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© Libro N° 4026. Solo En Berlín. Tercera Parte. Fallada, Hans. Colección E.O. Julio 29 de 2017.

Título original: ©  Solo En Berlín. Tercera Parte. Hans Fallada

 

Versión Original: © Solo En Berlín. Tercera Parte. Hans Fallada

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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SOLO EN BERLÍN

TERCERA PARTE

Hans Fallada

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

TERCERA PARTE

La suerte le da la espalda

a los Quangel

 

Capítulo 34

TRUDEL HERGESELL

 

 

Los Hergesell viajaron en tren desde Erkner a Berlín. Trudel Baumann había perdido su apellido, el amor tenaz de Karl había vencido, se habían casado, y en esos momentos, corría el funesto año de 1942, Trudel se encontraba en su quinto mes de embarazo.

Con la boda ambos habían renunciado asimismo a su trabajo en la fábrica de uniformes; tras la dolorosa experiencia con Grigoleit y Bebé ya nunca volvieron a sentirse a gusto en ella. Él trabajaba ahora en una fábrica química en Erkner, mientras que Trudel se ganaba unos marcos adicionales como modista a domicilio. La pareja recordaba la época de su actividad ilegal con ligera vergüenza. Ambos eran conscientes de que habían fracasado; pero ahora sabían que no eran aptos para una actividad clandestina, que exigía un postergamiento total del propio yo. Ahora sólo vivían para disfrutar de la felicidad doméstica y de la alegría anticipada por el hijo que esperaban.

Cuando abandonaron Berlín y se trasladaron a Erkner, pensaron que allí, lejos del Partido y de sus exigencias, lograrían vivir en paz. Al igual que muchos habitantes de la gran ciudad, profesaban la errónea creencia de que los soplones sólo eran tan malos en Berlín, que en el campo, en una ciudad pequeña, seguía reinando la decencia. Y como muchos habitantes de la gran ciudad habían comprobado que precisamente las denuncias, las escuchas y el espionaje eran diez veces peores en una población pequeña que en la gran ciudad. En una ciudad pequeña nunca podías perderte entre la masa, todos eran claramente visibles, tus circunstancias personales se conocían con gran rapidez, evitar conversaciones con los vecinos era casi imposible, y ya en un par de ocasiones habían experimentado con pesar hasta qué punto podían tergiversarse tales conversaciones.

Puesto que ninguno de los dos estaba afiliado al NSDAP, ambos participaban en todas las colectas con la menor aportación posible y tendían a vivir exclusivamente para sí mismos; como ambos preferían leer a acudir a mítines, Hergesell, con sus largos cabellos oscuros siempre alborotados y sus ardientes ojos negros parecía un verdadero socialista y pacifista (en opinión de los miembros del Partido nazi), y Trudel había dicho en cierta ocasión en un minuto de irreflexión que los judíos eran dignos de lástima... no tardaron en ser considerados políticamente sospechosos, hasta el punto de que vigilaban cada uno de sus pasos e informaban de todas y cada una de sus palabras.

Los Hergesell sufrían en el ambiente en que se veían obligados a vivir en Erkner. Pero se persuadieron de que no debían preocuparse por eso, de que no podría pasarles nada, pues no luchaban contra el Estado. «Los pensamientos son libres», decían, pero habrían tenido que saber que en ese Estado ni siquiera los pensamientos eran libres.

Así que se refugiaban cada vez más en su felicidad amorosa. Eran dos amantes que, en medio de una inundación, a merced de las olas, entre los edificios desplomándose y el ganado ahogándose, se aferran el uno al otro creyendo que su unión, su amor, los librará de la catástrofe general. Aún no habían comprendido que en esa Alemania en guerra la vida privada había dejado de existir. Que ningún repliegue te libraba de pertenecer a la comunidad de los alemanes y tenías que sufrir el destino de los demás alemanes, al igual que las bombas cada vez más numerosas caían al azar tanto sobre los justos como sobre los pecadores.

Los Hergesell se separaron en la plaza Alexander. La mujer tenía que entregar un pequeño encargo de costura en la calle Kleine Alexander, mientras que el marido deseaba examinar un carrito infantil cuya venta había visto anunciada. Acordaron reencontrarse en la estación hacia el mediodía, y cada uno se fue por su camino. Trudel Hergesell, a la que el embarazo, tras las molestias iniciales, había infundido ahora, en el quinto mes, un sentimiento de confianza en sí misma y una felicidad desconocida hasta entonces, llegó deprisa a la calle Kleine Alexander y entró en el portal.

Un hombre subía por las escaleras por delante de ella. Sólo lo veía de espaldas, pero lo reconoció en el acto por la postura característica de su cabeza, por la nuca rígida, la figura alta, los hombros erguidos: era Otto Quangel, el padre de su antiguo prometido, el hombre al que en su día había revelado el secreto de su organización clandestina.

Se detuvo sin darse cuenta. Era obvio que Quangel aún no se había percatado de su presencia. Subía las escaleras sin prisa, pero sin pausa. Ella lo siguió desde un piso más abajo, siempre dispuesta a detenerse inmediatamente en cuanto Quangel llamase a una de las numerosas puertas de ese edificio de oficinas.

Pero en lugar de llamar, ella lo vio detenerse junto a uno de los ventanales de la escalera, sacar una postal del bolsillo y depositarla en la repisa de la ventana. Al hacerlo, su mirada se encontró con la de la observadora. Pero a Quangel no se le notó si la había reconocido o no, y bajó por la escalera sin mirarla cuando pasó a su lado.

Cuando llegó un poco más abajo, la joven corrió hacia la ventana y recogió la postal. Sólo leyó las primeras palabras: «¿Acaso no habéis comprendido todavía que el Führer os mentía ignominiosamente cuando dijo que Rusia se preparaba para invadir Alemania?».

Echó a correr detrás de Quangel.

Lo alcanzó cuando salía del edificio, se apresuró a ponerse a su lado y preguntó:

—¿No me has reconocido hace un momento, padre? ¡Soy yo, Trudel, la Trudel de Otto!

El hombre giró la cabeza y a ella le pareció que jamás había tenido la impronta dura y furiosa de un pájaro como en ese instante. Durante un momento creyó que se negaba a reconocerla, pero después esbozó una leve inclinación de cabeza y dijo:

—Tienes buen aspecto, muchacha.

—Sí —reconoció, con los ojos resplandecientes—. Además, no me había sentido nunca tan fuerte y tan feliz. Espero un hijo. Me he casado. ¿No te enfadas, padre?

—¿Por qué iba a enfadarme contigo? ¿Por casarte? No seas tonta, Trudel, eres joven y Otto lleva casi dos años muerto. No, ni siquiera Anna te reprocharía haberte casado, y eso que ella sigue pensando día tras día en su pequeño Otto.

—¿Qué tal está?

—Como siempre, Trudel, como siempre. Nosotros, los viejos, ya cambiamos poco.

—¡Sí! —replicó, deteniéndose—. ¡Sí! —Su rostro adoptó una expresión muy seria—. Sí, han cambiado muchas cosas en vosotros. ¿Te acuerdas de la vez que estuvimos en aquel pasillo de la fábrica de uniformes, debajo de los carteles de las ejecuciones? Entonces me previniste...

—No sé de qué me hablas, Trudel. Los viejos olvidan muchas cosas.

—Hoy soy yo la que te previene, padre —prosiguió en voz baja con tono muy insistente—. He visto cómo dejabas la postal en la escalera de ese edificio, esa terrible postal que ahora llevo en mi bolso.

Él la miraba de hito en hito con sus ojos fríos, que ahora parecían brillar enfadados.

—Padre, se trata de tu cabeza —susurró—. Al igual que yo, pueden haberte observado otros. ¿Sabe madre lo que estás haciendo? ¿Lo haces a menudo?

Quangel guardó silencio durante tanto rato que ella pensaba que no quería contestarle. Pero de pronto dijo:

—Ya sabes, Trudel, que no hago nada sin mi mujer.

—¡Oh! —exclamó la joven y sus ojos se llenaron de lágrimas—. Me lo temía. También has comprometido a madre.

—Madre perdió a su hijo. Ella aún no lo ha superado... no lo olvides, Trudel.

Las mejillas de la joven se tiñeron de rojo, como si le hubiera hecho un reproche.

—Creo que Otto no estaría de acuerdo si viera a su madre metida en algo así —murmuró Trudel.

—Cada cual sigue su camino, Trudel. —contestó Otto Quangel con tono gélido—. Tú, el tuyo, nosotros, el nuestro. Sí, nosotros seguimos nuestro camino. —Echó de golpe la cabeza hacia atrás y luego hacia delante, fue como si el pájaro asestara un picotazo—. Y ahora tenemos que separarnos. Que te vaya bien, Trudel, con tu hijito. Saludaré a madre de tu parte... quizá.

Y ya se había ido.

Después regresó.

—Esa postal no la guardes en el bolso, ¿comprendes? —le recomendó— Déjala en cualquier sitio, como he hecho yo. Y a tu marido no le cuentes una palabra, ¿me lo prometes, Trudel?

Esta asintió con suavidad, limitándose a mirarlo asustada.

—Y después nos olvidarás. Olvidarás todo sobre los Quangel; si vuelves a verme alguna vez, no me conoces, ¿entendido?

Nuevo asentimiento de cabeza.

—Entonces, que te vaya bien —repitió, y esta vez se marchó de verdad, con la de cosas que ella habría querido decirle.

Cuando Trudel dejó la postal de Otto Quangel, sintió todos los miedos que experimenta un delincuente que teme ser sorprendido y optó por no seguir leyéndola. Destino trágico también el de esa postal de Otto Quangel, hallada por una persona amiga, mas tampoco esta surtió efecto. También fue escrita en vano, también a su destinataria le asaltó el deseo de librarse de ella lo antes posible.

Cuando Trudel depositó la postal justo en la misma repisa de la ventana donde la había dejado Quangel (a ella ni se le habría pasado por la cabeza elegir otro sitio), subió deprisa los últimos peldaños y llamó al timbre del bufete de un abogado para cuya secretaria estaba haciendo un vestido... con una tela robada en Francia y enviada a la secretaria por un amigo suyo que estaba en el Servicio de Seguridad del Führer.

Mientras se lo probaba, Trudel sintió escalofríos y de repente se le nubló la vista. Tuvo que echarse en el despacho del abogado —éste había salido a una cita— y más tarde tomarse un café, muy bueno y auténtico (robado en Holanda por otro amigo de las SS).

Pero mientras todo el personal del bufete le prestaba ayuda con amabilidad —su estado era difícil de pasar por alto, porque llevaba toda la carga «delante»—, Trudel Hergesell pensaba: Tiene razón, nunca debo decirle nada de esto a Karl. Ojalá no sea perjudicial para el bebé, esto me ha alterado muchísimo. ¡Ay, padre, no debería hacer algo así! ¿Es que no piensa en el peligro y en el miedo al que expone a la gente con eso? ¡Bastante dura es ya la vida!

Cuando volvió a bajar por la escalera, la postal había desaparecido. Soltó un suspiro de alivio, pero ese alivio no perduró. No podía evitarlo, tenía que pensar en su posible descubridor, en si esa persona se habría llevado el mismo susto que ella, en qué haría con la postal. Todos sus pensamientos giraban en torno a ese asunto.

Trudel no regresó a la plaza Alexander con la misma presteza que a la ida. En realidad pretendía hacer unos recados, pero no se sintió capaz. Se sentó muy quieta en la sala de espera, confiando en que Karl llegase pronto. Cuando estuviera allí, se le pasaría el susto que tenía metido en el cuerpo... aunque no le dijera nada. Su mera presencia lo lograría...

Sonrió y cerró los ojos.

¡El bueno de Karl!, pensó ella. ¡Mi único...!

Y se quedó dormida.

 

Capítulo 35

KARL HERGESELL Y GRIGOLEIT

 

 

Karl Hergesell no pudo consumar el trueque del cochecito infantil, lo que le provocó un monumental enfado. El cochecito tenía veinte o veinticinco años de antigüedad, era un modelo antediluviano, seguro que Noé condujo en él a su hijo menor hasta el arca. La anciana pidió a cambio una libra de mantequilla y otra de tocino. Con una tenacidad increíble insistió en que «¡Vosotros en el campo tenéis de todo! ¡Nadáis en la abundancia!».

Era una verdadera desvergüenza lo que la gente exigía. Hergesell aseguró en vano que Erkner era cualquier cosa menos el campo y que allí no recibían ni un gramo de comida más que en Berlín. Además él era un obrero modesto y no estaba en situación de pagar esos precios de estraperlistas.

—¿Se figura usted que yo me separaría de un cochecito en el que he llevado a mis dos hijos si no consiguiera algo bueno a cambio? —había argumentado la mujer—. ¡Usted pretende arreglarlo poniendo unos cochinos marcos encima de la mesa! ¡No, muchas gracias, señor, para eso búsquese a otra más tonta!

Hergesell, que no se habría llevado el cochecito, un cachivache de ruedas altas que se balanceaba sobre sus resortes, por cincuenta marcos, insistió en que era una desvergüenza. Y además, ella estaba cometiendo un delito porque estaba prohibido pedir comida a cambio de mercancía.

—¿Un delito? —La vieja soltó un silbido despectivo por la nariz—. ¿Un delito? ¡Pues intente denunciarme, joven! Mi marido es sargento mayor de la policía, para nosotros no hay delitos que valgan. Y ahora salga ahora mismo de esta casa. ¡No pienso tolerar que me griten en mi propio domicilio! Contaré hasta tres, y si para entonces no se ha ido, será allanamiento de morada, y seré yo quien lo denuncie a usted.

Karl Hergesell volvió a cantarle las cuarenta antes de irse. Le dijo bien claro lo que pensaba de esos explotadores que se aprovechaban de la situación de necesidad de muchos alemanes. Después se marchó, muy enfurecido.

Y poseído por la ira se tropezó con Grigoleit, el hombre de la época en la que luchaban por un futuro mejor.

—¡Hombre, Grigoleit! —dijo Hergesell al cruzarse con esa figura alta de frente amplia y huidiza y cargada con dos maletas y una cartera—. ¿Qué, otra vez en Berlín? —Agarró una maleta—. ¡Demonios, cómo pesa! ¿Vas a la plaza Alexander? Yo también me dirijo hacia allí, te echaré una mano.

Grigoleit esbozó una leve sonrisa.

—Gracias, Hergesell, eres muy amable. Veo que sigues siendo el viejo camarada altruista. ¿Qué es de tu vida? ¿Y qué hace la pequeña y bonita chica de entonces... cómo se llamaba?

—Trudel, Trudel Baumann. Pues me casé con la pequeña y bonita chica de entonces, y ahora estamos esperando un niño.

—Bueno, era previsible. Felicidades.

El cambio de vida de los Hergesell no parecía interesar en demasía a Grigoleit... mientras que para Karl Hergesell era una fuente de la que manaba a borbotones una felicidad incesante y renovada.

—¿Y tú a qué te dedicas, Hergesell? —siguió preguntando Grigoleit.

—¿Yo? ¿Quieres decir en qué trabajo? Otra vez como electrotécnico en una fábrica química de Erkner.

—No, Hergesell, me refiero a qué haces de verdad por nuestro futuro.

—Nada, Grigoleit —contestó el aludido sintiendo de repente una especie de culpabilidad. Y luego explicó—: Mira, Grigoleit, llevamos poco tiempo casados y sólo vivimos para nosotros. ¿Qué nos importa el mundo de ahí fuera y su guerra de mierda? Ahora somos felices porque vamos a tener un hijo. Y eso también es algo, Grigoleit. Esforzarnos por seguir siendo decentes y educar a nuestro hijo para que se convierta en una persona decente...

—¡Pues os resultará muy difícil en el mundo que nos preparan los señores pardos! Bah, déjalo, Hergesell, de vosotros nunca se ha podido esperar otra cosa. Siempre habéis pensado más con el bajo vientre que con la cabeza.

Hergesell enrojeció de furia. Grigoleit hablaba con desprecio insuperable. Pero al mismo tiempo, ni siquiera parecía haberlo dicho con intención de ofender, pues sin darse cuenta de la ira del otro, prosiguió con absoluta indiferencia:

—Yo continúo, y Bebé, también. No, aquí, en Berlín, no. Ahora estamos mucho más al oeste, es decir, yo no estoy nunca, viajo sin parar, soy una especie de correo...

—¿Y de verdad esperáis grandes resultados de vuestra actuación? ¿Unos pocos hombrecillos contra esa maquinaria gigantesca...?

—En primer lugar, no somos unos hombrecillos. Todo alemán decente, y todavía quedan dos o tres millones, colaborará con nosotros. Primero han de liberarse de su miedo. Ahora su miedo al futuro que nos deparan los mandamases pardos aún es menor que el miedo a las amenazas del presente. Pero esto cambiará pronto. Hitler trinfará durante cierto tiempo, pero después vendrán los reveses, él sencillamente está engordando para morir. Y los ataques aéreos también serán cada vez más masivos...

—¿Y en segundo? —preguntó Hergesell que se aburría soberanamente con los pronósticos bélicos y las divagaciones de Grigoleit—. En segundo...

—En segundo lugar, amiguito, deberías saber que carece de importancia que muy pocos luchen contra muchos. Lo importante es que cuando has reconocido una causa como verdadera, debes luchar por ella. Y es indiferente que obtengas éxito o lo haga el que te sustituya. Yo no puedo cruzarme de brazos y decir: Son unos cerdos, pero ¿a mí qué me importa?

—Sí, claro —replicó Hergesell—, pero tú tampoco estás casado, no tienes una mujer y un hijo por los que velar...

—¡Maldita sea tu estampa! —gritó Grigoleit, asqueado—. ¡Abandona ya esa maldita cháchara sentimentaloide! ¡Ni tú mismo crees una palabra de lo que balbuceas! ¡Mujer e hijo! ¿Es que no se te ocurre, idiota, que habría podido casarme ya veinte veces si me hubiera interesado fundar una familia? Pero no lo he hecho. Me digo que sólo tendré derecho a la felicidad privada cuando haya espacio en este mundo para una felicidad semejante.

—Nos hemos distanciado mucho —murmuró Karl Hergesell con cierto tono de tedio—. Yo no privo a nadie de nada con mi felicidad.

—¡Sí, tú robas! Robas los hijos a sus madres, los maridos a sus mujeres, el novio a las chicas consintiendo que millares de seres humanos sean fusilados a diario sin mover un dedo para detener esos crímenes. Lo sabes de sobra, y me pregunto si no serás casi peor que cualquier nazi pardo hasta la médula. Esos son demasiado estúpidos para saber los crímenes que comenten. ¡Pero tú sí lo sabes y no haces nada para evitarlo! ¿Que no eres peor que los nazis? ¡Pues claro que sí!

—A Dios gracias ya hemos llegado a la estación —dijo Hergesell depositando en el suelo la pesada maleta—. No pienso seguir dejándome insultar más tiempo. Si siguiéramos juntos un rato más, concluirías que la guerra no la inició Hitler, sino yo.

—¡Y así ha sido! En sentido figurado, claro está. Hablando con rigor, tu tibieza es la que ha hecho posible que...

Hergesell se echó a reír, y también el sombrío Grigoleit esbozó una sonrisa al contemplar su expresión risueña.

—¡Bueno, dejémoslo! —exclamó Grigoleit—. Jamás nos entenderemos. —Se pasó la mano por su frente despejada—. Pero la verdad es que podrías hacerme un favor, Hergesell.

—Con mucho gusto, Grigoleit.

—Se trata de esta cochina maleta tan pesada que acabas de cargar hasta aquí. Dentro de una hora tengo que continuar viaje a Königsberg, pero allí no la necesitaré para nada. ¿Podrías guardármela mientras tanto?

—Oye, Grigoleit —contestó Hergesell, mirando con aversión la pesada maleta—, ya te he dicho que ahora vivo en Erkner. Y hasta allí será una carga excesiva. ¿Por qué no dejas la maleta aquí, en consigna?

—¿Que por qué? ¿Por qué es curvo el plátano? Porque no me fío de esta gente. Llevo dentro toda mi ropa, y los zapatos, y los mejores trajes. Y aquí roban a mansalva. Aparte caen bombas, ya sabes que a los Tommy s les encanta bombardear las estaciones... entonces perdería todo lo que poseo. —Y apremiándolo—: Vamos, di que sí, Hergesell.

—Bueno, vale. A mi mujer no le parecerá bien. Pero por ser tú... Aunque, sabes, Grigoleit, preferiría no contarle a mi mujer que me he encontrado contigo. Se pondría nerviosa, y en su estado actual eso no es bueno para ella ni para el niño.

—Vale, vale. Haz lo que quieras. Lo importante es que me la guardes bien. Dentro de una semana más o menos volveré y me llevaré esa maleta que pesa un quintal. Dame tu dirección. Vale, vale. Entonces, hasta pronto, Hergesell.

—¡Adiós, Grigoleit!

Karl Hergesell entró en la sala de espera para reunirse con Trudel. La encontró acurrucada en un rincón oscuro, la cabeza apoyada en el respaldo del banco, profundamente dormida. La contempló durante un instante. Respiraba con suavidad, su pecho turgente subía y bajaba levemente. Tenía la boca entreabierta y el semblante muy pálido. Parecía preocupada, y gotitas de sudor claras se diseminaban por su frente, como si acabara de hacer un tremendo esfuerzo.

Inclinó la vista hacia su amada. De repente, con súbita decisión, agarró la maleta de Grigoleit y se aproximó con ella a la consigna. No, ahora para Karl Hergesell lo más importante del mundo era que a Trudel no le asaltaran pensamientos sombríos, ni se inquietase. Si se llevaba la maleta a Erkner, tendría que hablarle de Grigoleit, y sabía que cualquier recuerdo sobre la «condena a muerte» de entonces le preocupaba sobremanera.

Al regresar a la sala de espera con el resguardo de la consigna de equipajes, Trudel, ya despierta, se está pintando los labios. Le sonríe, un poco pálida, y pregunta:

—¿Cómo es que acarreabas una maleta tan enorme, Karl? ¡Seguro que no contenía un cochecito de bebé!

—¿Maleta enorme? —finge asombro—. ¡No tengo ninguna maleta enorme! Acabo de llegar, y lo del cochecito ha sido un fracaso, Trudel.

Su esposa lo mira atónita. ¿Le miente su marido? ¿Por qué? ¿Qué secretos oculta? Porque acaba de verlo con toda claridad junto al mostrador con la maleta, y después dar media vuelta y abandonar la sala de espera con ella.

—¡Pero Karl! —exclama un poco ofendida—. Si acabo de verte junto al mostrador con la maleta.

—¿De dónde iba a sacar yo una maleta, mujer? —responde ligeramente irritado—. ¡Lo has soñado, Trudel!

—No entiendo a qué viene esta mentira. ¡No lo habías hecho nunca!

—¡No te estoy mintiendo, no te atrevas a repetirlo! —Él está ahora muy enfadado, su mala conciencia lo pone así. Se contiene y prosigue, algo más tranquilo—: Te he dicho que acabo de llegar. No sé nada de una maleta. ¡Lo has soñado, Trudel!

—Ya, ya —contesta mirándolo fijamente—. Ya, ya. Pues muy bien, Karl. Lo habré soñado. No hablemos más del asunto.

La joven baja la vista. Le duele muchísimo que tenga secretos para ella, y ese hecho es aún más doloroso porque ella también los tiene con él. Le ha prometido a Otto Quangel que no le contará su encuentro a su marido, y mucho menos lo de la postal. Pero no está bien. Los esposos no deben guardarse secretos el uno al otro. Y ahora él también los tiene para ella.

Karl Hergesell siente vergüenza. El cinismo con que ha mentido a su amada lo avergüenza, incluso la ha tratado groseramente por decir la verdad. Se pregunta si no sería preferible contarle el encuentro con Grigoleit. Y al final decide que no: eso la alteraría aún más.

—Perdona, Trudel —dice, apretándole deprisa la mano—. Perdona por haberte soltado un bufido. Pero es que lo del cochecito me ha enfadado mucho. Escucha...

 

Capítulo 36

EL PRIMER AVISO

 

 

El ataque de Hitler a Rusia había alimentado la cólera de Quangel contra el tirano. Esta vez Quangel había seguido con todo lujo de detalles la génesis de dicho ataque. Nada lo había sorprendido, desde las primeras agrupaciones de tropas en «nuestras fronteras» hasta la invasión. Él sabía de antemano que los Hitler, Goebbels, Fritzsche, mentían, todas sus palabras eran una solemne mentira. No podían dejar a nadie en paz, y con rabiosa indignación había escrito en una de las postales: «¿Qué hacían los soldados rusos cuando Hitler los atacó? ¡Jugar a las cartas, nadie en Rusia pensaba en la guerra!».

Ahora, cuando en el taller se acercaba a un grupo de charlatanes, deseaba que no se dispersaran tan deprisa. Ahora le gustaba escuchar los comentarios ajenos sobre la guerra.

Pero los trabajadores se sumían inmediatamente en un hosco silencio, charlar se había vuelto muy peligroso. El en comparación inofensivo carpintero Dollfuss había sido relevado hacía tiempo; Quangel sólo podía sospechar quién era su sucesor. Once de sus trabajadores, entre ellos dos hombres que llevaban más de veinte años en la fábrica de muebles, habían desaparecido sin dejar rastro, sacados en plena jornada de trabajo, o una mañana no acudieron más. Nunca se supo qué había sido de ellos, y eso era una prueba de que en algún momento se les había escapado alguna palabra inconveniente y por eso habían ido a parar al campo de concentración.

Para sustituir a esos once hombres habían aparecido nuevos rostros, y el viejo jefe de taller solía preguntarse si no serían es pías todos ellos, si la mitad de la plantilla no se dedicaría a espiar a la otra mitad. El aire olía a traición. Nadie se fiaba ya del prójimo, y en ese ambiente espantoso la gente parecía cada vez más insensibilizada frente a todo, ya sólo eran partes de las máquinas que manejaban.

Pero a veces esa insensibilidad generaba una furia espantosa, como cuando un obrero apretó el brazo contra la sierra gritando:

—¡Muera Hitler! ¡Y morirá! ¡Tan cierto como que me sierro el brazo!

Les costó mucho arrancar a ese demente de la máquina, y como es natural, jamás volvieron a tener noticias suyas. Seguramente llevaba ya mucho tiempo muerto, ¡ojalá lo estuviera! Sí, había que comportarse con extremada cautela, no todos estaban tan libres de sospecha como esa vieja y abúlica mula de carga llamada Otto Quangel, al que ya sólo parecía interesar conseguir la cuota diaria de ataúdes. ¡Sí, ataúdes! De las cajas para bombas habían pasado a los ataúdes, objetos miserables de la madera de desecho más barata y delgada, embadurnada de color negro parduzco. ¡Fabricaban millares, decenas de miles de esos ataúdes, trenes de mercancías, una estación llena de trenes de mercancías, muchas estaciones llenas!

Quangel, estirando la cabeza para vigilar todas las máquinas, pensaba con frecuencia en las numerosas vidas que serían conducidas a la tumba dentro de esos ataúdes, vidas asesinadas, muertes inútiles, ya estuvieran destinados esos ataúdes a las víctimas de los ataques aéreos, es decir, fundamentalmente a ancianos, mujeres y niños..., o fuesen a parar a los campos de concentración, varios miles de piezas por semana, para hombres que no habían podido o no habían querido ocultar sus convicciones, varios miles de ataúdes por semana a un único campo de concentración. O también podía ser que esos trenes de mercancías repletos de ataúdes emprendieran el largo camino hacia los diversos frentes... pero en realidad Otto Quangel no creía esto, porque ¡a ellos les importaban un bledo los soldados muertos! Para ellos un soldado muerto valía lo mismo que un topo muerto.

El frío ojo de pájaro parpadea, duro y furioso, bajo la luz eléctrica, la cabeza se mueve a intervalos, la boca de labios finos permanece cerrada con fuerza. Nadie adivina la sublevación, la aversión que habitan en el pecho de este hombre, pero él sabe que aún tiene mucho que hacer, sabe que está llamado a una gran tarea, y ahora ya no escribe sólo los domingos. También lo hace los días laborables antes de comenzar el trabajo. Desde la invasión de Rusia de vez en cuando escribe cartas que le cuesta terminar dos días, pero necesita desahogar su cólera.

Quangel reconoce que ya no trabaja con la precaución de antes. Lleva dos años sin sufrir el menor tropiezo, nunca ha recaído sobre él la menor sospecha, se siente completamente a salvo.

El encuentro con Trudel Hergesell fue el primer aviso. En lugar de ella también habría podido verlo en la escalera otra persona, y entonces todo habría acabado para Anna y para él. Pero ellos no importaban; lo único que importaba era llevar a cabo el trabajo ese día y los siguientes. Por esa razón debía incrementar las precauciones. Que Trudel lo hubiera visto dejar la postal en la escalera había sido un descuido deplorable por su parte.

Sin embargo, Otto Quangel no se imaginaba que en ese momento el comisario Escherich había recibido ya una descripción de su persona por dos vías diferentes. Otto Quangel había sido visto dejando las postales en dos ocasiones anteriores, y en ambas por mujeres que después habían recogido las postales por curiosidad, pero no habían dado la voz de alarma con la rapidez suficiente como para atrapar al autor en el edificio.

