abrirse y la mujer grita:

—Como no se aparte ahora mismo del timbre, llamaré a la policía.

Pinneberg aparta el codo del timbre y contesta a gritos:

—¡Pues llámela! Y yo les contaré que…

La ventana se cierra de nuevo y Pinneberg reanuda los timbrazos. Siempre ha sido una persona amable y pacífica, pero esto se va acabando poco a poco. Aunque en su situación sería un error garrafal tener que vérselas con la policía, ahora le da igual. Después de tanto tiempo en el carro, el crío debe de tener bastante frío, pero tampoco eso sirve de nada: allí está el pobre Pinneberg llamando al timbre de la casa del propietario de la fábrica Rusch. Quiere cobrar los seis marcos, se ha empeñado en ello y los cobrará.

Se abre la puerta de la casa y la mujer se encamina hacia él, iracunda. Lleva dos dogos sujetos por la correa, uno negro y otro gris, que deben de guardar la finca y la casa por la noche. Los animales, comprendiendo que tienen enfrente a un enemigo, tiran de sus correas y gruñen amenazadores.

—¡Como no se largue ahora mismo, soltaré a los perros! —amenaza la mujer.

—Me debe seis marcos —replica Pinneberg.

La ira de la mujer aumenta al ver que los perros tampoco sirven de nada, porque la verdad es que no puede soltarlos. Saltarían la vega en el acto y despedazarían al hombre. Y el desconocido lo sabe tan bien como ella.

—Habrá aprendido usted a esperar —dice la mujer.

—Sí —responde Pinneberg sin moverse.

—Es usted un parado —apunta la mujer, despectiva—, salta a la vista. Lo denunciaré. Tiene que comunicar las ganancias adicionales de su mujer, eso es defraudar.

—Muy bien —replica Pinneberg.

—Y pienso descontarle a su mujer el impuesto sobre la renta y el seguro de enfermedad y la pensión —le comunica la otra mientras tranquiliza a los perros.

—Hágalo —replica Pinneberg— y regresaré mañana para exigir ver los recibos de Hacienda y del seguro de enfermedad.

—¡Ya puede venir su mujer otra vez a pedirme trabajo! —grita la mujer.

—Son seis marcos —insiste Pinneberg.

—¡Es usted el hombre más zafio y desvergonzado que me he echado a la cara! —exclama la mujer—. Si estuviera aquí mi marido…

—Pero no está —dice Pinneberg.

Y entonces aparecen los seis marcos. Ahí, encima de la reja, hay tres monedas de dos marcos. Pinneberg aún no puede cogerlas, antes la mujer tiene que retroceder con sus perros. Después Pinneberg las recoge.

—Muchas gracias —dice levantándose el sombrero.

—¡Di… di! —grita el crío.

—Sí, dinero —concluye el padre—. Dinero, pequeñajo. Y ahora nos vamos a casa.

Y sin girarse para mirar a la mujer y a la villa, se aleja arrastrando despacio su carro, devastado, cansado y triste.

El crío parlotea, reclamándolo.

De vez en cuando el padre contesta, pero no lo conveniente. Hasta que el crío se queda callado.

Por qué los Pinneberg no viven donde viven. La Central Fotográfica de Joachim Heilbutt. ¡Lehmann destituido!

 

Dos horas después, Pinneberg ha preparado la comida para el crío y para él, se la han zampado juntos y a continuación ha llevado al crío a la cama. Ahora Pinneberg está detrás de la puerta entornada de la cocina esperando a que su hijo se quede dormido. Este todavía se niega y reclama una y otra vez su presencia:

—¡Pa-pá!

Pero Pinneberg permanece mudo como una tumba, esperando.

Ya va siendo hora de ir a la estación, tiene que coger el tren de la una si quiere estar puntualmente para cobrar el desempleo, y la idea de ser impuntual, aunque sea por el mejor motivo del mundo, se le antoja sencillamente grotesca.

El crío grita:

—¡Pa-pá!

Como es natural, Pinneberg podría marcharse. Porque ha atado al niño en su cainita y nada puede sucederle, pero se va más tranquilo si el crío duerme. No es nada fácil imaginar que el niño siga llamando así toda la tarde, durante cinco o quizá seis horas hasta que regrese Corderita.

Pinneberg atisba por la puerta. El crío se ha callado, duerme. Pinneberg se desliza sigiloso fuera de la casita, cierra, se detiene un momento junto a la ventana para comprobar si el crío se ha despertado al cerrar. Nada. Silencio.

Emprende la marcha, aún puede llegar al tren, aunque no es probable. Pero tiene que conseguirlo como sea. La equivocación fundamental de ambos ha sido seguir pagando un año entero la cara vivienda de Puttbreese tras perder el trabajo. Cuarenta marcos de alquiler, cuando uno gana noventa. Era una locura, pero no podían decidirse… Renunciar a su último reducto, a estar solos, a estar juntos… Cuarenta marcos de alquiler… y se gastó el último sueldo, y el dinero de Jachmann, y después ya no hubo nada que gastar y sin embargo había que hacerlo. Deudas… y se presentó Puttbreese:

—¿Qué, joven, qué hay de la pasta? ¿Hacemos la mudanza ahora mismo? Yo le prometí mudanza gratis, hasta la calle…

Era Corderita la que apaciguaba siempre al maestro.

—Usted paga, joven señora —decía Puttbreese—. Pero, lo que es el joven… Yo habría encontrado trabajo hace mucho tiempo…

La tortura y los pagos atrasados aumentaron, y también el odio impotente hacia el hombre del blusón azul. Al final Pinneberg ya no se atrevía a volver a casa, se pasaba el día entero en algún parque o vagaba sin rumbo por las calles mirando cuántas cosas buenas, pagando lo suyo, ofrecían las tiendas. Y en cierto momento se le ocurrió buscar a Heilbutt, ¿por qué no? En su día solo había hecho un intento con la señora Witt, pero al fin y al cabo existían las comisarías, el registro, la oficina de empadronamiento. Pinneberg emprendió la búsqueda de Heilbutt no solo para estar ocupado, sino en parte porque también pensaba en la conversación que ambos habían mantenido en cierta ocasión, hablando del negocio propio de Heilbutt y del primer hombre al que daría trabajo.

El caso es que no le resultó muy difícil encontrarlo. Seguía viviendo en Berlín, había notificado como es debido su cambio de domicilio, pero ya no vivía en el este, se había acercado al centro de la ciudad. «Central Fotográfica de Joachim Heilbutt» se leía en la puerta de su empresa.

Ciertamente Heilbutt tenía su propio negocio, allí estaba el hombre que no se dejaba humillar y sin embargo salía adelante. Heilbutt se mostró dispuesto a dar trabajo a su antiguo amigo y compañero. Le ofrecía empleo pero no con un sueldo fijo, sino a comisión. Acordaron una comisión decorosa y dos días después el parado Pinneberg volvió a poner su destino en manos de Heilbutt.

Oh, él no discutía en modo alguno que pudiera ganarse dinero con eso, solo que él no podía ganarlo, sencillamente no le gustaba.

