© Libro N° 4026. Solo En Berlín. Tercera Parte. Fallada, Hans. Colección E.O. Julio
29 de 2017.
Título
original: © Solo En Berlín. Tercera
Parte. Hans Fallada
Versión Original: © Solo En Berlín. Tercera Parte.
Hans Fallada
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición
digital de Versión original de textos:
https://cuentoshistoriasdelmundo.blogspot.com.co/2015/06/solo-en-berlin-3-parte-hans-fallada.html#more
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative
Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única
condición de citar la fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede
utilizar este trabajo con fines comerciales
No derivados: No se puede
alterar, modificar o reconstruir este texto.
Portada E.O. de Imagen original:
http://www.hislibris.com/wp-content/uploads/2014/05/solo-en-berlin-ebook-9788415120452.jpg
© Edición, reedición y
Colección Biblioteca Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
SOLO EN BERLÍN
TERCERA PARTE
Hans Fallada
TERCERA PARTE
La suerte le da la espalda
a los Quangel
Capítulo 34
TRUDEL HERGESELL
Los Hergesell viajaron en tren desde Erkner a Berlín.
Trudel Baumann había perdido su apellido, el amor tenaz de Karl había vencido,
se habían casado, y en esos momentos, corría el funesto año de 1942, Trudel se
encontraba en su quinto mes de embarazo.
Con la boda ambos habían renunciado asimismo a su trabajo
en la fábrica de uniformes; tras la dolorosa experiencia con Grigoleit y Bebé
ya nunca volvieron a sentirse a gusto en ella. Él trabajaba ahora en una
fábrica química en Erkner, mientras que Trudel se ganaba unos marcos
adicionales como modista a domicilio. La pareja recordaba la época de su
actividad ilegal con ligera vergüenza. Ambos eran conscientes de que habían
fracasado; pero ahora sabían que no eran aptos para una actividad clandestina,
que exigía un postergamiento total del propio yo. Ahora sólo vivían para
disfrutar de la felicidad doméstica y de la alegría anticipada por el hijo que
esperaban.
Cuando abandonaron Berlín y se trasladaron a Erkner,
pensaron que allí, lejos del Partido y de sus exigencias, lograrían vivir en
paz. Al igual que muchos habitantes de la gran ciudad, profesaban la errónea
creencia de que los soplones sólo eran tan malos en Berlín, que en el campo, en
una ciudad pequeña, seguía reinando la decencia. Y como muchos habitantes de la
gran ciudad habían comprobado que precisamente las denuncias, las escuchas y el
espionaje eran diez veces peores en una población pequeña que en la gran
ciudad. En una ciudad pequeña nunca podías perderte entre la masa, todos eran
claramente visibles, tus circunstancias personales se conocían con gran
rapidez, evitar conversaciones con los vecinos era casi imposible, y ya en un
par de ocasiones habían experimentado con pesar hasta qué punto podían
tergiversarse tales conversaciones.
Puesto que ninguno de los dos estaba afiliado al NSDAP,
ambos participaban en todas las colectas con la menor aportación posible y
tendían a vivir exclusivamente para sí mismos; como ambos preferían leer a
acudir a mítines, Hergesell, con sus largos cabellos oscuros siempre
alborotados y sus ardientes ojos negros parecía un verdadero socialista y
pacifista (en opinión de los miembros del Partido nazi), y Trudel había dicho
en cierta ocasión en un minuto de irreflexión que los judíos eran dignos de
lástima... no tardaron en ser considerados políticamente sospechosos, hasta el
punto de que vigilaban cada uno de sus pasos e informaban de todas y cada una
de sus palabras.
Los Hergesell sufrían en el ambiente en que se veían
obligados a vivir en Erkner. Pero se persuadieron de que no debían preocuparse
por eso, de que no podría pasarles nada, pues no luchaban contra el Estado.
«Los pensamientos son libres», decían, pero habrían tenido que saber que en ese
Estado ni siquiera los pensamientos eran libres.
Así que se refugiaban cada vez más en su felicidad
amorosa. Eran dos amantes que, en medio de una inundación, a merced de las
olas, entre los edificios desplomándose y el ganado ahogándose, se aferran el
uno al otro creyendo que su unión, su amor, los librará de la catástrofe
general. Aún no habían comprendido que en esa Alemania en guerra la vida
privada había dejado de existir. Que ningún repliegue te libraba de pertenecer
a la comunidad de los alemanes y tenías que sufrir el destino de los demás alemanes,
al igual que las bombas cada vez más numerosas caían al azar tanto sobre los
justos como sobre los pecadores.
Los Hergesell se separaron en la plaza Alexander. La mujer
tenía que entregar un pequeño encargo de costura en la calle Kleine Alexander,
mientras que el marido deseaba examinar un carrito infantil cuya venta había
visto anunciada. Acordaron reencontrarse en la estación hacia el mediodía, y
cada uno se fue por su camino. Trudel Hergesell, a la que el embarazo, tras las
molestias iniciales, había infundido ahora, en el quinto mes, un sentimiento de
confianza en sí misma y una felicidad desconocida hasta entonces, llegó deprisa
a la calle Kleine Alexander y entró en el portal.
Un hombre subía por las escaleras por delante de ella.
Sólo lo veía de espaldas, pero lo reconoció en el acto por la postura
característica de su cabeza, por la nuca rígida, la figura alta, los hombros
erguidos: era Otto Quangel, el padre de su antiguo prometido, el hombre al que
en su día había revelado el secreto de su organización clandestina.
Se detuvo sin darse cuenta. Era obvio que Quangel aún no
se había percatado de su presencia. Subía las escaleras sin prisa, pero sin
pausa. Ella lo siguió desde un piso más abajo, siempre dispuesta a detenerse
inmediatamente en cuanto Quangel llamase a una de las numerosas puertas de ese
edificio de oficinas.
Pero en lugar de llamar, ella lo vio detenerse junto a uno
de los ventanales de la escalera, sacar una postal del bolsillo y depositarla
en la repisa de la ventana. Al hacerlo, su mirada se encontró con la de la
observadora. Pero a Quangel no se le notó si la había reconocido o no, y bajó
por la escalera sin mirarla cuando pasó a su lado.
Cuando llegó un poco más abajo, la joven corrió hacia la
ventana y recogió la postal. Sólo leyó las primeras palabras: «¿Acaso no habéis
comprendido todavía que el Führer os mentía ignominiosamente cuando dijo que
Rusia se preparaba para invadir Alemania?».
Echó a correr detrás de Quangel.
Lo alcanzó cuando salía del edificio, se apresuró a
ponerse a su lado y preguntó:
—¿No me has reconocido hace un momento, padre? ¡Soy yo,
Trudel, la Trudel de Otto!
El hombre giró la cabeza y a ella le pareció que jamás
había tenido la impronta dura y furiosa de un pájaro como en ese instante.
Durante un momento creyó que se negaba a reconocerla, pero después esbozó una
leve inclinación de cabeza y dijo:
—Tienes buen aspecto, muchacha.
—Sí —reconoció, con los ojos resplandecientes—. Además, no
me había sentido nunca tan fuerte y tan feliz. Espero un hijo. Me he casado.
¿No te enfadas, padre?
—¿Por qué iba a enfadarme contigo? ¿Por casarte? No seas
tonta, Trudel, eres joven y Otto lleva casi dos años muerto. No, ni siquiera
Anna te reprocharía haberte casado, y eso que ella sigue pensando día tras día
en su pequeño Otto.
—¿Qué tal está?
—Como siempre, Trudel, como siempre. Nosotros, los viejos,
ya cambiamos poco.
—¡Sí! —replicó, deteniéndose—. ¡Sí! —Su rostro adoptó una
expresión muy seria—. Sí, han cambiado muchas cosas en vosotros. ¿Te acuerdas
de la vez que estuvimos en aquel pasillo de la fábrica de uniformes, debajo de
los carteles de las ejecuciones? Entonces me previniste...
—No sé de qué me hablas, Trudel. Los viejos olvidan muchas
cosas.
—Hoy soy yo la que te previene, padre —prosiguió en voz
baja con tono muy insistente—. He visto cómo dejabas la postal en la escalera
de ese edificio, esa terrible postal que ahora llevo en mi bolso.
Él la miraba de hito en hito con sus ojos fríos, que ahora
parecían brillar enfadados.
—Padre, se trata de tu cabeza —susurró—. Al igual que yo,
pueden haberte observado otros. ¿Sabe madre lo que estás haciendo? ¿Lo haces a
menudo?
Quangel guardó silencio durante tanto rato que ella
pensaba que no quería contestarle. Pero de pronto dijo:
—Ya sabes, Trudel, que no hago nada sin mi mujer.
—¡Oh! —exclamó la joven y sus ojos se llenaron de
lágrimas—. Me lo temía. También has comprometido a madre.
—Madre perdió a su hijo. Ella aún no lo ha superado... no
lo olvides, Trudel.
Las mejillas de la joven se tiñeron de rojo, como si le
hubiera hecho un reproche.
—Creo que Otto no estaría de acuerdo si viera a su madre
metida en algo así —murmuró Trudel.
—Cada cual sigue su camino, Trudel. —contestó Otto Quangel
con tono gélido—. Tú, el tuyo, nosotros, el nuestro. Sí, nosotros seguimos
nuestro camino. —Echó de golpe la cabeza hacia atrás y luego hacia delante, fue
como si el pájaro asestara un picotazo—. Y ahora tenemos que separarnos. Que te
vaya bien, Trudel, con tu hijito. Saludaré a madre de tu parte... quizá.
Y ya se había ido.
Después regresó.
—Esa postal no la guardes en el bolso, ¿comprendes? —le
recomendó— Déjala en cualquier sitio, como he hecho yo. Y a tu marido no le
cuentes una palabra, ¿me lo prometes, Trudel?
Esta asintió con suavidad, limitándose a mirarlo asustada.
—Y después nos olvidarás. Olvidarás todo sobre los
Quangel; si vuelves a verme alguna vez, no me conoces, ¿entendido?
Nuevo asentimiento de cabeza.
—Entonces, que te vaya bien —repitió, y esta vez se marchó
de verdad, con la de cosas que ella habría querido decirle.
Cuando Trudel dejó la postal de Otto Quangel, sintió todos
los miedos que experimenta un delincuente que teme ser sorprendido y optó por
no seguir leyéndola. Destino trágico también el de esa postal de Otto Quangel,
hallada por una persona amiga, mas tampoco esta surtió efecto. También fue
escrita en vano, también a su destinataria le asaltó el deseo de librarse de
ella lo antes posible.
Cuando Trudel depositó la postal justo en la misma repisa
de la ventana donde la había dejado Quangel (a ella ni se le habría pasado por
la cabeza elegir otro sitio), subió deprisa los últimos peldaños y llamó al
timbre del bufete de un abogado para cuya secretaria estaba haciendo un
vestido... con una tela robada en Francia y enviada a la secretaria por un
amigo suyo que estaba en el Servicio de Seguridad del Führer.
Mientras se lo probaba, Trudel sintió escalofríos y de
repente se le nubló la vista. Tuvo que echarse en el despacho del abogado —éste
había salido a una cita— y más tarde tomarse un café, muy bueno y auténtico
(robado en Holanda por otro amigo de las SS).
Pero mientras todo el personal del bufete le prestaba
ayuda con amabilidad —su estado era difícil de pasar por alto, porque llevaba
toda la carga «delante»—, Trudel Hergesell pensaba: Tiene razón, nunca debo
decirle nada de esto a Karl. Ojalá no sea perjudicial para el bebé, esto me ha
alterado muchísimo. ¡Ay, padre, no debería hacer algo así! ¿Es que no piensa en
el peligro y en el miedo al que expone a la gente con eso? ¡Bastante dura es ya
la vida!
Cuando volvió a bajar por la escalera, la postal había
desaparecido. Soltó un suspiro de alivio, pero ese alivio no perduró. No podía
evitarlo, tenía que pensar en su posible descubridor, en si esa persona se
habría llevado el mismo susto que ella, en qué haría con la postal. Todos sus
pensamientos giraban en torno a ese asunto.
Trudel no regresó a la plaza Alexander con la misma
presteza que a la ida. En realidad pretendía hacer unos recados, pero no se
sintió capaz. Se sentó muy quieta en la sala de espera, confiando en que Karl
llegase pronto. Cuando estuviera allí, se le pasaría el susto que tenía metido
en el cuerpo... aunque no le dijera nada. Su mera presencia lo lograría...
Sonrió y cerró los ojos.
¡El bueno de Karl!, pensó ella. ¡Mi único...!
Y se quedó dormida.
Capítulo 35
KARL HERGESELL Y GRIGOLEIT
Karl Hergesell no pudo consumar el trueque del cochecito
infantil, lo que le provocó un monumental enfado. El cochecito tenía veinte o
veinticinco años de antigüedad, era un modelo antediluviano, seguro que Noé
condujo en él a su hijo menor hasta el arca. La anciana pidió a cambio una
libra de mantequilla y otra de tocino. Con una tenacidad increíble insistió en
que «¡Vosotros en el campo tenéis de todo! ¡Nadáis en la abundancia!».
Era una verdadera desvergüenza lo que la gente exigía.
Hergesell aseguró en vano que Erkner era cualquier cosa menos el campo y que
allí no recibían ni un gramo de comida más que en Berlín. Además él era un
obrero modesto y no estaba en situación de pagar esos precios de
estraperlistas.
—¿Se figura usted que yo me separaría de un cochecito en
el que he llevado a mis dos hijos si no consiguiera algo bueno a cambio? —había
argumentado la mujer—. ¡Usted pretende arreglarlo poniendo unos cochinos marcos
encima de la mesa! ¡No, muchas gracias, señor, para eso búsquese a otra más
tonta!
Hergesell, que no se habría llevado el cochecito, un
cachivache de ruedas altas que se balanceaba sobre sus resortes, por cincuenta
marcos, insistió en que era una desvergüenza. Y además, ella estaba cometiendo
un delito porque estaba prohibido pedir comida a cambio de mercancía.
—¿Un delito? —La vieja soltó un silbido despectivo por la
nariz—. ¿Un delito? ¡Pues intente denunciarme, joven! Mi marido es sargento
mayor de la policía, para nosotros no hay delitos que valgan. Y ahora salga
ahora mismo de esta casa. ¡No pienso tolerar que me griten en mi propio
domicilio! Contaré hasta tres, y si para entonces no se ha ido, será
allanamiento de morada, y seré yo quien lo denuncie a usted.
Karl Hergesell volvió a cantarle las cuarenta antes de
irse. Le dijo bien claro lo que pensaba de esos explotadores que se
aprovechaban de la situación de necesidad de muchos alemanes. Después se
marchó, muy enfurecido.
Y poseído por la ira se tropezó con Grigoleit, el hombre
de la época en la que luchaban por un futuro mejor.
—¡Hombre, Grigoleit! —dijo Hergesell al cruzarse con esa
figura alta de frente amplia y huidiza y cargada con dos maletas y una
cartera—. ¿Qué, otra vez en Berlín? —Agarró una maleta—. ¡Demonios, cómo pesa!
¿Vas a la plaza Alexander? Yo también me dirijo hacia allí, te echaré una mano.
Grigoleit esbozó una leve sonrisa.
—Gracias, Hergesell, eres muy amable. Veo que sigues
siendo el viejo camarada altruista. ¿Qué es de tu vida? ¿Y qué hace la pequeña
y bonita chica de entonces... cómo se llamaba?
—Trudel, Trudel Baumann. Pues me casé con la pequeña y
bonita chica de entonces, y ahora estamos esperando un niño.
—Bueno, era previsible. Felicidades.
El cambio de vida de los Hergesell no parecía interesar en
demasía a Grigoleit... mientras que para Karl Hergesell era una fuente de la
que manaba a borbotones una felicidad incesante y renovada.
—¿Y tú a qué te dedicas, Hergesell? —siguió preguntando
Grigoleit.
—¿Yo? ¿Quieres decir en qué trabajo? Otra vez como
electrotécnico en una fábrica química de Erkner.
—No, Hergesell, me refiero a qué haces de verdad por
nuestro futuro.
—Nada, Grigoleit —contestó el aludido sintiendo de repente
una especie de culpabilidad. Y luego explicó—: Mira, Grigoleit, llevamos poco
tiempo casados y sólo vivimos para nosotros. ¿Qué nos importa el mundo de ahí
fuera y su guerra de mierda? Ahora somos felices porque vamos a tener un hijo.
Y eso también es algo, Grigoleit. Esforzarnos por seguir siendo decentes y
educar a nuestro hijo para que se convierta en una persona decente...
—¡Pues os resultará muy difícil en el mundo que nos
preparan los señores pardos! Bah, déjalo, Hergesell, de vosotros nunca se ha
podido esperar otra cosa. Siempre habéis pensado más con el bajo vientre que
con la cabeza.
Hergesell enrojeció de furia. Grigoleit hablaba con
desprecio insuperable. Pero al mismo tiempo, ni siquiera parecía haberlo dicho
con intención de ofender, pues sin darse cuenta de la ira del otro, prosiguió
con absoluta indiferencia:
—Yo continúo, y Bebé, también. No, aquí, en Berlín, no.
Ahora estamos mucho más al oeste, es decir, yo no estoy nunca, viajo sin parar,
soy una especie de correo...
—¿Y de verdad esperáis grandes resultados de vuestra
actuación? ¿Unos pocos hombrecillos contra esa maquinaria gigantesca...?
—En primer lugar, no somos unos hombrecillos. Todo alemán
decente, y todavía quedan dos o tres millones, colaborará con nosotros. Primero
han de liberarse de su miedo. Ahora su miedo al futuro que nos deparan los
mandamases pardos aún es menor que el miedo a las amenazas del presente. Pero
esto cambiará pronto. Hitler trinfará durante cierto tiempo, pero después
vendrán los reveses, él sencillamente está engordando para morir. Y los ataques
aéreos también serán cada vez más masivos...
—¿Y en segundo? —preguntó Hergesell que se aburría
soberanamente con los pronósticos bélicos y las divagaciones de Grigoleit—. En
segundo...
—En segundo lugar, amiguito, deberías saber que carece de
importancia que muy pocos luchen contra muchos. Lo importante es que cuando has
reconocido una causa como verdadera, debes luchar por ella. Y es indiferente
que obtengas éxito o lo haga el que te sustituya. Yo no puedo cruzarme de
brazos y decir: Son unos cerdos, pero ¿a mí qué me importa?
—Sí, claro —replicó Hergesell—, pero tú tampoco estás
casado, no tienes una mujer y un hijo por los que velar...
—¡Maldita sea tu estampa! —gritó Grigoleit, asqueado—.
¡Abandona ya esa maldita cháchara sentimentaloide! ¡Ni tú mismo crees una
palabra de lo que balbuceas! ¡Mujer e hijo! ¿Es que no se te ocurre, idiota,
que habría podido casarme ya veinte veces si me hubiera interesado fundar una
familia? Pero no lo he hecho. Me digo que sólo tendré derecho a la felicidad
privada cuando haya espacio en este mundo para una felicidad semejante.
—Nos hemos distanciado mucho —murmuró Karl Hergesell con
cierto tono de tedio—. Yo no privo a nadie de nada con mi felicidad.
—¡Sí, tú robas! Robas los hijos a sus madres, los maridos
a sus mujeres, el novio a las chicas consintiendo que millares de seres humanos
sean fusilados a diario sin mover un dedo para detener esos crímenes. Lo sabes
de sobra, y me pregunto si no serás casi peor que cualquier nazi pardo hasta la
médula. Esos son demasiado estúpidos para saber los crímenes que comenten.
¡Pero tú sí lo sabes y no haces nada para evitarlo! ¿Que no eres peor que los
nazis? ¡Pues claro que sí!
—A Dios gracias ya hemos llegado a la estación —dijo
Hergesell depositando en el suelo la pesada maleta—. No pienso seguir dejándome
insultar más tiempo. Si siguiéramos juntos un rato más, concluirías que la
guerra no la inició Hitler, sino yo.
—¡Y así ha sido! En sentido figurado, claro está. Hablando
con rigor, tu tibieza es la que ha hecho posible que...
Hergesell se echó a reír, y también el sombrío Grigoleit
esbozó una sonrisa al contemplar su expresión risueña.
—¡Bueno, dejémoslo! —exclamó Grigoleit—. Jamás nos
entenderemos. —Se pasó la mano por su frente despejada—. Pero la verdad es que
podrías hacerme un favor, Hergesell.
—Con mucho gusto, Grigoleit.
—Se trata de esta cochina maleta tan pesada que acabas de
cargar hasta aquí. Dentro de una hora tengo que continuar viaje a Königsberg,
pero allí no la necesitaré para nada. ¿Podrías guardármela mientras tanto?
—Oye, Grigoleit —contestó Hergesell, mirando con aversión
la pesada maleta—, ya te he dicho que ahora vivo en Erkner. Y hasta allí será
una carga excesiva. ¿Por qué no dejas la maleta aquí, en consigna?
—¿Que por qué? ¿Por qué es curvo el plátano? Porque no me
fío de esta gente. Llevo dentro toda mi ropa, y los zapatos, y los mejores
trajes. Y aquí roban a mansalva. Aparte caen bombas, ya sabes que a los Tommy s
les encanta bombardear las estaciones... entonces perdería todo lo que poseo.
—Y apremiándolo—: Vamos, di que sí, Hergesell.
—Bueno, vale. A mi mujer no le parecerá bien. Pero por ser
tú... Aunque, sabes, Grigoleit, preferiría no contarle a mi mujer que me he
encontrado contigo. Se pondría nerviosa, y en su estado actual eso no es bueno
para ella ni para el niño.
—Vale, vale. Haz lo que quieras. Lo importante es que me
la guardes bien. Dentro de una semana más o menos volveré y me llevaré esa
maleta que pesa un quintal. Dame tu dirección. Vale, vale. Entonces, hasta
pronto, Hergesell.
—¡Adiós, Grigoleit!
Karl Hergesell entró en la sala de espera para reunirse
con Trudel. La encontró acurrucada en un rincón oscuro, la cabeza apoyada en el
respaldo del banco, profundamente dormida. La contempló durante un instante.
Respiraba con suavidad, su pecho turgente subía y bajaba levemente. Tenía la
boca entreabierta y el semblante muy pálido. Parecía preocupada, y gotitas de
sudor claras se diseminaban por su frente, como si acabara de hacer un tremendo
esfuerzo.
Inclinó la vista hacia su amada. De repente, con súbita
decisión, agarró la maleta de Grigoleit y se aproximó con ella a la consigna.
No, ahora para Karl Hergesell lo más importante del mundo era que a Trudel no
le asaltaran pensamientos sombríos, ni se inquietase. Si se llevaba la maleta a
Erkner, tendría que hablarle de Grigoleit, y sabía que cualquier recuerdo sobre
la «condena a muerte» de entonces le preocupaba sobremanera.
Al regresar a la sala de espera con el resguardo de la
consigna de equipajes, Trudel, ya despierta, se está pintando los labios. Le
sonríe, un poco pálida, y pregunta:
—¿Cómo es que acarreabas una maleta tan enorme, Karl?
¡Seguro que no contenía un cochecito de bebé!
—¿Maleta enorme? —finge asombro—. ¡No tengo ninguna maleta
enorme! Acabo de llegar, y lo del cochecito ha sido un fracaso, Trudel.
Su esposa lo mira atónita. ¿Le miente su marido? ¿Por qué?
¿Qué secretos oculta? Porque acaba de verlo con toda claridad junto al
mostrador con la maleta, y después dar media vuelta y abandonar la sala de
espera con ella.
—¡Pero Karl! —exclama un poco ofendida—. Si acabo de verte
junto al mostrador con la maleta.
—¿De dónde iba a sacar yo una maleta, mujer? —responde
ligeramente irritado—. ¡Lo has soñado, Trudel!
—No entiendo a qué viene esta mentira. ¡No lo habías hecho
nunca!
—¡No te estoy mintiendo, no te atrevas a repetirlo! —Él
está ahora muy enfadado, su mala conciencia lo pone así. Se contiene y
prosigue, algo más tranquilo—: Te he dicho que acabo de llegar. No sé nada de
una maleta. ¡Lo has soñado, Trudel!
—Ya, ya —contesta mirándolo fijamente—. Ya, ya. Pues muy
bien, Karl. Lo habré soñado. No hablemos más del asunto.
La joven baja la vista. Le duele muchísimo que tenga
secretos para ella, y ese hecho es aún más doloroso porque ella también los
tiene con él. Le ha prometido a Otto Quangel que no le contará su encuentro a
su marido, y mucho menos lo de la postal. Pero no está bien. Los esposos no
deben guardarse secretos el uno al otro. Y ahora él también los tiene para
ella.
Karl Hergesell siente vergüenza. El cinismo con que ha
mentido a su amada lo avergüenza, incluso la ha tratado groseramente por decir
la verdad. Se pregunta si no sería preferible contarle el encuentro con
Grigoleit. Y al final decide que no: eso la alteraría aún más.
—Perdona, Trudel —dice, apretándole deprisa la mano—.
Perdona por haberte soltado un bufido. Pero es que lo del cochecito me ha
enfadado mucho. Escucha...
Capítulo 36
EL PRIMER AVISO
El ataque de Hitler a Rusia había alimentado la cólera de
Quangel contra el tirano. Esta vez Quangel había seguido con todo lujo de
detalles la génesis de dicho ataque. Nada lo había sorprendido, desde las
primeras agrupaciones de tropas en «nuestras fronteras» hasta la invasión. Él
sabía de antemano que los Hitler, Goebbels, Fritzsche, mentían, todas sus
palabras eran una solemne mentira. No podían dejar a nadie en paz, y con
rabiosa indignación había escrito en una de las postales: «¿Qué hacían los soldados
rusos cuando Hitler los atacó? ¡Jugar a las cartas, nadie en Rusia pensaba en
la guerra!».
Ahora, cuando en el taller se acercaba a un grupo de charlatanes,
deseaba que no se dispersaran tan deprisa. Ahora le gustaba escuchar los
comentarios ajenos sobre la guerra.
Pero los trabajadores se sumían inmediatamente en un hosco
silencio, charlar se había vuelto muy peligroso. El en comparación inofensivo
carpintero Dollfuss había sido relevado hacía tiempo; Quangel sólo podía
sospechar quién era su sucesor. Once de sus trabajadores, entre ellos dos
hombres que llevaban más de veinte años en la fábrica de muebles, habían
desaparecido sin dejar rastro, sacados en plena jornada de trabajo, o una
mañana no acudieron más. Nunca se supo qué había sido de ellos, y eso era una
prueba de que en algún momento se les había escapado alguna palabra
inconveniente y por eso habían ido a parar al campo de concentración.
Para sustituir a esos once hombres habían aparecido nuevos
rostros, y el viejo jefe de taller solía preguntarse si no serían es pías todos
ellos, si la mitad de la plantilla no se dedicaría a espiar a la otra mitad. El
aire olía a traición. Nadie se fiaba ya del prójimo, y en ese ambiente
espantoso la gente parecía cada vez más insensibilizada frente a todo, ya sólo
eran partes de las máquinas que manejaban.
Pero a veces esa insensibilidad generaba una furia
espantosa, como cuando un obrero apretó el brazo contra la sierra gritando:
—¡Muera Hitler! ¡Y morirá! ¡Tan cierto como que me sierro
el brazo!
Les costó mucho arrancar a ese demente de la máquina, y
como es natural, jamás volvieron a tener noticias suyas. Seguramente llevaba ya
mucho tiempo muerto, ¡ojalá lo estuviera! Sí, había que comportarse con
extremada cautela, no todos estaban tan libres de sospecha como esa vieja y
abúlica mula de carga llamada Otto Quangel, al que ya sólo parecía interesar
conseguir la cuota diaria de ataúdes. ¡Sí, ataúdes! De las cajas para bombas
habían pasado a los ataúdes, objetos miserables de la madera de desecho más
barata y delgada, embadurnada de color negro parduzco. ¡Fabricaban millares,
decenas de miles de esos ataúdes, trenes de mercancías, una estación llena de
trenes de mercancías, muchas estaciones llenas!
Quangel, estirando la cabeza para vigilar todas las
máquinas, pensaba con frecuencia en las numerosas vidas que serían conducidas a
la tumba dentro de esos ataúdes, vidas asesinadas, muertes inútiles, ya
estuvieran destinados esos ataúdes a las víctimas de los ataques aéreos, es
decir, fundamentalmente a ancianos, mujeres y niños..., o fuesen a parar a los
campos de concentración, varios miles de piezas por semana, para hombres que no
habían podido o no habían querido ocultar sus convicciones, varios miles de
ataúdes por semana a un único campo de concentración. O también podía ser que
esos trenes de mercancías repletos de ataúdes emprendieran el largo camino
hacia los diversos frentes... pero en realidad Otto Quangel no creía esto,
porque ¡a ellos les importaban un bledo los soldados muertos! Para ellos un
soldado muerto valía lo mismo que un topo muerto.
El frío ojo de pájaro parpadea, duro y furioso, bajo la
luz eléctrica, la cabeza se mueve a intervalos, la boca de labios finos
permanece cerrada con fuerza. Nadie adivina la sublevación, la aversión que
habitan en el pecho de este hombre, pero él sabe que aún tiene mucho que hacer,
sabe que está llamado a una gran tarea, y ahora ya no escribe sólo los
domingos. También lo hace los días laborables antes de comenzar el trabajo.
Desde la invasión de Rusia de vez en cuando escribe cartas que le cuesta terminar
dos días, pero necesita desahogar su cólera.
Quangel reconoce que ya no trabaja con la precaución de
antes. Lleva dos años sin sufrir el menor tropiezo, nunca ha recaído sobre él
la menor sospecha, se siente completamente a salvo.
El encuentro con Trudel Hergesell fue el primer aviso. En
lugar de ella también habría podido verlo en la escalera otra persona, y
entonces todo habría acabado para Anna y para él. Pero ellos no importaban; lo
único que importaba era llevar a cabo el trabajo ese día y los siguientes. Por
esa razón debía incrementar las precauciones. Que Trudel lo hubiera visto dejar
la postal en la escalera había sido un descuido deplorable por su parte.
Sin embargo, Otto Quangel no se imaginaba que en ese
momento el comisario Escherich había recibido ya una descripción de su persona
por dos vías diferentes. Otto Quangel había sido visto dejando las postales en
dos ocasiones anteriores, y en ambas por mujeres que después habían recogido
las postales por curiosidad, pero no habían dado la voz de alarma con la
rapidez suficiente como para atrapar al autor en el edificio.