Sí, el comisario Escherich poseía ya dos descripciones personales del individuo que dejaba las postales. Sólo cabía lamentar que esas descripciones diferían en casi todos los puntos. Sólo en uno coincidían ambas observadoras: en que el rostro del autor tenía un aspecto muy raro, muy distinto al de otras personas. Pero cuando Escherich solicitó una descripción más minuciosa de esa extraña cara, se puso de manifiesto que ambas mujeres o no sabían observar o no acertaban a expresar con palabras lo que habían visto. Las dos declararon que el autor tenía pinta de verdadero maleante. Preguntadas por lo que en su opinión caracterizaba a un auténtico maleante, se encogieron de hombros comentando que eso debían saberlo ellos mejor que nadie.

Quangel dudó mucho tiempo si debía referir a Anna su encuentro con Trudel o no. Al final optó por contárselo: no quería guardar secretos con ella.

Anna también tenía derecho a saber la verdad. A pesar de que el peligro de que Trudel revelase algo era mínimo, Anna debía conocer incluso el menor peligro. Así que le contó punto por punto lo sucedido, sin silenciar su descuido.

La reacción fue típica de Anna. Trudel, su matrimonio y el hijo que esperaba no le interesaron nada, pero susurró muy asustada:

—¡Ay, Otto, piensa lo que habría ocurrido si hubiera estado allí otra persona, alguien de las SA!

Su marido esbozó una sonrisa de desdén.

—Pero no había nadie más. A partir de ahora volveré a tener cuidado.

Pero esa aseveración no logró tranquilizarla.

—No, no —replicó con vehemencia—. A partir de ahora repartiré yo las postales. Nadie se fija en una vieja. ¡Tú enseguida llamas la atención de la gente, Otto!

—En dos años no he llamado la atención de nadie, mamá. No pienso permitir que te encargues sola de lo más peligroso del asunto. ¡Sería como esconderme detrás de tus faldas!

—¡Sí, claro! —replicó enfadada—. ¡No me vengas ahora con esas pamplinas de hombres! ¡Qué tontería más grande, esconderte detrás de mis faldas! Yo ya sé que eres valiente, pero acabo de enterarme de que también eres imprudente, y actuaré en consecuencia. ¡Digas lo que digas!

—Anna —repuso cogiéndole la mano— no debes echarme siempre en cara la misma falta, como hacen otras mujeres. Te he dicho que seré más precavido, y debes creerme. Si durante dos años no lo he hecho mal... ¿por qué iba a estropearlo en el futuro?

—No comprendo por qué no puedo repartir yo las postales —insistió con terquedad—. Hasta ahora lo he hecho de vez en cuando.

—Y debes seguir haciéndolo. Cuando sean muchas o yo sufra un ataque de reúma.

—Pero tengo más tiempo que tú. Y la verdad es que llamo menos la atención. Mis piernas son más ágiles. No quiero quedarme aquí muerta de miedo día tras día, cuando sé que estás repartiendo.

—¿Y yo, qué? ¿Crees que estoy feliz aquí, en casa, sabiendo que tú andas por ahí fuera? ¿No comprendes que me avergonzaría que arrostraras tú el mayor peligro? ¡No, Anna, no puedes exigirme eso!

—Entonces vayamos juntos. Cuatro ojos ven más que dos, Otto.

—Juntos llamaríamos más la atención, uno solo pasa más desapercibido entre la gente. Y tampoco creo que en este asunto cuatro ojos vean más que dos. Porque uno siempre se fía del otro. Además, Anna, no te enfades conmigo pero me pondría nervioso tenerte a mi lado, y creo que a ti te sucedería lo mismo.

—Ay, Otto. Ya sé que cuando quieres algo, te impones. No puedo oponerme a ti. Pero me moriré de miedo, ahora que sé el peligro que corres.

—El peligro no es mayor que antes, cuando dejé la primera postal en la calle Neue König. Anna, para quien hace lo que hacemos nosotros siempre hay peligro. ¿O prefieres que lo dejemos?

—¡No! —exclamó ella en voz alta—. No, no aguantaría ni dos semanas sin esas postales. ¿Para qué vivimos ya? ¡Esas postales son nuestra vida!

Su marido sonrió, apesadumbrado, y la contempló con un orgullo sombrío.

—Lo ves, Anna —contestó—. Así te quiero. No tenemos miedo. Sabemos lo que nos amenaza, y estamos dispuestos, sí, estamos dispuestos en todo momento... pero ojalá suceda lo más tarde posible.

—No —repuso—. No. Yo siempre pienso que nunca sucederá. Que sobreviviremos a la guerra, y a los nazis y que después...

—¿Después? —inquirió él, porque de pronto, tras la victoria al fin conquistada, los dos vieron ante sí... una vida completamente vacía.

—Bueno —contestó la mujer—, ya encontraremos algo por lo que merezca la pena luchar. A lo mejor algo público y notorio, sin tanto peligro.

—Peligro —repitió Quangel—, siempre hay, Anna, pues de lo contrario no sería lucha. A veces sé que ellos no podrán atraparme, pero después me paso horas y horas tumbado, cavilando dónde hay peligro, qué es lo que quizá he pasado por alto. Cavilo, pero no encuentro nada. Y sin embargo el peligro acecha en alguna parte, lo huelo. ¿Qué podemos haber olvidado, Anna?

—Nada —contestó ella—. Nada. Si eres cuidadoso al repartir las postales...

Él sacudió la cabeza malhumorado.

—No, Anna —dijo—, no me refiero a eso. El peligro no acecha en la escalera, ni al escribir. El peligro está en un lugar diferente que no puedo precisar. De pronto nos despertaremos y sabremos que siempre ha estado ahí, pero no lo hemos visto. Y entonces será demasiado tarde.

Anna seguía sin entenderlo.

—No sé por qué te preocupas de repente, Otto —opinó—. Hemos analizado y comprobado todo cientos de veces. Bastará con ser cuidadosos...

—¡Cuidado! —exclamó, irritado por su falta de comprensión—. ¡Cómo se puede ser cuidadoso con lo que no se ve! ¡Ay, Anna, no me entiendes! ¡En la vida no se puede calcular todo!

—No, no te comprendo —respondió ella meneando la cabeza—. Creo que te preocupas innecesariamente, papá. Deberías dormir más por la noche, Otto. Duermes demasiado poco.

Él calló.

Al cabo de un rato, Anna preguntó:

—¿Sabes cómo se apellida ahora Trudel Baumann y dónde vive?

Él negó con la cabeza.

—Ni lo sé, ni quiero saberlo —contestó.

—Pues a mí me gustaría saberlo —repuso su mujer, tenaz—. Quiero oír con mis propios oídos que dejó la postal sin problemas. ¡No deberías habérselo encomendado, Otto! ¡Qué sabe una cría así lo que tiene que hacer! A lo mejor dejó la postal sin ningún disimulo y la han visto mientras lo hacía. Y cuando tengan en sus garras a una joven como ella, no tardará en salir a relucir el nombre de Quangel.

Él meneó la cabeza:

—Sé que ningún peligro nos amenaza por parte de Trudel.

—¡Pues a mí me gustaría saberlo con certeza! —exclamó la señora Quangel—. Iré a la fábrica y me informaré.

—No lo harás, mamá. Trudel ya no existe para nosotros. No, cállate, tú te quedarás aquí. Y no quiero oír ni una palabra más del asunto. —Después, al verla todavía reacia, añadió—: Creéme, Anna, todo lo que te digo es acertado. No debemos volver a hablar de Trudel. Todo eso ha terminado. Cuando estoy acostado y en vela durante la noche —añadió bajando la voz—, a menudo pienso que no saldremos de esto indemnes, Anna.

Ella lo miraba con los ojos muy abiertos.

—Y entonces me imagino todo lo que sucederá. Es bueno imaginárselo con anterioridad, para que nada te sorprenda luego. ¿Tú también lo piensas a veces?

—No sé bien de qué hablas, Otto —contestó Anna Quangel con cierta reserva.

Su marido tenía la espalda apoyada contra la librería del pequeño Otto, uno de sus hombros rozaba el libro de construcción y reparación de aparatos de radio del chico. Le dirigió una mirada penetrante.

—En cuanto nos detengan nos separarán, Anna. Quizá nos veamos dos o tres veces más, durante el interrogatorio, durante el juicio, y a lo mejor después, media hora antes de la ejecución...

—¡No, no, no! —gritó ella—. ¡No quiero que hables de eso! ¡Saldremos sanos y salvos, Otto, tenemos que salir sanos y salvos!

Para tranquilizarla, Quangel colocó su mano grande, es tropeada por el trabajo, sobre la suya, pequeña, cálida, temblorosa.

—¿Y si no es así? ¿Lamentarías algo? ¿Te arrepentirías de algo de lo que hemos hecho?

—No, de nada. Pero no nos descubrirán, Otto, lo presiento.

—Sabes, Anna —dijo sin prestar atención a su última aseveración—. Eso es lo que quería oír. Nunca nos arrepentiremos de nada. ¡Defenderemos lo que hemos hecho por mucho que nos torturen.

Ella lo miró, intentando reprimir un estremecimiento. En vano.

—¡Ay, Otto! —exclamó entre sollozos—. ¿Por qué hablas así? De ese modo atraes la desgracia sobre nosotros. ¡Nunca habías hablado así!

—No sé por qué te digo hoy estas cosas —comentó alejándose de la estantería—. Pero he de hacerlo. Seguramente nunca volveré a hablarte de ello. Al menos una vez tenía que hacerlo. Porque has de saber que estaremos muy solos en nuestras celdas, sin poder decirnos una palabra, después de no haber vivido ni un solo día el uno sin el otro durante más de veinte años. Nos resultará muy duro. Pero necesitamos saber que ninguno de los dos flaqueará, que podemos confiar el uno en el otro, que en la muerte será igual que en la vida. También tendremos que morir solos, Anna.

—Otto, hablas como si hubiera llegado el momento. Sin embargo, gozamos de libertad plena y estamos libres de toda sospecha. Si quisiéramos, podríamos dejarlo cualquier día...

—Pero ¿queremos? ¿Podemos desearlo siquiera?

—No, no digo que deseemos parar. ¡Yo no quiero, tú lo sabes! Pero tampoco me gusta que hables como si ya nos hubieran detenido y nos esperase la muerte. No quiero morir todavía, Otto. ¡Quiero vivir contigo!

—¿Y quién quiere morir? —preguntó él—. Todos quieren vivir, todos, todos... hasta el gusanito más miserable grita pidiendo vivir. También yo quiero vivir. Pero quizá sea bueno, Anna, pensar durante una vida tranquila en una muerte difícil, prepararse para ella. Porque así uno sabe que morirá con dignidad, sin llantos, sin gritos. Eso me repugnaría...

Durante unos instantes reinó el silencio.

Después Anna Quangel musitó:

—Puedes confiar en mí, Otto. No te avergonzaré.

 

Capítulo 37

EL COMISARIO ESCHERICH CAE EN DESGRACIA

 

 

En el año posterior al «suicidio» del pequeño Enno Kluge, el comisario Escherich llevó una vida relativamente tranquila, sin que la impaciencia de sus superiores lo importunara. Cuando se dio parte de ese suicidio, con lo que se puso de manifiesto que ese hombre débil se había librado de todos los interrogatorios de la Gestapo y las SS, el Obergruppenführer Prall desató una ruidosa tormenta. Pero con el tiempo se calmó, la pista se había enfriado definitivamente y había que esperar otra nueva.

Por lo demás, el llamado Duende ya no era tan importante. La terca monotonía con la que escribía postales siempre con idéntico tono, que nadie leía ni quería leer y que sumían a todo el mundo en la confusión o el miedo, lo hacía parecer ridículo y estúpido. Escherich, sin embargo, continuaba clavando con ahínco sus banderitas en el plano de Berlín. Con cierta satisfacción comprobó que al norte de la plaza Alexander se concentraban cada vez más... ¡allí debía de tener el pájaro su nido! Y después estaba esa llamativa acumulación de casi diez banderitas al sur de la plaza Nollendorf; el Duende también debía de acudir con regularidad a la zona, aunque con grandes intervalos de tiempo. Todo eso se solucionaría satisfactoriamente algún día...

¡Ya te atraparemos! ¡Nos vamos acercando a ti cada vez más, de forma inexorable!, el comisario reía frotándose las manos.

Pero después volvía a dedicarse a otros asuntos. Había casos más importantes y urgentes. Por entonces estaba de palpitante actualidad una especie de loco, un nazi convencido, como se calificaba a sí mismo, que escribía todos los días al ministro Goebbels una carta grosera y ofensiva, a menudo pornográfica. Al principio esas misivas divirtieron al ministro, después lo irritaron, al final, hecho un basilisco, exigió la cabeza de su víctima. Su vanidad había sido herida de muerte.

Bien, el comisario Escherich había tenido suerte, había podido resolver el caso Puerco, como él lo había bautizado, en tres meses. El autor de las cartas, que dicho sea de paso pertenecía al Partido, es más, era un miembro antiguo, había sido conducido ante el ministro Goebbels, con lo que Escherich podía dar carpetazo al caso. Sabía que nunca volvería a oír nada del Puerco. El ministro jamás perdonaba una ofensa.

Después vinieron otros casos... sobre todo el del hombre que remitía encíclicas del Papa y discursos radiofónicos de Thomas Mann..., auténticos y falsos, a personalidades destacadas. Un tipo hábil ese hombre, no había sido nada fácil echarle el guante. Pero al final Escherich había conseguido llevarlo a la celda de los condenados a muerte en la prisión de Plötzensee.

Y ese modesto apoderado, que se convirtió de repente en un megalómano, director general de una inexistente acería, que escribía cartas confidenciales no sólo a los directores de otras factorías reales sino también al Führer, para comunicar detalles sobre el alarmante estado de la industria armamentística alemana que, a menudo, no podían ser inventados. Bueno, ese pájaro fue fácil de atrapar; el círculo de personas que poseían informaciones similares al autor de las cartas era relativamente reducido.

Sí, el comisario Escherich había cosechado algunos éxitos significativos; entre sus colegas corrían ya rumores de que pronto ascendería saltándose el escalafón. Había sido un año muy provechoso el período transcurrido desde el suicidio del pequeño Kluge; el comisario Escherich estaba satisfecho.

Pero los tiempos cambiaron cuando los superiores de Escherich volvieron a plantarse en silencio delante del plano del Duende en Berlín. Solicitaron que les explicaran el significado de las banderitas, asintieron meditabundos cuando se les señaló la concentración de tropas al norte de la plaza Alexander, y más meditabundos todavía cuando Escherich les llamó la atención sobre la interesante avanzadilla al sur de la plaza Nollendorf, tras lo cual preguntaron:

—¿Y qué pistas tiene usted, Escherich? ¿Qué planes ha tramado para capturar al Duende? ¡Porque desde la invasión de Rusia ese tipo ha redoblado su actividad! En la última semana han aparecido cinco cartas y postales, ¿verdad?

—Sí —contestó el comisario—. ¡Y esta semana ya van tres!

—En resumidas cuentas, ¿cómo va el asunto, Escherich? Considere el largo tiempo que lleva actuando ese hombre, las cosas no pueden continuar así. ¡Esto no es un registro oficial de misivas de alta traición, usted es un funcionario policial, amigo mío! Por tanto, ¿qué pistas tiene?

Asediado, el comisario se quejó con amargura de la estupidez de dos mujeres que habían visto al hombre y no lo habían retenido y que, a pesar de haberlo visto, tampoco acertaban a describirlo.

—Sí, sí, todo eso está muy bien. Pero no estamos hablando de la estupidez de los testigos, sino de las pistas que ha encontrado esa mente suya tan brillante.

El comisario volvió a conducir a sus superiores ante el mapa y en susurros subrayó que las banderitas estaban por todas partes al norte de la plaza Alexander, y sólo quedaba completamente libre de ellas una zona concreta, no muy grande.

—En esa zona vive mi Duende. Allí no deposita postal alguna, porque es demasiado conocido, teme que lo vea un vecino. No son más que un par de calles donde sólo residen personas modestas. Ahí está.

—¿Y por qué no ha hecho nada? ¿Por qué no ha ordenado registros domiciliarios en ese par de calles? ¡Tenemos que atraparlo, Escherich! La verdad es que no acabamos de entenderlo, por lo demás es usted de gran utilidad, pero en este caso comete una estupidez detrás de otra. Hemos estado revisando los informes. Entre ellos figura esa historia de Kluge al que usted dejó marchar, pese a su confesión. Pero después no se ocupa más de él y permite que el tipo se suicide, justo cuando más lo necesitábamos. ¡Estupidez tras estupidez, Escherich!

El comisario, retorciéndose el bigote muy nervioso, se permitió llamar la atención sobre el hecho de que el tal Kluge no tenía nada que ver con el autor de las postales, pues éstas habían seguido llegando tanto antes como después de su muerte.

—Creo que su confesión de que un desconocido le entregó la postal para que la depositase es muy verosímil.

—Crea usted lo que le plazca. Nosotros creemos necesario que haga algo de una vez. Nos da igual qué, pero ahora pedimos resultados. De modo que, para empezar, ordene un registro domiciliario en esas calles. Ya veremos lo que sale a relucir. Siempre saldrá algo porque ¡este asunto apesta!

El comisario Escherich vuelve a llamar la atención con toda humildad sobre el hecho de que aunque se trata de unas pocas calles, las viviendas que deberían registrarse ascienden a casi un millar.

—La población se inquietará muchísimo. La gente ya está muy nerviosa por los crecientes ataques aéreos, ¡sólo falta que les demos verderos motivos para protestar! Pero además: ¿qué podemos esperar de un registro domiciliario? ¿Qué vamos a encontrar? Para su actividad delictiva ese hombre sólo necesita una pluma, cualquier hogar la tiene, un frasquito de tinta, ídem, unas cuantas postales, ídem. No sabría qué indicaciones dar a mis hombres para estos registros, qué ordenarles buscar. A lo sumo algo negativo: el escritor de postales seguro que no dispone de aparato de radio. Nunca he encontrado en esas postales la menor alusión a que haya sacado sus noticias de la radio. A menudo está mal informado. No, no sé qué buscar en ese registro domiciliario.

—¡Mi querido, mi estimado Escherich... de veras que no acertamos a comprenderlo! Usted no hace más que poner reparos, no sabe sugerir ni una sola propuesta positiva. ¡Pero tenemos que atrapar a ese hombre, y pronto!

—Y lo atraparemos —respondió el comisario con una sonrisa—, pero ¿pronto? No puedo prometerlo. De todos modos, no creo que continúe escribiendo postales otros dos años.

Ellos suspiraron.

—¿Que por qué? Porque el tiempo trabaja en su contra. Vean las banderitas, otras cien más, y el caso estará mucho más claro para nosotros. Mi Duende es un tipo condenadamente tenaz y frío, pero también ha tenido una suerte de la leche. Porque no basta con tener sangre fría, hace falta tener también una pizca de suerte, y hasta ahora la ha tenido hasta extremos casi inconcebibles. Sin embargo, esto es igual que cuando se juega a las cartas, caballeros, durante un rato las cartas pueden favorecer a un jugador, pero después de repente se termina la suerte. Entonces el juego estará en contra del Duende y nosotros tendremos todos los triunfos en la mano.

—¡Una teoría muy bonita e interesante, Escherich! Una teoría criminalista de lo más sutil, lo entendemos. Pero a nosotros la teoría no nos interesa, y de sus palabras sólo deducimos que es posible que tengamos que esperar dos años más hasta que usted se decida a actuar. Nosotros no estamos de acuerdo, de manera que le proponemos que vuelva a analizar a fondo el caso y nos plantee, digamos que dentro de una semana, sus propuestas. Entonces veremos si es usted o no la persona adecuada para resolverlo. ¡Heil Hitler, Escherich!

Pero el Obergruppenführer Prall, que hasta entonces se había visto obligado a mantener la boca cerrada debido a la presencia de superiores de más alto rango, irrumpió de nuevo en el despacho de Escherich.

—¡Es usted un idiota, un tarugo! ¿Cree que voy a permitir que un inepto como usted siga deshonrando mi departamento? ¡Tiene usted una semana! —Agitó los puños, enfurecido—. ¡Que el cielo le ayude como no se le ocurra nada en dicho plazo! ¡Lo hundiré!

Etcétera, etcétera, etcétera. El comisario Escherich dejó de escucharlo.

En el plazo de gracia de una semana que le quedaba, el comisario Escherich se ocupó del caso Duende desentendiéndose por completo de él. En una ocasión había permitido que sus superiores le hicieran abandonar la táctica de esperar que él consideraba correcta, y enseguida todo se le fue de las manos, por eso había tenido que recurrir al tal Enno Kluge.

No es que Enno Kluge le causara muchos remordimientos de conciencia. Un llorica lastimoso y cobarde, era totalmente irrelevante que viviera o no. Pero ese pequeño canalla había causado multitud de problemas al comisario Escherich y le había costado cierto esfuerzo cerrar la boca que se había abierto una vez. Sí, aquella noche que no le gustaba recordar, el comisario había estado muy nervioso... y si había algo que odiaba ese hombre alto, insulso, anodino, era precisamente el nerviosismo.

No, no permitiría que nadie, ni siquiera superiores de altísimo rango, le arrebataran su perseverante paciencia... ¿Qué le podía suceder? Necesitaban a su Escherich, en muchos asuntos él era para ellos sencillamente insustituible. Despotricarían, se enfurecerían, pero al final harían lo único correcto: esperar con paciencia. No, Escherich no tenía ninguna propuesta que hacer...

Fue una reunión memorable. Pero en esta ocasión no se desarrolló en el despacho de Escherich, sino en la sala de reuniones y fue presidida por uno de los jefazos. Como es natural, no sólo se abordó el caso Duende, también se discutieron numerosas cuestiones de otros departamentos. Hubo reproches, gritos, burlas despectivas. Y después se pasó al caso siguiente.

—Comisario Escherich, ¿quiere usted exponernos lo que tenga que decir sobre el caso del escritor de postales?

El comisario emitió un breve informe sobre lo sucedido y averiguado hasta entonces. Su exposición fue excelente, breve, precisa, no exenta de gracia, mientras se acariciaba el bigote con aire meditabundo.

Después llegó la pregunta del presidente:

—¿Y qué propuestas plantea para resolver ese caso que colea desde hace dos años? ¡Dos años, comisario Escherich!

—Sólo puedo recomendar continuar esperando con paciencia, no hay otro remedio. Pero quizá se podría poner el caso en manos del comisario Zott para su revisión.

Durante un instante reinó un silencio sepulcral.

Después estallaron aquí y allá unas carcajadas burlonas. Una voz gritó:

—¡Pedazo de vago!

Y otra:

—¡Primero la cagas y luego se lo endosas a otros!

El Obergruppenführer Prall dio un tremendo puñetazo en la mesa:

—¡Te voy a hundir, carroña!

—Les ruego absoluto silencio.

La voz del presidente sonó ligeramente asqueada. Todos callaron.

—Caballeros, hemos presenciado aquí una conducta que casi cabe equiparar a la deserción. Una huida cobarde ante las dificultades que todo combate conlleva de forma inevitable. Lo lamento. Escherich, queda usted dispensado de seguir participando en esta reunión. Espere mis órdenes en su despacho.

El comisario, completamente lívido (porque no esperaba una medida por el estilo), hizo una inclinación. Después se dirigió hacia la puerta, allí entrechocó los tacones y gritó con el brazo estirado:

—¡Heil Hitler!

Nadie le prestó atención. El comisario se fue a su despacho.

Las órdenes prometidas se presentaron primero bajo la figura de dos hombres de las SS que lo miraron sombríos, uno de los cuales advirtió con tono amenazador:

—¡No se le ocurra tocar nada más aquí! ¿Entendido?

Escherich giró la cabeza despacio hacia el hombre que le hablaba de ese modo. Era un tono nuevo. No es que Escherich no lo conociera, pero jamás lo habían empleado con él. Un simple miembro de las SS, el tipo ése... las cosas debían de estar muy negras para Escherich si adoptaba ese tono con el comisario.

Un rostro brutal, nariz aplastada, mentón muy desarrollado, tendencia a actos de brutalidad, inteligencia escasamente desarrollada, peligroso en estado de embriaguez, resumió Escherich. ¿Qué había dicho el pez gordo arriba? ¿Deserción? Qué ridiculez. ¡El comisario Escherich, desertor! Típico de esos individuos, siempre con palabras grandilocuentes en los labios que después se quedaban en nada.

Entraron el Obergruppenführer Prall y Zott.

¡Me lo figuraba, han aceptado mi propuesta! Lo más razonable que podían hacer, aunque creo que ni siquiera esa astuta mente privilegiada podrá deducir algo nuevo del material existente.

Escherich se dispone a saludar con amabilidad a Zott para demostrarle que no se siente ofendido porque le hayan confiado el caso, pero se siente brutalmente apartado a un lado por los dos miembros de las SS, y el de cara de homicida grita:

—¡Se presentan los miembros de las SS Dobat y Jacoby con un detenido!

¿Detenido...? ¿Seré yo?, se pregunta Escherich asombrado.

Y en voz alta:

—Mi Obergruppenführer, me permito decir que...

—¡Haz que ese canalla cierre el pico! —grita, iracundo, Prall, que seguramente también se ha llevado una buena reprimenda.

El SS Dobat golpea en la boca a Escherich con el puño cerrado. Éste siente un dolor espantoso, un sabor a sangre en la boca, repugnante y cálido. Después se inclina hacia delante y escupe unos dientes sobre la alfombra.

Y mientras hace todo eso de manera completamente mecánica, ni siquiera nota auténtico dolor, piensa: Tengo que aclarar esto de inmediato. Claro que estoy dispuesto a todo. Registros domiciliarios por todo Berlín. Espías en cada edificio donde vivan varios abogados y médicos. Haré todo lo que queráis, pero a mí no podéis sacudirme sin más un puñetazo en la boca, ¡a mí, un comisario de la Brigada de Investigación Criminal condecorado con la Cruz al Mérito Militar!

Mientras se rompe la cabeza e intenta liberarse mecánicamente de las manos de los hombres de las SS, disponiéndose a hablar una y otra vez —aunque el labio superior partido y la boca sangrante se lo impiden—, el Obergruppenführer Prall ha saltado ante él y, agarrándolo con las dos manos por la pechera, vocifera:

—¡Vaya, por fin te tenemos a punto, listillo arrogante! Te creías la mar de astuto cuando me presentabas tus sagaces informes de mierda, ¿eh? ¿Crees acaso que no me daba cuenta de lo estúpido que me considerabas, y de lo inteligentísimo que te creías tú? ¡Pues ya te tenemos, y ahora te vamos a machacar, te vas a enterar de lo que vale un peine!

Durante un instante Prall, casi enloquecido por la cólera, clavó sus ojos en el hombre ensangrentado.

—Llenándome de escupitajos la alfombra con tu asquerosa sangre de perro, ¿eh? —chilló—. ¡Trágate la sangre, cerdo, o yo mismo te sacudiré un puñetazo en los morros!

Y el comisario Escherich... no, el lastimoso, aterrorizado hombrecillo Escherich, que una hora antes había sido un poderoso comisario de la Gestapo, con la frente cubierta por un sudor mortal, se esforzó por tragarse el torrente de sangre repulsivamente caliente para no manchar la alfombra, su propia alfombra, mejor dicho, ahora la alfombra del comisario Zott...

El Obergruppenführer había observado con mirada ávida el lamentable comportamiento del comisario. Luego se apartó de Escherich con un irritado «¡Bah!» y preguntó al comisario Zott:

—¿Necesita a este hombre para alguna aclaración, señor Zott?

Una ley no escrita prescribía que los policías comisionados para prestar servicio en la Gestapo se ayudaran en cualquier eventualidad, al igual que también los SS se ayudaban entre sí... a menudo en contra de los funcionarios policiales. A Escherich jamás se le habría ocurrido entregar a un colega a las SS, por culpable que fuera; más bien habría intentado ocultar ante estos incluso la mayor de las vilezas. Y ahora se vio obligado a presenciar cómo el comisario, tras una breve mirada a Escherich, decía con tono gélido:

—¿A este hombre? ¿Para una aclaración? Gracias, mi Obergruppenführer. Prefiero aclararme solo.

—Llévense a este hombre —gritó el Obergruppenführer—. ¡Y metedle un poco de prisa, chicos!

Y los dos SS, riéndole la gracia, arrastraron a Escherich a toda velocidad por el corredor, el mismo corredor al que, un año antes, había lanzado de un patada a Barkhausen. Y lo arrojaron por la escalera de piedra, y quedó tendido sangrando en el mismo lugar que Barkhausen. Lo levantaron a patadas y lo tiraron escaleras abajo hacia el búnker...

Le dolían todos sus miembros, y después, golpe a golpe, lo obligaron a quitarse el traje de paisano, a enfundarse el uniforme a rayas, el desvergonzado reparto franco de sus propiedades entre los hombres de las SS. Y continuos golpes, empujones, amenazas...

¡Oh, claro que sí!, el comisario Escherich había visto todo eso muchas veces a lo largo de los últimos años, y no le había parecido asombroso o reprobable, porque lo sufrían los delincuentes. Ocurría así con razón. Pero al comisario de investigación criminal Escherich no le cabía en la cabeza que él figurase ahora entre esos delincuentes sin derechos, no señor. No había delinquido. Sólo había propuesto traspasar un caso en el que tampoco ninguno de sus superiores había conseguido avanzar una propuesta útil. ¡Eso había que aclararlo, tenían que volver a por él enseguida! Si no podían arreglárselas sin él... Hasta entonces tenía que guardar la compostura, no mostrar el menor temor, ni siquiera debía dejar que se notasen sus dolores.

En ese momento trajeron a otro al búnker. Un carterista de tres al cuarto, según se supo enseguida, que había tenido la desgracia de intentar robar a la esposa de un alto dirigente de las SA y había sido sorprendido.