Ved, Heilbutt cayó en su día por una fotografía, por un desnudo se vio obligado a renunciar a un puesto de trabajo excelentemente desempeñado y no carente de perspectivas. Otras personas habrían huido de las fotos de desnudos como de la peste, pero Heilbutt convirtió la piedra de escándalo en el pilar de su existencia. Y es que él poseía una rica colección de valiosas fotos de desnudos, nada de modelos venales con cuerpos ajados, no, chicas jóvenes y lozanas, mujeres temperamentales… Heilbutt vendía fotos de desnudos.

Era un hombre cuidadoso, un retoque aquí, otra cabeza allá, eso no cuesta un potosí, nadie podía señalar una foto y decir:

—Pero si esta es…

Aunque a alguno sí podían asaltarle las dudas y comentar:

—¿Pero esta no es…?

Heilbutt puso un anuncio para vender su colección por correspondencia, pero en ese terreno la competencia era demasiado grande, funcionaba, claro, pero no en exceso. Lo que sí funcionaba era la venta directa. Heilbutt tenía a tres jóvenes recorriendo la ciudad (el cuarto había sido Pinneberg durante dos días), que vendían las fotos a ciertas chicas, a ciertas caseras, a los porteros de ciertos hotelitos, a los encargados y encargadas de los lavabos de ciertos locales. Era algo grande y crecía cada vez más. Heilbutt aprendía lo que necesitaba la clientela. Es indecible lo insaciable que era el apetito de una ciudad de cuatro millones de personas en esas cuestiones, las posibilidades eran infinitas.

Sí, Heilbutt lamentó que su amigo Pinneberg no se hubiera decidido a colaborar. El asunto tenía un gran futuro. Heilbutt pensaba que a veces la mejor mujer, la mejor, podía constituir un freno. Pinneberg sentía náuseas cuando uno de esos tipos de los lavabos le contaba las opiniones de su clientela sobre la última colección, dónde había que ser más explícito, por qué, cómo… Heilbutt había abogado en su día por el nudismo y no lo negaba.

—Yo soy un hombre práctico, Pinneberg —aducía—, y estoy metido sin reservas en la vida real.

Pero también decía:

—Yo no me dejo pisar, Pinneberg. Sigo siendo el mismo, que los demás se preocupen de sus propios actos.

No, no se produjeron discusiones entre ambos. Heilbutt entendió a la perfección el punto de vista de su amigo.

—Bien, no te gusta. ¿Qué hacemos ahora contigo?

Así era Heilbutt, quería ayudarlo, era su amigo, ya no eran tan colegas, quizá nunca lo habían sido del todo, pero tenía que echarle una mano.

Entonces Heilbutt recordó la casita situada al este de Berlín, en un lugar algo apartado, cuarenta kilómetros, ya no era Berlín, pero disponía de un trozo de terreno.

—La heredé hace tres años de una tía. ¿Qué voy a hacer yo con una casita de jardín? Vosotros podéis vivir en ella e incluso cultivar vuestra verdura y vuestras patatas.

—Sería maravilloso para el crío —le había dicho Pinneberg—. Vivir al aire libre…

—No tenéis que pagar alquiler —le había comunicado Heilbutt—. A fin de cuentas la casa está vacía y vosotros me cuidaréis el huerto. Solo las cargas, los impuestos y la tasa de carreteras, qué sé yo, de todos modos tengo que pagar todo eso…

Heilbutt calculó.

—Bueno, digamos que diez marcos al mes. ¿Te parece mucho?

—No, no —contestó Pinneberg—. Es maravilloso, Heilbutt.

Pinneberg recuerda todo eso mientras viaja en tren, en su verdadero tren, porque ha llegado a tiempo para cogerlo, y clava los ojos en su billete. El billete es amarillo, cuesta cincuenta pfennigs, y la vuelta otros cincuenta, y como Pinneberg tiene que viajar dos veces a la semana a la oficina de empleo de la ciudad, resulta que de los dieciocho marcos de su subsidio se le van dos en transporte. Cada vez que tiene que gastarse ese dinero, Pinneberg se enfurece.

Porque hay billetes especiales para los colonos, para la gente que tiene un huerto obrero, y son más baratos, pero para poder comprar un billete de esos, Pinneberg tendría que vivir donde vive, y eso es imposible. También hay una oficina de empleo en la localidad donde reside y podría utilizarla para sellar su cartilla sin gastar dinero en transporte, pero no puede hacerlo porque no vive donde vive. Para la oficina de empleo Pinneberg vive donde el maestro Puttbreese, hoy, mañana, toda la eternidad, pague o no pague el alquiler.

Ay, a Pinneberg no le gusta recordarlo, pero piensa mucho cómo en los meses de julio y agosto fue de la ceca a la meca para conseguir el permiso para mudarse de Berlín a esa colonia en las afueras, para que lo transfirieran de la oficina de empleo de Berlín a la oficina de empleo de allí.

—Solamente si puede demostrar que allí tiene perspectivas de obtener un empleo, pues de lo contrario se lo denegarán.

Pero no puede demostrarlo.

—¡Es que aquí tampoco consigo trabajo!

—Eso nunca se sabe. En cualquier caso, usted se quedó sin empleo aquí y no allí.

—Pero ahorraré treinta marcos mensuales de alquiler.

—Eso no tiene nada que ver y a nosotros ni nos va ni nos viene.

—Pero es que mi casero me echará.

—Pues ya le procurará otra vivienda el ayuntamiento. Basta con que usted se inscriba en comisaría como persona sin hogar.

—¡Pero es que la casita dispone incluso de terreno! Podría cultivar mi propia verdura y mis patatas.

—Una casita con jardín… Usted seguramente sabe que está prohibido legalmente vivir en casitas con jardín, ¿verdad?

En fin, que no hay nada que hacer. Los Pinneberg oficialmente continúan viviendo en Berlín en casa del maestro Puttbreese y Pinneberg tiene que viajar dos veces a la semana a la ciudad a costa de su dinero. E ir a ver al odiado Puttbreese y liquidar con seis marcos cada catorce días sus atrasos en el alquiler.

Sí, cuando Pinneberg se pasa una hora sentado en el tren, reúne todas las astillas posibles, que en conjunto producen una hoguerita muy aparente de ira, odio y amargura. Pero es una simple hoguerita. Después avanza por la oficina de empleo en medio de ese gentío gris y monótono, con tantos rostros distintos, tantas ropas distintas, pero todos con idénticas preocupaciones, con la misma angustia, con la misma amargura…

Bah, ¿qué sentido tiene? Está metido en ese negocio, es uno más entre seis millones, se abre camino ante las ventanillas, ¿para qué enfadarse? A decenas de miles les va peor, decenas de miles no tienen una mujer incansable, ni un hijo, sino media docena… Sigue, Pinneberg, hombre, coge tu dinero y lárgate, sinceramente, no podemos dedicarte nuestro tiempo, no eres nada especial como para que nos detengamos contigo.

Y Pinneberg prosigue su camino, pasa ante las ventanillas, sale a la calle y se dirige hacia el almacén de Puttbreese. Lo encuentra en su taller, construyendo una ventana.