Sí, el comisario Escherich poseía ya dos descripciones
personales del individuo que dejaba las postales. Sólo cabía lamentar que esas
descripciones diferían en casi todos los puntos. Sólo en uno coincidían ambas
observadoras: en que el rostro del autor tenía un aspecto muy raro, muy
distinto al de otras personas. Pero cuando Escherich solicitó una descripción
más minuciosa de esa extraña cara, se puso de manifiesto que ambas mujeres o no
sabían observar o no acertaban a expresar con palabras lo que habían visto. Las
dos declararon que el autor tenía pinta de verdadero maleante. Preguntadas por
lo que en su opinión caracterizaba a un auténtico maleante, se encogieron de
hombros comentando que eso debían saberlo ellos mejor que nadie.
Quangel dudó mucho tiempo si debía referir a Anna su
encuentro con Trudel o no. Al final optó por contárselo: no quería guardar
secretos con ella.
Anna también tenía derecho a saber la verdad. A pesar de
que el peligro de que Trudel revelase algo era mínimo, Anna debía conocer
incluso el menor peligro. Así que le contó punto por punto lo sucedido, sin
silenciar su descuido.
La reacción fue típica de Anna. Trudel, su matrimonio y el
hijo que esperaba no le interesaron nada, pero susurró muy asustada:
—¡Ay, Otto, piensa lo que habría ocurrido si hubiera
estado allí otra persona, alguien de las SA!
Su marido esbozó una sonrisa de desdén.
—Pero no había nadie más. A partir de ahora volveré a
tener cuidado.
Pero esa aseveración no logró tranquilizarla.
—No, no —replicó con vehemencia—. A partir de ahora
repartiré yo las postales. Nadie se fija en una vieja. ¡Tú enseguida llamas la
atención de la gente, Otto!
—En dos años no he llamado la atención de nadie, mamá. No
pienso permitir que te encargues sola de lo más peligroso del asunto. ¡Sería
como esconderme detrás de tus faldas!
—¡Sí, claro! —replicó enfadada—. ¡No me vengas ahora con
esas pamplinas de hombres! ¡Qué tontería más grande, esconderte detrás de mis
faldas! Yo ya sé que eres valiente, pero acabo de enterarme de que también eres
imprudente, y actuaré en consecuencia. ¡Digas lo que digas!
—Anna —repuso cogiéndole la mano— no debes echarme siempre
en cara la misma falta, como hacen otras mujeres. Te he dicho que seré más
precavido, y debes creerme. Si durante dos años no lo he hecho mal... ¿por qué
iba a estropearlo en el futuro?
—No comprendo por qué no puedo repartir yo las postales
—insistió con terquedad—. Hasta ahora lo he hecho de vez en cuando.
—Y debes seguir haciéndolo. Cuando sean muchas o yo sufra
un ataque de reúma.
—Pero tengo más tiempo que tú. Y la verdad es que llamo
menos la atención. Mis piernas son más ágiles. No quiero quedarme aquí muerta
de miedo día tras día, cuando sé que estás repartiendo.
—¿Y yo, qué? ¿Crees que estoy feliz aquí, en casa,
sabiendo que tú andas por ahí fuera? ¿No comprendes que me avergonzaría que
arrostraras tú el mayor peligro? ¡No, Anna, no puedes exigirme eso!
—Entonces vayamos juntos. Cuatro ojos ven más que dos,
Otto.
—Juntos llamaríamos más la atención, uno solo pasa más
desapercibido entre la gente. Y tampoco creo que en este asunto cuatro ojos
vean más que dos. Porque uno siempre se fía del otro. Además, Anna, no te
enfades conmigo pero me pondría nervioso tenerte a mi lado, y creo que a ti te
sucedería lo mismo.
—Ay, Otto. Ya sé que cuando quieres algo, te impones. No
puedo oponerme a ti. Pero me moriré de miedo, ahora que sé el peligro que
corres.
—El peligro no es mayor que antes, cuando dejé la primera
postal en la calle Neue König. Anna, para quien hace lo que hacemos nosotros
siempre hay peligro. ¿O prefieres que lo dejemos?
—¡No! —exclamó ella en voz alta—. No, no aguantaría ni dos
semanas sin esas postales. ¿Para qué vivimos ya? ¡Esas postales son nuestra
vida!
Su marido sonrió, apesadumbrado, y la contempló con un
orgullo sombrío.
—Lo ves, Anna —contestó—. Así te quiero. No tenemos miedo.
Sabemos lo que nos amenaza, y estamos dispuestos, sí, estamos dispuestos en
todo momento... pero ojalá suceda lo más tarde posible.
—No —repuso—. No. Yo siempre pienso que nunca sucederá.
Que sobreviviremos a la guerra, y a los nazis y que después...
—¿Después? —inquirió él, porque de pronto, tras la
victoria al fin conquistada, los dos vieron ante sí... una vida completamente
vacía.
—Bueno —contestó la mujer—, ya encontraremos algo por lo
que merezca la pena luchar. A lo mejor algo público y notorio, sin tanto
peligro.
—Peligro —repitió Quangel—, siempre hay, Anna, pues de lo
contrario no sería lucha. A veces sé que ellos no podrán atraparme, pero
después me paso horas y horas tumbado, cavilando dónde hay peligro, qué es lo
que quizá he pasado por alto. Cavilo, pero no encuentro nada. Y sin embargo el
peligro acecha en alguna parte, lo huelo. ¿Qué podemos haber olvidado, Anna?
—Nada —contestó ella—. Nada. Si eres cuidadoso al repartir
las postales...
Él sacudió la cabeza malhumorado.
—No, Anna —dijo—, no me refiero a eso. El peligro no
acecha en la escalera, ni al escribir. El peligro está en un lugar diferente
que no puedo precisar. De pronto nos despertaremos y sabremos que siempre ha
estado ahí, pero no lo hemos visto. Y entonces será demasiado tarde.
Anna seguía sin entenderlo.
—No sé por qué te preocupas de repente, Otto —opinó—.
Hemos analizado y comprobado todo cientos de veces. Bastará con ser
cuidadosos...
—¡Cuidado! —exclamó, irritado por su falta de
comprensión—. ¡Cómo se puede ser cuidadoso con lo que no se ve! ¡Ay, Anna, no
me entiendes! ¡En la vida no se puede calcular todo!
—No, no te comprendo —respondió ella meneando la cabeza—.
Creo que te preocupas innecesariamente, papá. Deberías dormir más por la noche,
Otto. Duermes demasiado poco.
Él calló.
Al cabo de un rato, Anna preguntó:
—¿Sabes cómo se apellida ahora Trudel Baumann y dónde
vive?
Él negó con la cabeza.
—Ni lo sé, ni quiero saberlo —contestó.
—Pues a mí me gustaría saberlo —repuso su mujer, tenaz—.
Quiero oír con mis propios oídos que dejó la postal sin problemas. ¡No deberías
habérselo encomendado, Otto! ¡Qué sabe una cría así lo que tiene que hacer! A
lo mejor dejó la postal sin ningún disimulo y la han visto mientras lo hacía. Y
cuando tengan en sus garras a una joven como ella, no tardará en salir a
relucir el nombre de Quangel.
Él meneó la cabeza:
—Sé que ningún peligro nos amenaza por parte de Trudel.
—¡Pues a mí me gustaría saberlo con certeza! —exclamó la
señora Quangel—. Iré a la fábrica y me informaré.
—No lo harás, mamá. Trudel ya no existe para nosotros. No,
cállate, tú te quedarás aquí. Y no quiero oír ni una palabra más del asunto.
—Después, al verla todavía reacia, añadió—: Creéme, Anna, todo lo que te digo
es acertado. No debemos volver a hablar de Trudel. Todo eso ha terminado.
Cuando estoy acostado y en vela durante la noche —añadió bajando la voz—, a
menudo pienso que no saldremos de esto indemnes, Anna.
Ella lo miraba con los ojos muy abiertos.
—Y entonces me imagino todo lo que sucederá. Es bueno
imaginárselo con anterioridad, para que nada te sorprenda luego. ¿Tú también lo
piensas a veces?
—No sé bien de qué hablas, Otto —contestó Anna Quangel con
cierta reserva.
Su marido tenía la espalda apoyada contra la librería del
pequeño Otto, uno de sus hombros rozaba el libro de construcción y reparación
de aparatos de radio del chico. Le dirigió una mirada penetrante.
—En cuanto nos detengan nos separarán, Anna. Quizá nos
veamos dos o tres veces más, durante el interrogatorio, durante el juicio, y a
lo mejor después, media hora antes de la ejecución...
—¡No, no, no! —gritó ella—. ¡No quiero que hables de eso!
¡Saldremos sanos y salvos, Otto, tenemos que salir sanos y salvos!
Para tranquilizarla, Quangel colocó su mano grande, es
tropeada por el trabajo, sobre la suya, pequeña, cálida, temblorosa.
—¿Y si no es así? ¿Lamentarías algo? ¿Te arrepentirías de
algo de lo que hemos hecho?
—No, de nada. Pero no nos descubrirán, Otto, lo presiento.
—Sabes, Anna —dijo sin prestar atención a su última
aseveración—. Eso es lo que quería oír. Nunca nos arrepentiremos de nada.
¡Defenderemos lo que hemos hecho por mucho que nos torturen.
Ella lo miró, intentando reprimir un estremecimiento. En
vano.
—¡Ay, Otto! —exclamó entre sollozos—. ¿Por qué hablas así?
De ese modo atraes la desgracia sobre nosotros. ¡Nunca habías hablado así!
—No sé por qué te digo hoy estas cosas —comentó alejándose
de la estantería—. Pero he de hacerlo. Seguramente nunca volveré a hablarte de
ello. Al menos una vez tenía que hacerlo. Porque has de saber que estaremos muy
solos en nuestras celdas, sin poder decirnos una palabra, después de no haber
vivido ni un solo día el uno sin el otro durante más de veinte años. Nos
resultará muy duro. Pero necesitamos saber que ninguno de los dos flaqueará,
que podemos confiar el uno en el otro, que en la muerte será igual que en la
vida. También tendremos que morir solos, Anna.
—Otto, hablas como si hubiera llegado el momento. Sin
embargo, gozamos de libertad plena y estamos libres de toda sospecha. Si
quisiéramos, podríamos dejarlo cualquier día...
—Pero ¿queremos? ¿Podemos desearlo siquiera?
—No, no digo que deseemos parar. ¡Yo no quiero, tú lo
sabes! Pero tampoco me gusta que hables como si ya nos hubieran detenido y nos
esperase la muerte. No quiero morir todavía, Otto. ¡Quiero vivir contigo!
—¿Y quién quiere morir? —preguntó él—. Todos quieren
vivir, todos, todos... hasta el gusanito más miserable grita pidiendo vivir.
También yo quiero vivir. Pero quizá sea bueno, Anna, pensar durante una vida
tranquila en una muerte difícil, prepararse para ella. Porque así uno sabe que
morirá con dignidad, sin llantos, sin gritos. Eso me repugnaría...
Durante unos instantes reinó el silencio.
Después Anna Quangel musitó:
—Puedes confiar en mí, Otto. No te avergonzaré.
Capítulo 37
EL COMISARIO ESCHERICH CAE EN DESGRACIA
En el año posterior al «suicidio» del pequeño Enno Kluge,
el comisario Escherich llevó una vida relativamente tranquila, sin que la
impaciencia de sus superiores lo importunara. Cuando se dio parte de ese
suicidio, con lo que se puso de manifiesto que ese hombre débil se había
librado de todos los interrogatorios de la Gestapo y las SS, el Obergruppenführer
Prall desató una ruidosa tormenta. Pero con el tiempo se calmó, la pista se
había enfriado definitivamente y había que esperar otra nueva.
Por lo demás, el llamado Duende ya no era tan importante.
La terca monotonía con la que escribía postales siempre con idéntico tono, que
nadie leía ni quería leer y que sumían a todo el mundo en la confusión o el
miedo, lo hacía parecer ridículo y estúpido. Escherich, sin embargo, continuaba
clavando con ahínco sus banderitas en el plano de Berlín. Con cierta
satisfacción comprobó que al norte de la plaza Alexander se concentraban cada
vez más... ¡allí debía de tener el pájaro su nido! Y después estaba esa llamativa
acumulación de casi diez banderitas al sur de la plaza Nollendorf; el Duende
también debía de acudir con regularidad a la zona, aunque con grandes
intervalos de tiempo. Todo eso se solucionaría satisfactoriamente algún día...
¡Ya te atraparemos! ¡Nos vamos acercando a ti cada vez
más, de forma inexorable!, el comisario reía frotándose las manos.
Pero después volvía a dedicarse a otros asuntos. Había
casos más importantes y urgentes. Por entonces estaba de palpitante actualidad
una especie de loco, un nazi convencido, como se calificaba a sí mismo, que
escribía todos los días al ministro Goebbels una carta grosera y ofensiva, a
menudo pornográfica. Al principio esas misivas divirtieron al ministro, después
lo irritaron, al final, hecho un basilisco, exigió la cabeza de su víctima. Su
vanidad había sido herida de muerte.
Bien, el comisario Escherich había tenido suerte, había
podido resolver el caso Puerco, como él lo había bautizado, en tres meses. El
autor de las cartas, que dicho sea de paso pertenecía al Partido, es más, era
un miembro antiguo, había sido conducido ante el ministro Goebbels, con lo que
Escherich podía dar carpetazo al caso. Sabía que nunca volvería a oír nada del
Puerco. El ministro jamás perdonaba una ofensa.
Después vinieron otros casos... sobre todo el del hombre
que remitía encíclicas del Papa y discursos radiofónicos de Thomas Mann...,
auténticos y falsos, a personalidades destacadas. Un tipo hábil ese hombre, no
había sido nada fácil echarle el guante. Pero al final Escherich había
conseguido llevarlo a la celda de los condenados a muerte en la prisión de
Plötzensee.
Y ese modesto apoderado, que se convirtió de repente en un
megalómano, director general de una inexistente acería, que escribía cartas
confidenciales no sólo a los directores de otras factorías reales sino también
al Führer, para comunicar detalles sobre el alarmante estado de la industria
armamentística alemana que, a menudo, no podían ser inventados. Bueno, ese
pájaro fue fácil de atrapar; el círculo de personas que poseían informaciones
similares al autor de las cartas era relativamente reducido.
Sí, el comisario Escherich había cosechado algunos éxitos
significativos; entre sus colegas corrían ya rumores de que pronto ascendería
saltándose el escalafón. Había sido un año muy provechoso el período
transcurrido desde el suicidio del pequeño Kluge; el comisario Escherich estaba
satisfecho.
Pero los tiempos cambiaron cuando los superiores de
Escherich volvieron a plantarse en silencio delante del plano del Duende en
Berlín. Solicitaron que les explicaran el significado de las banderitas,
asintieron meditabundos cuando se les señaló la concentración de tropas al
norte de la plaza Alexander, y más meditabundos todavía cuando Escherich les
llamó la atención sobre la interesante avanzadilla al sur de la plaza
Nollendorf, tras lo cual preguntaron:
—¿Y qué pistas tiene usted, Escherich? ¿Qué planes ha
tramado para capturar al Duende? ¡Porque desde la invasión de Rusia ese tipo ha
redoblado su actividad! En la última semana han aparecido cinco cartas y
postales, ¿verdad?
—Sí —contestó el comisario—. ¡Y esta semana ya van tres!
—En resumidas cuentas, ¿cómo va el asunto, Escherich?
Considere el largo tiempo que lleva actuando ese hombre, las cosas no pueden
continuar así. ¡Esto no es un registro oficial de misivas de alta traición,
usted es un funcionario policial, amigo mío! Por tanto, ¿qué pistas tiene?
Asediado, el comisario se quejó con amargura de la
estupidez de dos mujeres que habían visto al hombre y no lo habían retenido y
que, a pesar de haberlo visto, tampoco acertaban a describirlo.
—Sí, sí, todo eso está muy bien. Pero no estamos hablando
de la estupidez de los testigos, sino de las pistas que ha encontrado esa mente
suya tan brillante.
El comisario volvió a conducir a sus superiores ante el
mapa y en susurros subrayó que las banderitas estaban por todas partes al norte
de la plaza Alexander, y sólo quedaba completamente libre de ellas una zona
concreta, no muy grande.
—En esa zona vive mi Duende. Allí no deposita postal
alguna, porque es demasiado conocido, teme que lo vea un vecino. No son más que
un par de calles donde sólo residen personas modestas. Ahí está.
—¿Y por qué no ha hecho nada? ¿Por qué no ha ordenado
registros domiciliarios en ese par de calles? ¡Tenemos que atraparlo,
Escherich! La verdad es que no acabamos de entenderlo, por lo demás es usted de
gran utilidad, pero en este caso comete una estupidez detrás de otra. Hemos
estado revisando los informes. Entre ellos figura esa historia de Kluge al que
usted dejó marchar, pese a su confesión. Pero después no se ocupa más de él y
permite que el tipo se suicide, justo cuando más lo necesitábamos. ¡Estupidez
tras estupidez, Escherich!
El comisario, retorciéndose el bigote muy nervioso, se
permitió llamar la atención sobre el hecho de que el tal Kluge no tenía nada
que ver con el autor de las postales, pues éstas habían seguido llegando tanto
antes como después de su muerte.
—Creo que su confesión de que un desconocido le entregó la
postal para que la depositase es muy verosímil.
—Crea usted lo que le plazca. Nosotros creemos necesario
que haga algo de una vez. Nos da igual qué, pero ahora pedimos resultados. De
modo que, para empezar, ordene un registro domiciliario en esas calles. Ya
veremos lo que sale a relucir. Siempre saldrá algo porque ¡este asunto apesta!
El comisario Escherich vuelve a llamar la atención con
toda humildad sobre el hecho de que aunque se trata de unas pocas calles, las
viviendas que deberían registrarse ascienden a casi un millar.
—La población se inquietará muchísimo. La gente ya está
muy nerviosa por los crecientes ataques aéreos, ¡sólo falta que les demos
verderos motivos para protestar! Pero además: ¿qué podemos esperar de un
registro domiciliario? ¿Qué vamos a encontrar? Para su actividad delictiva ese
hombre sólo necesita una pluma, cualquier hogar la tiene, un frasquito de
tinta, ídem, unas cuantas postales, ídem. No sabría qué indicaciones dar a mis
hombres para estos registros, qué ordenarles buscar. A lo sumo algo negativo:
el escritor de postales seguro que no dispone de aparato de radio. Nunca he
encontrado en esas postales la menor alusión a que haya sacado sus noticias de
la radio. A menudo está mal informado. No, no sé qué buscar en ese registro
domiciliario.
—¡Mi querido, mi estimado Escherich... de veras que no
acertamos a comprenderlo! Usted no hace más que poner reparos, no sabe sugerir
ni una sola propuesta positiva. ¡Pero tenemos que atrapar a ese hombre, y
pronto!
—Y lo atraparemos —respondió el comisario con una
sonrisa—, pero ¿pronto? No puedo prometerlo. De todos modos, no creo que
continúe escribiendo postales otros dos años.
Ellos suspiraron.
—¿Que por qué? Porque el tiempo trabaja en su contra. Vean
las banderitas, otras cien más, y el caso estará mucho más claro para nosotros.
Mi Duende es un tipo condenadamente tenaz y frío, pero también ha tenido una
suerte de la leche. Porque no basta con tener sangre fría, hace falta tener
también una pizca de suerte, y hasta ahora la ha tenido hasta extremos casi
inconcebibles. Sin embargo, esto es igual que cuando se juega a las cartas,
caballeros, durante un rato las cartas pueden favorecer a un jugador, pero
después de repente se termina la suerte. Entonces el juego estará en contra del
Duende y nosotros tendremos todos los triunfos en la mano.
—¡Una teoría muy bonita e interesante, Escherich! Una
teoría criminalista de lo más sutil, lo entendemos. Pero a nosotros la teoría
no nos interesa, y de sus palabras sólo deducimos que es posible que tengamos
que esperar dos años más hasta que usted se decida a actuar. Nosotros no
estamos de acuerdo, de manera que le proponemos que vuelva a analizar a fondo
el caso y nos plantee, digamos que dentro de una semana, sus propuestas.
Entonces veremos si es usted o no la persona adecuada para resolverlo. ¡Heil Hitler,
Escherich!
Pero el Obergruppenführer Prall, que hasta entonces se
había visto obligado a mantener la boca cerrada debido a la presencia de
superiores de más alto rango, irrumpió de nuevo en el despacho de Escherich.
—¡Es usted un idiota, un tarugo! ¿Cree que voy a permitir
que un inepto como usted siga deshonrando mi departamento? ¡Tiene usted una
semana! —Agitó los puños, enfurecido—. ¡Que el cielo le ayude como no se le
ocurra nada en dicho plazo! ¡Lo hundiré!
Etcétera, etcétera, etcétera. El comisario Escherich dejó
de escucharlo.
En el plazo de gracia de una semana que le quedaba, el
comisario Escherich se ocupó del caso Duende desentendiéndose por completo de
él. En una ocasión había permitido que sus superiores le hicieran abandonar la
táctica de esperar que él consideraba correcta, y enseguida todo se le fue de
las manos, por eso había tenido que recurrir al tal Enno Kluge.
No es que Enno Kluge le causara muchos remordimientos de
conciencia. Un llorica lastimoso y cobarde, era totalmente irrelevante que
viviera o no. Pero ese pequeño canalla había causado multitud de problemas al
comisario Escherich y le había costado cierto esfuerzo cerrar la boca que se
había abierto una vez. Sí, aquella noche que no le gustaba recordar, el
comisario había estado muy nervioso... y si había algo que odiaba ese hombre
alto, insulso, anodino, era precisamente el nerviosismo.
No, no permitiría que nadie, ni siquiera superiores de
altísimo rango, le arrebataran su perseverante paciencia... ¿Qué le podía
suceder? Necesitaban a su Escherich, en muchos asuntos él era para ellos
sencillamente insustituible. Despotricarían, se enfurecerían, pero al final
harían lo único correcto: esperar con paciencia. No, Escherich no tenía ninguna
propuesta que hacer...
Fue una reunión memorable. Pero en esta ocasión no se
desarrolló en el despacho de Escherich, sino en la sala de reuniones y fue
presidida por uno de los jefazos. Como es natural, no sólo se abordó el caso
Duende, también se discutieron numerosas cuestiones de otros departamentos.
Hubo reproches, gritos, burlas despectivas. Y después se pasó al caso
siguiente.
—Comisario Escherich, ¿quiere usted exponernos lo que
tenga que decir sobre el caso del escritor de postales?
El comisario emitió un breve informe sobre lo sucedido y
averiguado hasta entonces. Su exposición fue excelente, breve, precisa, no
exenta de gracia, mientras se acariciaba el bigote con aire meditabundo.
Después llegó la pregunta del presidente:
—¿Y qué propuestas plantea para resolver ese caso que
colea desde hace dos años? ¡Dos años, comisario Escherich!
—Sólo puedo recomendar continuar esperando con paciencia,
no hay otro remedio. Pero quizá se podría poner el caso en manos del comisario
Zott para su revisión.
Durante un instante reinó un silencio sepulcral.
Después estallaron aquí y allá unas carcajadas burlonas.
Una voz gritó:
—¡Pedazo de vago!
Y otra:
—¡Primero la cagas y luego se lo endosas a otros!
El Obergruppenführer Prall dio un tremendo puñetazo en la
mesa:
—¡Te voy a hundir, carroña!
—Les ruego absoluto silencio.
La voz del presidente sonó ligeramente asqueada. Todos
callaron.
—Caballeros, hemos presenciado aquí una conducta que casi
cabe equiparar a la deserción. Una huida cobarde ante las dificultades que todo
combate conlleva de forma inevitable. Lo lamento. Escherich, queda usted
dispensado de seguir participando en esta reunión. Espere mis órdenes en su
despacho.
El comisario, completamente lívido (porque no esperaba una
medida por el estilo), hizo una inclinación. Después se dirigió hacia la
puerta, allí entrechocó los tacones y gritó con el brazo estirado:
—¡Heil Hitler!
Nadie le prestó atención. El comisario se fue a su
despacho.
Las órdenes prometidas se presentaron primero bajo la
figura de dos hombres de las SS que lo miraron sombríos, uno de los cuales
advirtió con tono amenazador:
—¡No se le ocurra tocar nada más aquí! ¿Entendido?
Escherich giró la cabeza despacio hacia el hombre que le
hablaba de ese modo. Era un tono nuevo. No es que Escherich no lo conociera,
pero jamás lo habían empleado con él. Un simple miembro de las SS, el tipo
ése... las cosas debían de estar muy negras para Escherich si adoptaba ese tono
con el comisario.
Un rostro brutal, nariz aplastada, mentón muy
desarrollado, tendencia a actos de brutalidad, inteligencia escasamente
desarrollada, peligroso en estado de embriaguez, resumió Escherich. ¿Qué había
dicho el pez gordo arriba? ¿Deserción? Qué ridiculez. ¡El comisario Escherich,
desertor! Típico de esos individuos, siempre con palabras grandilocuentes en
los labios que después se quedaban en nada.
Entraron el Obergruppenführer Prall y Zott.
¡Me lo figuraba, han aceptado mi propuesta! Lo más
razonable que podían hacer, aunque creo que ni siquiera esa astuta mente
privilegiada podrá deducir algo nuevo del material existente.
Escherich se dispone a saludar con amabilidad a Zott para
demostrarle que no se siente ofendido porque le hayan confiado el caso, pero se
siente brutalmente apartado a un lado por los dos miembros de las SS, y el de
cara de homicida grita:
—¡Se presentan los miembros de las SS Dobat y Jacoby con
un detenido!
¿Detenido...? ¿Seré yo?, se pregunta Escherich asombrado.
Y en voz alta:
—Mi Obergruppenführer, me permito decir que...
—¡Haz que ese canalla cierre el pico! —grita, iracundo,
Prall, que seguramente también se ha llevado una buena reprimenda.
El SS Dobat golpea en la boca a Escherich con el puño
cerrado. Éste siente un dolor espantoso, un sabor a sangre en la boca,
repugnante y cálido. Después se inclina hacia delante y escupe unos dientes
sobre la alfombra.
Y mientras hace todo eso de manera completamente mecánica,
ni siquiera nota auténtico dolor, piensa: Tengo que aclarar esto de inmediato.
Claro que estoy dispuesto a todo. Registros domiciliarios por todo Berlín.
Espías en cada edificio donde vivan varios abogados y médicos. Haré todo lo que
queráis, pero a mí no podéis sacudirme sin más un puñetazo en la boca, ¡a mí,
un comisario de la Brigada de Investigación Criminal condecorado con la Cruz al
Mérito Militar!
Mientras se rompe la cabeza e intenta liberarse
mecánicamente de las manos de los hombres de las SS, disponiéndose a hablar una
y otra vez —aunque el labio superior partido y la boca sangrante se lo
impiden—, el Obergruppenführer Prall ha saltado ante él y, agarrándolo con las
dos manos por la pechera, vocifera:
—¡Vaya, por fin te tenemos a punto, listillo arrogante! Te
creías la mar de astuto cuando me presentabas tus sagaces informes de mierda,
¿eh? ¿Crees acaso que no me daba cuenta de lo estúpido que me considerabas, y
de lo inteligentísimo que te creías tú? ¡Pues ya te tenemos, y ahora te vamos a
machacar, te vas a enterar de lo que vale un peine!
Durante un instante Prall, casi enloquecido por la cólera,
clavó sus ojos en el hombre ensangrentado.
—Llenándome de escupitajos la alfombra con tu asquerosa
sangre de perro, ¿eh? —chilló—. ¡Trágate la sangre, cerdo, o yo mismo te
sacudiré un puñetazo en los morros!
Y el comisario Escherich... no, el lastimoso, aterrorizado
hombrecillo Escherich, que una hora antes había sido un poderoso comisario de
la Gestapo, con la frente cubierta por un sudor mortal, se esforzó por tragarse
el torrente de sangre repulsivamente caliente para no manchar la alfombra, su
propia alfombra, mejor dicho, ahora la alfombra del comisario Zott...
El Obergruppenführer había observado con mirada ávida el
lamentable comportamiento del comisario. Luego se apartó de Escherich con un
irritado «¡Bah!» y preguntó al comisario Zott:
—¿Necesita a este hombre para alguna aclaración, señor
Zott?
Una ley no escrita prescribía que los policías
comisionados para prestar servicio en la Gestapo se ayudaran en cualquier
eventualidad, al igual que también los SS se ayudaban entre sí... a menudo en
contra de los funcionarios policiales. A Escherich jamás se le habría ocurrido
entregar a un colega a las SS, por culpable que fuera; más bien habría
intentado ocultar ante estos incluso la mayor de las vilezas. Y ahora se vio
obligado a presenciar cómo el comisario, tras una breve mirada a Escherich,
decía con tono gélido:
—¿A este hombre? ¿Para una aclaración? Gracias, mi
Obergruppenführer. Prefiero aclararme solo.
—Llévense a este hombre —gritó el Obergruppenführer—. ¡Y
metedle un poco de prisa, chicos!
Y los dos SS, riéndole la gracia, arrastraron a Escherich
a toda velocidad por el corredor, el mismo corredor al que, un año antes, había
lanzado de un patada a Barkhausen. Y lo arrojaron por la escalera de piedra, y
quedó tendido sangrando en el mismo lugar que Barkhausen. Lo levantaron a
patadas y lo tiraron escaleras abajo hacia el búnker...
Le dolían todos sus miembros, y después, golpe a golpe, lo
obligaron a quitarse el traje de paisano, a enfundarse el uniforme a rayas, el
desvergonzado reparto franco de sus propiedades entre los hombres de las SS. Y
continuos golpes, empujones, amenazas...
¡Oh, claro que sí!, el comisario Escherich había visto
todo eso muchas veces a lo largo de los últimos años, y no le había parecido
asombroso o reprobable, porque lo sufrían los delincuentes. Ocurría así con
razón. Pero al comisario de investigación criminal Escherich no le cabía en la
cabeza que él figurase ahora entre esos delincuentes sin derechos, no señor. No
había delinquido. Sólo había propuesto traspasar un caso en el que tampoco
ninguno de sus superiores había conseguido avanzar una propuesta útil. ¡Eso
había que aclararlo, tenían que volver a por él enseguida! Si no podían
arreglárselas sin él... Hasta entonces tenía que guardar la compostura, no
mostrar el menor temor, ni siquiera debía dejar que se notasen sus dolores.