Ya llegaban, por el camino se habían ocupado de él, una criatura llorosa que apestaba a sus excrementos y que arrastrándose de rodillas no dejaba de rodear las piernas de los hombres de las SS, suplicando por la santísima Virgen que no le hicieran nada. Que se apiadasen de él, que Jesucristo se lo recompensaría.

Los hombres de las SS se divertían golpeando con las rodillas al desgraciado suplicante que rodeaba sus piernas y el carterista se retorcía entre alaridos por el suelo... hasta que volvía a atisbar los rostros duros, creía descubrir un atisbo de piedad y reanudaba sus súplicas...

Y con ese gusano, con ese cobarde que apestaba a mierda, fue encerrado en una celda el todopoderoso comisario Escherich.

 

Capítulo 38

EL SEGUNDO AVISO

 

 

Una mañana de domingo, la señora Anna dijo, vacilante:

—Otto, creo que tendríamos que volver a ver a mi hermano Ulrich. Ya sabes que nos toca a nosotros. Hace ocho semanas que no hemos aparecido por casa de los Heffke.

Otto Quangel levantó la vista de su escritura.

—Muy bien, Anna. —accedió—. Entonces, el próximo domingo. ¿Te parece bien?

—Preferiría que fuera este domingo. Creo que nos esperan.

—A ellos les da igual un domingo que otro. No tienen un trabajo extra como nosotros, esos mosquitas muertas.

Y soltó una risita burlona.

—Pero es que Ulrich cumplió años el viernes. —objetó la señora Quangel—. Le he preparado una pequeña tarta que me gustaría llevarle. Seguro que nos esperan hoy.

—Pues la verdad es que a mí me apetece escribir otra carta además de esta postal —precisó Quangel de mala gana—. Lo he decidido así, y ya sabes que no me gusta cambiar de planes.

—¡Por favor, Otto!

—Anna, ¿no puedes ir sola y decirles que estoy con reúma? Ya lo hiciste una vez.

—Precisamente por eso no me gustaría repetirlo —adujo Anna—. Hoy que celebra su cumpleaños...

Quangel miró el rostro suplicante de su mujer. Le apetecía hacerle ese favor, pero la idea de abandonar su salita lo ponía de mal humor.

—Hoy quería escribir una carta, Anna. Una carta importante de verdad. Se me ha ocurrido una idea... Seguro que provocará un efecto tremendo. Además, ya me conozco todas vuestras historias infantiles, me las sé de memoria. Me aburro tanto con los Heffke... No tengo nada que hablar con él, y tu cuñada parece siempre petrificada. No tendríamos que haber recuperado la relación con los parientes, los parientes son un horror. ¡Nosotros nos bastamos y nos sobramos!

—De acuerdo, Otto —accedió ella—, la de hoy será nuestra última visita. Te prometo que nunca volveré a pedírtelo. Sólo hoy, pues ya he preparado la tarta y Ulrich celebra su cumpleaños. ¡Sólo esta única vez! Por favor, Otto.

—Hoy no me apetece nada —comentó.

Pero vencido por sus ojos suplicantes, gruñó finalmente:

—Vale, Anna, lo pensaré. Si de aquí a mediodía consigo escribir dos postales...

Y lo consiguió antes del mediodía, de modo que los Quangel abandonaron su vivienda hacia las tres de la tarde. Pensaban viajar en metro hasta la plaza Nollendorf, pero Quangel propuso a su mujer apearse poco antes de la calle Bülow, quizá pudieran hacer algo allí.

Esta, sabedora de que su marido llevaba las dos postales en el bolsillo, lo entendió al momento y asintió.

Bajaron un trecho por la calle Potsdamer sin hallar un edificio adecuado. Después tuvieron que doblar a la derecha para adentrarse en la calle Winterfeldt, o se habrían desviado mucho de la casa del cuñado. Y de nuevo buscaron.

—Esta zona no es tan buena como la nuestra —dijo Quangel descontento.

—Y hoy es domingo —precisó ella—. ¡Ten mucho cuidado!

—Siempre lo tengo —contestó, y añadió—: Voy a entrar ahí.

Y antes de que su mujer pudiera decir algo, desapareció en el interior del edificio.

Para Anna comenzaron entonces unos minutos de espera, esos minutos siempre nuevos y torturadores en los que temía por Otto y sin embargo no podía hacer nada más que esperar.

¡Dios mío, esta casa tiene muy mala pinta!, pensaba al contemplar el edificio. Ojalá vaya todo como la seda. Quizá no habría debido convencerlo para venir aquí. No le apetecía nada, se lo he notado. Y no era sólo por la carta que quería escribir. ¡Si hoy le sucede algo, me lo reprocharé toda la vida! Ahí viene Otto...

Pero no era Otto quien salía del edificio, sino una señora que pasó junto a Anna mirándola fijamente.

¿Me ha mirado con desconfianza? Casi me lo ha parecido. ¿Habrá sucedido algo dentro del edificio? ¡Otto lleva ahí un buen rato, por lo menos diez minutos! Qué va, si esto ya lo sé por otras veces: cuando estás esperando delante de un edificio, el tiempo se te hace eterno. ¡Gracias a Dios, ahí está Otto!

Quiso ir hacia él... pero se detuvo.

Porque Otto no había salido solo del edificio, pues iba acompañado de un hombre muy alto que vestía un abrigo negro con cuello de terciopelo y tenía la mitad del rostro deformada por un gigantesco angioma con protuberantes cicatrices. Ese hombre portaba en la mano una gruesa cartera negra. Sin cruzar palabra entre ellos, ambos pasaron junto a Anna, a la que del susto se le había parado el corazón, en dirección a la plaza Winterfeldt. Ella los siguió temblando como un flan.

Pero ¿qué ha sucedido? se preguntaba muerta de miedo. ¿Quién es ese hombre que va con Otto? ¿Será de la Gestapo? ¡Tiene un aspecto espantoso con ese angioma! No hablan ni una palabra entre ellos... ¡ay, Dios, ojalá no hubiera convencido a Otto! ¡Ha fingido no conocerme, así que debe de estar en peligro! ¡Esa desdichada postal!

De pronto Anna ya no aguantó más. No soportaba más tiempo esa torturante incertidumbre. Con una decisión inusual en ella, adelantó a los dos hombres y se detuvo.

—¡Señor Berndt! —exclamó tendiendo la mano a Otto—. ¡Cuánto me alegro de encontrarlo! Tiene que venir ahora mismo a nuestra casa. Tenemos una tubería rota en la conducción de agua, toda la cocina está inundada... —Se interrumpió, le pareció que el hombre del angioma le dedicaba una mirada muy rara, muy sarcástica, muy despectiva.

Pero Otto repuso:

—Enseguida acudiré a su casa. Sólo quiero acompañar al doctor a ver a mi mujer.

—Yo puedo adelantarme solo —dijo el hombre del angioma. Calle Von Einem, 17, ha dicho usted, ¿verdad? Bien. Confío en que no tarde mucho en alcanzarme.

—Dentro de un cuarto de hora, doctor, dentro de un cuarto de hora como mucho estaré allí. Primero iré a cerrar la llave de paso.

Y diez pasos más allá apretó el brazo de Anna contra su pecho en una muestra de ternura completamente inusual.

—¡Lo has hecho de maravilla, Anna! No sabía cómo librarme de ese tipo. ¿Cómo se te ha ocurrido esa idea?

—¿Quién era? ¿Un médico? Creí que pertenecía a la Gestapo y ya no he podido soportar más tiempo la incertidumbre. Camina más despacio, Otto, ahora me tiemblan todos los miembros. Antes no temblaba, ¡pero ahora! ¿Qué ha pasado? ¿Sabe algo?

—Ni gota. Estate tranquila. No sabe nada de nada. Tampoco ha sucedido nada. Pero desde esta mañana temprano, desde que me dijiste que teníamos que visitar a tu hermano, no me he librado de un mal pálpito. Pensaba que era por la carta que me había propuesto escribir. Y por el aburrimiento en casa de los Heffke. Pero ahora sé que se debía a que siempre he tenido la impresión de que hoy sucedería algo. Hoy era preferible no salir de la madriguera...

—Entonces ¿ha ocurrido algo, Otto?

—No, nada en absoluto. Ya te he dicho que no ha sucedido nada, Anna. Yo iba subiendo por la escalera y estaba a punto de dejar mi postal, la tenía en la mano, cuando ese hombre ha salido corriendo de su casa. Te digo, Anna, que corría de tal modo que ha estado a punto de derribarme. No he tenido tiempo de volver a guardar la postal. «¿Qué está haciendo en este edificio?», me ha gritado a las primeras de cambio. Ya sabes que tengo la costumbre de fijarme siempre en el nombre de algún ocupante del edificio que figure en los rótulos de la entrada. «Voy a ver al doctor Boll», le dije. «Soy yo, respondió él. ¿Qué ocurre? ¿Hay alguien enfermo en el edificio?» No me quedaba más remedio que mentir. Así que le conté que estabas enferma, que se pasara por nuestra casa. Menos mal que me acordaba del nombre de la calle Von Einem. Pensé que me contestaría que vendría por la tarde o mañana por la mañana, pero exclamó inmediatamente: «¡Me viene de perlas porque me pilla justo de camino! Acompáñeme, señor Schmidt». Porque le he dicho que me llamo Schmidt, ¿comprendes? Hay mucha gente que lleva ese apellido de verdad.

—Sí, y resulta que yo te he llamado delante de él «señor Berndt» —reconoció Anna asustada—. Seguro que se ha dado cuenta.

Quangel se detuvo, consternado.

—Así es —convino—. Todavía no he pensado en eso. Pero por lo visto no se ha dado cuenta. La calle está vacía. Nadie nos sigue. Como es lógico, buscará en vano en la calle Von Einem, pues para entonces llevaremos un buen rato en casa de los Heffke.

Anna se detuvo.

—Sabes una cosa, Otto —dijo—, ahora soy yo quien lo dice: no vayamos a ver a Ulrich. Presiento que es un mal día. Regresemos a casa. Mañana llevaré yo las postales.

Pero él sacudió la cabeza riendo.

—No, no, Anna, llegados a este punto, efectuaremos nuestra visita. Ya hemos acordado que será la última. Además, no quisiera ir justo ahora a la plaza Nollendorf. ¡Vete a saber si volvemos a toparnos con el médico!

—Entonces, dame al menos las postales. No quiero que deambules por ahí con ellas en el bolsillo.

Tras una breve resistencia le entregó las dos postales.

—La verdad es que no es un buen domingo, Otto...

 

Capítulo 39

EL TERCER AVISO

 

 

Pero después, en casa de los Heffke, olvidaron por completo sus malos presagios. Resultó que los esperaban de verdad. La cuñada morena y silenciosa también había preparado una tarta, y después de comerse ambas tartas acompañadas por una taza de achicoria, Ulrich Heffke sacó una botella de aguardiente que le habían regalado los compañeros de la fábrica.

Bebieron despacio y con agrado copitas de aquella bebida desacostumbrada para todos ellos, y se animaron más de lo habitual, se tornaron más locuaces por la bebida. Al final, con la botella ya vacía, el jorobado bajito de ojos tiernos comenzó a cantar. Cantó canciones religiosas, himnos: «Cuesta mucho ser cristiano» y «Salvador, a Ti me entrego»... con todas sus estrofas.

Las cantó con una voz muy aguda de falsete, con claridad y devoción, y hasta Otto Quangel se sintió trasladado a los días de su infancia, cuando esas canciones aún significaban algo para él, pues había sido un sencillo creyente. Por entonces la vida aún era fácil, él no sólo creía en Dios, sino también en las personas. Creía que frases como «Ama a tus enemigos» y «Bienaventurados los pacíficos» tenían validez en el mundo. Desde entonces se había vuelto muy distinto y sin duda no mejor. Ya nadie podía creer en Dios; era imposible que un Dios bondadoso permitiera la ignominia que existía en el mundo, y en lo tocante a las personas, esos cerdos...

El jorobado Ulrich Heffke cantaba muy alto y nítido: «Bien sabes que eres una persona, ¿por qué ansías cosas...?».

Pero los Quangel rechazaron de manera tajante la invitación a quedarse a cenar. Sí, se lo habían pasado de maravilla, pero ahora debían regresar a casa. Otto tenía cosas que hacer. Además, tampoco debían, aunque sólo fuera por los cupones de racionamiento, ellos sabían cómo funcionaba eso. A pesar de las protestas de los Heffke aduciendo que por una vez no importaba, que no todos los domingos se celebraba un cumpleaños y que todo estaba preparado, que lo comprobarían inspeccionando la cocina... a pesar de todas las protestas, los Quangel insistieron en que tenían que marcharse.

Y lo hicieron, aunque los Heffke se quedaron muy ofendidos.

Una vez en la calle, Anna dijo:

—¿Has visto? Ulrich se ha enfadado, y su mujer también...

—Olvídalos. De todos modos ésta ha sido nuestra última visita.

—Pero esta vez todo ha resultado muy simpático, ¿no crees, Otto?

—Seguro. Desde luego. El aguardiente ha ayudado mucho...

—Y Ulrich ha cantado tan bien... ¿a ti no te ha gustado?

—Sí, mucho. Un tipo curioso. Estoy seguro de que todas las noches, en la cama, continúa rezando al buen Dios.

—¡Déjalo, Otto! Hoy en día las personas piadosas lo tienen más fácil. Cuentan con alguien a quien confiar sus preocupaciones. Y creen que toda esta matanza tiene un sentido.

—¡Lo que me faltaba! —replicó Quangel, con repentina ira—. ¡Sentido! ¡Todo eso es un disparate! Como creen en el cielo, ya no quieren cambiar nada en la tierra. ¡Siempre humillándose y mortificándose! En el cielo todo volverá a ir bien. Dios sabe por qué sucede todo. ¡El día del Juicio Final lo averiguaremos! ¡No, gracias!

Quangel había hablado deprisa y muy enfadado. El desacostumbrado alcohol ejercía su efecto. De repente se detuvo.

—¡Ésa es la casa! —exclamó de improviso—. Quiero entrar ahí. ¡Dame una postal, Anna!

—¡Oh, no, Otto, olvídalo! Hemos acordado que hoy ya no haríamos nada más. ¡Es un mal día!

—Ya no, ya no. ¡Dame la postal, Anna!

Ella se la entregó con cierta vacilación.

—Ojalá no salga mal, Otto. Tengo un miedo terrible...

Pero él no prestó atención a sus palabras, ya se había ido.

La mujer esperó, pero esta vez el susto le duró poco, pues Otto regresó enseguida.

—Bueno —dijo, cogiéndola del brazo—, hecho. ¿Ves lo fácil que ha sido? No hay que hacer caso de esos presentimientos.

—Gracias a Dios —repuso Anna.

Pero apenas habían dado unos pasos en dirección a la plaza Nollendorf, un hombre se abalanzó hacia ellos. Con la postal de Quangel en la mano.

—¡Eh, usted! ¡Sí, usted, usted! —chillaba alterado como un loco—. ¡Acaba de dejar esta postal en mi descansillo! ¡Lo he visto perfectamente! ¡Policía! ¡Aquí! ¡Agente!

Gritaba cada vez más alto. La gente se congregó a su alrededor, un policía se acercaba a toda prisa por Kurfürstendamm.

No había duda: el juego ya no favorecía a los Quangel. Tras haber actuado con éxito durante dos años, de pronto la suerte había dado la espalda al jefe de taller. Un fracaso detrás de otro. El antiguo comisario Escherich tenía razón: en el juego la suerte no puede acompañarte siempre, también hay que contar con la mala fortuna. Otto Quangel lo había olvidado. Nunca había pensado en las pequeñas adversidades que la vida siempre tiene preparadas, que son imprevisibles y con las que, sin embargo, hay que contar.

En este caso el imprevisto había aparecido bajo la figura de un pequeño funcionario rencoroso que había utilizado su domingo libre para espiar a la inquilina que vivía en el piso de arriba. Le encolerizaba que durmiera hasta bien avanzada la mañana, que siempre fuera vestida con pantalones de hombre y tuviera la radio encendida de noche hasta mucho después de las doce. Sospechaba que llevaba «tipos» a su piso. Si eso era cierto, la denigraría en todo el edificio. Iría a ver al casero y le diría que semejante furcia no podía seguir viviendo en una casa decente.

Llevaba ya más de tres horas acechando con paciencia por la mirilla de su puerta cuando, en lugar de la inquilina de arriba, vio a Otto Quangel subiendo por la escalera. Había visto con sus propios ojos cómo Quangel dejaba la postal en un escalón, lo hacía a veces cuando las ventanas de la escalera no tenían repisa.

—¡Lo he visto, lo he visto con mis propios ojos! —gritaba el alterado hombre al policía, sacudiendo la postal—. ¡Lea esto, agente! ¡Es alta traición! ¡Este tipo se merece la horca!

—¡Deje de gritar! —ordenó el policía con voz de desaprobación—. Ya ve que este otro señor está completamente tranquilo. No piensa escapar corriendo. Bien, ¿ha sucedido tal como dice este caballero?

—¡Bobadas! —contestó, furioso, Otto Quangel—. Me ha confundido. Acabo de visitar a mi cuñado en su casa para celebrar su cumpleaños, en la calle Goltz. Aquí, en la calle Maassen, no he entrado en ningún edificio. Pregúntele a mi mujer...

Miró a su alrededor, buscándola. Anna se abría paso entre el apretado círculo de curiosos. Ella había pensado inmediatamente en la segunda postal que llevaba en el bolso. Tenía que librarse de ella enseguida, eso era lo más importante. Deslizándose entre la gente, vio un buzón y sin llamar la atención —todos miraban al excitado denunciante— la echó dentro.

De nuevo junto a su marido, le sonrió dándole ánimos.

Entretanto el policía había leído la postal. Muy serio, se la metió en la bocamanga. Conocía la existencia de esas postales; no una, sino diez veces habían llamado la atención sobre ellas en todas las comisarías. Perseguir la más leve pista era una obligación.

—¡Acompáñenme los dos a comisaría! —decidió.

—¡Y yo! —exclamó Anna Quangel enfurecida, deslizando su brazo en el de su marido—. ¡Yo también voy! ¡No dejaré solo a mi marido!

—¡Tiene razón la mujer! —corroboró una voz procedente del corro de curiosos—. ¡Con esos fulanos, nunca se sabe... vigila a tu costilla!

—¡Silencio! —gritó el policía—. ¡Silencio! ¡Retrocedan! ¡Dispérsense! ¡Aquí no tienen nada que hacer!

Pero el público no opinaba lo mismo y el agente, comprendiendo que era imposible vigilar a tres personas y obligar a dispersarse a un grupo de casi cincuenta, dejó de ordenarles que se fueran.

—¿Está seguro de que no se equivoca? —preguntó al excitado denunciante—. Y la mujer ¿estaba también en la escalera?

—No, ella no. ¡Pero estoy seguro de que no me equivoco, agente! —vociferó de nuevo—. Lo he visto con mis propios ojos, llevaba ya más de tres horas junto a la mirilla de mi puerta...

—¡Maldito chivato! —exclamó una voz estridente y desaprobadora.

—¡Entonces se vienen conmigo los tres! —decidió el policía—. ¡Vamos, circulen! Ya ven que estos caballeros desean pasar. ¡Qué curiosidad más estúpida! Por ahí, caballero, haga el favor.

En la comisaría tuvieron que esperar cinco minutos antes de ser llamados al despacho del jefe, un hombre alto de rostro bronceado, franco. La postal de Quangel reposaba sobre su escritorio.

El denunciante repitió sus acusaciones.

Otto Quangel lo negó. Sólo había ido a visitar a su cuñado a la calle Goltz, nunca había entrado en un edificio de la calle Maassen. Ese viejo jefe de taller, según se identificó, hablaba sin la menor excitación y constituyó también para el jefe un agradable contraste con el vociferante y alterado denunciante que no paraba de escupir sapos y culebras.

—Oiga, ¿por qué se ha pasado tres horas detrás de la mirilla? —le preguntó despacio el jefe—. Usted no podía saber que iba a llegar alguien con semejante postal, ¿o sí?

—Ay, es que en nuestro edificio vive una furcia, señor comisario. Va siempre en pantalones, tiene la radio encendida toda la noche... y yo quería vigilar para averiguar qué tipos trae a su casa. Y entonces ha llegado este hombre...

—Jamás he estado en ese edificio —repitió Quangel, tozudo.

—¿Pero cómo iba a hacer algo así mi marido? ¿Cree usted que yo lo permitiría? —terció Anna—. ¡En los más de veinticinco años que llevamos casados mi marido jamás ha sido acusado de nada!

El comisario dirigió una ojeada a la hierática cara de pájaro. ¡Éste es capaz de muchas cosas!, le pasó veloz por la mente. Pero ¿escribir esas postales?

Se volvió hacia el denunciante.

—¿Cómo se llama usted? ¿Millek? Y tiene un cargo en Correos, ¿me equivoco?

—Primer secretario, señor comisario, así es.

—¿Y es usted el Millek que nos presenta dos denuncias semanales por término medio sobre lo mal que pesan los comerciantes, que han sacudido el polvo a las alfombras el jueves, que alguien ha hecho de vientre delante de su puerta, etcétera, etcétera? ¿Es usted?

—La gente es muy mala, señor comisario. Lo hacen todo para fastidiarme. Créame, señor comisario.

—Así que esta tarde ha estado vigilando a una mujer a la que califica de furcia, y ahora denuncia a este caballero...

El primer secretario aseguró que se había limitado a cumplir con su deber. Había visto a ese hombre dejando la postal, y un vistazo a lo escrito le indicó que se trataba de alta traición, por lo que le siguió en el acto.

—¡Ya, ya! —exclamó el comisario—. Un momento, por favor...

Se sentó ante su máquina de escribir y fingió leer la postal que ya había leído tres veces. Reflexionó. Estaba convencido de que el tal Quangel era un viejo obrero, sus datos eran correctos; Millek, por el contrario, era un quisquilloso cuyas denuncias jamás se habían probado. Habría preferido enviar a casa a los tres.

Pero al fin y al cabo la postal había sido encontrada allí, ese dato no se podía soslayar, y además existía una orden rigurosa de seguir cualquier pista, por pequeña que fuere. El comisario no quería tirar piedras contra su propio tejado. Los de arriba no tenían muy buena opinión de él. Era sospechoso de sensiblería, se decía que simpatizaba en secreto con asociales y judíos. Debía ser muy cauteloso. En el fondo, ¿qué mal podía sucederles a esa mujer y a ese hombre si los entregaba a la Gestapo? Si eran inocentes, al cabo de unas horas recobrarían la libertad; pero al falso denunciante le echarían un buen rapapolvo por el trabajo inútil que había ocasionado.

Se disponía a telefonear al comisario Escherich cuando se le ocurrió una idea. Llamó al timbre y le dijo al policía que entró:

—Llévese ahí delante a estos dos hombres y regístrelos a fondo. Pero tenga cuidado de que no se confundan sus pertenencias. Después envíeme un hombre, yo registraré aquí a la mujer.

Pero también estos registros resultaron infructuosos, no se hallaron circunstancias agravantes para Quangel. Su esposa recordó, con un ligero suspiro de alivio, la postal que había echado al buzón. Otto Quangel, que aún desconocía esa acción apresurada de su mujer, la cual demostraba una gran presencia de ánimo, pensó: Qué hábil es Anna. ¿Qué habrá hecho con la postal? ¡Si yo he estado siempre a su lado! La documentación de Quangel confirmó asimismo todas sus declaraciones.

En el bolsillo de Millek, por el contrario, se encontró una denuncia dirigida a la comisaría contra una tal señora Von Tressow, residente en la calle Maassen número 17, que dejaba suelto a su agresivo perro, a pesar de la obligación de llevarlos sujetos con correa. El can había gruñido ya dos veces al primer secretario de Co rreos. Éste temía por sus pantalones, que ahora, en tiempos de guerra, eran insustituibles.

—¡Qué preocupaciones las suyas, caballero! —exclamó el comisario—. ¡Ahora, en el tercer año de guerra! ¿Cree que no tenemos otra cosa que hacer? ¿Por qué no se acerca usted mismo a la señora y le pide cortésmente que lleve al perro atado con la correa?

—De ninguna manera, señor comisario. ¿Abordar a una dama en la calle por la noche...? ¡Ni hablar! ¡Después ella me denunciaría por inmoralidad!

—En fin, agente, llévese a los tres. Me gustaría hacer una llamada telefónica.

—¿Acaso también yo estoy detenido? —exclamó furioso Millek—. ¡He denunciado algo importante y usted me detiene! ¡Lo denunciaré!

—¿Ha mencionado alguien la palabra detención? ¡Agente, llévese a los tres!

—¡Ha hecho que me vacíen los bolsillos como si fuera un delincuente! —volvió a gritar el primer secretario de Correos antes de que la puerta se cerrase tras él.

El comisario descolgó el teléfono y se identificó.

—Quisiera hablar con el comisario Escherich —dijo—. Por el asunto de las postales.

—El comisario Escherich está acabado, liquidado, perdido —respondió en su oído una voz descarada—. Ese caso lo lleva ahora el comisario Zott.

—Pues entonces póngame con el comisario Zott... si es que está un domingo por la tarde como hoy.

—¡Ah, ése está siempre! Le paso con él.

—Aquí Zott.

—Aquí Kraus, jefe de la comisaría de distrito. Acaban de traernos a un hombre que al parecer está relacionado con ese asunto de las postales, ¿está usted al corriente?

—Por supuesto. El caso del Duende. ¿Qué profesión tiene ese hombre?

—Carpintero. Jefe de taller en una fábrica de muebles.

—Entonces ha atrapado al hombre erróneo. El verdadero autor trabaja en los tranvías. ¡Deje libre a ese hombre, comisario! Buenas tardes.

De ese modo recobraron los Quangel la libertad, con enorme sorpresa por su parte, pues daban por sentado que los someterían a un interrogatorio concienzudo y registrarían su domicilio.

 

Capítulo 40

EL COMISARIO ZOTT

 

 

El señor comisario Zott, con barba saliente y barriga prominente, un hombrecillo que parecía salido de una historia de Ernst Theodor Amadeus Hoffmann, una criatura que parecía compuesta de papel, polvo de expedientes, tinta y mucha sagacidad, había sido en la época anterior un personaje muy ridículo entre los miembros de la policía científica de Berlín. Él desdeñaba los métodos habituales, casi nunca practicaba interrogatorios y la visión de un asesinado lo ponía enfermo.

Lo que más le gustaba era estudiar los expedientes ajenos, comparar, buscar, extractar varias páginas... pero su fuerte era hacer tablas, unas tablas interminables, minuciosamente diseñadas, de las que extraía sus sagaces conclusiones. Dado que su método de trabajar sólo con la cabeza había granjeado a Zott algunos éxitos sorprendentes en casos que parecían carentes de toda esperanza, había cundido la costumbre de endosarle todos los casos desesperados... si Zott no averiguaba nada, nadie lo haría.

Así pues, la propuesta del comisario Escherich de confiar el caso Duende al comisario Zott no había sido tan insólita. Sólo que Escherich tendría que haber logrado que esa propuesta partiese de sus superiores, pues hecha por él era simplemente una desfachatez, más aún, cobardía ante el enemigo, deserción...

Zott se encerró durante tres días con el expediente del caso Duende, al cabo de los cuales solicitó una entrevista con el Obergruppenführer. Éste, ansioso por ver resuelto el caso de una vez, acudió inmediatamente a ver a Zott.

—Bueno, comisario ¿qué es lo que ha descubierto usted, viejo Sherlock Holmes? Estoy convencido de que ya tiene cogido por los cojones al autor. Ese asno de Escherich...

Y a continuación dedicó una larga retahíla de insultos a Escherich por haberlo estropeado todo. El comisario Zott escuchó sin pestañear, sin revelar su propia opinión ni siquiera con una inclinación o un meneo de cabeza.

Cuando al fin se aplacó su furia, Zott dijo:

—Mi Obergruppenführer, tenemos, pues, a ese escritor de postales, un hombre sencillo, bastante inculto, que no ha escrito mucho durante su vida y al que le cuesta bastante esfuerzo expresarse. Debe de ser soltero o viudo y vivir completamente solo en su casa, o en estos dos años ya hace mucho que su esposa o su casera le habrían sorprendido escribiendo y algo habría salido a relucir. El hecho de que no se haya revelado un solo dato sobre su persona, a pesar de que según nuestras suposiciones se habla mucho sobre esas postales en la zona situada al norte de la plaza Alexander, demuestra que nadie lo ha visto escribiendo. Debe de vivir completamente solo. Tiene que ser un hombre mayor... si fuera joven hace mucho que se habría hartado de esta actividad sin resultados visibles para comenzar otro quehacer. Tampoco dispone de radio...

—¡Bien, bien, señor comisario —lo interrumpió impaciente el Obergruppenführer—. Todo eso me lo contó ya hace mucho tiempo y con las mismas palabras el idiota de Escherich. Lo que yo necesito son análisis nuevos, resultados que me permitan detener a ese tipo. Veo que tiene una tabla. ¿Qué me cuenta de ella?

—Sí, la tengo aquí —contestó el comisario sin dejar que se le notara la grave ofensa que acababa de causarle Prall al atribuir a Escherich todas las sagaces deducciones de Zott—, he anotado en ella las horas de hallazgo de las postales. Hasta el día de hoy son doscientas treinta y tres postales y ocho cartas. Si examinamos con más atención las horas, llegamos a las siguientes conclusiones: ninguna postal se ha depositado después de las ocho de la tarde ni antes de las nueve de la mañana...