—Buenos días, maestro —saluda Pinneberg, animado por el deseo de ser cortés con el enemigo—. ¿Es que también se ha convertido en carpintero de obra?

—Hago de todo, joven —contesta Puttbreese, guiñando un ojo—. No soy como otros.

—No, desde luego que no —ratifica Pinneberg.

—¿Qué tal su hijo? —pregunta Puttbreese—. ¿Qué será?

—Aún no puedo decírselo con exactitud, maestro —explica Pinneberg—. Aquí tiene el dinero.

—Seis marcos —confirma el maestro—. Todavía faltan cuarenta y dos. La joven señora estará bien…

—Sí —confirma Pinneberg.

—Habla como si se enorgulleciera de ello. Pero no tiene nada de qué envanecerse, eso no tiene nada que ver con usted.

—No me envanezco de nada —responde Pinneberg conciliador—. ¿Ha llegado correo?

—¿Correo? —pregunta el maestro—. ¿Para usted? ¿Quizá una oferta de empleo? Vino un hombre.

—¿Un hombre?

—Sí, joven, un hombre. Al menos creo que lo era. ¿Está tranquila la ciudad?

—¿Cómo que si está tranquila?

—La poli tiene otra vez jaleo con los comunistas. O con los nazis: han roto los escaparates en la ciudad. ¿No ha visto nada?

—No —contesta Pinneberg—. No he visto nada. ¿Qué quería el hombre?

—Ni idea. ¿Usted no es comunista?

—¿Yo? No.

—Qué raro. Si yo fuera usted, sería comunista.

—¿Es usted comunista, maestro?

—¿Yo? ¡Ni por asomo! Soy artesano, ¿cómo podría ser comunista?

—Ah, ya. ¿Y qué quería el hombre?

—¿Qué hombre? Olvide a ese tipo. Estuvo aquí charlando media hora. Le di su dirección.

—¿La de las afueras?

—Claro, joven. La de las afueras. La de dentro ya la conocía, por eso vino aquí.

—Pero habíamos acordado… —empieza a decir Pinneberg con tono severo.

—No hay problema, joven. La mujer estará de acuerdo. En su casita con jardín no hay escaleras, ¿verdad? Porque si no yo saldría alguna vez. Su mujer tiene buenos jamones…

—¡Que le den…! —replica Pinneberg con tono iracundo—. ¿Me dirá de una vez qué quería el hombre?

—Quítese ya el cuello, hombre —se burla el maestro—. Está completamente mugriento. Más de un año en paro y todavía anda por ahí con un vendaje de yeso. La verdad es que no hay modo de ayudar a los tipos como usted.

—¡Váyase a…! —grita Pinneberg, cerrando de un portazo por fuera la puerta del taller.

El maestro asoma su cabeza colorada.

—Venga, jovencito, y tómese un aguardiente conmigo. ¡La gente como usted me divierte cantidad!

Pinneberg camina despacio, ensimismado, enrabietado por haber permitido que el maestro le haya tomado el pelo otra vez. Así sucede en todas las ocasiones, siempre se propone cruzar solo unas palabras con él y siempre termina igual. Es un majadero que no aprende nada, cualquiera puede hacer con él lo que se le antoje.

Pinneberg se para delante de una tienda de modas, con un espejo grande precioso. Pinneberg se mira de cuerpo entero, no, ya no tiene buen aspecto. Los pantalones de color gris claro tienen muchas zonas negruzcas de impermeabilizar el tejado con alquitrán, el abrigo está muy raído y descolorido, los zapatos, llenos de parches; en realidad Puttbreese tiene razón, llevar cuello con semejante indumentaria es una bobada. Es un parado venido a menos, cualquiera se percataría a veinte pasos. Pinneberg se lleva la mano al cuello, se lo quita y lo guarda con la corbata en el bolsillo. Su aspecto no ha cambiado mucho, ya no puede deteriorarse más, Heilbutt no dirá nada, pero se quedará pasmado.

La policía pasa lanzada en su coche. Seguro que se habrá montado otra bronca con los comunistas o con los nazis, la verdad es que los camaradas tienen redaños. A él también Le gustaría volver a leer alguna vez un periódico, porque ya no sabe lo que pasa. Seguramente todo estará en perfecto orden en las tierras alemanas, aunque él no se entere de nada allí friera, en su casita.

No, no, si la situación se arregla, él lo notaría, de momento la oficina de empleo no tiene pinta de que pueda ahorrarse mucha gente.

Así uno puede continuar absorto en sus pensamientos, no es muy divertido, no es que ponga de buen humor a Pinneberg, pero ¿qué otra cosa puedes hacer en una ciudad que no te importa, salvo quedarte tranquilo en tu casita, con tus propios problemas? Tiendas en las que no se puede comprar nada, cines en los que no se puede entrar, cafés para gente solvente, museos para personas bien vestidas, viviendas para los demás, autoridades para maltratarte… Nooo, Pinneberg se queda tranquilo en su casita. Y sin embargo se alegra al subir la escalera de la oficina y vivienda de Heilbutt. Aunque ya son cerca de las seis, ojalá haya llegado a casa Corderita y no le haya pasado nada al crío…

Llama al timbre.

Abre una chica, una chica joven muy guapa con una blusa de seda cruda. Hace un mes no estaba allí.

—¿Qué desea?

—Ver al señor Heilbutt. Me llamo Pinneberg.

Y al darse cuenta de que la joven vacila, añade muy irritado:

—Soy amigo del señor Heilbutt.

—Adelante —dice la chica, franqueándole el paso—. ¿Le importa esperar un momento?

No le importa, y la joven desaparece por una puerta lacada en blanco con el rótulo «Oficina».

Es una entrada muy decorosa, revestida de arpillera roja y en lugar de desnudos, cuadros muy decentes, estampas, piensa Pinneberg, o xilografías, muy bonito, es inimaginable que año y medio antes ambos estuvieran en Mandel vendiendo trajes y fueran compañeros.

Pero ya llega Heilbutt.

—Buenas tardes, Pinneberg, me alegro de que te dejes ver por aquí. Pasa, pasa. Marie, por favor, llévenos el té a mi despacho —le ruega.

Pero no van a la oficina, porque desde la última visita resulta que Heilbutt, aparte de la chica joven, también ha conseguido un despacho, con armarios para libros, alfombras persas y un gigantesco escritorio, justo el despacho que Pinneberg ha deseado durante toda su vida y nunca tendrá.

—Siéntate —lo invita Heilbutt—. Ahí tienes cigarrillos. Sí, ya lo ves. He comprado algunos muebles. Era necesario. Yo, personalmente, no les concedo ningún valor, recordarás todavía la casa de la señora Witt…

—Pero esto es precioso —murmura Pinneberg, admirado—. Me parece fabuloso. Todos estos libros…

—Pues lo de los libros, ya sabes… —empieza a decir Heilbutt, pero cambia de opinión—. Bueno, ¿qué tal os las arregláis en la casa?

