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© Libro N° 4027. Solo En Berlín. Cuarta Parte. Fallada, Hans. Colección E.O. Julio 29 de 2017.

Título original: ©  Solo En Berlín. Cuarta Parte. Hans Fallada

 

Versión Original: © Solo En Berlín. Cuarta Parte. Hans Fallada

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SOLO EN BERLÍN

CUARTA PARTE

Hans Fallada

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CUARTA PARTE

El desenlace

 

Capítulo 52

EL INTERROGATORIO DE ANNA QUANGEL

 

 

Ocurrió catorce días después de la detención: en uno de los primeros interrogatorios a Anna Quangel, ya restablecida, se le escapó que su hijo Otto estuvo prometido con cierta Trudel Baumann. En aquellos momentos Anna aún no había comprendido que la mención de cualquier nombre era peligrosa, para el mencionado, claro. Porque el círculo de amigos y conocidos de todo detenido era investigado con meticulosa exactitud, se seguía cualquier rastro para que «la pústula purulenta fuera cauterizada por completo».

Su interrogador, el comisario Laub, sucesor de Escherich, un hombre bajo, rechoncho, al que le gustaba golpear el rostro del interrogado utilizando sus dedos huesudos a modo de látigo, siguiendo su costumbre, soslayó al principio este dato y no lo tuvo en cuenta. Sometió a Anna Quangel a un interrogatorio largo y mortalmente fatigoso sobre los amigos y patrones de su hijo, preguntó cosas que ella no podía saber, pero debía, preguntó y preguntó, mientras le azotaba el rostro con sus dedos.

El comisario Laub era un maestro en el arte del interrogatorio, aguantaba diez horas sin interrupción, de modo que la interrogada también tenía que aguantar. Anna Quangel oscilaba de cansancio en su taburete. La enfermedad recién superada, el miedo por el destino de Otto, del que no había vuelto a tener noticias, la ignominia de ser golpeada como un escolar despistado, todo esto la dispersaba, la distraía, mientras el comisario Laub le propinaba otro golpe.

Anna Quangel gimió en voz baja y se cubrió la cara con las manos.

—¡Baje las manos! —vociferó el comisario—. ¡Míreme! ¡Vamos, que es para hoy!

Ella obedeció con una mirada que denotaba miedo. Pero no a él, sino a su propia debilidad.

—¿Cuándo vio por última vez a la susodicha novia de su hijo?

—Hace mucho. No lo sé. Desde que escribíamos las postales. Más de dos años... ¡Oh, no vuelva a pegarme! ¡Piense en su madre! A usted no le gustaría que pegasen a su madre.

Dos, tres golpes seguidos la alcanzaron.

—Mi madre no es una cerda acusada de alta traición como usted. Vuelva a mencionar a mi madre y le enseñaré cómo puedo pegar. ¿Dónde vivía esa chica?

—No lo sé. Mi marido me contó en cierta ocasión que se había casado. Seguro que se habrá mudado.

—Vaya, así que su marido la vio. ¿Y cuándo fue eso?

—No lo sé. Entonces ya escribíamos las postales.

—Y ella colaboraba, ¿verdad? ¿Les ayudaba?

—¡No! ¡No! —gritó la señora Quangel al percatarse, aterrada, de lo que había provocado—. Mi marido —agregó presurosa— se encontró a Trudel en la calle. Entonces ella le contó que se había casado y que ya no iba a la fábrica.

—Bueno... ¿y qué más? ¿A qué fábrica iba?

La señora Quangel mencionó el nombre de la fábrica de uniformes.

—¿Y qué más?

—Eso es todo. No sé nada más. Se lo aseguro, señor comisario.

—¿No le parece un poco raro que la novia del hijo no regresara a casa de sus suegros ni siquiera después de la muerte del novio?

—¡Pero es que mi marido era así! Nosotros nunca nos relacionamos con nadie, y desde que escribimos las postales rompió absolutamente con todo el mundo.

—¡Otra mentira más! ¡Iniciaron la relación con los Heffke cuando escribían las postales!

—Sí, eso es cierto. Lo había olvidado. Pero a Otto tampoco le parecía bien, lo permitió por tratarse de mi hermano. ¡Y cómo despotricaba siempre de los parientes! —Miró con tristeza al comisario y añadió con voz tímida—: ¿Puedo preguntar algo, señor comisario?

—¡Pregunte! Quien pregunta mucho, recibe muchas respuestas —gruñó el comisario Laub.

—Es cierto... —Se interrumpió—. Creo que ayer por la mañana vi a mi cuñada abajo en el pasillo... ¿es verdad que los Heffke también están detenidos?

—¡Otra mentira! —Un golpe duro. Y otro más—. La señora Heffke está en un lugar completamente distinto. No puede haberla visto. Eso se lo ha soplado alguien. ¿Quién se lo ha soplado?

La señora Quangel meneó la cabeza.

—Nadie. Vi a mi cuñada a lo lejos. Ni siquiera tuve la certeza de que fuera ella —suspiró—. Así que ahora también los Heffke están detenidos y eso que no han hecho nada ni sabían nada. Pobrecillos.

—Pobrecillos —se burló el comisario Laub—. ¡No sabían nada de nada! Eso es lo que decís todos. Pero sois delincuentes, y tan cierto como que soy el comisario Laub, os arrancaré la piel a tiras hasta que digáis la verdad. ¿Quién comparte la celda con usted?

—Una mujer, no sé su nombre. Yo la llamo sencillamente Berta.

—¿Cuánto tiempo lleva Berta en la misma celda que usted?

—Desde ayer por la noche.

—Así que es ella la que le sopló lo de los Heffke. Confiéselo, señora Quangel, o haré subir a Berta y la golpearé en su presencia hasta que confiese.

Anna Quangel volvió a negar con la cabeza.

—Conteste sí, o conteste no —repuso ella—, usted, señor comisario, hará subir a Berta y la maltratará. Yo sólo puedo decir que he visto a la señora Heffke abajo en la entrada...

El comisario Laub se giró deprisa y soltó un pedo ruidoso en la cara de Anna Quangel. Después se volvió de nuevo y la miró a la cara esbozando una sonrisa sardónica.

—Huélalo usted —dijo—, tengo más de esa clase si usted se pasa de lista. —Y de repente aulló:— ¡Sois basura! ¡Todos vosotros sois basura! ¡Sois todos una mierda! Y no descansaré hasta que todos estéis bajo tierra como la basura que sois. ¡Así acabaréis todos! ¡Todos! ¡Ordenanza, suba a Berta Kuppke!

Pasó una hora atemorizando y golpeando a ambas mujeres, a pesar de que Berta Kuppke reconoció enseguida haber hablado a la señora Quangel de la señora Heffke. Hasta entonces había compartido celda con la señora Heffke. Pero al comisario Laub no le bastó. Quería conocer con precisión hasta la última palabra que habían hablado entre ellas, y eso que sólo se habían desahogado contándose sus penas, como suelen hacer las mujeres. Pero él olfateaba por doquier conjuras y alta traición y golpeaba sin cesar mientras preguntaba.

Al final la llorosa Kuppke fue conducida de nuevo al sótano y Anna Quangel volvió a ser la única víctima del comisario Laub. Aho ra estaba tan cansada que oía su voz como si viniese desde muy lejos, la figura del hombre se desvanecía ante sus ojos, y los golpes ya no le dolían.

—Entonces, ¿qué sucedió para que la susodicha novia de su hijo dejara de visitarlos?

—No sucedió nada. A mi marido no le gustaban las visitas.

—Pero usted ha reconocido que él se mostró de acuerdo con visitar a los Heffke.

—Los Heffke eran una excepción porque Ulrich es mi hermano.

—¿Y por qué no regresó Trudel a su casa?

—Porque mi marido no quería.

—¿Y cuándo se lo dijo a ella?

—¡No lo sé! Señor comisario, no puedo más. Déjeme descansar media hora. ¡Un cuarto de hora!

—Sólo cuando me lo hayas contado. ¿Cuándo prohibió su marido la entrada en casa a la chica?

—Cuando cayó mi hijo.

—¿Lo ves? ¿Y dónde sucedió?

—En nuestra casa.

—¿Y qué motivo adujo?

—Que ya no quería relacionarse con ella. Señor comisario, no puedo más, de veras. ¡Sólo diez minutos!

—De acuerdo. Dentro de diez minutos haremos una pausa. ¿Qué razón dio su marido para que Trudel no regresara nunca más?

—Que ya no quería tener ningún tipo de trato con ella. Por entonces ya habíamos pensado lo de las postales.

—¿Así que adujo como motivo que ya tenía pensado lo de las postales?

—No, él jamás habló de eso con nadie.

—¿Entonces qué razón le dio?

—Que no quería tener más relación con ella. ¡Oh, señor comisario!

—Si me dice el verdadero motivo, terminaremos por hoy.

—Pero es que ése es el verdadero motivo.

—No, no lo es. Veo que miente. Si no me dice la verdad, la interrogaré diez horas más. Vamos, ¿qué dijo él? Repítame las palabras que le dijo a Trudel Baumann.

—Ya no las recuerdo. Estaba muy furioso.

—¿Por qué?

—Porque dejé a Trudel Baumann dormir conmigo.

—Pero ¿se lo prohibió después, o la echó inmediatamente?

—No, lo hizo por la mañana.

—¿Se lo prohibió entonces?

—Sí.

—¿Por qué estaba tan furioso?

—Se lo contaré, señor comisario —dijo Anna Quangel haciendo de tripas corazón—. No hago daño a nadie con ello. Yo también oculté en mi casa en secreto durante la noche a una vieja judía, la señora Rosenthal, que después se mató tirándose por una ventana. Por eso se enfureció tanto, y entonces de paso también echó de casa a Trudel.

—¿Por qué se escondió la señora Rosenthal en su casa?

—Porque tenía miedo de estar sola en la suya. Vivía en el piso de arriba del nuestro. Se llevaron a su marido. Y ella tenía miedo. Señor comisario, me ha prometido que...

—Enseguida. Enseguida acabamos. ¿Así que Trudel sabía que tenía escondida a una judía?

—Pero eso no estaba prohibido.

—¡Pues claro que lo estaba! Un ario decente no da cobijo a una cerda judía y una chica decente lo denuncia a la policía. ¿Qué dijo Trudel sobre la judía de vuestra casa?

—Señor comisario, no voy a declarar nada más. Tergiversa todas mis palabras. Trudel no cometió delito alguno. ¡Ella no sabía nada de nada!

—Pero sí que una judía durmió en vuestra casa, ¡eso sí que lo sabía!

—¡Eso no era nada malo!

—No comparto su opinión. Mañana le diré cuatro cosas a Trudel.

—¡Ay, Dios mío! ¿Qué he hecho? —La señora Quangel se echó a llorar—. Ahora también he provocado la desgracia de Trudel. Señor comisario, no le haga nada a Trudel, está embarazada.

—¡No me diga, así que de pronto sabe eso cuando por lo visto lleva dos años sin verla! ¿Cómo se ha enterado?

—Ya le he dicho, señor comisario, que mi marido tropezó con ella en la calle.

—¿Cuándo ocurrió eso?

—Debió de ser hace unas semanas. Señor comisario, me prometió un pequeño descanso. Muy pequeño, por favor. De veras, ya no puedo más.

—¡Sólo un momento! Enseguida acabamos. ¿Quién empezó a hablar, Trudel o su marido? Porque ambos estaban enfadados.

—No estaban enfadados, señor comisario.

—¡Su marido le había prohibido la entrada en su casa!

—Pero Trudel no se lo tomó a mal, conoce a mi marido.

—¿Y dónde se vieron?

—Creo que en la calle Kleine Alexander.

—¿Y qué hacía su marido en la calle Kleine Alexander? Usted ha dicho que sólo iba y venía de la fábrica.

—Y así es.

—¿Qué hacía en la calle Kleine Alexander? ¿Depositar alguna postal, verdad señora Quangel?

—¡No, no! —exclamó asustada, palideciendo de repente—. Las postales siempre las repartí yo. Siempre sola, él nunca.

—¿Por qué acaba de ponerse tan pálida, señora Quangel?

—Yo no me he puesto pálida. Mejor dicho, sí. Porque me siento mal. ¡Usted quería hacer una pausa, señor comisario!

—Enseguida, en cuanto hayamos aclarado el asunto. ¿Así que su marido fue a depositar una postal y se encontró con Trudel Baumann? ¿Qué dijo ella de las postales?

—¡Pero si no sabía ni una palabra!

—¿Cuando su marido vio a Trudel, llevaba la postal en el bolsillo o ya la había depositado?

—Ya la había depositado.

—Lo ve, señora Quangel, ya nos vamos aproximando al meollo de la cuestión. Ahora cuénteme lo que dijo Trudel Baumann de la postal, y habremos terminado por hoy.

—Pero si ella no pudo decir nada; él ya la había dejado.

—¡Piénselo de nuevo! Noto que me está mintiendo. Si se empecina, mañana temprano seguirá aquí sentada. ¿Por qué se atormenta de forma tan innecesaria? Mañana yo le diré a la cara que ella sabía lo de las postales, y lo admitirá enseguida. ¿Por qué quiere meterse en problemas, señora Quangel? ¿Qué dijo Trudel Baumann sobre las postales?

—¡No, no, no! —gritó la señora Quangel, levantándose de un salto, desesperada—. Ya no diré ni una palabra más. No denunciaré a nadie. Puede decir lo que quiera, puede matarme a golpes: no diré una palabra más.

—Vuelva a sentarse y tranquilícese —le advirtió el comisario Laub propinando unos golpes a la desesperada mujer—. Yo decido cuándo puede usted levantarse. Y también cuándo termina el interrogatorio. Ahora acabaremos de discutir el asunto de Trudel Baumann. Después de confesar que ella cometió un delito de alta traición...

—¡Yo no he confesado eso! —exclamó la mujer atormentada, presa de la desesperación.

—Usted ha dicho que no quiere denunciar a Trudel —repuso el comisario con indiferencia—. Y ahora no cejaré hasta que me diga qué es lo que hay que denunciar.

—Nunca lo diré. ¡Nunca!

—¿Acabáramos? ¿Lo ve, señora Quangel? Es usted tonta. Debe reconocer que mañana le sonsacaré a Trudel Baumann con total facilidad lo que deseo saber. Una mujer embarazada no resistirá mucho un interrogatorio. En cuanto le sacuda un par de...

—¡No puede usted pegar a Trudel! ¡No puede hacerlo! ¡Ay, Dios mío, ojalá no hubiera mencionado nunca su nombre!

—Pero lo ha mencionado. Y le facilitará mucho las cosas a su Trudel si lo confiesa todo. Vamos, dígame, señora Quangel: ¿qué dijo Trudel de las postales?

Y más tarde:

—Podría enterarme de todo por Trudel, pero quiero que me lo cuente usted misma. ¡No cejaré hasta que lo haga! Tiene que aprender que no es más que una mierda ante mí. Tiene que aprender que todos sus propósitos de mantener la boca cerrada son inútiles. Tiene que aprender que, a pesar de toda su palabrería sobre la lealtad y su negativa a denunciar, usted no vale nada. ¡Usted no es nada! Bueno, señora Quangel, ¿qué se apuesta a que dentro de una hora oiré de sus labios la relación de Trudel con las postales? ¿Apuesta?

—¡No, no! ¡Nunca!

Por supuesto que el comisario Laub lo supo, y antes de una hora.

 

Capítulo 53

LOS AFLIGIDOS HERGESELL

 

 

Los Hergesell daban su primer paseo después del aborto de Trudel. Tomaron la calle que salía hacia Grünheide, pero al rato torcieron a la izquierda adentrándose en Frankenweg y pasearon por la orilla del lago Flakensee hacia la esclusa de Woltersdorf.

Caminaban muy despacio y de vez en cuando Karl lanzaba una rápida ojeada a Trudel, que caminaba a su lado con la vista baja.

—Qué bonito está el bosque —dijo él.

—Sí, muy bonito —contestó la joven.

—¡Mira esos cisnes en el lago! —exclamó él un poco después.

—Sí. Cisnes... —y enmudeció.

—Trudel, ¿por qué no hablas? —preguntó, preocupado—. ¿Por qué has perdido la alegría?

—No puedo evitar pensar siempre en mi hijo muerto —musitó su esposa.

—Ay, Trudel. Todavía tendremos muchos hijos.

Ella negó con la cabeza.

—Nunca volveré a tener un hijo.

—¿Te lo ha dicho el médico? —preguntó, temeroso.

—No, el médico no. Pero lo noto.

—No. No debes pensar así, Trudel. Somos jóvenes, aún podemos tener muchos hijos.

Ella negó nuevamente con la cabeza.

—A veces pienso que ha sido un castigo.

—¡Un castigo! ¿Por qué, Trudel? ¿Qué delito hemos cometido para ser castigados así? ¡No, ha sido una casualidad, una casualidad ciega e infame!

—No ha sido una casualidad, ha sido un castigo —insistió, testaruda—. No debemos tener ningún hijo. No dejo de pensar qué habría sido Klaus cuando hubiera crecido. ¿Miembro de las Juventudes Hitlerianas, de las SA, de las SS...?

—¡Pero Trudel! —exclamó el hombre completamente estupefacto por los sombríos pensamientos que atormentaban a su mujer—. ¡Para cuando Klaus hubiera crecido, el nazismo ya se habría acabado hace mucho! ¡Eso ya no durará mucho, confía en ello!

—Sí —replicó Trudel—, ¿y qué hemos hecho nosotros para que el futuro sea mejor? ¡Nada en absoluto! Menos que nada: abandonamos una buena causa. Ahora pienso tanto en Grigoleit y Bebé... por eso hemos sido castigados...

—¡Ese miserable Grigoleit! —replicó él enfadado.

Estaba muy furioso con Grigoleit porque aún no había acudido a recoger su maleta.

Hergesell había tenido que renovar el resguardo un par de veces.

—Creo —añadió— que Grigoleit lleva mucho en la cárcel. De lo contrario habríamos vuelto a tener noticias suyas.

—Si está en la cárcel —insistió ella— también es por nuestra culpa. Lo dejamos en la estacada.

—¡Trudel! ¡Te prohíbo pensar siquiera semejante disparate! Nosotros no tenemos madera de conspiradores. Para nosotros lo único correcto fue lo que hicimos: dejarlo.

—Sí —contestó ella con amargura—, pero tenemos madera de escaqueadores, de cobardes. Dices que Klaus no habría tenido que ingresar en las Juventudes Hitlerianas. Pero si no lo hubiera hecho, si hubiera podido respetar y amar a sus padres... ¿qué hemos hecho nosotros para eso? ¿Qué hemos hecho por un futuro mejor? ¡Nada!

—No todo el mundo puede jugar a conspirador, Trudel.

—No. Pero podríamos haber hecho algo. Si hasta un hombre como mi antiguo suegro, Otto Quangel... —Se interrumpió.

—Bueno, ¿qué pasa con Quangel? ¿Qué sabes de él?

—No, prefiero no decírtelo. Además se lo prometí. Pero si hasta un hombre viejo como Otto Quangel lucha contra este Estado, me parece vergonzoso que nosotros nos quedemos cruzados de brazos.

—¿Pero qué podemos hacer, Trudel? ¡Nada! Piensa en todo el poder que tiene Hitler, y nosotros dos no somos nada. ¡No podemos hacer nada!

—Si todos pensaran como tú, Hitler mantendría el poder durante toda la eternidad. Hay que empezar a luchar contra él.

—¿Pero qué podemos hacer?

—¿Qué? ¡Cualquier cosa! Podríamos escribir proclamas y colgarlas en los árboles. Tú trabajas en una fábrica química y por tu condición de electricista entras en todas las zonas de la factoría. Te bastaría cambiar la posición de una llave, aflojar el tornillo de una máquina, para arruinar el resultado de muchas jornadas de trabajo. Si hicieras algo así, y te secundaran un par de cientos más, Hitler podría esperar sentado el material bélico.

—Sí, y a la segunda vez me atraparían y me ejecutarían.

—Es lo que siempre digo: somos cobardes. Sólo pensamos qué será de nosotros, nunca en lo que les sucede a los demás. Mira, Karli, a ti te han eximido del Ejército. Pero si tuvieras que ser soldado estarías a diario en peligro de muerte e incluso te parecería natural.

—¡Bah, con los militares también conseguiría alguna pre benda!

—¡Y dejarías a otros morir por ti! Es lo que yo digo: somos unos cobardes, no valemos para nada.

—¡Maldita escalera! —explotó él—. Si no hubiera ocurrido lo de tu aborto habríamos continuado viviendo tan felices.

—No, no habría sido felicidad, al menos auténtica felicidad, Karli. Desde que me quedé embarazada de Klaus, no podía dejar de pensar en lo que sería de ese niño. No habría soportado verlo estirar el brazo derecho para decir Heil Hitler, no habría querido verlo con camisa parda. Si se volviera a celebrar otra victoria, él habría visto a sus padres enarbolando muy buenecitos la bandera de la cruz gamada y habría sabido que somos unos mentirosos. Bueno, al menos eso nos lo hemos ahorrado. ¡No deberíamos haber ido a por Klaus, Karli!

Él caminó un rato asustado sumido en un silencio sombrío. Iban ya de regreso, pero no veían ni el lago ni el bosque.

Al final preguntó:

—¿Así que piensas de veras que deberíamos hacer algo? ¿Yo debo hacer algo en la fábrica?

—Sin duda —contestó ella—. Tenemos que hacer algo, Karli, para no tener que avergonzarnos tanto.

Él meditó unos instantes.

—No puedo evitarlo, Trudel —dijo—, pero imaginar que me deslizo por la fábrica estropeando máquinas es algo que no me pega.

—¡Pues piensa en algo que te pegue! Ya se te ocurrirá. No tiene que ser ahora mismo.

—Y tú ¿has pensado ya en lo quieres hacer?

—Sí —contestó la joven—. Conozco a una judía que está escondida. Ya tendrían que habérsela llevado. Pero vive con gente mala y cada día teme una traición. La traeré a nuestra casa.

—¡No! —exclamó él—. No. No hagas eso, Trudel. Con la vigilancia a la que nos someten, se notaría enseguida. Además ¡piensa en las cartillas de racionamiento! Seguro que ella no tiene. No podemos alimentar a una persona más con las nuestras.

—¿Que no? ¿De verdad no podemos pasar un poco de hambre si así salvamos a una persona de la muerte? Ay, Karli, si las cosas son así, Hitler lo tiene muy fácil. Entonces todos nosotros somos basura, y tendremos bien merecido lo que nos suceda.

—Pero es que la verán en nuestra casa. En nuestra pequeña vivienda es imposible esconder a nadie. ¡No, eso no lo toleraré!

—Karli, no creo que necesite tu permiso. La vivienda es tan mía como tuya.

Y se enzarzaron en una discusión muy acalorada, la primera discusión de verdad de su matrimonio. Ella aseguró que mientras él estuviera trabajando, traería a la mujer a casa, y él le repuso que la echaría en el acto.

—¡Entonces haz lo mismo conmigo!

Tan lejos llegaron. Ambos sentían furia, conmoción, disgusto. No solucionaron el asunto, no llegaron a ningún compromiso. Trudel estaba empeñada en luchar contra Hitler, contra la guerra. En principio él también quería hacer algo, pero no podía tratarse de nada arriesgado, no quería correr el menor peligro. Lo de la judía era simple y llanamente una locura. ¡Jamás lo consentiría!

Caminaron en silencio por las calles de Erkner hacia su casa. Iban tan callados que cada vez parecía más difícil romper el mutismo. Ya no se habían cogido del brazo, caminaban uno al lado del otro sin tocarse. Cuando sus manos se rozaban por casualidad, cada uno retiraba deprisa la suya y la distancia entre ambos aumentaba.

No se fijaron en el enorme coche cerrado estacionado delante de su portal. Subieron las escaleras sin darse cuenta de que desde cada puerta los miraban con curiosidad o temor. Karl Hergesell abrió la puerta del piso y franqueó el paso a Trudel. En la entrada no notaron nada. Cuando divisaron en el cuarto de estar al hombre bajo y rechoncho con chaqueta verde, se sobresaltaron.

—Pero ¡bueno! —exclamó Hergesell furioso—. ¿Qué hace usted en mi casa?

—Soy el comisario Laub de la Gestapo de Berlín —se presentó el hombre de la chaqueta verde, que llevaba en la cabeza el sombrerito de caza con el penacho de plumas dentro de la habitación—. ¿El señor Hergesell, verdad? ¿La señora Gertrud Hergesell, de soltera Baumann, llamada Trudel? ¡Muy bien! Me gustaría hablar unas palabras con su mujer, señor Hergesell. ¿Le importaría esperar mientras tanto en la cocina?

Los esposos se miraron asustados y palidecieron. De repente, Trudel sonrió:

—¡Adiós, Karli! —dijo abrazándolo—. ¡Adiós! ¡Qué pelea más tonta! ¡Las cosas siempre suceden de manera distinta a como pensamos!

El comisario Laub carraspeó, apremiándolos. Ellos se besaron. Hergesell salió.

—¿Acaba de despedirse de su marido, señora Hergesell?

—Me he reconciliado con él, habíamos discutido.

—¿Por qué motivo?

—Por la visita de una tía mía. Él se oponía, yo estaba a favor.

—¿Y mi presencia la ha inducido a ceder? Qué raro, no parece tener usted la conciencia muy tranquila. ¡Perdone un momento! ¡Usted quédese aquí!

Lo oyó hablar con Karli en la cocina. Seguramente su marido achacaría la discusión a otra causa, el asunto empezaba mal desde el principio. Ella había pensado inmediatamente en Quangel, pero la verdad es que no parecía propio de Quangel denunciar a nadie...

A su regreso, el comisario, frotándose las manos muy satisfecho, le comunicó:

—Su marido dice que discutieron por si adoptaban un hijo o no. Ésta es la primera mentira en que la he sorprendido. No tema, en media hora se habrán sumado un montón de mentiras más y yo las descubriré todas. ¿Ha tenido usted un aborto?

—Sí.

—Con alguna ayudita, ¿verdad? Para que el Führer no reciba más soldados, ¿eh?

—¡Ahora es usted el que miente! Si hubiera querido eso, no habría esperado hasta el quinto mes.

Entró un hombre con un papel en la mano.

—Señor comisario, el señor Hergesell quería quemar esto hace un momento, en la cocina.

—¿Qué es? ¿Un resguardo de la consigna? Señora Hergesell, ¿qué maleta es la que su marido ha depositado en la estación de la plaza Alexander?

—¿Una maleta? No tengo ni idea, mi marido no me ha contado ni una palabra de eso.

—Traiga al marido. Y que un agente vaya inmediatamente en coche a la plaza Alexander a recoger la maleta.

Un tercer hombre hizo pasar a Karl Hergesell. Así que la vivienda estaba llena de policías, habían entrado a ciegas.

—¿Qué maleta ha depositado usted en la plaza Alexander?

—No sé lo que hay dentro, nunca lo comprobé. Pertenece a un conocido. Dijo que contenía ropa interior y trajes.

—¡Es lo más probable! Por eso quiso usted quemar el resguardo al ver que había policía en su casa.

Hergesell vaciló, después, lanzando una rápida ojeada a su mujer, dijo:

—Lo he hecho porque no me fío mucho del conocido. También podría contener otras cosas. La maleta pesa mucho.

—Y en su opinión, ¿que podría contener?

—Impresos, tal vez. Siempre he procurado no pensar en ello.

—¿Qué extraño conocido es ése que no puede depositar él mismo su maleta en consigna? ¿No se llamará por casualidad Karl Hergesell?

—No, se llama Schmidt, Heinrich Schmidt.

—¿Y de qué conoce usted al tal Schmidt?

—Uf, desde hace mucho tiempo, diez años por lo menos.

—¿Y cómo se le ocurrió que podrían ser impresos? ¿A qué se dedicaba el tal Emil Schulz?

—Heinrich Schmidt. Era socialdemócrata o comunista. Por eso se me ocurrió que podría contener impresos.

—¿Dónde nació usted, señor Hergesell?

—¿Yo? Aquí, en Berlín. En el barrio de Moabit.

—¿Cuándo?

—El 10 de abril de 1920.

—Vaya, y afirma conocer por lo menos desde hace diez años a Heinrich Schmidt y estar enterado de su orientación política. ¡Pues por entonces tendría usted once años, señor Hergesell! No me tome por tonto, porque entonces me pondré antipático, y si me pongo antipático no tardará en dolerle algo.

—No he mentido. Le he dicho la pura verdad.

—Nombre: Heinrich Schmidt: primera mentira. Contenido de la maleta nunca visto: segunda mentira. Motivo de su depósito: tercera mentira. Noo, mi querido Hergesell, cada una de las frases que usted ha pronunciado son mentira.

—No, todo es verdad. Heinrich Schmidt pretendía viajar a Königsberg, y como la maleta le pesaba mucho y no la necesitaba para el viaje, me pidió que la guardara en consigna. ¡Ésa es toda la historia!

—Y se toma la molestia de viajar hasta Erkner y recoger el resguardo en su casa cuando podría llevarlo encima, en el bolsillo. ¡Muy verosímil toda su historia, señor Hergesell! En fin, de momento dejémosla de lado. Volveremos a hablar más veces de ella, tenga la amabilidad de acompañarme un momento a la Gestapo. Por lo que respecta a su mujer...

—¡Mi mujer no sabe nada de la maleta!

—Es lo que ella afirma. Ya me enteraré de todo lo que sabe o no sabe. Pero ahora, aprovechando que tengo tan juntos a dos tortolitos como vosotros... os conocéis desde que trabajabais en la fábrica de uniformes, ¿verdad?

—Sí... —contestaron.

—¿Y cómo era eso, a qué os dedicabais?

—Yo era electricista...

—Yo cortaba uniformes...

—Muy bien, estupendo, sois personas trabajadoras. Pero cuando no estabais dando tijeretazos a la tela y tendiendo cables... ¿qué hacíais, guapos? ¿No fundaríais por casualidad una pequeña y bonita célula comunista, verdad, vosotros dos, un tal Jensch, llamado Bebé, y un tal Grigoleit?

Ellos palidecieron y lo miraron. ¿Cómo podía saberlo ese hombre? Intercambiaron una mirada de desconcierto.

—¿Qué? —Laub rio, sarcástico—. Os habéis quedado muy desconcertados, ¿eh? Porque allí vosotros cuatro estabais vigilados y si no os hubierais separado tan deprisa os habría conocido un poco antes. Usted, Hergesell, continúa sometido a vigilancia en su fábrica...

Se sentían tan confundidos que ni siquiera pensaron en contradecir a ese hombre.

El comisario los contemplaba meditabundo, y de pronto se le ocurrió una idea.

—¿A quién pertenecía la maleta, señor Hergesell? —preguntó—. ¿A Grigoleit o a Bebé?

—A..., bah, ahora da igual, usted ya lo sabe todo, me la endosó Grigoleit. Pensaba recogerla al cabo de una semana, pero de eso hace ya mucho tiempo...

—¡Habrán trincado a su Grigoleit! Bueno, ya le echaré el guante... si todavía vive, quiero decir.

—Señor comisario, le aseguro que desde que abandonamos la célula mi mujer y yo no hemos desarrollado la menor actividad política. Es más, disolvimos la célula antes de hacer nada. Porque nos dimos cuenta de que no valíamos para esa tarea.

—¡Yo también me he dado cuenta! ¡Yo también! —se burló el comisario.

Pero Karl Hergesell prosiguió, impávido:

—Desde entonces sólo hemos pensado en nuestro trabajo, no hemos hecho nada en contra del Estado.

—¡Salvo lo de la maleta, no se olvide de la maleta, Hergesell! ¡Custodia de impresos comunistas, eso es alta traición y le costará el cuello, querido! ¡Vamos, señora Hergesell! Por favor, señora, ¿a qué viene alterarse tanto? Fabian, separe a la joven esposa de su marido, pero con mucha delicadeza, por Dios, no vaya a hacer daño a la palomita. Acaba de tener un aborto, la dulce pequeña, ¡no quiere proporcionar más soldados al Führer!

—Trudel —rogó Hergesell—. ¡No escuches sus palabras! En la maleta no tiene por qué haber impresos, sólo es una posibilidad que he imaginado a veces. También puede contener vestidos y ropa blanca, Grigoleit no tiene por qué haberme mentido.

—¡Eso está bien, joven, anime a su joven esposa! —lo alabó el comisario Laub—. ¿Ya nos hemos tranquilizado, corazoncito mío? ¿Podemos proseguir la conversación? Ahora vamos a pasar de la alta traición de Karl Hergesell a la alta traición de Trudel Hergesell, de soltera Baumann...

—¡Mi mujer no sabía nada de todas estas cosas! ¡Mi mujer nunca ha infringido la ley!

—¡No, no, los dos habéis sido buenos nacionalsocialistas! —El comisario Laub se sintió invadido por una súbita ira—. ¿Sabéis lo que sois? ¡Unos cobardes cerdos comunistas, eso es lo que sois! ¡Ratas de alcantarilla que hozáis en la mierda! ¡Pero yo os sacaré a la luz, os conduciré a los dos a la horca! ¡Pienso veros balanceándoos a los dos! A ti, con tu maleta de mentiras. Y a ti, con tu aborto. ¡Saltaste desde esa mesa de ahí hasta conseguirlo! ¿Fue así? ¿Fue así? ¡Contesta!

Había agarrado a Trudel y sacudía a la joven medio desmayada.

—¡Deje en paz a mi mujer! ¡No la toque!

Hergesell agarró al comisario. Un puñetazo de Fabian lo alcanzó. Tres minutos después estaba en la cocina, esposado, vigilado por Fabian y sabiendo —con el corazón rabioso y desesperado— que Trudel estaba en manos del torturador y no podía contar con su apoyo.

Laub siguió atormentando a Trudel a conciencia. La joven, que estaba medio desmayada de miedo por su Karli, tenía que hablar ahora de las postales. ¡No se tragaba lo del encuentro casual, ella había estado siempre en contacto con los Quangel, cobarde hatajo de conspiradores comunistas, y su marido, Karli, lo sabía!

—¿Cuántas postales dejó usted? ¿Qué llevaban escrito? ¿Qué dijo su marido al respecto?

La atormentaba así hora tras hora, mientras Hergesell permanecía desesperado en la cocina, el infierno dentro de su corazón.

Al final llegó el coche, y la maleta, y su apertura.

—¡Abra con maña este chisme, Fabian! —ordenó el comisario Laub.

Karl Hergesell había regresado al cuarto de estar, pero vigilado. Separados por la anchura de la habitación, los Hergesell se miraban pálidos y desesperados.

—¡Para ser ropa blanca y trajes pesa de lo lindo! —comentó el comisario, burlón, mientras Fabian manipulaba la cerradura con un gancho de alambre—. Bueno, enseguida descubriremos el pastel. Me temo que les va a resultar un poco penoso a ambos, ¿qué piensa, Hergesell?

—Mi mujer jamás supo nada de esta maleta, señor comisario —aseguró el aludido una vez más.

—Sí, y usted tampoco sabía que su mujer dejaba en las escaleras de los edificios postales con un contenido de alta traición por encargo del tal Quangel. Cada uno de ustedes ha cometido por su cuenta y riesgo un delito de alta traición. ¡Un matrimonio estupendo, no puedo menos que reconocerlo!

—¡No! —gritó Hergesell—. ¡No! ¡Tú no hiciste eso, Trudel! ¡Di que no es cierto, Trudel!

—Pero lo ha confesado

—Sólo una sola vez, Karli, y fue por pura casualidad...

—¡Les prohíbo terminantemente que hablen! Una sola palabra más y regresará a la cocina, Hergesell. Bueno, ya está abierto ese chisme. ¿Qué tenemos aquí?

Estaba con Fabian delante de la maleta, pero los Hergesell no podían ver el contenido. Los dos agentes de la Brigada de Investigación Criminal cuchicheaban entre ellos. Después Fabian levantó el pesado objeto exponiéndolo a la luz. Una pequeña máquina, tornillos relucientes, muelles, tinta de imprenta brillante...

—¡Una máquina de imprimir! —exclamó el comisario Laub—. Una pequeña y bonita máquina de imprimir... libelos comunistas. Esto liquida su caso, Hergesell. ¡Para siempre!

—Yo no sabía qué había dentro de la maleta —lo contradijo Karl Hergesell, pero estaba tan asustado que su desmentido sonó muy débil.

—¡Como si eso ahora tuviera alguna importancia! Usted estaba obligado a denunciar su encuentro con el tal Grigoleit y entregar la maleta. Bueno, Fabian, aquí hemos terminado. Vuelva a guardar ese chisme. Ya sé más que suficiente. Espose también a la mujer.

—Adiós, Karli —gritó Trudel Hergesell con voz enérgica—. Adiós, amor mío. Me has hecho muy feliz...

—¡Obligue a la mujer a cerrar el pico! —gritó el comisario—. Caramba, Hergesell, ¿qué significa eso?

Karl Hergesell se había liberado de su guardián de un tirón, cuando en la otra pared de la salita un puñetazo brutal cerró la boca de Trudel. A pesar de estar esposado, logró derribar al que había golpeado a Trudel y ambos rodaron por el suelo.

El comisario hizo una seña a Fabian. Éste se situó por encima de los contendientes, esperó y a continuación golpeó tres o cuatro veces a Karl Hergesell en la cabeza.

Hergesell gimió, sus miembros se estremecieron de manera convulsa, luego se desplomó y quedó inmóvil a los pies de Trudel. Ella lo miraba petrificada desde arriba: sangraba por la boca.

Durante el largo viaje a la ciudad ella esperó en vano que su marido recobrase la conciencia para volver a mirarlo a los ojos. No pudo ser.

No habían hecho nada. Y sin embargo, estaban perdidos...

 

Capítulo 54

LA PESADA CARGA DE OTTO QUANGEL

 

 

Durante los diecinueve días que Otto Quangel pasó en el búnker de la Gestapo antes de ser entregado al juez de instrucción del Tribunal del Pueblo, lo que peor soportó no fueron los interrogatorios del comisario Laub, a pesar de que ese hombre dedicaba sus no escasas fuerzas a quebrar la resistencia de Quangel, como él lo llamaba. Dicho de otra manera: dedicaba toda su perversa energía a convertir al detenido en una nulidad asustada y vociferante.

Tampoco era la preocupación creciente y muy torturadora por su mujer lo que desmoralizaba a Otto Quangel. No veía a Anna, no sabía nada de ella. Pero cuando Laub mencionó durante los interrogatorios el nombre de Trudel Baumann, ahora Trudel Hergesell, supo que su mujer se había asustado, que había sido engañada, que se le había escapado un nombre que jamás ha bría debido mencionar.

Más tarde, cuando se convenció de que también habían detenido a Trudel Baumann y a su marido, que habían declarado que también ellos estaban implicados en esa vorágine, en su imaginación se peleó muchas horas con su mujer. Durante toda su vida siempre se había sentido orgulloso de ser un solitario, de no necesitar a los demás, de no importunarlos, y ahora por su culpa (porque él se sentía responsable de Anna) había enredado en sus asuntos a dos jóvenes.

La pelea, sin embargo, no duraba mucho, pues el dolor y la preocupación por su esposa se sobreponían. A solas consigo mismo, apretaba con frecuencia las uñas contra las palmas de la mano, cerraba los ojos, hacía acopio de todas sus fuerzas... y entonces pensaba en Anna, intentaba imaginarla en su celda, y le enviaba torrentes de fuerza para infundirle nuevos ánimos, para que por nada del mundo olvidase su dignidad, para que no se humillase ante ese miserable que apenas tenía ya un vestigio de humanidad.

La preocupación por Anna era difícil de soportar, pero no era ni con mucho lo peor.

Lo peor no eran tampoco las irrupciones casi diarias en su celda de miembros de las SS borrachos y sus dirigentes, que descargaban su furia y sus sevicias sobre el hombre indefenso. Casi todos los días abrían de golpe la puerta de la celda, irrumpían dentro, embrutecidos por el alcohol, poseídos por la avidez de ver correr la sangre, de ver a personas convulsas, medio muertas, ansiosos por solazarse con la debilidad de la carne. También esto era muy difícil de soportar, pero todavía no era lo peor.

Lo peor era que no estaba solo en su celda, que tenía un compañero, un compañero de fatigas por lo visto igual de culpable, un semejante. Porque era una persona que horrorizaba a Quangel, un animal salvaje, sucio, cobarde y sin corazón, tembloroso y brutal, una persona a la que Quangel no podía mirar sin sentir profundo asco, y con la que, sin embargo, debía ser complaciente, porque ese hombre era mucho más fuerte que el viejo jefe de taller.

Karl Ziemke, al que los guardias llamaban Karlitos, era un hombre de unos treinta años de constitución hercúlea, cabeza redonda similar a la de un bulldog, ojos muy pequeños, largos brazos y manos cubiertos de vello. Su frente baja, abombada, en la que siempre colgaba un estropajo de pelos mugrientos, estaba surcada por numerosas arrugas longitudinales. Apenas hablaba, y lo poco que decía eran gritos bestiales. Como Quangel averiguó pronto por las conversaciones de los guardianes, Karlitos Ziemke había sido un miembro destacado de las SS, había desempeñado una extraordinaria misión como ejecutor, y nunca se sabría a cuántas personas habían asesinado esas zarpas velludas, porque hasta el propio Karlitos lo ignoraba.

Pero, ni siquiera en esos tiempos tan sanguinarios el asesino profesional Karlitos Ziemke disponía de víctimas suficientes, por lo que en épocas sin ocupación empezó a cometer asesinatos que no le habían ordenado sus superiores. Si bien en ellos no desdeñaba despojar a sus víctimas de dinero y objetos de valor, la causa de sus desmanes nunca fue el robo, sino únicamente el puro placer de matar. Al final lo descubrieron, y como había sido tan torpe como para no limitarse a matar a judíos, enemigos del pueblo y presas similares, sino también a arios irreprochables entre los que figuraba incluso un compañero de Partido, de momento estaba allí, en el búnker, y su futuro era incierto.

Karlitos Ziemke, que había mandado a tantos a la muerte sin que le temblara el pulso, temía por su valiosa existencia y en su mente, que no albergaba muchos más pensamientos que un niño de cinco años aunque sí mucho más crueles, había surgido la idea de que podía salvarse de las consecuencias de sus actos haciéndose el loco. Para ello se había inventado el papel de un perro. O quizá se lo había aconsejado algún camarada, hipótesis más probable, y él desempeñaba ese papel a conciencia.

Solía recorrer la celda a cuatro patas completamente desnudo, ladraba como un perro, comía de su plato como un perro y se empecinaba continuamente en morder a Quangel en las piernas. O exigía del viejo jefe de taller que se pasara horas tirándole un cepillo que luego Karlitos le traía, por lo que ansiaba ser acariciado y alabado. O Quangel tenía que balancear los pantalones de Karlitos como si fueran una comba que luego Karlitos saltaba sin parar.

Si el jefe de taller no se mostraba lo bastante solícito, el «perro» lo atacaba, lo tiraba al suelo y le agarraba la garganta con los dientes igual que un can, y nunca tenía la seguridad de que el juego no se tornara más serio. Los guardianes se lo pasaban en grande con las diversiones de Karlitos. A menudo permanecían mucho rato en la puerta de la celda e incitaban al perro, lo azuzaban, y Quangel tenía que aguantarlo todo. Pero si venían beodos para descargar su furia sobre el prisionero, tiraban a Karlitos al suelo, éste abría sus brazos y les imploraba que le sacaran a patadas las tripas de su cuerpo desnudo.

Quangel estaba condenado a convivir con ese hombre día tras día, hora tras hora, minuto a minuto. Él, que siempre había vivido solo, ahora ya no podía disfrutar ni un cuarto de hora de soledad. Ni siquiera de noche, cuando buscaba el sueño consolador, estaba seguro ante su martirizador. De pronto éste se acurrucaba junto a su cama, colocaba la zarpa sobre el pecho de Quangel y pedía agua o un sitio en el lecho de Quangel. Éste tenía que apartarse, estremeciéndose de asco ante ese cuerpo que no se lavaba jamás, peludo como el de un animal, pero que carecía por completo de la pureza e inocencia de los animales. Y entonces Karlitos ladraba en voz baja y empezaba a lamer la cara de Otto Quangel, y a continuación todo su cuerpo.

Sí, eso era difícil de soportar, y Otto Quangel se preguntaba muchas veces por qué lo aguantaba, dado que el final, ya próximo, era seguro. Pero había en él un rechazo a extinguirse, a abandonar a Anna, a la que por cierto no veía. En su fuero interno se negaba a facilitarles las cosas, a anticipar la sentencia. Que le quitaran ellos la vida, con la soga o la guillotina, lo mismo daba. Que no pensaran que se sentía culpable. No, él no quería ahorrarles nada, y por eso tampoco se lo ahorraba a Karlitos Ziemke.

Y era extraño: a medida que transcurrían esos diecinueve días, más adicto a él parecía volverse el «perro». Ya no lo mordía, ni lo tiraba, ni lo cogía por la garganta. Si sus camaradas de las SS le daban alguna vez un bocado mejor, tenía que ser repartido, y muchas veces el perro yacía horas con su gigantesco cráneo redondo en el regazo del viejo, los ojos cerrados, emitiendo suaves gañidos, mientras los dedos de Otto Quangel le acariciaban el pelo.

Entonces el jefe de taller solía preguntarse si ese animal no habría enloquecido de verdad simulando la locura. Pero si lo estaba, también lo estaban sus camaradas «libres» en los pasillos del búnker. Eso no cambiaba nada, en ese caso ellos —junto con su Führer demente y su Himmler que no paraba de reír como un idiota— eran una casta que había que erradicar de la faz de la tierra para que pudieran vivir los sensatos.