—Eso está más claro que el agua —exclamó el Obergruppenführer con tono impaciente—. ¡Porque entonces están cerrados los edificios! ¡Para saberlo, la verdad es que no necesito tabla alguna!

—Un momento, por favor —rogó Zott, y su voz traslucía irritación—. Todavía no he acabado de exponer mis apreciaciones. Los edificios, dicho sea de paso, no se abren a las nueve de la mañana, sino a las siete y con frecuencia a las seis. Prosigo. Además, el ochenta por ciento de las postales se han depositado en el período comprendido entre las nueve de la mañana y las doce del mediodía. Jamás se ha abandonado ninguna postal entre las doce y las catorce horas. El veinte por ciento lo ha sido entre las catorce y las veinte horas. De ello se deduce que el autor de las postales, sin duda el mismo que las distribuye, suele comer entre las doce y las catorce horas, trabaja de noche o al menos nunca por la mañana, rara vez por la tarde. Si analizamos el lugar del hallazgo, la plaza Alexander pongamos por caso, comprobamos que la postal fue depositada a las once quince. Teniendo en cuenta la distancia que un hombre puede recorrer en cuarenta y cinco minutos, es decir, hasta las doce, y trazando con el compás un círculo alrededor del lugar del hallazgo, siempre me encuentro con esta zona libre de banderitas al norte. Con ciertas reservas inevitables, pues no todas las horas de hallazgo coinciden con las horas en que se depositaron las postales, esto es aplicable a todos los lugares donde se han encontrado. De esto deduzco, primero: el hombre es muy puntual. Segundo: no le gusta utilizar el transporte público. Vive en el triángulo delimitado por las calles Greifswalder, Danziger y Prenzlauer, y en concreto en el extremo norte de ese triángulo, seguramente en la calle Chodowiecki, Jablonski o Christburger.

—¡Excelente, señor comisario! —dijo el Obergruppenführer cada vez más decepcionado—. Por cierto, recuerdo que ya Escherich mencionó esas calles. Sólo que él pensaba que un registro domiciliario sería inútil. ¿Qué opina usted al respecto?

—Un momento, por favor —solicitó Zott levantando la pequeña mano que parecía haber adquirido el tono amarillento del papel de los expedientes que había manejado. Ahora estaba de verdad profundamente ofendido—. Quisiera exponerle con todo detalle mis resultados para que usted mismo pueda comprobar si las medidas que voy a sugerir son adecuadas...

¡El pequeño zorro quiere asegurarse!, pensó Prall. ¡Espera y verás, conmigo no hay seguros que valgan, y si quiero joderte, lo haré!

—Si continuamos analizando esta tabla —prosiguió el comisario— veremos que todas las postales han sido depositadas en días laborables. De ello es forzoso deducir que el autor no abandona su domicilio los domingos. El domingo es su día de escribir, y así lo corrobora el hecho de que la mayoría de las postales se encuentran los lunes o los martes. El hombre siempre tiene prisa por sacar de su casa ese material inculpatorio.

El pequeño barrigudo levantó el dedo.

—Las nueve postales halladas al sur de la plaza Nollendorf constituyen una excepción. Todas ellas han sido depositadas los domingos, en general con un intervalo de casi tres meses y siempre a última hora de la tarde o primera de la noche. De ello se deduce que el autor tiene un pariente que vive allí, quizá una madre anciana, a la que hace una visita formal a intervalos regulares.

El comisario Zott se calló y miró al Obergruppenführer a través de sus gafas de montura de oro como si esperase una palabra de reconocimiento.

Pero éste se limitó a decir:

—Todo perfecto. Desde luego muy sagaz. Sin duda todo es correcto. Pero no veo cómo nos ayudará a progresar...

—¡Un poco, sí, mi Obergruppenführer! —le rebatió el comisario—. Como es natural, ordenaré investigaciones confidenciales y cautelosas en los edificios de las calles mencionadas, para indagar si allí vive un hombre que responde a mis conclusiones.

—¡Eso ya sería algo! —exclamó, aliviado, el Obergruppenführer—. ¿Alguna cosa más?

—He confeccionado también —dijo el comisario conteniendo su tono de triunfo mientras sacaba otra lista— una segunda tabla en la que he rodeado con círculos rojos que abarcan un kilómetro de diámetro los principales lugares de los hallazgos. Además, he dejado fuera los dos descubrimientos de la plaza Nollendorf y el supuesto domicilio. Si analizo con más atención estos once lugares principales, once, mi Obergruppenführer, hago el sorprendente descubrimiento de que todos ellos, todos sin excepción, están junto a estaciones de tranvía o cerca. ¡Compruébelo usted mismo! ¡Aquí! ¡Y allá! ¡Y allí! Aquí está la estación, algo a la derecha y casi fuera del círculo, pero en su radio. Y de nuevo, aquí, en el mismísimo centro...

Zott miró suplicante al Obergruppenführer y prosiguió:

—Esto no puede ser fruto de la casualidad. ¡En criminalística no se dan esas casualidades! Mi Obergruppenführer, ese hombre tiene alguna relación con los tranvías. Cualquier otra hipótesis es imposible. Tiene que trabajar allí de noche, en ocasiones también por la tarde. Pero no viste uniforme, según sabemos por los informes de las dos testigos que lo vieron al depositar las postales. Pido permiso, mi Obergruppenführer, para apostar a un hombre experto en cada una de estas estaciones. Auguro más frutos a esta acción que a las pesquisas en los edificios. ¡Pero ambas juntas, si son concienzudas, nos conducirán sin duda al éxito!

—¡Zorro astuto! —exclamó ahora el Obergruppenführer, también de excelente humor, y palmeó los hombros del comisario con tal brío que faltó poco para que el hombrecillo cayera al suelo de rodillas—. ¡Viejo maleante taimado! Lo de las estaciones de tranvía es magistral. ¡Escherich es un imbécil! Eso debería haberlo averiguado él. ¡Claro que tiene mi permiso! ¡Dese prisa y dentro de dos o tres días comuníqueme que le ha echado el guante a ese individuo! ¡Quiero restregarle por los morros a ese majadero, a Escherich, el pedazo de inútil que es!

Y sonriendo satisfecho el Obergruppenführer abandonó la habitación.

Una vez solo, el comisario Zott soltó una ligera tosecilla. Sentado ante las tablas colocadas sobre su escritorio, miró de reojo la puerta a través de las gafas y tosió de nuevo. Odiaba a todos esos tipos ruidosos y descerebrados que sólo sabían vociferar. Y uno de los que más odiaba era el que acababa de salir del despacho, ese mono idiota que siempre le mencionaba el nombre de Escherich. «Eso ya lo dijo Escherich», y «Eso ya me lo contó el idiota de Escherich».

Y encima le ha golpeado los hombros en broma, cuando el comisario aborrece cualquier contacto físico. No, ese tipo... en fin, había que esperar el momento oportuno. Esos individuos no estaban tan seguros en sus monturas, sus voces ocultaban a duras penas el miedo a ser derribados algún día. Por seguros y cortantes que parecieran, en su interior sabían muy bien que nada sabían y nada eran. ¡Mira que tener que comunicar su gran descubrimiento de las estaciones de tranvía a semejante mentecato, a un hombre incapaz de apreciar la inteligencia que exigen tales deducciones! ¡Era echar margaritas a los cerdos... siempre la misma canción!

Pero después el comisario vuelve a concentrarse en sus informes, en sus tablas, en sus planos. Tiene la cabeza bien amueblada; cierra un cajón y se olvida por completo de su contenido. Abre el cajón de estaciones de tranvías y comienza a meditar sobre el puesto que ocupará el autor de las postales. Telefonea a la dirección de las empresas de transportes, al departamento de personal, y manda que le proporcionen una lista interminable de las profesiones de todos los trabajadores de la empresa municipal de transportes de Berlín. Ocasionalmente toma notas.

Está convencido de que el autor tiene algo que ver con los tranvías. Se siente muy orgulloso de este descubrimiento. Sentiría una decepción infinita si ahora le trajesen a Quangel, el jefe de taller de una fábrica de muebles, acusándolo de ser el autor. Le daría completamente igual haber capturado por fin al culpable, sólo le dolería que su hermosa teoría fuese errónea.

De ahí que, cuando uno o dos días después, en plena actividad de búsqueda en los edificios y en las estaciones de tranvía, un comisario le comunica que acaso hayan detenido al autor, él se limite a preguntar por su profesión. Al oír carpintero, ese hombre queda desechado en el acto. ¡Tiene que ser tranviario!

¡Olvidado y liquidado! Tan completamente liquidado que el comisario ni siquiera tiene en cuenta que esa comisaria está al lado de la plaza Nollendorf, que es domingo por la tarde y que en la plaza Nollendorf precisamente toca una nueva postal. El comisario ni siquiera retiene en su memoria el número de la comisaría. ¡Esos idiotas sólo cometen estupideces... liquidado!

Ya me traerá información mi gente, mañana o pasado mañana a más tardar. ¡La que aportan los agentes casi siempre es basura, ellos no pertenecen a la policía científica!

Y de este modo los Quangel, que ya estaban detenidos, recobraron la libertad...

 

Capítulo 41

OTTO QUANGEL SE VUELVE INSEGURO

 

 

Ese sábado por la noche los dos Quangel se fueron a casa en silencio y cenaron sin decir palabra. Anna, que, cuando fue preciso, se mostró tan valiente y decidida, derramó en la cocina unas lágrimas apresuradas y clandestinas de las que Otto no debía tener noticia. Ahora, cuando todo había concluido, el susto y el miedo se apoderaron de ella. Por poco sale todo mal, una minucia y los dos habrían estado acabados. Si el tal Millek no hubiera sido un conocido querellante... Si ella no se hubiera librado de la postal... Si el comisario hubiera sido un hombre diferente... ¡porque se le notaba que aborrecía al denunciante! Sí, por una vez las cosas habían salido bien, pero nunca jamás debía volver a arrostrar Otto semejante peligro.

Entra en la sala que su marido recorre sin cesar de un lado a otro. No tienen ninguna luz encendida, pero ha levantado el dispositivo de oscurecimiento y entra la luz de la luna.

Otto deambula de aquí para allá, todavía mudo.

—¡Otto!

—¿Qué?

Se detiene de improviso y mira hacia la mujer que se ha sentado en la esquina del sofá, apenas visible a la pálida y débil luz de la luna que penetra en la habitación.

—Otto, creo que lo mejor será que nos tomemos un descanso. En este momento la suerte nos da la espalda.

—Imposible —responde—. Imposible, Anna. Si de repente dejasen de aparecer postales, llamaría la atención. Justo ahora que casi nos han pillado, llamaría mucho la atención. Ellos tampoco son tan tontos, se darían cuenta de que existe una relación entre nosotros y las postales que de repente ya no llegan. Tenemos que continuar, queramos o no.

Y añade con dureza:

—¡Y yo, quiero!

Ella respira hondo. No tiene valor para darle su conformidad, aunque comprende que tiene razón. No se trata de un camino en el que puedas detenerte cuando te apetezca. No hay vuelta atrás, ni descanso. Hay que continuar.

Tras unos momentos de reflexión, dice:

—Entonces deja que yo reparta las postales a partir de ahora, Otto. Tú ya no tienes suerte en esa labor.

—No puedo hacer nada si un delator se pasa tres horas detrás de la mirilla. Miré a mi alrededor por todas partes, tuve cuidado —replicó, encolerizado.

—No he dicho que no tuvieras cuidado, Otto. He dicho que ya no tienes suerte. Tú no tienes la culpa.

Él cambia de conversación.

—Por cierto, ¿qué hiciste con la segunda postal? ¿Te la escondiste pegada al cuerpo?

—Imposible, porque siempre había gente delante. No, Otto, la eché en un buzón de Correos de la plaza Nollendorf, aprovechando los primeros momentos de agitación.

—¿En un buzón? Muy bien. Bien hecho, Anna. En las próximas semanas echaremos postales en los buzones de todos los lugares que visitemos, para que esta última postal no llame la atención. Los buzones de Correos no están nada mal, tampoco en Correos serán todos nazis. Además, el riesgo es menor.

—Te lo ruego, Otto, déjame repartir las postales a partir de ahora —insistió su mujer.

—No creas, mamá, que tú hubieras podido evitar el error que yo he cometido. Son las casualidades que siempre he temido, contra las que es imposible tomar precauciones porque son imprevisibles. ¿Qué puedo hacer contra un espía que se pasa tres horas pegado a la mirilla? Y tú puedes ponerte enferma de repente, caerte y partirte una pierna... enseguida revisarían tus bolsillos y encontrarían la postal. No, Anna, contra las casualidades no existe protección.

—Me tranquilizaría tanto que me confiases el reparto... —repuso, obstinada.

—No digo que no, Anna. Quiero confesarte la verdad, de repente me siento inseguro. Es como si sólo pudiera mirar a un lugar en el que no está el enemigo. Como si los enemigos pulularan a mi alrededor por doquier y yo no lograra verlos.

—Te has puesto nervioso, Otto. Esto dura ya demasiado tiempo. ¡Ojalá pudiéramos descansar durante unas semanas! Pero tienes razón, no es posible. Desde ahora yo repartiré las postales.

—No digo que no. ¡Hazlo! No tengo miedo, aunque tienes razón, estoy nervioso. Es fruto de esas casualidades con las que nunca conté. Creí que bastaba con hacer mi parte como es debido. Pero eso no es nada, se necesita también suerte, Anna. La hemos tenido durante mucho tiempo, ahora parece que han cambiado las tornas...

—Bueno, las cosas han vuelto a salir bien —repuso, tranquilizadora—. No ha sucedido nada.

—Pero ellos tienen nuestra dirección, en cualquier momento pueden volver a cogernos. ¡Maldita parentela, siempre dije que no servía para nada!

—No seas injusto, Otto. ¿Qué culpa tiene el pobre Ulrich?

—Ninguna, por supuesto. ¿Quién ha dicho lo contrario? Pero si no fuera por él, no les habríamos hecho una visita. Anna, el apego a la gente no sirve de nada. Eso sólo lo hace todo más difícil. Ahora somos sospechosos.

—Si de verdad lo fuéramos, no nos habrían dejado marchar, Otto.

—¡La tinta! —exclama, deteniéndose de repente—. ¡Todavía tenemos tinta en casa! La tinta con la que escribí la postal, la misma tinta de este frasquito.

Se aproxima a la pila y vierte la tinta. A continuación se viste.

—¿Adónde vas, Otto?

—Hay que sacar el frasco de casa. Mañana compraremos de otra clase. Mientras tanto quema la pluma, y las postales viejas y el antiguo papel de cartas que aún conservamos. ¡Hay que quemarlo todo! Revisa los cajones. ¡No tiene que quedar nada de eso en casa!

—Pero, Otto, que no somos sospechosos. Hay tiempo para todo eso.

—No hay tiempo para nada. Haz lo que te digo. Revisa todo, quémalo todo.

Se marchó.

Regresó más calmado.

—He tirado el frasquito en Friedrichshain. ¿Lo has quemado todo?

—Sí.

—¿De veras? ¿Has revisado y quemado todo?

—¡Te lo estoy diciendo, Otto!

—De acuerdo, Anna. Es curioso, pero me siento de nuevo como si no pudiera ver la posición real del enemigo. ¡Como si me hubiera olvidado de algo!

Se pasó la mano por la frente, la miró meditabundo.

—Tranquilízate, Otto, seguro que no has olvidado nada. En esta casa ya no queda nada.

—¿Tengo tinta en los dedos? Ahora que ya no hay tinta en casa no puedo llevar ni una mancha de tinta, ¿entiendes?

Miraron y en efecto encontraron una en el índice de la mano derecha. Ella se la quitó frotando con la mano.

—¡Lo ves, es lo que yo digo, siempre se encuentra algo! Estos son los enemigos que no acierto a ver. Bueno, a lo mejor era esa mancha de tinta en la que no me había fijado la que me atormentaba.

—Ha desaparecido, Otto, ya no hay nada que pueda inquietarte.

—Gracias a Dios. Entiéndelo, Anna, no tengo miedo, pero no quiero que nos descubran demasiado pronto. Me gustaría realizar mi cometido el mayor tiempo posible. Si pudiera, me gustaría presenciar el derrumbe de todo esto. Sí, me encantaría. ¡Porque también nosotros hemos contribuido a ello!

Esta vez es Anna la que le consuela.

—Sí, lo verás, los dos lo veremos. ¿Qué es lo que ha pasado? Es verdad, hemos corrido un gran peligro, pero... ¿dices que la suerte nos ha dado la espalda? La suerte nos ha sido fiel, el peligro ha pasado. Estamos aquí.

—Sí —contestó Otto Quangel—. Estamos aquí, somos libres. Todavía. Y confío en que lo seremos durante mucho, mucho tiempo más...

 

Capítulo 42

PERSICKE, EL VIEJO CAMARADA DEL PARTIDO

 

 

El soplón del comisario Zott, un tal Klebs, tenía que recorrer la calle Jablonski en busca de un hombre viejo que vivía solo cuya detención tanto interesaba a la Gestapo. En el bolsillo llevaba una lista en la que se mencionaba a un camarada del Partido de confianza en cada edificio delantero y a ser posible también en cada uno de los traseros. En esa lista figuraba el nombre de Persicke.

Si en la Gestapo concedían enorme importancia a la detención de este hombre, para el soplón Klebs se trataba de un asunto rutinario. Bajo, mal pagado y mal alimentado, con las piernas torcidas, la piel sucia y los dientes con caries, Klebs recordaba a una rata, y llevaba a cabo sus negocios igual que la rata escarba en los toneles de basura. Siempre estaba dispuesto a aceptar un bocadillo, a mendigar bebida o cigarrillos y, en ese pordioseo, su voz quejumbrosa, chillona, adquiría una suave calidad sibilante, como si el desgraciado estuviera dando el último suspiro.

En casa de los Persicke le abrió el viejo. Tenía pinta de abandono, el pelo gris desgreñado, la cara hinchada, los ojos rojos y toda su persona oscilaba y se balanceaba como un barco en medio de una turbulenta tempestad.

—¿Qué quieres?

—Sólo una pequeña información, para el Partido.

Porque a esos soplones les estaba terminantemente prohibido remitirse a la Gestapo en sus averiguaciones. Todas las preguntas tenían que parecer un informe carente de importancia sobre un miembro del Partido.

Pero incluso ese dato inocente del «informe para el Partido» cayó sobre el viejo Persicke como un puñetazo en el estómago. Gimiendo, se apoyó contra la jamba de la puerta. Su estúpido cerebro, nublado por las emanaciones del alcohol, recuperó por un instante una pizca de conciencia y —con ella— el miedo.

Después se incorporó.

—Pasa —invitó.

La rata lo siguió en silencio. Observaba al viejo con ojos vivos y agudos. Nada se le pasaba por alto.

La salita estaba desordenada. Sillas caídas, botellas volcadas bajo cuyos golletes se evaporaba un aguardiente hediondo. Una manta arrugada en el suelo. Un mantel arrancado bruscamente. Debajo del espejo, que exhibía una telaraña de rajas producidas por un golpe, un montón de fragmentos de cristal. Una cortina corrida y otra arrancada. Y por doquier colillas y más colillas, paquetes de tabaco a medio terminar.

Los dedos de ladrón del soplón Klebs se estremecían. Le habría encantado arramblar con el aguardiente, el tabaco, las colillas y hasta el reloj de bolsillo que asomaba por ese chaleco que colgaba de una silla. Pero ahora era un mero enviado de la Gestapo o del Partido. Así que se sentó en una silla muy buenecito y gorjeó, contento:

—¡Caramba, aquí sí que hay bebida y tabaco! ¡Qué bien vives, Persicke!

El viejo le dirigió una mirada turbia y obnubilada. Después, de golpe, empujó por encima de la mesa hacia su visitante una botella mediada de aguardiente... Klebs consiguió cogerla por los pelos antes de que volcase.

—¡Búscate algo para fumar! —murmuró Persicke acechando a su alrededor—. Por aquí tiene que haber algo. —Y con lengua pastosa añadió—: Pero no tengo fuego.

—No te preocupes, Persicke —lo tranquilizó Klebs con voz sibilante—. Ya encontraré lo que necesite. En la cocina tendrás gas y un encendedor.

Se comportaban como si se conocieran desde hacía una eternidad. Como si fueran viejos amigos. Con absoluta naturalidad caminó sobre sus piernas torcidas hasta la cocina que, con la vajilla destrozada y los muebles volcados, tenía peor aspecto que la sala. En medio de todo ese barullo encontró el encendedor de gas y prendió un cigarrillo.

Se guardó tres cajetillas empezadas. Una de ellas estaba bañada en aguardiente, pero ya se secaría. A su regreso, Klebs miró en las otras dos habitaciones, todo parecía completamente devastado y echado a perder. Klebs sospechó enseguida que el viejo estaba solo en el piso. El confidente se frotó las manos satisfecho, exhibiendo a la vez sus dientes amarillo negruzcos. A ése le sacaría algo más que un poco de aguardiente y unos cuantos cigarrillos.

El viejo Persicke continuaba sentado a la mesa en la misma silla, igual que lo había dejado Klebs. Pero el astuto soplón se dio cuenta de que entretanto el viejo debía de haberse levantado, pues ahora tenía ante él una botella de aguardiente mediada.

Así que en algún sitio tiene más. ¡Ya lo averiguaremos!

Klebs se sentó en su silla con un gemido placentero, proyectó hacia el rostro de su interlocutor una nube de humo, dio un trago de la botella y preguntó con tono inocente:

—A ver, Persicke, ¿qué oprime tu corazón? ¡Suéltalo todo, colega, ábreme tu corazón! Y nada de mentiras, o te fusilarán.

El viejo tembló al escuchar las últimas palabras. No acertó a discernir en qué contexto habían sido pronunciadas. Lo único que entendió fue que se habló de fusilar.

—¡No, no! —murmuró amedrentado—. Nada de fusilar. Ya vendrá Baldur y lo arreglará todo.

Por el momento la rata de Klebs no intentó aclarar quién era Baldur, ése que lo arreglaría todo.

—Persicke, no sé si podrás volver a arreglarlo —aventuró, cauteloso, mientras lanzaba una ojeada al rostro del otro que lo miraba, eso le pareció, sombrío y enfurecido—. Pero bueno, cuando venga Baldur... —añadió conciliador.

El viejo continuaba clavándole la vista en silencio. De pronto, en uno de esos momentos de lucidez de los que disfrutan de vez en cuando los que viven en una borrachera continua, preguntó sin balbucear:

—¿Quién es usted en realidad? ¿Qué quiere de mí? ¡No lo conozco de nada!

La rata miró con mucho cuidado al que se había despejado de una forma tan repentina. En esas fases, los borrachos solían volverse pendencieros y agresivos, y Klebs no era más que un alfeñique (y además cobarde), mientras que al viejo Persicke se le notaba incluso ahora, en la etapa más degenerada, que había entregado a su Führer dos gallardos hombres de las SS y un alumno de la Napola.

Klebs, cambiando de actitud, contestó:

—Ya se lo he dicho, señor Persicke. Quizá no me ha entendido bien. Me llamo Klebs y el Partido me ha encargado hacer ciertas averiguaciones...

El puño de Persicke retumbó sobre la mesa. Las dos botellas se tambalearon... Klebs las salvó con rápido gesto.

—¡Perro! —gritó Persicke—. ¿Cómo se te ocurre decir que no he entendido? ¿Acaso te crees más listo que yo, mofeta apestosa? ¡Me sueltas en mi propia casa y en mi propia mesa que no puedo entender lo que dices, cerdo asqueroso!

—¡No, no, no, señor Persicke! —susurró tranquilizadora la rata—. No lo he dicho con esa intención. Ha sido un pequeño malentendido. Haya paz. Amistad y tranquilidad, siempre... ¡entre viejos camaradas como nosotros!

—¿Dónde está tu carné? ¿Cómo se te ocurre presentarte en mi casa sin enseñar el carné? ¡Ya sabes que el Partido lo prohíbe!

Pero en este punto Klebs no temía nada: la Gestapo le había proporcionado una documentación legal, óptima, irrepro chable.

—Aquí tiene, señor Persicke, examínelo sin prisas. Todo está en regla. Estoy autorizado a solicitar información y usted debe ayudarme, si puede...

El viejo examinaba con ojos vidriosos la documentación que le mostraba. Klebs se guardó muy mucho de entregársela. Las letras se difuminaban ante sus ojos mientras daba golpecitos con dedos torpes:

—¿Éste es usted?

—¡Compruébelo usted mismo, señor Persicke! Todos dicen que he salido parecidísimo en la foto. —Y vanidoso—: Sólo que en persona parezco diez años más joven. No lo sé, no soy presumido. Jamás me miro al espejo.

—Guárdate eso —gruñó el antiguo tabernero—. Ahora no me apetece leer. Siéntate, bebe aguardiente, fuma, pero cállate. Necesito pensar.

La rata hizo lo que se le ordenaba mientras observaba con atención al hombre que tenía enfrente y que parecía sumido de nuevo en su embriaguez.

Sí, la lucidez había abandonado al viejo Persicke, que, tras dar un buen trago de su botella, había vuelto a caer irremisiblemente en la vorágine de la borrachera. Lo que llamaba pensar eran cavilaciones desvalidas, la búsqueda de algo que había perdido hacía mucho tiempo. Ni siquiera sabía lo que buscaba.

El viejo se encontraba en mala situación. Primero uno de sus hijos había sido enviado a Holanda, después otro a Polonia. Baldur había sido destinado a una Napola, ese granuja ambicioso había conseguido su primer objetivo: había sido elegido entre los primeros de la nación alemana, era un alumno especial del propio Führer. Seguía aprendiendo, aprendía a dominar, no precisamente a sí mismo, pero sí a todas las demás personas que no habían llegado tan lejos como él.

El padre se había quedado solo con la mujer y la hija. Siempre le había gustado demasiado empinar el codo, y de hecho el mejor cliente de su taberna antes de la quiebra había sido el mismo Persicke. Cuando los hijos se fueron, cuando faltó sobre todo la vigilancia de Baldur, Persicke empezó a beber y a emborracharse. Al principio su mujer sintió inquietud; bajita, asustadiza, llorosa en ese hogar de hombres en el que siempre había sido una criada gratuita y muy mal tratada, la invadió el miedo al preguntarse de dónde sacaría su marido el dinero para tanto aguardiente. A ello se añadió el temor a las amenazas, al maltrato del borracho... y en secreto huyó a casa de unos parientes dejando al padre a cargo de la hija.

La hija, un ser inculto, que había pasado por la Asociación de Jóvenes Alemanas, de la que incluso había sido dirigente, no tuvo la menor intención de limpiar la mugre del viejo y encima permitir que la maltratara. Gracias a sus relaciones se procuró un puesto de guardiana en el campo de concentración de mujeres de Ravensbrück y, con feroces pastores alemanes y chasqueando la fusta, prefirió obligar allí a ancianas que en su vida habían realizado un trabajo físico a trabajar más de lo que su cuerpo podía soportar.

El padre, que se había quedado solo, se fue hundiendo cada vez más. Se dio de baja por enfermedad en su oficina, nadie se encargaba de su comida, vivía casi exclusivamente de alcohol. Los primeros días había ido de vez en cuando a recoger el pan con sus cupones de racionamiento, pero los había perdido o se los habían robado; hacía días que Persicke no probaba bocado.

La noche pasada había estado muy enfermo, eso sí lo recordaba. Ya no sabía que se había puesto fuera de sí, hecho trizas la vajilla, volcado armarios, que, atenazado por un pánico atroz, había visto perseguidores por todas partes. Los Quangel y el viejo juez Fromm se habían presentado ante su puerta y habían llamado al timbre sin parar. Pero él no se había movido, se había guardado de abrir a sus perseguidores. Allí fuera sólo estaban los mensajeros del Partido que querían que les entregara las cuentas de la caja, pues faltaban más de tres mil marcos (aunque cabía la posibilidad de que fueran seis mil, ni siquiera en los momentos de mayor lucidez acertaba a precisarlo con exactitud).

El viejo juez del Tribunal Cameral dijo fríamente:

—Dejémoslo que siga con su alboroto. No tengo el menor interés...

Su rostro siempre tan amable, por lo general levemente irónico, ofrecía un aspecto gélido. El anciano caballero había bajado por la escalera.

Y Otto Quangel, con su profunda aversión a verse mezclado en algo, también había dicho:

—¿Por qué tenemos que mezclarnos en esto? ¡Sólo nos dará quebraderos de cabeza! ¡Ya lo oyes, Anna, está borracho! Pues ya se le pasará la curda.

Sin embargo, a Persicke, que al día siguiente apenas recordaba ninguno de estos acontecimientos, no se le había pasado la borrachera. Por la mañana se había sentido muy mal, le temblaban tanto los miembros que apenas acertaba a llevarse el gollete a la boca. Pero cuanto más aguardiente bebía, más disminuían el temblor y el miedo que aún lo acometían a intervalos. Ya sólo lo atormentaba la vaga sensación de que había olvidado algo que debía recordar a toda costa.

Y ahora se sentaba frente a él la rata, paciente, astuta, ávida. La rata no tenía prisa, había visto su oportunidad y estaba decidida a aprovecharla. La rata Klebs no tenía prisa por entregar su informe al comisario Zott. A ése siempre le podías colar algún pretexto para justificar por qué no habías avanzado más. Se le había presentado una oportunidad única que no podía dejar escapar.

¡Y Klebs ciertamente no la dejó escapar! El viejo Persicke se sumía en una embriaguez cada vez más profunda, y balbuceaba con esfuerzo, pero hasta el informe de un balbuceante tenía su valor.