—Muy bien. Estamos muy satisfechos, Heilbutt. Mi mujer también ha encontrado trabajo, zurciendo y remendando, ya sabes. Ahora nos va mejor…

—¡Estupendo! —exclama Heilbutt—. Me alegro mucho. Déjelo todo ahí, Marie, ya me encargo yo. Gracias, no, nada más. Sírvete, Pinneberg, por favor. Toma estas pastas, dicen que son las más adecuadas para el té, no sé si te gustarán, yo no entiendo ni pizca de eso. Tampoco me interesa.

Y de repente:

—¿Hace mucho frío en la casa?

—No, qué va —contesta Pinneberg apresuradamente—. No mucho. La estufa pequeña calienta lo suyo. Y las habitaciones son pequeñas y casi siempre muy confortables. Por cierto, aquí tienes el alquiler, Heilbutt.

—Ah, el alquiler, muy bien. ¿Ya toca otra vez?

Heilbutt coge el billete y lo aprieta, pero no se lo guarda.

—¿Has alquitranado el tejado, verdad?

—Sí —contesta Pinneberg—. Y estuvo muy bien que me dieras dinero para hacerlo. Hasta que lo alquitrané no vi las grietas. Habría entrado mucha agua ahora, con las lluvias de otoño.

—¿Lo has impermeabilizado?

—A Dios gracias, sí, Heilbutt. Lo dejé completamente impermeable.

—Escucha, Pinneberg, he de decirte una cosa, porque he leído… ¿Tendréis la estufa encendida todo el día, eh?

—No —contesta Pinneberg vacilante, sin acabar de vislumbrar las intenciones de Heilbutt—. Calentamos un poco por la mañana y después por la tarde, para que se mantenga caldeado durante la noche. Todavía no hace mucho frío.

—¿Sabes cuánto cuestan ahora las briquetas en las afueras, donde vivís?

—La verdad, lo desconozco —responde Pinneberg—. Tras el último decreto de emergencia dicen que han bajado de precio. Quizá uno sesenta. ¿O será uno cincuenta y cinco? No lo sé con exactitud.

—Hace poco leí en una revista de construcción —comenta Heilbutt mientras juguetea con el billete— que en esas viviendas de fin de semana aparece el moho con mucha facilidad. Yo te recomendaría que calentases a fondo.

—Bien —dice Pinneberg—. Podemos…

—¿Lo ves? —Le interrumpe Heilbutt—. Por eso quería pedírtelo. Sentiría mucho que la casa se echase a perder. Ten la amabilidad de encender la estufa todo el día, para que las paredes se sequen bien. Para empezar te daré estos diez marcos. Y el próximo primero de mes tráeme la factura del carbón como justificante, ¿te parece bien?

—No, no —dice deprisa Pinneberg mientras traga saliva— No estás obligado a hacerlo, Heilbutt. Siempre me devuelves el dinero del alquiler. Ya nos has ayudado bastante, incluso en Mandel…

—¡Pero Pinneberg! —exclama Heilbutt, muy asombrado—. Ayudar… Pero si alquitranar el tejado y calentar redunda en mi propio beneficio. No cabe hablar de ayuda. Tú ya te ayudas a ti mismo… —menea la cabeza al mirar a Pinneberg.

—¡Heilbutt! —balbucea Pinneberg—. Te entiendo, tú…

—Presta atención. ¿Te he contado ya a quién me encontré de Mandel?

—No, pero…

—¿No? ¿De veras? —inquiere Heilbutt—. Jamás lo adivinarías. A Lehmann, nuestro antiguo señor y jefe de personal.

—¿Y? —pregunta Pinneberg—. ¿Hablaste con él?

—Pues claro que sí —le informa—. Es decir, habló él todo el rato. Se desahogó conmigo.

—Y ¿eso por qué? —pregunta Pinneberg—. La verdad es que no tiene muchos motivos de queja.

—Lo han echado —le cuenta Heilbutt con tono enfático—. Lo echó el señor Spannfuss. Igual que nos echaron a nosotros.

—¡Cielo santo! —exclama Pinneberg, atónito—. ¡Lehmann a la calle! Heilbutt, cuéntamelo con todo detalle. Voy a tomarme la libertad de coger otro cigarrillo.

Pinneberg, piedra de escándalo. La mantequilla olvidada y el policía. Ninguna noche es lo bastante oscura.

 

Están a punto de dar las siete cuando Pinneberg sale de nuevo a la calle. La conversación con Heilbutt lo ha animado, se siente de muy buen humor y al mismo tiempo invadido por una tristeza mortal. Así que Lehmann ha caído, Pinneberg recuerda bien al gran Lehmann, al imponente señor Lehmann; sentado solo tras un escritorio reluciente diciendo: «Bueno, nosotros no llevamos abonos».

Lehmann hizo patalear al pobre Pinneberg, pero después llegó el señor Spannfuss e hizo patalear al pobre Lehmann. Un buen día también pataleará el señor Spannfuss, tan entrenado y tan deportista. Así era ese mundo, en realidad era un pobre consuelo que a todos les llegase su turno.

¿Por qué había caído el señor Lehmann? Si se atenía a lo dicho, si se aceptaba la causa del despido, había sido por culpa de Pinneberg. Atended, el eficiente señor Spannfuss, a base de indagaciones, había averiguado que Lehmann, el jefe de personal, se había excedido en sus atribuciones, dando empleo a enchufados en esa época de reducción de plantilla. El aseguraba que procedían de otras sucursales, de Hamburgo, de Fulda o de Breslau, pero Spannfuss había desenmascarado esas afirmaciones.

En realidad todos sabían que solo era un pretexto para despedirlo. Siempre se contrataba a enchufados, el señor Spannfuss estaba llenando la empresa con su gente. Mas para hacerlo con absoluta tranquilidad era requisito imprescindible que cayera Lehmann. Lo que todo el mundo ha aguantado durante veinte años colma la medida en el veintiuno. ¿No había llevado a cabo el señor Lehmann falsificaciones? «Viene de la filial de Breslau», había ordenado consignar Lehmann en su expediente, pero el hombre procedía de Kleinholz, en Ducherow. Lehmann todavía debía estar agradecido al señor Spannfuss, porque no cabía descartar una eventual persecución penal. Lehmann solo tenía que mantener la boca cerrada.

¡Oh, pero cómo la abrió el señor Lehmann cuando se tropezó con Heilbutt, antiguo empleado! ¿No era Heilbutt amigo de ese pobre empleado regordete… ese tal… ¿cómo se llamaba, Pinneberg? A ese también lo habían despedido, ¡pobre tonto insignificante! ¿Porque no vendía lo suficiente? ¡Qué va, ese hombre vendía mucho, tras la marcha de Heilbutt había sido el único de su departamento que cumplía más o menos los objetivos. Por eso seguramente había tenido amigos especiales entre los demás empleados y se había incluido una carta en su expediente, anónima faltaría más, que afirmaba que el tal Pinneberg era miembro de una sección de asalto de los nazis.