Cuando luego se dijo que Otto Quangel sería trasladado, Karlitos se sintió muy desgraciado. Gemía y lloriqueaba, obligaba a Quangel a comerse su pan, y cuando el jefe de taller tuvo que salir al pasillo y apretar la cara contra la pared con los brazos en alto, el hombre desnudo salió a cuatro patas de la celda, se acurrucó a su lado y gimió en voz baja y lastimosa. Lo bueno de esto fue que los bárbaros miembros de las SS no trataron a Quangel con tanta brutalidad como a los demás prisioneros que iban a ser trasladados; un hombre que se había ganado la devoción de ese perro, el hombre de la fría y enfadada cara de pájaro, impresionó incluso a los verdugos.

Y cuando le ordenaron partir, cuando el perro Karlitos fue obligado a regresar a su celda, Quangel se mostró frío y enfadado, pero además sintió en su corazón una leve opresión, una especie de pena. El hombre cuyo corazón únicamente había amado durante toda su vida a una persona, su mujer, vio a disgusto salir de su vida a ese asesino múltiple, a esa persona convertida en bestia.

 

Capítulo 55

ANNA QUANGEL Y TRUDEL HERGESELL

 

 

A lo mejor fue una simple negligencia que, tras la muerte de Berta, Trudel Hergesell fuera asignada compañera de celda de Anna Quangel. Pero quizá se debió también a que, en el fondo, al comisario Laub le parecían completamente insignificantes. Las exprimía sacándoles cuanto sabían, lo que habían averiguado por sus hombres, y después estaban perdidas. Los auténticos delincuentes eran siempre los hombres, las mujeres eran una especie de acompañantes, lo que, por cierto, no impedía que fueran ejecutadas con sus maridos.

Sí, Berta había muerto, la Berta que, llena de candor, reveló a Anna la presencia de su cuñada, atrayendo por ello sobre su cabeza la furia del comisario Laub. Se había ido apagando como una vela y había fallecido en los brazos de Anna tras debilitarse poco a poco y con voz siempre queda suplicaba a su compañera de celda que no llamase a nadie. Berta, se apellidara como se apellidase y cometiera el delito que cometiese, había enmudecido de repente. Un par de veces salió un estertor de su garganta, luchó por conseguir aire, y después brotó un torrente de sangre, sangre y más sangre; los brazos aferrados a los hombros de Anna se soltaron...

Y quedó tendida muy blanca y callada, y Anna se preguntó llena de pena si no tendría algo de culpa por ese final. ¡Ojalá no hubiera mencionado a su cuñada al comisario! Después pensó en Trudel Baumann, en Trudel Hergesell, y comenzó a temblar... ¡a ella la había denunciado de verdad! Claro, claro, había disculpas de sobra. ¡Cómo habría podido intuir la desgracia que provocaría la mera mención de la novia de su hijo Otto! Pero después la cosa continuó, paso a paso, y al final la traición fue evidente: Anna había provocado la desgracia de una persona a la que quería, y quizá no sólo de una.

Cuando Anna Quangel pensó que tenía que enfrentarse cara a cara con Trudel Hergesell, que tendría que repetirle las palabras con las que la había delatado, temblaba. Pero cuando recordaba a su marido, se desesperaba. Porque entonces estaba convencida de que ese hombre concienzudo, equitativo, jamás le perdonaría esa traición y que ella perdería a su único camarada antes del cercano final de su existencia.

Cómo he podido ser tan débil, se recriminaba Anna Quangel, y cuando la conducían ante Laub para ser interrogada, en sus adentros no pedía que no la martirizase, sino fuerza para no declarar nada que pudiera incriminar a otros, pese a todas las torturas. Y esa mujer baja, delgada, insistía en llevar su parte de la carga y más aún: ella, ella sola había repartido las postales —excepto una o dos—, y ella sola había ideado y dictado a su marido su contenido. Esas postales eran invención exclusivamente suya; se le ocurrió la idea tras la muerte de su hijo.

El comisario Laub, que se daba perfecta cuenta de que sus declaraciones eran mentira, de que esa mujer no era capaz de hacer lo que afirmaba... el comisario Laub podía gritar, amenazar, torturar lo que se le antojara: no firmó ninguna otra declaración, ni quitó una coma de esas declaraciones aunque él le demostrase diez veces que no podían ser verdad. Laub se había pasado de la raya y ahora se sentía impotente. Y cuando la devolvían a la celda después de un interrogatorio, notaba una sensación de alivio, como si hubiera expiado parte de su culpa y Otto estuviera un poco más satisfecho de ella. Y en su interior se fortalecía la idea de que quizá lograra salvar la vida de Otto si ella asumía toda la culpa...

Según las costumbres de la cárcel de la Gestapo, no se dieron ninguna prisa en retirar de la celda de Anna a la difunta Berta. Podía ser otra negligencia, pero también una tortura deliberada... El caso es que la muerta llevaba tres días en la celda y en el ambiente flotaba un olor repugnante y dulzón, cuando la puerta se abrió e introdujeron en ella de un empujón precisamente a aquella cuyas miradas Anna tanto temía encontrar.

Trudel Hergesell dio un paso dentro de la celda. No veía casi nada, estaba exhausta, y el miedo por Karli —que no había vuelto a recobrar el conocimiento y del que la habían separado brutalmente— la llevaba casi al desmayo. Profirió un ligero grito de horror al reconocer en la celda el repulsivo olor a putrefacción cuando vio a la muerta, tendida en el catre de madera y salpicada de manchas e hinchada.

Gimió.

—No puedo más. —Y Anna Quangel impidió que la víctima de su traición se desplomara.

—¡Trudel! —susurró al oído de la joven medio inconsciente—. Trudel, ¿podrás perdonarme? Mencioné primero tu nombre porque eras la novia de Otto. Y después él me lo sacó todo a base de torturas. Ni siquiera yo misma logro entenderlo. Trudel, no me mires así, te lo suplico. Trudel, ¿no estabas esperando un hijo? ¿También he destruido eso?

Mientras Anna Quangel pronunciaba estas palabras, Trudel Hergesell se liberó de sus brazos y retrocedió hasta la entrada de la celda. Apoyada en la puerta de hierro, miraba con la cara pálida a la anciana que la contemplaba desde la pared opuesta de la celda.

—¿Fuiste tú, madre? —preguntó—. ¿Lo hiciste tú?

Y con súbito arrebato:

—¡Ay, de verdad que no me preocupo por mí! Pero han molido a palos a Karli, y no sé si recobrará el conocimiento. A lo mejor ya ha muerto.

Las lágrimas brotaron de sus ojos.

—Y no puedo ir con él —se lamentó—. No sé nada, y a lo mejor estaré aquí días y días sin enterarme de nada. Entonces él estará muerto y enterrado, pero en mi interior seguirá vivo. Y tampoco tendré un hijo suyo... ¡qué pobre me he vuelto de repente! Hace apenas unas semanas, antes de encontrarme a padre, lo tenía todo para ser feliz, y de hecho lo era. Pero ahora lo he perdido todo. ¡Todo! Ay, madre...

Y súbitamente añadió:

—Pero tú no tienes la culpa del aborto, madre. Lo tuve cuando aún no había sucedido nada.

De repente Trudel Hergesell cruzó la celda presurosa, tambaleándose, y ocultando su cabeza en el pecho de Anna, se quejó:

—¡Ay, madre, qué desgraciada soy! ¡Dime que Karli lo soportará con vida!

Anna Quangel la besó.

—Vivirá, Trudel, y tú también —susurró—. ¡Vosotros no habéis hecho nada malo!

Durante unos instantes se abrazaron en completo silencio. Una descansaba en el amor de la otra, sintieron renacer la esperanza.

Después Trudel sacudió la cabeza y dijo:

—No, nosotros tampoco saldremos bien parados. Han averiguado demasiadas cosas. Lo que dices es cierto: en realidad nosotros no hemos hecho nada malo. Karli guardó una maleta a otro, sin saber su contenido, y yo deposité una postal por padre. Ellos dicen que eso es alta traición y nos costará la cabeza.

—¡Seguro que lo dijo Laub, ese tipejo horrible!

—No sé cómo se llama, pero me da igual. ¡Todos ellos son iguales! Incluidos los de admisión de aquí, todos son iguales. Pero quizá sea muy bueno que sea tanto: pasar años y años en una cárcel...

—¡Su poder no durará eternamente, Trudel!

—¿Quién sabe? Y todo lo que han hecho a los judíos y a los otros pueblos... ¡sin castigo! ¿Crees de verdad en la existencia de Dios, madre?

—Sí, Trudel, creo. Otto nunca quiso permitirlo, pero ése es el único secreto que le oculté: yo todavía creo en Dios.

—Yo nunca he podido creer del todo. No obstante, sería hermoso que existiera, porque entonces sabría que Karli y yo estaremos juntos después de la muerte.

—Y lo estaréis, Trudel. Mira, Otto tampoco cree en Dios. Él asegura que con la muerte se acaba todo. Pero yo sé que después de morir estaremos juntos para siempre. ¡Lo sé, Trudel!

Trudel echó una ojeada al catre que contenía el cuerpo inmóvil y se asustó.

—Qué mal aspecto tiene esa mujer —opinó—. Cuando la miro me da miedo, con esas manchas cadavéricas y tan hinchada. No quisiera yacer así, madre.

—Ya lleva tres días ahí, Trudel, pero no se la llevan. Estaba muy guapa cuando murió, tan inmóvil, tan solemne. Ahora el alma se ha escapado del cuerpo, dejándolo convertido en un trozo de carne corrompida.

—¡Que se la lleven! ¡No puedo verla! ¡No quiero respirar más esta peste!

Y antes de que Anna Quangel pudiera impedirlo, Trudel corrió hasta la puerta. Aporreó con las manos la chapa de hierro y vociferó:

—¡Abran! ¡Abran inmediatamente! ¡Escuchadme!

Eso estaba prohibido, cualquier ruido estaba prohibido, en realidad estaba prohibido incluso hablar.

Anna Quangel se acercó deprisa a Trudel, le sujetó las manos, la apartó de la puerta y susurró asustada:

—¡No hagas eso, Trudel! ¡Está prohibido! ¡Entrarán y te pegarán!

Pero ya era demasiado tarde. La cerradura se abrió con un chasquido y un hombre altísimo de las SS irrumpió en la celda enarbolando una porra de goma.

—¿A qué vienen esos gritos, zorras? —vociferó—. ¿Acaso os creéis con derecho a dar órdenes, putas?

Las dos mujeres lo miraban aterrorizadas desde un rincón.

Este, en lugar de pegarles, bajó la porra y murmuró:

—¡Esto apesta como un depósito funerario! ¿Cuánto tiempo lleva aquí?

Era un chico muy joven, su cara había palidecido.

—Tres días —contestó Anna—. Ay, sea bueno y procure que saquen a la muerta de la celda. La verdad es que el aire es irrespirable.

El hombre de las SS murmuró algo y salió de la celda. Pero en lugar de cerrar la puerta, la entornó.

Las dos mujeres se deslizaron sigilosas hasta la puerta, la abrieron un poco más y por la rendija respiraron, aliviadas, el aire del pasillo, un olor mezcla de desinfectante y letrina.

Después volvieron a apartarse, porque el joven de las SS venía por el pasillo.

—¡Bien! —dijo empuñando una nota—. Agarradla deprisita. Tú, vieja, cógela por las piernas, y tú, joven, por la cabeza. ¡Vamos...! Supongo que podréis cargar con ese esqueleto, ¿no?

Pese a su rudeza, su tono era casi bondadoso, y también ayudó a transportarla.

Después de recorrer un largo pasillo, traspasaron una puerta enrejada de hierro, su acompañante mostró la nota al centinela y a continuación bajaron numerosos escalones de piedra. El ambiente se humedeció, había una luz eléctrica tétrica.

—Aquí es —anunció el de las SS abriendo una puerta—. Este es el depósito de cadáveres. Colocadla en este catre. Pero desnudadla. La ropa escasea. Todo se aprovecha.

Rio, pero su risa sonó forzada.

Las mujeres profirieron un grito de horror. Porque ese verdadero depósito de cadáveres estaba lleno de hombres y mujeres muertos, todos desnudos como habían venido al mundo. Allí yacían, con los rostros destrozados a golpes, cardenales sanguinolentos, miembros retorcidos, cubiertos de costras de sangre y suciedad. Nadie se había tomado la molestia de cerrarles los ojos, que miraban yertos, y algunos parecían parpadear con malicia, como si mostrasen curiosidad y se alegraran al ver aumentar su número.

Y mientras Anna y Trudel, con manos temblorosas, se esforzaban por liberar cuanto antes a la difunta Berta de sus ropas, no podían evitar lanzar continuas miradas hacia atrás al montón de muertos: a esa madre cuyo pecho colgante se había secado para siempre, a un anciano que seguro que había esperado morir tranquilamente en su cama después de una vida de trabajo incesante, a aquella chica de labios blancos que había sido creada para dar y recibir amor, al joven con la nariz rota y el cuerpo bien proporcionado que parecía de marfil amarillento.

En esa sala reinaba el silencio, las ropas de Berta, la muerta, crujían levemente bajo las manos de ambas mujeres. Entonces zumbaba una mosca y todo volvía a sumirse en el silencio.

El hombre de las SS, con las manos en los bolsillos, observaba el trabajo de las mujeres. Bostezó, encendió un cigarrillo y dijo:

—Sí, sí, así es la vida.

Y de nuevo se hizo el silencio.

Después, cuando Anna Quangel ató las ropas en un hatillo, ordenó:

—Bueno, vámonos.

Pero Trudel Hergesell, apoyando su mano sobre la manga negra, rogó:

—¡Por favor, por favor, permítame echar un vistazo. Mi marido... a lo mejor también está aquí abajo.

Durante un instante el joven bajó los ojos hacia ella. De repente dijo:

—¡Pero chica, chica! ¿Qué haces aquí? —Meneaba despacio la cabeza de un lado a otro—. Tengo una hermana en el pueblo que debe de ser de tu edad. —Volvió a mirarla—. Anda, echa un vistazo. Pero date prisa.

Ella caminó, sigilosa, entre los muertos. Contempló todos esos rostros extinguidos. Algunos estaban tan deformados por las heridas que eran irreconocibles, pero el color del pelo o una marca en el cuerpo le revelaba que no era Karl Hergesell.

Regresó muy pálida.

—No, no está aquí. Todavía no.

El guardia rehuyó su mirada.

—Entonces, vámonos —ordenó, dejando que le precedieran.

Pero ese día, mientras montó guardia en el corredor, abrió una y otra vez la puerta para que respiraran mejor dentro de la celda. También les llevó ropa limpia para la cama de la muerta, lo que en ese infierno despiadado constituyó una enorme muestra de compasión.

Ese día el comisario Laub no tuvo mucho éxito al interrogar a las dos mujeres. Se habían consolado la una a la otra y se habían granjeado un poco de simpatía, aunque procediera de un miembro de las SS. Se sentían fuertes.

Pero después vinieron muchos otros días, y ese hombre nunca volvió a estar de guardia en su corredor. Seguramente lo relevaron por inepto, porque aún era demasiado humano para prestar servicio allí.

 

Capítulo 56

BALDUR PERSICKE HACE UNA VISITA

 

 

Baldur Persicke, el orgulloso alumno de la Napola, el vástago con más éxito del hogar de los Persicke, ha concluido sus asuntos en Berlín. Por fin puede regresar y formarse en ella para convertirse en uno de los amos del mundo. Ha traído a su madre de su escondite con los parientes y le ha ordenado severamente que no abandone el domicilio o le sucederán todo tipo de males; asimismo, ha visitado una vez a su hermana en el campo de concentración de Ravensbrück.

Él no le negó su aprobación por espolear admirablemente a mujeres ancianas, y por la noche hermano y hermana, junto con algunas otras vigilantes de Ravensbrück y unos amigos de Fürstenberg, celebraron una pequeña orgía picante, en un círculo completamente íntimo, con abundante alcohol, cigarrillos y «amor»...

Sin embargo, Baldur Persicke dedicaba todos sus afanes a asuntos comerciales más serios. Su padre, el viejo Persicke, había cometido unas cuantas tonterías estando borracho, por lo visto faltaba dinero en la caja, incluso iba a ser llevado ante un tribunal del Partido. Pero Baldur puso en juego sus relaciones, presentó certificados médicos que describían al padre como un hombre decrépito, suplicó y amenazó, se mostró enérgico y humilde, aprovechándose como es debido del robo con fractura en el que el dinero había sido robado de nuevo... hasta que finalmente el hijo más leal de la familia consiguió que todo ese asunto podrido se arreglase discretamente. Ni siquiera había tenido que vender nada de la vivienda... el desfalco se justificó aduciendo un robo. No se achacó al viejo Persicke, ¡faltaría más! El robo se lo cargaron a Barkhausen y compañía, dándole de ese modo la vuelta al asunto, y el escudo de honor de los Persicke permaneció impoluto.

Y mientras los Hergesell eran amenazados con golpes y con la muerte por un delito que no habían cometido, Persicke, miembro del Partido, fue redimido del delito cometido.

Baldur Persicke había solucionado todo a pedir de boca, aunque por otra parte no cabía esperar otra cosa tratándose de él. Podría partir hacia su Napola, pero antes desea cumplir otro deber de decoro más: visitar a su padre en la clínica para alcohólicos. Además, le gustaría prevenir la repetición de tales acontecimientos y garantizar la seguridad de su atemorizada madre en la vivienda.

Siendo Baldur Persicke, obtiene inmediatamente un permiso de visita y puede incluso hablar a solas con su padre, sin la presencia de médicos o enfermeros.

Baldur encuentra al viejo muy deteriorado, desinflado como un animalito de goma al que han pinchado con una aguja.

Sí, los días felices del tabernero arruinado han concluido, ya no es más que un espectro, pero un espectro no exento de apetencias. El padre le pide suplicante al hijo algo que fumar, y después de que el hijo se niegue un par de veces («No te lo mereces, viejo maleante»), acaba regalándole un cigarrillo. Pero cuando el anciano Persicke le ruega a su hijo que le introduzca a escondidas una botella de aguardiente, aunque sólo sea una vez, Baldur se ríe. Tras dar una palmada al padre en su rodilla flaca y temblorosa, exclama:

—¡Ya puedes quitarte eso de la cabeza, padre! Jamás en tu vida volverás a conseguir aguardiente para empinar el codo, has hecho demasiadas tonterías con eso.

Y mientras el padre lo mira enfurecido, el hijo informa, muy pagado de sí mismo, del esfuerzo que le ha costado solucionar esas tonterías.

El viejo Persicke nunca ha sido un gran diplomático, siempre ha manifestado su opinión sin rodeos y sin pensar jamás en los sentimientos ajenos. Así que replica:

—¡Siempre has sido un fanfarrón, Baldur! Yo ya sabía que nunca me pasaría nada en el Partido, con los quince años que llevo metido en los negocios de Hitler. ¡No, si te ha costado esfuerzo, sólo tiene la culpa tu propia estupidez! Yo lo habría arreglado con tres palabras en cuanto hubiese estado fuera.

El padre es tonto. A poco que hubiera lisonjeado a su hijo con agradecimientos y alabanzas, seguro que Baldur habría mostrado mayor indulgencia. Pero ahora, profundamente herido en su vanidad, se limita a decir.

—¡Sí, en cuanto hubieses estado fuera, padre! ¡Pero no volverás a salir jamás de este manicomio mientras vivas!

Al escuchar estas palabras despiadadas el padre se lleva tal susto que le tiembla todo el cuerpo. Sin embargo, consigue dominarse y replica:

—¡Me gustaría ver quién podría mantenerme aquí! De momento soy todavía un hombre libre, y Martens, el médico jefe, me ha dicho en persona que si continúo el tratamiento otras seis semanas podré salir porque estaré curado.

—Tú no te curarás nunca, padre —contesta Baldur sarcástico—. Siempre vuelves a tus borracheras. Te conozco de sobra. Y después se lo diré también al médico jefe y me encargaré de que te incapaciten.

—¡Él no hará eso! El doctor Martens me quiere muchísimo; ha dicho que nadie sabe unas cochinadas tan amenas como yo. No me hará eso. Además, me ha prometido en serio que me darán el alta dentro de seis semanas.

—Pero si le cuento que acabas de intentar convencerme de que te traiga en secreto una botella de aguardiente, cambiará de opinión sobre tu curación.

—¡Tú no harás eso, Baldur! Eres mi hijo, y yo soy tu padre...

—¿Y qué tiene eso de particular? De alguien tengo que ser hijo, y creo que me ha tocado uno de los padres más impresentables.

Y tras mirar a su progenitor con desprecio, añade:

—No, no, padre, quítate eso de la cabeza. Acostúmbrate a la idea de que te quedarás aquí. ¡Fuera no harías más que ponernos a todos en ridículo!

El viejo, desesperado, arguye:

—Tu madre no lo tolerará jamás, ni lo de la incapacitación, ni que me quede aquí para siempre.

—¡Bueno, hombre, siempre tampoco durará demasiado, a juzgar por tu aspecto actual! —Baldur se echa a reír y cruza las piernas con los pantalones de montar bellamente abolsados. Contempla satisfecho el brillo de sus botas, obra de su madre—. Y mamá te tiene tal pánico que incluso se niega a visitarte. ¿Crees que ha olvidado que la cogiste del cuello e intentaste estrangularla? ¡Jamás lo olvidará!

—Entonces escribiré al Führer —gritó furioso el viejo Persicke—. El Führer no dejará en la estacada a un antiguo militante.

—¿Y de qué le sirves tú al Führer? ¡Al Führer le importas una mierda, ni siquiera se dignará echar un vistazo a tus garabatos! Además ya no puedes escribir con tus viejas y temblorosas manos de borracho, y pienso encargarme de que no permitan que salga ninguna carta tuya de aquí. Sería malgastar papel.

—Baldur, apiádate de mí. ¡Tú fuiste un niño pequeño! Yo te sacaba de paseo los domingos. ¿Recuerdas cuando estuvimos en Kreuzberg cómo corría el agua tan bonita de color rosa y azul? Siempre te compraba salchichas y caramelos, y cuando a los once años organizaste esa historia con el niño pequeño, me encargué de que no te expulsaran del colegio y te metieran en un correccional. ¿Qué serías sin tu anciano padre, Baldur? ¡No debes dejarme ingresado en este manicomio!

Baldur escuchó esa larga efusión sin inmutarse.

—Vaya, ¿así que ahora quieres tocar la tecla sentimental, padre? —inquirió—. Eres muy hábil. Sólo que a mí esas cosas no me afectan, deberías saber que los sentimientos me importan un bledo. ¡Sentimientos... prefiero un buen bocadillo de jamón a todos los sentimientos del mundo! Pero no quiero ser así, te voy a regalar otro cigarrillo... ¡venga arriba!

Pero el viejo se sentía demasiado excitado para pensar en fumar. El cigarrillo —con un nuevo enfado de Baldur— cayó al suelo sin ser visto.

—¡Baldur! —volvió a implorar el viejo—. ¡Tú no sabes cómo es este lugar! Aquí te matan de hambre, y los enfermeros te pegan continuamente. Los demás enfermos también me pegan. Y me tiemblan tanto las manos que no puedo defenderme, y encima me roban la escasa comida que...

Mientras el viejo suplicaba, Baldur se preparaba para irse, pero su padre se aferró a su hijo, sujetándolo, y continuó hablando cada vez más deprisa.

—Y suceden cosas mucho más horribles. A veces el enfermero jefe pone a los enfermos que escandalizan una inyección con una cosa verde, no sé cómo se llama. Y la gente no para de vomitar, echan hasta la primera papilla, y de pronto desaparecen. Muertos, Baldur. No querrás que tu padre muera así, vomitando hasta la primera papilla, ¡tu propio padre! Baldur, sé bueno, ayúdame. ¡Sácame de aquí, estoy muerto de miedo!

Pero Baldur Persicke ya había escuchado demasiado tiempo esos lloriqueos. Se soltó violentamente del viejo Persicke y lo obligó a sentarse en un sillón.

—Bueno, padre, que te vaya bien —le deseó—. Saludaré a mamá de tu parte. Y recuerda que ahí, junto a la mesa, hay un cigarrillo en el suelo. ¡Sería una pena desperdiciarlo!

Y tras estas palabras, ese digno hijo de su digno padre, ambos dignos productos de la educación hitleriana, se marchó.

Sin embargo, todavía no abandonó la institución para alcohólicos, pues solicitó ser recibido por Martens, el médico jefe. Tuvo suerte: el médico jefe estaba y accedió a recibirlo. Tras saludar cortésmente a su visitante, durante un instante ambos se miraron con cautela, inspeccionándose.

—Por lo que veo está usted en la Napola, señor Persicke, ¿o estoy equivocado? —preguntó el médico jefe.

—No, doctor —contestó Baldur, orgulloso—, estoy en la Napola.

—Sí, nuestra juventud dispone hoy en día de numerosas oportunidades —comentó el médico inclinando la cabeza en señal de aprobación—. Me gustaría haber tenido un estímulo parecido siendo joven. ¿Todavía no ha sido llamado a filas, señor Persicke?

—Seguramente me dispensarán del servicio militar vulgar y corriente —respondió Baldur Persicke con despectiva indolencia—. Seguramente me encargarán administrar un vasto territorio rural, Ucrania o Crimea. Unas docenas de kilómetros cuadrados.

—Comprendo —el médico asintió—, ¿y ahora está adquiriendo los conocimientos necesarios para ello, no?

—Estoy desarrollando mis dotes de mando —explicó escuetamente Baldur—. Dispondré de subordinados para todos los asuntos profesionales. Pero tendré siempre a la gente bajo presión. Y pienso machacar a los rusos. ¡Hay demasiados!

—Comprendo —volvió a asentir el doctor Martens—. El Este es nuestra futura zona de asentamiento.

—En efecto, señor médico jefe, dentro de veinte años hasta las costas del Mar Negro, hasta los Urales, ya no vivirá ningún eslavo. Todo será un país genuinamente alemán. ¡Somos los nuevos caballeros de la Orden!

Los ojos de Baldur relampaguearon detrás de las gafas.

—Y todo eso tendremos que agradecérselo al Führer —dijo el médico jefe—. A él y a sus seguidores.

—¿Es usted miembro del Partido, doctor Martens?

—Por desgracia, no. Para ser sincero, un abuelo mío cometió una locura, el conocido defecto genético, ¿sabe usted? —Y agregó presuroso—: Pero el asunto está arreglado y solucionado, mis jefes han intercedido en mi favor, soy considerado ario puro. Me permito afirmar que lo soy. En breve confío también en llevar la cruz gamada.

Baldur se sentaba muy tieso. Como ario puro, se sentía muy superior a su interlocutor, que necesitaba dar tantos rodeos.

—Quería hablar con usted sobre mi padre, doctor —dijo casi con el tono de un superior.

—Oh, con su padre todo va como una seda, señor Persicke. Creo que dentro de seis u ocho semanas podremos darle de alta y considerarlo curado...

—¡Mi padre es incurable! —lo interrumpió bruscamente Baldur Persicke—. Mi padre bebe desde que tengo uso de razón. Y si usted le da el alta por la mañana, se presentará en nuestra casa borracho por la tarde. Ya conocemos esas curaciones. Mi madre y mis hermanos desean que mi padre pase aquí el resto de su vida. Yo me adhiero a esos deseos, doctor.

—Sin duda, sin duda —se apresuró a asegurar el médico—. Hablaré de ello con el señor catedrático...

—Eso es completamente innecesario. Lo que acordemos aquí será definitivo. Si mi padre regresa a nuestra casa, nos encargaremos de que ese mismo día se produzca un nuevo ingreso aquí, de un hombre totalmente borracho. ¡Ésa sería su completa curación, señor médico jefe, y le garantizo que las consecuencias no serían agradables para usted!

Ambos se miraron a través de los cristales de sus gafas. Pero por desgracia, el médico jefe era un cobarde: ante la mirada indignamente descarada de Baldur agachó la cabeza y repuso:

—No hay duda de que los dipsómanos, los bebedores, tienen un peligro enorme de recaída. Y si su padre, tal como acaba de informarme, ha bebido siempre...

—Se bebió su taberna. Se bebió todo lo que ganaba mi madre. Y todavía hoy se bebería lo que ganamos sus cuatro hijos si se lo permitiéramos. ¡Mi padre se queda aquí!

—Su padre se queda aquí. Hasta nuevo aviso. Si más adelante, acaso después de la guerra, usted en alguna visita creyera que su padre ha experimentado una mejoría notable...

Baldur Persicke le cortó de nuevo la palabra.

—Mi padre no recibirá ninguna visita más, ni mía ni de mis hermanos, ni de mi madre. Sabemos que aquí está bien atendido, eso nos basta. —Baldur dirigió al médico una penetrante mirada. Hasta ese momento había hablado en voz alta, casi imperiosa, pero ahora baja el tono—: Mi padre me ha hablado de ciertas inyecciones verdes, doctor...

El médico se sobresaltó un poco.

—Una mera medida educativa. Utilizada muy ocasionalmente con jóvenes pacientes recalcitrantes. La edad de su padre impide...

Nueva interrupción.

—Mi padre ya ha recibido una de esas inyecciones verdes...

El médico exclamó:

—¡Imposible! Disculpe, señor Persicke, pero debe de haber un error.

Baldur replicó con tono severo:

—Mi padre me ha informado de esa única inyección. Me ha contado que le sentó bien. ¿Por qué no se le sigue aplicando ese tratamiento, doctor?

—¡Pero señor Persicke! —El médico estaba totalmente confuso—. ¡Se trata de una mera medida educacional! El paciente vomita durante horas, a menudo durante días enteros.

—Bueno, ¿y eso qué importa? ¡Déjelo que vomite! A lo mejor le gusta vomitar. A mí me ha asegurado que la inyección verde le sentó bien. Espera con verdadera ansia la segunda. ¿Por qué le niega el remedio si mejora su estado?

—No, no —negó el médico a toda prisa. Y avergonzado de sí mismo, añadió—: Tiene que haber un malentendido. Nunca he oído que un paciente reclame...

—Señor médico jefe, ¿quién entiende mejor a un paciente que su propio hijo? Debe usted saber que soy el hijo predilecto de mi padre. Le quedaría muy agradecido si ahora mismo, en mi presencia, le ordenara al enfermero jefe o a quien corresponda, que administre inmediatamente a mi padre una de esas inyecciones. Me marcharía más tranquilo a mi casa, valga la expresión... ¡habría cumplido el deseo de ese anciano!

El médico miró, muy pálido, la cara de su interlocutor.

—Pero ¿habla usted en serio? ¿Debo hacerlo ahora mismo? —murmuró.

—¿Le queda alguna duda, doctor? Decididamente lo encuentro un poco blando para ser un médico jefe. Tenía usted razón hace un momento: habría debido asistir a una Napola y desarrollar más sus cualidades dirigentes. —Y añadió con maldad—: Aunque a decir verdad para su defecto congénito existen otras posibilidades educativas...

Tras una larga pausa el médico dijo en voz baja:

—Siendo así, iré a ponerle la inyección a su padre...

—Se lo ruego, doctor, ¿por qué no ordena al enfermero jefe que lo haga, pues parece formar parte de sus obligaciones?

El médico estaba inmerso en una dura lucha consigo mismo. Se hizo un completo silencio en la habitación.

Después se levantó muy despacio.

—Bien, se lo comunicaré al enfermero jefe...

—Lo acompañaré con mucho gusto. Siento un tremendo interés por su profesión. Ya me entiende, eliminación de los indignos de vivir, esterilizaciones y todo eso...

Baldur Persicke se mantuvo junto al médico cuando impartió sus órdenes al enfermero jefe. Al paciente Persicke había que administrarle tal y cual inyección...

—¡Así que una inyección para vomitar! —exclamó Baldur, condescendiente—. Y por regla general, ¿cuántas administra usted? Vaya, vaya, bueno, creo que un poco más tampoco será perjudicial, ¿no le parece? Venga, tengo aquí unos cigarrillos. Bueno, quédese con la cajetilla, enfermero jefe.

Éste le dio las gracias y se fue, la inyección con el líquido verde en la mano.

—¡Vaya, su enfermero jefe es un verdadero hércules! Me imagino que cuando reparte leña los hará pedazos. ¡Músculos, los músculos son media vida, doctor Martens! Bueno, gracias de nuevo, señor médico jefe. Espero que el tratamiento prosiga con mucho éxito. ¡Heil Hitler!

—¡Heil Hitler, señor Persicke!

Una vez en su despacho, el doctor Martens se hundió pesadamente en un sillón. Todos sus miembros le temblaban y un sudor frío cubría su frente. Pero su intranquilidad persistía. Volvió a levantarse y se acercó al armario de los medicamentos. Lentamente se preparó una inyección. Pero no contenía ningún líquido verde, por muchos motivos que sintiera para vomitar por todo el mundo y sobre todo por su vida. El doctor Martens prefería la morfina.

Retornó a su sillón y estiró cómodamente sus miembros, esperando que el narcótico surtiera efecto.

¡Qué cobarde soy!, pensaba. ¡Asquerosamente cobarde! Qué miserable y descarado granuja... con toda seguridad la única influencia que ejerce consiste en lo bocazas que es. Y yo me he humillado ante él. No habría hecho falta. ¡Pero siempre esa maldita abuela y mi imposibilidad de mantener la boca cerrada! Y eso que era una anciana tan atractiva, y yo la quería tanto...

Dejando vagar sus pensamientos, volvió a ver ante él a la anciana de rostro refinado. Su casa olía a recipientes llenos de pétalos de rosa y a bizcocho de anís. Qué mano tan delicada la suya, una mano de niña envejecida...

¡Y por su culpa me he humillado ante ese miserable! Creo, señor Persicke, que prefiero no ingresar en el Partido, aunque en mi opinión ya es demasiado tarde para eso. ¡Habéis durado demasiado!

Parpadeó, se estiró. Respiró hondo, ya volvía el bienestar.

Inmediatamente después iré a comprobar el estado de Persicke. Desde luego no se le administrarán más inyecciones. Ojalá lo resista. Inmediatamente después iré a verlo, pero primero quiero disfrutar del benéfico efecto. Pero inmediatamente después... ¡palabra de honor!

 

Capítulo 57

EL OTRO COMPAÑERO DE CELDA DE OTTO QUANGEL

 

 

Cuando Otto Quangel fue conducido por un guardia a su nueva celda en la prisión preventiva, un hombre alto se levantó de la mesa ante la que leía y se situó debajo de la ventana de la celda, en la postura reglamentaria, con las manos pegadas a la costura del pantalón. Pero el modo de ejecutar ese «saludo militar» reveló que no lo consideraba muy necesario.

El guardia también hizo enseguida una señal negativa.

—Vale, vale, maestro —contestó—. Aquí tiene a un nuevo compañero de celda.

—Bien —dijo el hombre, que con su traje oscuro, camisa deportiva y corbata a Otto Quangel le parecía más un «caballero» que un compañero de celda—. Bien. Me llamo Reichhardt, soy músico. Acusado de actividades comunistas. ¿Y usted?

Quangel notó una mano fría y firme en la suya.

—Quangel —contestó vacilante—. Soy carpintero. Me acusan de alta traición contra mi país.

—¡Oiga! —llamó Reichhardt, el músico, al guardia, que se disponía a cerrar la puerta—. A partir de hoy, nuevamente dos raciones, ¿vale?

—Está bien, maestro —contestó el guardia—. Ya me he dado cuenta.

La puerta se cerró.

Los dos se escudriñaron mutuamente unos instantes. Quangel desconfiaba, casi echaba de menos a su perro Karlitos en el sótano de la Gestapo. Ahora tener que convivir con ese caballero tan fino, un auténtico maestro... lo incomodaba.

El «caballero» sonrió con los ojos.

—Compórtese como si estuviera solo, si así lo prefiere —dijo después—. Yo no lo molestaré. Leo mucho, juego solo al ajedrez. Hago gimnasia para mantener el cuerpo sano. A veces canturreo entre dientes, pero en voz muy baja; está prohibido, claro está. ¿Le molesta eso?

—No, no me molesta —contestó Quangel, y casi en contra de su voluntad añadió—: Vengo del búnker de la Gestapo, me he pasado allí tres semanas encerrado con un loco que estaba siempre desnudo y fingía ser un perro. No es fácil que me moleste algo.

—Bien —respondió el maestro Reichhardt—. Ciertamente habría sido mejor que le gustara un poco la música. Es la única manera de procurarse algo de armonía aquí, entre estos muros.

—No entiendo nada —contestó Otto Quangel y añadió—: Comparado con el lugar del que vengo, esto es una maravilla, ¿no le parece?

El caballero había vuelto a sentarse a la mesa con su libro. Respondió con tono amable:

—Yo también pasé un tiempo ahí abajo, donde ha estado usted. Sí, esto es un poco mejor. Al menos no te golpean. Los guardias son torpes en su mayoría, pero no están muy embrutecidos. No obstante, la cárcel sigue siendo la cárcel, usted ya lo sabe. Existen ciertos consuelos. Por ejemplo, puedo leer, fumar, encargar mi propia comida, utilizar mis propios trajes y mi ropa de cama. Pero yo soy un caso especial, y una reclusión más relajada no deja de ser reclusión. Lo importante es olvidar las rejas.

—¿Y ha llegado a eso?

—Quizá. Casi siempre. Bueno, no siempre. Sin duda no siempre. Cuando pienso en mi familia, por ejemplo, no.

—Yo sólo tengo una mujer —le informó Quangel—. ¿Esta cárcel tiene también sección de mujeres?

—Sí, pero aquí nunca las vemos.

—Claro —Otto respiró hondo—. También han encerrado a mi mujer. Ojalá la hayan traído aquí hoy. —Y añadió—: Es demasiado blanda para lo que tuvo que aguantar en los sótanos.

—Ojalá esté también aquí —deseó amablemente el caballero—. El pastor nos lo dirá. A lo mejor se presenta esta tarde. Otra cosa, también puede usted buscarse un defensor, ahora que está aquí.

Tras hacer con la cabeza una amable señal de aprobación, precisó:

—Dentro de una hora traerán la comida. —A continuación se puso las gafas y empezó a leer.

Quangel lo miró unos instantes, pero el caballero no deseaba seguir hablando, prefería concentrarse en la lectura.

¡Qué rara es esta gente finolis!, pensó. Aún tengo un montón de preguntas que hacerle. Pero si no quiere, me parece bien. No quiero parecer su perro, que no lo deja en paz.

Y se dispuso a hacerse la cama, un tanto ofendido.

Era una celda limpia y luminosa. Tampoco era muy pequeña, permitía dar tres pasos y medio de ida y otros tantos de vuelta. La ventana estaba entreabierta, el aire era bueno. Allí olía bien; según pudo comprobar Quangel más tarde, el buen olor procedía del jabón y de la ropa del señor Reichhardt. Tras el ambiente asfixiante y hediondo de los sótanos de la Gestapo, Quangel se sintió trasladado a un lugar luminoso y alegre.

Después de hacerse la cama, se sentó encima y miró a su compañero de celda. El «señor» leía. Pasaba en rápida sucesión hoja tras hoja. Quangel, que no recordaba haber leído un libro desde su época escolar, se preguntó asombrado: ¿Qué leerá? ¿No tendrá nada que pensar, aquí, en este lugar? ¡Yo no podría estar ahí sentado, leyendo tan tranquilo! No puedo dejar de pensar en Anna, en cómo ha sucedido todo y cómo continuará y si seguiré portándome como es debido. Dice que puedo buscarme un abogado. Pero un abogado cuesta un dineral, y ¿de qué puede servirme a mí, que estoy condenado a muerte? ¡Si lo he confesado todo! Con un señor tan fino todo es diferente. Me di cuenta nada más entrar, el guardia se dirigió a él llamándolo maestro. Ése no habrá cometido muchos delitos... bien puede leer. Sin parar...

El maestro Reichhardt sólo interrumpió dos veces su lectura matinal. En una de ellas informó sin levantar la vista:

—En el armarito hay cigarrillos y cerillas, ¿le apetece fumar?

—No fumo —contestó Quangel—. Sería tirar el dinero. —Pero su interlocutor ya estaba leyendo de nuevo.

En la otra ocasión, Quangel, subido al taburete, se esforzaba por atisbar el patio, desde el que resonaba el arrastrar regular de muchos pies.

—¡Es mejor que no lo haga, señor Quangel! —le advirtió el maestro Reichhardt—. Es la hora de patio. Algunos funcionarios se fijan en las ventanas por las que se asoma alguien. Éste va a parar luego a la celda de castigo a pan y agua. Por la noche casi siempre podrá mirar por la ventana.

Después llegó la comida. Quangel, que estaba acostumbrado a la bazofia cocida con descuido del búnker de la Gestapo, vio asombrado que consistía en dos grandes cuencos de sopa y dos platos con carne, patatas y judías verdes. Pero con mayor asombro aún vio cómo su compañero de celda ponía un poco de agua en el lavabo, se lavaba las manos con sumo cuidado y se las secaba. El maestro Reichhardt echó agua limpia en el lavabo y dijo muy educado:

—¡Cuando guste, señor Quangel! —Y éste, obediente, se lavó las manos a pesar de no haber tocado nada sucio.

Después tomaron, casi en silencio, una comida en opinión de Quangel inusitadamente buena.

Transcurrieron tres días hasta que el jefe de taller comprendió que esa comida no era la que habitualmente ofrecía el Tribunal del Pueblo a los presos preventivos, sino la comida privada del maestro Reichhardt que éste compartía, sin demasiadas alharacas, con su compañero de celda. También estaba dispuesto a compartir con Quangel todo lo demás: su tabaco, su jabón, sus libros; el otro no tenía más que pedirlo.

Pasaron unos días más hasta que Otto Quangel superó su desconfianza por el maestro Reichhardt, que le había acometido de repente ante tantas muestras de amabilidad. En Quangel había arraigado la idea de que quien gozaba de tan desmesurados privilegios debía de ser un espía del Tribunal del Pueblo. Quien manifestaba tales deferencias tenía que querer algo del otro. ¡Ten cuidado, Quangel!

Pero ¿qué podía querer de él ese hombre? En el caso de Quangel todo estaba claro: ante el juez instructor del Tribunal del Pueblo había ratificado con serenidad y sin demasiadas palabras las declaraciones que ya había prestado ante los comisarios Escherich y Laub. Había contado todo como realmente había sucedido, y si los expedientes aún no habían sido cursados para la querella y fijar la fecha de la vista, sólo se debía a que Anna, con una tenacidad sin par, insistía en que todo había sido obra suya y su marido un mero instrumento en sus manos. Pero todo eso no era motivo suficiente para regalar a Quangel cigarrillos caros y comida abundante y limpia. El asunto estaba claro, en su caso no había nada que espiar.

Quangel no superó su desconfianza por el maestro Reichhardt hasta una noche que su compañero de celda, el caballero superior y elegante, le confesó entre susurros que también a él lo acometía a menudo un miedo espantoso a la muerte, ya fuera en la guillotina o en la horca; solía pensar en ello a veces horas enteras. El maestro Reichhardt confesó asimismo que muchas veces sólo pasaba de manera mecánica las páginas de su libro: sus ojos no veían las letras impresas de color negro, sino el patio de cemento de color gris de una prisión, una horca con una soga que se balanceaba suavemente al viento y que convertía en cinco minutos a un hombre sano y fuerte en el horrendo cadáver de alguien que había estirado la pata.

Pero más horripilante que ese final al que cada día de su existencia lo acercaba inevitablemente (según su firme convicción), más pavoroso le resultaba al maestro Reichhardt pensar en su familia. Quangel supo que Reichhardt tenía tres hijos de su mujer, dos niños y una niña, el mayor de once años y el menor de apenas cuatro. Reichhardt sentía muchas veces miedo, un miedo atroz, pánico, a que sus perseguidores no se contentasen con asesinar al padre, sino que su venganza se extendiera también a la mujer inocente y a los hijos, que los condujeran a un campo de concentración donde los torturarían lentamente hasta morir.

Estas preocupaciones no sólo hicieron desvanecerse la desconfianza de Quangel, sino que en comparación con su compañero de celda se sintió un hombre privilegiado. Él sólo tenía que preocuparse de Anna, y aunque las declaraciones de ésta eran absurdas e insensatas, le demostraban que su esposa había recuperado el valor y la fuerza. Un día morirían juntos, pero la muerte era más fácil cuando sucedía en común, por no dejar a nadie en el mundo por quien tuvieran que temer en la hora de su muerte. Los tormentos que debía sufrir Reichhardt por su mujer y sus tres hijos eran incomparablemente mayores. Lo acompañarían hasta su último suspiro, el viejo jefe de taller lo comprendía de sobra.

Quangel nunca sabría con detalle qué delito había cometido el maestro Reichhardt para considerar la muerte tan segura. Le parecía que su compañero de celda no había tenido una oposición muy activa a la dictadura de Hitler, no había conspirado, ni pegado carteles, ni preparado atentados, sino que más bien había vivido de acuerdo con sus convicciones. Él había rehuido todas las tentaciones nacionalsocialistas, nunca había contribuido a sus colectas con palabras, actuaciones o dinero, pero a menudo había alzado su voz de advertencia. Había dicho con claridad que el camino que recorría el pueblo alemán bajo ese régimen era infausto; en suma, había manifestado a todos, tanto dentro como fuera del país, todo aquello que Quangel, con mano torpe, había resumido en pocas frases en las postales. Porque hasta muy avanzada la guerra, hasta los últimos años, sus conciertos habían llevado al maestro Reichhardt al extranjero.