En ese momento trajeron a otro al búnker. Un carterista de
tres al cuarto, según se supo enseguida, que había tenido la desgracia de
intentar robar a la esposa de un alto dirigente de las SA y había sido
sorprendido.
Ya llegaban, por el camino se habían ocupado de él, una
criatura llorosa que apestaba a sus excrementos y que arrastrándose de rodillas
no dejaba de rodear las piernas de los hombres de las SS, suplicando por la
santísima Virgen que no le hicieran nada. Que se apiadasen de él, que
Jesucristo se lo recompensaría.
Los hombres de las SS se divertían golpeando con las
rodillas al desgraciado suplicante que rodeaba sus piernas y el carterista se
retorcía entre alaridos por el suelo... hasta que volvía a atisbar los rostros
duros, creía descubrir un atisbo de piedad y reanudaba sus súplicas...
Y con ese gusano, con ese cobarde que apestaba a mierda,
fue encerrado en una celda el todopoderoso comisario Escherich.
Capítulo 38
EL SEGUNDO AVISO
Una mañana de domingo, la señora Anna dijo, vacilante:
—Otto, creo que tendríamos que volver a ver a mi hermano
Ulrich. Ya sabes que nos toca a nosotros. Hace ocho semanas que no hemos
aparecido por casa de los Heffke.
Otto Quangel levantó la vista de su escritura.
—Muy bien, Anna. —accedió—. Entonces, el próximo domingo.
¿Te parece bien?
—Preferiría que fuera este domingo. Creo que nos esperan.
—A ellos les da igual un domingo que otro. No tienen un
trabajo extra como nosotros, esos mosquitas muertas.
Y soltó una risita burlona.
—Pero es que Ulrich cumplió años el viernes. —objetó la
señora Quangel—. Le he preparado una pequeña tarta que me gustaría llevarle.
Seguro que nos esperan hoy.
—Pues la verdad es que a mí me apetece escribir otra carta
además de esta postal —precisó Quangel de mala gana—. Lo he decidido así, y ya
sabes que no me gusta cambiar de planes.
—¡Por favor, Otto!
—Anna, ¿no puedes ir sola y decirles que estoy con reúma?
Ya lo hiciste una vez.
—Precisamente por eso no me gustaría repetirlo —adujo
Anna—. Hoy que celebra su cumpleaños...
Quangel miró el rostro suplicante de su mujer. Le apetecía
hacerle ese favor, pero la idea de abandonar su salita lo ponía de mal humor.
—Hoy quería escribir una carta, Anna. Una carta importante
de verdad. Se me ha ocurrido una idea... Seguro que provocará un efecto
tremendo. Además, ya me conozco todas vuestras historias infantiles, me las sé
de memoria. Me aburro tanto con los Heffke... No tengo nada que hablar con él,
y tu cuñada parece siempre petrificada. No tendríamos que haber recuperado la
relación con los parientes, los parientes son un horror. ¡Nosotros nos bastamos
y nos sobramos!
—De acuerdo, Otto —accedió ella—, la de hoy será nuestra
última visita. Te prometo que nunca volveré a pedírtelo. Sólo hoy, pues ya he
preparado la tarta y Ulrich celebra su cumpleaños. ¡Sólo esta única vez! Por
favor, Otto.
—Hoy no me apetece nada —comentó.
Pero vencido por sus ojos suplicantes, gruñó finalmente:
—Vale, Anna, lo pensaré. Si de aquí a mediodía consigo
escribir dos postales...
Y lo consiguió antes del mediodía, de modo que los Quangel
abandonaron su vivienda hacia las tres de la tarde. Pensaban viajar en metro
hasta la plaza Nollendorf, pero Quangel propuso a su mujer apearse poco antes
de la calle Bülow, quizá pudieran hacer algo allí.
Esta, sabedora de que su marido llevaba las dos postales
en el bolsillo, lo entendió al momento y asintió.
Bajaron un trecho por la calle Potsdamer sin hallar un
edificio adecuado. Después tuvieron que doblar a la derecha para adentrarse en
la calle Winterfeldt, o se habrían desviado mucho de la casa del cuñado. Y de
nuevo buscaron.
—Esta zona no es tan buena como la nuestra —dijo Quangel
descontento.
—Y hoy es domingo —precisó ella—. ¡Ten mucho cuidado!
—Siempre lo tengo —contestó, y añadió—: Voy a entrar ahí.
Y antes de que su mujer pudiera decir algo, desapareció en
el interior del edificio.
Para Anna comenzaron entonces unos minutos de espera, esos
minutos siempre nuevos y torturadores en los que temía por Otto y sin embargo
no podía hacer nada más que esperar.
¡Dios mío, esta casa tiene muy mala pinta!, pensaba al
contemplar el edificio. Ojalá vaya todo como la seda. Quizá no habría debido
convencerlo para venir aquí. No le apetecía nada, se lo he notado. Y no era
sólo por la carta que quería escribir. ¡Si hoy le sucede algo, me lo reprocharé
toda la vida! Ahí viene Otto...
Pero no era Otto quien salía del edificio, sino una señora
que pasó junto a Anna mirándola fijamente.
¿Me ha mirado con desconfianza? Casi me lo ha parecido.
¿Habrá sucedido algo dentro del edificio? ¡Otto lleva ahí un buen rato, por lo
menos diez minutos! Qué va, si esto ya lo sé por otras veces: cuando estás
esperando delante de un edificio, el tiempo se te hace eterno. ¡Gracias a Dios,
ahí está Otto!
Quiso ir hacia él... pero se detuvo.
Porque Otto no había salido solo del edificio, pues iba
acompañado de un hombre muy alto que vestía un abrigo negro con cuello de
terciopelo y tenía la mitad del rostro deformada por un gigantesco angioma con
protuberantes cicatrices. Ese hombre portaba en la mano una gruesa cartera
negra. Sin cruzar palabra entre ellos, ambos pasaron junto a Anna, a la que del
susto se le había parado el corazón, en dirección a la plaza Winterfeldt. Ella
los siguió temblando como un flan.
Pero ¿qué ha sucedido? se preguntaba muerta de miedo.
¿Quién es ese hombre que va con Otto? ¿Será de la Gestapo? ¡Tiene un aspecto
espantoso con ese angioma! No hablan ni una palabra entre ellos... ¡ay, Dios,
ojalá no hubiera convencido a Otto! ¡Ha fingido no conocerme, así que debe de
estar en peligro! ¡Esa desdichada postal!
De pronto Anna ya no aguantó más. No soportaba más tiempo
esa torturante incertidumbre. Con una decisión inusual en ella, adelantó a los
dos hombres y se detuvo.
—¡Señor Berndt! —exclamó tendiendo la mano a Otto—.
¡Cuánto me alegro de encontrarlo! Tiene que venir ahora mismo a nuestra casa.
Tenemos una tubería rota en la conducción de agua, toda la cocina está
inundada... —Se interrumpió, le pareció que el hombre del angioma le dedicaba
una mirada muy rara, muy sarcástica, muy despectiva.
Pero Otto repuso:
—Enseguida acudiré a su casa. Sólo quiero acompañar al
doctor a ver a mi mujer.
—Yo puedo adelantarme solo —dijo el hombre del angioma.
Calle Von Einem, 17, ha dicho usted, ¿verdad? Bien. Confío en que no tarde
mucho en alcanzarme.
—Dentro de un cuarto de hora, doctor, dentro de un cuarto
de hora como mucho estaré allí. Primero iré a cerrar la llave de paso.
Y diez pasos más allá apretó el brazo de Anna contra su
pecho en una muestra de ternura completamente inusual.
—¡Lo has hecho de maravilla, Anna! No sabía cómo librarme
de ese tipo. ¿Cómo se te ha ocurrido esa idea?
—¿Quién era? ¿Un médico? Creí que pertenecía a la Gestapo
y ya no he podido soportar más tiempo la incertidumbre. Camina más despacio,
Otto, ahora me tiemblan todos los miembros. Antes no temblaba, ¡pero ahora!
¿Qué ha pasado? ¿Sabe algo?
—Ni gota. Estate tranquila. No sabe nada de nada. Tampoco
ha sucedido nada. Pero desde esta mañana temprano, desde que me dijiste que
teníamos que visitar a tu hermano, no me he librado de un mal pálpito. Pensaba
que era por la carta que me había propuesto escribir. Y por el aburrimiento en
casa de los Heffke. Pero ahora sé que se debía a que siempre he tenido la
impresión de que hoy sucedería algo. Hoy era preferible no salir de la
madriguera...
—Entonces ¿ha ocurrido algo, Otto?
—No, nada en absoluto. Ya te he dicho que no ha sucedido
nada, Anna. Yo iba subiendo por la escalera y estaba a punto de dejar mi
postal, la tenía en la mano, cuando ese hombre ha salido corriendo de su casa.
Te digo, Anna, que corría de tal modo que ha estado a punto de derribarme. No
he tenido tiempo de volver a guardar la postal. «¿Qué está haciendo en este
edificio?», me ha gritado a las primeras de cambio. Ya sabes que tengo la
costumbre de fijarme siempre en el nombre de algún ocupante del edificio que
figure en los rótulos de la entrada. «Voy a ver al doctor Boll», le dije. «Soy
yo, respondió él. ¿Qué ocurre? ¿Hay alguien enfermo en el edificio?» No me
quedaba más remedio que mentir. Así que le conté que estabas enferma, que se
pasara por nuestra casa. Menos mal que me acordaba del nombre de la calle Von
Einem. Pensé que me contestaría que vendría por la tarde o mañana por la
mañana, pero exclamó inmediatamente: «¡Me viene de perlas porque me pilla justo
de camino! Acompáñeme, señor Schmidt». Porque le he dicho que me llamo Schmidt,
¿comprendes? Hay mucha gente que lleva ese apellido de verdad.
—Sí, y resulta que yo te he llamado delante de él «señor
Berndt» —reconoció Anna asustada—. Seguro que se ha dado cuenta.
Quangel se detuvo, consternado.
—Así es —convino—. Todavía no he pensado en eso. Pero por
lo visto no se ha dado cuenta. La calle está vacía. Nadie nos sigue. Como es
lógico, buscará en vano en la calle Von Einem, pues para entonces llevaremos un
buen rato en casa de los Heffke.
Anna se detuvo.
—Sabes una cosa, Otto —dijo—, ahora soy yo quien lo dice:
no vayamos a ver a Ulrich. Presiento que es un mal día. Regresemos a casa.
Mañana llevaré yo las postales.
Pero él sacudió la cabeza riendo.
—No, no, Anna, llegados a este punto, efectuaremos nuestra
visita. Ya hemos acordado que será la última. Además, no quisiera ir justo
ahora a la plaza Nollendorf. ¡Vete a saber si volvemos a toparnos con el
médico!
—Entonces, dame al menos las postales. No quiero que
deambules por ahí con ellas en el bolsillo.
Tras una breve resistencia le entregó las dos postales.
—La verdad es que no es un buen domingo, Otto...
Capítulo 39
EL TERCER AVISO
Pero después, en casa de los Heffke, olvidaron por
completo sus malos presagios. Resultó que los esperaban de verdad. La cuñada
morena y silenciosa también había preparado una tarta, y después de comerse
ambas tartas acompañadas por una taza de achicoria, Ulrich Heffke sacó una
botella de aguardiente que le habían regalado los compañeros de la fábrica.
Bebieron despacio y con agrado copitas de aquella bebida
desacostumbrada para todos ellos, y se animaron más de lo habitual, se tornaron
más locuaces por la bebida. Al final, con la botella ya vacía, el jorobado
bajito de ojos tiernos comenzó a cantar. Cantó canciones religiosas, himnos:
«Cuesta mucho ser cristiano» y «Salvador, a Ti me entrego»... con todas sus
estrofas.
Las cantó con una voz muy aguda de falsete, con claridad y
devoción, y hasta Otto Quangel se sintió trasladado a los días de su infancia,
cuando esas canciones aún significaban algo para él, pues había sido un
sencillo creyente. Por entonces la vida aún era fácil, él no sólo creía en
Dios, sino también en las personas. Creía que frases como «Ama a tus enemigos»
y «Bienaventurados los pacíficos» tenían validez en el mundo. Desde entonces se
había vuelto muy distinto y sin duda no mejor. Ya nadie podía creer en Dios;
era imposible que un Dios bondadoso permitiera la ignominia que existía en el
mundo, y en lo tocante a las personas, esos cerdos...
El jorobado Ulrich Heffke cantaba muy alto y nítido: «Bien
sabes que eres una persona, ¿por qué ansías cosas...?».
Pero los Quangel rechazaron de manera tajante la
invitación a quedarse a cenar. Sí, se lo habían pasado de maravilla, pero ahora
debían regresar a casa. Otto tenía cosas que hacer. Además, tampoco debían,
aunque sólo fuera por los cupones de racionamiento, ellos sabían cómo
funcionaba eso. A pesar de las protestas de los Heffke aduciendo que por una
vez no importaba, que no todos los domingos se celebraba un cumpleaños y que
todo estaba preparado, que lo comprobarían inspeccionando la cocina... a pesar de
todas las protestas, los Quangel insistieron en que tenían que marcharse.
Y lo hicieron, aunque los Heffke se quedaron muy
ofendidos.
Una vez en la calle, Anna dijo:
—¿Has visto? Ulrich se ha enfadado, y su mujer también...
—Olvídalos. De todos modos ésta ha sido nuestra última
visita.
—Pero esta vez todo ha resultado muy simpático, ¿no crees,
Otto?
—Seguro. Desde luego. El aguardiente ha ayudado mucho...
—Y Ulrich ha cantado tan bien... ¿a ti no te ha gustado?
—Sí, mucho. Un tipo curioso. Estoy seguro de que todas las
noches, en la cama, continúa rezando al buen Dios.
—¡Déjalo, Otto! Hoy en día las personas piadosas lo tienen
más fácil. Cuentan con alguien a quien confiar sus preocupaciones. Y creen que
toda esta matanza tiene un sentido.
—¡Lo que me faltaba! —replicó Quangel, con repentina ira—.
¡Sentido! ¡Todo eso es un disparate! Como creen en el cielo, ya no quieren
cambiar nada en la tierra. ¡Siempre humillándose y mortificándose! En el cielo
todo volverá a ir bien. Dios sabe por qué sucede todo. ¡El día del Juicio Final
lo averiguaremos! ¡No, gracias!
Quangel había hablado deprisa y muy enfadado. El
desacostumbrado alcohol ejercía su efecto. De repente se detuvo.
—¡Ésa es la casa! —exclamó de improviso—. Quiero entrar
ahí. ¡Dame una postal, Anna!
—¡Oh, no, Otto, olvídalo! Hemos acordado que hoy ya no
haríamos nada más. ¡Es un mal día!
—Ya no, ya no. ¡Dame la postal, Anna!
Ella se la entregó con cierta vacilación.
—Ojalá no salga mal, Otto. Tengo un miedo terrible...
Pero él no prestó atención a sus palabras, ya se había
ido.
La mujer esperó, pero esta vez el susto le duró poco, pues
Otto regresó enseguida.
—Bueno —dijo, cogiéndola del brazo—, hecho. ¿Ves lo fácil
que ha sido? No hay que hacer caso de esos presentimientos.
—Gracias a Dios —repuso Anna.
Pero apenas habían dado unos pasos en dirección a la plaza
Nollendorf, un hombre se abalanzó hacia ellos. Con la postal de Quangel en la
mano.
—¡Eh, usted! ¡Sí, usted, usted! —chillaba alterado como un
loco—. ¡Acaba de dejar esta postal en mi descansillo! ¡Lo he visto
perfectamente! ¡Policía! ¡Aquí! ¡Agente!
Gritaba cada vez más alto. La gente se congregó a su
alrededor, un policía se acercaba a toda prisa por Kurfürstendamm.
No había duda: el juego ya no favorecía a los Quangel.
Tras haber actuado con éxito durante dos años, de pronto la suerte había dado
la espalda al jefe de taller. Un fracaso detrás de otro. El antiguo comisario
Escherich tenía razón: en el juego la suerte no puede acompañarte siempre,
también hay que contar con la mala fortuna. Otto Quangel lo había olvidado.
Nunca había pensado en las pequeñas adversidades que la vida siempre tiene
preparadas, que son imprevisibles y con las que, sin embargo, hay que contar.
En este caso el imprevisto había aparecido bajo la figura
de un pequeño funcionario rencoroso que había utilizado su domingo libre para
espiar a la inquilina que vivía en el piso de arriba. Le encolerizaba que
durmiera hasta bien avanzada la mañana, que siempre fuera vestida con
pantalones de hombre y tuviera la radio encendida de noche hasta mucho después
de las doce. Sospechaba que llevaba «tipos» a su piso. Si eso era cierto, la
denigraría en todo el edificio. Iría a ver al casero y le diría que semejante
furcia no podía seguir viviendo en una casa decente.
Llevaba ya más de tres horas acechando con paciencia por
la mirilla de su puerta cuando, en lugar de la inquilina de arriba, vio a Otto
Quangel subiendo por la escalera. Había visto con sus propios ojos cómo Quangel
dejaba la postal en un escalón, lo hacía a veces cuando las ventanas de la
escalera no tenían repisa.
—¡Lo he visto, lo he visto con mis propios ojos! —gritaba
el alterado hombre al policía, sacudiendo la postal—. ¡Lea esto, agente! ¡Es
alta traición! ¡Este tipo se merece la horca!
—¡Deje de gritar! —ordenó el policía con voz de
desaprobación—. Ya ve que este otro señor está completamente tranquilo. No
piensa escapar corriendo. Bien, ¿ha sucedido tal como dice este caballero?
—¡Bobadas! —contestó, furioso, Otto Quangel—. Me ha
confundido. Acabo de visitar a mi cuñado en su casa para celebrar su
cumpleaños, en la calle Goltz. Aquí, en la calle Maassen, no he entrado en
ningún edificio. Pregúntele a mi mujer...
Miró a su alrededor, buscándola. Anna se abría paso entre
el apretado círculo de curiosos. Ella había pensado inmediatamente en la
segunda postal que llevaba en el bolso. Tenía que librarse de ella enseguida,
eso era lo más importante. Deslizándose entre la gente, vio un buzón y sin
llamar la atención —todos miraban al excitado denunciante— la echó dentro.
De nuevo junto a su marido, le sonrió dándole ánimos.
Entretanto el policía había leído la postal. Muy serio, se
la metió en la bocamanga. Conocía la existencia de esas postales; no una, sino
diez veces habían llamado la atención sobre ellas en todas las comisarías.
Perseguir la más leve pista era una obligación.
—¡Acompáñenme los dos a comisaría! —decidió.
—¡Y yo! —exclamó Anna Quangel enfurecida, deslizando su
brazo en el de su marido—. ¡Yo también voy! ¡No dejaré solo a mi marido!
—¡Tiene razón la mujer! —corroboró una voz procedente del
corro de curiosos—. ¡Con esos fulanos, nunca se sabe... vigila a tu costilla!
—¡Silencio! —gritó el policía—. ¡Silencio! ¡Retrocedan!
¡Dispérsense! ¡Aquí no tienen nada que hacer!
Pero el público no opinaba lo mismo y el agente,
comprendiendo que era imposible vigilar a tres personas y obligar a dispersarse
a un grupo de casi cincuenta, dejó de ordenarles que se fueran.
—¿Está seguro de que no se equivoca? —preguntó al excitado
denunciante—. Y la mujer ¿estaba también en la escalera?
—No, ella no. ¡Pero estoy seguro de que no me equivoco,
agente! —vociferó de nuevo—. Lo he visto con mis propios ojos, llevaba ya más
de tres horas junto a la mirilla de mi puerta...
—¡Maldito chivato! —exclamó una voz estridente y
desaprobadora.
—¡Entonces se vienen conmigo los tres! —decidió el
policía—. ¡Vamos, circulen! Ya ven que estos caballeros desean pasar. ¡Qué
curiosidad más estúpida! Por ahí, caballero, haga el favor.
En la comisaría tuvieron que esperar cinco minutos antes
de ser llamados al despacho del jefe, un hombre alto de rostro bronceado,
franco. La postal de Quangel reposaba sobre su escritorio.
El denunciante repitió sus acusaciones.
Otto Quangel lo negó. Sólo había ido a visitar a su cuñado
a la calle Goltz, nunca había entrado en un edificio de la calle Maassen. Ese
viejo jefe de taller, según se identificó, hablaba sin la menor excitación y
constituyó también para el jefe un agradable contraste con el vociferante y
alterado denunciante que no paraba de escupir sapos y culebras.
—Oiga, ¿por qué se ha pasado tres horas detrás de la
mirilla? —le preguntó despacio el jefe—. Usted no podía saber que iba a llegar
alguien con semejante postal, ¿o sí?
—Ay, es que en nuestro edificio vive una furcia, señor
comisario. Va siempre en pantalones, tiene la radio encendida toda la noche...
y yo quería vigilar para averiguar qué tipos trae a su casa. Y entonces ha
llegado este hombre...
—Jamás he estado en ese edificio —repitió Quangel, tozudo.
—¿Pero cómo iba a hacer algo así mi marido? ¿Cree usted
que yo lo permitiría? —terció Anna—. ¡En los más de veinticinco años que
llevamos casados mi marido jamás ha sido acusado de nada!
El comisario dirigió una ojeada a la hierática cara de
pájaro. ¡Éste es capaz de muchas cosas!, le pasó veloz por la mente. Pero
¿escribir esas postales?
Se volvió hacia el denunciante.
—¿Cómo se llama usted? ¿Millek? Y tiene un cargo en
Correos, ¿me equivoco?
—Primer secretario, señor comisario, así es.
—¿Y es usted el Millek que nos presenta dos denuncias
semanales por término medio sobre lo mal que pesan los comerciantes, que han
sacudido el polvo a las alfombras el jueves, que alguien ha hecho de vientre
delante de su puerta, etcétera, etcétera? ¿Es usted?
—La gente es muy mala, señor comisario. Lo hacen todo para
fastidiarme. Créame, señor comisario.
—Así que esta tarde ha estado vigilando a una mujer a la
que califica de furcia, y ahora denuncia a este caballero...
El primer secretario aseguró que se había limitado a
cumplir con su deber. Había visto a ese hombre dejando la postal, y un vistazo
a lo escrito le indicó que se trataba de alta traición, por lo que le siguió en
el acto.
—¡Ya, ya! —exclamó el comisario—. Un momento, por favor...
Se sentó ante su máquina de escribir y fingió leer la
postal que ya había leído tres veces. Reflexionó. Estaba convencido de que el
tal Quangel era un viejo obrero, sus datos eran correctos; Millek, por el
contrario, era un quisquilloso cuyas denuncias jamás se habían probado. Habría
preferido enviar a casa a los tres.
Pero al fin y al cabo la postal había sido encontrada
allí, ese dato no se podía soslayar, y además existía una orden rigurosa de
seguir cualquier pista, por pequeña que fuere. El comisario no quería tirar
piedras contra su propio tejado. Los de arriba no tenían muy buena opinión de
él. Era sospechoso de sensiblería, se decía que simpatizaba en secreto con
asociales y judíos. Debía ser muy cauteloso. En el fondo, ¿qué mal podía
sucederles a esa mujer y a ese hombre si los entregaba a la Gestapo? Si eran
inocentes, al cabo de unas horas recobrarían la libertad; pero al falso
denunciante le echarían un buen rapapolvo por el trabajo inútil que había
ocasionado.
Se disponía a telefonear al comisario Escherich cuando se
le ocurrió una idea. Llamó al timbre y le dijo al policía que entró:
—Llévese ahí delante a estos dos hombres y regístrelos a
fondo. Pero tenga cuidado de que no se confundan sus pertenencias. Después
envíeme un hombre, yo registraré aquí a la mujer.
Pero también estos registros resultaron infructuosos, no
se hallaron circunstancias agravantes para Quangel. Su esposa recordó, con un
ligero suspiro de alivio, la postal que había echado al buzón. Otto Quangel,
que aún desconocía esa acción apresurada de su mujer, la cual demostraba una
gran presencia de ánimo, pensó: Qué hábil es Anna. ¿Qué habrá hecho con la
postal? ¡Si yo he estado siempre a su lado! La documentación de Quangel
confirmó asimismo todas sus declaraciones.
En el bolsillo de Millek, por el contrario, se encontró
una denuncia dirigida a la comisaría contra una tal señora Von Tressow,
residente en la calle Maassen número 17, que dejaba suelto a su agresivo perro,
a pesar de la obligación de llevarlos sujetos con correa. El can había gruñido
ya dos veces al primer secretario de Co rreos. Éste temía por sus pantalones,
que ahora, en tiempos de guerra, eran insustituibles.
—¡Qué preocupaciones las suyas, caballero! —exclamó el
comisario—. ¡Ahora, en el tercer año de guerra! ¿Cree que no tenemos otra cosa
que hacer? ¿Por qué no se acerca usted mismo a la señora y le pide cortésmente
que lleve al perro atado con la correa?
—De ninguna manera, señor comisario. ¿Abordar a una dama
en la calle por la noche...? ¡Ni hablar! ¡Después ella me denunciaría por
inmoralidad!
—En fin, agente, llévese a los tres. Me gustaría hacer una
llamada telefónica.
—¿Acaso también yo estoy detenido? —exclamó furioso
Millek—. ¡He denunciado algo importante y usted me detiene! ¡Lo denunciaré!
—¿Ha mencionado alguien la palabra detención? ¡Agente,
llévese a los tres!
—¡Ha hecho que me vacíen los bolsillos como si fuera un
delincuente! —volvió a gritar el primer secretario de Correos antes de que la
puerta se cerrase tras él.
El comisario descolgó el teléfono y se identificó.
—Quisiera hablar con el comisario Escherich —dijo—. Por el
asunto de las postales.
—El comisario Escherich está acabado, liquidado, perdido
—respondió en su oído una voz descarada—. Ese caso lo lleva ahora el comisario
Zott.
—Pues entonces póngame con el comisario Zott... si es que
está un domingo por la tarde como hoy.
—¡Ah, ése está siempre! Le paso con él.
—Aquí Zott.
—Aquí Kraus, jefe de la comisaría de distrito. Acaban de
traernos a un hombre que al parecer está relacionado con ese asunto de las
postales, ¿está usted al corriente?
—Por supuesto. El caso del Duende. ¿Qué profesión tiene
ese hombre?
—Carpintero. Jefe de taller en una fábrica de muebles.
—Entonces ha atrapado al hombre erróneo. El verdadero
autor trabaja en los tranvías. ¡Deje libre a ese hombre, comisario! Buenas
tardes.
De ese modo recobraron los Quangel la libertad, con enorme
sorpresa por su parte, pues daban por sentado que los someterían a un
interrogatorio concienzudo y registrarían su domicilio.
Capítulo 40
EL COMISARIO ZOTT
El señor comisario Zott, con barba saliente y barriga
prominente, un hombrecillo que parecía salido de una historia de Ernst Theodor
Amadeus Hoffmann, una criatura que parecía compuesta de papel, polvo de
expedientes, tinta y mucha sagacidad, había sido en la época anterior un
personaje muy ridículo entre los miembros de la policía científica de Berlín.
Él desdeñaba los métodos habituales, casi nunca practicaba interrogatorios y la
visión de un asesinado lo ponía enfermo.
Lo que más le gustaba era estudiar los expedientes ajenos,
comparar, buscar, extractar varias páginas... pero su fuerte era hacer tablas,
unas tablas interminables, minuciosamente diseñadas, de las que extraía sus
sagaces conclusiones. Dado que su método de trabajar sólo con la cabeza había
granjeado a Zott algunos éxitos sorprendentes en casos que parecían carentes de
toda esperanza, había cundido la costumbre de endosarle todos los casos
desesperados... si Zott no averiguaba nada, nadie lo haría.
Así pues, la propuesta del comisario Escherich de confiar
el caso Duende al comisario Zott no había sido tan insólita. Sólo que Escherich
tendría que haber logrado que esa propuesta partiese de sus superiores, pues
hecha por él era simplemente una desfachatez, más aún, cobardía ante el
enemigo, deserción...
Zott se encerró durante tres días con el expediente del
caso Duende, al cabo de los cuales solicitó una entrevista con el
Obergruppenführer. Éste, ansioso por ver resuelto el caso de una vez, acudió
inmediatamente a ver a Zott.
—Bueno, comisario ¿qué es lo que ha descubierto usted,
viejo Sherlock Holmes? Estoy convencido de que ya tiene cogido por los cojones
al autor. Ese asno de Escherich...
Y a continuación dedicó una larga retahíla de insultos a
Escherich por haberlo estropeado todo. El comisario Zott escuchó sin pestañear,
sin revelar su propia opinión ni siquiera con una inclinación o un meneo de
cabeza.
Cuando al fin se aplacó su furia, Zott dijo:
—Mi Obergruppenführer, tenemos, pues, a ese escritor de
postales, un hombre sencillo, bastante inculto, que no ha escrito mucho durante
su vida y al que le cuesta bastante esfuerzo expresarse. Debe de ser soltero o
viudo y vivir completamente solo en su casa, o en estos dos años ya hace mucho
que su esposa o su casera le habrían sorprendido escribiendo y algo habría
salido a relucir. El hecho de que no se haya revelado un solo dato sobre su
persona, a pesar de que según nuestras suposiciones se habla mucho sobre esas
postales en la zona situada al norte de la plaza Alexander, demuestra que nadie
lo ha visto escribiendo. Debe de vivir completamente solo. Tiene que ser un
hombre mayor... si fuera joven hace mucho que se habría hartado de esta
actividad sin resultados visibles para comenzar otro quehacer. Tampoco dispone
de radio...
—¡Bien, bien, señor comisario —lo interrumpió impaciente
el Obergruppenführer—. Todo eso me lo contó ya hace mucho tiempo y con las
mismas palabras el idiota de Escherich. Lo que yo necesito son análisis nuevos,
resultados que me permitan detener a ese tipo. Veo que tiene una tabla. ¿Qué me
cuenta de ella?