Al cabo de una hora Klebs sabía todo lo que necesitaba saber sobre los desfalcos del viejo; sabía también dónde estaban las botellas de aguardiente y el tabaco... para entonces el resto del dinero había pasado ya a su bolsillo.

Ahora la rata es ya el mejor amigo del borracho. Lo ha llevado a la cama; y cuando Persicke grita, Klebs corre a su lado y le da a beber aguardiente hasta que deja de gritar. Mientras tanto, la rata mete en dos maletas todo lo que le parece aprovechable. La hermosa ropa adamascada de la difunta señora Rosenthal cambia de dueño, una vez más con métodos no del todo legales.

Tras dar mucho de beber al viejo, Klebs coge las maletas y abandona furtivamente la vivienda.

Al abrir la puerta de entrada, aparece ante él un hombre alto y huesudo de expresión sombría que le espeta:

—¿Qué hace usted aquí, en el piso de los Persicke? ¿Qué es lo que se lleva? ¡Usted ha venido sin maletas! Vamos, conteste de una vez. ¿O prefiere acompañarme a la policía?

—Por favor, acérquese —pía, humilde, la rata—. Soy un viejo amigo y camarada del señor Persicke. Él se lo confirmará. Usted es el administrador del edificio, ¿verdad? Preste atención, señor administrador, mi amigo Persicke está muy enfermo...

 

Capítulo 43

BARKHAUSEN, ESTAFADO POR TERCERA VEZ

 

 

Los dos caballeros se acomodaron en el devastado cuarto de estar; ahora el «administrador de la finca» ocupaba el sitio de la rata y Klebs la silla de Persicke. No, el viejo Persicke no había podido proporcionar ni un solo dato, pero la seguridad con la que Klebs se movía por la casa, la tranquilidad con la que hablaba con Persicke y le daba de beber había impulsado al «administrador» a mostrar cierta prudencia.

Klebs volvió a sacar su raída cartera de plástico que un día fue negra y ahora ostentaba un brillo rojo herrumbroso en los bordes.

—Si me permite, le enseñaré mi documentación —anunció—. Todo está en orden, señor administrador, el Partido me ha encargado...

Pero su interlocutor rechazó los papeles y el aguardiente, sólo aceptó un cigarrillo. No, él ya no tomaba aguardiente, recordaba demasiado bien cómo en su día, arriba en casa de la señora Rosenthal, Enno le destrozó un negocio espléndido bebiendo coñac. Eso no volvería a suceder. Barkhausen, pues no es otro que Barkhausen el que se sienta allí en el papel de «administrador de la finca», se pregunta cómo abordar a su interlocutor. Porque ha adivinado en el acto el juego de ese fulano: sea verdad o no que es un conocido del viejo Persicke, esté allí por encargo del Partido o no... lo mismo da: ¡ese tipo quería robar! Lo que llevaba dentro de las maletas era mercancía robada, o no se habría asustado tanto al ver a Barkhausen, ni se mostraría ahora tan espantado y solícito. Nadie que actúe de manera legítima se humilla así ante otra persona, Barkhausen lo sabe por propia experiencia.

—¿Le apetece un trago de aguardiente, señor administrador?

—¡No! —Barkhausen casi grita—. Cierre el pico, necesito pensar...

La rata enmudece, sobresaltada.

Barkhausen lleva un año muy malo a las espaldas. No, tampoco recibió los dos mil marcos enviados por la señora Häberle. Cuando solicitó en Correos que se los reexpidiesen, le comunicaron que la Gestapo había reclamado el dinero por proceder de un delito, por lo que debía ponerse en contacto con ellos. Pero Barkhausen no lo había hecho. No deseaba tener nada que ver con el tal Escherich nunca más, pues faltaba a su palabra, y éste tampoco volvió a llamar a Barkhausen.

Así que ese asunto fue un fiasco; pero mucho peor fue que Kuno-Dieter no regresase a casa. Al principio Barkhausen pensó: ¡Espera y verás! ¡Espera a estar en casa! Y se solazó imaginándose escenas de palizas, sacudiéndose con grosería las preocupadas preguntas de Otti por la ausencia de su preferido.

Pero cuando transcurrieron las semanas, la ausencia de KunoDieter tornó la situación bastante insoportable. Otti se convirtió en una auténtica serpiente venenosa y transformó su vida en un infierno. A él, al fin y al cabo, le daba igual que no volviera el golfo ése, tanto mejor: ¡una boca inútil menos en la casa! Pero Otti enloqueció del todo por su preferido, era como si no pudiera vivir un día más sin Kuno-Dieter , y eso que antes tampoco le había ahorrado insultos y golpes.

Al final Otti perdió la chaveta, acudió a la policía y denunció a su propio marido por el asesinato de su hijo. Con tipos como Barkhausen la policía no se andaba con chiquitas, él carecía de reputación, mejor dicho, la tenía pésima, así que el juzgado de lo penal lo encarceló inmediatamente.

Estuvo preso once semanas, tuvo que currar de lo lindo y deshilachar cordajes o le quitaban la comida, de la que de todos modos nunca se hartaba. Pero lo peor fueron las noches, cuando había ataques aéreos. A Barkhausen los ataques aéreos le daban pánico. Había visto una vez a una mujer en la avenida Schönhauser: le cayó una bomba de fósforo y se le quedó dentro... Barkhausen jamás olvidaría esa visión.

Total, que los aviones lo aterraban, y cuando se acercaban zumbando y el aire se llenaba con ese ruido, y se oían luego los primeros impactos, y el resplandor de las llamaradas de incendios lejanos y cercanos iluminaba tiñendo de rojo la pared de su celda... No, ellos no dejaban salir de la celda a los presos, esos cabrones no les permitían bajar al sótano en el que habrían estado más seguros. A lo largo de esas noches la gigantesca prisión celular de Moabit se volvía histérica, los presos se colgaban de las ventanas y gritaban... ¡oh, y de qué manera! ¡Y Barkhausen los secundaba! Aullaba como un animal, ocultaba la cabeza en su catre, y después corría de cabeza contra la puerta de la celda: el cráneo chocaba siempre contra ella, hasta que se quedaba tirado en el suelo aturdido... Era su forma de anestesiarse para soportar esas noches.

Como es natural, tras esas once semanas de prisión preventiva no regresó a casa con ánimo muy amable. No habían podido probarle lo más mínimo, ¡faltaría más!, pero si Otti no hubiera sido tan cerda se habría ahorrado esas once semanas. A partir de entonces la trató como a un perro, a esa pécora que se había dado la gran vida con sus amigos en casa de Barkhausen (cuyo alquiler pagaba ella con regularidad), mientras él tenía que deshilachar cuerdas y casi enloquecía de pánico.

A partir de entonces, los golpes llovían en su vivienda. A la mínima, el hombre empezaba a pegarle, arrojaba lo que tuviera a mano a la cara de esa maldita perra que lo había hundido en la desgracia.

Pero también Otti se defendía. Jamás cocinaba para Barkhausen, ni le daba dinero, ni cigarrillos. Gritaba tanto bajo sus golpes que los vecinos acudían en tropel y tomaban partido contra Barkhausen, aunque sabían que ella no era más que una fulana indecente. Y un día que le arrancó el pelo de la cabeza a mechones, ella hizo lo más indecente de todo: desapareció para siempre de la vivienda y lo dejó plantado con los cuatro críos restantes, que no tenía la certeza de haber engendrado. Maldita sea, Barkhausen tuvo que trabajar en serio o se hubieran muerto todos de hambre, y Paula, a sus diez años, llevaba ahora la casa.

¡Ese había sido un año jodido, verdaderamente jodido! Y encima el odio contra los Persicke, que no dejaba de carcomerlo, a los que no podía ni debía jugar una mala pasada, la furia y los celos impotentes cuando se supo en el edificio que Baldur ingresaría en una Napola, y por último el pequeño, débil renacer de la esperanza cuando observó la embriaguez del viejo Persicke... a lo mejor... a lo mejor, sí...

Y ahora estaba en el piso de los Persicke, ahí, sobre la mesita bajo la ventana estaba la radio que Baldur había robado a la vieja Rosenthal. Barkhausen estaba cerca de su meta y ahora sólo importaba cómo librarse de esa garrapata sin despertar sospechas...

Los ojos de Barkhausen brillaron al imaginarse cómo se enfurecería Baldur si lo viera sentado a la mesa. Un zorro muy astuto, Baldur, pero no lo suficiente todavía. A veces la paciencia es más valiosa que la astucia. Y de pronto Barkhausen recuerda lo que quiso hacer Baldur con Enno Kluge y con él cuando irrumpieron a robar en casa de la Rosenthal, es decir, no fue un verdadero robo con fuerza, sino un asunto acordado... Barkhausen adelanta el labio inferior, contempla meditabundo a su interlocutor, que durante su largo silencio se ha puesto muy nervioso, y dice:

—¡Bien, entonces enséñeme lo que lleva en esas maletas!

—Oiga usted —la rata intenta oponerse—, creo que eso es mucho pedir. Si mi amigo, el señor Persicke, ha permitido que... esto va más allá de sus derechos como administrador de la finca...

—¡Vamos, déjese de bobadas! —lo interrumpe Barkhausen—. O me enseña lo que lleva en las maletas o vamos juntos a la policía.

—No tengo por qué —afirma la rata con voz chillona—, pero se lo enseñaré voluntariamente. La policía sólo trae problemas, y ahora que mi camarada Persicke está tan enfermo, tardarían días en confirmar mis declaraciones.

—¡Venga, venga, ábrelas! —ordena Barkhausen con tono airado, dando al fin un trago de la botella.

La rata Klebs lo mira, de pronto una sonrisa taimada asoma al rostro del soplón. «¡Venga, venga, ábrelas!»: con ese grito Barkhausen ha revelado su avidez, pero también que no es el administrador de la finca, y si lo fuera, es un administrador que se propone ser desleal.

—¿Qué, colega? —replica de pronto la rata en un tono muy diferente—. ¿Por qué no vamos a medias?

Un puñetazo lo tira al suelo. Por seguridad, Barkhausen le sacude a Klebs otros dos, tres golpes con la pata de una silla. ¡Bueno, ya no rechistará durante la próxima hora!

Barkhausen empieza entonces a empaquetar y desempaquetar. La ropa de la señora Rosenthal cambia de dueño una vez más. Barkhausen trabaja deprisa y con total tranquilidad. Esta vez nadie se interpondrá entre él y el éxito. ¡Antes los machaco a todos, aunque me cueste la cabeza! No volverá a dejarse timar otra vez.

Un cuarto de hora más tarde, después de una lucha muy corta con dos policías, Barkhausen abandonó la vivienda. Tras un breve pataleo y unos tirones, Barkhausen quedó sujeto y esposado.

—¡Bien! —exclamó satisfecho el pequeño juez retirado Fromm—. Con esto, creo yo, ha terminado para siempre su actividad en esta casa, señor Barkhausen. No olvidaré entregar a sus hijos a la Asistencia Social. Pero eso seguro que le interesa menos. Bien, señores. Ahora sólo nos queda entrar en la vivienda. Señor Barkhausen, confío en que no habrá hecho nada malo con el pequeño señor que subió por la escalera antes que usted. También encontraremos al señor Persicke, agente, la noche pasada sufrió un ataque de delírium trémens.

 

Capítulo 44

INTERLUDIO: UN IDILIO CAMPESTRE

 

 

La ex cartera Eva Kluge trabaja en el sembrado de patatas, como soñó en cierta ocasión. Es un hermoso día de principios de verano, bastante caluroso para el trabajo, el cielo es de un azul radiante y allí, en el rincón resguardado cerca del bosque, casi no corre aire. Mientras cava, Eva se ha quitado una pieza de ropa después de otra; ahora sólo lleva blusa y falda. Sus fuertes piernas desnudas, igual que su rostro y sus brazos, han adquirido un tono moreno dorado.

Su azada golpea armuelles, rabanillos, cardos, agropiros... avanza muy lentamente, el sembrado está invadido por las malas hierbas. A menudo su azada golpea una piedra, que produce un sonido argentino... grato al oído.

Ahora, cerca del lindero del bosque, Eva topa con un cúmulo de salicarias, esa hondonada es húmeda, las patatas no consiguen de sarrollarse, pero la salicaria triunfa. En realidad ahora le apetecería desayunar, y a juzgar por la posición del sol es el momento apropiado, pero, antes de hacer una pausa, prefiere exterminar esa peste de salicarias. Cava con esfuerzo, los labios cerrados con fuerza. Allí, en el campo, ha aprendido a despreciar las malas hierbas, esas sabandijas, de manera que empieza a arrancarlas sin piedad.

Pero aunque la boca de Eva está firmemente cerrada, su mirada es clara y serena. Sus ojos ya no muestran la severidad y sempiterna preocupación de hace dos años en su época berlinesa. La mujer se ha tranquilizado, ha vencido. Sabe que el pequeño Enno está muerto, la señora Gesch le escribió desde Berlín. Sabe que ha perdido a sus dos hijos: Max cayó en Rusia, y Karl está perdido para ella. No ha cumplido aún los cuarenta y cinco años, le queda un buen trecho de vida por delante, no se desespera, trabaja. No quiere limitarse a esperar los años que le queden, quiere crear algo.

También tiene algo por lo que alegrarse todos los días: la reunión vespertina diaria con el maestro suplente del pueblo. Schwoch, el «auténtico» maestro, un furibundo miembro del Partido, un pequeño y cobarde vocinglero y delator que ha asegurado cien veces con lágrimas en los ojos lo que lamenta no poder ir al frente, pues se ha visto obligado por orden del Führer a quedarse en su puesto rural... Schwoch, el «auténtico» maestro, fue llamado a filas a pesar de todos los certificados médicos. De eso hace casi medio año. Pero el camino al frente debe de ser difícil para este entusiasta de la lucha: de momento el maestro Schwoch continúa ejerciendo de secretario en una pagaduría. En sus viajes para ver a su marido, la señora Schwoch lleva a menudo tocino y jamón, pero el marido no ha debido de comerse solo estas grasas deliciosas: la táctica ha dado resultado, ahora su buen Walter será suboficial, anunció la señora Schwoch después de su último viaje grasiento. Suboficial... cuando según una orden del Führer los ascensos sólo podían concederse a la tropa de combate. Pero, como es natural, esas órdenes del Führer no se aplican a ardientes camaradas del Partido que disponen de jamón y tocino.

Bueno, a Eva Kluge eso le da igual. Ahora sabe exactamente cómo es todo eso, desde que abandonó el Partido. Sí, estuvo en Berlín; cuando recuperó la paz interior necesaria, viajó a Berlín y se presentó ante el tribunal del Partido y en la oficina de Correos. No fueron días gratos, qué va, le gritaron, la amenazaron y durante los cinco días de detención hasta la golpearon en una ocasión... pero al final la dejaron en libertad. Enemiga del Estado... algún día se enteraría de lo que suponía eso.

Eva Kluge liquidó su hogar. Tuvo que vender muchas cosas, porque en el pueblo sólo disponía de una habitación, pero ahora vivía para ella sola. Tampoco trabajaba en exclusiva para su cuñado, que habría preferido pagarle con la manutención en lugar de con dinero, ella ayudaba a cualquier campesino. Además de realizar trabajos en el campo y en la granja, hacía de enfermera, costurera, jardinera, esquiladora de ovejas. Tenía manos hábiles, en realidad no fue como si aprendiese algo nuevo, sino como si recordase un trabajo no ejercido durante largo tiempo. Llevaba las labores agrícolas en la sangre.

Pero esta vida sencilla y apacible que se había creado en medio de todo ese cataclismo, adquirió su verdadera luz y alegría gracias al maestro suplente Kienschäper. Era éste un hombre alto que caminaba siempre ligeramente inclinado hacia delante, a finales de la cincuentena, de blancos cabellos ondeantes y rostro muy moreno en el que sonreían unos juveniles ojos azules. Kienschäper, que amansaba a los niños del pequeño pueblo con sus ojos risueños y los conducía desde la educación enérgica de su predecesor hasta ámbitos más humanos; que, armado con una podadera, recorría los huertos de los campesinos y liberaba los frutales silvestres de chupones y ramas secas, cortaba las heridas del chancro de los frutales y las untaba con carbolíneo... también había curado las heridas de Eva, disolviendo la amargura y trayendo la paz.

No es que hubiera hablado mucho sobre eso, Kienschäper no era un gran orador. Pero cuando estaba con ella en su colmenar y le hablaba de la vida de las abejas, a las que amaba con pasión; cuando recorría con ella los campos al atardecer y le enseñaba lo chapuceramente cultivado que estaba un campo y con qué poco trabajo podría volverse más productivo; cuando Kienschäper ayudaba a parir a una vaca; levantaba de nuevo, sin que se lo hubieran pedido, una valla caída; cuando se sentaba al órgano y tocaba suavemente sólo para ellos dos; cuando todo aparecía ordenado y tranquilo detrás de sus pasos... eso satisfacía a Eva más que todas las palabras de consuelo. Una vida que declinaba en una época rebosante de odio, lágrimas y sangre, pero apacible, en la que se respiraba paz.

La mujer del maestro Schwoch, que apostaba por el nacionalsocialismo más que su marido por la guerra, odió en el acto, como es natural, a Kienschäper y ponía en práctica todas las ocurrencias de su mente hostil para fastidiarlo. Tenía que dar alojamiento y comida al sustituto de su marido, pero lo hacía con tan escrupulosa codicia que Kienschäper nunca podía desayunar antes del comienzo de las clases, pues su comida siempre estaba quemada y su habitación sucia.

Sin embargo, ella era impotente contra su alegre sosiego. Podía acalorarse, enfurecerse, echar espumarajos, decir pestes de él, escuchar a la puerta de la clase y después presentar denuncias al inspector de primera enseñanza... que él siempre la trataba como una niña maleducada que algún día comprendería por sí sola sus malos modales. Finalmente, Kienschäper se hospedó con Eva Kluge, se mudó al pueblo, y la gorda e iracunda Schwoch ya sólo pudo librar su guerra contra él desde la distancia.

Ni Eva Kluge ni el canoso maestro Kienschäper recordaban ya cuándo hablaron por primera vez de la posibilidad de casarse. A lo mejor nunca discutieron del asunto y ocurrió de forma completamente espontánea. Tampoco tenían prisa... algún día, a cualquier hora, llegaría el momento. Dos personas que encaraban la vejez y no deseaban terminar solos la jornada. No, ya no ven drían más hijos, nunca... (Eva se estremecía al pensarlo), pero sí camaradería, amor, comprensión y sobre todo confianza. Ella, que a lo largo de su primer matrimonio jamás había confiado, ella, que siempre había tenido que ser la guía, ahora desea dejarse guiar llena de confianza durante el último trecho de la vida. Cuando estaba muy oscuro y ella completamente desalentada, el sol reapareció entre las nubes.

Las salicarias están cortadas en el suelo, por el momento han sido exterminadas. Seguro que volverán a crecer, es una mala hierba, al arar hay que recogerla de la tierra floja, cualquier trocito de raíz subterránea rebrota. Pero ahora Eva conoce ese lugar, y no lo olvidará, volverá hasta haber exterminado de raíz las salicarias.

En realidad ahora podría desayunar, es la hora, su estómago lo atestigua. Pero cuando mira hacia sus bocadillos y su botella de café colocados a la sombra del lindero del bosque, ve que no desayunará, ese día no, su estómago debe enmudecer. Porque allí alguien ha comenzado su labor, un chico de unos catorce años, increíblemente desharrapado y sucio, se está zampando sus bocadillos como si estuviera a punto de morir de hambre.

Tan ocupado está el chico saciándose que no se fija en que la azada se ha detenido en el campo de mala hierba. Sólo se sobresalta cuando la mujer se planta justo delante de él. Entonces la mira fijamente con sus grandes ojos azules bajo su pelambrera enmarañada de cabellos rubios. A pesar de haber sido sorprendido robando y de que la huida es imposible, el golfillo no mira atemorizado o consciente de su culpabilidad, sino con ojos más bien desafiantes.

En los últimos meses el pueblo y la señora Kluge han aprendido a acostumbrarse a esos niños: los bombardeos de Berlín son cada vez más frecuentes, por lo que han exhortado a la población a enviar a sus hijos al campo. La provincia está inundada de niños berlineses. Pero, cosa curiosa, algunos de ellos no han logrado acostumbrarse a la tranquila vida campesina. Allí tienen calma, mejor comida, sueño nocturno sin sobresaltos, pero no lo soportan, ansían regresar a la gran ciudad. Y se ponen en camino; descalzos, mendigando un poco de comida, sin dinero, amenazados por los guardias rurales, buscan imperturbables su camino de vuelta hacia una urbe que arde casi todas las noches. Capturados, enviados de retorno a su comunidad rural, esperan apenas a que los alimenten un poco para escapar de nuevo.

Ese de ahí de la mirada desafiante que se estaba comiendo el pan del desayuno de la señora Eva Kluge debía de llevar mucho tiempo caminando. La mujer no recordaba haber visto nunca una figura tan sucia y harapienta. Llevaba pajas pegadas al pelo y en sus orejas se habrían podido sembrar zanahorias.

—¿Qué, está rico? —preguntó la señora Kluge.

—¡Claro! —contestó, y esta simple palabra reveló su origen berlinés.

El rapaz la miró.

—¿Vas a sacudirme? —preguntó.

—No. Sigue comiendo. A veces también puedo pasar sin el desayuno, y tú tienes hambre.

—¡Claro! —repitió. Y luego añadió—: ¿Después me dejarás largarme?

—Tal vez —contestó la mujer—. Pero a lo mejor estás de acuerdo en que antes te lave y arregle un poco tus ropas. Quizá encuentre también unos pantalones en buen estado que te estén bien.

—De eso, ná —rechazó—. Los venderé por cuatro perras en cuanto tenga hambre. Ni te imaginas tó lo que he malvendío ya en el año que llevo corriendo mundo. ¡Lo menos quince pantalones! ¡Y diez pares de zapatos! —le dirigió una mirada triunfal.

—¿Y por qué me lo cuentas? —inquirió—. Para ti habría sido más ventajoso coger el pantalón sin decirme nada.

—Y yo qué sé —respondió con tono esquivo el chico—. Igual por no haberme sermoneaó por birlarte el desayuno. No me gustan los sermones.

—¿Así que llevas ya un año de camino?

—Bueno, eso es algo esagerao. Durante el invierno me refugié con un tabernero en un pueblucho. Echaba de comer a los cerdos y lavaba jarras de cerveza, to eso hacía. Fue una buena época. —Reconoció meditabundo—. El tabernero era un tipo muy chusco. Siempre trompa, pero conmigo hablaba como si yo fuá igual que él, igual de mayor y tal. Allí aprendí a darle al aguardiente y a fumar. ¿Te gusta el aguardiente?

La señora Kluge aplazó para más tarde el debate sobre si beber aguardiente era lo más aconsejable para chicos de catorce años.

—Pero después te largaste de allí. ¿Quieres regresar a Berlín?

—Nooo —contestó el chico—. No pienso volver con mi gente. Me paicen muy ordinarios.

—Pero tus padres estarán preocupados por ti; ¡no tienen ni idea de dónde estás!

—¿Preocupaos, esos? ¡Alegres estarán por haberse librao de mí!

—¿Qué es tu padre?

—¿Ése? Un poco de to: chulo y soplón, y ladrón... si encuentra qué robar. Sólo que es tonto, nunca encuentra ná bueno.

—Vaya —dijo la señora Kluge; tras esas confidencias su voz se endureció un poco—. ¿Y qué dice tu madre?

—¿Mi madre? ¿Qué va a decir? ¡Si no es más que una puta!

¡Plas! Ahora, pese a su promesa, la mujer le soltó un tortazo.

—¿No te da vergüenza hablar así de tu madre? ¡Qué asco!

El golfillo, sin torcer el gesto, se frotó la mejilla.

—¡Buen sopapo! —constató—. No quisiera más de esa clase.

—¡No debes hablar así de tu madre! ¿Lo entiendes? —replicó, enfurecida.

—¿Por qué no? —preguntó, recostándose. Parpadeó complacido, ahora completamente saciado, mientras observaba a su anfitriona—. ¡Y por qué no! Si es una puta. Ella misma lo dice. «Si no hiciera la calle, solía decir, os moriríais de hambre tos vosotros.» Porque somos cinco hermanos, pero tos de padres distintos. Me paice que el mío tenía muchas tierras en Pomerania. En realidad quería ir a buscarlo y echarle un vistazo. Tié que ser un tío raro, se llama Kuno-Dieter . No pué haber muchos con ese nombre tan ridículo, en realidad tendría que encontrarlo...

—¿Kuno-Dieter ? —preguntó la señora Kluge—. ¿Así que tú también te llamas Kuno-Dieter ?

—Prefiero que me llames Kuno, el Dieter pués metértelo ‘onde te quepa.

—Bueno, Kuno, ahora dime, ¿a qué comunidad te evacuaron? ¿Cómo se llama el pueblo al que viajaste en tren?

—A mí no m’han evacuao jamás. ¡Yo m’he escapao de mis viejos!

Ahora yacía de lado, la mejilla sucia descansaba sobre el antebrazo igual de sucio. Le dirigió una mirada indolente con los ojos entrecerrados, completamente dispuesto a un pequeño chismorreo.

—Voy a contarte to’ lo qu’ ha pasao. Hace ya más de un año, mi llamado padre me tangó cincuenta pavos, y encima me zurró la badana. Así que me fui a buscar a unos amigos, bueno, amigos, lo que se dice amigos, no eran, unos camorristas, ya sabes, y entonces nos abalanzamos sobre mi viejo y lo atizamos. Esto le vino al pelo, así aprendió que las cosas no son siempre los mayores encima de los pequeños. Después le robamos la pasta que llevaba en el bolsillo. No sé cuánto fue, la repartieron los mayores. A mí sólo me tocaron veinte marcos, y luego me dijeron: Lárgate a toda prisa o tu viejo te matará a palos o te entregará a la beneficencia. Lárgate al campo con los labriegos. Así que me piré al campo, con los campesinos. Y te aseguro que desde entonces me he pegado la gran vida.

El chico calló y volvió a mirarla.

Ella lo contemplaba en silencio desde arriba, pensaba en su hijo Karl. Sólo tres años después ese chico sería también un Karl, sin amor, sin fe, sin aspiraciones, pensaría exclusivamente en sí mismo.

—¿Y qué piensas ser, Kuno? —preguntó, y añadió—: ¿Querrás ingresar en las SA o en las SS?

—¿Con esos fulanos? —contestó arrastrando las palabras—. ¡Ni borracho! Esos son toavía peores que mi viejo. Siempre regañando y dando órdenes. Nooo, gracias, eso no es pa mí.

—Pero a lo mejor te gustaría dar órdenes a otros, ¿no?

—¿Y eso por qué? Noo, eso no me gusta. Sabes... por cierto, ¿cómo te llamas?

—Eva, Eva Kluge.

—Sabes, Eva, lo que de verdad me gustaría, serían los coches. Me gustaría saber to de los coches, el funcionamiento del motor, cómo va lo del carburador y el encendido... bueno, no cómo es, que eso ya casi me lo sé, pero sí por qué es así... Eso sí que me gustaría saberlo, pero soy muy corto pa to’ eso. De crío me sacudieron muchos coscorrones en el coco y se me reblandecieron los sesos. Ni siquiera he aprendido a escribir bien.

—Pues no pareces tan tonto, te lo aseguro. Estoy segura de que aprenderías a escribir y más tarde también lo de los motores.

—¿Aprender? ¿Ir otra vez a la escuela? Ni hablar del peluquín, ya soy mu’ viejo pa eso. ¡Que ya he tenido dos amantes!

Durante un instante la mujer se estremeció. Pero después dijo animosa:

—¿Y te has creído que esos ingenieros o técnicos terminan de aprender alguna vez? Esos tienen que seguir estudiando siempre, ya sea en la universidad o en cursos nocturnos.

—Ya lo sé. ¡Yo lo sé to’! Lo pone en las columnas publicitarias. Cursos nocturnos de electrotécnica avanzada. —De pronto hablaba un alemán completamente correcto y sin errores—. Las bases de la electrotécnica.

—¿Lo ves? —exclamó Eva—. ¡Y tú pensando que eres demasiado mayor para eso! ¿No quieres estudiar? ¿Quieres seguir siendo toda tu vida un vagabundo que se pasa el invierno fregando vasos y cortando leña? ¡Qué vida tan agradable, no creo que te guste mucho!

El chico volvió a abrir los ojos como platos: era una mirada inquisitiva, pero también desconfiada.

—Tú lo que quiés es que vuelva con mi gente y vaya a la escuela en Berlín, ¿verdad?

—Ni una cosa ni otra. Quiero averiguar si puedes quedarte conmigo. Entonces yo te daría clase, y también un amigo mío.

Su desconfianza no desaparecía.

—¿Y tú qué ganas con ese negocio? Porque yo te costaría una pasta, con la comida, la ropa, los libros y to eso.

—No sé si lo vas a entender, Kuno. Yo tuve un marido y dos hijos, y los he perdido. Ahora me encuentro completamente sola, ya sólo me queda ese único amigo.

—¡Entonces toavía pues tener un crío!

Se puso colorada; ella, una mujer madura, se ruborizó bajo la mirada del chico de catorce años.

—No, ya no puedo tener hijos —respondió mirándolo fijamente—. Pero me alegraría que tú pudieras llegar a ser algo, un ingeniero de automóviles o un diseñador de aviones. Me alegraría haber hecho algo de un chico como tú.