Requirió mucho tiempo que el carpintero Quangel se formara una imagen relativamente nítida del tipo de trabajo que el maestro Reichhardt había desempeñado fuera, en el mundo... y esa imagen nunca fue del todo clara, y en lo más íntimo de su fuero interno nunca consideró trabajo la actividad de Reichhardt.

Cuando al principio oyó que Reichhardt era músico, pensó en los músicos que tocaban para acompañar el baile en los cafés, y sonrió compasivo y despectivo porque un hombre fuerte de miembros sanos tuviera que realizar un trabajo así. Eso, al igual que la lectura, era algo superfluo que únicamente ocupaba a la gente fina que no desarrollaba un trabajo sensato.

Reichhardt tuvo que explicarle con todo lujo de detalles una y otra vez lo que era una orquesta y la labor que desempeñaba su director. Quangel no se cansaba de escuchar sus explicaciones.

—¿Así que usted se pone con un palito delante de su gente y ni siquiera toca usted mismo?

Sí, así era.

—Y sólo por indicar cuándo tiene que empezar a tocar cada cual y cómo de alto... ¿sólo por eso le pagan tanto dinero?

Sí, el maestro Reichhardt se temía que así era, que sólo por eso le pagaban tanto dinero.

—Pero ¿sabe usted tocar el violín o el piano?

—Claro. Pero no lo hago, al menos ante el público. Fíjese, Quangel, es parecido a lo que le ocurre a usted: sabe cepillar, y serrar, y clavar clavos. Pero no lo hacía, se limitaba a vigilar a otros.

—Sí, para que rindieran al máximo. Pero ¿acaso su gente, gracias a su presencia, tocaba más deprisa?

—No, ciertamente no.

Silencio.

Quangel dijo de repente:

—Y solamente música... Oiga, en nuestros buenos tiempos, cuando trabajábamos, fabricábamos no sólo ataúdes, sino muebles, y aparadores, y librerías, y mesas, hacíamos algo que se podía ver. Un trabajo de ebanistería de la mejor calidad, ensamblado a espiga y encolado, que aguantará cien años. Pero música solamente... cuando usted lo deje, no quedará nada de su trabajo.

—Sí, Quangel, la alegría en las personas que escuchan buena música, permanecerá.

No, en este punto nunca llegaron a ponerse totalmente de acuerdo; en Quangel quedó un ligero desprecio por la actividad de Reichhardt como director de orquesta.

Pero se dio cuenta de que el otro hombre era íntegro y sincero, que había continuado con su vida, imperturbable a las amenazas y horrores, siempre amable, siempre altruista. Otto Quangel comprendió, asombrado, que las muestras de amabilidad que Reichhardt le manifestaba no iban especialmente dedicadas a él, sino que se las habría manifestado a cualquier compañero de celda, incluido, por ejemplo, el «perro». Durante unos días tuvieron en la celda a un ladronzuelo, una criatura corrompida y embustera, y ese granuja se aprovechaba burlándose de la amabilidad del maestro; se fumaba sus cigarrillos, vendió su jabón al preso de confianza, robaba su pan. A Quangel le habría encantado moler a palos a ese individuo, oh, el viejo jefe de taller habría zurrado la badana a ese sinvergüenza. Pero el maestro no quería ni oír hablar del asunto, tomó bajo su protección al ladrón que se mofaba de su bondad tomándola por debilidad.

Cuando por fin se llevaron a ese tipo de su celda, descubrieron que, impulsado por una inconcebible maldad, había roto una foto, la única foto que el maestro Reichhardt poseía de su mujer y sus hijos. Cuando el maestro vio los trozos, afligido porque ya no se podrían juntar de nuevo, Quangel dijo enfurecido:

—Mire, maestro, a veces creo que es usted realmente flojo. Si me hubiera permitido darle un buen repaso a ese miserable, nada de esto habría sucedido.

El director de orquesta respondió con una sonrisa triste:

—¿Entonces pretendemos igualarnos a los otros, Quangel? Porque ellos creen que pueden convencernos de sus ideas a base de golpes. Nosotros, sin embargo, no creemos en el poder de la violencia, sino en la bondad, en el amor y en la justicia.

—¡Bondad y amor para ese mono malvado!

—¿Sabe usted cómo se hizo malvado? ¿Sabe usted si ahora se defiende contra la bondad y el amor exclusivamente porque tiene miedo de vivir de otra manera cuando ya no sea malo? Si hubiéramos tenido a ese chico cuatro semanas más en nuestra celda, habría comprobado usted los efectos.

—¡También hay que recurrir en ocasiones a la dureza, maestro!

—No, no hay que recurrir. Una frase así disculpa cualquier insensibilidad, Quangel.

Éste, malhumorado, meneó de un lado a otro la cabeza de duro y afilado perfil de pájaro. Pero no siguió rebatiendo.

 

Capítulo 58

LA VIDA EN LA CELDA

 

 

Se acostumbraron el uno al otro, se hicieron amigos, en la medida en que un hombre duro y seco como Otto Quangel podía convertirse en amigo de un hombre abierto y bondadoso. Su jornada estaba férreamente organizada por Reichhardt. El maestro se levantaba muy temprano, se lavaba todo el cuerpo con agua fría, hacía media hora de ejercicios gimnásticos y luego limpiaba él mismo la celda. Más tarde, después del desayuno, Reichhardt leía durante dos horas y a continuación caminaba una de un lado a otro de la celda, sin olvidar nunca quitarse los zapatos para no poner nerviosos a sus vecinos de las celdas de arriba y de abajo con sus continuas idas y venidas.

Durante ese paseo matinal que duraba de diez a once, el maestro Reichhardt canturreaba entre dientes. Casi siempre se limitaba a tararear en voz muy baja, porque apenas cabía esperar nada bueno de muchos guardianes, y Quangel se había acostumbrado a escuchar ese tarareo. Por poca importancia que atribuyese a la música, se daba cuenta de que ese tarareo le influía. A veces le infundía la valentía y fortaleza suficientes para soportar cualquier destino, y Reichhardt precisaba:

—Beethoven.

Otras le contagiaba una increíble ligereza y alegría que no había sentido hasta entonces, y Reichhardt decía:

—Mozart. —Y Quangel se olvidaba de sus preocupaciones.

En algunas ocasiones de la boca del maestro brotaba algo sombrío y grave, y a veces era como un dolor en el pecho de Quangel y otras como si estuviera sentado de pequeño con su madre en la iglesia: aún tenía toda la vida por delante, y eso era algo grande.

—Johann Sebastian Bach —informaba Reichhardt.

Sí; Quangel, aunque seguía sin valorar demasiado la música, no podía sustraerse del todo a su influjo, por primitivo que fuera el canto y el tarareo del maestro Reichhardt. Se acostumbró a escucharlo con atención sentado en un taburete, mientras él iba y venía, casi siempre con los ojos cerrados, porque los pies conocían el estrecho y corto camino de la celda. Quangel observaba el rostro de ese hombre, un caballero refinado con el que fuera, en el mundo, no habría sabido de qué hablar, y a veces se preguntaba si habría llevado su propia vida de manera correcta, separado de todos los demás, un camino de aislamiento elegido por él mismo.

El maestro Reichhardt también decía a veces:

—No vivimos para nosotros, sino para los demás. Lo que hacemos no lo hacemos para nosotros, sino únicamente para los demás...

Sí, no había duda: con más de cincuenta años, seguro de su próxima muerte, Quangel aún experimentaba cambios. No le gustaba, se resistía a ello y sin embargo, notaba cada vez con más fuerza el cambio, debido no sólo a la música, sino sobre todo al ejemplo del hombre que la tarareaba. Él, que había prohibido tantas veces hablar a Anna, que consideraba que el silencio a su alrededor era la situación ideal, se sorprendía a sí mismo deseando que el maestro Reichhardt dejara de una vez el libro y cruzara unas palabras con él.

Ocurría casi siempre tras haberlo deseado. De pronto el maestro levantaba la vista de su lectura y preguntaba sonriente:

—¿Qué hay, Quangel?

—Nada, maestro.

—No debería usted pasar tanto tiempo sentado, cavilando. ¿No quiere probar con la lectura?

—No, es demasiado tarde para mí.

—Quizá tenga razón. ¿Qué otras cosas hacía usted después del trabajo? No es posible que el tiempo que no pasaba en el taller permaneciese inactivo en su casa, ¡un hombre como usted!

—Escribía mis postales.

—¿Y antes, cuando no había guerra?

Quangel tuvo primero que recordar lo que hacía antes.

—Bueno, mucho antes me gustaba tallar la madera.

—Hmm, eso no nos lo permitirán: un cuchillo —dijo el maestro pensativo—. ¡No podemos privar al verdugo de sus derechos, Quangel!

Y éste, vacilando:

—¿Por qué siempre juega al ajedrez solo, maestro? También se podrá jugar entre varios, ¿no?

—Sí, entre dos. ¿Le apetecería aprender?

—Creo que soy muy tonto para eso.

—¡Qué disparate! Podemos intentarlo.

Y el maestro Reichhardt cerró su libro.

Así que Quangel aprendió a jugar al ajedrez. Para su sorpresa aprendió deprisa y sin dificultad. Y volvió a experimentar que lo que había pensado antes era radicalmente falso. Había juzgado un poco ridículo e infantil ver en un café a dos hombres moviendo pequeñas piezas de madera, y lo había llamado matar el tiempo, una diversión para críos.

Ahora supo que esos movimientos de las pequeñas piezas de madera podían originar algo parecido a la dicha, claridad mental, profunda, sincera alegría por una hermosa jugada, el descubrimiento de que importaba muy poco ganar o perder, de que la alegría por una partida perdida, pero bien jugada, era mucho mayor que la que deparaba un juego ganado gracias a un error del maestro.

Ahora, cuando el maestro leía, Quangel se sentaba frente a él, con el tablero de ajedrez y las piezas blancas y negras delante, y al lado el libro: Dufresne, Manual de ajedrez, y ensayaba aperturas y finales. Más adelante empezó a repasar partidas de maestros enteras; su mente clara, serena, retenía sin esfuerzo veinte, treinta jugadas, y no tardó en llegar el día en que fue mejor jugador.

—Jaque mate, maestro.

—Vaya, ha vuelto a ganarme, Quangel —dijo Reichhardt inclinando a su rey a modo de saludo ante su adversario—. Tiene usted madera de gran jugador.

—Ahora pienso a veces, maestro, que tengo madera para algunas cosas que antes ignoraba por completo. Pero desde que las conozco, desde que he llegado a este caserón de cemento para morir, descubro la cantidad de cosas que me he perdido en la vida.

—Eso nos sucede a todos. Todo aquel que tiene que morir, y sobre todo aquel que, como nosotros, tiene que morir antes de su hora, se afligirá por cada hora perdida de su existencia.

—Pero en mi caso sucede algo completamente distinto. Yo siempre pensé que bastaba con hacer mi trabajo como es debido y sin estropear nada. Ahora, sin embargo, me entero de que podía haber hecho un montón de cosas más: jugar al ajedrez, ser amable con la gente, escuchar música, ir al teatro. De verdad, maestro, si antes de morir pudiera expresar un deseo, sería verlo a usted con su batuta en uno de esos grandes conciertos sinfónicos que dice. Siento curiosidad por ver cómo es eso y qué efecto provocaría en mí.

—Nadie puede vivirlo todo a la vez, Quangel. La vida es demasiado rica. Se habría dispersado. Usted ha cumplido siempre con su trabajo y se ha sentido siempre un hombre completo. Cuando aún estaba fuera, no le faltaba de nada, Quangel. Escribió sus postales...

—¡Pero no sirvieron para nada, maestro! ¡Cuando el comisario Escherich me comunicó que de las 285 postales escritas por mí 267 fueron a parar a sus manos sentí como un mazazo! ¡Sólo 18 no se encontraron! ¡Y esas 18 tampoco surtieron efecto!

—¿Quién sabe? Al menos usted se opuso al mal. Usted no se volvió malo. Usted y yo y los muchos que hay en esta casa y los innumerables de otras prisiones y las decenas de miles ingresados en campos de concentración... todos ellos resisten todavía, hoy, mañana...

—Sí, y después nos quitarán la vida. ¿De qué habrá servido entonces nuestra resistencia?

—A nosotros, de mucho, porque podremos sentirnos personas decentes hasta la muerte. Y al pueblo, que será redimido por los justos, como dice la Biblia, más todavía. Fíjese, Quangel, como es natural habría sido cien veces mejor que hubiéramos tenido un hombre que nos hubiera dicho: Tenéis que actuar así y asá, y éste es nuestro plan. Si hubiera existido en Alemania un hombre así, nunca se habría llegado a 1933. Así que todos hemos tenido que actuar por separado, y hemos sido capturados por separado, y cada uno tendrá que morir solo. Pero eso no hará que estemos solos, no por eso moriremos en vano. En este mundo nada acontece en vano, y dado que luchamos contra la fuerza bruta en pro de la justicia, al final venceremos.

—¿Y qué sacaremos de eso, ahí abajo, en nuestras tumbas?

—¡Pero Quangel! ¿Acaso preferiría vivir por una causa injusta a morir por una justa? No hay elección, ni para usted ni para mí. Somos los que somos y por eso hemos de recorrer nuestro camino.

Callaron largo rato.

Luego Quangel inició la conversación.

—Ese juego del ajedrez...

—Sí, Quangel, ¿que pasa con él...?

—A veces pienso que es malo. El ajedrez ocupa mi mente durante muchas horas, y sin embargo tengo una mujer...

—Usted piensa lo suficiente en su mujer. Quiere mantenerse fuerte y valiente; todo lo que lo mantenga fuerte y valiente es bueno, y lo que lo torna débil y dubitativo, como las cavilaciones, es malo. ¿De qué le sirven a su mujer las elucubraciones? A ella le sirve que el pastor Lorenz pueda contarle de nuevo que usted está fuerte y es valiente.

—Pero desde que ella tiene esa compañera de celda, ya no puede hablar francamente con ella. Hasta el pastor considera a esa mujer una espía.

—Ya se encargará el reverendo de dar a entender a su mujer que se encuentra bien y se siente fuerte. Para eso al fin y al cabo, basta una leve inclinación de cabeza, una mirada. El pastor Lorenz sabe cómo hacerlo.

—Me gustaría darle alguna carta para Anna —dijo Quangel pensativo.

—No se lo aconsejo. No se negaría, pero usted pondría su vida en peligro. Ya sabe que desconfían continuamente de él. Sería malo que también nuestro buen amigo fuera a parar a una celda como ésta. En realidad ya arriesga su vida a diario.

—Entonces no escribiré ninguna carta —decidió Otto Quangel.

Y lo cumplió, a pesar de que el pastor le trajo al día siguiente una mala noticia, una noticia malísima, sobre todo para Anna Quangel. El jefe de taller sólo le pidió que no comunicase todavía a su mujer la mala noticia.

—¡Ahora no, por favor, todavía no, padre.

Y el pastor se lo prometió.

—Bien, de acuerdo; ya me dirá usted cuándo ha llegado el momento, señor Quangel.

 

Capítulo 59

EL BUEN PASTOR

 

 

El pastor Friedrich Lorenz, que desempeñaba, incansable, su ministerio en la cárcel, un hombre en la flor de la vida, pues rondaba la cuarentena, era muy alto, estrecho de pecho, tosía sin parar, un hombre marcado por la tuberculosis y que soslayaba su enfermedad, porque el trabajo no le dejaba tiempo para cuidar y curar su cuerpo. Su cara pálida, de ojos oscuros tras los cristales de las gafas y nariz fina y delgada, ostentaba grandes patillas, pero la zona de la boca siempre aparecía impecablemente afeitada y mostraba una boca grande, pálida, de labios finos y mentón redondo y firme.

Éste era el hombre al que esperaban cada día cientos de presos, el único amigo que conocían en esa casa, que además constituía un puente con el mundo exterior, al que contaban sus preocupaciones y necesidades y que los ayudaba en todo lo que podía, desde luego mucho más de lo que le estaba permitido. Iba incansable de celda en celda, nunca indiferente al sufrimiento ajeno, olvidando siempre el suyo propio, completamente impávido en lo tocante a su propia persona. Un auténtico pastor de almas que jamás preguntaba por la fe, por el credo de los que demandaban ayuda, que rezaba con ellos si se lo pedían, y para los que en caso contrario era siempre un hermano.

El pastor Friedrich Lorenz está ante el escritorio del director de la prisión, la frente perlada de gotas de sudor, dos manchas rojas destacan en sus mejillas, pero dice muy tranquilo:

—Éste es el séptimo fallecimiento en las últimas dos semanas fruto de la negligencia.

—En el certificado de defunción pone pulmonía —le rebate el director, sin levantar la vista de lo que está escribiendo.

—El médico no cumple con su obligación —arguye el pastor, obstinado, mientras golpea suavemente con los nudillos el escritorio, como si pidiera permiso para entrar en el despacho del director—. Siento tener que decir que el médico bebe en exceso. Descuida a sus pacientes.

—Oh, no hay nada que objetar contra el médico —contesta el director con ligereza y sigue escribiendo. Se niega a recibir al pastor—. Ya quisiera yo que usted fuese como él, reverendo. A ver, ¿le ha pasado a escondidas un escrito al número 397, sí o no?

Las miradas de ambos, la del director de cara colorada y llena de cicatrices de antiguos duelos estudiantiles y la del clérigo abrasado por la fiebre, se cruzan.

—Es la séptima muerte en dos semanas —insiste el pastor Lorenz—. La prisión necesita un nuevo médico.

—Acabo de preguntarle algo, reverendo. ¿Tendría la bondad de contestarme?

—En efecto, he entregado una carta al número 397, pero no era una comunicación clandestina. Era una carta de su esposa comunicándole que el tercer hijo de este hombre no ha caído, sino que ha sido hecho prisionero. Ya ha perdido dos hijos y creía muerto también al tercero.

—Siempre encuentra usted un motivo para infringir el reglamento penitenciario. Pero no pienso seguir tolerando ese juego durante mucho tiempo.

—Solicito que el médico sea relevado —repite el pastor volviendo a golpear suavemente el escritorio con los nudillos.

—¡Y un cuerno! —grita de repente el director—. ¡Deje de darme la tabarra con sus majaderías! El médico es bueno y se quedará. Y usted procure cumplir el reglamento penitenciario o le sucederá algo.

—¿Qué puede sucederme? —preguntó el pastor—. Puedo morir. Y moriré. Muy pronto. Reitero mi petición de cese del médico.

—Es usted un mentecato, pastor —le espetó con tono gélido el director—. Supongo que la tisis lo ha enloquecido un poco. Si no fuera usted un pobre infeliz, ¡un mentecato, precisamente!, haría mucho tiempo que lo habrían ahorcado. Pero siento compasión por usted.

—Es mejor que consagre su compasión a sus presos —replicó el pastor con idéntica frialdad—. Y encárguese de buscar un médico consciente de sus obligaciones.

—Le aconsejo que cierre usted la puerta al salir, reverendo.

—¿Tengo su palabra de que buscará otro médico?

—¡No, no, maldita sea, no! ¡Váyase al diablo! —El director se enfureció, se levantó de su escritorio y dio dos pasos hacia el pastor.— Me obligará a echarlo a la fuerza, ¿es eso lo que quiere?

—No causaría buena impresión en los presos que están fuera, en la oficina. Quebrantaría todavía más el escaso crédito de que todavía goza entre ellos la autoridad del Estado. No obstante, haga lo que le plazca, señor director.

—¡Mentecato! —exclamó el director, pero la advertencia del pastor lo serenó hasta el punto de que se sentó de nuevo en su silla—. Ahora váyase. Tengo que trabajar.

—El trabajo más urgente es solicitar un nuevo médico.

—¿Cree usted que conseguirá algo con su testarudez? ¡Lo que conseguirá es justo lo contrario! ¡Ahora sí que se queda el médico!

—Recuerdo un día que usted mismo no quedó muy satisfecho de ese médico —precisó el pastor—. Era de noche, había tormenta. Usted había mandado a buscar y telefoneado a otros médicos que no venían. A Berthold, su hijo de seis años, le supuraba el oído medio, aullaba de dolor. Corría peligro de muerte. A instancias suyas fui a buscar al médico de la prisión. Estaba borracho. Al ver al niño moribundo perdió el último vestigio de cordura; señaló sus manos temblorosas que hacían imposible cualquier intervención quirúrgica y estalló en sollozos.

—¡Ese infame borracho! —murmuró el director que, de repente, tenía expresión adusta.

—A su Berthold lo salvó entonces otro médico. Pero lo que sucedió un día, podría repetirse. Usted se vanagloria de no ser cristiano, señor director, y a pesar de todo yo le digo: Dios no permite que se burlen de él.

El director de la prisión, conteniéndose, repuso sin levantar la vista:

—Márchese de una vez, reverendo.

—¿Y el médico?

—Veré lo que puede hacerse.

—Se lo agradezco, señor director. Muchos se lo agradecerán.

El clérigo recorría la prisión con su raída chaqueta negra cuyos codos desprendían un brillo grisáceo, sus deformados pantalones negros, sus zapatos de cuero engrasado y suelas gruesas y el brazalete negro torcido, una figura grotesca. Algunos de los carceleros lo saludaban, otros se volvían ostentosamente cuando se acercaba y en cuanto había pasado lo seguían con mirada recelosa. Sin embargo, todos los presos que estaban ocupados en los corredores le dedicaban una mirada (pues no les estaba permitido saludarlo), una mirada llena de gratitud.

El clérigo traspasa muchas puertas de hierro, camina por escaleras de hierro agarrándose a la barandilla de hierro. Oye brotar el llanto de una celda, se detiene un momento, pero después menea la cabeza y reanuda, veloz, su camino. Cruza un pasadizo de hierro en el sótano, a izquierda y derecha se abren las puertas abiertas de las oscuras celdas de castigo, una luz está encendida en una habitación. El pastor se detiene y mira hacia el interior.

En la estancia fea y sucia, un hombre de tenebroso rostro ceniciento se sienta a una mesa y clava sus ojos de pez en siete hombres, vigilados por dos guardianes, que, en cueros ante él, tiritan de frío.

—¡Qué os pasa, preciosidades! —berrea el hombre—. ¿A qué viene tanto bamboleo? Hace un poco de frío, ¿eh? Pues no, cuando estéis en el búnker, entre hierro y cemento, a pan y agua os enteraréis de lo que es el frío...

Se interrumpe. Ha visto en la puerta la figura silenciosa que le observa.

—¡Guardias! —ordena malhumorado—, ¡llévense a esta gente! Todos están sanos y son aptos para ser detenidos. Aquí tiene el papelucho.

Tras estampar su nombre bajo una lista, se la entrega al funcionario.

Los presos pasan por delante del pastor no sin lanzarle una mirada digna de lástima en la que reluce una débil esperanza.

El pastor espera a que el último de ellos haya desaparecido, para penetrar en la estancia.

—Así que también ha muerto el 352 —dice en voz baja—. Y yo que le había pedido...

—¿Qué puedo hacer, pastor? Yo mismo he pasado hoy dos horas junto a ese hombre, aplicándole cataplasmas.

—Entonces he debido de dormirme. Hasta ahora creía que me había pasado toda la noche con el 352. Y a sus pulmones no les pasaba nada, doctor, el preso 357 tenía pulmonía. El difunto Hergesell, el 352, tenía fractura de cráneo.

—Debería ser el médico en mi lugar —soltó, burlón, el hombre fofo—. Yo podría hacer de pastor.

—Me temo que sería peor pastor que médico.

—Cuando se pone descarado, clericastro, me encanta usted. ¿No puedo siquiera examinar sus pulmones? —el doctor rio.

—No, no puede, preferimos confiarle ese cometido a otro médico —contestó el pastor impertérrito.

—Pero incluso sin examinarlo puedo comunicarle que ya no aguantará ni tres meses —continuó el médico con maldad—. Sé que expectora sangre desde mayo; no, no falta mucho ya para el primer vómito de sangre.

Al oír esta pavorosa declaración, el pastor palideció un ápice, pero su voz no vaciló al decir:

—¿Y cuánto tiempo tendrán hasta su primer vómito de sangre esas personas que acaba usted de enviar a la celda de castigo, señor oficial sanitario?

—Todos ellos son sanos y aptos para el arresto en celda de castigo... según el dictamen médico.

—Sin embargo, ni siquiera han sido examinados.

—¿Pretende acaso valorar mi desempeño del cargo? ¡Se lo advierto, sé de usted más de lo que cree!

—¡Y con mi primer vómito de sangre sus conocimientos pierden su valor! Dicho sea de paso, ya lo he superado...

—¿Qué? ¿Qué es lo que ha superado?

—Mi primer vómito de sangre... ocurrió hace tres o cuatro días.

El médico se levantó pesadamente.

—Ande, venga conmigo, clericastro, lo examinaré arriba, en mi despacho. Conseguiré que le den inmediatamente un permiso. Presentaremos una solicitud para que le permitan viajar a Suiza, y hasta que la aprueben lo enviaré a Turingia.

El pastor hacia cuyo brazo alargaba la mano el médico medio borracho, permanecía impasible.

—¿Y qué pasará entretanto con los hombres que están en celdas de castigo? Dos de ellos seguro que no son capaces de soportar la humedad, el frío y el hambre de allí, y a los siete les causará daños duraderos.

—El sesenta por ciento de los internos de esta institución será ejecutado —contestó el médico—. Calculo que al menos el treinta y cinco por ciento de los restantes serán condenados a largas penas de reclusión. Por consiguiente, ¿qué importa que mueran tres meses antes o después?

—Dado que piensa así, no tiene usted derecho a considerarse médico. Dimita de su cargo.

—Mi sustituto tampoco será distinto. De modo que ¿por qué cambiar? —el médico rio—. Vamos, pastor, lo examinaré. Ya sabe que siento debilidad por usted, a pesar de sus alborotos continuos y de que azuza a la gente contra mí. ¡Es usted un quijote magnífico!

—Precisamente acabo de alborotar y azuzar a la gente contra usted. He solicitado al director su relevo y he recibido una respuesta afirmativa al setenta y cinco por ciento.

El médico se echó a reír. Palmeando los hombros del pastor, dijo:

—Pero eso es magnífico por su parte, clericastro, entonces tendré que estarle francamente agradecido. Porque si me relevan, me darán una patada hacia arriba, me convertiré en oficial sanitario superior y no tendré que hacer absolutamente nada. ¡Mis más efusivas gracias, clericastro!

—Demuéstremelas sacando de la celda de castigo a Kraus y al pequeño Wendt. No saldrán con vida. En las dos últimas semanas ya hemos tenido siete defunciones debido a su negligencia.

—¡Adulador! Pero ahora no puedo darle calabazas. Esta noche los sacaré de allí. Ahora mismo, después de estampar mi firma, me comprometería demasiado, ¿no le parece, pastor?

 

Capítulo 60

TRUDEL HERGESELL, DE SOLTERA BAUMANN

 

 

El traslado a la prisión preventiva separó a Trudel Hergesell de Anna Quangel. A Trudel le resultó duro tener que pasar sin la «madre». Había olvidado hacía tiempo que Anna había sido la causa de su detención, no, no lo había olvidado, pero la había perdonado. Más aún, había comprendido que en realidad tampoco había nada que perdonar. En esos interrogatorios nadie estaba totalmente seguro, los comisarios hábiles podían convertir una mención inocente en una trampa en la que uno caía sin remisión.

Ahora Trudel estaba sin la madre, no tenía a nadie con quien hablar. No podía hablar de la felicidad que la había embargado una vez, de la preocupación por Karli, que ahora la poseía por completo. Su nueva compañera de celda era una señora de edad, amarillenta, ambas se odiaron desde el primer momento, y esa mujer siempre estaba cuchicheando con las guardianas y las celadoras. Cuando el pastor estaba en la celda, ninguna de sus palabras escapaba a sus oídos.

Trudel, sin embargo, se había enterado de algo sobre su Karli gracias al pastor. La señora Hänsel, su compañera de celda, se había marchado de nuevo a Administración, seguro que para precipitar a alguna persona en la desgracia con sus chivateos. El pastor había contado a Trudel que su marido estaba en la misma prisión que ella, aunque estaba enfermo y solía permanecer sin conocimiento... A pesar de todo le transmitía saludos de parte de Karl.

Desde entonces Trudel vivía esperanzada con las visitas del pastor. Aunque Hänsel estuviera presente, el clérigo siempre conseguía proporcionarle alguna noticia. A menudo se sentaban debajo de la ventana, las banquetas muy juntas, y el reverendo Lorenz le leía en voz alta un capítulo del Nuevo Testamento, mientras la Hänsel solía permanecer apoyada en la otra pared de la celda, con la vista centrada en ambos.

Para Trudel la Biblia constituía una auténtica novedad. Ella había recorrido las escuelas hitlerianas sin religión, y nunca había sentido una necesidad religiosa. Para ella Dios no era un concepto, sino una simple palabra en exclamaciones como: «Dios mío». También se podía decir: «Cielo santo»... no había diferencia alguna.

Ahora, al conocer la vida de Cristo por el Evangelio de San Mateo, le dijo al pastor que no podía concebir lo que significaba ser «hijo de Dios». Pero el pastor Lorenz se limitó a sonreír suavemente y comentar que eso ahora carecía de importancia. Ella sólo tenía que fijarse en cómo había vivido Jesucristo en la tierra, en cómo había amado a las personas, incluso a sus enemigos. Podía interpretar los «milagros», si se le antojaba, como hermosos cuentos, pero tenía que saber cómo había vivido en este mundo alguien cuya huella seguía brillando imperecedera al cabo de casi dos mil años, un eterno reflejo de que el amor era más fuerte que el odio.

En un primer momento Trudel Hergesell, que era capaz de odiar con la misma fuerza que amar (y que al escuchar esa doctrina odiaba a tres metros de distancia desde lo más profundo de su corazón a la señora Hänsel), se rebeló contra semejantes enseñanzas. Le parecían demasiado blandas. Así que no fue Jesucristo el que hizo su corazón más receptivo, sino su pastor Friedrich Lorenz. Cuando contemplaba a ese hombre cuya grave enfermedad nadie podía soslayar, cuando veía que se interesaba por sus preocupaciones como si fueran las suyas propias, que nunca pensaba en sí mismo, cuando percibía su valor, que durante la lectura ponía en su mano una nota en la que había un mensaje sobre Karl, y cuando después lo oía hablar con la soplona Hänsel con la misma amabilidad y bondad que con ella, con esa mujer a la que sabía capaz de delatarle en cualquier momento, de entregarlo a merced del verdugo, Trudel percibía algo parecido a la felicidad, una profunda paz que emanaba de ese hombre que no quería odiar, sino amar, incluso a la peor de las personas.

Ese nuevo sentimiento ciertamente no determinó que Trudel Hergesell se volviera más benigna con Hänsel, pero ésta quizá le resultó más indiferente, el odio ya no era tan importante para ella. A veces, durante sus paseos por la celda, se detenía súbitamente delante de Hänsel y le preguntaba:

—¿Por qué lo hace? ¿Por qué delata a todo el mundo? ¿Porque espera que disminuya el castigo?

Durante semejantes alocuciones Hänsel no apartaba de Trudel la mirada de sus ojos amarillos, crueles. O bien no respondía nada o decía:

—¿Cree que no he visto cómo ha apretado su pecho contra el brazo del pastor? ¡Qué maldad, intentar seducir a un hombre con un pie en la tumba! ¡Pero espera, que alguna vez os pillaré a los dos! ¡Vaya si os pillaré!

En qué quería pillar Hänsel al pastor y a Trudel Hergesell, quedaba en el aire. Trudel respondía a esas injurias con una breve carcajada burlona, y después reanudaba en silencio su interminable caminata por la celda, con sus pensamientos siempre puestos en Karl. No se podía negar que las noticias sobre él eran cada vez peores, pese a la prudencia y precaución con que el reverendo las refería. Cuando decía por ejemplo que no había novedades, que su estado continuaba igual, significaba que Karl no le había transmitido saludos, lo que a su vez había que entender como que yacía sin conocimiento. Trudel había aprendido que el pastor no mentía, que no transmitía saludos si no se lo habían encargado. Desdeñaba cualquier consuelo barato porque algún día acabaría demostrándose falaz.

Pero Trudel también sabía por los interrogatorios del juez de instrucción que la situación de su marido era mala. Nunca se refería a una declaración suya reciente, ella tenía que in formar de todo, y la verdad es que ella no sabía nada de la maleta del miserable Grigoleit que los había arrastrado a am bos a la desgracia. Aunque los métodos de interrogatorio del juez de instrucción no eran tan crueles y brutales como los del comisario Laub, sí que mostraba la misma tenacidad de éste último. Trudel siempre regresaba a su celda de esos in terrogatorios completamente agotada y desanimada. ¡Ay, Karli, Karli! ¡Ojalá pudiera verlo solamente una vez, sentarse junto a su lecho, sostener su mano, en completo silencio, sin decir palabra!

Hubo un tiempo en que creyó que no lo amaba, que jamás podría amarlo. Ahora estaba impregnada de él, él era el aire que respiraba, el pan que comía era él, la manta que la calentaba era él. Y estaba tan cerca, un par de pasillos, un par de escaleras, una puerta... ¡pero no había ninguna persona en el mundo tan compasiva como para llevarla a su lado una vez, una única vez! ¡Ni siquiera ese pastor tísico!

Porque todos ellos temían por su querida vida, no se atrevían a hacer nada serio para ayudar de verdad a una desvalida! Y de pronto recordó el sótano de los cadáveres en el búnker de la Gestapo, el hombre alto de las SS que encendió un cigarrillo y le dijo «¡chica, chica!», su búsqueda entre los cadáveres después de que Anna y ella hubieran desnudado a la difunta Berta... y le embarga la sensación de que entonces, cuando le permitieron buscar a Karl, gozó de un momento benigno, compasivo. ¿Y ahora? ¡El corazón palpitante encerrado entre hierro y piedra! ¡Sola!

Cierran la puerta con mayor lentitud y suavidad que las guardianas, pero luego llaman: el pastor.

—¿Puedo pasar? —inquiere.

—Pase, por favor, reverendo —lo invita Trudel llorando.

Mientras, la señora Hänsel murmura con una mirada hostil:

—¿Qué querrá éste otra vez?

Entonces Trudel apoya su cabeza contra el pecho estrecho, que respira deprisa, del religioso, sus lágrimas corren por sus mejillas, oculta la cara contra su pecho y suplica:

—¡Tengo tanto miedo, reverendo! ¡Tiene que ayudarme! ¡Necesito ver a Karl, solamente una vez! Presiento que será la última...

Y la voz chillona de la señora Hänsel:

—¡Lo denunciaré! ¡Voy a denunciarlo ahora mismo!

Mientras, el pastor acaricia la cabeza de Trudel con ademán consolador y dice:

—Claro que sí, hija mía, lo verá usted una vez.

Entonces unos sollozos cada vez más fuertes la estremecen, y sabe que Karl está muerto, que no lo buscó en vano en el sótano de los cadáveres, que fue un presentimiento, una advertencia.

Y grita:

—¡Está muerto! ¡Reverendo, está muerto!

Y este contesta brindándole el único consuelo que puede ofrecer a esos seres señalados por la muerte.

—Hija, él ya no sufre —constata—. Tu situación es más penosa.

Ella todavía escucha. Quiere reflexionar, entenderlo bien, pero se le nubla la vista. La luz se extingue. Su cabeza se desploma.

—¡Écheme una mano, señora Hänsel! —ruega el pastor—. Estoy demasiado débil para sostenerla.

Y después también fuera anochece, la noche se junta con la noche, la oscuridad con la oscuridad.

Trudel, la viuda Hergesell, ha despertado y sabe que no está en su celda, y recuerda que Karl ha muerto. Vuelve a verlo yacer en el estrecho catre de su celda, con su cara tan pequeña y joven, y piensa en la cara del niño que engendraron, y ambos rostros se funden uno en otro, y ella sabe que lo ha perdido todo en este mundo, hijo y marido, que jamás volverá a amar, que nunca podrá parir hijos, y todo porque dejó una postal sobre la repisa de una ventana por un hombre viejo, y por eso su vida entera se ha hecho pedazos y también la de Karl. Para ella no volverá a lucir el sol, ni existirá la felicidad, ni el verano, ni las flores...

Flores sobre mi tumba, flores sobre tu tumba...

Y ante el tremendo dolor que se propaga por su interior, que la congela como hielo, vuelve a cerrar los ojos ansiosa por retornar a la noche y al olvido. Pero la noche está fuera, se queda allí, no penetra dentro de ella, y de pronto el calor la inunda... Se levanta de la cama con un grito y quiere marcharse, correr, escapar de ese dolor espantoso. Pero una mano la sujeta...

Hay luz, y de nuevo es el reverendo, que estaba sentado a su lado, quien la sujeta. Sí, es una celda desconocida, es la celda de Karl, pero ya se lo han llevado, y el hombre que se encontraba con Karl en la celda también se ha ido.

—¿Dónde lo han llevado? —pregunta sin aliento, como si acabara de recorrer un largo camino.

—Rezaré mis oraciones junto a su tumba.

—¿De qué le sirven ahora sus oraciones? ¡Tendría que haber pedido por su vida cuando aún había tiempo!

—¡Ya descansa en paz, niña!

—¡Quiero irme de aquí! —exclama Trudel, febril—. Por favor, reverendo, déjeme regresar a mi celda. Allí tengo una foto suya, necesito verla ahora mismo. Estaba tan cambiado...

Y mientras habla, sabe de sobra que está mintiendo adrede al bueno del reverendo. Porque no posee ninguna foto de Karl, ni desea volver jamás a su celda con la señora Hänsel.

Una idea fugaz cruza por su mente: Estoy loca, pero ahora tengo que disimularlo bien, para que él no lo note... ¡Tengo que ocultar mi locura cinco minutos solamente!

El pastor la conduce fuera de la celda, llevándola con cuidado del brazo para regresar a la prisión de mujeres a través de numerosos corredores y escaleras, y escucha las respiraciones profundas que salen de muchas celdas —duermen— y de otras, pasos incesantes —se preocupan— y de algunas, lloros —sufren, pero nadie tanto como ella.

Pero cuando el pastor abre y cierra tras ella una puerta, Trudel se desprende de su brazo y los dos siguen caminando en silencio por el corredor nocturno con las celdas de castigo de las que el médico borracho, faltando a su promesa, no ha rescatado a los dos enfermos, y ahora suben un montón de escaleras en la cárcel de mujeres hasta el módulo V, donde está Trudel.

Pero en el corredor de arriba del todo, una guardiana sale a su encuentro arrastrando los pies y pregunta:

—¿A las once de la noche trae usted de vuelta a la Hergesell, reverendo? ¿Dónde ha estado con ella tanto tiempo?

—Ha pasado muchas horas inconsciente. Su marido ha muerto, ¿sabe?

—Claro... y usted ha estado consolando a la joven, ¿verdad, reverendo? ¡Muy bonito! Ya me ha contado la señora Hänsel que ella siempre se le abraza como una desvergonzada! Debe de ser estupendo ese consuelo nocturno. ¡Voy a anotarlo en el libro de incidencias!

Pero antes de que el pastor haya podido defenderse de semejante impudicia, los dos ven que Trudel, la viuda Hergesell, ha trepado encima de la reja de hierro del corredor. Durante un instante permanece allí, sujetándose con una mano a la barandilla, dándoles la espalda...

Y ellos gritan:

—¡Alto! ¡No! ¡No, por favor!

Y se abalanzan hacia ella para cogerla.

Pero Trudel se precipita al vacío igual que una nadadora que se lanza de cabeza al agua. Ellos oyen un revoloteo, un siseo rápido y un choque sordo.

A continuación se hace un silencio sepulcral, mientras asoman sus caras pálidas por encima de la barandilla sin lograr ver nada.

Dan un paso hacia la escalera.

Pero en ese mismo instante se desata el infierno.

Es como si a través de las puertas de hierro de las celdas hubieran visto lo sucedido. Al principio es un chillido histérico que se va propagando de celda en celda, de módulo en módulo, de un lado del corredor al otro, por encima del abismo.

Y mientras continúa, ese único grito se convierte en alaridos, sollozos, lamentos, gruñidos, voces de rabia.

—¡Asesinos! ¡La habéis matado! ¡Matadnos a todas de una vez, verdugos!

Algunas mujeres se agarran a las ventanas y gritan hacia los patios, de forma que también las secciones de hombres despiertan de su sueño ligero por el miedo, y comienzan a alborotar, a gritar, a bramar de furia, a gemir, a gruñir, a desesperarse...

Denuncian: son mil, dos mil, tres mil voces las que denuncian, el animal grita su denuncia a través de mil, dos mil, tres mil bocas.

Y suena el estridente timbre de alarma, y tamborilean con los puños contra las puertas de hierro, las golpean con sus taburetes. Los catres de hierro caen ruidosamente de sus bisagras, y vuelven a ser levantados antes de restallar de nuevo. Las escudillas ruedan ruidosas por el suelo, las tapas de los cubos alborotan, y el edificio entero, esa prisión gigantesca, de pronto apesta como una inmensa letrina.

El servicio de guardia se viste a toda prisa y agarra sus porras de goma.

Y abren las puertas de las celdas: ¡Plop! ¡Plop!

El chasquido sordo de las porras de goma cayendo sobre las cabezas se intensifica y las voces se tornan más iracundas, mezcladas con el ruido de pies que pelean, y los alaridos agudos, bestiales, de los epilépticos y los gritos de júbilo de guasones idiotas y los silbidos estridentes de los rufianes...

Y el agua azotaba las caras de los guardianes que entraban violentamente.

Y en el depósito de cadáveres yacía completamente inmóvil Karl Hergesell con su cara infantil, serena.

Así fue la sinfonía salvaje, terrorífica, espantosa que sonó en honor a Trudel, la viuda Hergesell, de soltera Baumann.

Pero ella yacía abajo, en parte sobre el linóleo, en parte sobre el suelo de cemento de un gris sucio del módulo I situado abajo.

Yacía completamente inmóvil, con su pequeña mano gris, todavía con muchos rasgos infantiles, ligeramente abierta, sus labios teñidos por un rastro de sangre, sus ojos mirando sin ver una región desconocida.

Pero sus orejas parecían escuchar esa atronadora barahúnda infernal que aumentaba y disminuía, y su frente arrugada parecía cavilar preguntándose si eso sería la paz que le había prometido el buen pastor Lorenz.

A raíz de ese suicidio, el suspendido en su cargo fue el pastor de la cárcel Friedrich Lorenz, y no el médico borracho. Se incoó expediente contra el clérigo. Porque permitir a un preso fijar por sí mismo el fin de su vida constituye un delito: a eso únicamente está autorizado el Estado y sus servidores.

Que un agente de la policía criminal hiera a un hombre con la culata de su pistola dejándolo herido de muerte, o que un médico borracho deje morir al herido, carece de importancia. Pero si un pastor no impide un suicidio, si permite hacer su propia voluntad a un preso que carece de voluntad propia, comete un delito y tendrá que pagar por ello.

Por desgracia, el pastor Friedrich Lorenz eludió —al igual que la Hergesell— la expiación de su delito al morir de un vómito de sangre justo en el momento en que iba a ser detenido. Porque había surgido también la sospecha de que mantenía relaciones deshonestas con las mujeres a las que atendía. Pero él alcanzó la paz, como él mismo habría dicho, y se ahorró muchos sinsabores.

Y sucedió que Anna Quangel no se enteró de la muerte de Trudel y Karl Hergesell hasta el día del juicio, porque el sucesor del buen pastor era demasiado medroso o desganado para encargarse de transmitir recados entre los presos. Él se limitaba a la asistencia espiritual estricta, cuando se lo solicitaban.

 

Capítulo 61

EL JUICIO: REENCUENTRO

 

 

Incluso el sistema más refinado y alambicado puede propiciar errores. El Tribunal del Pueblo de Berlín, un tribunal que no tenía nada que ver con el pueblo y en el que el pueblo no era admitido ni siquiera como espectador mudo porque la mayoría de sus sesiones eran secretas, era uno de esos sistemas refinados y alambicados: antes de que el acusado hubiera entrado en la sala de sesiones, prácticamente ya estaba condenado, y nada parecía abogar a favor de que un acusado pudiera vivir alguna experiencia medianamente satisfactoria en esa sala.

Esa mañana sólo estaba señalada una causa: contra Otto y Anna Quangel por alta traición.

Apenas estaba ocupada la cuarta parte del auditorio: uniformes del Partido, abogados que deseaban asistir a este juicio por motivos imposibles de averiguar y sobre todo estudiantes de Derecho deseosos de aprender cómo la justicia acaba con personas cuyo crimen consiste en haber amado a su patria más que los jueces que pronuncian la sentencia condenatoria. Toda esta gente había conseguido pases gracias a sus «relaciones». No se sabe cómo lo había conseguido el hombre bajo de perilla blanca y ojos inteligentes rodeados de arruguitas, el juez retirado Fromm. Sea como fuere, se sentaba discretamente entre los demás, a poca distancia de ellos, con el rostro inclinado y se limpiaba con frecuencia sus gafas de montura de oro.

A las diez menos cinco un policía introdujo en la sala a Otto Quangel. Lo habían vestido con la ropa que llevaba en el taller en el momento de su detención, un traje de diario, limpio pero muy remendado, en el que los remiendos de color azul oscuro destacaban muy vivamente en el azul desvaído del color primitivo. Sus ojos todavía agudos se deslizaron con indiferencia desde los asientos todavía vacíos detrás de la barra hasta los espectadores situados más allá, brillaron un instante al reconocer al juez del Tribunal Cameral... y Quangel se sentó en el banquillo de los acusados.