—Sí, la tengo aquí —contestó el comisario sin dejar que se
le notara la grave ofensa que acababa de causarle Prall al atribuir a Escherich
todas las sagaces deducciones de Zott—, he anotado en ella las horas de
hallazgo de las postales. Hasta el día de hoy son doscientas treinta y tres
postales y ocho cartas. Si examinamos con más atención las horas, llegamos a
las siguientes conclusiones: ninguna postal se ha depositado después de las
ocho de la tarde ni antes de las nueve de la mañana...
—Eso está más claro que el agua —exclamó el
Obergruppenführer con tono impaciente—. ¡Porque entonces están cerrados los
edificios! ¡Para saberlo, la verdad es que no necesito tabla alguna!
—Un momento, por favor —rogó Zott, y su voz traslucía
irritación—. Todavía no he acabado de exponer mis apreciaciones. Los edificios,
dicho sea de paso, no se abren a las nueve de la mañana, sino a las siete y con
frecuencia a las seis. Prosigo. Además, el ochenta por ciento de las postales
se han depositado en el período comprendido entre las nueve de la mañana y las
doce del mediodía. Jamás se ha abandonado ninguna postal entre las doce y las
catorce horas. El veinte por ciento lo ha sido entre las catorce y las veinte
horas. De ello se deduce que el autor de las postales, sin duda el mismo que
las distribuye, suele comer entre las doce y las catorce horas, trabaja de
noche o al menos nunca por la mañana, rara vez por la tarde. Si analizamos el
lugar del hallazgo, la plaza Alexander pongamos por caso, comprobamos que la
postal fue depositada a las once quince. Teniendo en cuenta la distancia que un
hombre puede recorrer en cuarenta y cinco minutos, es decir, hasta las doce, y
trazando con el compás un círculo alrededor del lugar del hallazgo, siempre me
encuentro con esta zona libre de banderitas al norte. Con ciertas reservas
inevitables, pues no todas las horas de hallazgo coinciden con las horas en que
se depositaron las postales, esto es aplicable a todos los lugares donde se han
encontrado. De esto deduzco, primero: el hombre es muy puntual. Segundo: no le
gusta utilizar el transporte público. Vive en el triángulo delimitado por las
calles Greifswalder, Danziger y Prenzlauer, y en concreto en el extremo norte
de ese triángulo, seguramente en la calle Chodowiecki, Jablonski o
Christburger.
—¡Excelente, señor comisario! —dijo el Obergruppenführer
cada vez más decepcionado—. Por cierto, recuerdo que ya Escherich mencionó esas
calles. Sólo que él pensaba que un registro domiciliario sería inútil. ¿Qué
opina usted al respecto?
—Un momento, por favor —solicitó Zott levantando la
pequeña mano que parecía haber adquirido el tono amarillento del papel de los
expedientes que había manejado. Ahora estaba de verdad profundamente ofendido—.
Quisiera exponerle con todo detalle mis resultados para que usted mismo pueda
comprobar si las medidas que voy a sugerir son adecuadas...
¡El pequeño zorro quiere asegurarse!, pensó Prall. ¡Espera
y verás, conmigo no hay seguros que valgan, y si quiero joderte, lo haré!
—Si continuamos analizando esta tabla —prosiguió el
comisario— veremos que todas las postales han sido depositadas en días
laborables. De ello es forzoso deducir que el autor no abandona su domicilio
los domingos. El domingo es su día de escribir, y así lo corrobora el hecho de
que la mayoría de las postales se encuentran los lunes o los martes. El hombre
siempre tiene prisa por sacar de su casa ese material inculpatorio.
El pequeño barrigudo levantó el dedo.
—Las nueve postales halladas al sur de la plaza Nollendorf
constituyen una excepción. Todas ellas han sido depositadas los domingos, en
general con un intervalo de casi tres meses y siempre a última hora de la tarde
o primera de la noche. De ello se deduce que el autor tiene un pariente que
vive allí, quizá una madre anciana, a la que hace una visita formal a
intervalos regulares.
El comisario Zott se calló y miró al Obergruppenführer a
través de sus gafas de montura de oro como si esperase una palabra de
reconocimiento.
Pero éste se limitó a decir:
—Todo perfecto. Desde luego muy sagaz. Sin duda todo es
correcto. Pero no veo cómo nos ayudará a progresar...
—¡Un poco, sí, mi Obergruppenführer! —le rebatió el
comisario—. Como es natural, ordenaré investigaciones confidenciales y
cautelosas en los edificios de las calles mencionadas, para indagar si allí
vive un hombre que responde a mis conclusiones.
—¡Eso ya sería algo! —exclamó, aliviado, el
Obergruppenführer—. ¿Alguna cosa más?
—He confeccionado también —dijo el comisario conteniendo
su tono de triunfo mientras sacaba otra lista— una segunda tabla en la que he
rodeado con círculos rojos que abarcan un kilómetro de diámetro los principales
lugares de los hallazgos. Además, he dejado fuera los dos descubrimientos de la
plaza Nollendorf y el supuesto domicilio. Si analizo con más atención estos
once lugares principales, once, mi Obergruppenführer, hago el sorprendente
descubrimiento de que todos ellos, todos sin excepción, están junto a
estaciones de tranvía o cerca. ¡Compruébelo usted mismo! ¡Aquí! ¡Y allá! ¡Y
allí! Aquí está la estación, algo a la derecha y casi fuera del círculo, pero
en su radio. Y de nuevo, aquí, en el mismísimo centro...
Zott miró suplicante al Obergruppenführer y prosiguió:
—Esto no puede ser fruto de la casualidad. ¡En
criminalística no se dan esas casualidades! Mi Obergruppenführer, ese hombre
tiene alguna relación con los tranvías. Cualquier otra hipótesis es imposible.
Tiene que trabajar allí de noche, en ocasiones también por la tarde. Pero no
viste uniforme, según sabemos por los informes de las dos testigos que lo
vieron al depositar las postales. Pido permiso, mi Obergruppenführer, para
apostar a un hombre experto en cada una de estas estaciones. Auguro más frutos a
esta acción que a las pesquisas en los edificios. ¡Pero ambas juntas, si son
concienzudas, nos conducirán sin duda al éxito!
—¡Zorro astuto! —exclamó ahora el Obergruppenführer,
también de excelente humor, y palmeó los hombros del comisario con tal brío que
faltó poco para que el hombrecillo cayera al suelo de rodillas—. ¡Viejo
maleante taimado! Lo de las estaciones de tranvía es magistral. ¡Escherich es
un imbécil! Eso debería haberlo averiguado él. ¡Claro que tiene mi permiso!
¡Dese prisa y dentro de dos o tres días comuníqueme que le ha echado el guante
a ese individuo! ¡Quiero restregarle por los morros a ese majadero, a Escherich,
el pedazo de inútil que es!
Y sonriendo satisfecho el Obergruppenführer abandonó la
habitación.
Una vez solo, el comisario Zott soltó una ligera
tosecilla. Sentado ante las tablas colocadas sobre su escritorio, miró de reojo
la puerta a través de las gafas y tosió de nuevo. Odiaba a todos esos tipos
ruidosos y descerebrados que sólo sabían vociferar. Y uno de los que más odiaba
era el que acababa de salir del despacho, ese mono idiota que siempre le
mencionaba el nombre de Escherich. «Eso ya lo dijo Escherich», y «Eso ya me lo
contó el idiota de Escherich».
Y encima le ha golpeado los hombros en broma, cuando el
comisario aborrece cualquier contacto físico. No, ese tipo... en fin, había que
esperar el momento oportuno. Esos individuos no estaban tan seguros en sus
monturas, sus voces ocultaban a duras penas el miedo a ser derribados algún
día. Por seguros y cortantes que parecieran, en su interior sabían muy bien que
nada sabían y nada eran. ¡Mira que tener que comunicar su gran descubrimiento
de las estaciones de tranvía a semejante mentecato, a un hombre incapaz de
apreciar la inteligencia que exigen tales deducciones! ¡Era echar margaritas a
los cerdos... siempre la misma canción!
Pero después el comisario vuelve a concentrarse en sus
informes, en sus tablas, en sus planos. Tiene la cabeza bien amueblada; cierra
un cajón y se olvida por completo de su contenido. Abre el cajón de estaciones
de tranvías y comienza a meditar sobre el puesto que ocupará el autor de las
postales. Telefonea a la dirección de las empresas de transportes, al
departamento de personal, y manda que le proporcionen una lista interminable de
las profesiones de todos los trabajadores de la empresa municipal de transportes
de Berlín. Ocasionalmente toma notas.
Está convencido de que el autor tiene algo que ver con los
tranvías. Se siente muy orgulloso de este descubrimiento. Sentiría una
decepción infinita si ahora le trajesen a Quangel, el jefe de taller de una
fábrica de muebles, acusándolo de ser el autor. Le daría completamente igual
haber capturado por fin al culpable, sólo le dolería que su hermosa teoría
fuese errónea.
De ahí que, cuando uno o dos días después, en plena
actividad de búsqueda en los edificios y en las estaciones de tranvía, un
comisario le comunica que acaso hayan detenido al autor, él se limite a
preguntar por su profesión. Al oír carpintero, ese hombre queda desechado en el
acto. ¡Tiene que ser tranviario!
¡Olvidado y liquidado! Tan completamente liquidado que el
comisario ni siquiera tiene en cuenta que esa comisaria está al lado de la
plaza Nollendorf, que es domingo por la tarde y que en la plaza Nollendorf
precisamente toca una nueva postal. El comisario ni siquiera retiene en su
memoria el número de la comisaría. ¡Esos idiotas sólo cometen estupideces...
liquidado!
Ya me traerá información mi gente, mañana o pasado mañana
a más tardar. ¡La que aportan los agentes casi siempre es basura, ellos no
pertenecen a la policía científica!
Y de este modo los Quangel, que ya estaban detenidos,
recobraron la libertad...
Capítulo 41
OTTO QUANGEL SE VUELVE INSEGURO
Ese sábado por la noche los dos Quangel se fueron a casa
en silencio y cenaron sin decir palabra. Anna, que, cuando fue preciso, se
mostró tan valiente y decidida, derramó en la cocina unas lágrimas apresuradas
y clandestinas de las que Otto no debía tener noticia. Ahora, cuando todo había
concluido, el susto y el miedo se apoderaron de ella. Por poco sale todo mal,
una minucia y los dos habrían estado acabados. Si el tal Millek no hubiera sido
un conocido querellante... Si ella no se hubiera librado de la postal... Si el
comisario hubiera sido un hombre diferente... ¡porque se le notaba que
aborrecía al denunciante! Sí, por una vez las cosas habían salido bien, pero
nunca jamás debía volver a arrostrar Otto semejante peligro.
Entra en la sala que su marido recorre sin cesar de un
lado a otro. No tienen ninguna luz encendida, pero ha levantado el dispositivo
de oscurecimiento y entra la luz de la luna.
Otto deambula de aquí para allá, todavía mudo.
—¡Otto!
—¿Qué?
Se detiene de improviso y mira hacia la mujer que se ha
sentado en la esquina del sofá, apenas visible a la pálida y débil luz de la
luna que penetra en la habitación.
—Otto, creo que lo mejor será que nos tomemos un descanso.
En este momento la suerte nos da la espalda.
—Imposible —responde—. Imposible, Anna. Si de repente
dejasen de aparecer postales, llamaría la atención. Justo ahora que casi nos
han pillado, llamaría mucho la atención. Ellos tampoco son tan tontos, se
darían cuenta de que existe una relación entre nosotros y las postales que de
repente ya no llegan. Tenemos que continuar, queramos o no.
Y añade con dureza:
—¡Y yo, quiero!
Ella respira hondo. No tiene valor para darle su
conformidad, aunque comprende que tiene razón. No se trata de un camino en el
que puedas detenerte cuando te apetezca. No hay vuelta atrás, ni descanso. Hay
que continuar.
Tras unos momentos de reflexión, dice:
—Entonces deja que yo reparta las postales a partir de
ahora, Otto. Tú ya no tienes suerte en esa labor.
—No puedo hacer nada si un delator se pasa tres horas
detrás de la mirilla. Miré a mi alrededor por todas partes, tuve cuidado
—replicó, encolerizado.
—No he dicho que no tuvieras cuidado, Otto. He dicho que
ya no tienes suerte. Tú no tienes la culpa.
Él cambia de conversación.
—Por cierto, ¿qué hiciste con la segunda postal? ¿Te la
escondiste pegada al cuerpo?
—Imposible, porque siempre había gente delante. No, Otto,
la eché en un buzón de Correos de la plaza Nollendorf, aprovechando los
primeros momentos de agitación.
—¿En un buzón? Muy bien. Bien hecho, Anna. En las próximas
semanas echaremos postales en los buzones de todos los lugares que visitemos,
para que esta última postal no llame la atención. Los buzones de Correos no
están nada mal, tampoco en Correos serán todos nazis. Además, el riesgo es
menor.
—Te lo ruego, Otto, déjame repartir las postales a partir
de ahora —insistió su mujer.
—No creas, mamá, que tú hubieras podido evitar el error
que yo he cometido. Son las casualidades que siempre he temido, contra las que
es imposible tomar precauciones porque son imprevisibles. ¿Qué puedo hacer
contra un espía que se pasa tres horas pegado a la mirilla? Y tú puedes ponerte
enferma de repente, caerte y partirte una pierna... enseguida revisarían tus
bolsillos y encontrarían la postal. No, Anna, contra las casualidades no existe
protección.
—Me tranquilizaría tanto que me confiases el reparto...
—repuso, obstinada.
—No digo que no, Anna. Quiero confesarte la verdad, de
repente me siento inseguro. Es como si sólo pudiera mirar a un lugar en el que
no está el enemigo. Como si los enemigos pulularan a mi alrededor por doquier y
yo no lograra verlos.
—Te has puesto nervioso, Otto. Esto dura ya demasiado
tiempo. ¡Ojalá pudiéramos descansar durante unas semanas! Pero tienes razón, no
es posible. Desde ahora yo repartiré las postales.
—No digo que no. ¡Hazlo! No tengo miedo, aunque tienes
razón, estoy nervioso. Es fruto de esas casualidades con las que nunca conté.
Creí que bastaba con hacer mi parte como es debido. Pero eso no es nada, se
necesita también suerte, Anna. La hemos tenido durante mucho tiempo, ahora
parece que han cambiado las tornas...
—Bueno, las cosas han vuelto a salir bien —repuso,
tranquilizadora—. No ha sucedido nada.
—Pero ellos tienen nuestra dirección, en cualquier momento
pueden volver a cogernos. ¡Maldita parentela, siempre dije que no servía para
nada!
—No seas injusto, Otto. ¿Qué culpa tiene el pobre Ulrich?
—Ninguna, por supuesto. ¿Quién ha dicho lo contrario? Pero
si no fuera por él, no les habríamos hecho una visita. Anna, el apego a la
gente no sirve de nada. Eso sólo lo hace todo más difícil. Ahora somos
sospechosos.
—Si de verdad lo fuéramos, no nos habrían dejado marchar,
Otto.
—¡La tinta! —exclama, deteniéndose de repente—. ¡Todavía
tenemos tinta en casa! La tinta con la que escribí la postal, la misma tinta de
este frasquito.
Se aproxima a la pila y vierte la tinta. A continuación se
viste.
—¿Adónde vas, Otto?
—Hay que sacar el frasco de casa. Mañana compraremos de
otra clase. Mientras tanto quema la pluma, y las postales viejas y el antiguo
papel de cartas que aún conservamos. ¡Hay que quemarlo todo! Revisa los
cajones. ¡No tiene que quedar nada de eso en casa!
—Pero, Otto, que no somos sospechosos. Hay tiempo para
todo eso.
—No hay tiempo para nada. Haz lo que te digo. Revisa todo,
quémalo todo.
Se marchó.
Regresó más calmado.
—He tirado el frasquito en Friedrichshain. ¿Lo has quemado
todo?
—Sí.
—¿De veras? ¿Has revisado y quemado todo?
—¡Te lo estoy diciendo, Otto!
—De acuerdo, Anna. Es curioso, pero me siento de nuevo
como si no pudiera ver la posición real del enemigo. ¡Como si me hubiera
olvidado de algo!
Se pasó la mano por la frente, la miró meditabundo.
—Tranquilízate, Otto, seguro que no has olvidado nada. En
esta casa ya no queda nada.
—¿Tengo tinta en los dedos? Ahora que ya no hay tinta en
casa no puedo llevar ni una mancha de tinta, ¿entiendes?
Miraron y en efecto encontraron una en el índice de la
mano derecha. Ella se la quitó frotando con la mano.
—¡Lo ves, es lo que yo digo, siempre se encuentra algo!
Estos son los enemigos que no acierto a ver. Bueno, a lo mejor era esa mancha
de tinta en la que no me había fijado la que me atormentaba.
—Ha desaparecido, Otto, ya no hay nada que pueda
inquietarte.
—Gracias a Dios. Entiéndelo, Anna, no tengo miedo, pero no
quiero que nos descubran demasiado pronto. Me gustaría realizar mi cometido el
mayor tiempo posible. Si pudiera, me gustaría presenciar el derrumbe de todo
esto. Sí, me encantaría. ¡Porque también nosotros hemos contribuido a ello!
Esta vez es Anna la que le consuela.
—Sí, lo verás, los dos lo veremos. ¿Qué es lo que ha
pasado? Es verdad, hemos corrido un gran peligro, pero... ¿dices que la suerte
nos ha dado la espalda? La suerte nos ha sido fiel, el peligro ha pasado.
Estamos aquí.
—Sí —contestó Otto Quangel—. Estamos aquí, somos libres.
Todavía. Y confío en que lo seremos durante mucho, mucho tiempo más...
Capítulo 42
PERSICKE, EL VIEJO CAMARADA DEL PARTIDO
El soplón del comisario Zott, un tal Klebs, tenía que
recorrer la calle Jablonski en busca de un hombre viejo que vivía solo cuya
detención tanto interesaba a la Gestapo. En el bolsillo llevaba una lista en la
que se mencionaba a un camarada del Partido de confianza en cada edificio
delantero y a ser posible también en cada uno de los traseros. En esa lista
figuraba el nombre de Persicke.
Si en la Gestapo concedían enorme importancia a la
detención de este hombre, para el soplón Klebs se trataba de un asunto
rutinario. Bajo, mal pagado y mal alimentado, con las piernas torcidas, la piel
sucia y los dientes con caries, Klebs recordaba a una rata, y llevaba a cabo
sus negocios igual que la rata escarba en los toneles de basura. Siempre estaba
dispuesto a aceptar un bocadillo, a mendigar bebida o cigarrillos y, en ese
pordioseo, su voz quejumbrosa, chillona, adquiría una suave calidad sibilante,
como si el desgraciado estuviera dando el último suspiro.
En casa de los Persicke le abrió el viejo. Tenía pinta de
abandono, el pelo gris desgreñado, la cara hinchada, los ojos rojos y toda su
persona oscilaba y se balanceaba como un barco en medio de una turbulenta
tempestad.
—¿Qué quieres?
—Sólo una pequeña información, para el Partido.
Porque a esos soplones les estaba terminantemente
prohibido remitirse a la Gestapo en sus averiguaciones. Todas las preguntas
tenían que parecer un informe carente de importancia sobre un miembro del
Partido.
Pero incluso ese dato inocente del «informe para el
Partido» cayó sobre el viejo Persicke como un puñetazo en el estómago.
Gimiendo, se apoyó contra la jamba de la puerta. Su estúpido cerebro, nublado
por las emanaciones del alcohol, recuperó por un instante una pizca de
conciencia y —con ella— el miedo.
Después se incorporó.
—Pasa —invitó.
La rata lo siguió en silencio. Observaba al viejo con ojos
vivos y agudos. Nada se le pasaba por alto.
La salita estaba desordenada. Sillas caídas, botellas
volcadas bajo cuyos golletes se evaporaba un aguardiente hediondo. Una manta
arrugada en el suelo. Un mantel arrancado bruscamente. Debajo del espejo, que
exhibía una telaraña de rajas producidas por un golpe, un montón de fragmentos
de cristal. Una cortina corrida y otra arrancada. Y por doquier colillas y más
colillas, paquetes de tabaco a medio terminar.
Los dedos de ladrón del soplón Klebs se estremecían. Le
habría encantado arramblar con el aguardiente, el tabaco, las colillas y hasta
el reloj de bolsillo que asomaba por ese chaleco que colgaba de una silla. Pero
ahora era un mero enviado de la Gestapo o del Partido. Así que se sentó en una
silla muy buenecito y gorjeó, contento:
—¡Caramba, aquí sí que hay bebida y tabaco! ¡Qué bien
vives, Persicke!
El viejo le dirigió una mirada turbia y obnubilada.
Después, de golpe, empujó por encima de la mesa hacia su visitante una botella
mediada de aguardiente... Klebs consiguió cogerla por los pelos antes de que
volcase.
—¡Búscate algo para fumar! —murmuró Persicke acechando a
su alrededor—. Por aquí tiene que haber algo. —Y con lengua pastosa añadió—:
Pero no tengo fuego.
—No te preocupes, Persicke —lo tranquilizó Klebs con voz
sibilante—. Ya encontraré lo que necesite. En la cocina tendrás gas y un
encendedor.
Se comportaban como si se conocieran desde hacía una
eternidad. Como si fueran viejos amigos. Con absoluta naturalidad caminó sobre
sus piernas torcidas hasta la cocina que, con la vajilla destrozada y los
muebles volcados, tenía peor aspecto que la sala. En medio de todo ese barullo
encontró el encendedor de gas y prendió un cigarrillo.
Se guardó tres cajetillas empezadas. Una de ellas estaba
bañada en aguardiente, pero ya se secaría. A su regreso, Klebs miró en las
otras dos habitaciones, todo parecía completamente devastado y echado a perder.
Klebs sospechó enseguida que el viejo estaba solo en el piso. El confidente se
frotó las manos satisfecho, exhibiendo a la vez sus dientes amarillo negruzcos.
A ése le sacaría algo más que un poco de aguardiente y unos cuantos
cigarrillos.
El viejo Persicke continuaba sentado a la mesa en la misma
silla, igual que lo había dejado Klebs. Pero el astuto soplón se dio cuenta de
que entretanto el viejo debía de haberse levantado, pues ahora tenía ante él
una botella de aguardiente mediada.
Así que en algún sitio tiene más. ¡Ya lo averiguaremos!
Klebs se sentó en su silla con un gemido placentero,
proyectó hacia el rostro de su interlocutor una nube de humo, dio un trago de
la botella y preguntó con tono inocente:
—A ver, Persicke, ¿qué oprime tu corazón? ¡Suéltalo todo,
colega, ábreme tu corazón! Y nada de mentiras, o te fusilarán.
El viejo tembló al escuchar las últimas palabras. No
acertó a discernir en qué contexto habían sido pronunciadas. Lo único que
entendió fue que se habló de fusilar.
—¡No, no! —murmuró amedrentado—. Nada de fusilar. Ya
vendrá Baldur y lo arreglará todo.
Por el momento la rata de Klebs no intentó aclarar quién
era Baldur, ése que lo arreglaría todo.
—Persicke, no sé si podrás volver a arreglarlo —aventuró,
cauteloso, mientras lanzaba una ojeada al rostro del otro que lo miraba, eso le
pareció, sombrío y enfurecido—. Pero bueno, cuando venga Baldur... —añadió
conciliador.
El viejo continuaba clavándole la vista en silencio. De
pronto, en uno de esos momentos de lucidez de los que disfrutan de vez en
cuando los que viven en una borrachera continua, preguntó sin balbucear:
—¿Quién es usted en realidad? ¿Qué quiere de mí? ¡No lo
conozco de nada!
La rata miró con mucho cuidado al que se había despejado
de una forma tan repentina. En esas fases, los borrachos solían volverse
pendencieros y agresivos, y Klebs no era más que un alfeñique (y además
cobarde), mientras que al viejo Persicke se le notaba incluso ahora, en la
etapa más degenerada, que había entregado a su Führer dos gallardos hombres de
las SS y un alumno de la Napola.
Klebs, cambiando de actitud, contestó:
—Ya se lo he dicho, señor Persicke. Quizá no me ha
entendido bien. Me llamo Klebs y el Partido me ha encargado hacer ciertas
averiguaciones...
El puño de Persicke retumbó sobre la mesa. Las dos
botellas se tambalearon... Klebs las salvó con rápido gesto.
—¡Perro! —gritó Persicke—. ¿Cómo se te ocurre decir que no
he entendido? ¿Acaso te crees más listo que yo, mofeta apestosa? ¡Me sueltas en
mi propia casa y en mi propia mesa que no puedo entender lo que dices, cerdo
asqueroso!
—¡No, no, no, señor Persicke! —susurró tranquilizadora la
rata—. No lo he dicho con esa intención. Ha sido un pequeño malentendido. Haya
paz. Amistad y tranquilidad, siempre... ¡entre viejos camaradas como nosotros!
—¿Dónde está tu carné? ¿Cómo se te ocurre presentarte en
mi casa sin enseñar el carné? ¡Ya sabes que el Partido lo prohíbe!
Pero en este punto Klebs no temía nada: la Gestapo le
había proporcionado una documentación legal, óptima, irrepro chable.
—Aquí tiene, señor Persicke, examínelo sin prisas. Todo
está en regla. Estoy autorizado a solicitar información y usted debe ayudarme,
si puede...
El viejo examinaba con ojos vidriosos la documentación que
le mostraba. Klebs se guardó muy mucho de entregársela. Las letras se
difuminaban ante sus ojos mientras daba golpecitos con dedos torpes:
—¿Éste es usted?
—¡Compruébelo usted mismo, señor Persicke! Todos dicen que
he salido parecidísimo en la foto. —Y vanidoso—: Sólo que en persona parezco
diez años más joven. No lo sé, no soy presumido. Jamás me miro al espejo.
—Guárdate eso —gruñó el antiguo tabernero—. Ahora no me
apetece leer. Siéntate, bebe aguardiente, fuma, pero cállate. Necesito pensar.
La rata hizo lo que se le ordenaba mientras observaba con
atención al hombre que tenía enfrente y que parecía sumido de nuevo en su
embriaguez.
Sí, la lucidez había abandonado al viejo Persicke, que,
tras dar un buen trago de su botella, había vuelto a caer irremisiblemente en
la vorágine de la borrachera. Lo que llamaba pensar eran cavilaciones
desvalidas, la búsqueda de algo que había perdido hacía mucho tiempo. Ni
siquiera sabía lo que buscaba.
El viejo se encontraba en mala situación. Primero uno de
sus hijos había sido enviado a Holanda, después otro a Polonia. Baldur había
sido destinado a una Napola, ese granuja ambicioso había conseguido su primer
objetivo: había sido elegido entre los primeros de la nación alemana, era un
alumno especial del propio Führer. Seguía aprendiendo, aprendía a dominar, no
precisamente a sí mismo, pero sí a todas las demás personas que no habían
llegado tan lejos como él.
El padre se había quedado solo con la mujer y la hija.
Siempre le había gustado demasiado empinar el codo, y de hecho el mejor cliente
de su taberna antes de la quiebra había sido el mismo Persicke. Cuando los
hijos se fueron, cuando faltó sobre todo la vigilancia de Baldur, Persicke
empezó a beber y a emborracharse. Al principio su mujer sintió inquietud;
bajita, asustadiza, llorosa en ese hogar de hombres en el que siempre había
sido una criada gratuita y muy mal tratada, la invadió el miedo al preguntarse
de dónde sacaría su marido el dinero para tanto aguardiente. A ello se añadió
el temor a las amenazas, al maltrato del borracho... y en secreto huyó a casa
de unos parientes dejando al padre a cargo de la hija.
La hija, un ser inculto, que había pasado por la
Asociación de Jóvenes Alemanas, de la que incluso había sido dirigente, no tuvo
la menor intención de limpiar la mugre del viejo y encima permitir que la
maltratara. Gracias a sus relaciones se procuró un puesto de guardiana en el
campo de concentración de mujeres de Ravensbrück y, con feroces pastores
alemanes y chasqueando la fusta, prefirió obligar allí a ancianas que en su
vida habían realizado un trabajo físico a trabajar más de lo que su cuerpo podía
soportar.
El padre, que se había quedado solo, se fue hundiendo cada
vez más. Se dio de baja por enfermedad en su oficina, nadie se encargaba de su
comida, vivía casi exclusivamente de alcohol. Los primeros días había ido de
vez en cuando a recoger el pan con sus cupones de racionamiento, pero los había
perdido o se los habían robado; hacía días que Persicke no probaba bocado.
La noche pasada había estado muy enfermo, eso sí lo
recordaba. Ya no sabía que se había puesto fuera de sí, hecho trizas la
vajilla, volcado armarios, que, atenazado por un pánico atroz, había visto
perseguidores por todas partes. Los Quangel y el viejo juez Fromm se habían
presentado ante su puerta y habían llamado al timbre sin parar. Pero él no se
había movido, se había guardado de abrir a sus perseguidores. Allí fuera sólo
estaban los mensajeros del Partido que querían que les entregara las cuentas de
la caja, pues faltaban más de tres mil marcos (aunque cabía la posibilidad de
que fueran seis mil, ni siquiera en los momentos de mayor lucidez acertaba a
precisarlo con exactitud).
El viejo juez del Tribunal Cameral dijo fríamente:
—Dejémoslo que siga con su alboroto. No tengo el menor
interés...
Su rostro siempre tan amable, por lo general levemente
irónico, ofrecía un aspecto gélido. El anciano caballero había bajado por la
escalera.
Y Otto Quangel, con su profunda aversión a verse mezclado
en algo, también había dicho:
—¿Por qué tenemos que mezclarnos en esto? ¡Sólo nos dará
quebraderos de cabeza! ¡Ya lo oyes, Anna, está borracho! Pues ya se le pasará
la curda.
Sin embargo, a Persicke, que al día siguiente apenas
recordaba ninguno de estos acontecimientos, no se le había pasado la
borrachera. Por la mañana se había sentido muy mal, le temblaban tanto los
miembros que apenas acertaba a llevarse el gollete a la boca. Pero cuanto más
aguardiente bebía, más disminuían el temblor y el miedo que aún lo acometían a
intervalos. Ya sólo lo atormentaba la vaga sensación de que había olvidado algo
que debía recordar a toda costa.
Y ahora se sentaba frente a él la rata, paciente, astuta,
ávida. La rata no tenía prisa, había visto su oportunidad y estaba decidida a
aprovecharla. La rata Klebs no tenía prisa por entregar su informe al comisario
Zott. A ése siempre le podías colar algún pretexto para justificar por qué no
habías avanzado más. Se le había presentado una oportunidad única que no podía
dejar escapar.