Lehmann siempre había pensado que era una bobada, ¿cómo si no habría sido Pinneberg amigo precisamente de Heilbutt? Pero fue inútil desmentirlo, Spannfuss solo creía a Jänecke y a Kessler, y además quedó demostrado con certeza casi absoluta que el empleado Pinneberg había pintado con asiduidad cruces gamadas en las paredes de los lavabos del personal, y también ¡Muera Judá! y una horca con un judío gordo colgando y la leyenda «¡Menudo cambio, Mandel! », Esos dibujos habían cesado tras la marcha de Pinneberg, ahora las paredes de los lavabos estaban blancas e impolutas… ¡Y el señor Lehmann había empleado a un tipo de esa calaña aduciendo que procedía de Breslau!

Lehmann había caído por culpa de Pinneberg y este por Kessler, ahora podía meditar sobre lo ventajoso que era ser un buen vendedor, vender a gusto y con cariño, y luchar con el mismo afán por un pantalón de algodón de seis cincuenta que por un frac de ciento veinte marcos. ¡Claro que sí, existía una solidaridad entre los empleados, la solidaridad de la envidia contra los eficientes, eso es lo que existía!

Pinneberg camina ahora por la Friedrichstrasse, pero también la ira y la rabia envejecen. Eso le ocurrió a él, se puede enfurecer por eso, pero en el fondo carece de sentido. ¡La vida es así!

Antes Pinneberg paseaba mucho por la Friedrichstrasse, en cierto modo allí se siente como en casa, por eso repara en que ahora hay más chicas que antes. Como es natural no todas son chicas, entre ellas hay mucha competencia desleal; hace año y medio comentaron en la tienda que las mujeres de muchos desempleados hacían la calle para ganar unos marcos.

Y es cierto, salta a la vista que muchas carecen de posibilidades de éxito, de atractivo, o, si son guapas, tienen ansia, avidez por el dinero.

Pinneberg recuerda a Corderita y al crío. «Nosotros todavía no estamos mal», suele repetir su esposa. Y no le falta razón.

Parece que la policía aún no se ha tranquilizado del todo, todos los guardias van en pareja y por la acera también pasa gente a cada momento. A fuer de sincero, Pinneberg no tiene nada contra la poli, los policías tienen que existir, faltaría más, sobre todo los de tráfico, pero a pesar de todo le parece que tienen un aspecto provocador por lo bien alimentados y vestidos que van, y de hecho su comportamiento es provocador. En realidad caminan entre el público como antaño los maestros entre los alumnos: ¡Portaos como es debido o…!

Bah, olvídalos.

Pinneberg recorre por cuarta vez el tramo de la Friedrichstrasse entre Leipzigstrasse y Unter den Linden. Aún no es hora de regresar a casa, todavía no. Cuando está en casa todo ha terminado, la vida sigue despidiendo un débil resplandor que crece sin esperanza, pero puede acontecer algo. Las chicas, sin embargo, no lo miran: el abrigo raído, los pantalones sucios y la falta de cuello lo descartan por completo. Si quiere chicas, tendrá que dirigirse a la zona de la Schlessische Strasse, a esas les da igual tu aspecto con tal de que tengas dinero… Pero ¿quiere algo de las chicas?

A lo mejor sí, no acierta a precisarlo, tampoco lo piensa.

Pero alguna vez le gustaría poder contarle a alguien cómo era todo antes, qué trajes tan bonitos tenía y lo precioso que es el crío…

¡El crío!

Se ha olvidado por completo de la mantequilla y los plátanos para él. Son las nueve y ya no llegará a ninguna tienda. Pinneberg se enfurece consigo mismo y se entristece más todavía; así no puede volver a casa, ¿qué pensaría de él Corderita? ¿No podrá colarse en alguna tienda? Ahí hay una enorme tienda de delicatessen, con brillante iluminación. Pinneberg aplasta la nariz contra el cristal, a lo mejor hay alguien al fondo a quien llamar. ¡Tiene que comprar la mantequilla y los plátanos como sea!

—¡Siga su camino! —ordena alguien a media voz.

Pinneberg da un respingo, le han dado un verdadero susto, mira a su alrededor. Ve a un policía a su lado.

¿Se refiere a él?

—¡Oiga, que siga su camino le he dicho! —exclama el policía en voz alta.

Hay más gente junto al escaparate, personas bien vestidas, pero el policía no se dirige a ellos, sino únicamente a Pinneberg, que parece totalmente confundido.

—¿Cómo? Pero… ¿por qué…? ¿Es que no puedo…? —balbucea, incapaz de comprender.

—¿Obedecerá de una vez? —pregunta el policía—. ¿O tendré que…?

Lleva en la muñeca la correa de sujeción de la porra de goma que ahora blande levemente.

Todo el mundo clava la vista en Pinneberg. Se ha detenido más gente, es el comienzo de un verdadero tumulto. La gente parece expectante, no toman partido ni por uno ni por otro, ayer apedrearon escaparates allí, en la Friedrichstrasse, y en la Leipzigstrasse.

El policía tiene cejas oscuras, ojos brillantes, rectos, nariz firme, mejillas coloradas, un bigotito negro debajo de la nariz…

—Bueno, ¿qué? —inquiere el policía con una tranquilidad pasmosa.

A Pinneberg le gustaría hablar, mira al policía con un temblor en los labios y luego a la gente. La gente se detiene delante del escaparate, gente bien vestida, gente de orden, gente que gana dinero.

Pero en el cristal del escaparate se refleja alguien más, un espectro pálido, sin cuello, con un abrigo raído y el pantalón manchado de alquitrán.

De repente, al ver a ese policía, a esas gentes de orden, ese cristal reluciente, Pinneberg lo comprende todo: está fuera, ya no pertenece a ese mundo, lo expulsan con razón: resbalado, hundido, liquidado. Erase una vez el orden y la pulcritud—… Erase una vez el trabajo y el sustento seguro… Erase una vez el progreso y la esperanza… La pobreza no se reduce a la miseria, la pobreza también es punible, la pobreza es oprobio, la pobreza genera sospecha.

—¿Tengo que ponerte en marcha? —pregunta el policía.

Pinneberg se somete en el acto sin rechistar, está como anestesiado, quiere seguir deprisa por la acera hacia la estación de Friedrichstrasse, llegar a su tren, reunirse con Corderita…

Pinneberg recibe un empujón en el hombro, no muy fuerte, aunque lo lanza a la calzada.

—¡Lárgate, hombre! —lo apremia el policía—. ¡Deprisita!

Y Pinneberg se pone en marcha, camina por la calzada al borde de la acera, pensando en muchas cosas, en provocar un incendio, en poner bombas, en matar a tiros, piensa en que también ha llegado al final con Corderita y con el crío, que ya no tiene futuro… Pero en realidad camina con la mente en blanco…

Llega al cruce de la Jägerstrasse con Friedrichstrasse. Intenta cruzar para dirigirse a la estación, a casa, con Corderita y con el crío, allí es alguien…

El policía le da un empujón.

—¡Sigue por ahí! —y señala la Jägerstrasse.

Pinneberg intenta rebelarse otra vez, tiene que tomar el tren.

—Pero es que tengo… —dice.