—¿Porque piensas que no valgo pa ná?

—Tú mismo sabes de sobra que ahora no sirves para gran cosa, Kuno.

—Tiés razón. Es una verdá como un templo.

—¿Y no te apetece cambiar?

—Ganas no me faltan, pero...

—¿Pero qué? ¿No te gustaría venirte conmigo?

—Gustarme sí, pero...

—¿Qué más peros puede haber?

—Pues que pienso que te hartarás de mí, y a mí no me gusta que me echen, pa eso prefiero irme por mi cuenta.

—Podrás marcharte cuando quieras, yo nunca te detendré.

—¿Me das tu palabra?

—Te la doy, Kuno, te lo prometo. Conmigo serás completamente libre.

—Pero si vivo en tu casa, tendrás que notificarlo como es debido, y entonces mis viejos también sabrán dónde estoy. No me permitirán quedarme contigo ni un día.

—Si la situación en vuestra casa es tal como me has contado, nadie te obligará a regresar. A lo mejor me transfieren los derechos y serás por completo mi chico.

Se miraron un instante. Ella creyó descubrir un brillo lejano en esa mirada azul. Pero después, apoyando la cabeza en el brazo y cerrando los ojos, el muchacho dijo:

—Vaya, pues muy bien. Ahora voy a echar una cabezadita. Y tú vuelve con tus patatas.

—¡Pero Kuno, al menos tienes que responder a mi pregunta! —exclamó la mujer.

—¿Tengo? —preguntó, muy somnoliento—. Ninguna persona tié que tener.

Durante un momento, ella lo miró desde arriba dubitativa. Después reanudó su trabajo con una leve sonrisa.

Cavaba, pero ahora distraída. Dos veces se sorprendió a sí misma tumbando una planta de patata. ¡Presta atención, Eva!, se dijo irritada.

Mas no por eso se concentró en la labor. Pensó que quizá fuera mejor no llegar a ninguna componenda entre ese chico descarriado y ella. Cuánto amor y cuánto trabajo había dedicado a Karl, que había sido un niño inocente... ¿y en qué se habían convertido ese trabajo y ese amor? ¿Y pretendía cambiar completamente a un golfo de catorce años que despreciaba la vida y al mundo entero? ¿Qué se figuraba? Además Kienschäper jamás estaría de acuerdo...

Se volvió a mirar al durmiente. Pero ya no estaba allí, sólo vio sus cosas a la sombra, en el lindero del bosque.

¡Pues qué bien!, se dijo. Acaba de evitarme cualquier decisión. ¡Se ha largado! ¡Tanto mejor!

Y empezó a cavar muy enfadada.

Sin embargo, un instante después descubrió a Kuno-Dieter al otro extremo del campo de patatas, arracando laboriosamente malas hierbas y apilando los haces al borde del sembrado. Ella se le acercó caminando por encima de los surcos.

—¿Ya has dormido a gusto? —le preguntó.

—No he podío pegar ojo —respondió—. M’as atontao con tus palabras. Tengo que pensar.

—Pues hazlo. Pero no vayas a creer que tienes que trabajar por mí.

—¡Por ti! —El chico concentró en esas dos palabras un desprecio inimaginable—. Estoy arrancando malas hierbas porque así pienso mejor y porque m’apetece. ¡Palabra! ¡Por ti! ¿Quiés decir que lo hago por ese par de bocadillos de cuatro perras?

Eva Kluge regresó a su trabajo con una sonrisa muda. Pues claro que lo hacía por ella, aunque no quisiera reconocerlo ni siquiera ante sí mismo. Ahora ya no tuvo la menor duda de que se iría con ella a mediodía, y ante eso todas las voces de exhortación y advertencia que resonaban en su interior perdieron importancia.

Terminó de trabajar antes de lo habitual. Regresó junto al chico y le dijo:

—Me voy a almorzar, Kuno. Si quieres, puedes acompañarme.

El chaval arrancó unas cuantas malas hierbas y luego miró el trozo limpio.

—He limpiao un buen trozo —constató, satisfecho—. Sólo he arrancao las grandes, claro, a las pequeñas tendrás que darles con la azada, pero te cundirá más.

—Por supuesto —replicó ella—. Tú limítate a arrancar las malas hierbas grandes, que de las pequeñas me ocuparé yo.

El chico volvió a mirarla de reojo y ella se dio cuenta de que esos ojos azules también podían mirar con picardía.

—¿Eso ha sío una indirecta? —preguntó.

—Piensa lo que quieras —le contestó—. No tiene por qué serlo.

—Vale.

En el camino de regreso ella se detuvo junto a un arroyuelo que fluía impetuoso.

—No me gustaría llevarte al pueblo con el aspecto que tienes ahora, Kuno —le advirtió.

En el acto una arruga cruzó la frente del chico, que preguntó malhumorado:

—¿Es que te avergüenzas de mí?

—Por mí puedes venir tal como estás —le explicó Eva—. Pero si quieres vivir más tiempo en el pueblo, recuerda que aunque lleves allí cinco años y vayas siempre vestido como es debido, los campesinos no olvidarán nunca cómo llegaste a ellos. Dentro de diez años todavía dirán que llegaste hecho un cerdo. Como un vagabundo.

—Tiés razón —reconoció—. Así son esos fulanos. Entonces ve a por to lo necesario. Entretanto yo me lavaré un poco.

—Traeré jabón y cepillo —le comunicó antes de emprender, presurosa, el camino del pueblo.

Más tarde, mucho más tarde, ya de noche, cuando los tres ya habían cenado: Eva, el canoso Kienschäper y un Kuno-Dieter cambiado hasta resultar casi irreconocible, más tarde, pues, dijo Eva:

—Hoy tendrás que dormir en el pajar, Kuno. A partir de mañana me cederán la habitación pequeña, primero tienen que sacar todos los trastos. Te la dejaré muy bonita. Tengo bastantes muebles.

Kuno se limitó a mirarla.

—Eso quié decir que ahora tengo que pirarme —comentó— porque los señores quieren estar a solas. Vale. Pero no pienso irme toavía a la cama, Eva, que no soy un bebé. Iré a echarle un vistazo al pueblucho este.

—Pero no vuelvas muy tarde, Kuno. ¡Y no fumes en el pajar!

—¡Pues claro que no! Ni que fuera lelo. Yo sería el primero en diñarla. Pues eso, que os divirtáis, jovencitos, como decía mi padre antes de hacerle un hijo a mi madre.

Y el señor Kuno-Dieter se marchó. Un espléndido producto de la educación nacionalsocialista.

Eva Kluge sonrió, un tanto preocupada.

—No estoy segura, Kienschäper —dijo— si he hecho bien en acoger en nuestra pequeña familia a esta alhaja. ¡Es un auténtico descarado, eso es lo que es!

—Pero Evi —Kienschäper rio—, tú misma tienes que darte cuenta de que el chico está fanfarroneando. Sólo pretende dárselas de mayor. Aunque sea soltando atrocidades. Y precisamente porque se da cuenta de que eres un poco melindrosa...

—¡Que voy a ser melindrosa! —protestó—. Pero si un chico de catorce años me cuenta que ya ha tenido dos amantes...

—... es que sí que eres melindrosa, Evi. Y además, ¿qué significan dos amantes, que seguro que no ha tenido, sino que, en el peor de los casos, lo han tenido a él? ¡No significa nada! Les ahorraré a tus oídos, Evi, la narración de todo lo que se traen entre manos los niños de este pueblo sencillo y piadoso cuando se reúnen. ¡Comparado con ellos, tu Kuno-Dieter es oro puro!

—¡Pero los niños no hablan de eso!

—Porque tienen mala conciencia. Pero él no, porque lo ve completamente natural, pues nunca ha visto ni oído otra cosa. Todo eso pasará con el tiempo. El chico es de buena pasta; dentro de medio año se pondrá colorado como un tomate cuando piense en todo lo que te dijo los primeros días. Y lo olvidará igual que su habla vulgar. ¿Te has dado cuenta de que es capaz de hablar con absoluta corrección? Sólo que no quiere.

—Yo tengo mala conciencia, sobre todo contigo, Kienschäper.

—Pues no tienes por qué, Evi. El chico me cae bien, y ten la seguridad de que será como él desee: jamás se convertirá en un hitleriano adocenado. Acaso sea un tipo raro, pero nunca un hombre del Partido, sino siempre un solitario.

—¡Ojalá! —deseó Eva—. Me conformo con eso.

Y tuvo la confusa sensación de que con la salvación de Kuno-Dieter volvía a compensar un poco las vilezas cometidas por Karl.

 

Capítulo 45

LA DESTITUCIÓN DEL COMISARIO ZOTT

 

 

El jefe de la comisaría de distrito dirigió la carta muy correctamente al señor comisario Zott de la Gestapo, Berlín. Pero eso no tuvo como consecuencia que llegase directamente a su destinatario, pues su superior, Prall, Obergruppenführer de las SS, la tenía en las manos cuando entró en el despacho del comisario.

—¿Pero qué significa esto, señor comisario? —preguntó Prall—. Aquí tengo otra de esas postales del Duende y grapada a ella una nota: «Siguiendo indicación telefónica del comisario Zott de la Gestapo, los detenidos han sido puestos en libertad». ¿Qué detenidos son esos? ¿Por qué no se me ha informado al respecto?

El comisario miró de soslayo a su superior a través de sus gafas:

—¡Ah, sí! ¡Ahora lo recuerdo! Sucedió anteayer o quizá un día antes. Ahora lo sé: fue el domingo. A última hora de la tarde. Entre las seis y las siete, mejor dicho, quería decir entre las dieciocho y las diecinueve horas, mi Obergruppenführer.

Y miró a su jefe, muy orgulloso de su excelente memoria.

—¿Y qué sucedió allí el domingo entre las dieciocho y las diecinueve horas? ¿Por qué hubo detenidos? ¿Por qué se les volvió a poner en libertad? ¿Por qué no se me informó de ello? Es muy tranquilizador que usted lo sepa, Zott, pero a mí también me gustaría saberlo.

Ese «Zott» a secas fue el primer cañonazo.

—¡Pero si se trata de una historia completamente banal! —El comisario de la policía científica hizo ademanes tranquilizadores con sus manitas de color amarillo legajo—. Un error de la comisaría. Esos detuvieron en calidad de autores o distribuidores de las postales a un par de infelices, un matrimonio, como es natural, otro disparate mayúsculo de la policía. ¡Un matrimonio, cuando sabemos que el hombre debe de vivir solo! Además, ahora lo recuerdo, el hombre era carpintero de profesión, cuando sabemos que tiene algo que ver con los tranvías.

—¿Quiere usted decir con eso, señor mío —respondió el Obergruppenführer conteniéndose a duras penas (y «el señor mío» fue el segundo disparo de esa guerra, mucho más duro)—, pretende decirme que ordenó la puesta en libertad de esa gente sin verlos siquiera, sin interrogarlos, tan sólo porque eran dos en lugar de uno y porque el hombre afirmó ser carpintero? ¡Señor mío!

—Mi Obergruppenführer —contestó el comisario Zott levantándose—. Nosotros, los miembros de la policía científica, trabajamos de acuerdo con un plan determinado y no nos desviamos de él. Yo busco a un hombre que vive solo, relacionado con los tranvías, y no a un marido carpintero. Éste no me interesa, por ése ni me molesto.

—¡Como si un carpintero no pudiera trabajar también para la compañía de tranvías, reparando vagones, por ejemplo! —gritó Prall—. ¡Qué soberana estupidez!

Al principio Zott quiso hacerse el ofendido, pero el comentario acertado de su superior le dio que pensar.

—Es cierto —admitió, confuso—, desde luego no pensé en eso —se repuso—. Pero busco a un hombre que vive solo —insistió—. Y ese hombre está casado.

—¿Tiene idea de lo malas y canallas que pueden ser las mujeres? —gruñó Prall, que aún tenía algo más reservado—: ¡Y por casualidad, señor policía científico Zott —(el tercero y más duro disparo)—, por casualidad ¿tampoco ha pensado que esa postal fue depositada una tarde de verano cerca de la plaza Nollendorf, que pertenece a esa comisaría? ¿Se le habrá escapado también esta pequeña e insignificante circunstancia a su perspicacia de investigador?

Esta vez el comisario Zott se quedó sinceramente consternado, su barba de chivo se contrajo y sus ojos oscuros y penetrantes parecieron velarse.

—¡Me siento profundamente abochornado, mi Obergruppenführer! Estoy consternado, ¿cómo ha podido sucederme eso? Ay, sí, me he metido en un callejón sin salida. He pensado siempre en esas estaciones del tranvía, me sentía tan orgulloso de ese descubrimiento. Demasiado orgulloso...

El Obergruppenführer miraba con ojos iracundos a ese hombrecillo que reconocía sus pecados con sincera aflicción, pero sin pedir perdón.

—Ha sido un error por mi parte, un grave error —prosiguió con vehemencia el comisario— haberme atrevido a asumir esta investigación. Yo sólo sirvo para el trabajo silencioso en mi despacho, no para las pesquisas. Eso lo hace mi colega Escherich diez veces mejor que yo. Y encima he tenido la desgracia —continuó su confesión— de que uno de mis hombres, un tal Klebs, al que había encargado hacer pesquisas en uno de esos edificios, ha sido detenido. Por lo visto, según me han comunicado, participó en un robo, en el desvalijamiento de un dipsómano. Está gravemente herido, dicho sea de paso. Una historia muy fea. El hombre no mantendrá la boca cerrada en el juicio, dirá que lo enviamos allí...

El Obergruppenführer Prall temblaba de ira, pero la pesadumbre y la seriedad con las que hablaba Zott y la total indiferencia por su propio destino, lo obligaban a contenerse.

—¿Y cómo se figura usted que continuará el asunto, señor mío? —preguntó con frialdad.

—Se lo ruego, mi Obergruppenführer —rogó Zott alzando las manos en gesto de súplica—, se lo ruego, ¡reléveme! ¡Reléveme de este cometido porque no estoy a la altura! Vuelva a sacar del sótano al co misario Escherich, él lo hará mejor que yo...

—Espero —repuso Prall, que parecía no haber escuchado sus palabras—, espero que al menos anotaría la dirección de esos dos detenidos...

—¡Pues no! Seducido por mi idea favorita, he actuado con una ligereza imperdonable. Pero me pondré en comunicación con la comisaría, me proporcionarán las señas, intentaremos...

—¡Pues hágalo ya!

La conversación fue muy breve. El comisario comunicó al Obergruppenführer:

—Allí tampoco anotaron las direcciones. —Y al vislumbrar un gesto iracundo de su superior, agregó—: ¡La culpa es mía, sólo mía! Tras hablar conmigo por teléfono consideraron el asunto definitivamente zanjado. Yo soy el único culpable de que ni siquiera se tomaran notas.

—¿Quiere decir que no disponemos de ninguna pista más?

—Sí.

—¿Y qué piensa usted de su comportamiento?

—Solicito que saquen del sótano al comisario Escherich y me detengan a mí en su lugar.

Durante un momento Prall miró al hombrecillo en silencio. Después dijo, temblando de ira:

—¿Sabe que lo enviaré a un campo de concentración? ¿Se atreve a plantearme semejante propuesta sin temblar ni llorar de miedo? ¡Está usted hecho de la misma pasta que los rojos, los bolcheviques! Ellos confiesan su culpa, pero parecen enorgullecerse de ella.

—Yo no me enorgullezco, pero estoy dispuesto a asumir las consecuencias de mis actos. Y confío en hacerlo sin temblar ni sollozar.

El Obergruppenführer Prall sonrió despectivo al escuchar estas palabras. Había visto esfumarse la dignidad de mucha gente bajo los golpes de los hombres de las SS. Pero también había contemplado la mirada de algunos torturados, esa mirada que en medio de todos los sufrimientos traslucía una superioridad fría, casi sarcástica. Y el recuerdo de esa mirada hizo que, en lugar de gritar y golpear, se limitase a decir:

—Manténgase en esta habitación a mi disposición. Primero he de redactar un informe.

El comisario Zott inclinó la cabeza en gesto de aprobación, y el Obergruppenführer Prall se marchó.

 

Capítulo 46

EL COMISARIO ESCHERICH, LIBRE DE NUEVO

 

 

El comisario Escherich ha sido repuesto en su cargo. El que había sido dado por muerto ha resucitado a la vida desde los sótanos de la Gestapo. Un poco deteriorado y apabullado, pero se sienta de nuevo en su despacho y sus colegas se apresuran a expresarle sus simpatías. Siempre han creído en él. Les habría gustado hacer por él todo lo que estuviera en su mano.

—Sólo que, ya sabes, cuando la dirección suprema jode a alguien, ninguno de nosotros puede hacer nada. Te quemarías las patas. Bueno, Escherich, tú sabes de sobra todo eso y lo comprendes.

Escherich asegura que lo comprende todo. Tuerce la boca en una sonrisa que parece desdichada, seguramente porque Escherich aún no ha aprendido a sonreír debido a la falta de algunas piezas dentales en la boca.

Sólo dos peroratas lo han impresionado tras ser repuesto en el cargo. Una, de labios del comisario Zott.

—Colega Escherich —le dijo—, no seré enviado al sótano en su lugar, a pesar de que lo merecería diez veces más que usted. No sólo por los errores que he cometido, sino porque me he comportado con usted como un cerdo. Mi única disculpa es que pensé que no hacía bien su trabajo...

—Vamos, no hablemos más de eso —contestó Escherich con su sonrisa mellada—. Hasta ahora en el caso Duende todos hemos trabajado mal: usted, yo, todos. Es curioso, siento verdadera curiosidad por conocer a ese hombre cuyas postales tanta desgracia han traído sobre sus semejantes. Tiene que ser un pájaro extraño...

Miró al comisario, pensativo.

Éste le tendió su mano amarillenta como un legajo.

—No piense muy mal de mí, Escherich —musitó—. Y una cosa más: he esbozado la nueva teoría de que el autor tiene algo que ver con los tranvías. La encontrará usted en el expediente. Por favor, no la pierda totalmente de vista en el curso de sus investigaciones. Me sentiría muy feliz si al menos ese punto de mis reflexiones fuese certero. ¡Se lo ruego!

Y tras estas palabras, el comisario Zott desapareció hacia su apartado y tranquilo despacho, totalmente enfrascado en sus teorías.

La segunda perorata memorable la pronunció, como es natural, el Obergruppenführer Prall.

—¡Escherich! —exclamó alzando la voz—. ¡Comisario Escherich! ¿Se siente completamente bien?

—¡Por supuesto! —respondió el comisario.

Estaba de pie detrás de su escritorio, involuntariamente mantenía las manos con los pulgares muy apretados pegadas al pantalón, según había aprendido abajo, en la celda. Por mucho que intentase disimularlo, el comisario temblaba. Sus ojos atentos estaban centrados en su superior. Este hombre le daba miedo, un miedo incontrolable a ser enviado de nuevo al sótano en cualquier momento.

—Pues si se siente completamente bien, Escherich —prosiguió Prall, consciente del efecto que provocaban sus palabras—, también podrá trabajar, ¿no?

—Puedo trabajar, mi Obergruppenführer.

—Y si puede trabajar, Escherich, también podrá capturar al Duende. ¿Podrá hacerlo, verdad?

—Sí, mi Obergruppenführer.

—En el menor tiempo posible, Escherich.

—En el menor tiempo posible, mi Obergruppenführer.

—Ve usted, Escherich —dijo Prall, indulgente, disfrutando del pavor que despertaba en su subordinado—. ¡Qué bien sientan unas pequeñas vacaciones en el sótano! ¡Así me gusta ver a mis hombres! ¿Ya no se siente muy superior a mí, señor Escherich?

—No, mi Obergruppenführer, seguro que no. ¡A sus órdenes, mi Obergruppenführer!

—Ya no piensa que es usted el perro más astuto de toda la Gestapo y que todos los demás son una mierda. Ya no lo piensa, ¿verdad, Escherich?

—¡A sus órdenes, mi Obergruppenführer, no, ya no lo pienso!

—¿Lo ve, Escherich? —prosiguió el Obergruppenführer, dándole en broma un fuerte capirotazo en la nariz a Escherich, que retrocedió asustado—, y si alguna vez vuelve a sentirse muy listo o si incurre en la arbitrariedad o si cree que el Obergruppenführer Prall es un miserable cretino, dígamelo a tiempo. Entonces, antes de que la cosa empeore demasiado, le prescribiré un pequeño tratamiento en el sótano. ¿Qué me dice?

El comisario Escherich se limitaba a clavar los ojos en su superior. Ahora lo habría percibido hasta un ciego, tanto temblaba el comisario.

—¿Qué pasará, Escherich, me avisará si alguna vez vuelve a sentirse el más listo?

—¡A sus órdenes, mi Obergruppenführer!

—¿O si no progresa el trabajo, para que le meta un poco de prisa?

—¡A sus órdenes, mi Obergruppenführer!

—Entonces estamos de acuerdo, Escherich.

De pronto el augusto personaje, sorprendentemente, tendió la mano a su muy humillado subalterno.

—Escherich, me alegro de verlo de nuevo en su puesto. Confío en que reanudaremos nuestra excelente colaboración. ¿Cuál será su próximo paso?

—Solicitar a los funcionarios de la comisaría de la plaza Nollendorf una descripción personal exacta. ¡Y al fin la recibiremos! El hombre que interrogó a los dos acusados quizá recuerde el apellido, aunque sea vagamente. Proseguir las pesquisas de mi colega Zott...

—Bien, bien. Por algo hay que comenzar. Quiero un informe diario...

—¡A sus órdenes, mi Obergruppenführer!

Esta fue la segunda charla, tras ser repuesto en el cargo, que causó cierta impresión al comisario Escherich. Por lo demás, tras cerrársele el agujero del diente, ya no se le notaba nada más de sus pasadas experiencias. Los colegas pensaron incluso que la simpatía de Escherich había aumentando. Esto se debía a que había perdido por completo su tono de burlona superioridad. Ya no podía sentirse superior a nadie.

El comisario Escherich trabaja, hace informes, realiza interrogatorios, pergeña descripciones personales, lee expedientes, telefonea... Escherich trabaja como de costumbre. Pero aunque nadie le nota nada y aunque confía en poder volver a hablar algún día con su superior Prall sin temblar, Escherich sabe que nunca volverá a ser el que era. Ya sólo es una máquina de trabajar; pero se trata de un trabajo rutinario. Con el sentimiento de superioridad ha desaparecido también el gusto por el trabajo, la vanidad era el abono que hacía madurar sus frutos.

Escherich siempre se sintió a salvo. Siempre creyó que nada podía sucederle. Suponía que era una persona muy distinta a las demás. Pero tuvo que renunciar a todos esos autoengaños en cuestión de segundos, cuando Dobat, el hombre de las SS, le dio un puñetazo en la boca y aprendió lo que era el miedo. En pocos días Escherich aprendió tan a fondo lo que era el miedo, que ya no lo olvidaría en toda su vida. Sabe que puede tener el aspecto que quiera, puede alcanzar lo imposible, puede ser honrado y celebrado... pero sabe que no es nada. Un puñetazo puede convertirlo en una nulidad, en un ser lloriqueante, tembloroso, aterrado, no mucho mejor que el pequeño, apestoso y cobarde carterista con el que compartió celda durante días y cuyas oraciones recitadas de carrerrilla aún resuenan en sus oídos. No mucho mejor. ¡Nada mejor!

Pero una cosa mantiene todavía en pie al comisario Escherich: pensar en el Duende. Todavía tiene que atrapar a ese tipo; después, por él, que suceda lo que tenga que suceder. Tiene que mirar a los ojos a ese hombre que se ha convertido en la causa de su desdicha. Le dirá a la cara a ese fanático cuánta desgracia, cuánta preocupación, cuánta necesidad ha arrojado sobre numerosas personas. Destrozará a ese enemigo oculto en la oscuridad.

¡Ojalá lo tuviera ya en sus manos!

 

Capítulo 47

EL LUNES INFAUSTO

 

 

Ese lunes, que tan funesto sería para los Quangel;

ese lunes, ocho semanas después de que Escherich hubiera sido repuesto en su cargo;

ese lunes, en el que Emil Barkhausen fue condenado a dos años de cárcel, y Klebs, la rata, a uno;

ese lunes en que Baldur Persicke llegó por fin desde su Napola a Berlín y visitó a su padre en la clínica para alcohólicos;

ese lunes, en que Trudel Hergesell cayó por las escaleras de la estación de Erkner sufriendo como consecuencia un aborto;

ese lunes fatal, pues, Anna Quangel yacía en la cama con una fuerte gripe. Tenía mucha fiebre. A su lado se sentaba Otto Quangel, el médico se había ido. Discutían sobre si él debía repartir las postales ese día o no.

—¡No volverás a ir, lo acordamos firmemente, Otto! ¡Las postales pueden esperar hasta mañana o pasado mañana, para entonces ya podré levantarme!

—Quiero sacarlas de casa, Anna.

—Entonces lo haré yo. —Y se incorporó en su lecho.

—Te quedarás acostada —le ordenó empujándola de nuevo contra las almohadas—. No seas tonta, Anna. He colocado cien, doscientas postales...

En ese momento sonó el timbre.

Se sobresaltaron, asustados como ladrones sorprendidos en pleno robo. Quangel guardó rápidamente las postales hasta entonces depositadas sobre la colcha.

—¿Quién será? —preguntó Anna temerosa.

Y él:

—¿A estas horas? ¡Son las once de la mañana!

—¿Habrá sucedido algo en casa de los Heffke? —conjeturó la mujer—. ¿O habrá regresado el doctor?

El timbre sonó de nuevo.

—Iré a ver —murmuró él.

—No —le pidió ella—. Quédate aquí sentado. Si hubiéramos estado fuera de casa con las postales, también habría llamado en vano.

—Sólo quiero echar un vistazo, Anna.

—No, no abras, Otto. Te lo ruego. Tengo un presentimiento. Si abres la puerta, la desgracia entrará en esta casa.

—Iré sin hacer ruido y primero te informaré.

Y fue.

Anna yacía furiosa e impaciente. ¡Que no cediera nunca, que jamás pudiera satisfacer uno de sus ruegos! Su marido se equivocaba; fuera acechaba la desgracia, él no se daba cuenta, pero estaba allí. ¡Y ni siquiera cumple su palabra! Lo oye abrir la puerta y hablar con un hombre. Y eso que le había prometido que la informaría.

—Bueno, ¿qué pasa? ¡Di algo, Otto! Sabes que me muero de impaciencia. ¿Quién es ese hombre? Todavía no ha salido de casa.

—No es nada preocupante, Anna. Sólo es un mensajero de la fábrica. El jefe de taller del turno de mañana ha sufrido un accidente y tengo que ir ahora mismo a sustituirlo.

Ella vuelve a reclinarse en las almohadas, más tranquila.

—¿Y lo harás?

—Pues claro.

—¡Pero si no has comido!

—Ya tomaré algo en la cantina.

—Al menos llévate un trozo de pan.

—Sí, sí, Anna, no te preocupes por nada. Siento mucho dejarte sola en la cama tanto tiempo.

—Bueno, de todos modos habrías tenido que marcharte a la una.

—Inmediatamente después haré mi propio turno.

—¿Está esperando el hombre?

—Sí, me iré con él enseguida.

—No tardes, Otto. ¡Y coge el tranvía!

—Claro, Anna. ¡Que te mejores!

Se disponía a marcharse, cuando ella lo llamó:

—Ay, Otto, por favor, dame un beso.

Él regresó, un poco asombrado y avergonzado por esa necesidad de ternura, tan infrecuente entre ellos. Apretó sus labios sobre la boca de ella. La mujer atrajo con fuerza su cabeza y lo besó con toda su alma.

—Qué tonta soy, Otto. Tengo miedo. Debe de ser cosa de la fiebre. ¡Anda, vete ya!

Así se separaron. Nunca volverían a verse como personas libres. En la precipitación de la partida, ninguno de los dos recordó las postales que llevaba en el bolsillo.

Pero el viejo jefe de taller las recuerda en el acto mientras viaja en el tranvía con su acompañante. Mete la mano en el bolsillo... ¡ahí están! Se siente descontento de sí mismo, habría debido recordarlo. Habría preferido dejarlas en casa o apearse ahora mismo del tranvía para depositarlas en cualquier edificio. Pero no encuentra ningún pretexto plausible para su acompañante. Así que tiene que llevarse las postales a la fábrica, algo que jamás ha hecho hasta entonces, y nunca habría debido hacer... pero ya es demasiado tarde.

Está en el retrete. Tiene las postales en las manos, desea romperlas, tirar de la cadena... y su mirada cae sobre esas líneas escritas con tanto esfuerzo durante tantas horas: le parecen vigorosas, eficaces. Sería una pena destruir un arma semejante. Su sentido del ahorro, su «sucia avaricia» le impiden destruirlas, pero también su respeto al trabajo; todos los frutos del trabajo son sagrados. Es un pecado destruir el trabajo en vano.

Pero no puede dejar las postales en la chaqueta, que también lleva en el taller. Así que las mete en la cartera, con el pan y el termo de café. Otto Quangel sabe de sobra que la cartera tiene una costura descosida en un lado, hace semanas la llevó al guarnicionero. Pero éste, sobrecargado de trabajo, gruñó que la reparación tardaría al menos dos semanas. Quangel no quiso prescindir de la cartera durante tanto tiempo, y la verdad es que tampoco se le ha caído nada fuera todavía. Así que coloca las postales dentro con despreocupación.