¡Y Klebs ciertamente no la dejó escapar! El viejo Persicke
se sumía en una embriaguez cada vez más profunda, y balbuceaba con esfuerzo,
pero hasta el informe de un balbuceante tenía su valor.
Al cabo de una hora Klebs sabía todo lo que necesitaba
saber sobre los desfalcos del viejo; sabía también dónde estaban las botellas
de aguardiente y el tabaco... para entonces el resto del dinero había pasado ya
a su bolsillo.
Ahora la rata es ya el mejor amigo del borracho. Lo ha
llevado a la cama; y cuando Persicke grita, Klebs corre a su lado y le da a
beber aguardiente hasta que deja de gritar. Mientras tanto, la rata mete en dos
maletas todo lo que le parece aprovechable. La hermosa ropa adamascada de la
difunta señora Rosenthal cambia de dueño, una vez más con métodos no del todo
legales.
Tras dar mucho de beber al viejo, Klebs coge las maletas y
abandona furtivamente la vivienda.
Al abrir la puerta de entrada, aparece ante él un hombre
alto y huesudo de expresión sombría que le espeta:
—¿Qué hace usted aquí, en el piso de los Persicke? ¿Qué es
lo que se lleva? ¡Usted ha venido sin maletas! Vamos, conteste de una vez. ¿O
prefiere acompañarme a la policía?
—Por favor, acérquese —pía, humilde, la rata—. Soy un
viejo amigo y camarada del señor Persicke. Él se lo confirmará. Usted es el
administrador del edificio, ¿verdad? Preste atención, señor administrador, mi
amigo Persicke está muy enfermo...
Capítulo 43
BARKHAUSEN, ESTAFADO POR TERCERA VEZ
Los dos caballeros se acomodaron en el devastado cuarto de
estar; ahora el «administrador de la finca» ocupaba el sitio de la rata y Klebs
la silla de Persicke. No, el viejo Persicke no había podido proporcionar ni un
solo dato, pero la seguridad con la que Klebs se movía por la casa, la
tranquilidad con la que hablaba con Persicke y le daba de beber había impulsado
al «administrador» a mostrar cierta prudencia.
Klebs volvió a sacar su raída cartera de plástico que un
día fue negra y ahora ostentaba un brillo rojo herrumbroso en los bordes.
—Si me permite, le enseñaré mi documentación —anunció—.
Todo está en orden, señor administrador, el Partido me ha encargado...
Pero su interlocutor rechazó los papeles y el aguardiente,
sólo aceptó un cigarrillo. No, él ya no tomaba aguardiente, recordaba demasiado
bien cómo en su día, arriba en casa de la señora Rosenthal, Enno le destrozó un
negocio espléndido bebiendo coñac. Eso no volvería a suceder. Barkhausen, pues
no es otro que Barkhausen el que se sienta allí en el papel de «administrador
de la finca», se pregunta cómo abordar a su interlocutor. Porque ha adivinado
en el acto el juego de ese fulano: sea verdad o no que es un conocido del viejo
Persicke, esté allí por encargo del Partido o no... lo mismo da: ¡ese tipo
quería robar! Lo que llevaba dentro de las maletas era mercancía robada, o no
se habría asustado tanto al ver a Barkhausen, ni se mostraría ahora tan espantado
y solícito. Nadie que actúe de manera legítima se humilla así ante otra
persona, Barkhausen lo sabe por propia experiencia.
—¿Le apetece un trago de aguardiente, señor administrador?
—¡No! —Barkhausen casi grita—. Cierre el pico, necesito
pensar...
La rata enmudece, sobresaltada.
Barkhausen lleva un año muy malo a las espaldas. No,
tampoco recibió los dos mil marcos enviados por la señora Häberle. Cuando
solicitó en Correos que se los reexpidiesen, le comunicaron que la Gestapo
había reclamado el dinero por proceder de un delito, por lo que debía ponerse
en contacto con ellos. Pero Barkhausen no lo había hecho. No deseaba tener nada
que ver con el tal Escherich nunca más, pues faltaba a su palabra, y éste
tampoco volvió a llamar a Barkhausen.
Así que ese asunto fue un fiasco; pero mucho peor fue que
Kuno-Dieter no regresase a casa. Al principio Barkhausen pensó: ¡Espera y
verás! ¡Espera a estar en casa! Y se solazó imaginándose escenas de palizas,
sacudiéndose con grosería las preocupadas preguntas de Otti por la ausencia de
su preferido.
Pero cuando transcurrieron las semanas, la ausencia de
KunoDieter tornó la situación bastante insoportable. Otti se convirtió en una
auténtica serpiente venenosa y transformó su vida en un infierno. A él, al fin
y al cabo, le daba igual que no volviera el golfo ése, tanto mejor: ¡una boca
inútil menos en la casa! Pero Otti enloqueció del todo por su preferido, era
como si no pudiera vivir un día más sin Kuno-Dieter , y eso que antes tampoco
le había ahorrado insultos y golpes.
Al final Otti perdió la chaveta, acudió a la policía y
denunció a su propio marido por el asesinato de su hijo. Con tipos como
Barkhausen la policía no se andaba con chiquitas, él carecía de reputación,
mejor dicho, la tenía pésima, así que el juzgado de lo penal lo encarceló
inmediatamente.
Estuvo preso once semanas, tuvo que currar de lo lindo y
deshilachar cordajes o le quitaban la comida, de la que de todos modos nunca se
hartaba. Pero lo peor fueron las noches, cuando había ataques aéreos. A
Barkhausen los ataques aéreos le daban pánico. Había visto una vez a una mujer
en la avenida Schönhauser: le cayó una bomba de fósforo y se le quedó dentro...
Barkhausen jamás olvidaría esa visión.
Total, que los aviones lo aterraban, y cuando se acercaban
zumbando y el aire se llenaba con ese ruido, y se oían luego los primeros
impactos, y el resplandor de las llamaradas de incendios lejanos y cercanos
iluminaba tiñendo de rojo la pared de su celda... No, ellos no dejaban salir de
la celda a los presos, esos cabrones no les permitían bajar al sótano en el que
habrían estado más seguros. A lo largo de esas noches la gigantesca prisión
celular de Moabit se volvía histérica, los presos se colgaban de las ventanas y
gritaban... ¡oh, y de qué manera! ¡Y Barkhausen los secundaba! Aullaba como un
animal, ocultaba la cabeza en su catre, y después corría de cabeza contra la
puerta de la celda: el cráneo chocaba siempre contra ella, hasta que se quedaba
tirado en el suelo aturdido... Era su forma de anestesiarse para soportar esas
noches.
Como es natural, tras esas once semanas de prisión
preventiva no regresó a casa con ánimo muy amable. No habían podido probarle lo
más mínimo, ¡faltaría más!, pero si Otti no hubiera sido tan cerda se habría
ahorrado esas once semanas. A partir de entonces la trató como a un perro, a
esa pécora que se había dado la gran vida con sus amigos en casa de Barkhausen
(cuyo alquiler pagaba ella con regularidad), mientras él tenía que deshilachar
cuerdas y casi enloquecía de pánico.
A partir de entonces, los golpes llovían en su vivienda. A
la mínima, el hombre empezaba a pegarle, arrojaba lo que tuviera a mano a la
cara de esa maldita perra que lo había hundido en la desgracia.
Pero también Otti se defendía. Jamás cocinaba para
Barkhausen, ni le daba dinero, ni cigarrillos. Gritaba tanto bajo sus golpes
que los vecinos acudían en tropel y tomaban partido contra Barkhausen, aunque
sabían que ella no era más que una fulana indecente. Y un día que le arrancó el
pelo de la cabeza a mechones, ella hizo lo más indecente de todo: desapareció
para siempre de la vivienda y lo dejó plantado con los cuatro críos restantes,
que no tenía la certeza de haber engendrado. Maldita sea, Barkhausen tuvo que
trabajar en serio o se hubieran muerto todos de hambre, y Paula, a sus diez
años, llevaba ahora la casa.
¡Ese había sido un año jodido, verdaderamente jodido! Y
encima el odio contra los Persicke, que no dejaba de carcomerlo, a los que no
podía ni debía jugar una mala pasada, la furia y los celos impotentes cuando se
supo en el edificio que Baldur ingresaría en una Napola, y por último el
pequeño, débil renacer de la esperanza cuando observó la embriaguez del viejo
Persicke... a lo mejor... a lo mejor, sí...
Y ahora estaba en el piso de los Persicke, ahí, sobre la
mesita bajo la ventana estaba la radio que Baldur había robado a la vieja
Rosenthal. Barkhausen estaba cerca de su meta y ahora sólo importaba cómo
librarse de esa garrapata sin despertar sospechas...
Los ojos de Barkhausen brillaron al imaginarse cómo se
enfurecería Baldur si lo viera sentado a la mesa. Un zorro muy astuto, Baldur,
pero no lo suficiente todavía. A veces la paciencia es más valiosa que la
astucia. Y de pronto Barkhausen recuerda lo que quiso hacer Baldur con Enno
Kluge y con él cuando irrumpieron a robar en casa de la Rosenthal, es decir, no
fue un verdadero robo con fuerza, sino un asunto acordado... Barkhausen
adelanta el labio inferior, contempla meditabundo a su interlocutor, que durante
su largo silencio se ha puesto muy nervioso, y dice:
—¡Bien, entonces enséñeme lo que lleva en esas maletas!
—Oiga usted —la rata intenta oponerse—, creo que eso es
mucho pedir. Si mi amigo, el señor Persicke, ha permitido que... esto va más
allá de sus derechos como administrador de la finca...
—¡Vamos, déjese de bobadas! —lo interrumpe Barkhausen—. O
me enseña lo que lleva en las maletas o vamos juntos a la policía.
—No tengo por qué —afirma la rata con voz chillona—, pero
se lo enseñaré voluntariamente. La policía sólo trae problemas, y ahora que mi
camarada Persicke está tan enfermo, tardarían días en confirmar mis
declaraciones.
—¡Venga, venga, ábrelas! —ordena Barkhausen con tono
airado, dando al fin un trago de la botella.
La rata Klebs lo mira, de pronto una sonrisa taimada asoma
al rostro del soplón. «¡Venga, venga, ábrelas!»: con ese grito Barkhausen ha
revelado su avidez, pero también que no es el administrador de la finca, y si
lo fuera, es un administrador que se propone ser desleal.
—¿Qué, colega? —replica de pronto la rata en un tono muy
diferente—. ¿Por qué no vamos a medias?
Un puñetazo lo tira al suelo. Por seguridad, Barkhausen le
sacude a Klebs otros dos, tres golpes con la pata de una silla. ¡Bueno, ya no
rechistará durante la próxima hora!
Barkhausen empieza entonces a empaquetar y desempaquetar.
La ropa de la señora Rosenthal cambia de dueño una vez más. Barkhausen trabaja
deprisa y con total tranquilidad. Esta vez nadie se interpondrá entre él y el
éxito. ¡Antes los machaco a todos, aunque me cueste la cabeza! No volverá a
dejarse timar otra vez.
Un cuarto de hora más tarde, después de una lucha muy
corta con dos policías, Barkhausen abandonó la vivienda. Tras un breve pataleo
y unos tirones, Barkhausen quedó sujeto y esposado.
—¡Bien! —exclamó satisfecho el pequeño juez retirado
Fromm—. Con esto, creo yo, ha terminado para siempre su actividad en esta casa,
señor Barkhausen. No olvidaré entregar a sus hijos a la Asistencia Social. Pero
eso seguro que le interesa menos. Bien, señores. Ahora sólo nos queda entrar en
la vivienda. Señor Barkhausen, confío en que no habrá hecho nada malo con el
pequeño señor que subió por la escalera antes que usted. También encontraremos
al señor Persicke, agente, la noche pasada sufrió un ataque de delírium
trémens.
Capítulo 44
INTERLUDIO: UN IDILIO CAMPESTRE
La ex cartera Eva Kluge trabaja en el sembrado de patatas,
como soñó en cierta ocasión. Es un hermoso día de principios de verano,
bastante caluroso para el trabajo, el cielo es de un azul radiante y allí, en
el rincón resguardado cerca del bosque, casi no corre aire. Mientras cava, Eva
se ha quitado una pieza de ropa después de otra; ahora sólo lleva blusa y
falda. Sus fuertes piernas desnudas, igual que su rostro y sus brazos, han
adquirido un tono moreno dorado.
Su azada golpea armuelles, rabanillos, cardos,
agropiros... avanza muy lentamente, el sembrado está invadido por las malas
hierbas. A menudo su azada golpea una piedra, que produce un sonido
argentino... grato al oído.
Ahora, cerca del lindero del bosque, Eva topa con un
cúmulo de salicarias, esa hondonada es húmeda, las patatas no consiguen de
sarrollarse, pero la salicaria triunfa. En realidad ahora le apetecería
desayunar, y a juzgar por la posición del sol es el momento apropiado, pero,
antes de hacer una pausa, prefiere exterminar esa peste de salicarias. Cava con
esfuerzo, los labios cerrados con fuerza. Allí, en el campo, ha aprendido a
despreciar las malas hierbas, esas sabandijas, de manera que empieza a arrancarlas
sin piedad.
Pero aunque la boca de Eva está firmemente cerrada, su
mirada es clara y serena. Sus ojos ya no muestran la severidad y sempiterna
preocupación de hace dos años en su época berlinesa. La mujer se ha
tranquilizado, ha vencido. Sabe que el pequeño Enno está muerto, la señora
Gesch le escribió desde Berlín. Sabe que ha perdido a sus dos hijos: Max cayó
en Rusia, y Karl está perdido para ella. No ha cumplido aún los cuarenta y
cinco años, le queda un buen trecho de vida por delante, no se desespera,
trabaja. No quiere limitarse a esperar los años que le queden, quiere crear
algo.
También tiene algo por lo que alegrarse todos los días: la
reunión vespertina diaria con el maestro suplente del pueblo. Schwoch, el
«auténtico» maestro, un furibundo miembro del Partido, un pequeño y cobarde
vocinglero y delator que ha asegurado cien veces con lágrimas en los ojos lo
que lamenta no poder ir al frente, pues se ha visto obligado por orden del
Führer a quedarse en su puesto rural... Schwoch, el «auténtico» maestro, fue
llamado a filas a pesar de todos los certificados médicos. De eso hace casi
medio año. Pero el camino al frente debe de ser difícil para este entusiasta de
la lucha: de momento el maestro Schwoch continúa ejerciendo de secretario en
una pagaduría. En sus viajes para ver a su marido, la señora Schwoch lleva a
menudo tocino y jamón, pero el marido no ha debido de comerse solo estas grasas
deliciosas: la táctica ha dado resultado, ahora su buen Walter será suboficial,
anunció la señora Schwoch después de su último viaje grasiento. Suboficial...
cuando según una orden del Führer los ascensos sólo podían concederse a la
tropa de combate. Pero, como es natural, esas órdenes del Führer no se aplican
a ardientes camaradas del Partido que disponen de jamón y tocino.
Bueno, a Eva Kluge eso le da igual. Ahora sabe exactamente
cómo es todo eso, desde que abandonó el Partido. Sí, estuvo en Berlín; cuando
recuperó la paz interior necesaria, viajó a Berlín y se presentó ante el
tribunal del Partido y en la oficina de Correos. No fueron días gratos, qué va,
le gritaron, la amenazaron y durante los cinco días de detención hasta la
golpearon en una ocasión... pero al final la dejaron en libertad. Enemiga del
Estado... algún día se enteraría de lo que suponía eso.
Eva Kluge liquidó su hogar. Tuvo que vender muchas cosas,
porque en el pueblo sólo disponía de una habitación, pero ahora vivía para ella
sola. Tampoco trabajaba en exclusiva para su cuñado, que habría preferido
pagarle con la manutención en lugar de con dinero, ella ayudaba a cualquier
campesino. Además de realizar trabajos en el campo y en la granja, hacía de
enfermera, costurera, jardinera, esquiladora de ovejas. Tenía manos hábiles, en
realidad no fue como si aprendiese algo nuevo, sino como si recordase un
trabajo no ejercido durante largo tiempo. Llevaba las labores agrícolas en la
sangre.
Pero esta vida sencilla y apacible que se había creado en
medio de todo ese cataclismo, adquirió su verdadera luz y alegría gracias al
maestro suplente Kienschäper. Era éste un hombre alto que caminaba siempre
ligeramente inclinado hacia delante, a finales de la cincuentena, de blancos
cabellos ondeantes y rostro muy moreno en el que sonreían unos juveniles ojos
azules. Kienschäper, que amansaba a los niños del pequeño pueblo con sus ojos
risueños y los conducía desde la educación enérgica de su predecesor hasta
ámbitos más humanos; que, armado con una podadera, recorría los huertos de los
campesinos y liberaba los frutales silvestres de chupones y ramas secas,
cortaba las heridas del chancro de los frutales y las untaba con carbolíneo...
también había curado las heridas de Eva, disolviendo la amargura y trayendo la
paz.
No es que hubiera hablado mucho sobre eso, Kienschäper no
era un gran orador. Pero cuando estaba con ella en su colmenar y le hablaba de
la vida de las abejas, a las que amaba con pasión; cuando recorría con ella los
campos al atardecer y le enseñaba lo chapuceramente cultivado que estaba un
campo y con qué poco trabajo podría volverse más productivo; cuando Kienschäper
ayudaba a parir a una vaca; levantaba de nuevo, sin que se lo hubieran pedido,
una valla caída; cuando se sentaba al órgano y tocaba suavemente sólo para
ellos dos; cuando todo aparecía ordenado y tranquilo detrás de sus pasos... eso
satisfacía a Eva más que todas las palabras de consuelo. Una vida que declinaba
en una época rebosante de odio, lágrimas y sangre, pero apacible, en la que se respiraba
paz.
La mujer del maestro Schwoch, que apostaba por el
nacionalsocialismo más que su marido por la guerra, odió en el acto, como es
natural, a Kienschäper y ponía en práctica todas las ocurrencias de su mente
hostil para fastidiarlo. Tenía que dar alojamiento y comida al sustituto de su
marido, pero lo hacía con tan escrupulosa codicia que Kienschäper nunca podía
desayunar antes del comienzo de las clases, pues su comida siempre estaba
quemada y su habitación sucia.
Sin embargo, ella era impotente contra su alegre sosiego.
Podía acalorarse, enfurecerse, echar espumarajos, decir pestes de él, escuchar
a la puerta de la clase y después presentar denuncias al inspector de primera
enseñanza... que él siempre la trataba como una niña maleducada que algún día
comprendería por sí sola sus malos modales. Finalmente, Kienschäper se hospedó
con Eva Kluge, se mudó al pueblo, y la gorda e iracunda Schwoch ya sólo pudo
librar su guerra contra él desde la distancia.
Ni Eva Kluge ni el canoso maestro Kienschäper recordaban
ya cuándo hablaron por primera vez de la posibilidad de casarse. A lo mejor
nunca discutieron del asunto y ocurrió de forma completamente espontánea.
Tampoco tenían prisa... algún día, a cualquier hora, llegaría el momento. Dos
personas que encaraban la vejez y no deseaban terminar solos la jornada. No, ya
no ven drían más hijos, nunca... (Eva se estremecía al pensarlo), pero sí
camaradería, amor, comprensión y sobre todo confianza. Ella, que a lo largo de
su primer matrimonio jamás había confiado, ella, que siempre había tenido que
ser la guía, ahora desea dejarse guiar llena de confianza durante el último
trecho de la vida. Cuando estaba muy oscuro y ella completamente desalentada,
el sol reapareció entre las nubes.
Las salicarias están cortadas en el suelo, por el momento
han sido exterminadas. Seguro que volverán a crecer, es una mala hierba, al
arar hay que recogerla de la tierra floja, cualquier trocito de raíz
subterránea rebrota. Pero ahora Eva conoce ese lugar, y no lo olvidará, volverá
hasta haber exterminado de raíz las salicarias.
En realidad ahora podría desayunar, es la hora, su
estómago lo atestigua. Pero cuando mira hacia sus bocadillos y su botella de
café colocados a la sombra del lindero del bosque, ve que no desayunará, ese
día no, su estómago debe enmudecer. Porque allí alguien ha comenzado su labor,
un chico de unos catorce años, increíblemente desharrapado y sucio, se está
zampando sus bocadillos como si estuviera a punto de morir de hambre.
Tan ocupado está el chico saciándose que no se fija en que
la azada se ha detenido en el campo de mala hierba. Sólo se sobresalta cuando
la mujer se planta justo delante de él. Entonces la mira fijamente con sus
grandes ojos azules bajo su pelambrera enmarañada de cabellos rubios. A pesar
de haber sido sorprendido robando y de que la huida es imposible, el golfillo
no mira atemorizado o consciente de su culpabilidad, sino con ojos más bien
desafiantes.
En los últimos meses el pueblo y la señora Kluge han
aprendido a acostumbrarse a esos niños: los bombardeos de Berlín son cada vez
más frecuentes, por lo que han exhortado a la población a enviar a sus hijos al
campo. La provincia está inundada de niños berlineses. Pero, cosa curiosa,
algunos de ellos no han logrado acostumbrarse a la tranquila vida campesina.
Allí tienen calma, mejor comida, sueño nocturno sin sobresaltos, pero no lo
soportan, ansían regresar a la gran ciudad. Y se ponen en camino; descalzos,
mendigando un poco de comida, sin dinero, amenazados por los guardias rurales,
buscan imperturbables su camino de vuelta hacia una urbe que arde casi todas
las noches. Capturados, enviados de retorno a su comunidad rural, esperan
apenas a que los alimenten un poco para escapar de nuevo.
Ese de ahí de la mirada desafiante que se estaba comiendo
el pan del desayuno de la señora Eva Kluge debía de llevar mucho tiempo
caminando. La mujer no recordaba haber visto nunca una figura tan sucia y
harapienta. Llevaba pajas pegadas al pelo y en sus orejas se habrían podido
sembrar zanahorias.
—¿Qué, está rico? —preguntó la señora Kluge.
—¡Claro! —contestó, y esta simple palabra reveló su origen
berlinés.
El rapaz la miró.
—¿Vas a sacudirme? —preguntó.
—No. Sigue comiendo. A veces también puedo pasar sin el
desayuno, y tú tienes hambre.
—¡Claro! —repitió. Y luego añadió—: ¿Después me dejarás
largarme?
—Tal vez —contestó la mujer—. Pero a lo mejor estás de
acuerdo en que antes te lave y arregle un poco tus ropas. Quizá encuentre
también unos pantalones en buen estado que te estén bien.
—De eso, ná —rechazó—. Los venderé por cuatro perras en
cuanto tenga hambre. Ni te imaginas tó lo que he malvendío ya en el año que
llevo corriendo mundo. ¡Lo menos quince pantalones! ¡Y diez pares de zapatos!
—le dirigió una mirada triunfal.
—¿Y por qué me lo cuentas? —inquirió—. Para ti habría sido
más ventajoso coger el pantalón sin decirme nada.
—Y yo qué sé —respondió con tono esquivo el chico—. Igual
por no haberme sermoneaó por birlarte el desayuno. No me gustan los sermones.
—¿Así que llevas ya un año de camino?
—Bueno, eso es algo esagerao. Durante el invierno me
refugié con un tabernero en un pueblucho. Echaba de comer a los cerdos y lavaba
jarras de cerveza, to eso hacía. Fue una buena época. —Reconoció meditabundo—.
El tabernero era un tipo muy chusco. Siempre trompa, pero conmigo hablaba como
si yo fuá igual que él, igual de mayor y tal. Allí aprendí a darle al
aguardiente y a fumar. ¿Te gusta el aguardiente?
La señora Kluge aplazó para más tarde el debate sobre si
beber aguardiente era lo más aconsejable para chicos de catorce años.
—Pero después te largaste de allí. ¿Quieres regresar a
Berlín?
—Nooo —contestó el chico—. No pienso volver con mi gente.
Me paicen muy ordinarios.
—Pero tus padres estarán preocupados por ti; ¡no tienen ni
idea de dónde estás!
—¿Preocupaos, esos? ¡Alegres estarán por haberse librao de
mí!
—¿Qué es tu padre?
—¿Ése? Un poco de to: chulo y soplón, y ladrón... si
encuentra qué robar. Sólo que es tonto, nunca encuentra ná bueno.
—Vaya —dijo la señora Kluge; tras esas confidencias su voz
se endureció un poco—. ¿Y qué dice tu madre?
—¿Mi madre? ¿Qué va a decir? ¡Si no es más que una puta!
¡Plas! Ahora, pese a su promesa, la mujer le soltó un
tortazo.
—¿No te da vergüenza hablar así de tu madre? ¡Qué asco!
El golfillo, sin torcer el gesto, se frotó la mejilla.
—¡Buen sopapo! —constató—. No quisiera más de esa clase.
—¡No debes hablar así de tu madre! ¿Lo entiendes?
—replicó, enfurecida.
—¿Por qué no? —preguntó, recostándose. Parpadeó
complacido, ahora completamente saciado, mientras observaba a su anfitriona—.
¡Y por qué no! Si es una puta. Ella misma lo dice. «Si no hiciera la calle,
solía decir, os moriríais de hambre tos vosotros.» Porque somos cinco hermanos,
pero tos de padres distintos. Me paice que el mío tenía muchas tierras en
Pomerania. En realidad quería ir a buscarlo y echarle un vistazo. Tié que ser
un tío raro, se llama Kuno-Dieter . No pué haber muchos con ese nombre tan ridículo,
en realidad tendría que encontrarlo...
—¿Kuno-Dieter ? —preguntó la señora Kluge—. ¿Así que tú
también te llamas Kuno-Dieter ?
—Prefiero que me llames Kuno, el Dieter pués metértelo
‘onde te quepa.
—Bueno, Kuno, ahora dime, ¿a qué comunidad te evacuaron?
¿Cómo se llama el pueblo al que viajaste en tren?
—A mí no m’han evacuao jamás. ¡Yo m’he escapao de mis
viejos!
Ahora yacía de lado, la mejilla sucia descansaba sobre el
antebrazo igual de sucio. Le dirigió una mirada indolente con los ojos
entrecerrados, completamente dispuesto a un pequeño chismorreo.
—Voy a contarte to’ lo qu’ ha pasao. Hace ya más de un
año, mi llamado padre me tangó cincuenta pavos, y encima me zurró la badana.
Así que me fui a buscar a unos amigos, bueno, amigos, lo que se dice amigos, no
eran, unos camorristas, ya sabes, y entonces nos abalanzamos sobre mi viejo y
lo atizamos. Esto le vino al pelo, así aprendió que las cosas no son siempre
los mayores encima de los pequeños. Después le robamos la pasta que llevaba en
el bolsillo. No sé cuánto fue, la repartieron los mayores. A mí sólo me tocaron
veinte marcos, y luego me dijeron: Lárgate a toda prisa o tu viejo te matará a
palos o te entregará a la beneficencia. Lárgate al campo con los labriegos. Así
que me piré al campo, con los campesinos. Y te aseguro que desde entonces me he
pegado la gran vida.
El chico calló y volvió a mirarla.
Ella lo contemplaba en silencio desde arriba, pensaba en
su hijo Karl. Sólo tres años después ese chico sería también un Karl, sin amor,
sin fe, sin aspiraciones, pensaría exclusivamente en sí mismo.
—¿Y qué piensas ser, Kuno? —preguntó, y añadió—: ¿Querrás
ingresar en las SA o en las SS?
—¿Con esos fulanos? —contestó arrastrando las palabras—.
¡Ni borracho! Esos son toavía peores que mi viejo. Siempre regañando y dando
órdenes. Nooo, gracias, eso no es pa mí.
—Pero a lo mejor te gustaría dar órdenes a otros, ¿no?
—¿Y eso por qué? Noo, eso no me gusta. Sabes... por
cierto, ¿cómo te llamas?
—Eva, Eva Kluge.
—Sabes, Eva, lo que de verdad me gustaría, serían los
coches. Me gustaría saber to de los coches, el funcionamiento del motor, cómo
va lo del carburador y el encendido... bueno, no cómo es, que eso ya casi me lo
sé, pero sí por qué es así... Eso sí que me gustaría saberlo, pero soy muy
corto pa to’ eso. De crío me sacudieron muchos coscorrones en el coco y se me
reblandecieron los sesos. Ni siquiera he aprendido a escribir bien.
—Pues no pareces tan tonto, te lo aseguro. Estoy segura de
que aprenderías a escribir y más tarde también lo de los motores.
—¿Aprender? ¿Ir otra vez a la escuela? Ni hablar del
peluquín, ya soy mu’ viejo pa eso. ¡Que ya he tenido dos amantes!
Durante un instante la mujer se estremeció. Pero después
dijo animosa:
—¿Y te has creído que esos ingenieros o técnicos terminan
de aprender alguna vez? Esos tienen que seguir estudiando siempre, ya sea en la
universidad o en cursos nocturnos.
—Ya lo sé. ¡Yo lo sé to’! Lo pone en las columnas
publicitarias. Cursos nocturnos de electrotécnica avanzada. —De pronto hablaba
un alemán completamente correcto y sin errores—. Las bases de la
electrotécnica.
—¿Lo ves? —exclamó Eva—. ¡Y tú pensando que eres demasiado
mayor para eso! ¿No quieres estudiar? ¿Quieres seguir siendo toda tu vida un
vagabundo que se pasa el invierno fregando vasos y cortando leña? ¡Qué vida tan
agradable, no creo que te guste mucho!
El chico volvió a abrir los ojos como platos: era una
mirada inquisitiva, pero también desconfiada.
—Tú lo que quiés es que vuelva con mi gente y vaya a la
escuela en Berlín, ¿verdad?
—Ni una cosa ni otra. Quiero averiguar si puedes quedarte
conmigo. Entonces yo te daría clase, y también un amigo mío.
Su desconfianza no desaparecía.
—¿Y tú qué ganas con ese negocio? Porque yo te costaría
una pasta, con la comida, la ropa, los libros y to eso.
—No sé si lo vas a entender, Kuno. Yo tuve un marido y dos
hijos, y los he perdido. Ahora me encuentro completamente sola, ya sólo me
queda ese único amigo.
—¡Entonces toavía pues tener un crío!