—¡He dicho que por ahí! —repite el policía empujándolo hacia la Jägerstrasse—. ¡Lárgate ya, pero deprisa, amiguito! —Y le propina un fuerte empujón.

Pinneberg echa a correr a toda velocidad, se da cuenta de que ya no lo persiguen, pero no se atreve a volverse. Continúa su carrera por la calzada, siempre adelante, hacia la oscuridad, hacia la noche que en ninguna parte es una noche oscura como boca de lobo.

Al cabo de mucho mucho tiempo aminora el paso. Se detiene. Acecha a su alrededor. Vacío. Nada. Ni rastro de la policía. Levanta un pie con cuidado y lo pone sobre la acera. Después el otro. Ya no está en la calzada, sino nuevamente en la acera.

Pinneberg prosigue su camino, paso a paso, atravesando Berlín. Pero en ninguna parte reina una oscuridad absoluta y es muy difícil pasar junto a los policías.

Visita en coche a la colonia. Dos esperan en la noche. Corderita realmente no viene al caso

 

En la calle 87 a, delante de la parcela 375 se ha detenido un coche, un taxi procedente de Berlín. Su chófer está sentado desde hace muchas horas en la casita de los Pinneberg, más concretamente en la cocina, que llena con su cuerpo.

El hombre ha bebido un puchero de café, después se ha fumado un cigarrillo, luego ha paseado un rato por el jardín, pero en medio de la oscuridad no se veía nada. Ha regresado a la cocina, se ha bebido otro puchero de café y se ha fumado otro cigarrillo.

Los de dentro, sin embargo, continúan hablando, el rubio grande sobre todo no para de rajar. Si el chófer quisiera, podría escuchar la conversación, pero no le interesa lo más mínimo. En un taxi, donde casi siempre hay una rendija entre los cristales que separan el asiento del conductor y el fondo, se oyen en una semana intimidades suficientes para colmar las necesidades de toda una vida.

Al cabo de un rato el hombre se decide, se levanta y llama a la puerta:

—¿Tardaremos mucho en marcharnos, señor?

—¡Pero, hombre! —exclama el rubio—. ¿Acaso no desea usted ganar dinero?

—Pues claro —contesta el chófer—. Pero es que el tiempo de espera cuesta un ojo de la cara…

—Vale, pero de la mía —precisa el hombretón—. Vuelva a sentarse sobre sus posaderas y compruebe si aún recuerda el catecismo. El bautismo no es simple agua… Se quedará pasmado de asombro.

—De acuerdo —dice el chófer—. Entonces echaré una cabezadita.

—Buena idea —lo anima el rubio.

Y Corderita:

—La verdad, no entiendo dónde se ha metido mi chico. Siempre llega a las ocho como muy tarde.

—Ya vendrá —dice Jachmann—. ¿Y qué tal se encuentra el joven padre, jovencita?

—Ay, Dios —contesta ella—. No lo tiene fácil. Cuando uno lleva catorce meses en paro…

—Las cosas cambiarán —explica Jachmann—. Ahora vuelvo a poblar los campos de aquí, ya encontraremos algo.

—¿De verdad estuvo usted de viaje, señor Jachmann? —pregunta Corderita.

—Sí, estuve fuera. —Jachmann se levanta y se acerca a la cama del crío—. Es un misterio que un padre pueda estar fuera con esto en la cama.

—Por Dios, señor Jachmann —dice Corderita—. Por supuesto que el crío es precioso, pero ¿consagrar la vida entera solamente al niño? Fíjese, yo durante el día me dedico a coser…

—Pues no debe hacerlo. ¡Ahora eso se acabará!

—… me dedico a coser y él se encarga de la casa, de la comida y del niño sin rechistar. Lo hace incluso con verdadero placer, pero ¿qué vida es esa para él? Dígame, Jachmann, ¿es que las cosas van a continuar eternamente así, los hombres en casa haciendo las labores domésticas y las mujeres trabajando? ¡Es imposible!

—¡Quia! —replica Jachmann—. ¿Por qué va a ser imposible? En la guerra las mujeres también trabajaban mientras los hombres se mataban entre sí, y a todo el mundo le parecía bien. Esta regulación es incluso mejor.

—No le parecía bien a todo el mundo.

—Bueno, a casi todo, joven señora. El ser humano es así, no aprende, tropieza siempre en la misma piedra. Yo también —Jachmann hace una pausa—. Porque me trasladaré de nuevo a casa de su suegra.

Corderita dice, vacilante:

—En fin, señor Jachmann, usted sabrá. A lo mejor no es ninguna tontería. Porque ella es lista y divertida.

—Claro que es una tontería —responde Jachmann furioso—. ¡Una completa estupidez! ¡Usted no sabe nada, joven! ¡No tiene ni idea! Pero, dejémoslo… —Se sume en sus cavilaciones.

Al cabo de largo rato, dice Corderita:

—No tiene que esperar, señor Jachmann. El tren de las diez también ha pasado. Creo de veras que esta noche el chico ha dado un mal paso. Además llevaba encima mucho dinero.

—¿Cómo que mucho dinero? ¿Aún tenéis mucho dinero?

Corderita ríe:

—Lo que nosotros llamamos mucho dinero, Jachmann. Veinte marcos. Veinticinco. Con eso él ya puede irse por ahí.

—Claro, claro —afirma Jachmann sombrío.

Se hace otro prolongado silencio.

Al cabo de un rato el hombre levanta la cabeza.

—¿Está preocupada, Corderita?

—Claro que lo estoy. Ya verá usted luego lo que han hecho de mi marido durante estos dos años. Sin embargo, es un hombre decente de verdad…

—Por supuesto.

—No habría hecho falta que lo pisotearan de ese modo. Como ahora se dé encima a la bebida…

Jachmann reflexiona.

—No lo hará —dice al fin—. Pinneberg siempre ha tenido un punto de frescura, beber es sucio y guarro, y no lo hará. Sí, puede que haya dado un mal paso alguna vez, pero darse a la bebida no…

—También ha pasado el tren de las diez y media —murmura Corderita—. Ahora me da miedo.

—No tiene por qué —replica Jachmann—. Pinneberg se abrirá paso a mordiscos.

—¿Por dónde? —pregunta, enfadada—. ¿Por dónde se abrirá paso a mordiscos? Todo eso que dice no es verdad, Jachmann, es solo para consolarme. Eso es lo malo, que está ahí friera y no tiene nada por lo que luchar. Solo puede esperar… ¿qué? ¿A qué? ¡A nada! Esperar… y punto.

Jachmann le dirige una prolongada mirada. Con su gran cabeza de león completamente girada hacia Corderita, la mira de hito en hito.

—Deje de pensar continuamente en el tren, Corderita —le aconseja—. Su marido volverá, se lo aseguro.

—No es solo la bebida —comenta la mujer—. Beber sería malo, pero no demasiado. Escuche, está tan hecho polvo que puede pasarle cualquier cosa, hoy se habrá reunido con Puttbreese, que puede haber sido malvado con él; ahora ese tipo de cosas lo tumban. En la actualidad ya no aguanta mucho, Jachmann, puede…

Le dedica una intensa mirada, con los ojos muy abiertos. De pronto esos ojos se llenan de lágrimas, grandes y claras, que resbalan por las mejillas; la boca suave, poderosa, comienza a temblar, se torna inestable.