Poco antes de las diez un policía hizo pasar a la segunda acusada, Anna Quangel, y fue en ese instante precisamente cuando se produjo el descuido: en cuanto Anna Quangel divisó a su marido, sin vacilar ni prestar atención a las personas de la sala, se dirigió hacia él y se sentó a su lado.

Otto Quangel le susurró, ocultando su boca con la mano:

—¡No hables! ¡Todavía no!

Pero un resplandor en su mirada le reveló la tremenda alegría que le causaba el reencuentro.

Como es natural, el reglamento de esa ilustre casa no preveía ni por asomo que dos acusados, que desde hacía meses habían sido sometidos a un escrupuloso aislamiento mutuo, pudieran sentarse juntos y conversar a sus anchas un cuarto de hora antes de iniciarse el juicio. Ahora bien, sea porque los dos policías desempeñaban por primera vez ese servicio y habían olvidado sus órdenes, o porque no atribuían gran importancia a esa causa penal, o porque los dos personajillos entrados en años, sencillos, casi pobremente vestidos les parecieron del todo anodinos, no pusieron la menor objeción al asiento elegido por la señora Anna y en el siguiente cuarto de hora se despreocuparon por completo de ambos acusados. Antes bien, iniciaron una conversación interesantísima sobre ciertos complementos salariales, un plus de nocturnidad que se les escatimaba y deducciones del sueldo injustificadamente elevadas.

En la sala de los espectadores tampoco nadie —a excepción del juez cameral Fromm, por supuesto— se percató del error cometido. Todos eran negligentes y descuidados, nadie criticó esa falta que perjudicaba al Tercer Reich y beneficiaba a dos reos de alta traición. Un proceso instruido contra dos acusados de la clase obrera no podía causar gran impresión. Allí estaban acostumbrados a procesos monstruosos con treinta, cuarenta acusados que casi nunca se conocían, pero que para su sorpresa, en el curso de la vista se enteraban de que todos se habían conjurado entre sí, motivo por el cual los condenaban.

Quangel, tras unas ojeadas precavidas a su alrededor, acertó a decir:

—Me alegro de verte, Anna. ¿Va todo bien?

—Sí, Otto, ahora vuelvo a estar bien.

—No nos dejarán sentarnos juntos mucho tiempo. Disfrutemos, pues, de estos minutos. ¿Comprendes claramente lo que va a suceder?

—Sí, Otto —respondió en voz muy baja.

—Nos condenarán a muerte a los dos, Anna. Con toda seguridad.

—Pero, Otto...

—No, Anna, no hay peros que valgan. Sé que has intentado cargar con toda la culpa...

—No impondrán una condena tan dura a una mujer, y a lo mejor tú puedes salvar la vida.

—No, no. Tú no sabes mentir bien. Sólo alargarás el juicio. Digamos la verdad y todo transcurrirá deprisa.

—Pero, Otto...

—No, Anna, nada de peros. Piensa. No mintamos. La pura verdad...

—Pero, Otto...

—¡Te lo ruego, Anna!

—Pero es que yo querría salvarte, Otto, me gustaría saber que tú vives.

—¡Te lo ruego, Anna!

—¡No me lo pongas tan difícil, Otto!

—¿Vamos a engañar a esos? ¿A discutir entre nosotros? ¿A ofrecerles un espectáculo? ¡La pura verdad, Anna!

La mujer luchaba consigo misma. Después cedió, como había cedido siempre ante él.

—De acuerdo, Otto, te lo prometo.

—Gracias, Anna. Te lo agradezco mucho.

Callaron y bajaron la vista, avergonzados ambos de revelar sus emociones.

Se escuchó la voz de uno de los policías situados a su espalda.

—Y entonces le dije al subteniente, subteniente, dije, no pueden hacer eso conmigo, subteniente, eso le dije...

Otto Quangel cobró ánimos. Había que hacerlo. Si Anna se enteraba de ello durante el juicio, y se enteraría por fuerza en su transcurso, todo iría mucho peor. Las consecuencias serían del todo imprevisibles.

—Anna —susurró—. Eres fuerte y valiente, ¿verdad que sí?

—Sí, Otto —contestó—. Ahora lo soy. Desde que estoy contigo, lo soy. ¿Hay algo peor?

—Sí, Anna...

—¿Qué, Otto? ¡Suéltalo ya, Otto! Si hasta tú tienes miedo de decírmelo, también me entrará miedo a mí.

—Anna, ¿no has vuelto a saber nada de Gertrud?

—¿De qué Gertrud?

—¡De Trudel, mujer!

—¡Ah, de Trudel! ¿Qué pasa con Trudel? No, desde que estamos en prisión preventiva no he tenido noticias de ella. La he echado mucho de menos, era tan buena conmigo. Me perdonó que la denunciase.

—¡Pero tú no denunciaste a Trudel! Al principio yo también lo pensé, pero después lo entendí.

—Sí, ella también lo entendió. Yo me sentía tan confundida durante los primeros interrogatorios de ese pavoroso Laub, que no sabía lo que decía, pero ella lo comprendió. Y me perdonó.

—¡Gracias a Dios! ¡Anna, tienes que ser valiente y fuerte! Trudel ha muerto.

—¡Oh! —gimió Anna y con la mano encima del corazón repitió—. ¡Oh!

Y Quangel añadió deprisa, para zanjar el asunto de una vez:

—Y su marido también ha muerto.

Durante un buen rato no hubo respuesta. Ella estaba allí sentada, cubriéndose con las manos su cara gacha, pero Otto sentía que su esposa no lloraba, que estaba aturdida por la espantosa noticia. Y sin darse cuenta pronunció las mismas palabras que el buen pastor Lorenz cuando le comunico la noticia:

—Han muerto. Descansan en paz. Se han ahorrado muchos sufrimientos.

—Sí —respondió Anna—. Sí. Ella tenía tanto miedo por su Karl, cuando no le llegaban noticias, pero ahora descansa en paz.

Calló largo rato, y Quangel no la apremió, aunque por la agitación en la sala presentía la pronta llegada del tribunal.

Anna preguntó en voz baja:

—¿Han sido ejecutados... los dos?

—No —contestó Quangel—. Él murió a consecuencia del golpe que recibió durante la detención.

—¿Y Trudel?

—Se quitó la vida —contestó, rápido, su marido—. Saltó por encima de la verja del quinto piso. Murió en el acto, aseguró el reverendo Lorenz. No sufrió.

—Eso sucedió la noche que toda la prisión gritó —recordó Anna Quangel de repente—. ¡Ahora lo sé! ¡Ay, Otto, fue espantoso! —Y se cubrió la cara.

—Sí, fue espantoso —repitió su marido—. También donde estamos nosotros fue espantoso.

Al cabo de un momento ella levantó la cabeza y miró a Otto de hito en hito. Todavía le temblaban los labios cuando dijo:

—Es mejor que haya sucedido así. Si estuvieran aquí, a nuestro lado, sería horrible. Ahora descansan en paz. —Y en voz muy baja—: Otto, Otto, nosotros podríamos hacer lo mismo.

Este la miró fijamente. Y en sus ojos duros, penetrantes, ella captó una luz inédita hasta entonces, una luz burlona, como si todo aquello, lo que ella decía ahora y lo que vendría después, el inevitable final, fuera un juego. Como si no valiera la pena tomárselo en serio.

Después sacudió despacio la cabeza.

—No, Anna, nosotros no lo haremos. No desapareceremos como si fuésemos unos criminales convictos y confesos. No les ahorraremos la sentencia. ¡Nosotros, no! —Y en un tono completamente distinto—: Es demasiado tarde para algo así. ¿Es que a ti no te esposan?

—Claro que me esposan —contestó—. Pero cuando el policía me llevó hasta la puerta de aquí, me quitó la cadenita.

—¿Lo ves? —dijo él—. Sería un fracaso.

Le ocultó que desde que lo habían sacado de la prisión preventiva iba atado, con esposas y una cadena, grillos y una barra de hierro. Igual que a Anna, el policía lo había despojado de esos adornos cuando llegó a la puerta de la sala del juicio: el Estado no debía verse privado de su víctima.

—Bien —se resignó ella—. ¿Crees que nos ejecutarán juntos, Otto?

—No lo sé —respondió, evasivo. No quería mentirla, pero sabía que cada uno de ellos tendría que morir solo.

—¿Pero nos ejecutarán a la misma hora?

—Seguro, Anna, seguro que sí.

Pero no estaba tan seguro.

—No pienses ahora en eso —agregó—. Hemos de ser fuertes. Si nos declaramos culpables, todo transcurrirá muy deprisa. Si no inventamos pretextos ni mentimos, quizá en media hora conozcamos nuestra sentencia.

—Sí, así lo haremos. Pero, Otto, si todo ocurre tan deprisa, también volverán a separarnos con la misma rapidez y quizá no volvamos a vernos nunca más.

—Seguro que nos veremos... volveremos a vernos antes, Anna. Me lo han dicho, nos dejarán despedirnos el uno del otro. ¡Seguro, Anna!

—Estupendo, Otto, entonces tendré algo de lo que alegrarme cada hora. Y ahora estamos juntos.

Sólo estuvieron juntos un minuto más, pues, al descubrirse el error, separaron a ambos unos metros, obligándolos a girar la cabeza para verse. Gracias a Dios fue el abogado de la señora Quangel el que descubrió el error, un hombre amable, gris, con algunos medios de subsistencia, al que el tribunal había designado abogado de oficio, pues Quangel había insistido en no dedicar un céntimo a un asunto tan inútil como su defensa.

Dado que quien descubrió el error fue el abogado, la cosa acabó sin gritos. También los dos policías tenían motivo para mantener la boca cerrada, y así Feisler, el presidente del Tribunal del Pueblo, nunca conoció los imperdonables acontecimientos que habían sucedido allí. Porque si no el juicio probablemente habría durado mucho más.

 

Capítulo 62

EL JUICIO: EL PRESIDENTE FEISLER

 

 

Feisler, presidente del Tribunal del Pueblo y juez supremo en la Alemania de aquella época, tenía pinta de hombre culto. Según la terminología del jefe de taller Otto Quangel, era un hombre distinguido. Sabía llevar con donaire su toga, y el birrete confería dignidad a su cabeza, no estaba absurdamente pegado a ella como ocurría en otros muchos casos. Sus ojos eran inteligentes, pero fríos. Tenía una frente hermosa y despejada, pero su boca, maligna —una boca de labios duros, crueles y sin embargo lascivos—, lo delataba: era un libertino que había disfrutado de todos los placeres y que siempre había hecho pagar a otros por ello.

Las manos, de dedos largos y sarmentosos —unos dedos parecidos a las garras de un buitre—, eran malvadas; cuando hacía una pregunta especialmente ofensiva, esos dedos se encorvaban como si hurgasen en la carne de la víctima. Y su forma de hablar era cruel: ese hombre jamás hablaba con serenidad y objetividad, hacía pedazos a sus víctimas, los regañaba, hablaba con ironía cortante. Un hombre perverso, una mala persona.

Desde que a Otto Quangel le habían notificado el procesamiento había hablado alguna vez con el maestro Reichhardt, su amigo, sobre ese juicio. También el sensato maestro Reichhardt opinaba que, dado que el final era inevitable, Quangel debía admitir todo de antemano, sin disimular ni mentir. Eso desbarataría los argumentos de esa gente, no podrían dedicar mucho tiempo a increparlo. Sería un juicio corto, seguro que renunciarían a interrogar a los testigos.

Causó sensación que los dos acusados respondieran con un sencillo «sí» cuando el presidente les preguntó si se reconocían culpables de la acusación. Porque con ese sí ellos mismos firmaron su propia sentencia de muerte, haciendo innecesario el desarrollo ulterior del juicio.

Durante un instante, hasta el presidente Feisler se quedó desconcertado, derrotado por esa confesión casi inaudita.

Pero después se sobrepuso. Quería tener su juicio. Quería ver a esos dos obreros hundidos en la mierda, quería verlos retorcerse bajo sus preguntas, afiladas como cuchillos. Ese sí a la pregunta de «culpable» denotaba orgullo. El presidente Feisler lo notaba en los rostros de los espectadores, en parte desconcertados, en parte meditabundos, y deseaba arrebatar a los acusados ese orgullo. Tenían que salir de ese juicio humillados, sin dignidad.

Feisler preguntó:

—¿Comprende con claridad que con ese sí ha firmado usted su sentencia de muerte, apartándose de todas las personas decentes? ¿Comprende que es usted un vulgar delincuente merecedor de la muerte, cuyo cadáver colgará del cuello? ¿Lo comprende con claridad? ¡Responda sí o no!

Quangel contestó despacio:

—Soy culpable, he cometido los hechos que figuran en la acusación.

El presidente comenzó a asediarlo.

—Tiene que contestar sí o no. ¿Es usted un miserable traidor al pueblo o no? ¡Sí o no!

Quangel miró de hito en hito a ese señor elegante situado por encima de él y contestó:

—Sí.

—¡Qué asco! —gritó el presidente escupiendo detrás de él—. ¡Qué asco! ¡Y alguien así dice ser alemán!

Miró a Quangel con profundo desprecio y después sus ojos se centraron en Anna Quangel.

—Y usted, señora, ¿qué? —preguntó—. ¿Es usted tan malvada como su marido? ¿También es una infame traidora al pueblo? ¿También profana la dignidad de su hijo caído en el campo del honor? ¿Sí o no?

El preocupado abogado gris se levantó deprisa y solicitó:

—Ruego se me permita hacer constar, señor presidente, que mi cliente...

El presidente contraatacó.

—Le impondré una sanción, abogado —le advirtió—, le impondré una sanción inmediata si vuelve a tomar la palabra sin haber sido invitado a ello. ¡Siéntese!

El presidente se giró de nuevo hacia Anna Quangel.

—Bien, ¿qué responde usted? ¿Recuerda el último resto de decencia que le queda o prefiere ser igual que su marido, del que ahora ya sabemos que es un infame traidor al pueblo? ¿Es usted una traidora a su pueblo en tiempos de severa necesidad? ¿Tiene el valor de profanar a su propio hijo? ¿Sí o no?

Anna Quangel vaciló y miró, temerosa, a su marido.

—¡Debe mirarme a mí! ¡No a ese reo de alta traición! ¿Sí o no?

—Sí —respondió en voz baja, pero clara.

—¡Hable en voz alta! A todos nosotros nos gustaría oír que una madre alemana no se avergüenza de cubrir de oprobio la muerte heroica de su propio hijo.

—Sí —contestó Anna Quangel alzando la voz.

—¡Es increíble! —exclamó Feisler—. He vivido aquí muchos acontecimientos tristes y atroces, pero jamás he presenciado semejante infamia. ¡Ustedes no deberían ser ahorcados, unas bestias desnaturalizadas como ustedes deberían ser descuartizadas!

Hablaba más para los espectadores que para los Quangel, anticipaba el discurso acusatorio del fiscal (quería tener su juicio):

—Pero mi duro deber como juez supremo me impone no contentarme con un simple reconocimiento de culpabilidad. Por duro que me resulte y por estéril que me parezca, mi deber me obliga a comprobar la eventual existencia de circunstancias atenuantes.

Así comenzó un juicio que duró siete horas.

Y es que el inteligente maestro Reichhardt se había equivocado en la celda y Quangel con él. Nunca habían imaginado que el juez supremo del pueblo alemán daría muestras en el juicio de un encarnizamiento tan profundo y cruel. Era como si los Quangel lo hubieran ofendido a él en persona, al señor presidente Feisler; como si el honor de un hombre insignificante, mezquino, implacable estuviera herido y se obstinase en vulnerar a su enemigo hasta matarlo. Era como si Quangel hubiera seducido a la hija del presidente, tan personal era todo y tan alejado de cualquier asomo de objetividad. No, los dos habían cometido una tremenda equivocación, ese Tercer Reich todavía guardaba nuevas sorpresas para sus detractores más acérrimos, su perversión trascendía la perversidad misma.

—Los testigos, sus honrados compañeros de trabajo, han declarado que estaba usted poseído por una avaricia casi inmunda, acusado. ¿Cuánto ganaba usted a la semana? —preguntaba, por ejemplo, el presidente.

—En los últimos tiempos llevaba a casa cuarenta marcos —contestaba Quangel.

—Vaya, cuarenta marcos, ¿y ya estaban deducidos los descuentos, el impuesto sobre sueldos y salarios, la Organización de Ayuda Invernal y las cotizaciones al seguro de enfermedad?

—Sí, ya estaban deducidos.

—Pues me parece que esas son unas ganancias bien bonitas para dos viejos como ustedes, ¿no le parece?

—Nos las arreglábamos con ellas.

—¡No, no se las arreglaban! ¡Miente usted de nuevo! ¡Porque encima ahorraban de manera regular! ¿Es cierto o no?

—Es cierto. Casi siempre economizábamos un poco.

—¿Por término medio cuánto podían economizar por semana?

—No puedo precisarlo con exactitud. Eran cantidades distintas.

El presidente se alteró:

—¡Por término medio he dicho! ¡Por término medio! ¿No comprende lo que significa término medio? ¿Y se califica de maestro artesano? ¡Ni siquiera sabe hacer cuentas! ¡Magnífico!

Pero pero en realidad al presidente Feisler el caso no le parecía nada magnífico, pues miró enfurecido al acusado.

—Tengo más de cincuenta años y llevo trabajando veinticinco. Los años han sido diferentes. A veces también he estado en paro. O he tenido al hijo enfermo. No puedo hablar de términos medios.

—¿Ah, sí? ¿No puede? ¡Yo le voy a decir por qué! ¡Porque no le da la gana! Ha sido su sucia avaricia de la que sus honrados compañeros de trabajo se han apartado con repugnancia. ¡Usted teme que podamos averiguar cuánto ha acumulado! Y bien ¿cuánto ha sido? ¿Tampoco puede revelarlo?

Quangel luchaba consigo mismo. El presidente había encontrado su punto flaco. Ni siquiera Anna sabía a cuánto ascendían sus ahorros. Pero entonces Quangel cobró ánimos. También prescindió de eso. En las últimas semanas se había despojado de tantas cosas, ¿por qué no también de esto? Así que, desligándose por completo de lo último que lo mantenía unido a su antigua vida, dijo:

—¡4.763 marcos!

—Sí —repitió el presidente reclinándose en su alto sillón de juez—, 4.763 marcos y 67 pfennig —leyó en voz alta la suma que constaba en autos—. ¿Y no se avergüenza usted de luchar contra un Estado que le ha permitido amontonar tanto dinero? ¿Lucha usted contra la comunidad que tanto ha velado por usted? —Su ira se acrecentó—. Usted no sabe lo que es la gratitud. Usted no sabe lo que es el honor. ¡Usted es una lacra! ¡Y debe ser exterminado!

Sus garras de buitre se cerraron, se abrieron y volvieron a cerrarse, como si estuviera despedazando a un cadáver.

—Había ahorrado casi la mitad de esa suma antes de la toma del poder —precisó Quangel.

Alguien entre los espectadores rio, pero enmudeció en el acto asustado, al captar la mirada furibunda del presidente. Y soltó una tos apocada.

—¡Pido silencio! ¡Absoluto silencio! Y usted, acusado, sepa que si se muestra descarado, lo castigaré. No se le ocurra pensar que está a salvo de cualquier otro castigo. ¡Todavía podría sufrir más! —Dedicó a Quangel una penetrante mirada—. Y ahora, dígame, acusado, ¿para qué ahorraba usted?

—Para nuestra vejez.

—¡Qué me dice! ¿Para su vejez? Qué conmovedor. Pero es otra de sus mentiras. Al menos desde que escribía las postales, sabía que no llegaría a viejo. Porque ha reconocido usted mismo en esta sala que siempre comprendió claramente las consecuencias de su delito. Pero a pesar de todo continuó ahorrando e ingresando dinero en la caja de ahorros. ¿Para qué?

—Siempre conté con salir bien parado.

—¿Qué significa salir bien parado? ¿Que lo pondrían en libertad?

—No, nunca creí eso. Pensé que no me atraparían.

—Pues ya ve que se equivocó un poco. Aunque yo tampoco creo que llegase a pensarlo. No es usted tan tonto como quiere aparentar ahora. No puede haber pensado que podría continuar tranquilamente con su actividad delictiva durante años y años.

—Yo no he dicho eso.

—¿Qué quiere decir?

—No creo que el Reich de los mil años vaya a durar tanto —repuso Quangel volviendo hacia el presidente su afilada cara de pájaro.

El abogado, abajo, dio un respingo, asustado.

Alguno de los presentes volvió a reír, y en el acto se escuchó un murmullo amenazador.

—¡Menudo cerdo! —gritó uno.

El agente de policía que estaba detrás de Quangel se enderezó la gorra y se llevó la otra mano a la pistolera.

El fiscal se había levantado de un salto, agitando una hoja de papel.

La señora Quangel miró sonriente a su marido y asintió vehemente con la cabeza.

El policía situado detrás de ella la agarró por el hombro y se lo apretó sin contemplaciones.

Ella se contuvo y no gritó.

Un vocal miraba a Quangel con la boca abierta de par en par.

El presidente se levantó impetuosamente:

—¡Delincuente! ¡Idiota! ¡Criminal! ¡Atreverse a decir aquí...!

Se interrumpió pensando en su dignidad.

—Hay que sacar fuera al acusado. ¡Agente, saque de aquí a este tipo! El tribunal decidirá el castigo adecuado...

Al cabo de un cuarto de hora se reanudó la vista.

Llamó mucho la atención que ahora el acusado parecía no andar bien. Todos pensaron: A éste le han zurrado la badana. También Anna Quangel lo pensó, aterrada.

El presidente Feisler anunció:

—El acusado Otto Quangel pasará cuatro semanas en una celda de castigo a pan y agua y privación total de alimentos un día de cada tres. Además —añadió a modo de explicación—, se ha despojado al acusado de sus tirantes dado que, según me acaban de comunicar, ha comenzado a manipularlos sospechosamente durante la reciente pausa. Existe sospecha de suicidio.

—Sólo he ido al retrete.

—¡Cierre el pico, acusado! Existe sospecha de suicidio. Desde ahora el acusado tendrá que arreglárselas sin sus tirantes. Él se lo ha buscado.

En la zona de los espectadores sonaron risas, pero el presidente lanzó hacia allí una mirada casi benévola, hasta él mismo se alegraba de su buen chiste. El acusado mantenía una postura algo forzada, pues tenía que sujetarse continuamente los pantalones porque se le caían.

El presidente sonrió.

—Prosigamos con el juicio.

 

Capítulo 63

EL JUICIO: EL FISCAL PINSCHER

 

 

Mientras que para cualquier observador imparcial Feisler, el presidente del Tribunal del Pueblo, era comparable a un perro sanguinario y maligno, el fiscal se limitaba a interpretar el papel de un perro pinscher pequeño pero ladrador, que acecha la ocasión de morder en la pantorrilla al que ha atacado el sanguinario, que lo tiene agarrado por la garganta. Durante el juicio, el acusador había intentado un par de veces ladrar furioso contra los Quangel, pero los ladridos del perrazo sanguinario siempre lo habían hecho callar. ¿Le quedaba algo importante que ladrar? Al fin y al cabo desde el primer segundo el presidente había desempeñado la función de fiscal, desde el primer segundo Feisler había violado el deber fundamental de todo juez que consiste en averiguar la verdad: había demostrado la máxima parcialidad.

Pero tras la pausa del mediodía en la que el presidente había tomado sin cupones de racionamiento una copiosa comida regada con vino y aguardiente, Feisler se sentía cansado. Además, ¿para qué tanto esfuerzo? Si esos dos ya estaban muertos. Y encima aho ra era el turno de la mujer, esa pequeña mujer trabajadora... aparte de que las mujeres le resultaban bastante indiferentes desde su perspectiva de juez. Todas eran unas memas y sólo servían para una cosa. Por lo demás, hacían lo que deseaban sus maridos.

Así que Feisler, indulgente, permitió que el perro pinscher ocupara el primer plano y empezase a ladrar. Se reclinó en su silla de juez con los ojos entornados, la cabeza apoyada en su garra de buitre, aparentemente escuchando con atención, pero en realidad dedicado por completo a hacer la digestión.

El perro pinscher ladró:

—Acusada, usted tuvo antes un cargo en la Organización de Mujeres, ¿verdad?

—Sí —contestó la señora Quangel.

—Y por qué renunció a él. ¿Se lo exigió su marido?

—No —declaró la señora Quangel.

—Vaya, ¿conque no se lo exigió? Primero renuncia el marido a su cargo en el Frente del Trabajo y después, catorce días más tarde, la mujer al suyo en la Organización de Mujeres. Acusado Quangel, ¿se lo exigió usted a su mujer?

—Seguramente la idea se le ocurriría a ella, al enterarse de que yo había renunciado a mi cargo.

Quangel está de pie y tiene que sujetarse los pantalones.

Después se sienta, porque el fiscal vuelve a dirigirse a Anna Quangel.

—Bien, ¿y cómo fue eso, por qué dimitió de su cargo?

—Yo no dimití. Me cesaron.

El perro pinscher empezó a ladrar:

—¡Acusada, mida sus palabras! También usted, al igual que su marido, puede ser sancionada si se pasa de la raya. Acaba de reconocer ante mí que renunció a su cargo.

—No lo he hecho. He dicho: no, mi marido no me instigó.

—¡Miente usted! ¡Miente! Tiene la desvergüenza de mentirnos a la cara al Alto Tribunal y a mí.

Ladridos iracundos. La acusada insiste en su declaración.

—¡Que comparen el texto taquigráfico!

Tras leerlo, se comprueba que la acusada tiene razón. Agitación en la sala. Otto Quangel mira con gesto de aprobación a su mujer, que no se deja intimidar. Se siente orgulloso de ella.

El fiscal pinscher se queda un momento con las orejas gachas y mira de reojo al presidente. Éste bosteza discretamente ocultándose detrás de su garra de buitre. El fiscal se decide, abandona la vieja pista y toma otra nueva.

—Acusada, usted ya era bastante mayor cuando se casó con su marido, ¿no?

—Tenía casi treinta años.

—¿Y antes?

—No le comprendo.

—No se haga la inocente, quiero saber qué relaciones con hombres tuvo antes de su matrimonio. ¡Vamos, que es para hoy!

Ante una pregunta tan malvada Anna Quangel primero se puso colorada y después palideció. Miró implorando ayuda a su añoso y preocupado defensor, que se levantó de un salto y dijo:

—Solicito que se rechace la pregunta por improcedente.

Y el fiscal:

—Mi pregunta es procedente. Se ha manifestado aquí la hipótesis de que la acusada ha sido una mera secuaz del marido. Yo demostraré que es un persona de gran bajeza moral, oriunda del populacho, que cabe esperar cualquier delito de ella.

El presidente declaró aburrido:

—La pregunta es procedente. Admitida.

El perro pinscher volvió a ladrar.

—Entonces, ¿con cuántos hombres ha tenido usted relaciones antes de su matrimonio?

Todos los ojos se dirigen hacia Anna Quangel. Algunos estudiantes universitarios presentes en la sala se lamen los labios, alguno gime, complacido.

Quangel mira a Anna con cierta preocupación, pues sabe lo sensible que es ella en ese punto.

Pero Anna Quangel se ha decidido. Al igual que su marido ha abandonado todos sus escrúpulos en relación con sus ahorros, ahora es ella la que opta por comportarse sin un ápice de vergüenza ante esos hombres que carecen de ella.

El fiscal ha preguntado:

—Entonces, ¿con cuántos hombres ha tenido usted relaciones antes de su matrimonio?

Y Anna Quangel responde:

—Con ochenta y siete.

Uno de los espectadores suelta una carcajada.

El presidente despierta de su duermevela y mira casi interesado a la pequeña mujer trabajadora, de figura rechoncha, mejillitas rojas, pecho abundante.

Los ojos oscuros de Quangel han chispeado, ahora vuelve a tener los párpados muy bajos. No mira a nadie.

El fiscal, sin embargo, balbucea totalmente confundido:

—¿Con ochenta y siete? ¿Por qué precisamente con ochenta y siete?

—Pues no lo sé —responde Anna, impasible—. Pero no fueron más.

—¿De veras? —dice el fiscal malhumorado—. ¿De veras?

Está de muy mal humor, porque de pronto ha convertido a la acusada en un personaje interesante, lo que en modo alguno pretendía. También él, como la mayoría de los presentes, está firmemente convencido de que miente, de que quizá tuvo únicamente dos o tres amantes, o puede que ninguno. Podría imponérsele un castigo por burlarse del tribunal. Pero ¿cómo demostrar que esa ha sido su intención?

Al final se decide.

—Estoy firmemente convencido de que la acusada exagera adrede —dice—. Una mujer que hubiese tenido ochenta y siete amantes, no recordaría esa cifra y habría respondido: muchos. Pero su respuesta prueba su depravación. ¡Encima celebra usted su indecencia! Está orgullosa de haber sido una puta. Y de puta ha pasado a lo que comúnmente llegan a ser todas las putas: una madre alcahueta. Una alcahueta de su propio hijo.

Ahora sí que mordió a Anna Quangel el perro pinscher.

—¡No! —grita Anna elevando las manos suplicantes—. ¡No diga eso! ¡Yo jamás he hecho algo así!

—¿Que no lo ha hecho? —ladra el perro pinscher—. ¿Y cómo llama usted a dar varias veces cobijo nocturno a la mentada novia de su hijo? Acaso entonces alojó a su hijo en otra parte, ¿eh? ¿Dónde durmió la tal Trudel? Sabe que está muerta, ¿verdad que sí? ¡Pues de no ser así esa mujer, esa cooperadora en los delitos de su marido, también se sentaría en el banquillo de los acusados!

Pero la mención de Trudel ha insuflado nuevos ánimos a la señora Quangel.

Dirigiéndose no al fiscal, sino al tribunal que tiene enfrente, reconoce:

—Sí, gracias a Dios que Trudel está muerta, que no ha sufrido esta última vergüenza...

—¡Haga el favor de moderarse! ¡Se lo advierto, acusada!

—Era una chica buena y honrada...

—Que se provocó un aborto de su hijo de cinco meses porque no quería traer soldados al mundo.

—¡No fue un aborto voluntario!, se sentía infeliz por su muerte.

—Lo confesó ella misma.

—¡No lo creo!

El fiscal empieza a gritar:

—¡Lo que usted crea o deje de creer nos trae sin cuidado! Pero le aconsejo encarecidamente que cambie de tono, acusada, o se encontrará con algo muy desagradable. La declaración de la Hergesell ha sido consignada en acta por el comisario Laub. ¡Y un comisario no miente!

El perro pinscher miró a su alrededor por toda la sala con aire amenazador.

—Y ahora, acusada, la exhorto de nuevo a que me conteste: ¿Tenía o no tenía su hijo relaciones íntimas con esa joven?

—Una madre no se fija en esos detalles. No soy una fisgona.

—¡Pero usted tenía el deber de vigilar. Si usted permite a su hijo una relación deshonesta en su propia vivienda, incurre en el grave delito de alcahuetería, recogido en el código penal.

—Yo de eso no sé nada. Lo que sé es que había guerra y que mi hijo quizá perdiese la vida. En nuestro ambiente, cuando dos personas están prometidas o a punto de estarlo, y encima hay guerra, no nos fijamos mucho en esas cosas.

—¡Ajajá, así que ahora lo admite, acusada! ¡Usted conocía esas relaciones inmorales y las toleró! Eso es lo que usted llama: no fijarse mucho. Pero el código penal lo califica de grave alcahuetería, y una madre que tolera algo así es inmoral y completamente depravada.

—¿De modo que se trata de eso? Pues entonces me gustaría saber —replica Anna Quangel sin el menor atisbo de miedo y con voz firme—, me gustaría saber cómo llama el código penal a las actividades favoritas de la Asociación de Jóvenes Alemanas...

Risas atronadoras.

—Y lo que hacen las SA con sus chicas...

Las risas se interrumpen.

—Y las SS... Dicen que los de las SS primero violan a las chicas judías y luego las matan de un tiro...

Silencio sepulcral...

Y estalla el tumulto. Chillidos. Algunos de los presentes trepan por encima de las barandillas e intentan abalanzarse sobre la acusada.

Otto Quangel se levanta de un salto, dispuesto a correr en ayuda de su mujer...

El policía y la falta de tirantes se lo impiden.

El presidente ordena silencio con tono enérgico, pero en vano.

Los vocales hablan en voz alta entre ellos.

El fiscal pinscher ladra y ladra sin que nadie entienda una palabra...

Finalmente, sacan a Anna Quangel de la sala, el barullo se calma y el tribunal se retira a deliberar...

Reaparece a los cinco minutos.

—La acusada Anna Quangel ha sido excluida de participar en la vista contra ella. Desde ahora permanecerá esposada. Arresto en celda de castigo hasta nueva orden. Pan y agua cada dos días.

El juicio continúa.

 

Capítulo 64

EL JUICIO: EL TESTIGO ULRICH HEFFKE

 

 

El testigo Ulrich Heffke, obrero cualificado, el hermano jorobado de Anna Quangel, ha pasado unos meses muy duros. El eficiente comisario Laub lo había detenido junto con su mujer inmediatamente después de la detención de los Quangel, sin sospechas sólidas, por el mero hecho de ser pariente de los Quangel.

A partir de entonces, Ulrich Heffke había vivido atemorizado. Ese hombre bonachón, de espíritu simple, sencillo, que durante toda su vida había eludido cualquier disputa, había sido detenido, atormentado, gritado, golpeado por el sádico Laub. Lo habían obligado a pasar hambre, lo habían humillado, en suma, torturado con todas las artes infernales.

Por ello el jorobado tenía la mente completamente confusa. Había escuchado con atención y temor lo que sus torturadores querían oír, y después, perdida la cordura, había hecho incluso las confesiones más graves para él, cuyo sinsentido sin embargo le demostraban a renglón seguido.

Lo torturaron de nuevo, con la esperanza de que el pequeño jorobado confesara un nuevo delito hasta entonces desconocido. Porque el comisario Laub actuaba de acuerdo con el axioma de la época: todo el mundo tiene algo que ocultar. Sólo había que buscar lo suficiente para encontrarlo.

Laub quería y no quería creer que se había topado con un alemán que no era miembro del Partido y que, pese a todo, nunca había escuchado una emisora extranjera, ni había difundido propaganda clandestina derrotista, ni había infringido una disposición alimentaria. Laub reprochó a Heffke haber dejado las postales en la plaza Nollendorf por su cuñado.

Heffke lo admitía, y al cabo de tres días Laub le demostraba que era imposible que él, Ulrich Heffke, hubiera dejado las postales.

El comisario Laub lo acusó entonces de revelación de secretos industriales en la fábrica de óptica en la que trabajaba. Heffke lo admitió y, tras una semana de laboriosas averiguaciones, Laub comprobó que en esa fábrica no había secreto alguno que revelar; allí nadie sabía a qué arma iban destinadas las piezas sueltas que fabricaban.

Heffke tenía que pagar muy caro cada confesión falsa, pero eso lo volvía más asustadizo, no más listo. Confesaba sin pensar; con el fin exclusivo de disfrutar de cierta tranquilidad, de librarse de otro interrogatorio, firmaba cualquier declaración. Habría firmado su propia sentencia de muerte. Era más blando que la gelatina, y tan miedoso que empezaba a temblar a las primeras de cambio.

El comisario Laub fue lo bastante infame como para trasladar a ese desgraciado junto con los Quangel a prisión preventiva, a pesar de que ni uno solo de los expedientes demostraba la participación de Heffke en los «delitos» de los Quangel. La seguridad ante todo, que el juez de instrucción intentara sacar a Heffke alguna agravante. Como primera medida, Ulrich Heffke utilizó las condiciones un poco más laxas de la prisión para ahorcarse. Lo encontraron en el último instante, frustraron su intento y le devolvieron una vida que se le antojaba completamente insoportable.

Desde ese momento el pequeño jorobado tuvo que vivir en condiciones mucho más duras: en su celda la luz permanecía encendida toda la noche, un guardia especial miraba por la puerta a intervalos de pocos minutos, estaba esposado y lo iban a buscar casi a diario para interrogarlo. Aunque el juez de instrucción tampoco había encontrado en el sumario circunstancias agravantes contra Heffke, estaba firmemente persuadido de que el jorobado ocultaba un delito, pues de lo contrario ¿por qué había intentado suicidarse? ¡Ningún inocente se comportaba así! La estupidez de Heffke, que lo impulsaba a admitir cualquier acusación, provocaba que el juez de instrucción se viera obligado a practicar las ave rigua ciones y los interrogatorios más tediosos que, más tarde, arrojaban como resultado que Heffke no había hecho nada.

En consecuencia, apenas una semana antes del juicio, Ulrich Heffke salió en libertad de la prisión. Regresó junto a su alta, morena y cansada mujer, que había sido puesta en libertad tiempo atrás. Ella lo recibió en silencio. Heffke estaba demasiado trastornado para acudir al trabajo; a menudo se pasaba horas arrodillado en un rincón de la habitación cantando con agradable y tenue voz de falsete himnos religiosos. Apenas hablaba, y por la noche lloraba mucho. Tenían dinero ahorrado, así que la mujer no hizo nada por impulsar a su marido a acudir al trabajo.

Tres días después de su excarcelación, Ulrich Heffke recibió otra citación para presentarse en el juicio en calidad de testigo. Su débil mente no pudo ya comprender que únicamente lo habían citado para testificar. Su agitación aumentaba de hora en hora, casi no comía y sus cánticos se incrementaban. El miedo a que los tormentos recién superados comenzasen de nuevo lo torturaba sin tregua.

La noche antes del juicio se ahorcó por segunda vez; en esta ocasión fue su mujer morena la que le salvó la vida. En cuanto recuperó el aliento, ella le dio una paliza. Su mujer desaprobaba su estilo de vida. Al día siguiente lo cogió con fuerza del brazo y en la puerta de la sala de los testigos lo entregó al ujier diciendo:

—¡A éste le falta un tornillo! ¡Vigílelo bien!

Dado que la sala de los testigos estaba ya abarrotada —sobre todo por los compañeros de trabajo de Quangel, la dirección de la fábrica, las dos mujeres y el secretario de Correos que lo habían visto depositar las postales, las dos señoras de la directiva de la Organización de Mujeres y así sucesivamente—, es decir, dado que estaban ya presentes un montón de testigos cuando Anna Heffke pronunció esas palabras, el ujier y todos los testigos vigilaron con afán al hombrecillo. Algunos intentaron abreviar el tedioso tiempo de espera burlándose del jorobado, pero no llegaron muy lejos: al hombre se le veía demasiado el miedo en los ojos. La gente fue demasiado caritativa y no lo importunó mucho.

Pese a su miedo, el jorobado superó bien el interrogatorio del presidente Feisler, sencillamente porque hablaba en voz tan queda y temblaba tanto que el juez supremo se aburrió pronto de interrogar a semejante cagueta. Después, el jorobado se ocultó, encogido, entre los demás testigos, confiando en que todo hubiera terminado para él.

Más tarde tuvo que presenciar cómo el fiscal pinscher interrogaba a su hermana, cómo la atormentaba, escuchó las preguntas indecentes que le hicieron a Anna. Su corazón se indignó, quería adelantarse, hablar en favor de su queridísima hermana, testificar que ella siempre había llevado una vida decente... y su miedo le hizo volver a agacharse, a ocultarse, a ser cobarde.

Perdida, pues, la cordura entre el miedo, la cobardía y los accesos de valor, siguió el desarrollo de los acontecimientos hasta el momento en que Anna Quangel insultó a la Asociación de Jóvenes Alemanas, a las SA y a las SS. Presenció el tumulto posterior, él mismo colaboró a su modo con su pequeña y ridícula figura subiéndose al banco para ver mejor. Vio cómo dos policías arrastraban a Anna fuera de la sala.

Seguía aún encima del banco cuando el presidente comenzó por fin a restablecer el orden en la sala. Sus vecinos lo habían olvidado y seguían cuchicheando entre ellos.

Entonces la mirada del fiscal pinscher cayó sobre Ulrich Heffke, contempló asombrado su figura digna de lástima y gritó:

—¡Eh, usted! ¡Usted es el hermano de la acusada! ¿Cómo se llama?

—Heffke, Ulrich Heffke —contestó al fiscal su ayudante.

—Testigo Ulrich Heffke, ésa era su hermana. Le exijo que nos hable sobre la vida anterior de Anna Quangel. ¿Qué sabe usted al respecto?

Ulrich Heffke abrió la boca, estaba todavía subido al banco, y sus ojos miraron por primera vez sin temor. Abrió la boca y con una agradable voz de falsete, cantó:

 

Me despido de ti, mundo falso y malvado,

Abomino de tus perversos pecados.

Se vive bien en el cielo: tal es mi deseo.

Allí Dios recompensará a su siervo.

 

Todos quedaron tan desconcertados que lo dejaron cantar tranquilamente. Algunos incluso juzgaron agradable la sencilla melodía y menearon, embobados, la cabeza de un lado a otro al compás de la canción. Uno de los vocales tenía de nuevo la boca completamente abierta. Los estudiantes aferraban con fuerza la barrera con el rostro expectante. El preocupado abogado gris, con la cabeza ladeada, se hurgaba la nariz, ensimismado. Otto Quangel había girado su rostro afilado hacia su cuñado y sintió por primera vez latir su frío corazón por el pobre hombrecillo. ¿Qué harían con él?

 

Oculta por misericordia mi alma en tu costado abierto,

Condúcela a Tu majestad y apártala del Mal.

Quien aquí ha sido bueno entra en el palacio celestial;

sanado ya para siempre lo acogerás en Tu seno.

 

Mientras cantaba la segunda estrofa en la sala cundía de nuevo la agitación. El presidente había susurrado, el fiscal había enviado una nota al oficial de la policía que estaba de guardia.

Pero el pequeño jorobado no había prestado atención a nada de eso. Con la mirada dirigida al techo de la sala, gritó con voz arrebatada y extasiada:

—¡Ya voy!

Levantó los brazos, se apartó del banco empujándose con los pies, quería volar...

A continuación cayó pesadamente entre los testigos sentados delante de él, que se apartaron a un lado, asustados, y rodó entre los bancos...

—¡Saquen a este hombre de aquí! —vociferó con tono imperioso el presidente en una sala nuevamente alterada—. ¡Que lo reconozca un médico!

Sacaron a Ulrich Heffke de la sala.

—Ha quedado demostrado que se trata de una familia de delincuentes y dementes —afirmó el presidente—. Bien, velaremos por su erradicación.

Y lanzó una mirada amenazadora a Otto Quangel que, sujetándose los pantalones con la mano, seguía mirando hacia la puerta por la que había desaparecido su menudo cuñado.

Se encargaron de erradicar al pequeño jorobado Ulrich Heffke, faltaría más. Ni física ni mentalmente era digno de vivir, y tras una breve estancia en una institución, una inyección se encargó de que se despidiera de verdad de este mundo cruel.

 

Capítulo 65

EL JUICIO: LOS DEFENSORES

 

 

El defensor de Anna Quangel, el preocupado hombre gris entrado en años al que en los momentos de ensimismamiento tanto le gustaba hurgarse la nariz y que tenía un aspecto inequívocamente judío (pero al que no se le pudo «demostrar» nada porque sus documentos eran «arios de pura cepa»), ese hombre que había sido nombrado defensor de oficio de la mujer, se levantó para pronunciar su alegato.

Manifestó que lamentaba mucho verse obligado a hablar en ausencia de su defendida. Sin duda alguna sus invectivas contra instituciones del Partido tan acreditadas como las SA y las SS habían sido lamentables...

Interrupción a gritos del fiscal:

—¡Criminales!

Desde luego, por supuesto que coincidía con la fiscalía, esas invectivas eran sin duda criminales. No obstante, el caso del hermano de su cliente demostraba que ella no se encontraba en pleno uso de sus facultades mentales. El caso Ulrich Heffke, que seguro recordaba el Alto Tribunal, había demostrado que por las venas de la familia Heffke circulaba el espíritu de la locura religiosa. Sin pretender anticiparse al dictamen del perito médico, él se aventuraba a pronosticar que se trataba de esquizofrenia, y dado que la esquizofrenia formaba parte de las enfermedades hereditarias...

Aquí el defensor gris fue interrumpido por segunda vez por el fiscal, que pidió al tribunal que amonestase al letrado por sus divagaciones.

El presidente Feisler exhortó al abogado a no divagar.

El abogado argumentó que no divagaba.

Claro que no divagaba. Se trataba de alta traición, no de esquizofrenia y locura.

Nueva objeción del letrado: Si el fiscal tenía derecho a probar la inferioridad moral de su cliente, él tenía derecho a hablar de esquizofrenia. Solicitaba una decisión del tribunal.

El tribunal se retiró a deliberar sobre la solicitud del defensor. A continuación el presidente Feisler hizo saber:

—Ni en la instrucción de la causa ni en el juicio de hoy se ha evidenciado indicio alguno de perturbación mental en Anna Quangel. El caso de su hermano Ulrich Heffke no puede invocarse como prueba, dado que todavía no existe dictamen forense sobre el testigo Heffke. Es muy posible que Ulrich Heffke sea un peligroso simulador que sólo ha querido prestar ayuda a su hermana. Se recomienda a la defensa que se atenga a los delitos de alta traición hechos públicos en el juicio de hoy...

Mirada triunfal del fiscal pinscher al preocupado abogado.

Que el letrado le devuelve con tristeza.