Se puso colorada; ella, una mujer madura, se ruborizó bajo
la mirada del chico de catorce años.
—No, ya no puedo tener hijos —respondió mirándolo
fijamente—. Pero me alegraría que tú pudieras llegar a ser algo, un ingeniero
de automóviles o un diseñador de aviones. Me alegraría haber hecho algo de un
chico como tú.
—¿Porque piensas que no valgo pa ná?
—Tú mismo sabes de sobra que ahora no sirves para gran
cosa, Kuno.
—Tiés razón. Es una verdá como un templo.
—¿Y no te apetece cambiar?
—Ganas no me faltan, pero...
—¿Pero qué? ¿No te gustaría venirte conmigo?
—Gustarme sí, pero...
—¿Qué más peros puede haber?
—Pues que pienso que te hartarás de mí, y a mí no me gusta
que me echen, pa eso prefiero irme por mi cuenta.
—Podrás marcharte cuando quieras, yo nunca te detendré.
—¿Me das tu palabra?
—Te la doy, Kuno, te lo prometo. Conmigo serás
completamente libre.
—Pero si vivo en tu casa, tendrás que notificarlo como es
debido, y entonces mis viejos también sabrán dónde estoy. No me permitirán
quedarme contigo ni un día.
—Si la situación en vuestra casa es tal como me has
contado, nadie te obligará a regresar. A lo mejor me transfieren los derechos y
serás por completo mi chico.
Se miraron un instante. Ella creyó descubrir un brillo
lejano en esa mirada azul. Pero después, apoyando la cabeza en el brazo y
cerrando los ojos, el muchacho dijo:
—Vaya, pues muy bien. Ahora voy a echar una cabezadita. Y
tú vuelve con tus patatas.
—¡Pero Kuno, al menos tienes que responder a mi pregunta!
—exclamó la mujer.
—¿Tengo? —preguntó, muy somnoliento—. Ninguna persona tié
que tener.
Durante un momento, ella lo miró desde arriba dubitativa.
Después reanudó su trabajo con una leve sonrisa.
Cavaba, pero ahora distraída. Dos veces se sorprendió a sí
misma tumbando una planta de patata. ¡Presta atención, Eva!, se dijo irritada.
Mas no por eso se concentró en la labor. Pensó que quizá
fuera mejor no llegar a ninguna componenda entre ese chico descarriado y ella.
Cuánto amor y cuánto trabajo había dedicado a Karl, que había sido un niño
inocente... ¿y en qué se habían convertido ese trabajo y ese amor? ¿Y pretendía
cambiar completamente a un golfo de catorce años que despreciaba la vida y al
mundo entero? ¿Qué se figuraba? Además Kienschäper jamás estaría de acuerdo...
Se volvió a mirar al durmiente. Pero ya no estaba allí,
sólo vio sus cosas a la sombra, en el lindero del bosque.
¡Pues qué bien!, se dijo. Acaba de evitarme cualquier
decisión. ¡Se ha largado! ¡Tanto mejor!
Y empezó a cavar muy enfadada.
Sin embargo, un instante después descubrió a Kuno-Dieter
al otro extremo del campo de patatas, arracando laboriosamente malas hierbas y
apilando los haces al borde del sembrado. Ella se le acercó caminando por
encima de los surcos.
—¿Ya has dormido a gusto? —le preguntó.
—No he podío pegar ojo —respondió—. M’as atontao con tus
palabras. Tengo que pensar.
—Pues hazlo. Pero no vayas a creer que tienes que trabajar
por mí.
—¡Por ti! —El chico concentró en esas dos palabras un
desprecio inimaginable—. Estoy arrancando malas hierbas porque así pienso mejor
y porque m’apetece. ¡Palabra! ¡Por ti! ¿Quiés decir que lo hago por ese par de
bocadillos de cuatro perras?
Eva Kluge regresó a su trabajo con una sonrisa muda. Pues
claro que lo hacía por ella, aunque no quisiera reconocerlo ni siquiera ante sí
mismo. Ahora ya no tuvo la menor duda de que se iría con ella a mediodía, y
ante eso todas las voces de exhortación y advertencia que resonaban en su
interior perdieron importancia.
Terminó de trabajar antes de lo habitual. Regresó junto al
chico y le dijo:
—Me voy a almorzar, Kuno. Si quieres, puedes acompañarme.
El chaval arrancó unas cuantas malas hierbas y luego miró
el trozo limpio.
—He limpiao un buen trozo —constató, satisfecho—. Sólo he
arrancao las grandes, claro, a las pequeñas tendrás que darles con la azada,
pero te cundirá más.
—Por supuesto —replicó ella—. Tú limítate a arrancar las
malas hierbas grandes, que de las pequeñas me ocuparé yo.
El chico volvió a mirarla de reojo y ella se dio cuenta de
que esos ojos azules también podían mirar con picardía.
—¿Eso ha sío una indirecta? —preguntó.
—Piensa lo que quieras —le contestó—. No tiene por qué
serlo.
—Vale.
En el camino de regreso ella se detuvo junto a un
arroyuelo que fluía impetuoso.
—No me gustaría llevarte al pueblo con el aspecto que
tienes ahora, Kuno —le advirtió.
En el acto una arruga cruzó la frente del chico, que
preguntó malhumorado:
—¿Es que te avergüenzas de mí?
—Por mí puedes venir tal como estás —le explicó Eva—. Pero
si quieres vivir más tiempo en el pueblo, recuerda que aunque lleves allí cinco
años y vayas siempre vestido como es debido, los campesinos no olvidarán nunca
cómo llegaste a ellos. Dentro de diez años todavía dirán que llegaste hecho un
cerdo. Como un vagabundo.
—Tiés razón —reconoció—. Así son esos fulanos. Entonces ve
a por to lo necesario. Entretanto yo me lavaré un poco.
—Traeré jabón y cepillo —le comunicó antes de emprender,
presurosa, el camino del pueblo.
Más tarde, mucho más tarde, ya de noche, cuando los tres
ya habían cenado: Eva, el canoso Kienschäper y un Kuno-Dieter cambiado hasta
resultar casi irreconocible, más tarde, pues, dijo Eva:
—Hoy tendrás que dormir en el pajar, Kuno. A partir de
mañana me cederán la habitación pequeña, primero tienen que sacar todos los
trastos. Te la dejaré muy bonita. Tengo bastantes muebles.
Kuno se limitó a mirarla.
—Eso quié decir que ahora tengo que pirarme —comentó—
porque los señores quieren estar a solas. Vale. Pero no pienso irme toavía a la
cama, Eva, que no soy un bebé. Iré a echarle un vistazo al pueblucho este.
—Pero no vuelvas muy tarde, Kuno. ¡Y no fumes en el pajar!
—¡Pues claro que no! Ni que fuera lelo. Yo sería el
primero en diñarla. Pues eso, que os divirtáis, jovencitos, como decía mi padre
antes de hacerle un hijo a mi madre.
Y el señor Kuno-Dieter se marchó. Un espléndido producto
de la educación nacionalsocialista.
Eva Kluge sonrió, un tanto preocupada.
—No estoy segura, Kienschäper —dijo— si he hecho bien en
acoger en nuestra pequeña familia a esta alhaja. ¡Es un auténtico descarado,
eso es lo que es!
—Pero Evi —Kienschäper rio—, tú misma tienes que darte
cuenta de que el chico está fanfarroneando. Sólo pretende dárselas de mayor.
Aunque sea soltando atrocidades. Y precisamente porque se da cuenta de que eres
un poco melindrosa...
—¡Que voy a ser melindrosa! —protestó—. Pero si un chico
de catorce años me cuenta que ya ha tenido dos amantes...
—... es que sí que eres melindrosa, Evi. Y además, ¿qué
significan dos amantes, que seguro que no ha tenido, sino que, en el peor de
los casos, lo han tenido a él? ¡No significa nada! Les ahorraré a tus oídos,
Evi, la narración de todo lo que se traen entre manos los niños de este pueblo
sencillo y piadoso cuando se reúnen. ¡Comparado con ellos, tu Kuno-Dieter es
oro puro!
—¡Pero los niños no hablan de eso!
—Porque tienen mala conciencia. Pero él no, porque lo ve
completamente natural, pues nunca ha visto ni oído otra cosa. Todo eso pasará
con el tiempo. El chico es de buena pasta; dentro de medio año se pondrá
colorado como un tomate cuando piense en todo lo que te dijo los primeros días.
Y lo olvidará igual que su habla vulgar. ¿Te has dado cuenta de que es capaz de
hablar con absoluta corrección? Sólo que no quiere.
—Yo tengo mala conciencia, sobre todo contigo,
Kienschäper.
—Pues no tienes por qué, Evi. El chico me cae bien, y ten
la seguridad de que será como él desee: jamás se convertirá en un hitleriano
adocenado. Acaso sea un tipo raro, pero nunca un hombre del Partido, sino
siempre un solitario.
—¡Ojalá! —deseó Eva—. Me conformo con eso.
Y tuvo la confusa sensación de que con la salvación de
Kuno-Dieter volvía a compensar un poco las vilezas cometidas por Karl.
Capítulo 45
LA DESTITUCIÓN DEL COMISARIO ZOTT
El jefe de la comisaría de distrito dirigió la carta muy
correctamente al señor comisario Zott de la Gestapo, Berlín. Pero eso no tuvo
como consecuencia que llegase directamente a su destinatario, pues su superior,
Prall, Obergruppenführer de las SS, la tenía en las manos cuando entró en el
despacho del comisario.
—¿Pero qué significa esto, señor comisario? —preguntó
Prall—. Aquí tengo otra de esas postales del Duende y grapada a ella una nota:
«Siguiendo indicación telefónica del comisario Zott de la Gestapo, los
detenidos han sido puestos en libertad». ¿Qué detenidos son esos? ¿Por qué no
se me ha informado al respecto?
El comisario miró de soslayo a su superior a través de sus
gafas:
—¡Ah, sí! ¡Ahora lo recuerdo! Sucedió anteayer o quizá un
día antes. Ahora lo sé: fue el domingo. A última hora de la tarde. Entre las
seis y las siete, mejor dicho, quería decir entre las dieciocho y las
diecinueve horas, mi Obergruppenführer.
Y miró a su jefe, muy orgulloso de su excelente memoria.
—¿Y qué sucedió allí el domingo entre las dieciocho y las
diecinueve horas? ¿Por qué hubo detenidos? ¿Por qué se les volvió a poner en
libertad? ¿Por qué no se me informó de ello? Es muy tranquilizador que usted lo
sepa, Zott, pero a mí también me gustaría saberlo.
Ese «Zott» a secas fue el primer cañonazo.
—¡Pero si se trata de una historia completamente banal!
—El comisario de la policía científica hizo ademanes tranquilizadores con sus
manitas de color amarillo legajo—. Un error de la comisaría. Esos detuvieron en
calidad de autores o distribuidores de las postales a un par de infelices, un
matrimonio, como es natural, otro disparate mayúsculo de la policía. ¡Un
matrimonio, cuando sabemos que el hombre debe de vivir solo! Además, ahora lo
recuerdo, el hombre era carpintero de profesión, cuando sabemos que tiene algo
que ver con los tranvías.
—¿Quiere usted decir con eso, señor mío —respondió el
Obergruppenführer conteniéndose a duras penas (y «el señor mío» fue el segundo
disparo de esa guerra, mucho más duro)—, pretende decirme que ordenó la puesta
en libertad de esa gente sin verlos siquiera, sin interrogarlos, tan sólo
porque eran dos en lugar de uno y porque el hombre afirmó ser carpintero?
¡Señor mío!
—Mi Obergruppenführer —contestó el comisario Zott
levantándose—. Nosotros, los miembros de la policía científica, trabajamos de
acuerdo con un plan determinado y no nos desviamos de él. Yo busco a un hombre
que vive solo, relacionado con los tranvías, y no a un marido carpintero. Éste
no me interesa, por ése ni me molesto.
—¡Como si un carpintero no pudiera trabajar también para
la compañía de tranvías, reparando vagones, por ejemplo! —gritó Prall—. ¡Qué
soberana estupidez!
Al principio Zott quiso hacerse el ofendido, pero el
comentario acertado de su superior le dio que pensar.
—Es cierto —admitió, confuso—, desde luego no pensé en eso
—se repuso—. Pero busco a un hombre que vive solo —insistió—. Y ese hombre está
casado.
—¿Tiene idea de lo malas y canallas que pueden ser las
mujeres? —gruñó Prall, que aún tenía algo más reservado—: ¡Y por casualidad,
señor policía científico Zott —(el tercero y más duro disparo)—, por casualidad
¿tampoco ha pensado que esa postal fue depositada una tarde de verano cerca de
la plaza Nollendorf, que pertenece a esa comisaría? ¿Se le habrá escapado
también esta pequeña e insignificante circunstancia a su perspicacia de
investigador?
Esta vez el comisario Zott se quedó sinceramente
consternado, su barba de chivo se contrajo y sus ojos oscuros y penetrantes
parecieron velarse.
—¡Me siento profundamente abochornado, mi
Obergruppenführer! Estoy consternado, ¿cómo ha podido sucederme eso? Ay, sí, me
he metido en un callejón sin salida. He pensado siempre en esas estaciones del
tranvía, me sentía tan orgulloso de ese descubrimiento. Demasiado orgulloso...
El Obergruppenführer miraba con ojos iracundos a ese
hombrecillo que reconocía sus pecados con sincera aflicción, pero sin pedir
perdón.
—Ha sido un error por mi parte, un grave error —prosiguió
con vehemencia el comisario— haberme atrevido a asumir esta investigación. Yo
sólo sirvo para el trabajo silencioso en mi despacho, no para las pesquisas.
Eso lo hace mi colega Escherich diez veces mejor que yo. Y encima he tenido la
desgracia —continuó su confesión— de que uno de mis hombres, un tal Klebs, al
que había encargado hacer pesquisas en uno de esos edificios, ha sido detenido.
Por lo visto, según me han comunicado, participó en un robo, en el
desvalijamiento de un dipsómano. Está gravemente herido, dicho sea de paso. Una
historia muy fea. El hombre no mantendrá la boca cerrada en el juicio, dirá que
lo enviamos allí...
El Obergruppenführer Prall temblaba de ira, pero la
pesadumbre y la seriedad con las que hablaba Zott y la total indiferencia por
su propio destino, lo obligaban a contenerse.
—¿Y cómo se figura usted que continuará el asunto, señor
mío? —preguntó con frialdad.
—Se lo ruego, mi Obergruppenführer —rogó Zott alzando las
manos en gesto de súplica—, se lo ruego, ¡reléveme! ¡Reléveme de este cometido
porque no estoy a la altura! Vuelva a sacar del sótano al co misario Escherich,
él lo hará mejor que yo...
—Espero —repuso Prall, que parecía no haber escuchado sus
palabras—, espero que al menos anotaría la dirección de esos dos detenidos...
—¡Pues no! Seducido por mi idea favorita, he actuado con
una ligereza imperdonable. Pero me pondré en comunicación con la comisaría, me
proporcionarán las señas, intentaremos...
—¡Pues hágalo ya!
La conversación fue muy breve. El comisario comunicó al
Obergruppenführer:
—Allí tampoco anotaron las direcciones. —Y al vislumbrar
un gesto iracundo de su superior, agregó—: ¡La culpa es mía, sólo mía! Tras
hablar conmigo por teléfono consideraron el asunto definitivamente zanjado. Yo
soy el único culpable de que ni siquiera se tomaran notas.
—¿Quiere decir que no disponemos de ninguna pista más?
—Sí.
—¿Y qué piensa usted de su comportamiento?
—Solicito que saquen del sótano al comisario Escherich y
me detengan a mí en su lugar.
Durante un momento Prall miró al hombrecillo en silencio.
Después dijo, temblando de ira:
—¿Sabe que lo enviaré a un campo de concentración? ¿Se
atreve a plantearme semejante propuesta sin temblar ni llorar de miedo? ¡Está
usted hecho de la misma pasta que los rojos, los bolcheviques! Ellos confiesan
su culpa, pero parecen enorgullecerse de ella.
—Yo no me enorgullezco, pero estoy dispuesto a asumir las
consecuencias de mis actos. Y confío en hacerlo sin temblar ni sollozar.
El Obergruppenführer Prall sonrió despectivo al escuchar
estas palabras. Había visto esfumarse la dignidad de mucha gente bajo los
golpes de los hombres de las SS. Pero también había contemplado la mirada de
algunos torturados, esa mirada que en medio de todos los sufrimientos traslucía
una superioridad fría, casi sarcástica. Y el recuerdo de esa mirada hizo que,
en lugar de gritar y golpear, se limitase a decir:
—Manténgase en esta habitación a mi disposición. Primero
he de redactar un informe.
El comisario Zott inclinó la cabeza en gesto de
aprobación, y el Obergruppenführer Prall se marchó.
Capítulo 46
EL COMISARIO ESCHERICH, LIBRE DE NUEVO
El comisario Escherich ha sido repuesto en su cargo. El
que había sido dado por muerto ha resucitado a la vida desde los sótanos de la
Gestapo. Un poco deteriorado y apabullado, pero se sienta de nuevo en su
despacho y sus colegas se apresuran a expresarle sus simpatías. Siempre han
creído en él. Les habría gustado hacer por él todo lo que estuviera en su mano.
—Sólo que, ya sabes, cuando la dirección suprema jode a
alguien, ninguno de nosotros puede hacer nada. Te quemarías las patas. Bueno,
Escherich, tú sabes de sobra todo eso y lo comprendes.
Escherich asegura que lo comprende todo. Tuerce la boca en
una sonrisa que parece desdichada, seguramente porque Escherich aún no ha
aprendido a sonreír debido a la falta de algunas piezas dentales en la boca.
Sólo dos peroratas lo han impresionado tras ser repuesto
en el cargo. Una, de labios del comisario Zott.
—Colega Escherich —le dijo—, no seré enviado al sótano en
su lugar, a pesar de que lo merecería diez veces más que usted. No sólo por los
errores que he cometido, sino porque me he comportado con usted como un cerdo.
Mi única disculpa es que pensé que no hacía bien su trabajo...
—Vamos, no hablemos más de eso —contestó Escherich con su
sonrisa mellada—. Hasta ahora en el caso Duende todos hemos trabajado mal:
usted, yo, todos. Es curioso, siento verdadera curiosidad por conocer a ese
hombre cuyas postales tanta desgracia han traído sobre sus semejantes. Tiene
que ser un pájaro extraño...
Miró al comisario, pensativo.
Éste le tendió su mano amarillenta como un legajo.
—No piense muy mal de mí, Escherich —musitó—. Y una cosa
más: he esbozado la nueva teoría de que el autor tiene algo que ver con los
tranvías. La encontrará usted en el expediente. Por favor, no la pierda
totalmente de vista en el curso de sus investigaciones. Me sentiría muy feliz
si al menos ese punto de mis reflexiones fuese certero. ¡Se lo ruego!
Y tras estas palabras, el comisario Zott desapareció hacia
su apartado y tranquilo despacho, totalmente enfrascado en sus teorías.
La segunda perorata memorable la pronunció, como es
natural, el Obergruppenführer Prall.
—¡Escherich! —exclamó alzando la voz—. ¡Comisario
Escherich! ¿Se siente completamente bien?
—¡Por supuesto! —respondió el comisario.
Estaba de pie detrás de su escritorio, involuntariamente
mantenía las manos con los pulgares muy apretados pegadas al pantalón, según
había aprendido abajo, en la celda. Por mucho que intentase disimularlo, el
comisario temblaba. Sus ojos atentos estaban centrados en su superior. Este
hombre le daba miedo, un miedo incontrolable a ser enviado de nuevo al sótano
en cualquier momento.
—Pues si se siente completamente bien, Escherich
—prosiguió Prall, consciente del efecto que provocaban sus palabras—, también
podrá trabajar, ¿no?
—Puedo trabajar, mi Obergruppenführer.
—Y si puede trabajar, Escherich, también podrá capturar al
Duende. ¿Podrá hacerlo, verdad?
—Sí, mi Obergruppenführer.
—En el menor tiempo posible, Escherich.
—En el menor tiempo posible, mi Obergruppenführer.
—Ve usted, Escherich —dijo Prall, indulgente, disfrutando
del pavor que despertaba en su subordinado—. ¡Qué bien sientan unas pequeñas
vacaciones en el sótano! ¡Así me gusta ver a mis hombres! ¿Ya no se siente muy
superior a mí, señor Escherich?
—No, mi Obergruppenführer, seguro que no. ¡A sus órdenes,
mi Obergruppenführer!
—Ya no piensa que es usted el perro más astuto de toda la
Gestapo y que todos los demás son una mierda. Ya no lo piensa, ¿verdad,
Escherich?
—¡A sus órdenes, mi Obergruppenführer, no, ya no lo
pienso!
—¿Lo ve, Escherich? —prosiguió el Obergruppenführer,
dándole en broma un fuerte capirotazo en la nariz a Escherich, que retrocedió
asustado—, y si alguna vez vuelve a sentirse muy listo o si incurre en la
arbitrariedad o si cree que el Obergruppenführer Prall es un miserable cretino,
dígamelo a tiempo. Entonces, antes de que la cosa empeore demasiado, le
prescribiré un pequeño tratamiento en el sótano. ¿Qué me dice?
El comisario Escherich se limitaba a clavar los ojos en su
superior. Ahora lo habría percibido hasta un ciego, tanto temblaba el
comisario.
—¿Qué pasará, Escherich, me avisará si alguna vez vuelve a
sentirse el más listo?
—¡A sus órdenes, mi Obergruppenführer!
—¿O si no progresa el trabajo, para que le meta un poco de
prisa?
—¡A sus órdenes, mi Obergruppenführer!
—Entonces estamos de acuerdo, Escherich.
De pronto el augusto personaje, sorprendentemente, tendió
la mano a su muy humillado subalterno.
—Escherich, me alegro de verlo de nuevo en su puesto.
Confío en que reanudaremos nuestra excelente colaboración. ¿Cuál será su
próximo paso?
—Solicitar a los funcionarios de la comisaría de la plaza
Nollendorf una descripción personal exacta. ¡Y al fin la recibiremos! El hombre
que interrogó a los dos acusados quizá recuerde el apellido, aunque sea
vagamente. Proseguir las pesquisas de mi colega Zott...
—Bien, bien. Por algo hay que comenzar. Quiero un informe
diario...
—¡A sus órdenes, mi Obergruppenführer!
Esta fue la segunda charla, tras ser repuesto en el cargo,
que causó cierta impresión al comisario Escherich. Por lo demás, tras
cerrársele el agujero del diente, ya no se le notaba nada más de sus pasadas
experiencias. Los colegas pensaron incluso que la simpatía de Escherich había
aumentando. Esto se debía a que había perdido por completo su tono de burlona
superioridad. Ya no podía sentirse superior a nadie.
El comisario Escherich trabaja, hace informes, realiza
interrogatorios, pergeña descripciones personales, lee expedientes,
telefonea... Escherich trabaja como de costumbre. Pero aunque nadie le nota
nada y aunque confía en poder volver a hablar algún día con su superior Prall
sin temblar, Escherich sabe que nunca volverá a ser el que era. Ya sólo es una
máquina de trabajar; pero se trata de un trabajo rutinario. Con el sentimiento
de superioridad ha desaparecido también el gusto por el trabajo, la vanidad era
el abono que hacía madurar sus frutos.
Escherich siempre se sintió a salvo. Siempre creyó que
nada podía sucederle. Suponía que era una persona muy distinta a las demás.
Pero tuvo que renunciar a todos esos autoengaños en cuestión de segundos,
cuando Dobat, el hombre de las SS, le dio un puñetazo en la boca y aprendió lo
que era el miedo. En pocos días Escherich aprendió tan a fondo lo que era el
miedo, que ya no lo olvidaría en toda su vida. Sabe que puede tener el aspecto
que quiera, puede alcanzar lo imposible, puede ser honrado y celebrado... pero
sabe que no es nada. Un puñetazo puede convertirlo en una nulidad, en un ser
lloriqueante, tembloroso, aterrado, no mucho mejor que el pequeño, apestoso y
cobarde carterista con el que compartió celda durante días y cuyas oraciones
recitadas de carrerrilla aún resuenan en sus oídos. No mucho mejor. ¡Nada
mejor!
Pero una cosa mantiene todavía en pie al comisario
Escherich: pensar en el Duende. Todavía tiene que atrapar a ese tipo; después,
por él, que suceda lo que tenga que suceder. Tiene que mirar a los ojos a ese
hombre que se ha convertido en la causa de su desdicha. Le dirá a la cara a ese
fanático cuánta desgracia, cuánta preocupación, cuánta necesidad ha arrojado
sobre numerosas personas. Destrozará a ese enemigo oculto en la oscuridad.
¡Ojalá lo tuviera ya en sus manos!
Capítulo 47
EL LUNES INFAUSTO
Ese lunes, que tan funesto sería para los Quangel;
ese lunes, ocho semanas después de que Escherich hubiera
sido repuesto en su cargo;
ese lunes, en el que Emil Barkhausen fue condenado a dos
años de cárcel, y Klebs, la rata, a uno;
ese lunes en que Baldur Persicke llegó por fin desde su
Napola a Berlín y visitó a su padre en la clínica para alcohólicos;
ese lunes, en que Trudel Hergesell cayó por las escaleras
de la estación de Erkner sufriendo como consecuencia un aborto;
ese lunes fatal, pues, Anna Quangel yacía en la cama con
una fuerte gripe. Tenía mucha fiebre. A su lado se sentaba Otto Quangel, el
médico se había ido. Discutían sobre si él debía repartir las postales ese día
o no.
—¡No volverás a ir, lo acordamos firmemente, Otto! ¡Las
postales pueden esperar hasta mañana o pasado mañana, para entonces ya podré
levantarme!
—Quiero sacarlas de casa, Anna.
—Entonces lo haré yo. —Y se incorporó en su lecho.
—Te quedarás acostada —le ordenó empujándola de nuevo
contra las almohadas—. No seas tonta, Anna. He colocado cien, doscientas
postales...
En ese momento sonó el timbre.
Se sobresaltaron, asustados como ladrones sorprendidos en
pleno robo. Quangel guardó rápidamente las postales hasta entonces depositadas
sobre la colcha.
—¿Quién será? —preguntó Anna temerosa.
Y él:
—¿A estas horas? ¡Son las once de la mañana!
—¿Habrá sucedido algo en casa de los Heffke? —conjeturó la
mujer—. ¿O habrá regresado el doctor?
El timbre sonó de nuevo.
—Iré a ver —murmuró él.
—No —le pidió ella—. Quédate aquí sentado. Si hubiéramos
estado fuera de casa con las postales, también habría llamado en vano.
—Sólo quiero echar un vistazo, Anna.
—No, no abras, Otto. Te lo ruego. Tengo un presentimiento.
Si abres la puerta, la desgracia entrará en esta casa.
—Iré sin hacer ruido y primero te informaré.
Y fue.
Anna yacía furiosa e impaciente. ¡Que no cediera nunca,
que jamás pudiera satisfacer uno de sus ruegos! Su marido se equivocaba; fuera
acechaba la desgracia, él no se daba cuenta, pero estaba allí. ¡Y ni siquiera
cumple su palabra! Lo oye abrir la puerta y hablar con un hombre. Y eso que le
había prometido que la informaría.
—Bueno, ¿qué pasa? ¡Di algo, Otto! Sabes que me muero de
impaciencia. ¿Quién es ese hombre? Todavía no ha salido de casa.
—No es nada preocupante, Anna. Sólo es un mensajero de la
fábrica. El jefe de taller del turno de mañana ha sufrido un accidente y tengo
que ir ahora mismo a sustituirlo.
Ella vuelve a reclinarse en las almohadas, más tranquila.
—¿Y lo harás?
—Pues claro.
—¡Pero si no has comido!
—Ya tomaré algo en la cantina.
—Al menos llévate un trozo de pan.
—Sí, sí, Anna, no te preocupes por nada. Siento mucho
dejarte sola en la cama tanto tiempo.
—Bueno, de todos modos habrías tenido que marcharte a la
una.
—Inmediatamente después haré mi propio turno.
—¿Está esperando el hombre?
—Sí, me iré con él enseguida.
—No tardes, Otto. ¡Y coge el tranvía!
—Claro, Anna. ¡Que te mejores!
Se disponía a marcharse, cuando ella lo llamó:
—Ay, Otto, por favor, dame un beso.
Él regresó, un poco asombrado y avergonzado por esa
necesidad de ternura, tan infrecuente entre ellos. Apretó sus labios sobre la
boca de ella. La mujer atrajo con fuerza su cabeza y lo besó con toda su alma.
—Qué tonta soy, Otto. Tengo miedo. Debe de ser cosa de la
fiebre. ¡Anda, vete ya!
Así se separaron. Nunca volverían a verse como personas
libres. En la precipitación de la partida, ninguno de los dos recordó las
postales que llevaba en el bolsillo.
Pero el viejo jefe de taller las recuerda en el acto
mientras viaja en el tranvía con su acompañante. Mete la mano en el bolsillo...
¡ahí están! Se siente descontento de sí mismo, habría debido recordarlo. Habría
preferido dejarlas en casa o apearse ahora mismo del tranvía para depositarlas
en cualquier edificio. Pero no encuentra ningún pretexto plausible para su
acompañante. Así que tiene que llevarse las postales a la fábrica, algo que
jamás ha hecho hasta entonces, y nunca habría debido hacer... pero ya es
demasiado tarde.
Está en el retrete. Tiene las postales en las manos, desea
romperlas, tirar de la cadena... y su mirada cae sobre esas líneas escritas con
tanto esfuerzo durante tantas horas: le parecen vigorosas, eficaces. Sería una
pena destruir un arma semejante. Su sentido del ahorro, su «sucia avaricia» le
impiden destruirlas, pero también su respeto al trabajo; todos los frutos del
trabajo son sagrados. Es un pecado destruir el trabajo en vano.
Pero no puede dejar las postales en la chaqueta, que
también lleva en el taller. Así que las mete en la cartera, con el pan y el
termo de café. Otto Quangel sabe de sobra que la cartera tiene una costura
descosida en un lado, hace semanas la llevó al guarnicionero. Pero éste,
sobrecargado de trabajo, gruñó que la reparación tardaría al menos dos semanas.
Quangel no quiso prescindir de la cartera durante tanto tiempo, y la verdad es
que tampoco se le ha caído nada fuera todavía. Así que coloca las postales dentro
con despreocupación.