—Jachmann —susurra—, él puede…

El aludido se levanta y, colocándose a su espalda, la coge por los hombros.

—¡No, mujer, qué va! —responde—. Es imposible. No hará eso.

—Todo es posible… —Se suelea la joven—. Es mejor que regrese a casa. Está perdiendo dinero con la espera. Ahora no tenemos suerte.

Jachmann pasea de un lado a otro en silencio. Sobre la mesa está la caja de hojalata de los cigarrillos con los viejos naipes que tanto gustan al crío.

—¿Cómo dijo que llama el chico a las cartas?

—¿Qué chico? Ah, sí, el crío. Ca-ca.

—¿Quiere que le eche las cartas, que le lea las ca-ca? —pregunta Jachmann, sonriendo—. Preste atención, su futuro es muy distinto al que usted se imagina.

—Déjelo ya —dice Corderita—. En casa entrará un pequeño regalo de dinero: el subsidio de desempleo de la semana que viene.

—Por el momento no ando muy boyante —confiesa Jachmann—. Pero le daría encantado ochenta, quizá noventa marcos. Quiero decir que se los prestaría… —se corrige.

—Es muy amable, Jachmann —dice Corderita—. Nos vendría bien. Pero, ¿sabe?, el dinero no ayuda. Nos las arreglaremos. El dinero no ayuda nada, lo que se dice nada. Ayudaría el trabajo, una pizca de esperanza, eso es lo que ayudaría al chico. ¿Pero el dinero? No.

—¿Es porque regreso con su suegra? —pregunta Jachmann, mirando muy pensativo a Corderita.

—También —contesta Corderita—. También. Tengo que mantenerlo alejado de lo que más le tortura, Jachmann. Lo entiende, ¿verdad?

—Sí.

—Pero lo fundamental es que el dinero no sirve para nada —argumenta Corderita—. Vivir un poco mejor durante seis u ocho semanas, ¿qué cambia? Nada.

—A lo mejor le consigo un trabajo.

—Ay, señor Jachmann. Lo hace con la mejor intención. Pero no se esfuerce; si surge otra ocasión, no lo haga con artimañas y mentiras. El chico tiene que superar el miedo, necesita sentirse libre de nuevo.

—Ya… —dice Jachmann contrito—, pero como hoy pretenda encima que no haya artimañas y mentiras… ¡De veras, no soy capaz de eso!

—Escuche —dice Corderita con mucha vehemencia—, aquí los demás roban la leña para calentarse. Sepa que a mí no me parece mal, pero le he dicho a mi chico, tú no puedes hacerlo. ¡Él no tiene que degradarse, Jachmann, por nada del mundo! Tiene que conservar la decencia. Un lujo… sí, tal vez, pero es el único lujo que tenemos y lo conservaré pase lo que pase, Jachmann.

—Jovencita —dice Jachmann—, yo…

—Mire al crío en su canuta: ahora acaso mejore todo otra vez, y el chico recobre el ánimo y consiga un empleo y un trabajo que le guste, y gane dinero de nuevo. Y entonces siempre pensará: eso es obra tuya, tú te has comportado así. No es la leña, Jachmann, ni son las leyes… ¿Qué leyes son esas que permiten que nos machaquen impunemente, mientras vamos a la cárcel por tres marcos de leña…? Yo me río de eso, Jachmann, no es ninguna deshonra…

—Jovencita… —insiste Jachmann.

—Pero el chico no puede hacerlo —prosigue la mujer con fervor—. Es igual que su padre, no se parece nada a su madre. Mamá me contó cien veces lo puntilloso que era su padre, primero en su trabajo como jefe de oficina en el despacho de un abogado, había que demostrar una precisión exquisita. Y después en su vida privada. Si había llegado una factura por la mañana, salía a última hora de la tarde y la pagaba en el acto. «Si me muero», decía, «y la factura desaparece, alguien podría decir que fui un sinvergüenza». Pues el chico es clavado a él. Por eso no es un lujo, Jachmann, eso tiene que conservarlo, y aunque ahora en ocasiones piense que puede ser como los demás, no lo es. Tiene que permanecer limpio. Yo vigilaré eso, Jachmann, por eso mi chico no volverá a aceptar ningún empleo basado en el engaño.

—¿Qué hago yo aquí? —se pregunta Jachmann—. ¿Para qué estoy aquí sentado? ¿Qué espero? Todo va bien, todo lo suyo está en orden. Es usted una mujer cabal, magnífica. Me voy a casa.

Pero en vez de marcharse o levantarse de su silla, contempla a Corderita con admiración.

—Esta mañana a las seis, Corderita, me han soltado de la trena —le confiesa—. He pasado un año a la sombra, jovencita.

—Jachmann, desde la noche que usted no volvió he pensado siempre algo así —reconoce Corderita—. No enseguida, pero cabía esa posibilidad. Fíjese —no sabe bien cómo expresarlo—, es usted tan…

—Pues claro que soy tan…

—Con las personas a las que quiere es amable y con las demás seguramente no.

—¡Cierto! —contesta Jachmann—. Y a usted la quiero, joven señora.

—Y además le gusta la buena vida y el dinero, y que haya diversión a su alrededor, y siempre tiene que tener compromisos… en fin, eso es cosa suya. Cuando mamá me dijo que estaba en busca y captura, supe en el acto que era verdad.

—Y ¿sabe quién me denunció?

—Mamá, ¿verdad?

—Pues claro. La señora María, llamada Mia Pinneberg. ¿Sabe, Corderita?, Le fui infiel, y cuando está celosa se convierte en un demonio. Bueno, ella también cayó en la trampa, nada grave, cuatro semanas.

—¿Volverá con ella? Lo entiendo, sí señor. Están hechos el uno para el otro.

—Cierto, joven señora. Estamos hechos el uno para el otro. Sepa usted que es una mujer maravillosa. Me fascina su avidez y su egoísmo. ¿Sabe que mamá tiene más de treinta mil marcos en el banco?

—¿Qué? ¿Más de treinta mil?

—¿Qué se figuraba? Mamá es lista. Y previsora. Y piensa en la vejez. No quiere depender de nadie. Sí, volveré con ella. Para alguien como yo, es la mejor compañera del mundo, apechugaré con carros y carretas, robo de caballos y lo que sea.

Durante un rato reina el silencio. Después, Jachmann se levanta y se despide:

—En fin, buenas noches, Corderita, me marcho. —Buenas noches, Jachmann, y que le vaya muy bien. Jachmann se encoge de hombros:

—Corderita, cuando uno llega a los cincuenta, la nata ha desaparecido. Leche azul, leche desnatada, insípida —se interrumpe y añade como de pasada—: Porque usted no cuenta conmigo, ¿verdad, Corderita?

La joven le sonríe desde lo más hondo:

—No, Jachmann, de veras que no. Mi chico y yo… —¡Deje de preocuparse por el chico! ¡Ya vendrá! ¡No tardará! Adiós, Corderita mía. O puede que hasta la vista.