—Dado que el Alto Tribunal me prohíbe abordar el estado mental de mi cliente —prosiguió el abogado de Anna Quangel—, me saltaré todos los puntos que apuntan a que tiene sus facultades mentales perturbadas: injuriar a su propio esposo tras la muerte del hijo, su conducta a menudo extraña, casi enajenada...

El fiscal pinscher empieza a ladrar.

—¡Mi más enérgica protesta por el modo en que el defensor de la acusada elude la prohibición del tribunal! Se salta los puntos para destacarlos con mucho más vigor. ¡Solicito un pronunciamiento del tribunal!

El tribunal se retira nuevamente y en su reaparición el presidente Feisler comunica, enfadadísimo, que condena al abogado a una multa de quinientos marcos por contravenir una decisión del tribunal. Si el caso se repite, amenaza con retirarle el uso de la palabra.

El abogado gris inclina la cabeza. Parece preocupado, como si le agobiase pensar cómo va a reunir esos 500 marcos. Comienza su discurso por tercera vez. Se esfuerza por describir la juventud de Anna Quangel, sus años de sirvienta, después el matrimonio al lado de un hombre que es un frío fanático, toda una vida de mujer:

—Sólo trabajo, preocupaciones, renuncia, sometimiento a un hombre duro. Y ese hombre comienza de repente a escribir postales cuyo contenido entraña alta traición. Se ha probado claramente en este juicio que fue el hombre quien concibió esta idea, no la mujer. Todas las afirmaciones contrarias de mi cliente en el sumario han de interpretarse como una abnegación fallida...

El abogado continúa:

—¿Qué podía hacer Anna Quangel contra la voluntad criminal de su esposo? ¿Qué? Llevaba a sus espaldas una vida de servidumbre, sólo había aprendido a obedecer, jamás había opuesto resistencia. Ella era una criatura de su marido, estaba sujeta a él...

El fiscal permanece sentado, aguzando las orejas.

—¡Alto Tribunal! El hecho, o mejor dicho la complicidad en el hecho, de una mujer así no puede valorarse plenamente. Al igual que no se puede castigar a un perro que por orden de su amo caza liebres en coto ajeno, tampoco se puede responsabilizar plenamente a esta mujer por su complicidad subsidiaria. Ella —también por este motivo— tiene la protección del artículo 51 párrafo 2º...

El fiscal interrumpe otra vez: ladra que el abogado ha vuelto a infringir la prohibición del tribunal.

El defensor protesta.

El fiscal lee en voz alta de una libreta:

—Según el taquigrama la defensa ha dicho lo siguiente: «Ella —también por este motivo— tiene la protección del artículo 51, párrafo 2º». Las palabras «también por este motivo» se refieren con claridad meridiana a la enfermedad mental de la familia Heffke aseverada por la defensa. ¡Solicito una decisión del tribunal!

El presidente Feisler pregunta al defensor a qué aludían las palabras «también por este motivo».

El abogado explica que se referían a argumentos que desarrollará en el curso ulterior de su defensa.

El fiscal grita que nadie alude en su alegato a algo que no ha sido dicho todavía. La alusión sólo puede versar sobre algo conocido, nunca sobre lo desconocido. Las palabras del señor defensor eran una excusa absurda.

El defensor protestó contra la imputación injuriosa de haber utilizado una excusa absurda. Por lo demás en una alocución uno podía referirse perfectamente a algo que se expondría más tarde, era una figura retórica conocida para crear expectación por lo que vendría después. Así por ejemplo, Marco Tulio Cicerón, en su famosa Tercera filípica...

Anna Quangel había caído en el olvido; ahora Otto Quangel miraba a uno y otro, boquiabierto.

Se había iniciado una acalorada disputa. Llovían citas en latín y griego clásico.

Finalmente el tribunal optó por retirarse, y cuando reapareció, y para sorpresa generalizada (pues la disputa erudita había hecho olvidar el motivo de la misma a la mayoría), el presidente Feisler anunció que al abogado de la acusada se le había retirado el uso de la palabra por infracción reiterada de una decisión del tribunal. La defensa oficial de Anna Quangel se delegaba en el asesor Lüdecke, casualmente presente.

El defensor gris hizo una reverencia y abandonó la sala, más preocupado que nunca.

El asesor Lüdecke «casualmente presente» se levantó y habló. No tenía mucha experiencia y tampoco había escuchado bien, se sentía intimidado por el tribunal, además por entonces es taba muy enamorado y era incapaz de ningún pensamiento razonable. Habló durante tres minutos, pidió la aplicación de circunstancias atenuantes (suponiendo que el Alto Tribunal no fuera de otra opinión, en cuyo caso rogaba se considerase su ruego no formulado) y volvió a sentarse, muy colorado y confundido.

Se le concedió la palabra al defensor de Otto Quangel.

Éste se levantó, muy rubio y altanero. Hasta entonces no había intervenido en el juicio ni había tomado una sola nota, la mesa ante él estaba vacía. Durante las horas que había durado el juicio se había dedicado a frotar suavemente entre sí las uñas rosadas y muy cuidadas de sus dedos y a contemplarlas una y otra vez con atención.

Pero ahora habló con la toga entreabierta y una mano dentro del bolsillo del pantalón, mientras con la otra hacía gestos pausados. Este defensor no podía soportar a su cliente, le parecía antipático, limitado, increíblemente feo y casi repugnante. Y por desgracia Quangel había hecho todo para acrecentar más todavía esa aversión de su defensor al negar cualquier información al abogado, a pesar de las acuciantes recomendaciones del maestro Reichhardt: él no necesitaba ningún abogado.

Así que ahora tomó la palabra el doctor Stark, el abogado. Su habla nasal y monótona estaba en franca oposición a las brutales palabras que utilizaba.

—Seguramente todos los que nos hemos reunido en esta sala —decía— rara vez habremos presenciado una imagen tan abismal de la depravación humana como la que se ha exhibido hoy aquí. Traición a la patria, alta traición, prostitución, alcahuetería, aborto, avaricia... ¿existe acaso un delito humano que mi cliente no haya cometido o en el que no haya participado? Alto Tribunal, caballeros, me veo incapacitado para defender a semejante criminal. En un caso así me despojo de la toga del defensor, yo mismo, el defensor, he de convertirme en fiscal, y alzo mi voz con una exhortación: que la justicia siga su curso con la máxima severidad. Modificando una conocida frase sólo puedo decir: ¡Fiat justitia, pereat mundus! ¡No hay atenuantes para este criminal que no merece el calificativo de humano!

Tras esta perorata, el defensor hizo una reverencia para sorpresa de todos y volvió a tomar asiento, estirando con cuidado los pantalones por encima de las rodillas. Tras lanzar una mirada inquisitiva a sus uñas, comenzó a frotárselas con suavidad.

Después de unos momentos de desconcierto, el presidente preguntó al acusado si tenía algo que decir en su favor, pero le exigía la mayor brevedad posible.

Otto Quangel se sujetó los pantalones.

—No tengo nada que decir en mi favor —comunicó—. Pero quisiera dar mis más sinceras gracias a mi abogado por su defensa. Al fin he comprendido lo que es un iletrado.

Quangel se sentó en medio del tumulto provocado por los demás. El abogado dejó de pulirse las uñas, se levantó y anunció con indolencia que renunciaba a cualquier acción contra su cliente, pues éste acababa de demostrar una vez más que era un delincuente incorregible.

Ese fue el instante en que Quangel rio, por primera vez desde su detención —no, desde tiempos inmemoriales—; fue la suya una risa alegre y despreocupada. La comicidad de que esa chusma de criminales pretendiera tildarlo en serio de delincuente se apoderó repentinamente de él.

El presidente riñó duramente al acusado por su alegría inconveniente. Barajó la posibilidad de proceder contra Quangel con penas más duras todavía, pero entonces cayó en la cuenta de que ya había impuesto al acusado todos los castigos posibles, que sólo le quedaba expulsarlo de la sala, y consideró el escaso efecto que causaría pronunciar la sentencia en ausencia de los dos acusados. Así que se contentó con mostrarse clemente.

El tribunal se retiró para dictar sentencia.

Pausa prolongada.

La mayoría salió a fumarse un cigarrillo, como en el teatro.

 

Capítulo 66

EL JUICIO: LA SENTENCIA

 

 

Conforme a lo prescrito, durante la pausa del juicio los dos agentes de policía que ahora vigilaban a Otto Quangel tuvieron que conducir a su prisionero a la pequeña celda de espera prevista para dichas ocasiones. Pero como la sala se había vaciado casi por completo y la conducción del prisionero por los numerosos pasillos y escaleras con los pantalones bajándosele continuamente era muy incómoda, creyeron que podían obviar esa disposición y se quedaron charlando a cierta distancia de Quangel.

El viejo jefe de taller apoyó la cabeza en las manos y se sumió durante unos minutos en una especie de duermevela. El juicio había durado siete horas, durante las cuales él ni siquiera se había permitido divagaciones, y estaba agotado. Las imágenes pasaban, confusas, por su mente: la mano de dedos como garras del presidente Feisler, que se abría y se cerraba, el defensor de Anna hurgándose la nariz, el pequeño jorobado Heffke queriendo aprender a volar, Anna diciendo «ochenta y siete» con las mejillas coloradas mientras sus ojos expresaban una superioridad serena, inédita en ella, y otras imágenes más, muchas... otras... imágenes... más...

Apretó la cabeza más fuerte entre sus manos, estaba tan cansado, necesitaba dormir, aunque sólo fueran cinco minutos...

Colocó, pues, un brazo sobre la mesa y puso la cabeza encima. Respiró plácidamente. Sólo cinco minutos de sueño profundo, un corto espacio de tiempo para el olvido.

Pero volvió a incorporarse sobresaltado. Había algo en esa sala que le impedía el ansiado descanso. Escudriñó a su alrededor con los ojos muy abiertos y su mirada cayó en Fromm, el juez del Tribunal Cameral retirado que, desde la barandilla de la sala de los espectadores, parecía hacerle señas. Quangel ya había reparado antes en el anciano caballero, en su viva atención, a la que nada parecía escapar, pero con las numerosas y excitantes experiencias de ese día no había hecho mucho caso de su antiguo vecino de la calle Jablonski.

Ahora el juez le hacía señas desde la barrera.

Quangel lanzó una ojeada a los dos policías. Estaban a unos tres pasos de distancia de él, ninguno lo miraba, y parecían enfrascados en una conversación muy animada. Quangel oyó en ese momento las palabras:

—Y entonces voy y agarro al pavo por el pescuezo...

El jefe de taller se había levantado, agarrando firmemente con ambas manos los pantalones, y ahora recorría la sala pasito a pasito hacia el juez retirado.

Éste estaba junto a la barrera, con la mirada baja, como si no quisiera ver al prisionero que se aproximaba. Entonces —Quangel se encontraba a unos pasos de él— el juez del Tribunal Cameral se volvió rápidamente y caminando entre las filas de sillas se dirigió a la puerta de salida. Pero había dejado sobre la barandilla un paquetito blanco de tamaño más pequeño que una bobina de hilo.

Quangel dio los últimos pasos, alargó la mano y ocultó primero el rollito en la palma de la mano, después en el bolsillo del pantalón. Era duro al tacto. Se giró y comprobó que sus dos vigilantes no se habían percatado de su ausencia. Entonces se cerró una puerta en la sala de los espectadores: el juez del Tribunal Cameral había desaparecido.

Quangel comenzó el paseo de vuelta a su sitio. Estaba muy nervioso, le latía el corazón, era muy improbable que esa aventura terminase bien. ¿Y qué le había parecido tan importante al viejo juez como para pasárselo a escondidas, arriesgándose tanto?

Quangel ya sólo estaba a unos pasos de su sitio cuando uno de los policías lo vio de repente. Dio un respingo, asustado, lanzó una mirada confundida al asiento vacío de Quangel como si quisiera convencerse de que el acusado realmente no estaba allí sentado, y después casi gritó del susto:

—¿Qué hace usted ahí?

También el otro policía se volvió de golpe y miró fijamente a Quangel. En su primera confusión ambos se quedaron clavados en el sitio, sin pensar en ir a por el prisionero.

—Me gustaría estirar las piernas, señor agente —solicitó Quangel.

El policía, que se había tranquilizado enseguida, gruñó:

—¡Pues a ver si dejamos de pasear solos! ¡Haga usted el favor de avisarnos!

Mientras el policía le dedicaba estas palabras, Quangel pensó de repente que quería que le sucediera lo mismo que a Anna. Pronunciar su sentencia sin los dos acusados les privaría de gran parte de su diversión. Quangel no sentía el menor atisbo de curiosidad, pues ya la conocía. Además, deseaba enterarse de qué cosa importante le había pasado a escondidas el viejo juez.

Los dos policías habían llegado junto a Quangel y lo agarraron por los brazos que sujetaban los pantalones.

Quangel los miró fríamente.

—¡Muera Hitler! —exclamó.

—¿Cómo? —Se quedaron perplejos, no daban crédito a sus oídos.

Y Quangel, muy deprisa y a voces:

—¡Muera Hitler! ¡Muera Göring! ¡Muera el canalla de Goebbels! ¡Muera Streicher!

El puño que le alcanzó bajo el mentón le impidió continuar recitando esa letanía. Los dos policías arrastraron fuera de la sala al inconsciente Quangel.

En resumidas cuentas, que el presidente Feisler se vio obligado a pronunciar la sentencia sin ambos acusados. El juez supremo, indulgente, había hecho la vista gorda ante la ofensa al abogado, pero en vano. Y Quangel tuvo razón: el pronunciamiento de la sentencia sin los rostros de los dos acusados ya no divirtió nada al presidente, lo que se dice nada. Había inventado unas formulaciones injuriosas tan estupendas...

Mientras Feisler hablaba, Quangel abrió los ojos en la celda donde esperaba. Le dolía el mentón, la cabeza, le costaba recordar lo sucedido. Su mano tanteó con cuidado el interior de su bolsillo: gracias a Dios, el paquetito seguía allí.

Oyó los pasos del guardia por el pasillo, el sonido se interrumpió y en su lugar escuchó un ruido suave, parecido a arañazos, procedente de la puerta: retiraron la tapa de la mirilla. Quangel había cerrado los ojos, fingía seguir inconsciente. Tras un tiempo que se le antojó interminable volvió de nuevo el sonido quedo, similar a arañazos, desde la puerta y después nuevamente los pasos del guardia...

La mirilla volvía a estar cerrada, durante los dos o tres minutos siguientes seguro que el centinela no volvía a mirar.

Quangel introdujo deprisa la mano en el bolsillo y sacó el rollito. Retiró el hilo que lo rodeaba, desplegó la nota que rodeaba un tubito de cristal y leyó el texto mecanografiado: «Ácido cianhídrico, mata sin dolor en pocos segundos. Ocultar dentro de la boca. También se suministrará a la mujer. Destruir la nota».

Quangel sonrió. ¡El buen anciano! ¡El maravilloso anciano! Masticó la nota hasta que quedó bien ensalivada y luego se la tragó.

Contempló con curiosidad la ampolla, examinó el líquido, claro como el agua. Muerte rápida, indolora, se dijo a sí mismo. ¡Oh, si lo supierais! Y también se lo procurarán a Anna. Él piensa en todo. ¡Excelente anciano!

Se metió en la boca el tubito de cristal. Ensayó. Pensó que la mejor manera de ocultarlo era entre la encía y las muelas, como un clavo, como un pedazo de tabaco de mascar, que muchos obreros utilizaban en el taller de carpintería. Se palpó la mejilla. No, no se notaba ningún bulto. Y si ellos se percataban de algo, antes de que pudieran quitarle ese chisme lo habría mordido y aplastado en la boca.

Quangel volvió a sonreír. ¡Ahora era libre de verdad, ellos ya no ejercían el menor poder sobre él!

 

Capítulo 67

LA CASA DE LOS MUERTOS

 

 

La casa de los muertos de la prisión de Plötzensee alberga ahora a Otto Quangel. La celda individual de la casa de los muertos es ahora su última patria en este mundo.

Sí, ahora está recluido en una celda individual: para los condenados a muerte ya no hay compañeros, ni un maestro Reichhardt, ni siquiera un «perro». Los condenados a muerte sólo tienen una compañera: la muerte, así lo quiere la ley.

Es un edificio entero en el que viven estos condenados, docenas, acaso centenares, una celda junto a otra. Los centinelas siempre recorren el corredor, siempre se oyen tintineos, y los perros ladran en los patios durante toda la noche.

Pero en las celdas los fantasmas están callados, en las celdas reina el silencio, no se oye sonido alguno. ¡Son tan taciturnos esos candidatos a la muerte! Proceden de todas partes de Europa, hay hombres, jóvenes, casi niños todavía, alemanes, franceses, holandeses, belgas, noruegos, buenas personas, personas débiles, malas personas, todos los temperamentos, desde el sanguíneo y el colérico hasta el melancólico. Pero en esa casa se difuminan las diferencias, todos se han callado, ya sólo son fantasmas de sí mismos. Casi nunca escucha Quangel un llanto por la noche, y de nuevo silencio, silencio... silencio...

A él siempre le ha gustado el silencio. Durante esos últimos meses ha tenido que llevar una vida opuesta a su forma de ser: nunca a solas consigo, forzado con frecuencia a hablar, él que odia cualquier conversación. Ahora ha vuelto por última vez a su forma de vida, al silencio, a la paciencia. El maestro Reichhardt era bueno, le enseñó muchas cosas, pero ahora, tan cerca de la muerte, es mejor todavía vivir sin él.

De Reichhardt ha copiado la vida metódica dentro de la celda. Todo tiene su tiempo: el aseo muy cuidadoso, unos cuantos ejercicios físicos que aprendió viéndoselos hacer a su compañero de celda, una hora de paseo por la mañana y otra por la tarde, la limpieza a fondo de la celda, las comidas, el sueño. Aquí también dispone de libros para leer, cada semana le llevan seis a la celda; pero en eso no ha cambiado, no los mira. No va a empezar a leer en la vejez.

Sin embargo, hay otra cosa más que ha copiado al maestro Reichhardt. Durante sus paseos tararea entre dientes. Recuerda antiguas canciones infantiles y populares de su etapa escolar. Surgen en él desde su más temprana juventud, un verso sucede a otro... ¡qué cabeza tiene, si todavía las recuerda después de más de cuarenta años! Y después los poemas: El anillo de Polícrates, El aval, Oda a la alegría, El rey de los elfos. Pero no consigue recordar entero El canto de la campana. A lo mejor nunca se supo todos los versos, de eso ya no se acuerda...

Una vida tranquila, pero el contenido principal del día lo constituye el trabajo. Sí, aquí tiene que trabajar, debe limpiar una determinada cantidad de guisantes, apartar aquellos con gusanos, eliminar los partidos o rotos al igual que las semillas de mala hierba y las bolas negro grisáceas de las algarrobas. Le gusta hacer ese trabajo, sus dedos limpian, laboriosos, hora tras hora.

Y es bueno que le hayan encargado precisamente ese trabajo, lo sacia. Porque ahora han transcurrido definitivamente los buenos tiempos en que podía compartir las viandas del maestro Reichhardt. Lo que le llevan a la celda está mal cocinado, es una bazofia aguada, pan húmedo, pegajoso, con patata añadida, que le cae como una pesa indigerible en el estómago.

Pero los guisantes le sirven de ayuda. No puede afanar muchos, porque los pesan, pero sí los suficientes para saciarse hasta cierto punto. Los ablanda en agua, y cuando están hinchados los añade a su sopa para que se calienten un poco y después los mastica. Así mejora su comida, a la que puede aplicarse el dicho: muy poco para vivir, demasiado para morir.

Quangel casi sospecha que los vigilantes, los inspectores del trabajo saben lo que hace, que roba guisantes, pero se callan. Y no dicen nada no porque deseen ser indulgentes con el condenado a muerte, sino porque les trae sin cuidado, porque se han embrutecido en esa casa en la que presencian tanta aflicción todos los días.

No hablan simplemente para que no hable el otro. No quieren escuchar quejas pues no pueden cambiar ni mejorar nada, aquí todo sigue su camino inmutable. Ellos no son más que ruedecitas de una máquina, ruedecitas de hierro, de acero. Si el hierro se reblandeciera habría que sustituir la ruedecita, ellos no quieren ser sustituidos, quieren seguir siendo ruedecitas.

Por eso tampoco pueden ofrecer consuelo, no quieren hacerlo, son como son: indiferentes, fríos, sin sombra de compasión.

Al principio, cuando Otto Quangel subió a esta celda desde la celda de castigo que le había impuesto el presidente Feisler, pensó que sería para uno o dos días, que estarían ansiosos por ejecutarlo enseguida, le habría parecido bien.

Pero luego se va enterando poco a poco de que la ejecución de la sentencia puede durar semanas enteras, meses, incluso un año. Sí, hay condenados a muerte que llevan un año esperando la muerte, que se echan a dormir todas las tardes sin saber si esa noche los despertarán de su sueño los ayudantes del verdugo; cada noche, cada hora, a cada bocado que se llevan a la boca, al desvainar guisantes, sentados en la cubeta donde hacen sus necesidades, siempre puede abrirse la puerta, una mano hacer una seña y una voz decir:

—¡Vamos! ¡Ha llegado la hora!

Es una crueldad infinita la que existe en ese miedo a morir prolongado a lo largo de días, semanas, meses, y no son sólo formalidades jurídicas, ni los recursos de gracia interpuestos cuya resolución es preciso esperar, los que provocan ese retraso. Algunos afirman que el verdugo está desbordado de trabajo, que ya no da abasto. Pero el verdugo trabaja sólo los lunes y jueves, los demás días no. Recorre el país, efectuando ejecuciones en toda Alemania, el verdugo también trabaja en otras poblaciones. Pero ¿cómo es posible entonces que un condenado sea ejecutado siete meses antes que otro que fue condenado con él en la misma causa? No, aquí actúa de nuevo la crueldad, el sadismo; en esta casa no se golpea brutalmente, ni se tortura físicamente, aquí el veneno se filtra sin darse cuenta en las celdas, ellos no quieren liberar ni un minuto de la garra de la muerte a las almas que están aquí.

Todos los lunes y los jueves la casa de los muertos se inquieta. Siendo aún de noche los fantasmas se agitan, se acurrucan junto a las puertas, sus miembros tiemblan, aguzan los oídos hacia los corredores. Todavía resuenan los pasos de los centinelas, sólo son las dos de la mañana. Pero pronto... Quizá incluso hoy mismo. Y ruegan, rezan: Solamente estos tres días, sólo estos cuatro días hasta el próximo día de ejecución, entonces me resignaré de buen grado, ¡pero hoy no, por favor! Y piden, rezan, mendigan.

Un reloj da las cuatro. Pasos, tintineo de llaves, murmullos. Los pasos se aproximan. El corazón comienza a latir, brota sudor por todo el cuerpo. De repente una llave chasquea en la cerradura. ¡Tranquilo, tranquilo, han abierto la celda contigua, no, una más allá! Todavía no ha llegado tu turno. Gritos rápidamente sofocados.

—¡No, no! ¡Socorro!

Ruido de pies. Silencio. El paso regular del centinela. Silencio. Espera. Espera aterrada. No soporto esto...

Y al cabo de un plazo interminable, tras un abismo lleno de miedo, tras una espera insoportable que sin embargo hay que soportar, vuelven a acercarse los murmullos, el sonido de muchos pies, el tintineo de llaves... Se aproxima, cerca, cerca. ¡Ay, Dios mío, hoy todavía no, sólo tres días más! ¡Y en un santiamén, la llave en la cerradura! ¿Es en mi celda? ¡Oh, en la tuya! No, es la celda vecina, unas palabras musitadas, así que se llevan al vecino. Se lo llevan, los pasos se alejan...

El tiempo transcurre lentamente, el escaso tiempo se desmenuza despacio en infinitos trozos pequeños. Esperar. Sólo esperar. Y el paso de los centinelas en el corredor. ¡Ay, Dios, hoy se llevan a los ocupantes de celdas contiguas, el próximo eres tú! Dentro de tres horas serás un cadáver, este cuerpo estará muerto, estas piernas que todavía te sostienen serán estacas yertas, esta mano que ha trabajado, acariciado, mimado y pecado ya no será más que un trozo de carne corrompida. ¡Es imposible, y sin embargo es cierto!

¡Esperar... esperar... esperar! Y de repente el que espera ve alborear el día por su ventana, oye una campana que llama a levantarse. Ha llegado el día, un nuevo día de trabajo... y se ha librado una vez más. Tiene otros tres días de plazo, cuatro días si es jueves. ¡La suerte le ha sonreído! Respira más aliviado, al fin puede hacerlo, a lo mejor se libra del todo. A lo mejor sucede una gran victoria y con ella una amnistía, a lo mejor lo indultan condenándolo a cadena perpetua.

¡Una hora más de respirar aliviado!

Y vuelve a instalarse el miedo, que envenena esos tres o cuatro días: Esta vez terminaron justo antes de mi celda, el lunes empezarán por mí. ¿Oh, qué voy a hacer? Todavía no soy capaz...

Y siempre de nuevo, siempre de nuevo, dos veces a la semana, todos los días de la semana, cada segundo el miedo.

Y mes tras mes: miedo cerval.

A veces Otto Quangel se preguntaba cómo sabía todo eso. Porque en realidad nunca hablaba con nadie, ni nadie con él. Algunas palabras secas del vigilante: «Acompáñeme. Levántese. Trabaje más deprisa». A lo mejor justo al servirle la comida unas palabras más formadas con los labios que musitadas:

—Hoy siete ejecuciones.

Eso era todo.

Pero sus sentidos se habían agudizado muchísimo. Adivinaban lo que no veía. Sus oídos escuchaban cualquier ruido en el corredor, un retazo de conversación de los centinelas durante el relevo, una maldición, un grito... todo se le revelaba, nada permanecía oculto para él. Y después por las noches, durante las largas noches que según el reglamento interior duraban trece horas, pero que nunca eran noches, porque en su celda siempre debía estar encendida la luz, entonces a veces se atrevía a trepar hasta la ventana, comprimiéndose por encima de la persiana de oscurecimiento y atisbaba la noche. Sabía que los centinelas del patio con sus perros que no paraban de ladrar tenían orden de disparar a cualquier rostro que se asomase a una ventana, y no en pocas ocasiones disparaban un tiro... pero a pesar de todo se corría el riesgo.

Estaba allí de pie encima de su banqueta, percibía el aire puro de la noche (ese aire compensaba ya cualquier peligro), y después escuchaba ese susurro de ventana en ventana, palabras al principio incomprensibles:

—¡Karl lo ha hecho otra vez!

O:

—La mujer de 347 se ha pasado todo el día ahí abajo.

Pero con el tiempo consiguió entenderlo todo. Con el tiempo supo que en la celda contigua estaba un hombre del servicio de contraespionaje que al parecer se había vendido al enemigo y ya había intentando suicidarse dos veces. La celda de detrás de la suya la ocupaba un trabajador de una central eléctrica que había dejado quemarse las dinamos, un comunista. Y el guardia Brennecke te proporcionaba papel y trozos de lápiz, y también sacaba a escondidas cartas del edificio si lo sobornaban desde fuera, con mucho dinero o preferiblemente con alimentos. Y... y... noticias y más noticias. También una casa de los muertos habla, respira, vive, tampoco en una casa de los muertos se extingue la indomable necesidad que sienten las personas por comunicarse.

Pero aunque también Otto Quangel arriesgaba —en ocasiones— su vida para escuchar, aunque sus sentidos nunca se cansaban de prestar atención a cualquier cambio, Quangel no era del todo uno de ellos. A veces intuían que él también estaba asomado a la ventana nocturna, y alguien susurraba:

—¿Qué tal te va, Otto? ¿Ya han devuelto el recurso de gracia?

(Ellos lo sabían todo sobre él.) Pero él jamás contestaba una palabra, jamás reconocía que también escuchaba. Él no era uno de ellos, aunque le hubieran impuesto la misma sentencia, él era completamente distinto.

Y eso no se debía a su condición de solitario, como había sido antes, ni a su necesidad de tranquilidad que hasta entonces lo había apartado de todos, no procedía de su aversión a hablar que antes había silenciado su lengua... sino que se debía a aquel pequeño tubito de cristal que le había proporcionado el juez del Tribunal Cameral Fromm.

Ese tubito con la disolución de ácido cianhídrico clara como el agua lo había liberado. Los demás, sus compañeros de infortunio, tenían que transitar el último y amargo camino; él podía elegir. Podía morir en cualquier momento, sólo tenía que quererlo. Era libre. En la casa de los muertos, detrás de muros y rejas, sujeto con cadenas y esposas... él, Otto Quangel, maestro carpintero fuera de servicio, jefe de taller fuera de servicio, esposo fuera de servicio, padre fuera de servicio, agitador fuera de servicio... había quedado libre. Eso lo habían conseguido ellos, ellos le habían concedido una libertad de la que no había disfrutado en toda su vida. Él, el propietario de ese tubito de cristal, no temía a la muerte. La muerte estaba a su lado a todas horas, él era su amigo. Él, Otto Quangel, no tenía que despertarse mucho antes de la hora los lunes y los jueves, y escuchar muerto de miedo junto a la puerta. No era como ellos, no del todo. No tenía que torturarse porque poseía el final de toda tortura.

Era una buena vida la que llevaba. Le gustaba. Ni siquiera tenía la certeza de que fuera a utilizar alguna vez esa ampolla de cristal. ¿No sería todavía mejor esperar hasta el último minuto? A lo mejor podía volver a ver a Anna. ¿No sería mejor no ahorrarles a esos ninguna ignominia?

¡Que lo ejecutasen, mejor, mucho mejor! Quería saber cómo era eso... pensaba que le correspondía hacerlo, que era su obligación saber también cómo lo hacían. Creía que debía saberlo todo hasta que el lazo rodease su cuello o su cabeza estuviese bajo la guillotina. Podía, todavía en el último minuto, darles un chasco.

Y en la certeza de que no podía pasarle nada, de que allí —quizá por primera vez en su vida— podía ser completamente él mismo, con absoluta sinceridad, en esa certeza hallaba tranquilidad, alegría, paz. Su cuerpo envejecido nunca se había sentido tan bien como a lo largo de esas semanas. Su dura mirada de pájaro nunca había sido tan amable como en la celda de condenado a muerte de Plötzensee. Su espíritu nunca había podido divagar con tanta libertad como allí.

¡Una buena vida, sí señor!

Ojalá también Anna estuviera bien. Pero el viejo juez Fromm era un hombre que cumplía su palabra. También Anna estaría más allá de toda persecución, también Anna era libre, una prisionera libre...

 

Capítulo 68

LOS RECURSOS DE GRACIA

 

 

Otto Quangel no llevaba más que unos días en la celda de castigo —según la resolución del Tribunal del Pueblo—, se moría de frío en la pequeña jaula de barrotes de hierro que se parecía mucho a una estrecha jaula de monos del zoo, cuando se abrió la puerta, se encendió la luz y su abogado, el doctor Stark, apareció en el umbral de la puerta de la habitación donde estaba montada la jaula y observó a su cliente.

Quangel se levantó despacio y lo miró a su vez.

Así que ese caballero acicalado y peripuesto había vuelto para verlo, con sus uñas sonrosadas y la forma indiferente y lánguida de hablar. Seguramente para contemplar los sufrimientos del delincuente.

Pero también entonces llevaba Quangel en su boca la ampolla de cianuro de potasio, ese talismán que le hacía soportar el frío y el hambre, y así había contemplado tranquilo, es más, con una superioridad placentera al «elegante caballero», él, con su aspecto andrajoso, tiritando de frío, el estómago ardiéndole por el hambre.

—¿Y bien? —había preguntado Quangel por fin.

—Le traigo la sentencia —informó el abogado sacando un papel del bolsillo.

Quangel no lo cogió.

—No me interesa —repuso—. Ya sé que me han condenado a muerte. ¿A mi mujer también?

—También a su mujer. Sin apelación posible.

—Bien —contestó Quangel.

—Pero puede interponer un recurso de gracia —dijo el abogado.

—¿Dirigido al Führer?

—Sí, al Führer.

—No, gracias.

—¿Entonces quiere morir?

Quangel sonrió.

—¿No tiene miedo?

Quangel siguió sonriendo.

El abogado contempló por vez primera el rostro de su cliente con un asomo de interés, y dijo:

—En ese caso yo interpondré por usted el recurso de gracia.

—¡Después de haber exigido mi condena!

—Es lo habitual, en cada condena de muerte se interpone un recurso de gracia. Forma parte de mis obligaciones.

—De sus obligaciones. Comprendo. Igual que su defensa. Bueno, supongo que su recurso de gracia no tendrá mucho efecto, mejor olvídelo.

—A pesar de todo lo interpondré, incluso contra su voluntad.

—No puedo impedírselo.

Quangel volvió a sentarse en el catre. Esperaba que el otro cesara ahora con esas estúpidas majaderías, que se fuese.

Pero el abogado no se fue, sino que preguntó tras una larga pausa:

—Dígame, ¿por qué lo hizo en realidad?

—¿Hacer qué? —preguntó Quangel con indiferencia sin mirar al peripuesto letrado.

—Escribir esas postales. No han servido de nada y le van a costar la vida.

—Porque soy tonto. Porque no se me ocurrió nada mejor. Porque contaba con un efecto diferente. ¡Por eso!

—¿Y no lo lamenta? ¿No le da pena perder la vida por una tontería semejante?

Una mirada dura alcanzó al abogado, la vieja, orgullosa y dura mirada de pájaro.

—Yo por lo menos no he perdido la decencia —respondió Quangel—. No he colaborado.

El abogado miró largamente al hombre sentado en silencio. Luego añadió:

—Ahora sí que creo que mi colega, el que defendió a su mujer, tenía razón: ustedes dos están locos.

—¿Llama locura a pagar cualquier precio por mantener la decencia?

—También habría podido mantenerla sin postales.

—Eso habría sido aquiescencia silenciosa. ¿Qué ha pagado usted por haberse convertido en un caballero tan fino con los pantalones muy bien planchados, las uñas de los dedos esmaltadas y los embusteros discursos de defensa? ¿Qué ha pagado por ello?

El abogado calló.

—¿Lo ve? —continuó Quangel—. Y cada vez pagará más, y quizá algún día también tenga que sacrificar la cabeza, igual que yo, pero entonces la sacrificará por su indecencia.

El abogado callaba.

Quangel se levantó.

—¿Lo ve? —rio—. Sabe usted muy bien que quien está detrás de las rejas es decente, y usted que está delante es el canalla, que el criminal está libre y el decente condenado a muerte. Usted no es un letrado, no sin razón lo llamé iletrado. ¡Y usted quiere presentar un recurso de gracia en mi favor... bah, váyase de una vez!

—Y a pesar de todo interpondré un recurso de gracia en su favor —insistió el abogado.

Quangel no contestó.

—Entonces hasta la vista —dijo el abogado.

—Lo dudo mucho... a no ser que presencie mi ejecución. ¡Está usted invitado de corazón!

El abogado se marchó.

Era un hombre curtido, endurecido, era malo. Pero todavía tenía el discernimiento suficiente como para admitir que el otro era mejor.

Formuló el recurso de gracia, la causa que debía inducir al Führer al perdón era locura, pero el abogado sabía de sobra que su cliente no estaba loco.

También para Anna Quangel se envió un recurso de gracia directamente al Führer, pero este recurso no procedía de la ciudad de Berlín, sino de un pequeño y pobre pueblo de la Marca de Brandeburgo, y bajo el recurso se leía: «Familia Heffke».

Los padres de Anna Quangel habían recibido una carta de su nuera, la mujer de su hijo Ulrich. La carta sólo refería malas noticias, escritas sin miramientos con frases duras y concisas. Su hijo Ulrich estaba loco, ingresado en Wittenau, y la culpa era de Otto y Anna Quangel, quienes habían sido condenados a muerte por haber traicionado a su país y a su Führer. ¡Esos son vuestros hijos, es una vergüenza llamarse Heffke!

Sin decir una palabra, sin atreverse siquiera a mirarse, los dos ancianos estaban sentados en su pequeño y modesto cuarto de estar. La carta, esa terrible noticia, se interponía entre ellos. Pero tampoco se atrevían a mirarla.

Durante toda su vida habían tenido que doblar la cerviz, pequeños agricultores en una finca grande bajo duros administradores, habían llevado una vida de pobreza: mucho trabajo, pocas alegrías. La alegría habían sido los hijos, que se habían convertido en gente de provecho. Habían prosperado más que sus padres, no habían tenido que deslomarse a trabajar, Ulrich era capataz en una fábrica de óptica y Anna, esposa de un maestro carpintero. El hecho de que apenas escribiesen, de que no se dejasen ver, apenas molestaba a los viejos, ésa era la naturaleza de todos los pájaros que han echado a volar. Porque sabían que a sus hijos les iba bien.

¡Y ahora este golpe, este golpe despiadado! Al cabo de un rato la mano flaca, deformada por el trabajo, del viejo campesino se estira por encima de la mesa:

—Madre.

Y de repente a la anciana se le saltan las lágrimas:

—¡Ay, padre! ¡Nuestra Anna, nuestro Ulrich! ¡Ahora resulta que han traicionado a nuestro Führer! ¡No puedo creerlo, nunca jamás lo creeré!

Durante tres días estuvieron tan confundidos que no fueron capaces de tomar decisión alguna. No se aventuraban a salir de casa, ni se atrevían a mirar a nadie a los ojos por miedo a que la vergüenza ya se hubiera difundido.

Después, el cuarto día, pidieron a una vecina que les cuidara a sus escasos animales de corral y emprendieron el camino hacia Berlín. Cuando caminaban por la carretera azotada por el viento, el hombre delante, la mujer un paso por detrás según la costumbre campesina, parecían niños que se habían perdido en el vasto mundo para los que todo supone una amenaza: un golpe de viento, una rama seca que cae, un coche que pasa a su lado, una palabra dura. Estaban completamente indefensos.

Al cabo de dos días recorrieron el camino de vuelta por la misma carretera, más pequeños aún, más encorvados, más desconsolados.

No habían conseguido nada en Berlín. La nuera los había cubierto de improperios. No habían podido ver a su hijo Ulrich, porque no había «horario de visita». Anna y su marido... nadie pudo decirles con exactitud en qué cárcel estaban. No habían encontrado a sus hijos. Y el Führer, del que esperaban ayuda y consuelo, cuya cancillería sí que encontraron, el Führer no estaba en Berlín. Estaba en el cuartel general, ocupado en asesinar hijos, no tenía tiempo para ayudar a padres que estaban a punto de perderlos.

Les dijeron que presentasen una solicitud.

Ellos no se atrevían a confiar en nadie. Temían la deshonra. Una hija suya había traicionado al Führer. No habrían podido seguir viviendo allí si eso se sabía. Pero debían hacerlo para salvar a Anna. No, no podían pedir ayuda a nadie en ese recurso de gracia, ni al maestro, ni al alcalde, ni siquiera al reverendo.

Y con mucho esfuerzo, tras largas horas de conversaciones y reflexiones, de escribir con mano temblorosa, lograron terminar un recurso de gracia. Fue escrito, copiado de nuevo y pasado otra vez a limpio, y empezaba así:

«Mi amadísimo Führer:

Una madre desesperada te suplica de rodillas por la vida de su hija. Ella ha cometido una falta grave contra ti, pero eres tan grande que te mostrarás clemente con ella. Tú la perdonarás...».

¡Hitler, convertido en Dios, señor del universo, todopoderoso, de bondad y clemencia infinitas! Dos viejos... fuera brama la guerra que asesina a millones de personas, pero ellos creen en él, incluso cuando ha puesto a su hija en manos del verdugo creen en él, ninguna duda se desliza dentro de su corazón, su hija es mala y el Führer un dios.

No se atreven a enviar la carta en el pueblo, juntos caminan hasta la capital del distrito para echarla al correo. Como dirección figura: «A la atención de nuestro amadísimo Führer...».

Después regresan a casa a su cuarto de estar y esperan como buenos creyentes que su dios sea compasivo...

¡Y lo será!

El correo recoge tanto el recurso embustero del abogado como el desamparado de los dos padres desolados y cursa ambos, pero no los lleva al Führer. El Führer no desea ver esos recursos, no le interesan. A él le interesa la guerra, la destrucción, el asesinato, no evitar el asesinato. Los recursos llegan a la cancillería del Führer, donde se les asigna un número, son registrados y después estampan un sello en ellos: Remitir al señor ministro de Justicia del Reich. Aquí sólo regresarán si el condenado es miembro del Partido, lo que no se infiere del recurso de gracia...

El perdón dividido, el perdón para los camaradas del Partido y el perdón para los compatriotas.

En el Ministerio de Justicia del Reich los recursos vuelven a registrarse y a numerarse, y reciben otro sello: A la administración de la prisión para solicitar su parecer.

El correo reparte los recursos por tercera vez, y por tercera vez reciben número y son asentados en un libro. La mano del escribiente consigna sobre los recursos de Anna y Otto Quangel unas parcas palabras: Su comportamiento se ha atenido al reglamento de régimen interior. No existe motivo para el perdón. Devolver al Ministerio de Justicia del Reich.

De nuevo el perdón dividido: los que contravenían el reglamento interior de la cárcel o los que sólo lo obedecían no tenían motivos para ser perdonados; pero quien se había distinguido por el espionaje, la traición o el maltrato a sus compañeros de infortunio encontraba —quizá— el perdón.

En el Ministerio de Justicia vuelven a consignar la entrada de los recursos y estampan un sello encima: Rechazado, y una señorita vivaracha teclea en su máquina de escribir de la mañana a la noche: Su recurso de gracia ha sido rechazado... ha sido rechazado... rechazado... rechazado... rechazado..., durante todo el día, durante todos los días.

Y un buen día un funcionario comunica a Otto Quangel:

—Su recurso de gracia ha sido rechazado.

Quangel, que no ha hecho recurso de gracia alguno, no dice ni una palabra, no merece la pena.

Pero el correo lleva el rechazo a casa de los ancianos, por el pueblo corre el rumor: «Los Heffke han recibido una carta del Ministerio de Justicia del Reich».

Y aunque los ancianos guardan silencio, callan perseverantes, temerosos, temblorosos, un alcalde tiene medios para conocer la verdad, y pronto a la aflicción de los dos viejos se añade la ignominia...

¡Los caminos del perdón!

 

Capítulo 69

LA DECISIÓN MÁS DURA DE ANNA QUANGEL

 

 

Anna Quangel lo pasó peor que su marido: era una mujer. Añoraba cambiar impresiones, simpatía, una pizca de ternura... y ahora siempre estaba sola, de la mañana a la noche, ocupada desenredando y devanando sacos de cordeles que llevaban a su celda. Pese a las escasas palabras y manifestaciones solidarias que su marido le había tributado, esas minucias le parecían ahora un paraíso, es más, la presencia incluso de un Otto mudo habría sido una bendición para ella.

Lloraba mucho. El duro y largo arresto en la celda de castigo le había arrebatado un poco de la fuerza que había vuelto a avivarse al ver a Otto y que tan fuerte y valiente la había hecho durante el juicio. Había pasado mucha hambre y mucho frío, también ahora, en su desnuda celda individual. Ella no podía mejorar el magro menú con guisantes crudos como su marido, no había aprendido a dividir con inteligencia el día como él, a imprimirle un ritmo cambiante que hiciera esperar todavía algo parecido a la alegría: una hora de paseo después del trabajo o la satisfacción por el cuerpo recién lavado.

Anna Quangel también había aprendido a acechar de noche por la ventana de su celda. Mas no se asomaba de vez en cuando, sino todas las noches. Y susurraba, hablaba junto a la ventana, contaba su historia, preguntaba una y otra vez por Otto, por Otto Quangel... ¿Ay, Dios mío, pero es que de verdad nadie sabía allí dónde estaba Otto, cómo se encontraba, Otto Quangel, sí, un viejo jefe de taller, pero todavía fuerte, de tal y cual aspecto, cincuenta y tres años...? ¡Tenían que saberlo!

No se daba cuenta, o no quería dársela, de que importunaba a los demás con sus preguntas eternas, su relato desmedido. Allí todos tenían sus propias preocupaciones.

—¡Oye, tú, la 76, cierra el pico de una maldita vez, que nos sabemos todo lo que cuentas!

O también:

—¡Ahí está ésa otra vez a vueltas con su Otto, que si Otto por aquí, que si Otto por allá... ¿Eh?

O con toda dureza:

—¡Como no cierres el pico de una vez, te denunciaremos! ¡Que también hay otras que quieren que les toque el turno!

Y cuando Anna Quangel, ya muy entrada la noche, se metía al fin debajo de su manta para dormirse mucho más tarde, a la mañana siguiente no lograba hacer nada a tiempo. La guardiana la regañaba y la amenazaba con un nuevo arresto. Se ponía tarde a trabajar, demasiado tarde. Tenía que apresurarse y arruinaba cualquier éxito derivado de su prisa porque creía haber oído un sonido en el corredor y se ponía a escuchar pegada a la puerta. Durante media hora, una hora. Ella, que había sido una mujer tranquila, afable, maternal, se transformó de tal modo durante su incomunicación que todos se enfadaban con ella. Como les daba mucho trabajo a las guardianas, discutía mucho con ellas, éstas se mostraban antipáticas con ella; afirmaba que le daban menos comida y la peor, pero el máximo trabajo. Ya en un par de ocasiones se había acalorado tanto en estas disputas que empezó a gritar, simplemente a gritar como una loca.