Cruza el taller dirigiéndose a las taquillas, despacio,
mirando a un lado y a otro. Es un personal nuevo, apenas reconoce una cara
conocida, en ocasiones saluda con una inclinación de cabeza. Una vez también
echa una mano. La gente lo mira curiosa, muchos lo conocen: Ah, sí, ése es el
viejo Quangel, un tipo raro, pero su personal nunca echa pestes de él, es
justo, eso hay que reconocérselo. Qué va, es un tirano, exprime a su gente
hasta la última gota. Que no, que nadie de su personal reniega nunca contra él.
Qué pinta tan rara tiene, debe de tener bisagras en la cabeza, por eso inclina
la cabeza de ese modo tan extraño. Callad, que vuelve, y ése odia a muerte los
chismorreos, fulmina con la mirada a todo el que charla.
Otto Quangel ha guardado la cartera en la taquilla, las
llaves están en su bolsillo. Bien, once horas después las postales habrán
salido de la fábrica, y aunque entonces sea de noche se librará de ellas, no
puede regresar a casa con ellas. Anna es capaz de levantarse sólo para
llevárselas.
Con este personal nuevo Quangel no puede ocupar su
habitual puesto de observación en el centro del taller... ¡no paran de dar la
matraca y chismorrear! Se ve obligado a pasar de grupo en grupo, pero sus
integrantes aún no saben lo que significan su silencio y su mirada fija;
algunos tienen incluso la desfachatez de intentar enredar al jefe en una
conversación. Le cuesta un buen rato que el trabajo vaya como la seda, como él
está acostumbrado, hasta que los obreros se calman y comprenden que allí lo
único que hay que hacer es trabajar.
Quangel se dispone a situarse en su puesto de vigilancia
cuando su pie se detiene. Su mirada se dilata, una sacudida lo recorre: una de
sus dos postales yace, tirada ante él, en el suelo del taller cubierto de
serrín y virutas.
Los dedos se le contraen, quiere recoger inmediatamente la
postal a escondidas y dos pasos más allá divisa la otra. Es imposible
recogerlas sin que lo vean. Siempre hay alguno de los trabajadores mirando al
nuevo jefe, y por lo que respecta a las mujeres tampoco dejan de observarlo,
como si no hubieran visto a un hombre en su vida.
¡Bah, las recogeré, tanto si lo ven como si no! ¡A ellos
ni les va ni les viene! No, no puedo hacerlo, la postal tiene que llevar aquí
tirada un cuarto de hora, es un milagro que aún no la haya recogido alguien.
Pero a lo mejor ya la ha visto alguno y ha vuelto a tirarla a toda prisa al
leer su contenido. ¡Mira que si ése me ve recoger la postal y guardármela!
¡Peligro! ¡Peligro!, grita una voz en su interior.
¡Peligro extremo! ¡Deja tiradas las postales! Haz como si no las hubieras
visto, deja que las encuentre otro. ¡Ve a tu puesto!
Pero de repente a Otto Quangel le sucede algo extraño.
Lleva mucho tiempo, dos años, escribiendo y repartiendo postales... pero nunca
ha presenciado el efecto que causan. Se ha limitado a vivir siempre en su
oscura guarida; se lo ha imaginado cientos de veces, pero nunca ha visto el
torbellino que deben de provocar...
¡Me gustaría presenciarlo una vez, una sola vez! ¿Qué
puede sucederme? Aquí soy uno más de ochenta trabajadores, todos tan
sospechosos como yo, más aún, porque todos me conocen como un viejo que es una
fiera trabajando, alejado de toda política. Me arriesgaré, tengo que
presenciarlo una vez.
Y antes de pensárselo bien, llama a un trabajador:
—¡Eh, tú! ¡Recoge eso! Debe de haberlo perdido alguien.
¿Qué es? ¿Qué miras con esa cara de bobo?
Arrebata al trabajador de la mano una de las postales y
finge leerla. Pero ahora no es capaz de leer su propia letra del tamaño de
letras de imprenta. Le resulta imposible apartar la vista del rostro del
trabajador que contempla fijamente la postal. El hombre tampoco lee ya, pero su
mano tiembla, su mirada denota miedo.
Quangel lo mira de hito en hito. Así que miedo, puro
miedo. El hombre ni siquiera ha terminado de leer la postal, apenas ha pasado
de la primera línea cuando el temor se ha apoderado de él.
Unas risas ahogadas obligan a Quangel a prestar atención.
Alza la vista y ve que la mitad del taller los mira fijamente, dos hombres
parados en medio del trabajo, leyendo postales... ¿O perciben ya que ha
sucedido algo espantoso?
Quangel arrebata al otro la postal de la mano. Este juego
tiene que jugarlo solo, el hombre está tan asustado que ya no es capaz de nada.
—¿Dónde está el delegado del Frente del Trabajo? ¿Es el de
los pantalones de pana que está junto a la aserradora? ¡Bien! Vuelve al tajo y
nada de charlas, o lo pasarás mal.
—Oye —dice Quangel al hombre que está junto a la
aserradora—, sal un momento conmigo al pasillo, que quiero entregarte algo.
Y cuando los dos están fuera:
—Mira estas dos postales. Las ha recogido el hombre
situado al fondo. Yo lo he visto. Creo que debes llevarlas a Dirección. ¿Qué te
parece?
El otro lee. También se limita a leer un par de frases.
—¿Qué es esto? —pregunta asustado—. ¿Estaban tiradas en
nuestro taller? ¡Ay, Dios mío, esto puede costarnos la cabeza! ¿Quién dices que
las ha recogido? ¿Tú lo has visto?
—Yo le dije que las recogiera. Puede que haya sido el
primero en verlas. ¡Puede!
—¡Ay, Dios mío! ¿Y qué voy a hacer yo con estos chismes?
¡Qué mierda! Las arrojaré al retrete.
—Tienes que entregarlas en Dirección o te considerarán
culpable. El hombre que las ha encontrado no mantendrá la boca cerrada siempre.
Anda, ve enseguida, yo te sustituiré entretanto en la sierra.
El hombre se marcha, vacilante. Las postales, en su mano,
parecen abrasar sus dedos.
Quangel regresa al taller. Pero no puede ponerse
inmediatamente junto a la aserradora: todo el taller es presa de la inquietud.
Nadie sabe nada concreto, pero sí que ha sucedido algo. Juntan las cabezas,
cuchichean, y esta vez la mirada fija de pájaro y el silencio del jefe no
sirven para restablecer la calma. Tiene que hacer algo que no ha hecho desde
hace años: despotricar en voz alta, amenazar con castigos, fingir enfado.
Y cuando en un rincón del taller se hace el silencio,
mayor ruido se levanta en el otro, y cuando todo vuelve a funcionar más o menos
bien, descubre que dos, tres máquinas no están completamente ocupadas: ¡la
banda está en el retrete! Allí los descubre y uno tiene el descaro de
preguntarle:
—¿Qué es lo que estaba leyendo antes, jefe? ¿Era de verdad
una octavilla de los ingleses?
—¡A trabajar! —gruñe Quangel y conduce a los mozos por
delante de él hacia el taller.
Allí retornan las habladurías. Se han congregado en
pequeños grupos, reina una agitación inédita. Quangel tiene que ir de un lado a
otro, renegando, amenazando, insultando... Tiene la frente cubierta de sudor...
Al mismo tiempo no para de pensar: Así que éste es el
primer efecto. Puro miedo. Tanto, que ni siquiera siguen leyendo. Pero eso no
quiere decir nada. Aquí se sienten observados. Mis postales casi siempre las ha
encontrado una persona que ha podido leerlas con calma, meditarlas, de manera
que han surtido un efecto completamente distinto. He hecho un experimento
estúpido. Ya veremos cómo termina. En realidad, es bueno que yo, como jefe,
haya encontrado y entregado las postales, eso me eximirá. No, no he arriesgado
nada. Aunque efectúen un registro domiciliario en mi casa, no encontrarán nada.
Anna se llevará un buen susto, claro... pero no, antes del registro yo estaré
allí y prepararé a Anna... las 14 horas y 2 minutos... ya debería ser el cambio
de turno, ahora viene el mío.
Pero de cambio de turno, nada. En el taller no resuena la
campanilla, el personal de relevo (el auténtico personal de Quangel) no
aparece, las máquinas siguen zumbando. Ahora la gente se inquieta de verdad,
las cabezas se juntan cada vez más, se consultan los relojes.
Quangel tiene que renunciar a poner fin a su cháchara,
pero es un hombre contra ochenta y ya no lo consigue.
De repente, aparece un hombre de las oficinas, un
caballero distinguido con los pantalones perfectamente planchados y el
distintivo del Partido. Tras situarse al lado de Quangel, grita en medio del
estruendo de las máquinas:
—¡Que todos los trabajadores presten atención!
Todos los rostros se vuelven hacia él con curiosidad,
expectación, pesadumbre, rechazo, indiferencia.
—Por motivos especiales el personal continuará trabajando
por el momento. ¡Se pagarán horas extraordinarias!
Se detiene y todos clavan los ojos en él. ¿Eso es todo?
¿Por motivos especiales? ¡Ellos esperan más!
Pero se limita a gritar:
—Que todo el personal continúe trabajando.
Y dirigiéndose a Quangel:
—Jefe, encárguese de que reinen un silencio y una
laboriosidad absolutos. ¿Quién ha recogido esas postales?
—Yo he sido el primero que las ha visto, creo.
—Ya lo sé. Entonces, ¿fue ése de ahí? Bien, sabrá usted su
nombre, ¿no?
—No. No pertenece a mi personal.
—Ya lo sé. Ah, informe además al personal de que por el
momento queda prohibido ir a los lavabos y abandonar el taller. Detrás de cada
puerta hay dos guardias...
El hombre del pantalón perfectamente planchado saluda a
Quangel con una ligera inclinación de cabeza y se marcha.
Quangel pasa de un puesto de trabajo a otro. Durante un
instante observa la labor y las manos del trabajador. Después repite:
—Por el momento queda prohibido ir a los lavabos y
abandonar el taller. Detrás de cada puerta hay dos guardias...
Y antes de que ellos puedan preguntar más, ya se encuentra
en el siguiente puesto de trabajo, donde repite el mensaje.
No, ahora ya no necesita prohibirles hablar ni
espolearlos. Todos trabajan en silencio y con ahínco. Todos perciben el peligro
que se cierne sobre ellos. Porque entre esos ochenta no hay nadie que no haya
faltado al respeto al Estado actual de algún modo y en algún momento, aunque
sólo sea con una palabra. Todos se sienten amenazados. La vida de cada uno de
ellos está en peligro. Todos tienen miedo...
Pero entretanto construyen ataúdes. Apilan en un rincón
del taller los que no pueden ser trasladados al exterior. Al principio sólo son
un par, pero con el correr de las horas comienzan a apilarse unos encima de
otros, crecen hasta el techo, y apilan los nuevos a su lado. ¡Ataúdes y más
ataúdes, para cada miembro del personal, para cada integrante del pueblo
alemán! Todavía viven, pero ya están fabricando sus ataúdes.
Quangel está entre ellos. Continúa moviendo la cabeza a
intervalos. Él también ventea el peligro, pero se ríe de él. A él no lo
atraparán nunca. Se ha permitido una broma, ha enloquecido a todo el aparato,
pero él es Quangel, el viejo tonto poseído por la avaricia. Jamás sospecharán
de él. Y proseguirá su lucha sin desmayo.
Hasta que la puerta se abre de nuevo y aparece el
caballero de los pantalones impecablemente planchados. Le sigue otro hombre,
alto y bamboleante, con un bigote de color arena que se acaricia con ternura.
Inmediatamente cesa el trabajo en todos los puestos.
El hombre de las oficinas grita:
—¡A todo el personal! ¡Fin del trabajo!
Los hombres, liberados y sin embargo incrédulos, abandonan
sus herramientas...
Mientras, lentamente, la luz reaparece en sus ojos
embotados...
El hombre alto de bigote claro dice:
—Jefe de taller Quangel, queda detenido por sospecha
fundada de alta traición a la patria. Camine delante de mí sin llamar la
atención.
Pobre Anna, piensa Quangel, y camina despacio, la cabeza
de perfil de pájaro muy alta, precediendo al comisario Escherich para salir del
taller.
Capítulo 48
LUNES, EL DÍA DEL COMISARIO ESCHERICH
El comisario Escherich había trabajado rápido y sin
errores.
Apenas recibió por teléfono la noticia de que en un taller
de la fábrica de muebles Krause & Co. donde trabajaban ochenta obreros se
habían encontrado dos postales, lo supo: era el momento que esperaba desde
hacía tiempo, el Duende había cometido por fin el error tan largamente
esperado. ¡Ahora lo atraparía!
Cinco minutos después había pedido los hombres suficientes
para bloquear todo el terreno de la fábrica y se encaminaba hacia ella a toda
velocidad en el Mercedes conducido por el propio Obergruppenführer.
Pero mientras Prall era partidario de sacar de inmediato
del taller a los ochenta hombres e interrogarlos uno por uno hasta que la
verdad saliera a la luz, Escherich había dicho:
—Necesito ahora mismo una lista de todos los trabajadores
del taller con sus domicilios. ¿Cuánto tardarán en proporcionármela?
—Cinco minutos. ¿Qué hacemos con los trabajadores? Su
jornada laboral finaliza dentro de cinco minutos.
—Cuando termine el turno, que les digan que deben seguir
trabajando. No es necesario mencionar los motivos. Apostaremos una pareja de
policías en cada puerta del taller. Nadie saldrá de él. Encárguese de que todo
esto se haga con la mayor discreción posible, hay que evitar intranquilizarlos.
Y cuando el oficinista entra con la lista:
—El autor de las postales tiene que vivir en la calle
Chodowiecki, Jablonski o Christburger. ¿Cuál de los ochenta vive allí?
Revisan la lista: ¡Ninguno! ¡Ninguno!
De nuevo la suerte parecía querer salvar a Otto Quangel.
Él trabajaba en otro equipo y no figuraba en la lista.
El comisario Escherich avanzó el labio inferior, volvió a
echarlo hacia atrás deprisa y se mordió con fuerza dos, tres veces el bigote
que momentos antes había acariciado. Estaba completamente seguro de su teoría y
ahora se sentía muy desilusionado.
Pero aparte del maltrato a su amado bigote, tampoco dejó
traslucir su decepción y dijo con frialdad:
—Ahora revisaremos la situación personal de cada uno de
los trabajadores. ¿Quién de ustedes puede proporcionar datos precisos? ¿Es
usted el jefe de personal? Excelente, entonces comencemos: Abeking, Hermann...
¿Qué se sabe de este hombre?
Avanzaban con infinita lentitud. Al cabo de hora y cuarto
sólo habían llegado a la letra H.
El Obergruppenführer Prall fumaba cigarrillos que apagaba
enseguida. Se iniciaban conversaciones en susurros que se extinguían a las
pocas frases. Tamborileaba con los dedos marchas militares en los cristales de
la ventana. De repente dijo con dureza:
—¡Todo esto me parece una estupidez! Sería mucho más
fácil...
El comisario Escherich ni siquiera levantó la vista. Ya no
le tenía miedo a su superior. Tenía que encontrar a ese hombre, pero reconocía
ante sí mismo que el fracaso con las calles le molestaba mucho. Prall podía
impacientarse cuanto quisiera, que él no pensaba embarcarse en un
interrogatorio masivo.
—Continúe, por favor.
—Kämpfer, Eugen, éste es el jefe de taller.
—Disculpe, pero no. Esta mañana a las nueve se hirió la
mano en la cepilladora. Hoy lo sustituye el jefe de taller Quangel.
—Bien, sigamos: Krull, Otto...
—Le ruego de nuevo que me disculpe: el jefe de taller
Quangel no figura en la lista del señor comisario.
—¡Deje de molestar continuamente! ¿Cuánto tiempo vamos a pasar
todavía aquí? ¡Quangel, ese viejo idiota, queda descartado por completo!
Pero Escherich, en cuyo interior se avivó una chispa de
esperanza, pregunta:
—¿Dónde vive el tal Quangel?
—Tendremos que consultarlo, porque no pertenece a este
equipo.
—¡Pues consúltelo de una vez! Y dese un poco de prisa,
¿vale? ¡Yo había solicitado una lista completa!
—Por supuesto que lo consultaremos. Pero le aseguro, señor
comisario, que ese Quangel es un viejo casi completamente chocho que, además,
lleva muchos años trabajando en nuestra empresa. Conocemos a ese hombre
perfectamente...
El comisario esbozó un gesto de desdén. Sabía cuántos
errores cometen personas que creen conocer de cabo a rabo a sus congéneres.
—¿Y bien? —preguntó impaciente al joven oficinista, que
entraba nuevamente—. ¿Qué hay?
El joven contestó, no sin solemnidad:
—El jefe de taller Quangel vive en la calle Jablonski
número...
Escherich se levantó de un salto. Con una agitación por
completo inusitada en él, exclamó:
—¡Ya está! ¡Ya tengo al Duende!
Y el Obergruppenführer Prall gritó:
—¡Traigan aquí a ese cerdo! ¡Y después, duro con él, a
apretarle las tuercas sin contemplaciones!
La agitación era generalizada.
—¡Quangel! Quién lo habría pensado... ¿Quangel? Ese viejo
idiota... es imposible. Pero fue el primero que encontró las postales. ¡Una
gran muestra de habilidad teniendo en cuenta que él mismo las dejó allí! Pero
¿quién es tan idiota como para tenderse una trampa a sí mismo? ¿Quangel...?
¡Imposible!
Y por encima de todas, la voz vociferante de Prall.
—¡Traigan aquí a ese cerdo! ¡Y duro, duro con él!
El comisario Escherich fue el primero en recobrar la
calma.
—Perdón, mi Obergruppenführer, una palabra más. Me permito
sugerir que efectuemos primero un pequeño registro domiciliario en la vivienda
del tal Quangel.
—¿A qué viene tanta ceremonia Escherich? ¡Después es
posible que el tipo se nos escape!
—¡De esta madriguera, ya no saldrá nadie! Pero ¿y si en su
domicilio encontramos alguna prueba palpable de su culpabilidad que
imposibilite cualquier negativa? ¡Eso nos ahorraría mucho trabajo! ¡Ahora es el
momento adecuado! Ahora que ese hombre y su familia ignoran que sospechamos de
él...
—¡Cuánto más fácil sería retorcerle despacio el pescuezo
hasta que confesase! En fin, de acuerdo: de paso atraparemos también a la
mujer. Pero se lo advierto, Escherich, como entretanto ese tipo cometa aquí
alguna tontería, tirarse a una máquina o algo parecido, volveré a machacarlo.
¡Quiero ver a ese tipo ahorcado!
—Y lo verá. Mandaré que vigilen continuamente al tal
Quangel a través de la puerta. El trabajo continuará, caballeros, hasta nuestro
regreso... creo que dentro de una hora más o menos...
Capítulo 49
LA DETENCIÓN DE ANNA QUANGEL
Después de la marcha de Otto Quangel, Anna cayó en un
estado de cavilación y estupor del que salió de pronto, sobresaltada. Tanteó la
colcha de la cama buscando las dos postales, pero no las encontró.
Reflexionaba, pero no acertaba a recordar si Otto se las había llevado. No, al
contrario, ahora volvía a recordar con exactitud que ella misma pensaba
llevárselas mañana o pasado... así lo habían acordado.
Por tanto ¡las postales tenían que estar en casa!
Comienza, pues, la búsqueda, helada o abrasada por la fiebre. Pone la casa
patas arriba, rebusca entre la ropa, se mete debajo de la cama. Respira con
esfuerzo, a veces se sienta en el borde de la cama, incapaz de continuar. Se
envuelve en la colcha y se queda mirando absorta, en ese momento ha olvidado
por completo las postales. Pero enseguida vuelve a despabilarse sobresaltada y
reanuda la búsqueda.
Así transcurren las horas hasta que suena el timbre. Se
sorprende. ¿Ha sonado el timbre? ¿Quién puede haber llamado? ¿Quién desea algo
de ella?
Y cae en un nuevo letargo febril del que la arranca
bruscamente el segundo timbrazo. Esta vez el timbre repiquetea mucho tiempo, su
estridencia reclama su atención. Luego golpean la puerta con los puños. Oye
gritos:
—¡Abran la puerta! ¡Policía! ¡Abran inmediatamente!
Anna Quangel sonríe y se tumba de nuevo en la cama,
apretando con fuerza la colcha en torno a su cuerpo. ¡Que llamen al timbre y
griten hasta quedarse roncos! Está enferma y no está obligada a abrir. Que
vuelvan en otro momento o cuando esté Otto. Ella no abrirá.
Más timbrazos, gritos, porrazos...
¡Menudos idiotas! ¡Como si fuera a abrir por eso! ¡Anda y
que los zurzan!
En el estado febril en que se encuentra no piensa ni en la
falta de las postales ni en el peligro que entraña esa visita policial. Sólo se
alegra de estar enferma y de no verse obligada a abrir.
Pero después, como es natural, aparecen en la habitación:
son cinco o seis hombres... habrán mandado llamar a un cerrajero o habrán
abierto la puerta con una ganzúa. No tenía puesta la cadena, al estar enferma
no la echó tras la marcha de Otto. Precisamente ese día... porque la cadena
siempre estaba puesta.
—¿Se llama usted Anna Quangel? ¿Es usted la mujer del jefe
de taller Otto Quangel?
—Sí, señor. Veintiocho años ya.
—¿Por qué no ha abierto al oír nuestros timbrazos y
llamadas?
—Porque estoy enferma, señor. Tengo gripe.
—¡Deje ya de hacer teatro! —interrumpe a voces un gordo
vestido con un uniforme negro—. ¡Usted está tan enferma como mi culo, no hace
más que fingir!
El comisario Escherich hace a su superior una seña
apaciguadora. Hasta un niño sería capaz de ver que esa mujer está realmente
enferma. Y a lo mejor es bueno que lo esté: mucha gente se va de la lengua
durante la fiebre. Mientras sus hombres comienzan a registrar la vivienda, el
comisario se dirige a la mujer. Toma su mano caliente y dice compasivo:
—Señora Quangel, lamento traerle una mala noticia...
Se interrumpe.
—¿Cuál? —pregunta la mujer, en absoluto asustada.
—He tenido que detener a su marido.
La mujer sonríe. Anna Quangel se limita a sonreír y, sin
perder la sonrisa, sacude la cabeza y dice:
—Nooo, señor, no me venga con ésas. A Otto no lo detiene
nadie, es un hombre decente. —E inclinándose hacia el comisario, susurra—:
¿Sabe lo que pienso, querido señor? Que todo esto es un sueño. Porque tengo
fiebre. Gripe, ha dicho el doctor, y con fiebre se sueñan estas cosas. Estoy
soñando todo esto: usted y ese gordo vestido de negro y ese caballero que está
ahí junto a la cómoda rebuscando entre mi ropa. Nooo, querido señor, usted no
ha detenido a Otto, lo estoy soñando.
El comisario Escherich dice también en susurros:
—Señora Quangel, ahora también está soñando con las
postales. Porque usted sabe lo de las postales escritas por su marido, ¿verdad?
La fiebre no ha confundido tanto los sentidos de Anna
Quangel como para no prestar atención a la palabra «postales». Se estremece.
Durante un instante sus ojos, dirigidos hacia el comisario, vuelven a estar muy
claros y despiertos. Pero después, sacudiendo la cabeza, dice con otra sonrisa:
—¿Qué postales? ¡Mi marido no escribe postales! Cuando
aquí se escribe algo soy yo quien lo hace. Pero hace ya mucho tiempo que no
escribimos a nadie. Desde que mi hijo cayó no hemos vuelto a escribir. ¡Querido
señor, usted sueña al afirmar que mi Otto ha escrito postales!
El comisario se ha percatado de su estremecimiento, pero
éste no constituye todavía una prueba. Así que dice:
—¿Lo ve usted? Y desde que su hijo cayó, escriben las
postales, ustedes dos. ¿Es que ya no recuerda la primera? —Y repite con cierta
solemnidad—: «Madre: el Führer ha matado a mi hijo. El Führer también asesinará
a tus hijos, no se detendrá ni siquiera cuando haya llevado el luto a todos los
hogares del mundo...».
Ella escucha. Sonríe.
—Eso lo ha escrito una madre —afirma—. ¡Eso no lo ha
escrito mi Otto, usted sueña!
El comisario insiste.
—Eso lo ha escrito Otto, y tú se lo has dictado.
¡Reconócelo!
—No, señor —niega sacudiendo la cabeza—. Yo no puedo
dictar algo así, no me da la cabeza para ello...
El comisario se levanta y sale del dormitorio. En el
cuarto de estar comienza a buscar con sus hombres útiles de escritura.
Encuentra un frasquito de tinta, pluma y plumín, que contempla con atención, y
una postal. Regresa con todo junto a Anna Quangel.
Entretanto el Obergruppenführer Prall la ha interrogado, a
su manera. Prall está firmemente convencido de que todos esos aspavientos de
gripe y fiebre no son más que paparruchas, que la mujer finge. Pero aunque
estuviera enferma de verdad, sus métodos de interrogatorio no cambiarían un
ápice. Agarra por los hombros a Anna Quangel, haciéndole daño de verdad, y
comienza a sacudirla. Su cabeza choca contra el cabecero de madera de la cama.
Mientras la levanta veinte o treinta veces, apretándola luego contra la
almohada, le grita iracundo:
—¿Quieres seguir mintiendo, vieja cerda comunista?
¡Te-digo-que-no-mientas! ¡No-mientas!
—¡No! —balbucea la mujer—. ¡Deténgase!
—¡Di que has escrito las postales! ¡Dilo-ahora-mismo!
¡O-te-aplastaré-los-sesos, cerda roja!
Y a cada palabra estrella su cabeza contra el cabecero de
la cama.
El comisario Escherich, con los útiles de escritura en la
mano, observa desde la puerta sonriendo. ¡De modo que así son los
interrogatorios del Obergruppenführer! Como siga cinco minutos más, la mujer
será incapaz de prestar declaración durante cinco días por lo menos. Entonces
ninguna tortura, por refinada que sea, le devolverá la conciencia.
Pero durante unos momentos quizá tampoco sea tan malo. Que
se asuste un poco, que sienta dolores, y tanto más deprisa se aferrará a él, el
hombre educado.
Cuando Prall ve aparecer al comisario junto a la cama,
interrumpe sus sacudidas y dice con un tono a medio camino entre la disculpa y
el reproche:
—Es usted demasiado blando con las mujeres, Escherich. ¡A
éstas hay que zurrarlas hasta que canten!
—Por supuesto, mi Obergruppenführer, claro que sí. Pero
¿me permite que muestre algo a la mujer?
Se dirige a la enferma, que ahora yace en la cama jadeando
con esfuerzo y con los ojos cerrados.
—Señora Quangel, preste atención.
Ella parece sorda.
El comisario la agarra y la incorpora con sumo cuidado.
—Así —dice, hablándole con suavidad—. Y ahora, abra los
ojos.
Anna obedece. Escherich ha calculado muy bien: tras las
sacudidas y las amenazas, la voz amable y educada le suena agradable.
—Acaba de decirme que en su domicilio nadie ha escrito
nada desde hace mucho tiempo. Pero fíjese en esta pluma. Acaban de escribir con
ella, acaso hoy o ayer, la tinta adherida está todavía muy fresca. ¡Vea, puedo
rascarla con la uña!
—Yo no entiendo nada de eso —rechaza la señora Quangel—.
Tendrá usted que preguntar a mi marido, yo no entiendo nada de eso.
El comisario Escherich la mira de hito en hito.
—¡Entiende usted muy bien, señora Quangel! —dice
endureciendo el tono—. ¡Sólo que no quiere entender, porque sabe que ya se ha
delatado!
—Aquí no escribimos ninguno de los dos —repite, obstinada,
la mujer.
—Y a su marido no necesito preguntarle nada —prosigue el
comisario—, porque ya lo ha confesado todo. Él escribió las postales y usted se
las dictó...
—Bueno, pues si Otto lo ha confesado, no hay más que
hablar —replica Anna.
—¡Sacúdele un buen sopapo en los morros a esta carroña
desvergonzada, Escherich! —interrumpe de pronto a voz en grito el
Obergruppenführer—. ¡Qué descaro, engañarnos así!
Pero el comisario, en lugar de propinar un sopapo en los
morros a la carroña desvergonzada, informa:
—Hemos pillado a su marido con dos postales en el
bolsillo. ¡No ha podido negarlo!
Cuando la señora Quangel oye lo de las dos postales, que
ha buscado durante tanto tiempo en medio de la fiebre, vuelve a estremecerse.
Así que se las ha llevado él, y eso que habían acordado que ella las repartiría
mañana o pasado. Eso no ha estado bien por parte de Otto.
Ha tenido que pasar algo con las postales, piensa con
esfuerzo. Pero Otto no ha confesado nada, o no estarían aquí interrogándome y
rebuscando por todas partes. Sino que...
—¿Por qué no traen aquí a Otto? —pregunta en voz alta—. Yo
no sé qué es eso de las postales. ¿Por qué iba a escribir él postales?
Y se recuesta del todo, la boca y los ojos cerrados,
firmemente decidida a no pronunciar ni una palabra más.
El comisario Escherich baja la vista hacia la mujer,
meditabundo. Se da cuenta de que está exhausta. De momento no hay nada que
hacer con ella. Se gira un momento, llama a dos de sus hombres y ordena:
—Acuesten a la mujer en esa otra cama de enfrente y
después registren con todo cuidado ésta. Por favor, mi Obergruppenführer,
sígame.
Quiere tener fuera de la habitación a su superior, no
quiere presenciar otro interrogatorio al estilo de Prall. Es muy posible que en
los próximos días necesite a toda costa a esa mujer, entonces deberá tener algo
de fuerza y la mente despejada. Además, parece pertenecer a esas personas no
precisamente numerosas cuyo empecinamiento aumenta con las amenazas físicas.
Seguro que de ella no se saca nada a base de golpes.
Al Obergruppenführer no le gusta alejarse de esa mujer. Le
habría encantado enseñarle a esa vieja puta lo que pensaba de ella. Habría
preferido descargar sobre ella toda su furia por esa historia equivocada del
Duende. Pero estando ya en la habitación esos dos fisgones... Además, esa misma
noche la vieja bruja ingresará en los sótanos de la calle Prinz-Albrecht,
entonces podrá hacer con ella lo que se le antoje.