Cruza el taller dirigiéndose a las taquillas, despacio, mirando a un lado y a otro. Es un personal nuevo, apenas reconoce una cara conocida, en ocasiones saluda con una inclinación de cabeza. Una vez también echa una mano. La gente lo mira curiosa, muchos lo conocen: Ah, sí, ése es el viejo Quangel, un tipo raro, pero su personal nunca echa pestes de él, es justo, eso hay que reconocérselo. Qué va, es un tirano, exprime a su gente hasta la última gota. Que no, que nadie de su personal reniega nunca contra él. Qué pinta tan rara tiene, debe de tener bisagras en la cabeza, por eso inclina la cabeza de ese modo tan extraño. Callad, que vuelve, y ése odia a muerte los chismorreos, fulmina con la mirada a todo el que charla.

Otto Quangel ha guardado la cartera en la taquilla, las llaves están en su bolsillo. Bien, once horas después las postales habrán salido de la fábrica, y aunque entonces sea de noche se librará de ellas, no puede regresar a casa con ellas. Anna es capaz de levantarse sólo para llevárselas.

Con este personal nuevo Quangel no puede ocupar su habitual puesto de observación en el centro del taller... ¡no paran de dar la matraca y chismorrear! Se ve obligado a pasar de grupo en grupo, pero sus integrantes aún no saben lo que significan su silencio y su mirada fija; algunos tienen incluso la desfachatez de intentar enredar al jefe en una conversación. Le cuesta un buen rato que el trabajo vaya como la seda, como él está acostumbrado, hasta que los obreros se calman y comprenden que allí lo único que hay que hacer es trabajar.

Quangel se dispone a situarse en su puesto de vigilancia cuando su pie se detiene. Su mirada se dilata, una sacudida lo recorre: una de sus dos postales yace, tirada ante él, en el suelo del taller cubierto de serrín y virutas.

Los dedos se le contraen, quiere recoger inmediatamente la postal a escondidas y dos pasos más allá divisa la otra. Es imposible recogerlas sin que lo vean. Siempre hay alguno de los trabajadores mirando al nuevo jefe, y por lo que respecta a las mujeres tampoco dejan de observarlo, como si no hubieran visto a un hombre en su vida.

¡Bah, las recogeré, tanto si lo ven como si no! ¡A ellos ni les va ni les viene! No, no puedo hacerlo, la postal tiene que llevar aquí tirada un cuarto de hora, es un milagro que aún no la haya recogido alguien. Pero a lo mejor ya la ha visto alguno y ha vuelto a tirarla a toda prisa al leer su contenido. ¡Mira que si ése me ve recoger la postal y guardármela!

¡Peligro! ¡Peligro!, grita una voz en su interior. ¡Peligro extremo! ¡Deja tiradas las postales! Haz como si no las hubieras visto, deja que las encuentre otro. ¡Ve a tu puesto!

Pero de repente a Otto Quangel le sucede algo extraño. Lleva mucho tiempo, dos años, escribiendo y repartiendo postales... pero nunca ha presenciado el efecto que causan. Se ha limitado a vivir siempre en su oscura guarida; se lo ha imaginado cientos de veces, pero nunca ha visto el torbellino que deben de provocar...

¡Me gustaría presenciarlo una vez, una sola vez! ¿Qué puede sucederme? Aquí soy uno más de ochenta trabajadores, todos tan sospechosos como yo, más aún, porque todos me conocen como un viejo que es una fiera trabajando, alejado de toda política. Me arriesgaré, tengo que presenciarlo una vez.

Y antes de pensárselo bien, llama a un trabajador:

—¡Eh, tú! ¡Recoge eso! Debe de haberlo perdido alguien. ¿Qué es? ¿Qué miras con esa cara de bobo?

Arrebata al trabajador de la mano una de las postales y finge leerla. Pero ahora no es capaz de leer su propia letra del tamaño de letras de imprenta. Le resulta imposible apartar la vista del rostro del trabajador que contempla fijamente la postal. El hombre tampoco lee ya, pero su mano tiembla, su mirada denota miedo.

Quangel lo mira de hito en hito. Así que miedo, puro miedo. El hombre ni siquiera ha terminado de leer la postal, apenas ha pasado de la primera línea cuando el temor se ha apoderado de él.

Unas risas ahogadas obligan a Quangel a prestar atención. Alza la vista y ve que la mitad del taller los mira fijamente, dos hombres parados en medio del trabajo, leyendo postales... ¿O perciben ya que ha sucedido algo espantoso?

Quangel arrebata al otro la postal de la mano. Este juego tiene que jugarlo solo, el hombre está tan asustado que ya no es capaz de nada.

—¿Dónde está el delegado del Frente del Trabajo? ¿Es el de los pantalones de pana que está junto a la aserradora? ¡Bien! Vuelve al tajo y nada de charlas, o lo pasarás mal.

—Oye —dice Quangel al hombre que está junto a la aserradora—, sal un momento conmigo al pasillo, que quiero entregarte algo.

Y cuando los dos están fuera:

—Mira estas dos postales. Las ha recogido el hombre situado al fondo. Yo lo he visto. Creo que debes llevarlas a Dirección. ¿Qué te parece?

El otro lee. También se limita a leer un par de frases.

—¿Qué es esto? —pregunta asustado—. ¿Estaban tiradas en nuestro taller? ¡Ay, Dios mío, esto puede costarnos la cabeza! ¿Quién dices que las ha recogido? ¿Tú lo has visto?

—Yo le dije que las recogiera. Puede que haya sido el primero en verlas. ¡Puede!

—¡Ay, Dios mío! ¿Y qué voy a hacer yo con estos chismes? ¡Qué mierda! Las arrojaré al retrete.

—Tienes que entregarlas en Dirección o te considerarán culpable. El hombre que las ha encontrado no mantendrá la boca cerrada siempre. Anda, ve enseguida, yo te sustituiré entretanto en la sierra.

El hombre se marcha, vacilante. Las postales, en su mano, parecen abrasar sus dedos.

Quangel regresa al taller. Pero no puede ponerse inmediatamente junto a la aserradora: todo el taller es presa de la inquietud. Nadie sabe nada concreto, pero sí que ha sucedido algo. Juntan las cabezas, cuchichean, y esta vez la mirada fija de pájaro y el silencio del jefe no sirven para restablecer la calma. Tiene que hacer algo que no ha hecho desde hace años: despotricar en voz alta, amenazar con castigos, fingir enfado.

Y cuando en un rincón del taller se hace el silencio, mayor ruido se levanta en el otro, y cuando todo vuelve a funcionar más o menos bien, descubre que dos, tres máquinas no están completamente ocupadas: ¡la banda está en el retrete! Allí los descubre y uno tiene el descaro de preguntarle:

—¿Qué es lo que estaba leyendo antes, jefe? ¿Era de verdad una octavilla de los ingleses?

—¡A trabajar! —gruñe Quangel y conduce a los mozos por delante de él hacia el taller.

Allí retornan las habladurías. Se han congregado en pequeños grupos, reina una agitación inédita. Quangel tiene que ir de un lado a otro, renegando, amenazando, insultando... Tiene la frente cubierta de sudor...

Al mismo tiempo no para de pensar: Así que éste es el primer efecto. Puro miedo. Tanto, que ni siquiera siguen leyendo. Pero eso no quiere decir nada. Aquí se sienten observados. Mis postales casi siempre las ha encontrado una persona que ha podido leerlas con calma, meditarlas, de manera que han surtido un efecto completamente distinto. He hecho un experimento estúpido. Ya veremos cómo termina. En realidad, es bueno que yo, como jefe, haya encontrado y entregado las postales, eso me eximirá. No, no he arriesgado nada. Aunque efectúen un registro domiciliario en mi casa, no encontrarán nada. Anna se llevará un buen susto, claro... pero no, antes del registro yo estaré allí y prepararé a Anna... las 14 horas y 2 minutos... ya debería ser el cambio de turno, ahora viene el mío.

Pero de cambio de turno, nada. En el taller no resuena la campanilla, el personal de relevo (el auténtico personal de Quangel) no aparece, las máquinas siguen zumbando. Ahora la gente se inquieta de verdad, las cabezas se juntan cada vez más, se consultan los relojes.

Quangel tiene que renunciar a poner fin a su cháchara, pero es un hombre contra ochenta y ya no lo consigue.

De repente, aparece un hombre de las oficinas, un caballero distinguido con los pantalones perfectamente planchados y el distintivo del Partido. Tras situarse al lado de Quangel, grita en medio del estruendo de las máquinas:

—¡Que todos los trabajadores presten atención!

Todos los rostros se vuelven hacia él con curiosidad, expectación, pesadumbre, rechazo, indiferencia.

—Por motivos especiales el personal continuará trabajando por el momento. ¡Se pagarán horas extraordinarias!

Se detiene y todos clavan los ojos en él. ¿Eso es todo? ¿Por motivos especiales? ¡Ellos esperan más!

Pero se limita a gritar:

—Que todo el personal continúe trabajando.

Y dirigiéndose a Quangel:

—Jefe, encárguese de que reinen un silencio y una laboriosidad absolutos. ¿Quién ha recogido esas postales?

—Yo he sido el primero que las ha visto, creo.

—Ya lo sé. Entonces, ¿fue ése de ahí? Bien, sabrá usted su nombre, ¿no?

—No. No pertenece a mi personal.

—Ya lo sé. Ah, informe además al personal de que por el momento queda prohibido ir a los lavabos y abandonar el taller. Detrás de cada puerta hay dos guardias...

El hombre del pantalón perfectamente planchado saluda a Quangel con una ligera inclinación de cabeza y se marcha.

Quangel pasa de un puesto de trabajo a otro. Durante un instante observa la labor y las manos del trabajador. Después repite:

—Por el momento queda prohibido ir a los lavabos y abandonar el taller. Detrás de cada puerta hay dos guardias...

Y antes de que ellos puedan preguntar más, ya se encuentra en el siguiente puesto de trabajo, donde repite el mensaje.

No, ahora ya no necesita prohibirles hablar ni espolearlos. Todos trabajan en silencio y con ahínco. Todos perciben el peligro que se cierne sobre ellos. Porque entre esos ochenta no hay nadie que no haya faltado al respeto al Estado actual de algún modo y en algún momento, aunque sólo sea con una palabra. Todos se sienten amenazados. La vida de cada uno de ellos está en peligro. Todos tienen miedo...

Pero entretanto construyen ataúdes. Apilan en un rincón del taller los que no pueden ser trasladados al exterior. Al principio sólo son un par, pero con el correr de las horas comienzan a apilarse unos encima de otros, crecen hasta el techo, y apilan los nuevos a su lado. ¡Ataúdes y más ataúdes, para cada miembro del personal, para cada integrante del pueblo alemán! Todavía viven, pero ya están fabricando sus ataúdes.

Quangel está entre ellos. Continúa moviendo la cabeza a intervalos. Él también ventea el peligro, pero se ríe de él. A él no lo atraparán nunca. Se ha permitido una broma, ha enloquecido a todo el aparato, pero él es Quangel, el viejo tonto poseído por la avaricia. Jamás sospecharán de él. Y proseguirá su lucha sin desmayo.

Hasta que la puerta se abre de nuevo y aparece el caballero de los pantalones impecablemente planchados. Le sigue otro hombre, alto y bamboleante, con un bigote de color arena que se acaricia con ternura.

Inmediatamente cesa el trabajo en todos los puestos.

El hombre de las oficinas grita:

—¡A todo el personal! ¡Fin del trabajo!

Los hombres, liberados y sin embargo incrédulos, abandonan sus herramientas...

Mientras, lentamente, la luz reaparece en sus ojos embotados...

El hombre alto de bigote claro dice:

—Jefe de taller Quangel, queda detenido por sospecha fundada de alta traición a la patria. Camine delante de mí sin llamar la atención.

Pobre Anna, piensa Quangel, y camina despacio, la cabeza de perfil de pájaro muy alta, precediendo al comisario Escherich para salir del taller.

 

Capítulo 48

LUNES, EL DÍA DEL COMISARIO ESCHERICH

 

 

El comisario Escherich había trabajado rápido y sin errores.

Apenas recibió por teléfono la noticia de que en un taller de la fábrica de muebles Krause & Co. donde trabajaban ochenta obreros se habían encontrado dos postales, lo supo: era el momento que esperaba desde hacía tiempo, el Duende había cometido por fin el error tan largamente esperado. ¡Ahora lo atraparía!

Cinco minutos después había pedido los hombres suficientes para bloquear todo el terreno de la fábrica y se encaminaba hacia ella a toda velocidad en el Mercedes conducido por el propio Obergruppenführer.

Pero mientras Prall era partidario de sacar de inmediato del taller a los ochenta hombres e interrogarlos uno por uno hasta que la verdad saliera a la luz, Escherich había dicho:

—Necesito ahora mismo una lista de todos los trabajadores del taller con sus domicilios. ¿Cuánto tardarán en proporcionármela?

—Cinco minutos. ¿Qué hacemos con los trabajadores? Su jornada laboral finaliza dentro de cinco minutos.

—Cuando termine el turno, que les digan que deben seguir trabajando. No es necesario mencionar los motivos. Apostaremos una pareja de policías en cada puerta del taller. Nadie saldrá de él. Encárguese de que todo esto se haga con la mayor discreción posible, hay que evitar intranquilizarlos.

Y cuando el oficinista entra con la lista:

—El autor de las postales tiene que vivir en la calle Chodowiecki, Jablonski o Christburger. ¿Cuál de los ochenta vive allí?

Revisan la lista: ¡Ninguno! ¡Ninguno!

De nuevo la suerte parecía querer salvar a Otto Quangel. Él trabajaba en otro equipo y no figuraba en la lista.

El comisario Escherich avanzó el labio inferior, volvió a echarlo hacia atrás deprisa y se mordió con fuerza dos, tres veces el bigote que momentos antes había acariciado. Estaba completamente seguro de su teoría y ahora se sentía muy desilusionado.

Pero aparte del maltrato a su amado bigote, tampoco dejó traslucir su decepción y dijo con frialdad:

—Ahora revisaremos la situación personal de cada uno de los trabajadores. ¿Quién de ustedes puede proporcionar datos precisos? ¿Es usted el jefe de personal? Excelente, entonces comencemos: Abeking, Hermann... ¿Qué se sabe de este hombre?

Avanzaban con infinita lentitud. Al cabo de hora y cuarto sólo habían llegado a la letra H.

El Obergruppenführer Prall fumaba cigarrillos que apagaba enseguida. Se iniciaban conversaciones en susurros que se extinguían a las pocas frases. Tamborileaba con los dedos marchas militares en los cristales de la ventana. De repente dijo con dureza:

—¡Todo esto me parece una estupidez! Sería mucho más fácil...

El comisario Escherich ni siquiera levantó la vista. Ya no le tenía miedo a su superior. Tenía que encontrar a ese hombre, pero reconocía ante sí mismo que el fracaso con las calles le molestaba mucho. Prall podía impacientarse cuanto quisiera, que él no pensaba embarcarse en un interrogatorio masivo.

—Continúe, por favor.

—Kämpfer, Eugen, éste es el jefe de taller.

—Disculpe, pero no. Esta mañana a las nueve se hirió la mano en la cepilladora. Hoy lo sustituye el jefe de taller Quangel.

—Bien, sigamos: Krull, Otto...

—Le ruego de nuevo que me disculpe: el jefe de taller Quangel no figura en la lista del señor comisario.

—¡Deje de molestar continuamente! ¿Cuánto tiempo vamos a pasar todavía aquí? ¡Quangel, ese viejo idiota, queda descartado por completo!

Pero Escherich, en cuyo interior se avivó una chispa de esperanza, pregunta:

—¿Dónde vive el tal Quangel?

—Tendremos que consultarlo, porque no pertenece a este equipo.

—¡Pues consúltelo de una vez! Y dese un poco de prisa, ¿vale? ¡Yo había solicitado una lista completa!

—Por supuesto que lo consultaremos. Pero le aseguro, señor comisario, que ese Quangel es un viejo casi completamente chocho que, además, lleva muchos años trabajando en nuestra empresa. Conocemos a ese hombre perfectamente...

El comisario esbozó un gesto de desdén. Sabía cuántos errores cometen personas que creen conocer de cabo a rabo a sus congéneres.

—¿Y bien? —preguntó impaciente al joven oficinista, que entraba nuevamente—. ¿Qué hay?

El joven contestó, no sin solemnidad:

—El jefe de taller Quangel vive en la calle Jablonski número...

Escherich se levantó de un salto. Con una agitación por completo inusitada en él, exclamó:

—¡Ya está! ¡Ya tengo al Duende!

Y el Obergruppenführer Prall gritó:

—¡Traigan aquí a ese cerdo! ¡Y después, duro con él, a apretarle las tuercas sin contemplaciones!

La agitación era generalizada.

—¡Quangel! Quién lo habría pensado... ¿Quangel? Ese viejo idiota... es imposible. Pero fue el primero que encontró las postales. ¡Una gran muestra de habilidad teniendo en cuenta que él mismo las dejó allí! Pero ¿quién es tan idiota como para tenderse una trampa a sí mismo? ¿Quangel...? ¡Imposible!

Y por encima de todas, la voz vociferante de Prall.

—¡Traigan aquí a ese cerdo! ¡Y duro, duro con él!

El comisario Escherich fue el primero en recobrar la calma.

—Perdón, mi Obergruppenführer, una palabra más. Me permito sugerir que efectuemos primero un pequeño registro domiciliario en la vivienda del tal Quangel.

—¿A qué viene tanta ceremonia Escherich? ¡Después es posible que el tipo se nos escape!

—¡De esta madriguera, ya no saldrá nadie! Pero ¿y si en su domicilio encontramos alguna prueba palpable de su culpabilidad que imposibilite cualquier negativa? ¡Eso nos ahorraría mucho trabajo! ¡Ahora es el momento adecuado! Ahora que ese hombre y su familia ignoran que sospechamos de él...

—¡Cuánto más fácil sería retorcerle despacio el pescuezo hasta que confesase! En fin, de acuerdo: de paso atraparemos también a la mujer. Pero se lo advierto, Escherich, como entretanto ese tipo cometa aquí alguna tontería, tirarse a una máquina o algo parecido, volveré a machacarlo. ¡Quiero ver a ese tipo ahorcado!

—Y lo verá. Mandaré que vigilen continuamente al tal Quangel a través de la puerta. El trabajo continuará, caballeros, hasta nuestro regreso... creo que dentro de una hora más o menos...

 

Capítulo 49

LA DETENCIÓN DE ANNA QUANGEL

 

 

Después de la marcha de Otto Quangel, Anna cayó en un estado de cavilación y estupor del que salió de pronto, sobresaltada. Tanteó la colcha de la cama buscando las dos postales, pero no las encontró. Reflexionaba, pero no acertaba a recordar si Otto se las había llevado. No, al contrario, ahora volvía a recordar con exactitud que ella misma pensaba llevárselas mañana o pasado... así lo habían acordado.

Por tanto ¡las postales tenían que estar en casa! Comienza, pues, la búsqueda, helada o abrasada por la fiebre. Pone la casa patas arriba, rebusca entre la ropa, se mete debajo de la cama. Respira con esfuerzo, a veces se sienta en el borde de la cama, incapaz de continuar. Se envuelve en la colcha y se queda mirando absorta, en ese momento ha olvidado por completo las postales. Pero enseguida vuelve a despabilarse sobresaltada y reanuda la búsqueda.

Así transcurren las horas hasta que suena el timbre. Se sorprende. ¿Ha sonado el timbre? ¿Quién puede haber llamado? ¿Quién desea algo de ella?

Y cae en un nuevo letargo febril del que la arranca bruscamente el segundo timbrazo. Esta vez el timbre repiquetea mucho tiempo, su estridencia reclama su atención. Luego golpean la puerta con los puños. Oye gritos:

—¡Abran la puerta! ¡Policía! ¡Abran inmediatamente!

Anna Quangel sonríe y se tumba de nuevo en la cama, apretando con fuerza la colcha en torno a su cuerpo. ¡Que llamen al timbre y griten hasta quedarse roncos! Está enferma y no está obligada a abrir. Que vuelvan en otro momento o cuando esté Otto. Ella no abrirá.

Más timbrazos, gritos, porrazos...

¡Menudos idiotas! ¡Como si fuera a abrir por eso! ¡Anda y que los zurzan!

En el estado febril en que se encuentra no piensa ni en la falta de las postales ni en el peligro que entraña esa visita policial. Sólo se alegra de estar enferma y de no verse obligada a abrir.

Pero después, como es natural, aparecen en la habitación: son cinco o seis hombres... habrán mandado llamar a un cerrajero o habrán abierto la puerta con una ganzúa. No tenía puesta la cadena, al estar enferma no la echó tras la marcha de Otto. Precisamente ese día... porque la cadena siempre estaba puesta.

—¿Se llama usted Anna Quangel? ¿Es usted la mujer del jefe de taller Otto Quangel?

—Sí, señor. Veintiocho años ya.

—¿Por qué no ha abierto al oír nuestros timbrazos y llamadas?

—Porque estoy enferma, señor. Tengo gripe.

—¡Deje ya de hacer teatro! —interrumpe a voces un gordo vestido con un uniforme negro—. ¡Usted está tan enferma como mi culo, no hace más que fingir!

El comisario Escherich hace a su superior una seña apaciguadora. Hasta un niño sería capaz de ver que esa mujer está realmente enferma. Y a lo mejor es bueno que lo esté: mucha gente se va de la lengua durante la fiebre. Mientras sus hombres comienzan a registrar la vivienda, el comisario se dirige a la mujer. Toma su mano caliente y dice compasivo:

—Señora Quangel, lamento traerle una mala noticia...

Se interrumpe.

—¿Cuál? —pregunta la mujer, en absoluto asustada.

—He tenido que detener a su marido.

La mujer sonríe. Anna Quangel se limita a sonreír y, sin perder la sonrisa, sacude la cabeza y dice:

—Nooo, señor, no me venga con ésas. A Otto no lo detiene nadie, es un hombre decente. —E inclinándose hacia el comisario, susurra—: ¿Sabe lo que pienso, querido señor? Que todo esto es un sueño. Porque tengo fiebre. Gripe, ha dicho el doctor, y con fiebre se sueñan estas cosas. Estoy soñando todo esto: usted y ese gordo vestido de negro y ese caballero que está ahí junto a la cómoda rebuscando entre mi ropa. Nooo, querido señor, usted no ha detenido a Otto, lo estoy soñando.

El comisario Escherich dice también en susurros:

—Señora Quangel, ahora también está soñando con las postales. Porque usted sabe lo de las postales escritas por su marido, ¿verdad?

La fiebre no ha confundido tanto los sentidos de Anna Quangel como para no prestar atención a la palabra «postales». Se estremece. Durante un instante sus ojos, dirigidos hacia el comisario, vuelven a estar muy claros y despiertos. Pero después, sacudiendo la cabeza, dice con otra sonrisa:

—¿Qué postales? ¡Mi marido no escribe postales! Cuando aquí se escribe algo soy yo quien lo hace. Pero hace ya mucho tiempo que no escribimos a nadie. Desde que mi hijo cayó no hemos vuelto a escribir. ¡Querido señor, usted sueña al afirmar que mi Otto ha escrito postales!

El comisario se ha percatado de su estremecimiento, pero éste no constituye todavía una prueba. Así que dice:

—¿Lo ve usted? Y desde que su hijo cayó, escriben las postales, ustedes dos. ¿Es que ya no recuerda la primera? —Y repite con cierta solemnidad—: «Madre: el Führer ha matado a mi hijo. El Führer también asesinará a tus hijos, no se detendrá ni siquiera cuando haya llevado el luto a todos los hogares del mundo...».

Ella escucha. Sonríe.

—Eso lo ha escrito una madre —afirma—. ¡Eso no lo ha escrito mi Otto, usted sueña!

El comisario insiste.

—Eso lo ha escrito Otto, y tú se lo has dictado. ¡Reconócelo!

—No, señor —niega sacudiendo la cabeza—. Yo no puedo dictar algo así, no me da la cabeza para ello...

El comisario se levanta y sale del dormitorio. En el cuarto de estar comienza a buscar con sus hombres útiles de escritura. Encuentra un frasquito de tinta, pluma y plumín, que contempla con atención, y una postal. Regresa con todo junto a Anna Quangel.

Entretanto el Obergruppenführer Prall la ha interrogado, a su manera. Prall está firmemente convencido de que todos esos aspavientos de gripe y fiebre no son más que paparruchas, que la mujer finge. Pero aunque estuviera enferma de verdad, sus métodos de interrogatorio no cambiarían un ápice. Agarra por los hombros a Anna Quangel, haciéndole daño de verdad, y comienza a sacudirla. Su cabeza choca contra el cabecero de madera de la cama. Mientras la levanta veinte o treinta veces, apretándola luego contra la almohada, le grita iracundo:

—¿Quieres seguir mintiendo, vieja cerda comunista? ¡Te-digo-que-no-mientas! ¡No-mientas!

—¡No! —balbucea la mujer—. ¡Deténgase!

—¡Di que has escrito las postales! ¡Dilo-ahora-mismo! ¡O-te-aplastaré-los-sesos, cerda roja!

Y a cada palabra estrella su cabeza contra el cabecero de la cama.

El comisario Escherich, con los útiles de escritura en la mano, observa desde la puerta sonriendo. ¡De modo que así son los interrogatorios del Obergruppenführer! Como siga cinco minutos más, la mujer será incapaz de prestar declaración durante cinco días por lo menos. Entonces ninguna tortura, por refinada que sea, le devolverá la conciencia.

Pero durante unos momentos quizá tampoco sea tan malo. Que se asuste un poco, que sienta dolores, y tanto más deprisa se aferrará a él, el hombre educado.

Cuando Prall ve aparecer al comisario junto a la cama, interrumpe sus sacudidas y dice con un tono a medio camino entre la disculpa y el reproche:

—Es usted demasiado blando con las mujeres, Escherich. ¡A éstas hay que zurrarlas hasta que canten!

—Por supuesto, mi Obergruppenführer, claro que sí. Pero ¿me permite que muestre algo a la mujer?

Se dirige a la enferma, que ahora yace en la cama jadeando con esfuerzo y con los ojos cerrados.

—Señora Quangel, preste atención.

Ella parece sorda.

El comisario la agarra y la incorpora con sumo cuidado.

—Así —dice, hablándole con suavidad—. Y ahora, abra los ojos.

Anna obedece. Escherich ha calculado muy bien: tras las sacudidas y las amenazas, la voz amable y educada le suena agradable.

—Acaba de decirme que en su domicilio nadie ha escrito nada desde hace mucho tiempo. Pero fíjese en esta pluma. Acaban de escribir con ella, acaso hoy o ayer, la tinta adherida está todavía muy fresca. ¡Vea, puedo rascarla con la uña!

—Yo no entiendo nada de eso —rechaza la señora Quangel—. Tendrá usted que preguntar a mi marido, yo no entiendo nada de eso.

El comisario Escherich la mira de hito en hito.

—¡Entiende usted muy bien, señora Quangel! —dice endureciendo el tono—. ¡Sólo que no quiere entender, porque sabe que ya se ha delatado!

—Aquí no escribimos ninguno de los dos —repite, obstinada, la mujer.

—Y a su marido no necesito preguntarle nada —prosigue el comisario—, porque ya lo ha confesado todo. Él escribió las postales y usted se las dictó...

—Bueno, pues si Otto lo ha confesado, no hay más que hablar —replica Anna.

—¡Sacúdele un buen sopapo en los morros a esta carroña desvergonzada, Escherich! —interrumpe de pronto a voz en grito el Obergruppenführer—. ¡Qué descaro, engañarnos así!

Pero el comisario, en lugar de propinar un sopapo en los morros a la carroña desvergonzada, informa:

—Hemos pillado a su marido con dos postales en el bolsillo. ¡No ha podido negarlo!

Cuando la señora Quangel oye lo de las dos postales, que ha buscado durante tanto tiempo en medio de la fiebre, vuelve a estremecerse. Así que se las ha llevado él, y eso que habían acordado que ella las repartiría mañana o pasado. Eso no ha estado bien por parte de Otto.

Ha tenido que pasar algo con las postales, piensa con esfuerzo. Pero Otto no ha confesado nada, o no estarían aquí interrogándome y rebuscando por todas partes. Sino que...

—¿Por qué no traen aquí a Otto? —pregunta en voz alta—. Yo no sé qué es eso de las postales. ¿Por qué iba a escribir él postales?

Y se recuesta del todo, la boca y los ojos cerrados, firmemente decidida a no pronunciar ni una palabra más.

El comisario Escherich baja la vista hacia la mujer, meditabundo. Se da cuenta de que está exhausta. De momento no hay nada que hacer con ella. Se gira un momento, llama a dos de sus hombres y ordena:

—Acuesten a la mujer en esa otra cama de enfrente y después registren con todo cuidado ésta. Por favor, mi Obergruppenführer, sígame.

Quiere tener fuera de la habitación a su superior, no quiere presenciar otro interrogatorio al estilo de Prall. Es muy posible que en los próximos días necesite a toda costa a esa mujer, entonces deberá tener algo de fuerza y la mente despejada. Además, parece pertenecer a esas personas no precisamente numerosas cuyo empecinamiento aumenta con las amenazas físicas. Seguro que de ella no se saca nada a base de golpes.

Al Obergruppenführer no le gusta alejarse de esa mujer. Le habría encantado enseñarle a esa vieja puta lo que pensaba de ella. Habría preferido descargar sobre ella toda su furia por esa historia equivocada del Duende. Pero estando ya en la habitación esos dos fisgones... Además, esa misma noche la vieja bruja ingresará en los sótanos de la calle Prinz-Albrecht, entonces podrá hacer con ella lo que se le antoje.