Entonces ella misma se detenía asustada. Pensaba en el camino que había recorrido hasta llegar a esa desnuda celda de la muerte, pensaba en su hogar de la calle Jablonski, que nunca volvería a ver, recordaba a su hijo Otto, cómo iba creciendo, su parloteo infantil, las primeras preocupaciones escolares, la manita gris que le tocaba la cara con torpe ternura... ay, esa mano infantil que se había hecho carne en su vientre, con su sangre, hacía mucho que había retornado a la tierra, la había perdido para siempre. Pensó en las noches que Trudel había yacido a su lado en la cama, cuando, el joven cuerpo en la flor de la vida cerca del suyo, habían conversado en susurros durante horas, sobre el padre severo que dormía al otro lado, sobre su hijo Otto y sus perspectivas de futuro. Pero también Trudel se había perdido.

Y después pensaba en el trabajo común con Otto, en la lucha que habían librado ambos durante más de dos años en completo silencio. Le venían a la memoria los domingos, cuando se sentaban juntos en la salita junto a la mesa, ella en la esquina del sofá, zurciendo calcetines, y él en su silla, con sus útiles de escribir ante sí, formulando juntos frases, entregándose unidos a ensoñaciones del gran éxito que obtendrían. ¡Perdido, acabado, todo perdido, todo acabado! Sola en la celda, ante ella ya sólo la cercana muerte segura, sin una palabra de Otto, quizá sin volver a ver su rostro nunca más... sola para morir, sola en la tumba...

Durante horas recorre la celda arriba y abajo, no lo soporta. Ha olvidado su trabajo, los ovillos de cordel continúan anudados y desordenados en el suelo, los aparta de un empujón con el pie, impaciente... y cuando la guardiana abre la celda por la noche no hay nada hecho. Le dirige palabras duras, pero Anna no las escucha, que hagan con ella lo que quieran, que la ejecuten deprisa... ¡tanto mejor!

—Recordad lo que os digo —advierte la vigilante a sus colegas—. Esa está a punto de perder la cabeza, tened siempre preparada una camisa de fuerza. Y mirad con frecuencia dentro de su celda, que es muy capaz de ahorcarse en pleno día, ésa se va a ahorcar en menos que canta un gallo, y después los problemas serán para nosotras.

Pero la guardiana no tiene razón: Anna Quangel no piensa en ahorcarse. Lo que la mantiene viva, lo que hace que incluso esa existencia abyecta le parezca digna de vivirse es pensar en Otto. Ella no puede marcharse de aquí, tiene que esperar, a lo mejor recibe una noticia de él, a lo mejor hasta le permiten volver a verlo una vez más antes de morir.

Y entonces, un día cualquiera de esos días tristes, la suerte parece sonreírle. Una guardiana abre de pronto la puerta de la celda:

—Acompáñeme, Quangel. Tiene visita.

¿Visita? ¿Quién va a visitarme aquí? Si no tengo a nadie que pueda venir a verme. ¡Será Otto! ¡Tiene que ser Otto! ¡Siento que es Otto!

Lanza una mirada a la guardiana, le encantaría preguntarle por su visitante, pero discute continuamente con ella, no puede preguntarle a esa mujer. La sigue, todo su cuerpo temblando, no ve nada, no sabe adónde van, ya no recuerda que morirá pronto... sólo sabe que va a ver a Otto, la única persona del mundo que...

La guardiana entrega la prisionera 76 a un sargento primero, la conducen a una habitación dividida en dos mitades por una reja, al otro lado de la reja hay un hombre.

Toda la alegría de Anna Quangel se esfuma al ver a ese hombre. No es Otto, es sólo el viejo juez del Tribunal Cameral Fromm. Ahí está el hombrecillo, mirándola con sus ojos azules rodeados por una coronita de arrugas.

—Quería saber cómo se encuentra, señora Quangel —dice.

El vigilante, situado junto a la reja, contempla meditabundo a ambos. Después se vuelve, aburrido, y se encamina hacia la ventana.

—¡Deprisa! —susurra el juez tendiéndole algo a través de la reja.

Ella, instintivamente, lo coge.

—¡Guárdeselo! —susurra el anciano.

Anna oculta el rollito blanco.

Una carta de Otto, piensa, y su corazón vuelve a latir con más libertad. La desilusión ha quedado superada.

El funcionario se ha vuelto de nuevo y los mira desde la ventana.

Al fin Anna encuentra unas palabras. En lugar de saludar al juez del Tribunal Cameral, le hace la única pregunta del mundo que todavía le interesa:

—¿Ha visto a Otto, señor juez?

El anciano caballero mece de un lado a otro su inteligente cabeza.

—En los últimos tiempos, no —contesta—. Pero he sabido por amigos que se encuentra bien, muy bien. Se conserva de maravilla.

Reflexiona, y añade tras una breve vacilación:

—Creo que puedo transmitirle saludos de su parte.

—Gracias —musita ella—. Muchas gracias.

Al decir estas palabras numerosas sensaciones diferentes la asaltan. Si no lo ha visto, tampoco puede tener una carta suya. Pero no, él habla de amigos; ¿habrá recibido una carta por mediación de esos amigos? Y las palabras: Se conserva de maravilla, le producen orgullo y felicidad... ¡Y ese saludo de su parte, ese saludo entre las celdas de hierro y piedra, esa primavera entre muros! ¡Qué maravilla, qué maravilla, la vida es maravillosa!

—Pero usted no tiene buen aspecto, señora Quangel —dice el viejo juez.

—¿De veras? —responde un poco asombrada, ausente—. Pues estoy bien. Muy bien. Dígaselo a Otto. ¡Dígaselo, por favor! No se olvide de saludarlo de mi parte. Porque lo verá, ¿no?

—Creo que sí —responde vacilante.

¡Es tan meticuloso el menudo y probo caballero! La más mínima insinceridad con esta moribunda le repugna. ¡Ella no adivina qué artimañas ha tenido que emplear, qué intrigas maquinar, para obtener ese permiso de visita! Para el mundo Anna Quangel está muerta... ¿acaso se puede visitar a los muertos?

Pero no se atreve a comunicarle que no volverá a ver en esta vida a Otto Quangel, que no sabe nada de él, que acaba de mentirle al transmitirle sus saludos para infundir un poco de valor a esa mujer completamente vencida. Y es que a veces es preciso mentir a los moribundos.

—¡Ah! —exclama de pronto muy animada, y... ¡fíjate!... sus pálidas mejillas hundidas se sonrojan—. Cuando lo vea, dígale a Otto que pienso en él cada día, cada hora, y tengo la seguridad de que volveré a verlo antes de morir...

El vigilante, desconcertado, mira un instante a la mujer entrada en años que habla igual que una joven enamorada. ¡La paja vieja es la que más arde!, piensa antes de regresar junto a la ventana.

Anna no se ha dado cuenta de esto, y continúa, febril:

—Y dígale también a Otto que tengo una celda muy bonita para mí sola. Que estoy bien. Pienso siempre en él, y así soy feliz. Sé que nada podrá separarnos nunca, ni muros, ni rejas. Estoy a su lado, todas las horas, de día y de noche. ¡Dígaselo!

Miente, ¡oh, cómo miente!, para decirle sólo cosas buenas a su Otto. Quiere darle paz, esa paz que ella no ha disfrutado ni un instante desde que está en esa casa.

El juez del Tribunal Cameral echa una ojeada de reojo al vigilante que mira por la ventana, y susurra:

—No pierda lo que le he dado. —Porque la señora Quangel parece como si se hubiera olvidado del mundo entero.

—No, no perderé nada, señor juez. —Y de repente, añade en voz baja:— ¿Qué es?

—Veneno, su marido también lo tiene —responde él, bajando aún más la voz.

Ella asiente con la cabeza.

El funcionario junto a la ventana se vuelve.

—Aquí sólo se puede hablar en voz alta —dice en tono de advertencia—, de lo contrario se acabó la conversación. De todos modos —consulta su reloj— el tiempo de visita finaliza dentro de minuto y medio.

—Sí —dice la mujer pensativa—. Sí. —Y de repente sabe cómo debe decirlo. Pregunta:— ¿Cree usted que Otto se irá pronto de viaje... antes de su gran viaje? ¿Lo cree?

Su rostro expresa ahora una inquietud tan dolorosa que incluso el obtuso funcionario se da cuenta de que se refiere a cosas muy distintas a lo que dice. Por un momento quiere intervenir, pero después mira a esa mujer de edad y a ese caballero de perilla blanca, que según el volante de visita es juez del Tribunal Cameral... y el funcionario sufre un arrebato de magnanimidad y vuelve a mirar por la ventana.

—Bueno, es difícil de precisar —contesta el consejero, cauteloso—. Ahora se ha puesto muy difícil viajar. —Y muy deprisa, musita—: Espere usted al último minuto, a lo mejor puede verlo antes. ¿De acuerdo?

Ella asiente dos veces.

—Sí —contesta en voz alta—. Seguro que es lo mejor.

A continuación ambos se quedan mudos, de repente perciben que ya no tienen nada que decirse. Es el fin. Se acabó.

—Bueno, creo que debo irme —observa el viejo juez.

—Sí —responde ella en voz muy baja—, creo que ya es hora.

Y de pronto —el guardián se ha dado la vuelta y los mira intimidándolos con el reloj en la mano— a la señora Quangel le da un arrebato. Aprieta el cuerpo contra la reja y susurra con la cabeza pegada a los barrotes:

—Por favor, por favor... usted quizá sea la última persona decente del mundo. ¡Por favor, señor juez, déme un beso! Cerraré los ojos, creeré que es Otto...

¡Zorra!, piensa el guardián. ¡La van a ejecutar y aún le apetece...! Y eso que es una vieja...

Pero el viejo juez contesta con voz suave y amable:

—No tenga miedo, niña, no tenga miedo...

Y sus viejos labios finos rozan con suavidad la boca seca y agrietada de la mujer.

—No tenga miedo, niña. Tiene la paz consigo...

—Lo sé —susurra ella—. Muchas gracias, señor juez.

Después vuelve a estar en su celda, los cordeles están tirados desordenadamente por el suelo y camina de un lado a otro, empujándolos impaciente con el pie hacia los rincones, como en sus días peores. Ha leído la nota, la ha comprendido. Ahora sabe que Otto y ella disponen de un arma, pueden abandonar en cualquier momento esta vida lamentable, si se torna demasiado insoportable. Ya no tiene que dejarse atormentar, ahora, en este mismo minuto, cuando todavía conserva un poso de felicidad por la visita, puede ponerle fin.

Camina, habla consigo misma, ríe, llora.

Las guardianas escuchan pegadas a la puerta.

—Ahora empieza a volverse loca de verdad —dicen —. ¿Está preparada la camisa de fuerza?

La mujer de dentro no se entera de nada de eso, libra su combate más duro. Ve de nuevo ante ella al anciano juez Fromm, estaba muy serio cuando le ha recomendado esperar hasta el último minuto, pues a lo mejor lograba volver a encontrarse con su marido.

Y ella se ha mostrado de acuerdo con él. Claro que es lo acertado, tiene que esperar, tener paciencia, a lo mejor todavía dura meses. Pero aunque sean apenas unas semanas, qué dura es la espera. Porque se conoce, volverá a desesperarse, a llorar mucho, a sumirse en la tristeza, son todos tan duros con ella, nunca una palabra amable, nunca una sonrisa. El tiempo le resultará insoportable. Sólo necesita jugar un poco, con la lengua y con los dientes, aún no va en serio, sólo ensaya un poco, y ya habrá sucedido. ¡Se lo han puesto fácil... se lo han puesto tan fácil!

Eso es. En algún momento será débil, lo hará, y en el instante en que lo haya hecho, en ese pequeñísimo instante entre el hecho y la muerte lo lamentará como no ha lamentado nada en su vida: se habrá privado de la posibilidad de volver a ver a Otto por haber sido cobarde y débil. Le llevarán la noticia de su muerte y él sabrá que ella lo ha abandonado, que lo ha traicionado, que ha sido cobarde. Y la despreciará, él, cuyo respeto es lo único en el mundo que tiene algún valor para ella.

No, tiene que destruir en el acto ese infortunado tubo de cristal. Mañana temprano puede ser demasiado tarde, quién sabe con qué estado de ánimo se despertará mañana.

Pero de camino hacia el cubo se detiene...

Y reanuda sus paseos. De repente ha recordado que tiene que morir y cómo. Porque ha oído en esa cárcel en sus conversaciones de la ventana que no es la horca lo que la espera, sino la guillotina. Le han descrito de buen grado cómo la atarán encima de la mesa, tumbada boca abajo mirará fijamente una cesta medio llena de serrín, sobre el cual caerá su cabeza al cabo de pocos segundos. Descubrirán su cuello, y sobre ese cuello notará el frío de la guillotina antes incluso de que ésta empiece a caer. Después el zumbido se irá intensificando poco a poco, atro nará en sus oídos como las trompetas del Juicio Final y después su cuerpo se habrá convertido en algo que se contrae convulso, cuyo cuello cortado expulsa gruesos chorros de sangre mientras dentro del cesto la cabeza quizá clave los ojos en el cuello que arroja sangre y aún sea capaz de ver, de sentir, de sufrir...

Así se lo contaron, y así se lo ha imaginado cientos y cientos de veces, y con ello ha soñado alguna que otra vez, ¡y un simple mordisco al tubito de cristal puede liberarla de todos esos horrores! ¿Debe olvidar eso, tiene que renunciar a esa liberación? Cuenta con la posibilidad de elegir entre una muerte fácil y una muerte dura... ¿ha de elegir la muerte dura únicamente por miedo a mostrarse débil, a morir delante de Otto?

Sacude la cabeza, no, nunca será débil. Claro que puede esperar hasta el último minuto. Quiere volver a ver a Otto. Resistió el miedo que la invadía siempre que Otto depositaba las postales, resistió el susto de la detención, soportó las torturas del comisario Laub, se sobrepuso a la muerte de Trudel... ¡así que será capaz de esperar unas semanas, unos meses! Lo ha soportado todo... y también soportará eso. Como es natural, debe guardar el veneno hasta el último minuto.

Camina arriba y abajo, arriba y abajo.

Pero la decisión que acaba de tomar no le brinda ningún alivio. De nuevo comienza la duda, la lucha consigo misma, y decide destruir el veneno ahora, inmediatamente, en el acto, pero tampoco lo hace.

Entretanto ha caído la tarde y se ha hecho de noche. Han sacado de la celda el trabajo sin hacer y le han comunicado que le quitarán el jergón durante una semana por su pereza y que pasará una semana a pan y agua. Pero apenas ha escuchado. ¿Qué le importa lo que digan?

Su sopa de la cena está sin tocar encima de la mesa, y ella sigue yendo de un lado a otro, mortalmente cansada, incapaz de ningún pensamiento lúcido más, presa de la duda: ¿Debo... no debo?

Ahora su lengua juega con el tubito de veneno en la boca, sin saber bien cómo, sin quererlo de verdad, coloca sus dientes con suavidad, con mucha suavidad sobre el cristal, los dientes muerden un poco con sumo cuidado...

Y a toda prisa se saca el cristal de la boca. Camina y ensaya, ya no sabe lo que hace... y fuera está preparada para ella la camisa de fuerza...

Entonces de pronto, ya muy entrada la noche, descubre que yace sobre su catre de madera, sobre las duras tablas, tapada con la delgada manta. Su cuerpo tiembla de frío. ¿Ha dormido? ¿Sigue allí el tubito? ¿Se lo habrá tragado? ¡Ya no lo tiene en la boca!

Se incorpora loca de miedo, se sienta... y sonríe. Ahí está... en su mano. Lo ha mantenido en el hueco de la mano durante el sueño. Sonríe, está salvada. No tendrá que morir de la otra muerte espantosa...

Y mientras está sentada aterida de frío, piensa en que a partir de ese momento tendrá que librar cada día esa terrible lucha entre voluntad y debilidad, entre cobardía y valor. Y qué incierto es el desenlace de dicha lucha...

Y a través de la duda y la desesperación oye una voz suave y bondadosa: No tenga miedo, niña, no tenga miedo...

De pronto Anna Quangel sabe: ¡Lo decidiré ahora! ¡Ahora tengo la fuerza!

Se desliza hacia la puerta, escucha fuera hacia el corredor. Los pasos de la guardiana se aproximan. Ella se sitúa en la pared de enfrente, cuando nota que la observan por la mirilla comienza a caminar despacio de un lado a otro. No tenga miedo, niña...

Sólo cuando está completamente segura de que la guardiana ha reanudado la marcha, trepa a la ventana.

—¿Eres tú, 76? ¿Has tenido visita hoy? —pregunta una voz.

No responde. Jamás volverá a responder. Con una mano se agarra a la pantalla de oscurecimiento, asoma la otra fuera, con el tubito entre los dedos. Lo aprieta contra la pared de piedra, siente cómo se rompe su fino cuello. Deja caer el veneno al fondo del patio.

Cuando vuelve a estar dentro de la celda se huele los dedos: desprenden un fuerte olor a almendras amargas. Se lava las manos y se tumba en la cama. Está mortalmente cansada, tiene la impresión de haber escapado de un grave peligro. Se duerme deprisa. Duerme muy profundamente y no sueña. Se despierta reanimada.

A partir de esa noche, 76 no volvió a dar ningún motivo de crítica. Fue tranquila, alegre, trabajadora, amable.

Apenas pensaba ya en su dura muerte, sólo pensaba en que tenía que hacer honor a Otto. A veces, en las horas tristes, volvía a oír la voz del viejo juez del Tribunal Cameral Fromm: No tenga miedo, niña, no tenga miedo.

No lo tuvo. Nunca más.

Lo había superado.

 

Capítulo 70

LLEGÓ EL MOMENTO, QUANGEL

 

 

Todavía es de noche cuando un guardián abre la puerta de la celda de Otto Quangel.

Quangel, despertado de su profundo sueño, mira parpadeando la enorme figura negra que ha entrado en su celda. Al instante siguiente está completamente despejado y su corazón late más deprisa de lo habitual porque ha comprendido el significado de esa figura grande y silenciosa situada en el umbral de la puerta.

—¿Llegó el momento, reverendo? —pregunta cogiendo su ropa.

—Llegó el momento, Quangel —responde el clérigo—. ¿Se siente preparado?

—Siempre estoy preparado —contesta Quangel y su lengua roza el tubito dentro de su boca.

Comienza a vestirse. Sus maneras son tranquilas, reposadas.

Durante un instante ambos se examinan en silencio. El pastor es un hombre todavía joven, de huesos recios con un rostro sencillo, quizá algo simple.

No sirve para gran cosa, decide Quangel. Ningún hombre como el buen pastor.

El pastor a su vez ve ante sí a un hombre alto, consumido por el trabajo. Su rostro de perfil duro, como de pájaro, le desagrada, la mirada inquisitiva de sus ojos oscuros, curiosamente redondos, le desagrada, como también la delgada boca exangüe de labios apretados. Pero el clérigo, haciendo de tripas corazon, dice con toda la amabilidad de la que es capaz:

—Confío en que haya quedado en paz con este mundo, ¿verdad, Quangel?

—¿Acaso este mundo está en paz, pastor? —replica Quangel.

—Por desgracia todavía no, Quangel, por desgracia todavía no —responde el clérigo y su rostro intenta expresar un pesar que no siente. Pasa por encima de ese punto y sigue cuestionando: —Pero se habrá puesto en paz con Dios, ¿no?

—Yo no creo en ningún Dios —contesta Quangel sin rodeos.

—¿Cómo?

El pastor parece casi asustado por esa brusca explicación.

—Pues —prosigue— si no cree en un Dios personal, tal vez sea un panteísta, ¿verdad, Quangel?

—¿Y eso qué es?

—Bueno, está claro... —El pastor intenta explicar algo que ni él mismo comprende con claridad—. Un alma universal, ¿entiende? Todo es Dios, ¿entiende? Su alma, su alma inmortal regresará a la gran alma universal, Quangel.

—¿Que todo es Dios? —se sorprende Quangel. Acaba de terminar de vestirse y está de pie delante del camastro—. ¿Hitler también es Dios? ¿Los crímenes de ahí fuera, Dios? ¿Usted, Dios? ¿Yo, Dios?

—Usted me ha entendido mal, seguramente de manera deliberada —responde, irritado, el clérigo—. Pero no estoy aquí para discutir con usted cuestiones religiosas. He venido a prepararlo para su muerte. Morirá dentro de pocas horas, Quangel. ¿Está usted preparado?

En lugar de responder, Quangel le espeta:

—¿Conoció al pastor Lorenz de la prisión preventiva del Tribunal del Pueblo?

El pastor, desconcertado, contesta irritado:

—No, pero he oído hablar de él. Me permito decir que el Señor se lo llevó en el momento adecuado. Era una vergüenza para nuestro ministerio.

Quangel miró con atención al clérigo.

—Era un hombre muy bueno —aseguró—. Muchos presos lo recordarán agradecidos.

—¡Claro! —exclamó el pastor sin disimular su enfado—. ¡Porque cedía a vuestros deseos! Era un hombre muy débil, Quangel. El siervo de Dios tiene que ser un luchador en estos tiempos de guerra, no un flojo consentidor. —Y consultando apresuradamente su reloj, informó—: Ya sólo dispongo de ocho minutos para usted, Quangel. Todavía tengo que brindar consuelo religioso a algunos de sus compañeros de infortunio que hoy, al igual que usted, emprenden su último viaje. Ahora, oremos...

El clérigo, ese campesino tosco de huesos fuertes, había sacado un pañuelo blanco del bolsillo y lo desplegó con cuidado.

—¿Brinda usted también su consuelo religioso a las mujeres que van a ser ejecutadas? —preguntó Quangel.

Su sarcasmo fue tan impenetrable que el pastor no lo captó. Extendió el paño blanco como la nieve sobre el suelo de la celda y respondió con indiferencia:

—Hoy no se celebrarán ejecuciones de mujeres.

—¿Recordará por casualidad si en los últimos tiempos ha estado con una mujer llamada Anna Quangel? —prosiguió Quangel, tenaz.

—¿La señora Anna Quangel? ¿Es su mujer? No, seguro que no. Me acordaría. Tengo una memoria extraordinariamente buena para los nombres...

—Tengo un ruego que hacerle, pastor...

—¡Pues dígamelo ya, Quangel! Sabe de sobra que mi tiempo es escaso.

—Le ruego que, cuando llegue el momento, no le diga a mi mujer que he sido ejecutado antes que ella. Por favor, dígale que moriré a la misma hora que ella.

—Eso sería mentir, Quangel, y yo, como siervo de Dios, no puedo pecar contra su octavo mandamiento.

—¿Así que usted nunca miente, pastor? ¿Jamás en su vida ha mentido?

—Espero —repuso el pastor, confundido ante la mirada inquisitiva y sardónica de su interlocutor—, espero haberme esforzado siempre según mis débiles fuerzas por cumplir los mandamientos de Dios.

—¿Y los mandamientos de Dios le exigen negar a mi mujer el consuelo de morir a la misma hora que yo?

—¡No puedo dar falso testimonio a mis semejantes, Quangel!

—¡Lástima, lástima! Verdaderamente no es usted un buen pastor.

—¿Cómo? —exclamó el clérigo con un tono a medio camino entre desconcertado y amenazador.

—En la cárcel el pastor Lorenz se llamaba el buen pastor —explicó Quangel.

—¡No, no, yo no añoro uno de esos títulos honoríficos que vosotros conferís! ¡Yo llamaría a eso un nombre ignominioso! —exclamó furioso el reverendo.

Se contuvo, e hincándose de rodillas, cayó de golpe justo encima del pañuelo blanco. Señaló un lugar del oscuro suelo de la celda a su lado (porque el pañuelo blanco sólo alcanzaba para él) y dijo:

—Arrodíllese, Quangel, vamos a rezar.

—¿Ante quién he de arrodillarme? —preguntó Quangel fríamente—. ¿A quién he de rezar?

—¡Oh, no vuelva a empezar con eso! —estalló irritado el pastor—. ¡Ya he perdido demasiado tiempo con usted! —Arrodillado, miró al hombre de expresión dura y furiosa—. Da igual, cumpliré con mi deber. Rezaré por usted —murmuró.

Inclinó la cabeza, juntó las manos y sus ojos se cerraron. Después adelantó la cabeza, abrió mucho los ojos y gritó de repente, tan alto que Quangel se sobresaltó asustado:

—¡Oh, Señor, Dios mío! ¡Dios todopoderoso, omnisciente, de infinita bondad y justicia, juez del bien y del mal! Un pecador yace ante Ti en el polvo, te ruego que vuelvas Tus ojos misericordiosos hacia este hombre que ha cometido muchos crímenes, que alivies su cuerpo y su alma y perdones con Tu misericordia todos sus pecados...

El pastor arrodillado gritó más alto todavía:

—Acepta el sacrificio de la muerte inocente de Jesucristo, Tu amado hijo, como pago de sus crímenes. Porque él también fue bautizado en el mismo nombre y lavado y purificado con la misma sangre. Sálvalo, pues, del tormento y el suplicio del cuerpo. Acorta sus dolores, sosténlo contra la acusación de la conciencia. Concédele un bienaventurado tránsito a la vida eterna.

El clérigo bajó la voz hasta que sólo se oyó un susurro misterioso:

—Envía a Tus santos ángeles para que lo acompañen a la reunión de Tus elegidos en Cristo nuestro Señor.

Y nuevamente en voz muy alta, añadió:

—¡Amén, amén, amén!

Se levantó, volvió a doblar el pañuelo con mucho cuidado y sin mirar a Quangel, preguntó:

—Supongo que será inútil que le pregunte si está dispuesto a tomar la santa comunión.

—Completamente inútil, pastor.

El pastor alargó vacilante su mano hacia Quangel.

Éste sacudió la cabeza y colocó sus manos a la espalda.

—Esto también es inútil, pastor —le soltó.

El pastor, sin mirarlo, se dirigió hacia la puerta. Se volvió, lanzó una mirada fugaz a Quangel y dijo:

—Lleve consigo este versículo al patíbulo, Filipenses 1:21: Porque para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia.

La puerta se cerró, se había ido.

Quangel respiró aliviado.

 

Capítulo 71

EL ÚLTIMO VIAJE

 

 

Apenas se hubo marchado el clérigo, un hombre bajo y regordete vestido con un traje gris claro entró en la celda. Lanzó una mirada rápida, inquisitiva, inteligente a la cara de Quangel y se le acercó diciendo:

—Soy el doctor Brandt, médico de la prisión. —Estrechó la mano de Quangel mientras hablaba y la mantuvo entre las suyas, diciendo—: ¿Me permite tomarle el pulso?

—Por supuesto —contestó Quangel.

El médico contó despacio. Después soltó la mano de Quangel y dijo con tono de aprobación:

—Muy bien. Excelente. Es usted un hombre.

Lanzó una mirada rápida hacia la puerta, que se mantenía entreabierta, y preguntó en susurros:

—¿Puedo hacer algo por usted? ¿Algún anestésico?

Quangel negó con la cabeza.

—Gracias, doctor. Me las arreglaré.

Su lengua rozó la ampolla. Meditó un instante si debía transmitir al médico algún encargo para Anna. Pero no, ese pastor le contaría todo...

—¿Alguna cosa más? —musitó el médico, que había percibido en el acto la vacilación de Quangel—. ¿Quizá entregar una carta?

—No tengo nada para escribir... bah, no, no es necesario. De todos modos se lo agradezco, doctor, ¡por fin un ser humano! Gracias a Dios no todos son malos, ni siquiera en un lugar como éste.

El médico asintió con tristeza, estrechó de nuevo la mano de Quangel, meditó y dijo deprisa:

—Sólo puedo decirle que continúe con ese valor.

Y abandonó deprisa la celda.

Entró un guardián, seguido por un preso que llevaba un tazón grande y un plato. En el tazón humeaba el café caliente, y el plato contenía rebanadas de pan untadas con mantequilla. Al lado dos cigarrillos, dos cerillas y un trocito de superficie de raspador.

—Bueno —dijo el guardián—, como ve no somos mezquinos. ¡Y todo sin cupones de racionamiento!

Se echó a reír, y el preso de confianza lo secundó, muy consciente de su obligación. Se notaba que ese «chiste» se había contado ya en numerosas ocasiones.

En un repentino y sorprendente arrebato de ira, Quangel gritó:

—¡Llévese esto de aquí! ¡No necesito vuestra última comida!

—Eso no me lo dice nadie dos veces —repuso el guardián—. Además el café es achicoria, y la mantequilla, margarina...

Quangel volvió a quedarse solo. Arregló su cama, retiró las sábanas y las dejó junto a la puerta, colocó el armazón de la cama contra la pared. Después comenzó a lavarse.

Mientras lo hacía, entró en la celda un hombre seguido de dos ayudantes.

—Puede ahorrarse el lavado —le espetó el hombre ruidosamente—. ¡Ahora lo vamos a afeitar y peinar de primera! ¡Venga, chicos, apurad, que vamos tarde! —Y, dirigiéndose a Quangel, agregó a modo de disculpa—: Su predecesor nos ha retrasado mucho. Algunos no quieren ser razonables y no comprenden que yo no puedo cambiar las cosas. Porque soy el verdugo de Berlín...

Tendió la mano a Quangel.

—Bueno, ya verá usted que ni soy lento ni martirizo. Si no me causáis dificultades, yo tampoco os las causaré. Siempre digo a mis chicos: «Chicos —les digo—, si alguien pierde la cordura, vosotros, también. Agarradlo por donde podáis, aunque tengáis que arrancarle los cojones». Pero con gente razonable como tú, siempre nos comportamos con mucho tiento.

Mientras hablaba, una máquina de cortar el pelo había recorrido de un lado a otro la cabeza de Quangel, y sus cabellos yacían ahora en el suelo de la celda. El otro ayudante del verdugo había batido el jabón hasta formar espuma y le afeitaba la barba.

—Muy bien —aprobó el verdugo satisfecho—. ¡Siete minutos! Hemos recuperado el tiempo perdido. Un par más de personas sensatas como éste y seremos tan puntuales como un reloj. —Y en tono de súplica a Quangel—: Sé amable y barre tú mismo estos pelos. No estás obligado, ¿entiendes?, pero es que vamos justos de tiempo. El director y el fiscal pueden llegar en cualquier momento. No los tires al cubo, aquí te dejo un periódico: envuélvelos en él y colócalos al lado de la puerta. Unos pequeños ingresos extraordinarios, ¿comprendes?

—¿Y qué vas a hacer con mi pelo? —preguntó Quangel, picado por la curiosidad.

—Vendérselo a un fabricante de pelucas. Siempre hacen falta pelucas. No sólo para los actores, sino en general. Bueno, lo dicho, muchas gracias. ¡Heil Hitler!

Y se fueron también ellos, unos tipos espabilados, bien podía decirse que conocían su oficio, no se podían matar cerdos con mayor tranquilidad de ánimo. Y sin embargo, esos tipos brutales, sin corazón, eran más fáciles de soportar que el pastor de antes, decidió Quangel. Incluso había estrechado la mano del verdugo.

Cuando Quangel acababa de cumplir los deseos del verdugo relativos a la limpieza de la celda, la puerta se abrió de nuevo. Entraron un hombre gordo de bigote pelirrojo y cara sebosa y pálida, y un viejo conocido de Quangel: el fiscal del juicio, el que ladraba igual que un pinscher, acompañados por algunos tipos uniformados.

Dos hombres uniformados agarraron a Quangel y lo levantaron brutalmente apretándolo contra la pared de la celda, donde lo obligaron a ponerse firme. Después se situaron a su lado.

—Otto Quangel —gritó uno.

—¡Vaya, vaya! —empezó a ladrar el pinscher—. ¡De esta cara me acuerdo muy bien! —Se giró hacia el director—. ¡A éste le procuré yo mismo su condena a muerte! —informó con orgullo—. Es un tipo muy insolente. Pensó que podía mostrarse impertinente conmigo y con el tribunal. ¡Pero te dimos para el pelo, muchachote! ¿Cómo te sientes ahora? Ya no estás tan insolente, ¿eh?

Uno de los tipos que estaban a su lado dio un empujón a Quangel en el costado.

—¡Contesta! —le susurró imperioso.

—¡Que os den por culo a todos! —profirió Quangel con tono aburrido.

—¿Cómo? ¿Qué? —El fiscal, alteradísimo, comenzó a bailotear—. Señor director, exijo...

—¡Qué diablos, deje en paz a la gente! —replicó el director—. Ya ve que se trata de un hombre muy tranquilo. ¿No es cierto que lo es?

—Por supuesto —contestó Quangel—. Si él me deja en paz, yo lo dejaré en paz a él.

—¡Protesto! ¡Exijo...! —gritó el pinscher.

—¿Qué? —repuso el director—. ¿Qué más puede exigir ahora? A este hombre lo único que podemos hacerle ahora es ejecutarlo, y él lo sabe muy bien. ¡Así que, empiece, léale de una vez la sentencia!

El pinscher se tranquilizó al fin, desdobló un documento y comenzó a leer en voz alta. Leía deprisa y confusamente, se saltaba frases, se equivocaba y concluyó de repente:

—¡Bueno, usted ya lo sabe!

Quangel no contestó.

—Lleven abajo al condenado —dijo el director de barba roja, y los dos guardianes agarraron con fuerza a Quangel por los brazos.

Él se desasió indignado.

Lo agarraron más fuerte aún.

—¡Dejen que vaya solo! —ordenó el director—. Este hombre no va a crear dificultades.

Salieron al corredor. Allí había un montón de gente, de uniforme y civiles. De pronto se había formado una comitiva cuyo centro era Otto Quangel. A la cabeza iban sargentos. Después seguía el pastor, que ahora llevaba una sotana de cuello blanco y rezaba entre dientes algo incomprensible. Tras él caminaba Quangel, rodeado por un racimo de guardianes, pero el médico bajito de traje claro se mantenía a su lado. Detrás seguían el director y el fiscal, y luego gente de paisano y con uniforme, los civiles armados en parte con cámaras fotográficas.

Así avanzó por la casa de la muerte la comitiva por corredores mal iluminados y escaleras de hierro con revestimiento de linóleo resbaladizo. Y por donde pasaba parecían oírse unos suspiros en las celdas, unos quejidos contenidos que brotaban de lo más hondo del pecho. De repente una voz gritó muy alto desde una celda:

—¡Buena suerte, compañero!

Y Otto Quangel respondió mecánicamente:

—¡Buena suerte, compañero!

Sólo un instante después cayó en la cuenta de lo ilógico que había sido ese «buena suerte» dirigido a un moribundo.

Se abrió una puerta y salieron al patio. La oscuridad de la noche aún estaba suspendida entre los muros. Quangel miró deprisa a derecha e izquierda, nada escapaba a sus ojos atentos. En las ventanas de las celdas de la prisión vio numerosas caras pálidas, los compañeros que, condenados a muerte como él, vivían todavía. Un pastor alemán, con fuertes ladridos, se lanzó contra la comitiva, pero el silbato de un centinela lo obligó a retirarse y retrocedió gruñendo. La gravilla chirriaba bajo los muchos pies, daba la impresión de que a la luz del día debía de ser ligeramente amarillenta, pero ahora, a la luz de las lámparas eléctricas, parecía de un gris blancuzco. Por encima del muro asomaban los perfiles difusos de un árbol desprovisto de hojas. El aire era frío y húmedo. Quangel pensó: Dentro de un cuarto de hora ya no volveré a tener frío... ¡qué raro!

Su lengua tanteó en busca de la ampolla de cristal. Pero todavía era demasiado pronto...

Era extraño, pero aunque veía y oía todo lo que sucedía a su alrededor, hasta el menor detalle, todo le parecía irreal. Eso se lo habían contado una vez. Él yacía en su celda y lo estaba soñando. Sí, era completamente imposible que caminase por allí de verdad y que todos los que lo acompañaban, con sus rostros indiferentes, o brutales, o ansiosos, o tristes, fueran incorpóreos. La gravilla era gravilla producto del sueño, y el arrastrar de pies, el chirrido de las piedrecitas bajo las suelas... también.

Cruzaron una puerta y entraron en una estancia tan vivamente iluminada que al principio Quangel no vio nada. Sus acompañantes tiraron de él con brusquedad hacia delante, pasando junto al clérigo que se arrodillaba en ese momento.

El verdugo con sus dos ayudantes se le acercó y le tendió la mano.

—No me lo tomes a mal —dijo.

—No, hombre, ¿por qué? —respondió Quangel, estrechando su mano con gesto maquinal.

Mientras el verdugo le quitaba a Quangel la chaqueta y cortaba el cuello de su camisa, este volvió la vista hacia los que lo habían acompañado. En la claridad cegadora sólo percibió una corona de rostros, todos dirigidos hacia él.

Estoy soñando, pensó, y su corazón comenzó a latir con más fuerza.

Una figura se apartó de la zona de los espectadores, y cuando se aproximó, Quangel reconoció al caritativo médico bajito de traje gris claro.

—¿Qué tal? —preguntó el médico con una débil sonrisa—. ¿Cómo estamos?

—¡Siempre tranquilo! —contestó Quangel mientras le ataban las manos a la espalda—. De momento tengo muchas palpitaciones, pero supongo que eso cesará en los próximos cinco minutos.

Sonrió.

—Espere, le daré algo —añadió el médico introduciendo la mano en el bolsillo.

—No se preocupe, doctor —contestó Quangel—. Estoy bien provisto...

Y durante un instante la lengua mostró entre los labios delgados la ampolla de cristal.

—De acuerdo. —El médico pareció confundido.

Hicieron volverse a Quangel. Ahora vio ante él la larga mesa cubierta con una desgastada funda lisa, negra, como de hule. Vio correas, hebillas, y sobre todo la cuchilla, la ancha cuchilla. Le pareció que colgaba muy alto por encima de la mesa, a una altura amenazadora. Desprendía un brillo gris plateado, maligno.

Quangel suspiró levemente...

De pronto el director apareció a su lado y cruzó unas palabras con el verdugo. Quangel miraba fijamente la cuchilla. Sólo escuchaba a medias:

—En su calidad de verdugo de la ciudad de Berlín, le entrego a Otto Quangel, aquí presente, para que proceda a su ejecución mediante guillotina, tal como ha dispuesto mediante sentencia legal el Tribunal del Pueblo...

La voz resonaba insoportablemente fuerte. La luz era demasiado brillante...

Ahora, pensó Quangel. Ahora...

Pero no lo hizo. Una espantosa y torturante curiosidad lo cosquilleaba...

Sólo unos minutos más, pensó. Aún tengo que saber qué se siente estando encima de la mesa...

—¡Vamos, viejo amigo —le advirtió el verdugo—, ahora a comportarse como es debido! Dentro de dos minutos lo habrás superado. Por cierto, ¿te acordaste de lo del pelo?

—Está junto a la puerta —contestó Quangel.

Un momento después Quangel yacía encima de la mesa, sentía cómo le ataban los pies con las hebillas. Una abrazadera de acero bajó sobre su torso y apretó con fuerza sus hombros contra la base...

Apestaba a cal, a serrín húmedo, a desinfectantes... Pero sobre todo apestaba a algo repulsivamente dulce, a...

Sangre..., pensó Quangel. Apesta a sangre.

Oyó cómo el verdugo susurraba en voz muy baja:

—¡Ahora!

Pero por bajo que susurrase, tan bajo como persona alguna podía susurrar, Quangel oyó ese «ahora».

Y oyó también un zumbido...

¡Ahora!, pensó también él, y sus dientes quisieron romper la ampolla de cianuro de potasio...

Entonces sintió una arcada, un torrente de vómito llenó su boca, arrastró consigo el tubito de cristal...

Oh, Dios, pensó, he esperado demasiado tiempo...

El zumbido se había convertido en un silbido, el silbido en un alarido ensordecedor que debió de oírse incluso en el trono de Dios...

Después la cuchilla atravesó su cuello con un estampido.

La cabeza de Quangel cayó al cesto.

Durante un instante se quedó muy quieto, como si ese cuerpo sin cabeza estuviera perplejo por la mala pasada que le habían jugado. Entonces el cuerpo se arqueó, retorciéndose entre las correas y las abrazaderas de acero, y los ayudantes del verdugo se abalanzaron sobre él intentando apretarlo hacia abajo.

Las venas en las manos del muerto se tornaron mucho más gruesas, y después todo se desplomó. Ya sólo se oía la sangre, la sangre siseante y rumorosa, cayendo sordamente.

Tres minutos después de haber caído la cuchilla, el médico, pálido, anunció con voz algo temblorosa la muerte del reo.

Retiraron el cadáver.

Otto Quangel había dejado de existir.

 

Capítulo 72

EL REENCUENTRO DE ANNA QUANGEL

 

 

Transcurrieron los meses, se sucedieron las estaciones y la señora Anna Quangel seguía en su celda esperando el reencuentro con Otto Quangel.

A veces la guardiana, cuya preferida era ahora Anna, le decía:

—Señora Quangel, creo que se han olvidado de usted.

—Sí —contestaba amablemente la presa 76—. Da esa impresión. De mí y de mi marido. ¿Cómo está Otto?

—Bien —contestó deprisa la guardiana—. Le envía saludos.

Todas habían acordado no informar a la buena mujer, siempre laboriosa, de la muerte de su marido. Le transmitían saludos de su parte con regularidad.

Y esta vez el cielo fue clemente con Anna: ninguna cháchara ociosa, ningún pastor consciente de su deber destruyeron su fe en que Otto Quangel vivía.

Permanecía casi todo el día sentada junto a su pequeña tejedora manual, haciendo calcetines, calcetines para los soldados de ahí fuera, tejiendo día tras día.

A veces canturreaba mientras tanto en voz baja. Ahora estaba firmemente convencida de que Otto y ella no sólo volverían a verse, sino que podrían vivir todavía mucho tiempo juntos. O los habían olvidado de verdad o los habían indultado en secreto. La libertad ya no podía tardar.

Porque pese a lo poco que hablaban de ello las guardianas, Anna Quangel se había dado cuenta: la guerra iba mal, y las noticias empeoraban semana tras semana. Lo notaba también en la comida que disminuía cada día más, en el material de trabajo, que faltaba con frecuencia, en la pieza rota de su tejedora, cuya sustitución tardaba semanas, en que todo escaseaba cada vez más. Pero si la guerra iba mal, la situación era buena para los Quangel. Pronto serían libres.

Así que se sienta y teje. Teje en los calcetines sus sueños, esperanzas que nunca se cumplirán, deseos que nunca tuvo antes. Se imagina a un Otto completamente distinto a aquel con el que convivió, a un Otto contento, alegre, tierno. Se ha convertido casi en una chica joven a la que la vida entera le sonríe con alegría primaveral. ¿Acaso no sueña a veces incluso con tener hijos? ¡Ay, hijos...!

Desde que Anna Quangel destruyó el cianuro de potasio, cuando tras una durísima lucha decidió resistir hasta volver a ver a Otto, pasara lo que pasase... desde entonces se ha vuelto libre y joven y alegre. Se ha superado a sí misma.

Ahora es libre. Libre y carente de temor.

Lo es también durante las noches cada vez más difíciles que la guerra ha traído ahora sobre Berlín, cuando aúllan las sirenas, los aviones sobrevuelan la ciudad en enjambres cada vez más espesos, caen las bombas, las minas sueltan sus gritos desgarradores y los incendios se propagan por doquier.

En las noches así los prisioneros permanecen en sus celdas. No se atreven a conducirlos a los refugios por miedo a un motín. Ellos gritan en su encierro, se ponen fuera de sí, ruegan e imploran, enloquecen de miedo, pero los corredores están vacíos, allí ya no quedan guardias, ni manos compasivas que abran las puertas de las celdas, el personal de vigilancia está en los refugios antiaéreos.

Anna Quangel no tiene miedo. Su pequeña máquina tabletea y resopla enlazando los círculos de malla. Aprovecha para tejer esas horas en las que no puede dormir. Y mientras teje, sueña. Sueña con el reencuentro con Otto, y en uno de esos sueños cae la mina que reduce a escombros esa zona de la prisión.

La señora Anna Quangel no ha tenido tiempo de despertar de su soñado reencuentro con Otto. Ella ya está con él. En cualquier caso está allí donde también está él. Dondequiera que sea.

 

Capítulo 73

EL CHICO

 

 

No queremos concluir este libro con la muerte, está consagrado a la vida, a la vida indomable, que triunfa siempre de nuevo sobre el oprobio y las lágrimas, la miseria y la muerte.

Es verano, principios de verano del año 1946.

Un chico, ya casi un hombre, cruza el patio de una granja de la Marca de Brandeburgo.

Una mujer mayor se encuentra con él.

—¿Qué vas a hacer hoy, Kuno? —le pregunta.

—Quiero ir a la ciudad —contesta el chico—. Tengo que recoger nuestro arado nuevo.

—Bien —dice ella—, entonces te apuntaré unas cosas que puedes traerme de paso... si es que las consigues.

—¡Si están, las conseguiré, madre! —exclama riendo—. Eso ya lo sabes.

Se miran riendo. Después ella entra en la casita donde está su marido, el viejo maestro, que ha alcanzado hace mucho la edad de jubilación y que continúa aún enseñando a sus niños... como si todavía fuera joven.

El chico saca del establo a Toni, el caballo, el orgullo de todos ellos.

Media hora después Kuno-Dieter Barkhausen va camino de la ciudad. Pero ya no se apellida Barkhausen: fue adoptado legalmente y con todas las formalidades por el matrimonio Kienschäper, cuando quedó claro que ni Karl ni Max Kluge regresarían de la guerra.

Dicho sea de paso, aprovechando la ocasión también fue eliminado el Dieter: Kuno Kienschäper suena de maravilla y es más que suficiente.