—Pero detendrá a esa vieja, ¿verdad, Escherich? —preguntó
en el cuarto de estar.
—Por supuesto —contestó el comisario mirando, distraído, a
sus hombres, que desdoblaban y volvían a doblar con pedante minuciosidad cada
prenda de ropa, atravesaban con largas agujas los cojines del sofá y golpeaban
las paredes; luego añadió—: Pero primero he de procurar prepararla para el
interrogatorio. Con tanta fiebre sólo comprende las cosas a medias. Antes debe
comprender que está en peligro de muerte. Entonces le entrará miedo...
—¡Ya le enseñaré yo lo que es el miedo! —gruñó el
Obergruppenführer.
—No de ese modo... en cualquier caso primero hace falta
que desaparezca la fiebre —opinó Escherich, para interrumpirse después—: Pero
¿qué tenemos aquí?
Uno de sus hombres estaba ocupado con los escasos libros
alineados en un pequeño estante. Al sacudir uno, algo blanco cayó revoloteando
hasta el suelo.
El comisario fue el más rápido. Recogió el trozo de papel.
—¡Una postal! —exclamó—. ¡Una postal comenzada y a medio
escribir! —Y leyó en voz alta—: «¡Führer, ordena, nosotros te seguiremos! Sí,
nos hemos convertido en un rebaño de ovejas que nuestro Führer puede conducir
hasta el matadero. Hemos renunciado a pensar...».
Bajó la postal y miró a su alrededor.
Todos lo miraban.
—¡Ya tengo la prueba! —gritó el comisario Escherich con un
punto de orgullo—. Tenemos al autor. Su culpabilidad ha quedado probada de
manera fehaciente, no ha sido una confesión obtenida por la fuerza, no, es una
clara prueba de investigación. ¡Ha valido la pena esperar tanto tiempo!
Miró a su alrededor. Sus ojos pálidos brillaban. Su
momento, el momento esperado durante tanto tiempo, había llegado. Recordó
entonces el largo camino que había recorrido hasta llegar allí. Desde la
primera postal que había recibido con risueña indiferencia, hasta ésta que
sostenía en su mano. Pensó en la creciente marea de postales, en las banderitas
rojas que proliferaban de día en día, recordó también al pequeño Enno Kluge.
Volvió a estar con él en la celda de la comisaría, sentado
a su lado junto a las aguas oscuras del lago Schlachtensee. Después sonó un
tiro, y se creyó totalmente a cubierto. Se vio a sí mismo, dos hombres de las
SS lo tiraban escaleras abajo, sangrando, aniquilado, mientras un pequeño
carterista se arrastraba de rodillas invocando a la santísima Virgen. Muy
vagamente recordó también al comisario Zott... pobre hombre, su teoría de las
estaciones del tranvía había resultado errónea.
Fue el momento del orgullo para el comisario Escherich.
Consideró que había merecido la pena ser paciente y soportar tantas cosas. Lo
tenía, tenía a su Duende, como lo había llamado en broma al principio, aunque
llegó a convertirse en un Duende de verdad: casi hace zozobrar la nave de la
existencia de Escherich. Pero ahora lo había apresado, la caza había terminado,
el juego había concluido.
El comisario Escherich alzó la vista como si acabase de
despertar. Dijo con voz imperiosa:
—La mujer será trasladada en una ambulancia. Que la
acompañen dos hombres, usted responde de ella ante mí, Kemmel, nada de
interrogatorios, prohibición absoluta de hablar con nadie. Avise de inmediato a
un médico. La fiebre tiene que haber desaparecido en tres días, dígaselo,
Kemmel.
—A sus órdenes, comisario.
—Los demás volverán a ordenar la vivienda, debe quedar
impecable. ¿En qué libro estaba esta postal? ¿Un libro de fabricación y
reparación de aparatos de radio? Bien, pues coloque dentro la postal justo
donde estaba. Dentro de una hora tiene que estar todo ordenado, porque entonces
regresaré con el autor. Ninguno de ustedes permanecerá aquí. ¡Nada de guardias!
¿Entendido?
—A sus órdenes, comisario.
—¿Nos vamos ya, mi Obergruppenführer?
—¿No quiere enseñarle a la mujer la postal que ha
encontrado, Escherich?
—¿Para qué? Ahora, con la fiebre, no reaccionaría bien, y
a mí sólo me interesa el marido. Wrede, ¿ha visto en algún sitio las llaves de
la puerta de entrada?
—Sí, en el bolso de la mujer.
—Traiga... gracias. Bien, entonces vámonos, mi
Obergruppenführer.
Abajo, junto a su ventana, el juez del Tribunal Cameral
Fromm seguía con la vista a los que se marchaban en coche mientras meneaba la
cabeza de un lado a otro. Más tarde vio cómo introducían la camilla con la
señora Quangel en una ambulancia; pero por la pinta de los acompañantes
comprendió que el vehículo no se dirigía a un hospital corriente.
—Uno detrás de otro —dijo en voz baja el consejero
jubilado Fromm—. Uno detrás de otro. El edificio se vacía. Los Rosenthal, los
Persicke, Barkhausen, Quangel... casi me he quedado solo aquí. La mitad del
país encierra a la otra mitad, esto ya no puede durar mucho. Bueno, yo al menos
continuaré viviendo aquí, a mí no me encerrarán...
Sonríe y asiente con la cabeza.
—Cuanto peor, mejor. ¡Antes acabará esto!
Capítulo 50
LA CONVERSACIÓN CON OTTO QUANGEL
Al comisario Escherich no le había sido muy fácil
persuadir al Obergruppenführer Prall de que lo dejara solo con Otto Quangel
durante el primer interrogatorio. Pero al final lo consiguió.
Cuando en compañía del jefe de taller subía las escaleras
hasta su vivienda, ya había oscurecido. Alumbraba la luz de la escalera.
Quangel encendió la luz al entrar en el cuarto de estar. Se dirigió al
dormitorio.
—Mi mujer está enferma —murmuró.
—Su mujer ya no está aquí —le comunicó el comisario—. Se
la han llevado. Siéntese aquí, a mi lado...
—Mi mujer tiene mucha fiebre... gripe... —murmuró Quangel.
Se le notaba que la noticia de la ausencia de su mujer lo
había trastornado mucho. La rígida indiferencia que había mostrado hasta
entonces había desaparecido.
—Un médico se encarga de su mujer —dijo tranquilizador el
comisario—. Creo que la fiebre habrá desaparecido dentro de dos o tres días. He
ordenado que venga una ambulancia para trasladarla.
Por primera vez Quangel examinó con más atención al hombre
que tenía delante. Su inmóvil ojo de pájaro se posó largamente en el comisario.
Después Quangel inclinó la cabeza, asintiendo.
—Ambulancia —repitió—. Un médico... eso está bien. Se lo
agradezco. Es lo correcto. No es usted una mala persona.
El comisario aprovechó su oportunidad.
—No somos tan malos, señor Quangel, como a menudo se dice
de nosotros —aseguró—. Hacemos todo lo posible para aliviar la situación de los
detenidos. Porque sólo queremos averiguar si existe delito. Ése es nuestro
negocio, igual que el suyo es fabricar ataúdes...
—Sí —respondió Quangel con voz dura—. Sí, fabricante y
suministrador de ataúdes, así es.
—¿Quiere usted decir —inquirió Escherich con ligero tono
burlón— que yo suministro el contenido de los ataúdes? ¿Tan negro ve su caso?
—Yo no tengo ningún caso.
—Oh, sí, un poco sí. Observe por ejemplo esta pluma,
Quangel. Sí, es la suya. La tinta aún está fresca. ¿Qué ha escrito usted hoy o
ayer con esta pluma?
—Tuve que firmar algo.
—¿Qué, señor Quangel?
—Tuve que extender un volante de asistencia médica, para
mi mujer. Porque mi mujer está enferma, tiene gripe...
—Su mujer me ha dicho que usted no escribe jamás. Que todo
lo que ustedes escriben es obra de ella, eso me ha contado.
—Lo que le ha dicho mi mujer es rigurosamente cierto. Ella
lo escribe todo. Pero ayer tuve que hacerlo yo, porque ella tenía fiebre. Ella
no lo sabe.
—Vea además, señor Quangel —continuó el comisario—, cómo
raspa el plumín. Es una pluma nueva, pero ya raspa. Lo hace porque tiene usted
una mano muy pesada, señor Quangel. —Depositó sobre la mesa las dos postales
halladas en el taller—. Observe: la primera está escrita con suma facilidad.
Pero en la segunda, ¿ve usted?, aquí... y aquí... y también en esta B..., ahí
ha arañado el plumín. ¿Qué me dice, señor Quangel?
—Esas son las postales que yacían en el suelo del taller
—le comunicó Quangel con indiferencia—. Yo le dije al de la chaqueta azul que
las recogiese. Y él obedeció. Eché un vistazo a las postales y después se las
entregué inmediatamente al delegado del Frente del Trabajo, que se marchó con
las postales. Ya no sé nada más de ellas.
Quangel pronunció esas frases despacio y con voz monótona,
con lengua torpe, como un hombre viejo y algo limitado.
El comisario preguntó:
—Pero, señor Quangel, reconocerá que esta segunda postal
ha sido escrita al final con un plumín, ¿no?
—Yo no entiendo nada de eso. No soy, por así decirlo, un
escriba, como dice la Biblia.
Durante un momento reinó en la estancia absoluto silencio.
Quangel miraba la mesa abstraído, con el rostro casi sin expresión.
El comisario escudriñaba al hombre. Estaba firmemente
convencido de que no era tan lento ni tan torpe como aparentaba, pero sí tan
agudo como su cara y tan rápido como su ojo. El comisario consideró que su
primera tarea consistía en sonsacar de ese hombre toda su agudeza a base de
astucia. Quería hablar con el sagaz escritor de postales, no con ese viejo jefe
de taller embrutecido por el trabajo.
Al cabo de un rato, Escherich preguntó:
—¿Qué libros son los del estante?
Quangel alzó la vista despacio, miró un momento al otro y
después giró la cabeza poco a poco, hasta que vio el estante.
—¿Esos? Pues el libro de misa de mi mujer y su Biblia. Los
demás deben de ser los libros de mi hijo, el caído. Yo no leo libros, no tengo
ninguno. Nunca he sabido leer bien...
—Por favor, déme el cuarto libro por la izquierda, señor
Quangel, el de tapas rojas.
Quangel sacó despacio el libro de la fila y lo trasladó a
la mesa con sumo cuidado, como si fuera un huevo crudo, depositándolo delante
del comisario.
—Fabricación y reparación de aparatos de radio de Otto
Runge —leyó en voz alta el comisario—. ¿Qué, Quangel, no se le ocurre nada al
ver este libro?
—Es un libro de mi hijo Otto, el caído —contestó Quangel
despacio—. Le gustaban las radios. Era conocido, los talleres se peleaban por
él, conocía todos los circuitos...
—¿Y no se le ocurre nada más, señor Quangel, al ver este
libro?
—Pues no. —Quangel sacudió la cabeza—. Yo no sé nada de
nada. No leo libros.
—¿Y si hubiera guardado algo en su interior? ¡Abra el
libro, señor Quangel!
El libro se abrió justo en el lugar en el que estaba la
postal. Quangel clavó los ojos en las palabras: «Führer, ordena, nosotros te
obedeceremos...».
¿Cuándo había escrito eso? Debió de ser hace tiempo, mucho
tiempo. Muy al principio. Pero ¿por qué no terminó de escribirla? ¿Por qué la
postal estaba dentro del libro de su hijo Otto?
Lentamente fue recordando la primera visita de su cuñado
Ulrich Heffke. Entonces ocultaron deprisa la postal, y él siguió tallando la
cabeza de su hijo. ¡Escondida y olvidada, tanto por él como por Anna.
¡Ése era el peligro que siempre había percibido! Ése era
el enemigo en la oscuridad al que no había conseguido ver, pero siempre había
presentido. Ése fue el error que había cometido, que no había podido tener en
cuenta...
¡Te han pillado!, dijo una voz en su interior. Te has
jugado la cabeza... por tu propia culpa. Estás perdido.
¿Habrá confesado algo Anna? Seguro que le han enseñado la
postal. Pero a pesar de todo habrá negado, la conozco, y lo mismo haré yo.
Aunque Anna tenía fiebre...
El comisario inquirió:
—Bueno, Quangel, ¿no dice nada? ¿Cuándo escribió esa
postal?
—No sé nada de la postal —contestó—. Yo no sé escribir ese
tipo de cosas, tengo pocas luces.
—¿Y cómo ha ido a parar la postal al libro de su hijo?
¿Quién la ha metido ahí?
—¡Y yo qué sé! —respondió Quangel con tono casi grosero—.
A lo mejor ha sido usted mismo o uno de sus hombres. A menudo se oye que
fabrican pruebas donde no las hay.
—La postal se ha encontrado dentro de este libro en
presencia de varios testigos intachables. Su esposa también estaba presente.
—¿Y qué dijo mi mujer?
—Cuando encontraron la postal, confesó en el acto que ella
dictaba y usted escribía. Vamos, Quangel, no sea testarudo. Simplemente
confiese. Si confiesa ahora, no me dirá nada que yo no sepa. Pero aliviará su
situación y la de su mujer. Si no confiesa, tendré que llevarlo a la Gestapo, y
nuestros calabozos no son muy bonitos...
Al recordar lo que él mismo había vivido en ese sótano, la
voz del comisario tembló un poco.
Pero se contuvo y prosiguió.
—Si confiesa, lo entregaré en el acto al juez instructor.
Entonces irá a Moabit, allí lo tratarán bien, igual que a todos los demás
presos.
Mas a pesar de las palabras del comisario, Quangel
persistió en sus mentiras. Porque Escherich acababa de cometer un error que el
sagaz Quangel había captado al instante. La torpeza y los informes de sus
superiores habían impresionado tanto a Escherich que no consideraba a Quangel
el autor de las postales. Él era sólo el que las escribía, su mujer se las
dictaba...
Pero el hecho de que lo repitiera demostró a Quangel que
Anna no había confesado. Ese fulano se lo había inventado.
Siguió negando una y otra vez.
Al final, Escherich interrumpió el infructuoso
interrogatorio en la vivienda y se dirigió con Quangel a la calle
Prinz-Albrecht. Ahora confiaba que un entorno diferente, con el despliegue de
los hombres de las SS, todo ese aparato amenazador intimidaría a ese hombre
sencillo, facilitando la labor de persuasión.
Estaban en el despacho del comisario y Escherich situó a
Quangel ante el plano de Berlín con sus banderitas rojas.
—Fíjese, señor Quangel. Cada banderita simboliza una
postal. Están en el lugar exacto donde fueron halladas. Si observa ahora esos
lugares —dio unos golpecitos con el índice— verá banderitas por todas partes,
pero ninguna aquí. Porque ésta es la calle Jablonski, donde usted vive. Como es
natural, en ella no dejó usted ninguna postal, allí es demasiado conocido...
Pero Escherich se dio cuenta de que Quangel ni siquiera lo
escuchaba. Al ver el plano de la ciudad, al hombre lo había acometido una
extraña e incomprensible agitación. Sus ojos brillaban, sus manos temblaban.
Casi con timidez preguntó:
—Son un montón de banderitas, ¿cuántas pueden ser?
—Se lo diré con absoluta precisión —contestó el comisario,
que ahora había comprendido lo que perturbaba al hombre—. Son 267 banderitas,
259 postales y 8 cartas. ¿Cuántas escribió usted en total, Quangel?
El hombre callaba, pero ahora su silencio ya no era fruto
de la obstinación, sino de la agitación interna.
—Y tenga en cuenta una cosa más, señor Quangel —continuó
el comisario, al darse cuenta de su ventaja—, todas estas cartas y postales nos
han sido entregadas voluntariamente. Nosotros no hemos encontrado ni una. La
gente venía con ellas corriendo, como si les quemasen. Les faltaba tiempo para
librarse de ellas, la mayoría ni siquiera las leyó...
Quangel seguía callado, pero su rostro temblaba. En su
interior se libraba una lucha formidable; la mirada del ojo inmóvil, perspicaz,
ahora llameaba, se desviaba, bajaba hacia el suelo y volvía a alzarse,
fascinada, hacia las banderitas.
—Y otra cosa, señor Quangel: ¿ha pensado alguna vez cuánto
miedo y problemas causó usted a la gente con esas postales? Porque la gente se
moría de miedo, algunas personas fueron detenidas, y me consta con certeza que
una se suicidó por culpa de esas postales...
—¡No, no! —gritó Quangel—. ¡Yo nunca quise eso! ¡Nunca se
me pasó por la cabeza! Yo deseaba que las cosas mejoraran, que la gente supiera
la verdad, que la guerra terminase cuanto antes, que cesara de una vez esta
degollina... ¡eso es lo que yo quería! ¡Esa pobre gente... y yo la hice más
pobre aún! ¿Quién fue el que se suicidó?
—Bah, un pequeño holgazán, apostador en las carreras de
caballos, carece de importancia, no se apene usted por él.
—Todos son importantes. Se me pedirán cuentas por su
sangre.
—Ve usted, señor Quangel —dijo el comisario al hombre
sombrío que estaba a su lado—. Acaba de confesar su delito sin darse cuenta.
—¿Mi delito? Yo no he cometido ningún delito, al menos no
lo que usted dice. Mi delito es haberme considerado demasiado listo, querer
hacerlo solo, a pesar de saber que un individuo no es nada. No, yo no he hecho
nada de lo que tenga que avergonzarme, pero el método elegido para llevarlo a
cabo ha sido equivocado. Por eso merezco el castigo y por eso moriré de buen
grado...
—Bueno, la cosa tampoco será tan grave —comentó el
comisario consolador.
Quangel no lo escuchaba. Ensimismado, dijo:
—Lo cierto es que nunca he pensado de verdad en las
personas, pues de lo contrario lo habría sabido.
—¿Sabe cuántas postales y cartas ha escrito en realidad?
—preguntó Escherich.
—276 postales y nueve cartas.
—En ese caso han quedado sin entregar dieciocho.
—Dieciocho escritos, eso es mi trabajo de más de dos años,
eso es toda mi esperanza. ¡Dieciocho escritos pagados con la vida, pero dieciocho
al fin y al cabo!
—Quangel, no crea que esos dieciocho escritos pasaron de
mano en mano —le advirtió el comisario—. No, esos fueron encontrados por
personas tan pringadas que no se atrevieron a entregar las postales. También el
efecto de esos dieciocho mensajes fue nulo, nosotros jamás oímos una palabra
sobre su supuesta influencia en la gente...
—¿Así que no he conseguido nada?
—Pues no, no ha conseguido nada, al menos lo que usted
quería. ¡Alégrese, Quangel, seguro que eso se considerará un atenuante! ¡A lo
mejor se libra con quince o veinte años de cárcel!
Quangel se estremeció.
—¡No! —clamó—. ¡No!
—Pero en realidad ¿qué se figuraba, Quangel? ¿Pretendía
usted, un sencillo obrero, luchar contra el Führer, que tiene el respaldo del
Partido, del Ejército, de las SS, de las SA? ¿Contra el Führer, que ha
derrotado ya a medio mundo y que dentro de uno o dos años habrá vencido al
último de nuestros enemigos? ¡Eso es ridículo! ¡Usted debió decirse de antemano
que eso no podía salir bien! Es como si un mosquito quisiera luchar contra un
elefante. ¡No puedo comprenderlo, usted es una persona razonable!
—No, usted no lo entenderá nunca. Da igual que sólo luche
uno o diez mil; cuando alguien se da cuenta de que tiene que luchar, lucha, sea
solo o acompañado. Yo tenía que luchar, y siempre volvería a hacerlo. Sólo que
de un modo distinto, completamente diferente.
Volvió a dirigir hacia el comisario su mirada tranquila.
—Por cierto, mi mujer no ha tenido nada que ver con esto.
¡Tiene que ponerla en libertad!
—Está mintiendo, Quangel. Su mujer dictó las postales,
ella misma lo ha confesado.
—¡Ahora es usted el que miente! ¿Tengo pinta de hombre que
deja que su mujer le dicte? Seguramente la acusará además de haber urdido todo
el asunto. Pero fui yo, yo solo. Se me ocurrió a mí, yo escribí las postales,
yo las repartí, yo reclamo el castigo. ¡Ella no! ¡Mi mujer, no!
—Ha confesado...
—Ella no ha confesado nada. ¡No quiero volver a oír
semejantes mentiras! No vuelva a hablarme mal de mi mujer.
Durante un instante los dos quedaron frente a frente, el
hombre de descarnada cabeza de pájaro y mirada dura y el comisario gris,
incoloro, de bigote dorado como un panecillo y ojos claros.
Después Escherich bajó la vista y añadió:
—Ahora haré entrar a alguien, redactaremos un pequeño
informe. Espero que mantenga su declaración...
—La mantengo.
—¿Comprende entonces con claridad lo que le espera? ¿Una
elevada pena de prisión, quizá la muerte?
—Sí, sé lo que he hecho. Y confío en que también usted
sepa lo que hace, señor comisario.
—¿Qué es lo que hago?
—Usted trabaja para un asesino, al que suministra
continuamente nuevas presas. Lo hace por dinero, tal vez ni siquiera cree en
ese hombre. No, seguro que no cree en él. Sólo por dinero...
De nuevo se enfrentaron en silencio, y de nuevo, al cabo
de un rato, el comisario bajó los ojos, vencido.
—Entonces me voy —dijo casi cohibido—, y traeré a un
escribiente.
Salió.
Capítulo 51
EL COMISARIO ESCHERICH
Hacia la medianoche, el comisario Escherich todavía se
encuentra, o para ser exactos, vuelve a encontrarse en su despacho sentado y
completamente hundido, pero a pesar del abundante alcohol que ha ingerido no ha
olvidado la espantosa escena en la que se ha visto obligado a participar.
Esta vez su augusto superior, el cabrón asqueroso y
siniestro de Prall, no ha traído una Cruz al Mérito Militar para su exitoso,
eficaz, querido comisario, pero sí una invitación a una pequeña celebración del
triunfo. Allí se sentaron juntos, bebieron abundante armañac en vasos no
precisamente pequeños, jactándose de haber atrapado al Duende, y entre aplausos
generalizados el comisario Escherich tuvo que leer en voz alta el informe con
la confesión de Quangel...
¡Un trabajo de investigación esforzado y cuidadoso
arrojado a los cerdos!
Pero después, cuando todos ellos estaban de verdad muy
borrachos, se inventaron una diversión extra. Armados con botellas y vasos
bajaron a la celda de Quangel, y el comisario se vio obligado a acompañarlos.
Querían ver a ese pájaro extravagante, a ese demente que había tenido el
descaro de luchar contra el Führer.
Encontraron a Quangel debajo de su manta, profundamente
dormido en su camastro. Un rostro extraño, pensó Escherich, que ni siquiera en
sueños se relajaba, que siempre parecía igual de hermético y preocupado,
estuviese despierto o dormido. Pero en ese momento el hombre estaba sumido en
un profundo sueño...
Ellos, como es natural, no lo dejaron dormir. Lo
despertaron a golpes obligándolo a levantarse del catre. Se quedó ante esas
personas de uniformes negros y plata con una camiseta demasiado corta, una
camiseta que ni siquiera cubría su desnudez, una figura ridícula... ¡si no se
miraba su cabeza!
Entonces se les ocurrió la idea de bautizar al viejo
Duende y derramaron una botella de aguardiente encima de su cabeza. El
Obergruppenführer Prall pronunció un discurso breve y graciosamente beodo sobre
el Duende, sobre ese cerdo al que pronto le llegaría su San Martín, y al final
del discurso estrelló su vaso de aguardiente en la cabeza de Quangel.
Fue una señal para los demás y todos rompieron sus vasos
de licor en la cabeza del viejo. Armañac y sangre corrieron por su rostro. Pero
mientras sucedía todo eso, a Escherich le pareció que entre los arroyos de
sangre y licor Quangel lo miraba fijamente a él, y casi creía oír sus palabras:
¡Así que ésta es la causa justa por la que asesinas! ¡Estos son tus verdugos!
Así sois. Sabes muy bien lo que haces. Yo moriré por delitos que no he
cometido, pero tú vivirás... ¡así de justa es tu causa!
Después ellos descubrieron que el vaso de Escherich
permanecía intacto. Le ordenaron romperlo en la cabeza de Quangel. Prall se vio
obligado a ordenárselo dos veces con enorme dureza —«Ya sabes, Escherich, que
te daré una buena si no obedeces»—, antes de que Escherich estrellara su vaso
contra la cabeza de Quangel. Tuvo que golpear cuatro veces con su mano
temblorosa antes de que se rompiera, y durante todo el rato sintió sobre sí la
mirada dura y sarcástica de Quangel, que presenció su humillación en silencio.
Esa figura ridícula con una camiseta demasiado corta había sido más fuerte y
digna que sus torturadores. Y a cada golpe que el comisario Escherich
propinaba, desesperado y atemorizado, le parecía que golpeaba los cimientos de
su propio Yo, que un hacha removía las raíces del árbol de su vida.
Entonces Otto Quangel se desplomó de repente, y ellos lo
dejaron tirado sobre el suelo desnudo de la celda, inconsciente y sangrando.
También prohibieron a la guardia ocuparse de ese cerdo, y subieron de nuevo
para seguir empinando el codo, para continuar la celebración como si hubieran
logrado quién sabe qué victoria heroica.
Ahora el comisario Escherich está de nuevo sentado en su
despacho. Frente a él, en la pared, cuelga todavía el mapa con las banderitas
rojas. Está completamente abatido, pero aún piensa con claridad.
Sí, el mapa está concluido. Mañana será retirado. Y pasado
mañana colgaré otro y perseguiré a un nuevo Duende. Y a otro más. Y a otro.
¿Qué sentido tiene todo eso? ¿Para eso estoy en este mundo? Así será, pero
entonces no entiendo nada, entonces no existe la inteligencia ni la cordura.
Entonces da completamente igual lo que haga...
Se me pedirán cuentas por su sangre... ¡cómo lo dijo! ¡Y a
mí por la suya! No, también tengo sobre mí la sangre de Enno Kluge, ese
patético debilucho al que sacrifiqué para entregar a este hombre a una pandilla
de borrachos. Éste no gimoteará como el pequeñajo en el embarcadero, éste
morirá como es debido...
¿Y yo? ¿Qué pasa conmigo? Un nuevo caso, y si el eficaz
Escherich no tiene tanto éxito como espera el Obergruppenführer Prall, me
enviará de nuevo al calabozo. Y finalmente llegará el día en que me mandarán
abajo y ya no me dejarán subir. ¿Vivo para esperar eso? No, cuando Quangel
llama asesino a Hitler y a mí su proveedor, tiene razón. A mí siempre me ha
dado igual quién gobernaba el timón, por qué se libraba esta guerra, con tal de
poder dedicarme a mi negocio habitual, la caza de seres humanos. Y cuando los
atrapaba, me daba igual lo que fuera de ellos...
Pero ahora no me da igual. Estoy tan harto de esto, me
asquea suministrar nuevas presas a esos individuos; me asquea desde que atrapé
a Quangel. Cómo estaba ahí quieto, mirándome. La sangre y el licor corrían por
su rostro, pero él me miraba a mí. ¡Esto lo has hecho tú, decía su mirada, tú
me has traicionado! ¡Ay, si aún fuera posible, sacrificaría a diez Enno Kluge
para salvar a este único Quangel, sacrificaría este edificio entero para
liberarlo! Si todavía fuera posible, me marcharía de aquí, haría algo parecido
a lo de Otto Quangel, mejor ideado, pero me gustaría luchar.
Sin embargo, es imposible, ellos no me dejan, a eso lo
denominan deserción. Me traerían aquí y me arrojarían de nuevo al sótano. Y mi
carne grita cuando la atormentan, sí, soy cobarde. Soy cobarde como Enno Kluge,
no valiente como Otto Quangel. Cuando el Obergruppenführer Prall me grita,
tiemblo y temblando cumplo lo que me ordena. Rompo mi vaso de licor en la
cabeza del único hombre decente, pero cada golpe es un puñado de tierra sobre
mi ataúd.
El comisario Escherich se levantó despacio. Una sonrisa de
desamparo se dibujaba en su rostro. Fue hacia la pared, escuchó. Ahora, después
de medianoche, en el gran edificio de la calle Prinz-Albrecht reinaba el
silencio. Sólo el paso del centinela por el pasillo, de acá para allá...
Tampoco tú sabes por qué caminas de acá para allá, pensó
Escherich. Algún día comprenderás que has malgastado tu vida...
Cogió el plano, lo arrancó de la pared. Numerosas
banderitas cayeron al suelo, tintineando con sus alfileres. Escherich arrugó el
plano y lo tiró con ellas.
—¡Se acabó! —exclamó—. ¡Punto y final! ¡Fin del caso
Duende!
Regresó despacio a su escritorio, abrió un cajón e inclinó
la cabeza en gesto de asentimiento.
—Aquí estoy, posiblemente soy el único hombre al que ha
convertido Otto Quangel con sus postales. Pero no te sirvo de nada, Otto
Quangel, no puedo continuar tu obra. Soy demasiado cobarde para eso. ¡Tu único
seguidor, Otto Quangel!
Sacó deprisa la pistola y disparó.
Esta vez sin temblar.
El centinela que se precipitó hacia el despacho solo
encontró un cadáver casi sin cabeza detrás del escritorio. Las paredes estaban
salpicadas de sangre y sesos, de una lámpara colgaba, sucio y hecho trizas, el
bigote rubio claro del comisario Escherich.
El Obergruppenführer Prall se enfureció.
—¡Deserción! ¡Todos los civiles son unos cerdos! ¡Todo el
que no viste un uniforme debe estar en el calabozo o detrás del alambre de
espino! ¡Pero espera, al sucesor de este cerdo de Escherich pienso atormentarlo
desde el principio de tal modo que su cabeza no albergue un solo pensamiento,
sino únicamente miedo! ¡He sido siempre demasiado bueno, ése ha sido mi
principal error! ¡Subidme a ese cerdo, a Quangel! ¡Que contemple esta basura, y
que la limpie!
Así, el único convertido por Otto Quangel proporcionó al
viejo jefe de taller unas duras horas nocturnas.


Publicar un comentario