—Pero detendrá a esa vieja, ¿verdad, Escherich? —preguntó en el cuarto de estar.

—Por supuesto —contestó el comisario mirando, distraído, a sus hombres, que desdoblaban y volvían a doblar con pedante minuciosidad cada prenda de ropa, atravesaban con largas agujas los cojines del sofá y golpeaban las paredes; luego añadió—: Pero primero he de procurar prepararla para el interrogatorio. Con tanta fiebre sólo comprende las cosas a medias. Antes debe comprender que está en peligro de muerte. Entonces le entrará miedo...

—¡Ya le enseñaré yo lo que es el miedo! —gruñó el Obergruppenführer.

—No de ese modo... en cualquier caso primero hace falta que desaparezca la fiebre —opinó Escherich, para interrumpirse después—: Pero ¿qué tenemos aquí?

Uno de sus hombres estaba ocupado con los escasos libros alineados en un pequeño estante. Al sacudir uno, algo blanco cayó revoloteando hasta el suelo.

El comisario fue el más rápido. Recogió el trozo de papel.

—¡Una postal! —exclamó—. ¡Una postal comenzada y a medio escribir! —Y leyó en voz alta—: «¡Führer, ordena, nosotros te seguiremos! Sí, nos hemos convertido en un rebaño de ovejas que nuestro Führer puede conducir hasta el matadero. Hemos renunciado a pensar...».

Bajó la postal y miró a su alrededor.

Todos lo miraban.

—¡Ya tengo la prueba! —gritó el comisario Escherich con un punto de orgullo—. Tenemos al autor. Su culpabilidad ha quedado probada de manera fehaciente, no ha sido una confesión obtenida por la fuerza, no, es una clara prueba de investigación. ¡Ha valido la pena esperar tanto tiempo!

Miró a su alrededor. Sus ojos pálidos brillaban. Su momento, el momento esperado durante tanto tiempo, había llegado. Recordó entonces el largo camino que había recorrido hasta llegar allí. Desde la primera postal que había recibido con risueña indiferencia, hasta ésta que sostenía en su mano. Pensó en la creciente marea de postales, en las banderitas rojas que proliferaban de día en día, recordó también al pequeño Enno Kluge.

Volvió a estar con él en la celda de la comisaría, sentado a su lado junto a las aguas oscuras del lago Schlachtensee. Después sonó un tiro, y se creyó totalmente a cubierto. Se vio a sí mismo, dos hombres de las SS lo tiraban escaleras abajo, sangrando, aniquilado, mientras un pequeño carterista se arrastraba de rodillas invocando a la santísima Virgen. Muy vagamente recordó también al comisario Zott... pobre hombre, su teoría de las estaciones del tranvía había resultado errónea.

Fue el momento del orgullo para el comisario Escherich. Consideró que había merecido la pena ser paciente y soportar tantas cosas. Lo tenía, tenía a su Duende, como lo había llamado en broma al principio, aunque llegó a convertirse en un Duende de verdad: casi hace zozobrar la nave de la existencia de Escherich. Pero ahora lo había apresado, la caza había terminado, el juego había concluido.

El comisario Escherich alzó la vista como si acabase de despertar. Dijo con voz imperiosa:

—La mujer será trasladada en una ambulancia. Que la acompañen dos hombres, usted responde de ella ante mí, Kemmel, nada de interrogatorios, prohibición absoluta de hablar con nadie. Avise de inmediato a un médico. La fiebre tiene que haber desaparecido en tres días, dígaselo, Kemmel.

—A sus órdenes, comisario.

—Los demás volverán a ordenar la vivienda, debe quedar impecable. ¿En qué libro estaba esta postal? ¿Un libro de fabricación y reparación de aparatos de radio? Bien, pues coloque dentro la postal justo donde estaba. Dentro de una hora tiene que estar todo ordenado, porque entonces regresaré con el autor. Ninguno de ustedes permanecerá aquí. ¡Nada de guardias! ¿Entendido?

—A sus órdenes, comisario.

—¿Nos vamos ya, mi Obergruppenführer?

—¿No quiere enseñarle a la mujer la postal que ha encontrado, Escherich?

—¿Para qué? Ahora, con la fiebre, no reaccionaría bien, y a mí sólo me interesa el marido. Wrede, ¿ha visto en algún sitio las llaves de la puerta de entrada?

—Sí, en el bolso de la mujer.

—Traiga... gracias. Bien, entonces vámonos, mi Obergruppenführer.

Abajo, junto a su ventana, el juez del Tribunal Cameral Fromm seguía con la vista a los que se marchaban en coche mientras meneaba la cabeza de un lado a otro. Más tarde vio cómo introducían la camilla con la señora Quangel en una ambulancia; pero por la pinta de los acompañantes comprendió que el vehículo no se dirigía a un hospital corriente.

—Uno detrás de otro —dijo en voz baja el consejero jubilado Fromm—. Uno detrás de otro. El edificio se vacía. Los Rosenthal, los Persicke, Barkhausen, Quangel... casi me he quedado solo aquí. La mitad del país encierra a la otra mitad, esto ya no puede durar mucho. Bueno, yo al menos continuaré viviendo aquí, a mí no me encerrarán...

Sonríe y asiente con la cabeza.

—Cuanto peor, mejor. ¡Antes acabará esto!

 

Capítulo 50

LA CONVERSACIÓN CON OTTO QUANGEL

 

 

Al comisario Escherich no le había sido muy fácil persuadir al Obergruppenführer Prall de que lo dejara solo con Otto Quangel durante el primer interrogatorio. Pero al final lo consiguió.

Cuando en compañía del jefe de taller subía las escaleras hasta su vivienda, ya había oscurecido. Alumbraba la luz de la escalera. Quangel encendió la luz al entrar en el cuarto de estar. Se dirigió al dormitorio.

—Mi mujer está enferma —murmuró.

—Su mujer ya no está aquí —le comunicó el comisario—. Se la han llevado. Siéntese aquí, a mi lado...

—Mi mujer tiene mucha fiebre... gripe... —murmuró Quangel.

Se le notaba que la noticia de la ausencia de su mujer lo había trastornado mucho. La rígida indiferencia que había mostrado hasta entonces había desaparecido.

—Un médico se encarga de su mujer —dijo tranquilizador el comisario—. Creo que la fiebre habrá desaparecido dentro de dos o tres días. He ordenado que venga una ambulancia para trasladarla.

Por primera vez Quangel examinó con más atención al hombre que tenía delante. Su inmóvil ojo de pájaro se posó largamente en el comisario. Después Quangel inclinó la cabeza, asintiendo.

—Ambulancia —repitió—. Un médico... eso está bien. Se lo agradezco. Es lo correcto. No es usted una mala persona.

El comisario aprovechó su oportunidad.

—No somos tan malos, señor Quangel, como a menudo se dice de nosotros —aseguró—. Hacemos todo lo posible para aliviar la situación de los detenidos. Porque sólo queremos averiguar si existe delito. Ése es nuestro negocio, igual que el suyo es fabricar ataúdes...

—Sí —respondió Quangel con voz dura—. Sí, fabricante y suministrador de ataúdes, así es.

—¿Quiere usted decir —inquirió Escherich con ligero tono burlón— que yo suministro el contenido de los ataúdes? ¿Tan negro ve su caso?

—Yo no tengo ningún caso.

—Oh, sí, un poco sí. Observe por ejemplo esta pluma, Quangel. Sí, es la suya. La tinta aún está fresca. ¿Qué ha escrito usted hoy o ayer con esta pluma?

—Tuve que firmar algo.

—¿Qué, señor Quangel?

—Tuve que extender un volante de asistencia médica, para mi mujer. Porque mi mujer está enferma, tiene gripe...

—Su mujer me ha dicho que usted no escribe jamás. Que todo lo que ustedes escriben es obra de ella, eso me ha contado.

—Lo que le ha dicho mi mujer es rigurosamente cierto. Ella lo escribe todo. Pero ayer tuve que hacerlo yo, porque ella tenía fiebre. Ella no lo sabe.

—Vea además, señor Quangel —continuó el comisario—, cómo raspa el plumín. Es una pluma nueva, pero ya raspa. Lo hace porque tiene usted una mano muy pesada, señor Quangel. —Depositó sobre la mesa las dos postales halladas en el taller—. Observe: la primera está escrita con suma facilidad. Pero en la segunda, ¿ve usted?, aquí... y aquí... y también en esta B..., ahí ha arañado el plumín. ¿Qué me dice, señor Quangel?

—Esas son las postales que yacían en el suelo del taller —le comunicó Quangel con indiferencia—. Yo le dije al de la chaqueta azul que las recogiese. Y él obedeció. Eché un vistazo a las postales y después se las entregué inmediatamente al delegado del Frente del Trabajo, que se marchó con las postales. Ya no sé nada más de ellas.

Quangel pronunció esas frases despacio y con voz monótona, con lengua torpe, como un hombre viejo y algo limitado.

El comisario preguntó:

—Pero, señor Quangel, reconocerá que esta segunda postal ha sido escrita al final con un plumín, ¿no?

—Yo no entiendo nada de eso. No soy, por así decirlo, un escriba, como dice la Biblia.

Durante un momento reinó en la estancia absoluto silencio. Quangel miraba la mesa abstraído, con el rostro casi sin expresión.

El comisario escudriñaba al hombre. Estaba firmemente convencido de que no era tan lento ni tan torpe como aparentaba, pero sí tan agudo como su cara y tan rápido como su ojo. El comisario consideró que su primera tarea consistía en sonsacar de ese hombre toda su agudeza a base de astucia. Quería hablar con el sagaz escritor de postales, no con ese viejo jefe de taller embrutecido por el trabajo.

Al cabo de un rato, Escherich preguntó:

—¿Qué libros son los del estante?

Quangel alzó la vista despacio, miró un momento al otro y después giró la cabeza poco a poco, hasta que vio el estante.

—¿Esos? Pues el libro de misa de mi mujer y su Biblia. Los demás deben de ser los libros de mi hijo, el caído. Yo no leo libros, no tengo ninguno. Nunca he sabido leer bien...

—Por favor, déme el cuarto libro por la izquierda, señor Quangel, el de tapas rojas.

Quangel sacó despacio el libro de la fila y lo trasladó a la mesa con sumo cuidado, como si fuera un huevo crudo, depositándolo delante del comisario.

—Fabricación y reparación de aparatos de radio de Otto Runge —leyó en voz alta el comisario—. ¿Qué, Quangel, no se le ocurre nada al ver este libro?

—Es un libro de mi hijo Otto, el caído —contestó Quangel despacio—. Le gustaban las radios. Era conocido, los talleres se peleaban por él, conocía todos los circuitos...

—¿Y no se le ocurre nada más, señor Quangel, al ver este libro?

—Pues no. —Quangel sacudió la cabeza—. Yo no sé nada de nada. No leo libros.

—¿Y si hubiera guardado algo en su interior? ¡Abra el libro, señor Quangel!

El libro se abrió justo en el lugar en el que estaba la postal. Quangel clavó los ojos en las palabras: «Führer, ordena, nosotros te obedeceremos...».

¿Cuándo había escrito eso? Debió de ser hace tiempo, mucho tiempo. Muy al principio. Pero ¿por qué no terminó de escribirla? ¿Por qué la postal estaba dentro del libro de su hijo Otto?

Lentamente fue recordando la primera visita de su cuñado Ulrich Heffke. Entonces ocultaron deprisa la postal, y él siguió tallando la cabeza de su hijo. ¡Escondida y olvidada, tanto por él como por Anna.

¡Ése era el peligro que siempre había percibido! Ése era el enemigo en la oscuridad al que no había conseguido ver, pero siempre había presentido. Ése fue el error que había cometido, que no había podido tener en cuenta...

¡Te han pillado!, dijo una voz en su interior. Te has jugado la cabeza... por tu propia culpa. Estás perdido.

¿Habrá confesado algo Anna? Seguro que le han enseñado la postal. Pero a pesar de todo habrá negado, la conozco, y lo mismo haré yo. Aunque Anna tenía fiebre...

El comisario inquirió:

—Bueno, Quangel, ¿no dice nada? ¿Cuándo escribió esa postal?

—No sé nada de la postal —contestó—. Yo no sé escribir ese tipo de cosas, tengo pocas luces.

—¿Y cómo ha ido a parar la postal al libro de su hijo? ¿Quién la ha metido ahí?

—¡Y yo qué sé! —respondió Quangel con tono casi grosero—. A lo mejor ha sido usted mismo o uno de sus hombres. A menudo se oye que fabrican pruebas donde no las hay.

—La postal se ha encontrado dentro de este libro en presencia de varios testigos intachables. Su esposa también estaba presente.

—¿Y qué dijo mi mujer?

—Cuando encontraron la postal, confesó en el acto que ella dictaba y usted escribía. Vamos, Quangel, no sea testarudo. Simplemente confiese. Si confiesa ahora, no me dirá nada que yo no sepa. Pero aliviará su situación y la de su mujer. Si no confiesa, tendré que llevarlo a la Gestapo, y nuestros calabozos no son muy bonitos...

Al recordar lo que él mismo había vivido en ese sótano, la voz del comisario tembló un poco.

Pero se contuvo y prosiguió.

—Si confiesa, lo entregaré en el acto al juez instructor. Entonces irá a Moabit, allí lo tratarán bien, igual que a todos los demás presos.

Mas a pesar de las palabras del comisario, Quangel persistió en sus mentiras. Porque Escherich acababa de cometer un error que el sagaz Quangel había captado al instante. La torpeza y los informes de sus superiores habían impresionado tanto a Escherich que no consideraba a Quangel el autor de las postales. Él era sólo el que las escribía, su mujer se las dictaba...

Pero el hecho de que lo repitiera demostró a Quangel que Anna no había confesado. Ese fulano se lo había inventado.

Siguió negando una y otra vez.

Al final, Escherich interrumpió el infructuoso interrogatorio en la vivienda y se dirigió con Quangel a la calle Prinz-Albrecht. Ahora confiaba que un entorno diferente, con el despliegue de los hombres de las SS, todo ese aparato amenazador intimidaría a ese hombre sencillo, facilitando la labor de persuasión.

Estaban en el despacho del comisario y Escherich situó a Quangel ante el plano de Berlín con sus banderitas rojas.

—Fíjese, señor Quangel. Cada banderita simboliza una postal. Están en el lugar exacto donde fueron halladas. Si observa ahora esos lugares —dio unos golpecitos con el índice— verá banderitas por todas partes, pero ninguna aquí. Porque ésta es la calle Jablonski, donde usted vive. Como es natural, en ella no dejó usted ninguna postal, allí es demasiado conocido...

Pero Escherich se dio cuenta de que Quangel ni siquiera lo escuchaba. Al ver el plano de la ciudad, al hombre lo había acometido una extraña e incomprensible agitación. Sus ojos brillaban, sus manos temblaban. Casi con timidez preguntó:

—Son un montón de banderitas, ¿cuántas pueden ser?

—Se lo diré con absoluta precisión —contestó el comisario, que ahora había comprendido lo que perturbaba al hombre—. Son 267 banderitas, 259 postales y 8 cartas. ¿Cuántas escribió usted en total, Quangel?

El hombre callaba, pero ahora su silencio ya no era fruto de la obstinación, sino de la agitación interna.

—Y tenga en cuenta una cosa más, señor Quangel —continuó el comisario, al darse cuenta de su ventaja—, todas estas cartas y postales nos han sido entregadas voluntariamente. Nosotros no hemos encontrado ni una. La gente venía con ellas corriendo, como si les quemasen. Les faltaba tiempo para librarse de ellas, la mayoría ni siquiera las leyó...

Quangel seguía callado, pero su rostro temblaba. En su interior se libraba una lucha formidable; la mirada del ojo inmóvil, perspicaz, ahora llameaba, se desviaba, bajaba hacia el suelo y volvía a alzarse, fascinada, hacia las banderitas.

—Y otra cosa, señor Quangel: ¿ha pensado alguna vez cuánto miedo y problemas causó usted a la gente con esas postales? Porque la gente se moría de miedo, algunas personas fueron detenidas, y me consta con certeza que una se suicidó por culpa de esas postales...

—¡No, no! —gritó Quangel—. ¡Yo nunca quise eso! ¡Nunca se me pasó por la cabeza! Yo deseaba que las cosas mejoraran, que la gente supiera la verdad, que la guerra terminase cuanto antes, que cesara de una vez esta degollina... ¡eso es lo que yo quería! ¡Esa pobre gente... y yo la hice más pobre aún! ¿Quién fue el que se suicidó?

—Bah, un pequeño holgazán, apostador en las carreras de caballos, carece de importancia, no se apene usted por él.

—Todos son importantes. Se me pedirán cuentas por su sangre.

—Ve usted, señor Quangel —dijo el comisario al hombre sombrío que estaba a su lado—. Acaba de confesar su delito sin darse cuenta.

—¿Mi delito? Yo no he cometido ningún delito, al menos no lo que usted dice. Mi delito es haberme considerado demasiado listo, querer hacerlo solo, a pesar de saber que un individuo no es nada. No, yo no he hecho nada de lo que tenga que avergonzarme, pero el método elegido para llevarlo a cabo ha sido equivocado. Por eso merezco el castigo y por eso moriré de buen grado...

—Bueno, la cosa tampoco será tan grave —comentó el comisario consolador.

Quangel no lo escuchaba. Ensimismado, dijo:

—Lo cierto es que nunca he pensado de verdad en las personas, pues de lo contrario lo habría sabido.

—¿Sabe cuántas postales y cartas ha escrito en realidad? —preguntó Escherich.

—276 postales y nueve cartas.

—En ese caso han quedado sin entregar dieciocho.

—Dieciocho escritos, eso es mi trabajo de más de dos años, eso es toda mi esperanza. ¡Dieciocho escritos pagados con la vida, pero dieciocho al fin y al cabo!

—Quangel, no crea que esos dieciocho escritos pasaron de mano en mano —le advirtió el comisario—. No, esos fueron encontrados por personas tan pringadas que no se atrevieron a entregar las postales. También el efecto de esos dieciocho mensajes fue nulo, nosotros jamás oímos una palabra sobre su supuesta influencia en la gente...

—¿Así que no he conseguido nada?

—Pues no, no ha conseguido nada, al menos lo que usted quería. ¡Alégrese, Quangel, seguro que eso se considerará un atenuante! ¡A lo mejor se libra con quince o veinte años de cárcel!

Quangel se estremeció.

—¡No! —clamó—. ¡No!

—Pero en realidad ¿qué se figuraba, Quangel? ¿Pretendía usted, un sencillo obrero, luchar contra el Führer, que tiene el respaldo del Partido, del Ejército, de las SS, de las SA? ¿Contra el Führer, que ha derrotado ya a medio mundo y que dentro de uno o dos años habrá vencido al último de nuestros enemigos? ¡Eso es ridículo! ¡Usted debió decirse de antemano que eso no podía salir bien! Es como si un mosquito quisiera luchar contra un elefante. ¡No puedo comprenderlo, usted es una persona razonable!

—No, usted no lo entenderá nunca. Da igual que sólo luche uno o diez mil; cuando alguien se da cuenta de que tiene que luchar, lucha, sea solo o acompañado. Yo tenía que luchar, y siempre volvería a hacerlo. Sólo que de un modo distinto, completamente diferente.

Volvió a dirigir hacia el comisario su mirada tranquila.

—Por cierto, mi mujer no ha tenido nada que ver con esto. ¡Tiene que ponerla en libertad!

—Está mintiendo, Quangel. Su mujer dictó las postales, ella misma lo ha confesado.

—¡Ahora es usted el que miente! ¿Tengo pinta de hombre que deja que su mujer le dicte? Seguramente la acusará además de haber urdido todo el asunto. Pero fui yo, yo solo. Se me ocurrió a mí, yo escribí las postales, yo las repartí, yo reclamo el castigo. ¡Ella no! ¡Mi mujer, no!

—Ha confesado...

—Ella no ha confesado nada. ¡No quiero volver a oír semejantes mentiras! No vuelva a hablarme mal de mi mujer.

Durante un instante los dos quedaron frente a frente, el hombre de descarnada cabeza de pájaro y mirada dura y el comisario gris, incoloro, de bigote dorado como un panecillo y ojos claros.

Después Escherich bajó la vista y añadió:

—Ahora haré entrar a alguien, redactaremos un pequeño informe. Espero que mantenga su declaración...

—La mantengo.

—¿Comprende entonces con claridad lo que le espera? ¿Una elevada pena de prisión, quizá la muerte?

—Sí, sé lo que he hecho. Y confío en que también usted sepa lo que hace, señor comisario.

—¿Qué es lo que hago?

—Usted trabaja para un asesino, al que suministra continuamente nuevas presas. Lo hace por dinero, tal vez ni siquiera cree en ese hombre. No, seguro que no cree en él. Sólo por dinero...

De nuevo se enfrentaron en silencio, y de nuevo, al cabo de un rato, el comisario bajó los ojos, vencido.

—Entonces me voy —dijo casi cohibido—, y traeré a un escribiente.

Salió.

 

Capítulo 51

EL COMISARIO ESCHERICH

 

 

Hacia la medianoche, el comisario Escherich todavía se encuentra, o para ser exactos, vuelve a encontrarse en su despacho sentado y completamente hundido, pero a pesar del abundante alcohol que ha ingerido no ha olvidado la espantosa escena en la que se ha visto obligado a participar.

Esta vez su augusto superior, el cabrón asqueroso y siniestro de Prall, no ha traído una Cruz al Mérito Militar para su exitoso, eficaz, querido comisario, pero sí una invitación a una pequeña celebración del triunfo. Allí se sentaron juntos, bebieron abundante armañac en vasos no precisamente pequeños, jactándose de haber atrapado al Duende, y entre aplausos generalizados el comisario Escherich tuvo que leer en voz alta el informe con la confesión de Quangel...

¡Un trabajo de investigación esforzado y cuidadoso arrojado a los cerdos!

Pero después, cuando todos ellos estaban de verdad muy borrachos, se inventaron una diversión extra. Armados con botellas y vasos bajaron a la celda de Quangel, y el comisario se vio obligado a acompañarlos. Querían ver a ese pájaro extravagante, a ese demente que había tenido el descaro de luchar contra el Führer.

Encontraron a Quangel debajo de su manta, profundamente dormido en su camastro. Un rostro extraño, pensó Escherich, que ni siquiera en sueños se relajaba, que siempre parecía igual de hermético y preocupado, estuviese despierto o dormido. Pero en ese momento el hombre estaba sumido en un profundo sueño...

Ellos, como es natural, no lo dejaron dormir. Lo despertaron a golpes obligándolo a levantarse del catre. Se quedó ante esas personas de uniformes negros y plata con una camiseta demasiado corta, una camiseta que ni siquiera cubría su desnudez, una figura ridícula... ¡si no se miraba su cabeza!

Entonces se les ocurrió la idea de bautizar al viejo Duende y derramaron una botella de aguardiente encima de su cabeza. El Obergruppenführer Prall pronunció un discurso breve y graciosamente beodo sobre el Duende, sobre ese cerdo al que pronto le llegaría su San Martín, y al final del discurso estrelló su vaso de aguardiente en la cabeza de Quangel.

Fue una señal para los demás y todos rompieron sus vasos de licor en la cabeza del viejo. Armañac y sangre corrieron por su rostro. Pero mientras sucedía todo eso, a Escherich le pareció que entre los arroyos de sangre y licor Quangel lo miraba fijamente a él, y casi creía oír sus palabras: ¡Así que ésta es la causa justa por la que asesinas! ¡Estos son tus verdugos! Así sois. Sabes muy bien lo que haces. Yo moriré por delitos que no he cometido, pero tú vivirás... ¡así de justa es tu causa!

Después ellos descubrieron que el vaso de Escherich permanecía intacto. Le ordenaron romperlo en la cabeza de Quangel. Prall se vio obligado a ordenárselo dos veces con enorme dureza —«Ya sabes, Escherich, que te daré una buena si no obedeces»—, antes de que Escherich estrellara su vaso contra la cabeza de Quangel. Tuvo que golpear cuatro veces con su mano temblorosa antes de que se rompiera, y durante todo el rato sintió sobre sí la mirada dura y sarcástica de Quangel, que presenció su humillación en silencio. Esa figura ridícula con una camiseta demasiado corta había sido más fuerte y digna que sus torturadores. Y a cada golpe que el comisario Escherich propinaba, desesperado y atemorizado, le parecía que golpeaba los cimientos de su propio Yo, que un hacha removía las raíces del árbol de su vida.

Entonces Otto Quangel se desplomó de repente, y ellos lo dejaron tirado sobre el suelo desnudo de la celda, inconsciente y sangrando. También prohibieron a la guardia ocuparse de ese cerdo, y subieron de nuevo para seguir empinando el codo, para continuar la celebración como si hubieran logrado quién sabe qué victoria heroica.

Ahora el comisario Escherich está de nuevo sentado en su despacho. Frente a él, en la pared, cuelga todavía el mapa con las banderitas rojas. Está completamente abatido, pero aún piensa con claridad.

Sí, el mapa está concluido. Mañana será retirado. Y pasado mañana colgaré otro y perseguiré a un nuevo Duende. Y a otro más. Y a otro. ¿Qué sentido tiene todo eso? ¿Para eso estoy en este mundo? Así será, pero entonces no entiendo nada, entonces no existe la inteligencia ni la cordura. Entonces da completamente igual lo que haga...

Se me pedirán cuentas por su sangre... ¡cómo lo dijo! ¡Y a mí por la suya! No, también tengo sobre mí la sangre de Enno Kluge, ese patético debilucho al que sacrifiqué para entregar a este hombre a una pandilla de borrachos. Éste no gimoteará como el pequeñajo en el embarcadero, éste morirá como es debido...

¿Y yo? ¿Qué pasa conmigo? Un nuevo caso, y si el eficaz Escherich no tiene tanto éxito como espera el Obergruppenführer Prall, me enviará de nuevo al calabozo. Y finalmente llegará el día en que me mandarán abajo y ya no me dejarán subir. ¿Vivo para esperar eso? No, cuando Quangel llama asesino a Hitler y a mí su proveedor, tiene razón. A mí siempre me ha dado igual quién gobernaba el timón, por qué se libraba esta guerra, con tal de poder dedicarme a mi negocio habitual, la caza de seres humanos. Y cuando los atrapaba, me daba igual lo que fuera de ellos...

Pero ahora no me da igual. Estoy tan harto de esto, me asquea suministrar nuevas presas a esos individuos; me asquea desde que atrapé a Quangel. Cómo estaba ahí quieto, mirándome. La sangre y el licor corrían por su rostro, pero él me miraba a mí. ¡Esto lo has hecho tú, decía su mirada, tú me has traicionado! ¡Ay, si aún fuera posible, sacrificaría a diez Enno Kluge para salvar a este único Quangel, sacrificaría este edificio entero para liberarlo! Si todavía fuera posible, me marcharía de aquí, haría algo parecido a lo de Otto Quangel, mejor ideado, pero me gustaría luchar.

Sin embargo, es imposible, ellos no me dejan, a eso lo denominan deserción. Me traerían aquí y me arrojarían de nuevo al sótano. Y mi carne grita cuando la atormentan, sí, soy cobarde. Soy cobarde como Enno Kluge, no valiente como Otto Quangel. Cuando el Obergruppenführer Prall me grita, tiemblo y temblando cumplo lo que me ordena. Rompo mi vaso de licor en la cabeza del único hombre decente, pero cada golpe es un puñado de tierra sobre mi ataúd.

El comisario Escherich se levantó despacio. Una sonrisa de desamparo se dibujaba en su rostro. Fue hacia la pared, escuchó. Ahora, después de medianoche, en el gran edificio de la calle Prinz-Albrecht reinaba el silencio. Sólo el paso del centinela por el pasillo, de acá para allá...

Tampoco tú sabes por qué caminas de acá para allá, pensó Escherich. Algún día comprenderás que has malgastado tu vida...

Cogió el plano, lo arrancó de la pared. Numerosas banderitas cayeron al suelo, tintineando con sus alfileres. Escherich arrugó el plano y lo tiró con ellas.

—¡Se acabó! —exclamó—. ¡Punto y final! ¡Fin del caso Duende!

Regresó despacio a su escritorio, abrió un cajón e inclinó la cabeza en gesto de asentimiento.

—Aquí estoy, posiblemente soy el único hombre al que ha convertido Otto Quangel con sus postales. Pero no te sirvo de nada, Otto Quangel, no puedo continuar tu obra. Soy demasiado cobarde para eso. ¡Tu único seguidor, Otto Quangel!

Sacó deprisa la pistola y disparó.

Esta vez sin temblar.

El centinela que se precipitó hacia el despacho solo encontró un cadáver casi sin cabeza detrás del escritorio. Las paredes estaban salpicadas de sangre y sesos, de una lámpara colgaba, sucio y hecho trizas, el bigote rubio claro del comisario Escherich.

El Obergruppenführer Prall se enfureció.

—¡Deserción! ¡Todos los civiles son unos cerdos! ¡Todo el que no viste un uniforme debe estar en el calabozo o detrás del alambre de espino! ¡Pero espera, al sucesor de este cerdo de Escherich pienso atormentarlo desde el principio de tal modo que su cabeza no albergue un solo pensamiento, sino únicamente miedo! ¡He sido siempre demasiado bueno, ése ha sido mi principal error! ¡Subidme a ese cerdo, a Quangel! ¡Que contemple esta basura, y que la limpie!

Así, el único convertido por Otto Quangel proporcionó al viejo jefe de taller unas duras horas nocturnas.

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