Kuno silba satisfecho entre dientes mientras el bayo Toni trota despacio al sol por el camino trillado. Que Toni se tome su tiempo, siempre están de regreso a mediodía.

Kuno examina los campos a derecha e izquierda con ojos de experto juzgando el estado de los sembrados. Ha aprendido mucho allí, en el campo, y —¡gracias a Dios!— ha olvidado casi otro tanto. El patio trasero con la señora Otti, no, ya no piensa en él casi nunca, y tampoco en el Kuno-Dieter de trece años que era una especie de ladrón, no, todo eso ya no existe. Pero los sueños de estudiar mecánica de motores se han postergado, de momento al chico le basta con poder conducir, pese a su juventud, el tractor en el pueblo durante la labranza.

Sí, el padre, la madre y él han progresado mucho. Ya no dependen de los parientes, el año pasado les concedieron tierras, son personas independientes que cuentan con Toni, una vaca, un cerdo, dos carneros y siete gallinas. Kuno sabe segar y arar, ha aprendido de su padre a sembrar y de su madre a cavar. Esa vida le gusta, hará progresar de lo lindo la granja, vaya si lo hará.

Silba.

Al borde de la carretera se erige una figura alta, desastrada, de traje harapiento, rostro devastado. Ese no es uno de los desdichados refugiados, ése es un degenerado, un vagabundo, un bribón. Con voz de borracho grazna:

—¡Eh, chico, llévame contigo a la ciudad!

Kuno Kienschäper da un respingo al oír esa voz. Quisiera poner al galope al cómodo Toni, pero es demasiado tarde, así que contesta con la cabeza gacha:

—Sube aquí... no, aquí a mi lado, no. Puedes montar detrás.

—¿Y por qué no a tu lado? —grazna el hombre, desafiante—. ¿Es que no te parezco lo bastante fino?

—¡Cretino! —grita Kuno con fingida grosería—. Porque detrás, sobre la paja, irás más blando.

El hombre cede gruñendo, sube detrás al carro, y entonces Toni comienza a trotar de manera completamente espontánea.

Kuno ha superado el primer susto por haber tenido que cargar desde la cuneta al carro precisamente a su padre, no, a su padre, no, a Barkhausen, a él precisamente, precisamente a ése. Pero a lo mejor no ha sido una casualidad, a lo mejor Barkhausen ha estado acechándolo y sabe perfectamente quién lo lleva.

Kuno mira de soslayo al hombre por encima del hombro.

Éste se ha tumbado en la paja y dice ahora, como si hubiera notado la mirada del chico:

—¿Pués decirme dónde vive por aquí, por esta zona, un chico de Berlín de unos dieciséis años? Tié que vivir por estos alrededores...

—Por estos alrededores vienen todavía muchos berlineses —contesta Kuno.

—Ya me he dao cuenta. Pero el chaval que te digo es un caso especial... ese no fue evacuao durante la guerra, ése se piró de casa de sus padres. ¿Has oído hablar alguna vez de un chico así?

—¡Qué va! —miente Kuno. Y tras una pausa, pregunta—: ¿Sabe usted cómo se llama el chico?

—Sí, se apellida Barkhausen.

—Pues por aquí no hay ningún Barkhausen, yo lo sabría.

—¡Qué raro! —dice el hombre, finge que no puede aguantar la risa, y pega al chico un puñetazo doloroso entre los hombros—. ¡Y yo que habría jurao que aquí en el carro iba sentao un Barkhausen!

—Pues habría jurado en falso —replica Kuno, y ahora que tiene la certeza, su corazón late tranquilo y frío—. Porque yo me llamo Kienschäper, Kuno Kienschäper...

—¡Mira tú qué cosas! —El hombre se hace el asombrado—. Porque el que yo busco también se llama Kuno, Kuno-Dieter pa ser exactos...

—Pues yo me llamo solamente Kuno Kienschäper —insiste el chico—. Y otra cosa más: si yo supiera que un Barkhausen va sentado en mi carro, giraría el látigo y zurraría a ese tipo hasta obligarlo a bajar de mi carro.

—¡Lo que hay que oír! ¡No pué ser verdad lo que oigo! —se asombra el vagabundo—. ¿Un hijo que tira a palos del carro a su propio padre?

—Y después de haber bajado a latigazos al tal Barkhausen —continúa Kuno Kienschäper sin compasión—, iría a la ciudad, a la policía, y les diría: Atención, vosotros. Anda por aquí un hombre que sólo sabe hacer el vago, y robar y hacer daño, ya ha estado en la trena, es un malhechor, no lo dejéis escapar.

—¡No se te ocurra hacerme algo así, Kuno-Dieter ! —exclama Barkhausen, asustado de veras—. ¿No irás a echarme encima a la bofia? Ahora que por fin he vuelto a salir de la trena y me he regenerao. Tengo un certificao del pastor de que me he corregío de verdá, y te juro que ya no pienso tocar con mis manos nada prohibío, te lo juro. Pero me he pensao, que ya que tiés una granja y estás forrao, bien podías dejar a tu viejo padre descansar un poco en tu casa. Estoy muy cascao, Kuno-Dieter , estoy mal del pecho, necesito descansar un poco...

—¡Ya me conozco tu descansar un poco! —exclama el chico enfurecido—. Sé que si te dejo entrar un solo día en nuestra casa, te instalarás en ella y no habrá forma de sacarte de allí nunca más, y contigo entrarán en casa la cizaña, la desgracia y el gorroneo. ¡No, baja ahora mismo de mi carro o te aseguro que te sacudo unos latigazos!

El chico detuvo el carro y descendió de un salto. Se quedó allí parado, empuñando el látigo, dispuesto a todo para defender la paz de su nuevo hogar.

El eterno cenizo de Barkhausen dijo quejumbroso:

—¡No irás a hacerme eso! ¡No irás a zurrar a tu propio padre!

—¡Tú no eres mi padre! ¡Antes me lo decías con mucha frecuencia, por desgracia!

—¡Pero si era un chiste, Kuno-Dieter ! ¿Es que no lo pillas?

—¡Yo no tengo padre! —gritó el chico hirviendo de furia—. Tengo una madre, y he empezado de cero. Y como venga gente de antes diciendo esto y lo otro, les zurraré lo que haga falta hasta que me dejen en paz. ¡No voy a dejar que me destroces la vida!

Ofrecía un aspecto tan amenazador con el látigo levantado que al viejo le entró miedo. Bajó del carro y se quedó en la carretera, con el temor y la cobardía reflejados en su cara.

Y amenazando cobardemente replicó:

—Puedo hacerte mucho daño...

—¡Lo que me esperaba! —gritó Kuno Kienschäper—. ¡Después de rogar, vienen las amenazas, así ha sido siempre contigo! Pero te lo digo, te lo juro: desde aquí pienso ir derecho a la policía y voy a denunciar que me has amenazado con prender fuego a nuestra casa...

—¡Si yo no he dicho ná de eso, Kuno-Dieter !

—Pero lo has pensado, lo he visto en tus ojos. ¡Sigue tu camino! Y recuerda que dentro de una hora la policía te seguirá los pasos. Así que procura alejarte de aquí lo más deprisa que puedas.

Kuno Kienschäper se quedó parado en la carretera hasta que la figura desastrada desapareció entre los campos de mies. Después palmeó el cuello del bayo Toni y dijo:

—Qué,Toni, no vamos a permitir que alguien así vuelva a arruinarnos la vida, ¿verdad? Hemos comenzado de nuevo. Cuando madre me metió en el agua y me lavó con sus propias manos toda la mugre, me juré a mí mismo: ¡desde ahora me mantendré limpio yo solo! ¡Y pienso cumplirlo!

En los días siguientes su madre se asombró alguna vez de que no hubiera forma de que el chico saliera de la granja. Porque siempre había sido el primero en el trabajo del campo, y ahora no quería ni atar a la vaca en el prado. Pero no dijo nada, y el chico tampoco, y cuando los días pasaron y llegó el pleno verano y comenzó la cosecha del centeno, el chico sí que salió con su guadaña...

Porque lo que se ha sembrado, también hay que cosecharlo, y el chico había sembrado buena simiente.

 

APÉNDICES

Hans Fallada

 

 

SOBRE LA OPOSICIÓN, QUE SÍ EXISTIÓ, DE LOS ALEMANES AL TERROR DE HITLER

 

 

Tengo ante mí un delgado volumen de documentos, de unas noventa páginas, iniciado y realizado en su mayor parte por la Gestapo de Berlín y terminado por el Tribunal del Pueblo también en Berlín. En ese volumen de documentos se consuma el destino de dos personas; ahora, llegado a mis manos, constituirá la materia prima de una novela. Examinemos primero el material que contiene ese documento, sin simpatía ni aversión, con objetividad pura, igual que, por ejemplo, un maestro carpintero revisa su montón de tablones para averiguar su utilidad práctica.

En el norte de la ciudad de Berlín vivieron desde 1940 hasta 1942 un matrimonio, ambos en torno a los cuarenta años de edad, no jóvenes, pero tampoco viejos, sin hijos, con pocos parientes, a los que además apenas veían. Él era ajustador en una fábrica de productos metálicos con unos ingresos semanales de cuarenta marcos del Reich, lo que, según se deduce de un comentario en la sentencia del Tribunal del Pueblo, han de considerarse unos ingresos casi principescos (el señor presidente del Tribunal del Pueblo de bía de ganar considerablemente más). Si se contempla la foto de ese hombre —llamémoslo Otto Quangel— en los documentos, tomada durante su detención, de frente, desde la derecha y desde la izquierda, uno tiene primero la impresión de un insignificante subalterno, un rostro del montón, visto y olvidado con idéntica rapidez. Pero en una contemplación más atenta, llama de inmediato la atención la boca muy larga pero casi sin labios, como cortada con una navaja de afeitar. Después, la frente alta, pero muy huidiza. Algo despiadado, fanático, se lee en esa boca, ciertamente la frente huidiza permite aventurar reducidas aptitudes intelectuales.

El tal Otto Quangel trabajó casi veinte años en la misma empresa, en el mismo taller con unos ochenta hombres, durante esas dos décadas no se granjeó allí ni un solo amigo, nunca pronunció durante el trabajo una palabra personal que fuera más allá de lo más simple y cotidiano, al igual que, ya lo he comentado, apenas mantenía relación con sus escasos parientes. Un individualista por tanto, decidido a preservar su aislamiento, que sólo compartía una persona, su mujer.

Esta mujer, Anna Quangel, era su segunda esposa, la primera había fallecido. Los dos se casaron a los treinta y tantos. Anna Quangel era de origen campesino, de una de las zonas más pobres de la Marca de Brandeburgo. Había sido durante muchos años empleada doméstica en Berlín. Los documentos no dicen cómo se conocieron los dos, por qué se casaron, si por miedo a una vejez solitaria o por cariño. Tampoco existe ninguna foto suya, lo cual resulta bastante significativo: el hombre es digno al menos de una foto, pero la mujer que tuvo que morir con él por el hacha del verdugo ni siquiera gozó de semejante honor. Porque el Estado nacionalsocialista nunca tomó en serio a las mujeres, éstas podían parir y votar, por lo demás le eran completamente indiferentes, incluso, como enseña este ejemplo, en calidad de delincuentes.

Pero uniera lo que uniese a estas dos personas, desde luego tuvieron un matrimonio auténtico, si se entiende por matrimonio la completa coincidencia de sentimientos y modo de pensar, la intervención incondicional a favor del otro. En la detención, separados entre sí, ambos bajo la amenaza mortal de la alta traición, cada uno de ellos intentó con ahínco descargar del otro la parte principal de la culpa y echársela sobre sus propios hombros. Sólo en un lugar, en concreto en la sentencia del Tribunal del Pueblo, se dice lo contrario, es decir, que cada uno intentó inculpar al otro. Pero en esa sentencia figuran mentiras tan notorias que prefiero dar credibilidad al expediente, que siempre afirma lo mismo durante la detención preventiva de siete meses: ¡La culpa principal no es del otro, sino mía!

El matrimonio Quangel, dos individuos insignificantes del norte de Berlín, casi pobres, sin recursos, sin muchas luces, sin parientes, inician un día de 1940 la lucha contra la enorme maquinaria del Estado nazi, y lo grotesco sucede: ¡el elefante se siente amenazado por el ratón! Todo el poder, toda la astucia y la fuerza se movilizan contra el ratón, un aparato sin parangón comienza a trabajar para atrapar a esos dos personajillos. El elefante tiembla, casi no puede dormir, esos enemigos están agazapados en la oscuridad, han de ser capturados y eliminados.

¿Y cómo llegaron los Quangel, que hasta su mediana edad no se habían desviado nada de la marcha general, a salirse repentinamente de la fila y declarar la guerra a Hitler, al Führer, una guerra que a la vista de la aplastante supremacía sólo podía terminar mal para ambos solitarios?

En sus declaraciones mencionan de manera directa o indirecta tres motivos que los decidieron a dar un paso de tan graves consecuencias y que provocó un alejamiento absoluto del pasado. Porque hasta 1940 fueron nazis, fieles seguidores del Führer, dispuestos a obedecer cada una de sus órdenes. Incluso ostentaron cargos, él, Otto Quangel, un puestecito en el Frente del Trabajo, ella, Anna Quangel, uno, más importante, en la Organización de Mujeres. Ellos declaran lo mismo: que las abundantes injusticias presenciadas precisamente en el ejercicio de sus cargos repugnaron a su sentido de la justicia. La diferencia que se hacía entre «camaradas del Partido» y «compatriotas» los indignaba. Fíjense bien, así lo declaran ellos, y el funcionario que les toma declaración lo escribe sin anotación al margen: La diferencia entre «camaradas del Partido» y «compatriotas». Así que se considera aceptado, no sólo por los indignados Quangel, sino también por el hombre de la Gestapo encargado de redactar el expediente, que según la terminología del nacionalsocialismo había compatriotas y compañeros de Partido, siendo por supuesto los compañeros de Partido lo más excelso con creces. Sobre la denominada comunidad del pueblo vivía imponente el Partido.

Así que un motivo de indignación es el ofendido sentido de la justicia de ambos; el otro, y el que provocaría más tarde la decisión, es la muerte en Francia del hermano de la mujer. Reciben la noticia de que el joven ha caído. Este motivo se lo creo a la mujer, pero menos al marido. A él, que casi no se ocupaba de los propios parientes, de sus padres, no le afectaría mucho la muerte del cuñado. Sólo de manera indirecta a través de la mujer sinceramente afligida se afligió luego él, consideró la joven vida tan inútilmente sacrificada, y la silenciosa y larga duda se convirtió en indignación y enemistad.

Al igual que muchas personas solitarias, y también muchas simples, los dos creyeron (y además a pie juntillas, sin fantasías) que vivían algo único, que lo que les había sucedido no le había pasado a nadie todavía. Porque lo veían con sus propios ojos: a su alrededor el mundo continuaba su marcha sin cambios por mucho que ellos hubieran cambiado.¡La prensa seguía informando de victorias, el nacionalsocialismo, al que ahora tanto odiaban, triunfaba sobre el mundo, Hitler, el enemigo, iba ganando y no podía hacerlo!

Sintieron entonces la necesidad de comunicar a los demás lo que ellos sabían, de ganar simpatizantes, de causar problemas al enemigo. Ellos mismos no supieron después quien concibió primero la idea, pero un domingo él se sienta y escribe con esfuerzo en letras de imprenta, con una caligrafía artística que no revela ningún rasgo de la auténtica letra del autor, su primera postal, más o menos con este contenido: «¡Dejad de creer en las mentiras de Hitler! Él sólo quiere causar vuestra ruina. Trabajad despacio, más despacio aún. Y sobre todo, no donéis nada a la Organización de Ayuda Invernal...».

La mujer, sentada a su lado, menciona una palabra de vez en cuando, hace una sugerencia. El trabajo es muy esforzado, él escribe durante todo el domingo y termina sólo dos, a lo sumo tres postales, de ortografía incorrecta y expresión torpe. Más tarde, cuando la invasión de Rusia alimenta de nuevo su enfado, escribe también de vez en cuando cartas más largas. Éstas requieren el trabajo de varios domingos: «¿Qué nos han hecho los rusos? Los soldados rusos jugaban a las cartas cuando las bandas de asesinos de Hitler los asaltaron», y así sucesivamente.

Pero en cada una de esas cartas, en cada postal se repite una recomendación: «No donéis nada a la Organización de Ayuda Invernal». Aquí tenemos el tercer motivo de la lucha contra Hitler: piénsese en esa boca estrecha de labios finos, en la frente huidiza... ese hombre tiene que haber sido ahorrador, avaro incluso. Le sangraba el corazón por la deducción salarial para la Organización de Ayuda Invernal, por los pedigüeños del canciller que aparecían cada domingo de puchero. Le hacía auténtico daño tener que dar encima dinero al enemigo para forjar nuevas armas. ¡No, ni un céntimo para la Organización de Ayuda Invernal!

Las postales, una vez escritas, han de ser repartidas. Eso lo hace casi siempre el marido solo, en casos raros la mujer, con más frecuencia aún van juntos, y la esposa se queda en la calle vigilando, lo que sin embargo apenas es necesario porque no hay peligro. También esto lo han pensado ellos minuciosamente con anterioridad: sólo eligen edificios donde viven médicos o abogados, en los que por tanto reina un intenso flujo de público. El marido sube por las escaleras, deposita las postales en la repisa de la ventana o también en un peldaño de la escalera, vuelve a bajar, sale a la calle: ya está hecho, el peligro ha pasado.

Las primeras veces quizá se aceleraron todavía los latidos de su corazón, más tarde sucede todo con seguridad sonámbula, rutinaria, sin pensar en el peligro. Luego se sientan juntos por la noche y hablan sobre el efecto que causarán esas proclamas. Ven pasar las postales de mano en mano, sienten como si el efecto en el entorno tuviera que ser visible, muy pronto ya, quizá mañana. No en vano casi siempre ha escrito en ellas: «Pasa esta postal, haz que también la lean otros». Pero no viven totalmente fuera de la realidad, cuentan con que una parte de las postales será entregada a la policía o al Partido, pero esperan que la parte fundamental surtirá su efecto al pasar de mano en mano. Eso espera el matrimonio Quangel.

Así que las postales yacen en las escaleras de los edificios, son encontradas y casi todas ellas... ¡entregadas en el acto! Finalmente, más de doscientas veinte de esas postales y cartas se acumulan en la sede de la Gestapo. Si se piensa en el lento método de trabajo del hombre, pocas más postales habrá escrito en el tiempo en cuestión. Puede que a lo sumo no se hubieran entregado de cinco a diez proclamas, y también estas serían seguramente leídas con temor y a toda prisa y destruidas al momento, arrojadas al retrete. ¡Qué éxito lamentable para esfuerzos tan tenaces! ¡Qué pueblo incomprensible, que ni siquiera puede callar con consideración, que tiene que denunciar en el acto al que piensa de otra manera! ¡Qué miedo el que sienten todos, sí, todos, revela la entrega rapidísima de estas postales! ¡Un pueblo de delatores, educado por un seductor político, en el que los delatores reciben honores y promoción, en el que un padre no está seguro ante la denuncia del hijo ni la hermana ante la del hermano!

Entretanto, en la Gestapo las postales se acumulan en un despacho concreto entre cientos y cientos de despachos. Un determinado funcionario de la Gestapo entre cientos y cientos de funcionarios de la Gestapo recibe el encargo de descubrir la identidad del autor o autores, ostenta el título de primer secretario de investigación criminal y se llama Rusch. Este primer secretario se ve enfrentado a una tarea casi irresoluble: en esa ciudad de millones de habitantes que es Berlín hay un hombre al que tiene que atrapar. No dispone de ninguna pista: sus ojos nunca han visto a ese hombre, que escribe sus postales con tanta tenacidad y las deposita en las escaleras concurridas de ciertos edificios. Tampoco las huellas dactilares sirven de nada. Prescindiendo del hecho de que las huellas dactilares de ese hombre, que con muchísima probabilidad no es un delincuente profesional, no figuran en la colección de la sede de la plaza Alexander, esas postales han pasado ya por demasiadas manos: los que las hallaron, la policía, el Partido, como para proporcionar un indicio fiable.

Así que de momento tiene que contentarse con marcar con una cruz de color rojo el lugar de cada hallazgo en un gran mapa de Berlín y anotar con exactitud el día y la hora del hallazgo, así como el nombre de la persona que las encontró. A veces quizá suspiró hondamente, cuando las preguntas cada vez más apremiantes de sus superiores lo exhortaban, amenazaban, atemorizaban. Pero ¿qué podía hacer él? Contra ese hombre en la sombra, todo el enorme aparato de la maquinaria estatal hitleriana era impotente. El primer secretario sabía por experiencia que debía tener paciencia: en algún momento hasta el criminal más ducho comete una equivocación.

La denuncia de la auxiliar de la consulta de un médico en la zona norte parece arrojar al fin algo de luz sobre esta oscuridad. Durante las horas de consulta le llamó la atención un trabajador llamado Heidecke que le desagradó por su constante ir y venir de la sala de espera al baño. A pesar de sus advertencias no logró impedir que el hombre interrumpiera su nervioso trajín, y de repente aparecieron dos de esas postales en la escalera, delante de la puerta de la vivienda del médico. La auxiliar, que abre y cierra continuamente la puerta, podría casi jurar que un minuto antes las postales todavía no estaban delante de la puerta, que mientras tanto el trabajador Heidecke estaba en el pasillo de entrada y que las postales estaban colocadas de un modo que podían perfectamente haber sido lanzadas hacia fuera por la ranura del buzón.

Dicho sea de paso, qué momento más dramático: una auxiliar de clínica cansada, nerviosísima, que tiene a cuarenta o cincuenta pacientes en la sala de espera y que se enfadó con un hombre tan cansado y nerviosísimo como ella, el cual no tiene la tranquilidad de esperar con paciencia sus tres o cuatro horas hasta que el médico le dé la baja (porque Heidecke quiere la baja a toda costa), y entretanto sube tranquilamente por la escalera el verdadero autor, el hombre en la sombra, y deposita las postales justo delante de la ranura del buzón de esa puerta de la consulta de un médico, vuelve a bajar las escaleras y un momento después desaparece tras confundirse entre millones de personas. Esta coincidencia casual no causada por el autor de una novela sino por la propia vida diversa induce al primer secretario Rusch a seguir una pista completamente falsa, que lo tendrá sin aliento durante más de un año y lo alejará cada vez más del descubrimiento del verdadero culpable.

Esta pista, recibida con un hondo suspiro de alivio por un hombre que está sometido a la severa amenaza de su superior, lo conduce a un mundo extraño, marginal, de personajes insignificantes, también enemigos del Estado, al mundo de los gandules y los apostadores. Heidecke es un holgazán, fue licenciado del Ejército para trabajar en una empresa de armamento, pero el trabajo no le gusta, prefiere fingirse enfermo. Pero tiene mujer y dos hijos que viven con él en una pobreza extrema en algún sótano situado al norte de Berlín, casi sin objetos, sin ningún mueble, de prestado. Así que al menos tiene que aparecer el dinero del subsidio de enfermedad, primero para el padre y luego para la madre y los hijos. Sin embargo, el seguro de enfermedad sólo paga un cierto número de semanas, así que entremedias tiene siempre que fingirse sano y trabajar durante unos días. Él es un hombre experto en estos manejos, cambia con frecuencia de médicos, engaña también al médico inspector de la empresa, tiene males difíciles de verificar, casi siempre hemorragias intestinales o cólicos hepáticos.

Lleva ya con este juego uno o dos años, su empresa baraja la idea de volver a poner a disposición del Ejército a ese gandul, ya que a la empresa se le contabiliza como un trabajador, pero no trabaja. No obstante, eso no preocupa a Heidecke, tampoco le preo cupa la conflagración mundial, las consignas hitlerianas, ni siquiera le preocupa el hambre de su mujer y sus hijos. ¿Qué preocupa a Heidecke?

Por la mañana a las diez o las once se levanta y se larga para desaparecer hasta la noche. Suele acudir preferentemente a dos pequeñas y sombrías tabernas del norte, donde sus colegas lo saludan llamándolo «Enno». En esas dos tascas todo el mundo se conoce, pero casi siempre sólo por el nombre, fuera de esos lugares ninguno sabe nada de los demás. ¿Qué une a esos personajes que regresan día tras día? Cuando se organizan borracheras, el dinero tan necesario para la mujer y los hijos sigue ese camino.

No, Enno Heidecke no puede pasarse muchas horas sentado delante de una cerveza, a veces juega al descarte, pero todo eso no es lo que atrae hasta allí a él y a todos los demás, sino que, mientras se desencadena una conflagración mundial, esa gente tiene la mente poseída por las carreras de caballos, apuestan su escaso dinero, un marco aquí, dos allá, quizá hasta cinco, a la victoria de un caballo. Conversan durante horas sobre la forma y las posibilidades de los caballos de carreras, saben historias de cada jockey, hablan en susurros de pronósticos secretos absolutamente seguros de los que aseguran haberse enterado. Todos los que se sientan juntos en esos dos cuchitriles, vagos, miserables artesanos, pensionistas más miserables aún, no han visto casi nunca en su vida una verdadera carrera de caballos, jamás tuvieron dinero suficiente para ello. El holgazán de Enno Heidecke había estado tal como se demostró una única vez en el hipódromo de Ruhleben. Pero a ellos no les hacen ninguna falta los caballos ni sus jinetes, son jugadores obsesionados y adictos, las apuestas en las carreras son su pasión, para ellos el resto del mundo está muerto.

La testaruda estupidez de un funcionario de la Gestapo le impidió darse cuenta en unos días de esa adicción, suspendiendo a continuación la persecución. No es posible obsesionarse por dos ideas fijas a la vez, porque el autor de las postales con su actividad incansable también debe de ser un obseso. Pero hay que disculpar al primer secretario Rusch que insistiera en creer que allí había una pista, pues sus superiores se lo exigían apremiándolo y amenazándolo cada vez más... en fin, ahora tenía una y la siguió incansable.

Incansablemente, sí, pero también con una torpeza casi increíble y con escasez de ideas. En lugar de ello, destaca con tanta más claridad la vanidad de ese pobre cerebro. En su informe siempre llama «pesquisas» a sus investigaciones, dándose mucha importancia habla del observado, muy inteligente y ducho, y que jamás tuvo ni idea de que era «observado». En contraste casi infantil con esto se halla el fracaso de las observaciones, que él reconoce con toda franqueza. Por ejemplo, quiere seguir al sospechoso desde su casa en su continuo deambular por la ciudad. Con regularidad un informe semejante finaliza con las palabras: «Aquí hubieron de interrumpirse las observaciones porque el observado caminaba muy deprisa». O: «Porque la aglomeración en el metro era demasiado grande». (Heidecke visitaba a veces a su padre o a otros parientes para pedirles dinero.) O incluso: «Porque el terreno era demasiado visible» (y el observado habría podido darse cuenta de que lo seguían). Ni una sola vez logró el primer secretario de investigación criminal seguir al sospechoso hasta su destino.

Y otra cosa más se deduce de esos informes: la evidente e irreflexiva crueldad con la que Rusch se esforzó por entregar a su víctima al verdugo. Porque el primer secretario tenía que saber que si Heidecke era el autor de las postales, lo aguardaba una muerte segura. Y sin embargo, en todos esos escritos no encontramos ninguna palabra humana sobre ese miserable perseguido, sobre ese pobre hombrecillo. Esos expedientes sólo se utilizan para desplegar la propia vanidad e importancia, por lo demás Rusch realiza su servicio de ojeador para el verdugo con la misma naturalidad con que otro funcionario vende sellos de Correos. En la Alemania de Hitler, en 1940, ya se había convertido en algo completamente natural, y por desgracia, como ya hemos leído, no sólo para un funcionario de la Gestapo, asesinar y hacer servicios de suministrador para los asesinos. Como es lógico, para Rusch fueron más fáciles las investigaciones en la empresa de defensa en la que estaba empleado, aunque no trabajase, Heidecke. Habría sido más fácil —tan claro estaba el caso— llevar a ese hombre ante el juez por sabotaje laboral. Y en realidad la empresa estaba decidida a ello. Pero Rusch lo rechazó temeroso. El sabotaje laboral sólo habría acarreado a Heidecke, que no tenía antecedentes, unos meses de cárcel y después el regreso a la tropa; aquí se trataba de algo más importante: ¡tenía que rodar una cabeza!

Así que la investigación se demoró todavía un año más, hasta que al final el acosado Rusch perdió los nervios y sencillamente detuvo al vago de Heidecke. Ya al cabo de muy poco tiempo quedó claro que ese hombre estaba completamente descartado como autor de las postales: en primer lugar, éstas siguen repartiéndose como siempre, y por otra ese infeliz apenas sabe escribir y entiende de política menos que un niño. Con eso la acusación se derrumba y Heidecke desaparece de los informes; no puedo decir qué le ocasionó su sabotaje laboral, quizá incluso la «muerte heroica» en un «batallón de castigo». Pero el primer secretario Rusch se halla igual que hace más de dos años: ni una sola pista, sólo las numerosas cruces rojas en el plano de Berlín. Ese plano es entregado entonces a alguna cabeza más «brillante» de la Gestapo, que se sienta ante él e igual que un eficaz Sherlock Holmes saca sus conclusiones, unas conclusiones completamente irrefutables, pero equivocadas de cabo a rabo.

Por ejemplo, ese hombre no puede tener cómplices ni tampoco estar casado, o si no hace mucho que se habría contado algo en tan largo período de tiempo. Así que tiene que ser soltero o viudo (o divorciado). No puede tener un trabajo estable, porque esas postales se encuentran a todas las horas del día y de la noche en las escaleras de los edificios. Pero el autor tiene que tener algo que ver con los tranvías —y de esta conclusión está especialmente orgullosa la cabeza «brillante» de la Gestapo— porque siete de los ocho grupos principales de lugares de hallazgo están cerca de las cocheras del tranvía. Pero no puede tratarse de un empleado con el uniforme de la empresa de tranvías, porque para entonces el autor ha sido visto dos veces depositando sus postales y siempre iba vestido de paisano. Conclusión: un hombre no uniformado, no casado, civil, que tiene algo que ver con los tranvías y que con mucha probabilidad vive en o muy cerca de tal y tal calle del norte de Berlín, porque después de dos años de observaciones las cruces rojas se amontonan en esa zona.

Con ello la cabeza «brillante» ha cumplido con su deber y obligación y los expedientes vuelven de regreso al primer secretario Rusch: ¡¡Aquí tienes, querido, ahora haz el favor de arreglar tus observaciones!! Es fácil imaginar qué desesperado volvió a sentarse Rusch ante sus expedientes reproducidos durante años. ¡Todo lo que había escrito la cabeza «brillante» no eran más que vaguedades! En la calle en cuestión y en las cercanas a ésta viven miles y miles de trabajadores: con los datos del tranvía no hay nada que hacer, y las descripciones de las dos mujeres que pretenden haber visto al autor son completamente imprecisas e incluso contradictorias entre sí. Ni siquiera coinciden en la estatura, edad y color del pelo.

Otto y Anna Quangel habrían podido seguir escribiendo y repartiendo sus postales hasta el derrumbamiento del Tercer Reich si no se hubieran vuelto demasiado seguros. Debido a esa seguridad sufren en el plazo de pocos meses dos percances, y el segundo, agravado por el primero, los llevó a su fin.

Quangel visita con su mujer a un cuñado que vive en el sur de Berlín. Ese cuñado vive allí sólo desde hace unos meses, hasta entonces también vivió en el norte. Es la segunda visita que los Quangel hacen al cuñado en su nueva vivienda. Cuando regresan a su casa, el marido le dice a su mujer: «Adelántate, Anna, que yo voy a depositar aquí deprisa una postal».

La señora Quangel camina despacio hacia la parada del tranvía; están tan seguros que ni siquiera vigila. Ciertamente, vigilar tampoco los habría salvado de lo que se avecina; apenas está de nuevo junto a ella su marido en la parada cuando un hombre se abalanza hacia él:

—¡Eh, oiga, acaba usted de depositar esta postal en nuestra escalera...! —Y agita la postal como un loco.

Con sangre fría, enfadado, Quangel lo niega: él no ha estado jamás en ese edificio, y no tolera ser importunado de ese modo. Y Anna Quangel lo apoya: su marido no se ha separado de su lado.

Durante un instante el acusador se desconcierta cuando ve contra él a dos en vez de uno. Pero está muy seguro de lo que dice, ha observado a Quangel depositando la postal y no lo ha perdido de vista ni un segundo. Disputa acalorada, aglomeración de gente, un policía que interviene, conducidos a comisaría. El acusador presenta su causa con tal seguridad que se considera necesario registrar a los Quangel, pero no se les encuentra nada acusatorio. Y los Quangel muestran tal seguridad en sus declaraciones, mencionan el nombre y el domicilio del cuñado al que acaban de visitar... que finalmente los dejan marcharse. Según los do cumentos es un viejo trabajador contra el que nunca ha habido nada, el acusador ha debido de perder de vista en la calle al verdadero depositador de la postal.

Lo mismo piensa también Rusch, a quien llega a parar por fin la postal con una breve nota policial. Se ve por así decirlo con qué desesperanza practica un par de investigacones indagando por la persona del tal Quangel. No hay nada contra ese hombre, en su centro de trabajo no pueden mencionar ni la menor sospecha sobre él; con un suspiro profundo Rusch abandona las indagaciones sobre Quangel. Lo único que queda es una nueva cruz roja en el mapa. Con todo, se trata de un lugar muy desacostumbrado, es sólo la segunda postal que ha sido depositada allí, en el sur, tan lejos de los demás lugares donde han sido halladas las demás postales.

Dicho sea de paso: si Rusch hubiera sido un poco más optimista, si el asunto hubiera sido sólo un poco más reciente, habría podido demostrar la culpabilidad de Quangel a través del cuñado que se había trasladado del norte al sur. Pero Rusch se conformó con comprobar que el cuñado vivía realmente allí, no preguntó desde cuándo. El traslado de residencia unido a los dos lugares de donde se encontraron las postales en el sur coincidentes en el tiempo habría arrojado ya una fuerte sospecha contra Quangel.

Y de nuevo transcurren unos meses. Otto Quangel vuelve a escribir sus postales, ya casi ha vuelto a olvidarse de ese pequeño incidente en el sur. Entonces le sucede otro percance. Estamos en el año 1942, su cartera, en la que lleva al trabajo su desayuno y su termo, está rota desde hace mucho, pero no se puede sustituir en ese año de la guerra. Una mañana encuentran una de sus postales en el recinto de la fábrica donde él trabaja junto con ochenta obreros. Se ha caído de su cartera por un trozo descosido. Se avisa a la Gestapo, ese ajustador que lleva casi veinte años en la empresa no habría sido más sospechoso que cualquier otro de esos ochenta, pero ahí está en primer lugar esa nota policial con el nombre de Quangel referida al hallazgo de una postal en el sur de Berlín, y en segundo lugar el hecho de que Quangel vive justo en la calle donde más las postales se han repartido.

Esta vez Rusch no vacila. Ordena inmediatamente un registro del domicilio de los Quangel, y allí encuentra —tercer percance— una postal empezada con la conocida letra de imprenta que Quangel dejó en algún momento inconclusa y que luego olvidó hacía mucho tiempo. El matrimonio es detenido, y tras una breve negativa inicial confiesan su culpabilidad. Rusch ha hecho por fin una buena captura, ha merecido la pena ser paciente. Las amenazadoras advertencias de sus superiores sobre el autor aún no detenido no volverán a amargarle el desayuno. Los autores han sido atrapados, han confesado su culpabilidad, el juez instructor del Tribunal del Pueblo impone la prisión preventiva... amenazante se alza al fondo la figura del verdugo.

Es significativo de lo ajeno a la realidad que estaba el matrimonio Quangel que —caídos en las garras de sus asesinos— son los últimos en ver esa sombra amenazadora del verdugo. Ellos, que trabajaron durante años para la maquinaria del Partido, todavía no tienen ni idea de su naturaleza despiadada. Él señala su vida sin mácula, pide una sentencia indulgente, promete expiar su falta, lo lamenta de veras. Y yo estoy decidido a creer en ese sincero arrepentimiento de Quangel. Cayó en esa contradicción, por qué, ni él mismo podría entenderlo hoy. Ahora, rodeado de tantos hombres más cultos, que en realidad lo saben todo mejor que él, sus acciones se sublevan contra él. Fue una ruptura en su vida, siempre caminó con el gran rebaño, sólo que bajo la presión de la maquinaria del Estado ya no sabe cómo pudo caminar tan solo durante años enteros, sintiendo además hostilidad contra todo lo que él mismo había sido. Cómo se sentiría cuando el fiscal superior del Reich solicitó la pena de muerte para él y su mujer, cuando dicha pena de muerte —muerte a manos del verdugo— fue pronunciada, de eso nada dicen los documentos, terminan con la condena de muerte.

Pero por lo que se refiere a la señora Quangel, se deduce tanto de las actas como del auto de procesamiento de la sentencia que ella nunca fue tomada en serio. Su expediente es breve y sucinto, el Estado nacionalsocialista condenó a esa mujer a ser ejecutada con su marido, sí, pero la considera, como a todas las mujeres, inferior, un factor indiferente en ese Estado de hombres.

Con la sentencia de muerte termina, como ya se ha dicho, el expediente Quangel, ni una palabra más sobre esas dos personas. En otoño del cuarto año de guerra debió de cumplir el verdugo su cometido con ellos, fueron eliminados de este mundo como traidores a su pueblo... por los traidores a ese pueblo. Encima de la condena de muerte está impreso en grandes letras negras: «En nombre del pueblo alemán» pero al lado, más pequeño, aunque en brillante color rojo: «Alto secreto». Aquí tenemos el meollo de la contradicción de todo ese Estado hitleriano, el cual afirmaba actuar en nombre del pueblo alemán pero lo hacía todo en riguroso secreto, pues el pueblo alemán no debía saber nada de sus verdaderos actos.

En general, los expedientes semejantes no terminan con la condena a muerte, sigue un cuadernillo, ciertamente casi siempre delgado: el recurso de gracia, que carece de toda piedad y compasión. Para completar el cuadro que damos de la actuación de esa maquinaria asesina, recurrimos a uno de esos recursos de gracia de otra causa. Aquí, por ejemplo, una madre pide por la vida de su hijo, también una madre habría podido pedir por Quangel, quizá lo hizo y el cuaderno sólo se perdió. Esa madre es nacionalsocialista, cree en el Führer, su corazón está desgarrado entre esa fe y el amor por su hijo. Suena —se lee no sin emoción— más o menos así: «Mi amadísimo Führer: Una madre desesperada pide de rodillas por la vida de su hijo. Éste ha cometido una falta grave contra ti, pero tú usarás tu clemencia, lo perdonarás...». Hitler, que se ha convertido en Dios en el corazón insensato de una mujer. Todo el mundo está plagado de pruebas de su acción ignominiosa, pero esa mujer cree en él, incluso cuando este entrega a su hijo al verdugo, ella todavía cree... el sacrificio de Abraham, pero este nuevo dios no conoce el perdón.

¡Adentrémonos cada vez más en las confusiones de los corazones alemanes! Ahí hay dos chicos de las Juventudes Hitlerianas, de catorce y quince años, que piden por la vida de su padre: «Mi Führer. Te prometemos expiar con toda nuestra vida el crimen que nuestro padre ha cometido contra ti. Borraremos la ignominia de nuestro padre...». Los hijos, unos críos inmaduros, con las frases huecas de sus dirigentes de las Juventudes Hitlerianas en los oídos, se convierten en jueces y denigradores de su propio padre. La perversión de todos los conceptos, la decencia, la justicia, el honor: todo derrumbado, destruido tanto en los corazones jóvenes como en los viejos.

¿Qué hace el divino Führer a la vista de tales escritos de súplica, cómo premia la fe de sus adeptos? Rechaza ver siquiera tales peticiones, todas son tramitadas por la misma vía fría, objetiva, infame. Docenas de hombres trabajaron en un documento semejante, y siempre el mismo tono, la misma actitud: lo que sucede aquí, tiene que suceder. Todos coinciden en matar incluso a la víctima más lastimosa. Eso suena así: «La conducta (durante la detención) se ha atenido al reglamento interior. No existen motivos para el perdón». O la cancillería del Führer: «Remitir al señor ministro de Justicia del Reich. Devolver sólo en caso de que el condenado sea miembro del Partido, lo que no se infiere del recurso de gracia».

Diez, veinte de tales recursos, todos conservados en documentos y actas, nunca topan con un corazón humano. Siempre se dice al final: Que la justicia siga su curso. Eso significa que se ahorcará o decapitará. Aparte del recurso de gracia, al expediente de los Quangel le falta además el cuaderno de costes. Tampoco esto carece de interés: ¿qué cuesta en el Tercer Reich decapitar a una persona? Tenemos en nuestras manos un cuaderno de esos, aquí no se trata de un caso berlinés, pero el método es igual en todas partes, tanto en Salzburgo como en Berlín. Un revisor del ferrocarril de Salzburgo ha sido ejecutado en Múnich, el cuaderno de gastos comienza afirmando que el instituto anatómico-forense de Múnich no puede aprovechar el cadáver por estar desbordado. Pero los institutos anatómico-forenses de Innsbruck y de Würzburg, que están interesados, no pueden recoger el cadáver por falta de gasolina. Como tampoco se dispone de cajones para enviarlo por ferrocarril, el ejecutado debe ser enterrado.

Declaración jurada de que era ario, así que tiene derecho a ser enterrado en un cementerio decente (cristiano o ario). Orden a una funeraria de que se encargue del entierro. Sigue la cuenta de dicha empresa, la cual luce el letrero publicitario: «Su primera visita en casos de muerte debe ser a Müller y Meyer, que realizan todos los pasos necesarios para entierros e incineraciones». ¡Alegraos, ejecutados, Müller y Meyer os tratarán con todo cuidado! Según las directrices del Tribunal de Pueblo no recibiréis ninguna camisa, seréis depositados, desnudos como vinisteis al mundo, en un ataúd de alquiler facturado por diez marcos, pero a cambio se os concede un cojín para la cabeza por una cuantía de 40 pfennig. Incluidas la conducción del cadáver y las horas extraordinarias, un entierro así asciende a 94,40 marcos del Reich... si se produjera otra muerte semejante en vuestra familia, ¿quién os atendería más barato que Meyer y Müller?

Desde luego, los gastos de la condena y de la prisión preventiva ascienden a 1.164 marcos, mientras que el defensor sólo recibe 81,60 marcos, muy poco, si se comprueba por otra factura que los gastos de desplazamiento de los jueces sentenciadores ascienden a 2.592,25 marcos. Al mismo tiempo, llama la atención que el señor Pfeiffenberg, director del Tribunal Regional «sólo» liquida 294 marcos de gastos, mientras que el asistente judicial Becker afirma haber tenido unos gastos de desplazamiento de 434,20 marcos, que también se le abonan.

Ya han surgido los gastos... ahora se trata de: ¿quién los abona? ¿El fisco judicial o mejor todavía los deudos del condenado? Por lo menos, las ropas que el marido llevaba puestas en su detención pueden entregarse a su mujer, pero los 29,42 marcos de «dinero propio» que están en el bolsillo del ejecutado se los queda el Estado.

La caza de alguien que pueda asumir al menos una parte de los gastos se practica muy a fondo. Se pone de manifiesto que en el Estado de Hitler, no sólo la esposa, no, también la madre, los hermanos y las hermanas de un condenado pueden ser obligados a participar en los gastos. Familiares que no saben lo más mínimo del «delito» del ejecutado tienen a pesar de todo que pagar por él.

Hasta que finalmente toda la cacería resulta inútil: todos los familiares carecen de recursos. «1. El cobro de los gastos es inútil. 2. Gastos fuera de presupuesto.»

Tras lo cual, en cierto modo como una repercusión, la fiscalía del Reich del Tribunal del Pueblo de Berlín, sección de gastos, pregunta al fiscal superior de Múnich, sección de gastos, qué tarifas se pagaron al verdugo y sus ayudantes. El verdugo Reichhart de Múnich (¡de Múnich, no residente en Múnich!) ha cobrado 120 marcos por ejecución.

Fin. Deben cancelarse las anotaciones de plazos, las actas son archivadas.

Esos dos, Otto y Anna Quangel, vivieron una vez. Su protesta se extinguió sin ser oída, al parecer sacrificaron su vida en vano por una lucha sin esperanza. ¿Pero quizá no fue tan sin esperanza? ¿Quizá no fue del todo en vano?

Yo, el autor de una novela todavía por escribir, confío en que su lucha, su sufrimiento, su muerte no hayan sido del todo en vano.

 

 

En: Aufbau, revista mensual de política cultural.

 

Editado por la Asociación Cultural

para la Renovación Democrática de Alemania.

Cuaderno 3, noviembre de 1945

(Editorial Aufbau GmbH, Berlín).

 

DATOS BIOGRÁFICOS

 

1893. Rudolf Ditzen, tercer hijo del juez de distrito Wilhelm Ditzen y de Elisabeth Ditzen, nace en Greifswald el 21 de julio.

1899. El padre es designado juez del Tribunal Cameral de Berlín. La familia se traslada a dicha ciudad.

1909. El padre es nombrado juez del Tribunal Imperial de Leipzig. La familia se muda a Leipzig.

1911. Estudia en el instituto de Rudolstadt, sufre graves heridas en un doble intento de suicidio, enmascarado de duelo, en el que resulta muerto Hanns Dietrich von Necker.