—Hasta la vista, Jachmann, seguro que hasta la vista. Cuando nos vaya mejor. Y no se olvide las maletas. Porque fueron lo principal.

—Cierto, joven señora. ¡Tan cabal como siempre, magnífica!

 

Un arbusto entre los arbustos y el viejo amor

 

Corderita lo ha acompañado al jardín, el chófer medio dormido no logra poner en marcha el motor frío, de manera que permanecen en silencio junto al automóvil. Luego se dan la mano y se despiden. Corderita ve alejarse el reflejo de los faros, el ruido del motor se oye un ratito, mientras el silencio y la oscuridad la envuelven.

El cielo está estrellado, hace un poco de filo. En la coloma, hasta donde alcanza la vista, no se divisa ninguna luz, solo detrás de ella, en la ventana de su propia casita, luce el suave resplandor rojizo de la lámpara de petróleo.

Corderita permanece inmóvil, el crío duerme… ¿a qué espera? ¿A qué va a esperar? El último tren ya ha pasado, su chico no puede volver hasta el día siguiente por la mañana, ha dado un mal paso, tampoco eso falla. Nada falla. Puede acostarse y dormir. O velar. No importa, la vida es un asunto baladí.

Corderita no entra. Se queda ahí quieta, hay algo en esa noche callada que la desazona. Son las estrellas que titilan en el aire frío. Los arbustos de su jardín y del vecino se apelotonan formando una negrura densa, la casita del vecino parece un animal oscuro y voluminoso.

No sopla el viento, ni se oye el menor rumor: nada; al fondo, muy lejos en la distancia, pasa un tren. Por eso se respira allí tanta paz, tanto silencio. Corderita sabe que no está sola. Ahí fuera, en la oscuridad, hay alguien como ella, inmóvil. ¿Respira? No, no respira. Y sin embargo hay alguien.

Eso es un lilo y aquello otro. ¿Desde cuándo hay algo entre los dos lilos?

Corderita da un paso con el corazón desbocado, pero pregunta con absoluta tranquilidad:

—Chico, ¿eres tú?

El arbusto, el arbusto que sobra guarda silencio. Después se mueve vacilante y el chico pregunta con voz entrecortada, ronca:

—¿Se ha marchado?

—Sí, Jachmann se ha marchado. ¿Has esperado mucho tiempo aquí?

Su marido no contesta.

Durante un rato permanecen silenciosos, a Corderita le gustaría vislumbrar la cara de su chico, pero no se ve ni gota. Y, sin embargo, de la figura inmóvil que tiene enfrente emana un peligro más oscuro todavía que la noche, más amenazador que esa extraña inmovilidad del hombre conocido. Corderita permanece callada.

Después dice con ligereza:

—¿Entramos? Tengo frío.

Él no contesta.

Corderita comprende que ha ocurrido algo. No es que su chico haya bebido, no es solo eso, pues a lo mejor también ha bebido. Ha sucedido otra cosa, algo malo.

Ahí está su marido, su querido y joven marido, en la oscuridad, como un animal herido, sin atreverse a salir a la luz. Hundido.

—Jachmann solo ha venido por sus maletas. No volverá —le explica.

Él no contesta.

De nuevo permanecen un rato quietos; enfrente y abajo, Corderita oye un coche en la carretera, en la lejanía, después su canto se aproxima, se torna muy ruidoso y se aleja hasta desaparecer. ¿Qué digo?, se pregunta. ¡Si por lo menos me dijera algo!

—Hoy he estado zurciendo en casa de los Krämer —le comunica.

Él no contesta.

—Bueno, la verdad es que no he zurcido. La mujer tenía una tela y se la he cortado para hacerle una bata. Está muy satisfecha, me venderá barata su vieja máquina de coser y me recomendará a todos sus conocidos. Por hacer un vestido cobraré ocho marcos, quizá incluso diez.

Corderita espera mucho rato antes de decir cautelosa:

—A lo mejor conseguimos ganar dinero. A lo mejor salimos de la miseria…

Pinneberg hace un movimiento, pero después vuelve a quedarse quieto y silencioso.

Corderita espera, el corazón le pesa, tiene frío. Ya no puede consolarlo más. No sabe qué hacer. Todo ha sido en vano. ¿De qué sirve luchar? ¿Para qué? Mejor habría hecho yendo a robar leña con los demás.

Ella gira la cabeza, contempla las abundantes estrellas, silenciosas y solemnes, pero terriblemente extrañas y grandes y muy lejanas.

—El crío se ha pasado la tarde preguntando por ti —informa—. De pronto ha dejado de decir pa-pá, ahora dice pa-pó.

Su chico no contesta.

—¡Ay, chico, chico! —exclama—. ¿Qué ocurre? ¡Dile una palabra a tu Corderita! ¿Es que yo no soy nada? ¿Es que estamos completamente solos?

Ay, no sirve de nada. Su marido no se aproxima, ni habla, parece cada vez más lejano.

El frío es penetrante, Corderita está completamente helada, ya no queda nada. Detrás está la cálida claridad rojiza de la ventana de la casita, donde duerme el crío. Bah, también los niños pasan, solo nos pertenecen un tiempo breve… ¿seis años, diez? Todo es soledad.

Se dirige hacia la claridad rojiza, tiene que hacerlo, no le queda más remedio.

Una voz lejana la llama a sus espaldas:

—¡Corderita!

Sigue andando, todo es inútil, sigue andando.

—¡Corderita!

Sigue andando. Ahí está la casita y la puerta, solo un paso más, la mano agarra el picaporte…

La sujetan, su chico la sujeta y balbucea entre sollozos:

—¡Ay, Corderita, lo que me han hecho! La policía… me ha bajado de la acera de un empujón… me ha echada… ¿Cómo voy a poder mirar a nadie a la cara?

Y de repente el frío se desvanece, una ola verde, de infinita suavidad, la levanta y a él con ella. Se deslizan hacia arriba, las estrellas titilan muy cerca.

—¡Puedes mirarme a mí! —susurra ella—. ¡Siempre! ¡Siempre! Estás conmigo, estamos juntos…

La ola sube y sube. Es la playa nocturna entre Lensahn y Wiek, donde una vez estuvieron tan cerca las estrellas. Es la vieja felicidad, el viejo amor. Cada vez más y más arriba, desde la sucia tierra hacia las estrellas.

Después entran los dos en casa, donde duerme el crío.

 

HANS FALLADA ha sido reivindicado como uno de los escritores más destacados de la literatura alemana que ha dado el siglo XX. Nacido como Rudolf Ditzen en 1893, su obra permaneció en el olvido durante décadas, hasta que recientemente ha sido recuperada en todo el mundo. Fallada debutó como novelista en 1920, pero consiguió la fama internacional con Pequeño hombre, ¿y ahora qué? (1932).

Considerado autor no deseado por el nazismo, cayó en desgracia con la subida de Hitler al poder. Solo en Berlín fue la última novela que escribió, en 1947, antes de poner fin a su vida con una sobredosis de morfina.

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