1912. Ingreso en el hospital psiquiátrico de Tannenfeld (Sajonia).

1913. Aprende las labores agrícolas en Posterstein (Sajonia).

1915. Alumno en la propiedad rural de Heydebreck (Pomerania Ulterior).

1916. Trabaja en la Cámara Agraria de Stettin, después en la Sociedad de Cultivo de Patata de Berlín.

1917. Tratamiento de desintoxicación de drogas en Carlsfeld (Brehna). A continuación, administrador de diferentes propiedades rurales en Mecklenburg, Pomerania, Silesia y otros lugares.

1919. Nueva cura de desintoxicación en Tannenfeld.

1920. Der junge Goedeschal. Desde entonces utiliza el seudónimo de Hans Fallada.

1923. Se publica Anton und Gerda. Condenado a varios meses de cárcel por malversación de fondos.

1924. Es condenado a tres meses de prisión en Greifswald. Tras su puesta en libertad, trabaja como administrador en Gudderitz, en la isla de Rügen.

1925. Por una nueva malversación de fondos, es encarcelado en la prisión central de Münster.

1928. Trabaja en Hamburgo escribiendo direcciones postales; se afilia al SPD y se compromete con Anna Issel.

1929. Agente publicitario en Neumünster, reportero local del periódico General-Anzeiger. El 5 de junio contrae matrimonio con Anna Issel, periodista en el «proceso de los campesinos».

1930. Se coloca en la editorial Rowohlt. Nace su hijo Ulrico.

1931. Publica Bauern, Bonzen, Bomben. Traslado a Neuenhagen, Berlín.

1932. Ve la luz Kleiner Mann – was nun? («Pequeño hombre, ¿y ahora qué?»). Se dedica a la escritura.

1933. Traslado a Berkenbrück. Once días preso por una denuncia. Compra una finca en Carwitz, Feldberg. Nace su hija Lore.

1934/35. Escribe Wer einmal aus dem Blechnapf frisst; Wir hatten mal ein Kind; Das Märchen vom Stadtschreiber, der aufs Land flog («Libre como el gorrión volando»).

1936. Altes Herz geht auf die Reise («Corazón viejo a la ventura»); Hoppelpoppel, wo bist du?

1937. Wolf unter Wölfen («Lobo entre lobos»).

1938. Der eiserne Gustav («Gustavo el férreo»); Geschichten aus der Murkelei («Historias de la chiquillería»).

1939. Kleiner Mann, grosser Mann – alles vertauscht («Pequeño hombre, grande hombre y vuelta a empezar»).

1940. Der ungeliebte Mann («El hombre que no fue amado»). Nace su hijo Achim.

1941. Ein Mann will hinauf: die Frauen und der Träumer, también titulado Ein Mann will nach oben; Der mutige Buchhändler, también titulado Die Abenteuer des Werner Quast.

1942. Damals bei uns daheim; Zwei zarte Lämmchen weiss wie Schnee; Die Stunde eh du schlafen gehst.

1943. Heute bei uns zu Haus; Der Jungherr von Strammin, también titulado Junger Herr ganz gross. Por encargo del Servicio de Trabajo del Reich viaja a la Checoslovaquia anexionada y a la Francia ocupada.

1944. 5 de julio: se divorcia de Anna Ditzen; tras una disputa con un arma de fuego, internamiento forzoso en el centro provincial de Altstrelitz, donde escribe el manuscrito de El bebedor con el diario de la cárcel de 1944; y Fridolin der freche Dachs.

1945. Contrae matrimonio con Ursula Losch; al finalizar la guerra el Ejército Rojo lo nombra alcalde de Feldberg; quebranto de salud y estancia en un sanatorio; traslado a Berlín, colaboraciones para el periódico Tägliche Rundschau; traslado a Eisenmenger-Weg.

1946. Sufre repetidas hospitalizaciones; trabaja en la escritura de Der Alpdruck y en «Solo en Berlín», ambos publicados en 1947.

1947. Rudolf Ditzen / Hans Fallada muere el 5 de febrero en Berlín.

 

NOTA DEL AUTOR

 

Los sucesos relatados en este libro reflejan a grandes rasgos los expedientes de la Gestapo sobre la actividad ilegal de un matrimonio de trabajadores berlineses durante los años 1940 a 1942. Sólo a grandes rasgos: la novela obedece a leyes propias y no puede atenerse en todo a la realidad. Por ello, el autor ha evitado conocer datos auténticos sobre la vida privada de estas dos personas: tenía que describirlas tal como se las imaginaba. Son, pues, dos personajes de la fantasía y al igual que el resto de los personajes de esta novela son fruto de la libre imaginación del escritor. A pesar de todo, su autor cree en la verdad interna de lo narrado, aunque algún detalle no responda del todo a hechos reales.

Algunos lectores opinarán que en este libro aparecen demasiado la tortura y la muerte. El autor quiere subrayar que esta obra trata casi exclusivamente de las personas que lucharon contra el régimen de Hitler, de ellas y de sus perseguidores. En el período 1940-1942, antes y después, se produjeron numerosas muertes en esos círculos. Casi la tercera parte de este libro transcurre en prisiones y manicomios, lugares en los que la muerte era muy habitual. A menudo al autor le hubiera gustado pergeñar un retrato menos sombrío, pero una mayor claridad hubiera entrañado mentir.

 

 

Berlín, octubre de 1946.

H. F.

 

 

 

 

 

 

Fotos de las fichas policiales de Elise y Otto Hampel

 

 

 

 

Copia de las actas procesales

© Bundesarchiv, NJ 36

 

 

 

 

Berlín-Wedding, esquina de las calles Amsterdamer y Müllerstrasse

 

 

 

 

Placa conmemorativa en la calle Amsterdamer, 10

© Reno Engel, 2010

 

 

 

 

Postal escrita y «enviada» por el matrimonio Hampel con la anotación de la Gestapo del lugar donde se encontró

© Bundesarchiv, NJ 36

 

 

 

 

Postal escrita y «enviada» por el matrimonio Hampel con la anotación de la Gestapo del lugar donde se encontró

© Bundesarchiv, NJ 36

 

 

 

 

Puerta de Brandeburgo en la visita del ministro de Asuntos Exteriores japonés Matsuoka, el 26 de marzo de 1941

© Heinrich Hofmann

 

 

 

 

Carta de Hans Fallada a Kurt Wilhelm, el director de la editorial Aufbau, sin fecha

© Archivo de la editorial Aufbau, Staatsbibliothek, Berlín, Preussischer Kulturbesitz, dep. 38

 

 

 

 

Carta de Kurt Wilhelm a Hans Fallada, 27 de enero de 1947

© Archivo de la editorial Aufbau, Staatsbibliothek, Berlín,

Preussischer Kulturbesitz, dep. 38

 

 

 

 

Original mecanográfico, Primera parte, capítulo 1

© Archivo de la editorial Aufbau, Staatsbibliothek, Berlín,

Preussischer Kulturbesitz, dep. 38

 

 

 

 

Original mecanográfico, Primera parte, final del capítulo 17 que, por primera vez, se publica en su integridad

© Archivo de la editorial Aufbau, Staatsbibliothek, Berlín,

Preussischer Kulturbesitz, dep. 38

 

EPÍLOGO

 

¿Cuándo se ha visto algo parecido? Más de sesenta años después de la muerte de un escritor alemán, uno de sus libros se convierte en un acontecimiento internacional, en el título más importante de Amazon y en líder de las listas de las obras más vendidas en veinte países. Partiendo del redescubrimiento del editor de la editorial francesa Denoël, fascinado por una antigua traducción, pasando por el entusiasmo del responsable del programa de Penguin, hasta llegar a la exitosa campaña de la pequeña y refinada editorial americana Melville House, Hans Fallada, olvidado en el extranjero hace mucho tiempo, llega de repente con su última novela a amplias capas de lectores desde Nueva York a Ámsterdam, de Londres a Tel Aviv. Su descripción de la resistencia de la gente corriente contra el régimen nazi conmueve los corazones de los lectores de hoy en todo el mundo.

El hecho de que además de los personajes singulares y relevantes de la oposición alemana contra Hitler, existiese también esta forma de resistencia en una Alemania a cuya época oscura se aplicó durante largo tiempo el veredicto internacional de gregarismo colectivo, es una conclusión, huelga decirlo, actual. A ello hay que añadir el enorme interés mundial por la metrópolis berlinesa, que, además de ser un protagonista más de la novela, figura en el título de las ediciones traducidas: Alone in Berlin. Esto no sólo es un eco lejano de la novela de Christopher Isherwood Goodbye to Berlin de 1939, cuyas diferentes versiones teatrales culminaron en 1972 en la exitosa película Cabaret: la ciudad es un protagonista fascinante también en esta obra, si bien unos diez años antes, a comienzos de la década de los años treinta. Aunque la visión interna de Fallada, única en su género, sobre los primeros años de la década de los cuarenta es un fenómeno tan insólito, que merece la pena analizar con más detalle las circunstancias de la génesis de la novela y la historia del texto original.

 

A comienzos de septiembre de 1945 Rudolf Ditzen / Hans Fallada se traslada de Feldberg (Mecklemburgo) a Berlín, la ciudad dividida en cuatro sectores.1 Acaba de dejar atrás la estancia en una clínica de Neustrelitz. La labor como alcalde de Feldberg, cargo para el que lo había nombrado el Ejército Rojo a comienzos de mayo, le planteaba demasiadas exigencias. Su salud quebrantada no resistió la desconfianza de la población y las tensiones con el comandante. Él era toxicómano desde su juventud, necesitaba morfina, cocaína, alcohol, nicotina, somníferos. Tras divorciarse de Anna («Suse») Ditzen, en febrero de 1945 contrajo matrimonio con una viuda treinta años más joven, Ursula («Ulla») Losch, también morfinómana, y que en el futuro ingresaría en clínicas casi al mismo tiempo que su marido. Tras la época nacionalsocialista, en la que fue considerado un «autor indeseable», Fallada confiaba en experimentar en Berlín un nuevo renacimiento. Al principio compartió con Ulla la vivienda de ésta en Schöneberg, en el sector americano; a partir de noviembre residió en Eisenmengerweg2 en Pankov, en la zona controlada por los soviéticos. Fallada debía la casa con jardín ubicada en el elegante barrio de Berlín Oriental a la mediación del poeta y futuro ministro de cultura Johannes R. Becher, al que había conocido en octubre.

A Becher y Fallada los unía una amistad ambivalente. Fallada alababa el «incomparable altruismo»3 de Becher, y éste valoraba el talento de Fallada, al que consideraba un «extraordinario narrador y fabulador», aunque tampoco desdeñaba los peligros derivados de su conflictiva personalidad.4 Sus paralelismos biográficos acaso desempeñasen un papel en esta relación, porque también Becher procedía de una familia de juristas muy conservadora, era morfinómano y siendo joven sobrevivió a otra tentativa de suicidio doble, aunque su amada falleció. Sin embargo, el apoyo de Becher a Fallada es representativo sobre todo de su concepción políticocultural. Tras regresar en junio de 1945 de su exilio moscovita, intentaba motivar a artistas y escritores a comprometerse por una cultura nueva, dirigiéndose sobre todo a autores que no habían emigrado, pero tampoco se habían dejado atrapar por el régimen nacionalsocialista. Becher fue cofundador y primer presidente de la «Liga Cultural para la Renovación Democrática de Alemania». Fallada aprobaba este programa y ya durante las primeras semanas de estancia en Berlín manifestó interés por colaborar en la Liga Cultural y en la editorial Aufbau fundada por ésta en 1945.

Así se inició, sin que Fallada lo advirtiera, el devenir de su novela Solo en Berlín.5 A través de Otto Winzer, concejal de Instrucción Popular en Berlín Oriental, la Liga Cultural había conseguido los expedientes procesales de opositores ejecutados y buscaba autores que escribiesen sobre el tema. Fue idea de Becher dar a conocer a Fallada el proceso contra un matrimonio berlinés que, entre 1940 y 1942, había difundido en postales y cartas llamamientos a la resistencia contra el régimen nacionalsocialista, por lo que habían sido ejecutados. Heinz Willmann, secretario general de la Liga Cultural y cofundador de la editorial Aufbau, entregó a Fallada, por encargo de Becher, el expediente del proceso al matrimonio Otto y Elise Hampel. Fallada, sin embargo, rechazó la oferta: él mismo se había dejado arrastrar por el impetuoso torrente y no quería aparecer mejor de lo que había sido.6 Pero ante la insistencia de Becher, Willmann consiguió una nueva entrevista con Fallada en la que subrayó la singularidad del caso, que no se trataba de una actuación derivada de un compromiso político consciente, sino de la voluntad individual de dos personas corrientes de vida retirada.7 Becher no se había engañado con el interés psicológico de Fallada. Esta vez, éste aceptó los expedientes y después de leerlos escribió un ensayo para la revista Aufbau: «Sobre la resistencia, que sí existió, de los alemanes contra el terror de Hitler»,8 que constituye una primera aproximación al tema. En sus líneas esenciales este texto sigue el auténtico devenir de los acontecimientos, pero contiene interpretaciones propias y añadidos ficticios de personajes y episodios; también aparecen los futuros nombres de los protagonistas de la novela. En cualquier caso, Fallada, como ya sugiere su descripción, no dispuso del expediente completo.9 Él partió, por ejemplo, de que en el proceso, en el que se mintió tanto, también fue mentira la afirmación formulada en los fundamentos de la sentencia de que los Hampel se habían inculpado mutuamente. Pero de las peticiones de indulto que se conservan de los condenados y sus familias se desprende que esas personas profundamente desesperadas al verse en peligro de muerte confiaron realmente en conseguir de ese modo una posibilidad de salvación. Además, los padres de Elise, con una carta personal dirigida a Hitler y un regalo en efectivo de 300 marcos del Reich con motivo de su cumpleaños, intentaron lograr una revisión de la condena a muerte de su hija, que al parecer había sido inducida por su marido.10

Fallada describe en su ensayo lo que más le interesó del caso Hampel: «El matrimonio Quangel, dos individuos insignificantes del norte de Berlín [...] acepta un buen día del año 1940 luchar contra la enorme maquinaria del Estado nazi, y sucede algo grotesco: el elefante se siente amenazado por el ratón». La frase final del texto no deja la menor duda de que escribirá una novela sobre el tema. De hecho, el 18 de octubre de 1945 la editorial Aufbau redactó un contrato con Fallada para ese proyecto que ostentó el título provisional ¡En nombre del pueblo alemán! (Alto secreto). Como título alternativo se añadió posteriormente Solo en Berlín.11 Un día más tarde se firmó el contrato con la revista Neue Berliner Illustrierte para publicar la novela por entregas.

Pero Fallada retrasaba continuamente la escritura. Escribía relatos para Tägliche Rundschau,12 convertido ya en un colaborador independiente; acompañaba a Becher a actos; pronunció un discurso sobre el proceso de Núremberg en el teatro nacional de Schwerin, y de enero a marzo de 1946 se sometió a una cura de desintoxicación en cuyo transcurso inició un nuevo proyecto: Der Alpckruck. Finalmente, en una carta dirigida a Kurt Wilhelm, director de la editorial Aufbau, el obsesionado escritor reveló lo que le impedía acometer el trabajo acordado. Describió su malestar y sus reparos frente a la proyectada novela, que le apetecía «cada vez menos». Primero por un argumento tan desesperanzado: «dos personas entradas en años, una lucha sin la menor posibilidad de éxito, amargura, odio, maldad, desánimo. Y segundo, por la total carencia de juventud y, en consecuencia, de perspectivas de futuro». Es verdad que él había hallado una vía para introducir de matute un asomo de juventud, pero: «Lo esencial en el caso Hampel es precisamente esa lucha solitaria de dos personas maduras, su total falta de relación con el entorno nazi, cada vez más violento. Introducir de matute supone volver a falsear el asunto. En suma, lisa y llanamente no acaba de convencerme y se convertiría en algo muy forzado».13

Fallada se enfrascó en el trabajo en Pesadilla, una novela cifrada de carácter autobiográfico basada en las experiencias vividas desde abril de 1945 a julio de 1946. Siguió trabajando en ella en el hospital en el que estuvo ingresado de mayo a julio debido a una recaída nerviosa. En agosto, una vez concluida esta novela, retomó el argumento del proceso, por el que también se interesaba la productora cinematográfica DEFA.14 El 21 de octubre comunicó a Kurt Wilhelm que iba progresando con la novela y pidió papel para realizar cinco ejemplares mecanografiados. Estimaba que abarcaría entre 600 y 800 páginas impresas. Como título prefería ahora Los Quangel o solamente Quangels.15

El 30 de octubre envió a Kurt Wilhelm un resumen del argumento que había escrito para DEFA, con el fin de que éste pudiera «prepararse despacio» para lo que le esperaba16 y el 5 de noviembre remitió a Wilhelm el «ansiado galimatías» para el que se le había ocurrido otro título.17 (Seguramente se trata del definitivo.) El 17 de noviembre siguió la Segunda parte con el anuncio de la Tercera y la Cuarta. «Después —comentó Fallada a Wilhelm— estaré medio muerto, pero me alegro de haber escrito este libro, ¡por fin de nuevo un Fallada! Dicho sea de paso, a continuación no pretendo abordar enseguida la colosal novela (conquista de Berlín), sino que se me ha ocurrido una idea para un relato muy simpático destinado a su colección juvenil... ¡para distraerme!».18 En efecto, Fallada envió el final a la editorial el día 24 de noviembre.19 Había escrito una novela de 866 páginas mecanografiadas en apenas cuatro semanas.

Pese a su orgullo por el trabajo realizado, confesó las dificultades a la mujer de la que se había divorciado: en esta novela había resurgido «el primer auténtico Fallada desde Lobo entre lobos». Y eso «a pesar de que el argumento no me gustaba: actividades clandestinas durante la época hitleriana. Decapitación de los dos héroes».20 Tal vez por eso Fallada había añadido numerosos episodios que le abrieron la posibilidad de mostrar un amplio abanico de la conducta humana. Por una parte los caminos del comisario Escherich conducen al escenario de los soplones y delatores, de los jugadores y maleantes. Por otra, el mundo de los Quangel, en el que, a pesar de su hermetismo irrumpe el destino de otras personas: los Hergesell, la judía Rosenthal o el juez del Tribunal Cameral Fromm. Los personajes de esta novela viven su vida cotidiana en una de las épocas más sombrías de la historia alemana, expuestos a un ambiente de intimidación, miedo, traición, vigilancia. La forma de manejar esto constituye el tema de Fallada. Y de nuevo, igual que en Lobo entre lobos, el escenario es Berlín: sus calles y plazas, los patios traseros, las tabernas. La ciudad siempre está presente. En esta aleación característica de Fallada entre lo individual y lo urbano desarrolla el cuadro tan realista como conmovedor de la vida de la «gente corriente» en el Berlín nacionalsocialista.

En el período posterior Fallada revisó Pesadilla, atendiendo la sugerencia de Paul Wiegler, lector de la editorial Aufbau,21 y se dedicó a corregir las pruebas para una nueva edición de Historias de críos. Pero a principios de diciembre sufrió otra recaída y fue ingresado en la clínica de enfermedades nerviosas de la Charité. Probablemente el 22 de diciembre escribió desde allí a Kurt Wilhelm,22 solicitando, en lo referente a posibles cambios en la novela, una entrevista que Wilhelm, que hasta entonces ignoraba el nuevo ingreso hospitalario de Fallada, aceptó en el acto.23

El último día del año Wilhelm escribió a Fallada diciéndole que entretanto habían llegado informes críticos sobre la novela que él —«debido a nuestro contacto estrecho y personal»— no quería ocultarle. Y prosigue: «Aunque de manera reiterada se traspasan los límites de la crítica objetiva a novelas contemporáneas, de vez en cuando se mencionan inexactitudes fundadas que deberían ser corregidas en una revisión definitiva; en el curso de la lectura seguro que usted mismo llegará a idéntica conclusión. Quizá sea muy bueno “podar” algún que otro pasaje de la novela antes de su impresión, pues no hay que ayudar innecesariamente a los críticos de los periódicos y revistas de todas las tendencias a hacer una crítica barata, seguro que usted también compartirá esta opinión».24

En enero de 1947 Fallada y su mujer, que también había estado ingresada en la Charité, regresaron a su vivienda durante unos días, pero el 10 de ese mismo mes ambos fueron ingresados en el hospital de Pankov. Wilhelm, que desconocía esa tragedia, escribió varias cartas a Fallada para reclamar la entrega de las correcciones de Historias de críos y confirmar que había logrado organizar un suministro entrega de carbón para Fallada.25 Ya no obtuvo respuesta: Fallada falleció el 5 de febrero de un paro cardíaco.

 

En el archivo de la editorial Aufbau se encuentra el ejemplar completo mecanografiado de la novela dispuesto para la imprenta, que debe ser uno de los cinco ejemplares mencionados por Fallada.26 Contiene correcciones a mano y tachaduras del lector Paul Wiegler, al que las primeras ediciones mencionan como responsable de la edición.27 Wiegler, antiguo director del departamento de narrativa de la editorial Ullstein, era uno de los cofundadores de la editorial Aufbau y de la revista Sinn und Form. Fallada se lo había reencontrado en octubre de 1945 y a través de él conoció a Becher.

Wiegler tuvo a la vista los informes que Wilhelm, el director de la editorial, había enviado y comentado a Fallada el 31 de diciembre de 1946. En su última carta a Fallada, escrita el 27 de enero, Wilhelm le preguntaba si había leído los informes. Ignoramos la posible respuesta. Aunque Fallada llegase a conocerlos, no es probable que reaccionase, pues pasó la mayor parte del tiempo en el hospital y en ese breve intervalo tuvo que luchar con su quebrantada salud y la de su mujer.

Los informes28 están redactados como «comentarios a la novela de Fallada» resumidos, registrados por el nombre29 además hay una lista de comentarios críticos sobre pasajes aislados. No se sabe quién encargó estos informes, ni por qué. Cabe la posibilidad de que fueran ordenados por la redacción de la Neue Berliner Illustrierte, pues remiten a las condiciones específicas de la novela por entregas. Probablemente no desempeñaron papel alguno en el imprimátur que en aquella época concedía la Administración militar soviética (SMAD) a todos los libros de la editorial Aufbau.30

Todas las opiniones son negativas. Se arguye que a la novela le falta la clase media, que sólo hay personajes en blanco y negro, que la familia Persicke está completamente exagerada, que era un error que en ella no apareciera una sola persona decente, que en la novela no había personas vivas, pero sí demasiadas casualidades e inverosimilitudes, que la realidad alemana era demasiado sombría; en suma —según el veredicto más negativo— se trataba de «una novela de un chulo de putas con ribetes políticos. Nadie desea haber tenido que ver con eso en Alemania».

El comentario de Wilhelm de que las opiniones «traspasaban con reiteración los límites de la crítica objetiva a la novela actual» se referiría tanto a tales objeciones como al listado de algunas inexactitudes históricas o lógicas. Wilhelm había entendido que a su autor no le interesaba el cuadro real «exacto», sino la impresión sensorial, transmitir el ambiente. En ese sentido, a Fallada le traía sin cuidado si la señora Häberle sabía de memoria las horas de salida del tren de Múnich, o la auxiliar de la consulta del médico, agobiada de trabajo, estaba en condiciones de vigilar la ida de Enno al aseo; si las asambleas en la fábrica finalizaban o no con un «Heil Hitler»; si Hitler fue hijo natural o no o si más bien lo fue su padre. La lista de objeciones es larga. El lector Wiegler pasa por alto muchos de estos comentarios, sobre todo en los casos en que una corrección hubiera aplanado en exceso el estilo narrativo de Fallada.

Pero donde Wiegler intervino de manera consecuente, transformando también el contenido, fue casi siempre en los aspectos políticos. En la época de creación de la novela aún funcionaban en las zonas de ocupación de Alemania las medidas de «desnazificación» decretadas por los aliados, en las que se inspeccionaban o castigaban los lazos con el régimen nacionalsocialista. Al mismo tiempo Becher, en su diseño políticocultural para la editorial Aufbau, apostaba por la idea de la reconciliación e insistía en incluir a representantes del exilio interior31 en el que también figuraba Fallada. En este contexto cabe imaginar que se quisiera publicar precisamente un libro suyo, que representase a personas susceptibles de servir de modelos e ideales. Personajes de la novela como Anna y Otto Quangel, que además tenían un trasfondo real, se brindaban a ello. Total, que con la novela sucedió precisamente lo que Fallada había intentado evitar. Su olfato literario había captado la realidad y los hondos conflictos humanos de la época nacionalsocialista y, con plena conciencia, no había querido representar a los Quangel como personas políticamente independientes sino como simpatizantes que abandonan esa postura. Así lo destacó en su ensayo, y la versión original de la novela responde asimismo a eso. Aquí el matrimonio Quangel coincide en que tienen que agradecer al Führer el empleo del marido como jefe de taller en una fábrica de muebles. Y según la voluntad del autor, Anna Quangel no sólo tenía que haber sido una admiradora del Führer, sino también miembro de la Organización Nacionalsocialista de Mujeres y haber desempeñado en ella un cargo menor. (En los informes se critica que en 1940 la mujer no podría haber desempeñado esa función de la manera descrita.) Wiegler suprimió todas las referencias a la anterior admiración de Anna a Hitler y a su cargo en la Organización de Mujeres. Esto afecta, además de a pasajes menores del texto, de manera muy grave sobre todo al capítulo 17, que muestra a una Anna Quangel inusualmente segura de sí misma y respondona. De él sólo se conserva el comienzo que se suma al capítulo 18 original.

Además, Wiegler redujo al anonimato la célula de resistencia a la que pertenecía Trudel Hergesell tachando el adjetivo «comunista», tal vez por la condena inhumana de Trudel por parte de sus camaradas. Tachó pasajes en los que la cartera Eva Kluge es descrita como miembro del Partido. Siguiendo los informes, relativizó la deliberada ambigüedad del juez Fromm, que deja de ser calificado de «sangriento Fromm» o de «verdugo Fromm» para no «disminuir las simpatías por un juez antifascista» (informes).

Posiblemente las supresiones de expresiones vulgares o descripciones duras como la muerte de Escherich también obedecieron al criterio de revisión de Wiegler, que se guiaba por la corrección políticocultural. Sin embargo, desconocemos por qué cambió el nombre del chivato Barkhausen por Barkhausen.

La novela se publicó el año de la muerte de Fallada con la revisión de Wiegler32 y a esa versión se atuvieron las ininterrumpidas ediciones nacionales y extranjeras. La edición de la novela, que presentamos aquí por primera vez en su forma original, con todas las «contravenciones» contra la corrección, la fidelidad a los hechos y las cuestiones de buen gusto, la muestra más escabrosa y cruda, pero también más intensa, y a buen seguro eso era precisamente lo que pretendió Fallada.33 Porque el auténtico mensaje de su novela no viene del centro de la sociedad, sino de sus márgenes: que hasta el más insignificante acto de resistencia es importante.

 

 

Almut Giesecke

 

GLOSARIO

 

Asistencia Social Nacionalsocialista (Nationalsozialistische Volkswohlfahrt-NSV): creada por Hitler en 1933, integrada en el Partido Nacionalsocialista desde 1935 y en 1944 «titular de la asistencia popular», se encargaba de todas las cuestiones asistenciales y tenía que garantizar el nivel de rendimiento del pueblo alemán; programa racista.

 

Asociación de Jóvenes Alemanas (Bund Deutscher Mädel-BDM): integrada en las Juventudes Hitlerianas; desde 1932 única organización oficial para las chicas del Partido Nacionalsocialista y (a partir de 1938) para las mujeres jóvenes; a partir de 1936 la afiliación a la BDM era obligatoria.

 

 

Dollfuss-Engelbert Dollfuss (1892-1934): político austríaco, canciller desde 1932 a 1934, buscó el acercamiento a la Italia fascista y tras el derrocamiento del Consejo Nacional y la prohibición de los partidos de la oposición (entre los que se contaban el Partido Comunista de Austria y el ala austríaca del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán) proclamó una nueva constitución que derogaba la democracia parlamentaria; fue asesinado en el curso de un golpe de estado de los nazis austríacos.

 

 

Frente Alemán del Trabajo (Deutsche Arbeitsfront-DAF): organización de masas para trabajadores y empresarios fundada en mayo de 1933 tras la erradicación de los sindicatos, integrado legalmente en el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán. Al Frente Alemán del Trabajo pertenecían también empresas (como por ejemplo, Volkswagen, bancos, astilleros, editoriales) y se convirtió en un factor importante en la adaptación de la economía alemana a la producción bélica.

 

Fritzsche-Hans Fritzsche (1900-1953): desde 1933, director del Departamento de Noticias, integrado en el Ministerio de Propaganda y miembro del Partido Nacionalsocialista. A partir de 1938, director de la División de Prensa Alemana, y en 1942 Jefe de la División de Radio del Ministerio de Propaganda, encargado del control y censura de todas las noticias. Absuelto en el Proceso de Núremberg, en 1947 fue condenado a nueve años de trabajos forzados y en 1950 liberado por buena conducta.

 

 

Gestapo (Geheime Staatspolizei): Policía política secreta creada en 1933 para descubrir y perseguir delitos políticos o raciales. En 1936 Himmler se convirtió en jefe de toda la Policía y la Gestapo pasó a depender de las SS y a integrarse en el Partido Nacionalsocialista. En 1946 fue condenada por ser una «organización criminal» en el Juicio de Núremberg.

 

Goebbels-Joseph Goebbels (1897-1945): miembro del Partido Nacionalsocialista desde 1924; en 1926 Gauleiter (jefe de distrito) de Berlín; en 1933 ministro de Propaganda e Instrucción Popular. Presidente de la Cámara de Cultura del Reich, perteneció al círculo más estrecho de Hitler, y como seguidor de éste tuvo una participación decisiva en la ejecución de los crímenes nazis; se quitó la vida tras el suicidio de Hitler.

 

Göring-Hermann Göring (1893-1946): en 1933 primer ministro de Prusia, ministro de Aviación del Reich; en 1935, comandante de la Luftwaffe; en 1938, mariscal de campo; en 1940, mariscal del Reich; en 1939 fue nombrado oficialmente sucesor de Hitler. En abril de 1945 fue destituido de todos sus cargos y detenido acusado de intentar cooperar con los aliados. En 1946 fue condenado a muerte en el Juicio de Núremberg como corresponsable de guerras de agresión, persecución estatal de los judíos y trabajos forzados. Se suicidó con veneno poco antes de su ejecución.

 

 

Himmler-Heinrich Himmler (1900-1945): desde 1929 jefe de las SS; en 1933 jefe de la Policía de Múnich y en 1936 de la Policía Alemana. Desde 1943, ministro del Interior y procurador general del Reich; tras el atentado contra Hitler ocurrido el 20 de julio de 1944, comandante en jefe del Ejército de Reserva y organizó la milicia «Volkssturm» como un último esfuerzo. Fue responsable de la organización y ejecución del genocidio de los judíos europeos, de la política de colonización, de la lucha contra los partisanos, del programa de trabajos forzados. Se suicidó en mayo de 1945 siendo prisionero de los británicos.

 

 

Juventudes Hitlerianas (Hitlerjugend): organización juvenil del Partido Nacionalsocialista fundada en 1926. A partir de 1933, única asociación juvenil estatal destinada al adiestramiento ideológico y al fortalecimiento físico; los chicos se integraban en las Juventudes Hitlerianas, las chicas en la Asociación de Jóvenes Alemanas; tras la introducción del «servicio juvenil obligatorio», en 1936 casi todos los jóvenes alemanes estaban integrados en ellas debido a la afiliación obligatoria.

 

 

Napola (Nationalpolitische Erziehungsanstalt)-Escuela Política Nacional: internados-escuela destinados a formar a las clases dirigentes del estado nacionalsocialista; los primeros alumnos se integraron mayoritariamente en la Wehrmacht (Fuerzas Armadas) y en las Waffen-SS (SS Armadas); al final de la guerra existían 43 Napolas, tres de ellas para chicas.

 

 

Organización de la Ayuda Invernal (Winterhilfswerk): «Organización de la Ayuda Invernal del Pueblo Alemán», desde 1932-1933 llevó a cabo colectas públicas para ayudar a los necesitados con un gran despliegue propagandístico.

 

Organización de Mujeres (Frauenschaft): organización femenina del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, fundada en 1931 mediante la fusión de varias asociaciones de mujeres; se encargaba de la formación ideológica y práctica de amas de casa y mujeres campesinas (las mujeres trabajadoras estaban integradas en el Frente Alemán del Trabajo, las jóvenes en la Asociación de Jóvenes Alemanas).

 

Organización Todt: fundada en 1938, lleva el nombre de su fundador Fritz Todt. Encargada entre otras cosas de la construcción de obras militares de fortificación; actuó tanto en Alemania como en los territorios ocupados; se desarrolló hasta convertirse en la organización bélica más importante aparte de las Fuerzas Armadas y las SS; a partir de 1943 se utilizaron en las obras de esta organización trabajadores forzados y prisioneros de guerra.

 

 

Partido Comunista Alemán (Kommunistische Partei Deutschlands-KPD): fundado en Berlín el 30 de diciembre de 1918 tras unirse la Liga Espartaquista y la Internacional Comunista Alemana. Tras el incendio del Reichstag en 1933 se anularon los mandatos de los diputados comunistas; el partido comunista alemán nunca fue prohibido oficialmente por el régimen nacionalsocialista, pero su estructura fue destruida, sus miembros internados en campos de concentración, detenidos u obligados a exiliarse o a pasar a la clandestinidad.

 

Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (Nationalsozialistische Deutsche Arbeiterpartei-NSDAP): fundado en 1919 con el nombre de Partido Obrero Alemán, en 1920 pasó a convertirse en el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, presidido desde 1921 presidido por Adolf Hitler; éste, de acuerdo con el principio de autoridad, determinó en solitario las directrices del partido. Su emblema era la cruz gamada; organización regional en distritos, circunscripciones, grupos locales, células y bloques; incorporó a numerosas asociaciones (entre ellas las SA, las SS, las Juventudes Hitlerianas, la Organización de Mujeres, la Asistencia Social Nacionalsocialista); en 1945 fue disuelto y prohibido por los aliados como «organización criminal».

 

 

SA (Sturmabteilung-Secciones de Asalto): asociación defensiva fundada en 1921 que en 1925 se integró en el Partido Nacionalsocialista. Caracterizada por sus uniformes pardos, organizaba desfiles propagandísticos, actos de terrorismo callejero y de provocación a los enemigos políticos; en 1933, nombrada en Prusia «policía auxiliar» con plenos poderes. Los primeros campos de concentración estuvieron bajo la dirección de las SA; los enfrentamientos entre la dirección del Reich y las SA por el papel de éstas como «milicia popular» en competencia con la Reichswehr concluyeron en 1934 con la liquidación de los dirigentes de las SA; posteriormente las SA continuaron perdiendo importancia frente a las SS, pero en los pogromos de 1938 volvieron a actuar a nivel estatal.

 

Schirach-Baldur von Schirach (1907-1974): dirigente de las Juventudes del Reich de 1933 a 1940 y responsable de la educación extraescolar; desde 1940, Gauleiter (jefe de distrito) y Reichsstatthalter (gobernador del Reich) de Viena; acusado en el Juicio de Núremberg, en 1946 fue condenado a veinte años de prisión.

 

Servicio de Seguridad (Sicherheitsdienst-SD): servicio de inteligencia integrado en las SS.

 

Servicio de Trabajo del Reich (Reichsarbeitsdienst): desde 1935 se estableció un servicio de trabajo obligatorio de seis meses para los hombres de edades comprendidas entre los dieciocho y los veinticinto años. A partir del comienzo de la Segunda Guerra Mundial este servicio también fue obligatorio para las mujeres; el salario era apenas superior al subsidio de desempleo.

 

SS (Schutzstaffel-Escuadrones de Defensa): fundadas en 1925 para la protección personal de Adolf Hitler y asegurar las reuniones del Partido Nacionalsocialista. Al principio estuvieron supeditadas a las SA, pero desde el año 1934 se convirtieron en una organización autónoma paramilitar del partido nazi; a partir de 1929 bajo el mando de Himmler se convirtieron en una especie de «policía del Partido» y de «ejecutiva del Führer», que, entre otras cosas, suministró los cuerpos de guardia para los campos de concentración; las SS practicaron crímenes de guerra (ejecuciones masivas de civiles en los países ocupados, destierro de la población no alemana) y tuvieron una participación decisiva en el Holocausto. En el Juicio de Núremberg fue declarada una «organización criminal».

 

Streicher-Julius Streicher (1885-1946): desde 1923 editor del semanario antisemita Der Stürmer («El atacante»), Gauleiter (jefe de distrito); en 1933 diputado en el Reichstag; en 1934 general de división (Gruppenführer) de las SA. En 1935 participó en la aprobación de las leyes antisemitas de Núremberg. En 1940 fue despojado de todos sus cargos en un juicio del partido por delitos personales, pero conservó el rango de Gauleiter y siguió siendo el editor de Der Stürmer. Condenado a muerte en los Juicios de Núremberg, fue ejecutado.

 

 

Völkischer Beobachter («Observador del Pueblo»): diario desde 1923, órgano del Partido Nacionalsocialista (con el subtítulo: «Periódico de combate del movimiento nacionalsocialista de la Gran Alemania»), después de 1933 llegó a convertirse en el periódico oficial del gobierno y tenía una gran tirada.

 

SOBRE ESTA EDICIÓN

 

La edición se basa en el manuscrito mecanografiado que se utilizó para imprimir la primera edición (Aufbau-Verlag, 1947). Se encuentra en el archivo de la editorial Aufbau (Staatsbibliothek, Berlín, Preussischer Kulturbesitz, depósito 38). Este texto muestra por primera vez la versión original no abreviada de la novela; el capítulo 17 se incluye en su integridad.

El texto original se recuperó suprimiendo las tachaduras realizadas por el editor Paul Wiegler. Estas eliminaciones no su ponen cambios fundamentales en el texto, pero lo muestran en su tono auténtico, justo como había pretendido Fallada. Es pecial interés merecen las supresiones de motivación política, por ejemplo la eliminación de la pertenencia al Partido de la cartera Eva Kluge y la afiliación de Anna Quangel a la Organización de Mujeres.

En su conjunto, esta versión de Solo en Berlín, es la traducción de ese texto original e íntegro del autor, anterior a las correcciones y eliminaciones que se hicieron en 1947.

 

 

Título original: Jeder stirbt für sich allein

© Aufbau verlag gmbH & CO. Kb, BERLÍN., 2011

© de la traducción, Rosa Pilar Blanco

© de la cubierta, OPALWORKS SOBRE IMAGEN DE MARY EVANS PICTURE LIBRARY

© Maeva Ediciones, 2011

Benito Castro, 6

28028 MADRID

emaeva@maeva.es

www.maeva.es

ISBN: 978-84-15120-45-2

Conversión a formato digital: Newcomlab, S.L.L., 2010

 

 

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27 de enero de 2012

notes

 

1. Obligación impuesta a los judíos de vender sus propiedades a «arios». [N. de la T.]

2. Las NPEA o Napola (Nationalpolitische Erziehungsanstalt, Establecimiento de Educación Nacional-política) eran escuelas donde se preparaba a una selecta minoría de alumnos entre los diez y los dieciocho años para ser los futuros dirigentes políticos. [N. de la T.]

3. Volksempfänger en el original: los «receptores populares» fueron una serie de receptores de radio desarrollados por Otto Griessing para la empresa Seibt a petición de Joseph Goebbels. [N. de la T.]

4. Obersturmbannführer: jefe superior de unidad de asalto. Equivale a teniente coronel.

5. Cruz de Honor de la Madre Alemana, condecoración creada por Hitler en 1938 para aumentar el índice de natalidad. [N. de la T.]

6. Rango paramilitar de las Sturmabteilung (SA) y posteriormente grado militar de las Schutzstaffel (SS), así como de las Waffen SS, todas ellas organizaciones del Partido Nazi y de Alemania durante el período de 1925 a 1945. El rango de Obergruppenführer equivalía al de teniente general que existía en el Ejército español y en los latinoamericanos. Es superior al de general de división (Gruppenführer) e inmediatamente inferior al de capitán general (Oberstgruppenführer). [N. de la T.]

1. Datos biográficos más detallados en Jenny Williams:Mehr Leben als eins. Hans Fallada. Eine Biographie, Aufbau Verlag, Berlín, 2002.

2. Hoy llamado Rudolf-Ditzen-Weg.

3. Fallada a Ernst Rowohlt, 26-11-1945, cfr. Günter Caspar: Im Umgang. Zwölf Autoren-Konterfeis und eine Paraphrase, Aufbau Verlag, Berlín y Weimar, 1984, p. 73 s.

4. Ibíd.

5. Abundante documentación sobre la creación de la novela y su contexto autobiográfico e histórico en Manfred Kuhnke: Die Hampels und die Quangels. Authentisches und Erfundenes in Hans Falladas letztem Roman, ed. por Literaturzentrum Neubrandenburg e.V., Federchen Verlag, Neubrandenburg, 2001.

6. Heinz Willmann: Steine klopft man mit dem Kopf. Lebenserinnerungen, Verlag Neues Leben, Berlín, 1977, p. 294 s.

7. Ibíd.

8. En: Aufbau, Kulturpolitische Monatsschrift, nº 3, noviembre, 1945.

9. Las actas del proceso contra Otto y Elise Hampel se encuentran en el Bundesarchiv, Berlín, BArch NJ 36 1-4. Se sabe que Fallada no conoció las actas completas también porque echó de menos las fotos policiales de Elise Hampel, que sin embargo figuran en el conjunto de actas conservadas.

10. Los investigadores difieren al evaluar el manejo de Fallada de las actas; cfr. al respecto Kuhnke, op. cit., pp. 21 ss.

11. Cfr. archivo de la editorial Aufbau conservado en la Staatsbibliothek de Berlín, depósito 38 [en adelante SBB Dep 38], 0583, 0136f.

12. Cfr. Günter Caspar: «Hans Fallada, Geschichtenerzähler», en: Hans Fallada: Ausgewählte Werke in Einzelausgaben IX, Märchen und Geschichten, Aufbau Verlag, Berlín y Weimar, 1985. El diario Tägliche Rundschau apareció a partir de mayo de 1945 como Zeitung für Politik, Wirtschaft und Kultur, editado por la Administración Militar Soviética.

13. Hans Fallada a Kurt Wilhelm, 17-3-1946, SBB Dep 38, 0583 0172. Fallada también mencionó sus dificultades con el argumento en una conferencia radiofónica pronunciada en 1946, cfr. Kuhnke, op. cit., p. 24 s.

14. La DEFA no llegó a filmar la novela. En la RDA se rodó una serie televisiva en tres partes (1970, dir. por Hans Joachim Kaszprizik) y en la RFA una película televi siva (1962, dir. Falk Harnack) y otra cinematográfica (1975, dir. Alfred Vohrer).

15. Hans Fallada a Kurt Wilhelm, 21 de octubre de 1946, SBB Dep 38, 0583 0135.

16. Hans Fallada a Kurt Wilhelm, 30 de octubre de 1946, SBB Dep 38, 0583 0119.

17. Hans Fallada a Kurt Wilhelm, 5 de noviembre de 1946, SBB Dep 38, 0583 0117.

18. Hans Fallada a Kurt Wilhelm, 17 de noviembre de 1946, SBB Dep 38, 0583 0161.

19. Hans Fallada a Kurt Wilhelm, 24 de noviembre de 1946, SBB Dep 38, 0583 0160.

20. Hans Fallada a Anna Ditzen, 27 de octubre de 1946, cit. en Williams, op. cit., p. 339.

21. SBB Dep 38, 0583 0167f.

22. Hans Fallada a Kurt Wilhelm, s/f, SBB Dep 38, 0583 0156.

23. Kurt Wilhelm a Hans Fallada, 23 de diciembre de 1946, SBB Dep 38, 0583 0155.

24. Kurt Wilhelm a Hans Fallada, 31 de diciembre de 1946, SBB Dep 38, 0583 0153.

25. Kurt Wilhelm a Hans Fallada, 11, 18 y 27 de enero de 1947, SBB Dep 38, 0583 0152, 051, 0150.

26. SBB Dep. 38, M 0624 a-d.

27. Una comparación caligráfica con un texto manuscrito del Archivo Paul Wiegler que se conserva en el Archiv der Akademie der Künste, Berlín, confirma la identidad en la mayoría de los casos; otras correcciones son de mano desconocida. La primera edición señala «Edición al cuidado de Paul Wiegler».

28. SBB Dep. 38, 0583 0122-0127.

29. Los nombres son: Kappus, Berghaus, Wohlgemuth, Nowak. Kappus se trata seguramente de Franz Xaver Kappus; existen cartas suyas en el Archivo Wiegler que permiten concluir que hubo contactos entre ambos. No hay datos de los demás expertos que debieron de ser, al igual que Wiegler, anteriores colaboradores de las editoriales Ullstein o Deutsches Verlag o bien trabajaron para la Neue Berliner Illustrierte.

30. Un oficial cultural soviético examinó la novela para una posible edición en el diario Tägliche Rundschau, cfr. Hans Fallada a Kurt Wilhelm, 29 de noviembre de 1946, SBB Dep 38, 0583 0157.

31. Cfr. Carsten Wurm:Jeden Tag ein Buch. 50 Jahre Aufbau-Verlag 1945-1995, Aufbau-Verlag, Berlín, 1955, p. 31 s.

32. La edición de la obra a cargo de Günter Caspar de 1981 se basó también en esa versión, realizándose sólo correcciones de puntuación y ortografía.

33. Cfr. Williams, op. cit., p. 343 s.

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